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EPISODIOS NACIONALES Benito Pérez Galdós (1843-1920) SERIE PRIMERA *
Selección página ÍNDICE Capítulos: 286 1873.- 1 “Trafalgar” (cp. I--XVII) 1873.- 2 “La corte de Carlos IV” (cp.I--XXVIII) 1873.- 3 “El 19 de marzo y el 2 de mayo” (cp.I--XXX) 1874.- 5 “Napoleón en Chamartín” (cp.I--XXIX) 1874.- 6 “Zaragoza” (cp.I--XXXII) 1874.- 7 “Gerona” (cp.I--XXVI) 1874.- 9 “Juan Martín el Empecinado” (cp.I--XXIV) 1875.- 10 “La batalla de los Arapiles” (cp.I--XLIII)
(EPISODIO 1) TRAFALGAR
Ep-1-I - Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo, diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina. Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los que cuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando su parentela, las más veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no se dicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi madre, a quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de mis ascendientes, si no es de Adán, cuyo parentesco me parece indiscutible. Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia: afortunadamente Dios ha querido que en esto sólo nos parezcamos. Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la Viña, que no es hoy, ni menos era entonces, academia de buenas costumbres. La memoria no me da luz alguna sobre mi persona y mis acciones en la niñez, sino desde la edad de seis años; y si recuerdo esta fecha, es porque la asocio a un suceso naval de que oí hablar entonces: el combate del cabo de San Vicente, acaecido en 1797. Dirigiendo una mirada hacia lo que fue, con la curiosidad y el interés propios de quien se observa, imagen confusa y borrosa, en el cuadro de las cosas pasadas, me veo jugando en la Caleta con otros chicos (p.1) de mi edad poco más o menos. Aquello era para mí la vida entera; más aún, la vida normal de nuestra privilegiada especie; y los que no vivían como yo, me parecían seres excepcionales del humano linaje, pues en mi infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia de que el hombre había sido criado para la mar, habiéndole asignado la Providencia, como supremo ejercicio de su cuerpo, la natación, y como constante empleo de su espíritu el buscar y coger cangrejos, ya para arrancarles y vender sus estimadas bocas, que llaman de la Isla, ya para propia satisfacción y regalo, mezclando así lo agradable con lo útil. La sociedad en que yo me crié era, pues, de lo más rudo, incipiente y soez que puede imaginarse, hasta tal punto, que los chicos de la Caleta éramos considerados como más canallas que los que ejercían igual industria y desafiaban con igual brío los elementos en Puntales; y por esta diferencia, uno y otro bando nos considerábamos rivales, y a veces medíamos nuestras fuerzas en la Puerta de Tierra con grandes y ruidosas pedreas, que manchaban el suelo de heroica sangre. Cuando tuve edad para meterme de cabeza en los negocios por cuenta propia, con objeto de ganar honradamente algunos cuartos, recuerdo que lucí mi travesura en el muelle, sirviendo de introductor de embajadores a los muchos ingleses que entonces como ahora nos visitaban. El muelle era una escuela ateniense para despabilarse en pocos años, y yo no fui de los alumnos menos aprovechados en aquel vasto ramo del saber humano, así como tampoco dejé de sobresalir en el merodeo de la fruta, para lo cual ofrecía ancho campo a nuestra iniciativa y altas especulaciones la plaza de San Juan de Dios. Pero quiero poner punto en esta parte de mi historia, pues hoy recuerdo con vergüenza tan grande envilecimiento, y doy gracias a Dios de que me librara pronto de él llevándome por más noble camino. Entre las impresiones que conservo, está muy fijo en mi memoria el placer entusiasta que me causaba la vista de los barcos de guerra, (p.2) cuando se fondeaban frente a Cádiz o en San Fernando. Como nunca pude satisfacer mi curiosidad, viendo de cerca aquellas formidables máquinas, yo me las representaba de un modo fantástico y absurdo, suponiéndolas llenas de misterios. Afanosos para imitar las grandes cosas de los hombres, los chicos hacíamos también nuestras escuadras, con pequeñas naves, rudamente talladas, a que poníamos velas de papel o trapo, marinándolas con mucha decisión y seriedad en cualquier charco de Puntales o la Caleta. Para que todo fuera completo, cuando venía algún cuarto a nuestras manos por cualquiera de las vías industriales que nos eran propias, comprábamos pólvora en casa de la tía Coscoja de la calle del Torno de Santa María, y con este ingrediente hacíamos una completa fiesta naval. Nuestras flotas se lanzaban a tomar viento en océanos de tres varas de ancho; disparaban sus piezas de caña; se chocaban remedando sangrientos abordajes, en que se batía con gloria su imaginaria tripulación; cubríalas el humo, dejando ver las banderas, hechas con el primer trapo de color encontrado en los basureros; y en tanto nosotros bailábamos de regocijo en la costa, al estruendo de la artillería, figurándonos ser las naciones a que correspondían aquellos barcos, y creyendo que en el mundo de los hombres y de las cosas grandes, las naciones bailarían lo mismo presenciando la victoria de sus queridas escuadras. Los chicos ven todo de un modo singular. Aquélla era época de grandes combates navales, pues había uno cada año, y alguna escaramuza cada mes. Yo me figuraba que las escuadras se batían unas con otras pura y simplemente porque les daba la gana, o con objeto de probar su valor, como dos guapos que se citan fuera de puertas para darse de navajazos. Me río recordando mis extravagantes ideas respecto a las cosas de aquel tiempo. Oía hablar mucho de Napoleón, ¿y cómo creen ustedes que yo me lo figuraba? Pues nada menos que igual en todo a los contrabandistas que, procedentes del campo de Gibraltar, se veían en el barrio (p.3) de la Viña con harta frecuencia; me lo figuraba caballero en un potro jerezano, con su manta, polainas, sombrero de fieltro y el correspondiente trabuco. Según mis ideas, con este pergenio, y seguido de otros aventureros del mismo empaque, aquel hombre, que todos pintaban como extraordinario, conquistaba la Europa, es decir, una gran isla, dentro de la cual estaban otras islas, que eran las naciones, a saber: Inglaterra, Génova, Londres, Francia, Malta, la tierra del Moro, América, Gibraltar, Mahón, Rusia, Tolón, etc. Yo había formado esta geografía a mi antojo, según las procedencias más frecuentes de los barcos, con cuyos pasajeros hacía algún trato; y no necesito decir que entre todas estas naciones o islas España era la mejorcita, por lo cual los ingleses, unos a modo de salteadores de caminos, querían cogérsela para sí. Hablando de esto y otros asuntos diplomáticos, yo y mis colegas de la Caleta decíamos mil frases inspiradas en el más ardiente patriotismo. Pero no quiero cansar al lector con pormenores que sólo se refieren a mis particulares impresiones, y voy a concluir de hablar de mí. El único ser que compensaba la miseria de mi existencia con un desinteresado afecto, era mi madre. Sólo recuerdo de ella que era muy hermosa, o al menos a mí me lo parecía. Desde que quedó viuda, se mantenía y me mantenía lavando y componiendo la ropa de algunos marineros. Su amor por mí debía de ser muy grande. Caí gravemente enfermo de la fiebre amarilla, que entonces asolaba a Andalucía, y cuando me puse bueno me llevó como en procesión a oír misa a la Catedral vieja, por cuyo pavimento me hizo andar de rodillas más de una hora, y en el mismo retablo en que la oímos puso, en calidad de exvoto, un niño de cera que yo creí mi perfecto retrato. Mi madre tenía un hermano, y si aquélla era buena, éste era malo y muy cruel por añadidura. No puedo recordar a mi tío sin espanto, y por algunos incidentes sueltos que conservo en la memoria, colijo que aquel hombre debió de haber cometido un crimen en la época a que me refiero. Era (p.4) marinero, y cuando estaba en Cádiz y en tierra, venía a casa borracho como una cuba y nos trataba fieramente, a su hermana de palabra, diciéndole los más horrendos vocablos, y a mí de obra, castigándome sin motivo. Mi madre debió padecer mucho con las atrocidades de su hermano, y esto, unido al trabajo tan penoso como mezquinamente retribuido, aceleró su fin, el cual dejó indeleble impresión en mi espíritu, aunque mi memoria puede hoy apreciarlo sólo de un modo vago. En aquella edad de miseria y vagancia, yo no me ocupaba más que en jugar junto a la mar o en correr por las calles. Mis únicas contrariedades eran las que pudieran ocasionarme un bofetón de mi tío, un regaño de mi madre o cualquier contratiempo en la organización de mis escuadras. Mi espíritu no había conocido aún ninguna emoción fuerte y verdaderamente honda, hasta que la pérdida de mi madre me presentó a la vida humana bajo un aspecto muy distinto del que hasta entonces había tenido para mí. Por eso la impresión sentida no se ha borrado nunca de mi alma. Transcurridos tantos años, recuerdo aún, como se recuerdan las medrosas imágenes de un mal sueño, que mi madre yacía postrada con no sé qué padecimiento; recuerdo haber visto entrar en casa unas mujeres, cuyos nombres y condición no puedo decir; recuerdo oír lamentos de dolor, y sentirme yo mismo en los brazos de mi madre; recuerdo también, refiriéndolo a todo mi cuerpo, el contacto de unas manos muy frías, pero muy frías. Creo que después me sacaron de allí, y con estas indecisas memorias se asocia la vista de unas velas amarillas que daban pavorosa claridad en medio del día, el rumor de unos rezos, el cuchicheo de unas viejas charlatanas, las carcajadas de marineros ebrios, y después de esto la triste noción de la orfandad, la idea de hallarme solo y abandonado en el mundo, idea que embargó mi pobre espíritu por algún tiempo. No tengo presente lo que hizo mi tío en aquellos días. Sólo sé que sus crueldades conmigo se redoblaron hasta tal punto, que cansándome de (p.5) sus malos tratos, me evadí de la casa deseoso de buscar fortuna. Me fui a San Fernando; de allí a Puerto Real. Junteme con la gente más perdida de aquellas playas, fecundas en héroes de encrucijada, y no sé cómo ni por qué motivo fui a parar con ellos a Medinasidonia, donde hallándonos cierto día en una taberna se presentaron algunos soldados de Marina que hacían la leva, y nos desbandamos, refugiándose cada cual donde pudo. Mi buena estrella me llevó a cierta casa, cuyos dueños se apiadaron de mí, mostrándome gran interés, sin duda por el relato que de rodillas, bañado en lágrimas y con ademán suplicante, hice de mi triste estado, de mi vida, y sobre todo de mis desgracias. Aquellos señores me tomaron bajo su protección, librándome de la leva, y desde entonces quedé a su servicio. Con ellos me trasladé a Vejer de la Frontera, lugar de su residencia, pues sólo estaban de paso en Medinasidonia. Mis ángeles tutelares fueron D. Alonso Gutiérrez de Cisniega, capitán de navío, retirado del servicio, y su mujer, ambos de avanzada edad. Enseñáronme muchas cosas que no sabía, y como me tomaran cariño, al poco tiempo adquirí la plaza de paje del Sr. Don Alonso, al cual acompañaba en su paseo diario, pues el buen inválido no movía el brazo derecho y con mucho trabajo la pierna correspondiente. No sé qué hallaron en mí para despertar su interés. Sin duda mis pocos años, mi orfandad y también la docilidad con que les obedecía, fueron parte a merecer una benevolencia a que he vivido siempre profundamente agradecido. Hay que añadir a las causas de aquel cariño, aunque me esté mal el decirlo, que yo, no obstante haber vivido hasta entonces en contacto con la más desarrapada canalla, tenía cierta cultura o delicadeza ingénita que en poco tiempo me hizo cambiar de modales, hasta el punto de que algunos años después, a pesar de la falta de todo estudio, hallábame en disposición de poder pasar por persona bien nacida. Cuatro años hacía que estaba en la casa cuando ocurrió lo que voy a referir. No (p.6) me exija el lector una exactitud que tengo por imposible, tratándose de sucesos ocurridos en la primera edad y narrados en el ocaso de la existencia, cuando cercano a mi fin, después de una larga vida, siento que el hielo de la senectud entorpece mi mano al manejar la pluma, mientras el entendimiento aterido intenta engañarse, buscando en el regalo de dulces o ardientes memorias un pasajero rejuvenecimiento. Como aquellos viejos verdes que creen despertar su voluptuosidad dormida engañando los sentidos con la contemplación de hermosuras pintadas, así intentaré dar interés y lozanía a los mustios pensamientos de mi ancianidad, recalentándolos con la representación de antiguas grandezas. Y el efecto es inmediato. ¡Maravillosa superchería de la imaginación! Como quien repasa hojas hace tiempo dobladas de un libro que se leyó, así miro con curiosidad y asombro los años que fueron; y mientras dura el embeleso de esta contemplación, parece que un genio amigo viene y me quita de encima la pesadumbre de los años, aligerando la carga de mi ancianidad, que tanto agobia el cuerpo como el alma. Esta sangre, tibio y perezoso humor que hoy apenas presta escasa animación a mi caduco organismo, se enardece, se agita, circula, bulle, corre y palpita en mis venas con acelerada pulsación. Parece que en mi cerebro entra de improviso una gran luz que ilumina y da forma a mil ignorados prodigios, como la antorcha del viajero que, esclareciendo la obscura cueva, da a conocer las maravillas de la geología tan de repente, que parece que las crea. Y al mismo tiempo mi corazón, muerto para las grandes sensaciones, se levanta, Lázaro llamado por voz divina, y se me sacude en el pecho, causándome a la vez dolor y alegría. Soy joven; el tiempo no ha pasado; tengo frente a mí los principales hechos de mi mocedad; estrecho la mano de antiguos amigos; en mi ánimo se reproducen las emociones dulces o terribles de la juventud, el ardor del triunfo, el pesar de la derrota, las grandes alegrías, así como las grandes penas, (p.7) asociadas en los recuerdos como lo están en la vida. Sobre todos mis sentimientos domina uno, el que dirigió siempre mis acciones durante aquel azaroso periodo comprendido entre 1805 y 1834. Cercano al sepulcro, y considerándome el más inútil de los hombres, ¡aún haces brotar lágrimas de mis ojos, amor santo de la patria! En cambio yo aún puedo consagrarte una palabra, maldiciendo al ruin escéptico que te niega, y al filósofo corrompido que te confunde con los intereses de un día. A este sentimiento consagré mi edad viril y a él consagro esta faena de mis últimos años, poniéndole por genio tutelar o ángel custodio de mi existencia escrita, ya que lo fue de mi existencia real. Muchas cosas voy a contar. ¡Trafalgar, Bailén, Madrid, Zaragoza, Gerona, Arapiles!.. De todo esto diré alguna cosa, si no os falta la paciencia. Mi relato no será tan bello como debiera, pero haré todo lo posible para que sea verdadero.
Ep-1-II - En uno de los primeros días de Octubre de aquel año funesto (1805), mi noble amo me llamó a su cuarto, y mirándome con su habitual severidad (cualidad tan sólo aparente, pues su carácter era sumamente blando), me dijo: «Gabriel, ¿eres tú hombre de valor?» No supe al principio qué contestar, porque, a decir verdad, en mis catorce años de vida no se me había presentado aún ocasión de asombrar al mundo con ningún hecho heroico; pero el oírme llamar hombre me llenó de orgullo, y pareciéndome al mismo tiempo indecoroso negar mi valor ante persona que lo tenía en tan alto grado, contesté con pueril arrogancia: «Sí, mi amo: soy hombre de valor». Entonces aquel insigne varón, que había derramado su sangre en cien combates gloriosos, sin que por esto se desdeñara de tratar confiadamente a su leal criado, sonrió ante mí, hízome seña de que me sentara, y ya iba a poner en mi conocimiento alguna importante resolución, cuando su esposa y mi ama Doña Francisca entró de súbito en el despacho para dar mayor interés a la conferencia, y comenzó a hablar destempladamente en estos términos: -No, (p.8) no irás.. te aseguro que no irás a la escuadra. ¡Pues no faltaba más!.. ¡A tus años y cuando te has retirado del servicio por viejo!.. ¡Ay, Alonsito, has llegado a los setenta y ya no estás para fiestas! Me parece que aún estoy viendo a aquella respetable cuanto iracunda señora con su gran papalina, su saya de organdí, sus rizos blancos y su lunar peludo a un lado de la barba. Cito estos cuatro detalles heterogéneos, porque sin ellos no puede representársela mi memoria. Era una mujer hermosa en la vejez, como la Santa Ana de Murillo; y su belleza respetable habría sido perfecta, y la comparación con la madre de la Virgen exacta, si mi ama hubiera sido muda como una pintura. D. Alonso, algo acobardado, como de costumbre, siempre que la oía, le contestó: «Necesito ir, Paquita. Según la carta que acabo de recibir de ese buen Churruca, la escuadra combinada debe, o salir de Cádiz provocando el combate con los ingleses, o esperarles en la bahía, si se atreven a entrar. De todos modos, la cosa va a ser sonada». -Bueno, me alegro -repuso Doña Francisca-. Ahí están Gravina, Valdés, Cisneros, Churruca, Alcalá Galiano y Álava. Que machaquen duro sobre esos perros ingleses. Pero tú estás hecho un trasto viejo, que no sirves para maldita de Dios la cosa. Todavía no puedes mover el brazo izquierdo que te dislocaron en el cabo de San Vicente. Mi amo movió el brazo izquierdo con un gesto académico y guerrero, para probar que lo tenía expedito. Pero Doña Francisca, no convencida con tan endeble argumento, continuó chillando en estos términos: «No, no irás a la escuadra, porque allí no hacen falta estantiguas como tú. Si tuvieras cuarenta años, como cuando fuiste a la tierra del Fuego y me trajiste aquellos collares verdes de los indios.. Pero ahora.. Ya sé yo que ese calzonazos de Marcial te ha calentado los cascos anoche y esta mañana, hablándote de batallas. Me parece que el Sr. Marcial y yo tenemos que reñir.. Vuélvase él a los barcos si quiere, para que le quiten la pierna que le queda.. ¡Oh, San José bendito! Si en mis quince (p.9) hubiera sabido yo lo que era la gente de mar.. ¡Qué tormento! ¡Ni un día de reposo! Se casa una para vivir con su marido, y a lo mejor viene un despacho de Madrid que en dos palotadas me lo manda qué sé yo a dónde, a la Patagonia, al Japón o al mismo infierno. Está una diez o doce meses sin verle, y al fin, si no se le comen los señores salvajes, vuelve hecho una miseria, tan enfermo y amarillo que no sabe una qué hacer para volverle a su color natural.. Pero pájaro viejo no entra en jaula, y de repente viene otro despachito de Madrid.. Vaya usted a Tolón, a Brest, a Nápoles, acá o acullá, donde le da la gana al bribonazo del Primer Cónsul.. ¡Ah!, si todos hicieran lo que yo digo, ¡qué pronto las pagaría todas juntas ese caballerito que trae tan revuelto al mundo!» Mi amo miró sonriendo una mala estampa clavada en la pared, y que, torpemente iluminada por ignoto artista, representaba al Emperador Napoleón, caballero en un corcel verde, con el célebre redingote embadurnado de bermellón. Sin duda la impresión que dejó en mí aquella obra de arte, que contemplé durante cuatro años, fue causa de que modificara mis ideas respecto al traje de contrabandista del grande hombre, y en lo sucesivo me lo representé vestido de cardenal y montado en un caballo verde. «Esto no es vivir -continuó Doña Francisca agitando los brazos-. Dios me perdone; pero aborrezco el mar, aunque dicen que es una de sus mejores obras. ¡No sé para qué sirve la Santa Inquisición si no convierte en cenizas esos endiablados barcos de guerra! Pero vengan acá y díganme: ¿Para qué es eso de estarse arrojando balas y más balas, sin más ni más, puestos sobre cuatro tablas que, si se quiebran, arrojan al mar centenares de infelices? ¿No es esto tentar a Dios? ¡Y estos hombres se vuelven locos cuando oyen un cañonazo! ¡Bonita gracia! A mí se me estremecen las carnes cuando los oigo, y si todos pensaran como yo, no habría más guerras en el mar.. y todos los cañones se convertirían en campanas. Mira, Alonso -añadió deteniéndose ante su marido-, me parece que ya os han (p.10) derrotado bastantes veces. ¿Queréis otra? Tú y esos otros tan locos como tú, ¿no estáis satisfechos después de la del 14?. D. Alonso apretó los puños al oír aquel triste recuerdo, y no profirió un juramento de marino por respeto a su esposa. «La culpa de tu obstinación en ir a la escuadra -añadió la dama cada vez más furiosa-, la tiene el picarón de Marcial, ese endiablado marinero, que debió ahogarse cien veces, y cien veces se ha salvado para tormento mío. Si él quiere volver a embarcarse con su pierna de palo, su brazo roto, su ojo de menos y sus cincuenta heridas, que vaya en buen hora, y Dios quiera que no vuelva a parecer por aquí..; pero tú no irás, Alonso, tú no irás, porque estás enfermo y porque has servido bastante al Rey, quien por cierto te ha recompensado muy mal; y yo que tú, le tiraría a la cara al señor Generalísimo de mar y tierra los galones de capitán de navío que tienes desde hace diez años.. A fe que debían haberte hecho almirante cuando menos, que harto lo merecías cuando fuiste a la expedición de África y me trajiste aquellas cuentas azules que, con los collares de los indios, me sirvieron para adornar la urna de la Virgen del Carmen. -Sea o no almirante, yo debo ir a la escuadra, Paquita -dijo mi amo-. Yo no puedo faltar a ese combate. Tengo que cobrar a los ingleses cierta cuenta atrasada. -Bueno estás tú para cobrar estas cuentas -contestó mi ama-: un hombre enfermo y medio baldado.. -Gabriel irá conmigo -añadió D. Alonso, mirándome de un modo que infundía valor. Yo hice un gesto que indicaba mi conformidad con tan heroico proyecto; pero cuidé de que no me viera Doña Francisca, la cual me habría hecho notar el irresistible peso de su mano si observara mis disposiciones belicosas. Ésta, al ver que su esposo parecía resuelto, se enfureció más; juró que si volviera a nacer, no se casaría con ningún marino; dijo mil pestes del Emperador, de nuestro amado Rey, del Príncipe de la Paz, de todos los signatarios del tratado de subsidios, y terminó asegurando al valiente marino que Dios le castigaría por (p.11) su insensata temeridad. Durante el diálogo que he referido, sin responder de su exactitud, pues sólo me fundo en vagos recuerdos, una tos recia y perruna, resonando en la habitación inmediata, anunciaba que Marcial, el mareante viejo, oía desde muy cerca la ardiente declamación de mi ama, que le había citado bastantes veces con comentarios poco benévolos. Deseoso de tomar parte en la conversación, para lo cual le autorizaba la confianza que tenía en la casa, abrió la puerta y se presentó en el cuarto de mi amo. Antes de pasar adelante, quiero dar de éste algunas noticias, así como de su hidalga consorte, para mejor conocimiento de lo que va a pasar.
Ep-1-III - D. Alonso Gutiérrez de Cisniega pertenecía a una antigua familia del mismo Vejer. Consagráronle a la carrera naval, y desde su juventud, siendo guardia marina, se distinguió honrosamente en el ataque que los ingleses dirigieron contra la Habana en 1748. Formó parte de la expedición que salió de Cartagena contra Argel en 1775, y también se halló en el ataque de Gibraltar por el Duque de Crillon en 1782. Embarcose más tarde para la expedición al estrecho de Magallanes en la corbeta Santa María de la Cabeza, que mandaba Don Antonio de Córdova; también se halló en los gloriosos combates que sostuvo la escuadra anglo-española contra la francesa delante de Tolón en 1793, y, por último, terminó su gloriosa carrera en el desastroso encuentro del cabo de San Vicente, mandando el navío Mejicano, uno de los que tuvieron que rendirse. Desde entonces, mi amo, que no había ascendido conforme a su trabajosa y dilatada carrera, se retiró del servicio. De resultas de las heridas recibidas en aquella triste jornada, cayó enfermo del cuerpo, y más gravemente del alma, a consecuencia del pesar de la derrota. Curábale su esposa con amor, aunque no sin gritos, pues el maldecir a la marina y a los navegantes era en su boca tan habitual como los dulces nombres de Jesús y María en boca de un devoto. Era Doña Francisca una señora excelente, ejemplar, de noble origen, devota y (p.12) temerosa de Dios, como todas las hembras de aquel tiempo; caritativa y discreta, pero con el más arisco y endemoniado genio que he conocido en mi vida. Francamente, yo no considero como ingénito aquel iracundo temperamento, sino, antes bien, creado por los disgustos que la ocasionó la desabrida profesión de su esposo; y es preciso confesar que no se quejaba sin razón, pues aquel matrimonio, que durante cincuenta años habría podido dar veinte hijos al mundo y a Dios, tuvo que contentarse con uno solo: la encantadora y sin par Rosita, de quien hablaré después. Por éstas y otras razones, Doña Francisca pedía al cielo en sus diarias oraciones el aniquilamiento de todas las escuadras europeas. En tanto, el héroe se consumía tristemente en Vejer viendo sus laureles apolillados y roídos de ratones, y meditaba y discurría a todas horas sobre un tema importante, es decir: que si Córdova, comandante de nuestra escuadra, hubiera mandado orzar a babor en vez de ordenar la maniobra a estribor, los navíos Mejicano, San José, San Nicolás y San Isidro no habrían caído en poder de los ingleses, y el almirante inglés Jerwis habría sido derrotado. Su mujer, Marcial, hasta yo mismo, extralimitándome en mis atribuciones, le decíamos que la cosa no tenía duda, a ver si dándonos por convencidos se templaba el vivo ardor de su manía; pero ni por ésas: su manía le acompañó al sepulcro. Pasaron ocho años después de aquel desastre, y la noticia de que la escuadra combinada iba a tener un encuentro decisivo con los ingleses, produjo en él cierta excitación que parecía rejuvenecerle. Dio, pues, en la flor de que había de ir a la escuadra para presenciar la indudable derrota de sus mortales enemigos; y aunque su esposa trataba de disuadirle, como he dicho, era imposible desviarle de tan estrafalario propósito. Para dar a comprender cuán vehemente era su deseo, basta decir que osaba contrariar, aunque evitando toda disputa, la firme voluntad de Doña Francisca; y debo advertir, para que se tenga idea de la obstinación de mi amo, que éste no tenía miedo a (p.13) los ingleses, ni a los franceses, ni a los argelinos, ni a los salvajes del estrecho de Magallanes, ni al mar irritado, ni a los monstruos acuáticos, ni a la ruidosa tempestad, ni al cielo, ni a la tierra: no tenía miedo a cosa alguna creada por Dios, más que a su bendita mujer. Réstame hablar ahora del marinero Marcial, objeto del odio más vivo por parte de Doña Francisca; pero cariñosa y fraternalmente amado por mi amo D. Alonso, con quien había servido. Marcial (nunca supe su apellido), llamado entre los marineros Medio-hombre, había sido contramaestre en barcos de guerra durante cuarenta años. En la época de mi narración, la facha de este héroe de los mares era de lo más singular que puede imaginarse. Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa que no se parecía a la de ningún habitante racional de tierra firme, y podrán formarse idea de este personaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, pues a fe que merece ser pintado por un diestro retratista. No puedo decir si su aspecto hacía reír o imponía respeto: creo que ambas cosas a la vez, y según como se le mirase. Puede decirse que su vida era la historia de la marina española en la última parte del siglo pasado y principios del presente; historia en cuyas páginas las gloriosas acciones alternan con lamentables desdichas. Marcial había navegado en el Conde de Regla, en el San Joaquín, en el Real Carlos, en el Trinidad, y en otros heroicos y desgraciados barcos que, al parecer derrotados con honra o destruidos con alevosía, sumergieron con sus viejas tablas el poderío naval de España. Además de las campañas en que tomó parte con mi amo, Medio-hombre había asistido a otras muchas, tales como (p.14) la expedición a la Martinica, la acción de Finisterre y antes el terrible episodio del Estrecho, en la noche del 12 de julio de 1801, y al combate del cabo de Santa María, en 5 de octubre de 1804. A la edad de sesenta y seis años se retiró del servicio, mas no por falta de bríos, sino porque ya se hallaba completamente desarbolado y fuera de combate. Él y mi amo eran en tierra dos buenos amigos; y como la hija única del contramaestre se hallase casada con un antiguo criado de la casa, resultando de esta unión un nieto, Medio-hombre se decidió a echar para siempre el ancla, como un viejo pontón inútil para la guerra, y hasta llegó a hacerse la ilusión de que le gustaba la paz. Bastaba verle para comprender que el empleo más difícil que podía darse a aquel resto glorioso de un héroe era el de cuidar chiquillos; y en efecto, Marcial no hacía otra cosa que cargar, distraer y dormir a su nieto, para cuya faena le bastaban sus canciones marineras sazonadas con algún juramento, propio del oficio. Mas al saber que la escuadra combinada se apercibía para un gran combate, sintió renacer en su pecho el amortiguado entusiasmo, y soñó que se hallaba mandando la marinería en el alcázar de proa del Santísima Trinidad. Como notase en D. Alonso iguales síntomas de recrudecimiento, se franqueó con él, y desde entonces pasaban gran parte del día y de la noche comunicándose, así las noticias recibidas como las propias sensaciones, refiriendo hechos pasados, haciendo conjeturas sobre los venideros y soñando despiertos, como dos grumetes que en íntima confidencia calculan el modo de llegar a almirantes. En estas encerronas, que traían a Doña Francisca muy alarmada, nació el proyecto de embarcarse en la escuadra para presenciar el próximo combate. Ya saben ustedes la opinión de mi ama y las mil picardías que dijo del marinero embaucador; ya saben que D. Alonso insistía en poner en ejecución tan atrevido pensamiento, acompañado de su paje, y ahora me resta referir lo que todos dijeron cuando Marcial se presentó a defender (p.15) la guerra contra el vergonzoso statu quo de Doña Francisca.
Ep-1-IV - «Señor Marcial -dijo ésta con redoblado furor: -si quiere usted ir a la escuadra a que le den la última mano, puede embarcar cuando quiera; pero lo que es este no irá. -Bueno -contestó el marinero, que se había sentado en el borde de una silla, ocupando sólo el espacio necesario para sostenerse-: iré yo solo. El demonio me lleve, si me quedo sin echar el catalejo a la fiesta.» Después añadió con expresión de júbilo: «Tenemos quince navíos, y los francesitos veinticinco barcos. Si todos fueran nuestros, no era preciso tanto.. ¡Cuarenta buques y mucho corazón embarcado!» Como se comunica el fuego de una mecha a otra que está cercana, así el entusiasmo que irradió del ojo de Marcial encendió los dos, ya por la edad amortiguados, de mi buen amo. «Pero el Señorito -continuó Medio-hombre-, traerá muchos también. Así me gustan a mí las funciones: mucha madera donde mandar balas, y mucho jumo de pólvora que caliente el aire cuando hace frío.» Se me había olvidado decir que Marcial, como casi todos los marinos, usaba un vocabulario formado por los más peregrinos terminachos, pues es costumbre en la gente de mar de todos los países desfigurar la lengua patria hasta convertirla en caricatura. Observando la mayor parte de las voces usadas por los navegantes, se ve que son simplemente corruptelas de las palabras más comunes, adaptadas a su temperamento arrebatado y enérgico, siempre propenso a abreviar todas las funciones de la vida, y especialmente el lenguaje. Oyéndoles hablar, me ha parecido a veces que la lengua es un órgano que les estorba. Marcial, como digo, convertía los nombres en verbos, y éstos en nombres, sin consultar con la Academia. Asimismo aplicaba el vocabulario de la navegación a todos los actos de la vida, asimilando el navío con el hombre, en virtud de una forzada analogía entre las partes de aquél y los miembros de éste. Por ejemplo, hablando de la pérdida de su ojo, decía que había (p.16) cerrado el portalón de estribor; y para expresar la rotura del brazo, decía que se había quedado sin la serviola de babor. Para él el corazón, residencia del valor y del heroísmo, era el pañol de la pólvora, así como el estómago el pañol del viscocho. Al menos estas frases las entendían los marineros; pero había otras, hijas de su propia inventiva filológica, de él sólo conocidas y en todo su valor apreciadas. ¿Quién podría comprender lo que significaban patigurbiar, chingurria y otros feroces nombres del mismo jaez? Yo creo, aunque no lo aseguro, que con el primero significaba dudar, y con el segundo tristeza. La acción de embriagarse la denominaba de mil maneras distintas, y entre éstas la más común era ponerse la casaca, idiotismo cuyo sentido no hallarán mis lectores, si no les explico que, habiéndole merecido los marinos ingleses el dictado de casacones, sin duda a causa de su uniforme, al decir ponerse la casaca por emborracharse, quería significar Marcial una acción común y corriente entre sus enemigos. A los almirantes extranjeros los llamaba con estrafalarios nombres, ya creados por él, ya traducidos a su manera, fijándose en semejanzas de sonido. A Nelson le llamaba el Señorito, voz que indicaba cierta consideración o respeto; a Collingwood el tío Calambre, frase que a él le parecía exacta traducción del inglés; a Jerwis le nombraba como los mismos ingleses, esto es, viejo zorro; a Calder el tío Perol, porque encontraba mucha relación entre las dos voces; y siguiendo un sistema lingüístico enteramente opuesto, designaba a Villeneuve, jefe de la escuadra combinada, con el apodo de Monsieur Corneta, nombre tomado de un sainete a cuya representación asistió Marcial en Cádiz. En fin, tales eran los disparates que salían de su boca, que me veré obligado, para evitar explicaciones enojosas, a sustituir sus frases con las usuales, cuando refiera las conversaciones que de él recuerdo. Sigamos ahora. Doña Francisca, haciéndose cruces, dijo así: «¡Cuarenta navíos! Eso es tentar a la Divina Providencia. (p.17) ¡Jesús!, y lo menos tendrán cuarenta mil cañones, para que estos enemigos se maten unos a otros. -Lo que es como Mr. Corneta tenga bien provistos los pañoles de la pólvora -contestó Marcial señalando al corazón-, ya se van a reír esos señores casacones. No será ésta como la del cabo de San Vicente. -Hay que tener en cuenta -dijo mi amo con placer, viendo mencionado su tema favorito-, que si el almirante Córdova hubiera mandado virar a babor a los navíos San José y Mejicano, el Sr. de Jerwis no se habría llamado Lord Conde de San Vicente. De eso estoy bien seguro, y tengo datos para asegurar que con la maniobra a babor, hubiéramos salido victoriosos. -¡Victoriosos! -exclamó con desdén Doña Francisca-. Si pueden ellos más.. Estos bravucones parece que se quieren comer el mundo, y en cuanto salen al mar parece que no tienen bastantes costillas para recibir los porrazos de los ingleses. -¡No! -dijo Medio-hombre enérgicamente y cerrando el puño con gesto amenazador-. ¡Si no fuera por sus muchas astucias y picardías!.. Nosotros vamos siempre contra ellos con el alma a un largo, pues, con nobleza, bandera izada y manos limpias. El inglés no se larguea, y siempre ataca por sorpresa, buscando las aguas malas y las horas de cerrazón. Así fue la del Estrecho, que nos tienen que pagar. Nosotros navegábamos confiados, porque ni de perros herejes moros se teme la traición, cuantimás de un inglés que es civil y al modo de cristiano. Pero no: el que ataca a traición no es cristiano, sino un salteador de caminos. Figúrese usted, señora -añadió dirigiéndose a Doña Francisca para obtener su benevolencia-, que salimos de Cádiz para auxiliar a la escuadra francesa que se había refugiado en Algeciras, perseguida por los ingleses. Hace de esto cuatro años, y entavía tengo tal coraje que la sangre se me emborbota cuando lo recuerdo. Yo iba en el Real Carlos, de 112 cañones, que mandaba Ezguerra, y además llevábamos el San Hermenegildo, de 112 también; el San Fernando, el Argonauta, el San Agustín y la fragata Sabina. Unidos (p.18) con la escuadra francesa, que tenía cuatro navíos, tres fragatas y un bergantín, salimos de Algeciras para Cádiz a las doce del día, y como el tiempo era flojo, nos anocheció más acá de punta Carnero. La noche estaba más negra que un barril de chapapote; pero como el tiempo era bueno, no nos importaba navegar a obscuras. Casi toda la tripulación dormía: me acuerdo que estaba yo en el castillo de proa hablando con mi primo Pepe Débora, que me contaba las perradas de su suegra, y desde allí vi las luces del San Hermenegildo, que navegaba a estribor como a tiro de cañón. Los demás barcos iban delante. Pusque lo que menos creíamos era que los casacones habían salido de Gibraltar tras de nosotros y nos daban caza. ¿Ni cómo los habíamos de ver, si tenían apagadas las luces y se nos acercaban sin que nos percatáramos de ello? De repente, y anque la noche estaba muy obscura, me pareció ver.. yo siempre he tenido un farol como un lince.. me pareció que un barco pasaba entre nosotros y el San Hermenegildo. «José Débora -dije a mi compañero-; o yo estoy viendo pantasmas, o tenemos un barco inglés por estribor». José Débora miró y me dijo: «Que el palo mayor se caiga por la fogonadura y me parta, si hay por estribor más barco que el San Hermenegildo. -Pues por sí o por no -dije-, voy a avisarle al oficial que está de cuarto». No había acabado de decirlo, cuando pataplús.. sentimos el musiqueo de toda una andanada que nos soplaron por el costado. En un minuto la tripulación se levantó.. cada uno a su puesto.. ¡Qué batahola, señora Doña Francisca! Me alegrara de que usted lo hubiera visto para que supiera cómo son estas cosas. Todos jurábamos como demonios y pedíamos a Dios que nos pusiera un cañón en cada dedo para contestar al ataque. Ezguerra subió al alcázar y mandó disparar la andanada de estribor.. ¡zapataplús! La andanada de estribor disparó en seguida, y al poco rato nos contestaron.. Pero en aquella trapisonda no vimos que con el primer disparo nos habían soplado a bordo unas endiabladas materias comestibles (p.19) (combustibles quería decir), que cayeron sobre el buque como si estuviera lloviendo fuego. Al ver que ardía nuestro navío, se nos redobló la rabia y cargamos de nuevo la andanada, y otra, y otra. ¡Ah, señora Doña Francisca! ¡Bonito se puso aquello!.. Nuestro comandante mandó meter sobre estribor para atacar al abordaje al buque enemigo. Aquí te quiero ver.. Yo estaba en mis glorias.. En un guiñar del ojo preparamos las hachas y picas para el abordaje.. el barco enemigo se nos venía encima, lo cual me encabrilló (me alegró) el alma, porque así nos enredaríamos más pronto.. Mete, mete a estribor.. ¡qué julepe! Principiaba a amanecer: ya los penoles se besaban; ya estaban dispuestos los grupos, cuando oímos juramentos españoles a bordo del buque enemigo. Entonces nos quedamos todos tiesos de espanto, porque vimos que el barco con que nos batíamos era el mismo San Hermenegildo. -Eso sí que estuvo bueno -dijo Doña Francisca mostrando algún interés en la narración-. ¿Y cómo fueron tan burros que uno y otro..? -Diré a usted: no tuvimos tiempo de andar con palabreo. El fuego del Real Carlos se pasó al San Hermenegildo, y entonces.. ¡Virgen del Carmen, la que se armó! ¡A las lanchas!, gritaron muchos. El fuego estaba ya ras con ras con la Santa Bárbara, y esta señora no se anda con bromas.. Nosotros jurábamos, gritábamos insultando a Dios, a la Virgen y a todos los santos, porque así parece que se desahoga uno cuando está lleno de coraje hasta la escotilla. -¡Jesús, María y José!, ¡qué horror! -exclamó mi ama-. ¿Y se salvaron? -Nos salvamos cuarenta en la falúa y seis o siete en el chinchorro: éstos recogieron al segundo del San Hermenegildo. José Débora se aferró a un pedazo de palo y arribó más muerto que vivo a las playas de Marruecos. -¿Y los demás? -Los demás.. la mar es grande y en ella cabe mucha gente. Dos mil hombres apagaron fuegos aquel día, entre ellos nuestro comandante Ezguerra, y Emparán el del otro barco. -Válgame Dios -dijo Doña Francisca-. Aunque bien empleado les está, por andarse en esos juegos. (p.20) Si se estuvieran quietecitos en sus casas como Dios manda.. -Pues la causa de este desastre -dijo Don Alonso, que gustaba de interesar a su mujer en tan dramáticos sucesos-, fue la siguiente. Los ingleses, validos de la obscuridad de la noche, dispusieron que el navío Soberbio, el más ligero de los que traían, apagara sus luces y se colocara entre nuestros dos hermosos barcos. Así lo hizo: disparó sus dos andanadas, puso su aparejo en facha con mucha presteza, orzando al mismo tiempo para librarse de la contestación. El Real Carlos y el San Hermenegildo, viéndose atacados inesperadamente, hicieron fuego; pero se estuvieron batiendo el uno contra el otro, hasta que cerca del amanecer y estando a punto de abordarse, se reconocieron y ocurrió lo que tan detalladamente te ha contado Marcial. -¡Oh!, ¡y qué bien os la jugaron! -dijo la dama-. Estuvo bueno, aunque eso no es de gente noble. -Qué ha de ser -añadió Medio-hombre-. Entonces yo no los quería bien; pero dende esa noche.. Si están ellos en el Cielo, no quiero ir al Cielo, manque me condene para toda la enternidad.. -¿Pues y la captura de las cuatro fragatas que venían del Río de la Plata? -dijo D. Alonso animando a Marcial para que continuara sus narraciones. -También en esa me encontré -contestó el marino-, y allí me dejaron sin pierna. También entonces nos cogieron desprevenidos, y como estábamos en tiempo de paz, navegábamos muy tranquilos, contando ya las horas que nos faltaban para llegar, cuando de pronto.. Le diré a usted cómo fue, señora Doña Francisca, para que vea las mañas de esa gente. Después de lo del Estrecho, me embarqué en la Fama para Montevideo, y ya hacía mucho tiempo que estábamos allí, cuando el jefe de la escuadra recibió orden de traer a España los caudales de Lima y Buenos Aires. El viaje fue muy bueno, y no tuvimos más percance que unas calenturillas, que no mataron ni tanto así de hombre.. Traíamos mucho dinero del Rey y de particulares, y también lo que llamamos la caja de soldadas, que son los ahorrillos de (p.21) la tropa que sirve en las Américas. Por junto, si no me engaño, eran cosa de cinco millones de pesos, como quien no dice nada, y además traíamos pieles de lobo, lana de vicuña, cascarilla, barras de estaño y cobre y maderas finas.. Pues, señor, después de cincuenta días de navegación, el 5 de Octubre, vimos tierra, y ya contábamos entrar en Cádiz al día siguiente, cuando cátate que hacia el Nordeste se nos presentan cuatro señoras fragatas. Anque era tiempo de paz, y nuestro capitán, D. Miguel de Zapiaín, parecía no tener maldito recelo, yo, que soy perro viejo en la mar, llamé a Débora y le dije que el tiempo me olía a pólvora.. Bueno: cuando las fragatas inglesas estuvieron cerca, el general mandó hacer zafarrancho; la Fama iba delante, y al poco rato nos encontramos a tiro de pistola de una de las inglesas por barlovento. Entonces el capitán inglés nos habló con su bocina y nos dijo.. ¡pues mire usted que me gustó la franqueza!.. nos dijo que nos pusiéramos en facha porque nos iba a atacar. Hizo mil preguntas; pero le dijimos que no nos daba la gana de contestar. A todo esto, las otras tres fragatas enemigas se habían acercado a las nuestras, de tal manera que cada una de las inglesas tenía otra española por el costado de sotavento. -Su posición no podía ser mejor -apuntó mi amo. -Eso digo yo -continuó Marcial-. El jefe de nuestra escuadra, D. José Bustamante, anduvo poco listo, que si hubiera sido yo.. Pues, señor, el comodón (quería decir el comodoro) inglés envió a bordo de la Medea un oficialillo de estos de cola de abadejo, el cual, sin andarse en chiquitas, dijo que anque no estaba declarada la guerra, el comodón tenía orden de apresarnos. Esto sí que se llama ser inglés. El combate empezó al poco rato; nuestra fragata recibió la primera andanada por babor; se le contestó al saludo, y cañonazo va, cañonazo viene.. lo cierto del caso es que no metimos en un puño a aquellos herejes por mor de que el demonio fue y pegó fuego a la Santa Bárbara de la Mercedes, que se voló en un suspiro, ¡y todos con este suceso, nos (p.22) afligimos tanto, sintiéndonos tan apocados..!, no por falta de valor, sino por aquello que dicen.. en la moral.. pues.. denque el mismo momento nos vimos perdidos. Nuestra fragata tenía las velas con más agujeros que capa vieja, los cabos rotos, cinco pies de agua en bodega, el palo de mesana tendido, tres balazos a flor de agua y bastantes muertos y heridos. A pesar de esto, seguíamos la cuchipanda con el inglés; pero cuando vimos que la Medea y la Clara, no pudiendo resistir la chamusquina, arriaban bandera, forzamos de vela y nos retiramos defendiéndonos como podíamos. La maldita fragata inglesa nos daba caza, y como era más velera que la nuestra, no pudimos zafarnos y tuvimos también que arriar el trapo a las tres de la tarde, cuando ya nos habían matado mucha gente, y yo estaba medio muerto sobre el sollao porque a una bala le dio la gana de quitarme la pierna. Aquellos condenados nos llevaron a Inglaterra, no como presos, sino como detenidos; pero carta va, carta viene entre Londres y Madrid, lo cierto es que se quedaron con el dinero, y me parece que cuando a mí me nazca otra pierna, entonces el Rey de España les verá la punta del pelo a los cinco millones de pesos. -¡Pobre hombre!.. ¿y entonces perdiste la pata? -le dijo compasivamente Doña Francisca. -Sí señora: los ingleses, sabiendo que yo no era bailarín, creyeron que tenía bastante con una. En la travesía me curaron bien: en un pueblo que llaman Plinmuf (Plymouth) estuve seis meses en el pontón, con el petate liado y la patente para el otro mundo en el bolsillo.. Pero Dios quiso que no me fuera a pique tan pronto: un físico inglés me puso esta pierna de palo, que es mejor que la otra, porque aquélla me dolía de la condenada reúma, y ésta, a Dios gracias, no duele aunque la echen una descarga de metralla. En cuanto a dureza, creo que la tiene, aunque entavía no se me ha puesto delante la popa de ningún inglés para probarla. -Muy bravo estás -dijo mi ama-; quiera Dios no pierdas también la otra. «El que busca el peligro..» Concluida la relación de Marcial, se trabó (p.23) de nuevo la disputa sobre si mi amo iría o no a la escuadra. Persistía Doña Francisca en la negativa, y D. Alonso, que en presencia de su digna esposa era manso como un cordero, buscaba pretextos y alegaba toda clase de razones para convencerla. «Iremos sólo a ver, mujer; nada más que a ver -decía el héroe con mirada suplicante. -Dejémonos de fiestas -le contestaba su esposa-. Buen par de esperpentos estáis los dos. -La escuadra combinada -dijo Marcial-, se quedará en Cádiz, y ellos tratarán de forzar la entrada. -Pues entonces -añadió mi ama-, pueden ver la función desde la muralla de Cádiz; pero lo que es en los barquitos.. Digo que no y que no, Alonso. En cuarenta años de casados no me has visto enojada (la veía todos los días); pero ahora te juro que si vas a bordo.. haz cuenta de que Paquita no existe para ti. -¡Mujer! -exclamó con aflicción mi amo-. ¡Y he de morirme sin tener ese gusto! -¡Bonito gusto, hombre de Dios! ¡Ver cómo se matan esos locos! Si el Rey de las Españas me hiciera caso, mandaría a paseo a los ingleses y les diría: «Mis vasallos queridos no están aquí para que ustedes se diviertan con ellos. Métanse ustedes en faena unos con otros si quieren juego». ¿Qué creen? Yo, aunque tonta, bien sé lo que hay aquí, y es que el Primer Cónsul, Emperador, Sultán, o lo que sea, quiere acometer a los ingleses, y como no tiene hombres de alma para el caso, ha embaucado a nuestro buen Rey para que le preste los suyos, y la verdad es que nos está fastidiando con sus guerras marítimas. Díganme ustedes: ¿a España qué le va ni le viene en esto? ¿Por qué ha de estar todos los días cañonazo y más cañonazo por una simpleza? Antes de esas picardías que Marcial ha contado, ¿qué daño nos habían hecho los ingleses? ¡Ah, si hicieran caso de lo que yo digo, el señor de Bonaparte armaría la guerra solo, o si no que no la armara! -Es verdad -dijo mi amo-, que la alianza con Francia nos está haciendo mucho daño, pues si algún provecho resulta es para nuestra aliada, mientras todos los desastres son para (p.24) nosotros. -Entonces, tontos rematados, ¿para qué se os calientan las pajarillas con esta guerra? -El honor de nuestra nación está empeñado -contestó D. Alonso-, y una vez metidos en la danza, sería una mengua volver atrás. Cuando estuve el mes pasado en Cádiz en el bautizo de la hija de mi primo, me decía Churruca: «Esta alianza con Francia, y el maldito tratado de San Ildefonso, que por la astucia de Bonaparte y la debilidad de Godoy se ha convertido en tratado de subsidios, serán nuestra ruina, serán la ruina de nuestra escuadra, si Dios no lo remedia, y, por tanto, la ruina de nuestras colonias y del comercio español en América. Pero, a pesar de todo, es preciso seguir adelante». -Bien digo yo -añadió doña Francisca-, que ese Príncipe de la Paz se está metiendo en cosas que no entiende. Ya se ve, ¡un hombre sin estudios! Mi hermano el arcediano, que es partidario del príncipe Fernando, dice que ese señor Godoy es un alma de cántaro, y que no ha estudiado latín ni teología, pues todo su saber se reduce a tocar la guitarra y a conocer los veintidós modos de bailar la gavota. Parece que por su linda cara le han hecho, primer ministro. Así andan las cosas de España; luego, hambre y más hambre.. todo tan caro.. la fiebre amarilla asolando a Andalucía.. Está esto bonito, sí, señor.. Y de ello tienen ustedes la culpa -continuó engrosando la voz y poniéndose muy encarnada-, sí señor, ustedes que ofenden a Dios matando tanta gente; ustedes, que si en vez de meterse en esos endiablados barcos, se fueran a la iglesia a rezar el rosario, no andaría Patillas tan suelto por España haciendo diabluras. -Tú irás a Cádiz también -dijo D. Alonso ansioso de despertar el entusiasmo en el pecho de su mujer-; irás a casa de Flora, y desde el mirador podrás ver cómodamente el combate, el humo, los fogonazos, las banderas.. Es cosa muy bonita. -¡Gracias, gracias! Me caería muerta de miedo. Aquí nos estaremos quietos, que el que busca el peligro en él perece. Así terminó aquel diálogo, cuyos pormenores he conservado en mi memoria, a pesar del (p.25) tiempo transcurrido. Mas acontece con frecuencia que los hechos muy remotos, correspondientes a nuestra infancia, permanecen grabados en la imaginación con mayor fijeza que los presenciados en edad madura, y cuando predomina sobre todas las facultades la razón. Aquella noche D. Alonso y Marcial siguieron conferenciando en los pocos ratos que la recelosa Doña Francisca los dejaba solos. Cuando ésta fue a la parroquia para asistir a la novena, según su piadosa costumbre, los dos marinos respiraron con libertad como escolares bulliciosos que pierden de vista al maestro. Encerráronse en el despacho, sacaron unos mapas y estuvieron examinándolos con gran atención; luego leyeron ciertos papeles en que había apuntados los nombres de muchos barcos ingleses con la cifra de sus cañones y tripulantes, y durante su calurosa conferencia, en que alternaba la lectura con los más enérgicos comentarios, noté que ideaban el plan de un combate naval. Marcial imitaba con los gestos de su brazo y medio la marcha de las escuadras, la explosión de las andanadas; con su cabeza, el balance de los barcos combatientes; con su cuerpo, la caída de costado del buque que se va a pique; con su mano, el subir y bajar de las banderas de señal; con un ligero silbido, el mando del contramaestre; con los porrazos de su pie de palo contra el suelo, el estruendo del cañón; con su lengua estropajosa, los juramentos y singulares voces del combate; y como mi amo le secundase en esta tarea con la mayor gravedad, quise yo también echar mi cuarto a espadas, alentado por el ejemplo, y dando natural desahogo a esa necesidad devoradora de meter ruido que domina el temperamento de los chicos con absoluto imperio. Sin poderme contener, viendo el entusiasmo de los dos marinos, comencé a dar vueltas por la habitación, pues la confianza con que por mi amo era tratado me autorizaba a ello; remedé con la cabeza y los brazos la disposición de una nave que ciñe el viento, y al mismo tiempo profería, ahuecando la voz, los retumbantes (p.26) monosílabos que más se parecen al ruido de un cañonazo, tales como ¡bum, bum, bum!.. Mi respetable amo, el mutilado marinero, tan niños como yo en aquella ocasión, no pararon mientes en lo que yo hacía, pues harto les embargaban sus propios pensamientos. ¡Cuánto me he reído después recordando aquella escena, y cuán cierto es, por lo que respecta a mis compañeros en aquel juego, que el entusiasmo de la ancianidad convierte a los viejos en niños, renovando las travesuras de la cuna al borde mismo del sepulcro! Muy enfrascados estaban ellos en su conferencia, cuando sintieron los pasos de Doña Francisca que volvía de la novena. «¡Qué viene! -exclamó Marcial con terror. Y al punto guardaron los planos, disimulando su excitación, y pusiéronse a hablar de cosas indiferentes. Pero yo, bien porque la sangre juvenil no podía aplacarse fácilmente, bien porque no observé a tiempo la entrada de mi ama, seguí en medio del cuarto demostrando mi enajenación con frases como éstas, pronunciadas con el mayor desparpajo: ¡la mura a estribor!.. ¡orza!.. ¡la andanada de sotavento!.. ¡fuego!.. ¡bum, bum!.. Ella se llegó a mí furiosa, y sin previo aviso me descargó en la popa la andanada de su mano derecha con tan buena puntería, que me hizo ver las estrellas. «¡También tú! -gritó vapuleándome sin compasión-. Ya ves -añadió mirando a su marido con centelleantes ojos-: tú le enseñas a que pierda el respeto.. ¿Te has creído que estás todavía en la Caleta, pedazo de zascandil? La zurra continuó en la forma siguiente: yo caminando a la cocina, lloroso y avergonzado, después de arriada la bandera de mi dignidad, y sin pensar en defenderme contra tan superior enemigo; Doña Francisca detrás dándome caza y poniendo a prueba mi pescuezo con los repetidos golpes de su mano. En la cocina eché el ancla, lloroso, considerando cuán mal había concluido mi combate naval.
Ep-1-V - Para oponerse a la insensata determinación de su marido, Doña Francisca no se fundaba sólo en las razones anteriormente expuestas; tenía, (p.27) además de aquéllas, otra poderosísima, que no indicó en el diálogo anterior, quizá por demasiado sabida. Pero el lector no la sabe y voy a decírsela. Creo haber escrito que mis amos tenían una hija. Pues bien: esta hija se llamaba Rosita, de edad poco mayor que la mía, pues apenas pasaba de los quince años, y ya estaba concertado su matrimonio con un joven oficial de Artillería llamado Malespina, de una familia de Medinasidonia, lejanamente emparentada con la de mi ama. Habíase fijado la boda para fin de Octubre, y ya se comprende que la ausencia del padre de la novia habría sido inconveniente en tan solemnes días. Voy a decir algo de mi señorita, de su novio, de sus amores, de su proyectado enlace y.. ¡ay!, aquí mis recuerdos toman un tinte melancólico, evocando en mi fantasía imágenes importunas y exóticas como si vinieran de otro mundo, despertando en mi cansado pecho sensaciones que, a decir verdad, ignoro si traen a mi espíritu alegría o tristeza. Estas ardientes memorias, que parecen agostarse hoy en mi cerebro, como flores tropicales trasplantadas al Norte helado, me hacen a veces reír, y a veces me hacen pensar.. Pero contemos, que el lector se cansa de reflexiones enojosas sobre lo que a un solo mortal interesa. Rosita era lindísima. Recuerdo perfectamente su hermosura, aunque me sería muy difícil describir sus facciones. Parece que la veo sonreír delante de mí. La singular expresión de su rostro, a la de ningún otro parecida, es para mí, por la claridad con que se ofrece a mi entendimiento, como una de esas nociones primitivas, que parece hemos traído de otro mundo, o nos han sido infundidas por misterioso poder desde la cuna. Y sin embargo, no respondo de poderlo pintar, porque lo que fue real ha quedado como una idea indeterminada en mi cabeza, y nada nos fascina tanto, así como nada se escapa tan sutilmente a toda apreciación descriptiva, como un ideal querido. Al entrar en la casa, creí que Rosita pertenecía a un orden de criaturas superior. Explicaré mis pensamientos (p.28) para que se admiren ustedes de mi simpleza. Cuando somos niños, y un nuevo ser viene al mundo en nuestra casa, las personas mayores nos dicen que le han traído de Francia, de París o de Inglaterra. Engañado yo como todos acerca de tan singular modo de perpetuar la especie, creía que los niños venían por encargo, empaquetados en un cajoncito, como un fardo de quincalla. Pues bien: contemplando por primera vez a la hija de mis amos, discurrí que tan bella persona no podía haber venido de la fábrica de donde venimos todos, es decir, de París o de Inglaterra, y me persuadí de la existencia de alguna región encantadora, donde artífices divinos sabían labrar tan hermosos ejemplares de la persona humana. Como niños ambos, aunque de distinta condición, pronto nos tratamos con la confianza propia de la edad, y mi mayor dicha consistía en jugar con ella, sufriendo todas sus impertinencias, que eran muchas, pues en nuestros juegos nunca se confundían las clases: ella era siempre señorita, y yo siempre criado; así es que yo llevaba la peor parte, y si había golpes, no es preciso indicar aquí quién los recibía. Ir a buscarla al salir de la escuela para acompañarla a casa, era mi sueno de oro; y cuando por alguna ocupación imprevista se encargaba a otra persona tan dulce comisión, mi pena era tan profunda, que yo la equiparaba a las mayores penas que pueden pasarse en la vida, siendo hombre, y decía: «Es imposible que cuando yo sea grande experimente desgracia mayor». Subir por orden suya al naranjo del patio para coger los azahares de las más altas ramas, era para mí la mayor de las delicias, posición o preeminencia superior a la del mejor rey de la tierra subido en su trono de oro; y no recuerdo alborozo comparable al que me causaba obligándome a correr tras ella en ese divino e inmortal juego que llaman escondite. Si ella corría como una gacela, yo volaba como un pájaro para cogerla más pronto, asiéndola por la parte de su cuerpo que encontraba más a mano. Cuando se trocaban los papeles, cuando ella era la perseguidora (p.29) y a mí me correspondía el ser cogido, se duplicaban las inocentes y puras delicias de aquel juego sublime, y el paraje más obscuro y feo, donde yo, encogido y palpitante, esperaba la impresión de sus brazos ansiosos de estrecharme, era para mí un verdadero paraíso. Añadiré que jamás, durante aquellas escenas, tuve un pensamiento, una sensación, que no emanara del más refinado idealismo. ¿Y qué diré de su canto? Desde muy niña acostumbraba a cantar el olé y las cañas, con la maestría de los ruiseñores, que lo saben todo en materia de música sin haber aprendido nada. Todos le alababan aquella habilidad, y formaban corro para oírla; pero a mí me ofendían los aplausos de sus admiradores, y hubiera deseado que enmudeciera para los demás. Era aquel canto un gorjeo melancólico, aun modulado por su voz infantil. La nota, que repercutía sobre sí misma, enredándose y desenredándose, como un hilo sonoro, se perdía subiendo y se desvanecía alejándose para volver descendiendo con timbre grave. Parecía emitida por un avecilla, que se remontara primero al Cielo, y que después cantara en nuestro propio oído. El alma, si se me permite emplear un símil vulgar, parecía que se alargaba siguiendo el sonido, y se contraía después retrocediendo ante él, pero siempre pendiente de la melodía y asociando la música a la hermosa cantora. Tan singular era el efecto, que para mí el oírla cantar, sobre todo en presencia de otras personas, era casi una mortificación. Teníamos la misma edad, poco más o menos, como he dicho, pues sólo excedía la suya a la mía en unos ocho o nueve meses. Pero yo era pequeñuelo y raquítico, mientras ella se desarrollaba con mucha lozanía, y así, al cumplirse los tres años de mi residencia en la casa, ella parecía de mucha más edad que yo. Estos tres años se pasaron sin sospechar nosotros que íbamos creciendo, y nuestros juegos no se interrumpían, pues ella era más traviesa que yo, y su madre la reñía, procurando sujetarla y hacerla trabajar. Al cabo de lo tres años advertí que las formas de mi (p.30) idolatrada señorita se ensanchaban y redondeaban, completando la hermosura de su cuerpo: su rostro se puso más encendido, más lleno, más tibio; sus grandes ojos más vivos, si bien con la mirada menos errátil y voluble; su andar más reposado; sus movimientos no sé si más o menos ligeros, pero ciertamente distintos, aunque no podía entonces ni puedo ahora apreciar en qué consistía la diferencia. Pero ninguno de estos accidentes me confundió tanto como la transformación de su voz, que adquirió cierta sonora gravedad bien distinta de aquel travieso y alegre chillido con que me llamaba antes, trastornándome el juicio, y obligándome a olvidar mis quehaceres, para acudir al juego. El capullo se convertía en rosa y la crisálida en mariposa. Un día mil veces funesto, mil veces lúgubre, mi amita se presentó ante mí con traje bajo. Aquella transfiguración produjo en mí tal impresión, que en todo el día no hablé una palabra. Estaba serio como un hombre que ha sido vilmente engañado, y mi enojo contra ella era tan grande, que en mis soliloquios probaba con fuertes razones que el rápido crecimiento de mi amita era una felonía. Se despertó en mí la fiebre del raciocinar, y sobre aquel tema controvertía apasionadamente conmigo mismo en el silencio de mis insomnios. Lo que más me aturdía era ver que con unas cuantas varas de tela había variado por completo su carácter. Aquel día, mil veces desgraciado, me habló en tono ceremonioso, ordenándome con gravedad y hasta con displicencia las faenas que menos me gustaban; y ella, que tantas veces fue cómplice y encubridora de mi holgazanería, me reprendía entonces por perezoso. ¡Y a todas éstas, ni una sonrisa, ni un salto, ni una monada, ni una veloz carrera, ni un poco de olé, ni esconderse de mí para que la buscara, ni fingirse enfadada para reírse después, ni una disputilla, ni siquiera un pescozón con su blanda manecita! ¡Terribles crisis de la existencia! ¡Ella se había convertido en mujer, y yo continuaba siendo niño! No necesito decir que se acabaron los retozos y los juegos; (p.31) ya no volví a subir al naranjo, cuyos azahares crecieron tranquilos, libres de mi enamorada rapacidad, desarrollando con lozanía sus hojas y con todo lujo su provocativa fragancia; ya no corrimos más por el patio, ni hice más viajes a la escuela, para traerla a casa, tan orgulloso de mi comisión que la hubiera defendido contra un ejército, si éste hubiera intentado quitármela. Desde entonces Rosita andaba con la mayor circunspección y gravedad; varias veces noté que al subir una escalera delante de mí, cuidaba de no mostrar ni una línea ni una pulgada más arriba de su hermoso tobillo, y este sistema de fraudulenta ocultación era una ofensa a la dignidad de aquel cuyos ojos habían visto algo más arriba. Ahora me río considerando cómo se me partía el corazón con aquellas cosas. Pero aún habían de ocurrir más terribles desventuras. Al año de su transformación, la tía Martina, Rosario la cocinera, Marcial y otros personajes de la servidumbre, se ocupaban un día de cierto grave asunto. Aplicando mi diligente oído, luego me enteré de que corrían rumores alarmantes: la señorita se iba a casar. La cosa era inaudita, porque yo no le conocía ningún novio. Pero entonces lo arreglaban todo los padres, y lo raro es que a veces no salía del todo mal. Pues un joven de gran familia pidió su mano, y mis amos se la concedieron. Este joven vino a casa acompañado de sus padres, que eran una especie de condes o marqueses, con un título retumbante. El pretendiente traía su uniforme de Marina, en cuyo honroso Cuerpo servía; pero a pesar de tan elegante jaez, su facha era muy poco agradable. Así debió parecerle a mi amita, pues desde un principio mostró repugnancia hacia aquella boda. Su madre trataba de convencerla, pero inútilmente, y le hacía la más acabada pintura de las buenas prendas del novio, de su alto linaje y grandes riquezas. La niña no se convencía, y a estas razones oponía otras muy cuerdas. Pero la pícara se callaba lo principal, y lo principal era que tenía otro novio, a quien de veras amaba. Este otro era un oficial de (p.32) Artillería, llamado D. Rafael Malespina, de muy buena presencia y gentil figura. Mi amita le había conocido en la iglesia, y el pérfido amor se apoderó de ella, mientras rezaba; pues siempre fue el templo lugar muy a propósito, por su poético y misterioso recinto, para abrir de par en par al amor las puertas del alma. Malespina rondaba la casa, lo cual observé yo varias veces; y tanto se habló en Vejer de estos amores, que el otro lo supo, y se desafiaron. Mis amos supieron todo cuando llegó a casa la noticia de que Malespina había herido mortalmente a su rival. El escándalo fue grande. La religiosidad de mis amos se escandalizó tanto con aquel hecho, que no pudieron disimular su enojo, y Rosita fue la víctima principal. Pero pasaron meses y más meses; el herido curó, y como Malespina fuese también persona bien nacida y rica, se notaron en la atmósfera política de la casa barruntos de que el joven D. Rafael iba a entrar en ella. Renunciaron al enlace los padres del herido, y en cambio el del vencedor se presentó en casa a pedir para su hijo la mano de mi querida amita. Después de algunas dilaciones, se la concedieron. Me acuerdo de cuando fue allí el viejo Malespina. Era un señor muy seco y estirado, con chupa de treinta colores, muchos colgajos en el reloj, gran coleto, y una nariz muy larga y afilada, con la cual parecía olfatear a las personas que le sostenían la conversación. Hablaba por los codos y no dejaba meter baza a los demás: él se lo decía todo, y no se podía elogiar cosa alguna, porque al punto salía diciendo que tenía otra mejor. Desde entonces le taché por hombre vanidoso y mentirosísimo, como tuve ocasión de ver claramente más tarde. Mis amos le recibieron con agasajo, lo mismo que a su hijo, que con él venía. Desde entonces, el novio siguió yendo a casa todos los días, sólo o en compañía de su padre. Nueva transformación de mi amita. Su indiferencia hacia mí era tan marcada, que tocaba los límites del menosprecio. Entonces eché de ver claramente por primera vez, maldiciéndola, la (p.33) humildad de mi condición; trataba de explicarme el derecho que tenían a la superioridad los que realmente eran superiores, y me preguntaba, lleno de angustia, si era justo que otros fueran nobles y ricos y sabios, mientras yo tenía por abolengo la Caleta, por única fortuna mi persona, y apenas sabía leer. Viendo la recompensa que tenía mi ardiente cariño, comprendí que a nada podría aspirar en el mundo, y sólo más tarde adquirí la firme convicción de que un grande y constante esfuerzo mío me daría quizás todo aquello que no poseía. En vista del despego con que ella me trataba, perdí la confianza; no me atrevía a desplegar los labios en su presencia, y me infundía mucho más respeto que sus padres. Entre tanto, yo observaba con atención los indicios del amor que la dominaba. Cuando él tardaba, yo la veía impaciente y triste; al menor rumor que indicase la aproximación de alguno, se encendía su hermoso semblante, y sus negros ojos brillaban con ansiedad y esperanza. Si él entraba al fin, le era imposible a ella disimular su alegría, y luego se estaban charlando horas y más horas, siempre en presencia de Doña Francisca, pues a mi señorita no se le consentían coloquios a solas ni por las rejas. También había correspondencia larga, y lo peor del caso es que yo era el correo de los dos amantes. ¡Aquello me daba una rabia..! Según la consigna, yo salía a la plaza, y allí encontraba, más puntual que un reloj, al señorito Malespina, el cual me daba una esquela para entregarla a mi señorita. Cumplía mi encargo, y ella me daba otra para llevarla a él. ¡Cuántas veces sentía tentaciones de quemar aquellas cartas, no llevándolas a su destino! Pero por mi suerte, tuve serenidad para dominar tan feo propósito. No necesito decir que yo odiaba a Malespina. Desde que le veía entrar sentía mi sangre enardecida, y siempre que me ordenaba algo, hacíalo con los peores modos posibles, deseoso de significarle mi alto enojo. Este despego que a ellos les parecía mala crianza y a mí un arranque de entereza, propio de elevados corazones, me proporcionó (p.34) algunas reprimendas y, sobre todo, dio origen a una frase de mi señorita, que se me clavó en el corazón como una dolorosa espina. En cierta ocasión le oí decir: «Este chico está tan echado a perder, que será preciso mandarle fuera de casa». Al fin se fijó el día para la boda, y unos cuantos antes del señalado ocurrió lo que ya conté y el proyecto de mi amo. Por esto se comprenderá que Doña Francisca tenía razones poderosas, además de la poca salud de su marido, para impedirle ir a la escuadra.
Ep-1-VI - Recuerdo muy bien que al día siguiente de los pescozones que me aplicó D. Francisca, movida del espectáculo de mi irreverencia y de su profundo odio a las guerras marítimas, salí acompañando a mi amo en su paseo de mediodía. Él me daba el brazo, y a su lado iba Marcial: los tres caminábamos lentamente, conforme al flojo andar de D. Alonso y a la poca destreza de la pierna postiza del marinero. Parecía aquello una de esas procesiones en que marcha, sobre vacilante palanquín, un grupo de santos viejos y apolillados, que amenazan venirse al suelo en cuanto se acelere un poco el paso de los que les llevan. Los dos viejos no tenían expedito y vividor más que el corazón, que funcionaba como una máquina recién salida del taller. Era una aguja imantada, que a pesar de su fuerte potencia y exacto movimiento, no podía hacer navegar bien el casco viejo y averiado en que iba embarcada. Durante el paseo, mi amo, después de haber asegurado con su habitual aplomo que si el almirante Córdova, en vez de mandar virar a estribor hubiera mandado virar a babor, la batalla del 14 no se habría perdido, entabló la conversación sobre el famoso proyecto, y aunque no dijeron claramente su propósito, sin duda por estar yo delante, comprendí por algunas palabras sueltas que trataban de ponerlo en ejecución a cencerros tapados, marchándose de la casa lindamente una mañana, sin que mi ama lo advirtiese. (p.35) Regresamos a la casa y allí se habló de cosas muy distintas. Mi amo, que siempre era (p.36) complaciente con su mujer, lo fue aquel día más que nunca. No decía Doña Francisca cosa alguna, aunque fuera insignificante, sin que él lo celebrara con risas inoportunas. Hasta me parece que la regaló algunas fruslerías, demostrando en todos sus actos el deseo de tenerla contenta; sin duda por esta misma complacencia oficiosa mi ama estaba díscola y regañona cual nunca la había yo visto. No era posible transacción honrosa. Por no sé qué fútil motivo, riñó con Marcial, intimándole la inmediata salida de la casa; también dijo terribles cosas a su marido; y durante la comida, aunque éste celebraba todos los platos con desusado calor, la implacable dama no cesaba de gruñir. Llegada la hora de rezar el rosario, acto solemne que se verificaba en el comedor con asistencia de todos los de la casa, mi amo, que otras veces solía dormirse, murmurando perezosamente los Pater-noster, lo cual le valía algunas reprimendas, estuvo aquella noche muy despabilado y rezó con verdadero empeño, haciendo que su voz se oyera entre todas las demás. Otra cosa pasó que se me ha quedado muy presente. Las paredes de la casa hallábanse adornadas con dos clases de objetos: estampas de santos y mapas; la Corte celestial por un lado, y todos los derroteros de Europa y América por otro. Después de comer, mi amo estaba en la galería contemplando una carta de navegación, y recorría con su vacilante dedo las líneas, cuando Doña Francisca, que algo sospechaba del proyecto de escapatoria, y además ponía el grito en el Cielo siempre que sorprendía a su marido en flagrante delito de entusiasmo náutico, llegó por detrás, y abriendo los brazos exclamó: «¡Hombre de Dios! Cuando digo que tú me andas buscando.. Pues te juro que si me buscas, me encontrarás. -Pero, mujer -repuso temblando mi amo-, estaba aquí mirando el derrotero de Alcalá Galiano y de Valdés en las goletas Sutil y Mejicana, cuando fueron a reconocer el estrecho de Fuca. Es un viaje muy bonito: me parece que te lo he contado. -Cuando digo que voy a quemar todos esos papelotes -añadió Doña (p.37) Francisca-. Mal hayan los viajes y el perro judío que los inventó. Mejor pensaras en las cosas de Dios, que al fin y al cabo no eres ningún niño. ¡Qué hombre, Santo Dios, qué hombre!» No pasó de esto. Yo andaba también por allí cerca; pero no recuerdo bien si mi ama desahogó su furor en mi humilde persona, demostrándome una vez más la elasticidad de mis orejas y la ligereza de sus manos. Ello es que estas caricias menudeaban tanto, que no hago memoria de si recibí alguna en aquella ocasión: lo que sí recuerdo es que mi señor, a pesar de haber redoblado sus amabilidades, no consiguió ablandar a su consorte. No he dicho nada de mi amita. Pues sépase que estaba muy triste, porque el señor de Malespina no había parecido aquel día, ni escrito carta alguna, siendo inútiles todas mis pesquisas para hallarle en la plaza. Llegó la noche, y con ella la tristeza al alma de Rosita, pues ya no había esperanza de verle hasta el día siguiente. Mas de pronto, y cuando se había dado orden para la cena, sonaron fuertes aldabonazos en la puerta; fui a abrir corriendo, y era él. Antes de abrirle, mi odio le había conocido. Aún me parece que le estoy viendo, cuando se presentó delante de mí, sacudiendo su capa, mojada por la lluvia. Siempre que le traigo a la memoria, se me representa como le vi en aquella ocasión. Hablando con imparcialidad, diré que era un joven realmente hermoso, de presencia noble, modales airosos, mirada afable, algo frío y reservado en apariencia, poco risueño y sumamente cortés, con aquella cortesía grave y un poco finchada de los nobles de antaño. Traía aquella noche la chaqueta faldonada, el calzón corto con botas, el sombrero portugués y riquísima capa de grana con forros de seda, que era la prenda más elegante entre los señoritos de la época. Desde que entró, conocí que algo grave ocurría. Pasó al comedor, y todos se maravillaron de verle a tal hora, pues jamás había venido de noche. Mi amita no tuvo de alegría más que el tiempo necesario para comprender que el motivo de visita tan inesperada no podía ser (p.38) lisonjero. «Vengo a despedirme», dijo Malespina. Todos se quedaron como lelos, y Rosita más blanca que el papel en que escribo; después encendida como la grana, y luego pálida otra vez como una muerta. «¿Pues qué pasa? ¿A dónde va usted, señor D. Rafael?», le preguntó mi ama. Debo de haber dicho que Malespina era oficial de Artillería, pero no que estaba de guarnición en Cádiz y con licencia en Vejer. «Como la escuadra carece de personal -añadió-, han dado orden para que nos embarquemos con objeto de hacer allí el servicio. Se cree que el combate es inevitable, y la mayor parte de los navíos tienen falta de artilleros. -¡Jesús, María y José! -exclamó Doña Francisca más muerta que viva-. ¿También a usted se le llevan? Pues me gusta. Pero usted es de tierra, amiguito. Dígales usted que se entiendan ellos; que si no tienen gente, que la busquen. Pues a fe que es bonita la broma. -¿Pero, mujer -dijo tímidamente D. Alonso-, no ves que es preciso?..». No pudo seguir, porque Doña Francisca, que sentía desbordarse el vaso de su enojo, apostrofó a todas las Potencias terrestres. «A ti todo te parece bien con tal que sea para los dichosos barcos de guerra. ¿Pero quién, pero quién es el demonio del Infierno que ha mandado vayan a bordo los oficiales de tierra? A mí que no me digan: eso es cosa del señor de Bonaparte. Ninguno de acá puede haber inventado tal diablura. Pero vaya usted y diga que se va a casar. A ver -añadió dirigiéndose a su marido-, escribe a Gravina diciéndole que este joven no puede ir a la escuadra». Y como viera que su marido se encogía de hombros indicando que la cosa era sumamente grave, exclamó: «No sirves para nada. ¡Jesús! Si yo gastara calzones, me plantaba en Cádiz y le sacaba a usted del apuro». Rosita no decía palabra. Yo, que la observaba atentamente, conocí la gran turbación de su espíritu. No quitaba los ojos de su novio, y a no impedírselo la etiqueta y el buen parecer, habría llorado ruidosamente, desahogando la pena de su corazón oprimido. «Los militares -dijo D. Alonso-, son (p.39) esclavos de su deber, y la patria exige a este joven que se embarque para defenderla. En el próximo combate alcanzará usted mucha gloria e ilustrará su nombre con alguna hazaña que quede en la historia para ejemplo de las generaciones futuras. -Sí, eso, eso -dijo Doña Francisca remedando el tono grandilocuente con que mi amo había pronunciado las anteriores palabras-. Sí: ¿y todo por qué? Porque se les antoja a esos zánganos de Madrid. Que vengan ellos a disparar los cañones y a hacer la guerra.. ¿Y cuándo marcha usted? -Mañana mismo. Me han retirado la licencia, ordenándome que me presente al instante en Cádiz». Imposible pintar con palabras ni por escrito lo que vi en el semblante de mi señorita cuando aquellas frases oyó. Los dos novios se miraron, y un largo y triste silencio siguió al anuncio de la próxima partida. «Esto no se puede sufrir -dijo Doña Francisca-. Por último, llevarán a los paisanos, y si se les antoja, también a las mujeres.. Señor -prosiguió mirando al Cielo con ademán de pitonisa-, no creo ofenderte si digo que maldito sea el que inventó los barcos, maldito el mar en que navegan, y más maldito el que hizo el primer cañón para dar esos estampidos que la vuelven a una loca, y para matar a tantos pobrecitos que no han hecho ningún daño». D. Alonso miró a Malespina, buscando en su semblante una expresión de protesta contra los insultos dirigidos a la noble artillería. Después dijo: «Lo malo será que los navíos carezcan también de buen material; y sería lamentable..» Marcial, que oía la conversación desde la puerta, no pudo contenerse y entró diciendo: «¿Qué ha de faltar? El Trinidad 140 cañones: 32 de a 36, 34 de a 24, 36 de a 12, 18 de a 30, y 10 obuses de a 24. El Príncipe de Asturias 118, el Santa Ana120, el Rayo 100, el Nepomuceno, el San.. -¿Quién le mete a usted aquí, Sr. Marcial -chilló Doña Francisca-, ni qué nos importa si tienen cincuenta u ochenta?» Marcial continuó, a pesar de esto, su guerrera estadística, pero en voz baja, dirigiéndose sólo a mi amo, el cual no se atrevía a expresar (p.40) su aprobación. Ella siguió hablando así: «Pero, D. Rafael, no vaya usted, por Dios. Diga usted que es de tierra; que se va a casar. Si Napoleón quiere guerra, que la haga él solo; que venga y diga: «Aquí estoy yo: mátenme ustedes, señores ingleses, o déjense matar por mí». ¿Por qué ha de estar España sujeta a los antojos de ese caballero? -Verdaderamente -dijo Malespina-, nuestra unión con Francia ha sido hasta ahora desastrosa. -¿Pues para qué la han hecho? Bien dicen que ese Godoy es hombre sin estudios. ¡Si creerá él que se gobierna una nación tocando la guitarra! -Después de la paz de Basilea -continuó el joven-, nos vimos obligados a enemistarnos con los ingleses, que batieron nuestra escuadra en el cabo de San Vicente. -Alto allá -declaró D. Alonso, dando un fuerte puñetazo en la mesa-. Si el almirante Córdova hubiera mandado orzar sobre babor a los navíos de la vanguardia, según lo que pedían las más vulgares leyes de la estrategia, la victoria hubiera sido nuestra. Eso lo tengo probado hasta la saciedad, y en el momento del combate hice constar mi opinión. Quede, pues, cada cual en su lugar. -Lo cierto es que se perdió la batalla -prosiguió Malespina-. Este desastre no habría sido de grandes consecuencias, si después la Corte de España no hubiera celebrado con la República francesa el tratado de San Ildefonso, que nos puso a merced del Primer Cónsul, obligándonos a prestarle ayuda en guerras que a él solo y a su grande ambición interesaban. La paz de Amiens no fue más que una tregua. Inglaterra y Francia volvieron a declararse la guerra, y entonces Napoleón exigió nuestra ayuda. Quisimos ser neutrales, pues aquel convenio a nada obligaba en la segunda guerra; pero él con tanta energía solicitó nuestra cooperación, que para aplacarle, tuvo el Rey que convenir en dar a Francia un subsidio de cien millones de reales, lo que equivalía a comprar a peso de oro la neutralidad. Pero ni aun así la compramos. A pesar de tan gran sacrificio, fuimos arrastrados a la guerra. Inglaterra nos obligó a ello, apresando inoportunamente (p.41) cuatro fragatas que venían de América cargadas de caudales. Después de aquel acto de piratería, la Corte de Madrid no tuvo más remedio que echarse en brazos de Napoleón, el cual no deseaba otra cosa. Nuestra marina quedó al arbitrio del Primer Cónsul, ya Emperador, quien, aspirando a vencer por el engaño a los ingleses, dispuso que la escuadra combinada partiese a la Martinica, con objeto de alejar de Europa a los marinos de la Gran Bretaña. Con esta estratagema pensaba realizar su anhelado desembarco en esta isla; mas tan hábil plan no sirvió sino para demostrar la impericia y cobardía del almirante francés, el cual, de regreso a Europa, no quiso compartir con nuestros navíos la gloria del combate de Finisterre. Ahora, según las órdenes del Emperador, la escuadra combinada debía hallarse en Brest. Dícese que Napoleón está furioso con su almirante, y que piensa relevarle inmediatamente. -Pero, según dicen -indicó Marcial-, Mr. Corneta quiere pintarla y busca una acción de guerra que haga olvidar sus faltas. Yo me alegro, pues de ese modo se verá quién puede y quién no puede. -Lo indudable -prosiguió Malespina-, es que la escuadra inglesa anda cerca y con intento de bloquear a Cádiz. Los marinos españoles opinan que nuestra escuadra no debe salir de la bahía, donde hay probabilidades de que venza. Mas el francés parece que se obstina en salir. -Veremos -dijo mi amo-. De todos modos, el combate será glorioso. -Glorioso, sí -contestó Malespina-. ¿Pero quién asegura que sea afortunado? Los marinos se forjan ilusiones, y quizás por estar demasiado cerca, no conocen la inferioridad de nuestro armamento frente al de los ingleses. Estos, además de una soberbia artillería, tienen todo lo necesario para reponer prontamente sus averías. No digamos nada en cuanto al personal: el de nuestros enemigos es inmejorable, compuesto todo de viejos y muy expertos marinos, mientras que muchos de los navíos españoles están tripulados en gran parte por gente de leva, siempre holgazana y que apenas sabe el (p.42) oficio; el cuerpo de infantería tampoco es un modelo, pues las plazas vacantes se han llenado con tropa de tierra muy valerosa, sin duda, pero que se marea. -En fin -dijo mi amo-, dentro de algunos días sabremos lo que ha de resultar de esto. -Lo que ha de resultar ya lo sé yo -observó Doña Francisca-. Que esos caballeros, sin dejar de decir que han alcanzado mucha gloria, volverán a casa con la cabeza rota. -Mujer, ¿tú qué entiendes de eso? -dijo D. Alonso sin poder contener un arrebato de enojo, que sólo duró un instante. -¡Más que tú! -contestó vivamente ella-. Pero Dios querrá preservarle a usted, señor D. Rafael, para que vuelva sano y salvo». Esta conversación ocurría durante la cena, la cual fue muy triste; y después de lo referido, los cuatro personajes no dijeron una palabra. Concluida aquélla, se verificó la despedida, que fue tiernísima, y por un favor especial, propio de aquella ocasión solemne, los bondadosos padres dejaron solos a los novios, permitiéndoles despedirse a sus anchas y sin testigos para que el disimulo no les obligara a omitir algún accidente que fuera desahogo a su profunda pena. Por más que hice no pude asistir al acto, y me es, por tanto desconocido lo que en él pasó; pero es fácil presumir que habría todas las ternezas imaginables por una y otra parte. Cuando Malespina salió del cuarto, estaba más pálido que un difunto. Despidiose a toda prisa de mis amos, que le abrazaron con el mayor cariño, y se fue. Cuando acudimos a donde estaba mi amita, la encontramos hecha un mar de lágrimas: tan grande era su dolor, que los cariñosos padres no pudieron calmar su espíritu con ingeniosas razones, ni atemperar su cuerpo con los cordiales que traje a toda prisa de la botica. Confieso que, profundamente apenado, yo también, al ver la desgracia de los pobres amantes, se amortiguó en mi pecho el rencorcillo que me inspiraba Malespina. El corazón de un niño perdona fácilmente, y el mío no era el menos dispuesto a los sentimientos dulces y expansivos.
Ep-1-VII - A la mañana siguiente se me preparaba (p.43) una gran sorpresa, y a mi ama el más fuerte berrinche que creo tuvo en su vida. Cuando me levanté vi que D. Alonso estaba amabilísimo, y su esposa más irritada que de costumbre. Cuando ésta se fue a misa con Rosita, advertí que el señor se daba gran prisa por meter en una maleta algunas camisas y otras prendas de vestir, entre las cuales iba su uniforme. Yo le ayudé y aquello me olió a escapatoria, aunque me sorprendía no ver a Marcial por ninguna parte. No tardé, sin embargo, en explicarme su ausencia, pues D. Alonso, una vez arreglado su breve equipaje, se mostró muy impaciente, hasta que al fin apareció el marinero diciendo: «Ahí está el coche. Vámonos antes que ella venga.» Cargué la maleta, y en un santiamén Don Alonso, Marcial y yo salimos por la puerta del corral para no ser vistos; nos subimos a la calesa, y esta partió tan a escape como lo permitía la escualidez del rocín que la arrastraba, y la procelosa configuración del camino. Este, si para caballerías era malo, para coches perverso; pero a pesar de los fuertes tumbos y arcadas, apretamos el paso, y hasta que no perdimos de vista el pueblo, no se alivió algún tanto el martirio de nuestros cuerpos. Aquel viaje me gustaba extraordinariamente, porque a los chicos toda novedad les trastorna el juicio. Marcial no cabía en sí de gozo, y mi amo, que al principio manifestó su alborozo casi con menos gravedad que yo, se entristeció bastante cuando dejó de ver el pueblo. De cuando en cuando decía: «¡Y ella tan ajena a esto! ¡Qué dirá cuando llegue a casa y no nos encuentre! A mí se me ensanchaba el pecho con la vista del paisaje, con la alegría y frescura de la mañana y, sobre todo, con la idea de ver pronto a Cádiz y su incomparable bahía poblada de naves; sus calles bulliciosas y alegres; su Caleta, que simbolizaba para mí en un tiempo lo más hermoso de la vida, la libertad; su plaza, su muelle y demás sitios para mí muy amados. No habíamos andado tres leguas cuando alcanzamos a ver dos caballeros montados en soberbios alazanes, que viniendo tras (p.44) nosotros se nos juntaron en poco tiempo. Al punto reconocimos a Malespina y a su padre, aquel señor alto, estirado y muy charlatán, de quien antes hablé. Ambos se asombraron de ver a D. Alonso, y mucho más cuando este les dijo que iba a Cádiz para embarcarse. Recibió la noticia con pesadumbre el hijo; mas el padre, que, según entonces comprendí, era un rematado fanfarrón, felicitó a mi amo muy campanudamente, llamándole flor de los navegantes, espejo de los marinos y honra de la patria. Nos detuvimos para comer en el parador de Conil. A los señores les dieron lo que había, y a Marcial y a mí lo que sobraba, que no era mucho. Como yo servía la mesa, pude oír la conversación, y entonces conocí mejor el carácter del viejo Malespina, quien si primero pasó a mis ojos como un embustero lleno de vanidad, después me pareció el más gracioso charlatán que he oído en mi vida. El futuro suegro de mi amita, D. José María Malespina, que no tenía parentesco con el célebre marino del mismo apellido, era coronel de Artillería retirado, y cifraba todo su orgullo en conocer a fondo aquella terrible arma y manejarla como nadie. Tratando de este asunto era como más lucía su imaginación y gran desparpajo para mentir. «Los artilleros -decía sin suspender por un momento la acción de engullir-, hacen mucha falta a bordo. ¿Qué es de un barco sin artillería? Pero donde hay que ver los efectos de esta invención admirable de la humana inteligencia es en tierra, Sr. D. Alonso. Cuando la guerra del Rosellón.. ya sabe usted que tomé parte en aquella campaña y que todos los triunfos se debieron a mi acierto en el manejo de la Artillería.. La batalla de Masdeu, ¿por qué cree usted que se ganó? El general Ricardos me situó en una colina con cuatro piezas, mandándome que no hiciera fuego sino cuando él me lo ordenara. Pero yo, que veía las cosas de otra manera, me estuve callandito hasta que una columna francesa vino a colocarse delante de mí en tal disposición, que mis disparos podían enfilarla de un extremo a otro. Los (p.45) franceses forman la línea con gran perfección. Tomé bien la puntería con una de las piezas, dirigiendo la mira a la cabeza del primer soldado.. ¿Comprende usted?.. Como la línea era tan perfecta, disparé, y ¡zas!, la bala se llevó ciento cuarenta y dos cabezas, y no cayeron más porque el extremo de la línea se movió un poco. Aquello produjo gran consternación en los enemigos; pero como éstos no comprendían mi estrategia ni podían verme en el sitio donde estaba, enviaron otra columna a atacar las tropas que estaban a mi derecha, y aquella columna tuvo la misma suerte, y otra, y otra, hasta que se ganó la batalla. -Es maravilloso -dijo mi amo, quien, conociendo la magnitud de la bola, no quiso, sin embargo, desmentir a su amigo. -Pues en la segunda campaña, al mando del Conde de la Unión, también escarmenté de lo lindo a los republicanos. La defensa de Boulou, no nos salió bien, porque se nos acabaron las municiones: yo, con todo hice un gran destrozo cargando una pieza con las llaves de la iglesia; pero éstas no eran muchas, y al fin, como un recurso de desesperación, metí en el ánima del cañón mis llaves, mi reloj, mi dinero, cuantas baratijas encontré en los bolsillos, y, por último, hasta mis cruces. Lo particular es que una de estas fue a estamparse en el pecho de un general francés, donde se le quedó como pegada y sin hacerle daño. Él la conservó, y cuando fue a París, la Convención le condenó no sé si a muerte o a destierro por haber admitido condecoraciones de un Gobierno enemigo. -¡Qué diablura! -murmuró mi amo recreándose con tan chuscas invenciones. -Cuando estuve en Inglaterra.. -continuó el viejo Malespina-, ya sabe usted que el Gobierno inglés me mandó llamar para perfeccionar la Artillería de aquel país.. Todos los días comía con Pitt, con Burke, con Lord North, con el general Conwallis y otros personajes importantes que me llamaban el chistoso español. Recuerdo que una vez, estando en Palacio, me suplicaron que les mostrase cómo era una corrida de toros, y tuve que capear, picar y matar una silla, lo (p.46) cual divirtió mucho a toda la Corte, especialmente al Rey Jorge III, quien era muy amigote mío y siempre me decía que le mandase a buscar a mi tierra aceitunas buenas. ¡Oh!, tenía mucha confianza conmigo. Todo su empeño era que le enseñase palabras de español y, sobre todo algunas de ésta nuestra graciosa Andalucía; pero nunca pudo aprender más que otro toro y vengan esos cinco, frase con que me saludaba todos los días cuando iba a almorzar con él pescadillas y unas cañitas de Jerez. -¿Eso almorzaba? -Era lo que le gustaba más. Yo hacía llevar de Cádiz embotellada la pescadilla: conservábase muy bien con un específico que inventé, cuya receta tengo en casa. -Maravilloso. ¿Y reformó usted la Artillería inglesa? -preguntó mi amo, alentándole a seguir, porque le divertía mucho. -Completamente. Allí inventé un cañón que no llegó a dispararse, porque todo Londres, incluso la Corte y los Ministros, vinieron a suplicarme que no hiciera la prueba por temor a que del estremecimiento cayeran al suelo muchas casas. -¿De modo que tan gran pieza ha quedado relegada al olvido? -Quiso comprarla el Emperador de Rusia; pero no fue posible moverla del sitio en que estaba. -Pues bien podía usted sacarnos del apuro inventando un cañón que destruyera de un disparo la escuadra inglesa. -¡Oh! -contestó Malespina-. En eso estoy pensando, y creo que podré realizar mi pensamiento. Ya le mostraré a usted los cálculos que tengo hechos, no sólo para aumentar hasta un extremo fabuloso el calibre de las piezas de Artillería, sino para construir placas de resistencia que defiendan los barcos y los castillos. Es el pensamiento de toda mi vida». A todas éstas habían concluido de comer. Nos zampamos en un santiamén Marcial y yo las sobras, y seguimos el viaje, ellos a caballo, marchando al estribo, y nosotros como antes, en nuestra derrengada calesa. La comida y los frecuentes tragos con que la roció excitaron más aún la vena inventora del viejo Malespina, quien por todo el camino siguió espetándonos sus (p.47) grandes paparruchas. La conversación volvió al tema por donde había empezado: a la guerra del Rosellón; y como D. José se apresurara a referir nuevas proezas, mi amo, cansado ya de tanto mentir, quiso desviarle de aquella materia, y dijo: «Guerra desastrosa e impolítica. ¡Más nos hubiera valido no haberla emprendido! -¡Oh! -exclamó Malespina-. El Conde de Aranda, como usted sabe, condenó desde el principio esta funesta guerra con la República. ¡Cuánto hemos hablado de esta cuestión!.. porque somos amigos desde la infancia. Cuando yo estuve en Aragón, pasamos siete meses juntos cazando en el Moncayo. Precisamente hice construir para él una escopeta singular.. -Sí: Aranda se opuso siempre -dijo mi amo, atajándole en el peligroso camino de la balística. -En efecto -continuó el mentiroso-, y si aquel hombre eminente defendió con tanto calor la paz con los republicanos, fue porque yo se lo aconsejé, convenciéndole antes de la inoportunidad de la guerra. Mas Godoy, que ya entonces era Valido, se obstinó en proseguirla, sólo por llevarme la contraria, según he entendido después. Lo más gracioso es que el mismo Godoy se vio obligado a concluir la guerra en el verano del 95, cuando comprendió su ineficacia, y entonces se adjudicó a sí mismo el retumbante título de Príncipe de la Paz. -¡Qué faltos estamos, amigo D. José María -dijo mi amo-, de un buen hombre de Estado a la altura de las circunstancias, un hombre que no nos entrometa en guerras inútiles y mantenga incólume la dignidad de la Corona! -Pues cuando yo estuve en Madrid el año último -prosiguió el embustero-, me hicieron proposiciones para desempeñar la Secretaría de Estado. La Reina tenía gran empeño en ello, y el Rey no dijo nada.. Todos los días le acompañaba al Pardo para tirar un par de tiros.. Hasta el mismo Godoy se hubiera conformado, conociendo mi superioridad; y si no, no me habría faltado un castillito donde encerrarle para que no me diera que hacer. Pero yo rehusé, prefiriendo vivir tranquilo en mi pueblo, y dejé los (p.48) negocios públicos en manos de Godoy. Ahí tiene usted un hombre cuyo padre fue mozo de mulas en la dehesa que mi suegro tenía en Extremadura. -No sabía.. -dijo D. Alonso-. Aunque hombre obscuro, yo creí que el Príncipe de la Paz pertenecía a una familia de hidalgos, de escasa fortuna, pero de buenos principios». Así continuó el diálogo, el Sr. Malespina soltando unas bolas como templos, y mi amo oyéndolas con santa calma, pareciendo unas veces enfadado y otras complacido de escuchar tanto disparate. Si mal no recuerdo, también dijo D. José María que había aconsejado a Napoleón el atrevido hecho del 18 brumario. Con éstas y otras cosas nos anocheció en Chiclana, y mi amo, atrozmente quebrantado y molido a causa del movimiento del fementido calesín, se quedó en dicho pueblo, mientras los demás siguieron, deseosos de llegar a Cádiz en la misma noche. Mientras cenaron, endilgó Malespina nuevas mentiras, y pude observar que su hijo las oía con pena, como abochornado de tener por padre el más grande embustero que crió la tierra. Despidiéronse ellos; nosotros descansamos hasta el día siguiente por la madrugada, hora en que proseguimos nuestro camino; y como éste era mucho más cómodo y expedito desde Chiclana a Cádiz que en el tramo recorrido, llegamos al término de nuestro viaje a eso de las once del día, sin novedad en la salud y con el alma alegre.
Ep-1-VIII - No puedo describir el entusiasmo que despertó en mi alma la vuelta a Cádiz. En cuanto pude disponer de un rato de libertad, después que mi amo quedó instalado en casa de su prima, salí a las calles y corrí por ellas sin dirección fija, embriagado con la atmósfera de mi ciudad querida. Después de ausencia tan larga, lo que había visto tantas veces embelesaba mi atención como cosa nueva y extremadamente hermosa. En cuantas personas encontraba al paso veía un rostro amigo, y todo era para mí simpático y risueño: los hombres, las mujeres, los viejos, los niños, los perros, hasta las casas, pues mi imaginación juvenil observaba en ello no sé qué de (p.49) personal y animado, se me representaban como seres sensibles; parecíame que participaban del general contento por mi llegada, remedando en sus balcones y ventanas las facciones de un semblante alborozado. Mi espíritu veía reflejar en todo lo exterior su propia alegría. Corría por las calles con gran ansiedad, como si en un minuto quisiera verlas todas. En la plaza de San Juan de Dios compré algunas golosinas, más que por el gusto de comerlas, por la satisfacción de presentarme regenerado ante las vendedoras, a quienes me dirigí como antiguo amigo, reconociendo a algunas como favorecedoras en mi anterior miseria, y a otras como víctimas, aún no aplacadas, de mi inocente afición al merodeo. Las más no se acordaban de mí; pero algunas me recibieron con injurias, recordando las proezas de mi niñez y haciendo comentarios tan chistosos sobre mi nuevo empaque y la gravedad de mi persona, que tuve que alejarme a toda prisa, no sin que lastimaran mi decoro algunas cáscaras de frutas lanzadas por experta mano contra mi traje nuevo. Como tenía la conciencia de mi formalidad, estas burlas más bien me causaron orgullo que pena. Recorrí luego la muralla y conté todos los barcos fondeados a la vista. Hablé con cuantos marineros hallé al paso, diciéndoles que yo también iba a la escuadra, y preguntándoles con tono muy enfático si había recalado la escuadra de Nelson. Después les dije que Mr. Corneta era un cobarde, y que la próxima función sería buena. Llegué por fin a la Caleta, y allí mi alegría no tuvo límites. Bajé a la playa, y quitándome los zapatos, salté de peñasco en peñasco; busqué a mis antiguos amigos de ambos sexos, mas no encontré sino muy pocos: unos eran ya hombres y habían abrazado mejor carrera; otros habían sido embarcados por la leva, y los que quedaban apenas me reconocieron. La movible superficie del agua despertaba en mi pecho sensaciones voluptuosas. Sin poder resistir la tentación, y compelido por la misteriosa atracción del mar, cuyo elocuente rumor me ha parecido siempre, no sé por qué, una voz (p.50) que solicita dulcemente en la bonanza, o llama con imperiosa cólera en la tempestad, me desnudé a toda prisa y me lancé en él como quien se arroja en los brazos de una persona querida. Nadé más de una hora, experimentando un placer indecible, y vistiéndome luego, seguí mi paseo hacia el barrio de la Viña, en cuyas edificantes tabernas encontré algunos de los más célebres perdidos de mi glorioso tiempo. Hablando con ellos, yo me las echaba de hombre de pro, y como tal gasté en obsequiarles los pocos cuartos que tenía. Preguntéles por mi tío, mas no me dieron noticia alguna de su señoría; y luego que hubimos charlado un poco, me hicieron beber una copa de aguardiente que al punto dio con mi pobre cuerpo en tierra. Durante el periodo más fuerte de mi embriaguez, creo que aquellos tunantes se rieron de mí cuanto les dio la gana; pero una vez que me serené un poco, salí avergonzadísimo de la taberna. Aunque andaba muy difícilmente, quise pasar por mi antigua casa, y vi en la puerta a una mujer andrajosa que freía sangre y tripas. Conmovido en presencia de mi morada natal, no pude contener el llanto, lo cual, visto por aquella mujer sin entrañas, se le figuró burla o estratagema para robarle sus frituras. Tuve, por tanto, que librarme de sus manos con la ligereza de mis pies, dejando para mejor ocasión el desahogo de mis sentimientos. Quise ver después la catedral vieja, a la cual se refería uno de los más tiernos recuerdos de mi niñez, y entré en ella: su recinto me pareció encantador, y jamás he recorrido las naves de templo alguno con tan religiosa veneración. Creo que me dieron fuertes ganas de rezar, y que lo hice en efecto, arrodillándome en el altar donde mi madre había puesto un ex-voto por mi salvación. El personaje de cera que yo creía mi perfecto retrato estaba allí colgado, y ocupaba su puesto con la gravedad de las cosas santas; pero se me parecía como un huevo a una castaña. Aquel muñequito, que simbolizaba la piedad y el amor materno, me infundía, sin embargo, el respeto más vivo. Recé un rato de rodillas acordándome de (p.51) los padecimientos y de la muerte de mi buena madre, que ya gozaba de Dios en el Cielo; pero como mi cabeza no estaba buena, a causa de los vapores del maldito aguardiente, al levantarme me caí, y un sacristán empedernido me puso bonitamente en la calle. En pocas zancadas me trasladé a la del Fideo, donde residíamos, y mi amo, al verme entrar, me reprendió por mi larga ausencia. Si aquella falta hubiera sido cometida ante Doña Francisca, no me habría librado de una fuerte paliza; pero mi amo era tolerante, y no me castigaba nunca, quizás porque tenía la conciencia de ser tan niño como yo. Habíamos ido a residir en casa de la prima de mi amo, la cual era una señora, a quien el lector me permitirá describir con alguna prolijidad, por ser tipo que lo merece. Doña Flora de Cisniega era una vieja que se empeñaba en permanecer joven: tenía más de cincuenta años; pero ponía en práctica todos los artificios imaginables para engañar al mundo, aparentando la mitad de aquella cifra aterradora. Decir cuánto inventaba la ciencia y el arte en armónico consorcio para conseguir tal objeto, no es empresa que corresponde a mis escasas fuerzas. Enumerar los rizos, moñas, lazos, trapos, adobos, bermellones, aguas y demás extraños cuerpos que concurrían a la grande obra de su monumental restauración, fatigaría la más diestra fantasía: quédese esto, pues, para las plumas de los novelistas, si es que la historia, buscadora de las grandes cosas, no se apropia tan hermoso asunto. Respecto a su físico, lo más presente que tengo es el conjunto de su rostro, en que parecían haber puesto su rosicler todos los pinceles de las Academias presentes y pretéritas. También recuerdo que al hablar hacía con los labios un mohín, un repliegue, un mimo, cuyo objeto era, o achicar con gracia la descomunal boca, o tapar el estrago de la dentadura, de cuyas filas desertaban todos los años un par de dientes; pero aquella supina estratagema de la presunción era tan poco afortunada, que antes la afeaba que la embellecía. Vestía con lujo, y en su peinado se gastaban los polvos por almudes, (p.52) y como no tenía malas carnes, a juzgar por lo que pregonaba el ancho escote y por lo que dejaban transparentar las gasas, todo su empeño consistía en lucir aquellas partes menos sensibles a la injuriosa acción del tiempo, para cuyo objeto tenía un arte maravilloso. Era Doña Flora persona muy prendada de las cosas antiguas; muy devota, aunque no con la santa piedad de mi Doña Francisca, y grandemente se diferenciaba de mi ama, pues así como ésta aborrecía las glorias navales, aquélla era entusiasta por todos los hombres de guerra en general y por los marinos en particular. Inflamada en amor patriótico, ya que en la madurez de su existencia no podía aspirar al calorcillo de otro amor, y orgullosa en extremo como mujer y como dama española, el sentimiento nacional se asociaba en su espíritu al estampido de los cañones, y creía que la grandeza de los pueblos se medía por libras de pólvora. Como no tenía hijos, ocupaban su vida los chismes de vecinos, traídos y llevados en pequeño círculo por dos o tres cotorrones como ella, y se distraía también con su sistemática afición a hablar de las cosas públicas. Entonces no había periódicos, y las ideas políticas, así como las noticias, circulaban de viva voz, desfigurándose entonces más que ahora, porque siempre fue la palabra más mentirosa que la imprenta. En todas las ciudades populosas, y especialmente en Cádiz, que era entonces la más culta, había muchas personas desocupadas que eran depositarias de las noticias de Madrid y París, y las llevaban y traían diligentes vehículos, enorgulleciéndose con una misión que les daba gran importancia. Algunos de éstos, a modo de vivientes periódicos, concurrían a casa de aquella señora por las tardes, y esto, además del buen chocolate y mejores bollos, atraía a otros ansiosos de saber lo que pasaba. Doña Flora, ya que no podía inspirar una pasión formal, ni quitarse de encima la gravosa pesadumbre de sus cincuenta años, no hubiera trocado aquel papel por otro alguno, pues el centro general de las noticias casi equivalía en aquel tiempo a la (p.53) majestad de un trono. Doña Flora y Doña Francisca se aborrecían cordialmente, como comprenderá quien considere el exaltado militarismo de la una y el pacífico apocamiento de la otra. Por esto, hablando con su primo en el día de nuestra llegada, le decía la vieja: «Si tú hubieras hecho caso siempre de tu mujer, todavía serías guardia marina. ¡Qué carácter! Si yo fuera hombre y casado con mujer semejante, reventaría como una bomba. Has hecho bien en no seguir su consejo y en venir a la escuadra. Todavía eres joven, Alonsito; todavía puedes alcanzar el grado de brigadier, que tendrías ya de seguro si Paca no te hubiese echado una calza como a los pollos para que no salgan del corral». Después, como mi amo, impulsado por su gran curiosidad, le pidiese noticias, ella le dijo: «Lo principal es que todos los marinos de aquí están muy descontentos del almirante francés, que ha probado su ineptitud en el viaje a la Martinica y en el combate de Finisterre. Tal es su timidez, y el miedo que tiene a los ingleses, que al entrar aquí la escuadra combinada en Agosto último no se atrevió a apresar el crucero inglés mandado por Collingwood, y que sólo constaba de tres navíos. Toda nuestra oficialidad está muy mal por verse obligada a servir a las órdenes de semejante hombre. Fue Gravina a Madrid a decírselo a Godoy, previendo grandes desaires si no ponía al frente de la escuadra un hombre más apto; pero el Ministro le contestó cualquier cosa, porque no se atreve a resolver nada; y como Bonaparte anda metido con los austriacos, mientras él no decida.. Dicen que éste también está muy descontento de Villeneuve y que ha determinado destituirle; pero entre tanto.. ¡Ah! Napoleón debiera confiar el mando de la escuadra a algún español, a ti por ejemplo, Alonsito, dándote tres o cuatro grados de mogollón, que a fe bien merecidos los tienes.. -¡Oh!, yo no soy para eso -dijo mi amo con su habitual modestia. -O a Gravina o a Churruca, que dicen que es tan buen marino. Si no, me temo que esto acabará mal. (p.54) Aquí no pueden ver a los franceses. Figúrate que cuando llegaron los barcos de Villeneuve carecían de víveres y municiones, y en el arsenal no se las quisieron dar. Acudieron en queja a Madrid; y como Godoy no hace más que lo que quiere el embajador francés, Mr. de Bernouville, dio orden para que se entregara a nuestros aliados cuanto necesitasen. Mas ni por esas. El intendente de marina y el comandante de artillería dicen que no darán nada mientras Villeneuve no lo pague en moneda contante y sonante. Así, así: me parece que está muy bien parlado. ¡Pues no falta más sino que esos señores con sus manos lavadas se fueran a llevar lo poco que tenemos! ¡Bonitos están los tiempos! Ahora cuesta todo un ojo de la cara; la fiebre amarilla por un lado y los malos tiempos por otro han puesto a Andalucía en tal estado, que toda ella no vale una aljofifa; y luego añada usted a esto los desastres de la guerra. Verdad es que el honor nacional es lo primero, y es preciso seguir adelante para vengar los agravios recibidos. No me quiero acordar de lo del cabo de Finisterre, donde por la cobardía de nuestros aliados perdimos el Firme y el Rafael, dos navíos como dos soles, ni de la voladura del Real Carlos, que fue una traición tal, que ni entre moros berberiscos pasaría igual, ni del robo de las cuatro fragatas, ni del combate del cabo de.. -Lo que es eso -dijo mi amo interrumpiéndola vivamente..-. Es preciso que cada cual quede en su lugar. Si el almirante Córdova hubiera mandado virar por.. -Sí, sí, ya sé -dijo Doña Flora, que había oído muchas veces lo mismo en boca de mi amo-. Habrá que darles la gran paliza, y se la daréis. Me parece que vas a cubrirte de gloria. Así haremos rabiar a Paca. -Yo no sirvo para el combate -dijo mi amo con tristeza-. Vengo tan sólo a presenciarlo, por pura afición y por el entusiasmo que me inspiran nuestras queridas banderas». Al día siguiente de nuestra llegada recibió mi amo la visita de un brigadier de marina, amigo antiguo, cuya fisonomía no olvidaré jamás, a pesar de no haberle visto (p.55) más que en aquella ocasión. Era un hombre como de cuarenta y cinco años, de semblante hermoso y afable, con tal expresión de tristeza, que era imposible verle sin sentir irresistible inclinación a amarle. No usaba peluca, y sus abundantes cabellos rubios, no martirizados por las tenazas del peluquero para tomar la forma de ala de pichón, se recogían con cierto abandono en una gran coleta, y estaban inundados de polvos con menos arte del que la presunción propia de la época exigía. Eran grandes y azules sus ojos; su nariz muy fina, de perfecta forma y un poco larga, sin que esto le afeara, antes bien, parecía ennoblecer su expresivo semblante. Su barba, afeitada con esmero, era algo puntiaguda, aumentando así el conjunto melancólico de su rostro oval, que indicaba más bien delicadeza que energía. Este noble continente era realzado por una urbanidad en los modales, por una grave cortesanía de que ustedes no pueden formar idea por la estirada fatuidad de los señores del día, ni por la movible elegancia de nuestra dorada juventud. Tenía el cuerpo pequeño, delgado y como enfermizo. Más que guerrero, aparentaba ser hombre de estudio, y su frente, que sin duda encerraba altos y delicados pensamientos, no parecía la más propia para arrostrar los horrores de una batalla. Su endeble constitución, que sin duda contenía un espíritu privilegiado, parecía destinada a sucumbir conmovida al primer choque. Y, sin embargo, según después supe, aquel hombre tenía tanto corazón como inteligencia. Era Churruca. El uniforme del héroe demostraba, sin ser viejo ni raído, algunos años de honroso servicio. Después, cuando le oí decir, por cierto sin tono de queja, que el Gobierno le debía nueve pagas, me expliqué aquel deterioro. Mi amo le preguntó por su mujer, y de su contestación deduje que se había casado poco antes, por cuya razón le compadecí, pareciéndome muy atroz que se le mandara al combate en tan felices días. Habló luego de su barco, el San Juan Nepomuceno, al que mostró igual cariño que a su joven esposa, (p.56) pues según dijo, él lo había compuesto y arreglado a su gusto, por privilegio especial, haciendo de él uno de los primeros barcos de la armada española. Hablaron luego del tema ordinario en aquellos días, de si salía o no salía la escuadra, y el marino se expresó largamente con estas palabras, cuya substancia guardo en la memoria, y que después con datos y noticias históricas he podido restablecer con la posible exactitud: «El almirante francés -dijo Churruca-, no sabiendo qué resolución tomar, y deseando hacer algo que ponga en olvido sus errores, se ha mostrado, desde que estamos aquí, partidario de salir en busca de los ingleses. El 8 de octubre escribió a Gravina, diciéndole que deseaba celebrar a bordo del Bucentauro un consejo de guerra para acordar lo que fuera más conveniente. En efecto, Gravina acudió al consejo, llevando al teniente general Álava, a los jefes de escuadra Escaño y Cisneros, al brigadier Gallano y a mí. De la escuadra francesa estaban los almirantes Dumanoir y Magon, y los capitanes de navío Cosmao, Maistral, Villiegris y Prigny. »Habiendo mostrado Villeneuve el deseo de salir, nos opusimos todos los españoles. La discusión fue muy viva y acalorada, y Alcalá Galiano cruzó con el almirante Magon palabras bastante duras, que ocasionarán un lance de honor si antes no les ponemos en paz. Mucho disgustó a Villeneuve nuestra oposición, y también en el calor de la discusión dijo frases descompuestas, a que contestó Gravina del modo más enérgico.. Es curioso el empeño de esos señores de hacerse a la mar en busca de un enemigo poderoso, cuando en el combate de Finisterre nos abandonaron, quitándonos la ocasión de vencer si nos auxiliaran a tiempo. Además hay otras razones, que yo expuse en el consejo, y son que la estación avanza; que la posición más ventajosa para nosotros es permanecer en la bahía, obligándoles a un bloqueo que no podrán resistir, mayormente si bloquean también a Tolón y a Cartagena. Es preciso que confesemos con dolor la superioridad de (p.57) la marina inglesa, por la perfección del armamento, por la excelente dotación de sus buques y, sobre todo, por la unidad con que operan sus escuadras. Nosotros, con gente en gran parte menos diestra, con armamento imperfecto y mandados por un jefe que descontenta a todos, podríamos, sin embargo, hacer la guerra a la defensiva dentro de la bahía. Pero será preciso obedecer, conforme a la ciega sumisión de la Corte de Madrid, y poner barcos y marinos a merced de los planes de Bonaparte, que no nos ha dado en cambio de esta esclavitud un jefe digno de tantos sacrificios. Saldremos, si se empeña Villeneuve; pero si los resultados son desastrosos, quedará consignada para descargo nuestro la oposición que hemos hecho al insensato proyecto del jefe de la escuadra combinada. Villeneuve se ha entregado a la desesperación; su amo le ha dicho cosas muy duras, y la noticia de que va a ser relevado le induce a cometer las mayores locuras, esperando reconquistar en un día su perdida reputación por la victoria o por la muerte». Así se expresó el amigo de mi amo. Sus palabras hicieron en mí grande impresión, pues con ser niño, yo prestaba gran interés a aquellos sucesos, y después, leyendo en la historia lo mismo de que fui testigo, he auxiliado mi memoria con datos auténticos, y puedo narrar con bastante exactitud. Cuando Churruca se marchó, Doña Flora y mi amo hicieron de él grandes elogios, encomiando sobre todo su expedición a la América Meridional, para hacer el mapa de aquellos mares. Según les oí decir, los méritos de Churruca como sabio y como marino eran tantos, que el mismo Napoleón le hizo un precioso regalo y le colmó de atenciones. Pero dejemos al marino y volvamos a Doña Flora. A los dos días de estar allí noté un fenómeno que me disgustó sobremanera, y fue que la prima de mi amo comenzó a prendarse de mí, es decir, que me encontró pintiparado para ser su paje. No cesaba de hacerme toda clase de caricias, y al saber que yo también iba a la escuadra, se lamentó de ello, jurando que sería una lástima que (p.58) perdiese un brazo, pierna o alguna otra parte no menos importante de mi persona, si no perdía la vida. Aquella antipatriótica compasión me indignó, y aun creo que dije algunas palabras para expresar que estaba inflamado en guerrero ardor. Mis baladronadas hicieron gracia a la vieja, y me dio mil golosinas para quitarme el mal humor. Al día siguiente me obligó a limpiar la jaula de su loro; discreto animal, que hablaba como un teólogo y nos despertaba a todos por la mañana, gritando: perro inglés, perro inglés. Luego me llevó consigo a misa, haciéndome cargar la banqueta, y en la iglesia no cesaba de volver la cabeza para ver si estaba por allí. Después me hizo asistir a su tocador, ante cuya operación me quedé espantado, viendo el catafalco de rizos y moños que el peluquero armó en su cabeza. Advirtiendo el indiscreto estupor con que yo contemplaba la habilidad del maestro, verdadero arquitecto de las cabezas, Doña Flora se rió mucho, y me dijo que en vez de pensar en ir a la escuadra, debía quedarme con ella para ser su paje; añadió que debía aprender a peinarla, y que con el oficio de maestro peluquero podía ganarme la vida y ser un verdadero personaje. No me sedujeron tales proposiciones, y le dije con cierta rudeza que más quería ser soldado que peluquero. Esto le agradó; y como le daba el peine por las cosas patrióticas y militares, redobló su afecto hacia mí. A pesar de que allí se me trataba con mimo, confieso que me cargaba a más no poder la tal Doña Flora, y que a sus almibaradas finezas prefería los rudos pescozones de mi iracunda Doña Francisca. Era natural: su intempestivo cariño, sus dengues, la insistencia con que solicitaba mi compañía, diciendo que le encantaba mi conversación y persona, me impedían seguir a mi amo en sus visitas a bordo. Le acompañaba en tan dulce ocupación un criado de su prima, y en tanto yo, sin libertad para correr por Cádiz, como hubiera deseado, me aburría en la casa, en compañía del loro de Doña Flora y de los señores que iban allá por las tardes a decir si saldría o no la (p.59) escuadra, y otras cosas menos manoseadas, si bien más frívolas. Mi disgusto llegó a la desesperación cuando vi que Marcial venía a casa y que con él iba mi amo a bordo, aunque no para embarcarse definitivamente; y cuando esto ocurría, y cuando mi alma atribulada acariciaba aún la débil esperanza de formar parte de aquella expedición, Doña Flora se empeñó en llevarme a pasear a la alameda, y también al Carmen a rezar vísperas. Esto me era insoportable, tanto más cuanto que yo soñaba con poner en ejecución cierto atrevido proyectillo, que consistía en ir a visitar por cuenta propia uno de los navíos, llevado por algún marinero conocido, que esperaba encontrar en el muelle. Salí con la vieja, y al pasar por la muralla deteníame para ver los barcos; mas no me era posible entregarme a las delicias de aquel espectáculo, por tener que contestar a las mil preguntas de Doña Flora, que ya me tenía mareado. Durante el paseo se le unieron algunos jóvenes y señores mayores. Parecían muy encopetados, y eran las personas a la moda en Cádiz, todos muy discretos y elegantes. Alguno de ellos era poeta, o, mejor dicho, todos hacían versos, aunque malos, y me parece que les oí hablar de cierta Academia en que se reunían para tirotearse con sus estrofas, entretenimiento que no hacía daño a nadie. Como yo observaba todo, me fijé en la extraña figura de aquellos hombres, en sus afeminados gestos y, sobre todo, en sus trajes, que me parecieron extravagantísimos. No eran muchas las personas que vestían de aquella manera en Cádiz, y pensando después en la diferencia que había entre aquellos arreos y los ordinarios de la gente que yo había visto siempre, comprendí que consistía en que éstos vestían a la española, y los amigos de Doña Flora conforme a la moda de Madrid y de París. Lo que primero atrajo mis miradas fue la extrañeza de sus bastones, que eran unos garrotes retorcidos y con gruesísimos nudos. No se les veía la barba, porque la tapaba la corbata, especie de chal, que dando varias vueltas alrededor del cuello y prolongándose (p.60) ante los labios, formaba una especie de cesta, una bandeja, o más bien bacía en que descansaba la cara. El peinado consistía en un artificioso desorden, y más que con peine, parecía que se lo habían aderezado con una escoba; las puntas del sombrero les tocaban los hombros; las casacas, altísimas de talle, casi barrían el suelo con sus faldones; las botas terminaban en punta; de los bolsillos de su chaleco pendían multitud de dijes y sellos; sus calzones listados se atacaban a la rodilla con un enorme lazo, y para que tales figuras fueran completos mamarrachos, todos llevaban un lente, que durante la conversación acercaban repetidas veces al ojo derecho, cerrando el siniestro, aunque en entrambos tuvieran muy buena vista. La conversación de aquellos personajes versó sobre la salida de la escuadra, alternando con este asunto la relación de no sé qué baile o fiesta que ponderaron mucho, siendo uno de ellos objeto de grandes alabanzas por lo bien que hacía trenzas con sus ligeras piernas bailando la gavota. Después de haber charlado mucho, entraron con Doña Flora en la iglesia del Carmen, y allí, sacando cada cual su rosario, rezaron que se las pelaban un buen espacio de tiempo, y alguno de ellos me aplicó lindamente un coscorrón en la coronilla, porque en vez de orar tan devotamente como ellos, prestaba demasiada atención a dos moscas que revoloteaban alrededor del rizo culminante del peinado de Doña Flora. Salimos, después de haber oído un enojoso sermón, que ellos celebraron como obra maestra; paseamos de nuevo; continuó la charla más vivamente, porque se nos unieron unas damas vestidas por el mismo estilo, y entre todos se armó tan ruidosa algazara de galanterías, frases y sutilezas, mezcladas con algún verso insulso, que no puedo recordarlas. ¡Y en tanto Marcial y mi querido amo trataban de fijar día y hora para trasladarse definitivamente a bordo! ¡Y yo estaba expuesto a quedarme en tierra, sujeto a los antojos de aquella vieja que me empalagaba con su insulso cariño! ¿Creerán ustedes que aquella noche insistió (p.61) en que debía quedarme para siempre a su servicio? ¿Creerán ustedes que aseguró que me quería mucho, y me dio como prueba algunos afectuosos abrazos y besos, ordenándome que no lo dijera a nadie? ¡Horribles contradicciones de la vida!, pensaba yo al considerar cuán feliz habría sido si mi amita me hubiera tratado de aquella manera. Yo, turbado hasta lo sumo, le dije que quería ir a la escuadra, y que cuando volviese me podría querer a su antojo; pero que si no me dejaba realizar mi deseo, la aborrecería tanto así, y extendí los brazos para expresar una cantidad muy grande de aborrecimiento. Luego, como entrase inesperadamente mi amo, yo, juzgando llegada la ocasión de lograr mi objeto por medio de un arranque oratorio, que había cuidado de preparar, me arrodillé delante de él, diciéndole en el tono más patético que si no me llevaba a bordo, me arrojaría desesperado al mar. Mi amo se rió de la ocurrencia; su prima, haciendo mimos con la boca, fingió cierta hilaridad que le afeaba el rostro amojamado, y consintió al fin. Diome mil golosinas para que comiese a bordo; me encargó que huyese de los sitios de peligro, y no dijo una palabra más contraria a mi embarque, que se verificó a la mañana siguiente muy temprano.
Ep-1-IX - Octubre era el mes, y 18 el día. De esta fecha no me queda duda, porque al día siguiente salió la escuadra. Nos levantamos muy temprano y fuimos al muelle, donde esperaba un bote que nos condujo a bordo. Figúrense ustedes cuál sería mi estupor, ¡qué digo estupor!, mi entusiasmo, mi enajenación, cuando me vi cerca del Santísima Trinidad, el mayor barco del mundo, aquel alcázar de madera, que visto de lejos se representaba en mi imaginación como una fábrica portentosa, sobrenatural, único monstruo digno de la majestad de los mares. Cuando nuestro bote pasaba junto a un navío, yo le examinaba con cierto religioso asombro, admirado de ver tan grandes los cascos que me parecían tan pequeñitos desde la muralla; en otras ocasiones me parecían más chicos de lo que mi (p.62) fantasía los había forjado. El inquieto entusiasmo de que estaba poseído me expuso a caer al agua cuando contemplaba con arrobamiento un figurón de proa, objeto que más que otro alguno fascinaba mi atención. Por fin llegamos al Trinidad. A medida que nos acercábamos, las formas de aquel coloso iban aumentando, y cuando la lancha se puso al costado, confundida en el espacio de mar donde se proyectaba, cual en negro y horrible cristal, la sombra del navío; cuando vi cómo se sumergía el inmóvil casco en el agua sombría que azotaba suavemente los costados; cuando alcé la vista y vi las tres filas de cañones asomando sus bocas amenazadoras por las portas, mi entusiasmo se trocó en miedo, púseme pálido, y quedé sin movimiento asido al brazo de mi amo. Pero en cuanto subimos y me hallé sobre cubierta, se me ensanchó el corazón. La airosa y altísima arboladura, la animación del alcázar, la vista del cielo y la bahía, el admirable orden de cuantos objetos ocupaban la cubierta, desde los coys puestos en fila sobre la obra muerta, hasta los cabrestantes, bombas, mangas, escotillas; la variedad de uniformes; todo, en fin, me suspendió de tal modo, que por un buen rato estuve absorto en la contemplación de tan hermosa máquina, sin acordarme de nada más. Los presentes no pueden hacerse cargo de aquellos magníficos barcos, ni menos del Santísima Trinidad, por las malas estampas en que los han visto representados. Tampoco se parecen nada a los buques guerreros de hoy, cubiertos con su pesado arnés de hierro, largos, monótonos, negros, y sin accidentes muy visibles en su vasta extensión, por lo cual me han parecido a veces inmensos ataúdes flotantes. Creados por una época positivista, y adecuados a la ciencia náutico-militar de estos tiempos, que mediante el vapor ha anulado las maniobras, fiando el éxito del combate al poder y empuje de los navíos, los barcos de hoy son simples máquinas de guerra, mientras los de aquel tiempo eran el guerrero mismo, armado de todas armas de ataque y defensa, (p.63) pero confiando principalmente en su destreza y valor. Yo, que observo cuanto veo, he tenido siempre la costumbre de asociar, hasta un extremo exagerado, ideas con imágenes, cosas con personas, aunque pertenezcan a las más inasociables categorías. Viendo más tarde las catedrales llamadas góticas de nuestra Castilla, y las de Flandes, y observando con qué imponente majestad se destaca su compleja y sutil fábrica entre las construcciones del gusto moderno, levantadas por la utilidad, tales como bancos, hospitales y cuarteles, no he podido menos de traer a la memoria las distintas clases de naves que he visto en mi larga vida, y he comparado las antiguas con las catedrales góticas. Sus formas, que se prolongan hacia arriba; el predominio de las líneas verticales sobre las horizontales; cierto inexplicable idealismo, algo de histórico y religioso a la vez, mezclado con la complicación de líneas y el juego de colores que combina a su capricho el sol, han determinado esta asociación extravagante, que yo me explico por la huella de romanticismo que dejan en el espíritu las impresiones de la niñez. El Santísima Trinidad era un navío de cuatro puentes. Los mayores del mundo eran de tres. Aquel coloso, construido en La Habana, con las más ricas maderas de Cuba en 1769, contaba treinta y seis años de honrosos servicios. Tenía 220 pies (61 metros) de eslora, es decir, de popa a proa; 58 pies de manga (ancho), y 28 de puntal (altura desde la quilla a la cubierta), dimensiones extraordinarias que entonces no tenía ningún buque del mundo. Sus poderosas cuadernas, que eran un verdadero bosque, sustentaban cuatro pisos. En sus costados, que eran fortísimas murallas de madera, se habían abierto al construirlo 116 troneras: cuando se le reformó, agradándolo en 1796, se le abrieron 130, y artillado de nuevo en 1805, tenía sobre sus costados, cuando yo le vi, 140 bocas de fuego, entre cañones y carronadas. El interior era maravilloso por la distribución de los diversos compartimientos, ya fuesen puentes para la artillería, sollados para la (p.64) tripulación, pañoles para depósitos de víveres, cámaras para los jefes, cocinas, enfermería y demás servicios. Me quedé absorto recorriendo las galerías y demás escondrijos de aquel Escorial de los mares. Las cámaras situadas a popa eran un pequeño palacio por dentro, y por fuera una especie de fantástico alcázar; los balconajes, los pabellones de las esquinas de popa, semejantes a las linternas de un castillo ojival, eran como grandes jaulas abiertas al mar, y desde donde la vista podía recorrer las tres cuartas partes del horizonte. Nada más grandioso que la arboladura, aquellos mástiles gigantescos, lanzados hacia el cielo, como un reto a la tempestad. Parecía que el viento no había de tener fuerza para impulsar sus enormes gavias. La vista se mareaba y se perdía contemplando la inmensa madeja que formaban en la arboladura los obenques, estáis, brazas, burdas, amantillos y drizas que servían para sostener y mover el velamen. Yo estaba absorto en la contemplación de tanta maravilla, cuando sentí un fuerte golpe en la nuca. Creí que el palo mayor se me había caído encima. Volví la vista atontado y lancé una exclamación de horror al ver a un hombre que me tiraba de las orejas como si quisiera levantarme en el aire. Era mi tío. «¿Qué buscas tú aquí, lombriz? -me dijo en el suave tono que le era habitual-. ¿Quieres aprender el oficio? Oye, Juan -añadió dirigiéndose a un marinero de feroz aspecto-, súbeme a este galápago a la verga mayor para que se pasee por ella». Yo eludí como pude el compromiso de pasear por la verga, y le expliqué con la mayor cortesía que hallándome al servicio de D. Alonso Gutiérrez de Cisniega, había venido a bordo en su compañía. Tres o cuatro marineros, amigos de mi simpático tío, quisieron maltratarme, por lo que resolví alejarme de tan distinguida sociedad, y me marché a la cámara en busca de mi amo. Los oficiales hacían su tocado, no menos difícil a bordo que en tierra, y cuando yo veía a los pajes ocupados en empolvar las cabezas de los héroes a quienes servían, me pregunté si aquella (p.65) operación no era la menos a propósito dentro de un buque, donde todos los instantes son preciosos y donde estorba siempre todo lo que no sea de inmediata necesidad para el servicio. Pero la moda era entonces tan tirana como ahora, y aun en aquel tiempo imponía de un modo apremiante sus enfadosas ridiculeces. Hasta el soldado tenía que emplear un tiempo precioso en hacerse el coleto. ¡Pobres hombres! Yo les vi puestos en fila unos tras otros, arreglando cada cual el coleto del que tenía delante, medio ingenioso que remataba la operación en poco tiempo. Después se encasquetaban el sombrero de pieles, pesada mole, cuyo objeto nunca me pude explicar, y luego iban a sus puestos si tenían que hacer guardia, o a pasearse por el combés si estaban libres de servicio. Los marineros no usaban aquel ridículo apéndice capilar, y su sencillo traje me parece que no se ha modificado mucho desde aquella fecha. En la cámara, mi amo hablaba acaloradamente con el comandante del buque, Don Francisco Javier de Uriarte, y con el jefe de escuadra, Don Baltasar Hidalgo de Cisneros. Según lo poco que oí, no me quedó duda de que el General francés había dado orden de salida para la mañana siguiente. Esto alegró mucho a Marcial, que junto con otros viejos marineros en el castillo de proa, disertaba ampulosamente sobre el próximo combate. Tal sociedad me agradaba más que la de mi interesante tío, porque los colegas de Medio-hombre no se permitían bromas pesadas con mi persona. Esta sola diferencia hacía comprender la diversa procedencia de los tripulantes, pues mientras unos eran marineros de pura raza, llevados allí por la matrícula o enganche voluntario, los otros eran gente de leva, casi siempre holgazana, díscola, de perversas costumbres, y mal conocedora del oficio. Con los primeros hacía yo mejores migas que con los segundos, y asistía a todas las conferencias de Marcial. Si no temiera cansar al lector, le referiría la explicación que éste dio de las causas diplomáticas y políticas de la guerra, parafraseando del modo más (p.66) cómico posible lo que había oído algunas noches antes de boca de Malespina en casa de mis amos. Por él supe que el novio de mi amita se había embarcado en el Nepomuceno. Todas las conferencias terminaban en un solo punto, el próximo combate. La escuadra debía salir al día siguiente, ¡qué placer! Navegar en aquel gigantesco barco, el mayor del mundo; presenciar una batalla en medio de los mares; ver cómo era la batalla, cómo se disparaban los cañones, cómo se apresaban los buques enemigos.. ¡qué hermosa fiesta!, y luego volver a Cádiz cubiertos de gloria.. Decir a cuantos quisieran oírme: «yo estuve en la escuadra, lo vi todo..», decírselo también a mi amita, contándole la grandiosa escena, y excitando su atención, su curiosidad, su interés.. decirle también: «yo me hallé en los sitios de mayor peligro, y no temblaba por eso»; ver cómo se altera, cómo palidece y se asusta oyendo referir los horrores del combate, y luego mirar con desdén a todos los que digan: «¡contad, Gabrielito, esa cosa tan tremenda!..» ¡Oh!, esto era más de lo que necesitaba mi imaginación para enloquecer.. Digo francamente que en aquel día no me hubiera cambiado por Nelson. Amaneció el 19, que fue para mí felicísimo, y no había aún amanecido, cuando yo estaba en el alcázar de popa con mi amo, que quiso presenciar la maniobra. Después del baldeo comenzó la operación de levar el buque. Se izaron las grandes gavias, y el pesado molinete, girando con su agudo chirrido, arrancaba la poderosa áncora del fondo de la bahía. Corrían los marineros por las vergas; manejaban otros las brazas, prontos a la voz del contramaestre, y todas las voces del navío, antes mudas, llenaban el aire con espantosa algarabía. Los pitos, la campana de proa, el discorde concierto de mil voces humanas, mezcladas con el rechinar de los motones; el crujido de los cabos, el trapeo de las velas azotando los palos antes de henchirse impelidas por el viento, todos estos variados sones acompañaron los primeros pasos del colosal navío. Pequeñas olas acariciaban sus (p.67) costados, y la mole majestuosa comenzó a deslizarse por la bahía sin dar la menor cabezada, sin ningún vaivén de costado, con marcha grave y solemne, que sólo podía apreciarse comparativamente, observando la traslación imaginaria de los buques mercantes anclados y del paisaje. Al mismo tiempo se dirigía la vista en derredor, y ¡qué espectáculo, Dios mío!, treinta y dos navíos, cinco fragatas y dos bergantines, entre españoles y franceses, colocados delante, detrás y a nuestro costado, se cubrían de velas y marchaban también impelidos por el escaso viento. No he visto mañana más hermosa. El sol inundaba de luz la magnífica rada; un ligero matiz de púrpura teñía la superficie de las aguas hacia Oriente, y la cadena de colinas y lejanos montes que limitan el horizonte hacia la parte del Puerto permanecían aún encendidos por el fuego de la pasada aurora; el cielo limpio apenas tenía algunas nubes rojas y doradas por Levante; el mar azul estaba tranquilo, y sobre este mar y bajo aquel cielo las cuarenta velas, con sus blancos velámenes, emprendían la marcha, formando el más vistoso escuadrón que puede presentarse ante humanos ojos. No andaban todos los bajeles con igual paso. Unos se adelantaban, otros tardaron mucho en moverse; pasaban algunos junto a nosotros, mientras los había que se quedaban detrás. La lentitud de su marcha; la altura de su aparejo, cubierto de lona; cierta misteriosa armonía que mis oídos de niño percibían como saliendo de los gloriosos cascos, especie de himno que sin duda resonaba dentro de mí mismo; la claridad del día, la frescura del ambiente, la belleza del mar, que fuera de la bahía parecía agitarse con gentil alborozo a la aproximación de la flota, formaban el más imponente cuadro que puede imaginarse. Cádiz, en tanto, como un panorama giratorio, se escorzaba a nuestra vista presentándonos sucesivamente las distintas facetas de su vasto circuito. El sol, encendiendo los vidrios de sus mil miradores, salpicaba la ciudad con polvos de oro, y su blanca mole se destacaba tan (p.68) limpia y pura sobre las aguas, que parecía haber sido creada en aquel momento, o sacada del mar como la fantástica ciudad de San Genaro. Vi el desarrollo de la muralla desde el muelle hasta el castillo de Santa Catalina; reconocí el baluarte del Bonete, el baluarte del Orejón, la Caleta, y me llené de orgullo considerando de dónde había salido y dónde estaba. Al mismo tiempo llegaba a mis oídos como música misteriosa el son de las campanas de la ciudad medio despierta, tocando a misa, con esa algazara charlatana de las campanas de un gran pueblo. Ya expresaban alegría, como un saludo de buen viaje, y yo escuchaba el rumor cual si fuese de humanas voces que nos daban la despedida; ya me parecían sonar tristes y acongojadas anunciándonos una desgracia, y a medida que nos alejábamos, aquella música se iba apagando hasta que se extinguió difundida en el inmenso espacio. La escuadra salía lentamente: algunos barcos emplearon muchas horas para hallarse fuera. Marcial, durante la salida, iba haciendo comentarios sobre cada buque, observando su marcha, motejándoles si eran pesados, animándoles con paternales consejos si eran ligeros y zarpaban pronto. «¡Qué pesado está D. Federico! -decía observando el Príncipe de Asturias, mandado por Gravina-. Allá va Mr. Corneta -exclamaba mirando al Bucentauro, navío general-. Bien haiga quien te puso Rayo -decía irónicamente mirando al navío de este nombre, que era el más pesado de toda la escuadra.. -Bien por papá Ignacio -añadía dirigiéndose al Santa Ana, que montaba Álava-. Echa toda la gavia, pedazo de tonina -decía contemplando el navío de Dumanoir-; este gabacho tiene un peluquero para rizar la gavia, y carga las velas con tenacillas». El cielo se enturbió por la tarde, y al anochecer, hallándonos ya a gran distancia, vimos a Cádiz perderse poco a poco entre la bruma, hasta que se confundieron con las tintas de la noche sus últimos contornos. La escuadra tomó rumbo al Sur. Por la noche no me separé de él, una vez que dejé a mi amo muy bien arrellanado en su (p.69) camarote. Rodeado de dos colegas y admiradores, les explicaba el plan de Villeneuve del modo siguiente: «Mr. Corneta ha dividido la escuadra en cuatro cuerpos. La vanguardia, que es mandada por Álava, tiene siete navíos; el centro, que lleva siete y lo manda Mr. Corneta en persona; la retaguardia, también de siete, que va mandada por Dumanoir, y el cuerpo de reserva, compuesto de doce navíos, que manda Don Federico. No me parece que está esto mal pensado. Por supuesto que van los barcos españoles mezclados con los gabachos, para que no nos dejen en las astas del toro, como sucedió en Finisterre. »Según me ha referido D. Alonso, el francés ha dicho que si el enemigo se nos presenta a sotavento, formaremos la línea de batalla y caeremos sobre él.. Esto está muy guapo, dicho en el camarote; pero ya.. ¿El Señorito va a ser tan buey que se nos presente a sotavento?.. Sí, porque tiene poco farol (inteligencia) su señoría para dejarse pescar así.. Veremos a ver si vemos lo que espera el francés.. Si el enemigo se presenta a barlovento y nos ataca, debemos esperarle en línea de batalla; y como tendrá que dividirse para atacarnos, si no consigue romper nuestra línea, nos será muy fácil vencerle. A ese señor todo le parece fácil. (Rumores.) Dice también que no hará señales y que todo lo espera de cada capitán. ¡Si iremos a ver lo que yo vengo predicando desde que se hicieron esos malditos tratados de sursillos, y es que.. más vale callar.. quiera Dios..! Ya les he dicho a ustedes que Mr. Corneta no sabe lo que tiene entre manos, y que no le caben cincuenta barcos en la cabeza. Cuidado con un almirante que llama a sus capitanes el día antes de una batalla, y les dice que haga cada uno lo que le diere la gana.. Pos pá eso.. (Grandes muestras de asentimiento.) En fin, allá veremos.. Pero vengan acá ustedes y díganme: si nosotros los españoles queremos defondar a unos cuantos barcos ingleses, ¿no nos bastamos y nos sobramos para ello? ¿Pues a cuenta qué hemos de juntarnos con franceses que no nos dejan hacer lo que nos sale de dentro, sino (p.70) que hemos de ir al remolque de sus señorías? Siempre di cuando fuimos con ellos, siempre di cuando salimos destaponados.. En fin.. Dios y la Virgen del Carmen vayan con nosotros, y nos libren de amigos franceses por siempre jamás amén». (Grandes aplausos.) Todos asintieron a su opinión. Su conferencia duró hasta hora avanzada, elevándose desde la profesión naval hasta la ciencia diplomática. La noche fue serena y navegábamos con viento fresco. Se me permitirá que al hablar de la escuadra diga nosotros. Yo estaba tan orgulloso de encontrarme a bordo del Santísima Trinidad, que me llegué a figurar que iba a desempeñar algún papel importante en tan alta ocasión, y por eso no dejaba de gallardearme con los marineros, haciéndoles ver que yo estaba allí para alguna cosa útil.
Ep-1-X - Al amanecer del día 20, el viento soplaba con mucha fuerza, y por esta causa los navíos estaban muy distantes unos de otros. Mas habiéndose calmado el viento poco después de mediodía, el buque almirante hizo señales de que se formasen las cinco columnas: vanguardia, centro, retaguardia y los dos cuerpos que componían la reserva. Yo me deleitaba viendo cómo acudían dócilmente a la formación aquellas moles, y aunque, a causa de la diversidad de sus condiciones marineras, las maniobras no eran muy rápidas y las líneas formadas poco perfectas, siempre causaba admiración contemplar aquel ejercicio. El viento soplaba del SO., según dijo Marcial, que lo había profetizado desde por la mañana, y la escuadra, recibiéndole por estribor, marchó en dirección del Estrecho. Por la noche se vieron algunas luces, y al amanecer del 21 vimos veintisiete navíos por barlovento, entre los cuales Marcial designó siete de tres puentes. A eso de las ocho, los treinta y tres barcos de la flota enemiga estaban a la vista formados en dos columnas. Nuestra escuadra formaba una larguísima línea, y según las apariencias, las dos columnas de Nelson, dispuestas en forma de cuña, avanzaban como si quisieran cortar nuestra línea por el centro y retaguardia. Tal era la (p.71) situación de ambos contendientes, cuando el Bucentauro hizo señal de virar en redondo. Ustedes quizá no entiendan esto; pero les diré que consistía en variar diametralmente de rumbo, es decir, que si antes el viento impulsaba nuestros navíos por estribor, después de aquel movimiento nos daba por babor, de modo que marchábamos en dirección casi opuesta a la que antes teníamos. Las proas se dirigían al Norte, y este movimiento, cuyo objeto era tener a Cádiz bajo el viento, para arribar a él en caso de desgracia, fue muy criticado a bordo del Trinidad, y especialmente por Marcial, que decía: «Ya se esparrancló la línea de batalla, que antes era mala y ahora es peor». Efectivamente, la vanguardia se convirtió en retaguardia, y la escuadra de reserva, que era la mejor, según oí decir, quedó a la cola. Como el viento era flojo, los barcos de diversa andadura y la tripulación poco diestra, la nueva línea no pudo formarse ni con rapidez ni con precisión: unos navíos andaban muy a prisa y se precipitaban sobre el delantero; otros marchaban poco, rezagándose, o se desviaban, dejando un gran claro que rompía la línea, antes de que el enemigo se tomase el trabajo de hacerlo. (p.72) Se mandó restablecer el orden; pero por obediente que sea un buque, no es tan fácil de manejar como un caballo. Con este motivo, y observando las maniobras de los barcos más cercanos, Medio-hombre decía: «La línea es más larga que el camino de Santiago. Si el Señorito la corta, adiós mi bandera: perderíamos hasta el modo de andar, manque los pelos se nos hicieran cañones. Señores, nos van a dar julepe por el centro. ¿Cómo pueden venir a ayudarnos el San Juan y el Bahama, que están a la cola, ni el Neptuno ni el Rayo, que están a la cabeza? (Rumores de aprobación.) Además, estamos a sotavento, y los casacones pueden elegir el punto que quieran para atacarnos. Bastante haremos nosotros con defendernos como podamos. Lo que digo es que Dios nos saque bien, y nos libre de franceses por siempre jamás amén Jesús». El sol avanzaba hacia el zenit, y (p.73) el enemigo estaba ya encima. «¿Les parece a ustedes que ésta es hora de empezar un combate? ¡Las doce del día!» exclamaba con ira el marinero aunque no se atrevía a hacer demasiado pública su demostración, ni estas conferencias pasaban de un pequeño círculo, dentro del cual yo, llevado de mi sempiterna insaciable curiosidad, me había injerido. No sé por qué me pareció advertir en todos los semblantes cierta expresión de disgusto. Los oficiales en el alcázar de popa y los marineros y contramaestres en el de proa, observaban los navíos sotaventados y fuera de línea, entre los cuales había cuatro pertenecientes al centro. Se me había olvidado mencionar una operación preliminar del combate, en la cual tomé parte. Hecho por la mañana el zafarrancho, preparado ya todo lo concerniente al servicio de piezas y lo relativo a maniobras, oí que dijeron: «La arena, extender la arena». Marcial me tiró de la oreja, y llevándome a una escotilla, me hizo colocar en línea con algunos marinerillos de leva, grumetes y gente de poco más o menos. Desde la escotilla hasta el fondo de la bodega se habían colocado, escalonados en los entrepuentes, algunos marineros, y de este modo iban sacando los sacos de arena. Uno se lo daba al que tenía al lado, éste al siguiente, y de este modo se sacaba rápidamente y sin trabajo cuanto se quisiera. Pasando de mano en mano, subieron de la bodega multitud de sacos, y mi sorpresa fue grande cuando vi que los vaciaban sobre la cubierta, sobre el alcázar y castillos, extendiendo la arena hasta cubrir toda la superficie de los tablones. Lo mismo hicieron en los entrepuentes. Por satisfacer mi curiosidad, pregunté al grumete que tenía al lado. «Es para la sangre -me contestó con indiferencia. -¡Para la sangre!» repetí yo sin poder reprimir un estremecimiento de terror. Miré la arena; miré a los marineros, que con gran algazara se ocupaban en aquella faena, y por un instante me sentí cobarde. Sin embargo, la imaginación, que entonces predominaba en mí, alejó de mi espíritu todo temor, y no pensé más que en (p.74) triunfos y agradables sorpresas. El servicio de los cañones estaba listo, y advertí también que las municiones pasaban de los pañoles al entrepuente por medio de una cadena humana semejante a la que había sacado la arena del fondo del buque. Los ingleses avanzaban para atacarnos en dos grupos. Uno se dirigía hacia nosotros, y traía en su cabeza, o en el vértice de la cuña, un gran navío con insignia de almirante. Después supe que era el Victory y que lo mandaba Nelson. El otro traía a su frente el Royal Sovereign, mandado por Collingwood. Todos estos hombres, así como las particularidades estratégicas del combate, han sido estudiados por mí más tarde. Mis recuerdos, que son clarísimos en todo lo pintoresco y material, apenas me sirven en lo relativo a operaciones que entonces no comprendía. Lo que oí con frecuencia de boca de Marcial, unido a lo que después he sabido, pudo darme a conocer la formación de nuestra escuadra; y para que ustedes lo comprendan bien, les pongo aquí una lista de nuestros navíos, indicando los desviados, que dejaban un claro, la nacionalidad y la forma en que fuimos atacados. Poco más o menos, era así: Eran las doce menos cuarto. El terrible instante se aproximaba. La ansiedad era general, y no digo esto juzgando por lo que pasaba en mi espíritu, pues atento a los movimientos del navío en que se decía estaba Nelson, no pude por un buen rato darme cuenta de lo que pasaba a mi alrededor. De repente nuestro comandante dio una orden terrible. La repitieron los contramaestres. Los marineros corrieron hacia los cabos, chillaron los motones, trapearon las gavias. «¡En facha, en facha! -exclamó Marcial, lanzando con energía un juramento-. Ese condenado se nos quiere meter por la popa». Al punto comprendí que se había mandado detener la marcha del Trinidad para estrecharle contra el Bucentauro, que venía detrás, porque el Victory parecía venir dispuesto a cortar la línea por entre los dos navíos. Al ver la maniobra de nuestro buque, pude observar que gran parte de la (p.75) tripulación no tenía toda aquella desenvoltura propia de los marineros, familiarizados como Marcial con la guerra y con la tempestad. Entre los soldados vi algunos que sentían el malestar del mareo, y se agarraban a los obenques para no caer. Verdad es que había gente muy decidida, especialmente en la clase de voluntarios; pero por lo común todos eran de leva, obedecían las órdenes como de mala gana, y estoy seguro de que no tenían ni el más leve sentimiento de patriotismo. No les hizo dignos del combate más que el combate mismo, como advertí después. A pesar del distinto temple moral de aquellos hombres, creo que en los solemnes momentos que precedieron al primer cañonazo, la idea de Dios estaba en todas las cabezas. Por lo que a mí toca, en toda la vida ha experimentado mi alma sensaciones iguales a las de aquel momento. A pesar de mis pocos años, me hallaba en disposición de comprender la gravedad del suceso, y por primera vez, después que existía, altas concepciones, elevadas imágenes y generosos pensamientos ocuparon mi mente. La persuasión de la victoria estaba tan arraigada en mi ánimo, que me inspiraban cierta lástima los ingleses, y les admiraba al verles buscar con tanto afán una muerte segura. Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de la patria, y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos, nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el Rey y su célebre Ministro, a quienes no consideraba con igual respeto. Como yo no sabía más historia que la que aprendí en la Caleta, para mí era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses después. Me representaba, pues, a mi país como muy valiente; pero el valor que yo concebía era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con tales pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a aquella (p.76) casta de matadores de moros. Pero en el momento que precedió al combate, comprendí todo lo que aquella divina palabra significaba, y la idea de nacionalidad se abrió paso en mi espíritu, iluminándolo y descubriendo infinitas maravillas, como el sol que disipa la noche, y saca de la obscuridad un hermoso paisaje. Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar, hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria, es decir, el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su embarcación fatigada del largo viaje; el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia, sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos y arca de sus creencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generación en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastara. Yo creía también que las cuestiones que España tenía con Francia o con Inglaterra eran siempre porque alguna de estas naciones quería quitarnos algo, en lo cual no iba del todo descaminado. Parecíame, por tanto, tan (p.77) legítima la defensa como brutal la agresión; y como había oído decir que la justicia triunfaba siempre, no dudaba de la victoria. Mirando nuestras banderas rojas y amarillas, los colores combinados que mejor representan al fuego, sentí que mi pecho se ensanchaba; no pude contener algunas lágrimas de entusiasmo; me acordé de Cádiz, de Vejer; me acordé de todos los españoles, a quienes consideraba asomados a una gran azotea, contemplándonos con ansiedad; y todas estas ideas y sensaciones llevaron finalmente mi espíritu hasta Dios, a quien dirigí una oración que no era Padre-nuestro ni Ave-María, sino algo nuevo que a mí se me ocurrió entonces. Un repentino estruendo me sacó de mi arrobamiento, haciéndome estremecer con violentísima sacudida. Había sonado el primer cañonazo.
Ep-1-XI - Un navío de la retaguardia disparó el primer tiro contra el Royal Sovereign, que mandaba Collingwood. Mientras trababa combate con este el Santa Ana, el Victory se dirigía contra nosotros. En el Trinidad todos demostraban gran ansiedad por comenzar el fuego; pero nuestro comandante esperaba el momento más favorable. Como si unos navíos se lo comunicaran a los otros, cual piezas pirotécnicas enlazadas por una mecha común, el fuego se corrió desde el Santa Ana hasta los dos extremos de la línea. El Victory atacó primero al Redoutable francés, y rechazado por este, vino a quedar frente a nuestro costado por barlovento. El momento terrible había llegado: cien voces dijeron ¡fuego!, repitiendo como un eco infernal la del comandante, y la andanada lanzó cincuenta proyectiles sobre el navío inglés. Por un instante el humo me quitó la vista del enemigo. Pero éste, ciego de coraje, se venía sobre nosotros viento en popa. Al llegar a tiro de fusil, orzó y nos descargó su andanada. En el tiempo que medió de uno a otro disparo, la tripulación, que había podido observar el daño hecho al enemigo, redobló su entusiasmo. Los cañones se servían con presteza, aunque no sin cierto entorpecimiento, hijo de la poca práctica de algunos cabos de (p.78) cañón. Marcial hubiera tomado por su cuenta de buena gana la empresa de servir una de las piezas de cubierta; pero su cuerpo mutilado no era capaz de responder al heroísmo de su alma. Se contentaba con vigilar el servicio de la cartuchería, y con su voz y con su gesto alentaba a los que servían las piezas. El Bucentauro, que estaba a nuestra popa, hacía fuego igualmente sobre el Victory y el Temerary, otro poderoso navío inglés. Parecía que el navío de Nelson iba a caer en nuestro poder, porque la artillería del Trinidad le había destrozado el aparejo, y vimos con orgullo que perdía su palo de mesana. En el ardor de aquel primer encuentro, apenas advertí que algunos de nuestros marineros caían heridos o muertos. Yo, puesto en el lugar donde creía estorbar menos, no cesaba de contemplar al comandante, que mandaba desde el alcázar con serenidad heroica, y me admiraba de ver a mi amo con menos calma, pero con más entusiasmo, alentando a oficiales y marineros con su ronca vocecilla. «¡Ah! -dije yo para mí-. ¡Si te viera ahora Doña Francisca!» Confesaré que yo tenía momentos de un miedo terrible, en que me hubiera escondido nada menos que en el mismo fondo de la bodega, y otros de cierto delirante arrojo en que me arriesgaba a ver desde los sitios de mayor peligro aquel gran espectáculo. Pero, dejando a un lado mi humilde persona, voy a narrar el momento más terrible de nuestra lucha con el Victory. El Trinidad le destrozaba con mucha fortuna, cuando el Temerary, ejecutando una habilísima maniobra, se interpuso entre los dos combatientes, salvando a su compañero de nuestras balas. En seguida se dirigió a cortar la línea por la popa del Trinidad, y como el Bucentauro, durante el fuego, se había estrechado contra este hasta el punto de tocarse los penoles, resultó un gran claro, por donde se precipitó el Temerary, que viró prontamente, y colocándose a nuestra aleta de babor, nos disparó por aquel costado, hasta entonces ileso. Al mismo tiempo, el Neptune, otro poderoso navío inglés, colocose donde antes estaba el Victory; (p.79) éste se sotaventó, de modo que en un momento el Trinidad se encontró rodeado de enemigos que le acribillaban por todos lados. En el semblante de mi amo, en la sublime cólera de Uriarte, en los juramentos de los marineros amigos de Marcial, conocí que estábamos perdidos, y la idea de la derrota angustió mi alma. La línea de la escuadra combinada se hallaba rota por varios puntos, y al orden imperfecto con que se había formado después de la vira en redondo sucedió el más terrible desorden. Estábamos envueltos por el enemigo, cuya artillería lanzaba una espantosa lluvia de balas y de metralla sobre nuestro navío, lo mismo que sobre el Bucentauro. El Agustín, el Herós y el Leandro se batían lejos de nosotros, en posición algo desahogada, mientras el Trinidad, lo mismo que el navío almirante, sin poder disponer de sus movimientos, cogidos en terrible escaramuza por el genio del gran Nelson, luchaban heroicamente, no ya buscando una victoria imposible, sino movidos por el afán de perecer con honra. Los cabellos blancos que hoy cubren mi cabeza se erizan todavía al recordar aquellas tremendas horas, principalmente desde las dos a las cuatro de la tarde. Se me representan los barcos, no como ciegas máquinas de guerra, obedientes al hombre, sino como verdaderos gigantes, seres vivos y monstruosos que luchaban por sí, poniendo en acción, como ágiles miembros, su velamen, y cual terribles armas, la poderosa artillería de sus costados. Mirándolos, mi imaginación no podía menos de personalizarlos, y aun ahora me parece que los veo acercarse, desafiarse, orzar con ímpetu para descargar su andanada, lanzarse al abordaje con ademán provocativo, retroceder con ardiente coraje para tomar más fuerza, mofarse del enemigo, increparle; me parece que les veo expresar el dolor de la herida, o exhalar noblemente el gemido de la muerte, como el gladiador que no olvida el decoro de la agonía; me parece oír el rumor de las tripulaciones, como la voz que sale de un pecho irritado, a veces alarido de entusiasmo, a veces sordo (p.80) mugido de desesperación, precursor de exterminio; ahora himno de júbilo que indica la victoria; después algazara rabiosa que se pierde en el espacio, haciendo lugar a un terrible silencio que anuncia la vergüenza de la derrota. El espectáculo que ofrecía el interior del Santísima Trinidad era el de un infierno. Las maniobras habían sido abandonadas, porque el barco no se movía ni podía moverse. Todo el empeño consistía en servir las piezas con la mayor presteza posible, correspondiendo así al estrago que hacían los proyectiles enemigos. La metralla inglesa rasgaba el velamen como si grandes e invisibles uñas le hicieran trizas. Los pedazos de obra muerta, los trozos de madera, los gruesos obenques segados cual haces de espigas, los motones que caían, los trozos de velamen, los hierros, cabos y demás despojos arrancados de su sitio por el cañón enemigo, llenaban la cubierta, donde apenas había espacio para moverse. De minuto en minuto caían al suelo o al mar multitud de hombres llenos de vida; las blasfemias de los combatientes se mezclaban a los lamentos de los heridos, de tal modo que no era posible distinguir si insultaban a Dios los que morían, o le llamaban con angustia los que luchaban. Yo tuve que prestar auxilio en una faena tristísima, cual era la de transportar heridos a la bodega, donde estaba la enfermería. Algunos morían antes de llegar a ella, y otros tenían que sufrir dolorosas operaciones antes de poder reposar un momento su cuerpo fatigado. También tuve la indecible satisfacción de ayudar a los carpinteros, que a toda prisa procuraban aplicar tapones a los agujeros hechos en el casco; pero por causa de mi poca fuerza, no eran aquellos auxilios tan eficaces como yo habría deseado. La sangre corría en abundancia por la cubierta y los puentes, y a pesar de la arena, el movimiento del buque la llevaba de aquí para allí, formando fatídicos dibujos. Las balas de cañón, de tan cerca disparadas, mutilaban horriblemente los cuerpos, y era frecuente ver rodar a alguno, arrancada a cercén la cabeza, cuando la (p.81) violencia del proyectil no arrojaba la víctima al mar, entre cuyas ondas debía perderse casi sin dolor la última noción de la vida. Otras balas rebotaban contra un palo o contra la obra muerta, levantando granizada de astillas que herían como flechas. La fusilería de las cofas y la metralla de las carronadas esparcían otra muerte menos rápida y más dolorosa, y fue raro el que no salió marcado más o menos gravemente por el plomo y el hierro de nuestros enemigos. De tal suerte combatida y sin poder de ningún modo devolver iguales destrozos, la tripulación, aquella alma del buque, se sentía perecer, agonizaba con desesperado coraje, y el navío mismo, aquel cuerpo glorioso, retemblaba al golpe de las balas. Yo le sentía estremecerse en la terrible lucha: crujían sus cuadernas, estallaban sus baos, rechinaban sus puntales a manera de miembros que retuerce el dolor, y la cubierta trepidaba bajo mis pies con ruidosa palpitación, como si a todo el inmenso cuerpo del buque se comunicara la indignación y los dolores de sus tripulantes. En tanto, el agua penetraba por los mil agujeros y grietas del casco acribillado, y comenzaba a inundar la bodega. El Bucentauro, navío general, se rindió a nuestra vista. Villeneuve había arriado bandera. Una vez entregado el jefe de la escuadra, ¿qué esperanza quedaba a los buques? El pabellón francés desapareció de la popa de aquel gallardo navío, y cesaron sus fuegos. El San Agustín y el Herós se sostenían todavía, y el Rayo y el Neptuno, pertenecientes a la vanguardia, que habían venido a auxiliarnos, intentaron en vano salvarnos de los navíos enemigos que nos asediaban. Yo pude observar la parte del combate más inmediata al Santísima Trinidad, porque del resto de la línea no era posible ver nada. El viento parecía haberse detenido, y el humo se quedaba sobre nuestras cabezas, envolviéndonos en su espesa blancura, que las miradas no podían penetrar. Distinguíamos tan sólo el aparejo de algunos buques lejanos, aumentados de un modo inexplicable por no sé qué efecto óptico o (p.82) porque el pavor de aquel sublime momento agrandaba todos los objetos. Disipose por un momento la densa penumbra, ¡pero de qué manera tan terrible! Detonación espantosa, más fuerte que la de los mil cañones de la escuadra disparando a un tiempo, paralizó a todos, produciendo general terror. Cuando el oído recibió tan fuerte impresión, claridad vivísima había iluminado el ancho espacio ocupado por las dos flotas, rasgando el velo de humo, y presentose a nuestros ojos todo el panorama del combate. La terrible explosión había ocurrido hacia el Sur, en el sitio ocupado antes por la retaguardia. «Se ha volado un navío», dijeron todos. Las opiniones fueron diversas, y se dudaba si el buque volado era el Santa Ana, el Argonauta, el Ildefonso o el Bahama. Después se supo que había sido el francés nombrado Achilles. La expansión de los gases desparramó por mar y cielo en pedazos mil cuanto momentos antes constituía un hermoso navío con 74 cañones y 600 hombres de tripulación. Algunos segundos después de la explosión, ya no pensábamos más que en nosotros mismos. Rendido el Bucentauro, todo el fuego enemigo se dirigió contra nuestro navío, cuya pérdida era ya segura. El entusiasmo de los primeros momentos se había apagado en mí, y mi corazón se llenó de un terror que me paralizaba, ahogando todas las funciones de mi espíritu, excepto la curiosidad. Esta era tan irresistible, que me obligó a salir a los sitios de mayor peligro. De poco servía ya mi escaso auxilio, pues ni aun se trasladaban los heridos a la bodega, por ser muchos, y las piezas exigían el servicio de cuantos conservaban un poco de fuerza. Entre éstos vi a Marcial, que se multiplicaba gritando y moviéndose conforme a su poca agilidad, y era a la vez contramaestre, marinero, artillero, carpintero y cuanto había que ser en tan terribles instantes. Nunca creí que desempeñara funciones correspondientes a tantos hombres el que no podía considerarse sino como la mitad de un cuerpo humano. Un astillazo le había herido en la cabeza, y la (p.83) sangre, tiñéndole la cara, le daba horrible aspecto. Yo le vi agitar sus labios, bebiendo aquel líquido, y luego lo escupía con furia fuera del portalón, como si también quisiera herir a salivazos a nuestros enemigos. Lo que más me asombraba, causándome cierto espanto, era que Marcial, aun en aquella escena de desolación, profería frases de buen humor, no sé si por alentar a sus decaídos compañeros o porque de este modo acostumbraba alentarse a sí mismo. Cayó con estruendo el palo de trinquete, ocupando el castillo de proa con la balumba de su aparejo, y Marcial dijo: «Muchachos, vengan las hachas. Metamos este mueble en la alcoba». Al punto se cortaron los cabos, y el mástil cayó al mar. Y viendo que arreciaba el fuego, gritó dirigiéndose a un pañolero que se había convertido en cabo de cañón: «Pero Abad, mándales el vino a esos casacones para que nos dejen en paz». Y a un soldado que yacía como muerto, por el dolor de sus heridas y la angustia del mareo, le dijo aplicándole el botafuego a la nariz: «Huele una hojita de azahar, camarada, para que se te pase el desmayo. ¿Quieres dar un paseo en bote? Anda: Nelson nos convida a echar unas cañas». Esto pasaba en el combés. Alcé la vista al alcázar de popa, y vi que el general Cisneros había caído. Precipitadamente le bajaron dos marineros a la cámara. Mi amo continuaba inmóvil en su puesto; pero de su brazo izquierdo manaba mucha sangre. Corrí hacia él para auxiliarle, y antes que yo llegase, un oficial se le acercó, intentando convencerle de que debía bajar a la cámara. No había éste pronunciado dos palabras, cuando una bala le llevó la mitad de la cabeza, y su sangre salpicó mi rostro. Entonces, D. Alonso se retiró, tan pálido como el cadáver de su amigo, que yacía mutilado en el piso del alcázar. Cuando bajó mi amo, el comandante quedó solo arriba, con tal presencia de ánimo que no pude menos de contemplarle un rato, asombrado de tanto valor. Con la cabeza descubierta, el rostro pálido, la mirada ardiente, la acción enérgica, permanecía (p.84) en su puesto dirigiendo aquella acción desesperada que no podía ganarse ya. Tan horroroso desastre había de verificarse con orden, y el comandante era la autoridad que reglamentaba el heroísmo. Su voz dirigía a la tripulación en aquella contienda del honor y la muerte. Un oficial que mandaba en la primera batería subió a tomar órdenes, y antes de hablar cayó muerto a los pies de su jefe; otro guardia marina que estaba a su lado cayó también mal herido, y Uriarte quedó al fin enteramente solo en el alcázar, cubierto de muertos y heridos. Ni aun entonces se apartó su vista de los barcos ingleses ni de los movimientos de nuestra artillería; y el imponente aspecto del alcázar y toldilla, donde agonizaban sus amigos y subalternos, no conmovió su pecho varonil ni quebrantó su enérgica resolución de sostener el fuego hasta perecer. ¡Ah!, recordando yo después la serenidad y estoicismo de D. Francisco Javier Uriarte, he podido comprender todo lo que nos cuentan de los heroicos capitanes de la antigüedad. Entonces no conocía yo la palabra sublimidad; pero viendo a nuestro comandante comprendí que todos los idiomas deben tener un hermoso vocablo para expresar aquella grandeza de alma que me parecía favor rara vez otorgado por Dios al hombre miserable. Entre tanto, gran parte de los cañones había cesado de hacer fuego, porque la mitad de la gente estaba fuera de combate. Tal vez no me hubiera fijado en esta circunstancia, si habiendo salido de la cámara, impulsado por mi curiosidad, no sintiera una voz que con acento terrible me dijo: «¡Gabrielillo, aquí!» Marcial me llamaba: acudí prontamente, y le hallé empeñado en servir uno de los cañones que habían quedado sin gente. Una bala había llevado a Medio-hombre la punta de su pierna de palo, lo cual le hacía decir: «Si llego a traer la de carne y hueso..» Dos marinos muertos yacían a su lado; un tercero, gravemente herido, se esforzaba en seguir sirviendo la pieza. «Compadre -le dijo Marcial-, ya tú no puedes ni encender una colilla». Arrancó el botafuego de manos del herido y me lo (p.85) entregó diciendo: «Toma, Gabrielillo; si tienes miedo, vas al agua». Esto diciendo, cargó el cañón con toda la prisa que le fue posible, ayudado de un grumete que estaba casi ileso; lo cebaron y apuntaron; ambos exclamaron «fuego»; acerqué la mecha, y el cañón disparó. Se repitió la operación por segunda y tercera vez, y el ruido del cañón, disparado por mí, retumbó de un modo extraordinario en mi alma. El considerarme, no ya espectador, sino actor decidido en tan grandiosa tragedia, disipó por un instante el miedo, y me sentí con grandes bríos, al menos con la firme resolución de aparentarlos. Desde entonces conocí que el heroísmo es casi siempre una forma del pundonor. Marcial y otros me miraban: era preciso que me hiciera digno de fijar su atención. «¡Ah! -decía yo para mí con orgullo-. Si mi amita pudiera verme ahora.. ¡Qué valiente estoy disparando cañonazos como un hombre!.. Lo menos habré mandado al otro mundo dos docenas de ingleses». Pero estos nobles pensamientos me ocuparon muy poco tiempo, porque Marcial, cuya fatigada naturaleza comenzaba a rendirse después de su esfuerzo, respiro con ansia, se secó la sangre que afluía en abundancia de su cabeza, cerró los ojos, sus brazos se extendieron con desmayo, y dijo: «No puedo más: se me sube la pólvora a la toldilla (la cabeza). Gabriel, tráeme agua». Corrí a buscar el agua, y cuando se la traje, bebió con ansia. Pareció tomar con esto nuevas fuerzas: íbamos a seguir, cuando un gran estrépito nos dejó sin movimiento. El palo mayor, tronchado por la fogonadura, cayo sobre el combés, y tras él el de mesana. El navío quedó lleno de escombros y el desorden fue espantoso. Felizmente quedé en hueco y sin recibir más que una ligera herida en la cabeza, la cual, aunque me aturdió al principio, no me impidió apartar los trozos de vela y cabos que habían caído sobre mí. Los marineros y soldados de cubierta pugnaban por desalojar tan enorme masa de cuerpos inútiles, y desde entonces sólo la artillería de las baterías bajas sostuvo el fuego. Salí como pude, busqué a Marcial, no le (p.86) hallé, y habiendo fijado mis ojos en el alcázar, noté que el comandante ya no estaba allí. Gravemente herido de un astillazo en la cabeza, había caído exánime, y al punto dos marineros subieron para trasladarle a la cámara. Corrí también allá, y entonces un casco de metralla me hirió en el hombro, lo que me asustó en extremo, creyendo que mi herida era mortal y que iba a exhalar el último suspiro. Mi turbación no me impidió entrar en la cámara, donde por la mucha sangre que brotaba de mi herida me debilité, quedando por un momento desvanecido. En aquel pasajero letargo, seguí oyendo el estrépito de los cañones de la segunda y tercera batería, y después una voz que decía con furia: «¡Abordaje!.. ¡las picas!.. ¡las hachas!» Después la confusión fue tan grande, que no pude distinguir lo que pertenecía a las voces humanas en tal descomunal concierto. Pero no sé cómo, sin salir de aquel estado de somnolencia, me hice cargo de que se creía todo perdido, y de que los oficiales se hallaban reunidos en la cámara para acordar la rendición; y también puedo asegurar que si no fue invento de mi fantasía, entonces trastornada, resonó en el combés una voz que decía: «¡El Trinidad no se rinde». De fijo fue la voz de Marcial, si es que realmente dijo alguien tal cosa. Me sentí despertar, y vi a mi amo arrojado sobre uno de los sofás de la cámara, con la cabeza oculta entre las manos en ademán de desesperación y sin cuidarse de su herida. Acerqueme a él, y el infeliz anciano no halló mejor modo de expresar su desconsuelo que abrazándome paternalmente, como si ambos estuviéramos cercanos a la muerte. Él, por lo menos, creo que se consideraba próximo a morir de puro dolor, porque su herida no tenía la menor gravedad. Yo le consolé como pude, diciendo que si la acción no se había ganado, no fue porque yo dejara de matar bastante ingleses con mi cañoncito, y añadí que para otra vez seríamos más afortunados; pueriles razones que no calmaron su agitación. Saliendo afuera en busca de agua para mi amo, presencié el acto de arriar la (p.87) bandera, que aún flotaba en la cangreja, uno de los pocos restos de arboladura que con el tronco de mesana quedaban en pie. Aquel lienzo glorioso, ya agujereado por mil partes, señal de nuestra honra, que congregaba bajo sus pliegues a todos los combatientes, descendió del mástil para no izarse más. La idea de un orgullo abatido, de un ánimo esforzado que sucumbe ante fuerzas superiores, no puede encontrar imagen más perfecta para representarse a los ojos humanos que la de aquel oriflama que se abate y desaparece como un sol que se pone. El de aquella tarde tristísima, tocando al término de su carrera en el momento de nuestra rendición, iluminó nuestra bandera con su último rayo. (p.88) El fuego cesó y los ingleses penetraron en el barco vencido.
Ep-1-XII - Cuando el espíritu, reposando de la agitación del combate, tuvo tiempo de dar paso a la compasión, al frío terror producido por la vista de tan grande estrago, se presentó a los ojos de cuantos quedamos vivos la escena del navío en toda su horrenda majestad. Hasta entonces los ánimos no se habían ocupado más que de la defensa; mas cuando el fuego cesó, se pudo advertir el gran destrozo del casco, que, dando entrada al agua por sus mil averías, se hundía, amenazando sepultarnos a todos, vivos y muertos, en el fondo del mar. Apenas entraron en él los ingleses, un grito resonó unánime, proferido por nuestros marinos: «¡A las bombas!» Todos los que podíamos acudimos a ellas y trabajamos con ardor; pero aquellas máquinas imperfectas desalojaban una cantidad de agua bastante menor que la que entraba. De repente un grito, aún más terrible que el anterior, nos llenó de espanto. Ya dije que los heridos se habían transportado al último sollado, lugar que, por hallarse bajo la línea de flotación, está libre de la acción de las balas. El agua invadía rápidamente aquel recinto, y algunos marinos asomaron por la escotilla gritando: «¡Que se ahogan los heridos!» La mayor parte de la tripulación vaciló entre (p.89) seguir desalojando el agua y acudir en socorro de aquellos desgraciados; y no sé qué habría sido de ellos, si la gente de un navío inglés no hubiera acudido en nuestro auxilio. Estos no sólo transportaron los heridos a la tercera y a la segunda batería, sino que también pusieron mano a las bombas, mientras sus carpinteros trataban de reparar algunas de las averías del casco. Rendido de cansancio, y juzgando que Don Alonso podía necesitar de mí, fui a la cámara. Entonces vi a algunos ingleses ocupados en poner el pabellón británico en la popa del Santísima Trinidad. Como cuento con que el lector benévolo me ha de perdonar que apunte aquí mis impresiones, diré que aquello me hizo pensar un poco. Siempre se me habían representado los ingleses como verdaderos piratas o salteadores de los mares, gentezuela aventurera que no constituía nación y que vivía del merodeo. Cuando vi el orgullo con que enarbolaron su pabellón, saludándole con vivas aclamaciones; cuando advertí el gozo y la satisfacción que les causaba haber apresado el más grande y glorioso barco que hasta entonces surcó los mares, pensé que también ellos tendrían su patria querida, que ésta les habría confiado la defensa de su honor; me pareció que en aquella tierra, para mí misteriosa, que se llamaba Inglaterra, habían de existir, como en España, muchas gentes honradas, un rey paternal, y las madres, las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes marinos, los cuales, esperando con ansiedad su vuelta, rogarían a Dios que les concediera la victoria. En la cámara encontré a mi señor más tranquilo. Los oficiales ingleses que habían entrado allí trataban a los nuestros con delicada cortesía, y según entendí, querían trasbordar los heridos a algún barco enemigo. Uno de aquellos oficiales se acercó a mi amo como queriendo reconocerle, y le saludó en español medianamente correcto, recordándole una amistad antigua. Contestó D. Alonso a sus finuras con gravedad, y después quiso enterarse por él de los pormenores del combate. «¿Pero qué ha sido de la reserva? ¿Qué (p.90) ha hecho Gravina? -preguntó mi amo. -Gravina se ha retirado con algunos navíos -contestó el inglés. -De la vanguardia sólo han venido a auxiliarnos el Rayo y el Neptuno. -Los cuatro franceses, Duguay-Trouin, Mont-Blanc, Scipion y Formidable, son los únicos que no han entrado en acción. -Pero Gravina, Gravina, ¿qué es de Gravina? -insistió mi amo. -Se ha retirado en el Príncipe de Asturias; mas como se le ha dado caza, ignoro si habrá llegado a Cádiz. -¿Y el San Ildefonso? -Ha sido apresado. -¿Y el Santa Ana? -También ha sido apresado. -¡Vive Dios! -exclamó D. Alonso sin poder disimular su enojo-. Apuesto a que no ha sido apresado el Nepomuceno. -También lo ha sido. -¡Oh!, ¿está usted seguro de ello? ¿Y Churruca? -Ha muerto -contestó el inglés con tristeza. -¡Oh! ¡Ha muerto! ¡Ha muerto Churruca! -exclamó mi amo con angustiosa perplejidad-. Pero el Bahama se habrá salvado, el Bahama habrá vuelto ileso a Cádiz. -También ha sido apresado. -¡También! ¿Y Galiano? Galiano es un héroe y un sabio. -Sí -repuso sombríamente el inglés-; pero ha muerto también. -¿Y qué es del Montañés? ¿Qué ha sido de Alcedo? -Alcedo.. también ha muerto». Mi amo no pudo reprimir la expresión de su profunda pena; y como la avanzada edad amenguaba en él la presencia de ánimo propia de tan terribles momentos, hubo de pasar por la pequeña mengua de derramar algunas lágrimas, triste obsequio a sus compañeros. No es impropio el llanto en las grandes almas; antes bien, indica el consorcio fecundo de la delicadeza de sentimientos con la energía de carácter. Mi amo lloró como hombre, después de haber cumplido con su deber como marino; mas reponiéndose de aquel abatimiento, y buscando alguna razón con que devolver al inglés la pesadumbre que este le causara, dijo: «Pero ustedes no habrán sufrido menos que nosotros. Nuestros enemigos habrán tenido pérdidas de consideración. -Una sobre todo irreparable -contestó el inglés con tanta congoja como la de D. Alonso-. Hemos perdido (p.91) al primero de nuestros marinos, al valiente entre los valientes, al heroico, al divino, al sublime almirante Nelson». Y con tan poca entereza como mi amo, el oficial inglés no se cuidó de disimular su inmensa pena: cubriose la cara con las manos y lloró, con toda la expresiva franqueza del verdadero dolor, al jefe, al protector y al amigo. Nelson, herido mortalmente en mitad del combate, según después supe, por una bala de fusil que le atravesó el pecho y se fijó en la espina dorsal, dijo al capitán Hardy: «Se acabó; al fin lo han conseguido». Su agonía se prolongó hasta el caer de la tarde; no perdió ninguno de los pormenores del combate, ni se extinguió su genio de militar y de marino sino cuando la última fugitiva palpitación de la vida se disipó en su cuerpo herido. Atormentado por horribles dolores, no dejó de dictar órdenes, enterándose de los movimientos de ambas escuadras, y cuando se le hizo saber el triunfo de la suya, exclamó: «Bendito sea Dios; he cumplido con mi deber». Un cuarto de hora después expiraba el primer marino de nuestro siglo. Perdóneseme la digresión. El lector extrañará que no conociéramos la suerte de muchos buques de la escuadra combinada. Nada más natural que nuestra ignorancia, por causa de la desmesurada longitud de la línea de combate, y además el sistema de luchas parciales adoptado por los ingleses. Sus navíos se habían mezclado con los nuestros, y como la contienda era a tiro de fusil, el buque enemigo que nos batía ocultaba la vista del resto de la escuadra, además de que el humo espesísimo nos impedía ver cuanto no se hallara en paraje cercano. Al anochecer, y cuando aún el cañoneo no había cesado, distinguíamos algunos navíos, que pasaban a un largo como fantasmas, unos con media arboladura, otros completamente desarbolados. La bruma, el humo, el mismo aturdimiento de nuestras cabezas, nos impedía distinguir si eran españoles o enemigos; y cuando la luz de un fogonazo lejano iluminaba a trechos aquel panorama temeroso, notábamos que aún seguía la lucha con (p.92) encarnizamiento entre grupos de navíos aislados; que otros corrían sin concierto ni rumbo, llevados por el temporal, y que alguno de los nuestros era remolcado por otro inglés en dirección al Sur. Vino la noche, y con ella aumentó la gravedad y el horror de nuestra situación. Parecía que la Naturaleza había de sernos propicia después de tantas desgracias; pero, por el contrario, desencadenáronse con furia los elementos, como si el Cielo creyera que aún no era bastante grande el número de nuestras desdichas. Desatose un recio temporal, y viento y agua, hondamente agitados, azotaron el buque, que, incapaz de maniobra, fluctuaba a merced de las olas. Los vaivenes eran tan fuertes que se hacía difícil el trabajo, lo cual, unido al cansancio de la tripulación, empeoraba nuestro estado de hora en hora. Un navío inglés, que después supe se llamaba Prince, trató de remolcar al Trinidad; pero sus esfuerzos fueron inútiles, y tuvo que alejarse por temor a un choque, que habría sido funesto para ambos buques. Entre tanto no era posible tomar alimento alguno, y yo me moría de hambre, porque los demás, indiferentes a todo lo que no fuera el peligro, apenas se cuidaban de cosa tan importante. No me atrevía a pedir un pedazo de pan por temor de parecer importuno, y al mismo tiempo, sin vergüenza lo confieso, dirigía mi escrutadora observación a todos los sitios donde colegía que podían existir provisiones de boca. Apretado por la necesidad, me arriesgué a hacer una visita a los pañoles del bizcocho, y ¿cuál sería mi asombro cuando vi que Marcial estaba allí, trasegando a su estómago lo primero que encontró a mano? El anciano estaba herido de poca gravedad, y aunque una bala le había llevado el pie derecho, como este no era otra cosa que la extremidad de la pierna de palo, el cuerpo de Marcial sólo estaba con tal percance un poco más cojo. «Toma, Gabrielillo -me dijo, llenándome el seno de galletas-: barco sin lastre no navega». En seguida empinó una botella y bebió con delicia. Salimos del pañol, y vi que no éramos nosotros solos los (p.93) que visitaban aquel lugar, pues todo indicaba que un desordenado pillaje había ocurrido allí momentos antes. Reparadas mis fuerzas, pude pensar en servir de algo, poniendo mano a las bombas o ayudando a los carpinteros. Trabajosamente se enmendaron algunas averías con auxilio de los ingleses, que vigilaban todo, y según después comprendí, no perdían de vista a algunos de nuestros marineros, porque temían que se sublevasen, represando el navío, en lo cual los enemigos demostraban más suspicacia que buen sentido, pues menester era haber perdido el juicio para intentar represar un buque en tal estado. Ello es que los casacones acudían a todas partes y no perdían movimiento alguno. Entrada la noche, y hallándome transido de frío, abandoné la cubierta, donde apenas podía tenerme, y corría además el peligro de ser arrebatado por un golpe de mar, y me retiré a la cámara. Mi primera intención fue dormir un poco; pero ¿quién dormía en aquella noche? En la cámara todo era confusión, lo mismo que en el combés. Los sanos asistían a los heridos, y éstos, molestados a la vez por sus dolores y por el movimiento del buque, que les impedía todo reposo, ofrecían tan triste aspecto, que a su vista era imposible entregarse al descanso. En un lado de la cámara yacían, cubiertos con el pabellón nacional, los oficiales muertos. Entre tanta desolación, ante el espectáculo de tantos dolores, había en aquellos cadáveres no sé qué de envidiable: ellos solos descansaban a bordo del Trinidad, y todo les era ajeno, fatigas y penas, la vergüenza de la derrota y los padecimientos físicos. La bandera que les servía de ilustre mortaja parecía ponerles fuera de aquella esfera de responsabilidad, de mengua y desesperación en que todos nos encontrábamos. Nada les afectaba el peligro que corría la nave, porque ésta no era ya más que su ataúd. Los oficiales muertos eran: D. Juan Cisniega, teniente de navío, el cual no tenía parentesco con mi amo a pesar de la identidad de apellido; D. Joaquín de Salas y D. Juan Matute, también tenientes de navío; (p.94) el teniente coronel de ejército D. José Graullé, el teniente de fragata Urías y el guardia marina Don Antonio de Bobadilla. Los marineros y soldados muertos, cuyos cadáveres yacían sin orden en las baterías y sobre cubierta, ascendían a la terrible suma de cuatrocientos. No olvidaré jamás el momento en que aquellos cuerpos fueron arrojados al mar por orden del oficial inglés que custodiaba el navío. Verificose la triste ceremonia al amanecer del día 22, hora en que el temporal parece que arreció exprofeso, para aumentar la pavura de semejante escena. Sacados sobre cubierta los cuerpos de los oficiales, el cura rezó un responso a toda prisa, porque no era ocasión de andarse en dibujos, e inmediatamente se procedió al acto solemne. Envueltos en su bandera, y con una bala atada a los pies, fueron arrojados al mar, sin que esto, que ordinariamente hubiera producido en todos tristeza y consternación, conmoviera entonces a los que lo presenciaron. ¡Tan hechos estaban los ánimos a la desgracia, que el espectáculo de la muerte les era poco menos que indiferente! Las exequias del mar son más tristes que las de la tierra. Se da sepultura a un cadáver, y allí queda: las personas a quienes interesa saben que hay un rincón de tierra donde existen aquellos restos, y pueden marcarlos con una losa, con una cruz o con una piedra. Pero en el mar.. se arrojan los cuerpos en la movible inmensidad, y parece que dejan de existir en el momento de caer; la imaginación no puede seguirlos en su viaje al profundo abismo, y es difícil suponer que estén en alguna parte estando en el fondo del Océano. Estas reflexiones hacía yo viendo cómo desaparecían los cuerpos de aquellos ilustres guerreros, un día antes llenos de vida, gloria de su patria y encanto de sus familias. Los marineros muertos eran arrojados con menos ceremonia: la Ordenanza manda que se les envuelva en el coy; pero en aquella ocasión no había tiempo para entretenerse en cumplir la Ordenanza. A algunos se les amortajó como está mandado; pero la mayor parte fueron echados al mar sin ningún (p.95) atavío y sin bala a los pies, por la sencilla razón de que no había para todos. Eran cuatrocientos, próximamente, y a fin de terminar pronto la operación de darles sepultura, fue preciso que pusieran mano a la obra todos los hombres útiles que a bordo había para despachar más pronto. Muy a disgusto mío tuve que ofrecer mi cooperación para tan triste servicio, y algunos cuerpos cayeron al mar soltados desde la borda por mi mano, puesta en ayuda de otras más vigorosas. Entonces ocurrió un hecho, una coincidencia que me causó mucho terror. Un cadáver horriblemente desfigurado, fue cogido entre dos marineros, y en el momento de levantarlo en alto, algunos de los circunstantes se permitieron groseras burlas, que en toda ocasión habrían sido importunas, y en aquel momento infames. No sé por qué el cuerpo de aquel desgraciado fue el único que les movió a perder con tal descaro el respeto a la muerte, y decían: «Ya las ha pagado todas juntas..; no volverá a hacer de las suyas», y otras groserías del mismo jaez. Aquello me indignó; pero mi indignación se trocó en asombro y en un sentimiento indefinible, mezcla de respeto, de pena y de miedo, cuando observando atentamente las facciones mutiladas de aquel cadáver, reconocí en él a mi tío.. Cerré los ojos con espanto, y no los abrí hasta que el violento salpicar del agua me indicó que había desaparecido para siempre ante la vista humana. Aquel hombre había sido muy malo para mí, muy malo para su hermana; pero era mi pariente cercano, hermano de mi madre; la sangre que corría por mis venas era su sangre, y esa voz interna que nos incita a ser benévolos con las faltas de los nuestros, no podía permanecer callada después de la escena que pasó ante mis ojos. Al mismo tiempo, yo había podido reconocer en la cara ensangrentada de mi tío algunos rasgos fisonómicos de la cara de mi madre, y esto aumentó mi aflicción. En aquel momento no me acordé de que había sido un gran criminal, ni menos de las crueldades que usó conmigo durante mi infortunada niñez. Yo les aseguro a ustedes, y (p.96) no dudo en decir esto, aunque sea en elogio mío, que le perdoné con toda mi alma y que elevé el pensamiento a Dios, pidiéndole que le perdonara todas sus culpas. Después supe que se había portado heroicamente en el combate, sin que por esto alcanzara las simpatías de sus compañeros, quienes, reputándole como el más bellaco de los hombres, no tuvieron para él una palabra de afecto o conmiseración, ni aun en el momento supremo en que toda falta se perdona, porque se supone al criminal dando cuenta de sus actos ante Dios. Avanzado el día, intentó de nuevo el navío Pince remolcar al Santísima Trinidad; pero con tan poca fortuna como en la noche anterior. La situación no empeoraba, a pesar de que seguía el temporal con igual fuerza, pues se habían reparado muchas averías, y se creía que, una vez calmado el tiempo, podría salvarse el casco. Los ingleses tenían gran empeño en ello, porque querían llevar por trofeo a Gibraltar el más grande navío hasta entonces construido. Por esta razón trabajaban con tanto ahínco en las bombas noche y día, permitiéndonos descansar algún rato. Durante todo el día 22 la mar se revolvía con frenesí, llevando y trayendo el casco del navío cual si fuera endeble lancha de pescadores; y aquella montaña de madera probaba la fuerte trabazón de sus sólidas cuadernas, cuando no se rompía en mil pedazos al recibir el tremendo golpear de las olas. Había momentos en que, aplanándose el mar, parecía que el navío iba a hundirse para siempre; pero inflamándose la ola como al impulso de profundo torbellino, levantaba aquél su orgullosa proa, adornada con el león de Castilla, y entonces respirábamos con la esperanza de salvarnos. Por todos lados descubríamos navíos dispersos, la mayor parte ingleses, no sin grandes averías y procurando todos alcanzar la costa para refugiarse. También los vimos españoles y franceses, unos desarbolados, otros remolcados por algún barco enemigo. Marcial reconoció en uno de éstos al San Ildefonso. Vimos flotando en el agua multitud de restos y despojos, como masteleros, (p.97) cofas, lanchas rotas, escotillas, trozos de balconaje, portas, y, por último, avistamos dos infelices marinos que, mal embarcados en un gran palo, eran llevados por las olas, y habrían perecido si los ingleses no corrieran al instante a darles auxilio. Traídos a bordo del Trinidad, volvieron a la vida, que, recobrada después de sentirse en los brazos de la muerte, equivale a nacer de nuevo. El día pasó entre agonías y esperanzas: ya nos parecía que era indispensable el trasbordo a un buque inglés para salvarnos, ya creíamos posible conservar el nuestro. De todos modos, la idea de ser llevados a Gibraltar como prisioneros era terrible, si no para mí, para los hombres pundonorosos y obstinados como mi amo, cuyos padecimientos morales debieron de ser inauditos aquel día. Pero estas dolorosas alternativas cesaron por la tarde, y a la hora en que fue unánime la idea de que si no trasbordábamos pereceríamos todos en el buque, que ya tenía quince pies de agua en la bodega. Iriartea y Cisneros recibieron aquella noticia con calma y serenidad, demostrando que no hallaban gran diferencia entre morir en la casa propia o ser prisioneros en la extraña. Acto continuo comenzó el trasbordo a la escasa luz del crepúsculo, lo cual no era cosa fácil, habiendo precisión de embarcar cerca de trescientos heridos. La tripulación sana constaba de unos quinientos hombres, cifra a que quedaron reducidos los mil ciento quince individuos de que se componía antes del combate. Comenzó precipitadamente el trasbordo con las lanchas del Trinidad, las del Pince y las de otros tres buques de la escuadra inglesa. Dios la preferencia a los heridos; mas aunque se trató de evitarles toda molestia, fue imposible levantarles de donde estaban sin mortificarles, y algunos pedían con fuertes gritos que los dejasen tranquilos, prefiriendo la muerte a un viaje que recrudecía sus dolores. La premura no daba lugar a la compasión, y eran conducidos a las lanchas tan sin piedad como arrojados al mar fueron los fríos cadáveres de sus compañeros. El comandante Iriartea y el jefe de (p.98) escuadra, Cisneros se embarcaron en los botes de la oficialidad inglesa; y habiendo instado a mi amo para que entrase también en ellos, éste se negó resueltamente, diciendo que deseaba ser el último en abandonar el Trinidad. Esto no dejó de contrariarme, porque desvanecidos en mí los efluvios de patriotismo, que al principio me dieron cierto arrojo, no pensaba ya más que en salvar mi vida, y no era lo más a propósito para este noble fin el permanecer a bordo de un buque que se hundía por momentos. Mis temores no fueron vanos, pues aún no estaba fuera la mitad de la tripulación cuando un sordo rumor de alarma y pavor resonó en nuestro navío. «¡Que nos vamos a pique!.. ¡a las lanchas, a las lanchas!», exclamaron algunos, mientras dominados todos por el instinto de conservación, corrían hacia la borda, buscando con ávidos ojos las lanchas que volvían. Se abandonó todo trabajo; no se pensó más en los heridos, y muchos de éstos, sacados ya sobre cubierta, se arrastraban por ella con delirante extravío, buscando un portalón por donde arrojarse al mar. Por las escotillas salía un lastimero clamor, que aún parece resonar en mi cerebro, helando la sangre en mis venas y erizando mis cabellos. Eran los heridos que quedaban en la primera batería, los cuales, sintiéndose anegados por el agua, que ya invadía aquel sitio, clamaban pidiendo socorro no sé si a Dios o a los hombres. A éstos se lo pedían en vano, porque no pensaban sino en la propia salvación. Se arrojaron precipitadamente a las lanchas, y esta confusión en la lobreguez de la noche, entorpecía el trasbordo. Un solo hombre, impasible ante tan gran peligro, permanecía en el alcázar sin atender a lo que pasaba a su alrededor, y se paseaba preocupado y meditabundo, como si aquellas tablas donde ponía su pie no estuvieran solicitadas por el inmenso abismo. Era mi amo. Corrí hacia él despavorido, y le dije: «¡Señor, que nos ahogamos!» D. Alonso no me hizo caso, y aun creo, si la memoria no me es infiel, que sin abandonar su actitud pronunció palabras (p.99) tan ajenas a la situación como éstas: «¡Oh! Cómo se va a reír Paca cuando yo vuelva a casa después de esta gran derrota. -¡Señor, que el barco se va a pique!» exclamé de nuevo, no ya pintando el peligro, sino suplicando con gestos y voces. Mi amo miró al mar, a las lanchas, a los hombres que, desesperados y ciegos, se lanzaban a ellas; y yo busqué con ansiosos ojos a Marcial, y le llamé con toda la fuerza de mis pulmones. Entonces paréceme que perdí la sensación de lo que ocurría, me aturdí, se nublaron mis ojos y no sé lo que pasó. Para contar cómo me salvé, no puedo fundarme sino en recuerdos muy vagos, semejantes a las imágenes de un sueño, pues sin duda el terror me quitó el conocimiento. Me parece que un marinero se acercó a D. Alonso cuando yo le hablaba, y le asió con sus vigorosos brazos. Yo mismo me sentí transportado, y cuando mi nublado espíritu se aclaró un poco, me vi en una lancha, recostado sobre las rodillas de mi amo, el cual tenía mi cabeza entre sus manos con paternal cariño. Marcial empuñaba la caña del timón; la lancha estaba llena de gente. Alcé la vista y vi como a cuatro o cinco varas de distancia, a mi derecha, el negro costado del navío, próximo a hundirse; por los portalones a que aún no había llegado el agua, salía una débil claridad, la de la lámpara encendida al anochecer, y que aún velaba, guardián incansable, sobre los restos del buque abandonado. También hirieron mis oídos algunos lamentos que salían por las troneras: eran los pobres heridos que no había sido posible salvar y se hallaban suspendidos sobre el abismo, mientras aquella triste luz les permitía mirarse, comunicándose con los ojos la angustia de los corazones. Mi imaginación se trasladó de nuevo al interior del buque: una pulgada de agua faltaba no más para romper el endeble equilibrio que aún le sostenía. ¡Cómo presenciarían aquellos infelices el crecimiento de la inundación! ¡Qué dirían en aquel momento terrible! Y si vieron a los que huían en las lanchas, si sintieron el chasquido de los remos, ¡con cuánta amargura (p.100) gemirían sus almas atribuladas! Pero también es cierto que aquel atroz martirio las purificó de toda culpa, y que la misericordia de Dios llenó todo el ámbito del navío en el momento de sumergirse para siempre. La lancha se alejó: yo seguí viendo aquella gran masa informe, aunque sospecho que era mi fantasía, no mis ojos, la que miraba el Trinidad en la obscuridad de la noche, y hasta creí distinguir en el negro cielo un gran brazo que descendía hasta la superficie de las aguas. Fue sin duda la imagen de mis pensamientos reproducida por los sentidos.
Ep-1-XIII - La lancha se dirigió.. ¿a dónde? Ni el mismo Marcial sabía a dónde nos dirigíamos. La obscuridad era tan fuerte, que perdimos de vista las demás lanchas, y las luces del navío Pince se desvanecieron tras la niebla, como si un soplo las hubiera extinguido. Las olas eran tan gruesas, y el vendaval tan recio, que la débil embarcación avanzaba muy poco, y gracias a una hábil dirección no zozobró más de una vez. Todos callábamos, y los más fijaban una triste mirada en el sitio donde se suponía que nuestros compañeros abandonados luchaban en aquel instante con la muerte en espantosa agonía. No acabó aquella travesía sin hacer, conforme a mi costumbre, algunas reflexiones, que bien puedo aventurarme a llamar filosóficas. Alguien se reirá de un filósofo de catorce años; pero yo no me turbaré ante las burlas, y tendré el atrevimiento de escribir aquí mis reflexiones de entonces. Los niños también suelen pensar grandes cosas; y en aquella ocasión, ante aquel espectáculo, ¿qué cerebro, como no fuera el de un idiota, podría permanecer en calma? Pues bien: en nuestras lanchas iban españoles e ingleses, aunque era mayor el número de los primeros, y era curioso observar cómo fraternizaban, amparándose unos a otros en el común peligro, sin recordar que el día anterior se mataban en horrenda lucha, más parecidos a fieras que a hombres. Yo miraba a los ingleses, remando con tanta decisión como los nuestros; yo observaba en sus semblantes las mismas señales de terror o de esperanza, y, (p.101) sobre todo, la expresión propia del santo sentimiento de humanidad y caridad, que era el móvil de unos y otros. Con estos pensamientos, decía para mí: «¿Para qué son las guerras, Dios mío? ¿Por qué estos hombres no han de ser amigos en todas las ocasiones de la vida como lo son en las de peligro? Esto que veo, ¿no prueba que todos los hombres son hermanos?». Pero venía de improviso a cortar estas consideraciones, la idea de nacionalidad, aquel sistema de islas que yo había forjado, y entonces decía: «Pero ya: esto de que las islas han de querer quitarse unas a otras algún pedazo de tierra, lo echa todo a perder, y sin duda en todas ellas debe de haber hombres muy malos, que son los que arman las guerras para su provecho particular, bien porque son ambiciosos y quieren mandar, bien porque son avaros y anhelan ser ricos. Estos hombres malos son los que engañan a los demás, a todos estos infelices que van a pelear; y para que el engaño sea completo, les impulsan a odiar a otras naciones; siembran la discordia, fomentan la envidia, y aquí tienen ustedes el resultado. Yo estoy seguro -añadí-, de que esto no puede durar: apuesto doble contra sencillo a que dentro de poco los hombres de unas y otras islas se han de convencer de que hacen un gran disparate armando tan terribles guerras, y llegará un día en que se abrazarán, conviniendo todos en no formar más que una sola familia». Así pensaba yo. Después de esto he vivido setenta años, y no he visto llegar ese día. La lancha avanzaba trabajosamente por el tempestuoso mar. Yo creo que Marcial, si mi amo se lo hubiera permitido, habría consumado la siguiente hazaña: echar al agua a los ingleses y poner la proa a Cádiz o a la costa, aun con la probabilidad casi ineludible de perecer ahogados en la travesía. Algo de esto me parece que indicó a mi amo, hablándole quedamente al oído, y D. Alonso debió de darle una lección de caballerosidad, porque le oí decir: «Somos prisioneros, Marcial; somos prisioneros». Lo peor del caso es que no divisábamos ningún barco. El Pince se había (p.102) apartado de donde estaba; ninguna luz nos indicaba la presencia de un buque enemigo. Por último, divisamos una, y un rato después la mole confusa de un navío que corría el temporal por barlovento, y aparecía en dirección contraria a la nuestra. Unos le creyeron francés, otros inglés, y Marcial sostuvo que era español. Forzaron los remeros, y no sin trabajo llegamos a ponernos al habla. «¡Ah del navío!», gritaron los nuestros. Al punto contestaron en español: «Es el San Agustín -dijo Marcial. -El San Agustín se ha ido a pique -contestó D. Alonso-. Me parece que será el Santa Ana, que también está apresado». Efectivamente, al acercanos, todos reconocieron al Santa Ana, mandado en el combate por el teniente general Álava. Al punto los ingleses que lo custodiaban dispusieron prestarnos auxilio, y no tardamos en hallarnos todos sanos y salvos sobre cubierta. El Santa Ana, navío de 112 cañones, había sufrido también grandes averías, aunque no tan graves como las del Santísima Trinidad; y si bien estaba desarbolado de todos sus palos y sin timón, el casco no se conservaba mal. El Santa Ana vivió once años más después de Trafalgar, y aún habría vivido más si por falta de carena no se hubiera ido a pique en la bahía de la Habana en 1816. Su acción en las jornadas que refiero fue gloriosísima. Mandábalo, como he dicho, el teniente general Álava, jefe de la vanguardia, que, trocado el orden de batalla, vino a quedar a retaguardia. Ya saben ustedes que la columna mandada por Collingwood se dirigió a combatir la retaguardia, mientras Nelson marchó contra el centro. El Santa Ana, amparado sólo por el Fougueux, francés, tuvo que batirse con el Royal Sovereign y otros cuatro ingleses; y a pesar de la desigualdad de fuerzas, tanto padecieron los unos como los otros, siendo el navío de Collingwood el primero que quedó fuera de combate, por lo cual tuvo aquél que trasladarse a la fragata Eurygalus. Según allí refirieron, la lucha había sido horrorosa, y los dos poderosos navíos, cuyos penoles se tocaban, estuvieron destrozándose por (p.103) espacio de seis horas, hasta que herido el general Álava, herido el comandante Gardoqui, muertos cinco oficiales y noventa y siete marineros, con más de ciento cincuenta heridos, tuvo que rendirse el Santa Ana. Apresado por los ingleses, era casi imposible manejarlo a causa del mal estado y del furioso vendaval que se desencadenó en la noche del 21; así es que cuando entramos en él se encontraba en situación bien crítica, aunque no desesperada, y flotaba a merced de las olas, sin poder tomar dirección alguna. Desde luego me sirvió de consuelo el ver que los semblantes de toda aquella gente revelaban el temor de una próxima muerte. Estaban tristes y tranquilos, soportando con gravedad la pena del vencimiento y el bochorno de hallarse prisioneros. Un detalle advertí también que llamó mi atención, y fue que los oficiales ingleses que custodiaban el buque no eran, ni con mucho, tan complacientes y bondadosos como los que desempeñaron igual cargo a bordo del Trinidad. Por el contrario, eran los del Santa Ana unos caballeros muy foscos y antipáticos, y mortificaban con exceso a los nuestros, exagerando su propia autoridad y poniendo reparos a todo con suma impertinencia. Esto parecía disgustar mucho a la tripulación prisionera, especialmente a la marinería, y hasta me pareció advertir murmullos alarmantes, que no habrían sido muy tranquilizadores para los ingleses si éstos los hubieran oído. Por lo demás, no quiero referir incidentes de la navegación de aquella noche, si puede llamarse navegación el vagar a la ventura, a merced de las olas, sin velamen ni timón. No quiero, pues, fastidiar a mis lectores repitiendo hechos que ya presenciamos a bordo del Trinidad, y paso a contarles otros enteramente nuevos y que sorprenderán a ustedes tanto como me sorprendieron a mí. Yo había perdido mi afición a andar por el combés y alcázar de proa, y así, desde que me encontré a bordo del Santa Ana, me refugié con mi amo en la cámara, donde pude descansar un poco y alimentarme, pues de ambas cosas estaba muy necesitado. (p.104) Había allí, sin embargo, muchos heridos a quienes era preciso curar, y esta ocupación, muy grata para mí, no me permitió todo el reposo que mi agobiado cuerpo exigía. Hallábame ocupado en poner a D. Alonso una venda en el brazo, cuando sentí que apoyaban una mano en mi hombro; me volví y encaré con un joven alto, embozado en luengo capote azul, y al pronto, como suele suceder, no le reconocí; mas contemplándole con atención por espacio de algunos segundos, lancé una exclamación de asombro: era el joven D. Rafael Malespina, novio de mi amita. Abrazole D. Alonso con mucho cariño, y él se sentó a nuestro lado. Estaba herido en una mano, y tan pálido por la fatiga y la pérdida de la sangre, que la demacración le desfiguraba completamente el rostro. Su presencia produjo en mi espíritu sensaciones muy raras, y he de confesarlas todas, aunque alguna de ellas me haga poco favor. Al punto experimenté cierta alegría viendo a una persona conocida que había salido ilesa del horroroso luchar; un instante después el odio antiguo que aquel sujeto me inspiraba se despertó en mi pecho como dolor adormecido que vuelve a mortificarnos tras un periodo de alivio. Con vergüenza lo confieso: sentí cierta pena de verle sano y salvo; pero diré también en descargo mío que aquella pena fue una sensación momentánea y fugaz como un relámpago, verdadero relámpago negro que obscureció mi alma, o mejor dicho, leve eclipse de la luz de mi conciencia, que no tardó en brillar con esplendorosa claridad. La parte perversa de mi individuo me dominó un instante; en un instante también supe acallarla, acorralándola en el fondo de mi ser. ¿Podrán todos decir lo mismo? Después de este combate moral vi a Malespina con gozo porque estaba vivo, y con lástima porque estaba herido; y aún recuerdo con orgullo que hice esfuerzos para demostrarle estos dos sentimientos. ¡Pobre amita mía! ¡Cuán grande había de ser su angustia en aquellos momentos! Mi corazón concluía siempre por llenarse de bondad; yo hubiera corrido a Vejer para decirle: (p.105) «Señorita Doña Rosa, vuestro D. Rafael está bueno y sano». El pobre Malespina había sido transportado al Santa Ana desde el Nepomuceno, navío apresado también, donde era tal el número de heridos, que fue preciso, según dijo, repartirlos para que no perecieran todos de abandono. En cuanto suegro y yerno cambiaron los primeros saludos, consagrando algunas palabras a las familias ausentes, la conversación recayó sobre la batalla: mi amo contó lo ocurrido en el Santísima Trinidad, y después añadió: «Pero nadie me dice a punto fijo dónde está Gravina. ¿Ha caído prisionero, o se retiró a Cádiz? -El general -contestó Malespina-, sostuvo un horroroso fuego contra el Defiance y el Revenge. Le auxiliaron el Neptune, francés, y el San Ildefonso y el San Justo, nuestros; pero las fuerzas de los enemigos se duplicaron con la ayuda del Dreadnoutgh, del Thunderer y del Poliphemus, después de lo cual fue imposible toda resistencia. Hallándose el Príncipe de Asturias con todas las jarcias cortadas, sin palos, acribillado a balazos, y habiendo caído herido el general Gravina y su mayor general Escaño, resolvieron abandonar la lucha, porque toda resistencia era insensata y la batalla estaba perdida. En un resto de arboladura puso Gravina la señal de retirada, y acompañado del San Justo, el San Leandro, el Montañés, el Indomptable, el Neptune y el Argonauta, se dirigió a Cádiz, con la pena de no haber podido rescatar el San Ildefonso, que ha quedado en poder de los enemigos. -Cuénteme usted lo que ha pasado en el Nepomuceno -dijo mi amo con el mayor interés-. Aún me cuesta trabajo creer que ha muerto Churruca, y a pesar de que todos lo dan como cosa cierta, yo tengo la creencia de que aquel hombre divino ha de estar vivo en alguna parte». Malespina dijo que desgraciadamente él había presenciado la muerte de Churruca, y prometió contarlo puntualmente. Formaron corro en torno suyo algunos oficiales, y yo, más curioso que ellos, me volví todo oídos para no perder una sílaba. «Desde que salimos de Cádiz -dijo (p.106) Malespina-, Churruca tenía el presentimiento de este gran desastre. Él había opinado contra la salida, porque conocía la inferioridad de nuestras fuerzas, y además confiaba poco en la inteligencia del jefe Villeneuve. Todos sus pronósticos han salido ciertos; todos, hasta el de su muerte, pues es indudable que la presentía, seguro como estaba de no alcanzar la victoria. El 19 dijo a su cuñado Apodaca: «Antes que rendir mi navío, lo he de volar o echar a pique. Este es el deber de los que sirven al Rey y a la patria». El mismo día escribió a un amigo suyo, diciéndole: «Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto». »Ya se conocía en la grave tristeza de su semblante que preveía un desastroso resultado. Yo creo que esta certeza y la imposibilidad material de evitarlo, sintiéndose con fuerzas para ello, perturbaron profundamente su alma, capaz de las grandes acciones, así como de los grandes pensamientos. »Churruca era hombre religioso, porque era un hombre superior. El 21, a las once de la mañana, mandó subir toda la tropa y marinería; hizo que se pusieran de rodillas, y dijo al capellán con solemne acento: «Cumpla usted, padre, con su ministerio, y absuelva a esos valientes que ignoran lo que les espera en el combate». Concluida la ceremonia religiosa, les mandó poner en pie, y hablando en tono persuasivo y firme, exclamó: «¡Hijos míos: en nombre de Dios, prometo la bienaventuranza al que muera cumpliendo con sus deberes! Si alguno faltase a ellos, le haré fusilar inmediatamente, y si escapase a mis miradas o a las de los valientes oficiales que tengo el honor de mandar, sus remordimientos le seguirán mientras arrastre el resto de sus días miserable y desgraciado». »Esta arenga, tan elocuente como sencilla, que hermanaba el cumplimiento del deber militar con la idea religiosa, causó entusiasmo en toda la dotación del Nepomuceno. ¡Qué lástima de valor! Todo se perdió como un tesoro que cae al fondo del mar. Avistados los ingleses, Churruca vio con el mayor desagrado las (p.107) primeras maniobras dispuestas por Villeneuve, y cuando éste hizo señales de que la escuadra virase en redondo, lo cual, como todos saben, desconcertó el orden de batalla, manifestó a su segundo que ya consideraba perdida la acción con tan torpe estrategia. Desde luego comprendió el aventurado plan de Nelson, que consistía en cortar nuestra línea por el centro y retaguardia, envolviendo la escuadra combinada y batiendo parcialmente sus buques, en tal disposición, que éstos no pudieran prestarse auxilio. »El Nepomuceno vino a quedar al extremo de la línea. Rompiose el fuego entre el Santa Ana y Royal Sovereign, y sucesivamente todos los navíos fueron entrando en el combate. Cinco navíos ingleses de la división de Collingwood se dirigieron contra el San Juan; pero dos de ellos siguieron adelante, y Churruca no tuvo que hacer frente más que a fuerzas triples. »Nos sostuvimos enérgicamente contra tan superiores enemigos hasta las dos de la tarde, sufriendo mucho; pero devolviendo doble estrago a nuestros contrarios. El grande espíritu de nuestro heroico jefe parecía haberse comunicado a soldados y marineros, y las maniobras, así como los disparos, se hacían con una prontitud pasmosa. La gente de leva se había educado en el heroísmo, sin más que dos horas de aprendizaje, y nuestro navío, por su defensa gloriosa, no sólo era el terror, sino el asombro de los ingleses. »Estos necesitaron nuevos refuerzos: necesitaron seis contra uno. Volvieron los dos navíos que nos habían atacado primero, y el Dreadnoutgh se puso al costado del San Juan, para batirnos a medio tiro de pistola. Figúrense ustedes el fuego de estos seis colosos, vomitando balas y metralla sobre un buque de 74 cañones. Parecía que nuestro navío se agrandaba, creciendo en tamaño, conforme crecía el arrojo de sus defensores. Las proporciones gigantescas que tomaban las almas, parecía que las tomaban también los cuerpos; y al ver cómo infundíamos pavor a fuerzas seis veces superiores, nos creíamos algo más que hombres. »Entre tanto, Churruca, que era (p.108) nuestro pensamiento, dirigía la acción con serenidad asombrosa. Comprendiendo que la destreza había de suplir a la fuerza, economizaba los tiros, y lo fiaba todo a la buena puntería, consiguiendo así que cada bala hiciera un estrago positivo en los enemigos. A todo atendía, todo lo disponía, y la metralla y las balas corrían sobre su cabeza, sin que ni una sola vez se inmutara. Aquel hombre, débil y enfermizo, cuyo hermoso y triste semblante no parecía nacido para arrostrar escenas tan espantosas, nos infundía a todos misterioso ardor, sólo con el rayo de su mirada. »Pero Dios no quiso que saliera vivo de la terrible porfía. Viendo que no era posible hostilizar a un navío que por la proa molestaba al San Juan impunemente, fue él mismo a apuntar el cañón, y logró desarbolar al contrario. Volvía al alcázar de popa, cuando una bala de cañón le alcanzó en la pierna derecha, con tal acierto, que casi se la desprendió del modo más doloroso por la parte alta del muslo. Corrimos a sostenerlo, y el héroe cayó en mis brazos. ¡Qué terrible momento! Aún me parece que siento bajo mi mano el violento palpitar de un corazón, que hasta en aquel instante terrible no latía sino por la patria. Su decaimiento físico fue rapidísimo: le vi esforzándose por erguir la cabeza, que se le inclinaba sobre el pecho, le vi tratando de reanimar con una sonrisa su semblante, cubierto ya de mortal palidez, mientras con voz apenas alterada, exclamó: Esto no es nada. Siga el fuego. »Su espíritu se rebelaba contra la muerte, disimulando el fuerte dolor de un cuerpo mutilado, cuyas postreras palpitaciones se extinguían de segundo en segundo. Tratamos de bajarle a la cámara; pero no fue posible arrancarle del alcázar. Al fin, cediendo a nuestros ruegos, comprendió que era preciso abandonar el mando. Llamó a Moyna, su segundo, y le dijeron que había muerto; llamó al comandante de la primera batería, y éste, aunque gravemente herido, subió al alcázar y tomó posesión del mando. »Desde aquel momento la tripulación se achicó: de gigante se convirtió en enano; desapareció el valor, (p.109) y comprendimos que era indispensable rendirse. La consternación de que yo estaba poseído desde que recibí en mis brazos al héroe del San Juan, no me impidió observar el terrible efecto causado en los ánimos de todos por aquella desgracia. Como si una repentina parálisis moral y física hubiera invadido la tripulación, así se quedaron todos helados y mudos, sin que el dolor ocasionado por la pérdida de hombre tan querido diera lugar al bochorno de la rendición. »La mitad de la gente estaba muerta o herida; la mayor parte de los cañones desmontados; la arboladura, excepto el palo de trinquete, había caído, y el timón no funcionaba. En tan lamentable estado, aún se quiso hacer un esfuerzo para seguir al Príncipe de Asturias, que había izado la señal de retirada; pero el Nepomuceno, herido de muerte, no pudo gobernar en dirección alguna. Y a pesar de la ruina y destrozo del buque; a pesar del desmayo de la tripulación; a pesar de concurrir en nuestro daño circunstancias tan desfavorables, ninguno de los seis navíos ingleses se atrevió a intentar un abordaje. Temían a nuestro navío, aun después de vencerlo. »Churruca, en el paroxismo de su agonía, mandaba clavar la bandera, y que no se rindiera el navío mientras él viviese. El plazo no podía menos de ser desgraciadamente muy corto, porque Churruca se moría a toda prisa, y cuantos le asistíamos nos asombrábamos de que alentara todavía un cuerpo en tal estado; y era que le conservaba así la fuerza del espíritu, apegado con irresistible empeño a la vida, porque para él en aquella ocasión vivir era un deber. No perdió el conocimiento hasta los últimos instantes; no se quejó de sus dolores, ni mostró pesar por su fin cercano; antes bien, todo su empeño consistía sobre todo en que la oficialidad no conociera la gravedad de su estado, y en que ninguno faltase a su deber. Dio las gracias a la tripulación por su heroico comportamiento; dirigió algunas palabras a su cuñado Ruiz de Apodaca, y después de consagrar un recuerdo a su joven esposa, y de elevar el (p.110) pensamiento a Dios, cuyo nombre oímos pronunciado varias veces tenuemente por sus secos labios, expiró con la tranquilidad de los justos y la entereza de los héroes, sin la satisfacción de la victoria, pero también sin el resentimiento del vencido; asociando el deber a la dignidad, y haciendo de la disciplina una religión; firme como militar, sereno como hombre, sin pronunciar una queja, ni acusar a nadie, con tanta dignidad en la muerte como en la vida. Nosotros contemplábamos su cadáver aún caliente, y nos parecía mentira; creíamos que había de despertar para mandamos de nuevo, y tuvimos para llorarle menos entereza que él para morir, pues al expirar se llevó todo el valor, todo el entusiasmo que nos había infundido. »Rindiose el San Juan, y cuando subieron a bordo los oficiales de las seis naves que lo habían destrozado, cada uno pretendía para sí el honor de recibir la espada del brigadier muerto. Todos decían: «se ha rendido a mi navío», y por un instante disputaron reclamando el honor de la victoria para uno u otro de los buques a que pertenecían. Quisieron que el comandante accidental del San Juan decidiera la cuestión, diciendo a cuál de los navíos ingleses se había rendido, y aquél respondió: «A todos, que a uno solo jamás se hubiera rendido el San Juan». »Ante el cadáver del malogrado Churruca, los ingleses, que le conocían por la fama de su valor y entendimiento, mostraron gran pena, y uno de ellos dijo esto o cosa parecida: «Varones ilustres como éste, no debían estar expuestos a los azares de un combate, y sí conservados para los progresos de la ciencia de la navegación». Luego dispusieron que las exequias se hicieran formando la tropa y marinería inglesa al lado de la española, y en todos sus actos se mostraron caballeros, magnánimos y generosos. »El número de heridos a bordo del San Juan era tan considerable, que nos transportaron a otros barcos suyos o prisioneros. A mí me tocó pasar a éste, que ha sido de los más maltratados; pero ellos cuentan poderlo remolcar a Gibraltar antes que ningún otro, ya que no pueden (p.111) llevarse al Trinidad, el mayor y el más apetecido de nuestros navíos». .. Aquí terminó Malespina, el cual fue oído con viva atención durante el relato de lo que había presenciado. Por lo que oí, pude comprender que a bordo de cada navío había ocurrido una tragedia tan espantosa como la que yo mismo había presenciado, y dije para mí: «¡Cuánto desastre, Santo Dios, causado por las torpezas de un solo hombre!». Y aunque yo era entonces un chiquillo, recuerdo que pensé lo siguiente: «Un hombre tonto no es capaz de hacer en ningún momento de su vida los disparates que hacen a veces las naciones, dirigidas por centenares de hombres de talento».
Ep-1-XIV - Buena parte de la noche se pasó con la relación de Malespina y de otros oficiales. El interés de aquellas narraciones me mantuvo despierto y tan excitado, que ni aun mucho después pude conciliar el sueño. No podía apartar de mi memoria la imagen de Churruca, tal y como le vi bueno y sano en casa de Doña Flora. Y en efecto, en aquella ocasión me había causado sorpresa la intensa tristeza que expresaba el semblante del ilustre marino, como si presagiara su doloroso y cercano fin. Aquella noble vida se había extinguido a los cuarenta y cuatro años de edad, después de veintinueve de honrosos servicios en la armada, como sabio, como militar y como navegante, pues todo lo era Churruca, además de perfecto caballero. En estas y otras cosas pensaba yo, cuando al fin mi cuerpo se rindió a la fatiga, y me quedé dormido al amanecer del 23, habiendo vencido mi naturaleza juvenil a mi curiosidad. Durante el sueño, que debió de ser largo y no tranquilo, antes bien agitado por las imágenes y pesadillas propias de la excitación de mi cerebro, sentía el estruendo de los cañonazos, las voces de la batalla, el ruido de las agitadas olas. Al mismo tiempo soñaba que yo disparaba las piezas, que subía a la arboladura, que recorría las baterías alentando a los artilleros, y hasta que mandaba la maniobra en el alcázar de popa como un almirante. Excuso decir que en aquel reñido (p.112) combate forjado dentro de mi propio cerebro, derroté a todos los ingleses habidos y por haber, con más facilidad que si sus barcos fueran de cartón, y de miga de pan sus balas. Yo tenía bajo mi insignia como unos mil navíos, mayores todos que el Trinidad, y se movían a mi antojo con tanta precisión como los juguetes con que mis amigos y yo nos divertíamos en los charcos de la Caleta. Mas al fin, todas estas glorias se desvanecieron; lo cual, siendo como eran puramente soñadas, nada tiene de extraño, cuando vemos que también las reales se desvanecen. Todo se acabó, cuando abrí los ojos y advertí mi pequeñez, asociada con la magnitud de los desastres a que había asistido. Pero ¡cosa singular!, despierto, sentí también cañonazos; sentí el espantoso rumor de la refriega, y gritos que anunciaban una gran actividad en la tripulación. Creí soñar todavía; me incorporé en el canapé donde había dormido, atendí con todo cuidado, y, en efecto, un atronador grito de viva el Rey hirió mis oídos, no dejándome duda de que el navío Santa Ana se estaba batiendo de nuevo. Salí fuera, y pude hacerme cargo de la situación. El tiempo había calmado bastante: por barlovento se veían algunos navíos desmantelados, y dos de ellos, ingleses, hacían fuego sobre el Santa Ana, que se defendía al amparo de otros dos, un español y un francés. No me explicaba aquel cambio repentino en nuestra situación de prisioneros; miré a popa, y vi nuestra bandera flotando en lugar de la inglesa. ¿Qué había pasado?, o mejor, ¿qué pasaba? En el alcázar de popa estaba uno que comprendí era el general Álava, y, aunque herido en varias partes de su cuerpo, mostraba fuerzas bastantes para dirigir aquel segundo combate, destinado quizá a hacer olvidar respecto al Santa Ana las desventuras del primero. Los oficiales alentaban a la marinería; ésta cargaba y disparaba las piezas que habían quedado servibles, mientras algunos se ocupaban en custodiar, teniéndoles a raya, a los ingleses, que habían sido desarmados y acorralados en el primer entrepuente. Los oficiales de esta nación, que (p.113) antes eran nuestros guardianes, se habían convertido en prisioneros. Todo lo comprendí. El heroico comandante del Santa Ana, D. Ignacio M. de Álava, viendo que se aproximaban algunos navíos españoles, salidos de Cádiz, con objeto de represar los buques prisioneros y salvar la tripulación de los próximos a naufragar, se dirigió con lenguaje patriótico a su abatida tripulación. Esta respondió a la voz de su jefe con un supremo esfuerzo; obligaron a rendirse a los ingleses que custodiaban el barco; enarbolaron de nuevo la bandera española, y el Santa Ana quedó libre, aunque comprometido en nueva lucha, más peligrosa quizás que la primera. Este singular atrevimiento, uno de los episodios más honrosos de la jornada de Trafalgar, se llevó a cabo en un buque desarbolado, sin timón, con la mitad de su gente muerta o herida, y el resto en una situación moral y física enteramente lamentable. Preciso fue, una vez consumado aquel acto, arrostrar sus consecuencias: dos navíos ingleses, también muy mal parados, hacían fuego sobre el Santa Ana; pero éste era socorrido oportunamente por el Asís, el Montañés y el Rayo, tres de los que se retiraron con Gravina el día 21, y que habían vuelto a salir para rescatar a los apresados. Aquellos nobles inválidos trabaron nueva y desesperada lucha, quizás con más coraje que la primera, porque las heridas no restañadas avivan la furia en el alma de los combatientes, y éstos parece que riñen con más ardor, porque tienen menos vida que perder. Las peripecias todas del terrible día 21 se renovaron a mis ojos: el entusiasmo era grande; pero la gente escasa, por lo cual fue preciso duplicar el esfuerzo. Sensible es que hecho tan heroico no haya ocupado en nuestra historia más que una breve página, si bien es verdad que junto al gran suceso que hoy se conoce con el nombre de Combate de Trafalgar, estos episodios se achican, y casi desaparecen como débiles resplandores en una horrenda noche. Entonces presencié un hecho que me hizo derramar lágrimas. No encontrando a (p.114) mi amo por ninguna parte, y temiendo que corriera algún peligro, bajé a la primera batería y le hallé ocupado en apuntar un cañón. Su mano trémula había recogido el botafuego de las de un marinero herido, y con la debilitada vista de su ojo derecho, buscaba el infeliz el punto a donde quería mandar la bala. Cuando la pieza se disparó, se volvió hacia mí, trémulo de gozo, y con voz que apenas pude entender, me dijo: «¡Ah!, ahora Paca no se reirá de mí. Entraremos triunfantes en Cádiz». En resumen, la lucha terminó felizmente, porque los ingleses comprendieron la imposibilidad de represar al Santa Ana, a quien favorecían, a más de los tres navíos indicados, otros dos franceses y una fragata, que llegaron en lo más recio de la pelea. Estábamos libres de la manera más gloriosa; pero en el punto en que concluyó aquella hazaña, comenzó a verse claro el peligro en que nos encontrábamos, pues el Santa Ana debía ser remolcado hasta Cádiz, a causa del mal estado de su casco. La fragata francesa Themis echó un cable y puso la proa al Norte; pero ¿qué fuerza podía tener aquel barco para remolcar otro tan pesado como el Santa Ana, y que sólo podía ayudarse con las velas desgarradas que quedaban en el palo del trinquete? Los navíos que nos habían rescatado, esto es, el Rayo, el Montañés y el San Francisco de Asís, quisieron llevar más adelante su proeza, y forzaron de vela para rescatar también al San Juan y al Bahama, que iban marinados por los ingleses. Nos quedamos, pues, solos, sin más amparo que el de la fragata que nos arrastraba, niño que conducía un gigante. ¿Qué sería de nosotros si los ingleses, como era de suponer, se reponían de su descalabro y volvían con nuevos refuerzos a perseguirnos? En tanto, parece que la Providencia nos favorecía, pues el viento, propicio a la marcha que llevábamos, impulsaba a nuestra fragata, y tras ella, conducido amorosamente, el navío se acercaba a Cádiz. Cinco leguas nos separaban del puerto. ¡Qué indecible satisfacción! Pronto concluirían nuestras penas; pronto (p.115) pondríamos el pie en suelo seguro, y si llevábamos la noticia de grandes desastres, también llevábamos la felicidad a muchos corazones que padecían mortal angustia creyendo perdidos para siempre a los que volvían con vida y con salud. La intrepidez de los navíos españoles no tuvo más éxito que el rescate del Santa Ana, pues les cargó el tiempo y tuvieron que retroceder sin poder dar caza a los navíos ingleses que custodiaban al San Juan, al Bahama y al San Ildefonso. Aún distábamos cuatro leguas del término de nuestro viaje cuando los vimos retroceder. El vendaval había arreciado, y fue opinión general a bordo del Santa Ana que, si tardábamos en llegar, pasaríamos muy mal rato. Nuevos y más terribles apuros. Otra vez la esperanza perdida a la vista del puerto, y cuando unos cuantos pasos más sobre el terrible elemento nos habrían puesto en completa seguridad dentro de la bahía. A todas éstas se venía la noche encima con malísimo aspecto: el cielo, cargado de nubes negras, parecía haberse aplanado sobre el mar, y las exhalaciones eléctricas, que lo inflamaban con breves intervalos, daban al crepúsculo un tinte pavoroso. La mar, cada vez más turbulenta, furia aún no aplacada con tanta víctima, bramaba con ira, y su insaciable voracidad pedía mayor número de presas. Los despojos de la más numerosa escuadra que por aquel tiempo había desafiado su furor juntamente con el de los enemigos, no se escapaban a la cólera del elemento, irritado como un dios antiguo, sin compasión hasta el último instante, tan cruel ante la fortuna como ante la desdicha. Yo observé señales de profunda tristeza lo mismo en el semblante de mi amo que en el del general Álava, quien, a pesar de sus heridas, estaba en todo, y mandaba hacer señales a la fragata Themis para que acelerase su marcha si era posible. Lejos de corresponder a su justa impaciencia, nuestra remolcadora se preparaba a tomar rizos y a cargar muchas de sus velas, para aguantar mejor el furioso levante. Yo participé de la general tristeza, y en mis adentros consideraba cuán (p.116) fácilmente se burla el destino de nuestras previsiones mejor fundadas, y con cuánta rapidez se pasa de la mayor suerte a la última desgracia. Pero allí estábamos sobre el mar, emblema majestuoso de la humana vida. Un poco de viento le transforma; la ola mansa que golpea el buque con blando azote, se trueca en montaña líquida que le quebranta y le sacude; el grato sonido que forman durante la bonanza las leves ondulaciones del agua, es luego una voz que se enronquece y grita, injuriando a la frágil embarcación; y ésta, despeñada, se sumerge sintiendo que le falta el sostén de su quilla, para levantarse luego lanzada hacia arriba por la ola que sube. Un día sereno trae espantosa noche, o por el contrario, una luna que hermosea el espacio y serena el espíritu suele preceder a un sol terrible, ante cuya claridad la Naturaleza se descompone con formidable trastorno. Nosotros experimentábamos la desdicha de estas alternativas, y además la que proviene de las propias obras del hombre. Tras un combate habíamos sufrido un naufragio; salvados de éste, nos vimos nuevamente empeñados en una lucha, que fue afortunada, y luego, cuando nos creímos al fin de tantas penas, cuando saludábamos a Cádiz llenos de alegría, nos vimos de nuevo en poder de la tempestad, que hacia fuera nos atraía, ansiosa de rematarnos. Esta serie de desventuras parecía absurda, ¿no es verdad? Era como la cruel aberración de una divinidad empeñada en causar todo el mal posible a seres extraviados.. pero no: era la lógica del mar, unida a la lógica de la guerra. Asociados estos dos elementos terribles, ¿no es un imbécil el que se asombre de verles engendrar las mayores desventuras? Una nueva circunstancia aumentó para mí y para mi amo las tristezas de aquella tarde. Desde que se rescató el Santa Ana no habíamos visto al joven Malespina. Por último, después de buscarle mucho, le encontré acurrucado en uno de los canapés de la cámara. Acerqueme a él y le vi muy demudado; le interrogué y no pudo contestarme. Quiso levantarse y volvió a (p.117) caer sin aliento. «¡Está usted herido! -dije-: Llamaré para que le curen. -No es nada -contestó-. ¿Querrás traerme un poco de agua?» Al punto llamé a mi amo. «¿Qué es eso, la herida de la mano? -preguntó éste examinando al joven. -No, es algo más», repuso D. Rafael con tristeza, y señaló a su costado derecho cerca de la cintura. Luego, como si el esfuerzo empleado en mostrar su herida y en decir aquellas pocas palabras fuera excesivo para su naturaleza debilitada, cerró los ojos y quedó sin habla ni movimiento por algún tiempo. «¡Oh!, esto parece grave -dijo D. Alonso con desaliento. -¡Y más que grave!», añadió un cirujano que había acudido a examinarle. Malespina, poseído de profunda tristeza al verse en tal estado, y creyendo que no había remedio para él, ni siquiera dio cuenta de su herida y se retiró a aquel sitio, donde le detuvieron sus pensamientos y sus recuerdos. Creyéndose próximo a morir, se negaba a que se le hiciera la cura. El cirujano dijo que aunque grave, la herida no parecía mortal; pero añadió que si no llegábamos a Cádiz aquella noche para que fuese convenientemente asistido en tierra, la vida de aquél, así como la de otros heridos, corría gran peligro. El Santa Ana había tenido en el combate del 21 noventa y siete muertos y ciento cuarenta heridos: se habían agotado los recursos de la enfermería, y algunos medicamentos indispensables faltaban por completo. La desgracia de Malespina no fue la única después del rescate, y Dios quiso que otra persona para mí muy querida sufriese igual suerte. Marcial cayó herido, si bien en los primeros instantes apenas sintió dolor y abatimiento, porque su vigoroso espíritu le sostenía. No tardó, sin embargo, en bajar al sollado, diciendo que se sentía muy mal. Mi amo envió al cirujano para que le asistiese, y éste se limitó a decir que la herida no habría tenido importancia alguna en un joven de veinticuatro años: Medio-hombre tenía más de sesenta. En tanto, el navío Rayo pasaba por babor y al habla. Álava mandó que se le preguntase a la fragata Themis si creía (p.118) poder entrar en Cádiz, y habiendo contestado rotundamente que no, se hizo igual pregunta al Rayo, que hallándose casi ileso, contaba con arribar seguramente al puerto. Entonces, reunidos varios oficiales, acordaron trasladar a aquel navío al comandante Gardoqui, gravemente herido, y a otros muchos oficiales de mar y tierra, entre los cuales se contaba el novio de mi amita. D. Alonso consiguió que Marcial fuese también trasladado, en atención a que su mucha edad le agravaba considerablemente, y a mí me hizo el encargo de acompañarles como paje o enfermero, ordenándome que no me apartase ni un instante de su lado, hasta que no les dejase en Cádiz o en Vejer en poder de su familia. Me dispuse a obedecer, intenté persuadir a mi amo de que él también debía transbordarse al Rayo por ser más seguro; pero ni siquiera quiso oír tal proposición. «La suerte -dijo-, me ha traído a este buque, y en él estaré hasta que Dios decida si nos salvamos o no. Álava está muy mal; la mayor parte de la oficialidad se halla herida, y aquí puedo prestar algunos servicios. No soy de los que abandonan el peligro: al contrario, le busco desde el 21, y deseo encontrar ocasión de que mi presencia en la escuadra sea de provecho. Si llegas antes que yo, como espero, di a Paca que el buen marino es esclavo de su patria, y que yo he hecho muy bien en venir aquí, y que estoy muy contento de haber venido, y que no me pesa, no señor, no me pesa.. al contrario.. Dile que se alegrará cuando me vea, y que de seguro mis compañeros me habrían echado de menos si no hubiera venido.. ¿Cómo había de faltar? ¿No te parece a ti que hice bien en venir? -Pues es claro: ¿eso qué duda tiene? -respondí procurando calmar su agitación, la cual era tan grande, que no le dejaba ver la inconveniencia de consultar con un mísero paje cuestión tan grave. -Veo que tú eres una persona razonable -añadió sintiéndose consolado con mi aprobación-; veo que tienes miras elevadas y patrióticas.. Pero Paca no ve las cosas más que por el lado de su egoísmo; y (p.119) como tiene un genio tan raro, y como se le ha metido en la cabeza que las escuadras y los cañones no sirven para nada, no puede comprender que yo.. En fin.. sé que se pondrá furiosa cuando vuelva, pues.. como no hemos ganado, dirá esto y lo otro.. me volverá loco.. pero quiá.. yo no le haré caso. ¿Qué te parece a ti? ¿No es verdad que no debo hacerla caso? -Ya lo creo -contesté-. Usía ha hecho muy bien en venir: eso prueba que es un valiente marino. -Pues vete con esas razones a Paca, y verás lo que te contesta -replicó él cada vez más agitado-. En fin, dile que estoy bueno y sano, y que mi presencia aquí ha sido muy necesaria. La verdad es que en el rescate del Santa Ana he tomado parte muy principal. Si yo no hubiera apuntado tan bien aquellos cañones, quién sabe, quién sabe.. ¿Y qué crees tú? Aún puede que haga algo más; aún puede ser que si el viento nos es favorable, rescatemos mañana un par de navíos.. Sí, señor.. Aquí estoy meditando cierto plan.. Veremos, veremos.. Con que adiós, Gabrielillo. Cuidado con lo que le dices a Paca. -No, no me olvidaré. Ya sabrá que si no es por usía no se represa el Santa Ana, y sabrá también que puede ser que a lo mejor nos traiga a Cádiz dos docenas de navíos. -Dos docenas, no, hombre -dijo-; eso es mucho. Dos navíos, o quizás tres. En fin, yo creo que he hecho muy bien en venir a la escuadra. Ella estará furiosa y me volverá loco cuando regrese; pero.. yo creo, lo repito, que he hecho muy bien en embarcarme». Dicho esto se apartó de mí. Un instante después le vi sentado en un rincón de la cámara. Estaba rezando, y movía las cuentas del rosario con mucho disimulo, porque no quería que le vieran ocupado en tan devoto ejercicio. Yo presumí por sus últimas palabras que mi amo había perdido el seso, y viéndole rezar me hice cargo de la debilidad de su espíritu, que en vano se había esforzado por sobreponerse a la edad cansada, y no pudiendo sostener la lucha, se dirigía a Dios en busca de misericordia. Doña Francisca tenía razón. Mi amo, desde hace muchos años, no servía (p.120) más que para rezar. Conforme a lo acordado nos trasbordamos. D. Rafael y Marcial, como los demás oficiales heridos, fueron bajados en brazos a una de las lanchas, con mucho trabajo, por robustos marineros. Las fuertes olas estorbaban mucho esta operación; pero al fin se hizo, y las dos embarcaciones se dirigieron al Rayo. La travesía de un navío a otro fue malísima; mas, al fin, aunque hubo momentos en que a mí me parecía que la embarcación iba a desaparecer para siempre, llegamos al costado del Rayo, y con muchísimo trabajo subimos la escala.
Ep-1-XV - «Hemos salido de Guatemala para entrar en Guatepeor -dijo Marcial cuando le pusieron sobre cubierta-. Pero donde manda capitán no manda marinero. A este condenado le pusieron Rayo por mal nombre. Él dice que entrará en Cádiz antes de media noche, y yo digo que no entra. Veremos a ver. -¿Qué dice usted, Marcial, que no llegaremos? -pregunté con mucho afán. -Usted, Sr. Gabrielito, no entiende de esto. -Es que cuando mi señor D. Alonso y los oficiales del Santa Ana creen que el Rayo entrará esta noche, por fuerza tiene que entrar. Ellos que lo dicen, bien sabido se lo tendrán. -Y tú no sabes, sardiniya, que esos señores de popa se candilean (se equivocan) más fácilmente que nosotros los marinos de combés. Si no, ahí tienes al jefe de toda la escuadra, Mr. Corneta, que cargue el diablo con él. Ya ves como no ha tenido ni tanto así de idea para mandar la acción. ¿Piensas tú que si Mr. Corneta hubiera hecho lo que yo decía se hubiera perdido la batalla? -¿Y usted cree que no llegaremos a Cádiz? -Digo que este navío es más pesado que el mismo plomo, y además traicionero. Tiene mala andadura, gobierna mal y parece que está cojo, tuerto y manco como yo, pues si le echan la caña para aquí, él va para allí». En efecto: el Rayo, según opinión general, era un barco de malísimas condiciones marineras. Pero a pesar de esto y de su avanzada edad, que frisaba en los cincuenta y seis años, como se hallaba en buen estado, no parecía correr peligro alguno, pues si el (p.121) vendaval era cada vez mayor, también el puerto estaba cerca. De todos modos, ¿no era lógico suponer que mayor peligro corría el Santa Ana, desarbolado, sin timón, y obligado a marchar a remolque de una fragata? Marcial fue puesto en el sollado, y Malespina en la cámara. Cuando le dejamos allí con los demás oficiales heridos, escuché una voz que reconocí, aunque al punto no pude darme cuenta de la persona a quien pertenecía. Acerqueme al grupo de donde salía aquella charla retumbante, que dominaba las demás voces, y quedé asombrado, reconociendo al mismo D. José María Malespina en persona. Corrí a él para decirle que estaba su hijo, y el buen padre suspendió la sarta de mentiras que estaba contando para acudir al lado del joven herido. Grande fue su alegría encontrándole vivo, pues había salido de Cádiz porque la impaciencia le devoraba, y quería saber su paradero a todo trance. «Eso que tienes no es nada -dijo abrazando a su hijo-: un simple rasguño. Tú no estás acostumbrado a sentir heridas; eres una dama, Rafael. ¡Oh!, si cuando la guerra del Rosellón hubieras estado en edad de ir allá conmigo, habrías visto lo bueno. Aquéllas sí eran heridas. Ya sabes que una bala me entró por el antebrazo, subió hacia el hombro, dio la vuelta por toda la espalda, y vino a salir por la cintura. ¡Oh, qué herida tan singular!, pero a los tres días estaba sano, mandando la artillería en el ataque de Bellegarde». Después explicó el motivo de su presencia a bordo del Rayo, de este modo: «El 21 por la noche supimos en Cádiz el éxito del combate. Lo dicho, señores: no se quiso hacer caso de mí cuando hablé de las reformas de la artillería, y aquí tienen los resultados. Pues bien: en cuanto lo supe y me enteré de que había llegado en retirada Gravina con unos cuantos navíos, fui a ver si entre ellos venía el San Juan, donde estabas tú; pero me dijeron que había sido apresado. No puedo pintar a ustedes mi ansiedad: casi no me quedaba duda de tu muerte, mayormente desde que supe el gran número de bajas ocurridas en tu navío. Pero (p.122) yo soy hombre que llevo las cosas hasta el fin, y sabiendo que se había dispuesto la salida de algunos navíos con objeto de recoger los desmantelados y rescatar los prisioneros, determiné salir pronto de dudas, embarcándome en uno de ellos. Expuse mi pretensión a Solano, y después al mayor general de la escuadra, mi antiguo amigo Escaño, y no sin escrúpulo me dejaron venir. A bordo del Rayo, donde me embarqué esta mañana, pregunté por ti, por el San Juan; mas nada consolador me dijeron, sino, por el contrario, que Churruca había muerto, y que su navío, después de batirse con gloria, había caído en poder de los enemigos. ¡Figúrate cuál sería mi ansiedad! ¡Qué lejos estaba hoy, cuando rescatamos al Santa Ana, de que tú te hallabas en él! A saberlo con certeza, hubiera redoblado mis esfuerzos en las disposiciones que di con permiso de estos señores, y el navío de Álava habría quedado libre en dos minutos». Los oficiales que le rodeaban mirábanle con sorna oyendo el último jactancioso concepto de D. José María. Por sus risas y cuchicheos comprendí que durante todo el día se habían divertido con los embustes de aquel buen señor, quien no ponía freno a su voluble lengua, ni aun en las circunstancias más críticas y dolorosas. El cirujano dijo que convenía dejar reposar al herido, y no sostener en su presencia conversación alguna, sobre todo si ésta se refería al pasado desastre. D. José María, que tal oyó, aseguró que, por el contrario, convenía reanimar el espíritu del enfermo con la conversación. «En la guerra del Rosellón, los heridos graves (y yo lo estuve varias veces) mandábamos a los soldados que bailasen y tocasen la guitarra en la enfermería, y seguro estoy de que este tratamiento nos curó más pronto que todos los emplastos y botiquines. -Pues en las guerras de la República francesa -dijo un oficial andaluz que quería confundir a D. José María-, se estableció que en las ambulancias de los heridos fuese un cuerpo de baile completo y una compañía de ópera, y con esto se ahorraron los médicos y boticarios, (p.123) pues con un par de arias y dos docenas de trenzados en sexta se quedaban todos como nuevos. -¡Alto ahí! -exclamó Malespina-. Esa es grilla, caballerito. ¿Cómo puede ser que con música y baile se curen las heridas? -Usted lo ha dicho. -Sí; pero eso no ha pasado más que una vez, ni es fácil que vuelva a pasar. ¿Es acaso probable que vuelva a haber una guerra como la del Rosellón, la más sangrienta, la más hábil, la más estratégica que ha visto el mundo desde Epaminondas? Claro es que no; pues allí todo fue extraordinario, y puedo dar fe de ello, que la presencié desde el Introito hasta el Ite misa est. A aquella guerra debo mi conocimiento de la artillería; ¿usted no ha oído hablar de mí? Estoy seguro de que me conocerá de nombre. Pues sepa usted que aquí traigo en la cabeza un proyecto grandioso, y tal que si algún día llega a ser realidad, no volverán a ocurrir desastres como éste del 21. Sí, señores -añadió mirando con gravedad y suficiencia a los tres o cuatro oficiales que le oían-: es preciso hacer algo por la patria; urge inventar algo sorprendente, que en un periquete nos devuelva todo lo perdido y asegure a nuestra marina la victoria por siempre jamás amén. -A ver, Sr. D. José María -dijo un oficial-; explíquenos usted cuál es su invento. -Pues ahora me ocupo del modo de construir cañones de a 300. -¡Hombre, de a 300! -exclamaron los oficiales con aspavientos de risa y burla-. Los mayores que tenemos a bordo son de 36. -Esos son juguetes de chicos. Figúrese usted el destrozo que harían esas piezas de 300 disparando sobre la escuadra enemiga -dijo Malespina-. Pero ¿qué demonios es esto? -añadió agarrándose para no rodar por el suelo, pues los balanceos del Rayo eran tales que muy difícilmente podía uno tenerse derecho. -El vendaval arrecia y me parece que esta noche no entramos en Cádiz», dijo un oficial retirándose. Quedaron sólo dos, y el mentiroso continuó su perorata en estos términos: «Lo primero que habría que hacer era construir barcos de 95 a 100 varas de largo. -¡Caracoles! ¿Sabe usted que la lanchita (p.124) sería regular? -indicó un oficial-. ¡Cien varas! El Trinidad, que santa gloria haya, tenía setenta, y a todos parecía demasiado largo. Ya sabe usted que viraba mal, y que todas las maniobras se hacían en él muy difícilmente. -Veo que usted se asusta por poca cosa, caballerito -prosiguió Malespina-. ¿Qué son 100 varas? Aún podrían construirse barcos mucho mayores. Y he de advertir a ustedes que yo los construiría de hierro. -¡De hierro! -exclamaron los dos oyentes sin poder contener la risa. -De hierro, sí. ¿Por ventura no conoce usted la ciencia de la hidrostática? Con arreglo a ella, yo construiría un barco de hierro de 7.000 toneladas. -¡Y el Trinidad no tenía más que 4.000! -indicó un oficial-, lo cual parecía excesivo. ¿Pero no comprende usted que para mover esa mole sería preciso un aparejo tan colosal, que no habría fuerzas humanas capaces de maniobrar en él? -¡Bicoca!.. ¡Oh!, señor marino, ¿y quién le dice a usted que yo sería tan torpe que moviera ese buque por medio del viento? Usted no me conoce. Si supiera usted que tengo aquí una idea.. Pero no quiero explicársela a ustedes, porque no me entenderían». Al llegar a este punto de su charla, D. José María dio tal tumbo que se quedó en cuatro pies. Pero ni por esas cerró el pico. Marchóse otro de los oficiales, y quedó sólo uno, el cual tuvo que seguir sosteniendo la conversación. «¡Qué vaivenes! -continuó diciendo el viejo-. No parece sino que nos vamos a estrellar contra la costa.. Pues bien: como dije, yo movería esa gran mole de mi invención por medio del.. ¿A que no lo adivina usted?.. Por medio del vapor de agua. Para esto se construiría una máquina singular, donde el vapor, comprimido y dilatado alternativamente dentro de dos cilindros, pusiera en movimiento unas ruedas.. pues..». El oficial no quiso oír más; y aunque no tenía puesto en el buque, ni estaba de servicio, por ser de los recogidos, fue a ayudar a sus compañeros, bastante atareados con el creciente temporal. Malespina se quedó solo conmigo, y entonces creí que iba a callar por no juzgarme persona a (p.125) propósito para sostener la conversación. Pero mi desgracia quiso que él me tuviera en más de lo que yo valía, y la emprendió conmigo en los siguientes términos: «¿Usted comprende bien lo que quiero decir? Siete mil toneladas, el vapor, dos ruedas.. pues. -Sí, señor, comprendo perfectamente -contesté a ver si se callaba, pues ni tenía humor de oírle, ni los violentos balances del buque, anunciando un gran peligro, disponían el ánimo a disertar sobre el engrandecimiento de la marina. -Veo que usted me conoce y se hace cargo de mis invenciones -continuó él-. Ya comprenderá que el buque que imagino sería invencible, lo mismo atacando que defendiendo. Él solo habría derrotado con cuatro o cinco tiros los treinta navíos ingleses. -¿Pero los cañones de éstos no le harían daño también? -manifesté con timidez, arguyéndole más bien por cortesía que porque el asunto me interesase. -¡Oh! La observación de usted, caballerito, es atinadísima, y prueba que comprende y aprecia las grandes invenciones. Para evitar el efecto de la artillería enemiga, yo forraría mi barco con gruesas planchas de acero; es decir, le pondría una coraza, como las que usaban los antiguos guerreros. Con este medio, podría atacar, sin que los proyectiles enemigos hicieran en sus costados más efecto que el que haría una andanada de bolitas de pan, lanzadas por la mano de un niño. Es una idea maravillosa la que yo he tenido. Figúrese usted que nuestra nación tuviera dos o tres barcos de esos. ¿Dónde iría a parar la escuadra inglesa con todos sus Nelsones y Collingwoodes? -Pero en caso de que se pudieran hacer aquí esos barcos -dije yo con viveza, conociendo la fuerza de mi argumento-, los ingleses los harían también, y entonces las proporciones de la lucha serían las mismas». D. José María se quedó como alelado con esta razón, y por un instante estuvo perplejo, sin saber qué decir; mas su vena inagotable no tardó en sugerirle nuevas ideas, y contestó con mal humor: «¿Y quién le ha dicho a usted, mozalbete atrevido, que yo sería capaz de divulgar mi secreto? (p.126) Los buques se fabricarían con el mayor sigilo y sin decir palotada a nadie. Supongamos que ocurría una nueva guerra. Nos provocaban los ingleses, y les decíamos: «Sí, señor, pronto estamos; nos batiremos». Salían al mar los navíos ordinarios, empezaba la pelea, y a lo mejor cátate que aparecen en las aguas del combate dos o tres de esos monstruos de hierro, vomitando humo y marchando acá o allá sin hacer caso del viento; se meten por donde quieren, hacen astillas con el empuje de su afilada proa a los barcos contrarios, y con un par de cañonazos.. figúrese usted, todo se acababa en un cuarto de hora». No quise hacer más objeciones, porque la idea de que corríamos un gran peligro me impedía ocupar la mente con pensamientos contrarios a los propios de tan crítica situación. No volví a acordarme más del formidable buque imaginario, hasta que treinta años más tarde supe la aplicación del vapor a la navegación, y más aún, cuando al cabo de medio siglo vi en nuestra gloriosa fragata Numancia la acabada realización de los estrafalarios proyectos del mentiroso de Trafalgar. Medio siglo después me acordé de D. José María Malespina, y dije: «Parece mentira que las extravagancias ideadas por un loco o un embustero lleguen a ser realidades maravillosas con el transcurso del tiempo». Desde que observé esta coincidencia, no condeno en absoluto ninguna utopía, y todos los mentirosos me parecen hombres de genio. Dejé a D. José María para ver lo que pasaba, y en cuanto puse los pies fuera de la cámara, me enteré de la comprometida situación en que se encontraba el Rayo. El vendaval, no sólo le impedía la entrada en Cádiz, sino que le impulsaba hacia la costa, donde encallaría de seguro, estrellándose contra las rocas. Por mala que fuera la suerte del Santa Ana, que habíamos abandonado, no podía ser peor que la nuestra. Yo observé con afán los rostros de oficiales y marineros, por ver si encontraba alguno que indicase esperanza; pero, por mi desgracia, en todos vi señales de gran desaliento. Consulté el cielo, y lo vi pavorosamente feo; (p.127) consulté la mar, y la encontré muy sañuda: no era posible volverse más que a Dios, ¡y Éste estaba tan poco propicio con nosotros desde el 21!.. El Rayo corría hacia el Norte. Según las indicaciones que iban haciendo los marineros, junto a quienes estaba yo, pasábamos frente al banco de Marrajotes, de Hazte Afuera, de Juan Bola, frente al Torregorda, y, por último, frente al castillo de Cádiz. En vano se ejecutaron todas las maniobras necesarias para poner la proa hacia el interior de la bahía. El viejo navío, como un corcel espantado, se negaba a obedecer; el viento y el mar, que corrían con impetuosa furia de Sur a Norte, lo arrastraban, sin que la ciencia náutica pudiese nada para impedirlo. No tardamos en rebasar de la bahía. A nuestra derecha quedó bien pronto Rota, Punta Candor, Punta de Meca, Regla y Chipiona. No quedaba duda de que el Rayo iba derecho a estrellarse inevitablemente en la costa cercana a la embocadura del Guadalquivir. No necesito decir que las velas habían sido cargadas, y que no bastando este recurso contra tan fuerte temporal, se bajaron también los masteleros. Por último, también se creyó necesario picar los palos, para evitar que el navío se precipitara bajo las olas. En las grandes tempestades el barco necesita achicarse, de alta encina quiere convertirse en humilde hierba, y como sus mástiles no pueden plegarse cual las ramas de un árbol, se ve en la dolorosa precisión de amputarlos, quedándose sin miembros por salvar la vida. La pérdida del buque era ya inevitable. Picados los palos mayor y de mesana, se le abandonó, y la única esperanza consistía en poderlo fondear cerca de la costa, para lo cual se prepararon las áncoras, reforzando las amarras. Disparó dos cañonazos para pedir auxilio a la playa ya cercana, y como se distinguieran claramente algunas hogueras en la costa, nos alegramos, creyendo que no faltaría quien nos diera auxilio. Muchos opinaron que algún navío español o inglés había encallado allí, y que las hogueras que veíamos eran encendidas por la tripulación náufraga. (p.128) Nuestra ansiedad crecía por momentos; y respecto a mí, debo decir que me creí cercano a un fin desastroso. Ni ponía atención a lo que a bordo pasaba, ni en la turbación de mi espíritu podía ocuparme más que de la muerte, que juzgaba inevitable. Si el buque se estrellaba, ¿quién podía salvar el espacio de agua que le separaría de la tierra? El lugar más terrible de una tempestad es aquel en que las olas se revuelven contra la tierra, y parece que están cavando en ella para llevarse pedazos de playa al profundo abismo. El empuje de la ola al avanzar y la violencia con que se arrastra al retirarse son tales, que ninguna fuerza humana puede vencerlos. Por último, después de algunas horas de mortal angustia, la quilla del Rayo tocó en un banco de arena y se paró. El casco todo y los restos de su arboladura retemblaron un instante: parecía que intentaban vencer el obstáculo interpuesto en su camino; pero éste fue mayor, y el buque, inclinándose sucesivamente de uno y otro costado, hundió su popa, y después de un espantoso crujido, quedó sin movimiento. Todo había concluido, y ya no era posible ocuparse más que de salvar la vida, atravesando el espacio de mar que de la costa nos separaba. Esto pareció casi imposible de realizar en las embarcaciones que a bordo teníamos; mas había esperanzas de que nos enviaran auxilio de tierra, pues era evidente que la tripulación de un buque recién naufragado vivaqueaba en ella, y no podía estar lejos alguna de las balandras de guerra cuya salida para tales casos debía haber dispuesto la autoridad naval de Cádiz.. El Rayo hizo nuevos disparos, y esperamos socorros con la mayor impaciencia, porque, de no venir pronto, pereceríamos todos con el navío. Este infeliz inválido, cuyo fondo se había abierto al encallar, amenazaba despedazarse por sus propias convulsiones, y no podía tardar el momento en que, desquiciada la clavazón de algunas de sus cuadernas, quedaríamos a merced de las olas, sin más apoyo que el que nos dieran los desordenados restos del buque. Los de tierra no podían darnos (p.129) auxilio; pero Dios quiso que oyera los cañonazos de alarma una balandra que se había hecho a la mar desde Chipiona, y se nos acercó por la proa, manteniéndose a buena distancia. Desde que avistamos su gran vela mayor vimos segura nuestra salvación, y el comandante del Rayo dio las órdenes para que el trasbordo se verificara sin atropello en tan peligrosos momentos. Mi primera intención, cuando vi que se trataba de trasbordar, fue correr al lado de las dos personas que allí me interesaban: el señorito Malespina y Marcial, ambos heridos, aunque el segundo no lo estaba de gravedad. Encontré al oficial de artillería en bastante mal estado, y decía a los que le rodeaban: «No me muevan; déjenme morir aquí». Marcial había sido llevado sobre cubierta, y yacía en el suelo con tal postración y abatimiento, que me inspiró verdadero miedo su semblante. Alzó la vista cuando me acerqué a él, y tomándome la mano, dijo con voz conmovida: «Gabrielillo, no me abandones. -¡A tierra! ¡Todos vamos a tierra!», exclamé yo procurando reanimarle; pero él, moviendo la cabeza con triste ademán, parecía presagiar alguna desgracia. Traté de ayudarle para que se levantara; pero después del primer esfuerzo, su cuerpo volvió a caer exánime, y al fin dijo: «No puedo». Las vendas de su herida se habían caído, y en el desorden de aquella apurada situación no encontró quien se las aplicara de nuevo. Yo le curé como pude, consolándole con palabras de esperanza; y hasta procuré reír ridiculizando su facha, para ver si de este modo le reanimaba. Pero el pobre viejo no desplegó sus labios; antes bien inclinaba la cabeza con gesto sombrío, insensible a mis bromas lo mismo que a mis consuelos. Ocupado en esto, no advertí que había comenzado el embarque en las lanchas. Casi de los primeros que a ellas bajaron fueron D. José María Malespina y su hijo. Mi primer impulso fue ir tras ellos siguiendo las órdenes de mi amo; pero la imagen del marinero herido y abandonado me contuvo. Malespina no necesitaba de mí, (p.130) mientras que Marcial, casi considerado como muerto, estrechaba con su helada mano la mía, diciéndome: «Gabriel, no me abandones». Las lanchas atracaban difícilmente; pero a pesar de esto, una vez trasbordados los heridos, el embarco fue fácil, porque los marineros se precipitaban en ellas deslizándose por una cuerda, o arrojándose de un salto. Muchos se echaban al agua para alcanzarlas a nado. Por mi imaginación cruzó como un problema terrible la idea de cuál de aquellos dos procedimientos emplearía para salvarme. No había tiempo que perder, porque el Rayo se desbarataba: casi toda la popa estaba hundida, y los estallidos de los baos y de las cuadernas medio podridas anunciaban que bien pronto aquella mole iba a dejar de ser un barco. Todos corrían con presteza hacia las lanchas, y la balandra, que se mantenía a cierta distancia, maniobrando con habilidad para resistir la mar, les recogía. Las embarcaciones volvían vacías al poco tiempo, pero no tardaban en llenarse de nuevo. Yo observé el abandono en que estaba Medio-hombre, y me dirigí sofocado y llorando a algunos marineros, rogándoles que cargaran a Marcial para salvarle. Pero harto hacían ellos con salvarse a sí propios. En un momento de desesperación traté yo mismo de echármele a cuestas; pero mis escasas fuerzas apenas lograron alzar del suelo sus brazos desmayados. Corrí por toda la cubierta buscando un alma caritativa, y algunos estuvieron a punto de ceder a mis ruegos; mas el peligro les distrajo de tan buen pensamiento. Para comprender esta inhumana crueldad, es preciso haberse encontrado en trances tan terribles: el sentimiento y la caridad desaparecen ante el instinto de conservación que domina el ser por completo, asimilándole a veces a una fiera. «¡Oh, esos malvados no quieren salvarte, Marcial! -exclamé con vivo dolor. -Déjales -me contestó-. Lo mismo da a bordo que en tierra. Márchate tú; corre, chiquillo, que te dejan aquí». No sé qué idea mortificó más mi mente: si la de quedarme a bordo, donde perecería sin remedio, o la de (p.131) salir dejando solo a aquel desgraciado. Por último, más pudo la voz de la naturaleza que otra fuerza alguna, y di unos cuantos pasos hacia la borda. Retrocedí para abrazar al pobre viejo, y corrí luego velozmente hacia el punto en que se embarcaban los últimos marineros. Eran cuatro: cuando llegué, vi que los cuatro se habían lanzado al mar y se acercaban nadando a la embarcación, que estaba como a unas diez o doce varas de distancia. «¿Y yo? -exclamé con angustia, viendo que me dejaban-. ¡Yo voy también, yo también!». Grité con todas mis fuerzas; pero no me oyeron o no quisieron hacerme caso. A pesar de la obscuridad, vi la lancha; les vi subir a ella, aunque esta operación apenas podía apreciarse por la vista. Me dispuse a arrojarme al agua para seguir la misma suerte; pero en el instante mismo en que se determinó en mi voluntad esta resolución, mis ojos dejaron de ver lancha y marineros, y ante mí no había más que la horrenda obscuridad del agua. Todo medio de salvación había desaparecido. Volví los ojos a todos lados, y no vi más que las olas que sacudían los restos del barco; en el cielo ni una estrella, en la costa ni una luz. La balandra había desaparecido también. Bajo mis pies, que pataleaban con ira, el casco del Rayo se quebraba en pedazos, y sólo se conservaba unida y entera la parte de proa, con la cubierta llena de despojos. Me encontraba sobre una balsa informe que amenazaba desbaratarse por momentos. Al verme en tal situación, corrí hacia Marcial diciendo: «¡Me han dejado, nos han dejado!». El anciano se incorporó con muchísimo trabajo, apoyado en su mano; levantó la cabeza y recorrió con su turbada vista el lóbrego espacio que nos rodeaba. «¡Nada! -exclamó-; no se ve nada. Ni lanchas, ni tierra, ni luces, ni costa. No volverán». Al decir esto, un terrible chasquido sonó bajo nuestros pies en lo profundo del sollado de proa, ya enteramente anegado. El alcázar se inclinó violentamente de un lado, y fue preciso que nos agarráramos fuertemente a la base de un molinete para no caer al agua. El piso (p.132) nos faltaba; el último resto del Rayo iba a ser tragado por las olas. Mas como la esperanza no abandona nunca, yo aún creí posible que aquella situación se prolongase hasta el amanecer sin empeorarse, y me consoló ver que el palo del trinquete aún estaba en pie. Con el propósito firme de subirme a él cuando el casco acabara de hundirse, miré aquel árbol orgulloso en que flotaban trozos de cabos y harapos de velas, y que resistía, coloso desgreñado por la desesperación, pidiendo al cielo misericordia. Marcial se dejó caer en la cubierta, y luego dijo: «Ya no hay esperanza, Gabrielillo. Ni ellos querrán volver, ni la mar les dejaría si lo intentaran. Puesto que Dios lo quiere, aquí hemos de morir los dos. Por mí nada me importa: soy un viejo y no sirvo para maldita la cosa.. Pero tú.. tú eres un niño, y..» Al decir esto su voz se hizo ininteligible por la emoción y la ronquera. Poco después le oí claramente estas palabras: «Tú no tienes pecados, porque eres un niño. Pero yo.. Bien que cuando uno se muere así.. vamos al decir.. así, al modo de perro o gato, no necesita de que un cura venga y le dé la solución, sino que basta y sobra con que uno mismo se entienda con Dios. ¿No has oído tú eso?». Yo no sé lo que contesté; creo que no dije nada, y me puse a llorar sin consuelo. «Ánimo, Gabrielillo -prosiguió-. El hombre debe ser hombre, y ahora es cuando se conoce quién tiene alma y quién no la tiene. Tú no tienes pecados; pero yo sí. Dicen que cuando uno se muere y no halla cura con quien confesarse, debe decir lo que tiene en la conciencia al primero que encuentre. Pues yo te digo, Gabrielillo, que me confieso contigo, y que te voy a decir mis pecados, y cuenta con que Dios me está oyendo detrás de ti, y que me va a perdonar». Mudo por el espanto y por las solemnes palabras que acababa de oír, me abracé al anciano, que continuó de este modo: «Pues digo que siempre he sido cristiano católico, postólico, romano, y que siempre he sido y soy devoto de la Virgen del Carmen, a quien llamo en mi ayuda en este momento; y digo también que, si hace (p.133) veinte años que no he confesado ni comulgado, no fue por mí, sino por mor del maldito servicio, y porque siempre lo va uno dejando para el domingo que viene. Pero ahora me pesa de no haberlo hecho, y digo, y declaro, y perjuro, que quiero a Dios y a la Virgen y a todos los santos; y que por todo lo que les haya ofendido me castiguen, pues si no me confesé y comulgué este año fue por aquél de los malditos casacones, que me hicieron salir al mar cuando tenía el proeto de cumplir con la Iglesia. Jamás he robado ni la punta de un alfiler, ni he dicho más mentiras que alguna que otra para bromear. De los palos que le daba a mi mujer hace treinta años, me arrepiento, aunque creo que bien dados estuvieron, porque era más mala que las churras, y con un genio más picón que un alacrán. No he faltado ni tanto así a lo que manda la Ordenanza; no aborrezco a nadie más que a los casacones, a quienes hubiera querido ver hechos picadillo; pero pues dicen que todos somos hijos de Dios, yo les perdono, y así mismamente perdono a los franceses, que nos han traído esta guerra. Y no digo más, porque me parece que me voy a toda vela. Yo amo a Dios y estoy tranquilo. Gabrielillo, abrázate conmigo, y apriétate bien contra mí. Tú no tienes pecados, y vas a andar finiqueleando con los ángeles divinos. Más vale morirse a tu edad que vivir en este emperrado mundo.. Con que ánimo, chiquillo, que esto se acaba. El agua sube, y el Rayo se acabó para siempre. La muerte del que se ahoga es muy buena: no te asustes.. abrázate conmigo. Dentro de un ratito estaremos libres de pesadumbres, yo dando cuenta a Dios de mis pecadillos, y tú contento como unas pascuas danzando por el Cielo, que está alfombrado con estrellas, y allí parece que la felicidad no se acaba nunca, porque es eterna, que es como dijo el otro, mañana y mañana y mañana, y al otro y siempre..» No pudo hablar más. Yo me agarré fuertemente al cuerpo de Medio-hombre. Un violento golpe de mar sacudió la proa del navío, y sentí el azote del agua sobre mi espalda. Cerré los ojos y pensé en Dios. En el (p.134) mismo instante perdí toda sensación, y no supe lo que ocurrió.
Ep-1-XVI - Volvió, no sé cuándo, a iluminar turbiamente mi espíritu la noción de la vida; sentí un frío intensísimo, y sólo este accidente me dio a conocer la propia existencia, pues ningún recuerdo de lo pasado conservaba mi mente, ni podía hacerme cargo de mi nueva situación. Cuando mis ideas se fueron aclarando y se desvanecía el letargo de mis sentidos, me encontré tendido en la playa. Algunos hombres estaban en derredor mío, observándome con interés. Lo primero que oí, fue: «¡Pobrecito..!, ya vuelve en sí». Poco a poco fui volviendo a la vida, y con ella al recuerdo de lo pasado. Me acordé de Marcial, y creo que las primeras palabras articuladas por mis labios fueron para preguntar por él. Nadie supo contestarme. Entre los que me rodeaban reconocí a algunos marineros del Rayo, les pregunté por Medio-hombre, y todos convinieron en que había perecido. Después quise enterarme de cómo me habían salvado; pero tampoco me dieron razón. Diéronme a beber no sé qué; me llevaron a una casa cercana, y allí, junto al fuego, y cuidado por una vieja, recobré la salud, aunque no las fuerzas. Entonces me dijeron que habiendo salido otra balandra a reconocer los restos del Rayo, y los de un navío francés que corrió igual suerte, me encontraron junto a Marcial, y pudieron salvarme la vida. Mi compañero de agonía estaba muerto. También supe que en la travesía del barco naufragado a la costa habían perecido algunos infelices. Quise saber qué había sido de Malespina, y no hubo quien me diera razón del padre ni del hijo. Pregunté por el Santa Ana, y me dijeron que había llegado felizmente a Cádiz, por cuya noticia resolví ponerme inmediatamente en camino para reunirme con mi amo. Me encontraba a bastante distancia de Cádiz, en la costa que corresponde a la orilla derecha del Guadalquivir. Necesitaba, pues, emprender la marcha inmediatamente para recorrer lo más pronto posible tan largo proyecto. Esperé dos días más para reponerme, y al fin, (p.135) acompañado de un marinero que llevaba el mismo camino, me puse en marcha hacia Sanlúcar. En la mañana del 27 recuerdo que atravesamos el río, y luego seguimos nuestro viaje a pie sin abandonar la costa. Como el marinero que me acompañaba era francote y alegre, el viaje fue todo lo agradable que yo podía esperar, dada la situación de mi espíritu, aún abatido por la muerte de Marcial y por las últimas escenas de que fui testigo a bordo. Por el camino íbamos departiendo sobre el combate y los naufragios que le sucedieron. «Buen marino era Medio-hombre -decía mi compañero de viaje-. ¿Pero quién le metió a salir a la mar con un cargamento de más de sesenta años? Bien empleado le está el fin que ha tenido. -Era un valiente marinero -dije yo-; y tan aficionado a la guerra, que ni sus achaques le arredraron cuando intentó venir a la escuadra. -Pues de ésta me despido -prosiguió el marinero-. No quiero más batallas en la mar. El Rey paga mal, y después, si queda uno cojo o baldado, le dan las buenas noches, y si te he visto no me acuerdo. Parece mentira que el Rey trate tan mal a los que le sirven. ¿Qué cree usted? La mayor parte de los comandantes de navío que se han batido el 21, hace muchos meses que no cobran sus pagas. El año pasado estuvo en Cádiz un capitán de navío que, no sabiendo cómo mantenerse y mantener a sus hijos, se puso a servir en una posada. Sus amigos le descubrieron, aunque él trataba de disimular su miseria, y, por último, lograron sacarle de tan vil estado. Esto no pasa en ninguna nación del mundo; ¡y luego se espantan de que nos venzan los ingleses! Pues no digo nada del armamento. Los arsenales están vacíos, y por más que se pide dinero a Madrid, ni un cuarto. Verdad es que todos los tesoros del Rey se emplean en pagar sus sueldos a los señores de la Corte, y entre éstos el que más come es el Príncipe de la Paz, que reúne 40.000 durazos como Consejero de Estado, como Secretario de Estado, como Capitán General y como Sargento mayor de guardias.. Lo dicho, no quiero servir al Rey. A mi (p.136) casa me voy con mi mujer y mis hijos, pues ya he cumplido, y dentro de unos días me han de dar la licencia. -Pues no podrá usted quejarse, amiguito, si le tocó ir en el Rayo, navío que apenas entró en acción. -Yo no estaba en el Rayo, sino en el Bahama, que sin duda fue de los barcos que mejor y por más tiempo pelearon. -Ha sido apresado, y su comandante murió, si no recuerdo mal. -Así fue -contestó-. Y todavía me dan ganas de llorar cuando me acuerdo de Don Dionisio Alcalá Galiano, el más valiente brigadier de la armada. Eso sí: tenía el genio fuerte y no consentía la más pequeña falta; pero su mucho rigor nos obligaba a quererle más, porque el capitán que se hace temer por severo, si a la severidad acompaña la justicia, infunde respeto, y, por último, se conquista el cariño de la gente. También puede decirse que otro más caballero y más generoso que D. Dionisio Alcalá Galiano no ha nacido en el mundo. Así es que cuando quería obsequiar a sus amigos, no se andaba por las ramas, y una vez en la Habana gastó diez mil duros en cierto convite que dio a bordo de su buque. -También oí que era hombre muy sabio en la náutica. -¿En la náutica? Sabía más que Merlín y que todos los doctores de la Iglesia. ¡Si había hecho un sinfín de mapas y había descubierto no sé qué tierras que están allá por el mismo infierno! ¡Y hombres así los mandan a una batalla para que perezcan como un grumete! Le contaré a usted lo que pasó en el Bahama. Desde que empezó la batalla, D. Dionisio Alcalá Galiano sabía que la habíamos de perder, porque aquella maldita virada en redondo.. Nosotros estábamos en la reserva y nos quedamos a la cola. Nelson, que no era ningún rana, vio nuestra línea y dijo: «Pues si la corto por dos puntos distintos, y les cojo entre dos fuegos, no se me escapa ni tanto así de navío». Así lo hizo el maldito, y como nuestra línea era tan larga, la cabeza no podía ir en auxilio de la cola. Nos derrotó por partes, atacándonos en dos fuertes columnas dispuestas al modo de cuña, que es, según dicen, el modo de combatir que (p.137) usaba el capitán moro Alejandro Magno, y que hoy dicen usa también Napoleón. Lo cierto es que nos envolvió y nos dividió y nos fue rematando barco a barco de tal modo, que no podíamos ayudarnos unos a otros, y cada navío se veía obligado a combatir con tres o cuatro. »Pues verá usted: el Bahama fue de los que primero entraron en fuego. Alcalá Galiano revistó la tripulación al mediodía, examinó las baterías, y nos echó una arenga en que dijo, señalando la bandera: «Señores: estén ustedes todos en la inteligencia de que esa bandera está clavada». Ya sabíamos qué clase de hombre nos mandaba; y así, no nos asombró aquel lenguaje. Después le dijo al guardia marina D. Alonso Butrón, encargado de ella: «Cuida de defenderla. Ningún Galiano se rinde, y tampoco un Butrón debe hacerlo». -Lástima es -dije yo-, que estos hombres no hayan tenido un jefe digno de su valor, ya que no se les encargó del mando de la escuadra. -Sí que es lástima, y verá usted lo que pasó. Empezó la refriega, que ya sabrá usted fue cosa buena, si estuvo a bordo del Trinidad. Tres navíos nos acribillaron a balazos por babor y estribor. Desde los primeros momentos caían como moscas los heridos, y el mismo comandante recibió una fuerte contusión en la pierna, y después un astillazo en la cabeza, que le hizo mucho daño. ¿Pero usted cree que se acobardó, ni que anduvo con ungüentos ni parches? ¡Quiá! Seguía en el alcázar como si tal cosa, aunque personas muy queridas para él caían a su lado para no levantarse más. Alcalá Galiano mandaba la maniobra y la artillería como si hubiéramos estado haciendo el saludo frente a una plaza. Una balita de poca cosa le llevó el anteojo, y esto le hizo sonreír. Aún me parece que le estoy viendo. La sangre de las heridas le manchaba el uniforme y las manos; pero él no se cuidaba de esto más que si fueran gotas de agua salada salpicadas por el mar. Como su carácter era algo arrebatado y su genio vivo, daba las órdenes gritando y con tanto coraje, que si no las obedeciéramos porque era nuestro deber, las hubiéramos obedecido (p.138) por miedo.. Pero al fin todo se acabó de repente, cuando una bala de medio calibre le cogió la cabeza, dejándole muerto en el acto. »Con esto concluyó el entusiasmo, si no la lucha. Cuando cayó muerto nuestro querido comandante, le ocultaron para que no le viéramos; pero nadie dejó de comprender lo que había pasado, y después de una lucha desesperada sostenida por el honor de la bandera, el Bahama se rindió a los ingleses, que se lo llevarán a Gibraltar si antes no se les va a pique, como sospecho». Al concluir su relación, y después de contar cómo había pasado del Bahama al Santa Ana, mi compañero dio un fuerte suspiro y calló por mucho tiempo. Pero como el camino se hacía largo y pesado, yo intenté trabar de nuevo la conversación, y principié contándole lo que había visto, y, por último, mi traslado a bordo del Rayo con el joven Malespina. «¡Ah! -dijo-. ¿Es un joven oficial de artillería que fue transportado a la balandra y de la balandra a tierra en la noche del 23? -El mismo -conteste-, y por cierto que nadie me ha dado razón de su paradero. -Pues ese fue de los que perecieron en la segunda lancha, que no pudo tocar a tierra. De los sanos se salvaron algunos, entre ellos el padre de ese señor oficial de artillería; pero los heridos se ahogaron todos, como es fácil comprender, no pudiendo los infelices ganar a nado la costa». Me quedé absorto al saber la muerte del joven Malespina, y la idea del pesar que aguardaba a mi infeliz e idolatrada amita llenó mi alma, ahogando todo resentimiento. «¡Qué horrible desgracia! -exclamé-. ¿Y seré yo quien lleve tan triste noticia a su afligida familia? ¿Pero, señor, está usted seguro de lo que dice? -He visto con estos ojos al padre de ese joven, quejándose amargamente, y refiriendo los pormenores de la desgracia con tanta angustia que partía el corazón. Según decía, él había salvado a todos los de la lancha, y aseguraba que si hubiera querido salvar sólo a su hijo, lo habría logrado a costa de la vida de todos los demás. Prefirió con todo dar la vida al mayor número, aun (p.139) sacrificando la de su hijo en beneficio de muchos, y así lo hizo. Parece que es hombre de mucha alma, y sumamente diestro y valeroso». Esto me entristeció tanto, que no hablé más del asunto. ¡Muerto Marcial, muerto Malespina! ¡Qué terribles nuevas llevaba yo a casa de mi amo! Casi estuve por un momento decidido a no volver a Cádiz, dejando que el azar o la voz pública llevaran tan penosa comisión al seno del hogar, donde tantos corazones palpitaban de inquietud. Sin embargo, era preciso que me presentase a D. Alonso para darle cuenta de mi conducta. Llegamos por fin a Rota, y allí nos embarcamos para Cádiz. No pueden ustedes figurarse qué alborotado estaba el vecindario con la noticia de los desastres de la escuadra. Poco a poco iban llegando las nuevas de lo sucedido, y ya se sabía la suerte de la mayor parte de los buques, aunque de muchos marineros y tripulantes se ignoraba todavía el paradero. En las calles ocurrían a cada momento escenas de desolación, cuando un recién llegado daba cuenta de los muertos que conocía, y nombraba las personas que no habían de volver. La multitud invadía el muelle para reconocer los heridos, esperando encontrar al padre, al hermano, al hijo o al marido. Presencié escenas de frenética alegría, mezcladas con lances dolorosos y terribles desconsuelos. Las esperanzas se desvanecían, las sospechas se confirmaban las más de las veces, y el número de los que ganaban en aquel agonioso juego de la suerte era bien pequeño, comparado con el de los que perdían. Los cadáveres que aparecieron en la costa de Santa María sacaban de dudas a muchas familias, y otras esperaban aún encontrar entre los prisioneros conducidos a Gibraltar a la persona amada. En honor del pueblo de Cádiz, debo decir que jamás vecindario alguno ha tomado con tanto empeño el auxilio de los heridos, no distinguiendo entre nacionales y enemigos, antes bien equiparando a todos bajo el amplio pabellón de la caridad. Collingwood consignó en sus memorias esta generosidad de mis paisanos. (p.140) Quizás la magnitud del desastre apagó todos los resentimientos. ¿No es triste considerar que sólo la desgracia hace a los hombres hermanos? En Cádiz pude conocer en su conjunto la acción de guerra que yo, a pesar de haber asistido a ella, no conocía sino por casos particulares, pues lo largo de la línea, lo complicado de los movimientos y la diversa suerte de los navíos, no permitían otra cosa. Según allí me dijeron, además del Trinidad, se habían ido a pique el Argonauta, de 92, mandado por D. Antonio Pareja, y el San Agustín, de 80, mandado por D. Felipe Cajigal. Con Gravina, en el Príncipe de Asturias, habían vuelto a Cádiz el Montañés, de 80, comandante Alcedo, que murió en el combate en unión del segundo Castaños; el San Justo, de 76, mandado por D. Miguel Gastón; el San Leandro, de 74, mandado por D. José Quevedo; el San Francisco, de 74, mandado por D. Luis Flores; el Rayo, de 100, que mandaba Macdonell. De éstos, salieron el 23, para represar las naves que estaban a la vista, el Montañés, el San Justo, el San Francisco y el Rayo; pero los dos últimos se perdieron en la costa, lo mismo que el Monarca, de 74, mandado por Argumosa, y el Neptuno, de 80, cuyo heroico comandante, D. Cayetano Valdés, ya célebre por la jornada del 14, estuvo a punto de perecer. Quedaron apresados el Bahama, que se deshizo antes de llegar a Gibraltar; el San Ildefonso, de 74, comandante Vargas, que fue conducido a Inglaterra, y el Nepomuceno, que por muchos años permaneció en Gibraltar, conservado como un objeto de veneración o sagrada reliquia. El Santa Ana llegó felizmente a Cádiz en la misma noche en que le abandonamos. Los ingleses también perdieron algunos de sus fuertes navíos, y no pocos de sus oficiales generales compartieron el glorioso fin del almirante Nelson. En cuanto a los franceses, no es necesario decir que tuvieron tantas pérdidas como nosotros. A excepción de los cuatro navíos que se retiraron con Dumanoir sin entrar en fuego, mancha que en mucho tiempo no pudo quitarse de (p.141) encima la marina imperial, nuestros aliados se condujeron heroicamente en la batalla. Villeneuve, deseando que se olvidaran en un día sus faltas, peleó hasta el fin denodadamente, y fue llevado prisionero a Gibraltar. Otros muchos comandantes cayeron en poder de los ingleses, y algunos murieron. Sus navíos corrieron igual suerte que los nuestros: unos se retiraron con Gravina; otros fueron apresados, y muchos se perdieron en las costas. El Achilles se voló en medio del combate, como indiqué en mi relación. Pero a pesar de estos desastres, nuestra aliada, la orgullosa Francia, no pagó tan caro como España las consecuencias de aquella guerra. Si perdía lo más florido de su marina, en tierra alcanzaba en aquellos mismos días ruidosos triunfos. Napoleón había transportado en poco tiempo el gran ejército desde las orillas del Canal de la Mancha a la Europa central, y ponía en ejecución su colosal plan de campaña contra el Austria. El 20 de Octubre, un día antes de Trafalgar, Napoleón presenciaba en el campo de Ulm el desfile de las tropas austriacas, cuyos generales le entregaban su espada, y dos meses después, el 2 de Diciembre del mismo año, ganaba en los campos de Austerlitz la más brillante acción de su reinado. Estos triunfos atenuaron en Francia la pérdida de Trafalgar; el mismo Napoleón mandó a los periódicos que no se hablara del asunto, y cuando se le dio cuenta de la victoria de sus implacables enemigos los ingleses, se contentó con encogerse de hombros diciendo: «Yo no puedo estar en todas partes».
Ep-1-XVII - Traté de retardar el momento de presentarme a mi amo; pero, al fin, el hambre, la desnudez en que me hallaba y la falta de asilo, me obligaron a ir. Mi corazón, al aproximarme a la casa de Doña Flora, palpitaba con tanta fuerza, que a cada paso me detenía para tomar aliento. La inmensa pena que iba a causar anunciando la muerte del joven Malespina, gravitaba sobre mi alma con tan atroz pesadumbre, que si yo hubiera sido responsable de aquel desastre, no me habría sentido más angustiado. (p.142) Llegué por fin, y entré en la casa. Mi presencia en el patio produjo gran sensación; sentí fuertes pasos en las galerías altas, y aún no había tenido tiempo de decir una palabra, cuando me abrazaron estrechamente. No tardé en reconocer el rostro de Doña Flora, más pintorreado aquel día que un retablo, y ferozmente desfigurado con la alegría que mi presencia causó en el espíritu de la excelente vieja. Los dulces nombres de pimpollo, remono, angelito, y otros que me prodigó con toda largueza, no me hicieron sonreír. Subí, y todos estaban en movimiento. Oí a mi amo que decía: «¡Ahí está! Gracias a Dios». Entré en la sala, y Doña Francisca se adelantó hacia mí preguntándome con mortal ansiedad: «¿Y D. Rafael? ¿Qué ha sido de D. Rafael?» Permanecí confuso por largo rato. La voz se ahogaba en mi garganta y no tenía valor para decir la fatal noticia. Repitieron la pregunta, y entonces vi a mi amita que salía de una pieza inmediata, con el rostro pálido, espantados los ojos y mostrando en su ademán la angustia que la poseía. Su vista me hizo prorrumpir en amargo llanto, y no necesité pronunciar una palabra. Rosita lanzó un grito terrible y cayó desmayada. D. Alonso y su esposa corrieron a auxiliarla, ocultando su pesar en el fondo del alma. Doña Flora se entristeció, y llamándome aparte para cerciorarse de que mi persona volvía completa, me dijo: «¿Con que ha muerto ese caballerito? Ya me lo figuraba yo, y así se lo he dicho a Paca; pero ella, reza que te reza, ha creído que lo podía salvar. Si cuando está de Dios una cosa.. Y tú bueno y sano, ¡qué placer! ¿No has perdido nada?» La consternación que reinaba en la casa es imposible de pintar. Por espacio de un cuarto de hora no se oyeron más que llantos, gritos y sollozos, porque la familia de Malespina estaba allí también. ¡Pero qué singulares cosas permite Dios para sus fines! Había pasado, como he dicho, un cuarto de hora desde que di la noticia, cuando una ruidosa y chillona voz hirió mis oídos. Era la de D. José María Malespina, que vociferaba en el patio, llamando a su mujer, a D. (p.143) Alonso y a mi amita. Lo que más me sorprendió fue que la voz del embustero parecía tan alegre como de costumbre, lo cual me parecía altamente indecoroso después de la desgracia ocurrida. Corrimos a su encuentro, y me maravillé viéndole gozoso como unas pascuas. «Pero D. Rafael.. -le dijo mi amo con asombro. -Bueno y sano -contestó D. José María-. Es decir, sano, no; pero fuera de peligro sí, porque su herida ya no ofrece cuidado. El bruto del cirujano opinaba que se moría; pero bien sabía yo que no. ¡Cirujanitos a mí! Yo lo he curado, señores; yo, yo, por un procedimiento nuevo, inusitado, que yo solo conozco». Estas palabras, que repentinamente cambiaban de un modo tan radical la situación, dejaron atónitos a mis amos; después una viva alegría sucedió a la anterior tristeza, y, por último, cuando la fuerte emoción les permitió reflexionar sobre el engaño, me interpelaron con severidad, reprendiéndome por el gran susto que les había ocasionado. Yo me disculpé diciendo que me lo habían contado tal como lo referí, y D. José María se puso furioso, llamándome zascandil, embustero y enredador. Efectivamente, D. Rafael vivía y estaba fuera de peligro; mas se había quedado en Sanlúcar en casa de gente conocida, mientras su padre vino a Cádiz en busca de su familia para llevarla al lado del herido. El lector no comprenderá el origen de la equivocación que me hizo anunciar con tan buena fe la muerte del joven; pero apuesto a que cuantos lean esto sospechan que algún estupendo embuste del viejo Malespina hizo llegar a mis oídos la noticia de una desgracia supuesta. Así fue, ni más ni menos. Según lo que supe después al ir a Sanlúcar acompañando a la familia, D. José María había forjado una novela de heroísmo y habilidad por parte suya; en diversos corrillos refirió el extraño caso de la muerte de su hijo, suponiendo pormenores, circunstancias tan dramáticas, que por algunos días el fingido protagonista fue objeto de las alabanzas de todos por su abnegación y valentía. Contó que, habiendo zozobrado la (p.144) lancha, él tuvo que optar entre la salvación de su hijo y la de todos los demás, decidiéndose por esto último, en razón de ser más generoso y humanitario. Adornó su leyenda con detalles tan peregrinos, tan interesantes y a la vez tan verosímiles, que muchos se lo creyeron. Pero la superchería se descubrió pronto y el engaño no duró mucho tiempo, aunque sí el necesario para que llegase a mis oídos, obligándome a transmitirlo a la familia. Aunque tenía muy mala idea de la veracidad del viejo Malespina, jamás pude creer que se permitiera mentir en asuntos tan serios. Pasadas aquellas fuertes emociones, mi amo cayó en profunda melancolía; apenas hablaba; diríase que su alma, perdida la última ilusión, había liquidado toda clase de cuentas con el mundo y se preparaba para el último viaje. La definitiva ausencia de Marcial le quitaba el único amigo de aquella su infantil senectud, y no teniendo con quién jugar a los barquitos, se consumía en honda tristeza. Ni aun viéndole tan abatido cejó Doña Francisca en su tarea de mortificación, y el día de mi llegada oí que le decía: «Bonita la habéis hecho.. ¿Qué te parece? ¿Aún no estás satisfecho? Anda, anda a la escuadra. ¿Tenía yo razón o no la tenía? ¡Oh!, si se hiciera caso de mí.. ¿Aprenderás ahora? ¿Ves cómo te ha castigado Dios? -Mujer, déjame en paz -contestaba dolorido mi amo. -Y ahora nos hemos quedado sin escuadra, sin marinos, y nos quedaremos hasta sin modo de andar si seguimos unidos con los franceses.. Quiera Dios que estos señores no nos den un mal pago. El que se ha lucido es el Sr. Villeneuve. Vamos, que también Gravina, si se hubiera opuesto a la salida de la escuadra, como opinaban Churruca y Alcalá Galiano, habría evitado este desastre que parte el corazón. -Mujer.. ¿qué entiendes tú de eso? No me mortifiques -dijo mi amo muy contrariado. -¿Pues no he de entender? Más que tú. Sí, señor, lo repito. Gravina será muy caballero y muy valiente; pero lo que es ahora.. buena la ha hecho. -Ha hecho lo que debía. ¿Te parece bien que hubiéramos (p.145) pasado por cobardes? -Por cobardes no, pero sí por prudentes. Eso es. Lo digo y lo repito. La escuadra española no debía salir de Cádiz, cediendo a las genialidades y al egoísmo de M. Villeneuve. Aquí se ha contado que Gravina opinó, como sus compañeros, que no debían salir. Pero Villeneuve, que estaba decidido a ello, por hacer una hombrada que le reconciliase con su amo, trató de herir el amor propio de los nuestros. Parece que una de las razones que alegó Gravina fue el mal tiempo, y mirando el barómetro de la cámara, dijo: «¿No ven ustedes que el barómetro anuncia mal tiempo? ¿No ven ustedes cómo baja?». Entonces Villeneuve dijo secamente: «Lo que baja aquí es el valor». Al oír este insulto, Gravina se levantó ciego de ira y echó en cara al francés su cobarde comportamiento en el cabo de Finisterre. Se cruzaron palabritas un poco fuertes, y, por último, exclamó nuestro almirante: «¡A la mar mañana mismo!». Pero yo creo que Gravina no debía haber hecho caso de las baladronadas del francés, no, señor; que antes que nada es la prudencia, y más conociendo, como conocía, que la escuadra combinada no tenía condiciones para luchar con la de Inglaterra». Esta opinión, que entonces me pareció un desacato a la honra nacional, más tarde me pareció muy bien fundada. Doña Francisca tenía razón. Gravina no debió haber cedido a la exigencia de Villeneuve. Y digo esto, menoscabando quizás la aureola que el pueblo puso en las sienes del jefe de la escuadra española en aquella memorable ocasión. Sin negar el mérito de Gravina, yo creo hiperbólicas las alabanzas de que fue objeto después del combate y en los días de su muerte. Todo indicaba que Gravina era un cumplido caballero y un valiente marino; pero quizás por demasiado cortesano carecía de aquella resolución que da el constante hábito de la guerra, y también de la superioridad que en carreras tan difíciles como la de la Marina se alcanza sólo en el cultivo asiduo de las ciencias que la constituyen. Gravina era un buen jefe de división; pero nada más. La (p.146) previsión, la serenidad, la inquebrantable firmeza, caracteres propios de las organizaciones destinadas al mando de grandes ejércitos, no las tuvieron sino D. Cosme Damián Churruca y D. Dionisio Alcalá Galiano. Mi señor D. Alonso contestó a las últimas palabras de su mujer; y cuando ésta salió, observé que el pobre anciano rezaba con tanta piedad como en la cámara del Santa Ana la noche de nuestra separación. Desde aquel día, el Sr. de Cisniega no hizo más que rezar, y rezando se pasó el resto de su vida, hasta que se embarcó en la nave que no vuelve más. Murió mucho después de que su hija se casara con D. Rafael Malespina, acontecimiento que hubo de efectuarse dos meses después de la gran función naval que los españoles llamaron la del 21 y los ingleses Combate de Trafalgar, por haber ocurrido cerca del cabo de este nombre. Mi amita se casó en Vejer al amanecer de un día hermoso, aunque de invierno, y al punto partieron para Medinasidonia, donde les tenían preparada la casa. Yo fui testigo de su felicidad durante los días que precedieron a la boda; mas ella no advirtió la profunda tristeza que me dominaba, ni advirtiéndola hubiera conocido la causa. Cada vez se crecía ella más ante mis ojos, y cada vez me encontraba yo más humillado ante la doble superioridad de su hermosura y de su clase. Acostumbrándome a la idea de que tan admirable conjunto de gracias no podía ni debía ser para mí, llegué a tranquilizarme, porque la resignación, renunciando a toda esperanza, es un consuelo parecido a la muerte, y por eso es un gran consuelo. Se casaron, y el mismo día en que partieron para Medinasidonia, Doña Francisca me ordenó que fuera yo también allá para ponerme al servicio de los desposados. Fui por la noche, y durante mi viaje solitario iba luchando con mis ideas y sensaciones, que oscilaban entre aceptar un puesto en la casa de los novios, o rechazarlo para siempre. Llegué a la mañana siguiente, me acerqué a la casa, entré en el jardín, puse el pie en el primer escalón de la puerta y allí me detuve, porque (p.147) mis pensamientos absorbían todo mi ser y necesitaba estar inmóvil para meditar mejor. Creo que permanecí en aquella actitud más de media hora. Silencio profundo reinaba en la casa. Los dos esposos, casados el día antes, dormían sin duda el primer sueño de su tranquilo amor, no turbado aún por ninguna pena. No pude menos de traer a la memoria las escenas de aquellos lejanos días en que ella y yo jugábamos juntos. Para mí, era Rosita entonces lo primero del mundo. Para ella, era yo, si no lo primero, al menos algo que se ama y que se echa de menos durante ausencias de una hora. En tan poco tiempo, ¡cuánta mudanza! Todo lo que estaba viendo me parecía expresar la felicidad de los esposos y como un insulto a mi soledad. Aunque era invierno, se me figuraba que los árboles todos del jardín se cubrían de follaje, y que el emparrado que daba sombra a la puerta se llenaba inopinadamente de pámpanos para guarecerles cuando salieran de paseo. El sol era muy fuerte y el aire se entibiaba, oreando aquel nido cuyas primeras pajas había ayudado a reunir yo mismo cuando fui mensajero de sus amores. Los rosales ateridos se me representaban cubiertos de rosas, y los naranjos de azahares y frutas que mil pájaros venían a picotear, participando del festín de la boda. Mis meditaciones y mis visiones no se interrumpieron sino cuando el profundo silencio que reinaba en la casa se interrumpió por el sonido de una fresca voz, que retumbó en mi alma, haciéndome estremecer. Aquella voz alegre me produjo una sensación indefinible, una sensación no sé si de miedo o de vergüenza: lo que sí puedo asegurar es que una resolución súbita me arrancó de la puerta, y salí del jardín corriendo, como un ladrón que teme ser descubierto. Mi propósito era inquebrantable. Sin perder tiempo salí de Medinasidonia, decidido a no servir ni en aquella casa ni en la de Vejer. Después de reflexionar un poco, determiné ir a Cádiz para desde allí trasladarme a Madrid. Así lo hice, venciendo los halagos de Doña Flora, que trató de atarme con una cadena formada de las marchitas (p.148) rosas de su amor; y desde aquel día, ¡cuántas cosas me han pasado dignas de ser referidas! Mi destino, que ya me había llevado a Trafalgar, llevome después a otros escenarios gloriosos o menguados, pero todos dignos de memoria. ¿Queréis saber mi vida entera? Pues aguardad un poco, y os diré algo más en otro libro.
FIN
(EPISODIO 2) LA CORTE DE CARLOS IV
Ep-2-I Sin oficio ni beneficio, sin parientes ni habientes, vagaba por Madrid un servidor de ustedes, maldiciendo la hora menguada en que dejó su ciudad natal por esta inhospitalaria Corte, cuando acudió a las páginas del Diario para buscar ocupación honrosa. La imprenta fue mano de santo para la desnudez, hambre, soledad y abatimiento del pobre Gabriel, pues a los tres días de haber entregado a la publicidad en letras de molde las altas cualidades con que se creía favorecido por la Naturaleza le tomó a su servicio una cómica del teatro del Príncipe, llamada Pepita González o la González. Esto pasaba a fines de 1805; pero lo que voy a contar ocurrió dos años después, en 1807, y cuando yo tenía, si mis cuentas son exactas, diez y seis años, lindando ya con los diez y siete. Después os hablaré de mi ama. Ante todo debo decir que mi trabajo, si no escaso, era divertido y muy propio para adquirir conocimiento del mundo en poco tiempo. Enumeraré las ocupaciones diurnas y nocturnas en que empleaba con todo el celo posible mis facultades morales y físicas. El servicio de la histrionisa me imponía los siguientes deberes: Ayudar al peinado de mi ama, que se verificaba entre doce y una, bajo los auspicios del maestro Richiardini, artista de Nápoles, a cuyas divinas manos se encomendaban las principales testas de la Corte. Ir a la calle del Desengaño en busca del Blanco de perla, del Elixir de Circasia, de la Pomada a la Sultana, o de los Polvos a la Marechala, drogas muy ponderadas que vendía un monsieur Gastan, el cual recibiera el secreto de confeccionarlas del propio alquimista de María Antonieta. Ir a la calle de la Reina, número 21, cuarto bajo, donde (p.149) existía un taller de estampación para pintar telas, pues en aquel tiempo los vestidos de seda, generalmente de color claro, se pintaban según la moda, y cuando ésta pasaba, se volvía a pintar con distintos ramos y dibujos, realizando así una alianza feliz entre la moda y la economía, para enseñanza de los venideros tiempos. Llevar por las tardes una olla con restos de puchero, mendrugos de pan y otros despojos de comida a D. Luciano Francisco Comella, autor de comedias muy celebradas, el cual se moría de hambre en una casa de la calle de la Berenjena, en compañía de su hija, que era jorobada y le ayudaba en los trabajos dramáticos. Limpiar con polvos la corona y el cetro que sacaba mi ama haciendo de reina de Mongolia en la representación de la comedia titulada Perderlo todo en un día por un ciego y loco amor, y falso Czar de Moscovia. Ayudarla en el estudio de sus papeles, especialmente en el de la comedia Los inquilinos de sir John, o la familia de la India, Juanito y Coleta, para lo cual era preciso que yo recitase la parte de Lord Lulleswing, a fin de que ella comprendiese bien el de milady Pankoff. Ir en busca de la litera que había de conducirla al teatro y cargarla también cuando era preciso. Concurrir a la cazuela del teatro de la Cruz, para silbar despiadadamente El sí de las niñas, comedia que mi ama aborrecía, tanto por lo menos, como a las demás del mismo autor. Pasearme por la plazuela de Santa Ana, fingiendo que miraba las tiendas, pero prestando disimulada y perspicua atención a lo que se decía en los corrillos allí formados por cómicos o saltarines, y cuidando de pescar al vuelo lo que charlaban los de la Cruz en contra de los del Príncipe. Ir en busca de un billete de balcón para la plaza de toros, bien al despacho, bien a la casa del banderillero Espinilla, que le tenía reservado para mi ama, cual obsequio de una amistad tan fina como antigua. Acompañarla al teatro, donde me era forzoso tener el cetro y la corona cuando ella entraba después de la segunda escena del segundo acto, en El falso (p.150) Czar de Moscovia, para salir luego convertida en reina, confundiendo a Osloff y a los magnates, que la tenían por buñolera de esquina. Ir a avisar puntualmente a los mosqueteros para indicarles los pasajes que debían aplaudir fuertemente en la comedia y en la tonadilla, indicándoles también la función que preparaban los de allá para que se apercibieran con patriótico celo a la lucha. Ir todos los días a casa de Isidoro Máiquez con el aparente encargo de preguntarle cualquier cosa referente a vestidos de teatro; pero con el fin real de averiguar si estaba en su casa cierta y determinada persona, cuyo nombre me callo por ahora. Representar un papel insignificante, como de paje que entra con una carta, diciendo simplemente: tomad, o de hombre del pueblo primero, que exclama al presentarse la multitud ante el rey: Señor, justicia, o a tus reales plantas, coronado apéndice del sol. (Esta clase de ocupación me hacía dichoso por una noche.) Y por este estilo otras mil tareas, ejercicios y empleos que no cito, porque acabaría tarde, molestando a mis lectores más de lo conveniente. En el transcurso de esta puntual historia irán saliendo mis proezas, y con ellas los diversos y complejos servicios que presté. Por ahora voy a dar a conocer a mi ama, la sin par Pepita González, sin omitir nada que pueda dar perfecta idea del mundo en que vivía. Mi ama era una muchacha más graciosa que bella, si bien aquella primera calidad resplandecía en su persona de un modo tan sobresaliente que la presentaba como perfecta sin serlo. Todo lo que en lo físico se llama hermosura y cuanto en lo moral lleva el nombre de expresión, encanto, coquetería, monería, etc., estaba reconcentrado en sus ojos negros, capaces por sí solos de decir con una mirada más que dijo Ovidio en su poema sobre el arte que nunca se aprende y que siempre se sabe. Ante los ojos de mi ama dejaba de ser una hipérbole aquello de combustibles áspides y flamígeros ópticos disparos, que Cañizares Añorbe aplicaban a las miradas de sus heroínas. Generalmente de los individuos que (p.151) conocimos en nuestra niñez recordamos o los accidentes más marcados de su persona, o algún otro, que a pesar de ser muy insignificante, queda sin embargo grabado de un modo indeleble en nuestra memoria. Esto me pasa a mí con el recuerdo de la González. Cuando la traigo al pensamiento, se me representan clarísimamente dos cosas, a saber: sus ojos incomparables y el taconeo de sus zapatos, abreviadas cárceles de sus lindos pedestales, como dirían Valladares o Moncín. No sé si esto bastará para que Vds. se formen idea de mujer tan agraciada. Yo, al recordarla, veo yo aquellos grandes ojos negros, cuyas miradas resucitaban un muerto, y oigo el tip tap de su ligero paso. Esto basta para hacerla resucitar en el recinto oscuro de mi imaginación, y, no hay duda, es ella misma. Ahora caigo en que no había vestido, ni mantilla, ni lazo, ni garambaina que no le sentase a maravilla; caigo también en que sus movimientos tenían una gracia especial, un cierto no sé qué, un encanto indefinible, que podrá expresarse cuando el lenguaje tenga la riqueza suficiente para poder designar con una misma palabra la malicia y el recato, la modestia y la provocación. Esta rarísima antítesis consiste en que nada hay más hipócrita que ciertas formas de compostura o en que la malignidad ha descubierto que el mejor medio de vencer a la modestia es imitarla. Pero sea lo que quiera, lo cierto es que la González electrizaba al público con el airoso meneo de su cuerpo, su hermosa voz, su patética declamación en las obras sentimentales, y su inagotable sal en las cómicas. Igual triunfo tenía siempre que era vista en la calle por la turba de sus admiradores y mosqueteros, cuando iba a los toros en calesa o simón, o al salir del teatro en silla de mano. Desde que veían asomar por la ventanilla el risueño semblante, guarnecido por los encajes de la blanca mantilla, la aclamaban con voces y palmadas diciendo: «Ahí va toda la gracia del mundo, viva la sal de España», u otras frases del mismo género. Estas ovaciones callejeras, les dejaban a ellos muy satisfechos, (p.152) y también a ella, es decir a nosotros, porque los criados se apropian siempre los triunfos de sus amos. Pepita era sumamente sensible, y según mi parecer, de sentimientos muy vivos y arrebatados, aunque por efecto de cierto disimulo tan sistemático en ella, que parecía segunda naturaleza, todos la tenían por fría. Doy fe además de que era muy caritativa, gustando de aliviar todas las miserias de que tenía noticia. Los pobres asediaban su casa, especialmente los sábados, y una de mis más trabajosas ocupaciones consistía en repartirles ochavos y mendrugos, cuando no se los llevaba todos el señor de Comella, que se comía los codos de hambre, sin dejar de ser el asombro de los siglos, y el primer dramático del mundo. La González vivía en una casa sin más compañía que la de su abuela, la octogenaria doña Dominguita y dos criados de distinto sexo que la servíamos. (p.153) Y después de haber dicho lo bueno, ¿se me permitirá decir lo malo, respecto al carácter y costumbres de Pepa González? No, no lo digo. Téngase en cuenta, en disculpa de la muchacha ojinegra, que se había criado en el teatro, pues su madre fue parte de por medio en los ilustres escenarios de la Cruz y los Caños, mientras su padre tocaba el contrabajo en los Sitios y en la Real Capilla. De esta infeliz y mal avenida coyunda nació Pepita, y excuso decir que desde la niñez comenzó a aprender el oficio, con tal precocidad, que a los doce años se presentó por primera vez en escena, desempeñando un papel en la comedia de Don Antonio Frumento Sastre, rey y reo a un tiempo, o el sastre de Astracán. Conocida, pues, la escuela, los hábitos poco austeros de aquella alegre gente, a quien el general desprecio autorizaba en cierto modo para ser peor que los demás, ¿no sería locura exigir de mi ama una rigidez de principios, que habrían sido suficientes, en las circunstancias de su vida, para asegurarle la canonización? Réstame darla a conocer como actriz. En este punto debo decir tan sólo que en aquel tiempo me (p.154) parecía excelente: ignoro el efecto que su declamación produciría en mí, si hoy la viera aparecer en el escenario de cualquiera de nuestros teatros. Cuando mi ama estaba en la plenitud de sus triunfos, no tenía rivales temibles con quienes luchar. María del Rosario Fernández, conocida por la Tirana, había muerto el año 1803. Rita Luna, no menos famosa que aquélla, se había retirado de la escena en 1806; María Fernández, denominada la Caramba, también había desaparecido. La Prado, Josefa Virg, María Ribera, María García y otras de aquel tiempo, no poseían extraordinarias cualidades: de modo que si mi ama no sobresalía de un modo notorio sobre las demás, tampoco su estrella se oscurecía ante el brillo de ningún astro enemigo. El único que entonces atraía la atención general y los aplausos de Madrid entero era Máiquez, y ninguna actriz podía considerarle como rival, no existiendo generalmente el antagonismo y la emulación sino entre los dioses de un mismo sexo. Pepa González estaba afiliada al bando de los anti Moratinistas, no sólo porque en el círculo por ella frecuentado abundaban los enemigos del insigne poeta, sino también porque personalmente tenía no sé qué motivos de irreconciliable inquina contra él. Aquí tengo que resignarme a apuntar una observación que por cierto favorece bien poco a mi ama; pero como para mí la verdad es lo primero, ahí va mi parecer, mal que pese a los manes de Pepita González. Mi observación es que la actriz del Príncipe no se distinguía por su buen gusto literario, ni en la elección de obras dramáticas, ni tampoco al escoger los libros que daban alimento a su abundante lectura. Verdad es que la pobrecilla no había leído a Luzán, ni a Mortiano, ni tenía noticia de la sátira de Jorge Pitillas, ni mortal alguno se había tomado el trabajo de explicarle a Batteux ni a Blair, pues cuantos se acercaron a ella, tuvieron siempre más presente a Ovidio que a Aristóteles y a Bocaccio más que a Despreaux. Por consiguiente, mi señora formaba bajo las banderas de don Eleuterio Crispín de Andorra, (p.155) con perdón sea dicho de cejijuntos Aristarcos. Y es que ella no veía más allá, ni hubiera comprendido toda la jerigonza de las reglas, aunque se las predicaran frailes descalzos. Es preciso advertir que el abate Cladera, de quien parece ser fidelísimo retrato el célebre don Hermógenes, fue amigote del padre de nuestra heroína, y sin duda aquel gracioso pedantón echó en su entendimiento durante la niñez, la semilla de los principios, que en otra cabeza dieron por fruto El gran cerco de Viena. Ello es que mi ama gustaba de las obras de Comella, aunque últimamente, visto el descrédito en que había caído este dios del teatro, al despeñarse en la miseria desde la cumbre de su popularidad, no se atrevía a confesarlo delante de literatos y gente ilustrada. Como tuve ocasión de observar, atendiendo a sus conversaciones y poniendo atención a sus preferencias literarias, le gustaban aquellas comedias en que había mucho jaleo de entradas y salidas, revista de tropas, niños hambrientos que piden la teta, decoración de gran plaza con arco triunfal a la entrada, personajes muy barbudos, tales como irlandeses, moscovitas o escandinavos, y un estilo mediante el cual podía decir la dama en cierta situación de apuro: «estatua viva soy de hielo:» o «rencor, finjamos.. encono, no disimulemos.. cautela, favorecedme». Recuerdo que varias veces la oí lamentarse de que el nuevo gusto hubiera alejado de la escena diálogos concertados como el siguiente, que pertenece si mal no recuerdo a la comedia La mayor piedad de Leopoldo el Grande: MARGARITA.Vamos, amor.. NADASTI. Odio.. ZRIN. Duda.. CARLOS.Horror.. ALBURQUERQUE. Confusión.. ULRICA.Martirio.. LOS SEIS.Vamos a esperar que el tiempo diga lo que tú no has dicho. Como este género de literatura iba cayendo en desuso, rara vez tenía mi ama el gusto de ver en la escena a Pedro el Grande en el sitio de Pultowa, mandando a sus soldados que comieran caballos crudos y sin sal; y prometiendo él por su parte almorzar piedras antes que rendir la plaza. (p.156) Debo advertir que esta preferencia más consistía en una tenaz obstinación contra los Moratinistas que en falta de luces para comprender la superioridad de la nueva escuela, y en que mi ama, rancia e intransigente española por los cuatro costados, creía que las reglas y el buen gusto eran malísimas cosas sólo por ser extranjeras, y que para dar muestras de españolismo bastaba abrazarse, como a un lábaro santo, a los despropósitos de nuestros poetas calagurritanos. En cuanto a Calderón y a Lope de Vega, ella los tenía por admirables, sólo porque eran despreciados por los clásicos. De buena gana me extendería aquí haciendo algunas observaciones sobre los partidos literarios de entonces y sobre los conocimientos del pueblo en general y de los que se disputaban su favor con tanto encarnizamiento; pero temo ser pesado y apartarme de mi principal objeto, que no es discutir con pluma académica sobre cosas, tal vez mejor conocidas por el lector que por mí. Quédese en el tintero lo que no es del caso, y volvamos, una vez que dejo consignado el gusto de mi ama, que hoy afearía a cualquier marquesa, artista o virtuosa de lo que llaman el gran mundo; pero que entonces no era bastante a oscurecer ninguna de las gracias de su persona. Ya la conocen Vds. Pues bien; voy a contar lo que me he propuesto.. pero ¡por vida de!.. ahora caigo en que no debo seguir adelante sin dar a conocer el papel que, por mi desgracia, desempeñé en el ruidoso estreno de El sí de las niñas, siendo causa de que la tirantez de relaciones entre mi ama y Moratín se aumentara hasta llegar a una solemne ruptura.
Ep-2-II El hecho es anterior a los sucesos que me propongo narrar aquí; pero no importa. El sí de las niñas se estrenó en enero de 1806. Mi ama trabajaba en los Caños del Peral, porque el Príncipe, incendiado algunos años antes, no estaba aún reedificado. La comedia de Moratín leída varias veces por éste en las reuniones del Príncipe de la Paz y de Tineo, se anunciaba como un acontecimiento literario que había de rematar gloriosamente su reputación. Los (p.157) enemigos en letras que eran muchos, y los envidiosos, que eran más, hacían correr rumores alarmantes, diciendo que la tal obra era un comedión más soporífero que La mojigata, más vulgar que El barón y más anti español que El café. Aún faltaban muchos días para el estreno, y ya corrían de mano en mano sátiras y diatribas, que no llegaron a imprimirse. Hasta se tocaron registros de pasmoso efecto entonces, cuales eran excitar la suspicacia de la censura eclesiástica, para que no se permitiera la representación; pero de todo triunfó el mérito de nuestro primer dramático, y El sí de las niñas fue representado el 24 de enero. Yo formé parte, no sin alborozo, porque mis pocos años me autorizaban a ello, de la tremenda conjuración fraguada en el vestuario de los Caños del Peral, y en otros oscuros conciliábulos, donde míseramente vivían, entre cendales arachneos, algunos de los más afamados dramaturgos del siglo precedente. Capitaneaba la conjuración un poeta, de cuya persona y estilo pueden ustedes formarse idea si recuerdan al omnímodo escritor a quien Mercurio escoge entre la gárrula multitud para presentarlo a Apolo. No recuerdo su nombre, aunque sí su figura, que era la de un despreciable y mezquino ser constituido moral y físicamente como por limosna de la maternal Naturaleza. Consumido su espíritu por la envidia, y su cuerpo por la miseria, ganaba en fealdad y repulsión de año en año; y como su numen ramplón, probado en todos los géneros, desde el heroico al didascálico, no daba ya sino frutos a que hacían ascos los mismos sectarios de la escuela, estaba al fin consagrado a componer groseras diatribas y torpes críticas contra los enemigos de aquellos a cuya sombra vivía sin más trabajo que el de la adulación. Este hijo de Apolo nos condujo en imponente procesión a la cazuela de la Cruz, donde debíamos manifestar con estudiadas señales de desagrado los errores de la escuela clásica. Mucho trabajo nos costó entrar en el coliseo, pues aquella tarde la concurrencia era extraordinaria; pero al fin, gracias a que habíamos (p.158) acudido temprano, ocupamos los mejores asientos de la región paradisíaca, donde se concertaban todos los discordes ruidos de la pasión literaria, y todos los malos olores de un público que no brillaba por su cultura. Ustedes creerán que el aspecto interior de los teatros de aquel tiempo se parece algo al de nuestros modernos coliseos. ¡Qué error tan grande! En el elevado recinto donde el poeta había fijado los reales de su tumultuoso batallón, existía un compartimiento que separaba los dos sexos, y de seguro el sabio legislador que tal cosa ordenó en los pasados siglos se frotaría con satisfacción las manos y daríase un golpe en la augusta frente, creyendo adelantar gran paso en la senda de la armonía entre hombres y mujeres. Por el contrario, la separación avivaba en hembras y varones el natural anhelo de entablar conversación, y lo que la proximidad hubiera permitido en voz baja, la pérfida distancia lo autorizaba en destempladas voces. Así es que entre uno y otro hemisferio se cruzaban palabras cariñosas, o burlonas o soeces, observaciones que hacían desternillar de risa a todo el ilustre concurso, preguntas que se contestaban con juramentos, y agudezas cuya malicia consistía en ser dichas a gritos. Frecuentemente de las palabras se pasaba a las obras, y algunas andanadas de castañas, avellanas, o cáscaras de naranjas, cruzaban de polo a polo, arrojadas por diestra mano, ejercicio que si interrumpía la función, en cambio regocijaba mucho a entrambas partes. Sin embargo, bueno es advertir que este mismo público, a quien afeaban tan groseras exterioridades, solía dar muestras de gran instinto artístico, llorando con Rita Luna en el drama de Kotzebue Misantropía y arrepentimiento, o participando del sublime horror expresado por Isidoro en la tragedia Orestes. Verdad es también que ningún público del mundo ha excedido a aquél en donaire, para burlarse de los autores malos y de los poetas que no eran de su agrado. Igualmente dispuesto a la risa que al sentimiento, obedecía como un débil niño a las sugestiones de la escena. Si (p.159) alguien no pudo jamás tenerle propicio, culpa suya fue. Mirando el teatro desde arriba parecía el más triste recinto que puede suponerse. Las macilentas luces de aceite que encendía un mozo saltando de banco en banco apenas le iluminaban a medias, y tan débilmente, que ni con anteojos se descubrían bien las descoloridas figuras del ahumado techo, donde hacía cabriolas un señor Apolo con lira y borceguíes encarnados. Era de ver la operación de encender la lámpara central, que, una vez consumada tan delicada maniobra, subía lentamente por máquina, entre las exclamaciones de la gente de arriba, que no dejaba pasar tan buena ocasión de manifestarse de un modo ruidoso. Abajo también había compartimiento, y consistía en una fuerte viga, llamada degolladero, que separaba las lunetas, del patio propiamente dicho. Los palcos o aposentos eran unos cuchitriles estrechos y oscuros donde se acomodaban como podían las personas de pro; y como era costumbre que las damas colgasen en los antepechos sus chales y abrigos, el conjunto de las galerías tenía un aspecto tal, que parecía decoración hecha ex profeso para representar las calles de Postas o de Mesón de Paños. El reglamento de teatros, publicado en 1803, tendía a corregir muchos de estos abusos; pero como nadie se cuidaba de hacerlo cumplir, sólo la costumbre y el progreso de la cultura reformó hábitos tan feos. Recuerdo que hasta mucho después de la época a que me refiero, las gentes conservaban el sombrero puesto, aunque el reglamento decía terminantemente en uno de sus artículos: «En los aposentos de todos los pisos, y sin excepción de alguno, no se permitirá sombrero puesto, gorro, ni red al pelo; pero sí capa o capote para su comodidad.» Mientras aguardábamos a que se alzase el telón, el poeta me hacía minucioso relato del infinito número de obras que había compuesto entre dramáticas, cómicas, elegíacas, epigramáticas, venatorias, bucólicas y del género sentimental y mixto. Me contó el argumento de tres o cuatro tragedias que no esperaban más que la (p.160) protección de un Mecenas para pasar de las musas al teatro, y como si mis culpas no estuvieran aún bastante purgadas con oír los argumentos, me espetó algunos sonetos, que si no eran exactamente iguales a aquel famosísimo Reverberante numen que del Istro al Marañón sublimas con tu Zurda, le eran tan semejantes como una calabaza a otra. Cuando la representación iba a empezar, el poeta dirigió su mirada de gerifalte a los abismos del patio para ver si habían puntualmente acudido otros no menos importantes caudillos de la manifestación fraguada contra El sí de las niñas. Todos estaban en sus puestos, con puntual celo por la causa nacional. No faltaba ninguno; allí estaba el vidriero de la calle de la Sartén, uno de los más ilustres capitanes de la mosquetería; allí el vendedor de libros de la Costanilla de los -ngeles, hombre perito en las letras humanas; allí Cuarta y Media, cuyo fuerte pulmón hizo acallar él solo a todos los admiradores de La mojigata; allí el hojalatero de las Tres Cruces, esforzado adalid, que traía bajo la ancha capa algún reluciente y ruidoso caldero para sorprender al auditorio con sinfonías no anunciadas en el programa; allí el incomparable Roque Pamplinas, barbero, veterinario y sangrador, que con los dedos en la boca, desafiaba a todos los flautistas de Grecia y Roma; allí, en fin, lo más granado y florido que jamás midió sus armas en palenques literarios. Mi poeta quedó satisfecho después de pasar revista a su ejército, y luego dirigimos todos nuestra atención al escenario, porque la comedia había empezado. ¡Qué principio! dijo oyendo el primer diálogo entre D. Diego y Simón . ¡Bonito modo de empezar una comedia! La escena es una posada. ¿Qué puede pasar de interés en una posada? En todas mis comedias, que son muchas, aunque ninguna se ha representado, se abre la acción con un jardín corintiano, fuentes monumentales a derecha e izquierda, templo de Juno en el fondo, o con gran plaza, donde están formados tres regimientos; en el fondo la ciudad de Varsovia, a la cual se (p.161) va por un puente.. etc.. Y oiga usted las simplezas que dice ese vejete. Que se va a casar con una niña que han educado las monjas de Guadalajara. ¿Esto tiene algo de particular? ¿No es acaso lo mismo que estamos viendo todos los días? Con estas observaciones, el endiablado poeta no me dejaba oír la función, y yo, aunque a todas sus censuras contestaba con monosílabos de la más humilde aquiescencia, hubiera deseado que callara con mil demonios. Pero era preciso oírle; y cuando aparecieron doña Irene y doña Paquita, mi amigo y jefe no pudo contener su enfado, viendo que atraían la atención dos personas, de las cuales una era exactamente igual a su patrona, y la otra no era ninguna princesa, ni senescala, ni canonesa, ni landgraviata, ni archidapífera de país ruso o mongol. ¡Qué asuntos tan comunes! ¡Qué bajeza de ideas! exclamaba de modo que le pudieran oír todos los circunstantes . ¿Y para esto se escriben comedias? ¿Pero no oye Vd. que esa señora está diciendo las mismas necedades que diría doña Mariquita o doña Gumersinda, o la tía Candungas? Que si tuvo un pariente obispo, que si las monjas educaron a la niña sin artificios ni embelecos; que la muy piojosa se casó a los 19 con D. Epitafio; que parió veintidós hijos.. así reventara la maldita vieja. Pero oigamos dije yo, sin poder aguantar las importunidades del caudillo , y luego nos burlaremos de Moratín. Es que no puedo sufrir tales despropósitos continúo . No se viene al teatro para ver lo que a todas horas se ve en las calles y en casa de cada quisque. Si esa señora en vez de hablar de sus partos, entrase echando pestes contra un general enemigo porque le mató en la guerra sus veintiún hijos, dejándole sólo el veintidós, que está aún en la mamada, y lo trae para que no se lo coman los sitiados, que se mueren de hambre, la acción tendría interés, y ya estaría el público con las manos desolladas de tanto palmoteo.. Amigo Gabriel, es preciso protestar con fuerza. Golpeemos el suelo con los pies y los bastones, demostrando nuestro cansancio e impaciencia. Ahora (p.162) bostecemos abriendo la boca hasta que se disloquen las quijadas, y volvamos la cara hacia atrás, para que todos los circunstantes, que ya nos tienen por literatos, vean que nos aburrimos de tan sandia y fastidiosa obra. Dicho y hecho; comenzamos a golpear el suelo, y luego bostezamos en coro, diciéndonos unos a otros; ¡qué fastidio!.. ¡qué cosa tan pesada!.. ¡mal empleado dinero!.. y otras frases por el mismo estilo, que no dejaban de hacer su efecto: los del patio imitaron puntualísimamente nuestra patriótica actitud. Bien pronto un general murmullo de impaciencia resonó en el ámbito del teatro. Pero si había enemigos, no faltaban amigos, desparramados por lunetas y aposentos, y aquéllos no tardaron en protestar contra nuestra manifestación, ya aplaudiendo ya mandándonos callar con amenazas y juramentos, hasta que una voz fuertísima, gritando desde el fondo del patio; ¡afuera los chorizos!, provocó ruidosa salva de aplausos, y nos impuso silencio. El poetastro no cabía en su pellejo de indignación. Siguió haciendo observaciones, conforme avanzaba la pieza, y decía: Ya, ya sé lo que va a resultar aquí. Ahora resulta que doña Paquita no quiere al viejo, sino a un militarito, que aún no ha salido, y que es sobrino del cabronazo de don Diego. Bonito enredo.. Parece mentira que esto se aplauda en una nación culta. Yo condenaba a Moratín a galeras, obligándole a no escribir más vulgaridades en toda su vida. ¿Te parece, Gabrielito, que esto es comedia? Si no hay enredo, ni trama, ni sorpresa, ni confusiones, ni engaños, ni quid pro quo, ni aquello de disfrazarse un personaje para hacer creer que es otro, ni tampoco aquello de que salen dos insultándose como enemigos, para después percatarse de que son padre e hijo.. Si ese D. Diego cogiera a su sobrino y matándolo bonitamente en la cueva, preparara un festín e hiciera servir a su novia un plato de carne de la víctima, bien condimentado con especias y hoja de laurel, entonces la cosa tendría alguna malicia.. ¿Y la niña por qué disimula? ¿No sería más dramático que se negase a casarse (p.163) con el viejo, que le insultara llamándole tirano, o le amenazara con arrojarse al Danubio, o al Don, si osaba tocar su virginidad..? Estos poetas nuevos no saben inventar argumentos bonitos, sino estas majaderías con que engañan a los bobos, diciéndolos que son conformes a las reglas. -nimo, compañeros, prepararse todo el mundo. Pronunciemos frases coléricas y finjamos disputar en corro, diciendo unos que esta obra es peor que La mojigata, y otros que aquélla era peor que ésta. El que sepa silbar con los dedos, hágalo ad libitum, y patadas a discreción. Apostrofar a doña Irene cuando se retire de la escena, llamándola cada cual como le ocurra. Dicho y hecho: conforme a las terminantes órdenes de nuestro jefe, armamos una espantosa grita al finalizar el acto primero. Como los amigos del autor protestaron contra nosotros, exclamamos ¡afuera la polaquería! y enardecidos los dos bandos por el calor de la porfía, se cruzaron más duros apóstrofes, entre el discorde gritar de la cazuela y el patio. El acto segundo no pasó más felizmente que el primero; y por mi parte, ponía gran atención al diálogo, porque la verdad era, con perdón sea dicho del poeta mi amigo, que la comedia me parecía muy buena, sin que yo acertara a explicarme entonces en qué consistían sus bellezas. La obstinación de aquella doña Irene, empeñada en que su hija debía casarse con Don Diego porque así cuadraba a su interés, y la torpeza con que cerraba los ojos a la evidencia, creyendo que el consentimiento de su hija era sincero, sin más garantía que la educación de las monjas; el buen sentido del don Diego, que no las tenía todas consigo respecto a la muchacha, y desconfiaba de su remilgada sumisión; la apasionada cortesanía de D. Carlos, la travesura de Calamocha, todos los incidentes de la obra, lo mismo los fundamentales que los accesorios, me cautivaban, y al mismo tiempo descubría vagamente en el centro de aquella trama un pensamiento, una intención moral, a cuyo desarrollo estaban sujetos todos los movimientos pasionales de los personajes. (p.164) Sin embargo, me cuidaba mucho de guardar para mí estos raciocinios, que hubieran significado alevosa traición a la ilustre hueste de silbantes, y fiel a mis banderas no cesaba de repetir con grandes aspavientos: «¡Qué cosa tan mala!.. ¡Parece mentira que esto se escriba!.. Ahí sale otra vez la viejecilla.. Bien por el viejo ñoño.. ¡Qué aburrimiento! ¡Miren la gracia!», etc., etc. El segundo acto pasó, como el primero, entre las manifestaciones de uno y otro lado; pero me parece que los amigos del poeta llevaban ventaja sobre nosotros. Fácil era comprender que la comedia gustaba al público imparcial y que su buen éxito era seguro, a pesar de las indignas cábalas, en las cuales tenía yo también parte. El tercer acto fue sin disputa el mejor de los tres: yo le oí con religioso respeto, y luchando con las impertinencias de mi amigo el poeta, que en lo mejor de la pieza creyó oportuno desembuchar lo más escogido de sus disparates. Hay en el dicho acto tres escenas de una belleza incomparable. Una es aquella en que doña Paquita descubre ante el buen D. Diego las luchas entre su corazón y el deber impuesto por una hipócrita conformidad con superiores voluntades: otra es aquella en que intervienen D. Carlos y don Diego, y se desata, merced a nobles explicaciones, el nudo de la fábula; y la tercera es la que sostienen del modo más gracioso D. Diego y doña Irene, aquél deseando dar por terminado el asunto del matrimonio, y ésta interrumpiéndole a cada paso con sus importunas observaciones. No pude disimular el gusto que me causó esta escena, que me parecía el colmo de la naturalidad, de la gracia y del interés cómico; pero el poeta me llamó al orden injuriándome por mi deserción del campo chorizo. Perdone Vd. le dije me he equivocado. Pero ¿no cree Vd. que esa escena no está del todo mal? ¡Cómo se conoce que eres novato, y en la vida has compuesto un verso! ¿Qué tiene esa escena de extraordinario, ni de patético, ni de historiográfico..? Es que la naturalidad.. Parece que ha visto uno en el mundo lo que el (p.165) poeta pone en escena. Cascaciruelas: pues por eso mismo es tan malo. ¿Has visto que en Federico II, en Catalina de Rusia, en La esclava de Negroponto y otras obras admirables, pase jamás nada que remotamente se parezca a las cosas de la vida? ¿Allí no es todo extraño, singular, excepcional, maravilloso y sorprendente? Pues por eso es tan bueno. Los poetas de hoy no aciertan a imitar a los de mi tiempo, y así está el arte por los mismos suelos. Pues yo, con perdón de Vd. dije creo que.. la obra es malísima, convengo; y cuando Vd. lo dice, bien sabido se tendrá por qué. Pero me parece laudable la intención del autor que se ha propuesto aquí, según creo, censurar los vicios de la educación que dan a las niñas del día, encerrándolas en los conventos, y enseñándolas a disimular y a mentir.. Ya lo ha dicho D. Diego: las juzgan honestas, cuando les han enseñado el arte de callar, sofocando sus inclinaciones, y las madres se quedan muy contentas cuando las pobrecillas se prestan a pronunciar un sí perjuro, que después las hace desgraciadas. ¿Y quién le mete al autor en esas filosofías? dijo el pedante . ¿Qué tiene que ver la moral con el teatro? En El mágico de Astracán, en A España, dieron blasón las Asturias y León, y Triunfos de don Pelayo, comedias que admira el mundo, ¿has visto acaso algún pasaje en que se hable del modo de educar a las niñas? Yo he oído o leído en alguna parte que el teatro sirve de entretenimiento y de enseñanza. ¡Patarata! Además, el Sr. Moratín se va a encontrar con la horma de su zapato por meterse a criticar la educación que dan las señoras monjas. Ya tendrá que habérselas con los reverendos obispos y la santa Inquisición ante cuyo tribunal se ha pensado delatar El sí, y se delatará, sí, señor. Vea Vd. el final dije atendiendo a la tierna escena en que D. Diego casa a los dos amantes, bendiciéndoles con cariño de un padre. ¡Qué desenlace tan desabrido! Al menos lerdo se le ocurre que D. Diego debe casarse con doña Irene. ¡Hombre! ¿D. Diego con doña Irene? Si él es una persona (p.166) discreta y seria, ¿cómo va a casarse con esa vieja fastidiosa? ¿Qué entiendes tú de eso, chiquillo? exclamó amostazado el pedante . Digo que lo natural es que D. Diego se case con doña Irene, D. Carlos con Paquita, y Rita con Simón. Así quedaría regular el fin, y mucho mejor si resultara que la niña era hija natural de D. Diego y D. Carlos hijo espúreo de doña Irene, que le tuvo de algún rey disfrazado, comandante del Cáucaso o bailío condenado a muerte. De este modo tendría mucho interés el final, mayormente si uno salía diciendo; ¡padre mío!, y otro ¡madre mía!, con lo cual después de abrazarse, se casaban para dar al mundo numerosa y masculina sucesión. Vamos, que ya se acaba. Parece que el público está satisfecho dije yo. Pues apretar ahora, muchachos. Manos a la boca. La comedia es pésima, inaguantable. La consigna fue prontamente obedecida. Yo mismo, obligado por la disciplina, me introduje los dedos en la boca y.. ¡Sombra de Moratín! ¡Perdón mil veces..! No lo quiero decir: que comprenda el lector mi ignominia y me juzgue. Pero nuestra mala estrella quiso que la mayor parte del público estuviese bien dispuesta en favor de la comedia. Los silbidos provocaron una tempestad de aplausos, no sólo entre la gente de los aposentos y lunetas, sino entre los de la cazuela y tertulia. El justiciero pueblo que nos rodeaba, y que en su buen instinto artístico comprendía el mérito de la obra, protestó contra nuestra indigna cruzada, y algunos de los más ardientes de la falange se vieron aporreados de improviso. Lo que tengo más presente es la mala aventura que ocurrió al alumno de Apolo en aquella breve batalla por él provocada. Usaba un sombrero tripico, de dimensiones harto mayores que las proporcionadas a su cabeza, y en el momento en que se volvía para contestar a las injurias de cierto individuo, una mano vigorosa, cayendo a plomo sobre aquella prenda hiperbólica, se la hundió hasta que las puntas descansaron sobre los hombros. En esta actitud estuvo el infeliz manoteando un rato, incapaz para sacar a luz su cabeza del (p.167) tenebroso recinto en que había quedado sepultada. Por fin, los amigos le sacamos con gran esfuerzo el sombrero, y él echando espumarajos por la boca, juró tomar venganza tan sangrienta como pronta; pero no pasó de aquí su furor, porque todos los circunstantes se reían de él, y a ninguno se dirigió para vengarse. Le sacamos a la calle, donde se serenó algún tanto, y nos separamos, prometiendo juntarnos otra vez al día siguiente en el mismo sitio. Tal fue el estreno de El sí de las niñas. Aunque la primera tarde fuimos derrotados, aún había esperanzas de hundir la obra en la segunda o tercera representación. Se sabía que el ministro Caballero la desaprobaba, jurando castigar a su autor, y esto daba esperanza al partido de los silbantes, que ya veían a Moratín en poder del Santo Oficio, con coroza de sapos, sambenito y soga al cuello. Pero la segunda tarde vinieron de un golpe a tierra las ilusiones de los más ardientes anti Moratinistas, porque la presencia del Príncipe de la Paz impuso silencio a las chicharras, y nadie osó formular demostraciones de desagrado. Desde entonces, el autor de El sí, a quien se dijo que la conspiración había sido fraguada en el cuarto de mi ama, interrumpió la tibia amistad que con ésta le unía. La González pagó este desvío con un cordial aborrecimiento.
Ep-2-III Contado este suceso, muy anterior a los que son objeto del presente libro, empezaré mi narración, la cual irá al compás de ciertos hechos ocurridos en el Otoño de 1807, año que en la mente de los madrileños quedó marcado con el recuerdo de la famosa conspiración de El Escorial. No quiero escribir una palabra más, sin daros a conocer a una persona que desde aquellos días ocupó lugar privilegiado en mi corazón, siendo a la vez como se verá por este relato, lección viva de mi existencia, pues la enseñanza que de su conocimiento me provino contribuyó de un modo poderoso a formar mi carácter. Todas las ropas de teatro y de calle que usaba mi ama, eran confeccionadas por una costurera de la calle de Cañizares, excelente y honradísima (p.168) mujer, joven aún, aunque desmejorada por el trabajo, discreta y afable, en tales términos que por entre la corteza de su malestar presente parecían distinguirse nacimiento y condición muy superiores. Esto no era más que apariencia, pero a la citada persona le pasaba lo contrario de lo que a otros pasa, y es que son nobles sin parecerlo. Doña Juana, que éste era el nombre de aquella santa mujer, tenía una hija llamada Inés, de quince años de edad, la cual le ayudaba en sus tareas, con más solicitud de la que podía esperarse de su delicado organismo y edad temprana. Enaltecía a esta muchacha, además de las gracias de su persona, un buen sentido, cual no he visto jamás en criaturas de su mismo sexo ni aun del nuestro, amaestrado ya por los años. Inés tenía el don especialísimo de poner todas las cosas en su verdadero lugar, viéndolas con luz singular y muy clara, concedida a su privilegiado entendimiento, sin duda para suplir con ella la inferioridad que le negó la fortuna. No he visto en mi larga vida otra muchacha que a aquella se asemejase, y estoy seguro de que a muchos parecerá este tipo invención mía, pues no comprenderán que haya existido, entre las infinitas hijas de Eva, una tan diferente de las demás. Pero créanlo bajo mi palabra honrada. Si ustedes hubieran conocido a Inés, y notado la imperturbable serenidad de su semblante, imagen del espíritu más tranquilo, más equilibrado, más claro, más dueño de sí mismo que ha animado el corporal barro, no pondrían en duda lo que digo. Todo en ella era sencillez, hasta su hermosura, no a propósito para despertar mundano entusiasmo amoroso, sino semejante a una de esas figuras simbólicas, que no están materialmente representadas en ninguna parte; pero que vemos con los ojos del alma, cuando las ideas agitándose en nuestra mente, pugnan por vestirse de formas visibles en la oscura región del cerebro. Su lenguaje era también la misma sencillez; jamás decía cosa alguna que no me sorprendiese como la más clara y expresiva verdad. Sus razones trayéndome al (p.169) sentido equitativo y templado de todas las cosas, daban a mi entendimiento un descanso, un aplomo, de que carecía obrando por sí mismo. Puedo decir comparando mi espíritu con el de Inés, y escudriñando la radical diferencia entre uno y otro, que el de ella tenía un centro y el mío no. El mío divagaba llevado y traído por impresiones diversas, por sentimientos contradictorios y repentinos: mis facultades eran como meteoros errantes que tan pronto brillan como se oscurecen, tan pronto marchan como chocan, según la influencia recibida de superiores cuerpos; mientras las suyas eran un completo y armónico sistema planetario, atraído, puesto en movimiento y calentado por el gran sol de su pura conciencia. Alguien se burlará de estas indicaciones psicológicas, que yo quisiera fuesen tan exactas como las concibe mi oscura inteligencia: alguien encontrará digna de risa la presentación de semejante heroína, y harán mil aspavientos al ver que he querido hacer una irrisoria Beatrice con los materiales de una modistilla; pero estas burlas no me importan, y sigo. Desde que conocí a Inés, la amé del modo más extraño que pueden ustedes imaginar: una viva inclinación arrastraba mi corazón hacia ella: pero esta inclinación era como el culto que tributamos a una superioridad indiscutible, como la fe que nos ocupa sublimando lo más noble de nuestro ser; pero dejando libre una parte de él para las pasiones del mundo. Así es, que sin dejar de ser Inés para mí la primera de todas las mujeres, yo creía poder amar a otras con amor apropiado a las circunstancias de cada momento de la vida. Yo he observado que los que se consagran a un ideal, casi nunca lo hacen por entero, dejan una parte de sí mismos para el mundo, a que están unidos, aunque sólo sea por el suelo que pisan. Hago esta observación fastidiosa por si contribuye a esclarecer el peculiar estado de mi alma ante tan noble criatura. ¡Y era una modista; una modistilla! Reíd si os place. El tercer individuo de aquella honesta familia era el padre Celestino Santos del Malvar, hermano del difunto (p.170) esposo de doña Juana, tío por lo tanto de Inés, clérigo desde su mocedad, varón simplísimo y benévolo, pero el más desgraciado de su clase, pues no tenía rentas, ni capellanía, ni beneficio alguno. Su modestia, su buena fe y su candor inagotable fueron sin duda parte a tenerle en la miseria por tanto tiempo; y él, aunque era un gran latino, jamás pudo conseguir colocación alguna. Pasaba la vida escribiendo memoriales al Príncipe de la Paz, de quien era paisano y fue allá en la niñez amigo; mas ni el Príncipe ni nadie le hacía caso. Cuando Godoy subió al Ministerio prometiole una canonjía o ración, y en la época de este relato hacía catorce años que D. Celestino del Malvar estaba esperando lo prometido: mas sin que la tardanza del favor hiciese desmayar su ingenua confianza. Siempre que se le preguntaba, respondía: La semana que viene recibiré el nombramiento: así me lo ha dicho el oficial de la secretaría. De este modo pasaron catorce años, y la semana que viene no venía nunca. Siempre que yo iba a aquella casa con recados de mi ama, me detenía todo el tiempo posible, y a ella acudía también en mis ratos de ocio, gozando mucho en contemplar la apacible existencia de una familia, cuyos tres individuos tan honda simpatía habían despertado en mi corazón. Doña Juana y su hija siempre cosiendo, cosiendo con eterna aguja una tela sin fin: de esto vivían los tres, pues el padre Celestino, tocando la flauta, haciendo versos latinos, o consumiendo tinta y papel en larguísimos memoriales, no ganaba más caudal que el de sus esperanzas, siempre colocadas a interés compuesto. Nuestras conversaciones eran siempre entretenidas y amenas. Yo les contaba mi breve historia, y les hacía reír dándoles a conocer los pocos proyectos que imaginaba para lo porvenir. Nos reíamos discretamente y sin saña de la buena fe de D. Celestino, y éste después de salir a informarse de su asunto, volvía lleno de júbilo, dejaba sobre una silla el sombrero de teja y el manteo, y restregándose las manos, decía al sentarse junto a nosotros; Ahora sí (p.171) que va de veras. La semana que entra, sin falta. Me han dicho que ocurrieron ciertas dilacioncillas; pero ya están vencidas, a Dios gracias. La semana que viene, sin falta. Cierto día le dije: Usted, D. Celestino, no ha conseguido ya lo que deseaba, porque es hombre encogido y no se lanza.. pues.. no se lanza. ¿Qué es eso de lanzarse, chiquillo? me preguntó. Pues.. a mí me han dicho que hoy conviene pedir veinte para que den cinco. Además, váyase el mérito con mil demonios: lo que conviene es tener desvergüenza para meterse en todas partes, buscar la amistad de personas poderosas; en fin, hacer lo que los demás han hecho para subir a esos puestos en que son la admiración del mundo. ¡Ah, Gabriel! dijo doña Juana . Tú eres un ambiciosillo a quien alguien ha trastornado el juicio. Lo que menos crees tú es que te has de ver por ensalmo en la corte, cubierto de galones y mandando y disponiendo desde la secretaría del despacho. Justo y cabal, señora mía dije yo riendo y atento a lo que expresaba el semblante de Inés, con quien repetidas veces había hablado del mismo asunto . Aunque estoy en el mundo sin padre ni madre, ni perro que me ladre, yo creo que bien puedo esperar lo que otros han tenido sin ser más sabios que yo. De menos hizo Dios a Cañete a quien hizo de un puñete. Tú tienes disposición, Gabriel dijo gravemente don Celestino ; y mucho será que de un día para otro no te veamos convertido en personaje. Entonces no te dignarás hablarnos, ni vendrás a casa; pero hijo, es preciso que aprendas los clásicos latinos, sin lo cual no hallarás abierta ninguna de las puertas de la fortuna; y además te aconsejo que aprendas a tañer la flauta, porque la música es suavizadora de las costumbres, endulza los ánimos más agrios, y predispone a la benevolencia para con los que la manejan bien. Y si no, aquí me tienes a mí, que de seguro nada habría conseguido si de antiguo no cultivara mi entendimiento en aquellas dos divinísimas artes. No echaré en saco roto la advertencia repuse pues todos sabemos a qué debe su (p.172) encumbramiento el hombre más poderoso que hay hoy en España después del Rey. ¡Calumnias! exclamó irritado el sacerdote . Mi paisano, amigo y mecenas, el señor Príncipe de la Paz, debe su elevación a su gran mérito, y a su sabiduría y tacto político, y no a supuestas habilidades en la guitarra y las castañuelas, como dice el estólido vulgo. Sea lo que quiera añadí yo , lo cierto es que ese hombre, de humildísimo guardia ha subido a cuanto hay que subir. Bien claro está. Pues no dudes que tú harás otro tanto dijo con ironía doña Juana . De hombres se hacen los obispos, como dijo el otro. Verdad es repuse siguiendo la broma y juro que he de hacer a D. Celestino arzobispo de Toledo. Alto allá dijo el clérigo seriamente . No aceptaré yo un cargo para el que me reconozco sin méritos. Bastante tendré yo con una capellanía de Reyes Nuevos o el arcedianato de Talavera. Así siguió entre veras y burlas la conversación, hasta que saliendo de la salita doña Juana y el buen presbítero, nos dejaron solos a Inés y a mí. Cómo se ríen de mis proyectos, niñita mía le dije . Pero tú comprenderás que un muchacho como yo no debe contentarse con servir a cómicos por toda su vida. A ver: de todo lo que yo puedo ser, Dios mediante, ¿qué te gustaría más? Escoge: ¿te gustaría que fuese capitán general, príncipe coronado, con vasallos y ejército, señor de muchas tierras, primer ministro que quite y ponga los empleados a su antojo, obispo?.. No, obispo no, porque entonces no podría casarme contigo, para hacerte llevar en carroza de doce caballos.. Inés se puso e reír, como quien oye un cuento de esos cuyo chiste consiste en la magnitud de lo absurdo. Ríete de mí, pero contesta: ¿qué quieres más? Lo que quiero dijo con dulce voz y suspendiendo la costura , es verte general, primer ministro, gran duque, emperador o arzobispo; pero de tal modo que cuando te acuestes por la noche en tu colchoncito de plumas puedas decir: hoy no he hecho mal a nadie ni nadie ha muerto por mi causa. Pero reinita dije yo interesándome más cada vez (p.173) en aquel coloquio si llego a ser eso que tú dices, (pues bien podría suceder) ¿qué importa que mueran por mí o por el bien del Estado tres o cuatro prójimos que nada significan en el mundo? Bueno repuso ella , pero que los maten otros. Si tú llegas a ser eso que has dicho, y para mantenerte en un puesto que no mereces, necesitas sacrificar a muchos desgraciados, buen provecho te haga. ¡Qué escrupulosa eres, Inesilla! dije . Si te hiciera caso, mi vida se encerraría entre cuatro paredes. ¿Qué es eso de sacrificar desgraciados? Yo voy a mi negocio, y los demás.. como yo no he de matar a nadie. Y sobre todo, si hago daño a alguno serán tantos los que reciban beneficios de mi mano, que todo quedará compensado y mi conciencia en santa paz. Veo que tú no te entusiasmas como yo, ni piensas lo que yo pienso. ¿Quieres que te sea franco? Pues oye. A mí se me ha metido en la cabeza que cuando tenga más años, he de ocupar una posición.. qué sé yo.. me mareo pensando en esto. No te puedo decir ni cómo he de llegar a ella, ni quién me dará la mano para subir de un salto tantos escalones; pero ello es que yo cavilo en esto, y me figuro que ya me estoy viendo elevado a la más alta dignidad por una dama poderosa que me haga su secretario, o por un joven que me crea listo para ayudarle en sus asuntos..; no te enfades, chiquilla, que cuando tales cosas se ocurren y uno tiene la cabeza llena a todas horas de los mismos pensamientos, al fin tiene que salir cierto, como éste es día. Inés no se enfadaba, sino que reía. Después marcando con su aguja el compás gramatical de su discurso me dijo: Pues mira: si tú hubieras nacido en cuna de príncipes, no te digo que no. Pero has de saber que si tú, que eres un pobrecillo hijo de pescadores y no tienes más ciencia que leer mal y escribir peor, llegas a ser hombre ilustre y poderoso, no porque saques talento y sabiduría, sino porque a una señora caprichosa o a un vejete rico se le ocurra protegerte, como a otros muchos de quienes cuentan maravillas; has de saber, digo, que tan fácilmente como (p.174) subas volverás a caer, y hasta los sapos se reirán de ti. (p.175) Eso será lo que Dios quiera respondí . Caeremos o no: pues aunque ignorantes, no nos faltará nuestra gramática parda. ¡Qué necio eres! Mira a mí me han dicho.. no, nadie me lo ha dicho: pero lo sé.. que en el mundo al fin y al cabo, pasa siempre lo que debe pasar. Reinita dije , en eso te equivocas, porque nosotros deberíamos ser ricos, y no lo somos. Todos creerán lo mismo, hijito, y es preciso que alguno esté equivocado. Pues bien: todas las cosas del mundo concluyen siempre como deben concluir. No sé si me explico. Sí te entiendo. A mí me han dicho.. no, no me lo han dicho: lo sé desde hace mil años.. yo sé que en el mundo todo lo que pasa es según la ley.. porque, chiquillo, las cosas no pasan porque a ellas les da la gana, sino porque así está dispuesto. Las aves vuelan y los gusanos se arrastran, y las piedras se están quietas, y el sol alumbra, y las flores huelen, y los ríos corren hacia abajo y el humo hacia arriba, porque así es su regla.. ¿me entiendes? Lo que es eso todos lo sabemos respondí menospreciando la ciencia de Inesilla. Bien, muchacho continuó la profesora: ¿crees tú que una tortuga puede volar, aunque esté meneando toda la vida sus torpes patas? No, seguramente. Pues tú pensando en ser hombre ilustre y poderoso, sin ser noble, ni rico, ni sabio, eres como una tortuga que se empeñara en subir volando al pico más alto de Guadarrama. Pero, reina y emperatriz dije yo , si no pienso subir solo, sino que pienso encontrar, como otros que yo me sé, una personita que me suba en un periquete. Hazme el favor de decirme cuál era la sabiduría y riqueza del otro, cuando le hicieron duque y generalísimo. Pero, señor duquillo contestó ella jovialmente , si esa personita le sube a Vd. será como si un águila o buitre cogiera por su concha a la tortuga para llevársela por los aires. Sí, te levantará: pero cuando estés arriba, el pájaro que no va a estarse toda la vida con tanto peso en las patas, te dirá: «Ahora, niño mío, mantente solo». Tú moverás (p.176) las patucas, pero como no tienes alas, pataplús, caerás en el suelo haciéndote mil pedazos. ¡Qué tonta eres! dije con petulancia . Eso pasa en las cosas que se ven y se tocan; pero, chica, lo que se piensa y lo que se siente es otro mundo aparte. ¿Qué tiene que ver una cosa con otra? Estás lucido, sí repuso Inés . Todo debe ser así mismamente. Cuando tú quieres a una persona o cuando la aborreces, no es porque se te antoje. ¡Ay!, chico: el corazón tiene también.. pues.. su ley, y todo lo que pensamos con nuestra cabecita, va según lo que debe ser y está mandado. ¿Pero di, chiquilla, de dónde sabes tú todo eso? le pregunté. ¿Pero esto es saber? respondió con naturalidad . Pues esto lo sabes tú y todos. De veras te digo que se me ocurrió cuando estabas hablando, y que jamás había pensado en tales cosas. ¡Picarona! Cuando menos, tienes escondido un rimero de libros, con los cuales te vas a hacer doctora por Salamanca. No, hijito; no he leído más libros, fuera de los de devoción, que D. Quijote de la Mancha. ¿Ves? A ti te va a pasar algo de lo de aquel buen señor: sólo que aquél tenía alas para volar, ¡pobrecillo!, lo que le faltaba era aire en que moverlas. Inesilla no dijo más. Yo callé también, porque a pesar de mi petulancia, no pude menos de comprender, que las palabras de mi amiga encerraban profundo sentido. ¡Y la que así hablaba era una modistilla! Ridete cives. Lo que yo sé dije al fin, sintiendo en mí un vivo arrebato de afecto es que te quiero, que te amo, que te adoro, que me subyugas y dominas como a un papanatas, que eres una divinidad, y que juro no hacer cosa alguna sin consultarte. Adiós, reinita: mañana te diré lo que se me ocurra esta noche. Quién sabe, quién sabe, si llegaremos a ser.. ¿Por qué no? Es preciso estar dispuesto, porque la escalera de los honores es penosa, y si uno se rompe la crisma, como dices.. Siempre quedará la del cielo me dijo inclinando otra vez la cabeza sobre la costura. Tienes cosas que me hacen estremecer. Adiós, Inesilla, luz y pensamiento mío. Dicho esto, me despedí de ella y (p.177) salí. Al abandonar la casa la sentí cantar, y su armoniosa voz se mezclaba en extraña disonancia con los ecos de la flauta que tañía en lo interior de la morada el buen D. Celestino. Siempre que salía de allí, mi espíritu experimentaba un reposo, una estabilidad, no sé cómo expresarlo, una frescura, que luego destruía el trato con personas de diversa condición. De esto hablaré en seguida; mas ante todo me cumple manifestar que Inesilla tenía razón al burlarse de mis locos proyectos. Es el caso que como a todas horas oía hablar de personajes nulos, a quienes el cortesano elevó a honrosas alturas sin mérito alguno, se me antojó que la Providencia me reservaba, como en compensación de mi orfandad y pobreza, una de aquellas repentinas y escandalosas mudanzas que por entonces ocurrían en nuestra España; y de tal modo se encajó en mi cerebro semejante idea, que llegó a ser artículo de fe. Me hallaba por más señas en la edad en que somos tontos. No todos poseen el don de saber las cosas desde hace mil años, como Inesilla. Ahora verán Vds. la serie de circunstancias que llevaron mi necia credulidad al último extremo. Para esto tengo que dar a conocer a otras personas, a quienes espero recibirá el lector con gusto. Hablemos, pues, de teatros.
Ep-2-IV El del Príncipe estaba ya reconstruido en 1807 por Villanueva, y la compañía de Máiquez trabajaba en él, alternando con la de ópera, dirigida por el célebre Manuel García; mi ama y la de Prado eran las dos damas principales de la compañía de Máiquez. Los galanes secundarios valían poco, porque el gran Isidoro, en quien el orgullo era igual al talento, no consentía que nadie despuntara en la escena, donde tenía el pedestal de su inmensa gloria y no se tomó el trabajo de instruir a los demás en los secretos de su arte, temiendo que pudieran llegar a aventajarle. Así es que alrededor del célebre histrión todo era mediano. La Prado, mujer de Máiquez, y mi ama alternaban en los papeles de primera dama, desempeñando aquélla el de Clitemnestra, en el Orestes, el de Estrella en (p.178) Sancho Ortiz de las Roelas y otros. La segunda se distinguía en el de doña Blanca, de García del Castañar, y en el de Edelmira (Desdémona), del Otello. La compañía de ópera era muy buena. Además de Manuel García, que era un gran maestro, cantaban su mujer Manuela Morales, un italiano llamado Cristiani, y la Briones. De esta mujer, que era concubina de Manuel García, nació el año siguiente el portento de las virtuosas, la reina de las cantantes de ópera, Mariquita Felicidad García, conocida en su tiempo por la Malibrán. Figúrense ustedes, señores míos, si estaría yo divertido con representación o música por tarde y noche, asistiendo gratis, aunque por dentro y en sitios donde se pierde parte de la ilusión, a las funciones más bonitas y más aplaudidas que se celebraban en Madrid; rozándome con guapísimas actrices, y familiarizado con los hombres que hacían reír o llorar a la corte entera. Y no piensen ustedes que sólo alternaba con los cómicos; gente que entonces no era considerada como la nata de la sociedad; también me veía frecuentemente en medio de personajes muy ilustres, de los que menudeaban en los vestuarios; no faltando en tales sitios alguna dama tan hermosa como linajuda de las que no desdeñaban de ensuciar su guardapiés con el polvo de los escenarios. Precisamente voy a contar ahora cómo mi ama tenía relaciones de íntima amistad con dos señoras de la corte, cuyos títulos nobiliarios, de los más ilustres y sonoros que desde remoto tiempo han exornado nuestra historia, me propongo callar por temor a que pudieran enojarse las familias que todavía los llevan. Estos títulos, que recuerdo muy bien, no serán escritos en este papel; y para designar a las dos hermosas mujeres emplearé nombres convencionales. Recuerdo haber visto por aquel tiempo en la fábrica de Santa Bárbara un hermoso tapiz en que estaban representadas dos lindas pastoras. Habiendo preguntado quiénes eran aquellas simpáticas chicas, me dijeron: «Estas son las dos hijas de Artemidoro: Lesbia y Amaranta». He aquí dos nombres que (p.179) vienen de molde para mi objeto, amado lector. Haz cuenta que siempre que diga Lesbia, quiero significar a la duquesa de X, y cuando ponga Amaranta, a la condesa de X. Con este sistema quedan a salvo todos los títulos nobiliarios de aquellas dos diosas de mi tiempo. En cuanto a su hermosura, todo lo que mi descolorida pluma pueda expresar será poco para describirlas, porque eran encantadoras, especialmente la condesa de.. digo, Amaranta. Ambas tenían gusto muy refinado por las artes, protegían a los pintores, aplaudían y obsequiaban a los cómicos, ponían bajo su patrocinio las primeras representaciones de la obra de algún poeta desvalido, coleccionaban tapices, vasos y cajas de tabaco, introducían y propagaban las más vistosas modas de la despótica París, se hacían llevar en litera a la Florida, merendaban con Goya en el Canal, y recordaban con tristeza la trágica muerte de Pepe Hillo, acontecida en 1803. Nada tiene de extraño, pues, que su misma vida, la tumultuosa ansiedad de novedades y fuertes impresiones que las dominaba, fuesen parte a lanzarlas en un dédalo de aventuras, tales como las que voy a contar. Las pobrecillas no sabían otra cosa, y puesto que habían perdido cuanto la rancia educación española pudo haberlas dado, sin adquirir nada que llenase este vacío, no debemos culparlas acerbamente. Alguno quizás las culpe, y con razón aunque por otras cosas; pero ¡ay!, eran.. lindísimas. Una tarde mi ama salió de muy mal humor del teatro. Isidoro la había reprendido no sé por qué, y aquí debo advertir que el sublime actor trataba a sus subalternos como si fueran chiquillos de escuela. Al llegar Pepita a su casa me dijo: Prepara todo, que vendrán a cenar las señoras Lesbia y Amaranta. El preparar todo, consistía en azotar un poco los muebles de la sala para limpiar el polvo, o mejor dicho, para que el polvo variara de sitio; en echar aceite en los velones; en comprar la prima para la guitarra si le faltaba; en llamar a D. Higinio para que afinase el clave; limpiar las cornucopias; ir por nueva remesa de pomada a la Marechala, etc., (p.180) etcétera. En cuanto a la cena, venía hecha de una repostería. Di cumplimiento a estos encargos, y pedí nuevas órdenes; pero mi ama estaba de muy mal humor, y sin hacer caso de lo que le decía, me preguntó: ¿No te dijo si venía esta noche? ¿Quién? pregunté. Isidoro. No, señora, no me ha dicho nada. Como hablaba contigo al concluir la representación.. Fue para decirme, que si volvía a enredar entre bastidores, mientras él representaba, me mandaría desollar vivo. ¡Qué genio! Le convidé para venir y no me contestó. Después de esto no dijo más, y con ademán triste y sombrío se encerró en su cuarto con la criada para cambiar de vestido. Seguí preparando todo, y al poco rato apareció mi ama. ¿Qué hora es? preguntó. Las nueve acaban de dar en el reloj de la Trinidad. Me parece que siento ruido en el portal dijo con mucha ansiedad. La señora se equivoca. ¿De modo, que él no te dijo terminantemente si venía o no venía? ¿Quién, Isidoro? No señora; nada me dijo. Como tiene ese genio tan.. ya ves que incomodado estaba esta tarde. Sin embargo, yo creo que vendrá. Le convidé ayer, y aunque no me dijo una palabra.. él es así. Al decir esto, mostraba en su semblante una inquietud, una agitación, una zozobra, que eran señales de las más vivas emociones de su alma. ¿A qué tanto interés por la asistencia de Isidoro, persona a quien diariamente veía en el teatro? Después examinó la sala, por ver si faltaba algo, y se sentó aguardando la llegada de sus convidados. Al fin sentimos abrir la puerta de la calle, y pasos de hombre sonaron en la escalera. Es él dijo mi ama, levantándose de un salto y andando con cierto atolondramiento por la habitación. Yo corrí a abrir, y un instante después el gran actor entró en la sala. Isidoro era un hombre de treinta y ocho años, de alta estatura, actitud indolente, semblante pálido, y con tal expresión en éste y en la mirada, que observado una vez, su imagen no se borraba nunca de la memoria. Aquella noche traía un traje verde oscuro, con pantalón de ante y botas polonesas, prendas todas de (p.181) irreprensible elegancia que usaba con más propiedad que ninguno. Su vestir era un modo de ser propio y personal; él constituía por sí una especie de moda, y no se podía decir que se sometiera; cual dócil lechuguino, al uso común. En otros infringir las reglas habría sido ridículo; pero en él infringirlas era lo mismo que modificarlas o crearlas de nuevo. Ya os lo daré a conocer más adelante como actor. Por ahora podréis conocer algunos rasgos de su carácter como hombre. Al entrar se arrojó sobre un sillón sin saludar a mi ama más que con una de esas fórmulas familiares e indiferentes que se emplean entre personas acostumbradas a verse con frecuencia. Por un buen ato permaneció sin decir nada, tarareando un aria con la vista fija en las paredes y el techo, y sin dejar de golpearse la bota con el bastón. Salí de la sala a traer no sé qué cosa, y al volver oí a Isidoro que decía: ¡Qué mal has representado esta tarde, Pepilla! Observé que mi ama, turbada como una chicuela ante el fiero maestro de escuela, no supo contestar más que con trémulas frases a aquella brusca reprensión. Sí continuó Isidoro ; de algún tiempo a esta parte estás desconocida. Esta tarde todos los amigos se han quejado de ti y te han llamado fría, torpe.. Te equivocabas a cada instante, y parecías tan distraída que era preciso que yo te llamara la atención para que salieras de tu embobamiento. Efectivamente, según oí entre bastidores aquella tarde, mi ama había estado muy infeliz en su papel de Blanca, en García del Castañar. Todos los amigos estaban admirados, considerando la perfección con que la actriz había desempeñado en otras ocasiones papel tan difícil. Pues no sé respondió mi ama con voz conmovida . Yo creo que he representado esta tarde lo mismo que las demás. En algunas escenas sí; pero en las que dijiste conmigo, estuviste deplorable. Parece que habías olvidado el papel, o que trabajabas de mala gana. En la escena de nuestra salida recitaste tu soneto como una cómica de la legua que representa en Barajas o en Cacabelos. Al decirme: No (p.182) quieren más las flores al rocío que en los fragantes vasos el sol bebe.. tu voz temblaba como la de quien sale por primera vez a las tablas.. me diste la mano y la tenías ardiendo, como si estuvieras con calentura.. te equivocabas a cada momento, y parecías no hacer maldito caso de que yo estaba en la escena. ¡Oh, no.. pero te diré! El mismo miedo de hacerlo mal. Temía que te enfadaras, y como nos reprendes con tanta violencia cuando nos equivocamos.. Pues es preciso que te enmiendes, si quieres seguir en mi compañía. ¿Estás enferma? No. ¿Estás enamorada? ¡Oh, no, tampoco! contestó la actriz con turbación. Apuesto a que por atender demasiado a alguna persona de las lunetas, no acertabas con los versos de la comedia. No, Isidoro; te equivocas dijo mi ama afectando buen humor. Lo raro es que en las escenas que siguieron, sobre todo en la de D. Mendo, hiciste perfectamente tu papel; pero luego en el tercer acto cuando te tocó otra vez declamar conmigo, vuelta a las andadas. ¿Dije mal el parlamento del bosque? No: al contrario; recitaste con buena entonación los versos ¿Dónde voy sin aliento, cansada, sin amparo, sin intento, entre aquesta espesura? Llorad, ojos, llorad mi desventura. En la escena con la reina también estuviste muy feliz, lo mismo que en el diálogo con D. Mendo. Con qué elocuente tono exclamaste «¡tengo esposo!», y después aquello de Sí harán, porque bien o mal nacido, el más indigno marido excede al mejor galán; pero desde que salí yo y me viste.. Es lo que digo. El temor de hacerlo mal y disgustarte.. Pues me has disgustado de veras. Cuando decías: «Esposo mío, García», te hubiera dado un pescozón en medio de la escena y delante del público. Marmota, ¿no te he dicho mil veces cómo deben pronunciarse esas palabras? ¿No has comprendido todavía la situación? Blanca teme que su marido sospecha una falta. El contento que experimenta al verle, y el temor de que García dude de su inocencia, deben mezclarse en aquella frase. Tú, en vez de expresar estos sentimientos, te dirigiste a mí (p.183) como una modistilla enamorada, que se encuentra de manos a boca con su querido hortera. Luego cuando me suplicabas que te matara, lo hiciste sin lo que llamamos nosotros decoro trágico. Parecía que realmente deseabas recibir la muerte de mi mano, y hasta te pusiste de hinojos ante mí, cuando te tengo dicho terminantemente que no hagas tal cosa, sino en los pasajes en que te lo ordene. En las décimas García, guárdete el cielo, te equivocaste más de veinte veces, y cuando yo dije: ¡ay, querida esposa mía, qué dos contrarios extremos! te arrojaste en mis brazos, cuando aún no era llegada la ocasión, y yo, preocupado por el agravio recibido, no podía entregarme a halagos amorosos. Echaste a perder el final, Pepilla, desluciste la comedia y me desluciste a mí. Yo no puedo deslucirte nunca. Pues ya ves cómo no fui aplaudido esta tarde como las anteriores; y de esto tienes tú la culpa, sí, tú misma, por tus torpezas y tus tonterías. No haces caso de mis lecciones, no te esfuerzas por complacerme, y por último, me pondrás en el caso de quitarte el partido en mi compañía, poniéndote de parte de por medio o racionera, si no me obligas con tus descuidos a echarte del teatro. ¡Ay Isidoro! dijo mi ama . Yo procuro siempre hacerlo lo mejor posible para que no te enfades ni me riñas; pero tanto miedo tengo a que me reprendas que en la escena tiemblo desde que te veo aparecer. ¿Querrás creer una cosa? Pues cuando estamos representando juntos, hasta temo hacerlo demasiado bien porque si me aplauden mucho, me parece que tomo para mí una parte del triunfo que a ti sólo corresponde, y creo que has de enfadarte si no te aplauden a ti solo. Este temor, unido al que me causas cuando me amenazas por señas o me corriges con enojo me hace temblar y balbucir, y a veces no sé lo que me digo. Pero descuida que ya me enmendaré: no tendrás que echarme de tu teatro. No oí lo que siguió a estas palabras, porque salí con un velón que exhalaba mal olor; al volver noté que la conversación había variado. Isidoro permanecía en el sillón con indolencia y (p.184) mostrando un gran aburrimiento. ¿Pero no vienen tus convidados? preguntó. Es temprano. Veo que te fastidias en mi compañía contestó mi ama. No; pero la reunión hasta ahora no tiene nada de divertida. Isidoro sacó un cigarro y fumó. Debo advertir que el ilustre actor no gastaba tabaco por las narices, como todos los grandes hombres de su tiempo, Talleyrand, Metternich, Rossini, Moratín y el mismo Napoleón, que si no miente la historia por abreviar la operación de sacar y destapar la tabaquera, llevaba derramado el aromático polvo en el bolsillo del chaleco, forrado interiormente de hules; y mientras disponía los escuadrones de Jena, o durante las conferencias de Tilsitt, no cesaba de meter en el susodicho bolsillo los dedos pulgar e índice para llevarlos a la nariz cada minuto. Por esta singular costumbre dicen que el chaleco amarillo y las solapas que cubrían el primer corazón del siglo, eran una de las cosas más sucias que se han señoreado de la Europa entera. Farinelli también se atarugaba las narices entre un aria y un oratorio, y de ciertos papeles viejos que hemos visto, se desprende que el mejor regalo que podía hacer una dama enamorada, o un noble entusiasta, a cualquier músico, pintor o virtuoso italiano, era un par de arrobas de tabaco. El abate Pico de la Mirandola, Rafael Mengs, el tenor Montagnana, la soprano Pariggi, el violinista Alaí y otras notabilidades del teatro del Buen Retiro, consumieron lo mejor que venía de América en los regios galeones. Perdóneseme la digresión, y conste que Isidoro no usaba tabaco en polvo. V Las diez serían cuando solemnemente entraron las dos damas de que antes hice mención. ¡Lesbia, Amaranta! ¿Quién podrá olvidaros si alguna vez os vio? Excusado es decir que iban de incógnito, y en coche, no en litera donde fácil hubiera sido conocerlas al indiscreto vulgo. Las pobrecillas gustaban mucho de aquellas reuniones de confianza, donde hallaban desahogo sus almas comprimidas por la etiqueta. Ha de saberse que en las reuniones clásicas de familia o de palacio, en las (p.185) reuniones donde reinaba con despótico imperio la ley castiza, no ocurría cosa alguna que no fuese encaminada a producir entre los asistentes un decoroso aburrimiento. No se hablaba, ni mucho menos se reía. Las damas ocupaban el estrado, los caballeros el resto de la sala, y las conversaciones eran tan sosas como los refrescos. Si alguien tocaba el clave o la guitarra, la tertulia se animaba un poco; pero pronto volvía a reinar el más soporífero decoro. Se bailaba un minueto; entonces los amantes podían saborear las platónicas e ideales delicias que resultaban de tocarse las yemas de los dedos, y después de muchas cortesías hechas con música, volvía a reinar el decoro, que era una deidad parecida al silencio. Nada tiene de particular que algunas damas de imaginación buscaran en reuniones menos austeras pasatiempos más acordes con su naturaleza, y aquí traigo a la memoria El sí de las niñas, que censurando la hipocresía en la educación, es una general censura de la hipocresía en todas las fases de nuestras antiguas costumbres. Todo anunciaba en aquellos días una fuerte tendencia a adoptar usos un poco más libres, relaciones más francas entre ambos sexos, sin dejar de ser honradas, vida en fin, que se fundara antes en la confianza del bien, que en el recelo del mal, y que no pusiera por fundamentos de la sociedad la suspicacia y la probabilidad del pecado. La verdad es que había mucha hipocresía entonces: porque las cosas no se hicieran en público, no dejaban de hacerse, y siendo menos libres las costumbres, no por eso eran mejores. Lesbia y Amaranta entraron haciendo cortesías y gestos encantadores, que revelaban la alegría de sus corazones. Las acompañaba el tío de Amaranta, viejo marqués diplomático: pero antes de decir quién era éste, voy a referiros cómo eran ellas. La duquesa de X (Lesbia), era una hermosura delicada y casi infantil, de esas que, semejantes a ciertas flores con que poéticamente son comparadas, parece que han de ajarse al impulso del viento, al influjo de un fuerte sol, o perecer deshechas si una débil (p.186) tempestad las agita. Las que se desataron en el corazón de Lesbia no hicieron estrago alguno, al menos hasta entonces, en su belleza. Parecía haber salido el día antes del poder de las buenas madres de Chamartín de la Rosa y que aún no sabía hablar sino de los bollos del convento, de las hormigas de la regla de San Benito y de los cariños de la madre Circuncisión. ¡Pero cómo desmentía esta creencia en cuanto comenzaba a hablar la muy picarona! En su lenguaje tomaba mucha parte la risa, con tanta franqueza y tan discreta desenvoltura, que nadie estaba triste en su presencia. Era rubia, y no muy alta, aunque sí esbelta y ligera como un pajarito. Todo en ella respiraba felicidad y satisfacción de sí misma; era una naturaleza tan voluntariosa como alegre, a quien ningún extraño albedrío podía sujetar. Los que tal intentaron principiarían por enojarla, y enojarla era echarla a perder destruyendo la mitad de sus encantos. Entre las cualidades que hacían agradable el trato de Lesbia descollaba su habilidad en el arte de la declamación. Era una cómica consumada, y según conocí después, su talento sin igual para la escena no se reducía a los estrechos lienzos pintados de los teatros caseros, sino que tomaba más ancho vuelo, desplegándose en todos los actos de la vida. Siempre que se daba alguna función extraordinaria en cualquiera de las principales casas de la corte, ella hacía la mejor parte, y a la sazón Máiquez le enseñaba el papel de Edelmira en la tragedia Otello, que debía ponerse en escena en el teatro doméstico de cierta marquesa. Isidoro y mi ama estaban también designados para cooperar en aquella representación, anunciada como muy espléndida. Lesbia era casada. Tres años antes, y cuando apenas tenía diez y nueve, contrajo matrimonio con un señor duque que se pasaba el tiempo cazando como un Nemrod en sus vastas dehesas: venía alguna vez a Madrid hecho un zafiote para pedir perdón a su mujer por las largas ausencias, y jurarle que tenía el propósito de no disgustarla más, viviendo lejos de ella. Sin que nadie me lo diga, afirmo (p.187) que Lesbia se quejaría con su dulce vocecita; pero cuidando de no esforzar su queja en términos que pudieran decidir al duque a cambiar de vida. Amaranta era un tipo enteramente contrario al de Lesbia. hasta agradaba; pero Amaranta entusiasmaba. La apacible y graciosa hermosura de la primera hacía pasajeramente felices a cuantos la miraban. La belleza ideal y grandiosa de la segunda causaba un sentimiento extraño, parecido a la tristeza. Pensando en esto después, he creído que la singular estupefacción que experimentamos ante uno de estos raros portentos de la hermosura humana, consiste o en creencia de nuestra inferioridad o en la poca esperanza de poseer el afecto de una persona, que a causa de sus muchas perfecciones, será solicitada por sin número de golosos. Entre las mujeres que he visto en mi vida, no recuerdo otra que poseyera atracción tan seductora en su semblante, así es que no he podido olvidarla nunca, y siempre que pienso en las cosas acabadas y superiores, cuya existencia depende exclusivamente de la Naturaleza, veo su cara y su actitud como intachables prototipos que me sirven para mis comparaciones. Amaranta parecía tener treinta años. La gloria de haber producido a aquella mujer te pertenece en primer término a ti, Andalucía, y después a ti, Tarifa, fin de España, rincón de Europa donde se han refugiado todas las gracias del tipo español, huyendo de extranjera invasión. Con lo dicho podrán ustedes formar idea cómo era la incomparable condesa de X, alias Amaranta, y excuso descender a pormenores que ustedes podrán representarse fácilmente, tales como su arrogante estatura, la blancura de su tez, el fino corte de todas las líneas de su cara, la expresión de sus dulces y patéticos ojos, la negrura de sus cabellos y otras muchas indefinidas perfecciones que no escribo, porque no sé cómo expresarlas; calidades que se comprenden, se sienten y se admiran por el inteligente lector, pero cuyo análisis no debe éste exigirnos, si no quiere que el encanto de esas mil sutiles maravillas se disipe (p.188) entre los dedos de esta alquimia del estilo, que a veces afea cuanto toca. No conservo cabal memoria de sus vestidos. Al acordarme de Amaranta, me parece que los encajes negros de una voluminosa mantilla, prendida entre los dientes de la más fastuosa peineta, dejan ver por entre sus mil recortes e intersticios el brillo de un raso carmesí, que en los hombros y en las bocamangas vuelve a perderse entre la negra espuma de otros encajes, bolillos y alamares. La basquiña del mismo raso carmesí y tan estrecha y ceñida como el uso del tiempo exigía, permite adivinar la hermosa estatua que cubre; y de las rodillas abajo el mismo follaje negro y la cuajada y espesa pasamanería terminan el traje, dejando ver los zapatos, cuyas respingadas puntas aparecen o se ocultan como encantadores animalitos que juegan bajo la falda. Este accidente hasta llega a ser un lenguaje cuando Amaranta, atenta a la conversación, aumenta con el encanto de su palabra los demás encantos, y añade a todas las elocuencias de su persona la elocuencia de su abanico. Esto en cuanto a la condesa. Refiriéndome a Lesbia, si quiero acordarme de su vestido, todo me parece azul. Figúrensela Vds. con mantilla blanca y guarda pies azul bordado de encajes negros; y si no es cierto que estuviera así, tampoco es inverosímil que pudiera estarlo. Antes de la noche a que me refiero, había visto hasta tres veces a las dos lindas mujeres en casa de mi ama. Desde luego comprendí que una y otra eran personas muy metidas en los enredos de la corte, aunque en las clandestinas tertulias de mi casa poco dejaban traslucir. Algunas veces, sin embargo, disputaban las dos en tales términos y con tan mal disimulado ensañamiento que me pareció no existía entre ellas la mejor armonía. También mentaban de vez en cuando los negocios públicos, y a tal o cual persona de la real familia: pero en tales casos siempre daba el tema el señor marqués y tío de Amaranta, personaje que no podía estar en sosiego, si no realzaba a todas horas su personalidad, sacando a relucir a tontas y a locas los negocios (p.189) diplomáticos en que se creía muy experto. La noche a que corresponde mi narración, había asistido también el celebérrimo tío, de quien ante todo diré que parecía cosido a las faldas de su sobrina, pues la acompañaba a todas partes, sirviéndole de rodrigón en la iglesia, de caballero en el paseo y de pareja en los bailes. No sé si he dicho que Amaranta era viuda. Si antes lo dije, dese por repetido. El marqués (callemos el título por las mismas razones que nos movieron a disfrazar el de las damas) era un viejo de mas de sesenta años, que había ejercido varios cargos diplomáticos. Elevado por Floridablanca, sostenido por Aranda, y derribado al fin por Godoy, conservó rencorosa pasión contra este ministro, y por esta causa todas sus disertaciones, que eran interminables, giraban sobre el capitalísimo tema de la caída del favorito. Su carácter era vano, aparatoso y hueco, como de hombre que habiéndose formado de sí mismo elevado concepto, se cree destinado a desempeñar los más altos papeles. Por su grandilocuencia, que no era inferior a la flojedad efectiva de su ánimo, servía como objeto de agudísimas burlas entre sus amigos, y en todos los círculos que frecuentaba, se divertían oyéndole decir: ¿Qué hará la Rusia..? ¿Secundará el Austria tan atroz proyecto? ¡Un gran desastre nos amaga..! ¡Ay de las potencias del Mediodía..! y otras igualmente misteriosas, con que se proponía darse importancia, cuidando siempre en su estudiada reserva de decir las cosas a medias, y de no dar noticias claras de nada, para que los oyentes, llenos de dudas y oscuridades, le rogasen con insistencia que fuese más explícito. He dado estos detalles para que se comprenda qué clase de espantajos había entonces para regocijo de aquella generación. En cuanto a mí, siempre me han hecho gracia estos tipos de la vanidad humana, que son sin disputa los que más divierten y los que más enseñan. Como hombre poco dispuesto a transigir con las novedades peligrosas, y enemigo del jacobinismo, el marqués se esforzaba en conseguir que su (p.190) persona fuese espejo fiel de sus elevados pensamientos, así es que miraba con desdén los trajes de moda, y tenía gusto en sorprender al público elegante de la corte y villa con vestidos anticuados de aquellos que sólo se veía ya en la veneranda persona de algún buen consejero de Indias. Así es que si usó hasta 1798 la casaca de tontillo y la chupa mandil, en 1807 todavía no se había decidido a adoptar el frac solapado y el chaleco ombliguero, que los poetas satíricos de entonces calificaban de moda anglo gala. Me falta añadir que el marqués, con su anti jacobinismo y su peluca empolvada, digna de figurar en las Juntas de Coblentza, había sido hombre de costumbres bastante disipadas. En la época de mi relación la edad le había corregido un poco, y todas sus calaveradas no pasaban de una benévola complicidad en todos los caprichos de su sobrina. No vacilaba en acompañarla a sus excursiones y meriendas en la pradera del Canal o en la Florida, con gente de categoría muy inferior a la suya. Tampoco ponía reparos en ser su pareja en las orgías celebradas en casa de la González o la Prado, pues tío y sobrina gustaban mucho de aquella familiaridad con cómicos y otra gente de parecida laya. Excusado es decir que tales excursiones eran secretas y tenían por único objeto el esparcir y alegrar el espíritu abatido por la etiqueta. ¡Pobre gente! Aquellos nobles que buscaban la compañía del pueblo para disfrutar pasajeramente de alguna libertad en las costumbres estaban consumando, sin saberlo, la revolución que tanto temían, pues antes de que vinieran los franceses y los volterianos y los doceañistas, ya ellos estaban echando las bases de la futura igualdad.
Ep-2-VI Lesbia, dando golpecitos con su abanico en el hombro de Isidoro, decía: Estoy muy enfadada con usted Sr. Máiquez, sí señor, muy enfadada. ¿Porque he representado mal esta tarde? contestó el actor . Pepilla tiene la culpa. No es eso continuó la dama , y me las pagará Vd. todas juntas. Al oír esto, Isidoro inclinó la cabeza. Lesbia acercó su rostro, y habló tan bajo, (p.191) que ni yo ni los demás entendimos una palabra; pero por la sonrisa de Máiquez se adivinaba que la dama le decía cosas muy dulces. Después continuaron hablando en voz baja, y el uno atendía a las palabras del otro con tal interés, daban tanta fuerza y energía al lenguaje de los ojos, se ponían serios o joviales, tristes o alborozados con transición tan ansiosa y brusca, que al más listo se le alcanzaba la injerencia del travieso amor en las relaciones de aquellos dos personajes. Para que todo se sepa de una vez, diré que el diplomático no miraba con malos ojos a la González; mas ésta no podía contestar a sus tiernas insinuaciones, porque harto tenía que hacer atendiendo al íntimo diálogo que sostenían Lesbia e Isidoro. A mi ama un color se le iba y otro se le venía, de pura zozobra: a veces parecía encendida en violenta ira; a veces dominada por punzante dolor, pugnaba por distraerles, ingiriendo en su conversación conceptos extraños, y al fin, no pudiendo contenerse, dijo con muy mal humor. ¿No concluirá tan larga confesión? Si siguen ustedes así, entonaremos el yo, pecador. ¿Y a ti qué te importa? dijo Máiquez con semblante sañudo y con aquel despótico tono que usaba con los desdichados subalternos de su compañía. Mi ama se quedó perpleja, y en un buen rato no dijo una palabra. Tienen que contarse muchas cosas dijo Amaranta con malicia . Lo mismo sucedió el otro día en casa. Pero estas cosas pasan, señor Máiquez. El placer es breve y fugaz. Conviene aprovechar las dulzuras de la vida hasta que el horrible hastío las amargue. Lesbia miró a su amiga.. Mejor dicho, ambas se miraron de un modo que no indicaba la existencia de una apacible concordia entre una y otra. El secreto entre Isidoro y la dama continuaba cada vez más íntimo, más ardoroso, más impaciente. Parecía que el tiempo se les abreviaba entre palabra y palabra, no permitiéndoles decirlo todo. Amaranta se aburría, el Marqués dirigía con ojos y boca inútiles flechas al enajenado corazón de mi ama, y ésta cada vez más inquieta, mostrando en su semblante (p.192) ya la interna rabia de los celos, ya la dolorosa conformidad del martirio, no procuraba entablar conversación, ni parecía cuidarse de sus convidados. Pero al fin el marqués, comprendiendo que aquélla era ocasión propicia para hablar, aunque fuera ante mujeres, de su tema favorito que eran los asuntos públicos, rompió el grave silencio y dijo: La verdad es que estamos aquí divirtiéndonos, y a estas horas tal vez se preparan cosas que mañana nos dejarán a todos asombrados y lelos. Hallándose mi ama, como he dicho, absorta entre el despecho y la resignación, se dejó dominar del primero, que la inducía a trabar otro diálogo íntimo con el diplomático, y dijo con viveza: ¿Pues qué pasa? Ahí es nada.. Parece mentira que estén ustedes con tanta calma contestó el marqués retardando el dar las noticias. Dejemos esas cuestiones que no son de este lugar dijo la sobrina con hastío. ¡Oh, oh, oh! exclamó con grandes aspavientos el diplomático . ¡Por qué no han de serlo! Yo sé que Pepa desea vivamente saber lo que pasa, y saberlo de mis autorizados labios: ¿no? Sí, muchísimo; quiero que Vd. me cuente todo dijo mi ama . Esas cosas me encantan. Estoy de un humor.. divertidísimo: hablemos, hablemos, señor marqués. Pepa, Vd. me electriza dijo el marqués clavando en ella con amor sus turbios y amortiguados ojos . Tanto es así, que yo, a pesar de haberme distinguido siempre, durante mi carrera diplomática, por mi gran reserva, seré con usted franco, revelándole hasta los más profundos secretos de que depende la suerte de las naciones. ¡Oh!, me encantan los diplomáticos dijo mi ama con cierta agitación febril . Hábleme usted, cuénteme todo lo que sepa. Quiero estar hablando con Vd., toda la noche. Es Vd., señor marqués, la persona de conversación más dulce, más amena, más divertida que he tratado en mi vida. Nada te dirá, Pepa, sino lo que todo el mundo sabe indicó Amaranta , y es que a estas horas las tropas de Napoleón deben de estar entrando en España. ¡Oh, qué cosa más linda! dijo mi ama . Hable Vd., señor marqués. Sobrina, (p.193) ¿acabarás de apurarme la paciencia? exclamó el marqués, dando importancia extraordinaria al asunto . No se trata de que entren o no entren esas tropas, se trata de que van a Portugal a apoderarse de aquel reino para repartirlo.. ¿Para repartirlo? dijo la González con su calenturienta jovialidad . Bien; me alegro. Que se lo repartan. Lindísima Pepa, esas cosas no pueden decidirse tan de ligero dijo el marqués gravemente . ¡Oh, Vd. aprenderá conmigo a tener juicio! Es cierto añadió Amaranta que se ha acordado dividir a Portugal en tres pedazos: el del Norte se dará a los reyes de Etruria; el centro quedará para Francia y la provincia de Algarbes y Alentejo, servirá para hacer un pequeño reino, cuya corona se pondrá el señor Godoy en su cabeza. ¡Patrañas, sobrina, patrañas! dijo el marqués . Eso es lo que dio tanto que hablar el año pasado; pero ¿quién se acuerda ya de semejante combinación? Tú no estás al tanto de lo que pasa.. Por supuesto, no necesito repetir que es preciso guardar absoluto secreto sobre lo que voy a decir. ¡Ah!, descuide Vd. repuso mi ama . En cuanto a mí, estoy encantada de esta conversación. El año pasado Godoy trató de ese asunto, por medio de Izquierdo, su representante reservado, con Napoleón. Parece que la cosa estaba arreglada. Pero de repente el emperador pareció desistir, y entonces D. Manuel, ofendido en su amor propio y viendo defraudadas sus esperanzas, quiso mostrarse fuerte contra Napoleón, publicó la famosa proclama de Octubre del año pasado, y envió un mensajero secreto a Inglaterra, para tratar de adherirse a la coalición de las potencias del Norte contra Francia. Esto lo tengo yo muy sabido.. porque ¿qué secreto puede escaparse a mi penetración y consumada experiencia de estos arduos negocios? Bien.. así las cosas, venció Napoleón a los prusianos en Jena, y ya tenemos a nuestro D. Manuel asustadico y hecho un lego motilón, temiendo la venganza del que había sido gravemente ofendido con la publicación de la proclama, considerada aquí y (p.194) en Francia como una declaración de guerra. Envió a Izquierdo a Alemania, para implorar perdón, y al fin le fue concedido; pero no se volvió a hablar más del reparto de Portugal, ni de la soberanía de los Algarbes. He aquí, señoras, la pura verdad. Yo, por mis antecedentes y mis conocimientos, estoy al tanto de todos estos asuntos, pues al paso que los atisbo y escudriño aquí, no falta algún diplomático extranjero que me los comunique con toda reserva. Hoy no se habla ya del reparto de Portugal, señora sobrinita. Lo que ocurre es mucho más grave, y.. pero no, no somos dueños de comunicar a nadie ciertas cosas. Callaré hasta que el gran cataclismo se haga público.. ¿Aprueba Vd. mi discreción, querida Pepa? ¿Conviene Vd. conmigo en que la reserva es hermana gemela de la diplomacia? ¡Oh, la diplomacia! exclamó mi ama con afectación . Es cosa que me tiene enamorada. ¡La pérfida Albión! ¡Los tratados! ¡Bonaparte! ¡La coalición! ¡Oh, qué asuntos tan divinos! Confieso que hasta aquí me han aburrido mucho; pero ahora.. esta noche, rabio por conocerlos, y esta conversación, señor marqués, me tiene embelesada. Es verdad dijo el diplomático relamiéndose de satisfacción , qué pocas personas tratan de estas materias con tanta delicadeza, con tanta prudencia, digámoslo de una vez, con tanta gracia como yo. Cuando estaba en Viena por el año 84 todas las damas de la corte me rodeaban, y si vieran Vds. cómo pasaban el rato oyéndome.. Lo comprendo: lo mismo me pasa a mí esta noche dijo mi ama sin cesar en su extraña exaltación . Por piedad, hábleme Vd. del Austria, de la Turquía, de la China, del protocolo y de la guerra; sobre todo de la guerra. Dejemos a un lado, por esta noche tan fastidiosa conversación indicó Amaranta . No creo que usted, querido tío, sea de la ridícula opinión que se supone que Godoy intenta, con el auxilio de Bonaparte, mandar a América a la Real familia, quedándose él de rey de España. Sobrina, por todos los santos, no me incites a hablar; no me hagas olvidar el gran principio de que la (p.195) discreción es hermana gemela de la diplomacia. Es absurdo también continuó la sobrina suponer que Napoleón haya mandado sus tropas a España para poner la corona al príncipe Fernando. El heredero de un trono no puede solicitar el favor de un soberano extranjero para ningún fin contrario a los de sus reales padres. Vamos, vamos, señoras, asuntos tan graves no pueden tratarse de ligero. Si yo me decidiera a hablar, se quedarían Vds. espantadas, y no podríamos cenar. A esta sazón ya había venido la cena, y yo comenzaba a servirla. Isidoro y Lesbia, requeridos por mi ama para que se acercaran a la mesa, dieron tregua al arrobamiento y tomaron parte por un rato en la conversación general. ¿Pero, qué están Vds. hablando? dijo Lesbia . ¿Hemos venido aquí para ocuparnos de lo que no nos importa? ¡Bonito tema! ¿Pues de qué quiere Vd. que se hable, desgraciada? De otras cosas.. vamos; de bailes, de toros, de comedias, de versos, de vestidos.. ¡Qué sosada! indicó mi ama con desdén . Además, Vds. pueden tratar de lo que gusten, y nosotras hablaremos de lo que más nos convenga. Ya veo por qué anda Pepa tan distraída dijo Máiquez burlándose de mi ama . Se ha dedicado a estudiar la política y la diplomacia, carreras más propias de su ingenio que la del teatro. Mi ama intentó contestar a esta mofa, pero las palabras expiraron en sus labios y se puso muy encendida. Aquí venimos a divertirnos añadió Lesbia. ¡Oh, frívola y vana juventud! exclamó el marqués después de beberse un gran vaso de vino . No piensa más que en divertirse, cuando la Europa entera.. Dale con la Europa entera. Pepa es la única que comprende la gravedad de las circunstancias. Vd., encantadora actriz, será de las pocas que, como yo, no se sorprendan del cataclismo. ¿Querrá Vd. explicarnos de una vez lo que va a pasar? ¡Por Dios y todos los santos! exclamó el diplomático afectando cierta compunción suplicante . Yo ruego a Vds. que no me obliguen con sus apremiantes excitaciones a decir lo que no debe salir de mis labios. Aunque tengo (p.196) confianza en mi propia prudencia, temo mucho que si Vds. siguen hostigándome, se me escape alguna frase, alguna palabra.. Callen Vds. por Dios, que la amistad tiene en mí fuerza irresistible, y no quiero verme obligado por ella a olvidar mis honrosos antecedentes. Pues callaremos: no deseamos saber nada, señor marqués dijo Máiquez, comprendiendo que el mejor medio para mortificar al buen viejo consistía en no preguntarle cosa alguna. Hubo un momento de silencio. El marqués, contrariado en su locuacidad, no cesaba de engullir, entablando relaciones oficiosas con un capón, e impetrando para este fin los buenos oficios de una ensalada de escarola, que le ayudaba en sus negociaciones. Mientras tanto se deshacía en obsequios con mi ama, y sus turbios ojos, reanimados no sé si por el vino o por el amor, brillaban entre los arrugados párpados y bajo las espesas cenicientas cejas que contraía siempre en virtud de la costumbre de leer la vieja escritura de los memorandums. La González no decía tampoco una palabra, y sólo ponía su reconcentrada atención, aunque sin mirarlos, en los dos amantes, mientras que Amaranta, agitada sin duda por pensamientos muy diferentes, no miraba a Isidoro ni a Lesbia, ni a mi ama, ni a su tío, sino.. ¿tendré valor para decirlo?, me miraba a mí. Pero esto merece capítulo aparte, y pongo punto final en éste para descansar un poco.
Ep-2-VII Sí, ¿lo creerán Vds.?, me miraba, ¡y de qué modo! Yo no podía explicarme la causa que motivaba aquella tenaz curiosidad, y si he decir verdad como hombre honrado, aún no he salido de dudas. Yo servía a la mesa, como es de suponer, y no pueden ustedes figurarse cuál fue mi turbación cuando advertí que aquella hermosa dama, objeto por parte mía de la más fervorosa admiración, fijaba en mí los ojos más perfectos, que, según creo, se han abierto a la luz desde que hay luz en el mundo. Un color se me iba y otro se me venía; a veces mi sangre toda corría precipitadamente hacia mi semblante poniéndome encendido, y a veces se recogía por (p.197) entero en mi palpitante corazón, dejándome más pálido que un difunto. Ignoro el número de fuentes que rompí aquella noche, pues las manos me temblaban, y creo que serví de un modo lamentable, trocando el orden de los platos, y dando sal cuando me pedían azúcar. Yo decía para mí: ¿qué es esto? ¿Tendré algo en la cara? ¿Por qué me mirará tanto esa mujer?.. Al salir fuera, iba a la cocina, me miraba a toda prisa en un espejillo roto que allí tenía; mas no encontraba en mi semblante nada que de notar fuese. Volví a la sala, y otra vez Amaranta me clavaba los ojos. Por un instante llegué a creer.. ¡pero quiá!, me reía yo mismo de tan loca presunción. Cómo era posible que una dama tan hermosa y principal sintiera.. ¡Ay!, recuerdo haber dicho, aunque al revés, lo que después escribió en un célebre verso cierto poeta moderno. Pero todo debía de ser un sueño de mi infantil soberbia. ¿Cómo podía la estrella del cielo mirar al gusano de la tierra, sino para recrearse, comparando, en su propia magnitud y belleza? Pero debo añadir otra circunstancia, y es que cuando mi ama me reprendía por las muchas torpezas que cometí en el servicio de la mesa, Amaranta acompañaba sus miradas de una dulce sonrisa, que parecía implorar indulgencia por mis faltas. Yo estaba perplejo, y un violento fluido que parecía súbito acrecentamiento de vida corría por mis nervios, produciéndome una actividad devoradora a la cual seguía un vago aturdimiento. Después de largo rato la conversación, anudándose de nuevo, fue general. El marqués, viendo que no se le preguntaba nada, estaba en gran desasosiego, y a los rostros de todos dirigía con inquietud sus ojos buscando una víctima de su conversación; pero nadie parecía dispuesto a escucharle, con lo cual, lleno de enojo, tomó la palabra para decir que si continuaban apremiándole para que hablara, se vería en el caso de no poner por segunda vez a prueba su discreción concurriendo a tertulias donde no reinaba el más profundo respeto hacia los secretos de la diplomacia. Pero si no le hemos dicho (p.198) a Vd. una palabra indicó Lesbia, riendo. Isidoro, conociendo que el marqués era enemigo de Godoy, dijo con mucha sorna: No se puede negar que el Príncipe de la Paz, como hombre de gran talento, burlará las intrigas de sus enemigos. Napoleón le apoya, y no digo yo la coronita de los Algarbes, sino la de Portugal entero o quizás otra mejor, recibirá de manos de su majestad imperial. Conozco a Napoleón, le he tratado en París, y sé que gusta de los hombres arrojados como Godoy. Verá Vd., verá Vd., señor marqués, todavía le hemos de ver a Vd. llamado a los consejos del nuevo rey, y tal vez representándole como plenipotenciario en alguna de las Cortes de Europa. El marqués se limpió la boca con la servilleta, echóse hacia atrás, sopló con fuerza, desahogando la satisfacción que le producía el verse interpelado de aquel modo, fijó la vista en un vaso, como buscando misterioso punto de apoyo para una sutil meditación, y dijo con mucha pausa: Mis enemigos, que son muchos, han hecho correr por toda Europa la especie de que yo llevaba correspondencia secreta con el Príncipe de Talleyrand, con el Príncipe Borghese, con el Príncipe Piombino, con el gran duque de Aremberg, y con Luciano Bonaparte, en connivencia con Godoy, para estipular las bases de un tratado en virtud del cual España cedería las provincias catalanas a Francia a cambio de Portugal y el reino de Nápoles.. pasando Milán a la reina de Etruria, y el reino de Westfalia a un Infante de España. Yo sé que esto se ha dicho añadió alzando la voz y dando un fuerte puñetazo en la mesa . ¡Yo sé que esto se ha dicho; ha llegado a mis oídos, sí, señor! Los calumniadores lo hicieron creer a los soberanos de Austria y Prusia; se me interpeló sobre el caso, Rusia no titubeó en hacerse eco de la calumnia, y fue preciso que yo empleara todo mi valimiento y tacto para disipar las densas nubes que se habían acumulado en el horizonte de mi reputación. Al decir esto el marqués empleaba el mismo tono que habría usado ante un Consejo de los principales políticos de Europa. (p.199) Después de sonarse con estrépito, prosiguió así: Afortunadamente soy bien conocido, y al fin.. tengo la satisfacción de haber sido objeto de las más satisfactorias frases por parte de los soberanos citados. ¡Ah!.. ya sé yo el objeto que guió a los calumniadores y el sitio de donde partió la calumnia. En casa de Godoy se inventó esa trama abominable con objeto de ver si, autorizada con mi nombre, podía esa combinación correr con alguna fortuna por Europa. Pero tan inicuos planes, quedaron sin éxito, como era de suponer, y la Europa entera convencida de que el Príncipe de la Paz y yo no podemos obrar de concierto en negocio alguno de interés general para las grandes potencias. ¿De modo dijo Isidoro , que Vd. no es, como dicen, amigo secreto de Godoy? El diplomático frunció el ceño, sonrió con desdén, llevó un polvo a la nariz, y continuó así: ¿Qué incongruentes especies no inventará la calumnia? ¿Qué torpes ardides no imaginarán la astucia y la doblez contra la prudencia y la rectitud? Mil veces me han hecho esos cargos, y mil veces los he rebatido. Pero es fuerza que repita ahora lo que en otras ocasiones he dicho. Había hecho propósito solemne de no ocuparme más de este asunto; pero la terquedad de mis amigos, y la obcecación del público me obligan a ello. Hablaré claro: si en el calor de mi defensa hago revelaciones que puedan sonar mal en ciertos oídos cúlpese a los que me han provocado, no a mí, que todo debo posponerlo al brillo de mi inmaculada reputación. Lesbia, Isidoro y mi ama hacían esfuerzos para contener la risa, al ver el énfasis con que nuestro hombre defendía, contra imaginarias acusaciones una personalidad de que nadie se ocupaba sino él. Amaranta parecía meditabunda, mas sus reflexiones no le impedían fijar alguna vez en mí sus incomparables ojos. En el año de 1792 prosiguió el viejo , cayó del ministerio el conde de Floridablanca, que se había propuesto poner coto a los estragos de la revolución francesa. ¡Ah! El vulgo no conoció la mano oculta que había arrojado de la secretaría (p.200) del Estado a aquel hombre insigne, envejecido en servicio del Rey. ¿Pero cómo podía ocultarse a los hombres perspicaces la máquina interior de aquel cambio de ministerio? Un joven de 25 años a quien los Reyes miraban con particular afecto y que tenía frecuente entrada en palacio, y hasta participación en los consejos, influyó en el cambio de ministerio, y en la elevación del señor conde de Aranda. ¿Tuve yo participación en aquel suceso? No, mil veces no; hallábame a la sazón agregado a la embajada española, cerca del emperador Leopoldo, y no pude de ningún modo influir para que desempeñara el ministerio mi amigo el conde de Aranda. Pero ¡ay!, este duró poco en el poder, porque nuevas maquinaciones le derribaron, y en Noviembre del mismo año, España y el mundo todo vieron con sorpresa que era elevado a la primera dignidad política aquel mismo joven de 25 años, ya colmado de honores inmerecidos, tales como el ducado de la Alcudia y la grandeza de España de primera clase, la gran cruz de Carlos III, la cruz de Santiago, los cargos de ayudante general del cuerpo de guardias, mariscal de campo de los reales ejércitos, gentil hombre de cámara de S.M. con ejercicio, sargento mayor del real cuerpo de guardias de Corps, consejero de Estado, superintendente general de correos y caminos, etc., etcétera. Empuñó Godoy las riendas del Estado en tiempos muy críticos: todos los hombres de previsión, comprendíamos la proximidad de grandes males, e hicimos lo posible por conjurarlos. El torpe duque de la Alcudia declaró la guerra a Francia, contra la opinión de Aranda, y de todos cuantos teníamos alguna experiencia en los negocios. ¿Se nos hizo caso? No. ¿Se oyeron nuestros consejos? No. Pues veamos ahora lo que ocurría después de hecha la paz con Francia. «El Rey continuaba acumulando en la persona de su favorito toda clase de distinciones y honores, y por fin le enlazó con una princesa de la familia real. Tanto favor dispensado a un hombre nulo y que en los más indignos hechos buscaba ocasión de medro, produjo la (p.201) animadversión y el descontento de todos los españoles. La caída de un favorito, que había desconcertado el Erario público, y desmoralizado la justicia vendiendo los destinos, era segura». Y aquí debo decir, aunque por un momento falte a las leyes de mi sistemática reserva, que yo nada influí para que entraran en los ministerios de Hacienda y Gracia y Justicia Saavedra y Jovellanos. Ruego a Vds. que no revelen este secreto, que hoy por primera vez sale de mis labios. Seremos tan callados como guardacantones, señor marqués dijo Isidoro. Pero la cosa no tenía remedio continuó el diplomático dirigiendo sus ojos a todos los lados de la sala, como si le oyera gran número de personas . Jovellanos y Saavedra no podían concertarse en el gobierno con quien ha sido siempre la misma torpeza y la corrupción en persona. La república francesa trabajaba en contra del favorito; Jovellanos y Saavedra se empeñaron en desprenderse de tan peligroso compañero, y al fin el rey, cediendo a tantas sugestiones, y a la voz popular, dio a Godoy su retiro en Marzo de 1798. Yo declaro aquí de una vez para siempre que no tuve participación en su caída, como han dado en suponer. Y ésta sería ocasión de decir algo que sé, y que siempre he callado; pero.. no, no fío bastante en la prudencia de los que me escuchan, y prefiero guardar silencio sobre un punto delicado que nadie conoce. Conste tan sólo que no contribuí a la caída de Godoy en 1798. Pero la desgracia del Sr. D. Manuel duró poco dijo Isidoro , porque el ministerio Jovellanos Saavedra fue de poca duración, y el de Caballero y Urquijo, que le sucedió, tampoco tuvo larga vida. Efectivamente, a eso iba continuó el marqués . Los Reyes no podían pasarse sin su amigo. Ocupó éste nuevamente la secretaría de Estado, y queriendo acreditarse de guerrero, ideó la famosa expedición contra Portugal, para obligar a este pequeño reino a romper sus relaciones con Inglaterra. Ya desde entonces nuestro ministro no pensaba más que en secundar los planes de Bonaparte del modo menos (p.202) ventajoso para España. +l mismo mandó aquel ejército, que se puso en planta a costa de grandes sacrificios; y cuando los pobres portugueses abandonaron a Olivenza sin que pudiera entablarse una lucha formal, el favorito celebró sus soñadas victorias con un festejo teatral que dio a aquella guerra el nombre de guerra de las naranjas. Ustedes saben que los Reyes habían acudido a la frontera. El favorito mandó construir unas angarillas que adornó con flores y ramajes, y sobre esta máquina hizo poner a la reina, que fue tan chabacanamente llevada en procesión ante las tropas, para recibir de manos del generalísimo un ramo de naranjas, cogido en Elvas por nuestros soldados. No añadiré una palabra más, ni recordaré los punzantes chistes que circularon en aquella ocasión de boca en boca. Que cada cual se entienda con su conciencia, y que todos tengan bastante energía para defender sus propios actos, como defiendo yo los míos en este momento. Ahora paso a otra cuestión. «Y aunque necesite repetirlo mil veces, diré también que no tuve parte alguna en las negociaciones del tratado de San Ildefonso, ni en la alianza de nuestra marina con la francesa, origen del desastre de Trafalgar. Pero sobre ese tratado sé cosas curiosísimas que me confió el general Duroc y que no puedo revelar a Vds. por más empeño que muestren en conocerlas. No.. no me pidan Vds. que revele lo que sé; no pongan a prueba mi discreción; hay secretos que no pueden confiarse en el seno de la amistad más íntima. Yo debo callar y callaré. Si los dijese, cuán pronto confundiría al Príncipe de la Paz y a los que me suponen cómplice de sus infames tratos con Bonaparte. Mi único afán ha consistido en destruir sus combinaciones, y aquí en confianza puedo decir que repetidas veces lo he conseguido. Por eso se empeña en desacreditarme a los ojos de Europa, en malquistarme con los hombres de Estado, que han depositado en mí su confianza; por eso suena mi nombre unido a todas las combinaciones que fragua Izquierdo en París. Pero ¡ah!, gracias a mi (p.203) destreza podré anonadar a los calumniadores, salvando mi buen nombre. Ojalá pudiera asimismo salvar a nuestros Reyes y a nuestro país del descrédito a que los conduce ciegamente un hombre abominable, que se ha elevado por las causas que todos sabemos y sigue dirigiendo la nave del Estado valido de su torpe arrogancia e insolente travesura. Dijo, y llevándose a la nariz con diplomático aplomo el polvo de rapé se sonó con más estruendo que el de una batería, miró a todos por encima del pañuelo, y luego pronunció vagas frases que anunciaban la agitación de su grande espíritu. Oyéndole y viéndole, parecía que sobre el mantel de la mesa que yo había servido iban a resolverse las más arduas cuestiones europeas, repartiendo pueblos y arreglando naciones como en el tapete de Campo Formio, de Presburgo o de Luneville. Estamos ya convencidos, señor marqués dijo Lesbia , de que Vd. no ha tenido ni tiene parte alguna en los desastres ocasionados por el Príncipe de la Paz; pero no nos ha dicho cuáles son los cataclismos que nos amenazan. Ni una palabra más, no diré ni una palabra más dijo el marqués alzando la voz . Cesen, pues, las preguntas. Todo es inútil, señoras mías. Soy inflexible e implacable: todos los esfuerzos, todas las astucias de la curiosidad no conseguirán arrancarme una revelación. He suplicado a Vds. que no me preguntasen nada, y ahora, no ruego, sino mando que me dejen en paz, renunciando a corromper y sobornar mi experimentada prudencia con los halagos de la amistad. Oyendo al diplomático, yo recordaba a cierto mentiroso que conocí en Cádiz, llamado D. José María Malespina. Ambos eran portentos de vanidad; pero el de Cádiz mentía desvergonzadamente y sin atadero, mientras que el de Madrid, sin alterar nunca los sucesos reales, se suponía hombre de importancia, y su prurito consistía en defenderse de ataques imaginarios y en negarse a revelar secretos que no sabía. Esto prueba la inmensa variedad que el Creador ha puesto en la fauna moral, así como en la (p.204) física. Isidoro y Lesbia, retirándose de la mesa, habían vuelto a formar la tela de araña de sus comunicaciones amorosas. Mi ama había variado en sus disposiciones favorables con el marqués. En vano le prometió franquearse con ella, revelándole lo que ningún ser humano había oído hasta entonces de sus labios; pero sin duda a la González no debió de halagar mucho la promesa de conocer los planes de todas las potencias europeas, porque no tuvo para su solícito cortejante palabra ni frase alguna que no fuesen el mismo acíbar. Amaranta, cuya reconcentración mental se desvanecía poco a poco, clavó en mí sus ojos de una manera que parecía indicar vivo deseo de entablar conversación conmigo. En efecto, contra todas las prescripciones del decoro, en cierta ocasión en que yo recogía los platos vacíos que tenía delante, se sonrió de un modo celestial, atravesándome el corazón con estas palabras: ¿Estás contento con tu ama? No puedo asegurarlo terminantemente; pero creo que sin mirarla, contesté: Sí, señora. ¿Y no desearías cambiar de ama? ¿No deseas encontrar colocación en otra parte? Tampoco aseguro que sea cierto, pero me parece que respondí: Según con quien fuera. Tú pareces un chico de disposición añadió con una sonrisa que parecía abrir el cielo ante mis ojos. A esto sí estoy seguro de no haber contestado una palabra. Después de una breve pausa, en que mi corazón parecía querer echárseme fuera del pecho, tuve un arranque de osadía, que hoy mismo me causa asombro, y dije: ¿Es que quiere usía tomarme a su servicio? Al oírme, Amaranta prorrumpió en graciosa carcajada, y yo me quedé perplejo, creyendo haber dicho alguna inconveniencia. Al punto salí de la sala con mi carga de platos: en la cocina procuré calmar mi turbación, tratando de explicarme los sentimientos de Amaranta respecto a mí, y después de mil dudas, dije: Mañana mismo le contaré todo a Inés, y veremos lo que ella piensa. Ep-2-VIII Cuando regresé a la sala, la escena continuaba la misma, pero la llegada de un (p.205) nuevo personaje iba a variarla por completo. Oímos ruido de alegres voces y como preludios de guitarra en el portal, y después entró un joven a quien diferentes veces había yo visto en el teatro. Acompañábanle otros; pero se despidieron en la puerta, y él subió solo, mas haciendo tanto ruido, que no parecía sino que un ejército se nos metía en la casa. Me acuerdo bien de que aquel joven vestía el traje popular; esto es, un rico marsellés, gorra peluda de forma semejante a la de los sombreros tripicos, pero mucho más pequeña, y capa de grana con forros de felpa manchada. Al verle con esta facha, no crean Vds. que era algún manolo de Lavapiés o chispero de Maravillas, pues los arreos con que le he presentado cubrían la persona de uno de los principales caballeros de la corte; sólo que éste, como otros muchos de su época, gustaba de buscar pasatiempo entre la gente de baja estofa, y concurría a los salones de Polonia la Aguardentera, Juliana la Naranjera, y otras célebres majas de que se hablaba mucho entonces. En sus nocturnas correrías usaba siempre aquel traje, que en honor de la verdad, le caía a las mil maravillas. Pertenecía aquel joven a la guardia real, y sus conocimientos no traspasaban más allá de la ciencia heráldica, en que era muy experto, del arte del toreo y la equitación. Su constante oficio era la galantería arriba y abajo, en los estrados y en los bailes de candil. Parecían escritos expresamente para él los famosos versos: ¿Ves, Arnesto, aquel majo en siete varas de pardomonte envuelto.. ¡Oh, don Juan! exclamó Amaranta al verle entrar. Bien venido sea el Sr. de Mañara. Animóse la reunión como por encanto con la entrada de aquel joven, cuyo carácter jovial y bullanguero se manifestó desde el primer momento. Advertí que el rostro de Amaranta adquiría de súbito extraordinaria viveza y malicia. Sr. de Mañara dijo con gran desenfado , llega usted a tiempo. Lesbia le echaba a usted de menos. Lesbia miró a su amiga de un modo terrible, mientras Isidoro parecía dominado por violenta cólera. Aquí, D. Juan, siéntese (p.206) Vd. a mi lado indicó mi ama con alegría, señalando a Mañara la silla que tenía a la izquierda. No creí encontrar a Vd. aquí, señora duquesa dijo el petimetre dirigiéndose a Lesbia . He venido, sin embargo, impulsado por la voz de mi corazón; ya veo que el corazón no se equivoca siempre. Lesbia estaba bastante turbada, mas no era mujer a quien arredraban las situaciones críticas; así es que entre ella y Mañara hubo un verdadero tiroteo de dichos agudos, risas y epigramas. Máiquez estaba cada vez más intranquilo. Esta es noche de suerte para mí dijo D. Juan sacando un bolsillo de seda . He estado en casa de la Primorosa, y allí he ganado cerca de dos mil reales. Diciendo esto, vació el oro sobre la mesa. ¿Había allí mucha gente? preguntó Amaranta. Mucha; mas la marquesita no pudo ir porque estaba con dolor de muelas. ¡Ah!, nos hemos divertido. Para Vd. dijo Amaranta con verdadero ensañamiento en su malicia no hay diversión allí donde no está Lesbia. Esta volvió a dirigir a su amiga colérica mirada. Por eso he venido. ¿Quiere Vd. seguir probando fortuna? dijo mi ama . La baraja, Gabriel; trae la baraja. Hice lo que se me mandaba, y los oros, las espadas, los bastos y las copas se entremezclaron bajo los dedos del petimetre, que barajaba con toda la rapidez que da la experiencia. Sea Vd. banquero. Bien; ahí va. Cayeron las primeras cartas: todos los personajes sacaron su dinero; fijáronse ansiosas miradas en los terribles signos, y comenzó el juego. Por un momento no se oyeron más que estas breves y elocuentes frases: «¡Tres duros al caballo!.. Yo no abandono a mi siete de espadas.. Bien por el rey.. Gané.., perdí.. Diez a mí.. Maldita sota!». Mala suerte tiene Vd. esta noche, Máiquez dijo Mañara, recogiendo el dinero del actor, que ni una vez apuntaba sin perder cuanto ponía. ¡Y yo, qué buena! dijo mi ama recogiendo sus monedas, que ascendían ya a una respetable cantidad. ¡Oh, Pepa; para Vd. es toda la suerte! exclamó el banquero . Pero dice el refrán: «Afortunado en el juego, desgraciado en amores». En (p.207) cambio Vd. dijo Amaranta puede decir que es afortunado en ambos juegos. ¿Verdad, Lesbia? Y luego, dirigiéndose a Isidoro, que perdía mucho, añadió: Para Vd., pobre Máiquez, sí que no se ha hecho aquel refrán; porque Vd. es desgraciado en todo. ¿Verdad, Lesbia? El rostro de ésta se encendió súbitamente. Me pareció que la vi dispuesta a contestar con violencia a su amiga; pero se contuvo y la tempestad quedó conjurada por algún tiempo. El marqués perdía siempre, pero no paró de jugar mientras tuvo una peseta en su bolsillo. No así Máiquez, que una vez desvalijado, recibió un préstamo del banquero, y así siguió el juego hasta más de la una, hora en que comenzaron a hablar de retirarse. Debo a Vd. treinta y siete duros dijo Máiquez. Y por fin preguntó el petimetre , ¿cuál es la función escogida para representarse en casa de la señora marquesa? Ya está acordado que sea Otello. ¡Oh!, me parece bien, amigo Isidoro. Me entusiasma Vd. en el papel de celoso dijo Mañara. ¿Querría Vd. hacer el de Loredano? preguntó el actor. No; es papel muy desairado. Además, no sirvo para el teatro. Yo le enseñaré a Vd. Gracias. ¿Ya ha enseñado Vd. a Lesbia su papel? Lo sabe perfectamente. Cuánto deseo que llegue esa noche dijo Amaranta . Pero diga Vd., Isidoro, si le ocurriera a usted un lance como el de Otello, si se viera engañado por la mujer que ama, ¿sentiría usted aquel terrible furor, sería capaz de matar a su Edelmira? Esta flecha iba dirigida a Lesbia. ¡Quiá! exclamó Mañara . Eso no pasa nunca sino en el teatro. No mataría a Edelmira; pero sí a Loredano repuso Máiquez con firmeza, clavando su enérgica mirada en el petimetre. Hubo un momento de silencio, durante el cual pude advertir perfectamente las señales de la más reconcentrada rabia en el rostro de Lesbia. Pepa, no me has obsequiado esta noche dijo Mañara . Verdad es que he cenado; pero son las dos, hija mía. Serví de beber al joven, y habiéndome retirado, oí desde fuera el siguiente diálogo. Mañara, alzando una copa llena hasta los (p.208) bordes, dijo: Señores: brindo por nuestro querido Príncipe de Asturias: brindo porque la santa causa que representa tenga dentro de pocos días el éxito más completo: brindo por la caída del favorito y el destronamiento de los Reyes Padres. Muy bien exclamó Lesbia aplaudiendo. Creo que estoy entre amigos continuó el joven . Creo que un fiel súbdito del nuevo Rey puede manifestar aquí sin recelo, alegría y esperanza. ¡Qué horror! Está Vd. loco. Prudencia, joven dijo el diplomático escandalizado . ¿Cómo se atreve Vd. a revelar?.. Cuidado dijo Lesbia con mucha viveza , cuidado Sr. Mañara, está delante una confidenta de S. M. la Reina. ¿Quién? Amaranta. Tú también lo eres, y según dicen posees los secretos más graves. No tanto como tú, hija mía dijo Lesbia sintiendo reponerse su osadía ; tú, que, según se asegura, eres hoy depositaria de todas las confianzas de nuestra amada soberana. Esto es una gran honra para ti. Seguramente repuso Amaranta, dominando su cólera . Sigo al lado de mi bienhechora. La ingratitud es vicio muy feo, y no he querido imitar el ejemplo de las que insultan a quien les ha favorecido. ¡Ah!, es muy cómodo hablar de las faltas ajenas para que no se fije la vista en las propias. Lesbia, después de un momento de vacilación, iba a contestar. El diálogo tomaba alguna gravedad, y de seguro se habrían oído cosas bastante duras, si el diplomático, interviniendo con su tacto de costumbre, no hubiera dicho: Señoras, por Dios.. ¿qué es esto? ¿No son ustedes íntimas amigas? ¿Una diferencia de opinión puede turbar el cielo purísimo de la amistad? Dense las manos, y bebamos todos el último vaso a la salud de Lesbia y Amaranta enlazadas en dulce y amorosa fraternidad. Estoy conforme; esta es mi mano dijo Amaranta alargando la suya con gravedad. Ya hablaremos de esto añadió Lesbia estrechando con desabrimiento las manos de la otra dama . Por ahora seremos amigas. Bien: ya hablaremos de esto. En aquel momento entré yo y la expresión del semblante de una y otra no me pareció indicar (p.209) predisposiciones a la concordia. Con aquel desagradable incidente, que por fortuna no tomó proporciones, tuvo fin la tertulia, y la aparente reconciliación fue señal de partida. Levantáronse todos, y mientras el diplomático y Mañara se despedían de mi ama, Amaranta se llegó a mí con disimulo, acercó su boca a mi oído, y me dijo con una vocecita que parecía resonar dentro de mi cerebro: Tengo que hablarte. Dejóme aturdido; pero mi sorpresa subió de punto un poco después, cuando acompañé a la comitiva por la calle, precediéndoles con un farol, según costumbre, porque en aquel tiempo el alumbrado público, si en alguna calle existía, era digno émulo de la oscuridad más profunda. Llegamos a la calle de Cañizares, a una suntuosa casa, que era la misma en cuyo sotabanco vivía Inés, aunque se subía por distinta escalera. En el patio de aquella casa, que era la del marqués diplomático, por mejor dicho, de su hermana, esperaban las literas que debían conducir a las dos damas a sus respectivas mansiones. Antes de entrar en la litera, Amaranta me llamó aparte, y díjome que al día siguiente fuese a buscarla a aquella misma casa, preguntando por una tal Dolores, que luego supe era doncella o confidenta suya, cuyo mandato me alegró mucho, porque en él vi el fundamento de mi fortuna. Volví a casa apresuradamente, y encontré a mi ama muy agitada, paseando con precipitación en la estrecha sala, y departiendo consigo misma, como si no tuviera el juicio muy sano. ¿Observaste me dijo si Isidoro y Mañara disputaban por la calle? No reparé, señora le respondí . ¿Pues qué motivo tienen esos dos caballeros para enemistarse? ¡Ah!, no sabes cuán alegre estoy, Gabriel; estoy satisfecha me dijo la González con extraviados ojos y tan febril inquietud, que me impuso miedo. ¿Por qué, señora? pregunté . Ya es hora de descansar, y Vd. parece necesitar descanso. No, tonto, yo no duermo esta noche dijo . ¿No sabes que yo no puedo dormir? ¡Ah, cuánto gozo considerando su desesperación! No entiendo a Vd. Tú (p.210) no entiendes de esto, chiquillo; vete a acostar.. Pero no, no, ven acá y escucha. ¿Verdad que parece castigo de Dios? El muy simple no conoce la víbora que tiene entre sus brazos. Creo que se refiere Vd. a Isidoro. Justo. Ya sabes que está enamorado de Lesbia. Está loco, como nunca lo ha estado. ¡Ah! Con todo su orgullo, ¡qué vilmente se arrastra a los pies de esa mujer! +l, acostumbrado a dominar, es dominado ahora, y su impetuoso amor servirá de diversión y chacota en el teatro y fuera de él. Pero me parece que el Sr. Máiquez es correspondido. Lo fue; pero los favores de Lesbia pasan pronto. ¡Oh! Bien merecido le está. Lesbia es la misma inconstancia. No lo hubiera creído en una persona tan simpática y tan linda. Con esa carita angelical, con su sonrisa inalterable y su aire de ingenuidad, Lesbia es un monstruo de liviandad y coquetería. Tal vez ese Sr. Mañara.. Eso no tiene duda. Mañara es hoy el favorecido, y si habla con Isidoro es para divertirse a su costa, jugando con el corazón de ese desgraciado. Sí, el corazón de Isidoro está hoy como un ovillo de algodón entre las patas de una gata traviesa. ¿Pero no es verdad que le está bien merecido?.. ¡Oh, rabio de placer! Por eso la Sra. Amaranta no cesaba de decir aquellas cosas.. indiqué, deseando que mi ama esclareciera mis dudas sobre muchos sucesos y palabras de aquella noche. ¡Ah! Lesbia y Amaranta, aunque vienen juntas aquí, se aborrecen, se detestan, y quisieran destruirse una a otra. Antes se llevaban muy bien; mas de algún tiempo a esta parte, yo creo que algo ocurrido en palacio es la causa de esta inquina que ha empezado hace poco y será una guerra a muerte. Bien se conoce que no se llevan bien. En palacio, según me han dicho, arden pasiones encarnizadas implacables. Amaranta es muy amiga de los Reyes Padres, mientras que Lesbia parece que es de las damas que más intrigan en el bando de los amigos del Príncipe de Asturias. Tan irritadas están hoy la una contra la otra, que ya no saben disimular el odio que se profesan. ¿Y es Amaranta mujer de tan (p.211) mala condición como su amiga? pregunté, deseando inquirir noticias de la que ya consideraba como mi protectora. Todo lo contrario repuso . Amaranta es una gran señora, tan discreta como hermosa, y de conducta intachable. Gusta de proteger a los desvalidos: su sensible y tierno corazón es inagotable para los menesterosos que necesitan de su ayuda; y como es poderosísima en la corte, porque su valimiento casi excede al de los mismos Reyes, el que tenga la dicha de caer en gracia, ya se puede considerar puesto en los cuernos de la luna. Ya me lo parecía a mí dije muy contento por tan lisonjeras noticias. Espero que Amaranta prosiguió mi ama con la misma calenturienta agitación , me ayudará en mi venganza. ¿Contra quién? pregunté alarmado. Creo que se ha aplazado la función de la marquesa continuó sin atender a mi pregunta . Nadie quiere hacer el desairado papel de Pésaro, y esto será ocasión de un lamentable retraso. ¿Querrás desempeñarlo tú, Gabriel? ¡Yo, señora!.. no sirvo para el caso. Quedóse luego muy meditabunda, con el ceño fruncido y los ojos fijos en el suelo, y por fin volvió a su primer tema. Estoy satisfecha dijo con esa hilaridad dolorosa, que indica las grandes crisis de la pasión . Lesbia le es infiel, Lesbia le engaña, Lesbia le pone en ridículo, Lesbia le castiga.. ¡Oh, Dios mío! Veo que hay justicia en la tierra. Después, serenándose un poco, me mandó retirar, y cuando me hallé fuera, dejándola con su doncella, la sentí llorar con lágrimas francas y abundantes, que debían templar la irritación de su espíritu y poner calma en su excitado cerebro. A los consuelos y ruegos de su criada para que se retirase a descansar, no respondía más que esto: ¿Para qué me acuesto, si sé que no he dormir en toda la noche? Retiréme a mi cuarto, que era un estrecho dormitorio donde jamás entraban ni en pleno día importunas luces. Me acosté bastante afligido al considerar la triste pasión de mi ama; pero estos pensamientos se enlazaron con otros relativos a mi propio estado, los cuales, lejos de ser (p.212) tristes, alborozaban mi alma; y acompañado por la imagen de Amaranta que iluminaba mi mezquino asilo como un rayo de luna, me dormí profundamente pensando en la fábula de Diana y Endimión, que conocía por una de las estampas de la sala. IX Al despertar en la mañana siguiente, acudieron en tropel a mi pensamiento todas las ideas y las imágenes que me habían agitado la noche anterior. La inclinación hacia mi persona que suponía en Amaranta, me trastornaba el juicio como verá el amigo lector, si le cuento los disparates que dije y las locuras que imaginé en las reflexiones y monólogos de aquella mañana. No veo la hora decía para mí de presentarme a esa señora. No me queda duda de que le he caído en gracia, lo cual no es extraño, pues algunas personas me han dicho que no tengo mal ver. Como dice doña Juana, de hombres se hacen obispos, y quién sabe si a la vuelta de una media docena de añitos, me encuentro hecho en dos palotadas duque, conde o almirante, como otros que yo me sé y que deben lo que son a haber caído en gracia a esta o la otra persona. Hablemos claro, Gabriel. ¿No estás oyendo mentar todos los días a cierto personaje que antes era un pobre pelambrón, y ahora es todo cuanto puede ser un hombre? ¿Y todo por qué? Por la inclinación de una elevada señora. ¿Y quién dice que lo que puede pasar a un hombre no le pueda suceder a otro? Verdad es que el tal personaje es un gallardo mozo; pero yo bien sabido me tengo que no soy saco de paja, pues muchas personas me han dicho que les gusto, y que no puede negarse que tengo unos ojillos picarescos, capaces de trastornar a todo el sexo femenino. -nimo, Sr. Gabrielito. Mi ama ha dicho que Amaranta es la mujer más poderosa de toda la corte, y quién sabe si será de sangre real. ¡Oh, divina Amaranta! ¿Qué haré para merecerte? Por supuesto, que si llego a verme desempeñando esos elevados cargos, juro por Dios y mi salvación, que he de ser el hombre más formal que jamás haya gobernado en el mundo: a buen seguro que nadie me acuse, como acusan al (p.213) otro, de haber hecho tantas picardías. Lo que es eso.. yo tendré las cosas bien arregladitas, y en mi persona no gastaré sino lo muy preciso. Lo primero que voy a disponer es que no haya pobres, que España no vuelva a unirse con Francia, y que en todas las plazuelas de España se fije el precio de los comestibles, para que los pobres compren todo muy barato. Veremos si sé yo mandar o no sé.. ¡y que tengo un geniecillo! Como no hagan lo que mando, nada, nada.. no me andaré con chiquitas. Al que no obedezca, cortarle la cabeza y se acabó.. así andarán todos derechos como un huso. Y lo dicho dicho. Nada con los franceses. Napoleón que se entienda solo; nosotros haremos lo que nos dé la gana, y que no me busquen el genio, porque yo tengo muy malas moscas.. ¡Oh!, si esto sucediera, cómo se había de alegrar la pobre Inés: entonces sí que no repetiría lo de la tortuga y del águila. Se me figura que Inés es algo corta de alcances; sin embargo, es tan buena que la amaré siempre.. pero debo amar a Amaranta.. pero ¿cómo puedo dejar de amar a Inés?.. Pero es preciso que adore sobre todas las cosas a Amaranta.. pero Inés es tan sencilla, tan buena, tan.. pero Amaranta me subyuga, me fascina, me vuelve loco.. pero Inés.. pero Amaranta.. Esto decía yo, despeñado como corcel salvaje, por los derrumbaderos de mi fantasía; y ya habrá observado el lector que, al suponerme amado por una mujer poderosa, mis primeras ideas versaron sobre mi engrandecimiento personal, y el ansia de adquirir honores y destinos. En esto he reconocido después la sangre española. Siempre hemos sido los mismos. Levanteme, cogí el cesto para ir a la compra, y cuando recorría los puestos de la plazuela regateando las patatas y las coles, consideré cuán inconveniente y deshonroso era que se ocupase en tan bajos menesteres un joven destinado a ser dentro de algún tiempo generalísimo de los ejércitos de mar y tierra, gran almirante, ministro, y quién sabe si rey de algún reinito chico que le caería por chiripa en los repartos europeos. Dejando aparte por (p.214) ahora lo que se refiere a mi persona, voy a dar una idea de la opinión pública en aquellos días, con motivo de los sucesos políticos. En la plazuela advertí que se hablaba del asunto, y por las calles las personas se paraban preguntándose noticias, y regalándose mutuamente las mentiras de que cada cual era forjador o inocente vehículo. Yo hablé del caso con varias personas conocidas, y voy a copiar imparcialmente el parecer de algunas, pues siendo las más de diversa condición y capacidad, el conjunto de sus observaciones puede ofrecer exactamente una muestra del pensamiento público. Un hortera de ultramarinos, que era nuestro abastecedor y hombre muy aficionado a mover la sin hueso, me pareció más alegre que de ordinario y en extremo jovial con sus parroquianos. ¿Qué nuevas corren por ahí? le pregunté. ¡Oh!, grandes nuevas. Los franceses han entrado en España. Yo estoy contentísimo. Luego, bajando la voz, dijo con semblante risueño: ¡Van a conquistar a Portugal! Es para volverse loco de alegría. Hombre, no lo entiendo. ¡Ah! Gabrielillo: tú como eres un pobre chico, no entiendes estas cosas. Ven acá, mentecato. Si conquistan a Portugal, ¿para qué ha de ser sino para regalárselo a España? ¿Y un reino se conquista y se regala como si fuera una libra de nísperos, señor de Cuacos? Pues es claro. Napoleón es un hombre que me gusta. Quiere mucho a España, y se desvive por hacernos felices. Vaya con el hombre. ¿Y nos quiere por nuestra linda cara o porque le conviene, para sacarnos dinero, barcos, tropas, y cuanto le da la gana? dije yo, cada vez más resuelto a romper con Francia, cuando fuese ministro. Nos quiere porque sí, y sobre todo ahora va a quitar de en medio al señor Godoy, que ya nos tiene hasta el tragadero. ¿Querrá Vd. decirme qué es lo que ha hecho ese caballero para que todos le quieran tan mal? ¡Bicoca!, ahí es nada lo del ojo. ¿No sabes que es un embustero, atrevido, lascivo, tramposo y enredador? Ya sabemos todos a qué debe su fortuna, y la verdad es que la culpa no la tiene él, sino quien lo (p.215) consiente. Ya sabes tú que vende los destinos, ¡y de qué manera! Los que tienen mujer guapa o hija doncella son los que consiguen de Su Alteza cuanto solicitan. Pues ahora trata de que se vayan a América los príncipes para quedarse él de rey de España.. Pero no echó muy bien las cuentas, y a lo mejor se presenta Napoleón para desbaratar sus planes.. Sabe Dios lo que ocurrirá dentro de algunos días: yo creo que Napoleón, como amigo y admirador que es de nuestro gran Príncipe de Asturias, nos lo va a poner en el trono, sí señor.. y el Rey Carlos, con la buena pieza de su mujer, se irá a donde mejor le convenga. No hablemos más del asunto. Entré luego en la tienda de doña Ambrosia, a comprar un poco de seda que me había encargado la doncella, y vi tras el mostrador a la grave tendera, acariciando su gato, sin dejar por eso de atender a la conversación entablada entre D. Anatolio, el papelista de la acera de enfrente, y el abate D. Lino Paniagua, que estaba escogiendo unas cintas verdes y azules. No le quede a Vd. duda, señora doña Ambrosia decía el papelista ; de esta vez nos veremos libres del choricero. No puede ser menos contestó la tendera sino que alguna buena alma ha ido a Francia y le ha contado a ese bendito emperador todas las picardías que aquí hace Godoy, por lo cual éste ha mandado un ejército entero para quitarle de en medio. Pues con perdón de Vds. dijo el abate Paniagua alzando la vista , yo que frecuento la sociedad de etiqueta, puedo asegurar que las intenciones de Napoleón son muy distintas de lo que se cree vulgarmente. Napoleón no manda sus tropas contra Godoy, sino para Godoy; porque han de saber Vds. que en un tratado secreto (y esto lo digo con reserva) se ha convenido echar de Portugal a los Braganzas, y repartirse aquel reino entre tres personas, de las cuales una será el Príncipe de la Paz. Eso se dijo hace tiempo observó con desdén D. Anatolio ; pero ahora no se trata de tal reparto. La verdad pura y neta es que Napoleón viene a quitar el Portugal a los ingleses, lo cual está muy retebién hecho; (p.216) sí señor. Pues a mí me han dicho añadió doña Ambrosia , que lo que quiere Godoy es mandar al Príncipe a América con sus hermanos, para quedarse él solito de rey de España. Eso no lo habíamos de consentir. ¿Verdá usté D. Anatolio? Miren qué ideas de hombre. Pero ¿qué se puede esperar de quien está casado con dos mujeres? Y creo que las dos se sientan con él a la mesa, una a la derecha y otra a la izquierda dijo don Anatolio. Por Dios, hablemos bajo indicó con timidez D. Lino Paniagua . Esas cosas no deben decirse. Nadie nos oye, y sobre todo.. Si van a poner a la sombra a cuantos hablan de estas cosas, pronto se quedará Madrid sin gente. Verdad dijo Ambrosia bajando la voz . Mi difunto esposo, que santa gloria haya, y era el hombre de más verdad que ha comido nabos en el mundo, aseguraba.. (y crean Vds. que lo sabía de buena tinta) que cuando el choricero quiso que el consejo de Estado habilitase a la Reina para ser regenta.. pues, no sé si me explico.. era porque tenían el proyecto de despachar para el otro barrio a mi señor D. Carlos; de modo que.. ¡Qué abominaciones se dicen hoy! exclamó el abate. Como que es la pura verdad dijo don Anatolio. Yo también lo supe por persona que estaba en el ajo. Pero esto no se dice, señores, esto se calla respondió Paniagua . Yo, francamente, no gusto de oír tales cosas. Me da miedo; y si llega a oídos del señor Príncipe de la Paz, figúrense Vds. qué disgusto. Como no nos ha dado prebendas, ni le pedimos congruas.. En fin, despácheme Vd., señora doña Ambrosia, que tengo prisa. Esas cintas verdes son de etiqueta; pero lo que es las azules, no me atrevo a presentárselas a la señora condesa de Castro Limón. Despacharon al abate, y luego a mí, con más presteza de la que habría querido, pues de buen grado me hubiera detenido más para oír los comentarios políticos que tanto me agradaban. Ya iba derecho a casa, cuando acerté a tropezar con el reverendo padre Fray José Salmón, de la orden de la Merced, el cual era un sujeto excelente que visitaba a doña Dominguita (la (p.217) abuela de mi ama), con tanta frecuencia como exigían el arte de Hipócrates y el piadoso anhelo de bien morir; pues para administrar lo primero y preparar el ánima a lo segundo era un águila el buen mercenario Salmón, a quien sólo faltaba una o en su apellido para llamarse como el portento de la sabiduría. Detúvose en medio de la calle, e interpelándome con su acostumbrada afabilidad y cortesía, dijo: (p.218) ¿Y esa incomparable doña Dominga, cómo está? ¿Qué tal efecto te ha hecho el cocimiento de cáscaras de frambuesa, o sea, tetragonia ficoide, que llama Dioscórides? ¡Magnífico efecto! respondí, aunque estaba en completa ignorancia del asunto. Ya le llevaré esta tarde unas pildoritas.. prosiguió con las cuales o yo no soy el padre Salmón de la orden de la Merced, o esa señora ha de recobrar la agilidad de sus piernas.. Pero chico: qué buenas peras llevas ahí añadió metiendo la mano en el cesto y sacando la fruta indicada . Tú tienes buena mano derecha para comprar peras. Y acto continuo se la guardó, después de olerla, en la manga del luengo hábito, sin pedir permiso para ello, pues aunque siguió hablando, fue para añadir lo siguiente: Dile que iré esta tarde por allá a contarle las grandes novedades que ocurren en España. Vd. que sabe tanto dije impulsado por mi curiosidad , ¿podrá explicarme a qué vienen esos ejércitos franceses? Si tú tuvieras la mitad del talento que yo tengo repuso , te pondrías al tanto de las diversas razones que me hacen estar alegre considerando la llegada de esos señores. ¿Por ventura no sabes que Napoleón fue quien restableció el culto en Francia, después de los horrores y herejías de la revolución? ¿No sabes también que entre nosotros no falta algún endiablado personaje en cuya mente bullen atrevidos proyectos contra la Iglesia? Pues sabiendo esto, ¿a quién no se alcanza que el objeto de la entrada de esos ejércitos no es ni puede ser otro que dar merecido castigo al insolente pecador, al polígamo desvergonzado, al loco enemigo de los derechos (p.219) eclesiásticos? Luego ese Sr. Godoy ¿no sólo es un bribón, y un acá y un allá, sino que también es enemigo de la religión y los religiosos? pregunté asombrado de ver cómo aumentaba el capítulo de culpas del favorito. Sin duda dijo el fraile . Y si no, ¿qué nombre tiene el proyecto de reformar las órdenes mendicantes, quitándoles la vida conventual y obligando a esos buenos religiosos a servir en los hospitales generales? También agita en su diabólica mente el proyecto de sacar de las granjas que nos pertenecen lo necesario para fundar unas a modo de escuelas de agricultura; que sabe Dios lo que serán las tales escuelitas. ¡Oh! Y si fuera cierto lo que se dice añadió alargando la mano para hacer segunda exploración en mi cesto ; si fuera cierto lo que se dice respecto a la enajenación de parte de los bienes que ellos llaman de manos muertas.. Pero no nos ocupemos de esto, que más bien causa risa que indignación, y fijemos la vista en el astro de las Galias que cual divino campeón viene a libertarnos de la tiranía de un necio valido, poniendo en el trono al augusto príncipe en cuya sabiduría y prudencia fiamos. Al concluir esto había trasportado desde mi cesto a las mangas de su hábito otra pera y hasta media docena de ciruelas, dando después rienda suelta a los encomios de mi destreza en el comprar. Yo me apresuré a separarme de un interlocutor que me salía tan caro, y le di los buenos días, renunciando a las lecciones de su sabiduría. No había sacado en limpio gran cosa, ni disipado mis dudas, sobre lo que hoy llamaríamos la situación política, y lo único que vi con alguna claridad fue la general animadversión de que era objeto el Príncipe de la Paz, a quien se acusaba de corrompido, dilapidador, inmoral, traficante de destinos, polígamo, enemigo de la Iglesia, y, por añadidura de querer sentarse en el trono de nuestros Reyes, lo cual me parecía el colmo de la atrocidad. También vi de un modo clarísimo que todas las clases sociales amaban al Príncipe de Asturias, siendo de notar, que cuantos anhelaban su (p.220) próxima elevación al trono, fiaban tal empresa a la amistad de Bonaparte, cuyos ejércitos estaban entrando ya en España para dirigirse a Portugal. Volvía a la plazuela para reponer las bajas hechas en el cesto por su paternidad, y allí encontré.. ¿no adivinan Vds. a quién? El infeliz, acompañado de su hija Joaquinita, a quien natura había hecho poetisa entre dos platos, se ocupaba en comprar al fiado no sé que piltrafas y miserables restos, que eran su ordinario alimento. +l pedía las cosas, la jorobadilla se las regateaba, y entre los dos cargaban la ración, cuyo peso no hubiera fatigado a un niño de cinco años. La miseria había pintado sus más feos rasgos en el semblante de la hija y del padre, el cual era tan flaco y amarillo, que se dudaba cómo podía existir y moverse cuerpo tan endeble, no siendo galvanizado por el misterioso fluido del numen poético. ¿Necesito nombrarle? Era Comella. ¡Sr. D. Luciano, Vd. por aquí! dije saludándole con mucho afecto, porque aquel hombre me inspiraba la más viva compasión. ¡Ah, Gabriel! contestó , ¿y Pepita y doña Dominga? Tiempo hace que no las veo. Pero ya saben que aunque no las visito, porque el trabajo me lo impide, les estoy muy agradecido. Hoy espero ir por allá a llevarles a ustedes algún recadito dije respondiendo verbalmente a las tristes suplicantes miradas de la hija del poeta, cuyos ojos me hablaban el lenguaje del hambre. Es preciso que vayas por casa continuó el poeta tomándome el brazo, e indicando en su gravedad que lo que iba a confiarme era importantísimo . Como me has dicho que presenciaste lo de Trafalgar, quiero consultarte sobre ciertos detalles.. pues. Ya. Escribe Vd. la historia de aquella batalla. No: historia no, un dramita que va a dejar bizcos a los señores. Verás que pieza. Se titula El tercer Gran Federico y combate del 21. Buen título respondí ; pero no entiendo qué es eso del tercer Federico. ¡Qué tonto eres! El tercer Gran Federico es Gravina, y como ya hubo en Prusia un Gran Federico que era segundo, ¿no comprendes que es ingenioso, y (p.221) llamativo y tónico poner a nuestro almirante en la lista de los Grandes Federicos que ha habido en el mundo? Ciertamente. Es una idea que sólo a usted se le hubiera ocurrido. Ya Joaquina ha escrito las primeras escenas, que son preciosísimas. En primer término aparece la cubierta del Santísima Trinidad, a la derecha el navío de Nelson, y a lo lejos Cádiz con sus castillos y torreones. Debo advertirte que figuro a Nelson enamorado de la hija de Gravina, el cual se niega a dársela en matrimonio. La escena empieza con una sublevación de los marineros españoles que piden pan, porque en todo el barco no hay una miga. El almirante se enfurece y les dice que son unos cobardes, porque no tienen alma para resistir tres días sin comer, y les da el ejemplo de la más plausible sobriedad mandándose servir un pedacito de maroma asada. Nelson se presenta a decir que todo se acabará al fin si le dan la niña para llevársela a Inglaterra: la muchacha sale de la cámara bordando un pañuelo, y.. No dijo más, porque la violenta risa en que prorrumpí, sin poderme contener, le desconcertó un poco, aunque yo, para que no se enojara, le aseguré que me reía por cierto recuerdo despertado en mi memoria. La escena del hambre está escrita, y si he de decirte la verdad, no tiene pero. No dudo que esa escena puede ser admirable dije con malicia , sobre todo si ha puesto la mano en ella la señorita Joaquina. Ya hemos escrito a todos los teatros de Italia, que se disputarán, como siempre, el derecho de traducirla dijo Joaquinita. ¡Ah! Aquí no se recompensa el verdadero mérito. Bien dicen, que nadie es profeta en su patria: verdad es que la posteridad hace justicia: pero entretanto que esa justicia llega, los hombres superiores arrastramos miserable existencia, y nos morimos como cualquier pelafustán sin que nadie se acuerde de nosotros. Vamos a ver: ¿de qué me valen ahora a mí los mausoleos, las inscripciones, las estatuas con que han de honrarme en tiempos futuros, cuando la envidia calle y a nadie quede duda del mérito de mis obras? Y si no (p.222) ahí tienes a Cervantes, que es otro ejemplo como este mío. ¿No vivió en la miseria? ¿No murió abandonado? ¿Acaso tocó las ventajas positivas de ser el primer escritor de su siglo? Pues a mí me pasa dos cuartos de lo mismo: por supuesto que si algo me consuela es considerar cuánto se avergonzará la España futura al saber que el autor de Catalina en Cromstad, de Federico II en Glatz, de El negro sensible, de La enferma fingida por amor, de Cadma y Sinoris, de La escocesa de Lambrun y de otras muchas obras, ha vivido algún tiempo almorzando dos cuartos de sangre frita y otras cosas que no nombro por respeto al arte de la poesía, pues no lo quiero denigrar, denigrándome a mí mismo.. Pero no hablemos de estas cosas, que dan tristeza y obligan a renegar de una patria que no sabe premiar el mérito, y de unos tiempos en que los magnates protegen la envidia y persiguen la inspiración. Calma, calma, Sr. D. Luciano dije yo mostrándome interesado por el triunfo de la inspiración sobre la envidia ; tras esos tiempos vendrán otros. ¡Quién sabe lo que pasará mañana! Eso me han dicho, sí repuso Comella bajando la voz y con sonrisa de satisfacción. ¿Será cierto que Napoleón es del partido del Príncipe de Asturias? ¿Caerá Godoy? Eso no tiene duda. ¿Pues qué quiere Napoleón más que el bien de los españoles? Justo; y aunque él y Godoy han sido muy amigotes, ya parece que el otro ha conocido sus malas mañas, y sabe que todos queremos al heredero, con lo cual dicho se está que nos hará el gusto. En cuanto a Godoy, yo estoy en que no existe hombre peor en toda la redondez de la tierra. Pueden perdonársele los medios de su elevación; puede perdonársele que sea polígamo, ateo, verdugo, venal, y otras faltas por el estilo; pero lo que no tiene nombre y prueba mejor que nada la corrupción de las costumbres, es que proteja a los malos poetas, dando cordelejo a los que son buenos, y además nacionales, españoles como yo, y no admitimos ese fárrago de reglas ridículas y extranjeras con que Moratín y otros poetastros de polaina embaucan a los tontos. ¿No (p.223) piensas como yo? (p.224) Lo mismito que Vd. respondí . Y ahora verá el Sr. D. Luciano cómo los franceses, cuando hayan arreglado lo de Portugal, arreglarán a España y se acabará la protección a los malos poetas. Dios lo quiera así.. Pero es tarde y nos vamos, que antes del almuerzo hemos de dejar concluida la escena entre Nelson y la hija de Gravina. ¿Tanta prisa corre? Para fin de mes ha de estar en la Cruz. Tendrá un éxito atroz. Ya verás, Gabrielillo. Es preciso que vayas a aplaudir, porque me temo mucho que los de Estala, Melón y Moratinillo han de querer silbarla. Hay que estar con cuidado, y si ellos tienen la protección del gobierno, no hay que asustarse por eso, la posteridad juzgará. Con que adiós. Se marcharon a prisa, y yo me quedé pensando en la serie de maldades que habría cometido el Príncipe de la Paz, para tener también en contra suya a los malos poetas. Hasta mucho tiempo después no conocí que entre los infinitos actos reprensibles de aquel monstruo de la fortuna había algunos que la posteridad, por el contrario, debía recordar siempre con agradecimiento.
Ep-2-X Aún me faltaba oír, antes de volver a casa, otra opinión muy distinta de las anteriores, y era la para mí respetabilísima de Pacorro Chinitas, el amolador, personaje que tenía establecida su portátil industria en la esquina de nuestra calle. Me parece que aún estoy viendo la piedra de afilar que en sus rápidas evoluciones despedía por la tangente, al contacto del acero, una corriente de veloces chispas, semejantes a la cola de un pequeño cometa; y como era mi costumbre no apartar la vista de la máquina mientras hablaba con el Júpiter de aquellos rayos, el fenómeno ha quedado vivamente impreso en mi imaginación. Era Pacorro Chinitas un hombre que aparentaba más de edad de la que realmente tenía, merced a los disgustos domésticos, de que era autora su mujer, célebre buñolera del Rastro, a quien llamaban la Primorosa. No puedo menos de dar algunas noticias sobre este ejemplar matrimonio, (p.225) porque los dos seres que lo formaban figuran algo en acontecimientos posteriores, y que he de contar, si para entonces tengo vida y el lector paciencia, como espero. Es, pues, el caso que Pacorro Chinitas, varón manso y discreto, no podía hacer buenas migas con la Primorosa, cuya fama, extendida de polo a polo, es decir, desde la calle de la Pasión hasta el pórtico de San Bernardino, la acusaba de mujer pendenciera, batalladora y que partía de un bofetón un par de quijadas, sin que estas y otras hazañas la hicieran nunca caer en manos de la justicia. Chinitas se vio obligado a pedir una separación, resignándose a no tener más compañera que la rueda coronada de chispas, y en esta situación le conocí. Luego que nos hicimos amigos contome las picardías de su antigua mitad, y así como en otros temas era discretísimo, en este era muy pesado, pues no pasaba día sin que me regalara un nuevo capítulo de la larga historia de sus cuitas matrimoniales. Como yo encontrara en aquel hombre cierta madurez de juicio, cierto sentido práctico que en los demás no hallaba, resultó que me aficioné a su conversación, y cuanto él decía me parecía entonces de perlas, sin que pudiera explicarme la razón de esta preferencia por los juicios de un hombre ignorante y rudo. Después he meditado bastante sobre las cosas de aquel tiempo, y sobre la opinión general, y puedo deciros sin miedo de equivocarme, que el hombre de más talento que conocí en aquellos días fue el amolador de la calle del Baño. Para muestra referiré mi conversación con él. ¡Hola, Chinitas! ¿Cómo va? ¿Qué es eso que cuentan por ahí? ¿Con que tenemos a los franceses en España? Eso dicen contestó . Y la gente está contenta. Y parece que van a cogerse a Portugal. Pues ello.. así dicen. Eso me parece muy bien. ¿Para qué sirve Portugal? Mira Gabrielillo dijo incorporándose y apartando de la rueda las tijeras, con lo cual cesaron por un momento las chispas ; tú y yo somos unos brutos que no entendemos palotada de cosas mayores. Pero ven acá: yo estoy en que todos esos (p.226) señores que se alegran porque han entrado los franceses, no saben lo que se pescan, y pronto vas a ver cómo les sale la criada respondona. ¿No piensas tú lo mismo? ¿Qué he de pensar? Como Godoy es tan malo de por sí, cátate ahí que Napoleón viene a quitarlo de enmedio, y a poner en el trono al Príncipe de Asturias, que dicen es un gerifalte para el gobierno. Chinitas volvió a aplicar el acero a la piedra, dandole movimiento con el pie, y después de contestar a mis observaciones con un mohín muy expresivo, añadió: Yo digo y repito que todos estos señores parece que están bobos. Nosotros, los que no sabemos leer ni escribir, acertamos a veces mejor que ellos; y lo que ellos no pueden ver, porque les encandila el sol de un poder que tienen tan cerca, lo vemos nosotros desde abajo; y si no, di tú: ¿No es preciso estar ciego para comprender que Napoleón no dice lo que tiene pensado? ¿Ese hombre, no ha revuelto todas las partes del mundo; no ha quitado de los tronos los reyes que ha querido para poner a los mocosos de sus hermanos? Dicen que viene a poner al Príncipe de Asturias y a quitar al choricero. De eso me río yo. Sí, porque Godoy y él no están de compinche para hacer cualquier picardía.. A mí con esas. Lo que menos le importa a Napoleón es que reine Fernandito o prive D. Manuel; lo que él quiere es cogerse a Portugal para darle un pedazo a Godoy, y otro pedazo a la infanta que han puesto de reina allá en Trucha o Truria.. Pues que lo cojan y lo repartan dije yo con gran crueldad para nuestros vecinos , ¿qué nos importa? Con tal que quiten a ese hombre tan malo.. Si cogen a Portugal, porque es un reino chiquito, mañana cogerán a España, porque es grande. Yo me enfado cuando veo a esos bobalicones que andan por ahí, abates, petimetres, frailes, covachuelistas, y hasta usías muy estirados, que se ríen y se alegran cuando oyen decir que Napoleón se va a embolsar a Portugal, y con tal de ver por tierra al guardia, no les importa que el francés eche el ojo a un bocadito de España, que no le vendrá mal para acabar de llenar el (p.227) buche. Pero como dicen que no hay pecado que el choricero no haya cometido.. Mira, chiquillo contestó con aplomo, probando con el dedo el filo de las tijeras ; yo me río de todas las cosas que cuentan por ahí. Es verdad que ese hombre es un ambicioso que no va más que a enriquecerse; pero si ha llegado a ser duque y general y príncipe y ministro, ¿de quién es la culpa sino de quien le ha dado todo eso sin merecerlo? Si vienen y te dicen a ti: «Gabriel, mañana vas a ser esto y lo otro, porque me da la gana, y sin que necesites para ello quemarte las cejas estudiando latín», ¿qué dirás tú? Dirás, «pues venga.» Eso no tiene duda. Y aunque ese hombre es una buena pieza y ha hecho muchas maldades, la mitad de lo que dicen es mentira. También habrás visto que hoy le escupen muchos que antes le adulaban; es que saben que va a caer, y la sombra del árbol carcomido no le gusta a la gente. ¡Ah!, me parece que aquí vamos a ver grandes cosas, sí señor, grandes cosas. Digo y repito, que de esto va a resultar lo que nadie piensa, y muchos que hoy se restriegan las manos de contento, llorarán mañana a moco y baba; y si no, acuérdate de lo que te digo. Aquellas razones, que me parecían encerrar profunda verdad, me hicieron pensar; y como persona que ya se preciaba de saber escoger los hombres, pensé que aquel sabio amolador era digno de ocupar un puesto de consideración a mi lado, cuando yo fuera generalísimo, primer secretario de Estado, archipámpano, y tuviera todas las jerarquías que esperaba de la protección y ayuda de mi divina Amaranta. Pues yo lo que deseo dije , es que venga de una vez ese príncipe tan bueno, que todo lo ha de arreglar a pedir de boca. ¿No cree usted, lo mismo? Mira, chiquillo repuso Chinitas con sibilítico tono , yo me tengo tragado que el heredero no vale para maldita la cosa, y esto no se puede decir sino acá para entre los dos, porque si algunos nos oyeran, lloverían almendradas. Cuando vivía la señora princesa de Asturias, que en gloria esté, todos decían que Fernandito era enemigo de los franceses y de (p.228) Napoleón, porque éste ayudaba a Godoy, y ahora resulta que los franceses son la mejor gente del mundo y Napoleón tan bueno como pan bendito, sólo porque parece arrimarse al partido del Príncipe de Asturias. Esa no es gente formal, Gabrielillo; y yo lo que veo es que el heredero tiene muchas ganas de serlo antes de que muera su padre, aunque es de creer que el canónigo de Toledo y otros personajes le tienen sorbidos los sesos, y serían capaces de obligarle a ser mal hijo, con tal que ellos pudieran después echarse al cuerpo los mejores destinos. Esa gente de arriba es muy ambiciosa, y hablando mucho del bien del reino, lo que quiere es mandar; tenlo presente. Yo, aunque no me han enseñado a leer ni a escribir tengo mi gramática parda; sé conocer a los hombres, y aunque parece que somos bobos y nos tragamos todo lo que nos dicen, ello es que a veces columbramos la verdad mejor que otros muy sabiondos, y vemos clarito lo que ha de venir. Por eso te digo que veremos cosas gordas, muy gordas; y si no, acuérdate de lo que te digo. Así habló Chinitas. Cuando me separé de él para entrar en casa, recuerdo, que iba resumiendo las distintas conferencias de aquella mañana y lo mucho y vario que sobre un mismo asunto había oído en anteriores días. Cada cual juzgaba los sucesos según sus pasiones, y como yo no podía formarme idea exacta de la importancia de aquellos hechos, en mi juvenil ignorancia y equivocado patriotismo, creía muy justo que el conquistador del siglo se apoderara de un pequeño reino, que a mi juicio no servía más que de estorbo. En cuanto a Godoy, no había duda de que los comerciantes, los nobles, los petimetres, el pueblo, los frailes, y hasta los malos poetas anhelaban su caída, unos con razón y otros sin ella; unos por convicción de la ineptitud del valido; bastantes por envidia, y muchos porque creían a pie juntillas que habíamos de estar mejor cuando nos gobernara el heredero de la corona. Fue singular cosa que todos se equivocaran respecto a la marcha de los futuros sucesos esperando el próximo arreglo de todos los (p.229) trastornos; fue singular cosa que el optimismo ciego de la mayoría no alcanzase a comprender lo que penetró con su ruda desconfianza el buen juicio del amolador. Cada vez estoy más convencido de que Pacorro Chinitas fue una de las más grandes notabilidades de su época.
Ep-2-XI Ignoro si fueron las conversaciones de aquel día u otras causas, las que enfriaron el entusiasmo de que yo estaba poseído por la mañana. ¡Cuánto he desvariado! decía para mí y lo más seguro será que Amaranta habrá visto solamente en mí un chico dispuesto a servirla mejor que otro. Sin embargo, mi curiosidad era tan viva que no podía ocuparme en cosa alguna, ni estar con calma en ninguna parte. Aquel día ni aun pude visitar a Inés; y cuando cumplí las obligaciones de la casa me dispuse a acudir a la cita. Vestime con el mayor esmero, dedicando el conjunto de las fuerzas de mi inteligencia a conseguir que la persona de un servidor de ustedes fuese el dechado de todas las gracias, y el resumen de cuantas perfecciones concedió la Naturaleza a la juventud. El pedazo de espejo que limpié desde por la mañana aduló mi amor propio, confirmando ante mí la enfática presunción de que no escaseaban en el semblante del criado de la González ciertos agradables rasgos, dignos de hacer fijar la atención. Fue aquélla la primera vez que me sentí presumido: después, recordándolo, he sentido ganas de abofetearme. Yo habría deseado tener entonces el vestido más rico, más lujoso, más elegante, más luciente que pudieran hacer los sastres del planeta que habitamos; pero tuve que contentarme con el mío humildísimo, sin más adorno que el del aseo, la pulcritud y esmero de mi peinado. Mi traje era modesto; pero a pesar de ello, yo conocía que estaba bien, y que mi persona y aire predisponían en favor mío. Con esto y con pensar durante un breve rato ciertas frases delicadas y elegantes que me parecían muy propias para contestar a los obsequios de la diosa, di por terminados los preparativos, y salí de la casa, sin dar cuenta a nadie de mi (p.230) expedición. Llegué a la casa de la calle de Cañizares, residencia de la señora marquesa, de quien era hermano el diplomático, pregunté por Dolores, apareció ésta, y sin decirme nada me condujo por largos y oscuros pasadizos, hasta que al fin dio conmigo en un camarín muy lujoso, donde me ordenó que esperase. Mientras así lo hacía, creí sentir en la pieza inmediata voces de señoras que hablaban y reían, y también creí escuchar la desentonada voz del diplomático. Amaranta no me hizo aguardar mucho tiempo. Cuando sentí el ruido de la puerta, cuando vi entrar a la hermosa dama, cuando se adelantó hacia mí sonriendo con bondad, pareciome que un ente sobrenatural se me acercaba, y temblé de emoción. Has sido puntual me dijo . ¿Estás dispuesto a entrar en mi servicio? Señora contesté sin poder recordar ninguna de las frases que traía preparadas , estoy con mucho gusto a las órdenes de usía para cuanto se digne mandarme. O yo me engaño mucho dijo la dama sentándose junto a mí , o tú eres un chico bien nacido, hijo de alguna noble familia, y te hallarás hoy en posición más baja de lo que te corresponde. Mi padre era pescador en Cádiz respondí sintiendo por primera vez en mi vida no ser noble. ¡Qué lástima! exclamó Amaranta : sin embargo, no importa. Pepa me ha dicho que cumples lo que se te encarga con mucha puntualidad, y sobre todo con gran reserva; que eres formal a toda prueba; me ha dicho también que tienes imaginación, y que podrías ser en otra esfera un hombre de provecho. Mi ama dije disimulando mi orgullo , me hace demasiado favor. Bueno continuó la diosa . Ya comprendes que entrar en mi servicio sin más recomendación que el propio mérito es más de lo que pudieras desear. Pero me parece que tú tienes disposición para más altos empleos, y.. creo que no serás desfavorecido por la fortuna. ¿Quién sabe lo que llegarás a ser? ¡Oh, sí señora, quién sabe! dije sin contener el entusiasmo que en mí producían aquellas palabras. Amaranta estaba sentada frente a mí, como he dicho: su mano (p.231) derecha jugaba con un grueso medallón pendiente del cuello, y cuyos diamantes, despidiendo mil luces, deslumbraban mis ojos. Tanta era mi gratitud y admiración hacia aquella mujer, que no sé cómo no caí de rodillas a sus plantas. Por de pronto no te exijo sino una grande fidelidad en mi servicio. Yo acostumbro recompensar bien a los que bien me sirven, y a ti más que a nadie, porque me han cautivado tu orfandad, tu abandono y la modestia y circunspección que hallo en tu persona. (p.232) Señora exclamé en la efusión de mi gratitud ; ¿cómo podré pagar tantos beneficios? Siéndome fiel y haciendo puntualmente lo que te mande. Seré fiel hasta la muerte, señora. Ya ves que exijo poco. En cambio Gabriel, yo puedo hacer por ti lo que no has soñado ni podrías soñar. Otros con menos méritos que tú, se han elevado a alturas inconcebibles. ¿No te ha ocurrido que podrías tú subir lo mismo, encontrando una mano que te impulsara? ¡Sí, señora! Sí me ha ocurrido, y ese pensamiento me ha vuelto loco contesté . Viendo que usía se dignaba fijar en mí sus ojos, llegué a creer que Dios había tocado su buen corazón, y que todo lo que hasta ahora me ha faltado en el mundo, iba a recibirlo de una sola vez. Has pensado bien dijo Amaranta sonriendo . Tu adhesión a mi persona y tu obediencia a mis órdenes te harán merecedor de lo que deseas. Ahora escucha. Mañana voy al Escorial, y es preciso que vengas conmigo. Nada digas a tu ama; yo me encargo de arreglarlo todo, de manera que consienta en el cambio de servidumbre. No digas tampoco a nadie que me has hablado, ¿entiendes? Pasado mañana irás a mi casa, desde donde puedes hacer el viaje en los coches que saldrán al mediodía. Estaremos en el Escorial pocos días, porque regresaremos para ver la representación que ha de darse en esta casa, y entonces, quizás vuelvas por unos días al servicio de Pepa. ¡Otra vez allá! dije admirado. Sí: ya sabrás más adelante todo lo que tienes que hacer. Con que retírate ya: no faltes mañana. Prometí ser puntual y me (p.233) despedí de ella. Diome a besar su mano con tan dulce complacencia, que me sentí electrizado al poner mis labios en su blanca y fina piel. Ni sus modales, ni sus miradas, ni ninguno de los accidentes de su comportamiento para conmigo eran los de una ama para con su criado. Más bien parecía tratarme como de igual a igual, y en cambio yo, ciego ya para todo lo que no fuera la protección de Amaranta, me lancé en la esfera de atracción de aquel astro que inundaba mi alma de luz y calor. Salí a la calle.. ¿a quién comunicar mi alegría? Al punto me acordé de Inés, y subí la escalerilla que conducía a su sotabanco, pues no sé si he dicho que la habitación de mis amigos estaba en la misma casa. Encontré a Inés muy triste, y habiendo preguntado la causa, supe que doña Juana, cuya naturaleza se desmejoraba con el continuo trabajar, había caído enferma. ¡Inés, Inesilla! exclamé al encontrarme solo en la sala con la muchacha . Quiero hablarte. ¿Sabes que me voy? ¿A dónde? me preguntó con viveza. ¡A palacio, a la corte, a correr fortuna! ¡Ah, picarona; ahora no te reirás de mí; ahora va de veras! ¿Qué va de veras? Que se me ha entrado por las puertas la fortuna, chiquilla. ¿Te acuerdas de lo que hablamos el otro día? Bien te lo decía yo, y tú no me hacías caso. ¿Pero no ves, reinita, que eso se cae de su peso? Que así como otros han llegado a su mayor altura sin mérito propio, y sólo porque a alguna gran persona se le antojó protegerles, nada tendría de extraño que a mí me aconteciera dos cuartos de lo mismo, sí, señorita. Eso es muy claro: avisa cuando llegues arriba. De modo que mañana te tendremos de general o ministro cuando menos. No te burles, ¿estamos? Tanto como mañana, no; pero ¿quién sabe? Inés empezó a reír, dejándome bastante confuso. Pero ven acá, tonta dije con una seriedad, cuyo recuerdo me hace morir de risa ; tú no estás oyendo hablar todos los días de un hombre que no era nada, y hoy lo es todo; de un hombre que entró a servir en la guardia española, y de la noche a la mañana.. ¡Hola, hola! dijo Inés burlándose de mí (p.234) con más crueldad . Esas tenemos, Sr. D. Gabriel. ¡Qué callado lo tenía Vd.! ¿Se puede saber quién es la dama que se ha enamorado de Vd.? Tanto como enamorarse, no, tonta respondí, cortado ; pero.. ya ves. Como uno no es saco de paja.. qué quieres. Todo el mundo, aunque no valga nada, encuentra una persona a quien le gusta.. Inés continuó riendo; pero yo conocí que después de mis últimas palabras, la pobre necesitaba muchos esfuerzos para aparentar alegría. Como su carácter no era apto para el disimulo, luego cesó de reír y se puso muy seria. Bien, excelentísimo señor dijo haciéndome una grave cortesía ; ya sabemos a qué atenernos. La cosa no es para enfadarse dije yo sintiéndome repuesto de mi turbación ; lo que hay es, que si una persona me quiere proteger, no he de hacerle ascos. ¡Y si tú la conocieras, Inesilla; si tú vieras qué mujer, qué señora!.. Todo lo que te diga es poco; así es que no te digo nada. ¿Y esa señora se ha enamorado de ti? Dale con el enamoramiento; no es eso, mujer. Es que entro a servirla; aunque quién sabe lo que podrá pasar.. Si vieras cómo me trata.. Como de igual a igual, y se interesa mucho por mí.. y es muy rica.. y vive en un palacio muy grande cerca de aquí.. y tiene muchos criados.. y lleva en el cuello un medallón con un diamante como un huevo.. y cuando le mira a uno, se queda uno atortolado.. y es muy guapa.. y en palacio puede tanto como el Rey.. y se llama.. Recordé de pronto que Amaranta me había prohibido revelar su entrevista con ella, y callé. Bueno dijo Inés . Ya veo que dentro de poco le tendremos a usía hecho un archipámpano, con muchos galones y cintajos, dando que hablar a la gente, y teniendo el gusto de oírse llamar ladrón, enredador, tramposo y cuanto malo hay. Mira tú lo que es no entender las cosas dije algo incomodado . ¿De dónde sacas tú que todos los hombres célebres y poderosos, sean ladrones y pícaros? No señor, también pueden ser buenos; y lo que es yo.. supón, chiquilla, que por arte del demonio llegara yo a ser.. no te rías, que de menos hizo Dios a Cañete; y todos somos (p.235) hijos de Adam; y tan de carne y hueso es Napoleón Bonaparte como yo. Pues suponte que llego a ser.. no te rías. Si te ríes me callo. Si no me río dijo Inés, conteniendo la hilaridad que de nuevo la acometía . Lo que dices está muy en razón, chiquillo. Si no hay más que ponerse a ello. ¿Qué cuesta ser generalísimo, ministro, príncipe o duque? Nada. Ni ¿a qué viene el romperse los ojos estudiando por aprender todas las cosas que se deben saber para gobernar? Si los aguadores y los mozos de cuerda, y los horteras, y los monaguillos, son unos tontos de camisón, cuando no se van todos a palacio, sabiendo que tienen seguro el sueldo de consejeros con sólo guiñarle el ojo a una dama. Y si todas las damas no son tiernas de corazón, con tocarle el codo a alguna de las cocineras de palacio, está hecho todo. No es eso: veo que tú no entiendes dije no sabiendo cómo hacerme comprender de Inés . Eso que dices de aprender y saber gobernar, y lo demás, no viene al caso. Verdad es que antes se necesitaba ser hombre de ciencia para medrar; pero hoy, chiquilla, ya ves lo que pasa. No es sólo Godoy, son cientos de miles los que ocupan altos puestos sin valer maldita de Dios la cosa. Con un poco de despejo basta. Si sabré yo lo que me digo. Ven acá, Gabriel me dijo Inés dejando su costura . Las cosas del mundo pasan siempre como deben pasar. Esto lo sé yo sin que nadie me lo haya dicho. Los hombres que mandan a los demás, están en aquel puesto por su nacimiento, pues.. porque así está arreglado, de modo que los reyes nacen de los reyes.. Cuando algún hombre que no ha nacido en cuna real llega a gobernar el mundo, debe ser por que Dios le ha dado un talento, una cosa celestial que no tienen los demás. Y si no, ahí me tienes a Napoleón, que es emperador de todo el mundo, y manda no sé cuántos millones de soldados; pero es porque él se lo ha ganado, y porque desde chiquito aprendía cuanto hay que saber, y los maestros se quedaban lelos, viendo que sabía más que ellos.. El que sube tanto sin tener mérito es por (p.236) casualidad, o por mil picardías, o porque los reyes lo quieren así; ¿y qué hacen para tenerse arriba? Engañan a la gente, oprimen al pobre, se enriquecen, venden los destinos y hacen mil trampas. Pero buen pago les dan, porque todo el mundo les aborrece y lo que se desean es verles por los suelos. ¡Ah, chiquillo! Yo no sé como no entiendes esto, esto que es tan claro como el agua.. A pesar de ser tan claro como el agua, yo no lo comprendía. Muy lejos de eso, estaba tan obcecado, tan dominado por la vanidad, que no vi sino impertinencias y majaderías en las juiciosas razones de la costurerilla. Aún fue más lejos mi soberbia, porque mi amor propio se resintió; me sentí pavo real, erguí mi cuello, levanté la cola tornasolada, y con mis feas patas de pájaro vanidoso pisoteé la discreta paloma, diciéndole estas palabras: Inés, hablemos claro. Veo que tú no comprendes ciertas cosas.. Tú eres muy buena, y por eso te quiero y te estimo. No dudes por lo tanto que de aquí en adelante haré en bien tuyo cuanto me sea posible. Tú eres muy buena; pero es preciso confesar que tienes pocos alcances. Al fin eres mujer, y las mujeres.. como no sea hacer calceta, y de poner el puchero a la lumbre, de nada entienden una higa. Este negocio que tratamos no es para tu pobre cabecita. Los hombres son los que lo entendemos bien, porque tenemos un modo de ver las cosas más por lo alto, porque en fin, tenemos más talento. No extraño lo que me has dicho porque.. ¿tú qué puedes entender?.. Pero eres una chica muy buena: te quiero, te quiero mucho, no te enfades. Puedes estar segura de que jamás me olvidaré de ti. Lector: cuando leas esto te suplico que te despojes de toda benevolencia para conmigo. Sé justiciero e implacable, y ya que no me tienes, por ventaja mía, al alcance de tus honradas manos, descarga en el libro tu ira, arrójalo lejos de ti, pisotéalo, escúpelo.. ¡ay!, pero no: él es inocente, déjalo, no lo maltrates, él no tiene culpa de nada; su único crimen es haber recibido en sus irresponsables hojas lo que yo he querido poner en él, lo bueno y lo (p.237) malo, lo plausible y lo irrisorio, lo patético y lo tonto que al escribir esta historia he ido sacando, escarbador infatigable, de los escombros de mi vida. Si algo encuentras que me desfavorezca, tan mío es como lo que te parezca laudable. Ya habrás conocido que no quiero ser héroe de novela: si hubiera querido idealizarme, fácil me habría sido conseguirlo, cuidando de encerrar con cien llaves todas mis flaquezas y necedades, para que sólo quedasen a la vista del público los hechos lisonjeros, adicionados con lindísimas invenciones, que en caso de apuro no me habrían de faltar. Pero repito que no quiero idealizarme: bien sé que a los ojos de muchos, mi personalidad estaría cien codos más alta, si yo representase en mí a un mozuelo desvergonzado, pendenciero y atrevido, que en los diez y seis años de su edad hubiese tenido tiempo y fortuna para matar en duelo a dos docenas de semejantes, y quitar la honra a igual número de doncellas, casadas o viudas, esquivando la persecución de la justicia y la venganza de celosos padres o maridos. Todo esto sería muy bonito; pero diré con el latino: sed nunc non erat hic locus. Como prueba de mi modestia, no he vacilado en copiar el diálogo con Inés, que me favorece tan poco, atreviéndome a esperar que si el lector no me adorase romántico, podrá apreciarme sincero. Hagamos, pues, las paces y continuaré la narración en el mismo punto en que la dejé; y es que habiendo espetado las palabras referidas y aun algunas más, hijas de mi estólida vanidad, dejé a Inés, creyendo que debía buscar interlocutor más conforme a la alteza y sublimidad de mis pensamientos. Inés no me dijo una palabra más, y yo, atraído por los alegres sones de la flauta tocada por D. Celestino, fui a buscarle a su cuarto, y con las manos juntas atrás, y el aire de persona protectora, le hablé así: ¿Cómo van esos asuntos, señor mío? ¡Oh, divinamente! contestó con su optimismo de siempre . Al fin se me hará justicia, y según me ha dicho esta mañana el oficial de la secretaría, no puede pasar de la semana que viene. Me (p.238) parece que a Vd. no le vendría mal un arciprestazgo de buena renta o cosa así.. Dígolo, porque aunque a Vd. le sorprenda, tal vez exista alguna persona que se lo pueda conseguir. ¿Quién, hijo mío, quién, a no ser mi paisano y amigo el Serenísimo Príncipe de la Paz? En donde menos se piensa salta una liebre.. Ya veremos, ya veremos dije yo haciendo todo lo posible para que la expresión de mi semblante fuera la más misteriosa y grave. Quedóse aturdido con mis palabras, y volví al lado de Inés, de quien no quería despedirme dejándola enojada. Con gran sorpresa mía, la muchacha no conservaba enfado alguno, y me habló con aquella incomparable ecuanimidad que siempre fue su principal atractivo. Despedime prometiendo que la recordaría siempre, y ella se mostró tan afable, tan cariñosa como si nada hubiera pasado. Su espíritu, cuya elevación y superioridad desconocía yo entonces, confiaba firmemente sin duda en mi pronta vuelta. A los dos días mi ama me dijo que había convenido con Amaranta en que yo pasara a servir a ésta. Arreglé mi pequeño ajuar, y fui a la casa de mi nueva dueña. Allí me pusieron una librea, y subiendo al coche de la servidumbre, el cual seguía a otro ocupado por la marquesa y su hermano el diplomático, emprendí el camino del Escorial, a donde llegamos por la noche.
Ep-2-XII Como al llegar al Escorial nos encontrarnos sorprendidos por la noticia de gravísimos acontecimientos, no estará demás que mencione lo que por el camino me contó el mayordomo de la marquesa, pues a sus palabras dio profético sentido lo que ocurrió después. Me parece que en el Real Sitio pasa algo que va a ser sonado me dijo . Esta mañana se decía en Madrid.. Pero lo que haya lo hemos de saber pronto, pues dentro de tres horas y media si Dios quiere daremos fondo en la Lonja. ¿Y qué se decía en Madrid? Allí todos quieren al Príncipe y aborrecen a los Reyes Padres, y como parece que sus majestades se han propuesto mortificar al muchacho, apartándole de su lado.. Eso yo lo he visto, y el Príncipe tiene (p.239) una cara que da compasión.. Se dice que sus padres no le quieren, lo cual está muy mal hecho: a mí me consta que ni una sola vez le lleva el rey a las cacerías, ni le sienta a la mesa, ni le muestra aquel cariño que parece natural en un buen padre. ¿Será que el Príncipe anda metido en conspiraciones y enredos? dije. Ello bien pudiera ser. Según oí la semana pasada en el Real Sitio, el Príncipe se da unas encerronas que ya ya.. no habla con nadie, está como quien ve visiones, y se pasa las noches en vela. Con esto la Corte andaba muy alarmada, parece que acordaron vigilarle hasta averiguar lo que traía entre manos. Pues ahora caigo en que me dijeron que el Príncipe era algo literato, y se pasaba las noches traduciendo del francés o del latín, que esto no lo recuerdo bien. Sí, en el Escorial se cree eso; pero sabe Dios.. Hay quien asegura que lo que el Príncipe trae entre manos es cosa gorda; que las tropas de Napoleón que han entrado en España, lo que menos piensan es guerrear con Portugal, y parece que vienen a apoyar a los partidarios del Príncipe. Esas son patrañas; quizás el pobre Fernandito no piensa más que en traducir sus libros.. Parece que el que tradujo hace poco no gustó a los papás, porque hablaba de no sé qué revoluciones, y ahora está con otro: como no sea alguna endiablada tramoya para pescar el trono.. Así continuó poco más o menos nuestra conversación hasta que llegamos al Real Sitio. El diplomático y su hermana se apearon de su coche, y nosotros del nuestro. Como los dos viajeros debían aposentarse en palacio y en las habitaciones de Amaranta, que ya había llegado el día anterior, desde luego el mayordomo nos encaminó allá haciéndonos recorrer medio mundo en escaleras, galerías, patios y pasillos. Todo indicaba que ocurría algo extraordinario en la regia morada, porque se veía por los pasillos y salas de tránsito más gente de la que acostumbraba estar en pie a tal hora, que era la de las diez. Preguntó la marquesa; mas le contestaron de un modo tan vago, que nada pudo sacar en claro. Instalados en las (p.240) habitaciones de mi ama, donde me ocupé en acomodar los equipajes, según las órdenes que se me daban, al poco rato entró Amaranta tan inmutada, que fue preciso aguardar un poco para que, repuesta de su zozobra, pudiese explicar lo que pasaba. ¡Ay! exclamó, cediendo a las reiteradas preguntas de sus tíos ; lo que pasa es terrible. ¡Una conjuración, una revolución! ¿En Madrid no ocurría nada cuando Vds. salieron? Nada; todo estaba tranquilo. Pues aquí.. Es una cosa tremenda, y quién sabe si estaremos vivos mañana. Pero hija, dínoslo claramente. Parece que se ha descubierto que querían asesinar a los Reyes; todo estaba preparado para un movimiento en palacio. ¡Qué horror! exclamó el diplomático . Bien decía yo que bajo la capita de servidores del Rey se escondían aquí muchos jacobinos. No es nada de jacobinos continuó mi ama . Lo más extraño es que el alma de la conjuración es el príncipe de Asturias. No puede ser dijo la marquesa, que era muy afecta a S. A. . El Príncipe es incapaz de tales infamias. Justo y cabal, lo que yo decía. Sus enemigos han ideado perderle por la calumnia, ya que no lo han conseguido por otros medios. Pues la revolución preparada, que por lo que dicen, iba a ser peor que la francesa prosiguió Amaranta se ha fraguado en el cuarto del Príncipe, a quien se han encontrado unos papelitos que ya.. Dícese que están complicados el canónigo D. Juan de Escóiquiz, el duque del Infantado, el conde de Orgaz y Pedro Collado, el aguador de la fuente del Berro, hoy criado del Príncipe. Creo que tú, sobrina dijo el marqués ofendido de que mi ama contase cosas que él no sabía , te dejas arrastrar por tu impresionable imaginación. Tal vez lo que ocurre no tenga importancia alguna, y pueda yo esclarecerlo con datos y noticias de índole muy reservada que se me han trasmitido de cierta parte que debo callar. Yo contaré lo que me han dicho. Desde algún tiempo llamaba la atención que el Príncipe pasase las noches encerrado en su cuarto sin compañía, aunque los Reyes creían que se ocupaba en (p.241) traducir un libro francés. Pero ayer se encontró S. M. en su cuarto una carta cerrada, cuyo sobre no tenía más que estas palabras: luego, luego luego. Abrióla el Rey, y leyó un aviso sin firma, en que le decían: «Cuidado, que se prepara una revolución en palacio. Peligra el trono y la reina María Luisa va a ser envenenada.» (p.242) ¡Jesús, María y José! exclamó la marquesa, que como mujer nerviosa estuvo a punto de desmayarse . Pero, ¿qué demonio del infierno se ha metido en el Escorial? Figúrense Vds. cómo se quedaría el pobre Rey. Al punto sospecharon del Príncipe y decidieron ocuparle sus papeles. Dudaron mucho tiempo sobre el modo de hacerlo; pero al fin el Rey se decidió a reconocer él mismo en persona el cuarto de su hijo. Fue allá con pretexto de regalarle un tomo de poesías, y según dicen, Fernando se turbó de tal modo al verle entrar, que descubrió con su mirar medroso y azorado el sitio en que estaban los papeles. El Rey los cogió todos, y parece que padre e hijo se dijeron algunas cosas un poco fuertes; después de lo cual, Carlos salió indignado ordenándole que permaneciese en su cuarto sin recibir a persona alguna.. Esto fue ayer; en seguida vino el ministro Caballero, y entre él y los Reyes examinaron los papeles. No sabemos lo que pasó en esta conferencia; pero debió de ser cosa fuerte, porque la reina se retiró a su cuarto llorando. Después se dijo que los papeles encontrados en poder del Príncipe contenían la clave de terribles proyectos, y según afirmó Caballero después de hablar con los Reyes, el Príncipe Fernando debía ser condenado a muerte. ¡A muerte! exclamó la marquesa . Pero ¡esa gente está loca! ¡Condenar a muerte a todo un Príncipe de Asturias! No hay que apurarse todavía dijo el diplomático con su acostumbrada suficiencia . Tal vez se nos muestren esos papeles para saber nuestro dictamen, y haremos luminoso estudio de todos ellos para resolver lo que convenga. Pero ¿no se sabe lo que contenían esos papeles? preguntó la marquesa. Se cuentan tantas cosas en (p.243) palacio, que no se sabe la verdad. La reina no nos ha dicho nada, y ha pasado toda la noche a lágrima viva, lamentándose de la ingratitud de su hijo. También dice que no permitirá que se le persiga, porque él no tiene la culpa de lo que ha hecho, sino esos dos o tres pícaros ambiciosos que le rodean. Dejémonos de anticipar juicios sobre estos sucesos dijo el marqués . Ya lo averiguaré yo todo, y sabré si es un complot de los enemigos del Príncipe o simplemente una verdadera y efectiva conjuración; mas cuando yo lo sepa, guárdense Vds. de preguntarme, pues ya conocen mis ideas.. Parece que han decidido formar causa para averiguar quiénes son los delincuentes continuó Amaranta , y esta noche va el Príncipe a declarar a la Cámara regia. A este punto llegaban de tan interesante conversación, cuando sentimos cierto rumor como de gente que se agolpaba en sitio cercano a la habitación en que estábamos. Como no tenía gran cosa que hacer cerca de mi ama, y además la curiosidad me llamaba fuera, salí, bajé una escalera y halléme en una anchurosa pieza tapizada, que correspondía por ambos lados a otras de igual tamaño y parecidos adornos. Recorrí dos o tres siguiendo la dirección de las personas que se encaminaban a un lugar determinado, y no vi nada digno de llamar la atención más que algunos grupos de palaciegos que cuchicheaban por lo bajo con mucho calor. Yo me enorgullecía de encontrarme en palacio, creyendo que sólo por el contacto del suelo que pisaban mis pies, tenía nuevos títulos a la consideración del género humano; y como cuantos llevamos la generosa sangre española en nuestras venas, somos propensos a la fatuidad, no pude menos de creerme un verdadero y genuino personaje, y hubiera deseado encontrar al paso a alguno de mis antiguos conocimientos de Madrid o Cádiz para mostrarle en gestos y palabras el convencimiento de mi respetabilidad. Felizmente no conocí alma de Dios entre tanta gente y me libré de ponerme en ridículo. Encontrábame en aquella larga serie de habitaciones tapizadas que, (p.244) recorriendo toda la extensión de palacio por la parte interior, sirve de lazo de unión a las moradas regias, cuyas luces se abren en la fachada oriental del inmenso edificio. Seguí la dirección de los demás sin reparar si debía aventurar mis pasos por aquellos sitios, mas como nadie me dijo nada, continué muy impávido. Las salas estaban débilmente alumbradas, y en la dulce penumbra las figuras de los tapices, parecían sombras detenidas en las paredes, o débiles reflejos luminosos enviados por escondido foco sobre el oscuro fondo de las cámaras. Paseé mi vista por aquella multitud de figuras mitológicas, con cuya desnudez provocativa se habían adornado las negras murallas construidas por Felipe, y ya consagraba mi atención a contemplarlas, cuando pasó la extraña procesión de que voy a dar cuenta. El Príncipe de Asturias, a quien se había comenzado a instruir sumaria por el delito de conspiración, volvía de la Cámara real, donde acababa de prestar declaración. No olvidaré jamás ninguna de las particularidades de aquella triste comitiva, cuyo desfile ante mis asombrados ojos, me impresionó vivísimamente aquella noche, quitándome el sueño. Iba delante un señor con un gran candelero en la mano, como alumbrando a todos, y para esto lo llevaba en alto, aunque tan poca luz servía sólo para hacer brillar los bordados de su casacón de gentil hombre. Luego seguían algunos guardias españoles, tras de ellos un joven en quien al instante reconocí no sé por qué al Príncipe heredero. Era un mozo robusto y de temperamento sanguíneo, de rostro poco agradable, pues la espesura de sus negras cejas y la expresión singular de su boca hendida y de su excelente nariz le hacían bastante antipático, por lo menos a mis ojos. Iba con la vista fija en el suelo, y su semblante alterado y hosco indicaba el rencor de su alma. A su lado iba un anciano como de sesenta años, y al principio no comprendí que pudiera ser el Rey Carlos IV, pues yo me había figurado a este personaje como un hombrecito enano y enteco, siendo lo cierto que tal como le vi (p.245) aquella noche era un señor de mediana estatura, grueso, de rostro pequeño y encendido, y sin rasgo alguno en su semblante que mostrase las diferencias fisonómicas establecidas por la Naturaleza entre un Rey de pura sangre y un buen almacenista de ultramarinos. En los personajes que le acompañaban, y eran, según después supe, los ministros y el gobernador interino del Consejo, me fijé más que en la real persona, y después daré a conocer a alguno de aquellos esclarecidos varones. Cerraba, por último, la procesión el zaguanete de la guardia española, y nada más. Mientras pasó la comitiva, sepulcral silencio reinó en todo el tránsito, y tan sólo se oyeron las pisadas que se perdían de cámara en cámara hasta llegar a las que formaban el cuarto de Su Alteza. Cuando entraron en éste la cháchara comenzó de nuevo entre los circunstantes, y vi a Amaranta, que habiendo salido a buscarme, hablaba con un caballero vestido de uniforme. Creo que al declarar dijo el caballero , Su Alteza ha estado un poco irreverente con el Rey. ¿De modo que está preso? preguntó Amaranta con gran curiosidad. Sí, señora. Ahora quedará detenido en su cuarto con centinelas de vista. Vea Vd., ya salen. Deben haberle recogido su espada. La comitiva volvió a pasar sin el Príncipe, y precedida del gentil hombre con el candelabro que iba abriendo camino. Cuando el Rey y sus ministros se alejaron, los palaciegos que habían salido a las galerías, fueron desapareciendo también en sus respectivas madrigueras, y por mucho tiempo no se oyó más que el violento cerrar de multitud de puertas. Se apagaron las pocas luces que alumbraban tan vastos recintos, y las hermosas figuras de los tapices se desvanecieron en la oscuridad, como fantasmas a quienes el canto del gallo llama a sus ignotas moradas. Yo subí con mi ama a nuestro departamento, y me asomé por una de las ventanas que caían hacia el interior, para reconocer como de costumbre, el sitio en que estaba. Era oscurísima la noche y no vi más que una masa negra e informe de la (p.246) cual se destacaban altos tejados, cúpulas, torres, chimeneas, paredones, aleros, arbotantes y veletas que desafiaban el firmamento como los topes de un gran navío. Tal imponente vista causaba cierto terror al espíritu, despertando meditaciones que se mezclaban a las sugeridas por lo que acababa de ver; mas no pude ocuparme mucho en trabajos del pensamiento, porque un sutilísimo ruido de faldas, y un ligero ce ce con que se me llamaba, me hizo volver la cabeza, y apartarme de la ventana. La transición fue extremadamente brusca, cuando distrayéndome de la sombría perspectiva exterior, apareció ante mis ojos la figura de Amaranta y su celestial sonrisa. Reinaba profundo silencio: el marqués diplomático y su hermana se habían retirado. Amaranta había cambiado su traje de camino por una vestidura blanca y suelta que aumentaba su hermosura, si su hermosura fuera susceptible de aumento. Cuando me llamó, aún no se había apartado su doncella; pero ésta salió sin tardanza, y luego nuestra seductora dueña, cerrando por sí misma la puerta que daba a la galería, me hizo señas para que me acercase.
Ep-2-XIII No olvides lo que me has jurado dijo sentándose . Yo confío en tu fidelidad y en tu discreción. Ya te dije que me parecías un buen muchacho, y pronto llegará la ocasión de probármelo. No recuerdo bien las vehementes expresiones con que juré mi fidelidad; mas debieron ser muy acaloradas y aún creo que las acompañé con dramáticos gestos, porque Amaranta sonrió mucho y me recomendó que convenía fuera menos fogoso. Después continuó así: ¿Y no deseas volver al lado de la González? Ni al lado de la González, ni al lado de todos los reyes de la tierra contesté, pues mientras viva no pienso apartarme del lado de mi ama querida, a quien adoro. Si mal no recuerdo, me puse de rodillas ante el sillón en que Amaranta reposaba con seductora indolencia; pero ella me hizo levantar, diciéndome que debía pensar en volver a casa de mi antigua ama, aunque continuara sirviendo a la nueva con toda reserva. Esto me (p.247) pareció algo misterioso e incomprensible; pero no insistí en que lo esclareciera por no parecer impertinente. Haciendo lo que te mando continuó puedes estar vivir seguro de que te irá bien en el mundo. ¡Y quién sabe, Gabriel, si llegarás a ser persona de condición y de fortuna! Otros con menos ingenio que tú se han convertido de la mañana a la noche en verdaderos personajes. Eso no tiene duda, señora. Pero yo he nacido en humilde cuna, yo no tengo padres, yo no he aprendido más que a leer, y eso muy mal, en libros que tengan letras como el puño, y apenas escribo más que mi firma y rúbrica en la cual hago más rasgos que todos los escribanos del gremio. Pues es preciso pensar en tu educación: el hombre debe ilustrarse. Yo me encargo de eso. Pero será con la condición de que ha de servirme fielmente; no me canso de repetírtelo. En cuanto a mi lealtad no hay más que hablar. Pero entéreme usía de cuáles son mis obligaciones en este nuevo servicio dije anhelando que satisficiera mi curiosidad respecto a lo que tenía que hacer para hacerme acreedor a tantas bondades. Ya te lo iré diciendo. Es cosa difícil y delicada: pero confío en tu buen ingenio. Pues ya anhelo prestar a usía esos servicios tan difíciles y delicados contesté con todo el énfasis de mi bullicioso carácter . No seré un criado, seré un esclavo pronto a obedecer a usía, aunque pierda en ello la vida. No se necesita perder la vida dijo sonriendo . Basta con un poco de vigilancia; y sobre todo teniendo completa adhesión a mi persona, sacrificándolo todo a mi deseo y no viendo más que la obligación de satisfacer mi voluntad, te será fácil cumplir. Pues estoy impaciente, deshecho por empezar de una vez. Ya te enterarás con más calma. Esta noche tengo que escribir muchas cartas.. Y ahora que recuerdo; vas a empezar a cumplir lo que espero de ti, respondiéndome a varias preguntas cuya contestación necesito para escribir. Dime, ¿Lesbia solía ir a tu casa sin ser acompañada por mí? Me quedé perplejo al oír una pregunta que me parecía tan lejos del objeto de mi servicio, (p.248) como el cielo de la tierra. Pero recogí mis recuerdos y contesté: Algunas veces, aunque no muchas. ¿Y la viste alguna vez en el vestuario del teatro del Príncipe? Eso sí que no lo recuerdo bien, y por tanto no puedo jurar que la vi, ni tampoco que no la vi. No tiene nada de particular que la hayas visto, porque Lesbia no se mira mucho para ir a semejantes sitios dijo Amaranta con mucho desdén. Después de una pausa en que me pareció muy preocupada, continuó así: Ella no guarda las conveniencias, y fiada en las simpatías que encuentra en todas partes por su gracia, por su dulzura y por su belleza.. aunque la verdad es que su belleza no tiene nada de particular. Nada absolutamente de particular añadí yo adulando la apasionada rivalidad de mi ama. Pues bien dijo , ya me enterarás despacio de esta y otras cosas que necesito saber. Lo primero que te recomiendo es la más absoluta reserva, Gabriel. Espero que estarás contento de mí y yo de ti, ¿no es verdad? ¿Cómo podré pagar a usía tantos beneficios? exclamé con la mayor vehemencia . Creo que voy a volverme loco señora, y me volveré de seguro. Yo no puedo menos de desahogar mi corazón, mostrando los sentimientos que lo llenan desde el instante en que usía se dignó poner los ojos en mí. Y ahora cuando usía me ha dicho que va a hacer de mí un hombre de provecho, y a ponerme en disposición de ocupar puesto honroso en el mundo, estoy pensando que aunque viva mil años adorando a mi bienhechora, no le pagaré tantos favores. Yo tengo deseos muy fuertes de ser un hombre como algunos que veo por ahí. ¿No es esto posible? ¿Usía cree que podré ser, instruyéndome con su ayuda? ¡Ay! Cuando uno ha nacido pobre, sin parientes ricos; cuando se ha criado en la miseria y en la triste condición de sirviente, no puede subir a otro puesto mejor sino por la protección de alguna persona caritativa como usía. Y si yo llegara a conseguir lo que deseo, no sería el primer caso, ¿no es verdad, señora? Porque gentes hay aquí muy poderosas y muy grandes que deben su fortuna y su carrera a (p.249) alguna ilustrísima mujer que les dio la mano. ¡Ah! dijo Amaranta con bondad . Veo que tú eres ambicioso, Gabrielillo. Lo que has dicho últimamente es cierto; hombres conocemos a quienes ha elevado a desmedida altura la protección de una señora. ¡Quién sabe si encontrarás tú igual proporción! Es muy posible. Para que no pierdas la esperanza, ahí va un ejemplo. En tiempos muy antiguos y en tierras muy remotas había un grande imperio que era gobernado en completa paz por un soberano sin talento; pero tan bondadoso, que sus vasallos se creían felices con él y le amaban mucho. La sultana era mujer de naturaleza apasionada y viva imaginación; cualidades contrarias a las de su marido, merced a cuya diferencia aquel matrimonio no era completamente feliz. Cuando heredó a su padre, el sultán tenía cincuenta años y la sultana treinta y cuatro. Acertó entonces a entrar en la guardia genízara un joven que se hallaba casi en el mismo caso que tú, pues aunque no era de nacimiento tan humilde, ni tampoco dejaba de tener alguna instrucción, era bastante pobre y no podía esperar gran carrera de sus propios recursos. Al punto se corrió en la corte la voz de que el joven guardia había agradado a la esposa del sultán, y esta sospecha se confirmó al verle avanzar rápidamente en su carrera, hasta el punto de que a los veinticinco años de edad ya había alcanzado todos los honores que pueden ser concedidos a un simple súbdito. El sultán, lejos de poner reparos a tan rápido encumbramiento, había fijado todo su cariño en el favorecido joven, y no contento con darle las primeras dignidades le entregó las riendas del gobierno, le hizo gran visir, príncipe, y le dio por esposa a una dama de su propia familia. Con esto estaban los pueblos de aquella apartada y antigua comarca muy descontentos y aborrecían al joven y a la sultana. En su gobierno, el joven valido hizo algunas cosas buenas; mas el pueblo las olvidaba, para no ocuparse sino de las malas que fueron muchas, y tales que trajeron grandes calamidades a aquel pacífico imperio. El sultán, (p.250) cada vez más ciego, no comprendía el malestar de sus pueblos, y la sultana, aunque lo comprendía no pudo en lo sucesivo remediarlo, porque las intrigas de su corte se lo impedían. Todos odiaban al favorecido joven, y entre sus enemigos más encarnizados se distinguían los demás individuos de la regia familia. Pero lo más extraño fue que el hombre a quien una mano tan débil como generosa había elevado sin merecimientos, se mostró ingrato con su protectora y lejos de amarla con constante fe, amó a otras mujeres, y hasta llegó a maltratar a la desventurada a quien todo lo debía. Las damas de la sultana referían que algunas veces la vieron derramando acerbo llanto y con señales en su cuerpo de haber recibido violentos golpes de una mano sañuda. ¡Qué infame ingratitud! exclamé sin poder contener mi indignación . ¿Y Dios no castigó a ese hombre, ni devolvió a aquellos inocentes pueblos su tranquilidad, ni abrió los ojos del excelente sultán? Eso no lo sé contestó Amaranta mordiendo las puntas blancas de la pluma con que se preparaba a escribir ; porque estoy leyendo la historia que te cuento en un libro muy viejo, y no he llegado todavía al desenlace. ¡Qué hombres tan malos hay en el mundo! Tú no serás así dijo Amaranta sonriendo ; y si algún día te vieras elevado a tales alturas por las mismas causas, harías todo lo posible porque se olvidara con la grandeza de tus actos, el origen de tu encumbramiento. Si por artes del demonio eso sucediera respondí , lo haré tal y como usía lo dice, o no soy quien yo, pues a mí me sobran alma y corazón para gobernar, sin dejar de ser un hombre bueno, decente y generoso. Estas últimas palabras la hicieron reír, y ofreciéndome que al día siguiente me recomendaría a un padre jerónimo del monasterio para que me instruyese, me dijo que iba a escribir cartas muy urgentes y que la dejase sola. La doncella volvió para conducirme al cuarto donde debía recogerme, y una vez dentro de él me acosté; mas los pensamientos evocados en mi cabeza por la pasada conferencia, me confundían de tal (p.251) modo, que mi sueño fue agitado y doloroso, cual opresora pesadilla, y creí tener sobre el pecho todas las cúpulas, torres, tejados, aleros, arbotantes y hasta las piedras todas del inmenso Escorial.
Ep-2-XIV Al día siguiente se reunieron a comer en casa de Amaranta, Lesbia, el diplomático y su digna hermana. He hablado poco de esta buena señora, que no figura gran cosa en los acontecimientos referidos, lo cual es sensible, porque su carácter y excelentes prendas, merecería mención muy detallada. La marquesa era una dama de avanzada edad, mujer orgullosa, de modestas costumbres, española rancia por los cuatro costados, de carácter franco y sin artificios, muy natural, muy caritativa, enemiga de trapisondas y aventuras, muy cariñosa para todo el mundo; en fin, era la honra de su clase. Su lado flaco, consistía en creer que su hermano tenía mucho talento. Aunque era modesta en su trato privado, gustaba de dar grandes fiestas, prefiriendo las representaciones dramáticas, a que tenía mucha afición. Su teatro era el primero de la corte, y para la representación de Otello había gastado considerables sumas. Protegía y trataba a los cómicos; pero siempre a mucha distancia. También estaba convidado a comer aquel día con mi ama, el Sr. D. Juan de Mañara; pero cuando fui a llevarle la invitación, contestó excusándose, por tocarle entrar de guardia a la misma hora. Y a propósito del pisaverde, no debo pasar en silencio la circunstancia de que le vi por la mañana en compañía de Lesbia, ambos en traje que parecía indicar regresaban de uno de esos crepusculares y campestres paseos, siempre anhelados por los amantes. En la tarde de aquel mismo día le vi paseando muy cabizbajo por el patio grande, y la mañana siguiente me detuvo en el mismo paraje suplicándome que llevase una carta a la señora duquesa. Negueme a esto, y allí quedó. Indudablemente algo le pasaba al señor de Mañara. Amaranta pareció muy contrariada de que no se sentase a la mesa el joven mencionado. Cuando volví con la respuesta estaba de visita en el cuarto (p.252) de Amaranta un caballero de los que la noche anterior vi en la procesión descrita. Conferenciaron más de hora y media: cuando él se retiró le examiné bien, y por cierto que pocas veces he visto facha más desagradable. No le daría un puesto en la serie de mis recuerdos, si aquel no fuera uno de los personajes más célebres de su tiempo, razón por la cual me resuelvo no sólo a mencionarle, sino a describirle, para edificación de los tiempos presentes. Era el marqués Caballero, ministro de Gracia y Justicia. No vi a semejante hombre más que una vez, y jamás lo he olvidado. Era de edad como de cincuenta años, pequeño y rechoncho de cuerpo, turbia y traidora la mirada de uno de sus ojos, pues el otro estaba cerrado a toda luz; con el semblante amoratado y granulento como de persona a quien envilece y trastorna el vino; de andar y gestos sumamente ordinarios: en tanto grado repugnante y soez toda su persona, que era preciso suponerle dotado de extraordinarios talentos para comprender cómo se podía ser ministro con tan innoble estampa. Pero no, señores míos. El marqués Caballero era tan despreciable en lo moral como en lo físico, pudiendo decirse que jamás cuerpo alguno encarnó de un modo tan fiel los ruines sentimientos y bajas ideas de un alma. Hombre nulo, ignorante, sin más habilidad que la intriga, era el tipo del leguleyo chismoso y tramoyista que funda su ciencia en conocer no los principios, sino los escondrijos, las tortuosidades y las fórmulas escurridizas del derecho, para enredar a su antojo las cosas más sencillas. Nadie podía explicarse su encumbramiento tanto más enigmático, cuanto que el omnipotente Godoy no pasaba por amigo suyo, mas debió aquél consistir en que, habiéndose introducido en palacio y héchose valer, merced a viles intrigas de escalera abajo, usó como instrumento de su ambición cerca del Rey, la Iglesia; y adulando la religiosidad del pobre Carlos, pintándole imaginarios peligros y haciendo depender la seguridad del trono de la adopción de una política restrictiva en negocios eclesiásticos, (p.253) logró hacerse necesario en la corte. El mismo Godoy no pudo apartarle del gobierno ni poner coto a las medidas dictadas por el bestial fanatismo del ministro de Gracia y Justicia, quien después de haber perseguido a muchos ilustres hombres de su época, y encarcelado a Jovellanos, remató su gloriosa carrera contribuyendo a derribar al mismo Príncipe de la Paz, en Marzo de 1808. Damos estas ligeras noticias respecto a un hombre que gozaba entonces de justa y general antipatía, para que se vea que la elevación de tontos y ruines y ordinarios, no es, como algunos creen, desdicha peculiar de los modernos tiempos. Después de la conferencia indicada, principió la comida, que yo serví. Ya sé dijo Amaranta al sentarse y sin disimular su intención de mortificar a Lesbia ; ya sé lo que contenían esos papeles cogidos a S. A. Caballero me lo ha dicho, encargándome la reserva; pero puesto que pronto se ha de saber.. Sí, dínoslo. No lo confiaremos más que a nuestros amigos indicó la marquesa. Pues yo opino que no se diga objetó el diplomático, que siempre se incomodaba cuando alguien revelaba secretos que él no conocía. Entre los papeles dijo Amaranta , hay una exposición al Rey que se supone hecha por D. Juan Escóiquiz, aunque la letra es de Fernando. Parece que en ella se pintan las malas costumbres del Príncipe de la Paz, con las frases más indecentes. Allí han salido a relucir sus dos mujeres y también lo que dicen de los destinos, pensiones y prebendas que concede a cambio de.. ¡Y tan cierto como es! dijo la marquesa . Yo sé de un señor a quien el Príncipe de la Paz ofreció.. La buena señora cayó en la cuenta de que estaba yo delante, y se contuvo. Pero a mí siempre me han bastado pocas palabras para entender las cosas, y supe pescar al vuelo lo que querían decir. En esa exposición continuó la duquesa , ponen a la pobre Tudó de vuelta y media, y aconsejan al Rey que la encierre en un castillo. Por último, se pretende que el de la Paz sea destituido, embargados todos sus bienes, y que desde el mismo momento no se (p.254) separe el Príncipe heredero del lado de su padre. Todo eso está muy puesto en razón dijo la marquesa, asombrada de cómo concordaban las ideas de los conjurados con sus propias ideas ; aunque me guardaré muy bien de decirlo fuera de aquí. Pues aquí no temo decirlo continuó Amaranta . Caballero no guarda muy bien el secreto, sé que lo ha dicho ya a varias personas. Otro de los papeles es graciosísimo, y parece un sainete; pues todo él está en diálogo y se creería que lo habían escrito para representarlo en el teatro. Cada uno de los personajes que hablan tiene allí nombre supuesto: así es que el Príncipe se llama D. Agustín, la reina Doña Felipa, el Rey D. Diego, Godoy, D. Nuño, y la princesa, con quien dicen han tratado de casar al heredero es una tal Doña Petra. ¿Y qué objeto tiene esa comedia? Es un proyecto de conversación con la reina, y suponiendo las observaciones que ésta ha de hacer, se le responde a todo según un plan combinado para convencerla de las picardías del Príncipe de la Paz. También aquí abundan las frases soeces, y por último, el D. Agustín parece que se niega redondamente a casarse con Doña Petra, la cuñada del ministro y hermana del cardenal y de la de Chinchón. También eso está bien pensado dijo la marquesa ; y si ese sainetillo se representara yo lo aplaudiría. Pues ¿por qué han de querer casar al pobre muchacho con la cuñada del otro? ¿No es mejor que le busquen mujer en cualquiera de las familias reinantes, que a buen seguro todas ellas se darían con un canto en los pechos por entroncar con nuestros reyes, casando a cualquiera de sus mozuelas con semejante príncipe? ¿Cómo se atreven ustedes a juzgar cosas tan graves? dijo con displicencia el diplomático . Y en cuanto a los documentos citados, extraño que una persona tan discreta como mi sobrina les dé publicidad imprudente. Vamos, Vd. dudaba antes que existieran, y ahora, creyendo que no debe revelarse, los da como ciertos. Sí que los doy repuso el diplomático , y ya que otra persona ha descubierto (p.255) hechos que yo me obstinaba en callar.. El diplomático, no pudiendo negar aquellos secretos, resolvió apropiárselos, fingiendo tener ya noticias de los papeles del proceso. ¿De modo que ya tú lo sabías todo? le preguntó su hermana . Bien decía yo que tú no podías menos de estar al tanto de estas cosas. La verdad es que no se te escapa nada, y bien puedes afirmar que eres de los que ven los mosquitos en el horizonte. Desgraciadamente así es contestó el diplomático con la mayor hinchazón . Todo llega a mis oídos, a pesar de mis repetidos propósitos de no intervenir en nada y huir de los negocios. ¡Cómo ha de ser! Es preciso tener paciencia. Hermano, tú debes saber algo más, y te lo callas dijo la marquesa . Vamos a ver. ¿Napoleón tiene alguna parte en este negocio? ¿Ya comienzan las preguntillas? repuso el viejo con retozona sonrisa . Déjense de preguntas, porque les juro que no me han de sacar una sílaba. Ya conocen la rigidez de mi carácter en estas materias. A todas estas Lesbia no decía una palabra. Pues voy a acabar mi cuento añadió mi ama . Aún me falta decir cuál es el otro papel que se encontró al Príncipe. Más valdría que lo callaras, querida sobrina dijo el diplomático. No; que lo diga, que lo diga. Pues se ha encontrado la cifra y clave de la correspondencia que el heredero sostiene con su maestro D. Juan Escóiquiz, y además.. esto es lo más grave. Sí: lo más grave indicó el diplomático , y por eso debe callarse. Por lo mismo debe decirse. Pues se encontró una carta en forma de nota, sin sobrescrito, firma, ni nombre, en que manifiesta estar dispuesto a elevar al rey la exposición por medio de un religioso. Lo más notable de este papelito es que el Príncipe asegura que está decidido a tomar por modelo al Santo mártir Hermenegildo; que se dispone a pelear.. óiganlo Vds. bien.. a pelear por la justicia. Esto es hablar clarito de una revolución. Pide después a los conjurados que le sostengan con firmeza; que preparen las proclamas, y que.. (p.256) ¡Ah, las mujeres!, ¡las mujeres! ¿No aprenderán nunca a tener discreción? interrumpió el marqués . Me admiro de ver con cuánta frivolidad te ocupas de asuntos tan peligrosos. En este papel prosiguió la condesa sin atender a las fastidiosas amonestaciones del diplomático , se indica a los reyes y a Godoy con nombres godos. Leovigildo es Carlos IV, la reina es Goswinda, y el de la Paz, Sisberto. Pues bien: el Príncipe, que se atribuye el papel de San Hermenegildo, dice a los con jurados que la tempestad debe caer sobre Sisberto y Goswinda, y que traten de embobar a Leovigildo con vítores y palmadas. ¿Y eso es todo? preguntó la marquesa. Pues no hay cosa más inocente. Está bien claro indicó Amaranta con ira , que se trata de destronar a Carlos IV. No lo veo yo así. Pues yo sí repuso la condesa . La tempestad debe caer sobre Sisberto y Goswinda. De modo que el heredero y sus amigos, no sólo tratan de mandar a paseo al guardia, sino que también quieren hacer alguna picardía con la reina, cuando menos llevarla a la guillotina como a la pobre María Antonieta. Todos saben cuánto ama el Rey a su esposa. Cualquier ofensa que a ésta se le haga, la considera como hecha a su propia persona. Pues lo que digo es que si algo les pasa, bien merecido se lo tienen fue la contestación de la marquesa. Y yo sostengo añadió mi ama alterándose más , que el Príncipe podía haber intentado cuantas conjuraciones quisiera para echar del ministerio a Godoy; pero escribir exposiciones al Rey, poniendo en duda el honor de su madre, y hablando de arrojar tempestades sobre Sisberto y Goswinda, lo cual equivale a atentar contra la vida de la Reina, me parece conducta muy indigna de un Príncipe español y cristiano.. Al fin es su madre: cualesquiera que hayan sido las faltas de ésta (y yo estoy segura de que no son tantas ni tan grandes como las de quien las publica), no es propio de un hijo el reconocerlas o mencionarlas, ni menos fundarse en ellas para perseguir a un enemigo. Hija, no estás poco melindrosa dijo con acrimonia la tía de (p.257) Amaranta . Yo creo que el Príncipe hace muy retebién, y si a alguien le pesa, más valiera no haber dado motivos con lo que todos sabemos a lo que está pasando. Y sino, hermano, tú que lo sabes todo, dinos tu opinión. ¡Mi opinión! ¿Creéis que es fácil dar opinión sobre asunto tan espinoso? Y lo que yo pueda pensar, conforme a mi experiencia y luces, ¿puedo acaso decirlo en conferencia de mujeres, que al punto van diciendo por cámaras y ante cámaras a todo el que las quiera oír..? No hay quien te saque una palabra. Si yo supiera la mitad de lo que tú sabes, hermano, gustaría de instruir ignorantes. Para formar exacto juicio, vengan datos dijo el marqués . ¿Alguna de Vds. sabe la opinión de la Reina sobre estas cosas? Cuando se leyó en consejo el último de los papeles que he citado respondió la condesa , Caballero dijo que el Príncipe merecía la pena de muerte por siete capítulos. La Reina, indignada al oírle, respondió: «¿Pero no reparas que es mi hijo? Yo destruiré las pruebas que le condenan; le han engañado, le han perdido», y arrebatando el papel lo escondió en su seno, y se arrojó llorando en un sillón. ¡Vean Vds. qué generosidad! Francamente, aunque nunca me ha sido simpática la causa del Príncipe, desde que sé sus proyectos contra los Reyes, me parece un joven digno de lástima, si no de otro sentimiento peor. ¡Qué tontería! exclamó la marquesa . Ahora vienen los lloriqueos y los dengues después de haber sido causa de tantos males. ¿Pues qué, ocurrirían estas cosas, si no se hubieran cometido ciertas faltas..? Lesbia, que hasta entonces había permanecido en silencio, con cierta confusión y amilanamiento, no quiso callar más, y apoyó las últimas frases de la marquesa. Amaranta entonces se volvió a ella, y con acento tan amargo como desdeñoso, le dijo: ¡Cuánto hablar de faltas ajenas! Esa persona no esperaba ser injuriada públicamente, como lo ha sido, por quien tantos favores recibió de ella, por quien se ha sentado a su mesa y se ha honrado con su amistad. ¡Ah!, el sermoncito no (p.258) está mal dijo Lesbia con esa forzada jovialidad, que a veces es la más terrible expresión de la ira . Ya lo esperaba: desde que me negué a ciertas condescendencias; desde que cansada de un papel admitido con ligereza e impropio de mí, lo cedí a otras, que lo desempeñan con perfección, se me censura suponiéndome divulgadora de lo que todo el mundo sabe. Ciertas personas no pueden hacerse pasar por víctimas de la calumnia aunque lloren y giman, porque sus vicios, en fuerza de ser tantos y tan grandes, han llegado a vulgarizarse. Es verdad repuso Amaranta con perversa intención . No falta quien sea prueba viva de ello. Pero hija, el vicio más feo es el de la ingratitud. Sí, pero ese es el vicio en que menos fácilmente pueden sentenciar los hombres. ¡Oh! no: también sentencian, y pronto lo veremos. Precisamente la causa del Príncipe es obra pura y simplemente consumada por la ingratitud. Ya verás cómo ésta se castiga. Supongo dijo Lesbia con malicia , que no querrás poner en la cárcel a todos los que estamos aquí por haber cometido el crimen de desear el triunfo del Príncipe. Yo no pongo a nadie en la cárcel; pero quizás no esté muy segura otra persona muy amada de alguien que me escucha. ¡Ah! dijo imprudentemente el diplomático , me han dicho que también Mañara está complicado en la causa. Creo que sí añadió Amaranta cruelmente ; pero fía mucho en el arrimo de elevadas personas. Y como resulten complicadas las que se sospecha, es de esperar que no les valga ninguna clase de apoyo. Eso es dijo la duquesa . ¡Duro en ellos! Falta todavía conocer el giro que tomará este negocio; falta saber si algún suceso inesperado cambiará de improviso los términos convirtiendo a los acusadores en acusados. ¡Ya.. confían en Bonaparte! afirmó Amaranta con despecho. ¡Alto, allá! exclamó el diplomático ; entran ustedes señoras mías, en un terreno peligroso. Se hará justicia dijo mi ama , aunque no como se desea, pues no será posible descubrirlo. Por ejemplo: hay gran empeño en averiguar quién se encargaba de (p.259) transmitir a los conjurados la correspondencia del Príncipe y hasta ahora no se sabe nada. Hay sospechas de que sea alguna de las muchas damas intrigantes y coquetuelas que hay en palacio.. hasta se han fijado en alguna; pero aún no hay suficientes pruebas. Lesbia no dijo una palabra; pero la pícara se sonreía como quien está libre de todo temor. Después hasta se atrevió a mortificar a su enemiga de esta manera: Quizás por lo mismo que es intrigante y coquetuela, tenga medios para burlar a sus perseguidores. Tal vez las circunstancias le hayan proporcionado medios de desafiar y provocar a sus enemigos.. Tengo deseos de saber quién es esa buena pieza. ¿Nos lo podrías decir? Ahora no repuso mi ama ; pero mañana, tal vez sí. Lesbia rió a carcajadas. Amaranta mudó de conversación, la marquesa volvió a lamentar la suerte del Príncipe, y el diplomático aseguró que por nada del mundo descorrería el velo que ocultaba los designios del capitán del siglo, con lo cual dio fin la comida, y todos, menos mi ama, se retiraron a dormir la siesta.
Ep-2-XV Al siguiente día, 30 de octubre, ocurrieron grandes y conmovedoras novedades, si algo podía ya ocurrir capaz de aumentar la turbación de los ánimos. Desde por la mañana me había despedido mi ama, diciéndome que fuera a dar un paseo por la octava maravilla del mundo, y al mismo tiempo me mandó visitase en su celda al padre jerónimo que había de instruirme en las letras sagradas y profanas. Ambas cosas me contentaron mucho y más que nada, el ocio de que disfrutaba para recorrer a mi antojo el edificio y sus alrededores. El primer espectáculo que se ofreció a mi curiosidad, fue la salida del Rey a caza, lo cual no dejó de causarme extrañeza, pues me parecía que atribulado y pesaroso S. M. por lo que estaba pasando, no tendría humor para aquel alegre ejercicio. Pero después supe que nuestro buen monarca le tenía tan viva afición, que ni en los días más terribles de su existencia dejó de satisfacer aquella su pasión dominante, mejor dicho, su única (p.260) pasión. Yo le vi salir por la puerta del Norte, acompañado de dos o tres personas, entrar en su coche y partir hacia la Sierra, con tanta tranquilidad como si en palacio dejase la paz más perfecta. Sin duda debía de ser en extremo apacible su carácter, y tener la conciencia más pura y limpia que los frescos manantiales de aquellas montañas. Sin embargo, aquel buen anciano, a pesar de su alta posición y de la paz que yo suponía en su interior, más me inspiraba lástima que envidia. Aquélla se aumentó cuando vi que la gente del pueblo, reunida en torno al edificio, no mostraba a su Rey ningún afecto, y hasta me pareció oír en algunos grupos murmullos y frases mal sonantes, que hasta entonces creo no se habían aplicado a ningún soberano de esta honrada nación. Recorriendo después las galerías bajas del palacio y las antecámaras altas, vi a otros individuos de la regia familia, y me maravilló observar en todos la misma forma de narices colgantes, que caracterizaba la casta de los Borbones. El primero que tuve ocasión de admirar fue el cardenal de la Escala, D. Luis de Borbón, célebre después por haber recibido el juramento de los diputados en la isla de León, y por otros hechos menos honrosos que irán saliendo a medida que avancen estas historias. No era el señor cardenal hombre grave, cubierto de canas, prenda natural de la edad y del estudio, ni representaba su rostro aquella austeridad que parece ha de ser inherente a los que desempeñan cargos tan difíciles: antes bien era un jovenzuelo que no había llegado a los treinta años, edad en la cual Lorenzana, Albornoz, Mendoza, Silíceo y otras lumbreras de la Iglesia española no habían aún salido del seminario. Verdad es que existía la costumbre de consagrar al cardenalato a los príncipes menores que no podían alcanzar ningún reino grande ni chico, y el señor don Luis de Borbón, primo del rey Carlos IV, fue en esto uno de los mortales más afortunados, porque con la leche en los labios empezó a disfrutar las rentas de la mitra de Sevilla, y no cumplidos aún los 23, y mal (p.261) digeridas las Sentencias de Pedro Lombardo, tomó posesión de la silla de Toledo, cuyas fabulosas rentas habría envidiado cualquier príncipe de Alemania o de Italia. Pero cada cosa a su tiempo y los nabos en Adviento. Lo que hemos dicho era costumbre propia de la edad, y no es justo censurar al infante porque tomase lo que le daban. Su eminencia, tal y como le vi descender del coche en el vestíbulo de palacio, me pareció un mozo coloradillo, rubicundo, de mirada inexpresiva, de nariz abultada y colgante, parecida a las demás de la familia, por ser fruto del mismo árbol, y con tan insignificante aspecto, que nadie se fijara en él si no fuera vestido con el traje cardenalicio. D. Luis de Borbón subió con gran prisa a las habitaciones regias, y ya no le vi más. Pero mi buena estrella, que sin duda me tenía reservado el honor de conocer de una vez a toda la familia real, hizo que viera aquel mismo día al infante D. Carlos, segundo hijo de nuestro Rey. Este joven, aún no aparentaba veinte años, y me pareció de más agradable presencia que su hermano el príncipe heredero. Yo le observé atentamente, porque en aquella época me parecía que los individuos de sangre real habían de tener en sus semblantes algo que indicase la superioridad; pero nada de esto había en el del infante D. Carlos, que sólo me llamó la atención por sus ojos vivarachos y su carita de Pascua. Este personaje varió mucho con la edad en fisonomía y carácter. También vi aquella misma tarde en el jardín al infante D. Francisco de Paula, niño de pocos años que jugaba de aquí para allí, acompañado de mi Amaranta y de otras damas; y por cierto que el Infante, saltando y brincando con su traje de mameluco completamente encarnado, me hacía reír, faltando con esto a la gravedad que era indispensable cuando se ponía el pie en parajes hollados por la regia familia. Antes de bajar al jardín habían llamado mi atención unos recios golpes de martillo que sentí en las habitaciones inferiores: después sucedieron a los golpes unos delicados sones de zampoña, con tal arte tañida, que parecían haberse (p.262) trasladado al Real sitio todos los pastores de la Arcadia. Habiendo preguntado, me contestaron que aquellos distintos ruidos salían del taller del infante D. Pascual, quien acostumbraba matar los ocios de la vida regia alternando los entretenimientos del oficio de carpintero o de encuadernador con el cultivo del arte de la zampoña. Yo me admiré de que un príncipe trabajase, y me dijeron que el don Antonio Pascual, hermano menor de Carlos IV, era el más laborioso de los infantes de España, después del difunto D. Gabriel, celebrado como gran humanista y muy devoto de las artes. Cuando el ilustre carpintero y zampoñista dejó el taller para dar su paseo ordinario por la huerta del Prior en compañía de los buenos padres jerónimos que iban a buscarle todas las tardes, pude contemplarle a mis anchas, y en verdad digo que jamás vi fisonomía tan bonachona. Tenía costumbre de saludar con tanta solemnidad como cortesanía a cuantas personas le salían al paso, y yo tuve la alta honra de merecerle una bondadosa mirada y un movimiento de cabeza que me llenaron de orgullo. Todos saben que D. Antonio Pascual, que después se hizo célebre por su famosa despedida del valle de Josafat, parecía la bondad en persona. Confieso que entonces aquel príncipe casi anciano, cuya fisonomía se habría confundido con la de cualquier sacristán de parroquia, era, entre todos los individuos de la regia familia, el que me parecía de mejor carácter. Más tarde conocí cuánto me había equivocado al juzgarle como el más benévolo de los hombres. María Luisa, que le tachó de cruel, en una de sus cartas profetizó lo que había de pasar a la vuelta de Valencey, cuando el infante congregaba en su cuarto lo más florido del partido realista furibundo. Este pobre hombre, lo mismo que su sobrino el infante D. Carlos, eran partidarios del Príncipe Fernando, y aborrecían cordialmente al de la Paz; mas excusadas son estas advertencias, porque entonces ningún español amaba a Godoy, empezando por los individuos de la familia. Pero basta de digresiones, y sigamos (p.263) contando. Quedé, si mal no recuerdo, en el anuncio de ciertas novedades que dieron inesperado giro a los sucesos; mas no dije cuáles fueran. Parece que a eso de la una el ilustre prisionero, luego que se enteró de que su padre había salido a caza, mandó a la Reina un recado suplicándola fuese a su cuarto, donde le revelaría cosas muy importantes. Negóse la madre; pero envió al marqués Caballero, quien recogió de labios del Príncipe las declaraciones de que voy a hablar. No crean Vds. que tan estupendas nuevas eran del dominio de todos los habitantes del Escorial. Yo las supe porque Amaranta las contó al diplomático y a su hermana, y como por mi poca edad y aspecto de mozuelo distraído y casquivano, creían que yo no había de prestar atención a sus palabras, no se cuidaban de guardar reserva delante de mí. Conforme dijo Amaranta, todas las personas reales andaban azoradas y aturdidas porque, según las últimas declaraciones del Príncipe, se sabía ya con certeza que los conjurados tenían de su parte a Napoleón en persona, cuyas tropas se acercaban cautelosamente a Madrid con objeto de apoyar el movimiento. También había denunciado Fernando a sus cómplices, llamándoles pérfidos y malvados; y según las indicaciones que hizo, los rumores tiempo há propalados sobre proyecto de atentar a la vida de la Reina, no carecían de fundamento. En cuanto al Rey, los amigos del Príncipe no debían de tener muy buenas intenciones respecto a él, porque éste había nombrado generalísimo de las tropas de mar y tierra al duque del Infantado en un decreto que empezaba así: «Habiendo Dios tenido a bien llamar para sí el alma del Rey, nuestro padre, etc». No se fijaron bien en mi imaginación estos pormenores; pero habiendo leído más tarde los incidentes de aquel proceso célebre, puedo auxiliar mi memoria con tanta eficacia que resulte la narración de los hechos tan viva como hija del recuerdo. Lo que sí me acuerdo es que Amaranta, alarmada con lo de Bonaparte, tenía gran placer en hacer consideraciones sobre la (p.264) bajeza del Príncipe al denunciar vilmente a sus amigos. La marquesa se resistía a creerlo, y los comentarios, que no copio por no ser molesto, duraron mucho tiempo. No había aún oscurecido cuando volvió el Rey de caza, y hora y media después un gran ruido en la parte baja del alcázar nos anunció la llegada de otro importante personaje. Corrí al patio grande y ya no pude verle, porque habiendo descendido rápidamente del coche, subió por la escalera con prisa de llegar pronto arriba. únicamente se distinguía un bulto arrebujado en anchísima capa como persona enferma que quiere preservarse del aire; mas no me fue posible ver sus facciones. Es él dijeron algunos criados que había junto a mí. ¿Quién? pregunté con viva curiosidad. Entonces un pinche de la cocina, con quien había yo trabado cierta amistad por ser el funcionario encargado de darme de comer, acercó su boca a mi oído, y me dijo muy quedamente: El choricero. Más adelante tuve ocasión de hablar con este personaje; pero su pintura pertenece a otro libro.
Ep-2-XVI Seguí hablando con el pinche, por no perder tan buena coyuntura de trabar relaciones con la gente de escalera abajo, y pregunté a mi abastecedor cuál era la opinión más extendida en las reales cocinas sobre los sucesos del día. Afortunadamente se aproximaba la hora de cenar; y llevándome mi amigo al aposento destinado al efecto, me hizo ver que el cuerpo de cocineros seguía a todo el país en la senda trazada por los directores del partido fernandista. Nada más patriótico, nada más entusiasta que la actitud de aquel puñado de valientes en cuyas cacerolas estaba por decirlo así el paladar de los reyes de España, y era árbitro hasta cierto punto de su bienestar, si no de su existencia. Aunque muchos de los hombres que allí vi eran antiguos y pacíficos servidores, que no participaban de la rebelde inquietud de la gente moza, la mayor parte habían sido deslumbrados por la perruna y grotesca elocuencia de Pedro Collado, el aguador de la fuente del Berro, ya empleado en la servidumbre de Fernando. Este (p.265) hombre, que con las gracias de su burdo y ramplón ingenio se había conquistado preferente lugar en el corazón del heredero, desempeñaba al principio las funciones de espía en todas las regiones bajas de palacio; vigilaba la servidumbre, la cual a poco empezó por temerle y concluyó por someterse dócilmente a sus mandatos. De este modo llegó a ser Pedro Collado, respecto a los cocineros, pinches y lacayos un verdadero cacique, al modo de los que hoy son alma y azote de las pequeñas localidades en nuestra Península. Cuando Pedro Collado bajaba contento, el regocijo se difundía como don celeste entre toda la servidumbre: cuando Pedro Collado bajaba taciturno y sombrío, melancólico silencio sustituía a la anterior algazara. Cuando alguno perdía la gracia del aguador, ya podía encomendarse a Dios, y los que tenían la suerte de merecer su benevolencia o de servir de objeto a sus groseras bromas, ya podían considerarse con un pie puesto en la escala de la fortuna. Aquella noche fue para mí muy interesante porque presencié la prisión de Pedro Collado, contra quien habían resultado cargos muy graves en las primeras actuaciones de la causa. El favorito del Príncipe comunicaba a los más autorizados entre sus amigos las impresiones del día, cuando un alguacil, seguido de algunos soldados de la guardia española, entró a prenderle. No hizo resistencia el aguador, antes bien con la frente erguida y provocativo ademán, siguió a sus guardianes que le condujeron a la cárcel del Sitio, porque a causa de su baja condición no podía alternar con el duque de San Carlos, ni con el del Infantado, presos en las bohardillas de la parte del edificio llamado del Noviciado. La prisión del aguador produjo en la cocina cierto terror y sepulcral silencio. Interrumpiéronlo después las voces de mando, que cual la de los generales en la guerra, sirven para dirigir la estrategia de las cocinas reales, no menos complicada que la de los campos de batalla. Una voz decía: «Cena del señor infante D. Antonio Pascual». Y al punto la más rica (p.266) menestra que ha incitado el humano apetito pasó a manos de los criados que servían en el cuarto del infante. Después se oyó la siguiente orden: «La sopa hervida y el huevo estrellado de la señora infanta doña María Josefa». Luego «El chocolate del señor infante D. Francisco de Paula», y nuevos movimientos seguían a estas palabras. Hubo un instante de sosiego, hasta que el cocinero mayor exclamó con voz solemne: «¿Está la polla asada de su eminencia el señor cardenal?». Al instante funcionaron las cacerolas, y la polla asada con otros sustanciosos acompañamientos fue transmitida al cuarto del arzobispo. Por último, un señor muy obeso y vestido de uniforme con galones, que era designado con el estrambótico nombre de guardamangier, se paró en la puerta y dirigiendo su mirada de águila hacia los cocineros, exclamó: «La cena de S. M. el Rey». Era cosa de ver la multitud de platos que se destinaron a aliviar la debilidad estomacal diariamente producida en la naturaleza de Carlos IV por el ejercicio de la caza. Como yo no podía apartar mis ojos de aquella rica colección de manjares, cuyo aromático vapor convidaba a comer, mi amigo el pinche me dijo: Descuida, Gabrielillo, que ya probaremos algo de aquellos platos. Al Rey le gusta ver muchos platos en su mesa; pero de cada uno no come más que un poquito. Algunos vuelven como han ido. Voy a preparar el agua helada. ¿Qué es eso de agua helada? pregunté . ¿Y quién se alimenta con manjar de tan poca sustancia? El Rey me contestó , una vez que llena bien el buche, pide un vaso de agua helada como la misma nieve; coge un panecillo, le quita la corteza, empapa bien la miga en el agua, y se la come después. Jamás toma más postre que ése. Un buen rato después de haberse pedido la cena del Rey, pidieron la de la Reina, y esta diferencia de tiempo llamó tanto mi atención, que pregunté a mi amigo la razón de que no comieran juntos los Reyes y sus hijos. Calla, tonto me dijo , eso no puede ser. En las casas de todo el mundo, comen padres e hijos en una misma mesa. Pero aquí no: (p.267) ¿no ves que eso sería faltar a la etiqueta? Los infantes comen cada uno en su cuarto, y S. M. el Rey solo en el suyo, servido por los guardias. La Reina es la única persona que podría comer con el Rey, pero ya sabes que acostumbra comer sola, por lo que callo. ¿Por qué?, dímelo a mí. Es que tendrá alguna persona que la acompañe de ocultis. Quiá: no come delante de alma viviente ni que la maten. ¿Ni tampoco delante de sus damas? Sólo la camarera que la sirve la ve comer. Te diré por qué añadió en voz baja . ¿Ves aquellos dientes tan bonitos que enseña la Reina cuando se ríe? Pues son postizos, y como tiene que quitárselos para comer, no quiere que la vean. Eso sí que está bueno. En efecto, lo que me dijo el pinche era cierto, y en aquellos tiempos el arte odontálgico no había adelantado lo suficiente para permitir las funciones de la masticación con las herramientas postizas. Ya ves tú continuó el pinche , si tienen razón los que critican a la Reina porque engaña al pueblo, haciendo creer lo que no es. ¿Y cómo ha de hacerse querer de sus vasallos una soberana que gasta dientes ajenos? Como yo no creía que las funciones de los reyes fueran semejantes a las de un perro de presa, no pensé lo mismo que mi amigo, aunque me callé sobre el particular. Luego pidieron la cena de S. A. el Príncipe de la Paz, y la de los Consejeros de Estado, lo cual me decidió a subir, creyendo llegada la hora de servir también la de mi ama. Se acercaba para mí el dulce momento de verla, de hablarla, de escuchar sus mandatos, de pasar junto a ella rozando mi vestido con el suyo, de embelesarme con su sonrisa y con su mirada. Ausente de ella, mi imaginación no se apartaba de tan hermoso objeto, como mariposa que rodea sin cesar la luz que la fascina. Pero muy contra mi voluntad, aquella noche Amaranta no se dignó ponerme al corriente de lo que deseaba saber respecto a mis servicios. Estaba escrito que fuera a la noche siguiente. Aunque aún no me había acontecido en palacio nada digno de notarse, yo estaba un si es no es (p.268) descorazonado. ¿Por qué? No podía decirlo. Encerrado en mi cuarto, y tendido sobre el angosto lecho, rebelde mi naturaleza al sueño, me puse a pensar en mi situación, en el carácter de Amaranta que empezaba a parecerme muy raro, y en la clase de fortuna que a su lado me aguardaba. Acordeme de Inés, a quien por aquellos días tenía muy olvidada, y cuando su memoria, refrescando mi mente, me predispuso a un dulce sueño, sentía (no sé si fue engañoso efecto del sueño) unos golpecitos en mi pecho, producidos por vivas y dolorosas palpitaciones, como si una mano amiga, perteneciente a persona que deseaba entrar a toda costa, estuviese tocando a las puertas de mi corazón. (p.269)
Ep-2-XVII A la siguiente noche, Amaranta me mandó entrar en su cuarto. Estaba con la misma vestidura blanca de las noches anteriores. Hízome sentar a su lado en una banqueta más baja que su asiento, de modo que apenas faltaba un pequeño espacio para que sus rodillas fueran cojín de mi frente. Me puso la mano en el hombro, y dijo: Ahora sabré, Gabriel, si puedo contar contigo para lo que deseo. Veremos si tus facultades están a la altura de lo que he pensado de ti. ¿Y usía ha podido dudarlo? repuse conmovido. No puedo olvidar lo que me dijo usía la otra noche, y fue que otros, con menos méritos que yo, han llegado a subir hasta los últimos escalones de la fortuna. ¡Ah, pobrecillo! dijo riendo . Veo que sueñas con subir demasiado, y esto es peligroso, porque ya sabes lo de -caro. Yo contesté que nada sabía de ningún señor -caro; contome ella la fábula, y luego añadió: La historia que te conté la otra noche, no debe servirte de ejemplo, Gabriel. Después de lo que sabes, he leído un poco más y puedo seguirla. Quedó usía en aquello de que el joven de la guardia, a quien la sultana había hecho gran visir, daba muy mal pago a su protectora, lo cual me parece una grandísima picardía. Pues bien: después he leído que la sultana estaba muy arrepentida de su liviandad, y que el joven genízaro, hecho príncipe y generalísimo, era cada vez (p.270) más aborrecido en todo el imperio. El sultán continuaba tan ciego como antes, y no comprendía la causa del malestar de sus vasallos. Pero ella, como mujer de agudo ingenio, conocía la tempestad que amenazaba descargar sobre la real familia. Sus damas la encontraban algunas veces llorando. Desahogando su conciencia con alguna, le hizo ver su arrepentimiento por las faltas cometidas. Mas ya parecía imposible remediarlas; el descontento de los súbditos era inmenso, y se formó un grande y poderoso bando, a cuya cabeza se hallaba el hijo mismo de los sultanes, con objeto de destronarles, proyectando quitarles la vida, si la vida era un estorbo para sus fines. Y el gran visir, ¿qué hacía? El gran visir, aunque no era hombre de pocos alcances, no sabía tampoco qué partido tomar. Todos volvían los ojos al gran Tamerlán, insigne guerrero y conquistador, que había enviado sus tropas a aquel imperio como paso para un pequeño reino que deseaba conquistar. En él creían ver un salvador el padre y el hijo y la sultana y el gran visir; mas como no es posible que el gran Tamerlán les favorezca a todos a un tiempo, es seguro que alguno ha de equivocarse. Y por último, ¿a quién favoreció ese señor guerrero? Eso está en el final de la historia que no he leído todavía contestó Amaranta ; pero creo que no tardaré en conocer el desenlace, y entonces podré contártelo. Pues digo y repito, que si el gran visir hubiera gobernado bien a los pueblos, como los gobernaría quien yo me sé, nada de eso habría pasado. Haciendo justicia como Dios manda, esto es, castigando a los malos y premiando a los buenos, es imposible que el imperio hubiese venido a tales desdichas. Pero eso ahora no nos importa gran cosa dijo Amaranta , y vamos a nuestro asunto. Sí señora respondí con calor ; ¿qué importan todos los imperios del mundo? Al decir esto, creyendo que mis palabras eran frigidísima expresión de lo que yo sentía, crucé las manos en la actitud más patética que me fue posible, y dando rienda suelta a la ardorosa exaltación que inflamaba mi cabeza, (p.271) la expresé en palabras como mejor pude, exclamando así: ¡Ah, señora Condesa! Yo no sólo os respeto como el más humilde de vuestros criados, sino que os adoro, os idolatro, y no os enojéis conmigo si tengo el atrevimiento de decíroslo. Arrojadme de vuestro lado, si esto os desagrada, aunque con esto conseguiríais hacer de mí un muchacho desgraciado, pero de ningún modo que dejase de amaros. Amaranta se rió de mis aspavientos y habló así: Bueno, me gusta tu adhesión. Veo que podré contar contigo. En cuanto a tus cualidades intelectuales también las creo atendibles. Pepa me ha encomiado mucho tu facultad de observación. Parece que tienes una extraordinaria aptitud para retener en la memoria los objetos, las fisonomías, los diálogos y cuanto impresiona tus sentidos, pudiendo referirlo después puntualísimamente. Esto, unido a tu discreción, hace de ti un mozo de provecho. Si a tantas prendas se añade el respeto y amor a mi persona, de tal modo que lo sacrifiques todo a mí y a nadie revelas lo que hagas en mi servicio.. ¡Yo revelar, señora! Ni a mi sombra, ni a mis padres, si los tuviera; ni a Dios.. Además añadió clavando en mí sus ojos de un modo que me mareaba , tú eres un chico que sabe disimular. Perfectísimamente. Y observas, te enteras de cuanto hay alrededor tuyo.. todo sin excitar sospechas. Estoy seguro de poseer todas esas cualidades. Pues lo primero que has de hacer cuando volvamos a Madrid, es ponerte al servicio de tu antigua ama. ¿Cómo? ¿De mi antigua ama? Tonto, eso no quiere decir que dejes de servirme a mí. Al contrario, irás todas las noches a casa, donde nos veremos. Aunque no en apariencia, en realidad estarás siempre a mi servicio, y te recompensaré liberalmente. De modo que si sirvo a la cómica es.. Es para evitar sospechas. ¡Oh! ¡Magnífico!, sí, sí, ya comprendo. Así nadie podrá decir.. Justo. Y en casa de tu ama observarás con muchísima atención lo que allí pasa, quién entra, quién sale, quién va por las noches, en fin, todo.. ¿Y con qué objeto? pregunté algo (p.272) desconcertado, no comprendiendo por qué me quería convertir en inquisidor. El objeto no te importa contestó mi dueña . Además (esto es lo principal), en el teatro has de vigilar cuidadosamente a Isidoro Máiquez, y siempre que éste te dé alguna carta amorosa para tu ama, me la traerás a mí primero, y después de enterarme de ella, te la devolveré. Estas palabras me dejaron perplejo, y creyendo no haber comprendido bien su misterioso sentido, roguela que me las explicara. Oye bien otra cosa prosiguió . Lesbia continúa en relaciones con Isidoro aunque ama a otro, y yo sé que cuando ella vuelva a Madrid, se darán cita en casa de la González. Tú observarás todo lo que allí pase, y si consigues con tu ingenio y travesura, que sí lo conseguirás, hacerte mensajero de sus amores, y siéndolo, me tienes al tanto de todo, me harás el mayor servicio que hoy puedo recibir, y no tendrás que arrepentirte. Pero.. pero.. no sé cómo podré yo.. dije lleno de confusiones. Es muy fácil, tontuelo. Tú vas al teatro todas las tardes. Procura que la duquesa te crea un chico servicial y discreto, ofrécete si es preciso a servirla, haz ver a Isidoro que no tienes precio para llevar un recado secreto, y los dos te tomarán por emisario de sus amores. En tal caso, cuando cojas una esquela amorosa del uno o del otro, me la traes y punto concluido. Señora exclamé sin poder volver de mi asombro ; lo que usía exige de mí, es demasiado difícil. ¡Oh! ¡Qué salida! Pues me gusta la disposición del chico. ¿Y aquello de te amo y te adoro..? ¿Pero te has vuelto tonto? Lo que ahora te mando no es lo único que exijo de ti. Ya sabrás lo demás. Si en esto que es tan sencillo, no me obedeces, ¿cómo quieres que haga de ti un hombre respetable y poderoso? Aún pensaba yo que el papel que Amaranta quería hacerme representar a su lado no era tan bajo ni tan vil como de sus palabras se deducía, y aún le pedí nuevas explicaciones que me dio de buen grado, dejándome, como dice el vulgo completamente aplastado. La proposición de Amaranta me arrojó desde la cumbre de mi (p.273) soberbia a la profunda sima de mi envilecimiento. No era posible, sin embargo, protestar contra éste, y tenía necesidad de afectar servil sumisión a la voluntad de mi ama. Yo mismo me había dejado envolver en aquellas redes; era preciso salir de ellas escapándome astutamente por una malla rota y sin intentar romperla con violencia. ¿Pero cree usía dije tratando de poner orden en mis ideas , que en esa ocupación no perderé la dignidad que, según dicen, debe tener todo aquel que aspira a ocupar en el mundo una posición honrosa? Tú no sabes lo que te dices me contestó moviendo con donaire su hermosa cabeza . Al contrario: lo que te propongo será la mejor escuela para que vayas aprendiendo el arte de medrar. El espionaje aguzará tu entendimiento, y bien pronto te encontrarás en disposición de medir tus armas con los más diestros cortesanos. ¿Tú has pensado que podrías ser hombre de pro sin ejercitarte en la intriguilla, en el disimulo y en el arte de conocer los corazones? ¡Señora repuse , qué escuela tan espantosa! Es indudable que te pintas solo para observarlo, y que sabes dar cuenta de cuanto ves de un modo asombroso. Esto, y algo que he notado en ti, me ha hecho creer que eras un muchacho de facultades. ¿No dices que tienes ambición? Sí, señora. Pues para medrar en los palacios no hay otro camino que el que te propongo. Supongamos que desempeñas satisfactoriamente la comisión indicada: en este caso volverás a mi lado y serás mi paje. Casi siempre vivo en palacio; ya ves si tienes ocasión de lucirte. Un paje puede entrar en muchas partes; un paje está obligado a ser galán de las doncellas de las camaristas y damas de palacio, lo cual le pone en disposición de saber secretos de todas clases. Un paje que sepa observar, y que al mismo tiempo tenga mucha reserva y prudencia, junto con una exterioridad agradable, es una potencia de primer orden en palacio. Tales razones me tenían confundido de tal modo, que no sabía qué contestar. ¡Cuántos hombres insignes ves tú por ahí que (p.274) empezaron su carrera de simples pajes!, paje fue el marqués Caballero, hoy ministro de Gracia y Justicia, y pajes fueron otros muchos. Yo me encargaré de sacarte una ejecutoria de nobleza, con la cual, y mi valimiento, podrás entrar después en la guardia de la real persona. Esta sería una nueva faz de tu carrera. Un paje puede escurrirse tras una cortina para oír lo que se dice en una sala, un paje puede traer y llevar recados de gran importancia, un paje puede recibir de una doncella secretos de Estado; pero un guardia puede aún mucho más, porque su posición es más interior. Si tiene las cualidades que adornaron al paje, su poder es extraordinario; puede bienquistarse con damas de la corte, que siempre son charlatanas, puede hacerse un sin número de amigos en estas regiones, diciendo aquí lo que oyó más allá, adornando las noticias a su modo y pintando los hechos como le convenga. Tiene el guardia una ventaja que no poseen los reyes mismos, y que éstos no conocen más que el palacio en que viven, razón por la cual casi nunca gobiernan bien, mientras aquél conoce el palacio y la calle, la gente de fuera y la de dentro, y esta ciencia general le permite hacerse valer en una y otra parte, y pone en sus manos un número infinito de resortes. El hombre que los sabe manejar aquí es más poderoso que todos los poderosos de la tierra, y silenciosamente, sin que lo adviertan esos mismos que por ahí se dan tanto tono llamándose ministros y consejeros, puede llevar su influjo hasta los últimos rincones del reino. ¡Señora! exclamé , ¡cuán distinto es todo esto de como yo me lo había figurado! A ti añadió , te parecerá que esto no es bueno. Pero así lo hemos encontrado, y puesto que no está en nuestra mano reformarlo, siga como hasta aquí. ¡Ah!, confieso mi necedad exclamé . Confieso que, alucinado por mi disparatada imaginación, tuve locos y ridículos pensamientos, aunque ahora caigo en que deben ser propios de mi poca edad e ignorancia. Es verdad que yo creía que tonto y vano y humilde como soy, podría imitar a otros muchos en su (p.275) inmerecido encumbramiento. Tanto he oído hablar de la buena fortuna de algunos necios, que dije: «Pues precisamente todos los necios deben hacer fortuna». Pero para conseguir esto, yo me representaba medios nobles y decentes, y decía: «¿Quién me quita a mí de llegar a ser lo que otros son? De ellos me diferenciaré en que si algún día tengo poder, he de emplearlo en hacer bien, premiando a los buenos y castigando a los malos, haciendo todas las cosas como Dios manda, y como me dice el corazón que deben hacerse». Nunca pensé ser hombre de fortuna de otra manera, y si pensé en la necesidad de hacer algo malo, creí sería de eso que no deshonra, tal y como desafiarse, amar a una dama en secreto sin decírselo a nadie, reventar siete caballos por ir de aquí a Aranjuez para traer una flor, matar a los enemigos del Rey, y otras cosas por el mismo estilo. ¡Ah!, esos tiempos pasaron dijo Amaranta riendo de mi simplicidad . Veo que tienes sentimientos elevados; pero ya no se trata de eso. Tus escrúpulos se irán disipando, cuando a las dos semanas de estar en mi servicio conozcas las ventajas de vivir aquí. Además, esto te proporcionará en adelante la satisfacción de hacer el bien a muchos que lo soliciten. ¿Cómo? ¡Oh!, muy fácilmente. Mi doncella ha conseguido en esta semana dos canonjías, un beneficio simple y una plaza de la contaduría de espolios y vacantes. Pues qué pregunté con el mayor asombro , ¿las criadas nombran los canónigos y los empleados? No, tontuelo; los nombra el ministro, pero ¿cómo puede desatender el ministro una recomendación mía, ni cómo he de desatender yo a una muchacha que sabe peinarme tan bien? Un amigo mío, muy respetable, está solicitando desde hace catorce años un miserable destino, y aún no lo ha podido conseguir. Dime su nombre y te probaré que, aun sin quererlo, ya comienzas a ser un hombre de influencia. Díjele el nombre del padre Celestino del Malvar, con la plaza que pretendía, y ella apuntó ambas cosas en un papel. Mira dijo después señalándome sus cartas ; son (p.276) tantos los negocios que traigo entre manos, que no sé cómo podré despacharlos. La gente de fuera ve a los ministros muy atareados, y dándose aire de personas que hacen alguna cosa. Cualquiera creería que esos personajes cargados de galones y de vanidad sirven para algo más que para cobrar sus enormes sueldos; pero no hay nada de esto. No son más que ciegos instrumentos y maniquís que se mueven a impulsos de una fuerza que el público no ve. Pero el príncipe de la Paz, ¿no es más poderoso que los mismos reyes? Sí; mas no tanto como parece. Danle fuerza las raíces que tiene acá dentro, y como éstas son profundas, como se agarran a una fértil tierra, como no cesamos de regarlas, de aquí que este árbol frondoso extienda sus ramas fuera de aquí con gran lozanía. Godoy no debe nada de lo que tiene a su propio mérito; débelo a quien se lo ha querido dar, y ya comprendes que sería fácil quitárselo de improviso. No te dejes nunca deslumbrar por la grandeza de esos figurones a quienes el vulgo admira y envidia; su poderío está sostenido por hebras de seda, que las tijeras de una mujer pueden cortar. Cuando hombres como Jovellanos han querido entrar aquí, sus pies se han enredado en los mil hilos que tenemos colgados de una parte a otra, y han venido al suelo. Señora dije dominado por amarga pesadumbre , yo dudo mucho que tenga ingenio para desempeñar lo que usía me encarga. Yo sé que lo tendrás. Ejercítate primero en la embajada que te he dado cerca de la González; proporcióname lo que necesito, y luego podrás hacer nuevas proezas. Tú harás de modo que se aficione de ti alguna persona de palacio: fingirás luego que estás cansado de mi servicio, yo haré el papel de que te despido, y tú entrarás al servicio de esa otra persona, con la que alguna vez hablarás mal de mí para que no sospeche la trama; entretanto, diligente observador de cuanto pase en el cuarto de tu nueva y aparente ama, lo contarás todo a la antigua y a la verdadera que seré siempre yo, tu bienhechora y tu Providencia. Ya me fue imposible oír con calma (p.277) una tan descarada y cínica exposición de las intrigas en que era la condesa consumada maestra, y yo catecúmeno aún sin bautismo. Una elocuente voz interior protestaba contra el vil oficio que se me proponía, y la vergüenza, agolpando la sangre en mi rostro, me daba una confusión, un embarazo, que entorpecía mi lengua para la negativa. Levanteme, y con voz trémula, di a la condesa mis excusas, diciendo otra vez que no me creía capaz de desempeñar tan difíciles cometidos. Ella volvió a reír, y me dijo: Esta noche, aunque es hora muy avanzada, quizás celebren una conferencia en este mi cuarto dos personajes, ha tiempo reñidos, y a quienes yo trato de reconciliar. Hablarán solos, y en tal caso, espero que tú, escondido tras el tapiz que conduce a mi alcoba, lo oirás todo, para contármelo después. Señora dije , me ha entrado de repente un vivísimo dolor de cabeza; y si usía me permitiera retirarme, se lo agradecería en el alma. No repuso mirando un reló , porque tengo que salir ahora mismo, y es preciso que estés en vela, y aguardes aquí. Volveré pronto. Esto diciendo llamó a la doncella, pidió su cabriolé, especie de manto que entonces se usaba; la doncella trajo dos, y envolviéndose cada una en el suyo, salieron con presteza, dejándome solo.
Ep-2-XVIII La situación de mi espíritu era indefinible. Un frío glacial invadió mi pecho, como si una hoja de finísimo acero lo atravesara. La brusca y rápida mudanza verificada en mis sensaciones respecto de Amaranta era tal, que todo mi ser se estremeció, sintiendo vacilar sus ignorados polos, como un planeta cuya ley de movimiento se trastorna de improviso. Amaranta era no una mujer traviesa e intrigante, sino la intriga misma, era el demonio de los palacios, ese temible espíritu por quien la sencilla y honrada historia parece a veces maestra de enredos y doctora de chismes; ese temible espíritu que ha confundido a las generaciones, enemistado a los pueblos, envileciendo lo mismo los gobiernos despóticos que los libres; era la personificación de aquella máquina interior, para el vulgo desconocida, que se (p.278) extendía desde la puerta de palacio, hasta la cámara del Rey, y de cuyos resortes, por tantas manos tocados, pendían honras, haciendas, vidas, la sangre generosa de los ejércitos y la dignidad de las naciones; era la granjería, la realidad, el cohecho, la injusticia, la simonía, la arbitrariedad, el libertinaje del mando, todo esto era Amaranta; y sin embargo ¡cuán hermosa!, hermosa como el pecado, como las bellezas sobrehumanas con que Satán tentaba la castidad de los padres del yermo, hermosa como todas las tentaciones que trastornan el juicio al débil varón, y como los ideales que compone en su iluminado teatro la embaucadora fantasía cuando intenta engañarnos alevosamente, cual a chiquitines que creen ciertas y reales las figuras de magia. Una luz brillante me había deslumbrado; quise acercarme a ella y me quemé. La sensación que yo experimentaba, era, si se me permite expresarlo así, la de una quemadura en el alma. Cuando se fue disipando el aturdimiento en que me dejó mi ama, sentí una viva indignación. Su hermosura misma, que ya me parecía terrible, me compelía a apartarme de ella. «Ni un día más estaré aquí; me ahoga esta atmósfera y me da espanto esta gente» exclamé dando paseos por la habitación, y declamando con calor, como si alguien me oyera. En el mismo momento sentí tras la puerta ruido de faldas, y el cuchicheo de algunas mujeres. Creí que mi ama estaría de vuelta. La puerta se abrió y entró una mujer, una sola: no era Amaranta. Aquella dama, pues lo era, y de las más esclarecidas, a juzgar por su porte distinguidísimo, se acercó a mí, y preguntó con extrañeza: ¿Y Amaranta? No está respondí bruscamente. ¿No vendrá pronto? dijo con zozobra, como si el no encontrar a mi ama fuese para ella una gran contrariedad. Eso es lo que no puedo decir a usted. Aunque sí.. ahora caigo en que dijo volvería pronto contesté de muy mal talante. La dama se sentó sin decir más. Yo me senté también y apoyé la cabeza entre las manos. No extrañe el lector mi descortesía, porque el estado (p.279) de mi ánimo era tal, que había tomado repentino aborrecimiento a toda la gente de palacio, y ya no me consideraba criado de Amaranta. La dama, después de esperar un rato, me interrogó imperiosamente: ¿Sabes dónde está Amaranta? He dicho que no respondí con la mayor displicencia . ¿Soy yo de los que averiguan lo que no les importa? Ve a buscarla dijo la dama no tan asombrada de mi conducta como debiera estarlo. Yo no tengo que ir a buscar a nadie. No tengo que hacer más que irme a mi casa. Yo estaba indignado, furioso, ebrio de ira. Así se explican mis bruscas contestaciones. ¿No eres criado de Amaranta? Sí y no.. pues.. Ella no acostumbra a salir a estas horas. Averigua dónde está y dile al instante que venga , dijo la dama con mucha inquietud. Ya he dicho que no quiero, que no iré, porque no soy criado de la condesa respondí . Me voy a mi casa, a mi casita, a Madrid. ¿Quiere usted hablar a mi ama?, pues búsquela por palacio. ¿Han creído que soy algún monigote? La dama dio tregua a su zozobra para pensar en mi descortesía. Pareció muy asombrada de oír tal lenguaje, y se levantó para tirar de la campanilla. En aquel momento me fijé por primera vez atentamente en ella, y pude observar que era poco más o menos, de esta manera.: Edad que pudiera fijarse en el primer período de la vejez, aunque tan bien disimulada por los artificios del tocador, que se confundía con la juventud, con aquella juventud que se desvanece en las últimas etapas de los cuarenta y ocho años. Estatura mediana y cuerpo esbelto y airoso, realzado por esa suavidad y ligereza de andar que, si alguna vez se observan en las chozas, son por lo regular cualidades propias de los palacios. Su rostro bastante arrebolado no era muy interesante, pues aunque tenía los ojos hermosos y negros, con extraordinaria viveza y animación, la boca la afeaba bastante, por ser de estas que con la edad se hienden, acercando la nariz a la barba. Los finísimos, blancos y correctos dientes no conseguían embellecer una boca que fue airosa (p.280) si no bella, veinte años antes. Las manos y brazos, por lo que de éstos descubría, advertí que eran a su edad las mejores joyas de su persona y las únicas prendas que del naufragio de una regular hermosura habían salido incólumes. Nada notable observe en su traje, que no era rico, aunque sí elegante y propio del lugar y la hora. Abalanzose como he dicho a tirar de la campanilla, cuando de improviso, y antes de que aquélla sonase, se abrió de nuevo la puerta y entró mi ama. Recibiola la visitante con mucha alegría, y no se acordaron más de mí, sino para mandarme salir. Retireme, pasando a la pieza inmediata, por donde debía dirigirme a mi cuarto, cuando el contacto del tapiz, deslizándose sobre mi espalda al atravesar la puerta, despertó en mí la olvidada idea de las escuchas y el espionaje que Amaranta me había encargado. Detúveme, y el tapiz me cubrió perfectamente: desde allí se oía todo con completa claridad. Hice intención de alejarme para no incurrir en las mismas faltas que tan feas me parecían; pero la curiosidad pudo más que todo y no me moví. Tan cierto es que la malignidad de nuestra naturaleza puede a veces más que todo. Al mismo tiempo el rencorcillo, el despecho, el descorazonamiento que yo sentía, me impulsaban a ejercer sobre mi ama la misma pérfida vigilancia que ella me encomendaba sobre los demás. ¿No me mandas aplicar el oído? dije para mí, recreándome en mi venganza . Pues ya lo aplico. La dama desconocida había proferido muchas exclamaciones de desconsuelo, y hasta me pareció que lloraba. Después, alzando la voz, dijo con ansiedad: Pero es preciso que en la causa no aparezca Lesbia. Será muy difícil eliminarla, porque está averiguado que ella era quien trasmitía la correspondencia contestó mi ama. Pues no hay otro remedio continuó la dama . Es preciso que Lesbia no figure para nada, ni preste declaraciones. No me atrevo a decírselo a Caballero; pero tú con habilidad puedes hacerlo. Lesbia dijo Amaranta , es nuestro más terrible enemigo. La causa del Príncipe ha sido en su vil (p.281) carácter un pretexto más bien que una causa para hostilizarnos. ¡Qué de infamias cuenta, qué de absurdos propala! Su lengua de víbora no perdona a quien ha sido su bienhechora y también se ensaña conmigo, de quien ha contado horrores. Contará lo de marras repuso la dama de la boca hendida . Tú cometiste la gran falta de confiarle aquel secreto de hace quince años, que nadie sabía. Es verdad dijo mi ama meditabunda. Pero no hay que asustarse, hija añadió la otra . La enormidad y el número de las faltas supuestas que nos atribuyen nos sirve de consuelo y de expiación por las que realmente hayamos cometido, las cuales son tan pocas, comparadas con lo que se dice, que casi no debe pensarse en ellas. Es preciso que Lesbia no aparezca para nada en la causa. Adviérteselo a Caballero; mañana podrían prenderla, y si declara, puede vengarse mostrando pruebas terribles contra mí. Esto me tiene desesperada: conozco su descaro, su atrevimiento, y la creo capaz de las mayores infamias. Ella es dueña, sin duda, de secretos peligrosos, y quizás conserve cartas o algún objeto. Sí respondió con agitación la desconocida . Pero tú lo sabes todo: ¿a qué me lo preguntas? Entonces con harto dolor de mi corazón, le diré a Caballero que la excluya de la causa. La pícara se jactaba ayer aquí mismo de que no pondrían la mano sobre ella. Ya se nos presentará otra ocasión.. Dejarla por ahora. ¡Ah!, bien castigada está mi impremeditación. ¿Cómo fui capaz de fiarme de ella? ¿Cómo no descubrí bajo la apariencia de su amena jovialidad y ligereza, la perfidia y doblez de su corazón? Fui tan necia que su gracia me cautivó; la complacencia con que me servía en todo acabó de seducirme, y me entregué a ella en cuerpo y alma a ella. Recuerdo cuando las tres salíamos juntas de palacio en aquella breve temporada que pasamos en Madrid hace cinco años. Pues después he sabido que una de aquellas noches, avisó a cierta persona el punto a donde íbamos, para que me viera, y me vio.. Nosotros no advertimos nada; no conocimos que Lesbia nos (p.282) vendía, y hasta mucho después no descubrí su falsedad por una singular coincidencia. Ese estúpido y presuntuoso Mañara dijo mi ama , le ha trastornado el juicio. ¡Ah!, ¿no sabes que en el cuerpo de guardia se ha jactado ese miserable de que ha sido amado por mí, añadiendo que me despreció? ¿Has visto? ¡Si yo jamás he pensado en semejante hombre, ni creo haber siquiera reparado en él! ¡Ay, Amaranta! Tú eres joven aún; tú estás en el apogeo de la hermosura; sírvate de lección. Cada falta que se comete, se paga después con la vergüenza de las cien mil que no hemos cometido y que nos imputan. Y ni aun en la conciencia tenemos fuerzas para protestar contra tantas calumnias, porque una sola verdad entre mil calumnias, nos confunde, mayormente si nos vemos acusadas por nuestros propios hijos. Al decir esto me pareció que lloraba. Después de breve pausa Amaranta continuó así la conversación: Ese necio de Mañara, que no sabe hablar más que de toros, de caballos y de su nobleza, ha tenido el honor de cautivar a Lesbia; tal para cual.. +l es quien la ha inducido a andar en tratos con los del Príncipe, y entre los dos se han encargado de la trasmisión de la correspondencia. ¿Pero no me dijiste preguntó vivamente la desconocida , que Lesbia estaba en relaciones con Isidoro? Sí contestó mi ama ; pero este amor, que ha durado poco tiempo, ha sido un interregno durante el cual Mañara no bajó del trono. Lesbia amó a Isidoro por vanidad, por coquetería, y continúa en relaciones con él. Isidoro está locamente enamorado, y ella se complace en avivar su amor, divirtiéndose con los martirios del pobre cómico. ¿Y no has pensado que se podría sacar partido de esos dobles amores? ¡Ya lo creo! Lesbia e Isidoro se ven en casa de la González y en el teatro. Puedes hacer que Mañara los descubra y.. No, mi plan es mejor aún. ¿Qué importa Mañara? Yo quiero apoderarme de alguna carta o prenda, que Lesbia entregue a cualquiera de sus dos amantes, para presentarla a su marido, a ese señor que a pesar de su misantropía, si (p.283) llegara a saber con certeza las gracias de su mujer, vendría a poner orden en la casa. Indudablemente dijo la desconocida animándose por grados . ¿Y qué piensas hacer? Según lo que den de sí las circunstancias. Pronto volveremos a Madrid, porque en casa de la marquesa se prepara una representación de Otello, en que Lesbia hará el papel de Edelmira, Isidoro el suyo y los demás corren a cargo de jóvenes aficionados. ¿Y cuándo es la representación? Se ha aplazado porque falta un papel, que ninguno quiere desempeñar, por ser muy desairado; mas creo que pronto se encontrará actor a propósito, y la función no puede retardarse. El duque ha prometido dejar sus estados para asistir a ella. La reunión de todas estas personas ha de facilitar mucho una combinación ingeniosa, que nos permita castigar a Lesbia como se merece. ¡Oh!, sí; hazlo por Dios. Su ingratitud es tal, que no merece perdón. ¿Sabes que es ella quien me ha acusado de haber querido asesinar a Jovellanos? Sí, lo sabía. ¡Ves qué infamia! añadió la desconocida, indicando en el tono de su voz la ira que la dominaba . Verdad es que aborrezco a ese pedante, que en su fatuidad se permite dar lecciones a quien no las necesita ni se las ha pedido; pero me parece que su encierro en el castillo de Bellver es suficiente castigo, y jamás han pasado por mi mente proyectos criminales, cuya sola idea me horroriza. Lesbia se ha dado tan buena maña para propalar lo del envenenamiento, que todo el mundo lo cree dijo Amaranta . ¡Ah, señora, es preciso castigar duramente a esa mujer! Sí, pero no incluyéndola en la causa: eso redundaría en perjuicio mío. Manuel me lo ha advertido esta tarde con mucho empeño, y es preciso hacer lo que él dice. Por su parte, Manuel le causa todo el daño que puede. Desde que supo las infamias que contaba de mí, dejó cesantes a todos los que habían recibido destino por recomendación suya. Esta prueba de afecto me ha enternecido. No sería malo que Mañara sintiera encima la mano de hierro del generalísimo. ¡Oh, sí! Manuel (p.284) me ha prometido buscar algún medio para que se le forme causa y sea expulsado del cuerpo, como se hizo con aquellos dos que nos conocieron cuando fuimos disfrazadas a la verbena de Santiago. ¡Oh! Manuel no se descuida: después que nos reconciliamos por mediación tuya, su complacencia y finura conmigo no tienen límites. No, no existe otro que como él comprenda mi carácter, y posea el arte de las buenas formas aun para negar lo que se le pide. Ahora precisamente estoy en lucha con él para que me conceda una mitra.. ¿Para mi recomendado el capellán de las monjas de Pinto? No: es para un tío de Gregorilla, la hermana de leche del chiquitín. Ya ves: se le ha puesto en la cabeza que su tío ha de ser obispo, y verdaderamente no hay motivo alguno para que no lo sea. ¿Y el Príncipe se opone? Sí; dice que el tío de Gregorilla ha sido contrabandista hasta que se ordenó hace dos años, y que es un ignorante. Tiene razón, y el candidato no es por su sabiduría ninguna lumbrera de la cristiandad; pero hija, cuando vemos a otros.. y si no ahí tienes a mi primo el cardenalito de la Escala, que no sabe más latín que nosotras, y si le examinaran, creo que ni aun para monaguillo le darían el exequatur. Pero ese nombramiento lo ha de hacer Caballero dijo Amaranta . ¿Se opone también? Caballero no contestó riendo la desconocida; ese ya sabes que no hace sino lo que queremos, y capaz sería de convertir en regentes de las Audiencias a los puntilleros de la plaza de toros, si se lo mandáramos. Es un buen sujeto, que cumple con su deber con la docilidad del verdadero ministro. El pobrecito se interesa mucho por el bien de la nación. Pues él puede dar la mitra por sí y ante sí al tío de Gregorilla. No; Manuel se opone, ¡y de qué manera! Pero yo he discurrido un medio de obligarle a ceder. ¿Sabes cuál? Pues me he valido del tratado secreto celebrado con Francia, que se ratificará en Fontainebleau dentro de unos días. Por él se da a Manuel la soberanía de los Algarbes; pero nosotros no estamos aún decididos a consentir en el repartimiento de Portugal, y le he dicho: «Si (p.285) no haces obispo al tío de Gregorilla, no ratificaremos el tratado, y no serás rey de los Algarbes.» +l se ríe mucho con estas cosas mías; pero al fin.. ya verás cómo consigo lo que deseo. Y mucho más cuando estos nombramientos contribuyen a fortificar nuestro partido. ¿Pero él no conoce que el del Príncipe es cada vez más fuerte? ¡Ah! Manuel está muy disgustado dijo la desconocida con tristeza ; y lo que es peor, muy acobardado. Afirma que esto no puede concluir en bien y tiene presentimientos horribles. Estos sucesos le han puesto muy triste, y dice: «Yo he cometido muchas faltas, y el día de la expiación se acerca. « ¡Pero qué bueno es! ¿Creerás que disculpa a mi hijo, diciendo que le han engañado y envilecido los amigos ambiciosos que le rodean? ¡Ah!, mi corazón de madre se desgarra con esto; pero no puedo atenuar la falta del Príncipe. Mi hijo es un infame. ¿Y él espera conjurar fácilmente tantos peligros? preguntó mi ama. No lo sé repuso la desconocida tristemente . Manuel, como te he dicho, está muy descorazonado. Aunque cree castigar pronto y ejemplarmente a los conjurados, como hay algo que está por encima de todo esto, y que.. Bonaparte sin duda. No: Bonaparte creo que estará de nuestro lado, a pesar de que el Príncipe lo presenta como amigo suyo. Manuel me ha tranquilizado en este punto. Si Bonaparte se enojase con nosotros, le daríamos veinte o treinta mil hombres, para que los sacase de España, como sacó los de la Romana. Eso es muy fácil y a nadie perjudica. Lo que nos entristece es otra cosa, es lo que pasa en España. Según me ha dicho Manuel, todos aman al Príncipe y le creen un dechado de perfecciones, mientras que a nosotros, al pobre Carlos y a mí nos aborrecen. Parece mentira: ¿qué hemos hecho para que así nos odien? Francamente, te digo que esto me tiene afectada, y estoy resuelta a no ir a Madrid en mucho tiempo. Te juro que aborrezco a Madrid. Yo no participo de ese temor dijo Amaranta , y espero que castigados los conspiradores, la mala yerba no volverá a retoñar. Manuel trabajará sin (p.286) descanso: así me lo ha dicho. Pero es preciso que se evite todo lo que pueda escandalizar, y sobre todo lo que resulte desfavorable. Por eso esta noche en cuanto llegó Manuel, vino a suplicarme que por conducto tuyo, hiciese arrancar de la causa todo lo relativo a Lesbia, que es poseedora de documentos terribles, y se vengaría cruelmente en sus declaraciones. Ya sabes que tiene mucha imaginación, y sabe inventar enredos con gran arte. Desde que Manuel me habló hasta que te he visto, no he sosegado un momento. Pero ni él ni yo, podemos hablar de esto con Caballero: háblale tú y arréglalo con tu buen juicio y habilidad. ¡Ah!, se me olvidaba. Caballero desea el Toisón de Oro: ofréceselo sin cuidado; que aunque no es hombre para cargar tal insignia, no habrá reparo en dársela, si se hace acreedor a ella con su lealtad. ¿Harás lo que te digo? Sí, señora. No habrá nada que temer. Entonces me retiro tranquila. Confío en ti ahora como siempre dijo la desconocida levantándose. Lesbia no será llamada a declarar; pero no nos faltará ocasión de tratarla como merece. Pues adiós, querida Amaranta añadió la dama besando a mi ama . Gracias a ti, esta noche dormir tranquila, y entre tantas penas, no es poco consuelo contar con una fiel amiga que hace todo lo posible por disminuirlas. Adiós. Es muy tarde.. ¡Dios mío, qué tarde! Diciendo esto se encaminaron juntas a la puerta, y abierta ésta aparecieron otras dos damas, con las cuales se retiró la desconocida, después de besar por segunda vez a mi ama. Cuando ésta se quedó sola se dirigió a la habitación en que yo estaba. Mi primera intención fue retirarme del escondite y huir; pero reflexionándolo brevemente, creí que debía esperarla. Cuando ella entró y me vio, su sorpresa fue extraordinaria. ¡Cómo, Gabriel, tú aquí! exclamó. Sí, señora respondí serenamente . He empezado a desempeñar las funciones que usía me ha encargado. ¡Cómo! dijo con ira ; ¿has tenido el atrevimiento de..?, ¿has oído? Señora respondí , usía tenía razón: poseo un oído finísimo. ¿No me (p.287) mandaba usía que observara y atendiera..? Sí dijo más colérica . Pero no a esto.. ¿entiendes bien? Veo que eres demasiado listo, y el exceso de celo puede costarte caro. Señora repuse con mucha ingenuidad , quería empezar a instruirme cuanto antes. Bien repuso procurando tranquilizarse . Retírate. Pero te advierto que si sé recompensar a los que me sirven bien, tengo medios para castigar a los desleales y traidores. No te digo más. Si eres imprudente, te acordarás de mí toda tu vida. Vete.
Ep-2-XIX Al día siguiente se levantó un servidor de ustedes de malísimo humor, y su primera idea fue salir del Escorial lo más pronto que le fuera posible. Para pensar en los medios de ejecutar tan buen propósito fuese a pasear a los claustros del monasterio, y allí discurriendo sobre su situación, se acaloró la cabeza del pobre muchacho revolviendo en ella mil pensamientos que cree poder comunicar al discreto lector. Los que hayan leído en el primer libro de mi vida el capítulo en que di cuenta de mi inútil presencia en el combate de Trafalgar, recordarán que en tan alta ocasión, y cuando la grandeza y majestad de lo que pasaba ante mis ojos parecían sutilizar las facultades de mi alma, puede concebir de un modo clarísimo la idea de la patria. Pues bien: en la ocasión que ahora refiero, y cuando la desastrosa catástrofe de tan ridículas ilusiones había conmovido hasta lo más profundo mi naturaleza toda, el espíritu del pobre Gabriel hizo después de tanto abatimiento una nueva adquisición, una nueva conquista de inmenso valor, la idea del honor. ¡Qué luz! Recordé lo que me había dicho Amaranta, y comparando sus conceptos con los míos, sus ideas con lo que yo pensaba, mezcla de ingenuo engreimiento y de honrada fatuidad, no pude menos de enorgullecerme de mí mismo. Y al pensar esto no pude menos de decir: Yo soy hombre de honor, yo soy hombre que siento en mí una repugnancia invencible de toda acción fea y villana que me deshonre a mis propios ojos; y además la idea de que pueda ser (p.288) objeto del menosprecio de los demás me enardece la sangre y me pone furioso. Cierto que quiero llegar a ser persona de provecho; pero de modo que mis acciones me enaltezcan ante los demás y al mismo tiempo ante mí, porque de nada vale que mil tontos me aplaudan, si yo mismo me desprecio. Grande y consolador debe de ser, si vivo mucho tiempo, estar siempre contento de lo que haga, y poder decir por las noches mientras me tapo bien con mis sabanitas para matar el frío: «No he hecho nada que ofenda a Dios ni a los hombres. Estoy satisfecho de ti, Gabriel.» Debo advertir que en mis monólogos siempre hablaba conmigo como si yo fuera otro. Lo particular es que mientras pensaba estas cosas, la figura de mi Inés no se apartaba un momento de mi imaginación y su recuerdo daba vueltas en torno a mi espíritu, como esas mariposas o pajaritas que se nos aparecen a veces en días tristes trayendo según el vulgo cree, alguna buena noticia. Tal era la situación de mi espíritu, cuando acertó a pasar cerca de mí el caballero D. Juan de Mañara, vestido de uniforme. Detúvose y me llamó con empeño, demostrando que mi presencia era para él nada menos que un buen hallazgo. No era aquélla la primera vez que solicitaba de mí un pequeño favor. Gabriel me dijo en tono bastante confidencial sacando de su bolsillo una moneda de oro , esto es para ti, si me haces el favor que voy a pedirte. Señor contesté , con tal que sea cosa que no perjudique a mi honor.. Pero, pedazo de zarramplín, ¿acaso tú tienes honor? Pues sí que lo tengo, señor oficial contesté muy enfadado ; y deseo encontrar ocasión de darle a usted mil pruebas de ello. Ahora te la proporciono, porque nada más honroso que servir a un caballero y a una señora. Dígame usted lo que tengo que hacer dije deseando ardientemente que la posesión del doblón que brillaba ante mis ojos fuera compatible con la dignidad de un hombre como yo. Nada más que lo siguiente respondió el hermoso galán sacando una carta del bolsillo : llevar este billete a la señorita (p.289) Lesbia. No tengo inconveniente dije, reflexionando que en mi calidad de criado no podía deshonrarme llevando una carta amorosa . Déme usted la esquelita. Pero ten en cuenta añadió entregándomela , que si no desempeñas bien la comisión, o este papel va a otras manos, tendrás memoria de mí mientras vivas, si es que te queda vida después que todos tus huesos pasen por mis manos. Al decir esto el guardia demostraba, apretándome fuertemente el brazo, firme intención de hacer lo que decía. Yo le prometí cumplir su encargo como me lo mandaba, y tratando de esto llegamos al gran patio de palacio, donde me sorprendió ver bastante gente reunida descollando entre todos algunas aves de mal agüero, tales como ministriles y demás gente de la curia. Yo advertí que al verles mi acompañante se inmutó mucho, quedándose pálido, y hasta me parece que le oí pronunciar algún juramento contra los pajarracos negros que tan de improviso se habían presentado a nuestra vista. Pero yo no necesitaba reflexionar mucho para comprender que aquella siniestra turba nada tenía que ver conmigo, así es que dejando al militar en la puerta del cuerpo de guardia, una vez trasladadas carta y moneda a mi bolsillo, subí en cuatro zancajos la escalera chica, corriendo derecho a la cámara de la señora Lesbia. No tardé en hacerme presentar a su señoría. Estaba de pie en medio de la sala, y con entonación dramática leía en un cuadernillo aquellos versos célebres: .. todo me mata, todo va reuniéndose en mi daño! Y todo te confunde, desdichada. Estaba estudiando su papel. Cuando me vio entrar cesó su lectura, y tuve el gusto de entregarle en persona el billete, pensando para mí: ¿Quién dirá que con esa cara tan linda eres una de las mejores piezas que han hecho enredos en el mundo? Mientras leía, observé el ligero rubor y la sonrisa que hermoseaban su agraciado rostro. Después que hubo concluido, me dijo un poco alarmada: ¿Pero tú no sirves a Amaranta? No señora respondí . Desde anoche he dejado su servicio, y ahora mismo me voy para (p.290) Madrid. ¡Ah!, entonces bien dijo tranquilizándose. Yo en tanto no cesaba de pensar en el placer que habría experimentado Amaranta si yo hubiera cometido la infamia de llevarle aquella carta. ¡Qué pronto se me había presentado la ocasión de portarme como un servidor honrado, aunque humilde! Lesbia, encontrando ocasión de zaherir a su amiga, me dijo: Amaranta es muy rigurosa y cruel con sus criados. ¡Oh, no señora! exclamé yo, gozoso de encontrar otra coyuntura de portarme caballerosamente, rechazando la ofensa hecha a quien me daba el pan . La señora condesa me trata muy bien; pero yo no quiero servir más en palacio. ¿De modo que has dejado a Amaranta? Completamente. Me marcharé a Madrid antes de medio día. ¿Y no querrías entrar en mi servidumbre? Estoy decidido a aprender un oficio. De modo que hoy estás libre, no dependes de nadie, ni siquiera volverás a ver a tu antigua ama. Ya me he despedido de su señoría y no pienso volver allá. No era verdad lo primero, pero sí lo segundo. Después, como yo hiciera una profunda reverencia para despedirme, me contuvo diciendo: Aguarda: tengo que contestar a la carta que has traído, y puesto que estás hoy sin ocupación, y no tienes quien te detenga, llevarás la respuesta. Esto me infundió la grata esperanza de que mi capital se engrosara con otro doblón, y aguardé mirando las pinturas del techo y los dibujos de los tapices. Cuando Lesbia hubo concluido su epístola, la selló cuidadosamente y la puso en mis manos, ordenándome que la llevase sin perder un instante. Así lo hice; pero ¿cuál no sería mi sorpresa cuando al llegar al cuerpo de guardia me encontré con la inesperada novedad de que sacaban preso a mi señor el guardia, llevándole bonitamente entre dos soldados de los suyos! Yo temblé como un azogado, creyendo que también iban a echarme mano, pues sabía que no bastaba ser insignificante para librarse de los ministriles, quienes deseando mostrar su celo en la causa del Escorial, comprendían en los voluminosos autos el mayor (p.291) número posible de personas. Cometí la indiscreción de entrar en el cuerpo de guardia para curiosear, lo cual hizo que un hombre allí presente, temerosa estantigua con nariz de gancho, espejuelos verdes y larguísimos dientes del mismo color, dirigiese hacia mi rostro aquellas partes del suyo, observándome con tenaz atención y diciendo con la voz más desagradable y bronca que en mi vida oí: Este es el muchacho a quien el preso entregó una carta poco antes de caer en poder de la justicia. Un sudor frío corrió por mi cuerpo al oír tales palabras, y volví la espalda con disimulo para marcharme a toda prisa; pero ¡ay!, no había andado dos pasos, cuando sentí que se clavaban en mi hombro unas como garras de gavilán, pues no otro nombre merecían las afiladas y durísimas uñas del hombre de los espejuelos verdes en cuyo poder había caído. La impresión que experimenté fue tan terrorífica, que nunca pienso olvidarla, pues al encarar con su finísima estampa, los vidrios redondos de sus gafas que recomendaban la pupila cuajada, penetrante y estupefacta del gato, me turbaron hasta lo sumo, y al mismo tiempo sus dientes verdes, afilados sin duda por la voracidad, parecían ansiosos de roerme. No vaya Vd. tan de prisa, caballerito dijo , que tal vez haga aquí más falta que en otra parte. ¿En qué puedo servir a usía? pregunté melifluamente, comprendiendo que nada me valdría mostrarme altanero con semejante lobo. Eso lo veremos contestó con un gruñido que me obligó a encomendarme a Dios. Mientras aquel cernícalo, con la formidable zarpa clavada en mi cuello, me llevaba a una pieza inmediata, yo evoqué mis facultades intelectuales para ver si con el esfuerzo combinado de todas ellas encontraba medio de salir de tan apurado trance. En un instante de reflexión, hice el siguiente rapidísimo cálculo: «Gabriel: este instante es supremo. Nada conseguirás defendiéndote con la fuerza. Si intentas escaparte, estás perdido. De modo que si por medio de algún rasgo de astucia no te libras de las uñas de este pícaro, que te enterrará vivo bajo una (p.292) losa de papel sellado, ya puedes hacer acto de contrición. Al mismo tiempo llevas sobre ti la honra de una dama que sabe Dios lo que habrá escrito en esta endiablada carta. Con que ánimo, muchacho, serenidad y a ver por dónde se sale». Afortunadamente, Dios iluminó mi entendimiento en el instante en que el curial se sentó en un desnudo banquillo, poniéndome delante para que respondiera a sus preguntas. Recordé haber visto al feroz leguleyo en el cuarto de Amaranta, a quien gustaba de ofrecer servilmente sus respetos, y esto con la idea de que mi antigua ama era desafecta a las personas a quienes se formaba la causa, me dio la norma del plan que debía seguir para librarme de aquel vestiglo. Conque tú andas llevando y trayendo cartitas, picaronazo dijo en la plenitud de su curial sevicia, gozándose de antemano con la contemplación imaginaria de las resmas de papel sellado en que había de emparedarme . Ahora veremos para quiénes son esas cartas, y si te ocupas en comunicar a los conjurados con los presos, para que burlen la acción de la justicia. Señor licenciado contesté yo recobrando un poco la serenidad , usted no me conoce, y sin duda me confunde con esos picarones que se ocupan en traer y llevar papelitos a los que están presos en el Noviciado. ¿Cómo? exclamó con júbilo . ¿Estás seguro de que eso pasa? Sí, señor , respondí envalentonándome cada vez más . Vaya usía ahora mismo con disimulo al patio de los convalecientes, y verá que desde el piso tercero del monasterio echan cartas a la bohardilla valiéndose de unas larguísimas cañas. ¿Qué me dices? Lo que usía oye: y si quiere verlo con sus propios ojos vaya ahora mismo; que esta es la hora que escogen los malvados para su intento, por ser la de la siesta. Ya me podría usía recompensar por la noticia, pues le doy este aviso, para que pueda prestar un gran servicio a nuestro querido Rey. Pero tú recibiste una carta del joven alférez, y si no me la das ante todo, ya te ajustaré las cuentas. ¿Pero el señor licenciado no sabe contesté , que soy paje de la (p.293) excelentísima señora condesa Amaranta, a quien sirvo hace algún tiempo? ¡Y que no me tiene poco cariño mi ama en gracia de Dios! Mil veces ha dicho que ya puede tentarse la ropa el que me tocase tan siquiera al pelo de la misma. El leguleyo parecía recordar, y como era cierto que me había visto repetidas veces en compañía de mi ama, advertí que su endemoniado rostro se apaciguaba poco a poco. Bien sabe el señor licenciado continué , que la señora condesa me protege, y habiendo conocido que yo sirvo para algo más que para ese bajo oficio, se propone instruirme y hacer de mí un hombre de provecho. Ya he empezado a estudiar con el padre Antolínez, y después entraré en la casa de pajes, porque ahora hemos descubierto que yo, aunque pobre, soy noble y desciendo en línea recta de unos al modo de duques o marqueses de las islas Chafarinas. El leguleyo parecía muy preocupado con estas razones que yo pronuncié con mucho desparpajo. Y ahora proseguí , iba al cuarto de mi ama, que me está esperando, y en cuanto sepa que el señor licenciado me ha detenido se pondrá furiosa: porque ha de saber el señor licenciado que mi ama me manda recorrer estos patios y galerías para oír lo que dicen los partidarios de los presos, y ella lo va apuntando en un libro que tiene, no menos grande que ese banco. Ella va a descubrir muchas cosas malas de esa gente y está muy contenta con mi ayuda, pues dice que sin mí no sabría la mitad de lo que sabe. Por ejemplo, lo de las cañas apuesto a que nadie lo sabe más que yo, y agradézcame el señor licenciado que se lo haya dicho antes que a ninguno. Cierto es dijo el ministril , que la señora condesa te protege, pues ahora caigo en la cuenta de que algunas veces se lo he oído decir; pero no me explico que tu ama se cartee con el alférez. También a mí me llamó la atención repuse , porque mi ama decía que ese señor era de los que primero debían ser puestos a la sombra; pero vea el señor licenciado. La carta que recibí era para mi ama; y le decía que viéndose próximo a caer en poder de la (p.294) justicia, solicitaba la protección de la señora condesa para librarse de aquélla. ¡Ah, Sr. Mañara, tunante, trapisondista! exclamó el representante de la justicia humana . Quería escaparse de nuestras uñas, poniéndose al amparo de una persona que está demostrando el mayor celo en favor de la causa del Rey. Pero no le valieron sus malas mañas, señor licenciadito de mi alma añadí entusiasmándome , porque mi ama rompió la carta con desdén, y me mandó contestarle de palabra que nada podía hacer por él. ¿Y a eso venías? Precisamente. Ya sabía yo que no lograba nada el señor alférez. Y me alegro, me alegro. Porque yo digo: esos picarones, ¿no querían quitarle al Rey su corona, y a la Reina la vida? Pues que las paguen todas juntas, que bien merecido tienen el cadalso; y como se descuiden, el señor Príncipe de la Paz no se andará por las ramas. Bien dijo algo más benévolo para conmigo, pero sin que se extinguiera su recelo . Iremos juntos a ver a tu ama, y ella confirmará lo que has dicho. Ahora se fue al cuarto del Príncipe de la Paz, a quien piensa recomendarme para que entre en la casa de Pajes. Y como el señor licenciado se descuide, no podrá ver a los que echan la caña por los balcones del piso tercero del monasterio. Vaya usía a enterarse de esto, y luego puede pasar al cuarto de mi ama, donde le espero. Ella estará prevenida y recibirá a usía con mucho agasajo, porque le aprecia y estima mucho. ¿Sí? ¿Le has oído hablar de mí alguna vez? preguntó vivamente. ¿Alguna vez? Diga el señor licenciado mil veces. La otra noche estuvo hablando de usía más de dos horas con el Príncipe de la Paz, y con el marqués Caballero. ¿De veras? preguntó plegando su arrugada boca con una sonrisa indefinible y dejando ver en todo su vasto desarrollo el mapa de su verde dentadura . ¿Y qué decía? Que al señor licenciado se deben todas las averiguaciones que se han hecho en la causa, y otras cosas que no digo por no ofender la modestia de usía. Dilas picarón, y no seas corto de genio. Pues hizo grandes elogios de usía, ponderando su talento, su (p.295) mucho saber y su disposición para sacar leyes aunque fuera de un canto rodado. Después añadió que si no le hacían al señor licenciado consejero de Indias o de la sala de alcaldes de Casa y Corte, no tendrían perdón de Dios. ¿Eso dijo? Veo que eres un chico formal y discreto. Di a la señora condesa que dentro de un momento pasaré a visitarla, para consultar con ella gravísimas cuestiones. Ella sabrá cuánto la aprecio y estimo. Con respecto a ti, al principio pensé que la carta entregada por el alférez era para la duquesa Lesbia. ¡Quiá! No voy yo al cuarto de esa señora, porque mi ama y ella están reñidas. Y como hoy continuó , se procederá también a prender a esa señora, que resulta complicada en el proceso lo mismo que su esposo el señor duque.. ¡También prenden a la señora Lesbia! exclamé asombrado. También; ya habrán subido mis compañeros a notificárselo. Con que, joven, sube al cuarto de tu ama, adviértele mi próxima visita. No esperé más para separarme de hombre tan fiero, y bendiciendo fervorosamente a Dios, salí del cuerpo de guardia, muy satisfecho de la estratagema empleada. Mi primera intención fue correr al cuarto de Lesbia, no sólo para devolverle la carta, sino para prevenirla acerca del gran riesgo que su libertad corría; mas cuando subí, noté que la justicia había invadido su vivienda. Era preciso huir de palacio, donde corría gran peligro de caer en poder del atroz licenciado, en cuanto éste, conferenciando con mi ama, descubriese mis estupendas mentiras. Pies, ¿para qué os quiero?, dije, y al punto subí precipitadamente a mi camaranchón, cogí y empaqueté de cualquier modo mi ropa, y sin despedirme de nadie salí del palacio y del monasterio, resuelto a no detenerme hasta Madrid. A pesar de mi zozobra, no quise partir sin provisiones, y habiéndome surtido en la plaza del pueblo de lo más necesario, eché a andar, volviendo a cada rato la vista, porque me parecía que el licenciado caminaba detrás de mí. Hasta que no desapareció de mi vista la cúpula y las torres del terrible monasterio no recobré (p.296) la tranquilidad, y después de dos horas de precipitada marcha, me aparté del camino y restauré mis fuerzas con pan, queso y uvas, seguro ya de que por el momento las durísimas uñas del representante de la justicia no se clavarían en mis hombros. En aquel rato de descanso y esparcimiento, me reí a mis anchas, recordando las mentiras que había empleado para salvarme; pero no me remordía la conciencia por haberlas desembuchado con tanta largueza, puesto que aquellos embustes, con los cuales no perjudicaba a la honra de nadie, eran la única arma que me defendía contra una persecución tan bárbara como injusta. Los trances difíciles aguzan al ingenio, y en cuanto a mí, puedo decir que antes de encontrarme en el que he referido, jamás hubiera sido capaz de inventar tales desatinos. Bien dicen, que las circunstancias hacen al hombre tonto o discreto, aguzando el más rústico entendimiento, u oscureciendo el que se precia de más claro. Más allá de Torrelodones encontré unos arrieros, que por poco dinero me dejaron montar en sus caballerías, y de este modo llegué a Madrid cómodamente, ya muy avanzada la noche.
Ep-2-XX Como era tarde, creí que no debía ir a casa de Inés hasta la mañana siguiente, y entré en la de la González, que aún estaba levantada y como sin intención de recogerse todavía. Quedóse muy asombrada al verme entrar, y faltole tiempo para preguntarme lo que me había pasado, y si había ocurrido alguna novedad a la señorita Amaranta. También quiso saber lo de la famosa conjuración, asunto que, según dijo, ocupaba la atención de Madrid entero, y satisfecha su curiosidad en este y otros puntos, me aseguró haber recibido una carta de Lesbia, en que le anunciaba su viaje a la corte dentro de algunos días para acabar de perfeccionarse en el papel de Edelmira. Aunque el cansancio me rendía, y más deseaba acostarme que hablar, le conté lo de la carta y también el triste caso de la prisión de la duquesa. Pepita, muy alterada con estas noticias, me rogó que le entregase la carta, a lo cual me negué, (p.297) jurando que la guardaría hasta que pudiese dársela en propia mano a la misma persona de quien la recibí. Ella pareció conformarse con mi negativa, y no hablamos más del asunto. Después le dije que resuelto a aprender un oficio había abandonado a Amaranta para regresar a la corte y me fui a acostar, deseando que llegase pronto la mañana por ver a Inés. Excuso decir que dormí como un talego; levanteme al día siguiente muy a prisa, y mi primera impresión fue una gran pesadumbre. Les contaré a ustedes: al vestirme, busqué entre mis ropas la carta de Lesbia, y la carta no parecía. No quedó en mis bolsillos ni en mi breve equipaje escondrijo que no fuese revuelto; pero no encontré nada. Muy afanado estaba, temiendo que la carta hubiese caído en manos indiscretas, cuando le conté a mi ama lo que me pasaba, preguntándole si había encontrado por el suelo la malhadada epístola. Entonces la pícara, lanzando una carcajada de alegría, me contestó con la mayor desvergüenza: No la he encontrado, Gabrielillo, sino que anoche, luego que te dormiste, entré en tu cuarto de puntillas y saqué la carta del bolsillo de tu chaqueta. Aquí la tengo, la he leído, y no la soltaré por nada. Aquello me indignó sobremanera. Pedile la carta, diciéndole que mi honor me exigía devolverla a su dueña sin que nadie la leyera; mas ella me repuso que yo no tenía honor que conservar, y que en cuanto a la carta no la devolvería, aunque le diesen tantos azotes como letras estaban escritas en ella. Acto continuo me la leyó, y decía así si mal no recuerdo: «Amado Juan: te perdono la ofensa y los desaires que me has hecho; pero si quieres que crea en tu arrepentimiento, pruébamelo viniendo a cenar conmigo esta noche en mi cuarto, donde acabaré de disipar tus infundados celos, haciéndote comprender que no he amado nunca, ni puedo amar a Isidoro, ese salvaje, presumido comiquillo, a quien sólo he hablado alguna vez con objeto de divertirme con su necia pasión. No faltes si no quieres enfadar a tu Lesbia. P. D. No temas que te prendan. Primero prenderán al Rey.» Leída la carta, (p.298) la González se la guardó en el pecho, diciendo entre risas y chistes, que ni por diez mil duros la devolvería. Todas mis súplicas fueron inútiles, y al fin, cansado de desgañitarme, salí de la casa, muy apesadumbrado con aquel incidente; mas esperando desvanecer mi mal humor con la vista de la infeliz Inés. Dirigime allá muy conmovido, y al entrar por la calle, mirando a los balcones de su casa, decía: «¡Cuán lejos estará de que yo acabo de doblar la esquina y estoy en la calle! Estará sentada detrás de la cortinilla, y aunque no tendría más que asomarse un poco para verme, no me verá hasta que no entre en la casa.» Llegué, por fin, y desde que me abrió la puerta comprendí que algo grave allí pasaba, porque Inés no corrió a mi encuentro, a pesar de las fuertes voces que di al poner el pie dentro de la casa. Quien primero me recibió fue el padre Celestino, con rostro tan extremadamente compungido, que atribuirse no podía su escualidez a la sola causa del hambre. Hijo mío, en mal hora vienes me dijo . Aquí tenemos una gran desgracia. Mi hermana, la pobre Juana se nos muere sin remedio. ¿Pero Inés? Buena: pero figúrate cómo estará la pobrecita con el ajetreo de estos días. No se separa del lado de su madre, y si esto siguiera mucho tiempo creo que también se llevaría Dios al pobre angelito de mi sobrina. Bien le decíamos a la señora doña Juana que no trabajase tanto. Y ¿qué quieres, hijo mío? respondió . Ella mantenía la casa; porque ya ves, todavía no me han dado el curato, ni la capellanía, ni la coadjutoría, ni la ración, ni la beca, ni la congrua que me han prometido, aunque tengo la seguridad de que a más tardar la semana que entra se cumplirán mis deseos. Además mi poema latino no hay librero que lo quiera imprimir aunque le dieran dinero encima, y aquí tienes la situación. No sé qué va a ser de nosotros si mi hermana se muere. Al decir esto, las quijadas del pobre viejo se descoyuntaron en un bostezo descomunal que me probó la magnitud de su hambre. Semejante espectáculo me oprimía el corazón; pero afortunadamente yo (p.299) tenía algún dinero de mis ahorros y además el doblón de Mañara, lo cual me permitía hacer una hombrada. Echándome la mano al bolsillo, dije: Señor cura, en celebración de la congrua que ha de recibir su paternidad la semana que entra, le convido a chuletas. No tengo gana respondió haciendo alarde de aquella gentil delicadeza que le caracterizaba , y además no quiero que gastes tus ahorros; pero si quieres tú comerlas, que las traigan y aquí te las aderezaremos. Al instante mandé a una vecina por la carne, y mientras venía, no pudiendo contener mi impaciencia, me interné en busca de Inés. Hallela en la habitación principal, no lejos de la cama de su madre, que dormía profundamente. Inesilla, Inesilla de mi corazón dije corriendo a ella y dándole media docena de abrazos. Por única respuesta Inés me señaló a la enferma, indicándome que no hiciera ruido. Tu madre se pondrá buena le contesté en voz baja . ¡Ay, Inesita, cuánto deseaba verte! Vengo a confesarte que soy un bruto, y que tú tienes más talento que el mismo Salomón. Inés me miró sonriendo con serena tranquilidad, como si de antemano hubiera sabido que yo vendría a hacer tales confesiones. Mi discreta y pobre amiga estaba muy pálida por los insomnios y el trabajo; pero ¡cuánto más hermosa me pareció que la terrible Amaranta! Todo había cambiado, y el equilibrio de mis facultades estaba restablecido. Mira, Inesilla dije besándole las manos , acertaste en todas tus profecías. Estoy arrepentido de mi gran necedad, y he tenido la suerte de encontrar pronto el desengaño. Bien dicen que los jóvenes nos dejamos alucinar por sueños y fantasmas. Pero, ¡ay!, no todos tienen un buen ángel como tú que les enseñe lo que han de hacer. ¿De modo que ya no le tendremos a usía de capitán general ni de virrey? me dijo burlándose de mis locuras. No, niñita; no estoy ya por los palacios ni por los uniformes. Si vieras tú qué feas son ciertas cosas cuando se las ve de cerca. El que quiere medrar en los palacios, tiene que cometer mil bajezas, contrarias al honor, (p.300) porque yo tengo también mi honor, sí señora.. Nada, nada: dejémonos de virreinatos y de bambollas. He sido un alma de cántaro; pero bien dice el señor cura, tu tío, que la experiencia es una llama que no alumbra sino quemando. Yo me he quemado vivo; pero ¡ay!, hija, ¡si vieras cuánto he aprendido! Ya te contaré. ¿Y ya no vuelves allá? No, señora; aquí me quedo, porque tengo un proyecto.. ¿Otro proyecto? Sí, pero este te ha de gustar, picarona. Voy a aprender un oficio. A ver cuál te parece mejor. ¿Platero, ebanista, comerciante? Lo que tú quieras. Todo menos el de criado. Eso no está mal discurrido. Pero detrás de este proyecto, está otro mejor dije gozando de un modo indecible con aquel diálogo . Sí, hijita, tengo el proyecto de casarme con usted. La enferma hizo un movimiento, y entonces Inés, atendiendo a su madre, no pudo dar contestación a mis vehementes palabras. Yo tengo diez y seis años continué , tú quince; de modo que no hay más que hablar. Aprenderé un oficio, en el cual pienso ganar pronto muchísimo dinero, que tú irás guardando para nuestra boda. Verás, verás qué bien vamos a estar. ¿Quieres, sí o no? Gabriel repuso en voz muy baja , ahora somos muy pobres. Si me quedo huérfana, lo seremos mucho más. A mi tío no le darán nunca lo que está esperando hace catorce años. ¿Qué va a ser de nosotros? Tú no ganarás nada hasta que no pase algún tiempo: no pienses, pues, en locuras. Pero, tonta, dentro de cuatro años habré yo ganado más de lo que peso. Entonces, para entonces.. Mientras tanto, ya nos arreglaremos. Para algo te ha dado Dios ese talento de doctora de la Iglesia que tienes. Ahora conozco que sin ti no valgo nada, ni sirvo para nada. Eso después que te reías de mí, cuando te decía: «Gabriel, vas por mal camino». Tenías razón, cordera. ¡Si vieras qué raro es el hombre por dentro, y cómo se equivoca, y cómo ignora hasta lo mismo que le pasa! Cuando salí de aquí creí que no te quería, y como aquella señora me tenía deslumbrado, apenas me acordaba de ti. Pero no: te quería y te quiero más que a (p.301) mi vida, sólo que a veces parece que se le ponen a uno telarañas en los ojos que tenemos por dentro, y no vemos lo mismo que nos pasa en.. pues.. por dentro. Y al mismo tiempo, querida, tu carita se me venia a la memoria, cuando, decidido a no ceder a los caprichos de aquella dama endemoniada, pensaba que el hombre debe buscarse una fortuna por medios honrosos. La enferma llamó a su hija, y nuestro dulce coloquio quedó interrumpido. Pero tras el placer que había experimentado conferenciando con Inés, Dios me deparó el no menos grato de ver comer las chuletas al padre Celestino, quien a pesar de la gran necesidad que padecía, no las cató sin hacer mil remilgos, para poner a salvo su dignidad y pundonor. He almorzado hace un rato, Gabriel dijo; pero si te empeñas.. Mientras comía recayó la conversación sobre los asuntos del Escorial, y él que no ocultaba su afición a Godoy, se expresó así: Harán bien en extirpar de raíz la conjuración. Pues no es nada la que tenían armada contra nuestros queridos Reyes y ese dignísimo Príncipe de la Paz, mi paisano y amigo protector de los menesterosos. Pues la opinión general aquí, como en el real Sitio le contesté , es favorable al Príncipe Fernando, y todos acusan a Godoy de haber fraguado esto para desacreditarle. ¡Pícaros, embusteros, rufianes! exclamó furioso el clérigo . ¿Qué saben ellos de eso? Si conocieran, como yo conozco, las intrigas del partido fernandista.. Descuiden, que ya le contaré todo al señor Príncipe de la Paz cuando vaya a darle las gracias por mi curato, lo cual, según me ha dicho el oficial de la secretaría, no puede pasar de la semana que entra. ¡Ah! Si tú conocieras al canónigo don Juan de Escóiquiz como le conozco yo.. Aquí le tienen por un corderito pascual, y es el bribón mayor que ha vestido sotana en el mundo. ¿Quién sino él se ha opuesto a que me den el curato? Y todo porque en las oposiciones que hicimos en Zaragoza hace treinta y dos años, sobre el tema Utrum helemosinam.. no recuerdo lo demás.. le dejé bastante corrido. Desde entonces me ha (p.302) tomado grande ojeriza. Cuando estemos más despacio, Gabrielillo, te contaré las mil infames tretas que ha empleado el arcediano de Alcaraz, para conquistar la voluntad de su discípulo. ¡Ah!, yo sé cosas muy gordas. +l es el alma de este negocio; él ha urdido tan indigna trama; él ha estado en tratos con el embajador de Francia, monsieur Beauharnais, para entregar a Napoleón la mitad de España, con tal que ponga en el trono al príncipe heredero, sí señor. Pues oiga usted a todo el mundo respondí , y verá cómo al Sr. Escóiquiz le ponen por esas nubes, mientras dicen mil picardías del primer ministro. Envidia, chico, envidia. Es que todos le piden colocaciones, destinos y prebendas y como no los puede dar sino a las personas decentes como yo, de aquí que la mayoría se queja, murmura y ya ves. ¿Y podrán negar que se le deben multitud de cosas buenas, como la protección a la enseñanza, la creación del seminario de caballeros pajes, el fomento de la botánica, las escuelas de agricultura, los jardines de aclimatación, la prohibición de enterrar en los templos, y otras muchas reformas útiles, que aunque criticadas por los ignorantes, ello es que son laudables y así ha de reconocerlo la posteridad? Cuando estemos despacio te contaré otras cosas que te harán variar de opinión, y si no, al tiempo. Yo bien sé que me arrastrarán los madrileños si salgo por ahí diciendo estas cosas; pero amigo.. super omnia veritas. Pues hablando de otra cosa le dije , aquí donde usted me ve, puede que le haya conseguido un servidor el destinillo que pretendía. ¿Tú? ¿Qué puedes tú? Godoy quiere servirme, sí, él lo hará sin necesidad de recomendaciones. Y a fe, hijo mío, que si no me colocan pronto, y se muere Juana, lo vamos a pasar mal; pero muy mal. Pero doña Juana tiene parientes ricos. Sí, Manso Requejo y su hermana Restituta, comerciantes de telas en la calle de la Sal. Ya sabes que son avaros de aquellos de hártate comilón con pasa y media. Jamás han hecho nada por sus parientes. La pobre Inés no tiene que agradecerles ni un (p.303) pañuelo. ¡Qué miserables! Además, cuando yo me establecí en Madrid, hace catorce años, conocí a ese Requejo. Juana estaba ya viuda, Inés era tamañita así, y tan lindilla y tan amable como ahora. Pues bien: el primo de Juana, a quien yo insté en cierta ocasión para que favoreciera a esa familia, me dijo: «No puedo hacer nada por ellas, porque Juana ha renegado de sus parientes; en cuanto a Inesilla estoy casi seguro de que no es de mi sangre. Me han dicho que es una inclusera, a quien Juana ha recogido haciéndola pasar por hija suya». Pretexto, nada más que pretexto, para disculpar su avaricia. No me fue posible convencer a aquel bárbaro, y desde entonces no le he vuelto a ver. ¿De modo que no hay que contar con esa gente? Como si no existieran. Estas palabras me llevaron a reflexionar sobre la suerte de aquella infeliz familia. Hubiera deseado tener los tesoros de Creso para ponérselos a Inés en el cestillo de la costura. Como nunca, sentí entonces imperiosa y viva la primera necesidad del hombre honrado, que está resuelto a no vender su conciencia. No tenía dinero.. ¿Cómo adquirirlo? Fui otra vez al lado de Inés, a quien no podía menos de mostrar a cada instante mi afecto vehemente; y después que conferenciamos otro poco, salí de casa, pensando en el ardid que emplearía para que el padre Celestino recibiese, sin menoscabo de su dignidad, el doblón que me dio Mañara, y diciendo entre mí a cada paso: ¡Maldito dinero! ¿Dónde estás?
Ep-2-XXI Al entrar en casa de la González, ésta acudió presurosa a mi encuentro, y me causó sorpresa el verla muy alegre, con esa alegría inquieta y febril de los niños, que ríen, cantan, golpean y destrozan cuanto encuentran al paso. Mi ama me habló lo que después diré, y a cada frase se interrumpía para cantar alguna tonada o estribillo de los infinitos que enriquecían su repertorio de sainetes. ¿Qué pasa para tanta alegría, señora? He tenido carta de la señora marquesa me contestó , la cual viene mañana a preparar la función. Yo estoy encargada de dirigir la escena. Sal quiere el huevo, y el (p.304) demonio del gato vertió el salero. Buen provecho dije. ¿Y qué cuenta de la señora Lesbia? Que la pusieron en libertad a la media hora conociendo que nada resultaba contra ella. También dejaron libre a D. Juan. Pronto les tendremos aquí, y la función no se retrasará. ¡Qué placer! Yo dirijo la escena. Madre, y qué gusto es ver a dos gitanos trocar de burros. Pues sea enhorabuena. Pero hay un inconveniente, Gabriel prosiguió . Ya sabes que ninguno de esos señores quiere hacer el papel de Pésaro por ser muy desairado. Perico Rincón, mi compañero, dijo que lo haría, si le daban mil reales; pero cátate que ha caído con una pulmonía, y si la función es para el 6, no sé cómo nos compondremos. ¿Quieres tú hacer el papel de Pésaro? ¡Yo!, yo representar exclamé con espanto . No quiero ser cómico. Pero representas de aficionado, tontuelo; y el honor de salir a las tablas en un teatro como el de la marquesa, es tal, que muchos currutacos se desvivirían por obtenerlo. ¡Y yo dirijo la escena! En mi casa me dicen que soy usía, que soy usía, porque amo a un escribiente de lotería. Con que chico, vas a aprender ese papel; que aunque es superior a tu edad, con unas barbas postizas, arregladas por mí, y teniendo tú cuidado de ahuecar la voz, quedarás que ni pintado. Además, no olvides que la señora marquesa ha ofrecido dos mil reales a todas las partes de por medio que trabajan en esta representación. Juanica, que hace de Hermanacia, no cobra más de mil. La noche de San Pedro te puse un ramo, y amaneció florido como mil mayos. ¿Con que aceptas, chiquillo, sí o no? No pude menos de discurrir que sería muy tonto si renunciaba a poseer aquellos dineros, que me venían como anillo al dedo para ofrecer a Inés un auxilio en su tribulación. Sin embargo, me repugnaba el oficio de cómico, y más aún la idea de verme nuevamente entre personas a quienes había cobrado cierta repugnancia. Con todo, después de pesar los inconvenientes y las ventajas, me decidí al fin, y hasta (debo confesarlo) el pícaro demonio de la vanidad intentó de nuevo (p.305) asaltar mi alma, poniendo ante los ojos de mi imaginación la honra, el lustre, el tono que me daría alternando con tanta gente aristocrática en aquellas magníficas salas cuyas alfombras no era dado pisar a todos los mortales. Pero lo que principalmente me indujo a aceptar fue el premio ofrecido, que era para mí una cantidad fabulosa, un sueño de oro. La Providencia divina me envía esos dos mil reales que son diez duros y otros diez, y otros diez, y otros diez, etc.. ¡quiá!, si no se pueden contar. Buen tonto seré si no los cojo. Dejé a mi ama que al retirarme yo cantaba Alons, madamusella asamble reunion, á tour de la butella feran le rigodon; y volví a casa de Inés a quien participé la riqueza que me aguardaba, prometiendo regalársela. Pasé allí largas horas entristecido por el espectáculo que ofrecía la pobre enferma doña Juana, cada vez más empeorada. Al salir a la calle, y cuando pasaba junto al gran portal, vi que de un enorme carro sacaban telones pintados y otros aparatos de teatro, los cuales trastos venían, según me dijo el portero, de casa de D. Francisco Goya. Dentro de tres o cuatro días añadió , es la función. Ya es seguro que vendrá la señora duquesa a hacer el papel de Edelmira. Oído esto me retiré pensando en que tal vez alcanzaría un triunfo escénico si tenía serenidad suficiente para no asustarme ante público tan distinguido. Los ensayos de mi papel empezaron con gran actividad, y el mismo Isidoro me dio varias lecciones, haciéndome declamar trozo a trozo los principales y más difíciles pasajes. Entonces pude comprender mejor que nunca el violento y arrebatado carácter del célebre actor, pues cuando yo no aprendía un verso tan pronto y tan bien como él deseaba, se enfurecía llamándome torpe, necio, estúpido, sin omitir otros calificativos algo más duros y malsonantes. Ensayando, tuve muy presente la máxima que corría muy válida entre los cómicos del Príncipe, y era que, representando con Máiquez, convenía trabajar bien, aunque no demasiado bien, pues en este caso el gran maestro se enojaba tanto como en (p.306) el caso contrario. A los dos o tres días de trabajo ya sabía regularmente mi parte, siendo mi principal empeño declamar bien el parlamento de salida, cuando el dux de Venecia me dice: Insigne amigo del valiente Otelo. Hubo un ensayo general, al que asistieron todos, menos Lesbia, y me parece que no lo hice mal. Por mí la representación no debía retrasarse, y el día 5 ya recitaba del principio al fin mi papel sin que se me escapara un verso. Según me dijo mi ama, la señora duquesa había venido del Escorial el 4 por la noche. De modo que nada falta ya. Nada me contestó con la bulliciosa jovialidad que la afectaba por aquellos días . ¡Y yo dirijo la escena! Donde yo campo nenguno campa. A bailar el bolero y asar castañas, apuesto a todo el orbe con la más guapa. Dale que dale, suenen las castañetas, rabie quien rabie. Llegó por fin el día señalado, y desde por la mañana muy temprano, me puse en ejercicio, corriendo de aquí para allí en busca de mil cosas que mi antigua ama necesitaba. Los afeites de la calle del Desengaño, los trajes pintados en la de la Reina, las telas y cintas cotonías, muselinetas, pañuelos salpicados de doña Ambrosia de los Linos, todo se puso en movimiento para dar cumplida satisfacción a los caprichos de Pepita. Debo advertir que aunque ésta no trabajaba más que como directora de escena en la tragedia Otello, cantaba en el intermedio una graciosa tonadilla; y como fin de fiesta el sainete titulado La venganza del Zurdillo, del buen Cruz, corría también por cuenta suya. Mientras desempeñaba yo por Madrid tantas y tan diferentes comisiones, iba recitando de memoria los versos de la parte de Pésaro; y cuando se me trascordaba algún pasaje, sacaba el papel del bolsillo, y metido en un portal, leía en voz alta, llamando la atención de los transeúntes. Durante mi largo paseo por la villa, noté grande agitación. La gente se detenía formando grupos, donde se hablaba con calor; y en alguno de éstos no faltaba quien leyese un papel, que al punto conocí era la Gaceta de Madrid. En la tienda de doña Ambrosia encontré ¡oh (p.307) rara e inexplicable casualidad!, a D. Lino Paniagua y a D. Anatolio, el papelista de en frente, cuyos personajes no ocultaban su inquietud por los acontecimientos del día. Ya me esperaba yo tan inaudita perfidia dijo este último . ¡Cómo se ve en este decreto la mano alevosa del infame choricero! Pero léanos usted de una vez el decreto dijo doña Ambrosia , aunque sin oírlo ya sé que el señor Godoy nos habrá hecho una nueva trastada. No es más continuó el papelista , sino que han ido a la prisión del Príncipe, y poniéndole una pistola al pecho, le han obligado a escribir estas herejías, sí, señores, porque es imposible que un joven tan caballeroso, tan honrado y de tan buen entendimiento como es el hijo de nuestros Reyes, se rebaje y se humille hasta el extremo de pedir perdón como un chico de la escuela, y de acusar tan villanamente a los que le han ayudado. Pero lea usted, Sr. D. Anatolio. Entonces D. Anatolio limpió el gaznate, y con tono de pedagogo leyó el famoso decreto de 5 de Noviembre, que empieza así: «La voz de la naturaleza desarma el brazo de la venganza, y cuando la inadvertencia reclama la piedad, no puede negarse a ello un padre amoroso..». Lo notable de este decreto, en que se anunciaba a la nación el arrepentimiento del Príncipe conspirador, eran las dos cartas que él había dirigido a la Reina y al Rey, y que casi puedo transcribir aquí sin echar mano a la historia, donde están para in aeternum consignadas, porque las recuerdo muy bien; tan originales y gráficos eran el lenguaje y tono en que estaban escritas. Decía así la primera: «Papá mío: he delinquido, he faltado a V. M. como Rey y como padre; pero me arrepiento y ofrezco a V. M. la obediencia más humilde. Nada debía hacer sin noticia de V. M., pero fui sorprendido. He delatado a los culpables, y pido a V. M. me perdone por haberle mentido la otra noche, permitiendo besar sus reales pies a su reconocido hijo Fernando.» La segunda era como sigue: «Mamá mía: estoy arrepentido del grandísimo delito que he cometido contra mis (p.308) padres y Reyes, y así con la mayor humildad le pido a V. M. se digne interceder con papá, que me permita ir a besar sus reales pies a su reconocido hijo Fernando.» En estas cartas aparecía el pobre Príncipe como el más despreciable de los seres, pues demostrando no tener ni asomo de dignidad en la desgracia, confesaba que había mentido, y después de delatar a los culpables, pedía perdón a sus papás, como un niño de seis años que ha roto una escudilla. Pero entonces los honrados y crédulos burgueses de Madrid no comprendían que ocurriera nada malo sin que fuera causado por el atrevido Príncipe de la Paz, y hasta las malas cosechas, los pedriscos, los naufragios, la fiebre amarilla y cuantas calamidades podía enviar el cielo sobre la Península, se atribuían al favorito. Así es que nadie veía en las citadas cartas una manifestación espontánea del Príncipe, sino antes bien una denigrante confesión arrancada por sus carceleros, para ponerle en ridículo a los ojos del país entero. Si ésta fue la intención de la corte, produjo efecto muy contrario al que se proponían, pues conocido el decreto, el público se puso de parte del prisionero, y abrumó al valido con su ardiente maledicencia, suponiéndole autor, no sólo del decreto, sino de las cartas. ¿Necesita esto comentarios? dijo don Anatolio, dejando la Gaceta sobre el mostrador. Pues yo dijo doña Ambrosia , quisiera estar oyendo por el agujero de una llave lo que dice Napoleón de todas estas cosas. Eso indicó con malicioso gesto D. Anatolio , no necesitamos oírlo, pues bien claro es que ya tiene decidido quitar del trono a los Reyes padres, para ponernos en él a nuestro Príncipe querido. Sí.. que no sabrá hacerlo en menos que canta un gallo el buen señor. ¡Qué escándalo! exclamó con timidez D. Lino Paniagua . Y eso se dice en voz alta, donde pudieran oírlo personas allegadas al gobierno. ¡Bah, bah! respondió el papelista . Amigo don Lino, esto se va por la posta. Dentro de un mes no queda aquí ni rastro de choricero, ni Reyes padres, ni escándalos, ni picardías, ni otras cosas que callo (p.309) por respeto a la nación. Ojalá tenga usted boca de ángel, señor D. Anatolio añadió la tendera , y quiera Dios tocarle pronto en el corazón al señor de Bonaparte, para que venga a arreglar las cosas de España. El abate D. Lino no quiso oír más y se marchó; despacháronme a mí, y allí quedaron ambos comerciantes arreglando los asuntos de España. No quise entrar en casa sin hablar un poco con Pacorro Chinitas que estaba en su sitio de costumbre, afilando cuchillos y tijeras. ¡Ola, Chinitas! le dije . ¡Cuánto tiempo que no nos vemos! Anda la gente muy alarmada por ahí. Sí; la Gaceta trae hoy no sé qué papel. En la tienda del buñolero le oí leer y decían todos que era preciso colgar al choricero por los pies. ¿De modo que creen ha sido escrito por él? ¿Y a mí qué más me da? respondió incorporándose . Lo que digo es que todos son buenas piezas, y si no vengan acá. Dicen que el ministro sacó de su cabeza esas cartas y obligó al Príncipe a firmarlas. ¿Pues para qué las firmó? ¿Es acaso algún niño que todavía está en planas de primera? ¿No tiene veintitrés años? Pues con veintitrés años a la espalda se puede saber lo que se firma y lo que no se firma. Las razones de Chinitas me parecían de un buen sentido incontestable. Aunque no sabes leer ni escribir le dije , me parece, Chinitas, que tú tienes más talento que un papa. Pues los tenderos, los frailes, los currutacos, los usías, los abates, y los covachuelistas y toda esa gente que anda por ahí, están muy entusiasmados creyendo que Napoleón va a venir a poner al Príncipe en el trono. Dios nos la depare buena. Y tú, ¿qué crees insigne amolador? Creo que somos unos archipámpanos si nos fiamos de Napoleón. Este hombre que ha conquistado la Europa como quien no dice nada, ¿no tendrá ganitas de echarle la zarpa a la mejor tierra del mundo, que es España, cuando vea que los Reyes y los príncipes que la gobiernan andan a la greña como mozas del partido? +l dirá, y con razón: «Pues a esa gente me la como yo con tres regimientos». Ya ha metido en España más de veinte mil hombres. Ya (p.310) verás, ya verás, Gabrielillo, lo que te digo. Aquí vamos a ver cosas gordas y es preciso que estemos preparados, porque de nuestros reyes nada se debe esperar y todo lo hemos de hacer nosotros. Mucho meollo encerraban, como conocí más tarde, estas palabras, las últimas que en aquella ocasión oí a Pacorro Chinitas. +l solo había previsto los acontecimientos con ojo seguro, y en cambio el héroe del siglo, que conocía a España por sus Reyes, por sus ministros y por sus usías, quería saberlo todo y no sabía nada. Su equivocación acerca del país que iba a conquistar se explica fácilmente: supo sin duda lo que decían doña Ambrosia, D. Anatolio, el hortera, el padre Salmón y otros personajes; pero, ¡ay!, no oyó hablar al amolador.
Ep-2-XXII Llegó la noche y la función de la marquesa era preparada con mucha actividad. Cuando dejé las ropas de mi ama en el cuarto que se le había destinado para vestirse, por la escalera pequeña subí al sotabanco, y encontré a Inés muy apesadumbrada, porque los dolores de la enferma se habían recrudecido y mostraba la buena mujer mucha inquietud. Yo estuve allí para consolar a mi amiga y a su buen tío todo el tiempo de que pude disponer; pero al fin me fue forzoso abandonarlos, y bajé a casa de la marquesa muy afligido. Describiré aquella hermosa mansión para que ustedes puedan formarse idea de su esplendor en tan célebre noche. D. Francisco Goya había sido encargado del ornato de la casa, y casi es excusado elogiar lo que corría por cuenta de tan sabio maestro. Desde el recibimiento hasta la sala había adornado las paredes con guirnaldas de flores y festones de ramaje, hechas aquéllas con papel y éstos con hojas de encina, ambas obras tan perfectas que nada más bello podía apetecer la vista. Las lámparas y candelillas habían sido puestas con mucho arte, también en forma de guirnaldas y festones de diversos colores, su vivo resplandor daba fantástico aspecto a la casa toda. El primer salón, de cuyas paredes las modas nuevas no habían desterrado aún aquellos hermosos tapices, que pasaban de generación (p.311) a generación, entre los tesoros vinculados, no perdía con tan espléndidas luminarias su grave aspecto; antes bien, las luces, dando reflejos extraños a las armaduras de cuerpo entero que ocupaban los ángulos, visera calada y lanza en mano, como centinelas de acero, parecían imprimir el movimiento y el calor de la vida a los imaginarios cuerpos que se suponían dentro de ellas. Alegres cuadros de toros disipaban la tristeza producida en el ánimo por otros, en cuyos oscuros lienzos habían sido retratados dos siglos antes por Pantoja de la Cruz o por Sánchez Coello, hasta una docena de personajes ceñudos y sombríos, conquistadores de medio mundo. Con estas joyas del arte nacional contrastaban notoriamente los muebles recién introducidos por el gusto neoclásico de la Revolución francesa, y no puedo detenerme a describiros las formas griegas, los grupos mitológicos, las figuras de Hora o de Nereida o de Hermes que sobre los relojes, al pie de los candelabros y en las asas de los vasos de flores, lucían sus académicas actitudes. Todos aquellos dioses menores, que, embadurnados en oro, renovaban dentro de los palacios los esplendores del viejo Olimpo, no se avenían muy bien con la desenvoltura de los toreros y las majas que el pincel y el telar habían representado con profusión en tapices y cuadros; pero la mayor parte de las personas no paraban mientes en esta inarmonía. El salón donde estaba el teatro era el más alegre. Goya había pintado habilísimamente el telón y el marco que componían el frontispicio. El Apolo que tocaba no sé si lira o guitarra en el centro del lienzo, era un majo muy garboso, y a su lado nueve manolas lindísimas demostraban en sus atributos y posiciones que el gran artista se había acordado de las musas. Aquel grupo era encantador, pero al mismo tiempo la más aguda y chistosa sátira que echó al mundo con sus mágicos colores D. Francisco Goya; porque hasta el buen Pegaso estaba representado por un poderoso alazán cordobés que, cubierto de arreos comunes, brincaba en segundo término. En el marco (p.312) menudeaban los amorcillos, copiados con mucho donaire de los pilluelos del Rastro. No era aquélla la primera vez que el autor de los Caprichos se burlaba del Parnaso. Pero dejemos los salones y penetremos entre bastidores, donde el movimiento y la confusión eran tales, que no nos podíamos revolver. Se habían dispuesto varios cuartos para que los actores se vistieran: a Máiquez se señaló uno, otro a mi ama, y en el tercero nos vestíamos, sin distinción de sexos, todos los demás representantes venidos del teatro. Lesbia tenía por tocador el mismo de la señora marquesa, y los dos galanes aficionados se vestían en las habitaciones del amo de la casa. Creo que yo fui el primero que se arregló, trocándome de festivo Gabrielillo en el sombrío Pésaro, que es el Yago de la inmortal tragedia. El traje que me pusieron creo que no pertenecía a época alguna de la historia, y era como todos los que usaron los malos cómicos en las pasadas edades. Hubiera servido para hacer de paje; pero con las barbas que me aplicaron a las quijadas, me transformé de tal modo, que los sastres allí presentes me dieron por el más tétrico y espantable traidor que había salido de sus manos. Mientras se vestían los demás, di un paseo por el escenario, entreteniéndome en mirar al través de los agujeros del telón la vistosa concurrencia que ya invadía la sala. A quien primero vi fue al joven Mañara, sentado en primera fila junto al telón. Luego advertí que hombres y mujeres dirigieron la vista a la puerta principal, apartándose para dar paso a alguna persona que en aquel momento entraba, y cuya presencia produjo en el alegre concurso general silencio, seguido después de un murmullo de admiración. Una mujer arrogante y hermosísima entró en la sala y avanzaba hacia el centro recibiendo los saludos de amigos y amigas. Vestía de blanco, con uno de aquellos trajes ligeros y ceñidos, que llamaban volubilís, llevando sobre el pecho una banda de rosas que la moda designaba con el nombre de croissures á la victime. Su peinado, de estilo griego, era el que en la tecnología del arte (p.313) capilar se llamaba entonces toilette Iphigenie. A su hermosura, a la belleza de su vestido, daba mayor realce la artística profusión de diamantes que encendían mil luces microscópicas en su cabeza y en su seno. ¿Necesitaré decir que era Amaranta? Viéndola no tardaron en encenderse dentro de mí, en los oscuros centros de la imaginación aquellos fuegos vaporosos y tenues, que se me representan como si una llama alcohólica bailase caracoleando dentro de mi cerebro. Mientras la contemplaba, no traje a la memoria el envilecimiento en que habría caído siguiendo en su servicio. Su hermosura era tan hechicera, tan abrumadora, su actitud tan orgullosamente noble, el imperio de sus miradas tan irresistible y despótico, que valía la pena de doblar por un momento la terrible hoja que yo había leído en el libro de su carácter misterioso. Con tal fijeza la miraba, que parecía clavado tras el telón: mis ojos trataban de buscar el rayo de los suyos, seguían los movimientos de su cabeza, y observándole las facciones y el casi imperceptible modular de sus labios, querían adivinar cuáles eran sus palabras, cuáles sus pensamientos en aquel instante. Dentro de poco se alzaría el telón; en mí se fijarían las miradas de toda aquella brillante muchedumbre y especialmente de Amaranta; atenderían a mis estudiadas palabras, y el desarrollo de la acción en que yo tomaba parte, despertaría sin duda la sensibilidad, el interés, el entusiasmo de tan escogido auditorio. Estos razonamientos fueron el aguijón que acabó de despabilar la adormecida vanidad dentro de mí, y lleno de los más necios humos, pensé que hacerse aplaudir de tantas señoras y caballeros era una gloria cuyos rayos debían proyectar clarísima luz sobre la vida entera. La orquesta, comenzando de improviso la sonata que había de preceder a la representación, hizo llegar al último grado la excitación de mi cerebro. La sangre circulaba velozmente por mis venas, dándome una actividad devoradora; y me ocurrió que tener una casa como aquélla, convidar a tantos y tan nobles amigos, recibir, (p.314) obsequiar a tal conjunto de bellas damas, debía ser la mayor satisfacción concedida al mortal sobre la tierra. Pero la tragedia iba a empezar; el apuntador estaba en la concha, Isidoro había salido de su cuarto, y la misma Lesbia, menos asustada de lo que yo suponía, se preparaba a salir a la escena. Esto me distrajo, y ya no sentí sino miedo. Pasaron algunos minutos y se alzó el telón. La tragedia Otello ó el Moro de Venecia, era una detestable traducción que D. Teodoro La Calle había hecho del Otello de Ducis, arreglo muy desgraciado del drama de Shakespeare. A pesar de la inmensa escala descendente que aquella gran obra había recorrido desde la eminente cumbre del poeta inglés, hasta la bajísima sima del traductor español, conservaba siempre los elementos dramáticos de su origen y la impresión que ejercía sobre el público era asombrosa. Supongo que todos ustedes conocerán la tragedia primitiva, y así me costará poco darles a conocer las variantes. Los personajes estaban reducidos a siete. Otelo era el mismo. Los caracteres de Casio y Roderigo habían sido fundidos en una figura de segundo término, llamada Loredano, que se presentaba como hijo del Dux. El senador Brabantio era Odalberto y tenía más intervención en la fábula. Desdémona no había cambiado más que de nombre, pues se llamaba Edelmira; Emilia se trocaba en Hermancia, y Yago, el traidor y falso amigo del moro, tenía por nombre Pésaro. La acción estaba muy simplificada, y los recursos escénicos del pañuelo habían desaparecido, sustituyéndolos con una diadema y una carta, que debían pasar de las manos de Edelmira a las de Loredano para que adquiridas luego por Pésaro y presentadas a Otelo, confirmaran la calumnia de aquél. Pero aparte de estas modificaciones y del estilo y de la expresión y energía de los afectos que desde la obra inglesa a la española ponían tanta distancia como del ciclo a la tierra, el drama en su estructura íntima era el mismo, y sus escenas se repartían igualmente en cinco actos. Para abreviar intermedios, Máiquez dispuso que (p.315) en aquella representación se reuniesen los actos segundo y tercero y el cuarto con el quinto, de modo que la obra quedó en tres jornadas. En la segunda escena, después que el Dux recitó algunos versos, me correspondía salir a mí, haciendo en un parlamento no muy largo la relación de los triunfos militares de Otelo. Con voz muy temblorosa dije los primeros versos: ¡Que no hayan sido vuestros mismos ojos fieles testigos de su ardor bizarro! Pero me fui reponiendo poco a poco, y la verdad es que no lo hice tan mal, aunque no corresponda a mi pluma el describirlo. Después entraban en escena Otelo y más tarde Edelmira. Nada puedo deciros de la perfección con que Isidoro dijo ante el senado, el modo y manera con que encendió la llama amorosa en el corazón de Edelmira; y en cuanto a ésta, debo desde luego señalarla como consumada actriz, porque en la misma escena ante el senado, declamó con una sensibilidad que habría envidiado Rita Luna. En el primer entreacto debían recitar versos Moratín, Arriaza y Vargas Ponce. El escenario se había llenado de personajes que deseaban felicitar a la triunfante Edelmira. Allí vi al diplomático, que no había desistido al parecer de hacer la corte a mi ama, pues corrió presuroso tras ella, diciéndole: Puede usted estar segura, adorada Pepita, que nuestra pasión quedará en secreto, pues ya se conoce mi reserva en estas delicadísimas materias. Junto con él había subido al escenario D. Leandro Moratín, el cual era entonces un hombre como de cuarenta y cinco años, pálido y serio, de mediana estatura, dulce y apagada voz, con cierta expresión biliosa en su semblante como hombre a quien entristece la hipocondría e inquieta el recelo. En sus conversaciones era siempre mucho menos festivo que en sus escritos; pero tenía semejanza con éstos por la serenidad inalterable en las sátiras más crueles, por el comedimiento, el aticismo, cierta urbanidad solapada e irónica, y la estudiada llaneza de sus conceptos. Nadie le puede quitar la gloria de haber restaurado la comedia española, (p.316) y El sí de las niñas, en cuyo estreno tuve, como he dicho, parte tan principal, me ha parecido siempre una de las obras más acabadas del ingenio. Como hombre, tiene en su abono la fidelidad que guardó al Príncipe de la Paz, cuando era moda hacer leña de este gran árbol caído. Verdad es que el poeta vivió y medró bastante a la sombra de aquél cuando estaba en pie, y podía cubrir a muchos con sus frondosas ramas. Si mi opinión pudiera servir de algo, no vacilaría en poner a D. Leandro entre los primeros prosistas castellanos; pero su poesía me ha parecido siempre, exceptuando algunas composiciones ligeras, un artificioso tejido, o mejor, un clavazón de durísimos versos, a quienes no pueden dar flexibilidad y brillo todos los martillos de la retórica. Moratín además, en materia de principios literarios, tenía toda la ciencia de su época, que no era mucha; pero aun así, más le hubiera valido emplearla en componer mayor número de obras, que no en señalar con tanta insistencia las faltas de los demás. Murió en 1828, y en sus cartas y papeles no hay indicio de que conociera a Byron, a Goethe ni a Schiller, de modo que bajó al sepulcro creyendo que Goldoni era el primer poeta de su tiempo. Pido mil perdones por esta digresión, y sigo contando. En el escenario leía Moratín el romance Cosas pretenden de mí, que hizo reír a los concurrentes, porque en él pintaba con mucha gracia la perplejidad en que le ponían su médico, sus amigos y sus detractores. El romance era a cada momento interrumpido por afectuosas palmadas, especialmente al llegar al pasaje en que está la conversación de los pedantes; ¿pero quién negará que en aquella composición Moratín no hace otra cosa que una apoteosis de su persona? Dejemos al grande ingenio asfixiándose en el humo de los plácemes más lisonjeros, y sigamos la intriga del drama que iba a representarse entre bastidores, no menos patético que el comenzado sobre las tablas y ante el público.
Ep-2-XXIII Al concluir el primer acto, y cuando aún no habían comenzado los poetas a recitar sus (p.317) versos, sorprendí a Isidoro en conversación muy viva con Lesbia. Aunque hablaban en voz baja, me pareció oír en boca del actor recriminaciones y preguntas del tono más enérgico, y creí advertir en el rostro de la dama cierta confusión o aturdimiento. Cuando se separaron, mi desgracia quiso que Lesbia encarase conmigo, interpelándome de este modo: ¡Ah, Gabriel! Buena ocasión de hablarte a solas. Ya podrás figurarte para qué. He estado llena de inquietud desde que supe que había sido presa la persona.. ¡Ah!, usía se refiere a la carta dije atusándome los bigotes postizos, para disimular mi turbación. Supongo que no iría a manos extrañas. Supongo que la guardarías, y que la habrás traído esta noche para devolvérmela. No señora, no la he traído; pero la buscaré.. es decir.. ¡Cómo! exclamó con mucha inquietud , ¿la has perdido? No señora.. quiero decir. La tengo allí.. sólo que yo.. fue la única respuesta que se me vino a las mientes. Confío en tu discreción y en tu honradez dijo con mucha seriedad , y espero la carta. Sin añadir una palabra más se retiró, dejándome muy entristecido por el grave compromiso en que me encontraba. Hice propósito de pedir nuevamente a mi ama que me devolviese la carta, y con esta idea, la llamé aparte como si fuese a confiarle un secreto, y le supliqué del modo más enfático que me diese aquel malhadado objeto, cuya devolución era para mí un caso de honra. Ella se mostró sorprendida, y luego se echó a reír, diciendo: Ya no me acordaba de tu carta. No sé dónde está. Comenzó el segundo acto, que no me ocupaba más que durante una escena, y concluida ésta, me retiré al interior del teatro resuelto a poner en práctica un atrevido pensamiento. Consistía éste en hacer una requisa en el cuarto de mi ama, mientras ésta se hallase fuera. Cuando la González me quitó la carta, recién venido del Escorial, advertí que la guardó en el bolsillo de su traje. Aquel traje era el mismo que había traído a casa de la marquesa; mas habiéndose mudado para la representación de la tonadilla, se lo quitó, y estaba (p.318) colgado con otras muchas prendas, tales como mantón, chal, enaguas, etc., en una percha puesta al efecto sobre la pared del fondo. Era preciso registrar aquellas ropas. Mi ama, que dirigía la escena, y era la que indicaba las salidas, disponiéndolo todo, no vendría. Yo había quedado libre por todo el acto segundo. Tenía tiempo y coyuntura a propósito para lograr mi objeto, y semejante acción no me parecía muy vituperable, porque mi fin era recobrar por sorpresa, lo que por sorpresa se me había quitado. Hícelo así, y con tanta cautela como rapidez registré los bolsillos del traje, de los cuales saqué mil baratijas, aunque no lo que tan afanosamente buscaba. Ya había perdido la esperanza de conseguir mi objeto, y casi estaba dispuesto a creer que la carta no volvía a mis manos por hallarse demasiado guardada o quizás rota y perdida, cuando sentí acelerados pasos que se acercaban al cuarto. Temiendo que ella me sorprendiera en tan fea ocupación y no siéndome posible escapar, me oculté bajo la percha y tras los vestidos, cuyas faldas me ofrecían el más seguro escondite. Casi en el mismo instante entraron Lesbia e Isidoro. Aquélla cerró la puerta y ambos se sentaron. Desde mi escondrijo les veía perfectamente. Máiquez en su traje de Otelo parecía una figura antigua, que animada por misterioso agente, se había desprendido del cuadro en que la grabara con los más calientes colores el pincel veneciano. La tinta oscura con que tenía pintado el rostro fingiendo la tez africana, aumentaba la expresión de sus grandes ojos, la intensidad de su mirada, la blancura de sus dientes y la elocuencia de sus facciones. Un airoso turbante blanco y rojo, sobre cuya tela se cruzaban filas de engastados diamantes, le cubría la cabeza; collares de ámbar y de gruesas perlas daban vueltas a su negro cuello, y desde los hombros hasta el tobillo le cubría un luengo traje talar de tisú de oro, ceñido a la cintura y abierto por los costados para dejar ver las calzas de púrpura estrechamente ajustadas. Alfanje y daga, ambos con riquísima empuñadura, cuajada de (p.319) pedrerías pendían del tahalí, y en los brazos desnudos, que imitaban el matiz artificial de la cara con una finísima calza de punto color de mulato, y terminada en guante para disfrazar también la mano, lucían dos gruesas esclavas de bronce en figura de sierpe enroscada. Dábale la luz de frente, haciendo resplandecer las facetas de las mil piedras falsas, y el tornasol de tisú verdadero con que se cubría, y añadidas a estos efectos la animación de su fisonomía, la nobleza de sus movimientos, presentaba el más hermoso aspecto de figura humana que es posible imaginar. Lesbia vestía de tisú de plata, con tanta elegancia como sencillez, y sus cabellos de oro, peinados a la antigua, obedeciendo más bien a la moda coetánea que a la propiedad escénica, se entrelazaban con cintas y rosarios de menudas perlas, no ciertamente falsas como las de Isidoro, sino del más puro y fino oriente. El moro, apretando con sus negras manos las de Lesbia blanquísimas y finas, le dijo: Aquí nos podemos hablar un instante. Sí, Pepa nos ha dicho que podríamos vernos en su cuarto repuso ella ; pero esta cita no ha de ser larga, porque la marquesa me espera. Ya sabes que está ahí mi marido. ¿A qué esa prisa? ¿Por qué no me escribiste desde el Escorial? No pude escribir repuso ella con impaciencia ; pero cuando hablemos despacio, te explicaré.. Ahora, ahora mismo has de contestar a lo que te pregunto. No seas tonto. Me prometiste no ser impertinente, curioso, ni pesado dijo con coquetería. Eso es lo mismo que prometer no amar, y yo te amo, Lesbia, te amo demasiado por mi desgracia. ¿Estás celoso, Otelo? preguntó la dama, y luego, tomando el tono trágico, dijo entre burlas y veras: ¡Otelo mío! ¡Sí, para ti solo mi corazón reserva su cariño! Déjate de bromas. Estoy celoso, sí, no puedo ocultártelo exclamó el moro con viva ansiedad. ¿De quién? ¿Y me lo preguntas? Piensas que no he visto a ese necio de Mañara puesto en primera fila, y mirándote como un idiota. ¿Y no te fundas más que en eso? ¿No tienes otros motivos de sospecha? Pues si tuviera (p.320) otros, desgraciada, ¿estarías con tanta calma delante de mí? Poquito a poco, señor Otelo. ¿Sabes que te tengo miedo? En el Escorial ese joven se ha jactado públicamente de que le amas afirmó Isidoro, fijando tan terriblemente sus ojos en el rostro de Lesbia, que parecía querer penetrar hasta el fondo del alma. Si te pones así, me marcho más pronto dijo Lesbia algo desconcertada. He recibido varios anónimos. En uno se me decía que ese joven te escribió una carta el día de su prisión, y que tú le contestaste con otra. Además yo sé que ese hombre te obsequia mucho, yo sé que te visitaba en Madrid. ¿Querrás darme explicación sobre esto? ¡Ah!, tengo una grande y terrible enemiga, a quien supongo autora de los anónimos que has recibido. ¿Quién es? Ya te he hablado de esto en otra ocasión. Es Amaranta; y también te he dicho que tras de la enemistad de la condesa, se esconde el odio de otra persona más alta. Todas las damas que en otro tiempo le servimos con fidelidad, estamos cansadas de presenciar las liviandades que han manchado el trono, y no queremos asociarnos a los escándalos que envilecen esta pobre nación. No te he contado el motivo de nuestra querella; pero ahora mismo la vas a saber, y no te enfades si oyes el nombre de ese mismo Mañara, a quien tanto temes. Parece que Mañara rechazó, cual otro José, los halagos de la elevada persona, cuya pasión se trocó con esto, en odio vivísimo y deseo de venganza. Al mismo tiempo ese joven dio en hacerme la corte, y la mujer ofendida descargó sobre mí su rencor, cuando yo ni siquiera había advertido que Mañara me amaba. Jamás me fijé en semejante hombre. Se emprendió contra mí una guerra terrible y solapada: quitaron sus destinos a cuantos habían sido colocados por mi mediación, y todo su afán se dirigía a buscar los medios de deshonrarme. Viéndome perseguida sin motivo, me hice partidaria del Príncipe de Asturias, ofrecí mi auxilio a los conspiradores, y tengo la satisfacción de haber servido eficazmente tan noble causa. A ti puedo revelártelo sin miedo: yo he sido (p.321) depositaria durante algún tiempo, de la correspondencia establecida entre el canónigo Escóiquiz y el embajador de Francia: en mi casa se reunieron éstos varias veces con otros personajes: yo sola tenía noticia de las primeras conferencias celebradas en el Retiro; yo poseía el secreto de todos los planes descubiertos por una simpleza del Príncipe; yo conocía el proyecto de casarle a éste con una princesa imperial; sabía que el duque del Infantado no esperaba más que la orden firmada por Fernando para lanzar a la calle tropa y pueblo.. en fin, lo sabía todo. Todo cuanto me dices parece inverosímil dijo Isidoro . Si es cierto, ¿cómo no te han perseguido abiertamente, cómo te pusieron en libertad a la media hora de estar presa? Ya sabía yo que no sería molestada. Poseo un escudo terrible que me defiende contra las asechanzas de la camarilla. Creo haberte contado que cuando intervine en la primera reconciliación de Godoy, cuando intenté por superior encargo, de atraerle de nuevo a palacio, fui depositaria de secretos, cuya publicación haría estremecer de espanto a ciertas personas. Poseo papeles que rebajan y envilecen del modo más repugnante a quien los escribió, y conozco el secreto de la inversión de fondos de obras pías que se emplearon en lo que no tiene nada de piadoso. Esto pasó en una época en que hacíamos excursiones clandestinas fuera de palacio, cuando Amaranta hizo que Goya la retratase desnuda. Hacía un año que estaba viuda: fue cuando por una coincidencia providencial descubrí el gran secreto de su juventud, que me reveló una mujer desconocida que vive orillas del Manzanares, junto a la casa del pintor. Ya te lo he dicho y pienso hacer de manera que nadie lo ignore. De un desgraciado y oculto amor que padeció Amaranta antes de su matrimonio con el conde, nació una criatura que no sé si vive todavía. Nunca me hablaste de eso. Los padres de Amaranta supieron disimular su deshonra: el joven amante, que pertenecía a una noble familia de Castilla y había venido a Madrid buscando fortuna, huyó a Francia y fue (p.322) muerto en las guerras de la República. Me has referido una curiosa novela dijo Isidoro ; ¡pero con cuánto arte has desviado la conversación del asunto principal! Al fin confiesas que Mañara te ha hecho la corte. Sí, pero jamás he pensado en corresponderle; ni le trato, ni le veo, ni le hablo. Tus celos harán que por primera vez me fije en semejante hombre. No, no me convences, no: yo tengo indicios, tengo noticias de que tú amas a ese hombre. ¡Oh!, si mis sospechas se confirmaran.. ¿Crees que no he advertido el embobamiento con que atiende a tu declamación? Procuraré entonces hacerlo mal para no conmover al público. No, no intentes disculparte ni disimular. ¿Por qué aseguras que no te fijas en él, si yo mismo, durante la escena del senado, te he sorprendido mirándole, y aún me parece que le hiciste alguna seña? ¿Yo?, ¡estás loco! ¡Ah!, no sabes. Mi marido, que dejó sus cacerías para asistir a esta representación, está ahí esta noche, y la pérfida Amaranta, sentada a su lado, le habla con mucho interés. Si me ves que miro al público es porque me inspiran mucha inquietud los coloquios del duque con Amaranta. Temo que ésta le haya dirigido también algún anónimo. Su frialdad y ademán sombrío me indican que sospecha. ¿Lo ves..? Y con motivo fundado. Sí; porque sospecha de ti. No.. no exclamó Isidoro . No trastornes la cuestión. Tú amas a Mañara; con todos tus artificios no puedes arrancar esta sospecha de mi ardiente cerebro. ¡Y ese necio está ahí, gozándose en los aplausos que te prodigan, que adulan su amor propio porque se siente amado de la gloriosa artista! ¡No, no quiero que representes más! ¡Cuando contemplo desde arriba el entusiasmo de tus admiradores, cuando les veo con los ojos fijos en ti, participando de la pasión que indican tus palabras, siento impulsos de saltar del escenario para cerrarles a golpes los ojos con que te miran! Me haces estremecer dijo Lesbia . No eres Isidoro, eres Otelo en persona. Sosiégate por Dios. Harto sabes lo mucho que te amo. ¿A qué me mortificas con celos ilusorios? Disípalos tú. ¿Cómo, si (p.323) ninguna razón te convence? Tu violento carácter ha de traerme algún compromiso. Modérate, por Dios, y no seas loco. Lo haré si me amas. Tú no sabes quién soy. Isidoro, no consientas rivales ni en la escena, ni fuera de ella. De Isidoro no se ha burlado hasta ahora ninguna mujer, ni menos ningún hombre. Entiéndelo bien. Sí, señor mío, estoy en ello contestó Lesbia en tono jovial y levantándose para retirarse . Pero aunque esta conversación me agrada mucho, tengo que irme. ¿Sabes que te tengo miedo? Quizás con razón. ¿Pero te vas tan pronto? dijo el moro intentando detenerla aún. Sí, me voy repuso Lesbia . Ya ha concluido la tonadilla, y pronto empezará el tercer acto. Y ligera como una corza se marchó. En aquel instante se oyeron los aplausos con que era saludada mi ama al acabar la tonadilla, y poco después entró en su cuarto radiante de júbilo, con el rostro encendido por la emoción, y tan sofocada que al punto dio con su cuerpo en un sofá.
Ep-2-XXIV ¡Oh, Isidoro! ¿Por qué no has querido oírme? exclamó con entrecortadas palabras . Aseguran que lo he hecho muy bien. ¡Cuánto me han aplaudido! ¿Quieres dejarte de simplezas? dijo Isidoro de muy mal talante. Y a propósito: dicen que Lesbia hace la Edelmira mejor que yo. ¡Lo que puede la hermosura! Con su buen palmito trae sin seso a todos los hombres que hay en la sala. Sobre todo, ahí está uno que no le quita la vista de encima, y parece.. ¡Quieres callar! exclamó bruscamente el moro. Después, como hombre que toma repentina resolución, se disipó el fruncimiento temeroso de sus negras cejas, y sentándose junto a la González, le habló en estos términos: Pepa, espero de ti un favor. Mándame lo que quieras. Siempre te has mostrado muy agradecida por todo lo que he hecho en beneficio tuyo. Varias veces has dicho: «¿Qué he de hacer, Isidoro, para corresponder a lo que te debo?». Pues bien, chiquilla, ahora puedes prestarme un gran servicio, con lo cual quedará pagado largamente el hombre que te sacó de la miseria, el que te enseñó el arte escénico, (p.324) dándote posición, gloria y fortuna. Mi agradecimiento durará mientras viva, Isidoro respondió la cómica con serenidad . ¿Qué necesitas ahora de mí? Si la contrariedad que experimento afectara sólo a mi corazón, la resolvería fácilmente, porque sé padecer. Pero tal vez afecte a mi amor propio, tal vez ponga en trance muy terrible mi dignidad, y me resigno a sufrir los desengaños más crueles; pero de ningún modo consiento en hacer ante mis amigos y el mundo un papel desairado y ridículo. Ya sé lo que quieres decir. Lesbia me ha dicho que estás celoso; ¡si vieras cómo se ríe de ti, llamándote el pobre Otelo! No debemos fiarnos de la afición que alguna vez nos muestran esas personas tan superiores a nosotros por su clase. Un abismo nos separa de ellas, y si alguna vez las deslumbramos con nuestro talento y nuestro arte, la ilusión les dura poco tiempo, y concluyen despreciándonos, avergonzadas de habernos amado. Todos los que hemos brillado en la escena conocemos tan triste verdad. ¿No la conoces tú también? Sí dijo mi ama ; y yo creí que tú estuvieras en esa parte más aleccionado que todos los demás. Esas personas prosiguió Isidoro , nos contemplan desde sus aposentos; su imaginación se trastorna viéndonos remedar los grandes caracteres, las nobles y elevadas pasiones, el amor, el heroísmo, la abnegación, y se enamoran de lo que ven, de un ser ideal en quien se asocia y confunde con nuestra persona, la del héroe que representamos. Con la imaginación excitada, nos buscan entre bastidores y fuera del teatro; pero en cuanto nos tratan un poco y advierten que somos lo mismo, si no peores que los demás, y que todas las sublimidades del arte escénico desaparecen con el vestido y las piedras falsas que arrojamos al concluir el drama, se disipa de un soplo su entusiasmo y no ven en nosotros más que a una turba de tramposos y embusteros farsantes que apenas valen el partido con que se les paga. Hasta ahora, Pepilla, no me habían afectado gran cosa los bruscos desenlaces de las aventuras con que algunas (p.325) ilustres personas han honrado nuestra profesión; pero esta en que ahora me hallo me afecta profundamente, porque.. te lo diré con toda franqueza. ¿Amas verdaderamente a Lesbia? Sí, por mi desgracia; esta pasión no es de aquellas pasajeras y superficiales, que pasan satisfaciendo el afán de un día. Esa mujer ha tenido el arte de ahondar en mi corazón de tal modo, que hoy empiezo a reconocer en mí el embrutecimiento que acompaña a los amores exaltados. Sin duda su coquetería, su frivolidad, los mil artificios de su voluble carácter han realizado en mí este trastorno, y para acabarme de confundir, los celos, la desconfianza y el temor de ser ridículamente suplantado por otro, agitan mi alma de tal modo, que no respondo de lo que podrá pasar. ¡Hola, hola!, señor Otelo, ¿esas tenemos? dijo mi ama festivamente . ¿A quién va usted a matar? No te rías, loca continuó el moro ¿Has visto en el salón a ese miserable Mañara? Sí; ocupa un sillón de primera fila, y no quita los ojos de la señora Edelmira. Verdaderamente, chico, y sin que esto sea confirmar tus sospechas, a todos los que están en el teatro ha llamado la atención el exagerado entusiasmo de ese joven, y más de cuatro han sorprendido las señas que hace a Lesbia durante la comedia. Y además.., yo no lo he visto, pero me han dicho que.. ¿Qué te han dicho? Que la duquesa le mira mucho también, y que parece representar sólo para él, pues todas las frases notables del drama las dice volviéndose hacia el tal joven, como si quisiera arrojarse en sus brazos. ¡Oh! Es cierto. ¡Ves! exclamó Isidoro bramando de furor . ¡Y se reirán todos de mí!, y ese vil currutaco.. ¡Ah! Pepa.. quiero descubrir fijamente lo que hay en esto.. quiero acabar de una vez estas terribles dudas.. Quiero desenmascarar a esa infame, y si me engaña, si ha sido capaz de preferir al amor de un hombre como yo, los necios galanteos de ese vil y despreciable mozuelo.. ¡ah! Pepa, Pepa, mi venganza será terrible. Tú me ayudarás en ella; ¿no es verdad que me ayudarás? Tú me lo debes todo, yo te saqué de la miseria; tú no puedes (p.326) negar a Isidoro la ayuda de tu ingenio para este fin, y proporcionándome placer tan inefable, quedarás descargada de la inmensa deuda de gratitud que tienes conmigo. Al decir esto, Isidoro se había levantado y daba vueltas en la pequeña habitación como un león enjaulado, pronunciando con trémulo labio palabras rencorosas. Lo raro fue que mi ama, ya porque tal fuera el estado de su espíritu, ya porque creyera oportuno fingir en aquellos momentos, lejos de amedrentarse al ver la ira de su amigo y maestro, contestó con risas a sus ardientes palabras. Te ríes dijo Máiquez deteniéndose ante ella . Haces bien: ha llegado el momento de que hasta los mete sillas del teatro se rían de Isidoro. Tú no comprendes esto, chiquilla añadió sentándose de nuevo . Tú no tienes vehemencia ni fogosidad en tus sentimientos. En esto te admiro, y quisiera imitarte, porque yo sé muy bien que en las inclinaciones que hasta ahora se te han conocido, has jugado con el amor, tomándolo como un pasatiempo divertido, que entretiene a uno mismo y hace rabiar a los demás; pero hasta ahora, y Dios te libre de ello, no conoces el amor que ocasiona las mortificaciones propias, mientras los demás se ríen a costa nuestra. ¡Qué orgulloso eres! contestó seriamente la González . Hasta en esto quieres saber más que todos. Pues si amas de veras, guárdate de enamorarte de esos usías presumidos y orgullosos, que vendrán a ti para satisfacer su vanidad. Ellos no te amarán con noble y desinteresado amor. No creo que jamás pueda amar sino al que siendo igual a mí, no se avergüence de tenerme por compañera. ¡Oh, qué buen sentido, Pepilla! ¿Dónde has aprendido eso? Pero te aconsejo también que no ames a ningún hombre de teatro, si no quieres tener rabiosos celos de todo el público femenino. ¿Sabes tú lo que es eso? Harto lo sé. De modo que tu amor aún está dentro del teatro. Eso sí que es una desgracia. Tu suerte consistirá en que el galán será de esos que, por falta de genio, no excitan nunca la arrebatada admiración de las bellas de la platea. Serás feliz, Pepilla; si quieres casarte, (p.327) cuenta con mi protección. Estoy muy lejos de aspirar a eso. ¿Ese bruto será capaz de no amarte? ¿Acaso vale más que tú? Muchísimo más dijo la González aparentando con grandes esfuerzos la serenidad que no tenía. Apuesto a que es algún tenor de la compañía de Manolo García. Déjalo por mi cuenta. Si es cierto lo que supongo, si ese loco no te corresponde y prefiere a tu sencillo cariño el falso amor de alguna damisela de estas que arrastran su púrpura por entre los bastidores del teatro, ya sabrás lo que son celos, ¿eh? Demasiado lo sé y demasiado padezco, Isidoro dijo mi ama en tono de cariñosa confianza ; pero yo tengo una ventaja sobre ti, que no poseyendo aún la certeza de tu desgracia, ignoras qué partido tomar; yo conozco ya, sin género de duda que no soy amada, y las circunstancias se han ordenado de tal modo, que me presentan ocasión de tomar venganza. ¡Oh! Pepa; estás desconocida. No te creí capaz.. indicó Isidoro con energía . Tú tomarás venganza. Descuida, te ayudaré, si tú me ayudas a mí en la averiguación y en el castigo de las infamias de Lesbia. Pero dime, chiquilla, dime quién es ese hombre. Sé franca conmigo; yo soy tu mejor amigo. Te lo diré más tarde, Isidoro. Por ahora me he propuesto guardar secreto. Tú vales mucho, Pepilla añadió el cómico con acento reflexivo . No esperaba encontrar en ti un eco tan fiel de lo que en mí está pasando. ¡Y ese miserable te desprecia por otra, ignorando las bondades de tu fiel corazón! Dime quién es. ¿Será el mismo Manuel García? Por supuesto, chiquilla, ya sabrás cuánto padece la dignidad, el amor propio, al ver que otra persona posee el afecto que nos pertenece. Te mortificará horriblemente la idea de la triste figura que harás ante el mundo, el pensamiento de los comentarios que hará sobre tu ridícula posición el envidioso vulgo, y al considerar que tú, la persona acostumbrada a rendir a tus pies los corazones, se ve menospreciada por uno solo, rabiará tu orgullo herido, y llorarás en silencio, viéndote más baja de lo que creías. En esto contestó mi ama con patética voz , (p.328) no nos parecemos. Tú estás frenético de celos; pero antes que al desaire de que ha sido objeto tu corazón, atiendes a lo que sufre tu dignidad, la dignidad del gran Isidoro, que siempre desprecia sin ser nunca despreciado; te enfureces al considerar que se ríen de ti los envidiosos, y esas terribles voces de venganza no las pronuncia tu amor, sino tu orgullo. Yo no soy así: amo el secreto; y si triunfara, gustaría de tener oculta mi felicidad: nada me importaría que el hombre a quien amo, aparentara galantear a todas las mujeres de la tierra, con tal que en realidad a ninguna amase más que a mí. Eres singular, Pepilla, y me estás descubriendo tesoros de bondad que no sospechaba existiesen en tu corazón. Yo continuó mi ama más conmovida , no vivo más que para él, y los demás me importan poco. Contigo debo ser franca y decírtelo todo, menos su nombre, que nadie debe saber. Yo no sé cómo ni cuándo empezó mi funesto amor, y me parece que nací con esta viva inclinación, más dominadora cuanto más intento sofocarla. Por él sacrificaría gustosa mi vida. Tú quizás no comprensas esto; ni menos que yo sacrifique mi reputación de artista, el aprecio y la admiración de la multitud. ¿Qué importa todo eso? Se ama a la persona por la persona y no por la vanidad de poseerla. El que te ha inspirado tan noble cariño, sin corresponder a él dijo Isidoro con brío , es un miserable que merece arrastrar su existencia despreciado de todo el mundo. ¿No puedo saber tampoco quién es la mujer preferida? Tampoco debes saberlo replicó mi ama, y después, no pudiendo contener el llanto, exclamó así: Yo no soy cruel; yo no deseaba una venganza que puede ser muy terrible; pero se me ha venido a las manos y he de llevarla adelante. Haces bien dijo Isidoro recreándose con pensamientos de exterminio . Véngate: yo también me vengaré. Nos ayudaremos el uno al otro. ¿Puedo servirte de algo? De mucho dijo mi ama secando sus lágrimas . Espero que tu ayuda será de la mayor eficacia. ¿Y yo puedo contar contigo? ¿Y me lo preguntas? Oye bien: (p.329) Lesbia confía en tu amistad. ¿No ha celebrado en tu casa entrevista alguna con ese joven? Hasta ahora no. Pues la celebrará. Si ella no te lo propone, propónselo tú con buenos modos. ¿Cuál es tu objeto? Sorprenderla en algún sitio con ese Mañara. Ella busca siempre las casas de las amigas que no son de su clase, para evitar de este modo la vigilancia de su familia y de su esposo. Entiendo. Confío en que no te dejarás sobornar por ella, y en que ante todas las consideraciones, será para ti la primera el servicio que me prestes, a mí, tu protector, tu amigo. Espero que te será muy fácil lo que propongo. Si van a tu casa, les entretienes allí, y me avisas. Yo haré de manera que ese joven se acuerde de mí para toda la vida. Ya tiemblas de gozo, al pensar en tu venganza dijo mi ama . Lo mismo me pasa a mí; pero con más motivo, porque la mía está más cercana. ¿Puedo confiar en ti? ¿Me pondrás al corriente de todo cuanto veas? Puedes estar tranquilo, Isidoro. Tú no me conoces bien: en esta ocasión sabrás lo que soy. Y tú ¿qué crees? preguntó el moro con interés . ¿Crees que tengo razón? ¿Lesbia amará a ese hombre? Sí creo que te engaña del modo más miserable; creo que todos los que asisten a la representación se ríen de ti esta noche y el afortunado amante no cabe en sí de satisfacción y orgullo. ¡Rayos y centellas! dijo Máiquez con más furia . Le escupiré la cara desde el escenario. ¡Oh! Pepilla: yo admiro y envidio tu tranquilidad. No desees nunca parecerte a mí; ojalá no sepas nunca lo que son estas culebras de fuego que se enroscan dentro de mi pecho y desparraman por mis arterias su veneno. ¡Oh, qué gran talento tuvo ese poeta inglés que inventó el Otelo! ¡Qué bien pintó la rabia del celoso, la horrible fruición con que se recrea, pensando que ha de poner el cuerpo inanimado y sangriento de su rival ante los ojos que le cautivaron! ¡Qué razón tuvo al suponer el corazón de la mujer antro de maldades y perfidias; qué bien se comprende la espantosa determinación del moro, y el terrible placer de su alma al considerarse sepultando el (p.330) cuchillo en los miembros palpitantes de quien le ofendió, y arrastrar después su infame cadáver! ¿Qué cadáver, Isidoro? ¿El de él o el de ella? preguntó mi ama con frialdad. El de los dos contestó Otelo cerrando los puños . ¿Con que dices que se ríen de mí? ¡Y lo saben todos, y me observan, y estoy sirviendo de espectáculo a ese miserable zascandil! De modo que Isidoro es el hazme reír de las gentes, y tendrá que ocultarse y huir para evitar las burlas de los envidiosos, y ya ninguna mujer se dignará mirarle a la cara. Pero tú, si sabías esto que pasa, ¿por qué no me lo dijiste? ¡Eres tonta sin duda! ¡Oh!, no tengo amigos verdaderos.. nadie se interesa por mi honor ni por mi decoro. ¡Estoy solo!.. pero solo ¡vive Dios!, sabré volver al lugar que me corresponde. Diciendo esto, se levantó con resuelto ademán. En aquel momento sonaron algunos golpes en la puerta: era la señal que llamaba a todos los actores para empezar el tercer acto. Máiquez iba a salir; pero al dar los primeros pasos un objeto cayó de su cintura al suelo. Era la daga con puño de metal y hoja de madera plateada: Pepa, durante la conversación había estado jugando con la larga cadena que la sostenía y ésta se rompió. Se ha saltado un eslabón dijo mi ama recogiendo el arma : yo te la compondré en seguida atándola fuertemente. Isidoro salió, y mi ama, acercándose a una mesa arrimada a la pared de en frente, se entretuvo durante un rato y con mucha prisa en una operación que no pude ver; pero presumí fuera la compostura de la cadena rota. Al fin salió, y quedándome solo, pude dejar mi sofocante escondite para correr a la escena.
Ep-2-XXV Dio principio el último acto, donde ocurren las principales escenas del drama. En él Pésaro despierta poco a poco los celos en el alma del crédulo moro hasta que, engañándole con cruel y mañosa calumnia, precipita el trágico desenlace. La importancia de mi papel, me obligaba, pues, a fijar en él toda mi atención, apartándola de las impresiones recientemente recibidas. Durante mi primera escena con Otelo, (p.331) advertí que Máiquez, inquieto y receloso, dirigía sus miradas al joven Mañara, sentado muy cerca del escenario: a causa de la ansiedad de su alma, el gran histrión desatendía impensadamente la representación. A veces algunas de mis frases se quedaban sin réplica; también suprimía él bastantes versos, y hasta llegó a trabarse su expedita lengua en uno de los pasajes donde acostumbraba hacerse aplaudir más. El auditorio estaba descontento, pues aunque conocía las genialidades de Isidoro, no creía natural que se permitiera tales descuidos en una representación de confianza y amistad verificada ante lo más selecto de sus admiradores. El silencio reinaba en la sala, y sólo un sordo murmullo de sorpresa o enfado acogía los versos, mal sentidos y fríamente dichos por el príncipe de nuestros actores. Mas se esperaba verle repuesto en la segunda escena entre Otelo y Pésaro. Este, urdiendo muy bien la trama que ideó contra Edelmira su diabólica astucia, adquiere al fin las pruebas materiales que Otelo exige para creer en la infidelidad de la veneciana. Aquellas pruebas son una diadema entregada por Edelmira a Loredano, y cierta carta que su padre le obligó a firmar, amenazándola con matarse si no lo hacía. Ni la entrega de la diadema ni la carta firmada por fuerza, eran pruebas que ante la fría razón comprometerían el honor de la esposa de Otelo: pero éste, en su ciego arrebato y salvaje impetuosidad, no necesitaba más para caer en la trampa. Antes de comenzar esta escena, y hallándome entre bastidores, oí a los concurrentes quejarse de la torpeza de Isidoro, y alguno achacó este defecto no al gran actor, sino a mí, por haberle irritado con mi detestable declamación. Esto me ofendió, y creyéndome autor del deslucimiento de la pieza, resolví hacer todos los esfuerzos de que era capaz para arrancar algún aplauso. Mi ama, como he dicho, dirigía la escena; indicaba las entradas y salidas; cuidando de entregar a cada actor los objetos de que debía hacer uso durante la representación. Diome la diadema y la carta y salí en busca de Otelo que estaba solo (p.332) en las tablas concluyendo su monólogo. Entonces empecé aquella grandiosa escena, que es patética, sublime y arrebatadora aun después de haber sido tamizada por el romo ingenio de D. Teodoro la Calle. ¿Sabes tú padecer? le dije , y al punto Isidoro mirándome sombríamente, repuso: Me han enseñado. Y sin agitación dije yo ¿el triste aviso de un infortunio grande escuchar puedes? Hombre soy. Respondió con calma. Continuó el diálogo, y parecía que Isidoro recobraba todo su genio, pues los versos, inspirados por el recelo y la ansiedad, le salían del fondo del alma. Cuando dijo: ¡Infeliz!, ¡la prueba necesito! ¡Con que dámela luego! Me apretó tan fuertemente la muñeca y sus rabiosos ojos me miraron con tanta furia, que perdí la serenidad, y por un instante los versos que seguían a aquella demanda, huyeron de mi memoria. Pero no tardé en reponerme: le di la diadema, y poco después la carta. Mas en el momento en que vi en sus manos el fatal papel, un súbito estremecimiento sacudió todo mi ser, y me quedé mudo de espanto. En el color y en los dobleces del papel, en la forma de la letra, que distinguí claramente cuando él fijó en ella la vista, reconocí la carta que Lesbia me había dado en el Escorial para Mañara, y que después mi ama sustrajo de mis ropas al llegar a Madrid. Otelo debía leer en voz alta la carta, que según el drama decía: «Padre mío: conozco la sin razón con que os he ultrajado. Vos sólo tenéis derecho de disponer de vuestra hija Edelmira». Pero el pliego que la pícara Pepa había hecho llegar a sus manos, decía: «Amado Juan: Te perdono la ofensa y los desaires que me has hecho; pero si quieres que crea en tu arrepentimiento; pruébamelo viniendo a cenar conmigo esta noche en mi cuarto, donde acabaré de disipar tus infundados celos, haciéndote comprender que no he amado nunca, ni puedo amar a Isidoro, ese salvaje y presumido comiquillo, a quien sólo he hablado alguna vez deseando divertirme con su necia pasión. No faltes, si no quieres enfadar a tu Lesbia. »P.D. No temas que te prendan. Primero (p.333) prenderán al Rey». Ocurrió una cosa singular. Isidoro leyó el papel en silencio; sus labios secos y lívidos temblaron, y como si aún creyera que era ilusión lo que veía, lo leyó y releyó de nuevo mientras el público, ignorando la causa de aquel silencio, mostró su asombro en un sordo murmullo. Isidoro al fin alzó la vista, se pasó las manos por la frente; parecía despertar de un sueño; balbuceó algunas voces terribles, cerró los ojos, como tratando de serenarse y reanudar su papel; dio algunos pasos hacia el público y retrocedió luego. Los rumores aumentaron; el apuntador le llamó repitiendo con fuerza los versos, hasta que al fin Isidoro se estremeció todo, su semblante se encendió vivamente, cerró los puños, agitó los brazos, golpeó el suelo, y declamó los terribles versos siguientes: Mira: ves el papel, ves la diadema; pues yo quiero empaparlos, sumergirlos, en la sangre infeliz y detestable, en esa sangre impura que abomino. ¿Concibes mi placer, cuando yo vea sobre el cadáver, pálido, marchito, de ese rival traidor, de ese tirano, el cuerpo de su amante reunido? Jamás estos versos se habían declamado en la escena española con tan fogosa elocuencia, con tan aterradora expresión. El artificio del drama había desaparecido, y el hombre mismo, el bárbaro y apasionado Otelo espantaba al auditorio con las voces de su inflamada ira. Un aplauso atronador y unánime estremeció la sala, porque nunca los concurrentes habían visto perfección semejante. Después las facciones del moro se alteraron; su rostro palideció: oprimiose el pecho con ambas manos, y su voz, trocando el áspero tono en otro desgarrador y patético, dijo: Las recias tempestades el viento anuncia con terrible ruido; el rayo con relámpagos avisa su golpe destructor, y los rugidos del león su presencia nos advierten; mas la mujer con ánimo tranquilo y aparentes halagos nos destroza el corazón cual pérfido asesino. Nueva explosión de entusiastas aplausos. Las mujeres lloraban, algunos hombres no podían conservar su entereza y lloraban también. (p.334) La concurrencia estaba estremecida, atónita, electrizada, y cada cual, suspensa y postergada su propia naturaleza, vivía momentáneamente con la naturaleza y las pasiones de Otelo. La representación seguía: fuese Otelo, cambió la escena, apareció la cámara de Edelmira. Entretanto, todos me preguntaban la causa de la turbación y desasosiego de Isidoro; mas yo no sabía qué responder. Entre bastidores le buscamos con inquietud, pero no le podíamos ver por ninguna parte, ni nadie se daba razón de dónde pudiera encontrarse. Edelmira dijo los versos de su monólogo con extraordinaria sensibilidad: no cesaba de mirar a Mañara, y la vanidosa coquetería de sus ojos, parecía decir: «¡qué bien represento!», mientras el afortunado amante, embebecido en contemplarla, parecía contestarle: «¡qué guapa estás!». Y así era. Lesbia estaba encantadora, con los cabellos sueltos sobre la espalda, y el ligero vestido blanco que le ceñía el cuerpo indolente. Entró luego Hermancia, la fiel amiga, y Edelmira le contó sus tristes presentimientos. ¡Qué tono tan melancólico y dulce tenía su voz al expresar el temor de la muerte funesta! ¡Cuán grande interés despertaba su pena! Aunque yo había visto muchas veces la misma tragedia, dentro de la escena, y había perdido toda ilusión, en aquella noche sentía un terror inexplicable, y me conmovía la suerte de la infeliz e inocente Edelmira. La esposa de Otelo, ansiando desahogar la sofocante angustia de su pecho, toma el arpa y entona la canción de Laura al pie del sauce, cuyos lastimeros quejidos son la voz de la misma muerte. Edelmira, a quien Manuel García había enseñado la hermosa estrofa, cantó con dulce y poética expresión. Su voz parecía que nos penetraba hasta los huesos, y nos hacía estremecer con horripilante escalofrío, como el contacto de una hoja de acero. Cesó la canción y sonó la tempestad en el interior del teatro. El público estaba tan impresionado que ni siquiera aplaudía. Acostose Edelmira y todo quedó en profundo silencio. Otelo debía aparecer, y en el breve momento en que (p.335) estuvo la escena muda, profundísimo silencio reinaba en la sala. Yo creí sentir el palpitar de los corazones; pero sólo escuchaba las oscilaciones del mío. La más ardorosa inquietud se había apoderado de mí, y miré en torno buscando una persona de confianza a quien comunicar mis recelos; pero no vi sino el pálido semblante de mi ama que se esforzaba en reír diciendo: ¡Qué bien ha hecho Lesbia su papel! Me confieso derrotada, pues representa mil veces mejor que yo. Pero ahora verán ustedes a Isidoro. Esta noche está más inspirado que nunca. Observé a Máiquez que ya decía los primeros versos de la escena junto al lecho de la veneciana. Su rostro aparentaba una serenidad meditabunda. Cuando alzó las cortinas del lecho y dijo con voz calmosa: No.. tú no morirás.. ¡cuánto realzan su hermosura estas lúgubres antorchas! un rumor confuso surgió del apiñado auditorio; lloraban casi todas las mujeres, y los hombres se esforzaban en sostener el decoro de la insensibilidad. Otelo acerca su rostro al de Edelmira y dice con extasiado amor: ¡Con qué pureza respirar la siento! ¿Qué poderoso hechizo es el que arrastra mi persona a la suya con tal fuerza? Edelmira despierta con sobresalto. Otelo disimula al principio; mas luego no oculta el objeto que le trae, y Edelmira aterrada y confusa, jura que es inocente. Nada convence al terrible moro, que mudando de improviso la expresión de su fisonomía, exclama con ferocidad y descompuestos ademanes: Mírame, ¿me conoces.. me conoces? El auditorio se estremeció de terror. Algunas señoras se desmayaron, y oyéronse voces acongojadas que decían: «Piedad, piedad para Edelmira.. es inocente.. ese infame Pésaro tiene la culpa.. que traigan a Pésaro». Isidoro sacó el papel y lo mostró con fiero ademán a Lesbia, quien lanzó un grito terrible sin decir los versos que correspondían en aquel momento. Otelo se acercó más a Edelmira, y Edelmira hizo un movimiento para saltar del lecho. Se le habían olvidado los versos; pero al fin, dominando un poco su turbación, (p.336) recordó algo, y el diálogo siguió así: EDELMIRA.¿Y qué quieres decirme? OTELO.Preparaos. EDELMIRA.¿Pero a qué? OTELO. Este acero os lo señala. Diciendo esto, Isidoro desenvainó la daga; en lugar de la hoja de madera plateada, vimos brillar en su mano una reluciente hoja de acero. La conmoción fue general entre bastidores. Lanzose Edelmira del lecho con precipitación y azoramiento, y recorrió la escena gritando como una loca: «¡Favor, favor.. que me mata! ¡Al asesino!». No puedo pintaros lo que fue aquel momento en la escena y fuera de ella. Los espectadores de primera fila trataron de subir al escenario en el momento en que Lesbia perseguida por Isidoro, fue asida por el vigoroso brazo de éste. En el mismo instante, no pudiendo contenerme, me abalancé hacia la dama como impulsado por un resorte, y abracéme estrechamente a ella. El puñal de Isidoro se levantó sobre mí. La presencia inesperada de una víctima extraña hizo sin duda que el moro volviera en sí de su furiosa obcecación; conmoviose todo, pareció que un velo se descorría ante sus ojos, arrojó el puñal, quiso recobrar su aplomo; pronunció algún verso tremendo clavando sus manos en mí, como si yo fuera Edelmira; ésta, desprendiéndose de mis brazos, cayó al suelo desmayada, y al punto nos vimos rodeados de multitud de personas. Todo esto pasó en unos cuantos segundos.
Ep-2-XXVI El escenario se llenó de gente. La condesa, alzada al instante del suelo, fue objeto de solícitos cuidados. Al poco rato desvaneciose su desmayo, abrió los ojos y dijo algunas palabras. No tenía la más ligera lesión, y todo había concluido sin más consecuencias que las del susto. Su palidez y la alteración de su semblante eran extraordinarias; pero aún había entre los circunstantes una persona más alterada y más pálida: era mi ama. Isidoro parecía embrutecido y avergonzado. Transcurrió media hora, y cuando fue indudable que no había ocurrido ninguna desgracia que se temía, entablose una discusión muy viva sobre aquel (p.337) acontecimiento, que la mayoría de los presentes consideraba bajo el punto de vista artístico; y era opinión de muchos que exaltado hasta un extremo de delirio el genio artístico de Máiquez, se identificó con su papel de un modo perfecto. Pues lejos de ser el camino de la perfección artística dijo Moratín , lleva derecho a la corrupción del gusto, y extinguirá en las ficciones el decoro y la gracia, para confundirlas con la repugnante realidad. Ni eso es representar, ni eso es nada dijo Arriaza, que como es sabido, detestaba a Isidoro . Desde que ese caballero introdujo aquí la escuela francesa, ha corrompido el arte de la declamación. Nunca he visto a Máiquez tan apasionado y fogoso indicó un caballero que se unió al grupo . Me parece que en la escena ha pasado algo extraño a la comedia. Otro joven acercó sus labios al oído del primero, y por un rato le habló en voz muy baja. Después a los cuchicheos siguieron las risas. Pasó Mañara no lejos de allí, y todos fijaron la vista en él. Bien se explica la ferocidad de Isidoro dijo uno. Hasta aquí añadió Moratín , siempre se le ha visto contenerse dentro del límite de las conveniencias escénicas. Me acuerdo de cuando Isidoro era un pedazo de hielo dijo Arriaza . En el teatro no le llamaban sino el marmolillo. Es verdad repuso Moratín . Pero cuando volvió de París vino muy corregido, y no puede negarse que es un actor de gran mérito. En lo patético no tiene igual; en lo trágico suele carecer de fuego: pero esta noche lo ha tenido con exceso. Le he tratado bastante dijo un tercero . Es hombre de pasiones enérgicas. Como actor consumado, comprende bien que el arte es una ficción, y representando no deja nunca de ser comedido y decoroso. Esta noche, sin embargo, le hemos visto tal cual es. Otro personaje se acercó al grupo. ¿Qué le ha parecido a Vd., señor duque, el desenlace de la tragedia? le preguntó Arriaza. ¡Magnífico! Esto se llama representar contestó el marido de Lesbia . Parecía aquello la misma realidad. Pero no consentiré que mi esposa salga otra vez a la escena. (p.338) Representa demasiado bien y entusiasma y trastorna a los actores que la acompañan. Un abanico tocó el hombro del señor duque; volviose éste, y Amaranta entró en el corrillo. Todos la saludaron, disputándose a porfía el honor de dirigirle la palabra. Ella habló así: Bien dije a Vd., señor duque, que no había nada que temer. Un exceso de inspiración dramática y nada más. El exceso es malo en todo: yo creí que la duquesa iba a perecer a manos de Isidoro por un exceso de inspiración. Además dijo Amaranta , quizás alguna causa que no conocemos.. Al decir esto pareció que los pies de la hermosa dama habían tocado algún objeto arrojado en el escenario. Apartose ella vivamente, apartáronse todos, y las faldas de Amaranta, al deslizarse sobre el piso, dejaron ver un papel arrugado. Como si aquel papel fuera un tesoro de inestimable precio, Amaranta bajose a cogerlo, y después de mirarlo rápidamente, lo guardó en su bolsillo. Era la carta fatal, como diría un novelista. ¿Alguna causa que no conocemos?.. preguntó el duque continuando la conversación interrumpida. Sí contestó la dama ; y me parece que puedo sacarle a Vd. de dudas.. Pero tengo que ir al cuarto de la González. Allí le aguardo a usted y hablaremos. Quedaron solos los hombres otra vez. La marquesa atravesó la escena preguntando por Isidoro. ¿Será posible decía , que no pueda representarse La venganza del Zurdillo? ¡Pepa!.. ¿Pero dónde está Pepa? Esta pregunta se dirigió a mí, y al instante marché en busca de mi ama. No estaba en su cuarto, y sí en el de Máiquez, quien una vez pasada la excitación del terrible momento, se esforzaba en aparecer tranquilo y hasta risueño, aunque era fácil conocer que la rabia no se había extinguido en su pecho. ¡Qué broma tan pesada, Isidoro! dijo la marquesa asomándose a la puerta . Aún no me he recobrado del susto. Es verdad, señora dijo el actor ; pero la señora duquesa tiene la culpa, por la perfección con que ha hecho su papel. Su incomparable talento tuvo el don, no sólo de transportarla a ella, sino de (p.339) transportarme a mí mismo a la esfera de la realidad. Jamás me ha pasado cosa igual desde que piso las tablas. Un actor inglés, representando en cierta ocasión a Otelo, mató a la cómica que hacía de Desdémona. Esto me parecía inverosímil; pero ahora comprendo que puede ser verdad. ¿No se suspenderá La venganza del Zurdillo? Por ningún caso. Hace falta reír un poco, señora marquesa. Retirose ésta y después que salieron algunos amigos de Máiquez, que le acompañaban, el actor quedó solo con mi ama y conmigo. Ven acá me dijo el actor, apretándome vigorosamente el brazo . ¿Quién te dio aquella carta? Señalé a mi ama. Fui yo dijo ésta . Quería que conocieras el corazón de Lesbia. ¿Por qué no me la diste en otra parte? Me has puesto al borde del abismo; he estado a punto de cometer un crimen. Mi furor fue tan grande cuando leí aquel papel, que lo olvidé todo, y aunque en el instante que estuve fuera de la escena procuré serenarme, mi cólera se encendió más, y.. ya sabes lo que pasó. Cuando la vi en la escena final quise contenerme; pero sus miradas, su acento, me irritaban cada vez más, y sentí en mí una crueldad, una ferocidad que nunca había conocido. Recordaba sus tiernas promesas, sus apasionados arrebatos de amor, su falsa sencillez, y por un momento creí que hasta era un deber castigar a aquel monstruo de falsedad e hipocresía. Cuando saqué el puñal y advertí que era una hoja de acero, experimenté un placer indecible. ¡Ay, Pepa! ¡Qué momento! No sé cómo no la maté; no sé cómo en aquel instante no me perdí y me deshonré para siempre. Si Gabriel no se hubiera abrazado a ella cubriéndola con su cuerpo, creo que a estas horas.. no lo quiero pensar. A estas horas dijo mi ama , estarías llorando sobre el cadáver de tu amante, herida por tu propia mano. No, Pepa, no; ya no la amo. La lectura de la carta ha ahuyentado de mí todo sentimiento amoroso: ya no tengo para ella más que un desprecio, una repugnancia de que no puedes formar idea. Me espanto de haber amado a semejante mujer. Pero di: (p.340) ¿fuiste tú quien trocó el puñal de teatro por la hoja de acero? Sí; yo fui. ¿Luego tú exclamó con asombro, lo preparaste todo? ¿Qué interés, qué intención..? ¡La aborrezco con toda mi alma! ¡Y quisiste hacerme instrumento de un crimen! Hace poco hablabas de tu venganza. ¿Por qué aborreces a Lesbia? La aborrezco porque.. la aborrezco. ¿Y no te remuerde la conciencia de un sentimiento que te lleva hasta el crimen? ¡La conciencia!.. ¡Un crimen! dijo mi ama con cierta enajenación, y después ocultando el rostro entre las manos empezó a llorar amargamente, exclamando . ¡Oh! ¡Dios mío, qué desgraciada soy! Pepa, ¿qué tienes? ¿qué es eso? dijo Isidoro sentándose junto a ella, y apartándole las manos del rostro . Pero tú.. Con que tú.. De modo que tú.. Dieron golpes en la puerta, y una voz dijo: «El sainete: que va a empezar el sainete». El aviso no distrajo a los dos actores. Pepa seguía llorando e Isidoro lleno de asombro.
Ep-2-XXVII Creí prudente retirarme, no sólo porque allí no hacía falta ninguna, sino porque en mi mente bullía, inquietándome mucho, un proyecto que al fin decidí poner en ejecución sin pérdida de tiempo. Dirigime lleno de resolución al cuarto de mi ama. Amaranta estaba allí y estaba sola. ¡Oh Gabriel! me dijo ¿tienes valor para presentarte delante de mí? ¿Sabes que tienes un modo singular de despedirte? Veo que eres un farsantuelo de quien nadie debe fiarse. Di: ¿es esa la lealtad con que tú acostumbras pagar a tus favorecedores? Señora repuse desafiando el rayo de sus ojos, como el marino desafía la tempestad , el oficio a que usía me pensaba dedicar en palacio no era de mi gusto. Si no me despedí de mi ama, fue porque el temor de que me prendieran me obligó a salir del real Sitio. No puedo negar dijo riendo , que te burlaste con mucha gracia del licenciado Lobo. Bien decía yo que eras un chico de mucha disposición. Pero el talento más fecundo permanece oculto hasta que encuentra ocasión de mostrarse. Aquel rasgo de ingenio habría sido completo, habría sido sublime, si me hubieras (p.341) entregado la carta. No me la habían dado para usía. Lo cierto es que no fue a poder de su dueña. Pepa te la quitó, y ha hecho de ella el uso que sabes. Tampoco ella quiso entregármela; pero al fin la casualidad la ha traído a mis manos. ¿La ves? Creo que usía me la entregará, porque esa carta es mía, me pertenece, tengo que devolverla a su dueño dije con resolución. ¡Devolvértela! ¿Tú estás loco? exclamó Amaranta riendo como quien oye un gran despropósito. Sí señora, porque el recobrarla es para mí una cuestión de honor. ¡Honor! dijo la dama riendo más fuerte. ¿Acaso tienes tú honor? ¿Sabes tú lo que es eso, chiquillo? ¿Pues no he de saber? respondí . Cuando usía me propuso el oficio de espía, sentí que se me subía un calorcillo a la cara; y me pareció que me estaba viendo a mí mismo en aquel empleo y en los de engañar, fingir y mentir.. y viéndome me daba espanto.. y un sudor se me iba y otro se me venía, porque el Gabriel que mi madre echó al mundo, se entretiene a veces oyendo lo que él mismo se dice por dentro acerca de la manera de ser caballero decente y honrado. Cuando la señora duquesa me pidió su carta, y yo no podía dársela sentí el mismo embarazo.. y también me ocurrió que no devolviendo el papel y permitiendo que otras personas sigan haciendo mal uso de él, el Sr. Gabrielillo no vale dos cuartos. Si esto no es el honor, que venga Dios y lo vea. Amaranta pareció muy sorprendida de estas razones, y me dijo con bondad: Tales ideas no son propias de ti. Tiempo tienes, cuando seas mayor, de tener todo el honor que quieras. Cada vez te encuentro más propio para desempeñar a mi lado los empleos de que te hablé. Me parece que has empezado bien el curso en la universidad del mundo; y o mucho me engaño, o te bastarán pocas lecciones más, para ser maestro. Creo que usía no se equivoca respondí , y en cuanto a las lecciones que usía me ha dado, me parece que han sido de provecho. ¿Y no renuncias a tus proyectos de ser.. como decías?.. me preguntó irónicamente. No señora, sigo en mis trece contesté sin turbarme , y a lo (p.342) mejor va a tener usía el gusto de verme príncipe o tal vez de rey en cualquier reino que las damas de la corte sacarán para mí. Si no hay más que ponerse a ello, como dice Inesilla. Pero di, chiquillo: ¿de veras creíste tú que ya te estaban labrando la espada de general o la corona de duque? Como esta es noche. Y usía, que se me figuraba una divinidad bajada del cielo para favorecerme, acabó de trastornarme el juicio, enseñándome lo que debía hacer para echarme a cuestas el manto regio o cuando menos para ponerme los galones de capitán general. Parece que te burlas; ¿qué quieres decir? Digo que desde que usía me dijo que el camino de la fortuna estaba en escuchar tras de los tapices, y llevar y traer chismes de cámara en cámara, se han arreglado las cosas de tal modo, que sin querer estoy descubriendo secretos, y aunque quiero taparme las orejas, las picaronas se empeñan en oír.. ¡Ah! Tú quieres revelarme algo que has oído dijo Amaranta con complacencia . Siéntate y habla. Lo haré de buena gana, si usía me devuelve la carta de la señora duquesa. Eso no lo pienses. Pues entonces callaré como un marmolejo. En cambio contaré una historia parecida a la que usía me refirió, aunque no es tan bonita. No la he leído en ningún libro viejo, sino que la oí.. Estas condenadas orejas mías.. Pues empieza dijo la condesa con alguna perplejidad. Hace quince años había en Madrid una damita muy guapa, muy guapa, que se llamaba.. no me acuerdo su nombre. Esto no pasaba en ningún reino apartado ni antiguo, sino en Madrid, y no se trata de sultanes ni de grandes ni pequeños visires, sino de una damita muy linda, la cual damita se enamoró de un joven de buena familia que vino a la corte a buscar fortuna. Parece que los padres se oponían; pero la damita amaba ciegamente al joven; y como todo lo vence el amor, entre éste y el demonio proporcionaron a los dos jóvenes entrevistas secretas que.. Amaranta se puso pálida, y su mismo asombro la tenía muda. Pues es el caso que la damita dio a luz una criatura continué. No estoy (p.343) aquí para oír necedades dijo Amaranta dominando su ira. Pronto concluyo. Dio a luz una criaturita: huyó el joven a Francia temiendo ser perseguido, y los padres de la damita se dieron tan buena maña para echar tierra a aquel negocio, que nada se supo en la corte. La damita se casó después con el conde de no sé cuántos.. y nada más. Veo que eres rematadamente necio. No quiero oír más tus simplezas dijo la dama, cuyo semblante se cubría de vivísimo carmín. Aún falta un poquito. Más tarde lo descubrieron algunas personas; y hablaron de esto en sitio donde yo lo oí; pero como soy tan curioso, y ahora ando amaestrándome en los chismes y enredos para ver si llego a general o a príncipe, no me contento con aquellas noticias y voy a que me dé más una mujer que vive orillas del Manzanares, junto a la casa de D. Francisco Goya. ¡Oh! exclamó Amaranta furiosa . Sal de aquí, desvergonzado mozalbete. ¿Qué me importan tus ridículas historias? Y como estas noticias no tienen valor hasta que no se traen de aquí para ahí, pienso comunicárselas a la señora marquesa para que me ayude en mis pesquisas. ¿No cree usía señora condesa, que esta es una excelente idea? Veo que sabes manejar la calumnia y las bajas y miserables intrigas. Supongo quién habrá sido tu maestro. Vete Gabriel, me repugnas. Me iré y callaré; pero es preciso que usía me vuelva la carta. Miserable rapaz: ¡quieres burlarte de mí, quieres medir conmigo tus indignas armas! exclamó levantándose de su asiento. Su actitud decidida me turbó un poco; pero hice esfuerzos por reponerme, y continué así: Para hacer fortuna no hay medio mejor que el espionaje y la intriguilla: el que posee secretos graves lo tiene todo, y ahora salimos con que voy a conseguir dos mitras, ocho canonjías, veinte bastones de coronel, cien capellanías y mil plazas de contaduría para todos mis amigos. Déjame, no quiero verte. ¿Has oído? Pero antes me dará usía la carta. Si no he de llevar un recadito a la señora marquesa, o al señor diplomático, que como hombre reservado no lo dirá a (p.344) alma viviente. ¡Ah!, imbécil, cuánto te desprecio dijo revolviendo en su bolsillo con febril inquietud . Toma, toma la carta, vete con ella, y jamás vuelvas a ponerte delante de mí. Diciendo esto, arrojó en el suelo la carta que recogió un servidor de ustedes. Después, sentándose de nuevo, volvió hacia mí su rostro siempre bello, y me dijo: ¡Quién te ha enseñado esas travesuras? Eres un necio. De los necios se hacen los discretos contesté . Dando con un buen maestro.. Si usía no me hubiera despabilado tanto.. Oyendo y viendo se aprende mucho, señora; y yo, desde que entré al servicio de usía hasta hoy, no he desperdiciado el tiempo. Bien haya quien me ha abierto los ojitos que ven y las orejitas que oyen. Para ser discreto es preciso haber sido tonto. Cuando pronuncié esta extraña sentencia, Amaranta echó sobre mí una mirada de orgulloso desdén, y señalome la puerta. ¡Ay!, estaba hermosa, hermosa como nunca. Su noble ademán, sus mejillas teñidas de leve púrpura, el incendio de sus ojos, la agitación de su seno encantaban la vista, y no era posible aborrecerla. Indudablemente, señores, el mal es a veces lindísimo. Ya me marchaba, cuando entró el señor duque acompañado del diplomático. Aquí estoy, Amaranta dijo el primero . Me habló Vd. de causas que no conocemos.. No le hagas caso, sobrina exclamó el marqués . ¿Pues no ha dado en la flor de estar celoso? Y dice que en el caso de Otelo él haría lo mismo. Sí dijo el duque . Si yo sospechara de mi mujer la mataría. No me refería a nada que no fuese algún motivo artístico indicó secamente Amaranta. No consiento que mi mujer salga más a las tablas en compañía de ese bárbaro Otelo. La pobrecita debe de haber padecido mucho. Pero veo que en mi ausencia han ocurrido grandes novedades. Parece que también han querido ponerla presa. ¡Pobre cordera mía! ¿Cómo es posible que haya dado motivos para eso..? Si es la bondad, si es la dulzura en persona. Son tantos los que han sido incluidos en la causa.. dijo Amaranta . Pero por mediación mía se la puso al (p.345) instante en libertad. ¡Oh!, gracias, querida condesa. Verdad es que Lesbia es amiga de Vd. desde la infancia, y entre amigas.. ¿Y no se la molestará más? No dijo el diplomático . Felizmente puede arrancarse de la causa todo lo que conviene, ¿no es verdad, sobrina? Sí; precisamente se ha hecho eso con todo lo que se refiere al Príncipe, porque como ha confesado y hecho acto de contrición de todas sus faltas.. Los jueces tienen buena mano, y suprimirán todo lo que se quiera, dejando la causa tal como convenga presentarla al público. Eso está muy bien dispuesto afirmó el diplomático , y prueba que hay tacto en el Gobierno. ¿Y Napoleón? Napoleón ha exigido que no se le nombre para nada, y por esto ha sido preciso eliminar también cuanto a él se refiere. Aunque consta que el Príncipe le escribió y tuvo tratos con su embajador, los jueces se comerán todas las declaraciones y documentos en que esto se vea, para que Bonaparte quede contento. Bien, bien, eso me tranquiliza afirmó el diplomático con mucho énfasis , y así lo pondré en conocimiento del Príncipe Borghese, del príncipe Piombino, de S.A. el gran duque de Aremberg. Por supuesto, os encargo que no digáis a nadie mis propósitos; ¿lo oyes Amaranta? ¿Lo oye usted, señor duque? ¡Ah!, al duque no se le puede confiar un secreto. Todo lo dice. ¿Qué? preguntó Amaranta. Por más que me empeño en que la más absoluta reserva sirva de impenetrable velo a lo que ocurre entre la González y yo.. El señor marqués no abandona sus antiguas mañas dijo el duque. No hijo; es que sin saber cómo ni cuándo.. Nada he puesto de mi parte. Hace tiempo que Pepita ha manifestado que hallaba en mí cierto encanto.. Pero la pícara no se cuida de disimular; ahora mismo, durante el sainete, me echaba unas miradas.. ¡Y qué bien ha representado! Nunca la he visto tan alegre, tan graciosa, tan juguetona, tan vivaracha. La verdad es que me está comprometiendo. ¿Lo creerás, sobrina? Yo me empeño en ocultarlo, porque.. ya sabes.. ese es mi carácter, y ella.. pero si todo el mundo lo sabe. (p.346) Al concluir el sainete, no he podido menos de acercarme a ella, y le he dicho: «Disimule usted Pepa, no olvide usted que la reserva es hermana gemela de la.. digo, del amor». Sin duda por obedecer esta advertencia, se ha marchado con Isidoro, fingiéndose muy contenta en su compañía. Ambos iban muy amartelados, y cualquiera menos listo que yo, los habría tenido por amantes. Tal vez dijo Amaranta. Salí del cuarto. Cuando después de buscar ávidamente a Lesbia por el escenario, di con ella al fin y la entregué la carta, me dijo con mucha ansiedad mientras la guardaba: ¡Ah, Gabrielillo! Esta noche me has salvado la vida dos veces.
Ep-2-XXVIII No quise estar más allí; salí decidido a huir para siempre del vergonzoso arrimo de cómicos y danzantes, de damas intrigantuelas y de hombres corrompidos y fatuos. Al salir, un vivo deseo de correr a casa de Inés llenaba mi alma toda. Volé al cuarto piso tomando la pequeña escalera, y por el camino, en mi precipitada marcha, iba arrojando los postizos y adornos que me habían servido para la representación. Aquí dejé las barbas y bigotes, allí las plumas de mi sombrero, más allá la escarcela, y por último eché a rodar el tahalí y el collar. Me parecían prendas de ignominia que no debían ir sobre mí al presentarme en la casa del reposo. Subí y entré: el padre Celestino me abrió la puerta, y al punto advertí que sus ojos habían llorado. La pobre doña Juana ha muerto hace dos horas dijo contestando a mis preguntas. Esta noticia dio a todo mi ser el frío y la inmovilidad de una estatua. Sepulcral silencio reinaba en la casa. En el fondo del pasillo vi la puerta de la sala, cuyo recinto iluminaba una claridad rojiza. Acerquéme con pasos lentos y conteniendo con la mano el latir de mi corazón que parecía querer salírseme del pecho. Desde el umbral vi el cuerpo de la santa mujer vestido de negro, y sobre el mismo lecho en que había sido abandonado por el alma: sus manos cruzadas en actitud de orar, sus cerrados ojos y la apacible y tranquila expresión de su semblante blanco como el mármol, más que el (p.347) aspecto de la triste muerte, dábanle la fisonomía propia de un recogimiento meditabundo y de aquel místico sueño que es en las gentes de exaltada piedad, como un viaje al cielo para volver. Junto a ella, y sentada en el suelo, con la cabeza entre las manos y apoyada en el lecho, estaba Inés. Su llanto tranquilo era el natural desahogo de un dolor resignado, propio de quien acostumbraba a relacionar las penas y las alegrías con la voluntad de arriba. No hizo movimiento alguno para mirarme, ni yo seguramente lo merecía. Una sola vela de cera, cuya llama puntiaguda y movible señalaba al cielo con leve oscilación, iluminaba la silenciosa sala; y las imágenes de vírgenes y santos que había en la pared, como afectadas del fúnebre cuadro, parecían tener en sus rostros inusitada gravedad. A pesar de mi aflicción, yo experimentaba ante aquel espectáculo una especie de alivio moral que me es imposible expresar con palabras. Aquella tranquilidad que acompañaba a una gran pena, aquella paz de espíritu que cubría el dolor, como las alas del misterioso ángel protegen el alma, al salir turbada y temerosa del cuerpo pecador; aquel silencio de la mujer muerta, que me hacía oír en lo profundo de mi mente un lejano y celeste coro de triunfante música; el sereno llorar de la huérfana, cuyo dolor modesto no acusaba a la suerte, ni a la casualidad, ni a otro alguno de los irrisorios dioses que ha creado el holgazán entendimiento humano; aquel aspecto de resignación; el reposo imperturbable que ni aun la muerte había alterado en aquella mansión de la conciencia pura, de los deberes, de la religión, del sencillo amor, fueron para mi espíritu como un aura serena, como un templado y regenerador ambiente que equilibra y uniforma la atmósfera por tempestades revuelta o agitada por opuestas corrientes. Jamás he podido comparar con más propiedad mi alma con la imagen de un terso lago, de igual y no alterada superficie, ni jamás he distinguido con tanta claridad el lejano fondo. Cual si mi pecho hubiese estado por largo tiempo privado de fácil (p.348) respiración, mis pulmones se dilataron y mi aliento sacaba del corazón un gran peso.. El cura me sacó de tales abstracciones llamándome fuera. La pobre Juana me dijo enjugando una lágrima , no tuvo tiempo de ver satisfecho el deseo de toda mi vida. ¿Pues qué? Vd.. Sí, hijo mío; poco antes de su muerte recibí este papel en que se me nombra ecónomo de la iglesia parroquial de Aranjuez. Al fin se me ha hecho justicia. No me ha cogido de nuevo, y bien te decía yo que había de ser esta semana. ¿Ves, Gabrielillo? Dios ha acudido oportunamente a nosotros en esta desgracia. Ya Inés no quedará desamparada, ni tendrá que pedir auxilio a los parientes de Juana. ¡Pobre Inés! exclamé . A ella consagraré mi vida entera. Viviré por ella y sólo por ella. ¡Ah! dijo el clérigo . Ocurre una cosa singularísima, querido Gabriel. ¿Sabes que la pobre Juana me ha hecho antes de morir una revelación que.. a ti puedo confiarlo porque casi eres de la familia. ¿Qué? Después que confesó, llamome aparte y me dijo que Inés no es hija suya.. ¡Si vieras qué historia tan singular! Estoy confundido, absorto. Pues, sí, Inés no es hija suya, sino de una gran señora que.. ¿Qué dice usted? exclamé con el mayor asombro. Lo que oyes: la verdadera madre.. ya comprenderás que en esto hubo una de esas secretas aventuras, que deshonran a una noble familia. La verdadera madre abandonó a esa pobre niña, y.. ya te contaré despacio. Pero el nombre, el nombre de esa señora es lo que quiero saber. Juana iba a revelármelo: su relación la había fatigado mucho, y la palabra tembló en sus labios ya paralizados por la muerte. Tal noticia produjo en mí espantosa confusión: volví a la sala y contemplé a la muerta, casi esperando que sus labios pudieran articular el deseado nombre. ¿Es posible, Dios mío dije dirigiendo mi mente al cielo , que no hagas bajar un rayo de vida a este yerto cadáver para que su fría lengua se mueva y pronuncie una sola palabra? En mi ansiedad, hasta tuve por un momento la esperanza de que el cadáver reanimado por mis ruegos, (p.349) volviese a la vida para revelarme el misterio del nacimiento de Inés. ¡Qué loco soy! dije después . No faltarán medios de averiguarlo. Desde entonces Inés fue para mí el resumen de la vida. Si antes no la hubiera amado, su desgracia me habría inclinado con invencible fuerza hacia ella. Empleé los dos mil reales en el entierro de la difunta, y en el viaje que el padre Celestino y la huérfana hicieron a Aranjuez, donde se instalaron. Yo regresé a Madrid. Inés, reclamada después por los parientes de doña Juana, sufrió martirios y desgracias, cuyo recuerdo hace aún estremecer de angustia mi corazón. Creímos al fin asegurada nuestra felicidad; pero vinieron aciagos y terribles días: vino la revolución de Aranjuez, vino el Dos de Mayo, día de sangre y luto; los franceses inmolaron muchas víctimas; Inés cayó en poder de los invasores.. pero ahora me faltan fuerzas para relatar tan horrorosos acontecimientos. Estoy fatigado y necesito tomar aliento para seguir contando. Madrid, Abril Mayo de 1873.
FIN DE LA CORTE DE CARLOS IV.
(EPISODIO 3) EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO
Ep-3-I - En Marzo de 1808, y cuando habían transcurrido cuatro meses desde que empecé a trabajar en el oficio de cajista, ya componía con mediana destreza, y ganaba tres reales por ciento de líneas en la imprenta del Diario de Madrid. No me parecía muy bien aplicada mi laboriosidad, ni de gran porvenir la carrera tipográfica; pues aunque toda ella estriba en el manejo de las letras, más tiene de embrutecedora que de instructiva. Así es, que sin dejar el trabajo ni aflojar mi persistente aplicación, buscaba con el pensamiento horizontes más lejanos y esfera más honrosa que aquella de nuestra limitada, oscura y sofocante imprenta. Mi vida al principio era tan triste y tan uniforme como aquel oficio, que en sus rudimentos esclaviza la inteligencia sin entretenerla; pero cuando había adquirido alguna práctica en tan fastidiosa manipulación, mi espíritu aprendió a quedarse libre, mientras las veinte y cinco letras, escapándose por entre mis (p.350) dedos, pasaban de la caja al molde. Bastábame, pues, aquella libertad para soportar con paciencia la esclavitud del sótano en que trabajábamos, el fastidio de la composición, y las impertinencias de nuestro regente, un negro y tiznado cíclope, más propio de una herrería que de una imprenta. Necesito explicarme mejor. Yo pensaba en la huérfana Inés, y todos los organismos de mi vida espiritual describían sus amplias órbitas alrededor de la imagen de mi discreta amiga, como los mundos subalternos que voltean sin cesar en torno del astro que es base del sistema. Cuando mis compañeros de trabajo hablaban de sus amores o de sus trapicheos, yo, necesitando comunicarme con alguien, les contaba todo sin hacerme de rogar, diciéndoles: -Mi amiga está en Aranjuez con su reverendo tío, el padre D. Celestino Santos del Malvar, uno de los mejores latinos que ha echado Dios al mundo. La infeliz Inés es huérfana y pobre; pero no por eso dejará de ser mi mujer, con la ayuda de Dios, que hace grandes a los pequeños. Tiene diez y seis años, es decir, uno menos que yo, y es tan linda, que avergüenza con su carita a todas las rosas del Real Sitio. Pero, díganme Vds., señores, ¿qué vale su hermosura comparada con su talento? Inés es un asombro, es un portento; Inés vale más que todos los sabios, sin que nadie la haya enseñado nada: todo lo saca de su cabeza, y todo lo aprendió hace cientos de miles de años. Cuando no me ocupaba en estas alabanzas, departía mentalmente con ella. En tanto las letras pasaban por mi mano, trocándose de brutal y muda materia en elocuente lenguaje escrito. ¡Cuánta animación en aquella masa caótica! En la caja, cada signo parecía representar los elementos de la creación, arrojados aquí y allí, antes de empezar la grande obra. Poníalos yo en movimiento, y de aquellos pedazos de plomo surgían sílabas, voces, ideas, juicios, frases, oraciones, períodos, párrafos, capítulos, discursos, la palabra humana en toda su majestad; y después, cuando el molde había hecho su papel mecánico, mis dedos lo descomponían, (p.351) distribuyendo las letras: cada cual se iba a su casilla, como los simples que el químico guarda después de separados; los caracteres perdían su sentido, es decir, su alma, y tornando a ser plomo puro, caían mudos e insignificantes en la caja. ¡Aquellos pensamientos y este mecanismo todas las horas, todos los días, semana tras semana, mes tras mes! Verdad es que las alegrías, el inefable gozo de los domingos compensaban todas las tristezas y angustiosas cavilaciones de los demás días. ¡Ah!, permitid a mi ancianidad que se extasíe con tales recuerdos; permitid a esta negra nube que se alboroce y se ilumine traspasada por un rayo de sol. Los sábados eran para mí de una belleza incomparable: su luz me parecía más clara, su ambiente más puro; y en tanto ¿quién podía dudar que los rostros de las gentes eran más alegres, y el aspecto de la ciudad más alegre también? Pero la alegría no estaba sino en el alma. El sábado es el precursor del domingo, y a eso del medio día comenzaban mis preparativos de viaje, de aquel viaje al cielo, que mi imaginación renueva hoy, sesenta y cinco años después. Aún me parece que estoy tratando con los trajineros de la calle Angosta de San Bernardo sobre las condiciones del viaje: me ajusto al fin y no puedo menos de disertar un buen rato con ellos acerca de las probabilidades de que tengamos una hermosa noche para la expedición. En seguida me lavo una, dos, tres, cuatro veces, hasta que desaparezcan de mi cara y manos las últimas huellas de la aborrecida tinta, y me paseo por Madrid esperando que llegue la noche. Duermo un poco; si la inquietud me lo permite, y cuando el reló del Buen Suceso da las doce campanadas más alegres que han retumbado en mi cerebro, me visto a toda prisa con mi traje nuevo; corro al lado de aquellos buenos arrieros, que son sin disputa los mejores hombres de la tierra, subo al carromato, y ya estoy en viaje. Con voluble atención observo todos los accidentes del camino, y mis preguntas marean y enfadan a los conductores. Pasamos el puente de Toledo, dejamos a (p.352) derecha mano los caminos de Carabanchel y de Toledo, el portazgo de las Delicias, el ventorrillo de León; las ventas de Villaverde van quedando a nuestra espalda; dejamos a la derecha los caminos de Getafe y de Parla, y en la venta de Pinto descansan un poco las caballerías. Valdemoro nos ve pasar por su augusto recinto, y la casa de Postas de Espartinas ofrece nuevo descanso a las perezosas mulas. Por fin nos amanece bajando la cuesta de la Reina, desde donde la vista abarca toda la extensión del inmenso valle en que se juntan Tajo y Jarama; atravesamos el famoso puente largo, entramos más tarde en la calle larga, y al fin ponemos el pie en la plaza del Real Sitio. Mis miradas buscan entre los árboles y sobre las techumbres la modesta torre de la iglesia. Corro allá. El Sr. D. Celestino está en la misa, que por ser día festivo es cantada. Desde la puerta oigo la voz del tío de Inés, que exclama gloria in excelsis Deo. Yo también canto gloria en voz baja y entro en la iglesia. Una alegría solemne y grave que da idea de la bienaventuranza eterna llena aquel recinto y se reproduce en mi alma como en un espejo. Los vidrios incoloros permiten que entre abundante luz y que se desparrame por la bóveda desnuda, sin más pinturas que las del yeso mate. El altar mayor es todo oro, los santos y retablos todo polvo; en el primero veo al santo varón, que se vuelve hacia el pueblo y abre sus brazos; después consume, suenan las campanillas dentro y las campanas fuera; se arrodillan todos, golpeándose el pecho pecador. El oficio adelanta y concluye: durante él he mirado sin cesar los grupos de mujeres sentadas en el suelo, y de espaldas a mí: entre aquellos centenares de mantillas negras, distingo la que cubre la hermosa cabeza de Inés: la conocería entre mil. Inés se levanta cuando todo ha concluido, y sus ojos me buscan entre los hombres, como los míos la buscan entre las mujeres. Por fin me ve, nos vemos; pero no nos decimos una palabra. La ofrezco agua bendita, y salimos. Parece que nuestras primeras palabras al vernos juntos han de ser (p.353) arrebatadas y vehementes; pero no decimos cosa alguna que no sea insignificante. Nos reímos de todo. La casa está a espalda de la iglesia, y entramos en ella cogidos de las manos. Hay un patio con un ancho corredor, en cuyos gruesos pilares retuerce sus brazos negros, ásperos y leñosos una vieja parra, junto a un jazmín que aguarda la primavera para echar al mundo sus mil flores. Subimos, y allí nos recibe D. Celestino, cuyo cuerpo no se cubre ya con la sotana verdinegra de antaño, sino con otra flamante. Comemos juntos, y luego los tres, Inés y yo delante, él detrás apoyándose en su bastón, nos vamos a pasear al jardín del Príncipe, si hace buen tiempo y los pisos están secos. Inés y yo charlamos con los ojos o con las palabras; pero no quiero referir ahora nuestros poemas. A cada instante el padre Celestino nos dice que no andemos tan aprisa, porque no puede seguirnos, y nosotros, que desearíamos volar, detenemos el paso. Por último, nos sentamos a orillas del río, y en el sitio en que el Tajo y el Jarama, encontrándose de improviso, y cuando seguramente el uno no tenía noticias de la existencia del otro, se abrazan y confunden sus aguas en una sola corriente, haciendo de dos vidas una sola. Tan exacta imagen de nosotros mismos, no puede menos de ocurrírsele a Inés al mismo tiempo que a mí. El día se va acabando, porque aunque a nuestros corazones les parezca lo contrario, no hay razón ninguna para que se altere el sistema planetario, dando a aquel día más horas que las que le corresponden. Viene la tarde, el crepúsculo, la noche y yo me despido para volver a mis galeras; estoy pensativo, hablo mil desatinos y a veces me parece que me siento muy alegre, a veces muy triste. Regreso a Madrid por el mismo camino, y vuelvo a mi posada. Es lunes, día que tiene un semblante antipático, día de somnolencia, de malestar, de pereza y aburrimiento; pero necesito volver al trabajo, y la caja me ofrece sus letras de plomo, que no aguardan más que mis manos para juntarse y hablar; pero mi mano no conoce en (p.354) los primeros momentos sino cuatro de aquellos negros signos que al punto se reúnen para formar este solo nombre: Inés. Siento un golpe en el hombro: es el cíclope o regente que me llama holgazán, y me pone delante un papelejo manuscrito que debo componer al instante. Es uno de aquellos interesantes y conmovedores anuncios del Diario de Madrid, que dicen: «Se necesita un joven de diecisiete a dieciocho años, que sepa de cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque sólo sea de hombre, y guisar si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos informes, puede dirigirse a la calle de la Sal, número 5, frente a los peineros, lonja de lanería y pañolería de D. Mauro Requejo, donde se tratará del salario y demás». Al leer el nombre del tendero, un recuerdo viene a mi mente: -D. Mauro Requejo -digo-. Yo he oído este nombre en alguna parte.
Ep-3-II - He recordado días tan felices, y ahora me corresponde contar lo que me pasó en uno de aquellos viajes. No se olvide que he empezado mi narración en Marzo de 1808, y cuando yo había honrado el Real Sitio con diez o doce de mis visitas. En el día a que me refiero, llegué cuando la misa había concluido, y desde el portal de la casa un armonioso son de flauta me anunció que D. Celestino estaba tan alegre como de costumbre, señal de que nada desagradable ocurría en la modesta familia. Inés salió a recibirme, y hechos los primeros cumplidos, me dijo: -El tío Celestino ha recibido una carta de Madrid, que le ha puesto muy alegre. -¿De quién? -pregunté. -No me lo ha dicho su merced, ni tampoco lo que la carta reza; pero él está contento y.. dice que la carta trae muy buenas noticias para mí. -Eso es particular -añadí confundido-. ¿Quién puede escribir desde Madrid cartas que a ti te traigan buenas noticias? -No sé; pero pronto saldremos de dudas -repuso Inés-. El tío me dijo: «Cuando venga Gabriel y nos sentemos a la mesa, os contaré lo que dice la carta. Es cosa que interesa a los tres: a ti principalmente, porque eres la favorecida, a mí porque (p.355) soy tu tío, y a él porque va a ser tu novio cuando tenga edad para ello». No hablamos más del caso, y entré en el cuarto del buen sacerdote y humanista. Una cama cubierta de blanquísima colcha pintada de verdes ramos ocupaba el primer puesto en el reducido local. La mesa de pino con dos o tres sillas que le servían de simétrica compañía, llenaba el resto, y aún quedaba espacio para una cómoda estrambótica, con chapas y remiendos de diversos palos y metales. Completaban tan modesto ajuar un crucifijo y una virgen vestida de terciopelo, y acribillada de espadas y rayos, ambas imágenes con sendos ramos de carrasca o de olivo clavados en varios agujeritos que para el caso tenían las peanas. Los libros, que eran muchos, no cubrían por el orden de su colocación más que media mesa y media cómoda, dejando hueco para algunos papeles de música y otros en que borrajeaba versos latinos el buen cura. Desde la ventana se veía un huerto no mal cultivado, y a lo lejos las elevadas puntas de aquellos olmos eminentes que guarnecen como hileras de gigantescos centinelas todas las avenidas del Real Sitio. Tal era la habitación del padre Celestino. Sentámonos los tres, y el tío de Inés me dijo: -Gabrielillo: tengo que leerte una poesía latina que he compuesto en loor del serenísimo señor príncipe de la Paz, mi paisano, amigo y aun creo que pariente. Me ha costado una semanita de trabajo; que componer versos latinos no es soplar buñuelos. Verás, te la voy a leer, pues aunque tú no eres hombre de letras, qué sé yo.. tienes un pícaro gancho para comprender las cosas.. Luego pienso enviarla a Sánchez Barbero, el primero de los poetas españoles desde que hay poesía en España; y no me hablen a mí de fray Luis de León, de Rioja, de Herrera, ni de todos esos que compusieron en romance. Fruslerías y juegos de chicos. Un verso latino de Sánchez Barbero vale más que toda esa jerga de epístolas, sonetos, silvas, églogas, canciones con que se emboba el vulgo ignorante.. Pero vuelvo a lo que decía, y es que antes que aquel fénix de los modernos ingenios la (p.356) examine, quiero leértela a ti a ver qué te parece. -Pero, Sr. D. Celestino, si yo no sé ni una palabra en latín, a no ser Dominus vobiscum y bóbilis bóbilis. -Eso no importa. Precisamente los profanos son los que mejor pueden apreciar la armonía, la rimbombancia, el cre rotundo, con que tales versos deben escribirse -dijo el clérigo con tenacidad implacable. Inés me dirigió una mirada en que me recomendaba, con su habitual sabiduría, la abnegación y la paciencia para soportar al prójimo impertinente. Ambos prestamos atención, y D. Celestino nos leyó unos cuatrocientos versos, que sonaban en mi oído como una serie de modulaciones sin sentido. Él parecía muy satisfecho, y a cada instante interrumpía su lectura para decirnos: -¿Qué os parece ese pasajillo? Inés: a esa figura llamamos lítote, y a este paloteo de las palabras para imitar los ruidos del mar tempestuoso de la nación cuando lo surca la nave del Estado se llama onomatopeya, la cual figura va encajada en otra que es la alegoría. Así nos fue leyendo toda la composición, de la cual figúrense Vds. lo que entenderíamos. Aún conservo en mi poder la obra de nuestro amigo, que empieza así: Te Godoie, canam pacis: tua munera caelo Inserere aegrediar: per te Pax alma biformem Vincla recusantem conduxit carcere Janum. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Cuatrocientos versos por este estilo nos tragamos Inés y yo, siendo de notar que ella atendía a la lectura con tanta formalidad como si la comprendiera, y aun en los pasajes más ruidosos hacía señales de asentimiento y elogio, para contentar al pobre viejo: ¡tal era su discreción! -Puesto que os ha agradado tanto, hijos míos -dijo D. Celestino guardando su manuscrito-, otro día os leeré parte del poema. Lo dejo para mejor ocasión, y así se comparte el placer entre varios días, evitando el empacho que produce la sucesión de manjares demasiado dulces y apetitosos. -¿Y piensa Vd. leérsela también al príncipe de la Paz? -¿Pues para qué la he escrito? A Su Alteza Serenísima le encantan los versos latinos.. porque es un gran (p.357) latino.. y pienso darle un buen rato uno de estos días. Y a propósito, ¿qué se dice por Madrid? Aquí está la gente bastante alarmada. ¿Pasa allá lo mismo? -Allá no saben qué pensar. Figúrese Vd., la cosa no es para menos. Temen a los franceses que están entrando en España a más y mejor. Dicen que el rey no dio permiso para que entrara tanta gente, y parece que Napoleón se burla de la corte de España, y no hace maldito caso de lo que trató con ella. -Es gente de pocos alcances la que tal dice -repuso D. Celestino-. Ya saben Godoy y Bonaparte lo que se hacen. Aquí todos quieren saber tanto como los que mandan, de modo que se oyen unos disparates.. -Lo de Portugal ha resultado muy distinto de lo que se creía. Un general francés se plantó allá, y cuando la familia real se marchó para América, dijo: «Aquí no manda nadie más que el Emperador, y yo en su nombre; vengan cuatrocientos milloncitos de reales, vengan los bienes de los nobles que se han ido al Brasil con la familia real». -No juzguemos por las apariencias -dijo D. Celestino-; sabe Dios lo que habrá en eso. -En España van a hacer lo mismo -añadí-; y como los Reyes están llenos de miedo, y el príncipe de la Paz tan aturrullado, que no sabe qué hacer.. -¿Qué estás diciendo, tontuelo? ¿Cómo tratas con tan poco respeto a ese espejo de los diplomáticos, a esa natilla de los ministros? ¿Que no sabe lo que se hace? -Lo dicho, dicho. Napoleón les engaña a todos. En Madrid hay muchos que se alegran de ver entrar tanta tropa francesa, porque creen que viene a poner en el trono al príncipe Fernando. ¡Buenos tontos están! -¡Tontos, mentecatos, imbéciles! -exclamó con enfado el padre Celestino. -Lo que fuere sonará. Si vienen con buen fin esos caballeros, ¿por qué se apoderan por sorpresa de las principales plazas y fortalezas? Primero se metieron en Pamplona engañando a la guarnición; después se colaron en Barcelona, donde hay un castillo muy grande que llaman el Monjuich. Después fueron a otro castillo que hay en Figueras, el cual no es (p.358) menos grande, el mayor del mundo, según dice Pacorro Chinitas, y lo cogieron también, y por último se han metido en San Sebastián. Digan lo que quieran, esos hombres no vienen como amigos. El ejército español está trinando: sobre todo, hay que oír a los oficiales que vienen del Norte y han visto a los franceses en las plazas fuertes.. le digo a Vd. que echan chispas. El gobierno del rey Carlos IV está que no le llega la camisa al cuerpo, y todos conocen la barbaridad que han hecho dejando entrar a los franceses; pero ya no tiene remedio.. ¿sabe Vd. lo que se dice por Madrid? -¿Qué, hijo mío? Sin duda alguna de esas vulgarísimas aberraciones propias de entendimientos romos. Ya lo he dicho: nosotros no entendemos de negocios de Estado; ¿a qué viene el comentar las combinaciones y planes de esos hombres eminentes, que se desviven por hacernos felices? -Pues allá dicen que la familia real de España, viéndose cogida en la red por Bonaparte, ha determinado marcharse a América, y que no tardará en salir de Aranjuez para Cádiz. Por supuesto, los partidarios del príncipe Fernando se alegran, y creen que esto les viene de perillas para que el otro suba al trono. -¡Necios, mentecatos! -exclamó el tío de Inés, incomodándose de nuevo-. ¡Pensar que había de consentir tal cosa el señor príncipe de la Paz, mi paisano, amigo y aun creo que pariente!.. Pero no nos incomodemos fuera de tiempo, Gabriel, y por cosas que no hemos de resolver nosotros. Vamos a comer, que ya es hora, y el cuerpo lo pide. Inés, que se había retirado un momento antes, volvió a decirnos que la comida estaba pronta. Durante ella, fue cuando el respetable cura nos comunicó el contenido de la misteriosa carta que había llegado a la casa por la mañana. -Hijos míos -dijo cuando los tres habíamos tomado asiento-: Voy a participaros un suceso feliz, y tú, Inesilla, regocíjate. La fortuna se te entra por las puertas, y ahora vas a ver cómo Dios no abandona nunca a los desvalidos y menesterosos. Ya sabes, que tu buena madre, que santa gloria haya, tenía un primo (p.359) llamado D. Mauro Requejo, comerciante en telas, cuya lonja, si no me engaño, cae hacia la calle de Postas, esquina a la de la Sal. -D. Mauro Requejo.. -dije yo recordando-, justamente: doña Juana le nombró delante de mí varias veces, y ahora caigo, en que ese comerciante pone en el Diario unos anuncios que me dan bastante que hacer. -Le recuerdo -dijo Inés-. Él y su hermana eran los únicos parientes que tenía mi madre en Madrid. Por cierto que siempre se negó a favorecernos, aunque lo necesitábamos bastante: dos veces le vi en casa. ¿Creería su merced que fue a consolarnos, a socorrernos? No: fue a que mi madre le hiciera algunas piezas de ropa, y después de regatear el precio, no pagó más que la mitad de lo tratado, y decía: «De algo ha de servir el parentesco». Él y su hermana no hablaban más que de su honradez o de lo mucho que habían adelantado en el comercio y nos echaban en cara nuestra pobreza, prohibiéndonos que fuéramos a su casa, mientras no nos encontráramos en posición más desahogada. -Pues digo -afirmé con enfado- que ese don Mauro y su señora hermana son dos grandísimos pillos. -Poco a poco -continuó el cura-. Déjenme acabar. El primo de tu madre habrá faltado; pero lo que es ahora, sin duda Dios le ha tocado en el corazón, y se dispone a enmendar sus yerros, favoreciéndote como buen pariente y hombre caritativo. Ya sabes que es bastante rico, gracias a su laboriosidad y mucha economía. Pues bien: en la carta que he recibido esta mañana me dice que quiere recogerte y ampararte en su casa, donde estarás como una reina; donde no te faltará nada, ni aun aquello de que gustan tanto las damiselas del día, tal como joyas, trajes bonitos, perfumes primorosos, guantes y otras fruslerías. En fin, Dios se ha acordado de ti, sobrinita. ¡Ah!, ¡si vieras qué interés tan grande demuestra por ti en sus cartas; qué alabanzas tan calurosas hace de tus méritos; si vieras cómo te pone por esas nubes, cómo lamenta tu orfandad, y cómo se enternece considerando que eres de su misma (p.360) sangre, y que a pesar de esta natural preeminencia careces de lo que a él le sobra! Te repito que trabajando mucho y ahorrando más, el Sr. Requejo ha llegado a ser muy rico. ¡Qué porvenir te espera, Inesilla! El párrafo más conmovedor de la carta de tus tíos -añadió sacando la epístola- es este: ¿a quién hemos de dejar lo que tenemos, sino a nuestra querida sobrinita? Inés, confundida ante tan inesperado cambio en los sentimientos y en la conducta de sus antes cruelísimos parientes, no sabía qué pensar. Me miró, buscando sin duda en mis ojos algo que la diera luz sobre tan inexplicable mudanza; mas yo, que algo creía comprender, me guardé muy bien de dejarlo traslucir ni con palabras ni con gestos. -Estoy asombrada -dijo la muchacha-; y por fuerza para que mis tíos me quieran tanto ha de haber algún motivo que no comprendemos. -No hay más sino que Dios les ha abierto los ojos -dijo D. Celestino, firme en su ingenuo optimismo-. ¿Por qué hemos de pensar mal de todas las cosas? D. Mauro es un hombre honrado; podrá tener sus defectillos; pero ¿qué valen esos ligeros celajes del alma, cuando está iluminada por los resplandores de la caridad? Inés mirándome parecía decirme: -¿Y tú qué piensas? Algunos meses antes de aquel suceso, yo hubiera acogido las proposiciones de D. Mauro Requejo con el imprevisor optimismo, con el necio entusiasmo que afluían de mi alma juvenil ante los acontecimientos nuevos e inesperados; pero las contrariedades me habían dado alguna experiencia; conocía ya los rudimentos de la ciencia del corazón, y el mío principiaba a reunir ese tesoro de desconfianzas, merced a las cuales medimos los pasos peligrosos de la vida. Así es que respondí sencillamente: -Puesto que ese tu reverendo tío era antes un bribón, no sé por qué hemos de creerle santo ahora. -Tú eres un chicuelo sin experiencia -me dijo D. Celestino algo enojado-, y yo no debiera consultar esto contigo. ¡Si sabré yo distinguir lo verdadero de lo falso! Y sobre todo, Inés, si él quiere favorecerte, poniéndote en pie (p.361) de gente grande, si él quiere gastarse sus ahorros con su querida sobrina, ¿por qué no lo has de aceptar? Mucho más podría decirte; pero él mismo en persona te explicará mejor el gran cariño que te tiene. -¿Pues qué -preguntó Inés turbada-, vendrá a Aranjuez? -Sí, chiquilla -repuso el clérigo-. Yo te reservaba esta noticia para lo último. Hoy mismo tendrás el gusto de ver aquí a tu amado tío y protector. ¡Ah, Inés! Mucho sentiré separarme de ti; pero servirame de consuelo la idea de que estás contenta, de que disfrutas mil comodidades que yo no te puedo dar. Y cuando este viejo incapaz eche un paseíto a Madrid para visitarte; espero que le recibirás con alegría y sin orgullo: espero que no te ofuscará la ruin vanidad al considerarte en posición superior a la mía, porque tío por tío, hermano soy de tu difunto padre, mientras que el otro.. D. Celestino estaba conmovido, y yo también, aunque por distinta causa. -Sí -continuó el cura-. Hoy tendremos aquí a ese eminente tendero de la calle de la Sal. Me dice que habiendo comprado unas tierras en Aranjuez, junto a la laguna de Ontígola, viene hoy aquí con el doble objeto de conocer su finca y de verte. Él espera que irás a Madrid en su compañía y en la de su hermana doña Restituta, a quien también tendremos el gusto de ver esta tarde, pues si han salido, como dice la carta, hoy de madrugada, por poco que avancen, ya deben estar pasando el puente largo. Después de oír esto, todos callamos. Revolviendo en mi cabeza extraños y no muy alegres pensamientos, dije a Inés: -Pero ese hombre, ¿es casado? Ella leyó en mi interior con su intuición incomparable, y me respondió con viveza: -Es viudo. Después volvimos a callar, y sólo D. Celestino, tarareando una antífona, interrumpía nuestro grave silencio. Más de un cuarto de hora trascurrió de esta manera, cuando sentimos ruido de voces en el patio de la casa. Levantámonos, y saliendo yo al corredor, oí una voz hueca y áspera que decía: «¿Vive aquí el latino y músico D. Celestino Santos del Malvar, cura de la parroquia?». D. (p.362) Mauro Requejo y su hermana doña Restituta, tíos de Inés, habían llegado.
Ep-3-III - Entraron en la habitación donde estábamos, y al punto que D. Mauro vio a su sobrina dirigiose a ella con los brazos abiertos, y al estrecharla en ellos, exclamó endulzando la voz: -¡Inés de mi alma, inocente hija de mi prima Juana! Al fin, al fin te veo. Bendito sea Dios que me ha dado este consuelo. ¡Qué linda eres! Ven, déjame que te abrace otra vez. Doña Restituta hizo lo mismo, pero exagerando hasta lo sumo el mohín lacrimoso de su rostro, así como la apretura de sus abrazos, y luego que ambos hubieron desahogado sus amantes corazones, saludaron a D. Celestino, quien no pudo menos de derramar algunas lágrimas al ver tal explosión de sensibilidad. Por mi parte de buena gana habría correspondido con bofetones a los abrazos con que estrujaban a Inés aquellos gansos, cuya descripción no puedo menos de considerar ahora como indispensable. D. Mauro Requejo era un hombre izquierdo. Creo que no necesito decir más. ¿No habéis entendido? Pues lo explicaré mejor. ¿Ha sido la naturaleza o es la costumbre quien ha dispuesto que una mitad del cuerpo humano se distinga por su habilidad y la otra mitad por su torpeza? Una de nuestras manos es inepta para la escritura, y en los trabajos mecánicos sólo sirve para ayudar a su experta compañera, la derecha. Esta hace todo lo importante; en el piano ejecuta la melodía, en el violín lleva el arco, que es la expresión, en la esgrima maneja la espada, en la náutica el timón, en la pintura el pincel: es la que abofetea en las disputas; la que hace la señal de la cruz en el rezo y la que castiga el pecho en la penitencia. Iguales disposiciones tiene el pie derecho; si algo eminente y extraordinario ha de hacerse en el baile, es indudable que lo hará el pie derecho; él es también el que salta en la fuga, el que golpea la tierra con ira en la desesperación, el que ahuyenta al perro atrevido, el que aplasta al sucio reptil, el que sirve de ariete para atacar a un despreciable enemigo que no merece ser herido por (p.363) delante. Esta superioridad mecánica, muscular y nerviosa de las extremidades derechas se extiende a todo el organismo: cuando estamos perplejos sin saber qué dirección tomar, si el cuerpo se abandona a su instinto, se inclinará hacia la derecha, y los ojos buscarán la derecha como un oriente desconocido. Al mismo tiempo en el lado siniestro todo es torpeza, todo subordinación, todo ineptitud: cuanto hace por sí resulta torcido, y su inferioridad es tan notoria, que ni aun en desarrollo puede igualar al otro lado. La mitad de todo hombre es generalmente más pequeña que la otra: para equilibrarlas, sin duda, se dispuso que el corazón ocupara el costado izquierdo. Hemos hecho tan fastidiosa digresión para que se comprenda lo que dijimos de D. Mauro Requejo. Los dos lados de aquel hombre eran dos lados izquierdos, es decir, que todo él era torpe, inepto, vacilante, inhábil, pesado, brusco, embarazoso. No sé si me explico. Parecía que le estorbaban sus propias manos: al verle mirar de un lado para otro, creeríase que buscaba un rincón donde arrojar aquellos miembros inútiles, cubiertos con guantes sin medida, que quitaban la sensibilidad a los oprimidos dedos, hasta el punto de que su dueño no los conocía por suyos. Habíase sentado en el borde de la silla y sus piernas pequeñas y rígidas, no eran los miembros que reposan con compostura: extendíase a un lado y otro como las dos muletas que un cojo arrima junto a sí. Ya no le servían para nada, sino para arrastrar de aquí para allí los pesados pies. Al quitarse el sombrero, dejándolo en el suelo, al limpiarse el sudor con un luengo pañuelo de cuadros encarnados y azules, parecía el mozo de cuerda que se descarga de un gran fardo. La buena ropa que vestía no era adorno de su cuerpo, pues él no estaba vestido con ella, sino ella puesta en él. En cuanto a los guantes, embruteciéndole las manos, se las convertían en pies. A cada instante se tocaba los dijes del reló y los encajes de las chorreras para cerciorarse de que no se le habían caído; pero como tras la gamuza había (p.364) desaparecido el tacto, necesitaba emplear la vista, y esto le hacía semejante a un mono que al despertar una mañana se encontrase vestido de pies a cabeza. Su inquietud era extraordinaria, como la de un cuerpo mortificado por infinito número de picazones, y cada pliegue del traje debía hacer llaga en sus sensibles carnes. A veces aquella inerte manopla de ante amarillo rellena de dedos tiesos e insensibles, partía en dirección del sobaco o de la cintura con la ansiosa rapidez de una mano que va a rascar; pero se contenía subiendo a acariciar la barba recién afeitada. También movía con frecuencia el cuello, como si algún bicho extraño agarrado a su occipucio juguetease en el pescuezo entre el pelo y la solapa. Era el coleto encebado que irreverentemente se metía entre piel y camisa, o escarbaba la oreja. La mano de ante amarillo se alzaba también en aquella dirección; pero también se detenía pasando a frotar la rodilla. La cara de D. Mauro Requejo era redonda como una muestra de reló: no estaba en su sitio la nariz, que se inclinaba del un hemisferio buscando el carrillo siniestro que por obra y gracia de cierto lobanillo era más luminoso que su compañero. Los ojos verdosos y bien puestos bajo cejas negras y un poco achinescadas, tenían el brillo de la astucia, mientras que su boca, insignificante si no la afearan los dos o tres dientes carcomidos que alguna vez se asomaban por entre los labios, tenía todos los repulgos y mohínes que el palurdo marrullero estudia para engañar a sus semejantes. La risa de D. Mauro Requejo era repentina y sonora: en la generalidad de las personas este fenómeno fisiológico empieza y acaba gradualmente, porque acompaña a estados particulares del espíritu, el cual no funciona, que sepamos, con la rigurosa precisión de una máquina. Muy al contrario de esto, nuestro personaje tenía, sin duda, en su organismo un resorte para la risa, de la cual pasaba a la seriedad tan bruscamente como si un dedo misterioso se quitara de la tecla de lo alegre para oprimir la de lo grave. Yo creo que él en su interior pensaba así, (p.365) «ahora conviene reír»; y reía.
Ep-3-IV - Era imposible decir si doña Restituta sería más joven o más vieja que su hermano: ambos parecían haber pasado bastante más allá de los cuarenta años, pero si en la edad se asemejaban, no así en la cara ni el gesto, pues Restituta era una mujer que no se estorbaba a sí misma y que sabía estarse quieta. Había en ella si no fineza de modales, esa holgada soltura, propia de quien ha hablado con gente por mucho tiempo. Comparando a aquellas dos ramas humanas de un mismo tronco, se decía: «Mauro ha estado toda la vida cargando fardos, y Restituta midiendo y vendiendo; el uno es un sabandijo de almacén y la otra la bestiezuela enredadora de la tienda». Alta y flaca, con esa tez impasible y uniforme que parece un forro, de manos largas y feas, a quien el continuo escurrirse por entre telas había dado cierta flexibilidad; de pelo escaso, y tan lustrosamente aplastado sobre el casco, que más parecía pintura que cabello; con su nariz encarnadita y algo granulenta, aunque jamás fue amiga de oler lo de Arganda; la boca plegada y de rincones caídos, la barba un poco velluda, y un mirar así entre tarde y noche, como de ojos que miran y no miran. Restituta Requejo era una persona cuyo aspecto no predisponía a primera vista ni en contra ni en favor. Oyéndola hablar, tratándola, se advertía en ella no sé qué de escurridizo, que se escapaba a la observación, y se caía en la cuenta de que era preciso tratarla por mucho tiempo para poder hacer presa con dedos muy diestros en la piel húmeda de su carácter, que para esconderse poseía la presteza del saurio y la flexibilidad del ofidio. Pero dejemos estas consideraciones para su lugar, y por ahora, conténtense Vds. con oír hablar a los tíos de Inés. -Este estaba tan impaciente por venir -dijo Restituta, señalando a su hermano-, que con la prisa nos fue imposible traer alguna cosita como hubiéramos deseado. D. Celestino les dio las gracias con su amable sonrisa. -Tenía tanta impaciencia por venir a ver esas tierras -dijo D. Mauro-, que.. y al mismo tiempo el (p.366) alma se me arrancaba en cuajarones al pensar en mi querida sobrinita, huérfana y abandonada.. porque las tierras, Sr. D. Celestino, no son ningún muladar, Sr. D. Celestino, y me han costado obra de trescientos cuarenta y ocho reales, trece maravedíes, sin contar las diligencias ni el por qué de la escritura. Sí señor; ya está pagado todo, peseta sobre peseta. -Todo pagado -indicó doña Restituta mirando uno tras otro a los tres que estábamos presentes-. A este no le gusta deber nada. -¡Quiten para allá! Antes me dejo ahorcar que deber un maravedí -exclamó D. Mauro, llevando la manopla a la garganta, oprimida por el corbatín. -En casa no ha habido nunca trampas -añadió la hermana. -A eso deben Vds. el haber adelantado tanto -dijo D. Celestino. -La suerte.. eso sí: hemos tenido suerte -dijo Requejo-. Luego, esta es tan trabajadora, tan ahorrativa, tan hormiguita.. -Pero todo se debe a tu honradez -añadió Restituta-. Sí, créanlo Vds., a su honradez. Este tiene tal fama entre los comerciantes, que le entregarían los tesoros del rey. -En fin.. algo se ha hecho, gracias a Dios y a nuestro trabajo. Si fuera a hacer caso de esta, compraría tierras y más tierras. A esta no le gustan sino las tierras. -Y con razón: si este me hiciera caso -dijo la hermana, mirando otra vez sucesivamente a los circunstantes-, todas nuestras ganancias se emplearían en tierras de labor. -Como yo soy así tan.. pues -indicó Requejo. -Sin soberbia, Sr. D. Celestino -dijo Restituta-, bueno es aparentar que se tiene lo que se tiene. -Y me hace comprar vestidos, sombreros, alhajas -indicó D. Mauro-. Qué sé yo la tremolina de cosas que ha entrado en casa. Ello, como se puede.. Vea Vd. esta cadena -añadió mostrando a D. Celestino una que traía al cuello-; vea Vd. también este alfiler. ¿Cuánto cree Vd. que me han costado? La friolerita de mil reales.. Ps: yo no quería; pero esta se empeñó, y como se puede.. -Son hermosas piezas. -Y bien te dije que te quedaras también con la tumbaga de la esmeralda, que ya recordarás la daban en poco más de nada. Es una lástima que la (p.367) haya tomado el duque de Altamira. Al decir esto nos miraban, y nosotros les contestábamos con señales de asentimiento, pero sin palabras, porque ni a Inés ni a mí se nos ocurrían. -Pero, ¿cómo está ahí mi sobrina tan calladita? -dijo Requejo riéndose de improviso, y quedándose muy serio un instante después. Inés se sonrojó y no dijo nada, porque en efecto no tenía nada que decir. -¡Ay, no puede negar la pinta! ¡Cómo se parece a su madre, a la pobre Juana, mi prima querida! -exclamó Requejo llevándose la manopla a la boca para tapar un bostezo-. ¡Y qué pronto se murió la pobrecita! -Ya que pasó a mejor vida aquella santa y ejemplar mujer -dijo Restituta-, no la nombremos, porque así se renueva nuestro dolor y el de esa pobre muchacha, aunque ella es niña, y los niños se consuelan más fácilmente. Inés no dijo nada tampoco; pero el color encendido de su rostro se trocó en intensa palidez. Creyó conveniente el cura variar la conversación, y dijo: -¿Y ha visto Vd. esas tierras de la laguna de Ontígola? -Todavía no -respondió Requejo-; pero me han dicho que son magníficas. Ps.. para mí, poca cosa. Esta se empeñó en que me quedara con ellas y al fin me decidí. Allá en el país tenemos muchas más, que hemos ido comprando poco a poco. -En su país de Vd. hacia el Bierzo, si no me engaño. -Más acá del Bierzo, en Santiagomillas, que es tierra de Maragatería. De allí semos todos, y allí está todavía el solar de los Requejos. -Familia hidalga, según creo -afirmó el cura. -Ello.. no deja de tener uno su motu propio -contestó D. Mauro-; y según nos decía un sabio escribano de mi pueblo, nuestros ascendientes tenían un gran quejigar, de donde les vino el nombre de Requejo. -Así debe de ser; los más ilustres apellidos traen su origen de alguna yerba o legumbre. Y si no, ahí están en la Roma antigua los Léntulos, los Fabios y los Pisones que se llamaban así porque alguno de sus mayores cultivó las lentejas, las habas y los guisantes. En cuanto a mí, creo que este nombre de Malvar me viene de que algún abuelo mío se (p.368) pintaba solo para el cultivo de las malvas. -Pues yo creo -dijo D. Mauro volviendo a reír-, que eso de que la nobleza viene de las guerras y de las hazañas de algunos caballeros es pura mentira. Que no me vengan a mí con bolas: yo no creo que haya habido nunca esas heroicidades. No hay más sino que los reyes hicieron duque a uno porque tenía un huerto de coles, y a otro marqués porque sabía escoger melones. De todos modos, nuestra familia no viene de ningún cardo borriquero. -Y venga de donde viniere -dijo doña Restituta-, lo principal es lo principal. Lo que es en nuestra casa, Sr. D. Celestino, no falta nada en gracia de Dios, y aunque por fuera no gastamos lujo, ni nos gusta andar en carroza, ni figurar, lo que es la gallina en el puchero todos los días.. eso sí: este y yo no nos podemos pasar sin ciertas comodidades. -Lo que es por mí -interrumpió Requejo-, con cualquier cosa me sustento. Teniendo un pedazo de pan, otro de tocino, y agua de la fuente del Berro, vamos viviendo; pero esta se empeña en poner las cosas en buen pie. Todos los días ha de traer libra y media de carne de vaca, y jamón rancio a morrillo, y abadejo del mejor todos los viernes, y para cenar una perdiz por barba, y los domingos tres capones, y por Navidad y por el día de San Mauro, que es el 15 de Enero, o por San Restituto, que es el 10 de Junio, andan los pavos por casa como si esta fuese la era del Mico. El mayordomo de los duques de Medina de Rioseco, que suele ir a casa a pedirnos dinero prestado, se queda estupefacto de ver tanta abundancia y dice que no ha visto despensa como la nuestra. -Eso sí -dijo Restituta-, no nos duele gastar en el plato, ni en buena ropa para vestir, ni en buen cisco de retama para la lumbre. Vivimos tranquilos y felices: nuestra única pena ha consistido hasta ahora en no tener una persona querida a quien dejar lo que poseemos, cuando Dios se sirva llamarnos a su santa gloria; porque los parientes que nos quedan en Santiagomillas son unos pícaros que nos dan mucho que hacer. Al oír esto, D. Mauro movió el resorte de (p.369) risa, y miró a Inés, diciendo: -Pero aquí nos depara Dios a nuestra querida sobrinita, a esta rosa temprana, a esta señoritica que parece un ángel: ¡ay!, si no puede negar la pinta, si es éntica a su madre. -Por Dios, Mauro -exclamó Restituta-, no traigas a la memoria a aquella santa mujer, porque yo estoy todavía tan impresionada con su muerte, que si la recuerdo, se me vienen las lágrimas a los ojos. -Todo sea por Dios, y hágase su santa voluntad -dijo Requejo tocando el resorte de la seriedad-. Lo que digo es que cuanto tengo y pueda tener será para esta palomita torcaz, pues todo se lo merece ella con su cara de princesa. -Ya, ya.. -indicó Restituta guiñando el ojo-, que no tendrá pretendientes en gracia de Dios. Marquesitos y condesitos conozco yo que no suspirarán poco debajo de nuestras balcones cuando sepan que guardamos en casa tal primor. -Pelambrones, hija, pelambrones sin un cuarto -añadió Requejo-. Cuando la niña haya de tomar estado, ya le buscaremos un joven de una de las principales familias de España, que sea digno de llevarse esta joya. -Eso por de contado. Casas hay muy ricas, donde no es todo apariencia, y mayorazgos conozco que en cuanto la vean y sepan la riqueza que ha de heredar de sus tíos, beberán los vientos por conseguir su mano. A fe mía que nuestra casa no es ningún guiñapo, y cuando pongamos en la sala las cortinas de sarga verde con ramos amarillos, y aquellos pájaros color de pensamiento que parecen vivos, no estará de mal ver para recibir en ella a todos los señores del Consejo Real. Pues poco tono se va a dar la niñita en su gran casa. D. Celestino viendo que su sobrina no contestaba nada a tan patéticas demostraciones de afecto, creyó conveniente hablar así: -Ella les agradece a Vds. con toda el alma los beneficios que va a recibir. -Ya estoy contento, Sr. D. Celestino -dijo Requejo-. Una cosa me faltaba y ya la tengo. Inés será mi heredera, Inés se casará con una persona que la merezca, y que traiga también buenas peluconas: ella será feliz y nosotros también. -No hables mucho de eso, porque (p.370) lloro -dijo doña Restituta-. ¡Qué gusto es tener quien la acompañe a una en la soledad, y quien comparta las comodidades que Dios y nuestro trabajo nos han proporcionado! ¡Ay!, Inesita: eres tan linda, que me recuerdas mi mocedad cuando iba a jugar a la huerta del convento de las madres Recoletas de Sahagún, donde me crié. Me parece que si ahora te separaran de mí, no tendría fuerzas para vivir. Diciendo esto abrazó a Inés, y pareciome que el forro de su cara, es decir, la piel se teñía de un leve rosicler. -Como Inés está impaciente por irse con nosotros -dijo Requejo-, esta misma tarde nos la llevaremos. -¡Cómo!, ¡esta tarde!, ¡yo! -exclamó ella vivamente. -Hija mía -dijo Restituta-, no conviene disimular el cariño que nos tienes. Somos tus tíos, y de veras te digo que no debes agradecernos lo que hacemos por ti, pues obligación nuestra es. -Tal vez ponga reparos a ir con Vds. así.. tan pronto dijo con timidez D. Celestino-, pero no dudo que comprenda pronto las ventajas de su nueva posición, y se decida.. -¡Que no quiere venir! -exclamó Requejo con asombro-. Con que nuestra sobrina no nos quiere.. ¡Jesús! ¡Mayor desgracia! -Sí.. les quiere a Vds. -añadió el cura tratando de conciliar la repugnancia que notaba en el semblante de Inés con el deseo de los Requejos. -Hermano, no sabes lo que te dices -afirmó Restituta-. Nuestra sobrina es un dechado de modestia, de ingenuidad y de sencillez. Quieres que se ponga ahora a hacer aspavientos en medio de la sala, saltando y brincando de gusto porque nos la llevamos. Eso no estaría bien. Por el contrario -prosiguió la hermana de D. Mauro- se está muy calladita, y como muchacha honesta y bien criada.. ¡ya se ve!, como hija de aquella santa mujer.. disimula su alborozo y se está así mano sobre mano, bendiciendo mentalmente a Dios por la suerte que le depara. -Entonces, Sr. D. Celestino -dijo Requejo-, nosotros nos vamos ahora a ver esas tierras de Ontígola que están ahí hacia la parte de Titulcia, y por la tarde cuando volvamos, Inés estará preparada para venirse con nosotros a Madrid. - (p.371) No tengo inconveniente, si ella está conforme -repuso el clérigo, mirando a su sobrina. Mas no dieron tiempo a que esta expresara su opinión sobre aquel viaje, porque los Requejos se levantaron para marcharse, diciendo que un coche de dos mulas les esperaba en el paradero del Rincón. Abrazaron por turno dos o tres veces a su sobrina, hicieron ridículas cortesías a D. Celestino, y sin dignarse mirarme, lo cual me honró mucho, salieron, dejando al clérigo muy complacido, a Inés absorta, y a mí furioso.
Ep-3-V - Al punto se trató de resolver en consejo de familia lo que debía hacerse; pero deseando yo conferenciar con el buen cura para decirle lo que Inés no debía oír, rogué a esta que nos dejase solos y hablamos así: -¿Será Vd. capaz, Sr. D. Celestino, de consentir que Inés vaya a vivir con ese ganso de D. Mauro, y la lechuza de su hermana? -Hijo -me contestó-, Requejo es muy rico, Requejo puede dar a Inesilla las comodidades que yo no tengo, Requejo puede hacerla su heredera cuando estire la zanca. -¿Y Vd. lo cree? Parece mentira que tenga Vd. más de sesenta años. Pues yo digo y repito que ese endiablado D. Mauro me parece un farsante hipocritón. Yo en lugar de Vd., les mandaría a paseo. -Yo soy pobre, hijo mío; ellos son ricos, Inés se irá con ellos. En caso de que la traten mal la recogeremos otra vez. -No la tratarán mal, no -dije muy sofocado-. Lo que yo temo es otra cosa, y eso no lo he de consentir. -A ver, muchacho. -Usted sabe como yo lo que hay sobre el particular; Vd. sabe que Inés no es hija de doña Juana; Vd. sabe que Inés nació del vientre de una gran señora de la corte, cuyo nombre no conocemos, Vd. sabe todo esto, y ¿cómo sabiéndolo no comprende la intención de los Requejos? -¿Qué intención? -Los Requejos despreciaron siempre a doña Juana; los Requejos no le dieron nunca ni tanto así; los Requejos ni siquiera la visitaron en su enfermedad, y ahora, Sr. D. Celestino de mi alma, los Requejos lloran recordando a la difunta, los Requejos echan la baba mirando a su sobrinita, y no puede (p.372) ser otra cosa sino que los Requejos han descubierto quiénes son los padres de Inés, los Requejos han comprendido que la muchacha es un tesoro, y ¡ay!, no me queda duda de que el Requejo mayor, ese poste vestido trae entre ceja y ceja el proyecto de casarse con Inés, obligándola a ello en cuanto la pille en su casa. -Sosiégate, muchacho, y óyeme. Puede muy bien suceder que la intención de los Requejos sea la que dices, y puede muy bien que sea la que ellos han manifestado. Como yo me inclino siempre a creer lo bueno, no dudo de la sinceridad de D. Mauro, hasta que los hechos me prueben lo contrario. ¿Qué sabes tú si de la mañana a la noche verás a Inés hecha una damisela, con carroza y pajes, llena de diamantes como avellanas, y viviendo en uno de esos caserones que hay en Madrid más grandes que conventos? -¡Bah, bah! Eso es como cuando yo quería ser príncipe, generalísimo y secretario del despacho. A los diez y seis años se pueden decir tales cosas; pero no a los sesenta. -Viviendo conmigo, Inés ha de estar condenada a perpetua estrechez. ¿No vale más que se la lleven los parientes de su madre, que parecen personas muy caritativas? En todo caso, Gabriel, si la muchacha no estuviera contenta allí, tiempo tenemos de recogerla, porque a mí, como tío carnal, me corresponde la tutela. -¿Y por qué la deja Vd. marchar? -Porque los Requejos son ricos.. ¿lo comprenderás al fin?.. porque Inés en casa de esa gente puede estar como una princesa, y casarse al fin con un comerciante muy rico de la calle de Postas o Platerías. -Alto allá, señor mío -exclamé muy amostazado-, ¿qué es eso de casarse Inés? Inés, Dios mediante, no se casará más que conmigo. Sí ¡vaya Vd. a hablarle de comerciantes y de usías! -Es verdad, no me acordaba, hijito -dijo el cura con algo de mofa-. ¡Casarse a los diez y seis años! ¿El matrimonio es algún juego? Y además: hazme el favor de decirme qué ganas tú en la imprenta donde trabajas. -Sobre tres reales diarios. -Es decir, noventa y tres reales los meses de treinta y uno. Algo es, pero (p.373) no basta, chiquillo. Ya ves tú: cuando Inés esté en su sala con cortinas verdes de ramos amarillos y se siente en aquellas mesas donde hay siete pavos por Navidad, y todas las noches cena de perdiz por barba.. ya ves tú, no sé cómo podrá arrimarse a ella un pretendiente con noventa y tres reales al mes, en los que traen treinta y uno. -Eso ella es quien lo ha de decir -repuse con la mayor zozobra-; y si ella me quiere así, veremos si todos los Requejos del mundo lo pueden impedir. En resumidas cuentas, Sr. D. Celestino, ¿Vd. está decidido a que Inés se vaya esta tarde con don Mauro! -Decidido, hijo, es para mí un caso de conciencia. -¿Y quién le dice a Vd. que con noventa y tres reales al mes no se puede mantener una familia? Pues a mí me da la gana de casarme, sí señor. -¡Casarse a los diez y seis años! Uno y otro debéis esperar a tener los treinta y cinco cumplidos. La vida se pasa pronto: no te apures. Para entonces podréis casaros. Sois a propósito el uno para el otro. Casar y compadrar, cada uno con su igual. Veremos si de aquí allá te luce más el oficio. -¿Y no puedo yo buscar un destinillo? -Eso es como cuando se te puso en la cabeza que te iba a caer un principado o un ducado. -No: un destinillo de estos que se dan a cualquier pelón, en la contaduría de acá o en la de allá. -¿Pero crees tú que un empleo es cosa fácil de conseguir? -¿Por qué no? -respondí enfáticamente-. ¿Pues para qué son los destinos sino para darlos a todos los españoles que necesitan de ellos? -Hijo, las antesalas están llenas de pretendientes. Ya recordarás que a pesar de ser paisano y amigo del príncipe de la Paz, estuve catorce años haciendo memoriales. -Y al fin.. pero hoy visita Vd. a S. A. y le trata; de modo que si le pidiera para mí una placita no creo que se la negara. -¡Ah! -exclamó D. Celestino con satisfacción-. El día que visité a S. A. fue para mí el más lisonjero de mi vida, porque oí de sus augustos labios las palabras más cariñosas. Si vieras con cuánto agasajo me trató; ¡y qué amabilidad, qué dulzura, qué llaneza sin dejar por eso de ser príncipe en todos (p.374) sus gestos y palabras! Cuando entré, yo estaba todo turbado y confuso, y la lengua se me quedó pegada al paladar. Mandome S. A. que me sentara, y me preguntó si yo era de Villanueva de la Serena. ¿Ves qué bondad? Contestele que había nacido en los Santos de Maimona, villa que está en el camino real como vamos de Badajoz a Fuente de Cantos. Luego me preguntó por la cosecha de este año, y le respondí que según mis noticias, el centeno y cebada eran malos, pero que la bellota venía muy bien. Ya comprenderás por esto el interés que se toma por la agricultura. En seguida me dijo si estaba contento en mi parroquia, a lo cual contesté afirmativamente, añadiendo que me tenía edificada la piedad de mis feligreses; al decir esto no pude contener las lágrimas. Bien claro se ve que al príncipe le interesa mucho cuanto se refiere a la religión. Hablele después de que entretenía mis ocios con la poesía latina, y notifiquele haber compuesto un poema en hexámetros, dedicado a él. Enterado de esto, dijo que bueno, en lo cual se demuestra palmariamente su desmedida afición a las letras humanas; y por fin, a los diez minutos de conferencia, me rogó afectuosamente que me retirara, porque tenía que despachar asuntos urgentísimos. Esto prueba que es hombre trabajador, y que las mejores horas del día las consagra puntualmente a la administración. Te aseguro que salí de allí conmovido. -¿Y no vuelve Vd.? -¡Pues no he de volver! Supliqué a S. A. que me fijara día para llevarle el poema latino, y mañana tendré el honor de poner de nuevo los pies en el palacio de mi ilustre paisano. -Pues yo iré con Vd. Sr. D. Celestino -dije con mucha determinación-. Iremos juntos y Vd. le pedirá un destino para mí. -¡Estás loco! -exclamó el sacerdote con asombro-. No me creo capaz de semejante irreverencia. -Pues se lo pediré yo -dije más resuelto cada vez a entrar en la administración. -Modera esos arrebatos, joven sin experiencia. ¿Cómo quieres que te presente sin más ni más al príncipe de la Paz? ¿Qué puedo decir de ti, cuáles son tus (p.375) méritos? ¿Conoces acaso por el forro los versos latinos? ¿Has saludado siquiera el Divitias alius fulvo sibi congerat auro, el Passer, delitiæ meæ puellæ, o el Cynthia prima suis me cepis ocellis? ¿Estás loco, piensas que los destinos están ahí para los mocosos a quienes se les antoja pedirlos? -Vd. le dice que soy un joven pariente suyo, y yo me encargo de lo demás. -¿Pariente mío? Eso sería una mentira, y yo no miento. Así disputamos un buen rato, y al fin, entre ruegos y razones logré convencer al padre Celestino para que me llevara a presencia del serenísimo señor Godoy. Mi tenaz proyecto se explica por el estado de desesperación en que me puso la visita de los Requejos, y su propósito de cargar con la pobre Inés. La viva antipatía que ambos hermanos me inspiraron desde que tuve la desdicha de poner los ojos sobre ellos, engendró en mi espíritu terribles presentimientos. Se me representaba la pobre huérfana en dolorosa esclavitud bajo aquel par de trasgos, condenada a perecer de tristeza si Dios no me deparaba medios para sacarla de allí. ¿Cómo podía yo conseguirlo, siendo como era, más pobre que las ratas? Pensando en esto, vino a mi mente una idea salvadora, la que desde aquellos tiempos principiaba a ser norte de la mitad, de la mayor parte de los españoles, es decir, de todos aquellos que no eran mayorazgos ni se sentían inclinados al claustro; la idea de adquirir una plaza en la administración. ¡Ay!, aunque había entonces menos destinos, no eran escasos los pretendientes. España había gastado en la guerra con Inglaterra, la espantosa suma de siete mil millones de reales. Quien esto derrochó en una calaverada, ¿no podía darme a mí cinco mil para que me casara? Por supuesto, el pretender casarse entonces a los diez y siete años, era una calaverada peor que la de gastar siete mil millones en una guerra. Aquella idea echó raíces en mi cerebro con mucha presteza. A la media hora de mi conferencia con D. Celestino, ya se me figuraba estar desempeñando ante la mesa forrada de bayeta verde, las funciones que el (p.376) Estado tuviera a bien encomendarme para su prosperidad y salvación. Atrevido era el proyecto de pedir yo mismo al poderoso ministro lo que me hacía falta: pero la gravedad de las circunstancias, y el loco deseo de adquirir una posición que me permitiera disputar la posesión de Inés a la temerosa pareja de los Requejos, disminuía los obstáculos ante mis ojos, dándome aliento para las empresas más difíciles. La huérfana no disimuló al hablar conmigo la repugnancia que le inspiraban sus tíos: tal vez hubiera yo logrado impedir el secuestro; pero D. Celestino repitió que era para él caso de conciencia, y con esto Inés no se atrevió a formular sus quejas, ¡tan grande era entonces la subordinación a la autoridad de los mayores! La escrupulosidad del buen sacerdote no impidió, sin embargo, que yo hablara mil pestes de los dos hermanos, criticando sus fachas y vestidos, y comentando a mi manera aquello de los siete pavos y capones, con la añadidura de las perdices por barba en la hora de la cena. También me reí con implacable saña de los tratamientos que se daban hermano y hermana, pues, según el lector observaría, se llamaban simplemente éste y ésta. D. Celestino me dijo al oírme, que tratase con más miramientos a dos personas respetables que habían sabido labrar pingüe fortuna con su trabajo y honradez, y entre tanto Inés preparaba de muy mala gana su equipaje para marchar a la corte. No tardó la casa del cura en verse honrada de nuevo con las personas de los Requejos, que llegaron a eso de las cuatro, haciendo mil ponderaciones de las tierras adquiridas cerca de Ontígola; y su contento al ver que Inés se disponía a seguirles, fue extraordinario. -No te des prisa, pimpollita -decía D. Mauro-, que todavía hay tiempo de sobra. -Su impaciencia por emprender el viaje -añadió doña Restituta, plegando de un modo indefinible el forro cutáneo de su cara- es tan viva, que la pobrecilla quisiera tener alitas para salir más pronto de aquí. -Eso no -dijo D. Celestino algo amoscado-; que su tío no le ha dado malos tratos, para (p.377) que así se impaciente por abandonarle. Inés se arrojó llorando a los brazos del cura, y ambos derramaron muchas lágrimas. Por mi parte, tenía interés en que los Requejos no conocieran que un antiguo y cordial amor me unía a Inés, así es que disimulé mi sofocación, y acechándola fuera, cuando salió en busca de un objeto olvidado, le dije: -Prendita, no me digas una palabra, ni me mires, ni me saludes. Yo me quedo aquí, pero descuida; pronto nos hemos de ver allá. Llegó por fin la hora de la partida; el coche se acercó a la puerta de la casa. Inés entró en él muy llorosa y los Requejos tomaron asiento a un lado y otro, pues aun en aquella situación temían que se les escapara. Jamás he visto mujer ninguna que se asemejara a un cernícalo como en aquel momento doña Restituta. El coche partió, y al poco rato nuestros ojos le vieron perderse entre la arboleda. Don Celestino, que hacía esfuerzos por aparentar gran serenidad, no pudo conservarla, y haciendo pucheros como un niño, sacó su largo pañuelo y se lo llevó a los ojos. -¡Ay, Gabriel! ¡Se la llevaron! Mi emoción también era intensísima, y no pude contestarle nada.
Ep-3-VI - Al día siguiente me llevó D. Celestino al palacio del Príncipe de la Paz. Era el 15 de Marzo, si no me falla la memoria. Aunque no tenía ropa para mudarme en tan solemne ocasión, como la que llevaba a Aranjuez era la mejorcita, con una camisa limpia que me prestó el cura, quedé en disposición, según él mismo me dijo, de presentarme aunque fuera a Napoleón Bonaparte. Por el camino, y mientras hacíamos tiempo hasta que llegara la hora de las audiencias, D. Celestino sacaba del bolsillo interior de su sotana el poema latino para leerlo en alta voz, porque, -Quizás el señor Príncipe -decía- me mande leer algún trozo, y conviene hacerlo con entonación clásica y ritmo seguro, mayormente si hay delante algún embajador o general extranjero. Después, guardando el manuscrito, añadió con cierta zozobra: -¿Sabes que el sacristán de la parroquia, ese condenado Santurrias.. ya le conoces.. me ha puesto esta (p.378) mañana la cabeza como un farol? Dice que el señor Príncipe de la Paz no dura dos días más al frente de la nación, y que le van a cortar la cabeza. Esto no merece más que desprecio, Gabrielillo; pero me da rabia de oír tratar así a persona tan respetable. Pues, ¿qué crees tú? he descubierto que ese pícaro Santurrias es jacobino, y se junta mucho con los cocheros del infante D. Antonio Pascual, los cuales son gente muy alborotada. -¿Y qué dice ese reverendo sacristán? -Mil necedades; figúrate tú. Como si a personas de estudios y que tienen en la uña del dedo a todos los clásicos latinos, se les pudiera hacer tragar ciertas bolas. Dice que el señor príncipe de la Paz, temiendo que Napoleón viene a destronar a nuestros queridos reyes, tiene el propósito de que éstos marchen a Andalucía para embarcarse y dar la vela a las Américas. -Pues anoche -dije yo- cuando fui al mesón a decir a los arrieros que no me aguardaran, oí decir lo mismito a unos que estaban allí, y por cierto que hablaban de su amigo y paisano de Vd. con más desprecio que si fuera un bodegonero del Rastro. -No saben lo que se pescan, hijo -me dijo el cura-. Pero o yo me engaño mucho o los partidarios del príncipe de Asturias andan metiendo cizaña por ahí. Ello es que en Aranjuez hay mucha gente extraña y.. quiera Dios. Ya me dijo esta mañana Santurrias que su mayor gusto será tocar las campanas a vuelo si el pueblo se amotina para pedir alguna cosa; pero ya le he dicho -y al hablar así D. Celestino se paró, y con su dedo índice hacía demostraciones de la mayor energía- ya le he dicho que si toca las campanas de la Iglesia sin mi permiso, lo pondré en conocimiento del señor Patriarca para lo que este tenga a bien resolver. Con esta conversación llegó la hora, y nosotros al palacio de S. A. Atravesamos por entre varios guardias que custodiaban la puerta, porque ha de saberse que el generalísimo tenía su guardia de a pie y de a caballo, lo mismo que el rey, y mejor equipada, según observaban los curiosos. Nadie nos puso obstáculo en el portal ni en la escalera; pero al (p.379) llegar a un gran vestíbulo en cuyo pavimento taconeaban con estrépito las botas de otra porción de guardias, uno de estos nos detuvo, preguntando a D. Celestino con cierta impertinencia que a dónde íbamos. -Su Alteza -dijo el clérigo muy turbado- tuvo el honor de señalarme.. digo.. yo tuve el honor de que él señalara el día de hoy y la presente hora para recibirme. -Su Alteza está en palacio. Ignoramos cuándo vendrá -dijo el guardia dando media vuelta. D. Celestino me consultó con sus ojos y también iba a consultarme con sus autorizados labios, cuando se sintió ruido en el portal. -¡Ahí está! Su Alteza ha llegado -dijeron los guardias, tomando apresuradamente sus armas y sombreros para hacer los honores. Pero el Príncipe subió a sus habitaciones particulares por la escalera excusada, que al efecto existía en su palacio. -Quizás Su Alteza no reciba hoy -dijo a don Celestino el guardia, que poco antes nos había detenido-. Sin embargo, pueden Vds. esperar si gustan, y él avisará si da audiencia o no. Dicho esto, nos hizo pasar a una habitación contigua y muy grande donde vimos a otras muchas personas, que desde por la mañana habían acudido en solicitud del favor de una entrevista con S. A. Entre aquella gente había algunas damas muy distinguidas, militares, señores a la antigua, vestidos con históricas casacas y cubiertos con antiquísimas pelucas, y también algunas personas humildes. Los pretendientes allí reunidos se miraban con recelo y mal humor, porque a todo el que hace antesala molesta mucho el verse acompañado, considerando sin duda que si el tiempo y la benevolencia del ministro se reparten entre muchos, no puede tocarles gran cosa. Un ujier se acercó a nosotros y preguntó a D. Celestino quiénes éramos, a lo cual repuso el buen eclesiástico: -Nosotros somos curas de la parroquia de.. quiero decir, soy cura de la parroquia y este joven.. este joven gana noventa y tres reales en los meses de treinta y uno; y venimos a.. pero yo no pienso pedirle nada al señor Príncipe, porque este picarón (p.380) (señalando a mí) no se morderá la lengua para decirle lo que desea. Cuando el ujier se alejó, dije a mi acompañante que tuviera cuidado de no equivocarse tan a menudo: que no anunciara anticipadamente nuestra comisión pedigüeña, y que no había necesidad de ir pregonando lo que yo ganaba, a lo que me respondió que él como persona nueva en antesalas y palacios, se turbaba a la primera ocasión, diciendo mil desatinos. Uno de los señores que aguardaban se nos acercó, y reconociendo al cura, se saludaron ambos muy cortésmente, diciendo el desconocido: -Sr. D. Celestino, ¿qué bueno por aquí? -Vengo a visitar a S. A. Ya sabe Vd. que somos paisanos y amigos. Mi padre y su abuelo hicieron un viaje juntos desde Trujillo a la Vera de Plasencia, y un tío de mi madre tenía en Miajadas una dehesa donde los Godoyes iban a cazar alguna vez. Somos amigos, y le estoy muy reconocido, porque a la munificencia de S. A. debo el beneficio que disfruto, el cual me fue concedido en cuanto S. A. tuvo conocimiento de mi necesidad; así es que desde mi primer memorial hasta el día en que tomé posesión, sólo transcurrieron catorce años. -Se conoce que el Príncipe quiso servirle a usted -dijo nuestro interlocutor-. No a todos se les despacha tan pronto. Hace veintidós años que yo pretendí que se me repusiera en mi antigua plaza de la colecturía del Noveno y del Excusado, y esta es la hora, Sr. D. Celestino. A pesar de todo, yo no me desanimo, y menos ahora, porque tengo por seguro que la semana que viene.. -No todos son tan afortunados como yo -dijo el optimista D. Celestino-. Verdad es que como paisano y amigo de S. A. estoy en situación muy favorable. De mi pueblo a Badajoz, cuna de D. Manuel Godoy, no hay más que trece leguas y media por buen camino, y estoy cansado de ver la casa en que nació este faro de las Españas. Así es que en cuanto supo mi necesidad.. -Pero diga Vd. -preguntó bajando la voz el señor de la semana que viene-; ¿tenemos viaje de los reyes a Andalucía o no tenemos viaje? -¿Pero Vd. cree tales paparruchas? -dijo don Celestino-. (p.381) Esa voz la ha corrido Santurrias, el sacristán de mi iglesia. Ya le dicho que si tocaba las campanas sin mi permiso.. -Todo el mundo lo asegura. Ya sabe Vd. que ha venido mucha tropa de Madrid, y por las calles del pueblo se ve gente de malos modos. -¿Pero qué objeto puede tener ese viaje? -Amigo: ya Napoleón tiene en España la friolera de cien mil hombres. Ha nombrado general en jefe a Murat, el cual dicen que salió ya de Aranda para Somosierra. Y a todas estas ¿hay alguien que sepa a qué viene esa gente? ¿Vienen a echar a toda la familia real? ¿Vienen simplemente de paso para Portugal? -¿Quién se asusta de semejante cosa? -dijo D. Celestino-. Pongamos por caso que vengan con mala intención. ¿Qué son cien mil hombres? Con dos o tres regimientos de los nuestros se podrá dar buena cuenta de ellos, y ahí nos las den todas. Como Su Alteza se calce las espuelas.. Eso del viaje es pura invención de los desocupados y de los enemigos de Su Alteza, que le insultan porque no les ha dado destinos. Como si los destinos se pudieran dar a todo el que los pretende. No siguió esta conversación, porque el ujier se acercó a nosotros, haciéndonos señas de que le siguiéramos. Su Alteza nos mandaba pasar. Cuando los demás pretendientes vieron que se daba la preferencia a los que habían llegado los últimos, un murmullo de descontento resonó en la sala. Nosotros la atravesamos muy orgullosos de aquella predilección y mientras D. Celestino saludaba a un lado y otro con su bondad de costumbre, yo dirigí a los más cercanos una mirada de desprecio, que equivalía al convencimiento de mi próximo ingreso en la administración de ambos mundos. Pasamos de aquella sala a otras, todas ricamente alhajadas. ¡Qué bellos tapices, qué lindos cuadros, qué hermosas estatuas de mármol y bronce, qué vasos tan elegantes, qué candelabros tan vistosos, qué muebles tan finos, qué cortinajes tan espléndidos, qué alfombras tan muelles! No pude detenerme en la contemplación de tan bonitos objetos porque el ujier nos llevaba a toda prisa, y yo me (p.382) sentía atacado de una cortedad tal, que se disipó mi anterior envalentonamiento, y empecé a comprender que me faltarían ideas y saliva para expresar ante el príncipe mi pensamiento. Por fin llegamos al despacho de Godoy, y al entrar vi a este en pie, inclinado junto a una mesa y revisando algunos papeles. Aguardamos un buen rato a que se dignase mirarnos y al fin nos miró. Godoy no era un hombre hermoso, como generalmente se cree; pero sí extremadamente simpático. Lo primero en que se fijaba el observador era en su nariz, la cual, un poco grande y respingada, le daba cierta expresión de franqueza y comunicatividad. Aparentaba tener sobre cuarenta años: su cabeza rectamente conformada y airosa, sus ojos vivos, sus finos modales, y la gallardía de su cuerpo, que más bien era pequeño que grande, le hacían agradable a la vista. Tenía sin duda la figura de un señor noble y generoso; tal vez su corazón se inclinaba también a lo grande; pero en su cabeza estaba el desvanecimiento, la torpeza, los extravíos y falsas ideas de los hombres y las cosas de su tiempo. Nos miró, como he dicho, y al punto D. Celestino, que temblaba como un chiquillo de diez años, hizo una profunda cortesía, a la cual siguió otra hecha por mi persona. A mi acompañante se le cayó el sombrero; recogiolo, dio algunos pasos, y con voz tartamuda dijo así: -Ya que Vuestra Alteza tiene el honor de.. no.. digo.. ya que yo tengo el honor de ser recibido por Vuestra Alteza serenísima.. decía que me felicito de que la salud de Vuestra Alteza sea buena, para que por mil años sigamos haciendo el bien de la nación.. El príncipe parecía muy preocupado, y no contestó al saludo sino con una ligera inclinación de cabeza. Después pareció recordar, y dijo: -Es Vd. el señor chantre de la catedral de Astorga, que viene a.. -Permítame Vuestra Alteza -interrumpió D. Celestino- que ponga en su conocimiento cómo soy el cura de la parroquia castrense de Aranjuez. -¡Ah! -exclamó el príncipe-, ya recuerdo.. el otro día.. se le dio a Vd. el curato por (p.383) recomendación de la señora condesa de X (Amaranta). Es usted natural de Villanueva de la Serena. -No señor: soy de los Santos de Maimona. ¿No recuerda Vuestra Alteza esa villa? En el camino de Fuente de Cantos. Allí se cogen unas sandías que pesan muchas arrobas, y también hay muchos melones.. Pues, como decía a Vuestra Alteza, hoy venía con dos objetos: con el de tener el honor de presentarme a Vuestra Alteza, para que este chico lea un poema latino que ha compuesto.. no, quiero decir.. D. Celestino se atragantó, mientras que el Príncipe, asombrado de mi precocidad en el estudio de los clásicos, me miraba con ojos benévolos. -No -dijo el cura entrando de nuevo en posesión de su lengua-. El poema ha sido compuesto por mí, y, accediendo a los deseos de V. A. voy a comenzar su lectura. El Príncipe adelantó la mano con ese instintivo movimiento que parece apartar un objeto invisible. Pero D. Celestino no comprendió que su protector rechazaba por medio de un movimiento físico la amenazadora lectura del poema, y firme en su propósito, desenvainó el manuscrito homicida. En el mismo instante Godoy, que atendía poco a nosotros, y parecía estar pensando cosas muy graves, volviose bruscamente hacia la mesa y empezó a hojear de nuevo los papeles. D. Celestino me miró y yo miré a D. Celestino. Así transcurrió un minuto al cabo del cual el Príncipe dirigiose hacia nosotros y dijo señalando unas sillas: -Siéntense Vds. Después siguió en su investigación de papeles. Sentados en nuestros asientos el cura y yo nos hablábamos en voz baja. -Para exponerle tu pretensión -me dijo el tío de Inés-, debes esperar a que yo lea mi poema, en lo cual con la pausa conveniente no tardaré más que hora y media. El admirable efecto que le ha de producir la audición de los versos clásicos a que es tan aficionado, le predispondrá en tu favor, y no dudo que te concederá cuanto le pidas. Después de otro rato de espera, un oficial entró para dar un despacho al Príncipe. Este le abrió al punto, y después que lo (p.384) hubo leído con mucha ansiedad, dejolo sobre la mesa y se dirigió hacia don Celestino. -Dispénseme Vd. -dijo- mi distracción. Hoy es día para mí de ocupaciones graves e inesperadas. No pensaba recibir a nadie en audiencia, y si le mandé entrar a Vd. fue porque sabía no es de los que vienen a pedirme destinos. D. Celestino se inclinó en señal de asentimiento, y yo dije para mí: «Lucidos hemos quedado». Después dirigiose S. A. a mí, y me dijo: -En cuanto al poema latino que este joven ha compuesto, ya tengo noticias de que es una obra notable. Persista Vd. en su aplicación a los buenos estudios y será un hombre de provecho. No puedo hoy tener el gusto de conocer el poema; pero ya me habían hablado de Vd. con grandes encomios y desde luego formé propósito de que se le diera a Vd. una plaza en la oficina de Interpretación de Lenguas, donde su precocidad sería de gran provecho. Sírvase usted dejarme su nombre.. D. Celestino iba a contestar rectificando el error; pero su turbación se lo impidió. Antes que mi compañero pudiera decir una palabra, levanteme yo, y extendiendo mi nombre sobre un papel que en la mesa encontré, ofrecilo respetuosamente al Príncipe, que concluyó así: -Ruego a Vds. que tengan la bondad de retirarse, pues mis ocupaciones no me permiten prolongar esta audiencia. Hicimos nuevas cortesías, D. Celestino balbuceó las fórmulas pomposas propias del caso, y salimos del despacho del Príncipe. Al pasar por la sala donde esperaban con impaciencia los demás pretendientes, el ujier lanzó esta terrorífica exclamación: -«¡No hay audiencia!». Al encontrarse en la calle, el buen cura, recobrando la serenidad de su espíritu y la soltura de su lengua, me dijo con cierto enojo: -¿Por qué no le dijiste tú que el poema no era tuyo sino mío? No pude menos de soltar la risa, viéndole picado en su amor propio, y considerando el extraño resultado de nuestra visita al príncipe de la Paz.
Ep-3-VII - -Pues, Gabrielillo -me dijo D. Celestino cuando entrábamos en la casa-, cierto es que hay demasiada gente en el (p.385) pueblo. Se ven por ahí muchas caras extrañas, y también parece que es mayor el número de soldados. ¿Ves aquel grupo que hay junto a la esquina? Parecen trajineros de la Mancha.. y entre ellos se ven algunos uniformes de caballería. Por este lado vienen otros que parecen estar bebidos.. ¿oyes los gritos? Entrémonos, hijo mío, no nos digan alguna palabrota. Aborrezco el vulgo. En efecto, por las calles del Real Sitio, y por la plaza de San Antonio discurrían más o menos tumultuosamente varios grupos, cuyo aspecto no tenía nada de tranquilizador. Asomábase a las ventanas el vecindario todo, para observar a los transeúntes, y era opinión general, que nunca se había visto en Aranjuez tanta gente. Entramos en la casa, subimos al cuarto de D. Celestino, y cuando este sacudía el polvo de su manteo y alisaba con la manga las rebeldes felpas del sombrero de teja, la puerta se entreabrió, y una cara enjuta, arrugada y morena, con ojos vivarachos y tunantes, una cara de esas que son viejas y parecen jóvenes, o al contrario, cara a la cual daba peculiar carácter toda la boca necesaria para contener dos filas de descomunales dientes, apareció en el hueco. Era Gorito Santurrias, sacristán de la parroquia. -¿Se puede entrar, señor cura? -preguntó, sonriendo, con aquella jovialidad mixta de bufón y de demonio que era su rasgo sobresaliente. -A tiempo viene el Sr. Santurrias -dijo el cura frunciendo el ceño-, porque tengo que prevenirle.. Sepa Vd. que estoy incomodado, sí señor; y pues los sagrados cánones me autorizan para imponerle castigo.. allá veremos.. y digo y repito que la gente que se ve por ahí no viene a lo que Vd. me indicó esta mañana. Pues no faltaba más. -Señor cura -contestó irrespetuosamente Santurrias-, esta noche me desollará las manos la cuerda de la campana grande. Es preciso tocar, tocar para reunir la gente. -¡Ay de Santurrias si suenan las campanas sin mi permiso!.. Pero ¿qué quiere esa gentuza? ¿Qué pretende? -Eso lo veremos luego. -Ande Vd. con Barrabás, diablo de siete colas. ¿Pero a qué viene (p.386) esa gente a Aranjuez? -repitió D. Celestino dirigiéndose a mí-. Gabriel, se nos olvidó advertir al señor príncipe de la Paz lo que pasa, y aconsejarle que no esté desprevenido. ¡Cuánto nos hubiese agradecido Su Alteza nuestro solícito interés! -Ya se lo dirán de misas -murmuró burlonamente Santurrias-. Lo que quiere esa gente es impedir que nos lleven para las Indias a nuestros idolatrados Reyes. -¡Ja, ja! -exclamó el sacerdote poniéndose amarillo-. Ya salimos con la muletilla. Como si uno no tuviera autoridad para desmentir tales rumores; como si uno no fuera amigo de personas que le enteran de lo que pasa; como si uno no estuviera al tanto de todo. Diciendo esto, D. Celestino no quitaba de mí los ojos, buscando sin duda una discreta conformidad con sus afirmaciones. En tanto Santurrias, que era uno de los sacristanes más tunos y desvergonzados que he visto en mi vida, no cesaba de burlarse de su superior jerárquico, bien contradiciéndole en cuanto decía, bien cantando con diabólica música una irreverente ensaladilla compuesta de trozos de sainete mezclados con versículos latinos del Oficio ordinario. -¡Ay señor cura, señor cura! -dijo-. Si veremos correr a su paternidad por el camino de Madrid con los hábitos arremangados. ¡Ja, ja, ja! Préstame tu moquero si está más limpio para echar los tostones que me has pedido. Asperges me, Domine, hissopo, et mundabor. -Mi dignidad -repuso el clérigo cada vez más amostazado- no me permite rebajarme hasta disputar con el Sr. de Santurrias. Si yo no le tratara de igual, como acostumbro, no se habría relajado la disciplina eclesiástica; pero en lo sucesivo he de ser enérgico, sí señor, enérgico, y si Santurrias se alegra de que esa plebe indigna vocifere contra el príncipe de la Paz, sepa que yo mando en mi iglesia, y.. no digo más. Parece que soy blando de genio; pero Celestino Santos del Malvar sabe enfadarse, y cuando se enfada.. -Cuando llegue la hora del jaleo, señor cura, su paternidad nos sacará aquellas botellitas que tiene guardadas en el armario, para (p.387) que nos refresquemos -dijo Santurrias descosiéndose de risa otra vez. -Borracho; así está la santa Iglesia en tus pícaras manos -repuso el clérigo-. Gabriel, ¿querrás creer que hace dos días tuve que coger la escoba y ponerme a barrer la capilla del Santo Sagrario, que estaba con media vara de basura? Desde que llegué aquí, me dijeron que este hombre acostumbraba visitar la taberna del tío Malayerba: yo me propuse corregirlo con piadosas exhortaciones, pero ¡el diablo le lleve!, hay días, chiquillo, que hasta el vino del santo sacrificio desaparece de las vinajeras. ¡Y esto se permite tener opinión, y disputar conmigo, asegurando que si cae o no cae el dignísimo, el eminentísimo, ¡óigalo Vd. bien, el incomparabilísimo príncipe de la Paz! -Pues, y nada más. ¡Como que no le van a arrastrar por las calles de Aranjuez, como al gigantón de Pascua florida!.. -¡Qué abominaciones salen por esa boca Dios de Israel! Santurrias tan pronto ahuecaba la voz para cantar gravemente un trozo de la misa o del oficio de difuntos, como la atiplaba entonando con grotescos gestos una seguidilla. Luego imitaba el son de las campanas, y hasta llegó en su irrespetuoso desparpajo, a remedar la voz gangosa de mi amigo, el cual todo turbado variaba de color a cada instante, sin poder sobreponerse a las zumbas de su miserable subalterno. -Pero en resumen -dijo al fin- ¿qué es lo que mi señor sacristán espera? ¿Cuenta, sin duda, con ordenarse de menores para que le hagan cardenal subdiácono? -Allá veremos, Sr. D. Celestino -contestó el bufón-. Esta noche o mañana veremos lo que hace Santurrias. No tema nada mi curita; que ya le pondremos en salvo. Tuba mirum spargens sonum per sepulchra rigionum coget omnes ante thronum. Esta sí que es tira, tirana: ojo alerta, cuidado, señores, que aunque tengan las caras de plata muchas tienen las manos de cobre. -Eso es, mezcle Vd. los cantos divinos con los mundanos. Me gusta. Pero se me acaba la paciencia, señor rapa-velas. ¡Oh Gabriel!, estoy sofocadísimo. Yo bien sé que no hay nada; que no ocurre nada: bien (p.388) sé que de ese monigote no hay que hacer caso. Sabe Dios cuántos cuartillos de lo de Yepes tendrá en el bendito estómago; pero conviene averiguar.. Mira hijito, sal tú por ahí, entérate bien, y tráeme noticias de lo que se dice en el pueblo. Puede que esos tunantes tengan el propósito aleve.. Si así fuese, haz lo que te digo; que aquí quedo yo esperándote; y en cuanto descabece un sueñecito, iré a prevenir al Príncipe, para que se ande con cuidado.. Pues no me lo agradecerá poco el buen señor. No sólo por obedecerle sino también por satisfacer mi curiosidad, salí de la casa y recorrí las calles del pueblo. El gentío aumentaba en todas partes, y especialmente en la plaza de San Antonio. No era preciso molestar a nadie con preguntas para saber que el generoso pueblo, enojado con la noticia verdadera o falsa de que los Reyes iban a partir para Andalucía, parecía dispuesto a impedir el viaje, que se consideraba como una combinación infernal fraguada por Godoy de acuerdo con Bonaparte. En todos los grupos se hablaba del generalísimo, como es de suponer, y en verdad digo que no hubiera querido encontrarme en el pellejo de aquel señor a quien poco antes había visto tan fastuoso y espléndido; pero sabido es que la fortuna suele ser la más traidora de las diosas con aquellos mismos que favoreció demasiado, y no hay que fiarse mucho de esta ruin cortesana. Decía, pues, que a los vasallos del buen Carlos no les parecía muy bien el viaje, y aunque hasta entonces no se les había hablado del derecho a influir en los destinos de esta nuestra bondadosa madre España, ello es, que guiados, sin duda, por su instinto y buen ingenio aquellos benditos, se disponían a probar que para algo respiraban doce millones de seres humanos el aire de la Península. Más de dos horas estuve paseándome por las calles. Como a cada instante llegaba gente de la corte traté de encontrar alguna persona conocida; pero no hallé ningún amigo. Ya me retiraba a la casa del cura, cercana la noche, cuando de un grupo se apartó un joven de más edad que (p.389) yo y llegándose a mí con aparatosa oficiosidad, me saludó llamándome por mi nombre y pidiéndome informes acerca de mi importantísima salud. Al pronto no le conocí; mas cuando cambiamos algunas palabras, caí en la cuenta de que era un señor pinche de las reales cocinas, con quien yo había trabado conocimiento cinco meses antes en el palacio del Escorial. -¿No te acuerdas de quién te daba de cenar todas las noches? -me dijo-. ¿No te acuerdas del que te contestaba a tus mil preguntas? -¡Ah!, sí -repuse-, ya reconozco al Sr. Lopito; has engordado sin duda. -La buena vida, amigo -dijo con petulancia, terciando airosamente la capa en que se envolvía-. Ya no estoy en las cocinas; he pasado a la montería del señor infante D. Antonio Pascual, donde no hay mucho que hacer y se divierte uno. Velay; ahora nos han mandado que nos quitemos las libreas, y paseemos por el pueblo.. en fin, esto no se puede decir. -Pues yo por nada serviría en palacio. Tres días fui paje de la señora condesa Amaranta, y quedé harto. -Quita allá; en ninguna parte se vive como en palacio, porque después que le dan a uno buena cama, buen plato y buena ropa, cuando llega una ocasión como esta no falta un dobloncito en el bolsillo.. pero esto no es para dicho aquí entre tanta gente, y allí está la taberna del tío Malayerba, que parece llamarnos, para que refrescando en ella nos contemos nuestras vidas. Lopito era un chicuelo de esos que prematuramente se quieren hacer pasar por hombres, pues también entonces existía esta casta, no conociendo para tal objeto otros medios que beber a porrillo y dar de puñetazos en las mesas, desvergonzarse con todo el mundo, mirar con aire matachín, y contar de sí propios inverosímiles aventuras. Pero con estas cualidades y otras muchas, el ex-pinche no dejaba de ser simpático, sin duda porque unía a su vanidosa desenvoltura la generosidad y el rumbo, que acompañan por lo regular a los pocos años. Convidome a cenar en la taberna, charlamos luego hasta las nueve y nos separamos tan amigotes, cual si (p.390) hubiéramos aprendido a leer en la misma cartilla. Al día siguiente, como no era posible volverme a Madrid, a causa de que los trajineros pedían fabulosos precios por el viaje, nos reunimos otra vez. Lopito estaba tan desocupado como yo, y entre la taberna del tío Malayerba y los jardines del Príncipe nos pasamos la mayor parte del día, conferenciando sobre cuanto nos ocurría, y especialmente acerca de acontecimientos públicos, asunto en que él se daba extraordinaria importancia. Al principio se mostraba algo reservado en esta cuestión; pero por último, no pudiendo resistir dentro de su alma el sofocante peso de un secreto, se franqueó conmigo generosamente. -Si quieres -me dijo- puedes ganarte algunos cuartos. Yo te llevaré a casa del Sr. Pedro Collado; criado de S. A. el príncipe Fernando, y verás cómo te dan soldada. ¿Ves esos paletos manchegos que andan por ahí? Pues todos cobran ocho, diez o doce reales diarios, con viaje pagado y vino a discreción. -¿Y por qué es eso, Lopito? Yo creí que esa gente gritaba y chillaba porque así era su gusto. ¿De modo que todo eso de vivan nuestros reyes y lo de muera el choricero es porque corre el dinero? -No: te diré. Los españoles todos aborrecen a ese hombre; mas para que dejen sus casas y tierras y sus caballerías por venir aquí a gritar, es preciso que alguien les dé el jornal que pierden en un día como este. Todos los que servimos al infante D. Antonio Pascual y los criados del príncipe de Asturias hemos estado por ahí buscando gente. De Madrid hemos traído medio barrio de Maravillas, y en los pueblos de Ocaña, Titulcia, Villatobas, Corral de Almaguer, Villamejor y Romeral, creo que no han quedado más que las mujeres y los viejos, pues hasta un racimo de chiquillos trajo el Sr. Collado. -Pero tonto -dije yo, creyendo presentar un argumento decisivo-, ¿qué importa que toda esa gente chille a las puertas de palacio pidiendo lo que no les han de dar? ¿Pues no tiene ahí S. M. sus reales tropas para hacerse respetar? Porque o somos o no somos. Si con un puñado de gente (p.391) gritona traída de los pueblos y de las Vistillas de Madrid se puede obligar al rey a que haga una cosa, no sé para qué se toma ese señor el trabajo de llevar corona en la cabeza. -Dices bien, Gabrielillo, y si el condenado generalísimo estuviera seguro de que la tropa le sostenía, ya podían volverse a sus casas todos esos caballeros, que han venido a darle una serenata; pero tú no sabes de la misa la media. También han repartido dinero a la tropa -añadió bajando la voz-; y como el príncipe de Asturias tiene no sé cuántas arcas llenas de onzas de oro que le ha ido dando su padre para juguetes.. ya ves.. S. A. hará lo que le dé la gana, porque le ayudan todos los señores de la grandeza, muchos obispos, muchos generales, y hasta los mismos ministros que ahora tiene el Rey. -Eso sí que es una grandísima picardía -exclamé con ira-. Son ministros del Rey, son compañeros del otro, a quien sin duda deben los zapatos con que se calzan, y al mismo tiempo le hacen la mamola al niño Fernando, porque ven que el pueblo le quiere, y dicen: «Por fas o nefas, por la mano derecha o por la izquierda, no ha de tardar en sentarse en el trono». Con este diálogo llegamos a la taberna, y allí nos sentamos, pidiendo Lopito para sí aguardiente de Chinchón, y yo tintillo de Arganda. No estábamos solos en aquella academia de buenas costumbres, porque cerca de la mesa en que nosotros perfeccionábamos nuestra naturaleza física y moral, se veían hasta dos docenas de caballeros, en cuyas fisonomías reconocí a algunos famosos Hércules y Teseos de Lavapiés, de aquellos que invocó con épico acento el poeta al decir: Grandes, invencibles héroes, que en los ejércitos diestros de borrachera, rapiña, gatería y vituperio, fatigáis las faltriqueras.. Entre estos hombres vi otros de figura extraña, y tan astrosos y con tanto andrajo cubiertos, que daba lástima verlos. -Estos -me dijo Lopito satisfaciendo mi curiosidad- son lo mejorcito de Zocodover de Toledo, donde ejercitan su destreza en el aligeramiento de bolsillos y alivio de caminantes. También entraron (p.392) en las tabernas muchos soldados de caballería, y al poco rato se había entablado conversación tan viva que no era posible entender ni una palabra, si palabras pueden llamarse las vociferaciones y juramentos de aquella gente. Unos sostenían que la familia real partiría aquella misma tarde, y otros que el Rey no había pensado en tal viaje. Pronto se disiparon las dudas, porque corrió la voz de que S. M. dirigía la voz a sus súbditos por medio de una proclama que al punto se fijó en todos los sitios públicos. En ella, después de llamar vasallos a los españoles, decía el buen Carlos IV, que la noticia del viaje era invención de la malicia, que no había que temer nada de los franceses, nuestros queridos amigos y aliados, y que él era muy dichoso en el seno de su familia y de su pueblo, al cual conceptuaba asimismo como empachado de prosperidad y bienaventuranza al amparo de paternales instituciones. La mayor parte de los héroes de Zocodover y las Vistillas, no parecían inclinados a dar crédito a la regia palabra, antes bien se burlaban de cuantos acudían a leerla, añadiendo: -No se nos engañará. A mí con esas.. Aspacito, Sr. D. Carlos, que ya lo arreglaremos. Cuando fui a casa encontré a D. Celestino loco de alegría: paseaba con la sotana suelta por su habitación, y aunque no estaba presente ni aun en sombra el pícaro sacristán, mi amigo profería con desaforado acento estas palabras: -¿Lo ves, malvado Santurrias? ¿Lo ves, tunante, borracho, mal acólito, que no sabes más que juntar gotas de aceite y mocos de vela para venderlo en pelotillas? ¿Ves cómo yo tenía razón? ¿Ves cómo los Reyes no han pensado nunca en semejante viaje? Sí, que ahí están esos señores en el trono para darte gusto a ti, pérfido sacristán, escurridor de lámparas y ganzúa de cepillos. ¿No bastaba que lo dijera yo, que soy amigo de Su Alteza Serenísima, y tengo estudios para comprender lo que conviene al interés de la nación? Véngase Vd. ahora con bromitas, amenáceme con tocar las campanas sin mi permiso. ¡Ah!, agradézcame el muy tunante que no me cale ahora (p.393) mismo el manteo y teja para ir en persona a contarle a Su Alteza qué clase de pajarraco es usted, con lo cual, dicho se está que el señor Patriarca me lo pondría de patitas en la calle. Pero no, Sr. Santurrias; soy un hombre generoso y no iré; no quiero quitarle el pan a un viudo con cuatro hijos. Pero véngase Vd. ahora con bromitas diciendo que mi paisano acá y allá; y que le van a arrastrar, y repita aquello de «¡Viva Fernando, Kirie eleyson! ¡Muera Godoy, Christe eleyson!» con que me despierta todos los días. A este punto llegaba, cuando advirtió que yo estaba delante, y echándome los brazos al cuello, me dijo: -Al fin hemos salido de dudas. Todo era invención de Santurrias. ¿Qué hay por el pueblo? Estará la gente contentísima ¿no? Ahora cuando salga el señor príncipe de la Paz a paseo supongo que le victorearán.. ¡Ay!, qué susto me he llevado, hijito. De veras creí que íbamos a tener un motín. ¡Un motín! ¿Sabes tú lo que es eso? En mi vida he visto tal cosa y sírvase Dios llevarme a su seno, antes que lo vea. Un motín no es ni más ni menos que salirse todos a la calle gritando viva esto o muera lo otro, y romper alguna vidriera y hasta si se ofrece golpear a algún desgraciado. ¡Qué horror! Gracias a Dios no tendremos ahora nada de esto, y sin duda la prudencia y tino de aquel hombre.. ¿Sabes que estuve en su palacio a prevenirle de lo que pasaba y no me recibió?.. -Lo creo. En estos días no tendrá Su Alteza humor para recibir, porque como dijo el otro, no está la Magdalena para tafetanes. -Tal vez él tenga noticias de las picardías de Santurrias y de los otros perdidos con quien se junta en la taberna del tío Malayerba -continuó el cura-. ¿Pero en dónde está ese endemoniado sacristán? No parece por aquí porque sabe que le he de poner más colorado que un pimiento riojano. No había acabado de decirlo, cuando entreabriéndose la puerta, dejó ver los dientes, la plegada y siempre risueña boca, la exprimida cara y arrugada frente del sacristán. -Venga acá -exclamó D. Celestino con alborozo-; venga el sapientísimo Sr. Santurrias, presunto (p.394) cardenal metropolitano; venga acá para que nos ilustre con su saber, para que nos aconseje con su prudencia. ¿Puede decirnos cuándo es el viaje? Porque yo tengo para mí que la proclama de S. M. es una tiñería; y qué crédito merece el Rey de las Españas, de las Indias de Jerusalén, de Rodas, etc., cuando habla el Excmo. Sr. D. Gregorio de las Santurrias, sacristán que fue de monjas Bernardas, y hoy de mi parroquia. A ver, ¿nos sacará de dudas su señoría? -Mañana, mañana, mañanita, señor cura -contestó el sacristán-. Dígame su paternidad: ¿saca o no las botellicas? Y luego, sin desconcertarse ante la ironía de su superior, sino por el contrario burlándose de los graves gestos con que se le interpelaba, empezó a entonar los singulares cantos de su repertorio, haciendo mil grotescos visajes y moviendo los brazos, ya en ademán de repicar, ya aparentando recorrer el teclado de un órgano, ya en fin, con la postura propia de tocar la guitarra, sin dejar de cantar en la forma siguiente: -Domine, ne in furore tuo arguas me.. Es la corte la mapa de ambas Castillas, y la flor de la corte las Maravillas. Anda moreno, que no hay cosa en el mundo como tu pelo. De profundis clamavi ad te, Domine Domine exaudi vocem meam.. Don, dilondón, don, don.
Ep-3-VIII - Al día siguiente no hallé tampoco quien me llevase a Madrid; pero deseando vivamente saber de Inés y curioso por oír de sus propios labios si era verdad o mentira la bienaventuranza que le habían ofrecido los Requejos, determiné marcharme a pie, lo cual, si no era muy cómodo, era más barato: don Celestino y yo hablábamos de esto, cuando Lopito entró a buscarme. -Esta noche -me dijo al bajar la escalera- tendremos fiesta. No lo digas ni a tu camisa, Gabrielillo. Pues verás.. aquel papelote que escribió ayer el Rey es una farsa. Bien decía yo que D. Carlitos, con su carita de pascua, nos está engañando. -¿De modo que hay viaje? -Tan cierto como ahora es día. Pero como no queremos que se vayan, porque esto es enjuague de Napoleón con Godoy para luego repartirse a España entre los dos; (p.395) como no queremos que se vayan, el viaje se prepara ocultamente para esta noche. Si fuera verdad que no pensaban salir, ¿por qué no se ha retirado la tropa? ¿Por qué ha venido más tropa y más tropa, y más tropa? ¿Ves? Ahora está entrando un batallón por la calle de la Reina. Confieso que a mí no me importaba gran cosa que saliese un batallón o entraran ciento, ni tampoco me ponía en cuidado el que mi Sr. D. Carlos se marchara a Andalucía o a donde mejor le conviniese. Así se lo manifesté a mi amigo; pero hallándose el alma de Lopito inundada de generoso entusiasmo, por el bien del reino, me hizo ver que mi indiferencia era censurable y hasta criminal. Largas horas pasamos discurriendo por el pueblo y matando el tiempo con amenas conversaciones. Él se empeñó en llevarme a la taberna, y a la taberna fuimos. La concurrencia era la misma, aunque el panorama de caras había variado, viéndose entre ellas la de Santurrias, que no era la menos animada. También estaba allí muy macilento y meditabundo, con los agujereados codos sobre la mesa, el poeta calagurritano que tres años antes capitaneaba la turba de silbantes en el estreno de El sí de las niñas, y con él libaba el néctar de Esquivias en el mismo vaso otro de los dioses menores del Olimpo Comellesco, el famoso Cuarta y Media, calderero y poeta. ¡Pobres hijos de Apolo! El pinche me dijo que todos aquellos personajes habían venido de Madrid traídos por los confeccionadores de la conjuración, y añadió: -Esto para que se vea que también toman parte los hombres que se llaman científicos. No puedo menos de decir que toda aquella gente me repugnaba, y en cuanto a sus intenciones y propósitos, todo me parecía absurdo sin explicarme por qué. -Estúpidos -decía para mí- ¿pensáis que semejante gatería es capaz de quitar y poner reyes a su antojo? Pero en la noche de aquel mismo día fue cuando pude medir en toda su inexplorada profundidad el abismo de ignorancia y fanatismo de aquel puñado de revolucionarios. No hallando otro alivio a mi aburrimiento que la (p.396) asistencia a la taberna en compañía de Lopito, en cuanto cerró la noche procuré tranquilizar a D. Celestino y me fui allá. Lopito, que me aguardaba con impaciencia, me dijo al verme a su lado: -Me alegro de que hayas venido, pues con eso no perderás lo mejor. Aquí está reunida toda la gente, y después.. después veremos. La taberna del tío Malayerba estaba llena de bote en bote, y también disfrutaba el honor de una desmesurada concurrencia, un patio interior destinado de ordinario a paradero y taller de carretería. No puedo haceros formar idea de la variedad de trajes que allí vi, pues creo que había cuantos han cortado la historia, la costumbre y el hambre con su triple tijera. Veíanse muchos hombres envueltos en mantas, con sombrero manchego y abarcas de cuero; otros tantos cuyas cabezas negras y redondas adornaba un pingajo enrollado, última gradación de turbante oriental; otros muchos calzados con la silenciosa alpargata, ese pie de gato que tan bien cuadra al ladrón; muchos con chalecos botonados de moneditas, se ceñían la faja morada, que parece el último jirón de la bandera de las comunidades; y entre esta mezcolanza de paños pardos, sombreros negros y mantas amarillas, se destacaban multitud de capas encarnadas cubriendo cuerpos famosos de las Vistillas, del Ave-María, del Carnero, de la Paloma, del Águila, del Humilladero, de la Arganzuela, de Mira el Río, de los Cojos, del Oso, del Tribulete, de Ministriles, de los Tres Peces, y otros célebres faubourgs (permítasenos la palabrota) donde siempre germinó al beso del sol de Castilla la flor de la granujería. En cuanto a la variedad de las voces nada puedo decir, porque todos hablaban a un tiempo. Pero al fin de aquella reunión, como en todas las de igual naturaleza, resonó una voz para dominar a las demás. La multitud sabe a veces callar para oír, sin duda porque se marea con sus propios gritos. Algunos de los presentes dijeron: «que hable Pujitos», y al instante Pujitos, cediendo a los reiterados ruegos de sus amigos políticos (dispensadme este (p.397) anacronismo), salió al mostrador de la taberna, rompiendo tres vasos y dos botellas, que sin duda le cargarían en cuenta al heredero de la corona de dos mundos. Pujitos era lo que en los sainetes de D. Ramón de la Cruz se señala con la denominación de majo decente, es decir, un majo que lo era más por afición que por clase, personaje sublimado por el oficio de obra prima, el de carpintero o el de platero, y que no necesitaba vender hierro viejo en el Rastro, ni acarrear aguas de las fuentes suburbanas, ni cortar carne en las plazuelas, ni degollar reses en el matadero, ni vender aguardiente en Las Américas, ni machacar cacao en Santa Cruz, ni vender torrados en la verbena de San Antonio, ni lavar tripas allá por el portillo de Gilimón, ni freír buñuelos en la esquina del hospital de la V.O.T., ni menos se degradaba viviendo holgadamente a expensas de ninguna mondonguera, o castañera, o de alguna de las muchas Venus salidas de la jabonosa espuma del Manzanares. Pujitos estaba con un pie en la clase media; era un artesano honrado, un hábil maestro de obra prima; pero tan hecho desde su tierna y bulliciosa infancia a las trapisondas y jaleos manolescos, que ni en el traje ni en las costumbres se le distinguía de los famosos Tres Pelos, el Ronquito, Majoma, y otras notabilidades de las que frecuentemente salían a visitar las cortes y sitios reales de Ceuta, Melilla, etc. Pujitos era español, y como es fácil comprender, tenía su poco de imaginación, pues alguno de los granos de sal pródigamente esparcidos por mano divina sobre esta tierra, había de caer en su cerebro. No sabía leer, y tenía ese don particular, también español neto, que consiste en asimilarse fácilmente lo que se oye; pero exagerando o trastornando de tal manera las ideas, que las repudiaría el mismo que por primera vez las echó al mundo. Pujitos era además bullanguero; era de esos que en todas épocas se distinguen, por creer que los gritos públicos sirven de alguna cosa; gustaba de hablar cuando le oían más de cuatro personas, y tenía todos los marcados instintos del (p.398) personaje de club; pero como entonces no había tales clubs, ni milicias nacionales, fue preciso que pasaran catorce años para que Pujitos entrara con distinto nombre en el uso pleno de sus extraordinarias facultades. Setenta años más tarde, Pujitos hubiera sido un zapatero suscrito a dos o tres periódicos, teniente de un batallón de voluntarios, vicepresidente de algún círculo propagandista, elector diestro y activo, vocal de una comisión para la compra de armas, inventor de algún figurín de uniforme; hubiera hablado quizás del derecho al trabajo y del colectivismo, y en vez de empezar sus discursos así: «Jeñores: denque los güenos españoles..», los comenzaría de este otro modo: «Ciudadanos: a raíz de la revolución..». Pero entonces no se había hablado de los derechos del hombre, y lo poco que de la soberanía nacional dijeron algunos, no llegó a las tapiadas orejas de aquel personaje; ni entonces había asociaciones de obreros, ni derecho al trabajo, ni batallones de milicias, ni gorros encarnados; ni había periódicos, ni más discursos que los de la Academia, por cuyas razones Pujitos no era más que Pujitos. De pie sobre el mostrador, con la capa terciada, el sombrero echado sobre la ceja derecha, aquel personaje, hombre pequeño de cuerpo, si bien de alma grande, morenito, con sus ojuelos abrillantados por los vapores que le subían del estómago, habló de esta manera: -Jeñores: denque los güenos españoles golvimos en sí, y vimos quese menistro de los dimonios tenía vendío el reino a Napolión, risolvimos ir en ca el palacio de su sacarreal majestad pa icirle cómo estemos cansaos de que nos gobierne como nos está gobernando, y que naa más sino que nos han de poner al Príncipe de Asturias, para que el puebro contento diga, «el Kirie eleyson cantando, ¡Viva el príncipe Fernando!». (Fuertes gritos y patadas.) Ansina se ha de hacer, que ínterin quel otro se guarda el dinero de la Nación, el puebro no come, y Madrid no quiere al menistro, con que, ¡juera el menistro!, que aquí semos toos españoles, y si quieren verlo, úrgennos un (p.399) tantico y verán dó tenemos las manos. (Señales de asentimiento.) Pos sigo iciendo que esombre nos ha robao, nos ha perdío, y esta noche nos ha de dar cuenta de too, y hamos de ecirle al Rey que le mande a presillo y que nos ponga al príncipe Fernando, a quien por esta (y besó la cruz), juro que le efenderemos contra too el que venga, manque tenga enjércitos y más enjércitos. Jeñores: astamos ya hasta el gañote, y ahora no hay naa más sino dejarse de pedricar y coger las armas pacabar con Godoy, y digamos toos con el ángel: El Kirie eleyson cantando, ¡Viva el príncipe Fernando! Un alarido, un colosal balido resonó en la taberna, y el orador bajó de su escabel, rompiendo otro vaso. Mientras limpia el sudor de su frente coronada con los laureles oratorios, la moza de la taberna se acerca a escanciarle vino. ¿Es Hebe, la gallarda copera de los dioses, que vierte el néctar de Chipre en el vaso de oro del joven de los rubios cabellos, al regresar de la diurna carrera? No: es Mariminguilla, la ninfa de Perales de Tajuña, a quien trajo desde las riberas de aquel florido río el Sr. Malayerba, dándole el cargo de escanciadora mayor, que desempeña entre pellizcos y requiebros. Lopito, que tiene con ella alguna aventura pendiente, la llama, la pellizca también, dícele mil niñerías.. pero a todas estas la multitud que ocupa la taberna se levanta obedeciendo a la orden de un hombre que allí se presentó de improviso. Salieron todos, y yo no queriendo perder el final de una función que parecía ser divertida, les seguí. -Silencio todo el mundo -dijo una voz, perteneciente, según comprendí, a persona resuelta a hacerse obedecer; y la turba se puso en marcha con cierto orden. La noche era oscurísima; pero serena. -¿A dónde vamos, Lopito? -pregunté a mi compañero. -A donde nos lleven -me contestó por lo bajo-. ¿A que no sabes quién es ese que nos manda? -¿Quién? ¿Aquel palurdo que va delante con montera, garrote, chaqueta de paño pardo y polainas; que se para a ratos, mira por las boca calles y se vuelve hacia acá para mandar que callen? -Sí; pues ese es (p.400) el señor conde de Montijo. Con que figúrate, chiquillo, si no podemos decir aquel refrán de.. cuando los santos hablan, será porque Dios les habrá dado licencia.
Ep-3-IX - El grupo recorrió algunas calles, y uniose a otro más numeroso que encontramos al cuarto de hora de haber salido. Lopito, señalándome las tapias que se veían en el fondo del largo callejón, me dijo: -Aquellas son las cocheras y la huerta del Príncipe de la Paz. Pasamos de largo y vimos de lejos las dos cúpulas del palacio. Cerca del mercado se nos unieron otras muchas personas que, según Lopito, eran cocheros, palafreneros, pinches, mozos de cuadra y lacayos del infante D. Antonio y del príncipe de Asturias. -Pero ¿qué vamos a hacer aquí? -pregunté a mi amigo-. ¿Vamos a impedir que los Reyes salgan del pueblo, o vamos simplemente a tomar el fresco? -Eso lo hemos de ver pronto -me contestó-. Yo, si he de decirte la verdad, no sé lo que se ha de hacer, porque Salvador el cochero no me ha dicho más sino que vaya donde van los demás y grite lo que los demás griten. Ves, ahí frente tenemos el palacio: no hay luces en las ventanas ni se oye ruido alguno, como no sea el de las ranas que cantan en los charcos del río. La voz del que nos mandaba dijo «alto», y no dimos un paso más. -Es raro -dije a Lopito muy quedamente- que no hayamos encontrado centinelas que nos detengan; ni siquiera una ronda de tropa que nos pregunte a dónde vamos a estas horas. -¡Necio! -me contestó-. ¡Si sabrá la tropa lo que se pesca! ¿Pues qué hacen ellos si no estarse quietecitos en sus cuarteles esperando a que les digan: caballeros, esto se acabó? Dime por convencido y callé. Durante un rato bastante largo no se oyó más que el sordo murmullo de diálogos sostenidos en voz baja, algunos sordos ronquidos, sofocadas toses, y a lo lejos el canto de las discutidoras ranas y el rumor de leves movimientos del aire, sacudiendo las ramas de los olmos, que empezaban a reverdecer. La noche era tranquila, triste, impregnada de ese perfume extraño que emiten las primeras germinaciones de la (p.401) primavera: el cielo estaba tachonado de estrellas, a cuya pálida claridad se dibujaban los espesos y negras arboledas, la silueta cortada del Real Palacio, y más allá la figura del Anteo de mármol levantado del suelo por Hércules en el grupo de la fuente monumental que limita el llamado Parterre. El sitio y la hora eran más propios para la meditación que para la asonada. De improviso aquel silencio profundo y aquella oscuridad intensa se interrumpieron por el relámpago de un fogonazo y el estrépito de un tiro que no sé de dónde partió. La turba de que yo formaba parte lanzó mil gritos, desparramándose en todas direcciones. Parecía que reventaba una mina, pues no a otra cosa puedo comparar la erupción de aquel rencor contenido. Todos corrían, yo corría también. Lucieron antorchas y linternas, se alzaron al aire nudosos garrotes: muchas escopetas se dispararon, oyose un son vivísimo de cornetas militares, y multitud de piedras, despedidas por manos muy diestras, fueron a despedazar, produciendo horribles chasquidos, los cristales de una gran casa. Era la del Príncipe de la Paz. La historia dice que el tumulto empezó porque la turba se empeñó en conocer a una dama encubierta que, acompañada de dos guardias de honor, salía en coche de casa del generalísimo. Aseguran algunos que en una de las ventanas del palacio se vio una luz, considerada como señal para empezar la gresca. Del tiro y toque de corneta no tengo duda, porque los oí perfectamente. En cuanto a la luz, yo no la vi, pero creo haber oído decir a Lopito que él la vio, aunque no estoy muy seguro de ello. Poco importa que apareciera o no: lo primero es, si no cierto, muy verosímil, porque el centro de la conjuración estaba en el alcázar, y los principales conspiradores eran, como todo el mundo sabe, el príncipe de Asturias, su tío, su hermano, sus amigos y adláteres, muchos gentiles hombres, altos funcionarios de la casa del Rey y algunos ministros. Los alborotadores se multiplicaban a cada momento, pues nuevas oleadas de gente engrosaban la masa principal, sin que un (p.402) soldado se presentase a contener al paisanaje. No tardó en caer al suelo destrozada por repetidos golpes y hachazos la puerta del palacio del Príncipe de la Paz, cuyo nombre pronunciaba el irritado vulgo entre horribles juramentos y amenazas. La turba siempre es valiente en presencia de estos ídolos indefensos, para quienes ha sonado la hora de la caída. Tienen estos en contra suya la fatalidad de verse abandonados de improviso por los amigos tibios, por los servidores asalariados y hasta por los que todo lo deben al infeliz que cae, de modo que a las manos del odio justo o injusto, se unen para rematar la víctima las manos de la ingratitud, el más canalla de todos los vicios. Sintiendo el auxilio de la ingratitud, la turba se envalentona, se cree omnipotente e inspirada por un astro divino, y después se atribuye orgullosamente la victoria. La verdad es que todas las caídas repentinas, así como las elevaciones de la misma clase, tienen un manubrio interior, manejado por manos más expertas que las del vulgo. Cuando la puerta de la casa se abrió, precipitose la turba en lo interior, bramando de coraje. Su salvaje resoplido me causaba terror e indignación, mayormente cuando consideré que iba a saciar su sed de venganza en la persona de un hombre indefenso. Era aquella la primera vez que veía al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y desde entonces le aborrezco como juez. A los gritos de «¡Muera Godoy!» se mezclaban preguntas de feroz impaciencia; «¿Le han cogido?». «¿Le han matado?». Todos querían entrar; pero no era posible, porque la casa estaba ya atestada de gente. Desde fuera y al través de los balcones de par en par abiertos, se veía el resplandor de las hachas: siniestros gritos y ruidos de muebles o vasos que se quebraban bajo las garras de la fiera, salían de la casa a mezclarse con el concierto exterior. En un instante se encendió una gran hoguera que iluminó la calle: las campanas de todas las iglesias y conventos del pueblo tocaban sin cesar; pero no podía definirse si aquellos tañidos eran toques de alarma o repiques de (p.403) triunfo. Lopito, que bailaba como un demonio adolescente junto a la hoguera, se acercó a mí y me dijo: -Gabriel, ¿no te entusiasmas?¿Qué haces ahí tan friote? Ven, subamos al palacio. Alguna vez ha de ser para nosotros. ¿No dicen que todo lo ha robado a la nación? Casi arrastrado por mi joven amigo entré en el palacio y subí a las habitaciones altas, abriéndonos paso por entre los energúmenos que bajaban y subían. Recorrí todas las salas por las cuales había transitado dos días antes, llegué al mismo despacho del príncipe, y vi la mesa donde escribí mi nombre. La multitud subía y bajaba, abría alacenas, rompía tapices, volcaba sofás y sillones, creyendo encontrar tras alguno de estos muebles al objeto de su ira; violentaba las puertas a puñetazos; hacía trizas a puntapiés los biombos pintados; desahogaba su indignación en inocentes vasos de China; esparcía lujosos uniformes por el suelo, desgarraba ropas, miraba con estúpido asombro su espantosa faz en los espejos, y después los rompía; llevaba a la boca los restos de cena que existían aún calientes en la mesa del comedor; se arrojaba sobre los finos muebles para quebrarlos, escupía en los cuadros de Goya, golpeaba todo por el simple placer de descargar sus puños en alguna parte; tenía la voluptuosidad de la destrucción, el brutal instinto tan propio de los niños por la edad como de los que lo son por la ignorancia; rompía con fruición los objetos de arte, como rompe el rapaz en su despecho la cartilla que no entiende; y en esta tarea de exterminio la terrible fiera empleaba a la vez y en espantosa coalición todas sus herramientas, las manos, las patas, las garras, las uñas y los dientes, repartiendo puñetazos, patadas, coces, rasguños, dentelladas, testarazos y mordiscos. La rabia del monstruo aumentó cuando corrieron de boca en boca estas frases: «No está ese perro». «El endino se ha escapao». Efectivamente; el Príncipe no parecía por ninguna parte, de lo cual me alegré. Cuando la turba no puede saciar su hambre de destrucción en el objeto humano de su rencor, suele darse el (p.404) gustazo de tomar venganza en los cuerpos inocentes de los muebles que a aquel pertenecieron. Así ha ocurrido en todos los motines de nuestro repertorio, y así ocurrió en aquel, más que ninguno famoso, por las diversas causas que lo ocasionaron. Convencidos, pues, los conjurados de que no habrían a las manos ni un pelo del Príncipe de la Paz, concibieron el heroico pensamiento de quemar todas las preciosidades del palacio recién saqueado. Con gozo sin igual, con la embriaguez del triunfo y la conciencia de su fuerza irresistible, comenzaron los nuevos huéspedes del palacio a arrojar por los balcones sillas, sofás, tapices, vasos, cuadros, candelabros, espejos, ropas, papeles, vajillas y otros mil perversos cómplices de la infame política de Godoy. La fiera cumplía este cometido con cierto orden, sin dejar de decir: «¡Muera ese tunante, ladrón!», y «¡Viva el Rey, viva el Príncipe de Asturias!». Pero antes de que empezara esta operación, y cuando los exploradores se convencieron de que el Príncipe había huido, la Princesa de la Paz, que estaba hasta entonces oculta, se presentó pidiendo socorro, e implorando la compasión de la multitud. El miedo hacía temblar a la infeliz señora, lo mismo que a su hija, niña de corta edad que con ambos puños en los ojos lloraba sin consuelo. No sé si los ruegos de la madre y de la hija ablandaron a los amotinados, o si las personas de categoría que dirigían la fiesta determinaron poner en salvo con todo miramiento y consideración a la infeliz princesa; lo cierto fue, que lejos de maltratarla de obra o de palabra, sacáronla de la casa, y puesta en una berlina fue llevada en ca el palacio de los reyes, como decía Pujitos, quien sin que nadie se lo ordenara, se encargó de tan caballeresca comisión. Ustedes comprenderán que todo lo que fuese figurar en primer término agradaba a Pujitos, así es que si se reunía un pelotón para marchar a cualquier parte, allí estaba él para mandarlo, complaciéndose en decir: «Marchen, media güelta a lizquielda», con tanta marcialidad como un coronel de (p.405) guardias walonas. No me cansaré de repetirlo: Pujitos tenía en su cráneo entre un lobanillo y un chichón, la protuberancia (¿cómo lo diré..?) la protuberancia de la tenientividad. Como Napoleón el genio de la guerra, poseía él el instinto de la milicia nacional; mas los hados no quisieron que llegase a mandar ninguna compañía de aquella honrada fuerza, porque antes de 1820 la Parca cruel lo arrebató de este mundo, privando a nuestro planeta de tan grande y simpática figura. Cuando los infatigables trabajadores del motín comenzaron a arrojar por ventanas y balcones los muebles del palacio, Lopito, que llevaba a cuestas una maravillosa obra de porcelana, producto de los talleres de la Moncloa, se llegó a mí y díjome: -Gabrielillo, cuidado cómo coges nada. El tío Pedro, que está allí observando lo que hacemos, tiene en la mano una pistola, y dice que levantará la tapa de los sesos al que robe cualquier chuchería. No es el único gran caballero que anda entre nosotros. ¿Ves aquel hombre vestido de majo que está dando de patadas a un retrato de cuerpo entero? Pues es un gentil-hombre del cuarto del Príncipe. ¿Ves?, ya pasó el pie del otro lado de la tela. Tremendo agujero le han hecho. ¡Al fuego, al fuego! La hoguera, alimentada con tanto combustible, subía a enorme altura, y las llamas oscilantes iluminaban de un modo pavoroso la calle toda, y también el interior del palacio. Parecíamos los cíclopes de una inmensa fragua; y digo parecíamos, porque yo también, temiendo que mi falta de entusiasmo fuera sospechosa y me proporcionase algún porrazo, puse manos a la obra, y cogiendo una armadura milanesa, en cuyo peto y casco se veían batallas microscópicas trabajadas por finísimo cincel, di con ella en la calle y en la hoguera. Ni por un momento cesaban los gritos de «muera Godoy»; y sin duda querían matarle a voces ya que de otra manera les fue imposible conseguirlo. Pero es de advertir que entre nosotros es muy común el intento de arreglar las más difíciles cuestiones mandando vivir o morir a quien se nos antoja, y (p.406) somos tan dados a los gritos que repetidas veces hemos creído hacer con ellos alguna cosa. Yo no sé si los asaltadores de la casa del Príncipe de la Paz creían estar quemando algo más que muebles muy finos y primorosas obras de arte; pero por lo que en boca de alguno de aquellos héroes oí, se me figura que estaban convencidos de que hacían un gran papel político; de que con la llama de los espinos y de los brezos, sin cesar alimentada por ébanos tallados y bordadas telas, estaban cauterizando las más feas llagas de la doliente España. ¡Ay! He presenciado después la misma escena repetida cada pocos años ya por esta idea, ya por la otra, y he dicho: «Algunas veces puede conseguirlo la espada en manos de un hombre de genio; pero el fuego en manos del vulgo, jamás». Tras la armadura cogí un reló de bronce, y al llevarlo sobre mí sentía el palpitar de su máquina. El pobrecillo andaba, vivía; aquel artificio que tanto se parece a un ser animado, aquella obra de los hombres que parece obra de Dios, y que ha sido inventada por la ciencia y adornada por las artes para uno de los más útiles empleos de la vida, iba a perecer a manos del hombre mismo, sin haber cometido más crimen que el de marcar las horas.. ¿Pero a qué vienen estas consideraciones hechas ante la hoguera del rencor? Aunque me daba lástima del relojito, y lo estrechaba contra mi pecho escuchando su latido que iba a extinguirse, arrojelo al fin, y las mil piezas de su máquina ingeniosa repercutieron sobre el suelo. Al reló siguieron cuantas baratijas encontré a mano, entre ellas guantes perfumados, un estuche de marfil, pequeñas estatuas de alabastro y después unos mapas del Asia, libros lujosamente encuadernados que sin duda los muy necios se creían libres de la Inquisición, unas pantuflas, cuatro casacas con galones de plata y oro y el pupitre en que dos días antes se había extendido mi recomendación. ¡Fortuna, vil prostituta, por qué te invocan los hombres!
Ep-3-X - Cuando revolvía uno de los armarios, aparecieron varias cruces; pero algunos de los (p.407) presentes, ni aun me permitieron tocarlas, y pusiéronlas todas en una bandeja de plata, para entregarlas, según decían, al Rey en persona. Lo más singular de la determinación de aquellos cortesanos tiznados con el hollín de la demagogia, era que disputaban sobre quién debía llevarlas, pues ninguno quería ceder a los demás semejante honor. Uno de ellos venció al fin; y no quisiera equivocarme, pero me pareció reconocer al señor de Mañara. Con el crecer de la llama parecía que cobraban nuevos bríos los quemadores, si bien puede atribuirse este fenómeno a que algunos zaques dieron vuelta a la redonda, humedeciendo los secos paladares, y alegrando los ánimos que un trabajo tan penoso como patriótico, había comenzado a abatir. Creí oír la voz de Pujitos obligado nuevamente por sus amigos políticos a tomar la palabra; pero no, era Santurrias, que teniendo en la izquierda la bota y en la derecha mano un leño encendido, pronunciaba sentidas frases en loor del pueblo y del Rey, ambos en buen amor y compaña, para bien del reino; y añadía que el endino Príncipe de la Paz estaba bien castigado, puesto que eran ya cenizas todos los muebles que robó al reino, y que de aquí palante, es decir, en lo sucesivo, no habría más menistros pillos y lairones. Las hogueras, cuando ya no había nada que echarles, se aplacaron: el populacho, mientras el tío Malayerba tuvo vino, y Pujitos y Santurrias elocuencia, seguía ardiendo y chisporroteando. Algunos quisieron trasladar el teatro de sus ingeniosas proezas a las puertas de palacio, no siendo extraños los dos oradores a un proyecto que ensanchaba la esfera de sus triunfos; pero debió oponerse a esto el tío Pedro y compañeros de polaina, mayormente cuando tenían la seguridad de que el motín de las calles no era más que una sucursal de la gran asonada que en los mismos momentos estallaba en palacio y en la cámara del rey Carlos IV. Era ya la madrugada cuando quise retirarme, sin que lograra detenerme Lopito, que decía: -Aún falta lo mejor. ¿Qué te parece, Gabrielillo, lo que hemos hecho? Pues (p.408) entavía hemos de hacer mucho más. Ya habrá visto el Rey si se puede o no se puede. Pónganos otra vez menistros malos y verá cómo en menos que canta un gallo los despabilamos. Lo que es Lopito.. je, je.. ya habrán visto que tiene malas moscas.. y como yo hubiera encontrado a Godoy en cualquiera parte de la casa, le juro que no sale vivo de mis manos. Diciendo esto, el valiente pinche sacó una navajilla con la cual le vi describir heroicas curvas en el aire. -Y si llegamos a ir a palacio -prosiguió alzando el arma homicida-, yo, yo mesmito soy el que me presento al Rey y a la Reina para decirles que si no nos ponen al príncipe Fernando en el trono, lo pondremos nosotros. Lo que es al Rey no le haré nada, porque es el Rey; pero a la Reina, manque se ponga de rodillas delante, no la perdono. Dijo y guardó el arma. A todas estas llegó una compañía de guardias para custodiar la casa después de saqueada: fácil era comprender la inteligente dirección del motín de que había sido brutal instrumento un pueblo sencillo. Este no hubiera podido dar un paso más allá de la línea que se le marcara sin sentir encima la fuerte mano de la autoridad. No necesito decir que cuando se montó la guardia, el predestinado Pujitos quiso formar parte de ella, aunque no era militar, y su genio organizador se entretuvo en reunir en pelotón hasta una docena de hombres, con los cuales se ocupó en patrullar por las inmediaciones de la casa, mandándoles marchar a compás y supliendo él mismo con su voz la falta de tambor. Al fin me marché, no sólo porque tenía sueño, sino porque cuanto había visto y oído me repugnaba con exceso. Llegué a la casa del cura, y no puedo haceros formar idea del estado de agitación y fiebre en que le encontré. Envuelta en un pañuelo la cabeza, puesta la sotana vieja y con un antiguo gabán de paño burdo echado sobre los hombros y sus anchos pantuflos en los pies, estaba mi buen eclesiástico recorriendo de largo a largo los corredores y pasillos de su casa. Su aspecto era semejante al de los que sufren un (p.409) terrible dolor de muelas; a cada instante se llevaba las manos a las orejas, como para resguardarlas del ruido que hacían aún las campanas de la iglesia vecina; de vez en cuando golpeaba el suelo con fuerte patada, y a lo mejor daba media vuelta, cambiando de dirección en su calenturiento paseo. Entretanto, no cesaba de hablar un solo momento. ¿Con quién? ¿Con las paredes, con la luna, con la parra, que enredándose en los maderos del corredor extendía sus flacos y secos brazos para coger alguna cosa? Cuando me vio, hablome sin aguardar a que llegase a su lado. -Estoy loco, Gabrielillo, ¿qué pasa, qué ocurre? ¿Oyes las campanas de la parroquia? Por los mártires de Alcalá juro.. no, jurar no, que es pecado.. prometo que Santurrias me las ha de pagar todas juntas. ¿Pero has visto cómo se burla de mí ese condenado? No es él el que toca, que si fuera.. Mira, estaba yo descabezando el primer sueño cuando me hizo saltar de la cama el ruido de las campanas. ¡Dios mío, qué algazara! Plin, plan, plin, plan.. parecía que el cielo se venía abajo. Lleno de indignación subí a la torre, pero Santurrias no estaba, y en su lugar sus cuatro hijos tocaban las campanas. Tal era mi cólera, que resolví mostrar la mayor energía y les dije: «Pillos, granujas, váyanse de aquí noramala»; pero ellos se rieron de mí y siguieron tocando.. plin, plan, plin, plan.. ¡Si hubieras visto a los cuatro condenados muchachos, con qué alegría, con qué frenesí tiraban de las cuerdas!.. ¡Malditos sean!.. Pues uno de ellos, el mayor, es listillo y muy mono.. y ayuda a misa como un zarapico. Pero me dio tal enfado, que les mandé salir de la torre. ¿Tú me obedeciste?, pues ellos tampoco; el más chico me dijo: «Pare Gorio jue a matal a Godoy y nos puso a que tocálamos fuelte, fuelte». Desde las once hasta ahora no han cesado ni un momento. ¿Pero dime, qué ocurre en el pueblo? He visto el resplandor de una llamarada, he sentido gritos. La tía Gila fue por orden mía a ver lo que pasaba, y volvió horrorizada, diciendo que estaban quemando todo el Palacio Real de punta a punta, y los (p.410) jardines, y el Tajo y la cascada. Cuéntame, hijito, que estoy sin sosiego. Contele lo que había pasado en casa del Príncipe su amigo. -Pero a estas horas habrán salido las tropas para castigar a esa vil plebe -me dijo. -¡Quia! ¡Si entre la multitud había muchos soldados! La tropa debe de estar sobornada. -Pero a estas horas el Príncipe ha de estar tomando sus disposiciones para arreglarlo todo.. porque él no es hombre que se anda con chiquitas, y si les sienta la mano.. Cuánto deploro no haber podido advertirle ayer lo que se preparaba. Ya ves, hubiéramos podido evitar ese tumulto. ¡Miserable de mí!.. Yo, yo tengo la culpa de lo que está pasando. Si no fuera por este genio corto que Dios me ha dado.. -El Príncipe ha huido, y debe estar a estas horas muy lejos de Aranjuez. -¡Que ha huido! No puede ser, no puede ser -exclamó con cierta enajenación-. Gabriel: ¿para qué mientes? ¿O eres tú también de los que creen las majaderías y simplezas de Santurrias? A este punto llegábamos de nuestro coloquio, cuando sentimos una voz ronca y desapacible que gritaba en el portal. -¡Ah! -dijo el cura-, me parece que siento a Santurrias. Ahora va a ser ella: no intercedas por él.. estoy decidido.. ahora sí que es preciso ser enérgico. La voz se acercaba. Era efectivamente el sacristán, que cantaba así, subiendo por la escalera: Vale una seguidilla de las manchegas, por veinticinco pares de las boleras. Solvet sæclum in favilla, teste David cum Sibylla. -Váyase Vd., Sr. Santurrias -exclamó el cura-. No le quiero ver a Vd., no quiero oír sus necedades. El sacristán, que hasta entonces no nos había visto, se paró ante nosotros, y lanzando una carcajada de estupidez, habló así, con lengua estropajosa: El Kirieleyson cantando, ¡Viva el príncipe Fernando! Luego dio fuertes golpes en el suelo con un garrote medio quemado que en la mano traía, y acto continuo empezó a marchar militarmente por el corredor, imitando con la boca el ruido del tambor. -¡Está borracho! -dijo el cura-. Pero miserable, ¿no ves que el vino se te sale por los ojos? Santurrias, (p.411) apoyado en su palo para no caer al suelo, alargó su cuello, fijó en nosotros los encandilados ojos, arrugose su cara más aún que de ordinario, y dijo: -Señor paterniá: el Príncipe ha juío.. ¡Viva el Rey! ¡Muera el Choricero! ¡Muera ese pillo lairón!.. ¡O salutaris hooo.. stia! Si me bían dejao, le hago porvo con este palo.. Prrun, prrun.. ¡marchen! Media güelta.. ¡Viva el comendante Pujitos! -¡Oh espectáculo lastimoso! -dijo D. Celestino-. Está como una cuba. Ya no le aguanto más.. a la calle, a la calle mañana mismo. Se lo diré al señor patriarca.. Pero no; ahora me acuerdo de que es un viudo con cuatro hijos. A todas estas las campanas seguían tocando con igual furia, prueba evidente de que el entusiasmo de los cuatro muchachos no había disminuido. Santurrias se agarró al antepecho del corredor para no caer. Después de haber dicho mil herejías, que a D. Celestino le pusieron el cabello de puntas, dijo que nos iba a contar lo que había hecho. -Calla de una vez, deshonra de la santa Iglesia, borracho, hereje, blasfemo -le dijo D. Celestino empujándole-. Yo te aseguro que si no fueras un viudo con cuatro hijos.. -Pos, pos.. -balbuceó Santurrias- lo que hamos hecho se llama.. ¡rigolución!.. Que si vamos a palacio, que si no vamos. Yo quería ir pa pedí la aldicación. -¡Cómo! -exclamó el cura con espanto-. ¿Ha abdicado S. M. el rey Carlos IV? -Nones.. entavía nones.. Quantus tremor es futurus Quando judex est venturus. Viva quien baila, que merece la moza mejor de España. ¡Muera Godoy!.. marchen.. señor cura: ya el menistro no es menistro, polque el Rey.. -Creo que el Rey -dije yo para sacar de su ansiedad al buen anciano- ha firmado ya la destitución del Príncipe de la Paz. Según allí se dijo, los ministros que estaban en palacio se lo pedían así. -Eso.. eso.. juimos a palacio -continuó Santurrias, que no pudiendo sostenerse ya, había caído al suelo- y salió un gentilón con un papé escrito y leyó.. y decía.. decía: «Queriendo mandal por mi mesma mesmedá en el enjército y la marina, he venido en (p.412) ex.. ex.. ex..». -En exonerar -dijo el cura dirigiendo sus ojos al cielo. Santurrias murmuró algunas palabras más entre latinas y castellanas, y calló al fin. Un fuerte ronquido anunció el aplanamiento de aquel elevado espíritu, conturbado por el vino de la conjuración. Observé que D. Celestino enjugaba una lágrima con la punta del mismo pañuelo que tenía arrollado en la cabeza. Amanecía, y una turba de pájaros procedentes de los árboles cercanos, pasaron por sobre el patio cantando un himno de paz. Las primeras luces de la mañana iluminaron la casa, y el cura se retiró a su cuarto, diciendo: -Dentro de un rato diré la misa y la aplicaré por la salvación de mi amigo el Príncipe de la Paz.. ¡Ay!, si yo le hubiera avisado con tiempo.. Pero ¿no oyes? ¡Esas condenadas campanas me tienen loco! En efecto, los cuatro muchachos seguían tocando.
Ep-3-XI - Pasé todo aquel día durmiendo. Al caer de la tarde salí para observar el aspecto del pueblo, y en la taberna encontré a Lopito, que hacía con su navajita mil rúbricas en el aire, para que le viera Mariminguilla. Después, guardando el arma, me dijo: -Le he caído en gracia a la muchacha, y si el tío Malayerba no me la deja sacar de aquí, ya sabrá quién es Lopito. ¡Qué bien me porté anoche, Gabriel! Todos están entusiasmados conmigo, y para cuando tengamos al Príncipe en el trono, ya me han prometido darme una plaza de ocho mil reales en la contaduría del Consejo de Hacienda. -Chico, si tienes buena letra.. -Ni buena ni mala, porque no sé escribir; pero eso será lo de menos. Me ha dicho Juan el cochero que ahora van a quitar de las oficinas a todos los que puso el Príncipe de la Paz, y como son cientos de miles, quedarán muchas plazas vacantes. Conque a toos nos han de poner.. porque, chico, esto de la montería me cansa, y para algo más que para cuidar perros y machos de perdiz, me parece que nos echaron nuestras madres al mundo. -Pero ¿ponen al Príncipe de Asturias, o no le ponen? -Nos lo pondrán; y si no, ¿para qué vienen ahí las tropas de Napoleón? (p.413) ¡Qué bueno estuvo lo de anoche! Dicen que el Rey temblaba como un chiquillo, y quería venir a calmarnos; pero parece que los ministrillos no le dejaron. La Reina decía que nos debían matar a todos para que no pasara aquí otra como la de Francia, donde le cortaron la cabeza a los reyes con un instrumento que llaman la tía Guillotina. Así me lo contó esta mañana Pujitos, que sabe de toas estas cosas, y lo ha leído en un papel que tiene. Nosotros queremos al Rey, porque es el Rey, y esta mañana, cuando salió al balcón, gritamos mucho y le aclamamos. Él se llevaba la mano a los ojos para secarse las lágrimas; pero la condenada Reina estaba allí como un palo, y no nos saludó. Pujitos que lo sabe todo, dice que es porque está afligida con lo que hemos hecho en casa del Choricero, y asegura que ella lo tiene escondido en su camarín. -Puede ser. -Pues yo me he lucido -continuó Lopito alzando la voz para que lo oyera Mariminguilla-. Esta mañana cuando prendieron a D. Diego Godoy, hermano del ministro, íbamos toos gritando detrás, y yo le tiré una piedra, que si le llega a dar en metá la cara, lo deja en el sitio. -¿Y qué había hecho ese señor? -¿Te parece poco ser hermano de ese pillastrón? Era coronel de guardias, pero sus mismos soldados le quitaron las insignias y ahora me lo van a llevar a un castillo. Aquella noche oí un nuevo discurso de Pujitos; pero haré a mis lectores el señalado favor de no copiarlo aquí. El poeta calagurritano que antes mencioné, jefe de la conspiración literaria fraguada contra El sí de las niñas, se arrimó a nosotros, acompañado de Cuarta y Media, y entre uno y otro nos descerrajaron la cabeza con media docena de sonetos y otros proyectiles fundidos en sus cerebros. Pero después que nos molieron a sonetazos, Lopito trabó cierta pendencia con el poeta, porque a este se le antojó requebrar a Mariminguilla, llamándola ninfa de no sé qué aguas o poéticos charcos. La navaja de Lopito salió a relucir, y si el poeta no hubiera sido el más cobarde de los cabalgantes del Pegaso, habría corrido mezclada en espantoso río la sangre de un (p.414) futuro empleado de Hacienda, y la de un pretérito émulo del viejo Homero. Nada más ocurrió en aquella noche, digno de ser transmitido a la posteridad; pero a la mañana siguiente se esparció con la rapidez del rayo por todo el pueblo la voz de que el Príncipe de la Paz había sido encontrado en su propia casa. La taberna del tío Malayerba se vació en dos minutos, y de todas partes cundió en gran masa la gente para verle salir. Era cierto: Godoy se había refugiado en un desván donde le encerró uno de sus sirvientes, el cual, preso después, no pudo acudir a sacarle. A las treinta y seis horas de encierro, el Príncipe, prefiriendo sin duda la muerte a la angustia, hambre y sed que le devoraban, bajó de su escondite, presentándose a los guardias que custodiaban su morada. Estos, lejos de amparar al que un día antes era su jefe, alborotaron el vecindario, y la misma turbamulta de la noche del 17 acudió con heroico entusiasmo a apoderarse de él. -¡Ya pareció, ya le cogimos, ya es nuestro! -exclamaban muchas voces. Fuimos todos allá, y en la puerta del palacio el agolpado gentío formaba una muralla. Los feroces gritos, los aullidos de cólera componían espantoso y discorde concierto. Sorprendiome oír entre tanta algarabía las voces de algunas mujeres chillonas, que deshonraban a su sexo pidiendo venganza. Lopito no cabía en sí de satisfacción, y la navajilla fue blandida sobre nuestras cabezas, como si quisiera partir el firmamento en dos pedazos. Empujábamos todos, pugnando cada cual por acercarse, y codazo por aquí, codazo por allí, Lopito y yo pudimos aproximarnos bastante a la puerta. El poeta y Cuarta y Media estaban en primera fila. El segundo de estos personajes se volvió a mí, y me dijo con gozo: -Creo que no saldrá vivo de manos del pueblo. -¿Y a Vd. qué le ha hecho ese caballero? -le pregunté. -¡Oh! -me contestó-. Ese hombre es un infame, un pícaro que se ha hecho rico a costa del reino. Yo le aborrezco, le detesto: yo soy una víctima de sus picardías. Ha de saber Vd. que la tienda de calderería que tengo me la (p.415) puso él, por ser yo hijo de la que le lavaba la ropa.. Al año de tener la tienda me arruiné, y él me dio unos cuartos para seguir adelante; pero como le pidiese un destino donde con descanso y sin trabajar me ganase la vida, tuvo la poca vergüenza de contestarme que yo no debía ser empleado sino calderero, y añadió que yo era un animal. Vea Vd., ¡decir que yo soy un animal! No quise oírle más, y me volví de otro lado. La turba chillaba: no he podido olvidar nunca aquellos gritos que relaciono siempre con la voz de los seres más innobles de la creación; y mientras aquel gatazo de mil voces mayaba, extendía determinadamente su garra con la decisión irrevocable y parecida al valor que resulta de la superioridad física, con la fuerte entereza que da el sentirse gato en presencia del ratón. La tropa contenía al pueblo, anheloso de entrar, y algunos jinetes de la guardia se colocaron a derecha e izquierda de la puerta. No lejos de allí, Pujitos, que tenía, como hemos dicho, el instinto, el genio de la reglamentación del desorden, mandaba a la turba que se pusiese en fila, y decía alzando su garrote: -Señores: a un laíto.. de dos en dos. Formen en batallón, y no rempujen. De pronto un clamor inmenso, compuesto de declamaciones groseras, de torpes dichos, de gritos rencorosos resonó en la calle. En la puerta había aparecido un hombre de mediana estatura, con el pelo en desorden, el rostro blanco como el mármol, los ojos hundidos y amoratados, los brazos caídos, en mangas de camisa y con un capote echado sobre los hombros. Era el ministro de ayer, el jefe de los ejércitos de mar y tierra, el árbitro del gobierno, el opulento Príncipe y prócer, señor de inmensos estados, el amigo íntimo de los Reyes, el dispensador de gracias, el dueño de España y de los españoles, pues de aquella y de estos disponía como de hacienda propia; el coloso de la fortuna, el que de nada se convirtió en todo, y de pobre en millonario, el guardia que a los veinticinco años subió desde las cuadras de su regimiento al trono de los Reyes, el conde de Eboramonte y (p.416) duque de Sueca y duque de la Alcudia, y Príncipe de la Paz, y Alteza Serenísima que en un día, en un instante, en un soplo había caído desde la cumbre de su grandeza y poder al charco de la miseria y de la nulidad más espantosas. Cuando apareció, mil puños cerrados se extendieron hacia él: los caballos tuvieron que recular, y los jinetes que hacer uso de sus sables, para que el cuerpo del Príncipe no desapareciera, arista devorada por aquel gran fuego del odio humano. El favorito dirigió al pueblo una mirada que imploraba conmiseración; pero el pueblo que en tales momentos es siempre una fiera, más se irritaba cuanto más le veía; sin duda el mayor placer de esa bestia que se llama vulgo, consiste en ver descender hasta su nivel a los que por mucho tiempo vio a mayor altura. El piquete de guardias de a caballo trató de conducir al Príncipe al cuartel, para lo cual fue preciso que él se colocase entre dos caballos, apoyando sus brazos en los arzones, y siguiendo el paso de aquellos, que si al principio era lento, después fue muy acelerado con objeto de terminar pronto tan fatal viacrucis. Entre tanto la multitud pugnaba por apartar los caballos; por aquí se alargaba un brazo, por allí una pierna; los garrotes se blandían bajo la barriga de los corceles, y las piedras llovían por encima. Tanto menudeaban estas, que los jinetes empezaron a amoscarse y repartieron algunos linternazos. Lopito, ebrio de gozo me dijo: -He sido más listo que todos, porque me escurrí por entre las patas de los caballos, y le pinché con mi navaja. Mírala: entavía tiene sangre. Cuarta y Media vociferaba diciendo: -Es una iniquidad lo que hacen con nosotros. Esos guardias debían ser fusilados. ¿Por qué no nos dejan acercar? Pujitos, que en su petulancia no carecía de generosidad, fue el único de los por mí conocidos, en quien advertí señales de compasión. Hubo momentos angustiosos en que la turba se arremolinaba estrechándose, y parecía próxima a devorar al prisionero y a los jinetes que le custodiaban; pero estos sabían abrirse paso, y aclarándose el grupo (p.417) volvía a aparecer la cara del mártir, asido con convulsas manos a los arzones, cerrados sus ojos, la frente herida y cubierta de sangre, las piernas flojas y trémulas, llevado casi en volandas y casi arrastrando, con la respiración jadeante, la boca espumosa, las ropas desgarradas. Parecíame mentira que fuese aquel el mismo hombre que dos días antes me recibió en su palacio, el mismo a quien vi asediado por los pretendientes, agitado y receloso sin duda, pero seguro aún de su poder, y muy ajeno a aquella tan repentina y traidora y alevosa mudanza del destino.. ¡Y los chicos más desarrapados se aventuraban entre los pies de las cabalgaduras para golpearle, y las mujeres le arrojaban el fango de las calles, menos repugnante que las exclamaciones de los hombres.. y estos no disparaban sus escopetas por temor de herir a los soldados! No creo que haya ocurrido jamás caída tan degradante. Sin duda está escrito que la caída sea tan ignominiosa como la elevación. Los favoritos que dejaron su cabeza sobre el tajo de un cadalso, fueron sin disputa menos mártires que D. Manuel Godoy, llevado en vergonzosa procesión entre feroces risas y torpes dicharachos, sin morir, porque no matan los arañazos y pellizcos.
Ep-3-XII - Al fin entró en el cuartel la comitiva, y el populacho, azuzado sin cesar por los lacayos palaciegos, tuvo el sentimiento de no poder mostrar su heroísmo con el éxito que deseara. Alguno de los más celosos entre tan bravos campeones salió malherido a consecuencia de que todas las piedras lanzadas contra el ministro no seguían la dirección dada por la mano que las tiraba. Digo esto, porque en el momento en que Santurrias se encaramaba sobre los hombros de dos palurdos para poder asestar un golpe certero al infeliz mártir, recibió una peladilla de arroyo sobre la ceja derecha con tanta fuerza, que el benemérito sacristán cayó al suelo sin sentido. Al punto los que más cerca estábamos, Lopito y yo, corrimos en su ayuda, y en unión de otras dos personas caritativas, llevamos aquel talego a su casa, pues Santurrias vivía (p.418) pared por medio con mi buen amigo D. Celestino del Malvar. Luego que este vio entrar a su subalterno tan mal parado, cruzó las manos y dijo: -Castigo de Dios ha sido, por las muchas blasfemias de este hombre y su abominable complicidad con los enemigos del Estado. No es esta ocasión de demostrar cólera, sino blandura: aquí estoy yo para curarle y asistirle, pues prójimo es, aunque un grandísimo bribón. Dejadle ahí sobre una estera, que yo prepararé las bizmas y el ungüento, con lo cual quedará como nuevo. Ánimo, amigo Santurrias, ¿estáis encandilado todavía? ¿Queréis que saque una de aquellas botellas que tanto deseáis? Tía Gila -añadió dando una llave a la mujer que le servía- abra Vd. la alacena y saque al punto una de las que dicen La Nava, seco, para ver si con la perspectiva de ella se reanima un tantico este hombre. Y vosotros, chiquillos -prosiguió dirigiéndose a los cuatro hijos de Santurrias que exhalaban plañideros hipidos en torno al desmayado cuerpo de su padre- no lloréis, que esto no es más que un rasguño alcanzado por este buen hombre en alguna disputa. No lloréis, que vuestro padre vive y estará sano dentro de una hora.. Y si muriese, yo os prometo que no quedaréis huérfanos, porque aquí me tenéis a mí, que os he de amparar como un padre. Vamos, chiquillos, aquí no servís más que de estorbo. Idos a jugar.. Vaya, para que os quitéis de en medio, os permito que toquéis un poquito las campanas, picarones.. id a la torre; pero no toquéis fuerte, tocad a sermón o a completas. Como se levanta la bandada de pájaros, sorprendida por el cazador, así volaron fuera del cuarto los cuatro muchachos, y un instante después todas las viejas del pueblo salían a sus puertas y balcones diciéndose unas a otras: -Señora doña Blasa, esta tarde tenemos sermón y completas. Buena falta hace, a ver si se acaban pronto estas herejías. Santurrias, que había perdido mucha sangre, recobró algo tarde el completo uso de sus eminentes facultades, y al abrir a la luz del día sus ojos, permaneció como atontado por un buen (p.419) rato, hasta que fue devuelta a su lengua el don de la facundia. -¡Que lo ahorquen! -dijo-. Que nos lo den; que lo echen hacia ca, y nosotros le enjusticiaremos. Despachemos primero a los guardias de a caballo y dimpués a él.. No arrempujar, señores. Darle onde le duela. Pincha tú por bajo, Agustinillo, que yo con esta almendra le echo la puntería en metá la nariz. ¡Mil demonios! ¿Quién tira piedras?.. ¡Muerto soy! -No, yerba ruin: vivo estás -dijo D. Celestino aplicándole una venda a la herida-. Mira esto que he puesto delante. Es una botella de aquellas que deseabas, borracho: tuya será cuando te pongas bueno, si prometes no decir disparates. Después nos preguntó que en qué refriega había acontecido tan funesto percance, y Lopito y yo, cada cual con distinta manera y estilo, le contamos lo que había sucedido, el encuentro del Príncipe, su prisión, y su suplicio por las calles del pueblo. -Corro allá, voy al instante -exclamó fuera de sí D. Celestino-. Es mi bienhechor, mi amigo, mi paisano y aun creo que pariente. ¿Cómo he de desampararle en su desventura? Quisimos disuadirle de tan peligroso intento; pero él no reparaba en obstáculos ni menos en el riesgo que corría, haciendo pública ostentación de sus sentimientos humanitarios en favor del desgraciado valido. Nada le convencía, y después que dejó a Santurrias muy bien vendado, y ya algo repuesto de su malestar, tomó el manteo, vistiose a toda prisa y fue en dirección del cuartel. -No se exponga Vd. -le decía yo por el camino-. Mire que son unos bárbaros, y en cuanto Vd. demuestre que es amigo del Príncipe, no respetarán ni sus canas, ni su traje. -¡Que me maten! -contestó-. Quiero ver al Príncipe.. Cuando me acuerdo de lo que me quería ese buen señor.. ¡Ah! Gabrielillo: lo que está pasando es espantoso y clama al cielo. Pase que algunos estén descontentos de su gobierno; pase que le tengan otros por mal ministro, aunque yo creo que es el mejor que hemos tenido desde hace mucho tiempo; se puede perdonar que sus enemigos le quieran derribar y le insulten; se comprende que dichos (p.420) enemigos en un momento de coraje le prendan, le arrastren, le ahorquen; pero hijo, que esto lo hagan los mismos a quienes ha favorecido tanto, los que sacó de la miseria, los que de furrieles trocó él en capitanes, y de covachuelos en ministros, los que han vivido a su arrimo, y han comido sobre sus manteles, y le han adulado en verso y en prosa.. ¡ah!, esto no tiene perdón de Dios, y menos si se considera que se han valido para esto de los mismos lacayos, cocineros y criados de los infantes.. Hijo mío, me parece que veo la corona de España paseada por los patanes y los majos en la punta de sus innobles garrotes. Llegamos al cuartel, cuya puerta estaba bloqueada por el populacho, D. Celestino se abrió paso difícilmente. Algunos preguntaron con sorna: -«¿Adónde va el padrito?», y él, dando codazos a diestra y siniestra, repetía: -«Quiero ver a ese desgraciado, mi amigo y bienhechor». Muy mal recibidas fueron estas palabras; pero al fin más que la exaltada pasión pudo el tradicional respeto que al pueblo español infundían los sacerdotes. -Hijos míos -les decía-: sed caritativos; no seáis crueles ni aun con vuestros enemigos. La turba se amansó, y D. Celestino pudo abrirse calle por entre dos filas de garrotes, navajas, escopetas, sables y puños vigorosos, que se apartaban para darle paso. Yo estaba muy asustado viéndole entre aquella gente, y mi viva inquietud no se calmó hasta que le consideré sano y salvo dentro del cuartel. Y los cuatro hijos de Santurrias seguían tocando a sermón y completas, y la iglesia se llenaba de viejas, que al tomar agua bendita se saludaban diciendo: -«Creo que aún no ha concluido todo, y que tendremos esta tarde otra jaranita». Y el segundo acólito, creyendo que la cosa iba de veras, encendió el altar y preparó las ropas, y abrió los libros santos. Y dieron las tres, las tres y media, las cuatro, las cuatro y media y el cura no aparecía, y las viejas se impacientaban, y el segundo acólito se volvía loco, y los cuatro hijos de Santurrias seguían tocando. Y yo fui también a la iglesia, y sentado en (p.421) un banco reflexioné detenidamente sobre la inestabilidad de las glorias humanas, hasta que al fin, observando que la impaciencia de las viejas llegaba a su último extremo y que empezaban a entablar diálogos pintorescos para matar el fastidio, salí en busca de mi amigo. Encontrele muy a punto en el momento en que regresaba del cuartel. Su rostro era cadavérico: su habla trémula. -¡Ah Gabriel! -me dijo-. Vengo traspasado de dolor. Allí sobre unas fétidas pajas, cubierto de sangre y pidiendo a voces la muerte, está el que ayer gobernaba dos mundos. Ni un alma compasiva se acerca a darle consuelo. Ayer cien mil soldados le obedecían, y hoy hasta los furrieles se ríen de su miseria. No creí que todo se pudiera perder tan pronto; pero ¡ay, hijo!, el hombre es así. Gusta mucho de las caídas, y el día en que un poderoso de la tierra viene al suelo siempre es un día feliz. -Sosiéguese Vd. -le dije-. Vd. no recordará que mandó tocar a sermón y a completas. La iglesia está llena de gente. No hay más remedio sino subir al púlpito. -Hablé con él -prosiguió sin hacerme caso-. El corazón se me parte recordándolo. Desde anteanoche hasta esta mañana estuvo en un desván, envuelto en un saco de esteras, muerto de hambre y de sed. La horrorosa calentura le devoraba de tal modo, que prefirió la muerte. Por eso salió el infeliz. ¡Pobre amigo mío! Yo le dije: «Señor si cada uno de los que han recibido un beneficio de vuestra alteza, le hubiera echado una gota de agua en la boca, su sed se habría apagado». Él me miró con expresión de agradecimiento, y no dijo nada, pero a mí se me caían las lágrimas. Todo esto ha sido obra del Príncipe de Asturias y de sus amigos. Bien claro se ve. Cuando el Príncipe fue de orden de su padre a calmar al pueblo para que no despedazara al infeliz prisionero, los amotinados le aclamaban y obedecían. Y esto no ha de parar aquí. Ellos quieren la abdicación del Rey, y viendo que esto no es fácil de conseguir, tratan de irritar más al populacho para que D. Carlos coja miedo y suelte la corona. Ahora (p.422) pusieron en la puerta del cuartel un coche de colleras, con lo cual ese bestia de pueblo creyó que el preso iba a ser puesto en salvo de orden del Rey. ¡Qué fácilmente se engaña a esos desgraciados! El ardid salió bien, porque la turba destrozó el carruaje, y después ha corrido hacia palacio dando vivas a Fernando VII. -Ya me lo explicará Vd. detenidamente -repuse-. Ahora prepárese Vd. para ir a la iglesia, donde le aguarda una multitud de respetables señoras. -¿Qué dices? Si no hay sermón esta tarde.. -Vd. mandó a los cuatro muchachos que tocaran a.. -¡Es verdad, qué inadvertencia! -dijo muy confundido-. Y están allí esas buenas señoras, doña Robustiana, doña Gumersinda, doña Nicolasa la del escribano. ¡Oh! ¿Qué dirá Nicolasa si no predico? -Es preciso que Vd. haga un esfuerzo. -Si no tengo ideas, si no sé qué decir. No puedo apartar mi mente del espectáculo que he visto. ¡Ah! ¡Cuánto me quería! ¡Si vieras cómo me apretó la mano! Yo lloraba a moco y baba. Si a él se lo debo todo. Él fue mi amparo, él me dio este beneficio a los catorce años de haberlo solicitado, enseguida, como quien dice. Y lo mejor es que sin merecimientos por parte mía.. No, no puedo predicar.. estoy atontado.. Esos endiablados muchachos todavía no cesan de tocar a sermón.. ¡Oh! tendré que hacer un esfuerzo. D. Celestino, comprendiendo la necesidad de no desairar a sus feligresas, entró en su iglesia y oró un poco, recogiendo su espíritu. Después subió al púlpito y predicó un sermón sobre la ingratitud. Todas las viejas lloraron.
Ep-3-XIII - Ya era de noche cuando me avisaron que a las diez salía un coche para Madrid. Resolví partir, y por hacer tiempo hasta que llegase la hora de la marcha, fui a la taberna. Como en los días anteriores, el gentío era inmenso, los trajes pintorescos y variados, las voces animadas (aunque ya enronquecidas por el patriotismo), los gestos elocuentes, las patadas clásicas, los pellizcos propinados a Mariminguilla infinitos, el vino más aguado que el día anterior, pues por algo disfruta Aranjuez el beneficio de dos copiosos (p.423) ríos. Lopito y Cuarta y Media me convidaron a beber con demostraciones de entusiasmo, y el primero de aquellos consecuentes hombres políticos, me dijo: -Hoy sí que nos hemos lucido Gabrielillo. Aquí me está diciendo el Sr. Cuarta y Media que esta noche ponen al Príncipe de Asturias, de modo que hemos de ir a darle vivas al balcón. Pujitos distrajo mi atención, hablándome de que pensaba organizar una compañía de buenos españoles que desfilaran por delante del palacio en marcial formación como la tropa, con objeto de hacer ver a los Reyes que el pueblo sabe dar media vuelta a la izquierda lo mismo que el ejército. ¡Qué predestinación! ¡Qué genio! ¡Qué mirada al porvenir! Yo contesté a Pujitos, excusándome de formar parte de tan brillante ejército, por serme indispensable marchar del Sitio aquella misma noche. Había oscurecido. Mariminguilla colgó el candil de cuatro mecheros para la completa aunque pálida iluminación de la escena, y aún me encontraba yo allí, cuando llegó la feliz, la anhelada noticia. Algunos entraron diciéndolo, y no se les dio crédito: otros salieron a averiguarlo y tornaron al poco rato confirmando tan fausto suceso; y por fin un grupo, el más bullicioso, el más maleante, el más entrometido de todos los grupos de aquellos días, la comparsa de los cocineros vestidos de patanes manchegos, y de pinches convertidos en majos, entró anunciando con patadas, manoplazos, berridos y coces, que la corona de España había pasado de las sienes del padre a las del hijo. No dejaban de tener razón al entusiasmarse aquellos angelitos, porque en apariencia ellos lo habían hecho todo. Comunicada por tan brillante pléyade la noticia, no podía menos de ser cierta, y en prueba de que los patres conscripti la creyeron, allí estaban los mil cascos de los vasos rotos en el momento en que se convencieron del cambio de monarca. También Mariminguilla tenía en sus brazos señales evidentes del alborozo Fernandista, pues se redoblaron los pellizcos. La multitud, espoleada por Pujitos, partió a los (p.424) alrededores de palacio a pedir que saliese el nuevo Rey para victorearle, y la taberna quedó desocupada en dos minutos. Pueblo y soldados, mujeres y chiquillos, todos se unieron al alegre escuadrón: su paso era marcha y baile y carrera a un mismo tiempo, y su alarido de gozo me habría aterrado, si hubiese yo sido el príncipe en cuyo loor entonaban himno tan discorde las gargantas humedecidas por el fraudulento vino del tío Malayerba. No quise ver ni oír más aquello, y fui a despedirme del incomparable D. Celestino, a quien hallé en el cuarto de Santurrias, ocupado aún en bizmarle y curar sus heridas. Luego que puso fin a esta operación, se ocupó en acostar a los cuatro muchachos campaneros, los cuales, fatigados de la batahola de aquel día, yacían medio dormidos sobre el suelo. Era preciso desnudarles como a cuerpos muertos, y al mismo tiempo hacerles comer las sopas de ajo que la tía Gila había traído en una gran cazuela. D. Celestino, teniendo sobre sus rodillas al más pequeño de aquellos diablillos, le acercaba la cuchara a la boca, esforzándose en introducirla por entre los apretados dientes. Después, procurando despabilarle decía: -Vamos ahora a rezar todos el Padre Nuestro. Si vieras, Gabrielillo - añadió dirigiéndose a mí-, ¡cómo me han mortificado estos cuatro enemigos! Uno me ponía rabos de papel en la sotana; otro tendía una cuerda desde la cama a la mesa para que al pasar me enredara las piernas y cayese al suelo; otro calentó la llave de la alacena y me abrasé los dedos cuando fui a abrir; y por último, con mi sombrero hicieron un muñeco que decían era el Príncipe de la Paz, y después de arrastrarle por el patio, iban a meterle en el fogón para quemarlo. Afortunadamente, la tía Gila acudió a tiempo. ¡Pero qué han de hacer, si ya no hay autoridad, ni se obedece a los superiores! Me parece que ahora van a venir tiempos muy calamitosos. Si cada vez que se les antoje quitar a un ministro salen gritando los cocheros de los príncipes con unas cuantas docenas de labriegos y soldados de la (p.425) guarnición, de antemano seducidos, vamos a estar con el alma en un hilo. Gabriel, aquí para entre los dos, ¿no es indecoroso y humillante, e indigno que un Príncipe de Asturias arranque la corona de las sienes de su padre, amedrentándole con los ladridos de torpes lacayos, de ignorantes patanes, de bárbaros chisperos y de una soldadesca estúpida y sobornada? ¡Ay! Si yo no fuera un hombre corto de genio, y lo hubiera tenido para decirle al Príncipe de la Paz lo que se fraguaba; si él, siguiendo mis consejos hubiera puesto a la sombra a tres o cuatro pícaros como Santurrias y otros.. Porque, créelo hijo, este borrachón es, según me han dicho, el que ha embaucado a medio pueblo para hacerle tomar parte en el alboroto.. por supuesto, que ha corrido dinero de largo. Yo de buena gana castigaría a este hombre execrable a este pérfido sacristán; ¿pero cómo he de dejar sin pan a un viudo con cuatro hijos? Ya ves: se me parte el corazón al considerar que estos angelitos andarán por las calles pidiendo una limosna.. Lo que antes te he dicho es cierto.. El vulgo, esa turba que pide las cosas sin saber lo que pide, y grita viva esto y lo otro, sin haber estudiado la cartilla, es una calamidad de las naciones, y yo a ser rey, haría siempre lo contrario de lo que el vulgo quiere. La mejor cosa hecha por el vulgo resulta mala. Por eso repito yo siempre con el gran latino: Odi profanum vulgus et arceo.. et arceo, y lo aparto.. et arceo, y lo echo lejos de mí.. et arceo, y no quiero nada con él. Concluida esta filípica, me abrazó deseándome mil felicidades, y haciéndome jurar que le enteraría puntualmente de la situación de Inés. Salí al fin de su casa y del pueblo, y cuando el coche que me conducía pasó por la plaza de San Antonio, sentí la algazara del pueblo agolpado delante de palacio. Sus gritos formaban un clamor estrepitoso que hacía enmudecer de estupor a las ranas de los estanques y asustaba a los grillos, pues unas y otros desconocían aquella monstruosidad sonora que tan de improviso les había quitado la palabra. El pueblo victoreaba al nuevo (p.426) Rey: el plan concebido en las antecámaras de palacio había sido puesto en ejecución con el éxito más lisonjero. Todo estaba hecho, y los cortesanos que desde los balcones contemplaban con desprecio el entusiasmo de la fiera, tan brutal en su odio como en su alegría, no cabían en sí de satisfacción, creyendo haber realizado un gran prodigio. En su ignorancia y necedad no se les alcanzaba que habían envilecido el trono, haciendo creer a Napoleón que una nación donde príncipes y reyes jugaban la corona a cara y cruz sobre la capa rota del populacho, no podía ser inexpugnable. Hasta que nuestro coche no se internó mucho por la calle Larga no dejamos de oír los gritos. Aquel fue el primer motín que he presenciado en mi vida, y a pesar de mis pocos años entonces, tengo la satisfacción de no haber simpatizado con él. Después he visto muchos, casi todos puestos en ejecución con los mismos elementos que aquel famosísimo, primera página del libro de nuestros trastornos contemporáneos; y es preciso confesar que sin estos divertimientos periódicos, que cuestan mucha sangre y no poco dinero, la historia moderna de la heroica España sería esencialmente fastidiosa. Pasan años y más años: las revoluciones se suceden, hechas en comandita por los grandes hombres, y por el vulgo, sin que todo lo demás que existe en medio de estas dos extremidades se tome el trabajo de hacer sentir su existencia. Así lo digo yo hoy, a los ochenta y dos años de mi edad, a varios amigos que nos reunimos en el café de Pombo, y oigo con satisfacción que ellos piensan lo mismo que yo, don Antero, progresista blindado, cuenta la picardía de O'Donnell el 56; D. Buenaventura Luchana, progresista fósil, hace depender todos los males de España de la caída de Espartero el 43; D. Aniceto Burguillos, que fue de la Guardia Real en tiempo de María Cristina, se lamenta de la caída del Estatuto. Reúnense junto a nuestra mesa algunos jóvenes estudiantes, varios capitanes y tenientes de infantería, y no pocos parásitos de esos que pueblan los cafés, probándonos que son tan (p.427) pesados de pretendientes como de cesantes. Todos nos ruegan que les contemos algo de las felicidades pasadas para edificación de la edad presente, y sin hacerse de rogar cuenta D. Antero la del 56, D. Buenaventura se conmueve un poco y relata la del 43, D. Aniceto da doce puñetazos sobre la mesa, mientras narra la del 36, y yo mojando un terroncito de azúcar y chupándomelo después, les digo con este tonillo zumbón que no puedo remediar: «Vds. han visto muchas cosas buenas; ustedes han visto la de los grandes militares, la de los grandes civiles y la de los sargentos; pero no han visto la de los lacayos y cocheros, que fue la primera, la primerita y sin disputa la más salada de todas».
Ep-3-XIV - Me siento fatigado; pero es preciso seguir contando. Vds. están impacientes por saber de Inés: lo conozco, y justo es que no la olvidemos. Llegué, pues, a Madrid muy temprano, y después de haber acomodado mi equipaje en la casa que tenía el honor de albergarme (calle de San José, número 12, frente al Parque de Monteleón), me arreglé y salí a la calle resuelto a visitar a Inés en casa de sus tíos. Mas por el camino ocurriome que no debía presentarme en casa de tales señores sin informarme primero de su verdadera condición y carácter. Por fortuna, yo conocía un maestro guarnicionero instalado en la calle de la Zapatería de Viejo, muy contigua a la de la Sal, y resolví dirigirme a él para pedir informes del Sr. Requejo. Cuando entré por la calle de Postas, mi emoción era violentísima, y cuando vi la casa en que moraba Inés, me flaqueaban las piernas, porque toda la vida se me fue de improviso al corazón. La tienda de los Requejos estaba en la calle de la Sal, esquina a la de Postas, con dos puertas, una en cada calle. En la muestra, verde, se leía: Mauro Requexo, inscripción pintada con letras amarillas; y de ambos lados de la entrada, así como del andrajoso toldo, pendían piezas de tela, fajas de lana, medias de lo mismo, pañuelos de diversos tamaños y colores. Como la puerta no tenía vidrieras, dirigí con disimulo una mirada al (p.428) interior, y vi varias mujeres a quienes mostraba telas un hombre amarillo y flaco, que era de seguro el mancebo de la lonja. En el fondo de la tienda había un San Antonio, patrón sin duda de aquel comercio, con dos velas apagadas, y a la derecha mano del mostrador una como balaustrada de madera, algo semejante a una reja, detrás de la cual estaba un hombre en mangas de camisa, y que parecía hacer cuentas en un libro. Era Requejo: visto al través de los barrotes, parecía un oso en su jaula. Aparteme de la puerta, y alzando la vista observé otra muestra colocada en la ventana del entresuelo, la cual decía: Préstamos sobre alhajas. En la ventanilla donde campeaba tan consolador llamamiento, no había flores, ni jaulas de pájaros, sino una multitud de capas, que respiraban higiénicamente el aire matutino por entre los agujeros de sus remiendos y apolilladuras. Tras los vidrios pendía una mugrienta cortineja. Observé que una mano apartó la cortina; vi la mano, luego un brazo y después una cara. ¡Dios mío! Era Inés. Yo la vi y ella me vio. Pareciome que sus ojos expresaban no sé si terror o alegría. Aquel rayo de luz duró un segundo. Cayó la cortinilla y ya no la vi más. Esto avivó en mí el deseo de entrar. ¿Cómo podían encontrarse en aquella vivienda las comodidades, los lujos, las riquezas que ponderaban los Requejos en su visita inolvidable? Para salir de dudas, doblé la esquina, y molí a preguntas al guarnicionero. -Ese Requejo -me dijo- es el bicho de peores trazas que ha venido al mundo. Está rico; pero ya se ve.. en casa donde no se come, ¿no ha de haber dinero? Porque has de saber que en el barrio corre la voz de que él se alimenta con las carnes de su hermana, y su hermana con las del mancebo, que por eso está como una vela. ¡Y cuidado si tienen dinero esas dos ratas!.. Con la tienda y la casa de préstamos, se han puesto las botas. Verdad que por las prendas de vestir no dan más que la cuarta parte de su valor, con interés de dos pesetas en duro por cada mes. Cuando toman sábanas finas y vajillas dan una onza, con interés (p.429) de cuatro duros al mes. En la tienda dan al fiado a los vendedores que van por los pueblos; pero les cobran cuatro pesetas y media por cada duro que venden. Dicen que cuando doña Restituta entra en la iglesia, roba los cabos de vela para alumbrarse de noche, y cuando va a la plaza, que es cada tercer día, compra una cabeza de carnero y sebo del mismo animal, con lo cual pringa la olla, y con esto y legumbres van viviendo. Una vez al año van a la botillería, y allí piden dos cafés. Beben un poquito, y lo demás lo echa ella disimuladamente en un cantarillo que deja escondido bajo las faldas, cuyo café traen a casa, y echándole agua lo alargan hasta ocho días. Lo mismo hacen con el chocolate. D. Mauro es vanidoso y gastaría algo más si su hermana no le tuviera en un puño, como quien dice. Ella tiene las llaves de todo, y no sale nunca de casa, por miedo a que les roben; y la casa es bocado apetitoso para los ladrones, porque se dice que en el sótano está la caja del dinero. Estas noticias confirmaron la opinión que acerca de los tíos de Inés había yo formado. La primera pena que sentí al oír el panegírico de los dos personajes, consistió en la certidumbre de que me sería muy difícil introducirme y menos trabar amistad con sus dueños. En esto pensaba tristemente, cuando vino a mi memoria un anuncio que varias veces había compuesto en la imprenta del Diario, el cual decía: «Se necesita un mozo de diez y siete a diez y ocho años, que sepa de cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque sólo sea de hombre, y guisar si se ofreciere. El que tenga estas partes y además buenos informes, diríjase a la calle de la Sal, esquina a la de Postas, frente a los peineros, lonja de lencería y pañolería de don Mauro Requexo, donde se tratará del salario y demás.». Corrí a la imprenta del Diario a ver si aún se insertaba aquel anuncio, y tuve el gusto de saber que los Requejos no habían encontrado quien les sirviera. Abandoné mi profesión de cajista, y sin consultarlo con nadie, pues nadie me hubiera comprendido, presenteme en la casa de la calle de la Sal, (p.430) declarándome poseedor de las cualidades consignadas en el anuncio. Mi único temor consistía en que los Requejos recordasen haberme visto en Aranjuez, con lo cual recelarían de tomarme a su servicio; pero Dios, que sin duda protegía mi buena obra, permitió que ni uno ni otro me reconocieran, y si doña Restituta me miró al pronto con cierta expresión sospechosa y como diciendo «yo he visto esta cara en alguna parte», fue sin duda un fugaz pensamiento que no la decidió a poner obstáculos a mi admisión. Cuando entré en la tienda, la primera persona a quien expuse mis pretensiones fue D. Mauro, el cual dejando un rancio librote donde escribía torcidos números, se rascó los codos y me dijo: -Veremos si sirves para el caso. De un mes acá han venido más de cincuenta; pero piden mucho dinero. Como ahora quieren todos ser señoritos.. Llamada por su hermano, presentose doña Restituta, y entonces fue cuando me miró como más arriba he dicho. -¿Tú sabes -me preguntó la tía de Inés- lo que damos aquí al mozo? Pues damos la mantención y doce reales al mes. En otras partes dan mucho menos, sí señor, pues en casa de Cobos, después de matarles de hambre, danles ocho reales y gracias. Con que muchacho, ¿te quedas? Yo fingí que me parecía poco, hasta intenté regatear para que no se descubriera mi propósito, y al fin dije, que hallándome sin acomodo, aceptaba lo que me ofrecían. En cuanto a los informes que me exigieron, fácil me fue conseguir la merced de una recomendación del regente del Diario. -Doce reales al mes y la mantención -repitió doña Restituta, creyendo sin duda, vista mi conformidad, que había ofrecido demasiado-. La mantención, sí, que es lo principal. ¡Ay! El lector no conoce aún todo el sarcasmo que allí encerraba la palabra mantención. -Por supuesto -dijo Requejo- que aquí se viene a trabajar. Veremos si sabes tú de todos los menesteres que se necesitan. Y aquí hay que andar derechito, sí señor; porque sino.. Mírame a mí: yo era un jambrera lo mismo que tú, y en fin.. con mi (p.431) honradez y mi.. -La economía es lo principal -añadió la hermana-. Gabriel, coge la escoba y barre todo el almacén interior. Después irás a llevar estos fardos a la posada de la calle del Carnero; luego copiarás las cuentas; más tarde lavarás la loza de la cocina antes de mondar las patatas, y así te quedará tiempo para apalear las capas, encender el fuego y soplarlo, devanar el hilo de la costura, poner los números a las papeletas, aviar la lamparilla, limpiar el polvo, dar lustre a los zapatos de mi hermano y todo lo demás que se vaya ofreciendo.
Ep-3-XV - Al punto empecé las indicadas operaciones, cuidando de poner en ellas todo el celo posible para contentar a mis generosos patronos. Debo ante todo dar a conocer la casa en que me encontraba. La tienda, sin dejar de ser pequeñísima, era lo más espacioso y claro de aquella triste morada, uno de los muchos escondrijos en que realizaba sus operaciones el comercio del Madrid antiguo. La trastienda era almacén y al mismo tiempo comedor, y los fardos de pañuelos y lanas servían de aparador a la cacharrería, cuyo brillo se empañaba diariamente con repetidas capas de polvo. Todos los artículos del comercio estaban allí reunidos y hacinados con cierto orden. Los Requejos vendían telas de lana y algodones, a saber: pañuelos del Bearne, género muy común entonces, percales ingleses, que desafiaban en la frontera portuguesa las aduanas del bloqueo continental; artículos de lana de las fábricas de Béjar y Segovia, algunas sederías de Talavera y Toledo; y por último, viendo D. Mauro que sus negocios iban siempre a pedir de boca, se metió en los mares de la perfumería, artículo eminentemente lucrativo. Así es, que además de los géneros citados, había en la trastienda multitud de cajas que encerraban polvos finos, pomadas y aguas de olor en su variedad infinita, verbi gratia: de lima, tomillo, bergamota, macuba, clavel, almizcle, lavanda, del Carmen, del cachirulo y otras muchas. Como el local donde se guardaban todos estos géneros servía de comedor, ya pueden Vds. figurarse la repugnante (p.432) mezcolanza de olores, desprendidos de sustancias tan diversas, como son una pieza de lana teñida con rubia, un frasco de vinagrillo del príncipe y una cazuela de migas; pero los Requejos estaban hechos de antiguo a esta repugnante asociación de olores inarmónicos. De la trastienda se subía al entresuelo por una escalera que presumo fue construida por algún sapientísimo maestro de gimnasia, pues no pueden ustedes figurarse las contorsiones, los dobleces, las planchas, las mil torturas a que tenía que someterse para subirla el frágil barro de nuestro cuerpo. Sólo la escurridiza doña Restituta pasaba por aquellos aéreos escollos sin tropiezo alguno. Subía y bajaba con singular ligereza; y como por un don especial a ella sola concedido, no se le sentía el andar; siempre que la veía deslizarse por aquella problemática escalera, sus pasos no me parecían pasos, sino los ondulantes y resbaladizos arqueos de una culebra. Cuando, franqueada la escalera, se llegaba al entresuelo, era preciso hacer un cálculo matemático para saber qué dirección debía tomarse, pues el viajero se encontraba en el centro de un pasillo tan oscuro, que ni en pleno día entraba por él una vergonzante luz. Tentando aquí y allí se hallaba la puerta de la sala, con ventana a la calle de Postas, y por cierto que allí no vi ninguna cortina verde con ramos amarillos, sino un descolorido papel, que en mil jirones se desternillaba de risa sobre las paredes. Un mostrador negro y muy semejante a las mesillas en que piden limosna para los ajusticiados los hermanos de la Paz y Caridad, indicaba que allí estaba el cadalso de la miseria y el altar de la usura. Efectivamente, un tintero de pluma de ganso, cortada de ocho meses, servía para extender las papeletas, algunas de las cuales esperaban sobre la mesa la anhelada víctima. Una cómoda y varios cofres, resguardados con barrotes, eran Bastilla de las alhajas y Argel de las ropas finas. Las capas, sábanas y vestidos, estaban en una habitación inmediata que además tenía la preeminencia de proteger el casto sueño del (p.433) amo de la casa. Además de esta sala había otra con ventana a la calle de la Sal, cuya elegante pieza no desmerecía de la anterior en lujo ni en exquisitos muebles, pues su sillería de paja adornada con vistosos festones, y tan aéreas que cada pieza parecía dispuesta a caer por su lado, no hubieran hallado compradores en el Rastro. En esta sala estaba el taller. ¿El taller de qué? Los Requejos tenían tres industrias: la venta, los préstamos, y la confección de camisas, que en los días a que me refiero eran cortadas por doña Restituta y cosidas por Inés. Allí estaba Inés desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche, trabajando sin cesar en beneficio de la sórdida tacañería de sus tíos. Una orden expresa de doña Restituta le impedía salir de aquel cuarto: no bajaba a la trastienda sino a la hora de comer; no se le permitía asomarse a la ventana; no se le permitía cantar ni leer un libro; no se le permitía distraerse de su obra perenne, ni mencionar a su tío, ni recordar a su madre, ni hablar de cosa alguna que no fuera la honradez de los Requejos, y la longanimidad de los Requejos. Pero sigamos la descripción de la casa. En una habitación interior, mejor dicho en una caverna, estaba el dormitorio de la tía y la sobrina, y en el fondo del pasillo y junto a la cocina se abría mi cuarto, el cual era una vasta pieza como de tres varas de largo por dos de ancho, con una espaciosísima abertura no menos chica que la palma de mi mano, por esta claraboya entraban, procedentes del patio medianero, algunos intrusos rayos de luz, que se marchaban al cuarto de hora después de pasearse como unos caballeros por la pared de enfrente. Mis muebles eran un mullido jergón de hoja de maíz, y un cajón vacío que me servía de pupitre, mesa, silla, cómoda y sofá. Semejante ajuar era para mí en realidad más que suficiente; y en cuanto a la densa y providencial lobreguez que envolvía la casa como nube perpetua, me parecía hecha de encargo para mi objeto. El entresuelo se comunicaba con la escalera general de la casa, la cual partía majestuosamente desde la (p.434) misma puerta de la calle, y en su grandioso arranque de tres cuartas tenía espacio suficiente para que fuera matemáticamente imposible que una persona subiese mientras otra se ocupaba fatigosamente en la tarea de bajar. Por ese túnel ascendente tenían que introducirse los que iban a empeñar alguna cosa, siendo en cierto modo simbólico aquel tránsito, y expresión arquitectónica muy exacta de las angustias del alma miserable en los momentos críticos de la vida. Bien podía llamarse la escalera de los suspiros. No debo pasar en silencio que en la casa de los Requejos había cierto aseo, aunque bien considerado el problema, aquella limpieza era la limpieza propia de todos los sitios donde no existe nada, exempli gratia, la limpieza de la mesa donde no se come, de la cocina donde no se guisa, del pasillo donde no se corre, de la sala donde no entran visitas, la diafanidad del vaso donde no entra más que agua. Allí no había perros ni gatos, ni animal alguno, si se exceptúan los ratones, para cuya persecución D. Mauro tenía un gato de hierro, es decir, una ratonera. Los infelices que caían en ella eran tan flacos, que bien se conocía estaban alimentados con perfumes. Un perro hubiera comido mucho: un jilguero habría necesitado más rentas que un obispo: una codorniz hubiera echado la casa por la ventana: las flores cuestan caras, y además el agua.. La fauna y la flora fueron por estas razones proscritas, y para admirar las obras del Ser Supremo, los Requejos se recreaban en sí mismos. Me falta ahora hacerme cargo de otro ser que habitaba la casa durante el día: me refiero al mancebo. El cual era un hombre cuajado, quiero decir, que parecía haberse detenido en un punto de su existencia, renunciando a las transformaciones progresivas del cuerpo y del alma. Juan de Dios ofrecía el aspecto de los treinta años, aunque frisaba en los cuarenta. Su cara amarilla tenía gran semejanza con la de doña Restituta, pero jamás se notaron en ella las contracciones, los enrojecimientos repentinos, propios de aquella señora. Era en sus modales lento y (p.435) acompasado; su movilidad tenía límites fijos como la de una máquina, y si el método puede llegar a establecerse de un modo perfecto en los actos del organismo humano, Juan de Dios había realizado este prodigio. Llegar, abrir la tienda, barrerla, cortar las plumas, colgar las piezas de tela en la puerta, recibir al comprador, decirle los precios, regatear siempre con las mismas palabras, medir y cortar el género, cobrarlo, contar por las noches el dinero, apartando el oro, la plata y el cobre: tales eran sus funciones, y tales habían sido por espacio de veinte años. Juan de Dios comía en casa de los Requejos, que le trataban como un hermano. Servíales él con fidelidad incomparable, y si en algo nacido tenían ellos confianza, era en su mancebo. Cinco años antes de mi entrada en la casa, la organizadora y genial cabeza de D. Mauro Requejo concibió un proyecto gigantesco, semejante a esos que de siglo en siglo transforman la faz del humano linaje. D. Mauro, después de hacer la cuenta del día, se rascó los codos, diose un golpe en la serena frente, puso los ojos en blanco, riose con estupidez, y llamando aparte a su hermana, le dijo: -¿Sabes lo que estoy pensando? Pues pienso que tú debes casarte con Juan de Dios. Es fama que doña Restituta arqueó las cejas, llevose un dedo a la barba, inclinó hacia el suelo la luminosa mirada y pensó. -Pues sí -continuó Requejo-; Juan de Dios es trabajador, es ahorrativo, entiende del comercio, y en cuanto a honradez, creo que, no siendo nosotros, no habrá en el mundo quien le iguale. Yo no pienso volver a casarme; y si hemos de tener herederos, no sé cómo nos las vamos a componer. El mancebo fue enterado del proyecto, y desde entonces se trabó entre ambos prometidos una comunicación amorosa, de la cual no hablo a mis lectores porque no puedo figurarme cómo sería, aunque cavilo en ello. Debieron ellos sin duda, tratar de aquel asunto, como si el matrimonio no fuera la unión de dos cuerpos. Restituta pensaría en casarse, y Juan de Dios pensaría en casarse, ambos sin pena ni alegría, de tal (p.436) modo que pasados cinco años hablaban del asunto con indiferencia, y dándolo como cosa cercana. Parecía que no les importaba el rápido paso de los años, y aquellos seres encerrados en una tienda, sin duda medían la vida por varas, no considerando que alguna vez llegarían al fin de la pieza. Ambos novios eran de esos que se aprestan a casarse y se casan al fin, sin que los hombres, ni Dios, ni el demonio sepan nunca por qué.
Ep-3-XVI - Por las noches, después de cenar, rezábamos el rosario, que llevaba el amo de la casa con voz becerrona; y concluida la oración al patrono bendito, permanecían en la trastienda en plácida tertulia que sólo duraba hora y media, y a la cual solía concurrir algún antiguo amigo o vecino cercano. La noche de mi inauguración no se alteró tan santa costumbre. D. Mauro, su hermana, Juan de Dios, Inés y yo, decíamos el último ora pro nobis, cuando sonó la campanilla del entresuelo y mandáronme que abriese. -Es el vecino Lobo -dijo mi ama. Figúrense mis lectores cuál sería mi confusión cuando al abrir la puerta encaré con la espantable fisonomía del licenciado de los espejuelos verdes que había querido prenderme cinco meses antes en el Escorial. El temor de que me conociera diome gran turbación; pero tuve la suerte de que el ilustre leguleyo no parara mientes en mi persona. No sé si he dicho que en mí se estaba verificando la trasformación propia de la edad, y que un repentino desarrollo había engrosado mi cuerpo y redondeado mi cara, donde ya me apuntaba ligero bozo. Esta fue la causa de que el licenciado Lobo no me reconociera, como yo temía. -Señores -dijo Lobo sentándose en un cajón de medias-, hoy es día de universal enhorabuena. Ya tenemos a nuestro Rey en el trono. ¿No han salido ustedes? Pues está Madrid que parece un ascua de oro. ¡Qué luminarias, qué banderas, qué gentío por esas calles de Dios! -Nosotros no salimos a ver luminarias -contestó Requejo-, que harto tenemos que hacer en casa. Ay, Sr. de Lobo ¡qué trabajo! Aquí no hay haraganes; y se (p.437) gana el pan de cada día como Dios manda. -Loado sea Dios -añadió el leguleyo-, y vivan los hombres ricos como D. Mauro Requejo, que a fuerza de inteligencia.. -La honradez, nada más que la honradez -dijo Requejo rascándose los codos. -¡Viva el comercio! -exclamó Lobo-; lo que es la pluma, Sr. D. Mauro, no da ni para zapatos. Ahí estoy yo hace veinte y dos años en mi placita del Consejo y Cámara de Castilla, y Dios sabe que hasta hoy no he salido de pobre. Mucho romper de zapatos para andar en las actuaciones y nada más. Lo que hay es que ahora espero que me den una de las escribanías de Cámara, que harto la merece este cuerpo que se ha de comer la tierra. -Como Vd. ha servido al favorito.. -No.. diré a Vd.; yo no me he andado en dibujos, y serví al gobierno anterior con buena fe y lealtad. Pero amigo, es preciso hacer algo por este perro garbanzo que tanto cuesta. En cuanto vi que el generalísimo estaba ya en manos de la Paz y Caridad, he hecho un memorial al de Asturias, y escrito ocho cartas a D. Juan Escóiquiz para ver si me cae la escribanía de Cámara. Yo les perseguí cuando la famosa causa; pero ellos no se acuerdan de eso, y por si se acuerdan ya he redactado una retractación en forma donde digo que me obligaron a hacer aquellas actuaciones poniéndome una pistola en el pecho. -No he visto jormiguita como el Sr. de Lobo. -¡Y qué entusiasmado está el pueblo español con su nuevo Rey! -continuó el curial-. Da ganas de llorar, señora doña Restituta. Ahora salí a llevar a mi Angustias con las niñas a la novena del señor San José, y después que rezamos el rosario en San Felipe, fuimos a dar una vuelta por las calles. ¡Ay qué risa! Parece que están quemando la casa de Godoy, la de su madre y su hermano D. Diego, lo cual está muy retebién hecho, porque entre los tres han robado tanto que no se ve una peseta por ningún lado. Después que nos entretuvimos un poco volvimos allá; ellas se han quedado en el 13 en casa de Corchuelo, y yo me he venido aquí a charlar un poquito. Pero me había olvidado.. Inesita, ¿cómo va? (p.438) ¿Y Vd., Sr. D. Juan de Dios? Inés contestó brevemente al saludo. -Está un poco holgazana -dijo Restituta mirando con desdén a la huérfana-. Hoy no ha cosido más que camisa y media, lo cual es un asco. -Pues me parece bastante. -¡Ay!, Sr. de Lobo, no diga Vd. que es bastante. Mi abuela según me contaba mi madre, echaba en un día la friolera de dos camisas. Pero esta chica está acostumbrada a la holgazanería; ya se ve.. su madre no hacía más que arrastrar el guarda pies por las calles, y la niñita me andaba todo el día de ceca en meca, aquí te pongo aquí te dejo. -Pues es preciso trabajar -dijo Requejo-, porque, chiquilla, el garbanzo y el tocino y el pan y las patatas no caen del cielo, y el que viene a esta casa a sacar el vientre de mal año no se puede estar mano sobre mano. Y si no, aprendan todos de mí que me he ganado lo que tengo ochavo por ochavo, y cuando era mozo, fardo por la mañana, fardo por la noche, fardo a todas horas, y siempre tan gordo y tan guapote. -Ella es habilidosilla -afirmó Restituta-, y sabe coser; sólo que le falta voluntad. No es ya ninguna chiquilla, que tiene sus quince años cumplidos y ya puede comprender las cosas. A su edad yo gobernaba la casa de mis padres. Verdad es que como yo había pocas, y me llamaban el lucero de Santiagomillas. -Pues yo creo que Inesita es una muchacha que no tiene pero -declaró benévolamente Lobo-. Y tan calladita, tan modesta, que no se puede menos de quererla. -Ya le dije cuando entró aquí -continuó Restituta- que los tiempos están muy malos, que no se gana nada, que se vende poco y en lo de arriba no cae más que miseria. Ella comprenderá que nos hemos echado encima una carga muy pesada al recogerla, porque.. ¡si viera Vd. Sr. de Lobo, qué miseria había en aquella casa del cura de Aranjuez, donde estaba mi sobrina! ¡Ay, partía el corazón! -Pues es preciso que trabaje -dijo D. Mauro-. Mi sobrina es una muchacha muy buena, y ya he dicho a Vd. cuánto la quiero. Como que al fin y al cabo para ella ha de ser cuanto hay en esta casa. -Ya le he (p.439) dicho -prosiguió Restituta- que mañana tiene que lavar toda la ropa de la casa, porque ya que ella está aquí, ¿para qué se ha de gastar en lavandera? Por supuesto que no ha de dejar la costura; y si pasa mañana de las veinte varas la echaré en el pañuelo unas gotitas de agua de bergamota, de la de los frascos averiados. Lo bueno que tiene esta muchacha, Sr. de Lobo, es que nunca da malas contestaciones. Verdad que no le faltan luces y harto conoce lo que nos debe, pues ha encontrado en nosotros su santo Ángel de la guarda. ¡Ah, no puede usted figurarse la miseria que había en aquella casa del cura de Aranjuez!.. -Le conozco, sí -dijo Lobo enseñando con feroz sonrisa sus dientes verdes-. Es un pobre hombre que hacía versos latinos al príncipe de la Paz. Ya se lo dirán de misas. Está probado que ese D. Celestino con su capita de hombre de bien era el confidente del favorito, y el que le llevaba la correspondencia con Napoleón, para repartirse a España. -¡Jesús, qué iniquidad! Bien decía yo que aquel hombre tenía cara de malo. -Pero ya le daremos cordelejo -continuó Lobo-. -Como la parroquia de Aranjuez la pretende un primo mío, ya se la tenemos armada a D. Celestino, y entre yo y un compañero pensamos escribir ocho resmas de papel sellado para probar que el señor curita es reo de lesa nación. Mientras esto hablaban yo hacía esfuerzos por contener mi indignación. Inés, aterrada por la verbosidad de sus tíos, no se atrevía a decir una palabra. Lo mismo hacía Juan de Dios; pero por un fenómeno singular, las facciones heladas y quietas del mancebo, indicaban aquella noche que lo que oía no le era indiferente. -Así lo haremos -contestó Lobo frotándose las manos-. ¿Pero qué hace ahí tan callado el señor don Juan de Dios? ¡Ay, Restituta, qué marido tan mudo va Vd. a tener! Y lo que es por palabra de más o por palabra de menos no armarán Vds. camorra. ¿Y para cuándo dejan Vds. la boda? Animarse señores, y anímese Vd. también, Sr. D. Mauro de mis entrañas, porque mire Vd. que la niñita lo merece. Nada: el mes que entra (p.440) a la vicaría. Restituta con mi señor Juan, y Vd. con su querida sobrinita Inés, que si no me engaño, le ha rezado ya algún padre nuestro a San Antonio para que esto se realice. Todas las miradas se dirigieron hacia Inés. Don Mauro estiró los brazos en cruz, luego cerrando los puños, levantolos hacia arriba como si quisiera coger el techo, descoyuntose las quijadas, cayeron luego ambas manos sobre la mesa con estruendosa pesadez, y habló así: -Yo se lo he dicho ya, y por cierto que la niñita no tuvo a bien contestarme. -¿Pues qué quiere decir el silencio en esos casos? ¿Cómo quiere Vd. que una niña bien criada diga: «Me quiero casar, sí señor, venga marido»? Al contrario, es ley que hasta el último momento hagan mil ascos al matrimonio, diciendo que les da vergüenza. -Ya te dije, hermano -indicó doña Restituta-, que aunque ese es el destino de la muchacha, si se porta bien y trabaja, no conviene tratar todavía de tal asunto. Ya sabes lo que son las muchachas, y si les entra el entusiasmo y el aquel del casorio, no hay quien las aguante. Ella bien sé yo que se chupará los dedos; pero haces mal en manifestarle tan pronto tu generosidad, porque puede echarse a perder, pensando todos los días en el amorcito, en la palabrilla, en el regalito. ¡Ah, bien sabe ella lo que se hace, la picarona! Bien sabe que un hombre como tú no lo catan las muchachas de Madrid todos los días. -¿Y por qué no he de decírselo desde luego? -contestó Requejo riendo, es decir, moviendo la tecla de la risa en su brutal organismo-. Mi sobrina me gusta; y aunque conocemos todos a una porción de señoras muy principales que me pretenden y se beben los cuatro vientos por mí, yo dije: «Vale más que todo se quede en casa». ¿Por qué no se le ha de decir de una vez que quiero casarme con ella? Bien sé que del alegrón se estará ocho noches sin dormir y se trastornará toda, y no dará una puntada; y si fuera por ella, mañana mismo.. pero váyase lo uno por lo otro. Pues digo: ¡si ella viera el collar y los pendientes de oro que tengo apalabrados con el platero del arco de (p.441) Manguiteros..! -Dale.. dale.. -dijo Restituta-. ¿A qué viene hablar de esas cosas? ¿A qué sacar de quicio a la muchacha, trastornándole el seso? Nada: no hay collar ni pendientes. ¿Ni cómo quieres que la niña lave la ropa ni cosa las camisas, cuando le dicen que va a ser, como si dijéramos, princesa? -Nada, nada.. yo la quiero y la estimo -afirmó Requejo-. ¿Por qué la hemos de privar de ese gusto? Que lo sepa.. y digo más, señora hermana; y es que, aunque a mí no me gusta la holgazanería, porque ya ven Vds., yo desde la edad de catorce años.. quiero decir, que aunque no me gusta la holgazanería, lo que es por estos días y de aquí a que nos casemos, si Inés quiere trabajar que trabaje, y si no que no trabaje. D. Mauro volvió a reír, y alargando el brazo hacia Inés le tocó la barba. Estremeciose la muchacha como al contacto de un animal asqueroso, y rechazó bruscamente la caricia de su impertinente tío. -¿Qué es eso, niña? ¿Qué modales son esos? -dijo D. Mauro frunciendo el ceño-. Después que me caso contigo.. -¿Conmigo? -exclamó la huérfana sin poder disimular su horror. -Contigo, sí. -Déjala, Mauro; ya sabes que es un poco mal criada. Niña, no se contesta de ese modo. -¿Pues no tiene también su orgullo la pazpuerca? -Yo no me caso con Vd., yo no quiero casarme -dijo enérgicamente Inés recobrando su aplomo, una vez dicha la primera palabra. -¿Que no? -preguntó Restituta con un chillido de rabia-. Pues, indinota, mocosa, ¿cuándo has podido tú soñar con tener semejante marido, un Mauro Requejo, un hombre como mi hermano? ¡Y eso después que te hemos sacado de la miseria!.. -A mí me han sacado Vds. del bienestar y de la felicidad para traerme a esta miseria, a esta mortificación en que vivo -dijo la huérfana llorando-. Pero mi tío vendrá por mí, y me marcharé para no volver aquí ni verles más. ¡Casarme yo con semejante hombre! Prefiero la muerte. ¡Oh!, al oírla me la hubiera comido. Inés estaba sublime. Yo lloraba. Cuando los Requejos oyeron en boca de su víctima tan absoluta negativa, se encendió de un modo espantoso (p.442) la ira de sus protervas almas. Restituta se quedó lívida, y levantose D. Mauro balbuciendo palabrotas soeces. -¿Cómo es eso? ¡Venir a comer mi pan, venir aquí a lavarse la sarna, venir aquí después de haber andado por los caminos pidiendo limosna.. y portarse de esa manera!.. ¿Pero eres tú una Requejo, o de qué endiablada casta eres?.. Cuidado con la señorita Panza en trote. Niñita, ¿sabes tú quién soy yo? ¿Sabes que tengo cinco dedos en la mano.. sabes que me llamo Mauro Requejo.. sabes que de mí no se ríe ninguna piojosa.. sabes que a mí no me pican pulgas de tu laya?.. Tengamos la fiesta en paz.. y ten por sabido que has de hacer lo que yo mando, y nada más. Diciendo esto, agarró con su mano de hierro el brazo de la muchacha y la sacudió con mucha fuerza. Quiso poner más alto aún el principio de autoridad, y lanzó a Inés contra la pared, avanzando sobre ella en actitud rabiosa. Cuando tal vi pareciome que se me nublaban los ojos, y sentí saltar mi sangre toda del corazón a la cabeza. Yo estaba en pie junto a la mesa, y al alcance de mi mano había un cuchillo de punta afilada. El lector comprenderá aquella situación terrible, y no es posible que vitupere mi conducta, si es que tales hechos, hijos de la ciega cólera y la impremeditación, pueden llamarse conducta. ¿Quién al ver una huérfana inocente e indefensa, maltratada por el más necio y soez de los hombres, hubiera podido permanecer en calma? Durante aquella escena de un segundo, alargué la mano hasta tocar la empuñadura del cuchillo, y con rápida mirada observé el cuerpo deforme de D. Mauro Requejo; pero afortunadamente para mí y para todos, este, sin duda aterrado ante la debilidad de la víctima, se contuvo, y no se atrevió a tocarla. En un movimiento insignificante, en un paso atrás, en una mirada, en una idea que pasa y huye estriba la perdición de personas honradas, y un grano de arena hace tropezar nuestro pie, precipitándonos en el abismo del crimen. Por aquella vez Dios apartó del camino de mi vida el cadalso o el presidio. El licenciado Lobo y el (p.443) mancebo contribuyeron a calmar la enconada soberbia de su amigo. En el semblante del segundo noté una alteración vivísima, y su piel amarilla se encendió con inusitado enrojecimiento, que yo no sabía si atribuir a la indignación o a la vergüenza. Doña Restituta, queriendo poner fin a una escena que no podía tener buenas consecuencias, cortó la cuestión, diciendo: -No te acalores, hermano. Yo la haré entrar en razón. Ya sabes que es un poco mal criada. Vamos arriba, niña, y ajustaremos cuentas. Esta fue la orden de retirada. Juan de Dios salió de la tienda para irse a su casa, y doña Restituta e Inés subieron seguidas por mí, pues también se me dio la orden de que me acostara. Entraron las dos mujeres en su cuarto y yo en el mío; mas no pudiendo dominar mi inquietud, y recelando que en el dormitorio vecino se repetiría entre tía y sobrina la violenta escena de la trastienda, luego que pasó un rato, salí muy quedamente de mi escondrijo, y desliceme por el pasillo, conteniendo la respiración para que no ser sentido. Puesto cerca de la puerta del dormitorio, sentí la voz de doña Restituta que decía: «No llores, duérmete. Mi hermano es una persona muy amable; sólo que de pronto.. Si él te quiere mucho, niñita..». Esta afabilidad de la culebra me sorprendió; mas al punto comprendí que debía ser puro artificio. También llegaban confusamente a mí las voces de D. Mauro y de Lobo, que habían quedado en la trastienda. Avancé un poco más hasta llegar a la escalera, y echándome en tierra apliqué el oído. -Cuando yo le doy a Vd. mi palabra de que es así -decía el leguleyo-, Inesita fue abandonada y recogida por doña Juana. Su madre, que es una de las principales señoras de la corte, desea encontrarla y protegerla. Yo poseo los papeles con que se puede identificar la personalidad de la muchacha. De modo que si Vd. se casa con ella.. Amiguito, la señora condesa tiene los mejores olivares de Jaén, las mejores yeguadas de Córdoba, los mejores prados del Jarama, y más de treinta mil fanegadas de pan en tierra de Olmedo y de D. Benito, sin (p.444) herederos directos que se lo disputen a esa barbilinda que hace poco estaba haciendo pucheros aquí mismo. -Pero ya Vd. la ha visto -dijo D. Mauro midiendo con grandes zancadas el piso de la trastienda-. La muchacha es un puerco-espín. Le hago una caricia y me da una manotada; le digo que la quiero y me escupe la cara. -Amigo D. Mauro -repuso el licenciado-, el sistema que Vds. siguen no es el más a propósito para hacerse querer de la niña. Vds. debían traerla en palmitas, y la están maltratando haciéndola trabajar hasta que reviente. ¿A quién se le ocurre que una princesita como esta friegue los platos y lave la ropa? Por este camino aborrecerá a mi señor don Mauro como si fuera el demonio. -Pues me parece -dijo mi amo dándose un golpe en la majestuosa cerviz-, que el señor licenciado tiene muchísima razón. Eso mismo dije yo a mi hermana; pero como Restituta es tan ambiciosa, que se dejaría desollar por un ochavo, ha dado en sacarle el cuero a la muchacha. ¿No somos ricos Sr. Lobo? Pues si somos ricos ¿a qué viene el descajillarse por un maravedí? Pero con mi hermana no hay quien pueda. ¿Le parece a Vd.? Aquí vivimos como en el hospicio: mi padre se llama hogaza y yo me muero de hambre, como dijo el otro. Pues digo que ha de ser lo que yo mando, y mi hermana que se case con Juan de Dios y se lleve lo suyo.. Y nada más. Inesita no trabajará más, porque si se me muere.. -Además -dijo Lobo-; procure Vd. ser amable con ella. Cuide algo más de lo exterior, y no se le presente con esa facha de mozo de cordel, porque las niñas son niñas, Sr. D. Mauro, y no se entra en el templo del amor sino por la puerta del buen parecer. -Eso está muy bien parlado. Si fuera por mí.. Yo quiero vestirme bien, pero esa langostilla de Restituta no me deja, y dice que no me he de poner el traje bonito más que el día de San Corpus Christi. Nada, nada; aquí mando yo; me pondré guapote, porque yo.. a Dios gracias, no soy de esos que necesitan afeites y menjurjes para parecer bien, y cuanto me cae encima está que ni pintado. Trataré a (p.445) Inesita como ella se merece, y Dios por delante. Antes de un mes la llevo a la parroquia. -Ese es el mejor sistema, Sr. D. Mauro. Con las amenazas, con el encierro, con las privaciones, con el trabajo excesivo no conseguirán Vds. sino que la muchacha les odie, y se enamorisque del primer pelafustán que pase por la calle. Así hablaron el comerciante y el leguleyo. Despidiéronse después, y el segundo salió a la calle por la tienda. Retireme a toda prisa; pero aunque no hice ruido, doña Restituta, con su sutilísimo órgano auditivo debió sentir no sé si mi aliento o el ligero rumor de un ladrillo roto que se movió bajo mis pisadas. Esto produjo cierta alarma en su vigilante espíritu, y saliendo al encuentro de su hermano que subía, le dijo: -Me parece que he sentido ruido. ¿Tendremos ladroncitos? Anoche hicieron un robo en la calle Imperial, metiéndose por los tejados. Registraron toda la casa, mientras yo, metido entre mis sábanas, fingía dormir como un talego. Al fin convencidos de que no había ladrones se acostaron. Mucho más tarde advertí que doña Restituta registraba la casa segunda vez, hasta que todo quedó en silencio. Cerca ya de la madrugada oí ruido de monedas. Era doña Restituta contando su dinero. Después la sentí salir de su cuarto, bajar a la trastienda y de allí al sótano, donde estuvo más de una hora.
Ep-3-XVII - Al siguiente día D. Mauro se desvivió obsequiando a su sobrina; pero tan ramplonamente lo hacía, que cada una de sus finezas era una gansada y cada movimiento una coz. -Restituta -decía- no quiero que trabaje la muchacha. ¿Óyeslo, hermana? Inés es mi sobrinita, y todo es para ella. Si hace falta coser, aquí tengo yo mi dinero para pagar costureras. Sácame el vestido nuevo, que me lo quiero poner todos los días, y quiero estar en la tienda con él.. y no me pongas más olla con cabezas de carnero, sino que quiero carne de vaca para mí y para este angelito de mi sobrina.. y lo que es el collar que tengo apalabrado lo compro hoy mismo.. y aquí no manda nadie más que yo.. y voy a traer un (p.446) fortepiano para que Inés aprenda a tocar.. y la voy a llevar en coche a la Florida.. y si entra mañana el nuevo Rey, como dicen, hemos de ir todos a verle, y yo con mi vestido nuevo y mi sobrinita agarrada del brazo ¿no verdá, prenda? Restituta quiso protestar contra estos despilfarros, pero amoscose su hermano, y no hubo más remedio que obedecer, aunque a regañadientes. Merced a la enérgica resolución del amo de la casa, viose la trastienda honrada con inusitados y allí nunca vistos platos, aunque doña Restituta, firme en su adhesión al antiguo régimen, no probó de ninguno. -Hermana -le decía D. Mauro-, ya estoy de miserias hasta aquí. Nada, no más trabajar. ¿Ves esta gallina, Inesilla? Pues te la tienes que comer toda sin dejar ni una tripa, que para eso la he comprado con mi dinero. Y aquí te tengo un guardapiés de raso verde con eses de terciopelo amarillo que te has de poner mañana si vamos a ver entrar al Rey.. Y también te pondrás unos zapatos azules y unas mediecitas encarnadas con rayas negras, y también le tengo echado el ojo a una escofieta que lo menos tiene catorce varas de cinta de varios colores.. Conque a ponerse guapa.. porque lo mando yo. -Buenas cosas le estás enseñando a la niña -dijo doña Restituta dirigiendo oblicuamente los ojos a las prendas indicadas, que acababan de traer a la tienda. En efecto, señores, la generosidad de D. Mauro era tan bestial como su tacañería y salvajismo; así es que su empeño en que Inés se vistiera con tan chabacano y ridículo traje, fue uno de los mayores tormentos que padeció la huérfana durante su encierro. -Esta tarde -continuó el tío- voy a traer dos ciegos para que toquen, y puedas bailar cuanto quieras, Inesilla. Yo quiero que bailes lo menos tres horas seguidas, y así has de hacerlo, porque yo lo mando.. y aquellos pendientes de a cuarta que están arriba, y son nuestros, porque no han venido a desempeñarlos, te los pondrás en tus lindas orejitas. -Sí, para ella estaban -dijo con avinagrado gesto Restituta-. ¡Dos pendientes de filigrana de oro, largos como badajos (p.447) de campana, y que pertenecieron a una camarista de la reina doña Isabel de Farnesio! Hermano, tengamos la fiesta en paz. -Aquí no manda nadie más que yo -manifestó Requejo haciendo retemblar de un puñetazo el cajón que servía de mesa. Como es de suponer, Inés se resistió a ponerse los vestidos de sainete comprados por D. Mauro, lo cual puso de mal humor al buen comerciante, quien no tuvo sosiego durante todo aquel día, y se quitó y puso repetidas veces el traje nuevo, jurando que en su casa nadie mandaba más que él. Al lector habrá sorprendido una circunstancia, y es que en tres días que llevaba yo de permanencia en la funesta casa, no pudiese ni una vez tan sólo hablar con Inés. La suspicacia del ama era tan atroz y tan previsora, que siempre que bajaba del entresuelo a la trastienda, como no fuera en la hora tristísima de la comida, la dejaba encerrada, guardando la llave en su profundo bolsillo. Esto me desesperaba, quitándome toda esperanza de salvar a la pobre huérfana, hasta que un día, resuelto a comunicarme con ella, aceché la ocasión en que doña Restituta estaba desplumando a unos infelices en el despacho de los préstamos, y acercándome a la puerta del encierro, la llamé muy quedamente. Sentí el roce de su vestido, y su voz me preguntó: -Gabriel, ¿eres tú? -Sí, Inesilla de mi corazón. Hablemos un poquito, pero no alces la voz. Haré mucho ruido con la escoba para que no nos oigan. -¿Cómo has venido aquí? Di, Gabrielillo, ¿me sacarás tú? -Reina, aunque aquí hubiera cien mil Requejos y ochocientas mil Restitutas, te sacaría. No llores ni te apures. Pero di, picarona, ¿me quieres ahora menos que antes? -No, Gabriel -me contestó-. Te quiero más, mucho más. Hice mucho ruido, y di mil besos a la puerta. -Toca con tus dedos en la puerta para que yo te sienta. Inés dio algunos golpecitos en la madera, y después me interrogó: -¿Tardarás mucho en sacarme? Escribe a mi tío para que venga por mí. -Tu tío no conseguiría nada de estos cafres. Espera y confía en mí. Chiquilla, hazme el favor (p.448) de besar la puerta. Inés besó la puerta. -Yo te sacaré de esta casa, prenda mía, o no soy Gabriel -le dije-. Haz por no disgustarles. Si te quieren sacar de paseo no te resistas. ¿Oyes bien? Déjame a mí lo demás. Adiós, que viene la culebra. -Adiós, Gabriel. Estoy contenta. Ambos besamos la barrera que nos separaba, y el diálogo acabó, porque consumado en el despacho de los préstamos el asesinato pecuniario, salieron las víctimas, y tras ellas, doña Restituta, radiante de ferocidad avariciosa. En su cara se conocía que había hecho un buen negocio.
Ep-3-XVIII - Aquella noche vino a la tertulia de la trastienda, además del Sr. de Lobo, doña Ambrosia de los Linos, tendera de la calle del Príncipe, a quien mis lectores, si no me engaño, tienen el honor de conocer, pues algo me parece que figuró en los sucesos que conté anteriormente. Su difunto esposo había sido compañero de D. Mauro en el cargamento y arrastre de fardos y mercancías, y desde entonces entre ambas familias quedó establecida cordial amistad. Reconociome doña Ambrosia, mas no dijo nada que pudiese desfavorecerme en el concepto de mis nuevos amos, y cuando se hubo sentado, operación no muy fácil, dados su volumen y la estrechez de los asientos, soltó la sin hueso en estos términos: -¿Cómo es eso Restituta, cómo es eso D. Mauro, con que no han ido Vds. a ver la entrada de los franceses? Pues hijos, les aseguro que era cosa de ver. ¡Qué majos son, válgame el santo Ángel de la Guarda!.. ¡Pues digo, si da gloria ver tan buenos mozos.. y son tantos que parece que no caben en Madrid! Si viera Vd., D. Mauro, unos que andan vestidos al modo de moros, con calzones como los maragatos, pero hasta el tobillo, y unos turbantes en la cabeza con un plumacho muy largo. Si vieras, Restituta, qué bigotazos, qué sables, qué morriones peludos, y qué entorchados y cruces! Te digo que se me cae la baba.. Pues a esos de los turbantes creo que los llaman los zamacucos. También vienen unos que son, según me dijo D. Lino Paniagua, los tragones de la guardia (p.449) imperial, y llevan unas corazas como espejos. Detrás de todos venía el general que los manda, y dicen está casado con la hermana de Napoleón.. es ese que llaman el gran duque de Murraz o no sé qué. Es el mozo más guapo que he visto; y cómo se sonreía el picarón mirando a los balcones de la calle de Fuencarral. Yo estaba en casa de las primas, y creo que se fijó en mí. ¡Ay hija, qué ojazos! Me puse más encarnada.. Por ahí andan pidiendo alojamiento. A mí no me ha tocado ninguno y lo siento: porque la verdad, hija, esos señores me gustan. -Gracias a Dios que tenemos rey -dijo D. Mauro-. Y Vd., doña Ambrosia, ¿ha vendido mucho estos días? Porque lo que es de aquí no ha salido ni una hilacha. -En mi casa ni un botón -contestó la tendera-. ¡Ay, hijito mío! Ahora, cuando ese saladísimo rey que tenemos arregle las cosas, hay esperanzas de hacer algo. ¡Qué tiempos, Restituta, qué tiempos! Pero no saben Vds. lo mejor, ¿no saben Vds. la gran noticia? -¿Qué? -Que mañana hará su entrada triunfal en Madrid el nuevo rey de España, Sr. D. Fernando el Sétimo. -Ya lo sabe hoy todo Madrid. -Pues no nos quedaremos sin ir a verle; óyelo tú, Restituta, óyelo tú, Inés -dijo Requejo- mañana no se trabaja. -Yo, primero me aspan que dejar de ir a verlo -afirmó doña Ambrosia-. Los primos han salido esta noche al camino de Aranjuez para esperarle. ¡Ay qué alegría, Sr. D. Mauro! ¡Si viviera mi esposo para verlo! Él que me decía: «mientras duren este rey y esta reina de tres al cuarto, no tendremos un gobierno ilustrado». Mañana va a ser un día de alegría. Yo tengo un balcón en la calle de Alcalá, y ya hemos encargado al valenciano media decena de ramos de flores para apedrear a S. M. cuando pase. -Nada, lo dicho, dicho -exclamó D. Mauro-, si esta no quiere ir que se quede en la tienda. Inés me coserá la manga del casaquín que se me rompió ayer cuando me lo quité.. Veremos qué tal sabe hacer Gabriel el coleto.. Por supuesto, Inesilla, si quieres coger uno de esos frascos de agua de clavel que tienes a mano derecha, puedes hacerlo. (p.450) Todo es para ti. Así siguió la conversación sin ningún incidente notable en lo sucesivo, por lo cual la omito, pues supongo al lector poco interesado en conocer la historia de la enfermedad que padeció el esposo de doña Ambrosia, trágico acontecimiento que ella refirió. Los únicos personajes siempre mudos en aquellas tertulias, además de un servidor de ustedes, eran Inés y el Sr. Juan de Dios, este último por ser hombre de pocas palabras, como he dicho. Llegó el día 24 de marzo, y la cabeza de D. Mauro peinada por mí, salió a competir con el sol en brillo y hermosura. Doña Restituta, que no pudo resistir a las súplicas de su hermano, frotose con una toalla el apergaminado forro de su cara hasta sacarse lustre, y después se puso el mismo clásico traje con que por primera vez se presentó a mis ojos en Aranjuez. Por más que D. Mauro atronó la casa, no pudo conseguir que Inés se disfrazara con el guardapiés verde, las medias encarnadas, las azules botas y la escofieta, que su vanidoso tío compró para adornar dignamente a la que consideraba como futura esposa. Negose la muchacha ser objeto de una fiesta pública, y al fin para decidirla a salir, la permitieron vestirse con su ropa de luto. Luego que los tres estuvieron apercibidos, encargaron a Juan de Dios el cuidado de la casa, y don Mauro me dijo gravemente: -Gabriel, hoy es día de descanso. Vente con nosotros: con eso me enderezarás el rabo del coleto si se me tuerce, y me ayudarás a ponerme los guantes cuando pase S. M., pues hasta ese momento no quiero meter mis manos en tal Inquisición. ¿Qué te parece? ¿Voy bien? Tira de ese faldón que está arrugado. Mira, chiquillo, haz el favor de meter bonitamente tu mano por entre la casaca y la chupa hacia la espalda, y rascarme en esa paletilla derecha, que no parece sino que se ha juntado ahí un regimiento de pulgas.. Así.. así.. basta ya. Dicho esto, y rascado el asno, tomé mi gorra y salimos. ¡Ay Dios mío, cómo estaba esa Puerta del Sol, y esa calle Mayor y esa calle de Alcalá! Mis lectores, cualquiera que sea su edad, habrán visto (p.451) alguna de las solemnes entradas con que nos obsequia cada pocos años la historia contemporánea, de modo que para hacerles formar una idea de aquel gentío, de aquella algazara y de aquel júbilo, me bastará decirles que lo del 24 de Marzo de 1808, no se diferenció de lo visto en años posteriores, sino en la exageración del delirio. De los balcones de las casas nobles pendían las ricas colgaduras de damasco con su ancho escudo y brillantes flecos, prendas vinculadas que hasta hace poco han lucido, ya marchitas y mermadas como el patrimonio de sus dueños, en alguna fiesta del Corpus. Las demás casas se engalanaban con lo que el entusiasmo de sus inquilinos había encontrado a mano, siendo considerable la cantidad de piezas de musolineta que un pueblo loco lanzó al aire de balcón a balcón en aquel memorable día. La multitud infinita de abanicos con que resguardaban del sol su cara los millares de damas asomadas a los balcones, ofrecía un aspecto sorprendente, y cuando la vista recorría panorama tan encantador, causábale cierto desvanecimiento el incesante ondular de los que se movían dando aire a sus dueñas. Aquel parlante dije español en tan inmenso número reproducido, presentando alternativamente al sol una de sus caras, ya blanca, ya azul, ya roja, y adornado con lentejuelas de plata y oro, remedaba el aleteo de millares de pájaros pugnando por levantar el vuelo. Era un día de Marzo de esos que parecen días de Junio, privilegio de la corte de las Españas, que suele abrasarse en Febrero y helarse en Mayo. La naturaleza sonreía como la nación. El abigarrado gentío que poblaba las calles se componía de todas las clases de la sociedad, abundando principalmente la manolería y chispería, hombres y mujeres, viejos y muchachos. Los ancianos inválidos y gotosos habían dejado el lecho, y sostenidos por sus nietos abríanse paso. Las viejas santurronas que durante tantos años olvidaran todo camino que no fuera el de sus casas a la cercana iglesia, acudían también llevadas de la devoción al (p.452) nuevo Rey, y felicitándose unas a otras aturdían a los demás con el cotorreo de sus bocas sin dientes. Los niños no habían asistido a la escuela, ni los jornaleros al trabajo, ni los frailes al coro, ni los empleados a la covachuela, ni los mendigos a las puertas de las iglesias, ni las cigarreras a la fábrica, ni los profesores de las Vistillas dieron clase, ni hubo tertulia en las boticas, ni meriendas en la pradera del Corregidor, ni jaleo en el Rastro, ni colisión de carreteros en la calle de Toledo. La muchedumbre, obligada por su colosal corpulencia a estarse quieta, se arremolinaba y estremecía como un monstruo atado. Agrietábase a veces aquella gran masa, pero el surco abierto era invadido por la corriente: de pronto crecía la aglomeración en un punto y se aclaraba en otro. El empuje era tremendo, y el retroceso tan peligroso, que había riesgo de ser hollado por las mil patas de la bestia. El zumbido con que aquel enjambre manifestaba sus impresiones, trastornaba el cerebro más fuerte: exclamaciones de alegría, diálogos entusiastas seguidos de abrazos generosos, gritos de dolor a consecuencia de los callos aplastados, o de indignación por cada sombrero que perdía su hechura, se unían a las donosidades de las majas, que arrojaban cáscaras de naranja sobre los petimetres, y a los lamentos de los mendigos haraposos y mutilados que escurriéndose entre la multitud, aun allí imploraban la caridad enseñando una pierna leprosa o una mano deforme. Nosotros tuvimos que quedarnos en la Puerta del Sol. Una de las oscilaciones del gentío nos llevó hacia la acera que hoy une las calles de Espoz y Mina y Carretas; otra oscilación nos arrastró hacia la Inclusa, que estaba entre las calles del Carmen y de Preciados; y por último, un nuevo sacudimiento, haciéndonos pasar por ante Mariblanca, nos encaminó hacia el Buen Suceso, a cuya verja nos agarramos D. Mauro y yo, para no ser nuevamente arrastrados a merced de aquel oleaje. Yo me alegraba de que esto sucediera, por si en alguna evolución quedábamos Inés y yo apartados de los Requejos; pero buen (p.453) cuidado tenía D. Mauro de no separarse de la muchacha, y antes le hubiera roto el brazo que soltarla; tal era la fuerza con que su mano lagartijera tenía aprisionados los olivares de Jaén y las yeguadas de Córdoba. Situados donde he dicho, aguardamos la aparición de aquel sol hespérico, de aquel iris de paz, de aquel príncipe Fernando, que este pueblo, a ser pagano, hubiera puesto en la jerarquía de sus dioses más queridos. En rededor nuestro zumbaban algunas viejas. -¡Ay, mi señora doña Gumersinda! -decía una estantigua-. Dios y mi patrono San Serapio, ese bendito fraile de la Merced que es abogado contra los dolores de coyunturas, han querido que yo no mordiera la tierra sin ver este día. -¡Ay, mi señora doña María Facunda! -contestaba otra-. Desde que entró en Madrid al venir de Nápoles el Sr. D. Carlos III, a quien vi desde este mismo sitio, no ha habido en Madrid una alegría semejante. ¿Pero Vd. no llora? -¿Pues no me ve Vd., señora doña Gumersinda? Bendito sea el Señor, que nos ha permitido ver este día. Al menos se morirá una con la alegría de que España sea feliz con ese gran Rey que Dios nos ha dado. Pues pocos rosarios he rezado yo para que esto sucediera. Al fin la Virgen nos ha oído, y si nosotras no nos estuviéramos en la iglesia rogando día y noche, ya podía la nación esperar sentada su felicidad. -¿Pero Vd. no ha visto al príncipe, señora doña María Facunda? Si es el más rozagante, el más lindo mozo que hay en toda España y sus Indias. Yo lo vi el día de la jura, y me parece que le tengo delante. -No le he visto. Ya sabe Vd. señora doña Gumersinda, que desde que reñí con aquel oficial de walonas que me quería tanto, allá cuando echaron a los jesuitas, no he vuelto a mirar a la cara a ningún hombre. -¡Pero oiga Vd., dicen que viene, ya está cerca! En efecto; se oían las exclamaciones del gentío apelmazado en la calle de Alcalá, y muchos gritaban: ¡Ya viene por la Cibeles! ¡Ya viene por el Carmen Descalzo! ¡Ya viene por las Baronesas! ¡Ya viene por los Cartujos! Una voz conocida me hizo volver la cara. Pacorro Chinitas, (p.454) el famoso amolador, cuyas opiniones no habrán olvidado Vds., estaba detrás de mí disputando acaloradamente con una mujer del pueblo, gruesa, garbosa, de ojos vivos, lengua expedita y expeditísimas manos. -¡Que en todas partes has de meter camorra, condenada mujer! -decía Chinitas-. Vete callando que ya se me sube la mostaza a la nariz. -No me da gana de callar -contestó la Primorosa, cruzándose en la cintura las puntas del pañuelo que le cubría los hombros-. ¿Pues qué, estamos en misa? Si ese señorito del tupé no se nos quita delante.. Un petimetre, que olía a jazmín, volvió la compungida cara pidiendo mil perdones a la emperatriz del Rastro. -¡Eh, tío cata caldos! -continuó la Primorosa, tirando por los faldones al currutaco-. ¡Quítese de ahí que me estorba! -Mujer, deja en paz a ese caballero. Mira que la armo. -¡Sopa sin sal, endino! -exclamó la manola mostrando sus dedos cuajados de anillos con piedras falsas-. ¡Pos pa qué quiero estas cinco manos de almirez! ¡Enriten a la Primorosa y verán lo güeno! ¡Eh.. señor marqués del Barrilete! -añadió dirigiéndose a D. Mauro- que me está Vd. metiendo por los ojos el rabo de su peluquín. -Mujer -insistió Chinitas-, que donde quiera que vamos me has de avergonzar.. El petimetre se volvió hacia nosotros y dijo, infestándonos con los perfumes de su ropa: -No se puede estar donde hay gente ordinaria. -¿Qué es eso de gente ordinaria? -exclamó la Primorosa atropellando a los que tenía al lado para abalanzarse hacia el almibarado joven-. Ya.. a mí con esas. Pero si es el Sr. D. Narciso Pluma. Eh, Nicolasa, Bastiana, Polonia; mira al Sr. de Pluma, al que la otra noche le emprestamos dos reales pa osequiar a las madasmas que llevó a tu casa.. Señor marquesito de la olla vacía, menos facha y más comenencia con las señoras, porque yo soy muy reseñorona y muy requete-usía, y sé dar pa el pelo, y vivan los farolones de Madrid. A este punto llegaba, cuando un rumor cercano indicó que el príncipe estaba cerca. La Primorosa, con las majas que la seguían, trató de atravesar el (p.455) gentío dando codazos y manotadas a derecha e izquierda. -Ea, desepártense toos, que viene el sol del mundo. A un lao, a un laíto señores. Bastiana, Nicolasa, quitaros las flores del pelo, y vengan acá, que yo se las daré al lucero de las Españas. Míralo allá, viene a caballo por la Aduana. A fuerza de empujones la Primorosa logró, ¡cosa inaudita! despejar en torno suyo un breve espacio, donde campeaba sin obstáculo. Pero queriendo avanzar más aún, halló insuperable barrera en la persona de un majo decente, que con la capa en cuadril y el sombrero sobre la ceja, rechazaba varonilmente a cuantos intentaban adelantar hacia el centro de la carrera. -¡Cómo! -dijo la maja con centelleante ira-. ¿Que no se pasa? ¿Y quién lo ice? Tú, Pujitos. Anda y qué güeno me sabe. -No se pasa -dijo Pujitos, que se esforzaba en poner a la multitud en fondo, en filas, en compañías, en batallones y en brigadas-. Póngase ca una en su puesto, y no ladrar. Orden, señores.. toos en fila. Primorosa, las mujeres a sus casas, y aquí denguna me levante el chillío. -Pujitos de mi corazón -dijo la Primorosa con terrible ironía, clavando ambas manos en la cintura-. Si te requiero, si he venido por verte, si aquí vengo a pedirte de rodillas que me dejes pasar, y traigo un irgumento pa tu cara de peine viejo. ¿Quieres verlo?.. Pues toma. Aún no lo había dicho, cuando rápida, fuerte y destructora como un ariete romano, la mano derecha de la maja voló en dirección de la cara de Pujitos, y el carrillo de este resonó con tremendo chasquido. Una risotada general fue el himno con que los circunstantes celebraron la desgracia de Pujitos, el cual, vacilando primero, y desplomado después, fue a caer sobre un fraile, rompiéndole la escofieta a doña María Facunda, y la escusabaraja a doña Gumersinda. La multitud hizo un movimiento: el oleaje corrió de un lado a otro, y Pujitos desapareció ante nuestra vista como un cuerpo que cae al mar. La causa de aquel movimiento de la muchedumbre fue una nueva irrupción de carne humana en aquel recinto estrecho donde (p.456) ya había tanta. Un destacamento de la guardia Imperial, con Murat a la cabeza, apareció por la calle del Arenal. Figuraos un pie que se empeña en entrar en una bota donde ya hay otro pie. El gran duque de Berg, petulante y vanidoso, se obstinó en presentarse con sus tropas en la carrera por donde había de pasar el Rey, lo cual no tenía nada de culpable; pero lo hizo tan inoportunamente, y sus mamelucos y dragones vejaron de tal modo al pueblo madrileño, que algunos historiadores hacen datar desde aquella hora la general antipatía de que los franceses fueron objeto. La multitud es un río, cuyo nivel no puede subir cuando recibe el caudal de otro río, y tiene que acomodarse juntando carne con carne y hueso con hueso, hasta que desaparece la personalidad humana en el informe conjunto. Esto pasó cuando los franceses penetraron en la estrecha plaza, y una tempestad de silbidos, reconvenciones e insultos fue la primera manifestación del pueblo español contra los invasores. Entre tanto el desconcierto crecía, la sofocación iba en aumento. D. Mauro bramó como un toro, doña Restituta lanzó un gemido desde el fondo de su angosto pecho.. pero la multitud olvidó sus penas, porque ya estaba cerca, ya venía, ya le veíamos en su caballo blanco, que apenas podía dar un paso; ya embocaba en la Puerta del Sol, ya se agitaban los abanicos; llovían ramos de flores; alzábase de la superficie de aquel inquieto mar un rumor espantoso, cruzaban el aire como pájaros desbandados millares de gorras, y los brazos convulsos sobresalían de las cabezas descubiertas; los pañuelos no eran bastante expresivos, y las capas eran desplegadas como banderas de triunfo. Entonces la masa de gente que estaba en torno mío avanzó con irresistible empuje. D. Mauro y Restituta clavaron las uñas en las mangas del vestido de Inés, que se les escapaba; pero un jirón de tela se quedó en sus manos e Inés en mis brazos. Miré a la derecha, y vi entre una aglomeración de cabezas el coleto de D. Mauro y el moño de doña Restituta, que huían llevados como despojos (p.457) de naufragio sobre la espuma de aquel mar alborotado. Estábamos solos. Inés y yo nos abrazamos y el gentío comprimiéndose después, estrechaba a Inés contra mí, como si de nuestros dos cuerpos hubiera querido hacer uno solo.
Ep-3-XIX - -Estamos solos, Inés -le dije-. Ahora podremos hablarnos y vernos. En efecto, estábamos solos. Yo no veía ni Rey ni pueblo, ni guardia Imperial, ni balcones, ni quitasoles, ni abanicos, ni capas, ni gorras, ni flores, ni nada: yo no veía más que a Inés, e Inés no veía más que a mí. Aprisionados entre un pueblo inmenso, nos creíamos en un desierto. Olvidamos que existía un Rey recién coronado, y una nación alegre, y una ciudad feliz, y una multitud ebria, y no pensamos más que en nosotros mismos. No oíamos nada: el clamor de la gente, los vivas, los mueras, las felicitaciones, aquella borrachera de entusiasmo no producía en nuestros oídos más impresión que el vuelo de un insignificante insecto. -Gracias a Dios que nos han dejado solos -dijo Inés estrechándose más contra mí. -¡Inés de mi corazón! -dije yo-, cuánto deseaba hablarte. ¡Cuántas cosas tengo que decirte! Tus tíos se han ido y no volverán, y si vuelven no estaremos aquí. Somos libres; oye lo que voy a decirte. Estamos fuera de esa maldita casa, Inés mía, y serás feliz y rica y poderosa y tendrás todo lo que es tuyo. -Yo no tengo nada -me contestó. -Sí: tú no sabes un cuento que yo te voy a contar, un cuento que sé y que me hace feliz y desgraciado al mismo tiempo. -¿Qué estás diciendo, loquillo? -Que tú no eres lo que pareces. Yo te devolveré a tus padres, que son muy ricos. -¿Padres? ¿Acaso yo tengo padres? -Sí: tú no eres hija de doña Juana. Pero esto te lo explicaré en otra ocasión. ¡Ah!, amiga mía: estoy alegre y estoy triste, porque deseo que seas feliz, y rica y señora y poderosa y duquesa y princesa; pero al mismo tiempo considero que cuando llegues al puesto que te corresponde no me has de querer. -No entiendo una palabra de lo que dices. -Ya veremos. Tú no me querrás. ¿Cómo has de querer a un desgraciado como yo, (p.458) sin padres, sin fortuna, sin educación? Te avergonzarás de mí, que soy un criado, un infeliz de las calles.. pero ¡ay!, no temas, que yo te llevaré a donde debes estar, y te pondré en tu verdadero puesto, y serás lo que debes ser. Yo no quiero nada para mí. Dime: ¿me dejarás que sea tu criado y que viva en tu casa lo mismo que vivo ahora mismo en la de tus condenados tíos? -De veras te digo que pareces un loco, Gabriel. Esto me recuerda cuando tú decías que ibas a ser ministro, generalísimo y príncipe. Yo no tengo esas ideas. -No es lo mismo, niñita. Aquello era una necedad mía, y esto es cierto. Ya no volveremos a casa de los Requejos. Huiremos por la calle de Alcalá cuando se despeje, buscando refugio en Aranjuez, hasta tanto que yo te lleve a donde debo llevarte. Aunque sé que no lo has de cumplir, júrame que me querrás siempre. -Yo no necesito jurarlo. Prométeme tú no decir disparates -dijo ella, mientras la presión de la embriagada multitud estrechaba su cabeza contra mi pecho. -No son disparates. Pronto te convencerás de ello; ¿pero me querrás siempre como me quieres ahora? ¿No te avergonzarás de mí, no me despreciarás? ¿Seré siempre para ti lo mismo que soy ahora, tu único amigo, tu salvación y tu amparo? -Siempre, siempre. Al pronunciar estas palabras, Inés sintió que la cogían un pie. Miró ella, miré yo, y vimos que clavaba en el pie sus flacos dedos una mano correspondiente a un brazo negro, que extendiéndose entre las piernas de los circunstantes, estaba unido al cuerpo de Restituta, quien estiraba el otro brazo hasta tocar la mano que pertenecía a una de las extremidades de don Mauro Requejo, el cual D. Mauro Requejo, colocado como a dos varas de nosotros, pugnaba por abrirse paso entre piernas de hombre y faldas de mujer, recibiendo aquí una pisada, allá una coz. Sucedió, que encontrándose los dos hermanos tan separados de nosotros, perdían el tino buscándonos, y mientras ella se encaramaba anhelando divisar por algún lado nuestras cabezas, él a causa de su corpulencia alcanzó a distinguir mi (p.459) gorro. Forcejeaban hasta alcanzarnos, cuando doña Restituta cayó al suelo; diole D. Mauro la mano, y ella alargó la otra para asir el pie de Inés, temiendo que en un nuevo vaivén o sacudimiento se le escapara. Nuestro proyecto de fuga quedó frustrado, y ambos Requejos hicieron presa en los olivares de Jaén, asiéndoles cada uno por un brazo para estar más seguros. -¡Pobrecita mía! -dijo D. Mauro-. Creímos que te nos perdías. Si no es por ti, Gabriel, se nos pierde. A causa del revolcón quedaron ambos hermanos tan lastimosamente magullados, que daba compasión verles. Del casaquín de mi amo se habían hecho dos, sin intervención de ningún sastre, y su hermana veía con ojos furibundos los flotantes jirones de su vestido negro, rasgado de arriba abajo. -¿Ves? -decía Restituta a su hermano al regresar a la casa-. ¿Ves lo que sacamos de ir a donde nadie nos llama? Has perdido un guante.. ¡lástima de guante, que costó un dineral en el Rastro! ¿Pues y la casaca? Ya tengo costura para tres días.. ¡Sí, que está barata la seda!.. Y tú, niña, ¿has perdido algo? ¡Ay! ¿Dónde está mi pañuelo? ¿Pues y mi pañuelo? ¡Lo he perdido!.. ¡Dios me favorezca!.. ¡Jesús mil veces! ¡Y yo que le eché tres gotas de agua de bergamota!
Ep-3-XX - Transcurrieron muchos días desde aquel, famoso por la entrada de nuestro soberano, sin que se alterara con ningún accidente la uniformidad de la casa de los Requejos. Largo tiempo estuve sin poder hablar con Inés, aunque vivíamos tan cerca el uno del otro; pero el encierro en que la guardaba Restituta era cada vez más inaccesible, y la vigilancia llegó a ser un acecho implacable. D. Mauro estaba furioso algunas veces, otras triste, y sin duda en su rudeza no dejaba de comprender que era incapaz de hacerse amar por Inés. Su cólera no podía menos de derivarse de la conciencia de su brutalidad. Si no hubiera mediado el ambicioso interés, que era su alma, quizás D. Mauro habría sido naturalmente afable y hasta cariñoso con la que pasaba por su sobrina; pero la falta de educación, de delicadeza, de modales y de (p.460) sentido común le perdía, haciéndole no sólo aborrecible sino espantoso a los ojos de la misma a quien deseaba interesar. Las dificultades para sacar a Inés del poder de los Requejos aumentaban de día en día con la suspicaz vigilancia de Restituta; pero esto no me desanimaba, y firme en mi honrado propósito, procuré por todos los medios posibles conquistar la benevolencia de los dos hermanos, fingiendo en mí gustos e inclinaciones iguales a las suyas. Yo aspiraba a una empresa más difícil que las doce de Hércules; aspiraba a conquistar el inexpugnable castillo de su confianza, donde jamás entrara persona alguna. Para llegar a este fin, principié fingiéndome mezquino y avaro, cual si me consumiera, como a ellos la mísera pasión del ahorro en su último delirio. Un día después de haber barrido los pasillos y cuartos, me ocupaba en reunir el polvo y la tierra, recogiendo y guardando aquellos ingredientes en un gran cucurucho. Como esta operación la hacía yo de modo que doña Restituta me observase, preguntome un día cuál era mi objeto, y le contesté: -Pues qué, señora, ¿se ha de desperdiciar esta sustancia alimenticia? -¿Cómo? ¿El polvo y la basura de los ladrillos, con las telarañas de los techos y el lodo de los zapatos forman una sustancia alimenticia? -Ya lo creo; y me asombra que Vd. no sepa que hay en Madrid un jardinero francés que compra todo esto para criar unas endemoniadas yerbas farmacéuticas, que han inventado ahora. -¿Qué me dices, Gabriel? Pues yo no sabía nada. -Pues cuando yo estaba en la casa del señor duque de Torregorda, la señora duquesa vendía esto todas las semanas, y por un paquete así, le daban sus cuatro cuartos como cuatro soles. Ella se regocijaba tanto con esto, que cuando yo, después de arrojar a un muladar el paquete, volvía entregándole los cuatro cuartos de mi fingida venta, me decía: -Eres un chico de disposición, Gabriel: no he conocido otro como tú. También fingía vender los cráneos de carnero que allí se consumían con frecuencia, los huesos de toda clase de frutas, los pedazos de papel, los (p.461) cascos de vidrio, y hasta los pezones de los higos pasados, diciéndole que un boticario los compraba para hacer cierta droga venenosa. Cuando llegó el 20 de Abril, y me dieron los diez reales de mi salario, dije a doña Restituta: -Señora, ¿para qué quiero yo todo ese dineral? Puesto que tengo todas mis necesidades satisfechas y no me falta nada, guárdemelo, y si algún día salgo de esta bendita casa (lo que ojalá no suceda nunca), me lo entregará junto. Guardadito quiero que esté como oro en paño, y primero me dejaré cortar las orejas que consentir en el gasto de un maravedí. -¡Ay, Gabriel! -me contestó rebosando satisfacción-, no he visto nunca un chico como tú. Bien es verdad que no en vano se pisa esta casa, donde reinan el orden y la economía. Eres un rapaz de provecho; si sigues trabajando, a vuelta de diez años tendrás reunidos sesenta duros, y si siempre persistes en tan buenas ideas, llegarás al fin de tu vida.. (pongamos que vives sesenta años más..) con un capital de 360 duros que tendrás guardaditos y los enterrarás antes de morirte, para que ningún heredero holgazán se divierta con tu dinero. Con estas y otras artimañas me hacía querer de mis amos, hasta el punto de que confiaban mucho en mí; pero a pesar de todo no logré nunca adquirir la confianza suprema, que consistía para mí en ser encargado de la custodia de Inés, mientras ellos estaban fuera. ¡Ay!, cuando alguna vez permitían los hados que doña Restituta se ahuyentara del hogar doméstico, siempre era depositario de todas las llaves, el impasible, el mecánico, el glacial mancebo. Pero he hablado poco de este personaje, cuando en realidad debiera ocuparnos mucho, y urge dar de él completa idea. Juan de Dios era sin género de duda un excéntrico, pues también en aquella época había excéntricos. Un hombre que no habla, que ignora lo que es risa, que no da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde están la pieza de tela que ha de vender, la vara con que la ha de medir, y la hortera en que ha de guardar el dinero; un hombre que en todas las (p.462) ocasiones de la vida parece una máquina cubierta con la humana piel para remedar mejor nuestra libre, móvil e impresionable naturaleza, ha de llevar dentro de sí algo ignorado y excepcional. Sin embargo, al poco tiempo de conocer yo a Juan de Dios, ocurrió algún percance en el misterioso engranaje de las piezas de aquel mueble animado. Por aquellos días D. Mauro y doña Restituta habíanse comunicado con asombro su extrañeza por las frecuentes distracciones de Juan de Dios. Juan de Dios que en veinte años no se equivocara nunca midiendo o contando, contaba y medía como un mancebillo recién venido de la Alcarria. Aún había algo más alarmante. Juan de Dios se paseaba por la tienda sin hacer nada, lo cual era tan extraordinario como el choque de un planeta con otro; Juan de Dios preguntaba al parroquiano si quería poplín, cotepalis, organdís, madapolanes o muselinetas, y en vez de traer lo pedido, daba media vuelta, rascándose la cabeza, iba a la trastienda, y salía después a preguntar de nuevo, porque se le había olvidado. Al mismo tiempo Juan de Dios estaba más amarillo y más flaco, lo cual parecía imposible al que en sus buenos tiempos le hubiese conocido, y su mirada, siempre mortecina y tristona como la llama de un candil que se apaga, indicaba últimamente una resignación, un dolor que no son susceptibles de descripción ni pintura. Un día salieron los amos, encargándole como de costumbre, la custodia de la casa. Inés, encerrada en su aposento, habló conmigo como Tisbe al través del muro, y en mi desesperación, no pudiendo ni verla, ni sacarla de allí, discurrí que convenía explorar el corazón del mancebo, por si era posible ablandarle, para que protegiera nuestra fuga. Bajé a la tienda, y después que hablamos un poco de cosas indiferentes, dije a Juan de Dios: -¿No es un dolor, Sr. D. Juan, que esa muchacha se muera de tristeza en ese cuartucho? ¿Por qué no la dejan suelta por la casa? ¿Acaso es alguna fiera? Advertí en el semblante del mancebo, un como estremecimiento o vislumbre, (p.463) después pareció que la poca sangre de su cuerpo se le agolpaba en la frente, y me habló así: -Gabriel, tienes razón. ¿Por qué la encierran así siendo tan buena y tan humilde?.. Ya estará libre.. -dijo Juan de Dios, como hablando consigo mismo. Estas palabras despertaron mucho mi curiosidad, y resolví hacerle hablar sobre el asunto, fingiendo poco interés por la muchacha. -Verdad es -dije- que como está tan mal criada.. -¡Mal criada! -exclamó el dependiente con viveza-. Tú sí que eres un mal criado y un bruto. Cuando la veo tan dulce, tan modesta, tan guapa, me da lástima que.. Aquí la tratan de un modo que da compasión.. -Pero los amos son muy buenos con ella; la han comprado un vestido, y D. Mauro quiere que sea su mujer. Al oírlo Juan de Dios, se inmutó de tal modo, que le tuve miedo. -¡Casarse con ella! -exclamó-. No, no; eso no puede ser. -Bien es verdad, que si la muchacha no quiere, ¿por qué han de obligarla? -Es verdad. No; no la obligarán. Comprendí que convenía variar de táctica, demostrando mucho interés por la prisionera. -Pues si ella no quiere -dije- será una obra de caridad sacarla de aquí. -¿Tú crees lo (9) mismo? -me preguntó con ansiedad. -Sí. Me da tanta lástima de la pobrecita, que si en mí consistiera, ya le hubiera abierto las puertas para que volara como un pajarito. -Gabriel -me dijo Juan de Dios solemnemente, poniendo su mano sobre mi brazo-, si tú fueras un chico prudente y discreto, yo te confiaría un proyectillo.. No había más remedio que fingir gran indignación contra los Requejos, y así lo hice, diciendo: -¡Pues no he de serlo! A mí puede Vd. confiarme lo que quiera, sobre todo si se refiere a esa niña, porque la tengo compasión, y si mi amo se empeña en maltratarla, no lo podré aguantar, y el mejor día.. -Nuestros patronos son muy crueles -dijo él con la gravedad de quien revela importante secreto. -¿Qué dice Vd., crueles? Bárbaros y tacaños, que serían capaces de vender a Cristo por dos cuartos. El semblante de Juan de Dios expresó cierto entusiasmo. Después de vacilar un momento entre la (p.464) seriedad y una sonrisa, se apretó el corazón con ambas manos, y me dijo: -Gabriel, yo estoy enamorado, yo estoy loco. -¿De quién? ¿Por quién? -No me lo preguntes, y adivínalo. A ti solo te lo digo: quiero que me ayudes. Veo que tienes buenos sentimientos, y que aborreces a los carceleros de Inés. Pero tú no te has fijado bien en ella. ¿No te admira su resignación, no te admira su modestia? Y sobre todo, Gabriel, ¿has visto alguna vez mujer más linda? Dime, ¿te ha mirado alguna vez y no te has vuelto loco? Juan de Dios lo parecía al decir estas palabras. -Inés es una gran personita -respondí-. Hace usted bien en quererla, y mucho mejor en sacarla de aquí. ¿Pero no dicen que se casa Vd. con doña Restituta? -¿Yo?, estás loco.. Antes de ahora he sido tan estúpido que llegué a creerme capaz de semejante desgracia. Pero ahora.. ¿Has conocido mujer más repugnante que esa? -No, no hay otra que la iguale en toda la tierra. Pero hablemos de Inés, que es lo que a Vd. le interesa. -Sí, hablemos. ¡Ay! No sabes qué desahogo siento al confiarte este secreto. Yo necesitaba decírselo a alguien para no desesperarme. Desde que Inés entró en esta casa, yo experimenté una sensación desconocida. Yo había dicho muchas veces: «tanto como oigo hablar del amor, y yo no sé lo que es..». Pero ya sé lo que es.. ¡Ay!, he pasado toda mi vida trabajando como una bestia. Hace veinte años tuve algo con una mujer que vivía en mi casa; pero aquello no pasó de tres días. Yo nací en Francia de padres españoles, me crié en un convento y cuando salí de él a los veinte años, estaba muy persuadido de que las mujeres todas eran el demonio, pues así me lo decían los padres del convento de Guetaria. Así es que cuando pasaba alguna cerca de mí, yo bajaba los ojos, cuidando de no mirarla. Siempre he sido melancólico y.. no sé por qué me han disgustado las mujeres.. Nunca voy a bailes ni a tertulias, y con tan uniforme vida me he vuelto tan tristón que me aburro de mí mismo. Los domingos echo un paseo allá por los Melancólicos, y esto un año y otro, (p.465) hasta que ahora.. te contaré punto por punto. Cuando llegó Inés aquí, me pareció que no era como las mujeres que yo he visto siempre; quedeme asombrado contemplándola, y hasta se me figuró que la había visto en alguna parte; ¿dónde?, ¡qué sé yo!, sin duda dentro de mí mismo. Todo aquel día pensé en ella, y al día siguiente, que era domingo, me fui después de oír misa, a mi paseo de los Melancólicos. Allí di mil vueltas figurándome que hablaba con ella, y fueron tantas las cosas que le dije, que de seguro no cabrían en este libro grande. Pasó algún tiempo: Inés no me había mirado nunca, hasta que una noche.. estábamos comiendo, yo fui a coger un plato, y como me temblaba la mano, le dejé caer al suelo y se rompió. Restituta se puso a dar gritos, y D. Mauro me dijo no sé qué barbaridades. Entonces Inés alzó los ojos y me miró. Cuando esto decía, Juan de Dios mostraba la incomparable satisfacción del amante que ha recibido favor muy lisonjero de su dama. -Pues ánimo -le dije-: la muchacha es linda y buena. Sáquela Vd. de aquí. -¡Que si la saco! ¿Pues no la he de sacar? -exclamó con decisión-. Resuelto estoy a ello. Pero necesito hablarla, Gabriel; necesito decirle lo que siento por ella. ¿Me corresponderá, crees tú que me corresponderá? -Pero tonto, si quiere Vd. hablarla, ¿qué más tiene que ir a su cuarto y entrar? ¿Los amos no le dejan las llaves? -Varias veces he intentado hablar con ella; he subido la escalera, he llegado junto a la puerta y al fin me he vuelto sin valor para decirle: «Inés, ¿oye usted una palabra?». -Pues de esa manera no consigue usted nada -le contesté-. ¡Ah! Vea Vd. lo que me ocurre en este instante. Yo me pinto solo para esas comisiones. Me da Vd. la llave, abro, entro y le digo que Vd. la quiere y discurre el modo de sacarla de aquí. ¿Qué le parece mi invención? -Te equivocas si crees que tengo la llave de su cuarto. Todas me las dejan menos esa. -Entonces todo está perdido. -No, porque voy a que un cerrajero me haga una por un modelo de cera, enteramente igual. Por de pronto, ya que (p.466) te ofreces a servirme, mira lo que he pensado. Aquí tengo un ramito de violetas que he comprado esta mañana. Se lo llevas, arrojándolo dentro por el tragaluz que está sobre la puerta, y le dices: «esto le manda a Vd. una persona que la ama», pero sin mentarle quién es. Luego, otro día que los amos salgan, le llevas una carta que estoy escribiendo en mi casa, y que tiene ya ocho pliegos de papel, con una letra como el sol. ¿Lo harás así? -Todo lo que Vd. me mande. -¡Ay, Gabriel! Desde que ella está en esta casa, me he vuelto todo del revés. Pero di: ¿crees tú que Inés me querrá; lo crees tú? ¡Ay!, yo de veras te digo que por verme amado de ella por todo el día de hoy, consentiría mañana en perder la vida. Te juro que si supiera de cierto que no me puede querer, moriría. Si Inés me ama, seré tan feliz que.. no sé lo que me pasará. Y tiene que ser, tiene que amarme; yo me la llevaré a una parte del mundo donde no haya gente, y allí, solitos los dos, ¿no es verdad que tendrá que quererme? Estoy ahora averiguando por qué camino se va a una de esas islas desiertas, que según dicen, hay no sé dónde.. La sacaré de aquí, Gabriel; nos iremos ella y yo, si quiere bien, y si no también. Cuando llegue el caso, me creo capaz de todo; de matar al que quiera impedírmelo, de vencer cuantas dificultades se me opongan, de echarme a cuestas toda la tierra y beberme todo el mar, si es preciso para mi fin.. Gabriel, ¿llevarás a Inés el ramo de violetas? Yo tengo miedo de ir.. Cuando le hable una vez se me quitará esta turbación.. ¿No es verdad?.. ¿Crees tú que ella me amará? La pasión de Juan de Dios tenía cierta ferocidad. Junto con la timidez más ingenua, el corazón de aquel hombre abrigaba una determinación impetuosa y una energía suficiente para llevar adelante el más difícil propósito. El secreto confiado causome tanto asombro como miedo, porque si bien el amor del mancebo podía ser un gran auxilio para la evasión de Inés, también podía ser obstáculo. Pensando en esto me separé de él, para llevar las violetas, sacadas de un cajón donde guardaba sus plumas: (p.467) subí y púsome al habla con mi desgraciada amiga. -Inés -le dije, arrojando el ramillete por el tragaluz- toma esas flores que he comprado para ti. -Gracias -me contestó. -Niñita mía -continué-, mételas en tu seno, para que la bruja de tu tía no las descubra. ¿Las has guardado ya? -En eso estoy -repuso la dulce voz dentro del cuarto-. Vaya, ya están. -Mira Inesilla, pon la mano sobre tu corazón y júrame que no has de querer a nadie, a nadie más que a mí; ni a D. Mauro, ni a Juan de.. quiero decir.. a nadie. -¿Qué estás ahí hablando? -Júramelo. Pronto estarás libre, paloma. Pero cuando seas señora, rica y condesa, y tengas palacio y lacayos y tierras, ¿me olvidarás? ¿Despreciarás al pobre Gabriel? Júrame que no me despreciarás. La prisionera rió en su cárcel. -Vaya, adiós. Ponte frente al agujero de la llave para verte; ¡qué guapa estás! Adiós; me parece que ahí están tus simpáticos tíos. Sí: ya siento la voz del buitre de D. Mauro. Adiós.
Ep-3-XXI - Aquella noche nos favorecieron doña Ambrosia de los Linos y el licenciado Lobo. La primera se quejó de no haber vendido ni una vara de cinta en toda la semana. -Porque -decía- la gente anda tan azorada con lo que pasa, que nadie compra, y el dinero que hay se guarda por temor de que de la noche a la mañana nos quedemos todos en camisa. -Pues aquí nada se ha hecho tampoco -dijo Requejo-, y si ahora no trajera yo entre ceja y ceja un proyecto para quedarme con la contrata del abastecimiento de las tropas francesas, puede que tuviéramos que pedir limosna. -¿Y Vd. va a dar de comer a esa gente? -preguntó con inquietud doña Ambrosia-. ¿Por qué no les echa Vd. veneno para que revienten todos? -¿Pero no era Vd. -preguntó Lobo- tan amiga del francés, y decía que si Murat la miró o no la miró?.. Vamos, señora doña Ambrosia, ¿ha habido algo con ese caballero? -¡Ay! Le juro a Vd. por mi salvación que no he vuelto a ver a ese señor, ni ganas. ¡Demonios de franceses! ¿Pues no salen ahora con que vuelve a ser Rey mi Sr. D. Carlos IV, y que el príncipe se queda otra vez (p.468) príncipe? Y todo porque así se le antoja al emperadorcillo. -¡Bah! -dijo Lobo-. Pues ¿a qué ha ido a Burgos nuestro Rey, si no a que le reconozca Napoleón? -No ha ido a Burgos, sino a Vitoria, y puede ser que a estas horas me le tengan en Francia cargado de cadenas. Si lo que quieren es quitarle la corona. Buen chasco nos hemos llevado, pues cuando creímos que el Sr. de Bonaparte venía a arreglarlo todo, resulta que lo echa a perder. Parece mentira: deseábamos tanto que vinieran esos señores, y ahora si se los llevara Patillas con dos mil pares de los suyos, nos daríamos con un canto en los pechos. -No: que se estén aquí los franceses mil años es lo que yo deseo -dijo Requejo-. Como me quede con la contrata ¡ay mi señora doña Ambrosia!, puede ser que el que está dentro de esta camisa salga de pobre. -Quite Vd. allá. ¿Ni para qué queremos aquí franceses, ni zamacucos, ni tragones, ni nada de toda esa canalla que no viene aquí más que a comer? Pues ¿qué cree Vd.?, muertos de hambre están ellos en su tierra, y harto saben los muy pillastres dónde lo hay. Si es lo que yo he dicho siempre. Dicen que si Napoleón tiene esta intención o la otra. Lo que tiene es hambre, mucha hambre. -Yo creo que tenemos franceses por mucho tiempo -afirmó el licenciado- porque ahora.. Luego que nuestro Rey sea reconocido, vienen acá juntos para marchar después sobre Portugal. -¡Qué majadería! -exclamó la señora de los Linos-. Aquí nos están haciendo la gran jugarreta. Esta mañana estuvo en casa a tomarme medida de unos zapatos, el maestro de obra prima, ese que llaman Pujitos. Díjome que en el Rastro y en las Vistillas todos están muy alarmados, y que cuando ven un francés le silban y le arrojan cáscaras de fruta; díjome también que él está furioso, y que así como fue uno de los principales para derribar a Godoy, será también ahora el primero en alzarles el gallo a los franceses.. ¡Ah!, lo que es Pujitos mete miedo, y es persona que ha de hacer lo que dice. -Si me quedo con la contrata, Dios quiera que no se levanten contra los franceses - (p.469) dijo Requejo. -Si hay levantamiento -afirmó Restituta- y mueren unos cuantos cientos de docenas, esos menos serán a comer. Siempre son algunas bocas menos, y la contrata no disminuirá por eso. -Has pensado como una doctora -dijo D. Mauro-. ¿Pero y si se van? -Se irán cuando nos hayan molido bastante -añadió doña Ambrosia-. Pues no tienen poca facha esos señores. Van por las calles dando unos taconazos y metiendo con sus espuelas, sables, carteras, chacós y demás ferretería, más ruido que una matraca.. ¡Y cómo miran a la gente!.. Parece que se quieren comer los niños crudos.. por supuesto que ya les verá Vd. correr el día en que el español diga: «por ahí me pica, y me quiero rascar». -Eso es música -dijo Lobo-. Deje Vd. que vuelvan a Madrid el Rey y el Emperador, y verá cómo todo se arregla. D. Juan de Escóiquiz, que es amigo mío, y el primer diplomático de toda la Europa, me dijo antes de irse, que son unos bobos los que creen que Napoleón intenta destronar al rey de acá. Descuiden Vds. que como haya dificultades, mi canónigo las arreglará todas, que para eso le dio el Señor aquel talentazo que asusta. -Napoleón no viene acá sino con la espada en la mano -continuó doña Ambrosia-. El padre Salmón de la orden de la Merced, que estuvo esta mañana en casa (y por cierto que se llevó media docena de huevos como puños), me dijo que a él no se le escapa nada, y que tendremos guerra con los franceses. Napoleón nos está engañando como a unos dominguillos. Ya ve Vd. hace quince días se dijo que venía, y en palacio enseñaban las botas y el sombrero que había mandado por delante. D. Lino Paniagua que vio aquellas prendas y las tuvo en su mano, me dijo que las botas eran grandísimas y casi tan altas como este cuarto. En cuanto al sombrero, dice que era tan grasiento, que un cochero simón no se le pondría, lo cual prueba que este emperador es un grandísimo gorrino, con perdón sea dicho. -Veinte mil franceses tenemos aquí -dijo don Mauro con expresión meditabunda-. ¡Mucho pan, mucho tocino, muchas patatas, (p.470) mucho pimentón, mucha sal, mucha berza, han de entrar por veinte y cinco mil bocas! Y dicen que traen hambre atrasada. -Por supuesto, hermano -dijo Restituta- el dinerito por adelantado. D. Mauro tomó un papel, y con profunda abstracción hizo cuentas. -¿Y de lo que sobre en el almacén no se podrá traer lo necesario para el gasto de la casa? -preguntó la digna hermana-. Porque están unos tiempos ¡ay!, señora doña Ambrosia: no se gana nada.. -Vaya, vaya -dijo doña Ambrosia-. Poco, mal y bien quejado. Más dinero tienen Vds. que las arcas del Tesoro. Y a propósito, Restituta, ¿cuándo se casa Vd.? -¡Jesús! ¿Quién piensa ahora en eso? No corre prisa. -No pensará lo mismo Juan de Dios. ¿Y usted, Inesita, cuándo se decide? -Ya está decidida -dijo vivamente Restituta-. La pícara harto disimula su satisfacción. Este la tiene muy mimosa. -Esto está muy bien: una niña bien criada debe hacer ascos al matrimonio hasta que llegue el momento crítico. Pero hija, con la conversación se me ha ido el tiempo: son las diez.. Adiós, adiós. Fuese doña Ambrosia, desfiló al poco rato Lobo, y habiendo subido a acostarse las dos mujeres, quedaron solos en la trastienda el patrono y el mancebo haciendo las cuentas de la contrata. Yo me acosté y dormí profundamente; pero a eso de la media noche, y cuando recogido también el amo, reinaban en la casa el sosiego y la tranquilidad me desvelaron unos agudos gritos, que al punto reconocí como procedentes de la exprimida laringe de Restituta. -Sin duda hay ladrones en la casa -dije levantándome. Restituta llamaba angustiosamente a su hermano, el cual salió con una tranca, diciendo: -¡Dónde están esos pícaros, dónde están para que sepan si soy hombre que se deja quitar el fruto de su honradez! -No son ladrones -dijo Restituta con voz temblorosa a causa de la ira-; no son ladrones, sino otra cosa peor. -¿Pues qué son, con mil pares de diablos? -Es que.. -continuó la hermana, dirigiéndose al amo y a mí, que también había acudido con un palo-. Inesilla.. bien decía yo que esa muchacha nos daría (p.471) que sentir.. es una loca, una mujerzuela, una trapisondista, una perdida de las calles. -A ver.. ¿qué ha hecho? -Pues yo velaba, ella dormía, y de repente empezó a hablar en sueños. ¡Ay, no sé cómo no la estrangulé! Primero pronunció algunas palabras que no pude entender, después dijo así: «Juro que te querré siempre; juro que te querré cuando sea condesa, cuando sea princesa, cuando sea rica, cuando sea gran señora. Pero yo no quiero ser nada de eso sin ti». Estuvo callada un rato, y después siguió diciendo: «¡Cómo no he de quererte! Tú me arrancarás del poder de estas dos fieras.. ¡Ay!, adiós: siento la voz del buitre de mi tío. Adiós..». Después la condenada niña, como si le parecieran poco estos insultos, llevose las palmas de las manos a su boquirrita, y se dio muchos besos. ¿Qué te parece, hermano? ¡No sé cómo no la ahogué! Sin poderme contener, arrojeme sobre ella; despertose despavorida, y al incorporarse se le cayó del pecho este ramo de violetas. Al decir esto, Restituta mostraba en su trémula mano la terrible prueba del delito. Quedose don Mauro aturrullado y confuso, y luego tomando el ramo y mordiéndolo con rabia lo arrojó al suelo, donde fue pisoteado alterno pede por ambos furiosos hermanos. -¡Con que dice que soy un buitre! -exclamó él echando chispas-. ¡Un buitre! ¡Llamar buitre a un caballero como yo! ¡Bonito modo de pagar el pan que le doy! Ya le enseñaré los dientes a esa chiquilla. Pero ese ramo, ¿quién le ha dado ese ramo? -Pero Mauro.. -Pero Restituta.. Y más se confundían los dos cuanto más se irritaban, y crecía su cólera a medida que aumentaba su aturdimiento, hasta que Requejo, recogiendo sus luminosas ideas en rápida meditación, dijo: -Tiene amores con algún mozalbete de las calles. ¿Habrá entrado aquí? Esto es para volverse loco. Gabriel, Gabriel, ven acá. Al punto comprendí que estaba en peligro de hacerme sospechoso a mis feroces amos, y como en este caso me arrojarían de la casa, imposibilitando de un modo absoluto la realización de mi proyecto, hallé prudente el desorientarles con una (p.472) invención ingeniosa, que apartara de mí toda sospecha. -Señor -dije a mi amo-, estaba esperando a que su merced acabara de hablar, para decirle alguna cosa que contribuya a descubrir esta picardía. Pues anoche cuando salí en busca del cuarterón de higos pasados, me pareció que vi en la calle a un señorito, el cual señorito miraba a estos balcones.. y después, creyendo él que yo no le veía, arrojó una cosa.. -¡Eso, eso fue.. el ramo! -exclamó Requejo. -Anoche mismo -continué- pensaba decírselo a su merced; pero como estaba ahí esa señora, y después se quedaron Vd. y D. Juan de Dios haciendo números.. -¿Y ella se asomó al balcón? -preguntó Restituta. -Eso no lo puedo asegurar, porque hacía oscuro y no vi bien. Pero encárguenme mis amos que esté ojo alerta, y no se me escapará nada. A fe que si Vds. me dieran la comisión de vigilar a la niña cuando salen de casa, la niña no se reiría de nosotros. -¡Esto no se puede aguantar! -exclamó fieramente D. Mauro-. Vaya, acuéstense todos, que mañana le leeré yo la cartilla a la señorita. Retireme a mi cuarto, y desde mi cama oía al espantoso Requejo, hablando con su hermana. -Nada, nada, esta semana me casaré con ella. Si no quiere de grado será por fuerza.. Estoy furioso, estoy bramando. Mañana sabrá ella si soy yo Mauro Requejo, o quién soy. La encerraremos en el sótano, sin darle de comer. ¿Acaso vale ella el mendrugo de pan con que le matamos el hambre? Le diremos que no probará bocado, ni beberá gota hasta que no consienta en ser mi mujer.. La encerraremos en el sótano, sí señor, en el sótano. Y si no quiere, palos y más palos. A fe que tengo yo buena mano de almirez.. ¡Llamarme buitre esa rapazuela de las calles!.. Estoy furioso.. me la comería.. Sí: que yo iba a dejarla escapar con el mozalbete del ramo.. Se casará, sí, se casará, y si no, de aquí no sale, sino difunta.. ¡Buen genio tengo yo!.. Malas brujas me chupen, sino la caso conmigo mismo.. Y si no quiere por blandas será por duras, la amarraré a un poste, la azotaré, la abriré en canal con el cuchillo de abrir las latas de (p.473) pomada. Requejo en aquel instante parecía un demonio escapado del infierno; y la primera luz de la aurora, entrando difícilmente en la oscura casa, le encontró despierto aún y vociferando como un insensato.
Ep-3-XXII - Dicho y hecho: desde la mañana del día siguiente, D. Mauro pareció dispuesto a llevar adelante su bestial propósito, el de precipitar el martirio de Inés, casándola consigo mismo, como él decía en su bárbaro lenguaje. La táctica de amabilidad y de astuta dulzura, recomendada por el licenciado Lobo, se consideró inútil, siendo sustituida por un sistema de terror, que ponía en fecundo ejercicio las facultades todas de doña Restituta. Antes de partir a la reunión donde D. Mauro y otros dos comerciantes debían ponerse de acuerdo para la subasta del abastecimiento, mi amo tuvo el gusto de plantear por sí mismo el nuevo sistema. Dispuso que Inés no saldría de su cuarto ni para comer, que los vidrios y maderas de la ventanilla que daba a la calle de la Sal, se cerraran, asegurándolas por dentro con fuertísimos clavos, y que se colocara un centinela de vista dentro de la misma pieza, cuya misión a nadie podía corresponder más propiamente que a Restituta. Ya no era posible, pues, ni ver a Inés, ni hablarla, ni prevenirla, porque todo indicaba que aquella tenaz vigilancia no concluiría sino cuando los Requejos vieran satisfecho su ardiente anhelo de casar a la muchacha consigo mismos. Por último, llegaron las vejaciones ejercidas contra Inés hasta el extremo de notificarle enérgicamente que no vería la luz del sol sino para ir a casa del señor vicario a tomar los dichos. La situación de Inés era por lo tanto insostenible y tan crítica, que me decidí a intentar resueltamente y sin esperar más tiempo, su anhelada libertad. Para hacer algo de provecho, era indispensable aprovechar un día en que ambas fieras, macho y hembra, salieran a la calle a cualquier negocio, pues pensar en la fuga mientras nuestros carceleros estuviesen en la casa, era pensar en lo excusado. D. Mauro, ocupado en su contrata, salía con (p.474) frecuencia; pero Restituta, imperturbable como esfinge faraónica, no se movía de la casa, ni del cuarto, ni de la silla. Para vencer tan formidable dificultad, discurrí a fuerza de cavilaciones el siguiente medio. Mi seductora ama tenía la costumbre, harto lucrativa, de asistir a todas las almonedas que se anunciaban en el Diario, y hacíalo con la benemérita intención de pescar muebles, colchones, ropas, adornos de sala y otros objetos, que adquiridos por poco precio, vendía después en dos o tres prenderías de la calle de Tudescos, que eran de su exclusiva pertenencia, aunque no lo pareciese. Hacia el 15 de Abril tuvo noticia de un ajuar completo de ricos muebles puestos en almoneda en una casa de la plazuela de Afligidos. Habíales ella visto y examinado, y aunque le parecieron de perlas, no los tomó porque la dueña, que era viuda de un consejero de Indias, no se resignaba a entregar su única fortuna casi de balde. Regatearon: Restituta ofreció una cantidad alzada; mas no fue posible la avenencia, y volviose aquella a su casa sin aflojar los cordones de la bolsa, aunque harto se le conocía su desconsuelo por haber dejado escapar negocio de tal importancia. Pues bien, sobre aquella almoneda, sobre aquel regateo, sobre este desconsuelo, fundé yo el edificio de la invención que debía quitarme de delante a mi señora doña Restituta por unas cuantas horas. Era un domingo, día 1º de Mayo. Salí por la mañana, y dirigiéndome a mi antigua casa, buscáronme allí una mujer que se encargó de llevar a doña Restituta el recado que puntualmente le di. Estaba el ama, a las cuatro de la tarde, sentada en el cuarto de la costura, cuando se presentó mi comisionada en la casa, diciendo que la señora de la plazuela de Afligidos consentía en dar los muebles a la señora de la calle de la Sal, por el precio que esta había tenido el honor de ofrecer. Dio un salto en su asiento Restituta, y al punto su acalorada imaginación ilusionose con las pingües ganancias que iba a realizar. Se vistió con aquella ligereza viperina que le era propia, y después de cerrar el (p.475) balcón y la puerta de la habitación de Inés, tuvo la condescendencia incomparable de entregarme la llave de la puerta que conducía a la escalerilla principal: encargó a Juan de Dios el mayor cuidado, y salió. Cuando la vi salir, respiré con indecible desahogo. Pareciome que huía para siempre, llevada en alas de vengadores demonios. Ya no podía perder un instante, y dije a mi amiga desde fuera. -Inesilla, prepárate. Recoge toda tu ropa, y aguarda un momento. La única contrariedad consistía ya en que Juan de Dios descubriese mi intriga, oponiéndose a nuestra fuga; pero yo contaba con la facilidad que ha existido siempre para cegar por completo a quien ya tiene ante los ojos la venda del amor. Bajé a la tienda, y ya desde el primer momento advertí que la fortuna no me era muy favorable, porque Juan de Dios estaba en conversación con dos militares franceses, y no era aquella ocasión a propósito para que me diera la llave falsificada que hacía falta. Diré brevemente por qué estaban allí los dos franceses. Un oficial de administración militar fue en busca de mi amo para hablarle de no sé qué particularidades relativas al contrato de abastecimiento: acompañábale otro que me parecía teniente de la guardia imperial, el cual, entablada conversación con Juan de Dios, habló en incorrecto español y dijo que era del país vasco-francés. Como el hortera había nacido y criádose en el mismo país, al punto se las echaron los dos de compatriotas, y hubo apretones de manos. El extranjero era un mozo alto y rubio, de modales corteses y simpática figura. -¿No recuerda Vd. la familia Sajous, en Bayona? -dijo a Juan de Dios. -¿Pues no la he de recordar? Mi padre, D. Blas Arroiz, estuvo de escribiente en casa de Mr. Hipólito Sajous, en Bayona, y después en casa de otro Sajous en Saint-Sever -repuso Juan de Dios. -El de Saint-Sever es mi padre -añadió el francés-; pero yo nací en Puyoo, donde aquel tiene una fábrica de tejidos. Me acuerdo de haber oído hablar en mi niñez de un administrador guipuzcoano que falleció en nuestra casa. A (p.476) este tenor continuaron hablando un cuarto de hora, hasta que al fin, después de mutuas felicitaciones y ofrecimientos, despidiose el francés, prometiendo volver a visitarnos. Yo estaba tan impaciente, que necesité disimular mi agitación para que no se me conociera en el semblante lo que traía entre manos. Sin perder tiempo, porque perderlo era perderme, dije a Juan de Dios: -Vamos, amigo; este es el momento de entregar a la niña la carta amorosa que Vd. tiene escrita. -Sí, chiquillo, aquí está -repuso mostrándome la epístola, que era un monumento caligráfico-. ¿Qué te parece este trabajo? ¿Has visto alguna vez letra como esta? Repara bien esa M y esa H mayúsculas. ¡Qué rasgos tan finos! Y esas letras con que pongo su nombre, ¿qué te parecen? Tres días de tarea eché en ese nombre divino, que como el de Jesús Endulza el alma y la lengua más que con la miel y azúcar, con sólo sus cinco letras. Este no tiene más que cuatro; pero ¡qué perfiles!, y toda la carta está lo mismo. No tiene más que once pliegos; pero me parece que es bastante. Como es la primera que le escribo, no debo marearla mucho: ¿no te parece? -Me parece bien. Dos palabritas bien dichas, y basta por ahora. Pero lo que importa es llevársela cuanto antes, pues la espera con impaciencia. -¿Cómo que la espera? ¿Pues acaso tú le has dicho algo? -No.. verá Vd.. Ella debe haberlo adivinado. Cuando la di el ramo díjele que se lo mandaba una persona de la casa que la quería mucho y tenía pensado sacarla de aquí: ella lo besó. -¡Lo besó! -exclamó el mancebo, tan conmovido, que algunas lágrimas asomaron a sus ojos-. ¡Lo besó! Es decir, se lo llevó a sus divinos labios. ¡Ah!, Gabriel, ¿crees tú que me corresponderá? -No lo creo, sino que lo afirmo -respondí enérgicamente-. Pero venga la carta. Pues no se va a poner poco contenta. Ahora caigo en que me debe usted dar la llave que encargó al cerrajero, para que yo entre y le dé la carta en propia mano, porque no está bien visto que una cosa de tanta importancia se arroje así.. pues. -No: la llave no te la daré - (p.477) contestó- porque no necesitas entrar. Quiero que esté sola, para que se entregue a sus anchas al placer de la lectura. ¿Con que dices que lo recibió bien? -Pero la llave, la llave.. ¿No me da Vd. la llave! -No: la llave no te la doy. Déjala encerrada, que no faltará quien la saque pronto. ¡Ay!, si me atreviera a ir yo mismo, y a hablarla.. Pero no. En la carta le digo mi amor y mis proyectos; le digo que la sacaré pronto de esta espantosa esclavitud, y que será mi mujer, mi mujercita, pues nos casaremos en tierras lejanas.. ¿Sabes tú por dónde se va a alguna de esas islas desiertas que nos cuentan..? Iremos; porque has de saber, Gabrielillo, que yo soy rico. Yo he guardado mis ganancias desde hace veinte años. Lo malo es que todo lo tengo en poder de los Requejos.. pero ya, ya tomaré yo lo que me pertenezca. Entre esta noche y mañana he de poner por obra mi plan. ¿Ves esta carta que tengo aquí para mi amo?, pues de esto depende todo. Cuando él lea esta carta.. pero esto es un secreto.. punto en boca. -¿De modo que no me da Vd. la llave? -No. ¿Para qué? No quiero que la veas, no quiero que la hables, cuando yo no la hablo ni la veo. Al considerar que si entras en su cuarto te ha de mirar, siento unos celos.. ¡Ay!, yo me muero, Gabriel; yo no duermo, ni como, ni bebo. Si no tuviera qué hacer me estaría día y noche paseando por los Melancólicos. Esta es mi única delicia, pensar en ella, representármela en la imaginación y entablar con ella unos diálogos que no tienen fin. A cada instante la abrazo y la beso a mis anchas, le pongo una flor en la cabeza, la llevo en mis brazos cuando está cansada, la arrullo, le canto para que se duerma y la visto por la mañana cuando despierta. -Así es Vd. feliz -repuse-; pero si me diera usted la llave le contaría todo eso. -No; yo se lo diré mañana, esta noche quizás -dijo Juan de Dios con exaltación-. ¿Pues qué crees tú que soy capaz de consentir un día más los martirios que padece? Gabriel: a ti te puedo confiar mis planes. ¡Esta noche, esta noche quedará Inés en libertad! ¿Tú sabes por (p.478) dónde se va a alguna isla desierta?.. Anda lleva la carta, se la arrojas por el tragaluz; ¿entiendes? Pobrecita: qué dirá cuando vea que hay quien se interesa por ella, quien la adora, y está dispuesto a sacrificar vida, hacienda y honor.. Así se lo he dicho esta mañana al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. Todos los días voy a misa y ruego por ella a Dios y a los Santos. Esta mañana cuando el cura alzaba el cáliz, le miré y dije: «Santísimo Sacramento de mi alma, yo amo a Inés. Si quieres que no la ame más que a ti, dámela. Nunca te he pedido nada. Con ella seré bueno, sin ella seré.. lo que el demonio quiera». Anda, Gabriel; llévale de una vez la esquelita. A este punto llegábamos, cuando entró D. Mauro con dos amigos. Diole Juan de Dios la carta de que antes me había hablado con tanto misterio, y cuando la hubo leído lanzó grandes exclamaciones de coraje, que a todos los presentes nos infundieron miedo. Al instante hizo salir a Juan de Dios con una comisión apremiante, y yo me retiré. Aunque el maniático no había querido entregar la llave, comprendí que no debía retroceder en mi empresa, y resuelto a todo, pensé en descerrajar la puerta de la prisión de Inés. Favorecía este proyecto la circunstancia de estar Requejo en coloquio muy acalorado con sus dos amigos, y además ignorante de la ausencia de su hermana. Pedí auxilio a Dios mentalmente, y después de advertir a Inés para que estuviese preparada y me ayudase por dentro, cogí un pequeño barrote de hierro en figura de escoplo, que había en la sala de los empeños, y comencé la delicada obra. El miedo de hacer ruido me obligaba a emplear poca fuerza, y la cerradura no cedía. Canté en alta voz para ahogar todo rumor, y al fin ayudado por Inés, que empujaba desde dentro, logré desquiciar una de las hojas, que tuvimos buen cuidado de sostener para que no viniese al suelo. -Estás libre Inés, vámonos. Huyamos sin tardanza -exclamé con locura-. Si nos detenemos un instante estamos perdidos. Nos dirigimos a la puerta que conducía a la escalera exterior. (p.479) Abrila yo, y salimos. Ya oscurecía. Un hombre bajaba de los pisos superiores, y se juntó a nosotros en la meseta. Advertí que nos miraba con sorpresa: observele yo a mi vez, y no pude menos de temblar reconociendo al licenciado Lobo, el cual extendiendo sus brazos como para detenernos, preguntó: -¿Adónde van Vds.? -¿Y a Vd. qué le importa? -dije con rabia viendo delante de mí obstáculo tan terrible. Después, considerando que contra semejante cernícalo más convenía la astucia que la fuerza, añadí: -Doña Restituta nos ha mandado salir en busca suya. Ha ido en casa de una amiga.. -Tú eres un picarón redomado -me contestó-. ¿A dónde vas con esa muchacha? Tunantes: ¡os fugáis de esta santa casa! Ya os arreglaré yo. Adentro pronto, si no queréis ir conmigo a la cárcel de Villa. Mi desesperación no tuvo límites, y ahora celebro no haber tenido en aquel momento un puñal en mi mano, porque de seguro le hubiera partido el corazón al leguleño trapisondista. -¡Ah!, pícaro ladrón, ya te conozco, ya sé quién eres -continuó-. Esta noche precisamente pensaba venir a ajustarte las cuentas.. No te había conocido, bribonzuelo; pero ya sé qué clase de pájaro eres.. Ya tenía ganas de cogerte entre mis uñas. Y efectivamente me tenía tan cogido, que no sé cómo no me desolló el brazo. Inés lloraba. Lobo la asió también por un brazo y empujándonos hacia dentro, nos dijo: -¡Qué a tiempo llegué, pimpollitos míos! Hice un esfuerzo desesperado para desprenderme de sus garras y me desprendí. Él entonces alzó el grito, exclamando: -¡Que se me escapa ese tuno.. ladrones.. acudan acá! Subió precipitadamente D. Mauro, reuniose en el portal alguna gente, y acertando a llegar Restituta, poco después me encontraba entre ambos Requejos como Cristo entre los dos ladrones. Inés desmayada, era sostenida por el escribano.
Ep-3-XXIII - -Pero si apenas puedo creerlo -exclamaba mi ama-. ¡Con que la señorita huía con Gabriel! Tunante, ladroncillo, y cómo nos engañaba con su carita de Pascua. Ven acá -añadió dándome golpes-. ¿A dónde ibas con (p.480) Inesilla, monstruo? ¿Qué te han dado por entregarla, ladrón de doncellas? A la cárcel, a presidio pronto, si es que no le desollamos vivo. Pero di, ¿robabas a Inés? -¡Sí, vieja bruja! -respondí con furia-. ¡Me iba con ella! -Pues ahora vas a ir por el balcón a la calle -dijo D. Mauro, clavando en mi cuerpo su poderosa zarpa. Francamente, señores, creí que había llegado mi último instante entre aquellos tres bárbaros, que, cada cual según su estilo peculiar, me mortificaban a porfía. De todos los golpes y vejaciones que allí recibí, les aseguro a Vds. que nada me dolía tanto como los pellizcos de doña Restituta, cuyos dedos, imitando los furiosos picotazos de un ave de rapiña, se cebaban allí donde encontraban más carne. -Y sin duda fuiste tú quien mandó a aquella maldita mujer, para sacarme de la casa, pues en la plazuela de Afligidos no hay ya rastros de almoneda. Este chico merece la horca, sí, Sr. de Lobo, la horca. -¡Y la muy andrajosa de mi sobrina se marchaba tan contenta! -dijo Requejo, encerrando de nuevo a Inés en el miserable cuartucho. -Si tenemos metido el infierno dentro de la casa -añadió Restituta-. La horca, sí señor, la horca, Sr. de Lobo. No tiene Vd. pizca de caridad si no se lo dice al señor alcalde de casa y corte. ¡Pero cómo nos engañaba este dragoncillo! Si esto es para morirse uno de rabia. El leguleyo tomó entonces la autorizada palabra, y extendiendo sobre mi cabeza sus brazos en la actitud propia de esa tutelar justicia que ampara hasta a los criminales, dijo: -Moderen Vds. su justa cólera y óiganme un instante. Ya les he dicho que ahora nos ocupamos celosísimamente de hacer un benemérito expurgo descubriendo y desenmascarando a todas las indignas personas que fueron protegidas por el príncipe de la Paz; ese monstruo, señora, ese vil mercader, ese infame favorito.. ¡gracias a Dios que está caído y podemos insultarle sin miedo! Pues como decía, para que la nación se vea libre de pícaros, a todos los que con él sirvieron, les quitamos ahora sus destinos, si no pagan sus crímenes en la cárcel o en el destierro. (p.481) Si vieran Vds., amigos míos, cómo me estoy luciendo en estas pesquisas; si oyeran ustedes los elogios que he merecido de los principales servidores de la real persona.. -Pero ¿a qué viene tanta palabrería -dijo impaciente Requejo- ni qué tiene eso que ver?.. -Tiene que ver.. -prosiguió el hombre de la justicia- porque ¿qué dirán mis señores D. Mauro y doña Restituta al saber que ese tramposo y embaucador chicuelo aquí presente, recibió favores del Príncipe, y es el mismo Gabrielillo que desde hace quince días estamos buscando con los hígados en la boca mi compañero y yo? Los Requejos macho y hembra se miraron con espanto. -Pues oigan Vds. y tiemblen de indignación -prosiguió el leguleyo-. El día antes de su caída, el Sr. Godoy envió a la secretaría de Estado un volante mandando que se diese a este joven una plaza en las oficinas de la interpretación de lenguas. ¿Qué tal, señores? ¿Y por qué?, dirán Vds. Porque este joven parece que sabe latín, y compuso un poema en versos latinos; y algunos de esos alcahuetones que lo leyeron, fueron con el cuento al Príncipe, diciéndole que mi niño era un portento de sabiduría. ¡Mentiras y más mentiras! Ya se ve; cuando en la secretaría de Estado recibieron el volante, se escandalizaron, porque ya había caído el príncipe de la Paz, y aquellos eminentes repúblicos, después de poner en la calle a Moratín, esperaron a que se presentara este prodigio, si no para colocarlo, para verle al menos. Pero yo ando tras el objeto de que coloquen allí a un primo mío que sabe tres lenguas, el valenciano, el gallego y el castellano; así es que al punto mi compañero y yo pusimos una diligencia en busca para tener antecedentes de esta buena pieza, y hemos conseguido probar: que en Aranjuez vivía con el curita D. Celestino; otrosí que todos los días iban ambos a casa de Godoy; otrosí, que el chico le escribía las cartas y las traía a Madrid los domingos al embajador de Francia; otrosí, que se disfrazaba para entrar en cierta taberna a oír lo que se decía, y otras muchas bribonadas (p.482) de que en el supradicho protocolo tengo hecha detallada mención. -¡Jesús, Dios nos ampare! Al santo patrono de la tienda debemos el haber descubierto a tiempo lo que teníamos en casa -dijo Restituta. -Por supuesto, que lo del latín era pura farsa. -Pues no hay que andarse con chiquitas -dijo mi amo- sino entregarle a la justicia. -Eso corre de mi cuenta -repuso Lobo-. Veremos qué responde a los cargos que se le hacen en la sumaria como cómplice del cura castrense de Aranjuez. A éste no le hemos podido coger, y según las noticias que hoy recibí, ha desaparecido del Real Sitio. Es seguro que ha venido a Madrid, y lo que es aquí no se nos escapa. -¡Cuidado con el sabandijo que tenía yo en mi casa! -vociferó D. Mauro, amenazando segunda vez poner fin a mis días-. Sr. de Lobo, quítemelo, quítemelo Vd. de entre las manos, porque acabo con él. Estoy furioso. ¡Qué día, señor San Antonio de mi alma! ¡Qué día! -Yo me encargaré del mocito -dijo Lobo-. Lo único que les pido, es que me lo guarden hasta mañana. -¿Hasta mañana? -Este bandolero no puede quedar en la casa hasta mañana; no señor -objetó mi ama. -¿No hay lugar seguro donde encerrarle? -¡Oh!, pierda Vd. cuidado; que si lo guardamos en el sótano, estará como en un sepulcro -dijo Requejo-. Dificililla es la salida, y puedo irme tranquilo. -¿Pero te vas, hermano? ¿A dónde vas de noche? -¿A dónde he de ir? ¡Mil pares de demonios! ¿A dónde he de ir sino a Navalcarnero? ¿No saben ustedes lo que me pasa? ¿No les he contado? -Nada nos ha dicho. Verdad es que con esta trapisonda de la sobrinita.. -Pues acabo de recibir una carta en que se me notifica que mi almacén de Navalcarnero ha sido robado. ¿Ves, hermana? ¡Esto es para volverse loco! Sí.. me escribe D. Roque notificándome el robo, y diciéndome que acuda allí esta noche misma, si no quiero perderlo todo. -¿Y va Vd.? -Ahora mismo voy a buscar coche. Conque vean ustedes qué desastre. ¡Ay, Restituta! Bien te dije que no dejaras de encender la vela al santo patrono. ¿Ves? Esto es un castigo. -En el cielo no (p.483) gustan de despilfarros. ¿Vas allá? ¿Pero me dejas en la casa a este ladronzuelo? -En el sótano, en el sótano: hasta mañana, hasta que mi Sr. de Lobo disponga de él. ¿No puede hacerse cuenta de que le dejamos en la sepultura? Sólo Dios puede sacarle. -¿Pero me quedo sola? ¡Ánimas benditas! -Juan de Dios vendrá a eso de las diez. Ya le he dicho que se quedará en casa esta noche. La conferencia terminó aquí, y sin más palabras, me encerraron en el sótano, a cuyo subterráneo aposentamiento daba entrada una gran compuerta por bajo el piso de la trastienda. Yo estaba medio aletargado por la rabia y el despecho de aquella situación terrible. Sentí que me impulsaban escalera abajo. D. Mauro cerró el escotillón, riendo con ese gozo felino que da la conciencia de la propia crueldad, y me encontré entre densas tinieblas. Mi amo había dicho bien al asegurar que allí estaba como en un sepulcro. Sólo Dios podía sacarme. Para que se comprenda si ellos tenían confianza en la seguridad de mi cárcel, baste decir que allí tenían parte de su fortuna en un arca de hierro. Cuando me encerraban en compañía de su dinero, ¿tendrían mis amos la convicción de que era imposible la salida? Hallábame en una de esas construcciones abovedadas con rosca de ladrillo, que sirven de fundamento a casi todas las casas de Madrid antiguas y modernas. Faltos de espacio superficial, los madrileños han buscado la extensión hasta el cielo y hacia el abismo, de modo que cada albergue es una torre colocada sobre un pozo. La de mis amos no tenía en su sótano luces a la calle; la oscuridad era absoluta y el silencio también, excepto cuando pasaba algún coche. Extendiendo mis brazos a derecha, a izquierda y hacia arriba, tocaba ásperos ladrillos endurecidos por un siglo, no tan húmedos como los que describen los novelistas, cuando el hilo de sus relatos les lleva a alguna mazmorra donde ocurren maravillosas. Como he dicho, ni un ruido lejano, ni un rayo de luz turbaban la paz de aquel antro donde era posible llegar al convencimiento de no existir, existiendo. Todo (p.484) un arsenal de herramientas no habría bastado a proporcionarme escapatoria, y pensar en la fuga, habría sido pensar en lo absurdo. No tenía más consuelo que la resignación, y me resigné. Estar allí dentro en plena soledad, en plena lobreguez, en pleno silencio, era como cuando cerramos los ojos encarcelándonos voluntariamente dentro de esa otra bóveda de nuestro pensamiento. Acosteme en el suelo rendido de fatiga y medité. Mi prisión no me parecía otra cosa que una prolongación de mi cerebro. Quise pensar en varias cosas, pero no pude pensar más que en Dios. Reconociéndome absolutamente incapaz para vencer la desgracia, comprendí que la voluntad suprema había arrojado sobre mí tan gran pesadumbre de males, y cruzándome de brazos, incliné la cabeza esperando que la misma voluntad suprema me descargase de ella. Como esta esperanza me infundió pronto una fe que hasta entonces en pocas ocasiones había tenido, creí firmemente que Dios me sacaría de allí, y con esta creencia empecé a adquirir un reposo moral y físico, precursor de cierto desvanecimiento parecido al sueño. El de la desgracia se diferencia mucho al sueño de todos los días, así es que el mío fue conforme al angustioso estado de mi alma, un sueño de esos en que se representa el malestar real que experimentamos, en proporciones informes, estrambóticas, monstruosas. Percibía vagamente figuras y formas de esas que no pertenecen al mundo visible, ni a la humanidad, ni a la fauna ni a la flora, ni al cielo ni a la tierra, sino a cierta misteriosa geología, a yacimientos que contradicen todas las leyes de la estática y la dinámica; percibía una fantástica y continuada concatenación de colores geométricos que se enredaban en mi cuerpo como culebras, y en aquella transmutación de lo físico y lo moral, se verificaba el fenómeno de que un color me dolía, y un objeto semejante a una espada, a un cangrejo o a un arpa pronunciaba palabras incomprensibles. ¿Quién no ha desvariado alguna vez con estos sueños de lo absurdo? Las ideas se mezclan con las (p.485) visiones, y estas son aquellas y aquellas estas. En aquel laberinto, en aquella aberración, mi pensamiento formulaba sin cesar un silogismo azul, verde, ahora con picos, después con curvas, más tarde irradiado, luego concéntrico, en seguida poligonal y dorado, y al fin pequeño como un punto, para luego ser grande como el universo. El interminable silogismo era: «La justicia triunfa siempre: los Requejos son unos pillos; Inés y yo somos personas honradas. Luego nosotros triunfaremos». Así pasé mucho tiempo en poder de estos demonios del sueño, cuando percibí una claridad que no irradiaba de los focos de mi imaginación. ¿Estaba dormido o despierto? Híceme esta pregunta, y al punto contesté que no sabía. La claridad aumentaba, y un chirrido metálico produjo en mí cierto estremecimiento. Me moví, miré y vi las paredes del sótano, la bóveda de ladrillo y multitud de cajas llenas y vacías; a mi izquierda, una puerta que comunicaba con otro departamento subterráneo; a mi derecha, una escalera, por la cual descendía la claridad que llamaba mi atención. Estaba indudablemente despierto, y así lo reconocí. Miré a la escalera, y vi dos pies que se trasladaban lentamente de peldaño a peldaño. La luz de una linterna me deslumbró; pero en el foco de la repentina claridad distinguí una cara amarilla. Era la de Juan de Dios; era Juan de Dios en persona. Cuando me vio, su espanto fue tan grande, que la linterna con que se alumbraba estuvo a punto de caer de sus manos. Temblando y mudo, me miraba como se mira una aparición diabólica o imagen evocada por la brujería. Figuraos la impresión del que entra en un sepulcro no creyendo, como es natural, encontrar nada vivo, y encuentra un hombre que se mueve y no parece pertenecer al mundo de los muertos.
Ep-3-XXIV - Santiguose Juan de Dios, y ya parecía dispuesto a huir como se huye de las apariciones de ultratumba, cuando le hablé para disipar su miedo. -Juan de Dios, soy yo. ¿No sabía usted que estaba aquí? -Gabriel, si lo veo y no lo creo. ¡Jesús, María y José! ¿Cómo has entrado aquí dentro? - (p.486) ¿No sabe usted que me encerró don Mauro, al sorprenderme en el momento de arrojar la carta a la señorita Inés? Acababa usted de salir. -¡No había vuelto hasta ahora! ¡Y te encerraron aquí! ¡Qué casualidad! Estoy absorto. Pero dime, ¿la carta..? -Ella la tiene. No hay cuidado por eso. Después de habérsela dado, me entró tentación de hablar con ella. Toqué a la puerta, ¡ay!, este fue el crítico momento en que se apareció doña Restituta. Puede usted figurarse lo demás. Gracias a Dios que viene una buena alma para ponerme en libertad. Dios le ha enviado a Vd. -Óyeme, Gabrielillo -añadió con más sosiego-. Ya te dije que mi fortunilla la tengo depositada en poder de los Requejos. Si se la pido de improviso estoy seguro de que no me la han de dar. Por consiguiente, yo la tomo. Mira lo que hay allí. Señaló al fondo del sótano contiguo, y vi un arca de hierro. Juan de Dios prosiguió de este modo. -Yo tengo mi conciencia tranquila. No cojo más que lo mío, y antes moriría que tomar un ochavo más. Eso bien lo sabe el Santísimo Sacramento, que ya me conoce. Pero si en esta parte estoy tranquilo.. ¡ay!, ya le he dicho al Santísimo Sacramento que estoy loco de amor y que me perdone los dos grandes pecados que he cometido hoy: -¿Y qué pecados son esos? -Trabajo me cuesta el decirlo; pero allá van para empezar desde ahora a purgarlos con la vergüenza que me causan. Los dos pecados son: haber escrito una carta falsa a D. Mauro para obligarle a ir a Navalcarnero, y haber hecho construir por un molde de cera la llave con que he entrado aquí, y la de la caja. La carta estaba perfectamente falsificada; las llaves no valen menos. -¿Con que eso va a toda prisa? ¿Y nuestra chicuela? -Esta noche me la llevo. ¡Ah!, ya habrá leído la carta. La habrá leído, sabrá que la quiero poner en libertad, y su inquietud, su agonía, su zozobra entre la esperanza y el temor serán inmensas. Dentro de un rato será mía. ¿Cuento contigo? -Para lo que Vd. quiera. Pues no faltaba más -dije discurriendo cuál sería el mejor modo de burlar a un mismo tiempo a doña (p.487) Restituta y a su prometido esposo. -¡Ay!, tiemblo todo al pensar que pronto he de sacarla del poder de estas fieras -dijo Juan de Dios-. La pobrecita me estará esperando ya. ¿Qué te parece? ¡Ah!, he preguntado a varias personas por una isla desierta, y nadie me ha dado razón. ¿Esas que llaman las Canarias son desiertas? ¿Sabes tú a dónde caen? Creo que allá por el gran golfo, o como si dijéramos, entre la China y el Moro. ¿Por dónde se va? -De eso sí que no sé palotada -contesté tratando de dejar a un lado la geografía-. Pero vamos a ver: ¿cómo piensa Vd. engañar a doña Restituta? -Eso no me inquieta. La amarraremos tapándole la boca, pero sin hacerle daño, porque es una buena mujer como no sea para criar sobrinas.. y ya ves. Hace veinte años que como el pan de esta casa. Si no fuera por esta terrible sofocación que me ha entrado.. Gabriel yo me vuelvo loco; lo que no te sabré decir es si me vuelvo loco de alegría o de pena. -¿Le parece a Vd. -dije, afectando oficiosidad-, que suba pasito a pasito a ver si doña Restituta duerme o vela? -Bien pensado. Mejor es que te estés en la trastienda de centinela, y en caso de que sientas ruido en el entresuelo me avisas al instante. Yo despacharé eso fácilmente. No esperé a que me lo repitiera y subí. No, Gabriel no subía, volaba. Mi resolución, prontamente tomada, llevome sin vacilar al cuarto donde dormía Inés y velaba su feroz tía. Cuando esta sintió mis pasos, cuando oyó que alguien se acercaba, cuando llegué al cuarto, y me puso ante su vista, su terror no tuvo límites. Como no comprendía la posibilidad material de mi evasión, y era además mujer supersticiosa, no creyó sino que yo era el diablo en persona, o al menos hombre protegido por todos los diablos del infierno. Quedose muda de terror; quiso hablar y no pudo; quiso gritar y lanzó un aullido congojoso, cual si la apretaran el cuello. No queriendo yo perder un instante, me arrojé a sus plantas, exclamando con sofocante precipitación: -Señora, ama mía, ama de mi corazón: óigame su merced, soy inocente. (p.488) Perdóneme su merced. Quise revelarles a Vds. todo; pero aquellos hombres no me dejaron. Yo no intenté robar a Inés, quise sacarla de aquí para impedir que la robara su amante. ¿No sabe Vd. quién es? ¡Juan de Dios, Juan de Dios! ¡Ah!, ¡señora!, ¡y dudaba Vd. de mi fidelidad! Restituta pasó del terror a la sorpresa, al asombro, al anonadamiento, a la estupidez. -Juan de Dios! -exclamó-. ¡Juan de Dios! Mi.. No, no puede ser.. tú eres el demonio; Jesús, María y José. Por la señal de la santa cruz.. -¿Qué cruz ni cruz? ¿Quiere Vd. la prueba? Pues tome Vd. esa carta que el caballerito me dio para su novia -dije, entregándole la carta del mancebo. Restituta la tomó en sus manos, frías como el mármol y temblorosas, recorrió muy deprisa sus once pliegos, examinó la firma y díjome después: -¿Estoy soñando? Tú.. eres Gabriel..¡Oh!, yo estoy loca.. Ese miserable, a quien hemos dado de comer.. -¿Aún lo duda Vd.? -dije-. Pues en este momento Juan de Dios está en el sótano abriendo el arca del dinero. No me es posible hacer formar idea del salto que dio Restituta. Creo que hasta la silla saltó también arrastrada por el espantoso sacudimiento de los nervios de la hermana del Sr. D. Mauro. -Venga Vd. y lo verá con sus propios ojos -exclamé tomándola de la mano e impeliéndola hacia afuera. Restituta me siguió, porque la curiosidad, la rabia, el mismo terror, la impulsaban tras mí. Tropezó mil veces. Su cuerpo temblaba, y con frecuencia llevábase las manos a los desgreñados pelos para arrancarse algunos, o para echarlos todos hacia atrás. El extravío de sus ojos a nada es comparable, y a mí mismo, que ya creía tenerla vencida, me causaba miedo. Llegamos a la boca del escotillón, y allí, mientras hería nuestros ojos la tenue claridad que del sótano salía, oímos claramente ruido de monedas. Juan de Dios contaba sus ahorros de veinte años. Cuando el tímpano de Restituta fue afectado de aquel vibrante sonido, un estremecimiento nervioso como el producido en la organización humana por la descarga de poderosas pilas eléctricas, (p.489) sacudió sus miembros, precipitándose ciegamente por la escalera, exclamó: -¡Malvado! ¡Así nos pagas el pan de veinte años! Aún no habían llegado los resbaladizos pies de mi ama al quinto peldaño, cuando la pesada puerta del escotillón cayó, lanzada por mis manos. No había llave con qué cerrar, porque Juan de Dios la había quitado; pero al instante puse sobre la puerta una caja de latas de pomada, y luego dos, y luego cuatro, y después un fardo de tela, y otro y otro encima. En diez minutos puse sobre la entrada de la que había sido mi prisión un peso tal, que cuatro hombres fuertes no hubieran podido levantarlo desde abajo. Concluido esto subí. Inés, despavorida y aterrada, no sabía a qué santo encomendarse. -¡Ya eres libre, Inés! -exclamé con la mayor alegría-. Vístete, vámonos pronto. No perder un momento: puede venir el amo. Vistiose tan precipitadamente, que la vi medio desnuda. Pero ni ella con el gran azoramiento de la prisa cayó en la cuenta de que me estaba mostrando su lindo cuerpo, ni yo me cuidaba más que de ayudarla a vestir, poniéndole enaguas, medias, zapatos, ligas. Al fin salimos de la casa y huimos a toda prisa de la calle de la Sal por temor de encontrar al licenciado Lobo o a mi amo. Hasta que no nos vimos en la Puerta del Sol, no tomamos aliento, y sintiéndome yo sin fuerzas, nos sentamos en un escalón junto a Mariblanca. Profundo silencio reinaba en la plaza: Madrid dormía sosegado y tranquilo. Paseé mi vista en derredor y no vi más que dos perros que se disputaban un hueso: el chorro de la fuente alegraba nuestras almas, con su parlero rumor. -Ya estás libre, condesilla -dije reclinándome sobre el pecho de Inés-. Bendito sea Dios que nos ha sacado de allí. No te olvidaré nunca, horrenda noche de amargura; no te olvidaré nunca, risueña mañana de este día feliz. Estamos en lunes, día 2 del mes de Mayo. Un rato permanecí en aquella actitud, porque estaba rendido de cansancio. El día se acercaba y se sentían los primeros y vagos rumores, desperezos de la indolente ciudad que despierta. Por Oriente hacia el (p.490) fin de la calle de Alcalá se veía el resplandor de la aurora, y cuando nos retirábamos, Inés y yo nos detuvimos un instante a contemplar el cielo que por aquella parte se teñía de un vivo color de sangre.
Ep-3-XXV - Al entrar en mi casa, donde yo pensaba descansar un rato con Inés, antes de emprender la fuga, encontramos al buen D. Celestino que habiendo llegado la noche anterior, creyó conveniente albergarse en mi humilde posada antes que en otra cualquiera de las de la corte. Ya le había yo informado por escrito de la verdadera situación de las cosas en casa de los Requejos, así es que desde luego guardose de poner los pies en la famosa tienda. Él y nosotros nos alegramos mucho de vernos juntos, y apenas teníamos tiempo para preguntarnos nuestras mutuas desgracias, pues ya habrán comprendido Vds. que las del bondadoso sacerdote no eran menores que las nuestras. -Pero hijos míos -nos dijo-, Dios nos ha de proteger. ¿Cómo es posible que los malvados triunfen fácilmente de los rectos de corazón? Vosotros huís de la maldad de aquellos dos hermanos, y yo también huyo, yo también vengo aquí ocultando mi nombre honrado, porque me persiguen como a un criminal. Al decir esto, el buen anciano derramó algunas lágrimas y nosotros para consolarle, le animábamos presentándole el espectáculo de nuestra alegría, y contábamos entre risas y chistes las extravagancias y tacañerías de los tíos de Inés. -Dios nos ayudará -continuó el cura-. Veamos ahora cómo salimos de Madrid. ¡Oh qué persecución tan horrorosa! Me acusan de que fui amigo del príncipe de la Paz. Ya lo creo que fui amigo de S. A. No sólo amigo, sino aun creo que pariente. No puedes figurarte los líos que me han armado, Gabrielillo.. y también te acusan a ti.. ¡Has visto qué pícaros!.. Que si escribíamos cartas.. que si tú las llevabas.. Verdad es que yo fui varias veces al palacio de S. A. para aconsejarle lo que me parecía conveniente para el bien de la nación; pero nunca le dije nada, porque con esta mi cortedad de genio.. En resumen, hijo, sabiendo que me iban a (p.491) prender, me puse en camino callandito, y pienso presentarme al señor Patriarca, para que disponga de mí. Pero oíd lo mejor. ¿Creeréis que ese tunante de Santurrias es quien más sañudamente me ha perseguido, dando testimonios falsos de mi conducta? Nada, nada; es cierto lo que yo dije en aquel sermón: ¿te acuerdas, Gabriel? Dije que la ingratitud es el más feo monstruo que existe sobre la tierra. Vilissima et turpissima hydra. ¡Quién lo había de pensar! -Ahora pensemos, señor cura, cómo nos las vamos a componer para salir de este laberinto. ¿A dónde vamos? ¿Qué recursos tenemos? -Hijo mío, Dios no ha de desampararnos. Confiemos en él, y entre tanto oye un proyecto que esta madrugada me ha ocurrido. Hace ocho días estaba en Aranjuez la señora marquesa de, persona discreta, muy temerosa de Dios, y de tan buen corazón, que remedia cuantas necesidades llegan a su noticia. Visitome ella varias veces, la visité yo también, y según me decía, mi trato le era sumamente agradable. Esto lo diría por urbanidad. Me preguntaba mucho por Inés, mostrando grandísimos deseos de conocerla, y cuando por última vez la vi, suplicome encarecidamente que si alguna vez pasaba a la corte, no dejase de acudir a su casa, en compañía de mi sobrina. Esto me lo repitió muchas veces, y su empeño por ver a la sobrinilla, me ha llamado mucho la atención. -También a mí -repuse-. Conozco a la señora marquesa, en cuyo palacio representé cierto papel de traidor, de que no quisiera acordarme. Era en la misma casa donde Vds. vivían. -Pero la señora marquesa no vive ahora allí, pues durante la primavera se traslada a la casa de su hermano, allá por la cuesta de la Vega, en un palacio que tiene muy amenos jardines, y espacioso horizonte hacia la parte del Manzanares. Allí encontraremos hoy a esa insigne señora, honor de la hispana grandeza. ¿Por qué no acudir a ella? Me ha dicho infinitas veces que desea servirme, tanto a mí como a mi sobrina, y que espera con ansia el momento en que yo quiera usar de su poder y valimiento para cualquier asunto. -En esa (p.492) señora nos manda Dios un comisionado para salir de este apuro -dije yo sintiéndome con mayores ánimos-. Le contaremos lo que nos pasa, comprenderá con cuánta injusticia se nos persigue, y cuando vea a Inés.. ¡Ay!, se me figura que el empeño de la marquesa en ver a Inés no es simple curiosidad. En fin: visitarémosla hoy mismo y Dios dirá. -Temo salir a la calle. -Yo también; pero es preciso salir, no es cosa de que andemos por los tejados. Si quiere usted iré yo ahora mismo a casa de la señora marquesa, que ya me conoce, y diciéndole que voy de parte de Vd. le pintaré la situación en que nos encontramos, hablándole también de Inesilla, que es sin duda lo que le interesa más. -Me parece bien; ¿y si te ven? -Iré por calles extraviadas, y en caso de apuro, no me faltan piernas con que perderme de vista. Yo estaba dominado por vivísima excitación, y cuando adoptaba un plan, cada segundo que transcurría sin ponerlo por obra, parecíame un siglo. No me era posible entregarme al reposo sin dar aquel paso en un camino que me parecía conducir a lugar seguro en nuestro desgraciado aislamiento. Inés no podía descansar tampoco, y su espíritu, no repuesto del azoramiento y zozobra de la madrugada anterior, era impresionado fuertemente por cuanto veía. Asomábase a la ventana que caía hacia la calle de San José, frente al parque de artillería, y como la vivienda era piso principal bajando del cielo, se veía el gran patio interior de aquel establecimiento de guerra, con los cañones y demás pertrechos, puestos en ordenadas filas a un lado y otro. -Esto que ves es el parque de artillería, niña -le dijo D. Celestino-. ¿Ves?, en aquellos grandes edificios se alojan los artilleros. Mira, salen algunos con un carro para ir a casa del abastecedor en busca de las provisiones. -¿Y esas montañitas tan bonitas, formadas por cosas negras y redondas, iguales todas y puestas con mucho orden? -preguntó la muchacha, sin dar tregua a su admiración. -Esas son balas, chicuela -repuso el clérigo-. Los hombres han inventado esos juguetes para (p.493) matarse unos a otros. -Esas balas se meten en los cañones que están allí junto -dije yo, queriendo mostrar mi erudición- y poniendo también pólvora y un cartucho se dispara y es muy bonito. Hace un ruido, chiquilla, que se vuelve uno loco. ¡Si vieras cómo me lucí en el combate de Trafalgar! ¡Si tú me hubieras visto!.. Lo menos maté mil ingleses. -Quiten para allá -exclamó con miedo D. Celestino-. Sólo de pensar que eso se dispara me pongo a temblar. Y se retiraron de la ventana. Yo aconsejé a Inés que descansara, y salí a la calle después que D. Celestino, echándome algunas bendiciones, rezó un pater noster por mi seguridad y buena suerte en la comisión que iba a desempeñar. Alejándome todo lo posible del centro de la villa, llegué a la plazuela de Palacio, donde me detuvo un obstáculo casi insuperable; un gran gentío, que bajando de las calles del Viento, de Rebeque, del Factor, de Noblejas y de las plazuelas de San Gil y del Tufo, invadía toda la calle Nueva y parte de la plazuela de la Armería. Pensando que sería probable encontrar entre tanta gente al licenciado Lobo, procuré abrirme paso hasta rebasar tan molesta compañía; pero esto era punto menos que imposible, porque me encontraba envuelto, arrastrado por aquel inmenso oleaje humano, contra el cual era difícil luchar. Yo estaba tan preocupado con mis propios asuntos, que durante algún tiempo no discurrí sobre la causa de aquella tan grande y ruidosa reunión de gente, ni sobre lo que pedía, porque indudablemente pedía o manifestaba desear alguna cosa. Después de recibir algunos porrazos y tropezar repetidas veces, me detuve arrimado al muro de Palacio, y pregunté a los que me rodeaban: -¿Pero qué quiere toda esa gente? -Es que se van, se los llevan -me dijo un chispero-, y eso no lo hemos de consentir. El lector comprenderá que no me importaba gran cosa que se fueran o dejaran de irse los que lo tuvieran por conveniente, así es que intenté seguir mi camino. Poco había adelantado, cuando me sentí cogido por un brazo. Estremecime de terror (p.494) creyendo que estaba nuevamente en las garras del licenciado; pero no se asusten Vds.: era Pacorro Chinitas. -¿Con que parece que se los llevan? -me dijo. -¿A los infantes? Eso dicen; pero te aseguro, Chinitas que eso me tiene sin cuidado. -Pues a mí no. Hasta aquí llegó la cosa, hasta aquí aguantamos, y de aquí no ha de pasar. Tú eres un chiquillo y no piensas más que en jugar, y por eso no te importa. -Francamente, Chinitas, yo tengo que ocuparme demasiado de lo que a mí me pasa. -Tú no eres español -me dijo el amolador con gravedad. -Sí que lo soy -repuse. -Pues entonces no tienes corazón, ni eres hombre para nada. -Sí que soy hombre y tengo corazón para lo que sea preciso. -Pues entonces, ¿qué haces ahí como un marmolillo? ¿No tienes armas? Coge una piedra y rómpele la cabeza al primer francés que se te ponga por delante. -Han pasado sin duda cosas que yo no sé, porque he estado muchos días sin salir a la calle. -No, no ha pasado nada todavía, pero pasará. ¡Ah! Gabrielillo, lo que yo te decía ha salido cierto. Todos se han equivocado, menos el amolador. Todos se han ido y nos han dejado solos con los franceses. Ya no tenemos Rey, ni más gobierno que esos cuatro carcamales de la Junta. Yo me encogí de hombros, no comprendiendo por qué estábamos sin Rey y sin más gobierno que los cuatro carcamales de la Junta. -Gabriel -me dijo mi amigo después de un rato- ¿te gusta que te manden los franceses, y que con su lengua que no entiendes, te digan «haz esto o haz lo otro», y que se entren en tu casa, y que te hagan ser soldado de Napoleón, y que España no sea España, vamos al decir, que nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino como el Emperador quiera que seamos? -¿Qué me ha de gustar? Pero eso es pura fantasía tuya. ¿Los franceses son los que nos mandan? ¡Quia! Nuestro Rey, cualquiera que sea, no lo consentiría. -No tenemos Rey. -¿Pero no habrá en la familia otro que se ponga la corona? -Se llevan todos los infantes. -Pero habrá grandes de España y señores de muchas campanillas, y generales y ministros que (p.495) les digan a los ministros: «Señores, hasta aquí llegó. Ni un paso más». -Los señores de muchas campanillas se han ido a Bayona, y allí andan a la greña por saber si obedecen al padre o al hijo. -Pero aquí tenemos tropas que no consentirán.. -El Rey les ha mandado que sean amigos de los franceses y que les dejen hacer. -Pero son españoles, y tal vez no obedezcan esa barbaridad; porque dime: si los franceses nos quieren mandar, ¿es posible que un español de los que vistan uniforme lo consienta? -El soldado español no puede ver al francés pero son uno por cada veinte. Poquito a poquito se han ido entrando, entrando, y ahora, Gabriel, esta baldosa en que ponemos los pies es tierra del emperador Napoleón. -¡Oh, Chinitas! Me haces temblar de cólera. Eso no se puede aguantar, no señor. Si las cosas van como dices, tú y todos los demás españoles que tengan vergüenza cogerán un arma, y entonces.. -No tenemos armas. -Entonces, Chinitas, ¿qué remedio hay? Yo creo que si todos, todos, todos dicen: «vamos a ellos», los franceses tendrán que retirarse. -Napoleón ha vencido a todas las naciones. -Pues entonces echémonos a llorar y metámonos en nuestras casas. -¿Llorar? -exclamó el amolador cerrando los puños-. Si todos pensaran como yo.. No se puede decir lo que sucederá, pero.. Mira: yo soy hombre de paz, pero cuando veo que estos condenados franceses se van metiendo callandito en España diciendo que somos amigos: cuando veo que se llevan engañado al Rey; cuando les veo por esas calles echando facha y bebiéndose el mundo de un sorbo; cuando pienso que ellos están muy creídos de que nos han metido en un puño por los siglos de los siglos, me dan ganas.. no de llorar, sino de matar, pongo el caso, pues.. quiero decir que si un francés pasa y me toca con su codo en el pelo de la ropa, levanto la mano.. mejor dicho.. abro la boca y me lo como. Y cuidado, que un francés me enseñó el oficio que tengo. El francés me gusta; pero allá en su tierra.
Ep-3-XXVI - Durante nuestra conversación advertí que la multitud (p.496) aumentaba, apretándose más. Componíanla personas de ambos sexos y de todas las clases de la sociedad, espontáneamente venidas por uno de esos llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no parten de ninguna voz oficial, y resuenan de improviso en los oídos de un pueblo entero, hablándole el balbuciente lenguaje de la inspiración. La campana de ese arrebato glorioso no suena sino cuando son muchos los corazones dispuestos a palpitar en concordancia con su anhelante ritmo, y raras veces presenta la historia ejemplos como aquel, porque el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación colosal, una unidad sin discrepancias de ningún género, y por lo tanto una fuerza irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden oponerle los recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de enemigos. El más poderoso genio de la guerra es la conciencia nacional, y la disciplina que da más cohesión el patriotismo. Estas reflexiones se me ocurren ahora recordando aquellos sucesos. Entonces, y en la famosa mañana de que me ocupo, no estaba mi ánimo para consideraciones de tal índole, mucho menos en presencia de un conflicto popular que de minuto en minuto tomaba proporciones graves. La ansiedad crecía por momentos: en los semblantes había más que ira, aquella tristeza profunda que precede a las grandes resoluciones, y mientras algunas mujeres proferían gritos lastimosos, oí a muchos hombres discutiendo en voz baja planes de no sé qué inverosímil lucha. El primer movimiento hostil del pueblo reunido fue rodear a un oficial francés que a la sazón atravesó por la plaza de la Armería. Bien pronto se unió a aquél otro oficial español que acudía como en auxilio del primero. Contra ambos se dirigió el furor de hombres y mujeres, siendo estas las que con más denuedo les hostilizaban; pero al poco rato una pequeña fuerza francesa puso fin a aquel incidente. Como avanzaba la mañana, no quise ya perder más tiempo, y traté de seguir mi camino; mas no había pasado aún el arco de (p.497) la Armería, cuando sentí un ruido que me pareció cureñas en acelerado rodar por calles inmediatas. -¡Que viene la artillería! -clamaron algunos. Pero lejos de determinar la presencia de los artilleros una dispersión general, casi toda la multitud corría hacia la calle Nueva. La curiosidad pudo en mí más que el deseo de llegar pronto al fin de mi viaje, y corrí allá también; pero una detonación espantosa heló la sangre en mis venas; y vi caer no lejos de mí algunas personas, heridas por la metralla. Aquel fue uno de los cuadros más terribles que he presenciado en mi vida. La ira estalló en boca del pueblo de un modo tan formidable, que causaba tanto espanto como la artillería enemiga. Ataque tan imprevisto y tan rudo había aterrado a muchos que huían con pavor, y al mismo tiempo acaloraba la ira de otros, que parecían dispuestos a arrojarse sobre los artilleros; mas en aquel choque entre los fugitivos y los sorprendidos, entre los que rugían como fieras y los que se lamentaban heridos o moribundos bajo las pisadas de la multitud, predominó al fin el movimiento de dispersión, y corrieron todos hacia la calle Mayor. No se oían más voces que «armas, armas, armas». Los que no vociferaban en las calles, vociferaban en los balcones, y si un momento antes la mitad de los madrileños eran simplemente curiosos, después de la aparición de la artillería todos fueron actores. Cada cual corría a su casa, a la ajena o a la más cercana en busca de un arma, y no encontrándola, echaba mano de cualquier herramienta. Todo servía con tal que sirviera para matar. El resultado era asombroso. Yo no sé de dónde salía tanta gente armada. Cualquiera habría creído en la existencia de una conjuración silenciosamente preparada; pero el arsenal de aquella guerra imprevista y sin plan, movida por la inspiración de cada uno, estaba en las cocinas, en los bodegones, en los almacenes al por menor, en las salas y tiendas de armas, en las posadas y en las herrerías. La calle Mayor y las contiguas ofrecían el aspecto de un hervidero de rabia imposible de describir por medio (p.498) del lenguaje. El que no lo vio, renuncie a tener idea de semejante levantamiento. Después me dijeron que entre 9 y 11 todas las calles de Madrid presentaban el mismo aspecto; habíase propagado la insurrección como se propaga la llama en el bosque seco azotado por impetuosos vientos. En el Pretil de los Consejos, por San Justo y por la plazuela de la Villa, la irrupción de gente armada viniendo de los barrios bajos era considerable; mas por donde vi aparecer después mayor número de hombres y mujeres, y hasta enjambres de chicos y algunos viejos fue por la plaza Mayor y los portales llamados de Bringas. Hacia la esquina de la calle de Milaneses, frente a la Cava de San Miguel, presencié el primer choque del pueblo con los invasores, porque habiendo aparecido como una veintena de franceses que acudían a incorporarse a sus regimientos, fueron atacados de improviso por una cuadrilla de mujeres ayudadas por media docena de hombres. Aquella lucha no se parecía a ninguna peripecia de los combates ordinarios, pues consistía en reunirse súbitamente envolviéndose y atacándose sin reparar en el número ni en la fuerza del contrario. Los extranjeros se defendían con su certera puntería y sus buenas armas: pero no contaban con la multitud de brazos que les ceñían por detrás y por delante, como rejos de un inmenso pulpo; ni con el incansable pinchar de millares de herramientas, esgrimidas contra ellos con un desorden y una multiplicidad semejante al de un ametrallamiento a mano; ni con la espantosa centuplicación de pequeñas fuerzas que sin matar imposibilitaban la defensa. Algunas veces esta superioridad de los madrileños era tan grande, que no podía menos de ser generosa; pues cuando los enemigos aparecían en número escaso, se abría para ellos un portal o tienda donde quedaban a salvo, y muchos de los que se alojaban en las casas de aquella calle debieron la vida a la tenacidad con que sus patronos les impidieron la salida. No se salvaron tres de a caballo que corrían a todo escape hacia la Puerta del Sol. (p.499) Se les hicieron varios disparos; pero irritados ellos cargaron sobre un grupo apostado en la esquina del callejón de la Chamberga, y bien pronto viéronse envueltos por el paisanaje. De un fuerte sablazo, el más audaz de los tres abrió la cabeza a una infeliz maja en el instante en que daba a su marido el fusil recién cargado, y la imprecación de la furiosa mujer al caer herida al suelo, espoleó el coraje de los hombres. La lucha se trabó entonces cuerpo a cuerpo y a arma blanca. Entretanto yo corrí hacia la Puerta del Sol buscando lugar más seguro, y en los portales de Pretineros encontré a Chinitas. La Primorosa salió del grupo cercano exclamando con frenesí: -¡Han matado a Bastiana! Más de veinte hombres hay aquí y denguno vale un rial. Canallas; ¿para qué os ponéis bragas si tenéis almas de pitiminí? -Mujer -dijo Chinitas cargando su escopeta- quítate de en medio. Las mujeres aquí no sirven más que de estorbo. -Cobardón, calzonazos, corazón de albondiguilla -dijo la Primorosa pugnando por arrancar el arma a su marido-. Con el aire que hago moviéndome, mato yo más franceses que tú con un cañón de a ocho. Entonces uno de los de a caballo se lanzó al galope hacia nosotros blandiendo su sable. -¡Menegilda!, ¿tienes navaja? -exclamó la esposa de Chinitas con desesperación. -Tengo tres, la de cortar, la de picar y el cuchillo grande. -¡Aquí estamos, espanta-cuervos! -gritó la maja tomando de manos de su amiga un cuchillo carnicero cuya sola vista causaba espanto. El coracero clavó las espuelas a su corcel y despreciando los tiros se arrojó sobre el grupo. Yo vi las patas del corpulento animal sobre los hombros de la Primorosa; pero ésta, agachándose más ligera que el rayo, hundió su cuchillo en el pecho del caballo. Con la violenta caída, el jinete quedó indefenso, y mientras la cabalgadura expiraba con horrible pataleo, lanzando ardientes resoplidos, el soldado proseguía el combate ayudado por otros cuatro que a la sazón llegaron. Chinitas, herido en la frente y con una oreja menos, se había retirado como a (p.500) unas diez varas más allá, y cargaba un fusil en el callejón del Triunfo, mientras la Primorosa le envolvía un pañuelo en la cabeza, diciéndole: -Si te moverás al fin. No parece sino que tienes en cada pata las pesas del reló de Buen Suceso. El amolador se volvió hacia mí y me dijo: -Gabrielillo, ¿qué haces con ese fusil? ¿Lo tienes en la mano para escarbarte los dientes? En efecto, yo tenía en mis manos un fusil sin que hasta aquel instante me hubiese dado cuenta de ello. ¿Me lo habían dado? ¿Lo tomé yo? Lo más probable es que lo recogí maquinalmente, hallándose cercano al lugar de la lucha, y cuando caía sin duda de manos de algún combatiente herido; pero mi turbación y estupor eran tan grandes ante aquella escena, que ni aun acertaba a hacerme cargo de lo que tenía entre las manos. -¿Pa qué está aquí esa lombriz? -dijo la Primorosa encarándose conmigo y dándome en el hombro una fuerte manotada-. Descosío: coge ese fusil con más garbo. ¿Tienes en la mano un cirio de procesión? -Vamos: aquí no hay nada que hacer -afirmó Chinitas, encaminándose con sus compañeros hacia la Puerta del Sol. Echeme el fusil al hombro y les seguí. La Primorosa seguía burlándose de mi poca aptitud para el manejo de las armas de fuego. -¿Se acabaron los franceses? -dijo una maja mirando a todos lados-. ¿Se han acabado? -No hemos dejado uno pa simiente de rábanos -contestó la Primorosa-. ¡Viva España y el Rey Fernando! En efecto, no se veía ningún francés en toda la calle Mayor; pero no distábamos mucho de las gradas de San Felipe, cuando sentimos ruido de tambores, después ruido de cornetas, después pisadas de caballos, después estruendo de cureñas rodando con precipitación. El drama no había empezado todavía realmente. Nos detuvimos, y advertí que los paisanos se miraban unos a otros, consultándose mudamente sobre la importancia de las fuerzas ya cercanas. Aquellos infelices madrileños habían sostenido una lucha terrible con los soldados que encontraron al paso, y no contaban con las formidables divisiones (p.501) y cuerpos de ejército que se acampaban en las cercanías de Madrid. No habían medido los alcances y las consecuencias de su calaverada, ni aunque los midieran, habrían retrocedido en aquel movimiento impremeditado y sublime que les impulsó a rechazar fuerzas tan superiores. Había llegado el momento de que los paisanos de la calle Mayor pudieran contar el número de armas que apuntaban a sus pechos, porque por la calle de la Montera apareció un cuerpo de ejército, por la de Carretas otro, y por la Carrera de San Jerónimo el tercero, que era el más formidable. -¿Son muchos? -preguntó la Primorosa. -Muchísimos, y también vienen por esta calle. Allá por Platerías se siente ruido de tambores. Frente a nosotros y a nuestra espalda teníamos a los infantes, a los jinetes y a los artilleros de Austerlitz. Viéndoles, la Primorosa reía; pero yo.. no puedo menos de confesarlo.. yo temblaba.
Ep-3-XXVII - Llegar los cuerpos de ejército a la Puerta del Sol y comenzar el ataque, fueron sucesos ocurridos en un mismo instante. Yo creo que los franceses, a pesar de su superioridad numérica y material, estaban más aturdidos que los españoles; así es que en vez de comenzar poniendo en juego la caballería, hicieron uso de la metralla desde los primeros momentos. La lucha, mejor dicho, la carnicería era espantosa en la Puerta del Sol. Cuando cesó el fuego y comenzaron a funcionar los caballos, la guardia polaca llamada noble, y los famosos mamelucos cayeron a sablazos sobre el pueblo, siendo los ocupadores de la calle Mayor los que alcanzamos la peor parte, porque por uno y otro flanco nos atacaban los feroces jinetes. El peligro no me impedía observar quién estaba en torno mío, y así puedo decir que sostenían mi valor vacilante además de la Primorosa, un señor grave y bien vestido que parecía aristócrata, y dos honradísimos tenderos de la misma calle, a quienes yo de antiguo conocía. Teníamos a mano izquierda el callejón de la Duda; como sitio estratégico que nos sirviera de parapeto y de camino para la fuga, y desde allí el señor (p.502) noble y yo, dirigíamos nuestros tiros a los primeros mamelucos que aparecieron en la calle. Debo advertir, que los tiradores formábamos una especie de retaguardia o reserva, porque los verdaderos y más aguerridos combatientes, eran los que luchaban a arma blanca entre la caballería. También de los balcones salían muchos tiros de pistola y gran número de armas arrojadizas, como tiestos, ladrillos, pucheros, pesas de reló, etc. -Ven acá, Judas Iscariote -exclamó la Primorosa, dirigiendo los puños hacia un mameluco que hacía estragos en el portal de la c asa de Oñate-. ¡Y no hay quien te meta una libra de pólvora en el cuerpo! ¡Eh, so estantigua!, ¿pa qué le sirve ese chisme? Y tú, Piltrafilla, echa fuego por ese fusil, o te saco los ojos. Las imprecaciones de nuestra generala nos obligaban a disparar tiro tras tiro. Pero aquel fuego mal dirigido no nos valía gran cosa, porque los mamelucos habían conseguido despejar a golpes gran parte de la calle, y adelantaban de minuto en minuto. -A ellos, muchachos -exclamó la maja, adelantándose al encuentro de una pareja de jinetes, cuyos caballos venían hacia nosotros. Ustedes no pueden figurarse cómo eran aquellos combates parciales. Mientras desde las ventanas y desde la calle se les hacía fuego, los manolos les atacaban navaja en mano, y las mujeres clavaban sus dedos en la cabeza del caballo, o saltaban, asiendo por los brazos al jinete. Este recibía auxilio, y al instante acudían dos, tres, diez, veinte, que eran atacados de la misma manera, y se formaba una confusión, una mescolanza horrible y sangrienta que no se puede pintar. Los caballos vencían al fin y avanzaban al galope, y cuando la multitud encontrándose libre se extendía hacia la Puerta del Sol, una lluvia de metralla le cerraba el paso. Perdí de vista a la Primorosa en uno de aquellos espantosos choques; pero al poco rato la vi reaparecer lamentándose de haber perdido su cuchillo, y me arrancó el fusil de las manos con tanta fuerza, que no pude impedirlo. Quedé desarmado en el mismo momento en que una fuerte embestida de los franceses (p.503) nos hizo recular a la acera de San Felipe el Real. El anciano noble fue herido junto a mí: quise sostenerle; pero deslizándose de mis manos, cayó exclamando: «¡Muera Napoleón! ¡Viva España!». Aquel instante fue terrible, porque nos acuchillaron sin piedad; pero quiso mi buena estrella, que siendo yo de los más cercanos a la pared, tuviera delante de mí una muralla de carne humana que me defendía del plomo y del hierro. En cambio era tan fuertemente comprimido contra la pared, que casi llegué a creer que moría aplastado. Aquella masa de gente se replegó por la calle Mayor, y como el violento retroceso nos obligara a invadir una casa de las que hoy deben tener la numeración desde el 21 al 25, entramos decididos a continuar la lucha desde los balcones. No achaquen Vds. a petulancia el que diga nosotros, pues yo, aunque al principio me vi comprendido entre los sublevados como al acaso y sin ninguna iniciativa de mi parte, después el ardor de la refriega, el odio contra los franceses que se comunicaba de corazón a corazón de un modo pasmoso, me indujeron a obrar enérgicamente en pro de los míos. Yo creo que en aquella ocasión memorable hubiérame puesto al nivel de algunos que me rodeaban, si el recuerdo de Inés y la consideración de que corría algún peligro no aflojaran mi valor a cada instante. Invadiendo la casa, la ocupamos desde el piso bajo a las buhardillas: por todas las ventanas se hacía fuego arrojando al mismo tiempo cuanto la diligente valentía de sus moradores encontraba a mano. En el piso segundo un padre anciano, sosteniendo a sus dos hijas que medio desmayadas se abrazaban a sus rodillas, nos decía: «Haced fuego; coged lo que os convenga. Aquí tenéis pistolas; aquí tenéis mi escopeta de caza. Arrojad mis muebles por el balcón, y perezcamos todos y húndase mi casa si bajo sus escombros ha de quedar sepultada esa canalla. ¡Viva Femando! ¡Viva España! ¡Muera Napoleón!». Estas palabras reanimaban a las dos doncellas, y la menor nos conducía a una habitación contigua, desde donde podíamos dirigir mejor el fuego. Pero nos escaseó (p.504) la pólvora, nos faltó al fin, y al cuarto de hora de nuestra entrada ya los mamelucos daban violentos golpes en la puerta. -Quemad las puertas y arrojadlas ardiendo a la calle -nos dijo el anciano-. Ánimo, hijas mías. No lloréis. En este día el llanto es indigno aun en las mujeres. ¡Viva España! ¿Vosotras sabéis lo que es España? Pues es nuestra tierra, nuestros hijos, los sepulcros de nuestros padres, nuestras casas, nuestros reyes, nuestros ejércitos, nuestra riqueza, nuestra historia, nuestra grandeza, nuestro nombre, nuestra religión. Pues todo esto nos quieren quitar. ¡Muera Napoleón! Entretanto los franceses asaltaban la casa, mientras otros de los suyos cometían las mayores atrocidades en la de Oñate. -Ya entran, nos cogen y estamos perdidos -exclamamos con terror, sintiendo que los mamelucos se encarnizaban en los defensores del piso bajo. -Subid a la buhardilla -nos dijo el anciano con frenesí- y saliendo al tejado, echad por el cañón de la escalera todas las tejas que podáis levantar. ¿Subirán los caballos de estos monstruos hasta el techo? Las dos muchachas, medio muertas de terror, se enlazaban a los brazos de su padre, rogándole que huyese. -¡Huir! -exclamaba el viejo-. No, mil veces no. Enseñemos a esos bandoleros cómo se defiende el hogar sagrado. Traedme fuego, fuego, y apresarán nuestras cenizas, no nuestras personas. Los mamelucos subían. Estábamos perdidos. Yo me acordé de la pobre Inés, y me sentí más cobarde que nunca. Pero algunos de los nuestros habíanse en tanto internado en la casa, y con fuerte palanca rompían el tabique de una de las habitaciones más escondidas. Al ruido, acudí allá velozmente, con la esperanza de encontrar escapatoria, y en efecto vi que habían abierto en la medianería un gran agujero, por donde podía pasarse a la casa inmediata. Nos hablaron de la otra parte, ofreciéndonos socorro, y nos apresuramos a pasar; pero antes de que estuviéramos del opuesto lado sentimos, a los mamelucos y otros soldados franceses vociferando en las habitaciones principales: oyose un tiro; (p.505) después una de las muchachas lanzó un grito espantoso y desgarrador. Lo que allí debió ocurrir no es para contado. Cuando pasamos a la casa contigua, con ánimo de tomar inmediatamente la calle, nos vimos en una habitación pequeña y algo oscura, donde distinguí dos hombres, que nos miraban con espanto. Yo me aterré también en su presencia, porque eran el uno el licenciado Lobo, y el otro Juan de Dios. Habíamos pasado a una casa de la calle de Postas, a la misma casa en cuyo cuarto entresuelo había yo vivido hasta el día anterior al servicio de los Requejos. Estábamos en el piso segundo, vivienda del leguleyo trapisondista. El terror de este era tan grande que al vernos dijo: -¿Están ahí los franceses? ¿Vienen ya? Huyamos. Juan de Dios estaba también tan pálido y alterado, que era difícil reconocerle. -¡Gabriel! -exclamó al verme-. ¡Ah!, tunante; ¿qué has hecho de Inés? -Los franceses, los franceses -exclamó Lobo saliendo a toda prisa de la habitación y bajando la escalera de cuatro en cuatro peldaños-. ¡Huyamos! La esposa del licenciado y sus tres hijas, trémulas de miedo, corrían de aquí para allí, recogiendo algunos objetos para salir a la calle. No era ocasión de disputar con Juan de Dios, ni de darnos explicaciones sobre los sucesos de la madrugada anterior, así es que salimos a todo escape, temiendo que los mamelucos invadieran aquella casa. El mancebo no se separaba de mí, mientras que Lobo, harto ocupado de su propia seguridad, se cuidaba de mi presencia tanto como si yo no existiera. -¿A dónde vamos? -preguntó una de las niñas al salir-. ¿A la calle de San Pedro la Nueva, en casa de la primita? -¿Estáis locas? ¿Frente al parque de Monteleón? -Allí se están batiendo -dijo Juan de Dios-. Se ha empeñado un combate terrible, porque la artillería española no quiere soltar el parque. -¡Dios mío! ¡Corro allá! -exclamé sin poderme contener. -¡Perro! -gritó Juan de Dios, asiéndome por un brazo-. ¿Allí la tienes guardada? -Sí, allí está -contesté sin vacilar-. Corramos. Juan de Dios y yo partimos como dos insensatos (p.506) en dirección a mi casa. En nuestra carrera no reparábamos en los mil peligros que a cada paso ofrecían las calles y plazas de Madrid, y andábamos sin cesar, tomando las vías más apartadas del centro, con tantas vueltas y rodeos, que empleamos cerca de dos horas para llegar a la puerta de Fuencarral por los pozos de nieve. Por un largo rato, ni yo hablaba a mi acompañante, ni él a mí tampoco, hasta que al fin Juan de Dios, con voz entrecortada por el fatigoso aliento, me dijo: -¿Pero tú sacaste a Inés para entregármela después, o eres un tunante ladrón digno de ser fusilado por los franceses? -Sr. Juan de Dios -repuse apretando más el paso-. No es ocasión de disputar, y vamos más a prisa, porque si los franceses llegan a meterse en mi casa.. -¡Cuánto se asustará la pobrecita! Pero di, ¿por qué la sacaste, por qué me encontré encerrado en el sótano con aquella maldita mujer..? ¡Oh!, me falta el aliento; pero no nos detengamos.. ¿Inés no se asustó al verse en tu poder? ¿No te preguntó por mí, no te rogó que me llevases a su lado? ¡Qué confusión! ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Quién eres tú? ¿Eres un infame o un hombre de bien? Ya me darás cuenta y razón de todo. ¡Ay!, cuando me encontré en el sótano con Restituta.. ¿Ves este rasguño que tengo en la mano?.. Yo me quedé azorado y mudo de espanto cuando la vi. ¡Qué desdicha! Creo que fue castigo de Dios por los pecadillos de que te hablé.. Ella me insultaba llamándome ladrón, y a mí un sudor se me iba y otro se me venía. Luego que tratamos de salir.. La compuerta cerrada.. ella parecía una gata rabiosa. ¿Ves este arañazo que tengo en la cara..? Descansemos un rato, porque me ahogo. ¿No llegamos nunca a tu casa? ¿Y mi Inés está allí? Pero tunante, modera un poco el paso y dime: ¿Inés me espera? ¿Te mandó en busca mía? ¿Sabe que a mí me debe su libertad? Gabriel, te juro que tengo la cabeza como una jaula de grillos, y que no sé qué pensar. Cuando vi entrar a Restituta.. ¿Creerás que no puedo apartar de mi memoria su repugnante imagen? Lo que dije.. aquellos dos pecadillos.. (p.507) Pero en cuanto Inés esté a mi lado, me confesaré.. El Santísimo Sacramento sabe que mi intención es buena, y que el inmenso, el loco amor que me domina es causa de todo.. ¿Pero no hablas? ¿Estás mudo? ¿Inés me espera? Dímelo francamente y no me hagas padecer. ¿Está contenta, está triste? ¿Ella quiso desde luego salir contigo para esperarme fuera?.. ¡Mil demonios! ¿Cuándo llegamos a tu casa? Me aguarda, ¿no es verdad? Ahora le hablaré cara a cara por primera vez. ¿Sabes que me da vergüenza?.. Pero ella quizás me dirá primero algunas palabras, dándome pie para que después siga yo hablando como un cotorro. ¿Estás tú seguro de que leyó mi carta? Pues si la leyó, ya está al corriente de mi ardiente amor, y en cuanto me vea se arrojará llorando en mis brazos, dándome gracias por su salvación. ¿No lo crees tú así? ¿Pero por qué callas? ¿Te has quedado sin lengua? ¿Qué le has dicho tú, qué te ha dicho ella? ¿No te habló de aquel pasaje de la carta en que le decía que mi amor es tan casto como el de los ángeles del cielo?.. Me faltó decirle que mi corazón es el altar en que la adoro con tanto fervor como al Dios que hizo el mundo para todos y para nosotros una isla desierta llena de flores y pajaritos muy lindos que canten día y noche.. ¡Ah, Gabriel! ¿Sabes que soy rico? Cogí lo mío, aunque la condenada me clavó las uñas para arrebatármelo. ¡Cuánto luchamos! ¡Espantosa noche! Por fin, ya muy avanzado el día, llega D. Mauro y abre el sótano para sacarte.. Salimos Restituta y yo; ella está medio muerta. Su hermano, al vernos.. ¡Jesús, cómo se pone! Después de insultarnos, nos dice que tenemos que casarnos el mismo día. Luego, al saber que Inés se ha fugado contigo, brama como un león, arráncase los cabellos, y después de amenazar con la muerte a su hermana y a mí, enciende las dos velas al santo patrono. Yo salgo de la casa sin contestar a nada, y como ya empiezan los tiros, me refugio en la del licenciado Lobo.. Todos están allí llenos de terror.. los franceses, los franceses.. ¡ban, bun!, golpean un tabique, acudimos: se abre (p.508) un agujero y apareces tú.. ¿Pero llegaremos al fin? ¡Qué impaciente estará la pobrecita! Cuando me vea entrar, ella romperá a hablar, ¿no lo crees tú? Si no.. yo estoy seguro de que me quedaré como una estatua. Si se me quitara esta vergüenza.. Yo no contestaba a ninguna de las atropelladas e inconexas razones de Juan de Dios, pues más que la verbosidad de aquel desgraciado, ocupaba mi mente la idea de los peligros que corrían Inés y su tío en mi casa. Nuestra marcha era sumamente fatigosa, pues algunas veces después de recorrer toda una calle, teníamos que volver atrás huyendo de los mamelucos: otras veces nos detenía algún grupo compuesto en su mayor parte de mujeres y ancianos que con lamentos y gritos rodeaban un cadáver, víctima reciente de los invasores; más adelante veíamos desfilar precipitadamente pelotones de granaderos que hacían retroceder a todo el mundo; luego el espectáculo de una lucha parcial, tan encarnizada como las anteriores, era lo que de improviso nos estorbaba el paso. En la calle de Fuencarral el gentío era grande, y todos corrían hacia arriba, como en dirección al parque. Oíanse fuertes descargas, que aterraron a mi acompañante, y cuando embocamos a la calle de la Palma por la casa de Aranda, los gritos de los héroes llegaban hasta nuestros oídos. Era entre doce y una. Dando un gran rodeo pudimos al fin entrar en la calle de San José, y desde lejos distinguí las altas ventanas de mi casa entre el denso humo de la pólvora. -No podemos subir a nuestra casa -dije a Juan de Dios-, a menos que no nos metamos en medio del fuego. -¡En medio del fuego! ¡Qué horror! No: no expongamos la vida. Veo que también hacen fuego desde algún balcón. Escondámonos, Gabriel. -No avancemos. Parece que cesa el fuego. -Tienes razón. Ya no se oyen sino pocos tiros, y me parece que oigo decir: «victoria, victoria». -Sí, y el paisanaje se despliega, y vienen algunos hacia acá. ¡Ah! ¿No son franceses aquellos que corren hacia la calle de la Palma? Sí: ¿no ve Vd. los sombreros de piel? -Vamos allá. (p.509) ¡Qué algazara! Parece que están contentos. Mira cómo agitan las gorras aquellos que están en el balcón. -Inés, allí está Inés, en el balcón de arriba, arriba.. Allí está: mira hacia el parque, parece que tiene miedo y se retira. También sale a curiosear don Celestino. Corramos y ahora nos será fácil entrar en la casa. Después de una empeñada refriega, el combate había cesado en el parque con la derrota y retirada del primer destacamento francés que fue a atacarlo. Pero si el crédulo paisanaje se entregó a la alegría creyendo que aquel triunfo era decisivo; los jefes militares conocieron que serían bien pronto atacados con más fuerzas, y se preparaban para la resistencia. Pacorro Chinitas, que había sido uno de los que primero acudieron a aquel sitio, se llegó a mí ponderándome la victoria alcanzada con las cuatro piezas que Daoíz había echado a la calle; pero bien pronto él y los demás se convencieron de que los franceses no habían retrocedido sino para volver pronto con numerosa artillería. Así fue en efecto, y cuando subíamos la escalera de mi casa, sentí el alarmante rumor de la tropa cercana. El mancebo tropezaba a cada peldaño, circunstancia que cualquiera hubiera atribuido al miedo, y yo atribuí a la emoción. Cuando llegamos a presencia de Inés y D. Celestino, estos se alegraron en extremo de verme sano, y ella me señaló una imagen de la Virgen, ante la cual habían encendido dos velas. Juan de Dios permaneció un rato en el umbral, medio cuerpo fuera y dentro el otro medio, con el sombrero en la mano, el rostro pálido y contraído, la actitud embarazosa, sin atreverse a hablar ni tampoco a retirarse, mientras que Inés, enteramente ocupada de mi vuelta, no ponía en él la menor atención. -Aquí, Gabriel -me dijo el clérigo-, hemos presenciado escenas de grande heroísmo. Los franceses han sido rechazados. Por lo visto, Madrid entero se levanta contra ellos. Al decir esto, una detonación terrible hizo estremecer la casa. -¡Vuelven los franceses! Ese disparo ha sido de los nuestros, que siguen decididos a no entregarse. (p.510) Dios y su santa Madre, y los cuatro patriarcas y los cuatro doctores nos asistan. Juan de Dios continuaba en la puerta, sin que mis dos amigos, hondamente afectados por el próximo peligro hicieran caso de su presencia. -Va a empezar otra vez -exclamó Inés huyendo de la ventana después de cerrarla-. Yo creí que se había concluido. ¡Cuántos tiros! ¡Qué gritos! ¿Pues y los cañones? Yo creí que el mundo se hacía pedazos; y puesta de rodillas no cesaba de rezar. Si vieras, Gabriel.. Primero sentimos que unos soldados daban recios golpes en la puerta del parque. Después vinieron muchos hombres y algunas mujeres pidiendo armas. Dentro del patio un español con uniforme verde disputó un instante con otro de uniforme azul, y luego se abrazaron, abriendo enseguida las puertas. ¡Ay! ¡Qué voces, qué gritos! Mi tío se echó a llorar y dijo también «¡viva España!» tres veces, aunque yo le suplicaba que callase para no dar que hablar a la vecindad. Al momento empezaron los tiros de fusil, y al cabo de un rato los de cañón, que salieron empujados por dos o tres mujeres.. El del uniforme azul mandaba el fuego, y otro del mismo traje, pero que se distinguía del primero por su mayor estatura, estaba dentro disponiendo cómo se habían de sacar la pólvora y las balas.. Yo me estremecía al sentir los cañonazos; y si a veces me ocultaba en la alcoba, poniéndome a rezar, otras podía tanto la curiosidad, que sin pensar en el peligro me asomaba a la ventana para ver todo.. ¡Qué espanto! Humo, mucho humo, brazos levantados, algunos hombres tendidos en el suelo y cubiertos de sangre y por todos lados el resplandor de esos grandes cuchillos que llevan en los fusiles. Una segunda detonación seguida del estruendo de la fusilería, nos dejó paralizados de estupor. Inés miró a la Virgen, y el cura encarándose solemnemente con la santa imagen, dirigiole así la palabra: -Señora: proteged a vuestros queridos españoles, de quienes fuisteis reina y ahora sois capitana. Dadles valor contra tantos y tan fieros enemigos, y haced subir al (p.511) cielo a los que mueran en defensa de su patria querida. Quise abrir la ventana; pero Inés se opuso a ello muy acongojada. Juan de Dios, que al fin traspasó el umbral, se había sentado tímidamente en el borde de una silla puesta junto a la misma puerta, donde Inés le reconoció al fin, mejor dicho, advirtió su presencia, y antes que formulara una pregunta, le dije yo: -Es el Sr. Juan de Dios, que ha venido a acompañarme. -Yo.. yo.. -balbució el mancebo en el momento en que la gritería de la calle apenas permitía oírle-. Gabriel habrá enterado a Vd.. -El miedo le quita a Vd. el habla -dijo Inés-. Yo también tengo mucho miedo. Pero Vd. tiembla, Vd. está malo.. En efecto, Juan de Dios parecía desmayarse, y alargaba sus brazos hacia la muchacha, que absorta y confundida no sabía si acercarse a darle auxilio o si huir con recelo de visitante tan importuno. Yo estaba an excitado, que sin parar mientes en lo que junto a mí ocurría, ni atender al pavor de mi amiga, abrí resueltamente la ventana. Desde allí pude ver los movimientos de los combatientes, claramente percibidos, cual si tuviera delante un plano de campaña con figuras movibles. Funcionaban cuatro piezas: he oído hablar de cinco, dos de a 8 y tres de a 4; pero yo creo que una de ellas no hizo fuego, o sólo trabajó hacia el fin de la lucha. Los artilleros me parece que no pasaban de veinte; tampoco eran muchos los de infantería mandados por Ruiz; pero el número de paisanos no era escaso ni faltaban algunas heroicas amazonas de las que poco antes vi en la Puerta del Sol. Un oficial de uniforme azul mandaba las dos piezas colocadas frente a la calle de San Pedro la Nueva. Por cuenta del otro del mismo uniforme y graduación corrían las que enfilaban la calle de San Miguel y de San José, apuntando una de ellas hacia la de San Bernardo, pues por allí se esperaban nuevas fuerzas francesas en auxilio de las que invadían la Palma Alta y sitios inmediatos a la iglesia de Maravillas. La lucha estaba reconcentrada entonces en la pequeña calle de San Pedro la Nueva, por donde atacaron los granaderos imperiales (p.512) en número considerable. Para contrarrestar su empuje los nuestros disparaban las piezas con la mayor rapidez posible, empleándose en ello lo mismo los artilleros que los paisanos; y auxiliaba a los cañones la valerosa fusilería que tras las tapias del parque, en la puerta, y en la calle, hacía mortífero e incesante fuego. Cuando los franceses trataban de tomar las piezas a la bayoneta, sin cesar el fuego por nuestra parte, eran recibidos por los paisanos con una batería de navajas, que causaban pánico y desaliento entre los héroes de las Pirámides y de Jena, al paso que el arma blanca en manos de estos aguerridos soldados, no hacía gran estrago moral en la gente española, por ser esta de muy antiguo aficionada a con ella, de modo que al verse heridos, antes les enfurecía que les desmayaba. Desde mi ventana abierta a la calle de San José, no se veía la inmediata de San Pedro la Nueva, aunque la casa hacía esquina a las dos, así es que yo, teniendo siempre a los españoles bajo mis ojos, no distinguía a los franceses, sino cuando intentaban caer sobre las piezas, desafiando la metralla, el plomo, el acero y hasta las implacables manos de los defensores del parque. Esto pasó una vez, y cuando lo vi pareciome que todo iba a concluir por el sencillo procedimiento de destrozarse simultáneamente unos a otros; pero nuestro valiente paisanaje, sublimado por su propio arrojo y el ejemplo, y la pericia, y la inverosímil constancia de los dos oficiales de artillería, rechazaba las bayonetas enemigas, mientras sus navajas, hacían estragos, rematando la obra de los fusiles. Cayeron algunos, muchos artilleros, y buen número de paisanos; pero esto no desalentaba a los madrileños. Al paso que uno de los oficiales de artillería hacía uso de su sable con fuerte puño sin desatender el cañón cuya cureña servía de escudo a los paisanos más resueltos, el otro, acaudillando un pequeño grupo, se arrojaba sobre la avanzada francesa, destrozándola antes de que tuviera tiempo de reponerse. Eran aquellos los dos oficiales oscuros y sin historia, que en un día, en una (p.513) hora, haciéndose, por inspiración de sus almas generosas, instrumento de la conciencia nacional, se anticiparon a la declaración de guerra por las juntas y descargaron los primeros golpes de la lucha que empezó a abatir el más grande poder que se ha señoreado del mundo. Así sus ignorados nombres alcanzaron la inmortalidad. El estruendo de aquella colisión, los gritos de unos y otros, la heroica embriaguez de los nuestros y también de los franceses, pues estos evocaban entre sí sus grandes glorias para salir bien de aquel empeño, formaban un conjunto terrible, ante el cual no existía el miedo, ni tampoco era posible resignarse a ser inmóvil espectador. Causaba rabia y al mismo tiempo cierto júbilo inexplicable lo desigual de las fuerzas, y el espectáculo de la superioridad adquirida por los débiles a fuerza de constancia. A pesar de que nuestras bajas eran inmensas, todo parecía anunciar una segunda victoria. Así lo comprendían sin duda los franceses, retirados hacia el fondo de la calle de San Pedro la Nueva; y viendo que para meter en un puño a los veinte artilleros ayudados de paisanos y mujeres, era necesaria más tropa con refuerzos de todas armas, trajeron más gente, trajeron un ejército completo; y la división de San Bernardino, mandada por Lefranc apareció hacia las Salesas Nuevas con varias piezas de artillería. Los imperiales daban al parque cercado de mezquinas tapias las proporciones de una fortaleza, y a la abigarrada pandilla las proporciones de un pueblo. Hubo un momento de silencio, durante el cual no oí más voces que las de algunas mujeres, entre las cuales reconocí la de la Primorosa, enronquecida por la fatiga y el perpetuo gritar. Cuando en aquel breve respiro me aparté de la ventana, vi a Juan de Dios completamente desvanecido. Inés estaba a su lado, presentándole un vaso de agua. -Este buen hombre -dijo la muchacha- ha perdido el tino. ¡Tan grande es su pavor! Verdad que la cosa no es para menos. Yo estoy muerta. ¿Se ha acabado, Gabriel? Ya no se oyen tiros. ¿Ha concluido todo? ¿Quién ha (p.514) vencido? Un cañonazo resonó estremeciendo la casa. A Inés cayósele el vaso de las manos, y en el mismo instante entró D. Celestino, que observaba la lucha desde otra habitación de la casa. -Es la artillería francesa -exclamó-. Ahora es ella. Traen más de doce cañones. ¡Jesús, María y José nos amparen! Van a hacer polvo a nuestros valientes paisanos. ¡Señor de justicia! ¡Virgen María, santa patrona de España! Juan de Dios abrió sus ojos buscando a Inés con una mirada calmosa y apagada como la de un enfermo. Ella, en tanto, puesta de rodillas ante la imagen, derramaba abundantes lágrimas. -Los franceses son innumerables -continuó el cura-. Vienen cientos de miles. En cambio los nuestros, son menos cada vez. Muchos han muerto ya. ¿Podrán resistir los que quedan? ¡Oh! Gabriel, y usted, caballero, quien quiera que sea, aunque presumo será español: ¿están Vds. en paz con su conciencia, mientras nuestros hermanos pelean abajo por la patria y por el Rey? Hijos míos, ánimo: los franceses van a atacar por tercera vez. ¿No veis cómo se aperciben los nuestros para recibirlos con tanto brío como antes? ¿No oís los gritos de los que han sobrevivido al último combate? ¿No oís las voces de esa noble juventud? Gabriel, Vd., caballero, cualquiera que sea, ¿habéis visto a las mujeres? ¿Darán lección de valor esas heroicas hembras a los varones que huyen de la honrosa lucha? Al decir esto, el buen sacerdote, con una alteración que hasta entonces jamás había advertido en él, se asomaba al balcón, retrocedía con espanto, volvía los ojos a la imagen de la Virgen, luego a nosotros, y tan pronto hablaba consigo mismo como con los demás. -Si yo tuviera quince años, Gabriel -continuó- si yo tuviera tu edad.. Francamente, hijos míos, yo tengo muchísimo miedo. En mi vida había visto una guerra, ni oído jamás el estruendo de los mortíferos cañones; pero lo que es ahora cogería un fusil, sí señores, lo cogería.. ¿No veis que va escaseando la gente? ¿No veis cómo los barre la metralla?.. Mirad aquellas mujeres que con sus brazos despedazados (p.515) empujan uno de nuestros cañones hasta embocarle en esta calle. Mirad aquel montón de cadáveres del cual sale una mano increpando con terrible gesto a los enemigos. Parece que hasta los muertos hablan, lanzando de sus bocas exclamaciones furiosas.. ¡Oh!, yo tiemblo, sostenedme; no, dejadme tomar un fusil, lo tomaré yo. Gabriel, caballero, y tú también, Inés; vamos todos a la calle, a la calle. ¿Oís? Aquí llegan las vociferaciones de los franceses. Su artillería avanza. ¡Ah!, perros: todavía somos suficientes, aunque pocos. ¿Queréis a España, queréis este suelo? ¿Queréis nuestras casas, nuestras iglesias, nuestros reyes, nuestros santos? Pues ahí está, ahí está dentro de esos cañones lo que queréis. Acercaos.. ¡Ah! Aquellos hombres que hacían fuego desde la tapia han perecido todos. No importa. Cada muerto no significa más sino que un fusil cambia de mano, porque antes de que pierda el calor de los dedos heridos que lo sueltan, otros lo agarran.. Mirad: el oficial que los manda parece contrariado, mira hacia el interior del parque y se lleva la mano a la cabeza con ademán de desesperación. Es que les faltan balas, les falta metralla. Pero ahora sale el otro con una cesta de piedras.. sí.. son piedras de chispa. Cargan con ellas, hacen fuego.. ¡Oh!, que vengan, que vengan ahora. ¡Miserables! España tiene todavía piedras en sus calles para acabar con vosotros.. Pero ¡ay!, los franceses parece que están cerca. Mueren muchos de los nuestros. Desde los balcones se hace mucho fuego; mas esto no basta. Si yo tuviera veinte años.. Si yo tuviera veinte años, tendría el valor que ahora me falta, y me lanzaría en medio del combate, y a palos, sí señores, a palos, acabaría con todos esos franceses. Ahora mismo, con mis sesenta años.. Gabriel, ¿sabes tú lo que es el deber? ¿Sabes tú lo que es el honor? Pues para que lo sepas, oye: Yo que soy un viejo inútil, yo que nunca he visto un combate, yo que jamás he disparado un tiro, yo que en mi vida he peleado con nadie, yo que no puedo ver matar un pollo, yo que nunca he tenido valor para matar un gusanito, (p.516) yo que siempre he tenido miedo a todo, yo que ahora tiemblo como una liebre y a cada tiro que oigo parece que entrego el alma al Señor, voy a bajar al instante a la calle, no con armas, porque armas no me corresponden, sino para alentar a esos valientes, diciéndoles en castellano aquello de Dulce et decorum est pro patria mori! Estas palabras, dichas con un entusiasmo que el anciano no había manifestado ante mí sino muy pocas veces, y siempre desde el púlpito, me enardeció de tal modo que me avergoncé de reconocerme cobarde espectador de aquella heroica lucha sin disparar un tiro, ni lanzar una piedra en defensa de los míos. A no contenerme la presencia de Inés, ni un instante habría yo permanecido en aquella situación. Después cuando vi al buen anciano precipitarse fuera de la casa, dichas sus últimas palabras, miedo y amor se oscurecieron en mí ante una grande, una repentina iluminación de entusiasmo, de esas que rarísimas veces, pero con fuerza poderosa, nos arrastran a las grandes acciones. Inés hizo un movimiento como para detenerme pero sin duda su admirable buen sentido comprendió cuánto habría desmerecido a mis propios ojos cediendo a los reclamos de la debilidad, y se contuvo ahogando todo sentimiento. Juan de Dios, que al volver de su desmayo era completamente extraño a la situación que nos encontrábamos, y no parecía tener ojos ni oídos más que para espectáculos y voces de su propia alma, se adelantó hacia Inés con ademán embarazoso, y le dijo: -Pero Gabriel la habrá enterado a Vd. de todo. ¿La he ofendido a Vd. en algo? Bien habrá comprendido Vd.. -Este caballero -dijo Inés- está muerto de miedo, y no se moverá de aquí. ¿Quiere Vd. esconderse en la cocina? -¡Miedo! ¡Que yo tengo miedo! -exclamó el mancebo con un repentino arrebato que le puso encendido como la grana-. ¿A dónde vas, Gabriel? -A la calle -respondí saliendo-. A pelear por España. Yo no tengo miedo. -Ni yo, ni yo tampoco -afirmó resuelta, furiosamente Juan de Dios corriendo detrás de mí.
Ep-3- (p.517) XXVIII - Llegué a la calle en momentos muy críticos. Las dos piezas de la calle de San Pedro habían perdido gran parte de su gente, y los cadáveres obstruían el suelo. La colocada hacia Poniente había de resistir el fuego de la de los franceses, sin más garantía de superioridad que el heroísmo de D. Pedro Velarde y el auxilio de los tiros de fusil. Al dar los primeros pasos encontré uno, y me situé junto a la entrada del parque, desde donde podía hacer fuego hacia la calle Ancha, resguardado por el machón de la puerta. Allí se me presentó una cara conocida, aunque horriblemente desfigurada, en la persona de Pacorro Chinitas, que incorporándose entre un montón de tierra y el cuerpo de otro infeliz ya moribundo, hablome así con voz desfallecida: -Gabriel, yo me acabo; yo no sirvo ya para nada. -Ánimo, Chinitas -dije devolviéndole el fusil que caía de sus manos-, levántate. -¿Levantarme? Ya no tengo piernas. ¿Traes tú pólvora? Dame acá: yo te cargaré el fusil.. Pero me caigo redondo. ¿Ves esta sangre? Pues es toda mía y de este compañero que ahora se va.. Ya expiró.. Adiós, Juancho: tú al menos no verás a los franceses en el parque. Hice fuego repetidas veces, al principio muy torpemente, y después con algún acierto, procurando siempre dirigir los tiros a algún francés claramente destacado de los demás. Entre tanto, y sin cesar en mi faena, oí la voz del amolador que apagándose por grados decía: «Adiós, Madrid, ya me encandilo.. Gabriel, apunta a la cabeza. Juancho que ya estás tieso, allá voy yo también: Dios sea conmigo y me perdone. Nos quitan el parque; pero de cada gota de esta sangre saldrá un hombre con su fusil, hoy, mañana y al otro día. Gabriel, no cargues tan fuerte, que revienta. Ponte más adentro. Si no tienes navaja, búscala, porque vendrán a la bayoneta. Toma la mía. Allí está junto a la pierna que perdí.. ¡Ay!, ya no veo más que un cielo negro. ¡Qué humo tan negro! ¿De dónde viene ese humo? Gabriel, cuando esto se acabe, ¿me darás un poco de agua? ¡Qué ruido tan atroz!.. ¿Por qué no traen agua? ¡Agua, Señor Dios (p.518) Poderoso! ¡Ah!, ya veo el agua; ahí está. La traen unos angelitos; es un chorro, una fuente, un río..». Cuando me aparté de allí, Chinitas ya no existía. La debilidad de nuestro centro de combate me obligó a unirme a él, como lo hicieron los demás. Apenas quedaban artilleros, y dos mujeres servían la pieza principal, apuntaban hacia la calle Ancha. Era una de ellas la Primorosa, a quien vi soplando fuertemente la mecha, próxima a extinguirse. -Mi general -decía a Daoíz-. Mientras su merced y yo estemos aquí, no se perderán las Españas ni sus Indias.. Allá va el petardo.. Venga ahora acá el destupidor. Cómo rempuja pa tras este animal cuando suelta el tiro. ¡Ah! ¿Ya estás aquí, Tripita? -gritó al verme-. Toca este instrumento y verás lo bueno. El combate llegaba a un extremo de desesperación; y la artillería enemiga avanzó hacia nosotros. Animados por Daoíz, los heroicos paisanos pudieron rechazar por última vez la infantería francesa que se destacaba en pequeños pelotones de la fuerza enemiga. -¡Ea! -gritó la Primorosa cuando recomenzó el fuego de cañón-. Atrás, que yo gasto malas bromas. ¿Vio Vd. cómo se fueron, señor general? Sólo con mirarles yo con estos recelestiales ojos, les hice volver pa tras. Van muertos de miedo. ¡Viva España y muera Napoleón!.. Chinitas, ¿no está por ahí Chinitas? Ven acá, cobarde, calzonazos. Y cuando los franceses, replegando su infantería, volvieron a cañonearnos, ella, después de ayudar a cargar la pieza, prosiguió gritando desesperadamente: -Renacuajos, volved acá. Ea, otro paseíto. Sus mercedes quieren conquistarme a mí, ¿no verdá? Pues aquí me tenéis. Vengan acá: soy la reina, sí señores, soy la emperadora del Rastro, y yo acostumbro a fumar en este cigarro de bronce, porque no las gasto menos. ¿Quieren ustedes una chupadita? Pos allá va. Desapártense pa que no les salpique la saliva; si no.. La heroica mujer calló de improviso, porque la otra maja que cerca de ella estaba, cayó tan violentamente herida por un casco de metralla, que de su despedazada cabeza saltaron salpicándonos (p.519) repugnantes pedazos. La esposa de Chinitas, que también estaba herida, miró el cuerpo expirante de su amiga. Debo consignar aquí un hecho trascendental; la Primorosa se puso repentinamente pálida, y repentinamente seria. Tuvo miedo. Llegó el instante crítico y terrible. Durante él sentí una mano que se apoyaba en mi brazo. Al volver los ojos vi un brazo azul con charreteras de capitán. Pertenecía a D. Luis Daoíz, que herido en la pierna, hacía esfuerzos por no caer al suelo y se apoyaba en lo que encontró más cerca. Yo extendí mi brazo alrededor de su cintura, y él, cerrando los puños, elevándolos convulsamente al cielo, apretando los dientes y mordiendo después el pomo de su sable, lanzó una imprecación, una blasfemia, que habría hecho desplomar el firmamento, si lo de arriba obedeciera a las voces de abajo. En seguida se habló de capitulación y cesaron los fuegos. El jefe de las fuerzas francesas acercose a nosotros, y en vez de tratar decorosamente de las condiciones de la rendición, habló a Daoíz de la manera más destemplada y en términos amenazadores y groseros. Nuestro inmortal artillero pronunció entonces aquellas célebres palabras: Si fuerais capaz de hablar con vuestro sable, no me trataríais así. El francés, sin atender a lo que le decía, llamó a los suyos, y en el mismo instante.. Ya no hay narración posible, porque todo acabó. Los franceses se arrojaron sobre nosotros con empuje formidable. El primero que cayó fue Daoíz, traspasado el pecho a bayonetazos. Retrocedimos precipitadamente hacia el interior del parque todos los que pudimos, y como aun en aquel trance espantoso quisiera contenernos D. Pedro Velarde, le mató de un pistoletazo por la espalda un oficial enemigo. Muchos fueron implacablemente pasados a cuchillo; pero algunos y yo pudimos escapar, saltando velozmente por entre escombros, hasta alcanzar las tapias de la parte más honda, y allí nos dispersamos, huyendo cada cual por donde encontró mejor camino, mientras los franceses, bramando de ira, indicaban con sus alaridos al (p.520) aterrado vecindario que Monteleón había quedado por Bonaparte. Difícilmente salvamos la vida, y no fuimos muchos los que pudimos dar con nuestros fatigados cuerpos en la huerta de las Salesas Nuevas o en el quemadero. Los franceses no se cuidaban de perseguirnos, o por creer que bastaba con rematar a los más próximos, o porque se sentían con tanto cansancio como nosotros. Por fortuna, yo no estaba herido sino muy levemente en la cabeza, y pude ponerme a cubierto en breve tiempo: al poco rato ya no pensaba más que en volver a mi casa, donde suponía a Inés en penosa angustia por mi ausencia. Cuando traté de regresar hallé cerrada la puerta de Santo Domingo; y tuve que andar mucho trecho buscando el portillo de San Joaquín. Por el camino me dijeron que los franceses, después de dejar una pequeña guarnición en el parque, se habían retirado. Dirigime con esta noticia tranquilamente a casa, y al llegar a la calle de San José, encontré aquel sitio inundado de gente del pueblo, especialmente de mujeres, que reconocían los cadáveres. La Primorosa había recogido el cuerpo de Chinitas. Yo vi llevar el cuerpo, vivo aún, de Daoíz en hombros de cuatro paisanos, y seguido de apiñado gentío. D. Pedro Velarde oí que había sido completamente desnudado por los franceses, y en aquellos instantes sus deudos y amigos estaban amortajándole para darle sepultura en San Marcos. Los imperiales se ocupaban en encerrar de nuevo las piezas, y retiraban silenciosamente sus heridos al interior del parque: por último, vi una pequeña fuerza de caballería polaca, estacionada hacia la calle de San Miguel. Ya estaba cerca de mi casa, cuando un hombre cruzó a lo lejos la calle, con tan marcado ademán de locura, que no pude menos de fijar en él mi atención. Era Juan de Dios, y andaba con pie inseguro de aquí para allí como demente o borracho, sin sombrero, el pelo en desorden sobre la cara, las ropas destrozadas y la mano derecha envuelta en un pañuelo manchado de sangre. -¡Se la han llevado! -exclamó al verme, (p.521) agitando sus brazos con desesperación. -¿A quién? -pregunté, adivinando mi nueva desgracia. -¡A Inés!.. Se la han llevado los franceses; se han llevado también a aquel infeliz sacerdote. La sorpresa y la angustia de tan tremenda nueva me dejaron por un instante como sin vida.
Ep-3-XXIX - -Una vez que tomaron el parque -continuó Juan de Dios-, entraron en esa casa de la esquina y en otra de la calle de San Pedro para prender a todos los que les habían hecho fuego, y sacaron hasta dos docenas de infelices. ¡Ay, Gabriel, qué consternación! Yo entraba en la taberna para echarme un poco de agua en la mano.. porque sabrás que una bala me llevó los dos dedos.. entraba en la taberna y vi que sacaban a Inés. La pobrecita lloraba como un niño y volvía la vista a todos lados, sin duda buscándome con sus ojos. Acerqueme, y hablando en francés, rogué al sargento que la soltase; pero me dieron tan fuerte golpe que casi perdí el sentido. ¡Si vieras cómo lloraba el pobre ángel, y cómo miraba a todos lados, buscándome sin duda!.. Yo me vuelvo loco, Gabriel. El buen eclesiástico subía la escalera cuando lo cogieron, y dicen que llevaba un cuchillo en la mano. Todos los de la casa están presos. Los franceses dijeron que desde allí les habían tirado una cazuela de agua hirviendo. Gabriel, si no ponen en libertad a Inés, yo me muero, yo me mato, yo les diré a los franceses que me maten. Al oír esta relación, el vivo dolor arrancó al principio ardientes lágrimas a mis ojos; pero después fue tanta mi indignación, que prorrumpí en exclamaciones terribles y recorrí la calle gritando como un insensato. Aún dudé; subí a mi casa, encontrela desierta; supe de boca de algunos vecinos consternados la verdad, tal como Juan de Dios me la había dicho, y ciego de ira, con el alma llena de presentimientos siniestros, y de inexplicables angustias, marché hacia el centro de Madrid, sin saber a dónde me encaminaba, y sin que me fuera posible discurrir cuál partido sería más conveniente en tales circunstancias. ¿A quién pedir auxilio, si yo a mi (p.522) vez era también injustamente perseguido? A ratos me alentaba la esperanza de que los franceses pusieran en libertad a mis dos amigos. La inocencia de uno y otro, especialmente de ella, era para mí tan obvia, que sin género de duda había de ser reconocida por los invasores. Juan de Dios me seguía, y lloraba como una mujer. -Por ahí van diciendo -me indicó- que los prisioneros han sido llevados a la casa de Correos. Vamos allá, Gabriel, y veremos si conseguimos algo. Fuimos al instante a la Puerta del Sol, y en todo su recinto no oíamos sino quejas y lamentos, por el hermano, el padre, el hijo o el amigo, bárbaramente aprisionados sin motivo. Se decía que en la casa de Correos funcionaba un tribunal militar; pero después corrió la voz de que los individuos de la junta habían hecho un convenio con Murat, para que todo se arreglara, olvidando el conflicto pasado y perdonándose respectivamente las imprudencias cometidas. Esto nos alborozó a todos los presentes, aunque no nos parecía muy tranquilizador ver a la entrada de las principales calles una pieza de artillería con mecha encendida. Dieron las cuatro de la tarde, y no se desvanecía nuestra duda, ni de las puertas de la fatal casa de Correos salía otra gente que algún oficial de órdenes que a toda prisa partía hacia el Retiro o la Montaña. Nuestra ansiedad crecía; profunda zozobra invadía los ánimos, y todos se dispersaban tratando de buscar noticias verídicas en fuentes autorizadas. De pronto oigo decir que alguien va por las calles leyendo un bando. Corremos todos hacia la del Arenal, pero no nos es posible enterarnos de lo que leen. Preguntamos y nadie nos responde, porque nadie oye. Retrocedemos pidiendo informes, y nadie nos los da. Volvemos a mirar la casa de Correos tras cuyas paredes están los que nos son queridos, y media compañía de granaderos con algunos mamelucos dispersan al padre, al hermano, al hijo, al amante, amenazándoles con la muerte. Nos vamos al fin por las calles, cada cual discurriendo qué influencias pondrá en juego para salvar a los (p.523) suyos. Juan de Dios y yo nos dirigimos hacia los Caños del Peral, y al poco rato vimos un pelotón de franceses que conducían maniatados y en traílla como a salteadores, a dos ancianos y a un joven de buen porte. Después de esta fatídica procesión, vimos hacia la calle de los Tintes otra no menos lúgubre, en que iban una señora joven, un sacerdote, dos caballeros y un hombre del pueblo en traje como de vendedor de plazuela. La tercera la encontramos en la calle de Quebrantapiernas, y se componía de más de veinte personas, pertenecientes a distintas clases de la sociedad. Aquellos infelices iban mudos y resignados guardando el odio en sus corazones, y ya no se oían voces patrióticas en las calles de la ciudad vencida y aherrojada, porque los invasores dominábanla toda piedra por piedra, y no había esquina donde no asomase la boca de un cañón, ni callejuela por la cual no desfilaran pelotones de fusileros, ni plaza donde no apareciesen, fúnebremente estacionados, fuertes piquetes de mamelucos, dragones o caballería polaca. Repetidas veces vimos que detenían a personas pacíficas y las registraban, llevándoselas presas por si acertaban a guardar acaso algún arma, aunque fuera navaja para usos comunes. Yo llevaba en el bolsillo la de Chinitas, y ni aun se me ocurrió tirarla, ¡tales eran mi aturdimiento y abstracción! Pero tuvimos la suerte de que no nos registraran. Últimamente y a medida que anochecía, apenas encontrábamos gente por las calles. No íbamos, no, a la ventura por aquellos desiertos lugares, pues yo tenía un proyecto que al fin comuniqué a mi acompañante; pensaba dirigirme a casa de la marquesa, con viva esperanza de conseguir de ella poderoso auxilio en mi tribulación. Juan de Dios me contestó que él por su parte había pensado dirigirse a un amigo que a su vez lo era del Sr. O'farril, individuo de la Junta. Dicho esto, convinimos en separarnos, prometiendo acudir de nuevo a la Puerta del Sol una hora después. Fui a casa de la marquesa, y el portero me dijo que Su Excelencia había partido dos días antes (p.524) para Andalucía. También pregunté por Amaranta; mas tuve el disgusto de saber que Su Excelencia la señora condesa estaba en camino de Andalucía. Desesperado regresé al centro de Madrid, elevando mis pensamientos a Dios, como el más eficaz amparador de la inocencia, y traté de penetrar en la casa de Correos. Al poco rato de estar allí procurándolo inútilmente, vi salir a Juan de Dios tan pálido y alterado que temblé adivinando nuevas desdichas. -¿No está? -pregunté-. ¿Los han puesto en libertad? -No -dijo secando el sudor de su frente-. Todos los presos que estaban aquí han sido entregados a los franceses. Se los han llevado al Buen Suceso, al Retiro, no sé a dónde.. ¿Pero no conoces el bando? Los que sean encontrados con armas, serán arcabuceados.. Los que se junten en grupo de más de ocho personas, serán arcabuceados.. Los que hagan daño a un francés, serán arcabuceados.. Los que parezcan agentes de Inglaterra, serán arcabuceados. -¿Pero dónde está Inés? -exclamé con exaltación-. ¿Dónde está? Si esos verdugos son capaces de sacrificar a una niña inocente, y a un pobre anciano, la tierra se abrirá para tragárselos, las piedras se levantarán solas del suelo para volar contra ellos, el cielo se desplomará sobre sus cabezas, se encenderá el aire, y el agua que beban se les tornará veneno; y si esto no sucede, es que no hay Dios ni puede haberlo. Vamos, amigo: hagamos esta buena obra. ¿Dice Vd. que están en el Retiro? -O aquí en el Buen Suceso, o en la Moncloa. Gabriel, yo salvaré a Inés de la muerte, o me pondré delante de los fusiles de esa canalla para que me quiten también la vida. Quiero irme al cielo con ella; si supiera que sus dulces ojos no me habían de mirar más en la tierra, ahora mismo dejaría de existir. Gabriel, todo lo que tengo es tuyo si me ayudas a buscarla; que después que ella y yo nos juntemos, y nos casemos, y nos vayamos al lugar desierto que he pensado, para nada necesitamos dinero. Yo tengo esperanza; ¿y tú? -Yo también -respondí, pensando en Dios. -Pues, hijo, marcha tú al Retiro, que yo (p.525) entraré en el Buen Suceso, por la parte del hospital, que allí conozco a uno de los enfermeros. También conozco a dos oficiales franceses. ¿Podrán hacer algo por ella? Vamos: las diez. ¡Ay! ¿No oíste una descarga? -Sí, hacia abajo; hacia el Prado: se me ha helado la sangre en las venas. Corre allá. Adiós, y buena suerte. Si no nos encontramos después aquí, en mi casa. Dicho esto, nos separamos a toda prisa, y yo corrí por la Carrera de San Jerónimo. La noche era oscura, fría y solitaria. En mi camino encontré tan sólo algunos hombres que corrían despavoridos, y a cada paso lamentos dolorosísimos llegaban a mis oídos. A lo lejos distinguí las pisadas de las patrullas francesas y de rato en rato un resplandor lejano seguido de estruendosa detonación. Cómo se presentaba en mi alma atribulada aquel espectáculo en la negra noche, aquellos ruidos pavorosos, no es cosa que puedo yo referir, ni palabras de ninguna lengua alcanzan a manifestar angustia tan grande. Llegaba junto al Espíritu Santo, cuando sentí muy cercana ya una descarga de fusilería. Allá abajo en la esquina del palacio de Medinaceli la rápida luz del fogonazo, había iluminado un grupo, mejor dicho, un montón de personas, en distintas actitudes colocadas, y con diversos trajes vestidos. Tras de la detonación, oyéronse quejidos de dolor, imprecaciones que se apagaban al fin en el silencio de la noche. Después algunas voces hablando en lengua extranjera, dialogaban entre sí; se oían las pisadas de los verdugos, cuya marcha en dirección al fondo del Prado era indicada por los movimientos de unos farolillos de agonizante luz. A cada rato circulaban pequeños tropeles, con gentes maniatadas, y hacia el Retiro se percibía resplandor muy vivo, como de la hoguera de un vivac. Acerqueme al palacio de Medinaceli por la parte del Prado, y allí vi algunas personas que acudían a reconocer los infelices últimamente arcabuceados. Reconocilos yo también uno por uno, y observé que pequeña parte de ellos estaban vivos, aunque ferozmente heridos; y arrastrábanse (p.526) estos pidiendo socorro, o clamaban en voz desgarradora suplicando que se les rematase. Entre todas aquellas víctimas no había más que una mujer, que no tenía semejanza con Inés, ni encontré tampoco sacerdote alguno. Sin prestar oídos a las voces de socorro, ni reparar tampoco en el peligro que cerca de allí se corría, me dirigí hacia el Retiro. En la puerta que se abría al primer patio me detuvieron los centinelas. Un oficial se acercó a la entrada. -Señor -exclamé juntando las manos y expresando de la manera más espontánea el vivo dolor que me dominaba-, busco a dos personas de mi familia que han sido traídas aquí por equivocación. Son inocentes: Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, ni el pobre clérigo ha matado a ningún francés. Yo lo aseguro, señor oficial, y el que dijese lo contrario es un vil mentiroso. El oficial, que no entendía, hizo un movimiento para echarme hacia fuera; pero yo, sin reparar en consideraciones de ninguna clase, me arrodillé delante de él, y con fuertes gritos proseguí suplicando de esta manera: -Señor oficial, ¿será Vd. tan inhumano que mande fusilar a dos personas inofensivas, a una muchacha de diez y seis años y a un infeliz viejo de sesenta! No puede ser. Déjeme Vd. entrar; yo le diré cuáles son, y Vd. les mandará poner en libertad. Los pobrecitos no han hecho nada. Fusílenme a mí, que disparé muchos tiros contra Vds. en la acción del parque; pero dejen en libertad a la muchacha y al sacerdote. Yo entraré, les sacaremos.. Mañana, mañana probaré yo, como esta es noche, que son inocentes, y si no resultasen tan inocentes como los ángeles del cielo, fusíleme Vd. a mí cien veces. Señor oficial, Vd. es bueno, Vd. no puede ser un verdugo. Esas cruces que tiene en el pecho las habrá adquirido honrosamente en las grandes batallas que dicen ha ganado el ejército de Napoleón. Un hombre como usted no puede deshonrarse asesinando a mujeres inocentes. Yo no lo creo, aunque me lo digan. Señor oficial, si quieren Vds. vengarse de lo de esta mañana maten a todos los (p.527) hombres de Madrid, mátenme a mí también; pero no a Inés. ¿Vd. no tiene hermanitas jóvenes y lindas? Si Vd. las viera amarradas a un palo, a la luz de una linterna, delante de cuatro soldados con los fusiles en la cara, ¿estaría tan sereno como ahora está? Déjeme entrar: yo le diré quiénes son los que busco, y entre los dos haremos esta buena obra que Dios le tendrá en cuenta cuando se muera. El corazón me dice que están aquí.. entremos, por Dios y por la Virgen. Vd. está aquí en tierra extranjera, y lejos, muy lejos de los suyos. Cuando recibe cartas de su madre o de sus hermanitas, ¿no le rebosa el corazón de alegría, no quiere verlas, no quiere volver allá? Si le dijesen que ahora las estaban poniendo un farol en el pecho para fusilarlas.. El estrépito de otra descarga me hizo enmudecer, y la voz expiró en mi garganta por falta de aliento. Estuve a punto de caer sin sentido; pero haciendo un heroico esfuerzo, volví a suplicar al oficial con voz ronca y ademán desesperado, pretendiendo que me dejase entrar a ver si algunos de los recién inmolados eran los que yo buscaba. Sin duda mi ruego, expresado ardientemente y con profundísima verdad, conmovió al joven oficial, más por la angustia de mis ademanes que por el sentido de las palabras, extranjeras para él, y apartándose a un lado me indicó que entrara. Hícelo rápidamente, y recorrí como un insensato el primer patio y el segundo. En este, que era el de la Pelota, no había más que franceses; pero en aquel yacían por el suelo las víctimas aún palpitantes, y no lejos de ellas las que esperaban la muerte. Vi que las ataban codo con codo, obligándolas a ponerse de rodillas, unos de espalda, otros de frente. Los más extendían los brazos agitándolos al mismo tiempo que lanzaban imprecaciones y retos a los verdugos; algunos escondían con horror la cara en el pecho del vecino; otros lloraban; otros pedían la muerte, y vi uno que rompiendo con fuertes sacudidas las ligaduras, se abalanzó hacia los granaderos. Ninguna fórmula de juicio, ni tampoco preparación espiritual, precedían a esta abominación: los granaderos (p.528) hacían fuego una o dos veces, y los sacrificados se revolvían en charcos de sangre con espantosa agonía. Algunos acababan en el acto; pero los más padecían largo martirio antes de expirar, y hubo muchos que heridos por las balas en las extremidades y desangrados, sobrevivieron después de pasar por muertos hasta la mañana del día 3, en que los mismos franceses, reconociendo su mala puntería, les mandaron al hospital. Estos casos no fueron raros, y yo sé de dos o tres a quienes cupo la suerte de vivir después de pasar por los horrores de una ejecución sangrienta. Un maestro herrero, comprendido en una de las traíllas del Retiro, dio señales de vida al día siguiente, y al borde mismo del hoyo en que se le preparaba sepultura: lo mismo aconteció a un tendero de la calle de Carretas, y hasta hace poco tiempo ha existido uno que era entonces empleado en la imprenta de Sancha, y fue fusilado torpemente dos veces, una en la Soledad, donde se hizo la primera matanza, después en el patio del Buen Suceso, desde cuyo sitio pudo escapar, arrastrándose entre cadáveres y regueros de sangre hasta el hospital cercano, donde le dieron auxilio. Los franceses, aunque a quema-ropa, disparaban mal, y algunos de ellos, preciso es confesarlo, con marcada repugnancia, pues sin duda conocían el envilecimiento en que habían repentinamente caído las águilas imperiales. Casi sin esperar a que se consumara la sentencia de los que cayeron ante mí, les examiné a todos. Las linternas, puestas delante de cada grupo, alumbraban con siniestra luz la escena. Ni entre los inmolados ni entre los que aguardaban el sacrificio, vi a Inés ni a D. Celestino, aunque a veces me parecía reconocerles en cualquier bulto que se movía implorando compasión o murmurando una plegaria. Recuerdo que en aquel examen una mano helada cogió la mía, y al inclinarme vi un hombre desconocido que dijo algunas palabras y expiró. Repetidas veces pisé los pies y las manos de varios desgraciados; pero en trances tan terribles, parece que se (p.529) extingue todo sentimiento compasivo hacia los extraños, y buscando con anhelo a los nuestros, somos impasibles para las desgracias ajenas. Algunos franceses me obligaron a alejar de aquel sitio; y por las palabras que oí me juzgué en peligro de ser también comprendido en la traílla pero a mí no me importaba la muerte, ni en tal situación hubiera dejado de mirar a un punto donde creyera distinguir el semblante de mis dos amigos, aunque me arcabucearan cien veces. Corrí hacia otro extremo del patio, donde sonaban lamentos y mucha bulla de gente, cuando un anciano se acercó a mí tomándome por el brazo. -¿A quién busca Vd.? -le dije. -¡Mi hijo, mi único hijo! -me contestó-. ¿Dónde está? ¿Eres tú mi hijo? ¿Eres tú mi Juan? ¿Te han fusilado? ¿Has salido de aquel montón de muertos? Comprendí por su mirada y por sus palabras que aquel hombre estaba loco, y seguí adelante. Otro se llegó a mí y preguntome a su vez que a quién buscaba. Contele brevemente la historia, y me dijo: -Los que fueron presos en el barrio de Maravillas, no han venido aquí ni a la casa de Correos. Están en la Moncloa. Primero los llevaron a San Bernardino, y a estas horas.. Vamos allá. Yo tengo un salvo-conducto de un oficial francés, y podemos salir. Salimos en efecto, y en el Prado aquel hombre corrió desaladamente y le perdí de vista. Yo también corrí cuanto me era posible, pues mis fuerzas, a tan terribles pruebas sometidas por tanto tiempo, desfallecían ya. No puedo decir qué calles pasé, porque ni miraba a mi alrededor, ni tenía entonces más ojos que los del alma para ver siempre dentro de mí mismo el espectáculo de aquella gran tragedia. Sólo sé que corrí sin cesar; sólo sé que ninguna voz, ninguna queja que sonasen cerca de mí me conmovían ni me interesaban; sólo sé que mientras más corría, mayores eran mi debilidad y extenuación, y que al fin, no sé en qué calle, me detuve apoyándome en la pared cercana, porque mi cuerpo se caía al suelo y no me era posible dar un paso más. Limpié el sudor de mi frente; parecíame que se (p.530) había acabado el aire y que el suelo se marchaba también bajo mis pies, que las casas se hundían sobre mi cabeza. Recuerdo haber hecho esfuerzos para seguir; pero no me fue posible, y por un espacio de tiempo que no puedo apreciar, sólo tinieblas me rodearon, acompañadas de absoluto silencio.
Ep-3-XXX - Durante mi desvanecimiento, hijo de la extenuación, traje a la memoria las arboledas de Aranjuez, con sus millares de pájaros charlatanes, aquellas tardes sonrosadas, aquellos paseos por los bordes del Jarama y el espectáculo de la unión de este con el Tajo. Me acordé de la casa del cura y parecíame ver la parra del patio y los tiestos de la huerta, y oír los chillidos de la tía Gila, riñendo formalmente con las gallinas porque sin su permiso se habían salido del corral. Se me representaba el sonido de las campanas de la iglesia, tocadas por los cuatro muchachos o por el ingrato padre. La imagen de Inés completaba todas estas imágenes, y en mi delirio no me parecía que estaba la desgraciada muchacha junto a mí ni tampoco delante, sino dentro de mi propia persona, como formando parte del ser a quien reconocía como yo mismo. Nada estorbaba nuestra felicidad, ni nos cuidábamos de lo porvenir, porque abandonada a su propio ímpetu la corriente de nuestras almas, se habían juntado al fin Tajo y Jarama, y mezcladas ambas corrientes cristalinas, cavaban en el ancho cauce de una sola y fácil existencia. Sacome de aquel estado soñoliento un fuerte golpe que me dieron en el cuerpo, y no tardé en verme rodeado de algunas personas, una de las cuales dijo examinándome de cerca: «Está borracho». Creí reconocer la voz del licenciado Lobo, aunque a decir verdad, aún hoy no puedo asegurar que fuera él quien tal cosa dijo. Lo que sí afirmo es que uno de los que me miraban era Juan de Dios. -¡Eres tú, Gabriel! -me dijo-. ¿Cómo estás por los suelos? Bonito modo de buscar a la muchacha. No está en el Retiro, ni en el Buen Suceso. El señor licenciado me ayuda en mis pesquisas, y estamos seguros de encontrarla, y aun de salvarla. Estas palabras las oí confusamente, y (p.531) después me quedé solo, o mejor dicho, acompañado de algunos chicuelos que me empujaban de acá para allá jugando conmigo. No tardé en recobrar con el completo uso de mis facultades, la idea perfecta de la terrible situación, sólo olvidada durante un rato de marasmo físico y de turbación mental. Oí distintamente las dos en un reloj cercano, y observé el sitio en que me encontraba, el cual no era otro que la plazuela del Barranco, inmediata a los Caños del Peral. Contemplar mental y retrospectivamente cuanto había pasado, medir con el pensamiento la distancia que me separaba de la Montaña y correr hacia allá todo pasó en el mismo instante. Sentíame ágil; la desesperación aligeraba tanto mis pasos, que en poco tiempo llegué al fin de mi viaje; y en la portalada que daba a la huerta del Príncipe Pío vi tanta gente curiosa que era difícil acercarse. Yo lo hice a pesar de los obstáculos, y habría sido preciso matarme para hacerme retroceder. Las mujeres allí reunidas daban cuenta de los desgraciados que habían visto penetrar para no salir más. Desde luego quise introducirme, e intenté conmover a los centinelas con ruegos, con llantos, con razones, hasta con amenazas. Pero mis esfuerzos eran inútiles y cuanto más clamaba, más enérgicamente me impelían hacia fuera. Después de forcejear un rato, la desesperación y la rabia me sugirieron estas palabras que dirigí al centinela. -Déjeme entrar. Vengo a que me fusilen. El centinela me miró con lástima, y apartome con la culata de su fusil. -¡Tienes lástima de mí -continué- y no la tienes de los que busco! No, no tengas lástima. Yo quiero entrar. Quiero ser arcabuceado con ellos. Fui nuevamente rechazado: pero de tal modo me dominaba el deseo de entrar, y tan terriblemente pesaba sobre mi espíritu aquella horrorosa incertidumbre, que la vida me parecía precio mezquino para comprar el ingreso de la funesta puerta, tras la cual agonizaban o se disponían a la muerte mis dos amigos. Desde fuera escuchaba un sordo murmullo, concierto lúgubre a mi parecer, de plegarias dolorosas y de violentas (p.532) imprecaciones. Yo tan pronto me apartaba de la puerta como volvía a ella, a suplicar de nuevo, y la angustia me sugería razones incontestables para cualquiera, menos para los franceses. A veces golpeaba la pared con mi cabeza, a veces clavábame las uñas en mi propio cuerpo hasta hacerme sangre; medía con la vista la altura de la tapia, aspirando a franquearla de un vuelo; iba y venía sin cesar insultando a los afligidos circunstantes y miraba el negro cielo, por entre cuyos turbios y apelmazados celajes creía distinguir danzando en veloz carrera una turba de mofadores demonios. Volvía a suplicar al centinela, diciéndole: -¿Por qué no me fusiláis? ¿Por qué no entro, para que me maten con mis amigos? ¡Ah! ¡Asesinos de Madrid! ¿Sabéis para qué quiero yo a vuestro Emperador? Para esto. Y escupía con rabia a los pies de los soldados, que sin duda me tenían por loco. Luego, concibiendo una idea que me parecía salvadora, registré ávidamente mis bolsillos como si en ellos encerrase un tesoro, y sacando la navaja de Chinitas que aún conservaba, exclamé con febril alegría: -¡Ah! ¿No veis lo que tengo aquí? Una navaja, un cuchillo aún manchado de sangre. Con él he matado muchos franceses, y mataría al mismo Napoleón I. ¿No prendéis a todo el que lleva armas? Pues aquí estoy. Torpes; habéis cogido a tantos inocentes y a mí me dejáis suelto por las calles.. ¿No me andabais buscando? Pues aquí estoy. Ved, ved el cuchillo; aún gotea sangre. Tan convincentes razones me valieron el ser aprehendido; y al fin penetré en la huerta. Apenas había dado algunos pasos hacia las personas que confusamente distinguía delante de mí, cuando un vivo gozo inundó mi alma. Inés y D. Celestino estaban allí, ¡pero de qué manera! En el momento de mi entrada a ambos los ataban, como eslabones de la cadena humana que iba a ser entregada al suplicio. Me arrojé en sus brazos, y por un momento, estrechados con inmenso amor, los tres no fuimos más que uno solo. Inés empezó después a llorar amargamente; mas el clérigo conservaba su (p.533) semblante sereno. -Desde que le has visto, Inés, has perdido la serenidad -dijo gravemente-. Ya no estamos en la tierra. Dios aguarda a sus queridos mártires, y la palma que merecemos nos obliga a rechazar todo sentimiento que sea de este mundo. -¡Inés! -exclamé con el dolor más vivo que he sentido en toda mi vida-. ¡Inés! Después de verte en esta situación, ¿qué puedo hacer sino morir? Y luego volviéndome a los franceses ebrio de coraje, y sintiéndome con un valor inmenso, extraordinario, sobrehumano, exclamé: -Canallas, cobardes verdugos, ¿creéis que tengo miedo a la muerte? Haced fuego de una vez y acabad con nosotros. Mi furor no irritaba a los franceses, que hacían los preparativos del sacrificio con frialdad horripilante. Lleváronme a presencia de uno, el cual después de decirme algunas palabras, me envió ante otro que al fin decidió de mi suerte. Al poco rato me vi puesto en fila junto al clérigo, cuya mano estrechó la mía. -¿Cuándo te cogieron? ¿Te encontraron alguna arma, desgraciado? -me dijo-. Pero no es esta ocasión de mostrar odio, sino resignación. Vamos a entrar en nueva y más gloriosa vida. Dios ha querido que nuestra existencia acabe en este día, y nos ha dado el laurel de mártires por la patria, que todos no tienen la dicha de alcanzar. Gabriel, eleva tu mente al cielo. Tú estás libre de todo pecado, y yo te absuelvo. Hijo mío, este trance es terrible; pero tras él viene la bienaventuranza eterna. Sigue el ejemplo de Inés. Y tú, hija mía, la más inocente de todas las víctimas inmoladas en este día, implora por nosotros, si como creo llegas la primera al goce de la eterna dicha. Pero yo no atendía a las razones de mi amigo, sino que me empeñaba en hablar con Inés, en distraerla de su devoto recogimiento, en pretender que dirigiera a mí las palabras que a Dios sin duda dirigía, en obligarla a alzar los ojos y mirarme, pues sin esto, yo me sentía incapaz de contrición. Un oficial francés nos pasó una especie de revista, examinándonos uno a uno. -¿Para qué prolongáis nuestro martirio? -exclamé (p.534) sin poderme contener al ver sobre mí la impertinente mirada del francés-. Todos somos españoles; todos hemos luchado contra vosotros; por cada vida que ahoguéis en sangre, renacerán otras mil que al fin acabarán con vosotros, y ninguno de los que estáis aquí verá la casa en que nació. -Gabriel, modérate y perdónalos como les perdono yo -me dijo el cura-. ¿Qué te importa esa gente? ¿Para qué les afeas su pasado, si harto lo verán en el turbio espejo de su conciencia? ¿Qué importa morir? Hijo mío, destruirán nuestros cuerpos, pero no nuestra alma inmortal, que Dios ha de recibir en su seno. Perdónalos; haz lo que yo, que pienso pedir a Dios por los enemigos del príncipe de la Paz, mi amigo y hasta pariente; por Santurrias, por el licenciado Lobo, por los tíos de Inesilla, y hasta por los franceses que nos quieren quitar nuestra patria. Mi conciencia está más serena que ese cielo que tenemos sobre nuestras cabezas y por cuyo lejano horizonte aparece ya la aurora del nuevo día. Lo mismo están nuestras almas, Gabriel, y en ellas despuntan ya los primeros resplandores del día sin fin. -Ya amanece -dije mirando a Oriente-. Inés: no bajes los ojos, por Dios, y mírame; estréchate más contra nosotros. -Procura serenar tu conciencia, hijo mío -continuó el clérigo-. La mía está serena. No, no he manchado mis manos con sangre porque soy sacerdote; me encontraron con un cuchillo, pero no era mío. Yo cumplí mi deber, que era arengar a aquellos valientes, y si ahora me soltaran acudiría de pueblo en pueblo repitiendo aquello de Dulce et decorum est del gran latino. Únicamente me arrepiento de no haber advertido a tiempo al señor Príncipe. ¡Ah!, si él hubiera puesto en la cárcel a aquellos perdidos.. tal vez no habría caído, tal vez no habría sido rey Fernando VII, tal vez no habrían venido los franceses.. tal vez.. Pero Dios lo ha querido así.. Verdad es que si yo hubiera vencido la cortedad de mi genio.. si yo hubiera prevenido a Su Alteza, que me quería tanto.. ¡Ah!, no nos ocupemos ya más que de morir y perdonar. ¡Ah, Gabriel! Haz lo que yo, y verás con (p.535) cuánta tranquilidad recibes la muerte. ¿Ves a Inés? ¿No parece su cara la de un ángel celeste? ¿No la ves cómo está tranquila en su recogimiento, y digna y circunspecta sin afectación; no la ves cómo mira a los franceses sin odio, y suspira dulcemente, animándonos con su mirada! -¡Inés! -exclamé yo sin poder adquirir nunca la serenidad que D. Celestino me pedía-. Tú no debes morir, tú no morirás. Señor oficial, fusiladnos a todos, fusilad al mundo entero, pero poned en libertad a esta infeliz muchacha que nada ha hecho. Así como digo y repito, y juro que he matado yo más de cincuenta franceses, digo y repito, y juro que Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, como han dicho. El francés miró a Inés, y viéndola tan humilde, tan resignada, tan bella, tan dulcemente triste en su disposición para la muerte, no pudo menos de mostrarse algo compasivo. D. Celestino viendo aquella inclinación favorable, se echó a llorar y dijo también: «todos nosotros hemos pecado; pero Inés es inocente». Las lágrimas del anciano produjeron en mí trastorno tan vivo, que de improviso a la tirantez colérica de mi irritado ánimo sucedió una como tranquila aunque penosísima expansión, un reblandecimiento, si así puede decirse, de mi endurecido dolor. -Inés es inocente -exclamé de nuevo-. ¿No ven ustedes su semblante, señores oficiales? ¡Ah!, ustedes son unos caballeros muy decentes y muy honrados, y no pueden cometer la villanía de asesinar a esta niña. -Nosotros no valemos para nada -dijo el clérigo con voz balbuciente-. Mátennos en buen hora, porque somos hombres y el que más y el que menos.. Pero ella.. señores militares.. Me parece que son ustedes unas personas muy finas.. pues.. ¡Ah! Inés es inocente. No tienen Vds. conciencia; ¿no tienen en su corazón una voz que les dice que esa jovencita es inocente? El oficial pareció más inclinado a la compasión, pareció hasta conmovido. Acercándose, miró a Inés con interés. Mas la muchacha se abrazó a nosotros en el momento en que los granaderos (p.536) formaron la horrenda fila. Yo miraba todo aquello con ojos absortos y sentíame nuevamente aletargado, con algo como enajenación o delirio en mi cabeza. Vi que se acercó otro oficial con una linterna, seguido de dos hombres, uno de los cuales nos examinó ansiosamente, y al llegar a Inés, parose y dijo: «Esta». Era Juan de Dios, acompañado del licenciado Lobo y de aquel mismo oficial francés que varias veces le visitó en nuestra tienda. Lo que entonces pasó se me representa siempre en formas vagas como las que pasea la mentirosa fiebre ante nuestros ojos cuando estamos enfermos. El oficial recienvenido y el que antes nos custodiaba hablaron un instante con precipitación. El segundo dirigiose en seguida a desatar a Inés para entregarla a su amigo. ¡Momento inexplicable! Inés no quería separarse de nosotros, y abrazándonos, se aferraba a la muerte con sus manos ya libres. Un violento, un irresistible egoísmo que hundía sus poderosas raíces hasta lo más profundo de mi ser, se apoderó de mí. No sé qué íntima fuerza desarrollada de súbito me permitió romper la ligadura de un brazo y pude asir fuertemente a Inés, mientras con angustiosa impaciencia miraba los fusiles del pelotón de granaderos. Instante terrible cuyo recuerdo hiela la sangre en las venas y paraliza el corazón, simulando la muerte. Aunque la muchacha quería compartir nuestra suerte, la tardía compasión de nuestros asesinos nos la quitaba. Ella, durante la breve lucha, dijo algo que he olvidado. Yo también pronuncié palabras de que hoy no puedo darme cuenta. Pero nos la quitaron: recuerdo la extraña sensación que experimenté al perder el calor de sus manos y de su cara. Yo estaba como loco. Pero la vi claramente cuando se la llevaron, cuando desapareció de entre las filas, arrastrada, sostenida, cargada por Juan de Dios. Y al ver esto sentí un estruendo horroroso, después un zumbido dentro de la cabeza y un hervidero en todo el cuerpo; después un calor intenso, seguido de penetrante frío; después una sensación inexplicable, como si algo rozara por (p.537) toda mi epidermis; después un vapor dentro del pecho, que subía invadiendo mi cabeza; después una debilidad incomprensible que me hacía el efecto de quedarme sin piernas; después una palpitación vivísima en el corazón; después un súbito detenimiento en el latido de esta víscera; después la pérdida de toda sensación en el cuerpo, y en el busto, y en el cuello, y en la boca; después la inconsciencia de tener cabeza, la absoluta reconcentración de todo yo en mi pensamiento; después unas como ondulaciones concéntricas en mi cerebro, parecidas a las que forma una piedra cayendo al mar; después un chisporroteo colosal que difundía por espacios mayores que cielo y tierra juntos la imagen de Inés en doscientos mil millones de luces; después oscuridad profunda, misteriosamente asociada a un agudísimo dolor en las sienes; después un vago reposo, una extinción rápida, un olvido creciente e invasor, y por último nada, absolutamente nada. Madrid.-Julio de 1873.
FIN DE EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO
(EPISODIO 4) BAILÉN
Ep-4-I - -Me hacen Vds. reír con su sencilla ignorancia respecto al hombre más grande y más poderoso que ha existido en el mundo. ¡Si sabré yo quién es Napoleón!, yo que le he visto, que le he hablado, que le he servido, que tengo aquí en el brazo derecho la señal de las herraduras de su caballo, cuando.. Fue en la batalla de Austerlitz: él subía a todo escape la loma de Pratzen, después de haber mandado destruir a cañonazos el hielo de los pantanos donde perecieron ahogados más de cuatro mil rusos. Yo que estaba en el 17 de línea, de la división de Vandamme, yacía en tierra gravemente herido en la cabeza. De veras creí que había llegado mi última hora. Pues como digo, al pasar él con todo su estado mayor y la infantería de la guardia, las patas de su caballo me magullaron el brazo en tales términos que todavía me duele. Sin embargo, tan grande era nuestro entusiasmo en aquel célebre día que incorporándome como pude, grité: «¡Viva el Emperador!». Decía estas palabras un hombre para mí (p.538) desconocido, como de cuarenta años, no malcarado, antes bien con rasgos y expresión de cierta hermosura ajada aunque no destruida por la fatiga o los vicios; alto de cuerpo, de mirada viva y sonrisa entre melancólica y truhanesca, como la de persona muy corrida en las cosas del mundo y especialmente en las luchas de ese vivir al par holgazán y trabajoso, a que conducen juntamente la sobra de imaginación y la falta de dinero; persona de ademanes francos y desenvueltos, de hablar facilísimo, lo mismo en las bromas que en las veras; individuo cuya personalidad tenía acabado complemento en el desaliño casi elegante de su traje, más viejo que nuevo, y no menos descosido que roto, aunque todo esto se echaba poco de ver, gracias a la disimuladora aguja que había corregido así las rozaduras del chupetín como la ortografía de las medias. Estas eran, si mal no recuerdo, negras, y el pantalón de color de clavo pasado. Llevaba corto el pelo, con dos mechoncitos sobre ambas sienes, sin polvo alguno, como no fuera el del camino: su casaca oscura y de un corte no muy usual entre nosotros, su chaleco ombliguero, forma un poco extranjera también, y su corbata informemente escarolada, le hacían pasar como nacido fuera de España aunque era español. Mas por otra circunstancia distinta de las singularidades de su vestir, causaba sorpresa la persona de quien me ocupo, y este es un capitalísimo punto que no debo pasar en silencio. Aquel hombre tenía bigote. Esto fue, ¿a qué negarlo?, lo que más que otra cosa alguna, llamó mi atención cuando le vi inclinado sobre la mesa, comiendo ávidamente en descomunal escudilla unas al modo de sopas, puches o no sé qué endemoniado manjar, mientras amenizaba la cena, contando entre cucharada y cucharada las proezas de Napoleón I. Dos personas, ambas de edad avanzada y de distinto sexo, componían su auditorio: el varón, que desde luego me pareció un viejo militar retirado del servicio, oía con fruncido ceño y taciturnamente los encomios del invasor de España; pero la señora (p.539) anciana, más despabilada y locuaz que su consorte, contestaba e interrumpía al panegirista con cierto desenfado tan chistoso como impertinente. -Por Dios, Sr. de Santorcaz -decía la vieja-, no grite Vd. ni hable tales cosas donde le puedan oír. Mi marido y yo, que ya le conocemos de antes, no nos espantamos de sus extravagancias; pero ¡ay!, la vecindad de esta casa es muy entrometida, muy enredadora, y toda ella no se ocupa más que de chismes y trampantojos. Como que ayer las niñas de la bordadora en fino, que vive en el cuarto núm. 8, llegaron pasito a pasito a nuestra puerta para oír lo que Vd. decía cuando nos contaba con desaforados gritos lo que pasó allá en las Asturias en la batalla de Pirrinclum, o no sé qué.. pues esos enrevesados nombres no se han hecho para mi lengua.. Esta mañana, cuando Vd. entró de la calle, la comadre del núm. 3 y la mujer del lañador, dijeron: «Ahí va el pícaro flamasón que está en casa del Gran Capitán. Apuesto a que es espía de la canalla, para ver lo que se dice en esta casa y contarlo a sus mercedes». El mejor día nos van a dar que sentir, porque como dice Vd. esas cosas y tiene esos modos, y hace ascos de la comida cuando tiene azafrán, y siempre saca lo que ha visto en las tierras de allá, le traen entre ojos, y sabe Dios.. Como aquí están tan rabiosos con lo del día 2.. -Ya se aplacarán los humos de esta buena gente -dijo Santorcaz, apartando de sí escudilla y cuchara-. Cuando se organicen bien los cuerpos de ejército y venga el Emperador en persona a dirigir la guerra, España no podrá menos de someterse, y esto que es la pura verdad lo digo aquí para entre los tres, de modo que no lo oigan nuestras camisas. -España no se somete, no señor, no se somete -exclamó de improviso el anciano quebrantando el voto de su antes silenciosa prudencia, y levantándose de la silla para expresar con frases y gestos más desembarazados los sentimientos de su alma patriota-. España no se somete, Sr. D. Luis de Santorcaz, porque aquí no somos como esos cobardes prusianos y austriacos de que (p.540) Vd. nos habla. España echará a los franceses, aunque los manden todos los emperadores nacidos y por nacer, porque si Francia tiene a Napoleón, España tiene a Santiago, que es además de general un santo del cielo. ¿Cree Vd. que no entiendo de batallas? Pues sí: soy perro viejo, y callos tengo en los oídos de tanto escuchar el redoblar de los tambores y los tiros de cañón. -No te sofoques, Santiago -dijo apaciblemente la anciana-, que ya andas en los tres duros y medio y aunque yo creo como tú que España no bajará la cabeza, no es cosa de que te dé el reuma en la cara por lo que hable este mala cabeza de Santorcaz. -Pues lo digo y lo repito -añadió el viejo soldado-. Venir a hablarme a mí de cuerpos de ejército, y de brigadas de caballería y de cuadros.. -¿En qué batallas se ha encontrado Vd.? -preguntó con sonrisa burlona Santorcaz. -¡Que en qué batallas me encontré! -exclamó D. Santiago Fernández cuadrándose ante su interpelante y mirándole con el desprecio propio de los grandes genios al ver puesta en duda su superioridad-. ¿Pues no sabe todo el mundo que fui asistente del señor marqués de Sarriá el año 1762 cuando aquella famosa campaña de Portugal, que fue la más terrible y hábil y estratégica que ha habido en el mundo, así como también digo que después de Alejandro el Macedonio no ha nacido otro marqués de Sarriá?.. ¡Qué cosas tiene este caballerito! ¡Preguntar en qué acciones me he encontrado! Aquella fue una gran campaña, sí señor; entramos en Portugal, y aunque al poco tiempo tuvimos que volvernos, porque el inglés se nos puso por delante, se dieron unas batallas.. ¡qué batallitas, mi Dios! Yo era asistente del señor marqués, y todas las mañanas le hacía los rizos y le empolvaba la peluca, de tal modo que la cabeza de nuestro general parecía un sol. Él me decía: «Santiago, ten cuidado de que los rizos vayan parejos, y que uno de otro no discrepen ni el canto de un duro, porque no hay nada que aterre tanto al enemigo como la conveniencia y buen parecer de nuestras personas». ¡Y cuánto le querían los (p.541) soldados! Como que en toda aquella guerra apenas murieron tres o cuatro. Santorcaz al oír esto se desternillaba de risa, haciendo subir de punto con sus irreverentes manifestaciones el enfado de D. Santiago Fernández, el cual, dando una fuerte puñada en la mesa, continuó así: -¿Qué valen todos los generales de hoy, ni los emperadores todos, comparados con el marqués de Sarriá? El marqués de Sarriá era partidario de la táctica prusiana, que consiste en estarse quieto esperando a que venga el enemigo muy desaforadamente, con lo cual este se cansa pronto y se le remata luego en un dos por tres. En la primera batalla que dimos con los aldeanos portugueses, todos echaron a correr en cuanto nos vieron, y el general mandó a la caballería que se apoderara de un hato de carneros, lo cual se verificó sin efusión de sangre. -No, no ha habido en el mundo batallas como esas, Sr. D. Santiago -dijo Santorcaz moderando su risa-; y si Vd. me las cuenta todas, confesaré que las que yo he visto son juegos de chicos. Y como desde aquella fecha ha conservado Vd. los hábitos de campaña, y gusta tanto de conversar sobre el tema de la guerra, los vecinos le llaman el Gran Capitán. -Ese es un mote, y a mí no me gustan motes -dijo doña Gregoria, que así se llamaba la mujer del valiente expedicionario de Portugal-. Cuando nos mudamos aquí, y dieron los vecinos en llamarte Gran Capitán, bien te dije que alzaras la mano y regalaras un bofetón al primero que en tus propias barbas te dijera tal insolencia; pero tú con tu santa pachorra, en vez de llenarte de coraje se te caía la baba siempre que los chicos te saludaban con el apodo, y ahora Gran Capitán eres y Gran Capitán serás por los siglos de los siglos. -Yo no me paro en pequeñeces -dijo D. Santiago Fernández-, y aunque tolero un apodo honroso, no consiento que nadie se burle de mí. A fe, a fe, que cuando uno ha servido en las milicias del Rey por espacio de veinte años, cuando uno ha estado en la campaña de Portugal, cuando uno ha tenido también el honor de encontrarse en la expedición de (p.542) Argel que mandó el Sr. D. Alejandro O'Reilly en 1774; cuando después de tan gloriosas jornadas se le han podrido a uno las nalgas sentado en la portería de la oficina del Detall y cuenta y razón del arma de artillería, viendo entrar y salir a los señores oficiales, y haciéndoles un recadito hoy y otro mañana, bien se puede alzar la cabeza y decir una palabra sobre cosas militares. -Eso mismo digo yo -indicó doña Gregoria-. Bien saben todos que tú no eres ningún rana, y que has escupido en corro con guardias de Corps y walonas y generales de aquellos que había antes, tan valientes que sólo con mirar al enemigo le hacían correr. -Y no se trate -prosiguió el Gran Capitán- de embobarnos con cuentos de brujas como los que desembucha el Sr. de Santorcaz. A las niñas del lañador y a doña Melchora, la que borda en fino, les puede trastornar el seso este caballero contándoles esas batallas fabulosas de prusianos y rusos, con lo de que si el Emperador fue por aquí o vino por allí. Hombres como yo no se tragan bolas tan terribles, ni ha estado uno veinte años mordiendo el cartucho y peinando los rizos del señor marqués de Sarriá, para dar crédito a tales novelas de caballerías. Conque ¿cómo fue aquello? -añadió en tono de mofa y sentándose junto a Santorcaz-. Dijo Vd. que cuatro mil franceses atacaron a la bayoneta a diez mil rusos y los hicieron caer en un pantano donde se ahogaron la mitad. Pues ¡y lo de que rompieron el hielo a cañonazos para que se hundieran los enemigos que estaban encima!.. ¡Bonito modo de hacer la guerra! Pero hombre de Dios, si andaban por sobre el hielo se resbalarían y.. pobres nalgas del Emperador.. digo, de los tres emperadores, pues ahí dice Vd. que eran tres nada menos. ¿Sabes, Gregoria, que es aprovechada la familia? El Gran Capitán hizo reír a su digna esposa con estos chistes, hijos de su inexperta fatuidad, y ambos celebraron recíprocamente sus ocurrencias. -Si es novela de caballerías lo que he contado -dijo Santorcaz-, pronto lo hemos de ver en España, porque pasan de cien mil los (p.543) Esplandianes que andan desparramados por ahí esperando que su amo y señor les mande empezar la función. -¡Los asesinos de Madrid! -exclamó el Gran Capitán inflamándose en patriótico ardor-. ¿Y cree Vd. que les tenemos miedo? ¡Santa María de la Cabeza! Ya veo que están fortificando el Retiro, y que no permiten que vuele una mosca alrededor de sus señorías; pero ya hablaremos. Esto es ahora, porque estamos sin tropa; pero ¿sabe Vd. lo que se va a formar en Andalucía?, un ejército. ¿Y en Valencia?, otro ejército. Y en Galicia y en Castilla, otro y otro ejército. ¿Cuántos españoles hay en España, Sr. de Santorcaz? Pues ponga Vd. en el tablero tantos soldados como hombres somos aquí, y veremos. ¿A que no sabe Vd. lo que me ha dicho hoy el portero de la secretaría de la Guerra? Pues me ha dicho que mi pueblo ha declarado la guerra a Napoleón. ¿Qué tal? -¿Cuál es el pueblo de Vd.? -Valdesogo de Abajo. Y no es cualquier cosa, pues bien se pueden juntar allí hasta cien hombres como castillos, no como esos rusos de alfeñique de que Vd. habla, sino tan fieros, que despacharán un regimiento francés como quien sorbe un huevo. -Pues una mujer que ha venido hoy de la sierra -dijo doña Gregoria-, me ha contado que también mi pueblo va a declarar la guerra a ese ladrón de caminos, sí, Sr. de Santorcaz, mi pueblo, Navalagamella. Y allí no se andarán con juegos, sino al bulto derechitos. Si esos pueblos que Vd. nombra, las Austrias y las Prusias fueran como Navalagamella, la canalla no los hubiera vencido, y se conoce que todos los austriacos y prusiacos son gente de mucha facha y nada más. -No se dice prusiacos, sino prusianos -indicó enfáticamente a su esposa el Gran Capitán. -Bien, hombre; los rusos y los prusos, lo mismo da. Lo que digo es que si Valdesogo de Abajo y Navalagamella, que son dos pueblos como dos lentejas comparados con la grandeza de todo el Reino, se ponen en ese pie, los demás lugares y ciudades harán lo mismo, y entonces, áteme esa mosca el Sr. de Santorcaz. No, no (p.544) quedará un francés para contarlo, y la que hicieron aquí a primeros del mes, la pagarán muy cara. ¿Hase visto alguna vez bribonada semejante? ¡Fusilar en cuadrilla a tantos pobrecitos, sin perdonar a sacerdotes ancianos, a inocentes doncellas y a infelices muchachos como el que está en esa cama! ¡Ay! Vd. no vio aquello, Sr. de Santorcaz, porque llegó a Madrid tres días después; ¡pero si Vd. lo hubiera visto! Por esta calle del Barquillo pasaron esas fieras, y como les arrojaron algunos ladrillos desde los andamios de la casa que se está fabricando en la esquina, mataron a una pobre mujer que pasaba con un niño en brazos. Al ver esto, todas las vecinas de la casa que estábamos en los balcones, empezamos a tirarles cuanto teníamos. Una les echaba una cazuela de agua hirviendo, otra la sartén con el aceite frito; yo cogí el puchero que había empezado a cocer, y sin pensarlo dije allá va, y aunque aquel día nos quedamos sin comer, no me pesó, no señor. Después entre Juanita la lañadora, las niñas de al lado y yo, cogimos una cómoda y echándola a la calle aplastamos a uno. Querían subir a matarnos; pero ¡quia! Todo facha, nada más que facha. Más de cuarenta mujeres nos apostamos en la escalera, unas con tenedores, otras con tenacillas, estas con asadores, aquella con un berbiquí, estotra con una vara de apalear lana. Si llegan a subir les hacemos pedazos. Mi marido tomó aquella lanza vieja que tiene allí desde las tan famosas guerras, y poniéndose delante de nosotras en la escalera nos arengó, y dispuso cómo nos habíamos de colocar. ¡Ah, si llegan a subir esos perros! Yo era la más vieja de todas, y la más valiente aunque me esté mal el decirlo. Mi marido quería salir a la calle al frente de todas nosotras; pero le convencimos de que esto era una locura. Con su carga de setenta a la espalda, él hubiera partido de un lanzazo a cuantos mamelucos encontrara en la calle. ¡Ay qué día! Cuando nos retiramos cada una a nuestro cuarto, en toda la casa no se oía más que «¡viva el Gran Capitán!». -¡Qué día! -exclamó melancólicamente Fernández, (p.545) disimulando el legítimo orgullo que el recuerdo de sus proezas le causara-. A eso de las ocho de la mañana vi salir de la oficina al capitán D. Luis Daoíz. El día anterior me había mandado por unas botas a la zapatería de la calle del Lobo, y desde allí se las llevé a su casa en la calle de la Ternera, y cuando volví después de hacer el mandado, viendo que había cumplido con la puntualidad y el esmero que son en mí peculiar, me dio dos reales, que guardo en este pañuelo como memoria de hombre tan valiente. Diciendo esto, trajo un pañuelo y desdoblando una de las puntas despaciosamente, y como si se tratara de la más vulnerable y santa reliquia, sacó una moneda de plata que puso ante la vista de Santorcaz sin permitirle que la tocara. -Esto me dio -añadió enjugando con el mismísimo pañuelo las lágrimas que de improviso corrieron de sus ojos-; esto me dio con sus propias manos aquel que vivirá en la memoria de los españoles mientras haya españoles en el mundo. Yo estaba barriendo la oficina cuando entró D. Pedro Velarde buscándole y le dije: «Mi capitán, hace un rato que salió con D. Jacinto Ruiz». Después D. Pedro entró y estuvo disputando con el coronel: al cabo de un cuarto de hora volvió a pasar por delante de mí. Quién me había de decir.. El Gran Capitán no pudo continuar, porque la pena ahogaba su voz; doña Gregoria se llevó también la punta del delantal sucesivamente a sus dos ojos, y Santorcaz más serio y grave que antes respetaba el dolor de sus dos amigos. -Me han asegurado -dijo después de una pausa-, que ese D. Pedro Velarde iba a comer todos los días en casa de Murat. ¿Es que simpatizaba con los franceses? -No, no; y quien lo dijere miente -exclamó don Santiago, dejando caer de plano sobre la mesa sus dos pesadísimas manos-. D. Pedro Velarde pasaba por un oficial muy entendido en el arma, y como fue de los que el Rey envió a Somosierra a recibir al melenudo, este le trató, supo conocer sus buenas dotes y quiso atraérselo. ¡Bonito genio tenía D. Pedro Velarde (p.546) para andarse con mieles! Le convidaban a comer, obsequiábanle mucho; pero bien sabían todos que si nuestro capitán pisaba las alfombras de aquel palacio era para conocer más de cerca a la canalla, como él mismo decía. -Él y sus compañeros de Monteleón -dijo Santorcaz-, demostraron un valor tanto más admirable, cuanto que es completamente inútil. Aquí están ciegos y locos. Creen que es posible luchar ventajosamente contra las tropas más aguerridas del mundo, sin otros elementos que un ejército escaso, mal instruido, y esas nubes de paisanos que quieren armarse en todos los pueblos. La obstinación ridícula de esta gente hará que sean más dolorosos los sacrificios, y el número de víctimas mucho más grande, sin que puedan vanagloriarse al morir de haber comprado con su sangre la independencia de la patria. España sucumbirá, como han sucumbido Austria y Prusia, Naciones poderosas que contaban con buenos ejércitos y Reyes muy valientes. -¡Esos países no tienen vergüenza! -exclamó con furor D. Santiago Fernández, levantándose otra vez de su asiento-. En Austria y Prusia habrá lo que Vd. quiera; pero no hay un Valdesogo de Abajo, ni un Navalagamella. Discretísimo lector: no te rías de esta presuntuosa afirmación del Gran Capitán, porque bajo su aparente simpleza encierra una profunda verdad histórica. Santorcaz soltó de nuevo la risa al ver el acaloramiento de su amigo, cuyas patrióticas opiniones apoyó de nuevo su esposa, hablando así: -Aquí somos de otra manera, Sr. de Santorcaz. Usted viviendo por allá tanto tiempo, se ha hecho ya muy extranjero y no comprende cómo se toman aquí las cosas. -Por lo mismo que he estado fuera tanto tiempo, tengo motivos para saber lo que digo. He servido algunos años en el ejército francés; conozco lo que es Napoleón para la guerra, y lo que son capaces de hacer sus soldados y sus generales. Cien mil de aquellos han entrado en España al mando de los jefes más queridos del Emperador. ¿Saben Vds. quién es Lefebvre? Pues (p.547) es el vencedor de Dantzig. ¿Saben Vds. quién es Pedro Dupont de l'Etang? Pues es el héroe de Friedland. ¿Conocen Vds. al duque de Istria? Pues es quien principalmente decidió la victoria de Rívoli. ¿Y qué me dicen de Joaquín Murat? Pues es el gran soldado de las Pirámides, y el que mandó la caballería en Marengo.. -No, no le nombre Vd. -dijo doña Gregoria-, porque si todos los demás son como ese de las melenas, buena gavilla de perdidos ha metido Napoleón en España. -Sr. de Santorcaz -añadió con grave comedimiento el Gran Capitán-, ya sabe Vd. que un hombre como yo, testigo de cien combates, no se traga ruedas de molino, y todas esas heroicidades del general Pitos y del general Flautas las vamos a ver de manifiesto ahora, sí señor. Y supongo que Vd. habrá venido para ponerse de parte de ellos, pues quien tanto les alaba y admira, es natural que les ayude. -No -repuso Santorcaz-; yo he vuelto a España para un asunto de intereses, y dentro de unos días partiré para Andalucía. Cuando arregle mi negocio, me volveré a Francia. -¡Qué mal hombre es Vd.! -exclamó doña Gregoria-. Y su pobre padre, y toda la familia llorando su ausencia, y muertos de pena sin poder traer al buen camino a este calaverilla que durante quince años y desde aquella famosa aventura.. Pero chitón -añadió volviendo la cara hacia mí-; me parece que el chico se ha despertado y nos está oyendo.
Ep-4-II - Los tres me miraron y yo observé claramente cuanto me rodeaba, pudiendo apreciarlo todo sin mezcla de vagas imágenes, ni mentirosas visiones. Hallábame en una cama, de cuyo durísimo colchón daban fe las mortificaciones de mis huesos y la instintiva tendencia de mi cuerpo a arrojarse fuera de ella, mientras uno de mis brazos, fuertemente vendado se negaba a prestarme apoyo, tan inmóvil y rígido como si no me perteneciera. Asimismo rodeaba mi cabeza complicado turbante de trapos que olían a ungüentos y vinagre, y mi débil y extenuado cuerpo sentía por aquí y por allí terribles picazones. El lecho en que yacía tan incómodamente (p.548) ocupaba el rincón del cuarto, el cual era de ordinarias dimensiones, con blancos muros y suelo de ladrillos, mal cubiertos por una vieja y acribillada estera de esparto. Algunas láminas de santos, a quienes el artista grabador había dado nuevo martirio en sus impíos troqueles, adornaban la desnuda pared, en uno de cuyos testeros ostentaba su temerosa longitud la lanza del Gran Capitán. En el centro de la pieza hallábase la mesa, que sostenía un candil de cuatro mecheros, y junto a ella sentados en sendas sillas de cuero, que lastimosamente gemían al menor movimiento, estaban los tres personajes cuya conversación hirió mis oídos cuando volví de un largo paroxismo. Todos fijaron en mí la atención, y doña Gregoria, acercándose maternalmente a mi cama, me habló así: -¿Estás despierto, niño? ¿Ves y entiendes? ¿Puedes hablar? Pobrecito: ya se te ha quitado la terrible calentura, y el Santo Ángel de tu Guarda ha conseguido del Padre Eterno que te otorgue el seguir viviendo. ¿Cómo estás? ¿Nos ves a los que estamos aquí? ¿Nos conoces? ¿Entiendes lo que decimos? Debes de estar bien, porque ya no dices desatinos, ni quieres echarte de la cama, ni nos insultas, ni dices que nos vas a matar, ni llamas a D. Celestino ni a la doña Inés, que te traían trastornado el juicio. Estás bien, ya estás fuera de peligro, y vivirás, pobre niño; pero ¿has perdido la razón, o Dios quiere que te veamos en tu ser natural, sano y completo y cuerdo, tal y como estabas, antes de que aquellos caribes..? -Y en verdad, no sé cómo ha escapado el infeliz -dijo Fernández a Santorcaz-. Tres balazos tenía en su cuerpecito: uno en la cabeza el cual no es más que una rozadura, otro en el brazo izquierdo, que no le dejará manco, y el tercero en un costado, y en parte sensible, tanto que si no le hubieran sacado la bala, no le veríamos ahora tan despiertillo. Aquellas bondadosas personas me instaron para que hablase, mostrándoles que mi razón, como mi cuerpo, se había repuesto de la tremenda crisis a que estuviera sujeta. También acudió con cariñosa solicitud a darme alimento la (p.549) ejemplar doña Gregoria, y tomado aquel ávidamente por mí, me sentí muy bien. ¿Había resucitado o había nacido en aquella noche? -Ahora, chiquillo, estate tranquilo -continuó doña Gregoria sentándose a mi lado-. ¡Cuánto se va a alegrar el Sr. Juan de Dios cuando te vea! -¡Cómo! -exclamé con la mayor sorpresa-. ¿Juan de Dios vive aquí? ¿Pues en dónde estoy? ¿Y ustedes quiénes son? ¿Qué ha sido de Inés? -¡Otra vez Inés! Este joven no está todavía bueno. Dejémonos de Ineses y a descansar. Santorcaz se llegó a mí, y mostrándome algún interés, me dijo: -¡Pobrecito!, ¡con que te fusilaron! El gran duque de Berg es hombre terrible y sabe sentar la mano. Dicen que mataste más de veinte franceses. Ya me contarás tus hazañas, picarón. Y di, ¿tienes ánimos de volver a hacer de las tuyas? Me parece que no.. porque habrás visto que esa gente gasta unas bromas un poco pesadas. Dicho esto, Santorcaz, tomando su capa, se marchó. La sensación que yo experimentaba al verme allí, tornado nuevamente y de improviso, según mi entender, a la vida; en presencia de personas desconocidas y volviendo sin cesar al pasado mi pensamiento recién salido de una sombra profunda; las impresiones de mi alma, a quien el repentino despertar después de un largo entumecimiento había dado cierta actividad ansiosa, fueron causa de que no pudiera estar tranquilo como me rogaban el Gran Capitán y su mujer. Hacíales mil preguntas diversas, con la curiosidad del que volviendo al mundo después de un siglo de muerte real, deseara conocer en un instante cuanto ha pasado en el planeta durante su ausencia. A todo contestaban que me estuviese quieto y sin cuidarme de nada, para que no me repitiesen los accesos de fiebre; pero no pude conseguir este objeto, y si descansé un poco, procurando poner a un lado mis terribles recuerdos y apartar de la vista las siniestras figuras que se habían hecho compañeras inseparables de mi espíritu, poco después, cuando, ya avanzada la noche, llegó Juan de Dios, me sentí tan vivamente inquieto al verle, que a no impedírmelo mi (p.550) debilidad, habría saltado del lecho para correr hacia él, arrastrado por un odio terrible y una curiosidad más fuerte aún que el odio. El antiguo mancebo de D. Mauro Requejo estaba tan demacrado, tan excesivamente amarillo y mustio, que parecía haber vivido diez años de penas en el trascurso de algunos días. Sus ojos encendidos conservaban huellas de recientes lágrimas, y su desmadejado cuerpo se movía con pesadez, como si le fatigara su propio peso. Arrojose en una silla junto a mi cama, cuando los dos ancianos se retiraban a su aposento, y me habló así: -Gabriel, ¿ya estás bueno? ¿Has recobrado el juicio? ¿Entiendes lo que se te dice? -¿Dónde está Inés? -le pregunté con ansiedad. -¡Oh, desgraciado de mí! -exclamó ocultando el rostro entre las manos-. Tú estás enfermo todavía, y si te doy la noticia.. ¿Que dónde está Inés? Espántate, Gabriel, porque no lo sé. Yo estoy loco, yo estoy imbécil. Llevo quince días de dolores que a nada son comparables. Las lágrimas que he derramado podrían agujerar una peña. Ahora mismo.. ¿de dónde crees que vengo? Pues vengo de la bóveda de San Ginés, adonde voy todas las noches a mortificarme el cuerpo con disciplinazos, por ver si Dios se apiada de mí y me devuelve lo que me quitó, sin duda en castigo de mis grandes pecados. Después de enjugar sus lágrimas y sonarse con estrépito, continuó así: -Yo saqué a Inés de la huerta del Príncipe Pío. ¡Ay!, si no te salvaste también tú, fue porque no pude, que bien lo intenté; te juro que lo intenté. Inés se desmayó, y no pudiendo traerla aquí, por ser esto muy lejos, Lobo me indujo a llevarla a casa de unas que él llamaba honradísimas señoras, donde permanecería hasta tanto que fuera posible traerla aquí para casarme con ella.. ¡Oh, infame legista, miserable enredador, tramposo y falsario! Inés me abofeteó, Gabriel, al verse en aquella casa, y me clavó en las mejillas sus deditos. No puedes formarte idea de las palabras tiernas que le dije para que se calmara, pero nada podía consolarla de que no os hubierais salvado también tú y el buen (p.551) sacerdote. En vano le dije que sería mi mujer; en vano le dije que la adoraba con profundísimo amor; también le mostré mi dinero, prometiéndole gastar una buena parte en huir para siempre de Madrid y de España si así lo deseaba. ¡Infeliz de mí!, a estas irrecusables pruebas de mi cariño, sólo contestaba llamándome bestia y ordenándome que se le quitara de delante.. A cada instante te llamaba, y luego se deshacía en lágrimas, y quería después arrojarse fuera de la casa para volver a la Montaña. A pesar de esto yo era feliz, porque la tenía en mis brazos, apartábale de la frente los desordenados cabellos, y con mi pañuelo limpiaba sus lágrimas divinas, con las cuales se refrescarían, si las bebieran, los condenados del infierno.. El pérfido Lobo no se apartaba de allí, y desde luego me parecieron sospechosos el esmero y solicitud con que la atendía. Inés no cesaba un momento de gemir, y tanto a mi compañero como a mí nos mostraba mucha repugnancia, ordenándonos que la dejáramos sola, porque no quería vernos, y que la matáramos, porque no quería vivir. Su desesperación llegó a tal punto que no la podíamos contener, y se nos escapaba de entre los brazos, diciendo que pues no le era posible salvaros la vida, quería ir a daros a entrambos sepultura. Por último, a fuerza de ruegos logramos calmarla un poco, prometiéndole yo acudir al lugar del suplicio a cumplir tan triste obligación. Cuando esto le dije, me miró con tanta ternura, y después me lo ordenó de un modo tan persuasivo, tan elocuente, que no vacilé un instante en hacer lo prometido y salí dejándola al cuidado de Lobo. ¡Nunca tal hiciera y maldito sea el instante en que me separé de aquel tesoro de mi vida, de aquel imán de mi espíritu! Gabriel, corrí a la Moncloa, me acerqué a los grupos en que eran reconocidos los cadáveres, y anduve de un lado para otro esperando encontrarte entre aquellos que, abandonados hasta en tan triste ocasión, no tenían quien formara a su alrededor concierto de llantos y exclamaciones.. Al fin encontré al sacerdote; pero tú no estabas a (p.552) su lado, pues unas mujeres compasivas, habiendo notado que vivías, te habían llevado a un paraje próximo para prodigarte algunos cuidados. Grande fue mi alegría cuando te vi abrir los ojos, cuando te oí pronunciar algunas frases oscuras, y observé que tus heridas no parecían de mucha gravedad; así es que en cuanto dimos sepultura a tu buen amigo, me ocupé de los medios de traerte a mi casa. Rogué a aquellas mujeres que te cuidaran un momento más, mientras yo volvía con una camilla, y al salir de la huerta, me regocijaba con la idea de participar a Inés que estabas vivo. «¡Cuánto se va a alegrar la pobrecita!» decía para mí, y yo me alegraba también, porque había comprendido por sus palabras que aquella flor de Jericó te apreciaba bastante ¿no es verdad? ¡Ay!, Gabriel, tú hubieras sido nuestro criado, tú nos hubieras servido fielmente, ¿no es verdad?.. Pues bien, hijo, como te iba diciendo, corrí desalado a comunicarle la feliz nueva de tu salvación, y cuando entré en la casa donde la había dejado, Inés ya no estaba allí. Aquellas señoras desconocidas dijéronme que Lobo se había llevado a la muchacha, y como yo les manifestara mi extrañeza e indignación, llamáronme estúpido y me arrojaron de su casa. Volé a la de ese miserable ladrón; mas no le pude ver ni en todo aquel día ni en los siguientes. Figúrate mi desesperación, mi agonía, mi locura; yo no sé cómo no entregué el alma a Dios en aquellos días, porque además de mi gran pena, me consumía una fuerte calentura, a consecuencia de la herida de esta mano, pues bien viste que perdí dedo y medio en la calle de San José.. ¿Crees que me curaba? Ni por pienso. Después que el boticario de la Palma Alta me vendó la mano, no volví a acordarme de tal cosa, y no digo yo dedo y medio, ¡sino los cinco de cada mano me hubiera yo arrancado con los dientes, con tal de hallar a mi idolatrada Inés, a aquella rosa temprana, a aquel jazmín de Alejandría! Durante este tiempo no me olvidé de ti, pues el mismo día 3 te hice conducir a esta casa, que es la mía, en la cual has permanecido hasta hoy, y (p.553) donde, gracias a los cuidados de tan buena gente, has recobrado la salud. -¿Pero Lobo ha desaparecido también? -pregunté con afanoso interés-. Si no ha desaparecido, ¿no puede obligársele a decir qué ha hecho de Inés? -Al cabo de diez días lo encontré al fin en su casa. ¿Sabes tú lo que me dijo el muy embustero? Pues verás. Después de reírse de mí, llamándome bobo y mentecato, me dijo que no pensara en volver a ver a Inés, porque la había entregado a sus padres. «¿Pues acaso Inés tiene padres?» le dije. Y él me contestó: «Sí, y son personas de las principales de España, por lo cual he creído de mi deber entregarles la infeliz muchacha, desde tanto tiempo condenada a vivir fuera de su rango y entre personas de inferior condición». Me quedé atónito; pero al punto comprendí que esto era invención de aquel inicuo tramposo embaucador, y en mi cólera le dije las más atroces insolencias que han salido de estos labios.. ¿No crees tú como yo que lo de entregarla a sus desconocidos padres es pura fábula de Lobo, para ocultar así su crimen? Gabriel, ¿no te estremeces de espanto como yo? ¿Dónde estará Inés? ¿Dónde la tendrá ese monstruo? ¿Qué habrá hecho de ella? ¡Ay! Yo la he buscado sin cesar por todo Madrid, he pasado noches enteras junto a la casa de la calle de la Sal examinando quién entraba y quién salía; he dado dinero a los criados, aguadores, lavanderas, a los escribientes del licenciado, a cuantas personas visitaban la casa; pero nadie me ha sabido dar razón: nadie, nadie. ¿Es esto para desesperarse? ¿Es esto para morirse de pena? ¡Trabajar tanto, cavilar tanto para sacarla del poder de sus tíos, cometer grandes pecados, y exponer uno su alma a las horribles penas del infierno, para ver desvanecida como el humo aquella esperanza encantadora, aquella soñada dicha y suprema felicidad!.. ¿Será castigo de Dios por mis culpas, Gabriel? ¿Lo crees tú así? ¿Apruebas lo que estoy haciendo ahora, que es rezar mucho y pedir a Dios que me perdone, o que me devuelva a Inés, aunque no me perdone? ¿Crees tú que concurriendo (p.554) a la bóveda de San Ginés con gran constancia y devoción, podré alcanzar de Dios alguna misericordia? ¡Ay! Si las lágrimas que he derramado hubiesen caído todas en el corazón de ese infame Lobo, habríanle atravesado de parte a parte haciendo el efecto de un puñal. ¿Dónde está Inés? ¿Qué es de ella? ¿Vive o muere? Gabriel, tú tienes ingenio, y Dios ha querido que recobres tu preciosa vida para que desbarates los inicuos planes de ese monstruo, y devuelvas a Inés su libertad, así como a mí la paz del alma que he perdido quizás para siempre. Así habló el afligido hortera, y oyéndole no pude menos de compadecerle por los tormentos de su alma tan apasionada como inocente. No se cansó de hablar hasta muy avanzada la noche, siempre sobre el mismo tema y con iguales demostraciones dolorosas. Al fin, su voz se perdió para mí en el vacío de un silencio profundo, porque me quedé dormido, cediendo mi atención y curiosidad a la fatiga y flaqueza de ánimo que me consumían aún.
Ep-4-III - A la mañana siguiente la primera persona que vieron mis ojos fue doña Gregoria, a quien ya había empezado a tomar cariño, pues tan propio de la caridad es inspirarlo en poco tiempo. La mujer del Gran Capitán limpiaba la sala, procurando mover los trastos lentamente para no hacer ruido, cuando desperté, y al punto lo dejó todo para correr a mi lado. -Esa cara está respirando salud -me dijo-. Veremos lo que dice hoy D. Pedro Nolasco cuando te vea. -¿Y quién es ese D. Pedro Nolasco? -pregunté sospechando fuera el citado varón algún médico afamado de la vecindad. -¿Quién ha de ser, hijo? El albéitar, que vive en el cuarto número 14. Aquí no gastamos médico, porque es bocado de príncipes. Y cuando Fernández padece del reuma, le ve D. Pedro Nolasco, que es un gran doctor. A él debes la vida, chiquillo, y él te sacó del costado la bala; que si no, a estas horas estarías en el otro mundo. Oído esto, le hice varias preguntas acerca de su condición y la calidad de la casa, a las que satisfizo bondadosamente diciendo que su esposo era portero en una (p.555) oficina del ramo de la Guerra, y que con su sueldo, y lo que el Sr. Juan de Dios les daba por su modesto pupilaje, pasaban la vida pobres y contentos. -Esta no es casa de huéspedes, porque nosotros no queremos barullo -añadió-, pero hace mucho tiempo que conocemos al Sr. de Arroiz y por eso le tenemos aquí. Este Sr. de Santorcaz que has visto anoche y que no ha de tardar en venir, es un joven a quien conocimos en Alcalá, cuando estábamos allí establecidos, y él corría la tuna en aquella célebre Universidad. Ha sido muy calavera, y sus padres no le han vuelto a ver desde que se marchó a Francia hace quince años, huyendo de una persecución muy merecida, a consecuencia de sus barrabasadas y viciosas costumbres. ¡Desgraciado joven! Allá ha sido soldado, y cuando nos cuenta sus trabajos y penalidades nos quedamos como si oyéramos leer la novela El asombro de la Francia, Marta la Romarantina, aunque Santiago dice que todo lo que cuenta es mentira. A pesar de es un tarambana, nosotros apreciamos a este mala cabeza de Santorcaz, y él no nos quiere mal; así es que cuando se aparece por España, siempre viene a parar a nuestra casa, donde le damos hospitalidad por bien poco dinero. ¡Ay!, sí, por bien poco dinero: verdad es que si le pidiéramos mucho, el infeliz no podría dárnoslo, porque no lo tiene. Y no es porque haya nacido de las yerbas del campo, pues su familia a un buen solar de tierra de Salamanca pertenece: sólo que como no es primogénito.. su padre se empeñó en dedicarle a la Iglesia, y el pobre chico no tenía afición de misacantano.. Estábamos doña Gregoria y yo enfrascados en este coloquio que no dejaba de interesarme, cuando volviendo de su oficina D. Santiago Fernández, quitose gravemente el pesado uniforme, que su consorte colgó en la percha no lejos de la amenazadora lanza, y se dispuso a comer: -Grandes noticias te traigo, mujer -dijo con retozona sonrisa, sentado ya en el sillón de cuero y con ambas manos posadas en las respectivas rodillas, mientras con lento compás movía el cuerpo-. Te vas (p.556) a poner más contenta.. -No puede ser sino que el Gran Duque ha reventado ya de los cólicos que padecía. -No, no es eso, mujer. ¿Quién te dijo que Navalagamella le había declarado la guerra a la canalla? No es Navalagamella sólo, mujer, es Asturias, León, Galicia, Valencia, Toledo, Burgos, Valladolid, y se cree que también Sevilla, Badajoz, Granada y Cádiz. En la oficina lo han dicho, y si vieras cómo están todos bailando de contento. Oficial conozco que no ha dormido en toda la noche esperando el correo, y si supieras, mujer.. A ti te lo puedo decir, y no importa que lo oiga este chico. Oye, oíd los dos: muchos oficiales se han fugado, sin que en los cuarteles, ni en sus casas se sepa dónde están. Y dirás tú, «¿pues dónde están?». Yo lo sé, sí señora, yo lo sé: se han ido a unirse a los ejércitos españoles que se están formando.. ¿a que no sabes dónde se están formando? Pues yo lo sé, sí señora, yo lo sé: uno se está formando en Valladolid, y lo mandará D. Gregorio de la Cuesta: otro en Asturias y Galicia, que corre a cargo de Blake.. y el tercero.. Esta es la más gorda de todas: ¿te la digo? -Hombre sí, dila: no nos dejes a media miel. -Pues se dice por ahí que las tropas de Andalucía se sublevarán, sí señor, se sublevarán. Pues no se han de sublevar. Si en cuanto uno dé la voz empieza a desfilar nuestra gente, y ni un ranchero español quedará a las órdenes de Murat, ni de la Junta. -Veo que lo van a pasar mal, Santiago. Pero siento golpes en la puerta. Son los vecinos que vienen a saber noticias.. Pase Vd., Sr. D. Roque; pasen ustedes niñas; pase Vd. Sr. de Cuervatón. Abrió doña Gregoria la puerta y penetraron en ordenada falange como una docena de personas de uno y otro sexo, y de diferentes edades y fachas, las cuales personas eran los vecinos más adictos a la simpática persona del Gran Capitán, y además entusiastas creyentes de sus noticias, por lo cual acudían todas las mañanas cuando aquel regresaba de la oficina, con el anhelo de saciar en la fuente más pura y cristalina la ardorosa curiosidad que entonces devoraba a los habitantes de Madrid. (p.557) ¿Debo detenerme en enumerar a tan dignas personas? ¿Para qué, si el lector no necesita conocer al lañador, ni al talabartero, ni tampoco a D. Roque, el arruinado comerciante, ni al Sr. de Cuervatón, ni menos a las niñas de la bordadora en fino? Dejémosles envueltos en el velo de su discreto incógnito, y oigamos a Fernández, que desbordándose de su propio ser, a causa de la exorbitante hinchazón de su orgulloso júbilo, iba contando lo que oyera, sin dejar de aderezar sus relatos con la sal y pimienta de la exageración. -Pues en Andalucía -dijo-, en Andalucía.. ya saben Vds. dónde está Andalucía; como si dijéramos en Cádiz.. pues. Dicen que la Junta de Sevilla ha armado un gran ejército, con las tropas que estaban en San Roque. ¿Saben Vds. lo que es San Roque? Pues es como si dijéramos.. supongan Vds. que aquí está Gibraltar, pues aquí abajito está San Roque. -Este D. Santiago lo sabe todo. -Ya, como quien ha visto tantas tierras, y ha estado en tantas batallas. -En San Roque están las mejores tropas de España, tanto en infantería como en artillería y caballos; de modo que si se forma ese ejército, y viene sobre Madrid.. ¡Jesús! -¡Jesús! -repitió un coro de diez voces. -¿Vd. cree que vendrá sobre Madrid? -preguntó uno de los concurrentes. -Eso es lo que no puedo asegurar -repuso con énfasis el Gran Capitán-. Pero a lo que yo entiendo y según la experiencia que adquirí en aquellas terribles guerras, me atrevo a decir que el ejército de Andalucía viene sobre Madrid, y si hace lo mismo el de don Gregorio de la Cuesta, juzguen Vds. el susto que pasarán los franceses. Hay que guardar el secreto: mucho cuidado, señores, y Vds., niñas, guárdense muy bien de ir contando estas cosas cuando vayan a la costura, porque puede llegar a oídos del gran duque de Berg.. Yo creo que pasará lo siguiente. El ejército de Andalucía vendrá a la Mancha: los franceses irán a batirlos, dejando libre a Madrid, donde entrará D. Gregorio de la Cuesta, el cual si sigue después hacia el Mediodía, les picará la retaguardia por Tarancón, y como al mismo (p.558) tiempo los de allí le harán retroceder hacia el Tajo, viéndose los franceses atacados por todos lados, por fuerza tendrán que caer en el río, donde se ahogarán. -¡Cuánto sabe este hombre! Es un asombro que de esa manera pueda anunciar los movimientos del enemigo. Y no hay duda, así tiene que suceder. -Y como la sublevación es general -añadió Fernández-, no podrán acudir a todos lados. Además no pueden contar con un solo soldado español que les ayude, porque todos desertan; de modo que si Napoleón quiere continuar la guerra en España, ya puede mandar gente. -Y como de los que vienen, la mitad mueren de borrachera.. -El mismo Murat está padeciendo unos cólicos que se lo llevarán al otro mundo. -¡Quia! Si lo que tiene es una enfermedad vergonzosa. -Así pagará las que ha hecho. ¿Pues qué puede ser eso, sino castigo de Dios por su barbarie y crueldad? -No es eso, señora; es que según dicen es aficionado a la bebida. -¡Menudas borracheras habrá tomado desde que está aquí! ¿Y se marchará o no se marchará? -Yo creo que sí -dijo Fernández-. Tengo entendido que está muy disgustado, porque Napoleón no le quiere hacer rey de España. -Angelito; pues no pide poco que digamos. -Y como parece que mandan de rey al que lo es de Nápoles, un D. José, al cual según dicen también le gusta aquello.. -Se conoce que es afición de familia. -Lo que debiera hacer el Sr. Fernández -dijo el lañador-, es irse a cualquiera de esos ejércitos, donde sin duda se había de lucir, y quién sabe si nos lo harían general de la noche a la mañana. -Yo no sirvo para nada -contestó el Gran Capitán-. Yo tuve mi época, y ahora que trabajen otros como trabajamos los de entonces. Aquellas sí eran guerras, señores.. Esto de ahora es una bobería, y sino, ya verán Vds. cómo en menos que canta un gallo se acaba todo. -Pero lo del ejército de Andalucía, ¿es cierto o es puro barrunto de Vd.? Sepámoslo de una vez. -Es cierto, señores. Me parece que Santiago Fernández tiene motivos para saber lo que hace un ejército y lo que deja de hacer. (p.559) Cuando empiecen nuestros generales a decir «por aquí te doy», ya les tendré a Vds. al tanto de todo día por día. A este punto llegaba, cuando entró Santorcaz, y no bien le vieron las honradas personas que formaban el auditorio del buen Fernández, empezaron todos a desfilar de muy mal talante, porque la presencia del citado flamasón era harto desagradable a todos los habitantes de la casa. -Grandes noticias, grandes noticias traigo, señor D. Gonzalo Fernández de Córdoba -exclamó desde la puerta-. Aguárdense todos, si quieren saber la verdad pura. ¿Pero se van estas niñas? ¿Por qué me tienen miedo? ¿Y Vd., D. Roque, no quiere escuchar?.. Vayan noramala, pues, y Vds. se lo pierden, porque no saben lo que ocurre.. La lanza, Sr. Fernández, tome Vd. al punto la lanza, y prepárese al combate, porque se acerca lo tremendo, y ahora verá quiénes son buenos patriotas y quiénes no lo son. -No tomemos a broma estas graves cosas, señor D. Luis -dijo algo amoscado el que podremos llamar vencedor de Cerinola-, ni nos escandalice a la vecindad con sus endemoniados aspavientos. -¿A que no sabe Vd. lo que yo sé? -añadió Santorcaz-. ¿A que no sabe Vd. que el general Dupont, que estaba en Toledo, ha recibido orden de marchar a Andalucía, y que Moncey sale mañana de aquí para Valencia, y que Lefebvre, que está en Pamplona, irá pronto sobre la capital de Aragón; que Duhesme se extenderá por Cataluña y que Bessières baja hacia Valladolid a toda prisa con las divisiones de Lasalle y de Merle? -¡Cómo se conoce que Vd. escupe en corro con la canalla! ¿Y cómo están sus mercedes del estómago? ¿Se han hecho al fin al vino de España? Y el gran duque de Berg, ¿cómo anda de sus calenturas? ¿Hay mieditis? Porque yo tengo para mí que si a esos señores se les caen los calzones es porque, como dijo el otro, al que mal vive, el miedo le sigue. Yo, en verdad, no sabía lo que Vd. acaba de decir; pero allá en la oficina oí decir otras cosillas que no sé si sonarán bien en las orejas de la canalla. ¿Por qué no va mi Sr. D. Luis a contárselas, a ver si con (p.560) el gusto se les quita el destemple? -¿Qué noticias son esas? -Nada, poca cosa. Cuando el francés las sepa, verá Vd. qué contento se pone.. Que en todas las ciudades se han nombrado o se van a nombrar Juntas, las cuales no harán caso de lo que se mande en Bayona, sino que.. -Pero si Fernando VII no es ya Rey de España, porque ha cedido sus derechos al Emperador, lo mismo que Carlos IV. ¿Qué son esas Juntas más que cuadrillas de insurgentes? -Sí.. pues que las quiten: es cosa fácil. ¡Demonios de Juntas! Y los muy simples están formando unos ejércitos.. cosa de juego, Sr. de Santorcaz; cuatro gatos que estaban ahí en el Campo de San Roque con unos cuantos cañoncillos.. Y también han dado en armarse los paisanos, lo mismo en Castilla que en Cataluña, que en Valencia, que en Andalucía.. pero eso no vale nada; son hombres de alfeñique y alcorza , y no digo yo con balas, con saliva los destruirán los franceses. -¿Y todo lo que sabe Vd. se reduce a que la Junta de Sevilla está formando un ejército con las tropas de San Roque que manda Castaños, y las de Granada que están a las órdenes de Reding? Pues eso lo sabe todo Madrid. -Mira, Fernández -dijo oficiosamente doña Gregoria-, haces mal en revelar lo que sabes por tan buen conducto, porque yo no soy lerda para conocer que lo que hace nuestro ejército no se debe decir. Y sino, pongo por caso: si tú que estás enterado de todo, a causa de tu gran tino para la guerra, descubres lo que hace el ejército de Andalucía y llega a oídos del francés, puede aprovecharse de la noticia y entonces.. -¡Qué ha de aprovecharse, mujer, ni qué entiendes tú de estas cosas! Al contrario, yo quiero que el señor de Santorcaz vaya con el cuento. Y también en Castilla.. -Otro ejército, sí, compuesto de guardias de corps, acostumbrados a hacer la guerra en los palacios, de estudiantes, de paletos y contrabandistas ¡Ah! -exclamó Santorcaz, dando tregua a las bromas y hablando con completa seriedad-. Es una desgracia para nosotros el tener que confesar que no podemos batirnos con los franceses. (p.561) ¿Qué importa que se armen multitud de paisanos, si esas turbas indisciplinadas antes que ayuda serán elemento de desconcierto para el escaso ejército español? ¿Qué obstáculo pueden ofrecer a los que han sometido la Europa entera, esos infelices alucinados, a quienes engaña su ignorancia? ¿Han visto alguna vez un campo de batalla? ¿Tienen idea de lo que significa la previsión, la táctica, el genio de un jefe experto para decidir la victoria? Es una triste cosa haber llegado a este extremo por las torpezas de nuestros Reyes; pero una vez aquí, no hay más remedio que someterse a lo que la Providencia ha querido hacer de nosotros. España no puede resistir la invasión, porque si la resistiera haría un milagro, una hazaña sobrenatural nunca vista. Condenada a ser de Napoleón y a ver sentado en su trono a un Rey de la familia imperial, lo más cuerdo es resignarse a este resultado con la conciencia de haberlo merecido. -¡Que España será francesa, que España será de Napoleón! -exclamó el Gran Capitán encendido en violenta ira-. Sr. de Santorcaz, Vd. es un insolente, usted es un deslenguado, Vd. no tiene respeto a mis canas. Ya ¿qué se puede esperar de un trapisondista calavera como Vd. que abandonó a su familia por irse al extranjero a aprender malas mañas? ¡Decir que España ha de ser francesa! Salga Vd. de mi casa, y no ponga más los pies en ella. ¿Qué te parece, Gregoria? Mujer, ¿te estás con esa calma y no bufas de cólera como yo? Y levantándose de su asiento, indicó a Santorcaz con majestuoso gesto la puerta de la sala; mas como D. Luis no tuviera humor de marcharse, porque todos los días se repetía la misma escena sin resultado alguno, preparábase a comer tranquilamente, dejando que se desvaneciera, como efectivamente se desvaneció sin efusión de sangre, la ira de su honrado amigo. Durante la comida, D. Santiago gruñó un poco; pero la prudencia y discreción de su esposa evitó un choque que pudiera haber tenido calamitosas consecuencias.
Ep-4-IV - Lo que he contado pasaba el 20 de Mayo, si no (p.562) me engaña la memoria. Poco a poco fui avanzando en mi convalecencia, y en pocos días me hallé ya con fuerzas suficientes para levantarme y dar algunos paseos por los grandes corredores de la casa, pues la vivienda del Gran Capitán tenía como único desahogo el largo pasillo, en cuya pared se abrían hasta veinte puertas numeradas, albergues de otras tantas familias. Peor que mi cuerpo se hallaba mi alma, llena de turbaciones, de sobresaltos y congojas, tan apenada por terribles recuerdos como por angustiosas presunciones, de tal modo que mi pensamiento corría a refugiarse alternativamente de lo pasado a lo futuro, buscando en vano un poco de paz. La muerte del cura de Aranjuez, sin dejar de formar en mi alma un gran vacío, me era menos sensible de lo que a primera vista pudiera parecer, porque conceptuándola yo como tránsito que había llevado un nuevo santo a las falanges del Paraíso, consideraba a mi amigo en su verdadero lugar, y no tan lejos de nosotros que pudiera desampararnos si le invocábamos. En cuanto a Inés, no dudaba que existía en poder de alguien que la protegiera por encargo de los parientes de su madre, y aunque para esta creencia no tenía más dato que la relación del alucinado Juan de Dios, yo me confirmaba cada vez más en ella, fundándome en antecedentes que omito por ser de mis lectores conocidos, y en la sórdida avaricia del licenciado Lobo, a cuyo carácter correspondía perfectamente una buena recompensa, a quien deseaba poseerla. Todo mi afán consistía en hallarme completamente restablecido para poder salir a la calle, y cuando lo conseguí, tuve el gusto de darme a conocer a todos mis amigos como un verdadero resucitado, o alma del otro mundo, que vuelve con forma corporal a cobrar deudas atrasadas. No tendrán Vds. idea del aspecto que ofrecía entonces Madrid, si no les digo que la gente toda andaba azorada y aturdida, a veces llena de miedo y a veces haciendo esfuerzos para disimular su alegría. El odio a los franceses no era odio, era un fanatismo de que no he conocido (p.563) después ningún ejemplo; era un sentimiento que ocupaba los corazones por entero sin dejar hueco para otro alguno, de modo que el amar a los semejantes, el amarse a sí mismo, y hasta me atrevo a decir el amar a Dios se adoptaban y sometían como fenómenos secundarios al gran aborrecimiento que inspiraban los verdugos del pueblo de Madrid. A estos se les veía solos en todos los sitios: su presencia hacía detener o apresurar a los transeúntes, y era tan extraordinario este desvío, que hasta parecían ellos mismos afectados de profundo pesar, y se les observaba taciturnos y foscos, sintiendo que el suelo les quemaba las plantas de los pies. Habían llenado de trincheras y baterías el Retiro, y para ver en todo su orgullo y presunción a los invasores, no había más que dirigir el paseo hacia Oriente, y se les encontraba en grandes grupos alrededor de las cantinas, o paseando por la carretera de Aragón. Ningún español se encaminaba hacia allí, a no ser los granujas que entonces, como ahora, gustaban de meter las narices en todas partes. Yo, llevado de mi curiosidad, me acerqué al Retiro, y también recorrí otros sitios hacia el Mediodía, igualmente ocupados como posiciones ventajosas. En el interior de Madrid las tiendas estaban desiertas, pues todas las personas que se juntaban para pedir o comunicar noticias se reunían en parajes ocultos, siendo de notar que ya entonces comenzaban a dar sus primeras señales de vida las sociedades secretas, aunque yo no vi ninguna, y digo esto sólo con referencia a vagos rumores. Como el afán por tener noticias relativas al levantamiento de las provincias, era una fiebre de que no estaban exentos ni los niños, ni los ancianos, ni las mujeres, cuando se sabía que D. Fulano de Tal había recibido una carta de Andalucía o de Galicia o de Cataluña, la casa se llenaba de amigos, y hasta los desconocidos se permitían invadirla ruidosamente para no esperar a que se les contara el gran suceso. Sacábanse copias de las cartas que hablaban de la Junta de Sevilla y de la sublevación de las tropas de San Roque, y (p.564) aquellas copias circulaban con una rapidez que envidiaría la moderna imprenta. Todos los días y a todas horas se hablaba de los oficiales que habían huido de Madrid para unirse a los ejércitos de Cuesta o de Blake, y cuando se tropezaba con un militar o con algún joven paisano de buen porte y bríos, no se le hacía otra pregunta que esta: «¿Usted cuándo se va?». Las familias de las víctimas se habían olvidado ya de rezar por los muertos, y pensaban en equipar a los vivos. Escaseaban los jornaleros y menestrales, porque de los barrios bajos partían diariamente muchos hombres a engrosar las partidas de Toledo y la Mancha, y a pesar de los brutales bandos del general francés, ni faltaban armas en las casas, ni los fugitivos partían con las manos vacías. Los invasores, que vigilaban el odio de la capital con la suspicacia medrosa del que ha padecido sus terribles efectos, no permitían, siendo tan grande su número y fuerza, que se manifestara lo que los madrileños pensaban y sentían; pero aun así, ¡cuántos cantares, cuántas jácaras, romances y décimas brotaron de improviso de la vena popular, ya amenazando con rencor, ya zahiriendo con picantes chistes a los que nadie conocía sino por el injurioso nombre de la canalla! En el fondo de aquella grande agitación, y entre tantos recelos, había un júbilo secreto, pues como un día y otro llegaban noticias de nuevos levantamientos, todos consideraban a los franceses como puestos en el vergonzoso trance de retirarse. Aquel júbilo, aquella confianza, aquella fe ciega en la superioridad de las heterogéneas y discordes fuerzas populares, aquel esperar siempre, aquel no creer en la derrota, aquel no importa con que curaban el descalabro, fueron causa de la definitiva victoria en tan larga guerra, y bien puede decirse que la estrategia, y la fuerza y la táctica, que son cosas humanas, no pueden ni podrán nunca nada contra el entusiasmo, que es divino. Como era natural, las noticias del levantamiento se exageraban mucho, y el entusiasmo popular veía miles de hombres donde no había sino (p.565) centenares. Cuando las noticias venían de Bayona, eran objeto de sistemático desprecio, y las disposiciones del palacio de Marrás, así como la convocatoria de irrisorias Cortes en la ciudad del Adour, y el pleito homenaje por algunos grandes tributado a Bonaparte, daban pábulo a las sátiras sangrientas. Cuando alguno decía que vendría de Rey a Madrid el hermano de Napoleón, daba pie para las más ingeniosas improvisaciones del género epigramático. Todas las tertulias, que entonces eran muchas, pues la sociedad no se desparramaba aún por los cafés, eran, digámoslo así, verdaderos clubs donde latía sorda y terrible la conspiración nacional. Se conspiraba con el deseo, con las noticias, con las sospechas, con las exageraciones, con las sátiras, con verdades y mentiras, con el llanto tributado a los muertos y las oraciones por el triunfo de los vivos. Tal era Madrid a fines de Mayo de 1808, antes de que sonaran los primeros cañonazos de Cabezón y los primeros tiros del Bruch. Dicho esto, se me permitirá que hable un poco de mi persona, pues atendiendo a que la desgracia halla siempre eco en las personas discretas y sensibles, creo que no soy saco de paja a los ojos de mis lectores, y que algún interés les inspiran los penosos trances de mi borrascosa existencia. Necesito, además, explicar por qué causas emprendí mi viaje a Andalucía entre Mayo y Junio; y si de buenas a primeras me presentara camino de Despeñaperros en compañía del desconocido Santorcaz, Vds. no acertarían a explicarse ni los móviles de jornada tan peligrosa, ni mi repentino acomodamiento con aquel hombre singular. Es, pues, el caso que no satisfecho con las noticias que acerca de Inés me dio Juan de Dios, traté de averiguar la verdad y tuve la feliz ocurrencia, mejor dicho, la inspiración, de presentarme en casa de la marquesa, a quien no hallé; mas quiso la Divina Providencia que un criado, conocido mío desde la famosa noche de la representación, me saliera al encuentro, y después de mostrarse muy obsequioso, satisficiera mi curiosidad sobre (p.566) aquel punto. Según me dijo, el mismo día 3 de Mayo se presentó allí un hombre de antiparras verdes, el cual conducía dentro de una litera a cierta joven llorona y al parecer enferma. No encontrando a la señora, preguntó por su hermano, con el cual hubo de conferenciar más de dos horas, después de cuyo tiempo despidiose, dejando a la muchacha en la casa. El hermano de la marquesa, que no era otro que aquel simpático diplomático a quien conocimos en Octubre de 1807, partió el día 4 para Córdoba a unirse con su hermana y sobrina, y ¡cosa rara! -decía aquel curioso servidor-, se llevó consigo a la jovenzuela. -¿De modo que ahora están todos en Córdoba? -le pregunté. -Sí, y según noticias, no piensan venir hasta que no se acaben estas cosas. Eso de la muchacha que trajeron en la litera ha dado mucho que hablar a la servidumbre, y según dice mi mujer.. más vale callar. El hombre aquel de las antiparras verdes había estado ya algunos días aquí, y unas veces la señora condesa, otras su tía, le recibían. Mal hombre parece. -¿Y la muchacha no hizo resistencia cuando se la quisieron llevar? -Si parecía muerta; ¿qué resistencia podía hacer? Si tuvimos que cargarla entre dos para ponerla en el coche.. Ignoro si esto que oí y puntualmente refiero, llamará la atención de Vds., pero lo que sí les ha de causar sorpresa ¡qué digo sorpresa!, asombro grandísimo, es el saber que me atreví a desafiar las iras del licenciado Lobo, del mismo Lobo de marras, no vacilando en arriesgarlo todo por esclarecer más aún que tan hondamente me inquietaba. No queriendo aparecer ni aun en sombra por la aborrecida calle de la Sal, busquelo allá por la alcaldía de Casa y Corte, donde con toda seguridad pensaba encontrarle, y al punto que me vio.. No, no es verosímil, no lo van ustedes a creer. ¿Necesitaré jurarlo? Pues lo juro: juro que es la pura verdad.. Pues bien: al pronto que me vio, echome los brazos al cuello, demostrando gran interés por mi persona, y no sólo me pidió nuevas acerca de mi salud, sino que me rogó le contase algunos pormenores (p.567) acerca de mi fusilamiento y para él milagrosa resurrección. Esto me dejó atónito, aunque no tranquilo, pues presumí que tan desusadas blanduras serían obra de su refinada astucia, y preparación de algún nuevo golpe contra mí; pero cuando le pregunté por el estado en que se hallaba el proceso célebre, respondiome que ya no se pensaba en tal cosa, porque como los franceses eran amigos del Príncipe de la Paz, no convenía molestar a los servidores y amigos de este. -No quiero -añadió-, que S. A. el Gran Duque se amosque. Aquello fue una broma, y de haberte prendido, al punto hubieras sido puesto en libertad. Pero di, picarón.. ¿conque tú eras galán de D.ª Inés? Cuéntame todo: ¿dónde la conociste? ¡Ah, bien comprendía Requejo que guardaba un tesoro en su casa! Yo lo sabía todo.. ¿y tú?, sospecho que también, perillán. Lo que sí no sabías es que a fines del mes de Abril se acordó en consejo de familia recoger e identificar a esa jovencita para darle la posición que le corresponde. Como yo estaba al tanto de todo, y además tenía el honor de conocer a la señora marquesa, comprometime a entregarla, haciéndoles creer que había grandes dificultades para arrancarla de casa de los parientes de su supuesta madre. Hijo, es preciso hacer algo por la vida: a fe que es un pobre con mujer, nueve hijos, dos suegras y tres cuñadas; dos suegras, sí señor, la madre y la abuela de mi mujer, y si uno no se da maña para mantener a este familión.. La verdad es que a todos les di cordelejo, a D. Mauro, al papanatas de Juan de Dios, y a ti mismo, que ahora resucitas para pedirme a Inesita. ¿Pero la amabas tú? Anda, zanguango, cortéjala, a ver si logras casarte con ella, lo cual aunque difícil, no es imposible.. la niña tendrá una dote regular y quizás pueda heredar el mayorazgo y el título, lo cual será según el tenor de las escrituras.. ¡Ah pelafustán! Me parece que tú traes un proyectillo entre ceja y ceja. ¿Vas a Córdoba? Oye: recuerdo que la palomita te llamaba con exclamaciones muy tiernas, cuando medio muerta la conducíamos en la litera mi (p.568) pasante y yo. ¡Ja, ja, ja! ¿Sabes de qué me río? De ese ganso de Juan de Dios, que estuvo aquí el otro día, y poniéndose de rodillas delante de mí, me dijo: «¡Deme Vd. a Inés porque me muero sin ella! ¡Démela Vd. hoy y máteme mañana!». Fue una comedia, Gabriel, y aunque nos reímos mucho, al fin nos cansó tanto que tuvimos que echarle a palos de la escribanía. Atención sostenida presté yo a estas y otras muchas razones del licenciado Lobo, el cual para que nada faltara en su inexplicable benignidad y cortesanía, al tiempo de despedirme me dijo que quizás pudiera proporcionarme algunas lecciones de latín, si me hallaba con ánimos, puesto que era tan gran humanista, de ganarme el pan con la enseñanza. Dile las gracias y me retiré tan satisfecho del resultado de mis investigaciones, que el mismo día decidí marchar a Córdoba cuando estuviera restablecido. ¿Me seguirán Vds., o fatigados de estas aventuras dejarán que marche solo a resolver cuestiones que a nadie interesan más que al que esto escribe? No; espero que no nos separaremos tan a deshora, y cuando parece probable que siguiéndome asistan Vds. a algún espectáculo que les haga más llevadero el fastidio de mis personales narraciones. Vamos, pues, y tengan en cuenta que nos acompaña el Sr. de Santorcaz, a quien llevan a Andalucía asuntos de familia. Yo le manifesté que deseaba me llevase como escudero; mas él dijo que no tenía con qué pagar mis servicios, porque su bolsa no estaba en disposición de atender a gastos de servidumbre, y que harto se congratularía de llevarme como compañero y amigo. Así fue, en efecto, y como yo necesitara algunos días más de restablecimiento, él me esperó, y en uno de los últimos de Mayo o de los primeros de Junio, luego que me despedí de mis obsequiosos protectores, correspondiéndoles como pude, y de Juan de Dios, a quien oculté el objeto de mi expedición, nos pusimos en marcha.
Ep-4-V - Como Santorcaz era pobre, y yo más pobre todavía, nuestro viaje fue tan irregular, cual los que en antiguas novelas (p.569) vemos descritos. No adoptamos sistemáticamente ninguna de las clases de incómodos vehículos conocidos en nuestra España; así es que en varias ocasiones marchábamos en galera, otras en macho, si nos franqueaban sus caballerías los arrieros que tornaban a la Mancha de vacío, y las más veces a pie. Hacíamos noche en las posadas y ventas del camino, donde Santorcaz lucía su prodigiosa habilidad en el no gastar, logrando siempre que se le sirviese bien. Para estas y otras picardías, mi compañero se hacía pasar por un insigne personaje, mandándome que le llamase Su Excelencia, y que me descubriese ante él siempre que nos mirase el mesonero. Yo lo cumplía puntualmente; y con tal artificio, más de una vez, además de no cobrarnos nada, salían a despedirnos humildemente rogándonos que les dispensáramos el mal servicio. Más allá de Noblejas y Villarrubia de Santiago, y cuando después de una larga jornada sesteábamos, apartados del camino, junto a la ermita del Santo Niño, se nos agregó un mozo que nos dijo llevaba el mismo camino que nosotros, y que desde entonces fue nuestro inseparable compañero. Tenía como veinte años; llamábase Andresillo Marijuán, y aunque era natural de Aragón, iba a servir de mozo de mulas a un pueblo de Andalucía, en casa de la señora condesa de Rumblar, su ama y señora, pues en las fincas que esta poseía en tierra de Almunia de Doña Godina, había nacido aquel mancebo. Al punto su genio franco y alegre simpatizó con el mío, y nos hicimos muy amigos. Santorcaz nos trataba con superioridad aunque sin tiranía. Cuando al llegar a una posada cabalgando él en perverso macho y nosotros a pie, íbamos a tenerle el estribo y después a quitarle las espuelas, deshaciéndonos en cumplidos y cortesías, teníamos que apretar los dientes para no soltar la risa. Marijuán, que mejor que yo sabía fingir, era el encargado de ordenar al ventero que le diese al amo lo mejor de la despensa, porque Su Excelencia que iba de Regente a Sevilla, era hombre terrible, y castigaba con fiereza a los (p.570) posaderos que no le servían bien. Así atravesamos la Mancha, triste y solitario país donde el sol está en su reino, y el hombre parece obra exclusiva del sol y del polvo; país entre todos famoso desde que el mundo entero se ha acostumbrado a suponer la inmensidad de sus llanuras recorrida por el caballo de D. Quijote. Es opinión general que la Mancha es la más fea y la menos pintoresca de todas las tierras conocidas, y el viajero que viene hoy de la costa de Levante o de Andalucía, se aburre junto al ventanillo del wagon, anhelando que se acabe pronto aquella desnuda estepa, que como inmóvil y estancado mar de tierra, no ofrece a sus ojos accidente, ni sorpresa, ni variedad, ni recreo alguno. Esto es lo cierto: la Mancha, si alguna belleza tiene, es la belleza de su conjunto, es su propia desnudez y monotonía, que si no distraen ni suspenden la imaginación, la dejan libre, dándole espacio y luz donde se precipite sin tropiezo alguno. La grandeza del pensamiento de don Quijote, no se comprende sino en la grandeza de la Mancha. En un país montuoso, fresco, verde, poblado de agradables sombras, con lindas casas, huertos floridos, luz templada y ambiente espeso, D. Quijote no hubiera podido existir, y habría muerto en flor, tras la primera salida, sin asombrar al mundo con las grandes hazañas de la segunda. D. Quijote necesitaba aquel horizonte, aquel suelo sin caminos, y que, sin embargo, todo él es camino; aquella tierra sin direcciones, pues por ella se va a todas partes, sin ir determinadamente a ninguna; tierra surcada por las veredas del acaso, de la aventura, y donde todo cuanto pase ha de parecer obra de la casualidad o de los genios de la fábula; necesitaba de aquel sol que derrite los sesos y hace locos a los cuerdos, aquel campo sin fin, donde se levanta el polvo de imaginarias batallas, produciendo al transparentar de la luz, visiones de ejércitos de gigantes, de torres, de castillos; necesitaba aquella escasez de ciudades, que hace más rara y extraordinaria la presencia de un hombre, o de un animal; necesitaba (p.571) aquel silencio cuando hay calma, y aquel desaforado rugir de los vientos cuando hay tempestad; calma y ruido que son igualmente tristes y extienden su tristeza a todo lo que pasa, de modo que si se encuentra un ser humano en aquellas soledades, al punto se le tiene por un desgraciado, un afligido, un menesteroso, un agraviado que anda buscando quien lo ampare contra los opresores y tiranos; necesitaba, repito, aquella total ausencia de obras humanas que representen el positivismo, el sentido práctico, cortapisas de la imaginación, que la detendrían en su insensato vuelo; necesitaba, en fin, que el hombre no pusiera en aquellos campos más muestras de su industria y de su ciencia que los patriarcales molinos de viento, los cuales no necesitaban sino hablar, para asemejarse a colosos inquietos y furibundos, que desde lejos llaman y espantan al viajero con sus gestos amenazadores.
Ep-4-VI - Tal es la Mancha. Al atravesarla no podía menos de acordarme de D. Quijote, cuya lectura estaba fresca en mi imaginación. Durante nuestras jornadas nos aburríamos bastante, menos cuando Santorcaz nos contaba algún extraordinario suceso de los muchos que en lejanos países había presenciado. Una vez nos dejó con la boca abierta contándonos la fiesta de la coronación de Bonaparte, con todos sus pelos y señales, y otra nos puso los pelos de punta refiriendo la más famosa batalla de las muchas en que se había encontrado. Cuando nos hizo el cuento, íbamos caballeros en sendos machos que nos facilitaron por poco dinero unos arrieros de Villarta, y no estoy seguro si habíamos traspasado ya el término de Puerto Lápice o íbamos a entrar en él. Lo que sí recuerdo es que por huir del calor, emprendimos nuestra jornada mucho antes de la salida del sol, y que la noche estaba brumosa, el cielo encapotado y sombrío, la tierra húmeda, a consecuencia del fuerte temporal de agua que descargara el día anterior. Debo indicar el paisaje que teníamos delante, porque no menos que la pintoresca relación de Santorcaz, contribuyó aquel a impresionar mis (p.572) sentidos. El camino seguía en línea recta ante nosotros: a la izquierda elevábanse unos cerros cuyas suaves ondulaciones se perdían en el horizonte formando dilatadas curvas: en el fondo y muy lejos se alcanzaba a ver una colina más alta, en cuya falda parecían distinguirse las casas de un pueblo: a la derecha el suelo se extendía completamente llano, y en su inmensa costra la tarda corriente de un arroyo y el agua de la lluvia, formaban multitud de pequeños charcos, cuyas superficies, iluminadas por la luna, ofrecían a la vista la engañosa perspectiva de una gran laguna o pantano. He hablado de la luna, y debo añadir que aquel astro, desfigurador de las cosas de la tierra, prestaba imponente solemnidad al desnudo y solitario paisaje, esclareciéndolo o dejándolo a oscuras alternativamente, según que daban paso o no a sus pálidos rayos, los boquetes, desgarrones y acribilladuras de las nubes. Santorcaz, después de un rato de silencio y meditación, contuvo su cabalgadura, parose en mitad del camino y contemplando con cierto arrobamiento el horizonte lejano, las colinas de la izquierda y los charcos de la derecha, habló así: -Estoy asombrado, porque nunca he visto dos cosas que tanto se parezcan como este país a otro muy distante donde me encontraba hace tres años a esta misma hora, en la madrugada del 2 de Diciembre. ¿Es mi imaginación la que me reproduce las formas de aquel célebre lugar, o por arte milagrosa nos encontramos en él? Gabriel, ¿no hay enfrente y hacia la derecha unos grandes pantanos? ¿No se ven a la izquierda unos cerros que terminan en lo alto con un pequeño bosque? ¿No se eleva delante una colina en cuya falda blanquea un pueblecillo? Y aquellas torres que distingo al otro lado de dicha colina ¿no son las del castillo de Austerlitz? Marijuán y yo nos reímos, diciéndole que se le quitaran de la cabeza tales cosas, y que si bien lo de los charcos era cierto, por allí no había ningún castillo de Terlín ni nada parecido. Pero él poniendo al paso la cabalgadura y mandándonos que le siguiéramos uno a cada lado, (p.573) continuó hablando así: -Muchachos, no puedo olvidar aquella célebre jornada, que llamamos de los Tres Emperadores, y que es sin duda la más sangrienta, la más gloriosa, la más hábil con que ha ilustrado su nombre el gran tirano, ese hombre casi divino, a quien ahora puedo nombrar a boca llena, porque no nos oyen más que el cielo y la tierra. Os contaré, muchachos, para que sepáis lo que es el hacha de la guerra en manos de ese leñador de Europa. Yo me hallaba en París sin recursos después de haber sido sucesivamente maestro de latín, pintor de muestras, corista en Ventadour, espadachín, servidor de los emigrados de Coblenza, postillón de diligencias, carbonero y cajista de imprenta, cuando senté plaza en el ejército de Boulogne, destinado a dar un golpe de mano contra Inglaterra.. Cuando el Emperador nos trasladó de improviso y sin revelar su pensamiento al centro de Europa, estábamos un tanto amoscados porque las violentas marchas nos mortificaban mucho, y como éramos unos zopencos, no comprendíamos los grandes planes de nuestro jefe. Pero después de la capitulación de Ulm, nos creíamos los primeros soldados del mundo, y al hablar de los austriacos, de los prusianos y de los rusos, nos reíamos de ellos, juzgándolos hasta indignos de nuestras balas. Cuando pasamos el Inn ya presumíamos que se preparaban grandes cosas: al internarnos en la Moravia, después de la acción de Hollabrünn, comprendimos que el ejército ruso-austriaco nos iba a presentar batalla formal. Lo que no estaba reservado a nuestras cabezas era el discurrir si tomaríamos la ofensiva o si operaríamos a la defensiva. Pero la gran cabeza, aquella que tiene un mechón en la frente y el rayo en el entrecejo, lo iba a decidir bien pronto. A este punto llegaba, cuando el camino por que marchábamos torció hacia la derecha describiendo una gran vuelta, de modo que formaba ángulo recto con su primitiva dirección. Santorcaz, nuevamente alucinado, con aquello que parecía para él extraordinaria coincidencia, prosiguió así: -¿Pero no es este (p.574) el camino de Olmutz? Gabriel: o esto es aquello mismo, o se le parece como una gota a otra gota. Mira, ahora tenemos enfrente los pantanos de Satzchan y a nuestra izquierda la colina de Pratzen. Mira hacia allá. ¿No se oye ruido de tambores? ¿No se ven algunas luces? Pues allí están los rusos y los austriacos. ¿Sabes cuál es su intención? Pues quieren cortarnos el camino de Viena, para lo cual tendrán que bajar de la colina de Pratzen y situarse entre nuestra derecha y los pantanos. ¡Mira si son estúpidos! Eso precisamente es lo que quiere el Emperador y todo lo dispone de modo que parezca que nos retiramos hacia Viena. Figúrate que aquí está nuestro ejército, compuesto de setenta mil hombres, cuyo inmenso frente ocupa todas las colinas de la izquierda, el camino y parte de la llanura que hay a la derecha. El Emperador, después de llenarse las narices de tabaco, sale a media noche a recorrer el campo, y observar los movimientos del enemigo. ¿Veis?, por allí va. ¿No se oyen las pisadas de su caballo, y los gritos de entusiasmo con que le saludan los soldados? ¿No se ve el resplandor de las hogueras que encienden a su paso? ¿Pero Vds. no ven todo esto? Bah. Es ilusión mía, pero de tal modo aviva mis recuerdos la similitud del paisaje, que me parece ver y oír lo que estoy contando.. Pero querréis saber cómo fue que vencimos a los rusos y a los austriacos, y os lo voy a referir. Al amanecer ¡oh chiquillos!, los rusos bajaban maquinalmente por aquella alta colina de enfrente, con objeto de venir hacia nuestra derecha para cortarnos el camino. No olvidéis que aquí delante tenemos un arroyo que viene serpenteando de izquierda a derecha hasta perderse en los pantanos. El Emperador manda que la derecha pase el arroyo, y verificado esto, los rusos la atacan. El centro, mandado por Soult y la izquierda por Lannes, ansiaban entrar en fuego; pero el Emperador contenía el ardor de aquellos generales, para aguardar a que los rusos acabasen de cometer el desatino de bajar de las alturas de Pratzen para meterse en la madre del arroyo de Golbasch. Os (p.575) explicaré bien. Allá en lontananza y al pie de la loma están las aldeas de Telnitz y Sokolnitz.. -Si aquí no hay tales aldeas, señor -interrumpió Marijuán, indócil a la mistificación. -Necio, ¿querrás callar? -continuó el francmasón-. Yo sé lo que me digo, y es que todo el afán de Napoleón después que vio bajar a los rusos, consistía en tomar aquellas aldeas para luego apoderarse de la loma que tenemos enfrente. ¿No le veis? Pues bien; los generales Soult y Lannes partieron al galope para dirigir las operaciones del centro y de la izquierda. Yo pertenecía al centro, y estaba en el 17 de línea y a las órdenes de Vandamme. Avanzamos hacia el arroyo: ¿veis?, fuimos por aquí a toda prisa. -Si aquí no hay tal arroyo -dijo Marijuán riendo-. Vd. sí que tiene la cabeza llena de arroyos y aldeas, y derechas e izquierdas. -Llegamos a la aldea de Telnitz y allí comenzó el ataque -continuó imperturbablemente Santorcaz-. En la loma quedaban todavía veintisiete batallones de infantería rusa y austriaca, mandados en persona por los dos Emperadores y por el general en jefe ruso Kutusof. ¡Ah, muchachos, si hubierais visto aquello! Mirad hacia enfrente, pues desde aquí se distingue muy bien la posición que respectivamente teníamos, ellos encima, nosotros debajo.. Al principio nos acribillaban; pero Soult nos manda subir a todo trance, y subimos desafiando la lluvia de balas. Para ayudarnos, el general Thiebault, que pertenecía a la división de Saint-Hilaire, refuerza nuestra derecha con doce piezas de artillería que bien disparadas hacen grandes claros en las filas enemigas. Estas tienen al fin que retroceder al otro lado de la loma. ¿Veis aquel repecho que hay a la izquierda? Pues allí fue el 17 de línea. Piquemos nuestras caballerías y nos hallaremos en el mismo sitio. Estúpidos, ¿no os entusiasmáis con estas cosas? Mira, Gabriel, ya estamos subiendo: esta es la loma que veíamos desde lejos: este repecho que miráis a la izquierda es el repecho de Stari-Winobradi, a donde el general Vandamme nos condujo. ¿Pero creéis que era cosa de juego? El repecho (p.576) estaba defendido por numerosas tropas rusas, y una formidable artillería. La cosa era peliaguda; pero cuando los generales dicen adelante, adelante, no es posible resistir, y aunque del 17 de línea no quedamos más que la tercera parte para contarlo, ayudados por el 24 de ligeros, tomamos al fin el repecho, apoderándonos de la artillería. Los rusos se desbandaron por el otro lado de la loma, dirigiéndose hacia aquel caserío que a lo lejos clarea a la luz de la luna y que no es otro que el castillo de Austerlitz. Marijuán reventaba de hilaridad. Yo, a mi vez, no pude menos de hacer alguna observación al narrador, diciéndole: -Señor de Santorcaz, allá no se ve ningún castillo, como no sea que se le antoje fortaleza la cabaña de algún pastor de carneros, únicos rusos que andan por estos lugares. -Tú sí que no sabes lo que te dices -prosiguió Santorcaz deteniendo su macho en medio del camino-. Os seguiré contando. Mientras los del centro hacíamos lo que habéis oído, allá por la izquierda, en esa tierra llana que tenemos a este lado, la caballería cargaba portentosamente al mando de Lannes y Murat. Francamente, rapaces, de esto poco os puedo hablar, porque caí herido: por un buen rato se me pusieron ciertas telarañas ante los ojos, y mis oídos no percibían sino un vago zumbido. Pero ahí hacia la derecha se remataba a los rusos y austriacos del modo más admirable. ¿No veis los pantanos de Satzchan? A lo lejos brilla su engañosa superficie: están helados, y los rusos, impelidos por Soult, se precipitan sobre ellos. En el acto el Emperador manda que la artillería de la guardia dispare algunos cañonazos sobre el hielo para que se hunda, y entre los desmenuzados cristales, caen al agua dos mil rusos con sus cañones, caballos, pertrechos, armas, municiones y carros, precipitándose confusamente, sin que sus compañeros les prestaran socorro, porque no pensaban más que en huir, y huyendo se ahogaban, y quedándose morían barridos por la metralla francesa. ¡Qué espantoso desastre para aquella pobre gente, y qué gran victoria para nosotros! Estábamos locos de (p.577) entusiasmo. ¡Pero qué veo! Gabriel, y tú, Marijuán, ¿no os entusiasmáis? Sois unos gaznápiros. Aquello fue prodigioso. Sólo entramos en fuego cuarenta mil hombres, y merced a las hábiles disposiciones del gran tirano, derrotamos a noventa mil aliados, matándoles o ahogando quince mil, cogiendo veinte mil prisioneros y ciento veinte cañones. ¿No había motivo para que nos volviéramos locos con nuestro jefe? ¡Ah, muchachos, si hubierais estado allí cuando recorrió el campo de batalla mandando recoger los heridos! Creo que hasta los muertos se levantaban para gritar «¡viva el Emperador!», y cuando a la noche siguiente encendimos una gran hoguera, en este mismo sitio donde ahora estamos, y vino él a situarse allí enfrente para recibir al emperador de Austria, parecía un dios rodeado de aureola de fuego y teniendo al alcance de su mano los rayos con que destruía tronos y reyes, imperios y coronas. Marijuán y yo nos reíamos; pero pronto nos fue forzoso disimular nuestra hilaridad, porque habiendo preguntado el joven aragonés con mucha sorna que cuál fue la ventaja sacada de tal lucha, Santorcaz se amoscó, y amenazando castigarnos si no nos entusiasmábamos como él, nos dijo: -Mentecatos, podencos; ¿acaso la paz y tratado de Presburgo es paja? Prusia quedó aliada de Francia, perdiendo Austria el apoyo de su hermana. Austria abandonó a Francia el estado de Venecia y cedió el Tirol a Baviera, reconociendo al mismo tiempo la soberanía de los electores de Baviera, Wurtemberg y Baden, después de pagar a Francia cuarenta millones de indemnización de guerra. Al mismo tiempo, pedazos de alcornoque, por el tratado de Schœnbrunn, Francia cedió a Prusia el Hannover, Prusia cedió a Baviera el marquesado de Anspach y a Francia el principado de Neufchatel y el ducado de Cleves. Marijuán y yo volvimos a mirarnos y nos volvimos a reír, lo cual, advertido por Santorcaz, fue causa de que este nos sacudiera un par de latigazos, que a ser repetidos, nos habrían obligado a defendernos, (p.578) haciendo allí mismo un segundo Austerlitz. Más bien estábamos para burlas que para veras, y Marijuán especialmente, no dejaba pasar coyuntura alguna en que pudiera zaherir a nuestro compañero; así es, que habiendo acertado a encontrar un rebaño de ovejas y cabras, dijo el aragonés: -Apartémonos aquí junto al charco para ver de derrotar a estos austriacos y rusiacos, que vienen mandados por el tío Parranclof, emperador del Zurrón y rey de los guarros, y subamos a la loma de la Panza para quitarles la artillería y hacerles meter en el castillo. Yo en tanto, acordándome de D. Quijote, contemplaba el cielo, en cuyo sombrío fondo las pardas y desgarradas nubes, tan pronto negras como radiantes de luz, dibujaban mil figuras de colosal tamaño y con esa expresión que sin dejar de ser cercana a la caricatura, tiene no sé qué sello de solemne y pavorosa grandeza. Fuera por efecto de lo que acababa de oír, fuera simplemente que mi fantasía se hallase por sí dispuesta a la alucinación que siempre produce un bello espectáculo en la solitaria y muda noche, lo cierto es que vi en aquellas irregulares manchas del cielo veloces escuadrones que corrían de Norte a Sur; y en su revuelta masa las cabezas de los caballos y sus poderosos pechos, pasando unos delante de otros, ya blancos, ya negros, como disputándose el mayor avance en la carrera. Las recortaduras, varias hasta lo infinito, de las nubes, hacían visajes de distintas formas, de colosales sombreros o morriones con plumas, penachos, bandas, picos, testuces, colas, crines, garzotas; aquí y allí se alzaban manos con sables y fusiles, banderas con águilas, picas, lanzas, que corrían sin cesar; y al fin, en medio de toda esa barahúnda, se me figuró que todas aquellas formas se deshacían, y que las nubes se conglomeraban para formar un inmenso sombrero apuntado de dos candiles, bajo el cual los difuminados resplandores de la luna como que bosquejaban una cara redonda y hundida entre las altas solapas, desde las cuales se extendía un largo brazo negro, (p.579) señalando con insistente fijeza el horizonte. Yo contemplaba esto, preguntándome si la terrible imagen estaba realmente ante mis ojos, o dentro de ellos, cuando Santorcaz exclamó de improviso: -Miradle, miradle allí. ¿Le veis? ¡Estúpidos!, ¡y queréis luchar con este rayo de la guerra, con este enviado de Dios que viene a transformar a los pueblos! -Sí, allí lo veo -exclamó Marijuán, riendo a carcajadas-. Es D. Quijote de la Mancha que viene en su caballo, y seguido de Sancho Panza. Déjenlo venir, que ahora le aguarda la gran paliza. Las nubes se movieron, y todo se tornó en caricatura.
Ep-4-VII - El sol no tardó en salir aclarando el país y haciendo ver que no estábamos en Moravia, como vamos de Brunn a Olmutz, sino en la Mancha, célebre tierra de España. El pueblo donde paramos a eso de las ocho de la mañana era Villarta, y dejando allí nuestros machos, tomamos unas galeras que en nueve horas nos hicieron recorrer las cinco leguas que hay desde aquel pueblo a Manzanares: ¡tal era la rapidez de los vehículos en aquellos felices tiempos! Cuando entrábamos en esta villa al caer de la tarde, distinguimos a lo lejos una gran polvareda, levantada al parecer por la marcha de un ejército, y dejando los perezosos carros, entramos a pie en el pueblo para llegar más pronto, y saber qué tropas eran aquellas y a dónde iban. Allí supimos que eran las del general Ligier-Belair que iba a auxiliar el destacamento de Santa Cruz de Mudela, sorprendido y derrotado el día anterior por los habitantes de esta villa. En la de Manzanares reinaba gran desasosiego, y una vez que los franceses desaparecieron, ocupábanse todos en armarse para acudir a auxiliar a los de Valdepeñas, punto donde se creía próximo un reñido combate. Dormimos en Manzanares, y al siguiente día, no encontrando ni cabalgaduras ni carro alguno, partimos a pie para la venta de la Consolación, donde nos detuvimos a oír las estupendas nuevas que allí se referían. Transitaban constantemente por el camino paisanos armados con escopetas y (p.580) garrotes, todos muy decididos, y según la muchedumbre de gente que acudía hacia Valdepeñas, en Manzanares, y en los pueblos vecinos de Membrilla y la Solana no debían de quedar más que las mujeres y los niños, porque hasta algunos inútiles viejos acudían a la guerra. Por último, resolvimos asistir nosotros también al espectáculo que se preparaba en la vecina villa, y poniéndonos en marcha, pronto recorrimos las dos leguas de camino llano: mucho antes de llegar divisamos una gran columna de negro humo que el viento difundía en el cielo. La villa de Valdepeñas ardía por los cuatro costados. Apretando el paso, oímos ya cerca del pueblo prolongado rumor de voces, algunos tiros de fusil, pero no descargas de artillería. Bien pronto nos fue imposible seguir por el arrecife, porque la retaguardia francesa nos lo impedía, y siguiendo el ejemplo de los demás paisanos, nos apartamos del camino, corriendo por entre las viñas y sembrados, sin poder acercarnos a la villa. En esto vimos que la caballería francesa se retiraba del pueblo, ocupando el llano que hay a la izquierda, y al mismo tiempo el incendio tomaba tales proporciones, que Valdepeñas parecía un inmenso horno. Los gritos, los quejidos, las imprecaciones que salían de aquel infierno, llenaban de espanto el ánimo más esforzado. Al punto comprendimos que el interior del pueblo se defendía heroicamente, y que el plan de los franceses consistía en apoderarse de los extremos, incendiando todas las casas que no pudieran ocupar. De vez en cuando un estruendo espantoso indicaba que alguno de los endebles edificios de adobes había venido al suelo, y el polvo se confundía en los aires con el humo. Los escombros sofocaban momentáneamente el fuego; pero este surgía con más fuerza, cundiendo a las casas inmediatas. Al fin pareció que todo iba a cesar, y, según dijeron los que estaban más cerca, habían salido del pueblo algunos hombres a conferenciar con el general francés. Mucho tiempo debieron de durar las conferencias, porque no vimos que estos se (p.581) retiraran ni que concluyese el ruido y algazara en el interior; pero al cabo de largo rato un movimiento general de la multitud nos indicó que algo importante ocurría. En efecto, los franceses, replegando sus caballos en la calzada, retrocedían hacia Manzanares. Cuando entramos en Valdepeñas, el espectáculo de la población era horroroso. Parece increíble que los hombres tengan en sus manos instrumentos capaces de destruir en pocas horas las obras de la paciencia, de la laboriosidad, del interés acumuladas por el brazo trabajador de los años y los siglos. La calle Real, que es la más grande de aquella villa, y, como si dijéramos, la columna vertebral que sirve a las otras de engaste y punto de partida, estaba materialmente cubierta de jinetes franceses y de caballos. Aunque la mayor parte eran cadáveres, había muchos gravemente heridos, que pugnaban por levantarse; pero clavándose de nuevo en las agudas puntas del suelo, volvían a caer. Sabido es que bajo las arenas que artificiosamente cubrían el pavimento de la vía, el suelo estaba erizado de clavos y picos de hierro, de tal modo que la caballería iba tropezando y cayendo conforme entraba, para no levantarse más. A la calle se habían arrojado cuantos objetos mortíferos se creyeron convenientes para hostilizar a los dragones, y aun después del combate surcaban la arena turbios arroyos de agua hirviendo, que, mezclada con la sangre, producía sofocante y horrible vapor. En algunas ventanas vimos cadáveres que pendían medio cuerpo fuera y apretando aún en sus crispados dedos el trabuco o la podadera. En el interior de las casas que no eran presa de las llamas, el espectáculo era más lastimoso, porque no sólo los hombres, sino las mujeres y los niños, aparecían cosidos a bayonetazos en las cuevas, y a veces cuando se trataba de entrar en alguna casa por dar auxilio a los heridos que lo habían menester, era preciso salir a toda prisa, abandonándolos a su desgraciada suerte, porque el fuego, no saciado con devorar la habitación cercana, penetraba en aquella con furia (p.582) irresistible. En resumen, franceses y españoles se habían destrozado unos a otros con implacable saña; pero al fin aquellos creyeron prudente retirarse, como lo hicieron, no parando hasta Madridejos. Cuando Santorcaz, Marijuán y yo seguimos nuestra marcha, para hacer noche en Santa Cruz de Mudela, el espíritu de los valerosos paisanos de Valdepeñas no había decaído, y tratando de reparar los estragos de aquella sangrienta jornada, parecían capaces de repetirla al siguiente día. De lejos y al caer de la tarde distinguíamos la columna de humo, cubriendo el cielo de vagabundas y sombrías ráfagas, y el aragonés y yo no pudimos menos de maldecir en voz alta y expresivamente al tirano invasor de España. Contra lo que esperábamos, Santorcaz no nos contestó una palabra, y seguía su camino profundamente pensativo.
Ep-4-VIII - Al pasar la sierra, me reconocí completamente sano de mi anterior enfermedad. La influencia sin duda de aquel hermoso país, el vivo sol, el viaje, el ejercicio equilibraron al punto las fuerzas de mi cuerpo, y respiraba con desahogo, andaba con energía, sin sentir malestar alguno en mis heridas. Todo rastro de dolor o debilidad desapareció, y me encontré más fuerte que nunca. Nada de particular hallamos durante nuestro tránsito por las nuevas poblaciones, a no ser la alarma, la inquietud y los preparativos de defensa. En la Carolina y en Santa Elena escaseaban mucho los hombres, porque la mayor parte habían ido a incorporarse a la legión formada por D. Pedro Agustín de Echévarri, legión cuya base fueron los valerosos contrabandistas del país. Quedaba, no obstante, en los desfiladeros de Despeñaperros bastante gente para detener todos o la mayor parte de los correos, y en varios puntos, apostadas las mujeres o los chiquillos en lo escabroso de aquellas angosturas, avisaban la proximidad del convoy para que luego cayeran sobre él los hombres. También advertimos gran abandono en los primeros campos de pan que se ofrecieron a nuestra vista; y en algunos sitios las mujeres se ocupaban en segar a toda (p.583) prisa los trigos todavía lejos de sazón. Cerca de Guarromán vimos grandes sementeras quemadas, señal de que había comenzado allí su oficio la horrible tea invasora. Hasta entonces no había ocurrido ninguna colisión sangrienta entre los imperiales y los andaluces. Estos, al ver que de improviso por entre los romeros y lentiscos de la sierra a aquellos soldados de la fábula, tan hermosos y al mismo tiempo tan justamente engreídos de su valor, no volvieron de su asombro sino cuando los vieron desaparecer camino de Córdoba, y sólo entonces, sintiendo requemadas sus mejillas por generosa vergüenza, cayeron en la cuenta de que el suelo patrio no debía ser hollado por extranjeras botas. Los franceses encontraron el país tranquilo, y creyeron llegar felizmente a Cádiz; pero bajo las herraduras de sus caballos iba naciendo la yerba de la insurrección. Aquellos caballos no eran como el de Atila, que imprimía sello de muerte a la tierra, sino que por el contrario, sus pisadas, como un toque de rebato, iban despertando a los hombres y convocándolos detrás de sí. Llegamos por último a Bailén, y explicaré por qué nos detuvimos en esta villa algunos días. Allí residía el ama de Marijuán, quien al presentarse a ella nos rogó que le acompañásemos, y esta apreciable señora que era doña María Castro de Oro, de Afán de Ribera, condesa de Rumblar, nos recibió con tanto agasajo, nos ponderó de tal modo la ruindad de las posadas y ventas de la villa, que no tuvimos por conveniente hacernos de rogar, y aceptamos la hospitalidad que se nos ofrecía. La casa era grandísima y no faltaba hueco para nosotros, ni tampoco excelente comida y bebida de lo más selecto de Montilla y Aguilar. -A estas horas -nos dijo la condesa- los franceses deben de haber empeñado una acción con el ejército de paisanos que dicen salió de Córdoba para defender el paso del puente de Alcolea. Si ganan los españoles, los franceses retrocederán hacia Andújar, y como han de estar muy rabiosos, cometerán mil atrocidades en el camino. No conviene que salgan ustedes de (p.584) aquí, a no ser que tengan intención, como mi hijo, de incorporarse al ejército que se está formando en Utrera. No eran necesarias tantas razones para convencernos. Nos quedamos, pues, en la ilustre casa; y ahora, señores míos, con todo reposo voy a contaros puntualmente lo que recuerdo de aquella mansión y de sus esclarecidos habitantes, destinados a figurar bastante en la historia que voy refiriendo. El palacio de Rumblar era un caserón del siglo pasado, de feísimo aspecto en su exterior, pero con todas las comodidades interiores que alcanzaban los tiempos. Las altas paredes de ladrillo, las rejas enmohecidas y rematadas en pequeñas cruces, los dos escudos de piedra oscura que ocupaban las enjutas de la puerta, cuyo marco apainelado y con vuelta de cordel, parecía remontarse a fecha más antigua que el resto de la casa; las dos ventanas angreladas junto a un mirador moderno; el farol sostenido por pesada armadura de hierro dulce, en cuyo centro se retorcían algunas letras iniciales y una corona dibujadas con las vueltas del lingote; las guarniciones jalbegadas alrededor de los huecos; sus pequeños vidrios, sus celosías, y la diversidad y variedad de aberturas practicadas en el muro, según las exigencias del interior, le asemejaban a todas las antiguas mansiones de nuestros grandes, bastante desprendidos siempre para gastar en la fábrica de los conventos el gusto y el dinero que exigían las fachadas de sus palacios. Por dentro resplandecía el blanco aseo de las casas de Andalucía. Tenía gran sala baja, capilla, patio con flores, habitaciones con zócalo de azulejos amarillos y verdes, puertas de pino lustradas y chapeadas, gran número de arcones, muchas obras de estalle, cuadros viejos y nuevos, algunas jaulas de pájaros, finísimas esteras, y sobre todo, una tranquilidad, un reposo y plácido silencio que convidaban a residir allí por mucho tiempo. Hablemos ahora de la familia de Afán de Ribera, o Perafán de Ribera, que en esto no están acordes los cronistas. Ocupará el primer lugar en esta reverente (p.585) enumeración la señora condesa viuda doña María Castro de Oro de Afán, etc., aragonesa de nacimiento, la cual era de lo más severo, venerando y solemne que ha existido en el mundo. Parecía haber pasado de los cincuenta años, y era alta, gruesa, arrogante, varonil: usaba para leer sus libros devotos o las cuentas de la casa, unos grandes espejuelos engastados en gruesa armazón de plata, y vestía constantemente de negro, con traje que a las mil maravillas convenía a su cara y figura. Aquella y esta eran de las que tienen el privilegio de no ser nunca olvidadas, pues su curva nariz, sus cabellos entrecanos, su barba echada hacia afuera y la despejada y correcta superficie de su hermosa frente, hacían de ella un tipo cual no he visto otro. Era la imagen del respeto antiguo, conservada para educar a las presentes generaciones. Tendrá el segundo lugar su hijo, joven de veinte años, niño aún por sus hábitos, su lenguaje, sus juegos y su escasa ciencia. Era el único varón, y por tanto el mayorazgo de aquella noble casa, cuyo origen, como el del majestuoso Guadalquivir, se remontaba a las fragosidades de la Sierra de Cazorla, donde los primeros Afán de Ribera hicieron no sé qué hazañas durante la conquista de Jaén. El joven D. Diego Hipólito Félix de Cantalicio había sido educado conforme a sus altos destinos en el mundo, bajo la dirección de un ayo, de que después hablaremos, y aunque era voluntarioso y propenso a sacudir el cascarón de la niñez, así como a arrastrar por el polvo de la travesura juvenil el purpúreo manto de la primogenitura, su madre lo tenía metido en un puño, como suele decirse, y ejercía sobre él todos los rigores de su carácter. Verdad es que el muchacho, con su instinto y buen ingenio, había descubierto un medio habilísimo para atacar la severidad materna, y era que cuando su ayo o la condesa no le hacían el gusto en alguna cosa, poníase los puños en los ojos, comenzaba a regar con pueriles lágrimas los veinte años de su cuerpo y exclamaba: «Señora madre, yo me quiero meter fraile». Estas palabras, esta resolución (p.586) del muchachuelo, que de ser llevada adelante, troncharía implacablemente el frondoso árbol mayorazguil, difundía el pánico por todos los ámbitos de la casa. Procuraban todos aplacarle, y la madre decía: «No seas loco, hijo mío. Vaya, puedes montarte a caballo en la viga del patio, y te permito que le pongas al gato las cáscaras de nuez en sus cuatro patitas». A estos dos personajes seguirán forzosamente las dos hijas de la marquesa; dos pimpollos, dos flores de Andalucía, lindas, modestas, pequeñas, frescas, sonrosadas, alegres, sin pretensiones a pesar de su nobleza, rezadoras de noche y cantadoras por la mañana; dos avecillas que encantaban la vista con el aleteo de su inocente frivolidad y de cierta ingenua coquetería, de ellas mismas ignorada. Eran pequeñas como el reseda; pero como el reseda tenían la seducción de un perfume que se anuncia desde lejos, pues al sentirles los pasos se alegraba uno, y su proximidad era aspirada con delicia. Asunción y Presentación eran dos angelitos con quienes se deseaba jugar para verles reír y para reírse uno mismo del grave gesto con que enmascaraban sus lindas facciones cuando su madre les mandaba estar serias. La de menor edad era destinada al claustro, y mientras halagaba a doña María la grandiosa idea de ponerla en las Huelgas de Burgos, se acordó que tomara las lecciones necesarias para ser doctora, por lo cual el ayo de su hermano le había empezado a enseñar la primera declinación latina, que aprendió en un periquete, encontrando aquello muy bonito. La primera, esto es, Asunción, no tenía necesidad de aprender nada, porque era destinada al matrimonio. Y por último, no quiero dejar en la oscuridad al ayo del joven D. Diego. Llamábanle comúnmente don Paco y era un varón de gran sencillez y moderación en sus costumbres, aunque algo pedante. Estaba él convencido de que sabía latín, y citaba a veces los autores más célebres, aplicándoles lo que estos desgraciados no pensaron nunca en decir. ¡A tales imputaciones calumniosas está expuesta la celebridad! También (p.587) se preciaba D. Paco de enseñar acertadamente la historia antigua y moderna a sus discípulos, aunque nosotros sabemos por documentos de autenticidad incontestable que en sus explicaciones nunca pasó más acá del arca de Noé. Era, sí, muy fuerte en la vida de Alejandro el Grande, y podemos asegurar que poseía en altísimo grado un arte, que no a todos los mortales es dado cultivar con regular acierto. Don Paco era un gran pendolista, que pudiera competir con esos colosos de la caligrafía, Torío el sublime y Palomares el divino, y hasta con el moderno Iturzaeta; habilidad que en parte había transmitido a su discípulo, pues las planas del heredero de Rumblar llenaban de admiración al señor obispo de Guadix, cuando iba a pasar unos días en la casa. Además, D. Paco era un hombre excelente, y temblaba de miedo delante de la condesa, cuando esta le achacaba las faltas del niño. Vestía de negro y siempre en traje ceremonioso, aunque no nuevo, usando asimismo peluca blanca, rematada en descomunal bolsa. A los forasteros huéspedes nos trataba con mucha dulzura porque la hospitalidad -decía- fue don particular de los pueblos antiguos, y debe ser practicada por los presentes para enseñanza de los venideros.
Ep-4-IX - El patrimonio de aquella casa era bueno, aunque muy inferior al de otras familias de Andalucía y de Castilla; pero doña María contaba con que sería de los primeros de España luego que su hijo heredase el mayorazgo de unos parientes por línea colateral, que carecían de sucesión directa. Para facilitar esto, doña María concibió un proyecto gigantesco, del cual dependía, como el lector verá, la perpetuidad de aquella casa y linaje y solar ilustre por el largo discurso de los siglos; trató de casar a su hijo con una hembra de la familia de aquellos sus parientes, a la sazón poseedores del mayorazgo, y residentes en Córdoba, aunque su habitual morada era Madrid. No era obstáculo para esto la niñez más bien moral que física de don Diego, pues siendo entonces costumbre emparentar lo más pronto posible a los (p.588) mayorazgos, los casaban fresquitos y antes que tuvieran tiempo de asomar las narices por las rehendijas de la puerta del mundo, donde al decir de D. Paco, no había sino perdición y desvanecimiento para la juventud, porque las dulzuras de la copa de los placeres duraban breves instantes, mientras que sus amargas heces trascendían por luengos años. Pero alguien desconcertó o aplazó al menos los planes sabiamente trazados por doña María y sus ilustres primas; desconcertolos Napoleón, emperador de los franceses, al poner sus ojos en esta joya del continente y al invadirla. La guerra, aquella santa guerra de que no nos muestra otro ejemplo la historia en tiempos cercanos, obligó a suspender este como otros proyectos, y doña María, que era aragonesa y muy patriota, hubo de llamar a D. Diego, y desde lo alto de su sitial le aterró con estas palabras, confiadas después a mi discreción por D. Paco: -Hijo mío, mucho te quiero. Tu muerte no sólo nos mataría de pena, sino que aniquilaría nuestra casa y linaje. Eres mi único varón, eres el alma de esta casa, y sin embargo, es preciso que vayas a la guerra. Sangre valerosa corre por tus venas y estoy bien segura de que a pesar de tus pocos años dejarás en buen lugar el nombre que llevas. Todos los jóvenes se deben a su rey y a su patria en estos terribles días en que un miserable extranjero se atreve a conquistar a España. Hijo mío, mucho te amo; pero prefiero verte muerto en los campos de batalla y pisoteado por los caballos franceses, a que se diga que el hijo del conde de Rumblar no disparó un tiro en defensa de su patria. Los hijos de todas las familias nobles de Andalucía se han alistado ya en el ejército de Castaños; tú irás también, con un séquito de criados, que armaré y mantendré a mis expensas mientras dure la guerra. Al decir esto, la marmórea cara de doña María no se inmutó; pero Asunción y Presentación lloraron a moco y baba. El joven palpitó de entusiasmo al verse enviado a tomar parte en un juego que no conocía, y que visto de lejos es muy bonito. Nosotros (p.589) llegamos precisamente cuando se estaban haciendo los preparativos y el equipo de guerra del mayorazgo. Todos trabajaban en aquella casa, y no eran las menos atareadas las hermanitas del señor conde, porque a más de la delicadísima ropa blanca que con sus propias manos y bajo la inspección de su madre aparejaron, poniéndola con mucho orden en las gruperas, se ocupaban a toda prisa en arreglar unos muy lindos escapularios, no sólo para él, sino para todos los de la comitiva. No sé qué tenían aquellos preparativos de semejante con los que se hacen para mandar a un chico al colegio: verdad es que nada hay tan instructivo y despabilador como un campamento, y por eso decía D. Paco que la guerra es maestra del ingenio y domeñadora de las impetuosidades juveniles. Marijuán fue destinado a acompañar al señorito. Con él y otros criados formose una legioncilla de cinco hombres; mas sabedora doña María de que otros jóvenes de familias ricas de Baeza, Bujalance y Andújar habían llevado hasta diez, mandó que se aumentara aquel número, fijándose al instante en Santorcaz y en mí. Se nos ofrecía una peseta diaria, además de lo que cayera si volvíamos con vida y salud; así es que mi compañero y yo nos miramos, consultando con elocuente silencio el aspecto de nuestras respectivas fachas. Hallábamonos ambos muy derrotados; y con aquella escrutadora penetración que da la carencia de posibles, cada cual conoció la escualidez y vanidad de la bolsa del otro. Santorcaz opinó que yo debía aceptar el enganche, y yo fui del mismo dictamen respecto a mi amigo; doña María ofreció equiparnos, mudando nuestras ropas por otras nuevas y mejores, y además comprometíase a mantener por algún tiempo a los que ya comenzaban a abrigar algunas dudas acerca del pan que comerían al llegar a Córdoba. No vacilamos, y henos convertidos en soldados de caballería, prontos a incorporarnos al pequeño pero brillante ejército de San Roque. Comprendí que aquel era mi destino, y que para el fin que a Córdoba me llevaba, más (p.590) me convenía penetrar en esta ciudad como soldado oscuro que como desalmado y andrajoso vagabundo. Santorcaz se decidió después de meditarlo mucho, dando paseos en la habitación donde se nos había albergado. Una vez resuelto a ello, pareció muy alegre, y le oí pronunciar algunas palabras que me demostraban la agitación de su alma por causas para mí desconocidas entonces. Luego expuso a doña María que no partiría de Bailén hasta no recibir unas cartas que esperaba de Córdoba y de Madrid, relativas a sus intereses, a lo cual accedió la señora, diciéndole que permaneciese en la casa hasta cuando quisiera con la condición de incorporarse después a la escolta de D. Diego si esta salía antes. No tardó mucho el día de la partida. El joven mayorazgo estaba vestido del modo siguiente. Una ancha faja de seda color de amaranto le ceñía el cuerpo. Sus calzones de ante se ataban bajo la rodilla, y sobre las medias de seda llevaba gruesas botas de cordobán con espuelas de plata. El marsellés de paño pardo fino con adornos rojos y azules daba singular elegancia a su cuerpo, así como el ladeado sombrero portugués, con moña de felpa negra y cordón de oro. Guarnecía su cintura sobre el fajín, lo que llamaban charpa, y era un ancho cinturón de cuero con diversos compartimientos ocupados por dos pistolas, un puñal y un cuchillo de monte, de modo que aquello equivalía a llevar en los lomos un completo arsenal, propio para hacer frente a todas las circunstancias imaginables. Ocupábanse la madre y las hijas en arreglar los últimos pormenores del vestido, esta cosiendo el último botón, aquella poniendo un alfiler a la cinta del sombrero, la otra calzando la espuela al mozo, cuando doña María dijo con la viveza propia del que recuerda de improviso la cosa más importante: -Falta lo principal, falta la espada. Al punto las miradas de todos fijáronse con cierto respeto en un venerable armario de añejo roble que en el testero principal de la habitación desde largos años existía. Acercose a él la señora condesa, y abriéndolo, sacó una espada (p.591) larguísima con su vaina y tahalí, las tres piezas muy marcadas con el sello de honrosa antigüedad. Desenvainó el acero la propia doña María con gesto majestuoso aunque sin ninguna afectación de brío varonil, y luego que lo hubo contemplado un instante, volvió a esconderlo en la vaina entregándolo después a su hijo. Era aquella espada una hermosa hoja toledana de cuatro mesas y de una vara y seis pulgadas de largo. En la cazoleta o taza cabía holgadamente una azumbre, y sus gavilanes nielados de oro, lo mismo que el arriaz, daban aspecto artístico y lujoso a la empuñadura. Tenía en las dos fachadas del puño el escudo de los Rumblares, y en el pomo una cabeza con la empresa del armero toledano Sebastián Hernández. En la hoja, algo roñosa, se podía deletrear, aunque con trabajo, la inscripción grabada en uno de sus lados, Pro Fide et Patria. Pro Christo et Patria. Pro Aris et Focis. Inter Arma silent Leges. Colgose al cinto esta poderosa e ilustre tizona el joven D. Diego, para cuyas manos era exorbitante peso; mas él, orgulloso de llevarlo, hizo un gesto poco favorable a los propósitos del invasor de España, y se preparó a salir. Prorrumpieron en copioso llanto Asunción y Presentación, lo cual dio al traste con la forzada entereza del condesito, destinado a ser el terror de la Francia, y pasando de los pucheros a los hipidos y de los hipidos a una violenta explosión de lágrimas, atronó la casa por espacio de un cuarto de hora. Ni por esas perdió doña María su serenidad, hablando a su hijo de asuntos extraños a la guerra. -Lo primero que has de hacer cuando llegues a Córdoba, es visitar a mis primas y entregarles estas cartas. Mira, aquí van las señas de su palacio. Harto sentimos que no pueda celebrarse la boda concertada; pero Dios lo quiere así, y la patria es lo primero. Algún día será. Di a esas señoras que si vuelven pronto a Madrid, como me dicen en su última carta, no les perdono que pasen sin detenerse algunos días en esta su casa. Luego tomando distinto tono, habló así: -Hijo mío, cuidado con lo que haces. Observa la (p.592) mejor conducta: mira que vas a combatir al enemigo y a defender la religión, la patria, el Estado y el Rey. Si cobarde vuelves la espalda, no vuelvas jamás a mi casa, ni te acuerdes nunca de tu madre, ni cuentes ya con su tierno cariño.. Su indignación, su aborrecimiento eterno, he aquí la recompensa que te aguarda. He subrayado estas palabras, porque son puntualmente históricas; y si no están en la historia, constan en papeles impresos de aquel tiempo, que puedo mostrar al que desee verlos. La mujer que las pronunciara (pues no fue doña María, y el atribuirlo a esta es de mi exclusiva responsabilidad), añadió lo siguiente, dirigiéndose a otras madres que despedían a sus hijos en las puertas del pueblo: -«Compañeras, si en las batallas llegan a morir todos los hombres, triunfaremos nosotras». Salimos de la casa, tomando cada cual la cabalgadura que se le había destinado, juntamente con un sable y dos pistolas. El bagaje se repartió entre todos. Un criado antiguo se había encargado del dinero, otro llevaba las ropas del señorito; Marijuán llenaba sus alforjas con abundantes provisiones, y en mi grupera pusimos varios encargos y las cartas que D. Diego debía entregar en Córdoba. Cuando yo las acomodaba entre mi equipaje, pude de soslayo ver los sobres y me quedé frío de sorpresa y casi diré de terror; leí los nombres de Amaranta, de la marquesa su tía y del señor diplomático. Santorcaz, que hasta entonces no había recibido lo que aguardaba, se quedó, prometiendo juntarse con nosotros al día siguiente o a los dos días. Yo le vi muy pensativo y tétrico con las manos a la espalda, paseando por el portal de la casa cuando salíamos de ella. Hasta fuera de la villa fue en nuestra compañía D. Paco, el cual recordaba a su discípulo las máximas de Alejandro sobre la guerra, recomendándole una y otra vez que las pusiera en práctica al pelear contra los franceses, y que cuidase de sostener siempre el orden oblicuo disponiendo una segunda línea para asegurar las espaldas y los flancos, porque a esto -decía- debió el gran Macedonio que siempre (p.593) quedaran victoriosas sus difalangarquías y tetrafalangarquías. Con tan sabia máxima que el heredero de Rumblar juró cumplir al pie de la letra, despidiose don Paco, y seguimos nuestra marcha muy contentos. No tomamos el camino real desde Bailén a Córdoba por no tropezar con la retaguardia del general Dupont o con los muchos destacamentos que había dejado en todos los pueblos, y en vez de las diez y ocho leguas y media de que consta aquella vía, tuvimos que andar unas veinticuatro, pues en nuestro rodeo fuimos a Mengíbar; desde allí por Torre Jimeno, siguiendo un detestable camino de herradura, pasamos a Martos, y de Martos, por Alcaudete y Baena, fuimos a buscar en Castro del Río la margen derecha del Guadajoz, que nos condujo a las inmediaciones de Córdoba. Al salir de Bailén supimos la derrota de los paisanos y soldados de regimientos provinciales en el puente de Alcolea, y en Alcaudete nos dieron otra terrible noticia, referente a la entrada de los franceses en Córdoba y al saqueo de aquella hermosa ciudad. Esto y el encuentro de algunos hombres dispersados de la partida de Echévarri nos inclinó a tomar el camino de Écija; pero el día 16 supimos que los franceses habían evacuado a Córdoba; y adoptando nuestro primitivo itinerario, divisamos en la mañana del 18 un inmenso caserío blanco, que destacaba sobre el verde-azul de la lejana sierra infinidad de torres, minaretes, espadañas y cimborrios.
Ep-4-X - Era Córdoba, la ciudad de Abdherrahmán, la Meca de Occidente, la que fue maestra del género humano, la vieja andaluza, que aún se engalana con algunos restos de su antigua grandeza; todavía hermosa, a pesar de los siglos guerreros que han pasado por ella; ya sin Zahara, sin Academias, sin pensiles, sin aquellas doscientas mil casas de que hablan los cronistas árabes; sin califa, sin sabios, pero orgullosa aún de su mezquita catedral, la de las ochocientas columnas; triste y religiosa, habiendo sustituido el bullicio de sus bazares con el culto de sus sesenta iglesias y sus (p.594) cuarenta conventos; siempre poética y no menos rica en la decadencia cristiana que en el apogeo musulmán; ciudad que hasta en los más pequeños accidentes lleva el sello de los siglos; tortuosa, arrugada, defendiéndose de la luz como si quisiera ocultar su vejez; escondida en sus interiores donde guarda innumerables maravillas, y siempre asustada al paso del transeúnte; protectora de los enamorados para quienes ha hecho sus mil rejas y ha oscurecido sus calles; devota y coqueta a la vez, porque cubre con sus joyas las imágenes sagradas, y se engalana y perfuma aún con los jazmines de sus patios. Tal era la ciudad que había estado entregada por tres días a la brutal y salvaje codicia de los soldados de Dupont. Este desgraciado general, que desde entonces comenzó a sentir aquel aturdimiento e indecisión que lo acompañaron hasta capitular, temeroso de ser sorprendido allí por las tropas de Castaños, se retiró el 16 de Junio, dirigiéndose a Andújar, desde donde pidió refuerzos a Madrid. El 18 entramos nosotros en la ciudad saqueada, aún llena de mortal espanto. Todavía no había sido lavada la sangre que manchaba sus calles, ni sabían exactamente los cordobeses a ciencia cierta el dinero y cantidad de alhajas que se les habían robado. Antes que en contar lo que les quedaban pensaron en armarse, y si antes habían ido a la lucha, además de los regimientos provinciales y las milicias urbanas, los paisanos del campo, después del saqueo todas las clases de la sociedad se apercibieron para lo que más que guerra era un ciego plan de exterminio, pues no se decía vamos a la guerra, sino a matar franceses. Desde que entré en la desgraciada ciudad, a la emoción producida por el espectáculo del reciente desastre se unía la que experimentaba por asuntos de mi propia cuenta, y por la supuesta proximidad a quien era el faro de mi vida. Así es que luego que el conde y los de la comitiva nos arreglamos en una de las mejores posadas, salí con objeto de buscar la casa de la señora Amaranta y de su tía, lo cual me era sumamente fácil, por haber visto los (p.595) sobres de las cartas que traíamos para aquellas personas. Llegué a eso de las doce a la calle de la Espartería, donde era su residencia. En lo sucesivo y para evitar confusiones, ya que no puedo nombrar a la tía de Amaranta con su verdadero nombre, usaré el título convencional de marquesa de Leiva. Cuando di los primeros aldabonazos en la puerta, parecíame que golpeaba en mi propio corazón. ¿Estaría allí Inés? ¿Estaría allí, ya olvidada de que existiera antes en el mundo un chico llamado Gabriel, arcabuceado por los franceses? Y si estaba y de improviso me veía, ¿no era posible que se me presentara deslumbrada por los esplendores de su nueva posición, y que a la palidez de la primera sorpresa sucediera en su rostro el rubor de haberme amado? ¿Se acercaba el momento de que yo cayese de la inconmensurable altura de mi fatuidad amorosa, encontrando una sonrisa de desdén y la mano de un criado que me pusiera en la calle? ¿Por ventura el trance que me esperaba era hermano gemelo de aquella otra gran caída ocurrida en el Escorial, cuando por el favor de Amaranta soñaba con los primeros puestos de la Nación? ¿Bajaría mi alma desde príncipe a lacayo, como poco antes bajó mi ambición? Abriome la puerta un criado conocido, a quien rogué me llevase a presencia de mi antigua ama la señora condesa. Mientras atravesábamos el patio, buscaba afanosamente algún objeto que me indicase la proximidad de Inés. Como olfatea el perro buscando el rastro de su amo, así aspiraba yo las emanaciones de la casa, buscando el aire que había sido aliento de aquella naturaleza querida. No oí su voz, ni sentí sus pasos, ni vi cosa alguna que tuviera las huellas de su mano. A mí se me antojaba que en cualquier objeto podía notar un sello especial que indicara pertenecerle. En nada de lo que vieron mis ojos encontré la huella indefinible que debía tener todo aquello en que Inés pusiera los suyos. Esto se comprende y no se explica. El corazón es el único adivino, y el mío me dijo que Inés no estaba allí. El patio era fresco y risueño, (p.596) como todos los de las buenas casas de Andalucía. Entre los jazmines reales, que abrazándose a una columna ostentaban sus mil florecillas llenas del perfume más grato a los enamorados; entre los naranjos de la China, graciosas miniaturas del naranjo común; entre los rosales de la tierra y esos claveles indígenas cuya imperial hermosura no ha logrado eclipsar ninguna de las elegantes flores modernas; entre los tiestos de reseda, de mejorana, de albahaca y de sándalo, saltaban los chorros de una fuente habladora, con cuyo monólogo se concertaba el canto de algunos pájaros prisioneros en doradas jaulas. El pavimento era de mármol y los zócalos de azulejos; sobre estos, y cubriendo gran parte de la pared, había cuadros al óleo de aquella escuela andaluza que ha llevado a los lienzos el tono caliente de la tierra, la esplendidez de la inflamada atmósfera y la agraciada melancolía de los semblantes. Afortunadamente para mí, Amaranta se dignó recibirme. Estaba en una sala baja, fresca y oscura, y cuando yo entré se ocupaba en armar unas flores de altar. ¿Se había entregado a la devoción? Vestía completamente de blanco, y a la exigencia de la moda se había unido el rigor de la estación para que aquel ligero traje fuera nada más que lo absolutamente necesario para cubrir su hermoso cuerpo. Entonces entre las miradas de fuera y el pudor interno no se ponía tan gran baluarte de telas como se pone hoy. Amaranta estaba abrumadoramente hermosa, y sus ojos negros, que eran, como otra vez he dicho, los primeros ojos del mundo, es decir, los Bonapartes de la mirada humana, conquistaban al punto todo aquello a que dirigían su pupila. Sentí en su presencia mucha cortedad, mucha turbación; sentime sin ideas y sin palabra. -¿Qué vienes a buscar aquí? -me dijo. -Señora, he venido a Córdoba para afiliarme en el ejército del general Castaños, y sabiendo que Su Excelencia y apreciable familia estaban en esta población, he querido visitar a mi antigua y querida ama. -Eres tan hipócrita como intrigantuelo y trapisondista -repuso entre severa y amable-. (p.597) ¿Conque me tienes ley? ¿Por qué te portaste tan mal conmigo? -Señora -exclamé haciendo aspavientos de respeto-. ¡Yo portarme mal! Si no puedo olvidar lo bien que estaba al servicio de Su Excelencia. -¿Quieres ser otra vez mi criado? -me preguntó. Esta proposición cayó sobre mí como un rayo. Pensé en Inés, en el repentino engrandecimiento de la que había juzgado compañera de mi vida, y al considerarme criado de aquella casa, temblé de indignación. -No señora, no quiero servir más. Soy soldado -repuse-. Sin embargo, estoy a las órdenes de Vuecencia para lo que guste mandarme. -¿Conque soldado? ¿Y vas a la guerra? Dentro de un mes serás general -dijo con punzante ironía. -No aspiro a tanto. Quiero servir a mi país, y nada más. Con tal de que mañana pueda decir: «contribuí a echar de España a la canalla», quedaré satisfecho. -¿Y crees que España podrá echar fuera a la canalla? ¡Ah!, yo no participo de la ilusión de esta buena gente. ¿Qué pasó el día 9 en el puente de Alcolea? Aquellos pobres paisanos, a quienes no se puede negar el valor, huyeron ante las tropas disciplinadas del general Dupont. En Córdoba tampoco se les puso resistencia, y ¡qué horror, Dios mío!, ¡qué tres días de angustia! Todos creíamos que los franceses entrarían con bandera de paz, porque la gente de Echévarri abandonó la ciudad, y los de aquí no trataban de hacer resistencia. Llegaron los franceses a la Puerta Nueva, y mientras las autoridades hablaban con ellos para darles entrada, de una casa cercana salieron algunos tiros. Furiosos los enemigos, después de derribar la puerta a cañonazos, desparramáronse por las calles de Córdoba asesinando a cuantos encontraban al paso y metiéndose en las casas para coger cuanto había. No puedes figurarte lo que era aquello. Mudos de espanto y ansiedad estábamos todos aquí, atento el oído a los rumores de la calle, cuando sentimos que las puertas caían a golpes, y penetraba aquella soldadesca bestial, diciendo que se les entregasen todos los objetos de valor. El miedo nos impidió (p.598) andar en contestaciones con ellos, y al punto les dimos alhajas, dinero, plata de mesa y cuanto había, deseando que se lo llevasen todo de una vez para no escuchar sus insultos. Mas luego bajaron a la bodega sedientos de vino: no contentos con echar fuera las cubas pequeñas, bebían en las llaves de las pipas grandes, y dejándolas luego abiertas, corría el Montilla de setenta y cinco años inundando las cuevas. Uno de aquellos salvajes pereció ahogado en vino. Pero al fin se fueron de casa sin cometer atrocidades de otra clase, y nos vimos libres de semejante chusma. En otras partes los horrores no pueden contarse. Robaron todo el dinero de la administración, toda la plata de los conventos, los vasos sagrados, los cálices, las custodias, las alhajas de las imágenes; penetraron también en los conventos de frailes, muchos de los cuales murieron asesinados; convirtieron en lupanar la iglesia de Fuensanta, y por tres días Córdoba no fue una ciudad, fue un infierno, porque todos los demonios, todas las maldades y abominaciones cayeron sobre ella. Por las calles se les encontraba borrachos, llenos de inmundicia, y se revolcaban en el lodo, engullendo vorazmente la comida que sacaban a viva fuerza de las casas. Los generales franceses, avergonzados de tanta bajeza, querían someterlos a palos; pero fue preciso emplear mucho rigor, y algunos hubieron de ser fusilados para hacer entrar en razón a los demás. Por último, saliendo de Córdoba para Andújar, esos cafres nos han dejado en paz por algún tiempo. ¡Qué espantoso estado el de España! Y lo peor es que sucumbirá. ¡Qué horrores, qué días terribles nos aguardan! ¿Y en Madrid qué tal se vive? -¿Piensa usía volver a la corte? -¡Oh! Sí.. Pensamos marcharnos pronto, porque nos llama un asunto en que está interesada toda la familia. A ser por mí, ya estaríamos allá. No puedo vivir en Córdoba, y menos en el estado actual de las cosas. Esto no es vivir. Si en Madrid no hubiese tranquilidad, nos iríamos a Bayona con toda la familia. -¿Y ninguna de las personas de esta casa fue maltratada por la soldadesca (p.599) francesa? -pregunté deseando saber qué personas había en la casa. -Ninguna: sólo mi tío el marqués tuvo una contusión en la cabeza; pero recibiola al esconderse debajo de una cama, y lo hizo con tanto ímpetu que se dio un golpe muy fuerte contra el suelo. Un amigo de casa, que nos visita todos los días, D. José María de Malespina, también recibió un ligero rasguño en la mano derecha al ocultarse detrás de un armario. -¿Y las señoras? Oí decir que una sobrinita de la señora marquesa.. o sobrinita de Su Excelencia, no estoy bien seguro, había venido de Madrid a acompañarlas. -No -contestó Amaranta mirando al suelo. -Pues entonces lo confundo yo con otra cosa. Paréceme que en Madrid lo oí decir en Madrid al señor licenciado Lobo, aquel famoso escribano.. pero no, seguramente se equivocó. -¿Conoces tú al Sr. de Lobo? -me preguntó con inquietud. -Ya lo creo: somos muy amigos. Le conocí cuando yo servía en casa de D. Mauro Requejo.. y por cierto que el señor licenciado y yo tuvimos una cuestión con motivo de cierta muchacha.. una infeliz, señora, una desgraciada chiquilla, huérfana de padre y madre. -A ver, cuéntame eso -dijo con interés. -Pues los señores de Requejo que eran dos puerco-espines, martirizaban a la damisela. Yo tenía lástima de ella, y quise sacarla de allí.. pero me fusilaron los franceses. -¡Te fusilaron! -Sí señora; y el Sr. de Lobo.. pues.. lo cierto fue que la muchacha desapareció. -Ya.. Cuéntamelo todo. Con el mayor afán, con el interés más grande que durante mi vida he sentido por cosa alguna, empezaba a contar a Amaranta lo que sabía, cuando la entrada de dos personas me interrumpió. Eran el diplomático y D. José María de Malespina, aquel por tantos títulos famoso aunque retirado coronel de artillería de quien hablé cuando lo de Trafalgar. El primero me reconoció y tuvo la bondad de dirigirme algunas bromas.
Ep-4-XI - -Sobrina -dijo el marqués-, ya pronto tendremos aquí las tropas de Castaños. ¿Sabes lo que ahora le decía al Sr. de Malespina? Pues le decía que si la Junta (p.600) de Sevilla me comisionara para entrar en negociaciones con los franceses, tal vez lograría poner fin a esta desastrosa guerra. -¿Qué negociaciones, ni qué ocho cuartos? -dijo con desprecio Malespina-. ¡Oh! ¡Si la Junta de Sevilla siguiera el plan que he imaginado estos días! Mientras no demos a la artillería el lugar que le corresponde, no es posible alcanzar ventaja alguna. Mis recientes estudios sobre cyclodiatomía y catapéltica, me han hecho descubrir importantes principios que ahora debieran llevarse a la práctica. -Reniego de la ciencia que inventa medios de destrucción -exclamó con gesto elocuente el marqués-, cuando por las vías diplomáticas pudieran las Naciones resolver todas sus querellas. ¡La guerra! ¿De qué sirve la guerra? ¿Vale la pena de que perezcan miles de seres humanos por una cuestión que podría arreglarse con un pedazo de papel y una pluma mojada en tinta, puesta en manos de alguna persona que yo me sé? -Hombre de Dios, sin la guerra ¿qué sería del mundo? Y sobre todo, ¿qué sería del mundo sin la artillería? Montecúculi dice que las batallas dan y quitan las coronas, concluyen las guerras e inmortalizan al vencedor. -¡Sangre y luto y desolación! Pero no disputemos sobre el volcán, amigo. La guerra es un mal, pero existe hoy entre nosotros. Lo que conviene es buscar alianzas en Europa. Por eso desde que llegué a Andalucía sugerí a la Junta Suprema la idea de pedir auxilio a Inglaterra. Magnífico pensamiento, que ni a Saavedra, ni al padre Gil se le había ocurrido. -Y ¡Vd. se atribuye la invención! -dijo con sorna Malespina-. Pero hombre de Dios, si los asturianos fueron los primeros que en tal cosa pensaron, y desde el 30 de Mayo salieron de Gijón mis queridísimos amigos D. Andrés Ángel de la Vega y el vizconde de Matarrosa, hijo del conde de Toreno.. ¡Bah, bah!.. Si estos diplomáticos han perdido la chaveta. Nada, amigo mío, yo le dije al padre Gil que cuidara de aumentar la artillería, adoptando los adelantos que yo quiero introducir en el arma. Pues qué, ¿cree usted que Napoleón no tiene noticia de (p.601) ellos? Yo he descubierto que antes de invadir a España, mandó una comisión secreta para que averiguara si estaba yo aquí. Como entonces mi familia hizo correr la voz de que yo había pasado a América, Napoleón dijo: «Pues no hay cuidado ninguno», y ordenó la invasión. Ya, ya me conoce él de muy antiguo. -¡Qué vanaglorioso es Vd.! -dijo el diplomático con mayor fatuidad que la de su amigo-. Eso lo dice usted por obligarme a hablar, por obligarme a que revele.. no: es secreto de Estado, del cual quizás depende la paz de España y de Europa, no saldrá de mis labios, ni soy hombre que cede fácilmente a las sugestiones de la curiosa e imprudente amistad. -Todo eso es pura farsa. Sepamos de una vez esos secretos. -¡Farsa! -exclamó con enojo el diplomático-. Pero ya comprendo el juego. Lo mismo hace mi sobrina cuando quiere obligarme a que revele los secretos de Estado. No, callaré, callaré, aunque Vd. me insulte, aunque Vd. aparente dudar de mi veracidad, para que la indignación me haga romper el secreto. ¡Pues qué!, si yo dijera que un elevado personaje, el más poderoso que hoy existe en el mundo, se decidió al fin a transigir conmigo, después de una enemistad que data desde la paz de Luneville; si yo dijera que los preliminares de negociación que entablé para evitar a España los horrores de la guerra, comenzaban a dar resultado, cuando algunos hombres pérfidos.. si yo dijera esto.. pero no: mi sobrina me mira como para incitarme a seguir hablando, y Vd. Sr. de Malespina, me mira también.. mas no, punto en boca, y cesen las impertinentes preguntas que en vano amenazan el inexpugnable alcázar de mi discreción. -Todo eso es pura fábula -afirmó D. José María con desenfado-. Aborrezco la falsedad y la jactancia, pues soy hombre que se dejaría hacer picadillo antes que decir una palabra contraria a la rigurosa verdad. Por tanto basta de fingidas diplomacias y de tratados que no han existido sino en la cabeza de Vd. En estos momentos seamos soldados, y dejemos a un lado los protocolos. (p.602) Veremos si ahora, cuando en Bayona se sepa que yo sigo en España y que no pienso en partir a América, se retiran los franceses de nuestro país, porque francamente.. Napoleón me conoce. -Hombre, eso es demasiado fuerte -exclamó el diplomático soltando la risa-. Conque Napoleón.. -No extraño esas risas -dijo muy amoscado el artillero-. ¿Qué ha de hacer quien no conoce el peligro personal; qué ha de hacer un hombre que cuando entraron los franceses a saquear esta casa, se escondió debajo de la cama? -Yo.. -contestó con turbación el marqués-, si penetré en aquel apartado sitio, bien saben todos la causa, que no fue miedo ni mucho menos. En aquel instante me ocupaba mentalmente en buscar los términos más propios de un arreglo y transacción con aquella gente, y como el ruido no me dejaba pensar, busqué la soledad de aquel lugar recogido y pacífico, donde sin estorbo pudiera entregarme a mis sutilísimas disquisiciones. Lo incomprensible es que un militar viejo como Vd. buscase asilo detrás de un armario, mientras los franceses insultaban a las señoras. -Nada, lo que he dicho siempre -repuso Malespina-. Es inútil esperar que los profanos hagan nunca justicia a las combinaciones de la ciencia. Todo lo ven bajo el aspecto vulgar, y lanzan al público las acusaciones más irreverentes. Hombre de Dios, ¿necesitaré explicar mi conducta? ¿Necesitaré decir que, convencido desde el principio de la imposibilidad de establecer en el patio un campo atrincherado, tuve que retirarme a esta sala, y apoyar mi centro de retaguardia en aquel armario, para operar con el ala derecha? Viendo que se acercaban con ímpetu formidable los franceses, hice un movimiento envolvente sobre mi ala izquierda, y me metí tras el armario, dirigiendo el raso de metales de la terrible arma de fuego que llevaba en mi bolsillo hacia el marco de la puerta, para que la trayectoria fuese directamente al patio. El enemigo, al ver mi actitud, retrocedió lleno de espanto, y he aquí cómo sin efusión de sangre se les obligó a la retirada. Amaranta no podía (p.603) contener la risa oyendo la disputa entre su tío y su amigo. Antes de que esta concluyera, entró la marquesa de Leiva y dijo: -Acaba de llegar la Gaceta Ministerial de Sevilla. Creo que hoy trae la noticia de que ha muerto Napoleón. -¡Jesús! ¿Qué dice Vd.? -¿Dónde está, dónde está esa Gaceta? Al punto corrieron el marqués y D. José María a la habitación inmediata. La marquesa, que no había parado mientes en mi persona, aunque le hice reverencias muy profundas, acercose a Amaranta, y mostrándole un medallón que en la mano traía, le dijo: -¿Te gusta? ¿No es verdad que está parecido? El pintor ha hecho un hermoso retrato. -Está muy bonito y se parece mucho -dijo mi antigua ama-. Veremos qué le parece a ese barbilindo cuando lo vea. -Es extraño que no haya llegado ya. Su madre me decía que para el 12 pasaría por aquí. El diplomático y Malespina aparecieron de nuevo, trayendo cada cual una hoja de papel impreso. -Efectivamente, aquí está en letras de molde -dijo con grandes aspavientos el diplomático preparándose a leer-. Oigan Vds.: Madrid 6 de Junio. El descontento de las tropas enemigas parece general, y corre muy válida la voz de que en Bayona hay insurrección y de que el Emperador está oculto, añadiendo algunos que herido. -Hombre, eso es importantísimo -exclamó Malespina-, aunque no me coge de nuevo, porque ya tenía noticias detalladas de este suceso. -¿Que los franceses se sublevan contra Napoleón? -dijo la marquesa-. Dios les habrá tocado el corazón. -Pero oigan Vds. estotra noticia -añadió Malespina-. Toledo 4. Dícese que cerca de Gallur los franceses han sido derrotados por Palafox, dejando en el campo de batalla 12.000 muertos y un número infinito de heridos. Los españoles les tomaron 48 cañones y 12 águilas. -Hombre, magnífica victoria -exclamó el diplomático- ¿Pero qué dice aquí? ¡Oh, esta sí que es gorda! Reus 8 de Junio. Aquí se habla de la muerte de Josef (5) Napoleón, de los varios partidos que dividen la Francia y de la sublevación del Rosellón. Si estas noticias (p.604) salen ciertas, podemos asegurar que llegó ya el día de la venganza y de la libertad de España. -Vienen muy satisfactorios estos dos números de la Gaceta -dijo Amaranta. -Ya sabía yo todo eso -afirmó con aplomo el marqués-. ¡Pero que veo, santos cielos! Este sí que es notición. Oigan todos, oiga Vd., Sr. D. José María: Valencia 10 de Junio. El ejército de Duhesme ha sido derrotado. Corren voces de que el castillo de Figueras está en nuestro poder; se repite la noticia del levantamiento del Rosellón y de la indignación con que ha visto toda la Francia la conducta de su Emperador con la España. Los sueltos que oí leer en aquella ocasión pueden verse en la Gaceta Ministerial de Sevilla, periódico oficial de la Junta Suprema. En sus breves columnas se insertaban diariamente despachos y noticias que remitían de todas partes. Dictábalas el entusiasmo y las devoraba la credulidad, y como nadie las discutía, el efecto era inmenso. Según la Gaceta Ministerial, todos los días era derrotado un ejército francés, y todos los días ocurría en Francia una insurrección para destronar al azotador de Europa. ¡Ah!, entonces corrían unas bolas, junto a las cuales son flor de cantueso las equivocaciones del moderno telégrafo. -Oigan Vds. -exclamó la marquesa, que había tomado el periódico de manos del marqués-; esta sí que es noticia extraordinaria. Y no digan Vds. que la sabían, porque hasta ahora no se ha hablado en España ni en el mundo de semejante cosa. Atención: Cádiz 14. Corre muy válida la voz de que la Francia está dividida en tres partidos: borbónico, republicano y bonapartista. También dice que han desembarcado en Rosas 11.000 hombres con armas que vienen de Mallorca. -¡Tres partidos! -exclamó el diplomático mirando a D. José María. -¡Tres partidos! Ya lo sabía. -¡Y yo también!.. Pero corro a comunicar esta nueva a nuestros amigos -dijo el marqués levantándose. -Aguarda -le indicó su hermana-. No olvides que esta tarde tienes que pasar por allí. -¡Otra vez! -exclamó el diplomático-. Si no hay quien la haga (p.605) salir. Le he prometido, le he rogado, le he amenazado, le he dicho mil finezas y ternuras, y nada, no quiere salir. ¿Por qué no vais vosotras? -Sí, esta tarde iremos -afirmó detenidamente la marquesa-. Es preciso hacerla salir; porque sin ella no podemos volver a Madrid. -¡Oh!, picarón.. ya sabemos el secreto -dijo Malespina dirigiéndose con maliciosa expresión al marqués-. Ayer me hablaron del caso en varias tertulias.. Ya sabía yo que había Vd. sido un terrible seductor.. ¿Pero ahora salimos con eso? -Amigo, es preciso reparar de algún modo los extravíos de una borrascosa juventud. Ya sabe usted que hasta hace quince años me llamaban el azote de las familias. Pero ya pasaron aquellos tiempos, y ahora.. -¿De modo que no vas esta tarde? -Francamente -dijo el marqués-, en estos días me gusta salir a la calle lo menos posible. Suele haber tumultos.. ¡la gente anda tan excitada!.. ¡Qué susto me llevé la otra tarde en el barrio de San Lorenzo!.. y como a causa de la gota no puedo correr.. -Y como en la calle no se encuentran camas para esconderse debajo de ellas.. Vamos, vamos, señor marqués, y leeremos a los amigos estas estupendas novedades. Salieron la artillería y la diplomacia, y como la marquesa había salido de la habitación un momento antes, quedamos solos otra vez Amaranta y yo. -Sigue contando -me dijo-. Y ese señor tendero con quien servías, ¿ha venido contigo a Córdoba? -No señora, yo no he vuelto más a aquella casa. Salí de Madrid acompañando al Sr. de Santorcaz. -¡Santorcaz! -exclamó la dama, poniéndose encarnada y después pálida como una difunta-. ¿Quién? ¿Quién has dicho? -D. Luis de Santorcaz, señora, un caballero castellano que ha venido ahora de Francia. Amaranta parecía experimentar una conmoción profunda. Para disimularla se levantó fingiendo buscar algo, dio media vuelta, sentose de nuevo, después se puso la mano sobre los ojos, y finalmente, rompió una flor de trapo que tenía entre sus manos. -¿Qué estabas diciendo, que no te oí..? -me preguntó. -Que el Sr. de Santorcaz.. -Deja a (p.606) ese hombre.. no hables de lo que no me interesa. ¿Conque antes decías que los tenderos de la calle de la Sal martirizaban a la joven..? -Sí señora, mucho. Aquello me desgarraba el corazón -contesté sin cuidarme de disimular los tiernos sentimientos de mi alma. -Era natural que te interesaras por la desgracia. -Es que yo había conocido a Inés antes de que fuera a aquella casa. La había conocido cuando estaba con su tío el buen D. Celestino del Malvar. Nos conocíamos los dos, señora, y como ella era tan buena, y yo también.. porque yo era muy bueno.. En fin, señora, yo no puedo ocultar a usía la verdad. -Dímela de una vez. Dejándome llevar de la impetuosa pena que pugnaba por desbordarse en mi afligido pecho, y olvidando toda consideración, todo tacto, toda prudencia, con el acento de la verdad y de un dolor inmenso, dije lo siguiente, sin reflexión ni cálculo alguno: (p.607) -Señora, Inés y yo éramos novios.. Yo la amo, yo la adoro.. ella también.. Amaranta se levantó rápidamente, y en su semblante observé señales de repentina cólera. Mandándome callar, después de decirme que era un desvergonzado y un truhán, agitó con inquieta mano una campanilla. ¡Altos cielos! ¡Por qué no os hundisteis sobre mí! Entró un criado, y Amaranta le mandó que me pusiera al instante en la puerta de la calle.
Ep-4-XII - El criado, cumplidor de la ignominiosa orden, era un segundo mayordomo llamado Román, que desde su niñez servía en la casa. Desde que le conocí en el Escorial, aquel hombre me había inspirado inexplicable antipatía, y digo esto y además le nombro, para que mis lectores le tengan presente, por si casualmente figurase después un poco en los raros sucesos de esta historia. ¿Será preciso que hable de mis tormentos morales en los días siguientes a aquel suceso? ¡Dios mío! Voy a aburrir a mis lectores, abusando de la gentil cortesía que les movió a fijar sus ojos en estas relaciones. No, más vale que devore en silencio mis penas y les hable de otros asuntos, que así (p.608) alcanzaré la doble ventaja de proporcionarles útil entretenimiento, y de calmar mis pesares, adormeciéndoles con el beleño de patriótico entusiasmo. En Córdoba reinaba gran impaciencia por la tardanza del ejército de Castaños. Entonces, como ahora y como siempre, los profanos en el arte de la guerra arreglaban fácilmente las cuestiones más arduas, charlando en cafés y en tertulias, y para ellos era muy fácil, como lo es hoy, organizar ejércitos, ganar batallas, sitiar plazas y coger prisionero a medio mundo. A los profanos se unían los bullangueros y voceadores que entonces ¡santo Dios!, pululaban tanto como en nuestros felices días, y entre aquellos y estos y el torpe vulgo, armaban tal algazara, que no sé cómo las Juntas y los generales podían resistirla. Principiaron a hacerse comentarios muy diversos sobre la lentitud con que Castaños organizaba sus tropas; unos aseguraban que tenía miedo; otros que estaba decidido a dar la batalla, pero que seguro de perderla, tenía tomadas sus medidas para retirarse a Cádiz y huir a América con lo más granado de sus tropas; otros, en fin, se atrevieron a más, y pronunciaron la palabra traidor. Esta palabra no era entonces palabra, era un puñal: víctimas de ella fueron Solano en Cádiz, Filangieri en Galicia, Cevallos en Valladolid, Ordóñez en Palencia, el conde del Águila en Sevilla, Trujillo en Granada, Torre del Fresno en Badajoz, el barón de Albalat en Valencia. Inútil era decir a los impacientes de Córdoba que un ejército no se instruye, arma y equipa en cuatro días: nada de esto entendían. Aunque al través del tiempo nos parezca lo contrario, entonces se chillaba mucho, y también había quien tomara muy a pechos los asuntos de la guerra sólo por el simple placer de meter ruido, y también para hacerse notar. Todos los días oíamos decir: «mañana viene el ejército» o «ya ha salido de Utrera, ya está en Carmona..». Pero pasaban días y el ejército no venía. En tanto en Córdoba no cesaban los trabajos. Si no tienen Vds. idea de lo que es el delirio de la guerra, entérense de aquello. En estos (p.609) tiempos modernos, si ocurre una guerra, las señoras, llevadas de sus humanitarios sentimientos, se ocupan en hacer hilas. ¡Ay!, entonces las señoras tenían alma para ocuparse en fundir cañones. Cuando tal era el espíritu de las mujeres, figúrense Vds. cómo estarían los hombres. ¡Hilas! Allí nadie pensaba en tales morondangas. Los voluntarios y cuerpos francos se uniformaban según el gusto indumentario de cada uno, y aquí de la imaginación de las hembras de la familia, para galonar marselleses, para emplumar sombreros, y guarnecer charpas y polainas. Se hicieron muchos uniformes; pero no bastaban para equipar los dos regimientos, uno de caballería y otro de infantería que organizó la Junta de Córdoba. Sin embargo, este inconveniente se obvió, disponiendo que con cada prenda de vestir se cubriesen dos: el uno llevaba los calzones, casaca y sombrero, y el otro el pantalón, chaqueta y gorra de cuartel. El correaje también servía para dos: uno llevaba la bayoneta en la cartuchera y el otro en el porta-bayoneta, y no alcanzando las cartucheras y cananas, se suplían con saquillos de lienzo. Más adelante, cuando tenga el gusto de describiros en su conjunto el ejército de Andalucía, daré completa idea de su abigarrada conformación y aspecto. Francamente, señores, era aquel un ejército que movía a risa. Durante los días que aguardamos la llegada de Castaños para incorporamos a él (y necesariamente tengo que volver a hablar de mí), yo hacía una vida vagabunda y holgazana. Como el servicio del joven D. Diego no exigía más que presentarme en la posada a la hora de comer, pasaba el día y parte de la noche discurriendo por aquellas tortuosas calles, que convidan al transeúnte a perderse por ellas, entregándose al azar, a lo aventurero, a lo desconocido, sin saber a dónde se va, ni de dónde se viene. Por ser la soledad mi mayor gusto, rechazaba la compañía de mis camaradas, buscando errante y solo aquellos lugares donde más pronto me perdía. El único sitio adonde iba deliberadamente todos los días era la casa de (p.610) Amaranta, y pasaba largas horas contemplando su puerta, con los ojos fijos en las desnudas paredes, como si quisiese leer en ellas alguna mal escrita página de mi destino. Sus cerradas ventanas, sus espesas celosías, no daban paso a ninguna esperanza. Sin embargo, aquella fachada era tan elocuente, que no podía dejar de mirarla. Al apartarme de allí, el viejo muro con su puerta, sus ventanas, sus aleros y sus miradores, quedaba tan presente en mi imaginación como si fuese una fisonomía. ¡Cara funesta que nunca tuvo una sonrisa para mí! Los criados de la casa, a quienes impacientemente preguntaba por Inés, no sabían o no querían darme noticia alguna. Pero un día, precisamente el 1º de Julio, cambió repentinamente la situación de mi espíritu. Atiendan ustedes que esto es de suma importancia. Por fin, tras larga espera llegó el ejército del general Castaños, y al anochecer debía partir para el Carpio. Entre los paisanos armados que se juntaron con Echévarri, existía un grupo compuesto de contrabandistas de Sierra-Morena, de Villamanrique y de Pozo Alcón, con los cuales fraternizaron bien pronto formando amistosa cuadrilla, los licenciados de Málaga, batallón que se formó con alguna gente condenada por faltas, y que la Junta tuvo a bien indultar. Estos caballeros para cuya domesticación emplearon grandes rigores los jefes militares, tuvo una reyerta en Córdoba con los suizos de Reding. Fue cuestión de vino, prontamente aplacada; pero que, sin embargo, alarmó el barrio de Santa Marina durante media hora, produciendo sustos, algunas corridas, tal cual desmayo de sensibles mujeres, las que al oír los dos o tres tiros disparados en la colisión creyeron que los franceses estaban otra vez sobre Córdoba, y así lo gritaban corriendo desordenadamente por las calles. La parte mayor de la ciudad no se enteró de este suceso, que insignificante en las páginas de la historia patria, fue para mí de trascendencia suma, y más digno de mención que si hubiese derribado añejos tronos y alterado la geografía del continente. Así los granos de arena (p.611) pesan a veces como montañas en el destino de un ser humano, y lo que es gota de agua en el cauce de la generalidad, es río impetuoso en el de uno solo, o viceversa, según lo que nosotros llamamos antojos de allá arriba, y no es sino concierto sublime, que no podemos comprender, como no puede una hormiga tragarse el sol. Pues bien: algunas horas antes de la que señalaron para la partida, salí a la calle, impulsado por un sentimiento de amor hacia los laberintos de aquella ciudad que en sus repliegues escondidos había dado un asilo a mi tristeza. Sentía salir de Córdoba, como siente el ermitaño dejar su cueva. Me había acostumbrado tanto a pasear mi aburrimiento y soledad por aquellos callejones, a quienes en cierto modo había hecho confidentes de mi pesar; hallaba tantas perspectivas amigas en un recodo, en una torre, en un ajimez, en una encrucijada, en un poste, en una reja, en una piedra corroída por el tiempo, en un zócalo garabateado por los chicos, que no pude menos de salir a dar el último adiós a todas aquellas mudas compañías de mi tristeza. Aquel día estaba más triste que nunca. Era de tarde: pasé por una plazuela irregular solitaria e irregular, de esas que son la desesperación de los arquitectos modernos: a un lado muros de ladrillo, en los cuales por la disposición de este material se ha querido imitar una decoración greco-romana, con jambas, dentículas, capiteles, metopas y triglifos; a otro una pared sin puertas ni ventanas, luego un descomunal portalón, una esquina cargada de escudos, un farol, un santo, torres medio caídas y machones que se van a caer; una plazuela, en fin, de esas que nos salen al paso cuando visitamos cualquier vieja metrópoli, tal como Toledo, Granada, Valladolid, León, etc.. Al atravesarla sentí el ruido que cerca producía la citada reyerta entre los licenciados y los suizos: oíase lejana algazara, y al extremo de largo callejón vi algunas mujeres que corrían gritando. Esto despertó mi curiosidad y marché hacia allí; pero no había dado dos pasos, cuando me detuve asombrado y (p.612) estremecido, porque en el fondo de la plazuela, y en el ángulo que esta formaba con una calle, vi una mano que me hacía señas; sí, una mano blanca que me llamaba. Dirigime allá y en unos cuantos segundos se disipó la ilusión. Me reí de mi torpeza al observar que en el ángulo mencionado había una imagen de la Virgen de esas que la devoción de los españoles ha puesto en las antiguas calles. La Virgen tenía una corona de hierro, en cuyos picos debió de haberse enredado una cometa de algún chico de la vecindad, pues un jirón de papel, todavía suspendido junto al cuerpo de la sagrada estatua, se movía a impulsos del viento. Aquello fue lo que a mí me pareció un brazo que se movía y una mano que me llamaba. Tal alucinación en pleno día era señal de mi estupidez, por lo cual burlándome de mí propio, seguí mi camino. Pasando bajo la imagen, contemplaba el jirón de la cometa, cuando me detuve de nuevo, porque un objeto rozó mi cara produciéndome cierto escalofrío. El jirón de papel se había desprendido de la imagen cayendo sobre mí. ¡Vean Vds. lo que es el estado del ánimo! Aquel hecho insignificante, tan insignificante como el aplastamiento de un grano de arena con nuestro pie, me hizo detener el paso, me hizo temblar, me hizo mirar a todos lados, puso en mis labios esta pregunta que me dirigí lleno de confusión: -Pero Gabriel, ¿te has vuelto bobo, o lo has sido toda tu vida? Seguí andando hacia la acera de enfrente, cuando de nuevo me detuve, me quedé helado, absorto, estupefacto, porque detrás de mí había sonado claramente mi nombre. ¿Quién me llamaba? Volvime y nada vi. La plazuela estaba enteramente desierta y muda: sólo a lo lejos se oían apenas algunas voces del altercado, que de ningún modo podían confundirse con la que a mi espalda había dicho: «Gabriel». Al volverme, mis ojos se fijaron en una puerta; era la puerta de una iglesia. Abiertas de par en par las hojas de madera chapeada, se veía el cancel de mugriento cuero, con dos puertecillas laterales. Una vieja, al salir, puso en movimiento las (p.613) mohosas bisagras, y al ruido de la herrumbre, un sonido lastimero llegó a mis oídos, modulando aquella voz que a mí me había parecido mi nombre. Esta vez no me reí, sino que entré decididamente en la iglesia. Vi muchos santos pintados o de escultura, y ¡cosa singular!, pareciome que todas las imágenes sonreían apaciblemente. La iglesia era modesta, blanca, oscura. En los lustrosos bancos se sentaban algunas señoras de edad: las luces del altar, al reflejarse en los oropeles de un luengo cortinón rojo que servía de dosel a la Virgen, brillaban, estrellas tembladoras de aquella dulce oscuridad, indicando a dónde debían dirigirse los piadosos ojos. Al poco rato de estar allí, pareciome aquel interior menos oscuro, y comencé a ver distintamente todos los objetos. En el fondo de la iglesia, frente al altar, había una gran reja que se alzaba desde el suelo al techo; tras esta reja percibíanse vagas claridades movibles y un murmullo sordo, de cuyo conjunto se destacaba de rato en rato una sílaba o una tos que repetían los ecos de la bóveda. Acercándome a aquella reja, pude fácilmente distinguir tras ella varios bultos blancos y negros, entre los cuales algunos desfilaron pausadamente y sin ruido hacia una puerta que se abría en el ángulo del fondo, y otros permanecían inmóviles y de rodillas. Eran las monjas. Contemplando la tranquilidad de aquellas santas mujeres, su apacible recogimiento, la aparente vaguedad de sus formas corpóreas, aquel silencio de sus pasos que las asemejaba a simples creaciones de la luz, discurriendo por el fondo de la cámara oscura; contemplando aquella calma de sus rezos que nadie oía, sentí envidia de los que sumergen su vida en la dulce sombra de un claustro. Yo no apartaba mis ojos del coro, observando indiscretamente los movimientos de las buenas madres, y mientras mayor era mi atención, con más claridad se me iban presentando los distintos objetos de aquel recinto, y vi poco a poco los sillones, el facistol, el órgano, los cuadros. Tan lentamente salían de la oscuridad los perfiles de estos objetos, que mi propia imaginación podía (p.614) creerse autora de aquel espectáculo. El día iba descendiendo, y la iglesia se oscurecía por grados; pero una de las madres, tirando de unas cuerdas, descorrió la cortina negra de la alta ventana del coro, y entonces entró la luz crepuscular, dando a todo su verdadera forma. Retiráronse algunas monjas: yo sentí el tenue chocar de las medallas de sus rosarios cuando levantaban la rodilla, y luego algunos besos. Era fácil contar el número de las que salían por el número de los suaves estallidos que resonaban en aquel espacio, porque todas al salir besaban los pies de un Cristo colgado junto a la puerta. Yo atendía a esto cuando de las figuras que aún quedaban de rodillas en el centro del coro, se levantó una dirigiéndose a la reja y al mismo lugar en que yo estaba. Mi impresión al verla, al ver su cara, al ver sus ojos que me miraban, fue tan viva, tan aterradora que hube de quedar petrificado, me quedé con la sangre helada, la vida en suspenso, hecho una estatua de plomo. Lo que estaba viendo, ¿qué era? ¿Era una aberración, un delirio, una imagen del sueño, un juguete fantástico, obra de los ángeles traviesos para burlarse de los que con sus mundanas tristezas van a profanar la casa de Dios? La miré fijamente, atónito ante aquel enigma, ante aquel misterio; pero la visión no duró más que algunos segundos, porque la monja, llamada por otra, se apartó de la reja, y salió rápidamente del coro sin besar el pie del Santo Cristo. Al hallarme solo reuní todos, absolutamente todos los rayos de mi razón, y juntándolos los dirigí a la confusa y negra oscuridad de aquel fenómeno. Quise desvanecer el celaje que envolvía mi inteligencia haciéndome estúpido, y me pregunté si lo que acababa de presenciar era reproducción de aquella burla de mis sentidos que poco antes me había hecho ver una mano en un pedazo de papel y oír mi nombre en el chirrido de una puerta. Me di golpes en la cabeza, busqué un sitio más solitario, donde, serenándome, pudiera poner en claro cuestión tan ardua, y sin saber cómo, di conmigo en el fondo de una capilla. En un cuadro que se ofreció de (p.615) improviso a mis ojos vi una falange de ángeles, mil encantadoras criaturas de esas que sin más naturaleza corporal que una cabeza y dos alas, han creado los artistas para regocijar los lienzos de la pintura ascética. Atrajeron mi atención aquellos seres juguetones y enredadores: todos se reían con infantiles carcajadas y entremezclándose volaban, rasgando nubes, esparciendo flores con el batir de sus alas de pollo y dándose de coscorrones al chocar unas con otras las rubias cabecitas. Por momentos me parecía que avanzaba sobre mí aquella bandada de rostros voladores, y luego retrocedían haciendo con alegre algazara movimientos de miedo, para esconderse después tras una nube, y hacerme desde allí guiños con sus ojuelos, y encantadoras muecas con sus bocas. A tal situación habían llegado mis sentidos cuando el sacristán, agitando un grueso manojo de llaves con cencerril estruendo, me hizo salir de la iglesia, pues yo era la única persona que quedaba en ella. Salí, y la luz de la calle pareció devolverme el sentido común, que, según mi propia opinión, había perdido. El tumulto de que poco antes hablé, continuaba más reciamente, y algunas personas atravesaron corriendo la plazuela. Entre estas vi un hombre, un caballero que corría azorado y con miedo, volviendo la vista atrás, deteniéndose a cada dos pasos, y vacilando luego sobre qué dirección tomaría. Fijose en mí, y al punto, llamándome por mi nombre, se me acercó con muestras de alegría por haberme encontrado. Era el diplomático.
Ep-4-XIII - -Gabriel -me dijo con voz temblorosa y sin dejar de mirar hacia el sitio del tumulto-, vas a hacerme un favor.. ¡Los franceses! ¡Están ahí los franceses! Sí.. yo he visto pasar por esa calle las gorras de pelo de a dos varas de alto.. Bien lo decía yo.. Mi sobrinita y mi hermana tienen unas cosas.. a ellas solas se les ocurre mandarme con esta comisión, sin reparar que la pierna gotosa no me deja correr. Pero no doy un paso más.. me retiro a casa.. tú te encargarás de llevar las flores, la carta y el recado.. ¿No oíste un tiro? Me (p.616) parece que vienen por ese lado. ¡Jesús, esto es atroz! Si viene una bala perdida.. Adiós, me voy; toma, chiquillo: encárgate tú de esto. Es muy fácil. Ahí está el convento. Mira, en aquel callejón está la puerta del torno. Entras, preguntas por la señorita Inés, la novicia.. pues. Dices que vas de parte de la señora marquesa de Leiva. ¿Lo olvidarás?.. ¡Dios mío! ¡Esas mujeres que pasan corriendo! Sin duda los muy tunantes intentan deshonrarlas. Me voy.. Toma: entra tú en el locutorio. ¡Para qué vendría yo a estos malditos barrios! Toma el ramo de flores contrahechas.. toma la carta, que darás a la señorita Inés.. le dices que la señora marquesa está enojada con ella, y que es preciso que se decida a salir del convento.. insiste mucho en esto, ¿eh?, dile que nos vamos para Madrid, y que en la corte del nuevo rey José I.. ¡Demonio, eso que ha sonado es un tiro de obús!.. Me parece que ahora cayó una granada en el techo de esa casa. -¿Una granada? Lo menos cincuenta van disparadas ya -dije yo, atizando el fuego de su miedo para que se marchara pronto y me dejase tan sublime comisión. -Conque, chiquillo -continuó, temblando como un azogado-, ¿lo harás bien? Si te dan contestación la llevas a casa. Ve pronto. Yo me escaparé corriendo por esta calle donde no se siente ruido.. adiós. Desapareció el diplomático, llevado por su miedo, y al punto entré en la portería del convento con febril alegría, y di fuertes porrazos en el torno. Una voz regañona me contestó: -Deogracias -dije-. Vengo de parte de mi ama la señora marquesa de Leiva a traer un recado a la señorita Inés. La portera me dijo que esperara en el locutorio, y al poco rato de estar allí corriose la cortina de éste y vi dos monjas. No sé cómo me pude mantener en pie. Una de ellas era Inés. No me cabía duda alguna, era ella misma: en su semblante, adelgazado y pálido, habían impreso terribles huellas los sesenta días de incesantes pesares transcurridos desde el 2 de Mayo; pero la reconocí, a pesar de la escasísima luz del locutorio, y la hubiera reconocido en la oscuridad de las entrañas de (p.617) la tierra. Pareciome que al verme cerró los ojos, y que asió las rejas con sus dos manos para sostenerse. Cuando me dirigió la primera pregunta su voz temblaba de tal modo, que era imposible entender sus palabras. Sin poder decir una sola, incapaz de discurso y de movimiento, permanecí yo breve rato con la cara apoyada en la reja. La monja que la acompañaba me obligó por fin a hablar. -La señora marquesa me ha dado este ramo de flores y esta carta -dije introduciendo ambas cosas para que las tomara Inés. -¡Ah, el ramo para el Santo Niño de la Enfermería! -dijo la monja vieja-. La señora condesa no se olvida de nosotras. -También me ha dado un recado de palabra para la señorita Inés -continué-, y es que se prepare a salir del convento para partir con ella a Madrid dentro de algunos días. -¡Oh! -exclamó la vieja-. La señora condesa y la señora marquesa hacen mal en contrariar la decidida vocación de esta niña. ¡Por qué ese empeño de llevarla al siglo, cuando ella quiere dejar sus maldades y abominaciones! La pobrecita no quiere cuentas con nadie más que con su prometido esposo, que es nuestro Señor Jesucristo. -Madre Transverberación -dijo Inés con voz más entera-, el chocolate y los bollos que han hecho sus mercedes ayer para la señora condesa, ¿dónde están? ¿Los ha traído su merced? -No por cierto. -¡Si tuviera su merced la bondad de ir a buscarlos para que los lleve este mozo! -Bien pudo Vd. haberlos traído -dijo gruñendo la vieja. -Si la señora condesa no lo recibe esta tarde, se enojará mucho, y me será difícil convencerla de que no quiero dejar nunca más esta santa morada. -Voy por él.. ¡Qué niñas éstas! Dejonos solos la madre Transverberación, y entonces hablé así: -Inés mía, estoy vivo, he resucitado. Salí vivo de aquel montón de victimas, donde perdimos para siempre a nuestro buen amigo D. Celestino. Al verme vivo y sin ti, pensé que Dios me había devuelto la vida para castigarme; pero ahora que te encuentro, alabo a Dios porque veo que no una, sino dos veces me ha devuelto la vida. -¿Debo salir de aquí? (p.618) ¿Debo hacer lo que me mandan esas señoras? -me preguntó Inés con impaciencia, porque temía la vuelta de la madre Transverberación. -Sí, Inés, sal de aquí. Haz lo que te mandan esas señoras. ¿Qué dicen en esa carta? -Toma, léela -dijo, alargándola al través de la reja. A la escasa luz del locutorio pude leer la carta, que decía, entre otras cosas relativas al ramo y al chocolate, lo siguiente: «Esperamos que cesará tu obstinación en profesar. Nos oponemos resueltamente a ello, y no queremos que tu ingreso en el seno de esta familia sea señal de aniquilamiento de nuestra casa. Ya te dijimos que habíamos determinado casarte con un joven de alto linaje, proyecto en el cual estriba la felicidad y grandeza y lustre de la familia a que perteneces. Todo está concertado, y aunque se aplace por motivo de la guerra, al fin tiene que ser; de modo que si persistes en profesar, nos llenarás de dolor. ¿No anhelas servirnos de consuelo en nuestra soledad? ¿No correspondes al mucho amor que te profesamos? ¿No deseas ocupar el puesto que te pertenece en nuestro corazón y en nuestra casa? Mi sobrina y yo iremos a convencerte, y en tanto disponemos el viaje a Madrid, adonde nos acompañarás, porque tu presencia es indispensable a las diligencias de tu legitimación». -Sí, saldré -dijo Inés cuando acabé de leer la carta-. Ya no quiero estar más aquí. -¿Pues qué, estabas decidida a profesar? -Sí, muy decidida. Nada me consolaba sino la idea de encerrarme aquí para siempre. Cuando me trajeron a Córdoba.. ¡qué días y qué viaje!, yo no sabía lo que era de mí. Me encerraron en este convento.. luego vinieron esas señoras a decirme que era su sobrina.. me besaron.. lloraron mucho las dos.. luego dijeron que me iban a casar, y cuando les contesté: «Pues ya que me han puesto aquí, aquí me he de quedar toda la vida», ambas se afligieron mucho.. Me visitan con frecuencia, acompañadas de un señor de edad que me hace mil caricias, y asegura quererme mucho; pero siempre me he negado a ceder a sus ruegos para salir. -¿Y (p.619) ahora? -Las paredes del convento se me caen encima, y anhelo salir. -¡Pero te van a casar! -exclamé indignado-. Te quieren casar y no se hunde el mundo. Entonces se rió, creo que por primera vez después de mucho tiempo, y aquella espontánea alegría me pareció expresión de una renaciente vida. Inés salía del seno del claustro como yo del montón de muertos de la Moncloa, y al contestar con una sonrisa a mis amorosas quejas, sacaba del sepulcro de la Orden el pie que tan impremeditadamente había metido dentro. Viéndola reír, reíme yo también, y al punto olvidando la situación, nos hablamos con la confianza de aquellos tiempos en que de nuestras penas hacíamos una sola. -¡Ay, chiquilla! Ahora que eres archiduquesa y archipámpana, ¿no tienes vergüenza de quererme? -¿Pero qué quieren hacer de mí? -dijo Inés poniéndose triste otra vez. -Mira, princesa; haz lo que te mandan esas señoras: obedécelas en todo. Ya habrás conocido el parentesco que tienes con ellas. Dios te ha puesto en sus manos: acepta lo que Dios te da, y él arreglará lo demás. -Saldré del convento -afirmó ella-. ¡Ay! Las madres se van a asustar cuando me lo oigan decir. Pero ya Dios no quiere que yo sea monja. -No lo serás, no; y cuando yo vuelva de la guerra.. -¿Pero vas tú a la guerra? Chiquillo, ¿quién te ha metido en guerras? -¿Pues qué he de hacer? ¿Quieres que toda la vida sea criado? Escucha, Inés, lo que me pasó hace días en casa de la señora condesa. Fui a visitarla, y habiendo cometido la indiscreción de decirle que te amaba, se enfureció de tal modo que me hizo poner en la puerta de la calle. Inés cruzó las manos, dejándolas caer luego con desaliento sobre su falda, mientras elevaba sus ojos al cielo, sin decir nada. -No soy más que un criado, Inés -exclamé agarrándome con fuerza a la reja y sacudiéndola, como si quisiera hacerla pedazos-; no soy más que un miserable chico de las calles, indigno de ser mirado por personas de tu clase. Después que nos separamos, mira qué distantes estamos uno de otro. Pero no creas que lo siento; me gusta verte donde debes (p.620) estar. -¿Y tú? -me preguntó con perplejidad. -Yo haré lo que deba, Inesilla. Sal de este convento, ve con esas señoras, y espérame tranquila, con la seguridad de que iré a buscarte. Si para entonces no has variado.. si te encuentro la misma.. Inés me contestó al instante pasando su dedo índice por uno de los huecos de la reja. Yo se lo besé, se lo mordí tan sin pensarlo, que ella no pudo contener un pequeño grito, a punto que la madre Transverberación regresaba con el chocolate y los bollos. -¿Qué es eso, niña? -exclamó la vieja asombrada de oírla chillar. -Nada, madre Transverberación. Esta reja tiene unos picos.. Al mover la mano me lastimé un dedo -repuso Inés chupándose la coyuntura del dedo índice y sacudiéndolo después para aparentar el dolor del supuesto rasguño. -Aquí están el chocolate y los bollos -añadió la monja-. Vaya, ya es tiempo de que se marche ese mocito, porque oscurece y no es ésta hora de tener abierto el locutorio. -Rabiando estoy por marcharme -dije-. Vengan acá esos bollos y ese chocolate, que la señora marquesa ha de estar con el alma en un hilo, aguardando tan buenas cosas. ¿Y qué le digo a su merced en contestación al recado que tuve el honor de traer? -Que está muy bien -contestó Inés apretando su cara contra la reja-. Que haré lo que me mandan, y que cuando quieran venir por mí, estoy dispuesta a salir del convento. -¿Cómo es eso, niña? -dijo alarmada la monja-. ¡Que quiere Vd. salir! ¡Qué pensará su futuro esposo Jesucristo si llega a sus oídos lo que Vd. ha dicho! Y tiene que saberlo forzosamente, porque Él está en todas partes y todo lo oye. Nada, nada -añadió arrimando su hocico a la verja-. Rapaz, a la señora marquesa dirá Vd. que la niña persiste en su ejemplar vocación, y que si quieren verla enfadada y bufando de rabia, que le hablen del siglo y sus tentaciones. Inés prorrumpió en una carcajada tan natural, tan graciosa, tan fresca, tan jovial, que hasta las paredes del convento parecían regocijarse con tan alegre música. -¿Qué risas tan mundanas son esas? -dijo la madre (p.621) Transverberación-. Es la primera vez que se ríe Vd. de ese modo en esta casa. ¿Qué pasa para tanta alegría?.. Adentro, niña, adentro y daremos parte de este inaudito desenfado a la madre abadesa. Cerrose el locutorio y salí a la calle. Sentíame con nueva vida, con centuplicadas fuerzas en mi espíritu y en mi cuerpo; sentíame capaz de todo, de la abnegación, de la lucha, hasta del heroísmo, porque la presencia y las palabras de Inés habían abierto desconocidos horizontes, inmensos espacios delante de mí.
Ep-4-XIV - Antes de llegar a la posada, fuerte ruido de tambores y cornetas me anunció la salida del ejército. Corrí a buscar mis armas y mi caballo, y antes de que se notara mi falta, ya estaba en fila con el señorito conde de Rumblar, Marijuán y los demás de la partida. Era ya de noche cuando salimos, y el pueblo todo tomó parte en aquella espontánea fiesta de nuestra despedida: millares de luces se encendieron a nuestro paso en balcones y puertas; ninguna mujer dejó de saludarnos desde la reja, ya sin galán, y todos los chicos engendrados por aquella fecunda generación, salieron delante de los tambores acompañándonos hasta más allá de la Puerta Nueva. Anduvimos toda la noche, y al día siguiente, al salir del Carpio, nos desviamos del camino real de Andalucía tomando a la derecha en dirección a Bujalance. Durante esta primera jornada encontramos a Santorcaz, que había salido de Bailén para incorporarse a su cuadrilla, y a todos nos dio mucho gusto el verle. -Aquí traigo varios regalitos que le manda a usted su señora mamá -dijo a mi amo, entregándole unos paquetes-. La señora estaba desazonada por no haber tenido noticias de Vd., y me encargó que le cuidase bien. ¿Hizo el señor conde las visitas que doña María le encargó? -Puntualmente -contestó mi amo-. Y Vd., ¿por qué no ha venido antes? -¡Qué demonio! -exclamó Santorcaz-. Con estas cosas ni tenemos posta, ni quien lleve una carta. Sin embargo, yo recibí las que esperaba, y aquí estoy al fin, deseando, como los demás, que tropecemos con los (p.622) franceses. Desde entonces fue Santorcaz el principal personaje de la cuadrilla después del amo, lugar que supo conquistarse con su desenvoltura y la amenidad subyugadora de su conversación. Él ponía todo su esmero en agradar a D. Diego, cosa fácil de conseguir; y siempre fijo al lado de este, cautivó prontamente el ánimo del buen chico, ya contándole hazañas y extraordinarios hechos, ya sugiriéndole con su fértil imaginación ideas y conceptos propios para enloquecer a un joven de chispa, pero muy atrasado en su desarrollo intelectual. Y a todas estas, señores míos, ni una palabra os he dicho de aquel ejército, ni de su extraña composición; pero atended ahora, que lejos de ser tarde, es esta la ocasión propicia de hacerlo, según el refrán que dice: cada cosa en su tiempo y los nabos en adviento. La base del ejército de Andalucía estaba en las tropas del campo de San Roque mandadas por Castaños, y en las que después trajo D. Teodoro Reding de Granada. Componíase de lo más selecto de nuestra infantería de línea, con algunos caballos y muy buena artillería, no excediendo su número de trece a catorce mil hombres. Agregáronse a aquellas fuerzas algunos regimientos provinciales y los paisanos que espontáneamente o por disposición de las Juntas, se engancharon en las principales ciudades de Andalucía. Difícil es conocer la cifra exacta a que se elevaron las fuerzas de paisanos armados; pero seguramente eran muchos, porque la convocatoria había llamado a todos los mozos de diez y seis a cuarenta y cinco años, solteros, casados y viudos sin hijos, de cinco pies menos una pulgada, medidos descalzos. Además de los notoriamente inútiles, como cojos, mancos, ciegos, etc., se exceptuaba a los que tenían su mujer embarazada o ejercían cargos públicos, así como a los ordenados de Epístola; pero no había excepción por razón de cosecha o labores del campo. Los únicos rechazados de las filas, sin tener aquellos reparos, eran los negros, mulatos, carniceros, verdugos y pregoneros. Con paisanos, pues, creó Sevilla cinco (p.623) batallones y dos regimientos de caballería; Cádiz mandó el batallón de tiradores que llevaba su nombre, y las ciudades y villas de Utrera, Jerez, Osuna, Carmona, Jaén, Montoro y Cabra, enviaron cuerpos de infantería y caballería de número irregular. Esto aumentó el ejército; pero aún debía crecer un poco más aquel que empezó enano y debía ser gigante terrible, si no por su tamaño, por su fuerza. Los militares españoles que el Gobierno de Madrid incorporaba a las divisiones de Moncey, de Vedel o de Lefebvre iban huyendo de sus traidoras filas en cuanto se les presentaba ocasión para ello, de tal modo que al verificar sus marchas aquellos ejércitos por parajes montuosos y accidentados, veían que los españoles se les escapaban por entre los dedos, como suele decirse. Los desertores acudían a engrosar las tropas del ejército de Blake, del de Cuesta o del de Castaños; y a Carmona y a Córdoba llegaron muchos, escapados de las filas de Moncey, así como casi todos los que hacían la campaña de Portugal con Junot. Aquellos oficiales y soldados al romper la disciplina literal que los sujetaba a la Francia invasora para acudir al llamamiento de la disciplina moral de su patria oprimida, hacían el viaje disfrazados, traspasaban a pie las altas montañas y los ardientes llanos, hasta encontrar un núcleo de fuerza española. Daba lástima verles llegar rotos, descalzos y hambrientos, aunque su gozo por hallarse al fin en tierra no invadida les hacía olvidar todas las penas. Con estos desertores, entre quienes había guardias de corps, walones, ingenieros, y artilleros, aumentó un poco nuestro ejército. Pero aún creció algo más. La Junta de Sevilla había indultado el 15 de Mayo a todos los contrabandistas y a los penados que no lo fueran por los delitos de homicidio, alevosía o lesa majestad divina o humana, y esto trajo una legión, que si no era la mejor gente del mundo por sus costumbres, en cambio no temía combatir, y fuertemente disciplinada, dio al ejército excelentes soldados. Ibros, lugar célebre en los fastos del contrabando; Jandulilla, Campillo de (p.624) Arenas, y otras localidades, entregadas más tarde al sable de la guardia civil y de los carabineros, enviaron respetables escuadrones, con la particularidad de que por venir armados hasta los dientes, y ser todos unos caballeros de muy buen temple, que sabían dónde echaban la boca del trabuco, se les reputó como auxiliares muy eficaces del ejército. Cuerpos reglamentados españoles, con algunos suizos y walones; regimientos de línea que eran la flor de la tropa española; regimientos provinciales que ignoraban la guerra, pero que se disponían a aprenderla; honrados paisanos que en su mayor parte eran muy duchos en el arte de la caza, y por lo general tiraban admirablemente; y por último, contrabandistas, granujas, vagabundos de la sierra, chulillos de Córdoba, holgazanes convertidos en guerreros al calor de aquel fuego patriótico que inflamaba el país; perdidos y merodeadores, que ponían al servicio de la causa nacional sus malas artes; lo bueno y lo malo, lo noble y lo innoble que el país tenía, desde su general más hábil hasta el último pelaire del Potro de Córdoba, paisano y colega de los que mantearon a Sancho, tales eran los elementos del ejército andaluz. Se formó de lo que existía; entraron a componer aquel gran amasijo la flor y la escoria de la Nación; nada quedó escondido, porque aquella fermentación lo sacó todo a la superficie, y el cráter de nuestra venganza esputaba lo mismo el puro fuego, que las pestilentes lavas. Removido el seno de la patria, echó fuera cuanto habían engendrado en él los gloriosos y los degenerados siglos; y no alcanzando a defenderse con un solo brazo, trabajó con el derecho y el izquierdo, blandiendo con aquel la espada histórica y con este la navaja. En cuanto a uniformes y trajes, los había de todas las formas conocidas. Es prodigioso cómo se equipó aquel ejército de paisanos en diez y seis días. La administración actual, con todos sus recursos, es un sastre de portal comparada con aquel confeccionador que puso en movimiento millones de agujas en dos semanas. En (p.625) cierto estado que la historia no ha creído digno de sus páginas, pero que existe aún, aunque en el olvido, se consigna el número de piezas de vestuario que hicieron gratuitamente las monjas y señoras de Sevilla. Dice así: «Por las comunidades y señoras de distinción se han hecho 3.335 camisas, 1.768 pantalones y 167 casacas de soldado: 1.001 camisas, 312 pantalones y 700 chalecos de sargento: 374 botines de paño, 149 sacos de caballería, 16 mochilas y 1.684 escarapelas». Las señoras de Alcolea, las de Carmona, Lora del Río y otros pueblos figuran en la cuenta con cifras parecidas. Esta diversidad de manos en la hechura del vestuario indica que la voz uniforme, en lo tocante a voluntarios, era una palabra. Al lado de las casacas blancas con solapa negra, carmesí o azul que vestían la mayor parte de los regimientos de línea; al lado de las levitas azules con bandolera que vestían los walones y los suizos, veíamos los chaquetones de paño pardo con que se cubría la gente colecticia. Entre los altos morriones de la artillería y las gorras de los granaderos, llamaban la atención nuestros blancos sombreros portugueses y las gorras de cuartel y los tocados de innumerables clases con que cubrían sus chollas los tiradores y voluntarios de los pueblos. Como antes he dicho, aquel ejército hacía reír. ¿Y el dinero para la guerra? Causa risa ver cómo se da hoy de calabazadas un ministro de Hacienda para arbitrar con destino a otra guerra unos cuantos millones que nadie quiere darle si no hipoteca hasta el último pingajo de la Nación. Aprended, generaciones egoístas. Leed las listas de donativos hechos por los gremios, por los comerciantes, por los nobles y hasta por los mendigos. ¡Aquel sí era llover de dinero, y reunirlo a montones, sin que ni un realito de vellón se escapase por entre los agujeros del cesto administrativo! En la lista de donaciones hay una partida conmovedora que dice así: «La señora condesa viuda de Montelirios ha entregado su toaleta de plata, manifestando el sentimiento de que sus medios no (p.626) alcancen tanto como su voluntad». ¿Habrá hoy quien dé su toaleta?..
Ep-4-XV - Nuestra marcha por Cañete de las Torres en dirección al río Salado era un verdadero paseo triunfal, mejor dicho, casi no parecía que marchábamos, porque la gente de los pueblos, incluso mujeres, ancianos y chicos, nos seguían a un lado y otro del camino, improvisando fiestas y bailes en todas las paradas. Cuando el ejército se detenía, se eclipsaban en apariencia todos los males de la patria, porque la tropa, recobrando el buen humor, convertía el campamento en una especie de feria. Yo no sé de dónde salían tantas guitarras; no pude comprender de qué estaban hechos aquellos cuerpos tan incansables en el baile como en el ejercicio, ni de qué metal durísimo eran las gargantas, para ser tan constantes en el gritar y cantar. Durante la primera semana del mes de Julio no nos faltaron víveres abundantes, así es que lo pasábamos perfectamente; y como tampoco tropezamos con los franceses, que estaban establecidos, aunque muy inquietos, al otro lado del río, a todos, especialmente a los inexpertos, nos parecía la guerra una ocupación dulcísima. Sobre todo el condesito de Rumblar no cabía en su pellejo de puro alborozado; y como con el roce de tanta y tan diversa gente se iba despabilando por extremo, llegó a adquirir con la nueva vida un desembarazo, un dominio de su propia persona que antes no tenía. Santorcaz, como dije, había logrado en poco tiempo gran ascendiente sobre D. Diego, de tal modo que cuanto nuestro mozalbete ponía por obra, lo consultaba con aquel. Marijuán en cambio hacía buenas migas con un servidor de Vds., y siempre juntos en las marchas y en los descansos, nos contábamos nuestras cosas, compadeciéndonos y consolándonos mutuamente. Nosotros dos solos y sin dar parte a nadie nos comimos el divino chocolate y los bollos de la madre Transverberación. Todo el ejército tenía gran impaciencia por venir a las manos con la canalla. Como existen en todo campamento, además del supremo consejo que se celebra (p.627) en la tienda del general, tantos consejillos como grupos de soldados se escalonan aquí y allí en la cantina o en el campo raso, para echar una caña o tirar un par de cartas, nosotros estábamos dilucidando siempre en pequeños cónclaves la eterna cuestión de nuestro encuentro con los franceses. ¡Cuántas veces reunidos junto a un tambor donde había un jarro de vino, dispusimos el paso del río, el ataque del enemigo en su posición de Andújar, u otra hazaña de la misma harina! Un día hallándonos en Porcuna, y después que se nos unió el ejército de Reding, resolvimos, después de ardiente discusión, que nuestros generales estaban atolondrados, y sin saber qué plan adoptarían. El conde de Rumblar dijo que iba a escribir a su maestro D. Paco, para que le dijera lo que más convenía hacer; pero como todos se rieron de esta ocurrencia, nuestro generalito se amoscó y fue a que le consolara con sus adulaciones interminables el lugarteniente Santorcaz. Por último, tras largo consejo celebrado por los generales, se dijo que iban a ser distribuidas las divisiones para tomar la ofensiva inmediatamente. Aquel día, que fue si no recuerdo mal el 12 o el 13 de Julio, vi por primera vez al general Castaños, cuando nos pasó revista. Parecía tener cincuenta años, y por cierto que me causó sorpresa su rostro, pues yo me lo figuraba con semblante fiero y ceñudo, según a mi entender debía tenerlo todo general en jefe puesto al frente de tan valientes tropas. Muy al contrario, la cara del general Castaños no causaba espanto a nadie, aunque sí respeto, pues los chascarrillos y las ingeniosas ocurrencias que le eran propias las guardaba para las intimidades de su tienda. Montaba airosamente a caballo, y en sus modales y apostura había aquella gracia cortés y urbana, que tan común ha sido en nuestros Césares y Pompeyos. Es preciso confesar que a caballo y en las paradas hemos tenido grandes figuras. Esto no es decir que Castaños fuera simplemente un general de parada, pues en 1808, y antes de inmortalizar su nombre tenía muy buenos antecedentes (p.628) militares, aunque había hecho su carrera con rapidez grande, si no desusada en aquellos tiempos. A los doce años de edad obtuvo el mando de una compañía; a los veintiocho le hicieron teniente coronel y a los treinta y tres coronel. Si en su juventud no asistió a ninguna campaña, en 1794, y cuando tenía treinta y ocho años y la faja de mariscal de campo, estuvo en la del Rosellón a las órdenes del general Caro, y allí le hirieron gravemente en el lado izquierdo del cuello. Cuentan que la ligera inclinación de su cabeza hacia aquel lado provenía de la tal herida. Voy a decir de qué manera nos distribuyeron. La primera división la mandaba Reding, la segunda Coupigny y la tercera Jones: la reserva estaba a las órdenes de D. Juan de la Peña, y mandaban destacamentos sueltos compuestos poco más o menos de mil hombres, y en calidad de tropas volantes para mortificar al enemigo, D. Juan de la Cruz, el marqués de Valdecañas y D. Pedro Echévarri, que después fue uno de los más famosos polizontes de la reacción. Trescientos escopeteros que habían salido Dios sabe de dónde, eran capitaneados por el presbítero D. Ramón de Argote. ¿No es verdad que hubiera estado mejor diciendo misa? A caballo éramos tres mil, fuerza no muy grande si se considera que íbamos a operar en país entrellano y contra jinetes muy aguerridos; pero en cambio nuestra artillería era de primer orden. Teníamos veinticuatro piezas, servidas por el Real Cuerpo, con lo más florido de aquella oficialidad a quien estaba reservada la mayor gloria de la guerra, desde el 2 de Mayo hasta la batalla de Vitoria. Nosotros nos extendíamos por la izquierda del Guadalquivir, ocupando los pueblos de Porcuna y Lopera; y alargando una de nuestras alas por el camino de Arjonilla, observábamos la orilla derecha, mientras la otra ala se extendía hacia Higuera de Arjona buscando a Mengíbar. El francés ocupaba a Andújar con las fuerzas que primitivamente trajo a Andalucía, y que habían vencido en el puente de Alcolea y saqueado a Córdoba. La división de Vedel, fuerte de diez mil (p.629) hombres, ocupaba a Bailén, y la pequeña división de Ligier-Belair, el mismo general a quien vimos batirse con los vecinos de Valdepeñas en los primeros días de Junio, estaba en Mengíbar guardando el paso del río por aquella parte. Andújar, Bailén, Mengíbar. Del primero al segundo punto corría la carretera general de Andalucía, desde Bailén a Mengíbar el camino que iba a Jaén, y desde Mengíbar a Andújar el río. Conserven Vds. en la memoria la disposición de este triángulo para comprender la importancia de los movimientos de ambos ejércitos. Cualquiera que fuese el pensamiento de nuestros generales, lo cierto es que la primera división recibió orden inmediata de ponerse en marcha, mientras Castaños con la tercera y la reserva se dirigía hacia el puente de Marmolejo para pasarlo y atacar a Dupont en Andújar. Ya he dicho que mandaba D. Teodoro Reding la primera división: lo que aún no ha sido escrito por la historia ni dicho por mí, es que yo formaba parte de ella, porque toda la caballería voluntaria había sido incorporada, mejor dicho, fundida en los batallones del ejército, que apenas contaban con la mitad del contingente. A mi amo y a los que le seguían nos tocó formar en las filas del regimiento de Farnesio, mientras que los lanceros de Sevilla fueron casi todos incorporados al regimiento de España. El día 13 nos separamos de nuestros compañeros y tomamos el camino, mejor dicho, las veredas y trochas que conducían a Mengíbar. No llegábamos a seis mil; pero éramos buena gente aunque me esté mal el decirlo. El regimiento de guardias walones, los suizos, el de la Corona, el de Irlanda, el de Jaén, los granaderos provinciales, los fusileros de Carmona, la caballería de Farnesio y las seis bocas de fuego que mandaba D. Antonio de la Cruz, eran piezas respetables, orgullosas de sí mismas. Teníamos por general a un hombre impetuoso, de más arrojo que prudencia, mediano táctico; pero incansable en las marchas. Nuestro jefe de Estado Mayor, D. Francisco Javier Abadía, era un militar muy entendido, quizás de los mejores (p.630) que entonces tenía el ejército español, y el coronel puesto al frente de la artillería pasaba por un oficial de mucho entendimiento en su arma. Nosotros le llamábamos el sainetero por ser hijo de D. Ramón de la Cruz. Adelante, pues. Al llegar a Mengíbar, encontramos la población muy alborotada, porque un destacamento francés enviado a Jaén en busca de víveres, después de saquear horriblemente esta ciudad, había retrocedido a su cuartel general asolando a su paso la comarca. De Jaén se contaban atrocidades que apenas son creíbles en militares de un país europeo. Dijéronnos que mujeres y niños habían sido inhumanamente degollados y que igual muerte padecieron dentro de sus mismos hospitales varios frailes agustinos y dominicos enfermos. La consternación de aquellos pueblos era excesiva, y al aproximarse las tropas acudían en tropel a nuestro encuentro, derramando lágrimas de ira, suplicándonos que no dejáramos vivo un francés, y pidiendo los viejos aún fuertes y los rapaces de doce años que se les dejase marchar entre las filas para ayudarnos. Según nos decían, después del saqueo, en los caseríos inmediatos al tránsito, Almenara, Fuente del Rey, Grañena y otros no habían dejado ni un grano de trigo, ni un azumbre de vino, ni un puñado de paja. Hasta las medicinas de las boticas y de los hospitales de Jaén fueron robadas, y al propio tiempo ni un carro ni una mula quedaron en todos aquellos contornos. Muchas familias expoliadas habían acudido a Mengíbar. En la plaza del pueblo dos frailes escapados a las carnicerías de Jaén, predicaban el exterminio de los franceses. Al ver la indignación de aquella infeliz gente robada y vejada, al ver las mujeres que acudían frenéticas y rabiosas pidiéndonos que vengáramos a sus inocentes hijos degollados sin piedad en la cuna, comprendí las crueldades de que por su parte empezaban a ser víctimas los franceses, cuando se rezagaban.
Ep-4-XVI - Antes de decidirse a pasar el río, nuestro general mandó una pequeña fuerza en reconocimiento de la situación de las tropas de (p.631) Coupigny. Algunos jinetes de Farnesio tomaron parte en esta expedición, y Marijuán que fue en ella, nos contó a su regreso en la tarde del 15, que habían encontrado la división del marqués hacia Villanueva de la Reina, donde le entregaron los pliegos de Reding. Desde el campamento de Coupigny se había visto una gran polvareda en la orilla derecha, y parecía que la división de Vedel marchaba desde Bailén a Andújar, para reforzar a Dupont, que ya había trabado la lucha con Castaños. La gente venida de Arjonilla aseguraba haber oído fuerte cañoneo hacia la parte de los Visos. -A estas horas -decía Marijuán-, o ellos o los de Castaños han de estar derrotados. -¿Y qué esperaba el marqués en Villanueva de la Reina? -preguntó Santorcaz con aquella suficiencia estratégica que le hiciera tan digno de admiración a los ojos del joven D. Diego. -Allí se estaba tan quieto -repuso Marijuán-. Parece que está de acuerdo con nuestro general para operar en combinación y atacar juntos a Bailén. -¿Pero qué estrategia es esa, ni a qué conduce atacar a Bailén? -dijo Santorcaz, atrayendo en su alrededor un círculo de soldados-. ¿No dices que la división Vedel salió de Bailén y está ya sobre Andújar? -Sí: así lo decían en Villanueva. -Pues si no hay enemigos en Bailén, ¿qué es eso de atacar a Bailén? Se tratará de ocuparlo para luego avanzar por el arrecife y embestir a Dupont y a Vedel por la espalda, mientras Castaños, Jones y Peña lo atacan de frente. -Eso, eso será -dijimos todos-. De ese modo les cogeremos entre dos fuegos y no escapará ni una patena de las que han robado en Córdoba. -Pero si ese es el plan, ya debía estar puesto en ejecución. Si se están batiendo en Andújar, a estas horas deberíamos estar nosotros cayendo sobre la retaguardia francesa; mientras que si nos ponemos en marcha esta noche y llegamos mañana, sabe Dios.. Al anochecer se nos puso en movimientos río arriba, lo cual no comprendimos ni poco ni mucho hasta que algunos compañeros que eran del país y conocían el terreno nos dijeron que íbamos (p.632) buscando el vado del Rincón para pasar al otro lado. Por la noche algunas fuerzas de infantería y dos piezas pasaron por junto a la barca, mientras el grueso del ejército con la caballería nos disponíamos a hacerlo media legua más arriba. Antes de amanecer sentimos algunos tiros del otro lado, y diósenos orden de hacer el menor ruido posible, y de no encender lumbre. La noche era calurosa: habíamos comido poco y mal el día anterior, y con esto y el no dormir no estábamos del mejor humor; pero la guerra tiene mil contrariedades, y ojalá fueran todas como aquella. Entramos al fin en el río, cuya frescura era agradable a nuestros cuerpos, secos e irritados por el calor y el polvo, y algún tiempo después, cuando comenzaban a iluminar el horizonte los primeros vislumbres de la aurora, ya éramos dueños de la orilla derecha. El mayor general Abadía, que había dirigido el paso, nos mandó replegarnos a un sitio bajo, donde casi toda la fuerza podía permanecer oculta, y allí aguardamos más de media hora. No se veían los enemigos por ningún lado; pero allá lejos hacia la barca continuaba cada vez más vivo el tiroteo de fusil. El terreno es por allí bastante quebrado, abundando los matorrales y chaparros; y entre estos designaron un camino de trocha por donde avanzó la infantería, mientras a los de a caballo se nos mandó caminar por terreno más alto. Habíamos tomado tan al pie de la letra la orden de no hacer ruido, que avanzamos despacio y silenciosamente con el alma en suspenso y los ojos atentamente fijos en el último término del terreno hacia la izquierda, punto donde se había trabado la acción. Vimos al fin a los franceses tiroteándose con nuestros compañeros, con aquellos que habían pasado la barca durante la noche, y luchaban en un campo bajo salpicado de espesos matorrales. En una pequeña loma, y como a dos tiros de fusil de aquel sitio, brillaba inmóvil e imponente una cosa que desde el primer momento atrajo nuestras miradas, infundiéndonos cierto recelo. Era un escuadrón de coraceros, la mejor caballería del (p.633) ejército de Dupont. Todos los jinetes contemplamos el resplandor de las bruñidas corazas, en cuyos petos el sol naciente producía plateados reflejos; y después de mirar aquello sin decir nada, nos miramos unos a otros, como si nos contáramos. Ni una voz se oía en nuestras filas: a todos se nos había cambiado el color, y temblábamos aunque cada cual hiciera esfuerzos por disimularlo. El único rumor que turbaba el profundo silencio de nuestro regimiento, donde hasta los caballos parecían contener el aliento y explorar el campo con atónitos ojos, era un ligero y casi imperceptible son metálico producido por las estrellas de las espuelas. Aquel temblor de piernas es un accidente que la caballería observa siempre en el comienzo de todas las batallas. El combate, principiado en guerrillas, arreciaba desde que empezó la infantería a desplegar un frente compacto de consideración. Pero casi toda la tropa española se mantenía en reserva, esperando a saber fijamente si los franceses ocultaban una gran fuerza en la carretera de Bailén. Mientras el frente español aumentaba sus tiros, resistiendo a las innumerables guerrillas francesas, que al abrigo de sus posiciones medio atrincheradas hacían fuego mortífero, la artillería continuaba a retaguardia, y la caballería, asimismo fuera de acción, recibió orden de ocupar un cerro a mano derecha. Fijos allí, no quitábamos los ojos de la tremenda fila de corazas que resplandecían en la loma de enfrente, quietas y confiadas en su valor y pesadumbre. Aquella fuerza era muy superior a la nuestra por su organización y la marcialidad de cada uno de sus soldados; pero nosotros teníamos sobre ella, además de la ventaja numérica, que no era de gran valor, dada nuestra impericia, la siguiente ventaja moral: puestos ellos en la vertiente anterior de una loma, todo su poder y su número se presentaban a nuestra vista: no había más coraceros que aquéllos, y podíamos contarlos uno por uno. Nosotros, en cambio, estábamos sabiamente colocados por el mayor general en otra altura parecida; pero sólo una quinta (p.634) parte del regimiento ocupaba la parte culminante de la loma, mientras que todo lo demás se extendía en la vertiente posterior, permaneciendo completamente oculto a la vista del enemigo; de modo que si nosotros les contábamos perfectamente a ellos, los franceses, engañados por la apariencia, se reirían de los treinta o cuarenta jinetes sin uniforme, enseñoreados del cerro con aire de perdona vidas. Nosotros teníamos sobre ellos la ventaja de lo desconocido, que es el genio tutelar de las batallas, de eso que no se ve y que en el momento apurado y crítico sale inopinadamente de lo hondo de un camino, del respaldo de una loma, de la espesura de un bosque; combatiente de última hora que la tierra echa de su seno, y se presenta fresco, sin heridas ni cansancio a decidir la victoria. Nuestras filas habían desalojado a los franceses de sus posiciones. Les vimos replegarse en desorden y entonces cesó la inmovilidad de los coraceros. Los resplandecientes petos despedían múltiples reflejos, y ordenadamente descendieron de su colina en perfecta fila. Relincharon sus caballos, y los nuestros relincharon también, aceptando el reto. Pero entonces ocurrió uno de esos cambios de escena tan frecuentes en la guerra, y cuyo artificio, si cae en buenas manos, basta a decidir la victoria. Arrojadas nuestras filas sobre las guerrillas enemigas, clareado el terreno y puestas en juego algunas piezas de artillería, viose que los franceses vacilaban, agrupándose y retrocediendo como si buscaran nuevas posiciones. Se nos dio orden de avanzar bajando, y una vez en llano, convertimos sobre nuestro flanco, para formar un largo frente de batalla. La infantería francesa estaba delante de nosotros, resguardada por sus coraceros: pero estos observando nuestro movimiento y reconociendo al instante su indudable inferioridad, invadieron precipitadamente la carretera. La retirada era cierta. Se nos formó en columnas, dándonos orden de cargar, y el regimiento se puso rápidamente al galope. Parecía que la misma tierra, sacudiéndose bajo las herraduras de nuestros (p.635) caballos, nos echaba hacia adelante. Aquellos primeros pasos tras un ideal de gloria, acompañaron voces de guerra mezcladas con piadosas invocaciones. -¡Madre nuestra, Santa Virgen de Araceli, ven con nosotros! -¡Viva España, Fernando VII, y la Virgen de la Fuensanta! Ya nadie pensaba en tener miedo: muy lejos de esto, todos los de mi fila rabiábamos por no estar en las de vanguardia, en aquellas filas dichosas que acometían a sablazos a los franceses de a pie, ya pronunciados en completa dispersión. Tal era nuestro furor bélico en aquella fácil victoria, que D. Diego, Marijuán y yo, no encontrando a derecha e izquierda francés alguno, hacíamos grande estrago con nuestros sables en los arbustos del camino, diciendo: «Perros, canallas, ya sabréis cómo las gastamos los españoles». La gloria de cargar sobre la infantería francesa perteneció tan sólo a las primeras filas, aunque no les duró mucho el regocijo, porque los enemigos, convencidos ya de que no tenían fuerza bastante para hacernos frente, tomaban a toda prisa el camino de Bailén. Una vez posesionados del camino, seguimos adelante; pero los caballos enemigos corrían a todo escape, y la infantería se puso en salvo por las veredas, dispersándose a un lado y otro de la carretera. Sobre las diez nos detuvimos, y puestas en orden las columnas, avanzamos despacio, porque recelábamos de ser atacados por una división entera. Entretanto nuestras pérdidas habían sido nulas en la caballería, y escasas, aunque sensibles, en la infantería, que perdió un capitán del regimiento de la Reina y bastantes soldados. Después de haber perdido de vista a los enemigos, continuamos la marcha hacia Bailén, si bien con mucha cautela, pues había la presunción de que los franceses, reforzados con gran número de tropas y caballos y artillería, se nos presentarían de nuevo en mitad del camino, sorprendiéndonos en nuestra triunfal carrera. Así fue en efecto. A eso del medio día nuestras columnas avanzadas recibieron el fuego de los imperiales, que rehechos con un destacamento que (p.636) había llegado de Linares, trataban de ganar lo perdido. Furiosos por el reciente desastre, acometieron briosamente a nuestra vanguardia. Tomamos posiciones, y las tropas ligeras, ayudadas de un enjambre de paisanos, se diseminaron por las escabrosidades colindantes, desde cuyos matorrales mortificaban a los franceses con fuego menudo. La caballería entretanto continuaba muy lejos de la acción, y aunque nuestro deseo hubiera sido que se nos enviara a lo más recio para desahogar la furia de nuestro enardecido pecho, Dios quiso por fortuna que no llegase esta ocasión, pues la escaramuza terminó de improviso; cesaron los tiros, y vimos con sorpresa que los franceses, como poseídos de súbito pavor, retrocedían a la desbandada hacia Bailén, recogiendo precipitadamente sus heridos. ¿Qué ocurría? Según después supimos, los franceses había tenido una pérdida funesta, la de su general Gobert, el cual cayó mortalmente herido por una de esas balas de invisible guerrero, que salían de entre las malezas para taladrar el corazón del Imperio. Aquel valiente militar murió pocas horas después en Guarromán. Dueños nosotros del campo, y sin enemigos a la vista, parecía natural que fuéramos sobre Bailén; pero el ejército volvió hacia Mengíbar para repasar el río, movimiento que no fue por nosotros comprendido. Todos estábamos muy orgullosos, y especialmente los paisanos inexpertos no cabíamos en el pellejo. -¡Hoy es día del Carmen! -exclamó D. Diego-. ¡Viva la Virgen del Carmen, y mueran los franceses! Ruidosas exclamaciones alegraron y conmovieron nuestras filas. Era el 16 de Julio: en este día la Iglesia celebra, además de la advocación del Carmen, el Triunfo de la Santa Cruz, fiesta conmemorativa de la gran batalla de las Navas de Tolosa, ganada contra los infieles por castellanos, aragoneses y navarros, en aquellos mismos sitios donde nosotros perseguíamos a los franceses, y en el mismo 16 del mes de Julio. Habían pasado quinientos noventa y seis años. La coincidencia del lugar y la fecha nos inflamaba más, y añadido a nuestro (p.637) patriotismo una profunda fe religiosa, nos creímos héroes, aunque hasta entonces no habíamos tenido ocasión de probarlo. Antes de cruzar el río, descansamos para llevar algo a la boca. ¡Oh, qué desengaño! Estábamos muertos de hambre y cansancio, y se nos dijo que no había más que un tercio de ración. Pero nosotros éramos buenos chicos y nos conformamos, supliendo los dos tercios restantes con la sustancia moral del entusiasmo. -Pero Sr. de Santorcaz -pregunté a mi compañero, cuando con el agua al estribo vadeábamos el Guadalquivir-, ¿nos quiere Vd. decir por qué no se nos ha llevado adelante? ¿Por qué después de esta victoria desandamos lo andado? -¡Zopenco! -me contestó-. Esto no ha sido más que una fiestecilla de pólvora, y todavía no ha empezado lo bueno. ¿Crees que no hay más franceses que esos cuatro gatos de Ligier-Belair? ¿Qué sabes tú si a estas horas, Vedel, que fue a Andújar en auxilio de Dupont, habrá regresado a Bailén? Ahora, o yo me engaño mucho, o vamos en busca del marqués de Coupigny para reunirnos y emprender juntos un nuevo ataque. ¿Estás al tanto de lo que digo? ¿Ves cómo no en vano ha mordido uno el cebo en Hollabrünn, en Austerlitz y en Jena? Efectivamente, la intención de nuestro general era reunirse con Coupigny; pero esto no se verificó hasta la noche del 17 al 18.
Ep-4-XVII - Se nos acampó en una altura a espaldas de Mengíbar, y supimos con gusto que aquella noche no haríamos movimiento alguno. Nuestro gozo, como nuestra fatiga, necesitaba descanso; necesitábamos dar desahogo al efervescente alborozo, no sólo renovando en la memoria todos los incidentes de la acción de aquel día, sino también refiriendo cuanto cada uno hizo y cuanto dejó de hacer para que la batalla fuese completamente ganada. Los suizos y los soldados de línea no estaban tan engreídos como nosotros los paisanos, que creíamos haber asistido a la más grande y gloriosa batalla de los modernos tiempos. Mirábamos con desdeñosa indiferencia a los que quedaron de (p.638) reserva, y al contarles lo que pasó, hacíamos subir a cifras fabulosas el número de franceses segados por nuestros cortadores sables en la refriega. Largas horas pasamos sobre el campo saboreando los deliciosos recuerdos de tanta gloria, que como dejos de un manjar muy rico nos renovaban el placer del vencimiento. La noche era como de verano y como de Andalucía, serena, caliente, con un cielo inmenso y una atmósfera clara, donde fluctúa algo sonoro, cuya forma visible buscamos en vano en derredor nuestro. Tendidos sobre la caldeada tierra a orillas del río, cuyas frescas emanaciones buscábamos con anhelo, entreteníamos las horas hablando, cantando, o haciendo eruditas disertaciones sobre la campaña tan felizmente emprendida. En un grupo se jugaba a las cartas, en otro se decía un romance de héroes o de santos, en este algunos cantaores echaban al vuelo las más románticas endechas de la tierra, pues desde entonces era romántica Andalucía; en aquel se narraban cuentos de brujas, y en algunos, finalmente, se dormía sin inquietud por el día venidero. Nuestro D. Diego, siempre al arrimo de Santorcaz; Marijuán, yo y algunos más formábamos un grupo bastante animado, en el cual no cesó el ruido hasta muy alta la noche. Después de cantar, no escasearon los cuentos, acertijos y adivinanzas, y por último, la conversación recayó en tema de mujeres. -Yo -dijo D. Diego con su natural ingenuidad-, me voy a casar. A todos les convido a mi boda. «¿Y quién es la novia?» dirán Vds. Pues sepan que no la he visto. Mi señora madre lo ha arreglado todo con otras dos señoras de Córdoba, y según me han dicho, es más bonita que el sol, aunque ahora le ha dado por no salir del convento. -Será para cuando acabe la guerra, porque ahora no está el horno para bollos -dijo Marijuán-. Yo también voy a casarme con una muchacha de Almunia, que tiene siete parras, media casa y burro y medio de hijuela. También será cuando acabe la guerra, y a todos les convido a mi boda. ¿Y tú, Gabriel? -Pues yo para no ser menos - (p.639) contesté-, diré que cuando se acabe la guerra me pienso casar también. ¿Y con quién?, dirán Vds. Pues me caso con una condesa. -¡Con una condesa! -Sí señores, con una condesa que posee todas estas tierras que estamos viendo y otras más allá, y tiene dos escudos con ocho lobos sobre plata y catorce calderos, con media cabeza de moro y un letrero que dice.. -Toma casa con hogar y mujer que sepa hilar -dijo Marijuán interrumpiéndome-. ¿Pues no dice que se casa con una condesa? Será con alguna duquesa del estropajo. Pero di, ¿en qué alcázares reales está tu novia? -Este es un bobalicón que no sabe lo que se habla -dijo D. Diego-. ¡Buena condesa será ella! Pues, como os decía, muchachos, mi novia está muy desazonada esperando a que se acabe la guerra para casarse conmigo. Así me lo han dicho, y lo creo. Apuesto que están Vds. rabiando por saber quién es y cómo se llama; pero eso no lo he de mentar, porque mi señora madre y D. Paco me dijeron que si hablaba de esto antes de llegar la ocasión me castigarían no dejándome montar en el potro. ¡Qué guapa es, señores! Sus ojos son dos luceros, como aquel grande y muy claro que está sobre el tejado de esa casa; su boca se compone de dos hojas de rosa; sus dientes hacen que todas las perlas echen a correr de envidia; sus mejillas son claveles abiertos, y cuando llora sus lágrimas son diamantes. Yo no la he visto más que en figura; porque han de saber Vds. que cuando fui a visitar a sus tías en Córdoba me dieron un medalloncito con el retrato de la que ha de ser mi mujer, el cual retrato, por temor a que se me perdiera, lo he dado a guardar al señor de Santorcaz. -Eso se parece -dijo uno de los oyentes-, a la historia de la princesa Laureola, por quien vinieron de La Meca los tres reyes moros, y dice el cuento que tenía los ojos de azabache ardiendo, la boca de flor de granado, y las orejas de caracolitos del mar. ¿Lo sabes tú? -Eso está en el romance de la Reina mora, bruto. ¿Qué tiene eso que ver con la princesa Laureola? -Yo sé el romance de la Reina mora -gritó don Diego (p.640) batiendo palmas-. ¿Lo echo? -Venga. -No; el del Barandal del cielo, que es más bonito y habla de la Virgen -añadió el condesito gozoso de hallarse a punto de lucir sus habilidades-. Me lo enseñó mi hermana Presentación, que sabe veintisiete y los dijo todos arreo delante del señor obispo de Guadix, cuando su ilustrísima paró en casa el mes pasado. Y sin esperar a que le rogasen, el mayorazguito de Rumblar, con sonsonete de escuela, voz agridulce y amanerados gestos dio principio a la siguiente retahíla: «Por el barandal del cielo se pasea una doncella blanca, rubia y encarnada, que alumbra como una estrella. San Juan le dice a Jesús: ¿quién es aquella doncella? Nuestra madre, buen San Juan, nuestra madre linda y bella; la Virgen no viene sola, ángeles vienen con ella; no viene vestida de oro, ni de plata, ni de seda; viene vestida de grana..». . . . . . . . . . . . . . . . Y como al concluir fuera acogida esta relación con una salva de aplausos, animose el recitador y nos endilgó otra, no menos famosa, que empezaba: «Allá arriba en aquel alto hay una fuente muy clara, donde se lava la Virgen sus santos pechos y cara..». . . . . . . . . . . . . . . . . -¡Basta de romances! -exclamó de improviso Santorcaz, asustándonos a todos con su interrupción-. Eso es cosa de chiquillos, y no de hombres formales. ¿No sabe Vd. más que eso? -Sé muchos más -dijo tímidamente el joven-. D. Paco me ha enseñado muchos, y me los hace aprender de memoria para que los diga en las tertulias. -¿Y nada más le ha enseñado a Vd. ese señor D. Paco, a quien desde el primer momento tuve y diputé por un gran zopenco? -También me ha enseñado historia, sí señor. Y sé lo de nuestro padre Adán y aquello de Alejandro cuando fue a dar batallas a los persas como ahora vamos nosotros a dárselas a los franceses. -¿Y nada más? -¡Toma: también latín!, pero mi señora madre mandó que no me atarugasen la cabeza de latín, puesto que no era necesario, y por último D. Paco dijo que con saber un poquito de Musa musæ bastaba. - (p.641) ¿Y qué libros ha leído Vd.? -Nada más que la Guía de Pecadores, donde está aquello del infierno. Ese libro es muy feo, y mi señora madre no me dejaba leer más que lo del infierno, que da mucho miedo, y sueña uno con ello. Pero mi señora madre tiene otros libros en el cofre, y cuando iba a misa, yo con mucha cautela los sacaba para leerlos. Uno se titula La farfulla o la cómica convertida, novela escrita por un fraile de mínimos, y otra, Princesa, ramera y mártir, Santa Afra. Ambos libros son muy bonitos y traen un aquel de amores y besos que me daba mucho gusto cuando los leía a escondidas. Santorcaz sonreía. Después de una pausa, dijo con cierta petulancia: -¿De modo que no ha leído Vd. la Enciclopedia? -¿Qué es eso? -La Cincopedia -exclamó uno-. ¡Eh!, ¿sabes tú a dónde cae la Cincopedia? Esta palabra, que adquirió fortuna aquella noche, fue pasando de boca en boca, y más de cien la repitieron entre zumbas y chacota. -Veo que son Vds. unos animales -dijo Santorcaz un poco avispado-. De todos modos, Sr. D. Diego, la educación que Vd. ha recibido no puede ser más deplorable en un joven mayorazgo, que por lo mismo que ha de sobresalir entre los demás en la sociedad, debe cultivar su entendimiento. -A ver, amigo -dijo Rumblar-, hábleme Vd. de esas cosas que me gustan. Todo lo que Vd. me decía anteayer, cuando íbamos de camino por aquí, me tenía encantado, y le juro que si no estuviera en vísperas de casarme y fuera preciso seguir con ayo, le diría a mi señora madre que me le pusiera a Vd. en lugar de D. Paco, el cual bien se me alcanza que no me ha enseñado más que gansadas y tonterías. -Pues repito que un joven destinado a ocupar tan alta posición en el mundo, debe saber algo más que el romance del Barandal del cielo. Verdad es que, o mucho me equivoco, o todo eso de los mayorazgos se lo llevará la trampa, y tarde o temprano se pondrán las cosas de manera que cada cual sea hijo de sus obras. -Así debe ser -dijo Marijuán-. ¿No somos todos hijos de Dios? -Vengan Vds. acá y respondan - (p.642) dijo Santorcaz excitando la curiosidad de sus oyentes-. ¿No les parece que el mundo está muy mal arreglado? Abriéronse varias bocas con estupefacción, y no se oyó ninguna respuesta. -Pues yo que no he leído ningún libro -afirmó al fin uno de los circunstantes- digo que Dios tiene que volver a hacer el mundo, porque eso de que se lo lleve todo el que primero salió del vientre de la madre y los demás se queden bailando el pelao, no está bien. Mi hermano el mayor, sólo porque le dio la gana de nacer antes que yo, tiene tres dehesas y dos casas; y los demás.. uno hubo de meterse fraile, otro se fue al Perú, otro está muerto de hambre en un hospital de Sevilla, y yo, señores, tuve que meterme en el contrabando para que no se me helara el cielo de la boca. -Oye, tú, Marijuán -dijo otro-, ¿sabes lo que contaban en Sevilla? Pues decían que la Junta se iba a poner de compinche con las otras Juntas para ver de quitar muchas cosas malas que hay en el gobierno de España, lo cual podemos hacer nosotros, sin necesidad de que vengan los franceses a enseñárnoslo. -Así ha de ser -observó Santorcaz-. Me han dicho que en Sevilla hay sociedades secretas. -¿Qué es eso? -Ya sé -dijo uno-. Tiene razón D. Luis. En Sevilla hay lo que llaman flamasones, hombres malos que se juntan de noche para hacer maleficios y brujerías. -¿Qué estás diciendo? No hay tales maleficios. Mi amo iba también a esas Juntas, y cuando su mujer se lo echaba en cara, respondía que los que allí iban eran al modo de filósofos, y no hacían mal a nadie. -Pues en Madrid las sociedades secretas están todavía en la infancia -añadió Santorcaz-. En Francia las hay a miles, y todo el mundo se apresura a inscribe en ellas. -Pues si voy a Madrid -dijo con énfasis el mayorazguito-, lo primero que haré será meterme en una de esas sociedades, donde sin duda se han de aprender muy buenas cosas. ¿No es verdad, D. Luis? Yo no tengo nada de torpe: me lo conozco, sí, señores. ¿Creerá Vd., Sr. de Santorcaz, que eso que Vd. ha dicho de los mayorazgos se me había ocurrido a mí (p.643) muchas veces cuando jugaba en el patio de casa con las gallinas? Pero ya que me enseña Vd. lo que ignoro, contésteme a una duda: ¿Por qué tenemos nosotros en nuestras casas tantos papelotes llenos de garabatos, y por qué usamos esos escudos con sapos y culebras? El de mi casa tiene cuatro lagartos y un tablero de ajedrez con dos calderitos muy monos. -Si esos signos representan algo -repuso Santorcaz-, es referente al primero que los usó, a sus hazañas si las hizo, y a sus privilegios si los tuvo; pero hoy, amiguito, tales pinturas no valen de nada, y dentro de algunos años, los que las posean sin dinero, serán unos pobres pelagatos, a quienes nadie se arrimará, así como todo aquel que haya hecho una fortuna con su trabajo o la haya heredado de sus padres, o descuelle por su talento, será bien quisto en el mundo, aunque no tenga ni un adarme de lagartija en su escudo. -¿De modo -preguntó el mozalbete-, que yo seré un pelagatos, si llego a perder mi patrimonio o soy un bruto? Esto sí que es bueno. -Nada, nada -dijo uno-. Fuera mayorazgos, y que todos los hermanos varones y hembras entren a heredar por partes iguales. -Eso no puede ser -observó Marijuán-, porque entonces no habría las grandes casas que dan lustre al reino. -Eso no puede ser -afirmó un tercero-. Pues qué, ¿el Rey iba a ser tan tonto que quitara los mayorazgos? Nada, nada; los dejará siempre por la cuenta que le tiene. -Es que si el Rey no quiere quitarlos, no faltará quien los quite -afirmó Santorcaz. Todos se rieron al oír sostener la idea de que existe alguna voluntad superior a la voluntad del Rey. -¿Cómo puede ser eso? Si el Rey no quiere.. ¿Hay quien esté por cima del Rey? El Rey manda en todas partes, y digan lo que quieran, no hay más que su sacra real voluntad. ¡Muchachos, viva Fernando VII! -Pero vengan acá, zopencos -dijo Santorcaz-. ¿Dicen Vds. que nadie manda más que el Rey? -Nadie más. -Y si todos los españoles dijeran a una voz: «queremos esto, señor Rey, nos da la gana de hacer esto», ¿qué haría el Rey? Abriéronse de nuevo todas las (p.644) bocas, y nadie supo contestar.
Ep-4-XVIII - -Gaznápiros, animales: si Vds. están probando lo que digo -añadió con energía D. Luis-. Lo que pasa en España ¿qué es? Es que el Reino ha tenido voluntad de hacer una cosa y la está haciendo, contra el parecer del Rey y del Emperador. Hace tres meses había en Aranjuez un mal ministro, sostenido por un rey bobo, y Vds. dijeron: «No queremos ese ministro ni ese Rey», y Godoy se fue y Carlos abdicó. Después, Fernando VII puso sus tropas en manos de Napoleón, y las autoridades todas, así como los generales y los jefes de la guarnición, recibieron orden de doblar la cabeza ante Joaquín Murat; pero los madrileños dijeron: «No nos da la gana de obedecer al Rey ni a los Infantes ni al Consejo ni a la Junta ni a Murat», y acuchillaron a los franceses en el parque y en las calles. ¿Qué pasa después? El nuevo y el viejo Rey van a Bayona, donde les aguarda el tirano del mundo. Fernando le dice: «La corona de España me pertenece a mí; pero yo se la regalo a Vd., Sr. Bonaparte». Y Carlos dice: «La coronita no es de mi hijo, sino mía; pero para acabar disputas, yo se la regalo a Vd., señor Napoleón, porque aquello está muy revuelto y usted sólo lo podrá arreglar». Y Napoleón coge la corona y se la da a su hermano, mientras volviéndose a Vds. les dice: Españoles, conozco vuestros males y voy a remediarlos. Pero Vds. se encabritan con aquello, y contestan: «No, camarada, aquí no entra Vd. Si tenemos sarna, nosotros nos la rascaremos: no reconocemos más Rey que a Fernando VII». Fernando VII se dirige entonces a los españoles, y les dice que obedezcan a Napoleón; pero entretanto, muchachos, un señor que se titula alcalde de un pueblo de doscientos vecinos, escribe un papelucho, diciendo que se armen todos contra los franceses: este papelucho va de pueblo en pueblo, y como si fuera una mecha que prende fuego a varias minas esparcidas aquí y allí, a su paso se va levantando la Nación desde Madrid hasta Cádiz. Por el Norte pasa lo propio, y los pueblos grandes lo mismo que los pequeños (p.645) forman sus Juntas, que dicen: «No, si aquí no manda nadie más que nosotros. Si no reconocemos las abdicaciones, ni admitiremos de Rey a ese D. José, ni nos da la gana de obedecer al Emperador, porque los españoles mandamos en nuestra casa, y si los reyes se han hecho para gobernarnos, a nosotros no nos han parido nuestras madres para que ellos nos lleven y nos traigan como si fuéramos manadas de carneros..». ¿Están Vds.? ¿Lo comprenden Vds.? Pues esto ni más ni menos es lo que está pasando aquí. Y ahora contéstenme los alcornoques que me oyen: ¿Quién manda, quién dispone las cosas, quién hace y deshace, el Rey o el Reino? El estupor que produjeron estas palabras reveladoras en el atento concurso, compuesto de muchachos rudos e ignorantes, pero de gran viveza de imaginación, fue tan extraordinario que por un corto rato no se oyó la más insignificante voz, señal cierta de que las ideas vertidas por Santorcaz, entrando de improviso en los oscuros cacúmenes de sus oyentes, habían armado allí gran zipizape y polvareda, dejándolos aturdidos, confusos y sin palabra. El primero que rompió el silencio fue Rumblar, diciendo: -Todo eso está muy bien dicho. ¿Querrán ustedes creer que hace días me ocurrió una idea parecida cuando estaba cazando moscas y poniéndoles rabos en cierta parte, para que al volar hicieran reír a mis dos hermanas que estaban rezando? Sólo que yo no sabía cómo decir aquello que pensaba. -Sí, señores, ¡vivan las Juntas! -exclamó uno levantándose-. Yo me sé de memoria aquel papel que echó a la calle la de Córdoba, diciendo.. Oigan ustedes: «¡Cordobeses: los reinos de Andalucía se ven acometidos por los asesinos del Norte; vuestra patria va a verse oprimida bajo el yugo de un tirano; vosotros mismos seréis arrancados de vuestros hogares y de vuestras casas! ¡Cuarenta argollas está labrando el lascivo Murat para conduciros al Norte como a los animales más inmundos!.. ¡Soldados: gemid de rabia y furor!.. Doce millones de hombres os están mirando y envidiando vuestra gloria, y aun (p.646) la Francia misma ansía por vuestros triunfos». Ruidosos aplausos y gritos acogieron esta proclama, fielmente recitada con dramáticos gestos por el muchacho. -Pues si los españoles -continuó luego Santorcaz-, pueden hacer lo que están haciendo, no pueden también decir el día de mañana: «Vamos, no queremos que haya más inquisición, ni más vinculaciones».. pongo por caso.. O que digan: «En lugar de mil conventos, que haya tan sólo la mitad, con lo cual basta y sobra», o «no me da la gana de que haya diezmos».. -Eso sí que estaría bueno -dijo Marijuán-. Pero si todos los españoles van a hacer eso, y cada uno empieza a gritar por su lado diciendo lo que quiere, se armará tal laberinto que no podrán entenderse. -Vaya unos zotes -añadió Santorcaz-. Pero venid acá: ¿no veis que hay en Sevilla una Junta que es la que dispone? ¿No veis que hay otra en Granada, otra en Córdoba y otra en Málaga, etc.? Pues en lugar de todas esas Juntas pequeñas que gobiernan en cada pueblo, ¿no puede haber una muy grande que se reúna en Madrid y acuerde lo que se ha de hacer? Miráronse los oyentes unos a otros, y los monosílabos de aquiescencia y aun de admiración corrieron de boca en boca, demostrando la prontitud con que aquellas juveniles inteligencias desplegaban sus alas, aún entumecidas y vacilantes, para intentar describir los primeros círculos en el espacio del pensamiento. -Estas conversaciones me enamoran -dijo el condesito de Rumblar-. Me estaría toda la noche oyendo a este hombre, sin cansarme. Ya, ya voy aprendiendo muchas cosas que no sabía. Así aquella fantasía encerrada en el capullo de una educación mezquina, agujeraba con entusiasmo su encierro, porque había vislumbrado fuera alguna cosa que tenía la fascinación de lo nuevo. Así aquel germen de pasión y de inteligencia, guardado en un huevo, se reconocía con vida, se reconocía con fuerza, y empezaba a dar picotazos en su cárcel, anhelando respirar fuera de ella otros aires, y calentarse con calores más enérgicos. Así aquella ceguera abría sus párpados, (p.647) gozándose en la desconocida luz. La conversación terminó en el punto en que la he dejado, porque la noche estaba muy avanzada y casi todos empezaron a rendirse al sueño, excepto el mayorazguito, cuyo despabilamiento era casi febril a causa del organismo de su imaginación. Largo tiempo continuaron él y Santorcaz hablando en diálogo animadísimo, y como si discutieran planes y expusieran proyectos de gran trascendencia para los dos. Yo me aparté del grupo, fingiendo retirarme a dormir; pero con ánimo de satisfacer una imperiosa exigencia de mi alma, que a voces me pedía soledad y meditación. Todos los ruidos habían cesado en el campamento: las guitarras y castañuelas, así como las cajas y las cornetas, estaban mudas, porque el ejército dormía. Lejos del grupo de mis amigos, echeme sobre el suelo, aguardando la aurora, sin poder ni querer cerrar los ojos; y allí me puse a meditar sobre lo que desde mi salida de Madrid había visto y oído. ¡Cuántas personas nuevas para mí había encontrado en aquella breve jornada de mi vida! ¡Con cuánto afán, meditando a solas y mirándolas al lado, preguntaba a aquellos caminantes si tenían alguna noticia de lo que me reservaba el destino! De todas aquellas personas, ninguna estaba tan enérgicamente fija en mi pensamiento como Santorcaz, hombre para mí incomprensible y sospechoso, y que empezaba a inspirarme secreta antipatía, sin que acertara a explicarme por qué.
Ep-4-XIX - Al siguiente día hicimos un movimiento por la orilla izquierda, río arriba, hasta un punto mucho más alto que Mengíbar. Nada entendíamos; pero Santorcaz, o por petulancia o porque realmente había penetrado la intención de Reding, nos dijo: -Nuestro general sabe lo que se hace, y es hombre que conoce la filosofía de las marchas. Haciendo alto a orillas del Guadalimas, parte del ejército se entretuvo en marchas incomprensibles, y empleando en esto más de un día, nos encontramos de nuevo sobre Mengíbar al anochecer del 18, punto al cual había llegado horas antes la (p.648) división del marqués de Coupigny. Reunidos ambos ejércitos, no hubo allí más parada que la precisa para recoger las provisiones de que estábamos tan escasos, y ya muy de noche emprendimos el camino de Bailén. Éramos catorce mil hombres. Todo anunciaba que íbamos a tener un encuentro formal con el ejército francés. Según nuestras noticias, Dupont continuaba en Andújar, reforzado por la división de Vedel. ¿Habían trabado acción con nuestro tercer cuerpo y el de reserva que, pasando el río por Marmolejo, estaban situados en la orilla derecha? Nosotros creíamos que sí, a menos que Castaños no aguardase para atacar enérgicamente a que la primera y segunda división cayeran sobre la espalda del ejército de Dupont, bajando desde Bailén. ¿Era este el objeto que nos guiaba en nuestra marcha? Parecíanos que sí. Mientras llegaba el momento del drama, lejos de nosotros y en los flancos del ejército imperial, mil dramáticas peripecias debían precipitar la catástrofe, irritando paulatinamente al enemigo. Los cuerpos y columnas de guerrilleros, mandados por D. Juan de la Cruz, el conde de Valdecañas y el clérigo Argote, se habían desparramado como enjambre mortífero por los pueblos y caseríos que dominaban el cuartel general francés en las primeras estribaciones de la sierra al Norte de Andújar. De tal modo perseguían aquellos ardorosos paisanos a los franceses y con tanta rapidez se dispersaban para evitar ser atacados, que a los invasores les era de todo punto imposible estar tranquilos un solo momento. El poderoso gigante sacudía de una manotada aquellos moscones venenosos; pero estos volvían a zumbar en derredor suyo, le molestaban con sus terribles picaduras y huían incólumes, sin temer la espada ni el cañón, pues estas armas no se han hecho para mosquitos. No podían apartarse los franceses de su cuartel general como no fuera en grandes destacamentos: frecuentemente iban mil hombres a llenar en la fuente próxima unas cuantas alcarrazas de agua. Si por acaso salían a merodear pelotones de poca fuerza, eran despachados por (p.649) los guerrilleros en menos que se reza un credo. Antes que consentir que se apoderasen de una panera, la quemaban: las fuentes eran enturbiadas con lodo y estiércol, para que no pudieran beber: los molinos desmontados y enterradas sus piedras para que no molieran un solo grano. ¡Ay de aquel francés que se rezagara en las marchas de su destacamento! ¡Sentíase de improviso asido por mil coléricas manos, sentíase arrastrado por las mujeres, pellizcado por los chicos y acuchillado por los hombres, hasta que su existencia se apagaba con horrible choque en la fría profundidad de un pozo! El invasor no encontraba asilo en ninguna parte, y forzosamente encerrado en los límites del cuartel general, veía conjurados contra sí hombres y naturaleza. Por esto, rabioso y desesperado, anhelaba batirse en función campal, seguro de su destreza y costumbre de guerrear; y lamentando la estupefacción del general en jefe, exclamaba: «Demos una batalla, y aunque muera la mitad del ejército, la otra mitad conquistará un charco en que beber y un puñado de trigo seco que llevar a la boca». Habían dejado los franceses en Montoro un destacamento de setenta hombres, para custodiar un molino donde fabricaban con dificultad harina malísima. El alcalde de aquella villa, donde no había quedado ni una sola arma de fuego, se atreve, sin embargo, a dar cuenta de los setenta franceses, para lo cual era preciso despachar primero a los veinticinco que a todas horas estaban de guardia en el puente. Reúne, pues, algunos paisanos decididos, y usando la arma blanca, ataca con furia a la guardia; los veinticinco son exterminados; apodérase de sus fusiles la valiente cuadrilla, sorprende el resto del destacamento en la casa donde se albergaba, hace prisioneros a soldados y jefes, y les manda a la isla de León. El parte en que se notificó este suceso a la Junta Suprema decía que todo se hizo con las varas de los harrieros (conservo la ortografía del original); pero esto ha de ser una hipérbole andaluza. Sintiéndose llamado a más grandes acciones, don José de La Torre (que así (p.650) se nombraba aquel alcaldito), sale al encuentro de un convoy que venía de Córdoba, y de los cincuenta y nueve franceses que custodiaban este, los cincuenta quedan tendidos en el camino, y los nueve restantes corren a contar a Dupont lo que ha pasado. Entonces Dupont envía mil hombres a Montoro con encargo de que incendien el pueblo y lleven vivo o muerto al alcalde. Arde Montoro, y La Torre, conducido vivo, va a ser pasado por las armas: pero un general francés, a quien poco antes había dado hospitalidad, intercede por él; es puesto en libertad, y aquel petit caporal de las guerrillas marcha a Sevilla y recibe de la Junta los galones de capitán de ejército. Pues bien; lo que pasaba en Montoro, ocurría en todos los pueblos de la carretera de Andalucía desde Córdoba hasta Santa Elena. El gigante que incendiaba lugares y destrozaba ejércitos no podía dar un paso sin encontrar un avispero, y frenético con aquel zumbido, envenenado por los aguijones, maldecía la hora de la invasión. El águila, devorada por los insectos, graznaba a orillas del Guadalquivir con hambre y calentura, afilando sus garras en el tronco de los olivos, con el ansia de que llegara pronto la ocasión de destrozar alguna cosa.
Ep-4-XX - Al entrar en Bailén, ya muy avanzada la noche, nos sorprendió mucho el no ver ninguna fuerza francesa a la entrada del pueblo para disputarnos el paso. ¿A dónde habían ido los franceses? ¿Qué les pasaba, cuando ni por precaución dejaron allí un par de batallones para guardar punto tan importante? Pronto salimos de dudas, porque de boca de los habitantes de Bailén, que salieron en masa a recibirnos, supimos que la división Vedel había pasado por allí en dirección a la Carolina. -Nosotros les hacíamos a Vds. en Linares -dijo D. Paco, que también salió a nuestro encuentro, rebosando de júbilo-. ¡Oh!, señor conde, niño mío.. ¿Está por ventura herido Vuestra Excelencia? Vamos un rato a casa, donde la señora marquesa y las niñas están rezando por el buen éxito de la guerra. ¿No darán un descanso a las tropas? Nuestro (p.651) general había determinado salir en seguida para Andújar; pero como ocupábamos todo el pueblo, pudimos llegarnos a la casa de nuestro amo en cuya sala baja se nos dio un tente-tieso muy confortante. -Es un milagro que podamos daros estos cuantos panes y estas onzas de chocolate crudo -nos dijo don Paco al ofrecernos aquellos artículos-. Los franceses no han dejado nada. ¡Qué horroroso saqueo! Y gracias que quedamos con vida. ¡Ay!, la señora condesa salió a recibirlos con una serenidad que me espantó. Yo temblaba y tuve que esconderme en el oratorio, porque delante de ellos hubiera perdido la dignidad de mi carácter. ¿Qué modo de saquear?.. En una palabra, la paja de los caballos, las gallinas del corral, los huevos, hasta unos tomates que tenía yo guardaditos en mi escritorio para hacer un gazpachito.. todo, todo se lo llevaron. El pueblo está muerto de miseria, y yo sé de mucha gente que echó la harina en los muladares para que ellos no se la llevaran. ¿No lo creéis? ¿Pues y el Sr. Salvador, que sacó al campo los doscientos pellejos de aceite y ciento de vino que tenía en su cueva, y destapándolos dejó correr aquel precioso caldo hasta que todo se lo chupó la tierra? Otros hicieron una grande hoguera con los carros y la paja. Las alhajas de las imágenes y la plata de las iglesias están todas enterradas, porque esto parece que es lo que más les abre el ojo a esos señores. Así estaban ellos de rabiosos, cuando vieron que no sacaban de aquí gran cosa. El día 16, después de haber pasado un gran miedo, gozamos lo indecible cuando les vimos llegar de la barca de Mengíbar, derrotados y con su general muerto. ¡Cómo corrían por esas calles, y qué gritos daban, y qué cosas tan atroces e indecentes echaron por aquellas bocazas! ¡Así se vengaban los muy perros! ¿Pues qué creéis? Dieron muerte a muchas personas que no les hacían daño, lo cual creo yo que no se vio en ninguna de las guerras de Alejandro. Pero también se les molió de firme. Unos cuantos pasaron por la calle de enfrente echando bravatas y detuviéronse en la puerta de la (p.652) posada de Gil, donde tenían encendido el horno para cocer la loza. ¡Ay! Mis francesitos se ponen a decir no sé qué insolencias obscenas a la mujer de Gil, cuando salen los mozos, me los agarran y con morriones y todo.. plaf.. al horno.. Pero ahí viene la señora condesa, que estaba en el oratorio con las niñas. En efecto, vimos desfilar gravemente, cubierta de negro manto, a la señora de la casa, seguida de los dos tiernos pimpollitos de sus hijas, las cuales arrojáronse llorando en los brazos de su hermano. Doña María abrazó a su hijo sin perder ni por un instante su solemne y estirado empaque, y luego saludonos a todos con mucho afecto, nombrándonos uno por uno. Cuantos componían la cuadrilla estaban presentes, menos Santorcaz, el cual desde nuestra llegada había pedido con mucha prisa a D. Paco recado de escribir, y puéstose a trazar unas cartas en el despacho de este. La marquesa, después de saludarnos, tomó asiento y dirigió a D. Diego estas palabras dignas de la historia: -Hijo mío: sé todo lo que pasó en la acción del 16, y nadie me ha dicho que hicieras algo notable. ¿Has tenido miedo? -¡Miedo! -exclamó el muchacho riendo-. No señora. He cumplido con mi deber en las filas, y nada más hasta ahora; pero su merced no se impaciente, porque aunque no soy más que soldado espero lucirme. -¡Nada más que soldado! -dijo la condesa-. Tú no eres soldado, aunque así parezca. Cualquiera que sea el puesto que se ocupe, cada cual debe obrar conforme a su nombre y a la posición que tiene en el mundo. ¿Qué se diría de ti, de mí, de esta casa, de tu difunto padre, si en estas guerras no hicieras algo superior a lo que corresponde a un simple soldado? -Señora -repuso el mozo con un desenfado que sorprendió a su familia-, yo haré lo que pueda, y según lo que haga, así seré más o menos que los demás. Y ya que hablo de esto, señora madre, yo quiero seguir en el ejército, yo quiero que su merced pida al Rey, ¿qué digo al Rey?, a la Junta, una bandolera. -Tú no estás destinado a ser militar sino en esta ocasión suprema, en que la (p.653) patria necesita de todos sus hijos desde el más alto al más bajo. -Pero, señora madre, no soy nada y quiero ser algo -insistió el muchacho, mostrando una energía que nadie hasta entonces le había conocido. -¡Que no eres nada! -exclamó la madre con sorpresa primero, después con cólera, y mirándonos a todos como para preguntarnos si su hijo se había vuelto loco durante la campaña. -Yo no soy nada, no soy más que un papamoscas -repuso el chico-. ¿De qué me valen esos papeluchos viejos y esos escudos de armas, si todos se ríen de mí desde que abro la boca, porque no digo más que necedades? La marquesa se puso encendida como la grana, y sin decir palabra, miró a D. Paco, el cual confuso, absorto, aterrado por lo que acababa de oír, revolvía sus espantados ojos de un lado para otro. -Este joven -dijo al fin el ayo-, parece que ha perdido el juicio. Señora, cuando vuelva de cumplir sus deberes de caballero en los campos de batalla, le haremos que se penetre bien de las máximas contenidas en la historia de Alejandro el Grande. Doña María, cuya dignidad no podía consentir que semejante asunto se tratara delante de personas extrañas, hizo callar a D. Paco, y también impuso silencio a su hijo con gesto aterrador. Asunción y Presentación, después de registrar los bolsillos de su hermano, examinaban las polainas, el sombrero y la charpa, por ver, según dijeron, si aquellas prendas estaban agujeradas por alguna bala de cañón. Pero el D. Diego, sintiendo sin duda en su cabeza un hervidero de palabras, que atropelladamente se le ocurrían conforme a la repentina fecundidad de su entender, no pudo estar callado mucho tiempo, y habló para poner en mayores cuidados a la señora de Rumblar. Estábamos, como he dicho, en una sala baja, donde la condesa había hecho traer para nuestro regalo un par de zaques, milagrosamente salvados de la rapacidad francesa. D. Diego, luego que tal vio, volviose a nosotros que permanecíamos respetuosamente detenidos en la puerta, y con gesto de campechana confianza, nos dijo: -Ea, muchachos, (p.654) entrad todos aquí. ¿Por qué estáis en la puerta? Vaya, poneos los sombreros, que aquí todos somos iguales, todos somos compañeros de armas, y lo mismo puede matarme a mí una bala que a vosotros. Ea, bebamos juntos. ¿Tenéis vergüenza, porque soy noble y mayorazgo, y vosotros unos pobres hambrones? Fuera necedades; que hoy o mañana las Juntas quitarán todas esas antiguallas, y entonces cada cual valdrá según lo que tenga y lo que sepa. D. Paco se puso verde al oír tales despropósitos, y llevándose la mano al corazón, miró a la condesa con semblante dolorido y contristado, como para manifestarla en la sola elocuencia de una mirada que él no había enseñado tales cosas al joven discípulo. Doña María encerraba su enojo en lo más hondo del pecho, y aunque harto se le conocían la inquietud y la ira en el furtivo centellear de sus negros ojos, nada dijo que comprometiera su dignidad, y deseando que su hijo variase de conversación, le preguntó si había hecho en Córdoba las visitas a la señora marquesa de Leiva y su sobrina. -Sí señora -contestó el rapaz-. Las vi; la señora condesa me dio muchos dulces, y la marquesa me preguntó si sabía ayudar a misa. Una y otra me dijeron que la joven con quien está concertado mi matrimonio, se obstina en no salir del convento, asegurando que antes quería casarse con Jesucristo que conmigo. ¡Qué ranciedades, señora madre! -añadió con nuevo arrebato-. Yo quiero seguir en el ejército, yo quiero ir a Madrid para tratar a la gente que sabe, y a los filósofos, y leer la Enciclopedia, y ver las sociedades secretas, si las hay para entonces, y aprender lo que no sé, pues D. Paco no me ha enseñado más que esa sandez de Por el barandal del cielo. El ayo volvió a mirar compungidamente a la condesa, pintando en sus húmedos ojos la persuasión de que no había instruido al mayorazgo en tales iniquidades, y doña María reprendió a su hijo con majestad verdaderamente regia, diciéndole con pausa y aplomo estas amargas palabras: -Hijo mío, recordarás que te entregué una espada que fue de tus abuelos. (p.655) Honra da al que la ciñe, esa arma antigua; pero también ella la recibe de las manos de su poseedor, si este es persona que sabe adquirirla en los campos de batalla. ¿Deshonrarás tú esa espada que llevó el tatarabuelo de tu padre en el sitio de Maestrich, cuando medio mundo se llamaba España? -¡La espada! -exclamó el chico con sorpresa-. Ya no me acordaba de la dichosa espada. Si ya no la tengo. -¿Que no la tienes? -preguntó doña María con estupefacción. -No señora. Si no sirve para nada. Cuando dimos el primer ataque en Mengíbar, yo saqué mi espada, y a los primeros golpes que di en unas yerbas observé que no cortaba. -¡Que no cortaba! -No señora. Era una hoja mellada, llena de garabatos, letreros, sapos por aquí, culebras por allí, y cubierta de moho desde la punta a la empuñadura. ¿Para qué me servía? Como no tenía filo, la cambié por un sable nuevo que me dio un sargento. -¡Y diste la espada, la espada!.. -exclamó la condesa levantándose de su asiento. La señora estaba sublime en su indignación. Parecía la imagen de la historia levantándose de su sepulcro a pedir cuentas a la generación contemporánea. -Sí señora; se la di al sargento -añadió el mozo sacando de la vaina un sable nuevo, reluciente y de agudísimo filo-. Si aquello no servía para nada. Muy bonita, eso sí, toda llena de dibujos de plata y oro; pero, señora madre, si no cortaba.. si estaba llena de orín.. Vea Vd. este sable: no tiene letrero ni cabecitas, ni garrapatos: pero corta que es un gusto. Observamos que la condesa dio un paso hacia su hijo; que su semblante hermosamente venerable se contrajo, desfigurado por la ira; que extendió sus brazos; que comenzó a balbucir con locución atropellada, cual si su indignada lengua no acertara a encontrar una palabra bastante dura, bastante enérgica para tal situación; la vimos después llevarse ambas manos a la cabeza, retroceder, vacilar, apoyarse en el hombro de D. Paco, y por último, reponerse, dominarse, erguirse, serenarse, mirar a su hijo con desdén, señalar a la calle, donde de improviso empezaba a oírse fuerte redoblar (p.656) de tambores, y decir: -El ejército se va. Marcha, corre. Cuando se acabe la guerra te ajustaremos cuentas. Si eres valiente y vuelves vivo, a palmetazos te enseñaré quién eres. Pero si eres cobarde, no vuelvas acá. Salimos a toda prisa, y montando en nuestras cabalgaduras, ocupamos las filas. Al punto se nos unió Santorcaz. D. Paco no quiso salir a despedirnos, porque estaba traspasado de dolor, al ver -según dijo después- cómo en una semana se torciera al soplo de las malas compañías el derecho arbolito criado con tanto esmero en el apacible huerto de sus lecciones. Las dos muchachas salieron a las ventanas, y nos despedían agitando los mismos pañuelos con que secaban sus lágrimas. Ninguna de las dos, ni la destinada al matrimonio, que era, por lo tanto, ignorante, ni la consagrada al claustro, que era ya medio doctora, habían entendido la conversación de que he hecho mérito. Las pobrecillas veían desaparecer un mundo y nacer otro nuevo sin darse cuenta de ello.
Ep-4-XXI - Era la madrugada cuando las columnas de vanguardia comenzaron a salir de Bailén. Mi regimiento debía salir de los últimos, y mientras se puso en movimiento la artillería y los cuerpos de a pie, estuvimos más de media hora formados a la salida del pueblo y a mano derecha del camino, esperando la orden de marcha. Íbamos a Andújar, resueltos a tomar la ofensiva contra el ejército francés, que al mismo tiempo debía ser atacado por Castaños, del lado de Marmolejo. ¿Y la división de Vedel, cuyos movimientos eran la clave de aquel problema estratégico? La división de Vedel estaba en Andújar el día 16, cuando ocurrió la acción de Mengíbar, que antes he descrito. Al saber Dupont la derrota de Ligier-Belair, y la muerte de Gobert, dispuso que Vedel marchase sobre Bailén, con intención de seguirle él al día siguiente. Mientras este avanzaba a Andújar, Ligier-Belair, al vernos retirar y pasar el río, creyó que las tropas de Reding, unidas con las de Coupigny, intentaban extenderse cautelosamente por la orilla izquierda, río arriba, tomando el camino de Linares a (p.657) Guarromán, para ocupar luego la Carolina y cortar el paso de la sierra. Persuadido de esto, y sin hacer averiguaciones, emprendió la marcha hacia el Norte, creyendo anticiparse a lo que creía un rasgo de ingenio estratégico del general Reding. Llega Vedel a Bailén creyendo encontrarnos, y los franceses que quedaron allí le dicen: «Quia, los insurgentes han repasado el río y van por Linares a ocupar el paso de la sierra; pero el general Ligier-Belair, que ha comprendido el juego, ha marchado en seguida a ocupar a la Carolina, de modo que cuando lleguen los españoles, creyendo haber hecho un movimiento de primer orden, se lo encontrarán allí». Vedel oye esto y dice: «Han ido a cortar el paso de la sierra para impedirnos la retirada y matarnos aquí de hambre y sed. Pues corramos a la Carolina. Vamos; en marcha». Manda un emisario a Dupont, diciéndole: «Señor general en jefe, los insurgentes han ido a cortar el paso de la sierra. Corro a la Carolina: venga Vd. tras mí, y acabaremos con ellos». Esto pasaba en los días 17 y 18. En tanto los insurgentes, replegados a la orilla izquierda, como he dicho, fingíamos un movimiento hacia Linares; pero en cuanto cerró la noche, los insurgentes caminamos a marchas forzadas hacia Bailén. Por eso en este pueblo nos decían: «Por aquí pasó Vedel esta mañana en dirección a la Carolina, para impedirles a Vds. que cortaran el paso de la sierra. ¿No ibais hacia Linares?». No; nosotros íbamos a Andújar a atacar a Dupont. En virtud de los torpísimos movimientos de los generales franceses, una gran parte de la fuerza imperial corría hacia la sierra, buscando un fantasma. Los insurgentes que ellos creían en marcha hacia la Carolina, estaban en Bailén, en marcha para Andújar. He aquí la verdadera y exacta situación de las divisiones españolas y francesas en la noche del 18 al 19 de Julio. Íbamos a luchar con Dupont, sólo con Dupont. Pero ¿y si Vedel, conociendo a tiempo su error, retrocedía velozmente para caer de improviso sobre nuestra espalda durante el combate? Esta funesta probabilidad (p.658) estaba compensada con el hecho seguro de que el ejército francés de Andújar tendría que defenderse al mismo tiempo de nosotros y de la reserva que le amenazaba del lado de Poniente. De todos modos, nuestra posición era arriesgada; por lo cual, deseando Reding cerciorarse de la verdadera distancia a que se hallaba Vedel, camino arriba había despachado desde Mengíbar al teniente de ingenieros D. José Jiménez con encargo de averiguarlo. Este valiente oficial, cuyo nombre no está en la historia, se disfrazó de arriero, y en una fatigosa jornada supo desempeñar muy bien su comisión, volviendo por la noche a decir que Vedel había pasado ya más allá de la Carolina. Así andaban las cosas cuando nos preparábamos a salir de Bailén al amanecer del 19. Pero no lo habíamos previsto todo; no habíamos previsto que Dupont, muy receloso de aquella ilusoria ocupación de la sierra por los insurgentes, había levantado su campo en la misma noche, y silenciosamente, sofocando los ruidos de su tropa, abandonaba la funesta y para ellos maldita ciudad de Andújar. Era cerca de la madrugada cuando nuestros jefes disponían las columnas para la marcha. Si al comienzo de aquella misma noche, que ya se iba a extinguir, una mirada humana hubiera podido escudriñar desde la altura de los cielos lo que pasaba en aquella larga faja de sementeras y olivares que se extiende a la vera de los montes, entre estos y el Guadalquivir, habría visto que del oscuro caserío de Andújar se destacaba cautelosamente, escurriéndose por detrás de las casas una hilera de hombres y caballos; que esta hilera se iba alargando por la carretera en interminable procesión, y serpenteaba con lento paso y sin ruido y sin luces; habría visto cómo se iba extendiendo aquella raya negra, destacándose a ratos sobre la tierra blanquecina, a ratos confundiéndose con los oscuros olivos, sin dejar de seguir paso a paso como si no quisiera ser vista y anhelara apagar en el polvo el ruido de las cureñas; habría visto que iban delante unos tres mil hombres de infantería, después un escuadrón (p.659) de caballos, después seis cañones, después un número inmenso de carros, tantos, tantos carros, que ocupaban dos leguas; detrás de los carros nuevos grupos de infantería y muchos generales; después otros seis cañones, dos regimientos de coraceros, luego cuatro cañones, y al fin otro grupo de jefes, seguidos de quinientos hombres de a pie. Esta raya no se detenía en parte alguna, y avanzaba despacio y con precaución, custodiando sus dos leguas de convoy. Los hombres que la formaban, mudos y cabizbajos, presagiando sin duda funestos acontecimientos, dirían para sí: «Llegaremos a la Carolina, donde ya ha de estar Vedel, y batiendo a los insurgentes, nos abriremos paso por desfiladeros para abandonar esta tierra maldita, a la cual el Emperador ha tenido la mala ocurrencia de mandarnos.. ¡Oh! ¡Cuándo os veremos tierras de la Turenne, del Poitou, de la Charente, de los Vosgos, del Artois, del Limosin!..».
Ep-4-XXII - Mientras aguardábamos la salida, nuestras lenguas no estaban ociosas, y aunque Marijuán me entretenía por un lado con sus donaires y chuscadas, por el otro era de tanto interés un diálogo entablado entre Santorcaz y D. Diego, que a las palabras de estos dirigí toda mi atención. No puedo menos de copiarlo íntegro y tal cual lo oí, por si mis lectores quieren meditar un poco sobre el mismo tema. -Lo que me indicó Vd. hace poco -decía Santorcaz-, acerca de que esa linda joven que se le destina para esposa no quiere salir del convento, debe tenerle sin cuidado. Esas son gazmoñerías de las muchachas españolas que, engañadas por su fantasía, se creen enamoradas de Jesucristo, cuando lo que sienten es verdadera pasión por un ideal mundano. -Y si no quiere salir, que no salga -respondió el joven-. Si yo no la he visto, si yo no comprendo por qué razón he podido pensar en ella una sola vez. -¿Pero la quiere Vd.? -Confesaré a Vd. lo que me pasa. Cuando mi madre me llamó un día, y después de darme dos palmetazos porque tenía las manos manchadas de tinta, me dijo que había determinado casarme, (p.660) sentí mucha alegría, y al volver a mi cuarto rompí todas las planas de escritura, diciendo a D. Paco que yo era un hombre y no me daba la gana de obedecerle. A todas horas pensaba en mi mujercita y en las delicias del matrimonio. Mi madre escribía cartas y más cartas para concertar mi boda, y cuando yo le preguntaba con la mayor curiosidad: «Señora madre, ¿cómo va eso?» me respondía: «Anda a estudiar, mocoso. Ahora con la novelería del casamiento no coges un libro en la mano». Por fin mi mamá, a fuerza de cartas lo arregló todo. Cuando fui a Córdoba creí que me la enseñarían; pero aquellas señoras dijéronme que la discreta joven no quería salir del convento; y por último, me dieron el medallón que Vd. tiene guardado. Después la sobrina me regaló unos dulces y su tía un pito para que fuera pitando por las calles, y en mi segunda y tercera visita pasó lo mismo, excepto que no me dieron más pitos. Cuando vi el retrato me gustó tanto la muchacha, que por la calle le iba dando besos, y por la noche lo acosté conmigo en mi cama. Estoy prendado de ella; mejor dicho, lo estuve estos días atrás, porque ya, habiendo discurrido sobre la necedad de prendarme de un retrato, me río de mí mismo y digo: «¡Si de carne y hueso encontraré tantas, a qué volverme loco por una pintura!». -Pues no, Sr. D. Diego -dijo Santorcaz-. Puesto que la señora condesa le escogió a Vd. esa esposa, sin duda es un gran partido, y Vd. debe insistir en casarse con ella. -¿Sí? Pues vaya Vd. a sacarla del convento -añadió Rumblar-. Vamos, que según me dijeron, no hay quien le hable de otro esposo que Jesucristo. -Ya lo he dicho: esas son gazmoñerías de las españolas, por lo general mujeres nerviosas, muy extremadas en sus pasiones, y dispuestas siempre a confundir en un mismo sentimiento la voluptuosidad y el misticismo. Cuidado con las monjitas de quince años, que reniegan del siglo y juran que han de morir de viejas en el claustro. Yo conocí una joven y linda novicia que tampoco quería tener más esposo que Jesucristo, y que se ponía furiosa cuando la (p.661) hablaban de salir del convento, hasta que un viernes santo vio a cierto joven al través de la verja del coro. A los quince días la hermosa novicia abrió por la noche una de las rejas del convento, y se arrojó a la calle, donde le esperaba su amante y hoy feliz esposo. -¡Oh! ¡Bonitísimo suceso! -exclamó con entusiasmo D. Diego-. ¡Cuánto daría porque a mí me pasase uno semejante! -¿Ella le ha visto a Vd.? -No. -Pues en cuanto le vea, apuesto a que la muchacha se apresura a salir por la puerta, sin exponerse a los peligros de arrojarse por la ventana. Pero ahora que me ocurre, Sr. D. Diego, si Vd. en vez de ser un muchacho apocadito, educado a la antigua y sencillo como un fraile motilón, fuera un hombre atrevido, arrojado.. pues.. como somos todos aquellos que no hemos recibido la educación de Grandes de España; si Vd. echara de una vez fuera el cascarón de huevo en que le ha empollado la ciencia de D. Paco y los mimos de sus hermanitas, ahora podríamos lanzarnos a una aventura deliciosa. -¿Cuál, amigo Santorcaz? -Mire Vd. Después de la batalla y cuando volvamos a Córdoba, sacar a esa muchacha del convento. -¿Cómo? -Demonio, ¿cómo se hacen las cosas? ¡Si viera usted! Eso es muy divertido. ¿Ve Vd. este rasguño que tengo en la mano derecha? Me lo hice saltando las tapias de un convento. Son cinco los que he escalado, por trapicheos con otras tantas novicias y monjas. ¡Ay, Sr. D. Diego de mi alma! El recuerdo de estas y otras cosillas es lo que le alegra a uno, cuando se siente ya en las puertas de la triste vejez. -Hombre, eso me parece muy bonito -dijo don Diego saltando sobre la silla-. Pues yo quiero hacer lo mismo, yo quiero rasguñarme saltando tapias de convento. Con que diga Vd. ¿qué hacemos? ¿Nos entramos de rondón en el convento y cogiendo a la muchacha me la llevo a mi casa? Sí: y habrá que pegarle un par de sablazos a alguien, y romper puertas y apagar luces. Hombre, ¡magnífico! ¡Si dije que usted es el hombre de las grandes ideas! ¡Qué cosas tan nuevas y tan preciosas me dice! Estoy entusiasmado, y (p.662) me parece que antes de venir al ejército era yo un zoquete. Cabalmente recuerdo que he pensado alguna vez en eso que Vd. me dice ahora.. sí.. allá.. cuando iba a misa con mi madre al convento de dominicas. -Estas cosas, D. Diego, son la vida -añadió Santorcaz-; son la juventud y la alegría. -¡Soberbia idea! ¿Conque vamos a buscar a esa muchachuela, mi futura esposa? ¡Qué preciosa ocurrencia! Verá ella si yo soy hombre que se deja burlar por niñerías de novicia. Nada, nada, mi esposa tiene que ser quiera o no quiera. Pero oiga Vd., ¿y si nos descubren los alguaciles y nos llevan presos? -Por eso hay que andar con cuidado; pero en ese mismo cuidado, en las precauciones que es preciso tomar consiste el mayor gusto de la empresa. Si no hubiera obstáculos y peligros, no valía la pena de intentarla. -Efectivamente. A mí me gustan los peligros, señor D. Luis. A mí me gusta todo aquello que no se sabe a dónde va a parar. Siga Vd. hablándome del mismo asunto. ¿Qué precauciones tomaremos? -¡Oh! Cuando llegue el caso.. Yo soy muy corrido en esas cosas. Ya no estoy para fiestas, es verdad, y por cuenta mía no intentaría aventuras de esta especie; pero son tan grandes las disposiciones que descubro en Vd. para ser hombre a la moderna, para ser hombre de ideas atrevidas y para echar a un lado las ranciedades y rutinas de España, que volveré a las andadas y entre los dos haremos alguna cosa. -Pero hombre, ¿cuándo se dará esa batalla, cuándo volveremos a Córdoba, para enseñarle yo a mi señorita cómo se portan los caballeros de ideas modernas, que han recibido un desaire de las novias de Jesucristo? Pero diga Vd. Santorcaz, si perdemos la batalla, si nos matan.. -Todavía no se ha hecho la bala que me ha de matar. Y Vd., ¿qué presentimientos tiene? -Creo que tampoco he de morir por ahora. ¡Ay! Si viera Vd., tengo un fuego dentro de la cabeza; me hierven aquí tantos pensamientos nuevos, tantas aventuras, tantos proyectos, que se me figura he de vivir lo necesario para que sepa el mundo que existe un D. Diego Afán de Ribera, (p.663) conde de Rumblar. -¡Bueno, magnífico! Lo mismo era yo cuando niño. Fui después a Francia, donde aprendí muchísimas cosas que aquí ignoraban hasta los sabios. Al volver, he encontrado a esta gente un poco menos atrasada. Parece que hay aquí cierta disposición a las cosas atrevidas y nuevas. En Madrid se han fundado varias sociedades secretas.. -¿Para asaltar conventos? -No, no son sociedades de enamorados. Si algún día se ocupan de conventos, será para echar fuera a los frailes y vender luego los edificios.. -Pues yo no los compraría. -¿Por qué? -Porque esas casas son de Dios, y el que se las quite se condenará. -¿Qué es eso de condenarse? Me río de vuestras simplezas. Pues hijo, adelantado estáis. -Estemos en paz con Dios -dijo D. Diego-. Por eso creo que antes de robar del convento a mi novia, debemos confesar y comulgar, diciéndole al Señor que nos perdone lo que vamos a hacer, pues no es más que una broma para divertirnos, sin que nos mueva la intención de ofenderle. Santorcaz rompió a reír desahogadamente. -¿Conque Vd. es de los que encienden una vela a Dios y otra al diablo? Robamos a la muchacha, ¿sí o no? -Sí, y mil veces sí. Ese proyecto me tiene entusiasmado. Y me marcharé con ella a Madrid; porque yo quiero ir a Madrid. Dicen que allí suele haber alborotos. ¡Oh! Cuánto deseo ver un alboroto, un motín, cualquier cosa de esas en que se grita, se corre, se pega. ¿Ha visto Vd. alguno? -Más de mil. -Eso debe de ser encantador. Me gustaría a mí verme en un alboroto; me gustaría gritar con los demás, diciendo: abajo esto o lo otro. ¡Ay! ¡Cómo me alegraba cuando mi señora madre reñía a D. Paco, y este a los criados, y los criados unos con otros! No pudiendo resistir el alborozo que esto me causara, iba al corral, ponía cañutillos de pólvora a los gatos, y encerrándolos en un cuarto con las gallinas, me moría de risa. Santorcaz, lejos de reír con esta nueva barrabasada de su discípulo, estaba con la mirada fija en el horizonte, completamente abstraído de todo y meditando sin duda sobre graves asuntos (p.664) de su propio interés. No sé cuál será la opinión que el lector forme de las ideas de aquel hombre; pero no se les habrá ocultado que sus ingeniosas sugestiones encerraban segundo intento. El atolondrado rapaz, lanzado a las filas de un ejército sin tener conocimiento alguno del mundo, con mucha imaginación, arrebatado temperamento y ningún criterio; igualmente fascinado por las ideas buenas y las malas con tal que fueran nuevas, pues todas echaban súbita raíz en su feraz cerebro, acogía con júbilo las lecciones del astuto amigo; y su lenguaje, su nervioso entusiasmo, sus planes entre abominables e inocentes, todo anunciaba que don Diego se disponía a cometer en el mundo mil disparates. Santorcaz después de permanecer por algunos minutos indiferente a las preguntas de su discípulo, reanudó la conversación; pero apenas comenzada esta, oímos un tiro, en seguida otro y luego otro y otro.
Ep-4-XXIII - Todos callamos: detuviéronse las columnas que habían comenzado a marchar, y desde el primero al último soldado prestamos atención al tiroteo, que sonaba delante de nosotros a la derecha del camino y a bastante distancia. Corrieron por las filas opiniones contradictorias respecto a la causa del hecho. Yo me alzaba sobre los estribos procurando distinguir algo; pero además de ser la noche oscurísima, las descargas eran tan lejanas, que no se alcanzaba a ver el fogonazo. -Nuestras columnas avanzadas -dijo Santorcaz-, habrán encontrado algún destacamento francés, que viene a reconocer el camino. -Ha cesado el fuego -dije yo-. ¿Echamos a andar? Parece que dan orden de marcha. -O yo estoy lelo, o la artillería de la vanguardia ha salido del camino. Oyose otra vez el tiroteo, más vivo aún y más cercano; y en la vanguardia se operaron varios movimientos, cuyas oscilaciones llegaron hasta nosotros. Sin duda pasaba algo grave, puesto que el ejército todo se estremeció desde su cabeza hasta su cola. Un largo rato permanecimos en la mayor ansiedad, pidiéndonos unos a otros noticias de lo que ocurría; (p.665) pero en nuestro regimiento no se sabía nada: todos los generales corrieron hacia la izquierda del camino, y los jefes de los batallones aguardaban órdenes decisivas del estado mayor. Por último, un oficial que volvía a escape en dirección a la retaguardia, nos sacó de dudas, confirmando lo que en todo el ejército no era más que halagüeña sospecha. ¡Los franceses, los franceses venían a nuestro encuentro! Teníamos enfrente a Dupont con todo su ejército, cuyas avanzadas principiaban a escaramucear con las nuestras. Cuando nosotros nos preparábamos a salir para buscarle en Andújar, llegaba él a Bailén de paso para la Carolina, donde creía encontrarnos. De improviso unos cuantos tiros les sorprenden a ellos tanto como a nosotros: detienen el paso; extendemos nosotros la vista con ansiedad y recelo en la oscura noche; todos ponemos atento el oído, y al fin nos reconocemos, sin vernos, porque el corazón a unos y otros nos dice: «Ahí están». Cuando no quedó duda de que teníamos enfrente al enemigo, el ejército se sintió al pronto electrizado por cierto religioso entusiasmo. Algunos vivas y mueras sonaron en las filas, pero al poco rato todo calló. Los ejércitos tienen momentos de entusiasmo y momentos de meditación: nosotros meditábamos. Sin embargo, no tardó en producirse fuertísimo ruido. Los generales empezaron a señalar posiciones. Todas las tropas que aún permanecían en las calles del pueblo, salieron más que de prisa, y la caballería fue sacada de la carretera por el lado derecho. Corrimos un rato por terreno de ligera pendiente; bajamos después, volvimos a subir, y al fin se nos mandó hacer alto. Nada se veía, ni el terreno ni el enemigo: únicamente distinguíamos desde nuestra posición los movimientos de la artillería española, que avanzaba por la carretera con bastante presteza. Entonces sentimos camino abajo, y como a distancia de tres cuartos de legua, un nuevo tiroteo que cesó al poco rato, reproduciéndose después a mayor distancia. Las avanzadas francesas retrocedían, y Dupont tomaba posiciones. -¿Qué (p.666) hora es? -nos preguntábamos unos a otros, anhelando que un rayo de sol alumbrase el terreno en que íbamos a combatir. No veíamos nada, a no ser vagas formas del suelo a lo lejos; y las manchas de olivos nos parecían gigantes, y las lomas de los cerros el perfil de un gigantesco convoy. Un accidente noté que prestaba extraña tristeza a la situación: era el canto de los gallos que se oía a lo lejos, anunciando la aurora. Nunca he escuchado un sonido que tan profundamente me conmoviera como aquella voz de los vigilantes del hogar, desgañitándose por llamar al hombre a la guerra. Nuevamente se nos hizo cambiar de posición, llevándonos más adelante a espaldas de una batería, y flanqueados por una columna de tropa de línea. Gran parte de la caballería fue trasladada al lado izquierdo; pero a mí con el regimiento de Farnesio me tocó permanecer en el ala derecha. De repente una granada visitó con estruendo nuestro campo, reventando hacia la izquierda por donde estaban los generales. Era como un saludo de cortesanía entre dos guerreros que se van a matar, un tanteo de fuerzas, una bravata echada al aire para explorar el ánimo del contrario. Nuestra artillería, poco amiga de fanfarronadas, calló. Sin embargo, los franceses, ansiando tomar la ofensiva, con ánimo de aterrarnos, acometieron a una columna de la vanguardia que se destacaba para ocupar una altura, y la lóbrega noche se iluminó con relampagueo horroroso, que interrumpiéndose luego, volvió a encenderse al poco rato en la misma dirección. Por último, aquellas tinieblas en que se habían cruzado los resplandores de los primeros tiros, comenzaron a disiparse; vislumbramos las recortaduras de los cerros lejanos, de aquel suave e inmóvil oleaje de tierra, semejante a un mar de fango, petrificado en el apogeo de sus tempestades; principiamos a distinguir el ondular de la carretera, blanqueada por su propio polvo, y las masas negras del ejército, diseminado en columnas y en líneas; empezamos a ver la azulada masa de los olivares en el fondo y a (p.667) mano derecha; y a la izquierda las colinas que iban descendiendo hacia el río. Una débil y blanquecina claridad azuló el cielo antes negro. Volviendo atrás nuestros ojos, vimos la irradiación de la aurora, un resplandecimiento que surgía detrás de las montañas; y mirándonos después unos a otros, nos vimos, nos reconocimos, observamos claramente a los de la segunda fila, a los de la tercera, a los de más allá, y nos encontramos con las mismas caras del día anterior. La claridad aumentaba por grados, distinguíamos los rastrojos, las yerbas agostadas, y después las bayonetas de la infantería, las bocas de los cañones, y allá a lo lejos las masas enemigas, moviéndose sin cesar de derecha a izquierda. Volvieron a cantar los gallos. La luz, única cosa que faltaba para dar la batalla, había llegado, y con la presencia del gran testigo, todo era completo. Ya se podía conocer perfectamente el campo. Prestad atención, y sabréis cómo era. El centro de la fuerza española ocupaba la carretera con la espalda hacia Bailén, de allí poco distante: a la derecha del camino por nuestra parte se alzaban unas pequeñas lomas, que a lo lejos subían lentamente hasta confundirse con los primeros estribos de la sierra: a la izquierda también había un cerro; pero este cerro caía después en la margen del río Guadiel, casi seco en verano, y que emboca en el Guadalquivir cerca de Espelúy. Ocupaba el centro a un lado y otro del camino una poderosa batería de cañones, apoyada por considerables fuerzas de infantería: a la izquierda estaba Coupigny con los regimientos de Bujalance, Ciudad-Real, Trujillo, Cuenca, Zapadores y la caballería de España; y a la derecha estábamos además de la caballería de Farnesio, los tercios de Tejas, los suizos, los walones, el regimiento de Órdenes, el de Jaén, Irlanda y voluntarios de Utrera. Mandábanos el brigadier D. Pedro Grimarest. Los franceses ocupaban la carretera por la dirección de Andújar, y tenían su principal punto de apoyo en un espeso olivar situado frente a nuestra derecha, y que por consiguiente servía de (p.668) resguardo a su ala izquierda. Asimismo ocupaban los cerros del lado opuesto con numerosa infantería y un regimiento de coraceros, y a su espalda tenían el arroyo de Herrumblar, también seco en verano, que habían pasado. Tal era la situación de los dos ejércitos, cuando la primera luz nos permitió vernos las caras. Creo que entrambos nos encontramos respectivamente muy feos. -¿Qué le parece a Vd. esta aventura, Sr. D. Diego? -dijo Santorcaz. -Estoy entusiasmado -repuso el mozuelo-, y deseo que nos manden cargar sobre las filas francesas. ¡Y mi señora madre empeñada en que conservara aquella espada vieja sin filo ni punta!.. -¿Está usía sereno? -le preguntó Marijuán. -Tan sereno que no me cambiaría por el emperador Napoleón -repuso el conde-. Yo sé que no me puede pasar nada, porque llevo el escapulario de la Virgen de Araceli que me dieron mis hermanitas, con lo cual dicho se está que me puedo poner delante de un cañón. ¿Y Vd., Sr. de Santorcaz, está sereno? -¿Yo? -repuso D. Luis con cierta tristeza-. Ya sabe Vd. que he estado en Hollabrünn, en Austerlitz y en Jena. -Pues entonces.. -Por lo mismo que he estado en tan terribles acciones de guerra, tengo miedo. -¡Miedo! Pues fuera de la fila. Aquí no se quiere gente medrosa. -Todos los soldados aguerridos -dijo Santorcaz-, tienen miedo al empezar la batalla, por lo mismo que saben lo que es. Oído esto, casi todos los bisoños que poco antes reíamos a carcajada tendida, saludándonos con bravatas y dicharachos, conforme a la guerrera exaltación de que estábammos poseídos, callamos, mirándonos unos a otros, para cerciorarse cada cual de que no era él solo quien tenía miedo. -¿Sabéis lo que dijo mi señora madre que hiciera al comenzar la batalla? -indicó Rumblar-. Pues me dijo que rezara un Ave-María con toda devoción. Ha llegado el momento. Dios te salve, María.., etc. El mayorazguito continuó en voz baja el Ave-María que había empezado en alta voz, y todos los que estaban en la fila le imitaron, como si aquello en vez de escuadrón (p.669) fuera un coro de religioso rezo; y lo más extraño fue que Santorcaz, poniéndose pálido, cerrando los ojos, y quitándose el sombrero con humilde gesto, dijo también Santa María.. Aún resonaba en el aire aquella fervorosa invocación, cuando un estruendo formidable retumbó en las avanzadas de ambos ejércitos. Las columnas francesas del ala derecha se desplegaron en línea y rompieron el fuego contra nuestra izquierda.
Ep-4-XXIV - He empleado mucho tiempo en describir la posición de los ejércitos, la configuración del terreno y el principio del ataque; pero no necesito advertir que todo esto pasó en menos tiempo del empleado por mi tarda pluma en contarlo. Nuestras fuerzas no estaban convenientemente distribuidas cuando tuvo lugar la primera embestida de los imperiales. Verificada esta, no pueden Vds. figurarse qué precipitados movimientos hubo en el centro del ejército español. Las de retaguardia, que aún llenaban la carretera, corrían velozmente a sostener la izquierda: los cañones ocupaban su puesto; todo era atropellarse y correr, de tal modo, que por un instante pareció que el primer ataque de los franceses había producido confusión y pánico en las filas de Coupigny. En tanto, los de la derecha permanecíamos quietos, y los de a caballo que ocupábamos parte de la altura, podíamos ver perfectamente los movimientos del combate, que en lugar más bajo y a bastante distancia se había acabado de trabar. Tras las primeras descargas de las líneas francesas, estas se replegaron, y avanzando la artillería disparó varios tiros a bala rasa. Ellos ponían en ejecución su táctica propia, consistente en atacar con mucha energía sobre el punto que juzgaban más débil, para desconcertar al enemigo desde los primeros momentos. Algo de esto lograron al principio; pero nosotros teníamos una excelente artillería, y disparando también con bala rasa las seis piezas puestas en la carretera y a sus flancos, el centro francés se resintió al instante, y para reforzarle, tuvo que replegar su ala derecha, produciendo esto (p.670) un pequeño avance de la división de Coupigny. Entretanto, todos teníamos fija la vista en el otro extremo de la línea y hacia la carretera, y olvidábamos la espesura del olivar que estaba delante. De pronto, las columnas ocultas entre los árboles salieron y se desplegaron, arrojando un diluvio de balas sobre el frente del ala derecha. Desde entonces, el fuego, corriéndose de un extremo a otro, se hizo general en el frente de ambos ejércitos. La caballería, brazo de los momentos terribles, no funcionaba aún y permanecía detrás, quieta y relinchante, conteniéndose con sus propias riendas. Pero a pesar de generalizarse la lucha, en aquel primer período de la batalla todo el interés continuaba, como he dicho, en el ala izquierda. Atacada por los franceses con una valentía pasmosa, nuestros batallones de línea retrocedieron un momento. Casi parecía que iban a abandonar su posición al enemigo; pero bien pronto se repusieron tomando la ofensiva al amparo de dos bocas de fuego y de la caballería de España, que cargó a los franceses por el flanco. Vacilaron un tanto los imperiales de aquella ala, y gran parte de las fuerzas que habían salido del olivar se transportaron al otro lado. Su artillería hizo grandes estragos en nuestra gente; mas con tanta intrepidez se lanzó esta sobre las lomas que ocupaba el enemigo entre el camino y el río Guadiel; con tanta bravura y desprecio de la vida afrontaron los soldados de línea la mortífera bala rasa y las cargas de la caballería del general Privé, que llegaron a dominar tan fuerte posición. Antes que esto se verificara ocurrieron mil lances de esos que ponen a cada minuto en duda el éxito de una batalla. Se clareaban nuestras líneas, especialmente las formadas con voluntarios; volvían a verse compactas y formidables, avanzando como una muralla de carne; oscilaban después y parecían resbalar por la pendiente cuando las patas delanteras de los caballos de los coraceros principiaban a martillar sobre los pechos de nuestros soldados; luego estos rechazaban a los animales con sus haces de bayonetas; caían para levantarse (p.671) con frenético ardor o no levantarse nunca, hasta que, por último, el ala francesa se puso en dispersión, replegándose hacia la carretera. Mientras esto pasaba, los de la derecha se sostenían a la defensiva, y el centro cañoneaba para mantener en respeto al enemigo, porque casi gran parte de la fuerza había acudido a la izquierda; pero una vez que se oyeron los gritos de júbilo de los soldados de esta, posesionados de la altura, antes en poder de los franceses, y cuando se vio a estos aglomerarse sobre su centro, diose orden de avance a las seis piezas del nuestro, y por un instante el pánico y desorden del enemigo fueron extraordinarios. Para concertarse de nuevo y formar otra vez sus columnas tuvieron que retroceder al otro lado del puente del Herrumblar. Viéndoles en mal estado, se trató de lanzar toda la caballería en su persecución; pero varias de sus piezas, desmontadas por nuestras balas, obstruían el camino, también entorpecido con los espaldones que habían empezado a formar. El sol esparcía ya sus rayos por el horizonte. Nuestros cuerpos proyectaban en la tierra y hacia adelante larguísimas sombras negras. Cada animal, con su jinete, dibujaba en el suelo una caricatura de hombre y caballo, escueta, enjuta, disparatada, y todo el suelo estaba lleno de aquellas absurdas legiones de sombras que harían reír a un chico de escuela. Ustedes se reirán de verme ocupado en tan triviales observaciones; pero así era, y no tengo por qué ocultarlo. En aquel momento estábamos en una pequeña tregua, aunque la cosa no pareciera muy próxima a concluir. Hasta entonces sólo habíamos sido atacados por una parte de las fuerzas enemigas, pues la división de Barbou, algo rezagada, no estaba aún en el campo francés. Entretanto, y mientras se tomaban disposiciones para rechazar un segundo ataque, que no sabíamos si sería por la derecha o por el centro, retiraban los españoles sus heridos, que no eran pocos, mas no ciertamente en mi división, la cual estuviera hasta entonces a la defensiva, tiroteándose ambos frentes a alguna distancia. (p.672) Mi regimiento permanecía aún intacto y reservado para alguna ocasión solemne. Los franceses no tardaron en intentar la adquisición del puente perdido. Su primer ataque fue débil, pero el segundo violentísimo. Oíd cómo fue el primero. La infantería española, desplegándose en guerrillas a un lado y a otro del camino, les azotaba con espeso tiroteo. Lanzaron ellos sus caballos por el puente; pero con tan poca fortuna, que tras de una pequeña ventaja obtenida por el empuje de aquella poderosa fuerza, tuvieron que retirarse, porque pasada la sorpresa, nuestros infantes les acribillaron a bayonetazos, dejando un sinnúmero de jinetes en el suelo y otros precipitados por sobre los pretiles al lecho del arroyo. No tuvimos tan buena suerte en el segundo ataque, porque renunciando ellos a poner en movimiento la caballería en lugar angosto, atacaron a la bayoneta con tanta fiereza, que nuestros regimientos de línea, y aun los valientes walones y suizos, retrocedieron aterrados. Yo oí contar en la tarde de aquel mismo día a un soldado de los tiradores de Utrera, presente en aquel lance, que los franceses, en su mayor parte militares viejos, cargaron a la bayoneta con una furia sublime, que producía en los nuestros, además del desastre físico, una gran inferioridad moral. Me dijo que se espantaron, que en un momento viéronse pequeños, mientras que los franceses se agrandaban, presentándose como una falange de millones de hombres; que los vivas al Emperador y los gritos de cólera eran tan furiosamente pronunciados, que parecían matar también por el solo efecto del sonido; y que, por último, sintiendo los de acá desfallecer su entusiasmo y al mismo tiempo un repentino e invencible cariño a la vida, abandonaron aquel puente mezquino, ardientemente disputado por dos Naciones, y que al fin quedó por Francia. El efecto moral de esta pérdida fue muy notable entre nosotros. Advirtiose claramente en todo el ejército como un estremecimiento de desasosiego, como una inquietud que, partiendo de aquel gran corazón compuesto de diez y ocho mil (p.673) corazones, se transmitía a la temblorosa bayoneta, asida por la indecisa mano. Entonces pude observar cómo se individualiza un ejército, cómo se hace de tantos uno solo, resumiendo de un modo milagroso los sentimientos lo mismo que se resume la fuerza; pude observar cómo aquella gran masa recibe y transmite las impresiones del combate con la presteza y uniformidad de un solo sistema nervioso; cómo todos los movimientos del organismo físico, desde la mano del general en jefe hasta la pezuña del último caballo, obedecen a la alegría de un momento, a la pena de otro momento, a las angustiosas alternativas que en el discurso de cuantas horas consiente y dispone Dios, espectador no indiferente de estas barbaridades de los hombres. La pérdida del puente sobre el Herrumblar, que al amanecer se había ganado, hizo que el ala derecha retrocediera buscando mejor posición. Casi todas las posiciones se variaron. Los generales conocían la inminencia de un ataque terrible, los soldados viejos la preveían, los bisoños la sospechábamos, y nuestros caballos, reculando y estrechándose unos contra otros, olían en el espacio, digámoslo así, la proximidad de una gran carnicería. Eran las seis de la mañana y el calor principiaba a hacerse sentir con mucha fuerza. Comenzamos a sentir en las espaldas aquel fuego que más tarde había de hacernos el efecto de tener por médula espinal una barra de metal fundido. No habíamos probado cosa alguna desde la noche anterior, y una parte del ejército, ni aun en la noche anterior había comido nada. Pero este malestar era insignificante comparado con otro que desde la mañana principió a atormentarnos, la sed, que todo lo destruye; alma y cuerpo, infundiendo una rabia inútil para la guerra, porque no se sacia matando. Es verdad que desde Bailén salían en bandadas multitud de mujeres con cántaros de agua para refrescarnos; pero de este socorro apenas podía participar una pequeña parte de la tropa, porque los que estaban en el frente no tenían tiempo para ello. Algunas veces (p.674) aquellas valerosas mujeres se exponían al fuego, penetrando en los sitios de mayor peligro, y llevaban sus alcarrazas a los artilleros del centro. En los puntos de mayor peligro, y donde era preciso estar con el arma en el puño constantemente, nos disputábamos un chorro de agua con atropellada brutalidad: rompíanse los cántaros al choque de veinte manos que los querían coger, caía el agua al suelo, y la tierra, más sedienta aún que los hombres, se la chupaba en un segundo.
Ep-4-XXV - ¿Por qué sitio pensaban atacarnos los franceses? Conociendo que el centro era inexpugnable por entonces; siendo el principal objeto de Dupont abrirse camino hacia Bailén, y considerando que era peligroso intentarlo por el ala izquierda, no sólo porque allí la posición de los españoles era excelente, sino porque les ofrecía un gran peligro la cuenca del Guadiel, determinaron atacar nuestra ala derecha, esperando abrir en ella un boquete que les diera paso. Su artillería no cesaba de arrojar bala rasa, protegiendo la formación de las poderosas columnas que bien pronto debían hostilizarnos. Al punto se reforzó el ala derecha, se desplegaron en línea varios batallones y sin esperar el ataque marcharon hacia el enemigo, amparados por dos piezas de artillería. El primer momento nos fue favorable. Pero el olivar vomitó gente y más gente sobre nuestra infantería. Por un instante confundidas ambas líneas en densa nube de polvo y humo, no se podía saber cuál llevaba ventaja. Caían los nuestros sobre los imperiales, y la metralla enemiga les hacía retroceder; avanzaban ellos y adquiríamos a nuestra vez momentánea inferioridad. Por largo tiempo duró este combate, tanto más cruel, cuanto era más proporcionado el empuje de una y otra parte, hasta que al fin observamos síntomas de confusión en nuestras filas; vimos que se quebraban aquellas compactas líneas, que retrocedían sin orden, que chocaban unos con otros los grupos de soldados. La división se conmovió toda, y dos batallones de reserva avanzaron para restablecer el orden. (p.675) Gritaban los jefes hasta perder la voz, y todos se ponían a la cabeza de las columnas, conteniendo a los que flaqueaban y excitando con ardorosas palabras a los más valientes. Los tercios de Tejas y el regimiento de Órdenes se lanzaron al frente, mientras se restablecía el concierto en los cuerpos que hasta entonces habían sostenido el fuego. Sobre todo, el regimiento de Órdenes, uno de los más valientes del ejército, se arrojó sobre el enemigo con una impavidez que a todos nos dejó conmovidos de entusiasmo. Su coronel D. Francisco de Paula Soler, parecía dar fuego a todos los fusiles con la arrebatadora llama de sus ojos, con el gesto de su mano derecha empuñando la espada que parecía un rayo, con sus gritos que sobresalían entre el granizado tiroteo, sublimando a los soldados. La metralla y la fusilería enemiga se recrudecieron de tal modo, que casi toda la primera fila del valiente regimiento de Órdenes cayó, cual si una gigantesca hoz la segara. Pero sobre los cuerpos palpitantes de la primera fila pasó la segunda, continuando el fuego. Como si los tiros franceses persiguieran con inteligente saña las charreteras, el regimiento vio desaparecer a muchos de sus oficiales. Reforzáronse también los imperiales, y desplegando nueva línea con gente de reserva, avanzaron a la bayoneta, pujantes, aterradores, irresistibles. ¡Momento de incomparable horror! Figurábaseme ver a dos monstruos que se baten mordiéndose con rabia, igualmente fuertes y que hallan en sus heridas, en vez de cansancio y muerte, nueva cólera para seguir luchando. Cuando las bayonetas se cruzaban, el campo ocupado por nuestra infantería se clareó a trozos; sentimos el crujido de poderosas cureñas rebotando en el suelo de hoyo en hoyo al arrastre de las mulas castigadas sin piedad; los cañones de a 12 enfilaron el eje de sus ánimas hacia las líneas enemigas; los botes de metralla penetraron en el bronce, se atacaron con prontitud febril, y un diluvio de puntas de hierro, hendiendo horizontalmente el aire, contuvo la marcha del frente (p.676) francés. A un disparo se sucedía otro: la infantería, rehecha, flanqueaba los cañones, y para completar el acto de desesperación, un grito resonó en nuestro regimiento. Todos los caballos patalearon, expresando en su ignoto lenguaje que comprendían la sublimidad del momento; apretamos con fuerte puño los sables, y medimos la tierra que se extendía delante de nosotros. La caballería iba a cargar. Vimos que a todo escape se nos acercó un general, seguido de gran número de oficiales. Era el marqués de Coupigny, alto, fuerte, rubio, colorado de suyo, y en aquella ocasión encendido, como si toda su cara despidiera fuego. Era Coupigny hombre de pocas palabras; pero suplía su escasez oratoria con la llama de su mirar, que era por sí una proclama. Nosotros pusimos atención esperando que nos dijera alguna cosa; pero el general dispuso con un gesto la dirección del movimiento, y después nos miró. No necesitamos más. «¡Viva España! ¡Viva el Rey Fernando! ¡Mueran los franceses!» exclamamos todos, y el escuadrón se puso en movimiento. Estábamos formados en columna, y nos desplegamos en batalla sobre los costados, bajando a buen paso, pero sin precipitación, de la altura donde habíamos estado. Maniobramos luego para tener a nuestro frente el flanco enemigo; las tropas que por allí atacaban dicho flanco doblaron por cuartas para darnos paso por los claros; el jefe gritó: «A la carga»; picamos espuela, y ciegamente caímos sobre el enemigo como repentina avalancha. Yo, lo mismo que Santorcaz, el mayorazgo y los demás de la partida, íbamos en la segunda fila. Penetraron impetuosamente los de la primera, acuchillando sin piedad; los caballos bramaban de furor, sintiéndose heridos a fuego y a hierro. Algunos caían, dejando morir a sus jinetes, y otros se arrojaban con más fuerza destrozando cuanto hallaban bajo sus poderosas manos. Los de la primera fila hicieron gran destrozo; pero a los de la segunda nos costó más trabajo, porque avanzando demasiado los delanteros, quedamos envueltos por la infantería, lo cual (p.677) atenuaba un poco nuestra superioridad. Sin embargo, destrozábamos pechos y cráneos sin piedad. Yo vi a Rumblar, ciego de ira, luchando cuerpo a cuerpo con un francés; vi a Santorcaz dando pruebas de tener un puño formidable para el manejo del sable; uselo yo mismo con toda la destreza que me era posible, y lo mismo yo que mis amigos y otros muchos jinetes de mi fila nos internamos locamente por el grueso de la infantería contraria. Otro escuadrón daba nueva carga por el mismo flanco, lo cual, observado por nosotros, nos reanimó. No íbamos mal; pero los franceses eran muchos, estaban muy hechos a tales embestidas y sabían defenderse bien de la pesadumbre de los caballos, así como de los sablazos. Sin embargo, no retrocedían delante de nosotros. Ya se sabe que siendo el objeto de la caballería producir un gran sacudimiento y pavor en las filas enemigas por la violencia del primer choque, cuando este no da aquellos resultados y se empeñan combates parciales entre los caballos y una numerosa infantería, los primeros corren gran riesgo de desaparecer, brutales masas devoradas en aquel hervidero de agilidad y de destreza. Aunque en la carga les hicimos gran daño, no les pusimos en dispersión: los combates parciales se entablaron pronto, y fue preciso que la caballería de España, a escape traída del ala izquierda; nos reforzase, para no ser envueltos y perdidos sin remedio. Hubo un momento en que me vi próximo a la muerte. A mi lado no había más que dos o tres jinetes, que se hallaban en trance tan apurado como yo: nos miramos, y comprendiendo que era preciso hacer un supremo esfuerzo, arremetimos a sablazos con bastante fortuna. Con esto y el pronto auxilio de la carga hecha en el mismo instante por la caballería de España, salimos del apuro. Revolviendo atrás, hundí las espuelas, y mi caballo de un salto se puso en la nueva fila. No vi a mi lado más cara conocida que la de Marijuán. El conde y Santorcaz habían desaparecido. En el mismo instante mi caballo flaqueó de sus cuartos traseros. Intenté hacerle avanzar, clavándole (p.678) impíamente las espuelas: el noble animal, comprendiendo sin duda la inmensidad de su deber y tratando de sobreponerle a la agudeza de su dolor, dio algunos botes; pero cayó al fin escarbando la tierra con furia. El desgraciado había recibido una violenta herida en el vientre, y falto de palabra para expresar su padecimiento, bramaba, aspirando con ansia el aire inflamado, sacudía el cuello, parecía dar a entender que hallando un charco de agua en que remojar la lengua sus dolores serían menos vivos, y al fin se abandonó a su suerte, tendiéndose sobre el campo, indiferente al ruido del cañón y al toque de degüello.
Ep-4-XXVI - Hallándome desmontado, me dirigí a buscar un puesto entre las escoltas de la artillería o en el servicio de municiones que se hacía precipitadamente por los tambores entre los carros y las piezas. Al dar los primeros pasos, advertí el extraordinario decaimiento de mis fuerzas físicas; no podía tenerme en pie, y el ardor de mi sangre llegado a su último extremo, me paralizaba cual si estuviese enfermo. No es propio decir que hacía calor, porque esta frase común al verano de todos los países europeos es inexpresiva para indicar la espantosa inflamación de aquella atmósfera de Andalucía en el día infernal que presenció la batalla de Bailén. El efecto que hacía en nuestros cuerpos era el de una llamarada que los azotaba por todos lados: la cara se nos abrasaba como cuando nos asomamos a un horno encendido, y deshechos en sudor, nuestros cuerpos hervían, descomponiéndose la economía entera, desde el instante en que fuertes excitaciones del espíritu dejaban de sostenerla. Cuando me encontré a pie y a alguna distancia del combate, que seguía con ventaja para los españoles, empecé a sentir vivamente y de un modo irresistible el aguijón candente de la sed que horadaba mi lengua, y la corriente de fuego que envolvía mi cuerpo. Esto me daba tal desesperación, que de prolongarse mucho hubiérame impelido a beber la sangre de mis propias venas. Por ninguna parte alcanzaba a ver la gente del pueblo que antes trajera (p.679) cántaros con agua, y al buscar con ansiosa inspiración en el seco aire una partícula de agua, bebía y respiraba oleadas de polvo abrasador. Por un rato perdí la exaltación guerrera y el furor patriótico que antes me dominaban, para no pensar más que en la probabilidad de beber, previendo las delicias de un sorbo de agua, y anhelando apagar aquellas ascuas pegajosas que revolvía en mi boca. Con este deseo caminé largo trecho ante las filas de retaguardia del centro: los soldados de los regimientos que allí se rehacían para salir de nuevo al frente, clamaban también pidiendo agua. Vimos con alegría que desde el pueblo venían corriendo algunos soldados con cubos; pero al punto se nos dijo que aquella agua no era para nosotros; era para otros sedientos, cuyas bocas necesitaban refrescarse antes que las nuestras, si el combate había de tener buen éxito; era para los cañones. La resistencia enérgica de las dos piezas del ala derecha, combinadas con las seis de la batería central, y el auxilio de la caballería atacando por el flanco la línea enemiga, hizo que esta fuese rechazada, a pesar de su frente compacto e incomparable bravura. Los franceses se retiraron, dejándose perseguir y desposicionar por la infantería y caballos de nuestra derecha. Harto se conocía este resultado en los gritos de alegría, en aquel concierto de injurias con que el vencedor confirma la catástrofe del vencido, cuando este vuelve la espalda. El sitio donde yo estaba se vio despejado por el avance de nuestras tropas, y en casi todos los jefes que allí había observé tal expresión de gozo que sin duda consideraban asegurada la victoria. ¡Oh momento feliz! Ya se podía pensar en beber. ¿Pero dónde? Después del avance de nuestras tropas, que no ocuparon enteramente las posiciones francesas por ofrecer esto algún peligro, los soldados del regimiento de Órdenes divisaron una noria, en el momento en que los franceses que durante la acción la habían ocupado se hallaban en el caso de abandonarla. Vieron todos aquel lugar como un santuario cuya conquista era el (p.680) supremo galardón de la victoria, y se arrojaron sobre los defensores del agua escasa y corrompida que arrojaban unos cuantos arcaduces en un estanquillo. Los enemigos, que no querían desprenderse de aquel tesoro, le defendían con la rabia del sediento. Apenas disparados los primeros tiros, otros muchos franceses, extenuados de fatiga, y encontrándose ya sin fuerzas para combatir si no les caía del cielo o les brotaba de la tierra una gota de agua, acudieron a beber, y viéndola tan reciamente disputada, se unieron a los defensores. Yo oí decir: «¡Allí hay agua, allí se están disputando la noria!» y no necesité más. Lanceme y conmigo se lanzaron otros en aquella dirección; tomé del suelo un fusil que aún apretaba en sus manos un soldado muerto, y corrí con los demás a todo escape en dirección a la noria. Penetramos en un campo a medio segar, a trechos cubierto de altos trigos secos, a trechos en rastrojo. La lucha en la noria se hacía en guerrillas; acerqueme a la que me pareció más floja, y desprecié la vida lleno mi espíritu del frenético afán de conquistar un buche de agua. Aquel imperio compuesto de dos mal engranadas ruedas de madera, por las cuales se escurría un miserable lagrimeo de agua turbia, era para nosotros el imperio del mundo. La hidrofagia, que a veces amilana, a ratos también convierte al hombre en fiera, llevándole con sublime ardor a desangrarse por no quemarse. Los franceses defendían su vaso de agua, y nosotros se lo disputábamos; pero de improviso sentimos que se duplicaba el calor a nuestras espaldas. Mirando atrás, vimos que las secas espigas ardían como yesca, inflamadas por algunos cartuchos caídos por allí, y sus terribles llamaradas nos freían de lejos la espalda. «O tomar la noria o morir», pensamos todos. Nos batíamos apoyados contra una hoguera, y la hambrienta llama, al morder con su diente insaciable en aquel pasto, extendía alguna de sus lenguas de fuego azotándonos la cara. La desesperación nos hizo redoblar el esfuerzo porque nos asábamos, literalmente hablando; y por último, (p.681) arrojándonos sobre el enemigo resueltos a morir, la gota de agua quedó por España al grito de «¡Viva Fernando VII!». Por un momento dejamos de ser soldados, dejamos de ser hombres, para no ser sino animales. Si cuando sumergimos nuestras bocas en el agua, hubiera venido un solo francés con un látigo, nos habría azotado a todos, sin que intentáramos defendernos. Después de emborracharnos en aquel néctar fangoso, superior al vino de los dioses, nos reconocimos otra vez en la plenitud de nuestras facultades. ¡Qué inmensa alegría!, ¡qué rebosamiento de fuerza y de orgullo! ¿Pero habíamos vencido definitivamente a los franceses? Cuando se disipó aquella lobreguez moral con que la horrible sequedad del cuerpo había envuelto el espíritu, nos vimos en situación muy difícil. Corriendo hacia la noria nos habíamos apartado de nuestro campo, y adviértase que si el ejército francés fue rechazado con grandes pérdidas, conservaba aún sus posiciones. ¿Iba a emprenderse nuevo ataque, haciendo el último esfuerzo de la desesperación? Creíamos que sí, y señales de esto notamos en el campo enemigo que teníamos tan cerca. Al punto corrimos desbandamente hacia el nuestro, que estaba algo lejos, y saltando por junto a los trigos incendiados, abandonamos la noria, por temor a que fuerzas más numerosas que las nuestras nos hicieran prisioneros. Verdad que los franceses, no dando ya ninguna importancia a las acciones parciales, se ocupaban en organizar el resto y lo mejor de su fuerza para dar un golpe de mano, última estocada del gigante que se sentía morir. Corrimos, pues, hacia nuestro campo. Ya cerca de él, pasó rápidamente por delante de mí un caballo sin jinete, arrogante, vanaglorioso, con la crin al aire, entero y sin heridas, algo azorado y aturdido. Era un animal de pura casta cordobesa, lo mismo que el mío. Le seguí, y apoderándome de sus bridas, cuando volvía me monté en él: después de ser por un rato soldado de a pie, tornaba a ser jinete. Busqué con la vista el escuadrón más próximo, y vi que a retaguardia del centro se formaba en (p.682) columna con distancias el de España. Entré en las primeras filas, a punto que dijeron junto a mí: -Los generales franceses van a hacer el último esfuerzo. Dicen que hay unas tropas que todavía no han entrado en fuego, y son las mejores que Napoleón ha traído a España. Efectivamente, el centro se preparaba a una defensa valerosa, y guarnecía sus baterías, distribuía los regimientos a un lado y otro, agrupando a retaguardia fuerzas considerables de caballería a retaguardia. Cuando esto pasaba, sentí un vivo clamor de la naturaleza dentro de mí, sentí hambre, pero ¡qué hambre!.. Francamente, y sin ruborizarme, digo que tenía más ganas de comer que de batirme. ¿Y qué? ¿Este miserable hijo de España no había hecho ya bastante por su Rey y por su patria, para permitir llevarse a la boca un pedazo de pan? Haciendo estas reflexiones, registré primero la grupera de mi cabalgadura allegadiza, donde no había más que alguna ropa blanca, y después las pistoleras, donde encontré un mendrugo. ¡Hallazgo incomparable! No satisfecho, sin embargo, con tan poca ración, llevé mis exploraciones hasta lo más profundo de aquellos sacos de cuero, y mis dedos sintieron el contacto de unos papeles. Saquelos, y vi un pequeño envoltorio y tres cartas, la una cerrada y las otras dos abiertas, todas con sobrescrito. Leí el primer sobre que se me vino a la mano, y decía así: «Al Sr. D. Luis de Santorcaz, en Madrid, calle de..». Había montado en el caballo de Santorcaz.
Ep-4-XXVII - Olvidándome al instante de todo, no pensé mas que en examinar bien lo que tenía en las manos. El sobrescrito de la primera carta que saqué y que estaba abierta, era de letra femenina, que reconocí al momento. El de la carta cerrada, que sin duda no estaba ya en la estafeta por detención involuntaria, era de hombre, y decía: «Señora condesa de.. (aquí el título de Amaranta) en Córdoba, calle de la Espartería». El tercer sobre, también de carta abierta, era de letra de hombre y dirigido a Santorcaz. Desenvolví en seguida el envoltorio de papeles, que guardaba un (p.683) bulto como del tamaño de un duro, y al ver lo que contenía, una luz vivísima inundó mi alma y sentí dolorosa punzada en el corazón. Era el retrato de Inés. Aquella aparición en el campo de batalla, en medio del zumbido de los cañones y del choque de las armas; la inesperada presencia ante mí de aquella cara celestial, fielmente reproducida por un gran artista; la sonrisa iluminada que creí observar sobre la placa, cuando fijé en ella mis ojos; aquella repentina visita, pues no era otra cosa, de mi fiel amiga, cuando yo hacía tan vivos esfuerzos para hacerme digno de ella, me regocijaron de un modo inexplicable. Para iluminar los rasgos y colores de aquel retrato que sonreía, valía la pena de que saliese el sol, de que existiese el mundo, de que la serie del tiempo trajera aquel día, aunque deslustrado por los horrores de una batalla. Estreché aquella Inés de dos pulgadas contra mi corazón y la guardé en mi pecho, resuelto a no darla, aunque la materialidad del pedazo de cobre pintado no me pertenecía.. Pero era preciso leer aquellos papeles que podían esclarecer alguna de mis dudas. Detúvome al principio la vergüenza de leer cartas ajenas, lo cual es cosa fea; pero consideré que Santorcaz habría muerto, fundándome en la dispersión de su caballo abandonado, y además, como la curiosidad me empezaba a picar, a escocer, a quemar de un modo muy vivo, me decidí a leer la carta abierta, porque el deseo de hacerlo era más fuerte que todas las consideraciones. Yo estaba completamente absorbido por aquel asunto de interés íntimo: yo no atendía a la batalla; yo no hacía caso de los cañonazos; yo no me fijaba en los gritos; yo no apartaba la cabeza del papel, aunque sentía correr por junto a mis oídos el estrepitoso aliento de la lucha. En aquel instante, entre los veinte mil hombres que formando dos grandes conjuntos, se disputaban unas cuantas varas de terreno, yo era quizás el único que merecía el nombre de individuo. Átomo disgregado momentáneamente de la masa, se ocupaba de sus propias batallas. La carta abierta, que (p.684) llevaba la firma de Amaranta, decía así, después de las fórmulas de encabezamiento: «¿Eres un malvado o un desgraciado? En verdad no sé qué creer, pues de tu conducta todo puede deducirse. Después de una ausencia de muchos años, durante los cuales nadie ha logrado traerte al buen camino, ahora vuelves a España sin más objeto que hostigarme con pretensiones absurdas a que mi dignidad no me permite acceder. Harto he hecho por ti, y ahora mismo cuando me has manifestado tu situación, te he propuesto un medio decoroso de remediarla. ¿Qué más puedo hacer? Pero no te satisface lo que en la actualidad y siempre bastaría a calmar la ambición de un hombre menos degradado que tú; te rebelas contra mis beneficios, y aspiras a más, amenazándome sin miramiento alguno. A todo esto contesto diciéndote que desprecio tus amenazas, y que no las temo. No, no es posible que por la amenaza consiga nadie de mí lo que me impelen a negar mi dignidad, mi categoría, mi familia y mi nombre. Nunca creí que aspiraras a tanto, y siempre pensé que te conceptuarías muy feliz con lo que otras veces has alcanzado de mí, y hoy te ofrezco, haciendo un verdadero sacrificio, porque el estado del Reino ha disminuido nuestras rentas..». Al llegar aquí el golpe de un peso que cayó chocando con mi rodilla, me hizo levantar la vista de la carta. El soldado que formaba junto a mí, herido mortalmente por una bala perdida, había rodado al suelo. En aquel intervalo vi hacia enfrente, envueltas en espeso humo las columnas francesas que venían a atacar el centro. Pero mi ánimo no estaba para fijar la atención en aquello. Pude notar que la caballería avanzaba un poco, que después retrocedía y oscilaba de flanco; pero dejándome llevar por el caballo, con los ojos fijos en el papel que sostenía a la altura de las riendas, no puse ni un desperdicio de voluntad en aquellos movimientos de la máquina en que estaba engranado. La carta continuaba así: «..En vano para conmoverme finges gran interés por aquel ser desgraciado que vino al mundo (p.685) como testimonio vivo de la funesta alucinación y del fatal error de su madre. ¿A qué ese sentimiento tardío? ¿A qué acusarme de su abandono? No, esa niña no existe; te han engañado los que te han dicho que yo la he recogido. Mal podría recogerla cuando ya es un hecho evidente que Dios se la llevó de este mundo. ¿A qué conduce el amenazarme con ella, haciéndola instrumento de tus malas artes para conmigo? No pienses en esto. Por última vez te aconsejo que desistas de tus locas pretensiones, y te presentes ante mí con bandera de paz. ¿Eres un malvado o un desgraciado? Yo sería muy feliz si me probaras lo segundo, porque uno de mis mayores tormentos consiste en suponer tan profundamente corrompido el corazón que hace años sólo existía para amarme..». Con esto y la firma de Amaranta terminaba la epístola, cuya lectura, absorbiendo mi atención, me distraía de la batalla. El fragor de esta zumbaba en mis oídos como el rumor del mar, a quien generalmente no se hace caso alguno desde tierra. ¿Es tal vuestra impertinencia que queréis obligarme a contaros lo que allí pasaba? Pues oíd. Cuando la tropa francesa de línea retrocedió por tercera vez, extenuada de hambre, de sed y de cansancio; cuando los soldados que no habían sido heridos se arrojaban al suelo maldiciendo la guerra, negándose a batirse e insultando a los oficiales que les llevaran a tan terrible situación, el general en jefe reunió la plana mayor, y expuesto en breve consejo el estado de las cosas, se decidió intentar un último ataque con los marinos de la guardia imperial, aún intactos, poniéndose a la cabeza todos los generales. Por eso, cuando leída la carta alcé los ojos, vi delante de las primeras filas de caballería algunas masas de tropa escoltando los seis cañones de la carretera, cuyo fuego certero y terrible había sido el nudo gordiano de la batalla. Servidos siempre con destreza y al fin con exaltación, aquellos seis cañones eran durante unos minutos la pieza de dos cuartos arrojada por España y Francia, por la usurpación y la nacionalidad en un corrillo de veinte mil soldados. ¿Cara (p.686) o cruz? ¿Las tomarían los franceses? ¿Se dejarían quitar los españoles aquellos seis cañones? ¿Quién podría más, nuestros valientes y hábiles oficiales de artillería, o los quinientos marinos? Yo vi a estos avanzar por la carretera, y entre el denso humo distinguimos un hombre puesto al frente del valiente batallón y blandiendo con furia la espada; un hombre de alta estatura, con el rostro desfigurado por la costra de polvo que amasaban los sudores de la angustia; de uniforme lujoso y destrozado en la garganta y seno como si se lo hubiera hecho pedazos con las uñas para dar desahogo al oprimido pecho. Aquella imagen de la desesperación, que tan pronto señalaba la boca de los cañones como el cielo, indicando a sus soldados un alto ideal al conducirles a la muerte, era el desgraciado general Dupont que había venido a Andalucía, seguro de alcanzar el bastón de mariscal de Francia. El paseo triunfal de que habló al partir de Toledo había tenido aquel tropiezo. Los repetidos disparos de metralla no detenían a los franceses. Brillaban los dorados uniformes de los generales puestos al frente, y tras ellos la hilera de marinos, todos vestidos de azul y con grandes gorras de pelo, avanzaba sin vacilación. De rato en rato, como si una manotada gigantesca arrebatase la mitad de la fila, así desaparecían hombres y hombres. Pero en cada claro asomaba otro soldado azul, y el frente de columna se rehacía al instante, acercándose imponente y aterrador. Acelerábase su marcha al hallarse cerca; iban a caer como legión de invencibles demonios sobre las piezas para clavarlas y degollar sin piedad a los artilleros. Los que asistían a aquel espectáculo, sin ser actores de él, estaban mudos de estupor, con el alma y la vida en suspenso, cual si aguardaran el resultado del encuentro para dejar de existir o seguir existiendo. Sin embargo esto, ¿creerán mis lectores que algo ocupaba mi espíritu más de lleno que la última peripecia? Pues sí: yo tenía en mi mano la carta cerrada, y la curiosidad por leerla no era curiosidad, era una sed moral más terrible que (p.687) la sed física que poco antes me había atormentado. Incapaz de resistirla, sintiendo que todo se eclipsaba ante la inmensidad del interés despertado en mí por los asuntos de dos o tres personas que no habían de decidir la suerte del mundo, tomé la carta, la abrí sin reparar en lo vituperable de esta acción, y al punto la devoré con los ojos, leyendo lo siguiente: «Señora condesa: Vuestra carta me anuncia que nada puedo esperar de vos por los honrados medios que os he propuesto. Lo comprendo todo, y si en la última que me dirigisteis, dictada sin duda por vuestro propio corazón, mostrabais bastante generosidad, en esta reconozco las ideas de vuestra tía la señora marquesa, que otro tiempo os dijo que antes quería veros muerta que casada con un hombre inferior a vuestra clase. Preguntáis que si soy un malvado o un desgraciado: y contesto que ya que os alcanza la responsabilidad de lo segundo, a vos también os tocará sin duda la triste gloria de lo primero. Esta será la última que os escriba el que en algún tiempo no hubiera cambiado por todas las delicias del Paraíso el gozo de leer una letra de vuestra mano. Quizás por mucho tiempo no oigáis hablar de mí; quizás disfrutéis la inefable satisfacción de creer que he muerto; pero en la oscuridad y lejos de vos, yo me ocuparé de lo que me pertenece. ¿Quién es el culpable, vos o yo? Cuando supe en Madrid que habíais recogido a nuestra hija después de largo abandono, os prometí legitimarla por subsiguiente matrimonio, como correspondía a personas honradas. Primero me contestasteis indecisa y luego furiosa, rechazando una proposición que calificabais de absurda e irreverente, y llamándome jacobino, francmasón, calavera, perdido, tramposo, con otras injurias que quisiera oír en tan linda boca. Yo acepto el bofetón de vuestro orgullo. Lo que no me explico es la desfachatez con que negáis haber recogido a vuestra hija. ¿Y decís que esto no me importa? Ya veréis si me importa o no. Yo sé que la habéis recogido; yo sé que está en un convento; yo sé que su boda con el conde de (p.688) Rumblar está concertada; yo sé que para llevarla a cabo se han tenido en cuenta poderosos intereses de ambas familias, que la hacen imprescindible; yo sé que para llevar a efecto la legitimación, se ha consumado una superchería poco digna de personas como..». Una inmensa conmoción, un estrépito indescriptible me obligaron a apartar la atención de la carta. Los marinos llegaban a la boca de los cañones, y un combate terrible, en que parecíamos llevar lo mejor, se había trabado. Esto era sin duda sublime; esto sacaba de quicio y conmovía el alma en su fundamento; pero ¿no había algo más en el mundo? Inés, su madre, su padre, su porvenir, su casamiento, y yo con mi desmedido y leal amor: yo, preguntándome si podría subir hasta ella, o si era preciso hacerla descender hasta mí.. ¡Oh!, esta sí que era batalla; esta sí que era lucha, señores. Su campo estaba dentro de mí, y sus fuerzas terribles chocaban dentro del espacio silencioso de mi pensamiento. ¿Cómo no atender a ella más que a otra alguna? El corazón, tirano indiscutible, agrandando inconmensurablemente las proporciones de mi batalla, la había hecho mayor que aquella de que tal vez dependían los destinos del mundo. Yo vi los marinos próximos ya, muy próximos a nuestros cañones; sentí gritos de júbilo y de victoria pronunciados en española lengua, y aunque todo esto me conmovía mucho, la carta no concluida me quemaba la mano. Decid que yo era un estúpido egoísta; pero señores, ¿y la carta, y aquel casamiento imprescindible, y aquella superchería misteriosa?.. ¿Se ganaba la batalla? Creo que sí, y la faz de Europa iba a variar sin duda. ¿Pero qué me importaba el desconcierto del Imperio, el júbilo de Inglaterra, el estupor de Rusia, los preparativos de la coalición, el descrédito del grande ejército? ¿Hemos de sobreponer el interés de los conjuntos lanzados a bárbaras guerras, al interés del inocente individuo que lucha a solas por el bien y por el amor? ¿Hemos de sobreponer el interés de la guerra, que destruye, al del amor que crea y aumenta y (p.689) embellece lo creado? Reíos de mí; pero al mismo tiempo pensad en el modo de probarme que un corazón ocupa menos espacio en la totalidad del universo que los quinientos diez millones de kilómetros cuadrados de la pelota de tierra en que habitamos. Si es egoísmo, confieso mi egoísmo, y declaro a la faz de mi auditorio que en el punto en que se eclipsaba la estrella que por diez años había iluminado la Europa, volví a fijar los ojos en la carta para continuar leyendo. Si no quieren Vds. enterarse de ello, no se enteren; pero es mi deber decir que la carta concluía así: «..una superchería poco digna de personas como vos. Segura estáis y con razón de que nada puedo contra vos. En efecto, yo sé que si algo intentara sería vencido. Pobre, sin recursos, sin valimiento, ¿qué podría contra la justicia que sólo defiende a los poderosos? Pero mi hija me pertenece, y si hoy no está en mi poder, os aseguro que lo estará mañana. Entretanto guardaos vuestro dinero». No decía más. Pero cuando acabé de leerla, ¡qué nueva y terrible fase tomaba la refriega entre los marinos y nuestros soldados! ¡Santo Dios! ¿La batalla se perdería? Los franceses, destrozados en el primer ataque, lo repetían sacando el último resto de bravura de sus corazones resecados por el calor, y volvían a la carga resueltos a dejarse hacer trizas en la boca de los cañones, o tomarlos. Nuestros soldados sacaban fuerzas de su espíritu, porque en el cuerpo ya no las tenían. Hasta los artilleros empezaban a desfallecer, y heridos casi todos los primeros de derecha e izquierda, atacaban los segundos, daban fuego los terceros, y el servicio de municiones era hecho por paisanos. Los franceses medio resucitados con la valentía de los marinos, pudieron habilitar dos piezas y desde lejos tomando por punto en blanco la masa de nuestra caballería, disparaban bastantes tiros. Su larga trayectoria, pasando por encima de la batería española, hería las primeras filas de mi regimiento. Este se encabritó como si fuera un solo caballo; chocamos unos con otros, y el espectáculo de (p.690) dos compañeros muertos sin combatir nos llenó de terror. Al mismo tiempo oímos decir que escaseaban las municiones de cañón. ¡Terrible palabra! Si nuestros cañones llegaban a carecer de pólvora, si en sus almas de bronce se extinguía aquella indignación artificial, cuyo resoplido conmueve y trastorna el aire, estremece el suelo y arrasa cuanto encuentra por delante, bien pronto serían tomados por los valientes marinos, y les aguardaba el morir inutilizados por el denigrante clavo, fruslería que destruye un gigante, alfiler que mata a Aquiles. Esta consideración ponía los pelos de punta. ¿Sucumbiría España? ¿No le reservaba Dios la gloria de dar el primer golpe en el pedestal del tirano de Europa?.. No, no es posible asistir indiferente al espectáculo de tan supremo esfuerzo, oh patria; pero te confieso que yo rabiaba por conocer el autor de aquella tercera carta que tenía en mi mano, y cuando sin desatender a tu admirable heroísmo, miré la firma y vi el nombre de Román, segundo mayordomo de mi inolvidable ama; cuando consideré que aquel papel contendría revelaciones importantes, me dominó de tal modo la curiosidad, que por un instante desapareciste de mi espíritu, ¡oh sublime rincón de tierra, destinado más de una vez a ser equilibrio del mundo! Adiós España, adiós Napoleón, adiós guerra, adiós batalla de Bailén. Como borra la esponja del escolar el problema escrito con tiza en la pizarra, para entregarse al juego, así se borró todo en mí para no ver más que lo siguiente: «Sr. D. Luis de Santorcaz: Voy a deciros puntualmente lo ocurrido. Todo está resuelto, y por ahora os dan con la puerta en los hocicos. La señora marquesa de Leiva, al recoger a la señorita Inés, pensó en el modo de legitimarla. Advierto a Vd. que desde que la trataron, ambas la quieren mucho, y se desviven por decidirla a que salga del convento. Cuando la señora condesa recibió la carta de Vd. en que le proponía la legitimación por subsiguiente matrimonio, mostrola a su tía, y ésta furiosa y fuera de sí preguntó si quería deshonrarse para (p.691) siempre siendo esposa de semejante perdido. Lloró un poco la condesa, lo cual es indicio de que aún le queda algo de aquel amor; y por último, después de muchas reconvenciones, convinieron las dos en no admitirle a Vd. en su familia por ningún caso. Ya sabe Vd. que según consta en la fundación de este gran mayorazgo, uno de los principales de España, no habiendo herederos directos, pasa a los de segundo grado en línea recta, por lo cual ahora correspondería al primogénito del conde Rumblar. La actual condesa de Rumblar, enterada de la aparición de una heredera, anunció a mi ama que entablaría un pleito, y vea Vd. aquí el motivo de que en casa se haya trabajado tanto por la legitimación. Por fin, las dos familias acordaron evitar la ruina de un pleito y se han puesto de acuerdo sobre esta base: casar a la señorita Inés con D. Diego de Rumblar, previa legitimación de aquella, por lo que llaman autorización del Rey, con lo cual, ambos derechos se funden en uno solo, evitando cuestiones. En cuanto al punto más difícil, la señora marquesa lo ha resuelto al fin de un modo ingenioso y seguro. La niña ha entrado al fin con pie derecho en la familia. No pudiendo legitimar la madre, porque a ello se oponen las leyes; no pudiendo aceptarse la fórmula del subsiguiente matrimonio, ni conviniendo tampoco la adopción, por no dar esto derecho a la herencia del mayorazgo, se acordó lo que voy a decir a Vd., y que sin duda le llenará de admiración. Este sesgo del asunto tiene para la familia la ventaja de que mi señora la condesa no pasará ningún bochorno. La señorita Inés ha sido reconocida por aquel..». Un violento golpe arrebató el papel de mis manos. Encabritose mi caballo, y al avanzar siguiendo el escuadrón, sentí la estrepitosa risa de un soldado que decía: «Aquí no se viene a leer cartas». Corrimos fuera de la carretera, y todos mis compañeros proferían exclamaciones de frenética alegría. Vi los cañones inmóviles y delante una espesa cortina de humo, que al disiparse permitía distinguir los restos del (p.692) batallón de marinos. En el frente francés flotaba una bandera blanca, avanzando hacia nuestro frente. La batalla había concluido. Nuestros soldados se abrazaban con delirio. Confundíanse los diversos regimientos, y los paisanos advenedizos con la tropa. La gente del vecino pueblo de Bailén acudía con cántaros y botijos de agua. Agrupábanse hombres y mujeres junto a los heridos para recogerlos. Los caballos recorrían orgullosos la carretera, y los generales confundidos con la gente de tropa, demostraban su alegría con tanta llaneza como esta. Los gritos de ¡viva España!, ¡viva Fernando VII! parecían un concierto que llenaba el espacio como antes el ruido del cañón; y el mundo todo se estremecía con el júbilo de nuestra victoria y con el desastre de los franceses, primera vacilación del orgulloso Imperio. En tanto yo recorría el campamento, miraba al suelo, miraba las manos de todos, las cureñas de los cañones, los charcos de sangre, los mil rincones del suelo, junto al cuerpo de un herido y bajo la cabeza del caballo moribundo. Marijuán se llegó a mí con los brazos abiertos y gritó: -Les vencimos, Gabriel. ¡Viva España y los españoles, y la Virgen del Pilar a quien se debe todo! Pero ¿qué buscas, que así miras al suelo? -Busco un papel que se me ha perdido -le contesté.
Ep-4-XXVIII - -Déjate de papeles -me dijo Marijuán- ¡Qué demonios de marinos! ¿Viste cómo atacaban? -La hacen hija legítima por autorización real. -¿Qué estás diciendo? Ya no queda duda que hemos vencido a Napoleón, y como este ha vencido a todo el mundo, resulta que nosotros hemos vencido al mundo entero. ¿Pero chico, no te vuelves loco? Mira cómo alzan los brazos gritando, aquellos generales que vienen por el llano. ¡Benditas penas, benditos golpes, bendito calor y bendita sed, puesto que al fin hemos salido vencedores! ¡Viva España! -De esa manera -le dije yo, preocupado con mis guerras -entra a disfrutar el mayorazgo, casándose con D. Diego, para evitar un litigio que arruinaría a las dos familias. -¿Qué hablas ahí, muchacho? -exclamó con sorpresa- (p.693) Ya sabes que los franceses se van a entregar todos. ¡Qué vergüenza! ¡Que vuelva Napoleón a meterse con los españoles! Chico; nos vamos a comer el mundo, y digo que la Junta de Sevilla es una remilgada si no nos manda conquistar a París. ¡Viva España! -Y nuestro amo, ¿dónde está? -pregunté intranquilo-. ¿Qué ha sido del señorito de Rumblar? -¡Creo que ha muerto! -me contestó lacónicamente Marijuán, picando espuelas y alejándose de mí. Tan estupenda noticia dio nueva dirección a mis alborotados pensamientos. El aspecto de la refriega interior que me sacudía el alma cambió de improviso y por completo. Todo vino abajo, todo se puso de otro color, y el mundo fue distinto a mis ojos. Ignoro si en aquel momento sentí la muerte de mi amo, o si por el contrario, desbordado el corruptor egoísmo en mi alma, acepté con regocijo la desaparición de quien interponiéndose entre mi ideal y yo, alteraba a mis ojos el equilibrio del universo, más que Napoleón el de Europa.. En medio del delirio de aquella gran victoria, una de las más trascendentales que han ocurrido en el mundo, yo permanecía mudo, y mi caballo me transportaba de un lado para otro según su albedrío. En mi derredor la efervescencia de aquella patriótica alegría, de aquel entusiasmo febril causaba estrepitoso oleaje. Allí la persona humana había desaparecido fundiéndose en el hermoso conjunto de la sociedad o la Nación, que era sin duda la que conmovía la tierra con sus gritos de gozo. El único que se conservaba aislado, y podía llamarse hombre, era el egoísta Gabriel, grano de arena no conglomerado con la montaña, y que rodaba solo haciendo por su propia cuenta las revoluciones establecidas por la armonía del mundo. -Es preciso averiguar si realmente ha muerto Rumblar.. ¿Entrará al fin Inés en la familia de su madre? ¿La perderé para siempre? ¿Debo reírme de mi necia y ridícula aspiración? ¿Un hombre como yo puede subir a tanta altura? ¿La misteriosa oscuridad de los tiempos venideros ocultará alguna cosa que destruya este nivel espantoso? (p.694) ¿Puedo esperar, o resignarme desde ahora, bendiciendo la mano de la Providencia que me arroja en el polvo de donde nunca debí intentar salir? Estas preguntas me hacía, cuando un acontecimiento no previsto vino a alterar repentinamente la situación de las cosas fuera de mí. El ejército corría a ocupar sus posiciones; la corneta y el tambor convocaban a todos los soldados, y gran número de gentes del pueblo, hombres y mujeres, corrían hacia las calles de Bailén. Nuestros destacamentos habían divisado las columnas avanzadas del general Vedel que venía de Guarromán en auxilio de Dupont, y ya a poca distancia, un cañonazo nos anunció la presencia de un nuevo enemigo. ¡Ay!, ¡si Vedel hubiese llegado un momento antes, poniéndonos entre dos fuegos! Pero Dios, protector en aquel día de la España oprimida y saqueada, permitió que Vedel llegase cuando estaba convenida ya la tregua, y se había principiado a negociar la capitulación. Al instante mandó Reding un oficio al general francés dándole cuenta de lo ocurrido, y los enemigos se detuvieron más allá de una ermita que llaman de San Cristóbal, situada a mano izquierda del camino real, yendo de Bailén a Guarromán. Al poco rato vimos un oficial francés que llegó al pueblo con un oficio para Reding y otro para Dupont, y como en el cuartel general de este se estaban ya negociando las bases de la capitulación, nos consideramos seguros de ser atacados por la parte alta del camino, a causa de que la acordada suspensión de armas debía afectar a todas las fuerzas que componían el ejército imperial de Andalucía. A pesar de esta confianza, varios regimientos, entre ellos el de Irlanda y el famosísimo de Órdenes Militares que tanto se había distinguido en la batalla, ocuparon el camino frente a las tropas de Vedel, las cuales iban llegando por momentos y tomaban posiciones. Mi regimiento fue colocado en la entrada oriental del pueblo. Sería poco más de la una cuando los franceses de Vedel, sin aguardar a que les contestara Dupont, rompieron el fuego contra Irlanda, (p.695) sorprendiéndoles con fuerzas considerables. Gran efervescencia y algazara y tumulto en nuestras filas. Todos querían ir no a combatir con los franceses, sino a pasarlos a cuchillo, por violar las leyes de la guerra. Pero nosotros teníamos, para sojuzgar a los traidores, rehenes preciosos, cuales eran los restos del ejército de Dupont, que estaban en nuestro poder, como una víctima maniatada y con la cabeza sobre el tajo. Durante la confusión que siguió al ataque, algunas tropas acudieron a cercar el campo francés vencido, y otras corrieron en auxilio de los regimientos de Irlanda y Órdenes, puestos en gran compromiso. A pesar de la inferioridad de número y de posición de nuestras tropas, todo anunciaba que se iba a trabar un combate tan encarnizado como el primero, y los valerosos paisanos lo mismo que los soldados de línea ardían en generoso anhelo de morir si era preciso por rematar con una tarde épica la gloriosa mañana. Pero la Providencia, como he dicho, estaba de nuestra parte. Casi juntamente con los primeros tiros de la embestida de Vedel, sonaron cañonazos lejanos, que al principio no supimos a qué dirección referir. -¿Qué es eso? ¿Hacen fuego por el Herrumblar o es la gente de Mengíbar? -preguntaban allí. -Es la división de D. Manuel de la Peña, que viene por la Casa del Rey -contestó uno que a todo escape venía del primer campo de batalla. La tercera división, enviada al amanecer desde Andújar por Castaños en seguimiento de Dupont, había llegado, y se anunciaba al enemigo con disparos de pólvora seca. Aterrado con este nuevo refuerzo, que aniquilaría los restos del ejército, si Vedel no se sometía al armisticio, Dupont dio enérgicas órdenes para que cesara el fuego de la división recién venida de Guarromán, y el fuego cesó. Con esto, los nueve mil hombres de Vedel se sometieron de antemano al pacto que ajustaba su general en jefe. Seguimos, sin embargo, sobre las armas, y las entradas de la villa continuaron custodiadas por numerosas fuerzas, que se relevaban para proporcionarnos algún descanso. Cuando me (p.696) tocó dejar la guardia, dirigime a una de las muchas casas del pueblo en que curaban heridos, para que me pusieran algo en la mano izquierda, donde había recibido una contusión que aunque ligera, me escocía bastante. Regresaba luego a pie en busca de mi puesto, cuando, sintiendo una mano en mi hombro, miré y tuve el gusto de encontrarme cara a cara con D. Paco, el maestro y ayo de D. Diego. -¿Qué ha sido del niño?, ¿dónde está? No ha venido por casa -me dijo con tono angustiado y poniéndose pálido. -Sr. D. Paco -le contesté-, francamente, no sé dónde está el señor conde, aunque me parece que debe de estar vivo. -¡Qué miedo, qué pavor! ¡La santa Virgen de Araceli, la de Fuensanta, la del Pilar y la del Tremedal todas juntas nos favorezcan! Las piernas me tiemblan, Gabriel, y si mi señor y discípulo no parece, yo no me atrevo a decírselo a la señora. -Ya parecerá; yo le vi poco antes de concluir la batalla. Andará por cualquier lado -dije para calmar su inquietud. -Es raro que estando sano y salvo no viniese a casa, o mandara un recado. ¿En dónde hay caballería? -En San Cristóbal, en donde estaba la batería, en la noria, en los altos de la derecha, en los del Gaudiel, hacia el Herrumblar, en muchas partes. Ya andará el Sr. D. Diego por ahí. -Dios lo quiera. Voy, corro a buscarlo. ¿Dime tú.. ya no harán fuego, eh? ¿Habrá peligro en andar por aquí? Si quisieras acompañarme. ¡Diantre con el niño, y si supiera él qué buenas noticias le traigo cómo se apresuraría a venir a mi encuentro! -¿Qué noticias, Sr. D. Francisco? ¿Se pueden saber? -pregunté disponiéndome a acompañar al ayo por el campo de batalla. -¡Noticias estupendas y que le harán saltar de gozo! Esta mañana recibió la señora un propio de la marquesa de Leiva, anunciando que su Excelencia, con la condesa, con la señorita Inés y el señor marqués, salen de Córdoba para Madrid, a donde los llama un negocio de mucho interés para las dos familias. -El camino no está para viajes, Sr. D. Paco. -Vienen por Mengíbar, y anuncian que de esta noche a mañana (p.697) llegarán a casa, donde piensan detenerse algunos días, no sólo para tomar descanso, sino para que ambas familias se conozcan y traten, pues son ramas que van a injertarse, formando un solo árbol frondoso que eche profundas raíces en el suelo de la Nación y dé sombra a numerosa e ilustre prole. -Sí -dije-, ya sé que el señorito se casa.. -¡Ay! ¡Dónde estará ese Juan enreda de D. Diego!.. Sí, se casa. He visto el retrato de la señorita Inés, que es un portento de hermosura. Pues sí: la niña no quería salir del convento, aunque se lo predicaran frailes teatinos; pero yo no sé; algo pasó allá a principios del mes, o sin duda la joven al ver el retrato de D. Diego, sintió la flecha del dios ceguezuelo en su corazón. Lo cierto es que ha pedido salir del convento, con gran regocijo de sus parientes, y ahora marchan todos a Madrid para las diligencias de la legitimación, porque ya sabes tú que.. -Sí, había entendido que esa joven era hija de la señora condesa. -¡Calla, deslenguado procaz! ¡Qué has dicho! La señora condesa, prima de mi señora, había de tener semejantes tapujos. No hay tal cosa, chiquillo desvergonzado. La señorita Inés es hija de una dama extranjera, que ya no existe y que floreció hace quince años en la corte, dando que hablar por sus amores con un célebre caballero de esta ilustre familia. ¿Sabes quién es el padre de doña Inés? Pues no es otro que ese espejo de los diplomáticos, ese discretísimo hermano de la señora marquesa de Leiva, el cual ha reconocido a la muchacha por hija suya, y ahora se apresura a legitimarla por autorización real para que entre en posesión del mayorazgo cuando Dios se sirva llamar a su seno a la señora marquesa de Leiva. -¡Qué bien lo han compuesto todo! -exclamé sin poder contener la expresión de mi asombro. -¿Cómo compuesto? Mi señora me ha participado esta mañana lo que acabo de decir. ¡Ah! Ese sin par diplomático, que tanta fama tiene en todas las cortes de Europa, ha dado una prueba de caballerosidad, poniendo su nombre a ese fruto de sus iracundas fogosidades juveniles, (p.698) abandonado hasta hoy, y que en lo sucesivo descollará cual arbusto lozano en el pensil de la sociedad española.. Pero ese D. Diego.. ¿En dónde está D. Diego? Hablemos al general en jefe.. preguntemos a esos soldados.. Diga Vd., héroe de este día, que se anotará en los fastos de la historia con piedra blanca, albo notanda lapillo; oiga Vd., ¿ha visto Vd. por casualidad a D. Diego? Y así iba preguntando a todos, sin que nadie le diese razón.
Ep-4-XXIX - Vino la noche. Los franceses, muertos de fatiga y de hambre en su campamento, aguardaban con anhelo a que la capitulación estuviese firmada. Los que menos paciencia tenían eran los suizos afiliados en el ejército imperial, y así que oscureció empezaron a pasarse a nuestro campo. Un historiador francés, queriendo atenuar el desastre de los suyos, ha escrito que la defección ocurrió durante la batalla; pero esto es falso. Lo peor es que otro historiador, no francés sino español, lo ha repetido con lamentable ligereza, faltando así a su patria y a la verdad, que es superior a todo. La capitulación iba despaciosamente, porque los parlamentarios se habían juntado en Andújar, residencia del general en jefe, y en Bailén no teníamos noticia de lo que allí pasaba. Temiendo que los enemigos intentaran escaparse, nuestros generales tomaron acertadas precauciones, y la artillería ocupó, mecha encendida, los puestos convenientes. Al mismo tiempo millares de paisanos, discurriendo por cerros y alturas, hostigaban de tal modo a los franceses en todas partes, que no les era posible moverse. Esta vigilancia permitía descansar a una parte del ejército; y especialmente los heridos, aunque sólo lo fueran muy levemente como yo, teníamos libertad para estar en el pueblo, donde nos ocupábamos en reunir víveres y llevarlos a los del campamento, así como en acomodar a los heridos graves en las principales casas. Salía yo de Bailén con un cesto de víveres para unos jefes de artillería cuando tropecé con Santorcaz, que volvía seguido de algunos voluntarios de Utrera y licenciados de Málaga. -¡Oh, Sr. de Santorcaz! - (p.699) exclamé con la mayor sorpresa-. ¿Está Vd. vivo? Yo le hacía en el otro barrio. -No, muchacho, vivo estoy -me respondió-. Dios quiere que todavía el que está dentro de esta camisa dé mucho que hacer en el mundo. -¿Pero tampoco está Vd. herido? -Aquí tengo un par de rasguños; pero esto no es nada para un hombre como yo. Ya sabes que me han hecho sargento. No vine aquí para ganar charreteras; pero puesto que me las dan, las tomo. -Grandes hazañas habrá hecho el Sr. D. Luis. -Poca cosa. Caí del caballo, y a pie defendime rabiosamente contra tres o cuatro franceses. Reventé a uno, descalabré a otro, y me volví a nuestro campo con un águila que entregué al marqués de Coupigny. Al recoger de mis manos la bandera, el general, después de preguntarme si era licenciado de presidio, me dijo: «Es Vd. sargento». ¿Ves? Me han puesto al frente de este pelotón de buenos muchachos; ¿quieres venirte con nosotros? Diciendo esto señaló a los esclarecidos varones que le seguían, los cuales, o yo me engaño mucho o eran la flor y nata de Ibros, Sierra de Cazorla y Despeñaperros, todos gente de ligerísimas piernas y manos. Dile las gracias por el ofrecimiento, y seguí mi camino. -¡Ah! ¿Qué sabe Vd. de D. Diego? -le pregunté volviendo atrás. -Pues qué -dijo retrocediendo-, ¿no se sabe dónde está D. Diego? ¿Ha muerto? ¿Se ha extraviado? Es preciso averiguarlo. Y di, ¿tú has visto por casualidad mi caballo? ¿Sabes si alguien lo recogió? -No sé nada de tal caballo -repuse alejándome. Ya avanzada la noche regresé a Bailén, donde me causó sorpresa ver una triste procesión compuesta de tres mujeres vestidas de negro, a las cuales seguían hasta media docena de hombres, llevando por delante dos criados con sendos farolillos para alumbrar el camino. Acerqueme y reconocí a doña María, con sus dos hijas, las tres cubiertas con negros mantones y muy afligidas y llorosas. Digo mal, porque si las dos muchachas se deshacían en lágrimas, la señora condesa conservaba seco el rostro, aunque visiblemente alterado, la mirada fija y valerosa y el andar muy (p.700) firme. Al instante me presenté a ella, saludándola con el mayor respeto y ofreciéndola mi ayuda si, como parecía, iban en busca de D. Diego. -¿Conque no parece el niño? ¿Cuándo le perdiste de vista durante la batalla? -me preguntó. -Señora, desde la gran carga que dimos sobre el ala izquierda de los franceses dejé de ver a D. Diego. -Yo creí que estuviera entre los heridos; pero no está. ¿Todos los muertos han sido recogidos del campo de batalla? -Sí señora; sólo quedan los desconocidos, los paisanos que no estaban afiliados a ningún regimiento. -Vamos a ver -dijo con un aplome, con una firmeza que me asombraron, pues no suponía tanto valor en el alma de una mujer. -Yo acompañaré a usía con mucho gusto. -¿Y qué tal se ha portado mi hijo? -me preguntó cuando marchábamos juntos. -Señora, se ha portado como un héroe; se ha portado como quien es. -¿Los jefes advirtieron su valor? ¿Elogiaron su bizarría, recordando el linaje de mi hijo? -Sí señora, los jefes estaban con la boca abierta presenciando las hazañas de D. Diego -repuse por halagar el amor propio de la noble señora, cuyo dolor se atenuaría sabiendo que su vástago había honrado el nombre de Rumblar. -¿Y amabais vosotros a mi hijo? -¡Oh!, sí señora. D. Diego es tan bueno.. y nos trata como si fuéramos todos iguales. -¡Como si todos fuerais iguales! -exclamó doña María con ligeras muestras de enfado. -No.. vamos al decir.. -indiqué corrigiendo mi lapsus-. D. Diego es un caballero y nosotros unos badulaques.. quiero decir que nos trataba sin tiranía.. ¡Pobre D. Diego! Pero le hemos de encontrar, señora. D. Diego está sano y salvo. Me lo dice el corazón. -Tú eres un buen muchacho. Ayúdanos a buscar a mi hijo y te recompensaré. Si parece, yo te prometo que serás su paje cuando se case. -¡Ah, gracias señora!, muchas gracias -contesté con viveza. -Eres modesto. ¿Crees que no mereces este honor? Aunque no lo merezcas yo te lo concedo. Llegamos a un punto en que se distinguía un cuerpo tendido boca abajo sobre el suelo. Nos estremecimos todos, (p.701) y Asunción y Presentación se abrazaron llorando a gritos. La curiosidad luchó un instante en nosotros con el temor, pues deseábamos acercamos al cadáver por ver si era D. Diego, y temíamos llegar a él por si acaso era. Doña María fue la primera que dio un paso y la seguimos todos. Aquel cadáver solitario de un hombre muerto por la patria, no había encontrado todavía ni un pariente, ni un amigo, ni un camarada que se cuidase de él. No era D. Diego. La condesa después de examinarlo alzó los ojos al cielo, cruzó las manos y rezó en voz alta el Padre nuestro, a cuya oración contestamos todos muy devotamente con El pan nuestro.. Seguimos andando, y en otro sitio encontramos algunos cadáveres, que la condesa con heroísmo sobrenatural examinaba cara a cara hasta convencerse de que su hijo no estaba allí. Si nos acontecía llegar en el momento de abrir a alguno la sepultura, todos echábamos un puñado de tierra en la fosa del patriota, que bien pronto desaparecía en la vasta superficie del campo, no quedando huella ni marca alguna en el suelo, como no queda noticia del heroísmo individual en la historia. Nuestras pesquisas por todo el campamento no dieron resultado alguno. Las dos hermanitas no podían tenerse en pie, ni cesaban de rezar en castellano y en latín, recitando con fervorosa declamación cuantas oraciones sabían. Tales eran la confusión y anonadamiento de D. Paco, que más de una vez se cayó al suelo. Sólo doña María conservaba una entereza heroica y casi bárbara que hacía creer en la superioridad del temple moral de algunos linajes sobre el plebeyo vulgo. No en vano tenía aquella señora por su línea materna la sangre de Guzmán el Bueno. Era muy tarde cuando volvimos a la casa. Mientras reinaba en ella la desolación, ni una lágrima brotó de los ojos de doña María. -Si Dios ha querido disponer de la vida de mi hijo -exclamó sentándose en el clásico sillón de cuero-, concédame al menos el consuelo de saber que ha muerto con honor. -D. Diego ha de parecer, señora -dije yo con movido-. Si hubiera muerto, ¿no (p.702) habríamos encontrado su cuerpo? Esta razón devolvió a D. Paco su perdida fuerza dialéctica, y habló así: -¿Pero no hubo también un pequeño combate por donde estaba Vedel? ¡Quién sabe si cogerían prisionero al niño! -Los prisioneros fueron devueltos esta tarde por orden de Dupont -repuso doña María. -¿Y si el niño estaba herido y lo metieron en el hospital francés?.. -Yo lo he de averiguar, señora -exclamé-. Mañana mismo pediremos un salvo-conducto para ir al campo enemigo. Me parece que allí le encontraremos. -Ya sabes que te he prometido una gran recompensa. Si haces lo que dices, y encuentras a mi hijo y le traes -me dijo la de Rumblar-, la recompensa será aún mayor. Dios dispone de todo, y las glorias de la tierra a veces son trocadas en miseria, en tristeza, en nada por su mano poderosa. Si mi hijo no parece, ¿qué soy, qué me queda, qué resta a mi casa y a mi nombre? Dios habrá decidido que todo perezca y que las grandezas de ayer sean hoy ruinas, donde nos ocultemos para llorar. ¿La victoria se había de alcanzar sin desgracias? Napoleón es vencido en España, y ante la salvación de nuestro país, ¿qué significa una vida por noble que sea?, ¿qué una familia, por grande que sea su lustre? La enérgica entereza de aquella mujer de acero me llenó de asombro. Después continuó así: -Yo creí que este sería un día de júbilo en mi casa. Después de la victoria alcanzada, hubiéramos sido muy felices teniendo aquí a mi hijo, y recibiendo a la prometida esposa que con mis primas debe de llegar aquí esta noche.. ¿No ha llegado? Cuide usted, don Paco, de que nada les falte. ¿Está todo preparado, las camas, la cena, las habitaciones? Niñas, ¿qué hacéis ahí mano sobre mano? Asunción y Presentación lloraron con más fuerza al oírse nombrar por su madre. Pareciome que esta también comenzaba a sentir vacilante su varonil espíritu, y que apagándose la llama de sus ojos, se desmayaban sus enérgicos brazos, cayendo con desaliento sobre los del sillón. Pero sin duda no quería perder su dignidad de gran señora delante de nosotros, y (p.703) mandándonos salir a todos, a sus hijas, a D. Paco, a los criados y a mí, se quedó sola. Un rato después sentí ruido de coches y mulas en la calle; luego una gran algazara en el patio, y al oír esto, diome un gran vuelco el corazón. Escondido tras uno de los pilares vi descender de los coches y subir pausadamente a las personas que eran esperadas, y al mirar al diplomático que cargaba en sus brazos a una mujer para bajarla del carruaje, reconocí a la monjita de Córdoba. Yo temía ser visto de Amaranta; pero como esta y su tía habíanse adelantado y estaban ya arriba, me aventuré a seguir al diplomático, que subió detrás de todos con Inés, sosteniéndola por la cintura. Delante iban los criados con hachas, detrás yo solo. Inés se envolvía en un gran manto, chal o cabriolé que tenía larguísimos flecos en sus orillas. Subíamos lentamente, ellos delante, yo detrás, y aquellos menudos hilos de seda pendientes de la espalda y de la cintura de Inés flotaban delante de mis ojos. Como quien llega a la puerta del cielo y tira del cordón de la campanilla para que le abran, así cogí yo entre mis dedos uno de aquellos cordoncitos rojos y tiré suavemente. Inés volvió la cabeza y me vio.
Ep-4-XXX - Una vez arriba, el ayo informó a los viajeros de lo que ocurría, y pasando adentro las tres señoras, el diplomático se quedó con D. Paco en el comedor. -Aquí estamos consternados, Sr. D. Felipe -dijo el ayo-. Y si mi amo no parece el mundo habrá perdido en el fragor de horripilante batalla a un joven que prometía ser gran filósofo, y que ya era gran calígrafo. -¡Demonio de contrariedad! -dijo el diplomático, sacando su caja de tabaco y ofreciendo un polvo al ayo, después de tomarlo él-. Lo siento.. a nuestra edad nos gusta tener quien nos suceda y herede nuestras glorias para desparramar su luz por los venideros siglos. Vea Vd. la razón por qué me apresuré a reconocer a mi querida hija.. ¡Ah! Sr. D. Francisco: yo he tenido una juventud muy borrascosa, como todo el mundo sabe, y hartas noticias tendrá Vd. de mis aventuras, pues no había en las cortes (p.704) de Europa dama alguna, casada ni soltera, que no se me rindiese. Después de todo es una desgracia haber nacido con tal fuerza de atracción en la persona, Sr. D. Francisco; tanto que todavía.. pero dejemos esto. Ahora no me ocupo más que del bienestar de mi idolatrada niña. Y a fe que si es cierto que no existe D. Diego, no por eso se quedará soltera; pues cartas tengo aquí del príncipe de Lichenstein, del archiduque Carlos Eugenio, del conde de Schöenbrunn y de otros esclarecidos jóvenes de sangre real pidiéndomela en matrimonio. Como yo tengo tantos amigos en las cortes de Europa, y en España mismo, pues.. ya he sabido que las principales familias acogidas en Bayona o residentes en Madrid, se disputan la mano de mi hija. ¿La ha visto Vd., Sr. D. Francisco? ¿Ha observado usted en su cara los rasgos que indican la noble sangre mía y la de aquella hermosísima, cuanto desgraciada señora extranjera..? ¡Oh!, me enternezco, señor D. Francisco.. Pero hablemos de otra cosa, cuénteme Vd. cómo ha sido esa batalla. ¿Conque hemos ganado? ¿Y hay capitulación? De modo que he llegado a tiempo. ¡Oh! Sr. D. Francisco, temo que hagan un desatino, si no les asisto con mis luces, porque los militares son tan legos en esto de tratados.. Yo traigo un proyectillo, mediante el cual la Rusia ocupará Despeñaperros, España pasará a guarnecer las orillas del Don y de la Moscowa, y Prusia.. Cuando me marché, el diplomático continuaba calentando los cascos al buen D. Paco, que le ofreció algunos manjares y vino de Montilla para reparar sus fuerzas. Al salir de la casa, vi en la puerta de la calle a varios hombres, no de muy buena facha por cierto, uno de los cuales llegose a mí, y tomándome por el brazo, me dijo: -¿Conoces tú a esa gente que acaba de llegar? -No, Sr. de Santorcaz -repuse-. No sé qué gente es esa, ni me importa saberlo. Apartámonos todos de la casa, y por el camino me dijo otra vez D. Luis que tendría mucho gusto en verme en las filas de su compañía. Al día siguiente, que era el 20, nos ocupamos Marijuán y yo en buscar otra (p.705) vez a nuestro amo. Uniósenos D. Paco, y el general español escribió un oficio a Dupont, rogándole que nos permitiera hacer indagaciones en el campamento francés, para ver si se encontraba allí a D. Diego, herido o muerto. Visitamos el hospital enemigo, y entre los heridos no había ningún español, lo cual nos desconsoló sobremanera. Yo no era el que menos se acongojaba con esta contrariedad, aunque sabía el casamiento de Inés. ¿Qué significaba aquel generoso sentimiento mío? ¿Era pura bondad, era puro interés por la vida del semejante, aunque fuese enemigo, o era un sentimiento mixto de benevolencia y orgullo, en virtud del cual yo, convencido de que Inés no amaba sino a mí, quería proporcionarme el gozo de ver a D. Diego despreciado por ella? Francamente, yo no lo sabía, ni lo sé aún. Cuando recorrimos el campo francés, pudimos observar la terrible situación de nuestros enemigos. Los carros de heridos ocupaban una extensión inmensa, y para sepultar sus tres mil muertos, habían abierto profundas zanjas donde los iban arrojando en montón, cubriéndoles luego con la mortaja común de la tierra. Algunos heridos de distinción estaban en las Ventas del Rey; pero la mayor parte, como he dicho, tenían su hospital a lo largo del camino, y allí los cirujanos no daban paz a la mano para vendar y amputar, salvando de la muerte a los que podían. Los soldados sanos sufrían los horrores del hambre, alimentándose muy mal con caldos de cebada y un pan de avena, que parecía tierra amasada. Todos anhelaban que se firmase de una vez la capitulación para salir de tan lastimoso estado; pero la capitulación iba despacio, porque los generales españoles querían sacar el mejor partido posible de su triunfo. Según oí decir aquel día cuando regresamos a Bailén, ya estaba acordado que se concediese a los franceses el paso de la sierra para regresar a Madrid, cuando se interceptó un oficio en que el lugarteniente general del Reino mandaba a Dupont replegarse a la Mancha. Comprendieron entonces los españoles que conceder a los (p.706) franceses lo mismo que querían, era muy desairado para nuestras armas, y acordaron considerarles como prisioneros de guerra, obligándoles a entregar las armas. Pero aún el día 21 los contratantes del lado francés, generales Chabert y Marescot, y los del lado español, Castaños y conde de Tilly, no habían llegado a ponerse de acuerdo sobre las particularidades de la rendición. También alcanzamos a ver a lo largo del camino la interminable fila de carros donde los imperiales llevaban todo lo cogido en Córdoba. ¡Funestas riquezas! Dicen algunos historiadores que si los franceses no hubieran llevado botín tan numeroso, habrían podido salvarse retirándose por la sierra; pero que el afán de no dejar atrás aquellos quinientos carros llenos de riquezas les puso en el aprieto de rendirse, con la esperanza de salvar el convoy. Yo no creo que los franceses hubieran podido escaparse con carros ni sin carros, porque allí estábamos nosotros para impedírselo; pero sea lo que quiera, lo cierto es que Napoleón dijo algún tiempo después a Savary en Tolosa, hablando de aquel desastre tan funesto al Imperio: «Más hubiera querido saber su muerte que su deshonra. No me explico tan indigna cobardía sino por el temor de comprometer lo que había robado». No nos atrevimos a volver a la casa con la mala noticia de que el niño no parecía, y seguimos visitando todos los contornos, para preguntar a la gente del campo. D. Paco estaba tan fatigado, que no pudiendo dar un paso más se arrojó al suelo; pero al fin pudimos reanimarle, y firmes en nuestra santa empresa, nos dirigimos al campamento de Vedel, con otro oficio del general Reding. Mas vino la noche y los centinelas no nos dejaron pasar, viéndonos por esto obligados a diferir nuestra expedición para el día siguiente muy temprano. Ni Marijuán, ni D. Paco ni yo teníamos esperanza alguna, y considerábamos al mayorazgo perdido para siempre. Desde que amaneció corrían voces de que la capitulación estaba firmada, y más nos lo hacía creer la circunstancia de que varios oficiales pasaron (p.707) frecuentemente de un campo a otro, trayendo y llevando despachos. No distábamos mucho de la ermita de San Cristóbal, cuando advertimos gran movimiento en el ejército de Vedel. Apretando el paso hasta que les tuvimos muy cerca, observamos que camino abajo venía hacia nosotros un joven saltando y jugando, con aquella volubilidad y ligereza propia de los chicos al salir de la escuela. Corría a ratos velozmente, luego se detenía y acercándose a los matorrales sacaba su sable y la emprendía a cintarazos con un chaparro o con una pita; luego parecía bailar, moviendo brazos y piernas al compás de su propio canto, y también echaba al aire su sombrero portugués para recogerlo en la punta del sable. -¡Qué veo! -exclamó D. Paco con súbita exaltación-. ¿No es aquel mozalbete el propio D. Diego, no es mi niño querido, la joya de la casa, la antorcha de los Rumblares..? Eh.. D. Dieguito, aquí estamos.. venid acá. En efecto, cuando estuvimos cerca, no nos quedó duda de que el mozuelo bailarín era D. Diego en persona. Él nos vio y al punto vino corriendo para abrazarnos a todos con mucha alegría. -Venid acá, venid a mis brazos, esperanza del mundo -exclamó D. Paco, loco de contento-. ¡Si supiera Vd. cómo está mamá! ¡Buen susto nos ha dado el picaroncillo!.. ¿Pero qué ha sido eso, niño? ¿Estaba usía prisionero? -Me cogieron prisionero junto a la ermita -dijo D. Diego-. ¿Pero estás vivo, Gabriel, y tú también, Marijuán? Yo creí que os habían matado en aquella furiosa carga. ¿Y Santorcaz?.. Pero os contaré lo que me pasó. Después de la carga, y cuando entró la caballería de España, quedé a retaguardia del regimiento; se me murió el caballo y corrí a las filas del regimiento de Irlanda. Cuando vinimos aquí nos cogieron prisioneros los franceses, y yo les dije tantas picardías que quisieron fusilarme. -¡Qué horror! -exclamó D. Paco-. Pero veo que es Vd. un héroe, oh mi niño querido. Creo que la mamá piensa dirigir una exposición a la Junta para que le den a Vd. la faja de capitán general. -Me iban a fusilar -continuó el rapaz-, cuando un (p.708) oficial francés tuvo lástima de mí y me salvó la vida. Después lleváronme a sus tiendas donde me dieron vino, y.. -Vamos, vamos pronto a casa, y allí contará Vd. todo -dijo D. Paco-. ¡Qué alegría! Volemos, señores. ¡Cuando la señora condesa sepa que le hemos encontrado!.. ¡Ah! ¿No sabe Vd. que está ahí su novia?.. ¡Qué guapísima es!.. La pobre no cesa de llorar la ausencia del niño, y si no hubiese Vd. parecido, creo que la tendríamos que amortajar. Vamos, vamos al punto. Corrimos todos a Bailén muy contentos. Al llegar al pueblo, uno de nosotros propuso anticiparse para anunciar a doña María la fausta nueva; pero no permitió D. Paco que nadie sino él en persona se encargase de tan dulce comisión, y con sus piernas vacilantes corrió hasta entrar en la casa diciendo con desaforados gritos: -¡Ya pareció, ya pareció! Cuando nosotros llegamos con el joven, todos salieron a recibirle, excepto Amaranta, a quien un fuerte dolor de cabeza retenía en su cuarto. Era de ver cómo los criados, las hermanitas y la misma doña María, sin poder contener en los límites de la dignidad su maternal cariño, le abrazaban y besaban a porfía; y uno le coge, otro le deja, durante un buen rato le estrujaron sin compasión. Al fin reuniéndose todos, inclusos los huéspedes en la sala baja, don Diego fue solemnemente presentado a su novia. No puedo olvidar aquella escena que presencié desde la puerta con otros criados, y voy a referirla.
Ep-4-XXXI - Inés, confusa y ruborosa, no contestó nada, cuando el diplomático se fue derecho a ella llevando de la mano a D. Diego, y le dijo: -Hija mía, aquí tienes al que te destinamos por esposo: mi sobrino, varón ilustre, a quien veremos general dentro de poco como siga la guerra. -Hijo mío -añadió doña María-, las altas prendas de la que va a ser irremisiblemente tu mujer no necesitan ser ponderadas en esta ocasión, porque harto las conocemos todos. Ahora, con el trato, se avivará el inmenso cariño que os profesáis desde hace algunos años, señal evidente de que Dios tenía decidida ya vuestra unión en (p.709) sus altos designios. -Bonito es el retrato -dijo D. Diego con un desenfado impropio de la situación-; pero Vd., Inés, lo es más todavía. ¿Y en qué consistía el no querer salir del maldito convento? Sin duda las pícaras monjas la retenían a Vd. por fuerza, esperando que al profesar les llevara un buen dote. Pero no, yo juro que estaba decidido a sacar de allí a mi monjita, y ya discurría el modo de saltar por las tapias de la huerta y romper rejas y celosías para conseguir mi objeto. Doña María, al escuchar esto, palideció, y luego las centellas de la ira brillaron en sus ojos. Pero con disimulo habló de otro asunto, procurando que el noble concurso y discreto senado olvidara las palabras del incipiente chico. -Pero cuéntanos de una vez lo que te ha pasado en el campamento francés -dijo a D. Diego. -Pues me querían fusilar -repuso el mayorazgo sentándose-. Ya me tenían puesto de rodillas, cuando un oficial mandó suspender la ejecución. -¿Y por qué te querían asesinar esos cafres? -Porque les dije mil perrerías. Después, cuando me llevaron a la tienda, todos se reían de mí. Luego me dieron vino, obligándome a beberlo, y yo mientras más bebía más charlaba, diciendo atroces disparates y frases graciosas, hasta que me quedé como un cuerpo muerto. -¿Y no sabes tú -exclamó doña María sin poder disimular su indignación-, que las personas de buena crianza no beben sino poquito? -Es verdad; pero aquel vino tenía un saborcillo que me gustaba, y los franceses se reían mucho conmigo. Todos iban a verme, llamándome le petit espagnol. -Lo cual, en la lengua de las Galias, quiere decir el pequeño español -dijo D. Paco. -Pero no debió Vd. dejarse emborrachar, joven -indicó el diplomático-. Juro que si eso hubiera pasado conmigo, de un sablazo descalabro a todos los oficiales de la división de Vedel. Doña María, profundamente indignada, silenciosa, ceñuda, parecía una sibila de Miguel Ángel. -Pero si todos aquellos señores me querían mucho.. -continuó D. Diego-. Por la tarde, y luego que desperté de aquel largo sueño, me dijeron (p.710) que si sabía yo lidiar un toro. Díjeles que sí, y poniéndose muy contentos, me mandaron que diese al punto una corrida. No quería yo más para divertirme; así es que, poniendo una silla en lugar de toro, le capeé, le puse banderillas y le di muerte con mi sable, pasándole de parte a parte. ¡Cuánto se rieron aquellos condenados! Hasta el general acudió a verme. -Veo que has aprovechado el tiempo en el campamento francés -dijo la señora madre con tremenda ironía. -Si no me querían dejar venir. Después me dijeron que les cantara el jaleo, y lo canté de pie sobre una banqueta. ¡Ave-María purísima! Hasta los soldados se acercaban a la tienda para oír. Entre los oficiales había dos que no me dejaban de la mano, y me decían que si me pasaba al ejército francés, me tomarían por ayudante, llevándome a Francia, a París, y de París a recorrer toda la Europa. -¡Y no les distes una bofetada! -exclamó doña María clavando sus dedos en el cuero del sillón. -¡Quia! Me eché a reír y les dije que ya pensaba ir a Francia con el Sr. de Santorcaz, que es mi amigo y ha de ser mi ayo y maestro cuando me case. Esta vez no fue doña María la que se estremeció de sorpresa e indignación; fue la marquesa de Leiva, quien mudando el color y con absortos ojos miró sucesivamente a su prima, a su sobrino y al ayo. -Pero ¿qué está diciendo el niño? -preguntó este mirando a la condesa-. ¿Quién dice que es su maestro y su amigo? -Cualquiera menos Vd. -contestó insolentemente el heredero-. ¡Vaya un maestro, que no sabe enseñar sino mentecatadas y simplezas! -¡Jesús! Diego, repara que estás.. -dijo doña María conteniendo con grandes esfuerzos los gestos amenazadores, natural expresión de su ira. D. Paco se llevó el pañuelo a los ojos para enjugar una lágrima. Inés atendía a todo discretamente y sin hablar. ¡Ah! Mientras allí la juzgaban indiferente al peligroso diálogo, ¡qué admirables observaciones, qué exactos juicios haría en aquellos momentos ante semejante escena! Su talento y alto criterio dominarían sobre las pasiones, los errores y (p.711) las querellas de la histórica familia como el sol inmutable sobre la volteadora tierra. Asunción y Presentación, que aguardaban coyuntura para dar expansión al comprimido gozo de sus almas, hubieran querido reír como su hermano, pero la seriedad de su madre las tenía mudas de terror. -Esta predisposición de Vd. -dijo el marqués-, a visitar las cortes europeas me indica que se siente el niño con inclinaciones a la diplomacia. Hija mía -añadió dirigiéndose a Inés-, cada vez descubro más eminentes cualidades en el que te destinamos por esposo, y veo justificado el amor que desde hace tiempo en silencio le profesas, y que, en tu castidad y delicadeza, procuras disimular hasta el último instante. -¡Ah!, se me olvidaba decir -exclamó D. Diego riendo a carcajadas-, que los franceses me han enseñado a decir algunas palabras en su lengua. Y levantándose al punto, hizo profundas reverencias ante Inés, diciéndole: -Ponchú, madama. ¿Como la porta bú? Asunción y Presentación después de mirarse una a otra creyeron que había llegado el momento de reír, y rieron dando desahogo a sus oprimidos corazones; pero como doña María no desplegó sus labios, las dos muchachitas tuvieron que ponerse serias otra vez. -¡Oh! ¡Tres bien! -dijo el diplomático-. Señor D. Francisco, su alumno de Vd. demuestra las luces y copiosa doctrina del eruditísimo maestro. Hizo D. Paco una graciosa reverencia, y su rostro compungido y lloroso se esclareció con una sonrisa. Doña María callaba; pero en su pecho rugía iracunda y atormentadora la tempestad. Ella y su prima la de Leiva se miraban de vez en cuando, transmitiéndose una a otra el fuego de sus coléricos sentimientos. -Otras muchas palabras sé -continuó el rapaz-; como Crenom de Dieu, Sacrebleu, exclamaciones que se dicen cuando uno está rabioso, en vez de ¡Caracoles! ¡Canastos! Doña María se levantó de su asiento.. y se volvió a sentar. -¡Cómo me querían aquellos demonios de franceses! Uno de ellos sabía español y hablaba a ratos (p.712) conmigo. Me dijo que los españoles eran muy valientes y muy honrados; pero que hacían mal en defender a Fernando VII, porque este príncipe es un farsantuelo que engañó a su padre y ahora está engañando a la Nación y al Emperador. Doña María se llevó la mano a los ojos. -Yo le aseguré que los españoles les echaríamos de España, y él me contestó que parecía probable, porque la guerra iba tomando mal aspecto; pero que esto sería un mal para nosotros, porque de venir otra vez Fernando VII, España seguiría con su mal Gobierno, y con las muchas cosas perversas, injustas y anticuadas que hay aquí. -¡Oh! ¿Y no se le ocurrió a Vd. la contestación a tan atrevido y antipatriótico aserto? -preguntó con énfasis el diplomático. -Yo le dije que aquí íbamos ahora a arreglar todas esas cosas, y a quitar la santa Inquisición, y los diezmos, y los mayorazgos, como me decía el Sr. de Santorcaz. Doña María aferró sus manos a los brazos de la silla como si quisiera estrujar la madera entre sus dedos. -Sobre todo los mayorazgos -prosiguió Rumblar-. También le dije al francés que yo soy mayorazgo y que después de casado tendré dos vinculaciones. ¡Cómo se reía cuando le dije que era Grande de España! Todos acudían a verme y me volvieron a dar de beber, y me caí otra vez al suelo cantando que me las pelaba. ¡Ay! Doña María se llevó las manos a la cabeza, doña María cerró los ojos, doña María golpeó el suelo con su pie derecho, doña María semejaba la imponente imagen de la tradición aplastando la hidra revolucionaria. -Esta mañana me preguntaron si yo tenía hermanas guapas. Díjeles que eran muy bonitas, y luego me dijeron que vendrían a verlas, y que si se las quería dar para casarse con ellas, puesto que también serían mayorazgas. Yo les contesté que mayorazgo era el que había nacido primero. Y luego dirigiéndose a sus hermanitas, les dijo: -Os fastidiasteis, chicas, por haber nacido hembras y después que yo. Una de Vds. se casará con cualquier pelele, y la otra se meterá en un conventito a rezar por nosotros (p.713) los pecadores, a no ser que algún día vea un galán por la reja, y se enamore, y luego se tire por la ventana a la calle. Doña María no podía resistir más. Iba a estallar su furibunda cólera; pero aún era mayor el caudal de su prudencia que el caudal de su enojo.. se contuvo y cerró otra vez los ojos ya que no podía cerrar los oídos. -Después -siguió el mancebo-, me dijeron si mis hermanas usaban navaja, si tocaban la guitarra, si iban a los toros y si yo era familiar de la Inquisición. ¡Cómo se reían aquellos condenados! Lo gracioso es que no me dejaban salir de allí, y a cada rato me decían so, so, so. -Un sot -dijo el diplomático-. Pues sospecho que os llamaron tonto. ¡Oh iniquidad de la Nación francesa! ¡Vea Vd., Sr. D. Paco, lo que es un pueblo carcomido por el jacobinismo!.. ¿Y no les dio Vd. un par de sablazos? -Si me querían mucho. Anoche me tuvieron toda la noche bailando el bolero y la cachucha, en medio de un corrillo donde había más de cuarenta oficiales. Asunción y Presentación seguían esperando con ansia la ocasión de reír; pero esta ocasión no llegaba, y consultando el rostro de su madre, veíanle cada vez más borrascoso. Así es que las dos estaban muertas de miedo. D. Paco, conociendo que se preparaba un cataclismo, quiso conjurarlo y dijo a su discípulo: -Vamos, basta de franceses, D. Diego. Hable Vd. de otra cosa. Si no fuera demasiado largo, os mandaría que recitarais aquel capítulo sobre la batalla del Gránico que os hice aprender de memoria; mas para que tan escogido concurso, y especialmente este fresco azahar de Andalucía, vuestra prometida; para que todos, en una palabra, puedan apreciar la buena pronunciación de Vd. y su cadencioso oído, échenos cualquiera de esos romances que sabe.. vamos. Atención, señores. -El del Barandal del cielo -dijo Asunción respirando con alegría. -El de los Santos pechos -dijo Presentación. -Vamos, no se haga Vd. de rogar. -Pues voy a echarles una canción que me enseñaron los franceses. -No, nada de franceses. -Si es muy bonita, aunque a decir (p.714) verdad, yo no la entiendo. Y sin esperar más, púsose en pie D. Diego, y accionando como un cómico, con voz fuerte y exaltado acento, cantó así: ¡Allons enfants de la patrie le jour de gloire est arrivé! Contre nous de la tyrannie l'etendart sanglant est levé! Asunción y Presentación reían como locas, y doña María no dijo nada. Ninguno de la familia había entendido una palabra. -Es bonita la canción -dijo D. Paco-, pero no la comprendemos. Entonces el diplomático levantose ceremoniosa y gravemente, y tomando un tono de hombre severo habló así: -¿Sabe Vd. lo que está cantando? Pues está cantando la Marsellesa, esa canción impía y sanguinaria, señores, esa canción que acompañó al suplicio a todos los mártires de la revolución, incluso Luis XVI, mi querido amigo.. porque han de saber Vds. que Luis XVI y yo teníamos muchas bromas y nos echábamos el brazo por el hombro paseándonos por Versalles.. ¡La Marsellesa, señores, la Marsellesa! También acompañó al cadalso a María Antonieta.. ¡y qué buena era aquella señora! ¡Cuántas veces la vi marcando pañuelos en una ventana baja del pequeño Trianon! ¡Cómo me quería!.. En fin, este joven me ha horripilado con la tal tonadilla.. Señora condesa, ¿está Vd. indispuesta? ¿Y tú, hermana? El caso no es para menos. Hija mía, ¿estás nerviosa? ¿Te has puesto mala? ¿Te causa miedo esa canción? Inés le contestó que no tenía ni pizca de miedo. En tanto doña María, no pudiendo resistir más salió del cuarto con sus niñas. Desconcertose al punto aquella ilustre reunión, y luego no quedó en la sala más que la familia de Inés con D. Diego. Al poco rato tuvo lugar una escena lamentable, y fue que doña María, ciega de furor, y necesitando desahogar aquella tormenta de su espíritu sobre alguien, descargó su enojo al fin; ¿pero sobre quién, santo Dios?, ¿sobre quién?, dirán Vds.. Sobre las dos inocentes muchachas, sobre los dos angelitos celestiales, Asunción y Presentación. ¿Y todo por qué? Porque entusiasmadillas con la llegada de su hermano, habían dejado de (p.715) hacer no sé qué cosa encomendada a sus tiernas manos. ¡Pobres pimpollitos! La dignidad impedía a mi señora la condesa castigar al primogénito delante de la novia y del suegro, y era forzoso que pagaran el pato las dos niñas desheredadas. Yo las vi llorando como unas Magdalenas y soplándose las palmas de las manos, escaldadas por aquel fatídico instrumento de cinco agujeros que pendía de fatal espetera en el despacho de D. Paco. Las pobrecillas estuvieron a moco y baba todo el día.
Ep-4-XXXII - Este libro va a concluir, queridísimos lectores, a quienes adoro y reverencio; va a concluir, y los notables y jamás vistos sucesos que me acontecieron en virtud del proyectado matrimonio de Inés y del encuentro de aquellas dos familias en el tortuoso y difícil camino de mis amores, serán escritos, por no caber en este volumen, en otro que pondré a vuestra disposición lo más pronto posible. Tened, pues, un adarme de paciencia, y mientras aquellas distinguidas personas se preparan para ponerse en camino hacia Madrid, a donde con vuestra venia pienso acompañarlas, atended un poco más. El mismo día 22 encontré a Santorcaz puesto ya al frente de su partidilla, la cual, como he dicho, estaba formada de lo mejorcito del país. Les digo a Vds. que tropa más escogida que aquella no la capitanearon los famosos caballistas José María y Diego Corrientes. -¿Va Vd. ya de marcha? -le dije. -Sí; dispusieron que fuera alguna fuerza de paisanos a guardar el paso de Despeñaperros, y yo solicité esta comisión que me agrada mucho. Allá voy con mi gente. ¿Quieres venir? ¿Has estado en casa de Rumblar? -De allá vengo. -¿Y esa familia que está ahí es la de la novia de D. Diego? -Justamente. -Creo que van todos para Madrid. -Así parece. -¿No sabes cuándo? -Según he oído, pasado mañana. Esperan saber lo de la capitulación para llevar la noticia. -¿Conque pasado mañana? Bien.. adiós. ¿Quieres venir en mi partida? -Gracias; adiós. Les vi partir, y todo el día y toda la noche estuve pensando en aquella gente. Yo no vi el triste desfile (p.716) de los ocho mil soldados de Dupont cuando entregaron sus armas ante el general Castaños, porque esto tuvo lugar en Andújar. A pesar de que la primera y segunda división habían sido las vencedoras de los franceses, la honra de presenciar la rendición fue otorgada a la tercera y a la de reserva, por una de esas injusticias tan comunes en nuestra tierra, lo mismo en estos días de vergüenza que en aquellos de gloria. Por delante de nosotros desfilaron las tropas de Vedel, en número de nueve mil trescientos hombres, y dejando sus armas en pabellón, nos entregaron muchas águilas y cuarenta cañones. Les mirábamos y nos parecía imposible que aquellos fueran los vencedores de todo el mundo. Después de haber borrado la geografía del continente para hacer otra nueva, clavando sus banderas donde mejor les pareció, desbaratando imperios, y haciendo con tronos y reyes un juego de titiriteros, tropezaban en una piedra del camino de aquella remota Andalucía, tierra casi olvidada del mundo desde la expulsión del islamismo. Su caída hizo estremecer de gozosa esperanza a todas las Naciones oprimidas. Ninguna victoria francesa resonó en Europa tanto como aquella derrota, que fue sin disputa el primer traspiés del Imperio. Desde entonces caminó mucho, pero siempre cojeando. España, armándose toda y rechazando la invasión con la espada y la tea, con la navaja, con las uñas y con los dientes, iba a probar, como dijo un francés, que los ejércitos sucumben, pero que las Naciones son invencibles. -¡Cuánto siento que no esté aquí el Sr. de Santorcaz! -me dijo Marijuán al ver pasar por delante de nosotros a aquellos hermosos soldados, medio muertos de fatiga y de vergüenza-. ¿Te acuerdas de las grandes bolas que nos contaba cuando veníamos por la Mancha y nos refería las batallas ganadas por estos contra todo el mundo? -Lo que nos contaba Santorcaz -respondí-, era pura verdad; pero esto que ahora vemos, amigo Marijuán, también es verdad. Y ahora consideren Vds. lo que pasaba del otro lado de Sierra-Morena en aquel (p.717) mismo mes de Julio. El día 7 había jurado José en Bayona la Constitución hecha por unos españoles vendidos al extranjero. El día 9 el mismo José traspasaba la frontera para venir a gobernarnos. El día 15 ganaba Bessières en los campos de Rioseco una sangrienta batalla, y al tener de ella noticia Napoleón, decía lleno de gozo: «La batalla de Rioseco pone a mi hermano en el trono de España, como la de Villaviciosa puso a Felipe V». Napoleón partió para París el 21, creyendo que lo de España no ofrecía cuidado alguno. El 20, un día después de nuestra batalla, entró José en Madrid, y aunque la recepción glacial que se le hizo le causara suma aflicción, aún le parecía que el buen momio de la corona duraría bastante tiempo. Pero hacia los días 25, 26 y 27 se esparce por la capital un rumor misterioso que conmueve de alegría a los españoles y llena de terror a los franceses; corre la voz de que los paisanos andaluces y algunas tropas de línea han derrotado a Dupont, obligándole a capitular. Este rumor crece y se extiende; pero nadie lo quiere creer, los españoles por parecerles demasiado lisonjero, y los franceses por considerarlo demasiado terrible. El absurdo se propaga y parece confirmarse; pero la corte de José se ríe y no da crédito a aquel cuento de viejas. Cuando no queda duda de que semejante imposible es un hecho real, la corte que aún no había instalado sus bártulos, huye despavorida; las tropas de Moncey, que rechazadas de Valencia se habían replegado a la Mancha, se unen a las de Madrid, y todos juntos, soldados, generales y Rey intruso, corren precipitadamente hacia el Norte, asolando el país por donde pasan. Aquel fantasma de reino napoleónico se disipaba como el humo de un cañonazo. Y ahora os he de hablar de cómo la guerra que parecía próxima a concluir, se trabó de nuevo con más fuerzas; os he de hablar de aquel infeliz y bondadoso rey José y de su corte, y de su hermano, y del paso de Somosierra con la famosa carga de los lanceros polacos, y del sitio de Madrid, y de otras muchas (p.718) curiosísimas cosas; pero todo se ha de quedar para el libro siguiente, donde estos históricos sucesos han de tener feliz consorcio con los no menos dramáticos de mi vida, y todo lo mucho y bueno que ocurrió en el matrimonio de Inés. Por ahora guardaré prudente silencio sobre estos sucesos, pues decidido estoy a seguir al pie de la letra la reservadísima escuela del diplomático; y así os digo: «No, no me obliguéis a hablar, no me obliguéis, abusando de la dulce amistad, a que revele estos secretos de que tal vez depende la suerte del mundo. No me seduzcáis con ruegos y cariñosas sugestiones que en vano atacan el inexpugnable alcázar de mi discreción». A pesar de esto, ¿insistís, importunos amigos? Nada más os digo por ahora, sino que la familia de Inés salió para Madrid hacia fin de mes y en los días en que el ejército vencedor marchaba también hacia la capital de España. Esta circunstancia me permitió ir en la escolta que por el camino debía custodiar a tan esclarecida comitiva; así es que formé con los diez de a caballo que galopaban a la zaga de los dos coches. ¡Ay! Por la portezuela de uno de ellos solía asomarse durante las paradas una linda cabeza, cuyos ojos se recreaban en la marcial apostura del pequeño escuadrón. -Estos valerosos muchachos, hija mía -le decía su padre-, son los que en los campos de Bailén echaron por tierra con belicosa furia al coloso de Europa. Veo que les miras mucho, lo cual me prueba tu entusiasmo por las glorias patrias. Basta con esto, señores, y no digo más. En vano me hacen Vds. señas, excitándome a hablar; en vano fingen conocer mentirosos hechos, para que yo les cuente los verídicos. ¿A qué conduce el anticipar la relación de lo que no es de este lugar? A los impacientes les diré que nada ocurrió hasta que llegamos al desfiladero de Despeñaperros. Lo pasábamos en una noche muy oscura, cuando de pronto detuviéronse los coches, oímos gritos, sonó un tiro, y algunos hombres de muy mal aspecto, saltando desde los cercanos matorrales, se arrojaron al camino. Al instante corrimos sable en (p.719) mano hacia ellos.. pero basta ya, y déjenme dormir, pues ni con tenazas me han de sacar una palabra más. Octubre-Noviembre de 1873.
FIN
(EPISODIO 5) NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN
Ep-5-I - El Sr. D. Diego Hipólito Félix de Cantalicio Afán de Ribera, Alfoz, etc., etc., conde de Rumblar y de Peña-Horadada, hacía en Madrid la siguiente vida: Levantábase tarde, y después de dar cuerda a sus relojes, se ponía a disposición del peluquero, quien en poco más de hora y media le arreglaba la cabeza por fuera, que por dentro sólo Dios pudiera hacerlo. Luego daba al reloj de su cuerpo la cuerda del necesario alimento, como decía Comella, la cual cuerda pasaba aún más allá de la media docena de bollos de Jesús reblandecidos en dos onzas de chocolate. Incontinenti tenía lugar la operación de vestirse y calzarse, no consumada a dos tirones, sino con toda aquella pausa, aplomo, espaciosidad y mesura que la índole de los tiempos exigía. Una vez en la calle, dirigía sus pasos a cierta casa de la Cuesta de la Vega, donde es fama que habitaba la discreta mayorazga, con cuyo linaje la casa de Rumblar concertara genealógico y utilitario ayuntamiento. Esta visita no era de mucho tiempo, y al poco rato salía D. Diego para encaminarse ligero como un corzo a la calle de la Magdalena, donde vivía un señor de Mañara, de quien era devotísimo y fiel amigo. Era creencia general que comían juntos, y luego leían la Gaceta, el Semanario patriótico, el Memorial literario y cuantos papeles impresos venían de Valencia, Sevilla o Bayona, tarea que les entretenía hasta el anochecer; y por fin a la hora y punto en que las calles de Madrid se tapujaban con aquel manto de simpática oscuridad que el positivismo alumbrador de estos tiempos ha rasgado en mil pedazos, nuestros dos galanes salían juntos en luengas capas embozados, y a veces con traje muy distinto del que usaban durante el día. Aquí tenía principio, según opinión de los sesudos autores que se han ocupado de D. Diego de Rumblar, la verdadera existencia de aquel insigne rapazuelo, (p.720) así como también es cierto que todos los cronistas, si bien desacordes en algunos pormenores de sus escandalosas aventuras, están conformes en afirmar que siempre le acompañaba el supradicho Mañara, y que casi nunca dejaban de visitar a una altísima dama, la cual lo era sin duda por vivir en un tercer piso de la calle de la Pasión, y tenía por nombre la Zaina o la Zunga, pues en este punto existe una lamentable discordancia entre autores, cronistas, historiógrafos y demás graves personas que de las hazañas de tan famosa hembra han tratado. Ante el inconveniente de aplicar a Ignacia Rejoncillos los dos apodos con que la apellidaban sus amigos, yo me decido a llamarla siempre la Zaina, y en verdad que ignoro por qué la aplicaron tal nombre, pues aunque a los caballos castaños se les llama zainos, no sé si esto cuadra a los cabellos del mismo color: ello es, sin embargo, que la palabreja significa también traidor, falso y poco seguro en el trato, y falta saber si la hija del tío Rejoncillos, alias Mano de mortero, merecía aquellos dictados, y por lo tanto, el ser tenida por la flor y espejo de la zainería. Pero no quiero desviarme de mi principal objeto, que ahora es decir a cuáles sitios iba D. Diego y a cuáles no: y firme en tal propósito, afirmo y juro en realidad de verdad, y sin que ninguna persona honrada me pueda desmentir, que D. Diego y el Sr. de Mañara iban de noche a una reunión de masonería incipiente del género tonto, que se celebraba en la calle de las Tres Cruces, y a otra del género cómico fúnebre, que tenía su sala, si no me falta la memoria, en la calle de Atocha, número 11 antiguo, frente a San Sebastián; en cuyas reuniones, amén de las muchas pantomimas comunes a esta orden famosa, leíanse versos y se pronunciaban discursos, de cuyas piezas literarias espero dar alguna muestra a mis pacienzudos leyentes. Sobre todo en la calle de Atocha, donde estaba la logia Rosa-Cruz, el rito era tal, que algunas veces púseme a punto de reventar conteniendo las bascas y convulsiones de mi risa, pues aquello, señores, si no era una jaula de graciosos (p.721) locos, se le parecía como una berenjena a otra. En una oscurísima habitación, que alumbraban macilentas luces, y toda colgada de negro, se reunían los tales masones; y porque allí fuera todo misterioso, tenían a la cabecera un Santo Cristo acompañado del compás, escuadra y llana, y a la derecha mano, un esqueleto muy bien puesto en un sillón, con la cabeza apoyada en la mano, en ademán meditabundo, y por debajo un letrerito que decía: Aprende a morir bien. Debo indicar que en aquel año la masonería española era pura y simplemente una inocencia de nuestros abuelos, imitación sosa y sin gracia de lo que aquellos benditos habían oído tocante al Grande Oriente Inglés y al Rito Escocés. Yo tengo para mí que antes de 1809, época en que los franceses establecieron formalmente la masonería, en España ser masón y no ser nada eran una misma cosa. Y no me digan que Carlos III, el conde de Aranda, el de Campomanes y otros célebres personajes eran masones, pues como nunca les he tenido por tontos, presumo que esta afirmación es hija del celo excesivo de aquellos buscadores de prosélitos que no hallándolos en torno a sí, llevan su banderín de recluta por los campos de la historia, para echar mano del mismo padre Adán, si le cogen descuidado. Después de 1809 ya es otra cosa. De aquellas dos logias infantiles, que yo conocí en la calle de las Tres Cruces y en la de Atocha, y donde se regocijaban con candorosas ceremonias unos cuantos desocupados, salieron la famosa logia de la Estrella, la de Santa Justa patrona de Córcega, la sociedad de caballeros y damas Philocoreitas, la de los Filadelfios de Salamanca, la Gran logia nacional que estuvo en el edificio ocupado antes por la Inquisición, la logia de Santiago el Mayor en Sevilla, y las de Jaén, Orense, Cádiz y otras ciudades. Entrometiéndome en la Gran logia nacional, oí hablar de cosas más serias y graves que los discursitos filosóficos en verso que le echaban al esqueleto de la Rosa-Cruz; oí hablar mucho de política, de igualdad, y entonces fue cuando anduvo de (p.722) boca en boca, y llegó a ser muy de moda la palabra democratismo, que luego desapareció para presentarse de nuevo al cabo de medio siglo, aunque reformada en su forma y tal vez en su significación. De la larva de aquellas logias, no es aventurado afirmar que salió al poco tiempo la crisálida de los clubs, los cuales a su vez, andando el voluble siglo, dieron de sí la mariposa de los comités. Pero otra vez, sin quererlo, me aparto de mi objeto, y no ha de ser así, sino que vuelvo atrás para deciros que el señor conde de Rumblar, luego que esparcía su ánimo en aquello del esqueleto, y hablaba por los codos durante una hora, iba en busca de entretenimientos más agradables, y aquí es donde viene como anillo en el dedo la ocasión de nombrar a la Zaina, porque a eso de las once era cuando penetraba en sus salones el joven de que me ocupo, no acompañado sólo por el citado Mañara, sino también por D. Luis de Santorcaz, que siempre se le unía en la Rosa-Cruz para seguir juntos hasta la madrugada. Es preciso tener presente que no era la Zaina la única gran dama de aquellos aristocráticos barrios que abría de par en par las puertas de la casa y de su alma a nuestros tres amigos, y a fe mía que si hubiera yo de enumerar todas las ilustres casas de los cuarteles de San Lorenzo y San Millán que por aquellos días obsequiaban a un pequeño número de habitués (¿por qué no decirlo en francés?) llenaría de seguro todo este libro y medio más. Pero, sin renunciar a ser cronista de los saraos de aquella matritense high life (¿por qué no decirlo en inglés?) seré muy breve por ahora, señores míos. Estenme atentos, y no me interrumpan con exclamaciones de admiración, que me harían perder mal de mi grado el hilo del relato. Los salones de la Zancuda, en la calle de Ministriles, se abrían muy temprano, y allí había cierta grave etiqueta, con poco de fandango y menos de seguidillas, razón por la cual escaseaba la concurrencia. Era la Zancuda mujer de grandes atractivos, a pesar de su feísimo nombre, pero no gustaba de alborotos, porque (p.723) su marido o lo que fuera, el Sr. Regodeo, era al modo de diplomático, hombre estirado, serio, ceñudo, y que en esto de burlar con sutilísima perspicacia las socaliñas de las aduanas, almojarifazgos o arbitrios de puertas, no se cambiaría por los más famosos de Sevilla y Ronda en el tal oficio. D. Diego y sus dos amigos frecuentaban poco esta casa, donde comúnmente se estaba como en misa. En los salones de la Pelumbres (calle de la Torrecilla del Leal, tienda de hierro viejo) era todo animación, todo alegría, no sólo por ser la dueña de la casa una de las mujeres más malignamente graciosas, más divertidas y de mejor mano para tocar las castañuelas que han existido a principios del siglo, sino porque allí concurrían personajes célebres en varias artes y oficios, tales como el distinguido curtidor Tres pesetas; el Sr. Medio diente, uno de nuestros más esclarecidos trajineros, natural de las Tenerías de Toledo, y Majoma, curtidor de carne, el cual, cuando contaba sus viajes por las distintas cortes del mundo, tales como Melilla, Ceuta y el Peñón, les dejaba a todos con la boca abierta. Y como no faltaban tampoco ni la Narcisa, ni Menegilda, ni Alifonsa, todas tres estrellas esplendorosas del firmamento manolesco, la una vendedora de castañas, la otra de callos y caracoles y la postrera de sal; como no se escatimaba el vino, ni las boleras, ni se ponía fin a los dichos, ni a la sabrosísima libertad en lengua y manos, D. Diego tenía sumo gusto en frecuentar aquella casa. Verdad es (y la historia no debe permanecer silenciosa en este punto) que las tertulias solían concluir con un refresco de palos, que, a oscuras y cual lluvia del cielo, caían de improviso sobre la escogida reunión; pero aquellos más bien regocijaban que afligían a D. Diego, el cual, ocupándose antes en darlos que en recibirlos, no se apuraba por unos cuantos cardenales más o menos, ni renunciaría a las fiestas de la Pelumbres, aunque llevara en sus espaldas todo el cónclave romano. Pues ¿y qué diré de aquellas elegantísimas y suntuosas fiestas de Rosa la Naranjera, tan célebres en toda (p.724) la redondez de Madrid, que hay historiadores muy concienzudos que aseguran haber visto a más de un príncipe traspasar los umbrales de su bodegón, calle de las Maldonadas? Y si esta última atrevida afirmación no fuera cierta, eslo en lo tocante a duques, marqueses, condes y vizcondes, de lo cual certifico, por haberlos visto. No digo lo mismo de príncipes y reyes, pues de estos no recuerdo más que los de copas, bastos, oros y espadas, los cuales no faltaban ni una noche, y con toda familiaridad y franqueza se dejaban llevar de mano en mano. Eso sí; diga lo que quiera la ruin envidia y la mala fe de los que allí se quedaron limpios como patenas, el banquero Juan Candil era una persona honrada, y de recomendables antecedentes en aquel oficio, y hartas veces decía la Naranjera que en su casa no se consentían trampas, razón por la cual creemos que aquel era juego de ley, y que cuanto se decía acerca de las diestras manos de Candil y de las marcas de sus mugrientos naipes era, o cavilaciones de los parroquianos o efecto de esa viciada atmósfera que rodea a las grandes instituciones cuando se las plantea entre gente díscola y pendenciera. ¡Y cómo gozaba D. Diego en aquella casa! ¡Y cuánto le querían y mimaban, y cómo se hacían lenguas todos en alabanza de su liberalidad, de su desprendimiento, de su nobleza, de aquel donaire con que entregaba sin muestras de aflicción la cantidad perdida! A tanto efecto correspondía Rumbrar con una asistencia tan puntual, que si fuera al aula le habría hecho en poco tiempo un segundo Aristóteles. Mas en aquella casa y en las que antes he mencionado no se consagraba todo el tiempo a los reyes, sotas y demás real familia, pues siguiendo la general corriente de los tiempos, se hablaba mucho de política. Iba a ellas con frecuencia, y durante sus días de vagar, el tío Mano de Mortero, que siempre llevaba noticias frescas. También concurría Pujitos, joven instruidísimo y de gran erudición, pues no dejaba de saber leer (aunque con pausa y cierto dejo o sonsonete), razón por la cual aquel (p.725) esclarecido concurso estaba al tanto de las Gacetas y papeles nacionales y extranjeros, porque es de advertir que si el tío Mano de Mortero conocía afondo la geografía ibérica (merced a sus frecuentes viajes científicos para desesperación del Estado y quebrantamiento del fisco); si por esta circunstancia conocía la posición de los ejércitos beligerantes, Pujitos iba mucho más allá; Pujitos se elevaba en alas del genio, y su pensamiento cerníase en las vertiginosas altitudes del arte militar y diplomático, como el águila sobre las eminentes cumbres. Estas conversaciones no duraban toda la noche, y entre juego y juego solía haber bolero y manchegas así como también algo de aquello que los eruditos llaman palos y el vulgo también; pero sabido es que los palos son para ciertas gentes gustosísimo postre, después de los manjares fuertes del amor y del vino. ¡Ay! puedo asegurar que D. Diego era muy feliz con aquella vida. Pero el dorado alcázar, el Medina-al-Fajara, el Bagdad, la Sibaris y la Capua de sus impresionables sentidos estaban en casa de la Zaina, aquella beldad incomparable, aquella que al aparecer por las mañanas en la esquina de la calle de San Dámaso, dentro de su cajón de verduras, daría envidia a la misma diosa Pomona, en su pedestal de frutas y hortalizas. ¿Y qué diremos de aquella gracia peculiar con que lavaba una lechuga, arrancándole las hojas de fuera con sus divinas manos, empedradas de anillos? ¿Qué del donaire con que hacía los manojitos de rábanos, que entre sus dedos racimos de orientales corales parecían? ¿Qué de aquella por nadie imitada habilidad para poner en orden los pimientos y tomates, cuya encendida grana se eclipsaba ante el rosicler de su cara? ¿Qué de aquel lindísimo gesto con que metía los cuartos en la faltriquera, olvidándose casi siempre de dar la vuelta? ¿Qué de aquella postura (digna de llamar la atención de Fidias), cuando descolgaba una sarta de ajos, que al enroscarse en sus brazos no se tomarían por otra cosa que por rosarios de descomunales perlas? ¿Qué de la destreza y (p.726) soltura con que arrojaba las hojas de col sobre los usías que iban a requebrarla? ¿Qué de su ciencia en el vender, y su labia en el regateo, y su diplomacia en el engañar, que a esto y a nada más propendían todas y cada una de las sales y monerías de su lengua y ademanes? Válgame Dios que tuvo buen gustó D. Diego al prendarse de aquella princesa o semidiosa, pues tal era su mérito y de tal modo y con tanta presteza la rodeaba de poéticos atributos la imaginación, que el puesto era un trono y las lechugas ramos de olorosas yerbas, y los rábanos jacintos de Holanda, y los repollos abiertas magnolias, y los ajos cerradas azucenas, y las cebollas conjunto perfumado de todas las flores; así como también podía suponerse que el agujereado mandil de la Zaina era un rico sayal de finísima puntilla de Flandes, y el cuchillo de partir varita de oro para dar gusto y ocupación a las móviles manos, y los ochavos desparramadas joyas que los príncipes y reyes, de remotas tierras venidos, echaban a sus pies para rendir el fuerte castillo de su honestidad.
Ep-5-II - ¿Y qué me diréis si os aseguro que D. Diego, a pesar de sus atractivos y de su dinero, no había podido rendir a la Zaina? ¡Oh inflexible ley de los hados que en aquella ocasión dispusieron que la Zaina fuese esclava en cuerpo y alma de otro galán, al cual de antiguo mis lectores conocen, y no es otro que el propio don Juan de Mañara, por segunda vez presentado en el escenario de estas historias! Pues sí; el Sr. de Mañara, como la muerte, lo mismo ponía el pie en pauperum tabernas que en regumque turres; y aunque era persona de alta posición por aquellos días, y estaba a punto de ser nombrado regidor de Madrid, sus preferencias en materia de costumbres y de amor, íbanse del lado de lo que Horacio llamó tabernas, y en castellano podemos nombrar ahora con la misma palabra. Por las noches, este caballero, lo mismo que D. Diego, se vestían de majos, y.. aquí viene ahora la coyuntura de describir la casa de la Zaina y su gente, con las fiestas y bailes y el refresco aparatoso (p.727) que les ponía fin; pero como aún me resta por manifestar un poquito de lo referente a D. Diego y a su vida, principal objeto que en este comienzo del libro me propuse, dejo aquello para después y sigo diciendo que el hijo de doña María, bien solo, bien acompañado de Santorcaz, iba de tertulia alguna vez a las librerías principales, que era donde más se hablaba de política. No sé si recordaré todas las tiendas de libros que había entonces en Madrid; pero sí puedo asegurar que casi igualaba su número al de las que ahora existen, y las más concurridas eran las de Hurtado, Villarreal, Gómez Escribano, Bengoechea, Quiroga y Burguillos (antes Fuentenebro) en la calle de las Carretas; la de la viuda de Ramos, en la carrera de San Jerónimo; la de Collado, en la calle de la Montera; la de Justo Sánchez, en la de las Veneras; la de Castillo, frente a San Felipe el Real, y el puesto de Casanova, en la plazuela de Santo Domingo. En estas tiendas se reunían muchos jóvenes escritores o que pretendían serlo, poetas hueros o con seso, aunque estos eran los menos; personas más aficionadas a la conversación que a los libros, gente desocupada, noticieros, y muchísimos patriotas. D. Diego era patriota. Como yo me metía bonitamente en todas partes, también me daba una vuelta por las librerías, bien acompañando a D. Diego, bien solo, echándomelas de gran patriota, y en la de las Veneras, me acuerdo que dije una noche muy estupendas cosas que me valieron calurosos aplausos. ¡Ay! allí conocí al sombrerero Avrial y a Quintana, el mochuelo y el mirlo, el cisne y el ganso de aquellos tiempos literarios, tan turbados, tan confusos, tan varios y antitéticos en grandeza y pequeñez como los políticos. Parece, en verdad, mentira que Moratín y Rabadán, que Comella y Meléndez hayan vivido en un mismo siglo. Pero España es así. Tampoco dejaba D. Diego de concurrir al teatro alguna que otra vez, porque era muy de patriotas el ir a la representación de las famosas comedias de circunstancias La alianza de España e Inglaterra, con tonadilla, y Los (p.728) patriotas de Aragón y bombeo de Zaragoza, que en aquellos días se representaban con frenético éxito. Y para que nada faltase en el círculo de relaciones de aquel joven ilustre, también asomaba las narices por el cuarto de Pepilla González, actriz famosa, si bien un día puso punto final a sus visitas porque le hicieron no sé qué ingeniosa burla. En casa de la Zaina, en casa de la Pelumbres, en la de la Naranjera, en la logia de Rosa-Cruz, en la librería de la calle de las Veneras, y en el teatro solíamos encontrarnos D. Diego y yo, pues como he dicho yo tenía especial empeño en seguirle a todas partes, venciendo para entrar en algunas la repugnancia de mi conciencia. El joven se franqueaba espontáneamente conmigo y yo mientras más me decía más procuraba sacarle, para que ningún escondrijo ni pliegue de su vida me fuese secreto. Sólo cuando iba en compañía de Santorcaz, me guardaba muy bien de preguntarle ciertas cosas. ¡Pobre D. Diego y a cuántas pruebas se vieron sujetas su impetuosa juventud e inexperiencia! ¡Y qué de simplezas hizo, y qué terribles caídas tuvieron los atrevidos saltos de su entusiasmo, y qué porrazos se dio con las peñas del fondo al arrojarse desaforadamente en el mar de la vida, creyéndole sin arrecifes, ni sumideros, ni bajíos! ¡Y cuánto se encanalló; y de qué extraña manera el mayorazgo poderoso, viose en ocasiones pobre y miserable, con la circunstancia de que no podía menos de sostener el pie de su lujo y representación! Como era tan manirroto, gastaba en una semana la renta de un año, y aquí de los acreedores, usureros, prestamistas, judíos y demás chupadores de sangre que se bebían la de mi condesito. Este llegó a verse muy afligido, pues nadie le fiaba ya el valor de una peseta, y recuerdo que cierta noche cuando salíamos del teatro del Príncipe, D. Diego me hizo una pintura horrenda de la plenitud de sus apuros y vaciedad de sus bolsillos; dijo después que se iba a suicidar, y luego me llamó insigne varón, ilustre amigo y el más caballeroso y caritativo de los hombres, siendo de notar que todos estos (p.729) rodeos, elipsis, metonimias e hipérboles terminaron con pedirme dos reales. Dile cuatro que tenía y se despidió, suplicándome que dijese algo en su favor a cierto prestamista llamado Cuervatón, vecino mío, pues tenía pensado darle un tiento al siguiente día, aunque las cantidades adeudadas subían al sétimo cielo. Yo le prometí interceder en su favor, y deseándole las buenas noches entré en mi casa.
Ep-5-III - La cual era aquella misma honrada mansión donde fuí recogido, curado y asistido en mi penosa enfermedad del mes de Mayo, y vea el lector cómo de manos a boca nos encontramos de nuevo en la dulce compañía del Gran Capitán y de su esposa, y en alegre familiaridad con el Sr. de Cuervatón, con D. Roque, con el lañador y respetable familia, con la bordadora en fino y otras personas que si no gozan en la historia de celebridad apropiada a sus méritos y eminentes calidades, tendranla en esta relación, mal que le pese a la ruin envidia, siempre empeñada en rebajar los altos caracteres. Desde mi vuelta de Andalucía, yo moraba en casa de D. Santiago Fernández. Santorcaz no vivía ya allí, ni tampoco Juan de Dios, ni sus antiguos patronos sabían dónde estaba, pues habiendo salido cierto día de Agosto muy de mañana, hasta la fecha de lo que voy contando, que era por Noviembre, no había vuelto, lo cual hacía decir a doña Gregoria: -No puede por menos sino que a ese bienaventurado Sr. de Arróiz le ha sucedido alguna desgracia, como no se haya ido al cielo en cuerpo y alma; que para eso estaba. La casa (y aunque me parece que esto lo saben Vds. no estará de más repetirlo) era de esas que pueden llamarse mapa universal del género humano por ser un edificio compuesto de corredores, donde tenían su puerta numerada multitud de habitaciones pequeñas, para familias pobres. A esto llamaban casas de Tócame Roque, no sé por qué. No lo indagaremos por ahora, y sepan que en aquellos días el que hubiera entrado en casa del Gran Capitán, habría visto a este en el centro de un animado corrillo, donde estábamos hasta ocho personas, todos buenos (p.730) españoles, e inflamados de patriótico afán por saber cómo iban las cosas de la guerra; habría visto con cuánta diligencia y precipitación acudían unos y otros en cuanto Fernández volvía de la oficina; habría visto cómo amorosamente preparaba doña Gregoria el sahumado brasero, para que no se enfriara la concurrencia; cómo Fernández, golpeando la caja de rapé, tomaba un polvo, sonábase mirando a todos por encima del pañuelo, y luego se apresuraba a satisfacer la sed de su curiosidad en estos términos: -La cosa va mejor de lo que se creía, y lo de Lerín no fue tan desgraciado como se nos quiso pintar. Señores, hay que poner en cuarentena lo que dicen los papeles impresos, porque los diaristas no se cuidan más que de sorprender al público con noticiones, y como ninguno de ellos sabe palotada de lo que llamamos el arte de la guerra.. -Pues a mí me han dicho que lo de Lerín fue un desastre muy grande -afirmó D. Roque-. ¡Bah! Si tenemos unos generales.. De lo que está pasando tienen ellos la culpa, y bien sabía yo que vendríamos a parar a esto. Pues qué, si esos señores, en vez de estarse en Madrid todo el mes de Setiembre mordiéndose unos a otros; si en vez de estar aquí diciéndose «yo soy mejor que tú» y disputándose el mando de los cuerpos como perros que riñen por un hueso; si en vez de esto, digo, se hubieran marchado al Norte a perseguir al enemigo, ¿estarían los franceses tan envalentonados? -Tiene razón que le sobra por los tejados el Sr. D. Roque -dijo la mujer del lañador-. Y yo, que no sé de guerra, le decía a mi marido todas las noches cuando nos acostábamos: «Mira, Norberto, los generales, en lugar de estar aquí y en Aranjuez hablando mal unos de otros y revolviéndolo todo con sus envidias y reconcomios, debieran andar por toda esa tierra de Burgos y Rioja persiguiendo al francés. Que si Llamas manda tal tropa; que si ya no la manda Llamas sino Pignatelli; que si Castaños se opone a que venga Cruz; que si Blake quiere ser más que Cuesta y Cuesta más que todos; que si Palafox manda este cuerpo; que si La Peña (p.731) no quiere mandar el otro.. en fin, cuando después de la batalla de Bailén creímos vernos libres de franceses, y emperadores, y reyes de copas, ahora salimos con que por estarse los generales mano sobre mano en Madrid al olorcillo de la corte y de los obsequios y de las fiestas, han dejado que los otros se arreglen bien y tengan dispuesto todo para darnos un susto». -Ha hablado Vd. como un padre de la Iglesia, señora doña María Antonia -dijo con oficiosa exaltación doña Melchora, la bordadora en fino-. A mis niñas les dije yo eso mismo el mes pasado. ¿No es verdad, Tulita, no es verdad, Rosarito? Sí, señores, esa es la pura verdad; yo voy viendo que desde que empezó la guerra, desde que hubo aquello de venir los franceses y caer Godoy, nadie ha sabido acertar más que nosotras, y cuando anunciábamos lo que iba a pasar, los hombres graves se reían diciendo: «¿Qué entienden las mujeres de guerras, ni de historias?». Pues vean ahora si entendemos. -Tiene razón doña Melchora -dijo el señor de Cuervatón-. También se reían de mí cuando anuncié lo que iba pasar. Pero, señores; cuando los de arriba pierden la chaveta como ha pasado aquí, a los tontos y a las mujeres corresponde el imperio del buen sentido. -No obstante -dijo el Gran Capitán, impaciente por poner el peso de su autorizado dictamen en aquella contienda-, aún no se puede hablar mal de esos valientes generales. Yo no les he explicado a Vds. todavía el plan de campaña. Es preciso que Vds. se penetren bien de esto. Las tropas que mandan Blake, Llamas, Castaños y Palafox, colocadas y extendidas desde el Ebro hasta Burgos, forman un gran semicírculo. Vienen los franceses: el semicírculo se cierra convirtiéndose en círculo, y aquí me tienen Vds. a mi emperador cogido en una ratonera. -Pero en resumidas cuentas, ¿viene o no viene? -preguntó doña Melchora. -Yo creo que no -dijo el Gran Capitán, echándosela de malicioso-. Y tengo para mí que todo eso que dicen los papeles acerca de lo que Napoleón leyó en el Senado, es pura invención. Como que hay quien (p.732) dice que Napoleón está muy enfermo de un tumor que le ha salido en el sobaco izquierdo, y que ya le han sacramentado. -¿Y Vd. es de los que dan crédito a los mil desatinos que cuentan los patriotas? -exclamó D. Roque levantándose de su asiento-. Aquí creen que se sale del paso contando mentiras y matando de calenturas o alfombrilla a todos nuestros enemigos. -Y qué, ¿soy hombre para tragar todas las bolas que cuentan diariamente los papeles? -dijo el Gran Capitán sin disimular el desprecio que le merecía la prensa-. Vamos a ver, ¿qué saca Vd. en limpio, Sr. D. Roque, de todas esas hojas que lee día y noche, y que le van a volver loco como al bueno de D. Quijote los libros de caballería? -Quédese cada uno en su sitio, y no se meta en los trigos ajenos -repuso D. Roque procurando contener su irascibilidad-, que así como yo no me meto jamás en las honduras del arte de la guerra que no entiendo, así debe Vd. respetar las ciencias que no están a su alcance. ¡Qué sería de la sociedad sin papeles públicos! Aquí tengo yo el Semanario Patriótico -añadió sacando un voluminoso legajo de uno de los luengos bolsillos de su levitón-, que es el mejor papel que hasta ahora se ha escrito, y contiene cosas muy lindas, y en todo lo que dice no parece sino que habla por boca de Aristóteles y Platón. Desde que en el primer número vi aquello de La opinión pública es mucho más fuerte que la autoridad malquista y los ejércitos armados, les digo a Vds. francamente que el tal papelito me enamoró. Yo me quito el garbanzo de la boca para ahorrar los 20 reales que me cuesta cada trimestre; y ¿cómo no hacerlo, si este manjar del espíritu es tan necesario a la vida como el alimento del cuerpo? Así es que los miércoles por la noche no duermo y todo es dar vueltas en la cama, pensando en lo que traerá el Semanario al siguiente día. Los jueves son para mí días de delicia, y leyendo mi Semanario olvídaseme el comer y el beber, a más de todas mis penas y tristezas que son muchas. ¡Y cómo trata todas las cuestiones! ¡Y con qué gracia le da a cada uno lo (p.733) que es suyo! ¡Y qué sal tiene para decirle a la Francia todas sus picardías! ¿Pues y el paralelo que hace entre Bonaparte y Maximiliano Robespierre? No pierde ripio para decir a todos las verdades, y a los españoles les suele sacar los trapitos a la colada, como quien dice. En fin, señores, me entusiasma tanto, que el otro día, no pudiendo satisfacer mi deseo de conocer al autor de tan divino escrito, y averiguado que lo es un tal Manolito Quintana, me fui derecho allá, y abrazándole le dije: «Venga acá el extremo de toda discreción, el resumen de la elocuencia y del buen decir, el dechado de la lengua castellana, el azote de los tiranos, el heraldo del patriotismo y el cisne de los derechos del hombre». A lo cual me contestó que él cumplía con su deber y que agradecía tales alabanzas. -¿Toda esa arenga le echó Vd. al buen autor del Semanario Patriótico? -dijo el Gran Capitán-. Pues en verdad digo que si la Junta oyera mis consejos, al punto mandaría suprimir ese y todos los demás papeles. ¿Para qué se quieren papeles? -Hombre irracional, ¿y cómo se difunden las luces y se propaga la buena doctrina, y se instruye a toda la gente del reino, chicos y grandes? Pues malitas verdades trae el Semanario Patriótico.. Como todos dieran en leerlo con tanto fervor como yo, pronto se remediarían los males de la Nación. Y no hay que darle vueltas, señores, lo que este dice es el Evangelio. ¿Quién podrá desmentir aquello de el tirano es un hombre que abusa de las fuerzas de la sociedad para someterla a sus pasiones propias, y así la tiranía no es otra cosa que la injusticia apoyada en la violencia? ¿Qué tal? ¿Pues y dónde me dejan Vds. aquello de los derechos esenciales, sagrados e imprescriptibles que corresponden al hombre, y que le usurpa el pícaro del poder absoluto?.. Nada, nada, Sr. D. Santiago, amigo Cuervatón, señoras y señoritas: tengan Vds. presentes estas palabras: «La violencia, la opresión, la credulidad, llegan frecuentemente a adormecer a los pueblos, a fascinar su entendimiento, a quebrantar en ellos los resortes de la naturaleza; (p.734) pero cuando por favorables circunstancias abren los ojos y oyen la voz de la razón; cuando la necesidad les fuerza a salir de su letargo, entonces ven que los pretendidos derechos de sus tiranos, no son sino efectos de la injusticia, de la fuerza o de la seducción; entonces es cuando las Naciones, acordándose de su dignidad, ven que ellas no se han sometido a la autoridad sino para su bien, y que jamás han podido dar a nadie el derecho irrevocable de hacerlas felices».
Ep-5-IV - Dotado de maravillosa memoria, D. Roque recitaba trozos enteros de lo que había leído en sus papelitos, sin mudar una sílaba. No he conocido varón más sencillo e inofensivo que aquel fogoso lector del Semanario, comerciante que había venido muy a menos y a la sazón, sin negocios, sin familia y con poquísimo dinero, vivía en aquella casa, manteniéndose con su casi invisible renta. Así como el Gran Capitán oyó lo de la opresión y la injusticia, con los razonamientos puestos a continuación, que no entendiera menos, si estuvieran escritos en caldeo, se encaró con su amigo, y burlonamente le dijo: -¿Se ha acabado la jerga? Qué lástima que no viniera por aquí el padre Salmón, para que le contestase, y entre los dos se armara una marimorena de distingo acá.. distingo allá.. necuacua.. útiquis.. reñega mayora.. y otras palabrillas que se usan en las disputas de los tiólogos. -¡Teólogos a mí! ¡A mí teólogos y con cascabeles!.. ¡Y de la madera del padre Salmón! -exclamó D. Roque guardando el Semanario en el almacén de sus profundas faltriqueras. -Y ha de venir esta tarde Su Paternidad -dijo agridulcemente la menor de las hijas de doña Melchora-, pues prometió darme una receta para este mal de la barriga que ha diez días tengo. -Sí que vendrá -añadió la mayor-, pues quedé en pegarle dos botones en el cuello, y él dijo que traería la cinta azul. -Pronto tendremos aquí a ese reverendo Salmón -añadió doña Gregoria-, y ya tengo echada la llave a la despensa, porque para saqueos bastante tenemos con los de los franceses. No había concluido (p.735) estas palabras la discreta esposa de Fernández, cuando se oyó en el patio de la casa gran ruido de voces, entre las cuales descollaba una cencerril, abajetada y bronca, que no era otra sino la de aquel lucero de la Merced, el padre Anastasio José de la Madre de Dios, vulgarmente conocido por padre Salmón; que este era su apellido, y no Salomón como algunos le llamaban sin intención de burla. -Ahí está, ahí está ese bendito -dijeron en coro las hembras de la reunión-. Gabriel: corre y tráele acá, porque si le cogen por su cuenta las del polvorista.. ¡ay, qué pesadas son! Ya están llamándole las escofieteras. Pues no, no ha de venir sino acá. Salí para impedir que la persona del reverendo fuera secuestrada por cualquiera de las familias que salían a su reclamo por las diversas puertas que se abrían en aquellos largos corredores, y lo primero que vi fue al fraile rodeado de enjambre de chiquillos, los cuales haciendo mil cabriolas y juegos en su derredor, le mostraban según su arte propio, la satisfacción de la casa toda por verle en ella. -Tomad, piojosos, tomad esas almendras fallidas que para vosotros serán bocado de ángel -les decía el padre-. ¿Ya salió tu padre de la cárcel, Jacintillo? Y por fin ¿llevasteis a vuestra abuela a los Desamparados? Dime, hijo de la Canela, ¿está el oficialillo en el cuarto de tu madre? ¿Con que se os murió la gallina? Y al mismo tiempo el antepecho del vasto corredor parecía la barandilla de un teatro, pues no había un palmo vacío, sino que allí estaba la vecindad toda, aguardando a que Su Paternidad subiese. -Venga acá, padre, que este trapalón de mi marido me quiere pegar por celos. Pero di, cabeza jilvanada, ¿no soy la mujer más honrada del mundo? -Venga acá, padre, y verá qué chocolate le tengo. ¿Pues no me está diciendo la capitana que Su Paternidad le comió ayer todas las magras? -Venga acá, padre, y suba pronto que ya le apunta el diente a la niña. Míralo allí, cordera, resol, reina del mundo. Mírale, llámale con tu manecita.. así, así. -Venga acá, padre, que ya parió la Zoraida cinco criaturas como (p.736) cinco estrellas. -Suba pronto, padrito, que mi abuela pregunta si se le deben dar más friegas. Y así continuaban llamándole de distintas partes, cada uno según para aquello que le necesitaba y todos con tan cariñosas palabras, que Salmón no sabía a qué sitio volverse, ni a cuáles solicitaciones contestar más pronto; y saludando a un lado y otro como un matador de toros que en medio de la plaza hace cortesías a la redonda, mostró a sus amigos que su corazón no era insensible a tantas bondades. En esto llegué yo y besándole la correa, le dije: -Doña Melchora y sus niñas, que están en casa del Gran Capitán, me mandan para suplicar a Su Reverencia que tenga la magnanimidad de subir, que allí le aguardan también don Roque, el Sr. de Cuervatón y doña María Antonia. Pero antes que concluyera, el padre Salmón, con gran sorpresa mía, clavó en mí sus ojos llenos de admiración, y echándome los brazos al cuello, exclamó a gritos: -Ven acá, portento de la sabiduría, milagro de precocidad, fruta temprana de las humanas letras. ¿Con que ha más de un año que te conozco y hasta hoy mismo he ignorado que eres un gran latino, autor del más famoso poema que han escrito modernas plumas? ¿Con que así te callabas tus méritos, picarón?.. A ver, muéstrame pronto ese poema.. ¡Quién me había de decir, cuando te conocí paje de la González, que bajo la montera de tal gaterilla estaba el cacumen de un Erasmus Rotterodamensis, de un Picus Mirandolanus! Turbado y confuso le contesté que sin duda Su Paternidad se equivocaba confundiendo mi ignorancia con la sabiduría de algún desconocido de mi mismo nombre, oyendo lo cual, dijo mientras subíamos la escalera: -No; que lo acabo de saber por el licenciado D. Severo Lobo, el cual te conoció desde el proceso de El Escorial y luego estuvo a punto de empapelarte, cuando el príncipe de la Paz te quiso dar una placita en la interpretación de lenguas. ¿Y tú qué culpa tenías de que el otro te quisiera colocar? Por lo que me han dicho, tu modestia iguala a tus méritos; ¡oh joven! (p.737) yo he visto la minuta en que Godoy te recomendaba; pero qué guardado te lo tenías, raposilla.. ¿Y tú en qué te ocupas? ¿Por qué no pides un hábito; por qué no eres fraile? Yo me encargo de catequizarte. ¿Sabes que he hablado de ti a los padres de la Merced y todos quieren conocerte? A ver si te pasas por allí, rapaz; y ve después de la hora del refectorio. ¿Te gustan las pasas? Además tengo que conferenciar contigo, Horacio Flacco en ciernes y Virgilio en pañales; y como al salir de esta casa se me olvide hablarte (pues ya sabes que soy muy débil de memoria), ¿me lo recuerdas, eh? A tal punto llegaba, cuando entramos en la sala del Gran Capitán. Levantáronse todos, y después de besarle uno tras otro la correa, diéronle el asiento del centro junto al brasero. -Aquí está la seda azul -dijo el mercenario dando lo indicado a Tulita. -Mañana mismo tendrá Su Paternidad arreglado el cuello -contestó la muchacha-. Veamos ahora lo que me manda para este malestar de la barriga, que es tal que yo no lo puedo resistir, y todas las mañanas me dan unas arcadas, unos mareos y bascas tan fuertes, que no me para dentro nada. -Bendito sea el nombre de Dios -exclamó el padre tomando un polvo de la caja del Gran Capitán-. A fe, doña Melchora, que si esta matutina estrella de su hija de Vd. fuera casada, ya sabríamos el pie de que cojea su estómago; pero no siéndolo, y tratándose ahora de una familia con quien la misma honradez no podría ponerse en parangón, ordeno y mando que con siete palitos del árbol de Santo Domingo, cocidos en baño-maría, por espacio de tres credos rezados con pausa, y por supuesto con devoción, esta niña se quedará como nueva. ¡Qué nueces frescas las de ayer, señora doña Melchora! ¡Qué nueces frescas! Pero dígame, ¿qué santo del cielo le hizo tan rico presente? Yo no sabía que en montes alcarreños, asturianos ni encartados existiesen unas tan hermosas obras de Dios. -Obsequio fue de un primo mío que es guarda de las dehesas del señor duque de Altamira, en tierra de Cameros, y como, (p.738) sino de buen salario, el pobrecito disfruta de ojos listos y manos libres, siempre nos manda lo mejor de aquellos castañares y nocedales. -Así le hicieran canónigo -añadió Salmón-. ¿Y qué noticias, Sr. D. Santiago Fernández? -No me digan nada, ni me calienten más la cabeza -exclamó el Gran Capitán encubriendo bajo la ficción de un estudiado cansancio el placer que le causaba el ver sacado a plaza un tema tan de su gusto-. Mire Su Paternidad que estoy ya que no doy por mi cuerpo un real. ¡Qué ir y venir! ¡Qué jaleo! ¡Todo el día poniendo nombres en la lista, y haciendo recuento de cartuchos, y examinando armas, y disponiendo, y mandando! Aquellos señores son muy remolones, y todo lo tengo que hacer yo. -¿Y resistiremos, si como dicen, se nos viene encima ese monstruo, ese troglodita, ese antropófago, señores, que no se sacia nunca de devorar carne humana? -¡Pues no hemos de resistir! -exclamó el Gran Capitán-. ¿Hemos de ser menos que los zaragozanos? Además de que yo creo que no viene. -Y sabe Dios -dijo doña María Antonia-, si será cierto lo que dicen de que allá en Rusia o Prusia le echaron unos polvitos en el cocido para que reventara. -Como que hay quien asegura que está sacramentado y que hizo testamento, devolviendo todas las naciones que ha robado y abjurando de sus herejías. -¡Oh gente ignorante y crédula! -exclamó de improviso D. Roque, desenvainando su cartapacio de papeles públicos-. ¡Y cómo se conoce la rusticidad de los que atienden más a los dichos y simplezas del vulgo que a la palabra impresa de los hombres doctos! Vean, vean lo que dice ese papel, y no hagan caso de tonterías: «Napoleón se presentó al Senado el 25 del pasado, y dijo que bien pronto pondría sus banderas en las torres de Madrid y en las fortalezas de Lisboa». También cuenta la Gaceta que ciento sesenta mil hombres del ejército grande están sobre la frontera de España, y que el Emperador dijo que antes de fin de año no quedará aquí una sola aldea en insurrección. -Con que ni una sola aldea.. -dijo el fraile-. Pero (p.739) sabe Dios la intención que llevará el que ha escrito esos papeles. Lo que es por mí, mandaría suprimir todos los que se imprimen en España, pues para envolver especias, mejor es el papel no impreso y limpio como sale de las fábricas. -¿Pues eso qué duda tiene? -dijeron a una las dos niñas de doña Melchora. -Y yo -exclamó como un basilisco don Roque-, mandaría suprimir todos los frailes o les quitaría el hábito, dando a cada uno un fusil para que fueran a limpiar a España de franceses. -Sin fusil lo hacemos, hermano -dijo Salmón riendo-. Lejos de suprimir frailes, yo los aumentaría en grado máximo, y así la mayor parte de los españoles vivirían gordos y contentos, y no veríamos tanto vagabundo mendigo por esas calles. -Chúpate esa y vuelve por otra -dijo a D. Roque la menor de las hijas de la bordadora en fino, suponiendo al viejo completamente apabullado bajo el peso de aquellas incontestables razones. -¿Con que más todavía? Pues sepa mi señor Salmonete -dijo D. Roque, llevando al último extremo su familiaridad con el fraile-, que ahora se va a reunir la nación en Cortes. ¿No lo quieren creer? ¡Ah! Pues no doy dos maravedises por lo que de Gobierno absoluto hubiere después de la guerra. ¡Abajo los tiranos! -añadió poniéndose en pie y alzando los brazos con endemoniada exaltación-. Y si hay un frailazo chocolatero que me desmienta, alce la voz, y venga delante de mí, que yo le reto a singular polémica, aunque traiga más textos que escribió Pedro Lombardo, y más latines y aforismos y comprobatorias y distingos que han eructado en diez siglos las cátedras salmantinas y complutenses. -¿Y cómo había yo de ponerme a disputar con semejante pedazo de acebuche con nudos, más duro que roca? ¿Y de qué valdrían mis argumentos contra la asnal cerrazón de su mollera? -exclamó el padre Salmón levantándose también de su asiento; mas no enfadado ni nervioso, sino riendo a todo reír, pues su humor de mantequillas era tal que no se le vio colérico mas que una sola vez. -Pues empecemos - (p.740) dijo D. Roque poniéndose verde. -Empecemos -añadió Salmón restregándose las manos y haciendo después grotescos gestos, como de quien imita los movimientos de un grave predicador. -No quisiéramos más para reírnos de don Roque -dijo la mayor o la menor (que esto no lo tengo bien presente) de las hijas de doña Melchora. -Pero para restaurar nuestras fuerzas, señores y señoras mías -dijo Salmón-, venga ese chocolate, que aquí mi amigo D. Roque dice que no se puede pasar sin él. -Quien no se puede pasar sin él -contestó el aludido-, es su magnificencia reverendísima, que en llegando a estas horas, como no ponga un puntal al estómago, se cae rendido. -Pues Vd. lo dice, amigo papelista eminentísimo -contestó Salmón dando otra vez rienda suelta a la risa-, así sea, y venga ese chocolate; y pues es más agradable el goce de una amena tertulia que el disputar, dejémonos de discusiones, y pelillos a la mar, y cada uno piense lo que quiera, y ruede la bola, y viva Fernando VII. -Es lo más conveniente, toda vez que este D. Roque está chiflado -dijo Fernández-, y un día hemos de verle por esas calles con una Gaceta en cada dedo. -¡Pero qué graves y circunspectas están mis niñas! -añadió Salmón dando unas palmaditas en el hombro, no recuerdo bien si de la mayor o de la menor de las hijas de doña Melchora-. Y esos piquitos de oro, ¿por que no echan una canción por todo lo alto, para que se nos alegren los espíritus? -Bueno, bueno. Y una de ellas rompió al instante a cantar de esta manera: Con un albañilito madre, me caso, porque son de mi gusto los hombres blancos. -Eso tiene poca gracia -dijo Salmón-. A ver otra. -Pues allá va la que está de moda: Bonaparte en los infiernos tiene su silla poltrona, y a su lado está Godoy poniéndole la corona. Sus compañeros van de dos en dos; Murat, Solano, Junot y Dupont. -¡Bravo, magnífico! Doña Melchora, tiene Vd. dos niñas que envidiaría cualquier princesa. Y qué tal, ¿se gana mucho? -En estos tiempos, padrito -dijo la madre-, suele caer algún bordado de (p.741) uniforme; pero ¿dónde se ven aquellos ternos de plata y oro, aquellas estolas, aquella ropa de altar que tanta ganancia nos daban antes de estas malditas guerras? Ya sabe su grandeza que las mejores capas pluviales, las mejores casullas que se han lucido en procesiones, así como las mejores chaquetas toreras que han brillado en plazas y redondeles, pasaron por estas manos. ¡Ay, quién me lo había de decir! ¡La que bordó los calzones que llevaba Pepe-Hillo cuando le cogió aquel enrabiscado toro; la que bordó la capa que llevaba en sus santos hombros el Eminentísimo Cardenal de Lorenzana el día que tomó posesión, está hoy consagrada a miserables letras de cuello de uniforme, y a las dos o tres insignias de consejero, o ropón de Niño Jesús, que caen de peras a higos! ¡Buenos están los tiempos! -Cuando esto se acabe.. -dijo el fraile. -¿Cómo, cuando esto se acabe? -gritó de improviso D. Roque interrumpiendo con muy feo gesto a su amigo-. Antes, muy antes de que esto se concluya se reunirá el país en Cortes. ¡Y estos alcornoques no lo quieren creer! -Que te despeñas, Roque amigo. -¿También eso lo dicen los papeles? -preguntó con mucha sorna el Gran Capitán. -También lo dicen, sí señor. Pues no lo han de decir. Y cómo se me ha de olvidar, si lo sé de memoria y anoche, luego que me acosté, estuve recitando en voz alta aquello de.. «Después de tantos años de abatimiento y opresión en que los leales y generosos españoles han sufrido mayores ultrajes y vilipendios que los salvajes africanos, amanecerá el glorioso día en que se reúnan los pueblos por medio de sus representantes para tratar del bien común. Este es el objeto con que se instituyeron las sociedades civiles; no el engrandecimiento de un solo hombre con perjuicio de todos los demás. Reunidas aquellas, es como puede conocerse afondo el estado de una nación, sus recursos, sus necesidades y los medios que deben adoptarse para su bienestar y prosperidad; y donde faltan estas solemnes Asambleas, los monarcas, mal aconsejados, caminarán ciegamente (p.742) al despotismo, tal vez contra sus buenos deseos». -¡Lindísimo sermón! -exclamó el Gran Capitán-. Ayer le contaba a mi compañero en la portería de Cuenta y Razón las extravagancias de mi vecino D. Roque, y me dijo que esto se llamaba el democratismo. ¿Es así, padre? -Llámese como se quiera -repuso el venerable Salmón-, lo que digo es que este chocolate, que ahora nos trae la señora doña Gregoria, y cuyo olor se adelanta hasta nosotros anunciándonos la nobleza de lo que viene en el cangilón, me parece tal, que sólo podría servírsele semejante al Sumo Pontífice. -Y a la abadesa de Las Huelgas de Burgos -dijo doña Gregoria-; que ella y el Papa son las dos más altas personas de la cristiandad, y por eso se dice que si el Papa se casara, la única mujer digna de ser su esposa es la tal abadesa de Las Huelgas. -Así es -añadió Salmón, olvidándose de todo lo que no fuera el cangilón-; y por lo que hace a eso del democratismo, yo le aconsejo a D. Roque que se deje de tonterías y no piense en novedades, pues por ahora que ahora y en muchísimos años para adelante, estamos y estaremos libres de ellas. -Los españoles guerrean porque no quieren que los manden los franceses -dijo la mayor de las hijas de doña Melchora-, y también para defender los usos y pláticas del reino contra las novelerías que quiere poner aquí Napoleón. Así me lo dice todos los días Paco el plumista, que es sargento de voluntarios. -Pues a mí me dijo Simplicio Panduro, ese saladísimo paje de D. Gaspar Melchor de Jovellanos -añadió la otra-, que los españoles guerrean por echar a los franceses y por mejorar la mala condición de los reinos, quitando las muchas cosas malas que hay, al modo de lo que dice D. Roque por las noches cuando predica a solas y a oscuras en su cuarto. Estas dos opiniones dieron pie a una acalorada disputa que no copio porque nada sacarían de ella en limpio mis lectores, toda vez que es público y notorio que en lo que va de siglo, la historia, la grave y cachazuda historia no ha podido dilucidar la cuestión planteada por aquellas dos niñas, (p.743) y aun hoy andan a la greña eminentes escritores por averiguar si decía verdad la mayor o la menor de las hijas de doña Melchora. Salmón, consumido su chocolate, dijo: -Con que, amiguitos, ¿me dan Vds. su venia para retirarme? -¿Tan pronto, padre? ¡Que siempre nos ha de tener Vuestra Reverencia con hambre de su compañía! -Bastante os acompaño, hijitas mías. -Pues siempre nos sabe a poco. -Ya sabéis que tenemos en casa desde esta tarde octava misión y solemnes cultos para desagraviar a Jesús Nazareno y a María Santísima, de los sacrílegos insultos que han sufrido en nuestros templos, de los impíos ejércitos franceses, e implorar de la divina misericordia que robustezca y ampare a nuestros soldados y conserve y dirija en todos los negocios a los que nos gobiernan. ¿Pero no lo sabíais, pajaritas volanderas? Por supuesto que no faltaréis el día que me toque predicar. -Antes faltará la tierra y prados en ella, como dijo el otro. Ya estaba en pie para retirarse el padre mercenario, cuando el Sr. de Cuervatón, que poco antes había sido llamado de su casa, donde le esperaba una visita, volvió dando voces; y lleno de cólera, que en los ojos con fulminantes rayos le centelleaba, habló así: -¡No sé cómo no le ahogo!.. ¡Vaya con el lindo currutaco, harto de ajos!.. ¡Cuando creí que vendría a pagarme, viene a pedirme más dinero!.. ¡Y ahora sale con que su señora mamá es muy rica! Miserable, pringoso, vestido con harapos de príncipe, ¿por qué esa señora no reventó antes que os pariera? -¿Qué hay, Sr. de Cuervatón? ¿qué le pasa? -Que después que me estoy arruinando por favorecer con mi pequeña hacienda a los necesitados, he aquí que un señor condesito de Rumblar o de Barrabás con pintas, me debe más de nueve mil reales, y después de no pagarme ni un céntimo de interés (que no son más de peseta por duro al mes), viene a pedirme más dinero. Canalla, catacaldos: ¿qué me importa que sea noble y que le vayan a caer dos mayorazgos? -¿D. Diego de Rumblar? -dijo Salmón: y luego volviéndose a mí añadió-: (p.744) no olvides, Gabriel, que tenemos que hablar. -Pues o me paga -prosiguió Cuervatón-, o el mejor día le desnudo en medio del Prado delante de las damas. En esto salimos al corredor, y ¡oh espectáculo lamentable! se ofreció a nuestra vista el de D. Diego azuzado en medio del patio por todos los chicos de la vecindad como novillo en plaza. Muchas mujeres habladoras habían salido por los cien agujeros de aquella colmena, y unas con cáscaras de castañas, otras con palabras picantes le mortificaban en lo moral y en lo físico. Especialmente la mujer de Cuervatón, que era una hidra con más rabos y espinas y escamas en su alma, que las mitológicas en su cuerpo, poniéndose de pechos en el barandal, después de escupirle, le decía: -Tío pingajo de oro, ¿tenemos nuestro dinero para mantener haraganes?.. ¿Ahorramos nosotros para daros esa agua de bergamota de que apestáis? Coma Vd. clavos, y si es noble y espera mayorazgos, póngase a roer sus jicutorias, o coja una espuerta y vaya a vender arena, como hacen mis dos hijos, que aunque no les falta para comer y vestir como niños de príncipe, andan al trabajo de la arena desde que saben llevar la mano a la boca. Cuidado con el señorito D. Pelagatos; y dice que es conde.. Conde es él como mi abuelo. Ea, muchachos, rociadle un poco con la esencia de ese fango de azahar argentino que hay en el patio.. Coged también esas cáscaras de nuez, y la ceniza de aquel braserillo. Los muchachos que esto oyeron, y que se habían adelantado a poner en ejecución auctoritate propria lo del rociar, descargaron sobre el infeliz D. Diego, a punto que este salía, tal lluvia de inmundas sustancias, le persiguieron tan encarnizadamente por el portal y luego por toda la calle del Barquillo, que daba compasión ver al infeliz magnate corrido, avergonzado y lloroso. El padre Salmón, que era hombre caritativo, reprendió a los muchachos su grosería, y a la señora de Cuervatón su crueldad. Cuando se dispuso abajar, todos se lo disputaban, no queriendo dejarle de la mano: este le enseñaba los (p.745) cinco perritos recién paridos por Zoraidilla, aquel le hacía tocar con el dedo el diente de la niña, uno le pedía receta para el dolor de muelas, otro le cantaba una seguidilla nueva, y todos le daban tales muestras de cariño y admiración, que bien se le podía considerar como el hombre más popular de su tiempo. Cuando bajaba, allí eran de oír las exclamaciones, las palmadas, los vítores, y de ver los besos de correa, y el pedir y dar bendiciones. -¿Cuándo me receta para estos desmayillos? -Ya sé de cabo a rabo la oración a San Antonio. ¿Cuándo se la echo a Su Paternidad? -Razón tenía el padrito en decir que el aguardiente de Chinchón da mejor gusto a los puches que el de Ocaña, y que no hay plato de lentejas sin dos ajitos machacados. Así lo hemos hecho. -Padre, ¿las ranas son carne, o son pescado? porque mi abuela las comió el viernes y está llena de escrúpulos. -¿Qué nombre le pondremos a lo que ha de venir si sale macho? Pondrémosle Anastasio como Su Reverendísima, en señal de agradecimiento por habernos ayudado a criar al mayorcito. -Ya están compradas las dos velas para la Virgen de la Buena Dicha, y aquí Ramona las está adornando con flores y lentejuelas. -Viva cientos de miles de años su magnitud sapientísima y empingorotadísima para alivio de estos pobres a quienes socorre. Y así continuaban hasta que el padre salía a la calle. No; no ha existido hombre más popular que el padre Salmón. Casi, casi estoy por asegurar que su popularidad excedió dos dedos y aun tres a la de Fernando VII. ¡Desventurado Salmón! Oh tú, varón felicísimo, harto de lisonjas, de regalos y de bienestar; oh tú, teólogo de tumba y hachero, predicador burdo y de cuatro suelas, fraile mercenario que si no redimiste ningún cautivo, tampoco hiciste daño a nadie; oh tú, hombre dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, pues no cavilaste jamás ni te apasionaste, ni aborreciste, ni padeciste mal alguno en muchos años, ni viste turbada tu apacible existencia: ¡quién te había de decir entonces que aquel mismo pueblo tan (p.746) solícito en victorearte, en regalarte en aplaudirte, en venerarte y adorarte como a persona divina, te había de coser a puñaladas veinte y seis años después en la enfermería de tu santa casa, y cuando ya viejo, enfermo, inválido y sin alientos no pensabas más que en Dios! ¡Quién te había de decir que aquel mismo pueblo de quien fuiste ídolo, te había de echar al cuello un cordel de cáñamo para arrastrarte por los profanados claustros, sirviendo tu antes regalado cuerpo de horrible trofeo a indecentes mujerzuelas! ¡Ay! ¡lo que es el mundo y que cosas tan atroces ofrece la historia! Y así es bien que digas: si buen chocolate sorbí, buenos palos me dieron; si buenos abrazos, y agasajos, y besos de correa recibí, con buen pie de puñaladas se lo cobraron.
Ep-5-V - Pero como nada de esto viene ahora al caso, voy a dar cuenta del asombro que me causó la conversación que inmediatamente después de su salida tuve con aquel popularísimo fraile; y lo ocurrido fue que apoyándose en mi brazo para descargar sobre él parte del peso de su bien aprovechada humanidad, me dijo: -Gabriel, o mejor, Sr. D. Gabriel, pues a todo un Pico de la Mirandola se le debe tratar con miramiento: has de saber que necesito que me informes detenidamente de la vida de ese D. Diego de Rumblar, en cuya compañía te he visto varias veces. Tú dirás que qué me importa a mí si el tal niño canta o llora; pero a esto te respondo que no soy yo quien tiene interés en saber sus malas mañas, sino una elevadísima familia, cuya casa frecuenta mi inutilidad las más de las tardes. Como D. Diego está para casar con la niña, las señoras, que ya barruntan la mala vida que lleva el rapaz en Madrid, están muy disgustadas. Ayer cuando afirmé que le había visto en esta casa, me dijo la señora condesa: «Por Dios, padre Salmón, haga Vd. el favor de averiguar con qué hombres se junta, a qué sitios va, en qué gasta su dinero, porque si es cierto lo que sospechamos, antes se hundirá el cielo que entre él en nuestra familia». -Pues el señor conde -le respondí-, es un poco calavera. Cosas de la (p.747) juventud.. yo creo que se enmendará. -Se enmendará. Luego es malo. Bien, Gabriel. Has dicho lo que necesitaba saber. ¿A dónde va por las noches? ¿Con quién se junta? -Todo lo sé perfectamente -respondí-, y no da un paso sin que yo me entere de ello. -¿De modo que podré satisfacer a la señora condesa? ¡Oh! Bendito seas, que me proporcionas la ocasión de corresponder a las grandes finezas de la dama más hermosa de España, al menos según mi indocto parecer en asunto de mujeres. Mañana tengo que ir a su casa, porque has de saber que la señora condesa es la que ha formado la Congregación de lavado y cosido. -¿Y qué es eso? -Una junta de señoras de la nobleza para lavar y coser la ropa de los soldados en estas críticas circunstancias. Y no creas que es cosa de engañifa, sino que ellas mismas con sus divinas manos lavan y cosen. También pertenece la señora condesa a la junta de las Buenas patricias, en que hay damas de todas categorías, desde la duquesa a la escofietera. Pero esto no hace al caso, sino que mañana tengo que ir a esa casa, y les diré todo lo que tú me confíes. Aunque ahora me ocurre que más fácil y expedito será cogerte por la mano y plantarte en presencia de tan alta señora para que por ti mismo y con tus buenas explicaderas, le des cuenta y razón de lo que desea saber. -Padre, no sé si estará bien que yo vaya a esa casa -dije tratando de disimular la alegría que el anuncio de la visita me causara. -Yendo conmigo, no tengas cuidado. Además, has de saber que la señora condesa es una persona ilustradísima, y que entiende de poesía y letras humanas, de modo que al saber tus conocimientos en la lengua latina, es seguro que te recibirá bien, y aun espero que te proporcione una buena colocación. -Eso será lo de menos, con tal que yo consiga prestar a tan buena señora el servicio que desea. Y dígame, padre, ¿conoce Su Reverencia, por ventura, a la que va a ser mujer de D. Diego? -¡Que si la conozco! Como que soy su amigo, y su confidente, y desde que entro en la casa viene a mí (p.748) saltando y brincando, y todo el día está: «padre Salmón por aquí, padre Salmón por acullá». -¿Y es Vuestra Paternidad su confesor? -Eso no, que lo es mi compañero y amigo el padre Castillo, el cual va también todas las tardes a la casa. -Y ella estará tan enamorada de D. Diego, que beberá los vientos por él. -Me figuro que no le puede ver ni en pintura. Es opinión general en la casa que la niña tiene puesto el pensamiento y el corazón en otra persona; pero aunque se vuelven locos, no ha sido posible dar con ella. El señor marqués y su hermana no piensan más que en averiguar quién podrá ser ese desconocido zascandil que ha trastornado el seso a la más discreta y bella muchacha que ha peinado azabaches y llorado perlas en el mundo; y todo se vuelve averiguaciones y acechos, y observa por aquí y husmea por allí. La condesa no se afana tanto y suele decir: «Eso se le pasará»; pero yo conozco que no las tiene todas consigo. He aquí la causa de que hayan querido apresurar el casamiento; pero aquí viene lo de que Rumblarito es un perdido y un mala cabeza, y todo proyecto se desbarata, y allá va el estira y afloja de las consultas: «Padre, ¿qué haremos? ¿Padre, ¿qué no haremos? Padre, ¿qué no haremos?». A cuyo apremiante cuestionar les contesto: «Calma, señoras mías, calma, que a mucha prisa gran vagar. Que mi estrella querida doña Inés es el super omnia de la virtud, de la buena crianza, del recato, de la modestia, no queda duda alguna, y capaz soy de decirlo en el púlpito si me pinchan tanto así. Al mismo tiempo tampoco puede dudarse que algo le hace cosquillas en su pensamiento, que algo como triste recuerdo o vago deseo la trae a mal traer, porque ¿cómo se explica aquel no hablar en dos días, aquel suspirar tan tierno, con la añadidura de mirar al suelo en ademán cogitabundo, sin que razones ni halagos, ni aun mis chistes escogidos, ni mis cuentos entresacados del Tesoro de los dichos agudos la hagan pestañear?». Y oyendo estas prudentes razones, la marquesa se entristece, y me vuelve a consultar, y aquí viene lo de: (p.749) «Averígüelo el padre Salmón, que como tiene arte para el confesionario y es el mayor sacador de pecados que hemos conocido, sabrá explorarla». Entonces el marqués añade: «Si por artes del demonio esa muchacha durante el tiempo en que vivió lejos de nosotros tuvo el mal gusto de enamorarse de algún cabrahígo de esas calles, ¿cómo es posible que en su nueva posición no le haya olvidado?». Y yo lleno de celo por el reposo de tan ilustre familia, llamo a la niña, me la llevo a un rinconcito de la casa o a uno de los cenadores del jardín, y le tomo una mano, y se la acaricio y le cuento dos cuentos, y le digo tres gracias, y le doy una flor, y echando a correr con estas mis pesadas piernazas, le digo: «a que no me cogéis», y ella vuela y me coge del hábito a los tres pasos, y con estos juegos preparo su ánimo para la confesión de amigo, no de sacerdote, que de ella espero. Sentados otra vez, le digo: «Niñita mía, flor de esta casa, retoñito temprano, fresa de abril, ¿queréis decirme cuál es la causa de esa melancolía? Vamos a ver, acá para entre los dos, pues esto no ha de salir de mí. Antes de que vuestro papa os recogiera, ¿amasteis a alguien?». Y al oír esto, los ojos se le llenan de lágrimas, echa a correr, la sigo y al poco trecho la veo parada, mirando al suelo y mordiendo la punta del pañuelo. Vuelvo a mis preguntas y nada saco en limpio, lo cual me desespera. Entonces la marquesa y su hermano me preguntan si creo conveniente que se rompa el trato hecho con la familia de don Diego, a lo cual les contesto: «Calma, señores: indagaremos primero si es cierto lo que del mozalbete se cuenta. Yo me encargo de hacer diligencias, pues varias veces le he visto entrar en cierta casa que frecuento, y conozco un joven que le acompaña a menudo. «Nada, hijo mío, lo dicho dicho. Mañana vas allá y les cuentas todo lo que sabes et quibusdam alliis, con lo cual mi encargo queda hecho y el Rumblar desenmascarado. Gran sorpresa me causó la relación del venerable mercenario, y cuando me separé de él prometiéndole ir en su compañía al (p.750) siguiente día, quedeme pensando en las extrañas cosas que había oído, y muy dudoso acerca de si había obrado cuerdamente al comprometerme en tan arriesgada visita. Pero debo explicar las causas de mis dudas, así como el estado de mi ánimo por aquellos días, pues algo hay que mis lectores no deben ignorar, aunque les sean indiferentes las desdichas de este su humilde servidor. El palacio de mi señora la condesa (y debo advertir que a la sazón vivían todos reunidos en el de la Cuesta de la Vega), era un asilo infranqueable para mí. Desde mi vuelta de Andalucía ni por el pensamiento me pasó el poner allí los pies, teniendo como tenía la seguridad de una expulsión ignominiosa cual la de Córdoba. Entrar valiéndome de la astucia habría sido, si posible, infructuoso, pues la superchería o ficción de que me valiera, no podrían durar sino hasta que la señora Amaranta me viese el rostro. Frecuentemente iba a pasear de noche por los callejones que rodean el palacio, y allá en lo alto del muro la claridad de una ventana atraía mis miradas. Falto de la imagen de su persona, aquel cuadro de débil luz se me representaba como ella misma. Una noche tanto miré y con tanto arrobo contemplaba aquella ventana, que me entraron tentaciones de dar a conocer mi presencia al habitante del palacio que con semejante luz se alumbraba, habitante que según mi capricho era Inés y no otro alguno. Resolvime a ello, y tomando una chinita la arrojé contra los cristales: al poco rato se dibujó en ellos una sombra: pero esta y la luz desaparecieron pronto. Repetí el disparo a la noche siguiente, y catad la sombra otra vez. Pero cuando esperaba ver abierta la ventana, y oír una voz querida ceceando dulces y temblorosas sílabas en el silencio de la noche, apareciose en el fondo del callejón y como saliendo de las cocheras del palacio, un grupo de hombres en actitud hostil contra mi persona. Me puse en cobro a toda prisa, y no volví más. Pasó Agosto, pasaron también Setiembre y Octubre, y aquellos noventa días depositándose unos tras otros como noventa capas de tierra en el (p.751) hoyo de mi existencia, iban sepultando ilusiones, alegrías, sueños, porvenir. De improviso la diferencia de jerarquía social había puesto entre Inés y yo murallas inexpugnables, y para romper su jaula no bastaban mis fuerzas, pues no era la nueva como aquella de los Requejos hecha de frágiles cañas y alambres, sino de fuertísimos barrotes, más que el diamante duros. Entonces comprendí más claramente que antes que yo no era nada, ni valía en el mundo más que un grano de anís, y esta consideración, irritándome en sumo grado, me infundía el mayor desprecio hacia mí mismo. ¿Por qué he nacido como he nacido? me preguntaba; y según es fácil comprender, no podía acertar con la contestación. Y después decía: El espesor y fortaleza de estas paredes es tal, que si toda mi vida la empleara en hacerme más sabio que Séneca, más valiente que el Cid y más rico que los Fúcares, aun así no podría romperlas. Sin embargo, tal rumbo pueden llevar las cosas, que venga un día en que a los Fúcares no se les pida su ejecutoria para emparentar con la nobleza. Pero vamos a ver, ¿cómo me las compondré para llegar a ser rico? ¡Oh, miserable de mí! ¡Rico quien nada tiene! Es evidente que no se pueden ganar dos sin tener uno.. Pues estudiaré hasta que pierda el seso, por ver si me hago sabio.. o entraré formalmente en el ejército, por ver si de soldado raso llego a general en estos revueltos tiempos.. Y considerando esto, me golpeaba el cráneo, castigándole por su estupidez y su tardanza en dar a luz felices pensamientos. Entretanto la idea de la imposibilidad de mi dicha, de lo inútil de mis esfuerzos, y de la inconmensurable pequeñez a que estaba reducido iba labrando en mi alma con tanta tenacidad, que bien pronto aquel laborioso gusanito me minó de parte a parte, me socavó, llenó de agujeros los fundamentos de mi entusiasmo y fe poderosa, y.. ¡misericordia! todo yo caí al suelo. Las dificultades insuperables, la imposibilidad evidente de destruir con el solo auxilio de mis dedos aquella montaña que Dios había (p.752) puesto en mi camino, me rendían de tal suerte, que me crucé de brazos, hallándome incapaz para todo. Y desde abajo, desde la inmensa profundidad donde me encontraba, decía, mirando el pedacito de cielo que difícilmente percibía encima de mí: -¡Oh, cielo! ¡Cuán lejos te veo, y qué bajo estoy después que creí tocarte con mi mano! Pero pues Dios ha dispuesto mi caída, renuncio por ahora a estar cerca de ti, y me arrastraré por estos oscuros fondajes, buscando un pedazo de pan que comer, sin más objeto ni aspiración que dar a la bestia de mi despreciable persona el forraje que diariamente necesita. Así dije, si bien no recuerdo si empleé las mismas palabras. ¿Qué es el hombre sin ideal? Nada, absolutamente nada: cosa viva entregada a las eventualidades de los seres extraños, y de que todo depende menos de sí misma; existencia que, como el vegetal, no puede escoger en la extensión de lo creado el lugar que más le gusta, y ha de vivir donde la casualidad quiso que brotara, sin iniciativa, sin movimiento, sin deseo ni temor de ir a alguna parte; ser ignorante de todos los caminos que llevan a mejor paraje, y para quien son iguales todos los días, y lo mismo el ayer que el mañana. El hombre sin ideal es como el mendigo cojo que puesto en medio del camino implora un día y otro la limosna del pasajero. Todos pasan, unos alegres, otros tristes, estos despacio, aquellos velozmente, y él sin aspirar a seguirlos, ocúpase tan sólo del cuarto que le niegan o del desprecio que le dan. Todos van y vienen, cuál para arriba, cuál para abajo, y él se queda siempre, pues ni tiene piernas para andar, ni tampoco deseos de ir más lejos. Es, pues, la vida un camino por donde mucha y diversa gente transita, y sobre cuyos arrecifes y descansos se encuentran también muchos que no andan: estos, según mi entender, son los que no tienen ideal alguno en la tierra, así como aquéllos son los que lo tienen, y van tras él aprisa o con calma, aunque los más antes de llegar suelen hacer alto en la posada de la muerte, donde por lo pronto se acaban los viajes de este (p.753) camino. Pues bien; en aquellos tres meses yo lo había perdido todo y me encontraba tullido y con muletas en mitad del camino. La meditación, la razón, la evidencia que tenía delante, mil poderosos estímulos me llevaron al siguiente resultado: renunciar completamente a Inés, si no en mi corazón, en lo real de la vida. Era lo justo, lo lógico, lo natural. Y con esto queda dicho todo lo necesario para que se comprenda la impresión vivísima que experimenté cuando el padre Salmón quiso tan impensadamente y por tan raros caminos llevarme en presencia de la condesa. -Iré y sea lo que Dios quiera -dije para mí, ocupándome en arreglar el vestido que en tan solemne ocasión debía llevar sobre mi cuerpo-. ¡Oh, infeliz de mí! Era el mes de Noviembre y no tenía más traje decente que uno de verano, sutilísimo, a quien cuidaba más que si fuera las telas de mi corazón, y me lo puse, con peligro de perecer helado. Aquello a más de incómodo era ridículo; así es que al acostarme pedí fervorosamente a Dios y a los santos que aclararan el día siguiente haciéndolo como los de Mayo, templado y hermoso; pero los de arriba no me oyeron o sin duda juzgaron más atendibles las razones de los labradores que pedían agua y más agua. Tomando algunas cosas que creía indispensables para la visita, salí a la calle tiritando, encogido, hecho un ovillo y resguardando de los canalones la limpieza de mi ropa, pero aun así no pude salvar sino una pequeña parte de mi persona. Al fin aprovechando los claros y alguno que otro descanso de las llovedoras nubes, después de hacer varias paradas y estaciones en los portales, llegué al convento y juntándome con Salmón, él muy festivo y yo más serio y pálido que si me llevaran a ajusticiar, no dirigimos al palacio de Amaranta.
Ep-5-VI - Cuando entramos, salionos al encuentro en el piso bajo el diplomático, quien no aparentó reconocerme, y después de hablar aparte con el fraile cosas que no entendí, nos mandó subir, diciendo que arriba estaba Amaranta con el padre Castillo, revolviendo (p.754) unos libros que le habían traído. Subimos, y sin tardanza nos introdujo un paje. Al punto en que Amaranta se fijó en mí, púsose pálida y ceñuda, demostrando la cólera que por verme allí experimentaba. Pero como hábil cortesana, la disimuló al instante y recibió a Salmón con bondad, ordenándome a mí que me sentase junto a la gran copa de azófar que en mitad de la sala había, de lo cual colijo que ella debió de comprender el gran frío que a causa del rigor de la estación y de la diafanidad de mis veraniegas ropas me mortificaba. -Este muchacho -dijo Salmón-, enterará a usía de aquello que deseaba averiguar, pues todo lo sabe de la cruz a la fecha; y al mismo tiempo tengo el honor de decir a usía que aquí tenemos un portento de precocidad, un gran latino, señora, autor de cierto inédito poema, por quien S. A. el Príncipe de la Paz le destinaba a la secretaría de la interpretación de lenguas. El padre Castillo volviose a mí y dijo con afabilidad: -En efecto, ayer nos habló de Vd. el licenciado Lobo. ¿Y en qué aulas ha estudiado usted? ¿Querrá leernos algo de ese famoso poema? Yo le contesté que lo de mi ciencia latina era una equivocación, y que el licenciado Lobo me daba aquella fama usurpándola a otro. -¡Oh, no!.. que también, si mal no recuerdo, nos dijo que en Vd. la modestia es tanta como el talento, y que siempre que se le habla de estas cosas lo niega. Bien está la modestia en los jóvenes; mas no en tanto grado que oscurezca el mérito verdadero. Amaranta no dijo nada. El padre Castillo pasaba revista a varios libros, en montón reunidos sobre la mesa, y los iba examinando uno por uno para dar su parecer, que era, como a continuación verá el lector, muy discreto. Hombre erudito, culto, ilustrado, de modales finos, de figura agradable y pequeña, de ideas templadas y tolerantes que le hacían un poco raro y hasta exótico en su patria y tiempo, Fr. Francisco Juan Nepomuceno de la Concepción, en los estrados conocido por el padre Castillo, se diferenciaba de su cofrade, el padre Salmón, en muchísimas cosas que al punto se (p.755) comprenden. -Estos son los libros y papeles que han salido en los tres últimos meses -dijo Amaranta-. Buena remesa me han mandado hoy Doblado y Pérez, mis dos libreros; pero no me pesa; pues entre tantas obras malas y de circunstancias como aparecen en estos revueltos días alguna habrá buena; y hasta las impertinentes y ridículas tienen su mérito para ilustrar la historia de los actuales en los venideros tiempos. -Así es -indicó el padre Castillo-. No hay obra por mala que sea, que no contenga algo bueno, y hace bien vuestra grandeza, en comprarlas todas. -He leído un poco de este voluminoso papel -dijo Amaranta tomando un folleto que parecía recién salido de la imprenta-, y me ha causado mucha risa. El título es de los de legua y media. Dice así: Manifiesto de los íntimos afectos de dolor, amor y ternura del augusto combatido corazón de nuestro invicto monarca Fernando VII, exhalados por triste desahogo en el seno de su estimado maestro y confesor D. Juan Escóiquiz, quien por estrecho encargo de S. M. lo comunica a la nación en un discurso. -Pues aquí veo otro -dijo Castillo hojeándolo-, que si no es del mismo autor, lo parece. Se titula La inocencia perseguida o las desgracias de Fernando VII: poesía. Verdad que está en verso, y ahora es moda tratar en metro las más serias cuestiones, aun aquellas más extrañas al arte de la poesía, como por ejemplo este papel que ahora me viene a las manos y se llama Explicación del capítulo IX del Apocalipsi, aplicado según su sentido literal al extraordinario acontecimiento de la pérfida irrupción de España: oda por un capellán. -Y ha de saber Vuestra Reverencia que también nuestro prisionero monarca da en la flor de hablar en verso -dijo Amaranta con sorna-, pues aquí tengo la Epístola férvida que nuestro amado soberano el Sr. D. Fernando VII dirige a sus queridos vasallos desde su prisión: pieza patética, tierna y de locución majestuosa. -Pues ¿y qué me dice la señora condesa de este otro librito que ahora me cae en las manos, y lleva por nombre La corte de las tres nobles artes, ideada (p.756) para el inocente Fernando VII: anacreónticas? Y la primera de estas anacreónticas se encabeza así: Reglas que contribuyen a que un pueblo sea sano y hermoso. Por mi hábito de la Merced que no entiendo esto del pueblo sano y hermoso, que se ha de conseguir por la corte de las tres nobles artes, y ha de exponerse en anacreónticas. Con permiso de vuecencia me lo llevaré al convento para leerlo esta noche. -Lleve también Su Paternidad este papel suelto que dice: Lágrimas de un sacerdote en dos octavas acrósticas. -Esto de los acrósticos y pentacrósticos, es juego del ingenio, indigno de verdaderos poetas -dijo Castillo-, y más aún de un sacerdote, cuyo entendimiento parecería mejor consagrado a graves empleos. Pero démelo acá usía, que me lo llevaré, juntamente con este sermón que se titula Bonaparciana, u oración que a semejanza de las de Cicerón, escribió contra Bonaparte un capellán celoso de su patria. Y en verdad que no anduvo modesto el tal capellancito comparándose con Cicerón; pero en fin, eso me anuncia qué tal será la dichosa Bonaparciana. -Por Dios, señora condesa -dijo a esta sazón el padre José Anastasio de la Madre de Dios-. Ruego a vuecencia que me deje llevar al convento para leerlo esta noche, este otro graciosísimo libro que se titula: Las Pampiroladas, letrillas en que un compadre manifiesta a su comadre que en las circunstancias actuales no debe temer a la fantasma que aterraba a todo el mundo. ¡Qué obra más salada! Si no queda cosa que no se les ocurre.. -También puede llevarse, pues viene muy bien al ingenio y buen humor de Su Paternidad -agregó Castillo-, este otro que aquí veo, y es Deprecación de Lucifer a su Criador contra el tirano Napoleón y sus secuaces, asusta el ver entrar tantos malvados franceses en el infierno. ¡Hola, hola! también está en octavas. Serán mejores que las de Juan Rufo, Ercilla y Ojeda. -¡Oh! Este sí que es bueno. ¡Válgame nuestra santa Patrona! -exclamó Salmón-. Oíganme: Seguidillas para cantar las muy leales y arrogantes mozas del Barquillo, Maravillas y (p.757) Avapiés, el día de la proclamación de nuestro muy amado Rey. ¿Me las llevo, señora condesa? -Sí, padre; ya que está por seguidillas, aquí veo otras que le parecerán muy buenas. Seguidillas que cantó el famoso Diego López de la Membrilla, jefe de la Mancha, después que consiguió las gloriosas victorias contra los franceses. -El pueblo español -declaró Castillo-, es de todos los que llenan la tierra el más inclinado a hacer chacota y burla de los asuntos serios. Ni el peligro le arredra, ni los padecimientos le quitan su buen humor; así vemos que rodeados de guerras, muertes, miseria y exterminio, se entretiene en componer cantares, creyendo no ofender menos a sus enemigos con las punzantes sátiras que con las cortadoras espadas. ¿Y qué me dicen usías de este Asalto terrible que dieron los ratones a la galleta de los franceses, poema en dos cantos? ¿Qué de este Elogio del Sr. D. Napoleón, por un artífice de telescopios? ¿Qué de esta Gaceta del infierno, o sea Noticia de los nuevos amores de la Pepa Tudó con Napoleón, y celos de Josefina? -Esas son groserías de vulgares e indecentes escritores -afirmó con enfado Amaranta-, pues todo el mundo sabe que ni la Tudó ha tenido amores con Bonaparte, ni este ha hecho nada que menoscabe su fama de hombre de buenas costumbres. -Cierto es -dijo Castillo-, pero si usía me lo permite, le haré una observación, y es que el pueblo no entiende de esas metafísicas, y al verse engañado y oprimido por un tirano y bárbaro intruso, no debemos extrañar que le ridiculice y aun le injurie. El pueblo es ignorante, y en vano se le exige una decencia y compostura que no puede tener, razón por la cual yo me inclino a perdonarle estas chocarrerías si conserva la dignidad de su alma, donde el grande sentimiento de la patria como que disimula y oscurece los rencorcillos pequeños y vituperables. -No me defienda Vd. tales chocarrerías, padre -repuso Amaranta-. ¿Tiene perdón de Dios este otro impreso que ahora leo? Oiga Vd. el título: Lo que pueden cuatro borrachos, o sea despique al vil (p.758) dictado con que se han querido oscurecer los honrados procedimientos de un pueblo fiel a su religión, rey y patria. -La obra -dijo riendo el fraile-, tiene traza de no ser un segundo D. Quijote ni mucho menos; pero en su mismo título hallará vuecencia la explicación del llamar borrachos a los Bonapartes, dictado que tanto repugna a mi señora condesa. Cierto que los Bonapartes no son borrachos, y harto sabemos que el pobre rey José ni por pienso lo bebía; pero el pueblo no lo entiende así, del mismo modo que jamás dejó de llamarle tuerto, aunque harto bien pudo reparar la hermosura de sus dos ojos. El pueblo le llamó borracho y tuerto sin motivo, es cierto; pero ¿tienen razón los franceses en llamar insurgentes, bandidos y ladrones de caminos a los héroes que en los campos de batalla defienden generosamente la independencia patria? -Convengo en ello -contestó Amaranta-; pero la cosa más justa si se hace con malas formas, parece como que se deslustra y encanalla. Vea Vd. Para hacer una pintura de las calamidades ocasionadas por la guerra, no era preciso que el autor de este papel lo titulara Inventario de los robos hechos por los franceses en los países donde han invadido sus ejércitos. -Señora, convengo que al autor se le ha ido un tanto la mano en la forma -dijo Castillo-; pero por lo poco que de este libro he leído, me parece que dice verdades como el puño. -¡Y tan como el puño! -exclamó Salmón alzando los ojos de un libelo cuyas páginas recorría a la ligera-. Pues lo que es este que al azar ha caído en mis manos, tiene unas explicaderas.. -¿Cuál? -Es de lo más gracioso y bien parlado que imaginarse puede. Su anónimo autor lo titula Carta primera de un vecino de Madrid a un su amigo, en que le cuenta lo ocurrido después de la prisión del execrable Godoy, hasta la vergonzosa fuga del tío Copas. La agudeza de los dichos, la oportunidad de los chistes, apodos y chanzonetas es tal, que harían reír a la misma seriedad. -¡Bonito modo de escribir la historia! Y ese palurdo vecino de Madrid, que sin duda será algún (p.759) sacristán rapavelas o bodegonero del Rastro, ¿qué entiende de execrables Godoyes ni otras zarandajas? -¿Pues no ha de entender, señora? -dijo el padre Castillo-. A veces en personas rudas y zafias se ve mejor sentido y criterio de las cosas que en las ilustradas y quizás por su misma ilustración desvanecidas. Lo que les falta es el decoro en la forma. Oiga mi señora condesa una observación que quiero hacerle. Entre esta multitud de papeles, que los libreros de Madrid le envían para que coleccione todo lo publicado, hay tal balumba de despropósitos y estolideces, que sería más necio y simple que sus autores el que dejara de reconocerlo así. Pero en medio de tanta faramalla, encuentro algunos productos del ingenio que suspenden, cautivan y enamoran, por ser fruto espontáneo de la mente popular, como lo son las heroicas acciones que desde el principio de la guerra estamos presenciando. Vea vuecencia: aquí hay una Convocatoria que a todos los pastores de España dirige un mayoral de la sierra de Soria para la formación de compañías de honderos. Este es un hombre ignorante, cuya actividad e interés por la patria no puede menos de elogiarse. También merece encomios lo que ha escrito esta doña María Piquer y Pravia, con el título de ¿Qué es héroe? Exhortación a los jóvenes españoles, pues todo lo que tienda a encender los alientos de la juventud en las actuales circunstancias, es digno de aplauso. No le negaré tampoco los míos a estos Cargos que hace el tribunal de la razón de España al Emperador de los franceses, porque los tales cargos están hechos con mesura; ni tampoco a este Engaño de Napoleón descubierto y castigado, obra en que se manifiesta con claridad la infidelidad del Emperador en sus convenios con España, porque todo cuanto se diga acerca de la manera desleal y traidora con que nos declararon la guerra, me sabe siempre a poco. No seré tan benévolo con esta Carta del licenciado Siempre y Quando al Doctor Mayo de 1808, porque me repugnan las formas chocarreras en formales asuntos, ni daré dos higos por esta (p.760) Alegoría poética que descubre las iniquidades del más perjudicial y maligno hipócrita del mundo, Bonaparte, porque ya dije que este afán de tratar en malos versos lo que está pidiendo a gritos clara y valiente prosa, me indigna y pone fuera de mí. -Gracias a Dios -dijo entonces Amaranta-, que encuentro entre esta garrulería una obra de reconocida utilidad durante los tiempos de guerra. Vea Su Reverencia: Arte universal de la guerra del príncipe Raimundo de Montecuculi. -En efecto, señora: yo daría un par de abrazos y otros tantos apretones de manos a Quiroga y Burguillos, que son impresores y editores de esta gran obra. Y aquí veo otra a cuyo autor le pondría yo en los cuernos de la luna, pues no conozco hoy por hoy tarea más meritoria que escribir un Prontuario en que se hallan reunidas las obligaciones del soldado, cabo y sargento para la pronta metódica instrucción de las compañías. Vea mi señora condesa, cómo también sacamos pepitas de oro puro del escorial de este montón que tenemos delante. Aquí veo la Higiene militar o arte de conservar la salud del soldado en guarniciones, marchas, campamentos, hospitales, etc. Queden a un lado, para que no se confundan con lo demás; y en su compañía vaya El buen soldado de Dios y del Rey, libro donde se asocian las máximas militares con las cristianas. Esto me parece muy del caso, pues será mejor soldado aquel que lleve en su corazón la fe, única fuente de toda heroica acción y de la humildad y obediencia, que mantienen la disciplina, remedo mundano del divino orden puesto por Dios a la autoridad religiosa. -Pues hagamos aquí un apartado de los buenos libros -dijo la condesa graciosamente, reuniendo los que el fraile le indicaba. -Pero tate, señora mía -dijo este-, que me parece que en ese departamento de las cosas buenas se ha colado El laurel de Andalucía y sepulcro de Dupont, que, aunque muy patriótica, es de las más necias y enfadosas comedias que se han impreso en estos tiempos. Vaya fuera, y lléveselo Salmón si quiere leerlo, y en su lugar póngase esta Colección de proclamas, (p.761) bandos, diversos estados del ejército y relaciones de batallas, que por ser un conjunto de documentos fehacientes, será en día no lejano de grande interés para la historia, que en tales tesoros se alimenta y bebe la verdad, sin la cual no puede vivir. ¿Pero qué libro es ése que con tanta atención vuecencia lee? -Leo -repuso la condesa- las Poesías patrióticas de D. Manuel Josef Quintana, que ahora salen por segunda vez a luz. Este tomo contiene la Expedición de la Vacuna, las odas a Juan de Padilla, a España libre, al panteón del Escorial y a la Invención de la imprenta. -¡Oh! -exclamó el padre Castillo-. Bien lo decía yo: no pepitas de oro, sino perlas orientales habían de aparecer entre esta balumba. Póngame vuecencia a ese poeta sobre las niñas de mis ojos, pues no me canso nunca de leerlo, y es tan grande el encanto que en mí producen su fogosa entonación, su grave estilo, su arrebatado estro, su numerosa cadencia, la gallardía de las imágenes, la verdad de los pensamientos, la elegancia de los símiles, la escogida casta de todas las voces y frases, que me olvido del apasionamiento y saña con que ataca institutos y personas que yo a causa de mi estado no puedo menos de reverenciar. Pero tal es el privilegio del arte cuando da en buenas manos; y es que enamora con la forma aun a aquellos ánimos a quienes no puede conquistar con las ideas. -Quítenmelo de delante -dijo Salmón-, y no pongan a ese autor ni a cien leguas del de esta composición que ahora tengo en la mano: Godoy, sátira por D. José Mor de Fuentes. -Pues si Su Paternidad es tan entusiasta de Mor de Fuentes, nosotros se lo regalamos, para que lo disfrute por los siglos de los siglos. ¿No es verdad, señora condesa? ¿A ver qué otro volumen es este, que parece recién publicado? Poesías líricas o rimas juveniles por don Juan Bautista Arriaza. Este no debe ser despreciado, pero tampoco agasajado. El aprecio que conquista con su gracia y primorosa frivolidad, lo pierde por maldiciente, sin que tenga como Juvenal el mérito de reprender los vicios y malas costumbres. Sus mejores (p.762) obras son las que podríamos llamar Vejámenes, dirigidas contra cómicos y poetas; y estas Rimas juveniles son finas, pulcras, bonitas, pasajeras; pero carecen de aquella sal de la inspiración, sin cuyo ingrediente no hay manjar poético que se pueda traspalear. ¿Qué hacemos, señora condesa? ¿Se lo damos a Salmón o se queda en el departamento escogido? -Quédese aquí -dijo Amaranta-, aunque no sea sino porque me ha dedicado casi todos sus versos llamándome Clori, Belisa, Dorila, Mirta, Dafne, Febea y Floridiana. Y para que el reverendo Salmón no se enfade, le daremos el Napoleón rabiando, casi-comedia; el Bonaparte sin máscara, y la Descomunal batalla de los invencibles gabachos contra los ratones del Retiro, que aquí están pidiendo que Vuestra Reverencia les de su dictamen. -Pues vengan -dijo Salmón-, y no creo que vuestra grandeza me niegue este saladísimo papel, cuyo solo título hace desternillar de risa, y es: El juego de Fernando VII con Napoleón y Murat al tresillo, libro en el que baxo las voces propias del tresillo se da una idea de lo acaecido con nuestro augusto soberano, del orgullo de Napoleón, y concluye con las exclamaciones más tiernas de nuestro oprimido Monarca. -Esto de decir en términos de tresillo lo que se puede expresar en castellano seco, me enamora -indicó Castillo. -Precisamente en lo intrincado está el mérito de la invención -observó el otro fraile-. La prosa llana se cae de las manos, y así no comprendo cómo Vuestra Paternidad está ahora tan embebecido en la lectura de ese folleto, Gobierno pronto y reformas necesarias. -Más que por lo que dice, me interesa por lo que todos los papeles de esta clase indican de alteraciones y disputas para lo por venir. -Los españoles -dijo la condesa- no se cuidan ahora de lo porvenir. -Permítame usía que la diga que está muy equivocada -repuso Castillo-. Observando atentamente todos los impresos que salen a luz (y los papeles impresos son quien más que otra cosa alguna da a conocer lo que piensa y anhela un pueblo cualquiera); observando, digo, (p.763) esto que aquí tenemos, se ve que los españoles, bajo la aparente conformidad que nos da la guerra, estamos muy divididos, y eso se conocerá cuando con las paces venga el deseo de establecer las nuevas leyes que nos han de regir. Aquí tengo unas Reflexiones de un español, y modo de organizar un gobierno que concluya la grande obra de la eterna libertad y prosperidad de la nación. No parece mal escrito, y apunta con timidez la idea que creo desarrolla atrevidamente este cuaderno que se intitula Política popular acomodada a las circunstancias del día: propone la Constitución que la España necesita para cortar de raíz el despotismo. Por el mismo estilo y con igual tendencia está hecho este otro que dice Reflexiones de un viejo activo a un amigo suyo sobre el modo de establecer una Constitución. -Y por lo que veo -dijo Amaranta leyendo la portada de otro libro-, este trata del mismo asunto: Manifiesto del español, ciudadano y soldado, donde se da conocimiento de nuestros anteriores padeceres y esperanzas en nosotros mismos, respecto al mundo individual. -Por San Buenaventura y los cuatro doctores, que no sé lo que ha querido decir ese buen hombre con lo del mundo individual: pero lo apartaremos para leerlo después. -¿Y cree Vuestra Paternidad que hay divergencia de pareceres entre los diversos autores que tratan de política y de Constitución? -preguntó Amaranta. -¡Oh! -exclamó Castillo-, por aquí aparece la punta de un impreso, en quien desde luego conozco la opinión contraria. Sí, señora condesa: no hay más que leer este título, Higiene del cuerpo político de España, o medicina preservativa de los males con que la quiere contagiar la Francia, para comprender que éste es amigo del despotismo. Pues, ¿y dónde me deja usía estas Conclusiones político-morales que ofrece a público certamen contra los herejes de estos tiempos un fraile gilito? No me gusta que los regulares se ocupen de estos asuntos, y desearía que concretándose a su ministerio de paz, aguardaran tranquilos lo que los tiempos futuros traigan de calamitoso para nuestro (p.764) instituto. Pero no es posible contener esta gritería que por todos lados sale en defensa de opuestos intereses, y venga lo que viniere, que si Dios no lo remedia, será gordo y sonado. Entretanto, póngame usía a un ladito estos libros que tratan de la Constitución y el despotismo, pues pienso examinarlos espaciosamente. ¿Pero qué veo? ¿Ha puesto vuecencia en el montón escogido esos cuatro librillos de novelas simples? Parece mentira que en esta época empleen nuestros libreros su tiempo y dinero en traducir del francés tales majaderías.. ¿A ver? La marquesa de Brainville, la Etelvina, los Sibaritas, el Hipólito. Vaya toda esta romancil caterva a deleitar al padre Salmón, y si tarda en devolverla, mejor, que así podrá vuestra grandeza entretenerse en mejores lecturas. -En esto de novelas andamos tan descaminados -dijo Amaranta-, que después de haber producido España la matriz de todas las novelas del mundo y el más entretenido libro que ha escrito humana pluma, ahora no acierta a componer una que sea mayor del tamaño de un cañamón, y traduce esas lloronas historias francesas, donde todo se vuelve amores entre dos que se quieren mucho durante todo el libro, para luego salir con la patochada de que son hermanos. -Pues para mí -dijo Salmón- no hay más regocijada lectura que esa; y vengan todos para acá. -Abulta bastante, señora condesa -indicó Castillo-, el apartado de los que defienden la Constitución. Hágame vuestra merced otro con los apóstoles del despotismo que hasta ahora parecen los menos. Pero no; por aquí sale un libelo titulado Gritos de un español en su rincón, que al instante puedo colocar entre los del despotismo. -Y aquí hay otro -dijo Amaranta-, que si no me equivoco, también es del mismo estambre. Titúlase Carta de un filósofo lugareño que sabe en qué vendrán a parar estas misas. -¡Magnífico! Desde que oí eso del filósofo lugareño lo diputé por enemigo de los constitucionales. Vaya al segundo montón; y los leeremos a unos y a otros para saber, como dice el encabezamiento, en qué vendrán a parar estas (p.765) misas. Esta lucha, señora mía, o yo me engaño mucho, o ahora es un juego de chicos comparada con lo que ha de venir. Cuando se acabe la guerra, aparecerá tan formidable y espantosa, que no me parece podrá apaciguarla ni aun el suave transcurso de todos los años de este siglo en cuyo principio vivimos. Yo, que observo lo que pasa, veo que esa controversia está en las entrañas de la sociedad española, y que no se aplacará fácilmente, porque los males hondos quieren hondísimos remedios, y no sé yo si tendremos quien sepa aplicar estos con aquel tacto y prudencia que exige un enfermo por diferentes partes atacado de complicadas dolencias. Los españoles son hasta ahora valientes y honrados; pero muy fogosos en sus pasiones, y si se desatan en rencorosos sentimientos unos contra otros, no sé cómo se van a entender. Mas quédese esto al cuidado de otra generación, que la mía se va por la posta al otro mundo, con más prisa de lo que yo deseo. Y entretanto, guárdeme usía esos dos montones de libros, que todos quiero leerlos. Aquí el departamento de la Constitución, a este otro lado el del despotismo.. pero ¡pecador de mí! A vuecencia se le ha ido la mano, dejando que se colara en estas regiones un papelillo, que desde su principio fue destinado al paladar de mi reverendo amigo. Afuera ese desvergonzado intruso. -¡Ah! -exclamó Amaranta riendo-. Es un Retrato poético del que vende santi barati y el sartenero victoreando al primer pepino que plantó un corso en tierra de España, y no ha prendido. -¡Venga acá! -exclamó con gran alegría Salmón-. ¡Y cómo se escapaba esa joya! Al convento me lo llevo junto con este otro, que aunque no trata de la guerra ni de política, parece libro de recreación científica y de honestísimo divertimiento. Es la Pirotécnica entretenida, curiosa y agradable, que contiene el método para que cada uno pueda formarse en su casa los cohetes, carretillas y bombas, etc., con tres láminas demostrativas de todas las operaciones del sublime arte de polvorista. -Y ahora, señora condesa de mi alma -dijo (p.766) el padre Castillo levantándose-, ya que he molestado bastante a usía, y hecho el escrutinio que vuestra grandeza deseaba, me retiro, pues esta tarde celebra solemne rosario la hermandad del Socorro de Nuestra Señora del Traspaso, y me toca predicar. -Yo pertenezco a la del Rescate -indicó Amaranta-, y creo que es la semana que entra cuando hacemos nuestra función de desagravios. Y Vuestra Paternidad, padre Salmón, ¿no predica en estas fiestas? -Señora, la real congregación y esclavitud de Nuestra Señora de la Soledad, me ha encargado dos pláticas para la semana que entra. Veremos qué tal salgo de ellas. El padre Castillo, que sin duda tenía prisa, se fue, y allí quedamos Salmón y yo. Desde que hubo salido su compañero, tomó aquel la palabra, y dijo: -Pues, como tuve el honor de indicar a usía, este muchacho sabe todo lo concerniente a don Diego, a sus artimañas, trapicheos y correrías, y él satisfará a vuecencia mejor que cuanto yo, relata referendo, pudiera decirle. Pero ¿será cierto, señora mía, lo que al entrar me ha dicho el señor marqués D. Felipe? -¿Qué? -Que usía ha tenido anoche la felicísima suerte de hacer confesar a esa linda niña todo lo que de ella queríamos saber. -Así es -dijo Amaranta- Todo me lo ha confesado. -La paz de Dios sea en esta ilustre casa. ¿Dónde está ese blanco lirio, que la quiero felicitar por el buen acuerdo que ha tenido? -Esta tarde no se la puede ver, padre. Ya que su merced ha tenido la buena ocurrencia de traerme este joven, a quien supone al tanto de lo que quiero saber, tenga la bondad de dejarme a solas con él, para que la presencia de persona tan grave y respetabilísima como Vuestra Reverencia, no le impida decirme todo lo que sabe, aunque sea lo más secreto. -Con mil amores obedeceré a usía -dijo el padre Salmón-; y con esto se retiró dejándome solo con aquella estrella de la hermosura, con aquella deslumbradora cortesana, a quien nunca me había acercado sin sacar de su trato el fruto de una gran pesadumbre.
Ep-5-VII - -No ha sido una simpleza de este (p.767) buen religioso lo que te ha traído aquí -me dijo severamente-; esto ha sido obra de tu astucia y malignidad. -Señora -le respondí-, por mi madre juro a usía que no pensaba volver a esta casa, cuando el padre Salmón se empeñó en traerme, con el objeto que él mismo ha manifestado. -¿Y qué sabes tú de D. Diego? -Yo no sé más sino aquello que no ignora nadie que le trata. -D. Diego es jugador, franc-masón, libertino; ¿no es cierto? -Usía lo ha dicho; y si lo confirmo, no es porque me guste ni esté en mi condición el delatar a nadie, sino porque eso de D. Diego todo el mundo lo sabe. -Bien; ¿y tú querrías llevarme a mí o a otra persona de esta casa a cualquiera de los abominables sitios que el conde frecuenta por las noches, para sorprenderle allí, de modo que no pueda negarnos su falta? -Eso, señora, no lo haré, aunque usía, a quien tanto respeto, me lo mande. -¿Por qué? -Porque es una fea y villana acción. Don Diego es mi amigo, y la traición y doblez con los amigos me repugna. -Bueno -dijo Amaranta con menos severidad-. Pero me parece que tú eres tan necio como él, y que le llevas a la perdición, incitándole y adulando sus vicios. -Al contrario, señora, a menudo le afeo su conducta, diciéndole que tal proceder es indigno de caballeros, y que al paso que deshonra su casa, deshonra también a aquella con quien va a emparentarse. -Eso está muy bien dicho -exclamó con pesadumbre-. Lo que hace Rumblar no tiene perdón de Dios. ¿Y quién le acompaña en su libertinaje? -El señor de Mañara y D. Luis de Santorcaz. -¡También ese! -dijo con sobresalto y súbita transformación en su bello rostro-. ¿Qué hombre es ése? ¿Le conoces tú? ¿Dónde vive? ¿En qué se ocupa? -Si he de decir verdad, aún ignoro qué clase de hombre es. Tampoco sé dónde vive; pero he oído que es espía de los franceses, y que estos le dan un sueldo para que les escriba todo lo que pasa. Esto me han dicho; pero no lo aseguro. Entonces Amaranta acercó su silla a la mía, mirome como quien se dispone a entablar relaciones de confianza, y me habló (p.768) así con voz dulce: -Gabriel, está de Dios que me prestes de vez en cuando servicios de esos que no se encomiendan sino a la despierta observancia y a la discreta malicia. ¿Querrás averiguar si D. Diego anda también en conspiraciones y malos pasos con ese que has llamado espía de los franceses? -No sé si podré hacerlo, señora. Tendría que hacerme dueño de su confianza para abusar de ella. Por otro conducto podrá averiguarlo su señoría. -Estás orgulloso; pero ven acá, chicuelo: ¿quién eres tú? ¿A quién sirves ahora? -No sirvo a nadie, ni quiero servir. Por ahora soy soldado, si soldado es ser alguna cosa. Vivo de la paga que da el Ayuntamiento de Madrid a las tropas que ha levantado. Pero no tengo afición a las armas, y si las tomo hoy es por puro patriotismo y sólo mientras dure la guerra. Después Dios dispondrá de mí, aunque, como no tengo riquezas, ni padres, ni parientes, ni papeles de nobleza, ni protección alguna, espero que no saldré de esta humilde esfera en que he nacido y vivo. -¿Quieres que te proteja yo? ¿Necesitas algo? -me preguntó con bondad-. Te buscaré un buen acomodo, te socorreré, si por acaso no estás muy desahogado. -Aunque el recibir limosnas no deshonra a nadie, antes me asparían que tomarlas de vuecencia. -¿Por qué? ¿Pero qué pretendes tú? Yo sé que tú picas muy alto, y no te andas por las ramas. Vamos, Gabriel, si me abres tu corazón, si me confías francamente todo lo que sientes, te prometo ser benévola contigo. ¿Crees que no estoy al tanto de tus atrevimientos? Y sí no, dime: ¿a qué paseas de noche por ese callejón cercano? ¿A qué arrojas piedrecitas a las ventanas? -¿Usía me vio? -pregunté muy confuso. -Sí, y aunque me causó ira, reconozco que nadie es dueño de borrar de un golpe lo pasado, mucho más cuando uno no es autor de la situación en que ahora o después se encuentra, sino que es Dios quien a ella le conduce. Tú tienes aspiraciones ridículas y absurdas, y ahora yo, renunciando a medios violentos, hablándote con templanza y sensatez, voy a quitártelas de la cabeza. -Hable vuecencia; (p.769) pero debo advertirle que no tengo ya pretensiones ridículas, pues todo aquello que vuecencia recordará de mi afán de ser generalísimo pasó, y.. -No me refiero a eso, y bien sabes a qué aludo, tunantuelo. No puedo ocultarte el disgusto que tuve cuando en Córdoba me dijiste con mucha ingenuidad: «Señora, Inés y yo éramos novios». Tal despropósito, tratándose de mi prima, me indignó al principio; pero después me hizo reír. ¡Ay! cuánto he reído con esto. Por supuesto, no creas que ella se acuerda de ti. ¡Eres tan inferior a ella! Bien sabe Inés que si en otro tiempo y lugar la aparente igualdad de vuestra condición permitía que os estimarais, hoy el solo pensar en tal cosa es un crimen. ¡Pues si vieras cómo se ríe de ti, y cuenta tus simplezas!.. Eso sí, dice que te está agradecida porque dice que la salvaste de no sé qué peligro; pero nada más. Mi primita ha sacado tal dignidad y estimación de su linaje, que no digo yo con condes, con emperadores se casaría, y aún se juzgara rebajada. -¡Bendito sea Dios, y cómo se mudan las personas! -dije yo, comprendiendo no ser cierto lo que oía. -Pero si esto te digo -continuó Amaranta-, también añado que me intereso por ti y quiero recompensar los servicios que prestaste a Inés cuando estaba en la miseria; de modo que te daré lo necesario para que hagas fortuna con tu trabajo; mas con la condición de que has de marcharte de Madrid y de España mañana mismo, para no volver nunca. Oí con mucha calma estas razones que la condesa dijo, queriendo aparentar una tranquilidad de espíritu que no tenía, y le contesté: -¡Ay, señora, y qué mal me ha comprendido usía! Hábleme ahora vuecencia sin ninguna clase de artificio, pues yo con el corazón en la mano le digo que conozco muy bien quién soy y todo lo que puedo esperar. En mi corta vida he aprendido a conocer un poco las cosas del mundo, y sé que aspirar a lo que por mi humildad, mi ignorancia y mi pobreza está tan lejos de mí como el cielo de la tierra, sería una estupidez. No ocultaré a usía nada de lo que me ha pasado. Cuando Inés, (p.770) quiero decir, la señorita Inés, estaba en casa del cura de Aranjuez, nosotros nos tuteábamos, hablando de nuestro porvenir como si nunca hubiéramos de separarnos. Después en casa de D. Mauro Requejo, parecía como que nuestras desgracias nos hacían querernos más. Teníamos mil bromas, y yo le decía: «Inesilla, cuando seas condesa, ¿me querrás como ahora?». Y ella me contestaba que sí, y yo me lo creía.. Después todo ha cambiado. Cuando fui a la guerra, yo no pensaba sino en ser un hombre de provecho para hacerla mi mujer; mas al mirar de cerca la esfera a donde ella había subido, al verme a mí mismo sin poder subir un solo peldaño en la escala de la sociedad, me entró una tristeza tal, que pensé morirme. Pero al fin se ha ido abriendo paso mi razón por entre este laberinto de atrevidas locuras, y he dicho para mí: «Gabriel, eres un loco en pensar que el mundo se va a volver del revés para darte gusto. Dios lo ha hecho así, y cuando su obra ha salido con tantas desigualdades, él se sabrá por qué. Renuncia a tus vanos sueños; que esto, y ser generalísimo de un tirón, como antes pensabas, es todo uno». Al fin, señora condesa, he llegado a costa de grandes tristezas a adquirir una resignación profunda, con cuyo auxilio ya estoy curado de mis atrevimientos. He renunciado a lo imposible. Si así no lo hubiera hecho, sería real y efectivo lo que cuentan las malas novelas de que se reía hace poco el padre Castillo, y en las cuales se ve a una archiduquesa que se casa con un paje, y a un porquerizo enamorado de una emperatriz. No, señora: vengamos a la realidad triste; pero que es lo único que no engaña. Ya no tengo las aspiraciones que usía me supone, y no es necesario que vuececia compre con dinero mi resignación ni mi alejamiento de esta casa, de Madrid y de España. Amaranta mirábame de hito en hito durante aquel mi largo discurso, y después habló así: -Gabriel, o eres un hipócrita, o en verdad que me vas pareciendo un joven no sólo discreto, sino de honradas ideas. Ya veo que comprendes el (p.771) sentido natural y templado de las cosas, y que sabes enfrenar la impetuosidad y petulancia propias de la edad. -Señora, lo que he dicho a usía es la pura verdad; así me conceda Dios una buena muerte en mi última hora. -Pues ya que me hablas con tanta franqueza, no quiero ser menos contigo. ¿Serás tú hombre a quien se pueda confiar un pensamiento delicado, un pensamiento de esos que la vulgaridad no comprende, ni estima en su justo valor? -Creo que podrá vuecencia confiarme lo que quiera. -¿Lo comprenderás tú? Vamos a ver. Dices que has renunciado a que te ame mi prima, reconociendo la inmensa inferioridad de tu posición. -Sí, señora, así es. -Muy bien; pero es el caso.. no sé cómo decírtelo. Al indicarte que te daría riquezas, quise expresar que esperaba de ti un grande, un extraordinario favor. -Si está en mí el prestarlo, no necesito que se me de nada. ¿Quiere usía que me marche? Pediré mi licencia. Pues qué, ¿acaso la señorita Inés se acuerda alguna vez de este miserable? -Respóndeme lo que te inspire tu buena razón, Gabriel -me dijo la condesa con grave acento-. Figúrate tú que a la señorita Inés se le pusiese en la cabeza el no querer a nadie más que a ti.. no es así.. pero va como ejemplo: figúratelo. -Ya está figurado. -Pues bien: ¿no te parece natural que yo y mis tíos nos opongamos a ello por todos los medios posibles? -Sí señora, me parece muy natural -repliqué con asombro-; pero si ella se empeña.. -Ella no se empeña.. no es eso.. Es que.. vamos, te lo diré francamente. Aunque no aseguro yo que Inés te ame, ni mucho menos, porque esto sería un gran despropósito, ocurre que.. es natural que sienta algún afecto hacia los que fueron compañeros de sus desgracias.. Todo es un capricho, una obcecación pueril, que se le pasará seguramente. ¿No crees que se le pasará? -Sí señora, le pasará. -Pero para que esto acabe de una vez, necesito tu ayuda. Puesto que te veo tan razonable, puesto que reconoces que sería en ti una estupidez aspirar a casarte con ella.. ¡Casarte con ella! ¡qué risa! ¡un pelagatos como tú!.. (p.772) parece esto cosa de comedia. ¿Pero no te ríes tú también? -Sí señora, ya me estoy riendo -respondí haciéndolo de muy mala gana. -Pues decía -continuó, cesando en su afectada hilaridad-, que, en vista de tu buen sentido, espero de ti lo que vas a oír. Repito que te daré lo necesario para que en otro país lejos de España puedas hacer una fortuna; te daré la fortuna hecha si quieres.. -¿Y qué he de hacer para eso? -Nada.. vienes aquí estos días so color de entrar a servirme, tratas a Inés, y luego durante algún tiempo fingirás hacer las cosas más feas, cometer las acciones más abominables y los delitos que más rebajan al hombre, de modo que ella con el espectáculo de tu envilecimiento vuelva en sí del trastorno que por ti tiene y todo acabe. Es sumamente fácil para ti: entras aquí en mi servicio, y a los pocos días me robas una sortija u otra prenda cualquiera; luego fingimos nosotros haber descubierto tu crimen y afeamos en público tu conducta; después si hablas con ella, me calumniarás, diciendo de mí mil herejías, y también hablarás mal de ella delante de alguna criada que venga a contárnoslo.. y por este estilo harás una serie de maldades de esas que más envilecen a la criatura. -¡Señora! -exclamé sin poder sofocar por más tiempo la ira-. Si usía me da toda esta casa llena de dinero, no haré lo que me pide. ¡Cometer delante de ella una infame acción! Me dejaré matar mil veces antes que tal haga. Cuando éramos amigos, más temía a sus censuras que a mi conciencia, y si algo bueno hice, hícelo por que ella lo viera y me aplaudiera; que más estimaba su aprobación que todos los bienes del mundo. Huiré para ir a donde no me vuelva a ver; pero pensar que he de envilecerme delante de ella, eso jamás. Adiós, señora, me voy de aquí -añadí levantándome-. Por segunda vez me quiere usía envolver en intrigas y fingimientos cortesanos en que es tan gran maestra. -Aguarda -dijo deteniéndome. -¿No está más en el orden natural lo que yo quiero hacer -añadí-, que es marcharme y no aparecer más por Madrid? -Eres un majadero -dijo con despecho-. (p.773) ¿Qué te cuesta hacer lo que te propongo? ¿Pierdes tú algo en ello? Ven acá, truhán de las calles: ¿acaso tienes algún nombre que deslustrar o alguna posición que perder? ¡Cuántos mejores que tú no se apresurarían a prestar este servicio por el aliciente de la recompensa que yo te ofrezco! ¿Pues acaso podías tú ni soñar con la fortunilla que te pienso ofrecer, farsantuelo? ¡Miren el caballerón finchado, siempre a vueltas con su honor y su conciencia, y su deber acá y su reputación allá! -Si usía me da licencia, me retiraré -dije, resuelto a poner fin a la conferencia. -No, aquí has de estar todavía. Por lo que veo, crees que mi primita se acuerda alguna vez de tus simplezas y majaderías -declaró con enfado-. Anda noramala, chicuelo andrajoso: ¿piensas que creo en tus hipócritas declamaciones? ¿Piensas que tomo en serio los generosos pensamientos que con tanto arte me has manifestado, echándotela de caballero? ¡Oh! ¡Esto me pone fuera de mí! Yo le diré a esa antojadiza quién eres tú y cuáles son tus mañas. O hará lo que yo le mando -añadió con creciente enojo-, y pensará como yo quiero que piense, o esa niña no es de mi sangre, no, no puede serlo. ¡Cuánta contrariedad, Dios mío!.. No quiero verte más, Gabriel, vete de aquí.. pero no, ven acá: tú no tienes la culpa de esto. Dime, ¿quién eres tú? ¿Dónde has nacido? ¿Tienes alguna noticia de tus padres?.. A veces suele acontecer que el que se creía humilde.. -No espere usía -repuse sonriendo-, que de la noche a la mañana me caiga en herencia un gran ducado. Eso pasa algunas veces, como ha sucedido con Inés; pero de tales pasos de novela entran pocos en libra. Humilde nací, y humildísimo seré toda mi vida. -Lo digo por que si tú fueras una persona decente, te sentarían bien esos aspavientos que has hecho -me contestó-. No lo decía por otra cosa, desdichadote; no te vayas a envanecer sin motivo. Vete, estoy muy disgustada. Y luego olvidándose de mí para no pensar más que en sus propias contrariedades, exclamó así: -¿Por qué, Dios mío, cuando trajiste a esa niña a nuestra (p.774) casa, nos trajiste también esta gran pesadumbre? -¿Quiere usía mucho a su hija? -le pregunté. -A mi prima, querrás decir. -Eso es, me equivoqué. -¡Que si la quiero! Desde que entró aquí no vivo más que para ella. Es un santo delirio lo que siento, y si Inés me faltara, me moriría sin remedio. Mi desesperación consiste en que al traerla aquí no podemos o no sabemos darle la felicidad que ella merece. ¿Pero es acaso culpa nuestra? -¿Y persiste vuecencia en casarla con don Diego? -¡Oh, no! D. Diego es un libertino; ya no me queda duda. Yo me opondré a que se case con él. -Hace bien usía, y a la señorita Inés no le faltarán jóvenes de familia distinguida entre quienes elegir esposo. Por de pronto, señora, yo me atrevo a aconsejar a usía que rompa definitivamente con D. Diego. Las malas compañías de este joven son un peligro para la tranquilidad de esta casa. -¿Qué quieres decir? Ahora me viene a la memoria ese hombre que hace poco nombraste y que me causa miedo. -¿Santorcaz? Sí, señora; y ya que le nombro, voy a tener el valor de poner a vuecencia al corriente de ciertas asechanzas, para que esté prevenida. Yo asistí a la batalla de Bailén, y allí por casualidad singular, vinieron a mis manos unas cartas.. Amaranta se inmutó. -Señora, si he sabido casualmente alguna cosa que no debía saber, yo juro a usía que el secreto no ha salido de mis labios ni saldrá mientras viva. La condesa pareció poseída de nerviosa exaltación. -¡Estás loco! -exclamó-. ¡Qué majaderías me cuentas! Ni qué tengo yo que ver con esas cartas ni con ese hombre.. -En fin, señora, aunque de a usía un mal rato, quiero entregarle las dichas cartas. -A ver, a ver -dijo pasando de la exaltación a un desvanecimiento y palidez intensa que la puso como difunta. -Vea Vd. esta primera -dije entregándole la que ella había dirigido a Santorcaz. -Esto parece un sueño -exclamó reconociéndola-. Pero ¿cómo ha llegado a tus manos este papel? ¡Miserable chiquillo de las calles! ¿quién te mete a leer estas cosas..? Entonces le conté el suceso (p.775) que me puso en posesión de aquellas esquelas, lo cual oyó muy atentamente, y después oprimiéndose las sienes con ambas manos, exhaló lamentos dolorosos. -Pues ahora vea usía esta otra que parece contestación a la precedente, y que no llego a ponerse en el correo, pero que al fin viene a su poder, aunque tarde, por mi conducto. Amaranta leyó ávidamente la carta, y a cada rato la indignación se traslucía en su hermoso semblante. Cuando la hubo leído, rompiola coléricamente en menudos pedazos, y dijo así: -¡Ese miserable me amenaza! ¡Dice que si su hija no está hoy en su poder lo estará mañana! -Vuecencia recordará lo que ocurrió cuando la familia toda vino de Andalucía. Yo vine en la escolta que acompañó a sus mercedes desde Bailén hasta Santa Cruz de Mudela, y contribuí a poner en fuga a la canalla que detuvo los coches. -Eran ladrones. -Sí; pero su intento no era despojar a los viajeros. Usía recordará que nos fue muy fácil darles una severa lección; pero lo que sin duda ignora es que allí estaba el Sr. de Santorcaz, escondido entre las cercanas malezas, pues él y no otro mandaba aquella brillante tropa de forajidos. Yo que había leído la carta y además tenía sospechas por ciertas palabras que en Bailén oí a ese D. Luis, solicité un puesto en la escolta que al señor marqués concedió el general, y en ella formaron también algunos de mis buenos compañeros. Pero todavía falta a vuecencia el leer la más curiosa de las tres cartas que en aquella ocasión memorable vinieron a mis manos. Aquí está, y ella le hará ver la infame deslealtad de un criado de su propia casa. Tomó la condesa la carta en que Román daba a Santorcaz noticia circunstanciada de lo ocurrido con motivo de la legitimación de Inés, y mientras la leía, tan pronto hacía brotar lágrimas de sus ojos la rabia como los inflamaba con vivo resplandor. -Ya sospechaba yo la infidelidad de ese vil que todo nos lo debe -exclamó-; pero mi tía le tiene cariño y por eso sigue en la casa.. ¡Qué infamia! Pero necio mozalbete, ¿para qué has leído estas cosas? Vete, quítate de mi (p.776) presencia.. no, no, ven acá: tú no eres culpable. -Señora -respondí-, ningún nacido sabrá de mí lo que usía no quiere que se sepa. Yo esperaba una ocasión de entregar a vuecencia esas cartas, y mientras han estado en mi poder, nadie, absolutamente nadie más que yo las ha leído. -¡Oh! ya sé lo que debo hacer para defenderme, y defender a mi hija de tan miserables asechanzas. -Santorcaz es íntimo amigo de D. Diego, le acompaña a todas partes, le aconseja y le dirige. Yo he sorprendido sus conversaciones íntimas, y por ellas veo que el pérfido amigo y consejero de Rumbrar no ha desistido de sus proyectos. -Yo estoy trastornada, yo estoy confusa -dijo Amaranta levantándose de su asiento-. No, no, Gabriel, no te vayas, tú eres un buen muchacho: yo quiero recompensarte de algún modo dándote lo necesario para que vivas con el decoro que mereces.. Pero no pienses en Inés ¿sabes? Es una demencia que pienses en ella. ¡Pobre hija mía! La hemos sacado de la miseria, la hemos dado nombre, fortuna, posición, y no podemos hacerla feliz. ¡Esto me vuelve loca! Cuando la veo indiferente a todas las distracciones que le proporcionamos; cuando veo la imposibilidad de hacerme amar por ella, como yo quiero que me ame; cuando la observo pensativa y muda, y considero que echa de menos la apacible estrechez y contento que disfrutaba viviendo con el cura de Aranjuez, me siento morir de pena y paso llorando largas horas. ¡Pobre hija mía! ¡Ni siquiera le puedo dar este nombre, pues hasta con los de casa he de guardar secreto! ¡Ella y yo somos igualmente desgraciadas!.. ¿Por qué no haces lo que te propuse, Gabriel? ¿A que vienes con humos caballerescos? ¿Eres acaso más que un infeliz? Pero no: tienes razón, no te degrades a sus ojos; tú tienes sentimientos nobles, tú eres un caballero, aunque no lo parezcas; tú mereces mejor suerte; Dios no es justo contigo.. ¡Ay! voy viendo que tú también eres muy desgraciado. Esto decía la condesa con muestras no sólo de gran dolor sino también de cierta confusión mental hija de las (p.777) diversas sensaciones a que se había visto sometida; y sentándose luego, permaneció en silencio gran rato. Así estaba cuando creí sentir lejano ruido de voces en el interior de la casa, rumor que apenas se percibía y que para mí hubiera pasado inadvertido, a no haber corrido Amaranta súbitamente hacia una de las puertas, prestando atención a lo que tan débilmente se oía. -Es mi tía -dijo después de una larga pausa-; es mi tía que no cesa de reñirla. Porque no quiere someterse a las majaderías de un ridículo maestro de baile, ni hacer dengues ante los petimetres que nos visitan, la tratan de este modo. ¡Y yo no puedo impedirlo, Dios mío! -añadió juntando las manos con mucha aflicción-. ¡Pero si no soy nada aquí, ni tengo autoridad alguna sobre ella! He de presenciar sus martirios, fingiendo aprobarlos, y estoy condenada a aplaudir las violencias, las intolerancias, las imposiciones, las mezquindades que la hacen tan infeliz. Amaranta hizo ademán de salir; contúvose junto a la puerta, retrocedió luego indicando en su marcha y ademanes una grandísima agitación. Después me miró con asombro, como si se hubiese olvidado de mi presencia y de improviso me viera. -Gabriel -me dijo-. Vete, vete al punto de aquí, y no vuelvas más. ¡Ay! ¿Por qué no querrá Dios que, en vez de ser quien eres, seas otra persona? La conmoción me impedía hablar, y sin decir sino medias palabras, despedime de ella, besándole respetuosamente las manos. Entonces Amaranta me tomó una de las mías, y mirándome con calma, derramando lágrimas de sus bellos ojos, me dijo esto, que no olvidaría aunque mil años viviese: -Gabriel, eres un caballero; pero Dios no ha dispuesto darte el nombre y la condición que mereces. Si quieres darme una prueba de la nobleza de tus sentimientos y de la rectitud de tu juicio, prométeme que has de desaparecer para siempre de Madrid, y no presentarte jamás donde ella te vea. Se le dirá que has muerto. -Señora -respondí-, ignoro si me permitirán salir de Madrid, pero si algo impide esta mi resolución, yo prometo a usía, por Dios que nos oye, salir de (p.778) Madrid; y entretanto que aquí esté, juro que no me presentaré a ella, ni haré por verla, ni consentiré en cosa alguna por la cual venga a conocer que estoy en el mundo. -Tendré presente lo que me has jurado -dijo ella-. No te arrepentirás de tu conducta. Adiós. Estrechome entre las suyas mis manos la condesa con muestras de vivo agradecimiento, y salí de aquella estancia y del palacio con tan profunda emoción, que no era dueño de mí mismo. Cuando llegué a mi casa, después de vagar por Madrid toda la tarde, arrojeme sobre mi lecho, donde en vela pasé la noche entera, revolviendo en mi mente las palabras del diálogo con Amaranta, llorando a veces, a veces profiriendo gritos de rabia, y tan excitado, que mis buenos patronos creyéronme atacado de violenta fiebre.
Ep-5-VIII - A la mañana siguiente, después que rendido a la fatiga dormí con sueño irregular y espantoso durante algunas horas, doña Gregoria llegose a mí y me despertó diciendo: -¿Qué es esto? Durmiendo a las diez de la mañana. Arriba, arriba, mocito. ¡Y se ha acostado vestido! Vamos, que son las diez.. Pero, chiquillo, ¿qué haces, en qué piensas? Por ahí ha pasado la quinta compañía de voluntarios, tan majos y tan bien puestos con sus uniformes nuevos que darían envidia a un piquete de guardias walonas. ¡Ay qué monísimos iban! A los franceses les dará miedo sólo de verlos. Nada les falta, si no es fusiles, pues como en el Parque no los había, no se los han podido dar; pero llevan todos unos palitroques grandes que les caen a las mil maravillas, y de lejos parece que llevan escopetas. Vamos, levántese el señor Gabrielito: ¿no eres tú de la quinta compañía? Levántate, que ya dicen que está Napoleón Bonaparte a las puertas de Madrid, montado en una mula castaña y con la lanza en el ristre para venir a atacarnos. -Mujer, ¿qué disparates estás diciendo? -observó el Gran Capitán-. Napoleón no está en Madrid, sino que parece entró ya en España y anda sobre Vitoria. Por cierto que dicen ha habido una batallita.. Pero, chico, ¿no vas a coger tu fusil? -Hoy mismo (p.779) me voy de Madrid, Sr. D. Santiago. -¿Que te vas de Madrid, después de alistado? Pues me gusta el valor de este mancebo. -Es que voy a ver si me permiten pasar al ejército del Centro que está en Calahorra, y creo que me lo permitirán. -¡Oh! no lo esperes, porque aquí, según me dijeron en la oficina, lo que quieren es gente y más gente, pues como algunos dan en decir que hay malas noticias.. Yo creo que todo es cosa de los papeles públicos, y a mí no me digan; los papeles públicos están pagados por los franceses. -¿Con que malas noticias? -Paparruchas.. En primer lugar, ahora salen con que lo de Zornoza que creíamos fue una gran victoria, es una medianilla derrota, y que el general Blake ha tenido que escapar refugiándose en las montañas. No se pueden oír estas cosas con calma, y yo mandaría que se le arrancara la lengua al que las repite. -¡Mentiras, todo mentiras! -exclamó doña Gregoria-. ¡Si no sé cómo la Junta no manda ahorcar en la plazuela de la Cebada a todos los que se divierten con tales disparates! -Has hablado muy bien -dijo el Gran Capitán-. Ahora han dado en decir que si en Espinosa de los Monteros ha habido o no ha habido una batalla. -¿En que también hemos perdido? -preguntó doña Gregoria. -¡Así lo dicen; pero quia! Bonito soy yo para tragarme tales bolas. Ahora encontré al volver de la esquina al Sr. de Santorcaz, el cual me lo dijo, fingiéndose muy apesadumbrado.. ¡Pícaro marrullero! Como si no supiéramos que es espía de los franceses.. -¿Con que en Espinosa de los Monteros? ¿Y hemos tenido muchas pérdidas? -pregunté yo. -¿También tú? -dijo Fernández sin poder disimular el pésimo humor que tenía-. Te voy descubriendo que tienes muy malas mañas, Gabriel. -No hagas caso de este chiquillo mal criado -dijo doña Gregoria. -Es preciso que aprendas a tener respeto a las personas mayores -afirmó el Gran Capitán, mirándome con centelleantes ojos-. ¿Qué es eso de pérdidas? ¿He dicho acaso que nos han derrotado? No mil veces, y juro que no hay tal derrota. ¿Hombres como yo pueden (p.780) dar crédito a las palabras de gente desconsiderada y vagabunda? Calleme por no irritar más a mi ingenuo amigo, y mientras me daban de almorzar, entró una visita que en mí produjo el mayor asombro. Vi que avanzaba haciéndome pomposos saludos, y mostrándome en feroz sonrisa su carnívora dentadura, un hombre de espejuelos verdes, en quien al punto conocí al licenciado Lobo. Lo que más llamaba mi atención eran los extremos de cortesía y benevolencia que en él advertí, y el de su osado respeto hacia mi persona que en todos sus gestos y palabras mostrara aquel implacable empapelador, y antes enemigo mío. -¿Qué bueno por aquí, Sr. de Lobo? -díjele, ofreciéndole junto a mí una silla en que se repantigó. -Quería tener el gusto de ver al Sr. D. Gabriel. -¿Señor Don tenemos? Malum signum. -Y de poner en su conocimiento algo que le importa mucho -añadió-. ¿Pero cómo no ha ido a verme el Sr. D. Gabriel? -Ya le he encontrado a Vd. muchas veces en la calle, y como no ha tenido a bien saludarme.. -Es que no habré visto a Vd. -me contestó melosamente-. Ya sabe el Sr. D. Gabriel que soy más que medianamente ciego.. Pues bien: como decía.. El Gobierno ha tenido a bien remunerar los buenos servicios de Vd. -¡Mis buenos servicios! -exclamé asombrado-. ¿Y qué buenos ni malos servicios he prestado yo al Gobierno? El Gran Capitán y su esposa con medio palmo de boca abierta, prestaban gran atención. -Modestito es el joven -prosiguió Lobo con aquel artificioso sonreír, que le hacía más feo, si es que cabía aumento en las dimensiones infinitas de su fealdad-. Yo he oído que Vd. se lució mucho en la batalla de Bailén, y no sé si también en la de Trafalgar, donde parece que mandó un par de fragatitas o no sé si un navío. Prorrumpí en risas, y los dos ancianos, mis amigos, mirándose uno a otro con espontánea admiración por mis inéditas hazañas. -Sí.. algo de esto ha llegado a oídos del justiciero Gobierno que nos rige, y las comisiones ejecutivas de la Junta se disputan cuál de ellas echará el pie adelante en esto del (p.781) recompensar a usía. -Hola, hola, ¿también soy usía? Pues esto sí que me llena de asombro. -Pero sea lo que quiera, amigo mío -continuó el leguleyo-, ello es que se ha decidido darle a usía un empleo en América, al inmediato servicio del señor Virrey del Perú. -¿Trae Vd. mi nombramiento?-dije comprendiendo al fin de dónde venía todo aquello. -No; hoy sólo vengo a notificarle a usía este gran suceso, y a advertirle que cualquier cantidad que necesite para preparar su viaje, me la pida con franqueza, pues tengo orden de la.. digo, del Gobierno, para entregar a usted lo que tenga a bien pedirme, previo recibito que me extenderá vuecencia. -¿También soy vuecencia? -dije recreándome en la estupefacción de mis dos amigos. -El nombramiento -prosiguió-, lo tendrá usía dentro de dos o tres días; pero le advierto que es voluntad de la Junta Suprema que el Sr. D. Gabriel se haga a la vela al punto para las Américas, donde pienso que es de gran necesidad su presencia. -Bueno -repuse-; pero entretanto yo le ruego al Sr. de Lobo diga a la Junta que no me hace falta dinero, y que muchas gracias. -Eso no está bien -dijo doña Gregoria muy incomodada-. Pero tonto, si te lo dan, recíbelo y guárdalo sin averiguar de dónde viene. Estas cosas no pasan todos los días. Apuesto a que la Junta ha sabido lo de tus latines y te manda allí para que enseñes esa lengua a los salvajes, con lo cual se convertirán todos. ¿No es verdad, Sr. de Zorro, que así ha de ser? -No me llamo Zorro, sino Lobo -repuso este-, y hará muy bien el Sr. D. Gabriel en tomar lo que le haga falta, pues a su disposición lo tiene. -Pues bien -dije yo-, vaya usted de mi parte a la señora Junta que le dio tan buen recado para mí, y dígale que para servir a la patria y al Rey, yo no pensaba pasar a América, sino al ejército del Centro y de Aragón, en cuyo Reino pienso quedarme y no volver a Madrid mientras viva. Para este viaje no se necesitan gastos. -¿Y qué va a hacer el Sr. D. Gabriel en el ejército de Aragón? Aquello está mal -dijo Lobo-. Por el de la izquierda no (p.782) andan mejor las cosas, y después de la batalla que hemos perdido en Espinosa de los Monteros, nuestras tropas quedan reducidas a nada, y Napoleón vendrá a Madrid. -¡Eso será lo que tase un sastre! -exclamó el Gran Capitán echando chispas-. ¿Quién hace caso de los papeles? -Desgraciadamente -continuó Lobo-, esa sensible derrota no puede ponerse en duda. -Pues yo la pongo -afirmó Fernández rompiendo un plato que al alcance de la mano tenía sobre la mesa-. Sí señor, yo la pongo en duda, y es más, yo la niego. -El señor -dijo doña Gregoria-, seguramente no sabe quien eres tú, y el cómo y cuándo de lo bien enterado que estás de todo. -Yo sé la noticia por buen conducto, y aseguro que es indudable -indicó Lobo-. El secretario del ramo de guerra me lo ha dicho. -Buen caso hago yo del secretario del ramo de guerra-, dijo Fernández amoscándose en grado supino. -Vamos, no porfíes, Santiago.. -añadió doña Gregoria-. Estás más encarnado que pimiento de Calahorra, y no está bien que te dé el reuma en la cara por una batalla de más o de menos. -Pues que no me falten al respeto. Eso de que le insulten a uno en su propia casa -dijo Fernández dando un puñetazo en la mesa..- porque, digan lo que quieran, donde menos se piensa salta un espía de los franceses, ¡Madrid está lleno de traidores! Asustado Lobo del enérgico ademán de don Santiago, no quiso insistir en lo de la derrota, y proclamó muy alto que la batalla de Espinosa de los Monteros había sido ganada y reganada y vuelta a ganar por los españoles, oyendo lo cual se apaciguó nuestro veterano de las portuguesas campañas y habló así: -Me parece que tiene uno autoridad para decir quién gana y quién pierde en esto de las batallas.. y todos no entienden de achaque de guerra.. y una acción parece derrota de diablos hasta que viene una persona inteligente y la explica, y resulta victoria de ángeles.. y no digo más, porque sé dónde me aprieta el zapato, y en Espinosa de los Monteros lo que hubo fue que todos los franceses echaron a correr, y el hi de mala (p.783) mujer que me desmienta, sabrá quién es Santiago Fernández. Dijo y levantose, cantando entre dientes un toquecillo de corneta; y dirigiéndose luego a donde desde lueñes edades tenía su lanza, la cogió, y con un paño la empezó a limpiar del cuento a la punta, dándole repetidas friegas, pases y frotaciones, sin atender a nosotros ni cesar en su militar cantinela. En tanto Lobo, que en todo pensaba menos en llevarle la contraria, continuó hablándome así: -Ahora, Sr. D. Gabriel, me resta tocar otro punto, y es que me diga Vd. algo de su parentela y abolengo, porque es preciso sacarle una ejecutoria. Con diligencia, el Becerro en la mano, y un calígrafo que se encargue del árbol, todo está concluido en un par de días. -Mi madre entiendo que lavaba la ropa de los marineros de guerra -le contesté-, y hágamela su merced duquesa del Lavatorio, o para que suene mejor de Torre-Jabonosa o de Val de Espuma que es un lindísimo título. -No es broma, señor mío. Al contrario, el destino que Vd. lleva al Perú, no se le puede dar sin una información de nobleza. Es cosa fácil. Y de su papá de Vd., ¿qué noticias se pueden encontrar en la tradición o en la historia? -¡Oh! Mi papá, Sr. de Lobo, si no mienten los pergaminos que se guardan en el archivo de mi casa, y están todos roídos de ratones (lo cual es muestra de su mucha ranciedad), fue cocinero a bordo de la goleta Diana, por lo cual le cae bien un título que suene a cosa de comida.. pero ahora recuerdo que un mi abuelo sirvió de alquitranero en la Carraca, y puede Vd. llamarle el archiduque de las Hirvientes Breas, o cosa así. -Vd. se burla, y la cosa no es para burlas. ¿Su apellido? -Los tengo de todos los colores. Mi madre era Sánchez. -¡Oh! Los Sánchez vienen de Sancho Abarca. -Y mi padre López. -Pues ya tenemos cogidos por los cabellos a D. Diego López de Haro y a D. Juan López de Palacio, ese famosísimo jurisconsulto del siglo XV, autor de las obras De donatione inter virum et uxorem, Allegatio in materia hæresis, Tractatum de primogenitura.. -Pues de ese caballero (p.784) vengo yo como el higo de la higuera. También me llamo Núñez. -Por las alturas genealógicas de Vd., debe de andar el juez de Castilla Nuño Rasura. ¿Y no hubo algún Calvo en su familia? -¿Pues no ha de haber? Mi tío Juan no tenía un pelo en la cabeza. También me llamo Corcho, sí señor, yo soy nada menos que un Corcho por los cuatro costados. -Feísimo nombre del cual no podemos sacar partido. Si al menos fuera Corchado.. pues hay en tierra de Soria un linaje de Corchados que viene de la familia romana de los Quercullus. En lugar del Corcho le podemos poner al Sr. Gabrielito un Encina o Del Encinar, que le vendrá al pelo. -A mi madre la llamaban la señora María de Araceli. -¡Oh, bonitísimo! Esto de Araceli es bocado de príncipes, y más de cuatro se despepitarían por llevar este nombre. Suena así como Medinaceli, Cælico Metinensis, que dijo el latino. No necesito más. A todas estas doña Gregoria no sabía lo que pasaba oyendo el diálogo de linajes; y absorta y suspensa aguardaba en silencio en qué vendría a parar todo aquel belén de mis apellidos. -Que es de buena sangre el niño, no lo puede negar -dijo al fin-, porque bien se conoce en la nobleza de su condición, que hartos hay por ahí llenos de harapos, y a lo mejor salen con la novedad de que son hijos de un duque; y aquí estoy yo que tampoco doy mi brazo a torcer, pues los Conejos de Navalagamella no son ningún saco de paja. -¿Qué Conejos son esos, señora mía? -El mejor linaje de toda la tierra. Yo soy Coneja por los cuatro costados. El señor licenciado sabrá de qué fuentes antiguas vendrá este arroyo genealógico de la Conejería. -Como estos gazapos -contestó el licenciado- no vengan de aquellos tiempos remotísimos en que a España la llaman cunicullaria, es decir, tierra de los conejos, no sé de dónde pueden venir. -Así debe de ser. ¿Y el Sr. D. Gabriel de dónde viene? -Eso lo dirá el Becerro. Ahora veo que este señor de Araceli no es cualquier cosa, y aquí en dos palotadas hemos encontrado robustas columnas donde apoyar la grandiosa fábrica de su (p.785) alcurnia. Pero hablando de otra cosa, señor de Araceli, ¿quién me abonará los gastos de la saca de ejecutoria, Vd. o la persona que me ha dado el encargo de hacer estas diligencias y de ofrecer el dinero?.. Porque los gastos son muchos. Además, esta comisión tan bien desempeñada, ¿no merece alguna recompensa? Yo creo que la dará la señora cond.. quiero decir la Junta Central, que es quien me la ha enviado. -Más vale que el señor licenciado no se tome el trabajo de revolver papeles ni pintar árboles, pues yo no se lo he de pagar, y ese dinero que me ofrece tampoco lo he de tomar. -Eso sí que no lo consiento -manifestó doña Gregoria-. No ha de ser así. Santiago: oye lo que dice este porro. -Usted lo meditará mejor -dijo el leguleyo levantándose-. En cuanto a mí, espero ganar algo en estos jaleos, porque, amigo mío, ¿cómo se da de comer a diez hijos, mujer y dos suegras? Dentro de unos días volveré a traer a usted el nombramiento, y un poco más tarde la ejecutoria. Y en cuanto al dinero, con ponerme dos letritas.. -Bueno -respondí, considerando que me convenía disimular por de pronto mis intenciones-. Yo haré lo que me parezca, y nos veremos Sr. D. Severo. -Adiós, mi querido e inolvidable amigo -dijo deshaciéndose en cumplidos-. Que esto sirva para estrechar más los lazos de la dulce amistad que desde ha tiempo nos profesamos. -Sí, desde el Escorial. -Justamente. Desde entonces le eché el ojo al Sr. de Araceli, y comprendiendo sus excelentes prendas, lo diputé por grande amigo mío. Venga un abrazo. Se lo di, y fuese tan satisfecho. Entretanto habían acudido a casa del Gran Capitán los vecinos, traídos todos por el olor de mi estupendo destino y del encumbramiento novelesco, que ninguno quiso creer, si doña Gregoria no lo jurara en nombre de todos los Conejos de navalagamellescos. -¿Que no lo creen ustedes? -decía el Gran Capitán a las niñas de doña Melchora-. Como que me lo han hecho virrey del Perú. -¡Virrey del Perú!!! -Sí.. y no quedó cosa que no sacó aquí ese Sr. de Lobo, Zorro o Leopardo -añadió doña (p.786) Gregoria-. Y ahora parece que está tan clara como la luz del sol la nobleza de este niño. ¡Si vieran Vds. la sarta de duques, condes y marqueses, que han aparecido entre sus abuelos! ¡Jesús, y quién lo había de decir!.. Y le dan todo el dinero que quiera pedir por esa boca.. Como que pretenden que se vaya pronto para las Américas a arreglar a aquella gente que anda toda revuelta.. ¿No te lo decía yo, picaronazo? Alguna cosa gorda te tenía reservada Dios por ese tu buen natural.. y que eres tú tonto en gracia de Dios.. Nada, nada, toda esa parentela que te ha salido hirviendo como garbanzos en puchero te está muy bien merecida. -Pues convídenos al señor perulero a piñones -dijo doña Melchora. -¿De modo que ya no coges el fusil? -me dijo D. Roque. -Y ahora hace falta -añadió Cuervatón-. Pronto tendremos aquí a ese infame córcego. -Sí, porque lo de Espinosa de los Monteros ha sido un menudo descalabro. -¡Cómo descalabro! -exclamó furiosamente una voz que no necesito decir a quien pertenecía. -Sí señor, un descalabro. Ya lo sabe todo el mundo. La retirada fue además desgraciadísima, y ha perecido mucha gente. D. Santiago Fernández, que ya estaba de muy mal humor, se puso en punto de caramelo, y después de dudar un rato si contestaría a tales insolencias con un abrumador desprecio o con enérgicas negativas, decidiose por lo último, diciendo: -En esta casa no se consiente gente perdida, porque juro y rejuro que los que hablan así de la batalla de Espinosa de los Monteros son espías de los franceses, y no digo más. Basta de disputas: cada uno meta su alma en su almario.. y silencio, que aquí mando yo, y cuidadito con lo que se habla, que a mí no se me falta el respeto. Conticuere omnes.
Ep-5-IX - Quiere el buen orden de esta narración, que ahora deje a un lado la gran figura del Gran Capitán, con cuyas eminentes dimensiones se llena toda la historia de aquellos tiempos; que también pase en silencio por ahora no sólo las hazañas que piensa hacer, sino sus admirables sentencias y el dictamen profundo que sobre los asuntos de la guerra daba, y (p.787) pase a ocuparme de D. Diego de Rumblar. Es el caso que una noche encontrele camino de la calle de la Pasión; y al instante me cosí a su capa, resuelto a seguirle hasta la mañana, si preciso era. -¡Oh Gabriel! ¡Qué caro te vendes! Chico, toma tus dos reales. No me gustan deudas. -¿Ya ha salido Vd. de apuros? No será por lo que le haya dado el Sr. de Cuervatón. -¡Miserable usurero! No pienso pedirle más porque ahora tengo todo lo que me hace falta. ¿A que no saltes quien me lo da? Pues me lo da Santorcaz. -Eso es raro, porque yo suponía al señor D. Luis más en el caso de recibir que de dar. -Pues ahí verás tú. Ahora tiene mucho dinero, sin que sepa yo de dónde le viene. Parece un potentado el tal Santorcaz. ¡Cuánto me quiere y con cuánto talento me indica todo lo que debo hacer! Habías de verle cómo me ofrece dinero y más dinero, por supuesto dándole un recibito en toda regla. Ayer me prestó mil y quinientos reales que necesitaba para comprarle un collar de corales a la Zaina. -¿Y es posible que gaste Vd. su dinero en tales obsequios, cuando tiene una tan linda novia con quien se ha de casar?.. -Qué quieres, chico: una cosa es el noviazgo, y otra es tener uno una mujer.. pues. La Zaina me vuelve loco. -¿Pero no se casa Vd.? -¿Pues no me he de casar? Por de contado. Me parece que alguien de la familia se opone; pero no me apuro mientras tenga de mi parte a la marquesa. El casamiento es indispensable, porque es cosa de conveniencia. Mi madre me dice en todas sus cartas que si no me caso pronto, me abrirá en canal. La boda sobre todo; pero lo cortés no quita a lo valiente. ¿Has conocido mujer más salada, más seductora que la Zaina? -Pues yo he oído, y esto lo digo para que Vd. se ande con tiento, que el Sr. de Mañara es el cortejo de la Zaina. -Así se dice.. pero a mí con esas.. Puede que en un tiempo mi amigo D. Juan tuviera ese capricho; pero ya no hay tal cosa. -Y que D. Juan salía al amanecer de casa de la Zaina, cierto es, porque yo lo he visto. -Nada de eso hace al caso -repuso D. Diego con petulancia-. Lo que es hoy, Ignacia se (p.788) está muriendo por el que está dentro de esta capa. Ya verás esta noche cómo no me quita los ojos de encima. Además, yo sé que Mañara bebe los vientos por otra mujer. -¿Por otra? -Mejor dicho, por dos. Mañara ha vuelto a enredarse con la señora aquella que fue causa de un escándalo el año pasado, según oí contar, y además anda en tratos con la María Sánchez, hermana de la Pelumbres. Y que con la Zaina no tiene nada, lo prueba que anoche se pusieron de vuelta y media en casa de esta. ¡Bonito pañuelo de encajes, y bonita mantilla blanca lució en los novillos de anteayer la Pelumbres! Todo es regalo de Mañara, y anoche estuvieron juntos en la cazuela del Príncipe, y fueron después a cenar en casa de la González. De modo que nadie me disputa a mi Zainita de mi alma. En esto llegamos a casa de la semidiosa de las coles, lechugas y tomates, y vímosla trasegando de un pequeño tonel a media docena de botellas una buena porción de aguardiente, al cual, como católica cristiana, administraba el primer sacramento con el Jordán de un botijo de agua que allí cerca tenía. Lejos de ella, y a otro extremo de la salita, se calentaban junto a un braserillo el tío Mano de Mortero, padre de la Zaina, Pujitos y el simpático cortador de carne, a quien llamaban Majoma, los tres muy enredados en una calurosa conversación sobre los negocios públicos. Sin hacer caso de aquel grupo, que a su vez no lo hacía de los visitantes, D. Diego y yo nos fuimos derechamente a la Zaina, y aquí me corresponde hacer de ella la más exacta pintura que esté a mis cortos alcances. Era Ignacia Rejoncillos la más hermosa escultura de carne humana que he visto; y digo esto no porque yo la viese jamás en aquel traje que suelen usar la Venus de Médicis, la de Milo ni otras marmóreas damas por el mismo estilo, sino porque claramente se le traslucían, a favor de los vestidos de entonces, la corrección, elegancia y proporcional forma de las distintas partes de su cuerpo; que el traje, lejos de afear estas femeninas esculturas, antes bien las hermosea, y más (p.789) admirables son supuestas que vistas. Guapísima de rostro, tenía un blanco nacarado, sin que jamás se hubiese puesto otro afeite que el del agua clara, y unos ojos chispos, pardos, adormecidillos, tan pronto lánguidos como enardecidos, de esos medio santurrones y medio borrachos, que suelen encontrarse viajando por tierra de España, detrás del cajón de una plazuela, al través de las rejas de un convento, y para decirlo todo de una vez, lo mismo en cualquier paraje público que privado. Aunque algo chatilla, sus dientes de marfil, su linda boca, que era puerta de las insolencias, su garganta y cuello alabastrino bastaban a oscurecer aquel defecto. Las manos no eran finas, como es de suponer; pero sí los pies, dignos de reales escarpines, y tenía además otro encanto particularísimo, cual era el de una voz suave, pastosa y blanda, cuyo son no es definible, y a quien daba mayor gracia lo incorrecto de la pronunciación y los solecismos que embutía en el discurso. -Querida Zaina -le dijo amorosamente don Diego-, anoche soñé contigo. -Y yo con las monas del Retiro -contestó ella. -Soñé que me querías mucho, y cuando desperté estuve llorando media hora al ver que todo era sueño. -¿Y cuánto me quiere su merced? Lo que hace yo, estoy toda muerta y tengo el corazón hecho un ginovesado de tanto quererle. -¡Si dijeras verdad, ingrata Proserpina, orgullosa Juno, artificiosa Circe! Tu corazón es de duro diamante o risco, y en vano mi amor quiere traspasarle con los acerados dardos de su carcaj. -¿Qué motes son esos que me ha puesto, señor conde? -exclamó la Zaina riendo a carcajada tendida-. ¡Puerco-espina yo! ¿Y qué es eso de los carcajales y de los diamantes duros? -Esto lo he oído en una poesía que leyeron esta noche en la Rosa-Cruz, y a ti te viene de molde. Dime: ¿por qué no me contestaste a la tiernísima carta que te escribí el otro día? -¿Yo contestar, hombre de Dios? Así cuervos se lo coman. ¿Cómo he de contestar si no sé escrebir? Allí leyeron el papé los amigos, y tuvieron dos horas de fiesta y risa con aquello del llagado (p.790) corazón de su merced, y que yo era una paloma torcaz y una ruiseñora, y que me tiene un amor edial y pantásmico. -¡Ideal y fantástico! decía la carta, lo cual significa que te quiero con amor puro y platónico, sin mezcla de ningún liviano apetito. -¡Ande y que le den garrote! No me hable usía en lengua gringa que no entiendo. -¿Y qué te han parecido los corales? -¿Los colares? Mazníficos, como ahora se dice. Sólo que ya podía usía haberlos acompañado de la friolera de un par de zarcillos y de una peineta de carey de las que hoy se usan. Y no se olvide mi condito del alma que me ha prometido un coche pa dir el lunes a los novillos, ni de aquellas doce varas de cotonía para hacerme lo que llaman ahora un savillé. Si no, manque se güelva irmitaño y alacoreta, como dice en su cartapacio, no le he de querer. -Todo eso tendrás y aún mucho más -dijo D. Diego tomándole un brazo. -En el ínterin, manos quietas, Sr. D. Diego, que quien es platono y pantásmico, como usía dice, no ha de gustar de pelliscar carne fofa como la mía. Pero venga acá y contésteme. ¿Se afirma en lo que anoche me contó del señor de Mañara? -Punto por punto, Zainilla de mis entrañas. -No es que me importe nada de lo que hace ese calaverilla -añadió la verdulera-, sino que una amiga mía quiere saberlo. -Pues dile a tu amiga que el Sr. de Mañara no la quiere ya, porque está enamorado de una cierta duquesa y de la Pelumbres, entrambas a dos. -¡Duquesitas a mí! -exclamó Ignacia haciendo un gesto aterrador con su derecha mano-. Si es la señora que usía nombró anoche.. ya, ya la conozco bien. Hace dos años solía ir en ca la Primorosa con otra amiguita suya, condesa o no sé qué, alta y morena, y con la Pepilla González, comicastra del treato del Príncipe. ¡Pues no armaban mal jaleo entre las tres!.. ¿Y también está con la Pelumbres? -No: con su hermana Mariquilla; me equivoqué. Eso todo el barrio lo sabe. ¡Pues no está poco satisfecha Mariquilla! Pero deja eso que nada te importa, Zaina. ¿Me quieres mucho? -¡Pues no le he de querer, niño -respondió la (p.791) Zaina sin mirar a D. Diego-, si tengo el corazón que no parece sino que en él me enclavan alfileres!.. ¿Vendrá D. Juan esta noche? -¿A ti qué te va ni te viene, capullito de rosa? Diciendo esto, D. Diego volvió a extender los alevosos dedos para pellizcarla el brazo; pero en esto alzó la voz el tío Mano de Mortero, diciendo: -¿Ya estamos de secreticos? A bien que el Sr. D. Diego es un caballero muy apersonado y principal, y viene acá con buenos fines. Nacia, no seas ortiguilla ni te pongas tan picona con mi señor conde; que si su grandeza te quiere dar un pellizco es por ver lo que vas engordando, y no con intención de ser pesado. Sí, que yo iba a consentir otra cosa en esta casa de la mesma honradez. Pero, ¿dónde están, señor conde, las espuelas de plata que me prometió? -Mañana, si Dios quiere, las acabará el platero-, dijo D. Diego acercándose al grupo. -¿No sabe usía las noticias que corren? -Que se ha perdido una batalla en Espinosa de los Monteros. -Y parece que también anda mal el ejército de Castaños, y que ya Napoleón va sobre Burgos. -Todo eso es misa rezada -dijo Pujitos-, porque ya tenemos en Portugal obra de veinte mil inglesones, que manda uno a quien llaman el tío Mor. -Buen tiempo viene ahora para el comercio, tío Mano -dijo Majoma-. Con esto de la guerra, los franceses por el lado de acá y los ingleses por el lado de allá, la fardería corre que es un primor. -Dices bien, niñito. La raya de Portugal está hoy que es un bocado de ángeles, y los comerciantes de Madrid me traen ahora en palmitas. Además de que no falta género inglés muy barato puesto en Portugal, por la frontera y por las sierras de Gata y Peña de Francia no se ve un pícaro guarda, porque todos se han juntado a los ejércitos, de modo que viva mi señora la guerra mil años, y abajo Napoleón. -Como venga a Madrid el infame córcego -dijo Pujitos-, se va a quedar asombrado al ver los batallones que hemos formado acá en un ráscate ahí. ¿Han dido Vds. al enjercicio de hoy? ¡Válgame mi Dios y qué tropa! Aquello metía miedo, y si en (p.792) vez de palos llegamos a tener fusiles, nosotros mesmos nos hubiéramos asustado de nosotros mesmos, echando a correr por todo el campo de Guardias palante. -Pues yo no me he querido enganchar -dijo Majoma-, porque una peseta es poco, y si el tío Mano de Mortero me lleva a la raya, mejor estoy allí que en Flandes, y dejémonos de coger las armas, que por haberlas tomado una vez contra un alguacil, me han tenido diez años mirando a la Puntilla y a los Farallones, con una cuenta de rosario en los pies, que si no es por la jura de mi D. Fernando VII, allá me comen los cínifes otros diez. -Eso no debe apesadumbrarte, Majomilla -dijo Mano de Mortero-; que es de personas cabales el pasear la vista por los Farallones, y testigo soy yo, que aunque no fui allá por el aquel de ninguna sangría mal dada, como tú, echáronme dos años por mor de un paseo a caballo en compañía de cuarenta quintales de hilo de patente, con su London y todo, que metí allá por los Alcañices. Pero hijo, acá estamos todos y Dios y la Virgen nos acompañen para no tener que llevar en los tobillos aquellas telarañas de a dos arrobas, que es el peor corte de polainas que he calzado en mi vida. Tocaron en esto a la puerta, y vimos entrar al Sr. de Mañara y a Santorcaz, el primero vestido elegantísimamente de majo, con capa de grana y sombrero apuntado. -Gracias a Dios que parece su eminencia por acá -dijo el padre de la Zaina acercándole una silla a Mañara. -Ya sabrán Vds. que le tenemos de regidor de Madrid -gritó Santorcaz. -¡Regidor el Sr. de Mañara! -¡Que viva mil años! -exclamaron todos. -Así es. La sala de alcaldes me ha nombrado -respondió D. Juan-, y es probable que acepte. -¿Y no se suspenderán los novillos del lunes? -preguntó con mucho interés Majoma. -Como yo mande, habrá novillos, aunque tengamos a las puertas de la plaza a todos los emperadores del mundo. -¡Viva el regidor! -Y dígame usía, angelito de mi alma -preguntó el tío Mano de Mortero con visible enternecimiento-, esos probrecitos que hace dos meses están en la cárcel de Villa (p.793) porque jugaron a la pelota con seis pellejos de vino por sobre las tapias de Gilimón; esos probrecitos corderos, que son más buenos que el buen pan y más caballeros que el Cid, ¿no merecerán de su generosidad que les quite del mal recaudo en que se hallan? ¡Ay, mis queridos niños! ¡y cómo se me aguan los ojos y se me arruga el corazón al verlos entre rejas! ¿Cómo no, excelentísimo señor, si les he criado a mis pechos y enstruido con mis liciones y enderezado con mis palos? No parece sino que su carne es mi carne, y mal haya el que los vio tan listos de piernas como de ojos por Peña de Francia y ahora les ve con los brazos cruzados, entre alguaciles, carceleros y toda esa canalla que debería estar frita en aceite para que todo el mundo anduviera en regla. -Sosiéguese el buen Mortero -dijo Mañara-, que si de algo vale mi influjo, abrazará pronto a sus amigos. -¡Que suba al quinto cielo el Sr. D. Juan, y juro que le he de traer la mejor muda de camisas en pieza que ha tapado carne de corregidor desde que el mundo es mundo! Ea, a bailar, a cantar. Nacia, trae aquello blanco del barrilito que apandamos en este viaje. -¿No han venido Menegilda, ni Alifonsa, ni Narcisa? -preguntó Mañara-. Esto está más triste que un entierro. Tú, Zainilla, echa unas boleras para hacer boca. -¡Yo, yo, boleras! -repuso la Zaina con tono desapacible y malhumorado-. No me pide el cuerpo boleras. -Echalas por amor de Dios. Digo que no me da la gana. ¿Soy figurilla de tutilimundi? -Nacia -dijo gravemente el padre de la consabida-, no se contesta de esa manera, y pues el señor regidor de mi alma lo manda, cantarás, aunque te pudras. -Un par de seguidillas al menos. La Zaina cambió de parecer, y rasgueando una guitarra, cantó: Todas las duquesitas de los madriles, no sirven pa calzarme los escarpines. Dale que dale y póngame esa liga que se me cae. -¡Otra, otra! Tiene en el cuerpo esta Maldita Zaina toda la gracia del mundo. La Zaina continuó: Señora principesa de panza en trote, las sobras que yo dejo usted las (p.794) coge. Viva quien vive, le regalo ese peine que no me sirve. Aquí fue el batir palmas y el patear suelos y el romper sillas, con tanto estruendo y algazara que no parecía sino que la casa se venía al suelo. La Zaina arrojó después lejos de sí la guitarra con tal fuerza, que aquel sensible instrumento, al dar violentamente contra una silla, lanzó un quejido lastimero y se le saltaron dos cuerdas. Acto continuo sentose junto a D. Diego. Poco después entraron metiendo mucho ruido la Menegilda, la Alifonsa y la Narcisa, que con ser sólo tres, no parecía sino que entraban por las puertas todos los demonios del infierno. -Tarde venís, ninflas -dijo Mano. -Sí, hemos estado picando lomo para las salchichas. Como esta tarde no lo pudimos hacer por ir al rosario.. -contestó una de ellas. -Pos yo, por no perder el rosario, cerré mi almacén de hierro -dijo otra-, y desde prima noche he tenido que andar desapartando los clavos de herradura de los clavos de puerta. -¡Ay qué bueno ha estado el rosario! ¿Lo has visto, Majomilla? -¡Qué había de ver, si me entretuve en el puente de Toledo, esperando un cinco de copas que no quería salir, y gancheado a dos payos de Valmojado que malditos de ellos si sudaban dos cuartos! Pero lo rezaré mañana, que para el bien nunca es tarde. -Ende que lo supimos -dijo la Narcisa-, nos plantamos allá. Yo le mandé al pariente que pusiera el puchero y cuidara de los chicos, y pies para qué vos quiero. Este rosario lo ha sacado la congregación de María Santísima del Carmen de la pirroquia de San Ginés, en rogativa de las presentes calamidades. Salió a las dos. ¡Qué lucimiento, qué devoción! Allí iban todos, desde el señor más estirado hasta el último comiquín, y todos con su vela. ¿No ha estado Vd., Mano de Mortero? -¿Qué había de ir, mujer -respondió-, si estoy aquí con el corazón traspasado por la pena de no haber metido mi cucharada en ese rosario? Pero pues mi alma lo necesita, mañana tengo de asistir a la función que da la cofradía de María Santísima de los Dolores, a quien tengo ley por los malos pasos de que me ha (p.795) sacado en bien, intercediendo con su divino hijo. Creo que predica mi grande amigote el padre Salmón. -Esa función -añadió Pujitos-, es en el convento de padres dominicos, y se celebra para implorar el divino auxilio por la felicidad de las armas de esta monarquía, salud de nuestro S. P. Pío VII y libertad de nuestro amado Monarca. -Justo y cabal -prosiguió Mano de Mortero-; y pues hay procesión, pienso asistir con vela, que todos, el que más y el que menos, estamos llenos de pecados, y aun yo que no hago mal a nadie, allá me voy con los demás; porque el justo peca tres veces, cuanti más los que no lo son. Por lo que a mí hace, no tengo comeniente en que Su Divina Majestad saque en bien los ejércitos, que españoles somos y lo debemos desear; ni tampoco en que le dé mucha salud y años mil a ese señor D. Pío VII; pero en lo de poner en libertad a Fernando, que es como si dijéramos acabarse la guerra, por allá me lo tenga un par de añitos más. -Mal patriota es el Sr. Mano -dijo enfáticamente Pujitos-, pues ni coge el fusil, ni ruega por la libertad de nuestro amado Monarca. -Diez fusiles, que no uno cogeré si es preciso, pues hartos agujeros, raspones y abolladuras hay en los cuerpos de los guardas, que podrán dar fe de cómo manejo el gatillo. También quiero y reverencio a mi querido Rey, pues no puedo olvidar que me apretó la mano el día que entró viniendo de Aranjuez, ni que le alabó a mi Zainilla el garbo para tocar el pandero, pero los probres somos probres, y yo pondría a mi Fernando en siete tronos.. Hijo, dame pan y llámame tonto, y como dijo el otro, el abad de lo que canta yanta. -Hoy no vi al señor de Pujitos en la formación -dijo Santorcaz acercándose al grupo. -Cómo había de ir, compañero -respondió el maestro de obra prima, que al oírse interpelado sobre aquel asunto recibió más gusto que si le regalaran tres tronos europeos-. Cómo había de ir si todo el día he estado en el parque apartando fusiles, contando piedras de chispa y repasando cartuchos, tan atareado, jeñores, que tengo en los lomos una puntada que no (p.796) me deja respirar. -¿Y se defenderá Madrid? -Pues ya. No hay muchos fusiles que digamos; pero se han reunido un sin fin de sables viejos, muchas lanzas, cascos antiguos del tiempo del rey que rabió por gachas, cacerolas que pueden servir de escudos, mazas que para partir cabezas de franceses serán una bendición de Dios, guanteletes, pinchos, asadores, llaves viejas, y otras mil armas mortíficas. -De nada servirá nuestro valor -dijo Santorcaz-, si antes no acabamos con todos los traidores que hay en Madrid. -Lo mismo digo -afirmó Mortero. -Por todas partes no se ven sino espías de los franceses, y ahora es ocasión de que este señor regidor que aquí tenemos se luzca. -Así es la verdad -dije yo-. Sé de muchos que se fingen muy patriotas, y están vendidos a los franceses. Los que hacen más aspavientos y dan más gritos, y más gallardean de patriotas, son los peores. ¿No es verdad, Santorcaz? -Pues acabar con ellos. -Para eso nos bastamos y nos sobramos -añadió Majoma-. Y vengan malos patriotas y gabachones para dar cuenta de ellos. -Personajes conozco yo -dijo Mañara-, que han de morir arrastrados, si Dios no lo remedia; y si llego a ser regidor, ya nos veremos las caras, señores afrancesados. -Esa es la gente más mala -afirmó Santorcaz con mucho desparpajo-, más desvergonzada y más traidora que hay; y si no ponemos mano en ellos, no saldremos bien de es ta guerra. Porque yo sé que hay quien está tramando abrir las puertas de Madrid si nos ponen asedio. -Pues despacharlos, y se acabó la junción -dijo Pujitos-. En mi compañía están tan rabiosos, que sólo con decir «ese es gabacho», se le van encima y le quieren despedazar. -Los peores -repetí yo, teniendo el gusto de que el tío Mano apoyara enérgicamente mi opinión-, son los que chillan y enredan, y están a todas horas hablando de traidores; y si no aquí está Santorcaz que conoce a la gente y lo puede decir. -Así es, en efecto -repuso el franc-masón algo contrariado-, pero que hay traidores no tiene duda.
Ep-5-X - D. Diego, la Zaina y las otras tres damas, no menos (p.797) que esta famosas, habían entablado animada conversación, formando otro corrillo. -No se olvide el señor condito -dijo Menegilda-, que nos prometió traer una noche a su novia. -Si yo no tengo novia. -Sí que la tiene. ¿No es verdad, Gabriel, que tiene novia? -Y más bonita que el sol -respondí acercándome. -Vamos, la tengo -dijo Rumblar-, pero no la quiero, Zainilla. No te vayas a poner celosa. -Ya estoy frita con los tales celos, niño mío -contestó la maja-. ¿Pero por qué no la trae aquí una noche? -Antes traerá una estrella del cielo -afirmó Mañara acercándose al grupo femenino. -D. Diego me ha prometido traerla y la traerá -dijo Santorcaz atraído también por aquel coloquio. -Sí -indicó Mañara-, la familia de ese señorito iba a permitir que una tan delicada doncella viniera a estas casas. -¡A estas casas! -exclamó la Zaina-. ¿Estamos en algún presillo? Más honrada es mi casa, Sr. D. Juan, que muchas de señoras amadamadas, por donde usía anda en malos pasos. -Calla, tonta -dijo Mañara de mal humor. -Y buenas princesas ha traído Vd. a esta casa, y a la de la Pelumbres y de la Primorosa -añadió Ignacia-. Toas semos unas, y no lo igo por esa duquesa con quien fue hace dos noches en ca la Pelumbres. Alifonsa, ¿sabes quién es? ¿Te acuerdas de aquella duquesilla amojamada, que parece un almacén de huesos? Si D. Juan la trae por aquí, pondremos una fábrica de botones. -¿Qué hablas ahí, zafiota, animal sin pluma? -exclamó Mañara con vivo arrebato de ira-. Habla mejor si no quieres que con tu lengua haga una pantufla para azotarte la cara. -¡A mí con esas el asno regidor! -vociferó la Zaina-. Después que le he despreciao, después que he tenido que escupirle en la cara para que no anduviera tras de mí chupándose la tierra que yo pisaba, ¿ahora viene con esa? Con las barbas de un usía friego yo los cacharros de la cocina, y tripas de caballero le echo a mi gato. -¡Condenada manola! -dijo Mañara cada vez más encolerizado-. La culpa tiene quien te ha dado esas alas y quien con personas bajas se entretiene. ¿Para (p.798) qué tomas en tu ruin boca el nombre de señoras respetables de quien no mereces besar la suela del zapato? ¡Cuidado con los celitos de la niña! -¿Celos yo? -exclamó la maja más encendida que la grana-. ¡Por Dios, que me quiera Vd., so pringoso: tomelo por estera y se creyó cortejo! Y diciendo esto, lanzó un salivazo en medio del corrillo. -¡Miserable mujerzuela! ¡La culpa tiene quien se arrima a ti, por hacerte gente siquiera un día! -Eh, eh, poco a poquito -dijo a este punto el tío Mano de Mortero, que de espectador indiferente de aquella escena se trocaba en actor de ella-. Eso de mujerzuela es de gente mal hablada, y aquí no se habla mal de nadie, y lo que es mi hija tiene su siempre y cuando como cualquier otra. Que el Sr. D. Juan no nos toque a la honor, porque a mí no me falta un saco de onzas de oro ensayadas para apedrear a cualquiera. Y tú, princesa mía, ¿a qué le haces tantos cocos ahora al Sr. de Mañara, cuando ha pocos días te chiflabas por él, y si alguna noche faltaba su señoría a hacerte compañía o a ayudarte a rezar el rosario, ponías en el cielo unos suspiros como catedrales? Anda, que todos son buenos, y váyase lo uno por lo otro. -¿Suspiritos tenemos? -preguntó Mañara con presunción. -Y si hubo suspiros -dijo Mortero-, mi hija es una persona de etiqueta, y los puede echar como cualquiera otra, aunque sea por el Rey; que si está en el cajón de verduras, es porque quiere; que su padre ya le ha prometido varias veces ponerla al frente de una casa de bebidas finas. -¡Yo suspirar por ese animal! -dijo la Zaina-. Por lástima le he mirao una vez cuando iba al cajón a echarme flores. -Eso quisieras tú; pero no se estila echar margaritas a puercos. La Zaina hizo un movimiento. El demonio fue sin duda quien llevó a sus irritadas manos una botella de las que en la mesa contigua había, y disparola con tanta fuerza contra Mañara, que a no apartarse este vivamente, viéramos allí partida en dos la cabeza más dura que ha gastado regidor en el mundo. Levantose este furioso para castigar el descomedimiento de la Zaina; pero con (p.799) tanta presteza acudió D. Diego en defensa de la verdulera, que sobre él cayeron los primeros golpes. Lleno de rabia al verse aporreado, arremetió contra Mañara, a punto que el tío Mano de Mortero empezaba a probar la exactitud de su apodo, repartiendo algunos puñetazos sobre tirios y troyanos. Las majas Narcisa, Menegilda y Alifonsa, declaráronse también en guerra, por dar gusto a las inquietas manos, y bien pronto de todos los allí presentes no quedó uno que no llevase su óbolo a tal colecta de golpes y gritos. Era aquello una bendición de Dios, y juro que jamás habría yo metido mis manos en tal fregado, si no me incitara a ello una caricia que sentí en mitad de la espalda, hecha por mano desconocida. Y lo peor fue que Majoma, hombre ingenioso, inclinado siempre a sacar partido de tales alteraciones del orden privado, descargó varios palos sobre el candil que la escena iluminaba, y al punto nos vimos todos de un color. Aquí fue el arreciar de los puñetazos, y el esfuerzo de los gritos y el rodar unos sobre otros, y si bien el peso de un cuerpo nos oprimía a veces, también el nuestro caía en humanas blanduras, de cuyos choques provenían los pellizcos, arañazos y demás proyectiles menudos. Por aquí se oían voces lastimeras, por allá gritos de venganza, y sobre toda especie de rumores, descollaba la voz estentórea del tío Mano de Mortero, diciendo: -En mi casa no ha de haber escándalos, y el que diga que aquí se siente el vuelo de una mosca, miente. Vamos, amiguitos; no meter tanto ruido ni pegar tan recio. Esto es una broma: conque paz y pan, y divirtámonos. Y a todas estas la vecindad se alborotaba, y en la calle deteníase la gente curiosa, no porque le hiciera novedad aquel ruido, sino por gozar de él, y se temió la intervención de la justicia, lo cual hería al Sr. Mano en lo más delicado de su dignidad, y por fin hubo uno que pudo dar con la puerta y abrirla y echarse fuera, con lo cual, habiendo entrado un poco de luz, pudimos vernos. Todo indicaba que íbamos a tener una visita alguacilesca, lo que me impulsó a coger por un (p.800) brazo a D. Diego y echarlo conmigo afuera, y bajar a saltos la escalera hasta dar con nuestros cuerpos en la calle, por la que nos escurrimos, sin miedo a la corchetería. Cuando nos vimos lejos, acortamos el paso, contemplándonos uno a otro. D. Diego había padecido más averías que yo en la refriega, y ostentaba en la cara un verdugón hecho por buena mano. -¡Maldito de mí! -exclamó tentándose los bolsillos de sus calzones-. ¿Sabes que me han quitado mis dos relojes? ¡Pues también el dinero, todo el dinero que llevaba! -Era de suponer, Sr. D. Diego -le respondí registrándome también-, pues no salimos de ninguna misa cantada. Y por lo que veo, a mí también me han desplumado. -¿Te quitaron el reloj? -No señor, el reloj no me lo han quitado ni me lo quitarán todos los cacos del mundo, porque no lo tengo; pero sí perdí un dinerillo.. bien poco, por cierto. -¡Dios mío! Sin relojes, sin dinero.. -clamó doloridamente D. Diego-. ¿Con qué compraré ahora las diez y siete varas de cotonía que quiere la Zaina? ¿Con qué alquilaré el coche para que vaya el lunes a los novillos? Si Santorcaz no me presta, me moriré. -Diez y siete varas de fresno, que no de cotonía, es lo que merece esa gentuza -le contesté-; pues es necesario estar loco o enamorado para poner los pies en tales casas.
Ep-5-XI - Como antes indiqué, no pude obtener licencia para salir de Madrid, porque la villa, viéndose pronto en gran aprieto, cayó en la cuenta de que necesitaba de toda su gente para defenderse. ¿Por qué no me marché? ¿Quién me lo impidió? ¿Quién torció el camino de mi resolución? ¿Quién había de ser, sino aquel que por entonces era el trastornador de todos los proyectos, el brazo izquierdo del destino, el que a los grandes y a los pequeños extendía el influjo de su invasora voluntad? Sí: el baratero de Europa, el destronador de los Borbones y fabricante de reinos nuevos, el que tenía sofocada a Inglaterra, y suspensa a la Rusia, y abatida a la Prusia, y amedrentada al Austria, y oprimida a la hermosa Italia, osó también poner la mano en mi suerte, (p.801) impidiéndome pasar a otro ejército. Es, pues, el caso, que el D. Quijote imperial y real, como algunos de nuestros paisanos le llamaban, no sin fundamento, había entrado en España a principios de Noviembre, con ánimos de instalar de nuevo en Madrid la botellesca corte. A él se le importaba poco que los españoles llamasen tuerto a su hermano; y fijo en el número y fuerza de nuestros soldados, no atendía a lo demás. Una vez puesto el pie en tierra de España, no le agradó mucho que el mariscal Lefebvre ganase la batalla de Zornosa, porque sabido es que no era de su gusto que se adquiriese gloria sin su presencia y consentimiento. Mandó, sin embargo, al mariscal Víctor que persiguiese a nuestro degraciado Blake, cuyas tropas se habían reforzado con las del marqués de la Romana, escapadas de Dinamarca, y aquí tienen Vds. la batalla de Espinosa de los Monteros, dada en los días 10 y 11, y perdida por nosotros, por más que el Gran Capitán, con más celo que buen sentido, se empeñe en negarlo. ¡Ay! Valientes oficiales perecieron en ella, y grandes apuros y privaciones pasaron todos, sin un pedazo de pan que llevar a la boca, ni una venda que poner en sus heridas. Así sucumbió el ejército de la izquierda, cuyos restos salvándose por las fragosidades de Liébana, recalaron por tierra de Campos, para ser mandados por el marqués de la Romana. No fue más dichoso el ejército de Extremadura en Gamonal cerca de Burgos, pues Bessieres y Lasalle lo destrozaron también el mismo fatal día 10 de Noviembre, y el 12 entraba en la capital de Castilla el azote del mundo, publicando allí su traidor decreto de amnistía. Aún nos quedaba un ejército, el del Centro, que ocupaba la ribera del Ebro por Tudela: mandábalo Castaños; pero nadie confiaba que allí fuéramos más afortunados, porque una vez abierta la puerta a las calamidades, estas habían de venir unas tras otras a toda prisa, como suele suceder siempre en el pícaro mundo. También nos preparaba el cielo en el Ebro otra gran desgracia; pero a mediados de Noviembre, cuando corrieron (p.802) por Madrid las tristes nuevas de Espinosa y de Gamonal, aún no se había dado la batalla de Tudela. El pánico en Madrid era inmenso, y se creía segura la pronta presentación del corso en las inmediaciones de la capital. ¿Qué podía oponérsele? No quedaba más ejército que el del Centro, situado allá arriba a orillas del Ebro. ¿Quién detendría al invasor en su marcha terrible? La Junta se desesperaba y los madrileños creían acudir a remediar la gravedad de las circunstancias, entusiasmándose. ¡Ay! Después de mandar algunas tropas a los pasos de Somosierra y Navacerrada, ¿qué ejército de línea quedaba para defender a Madrid? Da pena el decirlo. Quinientos soldados. Los paisanos armados eran ciertamente muchos; pero había muy pocos fusiles, y de estos la mitad eran inútiles por falta de cartuchos; y, ¿con qué se hacían los cartuchos si no había pólvora? A esto habíamos llegado cuatro meses después de la victoria de Bailén. Todo al revés. Ayer barriendo a los franceses, y hoy dejándonos barrer; ayer poderosos y temibles, hoy impotentes y desbandados. Contrastes y antítesis y viceversas, propias de la tierra, como el paño pardo, los garbanzos, el buen vino y el buen humor. ¡Oh España, cómo se te reconoce en cualquier parte de tu historia adonde se fije la vista! Y no hay disimulo que te encubra, ni máscara que te oculte, ni afeite que te desfigure, porque a donde quiera que aparezcas, allí se te conoce desde cien leguas con tu media cara de fiesta, y la otra media de miseria, con la una mano empuñando laureles, y con la otra rascándote tu lepra. -Hola, Gabriel, ¿tú por aquí? -me dijo Pujitos en la puerta del Sol el día 20 de Noviembre-. Ya sabes que tenemos de regidor a nuestro amigo D. Juan de Mañara. Él es el encargado de la cartuchería. ¿Tienes fusil? -Y bueno. ¿Pero todavía no se dice nada de fortificar a Madrid, ni se trata de abrir fosos y levantar parapetos y abrigos, ya que a esta villa y corte la hicieron sin murallas ni otra defensa alguna? -Todo se va a hacer. Pero lo que más falta hace es la cartuchería y armas. -¿Dónde hacen (p.803) cartuchos? -En varias partes. Allá junto al colegio de Niñas de la Paz hay más de sesenta personas trabajando en ello noche y día. -Pero de nada nos sirven los cartuchos sin armas, Sr. de Pujitos -le dije-. Yo conozco muchísimos hombres valientes que no tienen sino chuzos, pedreñales y espadas llenas de orín. -Eso será nonada, y si no nos hacen traición.. -¡Traición! -Sí; aquí hay muchos traidores. -Ahora como la gente anda tan exaltada, es común llamar traidores a los más mejores patriotas. -Gabriel -dijo deteniéndose en medio de la calle y asomando por el embozo de su capa un dedo con el cual ciceronianamente acentuaba sus palabras-, cuando yo lo digo, sabido me lo tengo. ¿Te acuerdas de lo que se habló hace noches en casa del tío Mano? ¿Te acuerdas cómo se puso furioso el Sr. de Santorcaz contra los traidores? Pues hemos descubierto que ese Sr. de Santorcaz o D. Demonio, es espía del córcego. Velay por qué estaba tan enfoguetado. -No es la primera vez que lo oigo. -Él les escribe cartas de lo que aquí pasa, y con el dinero que le dan paga gente alborotadora, que arme querellas entre la tropa. Como este hay muchos, y se dice que señores muy alcurniados están vendidos a los franceses. Pero, Gabriel, que se nos amostacen las narices, y veremos a dónde van a parar. Hay otros que aunque no son traidores, son melindrosos, y no quieren lo que llaman Constitución, la cual se va a poner ahora pa acabar con el espotismo. ¿Sabes tú lo que es el espotismo? Pues el espotismo es una cosa muy mala, muy mala. A bien que desde que acabamos con Godoy y los lairones que con él vivían, se acabaron todas las picardías, y ahora luego que demos fin a esto del córcego, los reinos de España se van a gobernar de otra manera, y estaremos tan bien, que no nos cambiaremos por los ángeles del cielo. Y diciendo esto, dio media vuelta y marchose lejos de mí a toda prisa. No tardé yo en acudir pronto a la formación de mi compañía. Ante las evidentes muestras de alarma que a todas horas se observaban en Madrid, mal podía el optimismo del Gran (p.804) Capitán sostenerse en las ideales regiones donde le hemos visto cernerse, como el águila de la patria a quien ni el peligro ni el miedo pueden obligar a abatir su majestuoso vuelo. Ya no era posible negar la derrota de Espinosa, ni tampoco la de Gamonal, y sólo los locos podrían suponer a Napoleón dispuesto a detenerse en su victorioso camino. Muchos días resistiose el fuerte espíritu de mi amigo a la evidencia de tantos descalabros; por muchos días sostuvo que nuestras armas victoriosas echarían a los franceses con su malhadado emperador del otro lado del Bidasoa; por muchos días continuó atribuyendo a los papeles públicos la pérfida invención de aquellos absurdos acontecimientos que no cabían en su homérica cabeza; pero al fin la muchedumbre de las noticias malas, la agitación pública, el pánico de todos, la general zozobra, y el tumulto y laberinto de los preparativos de defensa rindieron golpe tras golpe el formidable castillo de su terquedad, dando en tierra con tantas ilusiones. El héroe no aparentó desmayar con esto, antes bien se reía tomando la cosa como una fiesta. Lleno de confianza en la capital, siempre negaba que Napoleón se atreviese a ponerse delante de los madrileños, y esta fue una tenacidad que le duró contra viento y marea hasta el 25 de Noviembre, en cuya noche al retirarse a su casa, preguntole doña Gregoria, como siempre, las noticias de la tarde. -Nada, mujer -repuso frotándose las manos, y promulgando con desdeñosas sonrisas la categórica confianza que llenaba su espíritu-. Nada, mujer: emperadorcito tenemos.
Ep-5-XII - Y el emperadorcito salió de Burgos el 22; detúvose en Aranda el 24; el 29 estaba en Boceguillas, y por fin el 30 llegó a Somosierra. En Madrid la alarma crecía en tales términos, que ya en 23 de Noviembre se pensaba en una defensa formal, guarneciendo el circuito de la corte para hacer de ella con el valor de sus habitantes una segunda Zaragoza. Era capitán general de Castilla la Nueva el marqués de Castelar, y gobernador de la plaza don Fernando de la Vera y (p.805) Pantoja; pero a este no se le conceptuaba muy entendido en materias facultativas, y como se tratara de obras de defensa, fue nombrado para el caso el célebre don Tomás de Morla, sucesor de Solano en Cádiz cinco meses antes; hombre feísimo de rostro, de carácter aparentemente enérgico aunque en realidad muy débil. Gozaba en el conocimiento de la artillería de gran reputación, que aún conserva, pues sus estudios sirven hoy para la enseñanza de la juventud que a la guerra científica se consagra. Morla dirigió las obras de defensa, que consistían en grandes fosos abiertos fuera de las puertas de Fuencarral, Santa Bárbara, Los Pozos, Atocha y Recoletos; en aspillerar toda la muralla de la parte Norte; en desempedrar las calles de Alcalá, Carrera de San Jerónimo y calle de Atocha para levantar barricadas; y por último, en fortificar el Retiro con trincheras y una mediana artillería, la única que teníamos, pues todo se reducía a unas cuantas piezas de a 6 y poquísimas de a 8. Esto se hizo precipitadamente a última hora; mas con tanto entusiasmo y determinación, que la diligencia parecía suplir con creces a la previsión. En las obras trabajaba todo el mundo sin reparos de clase. Las señoras, no contentas con afiliarse en la congregación del lavado y cosido, dirigieron a las autoridades una exposición en que se ofrecían a ayudar ya llevando espuertas de tierra, ya ocupándose en lo que se les mandase. No es esto invento mío, y la exposición existe impresa donde el incrédulo podrá verla si aún duda de la grandeza de ánimo de las señoras de aquel tiempo. Y al decir señoras, se comprende que no me refiero a aquellas de quienes en otro lugar de este relato tengo hecha mención, pues las del Rastro y Maravillas tenían especial gusto en pasearse por todo Madrid arrastrando un cañón entre seguidillas y chanzonetas: me refiero a las más altas hembras, a quienes vi empleadas en menesteres indignos de sus delicadas manos. De los hombres no hay que hablar, porque todos trabajábamos a porfía día y noche sacando tierra de los fosos (p.806) para construir los espaldones de la artillería. En poco tiempo quedó la calle de Alcalá tan limpia de guijarros como tierra de sembradura, y desde las Baronesas al Carmen Calzado levantamos un parapeto formidable. El personal de la defensa era el siguiente: 1.º Quinientos soldados de línea que apenas bastaban para el servicio de las bocas de fuego. 2.º Las tropas colecticias formadas por el alistamiento voluntario de 7 de Agosto, y a las cuales pertenecía un servidor de Vds. (no pasábamos de tres mil hombres). 3.º Los conscriptos pertenecientes a Madrid en el llamamiento de doscientos cincuenta mil hombres que hizo la Junta, y cuyo sorteo se verificó en 23 de Noviembre. 4.º La milicia urbana llamada honrada que se formó por enganche voluntario el 24 del mismo mes. Voy a deciros algo de esta conscripción y de estos señores honrados. Hízose aquella llamando a las armas a todos los ciudadanos desde 16 a 40 años, y declarando derogadas todas las excepciones que establecían las Reales Ordenanzas de 27 de Octubre de 1800 para el reemplazo del ejército. Se declararon útiles los viudos con hijos, los hijosdalgo de Madrid, los nobles que no tuvieran más excepción que su nobleza, los tonsurados sin beneficio que estuviesen asignados a servicio eclesiástico, para cuya determinación se cubrió con un velo el concilio de Trento; los que disfrutaban capellanía sin estar ordenados in sacris (muchos de estos eran los llamados abates); los novicios de órdenes religiosas; los doctores y licenciados, que no fueran catedráticos con propiedad; los retirados del servicio y los quintos que hubieran servido su tiempo; los hijos únicos de labradores; en una palabra, no se exceptuaba a rey ni a Roque. Los honrados eran una milicia sedentaria creada con objeto de guarnecer las ciudades, para precaver los desórdenes, reprimir los facinerosos, bandidos, desertores y díscolos, que perturbando la pública tranquilidad intenten saciar su ambición o su codicia. De modo que en Madrid tuvimos en 23 de Noviembre sorteo para el reemplazo del ejército, y (p.807) algunos días después alistamiento de milicianos honrados. Aquella y esta operación se verificaban de diez a tres en los claustros de la Trinidad Calzada, de los Mostenses, de San Francisco, y en los de otros conventos situados en el punto más céntrico de cada cuartel, ante un alcalde de Casa y Corte o un señor regidor de Madrid, un oficial militar, un alcalde de barrio y un escribano. Bastaron, pues, pocos días para que las filas de la guarnición de Madrid se llenaran con muchos miles de hombres. A la poca tropa de línea y al regular número de voluntarios ya disciplinados, uniose la muchedumbre de quintos y la caterva de urbanos, gente toda muy entusiasta; pero casi en general carecían de fusiles y estaban tan ignorantes de lo que habían de hacer como la madre que les echó al mundo. Sucedió también que los voluntarios antiguos, aquellos que desde Agosto habían paseado presuntuosamente sus fachas uniformadas por Madrid, miraron con mal ojo a los honrados, los cuales, llamándose así, parecían querer resumir en su instituto toda la honradez española, y hablaban pestes de los antiguos. Los honrados que no tenían armas, decían que estas debían quitarse a los antiguos que las tenían: juraban estos entregarlas antes a Napoleón que a los honrados, y en tanto los quintos recién sorteados, aquellos infelices viudos, nobles, sacristanes, novicios, beneficiados sin beneficio y demás gente antes exceptuada, miraban al cielo, esperando que se les pusiese en la mano alguna cosa con que matar. En resumen: mucha, muchísima gente de última hora; pocas y malas armas; ningún concierto, falta de quien supiese mandar aunque fuese un hato de pavos; mucho mover de lenguas y de piernas; un continuo ir y venir, con la añadidura inseparable de gritos, amenazas y recelos mutuos, y la contera de los gallardetes, escarapelas, banderolas, signos, letreros y emblemas, que tanto emboban al pueblo de Madrid. El aspecto de uno de aquellos claustros en que se verificaba el alistamiento, era digno de ser eternizado por los más diestros pinceles. (p.808) Dichoso yo si con la pluma pudiera dar efímera existencia a uno de ellos ¿A cuál? Todos eran igualmente pintorescos, y si alguno contenía mayor número de curiosidades, era el claustro de la Trinidad Calzada, en la calle de Atocha.
Ep-5-XIII - En mitad de la ancha crujía estaba la mesa donde el regidor iba recibiendo los nombres, que asentaba un escribiente en barbudas cuartillas de papel. En su derredor resonaba tal chillería y alboroto, que no sé cómo el señor de Mañara (que era el regidor allí presente) podía aguantarlo; pero inútil era el imponer silencio, porque la multitud de mujeres aglomeradas a la puerta, no callarían aunque el Espíritu Santo se lo mandara. Un pobre alguacil había sido destinado a sostener la debida compostura, y nunca tal hubiera intentado el infeliz instrumento de la justicia, porque le cogieron y le magullaron, y roto y molido dio vueltas por el arroyo. -¿Pero qué buscan Vds. aquí? -exclamó Pujitos abriendo los brazos en actitud amenazadora-. Fuera mujeres, que no sirven sino de estorbo. Condenaas, ¿por qué no van a sacar tierra en los Pozos? -Ya hemos sacado tierra, ¡y lástima que no fuera de tu sepultura! -¿Pues qué queréis, demonios? -¿Qué hamos de querer? ¡Fusiles, piojo! ¿Te los han dado a ti y a tu batallón pa quitar telarañas? Vengan acá pronto, que nosotras también nos alistamos. -Afuera, afuera de aquí, canalla. -Paz, paz -dijo desde el interior del claustro una gruesa y campanuda voz que al punto reconocí por la del venerable Salmón-. Haya paz, y no me levante ninguna el gallo. Al punto el apretado grupo de mujeres se dividió en dos, dando paso a la procerosa figura del mercenario, que avanzó con majestuoso paso y risueño continente. -Aquí está el padrito. ¡Que viva el padre Salmón! Ven, Pujitos del demonio, a echarnos afuera. -Arrastrao -dijo una cogiendo a Pujitos por el cuello y mostrándole el puño-. ¿Tus muelas han salido a misa esta mañana? ¿Quieres que salgan a vísperas esta tarde? Pues boquea y verás. -Déjenlo, dejen en paz a ese pobre hombre -dijo (p.809) socarronamente Salmón-, y perdónenle su gran descortesía con tan dignas señoras; que yo prometo que se enmendará. Ya os he dicho varias veces que si no sois buenas, no contéis para nada con vuestro queridito padre Salmón. Vamos a ver, señoras mías; duquesas y princesas; ¿para qué os agolpáis aquí? -También nosotras queremos alistarnos. -Alistaros, ¡oh valientes amazonas! Pero niñas, ¿no veis que en vuestras manos mejor sienta el hilo de oro y las sartas de perlas, que el temido alfanje damasquino? Vaya, idos a rezar, que la mujer honrada la pierna quebrada y en casa. -Todos esos son unos calzonazos. Nosotras hemos cargado ya muchas espuertas de tierra. Ahora llevamos dos cañones a Los Pozos, y queremos que nos los dejen disparar. -Bueno, bueno, todo se hará. Cada una a su casa, y cuidado con lo que les tengo prevenido. Tú, Nicolasa, eres una tramposa, que en cada libra de carne pones dos onzas menos de peso. Tú, Bastiana, te condenarás por la usura de prestar a dos pesetas por duro a la gente del Rastro; y tú, Alifonsa, aguardentera de todos los diablos, ten entendido que tantas docenas de estos verás a la hora de tu muerte como cortejos has mantenido en vida, y no digo más por no escandalizar delante del público. Con estas y otras filípicas iba Salmón despejando la puerta, en tales términos, que pronto quedó practicable; mas no por eso tornose adentro el popular fraile, sino que siguió adelante, diciendo a cada uno su palabrita y dando a besar la correa a viejos, mujeres, hombres y muchachos. Cuando me vio echome los brazos al cuello, saludándome con mucho afecto. -¿Vienes a alistarte? -me dijo. En esto abalanzose hacia nosotros un hombre que besó las manos a Salmón con fervoroso cariño, y luego le habló así: -¡Ay mi padrito de mi alma! ¡Gracias a Dios que este probe tiene el refrigerio de encontrarle y verle y hablarle, que es para él de más gusto que si le dieran todos los reinos del mundo limpios de fronteras! ¿Recibió Su Paternidad las siete libras de rapé y el barrilito? -Si, (p.810) hijo mío, y gracias se os dan, pues sois el caballero más cumplidor de juramentos y palabras que conozco. -Sí: que soy hombre para desairar a un Paternidad tan reverendo. Mande mi frailito por esa boca, que yo le traeré la Inglaterra toda, aunque gaste en pólvora y balas todo mi dinero. -¿Y la Zainilla? -¡Está malucha! La otra noche tuvimos junción en casa, y todo concluyó con un sainetillo de lo que llaman palos, que aquello parecía una gloria. La pobrecita niña de mis entrañas está desde esa noche que no come ni bebe, y manda al cielo unos suspiros que parten el corazón de bronce de su padre. -Eres un zopenco, tío Mano -dijo Salmón-. Cuando estuve en tu casa el día de Difuntos.. ¿recuerdas que me diste aquellos puches; que con el aditamento de un cierto aguardiente de Chinchón, estaban propios para que metiera en ellos las barbas el mismo emperador del Sacro Romano Imperio? -Me acuerdo, sí. -Pues aquella noche te dije: «Morterillo, ándate con cuidado, que tu Zaina y el Sr. de Mañara están de mucho paliqueo, y míralos en aquel rincón con la cabeza inclinada el uno sobre el otro como dos higos maduros». ¡Y cómo se le caía la baba a tu hija! -Verdad es, señor; y ya sé que de ahí viene todo. -Entonces te dije: «Morterillo, mucho ojo, que el Mañara quiere enmarañar a tu hija, y vas a perder este bocadito de ángeles que tú destinabas a un Veinticuatro». ¿Acerté? -¿Pues ello?.. Yo no quería reñir con Mañara -dijo Mortero rascándose una oreja-. Verdad que él iba allá todas las noches.. pero mi pobrecita niña es más inocente que una paloma. -Apuesto a que el demonio ha metido el rabo en tu casa, Morterillo. Dices que tu hija ni come ni bebe, y da unos suspiros.. ¿suspiritos? -Sí; y en tres días no le he podido sacar palabra de la boca, y a veces heme puesto a acecharla tras la puerta de su cuarto, y cata a mi niñita diciendo unas palabrotas.. pues.. así como los cómicos en los treatos.. Y a ratos la veía enjugándose las lágrimas, y a ratos echando centellas por los ojos.. «Dime qué tienes, serafín de tu padre», le he preguntado algunas veces; pero no (p.811) me contesta más que un poste. Anoche nos pusimos a rezar el rosario (porque yo no falto jamás amén a esta devota costumbre ni en casa, ni en campo raso), y ella empezó con mucha devoción, diciendo los santamarías con un dejo y un canticio meloso que llegaba al alma; pero de repente, padrito, empieza a dar manotadas como una loca, rompe en mil pedazos el rosario, levántase, y con las manos en la cabeza, dando paseos por el cuarto, dice así: «Virgen de la Paloma, no puedo, no puedo». Luego púsose el mantón y corrió a la calle, adonde la seguí.. ¿Creerá Su Reverencia que fue hasta la casa donde vive ese condenado regidor, parose en la puerta, y arrimando la cabeza contra una reja, dio a llorar como un chiquillo? Tuve que traerla en brazos a mi casa, y al día siguiente no pudo ir al cajón porque cayó mala. -Ya lo veo clarito. Es que Mañara le tiene sorbidos los sesos, y no es la primera, Mortero, no es la primera; pero yo iré por allí, echarele un sermón a la niña, y veremos si te la curo.. Pero calle.. ¿No es aquella que asoma por allí? Sí, es ella misma. Zaina, Zainilla, ven acá. -Sí, es mi flor temprana, es el lucero de su padre. Llégate aquí, arrastradilla -dijo el tío Mano llamando a su hija-. ¿De dónde vienes? -De llevar tierra -contestó la Zaina, en cuyo semblante fresco y animado no se veían señales de aquel hondo pesar que acababa de referir el respetable progenitor-. Ya hemos puesto tres cañones en la puerta de Atocha, y están clavadas las estacas y armado tal ramaje de palitroques, que parece un nacimiento. -¿Y para qué andas tú en esas faenas, solito de justicia? Padre, échele Su Reverencia un buen sermón, o dos, si es menester, para que se quede en casa. -Tú no tienes buena cara, Zaina -le dijo Salmón-. Tú estás triste, te lo conozco. -¡Qué buen barruntador tenemos! ¿Y por qué estoy triste? -Dime, ¿has visto por ahí al Sr. D. Juan de Mañara? La Zaina se puso pálida y cesó de reír. -Ya está cogida -exclamó Salmón batiendo palmas-. Esa cara no miente. Mira, Ignacia, en la huerta de mi convento hay un pajarito que todas las (p.812) mañanas viene a mi celda a contarme las picardías de las muchachas que conozco. ¿Sabes lo que me dijo de ti? Pues me dijo.. -Está más encarnada que un tomate -añadió Mano-; déjela Su Paternidad por ahora. -¿Qué dejar? ¡Bueno soy yo!.. Conque, niña, ¿ha habido gatuperio? Mucho cuidado con los galanes que van a casa, mucho ojo, que si me enfado.. Fuera pecados mortales, fuera cosas malas, que entonces no hay lo de padrito por acá, padrito por allá, sino que saco unas disciplinas y a zurriagazos enderezo yo a mis niñas. Conque ven acá, loquilla, ¿ese señor de Mañara te ha trastornado el juicio? -¿A mí? -chilló la Zaina con súbita expresión de despecho que la puso más arrogante y más hermosa de lo que realmente era-. ¿A mí ese pelón? Sé que se lustrea diciéndolo por ahí; pero que se aspere un poquito, que astavía tengo mucho orgullo y no me echo a perros. -Vamos, no lo niegues. -¿Yo? Voyme al zumo, que no a las cáscaras, y sobre que no me gustan los usías estirados, ni los madamos que huelen a bergamota, cuanti más los malinos traidores, gabachones.. -¡El Sr. de Mañara traidor! -exclamó con asombro el mercenario- ¿Cómo hablas así de un caballero tan principal y tan buen patricio, de ese bendito regidor, que ahora está allí dentro alistando soldados? -Traidor, más traidor que Judas -afirmó la Zaina-. ¿Y Su Reverencia se hace de nuevas? Pues todo el mundo lo dice, y no queda en Madrid quien no lo sabe. -De otros lo he oído yo, pero no de Mañara -indicó Mortero. -Está vendido a los franceses, y todo ese papel que hace, es por disimular sus maldades -dijo la Zaina-. Pero se la tienen sentenciada a ese pícaro, arrastrao, endino, criado del tío Copas. ¡Viva Fernando VII! -Yo creí que estabas embobada -dijo Salmón- y ahora veo que estás loca. -¡Ay mi niñita! -dijo el tío Mano-; no hables tales cosas, que pueden llegar a las orejas del Sr. de Mañara, y ya sabes que ando en empeños con él para que ponga en libertad a aquellos dos angelitos seráficos que están en la cárcel de Villa, Agustinillo y el Manco, los cuales por diez (p.813) pellejos de mal vino de Esquivias, están pasando el purgatorio en vida, aunque pienso que en la otra Dios les ha de descontar estas penas. -¡Me han de oír los sordos! -exclamó la Zaina-, que aquí no queremos traidores. ¡Acabar con ellos, y Napoleón es muerto! -Cuidado, muchacha -dijo Salmón-, que palabra y piedra suelta no tienen vuelta, y palabra en boca es lo mismo que piedra en honda. -Sea lo que Dios quiera. A mí quien me la hace me la paga. -¿Ves cómo todo es el rencorcillo que te ha quedado? Iba a contestar Ignacia, cuando apareció D. Diego, y luego que aquella le vio, hízole entrar en el corro, diciéndole: -Aquí estoy, aquí está su princesa, señor conde; no me busque con esos ojazos de pájaro bobo. -¿También el señor conde te corteja, harpihuela? -preguntó el fraile haciendo una reverencia a D. Diego. -¡Y que le quiero más que a las niñas de mis ojos! -dijo la maja-. Los zarcillos son chicos, y otra vez tenga más miramiento; que a las señoras no se las obsequia con colgajitos de a cuatro duros; y un novio tuve yo, que en barras de plata y oro me llevó a casa los tesoros del Rey. D. Diego turbado por la presencia del mercenario, no acertaba a decir palabra. En cambio el padrito se encaró con él, y campanudamente endilgole la siguiente homilía: -Ya sé que anda el señor conde en malos pasos, y mis señoras la condesa y marquesa lo saben también. ¿Conque es cortejo de la Zaina? ¡Optime, superlative!, Sr. D. Diego. Y no lo digo porque esta sea ningún guiñapo, sino porque cada oveja con su pareja. ¡Qué dirá la señora doña María Castro de Oro, condesa de Rumblar, a quien no conozco sino para servirla; qué dirá cuando sepa los traeres de su hijo! Y pensar que a un jovenzuelo casquivano se le ha de dar por esposa aquella flor sin tacha, aquel lucero matutino, que cual oro en paño guardan donde usía sabe, es pensar en las nubes de antaño. Pues no faltaba más.. ¡Un Afán de Ribera, metido en tales tapujos! ¿No le da a Vd. vergüenza? Y no lo digo porque recuente la casa de este Sr. D. Mano de Mortero, que es persona (p.814) honradísima, sino porque mi niño va también a casa de la Zancuda, donde se juega de lo lindo, y jóvenes muy acomodados conozco que han dejado allí los hígados. -Verdad es -dijo Mortero-. Lo que es en mi casa, nadie se deja nada, como no sea el malhumor, porque a conversaciones honestas, y a lenguas castas, y a manos quietas nadie nos gana; que a veces la casa parece un monasterio de tanto afinamiento y quinta sustancia de la conmenencia. -Pero el Sr. D. Diego no sólo frecuenta esas deshonestísimas regiones -añadió Salmón-, sino que también va a las logias de los masones, infernalis espelunca, donde se pasa la noche entre herejías y diabluras. ¡Veo que es aprovechado el rapazuelo! ¡Y quería la señora marquesa que yo le trajese al buen caminito con sermones y consejos! No está la Magdalena para tafetanes, Sr. D. Diego, y yo primero arrojo el hábito que llevo, que decir a usía por ahí te pudras, y lléveselo el diablo con sus bobadas y truhanerías. Más que una mona corrido, quedose D. Diego con esta filípica, y de buena gana habría contestado a Salmón, vomitando todas las abominaciones que acerca de los frailes había aprendido ya, si no le detuviera la vergüenza y las muchas miradas de enojo que de distintas partes le observaban. Así es que sólo protestando a medias palabras contra el frailazo pancista, se escurrió bonitamente entre el gentío, llevando consigo a la Zaina y a Mortero, que no quiso dejarle escapar sin previa entrega de las ofrecidas espuelas de plata. Quedámonos allí Salmón y yo, y como mi amigo oyera lo de frailazo poncista, palabras que ya en aquellos días empezaban a menudear en bocas populares, se enfureció y quiso seguir tras el jovenzuelo para reprenderle su osadía; mas el agolpamiento de la gente, junto con las muestras de simpatías que recibió, se lo impidieron. -Temple Su Paternidad la ira -le dije-, y vayase en buen hora D. Diego. -Tienes razón -repuso-, que aquila non capit muscas. Su castigo tendrá en ver que se queda sin novia. -Pues él está tan firme en casarse -dije-, que lo da por hecho, y añade (p.815) que llevará adelante lo del matrimonio, contra viento y marea. -¡Oh, qué ilusión! ¡Pues están contentas de él mis señoras la condesa y marquesa! Y por lo que hace a la novia.. Acompáñame a la Merced y te contaré. ¿Hablaste largo con la señora condesa? ¿Le dijiste todo lo que sabes de este botarate? -Un poquito, sí señor. ¿De modo que no se casará? -Lo dudo, porque si las personas mayores de la casa no lo pueden ver, lo que es la joven.. Anda esta trastornadilla después que se le han descubierto todos los escondrijos de su almita. Por fin lo dijo todo. Ya te conté que ni yo con mi gran autoridad y mis chistes y juegos, ni la marquesa con su mal genio, ni el marqués apedreándola a regalos y obsequios, pudimos hacerle confesar la causa de sus melancolías; pero al fin, apretada por su prima la señora condesa que la ama mucho, un día entre lágrimas y suspiros le confesó todo. -Y no resultaría nada.. -Nada más sino que todo aquel mal gesto y aquellas tristezas le venían de amar a un muchachuelo, a un perdidillo, a un cascaciruelas de esas calles, a quien conoció y tuvo por novio en toda regla, allá cuando vivía lejos de sus padres. ¡Cosa de niños! Lejos de parecerme mala, me parece un buen signo de virtud la firmeza de sus sentimientos lo mismo en la adversa que en la próspera fortuna. Con todo, la marquesa y su hermano rabian, como es natural, viendo que no pueden desencantar a la niña, pues lo que tiene, más parece encanto que otra cosa. Y todo se les vuelve decir: «Padre Salmón, ¿qué haremos? Padre Salmón, ¿qué no haremos?». Yo me voy al cuarto de la madamita, y después de decirle cuatro gracias, y de imitar el graznido de los cuervos, y el relincho de un caballo, y el rum rum de las viejas rezando en la iglesia, con lo cual ella se ríe mucho, le digo: «Pero hijita de mi corazón, ¿por qué no desecha vueseñoría todo pensamiento que no sea el de su actual grandeza? ¿Qué cosa puede apetecer ahora? ¿Le falta algo? ¿No tiene todas las comodidades, todos los miramientos, todos los mimos que una doncella puede (p.816) apetecer?». A lo que me contesta que ella no desea nada, y después se calla. Entonces le tomo las manos, se las acaricio y le digo: «El pajarito de mi convento me ha contado que amasteis a un jovenzuelo. ¿Por qué no arrojáis esta idea de la cabeza? ¿No comprende usía que en una tan principal casa no pueden entrar por las puertas del matrimonio personas de baja condición? Seguramente que ese zascandil que fue vuestro novio no se acuerda para nada de mi querida niña». Y ella al punto se sonríe, muda de conversación y empieza a hablar de otro asunto con tan buen tino y tanto talento, que a mí y al padre Castillo nos deja atónitos. -Pues veo que cuando dos tan buenos predicadores no la pueden quitar con sus sermones el desencanto, encantada estará toda la vida. -No, hijo; que se han intentado varios medios para quitarle eso de la cabeza. La condesa díjole que el zascandil ese había muerto según sus averiguaciones, y la marquesa y su hermano, tomando otro camino, han concertado hacerla creer que el tal desconocido jovenzuelo es un pícaro ladroncillo de las calles, un tramposo, estafador, a quien persigue la justicia por sus robos, chuladas y granujerías. -¡Vive Dios! -exclamé sin poderme contener-, que eso es mentira, y le romperé el alma al que me diga que es cierto. -¡Cómo, muchacho! -dijo muy absorto el fraile-. ¿Pero a ti qué te va ni qué te viene en esa cuestión para tomarla tan a pechos? -Y a todas esas, ella, ¿qué decía? -Nada. Hasta hoy la verdad es que el ingenioso artificio no ha hecho gran efecto, y mientras la doncella sin par aparenta no darse por entendida, la señora marquesa se incomoda más cada día, y a todas horas exclama: «Esto no puede seguir así». Riñe con su sobrina, esta suele llorar, aunque en ella todo revela más paciencia que dolor, y aquí de la condesa, que se pone como un basilisco en cuanto mortifican a su prima. Tía y sobrina se dicen cuatro cosas: yo las apaciguo, y hasta el otro día, que sucede lo mismo. En esto llegamos a la puerta de la Merced, y Salmón deteniéndose, me dijo: - (p.817) ¿Quieres subir? Te daré chocolate crudo y una copita. -Gracias, padre; estoy rabiando, y no tengo ganas de chocolate ni de copitas. Y sin más palabras, despedime de aquella lumbrera de la Iglesia para irme a mi casa.
Ep-5-XIV - Llegó con el 28 de Noviembre la noticia de la batalla de Tudela, y una vez que se consideró deshecho nuestro ejército de Aragón y del Centro, ya todos vimos el sombrero de Napoleón asomando por la Mala de Francia. Las fortificaciones avanzaban, y en los días 27, 28 y 29 recuerdo que menudearon bastante las que podremos llamar fortificaciones y armamentos espirituales, que eran las rogativas, rosarios, funciones de desagravios, novenas y otras devociones para alcanzar de la Divina Providencia, no que apartase los peligros, sino que enardeciera nuestros ánimos para salir victoriosos. Hubo rosario en San Ginés, jubileo en los Dominicos de la Pasión, solemnes cultos en el Carmen Calzado, y, por último, en la iglesia de Nuestra Señora de Gracia, sita en la plazuela de la Cebada, se inauguró un novenario que fue la más popular de las devociones de aquellos días, por predicar allí popularísimos oradores. La gente piadosa al par que patriota no tenía tiempo para acudir a tantas partes, y vacilaba entre la iglesia y la trinchera. Los hombres aunque lo deseáramos no teníamos tiempo para frecuentar las iglesias, y especialmente los armados no dábamos paz a los pies ni a las manos con el frecuente ejercicio y ensayo de nuestra fuerza. Los soldados, los voluntarios, los conscriptos, los honrados que tenían armas, nos confundimos por algunos días en comunes trabajos y preparativos, dando al olvido discordias importunas. Y no estaba el tiempo para andarse con juegos, porque ya Napoleón se nos venía encima. Mientras existió la pueril confianza de que las tropas enviadas a Somosierra estorbarían el paso del tirano, menos mal: íbamos viviendo, alimentando nuestro espíritu con risueñas ilusiones, y soñando con ver hecho pedazos el poder de Bonaparte en la era del Mico. Pero el día 1.º de Diciembre comenzaron a (p.818) circular desde muy temprano rumores gravísimos acerca de la derrota del general San Juan en Somosierra. Echose todo el mundo a la calle en averiguación de lo ocurrido, y corriendo de boca en boca las nuevas, exageradas por la ignorancia o la mala fe, bien pronto llegó a decirse que los franceses estaban en Alcobendas, y hasta alguno aseguró haberlos visto paseándose en el Campo de Guardias. Desde el famoso 2 de Mayo no había visto a Madrid tan agitado: corrían hombres y mujeres por las calles, y entonces era el lamentar la ciega confianza, el echar de menos la actividad y previsión propias de un pueblo realmente decidido a defenderse. El Gran Capitán y yo habíamos salido desde muy temprano, él para tomar disposiciones importantes en el cuerpo de honrados a que pertenecía, y yo por acudir a mi puesto, o curiosear en caso de que aún no se tratara de cosa formal. -Lejos de acoquinarme yo, como estos gallinas -decía el Gran Capitán-, me animo y me gallardeo y me esponjo al saber que los tenemos tan cerca. Y a mí no me hablen de que el general San Juan ha sido derrotado. Para los que conocemos las artimañas y recovecos del arte de la guerra, esa dispersión de las tropas de San Juan que parece derrota, no es otra cosa más que un hábil movimiento para engañar a Napoleón, dejándole pasar el puerto. Y si no, figúrate si será bonito ver a lo mejor que cuando tranquilamente avanzan los franceses creyéndose seguros, aparecen como llovidas por el flanco derecho las tropas españolas y me los cogen ahí sin disparar un tiro entre Alcobendas y San Agustín. -Podrá suceder -dije yo sin manifestarle mi incredulidad-; pero figúrese el Sr. Fernández que no pasa nada de esto, sino que viene Napoleón sano y entero y nos pone cerco. ¿Cómo saldremos de este apuro? -Admirablemente -repuso-. Podrá suceder que si trae muchas, muchísimas tropas, vamos al decir, un par de milloncitos de hombres, dure el sitio dos o tres años, después de cuyo tiempo tendrá que retirarse.. porque pensar que Madrid se ha de rendir, es pensar en lo excusado. Y si no, (p.819) pasea tus ojos por esas fortificaciones que en diferentes partes se han hecho en lo que el diablo se restriega un ojo; esparcía tu vista por esos hondos fosos, por esos gruesos parapetos, por esos inexpugnables montones de tierra, y por esas terroríficas baterías de cañones de a 6, y si la admiración te da tregua a las reflexiones, comprenderás que es imposible tomar a Madrid, aunque Napoleón trajera mejor gente que aquella que fue a Portugal con el Sr. Marqués de Sarriá. -Dios le oiga a Vd. Por mi parte haré lo que pueda. ¿Y Vd. manda, o es mandado? -Yo mando; que a ello me han obligado antiguos amigos, cuya ciega confianza en mis conocimientos raya en fanatismo. Yo no quería mandar porque no me gustan papeles; pero he tenido que ceder, y entre todos hemos formado una compañía que ha recibido orden de operar en Los Pozos, sitio el más arriesgado y peligroso y temerario de este gran asedio que nos espera. Casi todos tenemos fusiles, y los que no, manejarán la lanza. -¡Lanza para defender murallas! -exclamé sin poder disimular la risa. -Sí, hijo; ¿qué entiendes tú de eso? Figúrate que a esos tontos se les ponga en la cabeza dar un asalto, ¿qué mejor cosa para impedirlo?.. Por cierto que voy a reunir mi gente para ir a ocupar la posición, no sea que el señor córcego quiera darnos una sorpresa con su acostumbrada mala fe. -Ahora dejémonos llevar a la Puerta del Sol con todo ese gentío que allá va -dije yo-; y parece que ocurre alguna cosa grave, según gritan. -Efectivamente; pero esa gritería es de mujeres. Sin duda esas valerosas matronas piden que se les den armas. -Bajemos por la calle de la Montera.. Por allí sube, si no me engaño, el Sr. de Santorcaz. Llamémosle: él sabrá lo que ocurre.. ¡Eh, Sr. D. Luis! -¿Qué hay en la Puerta del Sol, que tanto chilla la gente? -preguntó Fernández cuando el otro se nos acercó. -Es que el pueblo pide armas y no se las quieren dar -repuso Santorcaz-. Es una picardía y todos esos mandrias de la Junta deben ser arrastrados. -¡La Junta! ¡Los señores de la Junta Central! -No hablo de la (p.820) Central -prosiguió Santorcaz-; que esa, si es cierto lo que dicen, ha acordado hoy retirarse de Aranjuez, buscando refugio en el Mediodía. Hablo de la juntilla que se ha formado aquí para la defensa de Madrid, y que está en permanencia en la casa de Correos. ¡Aquí hay muchos traidores -añadió en voz alta-, y algunos han cogido dinero para entregar la plaza a los franceses! Canallas de traidores. Ahora salimos con que se han acabado las armas y los cartuchos. ¡Mentira! Yo sé dónde hay armas y cartuchos. ¡Nos están engañando, nos van a vender! Diciendo esto, se apartó de nosotros; después de lo cual seguimos hacia abajo, y al llegar a la Puerta del Sol vimos que estaba de bote en bote llena de gente. Aquel hueco abierto en el apelmazado caserío de Madrid es el corazón de la antigua villa, y a él afluye con precipitada congestión la sangre toda en sus ratos de cólera, de alegría o de miedo. La Puerta del Sol latía con furia. Hombres y mujeres hablaban a la vez y a sus voces se unían actitudes y gestos amenazadores. La masa más inquieta, más hirviente, más loca y alborotadora estaba al pie de la casa de Correos. -Busquemos algún conocido que nos informe de lo que aquí ha pasado -dije metiéndome con el Gran Capitán por lo menos apretado del gentío. -Astavía no ha pasado nada -dijo un caballero que envuelto en una capa se nos apareció, y en quien al punto reconocí al Sr. de Majoma-. Astora nada; pero.. ya verán. -¿Qué pide esa gente? -¿Qué ha de pedir? Armas y cartuchos. -Ya están repartidos todos los que hay. -¡A mí con esas! -exclamó el apreciable sujeto-. Ya estamos de traidores hasta el gañote. ¡Pillos lairones! Si no les espachamos nos van a entregar a los franceses. ¡Perros gabachos! Les conozco bien y se la tengo sentenciada, sí señor; y el que diga que no son traidores, que se vea conmigo, porque yo soy más español que Santiago y más patriota que Fernando VII. -Pero desde hace tiempo se sabe que la plaza tenía muy pocas armas, y en cuanto a los cartuchos, todos los que había y los fabricados en esta semana, se han (p.821) repartido ya. El Sr. de Mañara ha estado ocho días ocupado en dirigir la fábrica de cartuchos y ayer tarde repartió muchos miles en el Ave-María y en la Comadre. -¡No me lo nombres! -exclamó Majoma afectando una indignación que más tenía de cómica que de trágica-. Ahí tienes al traidor más que Judas, al gabachón más que Copas.. Gabriel, ¿eres tú traidor también? ¿Estás vendido a los franceses, como ese regidorcillo hambrón? Dime que sí y verás.. mia tú.. aquí mismo te pongo en pipitoria con esto que traigo debajo de la capa. -¿La navajita? Guarda tu coraje para mejor ocasión, Majomilla -le respondí-. Me parece que estás borracho. -¿Borracho yo? Si no lo he probao, chico.. Esta mañana me convidó el Sr. de Santorcaz a beber unas copas, y.. por esta que no bebí más que dos azumbres.. ¿qué hacer sin la calorcilla en el estómago?.. Pero di, ¿eres tú traidor? Di que no, porque te rajo.. pues yo (y se daba fuertes golpes en el pecho) tengo un corazón como un bronce, y soy más valiente que el Ciz y nadie me tosa, si no quiere ver quién es Majoma. Y sin oír más, nos apartamos del insigne varón. -Esto no me gusta -dijo Fernández-, y me parece que si la alta empresa que entre manos traemos no sale tan bien como debiera, consistirá en esta inmunda canalla motinesca, díscola y bullanguera, que en circunstancias tan críticas se vuelve contra sus jefes. Gabriel, de buena gana te digo que si nuestro D. Tomás de Morla nos mandase cerrar contra esta gentuza, la meteríamos en un puño prontamente. Y has de saber que estos perdularios chillones, más sirven de estorbo que de ayuda en la defensa, y verás cómo son ellos los primeros que se rinden. Miramos al balcón de la casa de Correos y vimos que en él aparecía un hombre alto, moreno, hosco, vestido de uniforme; le vimos accionar hablando a la multitud; pero no pudimos oír sus palabras, porque la femenil chillería de abajo habría impedido oír tiros de cañón, que no digo humanas voces. Después aquel militar, el cual no era otro que D. Tomás de Morla, encogíase de hombros y cruzaba los (p.822) brazos. Este lenguaje le entendimos mejor, y evidentemente quería decir: «No hay nada de lo que me pedís: se acabaron las armas y los cartuchos». Pero la multitud se enfurecía con la negativa y le silbaba, pidiendo con su omnipotente antojo y volubilidad que saliese Castelar, personaje más conocido que Morla. Salió el marqués de Castelar, habló sin poder apaciguar a sus admiradores, y repitiose el encogimiento de hombros y el gesto desconsolador. Aquí de los silbidos, de los gritos, de las amenazas: poco después el pueblo empezó a arremolinarse y a culebrear como dragón de mil colas que se dispone a emprender movimiento; y vimos que muchos se desparramaban por la calle Mayor y que otros subían hacia Santa Cruz. -Vamos allá a ver en qué para esto -dijo D. Santiago apoyándose en mi brazo y siguiendo el general torrente-. Estos majaderos primero dejarán de existir que de hacer alguna atrocidad. ¿Por qué piden armas, si con las que hay repartidas basta y sobra? ¿A qué piden cartuchos, si no hay cartucho que mate más franceses que el entusiasmo español, ni mejor pólvora que nuestra indignación? -Todo eso es verdad, Sr. D. Santiago -repuse-; pero no habría sido malo que la Junta Central o el Consejo, en vez de ocuparse en discutir sus rivalidades, hubiera depositado en Madrid unos cuantos barriles de indignación, de esa que se hace con salitre, carbón y azufre, que la otra sin esta de poco sirve. Pero aquí no ha habido previsión, ni iniciativa, ni actividad, ni eminentes cabezas que dirijan, sino que la defensa ha quedado a merced de la voluntad, de la invención y del buen sentido del pueblo, Sr. D. Santiago; y no llamo pueblo a esa miserable turba gritona que de nada sirve, sino a todos nosotros, altos y bajos, grandes y chicos.. ¿Pero quién es aquel que corre? Es el insigne patriota a quien llaman Pujitos. ¡Eh.. Sr. de Pujitos, lléguese acá y díganos lo que ocurre! -Ahora va la gente hacia la calle de la Magdalena -contestó-, donde vive el regidor Mañara. Esta mañana estuvimos allí: salió al balcón y nos dijo (p.823) que los miles de cartuchos que ha fabricado los entregó ya, y que no hay más pólvora. ¿Van Vds. hacia el Avapiés? Por allá hay gran alboroto, y dicen que Mañara es un traidor, y que acá y allá. -¿Y Vd. qué piensa de Mañara? -Mañara es hombre cabal, porque lo igo yo -afirmó Pujitos en tono misterioso-. Los traidores son otros y andan por ahí revolviendo la gente y armando estas tramoyas. Gabriel, acuérdate de lo dicho. Los que más chillan son los piores: pero yo ando con mucho ojo, porque así me lo ha mandado el jefe, y como les eche la mano encima, verán quién es Pujitos. Siguió a toda prisa hacia la Puerta del Sol, y nosotros atravesando la plaza Mayor, entramos en la calle de Toledo, arteria de toda la circulación manolesca, centro de las chulerías, metrópoli de las gracias, bazar de las bullangas, cátedra de picardías y teatro de todas las barrabasadas madrileñas.
Ep-5-XV - Pasando luego a la calle de Embajadores oímos de nuevo que hacia el Avapiés había gran marejada, por lo cual atravesando por los Abades hacia el Mesón de Paredes, nos fuimos a presenciar el tumulto, que no era flojo, según el rumor de voces que desde lejos se oía. En efecto, habíase armado un zipizape que déjelo usted estar. De manos a boca tropezamos con el tío Mano de Mortero, que se llegó a nosotros diciendo: -¡Cómo nos engañan, Gabriel! ¡Quién lo había de decir en un caballero tan bueno como el Sr. de Mañara! -¿Pero es traidor el Sr. de Mañara? Vamos, tío Mano. ¿Vd. también? Vd. que es una persona de tantísimo talento.. -Es verdad, niño de mi alma; ¿pero qué quieres tú? Lo dicen por ahí. A mí no me consta; pero al son que me tocan, bailo. Pues dicen que hay traidores, ¡abajo los traidores! -¿Y qué dicen de Mañara? -Que tiene arreglado con los franceses el entregarle la puerta de Toledo. -¿Y cómo lo saben? -¡Qué sé yo! Pero cuando el río suena agua lleva. Yo no he de ser menos que los demás, y pues hay traidores,¡abajo los traidores! -¿Y la Zaina? -¿Pues no la oyes? Si es la que más grita en medio de la plaza (p.824) ¡Santa Virgen! ¡Y no está poco furiosa esa leoncilla! Ahora se ha vuelto la patriota más patriota de todo Madrid. ¡Ay mi Dios, qué nacionala tengo a mi niña! De rato en rato aumentaba el gentío en la plazuela del Avapiés, y los hombres de mala facha unidos a las mujeres más desenvueltas de los cercanos barrios, menudeaban sus gritos y vociferaciones de tal modo, que ninguna persona honrada podría ante tal espectáculo permanecer tranquila. -Acerquémonos -me dijo Fernández-. Yo con todo mi corazón te aseguro que si Su Majestad y en su real nombre la sala de Alcaldes de Casa y Corte, me mandase despejar este sitio, lo haría de mil amores con dos lanzazos o sablazos, que para el caso lo mismo daría. -Guárdese Vd. de decir en alta voz tales cosas, y acerquémonos a aquel grupito de damas. La Primorosa salió del grupo. -Eh.. Primorosa, ¿qué traes por aquí? -le pregunté. -¡Cachiporros! -exclamó la harpía alzando los brazos, cerrando los puños, y dirigiéndose a algunos hombres que la rodeaban-. ¿Pa qué estáis aquí? ¿No vos quieren dar cartuchos? Pues iz ca el regidor y sacárselos de las asaúras. ¡Él los tiene escondíos! Él los tiene enterraos en paquetes pa dárselos a los franceses. Entonces la Zaina abriéndose paso presentose en el centro del corrillo formado en torno a la Primorosa. Estaba la hermosa verdulera amoratada y ronca, con los ojos encendidos, las ropas hechas pedazos, y con tan fiera expresión retratada en su semblante y en toda su persona, que causaba espanto. En el momento de presentarse, traía un cartucho entre los dedos, y lo mordía y derramaba en la palma de la mano lo que debía ser pólvora y resultaba ser arena. -¡De arena! Los cartuchos están llenos de arena -exclamó la muchacha, mostrando a todos aquel objeto. Y al mismo tiempo los hombres allí presentes sacaban de sus sacos otros cartuchos, los mordían, y en efecto, en todos o en casi todos aparecía arena. -¡Ese traidor nos ha dado cartuchos de arena! La terrible voz cundió por la plaza. Allí cerca había un retén de guardia de voluntarios. (p.825) Sacaron el depósito de cartuchos, mordíanlos, y por cada dos o tres con pólvora había uno con arena. Esto lo vimos el Gran Capitán y yo, y ambos nos quedamos mudos de indignación. -Pues indudablemente ha habido traición -dije yo. -¡Poner arena en los cartuchos! ¡Qué alevosía! Esto es entregar la patria villanamente al extranjero. -El que tal ha hecho -exclamé no ocultando mi rabia-, es un miserable que debe ser castigado. Gabriel, no lo creí -vociferó mi amigo, derramando lágrimas de coraje-; no creí que hubiera españoles capaces de semejante vileza. No, el que tal ha hecho no es español. Y los dos casi sin darnos cuenta de ello, hicimos coro con la rabiosa multitud, gritando: ¡Mueran los traidores! -¡Ese Mañara, ese ladrón! -gritaron a nuestro lado. -¡Él ha sido! ¡Mueran los traidores y viva Fernando VII! ¡De arena! ¡Los cartuchos de arena! Esta funesta frase corrió por todo Madrid más rápidamente que si la llevara la electricidad. En muchas partes, que no en todas, pudo confirmarse la verdad de la afirmación; pero la ira era general, y el que había puesto arena en los cartuchos fue condenado a muerte por la indignación popular. Mi amigo y yo observamos que la multitud corría en todas direcciones; pero los más iban hacia la Merced. Desapareció de nuestra vista la Pelumbres, el tío Mano, y desapareció también la Zaina. Corrimos por la calle de Jesús y María, y al llegar a la de la Magdalena, la vimos completamente llena de gente: todo el vecindario estaba en los balcones, y un clamor inmenso llenaba la vasta longitud de la calle. Hacia el centro de ella existía entonces, y existe aún, una casa suntuosa, pero de bastarda y ridícula arquitectura, por haber puesto en ella su mano D. Pedro de Ribera, autor de la fachada del Hospicio. A aquella casa histórica, residencia antes y también hoy de una respetabilísima familia, por mil títulos merecedora de la estimación pública, se dirigían las amenazas de la muchedumbre, borracha de ira. Todos querían entrar; pero las puertas estaban cerradas. Este obstáculo no tardó en desaparecer, (p.826) y terribles hachazos hicieron temblar las labradas maderas de la puerta señorial, protegida por el ancho escudo que en esculpidos emblemas representaba hazañas y virtudes de otros tiempos. Mas ¿quién reparaba en esto? El pueblo, que ya había pisoteado en Aranjuez la real corona, no vacilaba en pasar por sobre la de un noble. Hicieron, pues, pedazos la puerta, y el pueblo entró desbordándose e invadiendo el palacio, como un río que rompe los diques que durante siglos le han contenido y se extiende por el llano con ímpetu destructor. Entraron todos, los que iban con algún objeto y los que no iban más que a gritar. No debía, pues, hacerse esperar mucho la satisfacción de la popular furia, y bien pronto nos quedamos helados de terror, oyendo decir: «Le han matado, ya le han matado». ¡Pobre y desgraciado Mañara! Ayer ídolo, ayer amigo, ayer compañero de la vil plebe, cuyo traje y costumbre, y hablar y modos imitaba, hoy inmolado por ella con barbarie inaudita, con esa cruel presteza que ella emplea ¡la infame furia! en todas sus cosas. Pero lo espantoso, lo abominable, y más que abominable vergonzoso para la especie humana, fue lo que ocurrió después. La plebe tiene un sistema especial para celebrar las exequias de sus víctimas, y consiste en echarles una cuerda al cuello y arrastrarlas después por las calles, paseando su obra criminal, sin duda para presentarse a los piadosos ojos en la plenitud de su execrable fealdad. Esto pasó con el cadáver del infeliz regidor, a quien conocimos amante de Lesbia, amante de la Zaina, amante de todas, pues no hubo otro que como él prodigara su hermosa persona en altas y bajas aventuras; esto pasó con el cadáver del infeliz a quien llamo D. Juan de Mañara, no porque este fuera su nombre, sino porque me cuadra designarle así, para no andar trayendo y llevando los títulos de respetables casas, por los altibajos de esta puntual historia. Pero apartemos los ojos, no miremos, no, ese despojo sangriento que por la calle de la Magdalena, y después por la del Avapiés abajo, (p.827) arrastran en inmunda estera unos cuantos monstruos, hombres y mujeres tan sólo en la apariencia: cerremos los oídos a sus infames gritos, y sobre todo no miremos ese destrozado cuerpo, aún caliente, a quien las puñaladas, los golpes, el frecuente tropezar van quitando la figura humana, haciendo un jirón lastimoso de lo que fue, de lo que era pocos minutos antes hombre gallardo y gentil, y lo que es más digno de consideración, hombre dichoso y amable. Y mientras pasa esa salvaje bacanal, ese río de sangre y de infamia y de crimen, meditemos sobre las mudanzas mundanas, y especialmente sobre las cosas populares, las más dignas de meditación y estudio. ¿Era Mañara autor de la traición indudable descubierta en los cartuchos de arena? Histórica, no hija de nuestra invención, es la persona de Mañara; histórica es también su vida licenciosa, sus hábitos manolescos, sus aventuras y trato con la gente de los barrios bajos; histórica es también la Zaina, y tan históricos como la jura en Santa Gadea y el compromiso de Caspe, son sus amores con el regidor, su abandono, sus celos, su despecho, su ira, su sed de venganza y el descubrimiento, fatalmente hecho por ella, de los cartuchos de arena. Para saber todo esto basta leer media página de la historia mejor y más conocida que sobre aquellos tiempos se ha escrito. Pero ni en este eminente libro, ni en otro alguno, ni en boca de ningún viejo oiréis razones para contestar categóricamente a la pregunta que antes hice. ¿Fue Mañara traidor? ¿Intervino él en la obra criminal de los cartuchos de arena? Os diré francamente que yo tampoco lo sé; pero debo advertiros que nunca tuve a aquel desgraciado por capaz de acción tan fea. Mañara pecaba de libertino, de ligero, de vano y más que nada de enamorado. Jamás se distinguió en otras maldades que en las del amor, por cierto bien perdonables. Le conocí alevoso y traidor en cuestiones de faldas; pero no supe nunca que en asuntos graves faltara a las leyes del honor. Con estos antecedentes casi puede asegurarse que no fue Mañara autor de la superchería de los (p.828) cartuchos. ¿Pues quién lo fue entonces? Esto sí que ni la historia, ni la tradición, ni los viejos, ni yo podemos decíroslo. ¿No habéis observado que todos los movimientos populares llevan en su seno un germen de traición, cuyo misterioso origen jamás se descubre? En todo aquello que hace la plebe por sí y de su propio brutal instinto llevada, se ve tras la apariencia de la pasión un tejido de alevosías, de menguados intereses o de criminales engaños; pero ningún sutil dedo puede tocar los hilos de esta tela escondida en cuyas mallas quedan enredados y cogidos mil bárbaros incautos. ¿Quién hizo correr la voz de la traición de Mañara? ¿Fue todo obra deliberada de la Zaina? La historia dice que sí; pero yo creo haber oído tachar de sospechoso al pobre regidor en parajes muy distantes de la calle de la Pasión. Sin duda el frecuente roce con la plebe había desconceptuado mucho a D. Juan en la opinión de sus iguales. Carecía en absoluto de respetabilidad, y el que la pierde entre los de arriba queriendo sustituirla con bajas amistades, que son siempre inconstantes, está expuesto a perderlo todo en un momento, y a que cualquier chispa fugaz incendie de improviso la fábrica de una reputación que no se funda en nada sólido. Mañara había adulado a la plebe imitándola. Con este animal no se juega. Es como el toro que tanto divierte, y de quien tantos se burlan; pero que cuando acierta a coger a uno, lo hace a las mil maravillas. Vimos caer a Godoy, favorito de los reyes, y ahora hemos visto caer a Mañara, favorito del pueblo. Todas las privanzas que no tienen por fundamento el mérito o la virtud suelen acabar lo mismo. Pero nada hay más repugnante que la justicia popular, la cual tiene sobre sí el anatema de no acertar nunca, pues toda ella se funda en lo que llamaba Cervantes el vano discurso del vulgo, siempre engañado. -Pero vámonos de aquí -dije a mi amigo-. ¿No oye Vd. lo que dicen esos que pasan? Dicen que los franceses han aparecido por Fuencarral. -Vamos, vamos a cumplir con nuestro deber -repuso el Gran Capitán, (p.829) siguiéndome por la calle de las Urosas-. Pero me temo que lo que debía ser gloriosísima jornada, va a ser cualquier cosa, gracias a esa vil gentualla. La traición mina la plaza. Eso de los cartuchos de arena me ha puesto triste y el miserable canalla que tal hizo merece mil muertes. Madrid, después de inmolado Mañara, continuaba inquieto, como presagiando grandes males, mientras los frailes agonizantes arrancaban de manos del pueblo el cadáver informe. La noticia de que los franceses estaban a las puertas de la villa, lo hizo, sin embargo, olvidar todo, y corría la gente azorada y medrosa, creyendo ver asomar al volver de una esquina la figura característica del azote de Europa.
Ep-5-XVI - El cuerpo de voluntarios a que yo pertenecía fue destinado a defender la puerta de los Pozos (la misma que después se llamó de Bilbao al extremo de la calle de Fuencarral), y el inmediato jardín de Bringas. Consistía su fortificación en un foso no muy profundo en un gran espaldón de tierra y piedras, a toda prisa levantado, y en seis cañones de a 6. La tapia que no tenía facha de inexpugnable, como recordarán los que han alcanzado alguno de sus heroicos trozos, había sido aspillerada en toda su extensión. Iguales poco más o menos, eran las fortificaciones de las vecinas puertas de Santa Bárbara y Fuencarral. El sitio donde se habían levantado obras más considerables era la puerta de Recoletos, monumento que ha durado hasta ayer y que no necesito designar topográficamente, con su costanilla de la Veterinaria ni su convento de Agustinos, porque los mozuelos barbilampiños los han conocido. Pero volvamos a los Pozos, puerta destinada a ser teatro de nuestro heroísmo, y empecemos diciendo que en la noche del 1.º de Diciembre nos situamos allá, tan convencidos de que íbamos a ser atacados que estuvimos largas horas sobre las armas, dispuestos a vender caras nuestras vidas. La fuerza se componía de estos elementos: unos sesenta soldados, que aunque no todos artilleros, hacían de tales por necesidad imprescindible; cuatro compañías de (p.830) voluntarios antiguos, con los cuales mezclábase un número irregular de conscriptos, y como ochenta hombres de la milicia honrada, a quien mandaba o quería mandar el Gran Capitán, no sé si con el título de sargento, coronel o general, pues cualquiera de estos grados le cuadraría. Los soldados estaban fríos y con poco ánimo; los voluntarios inflamados en patriotismo y llenos de ilusiones; pero tan inexpertos, que no daban pie con bola, como vulgarmente se dice, a pesar de estar entre ellos el gran Pujitos; y finalmente los honrados no cabían en sí de entusiasmo, no obstante ser todos ellos personas de paz, y tener algunos buena carga de años a la espalda, especialmente los de la compañía, o mejor, los del grupito en que alzaba el gallo D. Santiago, cuya hueste se componía de respetables porteros y criados de la oficina de Cuenta y Razón. En cuanto a jefes, debo decir que allí no existían en todo el rigor de la palabra, pues si bien entre la tropa había oficiales valientes y entendidos, no sabían o no querían hacerse obedecer de los paisanos, resultando de esta desconformidad que allí cada cual hacía lo que le daba la gana y según su propia inspiración; y aunque mi amigo tenía pretensiones de imponer su autoridad, esto no pasó nunca de un conato de dictadura que más se inclinaba a lo cómico que a lo trágico. En cambio reinaba gran fraternidad, y cuando avanzada la noche tuvimos la certeza de que no había tales franceses por los alrededores, nos reunimos en el jardín de Bringas, y encendida una gran hoguera, celebramos agradable tertulia, donde se habló de temas patrióticos con la verbosidad, facundia y exageración propia de españolas lenguas. Cuál encomiaba la defensa de Zaragoza; cuál ponía la defensa de Valencia contra Moncey por cima de todos los hechos de armas antiguos y modernos; quién decía que nada podía igualarse a lo del Bruch; quién encomió hasta las nubes la vuelta de las tropas de la Romana; y por último, no faltó uno que, sin quitar su mérito a estas gloriosas acciones, pusiera sobre los cuernos de la luna cierta campaña (p.831) famosa de Portugal en 1762. Disipado todo temor, muchas mujeres fueron a visitarnos, y entre ellas no faltó doña Gregoria, ni doña Melchora con las niñas, ni tampoco la señora de Cuervatón, pues ha de saberse que su marido formaba en las filas de los honrados. Para que no se crea que todos éramos gente de poco más o menos, añadiré que algunas altísimas damas fueron a visitar a sus hijos, hermanos o maridos, que allí se andaban mano a mano con nosotros, o como voluntarios o como sorteados. Cenamos, bebimos, cantamos, hablamos, y por último, a todos nos vino el deseo de llevar adelante alguna hazaña aquella misma noche. El primero que emitió la idea fue D. Santiago y al punto se la aceptó con alborozo, determinando hacer una exploración camino arriba hasta Fuencarral, por ver si realmente estaban los franceses tan cerca como se creía. A toda prisa se preparó la salida, y a eso de las dos de la madrugada nos pusimos en marcha unos doscientos hombres, en buen orden, y mandados por un coronel de ejército. -¡Qué bueno fuera -me decía Fernández-, que ahora tropezáramos con una avanzada enemiga y la derrotáramos en un abrir y cerrar de ojos, volviendo a Madrid con unos cuantos miles de prisioneros! -Todo podría ser, amigo mío -le respondí-, que para la voluntad de Dios no hay nada imposible. -Más gracioso aún sería -prosiguió- que el bergante del Emperador se anduviera paseando por ahí, mirando desde lejos la gran ciudad que aspira a ganar, y le sorprendiéramos de sopetón, echándole mano para llevarle a Madrid sobre un asno foncarralero. -También es posible -repuse-, y pongamos que ese señor se haya aburrido de estar en su campamento, y tomando una escopeta, a pesar de la oscuridad de la noche, se venga con un par de generales y un par de perros por esos trigos a levantar y correr perdices; que todos los monarcas suelen ser cazadores. -Eso no me parece verosímil -dijo-; pero bien podría suceder que ese hombre, conociendo que no puede vencernos por la fuerza, intente dar al traste por la (p.832) astucia con nuestro poderío, y se disfrace con el traje de un payo huevero de Alcobendas, para acercarse a nuestras formidables fortificaciones y estudiarlas cómodamente. Con estos y otros coloquios rebasamos más allá de la venta, situada en lo que hoy se llama Cuatro Caminos, sin hallar alma viviente ni sentir rumor alguno; pero cuando estábamos cerca del camino que a mano derecha conduce a Chamartín, percibimos un ruido lejano que a todos nos dejó suspensos, pues no parecía sino que temblaba la tierra al galopar de millares de caballos. -¡Es una avanzada de caballería! -gritó nuestro coronel-. Retirémonos. -¿Qué es eso de retirarse? -gritó con enojo el Gran Capitán-. ¿Somos españoles o qué somos? -No tenemos más que cuatro caballos -le dijo el jefe-. Si nos dan una carga, ¿qué va a ser de nosotros? -¡Qué cargas ni cargas! ¡Buenos son ellos para meterse en cargamentos! Ea, muchachos, el que quiera seguirme que me siga; yo voy adelante. Los muchachos, cuyo patriotismo invocaba Fernández, eran seis o siete vejestorios como él, compañeros en la portería y servicio interior de las oficinas de Cuenta y Razón. Pero aquellos valientísimos militares, más duchos en el manejo de la escoba que en el de otra arma alguna, profesaban aquel principio tan sabio como famoso, de que una retirada a tiempo es una gran victoria, y todos a una manifestaron al Gran Capitán que no le seguirían en tan temeraria empresa, pues hazañas sin cuento podrían realizar tras las fortificaciones. El escuadrón francés avanzaba, a juzgar por el acrecentamiento del ruido, pero no veíamos cosa alguna. Se dio orden de retirada, y para hacerla más a salvo, nos desviamos del camino, escurriéndonos por una hondonada que caía hacia la dehesa de Amaniel. D. Santiago renunció a regaña dientes a los peligros de una lucha con los dragones que a toda prisa avanzaban, y me decía: -Pensar que de esta manera hemos de vencer, es una necedad. En la guerra ha de fiarse todo a lo imprevisto, a la sorpresa y a los golpes de mano. ¿Qué nos costaba esperar esos caballos, (p.833) sorprenderlos, matar a los jinetes y entrar en Madrid caballeros los que salieron peones? En esto vimos un bulto, un hombre, que saliendo precipitadamente de detrás de unos tejares, corrió hacia la carretera, al parecer huyendo de nosotros. -¡Eh! ¡Un hombre! ¡Un espía!.. ¡Quién vive! -gritamos, corriendo algunos en su persecución. Detúvose el hombre ante nosotros con muestras de tener mucho miedo, y entonces advertimos que su traje era el de un paleto, con ancho sombrero y una manta por capa. Cuando nos llegábamos a él, pareció vacilante e indeciso; pero al fin oyéndonos hablar, abalanzose hacia nosotros, diciendo: -¡Ah! Sois españoles. Gracias a Dios: ya me he salvado. Acabando de decir esto, cayó de rodillas. Pero en el mismo instante llegose a él con aire resuelto el Gran Capitán, y poniéndole en el pecho la boca de un fusil, exclamó con voz exaltada y furiosa: -Dese a prisión Vuestra Majestad Imperial y Real. Bien lo decía yo; pero a mí no me la da Vd.. digo, Vuestra Majestad; que soy perro viejo, y harto se ve que disfrazado con traje de paleto, se acerca Vuestra Majestad Imperial a nuestra gran plaza para estudiar las fortificaciones. -Hombre de Dios -dijo el payo-, Vd. es loco, o me toma por el emperador Napoleón. -¡Por quién le he de tomar, hermano! A mí no se me engaña con palabritas. Es Vuestra Majestad mi prisionero, y no le he de soltar aunque me dé siete condados. ¡Viva España y viva Fernando VII! Todos los circunstantes nos reímos, lo cual desconcertó a D. Santiago, y al punto el prisionero dijo levantándose: -Yo, señores, soy oficial del ejército de D. Benito San Juan, y he asistido al desastre más funesto de esta campaña. Perdí en la acción de Somosierra a mi padre y a dos hermanos, y vengo huyendo de las guerrillas francesas que persiguen a los dispersos. Tuve que disfrazarme en Roblegordo para evitar que me cogieran, y a pie he llegado hasta aquí. Pero si quieren que les diga más, denme algo que me sustente, pues con dos días de no probar bocado, estoy cayéndome (p.834) muerto por instantes. Un compañero nuestro le dio a beber un trago de aguardiente, con lo cual tomó fuerzas y pudo seguirnos, reanimado también moralmente por verse en nuestra compañía. El Gran Capitán, corrido y confuso, marchaba silenciosamente a su lado, pero no las tenía todas consigo, y todo se volvía mirarle y remirarle, sospechando que si no el mismo Emperador, podía ser algún generalazo o cualquier archipámpano de la corte imperial. -Con ser tantas mis personales desdichas -dijo el desconocido-, pues en el campo de batalla quedaron mis dos hermanos y mi buen padre (que somos de un antiguo solar de tierra de Sepúlveda), todavía abruma mi ánimo más que nada la catástrofe nacional de que he sido testigo. Nosotros acudimos a tomar las armas en defensa de la patria. Felices mil veces los que murieron por tan santo objeto, y mal hayan los que quedamos para contar tan gran desventura. ¿Se sabe ya en Madrid la derrota de San Juan? ¿Cómo se cuenta? ¿Qué se dice? Se nos tachará de medrosos o cobardes. ¡Oh, señores! Yo no creo que sea posible llevar más adelante el heroísmo. Nuestros soldados se han conducido con bravura portentosa, y si no vencieron, fue porque la superioridad de los enemigos y su mucho número lo han hecho imposible. -Eso será lo que tase un sastre -dijo el Gran Capitán-. ¿Por dónde anda ahora San Juan? Porque yo entiendo que fingió retirarse para atacar después en mejor posición. -¡Qué ha de fingir, hombre, qué ha de fingir! -repuso el oficial-. San Juan, si es que vive, andará fugitivo como yo, y sin un solo soldado. -Eso no puede ser, caballero. ¿Cómo se entiende? Si eso fuera cierto, señor mío, significaría ni más ni menos una especie de derrota. -Pues ya lo creo. Pero les contaré punto por punto. San Juan tomó buenas posiciones en el paso de Somosierra y puso una vanguardia en Sepúlveda. Atacaron esta los franceses anteayer de madrugada; mas no pudieron romper su línea y tuvieron que retirarse. -¿Los franceses? bien -dijo el Gran Capitán-. Pues si se retiraron, ¿cómo se (p.835) entiende nuestra derrota? -Paciencia, señor mío, paciencia. Sepa usted que sin aparente motivo, aunque es fácil comprender que ha habido algo de traición, la vanguardia de Sepúlveda, a pesar de quedar victoriosa, se retiró a Segovia. Avanzaron los franceses, y nos atacaron en nuestras posiciones de Somosierra. Nosotros no teníamos fuerzas bastantes para defender el paso, y mucho menos después de la defección, o no sé cómo llamarlo, de la vanguardia. Sin embargo, nos resistimos toda la mañana de ayer, aglomerando nuestra gente en el camino, y sin disponer de fuerzas ligeras que flanquearan las alturas. Los franceses que traen muchos soldados y cuerpos de todas clases, dispusieron guerrillas de cazadores que en un instante tomaron las alturas, y con un cuerpo de caballería polaca nos cargaron en la carretera de un modo espantoso. No puede formarse idea de aquel ataque sino viéndolo. Escuadrones enteros se estrellaban contra nuestra batería y centenares de jinetes caían despeñados a los abismos que costean el camino; pero sus recursos son inmensos; tras un escuadrón inútilmente sacrificado, lanzaban otro y otro, sin que se les importara ver morir oficiales a centenares y generales por docenas. Con este ataque incesante combinaban el fuego de las tropas ligeras, desparramadas por los altos, y al fin sucumbimos al número, que no al valor. Los franceses se abrieron paso a costa de inmensas pérdidas, y luego persiguieron a los restos de nuestras tropas con tanto encarnizamiento, que dudo que hayan podido sobrevivir muchos. La mayor parte, pereciendo en aquellas fragosidades, han cumplido con su deber, que era defenderlas mientras tuvieran cuerpo vivo en que recibir una bala. No fue posible más, porque más habría sido hacer milagros, y estos sólo Dios los hace. Calló el oficial, y todos los que le oíamos estábamos tan apesadumbrados y tristes con su relato, que nada le contestamos. Tampoco él habló más, y así silenciosos y taciturnos llegamos a Madrid y a nuestra puerta de Los Pozos, donde el desgraciado (p.836) tránsfuga halló una hoguera en que calentarse, y un bocado con que reanimar sus fuerzas. Todos le prodigaban solícitos cuidados, menos D. Santiago Fernández, el cual no podía desechar cierta comezón y desasosiego. -Gabriel -me dijo, llevándome aparte-. No insisto por no parecer pesado; pero digan lo que quieran los demás, ese hombre que hemos encontrado no me gusta, y quiera Dios no tengamos que sentir; porque yo sé, y tú sabraslo también, que en las guerras es muy común eso de disfrazarse para visitar el campo enemigo y examinar a mansalva las fortificaciones, así como también es cosa corriente sobornar a algún infeliz para que fingiéndose amigo penetre en la plaza y haga circular noticias falsas que desalienten a los sitiados.
Ep-5-XVII - Amaneció el 2 de Diciembre, y a favor de las primeras luces del día se distinguieron fuertes columnas de caballería francesa en los cerros del Norte. Ya estaban allí, y no eran pocos ciertamente. Aquella mañana fue muy alegre para nosotros, porque sin motivo alguno que lo justificara, nos sentíamos tan animados, que no nos cambiáramos por los sitiadores. El peligro había acallado por el momento todas las discordias, y nuestro patriotismo nos achicaba las circunstancias desfavorables, aumentando considerablemente las ventajosas. Todo se volvía a gritar, dando vivas y mueras, pues nada cuesta triunfar de este modo con las fáciles armas de la lengua. Nos desayunamos muy contentos con lo que las mujeres del barrio, altas y bajas, bonitas y feas nos traían en repletas cestas. También fue con la suya doña Gregoria, mas del contenido de ella no probó bocado D. Santiago, porque, según decía, en los momentos supremos no debe embrutecerse el cuerpo con viciosos regalos. Lejos de asentir a la más mínima concupiscencia del paladar, increpó D. Santiago a los glotones, y luego, pasando revista a sus compañeros, que todos desiguales en estatura, armamento y vestido, no tenían más uniformidad que la de su vejez, ni otro aspecto respetable que el de sus canas, les arengó así: -Muchachos, (p.837) acordaos de que todos sois unos buenos chicos, y de que todos os habéis cubierto de gloria en los reales ejércitos. Ha llegado la ocasión suprema, y desde el momento en que se presenta a las puertas de Madrid ese monstruo infame, ya no pertenecéis a vuestros hogares, ya no pertenecéis a la oficina de Cuenta y Razón, ya no pertenecéis sino a la patria. Compañeros: todos sois hombres experimentados; no como estos mocosos rapazuelos que no saben coger un fusil. ¡Ya se ve! ¡Cuándo las han visto ellos más gordas! Y basta de sermones, que ahora obras y no palabras, y más vale una buena puntería que cien discursos; conque, compañeros, ¡viva Fernando VII! y sepan que los estima su amigo y seguro servidor Santiago Fernández. Esta alocución del veterano hizo reír a muchos de sus amigos, y casi, casi.. si no fuera por temor a denigrar la memoria de varón tan insigne, diría que la recibieron con chistes, jácaras y todas las zandunguerías que son propias de los españoles aun en apretadas ocasiones de la vida; pero Fernández, sin hacer caso de bromas, seguía tomando enérgicas disposiciones. Quiso también meter su cucharada en la artillería, echándoselas de gran balístico; pero le mandaron que fuera a rezar el rosario, cuyo insulto le exasperó de tal manera, que, a no reparar en consideraciones patrióticas de gran peso, habríale abierto en dos tajadas la cabeza al descomedido y grosero que tal dijo. En confianza revelaré a mis lectores que el deslenguado y procaz que de tal modo prohibió a nuestro Gran Capitán que se acercase a los cañones, fue el insigne Pujitos, flor y espejo de los entremetidos, personaje de todas las ocasiones y de todos los sitios, a quien la suerte nos deparó también por compañero en aquella gran jornada. A eso de las doce nos visitó el capitán general con D. Tomás de Morla, y aunque los victoreamos hasta quedar roncos, no me pareció que estaban ellos muy satisfechos. Aún permanecían allí cuando distinguimos un gran tropel de franceses por la Mala de Francia abajo y flanqueando el camino. Era (p.838) la avanzada del Cuerpo de Bessieres que venía a intimarnos la rendición. Cuando el parlamentario llegó a los Pozos, poco faltó para que los más belicosos y trapisondistas le despidieran a puntapiés; pero al fin fue recibido decorosamente, y se le contestó que no nos daba gana de rendirnos. -Como no sea por medio de artimañas, embaucamientos o pérfidas tretas, semejantes a aquella del caballo de Troya, no nos rendiremos -me dijo Fernández-. Mira qué cabizbajo se va el oficial a dar la infausta nueva a su Emperador. Me parece que veo a este pateando y arrancándose los pelos de rabia al saber nuestra respuesta. Durante aquella tarde no volvieron parlamentarios, ni se presentó fuerza alguna francesa; pero a lo lejos distinguíamos el movimiento de las columnas, tomando posiciones y estableciendo trincheras para la artillería, lo cual indicaba que los franceses diferían la función para el día 3. Durante la noche el mariscal Ney hizo otra intimación, pero fue hacia la parte de Recoletos o puerta de Alcalá. -¿Ves cómo no se atreven a volver acá, ni quieren más cuentas con nosotros? -dijo el Gran Capitán, cuando lo supo-; pero allá les habrán contestado lindezas. Ya se ve, comprendiendo que por las armas no pueden nada, ponen en juego melosidades, agasajos y socaliñas. Pero durmamos, Gabriel, con toda tranquilidad, pues me parece que mañana 3 tampoco habrá nada, y sabe Dios si al ver el aparato de estas intomables fortalezas, habrán decidido retirarse del lado allá de la sierra. No necesito decir que de todo en todo se engañaba mi optimista amigo, pues cuando dormíamos a pierna suelta en la huerta de Bringas al calor de una hermosísima hoguera, nos despertaron unos tremendos cañonazos que retumbaban en todo Madrid con pavoroso ruido. -¡A las armas! -dijo Fernández-. Levántense todos, y si cae una granada, arrojarse de barriga. Yo soy opinión es que hagamos una salida para ver de ponerle las peras a cuarto a esos de los cañoncitos. Mirad, chicos, hacia Chamberí hay una batería. Al punto nuestros artilleros, que eran (p.839) mitad de línea y mitad paisanos, se dispusieron a la defensa, y como dos de las piezas hicieran fuego, no quisimos ser menos los infantes, y allá fue una descarga sin saber contra quién. Densa niebla envolvía la tierra, y no se percibían los lejos, lo cual hizo que figurándonos nosotros tener enfrente un formidable ejército, disparásemos cañones y fusiles en ruidosísima salva sin resultado alguno, pues los franceses no soñaban con atacar los Pozos, y las detonaciones oídas eran las de la artillería que empezaba a embestir la puerta de Recoletos. -Cese el fuego -dijo nuestro jefe-. No nos atacan ni hay enemigos en la Mala de Francia. -¿Pues cómo ha de haber? -dijo el Gran Capitán dando fuerte patada en el suelo-, ¿cómo ha de haber si han huido todos? -No hay tal trinchera ni cosa que lo valga en Chamberí. Los franceses están hacia la Fuente Castellana. -A mí no me vengan con músicas -exclamó el Gran Capitán preparando su arma-. Favorecidos de la niebla, esos miserables quieren engañarnos. Haré fuego mientras me quede un cartucho. Seguía disparando como si quisiera acribillar la espesa cortina de niebla, por cuyo insensato acaloramiento pronto se quedó sin municiones. Y como continuaran oyéndose tiros de cañón hacia nuestra derecha, Fernández exclamaba, volviéndose a sus amigos: -Van en retirada, valientes compañeros. Gracias a vuestro arrojo temerario, todo se acabará felizmente. Por largo tiempo estuvimos quietos y mudos esperando con la mayor ansiedad a que de una vez se nos atacara; pero pasaban horas, y como no fuera D. Santiago, nadie veía enemigos enfrente, ni lejos ni cerca. Entre ocho y nueve el fuego de cañón y de fusilería arreció tanto por Recoletos que no dudamos era este sitio teatro de una vigorosa lucha; y al mismo tiempo como comenzase a disiparse la niebla, vimos que cesaba poco a poco aquel desdeñoso abandono en que el Emperador nos tenía, porque corrían de Oriente a Poniente algunas columnas con apariencia de tener en respeto a las cuatro puertas septentrionales. -Gracias a Dios -dijo Fernández-, que se (p.840) atreven a atacarnos. Por detrás del parador del Norte me parece que avanza un cuerpo de artillería de batalla. No tardaron en romper el fuego contra las trincheras de los Pozos, y nuestros seis cañones, que ya rabiaban por tomar formalmente la palabra, contestaron con precisión; mas para que todo fuera desastroso, mientras la bala rasa de sus piezas nos deterioraba los espaldones, nuestros proyectiles, lanzados por la carretera adelante o hacia la derecha, apenas llegaban hasta ellos: tan inferior era la artillería española en aquel trance. Entonces comenzó una lucha, que antes que lucha debería llamarse simulacro, harto deslucida para nosotros, pues más nos hubiera valido ser destrozados por el enemigo que soportar tan cruel situación; y fue que los franceses nos cañoneaban desde muy lejos con sus piezas de superior calibre, y mientras recibíamos cada poco rato la visita de una bala rasa o de una granada, a nosotros no nos era posible hacerles daño alguno. -Pero esos cobardes, canallas, ¿por qué no se acercan? -decía Fernández bufando de cólera-. Eso no es de caballeros, no señor; cañonearnos sin piedad destruyendo los parapetos con tanto trabajo levantados, y ponerse en donde no alcanzan las balas de aquí; eso no es de gente hidalga, y bien dicen que Napoleón ha hecho siempre la guerra de mala fe. -¡Malditos sean! -dijo el oficial que nos mandaba-. Esta era ocasión para hacer una salida, si tuviéramos un puñado de gente de la buena que yo conozco. -¿Pues y nosotros, pues y mis amigos, todos estos bravos muchachos de la compañía de honrados? -dijo el Gran Capitán dando un fuerte golpe en el suelo con la culata-. ¿Pues qué desean ellos, si no es salir para que esa canalla se marche de ahí o se ponga al alcance de nuestros fuegos? -Lo que es eso, buenos tontos serán si lo hacen pudiendo foguearnos a pecho descubierto. -Saldremos, sí, saldremos -insistió mi amigo-. Muchachos, os conozco en la cara el ardor sublime y el generoso patriotismo que os inflama. Rabiando estáis por cebaros en esa gentuza. ¿Salimos, señor (p.841) coronel? El coronel se rió con lástima y pena al ver la bravura del anciano. Uno de los honrados, a quienes Fernández llamaba muchachos, aseguró que no podía dar un paso porque el reúma se lo impedía; otro dijo que el ruido de los cañonazos le habían vuelto completamente sordo, y un tercero se tendió en el suelo de largo a largo, lamentándose de haber cogido una pulmonía por razón del mucho frío y desabrigo en que toda la noche estuvieran. Entre los demás honrados, había alguna gente fuerte y valerosa; pero casi todos los del grupito que rodeaba a D. Santiago, se componía de unos Matusalenes tan mandados recoger, que daba compasión verles. Cuando algunas mujeres de Maravillas y del Barquillo vinieron tumultuosamente a los Pozos y pidieron con gritos y chillidos que les dieran las armas de los ancianos, yo creo que se hizo mal en no acceder a su petición, y aunque todos ellos rechazaron indignados tan deshonrosa propuesta, sospecho que alguno pedía interiormente a la Virgen Santísima que lograran su objeto aquellas valientes semidiosas de San Antón y de la Chispería. La defensa de aquella posición continuó por espacio de más de una hora, sin más accidentes que los que he referido. Hacíamos fuego de cañón ineficazmente, y lo sufríamos de los franceses sin poder causarles daño. Indudablemente su intención era entretenernos, mientras se verificaba el ataque formal por Recoletos; y seguros de su triunfo, no querían sacrificar hombres inútilmente, lanzándolos contra posiciones que al fin se habían de rendir. Cerca de las diez, el que nos mandaba recibió aviso de enviar a Recoletos la gente de infantería que no necesitase, y así lo hizo, tocándome a mí marchar entre los cien hombres destinados a aquella operación. Por el camino, mientras atravesamos las calles de San Opropio y de las Flores hasta llegar a la plazuela de las Salesas, encontramos mucha gente que corría alarmadísima, dando a entender con sus gritos y agitación que la cosa iba mal. Extendiéndonos luego por la calle de los Reyes Alta (9), bajamos por la (p.842) del Almirante a la ronda de Recoletos, donde reinaba gran confusión. Fuerte cañoneo se oía por detrás de la Veterinaria, edificio que Vds. habrán conocido en el solar de la comenzada Biblioteca, y también por detrás de los Hornos de Villanueva y del Pósito, hacia la puerta de Alcalá. El convento de Recoletos estaba ocupado por tropa española; pero en el momento en que nosotros llegamos casi toda la fuerza salía por ser más necesaria fuera que dentro. En el principio del ataque, la batería puesta detrás de la Veterinaria rechazó con tanta energía el empuje de los franceses, mandados en persona por el mismo Emperador, que este tuvo que retroceder a toda prisa. Suprimid con la imaginación el barrio de Salamanca y todos los jardines y palacios del costado oriental de la Castellana: figuraos aquella casi desnuda planicie poblada por numerosas tropas francesas de todas armas, con dos frentes que operaban uno contra el Retiro y la Plaza de Toros, otra contra la Veterinaria y Recoletos, y tendréis completa idea de la situación. En el centro de aquellas tropas y en lo que hoy es parte de la calle de Serrano, poco más o menos entre el jardín llamado del Pajarito y las casas de Maroto, estaba Napoleón sereno y tranquilo, montado en aquel caballejo blanco que había pateado el suelo de las principales naciones del continente; allí estaba disponiendo los movimientos de sus soldados, y sin quitarse del ojo derecho el catalejo con que alternativamente miraba ya a este punto ya al otro. Como es fácil comprender, yo no le vi en aquella ocasión; pero me lo figuraba y me lo figuro por lo que me contara quien lo vio muy de cerca; y por cierto que aquel testigo ocular observó detenidamente algunos pormenores muy curiosos de su persona, que no nombra la historia, cuales eran ciertos monosílabos o gruñiditos que emitía mientras miraba por el anteojo, un movimiento maquinal de apretarse el vientre con la mano izquierda, repentinos fruncimientos de cejas y algunas veces una sonrisa dirigida a su mayor general Berthier. Con su anteojo, su tosecilla, sus mugidos, sus (p.843) golpes en la barriga, sus polvos de tabaco y sus delgadas y finas sonrisas, el ogro de Córcega nos estaba partiendo de medio a medio. Y digo esto porque la batería de la Veterinaria, después de una defensa heroica, caía en poder de los franceses, precisamente en el momento en que llegamos, refuerzo tardío, los de la puerta de los Pozos. Ya no había nada que hacer allí. ¿Podía prolongarse aún la resistencia en el Retiro? Así lo creímos en el primer momento; pero no tardamos en perder esta ilusión, porque atacado aquel sitio por treinta cañones, no tardó en entregar sus débiles tapias, que lo eran de jardín y no de fortaleza. Así es que mientras un regimiento de voluntarios y otro de ejército recibían a tiros con admirable arrojo en Recoletos a la primer columna francesa que se destacó a apoderarse de la puerta, los defensores del Retiro, faltos de recursos, de armas y de jefes, retrocedían al Prado, fiando la defensa a las barricadas de la calle de Alcalá. El momento aquél lo fue de gran pánico y de consternación; pero la verdad es que entre mucha gente apocada, la hubo también resuelta y decidida. Perdido al fin Recoletos, corrimos todos por la calle del Barquillo hacia la de Alcalá, y cuando llegamos, ya los franceses eran dueños del Pósito, del palacio de San Juan, y procuraban apoderarse de San Fermín y de la casa de Alcañices. Fue muy mala idea la de construir la gran barricada más arriba del Carmen Calzado, dejando al descubierto la calle del Turco y todos los edificios del extremo de aquella gran vía; así es que los imperiales, apoderáronse fácilmente de estos y abriéndose paso después por el interior a la citada calle del Turco, dominaron de tal modo la posición, que al cabo de un cuarto de hora de estéril tiroteo, vimos que era preciso buscar la nuestra un poco más arriba, entre Vallecas y el callejón de Sevilla. Se hacía fuego tenazmente desde los balcones de ambos lados de la calle, y no había casa alguna que no fuese improvisada fortaleza, pues la tenacidad de nuestros paisanos era tanta, que no les acobardaba ver la creciente (p.844) ventaja del enemigo, su inmensa fuerza y arrogancia. La población, antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un furor parecido al del 2 de Mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas parciales de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en las casas invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que no la tenían de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella enajenación popular, y aquel divino estro de la guerra, que varias veces mostró no comprender en paisanos y menos en mujeres. En medio de esta refriega se hizo la tercera intimación, y cuando creímos que nuestros jefes contestarían a ella mandando redoblar el fuego, observamos que este cesaba en la gran barricada, y que a todo escape corría a caballo el marqués de Castelar hacia la casa de Correos, donde estaba la Junta permanente. -¿Qué hay, Sr. D. Diego? -pregunté a este viéndole venir hacia mí, con su escarapela de honrado-. No sabía que también estaba usted entre nosotros. -He estado en el Retiro desde el amanecer -me contestó-. Pero ¿qué se había de hacer, con tan mala y tan poca artillería? -¿Pero por qué ha cesado el fuego? -El marqués de Castelar ha pedido una tregua para consultar a la Junta. Creo que habrá capitulación. ¿Has visto a Santorcaz? -¿Yo?.. Ni ganas. -Pues te andaba buscando ayer tarde con mucho empeño. -¿También se ha batido D. Luis? -Vaya: en el Retiro estaba hace poco gritando como un furioso y jurando matar a los que nos han hecho traición. Pero luego nos ha aconsejado que nos retiremos a nuestras casas, porque es imposible pelear contra los franceses. Subía la calle arriba mucha gente del bronce, gran número de honrados, voluntarios y algunas mujeres, y según las imprecaciones que oí en boca de todos, se comprendía que los defensores de Madrid no habían recibido bien la suspensión de armas. -¡Como que les han untao! -decía un majo de trabuco y charpa. -¡Que nos han vendío! -exclamaba una mujer, en quien me pareció reconocer a la viuda de Chinitas. -Si cojo a Castelar por (p.845) delante me lo como. -Ya me percataba yo que el Tomasillo Morla estaba vendido al Tuerto. ¿Cuánto va a que él puso los cartuchos de arena? -¡Más vale morir que rendirse! Canallas, cobardes: si tenéis miedo, quitaos de en medio, y dejadnos a nosotros. -Compañeros, antes que la corte de las Españas y la mapa del mundo, que es Madrid, caiga en poder de los gabachones, tuertos, botelludos, dejémonos matar tras esas piedras. -¡Que hayamos vivido para ver esto! -Ni la Junta, ni el Consejo, ni los generales, ni el corregidor, ni ninguno de esos Caifases tienen tanto así de vergüenza. De este modo, en diversos estilos, expresaba el pueblo de Madrid su rabia, no tanto por verse casi vencido, como por echar de menos el amparo de las autoridades, y encontrarse solo entre un enemigo formidable y un poder débil, incapaz de imitar las desesperadas sublimidades de Zaragoza y Valencia. Así es que desde la suspensión de la lucha cundió el desaliento tan rápidamente, y la idea de una capitulación indispensable se apoderó tan pronto de todos los ánimos, que las armas se caían de las manos. Cercados por poderoso enemigo, ¿qué podía hacerse sin entusiasmo, y qué entusiasmo cabía allí donde los jefes no contaban para nada con lo extraordinario, con lo divino, con aquella táctica ideal y no aprendida, que o detiene las catástrofes o las hace gloriosas, no dejando al vencedor sino lo material de la victoria, la posición topográfica, aquello que podrá ser lo principal en los hechos de un día, pero que es lo secundario y lo último en la historia? El pueblo español, que con presteza se inflama, con igual presteza se apaga, y si en una hora es fuego asolador que sube al cielo, en otra es ceniza que el viento arrastra y desparrama por la tierra. Ya desde antes del sitio se preveía un mal resultado por la falta de precaución, la escasez de recursos y la excesiva confianza en las propias fuerzas, hija de recuerdos gloriosos a todas horas evocados, y que suelen ser altamente perjudiciales, porque todo lo que aumenta la petulancia, lo hace quitándoselo (p.846) al verdadero valor. Lo que habían preparado las discordias, la impremeditación y la soberbia, rematolo la excesiva prudencia de autoridades timoratas, que, además de no ver dos palmos más allá de sí mismas, no comprendieron que la capital no debía rendirse con menos aparato que la última aldea de Castilla. La presencia de Napoleón traía a aquellos pobres señores muy azorados, y tanto se preocuparon de sus togas, de sus posiciones, de sus fajas y de sus sueldos, que con todas estas telarañas ante los ojos era imposible que pudieran ver otra cosa.
Ep-5-XVIII - Diose orden de que los cuerpos ocuparan sus primitivas posiciones, y partí otra vez a los Pozos, contemplando por el camino el espectáculo de Madrid abatido y desilusionado. En algunas partes, escenas de escandalosa protesta contra las autoridades y amenazas y gritos: en otras, vergonzoso silencio y raras manifestaciones de la general angustia. Cuando llegué a la puerta de los Pozos, los soldados y voluntarios estaban en actitud un tanto sediciosa. El Gran Capitán, que continuaba en el jardín de Bringas, no quería creer la noticia de la próxima y ya inevitable capitulación. -Gabriel -me dijo-, eso que cuentan no puede ser cierto, y sin duda es alguna estratagema de D. Tomás de Morla. ¡Cómo se miente! ¡Creerás que unas desvergonzadas mujeres llegaron aquí diciendo que el Prado y media calle de Alcalá estaban en poder de la Francia! Me dio tal enfado que si no estuviera mi mujer entre las que tal insolencia decían, las habría atravesado de parte a parte. No quise darle un disgusto, y callé. -Aquí hemos tenido un combate terrible -continuó-. Se atrevieron a acercarse, y esa compañía de voluntarios salió y les hizo tan terrible fuego que no han vuelto a asomar las narices. En tan grande acción, no tuvimos más que cinco muertos y once heridos. Vi en efecto, que Pujitos se ocupaba en acomodar estos últimos en las casas inmediatas con auxilio del generoso vecindario, y que en torno a los cinco primeros una multitud de mujeres entonaban estrepitoso miserere de (p.847) imprecaciones y lamentos. En las cuatro puertas septentrionales no había ocurrido otra lucha importante que aquella que Fernández me refería. El cual prosiguió así: -Pensar que aquí nos rendiremos, es pensar en lo imposible. Ríndase todo Madrid; mas no se rendirán Los Pozos. ¿No es verdad, muchachos? Los muchachos, sentados en el suelo del citado jardín, y a la redonda, despachaban unas sopas, acompañados de mujeres y chiquillos; y con tanta gana comían, y tal era su pachorra y tranquilidad, que no me parecieron dispuestos a secundar los gigantescos planes del portero de la oficina de Cuenta y Razón. Antes bien, el uno con su reumatismo, el otro con sus toses, y aquel con sus escalofríos, tenían cara de satisfechos por el fin de una aventura que empezó con visos de ser broma pesada. -Pues si está de Dios que nos rindamos, nos rendiremos -dijo un bravo, que lo menos tenía a cuestas sesenta años y pico. -Hemos hecho todo lo que exigía el honor. No es posible más -dijo otro-. Cuando los jefes han acordado la rendición, ya sabrán que es imposible resistir. -Yo -añadió un tercero- he cumplido con mi deber. Lo menos he disparado tres tiros. -Y yo, aunque no he disparado ninguno, le cargaba la escopeta a aquel soldadillo del bigote rubio. -Esto no se puede oír -exclamó bramando de ira D. Santiago-. Pero ¿qué se puede esperar de unos hombres que se ponen a comer sopas, cuando tenemos a cien varas de nosotros al vencedor de Europa? ¡Fuera de aquí, almas de mazapán, cuerpos momios y sangre de arrope! ¿De qué os valen esas canas que estáis deshonrando? ¿De qué vuestros años, hasta ahora no envilecidos? ¿De qué el haber asistido a aquellas gloriosas campañas?.. Nada, lo dicho dicho. Se rendirá Madrid; pero no se rendirán los Pozos. -Mira, marido mío -dijo a esta sazón doña Gregoria que en unión de las otras vecinas, había venido con un canastillo y algo de bebida para D. Santiago-, ya has cumplido con tu deber; ya te has portado como un valiente, y tan verdad es esto, que por todo Madrid andan contando tus hazañas que (p.848) has hecho, y hasta el capitán general dicen que echó un discurso poniéndote por modelo de los buenos patriotas. Basta ya, y puesto que todo se acabó, y no hay más guerra por ahora, no seas testarudo. ¿Qué vas a hacer tú solo? El Gran Capitán no contestaba, y paseo arriba, paseo abajo, con el arma al brazo, atendía tan sólo a sus agitados pensamientos. -Dejémonos de tonterías, marido mío -añadió doña Gregoria-, y vamos a despachar este cocidito y esta botella de vino. ¿Acaso puede Napoleón decir que te ha vencido? Eso no, porque buen cuidado tuvo de no asomar por aquí; que si tú lo llegas a coger.. -Quítate de mi vista, vete de aquí -gritó de improviso el veterano-, y no me seduzcas con tu cocidito y tu bebida, que no soy hombre que se entrega a la molicie en días de peligro. Afuera los cantos de sirena, y las seducciones del amor y los ricos manjares. No como: he dicho que no como, y basta. He dicho que no volveré a mi casa vencido, y no volveré. Se rendirá Madrid; pero yo no me rindo. -¡Hay hombre más cabezudo! Entonces el Gran Capitán llamó a su mujer y llevándola aparte conmigo a un rincón de la huerta de Bringas, que era donde estábamos, le habló así muy gravemente: -Señora doña Gregoria Conejo, ¿cuánto hace que nos casamos? -Cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, si no cuento mal -respondió absorta la anciana, sin comprender en que pararía aquello. -En estos cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, ¿le he dado algún disgusto a la señora doña Gregoria Conejo? -No, marido mío -respondió algo conmovida. -Pues bien: si le he dado alguno, le ruego que me lo perdone, y está dicho todo. -Tú estás loco, Santiaguillo. ¿A qué dices esas necedades? -¿Tiene Vd. alguna queja de su marido? -Yo no, y como él no la tenga de mí.. -Pues por mi parte -dijo el Gran Capitán con alguna emoción-, yo le digo a doña Gregoria Conejo que la quiero hoy lo mismo que el día que nos casamos, y que todavía me parece tan guapa, tan mona y tan salada como cuando éramos novios, y que no tengo ninguna (p.849) queja de ella, más que la de no haberme dado hijos, lo cual en verdad ha sido voluntad de Dios. -Sí, niñito mío -respondió la vieja-; pero ¿a dónde va tanto hablar? -Esto va a que te retires y me dejes, porque si no, reñimos por primera vez. Pero te has de ir perdonándome todo agravio que te haya hecho en el discurso de nuestra común vida. En mi testamento te dejo todo lo que poseo, que no es mucho, y además de las ocho misas que dejo mandadas, harás que me digan otras ocho. Y quiero que me entierren con mi lanza y con los dos reales que me dio D. Luis Daoiz, cuando le llevé las botas a la calle de la Ternera, y basta ya de palabras. -¡Ay, Santa Virgen de Maravillas, que mi marido está loco y se quiere matar! -exclamó doña Gregoria echándole los brazos al cuello-. Santiaguillo, no digas tales simplezas.. ¿Me quieres dejar viuda? ¿Qué es eso de testamentos y misas? -He dicho que si Madrid se rinde, no se rendirán los Pozos; y si los Pozos se rinden, no se rendirá el jardín de Bringas -afirmó secamente el anciano, deshaciéndose de los brazos de su esposa-. ¡Atrás, seductora; atrás, sirena; atrás, flaqueza de mi valor! -¡Bárbaro, animal! -dijo llorando la buena mujer-. ¡Este pago me das, así tratas a la que te ha querido tanto! Si fue ayer cuando nos casamos, y me parece que te estoy viendo venir con tu gorra de cuartel, tan garboso y tan chusco, a la reja de la casa donde yo servía.. A ver, chiquillo, si te acuerdas de aquellas coplitas que me cantabas.. -Yo no estoy para coplitas, señora. Retírese Vd. -¡Y estar una queriendo a un hombre cincuenta años, estar una enamorada toda la vida y mirándose en los ojos de su marido, para recibir este pago!.. Santiago, mira que me enfado. Vámonos a casa, y maldito sea el Emperador, causante de mis desgracias, y a quien vea yo comido de perros. Ni los ruegos, ni las amenazas, ni los artificios de su mujer quebrantaron la entereza de mi ilustre amigo, el cual resistiéndose a tomar alimento, por no caer en la molicie, rechazando toda idea de descanso, volvió a pasearse de largo a largo en la (p.850) extensión de la huerta, arma al brazo. Y sucedió que una infinidad de chiquillos del barrio, a quienes antes se había prohibido introducirse allí, vencieron por fin con la gran fuerza de su curiosidad y travesura los rigores de la guardia; se colaron repentinamente y en tropel, recorrieron la fortificación metiendo las narices por todas partes, y tocando con sus manos los cañones y cureñas, gozosos de ver tan de cerca todo aquel tremendo aparato. Como el asedio se daba por concluido, nadie se cuidaba de estorbar su impertinentísima inspección y entrometimiento. Luego que en todo pusieron las manos, las narices y los ojos, empezaron a echárselas de soldados, dando gritos de guerra y marchando a compás, todo según en las personas mayores habían visto, y con estos militares aspavientos entráronse por la huerta de Bringas adelante, batiendo cajas, disparando tiros, soplando cornetas y relinchando al modo de caballos, todo hecho con la boca, en mil discordes sones que atronaban el espacio. Y en cuanto divisaron a D. Santiago Fernández, a quien los más conocían, fueron derechos a él y le rodearon, gritando entre saltos, brincos, cabriolas y corcovos: «¡Viva el Gran Capitán, viva el Grandísimo Capitán!». Visto y oído lo cual por nuestro insigne veterano, parose, y quitándose el sombrero hizo varios saludos y cortesías diciendo: -Gracias, mil gracias, señores míos. Ya he dicho que si Madrid se rinde, yo no me rindo. Las aclamaciones y los chillidos siempre acompañados de zapatetas, cabriolas y vueltas de carnero, tocaron los límites del delirio. -Todos vosotros sois grandes patriotas, ¿no es verdad? -prosiguió mi amigo-; y no como estos cobardes, corrompidos por los placeres. Ya veo que la juventud vale más que la edad madura, y a mi lado os quisiera ver, valientes españoles, defendiendo a nuestro amado Monarca. La algazara y jaleo de los muchachos al oír esto fue tal, que no cabe en descripción ni en pintura, pues no parecía sino que cuantos angelitos engendraron los matrimonios de un siglo estaban allí haciendo de las suyas. (p.851) Allí vierais el correr, el atropellarse, el darse de coscorrones, el cantar y gritar, el batir palmas, el tirar coces, el correr y dar vueltas arremolinándose en torno de mi amigo, cuyas piernas por largo tiempo estuvieron sin movimiento en medio de aquel zumbador enjambre. -Tantas muestras de afecto, señores -dijo al fin-, me conmueven, y no las puedo considerar sino como una prueba de lo bien acogida que ha sido en Madrid mi conducta. Pero digan ustedes por ahí, que el cumplimiento del deber no merece alabanzas, pues estas sólo son para lo extraordinario y heroico. Mi deber es defender este sitio, y le defenderé. Conque basta ya de aclamaciones y aplausos. Pero que si quieres. Buena familia era aquella para hacer caso de tales amonestaciones. Fue preciso que uno de los jefes diera orden de echarlos fuera, y aun así costó trabajo librar a D. Santiago de la ruidosa ovación. Además quiso nuestro coronel que todas las personas extrañas desalojaran el recinto fortificado, y al fin, no sin esfuerzo, hicimos salir a las mujeres, inclusa doña Gregoria, que se fue llorosa y entristecida, encargándome que no perdiese de vista a su buen marido. No sé si he dicho que por los Pozos había pasado poco antes a caballo D. Tomás de Morla camino de Chamartín, donde el corso tenía su cuartel general. Largo rato duró la conferencia con el Emperador, porque el regreso de Morla fue muy tarde, y por cierto que al volver, su rostro demudado y tenebroso demostraba que en la entrevista había habido sapos y culebras. Aquel gigante con corazón de niño fue tratado por Napoleón como un muchacho de escuela. Después se supo que el vencedor le puso cual no digan dueñas, sacándole a relucir el haber permitido que no se cumpliera la capitulación de Bailén, y amenazándole con fusilarle a él y a sus tropas, si la población no se rendía antes de las seis de la mañana del día siguiente. La tarde pasó sin ningún acontecimiento militar digno de contarse. Los franceses ocupaban sus posiciones sin hacer fuego, y nosotros, seguros de que todo se (p.852) daría por concluido, estábamos también quietos y en expectativa. La agitación en el interior de la villa persistía; y según oí, numeroso gentío, nada tranquilo por cierto, llenaba la Puerta del Sol, con la atención fija en la casa de Correos, residencia de la Junta. Rendido de cansancio, el gran Pujitos tendiose en el suelo junto a mí, y me dijo: -Ya esperaba yo esto que ha pasado. ¿No te dije que los traidores iban a vendernos a los franceses? -Más que a la traición -respondí con mucha tristeza-, debemos atribuir este mal resultado a la falta de recursos para la defensa. -¿Qué? -exclamó el héroe con mucho enojo-. ¡Qué falta de recursos ni qué niño muerto! Con los voluntarios basta y sobra. Pero, hijo, contra traidores nada podemos, y así los vea yo podridos, y mala sarna se los coma. Hace poco estuvo aquí el malcarado y peor chapado Santorcaz, y no lo despabilé por aquello de que uno no quiere meter bulla en estas ocasiones, pero.. Y dio un resoplido que anunciaba exterminadores proyectos contra los enemigos de la patria. -¿Y a qué vino acá ese charlatán embaucador? -A buscarte, muchacho. ¡Sabes que debes andarte con cuidado! Cuando le dijimos que no estabas, dio la gran patá en el suelo y apretó los dientes. Venían con él Majoma, Tres Pesetas y otros perdidos que ahora le hacen la comitiva, junto con un tal Román, que fue criado de una casa rica. Este, cuando oyó que no estabas y vio que Santorcaz daba aquella gran patá, le dijo: «Pues esta noche no se nos escapará». ¿Qué tal? Mala gente es esa, Gabriel, y ya te dije que están vendidos en cuerpo y alma a los franceses. De modo que ahora hay que huir de ellos como de la sarna, porque los meterán en lo que llaman pulicía, que es al modo de alguaciles, para prender al que se les antoje. -No me prenderán a mí -dije-, por lo menos mientras sea soldado. Después de la rendición, yo buscaré medios de que no me cojan, aunque la verdad, amigo Pujitos, no sé por qué me quieren mal esos señores, ni por qué hablan de si me escaparé o no me escaparé. -Te digo que son malos más que (p.853) Judas, y que ahora harán ellos migas con los franceses, como que todos son unos, lobos y zorros.. pues, y a todo el que tengan entre ojos le molerán a palos, si no es que me le arman un trementorio de otrosís, y me lo empapelan y me lo ponen a la sombra. -En todo eso que ha dicho el amigo Pujitos -respondí-, hay mucho de verdad. Quiera Dios no nos den que sentir esos bergantes; y si en Madrid no podemos vivir, afuera todo el mundo y combatamos allí donde sepan morir antes que rendirse a los franceses. Levantose el héroe, y poniéndose la mano en el pecho, hizo exclamaciones de ardiente patriotismo, después de lo cual nos separamos. Al avanzar la noche, la tropa de línea que estaba en los Pozos, recibió orden perentoria de internarse y fue que cuando la Junta acordó formalmente la capitulación; no queriendo el marqués de Castelar presenciar este hecho, ni tampoco que se rindiera la tropa, discurrió el escapar con ella por la puerta de Segovia, lo que verificó con toda felicidad a media noche. Solo los paisanos, ¿qué esperanza quedaba? Para que la rendición de Madrid fuera honrosa, la diplomacia, no las armas, debía hacer un esfuerzo. Yo conté al Gran Capitán lo que pasaba, con la esperanza de que desalentado se retirase a su casa, como habían hecho otros pobres veteranos, convencidos de su inutilidad. Él juró y perjuró que era imposible una capitulación acordada por la Junta, pero contra lo que yo esperaba, de repente dijo: -Tengo que ir a mi casa, Gabriel; ¿quieres acompañarme? -Al instante -le contesté. Y pedimos permiso al jefe, que nos lo concedió de buen grado. Era ya muy entrada la noche.
Ep-5-XIX - Pronto llegamos a nuestra morada de la calle del Barquillo. Abrió mi amigo la puerta de su casa, con llave que consigo llevaba, subimos, abrió la entrada de su domicilio de la misma manera, y encontrámonos dentro de la salita donde tantas veces me ha visto el discreto lector en compañía de mis amables vecinos. En la pared del fondo, donde desde inmemoriales tiempos tenía asiento la lanza (p.854) consabida, había una especie de altarejo, sobre cuya tabla, dos velas de cera puestas en candeleros de azófar, alumbraban una imagen de la Virgen de los Dolores, un San Antonio y otros muchos santos de estampa, que de los cuatro testeros habían sido descolgados para congregarlos allí. Algunas cintas y lazos a falta de flores, servían de adorno al improvisado tabernáculo, con varios jarros y cacharros antaño lujosos y bonitos, pero ya perniquebrados, mancos y heridos. Delante de todo esto, estaba el sillón de cuero, y sentada en él doña Gregoria, profundamente dormida. La pobre mujer que de tal modo se había rendido al cansancio tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, aún humedecida la cara por recientes lágrimas, y sus cruzadas manos indicaban que el sueño la había sorprendido en lo mejor de su fervorosa oración. Quedose suspenso el espeso al verla, y después me dijo: -Gabriel, no hagamos ruido, porque no se despierte; que más vale que descanse la pobrecita. Después llegándose a una cómoda vieja que en un rincón había, añadió en voz muy baja: -Aquí en la tercera gaveta está mi testamento: y en esta otra todo el dinero que tengo ahorrado, con el cual mi mujer puede mantenerse en lo que le quedare de vida, que no será mucho. Voy a escribir mis últimas disposiciones. No chistes ni me respondas nada. Y acto continuo sentose junto a la mesilla y con una pluma de ganso mal cortada trazó sobre un papel dos docenas de torcidas líneas. -Aquí dispongo -añadió alzando la vista del papel-, que las misas me las digan en San Marcos, donde está enterrado D. Pedro Velarde, ese valiente entre todos los valientes. En cuanto a mis huesos, no dispongo nada, porque no sé dónde caerán. -Todavía está Vd. con esas manías -dije-. Hablaré en voz alta para que despierte doña Gregoria y le ponga a Vd. las peras a cuarto. -No harás tal, porque te estrangularé; que no quiero que ella abandone su blando sueño para pasar amarguras. Aquí en esta primera gaveta dejo mi última disposición. Y luego levantándose y acercándose de (p.855) puntillas a su mujer, la contempló un buen espacio, pálido y conmovido: después de un rato, llevome a la alcoba inmediata, y sentándose en la cama en sitio desde el cual, al través de la mampara medio abierta, se veía el rostro de doña Gregoria iluminado por las luces del altar, hablome así: -Si algo enflaquece mi ánimo, es la vista de mi inocente esposa, a quien voy a dejar viuda. Te confieso que al considerar esto, se me nublan los ojos, se me oprime el corazón y estoy a punto de dar al traste con toda mi fiereza. ¿No la ves desde aquí? Parece que fue ayer cuando nos casamos; parece que no han pasado cuarenta y cinco años, y se me representa con la misma celestial figura que tenía allá por los tiempos de Maricastaña, cuando yo iba a la reja, llevándole media libra de peras en el pañuelo o un par de mantecadas de Astorga. En todo este tiempo no me ha dado nada que sentir, y hemos vivido juntos como dos palomos, queriéndonos lo mismo que el primer día. ¿No la ves desde aquí? ¿No ves su hermosa cara, tan serena y tranquila a pesar de su tristeza? Yo la estoy viendo con sus cabellos de oro, con su boquita encarnada como un casco de granada, con sus dulces ojos azules, que al mirarte parece que se abre el cielo delante de los tuyos, estoy viendo el nácar de su tez y su airoso y gentil cuerpecito, lo mismo que su garganta alabastrina. ¡Oh, Dios mío! ¡Tan hermosa, tan buena y tan desgraciada! Bien por efecto de la imaginación, ofuscada por aquellas palabras, bien porque la situación diese a doña Gregoria ideales encantos, lo cierto fue que a pesar de sus blancos cabellos, de su tez arrugada y de su en tantas partes notoria vejez, la estaba viendo tan hermosa como el Gran Capitán decía. ¡Milagroso efecto del pensamiento! -Mira, Gabriel; desde que nos vimos hace cincuenta años, nos quisimos: vernos y querernos fue todo uno, lo mismísimo que cuentan de los amantes de Teruel. Un lustro duró nuestro noviazgo, porque yo no tenía posibles; pero desde el primer día concertamos la boda. Durante aquel tiempo, ni riñas, ni bromicas, ni celillos. Nunca (p.856) hemos tenido celos el uno del otro, porque desde el primer día la confianza fue nuestro norte. Todos me tenían envidia. ¡Ay! Cuando nos casamos fuimos tan felices, que no hubiéramos cambiado nuestra casa por siete imperios. Y desde entonces, hijo, esta felicidad no se ha alterado. ¡Ay! se me parte el corazón al pensar que desde mañana se acostará sola en esta cama, que por cuarenta y cinco años nos ha visto juntitos. Al decir esto, el Gran Capitán se llevó el pañuelo a los ojos para secar sus lágrimas. -Vamos, amigo -le dije-; de veras no sé si reírme o enfadarme, oyendo lo que usted dice. ¿Está loco por ventura? -Si tú no comprendes esto -me contestó-, es porque eres un simplón y un majadero egoísta. ¿Tú sabes lo que significa cumplir uno con su deber? ¿Tú sabes lo que significa el honor? y si sabes todo esto, ¿ignoras lo que es la honra de la patria, que vale más que la propia honra? Escúchame bien: si me causa angustia y pesar la consideración de la viudez de Gregorilla, mayor, mucha mayor pena me causa el considerar que la capital de España se entrega a los franceses. Esto es terrible, esto es espantoso, y no vacilaría en dar mil vidas y en sufrir todos los tormentos por impedirlo. ¡España vencida por Francia! ¡España vencida por Napoleón! Esto es para volverse loco; ¡y Madrid, Madrid, la cabeza de todas las Españas en poder de ese perdido! De modo que una Nación como esta, que ha tenido debajo de la suela del zapato a todas las otras naciones, y especialmente a Francia; de modo que esta Nación que antes no permitía que en la Europa se dijera una palabra más alta que otra, ¿ha de rendirse a cuatro troneras hambrones? ¿Cómo puede ser eso? Eche Vd. a los moros, descubra y conquiste Vd. toda la América, invente usted las más sabias leyes, extienda Vd. su imperio por todo lo descubierto de la tierra, levante Vd. los primeros templos y monasterios del mundo, someta Vd. pueblos, conquiste ciudades, reparta coronas, humille países, venza naciones, para luego caer a los pies de un miserable Emperadorcillo salido de la nada, (p.857) tramposo y embustero. Madrid no es Madrid si se rinde. Y no me vengan acá con que es imposible defenderse. Si no es posible defenderse, deber de los madrileños es dejarse morir todos en estas fuertes tapias, y quemar la ciudad entera, como hicieron los numantinos. ¡Ay! todos mis compañeros se han portado cobardemente. España está deshonrada, Madrid está deshonrado. No hay aquí quien sepa morir, y todos prefieren la mísera vida al honor. -Pero cuando no se puede triunfar -le dije-, es una temeridad seguir peleando, y más vale guardar la vida para emplearla con éxito en mejor ocasión. -¡Simplezas y tonterías! El honor mandaba a los madrileños morir antes que rendirse, y el honor nos manda a los de la puerta de los Pozos, que muramos todos allí antes que entregarla. Pues no creo que estén dispuestos a ello. -Pues yo lo estoy, porque mi conciencia, que es la voz de Dios, me lo manda. Se rendirá la puerta; pero el jardín de Bringas está bajo mi mando, y el que quiera entrar en él pasará sobre mi cadáver. -¡Temeridad loca, y hasta ridícula! -Así será para los que no tienen idea de la honra de la patria, y para los que no ven nada más allá de esta ruin existencia, ni nada más allá del pan que comen todos los días. -Entregarse de ese modo a la muerte es un suicidio, y el suicidio es un gran pecado. -No es suicidio, no. La ley ineludible de la patria me ha puesto en un lugar que debo defender aun a costa de la vida. ¿Que vienen fuerzas superiores? ¡pues vengan! La patria me manda esperar tranquilo, y la ley me veda el apartar los pies de aquel sitio. ¿No morían los mártires por la religión? Pues la patria es una segunda religión, y antes que faltar a su ley, el hombre debe morir. ¿Y qué es la muerte? Los necios se asustan de la muerte, porque la muerte les quita el comer y el gozar. ¡Mentecatos! ¿Por ventura, no son mejor comida y mejor goce los de la bienaventuranza eterna? Ve ahí a mi esposa. Cierto que me aflige dejarla; pero sé que la perderé de vista tan sólo por algún tiempo, y que sus virtudes la llevarán luego a donde (p.858) la tenga delante de mis ojos durante todas las eternidades, sin cuya compañía creo que el mismo cielo me sería fastidioso. ¡Morir! ¡Ahí es gran cosa morir, y apañado tienes el ojo! ¿Pues acaso el morir es mal que puede compararse siquiera al dolor de un rasguño recibido en la tierra? Y si el morir no es nada para el miserable cuerpo, ¡cuán grande y fausto suceso no es para nuestra alma, mayormente si por la nobleza de nuestro fin nos empingorotamos sobre todas las cosas nacidas! ¡Morir por la patria, morir en el puesto que a uno le marca su deber, morir no por conquistar un pedazo de tierra, ni por un cacho de pan, ni por una baja ambición, sino por una cosa que no se ve, ni se toca cual es una idea y un sentimiento puro! ¿No es equipararnos a los santos del cielo y acercarnos a Dios todo lo que acercarse puede una criatura? Dicho esto, calló. No le contesté nada, porque tanta grandeza me tenía anonadado. Al cabo de un buen espacio volvimos de la alcoba a la sala; acercose él con pasos muy quedos a doña Gregoria, y le dio muchos besos, tan en flor por no despertarla, que apenas tocaban sus labios el arrugado cutis de la anciana. Luego enjugose las lágrimas, y dirigiendo una mirada en redondo a todos los objetos de la sala, me dijo con voz grave y entera: -Gabriel, vamos.
Ep-5-XX - No valían razones contra él, y cuanto yo pudiera decirle habría sido predicar en desierto, razón por la cual determiné cesar en mi obstinación, reservándome el emplear después cualquier estratagema para impedir una desgracia. Como durante la visita a la casa había transcurrido mucho tiempo, cuando salimos principiaba ya a clarear la aurora, y advirtiendo por las calles más gente de la que en tales horas suele encontrarse, nos fuimos a curiosear un poco, antes de volver a los Pozos. Serían las seis cuando entrábamos en la calle de Fuencarral, y como era esta la hora señalada para la rendición, subían y bajaban por la citada vía numerosos grupos de hombres, armados unos, sin armas otros, pero todos puestos en mucha agitación. Había (p.859) quien en alta voz declamaba contra lo capitulado, poniendo a Morla, a la Junta y a Castelar como ropa de pascua; otros se desahogaban insultando a Napoleón; muchos rompían las armas arrojándolas al arroyo; no faltaba quien disparase al aire los fusiles, aumentando así la general inquietud; y por último, hacia el Arco de Santa María, vimos algunos frailes dominicos y de la Merced que arengando a la muchedumbre procuraban calmarla. -Vamos, corramos a nuestro puesto -dijo Fernández-, no sea que nos tengan preparada una sorpresa. -Aún no es la hora designada -dije procurando entretenerle de modo que llegáramos tarde. -¿Cómo que no? -clamó con exaltación, avivando el paso-. Corramos, no sea que lleguemos tarde y entreguen los Pozos. Mal hemos hecho en abandonar nuestro puesto por una necia sensiblería. ¡Quién sabe lo que hará esa gente si no estoy yo por allí! Corramos, pues ya he dicho que se rendirá Madrid, que se rendirán los Pozos; que se rendirá el jardín de Bringas; pero que el Gran Capitán no se rinde. Empezamos a correr, cuando detúvome de improviso un hombre que en opuesta dirección venía. Era Pujitos. -Gabriel -me dijo muy sofocado-; vuelve atrás, no vayas a los Pozos; echa a correr y escapa como puedas. -¿Por qué? ¿Qué pasa? -preguntó mi amigo con la mayor zozobra-. ¿Ha venido Napoleón en persona? -¡Qué Napoleón ni qué Juan Lanas! -añadió Pujitos empujándome para que retrocediera-. Corre presto, que si llegas allá te echan mano. Ahora mismo han estado esos perros por ti. -¿Quién? -¿Quién ha de ser sino D. Luis Santorcaz, ese que llaman Román, y los tres o cuatro pillos que andan con ellos? -¿Y a mí para qué me buscan? -Para prenderte. -¿Y quién es él para prenderme? -exclamé lleno de ira-. ¿Pero no dijeron por qué me quieren prender? ¿Qué he hecho yo? -Sí dijeron, y es un aquel de traiciones que has hecho, y no sé qué diabluras. Conque a correr. Mira que vienen. Aire a los pies y buenos días. -¡Eh!.. Basta de simplezas -dijo el Gran Capitán-, y no me detengo más, que hago falta (p.860) en otra parte. Y marchose resueltamente hacia arriba sin decir nada más. Luego que me quedé solo con Pujitos, proseguimos nuestro altercado, él queriendo obligarme a que retrocediera, y yo obstinándome en seguir, pues me parecía una fábula aquello de mi prisión y la mudanza de Santorcaz y Román en alguaciles, y sobre todo en perseguidores míos por traiciones que yo no había soñado en cometer. Pero al fin logró convencerme recordando pasados sucesos que podían explicar, ya que no justificar, aquel hecho como una venganza; creí prudente seguir el consejo de mi compañero de armas, hombre que no por ser tonto dejaba de ser honrado, y me escurrí a buen andar en dirección al Espíritu Santo. Cerca de la calle Ancha tuve un feliz encuentro en la aparición de mi reverendo amigo el fraile mercenario, que seguido de mucha gente venía en dirección opuesta. -¿A dónde vas, Gabriel? -me dijo deteniéndome. -Voy huyendo, padre -le respondí-; huyendo de infames enemigos que me persiguen sin motivo alguno. -¿Quién, quién es el atrevido que te acosa? -exclamó briosamente. -Hombres pérfidos, hombres inicuos que han sido espías de los franceses, y ahora aparecen como oficiales de la justicia. -¿Pero de qué justicia? ¿Quién nos manda? Sepámoslo de una vez. ¿Nos manda aún nuestra Sala de Alcaldes, o nos manda un bigotudo general francés, en nombre de Napoladrón? ¿Ha capitulado ya la plaza? -No lo sé, padre; pero es lo cierto que esos hombres me buscan para prenderme, y con autoridad o sin ella, llevan sus reales despachos en toda regla, que maldito sea el que se los dio para que satisfagan infames venganzas personales. -Vamos a ver qué es eso.. -No, padre, yo no pienso ver nada más que la calle por donde corro, porque conozco la clase de gente en cuyas manos voy a caer. -Por la Santísima Virgen del Carmen, que nadie te ha de tocar el pelo de la ropa, al menos yendo conmigo. Ea, señores -añadió Salmón volviéndose a los que le seguían-, me voy a mi casa. Se despide de Vds. el (p.861) padre Salmón, de la orden de la Merced; ya no soy nada, hijos míos; ya no tenéis padrito Salmón; ya no tenéis quien os predique, ni quien os aconseje, ni quien os diga cosas alegres. Se acabó todo: España es de los franceses; adiós frailes y monjas, que a todos nos van a quitar de en medio, hijos míos, y no hagáis pucheros, que de nada valen ahora estos pucheros, pues no se defiende la religión con lagrimitas.. No lloréis, que tarde piache, como dijo el otro, y sucumbamos. Adiós, hijos míos, que ahora os quieren hacer a todos herejes, y los religiosos estamos de más. Yo os echo la bendición, y cuidado, cuidadito con los pecados. Y tú, joven desgraciado, arrímate a mí, que aún nos queda un poquillo de influjo, y nadie te hará nada yendo en mi compañía. Ven conmigo a la Merced, y allí procuraremos ponerte en salvo. Cuando marchamos juntos hacia la calle Ancha, oímos en derredor nuestro estentóreas y acaloradas voces de hombres y mujeres que gritaban: «¡Viva el padre Salmón! ¡Muera Napoleón! ¡Muera el rey de Copas!». -En mi convento estarás seguro -me dijo luego el mercenario-, hasta que puedas salir de Madrid. ¿Piensas salir? -En cuanto pueda, padre; no puedo ni debo estar más aquí. -Haces bien: algunos compañeros míos piensan marcharse también a levantar por ahí el espíritu de los pueblos. Yo no saldré de Madrid, porque mi naturaleza es tan delicada y flatulenta, que no resiste los trabajos, hambres y estrecheces de una misión. A la casa de Madrid me atengo: ni quito ni pongo rey, y aunque dicen que el hermano de Copas nos quiere quitar, todo es filfa, hijito mío. Yo sé que andan por Madrid emisarios del Emperador que nos hacen la mamola a cencerros tapados para que le rindamos pleito-homenaje y transijamos con él, requisito indispensable para tratarnos a maravilla, por lo cual opino que tan bien se sirve con Pedro como con Juan, y adelante con los faroles, porque si tienes hogazas no pidas tortas, y si te dan la vaquilla acude con la soguilla, que como dijo el otro, mano que da mendrugo, buena es aunque sea de (p.862) turco. Tan sumergido estaba yo en mis pensamientos que no contesté a mi amigo, si bien mi silencio no fue parte a que dejara de seguir hablando por todo el trayecto, durante el cual no nos ocurrió desgracia alguna, ni tuvimos ningún mal encuentro. -Ya estamos en casa -me dijo cuando entramos-. Sube y probarás de unas magritas de la olla de ayer que el refitolero me ha guardado para hoy, poniéndolas con arroz; y te advierto que en todo lo que sea de arroz soy una especialidad, y a mí se me debe la introducción de las almejas y de la canela en la valenciana paella. Entramos en su celda, donde me dejó, volviendo al poco rato con un cazuelillo debajo del manteo, y con esto y una botella que sacara de la alacena juntamente con una cesta llena de pedazos de pan, higos, aceitunas, nueces, embutidos, queso, dátiles y otras viandas, aderezó un almuerzo que me vino de perillas. -Esta misma celda en que estás, y que es la mía -dijo mientras comíamos-, fue ocupada hace más de doscientos años, allá en los de 1620, por aquel insigne mercenario fray Gabriel Téllez, a quien generalmente se conoce por el maestro Tirso de Molina. Es fama que en este sitio, y quizás en esta misma mesa, escribió su célebre Crónica de la Orden, porque comedias se cree que no hizo ninguna después de meterse a fraile. -¿No le ha dado a Vuestra Paternidad por hacer comedias? -le pregunté. -Hombre, algunas he hecho, y ahí están pudriéndose en aquella alacena. Mas no he intentado que se representen, porque el prior nos lo prohíbe, aunque son todas devotas. Una hice que no me parece mala, y se titula El Santo Niño de la Guardia. No deja de tener su sal otra que compuse con el rótulo de La tutora de la Iglesia y doctora de la Ley, toda en sonetos arreo, entreverados con lo que se llaman séptimas reales; y me daba tanto el naipe por estas obrillas que enjaretaba dos en una semana, y si no me lo prohibieran, le hubiera echado la zancadilla a Bustamante que escribió trescientas veintinueve comedias de santos. -¿Y en qué se ocupa ahora Vuestra Paternidad? -¿En (p.863) qué me he de ocupar, muchacho, sino en hacer jaulas de grillos? ¿No sabes que soy el primer jaulista de Madrid? Pues a fe que me dan poco trabajo las tales obras. Mira cuántas hay allí. Aquella que tiene tres pisos, con dos hermosísimas torres y su reloj figurado en el centro, es para las monjas de Constantinopla; y aquella otra redonda que está por concluir, para las Carmelitas Descalzas que ha un mes me tienen loco con la dichosa obra. En efecto, todo un rincón de la celda estaba lleno de jaulas hechas y por hacer, con todos los materiales y herramientas propias de aquel oficio. De libros no vi sino los folletos y papeles que días antes recogió en casa de Amaranta. -Yo soy un hombre que abomina la holgazanería -continuó Salmón-, y no me parezco a otros de esta misma casa que no se ocupan en maldita la cosa; aunque hay algunos, la verdad sea dicha, como el padre Castillo, que noche y día están metidos en un mar de libros y papeles. -Y en verdad, padre -le dije-, ya que no hay cautivos que redimir, todos Vds. deberían pasar el tiempo en algún útil menester. -Pues hay frailes que como no sea tirar a la barra en la huerta y jugar al tute en la solana, no hacen nada. Y si no, en la celda de al lado tienes al padre Rubio que se pasa la vida haciendo acertijos y enigmas, los cuales envía a las monjas para que ellas le devuelvan la solución y nuevos problemas, y tienen establecidas ganancias y pérdidas para el que acierta y para el que yerra, las cuales pérdidas y ganancias consisten siempre en algo de condumio. ¿Pues y el padre Pacho, que se ha dedicado a hacer punto de media y labra unos primores?.. Esto es andar a mujeriegas, lo cual no me gusta. Yo al menos he hecho en lo tocante al arte eminentísimo de las jaulas adelantos admirables, y además me dedico a la medicina, para lo cual, con aquel Dioscórides que está a la cabeza de mi cama tapando la escudilla, me basta y me sobra. Por estos caminos siguió nuestra conversación, hasta que me entró gana de dormir. Mi amigo pidió permiso al prior para que me quedase allí todo el (p.864) día y aun toda la noche, refugiado contra una injusta persecución, y me llevaron a una celda vacía, donde en lecho muy blando me acomodé, rindiéndome de tal modo el sueño, que hasta el siguiente día no di acuerdo de mí.
Ep-5-XXI - Cuando me levanté, y hube despachado el desayuno que con sus propias caritativas manos me llevó el padre Salmón, salí al claustro alto, donde mi amigo me dijo: -Hay grandes novedades. Ayer a eso de las diez, se entregó la plaza a los franceses, una vez firmada la capitulación por el Emperador en su cuartel general de Chamartín. -¿Y ha habido algo en los Pozos? -pregunté acordándome pesaroso del Gran Capitán. -Creo que es el único punto donde hubo alguna resistencia, pues de todos los demás se apoderó sin dificultad el general Belliard, gobernador de la plaza. Salió al encuentro de Salmón un fraile pequeño y viejo, que se apoyaba en un palo; hombre al parecer enfermo y de mal genio, que dijo: -¿Sabe su merced, Sr. Salomón jaulista, las bases de la entrega? -Hermano Palomeque, no las sé; pero creo que ha llegado fray Agustín del Niño Jesús, el cual dicen tiene una copia que le suministró un individuo de la Junta. -¿Qué vuelta por el claustro, padre Palomeque? -dijo un frailito joven, barbilindo, ancho de cuello, pulcro de rostro, arrebolado de nariz, nimio de cerquillo y con cierto aire galán, el cual de improviso se unió a nuestro grupo. -Lo que hay -contestó Palomeque con rabia, dando un fuerte bastonazo en el suelo-, es que anoche me han robado una gallina, de las seis que tenía en el corral, y ¡ay del pícaro zorrón si le descubro, que por nuestro santo hábito, si fuera cierta la sospecha que tengo de un fraile madamo y almibaradillo, yo le juro que me la ha de pagar! -¡Oh curas hominum! ¡Oh quantum est in rebus inane! ¡Oh cupidinitas gallinacea! ¿Y todo ese enfado es por una polla seca y encanijada, con cuyo caldo se podía administrar el bautismo? -Basta de bromas; y si era encanijada, no la tenía yo para ningún zángano -exclamó Palomeque-. Pero a otra, y díganme de una vez en qué (p.865) términos se ha hecho esa maldita capitulación. Por ahí asoma fray Agustín del Niño Jesús. Llegó en efecto con paso grave el tal Niño Jesús, que era un fraile altísimo de estatura, moreno, de pelo en pecho, de aspecto temeroso, ojos fieros y una voz, por raro contraste, tan infantil y atiplada, que parecía salir de otra garganta que la suya. Seguíanle otros dos frailes. -Vamos a ver, señor músico, ¿qué dice esa minuta? -le preguntó el fraile barbilindo. -Ahora lo veredes dijo Agrages -fue la contestación del padre Agustín-. Creo que Napoleón ha aceptado todos los artículos, excepto dos o tres de los menos importantes. -El primero -dijo Salmón-, habla de la conservación de la religión católica, sin que se consienta otra. -Justo -respondió el Niño Jesús sacando un papel-; y el segundo de la libertad y seguridad de las vidas y propiedades de los vecinos de Madrid. Igualmente establece el respeto a las vidas, derechos y propiedades de los eclesiásticos seculares y regulares de ambos sexos, conservándose el respeto debido a los templos, todo con arreglo a nuestras leyes. -Como no lo han de cumplir -indicó Palomeque-, excusado es que lo digan. Siga adelante. -¿Para qué ha de leer más? Lo que sigue poco interés tendrá y apuesto a que habla de que si las tropas saldrán de Madrid con los honores de la guerra o no. -Justo -dijo fray Agustín-, y también hay otro artículo en que se establece que no se perseguirá a persona alguna por opinión ni escritos políticos. -Eso está muy mal pensado y peor resuelto -dijo otro de los presentes que era el padre Rubio, fabricador y artífice de acertijos-, porque si no quitan de en medio a los franc-masones y diaristas.. Luego el frailito almibarado, que era nada menos que maestro de teología, llegose a Salmón y le dijo: -¿Se atreve Vuestra Paternidad a echar dos tantos a la barra esta tarde después de la siesta? -¿Pues no me he de atrever?- contestó-. Y tú, Gabriel, ¿juegas a la barra? -Este joven -dijo el maestro de teología con bondad-, ¿es aquel portento de las humanidades, aquel consumado latinista (p.866) de quien Vuestra Merced me habló? -El mismo que viste y calza, o por mejor decir, el segundo Pico de la Mirandola. Puede examinarlo Vuestra Merced y verá lo que son castañas. Yo repetí que no sabía palabra de latín, y que toda mi fama en dicha lengua provenía de una equivocación. -Modestus es -dijo el teólogo-. Y puesto que es Vd. tan gran latino, contésteme a esto: ¿qué quiere decir Vino a lo que vino? -Eso no es latín, sino castellano -dijo Salmón. -¡Oh! -exclamó el otro batiendo palmas-. Los dos se atascaron. ¿Conque castellano? Pues es tan latín como el Arma virumque. Vino a lo que vino, o lo que es lo mismo vi no aloque vino, que traducido literalmente, quiere decir con fuerza nado y me alimento con vino. -Este fray Jacinto de los Traspasos de María es un pozo de ciencia -dijo Salmón-. Gabriel, te atascaste. -Y díganme ustedes -prosiguió el otro-, ¿qué quiere decir Archiepiscopi toletani onerati sunt mulieribus? -Eso más claro es que el agua, mi señor don teólogo -repuso Salmón-. Es una blasfemia y calumnia; pero valga lo que valiere, quiere decir, salva la intención, que los arzobispos de Toledo están cargados de mujeres. -¡Oh gansos, oh acémilas! Ya les cogí otra vez -dijo fray Jacinto-. El archiepiscopi que parece nominativo plural, es genitivo singular. De la palabra que suena mulieribus hago dos, a saber; muli æribus y resulta: los mulos del arzobispo de Toledo están cargados de riquezas. ¡Ajajá! Pues y lo de tú comes caracoles, ¿qué significa? -¡Oh! No estoy para quebraderos de cabeza -replicó Salmón-. Dejemos eso, y ya que en el latín me ha vencido, esta tarde le venceré a la barra. -Esta tarde no -dijo Rubio-, pues fray Jacinto ha prometido venir conmigo a ver a las Constantinoplas, que están locas por conocerle. -Y Castillo, ¿dónde está? -preguntó Palomeque. -En misa. -¡Oh patres conscripti! -dijo otro fraile que vino a toda prisa por el claustro adelante-. ¡Grandes y estupendas novedades! Han llegado tres consejeros de Castilla, y están en conferencia con el prior. -¿Y a qué vienen esos consejeros del (p.867) diantre? -Según he olido, les manda Napoleón para que nos emboben, por ver si consigue que una diputación de regulares de todas las ordenes vaya a cumplimentarle y hacerle randibú en su cuartel de Chamartín. -Antes al demonio. -¿Conque randibú al azote de los pueblos, al enemigo de la religión, al carcelero de nuestro Rey? Muy bien; tras de cornudo aporreado, y vengan palos, que con besar la mano que nos los da, todo queda concluido. -Como se han de levantar contra Napoleón hasta las piedras, y al fin ha de marcharse con su hermano, excusado es andarse con mieles. A esta sazón llegó el padre Castillo, que venía de decir su misa, aquel discreto y agudo fraile que en casa de la señora condesa había hecho el expurgo de libros. -Padre Castillo, ¿conque tenemos visita de consejeros de Castilla, para que nos humillemos ante Napoleón? -No sé nada de esto. -Yo estoy determinado a salir de Madrid e irme por esas provincias a predicar la guerra, juntando gente armada -dijo Rubio. -Y yo, como me suelte por tierra del Barco de Ávila y eche allá cuatro sermones, levanto hasta las piedras -afirmó el Niño Jesús. -Yo no me moveré de aquí -dijo Castillo-. En esta casa me mandan los estatutos que resida, y aquí residiré mientras no me echen. Fundose nuestra orden para redimir cautivos, no para predicar guerra ni armar soldados. -Muy bien dicho; mas tampoco se fundó para que la patearan Emperadores y la escupieran Juntas. -Dios hará de nuestra orden lo que fuese servido -repuso Castillo-. En tanto, nosotros nos estamos mejor en nuestra casa, que por montes y valles incitando a los hombres a matarse. Y no es que dejemos de ser patriotas. Más harán las oraciones de un fraile piadoso en pro de nuestros ejércitos, que los sermones furibundos y crueles de esos desgraciados que con los hábitos al cinto se han lanzado a la guerra. Y dígame el buen Niño Jesús, ¿le parece meritoria y digna de un cristiano y de un sacerdote la conducta de ese dominico que no quiero nombrar y que se ha señalado por sus sanguinarias excitaciones a la matanza de (p.868) franceses? No, nada que sea contrario a las generales leyes de la caridad debe sacarnos de nuestra ordinaria vida. -Con buenas retóricas se viene ahora el padre Castillo -dijo otro de los presentes-. No, si no hagámonos miel, para que nos papen imperiales moscas. -Dígame -preguntó un tercero-, ¿ha oído decir el Sr. D. Librote y Cata-pergaminos, que Napoleón va a reducir el número de regulares a la tercera parte? Pues sí, eso está muy bonito. Apláudalo el padre Castillo. Y nosotros veámoslo y callemos, ¿no? ¡Pues me gusta! De modo que si un conquistador atrevido pone en peligro nuestro instituto, lo daremos por bien hecho. -¿Conque reducirnos a una tercera parte? -dijo Salmón-. ¡Bonita invención! Esas son las tan decantadas novedades de los filósofos y de todos esos masones a la francesa que hay ahora. -No disputaré sobre si es conveniente o no reducir el número de conventos -dijo Castillo-. Cuestión es esta delicada y sobre la que se podría hablar mucho. Lo que sí afirmo es que la reducción del número de regulares, y las ideas de poner coto a tantas fundaciones son bastantes antiguas, y se han ocupado de ello mil eminentes repúblicos. Ya saben todos que en el siglo pasado se ha clamoreado bastante sobre esto. ¿Y qué más? A principios del décimo sétimo siglo, cuando aún no se soñaba en enciclopedias, ni en revoluciones, ni en logias, ni en filosofías, personajes respetables y entre ellos algunos españoles sapientísimos se expresaron en igual sentido. Como me dedico a buscar papeles viejos, ¡vean mis caros hermanos la casualidad! en estos días he encontrado dos que vienen como de molde a terciar en esta contienda. Y al punto fue a su celda, que muy cerca estaba, y volviendo con dos libros viejos, los mostró a sus hermanos. -Aquí están -dijo-. Uno es el Memorial que al Rey D. Phelipe III dio en su consejo de Estado fray Luis de Miranda, lector jubilado de la orden de San Francisco, acerca de la ruyna y destrucción que amenazaba a la república y monarquía de España, si con presteza no se acude al (p.869) remedio. Las causas y razones que expone son: PRIMERA, la muchedumbre de hacienda que de secular se está convirtiendo en eclesiástica. SEGUNDA, las innumerables personas, que por sus particulares fines, de seglares se hacen religiosos, sin aver de ello necesidad, antes con daño de las mismas religiones. Esto se escribía en los primeros años del siglo décimo sétimo, y si el mal era cierto, juzguen vuestras paternidades si habrá aumentado, no habiendo nadie acudido al remedio. El otro libro se titula Discurso del doctor D. Gutiérrez, marqués de Careaga, en que intenta persuadir que la monarquía de España se va acabando y destruyendo a causa del estado eclesiástico, fundación de Religiones, Capellanías, Aniversarios y Mayorazgos. Esto está impreso en 1620. De modo, hermanos míos -añadió con zunga el buen Castillo-, que hace doscientos años hubo quien ya dio en la flor de decir que éramos muchos. Ahora, pues, carísimos, cada uno meta la mano en su pecho, consulte a su conciencia y pregúntese a sí mismo si cree estar de más: intelligenti pauca. ¿Y esas gallinas, padre Palomeque, cuántos huevos han puesto en la semana? ¿Y cómo van esas jaulas, padre Salmón? ¿Qué me dice Vuestra Paternidad de aquellos enigmillas tan reservados que le enviaron ayer las Constantinoplas, padre Rubio? ¿Halos acertado ya? ¿Y qué tal van esos toques de flauta, fray Agustín del Niño Jesús? Y así fue dirigiendo a todos graciosas pullas, si bien ellos no se irritaban por esto, gracias al respeto que le tenían. Con esto y con la retirada de Castillo se desbarató el corro y casi todos fueron a husmear a la puerta de la celda del prior por ver si descubrían cuál era la misteriosa comisión de los consejeros de Castilla. Cuando Salmón y yo íbamos a espaciarnos un poco por la huerta, vimos un fraile anciano que leyendo devotamente su libro de oraciones se paseaba en el claustro bajo. Pregunté a mi amigo quién era aquel venerable sujeto, y me dijo: -Este es el padre Chaves, el más piadoso y recogido de todos los (p.870) frailes de este convento, si bien me parece que es algo mentecato. No hace más que rezar, leer libros santos y asistir a todos los enfermos de la casa. Hace catorce años que no ha salido una sola vez a la calle. No recibe regalos, sino aquellos que puede dar a los pobres. Apenas come, y cuanto le dan aquí lo guarda para repartirlo los sábados a una chusma que viene a la portería, porque según dice él, ya que no puede redimir cautivos, quiere redimir a los que padecen la peor esclavitud de todas, que es la miseria. Antes te dije que era un mentecato; pero la verdad, hijo, Chaves es un excelente hermano. -Dios ha puesto de todo en el mundo -pensé yo-, y así como no hay nada perfecto, tampoco hay cosa alguna que sea rematadamente mala.
Ep-5-XXII - Al día siguiente Salmón me dio muy malas noticias. -¿Sabes lo que pasa, Gabriel? -me dijo entrando muy de mañana en la celda que se me había asignado-. Pues he sabido que el Gobierno francés, que ahora nos rige, ha nombrado alguacil, o como ahora dicen, oficial, jefe o no sé qué de policía, a ese mismo Santorcaz que quería prenderte. Esto tiene indignados a cuantos le conocían, y prueba a las claras que ya estaba vendido a los franceses desde antes del sitio. También es indudable que en los días del sitio fue nombrado alguacil por la Sala de Alcaldes, sin que nadie acierte a darse cuenta de cómo consiguió tal cosa. Le acompaña hoy como antes su escuadrón de gente de mal vivir, que como sabes, era la que días pasados acaloraba los ánimos contra los franceses en los barrios bajos, haciéndose pasar por ardientes patriotas. Pero di, ¿qué has hecho para que te quieran prender? Porque me han dicho que él y los suyos te buscan con verdadero frenesí, registrando todos los rincones de Madrid. -En verdad que no sé en qué fundan su persecución -respondí-; pues por más que me devano los sesos, no puedo traer al pensamiento ninguna acción mía que a cien leguas se parezca a un delito. Pero esos hombres son muy malos, y no hay que buscar fuera de ellos la causa de sus maldades. - (p.871) Pues me han dicho que en todo el día de ayer, ese Santorcaz no ha hecho más que prender gente sospechosa, es decir, gente a quien supone hostil a los franceses. -Es una venganza personal -dije-, o tal vez deseo de apoderarse de mí para una baja intriga. -¡Qué inmunda canalla! ¡Y de esta manera quieren el rey de Copas y su hermano hacerse amar de los españoles! Pues no es mal chubasco el que se nos viene encima. Dicen que Napoleón ha rasgado el acta de capitulación, expidiendo con fecha de ayer varios decretos contrarios a lo estipulado. -Pues, padre mío -dije-, veo que me es preciso huir de Madrid a toda prisa. -¡Huir de Madrid! ¿Crees que es fácil ahora? Estate unos días más en esta casa, que el prior no tendrá inconveniente en ello, y después veremos cómo te sacamos de la villa. ¡Oh! Me han asegurado que la salida es muy difícil hasta para las ratas. Parece que la gente de los pueblos inmediatos a Madrid está levantada en armas. Temen los franceses que esto sea cosa urdida con los de aquí para favorecer un movimiento insurreccional dentro de la corte, y han resuelto incomunicar a Madrid. La vigilancia que hay en las puertas es peor que de inquisidores; no dejan salir a alma viviente sin registrarle y darle mil vueltas; y como el viajero no lleve un papelucho que llaman carta de seguridad, expedida por esa bendita superintendencia de policía, a quien vea yo comida de lobos, lo someten a un consejo de guerra. Conque, hijo, estás en peligro; no puedes vivir en Madrid, y la salida es muy difícil. ¡Ah! En este momento se me ocurre una cosa, y es que podemos solicitar el amparo de la señora condesa, en cuya casa estuviste el otro día, la cual me han dicho que es amiga de los franceses. -¡La señora condesa amiga de los franceses! -Quiero decir partidaria. Su primo, el duque de Arión, que ha pasado toda su vida en Francia, entró en España con Bonaparte, de quien es muy devoto, y actualmente está en el cuartel general de Chamartín. Anteayer estuve en casa de la condesa, y le esperaban de un día a otro. Como haya venido, no nos sería (p.872) difícil que aquella bondadosa señora te consiguiese una carta de seguridad para evadirte. Entretanto, hijo, aquí estás más seguro, y por sí o por no, vamos tú y yo ahora mismo a ver al prior del convento, que es hombre de mucho mundo, y de tanta trastienda, que sería capaz de pegársela al lucero del alba. Él nos dirá si lo que me ha ocurrido es razonable, o si hay otro medio más expedito para ponerte en salvo. Y sin más dimes ni diretes, llevome a la celda del padre prior, que en aquel momento había vuelto de decir su misa y despabilaba dos onzas de chocolate. Era el padre Ximénez de Azofra un hombre pequeño, de edad madura, ojos muy vivos, sonrisa maliciosa, cortesanos modales y simpática conversación. Recibiome con mucha bondad, y cuando Salmón le expuso las apreturas en que yo me encontraba, dijo lo que sigue: -En otras circunstancias, joven incauto, fácil nos habría sido socorreros poniéndoos al abrigo de esta casa. Pero ahora todo está del revés. El Gobierno intruso nos mira con muy malos ojos, y bastaría que le protegiéramos a usted para que se nos acusara de cómplices de la insurrección, que así llaman ellos a nuestra santa causa.. En verdad que cada vez odio más a esa canalla. Ved lo que hacen ahora. Desde que Madrid se ha rendido, ya les ha faltado tiempo para quebrantar lo convenido, y si prometieron respetar las vidas, libertades y hacienda de este vecindario, ayer todo ha sido prender y encarcelar gentes honradas, a quienes se acusa de auxiliar a los insurgentes de Talavera y de Cuenca. Todo es sospechar, y acusar, y asustarse hasta de vanas sombras; y como los restos del ejército de San Juan y las tropas del de Castaños que se unieron al duque del Infantado andan por estas inmediaciones levantando los pueblos contra los franceses, estos ven un espía en cada vecino de Madrid, y han resuelto impedir toda comunicación entre los habitantes de esta villa y los de Ocaña, Toledo, Talavera e Illescas; por lo cual no permiten la entrada de los paletos, fruteros y verduleros, razón de la gran carestía que (p.873) hoy tienen todos los artículos. -Mala situación es esta -dijo Salmón-. ¿De modo, señor prior de mi alma, que en buenos tiempos no recibiremos nada de nuestras granjas de Leganés, Valmejado, Casarrubielos, Bayona de Tajuña y Santa Cruz del Romeral? ¡Bonito porvenir! ¿Y entonces quid manducaverunt vel manducavere? -¡Oh! amigo Salmón -contestó el prior con malicia-; aquí viene bien aquello de ventorumque regat pater, que quiere decir viento en panza, según traducía aquel gilito descalzo de quien tanto nos hemos reído. Es preciso hacer penitencia. -Bien, retebién -exclamó Salmón bufando-. ¡Viva el emperador de los franceses, y Rey de Italia y protector de la confederación del Rhin! De esa manera conseguirá Vuestra Majestad Imperial y Real, que asada en parrillas vea yo, conquistar las simpatías del clero regular. -No se cuida él de nuestras simpatías, amigo Salmón. -Pero en resumidas cuentas, señor padre prior, este muchacho, de cuya moralidad y buen proceder respondo, necesita salir de Madrid, y no dudo que Vd. con su influencia le podrá sacar una carta de seguridad, con la cual y disfrazado.. -¡Qué cosas tiene Salmón! -dijo Ximénez de Azofra-. ¿Qué puedo yo hacer? Conque en priesa me ve, y doncellez me demanda. ¿No le he dicho que desconfían de los regulares, y especialmente han tomado entre ojos a los de esta casa? -No sabía tal cosa. Al contrario: oí decir que Vuestra Paternidad es de los que van a Chamartín a cumplimentar a mi señor D. Caco imperial, rey de los pillos, y protector de la congregación del Rin.. conete y Cortadillo. -¿Yo? -exclamó Ximénez con asombro-. No he nacido para besar la mano que me azota. Español soy, y español seré mientras viva. He predicado en el púlpito de la Merced contra el Emperador, y no imitaré a los que siendo primero desaforados patriotas, ahora son patriotas tibios con vislumbres, amagos y pintas de afrancesados. Cierto es que va a Chamartín una diputación de todas las clases de la sociedad; cierto que me han invitado para ir, y vea su merced aquí la carta (p.874) que sobre este punto me ha dirigido el corregidor, y que de haber justicia en la tierra, debería ser quemada por la mano del verdugo. ¿No es una vergüenza que de este modo se humillen los hombres? Ayer todo era inquina contra el ogro de Córcega, todo insultarle y ponerle por esos suelos; hoy todas son blanduras. El mismo señor corregidor de Madrid que en su bando del 25 de Noviembre decía: La España está invadida por el tirano que domina en Francia, el cual ha quebrantado pérfidamente las santas leyes, etc.; ese mismo señor corregidor don Pedro de Mora y Lomas, caballero de la orden de Carlos III, del consejo de Su Majestad, su secretario con ejercicio de decretos, intendente de los reales ejércitos y de esta provincia, corregidor de esta villa, subdelegado de Rentas reales, intendente de la real Regalía de Casa de aposento, superintendente general de Sisas reales y municipales de ella, y subdelegado de Montes y Pósitos, etc., etc., pues la retahíla de títulos no tienen fin; ese mismo corregidor, repito, es el que hoy dirige un llamamiento ante diem a todas las autoridades. ¿Para qué creerán Vds.? Pues nada menos que para hacer presente que la villa de Madrid habrá tenido el honor de ofrecerse a los pies de S. M. I. y R. para manifestarle el reconocimiento a la bondad e indulgencia con que ha tratado esta corte, felicitarse por tener a S. M. en su seno, y expresarle que si lograba merecer la dignación y aprecio de S. M. se contemplaría dichosa. ¿Qué tal? ¿Es este un lenguaje digno y patriótico? Además en la convocatoria -añadió recorriendo con la vista el papel-, se llama a Napoleón padre amoroso, y a sus atropellos benéficas miras, y el objeto es reunir un cierto número de personas respetables que piquen espuelas hacia Chamartín para pedir a Bonaparte se digne conceder la gracia de que vean en Madrid a su augusto hermano nuestro rey Josef. Vamos, vamos, no puedo leer más, porque tanta bajeza me saca los colores de la cara. Verdad es que los que esto han firmado lo han hecho cediendo a amenazas del (p.875) comandante general Mr. Belliard que les pone el puñal al pecho; pero no por eso es disculpable, pues si no traición a la patria, debe imputárseles una debilidad y flaqueza que raya en crimen. -¿De modo que usted no va a Chamartín? -¿Yo? Ni por pienso. He oído que van en representación de los regulares el padre Amadeo, abad de San Bernardo, y el padre Calixto Núñez, abad de los Basilios. Ya se ve: ¿qué se puede esperar de esos infelices tan dejados de la mano de Dios? Caerán en el garlito los Mínimos, algunos pobres Franciscos, los desdichados Agonizantes, no pocos Agustinos, todos los Gilitos, los Hospitalarios, los Donados, los Carmelitas descalzos, y esos infelices Afligidos, que son los mayores mentecatos de la cristiandad; pero la Merced sostendrá su bandera, la Merced no adulará Emperadores, la Merced en unión con los Dominicos desafiará el poder del tirano, contra franceses ladrones y empecatados españoles. -Y los víveres por esas nubes, y las puertas de Madrid cerradas al buen vino, al rico aceite, a los huevos, a las coles, al extremeño tocino y a los jamones de Candelario. Bueno, bueno, comamos ensalada de perejil y cañutillos de monjas mojados en agua de limón. ¡Viva la patria, Sr. Ximénez, viva el orgullito que nos pondrá como espátulas! -Pues bien; lo que he dicho a Vd. -continuó el prior-, lo he dicho a los que vinieron a sonsacarme, y oídas mis palabras, tratáronme con tal acritud, que espero grandes desdichas para nuestra orden y nuestra casa. De modo que nada puedo hacer por este joven. A esto llegaban cuando entró el padre Castillo acompañado de otros dos frailes. El uno supe después que se llamaba el padre Vargas, y aunque del mismo hábito y orden, pertenecía al convento de la Trinidad calzada, también de mercenarios redentores de cautivos, y el otro era dominico, del convento de Santo Tomás, y tenía por nombre el padre Luceño de Frías. -Ya, ya pareció aquello -exclamó Vargas con estrepitosa voz-. Ya no podemos dudar de la veracidad de esos decretos, porque por ahí los reparten impresos y aquí tengo un (p.876) ejemplar. Todos los decretos llevan la fecha del 4, y son tales que podrían arder en un candil en noche de aquelarre. -Veámoslos. ¿Es cierto que nos reducen a la tercera parte? -Tan cierto, que.. -dijo el dominico-, no nos reducen a la tercera parte, sino que nos parten por el eje, Sr. Ximénez de Azofra. -Atención, que leo -dijo Vargas, poniendo ante los ojos, de verdes antiparras armados, un papel impreso-. Los decretos rezan lo siguiente: En nuestro Campo Imperial de Madrid a 4 de Diciembre de 1808. Napoleón Emperador de los etc.. Considerando que el Consejo de Castilla se ha comportado en el ejercicio de sus funciones con tanta debilidad como superchería.. que después de haber reconocido y proclamado nuestros legítimos derechos al trono, ha tenido la bajeza de declarar que había suscrito a estos diversos actos con restricciones secretas y pérfidas, hemos decretado y decretamos lo siguiente: Art. 1.º Los individuos del Consejo de Castilla quedan destituidos como cobardes e indignos de ser magistrados de una nación brava y generosa. -Pues digo -exclamó Ximénez-, que eso está muy lindísimamente hecho. -Es verdad -afirmó el dominico-, porque esos señores han estado jugando a dos juegos, y con todo el mundo quieren comer. Adelante. -Otro -prosiguió Vargas-. En nuestro Campo Imperial, etc.. Napoleón, etc.. Este no hace exposición de motivos, ni considerando alguno, sino que dice simplemente: Artículo. 1.º El Tribunal de la Inquisición queda suprimido como atentatorio a la soberanía y a la autoridad civil.- Art. 2.º Los bienes pertenecientes a la Inquisición se secuestrarán y reunirán a la corona de España. -Ya se ve -exclamó el dominico sin disimular su enojo-. Sin eso no podía pasar. Afuera Inquisición y vengan herejes, y lluevan masones, ¿qué les importa esto a los que no se cuidan de lo espiritual? -Poco significa esto -dijo Castillo-, porque el Santo Tribunal casi no existe ya de hecho, abolido por la suavidad de las costumbres. -Pero se conservan las fórmulas, señor mío -contestó con aspereza el dominico-, y las fórmulas (p.877) tienen gran fuerza. Verdad es que no se quema, ni se descuartiza (lo cual dicho sea de paso es excesiva blandura, según estamos hoy comidos de herejía); pero hay todavía degradaciones y simulados tormentos, que tienen muy buen ver para los malos. -Item -prosiguió Vargas-. Art. 1.º Un mismo individuo no puede poseer sino una sola encomienda. -Adelante, que eso nos interesa poco. -Item.- Art. 1.º El derecho feudal queda abolido en España.- Art. 2.º Toda carga personal, todos los derechos exclusivos de pesca, de almadrabas u otros derechos de la misma naturaleza, en ríos grandes y pequeños; todos los derechos sobre hornos, molinos y posadas, quedan suprimidos, y se permite a todos, conformándose a las leyes, dar una extensión libre a su industria. -Eso no es nuevo -dijo Castillo-, y es lástima que nuestros gobernantes con su indolencia hayan permitido a los franceses el jactarse de promulgar una ley tan buena. -Eso, eso es, ¡hágale su merced la mamola! -dijo Luceño de Frías con el mayor desabrimiento, sentándose a horcajadas en una silla para apoyar los brazos en el respaldo-. Me gustan las ideas del padre Castillo. Si para eso pasa Vuestra Paternidad la vida entre la polilla de los libros, buenas nos las de Dios. Y sacando su tabaquera y alargando la mano hacia el prior, añadió: -Señor Ximénez, un polvito, que los duelos con rapé son menos. -No lo gasto -repuso el prior. -Vamos, amigo Vargas, un polvito. -No lo gasto, que eso es cosa de viejas. Aquí tengo unos cigarritos de la Habana, que merecen ser chupados por los ángeles del cielo. Si el señor prior me da su permiso.. -Vengan -gritó Salmón-, esos tabaquíferos incensarios y pebetes de Oriente, que tan bien matan el fastidio. -Allá van -dijo Vargas-. Son regalo de la señora marquesa del Fresno, y fuéronme remitidos poniéndolos en la mano de un Niño Jesús, que me envió para que le diera una mano de pintura. -Pues en lo relativo a ese decreto que acaba de leerse -dijo Castillo-, mi conciencia no me dicta sino alabanzas, y alabanzas le daré, aunque lo haya (p.878) escrito el gran Tamerlán. ¿Por ventura no son esas las mismas ideas que han hecho célebre en toda la redondez de la tierra a nuestro gran Jovellanos? El mismo conde de Floridablanca, ¿no intentó algo en ese asunto? Y los sabios consejeros de Carlos III, ¿no se dieron de cabezadas por quitar esas trabas a la industria? Todos sabemos que a aquel eminente Rey se le pasaron ganas de promulgar este decreto. -¡Cosas de los jesuitas! -exclamó el dominico meciéndose en la silla-. Pero esos pelanduscas andan también al retortero de Napoleón, por ver si sacan tajada. Adelante con la lectura. -Pues adelante -continuó Vargas-. Considerando que uno de los establecimientos que perjudican a la prosperidad de España son las aduanas y registros existentes de provincia a provincia, hemos decretado lo siguiente: Desde 1.º de Enero próximo, las aduanas y registros de provincia a provincia quedan suprimidos. Las aduanas se colocarán y establecerán en las fronteras. -Tampoco eso tiene pero -observó Castillo-, y la Junta Central, ya que pensó decretarlo, no debió esperar a que lo hicieran los franceses. -También esto le parece bocadito de ángeles al Reverendo Castillo -dijo Luceño-. Medrados estamos. ¿Tratan de eso los libros de Vuestra Merced? -Atención -indicó Vargas haciendo un gesto dramático-, que ahora viene lo gordo. Considerando que los religiosos de las diversas órdenes monásticas en España se han multiplicado con exceso; que si un cierto número es útil para ayudar a los ministros del altar en la administración de los Sacramentos, la existencia de un número demasiado considerable es perjudicial a la prosperidad del Estado, decretamos lo siguiente: Art. 1.º El número de los conventos actualmente existentes en España se reducirá a una tercera parte. Esta reducción se ejecutará reuniendo los religiosos de muchos conventos de la misma orden en una sola casa. Art. 2.º No se admitirá ningún novicio ni permitirá que profese ninguno, hasta que el número de religiosos se reduzca a una tercera parte. Art. 3.º Los regulares que quieran (p.879) renunciar a la vida común y vivir como eclesiásticos seculares, quedan en libertad de salir de sus conventos. Art. 4.º Los que renuncien a la vida común, gozarán de una pensión que se fijará en razón de su edad, y que no podrá ser menor de tres mil reales ni mayor de cuatro mil. Art. 5.º Del fondo de los bienes de los conventos que se supriman, se tomará la suma necesaria para aumentar la congrua de los curas. Art. 6.º Los bienes de los conventos suprimidos quedarán incorporados al dominio de España, y aplicados a la garantía de los vales y otros efectos de la Deuda pública. Durante la lectura de este decreto, no se oyó en la celda de Ximénez otro rumor que el producido por el vuelo de una mosca, que andaba a vueltas tras los restos del chocolate prioral, como Bonaparte tras los reinos de España. Después de leído, aún duró bastante el silencio.
Ep-5-XXIII - -¡Toquen castañuelas, repiquen panderos, machaquen almireces, punteen vihuelas y aporreen zambombas para celebrar el talento del sabio legislador, harto de bazofia y comido de piojos, que sacó de su cabeza ese pomposo y coruscante decreto! -exclamó al fin Luceño dando un porrazo en el respaldo de la silla y levantándose de ella. -¿Conque a la tercera parte? -dijo Salmón-. ¿De modo que de cada tres no ha de quedar más que uno? -Eso es, y los demás a la calle, a pedir limosna, porque una pensión de tres mil reales para personas que han de vivir decentemente, es aquello de hártate comilón con pasa y media. -Y afuera novicios. -¡Y no más profesar! -Y con los bienes se aumentará la congrua de los curas. -También eso está bien -dijo el dominico-. Alábelo su merced, padre Castillo. ¡Que nos quiten lo nuestro para darlo a los curas! ¿Quiénes son los curas, ni qué hacen esos zanguangos en bien de la cristiandad? Ya.. como los curas son tan tibios patriotas.. ¡Estoy que bufo! -Lo mejorcito es que los bienes de los conventos suprimidos pasen al dominio de España. -¿Qué tiene que ver España, ni San España, ni Marizápalos, con esos bienes? -¿De modo que nuestras granjas de Leganés, (p.880) de Valmojado..? -preguntó Salmón. -¡Ya se ve! De esto se ríen todos esos infelices Mínimo, Gilitos y Franciscos que nada tienen. A ellos, ¿qué les importa? Por eso van a hacerle el como la porta bu. Bien, retebién. Y lo mismo hacen los Afligidos, que son la cáfila de majaderos más desaforados que he visto. -No murmurar, hermano -indicó Castillo. -Dios me lo perdone -dijo Luceño-, y no lo digo por nada malo, que hay Afligidos de todas clases. ¿Pero creen vuestras mercedes que se llevará a cabo esto de las tercera partes? -Yo creo que va a ser dificilillo. -Pues yo temo que lo llevarán adelante -afirmó Luceño-; que esta mañana me ha dicho en confianza un regidor que va a Chamartín, que ya tienen hecho su plan, y que dentro de pocos días comenzará el restar y dividir, para dar principio a la demolición de los conventos. -¡La demolición! -Sí: que todas estas casas las destinan a oficinas del Estado, y la primera que va a caer hecha pedazos es este monasterio de la Merced en que ahora estamos. -¡Cómo, la Merced! ¡Se atreverán a ello! -exclamó Ximénez de Azofra, dándose un golpe en el brazo de la silla-. ¡Cómo! ¿Se atreverán a derribar esta casa que lo fue del gran Tirso de Molina? ¿Y la gran devoción que inspira la Virgen de los Remedios que está en una de nuestras capillas? ¿Pues y el sepulcro de los nietos de Hernán-Cortés? No, no puede ser. Derriben en buen hora otras casas de religiosos, pero no esta por tantos títulos, además de su antigüedad, venerable. -Y también está amenazada la Trinidad Calzada -apuntó Luceño-, si no de que la derriben, al menos de que la vacíen. -Eso no puede ser -declaró Vargas-, que más glorias encierra mi casa que todos los demás claustros de Madrid reunidos. Díganlo si no el beato Simón de Rojas y el padre Hortensio de Paravicino, autor del libro De locis theologicis. -Autor de las Oraciones evangélicas, de la Historia de Felipe III y de la España probada, querrá decir Vuestra Paternidad -indicó Castillo con malicia-; que el libro De locis theologicis, hasta los chicos de las calles saben que es (p.881) de Melchor Cano. -Tiene razón Castillo: me equivoqué. Pero sea lo que quiera, también tiene mi convento la honra de haber rescatado, mediante los padres Bella y Gil, al inmortal Cervantes, autor del Quijote, Sr. Castillo, pues yo también entiendo algo de autores. En caso de desalojar conventos para oficinas, ahí está Santo Tomás, donde caben todas. -¡Cómo es eso! ¡Santo Tomás! ¡Desalojar a Santo Tomás, el más ilustre de los conventos de Madrid! -exclamó impetuosamente el dominico-. ¿Y qué sería de este pueblo si te quitaran el espectáculo de las procesiones que de allí salen con motivo de las funciones del Santo Oficio? A fe que hartas casas hay en Madrid, si quieren hacer plazuelas, como dicen, aunque más vale que no se toque a ninguna, porque setenta y dos conventos para una población de 160.000 almas, me parece que no es mucho. Las casas de religiosos apenas ocupan un poco más de la mitad del perímetro de esta gran villa, lo cual no es nada desmedido, y de todas las casas que se alzan en ella, sólo cuatro quintas partes pertenecen a conventos, memorias pías, capellanías y otras fundaciones. -Y dígame, Luceño -preguntó Ximénez-, ¿van dominicos a la reunión que convoca el corregidor? -Creo que no. Según he oído, sólo se prestan a ir a Chamartín el prepósito de San Cayetano, el abad de Montserrat, dos Agonizantes, un par de Franciscos, un rector de Niñas de la Paz y un Afligido. -Pues estos sacarán tajada, no lo duden vuestras mercedes. Sobre nosotros lloverán los decretos y las terceras partes. -Mi opinión es -dijo Salmón-, que pues cuesta bien poco ir de aquí a Chamartín, nada se pierde con que vayan un par de padres, y yo me brindo a ello, que bueno es estar bien con todos, y el orgullo es pecado, y quien al cielo escupe en la cara le cae. -No en mis días: de esta casa no irá nadie -aseguró Ximénez de Azofra-, y en cuanto a este joven, nada podemos hacer. Indigno sería pedir favores a quien nos trata mal, amenazándonos con terciarnos y partirnos como si fuéramos aranzadas de tierra. Conque busque usted (p.882) quien le proporcione la carta de seguridad para salir de Madrid. -Dificilillo es -afirmó Luceño-, pues entiendo que se miran mucho para dar las tales cartas, y sin ellas no es posible dar un paso de puertas afuera. -Sin embargo -dijo el discreto Castillo-, hay multitud de personas que por estar en bien con los franceses, pueden socorrer a este joven. ¿No conoce Vd. ninguna persona de alta posición y de influencia? -Sí, ya me ocurrió acudir a la señora condesa -indicó Salmón-, y confío en que su generosidad sacará a este joven del mal empeño en que se ve. El señor marqués se ha afrancesado y dicen que va a entrar en la alta servidumbre del rey José. -El Sr. D. Felipe bebe los vientos porque cualquier Gobierno se acuerde de él -dijo Castillo-. Algo debe de haber de cierto en eso, pues hace tres días, después de haberse presentado a Belliard, fuese al Pardo, donde se ha instalado con su hija. Ayer creo que debió llegar a dicho real sitio el rey José. A pesar del influjo que en la botellesca corte tiene el señor marqués, yo no me fiaría de él para ningún delicado asunto. De más eficacia me parece en el caso presente el señor duque de Arión, pariente de esta familia y que goza de gran poder en el cuartel general. -¡Admirable idea! Veremos al señor duque. -No ha llegado aún a Madrid, y como no sea exponiéndose a los peligros de un viaje a Chamartín, este joven no podría verle. -Lo mejor -añadió Salmón-, es que veamos hoy mismo a la señora condesa. ¿Va hoy allá la Paternidad del Sr. Castillo? -Dentro de un rato, pues la señora marquesa me ha mandado llamar hoy con toda premura. Si quiere este joven venir conmigo, le llevaré. -Oportunísimo -añadió Salmón-. Yo iré también. Pero hijo, si en la calle acertamos a pasar por junto a esos cafres.. -Pues bien -dijo Ximénez-; para que vaya más seguro, yo les presto mi coche, que con sus dos gallardas mulas debe de estar ya en la huerta. -Muy bien -declaró Salmón batiendo palmas-. Me parece buena idea la del coche; pero para mayor seguridad, te vestiremos de novicio. Venga la carroza prioral y a (p.883) casa de la condesa. -Pues entrareme también en ella, y me dejarán de paso en Santo Tomás -añadió Vargas. -Pues allá voy también -dijo Luceño-, si me dejan en las Descalzas Reales. Y así acabó la conferencia sin más resultas que las de mi improvisado disfraz de novicio y mi viaje a casa de la condesa, donde me pasó lo que el lector verá a continuación si tiene paciencia para seguir leyendo.
Ep-5-XXIV - La condesa mostró mucho asombro al verme. Hallábase en la misma habitación donde algunos días antes me había recibido, y cuando entramos, apartose del secreter donde escribía, para venir a nuestro lado. Castillo principió preguntándole por la salud de todos, y luego en breves palabras le expuso los motivos de mi visita y de mi nuevo vestido. Cumplida esta misión, y añadiendo que necesitaba ver a la señora marquesa, pidió a Amaranta venia para pasar adentro, y con esto nos quedamos Salmón y yo solos con ella. -Por ahí se murmura que yo soy afrancesada -dijo Amaranta-, pero no es cierto. Mi tío sí ha abrazado la causa del rey José con tanto entusiasmo, que cuando le contradecimos en algún punto relativo a estas cosas, nos quiere comer a todos. Vive en el Pardo con su hija desde hace tres días en el mismo palacio real, pues el Rey intruso se ha empeñado en incluirle en su alta servidumbre. Está mi tío loco de contento, y si viene esta tarde a Madrid, como decía, yo le rogaré que me proporcione una carta de seguridad para este mancebo. -Ya estás en salvo, Gabriel -exclamó el mercenario. -¿No te dije que esta excelsa señora te sacaría de tan mal paso? -Aún mejor puedo conseguirla por mi primo el duque de Arión, el cual más que afrancesado, es francés puro, y si viene mañana a Madrid, como espero, no olvidaré este encargo. -Vaya, no hay que pensar en que te echen mano -dijo Salmón levantándose-. Ya estás salvado, chiquillo; prostérnate ante Su Grandeza y dale un millón de gracias por tantas mercedes. Y ahora, señora condesa, si usía me da su licencia, voy a pasar a ver a mi señora la (p.884) marquesa, que el otro día me habló de unos requesones, acerca de cuyo mérito quería saber mi voto. Nos quedamos solos Amaranta y yo, lo cual me agradó, pues deseaba hablar con ella sin testigos. -Señora -le dije-, ¡cuánto agradezco a vuecencia esta nueva bondad! Ahora me cumple pedir perdón a usía por no haber salido de Madrid, como hubiera sido mi deseo. -Estarías alistado. -Justamente, y ahora que el desarme me permite salir, una persecución injusta, cuya razón no puedo explicarme, me detiene en Madrid, oculto en el convento de la Merced. En seguida contele el incidente de Santorcaz, añadiendo que el antiguo desleal mayordomo de la casa andaba a la zaga del flamante jefe de policía. -Ya lo sé -me dijo Amaranta-, y he tenido miedo de que algún peligro amenazara nuestra casa. Por eso me alegro mucho de que Inés esté con mi tío en el palacio del Pardo, donde no puede ocurrirle nada malo. El primer día sentía yo gran zozobra; pero nosotros tenemos antiguas amistades y relaciones con las primeras personas del partido francés, y ya estoy tranquila. Nada temo de esos miserables. -Me falta -dije yo-, dar las gracias a vuecencia por los otros favores de que me dio cuenta el licenciado Lobo. No los necesitaba para llevar adelante mi resolución, y sin destino en el Perú, sin ejecutoria de nobleza y sin promesas de dinero, sabré hacer de modo que usía no tenga queja alguna de mí. -No -me dijo sonriendo-, el destino que solicité de la Junta, espero que ahora me lo conceda también el Gobierno francés, y de todas estas diligencias está encargado Lobo, a quien he dado cartas para Cabarrús y para Urquijo. Irás al Perú, tendrás tu ejecutoria de nobleza, y con esto y con la ayuda de Dios podrás llegar a ser un hombre de provecho. La conciencia me impulsa a hacer esto en pro de una persona desvalida que tiene derecho a mi consideración. En cambio no olvidaré que has hecho una promesa, y cuanto hago por ti no es más que la recompensa anticipada que ganas cumpliendo lo pactado. -Señora condesa, yo cumpliré religiosamente lo (p.885) prometido -le contesté con resolución-, y no puedo admitir la recompensa. Mi dignidad no me lo permite. -¿Pues acaso tú tienes dignidad? -me dijo riendo-. Pero no, no debo reírme. ¿Por qué no habías de tenerla como otro cualquiera? La verdad es que los que estamos en cierta posición, no vemos más que a nosotros mismos. En cuanto a la determinación de no aceptar nada, yo arreglaré las cosas de modo que aceptes. Así hablábamos cuando regresó Salmón a nuestro lado, y al punto cortó el hilo de nuestro coloquio, diciendo: -Gran satisfacción, señora condesa, me ha causado la noticia que en este momento acabo de oír de los autorizados labios de mi poderosa señora la marquesa. La paz sea en esta casa, señora, bendigamos la mano de Dios. -¿Habla Su Paternidad del asunto de mi prima? -dijo Amaranta-. Sí, ya creo que la tenemos en vías de curación. -Veo que el ingeniosísimo recurso ideado por el gran entendimiento de vuestra merced ha surtido su efecto. ¿Y cómo recibió la noticia? ¿Se turbó, derramó muchas lágrimas..? Porque en realidad, señora, decirle de buenas a primeras que el joven ese.. (p.886) Y Salmón se detuvo como hombre prudente, temiendo hablar de negocio tan delicado delante de un extraño. -Puede Vuestra Paternidad hablar sin reticencias -dijo Amaranta con un tonillo que me pareció algo intencionado-, porque no estando en antecedentes la única persona que nos oye, poco importa.. -Pues preguntaba, señora, si cuando se le dijo y se le probó la muerte de ese joven, no mostró su pena de un modo ruidoso, con desmayos, gritos, lloros y demás desahogos propios de la debilidad femenina. -Nada de eso, padre -repuso Amaranta con muestras de satisfacción-. Al principio no lo quería creer; luego cuando se le probó de un modo irrecusable, con los papelotes que trajo el licenciado Lobo, pareció dudarlo, y por último cuando yo se lo dije, aparentando sentirlo y doliéndome mucho de la muerte de ese infeliz, empezó a creerlo. Lo que más (p.887) la ha convencido fue el artificio verdaderamente teatral que puse en práctica para hacérselo creer. Estaban todos hablándole de este asunto, cuando entré de improviso, fingiendo mucho enojo porque sin preparación alguna le daban tan tristes noticias; arranqué de las manos de Lobo aquellos papeluchos que fingían ser partidas de defunción, copias del libro del hospital o no sé qué, y los hice pedazos delante de ella. Al mismo tiempo empecé a disponer que se dieran cordiales y otros remedios del caso, asegurando que tenía ella mucha razón en sentir la muerte de aquel con quien tuvo tan honesta amistad. Esto hizo efecto, y después cuando encerrándonos las dos en mi alcoba, le dije: «Sosiégate, todavía puede ser que se salve. Yo te prometo que si vive le verás, y quién sabe, primita mía.. puede ser, puede ser..». Ella se afligió mucho, y yo añadí: «Es preciso tener resignación, es preciso aprender a padecer. Yo no quiero contrariar ya una inclinación tan decidida, porque antes que todo es tu felicidad. Desgraciadamente Dios quiere resolver la cuestión de otro modo y llamar a ese joven a su seno. Esta mañana he estado en el hospital, le he visto, y la verdad.. había pocas o ningunas esperanzas». Y con esto aumentaba su tristeza; pero sin llantos ni exclamaciones. Luego yo también me puse a llorar y la abracé y le di mil besos, diciéndole: «Ya ves cómo no está en mi mano hacerte feliz. Te aseguro que por mi parte no repararía en nada para conseguirlo; pero Dios lo ha dispuesto de otro modo. Procura calmarte y ten resignación»: cuando esto le dije, la dejé convencida. ¡Ay! Después su aspecto era el de la resignación. Hablaba poco y parecía meditar. Se ha desmejorado mucho en pocos días; pero esto se le pasará indudablemente. Ahora ha ido al Pardo, pues la variación de localidad es muy buen remedio para estas enfermedades del espíritu. Su manía caprichosa y ciega nos ha disgustado mucho; pero me parece que dentro de algún tiempo estará todo concluido. -¡Oh! ¡qué felicidad! -exclamó Salmón-, hay un gran médico del dolor que se llama el (p.888) doctor tiempo. Perdida con la idea de la muerte la esperanza, ese señor médico hace maravillas en un par de semanas. Yo oía este diálogo y admiraba la extremada habilidad artística de aquella encantadora cortesana, tan maestra en engaños y ficciones. -Ha hecho muy bien usía -continuó Salmón- en poner en juego esos ingeniosos ardides que prueban su grandísimo talento. Era una cosa que daba vergüenza ver a mi niña enamoriscada de un haraposo de las calles, que sin duda es de lo más arrastrado y despreciable que han echado madres al mundo. -¡Oh! no -dijo Amaranta con cierto énfasis jovial-. Nosotros nos esforzábamos en pintárselo así; pero no tiene nada de despreciable. Yo tengo noticias ciertas de sus antecedentes y conducta. Además de que ha demostrado en varias ocasiones una nobleza de sentimientos que no puede caber sino en personas bien nacidas; su posición es más que regular. Cierto es que por desgracias de familia, tan comunes en estos tiempos, viose reducido a la indigencia; pero está probado que procede de una nobilísima familia de los mejores solares de Andalucía, como lo acredita la ejecutoria que posee, y además, figúrese Su Paternidad si tendrá méritos personales, cuando la Junta Central le dio espontáneamente un gran destino en el Perú, cuyo destino parece le confirmará ahora el Gobierno francés. Tuve que hacer un esfuerzo para contener la risa que asomaba a mis labios. -Pues eso sí que no lo sabía yo. De modo que la discreta ninfa no había puesto sus ojos en ningún piruétano. De todos modos, bueno es que se haya quitado de en medio por una engañosa ficción la importuna memoria del empleado del Perú. Por supuesto, señora, no hay que pensar en D. Diego. -¡Oh! no.. estamos decididas. D. Diego no será de modo alguno su esposo, aunque renunciemos a la buena amistad de la de Rumblar. Al fin he convencido a mi tía, y pronto hasta impediremos a ese joven que entre en esta casa. Aún viene aquí; pero tanto nos disgusta su presencia, que de un día a otro le vedaremos la entrada. -Y (p.889) ese pariente de vueseñorías -dijo el mercenario-, ese duque de Arión, a quien se tiene por un joven instruidísimo, ¿no estará destinado a ser esposo de la joya de esta casa? Perdone usía mi curiosidad. -No lo sé -respondió Amaranta-. No hay nada proyectado. Mi primo ha vivido catorce años en París, apenas nos conoce. Así continuó la conversación por un buen espacio de tiempo, cuando sentimos ruido de voces, y vimos que con gran estrépito y barahúnda entraba el diplomático, en traje de camino, y tan alegre, tan festivo, tan charlatán, que al punto le tuvimos por poseedor de los más altos secretos de Estado. -Sobrina -gritó al entrar-, aquí me tienes. Pero soy el juego de la correhuela: cátate dentro y cátate fuera. Ahora mismo tengo que salir, pero si no miente mi lista, son ciento dos las personas que he de ver de aquí a las cuatro de la tarde. ¡Si me vuelvo loco! Si no es mi cabeza para tantos negocios. Que vaya el señor marqués a explorar el ánimo del duque de Alba para ver si cede o no cede; que forme el señor marqués una lista de las personas de la grandeza que están dispuestas a acatar a José; que vea el señor marqués al corregidor de Madrid; que se dé una vuelta por los Cinco Gremios a ver si anticipan o no anticipan fondos; que vaya, que venga, que corra, que escriba, que aconseje, que consulte, que tantee.. ¡Jesús, María, José! Esto no es vivir. Yo no quería meterme en tales faenas. Pero me han obligado, me han cogido, me han puesto el cordel al cuello. Cuando el rey José dice que no puede hacer nada sin mí; cuando me presenta a su hermano elogiándome con frases que no repito por no parecer jactancioso, no es posible evadirse.. ¡Oh! ¡Qué belén, qué ir y venir! Nada se ha de hacer sin que yo diga hágase. Y Vd., Sr. Salmón, ¿qué dice de estas cosas? -Qué he de decir, sino que Dios le conserve a usía mil años al lado de ese Rey, para ver si evita lo de las terceras partes con que nos han amenazado. -Todo se arreglará, hombre, todo se arreglará. A pesar del decreto de proscripción, hemos salvado la vida a Infantado, Alba, (p.890) Santa Cruz del Viso, Medinaceli, Hijar, Fernán-Núñez, Altamira, Castel Franco, Cevallos, y al obispo de Santander, sentenciados a muerte por el decreto dado en Burgos el 12 de Noviembre. Se les envía a Francia simplemente. Otras muchas cosas ha dispuesto el Emperador, modificando sus primitivas determinaciones; pero no las puedo decir, no, no te diré una palabra, sobrina, de estos delicados negocios; ya te veo sonreír.. Ya te veo a punto de emplear las armas de tu seducción para poner sitio a la fortaleza de mi secreto; pero no te diré nada, no, ni una sílaba; ni tampoco a Vd., padre Salmón, que me mira con esos ojazos, que revelan toda la concupiscencia de la curiosidad. -No quiero saber nada de eso -dijo Amaranta-. ¿Y mi primita? -Contentísima. -¿Cómo contentísima? -No, no, quiero decir, tristísima. En dos días creo que no habrá dicho seis palabras. Se ocupa en sus labores con una asiduidad que me asombra, y no hay quien la haga presentarse en el gran salón de Palacio. -Ha hecho Vd. muy mal en dejarla sola -dijo la condesa con cierto enfado. -¿Y qué le ha de pasar? ¿No quedan allí los criados? ¿No está con tu doncella y con Serafina, que ni un instante se separa de su lado? -Pero ya le dije a Vd. que Inés no debe quedarse sola con doncellas y criadas en ninguna parte -añadió Amaranta notoriamente contrariada. -¿Estamos viviendo en despoblado? -dijo el marqués riendo-. En el Pardo, en el mismo palacio del Pardo, donde vive un Rey con numerosa servidumbre y guardia, ¿no puede quedarse sola mi hija, por cuatro o cinco horas? ¡Si vieras qué habitación tan magnífica me han destinado en el piso bajo! Dan sus balcones al jardín del Mediodía, y se goza allí de una deliciosa vista. Ayer y hoy por la mañana, Inés salió a dar un paseo por el jardín. ¡Buen rato pasó la pobrecita!.. ¿Pero cuándo vienes al Pardo? Por Dios y María Santísima, que sea pronto. Allí se pasan las noches deliciosamente y no puedes figurarte cuán amable, cuán discreto, cuán bondadoso es el rey José.. ¡Cuánto nos reímos anoche! Él me preguntó: «¿Por qué dicen (p.891) los españoles que soy borracho, cuando no bebo más que agua?». Yo me quedé un tanto cortado; pero disculpé a mis paisanos como pude. -Mañana -dijo Amaranta-, nos iremos mi tía y yo, pues ya a fuerza de sermones, voy logrando vencer su repugnancia a los franceses. Y ahora que me acuerdo, tío, tiene usted que procurarme una carta de seguridad para que pueda escaparse de Madrid una persona, injustamente perseguida. -¡Oh, no, de ningún modo! -dijo el diplomático-. Yo no oculto insurgentes, ni favorezco de modo alguno la insurrección. ¿Cartitas de seguridad? Nada, nada, sobrina, no ampares pícaros, ni protejas a los que se obstinan en aumentar los males de la patria. Sométanse todos a ese bendito soberano que no bebe más que agua, y entonces se acabarán las precauciones. Es preciso sofocar la insurrección que hierve en los alrededores de Madrid, y hacen muy bien en no dejar salir ni una mosca. -Bueno -dijo Amaranta-. Mañana ha de llegar mi primo el duque de Arión, y él me dará cuantas cartas de seguridad se me antoje pedirle. -¡Que viene mañana! -dijo el marqués-. Yo le esperaba esta noche. Me han dicho que ya cumplió la misión que le dio el Emperador en Burgos y ha regresado al cuartel general. Entrará también en la servidumbre del Rey José. Si llega mañana, inmediatamente os marcharéis todos juntos al Pardo. ¡Cuánto deseo verle! Era tamañito así cuando su madre se fue a vivir a París hace catorce años. Era muy travieso; yo, jugando a todas horas con él, le inculcaba los rudimentos de la historia patria. ¿Me deparará Dios un excelente yerno? -Veremos -repuso Amaranta-. No puedo dar mi opinión mientras no le trate. El duque de Arión se ha educado en París. -Educación a la francesa -dijo Salmón-. Vade retro. ¿Apostamos a que viene mi señor duque hecho un filosofillo de tomo y lomo? -¡Oh, no! -exclamó el diplomático-. Desde que supe que se había afiliado al bando napoleónico, le tuve por muy discreto. Su entrada en España con el Emperador, las difíciles comisiones que este le ha dado para (p.892) entrar en tratos con las ciudades rebeldes, prueban.. ¿pero qué veo?.. Las dos, y yo aquí de conversación olvidando las mil comisiones.. adiós, sobrina, adiós, padre Salmón y la compañía. Yo me vuelvo loco con tanto ir y venir.. Es terrible que esos señores no puedan hacer nada sin uno.. adiós, adiós. Y sin cesar de hablar salió de la habitación y de la casa apresuradamente.
Ep-5-XXV - Referidos estos curiosos diálogos, me cumple ahora contar de qué medio se valió la condesa para facilitarme la deseada fuga. Mandome, pues, que volviera al día siguiente, prometiéndome tener todo concertado y en regla, de modo que pudiese sin pérdida de tiempo emprender la marcha, desafiando la vigilancia ejercida en las matritenses puertas. Hicimos Salmón y yo lo que se nos mandaba, y al otro día, cuando nos disponíamos a volver de nuevo a casa de Amaranta, llamonos el padre prior, y nos dijo: -Este joven no puede estar aquí ni un día más, y esta noche misma, si no encuentra medio de escaparse, es fuerza que busque un asilo más seguro. -¿Más seguro que la Merced? -Sí -añadió Ximénez de Azofra-. Han venido a avisarme que se sospecha de los conventos; que se nos acusa de ocultar a los conspiradores y a los espías de los insurgentes, y parece que mañana mismo registrarán todas estas casas, principiando por la Merced. -Por fortuna la señora condesa te amparará hoy mismo -dijo Salmón-. Vamos allá sin perder un instante. Vestido de novicio y en coche, como el día anterior, fuimos a casa de Amaranta, y desde que nos vio entrar, díjome con semblante alegre: -Mi primo el duque de Arión ha llegado anoche, y me ha prometido conseguir la carta de seguridad antes de tres días. -Es que yo quisiera partir esta misma noche, señora condesa -dije. -¿Esta misma noche? -Tememos que esos hotentotes registren mañana nuestra casa -añadió Salmón. -Pues es preciso hacer un esfuerzo y salir de este mal paso -indicó Amaranta-. La principal contrariedad consiste en que no puede uno fiarse de nadie. Me han asegurado que la (p.893) policía francesa ha extendido sus ramificaciones a muchas casas principales, y que sobornando lacayos y pajes tiene bajo su vigilancia a las familias que juzga desafectas. No quisiera poner en el secreto a ningún criado, y.. ¡Ah! ¿no podría salir con ese mismo traje de novicio? -Mal vestido es, señora, para estas circunstancias -dijo Salmón-. Tengo entendido que el registro que se hace en las puertas es tan escrupuloso, que hace difícil toda superchería. A unos les hacen desnudar, no librándose de este vejamen, ni aun las pudorosas doncellas y las que no lo son. Examinan con farolitos las facciones, confrontándolas con las notas de la carta, hacen vaciar las faltriqueras, y esta ceremonia se repite en dos o tres puntos, y ante los ojos de distintos esbirros. -Un criado de casa -dijo la condesa-, tiene carta de seguridad. Con ella y disfrazándose de paleto, ¿no sería fácil burlar la suspicacia de esa gente? -Los paletos -dije yo- son los más perseguidos y a los que primero detienen, porque se teme que comuniquen a los conspiradores de aquí con los insurgentes de fuera. -En este momento -exclamó Amaranta-, se me ocurre una idea salvadora. Diciendo esto, llamo a un criado y mandole un recado al duque de Arión, que vino sin tardanza alguna, pues residía en la propia casa. El cual duque de Arión, a quien llamo así porque se me antoja, callando su verdadero título que es de los más conocidos entre los de España, era un joven de veintidós a veintitrés años, delgado, de regular estatura, semblante frío y sin expresión, de modales elegantes y comedidos, como de persona habituada a la alta etiqueta, y sin otra cosa notable en su persona que la atildada perfección del vestir. Digo mal, pues también llamaba la atención en él un acento francés tan marcado y un tan incorrecto uso de nuestro lenguaje, que a veces no era posible oírle con seriedad. Hijo único de una señora que no nombro, y que fue mujer muy corrida y muy tomada en lenguas allá por los últimos años del siglo antecedente, marchó con ella a París a los siete años de edad y en tiempo del Directorio: (p.894) allí se educó, permaneciendo tres lustros fuera de su patria. Era primo no sé si en segundo o tercer grado de los que yo llamo de Leiva; pero la marquesa que le había criado, casi le consideraba como hijo. Ya saben Vds. que este joven, a quien no faltaba cierta discreción y muy buenas luces, era partidario decidido de Bonaparte, más que por aficiones políticas, por la amistad que le unía al mariscal Berthier. Cuando verificó el Emperador su expedición a España, trájole consigo, dándole no sé qué puesto en la casa imperial. Desde Somosierra fuele encargada una comisión confidencial cerca de los vecinos acomodados de Burgos; desempeñola bien, según entendí después, y al venir a Chamartín, después de un día de descanso, pasó a Madrid con objeto de abrazar a aquellos sus parientes, y con ansia también de visitar su posesión de Parla donde había nacido. Llegó Arión por la noche, y al siguiente día tuve el honor de verle y ocurrieron sucesos muy notables, a consecuencia de un diálogo que no puedo menos de copiar, reuniendo los más oscuros recuerdos que almacena en sus antros sin fin mi memoria. -Primito -dijo Amaranta-, me vas a hacer un favor. -¡Oh! Mi querida prima -repuso Arión-, de tout mon cœur. -Préstame, o mejor dicho, dame tu carta de seguridad. No dudo que me harás este obsequio, ya que has mostrado tantos deseos de obsequiarme. -¡Oh, ma belle contesse! -dijo el currutaco llevándose la mano al corazón-. Yo estoy muy obligado a vuestras bondades, y si pudiera exprimaros lo que siento.. Mi deseo fuera que me demandaríais quelque chose de más difícil, extraordinario y peligroso, para probaros que.. -Gracias por la condescendencia, primo, y excusemos galanterías. Yo soy una vieja. ¿Se usa en Francia que los petimetres galanteen a las viejas? Por aquí no ha llegado todavía esa moda; pero me parece que tú traes los primeros figurines de ella. -¡Oh, oh! -¿Y no te enfadarás si tomo tu nombre para una obra de caridad? Deseo facilitar la evasión de Madrid a un joven desgraciado, a quien persiguen miserables (p.895) polizontes por satisfacer una ruin venganza. -¡Oh, oh, volontiers! Ma belle contesse es dueña de hacer lo que querrá con mi nombre. -También me darás uno de tus vestidos, primito ¿no es verdad? -dijo Amaranta con encantadora gracia y examinándome rápidamente de pies a cabeza-, uno de esos magníficos trajes que has traído de París, hechos conforme a las últimas modas, y que servirán de desconsuelo a todos los petimetres de por acá. -¡Oh, oh! yo soy tres contento de daros mi hábito. -Pues bien -dijo Amaranta con satisfacción-. Creo que podré salir adelante con mi invento. Al anochecer escapará este joven de Madrid con el menor riesgo posible. Y tomando de mano de Arión la carta de seguridad, me la dio diciéndome: -Esta tarde antes de marchar al Pardo con mi tía y mi primo, lo dejaré arreglado todo. Puede este joven retirarse tranquilo; y si el discreto Salmón tiene la bondad de pasar por aquí esta tarde, yo le daré las necesarias instrucciones para que todo marche a pedir de boca. -Señora -dijo el fraile-, volveré al anochecer o cuando usía quiera; que tan a pechos he tomado este negocio como el mismo interesado. -Vuelva su merced antes de las tres, pues hemos de salir para el Pardo temprano, por sernos preciso visitar de paso en la Moncloa a mi madrina que allí reside y está enferma, aunque no de gravedad. Di yo las gracias a la condesa por sus muchas bondades; rogome ella que si salía en bien, como esperaba, se lo comunicase, indicándole el sitio de mi residencia para enviarme nuevos testimonios de su protección, y con esto salimos el mercenario y yo muy satisfechos para tomar el camino del convento. Más tarde, cuando el fraile regresó de su segundo viaje a la misma casa, conocí en conjunto el plan maravilloso de Amaranta, que era digno ciertamente de su habilidoso y enredador talento. -No he visto más graciosa invención -dijo mi amigo-. Te pones el vestido que te mandarán, para que puedas pasar por persona principal, y como tú y el señor duque tenéis la misma estatura y talle, (p.896) quedarás que ni pintado. Con esto y la carta de seguridad que ya tienes, esta noche no eres Gabriel, ni Pico de la Mirandola, sino el señor duque de Arión que sale por la puerta de Toledo para ir a su posesión de Parla. Asimismo estará a tu disposición un coche.. ¡pero qué coche! La señora condesa tiene sospechas de que alguno de su servidumbre está sobornado por esos indignos corchetes y teme confiarles el secreto. Para quitar de en medio esa dificultad ha solicitado de una amiga que le facilite un bombé.. ¡Conque en bombé nada menos, chiquillo! Te advierto que al cochero y lacayo se les dice que eres el propio Arión; y como no conocen a este, es imposible que te vendan, aunque alguno fuese bastante malo para hacerlo. Tendrán orden de llevarte a donde tú les digas; pero se te aconseja que no pases más allá de Navalcarnero si sales por la Puerta de Segovia, o de Leganés si vas por la de Toledo, en cuyos puntos no creo que haya peligro. Conque señor duque, beso a usía las manos. Es imposible que sospechen nada al ver tu empaque y tu carta de seguridad.. Ya verás cómo lejos de ponerte reparos esos gaznápiros, se quitarán los sombreros ante ti, y aun se brindarán a acompañarte hasta tu palacio de Parla. ¡Qué las tenga vuecencia muy felices! La idea de Amaranta era de éxito casi seguro, y no tropezando con Santorcaz, con Román o con otro cualquiera que personalmente me conociese, era inevitable mi escapatoria, siendo, como era, el nombre de mi carta de seguridad, el de una principalísima persona, reputada por muy adicta a la causa francesa. Con esta confianza estuve todo el día, y antes del anochecer llegó un criado con el traje, el cual me caía, que ni pintado. Era elegantísimo, y de mucho lujo por la finura del paño, el primor de los adornos y lo exquisito de todos sus accesorios; mas no era traje de corte, sino de diario traer, si bien de esos que por sí solos hacen resaltar sobre el vulgo a cualquiera que se los pone, aunque más los lleve colgados que puestos. Consistía en casaca, chupa y calzón de paño (p.897) verde muy oscuro, con medias del mismo color; cuello blanco, de infinidad de randas compuesto, y un rendigot pardo con vueltas y solapas de pieles. Esta prenda tenía algún uso, pero aún conservaba muy buen ver. Cuando me encajé sobre mi cuerpo aquellas prendas, todos los frailes vinieron a verme, y a porfía dijeron que nada podía pedirse en el arte y buen parecer; que el sastre, autor de tales ropas, por fuerza había adivinado las medidas de mi cuerpo, y que de tan linda manera vestido, podía echarme a buscar aventuras por las altas casas de Madrid, seguro de encontrar en alguna quien me mirase con agrado. A estas alabanzas contestaba yo con risas y bromas, pero la verdad era (y en conciencia no quiero ocultar esto aunque me desfavorezca) que yo estaba un poquillo envanecido con mi traje, y todo se me volvía dar vueltas ante un espejo; pues también en los conventos había espejos. El más satisfecho de todos era Salmón, que no cesaba de hacer reverencias ante mí, llamándome señor duque; y por fin lleváronme como en jubileo a la celda del prior, el cual se rió mucho, alabando con exageración mi buen empaque. Vestido ya, vinieron a decir al fraile que un joven le buscaba con mucho empeño. Salimos los dos y en el claustro bajo hallamos a D. Diego, pálido, azorado, inquieto, el cual llegose impaciente al mercenario, y le habló así: -Padre, la Zaina se muere y quiere confesarse. -¡Pobre Zainilla! -exclamó el mercenario-. ¿Y qué es ello? -Un mal que nadie conoce, ni se ha visto otro parecido, pues unos lo tienen por locura, otros por consunción, estos por reumatismo, y aquellos por melancolía. Lo cierto es que se muere sin remedio, y ahora ha dado en llorar después de dos días en que no ha hecho más que morderse, arrancarse los cabellos, e insultar a todos, a mí principalmente, llamándome necio y mentecato. -¡Era Vd. su cortejo! -dijo con desabrimiento Salmón-. ¡Oh, entre qué gente anda metido el señor conde de Rumblar! -Padre, dejémonos de discusiones, y vaya pronto a confesar a la Zaina, que se muere, pues ahora a ratos llora (p.898) mucho y habla con razón diciendo que quiere confesar sus pecados a Dios para irse al cielo, y a ratos le entra un delirio en que dice mil disparates, y manda a todos que laven las piedras de la calle que están manchadas de sangre, y luego pregunta que cuándo acaba de pasar la estera que ya lleva tantos años y tantos siglos de estar pasando por delante de sus ojos: en fin, mil desatinos que no son para contados. -Pues voy allá al momento; pero antes pediré licencia al prior, por ser ya de noche. -Gabriel -me dijo Rumblar, cuando nos quedamos solos en el claustro-, ¿qué traje es ese? ¿Te has vuelto caballero? -Amigo D. Diego -le contesté-, de menos nos hizo Dios. -¿Y qué es de ti? No se te ve por ninguna parte. ¿Qué traes a vueltas con estos frailuchos? -Más respeto, Sr. D. Diego, para esta buena gente -le dije-, siquiera porque estamos en su casa. -No les puedo ver. Santorcaz que todo lo sabe, me ha contado mil cuentos indecentísimos que prueban lo mala que es esta canalla. Es preciso acabar con ellos. De veras te digo que desde que veo un fraile me horripilo. Especialmente a este Salmón, a quien llamo el padre Tragaldabas, no le puedo ver ni en estampa. Verdad es que él tampoco me adora, y seguramente es quien intrigando en casa de la marquesa ha hecho fracasar mi proyectado casamiento. -¿Ya no se casa el señor conde? Eso no le será penoso porque me parece haber oído decir a Vd. que no amaba mucho a la novia. -Verdad es que la tal Inés no me hace mucha gracia; pero yo estoy decidido a que sea mi esposa, porque así conviene a mis intereses. ¿Sabes? Santorcaz me ha dicho que todo hombre debe mirar por sus intereses, porque sin esto no se puede tener representación alguna en el mundo. Además él, que todo lo sabe y es más listo que el demonio, me asegura que yo tengo talento, disposición y estoy llamado a muy grandes cosas, por lo cual me dice: «Don Diego; a Vd. le es necesaria una buena posición, que le permita desplegar sus dotes». -¿Pero Vd. no tiene por sí una desahogada posición? -Bicoca: el patrimonio de Rumblar (p.899) es de esos que hacen en las ciudades chicas un mediano papel; pero aquí apenas puedo presentarme en quinta fila. Nuestra casa ha vivido desde hace tiempo con la esperanza de que se le incorpore ese mayorazgo de Leiva que es uno de los primeros de España. Si cuando apareció Inés, como legítima heredera, mi señora mamá se disgustó mucho, luego que se concertó el casarnos para evitar pleitos y cuestiones, quedose muy satisfecha. Conque figúrate cuál será su rabia y la mía, ahora que las señoras marquesa y condesa me han dicho terminantemente que no hay nada de lo convenido. Mi madre a quien lo escribí me contesta furiosa, llamándome tonto y necio y estúpido, y amenazándome con venir a darme mil palmetazos si no llevo adelante el negocio de la boda, como puede hacerlo un caballero resuelto y de pesquis. A mí, francamente, no se me ocurre nada; pero para dicha mía tengo ahí a ese bendito Santorcaz que me aconseja como un padre de la Iglesia, y últimamente ha discurrido el más ingenioso arbitrio para que las de Leiva no se burlen de mí. -Yo creo que al señor conde no le será difícil llegar al casamiento, y con el casamiento a la posesión del mayorazgo, con tal que esa joven esté dispuesta a darle su mano. -Eso no, porque no estoy loco por ella, que digamos, y de buena gana renunciaría a todo, si exclusivamente de mí dependiera. Has de saber, compañero, que yo, más que todos los mayorazgos del mundo, apetezco una libertad sin límites para hacer lo que me dé la gana; ir a las logias, dar gritos en las calles cuando hay alborotos, cortejar a las mozas del Avapiés, echar un par de pesetas a un caballo de oros, y divertirme en paz y en gracia de Dios: pero Santorcaz, que es mi mejor amigo y mentor, como él dice, me tiene sujeto, y me hinca las espuelas en esto del mayorazgo, afeándome mi descuido en cuestión tan importante. Como además le debo enormes cantidades que no sé de qué modo pagarle, aquí tienes el siempre y cuándo de esta mi resolución mayorazguil. Te advierto que lo que me deslumbra y me vuelve lelo es la (p.900) esperanza de poseer una renta de esas que le permiten a uno gastar y gastar y gastar todo lo que se le antoja. ¿Hay mayor gusto, muchacho, que ir un día por casa de todos los amigos y convidarlos a una merienda en el Canal, poniendo comida para más de cuatrocientas bocas, con tanta abundancia como en aquellas célebres bodas de Camacho? ¿Hay mayor gusto que visitar los interiores del teatro del Príncipe o de los Caños, y saber que no habrá entre aquellos lienzos pintados actriz española, cantarina italiana, ni bailarina francesa que no se le rinda a uno de toda voluntad? ¿Hay mayor satisfacción que dar una corrida de toros, permitiendo la entrada gratis a todo el pueblo, pagando con doble sueldo a los lidiadores y lidiando uno mismo con un traje fino bordado de plata y oro? Pues esto y aún más espero tener, si sale bien lo que hemos tramado. Quedéme absorto y mudo, meditando en la inconmensurable degradación a que en pocos meses había caído aquel joven tan estrecha y meticulosamente educado bajo la inspección de su rigorosa madre; instruido tan sólo en cosas aparentemente buenas, en el temor excesivo a los superiores, en el desprecio de las novedades, en el aborrecimiento de las cosas mundanas, en el respeto a la tradición, en el encogimiento del espíritu; educado para ser gran señor, y representante de todas las virtudes patriarcales. Ved a dónde había ido a parar su imaginación atada durante la infancia con cien cadenas; ved por qué derrumbaderos tenebrosos se despeñaba salvajemente su voluntad, criada en el respeto; ved qué clase de pájaro atrevido salía de aquel huevo empollado al calor de las mezquinas ideas del siglo pasado. Verdad es que cuando aquella inocente gallina sacó al mundo su echadura, se encontró que de los rotos cascarones salían en vez de pollos otras mil alimañas desconocidas, y la infeliz cacareó con angustia, sin saber quién las había engendrado. -Pero si ella no le quiere a Vd. tampoco -dije a D. Diego-, lo que proyecta no será tan fácil. -Eso me parecía a mí; pero Santorcaz, que sabe más que siete, (p.901) me ha llenado la cabeza de catálogos, principiando por decirme que yo era un papanatas, y burlándose de mí con tanta zunga, que al fin me enfadé y dije: «Pues yo seré más osado que Judas, y me atreveré a cuanto hay que atreverse, pues ni las de Leiva, ni Vd. ni nadie se reirán de mí». -¿Y qué hace ahora el Sr. de Santorcaz? -Le han hecho los franceses jefe de la policía menuda, cargo que desempeña a las mil maravillas. A todos los desafectos al nuevo Gobierno me les echa mano lindamente. Verdad es que por ahí le critican mucho, llamándole traidor; pero él se ríe de todo y dice que no hay mejor Rey que José, y que los españoles son unos animales. Esto al principio me enfadaba mucho; pero ya me he acostumbrado a oírselo decir, y yo mismo, que era antes más español que Fernando VII, ya no doy dos higos por España, y al son que me tocan bailo.. Pero verás lo que tenemos proyectado. Para probarle a él y a todos sus amigos que no merezco esas burlas, he decidido que si Inés no se quiere casar conmigo voluntariamente, se casará por fuerza. -Eso me parece difícil. -Así lo parece: pero no lo es. Tú no tienes grandes ideas ni un corazón osado, como yo lo voy a tener ahora, de modo que no podrás comprender esto. Figúrate que consigo engañar a la muchacha, y sacarla a hurtadillas de su casa, sin que lo adviertan tías ni primas, y llevármela bonitamente a donde me diese la gana por unos días.. -Pero eso no podrá ser, porque esa honesta joven no saldrá con Vd. de su casa, y mucho menos, si como dice, no le quiere ni pizca. -Tú eres memo, por lo que veo -me contestó con petulancia truhanesca-. Eso mismo me parecía a mí; pero Santorcaz y sus amigos me llamaron el Papamoscas de Burgos. Te advierto que es preciso tener el corazón echado para adelante, como dicen ellos, y atreverse a todo. Con tal que Inés salga conmigo.. llévela yo a una casa que tenemos preparada al efecto, y después su misma familia nos echará la bendición. El siglo lo tiene dispuesto así. Tuve que hacer un esfuerzo para refrenar la indignación que tanta bajeza me producía. -Poco (p.902) me importa -añadió-, que Inés no me ame en este momento. Yo estoy seguro de que se volverá loca por mí en cuanto nos tratemos con cierta intimidad. Todos dicen que tengo yo cierto atractivo.. así.. pues.. un gancho para pescar muchachas.. Desde que se le pase la tristeza.. No sé si te he contado que allá en los tiempos en que mi novia andaba abandonada por el mundo, tuvo por novio a un perdido, un raterillo, un granuja.. ¡Qué cosas se ven en el mundo! Lo más raro de todo es que le ha guardado a su galán zarrapastroso una fidelidad de novela sentimental, que causa vergüenza a todos los de la casa. Como que han tenido que hacerla creer que ese joven ha muerto, para que no deshonrara a la familia pensando en él. -Pero nada de eso hace al caso, y cada vez veo más difícil que Vd. pueda sacar de su casa a tan honrada joven. -Animal, claro es que no saldrá, si le digo a dónde la llevo; pero como no lo he de decir, sino que tenemos preparado un cierto artificio. -¿Cuál? -Ya he sobornado a Serafina, su doncella, a quien he tenido que dar una buena suma, y es seguro que mañana muy temprano saldrán las dos a dar un paseo por los jardines de palacio, encontrándose en cierto sitio solitario, donde es lo más fácil del mundo poner en ejecución mi pensamiento. Santorcaz asegura que esto saldrá muy bien, y él es quien lo dispone todo, quien prepara los coches, quien ha buscado la casa, quien ha dado el dinero para sobornar a la criada. ¡Si vieras qué interés tan grande se toma! -Lo creo. -Mañana temprano queda todo hecho. A esa hora la marquesa está entregada a sus devociones, la condesa no se habrá levantado aún, y el marqués estará en el primer sueño. -Sr. D. Diego -dije disimulando la ira cuanto me fue posible-, ¿y Vd. no ve en eso una serie de repugnantes bajezas, infamias y desvergüenzas, indignas, no digo de un caballero, sino del más desarrapado chalán? El que es capaz de hacer esto, está destinado a acabar sus días en un presidio. -Te hablaré francamente. Cuando Santorcaz y sus amigos me manifestaron su plan, sentí aquí dentro (p.903) cierta repugnancia y no la oculté. Pero se rieron mucho de mí, y allí fue el llamarme zanguango, corazón de mirlo, hombre de alfeñique y otras injurias que me indignaron mucho. Al mismo tiempo, por otro lado Santorcaz me apremia para que le pague las grandes sumas que le debo, y que ya exceden a cinco años de renta de mi patrimonio. Además de esto, mi madre me manda de Bailén unas cartitas en que me pone como chupa de dómine. Dice que si no llevo adelante por cualquier medio este casamiento, soy un necio y un badulaque, y que pierdo y arruino a mi familia con mi dejadez y pazguatería. Hasta D. Paco me escribe diciéndome que seré para siempre indigno del altísono nombre de Rumblar, si no pesco ese mayorazgo, y ahí tienes.. No hay más remedio que hacerlo. Fuera, pues, escrúpulos de monja, y adelante. Ahora voy a probar que soy un hombre hasta allí, capaz de todo y dispuesto a las más atrevidas cosas. ¿Qué te parece? ¿No apruebas mi conducta? ¿No te entusiasmas oyéndome? -¿De modo que mañana temprano..? -pregunté con mas interés que D. Diego en aquel asunto. -Al rayar el día. No sé si te he dicho que ella madruga mucho. Santorcaz dice que cuanto más pronto mejor. Ninguno de la familia se enterará del caso, hasta que estemos en Madrid. Ya he escrito una carta a la marquesa, fingiéndome muy enamorado y diciéndole que la fuerza irresistible de mi pasión me impele a obrar así, y otras muchas cosas muy bien puestas; como que la ha escrito Santorcaz.. Pero, chico, es tarde y me retiro; quiero ver en qué para esta pobre Zaina y si se muere o no se muere. La verdad es que me quería bastante; y sabe Dios si habrá influido en su enfermedad.. Como ahora me tiene loco la hermana de la Pepa Ramos.. ¿La conoces tú? ¡Qué guapa y qué mona es! Adiós: me voy allá. ¿Quieres venir? ¿Qué haces aquí con esos frailucos? Pero dime: ¿has heredado por ventura? No te conozco. Mira que los frailes son muy intrigantes.. adiós, adiós, que aún tengo algo que arreglar para mi viaje al Pardo a la madrugada. Y diciendo esto, se (p.904) marchó, dejándome solo en el claustro. En éste me paseaba yo, presa de la más grande agitación, cuando me avisaron la llegada del coche enviado por Amaranta para mi fuga. Al instante corrí a la calle y entrando en él, pregunté al lacayo: -La señora condesa, ¿dónde está? -Esta tarde ha marchado al Pardo -me contestó respetuosamente, sombrero en mano. -¿A dónde quiere usía que le llevemos? -Al Pardo -contesté con resolución. -Dijo la señora condesa que saldríamos por la puerta de Toledo, camino de Illescas, ¿es que quiere usía dar un rodeo? -Al Pardo, majadero, al Pardo derecho y sin rodeos -exclamé con furia-. ¿No he dicho que al Pardo? A toda prisa. Las mulas partieron a escape, llevándome camino del real sitio.
Ep-5-XXVI - Fue detenido el coche en la puerta de San Vicente, abrieron la portezuela, presenté mi carta de seguridad, y después de abrumarme con cumplidos y cortesías, me dejaron pasar. Sufrí nueva detención hacia San Antonio, y una tercera en la puerta de Hierro de cuyas repetidas molestias deduje que era arriesgadísimo salir disfrazado y enteramente imposible sin el documento prescrito. Pero yo pasé el camino felizmente, y ninguno de los que echaron su mirada importuna dentro de mi coche, sospechó el papel que un servidor de ustedes estaba representando. Yo iba en un estado de agitación indefinible, y la marcha de las mulas me parecía tan desproporcionada a mi febril impaciencia, que sentía impulsos de bajar y correr a pie, creyendo de este modo llegar más pronto. Arrastrado por una ciega e invencible determinación, yo la había formulado en estos términos sencillísimos: «Llegaré, haré por ver a la condesa, informarela de la alevosa intención de D. Diego, y partiré después. No es preciso nada más». Yo no pensaba en dificultades de ninguna clase, y las contrariedades subalternas eran despreciadas entonces por mi impetuosa voluntad. Tampoco atendía en manera alguna a mi proyectada fuga, ni me cuidaba de si iba vestido de esta o de la otra manera. Caer en poder de la policía, una vez llevado a (p.905) efecto mi pensamiento, me importaba poco. Por fin, en poco más de una hora llegamos a la plaza de Palacio, donde vi una gran escolta de caballería y muchos coches. El cochero del mío azotó las mulas y las hizo penetrar por la ancha puerta hasta el vestíbulo de donde arranca la gran escalera. Todo lo vi iluminado; todo lleno de guardias españolas y francesas. Una música militar tocaba el himno imperial en la galería que domina la escalera. Napoleón, que había ido a comer con su hermano, estaba allí todavía. Figuraos que uno se muere y despierta en otro planeta, en otro mundo, encontrándose con forma distinta, en atmósfera diversa, en un medio diferente, donde crecen Fauna y Flora que no se parecen a la Flora y Fauna del mundo donde nació. Esta fue mi impresión: yo estaba aturdido y atontado. Sin embargo, saliendo precipitadamente del coche, pregunté al primer criado que se me apareció por los aposentos del señor marqués de X. En el mismo instante, el lacayo me decía: -Venga vuecencia por aquí, que es en este piso bajo a la izquierda». Dos o tres, no sé cuántos se apresuraron a franquearme la entrada, y mi lacayo, entrando delante de mí, dijo a los criados que salían a su encuentro: -Ya está aquí el señor duque; avisad que ha llegado el señor duque de Arión. Yo no sé por dónde me llevaron; yo no sé por dónde entré; yo no sé en qué sitio me encontraba; yo sólo sé que me vi en un recinto muy alumbrado y caliente, y que el diplomático, estrechándome en sus brazos, exclamaba: -¡Picarón, gracias a Dios que te vemos!.. Pero ¿por qué has venido tan tarde? Ya se ha acabado la comida.. ¡Ah, picarón, qué alto estás! Yo balbucí algunas excusas; pero comprendiendo al punto que era preciso disipar aquel engaño, dije: -¿No está la señora condesa? -No ha venido. Estoy solo con mi hija. Pero, chico, no tienes acento francés, y me dijeron que hablabas como un amolador. Ven, ven, al instante te voy a presentar al rey José, que tanto desea verte. Ahí está el Emperador. ¡Albricias!.. Ha convenido en que su hermano (p.906) vuelva a ser Rey de España, y ya están zanjadas todas las diferencias. Conque ven.. ven.. Pero primo, ¿cómo es eso? -añadió examinando mi traje-. ¿Cómo no has venido de etiqueta? Pues oiga.. también te has venido sin relojes.. Pues ¿y tus cruces, y tu Legión de Honor, tu Cristo de Portugal, y tu Carlos III, y tu San Mauricio y San Lázaro, y tu Águila Negra? -Déjese Vd. de bromas -repliqué sin poder disimular mi impaciencia-. Ahora vengo para un asunto urgente y del cual depende.. -¿La suerte de Europa? -dijo interrumpiéndome-. Corro, corro al instante a ponerlo en conocimiento de Urquijo. ¿Vienes del cuartel general? ¿Ha llegado allí algún correo de Francia con noticias del Austria? -No, no es eso -repuse sin atreverme a disipar el engaño-. ¿Pero dice Vd. que no está aquí mi señora la condesa? -¿Tu prima? Esta tarde la esperábamos; pero debía pasar por la Moncloa a ver a su madrina, y como ésta se halla in articulo mortis, presumo que Amaranta y mi hermana habrán determinado quedarse allí toda la noche. ¿Vienes tú de Madrid, o directamente de Chamartín? -Siento mucho -manifesté con la mayor zozobra- que no esté aquí la señora condesa. -Te presentaré a mi hija, ven. Pues es lástima que no hayas venido de etiqueta. Verdad es que tú tienes familiaridad con el Emperador, y si te anuncias, puedes pasar a verle con ese traje.. Pero dime, ¿qué noticias traes? ¿Ha llegado algún correo al cuartel general? A que me he salido yo con la mía.. ¿apostamos a que el Austria?.. A mí puedes contármelo. Ya sabes que el Emperador me consulta todo.. Pero chico, ¿sabes que tienes una arrogante figura? A mí me habían dicho que eras.. así.. un poco cargado de espaldas y.. la nariz chata, y un ojo un poco.. pero no.. veo que me habían engañado. Eres mejor de lo que yo suponía, y lo que es tu cara.. casi juraría que no me es desconocida.. pues.. que te he visto en alguna parte. Estábamos en un lujoso salón, con magníficos muebles alhajado. Sentíase ruido de voces en las habitaciones inmediatas; pero allí no había nadie más que nosotros dos. (p.907) El diplomático, asiendo las solapas de mi casaquín, me sacudía, me sofocaba, me volvía loco con su charlar inacabable. En vano era que yo pretendiese quitarle la palabra, hablando de otras cosas y principalmente indicando algo del móvil de mi viaje. Aquel insensato me quitaba la palabra de la boca, ávido y hambriento de hablárselo él todo, y con sus gesticulaciones, su cotorreo sempiterno, semejante al son de una matraca, me tenía aturdido, colérico, nervioso. -¡Ay sobrinillo de mi alma! -continuó-. Si me confiaras las noticias que traes.. Ya habrá llegado a tu conocimiento que yo soy la misma reserva.. Porque no me queda duda de que tú traes algo, sí señor, algo grave. Si hubieras venido a la comida, habríaslo hecho más temprano y con otro traje. Y no es más sino que estabas en el cuartel general, y el mayor general Berthier te envió a toda prisa con una comisión. A ver, dímelo a mí solo, a mí solo.. ¿Vas ahora mismo a ver al Emperador? Si quieres pasaré aviso al gentil-hombre para que te introduzca. Ya han concluido de comer, y están conferenciando juntos el Emperador, el Rey, el secretario Hugues Maret, Urquijo y monseñor de Pradt, ex-arzobispo de Malinas. Anda, anúnciate, subamos.. -Señor mío -dije bruscamente sin poder disimular ya mi impaciencia y desasosiego-. Yo no vengo a hablar con el Emperador ni con el Rey, ni con el arzobispo, ni tengo nada que ver con ninguno de esos señores. Yo vengo a.. Y callé, sin atreverme a decirle el objeto de mi visita. -¿Conque no está aquí la señora condesa? -volví a preguntar después de una pequeña pausa. -Dale con la condesa. Que no, que no está. La esperábamos esta tarde; pero según entiendo, se ha detenido en la Moncloa por acompañar a su madrina, que se muere por momentos. Puede ser que llegue antes de media noche. -Pues la esperaré -dije resueltamente sentándome en un sillón. -Veo que Amaranta te interesa más, y es para ti de mayor importancia que la suerte del mundo. ¿Pero no querrás decírmelo?.. Aquí en confianza.. a mí solo -dijo sentándose junto a mí (p.908) y poniéndome la mano en el muslo. -¿Qué, hombre de Dios, qué le he de decir, si no sé nada? -Pesado estás sobrino. Para mí sería muy satisfactorio saberlo antes que el mismo Emperador y poderlo decir a todos esos que están ahí muertos de sed por una noticia. -¿Dice Vd. que la Condesa vendrá antes de media noche? ¿Cuánto hay de aquí a la Moncloa? -¿Pero qué traes tú con la Amarantilla?.. Todo eso es para disimular. Pero ven.. quiero que conozcas a mi hija. Ya tendrás noticias de ella. ¡Pobrecita! La he recogido y reconocido.. Es preciso reparar de algún modo los errores de nuestra juventud. En París habrás oído hablar mucho de mí. Bastantes ruinas hay allí todavía de mi ímpetu destructor en materias amorosas. Pero ven.. conocerás a Inés.. es guapísima. No se ha recogido aún, y si está acostada, haré que se levante. -No -dije yo-, la veré mañana. Mi situación, queridos señores míos, era bastante comprometida. La condesa, a quien necesitaba ver y hablar, no estaba allí. Yo no quería faltar al solemne compromiso contraído con ella, cuando le prometí no presentarme jamás a su hija; y en verdad si Amaranta me hubiera sorprendido allí en compañía de Inés, todas mis explicaciones le habrían parecido artificios y malas artes y la aventura de mi disfraz un ardid alevoso para arrebatarle aquel tesoro de su familia, que por la sociedad y por otras mil consideraciones, me estaba tan implacablemente vedado. En todo esto pensé, mientras D. Felipe de Pacheco y López de Barrientos me volvía loco para que le contara las noticias del cuartel general. Discurriendo rapidísimamente sobre aquella situación vine a deducir que era preciso valerme del mismo diplomático para mi objeto, no hallándose en palacio ninguna otra persona de la familia; mas para esto era también preciso no perder el disfraz, ni correr el velo de aquel gracioso engaño, pues si esto ocurría, todo acababa con echarme a la calle o ponerme a disposición de un alguacil. Meditando en breves términos mi plan, di principio a su ejecución de la siguiente (p.909) manera: -Después, mi querido tío, informaré a usted de todo lo que se dice en el cuartel general. Por ahora quiero hablarle a Vd. de otro importante asunto. -¿Importante? Vamos a ver -dijo en voz baja y tan impaciente como un niño. -Importantísimo. -Ya adivino. La Inglaterra, el enemigo común.. -No es nada de eso. Lo que digo es que ese condesito del Rumblar.. ¡oh! es un joven de malísimas costumbres. -Ya lo sabemos; pero dejemos ahora a don Diego, ¡qué majadería! -exclamó con desagrado. -Es preciso que Vd. esté prevenido, por si.. Entraron en aquel momento en la sala dos personajes vestidos de uniforme, uno de los cuales era español y el otro francés; pero los dos se expresaban en nuestra lengua. Levantámonos y el diplomático me presentó gravemente a ellos, diciendo después: -Por más que le pincho, nada, no suelta una palabra. Viene del cuartel general, con noticias interesantísimas. -¿Sube Vd. a ver al Emperador? -me preguntó uno de ellos. -No señor -respondí, obligado a llevar adelante la farsa-. No necesito ver por ahora a Su Majestad Imperial. -En el cuartel general -me dijo el otro-, ¿qué se dice de la actitud del Emperador respecto a su hermano? -¡Oh! -exclamé yo, dándome importancia-, se dicen muchas cosas. -¡Muchas cosas! -repitió el marqués haciendo aspavientos. -Aún no está decidido -añadió el que parecía francés-, que el Emperador, nuestro señor, ceda el reino de España a su hermano. ¿Qué ha oído Vd. en Chamartín? ¿Insiste el Emperador en la idea de considerar a España como país conquistado? -Sí señores, como país conquistado -dije con mucho aplomo, metiendo mi cucharada en los arreglos y desarreglos del mundo. -La verdad es -dijo otro-, que los dos hermanos no están muy acordes. ¿Va tomando cuerpo la idea de agregar la España al territorio de Francia? -Sí señores -afirmé condoliéndome de la suerte de mi país-. España se unirá a Francia. -¡Oh! ¡qué calamidad! -clamó D. Felipe-. No podemos en modo alguno seguir al servicio de la causa francesa. ¿Y se insiste en dividir a nuestro (p.910) país en cinco virreinatos? -¡Pues qué duda tiene, señores! -repuse en tono de hombre listo-. Pero aún se duda si serán cinco o seis. -Sin embargo _dijo el que parecía francés-, yo creo que esta noche se reconciliarán. -Por supuesto que si el Emperador se decide a tratar a España como país conquistado, le mueven a ello las intrigas de Inglaterra. -De Inglaterra, justo -repuse yo vivamente-. Me lo ha quitado Vd. de la boca. -Y la insensata resistencia del pueblo español. -Exactamente.. la insensata resistencia.. -A pesar de todo -dijo el español-, yo dudo mucho que el Emperador pueda llevar adelante tan atrevido pensamiento, y menos ahora cuando corren rumores de que el Austria.. -¿Qué dicen los últimos despachos? Parece que el Austria se arma. -Sí señores -respondí yo en tono profético, misterioso y sibilítico-. El Austria se arma y.. no diré más. -Pero hombre -apuntó el diplomático-. Si aquí somos todos amigos. Di de una vez todo lo que sabes. -Dispénsenme Vds. señores -indiqué cortesmente-. De buena gana lo haría por complacer a personas tan amables; pero antes que mi deseo está mi deber, antes que la satisfacción de un capricho amistoso, la conciencia de mi discreción, cuyo inexpugnable baluarte en vano atacan galantes sugestiones o arteras amabilidades. Callaré por ahora; pero tengan ustedes entendido que el Austria.. el Austria.. Los tres cortesanos se miraron, y yo examiné las pinturas del techo. De improviso entraron dos, a quienes igualmente me presentó mi augusto tío; pero aquí fui menos afortunado, porque uno de ellos, al saludarme, me dijo con cierta malicia: -Es muy particular. Hace tres años vi en París al señor duque de Arión y no reconozco su fisonomía en la de Vd. O yo estoy trascordado, o Vd. ha variado considerablemente. Por mi suerte el diplomático se había apartado un poco, y además yo tuve buen cuidado de no engolfarme en conversaciones con aquel caballero. También quiso mi buena estrella que viniese a sacarme de apuros, otro que llegó de repente y con gran prisa, a decir: -Señores, la conferencia va tomando (p.911) carácter de altercado. Alzan mucho la voz y desde el corredor de Poniente se oyen los gritos. Vamos allá y oiremos algo. Vierais allí cómo aquellos cortesanos coman por los pasillos, cómo se escurrían por los laberintos de palacio, cómo se precipitaban unos delante de otros disputándose cuál llegaba primero a pescar una noticia, una voz perdida, un gesto visto al través de un resquicio, un accidente, un destello de reales miradas, cualquier mezquindad que les fuera favorable. Yo seguí tras ellos, y salí también; atravesamos un gran salón, donde había hasta una veintena de personas de distintos uniformes; internáronse en nuevos pasillos, pasaron de sala en sala, llegando por último a un largo y oscurísimo corredor que tenía ventanas a un angosto patio. Allí había otros cinco o seis, asomados a las ventanas, y muy atentos a no sé qué, pues yo no veía nada digno de llamar la atención. Todos se acercaban con pasos quedos, chicheaban muy por lo bajo, y atendían y miraban; pero ¿qué miraban y a qué atendían? El patio a que me refiero era muy estrecho. En la pared de enfrente había una gran ventana cuyas hojas de cristal, cerradas y por dentro cubiertas con una cortina de gasa, daban paso a la luz interior. Los gruesos cortinones de invierno estaban recogidos a un lado y otro, de modo que quedaba un triángulo de luz, con el ángulo más agudo en la parte superior. En este triángulo se dibujaban varias sombras, pero con toda precisión una sola, efecto de linterna mágica producido por la presencia de un hombre entre la luz que iluminaba aquella pieza y el hueco de la ventana. Movíase la sombra al tenor de los diversos grados de animación de la palabra, y en esta sombra y en sus irregulares movimientos fijaban la vista y el oído y la atención y el alma toda los cortesanos allí reunidos. -Ahora hablan más bajo -dijo muy quedamente uno de ellos-, pero hace poco se han oído con claridad algunas palabras. Y alargaban los cuerpos fuera del corredor, por ver si sus pabellones auriculares cogían al vuelo alguna sílaba. Yo también atendí; pero la verdad (p.912) es que allí se oía tanto como en un desierto. Lo que sí excitó mucho mi curiosidad, fue la sombra que ocupaba el centro del triángulo. Era la de un hombre rechoncho y de cabeza redonda, con pelo corto. Notábase el movimiento pausado de sus brazos al hablar, el de su cabeza al atender; notábanse claramente las señales de asentimiento, las negaciones vagas y las fuertes; notábanse la tenacidad, la duda, el ademán de la pregunta, el de la respuesta, y tanta era la verdad con que aquella silueta reproducía a la persona misma, que hasta se creía advertir en ella la sonrisa, el fruncimiento de cejas, el asombro y cuantos modos de lenguaje posee y usa el rostro humano. Unas veces la cabeza puesta de frente, proyectaba en la vidriera una forma redonda, otras volviéndose proyectaba su perfil; luego veíamos que a su altura subía una mano y distinguíamos perfectamente el dedo índice afianzando y dando energía a la palabra; después desaparecían las manos, y los brazos, juntándose a la masa del cuerpo, indicaban que se habían cruzado; luego transcurría mucho tiempo sin que la figura hiciese ademán alguno, señal de que oía o de que meditaba, hasta que de nuevo volvía a ponerse en acción. -Miren Vds. ahora -dijo uno de los cortesanos-, cómo dice que no, que no y que no con la cabeza. En efecto, la sombra movió su cabeza haciendo la señal negativa por espacio de algunos segundos. -De seguro está diciendo que no cederá a nadie sus derechos a la corona de España -indicó uno. -Lo que indudablemente estará diciendo -habló otro-, es que pasará por todo, menos porque los ingleses se metan aquí. -¡Quia! -exclamó un tercero-. Lo que debe de estar diciendo es que los españoles no podrán resistir mucho tiempo. Entonces la sombra movió la cabeza en señal afirmativa repetidas veces y con mucha insistencia, acentuando con la mano aquel movimiento. -Pues ahora dice que sí, que sí y que sí -indicó uno. -Sin duda habla de que son indudables sus derechos de conquista. -Y de que puede disponer del trono de España como se le antoje. -¡Patarata! (p.913) Apuesto a que no es nada de eso, sino que asegura vencerá a los ingleses. Poco después la sombra se llevó la mano a la nariz. -Toma tabaco -dijeron los cortesanos. -Ya van trece veces desde que estamos aquí. Luego la sombra acercó un bulto a su cara, inclinándola después, y se oyó desde nuestro observatorio un lejano ronquido. -¡Se suena! -exclamaron los cortesanos. -¡Buena señal! -dijo uno. -¡No, sino muy mala! -añadió otro. Después la sombra se levantó, y al instante confundiose entre otras sombras. Un momento después, separadas las demás, volvió a destacarse; pero ya estaba transfigurada, porque la cabeza redonda había desaparecido en otra mayor sombra trapezoidal. Una vez puesto el sombrero, se hubiera distinguido de cuantas sombras suele engendrar la noche, y de cuantas pueden volver de los Elíseos Campos o de los cristianos cementerios a pasearse por el mundo. -Ya sale.. -dijeron los cortesanos. -Corramos al salón. Y aquello no fue correr, sino volar a la desbandada. -¿No vienes al salón? -me preguntó el diplomático. -¿No ve Vd. que no vengo de etiqueta? -Es verdad; pero tú.. Te advierto que el Emperador se marcha. ¿Acaso vienes a hablar con el rey José? -Yo no quiero ver al Emperador esta noche -le respondí-. Aunque él me trata con bastante intimidad, y solemos jugar un poco al tute.. -¡Al tute!.. hombre.. eso sí que no lo sabía. -Sí.. pues decía que aunque tenemos mucha confianza, y nos tratamos como dos amigotes, no puedo presentarme así en el salón, cuando los demás van de etiqueta. Vd. no irá tampoco.. -¡Oh, sí! Yo voy al salón.. porque te advierto que el Emperador al entrar me miró, y después preguntó quién era yo. De modo que ahora.. -¿Pero no le ha hablado Vd. nunca? -Te diré, lo que es hablarle.. así.. pues.. así como estoy hablando ahora contigo, no.. pero hemos cambiado notas, y no creas.. en ocasiones con la pluma en la mano nos hemos puesto como ropa de pascuas. -¿Vd. se retirará a su aposento? Hablaremos un poco y luego me marcharé. -¡A estas horas! No.. aquí te has de quedar. (p.914) No dudes que vendrá la condesa mañana temprano. Hablaremos todo lo que quieras; pero después que yo vaya al salón, y haga por ver si S. M. I. me mira otra vez, y me entera de todo lo que se dice.. ¿Qué sabes tú si el rey José querrá llamarme como anoche, para que le dé un poco de conversación? -Antes hablemos los dos de un asunto que nos interesa.. es cosa de pocas palabras. -Entremos en mi cuarto -dijo cuando llegamos al salón donde me recibió la vez primera. -No, aquí mismo -repuse-. Ahora caigo en que tengo que marcharme, en cuanto hablemos dos palabras. -¡Qué singular! Hombre, aquí me hielo de frío. Entremos en mi cuarto. En efecto, pasamos a otra pieza, nos sentamos, pero aún no se habían arrellanado nuestros cuerpos en el sofá, cuando entró un criado diciendo: -Aquí está un gentil-hombre que viene a decir a usía que el señor conde de Cabarrús quiere verle al momento. -Al instante, corro al instante. ¡Oh, ministro amabilísimo! -exclamó el diplomático con súbita e inmensa alegría-. Primo, ahí te quedas. Vendrá Inés a hacerte compañía. -No.. que no se moleste -repuse yo con inquietud-. Esperaré solo. -Que venga la señorita Inés -dijo el diplomático al criado. El criado me miraba atentamente. -Que venga mi hija -repitió el marqués-. Dile que está aquí el señor duque de Arión, su pariente; que venga al instante a hacerle compañía, porque el Emperador.. digo, el rey José.. digo, el ministro Cabarrús, me ha mandado llamar para consultarme un grave asunto. Y sin esperar más, porque su impaciencia era febril, salió dejándome solo. Yo estaba tan agitado que no me era posible apreciar la extensión del tiempo que iba pasando mientras permanecía en la soledad de aquel cuarto, sin percibir otro ruido que el tic-tac de un reloj de chimenea, y el chisporroteo de los leños que en ella se quemaban. Yo no cabía en mi mismo de inquietud, de ansiedad y desasosiego, y juntamente se me representaban en espantosa lucha, la inefable felicidad de ver a Inés y el pesar de mi conciencia turbada por quebrantar una leal promesa. A (p.915) veces me parecía que los minutos corrían con inconcebible rapidez, y a veces que se estaban quietos delante de mí, mirándome como geniecillos desvergonzados. Mi espíritu a ratos impaciente y lleno de amorosas ansias, me impulsaba a penetrar en las habitaciones interiores, buscando a la que no parecía; y a ratos me venían deseos de abrir la ventana, echarme por ella al jardín inmediato, y huir para siempre de aquella casa. Sentado estaba mal, y mal estaba en pie y mal también paseándome de un ángulo a otro en la reducida estancia: el pulso y las sienes me latían con furia, y aquel violento y acompasado golpear determinó bien pronto en mí una viva calentura que me inflamaba todo. Inés tardaba mucho. «Si no viene, me muero», dije para mí, olvidándome al fin de todas las consideraciones que al principio me habían hecho temer su llegada. Pasaron no sé si horas o minutos; sólo sé que muchas ideas mías se iban quedando atrás y que venían otras a sustituirlas, para marcharse luego. De este modo apreciaba el transcurso del tiempo. El reloj avanzó mucho sin que Inés pareciese. Aquella soledad empezó a hacérseme insoportable, y la idea de que ella no vendría, se representó en mi pensamiento produciéndome un dolor inmenso.Después de mis primeras dudas, habíase entregado mi espíritu al gozo de suponer que vendría, y su tardanza me ponía en estado febril. Arrastrado por una fuerza irresistible, sir reparar en mi situación ni en circunstancia alguna, casi ignorando lo que hacía, abrí la pequeña puerta que comunicaba aquella pieza con la inmediata. Al pasar a esta, halleme en una sala sin luz; pero como entraba alguna claridad por la puerta recién abierta, pude ver por dónde andaba. Con pasos muy quedos atravesé aquella sala, y al ver reflejada oscuramente mi imagen en los espejos, sentía miedo de mí mismo. En el testero del fondo vi otra puerta que cedió al punto a mi mano, y encontreme en una tercera sala más pequeña. Profunda oscuridad reinaba en ella, pero al poco tiempo de estar allí, distinguí (p.916) en el fondo negro una perpendicular raya de luz. Al mismo tiempo creí que sonaban voces de mujer por aquel lado, y esto, con la débil claridad, impeliome más hacia allí. Andaba muy lentamente, extendiendo las manos para no tropezar con los muebles; andaba como un ladrón, conteniendo el aliento, apagando el ruido de los pasos, creyendo que hasta las oscilaciones del aire a mi tránsito iban a delatar mi presencia a los de la casa. Yo había perdido todo dominio sobre mí mismo, y en nada reparaba más que en llegar pronto a aquella raya luminosa, tras la cual sentía más claramente ya la voz de Inés. Al fin llegué. Por la estrecha rendija no se veía nada; pero se oía. Dos mujeres hablaban. Al poco rato una de las voces dijo algo como despidiéndose; sentí el ruido de una puerta, y todo quedó en completo silencio. Aguardé un poco. Puse luego la mano en el picaporte, y con mucha, muchísima lentitud lo fui levantando, levantando, de modo que no hiciera ruido. Cuando me pareció bastante, empujé y la puerta cedió; empujé más, y la fui abriendo poco a poco, cuidando de que no rechinara. Durante esta operación, toda mi sangre se paró dentro de mí. A medida que la puerta se abría, iba viendo todo lo que había dentro de aquella estancia. Primero vi un lecho con cortinas blancas, luego una mesa con labores de mujer, y por último, vi una figura puesta de rodillas delante de un reclinatorio, con la cabeza inclinada y oculta enter las manos en actitud de profundo recogimiento. Vuelta hacia mí aquella figura, que apoyaba la frente en el reclinatorio, no era fácil reconocerla, pues de su cabeza no se veía sino el cabello; pero yo la reconocí, y era ella misma; era Inés. Avanzando resueltamente, pero siempre con pasos muy quedos, entré y me dirigí hacia ella.
Ep-5-XXVII - Cuando Inés alzó la cabeza y me vio delante, tras un estremecimiento que indicaba el mayor espanto, quedose atónita, sin habla, con disposición a perder el sentido. La emoción me impedía al mismo tiempo el pronunciar algunas palabras para tranquilizarla. Mi presencia le (p.917) causaba terror; iba a gritar sin duda. -Inés, Inesilla -dije al fin-, no te asustes, soy yo, soy yo mismo. ¿Creías tú que me había muerto? No, mírame bien, estoy vivo. No me tengas miedo. Diciendo esto la abrazaba, estrechándola contra mi pecho. -¿Creías tú no volver a verme más? -proseguí-. Te dijeron que me había muerto. Infames, ¡cómo te engañan! Aquí estoy; no me preguntes cómo he venido. No lo sé. Creo que Dios me ha traído por la mano para que nos veamos. Inés tardaba mucho en volver de aquel estupor que por algunos minutos pareció quitarle el conocimiento; mirábame con ojos asombrados, derramó algunas lágrimas, y su rostro, fluctuando entre el llanto y la sonrisa, revelaba en cada segundo una sensación distinta. Pasado un rato, fijando la atención en mi vestido, pareció profundamente asombrada, volvió a reír y me interrogó con los ojos. Sus manos, sus brazos temblaban entre los míos de un modo alarmante; y temiendo que la impresión producida en su organismo por tan fuerte sorpresa fuera demasiado lejos, la tomé en brazos, púsela con el mayor cariño sobre el sofá cercano y senteme junto a ella, procurando calmarla y explicándole en términos precisos mi inesperada aparición. -¿Pero dónde estabas tú? -me dijo. -En la habitación de tu padre. Allá me dejó cuando te llamaron, y allí te estaba esperando. ¿Por qué no fuiste? Mi impaciencia era tanta que no pude resistir, y como un ratero me metí por esas habitaciones hasta llegar aquí. -¿Y cómo entraste en palacio? -Eso es largo de contar. Me han pasado muchas cosas, Inesilla de mi corazón. Yo no sé cómo he venido aquí. Había prometido no verte más ni hablarte; pero yo no sé por qué me encuentro a tu lado y te veo y te hablo. ¿Conque me creías muerto? -Sí, ¡muerto! -dijo con tristeza-. Sin embargo, yo confiaba en que fuera mentira y muchas veces he tenido el pensamiento de que ibas a venir. Anoche, ayer, ahora mismo he estado pensando en esto, y al quedarme sola he sentido mucha zozobra creyendo verte en los espejos, o salir de detrás de esos (p.918) armarios, o entrar por cualquiera de esas puertas como un fantasma. ¿Pero cómo has venido aquí? ¿De qué invención te has valido? Si te descubren.. Estás vestido como un caballero. -Sí, Inesilla -respondí besándole las manos-. Pero aunque me veas vestido de caballero, no creas que lo soy. Soy lo mismo que era antes, cuando estábamos en casa de D. Mauro, es decir, no soy nada. Tú estás tan por encima de mí que debes avergonzarte de mirarme. Al oír esto, todo cambió en su espíritu, y la vi sonreír de un modo espontáneo y festivo, perdida ya la emoción dolorosa del primer momento. -Yo no pensaba verte más -continué-; pero la casualidad o la Providencia han querido que te vea. ¡Qué desgraciados somos o mejor dicho, qué desgraciado soy! Porque yo tengo que renunciar a ti, tengo que marcharme para no volver más. ¿No comprendes tú que ha de ser así, que no puede ser de otra manera? Para mí valiera más no haber nacido. ¿Por qué te conocí? ¿Por qué te volviste gran señora? ¿Por qué Dios que a ti te sacó de la humildad para traerte a los palacios me dejó a mí en la miseria y en la oscuridad de mi nombre? -No me has dicho todavía por qué estás vestido así -indicó con el mayor asombro. -Nada de esto es mío, Inesilla -repliqué con profundo dolor-. Estas ropas son como las que se ponen los cómicos cuando salen a la escena vestidos de reyes. Después se las quitan y quedan hechos unos mendigos: lo mismo soy yo. Si ahora se descubre la farsa que me ha traído aquí, tus criados me echarán del palacio ignominiosamente. No soy nadie, no soy nada. Yo creí que no te vería más; pero algún poder superior nos ha puesto esta noche juntos, y yo que he jurado ante la condesa tu prima no verte ni hablarte más en la vida, estoy ahora a tu lado para decirte que te quiero y te adoro y me muero por ti. Seré un malvado, un tramposo, un miserable que se burla de todas las conveniencias de la sociedad; pero siendo todo esto, y aún más, insisto en decir que no puedo dejar de quererte aunque me lo prohíban todas las potencias de la tierra, y aunque (p.919) entre los dos se pongan con la espada en la mano todos tus parientes y antecesores desde que el mundo es mundo. Inés parecía meditar. Después de un rato de silencio, me dijo con tristeza: -Mis parientes son muy crueles conmigo. -No, alma mía; considera tú su posición, su nombre, lo que deben a la sociedad, y comprenderás que no pueden hacer otra cosa. ¿Cómo han de admitirme en su familia? La idea de que me amas les causa horror, y se creen deshonrados con sólo mirarme. Tu prima la condesa es muy buena. Si tuviera tiempo para contarte los beneficios que le debo y el afecto que me muestra, te asombrarías. -Ha llegado el caso de que yo devuelva mi familia todo lo que me ha dado, y tome por mí misma lo que no ha querido darme -dijo Inés. -Tú tendrás prudencia y esperarás. -Hablaré francamente a mi prima. Ella me ha dicho que quiere verme feliz a toda costa, y es la que me defiende de las impertinencias de mis cinco maestros, y la que me salva de la etiqueta, que es lo que más aborrezco. Yo le diré que has estado aquí.. -No, no, por Dios; no le digas que he estado aquí -exclamé-. Yo debo marcharme ahora mismo, Inés; yo no puedo estar más aquí. -No te has de ir -me dijo asiendo mis dos brazos para detenerme-. Yo se lo diré todo a mi prima, le diré que no te has muerto; que yo sé que no te has muerto; que nos hemos visto, y que has de volver. -No, no le digas eso: desde este momento ya no merezco la benevolencia que ha manifestado. -¡Oh! -exclamó Inés con mucha pena-. Pues entonces, ¿qué recurso nos queda? ¿Qué podemos hacer? ¿Cuándo vuelves tú? -Nunca -le respondí sin reparar en lo que decía, pues mi exaltación no me permitía formular ideas concretas sobre nada. -¿Cómo nunca? -Sí, volveré cuando quieras -dije estrechándola contra mi corazón-. Si tú me mandas que vuelva, si tú despreciando las resoluciones de tu familia, insistes en quererme lo mismo que cuando éramos dos pobres criaturas desamparadas, volveré, quebrantaré las promesas que hice a tu prima, porque ¡ay! sin duda tu prima no sabe (p.920) cuánto te quiero, cuánto te adoro, y de qué manera nosotros nos hemos dado un juramento que está por encima de todos los demás. Dile que no me he muerto, ni me moriré, mientras tú vivas, porque no quiero ni debo morirme; dile que aquí estaré, mientras tú no me eches, y que antes que fueras condesa, y duquesa, y princesa, habías resuelto casarte conmigo que no soy caballero ni soy nada, aunque teniendo tu cariño no me cambio por todos los nobles de la tierra. Inés al oírme se animaba mucho. Encendiéronse sus mejillas y el vivo resplandor de sus ojos indicó una irrupción de sensaciones agradables y de ideas de felicidad, que de improviso se apoderaban de su abatido espíritu. Tomándome la mano me dijo: -Juro que no me he de casar sino contigo, cualquiera que sea tu suerte, cualquiera que sea tu posición. Dicen que yo soy rica, y que soy noble. ¿No es esto bastante? Yo les diré que si no me quieren de este modo, me quiten todo lo que me han dado. Les diré que tú eres para mí más caballero que todos los demás; y por último, que ninguna fuerza humana me obligará a dejarte de querer, porque Dios lo ha ordenado así. Tengamos confianza en Dios y esperemos. Lo que parece más difícil, se hace de pronto fácil. Yo sé, sin que nadie me lo haya enseñado, que cuando las cosas deben pasar, pasan, y que la voluntad de los pequeños suele a veces triunfar de la de los grandes. Al decir estas palabras que indicaban junto con un firme amor, un profundo sentido, Inés me mostraba la superioridad de su alma, bastante fuerte para poner las leyes inmortales del corazón sobre todas las conveniencias, preocupaciones y artificiosas leyes de la sociedad. -¡Inés! -le dije prodigándole las más tiernas muestras de cariño-. A pesar de estar tan alta, tú eres hoy tan desgraciada como yo; pero para los dos vendrán días felices y tranquilos. Yo había olvidado todo temor, las causas de mi presencia en aquel sitio, lo avanzado de la hora, no me acordaba de su familia, ni de mi fuga, ni de la policía, ni de nada; no veía más mundo que aquel (p.921) pequeño, ¡qué digo pequeño!.. aquel mundo infinito que mediaba entre nuestros ojos. -Tú sabes y sientes mejor que yo -exclamé-; tú me señalas el camino que debo seguir, y lo seguiré. Te amo tanto que querría morirme aquí mismo, si supiera que habías de ser para otro. Y vengan contrariedades, vengan orgullos, vengan rigores de familia, vengan obstáculos, venga todo, que todo lo desprecio. ¿Qué valen cien mil coronas condales, y las mayores riquezas del mundo? Todo eso no será suficiente razón para quitarme lo que es mío; mi Inesilla de mi alma y de mi corazón. Si soy pobre y miserable, que lo sea: nada importa puesto que miserable y pobre, quieres tú más uno de mis cabellos que las coronas y tesoros de todos los duques de la tierra. ¿No es cierto? Y que venga ahora toda la sociedad y toda Europa, y toda la historia y el mundo todo a decirme que no podrás ser mía. Que vengan y yo les diré que se vayan a paseo, porque nosotros no necesitamos de ellos para nada, y nosotros valemos más que todo eso. ¿No es verdad? Cuando prometí a tu prima renunciar a ti, prometí lo absurdo y lo imposible, lo que no estaba en mi mano hacer, porque el amor que nos tenemos es obra de Dios, es como la vida, y sólo puede quitarlo el mismo que lo da. Así me expresé yo, y en este tono hablamos un poco más: luego cambiamos de asunto, y seguimos departiendo en serio y en broma sobre mil cosas que nos ocurrían, sin acordarnos de nada que no fuera nosotros mismos, y menos del tiempo que iba transcurriendo a toda prisa. De tema en tema vino a mi pensamiento el objeto que allí me había llevado y le conté el incidente de D. Diego con sus torpes y abominables planes. Ella se sorprendió de esto y me dijo que nunca había supuesto a Rumblar tan rematadamente malo. Seguimos luego hablando de otros asuntos, y ella se reía de mi traje, y yo de lo que ella me contaba al referir las ceremonias palaciegas a que había asistido. Repetidas veces pasó por mi mente la idea del gran peligro que allí corría; pero era tan feliz que yo propio arrojaba (p.922) lejos de mí aquella idea importuna. Al fin entró de pronto una criada y dijo: -¿Se le ofrece a la señorita alguna cosa? Díjole Inés que no, y se fue; pero me observó de soslayo el tiempo que allí estuvo. Seguimos hablando y al poco rato apareció otra criada que me miró mucho también, preguntando: -¿Ha llamado la señorita? Y luego que esta se retiró pareciome sentir cuchicheos y ruido de pasos tras de la puerta. Comuniqué a Inés mi recelo, y al punto convinimos en que me debía retirar. ¡Qué escándalo! Era mucho más de media noche. Ella misma me llevó al cuarto donde antes me había dejado el diplomático, y después de discutir un rato sobre lo más conveniente para salir en bien de aquel paso, acordamos que esperaría al Sr. D. Felipe, continuando cuando volviera, el mismo papel de duque de Arión, y que con cualquier pretexto saliese después poniéndome en salvo antes de la mañana y hora en que necesariamente habían de llegar Amaranta o su tía. Despidiose Inés de mí, dándome muchas esperanzas y prometiéndome que nos veríamos cuando menos lo pensase, y me quedé solo otra vez donde antes estaba. Cansado de esperar, quise salir; pero encontré la puerta cerrada por fuera, y en el mismo instante en que lo advertía, sentí que una mano desconocida, cerraba también la que me había dado paso hacia la habitación de Inés. Estaba preso. Presté atención a ciertos ruidos cercanos y percibí otra vez cuchicheo de voces diversas, como risas y chacota de criados y gente menuda, cuya circunstancia acabó de revelarme el peligro en que me encontraba, y la proximidad de un lance desastroso. A esto había venido a parar el duque de Arión. Oí a poco también la voz del diplomático, que algo turbada decía: -Id a avisar al cuerpo de guardias. ¿Estáis seguros de que no lleva armas? Luego los rumores se extinguieron para resonar de nuevo hacia el cuarto de Inés, con voces de hombre y de mujer, confundidas en viva disputa. Y la voz de Inés se oyó muy cerca aunque me fue imposible entender lo que decía. Lleno de congoja, (p.923) mas también colérico ante la idea de que se me tomase por un ladrón, di golpes en la puerta con pies y manos, pidiendo que se me abriera, lo cual aumentó las risas de fuera. -Es muy posible que lleve pistolas -dijo el diplomático-. No abráis, mientras no venga un pelotón de la guardia. Pero el criado a quien tan prudentes advertencias se dirigían, no hizo caso de ellas; abriome la puerta, y abalanzándose hacia mí con otros dos de su misma estofa, dijo: -No te escaparás, no. A ver, registradle bien los bolsillos y sacadle todo lo que lleve. -Canallas -exclamé, luchando con ellos-. Yo no me llevo nada. Ladrones y rateros seréis vosotros, que no yo. -Creo que debéis amarrarle, muchachos -dijo el diplomático, entrando con gran arrojo-. Desde luego sospeché que este joven no era mi pariente. Por fuerza ha de tener los bolsillos llenos de alhajas: registradle bien. ¿Decís que estuvo en el cuarto de mi hija más de tres horas? Eso no puede ser, caballerito -añadió encarándose conmigo-. ¿Quién es Vd.? Vive Dios que esto es algo misterio. -Este es el que en el Escorial sirvió de paje a la señora condesa -dijo uno de los criados empujándome con tal fuerza que me hizo caer al suelo. -Este estaba en Córdoba hace seis meses, y todos los días venía a la puerta de casa -dijo otro dándome con el pie, una vez que caído me vio. -Y es, si no me engaño, el que tiraba chinitas a la ventana -afirmó una criada, hundiendo sus uñas en mi carne. -Me parece que le he visto en casa vestido de fraile -dijo otra dándome en la cabeza con las tenazas de la chimenea. -Ya le conozco, y sé muy bien lo que le trae por aquí -indicó una tercera tirándome fuertemente del cabello. -¿Conque nada menos que duque de Arión? -dijo un lacayo dándome una manotada en la chupa con tanta fuerza que me la rasgó de arriba abajo. -¡Miren el duque de papelón! ¡Pues no vino poco finchado! -exclamó otro anudándome la corbata tan violentamente que pensé morir estrangulado. -Desnudadle en el acto. -No: aguardad a que venga la autoridad -ordenó el marqués-. ¿Conque es un (p.924) paje de Amaranta que fue a Córdoba, y que arrojaba chinitas vestido de fraile? Bien decía yo que esta cara no me era desconocida. En el Escorial, en Córdoba.. ¿te llamas tú Gabriel? ¡Gabriel, Gabriel!.. Conque Gabriel. Y diciendo esto, D. Felipe Pacheco y López de Barrientos dio algunas vueltas por la estancia, revolviendo sin duda en su mente contradictorios pensamientos. Juzgue el lector de mi martirio al verme entre aquellos soeces criados, cuyas almas experimentaban deliciosa fruición en degradar al que creyeron duque, y en pisotear mi supuesta nobleza y caballerosidad. Defendime al principio rabiosamente de sus groseros insultos; mas nada podían contra tantos mis fuerzas por momentos enflaquecidas, y me entregué a las vengativas manos de aquella pequeña plebe irritada que no podía tolerar el encumbramiento ficticio de uno de los suyos. Yo creo que me habrían roto los huesos, que me habrían arrastrado en tropel por la casa, que me habrían arrancado pedazo a pedazo los vestidos y con los vestidos la carne; que me habrían deshecho a pellizcos, pinchazos y rasguños, si la llegada de la condesa no hubiera puesto fin de repente a la dolorosa escena de mi crucificación. La vi aparecer cuando ya iluminaban completamente la habitación las primeras luces del día, y pareciome un ángel salvador. La sorpresa que tal espectáculo le causó junto con lo que a su llegada le contaron, habíanla puesto como fuera de sí. La ira y la compasión se sucedían rápidamente una tras otra en su semblante. Parecía no dar crédito a sus ojos, me miraba casi exánime y maltratado, y reconocía en mis ropas las del duque de Arión, que ella me diera para fugarme. Por de pronto, a pesar de su enojo, me libró de toda aquella canalla, y haciendo que los criados saliesen afuera, quedose sola conmigo, mientras su tío iba en busca de quien me llevase a la cárcel.
Ep-5-XXVIIII - -Señora -exclamé comprendiendo con rápida penetración sus pensamientos en aquel instante-, no me condene vuecencia sin oírme; no me juzgue ingrato, desleal y mentiroso si tan (p.925) impensadamente me encuentra aquí. -¡De qué indigna manera me has engañado! -repuso con voz turbada por la ira-. Jamás lo creí: yo pensé que tenías en tu baja e innoble alma una chispa del fuego de honor. No: tu abyecta condición se revela en tus actos, y no es posible esperar del miserable pilluelo de las calles sino doblez y maldad. Hipócrita, ¿dónde has aprendido a fingir? ¿Cómo tu despreciable carácter, formado de todas las perfidias y malos intentos, ha podido disimularse con la apariencia de la sencillez honrada y de sentimientos nobles? -Señora -respondí-, usía me tratará de otro modo cuando sepa qué motivos me han traído aquí. -No quiero saber nada. ¿Has visto a mi hija? ¿La has hablado? -Sí señora. -¡Oh! No es posible que viéndote haya dejado de comprender qué clase de persona eres. ¿Dónde está Inés? Que venga aquí, y si al ver este pillastre desarrapado que se disfraza de gran señor para llegar hasta ella, si al ver una palpable muestra de tu bajeza y vil condición en esta lastimosa figura de duque magullado y roto se arrastra por el suelo pidiendo misericordia, persiste en creerte digno de un recuerdo, Inés no es lo que yo quiero que sea, no es mi hija, no es de mi sangre. Y en efecto, yo me arrastraba por el suelo, magullado y roto; y confundido por el anatema de la condesa, imploraba con inconexas palabras que me perdonase, indicando a medias frases los hechos que atenuaban mi falta. -Señora -exclamé prosternándome hasta tocar con mis labios los pies de Amaranta-, verdad es que he faltado a mi palabra. Arrójeme usía de aquí, entrégueme a los alguaciles, permita que me lleven a la cárcel, al presidio; mándeme matar si gusta, pero no me pida, no, de ningún modo me pida que deje de amar a Inés, porque es pedirme lo imposible y lo que no está en mi mano prometer. Usía me hablará de su casa y de todas las casas. Yo confieso mi pequeñez, yo reconozco que al lado de la grandeza de vuecencia soy como un grano de arena comparado con el tamaño de todo el mundo; yo no soy nadie, yo soy (p.926) un insensato, un malvado, un miserable y todo lo que usía quiera que sea; pero yo no puedo dejar de amar a Inés. Cuando sus padres la abandonaban yo la amé; cuando estaba sola en el mundo yo fuí su amigo; cuando era pobre yo trabajaba para ella. Creí que su repentino cambio de fortuna la apartaría de mí para siempre; prometí en falso, prometí lo que no podía ni debía cumplir, lo que estaba fuera de mi albedrío; prometí renunciar a lo que siempre ha sido mío, y mi ceguera y mi error han durado hasta esta noche en que la he visto y la he hablado, señora condesa; hasta esta noche en que he comprendido que Inés no puede, no puede de modo alguno resistir el peso abrumador de su nobleza. Amaranta golpeó mi humillado rostro con sus pies. Sentí las suelas de sus zapatos hiriendo mi cabeza, y los encajes de sus faldas barrieron mi frente. La condesa estaba frenética y cruel en su desbordada ira. -¿Qué has dicho? -exclamó-. ¿Que no renuncias?.. ¿Sabes que un miserable como tú puede desaparecer del mundo sin que el mundo lo advierta? ¡Despreciable gusano! ¡No te aplasto por compasión y te levantas para insultarme! -Yo no insulto a usía -dije-. Yo respeto y venero a la que tantos deseos de favorecerme ha manifestado. Vuecencia puede hacerme desaparecer del mundo si gusta; sin duda lo merezco. Yo prometí a usía no verla más y no he cumplido mi palabra; soy un truhán y un miserable. Vine a este palacio sin intención de verla; encontreme solo y una fuerza irresistible, una fiebre que me devoraba lleváronme a su cuarto, donde la vi y nos hablamos largo rato. ¡Oh! ¿Me pide usía que deje de amarla? No puede ser. ¿Me pide usía que no la vea más? Pues haga Su Grandeza de modo que me den la muerte, porque mientras tenga un solo aliento de vida y mientras me quede fuerza para arrastrarme, correré tras ella, la buscaré, penetraré en lo más escondido y subiré a lo más alto, sin ceder en esta persecución hasta que Inés no me diga que se ha concluido la guerra a muerte trabada entre ella y sus nobles parientes. -¡Oh! Quiero concluir de una (p.927) vez -afirmó sin poder contener su agitación-; que venga aquí mi hija; la traeré aquí, te verá delante de mí, y si todavía.. No, no puede ser. ¡Dios mío! ¿Qué aberración, qué absurdo es este que presenciamos? Miserable mendigo -añadió volviéndose a mí-, vete. La culpa tiene quien te ha dado más importancia de la que mereces. Inés te desprecia: si has creído otra cosa te equivocas. ¿Por qué no hiciste lo que te mandé? ¿Por qué viniste aquí? Mereces la muerte, sí, la muerte. No soy cruel; pero ¿acaso la vida de un indigno ser, que se perdería en el mundo sin que nadie lo echara de menos, debe estorbar la felicidad de toda una familia, debe estorbar mi reposo y echar por tierra la grandeza de una casa como la mía? No, no puede ser.. Vete de aquí; que te lleven, que te arrastren como infame ladrón que eres. Si ella lo siente que lo sienta, si padece que padezca. Así no se puede vivir. Seré inflexible; yo enseñaré a mi hija cuáles son sus deberes; yo le enseñaré el respeto que debe tener a su nombre y me obedecerá, cueste lo que cueste. -Deje usía -le dije- que la maten los demás; y cuando haya sucumbido a las violencias, a las vejaciones y a la tiranía de sus parientes, quédele a la madre el consuelo de no haber puesto las manos en ella. -¿Qué dices? ¿Qué has dicho? -preguntó Amaranta mirándome fijamente y cambiando por completo en un instante de tono, de actitud, de expresión-. ¿Qué has dicho? -He dicho que usía no debe, que no puede contribuir a matarla. -¡A matarla! -exclamó con estupor y como vacilando entre admitir o rechazar aquella idea. -Sí señora. Bien sabe usía que Inés es muy desgraciada. Vi entonces cómo se disipaba la ira en el rostro de Amaranta, cómo se aclaraba su semblante, cómo todo aparato de indignación y de biliosidad y de tirantez nerviosa desaparecía, sucediendo a aquella tempestad aplacada una quietud reflexiva en que al instante se sumergió su espíritu, lanzado desde las cimas de la cólera a los abismos de la meditación. Me miró largo rato y yo la miré. Estaba profundamente pensativa. Estaba en (p.928) poder de uno de esos invasores pensamientos que vienen de repente y ocupan toda el alma y suspenden todas las sensaciones, y envuelven y embargan las facultades todas. Al fin, sin pestañear, sin apartar los ojos de mí, sin hacer movimiento alguno exhaló un profundo suspiro y después dijo: -Sí, mi hija es muy desgraciada. No era sin duda la primera vez que a sí misma se decía aquellas palabras. Sentada en el sofá, apoyó la barba en los dedos pulgar e índice, y el codo en el brazo del asiento, y así estuvo largo espacio de tiempo. Me parece que la estoy mirando. ¡Cuán hermosa y cuán imponente y subyugadora! ¡Digna concha de tal perla! como ha dicho, no por cierto refiriéndose a esta, sino a otra, un gran poeta contemporáneo. Alzó luego la vista, y me examinó atentamente; ¡pero de qué modo, con cuánto interés me miraba! De sus ojos había desaparecido el rayo de la indignación que antes la hacía tan terrible. Yo no me atrevía a decir nada. Una dulce sensibilidad embargaba mi espíritu. Amaranta, esclava de su pensamiento, volvió a repetir: -¡Oh! sí: mi hija es muy desgraciada, y yo no puedo hacerla feliz. Dicho esto, me miró con cierta perplejidad. En sus ojos se retrataba una viva compasión hacia mi persona, quizás algún sentimiento más favorable. Al principio creí engañarme, pero mi corazón con su misterioso lenguaje me indicó que habían cambiado de súbito los sentimientos de la condesa respecto a mí. De mi pecho pugnaban por desbordarse los míos. Acerqueme a ella y me dijo: -¿Qué has hablado con Inés? ¿Qué te ha dicho? No le pude contestar de otro modo que arrojándome de rodillas a sus pies. Pero ella repitió la pregunta intentando con sus manos alzar mi frente que se había adherido con fuerza a sus rodillas. -Señora -le contesté al fin-, me ha dicho la verdad; me ha dicho que a nadie puede amar más que a mí. Yo besaba sus manos y la sentí llorar. Duró poco tiempo aquella situación. Sentimos gran ruido de voces, abriose la puerta y en el dintel apareció la marquesa, terrorífica, abrumadora de cólera y de (p.929) severidad. Con ella venían el diplomático, D. Diego, el verdadero duque de Arión, algunos criados y soldados de la guardia. Amaranta no dijo nada ni yo tampoco. La actitud en que nos encontraron debió sorprenderles más que la noticia de que había un ladrón en la casa, y estoy seguro de que cada individuo de la familia interpretaba de un modo distinto aquella escena. En cuanto a esto mis lectores verán más adelante algo que les interesará. Como era opinión general que yo era un ladronzuelo, vino gente de la policía, y cuando Santorcaz penetró en la habitación y ordenó a los suyos que se apoderaran de mí, huyeron con el rápido paso del terror las dos nobles damas. La algazara de aquel momento no me impidió percibir lejanos gritos y alteradas voces de mujer en las cuadras interiores. Un oficial de la guardia francesa, llamado a última hora no sé por quién, echó de palacio de un modo algo despreciativo a alguaciles y alguacilado, tratándonos a todos como a gente de perversa ralea.
Ep-5-XXIX - No tengáis compasión de mí al verme en esta cuerda ignominiosa, enracimado con otros veinte infelices. No somos ladrones, ni asesinos, ni falsificadores; somos patriotas, insurgentes de aquella gran epopeya, y nos llevan a Francia. Felizmente no se cumplió en nosotros aquel consejo del capitán del siglo que decía a su hermano: «ahorcad unos cuantos pillos y esto hará mucho efecto». Por lo que pasó después, se ha venido a conocer que también Álvarez el de Gerona entraba en el número de los pillos. No nos ahorcaron, pues aún vivo para contarlo, y cuando digo que no me tengáis compasión es porque después de preso, la policía no me supuso otra criminalidad que la traición a la causa francesa, y me juzgó bastante castigado con el destierro. -Bien sé yo que no eres ladrón -me dijo Santorcaz en Madrid, cuando me ponían en la cuerda que estrechaba en cordial apretón las cuarenta manos de los insurgentes-; pero eres un vil soplón y entrometido, a quien es preciso poner a cien leguas de Madrid. Si te dieras a partido y (p.930) quisieras ser mi amigo, yo te conseguiría un puesto en la policía, con tal que me sirvieses bien en este negocio. No con palabras, porque no las merecía, sino con una mirada de desprecio le contesté, y estuve después meditando sobre mi suerte, hasta que la cuerda se movió y los cuarenta pies de aquella serpiente humana se pusieron en marcha. Eramos los pillos, que el Gobierno francés, demasiado generoso, no había querido ahorcar, y se nos mandaba a Francia. Con nosotros iba el gran poeta Cienfuegos. Isidoro Máiquez y Sánchez Barbero fueron poco después, aunque no ensartados. Al dar los primeros pasos miré al que iba a mi derecha, atado su codo al mío. ¡Oh ventura sin igual! Era D. Roque el lector de periódicos. -¡Ah, Sr. D. Roque! -le dije-, ¿también habla de esto el Semanario Patriótico? -¡Queridísimo Gabriel! Dios nos ha puesto juntos en la desgracia como en la prosperidad. Paciencia y que la Virgen nos deje ver algún día a nuestra inolvidable villa. -¿Por qué le destierran a Vd.? -Hijo, por una calaverada. Cometí la indiscreción de decir en un paraje público que nuestro desgraciado vecino D. Santiago Fernández era un héroe no menos grande que los de la antigüedad y podía compararse a Codro, Leónidas, Horacio Cocles, Mucio Scévola y al mismo Catón por la entereza de su ánimo. ¿No lo crees tú así? -¿Murió nuestro amigo? -Sí, cuando el general Belliard fue a tomar posesión de los Pozos, todos entregaron las armas. D. Santiago continuaba encerrado en el jardín de Bringas. ¿Qué pensarás que hizo? Pues por la mañana al volver de su casa amontonó toda la leña puesta allí para calentarnos. Ya recordarás que también había una gran cantidad de madera vieja de la casa que han derribado en la esquina. Pues con aquellos materiales y la leña hizo un gran parapeto en el rincón del fondo, donde estaba el gallinero vacío, y púsose dentro de su improvisada fortaleza. Derribaron los franceses la puerta del jardín, y cuando vieron aquel monte de madera, de cuyo interior salía una hueca voz diciendo: (p.931) «Se rendirá Madrid, se rendirán los Pozos, pero el Gran Capitán no se rinde», tuvieron al que tal decía por loco y diéronse a reír. Pero Fernández había puesto dentro una buena cantidad de cartuchos y dale que le das, empieza a hacer fuego por las aberturas y resquicios de su montón de leña. Los franceses que se vieron heridos (y alguno de ellos murió) arremetieron contra el gallinero destruyendo los parapetos de madera vieja. Fernández no cesaba de hacerles fuego desde adentro. Pero cátate que a lo mejor empieza a salir humo, y luego llamas que crecieron rápidamente, y la ronca voz del defensor del gallinero gritaba: ¡Viva España; mueran los franceses y el granuja de Napoleón! Mandó el oficial que se apartase la madera para sacar a aquel desgraciado, que sin duda excitaba su admiración; pero Fernández gritó de nuevo: -«Se rendirá Madrid, se rendirán los Pozos; pero el Gran Capitán no se rinde», hasta que cesó la voz; y las llamas, extendiéndose vorazmente, destruyéronlo todo. La inmensa hoguera estuvo humeando todo el día. Cuando aquello se acabó buscaron el cuerpo, pero estaba hecho ceniza. Calló D. Roque, y en el mismo instante el que nos conducía por la Mala de Francia mandó que hiciéramos alto. Al detenernos vimos que por el camino y hacia Chamartín venían algunos coches y gran número de jinetes con deslumbradores uniformes. Era el Emperador que volvía de su visita al palacio de Madrid y caminaba hacia su cuartel. Iba en coche, y al pasar, nuestro guía y los soldados que nos custodiaban mandáronnos que le diéramos vivas. Fue preciso repartir algunos culatazos para que obedeciéramos, y cuando el grande hombre pasó, algunos le saludaron. Sin duda por estas y otras ovaciones de la misma clase escribía con fecha 17 de Diciembre: En las poblaciones por donde paso me manifiestan mucha simpatía y admiración. -Acabe Vd. de contarme la muerte de nuestro amigo -dije a D. Roque una vez que pasó la procesión. -Ya no queda nada -repuso-, sino que con toda su grandeza y poder el (p.932) hombre que acaba de pasar no llega ni con mucho a la inmensa altura del Gran Capitán. Algunos han dicho que nuestro amigo estaba loco; pero ese que ahí va, ¿está en su sano juicio? Enero de 1874.
FIN
(EPISODIO 6) ZARAGOZA
Ep-6-I - Me parece que fue al anochecer del 18 cuando avistamos a Zaragoza. Entrando por la puerta de Sancho, oímos que daba las diez el reloj de la Torre Nueva. Nuestro estado era excesivamente lastimoso en lo tocante a vestido y alimento, porque las largas jornadas que habíamos hecho desde Lerma por Salas de los Infantes, Cervera, Agreda, Tarazona y Borja, escalando montes, vadeando ríos, franqueando atajos y vericuetos hasta llegar al camino real de Gallur y Alagón, nos dejaron molidos, extenuados y enfermos de fatiga. Con todo, la alegría de vernos libres endulzaba todas nuestras penas. Éramos cuatro los que habíamos logrado escapar entre Lerma y Cogollos, divorciando nuestras inocentes manos de la cuerda que enlazaba a tantos patriotas. El día de la evasión reuníamos entre los cuatro un capital de once reales; pero después de tres días de marcha, y cuando entramos en la metrópoli aragonesa, hízose un balance y arqueo de la caja social, y nuestras cuentas sólo arrojaron un activo de treinta y un cuartos. Compramos pan junto a la Escuela Pía, y nos lo distribuimos. D. Roque, que era uno de los expedicionarios, tenía buenas relaciones en Zaragoza; pero aquella no era hora de presentarnos a nadie. Aplazamos para el día siguiente el buscar amigos, y como no podíamos alojarnos en una posada, discurrimos por la ciudad buscando un abrigo donde pasar la noche. Los portales del Mercado no nos parecían tener las comodidades y el sosiego que nuestros cansados cuerpos exigían. Visitamos la torre inclinada, y aunque alguno de mis compañeros propuso que nos guareciéramos al amor de su zócalo, yo opiné que allí estábamos como en campo raso. Sirvionos, sin embargo, de descanso aquel lugar, y también de refectorio para nuestra cena de pan seco, la cual despachamos (p.933) alegremente, mirando de rato en rato la mole amenazadora, cuya desviación la asemeja a un gigante que se inclina para mirar quién anda a sus pies. A la claridad de la luna, aquel centinela de ladrillo proyecta sobre el cielo su enjuta figura, que no puede tenerse derecha. Corren las nubes por encima de su aguja, y el espectador que mira desde abajo, se estremece de espanto, creyendo que las nubes están quietas y que la torre se le viene encima. Esta absurda fábrica bajo cuyos pies ha cedido el suelo cansado de soportarla, parece que se está siempre cayendo, y nunca acaba de caer. Recorrimos luego el Coso desde la casa de los Gigantes hasta el Seminario; nos metimos por la calle Quemada y la del Rincón, ambas llenas de ruinas, hasta la plazuela de San Miguel, y de allí, pasando de callejón en callejón, y atravesando al azar angostas e irregulares vías, nos encontramos junto a las ruinas del monasterio de Santa Engracia, volado por los franceses al levantar el primer sitio. Los cuatro lanzamos una misma exclamación, que indicaba la conformidad de nuestros pensamientos. Habíamos encontrado un asilo, y excelente alcoba donde pasar la noche. La pared de la fachada continuaba en pie con su pórtico de mármol, poblado de innumerables figuras de santos, que permanecían enteros y tranquilos como si ignoraran la catástrofe. En el interior vimos arcos incompletos, machones colosales, irguiéndose aún entre los escombros, y que al destacarse negros y deformes sobre la claridad del espacio, semejaban criaturas absurdas, engendradas por una imaginación en delirio; vimos recortaduras, ángulos, huecos, laberintos, cavernas y otras mil obras de esa arquitectura del acaso trazada por el desplome. Había hasta pequeñas estancias abiertas entre los pedazos de la pared con un arte semejante al de las grutas en la naturaleza. Los trozos de retablo podridos a causa de la humedad, asomaban entre los restos de la bóveda, donde aún subsistía la roñosa polea que sirvió para suspender las lámparas, y precoces yerbas nacían entre las grietas de la madera y de la (p.934) piedra. Entre tanto destrozo había objetos completamente intactos, como algunos tubos del órgano y la reja de un confesonario. El techo se confundía con el suelo, y la torre mezclaba sus despojos con los del sepulcro. Al ver semejante aglomeración de escombros, tal multitud de trozos caídos sin perder completamente su antigua forma, las masas de ladrillo enyesado que se desmoronaban como objetos de azúcar, creeríase que los despojos del edificio no habían encontrado posición definitiva. La informe osamenta parecía palpitar aún con el estremecimiento de la voladura. D. Roque nos dijo que bajo aquella iglesia había otra, donde se veneraban los huesos de los Santos Mártires de Zaragoza; pero la entrada del subterráneo estaba obstruida. Profundo silencio reinaba allí; mas internándonos, oímos voces humanas que salían de aquellos misteriosos antros. La primera impresión que al escucharlas nos produjo fue como si hubieran aparecido las sombras de los dos famosos cronistas, de los mártires cristianos, y de los patriotas sepultados bajo aquel polvo, y nos increparan por haber turbado su sueño. En el mismo instante, al resplandor de una llama que iluminó parte de la escena, distinguimos un grupo de personas que se abrigaban unas contra otras en el hueco formado entre dos machones derruidos. Eran mendigos de Zaragoza que se habían arreglado un palacio en aquel sitio, resguardándose de la lluvia con vigas y esteras. También nosotros nos pudimos acomodar por otro lado, y tapándonos con manta y media, llamamos al sueño. D. Roque me decía: -Yo conozco a D. José de Montoria, uno de los labradores más ricos de Zaragoza. Ambos somos hijos de Mequinenza, fuimos juntos a la escuela y juntos jugábamos al truco en el altillo del Corregidor. Aunque hace treinta años que no le veo, creo que nos recibirá bien. Como buen aragonés, todo él es corazón. Le veremos, muchachos; veremos a D. José de Montoria.. Yo también tengo sangre de Montoria por la línea materna. Nos presentaremos a él; le diremos.. Durmiose D. Roque y también (p.935) me dormí.
Ep-6-II - El lecho en que yacíamos no convidaba por sus blanduras a dormir perezosamente la mañana, antes bien, colchón de guijarros hace buenos madrugadores. Despertamos, pues, con el día, y como no teníamos que entretenernos en melindres de tocador, bien pronto estuvimos en disposición de salir a hacer nuestras visitas. A los cuatro nos ocurrió simultáneamente la idea de que sería muy bueno desayunarnos; pero al punto convinimos con igual unanimidad, en que no era posible por carecer de los fondos indispensables para tan alta empresa. -No os acobardéis, muchachos -dijo D. Roque-, que al punto os he de llevar a todos a casa de mi amigo, el cual nos amparará. Cuando esto decía, vimos salir a dos hombres y una mujer de los que fueron durante la noche nuestros compañeros de posada, y parecían gente habituada a dormir en aquel lugar. Uno de ellos, era un infeliz lisiado, un hombre que acababa en las rodillas y se ponía en movimiento con ayuda de muletas o bien andando a cuatro remos, viejo, de rostro jovial y muy tostado por el sol. Como nos saludara afablemente al pasar, dándonos los buenos días, D. Roque le preguntó hacia qué parte de la ciudad caía la casa de D. José de Montoria, oyendo lo cual repuso el cojo: -¿D. José de Montoria? Le conozco más que a las niñas de mis ojos. Hace veinte años vivía en la calle de la Albardería; después se mudó a la de la Parra, después.. Pero ustés son forasteros por lo que veo. -Sí, buen amigo, forasteros somos, y venimos a afiliarnos en el ejército de esta valiente ciudad. -¿De modo que no estaban ustés aquí el 4 de Agosto? -No, amigo -le respondí-, no hemos presenciado ese gran hecho de armas. -¿Ni tampoco vieron la batalla de las Eras? -preguntó el mendigo sentándose frente a nosotros. -Tampoco hemos tenido esa felicidad. -Pues allí estuvo D. José de Montoria; fue de los que llevaron arrastrando el cañón hasta enfilarlo.. pues. Veo que ustés no han visto nada. ¿De qué parte del mundo vienen ustés? -De Madrid -dijo D. Roque-. ¿Con (p.936) que Vd. nos podrá decir dónde vive mi gran amigo D. José?.. -Pues no he de poder, hombre, pues no he de poder -repuso el cojo, sacando un mendrugo para desayunarse-. De la calle de la Parra se mudó a la de Enmedio. Ya saben ustés que todas las casas volaron.. pues. Allí estaba Esteban López, soldado de la décima compañía del primer tercio de voluntarios de Aragón, y él solo con cuarenta hombres hizo retirar a los franceses. -Eso sí que es cosa admirable -dijo D. Roque. -Pero si no han visto ustés lo del 4 de Agosto, no han visto nada -continuó el mendigo-. Yo vi también lo del 4 de Junio, porque me fui arrastrando por la calle de la Paja, y vi a la Artillera cuando dio fuego al cañón de 24. -Ya, ya tenemos noticia del heroísmo de esa insigne mujer -manifestó D. Roque-. Pero si Vd. nos quisiera decir.. -Pues sí; D. José de Montoria es muy amigo del comerciante D. Andrés Guspide, que el 4 de Agosto estuvo haciendo fuego desde la visera del callejón de la Torre del Pino, y por allí llovían granadas, balas, metralla, y mi D. Andrés fijo como un poste. Más de cien muertos había a su lado, y él solo mató cincuenta franceses. -Gran hombre es ese; ¿y es amigo de mi amigo? -Sí señor -respondió el cojo-. Y ambos son los mejores caballeros de toda Zaragoza, y me dan limosna todos los sábados. Porque han de saber ustés que yo soy Pepe Pallejas, y me llaman por mal nombre Sursum Corda, pues como fui hace veinte y nueve años sacristán de Jesús y cantaba.. pero esto no viene al caso, y sigo diciendo que yo soy Sursum Corda y pue que hayan ustés oído hablar de mí en Madrid. -Sí -dijo D. Roque cediendo a un impulso de amabilidad-; me parece que allá he oído nombrar al señor de Sursum Corda. ¿No es verdad, muchachos? -Pues ello.. -prosiguió el mendigo-. Y sepan también que antes del sitio yo pedía limosna en la puerta de este monasterio de Santa Engracia, volado por los bandidos el 13 de Agosto. Ahora pido en la puerta de Jerusalem, donde me podrán hallar siempre que gusten.. Pues como iba diciendo, el día (p.937) 4 de Agosto estaba yo aquí, y vi salir de la iglesia a Francisco Quílez, sargento primero de la primera compañía del primer batallón de fusileros, el cual ya saben ustés que fue el que con treinta y cinco hombres echó a los bandidos del convento de la Encarnación.. Veo que se asombran ustés.. ya. Pues en la huerta de Santa Engracia, que está aquí detrás, murió el subteniente D. Miguel Gila. Lo menos había doscientos cadáveres en la tal huerta, y allí perniquebraron a D. Felipe San Clemente y Romeu, comerciante de Zaragoza. Verdad es que si no hubiera estado presente D. Miguel Salamero.. ¿ustés no saben nada de esto? -No, amigo y señor mío -dijo D. Roque-, nada de esto sabemos, y aunque tenemos el mayor gusto en que Vd. nos cuente tantas maravillas, lo que es ahora, más nos importa saber dónde encontraremos al D. José mi antiguo amigo, porque padecemos los cuatro de un mal que llaman hambre y que no se cura oyendo contar sublimidades. -Ahora mismo les llevaré a donde quieren ir -repuso Sursum Corda, después de ofrecernos parte de sus mendrugos-. Pero antes les quiero decir una cosa, y es que si D. Mariano Cereso no hubiera defendido la Aljafería como la defendió, nada se habría hecho en el Portillo. ¡Y que es hombre de mantequillas en gracia de Dios el tal D. Mariano Cereso! En la del 4 de Agosto andaba por las calles con su espada y rodela antigua y daba miedo verle. Esto de Santa Engracia parecía un horno, señores. Las bombas y las granadas llovían; pero los patriotas no les hacían más caso que si fueran gotas de agua. Una buena parte del convento se desplomó; las casas temblaban y todo esto que estamos viendo parecía un barrio de naipes, según la prontitud con que se incendiaba y se desmoronaba. Fuego en las ventanas, fuego arriba, fuego abajo: los franceses caían como moscas, señores, y a los zaragozanos lo mismo les daba morir que nada. D. Antonio Quadros embocó por allí, y cuando miró a las baterías francesas, se las quería comer. Los bandidos tenían sesenta cañones echando fuego sobre estas paredes. (p.938) ¿Ustés no lo vieron? Pues yo sí, y los pedazos del ladrillo de las tapias y la tierra de los parapetos salpicaban como miajas de un bollo. Pero los muertos servían de parapeto, y muertos arriba, muertos abajo, aquello era una montaña. D. Antonio Quadros echaba llamas por los ojos. Los muchachos hacían fuego sin parar; su alma era toda balas, ¿ustés no lo vieron? Pues yo sí, y las baterías francesas se quedaban limpias de artilleros. Cuando vio que un cañón enemigo había quedado sin gente, el comandante gritó: «¡Una charretera al que clave aquel cañón!» y Pepillo Ruiz echa a andar como quien se pasea por un jardín entre mariposas y flores de Mayo; sólo que aquí las mariposas eran balas, y las flores bombas. Pepillo Ruiz clava el cañón y se vuelve riendo. Pero velay que otro pedazo de convento se viene al suelo. El que fue aplastado, aplastado quedó. D. Antonio Quadros dijo que aquello no importaba nada, y viendo que la artillería de los bandidos había abierto un gran boquete en la tapia, fue a taparlo él mismo con una saca de lana. Entonces una bala le dio en la cabeza. Retiráronle aquí; dijo que tampoco aquello importaba nada, y expiró. -¡Oh! -dijo D. Roque con impaciencia-. Estamos encantados, señor Sursum Corda, y el más puro patriotismo nos inflama al oírle contar a Vd. tan grandes hazañas; pero si Vd. nos quisiera decir dónde.. -Hombre de Dios -contestó el mendigo- ¿pues no se lo he de decir? Si lo que más sé y lo que más visto tengo en mi vida es la casa de D. José de Montoria. Como que está cerca de San Pablo. ¡Oh! ¿Ustés no vieron lo del hospital? Pues yo sí: allí caían las bombas como el granizo. Los enfermos viendo que los techos se les venían encima, se arrojaban por las ventanas a la calle. Otros se iban arrastrando y rodaban por las escaleras. Ardían los tabiques, oíanse lamentos, y los locos mugían en sus jaulas como fieras rabiosas. Otros se escaparon y andaban por los claustros riendo, bailando y haciendo mil gestos graciosos que daban espanto. Algunos salieron a la calle como en día de Carnaval, y uno se subió a la cruz (p.939) del Coso, donde se puso a sermonear, diciendo que él era el Ebro y que anegando la ciudad iba a sofocar el fuego. Las mujeres corrían a socorrer a los enfermos, y todos eran llevados al Pilar y a la Seo. No se podía andar por las calles. La Torre Nueva hacía señales para que se supiera cuándo venía una bomba; pero el griterío de la gente no dejaba oír las campanas. Los franceses avanzan por esta calle de Santa Engracia; se apoderan del hospital y del convento de San Francisco; empieza la guerra en el Coso y en las calles de por allí. Don Santiago Sas, D. Mariano Cereso, D. Lorenzo Calvo, D. Marcos Simonó, Renovales, el albéitar Martín Albantos, Vicente Codé, D. Vicente Marraco y otros atacan a los franceses a pecho descubierto; y detrás de una barricada hecha por ella misma, les espera llena de furor y fusil en mano, la señora condesa de Bureta. -¿Cómo, una mujer, una condesa -preguntó con entusiasmo D. Roque- levantaba barricadas y apuntaba fusiles? -¿Ustés no lo sabían? -dijo Sursum-. ¿Pues en dónde viven ustés? La señora doña María Consolación Azlor y Villavicencio, que vive allá por el Ecce-Homo, andaba por las calles, y a los desanimados les decía mil lindezas, y luego haciendo cerrar la entrada de la calle, se puso al frente de una partida de paisanos, gritando: «¡Aquí moriremos todos, antes que dejarles pasar!». -¡Oh, cuánta sublimidad! -exclamó D. Roque bostezando de hambre-. ¡Y cuánto me agradaría oír contar hazañas de esa naturaleza con el estómago lleno! Conque decía Vd., buen amigo, que la casa de D. José cae hacia.. -Hacia allá -repuso el cojo-. Ya saben ustés que los franceses se enredaron y se atascaron en el arco de Cineja. ¡Virgen mía del Pilar! Aquello era matar franceses, lo demás es aire. En la calle de la Parra, en la plazuela de Estrevedes, en la calle de los Urreas, en la de Santa Fe y en la del Azoque los paisanos despedazaban a los franceses. Todavía me zumban en las orejas el cañoneo y el gritar de aquel día. Los gabachos quemaban las casas que no podían defender y los zaragozanos (p.940) hacían lo mismo. Fuego por todos lados.. Hombres, mujeres, chiquillos.. Basta tener dos manos para trabajar contra el enemigo. ¿Ustés no lo vieron? Pues no han visto nada. Pues como les iba diciendo, aquel día salió Palafox de Zaragoza para.. -Basta, amigo mío -dijo D. Roque perdiendo la paciencia-; estamos encantados con su conversación; pero si no nos guía al instante a casa de mi paisano o nos indica cómo podemos encontrar su casa, nos iremos solos. -Al instante, señores, no apurarse -repuso Sursum Corda echando a andar delante de nosotros con toda la agilidad de sus muletas-. Vamos allá, vamos con mil amores. ¿Ven ustés esta casa? Pues aquí vive Antonio Laste, sargento primero de la compañía del cuarto tercio, y ya sabrán que salvó de la tesorería los diez y seis mil cuatrocientos pesos, y quitó a los franceses la cera que habían robado. -Adelante, adelante, amigo -dije, viendo que el incansable hablador se detenía para contar de un modo minucioso las hazañas de Antonio Laste. -Ya pronto llegaremos -repuso Sursum-. Por aquí iba yo en la mañana del 1.º de Julio, cuando encontré a Hilario Lafuente, cabo primero de la compañía de escopeteros del presbítero Sas, y me dijo: «Hoy van a atacar el Portillo». Entonces yo me fui a ver lo que había y.. -Ya estamos enterados de todo -le indicó don Roque-. Vamos aprisa, y después hablaremos. -Esta casa que ven ustés toda quemada y hecha escombros -continuó el cojo volviendo una esquina- es la que ardió el día 4, cuando D. Francisco Ipas, subteniente de la segunda compañía de escopeteros de la parroquia de San Pablo, se puso aquí con un cañón, y luego.. -Ya sabemos lo demás, buen hombre -dijo don Roque-. Adelante, y más que de prisa. -Pero mucho mejor fue lo que hizo Codé, labrador de la parroquia de la Magdalena, con el cañón de la calle de la Parra -continuó el mendigo deteniéndose otra vez-. Pues al ir a disparar, los franceses se echan encima; huyen todos; pero Codé se mete debajo del cañón; pasan los franceses sin verle, y (p.941) después, ayudado de una vieja que le dio una cuerda, arrastra la pieza hasta la bocacalle. Vengan ustés y les enseñaré. -No, no queremos ver nada: adelante, adelante en nuestro camino. Tanto le azuzamos, y con tanta obstinación cerramos nuestros oídos a sus historias, que al fin, aunque muy despacio, nos llevó por el Coso y el Mercado a la calle de la Hilarza, donde la persona a quien queríamos ver tenía su casa.
Ep-6-III - Pero ¡ay!, D. José de Montoria no estaba en ella y nos fue preciso buscarle en los alrededores de la ciudad. Dos de mis compañeros, aburridos de tantas idas y venidas, se separaron de nosotros, aspirando a buscar con su propia iniciativa un acomodo militar o civil. Nos quedamos solos D. Roque y un servidor, y así emprendimos con más desembarazo el viaje a la torre de nuestro amigo (llaman en Zaragoza torres a las casas de campo) situada a poniente, lindando con el camino de Muela y a poca distancia de la Bernardona. Un paseo tan largo a pie y en ayunas no era lo más satisfactorio para nuestros fatigados cuerpos; pero la necesidad nos obligaba a tan inoportuno ejercicio y por bien servidos nos dimos encontrando al deseado zaragozano, y siendo objeto de su cordial hospitalidad. Ocupábase Montoria cuando llegamos en talar los frondosos olivos de su finca, porque así lo exigía el plan de obras de defensa establecido por los jefes facultativos ante la inminencia de un segundo sitio. Y no era sólo nuestro amigo el que por sus propias manos destruía sin piedad la hacienda heredada: todos los propietarios de los alrededores se ocupaban en la misma faena y presidían los devastadores trabajos con tanta tranquilidad como si fuera un riego, un replanteo o una vendimia. Montoria nos dijo: -En el primer sitio talé la heredad que tengo al lado allá de Huerva; pero este segundo asedio que se nos prepara dicen que será más terrible que aquel, a juzgar por el gran aparato de tropas que traen los franceses. Contámosle la capitulación de Madrid, lo cual pareció causarle mucha pesadumbre, y como (p.942) elogiáramos con exclamaciones hiperbólicas las ocurrencias de Zaragoza desde el 15 de Junio al 14 de Agosto, encogiose de hombros y contestó: -Se ha hecho todo lo que se ha podido. Acto continuo D. Roque pasó a hacer elogios de mi personalidad, militar y civilmente considerada, y de tal modo se le fue la mano en este capítulo, que me hizo sonrojar, mayormente considerando que algunas de sus afirmaciones eran estupendas mentiras. Díjole primero que yo pertenecía a una de las más alcurniadas familias de la baja Andalucía en tierra de Doñana, y que había asistido al glorioso combate de Trafalgar en clase de guardia marina. Le dijo también que la junta me había concedido un destino en el Perú y que durante el sitio de Madrid había hecho prodigios de valor en la Puerta de los Pozos, siendo tanto mi ardor, que los franceses, después de la rendición, creyeron conveniente deshacerse de tan terrible enemigo, enviándome con otros patriotas a Francia. Añadió que mis ingeniosas invenciones habían proporcionado la fuga a los cuatro compañeros refugiados en Zaragoza, y puso fin a su panegírico asegurando que por mis cualidades personales era yo acreedor a las mayores distinciones. Montoria en tanto me examinaba de pies a cabeza, y si llamaba su atención mi mal traer y las infinitas roturas de mi vestido, también debió advertir que este era de los que usan las personas de calidad, revelando su finura, buen corte y aristocrático origen en medio de la multiplicidad abrumadora de sus desperfectos. Luego que me examinó, me dijo: -¡Porra! No le podré afiliar a Vd. en la tercera escuadra de la segunda compañía de escopeteros de D. Santiago Sas, de cuya compañía soy capitán; pero entrará en el cuerpo en que está mi hijo; y si no quiere Vd., largo de Zaragoza, que aquí no admitimos gente haragana. Y a Vd., D. Roque amigo, puesto que no está para coger el fusil ¡porra!, le haremos practicante de los hospitales del ejército. Luego que esto oyó D. Roque, expuso por medio de circunlocuciones retóricas (p.943) y de graciosas elipsis la gran necesidad en que nos encontrábamos y lo bien que recibiríamos sendas magras y un par de panes cada uno. Entonces vimos que frunció el ceño el gran Montoria, mirándonos de un modo severo, lo cual nos hizo temblar, y parecionos que íbamos a ser despedidos por la osadía de pedir de comer. Balbucimos tímidas excusas y entonces nuestro protector con rostro encendido, nos habló así: -¿Con que tienen hambre? ¡Porra, váyanse al demonio con cien mil pares de porras! ¿Y por qué no lo habían dicho? ¿Con que yo soy hombre capaz de consentir que los amigos tengan hambre, porra? Sepan que no me faltan diez docenas de jamones colgados en el techo de la despensa, ni veinte cubas de lo de Rioja, sí señor; y tener hambre y no decírmelo en mi cara sin retruécanos, es ofender a un hombre como yo. Ea, muchachos, entrad adentro y mandar que frían obra de cuatro libras de lomo, y que estrellen dos docenas de huevos, y que maten seis gallinas, y saquen de la cueva siete jarros de vino, que yo también quiero almorzar. Vengan todos los vecinos, los trabajadores y mis hijos si están por ahí. Y ustedes, señores, prepárense a hacer penitencia conmigo. ¡Nada de melindres, porra! Comerán de lo que hay sin dengues ni boberías. Aquí no se usan cumplidos. Vd., Sr. D. Roque, y Vd., Sr. de Araceli, están en su casa hoy y mañana y siempre, ¡porra! José de Montoria es muy amigo de los amigos. Todo lo que tiene es de los amigos. La brusca generosidad de aquel insigne varón nos tenía anonadados. Como recibiera muy mal los cumplimientos, resolvimos dejar a un lado el formulario artificioso de la corte, y vierais allí cómo la llaneza más primitiva reinó durante el almuerzo. -Qué, ¿no come Vd. más? -me dijo D. José-. Me parece que es Vd. un boquirrubio que se anda con enjuagues y finuras. A mí no me gusta eso, caballerito; me parece que me voy a enfadar y tendré que pegar palos para hacerles comer. Ea, despache Vd. este vaso de vino. ¿Acaso es mejor el de la corte? Ni a cien leguas. Con (p.944) que, porra, beba Vd., porra, o nos veremos las caras. Esto fue causa de que comiera y bebiera mucho más de lo que cabía en mi cuerpo; pero había que corresponder a la generosa franqueza de Montoria, y no era cosa de que por una indigestión más o menos se perdiera tan buena amistad. Después del almuerzo, siguieron los trabajos de tala, y el rico labrador los dirigía como si fuera una fiesta. -Veremos -decía- si esta vez se atreven a atacar el castillo. ¿No ha visto Vd. las obras que hemos hecho? Menudo trabajo van a tener. Yo he dado doscientas sacas de lana, una friolera, y daré hasta el último mendrugo. Cuando nos retirábamos a la ciudad, llevonos Montoria a examinar las obras defensivas que a la sazón se estaban construyendo en aquella parte occidental. Había en la puerta del Portillo una gran batería semicircular que enlazaba las tapias del convento de los Fecetas con las del de Agustinos descalzos. Desde este edificio al de Trinitarios corría otra muralla recta, aspillerada en toda su extensión y con un buen reducto en el centro, todo resguardado por profundo foso que se abría hacia el famoso campo de las Eras o del Sepulcro, teatro de la heroica jornada del 15 de Junio. Más al Norte y hacia la puerta de Sancho, que da paso al pretil del Ebro, seguían las fortificaciones, terminando en otro baluarte. Todas estas obras, como hechas a prisa, aunque con inteligencia, no se distinguían por su solidez. Cualquier general enemigo, ignorante de los acontecimientos del primer sitio y de la inmensa estatura moral de los zaragozanos al ponerse detrás de aquellos montones de tierra, se habría reído de fortificaciones tan despreciables para un buen material de sitio; pero Dios ha dispuesto que alguien escape de vez en cuando a las leyes físicas establecidas por la guerra. Zaragoza, comparada con Amberes, Dantzig, Metz, Sebastopol, Cartagena, Gibraltar y otras célebres plazas fuertes tomadas o no, era entonces una fortaleza de cartón. Y sin embargo..
Ep-6-IV - En su casa, Montoria se enfadó otra vez con don Roque y (p.945) conmigo, porque no quisimos admitir el dinero que nos ofrecía para nuestros primeros gastos en la ciudad, y aquí se repitieron los puñetazos en la mesa y la lluvia de porras y otras palabras que no cito; pero al fin llegamos a una transacción honrosa para ambas partes. Y ahora caigo en que me ocupo demasiado de hombre tan singular sin haber anticipado algunas observaciones acerca de su persona. Era D. José un hombre de sesenta años, fuerte, colorado, rebosando salud, bienestar, contento de sí mismo, conformidad con la suerte y conciencia tranquila. Lo que le sobraba en patriarcales virtudes y en costumbres ejemplares y pacíficas (si es que esto puede estar de sobra en algún caso), le faltaba en educación, es decir, en aquella educación atildada y distinguida que entonces empezaban a recibir algunos hijos de familias ricas. D. José no conocía los artificios de la etiqueta, y por carácter y por costumbres era refractario a la mentira discreta y a los amables embustes que constituyen la base fundamental de la cortesía. Como él llevaba siempre el corazón en la mano, quería que asimismo lo llevasen los demás, y su bondad salvaje no toleraba las coqueterías frecuentemente falaces de la conversación fina. En los momentos de enojo era impetuoso y dejábase arrastrar a muy violentos extremos, de que por lo general se arrepentía más tarde. En él no había disimulo, y tenía las grandes virtudes cristianas, en crudo y sin pulimento, como un macizo canto del más hermoso mármol, donde el cincel no ha trazado una raya siquiera. Era preciso saberlo entender, cediendo a sus excentricidades, si bien en rigor no debe llamarse excéntrico el que tanto se parecía a la generalidad de sus paisanos. No ocultar jamás lo que sentía era su norte, y si bien esto le ocasionaba algunas molestias en el curso de la vida ordinaria y en asuntos de poca monta, era un tesoro inapreciable siempre que se tratase con él un negocio grave, porque puesta a la vista toda su alma, no había que temer malicia alguna. Perdonaba las ofensas, agradecía los beneficios y daba (p.946) gran parte de sus cuantiosos bienes a los menesterosos. Vestía con aseo, comía abundantemente, ayunando con todo escrúpulo la Cuaresma entera, y amaba a la Virgen del Pilar con fanático amor de familia. Su lenguaje no era, según se ha visto, un modelo de comedimiento, y él mismo confesaba como el mayor de sus defectos lo de soltar a todas horas porra y más porra, sin que viniese al caso; pero más de una vez le oí decir, que conocedor de la falta, no la podía remediar, porque aquello de las porras le salía de la boca sin que él mismo se diera cuenta de ello. Tenía mujer y tres hijos. Era aquélla doña Leocadia Sarriera, navarra de origen. De los vástagos, el mayor y la hembra estaban casados y habían dado a los viejos algunos nietos. El más pequeño de los hijos llamábase Agustín y era destinado a la Iglesia, como su tío del mismo nombre, arcediano de la Seo. A todos les conocí en el mismo día, y eran la mejor gente del mundo. Fui tratado con tanto miramiento, que me tenía absorto su generosidad, y si me conocieran desde el nacer no habrían sido más rumbosos. Sus obsequios, espontáneamente sugeridos por corazones generosos, me llegaban al alma, y como yo siempre he sido fácil en dejarme querer, les correspondí desde el principio con muy sincero afecto. -Sr. D. Roque -dije aquella noche a mi compañero cuando nos acostábamos en el cuarto que nos destinaron-, yo jamás he visto gente como esta. ¿Son así todos los aragoneses? -Hay de todo -me respondió- pero hombres de la madera de D. José de Montoria, y familias como esta familia abundan mucho en esta tierra de Aragón. Al siguiente día nos ocupamos en mi alistamiento. La decisión de aquella gente me entusiasmaba de tal modo, que nada me parecía tan honroso como seguir tras ella, aunque fuera a distancia, husmeando su rastro de gloria. Ninguno de Vds. ignora que en aquellos días Zaragoza y los zaragozanos habían adquirido un renombre fabuloso; que sus hazañas enardecían las imaginaciones y que todo lo referente al sitio famoso de (p.947) la inmortal ciudad, tomaba en boca de los narradores las proporciones y el colorido de una leyenda de los tiempos heroicos. Con la distancia, las acciones de los zaragozanos adquirían dimensiones mayores aún, y en Inglaterra y en Alemania, donde les consideraban como los numantinos de los tiempos modernos, aquellos paisanos medio desnudos, con alpargatas en los pies y un pañizuelo enrollado en la cabeza, eran figuras de coturno. Capitulad y os vestiremos -decían los franceses en el primer sitio, admirados de la constancia de unos pobres aldeanos vestidos de harapos-. No sabemos rendirnos -contestaban- y nuestras carnes sólo se cubren de gloria. Esta y otras frases habían dado la vuelta al mundo. Pero volvamos a lo de mi alistamiento. Era un obstáculo para este el manifiesto de Palafox de 13 de Diciembre, en que ordenaba la expulsión de forasteros mandándoles salir en el término de veinticuatro horas, acuerdo tomado en razón de la mucha gente que iba a alborotar sembrando discordias y desavenencias; pero precisamente en los días de mi llegada se publicó otra proclama llamando a los soldados dispersos del ejército del Centro, desbaratado en Tudela, y en esto hallé una buena coyuntura para afiliarme, pues aunque no pertenecí a dicho ejército, había concurrido a la defensa de Madrid, y a la batalla de Bailén, razones que con el apoyo de mi protector Montoria, me valieron el ingreso en las huestes zaragozanas. Diéronme un puesto en el batallón de voluntarios de las Peñas de San Pedro, bastante mermado en el primer sitio, y recibí un uniforme y un fusil. No formé, como había dicho mi protector, en las filas de mosén Santiago Sas, fogoso clérigo, puesto al frente de un batallón de escopeteros, porque esta valiente partida se componía exclusivamente de vecinos de la parroquia de San Pablo. Tampoco querían gente moza en su batallón, por cuya causa ni el ni mismo hijo de D. José de Montoria, Agustín Montoria, pudo servir a las ordenes de Sas, y se afilió como yo en el batallón de las Peñas de San Pedro. La suerte me deparaba un buen (p.948) compañero y un excelente amigo. Desde el día de mi llegada, oí hablar de la aproximación del ejército francés; pero esto no fue un hecho incontrovertible hasta el 20. Por la tarde una división llegó a Zuera, en la orilla izquierda, para amenazar el arrabal; otra mandada por Suchet acampó en la derecha sobre San Lamberto. Moncey, que era el general en jefe, situose con tres divisiones hacia el Canal y en las inmediaciones de la Huerva. Cuarenta mil hombres nos cercaban. Sabido es que impacientes por vencernos, los franceses comenzaron sus operaciones el 21 desde muy temprano, embistiendo con gran furor y simultáneamente el monte Torrero y el arrabal de la izquierda del Ebro, puntos sin cuya posesión era excusado pensar en someter la valerosa ciudad; pero si bien tuvimos que abandonar a Torrero, por ser peligrosa su defensa, en el arrabal desplegó Zaragoza tanto y tan temerario arrojo, que es aquel día uno de los más brillantes de su brillantísima historia. Desde las cuatro de la madrugada, el batallón de las Peñas de San Pedro fue destinado a guarnecer el frente de fortificaciones desde Santa Engracia hasta el convento de Trinitarios, línea que me pareció la menos endeble en todo el circuito de la ciudad. A espaldas de Santa Engracia estaba la batería de los Mártires: corría luego la tapia, aspillerada hasta el puente de la Huerva, defendido por un reducto: desviábase luego hacia Poniente, formando un ángulo obtuso, y enlazándose con otro reducto levantado en la torre del Pino, seguía casi en línea recta hasta el convento de Trinitarios dejando dentro la puerta del Carmen. El que haya visto a Zaragoza, comprenderá perfectamente mi ligera descripción, pues todavía existen las ruinas de Santa Engracia, y la puerta del Carmen ostenta aún no lejos de la Glorieta su despedazado umbral y sus sillares carcomidos. Estábamos, como he dicho, guarneciendo la extensión descrita, y parte de los soldados teníamos nuestro vivac en una huerta inmediata al colegio del Carmen. Agustín de Montoria y yo no nos (p.949) separábamos, porque su apacible carácter, el afecto que me mostró desde que nos conocimos, y cierta conformidad, cierta armonía inexplicable en nuestras ideas, me hacían muy agradable su compañía. Era él un joven de hermosísima figura, con ojos grandes y vivos, despejada frente y cierta gravedad melancólica en su fisonomía. Su corazón, como el del padre, estaba lleno de aquella generosidad que se desbordaba al menor impulso; pero tenía sobre él la ventaja de no lastimar al favorecido, porque la educación le había quitado gran parte de la rudeza nacional. Agustín entraba en la edad viril con la firmeza y la seguridad de un corazón lleno, de un entendimiento rico y no gastado, de un alma vigorosa y sana, a la cual no faltaba sino ancho mundo, ancho espacio para producir bondades sin cuento. Estas cualidades eran realzadas por una imaginación brillante, pero de vuelo seguro y derecho, no parecida a la de nuestros modernos geniecillos, que las más de las veces ignoran por dónde van, sino serena y majestuosa, como educada en la gran escuela de los latinos. Aunque con gran inclinación a la poesía (pues Agustín era poeta), había aprendido la ciencia teológica, descollando en ella como en todo. Los padres del Seminario, hombres de mucha ciencia y muy cariñosos con la juventud, le tenían por un prodigio en las letras humanas y en las divinas, y se congratulaban de verle con un pie dentro de la Iglesia docente. La familia de Montoria no cabía en sí de gozo y esperaba el día de la primera misa como el santo advenimiento. Sin embargo (me veo obligado a decirlo desde el principio), Agustín no tenía vocación para la iglesia. Su familia, lo mismo que los buenos padres del Seminario, no lo comprendían así ni lo comprendieran aunque bajara a decírselo el Espíritu Santo en persona. El precoz teólogo, el humanista que tenía a Horacio en las puntas de los dedos, el dialéctico que en los ejercicios semanales dejaba atónitos a los maestros con la intelectual gimnasia de la ciencia escolástica, no tenía más vocación (p.950) para el sacerdocio que la que tuvo Mozart para la guerra, Rafael para las matemáticas o Napoleón para el baile.
Ep-6-V - -Gabriel -me decía aquella mañana-, ¿tienes ganas de batirte? -Agustín, ¿tienes tú ganas de batirte? -le respondí. (Como se ve nos tuteábamos a los tres días de conocernos.) -No muchas -dijo-. Figúrate que la primera bala nos matara.. -Moriríamos por la patria, por Zaragoza, y aunque la posteridad no se acordara de nosotros, siempre es un honor caer en el campo de batalla por una causa como esta. -Dices bien -repuso con tristeza-; pero es una lástima morir. Somos jóvenes. ¿Quién sabe lo que nos está destinado en la vida? -La vida es una miseria, y para lo que vale, mejor es no pensar en ella. -Eso que lo digan los viejos; pero no nosotros que empezamos a vivir. Francamente, yo no quisiera ser muerto en este terrible cerco que nos han puesto los franceses. En el otro sitio también tomamos las armas todos los alumnos del Seminario, y te confieso que estaba yo más valiente que ahora. Un fuego particular enardecía mi sangre, y me lanzaba a los puestos de mayor peligro sin temer la muerte. Hoy no me pasa lo mismo: estoy medroso y el disparo de un fusil me hace estremecer. -Eso es natural -contesté-. El miedo no existe cuando no se conoce el peligro. Por eso dicen que los más valientes soldados son los bisoños. -No es nada de eso. Francamente, Gabriel, te confieso que esto de morir sin más ni más me sabe muy mal. Por si muero voy a hacerte un encargo, que espero cumplirás con la solicitud de un buen amigo. Atiende bien a lo que te digo. ¿Ves aquella torre que se inclina de un lado y parece alongarse hacia acá para ver lo que aquí pasa u oír lo que estamos diciendo? -La Torre Nueva. Ya la veo; ¿qué encargo me vas a dar para esa señora? Amanecía, y entre los irregulares tejados de la ciudad, entre las espadañas, minaretes, miradores y cimborrios de las iglesias, se destacaba la Torre Nueva, siempre vieja y nunca derecha. -Pues oye bien -continuó Agustín-. Si me matan a los primeros tiros en este (p.951) día que ahora comienza, cuando acabe la acción y rompan filas, te vas allá.. -¿A la Torre Nueva? Llego, subo.. -No hombre, subir no. Te diré: llegas a la plaza de San Felipe, donde está la Torre.. Mira hacia allá: ¿ves que junto a la gran mole hay otra torre, un campanario pequeñito? Parece un monaguillo delante del señor canónigo, que es la torre grande. -Sí, ya veo al monaguillo. Y si no me engaño, es el campanario de San Felipe. Y ahora toca el maldito. -A misa, está tocando a misa -dijo Agustín con grande emoción-. ¿No oyes el esquilón rajado? -Pues bien, sepamos lo que tengo que decir a ese señor monaguillo que toca el esquilón rajado. -No, no es nada de eso. Llegas a la plaza de San Felipe. Si miras al campanario, verás que está en una esquina: de esta esquina parte una calle angosta: entras por ella y a la izquierda encontrarás al poco trecho otra calle angosta y retirada que se llama de Antón Trillo. Sigues por ella hasta llegar a espaldas de la iglesia. Allí verás una casa: te paras. -Y luego me vuelvo. -No; junto a la casa de que te hablo hay una huerta, con un portalón pintado de color de chocolate. Te paras allí.. -Me paro allí, y allí me estoy. -No hombre: verás.. -Estás más blanco que la camisa, Agustinillo. ¿Qué significan esas torres y esas paradas? -Significan -continuó mi amigo con más embarazo cada vez-, que en cuanto estés allí.. Te advierto que debes ir de noche.. Bueno; llegas, te paras; aguardas un poquito; luego pasas a la acera de enfrente, alargas el cuello y verás por sobre la tapia de la huerta una ventana. Coges una piedrecita y la tiras contra los vidrios de modo que no haga mucho ruido. -Y en seguida saldrá ella. -No, hombre, ten paciencia. ¿Qué sabes tú si saldrá o no saldrá? -Bueno: pongamos que sale. -Antes te diré otra cosa, y es que allí vive el tío Candiola. ¿Tú sabes quién es el tío Candiola? Pues es un vecino de Zaragoza, hombre que según dicen, tiene en su casa un sótano lleno de dinero. Es avaro y usurero y cuando presta saca las entrañas. Sabe de leyes, y moratorias y ejecuciones más que todo el (p.952) Consejo y Cámara de Castilla. El que se mete en pleito con él está perdido. Es riquísimo. -De modo que la casa del portalón pintado de color de chocolate será un magnífico palacio. -Nada de eso: verás una casa miserable, que parece se está cayendo. Te digo que el tío Candiola es avaro. No gasta un real aunque lo fusilen, y si le vieras por ahí, le darías una limosna. Te diré otra cosa, y es que en Zaragoza nadie le puede ver, y le llaman tío Candiola por mofa y desprecio de su persona. Su nombre es D. Jerónimo de Candiola, natural de Mallorca, si no me engaño. -Y ese tío Candiola tiene una hija. -Hombre, espera. ¡Qué impaciente eres! ¿Qué sabes tú si tiene o no tiene una hija? -me dijo, disimulando con estas evasivas su turbación-. Pues como te iba contando, el tío Candiola es muy aborrecido en la ciudad por su gran avaricia y mal corazón. A muchos pobres ha metido en la cárcel después de arruinarlos. Además en el otro sitio no dio un cuarto para la guerra, ni tomó las armas, ni recibió heridos en su casa, ni le pudieron sacar una peseta, y como un día dijera que a él lo mismo le daba Juan que Pedro, estuvo a punto de ser arrastrado por los patriotas. -Pues es una buena pieza el hombre de la casa de la huerta del portalón color de chocolate. ¿Y si cuando arroje la piedra a la ventana, sale el tío Candiola con un garrote y me da una solfa por hacerle chicoleos a su hija? -No seas bestia, y calla. ¿No sabes que desde que oscurece, Candiola se encierra en un cuarto subterráneo y se está contando su dinero hasta más de medianoche? ¡Bah! Ahora va él a ocuparse.. Los vecinos dicen que sienten un cierto rumorcillo o sonsonete como si estuvieran vaciando sacos de onzas. -Bien; llego, arrojo la piedra, espero, ella sale y le digo.. -Le dices que he muerto.. no, no seas bárbaro. Le das este escapulario.. no, le dices.. no, más vale que no le digas nada. -Entonces, le daré el escapulario. -Tampoco: no le lleves el escapulario. -Ya, ya comprendo. Luego que salga, le daré las buenas noches y me marcharé cantando La Virgen del Pilar dice.. -No: (p.953) es preciso que sepa mi muerte. Tú haz lo que yo te mando. -Pero si no me mandas nada. -¿Pero qué prisa tienes? Deja tú. Todavía puede ser que no me maten. -Ya. ¡Cuánto ruido para nada! -Es que me pasa una cosa, Gabriel, y te la diré francamente. Tenía muchos, muchísimos deseos de confiarte este secreto, que se me sale del pecho. ¿A quién lo había de revelar sino a ti, que eres mi amigo? Si no te lo dijera, me reventaría el corazón como una granada. Temo mucho decirlo de noche en sueños, y por este temor no duermo. Si mi padre, mi madre o mi hermano lo supieran, me matarían. -¿Y los padres del Seminario? -No nombres a los padres. Verás: te contaré lo que me ha pasado. ¿Conoces al padre Rincón? Pues el padre Rincón me quiere mucho, y todas las tardes me sacaba a paseo por la ribera o hacia Torrero o camino de Juslibol(9). Hablábamos de teología y de letras humanas. Rincón es tan entusiasta del gran poeta Horacio que suele decir: «Es lástima que ese hombre no haya sido cristiano para canonizarlo». Lleva siempre consigo un pequeño Elzevirius, a quien ama más que a las niñas de sus ojos, y cuando nos cansamos en el paseo, él se sienta, lee y entre los dos hacemos los comentarios que se nos ocurren.. Bueno.. ahora te diré que el padre Rincón era pariente de doña María Rincón, difunta esposa de Candiola, y que este tiene una heredad en el camino de Monzalbarba, con una torre miserable, más parecida a cabaña que a torre, pero rodeada de frondosos árboles y con deliciosas vistas al Ebro. Una tarde, después que leímos el Quis multa gracilis te puer in rosa, mi maestro quiso visitar a su pariente. Fuimos allá, entramos en la huerta, y Candiola no estaba. Pero nos salió al encuentro su hija, y Rincón le dijo: -Mariquilla, da unos melocotones a este joven y saca para mí una copita de lo que sabes. -¿Y es guapa Mariquilla? -No preguntes eso. ¿Que si es guapa? Verás.. El padre Rincón le tomó la barba, y haciéndole volver la cara hacia mí, me dijo: «Agustín, confiesa que en tu vida has visto una cara más linda que esta. (p.954) Mira qué ojos de fuego, qué boca de ángel y qué pedazo de cielo por frente». Yo temblaba, y Mariquilla, con el rostro encendido como la grana, se reía. Luego Rincón continuó diciendo: «A ti que eres un futuro padre de la Iglesia, y un joven ejemplar sin otra pasión que la de los libros, se te puede enseñar esta divinidad. Joven, admira aquí las obras admirables del Supremo Creador. Observa la expresión de ese rostro, la dulzura de esas miradas, la gracia de esa sonrisa, el frescor de esa boca, la suavidad de esa tez, la elegancia de ese cuerpo, y confiesa que si es hermoso el cielo, y la flor, y las montañas, la luz, todas las creaciones de Dios se oscurecen al lado de la mujer, la más perfecta y acabada hechura de las inmortales manos». Esto me dijo mi maestro, y yo, mudo y atónito, no cesaba de contemplar aquella obra maestra, que era sin disputa mejor que la Eneida(10). No puedo explicarte lo que sentí. Figúrate que el Ebro, ese gran río que baja desde Fontibre hasta dar en el mar por los Alfaques, se detuviera de improviso en su curso, y empezase a correr hacia arriba volviendo a las Asturias de Santillana: pues una cosa así pasó en mi espíritu. Yo mismo me asombraba de ver cómo todas mis ideas se detuvieron en su curso sosegado, y volvieron atrás, echando no sé por qué nuevos caminos. Te digo que estaba asombrado y lo estoy todavía. Mirándola sin saciar nunca la ansiedad tanto de mi alma como de mis ojos, yo me decía: «La amo de un modo extraordinario. ¿Cómo es que hasta ahora no había caído en ello?». Yo no había visto a Mariquilla hasta aquel momento. -¿Y los melocotones? -Mariquilla estaba tan turbada delante de mí como yo delante de ella. El padre Rincón se puso a hablar con el hortelano sobre los desperfectos que habían hecho en la finca los franceses (pues esto pasaba a principios de Setiembre, un mes después de levantado el primer sitio) y Mariquilla y yo nos quedamos solos. ¡Solos! Mi primer impulso fue echar a correr, y ella, según me ha dicho, también sintió lo mismo. Pero ni ella ni yo corrimos, sino que (p.955) nos quedamos allí. De pronto sentí una grande y extraña energía en mi cerebro. Rompiendo el silencio, comencé a hablar con ella. Dijimos varias cosas indiferentes al principio, pero a mí me ocurrían pensamientos que según mi entender, sobresalían de lo vulgar, y todos, todos los dije. Mariquilla me respondía poco; pero sus ojos eran más elocuentes que cuanto yo le estaba diciendo. Al fin, llamonos el padre Rincón, y nos marchamos. Me despedí de ella y en voz baja le dije que pronto nos volveríamos a ver. Volvimos a Zaragoza. ¡Ay! Por el camino, los árboles, el Ebro, las cúpulas del Pilar, los campanarios de Zaragoza, los transeúntes, las casas, las tapias de las huertas, el suelo, el rumor del viento, los perros del camino, todo me parecía distinto; todo, cielo y tierra habían cambiado. Mi buen maestro volvió a leer a Horacio, y yo dije que Horacio no valía nada. Me quiso comer, y amenazome con retirarme su amistad. Yo elogié a Virgilio con entusiasmo, y repetí aquellos célebres versos: Est mollis flamma medullas interea, et tacitum vivit sub pectore vulnus. -Eso pasó a principios de Setiembre -le dije-. ¿Y de entonces acá? -Desde aquel día ha empezado para mí la nueva vida. Comenzó por una inquietud ardiente que me quitaba el sueño, haciéndome aborrecible todo lo que no fuera Mariquilla. La propia casa paterna me era odiosa, y vagando por los alrededores de la ciudad sin compañía alguna, buscaba en la soledad la paz de mi espíritu. Aborrecí el colegio, los libros todos y la teología, y cuando llegó Octubre y me querían obligar a vivir encerrado en la santa casa, me fingí enfermo para quedarme en la mía. Gracias a la guerra, que a todos nos ha hecho soldados, puedo vivir libremente, salir a todas horas, incluso de noche, y verla y hablarle con frecuencia. Voy a su casa, hago la seña convenida, baja, abre una ventana con reja, y hablamos largas horas. Los transeúntes pasan; pero como estoy embozado en mi capa hasta los ojos, con esto y la oscuridad de la noche, nadie me conoce. Por eso los muchachos del pueblo se (p.956) preguntan unos a otros: «¿Quién será el novio de la Candiola?». De algunas noches a esta parte, recelando que nos descubran, hemos suprimido la conversación por la reja. María baja, abre el portalón de la huerta y entro. Nadie puede descubrirnos, porque D. Jerónimo, creyéndola acostada, se retira a su cuarto a contar el dinero, y la criada vieja, única que hay en la casa, nos protege. Solos en la huerta, nos sentamos en una escalera de piedra que allí existe, y al través de las ramas de un álamo negro y corpulento, vemos a pedacitos la claridad de la luna. En aquel silencio majestuoso nuestras almas comprenden lo divino y sentimos con un sentimiento inmenso, que no puede expresarse por el lenguaje. Nuestra felicidad es tan grande que a veces es un tormento vivísimo; y si hay momentos en que uno desearía centuplicarse, también los hay en que uno desearía no existir. Pasamos allí largas horas. Anteanoche estuve hasta cerca del día, pues como mis padres me creen en el cuerpo de guardia, no tengo prisa por retirarme. Cuando principiaba a aclarar la aurora, nos despedimos. Por encima de la tapia de la huerta se ven los techos de las casas inmediatas, y el pico de la Torre Nueva. María, señalándole, me dijo: -Cuando esa torre se ponga derecha, dejaré de quererte. No dijo más Agustín, porque sonó un cañonazo del lado de Monte Torrero, y ambos volvimos hacia allá la vista.
Ep-6-VI - Los franceses habían embestido con gran empeño las posiciones fortificadas de Torrero. Defendían estas diez mil hombres mandados por D. Felipe Saint-March y por O'Neille, ambos generales de mucho mérito. Los voluntarios de Borbón, de Castilla, del Campo Segorbino, de Alicante y el provincial de Soria: los cazadores de Fernando VII, el regimiento de Murcia y otros cuerpos que no recuerdo, rompieron el fuego. Desde el reducto de los Mártires vimos el principio de la acción y las columnas francesas que corrían a lo largo del Canal para flanquear a Torrero. Duró gran rato el fuego de fusilería; mas la lucha no podía prolongarse mucho tiempo, porque (p.957) aquel punto no se prestaba a una defensa enérgica, sin la ocupación y fortificación de otros inmediatos como Buenavista, Casa-Blanca y el cajero del Canal. Sin embargo, nuestras tropas no se retiraron sino muy tarde y con el mayor orden, volando el puente de América y trayéndose todas las piezas, menos una, que había sido desmontada por el fuego enemigo. Entre tanto sentíamos fuertísimo estruendo que resonaba a lo lejos, y como por allí casi había cesado el fuego, supusimos trabada otra acción en el Arrabal. -Allá está el brigadier D. José Manso -me dijo Agustín-, con el regimiento suizo de Aragón, que manda D. Mariano Walker, los voluntarios de Huesca, de que es jefe D. Pedro Villacampa; los voluntarios de Cataluña y otros valientes cuerpos. ¡Y nosotros aquí, mano sobre mano! Por este lado parece que ha concluido. Los franceses se contentarán hoy con la conquista de Torrero. -O yo me engaño mucho -repuse-, o ahora van a atacar a San José. Todos miramos al punto indicado, edificio de grandes dimensiones, que se alzaba a nuestra izquierda, separado de Puerta Quemada por la hondonada de la Huerva. -Allí está Renovales -me dijo Agustín-, el valiente D. Mariano Renovales, que tanto se distinguió en el otro sitio, y manda ahora los cazadores de Orihuela y de Valencia. En nuestra posición todo estaba preparado para una defensa enérgica. En el reducto del Pilar, en la batería de los Mártires, en la torre del Pino, lo mismo que en Trinitarios, los artilleros aguardaban con mecha encendida, y los de infantería escogíamos tras los parapetos las posiciones que nos parecían más seguras para hacer fuego, si alguna columna intentaba asaltarnos. Se sentía mucho frío, y los más tiritábamos. Alguien habría creído que era de miedo; pero no, era de frío, y quien dijese lo contrario, miente. No tardó en verificarse el movimiento que yo había previsto, y el convento de San José fue atacado por una fuerte columna de infantería francesa, mejor dicho, fue objeto de una tentativa de ataque o más bien sorpresa. Al parecer, los (p.958) enemigos tenían mala memoria y en tres meses se les había olvidado que las sorpresas eran imposibles en Zaragoza. Llegaron, sin embargo, con mucha confianza hasta tiro de fusil, y sin duda aquellos desgraciados creían que sólo con verlos, caerían muertos de miedo nuestros guerreros. Los pobrecitos acababan de llegar de la Silesia y no sabían qué clase de guerra era la de España. Además como ganaran a Torrero con tan poco trabajo, creyéronse en disposición de tragarse el mundo. Ello es que avanzaban como he dicho, sin que San José hiciera demostración alguna, hasta que hallándose a tiro de fusil o poco menos, vomitaron de improviso tan espantoso fuego las troneras y aspilleras de aquel edificio, que mis bravos franceses tomaron soleta con precipitación. Bastantes, sin embargo, quedaron tendidos, y al ver este desenlace de su valentía, los que contemplábamos el lance desde la batería de los Mártires, prorrumpimos en exclamaciones, gritos y palmadas. De este modo celebra el feroz soldado en la guerra la muerte de sus semejantes, y el que siente instintiva compasión al matar un conejo en una cacería, salta de júbilo viendo caer centenares de hombres robustos, jóvenes y alegres que después de todo no han hecho mal a nadie. Tal fue el ataque de San José, una intentona rápidamente castigada. Desde entonces debieron de comprender los franceses, que si se abandonó a Torrero fue por cálculo y no por flaqueza. Sola, aislada, desamparada, sin baluartes exteriores, sin fuertes ni castillos, Zaragoza alzaba de nuevo sus murallas de tierra, sus baluartes de ladrillos crudos, sus torreones de barro amasado la víspera para defenderse otra vez contra los primeros soldados, la primera artillería y los primeros ingenieros del mundo. Grande aparato de gente, formidables máquinas, enormes cantidades de pólvora, preparativos científicos y materiales, la fuerza y la inteligencia en su mayor esplendor, traen los invasores para atacar el recinto fortificado que parece juego de muchachos, y aun así es poco, todo sucumbe y se reduce a polvo (p.959) ante aquellas tapias que se derriban de una patada. Pero detrás de esta deleznable defensa material está el acero de las almas aragonesas, que no se rompe, ni se dobla, ni se funde, ni se hiende, ni se oxida y circunda todo el recinto como una barra indestructible por los medios humanos. La campana de la Torre Nueva suena con clamor de alarma. Cuando esta campana da al viento su lúgubre tañido la ciudad está en peligro y necesita de todos sus hijos. ¿Qué será? ¿Qué pasa? ¿Qué hay? -En el arrabal -dijo Agustín- debe de andar mala la cosa. -Mientras nos atacan por aquí para entretener mucha gente de este lado, embisten también por la otra parte del río. -Lo mismo fue en el primer sitio. -¡Al arrabal, al arrabal! Y cuando decíamos esto, la línea francesa nos envió algunas balas rasas para indicarnos que teníamos que permanecer allí. Felizmente Zaragoza tenía bastante gente en su recinto y podía acudir con facilidad a todas partes. Mi batallón abandonó la cortina de Santa Engracia y púsose en marcha hacia el Coso. Ignorábamos a dónde se nos conducía; pero era probable que nos llevaran al arrabal. Las calles estaban llenas de gente. Los ancianos, las mujeres salían impulsados por la curiosidad, queriendo ver de cerca los puntos de peligro, ya que no les era posible situarse en el peligro mismo. Las calles de San Gil, de San Pedro y la Cuchillería(11), que son camino para el puente, estaban casi intransitables; inmensa multitud de mujeres las cruzaba, marchando todas a prisa en dirección al Pilar y a la Seo. El estrépito del lejano canon más bien animaba que entristecía al fervoroso pueblo, y todo era gritar disputándose el paso para llegar más pronto. En la plaza de la Seo vi la caballería, que con el gran gentío casi obstruía la salida del puente, lo cual obligó a mi batallón a buscar más fácil salida por otra parte. Cuando pasamos por delante del pórtico de este santuario sentimos desde fuera el clamor de las plegarias con que todas las mujeres de la ciudad imploraban a la santa patrona. Los pocos hombres que querían penetrar en el templo (p.960) eran expulsados por ellas. Salimos a la orilla del río por junto a San Juan de los Panetes y nos situaron en el malecón esperando órdenes. Enfrente y al otro lado del río se divisaba el campo de batalla. Veíase en primer término la arboleda de Macanaz, más allá y junto al puente el pequeño monasterio de Altabás, más allá el de San Lázaro y a continuación el de Jesús. Detrás de esta decoración, reflejada en las aguas del gran río, la vista distinguía un fuego horroroso, un cruzamiento interminable de trayectorias, un estrépito ronco, de las voces del cañón y de humanos gritos formado, y densas nubes de humo que se renovaban sin cesar y corrían a confundirse con las del cielo. Todos los parapetos de aquel sitio estaban construidos con los ladrillos de los cercanos tejares, formando con el barro y la tierra de los hornos una masa rojiza. Creeríase que la tierra estaba amasada con sangre. Los franceses tenían su frente desde el camino de Barcelona al de Juslibol, más allá de los tejares y de las huertas que hay a mano izquierda de la segunda de aquellas dos vías. Desde las doce habían atacado con furia nuestras trincheras, internándose por el camino de Barcelona y desafiando con impetuoso arrojo los fuegos cruzados de San Lázaro y del sitio llamado el Macelo. Consistía su empeño en tomar por audaces golpes de mano las baterías, y esta tenacidad produjo una verdadera hecatombe. Caían muchísimos, clareábanse las filas, y llenadas al instante por otros, repelían la embestida. A veces llegaban hasta tocar los parapetos y mil luchas individuales acrecían el horror de la escena. Iban delante los jefes blandiendo sus sables, como hombres desesperados que han hecho cuestión de honor el morir ante un montón de ladrillos, y en aquella destrucción espantosa que arrancaba a la vida centenares de hombres en un minuto, desaparecían, arrojados por el suelo el soldado y el sargento y el alférez y el capitán y el coronel. Era una verdadera lucha entre dos pueblos, y mientras los furores del primer sitio inflamaban los corazones de los nuestros, (p.961) venían los franceses frenéticos, sedientos de venganza, con toda la saña del hombre ofendido, peor acaso que la del guerrero. Precisamente este prematuro encarnizamiento les perdió. Debieron principiar batiendo cachazudamente con su artillería nuestras obras; debieron conservar la serenidad que exige un sitio, y no desplegar guerrillas contra posiciones defendidas por gente como la que habían tenido ocasión de tratar el 15 de Julio y el 4 de Agosto; debieron haber reprimido aquel sentimiento de desprecio hacia las fuerzas del enemigo, sentimiento que ha sido siempre su mala estrella, lo mismo en la guerra de España que en la moderna contra Prusia; debieron haber puesto en ejecución un plan calmoso, que produjera en el sitiado antes el fastidio que la exaltación. Es seguro que de traer consigo la mente pensadora de su inmortal jefe, que vencía siempre con su lógica admirable lo mismo que con sus cañones, habrían empleado en el sitio de Zaragoza no poco del conocimiento del corazón humano, sin cuyo estudio la guerra, la brutal guerra, ¡parece mentira!, no es más que una carnicería salvaje. Napoleón, con su penetración extraordinaria. hubiera comprendido el carácter zaragozano y se habría abstenido de lanzar contra él columnas descubiertas, haciendo alarde de valor personal. Esta es una cualidad de difícil y peligroso empleo, sobre todo delante de hombres que se baten por un ideal, no por un ídolo. No me extenderé en pormenores sobre esta espantosa acción del 21 de Diciembre, una de las más gloriosas del segundo sitio de la capital de Aragón. Sobre que no la presencié de cerca, y sólo podría dar cuenta de ella por lo que me contaron, me mueve a no ser prolijo la circunstancia de que son tantos y tan interesantes los encuentros que más adelante habré de narrar, que conviene cierta sobriedad en la descripción de estos sangrientos choques. Baste saber por ahora que los franceses al caer de la tarde creyeron oportuno desistir de su empeño, y que se retiraron dejando el campo cubierto de cadáveres. Era la ocasión (p.962) muy oportuna para perseguirlos con la caballería; pero después de una breve discusión, según se dijo, acordaron los jefes no arriesgarse en una salida que podía ser peligrosa.
Ep-6-VII - Llegada la noche, y cuando parte de nuestras tropas se replegaron a la ciudad, todo el pueblo corrió hacia el arrabal para contemplar de cerca el campo de batalla, ver los destrozos hechos por el fuego, contar los muertos y regocijar la imaginación, representándose una por una las heroicas escenas. La animación, el movimiento y bulla hacia aquella parte de la ciudad eran inmensos. Por un lado grupos de soldados cantando con febril alegría, por otro las cuadrillas de personas piadosas que trasportaban a sus casas los heridos, y en todas partes una general satisfacción, que se mostraba en los diálogos vivos, en las preguntas, en las exclamaciones jactanciosas y con lágrimas y risas, mezclando la jovialidad al entusiasmo. Serían las nueve cuando rompimos filas los de mi batallón, porque faltos de acuartelamiento, se nos permitía dejar el puesto por algunas horas, siempre que no hubiera peligro. Corrimos Agustín y yo hacia el Pilar, donde se agolpaba un gentío inmenso, y entramos difícilmente. Quedeme sorprendido al ver cómo forcejeaban unas contra otras las personas allí reunidas para acercarse a la capilla en que mora la Virgen del Pilar. Los rezos, las plegarias y las demostraciones de agradecimiento formaban un conjunto que no se parecía a los rezos de ninguna clase de fieles. Más que rezo era un hablar continuo, mezclado de sollozos, gritos, palabras tiernísimas y otras de íntima e ingenua confianza, como suele usarlas el pueblo español con los santos que le son queridos. Caían de rodillas, besaban el suelo, se asían a las rejas de la capilla, se dirigían a la santa imagen, llamándola con los nombres más familiares y más patéticos del lenguaje. Los que por la aglomeración de la gente no podían acercarse, hablaban con la Virgen desde lejos agitando sus brazos. Allí no había sacristanes que prohibieran los modales (p.963) descompuestos y los gritos irreverentes, porque estos y aquellos eran hijos del desbordamiento de la devoción, semejante a un delirio. Faltaba el silencio solemne de los lugares sagrados, y todos estaban allí como en su casa, como si la casa de la Virgen querida, la madre, ama y reina de los zaragozanos, fuese también la casa de sus hijos, siervos y súbditos. Asombrado de aquel fervor, a quien la familiaridad hacía más interesante, pugné por abrirme paso hasta la reja, y vi la célebre imagen. ¿Quién no la ha visto, quién no la conoce al menos por las innumerables esculturas y estampas que la han reproducido hasta lo infinito de un extremo a otro de la Península? A la izquierda del pequeño altar que se alza en el fondo de la capilla, dentro de un nicho adornado con lujo oriental, estaba entonces como ahora la pequeña escultura. Gran profusión de velas de cera la alumbraban, y las piedras preciosas pegadas a su vestido y corona, despiden deslumbradores reflejos. Brillan el oro y los diamantes en el cerquillo de su rostro, en la ajorca de su pecho, en los anillos de sus manos. Una criatura viva rendiríase sin duda al peso de tan gran tesoro. El vestido sin pliegues, rígido y estirado de arriba a abajo como una funda, deja asomar solamente la cara y las manos; y el Niño Jesús, sostenido en el lado izquierdo, muestra apenas su carita morena entre el brocado y las pedrerías. El rostro de la Virgen, bruñido por el tiempo, es también moreno. Posee una apacible serenidad, emblema de la beatitud eterna. Dirígese al exterior, y su dulce mirada escruta perpetuamente el devoto concurso. Brilla en sus pupilas un rayo de las cercanas luces, y aquel artificial fulgor de los ojos remeda la intención y fijeza de la mirada humana. Era difícil, cuando la vi por primera vez, permanecer indiferente en medio de aquella manifestación religiosa, y no añadir una palabra al concierto de lenguas entusiastas que hablaban en distintos tonos con la Señora. Yo contemplaba la imagen, cuando Agustín me apretó el brazo, diciéndome: -Mírala, allí está. -¿Quién, la Virgen? Ya la veo. -No, (p.964) hombre, Mariquilla. ¿La ves? Allá enfrente junto a la columna. Miré y sólo vi mucha gente: al instante nos apartamos de aquel sitio, buscando entre la multitud un paso para transportarnos al otro lado. -No está con ella el tío Candiola -dijo Agustín muy alegre-. Viene con la criada. Y diciendo esto, codeaba a un lado y otro para hacerse camino, estropeando pechos y espaldas, pisando pies, chafando sombreros y arrugando vestidos. Yo seguía tras él, causando iguales estragos a derecha e izquierda, y por fin llegamos junto a la hermosa joven, que lo era realmente, según pude reconocerlo en aquel momento por mis propios ojos. La entusiasta pasión de mi buen amigo no me engañó, y Mariquilla valía la pena de ser desatinadamente amada. Llamaban la atención en ella su tez morena y descolorida, sus ojos de profundo negror, la nariz correctísima, la boca incomparable y la frente hermosa aunque pequeña. Había en su rostro, como en su cuerpo delgado y ligero, cierto abandono voluptuoso; cuando bajaba los ojos parecíame que una dulce y amorosa oscuridad envolvía su figura, confundiéndola con las nuestras. Sonreía con gravedad, y cuando nos acercamos, sus miradas revelaban temor. Todo en ella anunciaba la pasión circunspecta y reservada de las mujeres de cierto carácter, y debía de ser, según me pareció en aquel momento, poco habladora, falta de coquetería y pobre de artificios. Después tuve ocasión de comprobar aquel mi prematuro juicio. Resplandecía en el rostro de Mariquilla una calma platónica y cierta seguridad de sí misma. A diferencia de la mayor parte de las mujeres, y semejante al menor número de las mismas, aquella alma se alteraba difícilmente, pero al verificarse la alteración, la cosa iba de veras. Blandas y sensibles otras como la cera, ante un débil calor sin esfuerzo se funden; pero Mariquilla, de durísimo metal compuesta, necesitaba la llama de un gran fuego para perder la compacta conglomeración de su carácter, y si este momento llegaba, había de ser como el metal derretido que abrasa cuanto toca. Además (p.965) de su belleza, me llamó la atención la elegancia y hasta cierto punto el lujo con que vestía; pues acostumbrado a oír exagerar la avaricia del tío Candiola, supuse que tendría reducida a su hija a los últimos extremos de la miseria en lo relativo a traje y tocado. Pero no era así. Según Montoria me dijo después, el tacaño de los tacaños no sólo permitía a su hija algunos gastos, sino que la obsequiaba de peras a higos, con tal cual prenda, que a él le parecía el non plus ultra de las pompas mundanas. Si Candiola era capaz de dejar morir de hambre a parientes cercanos, tenía con su hija condescendencias de bolsillo verdaderamente escandalosas y fenomenales; pero aunque avaro, era padre: amaba regularmente, quizás mucho, a la infeliz muchacha, hallando por esto en su generosidad el primero, tal vez el único agrado de su árida existencia. Algo más hay que hablar en lo referente a este punto, pero irá saliendo poco a poco durante el curso de la narración, y ahora me concretaré a decir que mi amigo no había dicho aun diez palabras a su adorada María, cuando un hombre se nos acercó de súbito, y después de mirarnos un instante a los dos con centelleantes ojos, dirigiose a la joven, la tomó por el brazo, y enojadamente le dijo: -¿Qué haces aquí? Y Vd., tía Guedita, ¿por qué la ha traído al Pilar a estas horas? A casa, a casa pronto. Y empujándolas a ambas, ama y criada, llevolas hacia la puerta y a la calle, desapareciendo los tres de nuestra vista. Era Candiola. Lo recuerdo bien, y su recuerdo me hace estremecer de espanto. Más adelante sabréis por qué. Desde la breve escena en el templo del Pilar, la imagen de aquel hombre quedó grabada en mi memoria, y no era ciertamente su figura de las que prontamente se olvidan. Viejo, encorvado, con aspecto miserable y enfermizo, de mirar oblicuo y desapacible, flaco de cara y hundido de mejillas, Candiola se hacía antipático desde el primer momento. Su nariz corva y afilada como el pico de un pájaro lagartijero, la barba igualmente picuda, los largos pelos de las cejas blanquinegras, la pupila (p.966) verdosa, la frente vasta y surcada por una pauta de paralelas arrugas, las orejas cartilaginosas, la amarilla tez, el ronco metal de la voz, el desaliñado vestir, el gesto insultante, toda su persona, desde la punta del cabello, mejor dicho, desde la bolsa de su peluca hasta la suela del zapato, producía repulsión invencible. Se comprendía que no tuviera ningún amigo. Candiola no tenía barbas; llevaba el rostro, según la moda, completamente rasurado, aunque la navaja no entraba en aquellos campos sino una vez por semana. Si D. Jerónimo hubiera tenido barbas, le compararía por su figura a cierto mercader veneciano que conocí mucho después, viajando por el vastísimo continente de los libros, y en quien hallé ciertos rasgos de fisonomía que me hicieron recordar los de aquel que bruscamente se nos presentó en el templo del Pilar. -¿Has visto qué miserable y ridículo viejo? -me dijo Agustín cuando nos quedamos solos, mirando a la puerta por donde las tres personas habían desaparecido. -No gusta que su hija tenga novios. -Pero estoy seguro de que no me vio hablando con ella. Tendrá sospechas; pero nada más. Si pasara de la sospecha a la certidumbre, María y yo estaríamos perdidos. ¿Viste qué mirada nos echó? ¡Condenado avaro, alma negra hecha de la piel de Satanás! -Mal suegro tienes. -Tan malo -dijo Montoria con tristeza-, que no doy por él dos cuartos con cardenillo. Estoy seguro de que esta noche la pone de vuelta y media, y gracias que no acostumbra a maltratarla de obra. -Y el Sr. Candiola -le pregunté- ¿no tendrá gusto en verla casada con el hijo de D. José de Montoria? -¿Estás loco? Sí.. ve a hablarle de eso. Además de que ese miserable avariento guarda a su hija como si fuera un saco de onzas y no parece dispuesto a darla a nadie, tiene un resentimiento antiguo y profundo contra mi buen padre porque este libró de sus garras a unos infelices deudores. Te digo que si él llega a descubrir el amor que su hija me tiene, la guardará dentro de un arca de hierro en el sótano donde esconde los pesos duros. Pues no te digo nada, si mi (p.967) padre lo llega a saber.. Me tiemblan las carnes sólo de pensarlo. La pesadilla más atroz que puede turbar mi sueño, es aquella que me representa el instante en que mi señor padre y mi señora madre se enteren de este inmenso amor que tengo por Mariquilla. ¡Un hijo de D. José de Montoria enamorado de la hija del tío Candiola! ¡Qué horrible pensamiento! ¡Un joven que formalmente está destinado a ser obispo.. obispo, Gabriel, yo voy a ser obispo, en el sentir de mis padres! Diciendo esto, Agustín dio un golpe con su cabeza en el sagrado muro en que nos apoyábamos. -¿Y piensas seguir amando a Mariquilla? -No me preguntes eso -me respondió con energía-. ¿La viste? Pues si la viste ¿a qué me dices si seguiré amándola? Su padre y los míos antes me quieren ver muerto que casado con ella. ¡Obispo, Gabriel, quieren que yo sea obispo! Compagina tú el ser obispo y el amar a Mariquilla durante toda la vida terrenal y la eterna: compagina tú esto, y ten lástima de mí. -Dios abre caminos desconocidos -le dije. -Es verdad. Yo tengo a veces una confianza sin límites. ¡Quién sabe lo que nos traerá el día de mañana! Dios y la Virgen del Pilar me sacarán adelante. -¿Eres devoto de esta imagen? -Sí. Mi madre pone velas a la que tenemos en casa para que no me hieran en las batallas; y yo la miro, y para mis adentros le digo: -¡Señora, que esta ofrenda de velas sirva también para recordaros que no puedo dejar de amar a la Candiola! Estábamos en la nave a que corresponde el ábside de la capilla del Pilar. Hay allí una abertura en el muro, por donde los devotos, bajando dos o tres peldaños, se acercan a besar el pilar que sustenta la venerada imagen. Agustín besó el mármol rojo: beselo yo también y luego salimos de la iglesia para ir a nuestro vivac.
Ep-6-VIII - El día siguiente, 22, fue cuando Palafox dijo al parlamentario de Moncey que venía a proponerle la rendición: No sé rendirme: después de muerto hablaremos de eso. Contestó en seguida a la intimación en un largo y elocuente pliego, que publicó la Gaceta (pues también en Zaragoza había Gaceta); pero (p.968) según opinión general ni aquel documento ni ninguna de las proclamas que aparecían con la firma del capitán general eran obra de este, sino de la discreta pluma de su maestro y amigo el padre Basilio Boggiero, hombre de mucho entendimiento, a quien se veía con frecuencia en los sitios de peligro rodeado de patriotas y jefes militares. Excusado es decir que los defensores estaban muy envalentonados con la gloriosa acción del 21. Era preciso para dar desahogo a su ardor, disponer alguna salida. Así se hizo en efecto; pero ocurrió que todos querían tomar parte en ella al mismo tiempo, y fue preciso sortear los cuerpos. Las salidas, dispuestas con prudencia eran convenientes, porque los franceses, extendiendo su línea en derredor de la ciudad, se preparaban para un sitio en regla, y habían comenzado las obras de su primera paralela. Además el recinto de Zaragoza encerraba mucha tropa, lo cual a los ojos del vulgo era una ventaja, pero un gran peligro para los inteligentes, no sólo por el estorbo que esta causaba, sino porque el gran consumo de víveres traería pronto el hambre, ese terrible general que es siempre el vencedor de las plazas bloqueadas. Por esta misma causa del exceso de gente eran oportunas las salidas. Hizo una Renovales el 24 con las tropas del fortín de San José, y cortó un olivar que ocultaba los trabajos del enemigo; por el arrabal salió el 25 D. Juan O'Neille con los voluntarios de Aragón y Huesca, y tuvo la suerte de coger desprevenido al enemigo, matándole bastante gente, y el 31 se hizo la más eficaz de todas por dos puntos distintos y con considerables fuerzas. Durante el día, en los anteriores, habíamos divisado perfectamente las obras de su primera paralela, establecida como a ciento sesenta toesas de la muralla. Trabajaban con mucha actividad, sin descansar de noche, y notamos que se hacían señales en toda la línea con farolitos de colores. De vez en cuando disparábamos nuestros morteros; pero les causábamos muy poco daño. En cambio si se les antojaba destacar guerrillas para un reconocimiento, eran (p.969) despachadas por las nuestras en menos que canta un gallo. Llegó la mañana del 31, y a mi batallón le tocó marchar a las órdenes de Renovales, encargado de mortificar al enemigo en su centro, desde Torrero al camino de la Muela, mientras el brigadier Butrón lo hacía por la Bernardona, es decir por la izquierda francesa, saliendo con bastantes fuerzas de infantería y caballería por las puertas de Sancho y del Portillo. Para distraer la atención de los franceses, el jefe mandó que un batallón se desplegase en guerrillas por las Tenerías llamando hacia allí la atención del enemigo, y entre tanto con algunos cazadores de Olivenza, y parte de los de Valencia, avanzamos por el camino de Madrid, derechos a la línea francesa. Desplegadas guerrillas a un lado y otro del camino, cuando los enemigos se percataron de nuestra presencia, ya estábamos encima, veloces como gamos, y arrollábamos la primera tropa de infantería francesa que nos salió al paso. Tras una torre medio destruida se hicieron fuertes algunos, y dispararon con encarnizamiento y buena puntería. Por un instante permanecimos indecisos, pues flanqueábamos la torre unos veinte hombres, mientras los demás seguían por la carretera, persiguiendo a los fugitivos; pero Renovales se lanzó delante y nos llevó, matando a boca de jarro y a bayonetazos a cuantos defendían la casa. En el momento en que pusimos el pie dentro del patiecillo delantero, advertí que mi fila se clareaba, vi caer exhalando el último gemido a algunos compañeros; miré a mi derecha temiendo no encontrar entre los vivos a mi querido amigo; pero Dios le había conservado. Montoria y yo salimos ilesos. No podíamos emplear mucho tiempo en comunicarnos la satisfacción que experimentábamos al ver que vivíamos, porque Renovales dio orden de seguir adelante en dirección hacia la línea de atrincheramientos que estaban levantando los franceses; pero abandonamos la carretera y torcimos hacia la derecha con intento de unirnos a los voluntarios de Huesca, que acometían por el camino de la Muela. Se (p.970) comprende por lo que llevo referido, que los franceses no esperaban aquella salida y que completamente desprevenidos, sólo tenían allí, además de la escasa fuerza que custodiaba los trabajos, las cuadrillas de ingenieros que abrían las zanjas de la primera paralela. Les embestimos con ímpetu, haciéndoles un fuego horroroso, aprovechando muy bien los minutos antes que llegasen fuerzas temibles; cogíamos prisioneros a los que encontrábamos sin armas; matábamos a los que las tenían; recogíamos los picos y azadas, todo esto con una presteza sin igual, animándonos con palabras ardientes, y exaltados por la idea de que nos estaban viendo desde la ciudad. En aquel lance todo fue afortunado, porque mientras nosotros destrozábamos tan sin piedad a los trabajadores de la primera paralela, las tropas que por la izquierda habían salido a las órdenes del brigadier Butrón, empeñaban un combate muy feliz contra los destacamentos que tenía el enemigo en la Bernardona. Mientras los voluntarios de Huesca, los granaderos de Palafox y las guardias walonas arrollaban la infantería francesa, aparecieron los escuadrones de caballería de Numancia y Olivenza, cautelosamente salidos por la puerta de Sancho, y que describiendo una gran vuelta, habían venido a ocupar el camino de Alagón por una parte y el de la Muela por otra, precisamente cuando los franceses retrocedían de la izquierda al centro, en demanda de mayores fuerzas que les auxiliaran. Hallándose en su elemento aquellos briosos caballos, lanzáronse por el arrecife, destruyendo cuanto encontraban al paso, y allí fue el caer y el atropellarse de los desgraciados infantes que huían hacia Torrero. En su dispersión muchos fueron a caer precisamente entre nuestras bayonetas, y si grande era su ansiedad por huir de los caballos, mayor era nuestro anhelo de recibirlos dignamente a tiros. Unos corrían, arrojándose en las acequias por no poder saltarlas, otros se entregaban a discreción, soltando las armas, algunos se defendían con heroísmo, dejándose matar (p.971) antes que rendirse, y por último no faltaron unos pocos que, encerrándose dentro de un horno de ladrillos cargado de ramas secas y de leña, le pegaron fuego, prefiriendo morir asados a caer prisioneros. Todo esto que he referido con la mayor concisión posible pasó en brevísimo tiempo, y sólo mientras pudo el cuartel general, harto imprevisor en aquella hora, destacar fuerzas suficientes para contener y castigar nuestra atrevida expedición. Tocaron a generala en monte Torrero, y vimos que venía contra nosotros mucha caballería. Pero los de Renovales, lo mismo que los de Butrón, habíamos conseguido nuestro deseo y no teníamos para qué esperar a aquellos caballeros que llegaban al fin de la función; así es que nos retiramos dándoles desde lejos los buenos días, con las frases más pintorescas y más agudas de nuestro repertorio. Tuvimos aún tiempo de inutilizar algunas piezas de las dispuestas para su colocación al día siguiente; recogimos una multitud de herramientas de zapa, y destruimos a toda prisa lo que pudimos en las obras de la paralela, sin dejar de la mano las docenas de prisioneros a quienes habíamos echado el guante. Juan Pirli, uno de nuestros compañeros en el batallón, traía al volver a Zaragoza un morrión de ingeniero, que se puso para sorprender al público, y además una sartén en la cual aún había restos de almuerzo, comenzado en el campamento frente a Zaragoza, y terminado en el otro mundo. Habíamos tenido en nuestro batallón nueve muertos y ocho heridos. Cuando Agustín se reunió a mí, cerca ya de la puerta del Carmen, noté que tenía una mano ensangrentada. -¿Te han herido? -le dije, examinándole-. No es más que una rozadura. -Una rozadura es -me contestó-, pero no de bala, ni de lanza, ni de sable, sino de dientes, por que cuando le eché la zarpa a aquel francés que alzó el azadón para descalabrarme, el condenado me clavó los dientes en esta mano como un perro de presa. Cuanto entrábamos en la ciudad, unos por la puerta del Carmen, otros por el (p.972) Portillo, todas las piezas de los reductos y fuertes del Mediodía hicieron fuego contra las columnas que venían en nuestra persecución. Las dos salidas combinadas habían hecho bastante daño a los franceses. Sobre que perdieron mucha gente, se les inutilizó una parte, aunque no grande, de los trabajos de su primera paralela, y nos apoderamos de un número considerable de herramientas. Además de esto, los oficiales de ingenieros que llevó Butrón en aquella osada aventura habían tenido tiempo de examinar las obras de los sitiadores y explorarlas y medirlas para dar cuenta de ellas al capitán general. La muralla estaba invadida por la gente. Habíase oído desde dentro de la ciudad el tiroteo de las guerrillas, y hombres, mujeres, ancianos y niños, todos acudieron a ver qué nueva acción gloriosa era aquella entablada fuera de la plaza. Fuimos recibidos con exclamaciones de gozo, y desde San José hasta más allá de Trinitarios, la larga fila de hombres y mujeres mirando hacia el campo, encaramados sobre la muralla y batiendo palmas a nuestra llegada o saludándonos con sus pañuelos, presentaba un golpe de vista magnífico. Después tronó el cañón, los reductos hicieron fuego a la vez sobre el llano que acabábamos de abandonar, y aquel estruendo formidable parecía una salva triunfal, según se mezclaban con él los cantos, los vítores, las exclamaciones de alegría. En las cercanas casas, las ventanas y balcones estaban llenos de mujeres, y la curiosidad, el interés de algunas era tal que se las veía acercarse en tropel a los fuertes y a los cañones para regocijar sus varoniles almas y templar sus acerados nervios con el ruido, a ningún otro comparable, de la artillería. En el fortín del Portillo fue preciso mandar salir a la muchedumbre. En Santa Engracia la concurrencia daba a aquel sitio el aspecto de un teatro, de una fiesta pública. Cesó al fin el fuego de cañón, que no tenía más objeto que proteger nuestra retirada, y sólo la Aljafería siguió disparando de tarde en tarde contra las obras del enemigo. En recompensa de la acción de aquel día se nos concedió en el (p.973) siguiente llevar una cinta encarnada en el pecho a guisa de condecoración; y haciendo justicia a lo arriesgado de aquella salida, el padre Boggiero nos dijo, entre otras cosas, por boca del General: «Ayer sellasteis el último día del año con una acción digna de vosotros.. Sonó el clarín y a un tiempo mismo los filos de vuestras espadas arrojaban al suelo las altaneras cabezas, humilladas al valor y al patriotismo. ¡Numancia! ¡Olivenza! ¡Ya he visto que vuestros ligeros caballos sabrán conservar el honor de este ejército y el entusiasmo de estos sagrados muros!.. Ceñid esas espadas ensangrentadas, que son el vínculo de vuestra felicidad y el apoyo de la patria!..».
Ep-6-IX - Desde aquel día, tan memorable en el segundo sitio como el de las Eras en el primero, empezó el gran trabajo, el gran frenesí, la exaltación ardiente, en que vivieron por espacio de mes y medio sitiadores y sitiados. Las salidas verificadas en los primeros días de Enero no fueron de gran importancia. Los franceses, concluida la primera paralela, avanzaron en zig-zag para abrir la segunda, y con tanta actividad trabajaron en ella, que bien pronto vimos amenazadas nuestras dos mejores posiciones del mediodía, San José y el reducto del Pilar, por imponentes baterías de sitio, cada una con diez y seis cañones. Excusado es decir que no cesábamos en mortificarles, ya enviándoles un incesante fuego, ya sorprendiéndoles con audaces escaramuzas; pero así y todo, Junot, que por aquellos días sustituyó a Moncey, llevaba adelante los trabajos con mucha diligencia. Nuestro batallón continuaba en el reducto, obra levantada en la cabecera del puente de la Huerva y a la parte de fuera. El radio de sus fuegos abrazaba una extensión considerable cruzándose con los de San José. Las baterías de los Mártires, del jardín Botánico y de la torre del Pino, más internadas en el recinto de la ciudad tenían menos importancia que aquellas dos sólidas posiciones avanzadas, y le servían de auxiliares. Nos acompañaban en la guarnición muchos voluntarios zaragozanos, algunos soldados del resguardo, y (p.974) varios paisanos armados de los que espontáneamente se adherían al cuerpo más de su gusto. Ocho cañones tenía el reducto. Era su jefe D. Domingo Larripa, mandaba la artillería D. Francisco Betbezé, y hacía de jefe de ingenieros el gran Simonó, oficial de este distinguido cuerpo, y hombre de tal condición que se le puede citar como modelo de buenos militares, así en el valor como en la pericia. Era el reducto una obra, aunque de circunstancias, bastante fuerte, y no carecía de ningún requisito material para ser bien defendida. Sobre la puerta de entrada, al extremo del puente habían puesto sus constructores una tabla con la siguiente inscripción: Reducto inconquistable de Nuestra Señora del Pilar. Zaragozanos: ¡morir por la Virgen del Pilar o vencer! Allí dentro no teníamos alojamiento, y aunque la estación no era muy cruda, lo pasábamos bastante mal. El suministro de provisiones de boca se hacía por una junta encargada de la administración militar; pero esta junta a pesar de su celo no podía atendernos de un modo eficaz. Por nuestra fortuna y para honor de aquel magnánimo pueblo, de todas las casas vecinas nos mandaban diariamente lo mejor de sus provisiones y frecuentemente éramos visitados por las mismas mujeres caritativas que desde la acción del 31 se habían encargado de cuidar en su propio domicilio a nuestros pobres heridos. No sé si he hablado de Pirli. Pirli era un muchacho de los arrabales, labrador, como de veinte años y de condición tan festiva, que los lances peligrosos desarrollaban en él una alegría nerviosa y febril. Jamás le vi triste; acometía a los franceses cantando, y cuando las balas silbaban en torno suyo, sacudía manos y pies haciendo mil grotescos gestos y cabriolas. Llamaba al fuego graneado pedrisco; a las balas de cañón las tortas calientes; a las granadas las señoras, y a la pólvora la harina negra, usando además otros terminachos de que no hago memoria en este momento. Pirli, aunque poco formal, era un cariñoso compañero. No sé si he hablado del tío Garcés. Era este un hombre de (p.975) cuarenta y cinco años, natural de Garrapinillos, fortísimo, atezado, con semblante curtido y miembros de acero, ágil cual ninguno en los movimientos e imperturbable como una máquina ante el fuego; poco hablador y bastante desvergonzado cuando hablaba, pero con cierto gracejo en su garrulería. Tenía una pequeña hacienda en los alrededores, y casa muy modesta; mas con sus propias manos había arrasado la casa, y puesto por tierra los perales, para quitar defensas al enemigo. Oí contar de él mil proezas hechas en el primer sitio y ostentaba bordado en la manga derecha el escudo de premio y distinción de 16 de Agosto. Vestía tan mal que casi iba medio desnudo, no porque careciera de traje, sino por no haber tenido tiempo para ponérselo. Él y otros como él, fueron sin duda los que inspiraron la célebre frase de que antes he hecho mención. Sus carnes sólo se vestían de gloria. Dormía sin abrigo y comía menos que un anacoreta, pues con dos pedazos de pan acompañados de un par de mordiscos de cecina, dura como cuero, tenía bastante para un día. Era hombre algo meditabundo, y cuando observaba los trabajos de la segunda paralela, decía mirando a los franceses: gracias a Dios que se acercan, ¡cuerno!.. ¡Cuerno!, esta gente le acaba a uno la paciencia. -¿Qué prisa tiene Vd., tío Garcés? -le decíamos. -¡Recuerno! Tengo que plantar los árboles otra vez antes que pase el invierno -contestaba-, y para el mes que entra quisiera volver a levantar la casita. En resumen, el tío Garcés, como el reducto, debía llevar un cartel en la frente que dijera: Hombre inconquistable. Pero ¿quién viene allí, avanzando lentamente por la hondonada de la Huerva, apoyándose en un grueso bastón, y seguido de un perrillo travieso, que ladra a todos los transeúntes por pura fanfarronería y sin intención de morderles? Es el padre fray Mateo del Busto, lector y calificador de la orden de mínimos, capellán del segundo tercio de voluntarios de Zaragoza, insigne varón a quien, a pesar de su ancianidad, se vio durante el primer sitio en todos los (p.976) puestos de peligro, socorriendo heridos, auxiliando moribundos, llevando municiones a los sanos y animando a todos con el acento de su dulce palabra. Al entrar en el reducto, nos mostró una cesta grande y pesada que trabajosamente cargaba, y en la cual traía algunas vituallas algo mejores que las de nuestra ordinaria mesa. -Estas tortas -dijo sentándose en el suelo y sacando uno por uno los objetos que iba nombrando- me las han dado en casa de la Excma. Sra. condesa de Bureta, y esta en casa de D. Pedro Ric. Aquí tenéis también un par de lonjas de jamón, que son de mi convento, y se destinaban al padre Loshoyos, que está muy enfermito del estómago; pero él, renunciando a este regalo, me lo ha dado para traéroslo. ¿A ver qué os parece esta botella de vino? ¿Cuánto darían por ella los gabachos que tenemos enfrente? Todos miramos hacia el campo. El perrillo saltando denodadamente a la muralla, empezó a ladrar a las líneas francesas. -También os traigo un par de libras de orejones, que se han conservado en la despensa de nuestra casa. Íbamos a ponerlos en aguardiente; pero primero que nadie sois vosotros, valientes muchachos. Tampoco me he olvidado de ti, querido Pirli -añadió, volviéndose al chico de este nombre-, y como estás casi desnudo y sin manta, te he traído un magnífico abrigo. Mira este lío. Pues es un hábito viejo que tenía guardado para darlo a un pobre; ahora te lo regalo para que cubras y abrigues tus carnes. Es vestido impropio de un soldado; pero si el hábito no hace al monje, tampoco el uniforme hace al militar. Póntelo y estarás muy holgadamente con él. El fraile dio a nuestro amigo su lío, y este se puso el hábito entre risas y jácara de una y otra parte, y como conservaba aún, llevándolo constantemente en la cabeza, el alto sombrero de piel que el día 31 había cogido en el campamento enemigo, hacía la figura más extraña que puede imaginarse. Poco después llegaron algunas mujeres también con cestas de provisiones. La aparición del sexo femenino trasformó de súbito el aspecto del reducto. No sé de (p.977) dónde sacaron la guitarra; lo cierto es que la sacaron de alguna parte; uno de los presentes empezó a rasguear primorosamente los compases de la incomparable, de la divina, de la inmortal jota, y en un momento se armó gran jaleo de baile. Pirli, cuya grotesca figura empezaba en ingeniero francés y acababa en fraile español, era el más exaltado de los bailarines, y no se quedaba atrás su pareja, una muchacha graciosísima, vestida de serrana, y a quien desde el primer momento oí que llamaban Manuela. Representaba veinte o veinte y dos años, y era delgada, de tez pálida y fina. La agitación del baile inflamó bien pronto su rostro, y por grados avivaba sus movimientos, insensible al cansancio. Con los ojos medio cerrados, las mejillas enrojecidas, agitando los brazos al compás de la grata cadencia, sacudiendo con graciosa presteza sus faldas, cambiando de lugar con ligerísimo paso, presentándosenos ora de frente, ora de espaldas, Manuela nos tuvo encantados durante largo rato. Viendo su ardor coreográfico, más se animaban el músico y los demás bailarines, y con el entusiasmo de estos aumentábase el suyo, hasta que al fin, cortado el aliento y rendida de fatiga, aflojó los brazos y cayó sentada en tierra sin respiración y encendida como la grana. Pirli se puso junto a ella y al punto formose un corrillo cuyo centro era la cesta de provisiones. -A ver qué nos traes, Manuelilla -dijo Pirli-. Si no fuera por ti y el padre Busto, que está presente, nos moriríamos de hambre. Y si no fuera por este poco de baile con que quitamos el mal gusto de las tortas calientes y de las señoras, ¡qué sería de estos pobres soldados! -Os traigo lo que hay -repuso Manuela sacando las provisiones-. Queda poco y si esto dura, comeréis ladrillos. -Comeremos metralla amasada con harina negra -dijo Pirli-. Manuelilla, ¿ya se te ha quitado el miedo a los tiros? Al decir esto, tomó con presteza su fusil disparándolo al aire. La muchacha dio un grito y sobresaltada huyó de nuestro grupo. -No es nada, hija -dijo el fraile-. Las mujeres valientes no se asustan del ruido de (p.978) la pólvora, antes al contrario deben encontrar en él tanto agrado como en el son de las castañuelas y bandurrias. -Cuando oigo un tiro -dijo Manuela, acercándose llena de miedo-, no me queda gota de sangre en las venas. En aquel instante los franceses que sin duda querían probar la artillería de su segunda paralela, dispararon un cañón y la bala vino a rebotar contra la muralla del reducto, haciendo saltar en pedazos mil los deleznables ladrillos. Levantáronse todos a observar el campo enemigo; la serrana lanzó una exclamación de terror, y el tío Garcés púsose a dar gritos desde una tronera contra los franceses, prodigándoles los más insolentes vocablos acompañados de mucho cuerno y recuerno. El perrillo recorriendo la cortina de un extremo a otro ladraba con exaltada furia. -Manuela, echemos otra jota al son de esta música, y ¡viva la Virgen del Pilar! -exclamó Pirli saltando como un insensato. Manuela, impulsada por la curiosidad, alzábase lentamente alargando el cuello para mirar el campo por encima de la muralla. Luego al extender los ojos por la llanura, parecía disiparse poco a poco el miedo en su espíritu pusilánime, y al fin la vimos observando la línea enemiga con cierta serenidad y hasta con un poco de complacencia. -Uno, dos, tres cañones -dijo contando las bocas de fuego que a lo lejos se divisaban-. Vamos, chicos, no tengáis miedo. Eso no es nada para vosotros. Oyose hacia San José estrépito de fusilería, y en nuestro reducto sonó el tambor, mandando tomar las armas. Del fuerte cercano había salido una pequeña columna que se tiroteaba de lejos con los trabajadores franceses. Algunos de estos corriéndose hacia su izquierda, parecían próximos a ponerse al alcance de nuestros fuegos: corrimos todos a las aspilleras, dispuestos a enviarles un poco de pedrisco, y sin esperar la orden del jefe, algunos dispararon sus fusiles con gran algazara. Huyeron en tanto por el puente y hacia la ciudad todas las mujeres, excepto Manuela. ¿El miedo le impedía moverse? No: su miedo era inmenso y temblaba, dando diente con diente, (p.979) desfigurado el rostro por repentina amarillez; pero una curiosidad irresistible la retenía en el reducto, y fijaba los atónitos ojos en los tiradores y en el cañón que en aquel instante iba a ser disparado. -Manuela -le dijo Agustín-. ¿No te vas? ¿No te causa temor esto que estás mirando? La serrana con la atención fija en aquel espectáculo, asombrada, trémula, con los labios blancos y el pecho palpitante, ni se movía, ni hablaba. ¡Manuelilla -dijo Pirli corriendo hacia ella-, toma mi fusil y dispáralo! Contra lo que esperábamos, Manuelilla no hizo movimiento alguno de terror. -Tómalo, prenda -añadió Pirli haciéndole tomar el arma-; pon el dedo aquí, apunta afuera y tira. ¡Viva la segunda artillera Manuela Sancho y la Virgen del Pilar! La serrana tomó el arma, y a juzgar por su actitud y el estupor inmenso revelado en su mirar, parecía que ella misma no se daba cuenta de su acción. Pero alzando el arma con mano temblorosa, apuntó hacia el campo, tiró del gatillo e hizo fuego. Mil gritos y ardientes aplausos acogieron este disparo, y la serrana soltó el fusil. Estaba radiante de satisfacción y el júbilo encendió de nuevo sus mejillas. -Ves: Ya has perdido el miedo -dijo el mínimo-. Si a estas cosas no hay más que tomarlas el gusto. Lo mismo debieran hacer todas las zaragozanas, y de ese modo la Agustina y Casta Álvarez no serían una gloriosa excepción entre las de su sexo. -Venga otro fusil -exclamó la serrana-, que quiero tirar otra vez. -Se han marchado ya, prenda. ¿Te ha sabido a bueno? -dijo Pirli, preparándose a hacer desaparecer algo de lo que contenían las cestas-. Mañana, si quieres, estás convidada a un poco de torta caliente. Ea, sentémonos y a comer. El fraile, llamando a su perrillo, le decía: -Basta, hijo; no ladres tanto, ni lo tomes tan a pechos, que vas a quedarte ronco. Guarda ese arrojo para mañana: por hoy, no hay en qué emplearlo, pues, si no me engaño van a toda prisa a guarecerse detrás de sus parapetos. En efecto, la escaramuza de los de San José había concluido, y por el momento no teníamos (p.980) franceses a la vista. Un rato después sonó de nuevo la guitarra, y regresando las mujeres, comenzaron los dulces vaivenes de la jota, con Manuela Sancho y el gran Pirli en primera línea.
Ep-6-X - Cuando desperté al amanecer del día siguiente, vi a Montoria, que se paseaba por la muralla. -Creo que va a empezar el bombardeo -me dijo-. Se nota gran movimiento en la línea enemiga. -Empezarán por batir este reducto -indiqué yo, levantándome con pereza-. ¡Qué feo está el cielo, Agustín! El día amanece muy triste. -Creo que atacarán por todas partes a la vez, pues tienen hecha su segunda paralela. Ya sabes que Napoleón, hallándose en París, al saber la resistencia de esta ciudad en el primer sitio, se puso furioso contra Lefebvre Desnouettes porque había embestido la plaza por el Portillo y la Aljafería. Luego pidió un plano de Zaragoza, se lo dieron e indicó que la ciudad debía ser atacada por Santa Engracia. -¿Por aquí? Pronto lo veremos. Mal día se nos prepara si se cumplen las órdenes de Napoleón. Dime, ¿tienes por ahí algo que comer? -No te lo enseñé antes, porque quise sorprenderte -me dijo mostrándome un cesto, que servía de sepulcro a dos aves asadas fiambres, con algunas confituras y conservas finas. -¿Lo has traído anoche?.. Ya. ¿Cómo pudiste salir del reducto? -Pedí licencia al jefe, y me la concedió por una hora. Mariquilla tenía preparado este festín. Si el tío Candiola sabe que dos de las gallinas de su corral han sido muertas y asadas para regalo de los defensores de la ciudad, se lo llevarán los demonios. Comamos, pues, Sr. Araceli, y esperemos ese bombardeo.. ¡Eh! ¡Aquí está!.. una bomba, otra, otra.. Las ocho baterías que embocaban sus tiros contra San José y el reducto del Pilar, empezaron a hacer fuego; ¡pero qué fuego! ¡Todo el mundo a las troneras, o al pie del cañón! ¡Fuera almuerzos, fuera desayunos, fuera melindres! Los aragoneses no se alimentan sino de gloria. El fuerte inconquistable contestó al insolente sitiador con orgulloso cañoneo, y bien pronto el gran aliento de la patria dilató nuestros (p.981) pechos. Las balas rasas rebotando en la muralla de ladrillo y en los parapetos de tierra, destrozaban el reducto, cual si fuera un juguete apedreado por un niño; las granadas cayendo entre nosotros reventaban con estrépito, y las bombas pasando con pavorosa majestad por sobre nuestras cabezas, iban a caer en las calles y en los techos de las casas. ¡A la calle todo el mundo! No haya gente cobarde ni ociosa en la ciudad. Los hombres a la muralla, las mujeres a los hospitales de sangre, los chiquillos y los frailes a llevar municiones. No se haga caso de estas terribles masas inflamadas que agujerean los techos, penetran en las habitaciones, abren las puertas, horadan los pisos, bajan al sótano, y al reventar desparraman las llamas del infierno en el hogar tranquilo, sorprendiendo con la muerte al anciano inválido en su lecho y al niño en su cuna. Nada de esto importa. A la calle todo el mundo y con tal que se salve el honor, perezca la ciudad y la casa, y la iglesia, y el convento, y el hospital, y la hacienda, que son cosas terrenas. Los zaragozanos, despreciando los bienes materiales como desprecian la vida, viven con el espíritu en los infinitos espacios de lo ideal. En los primeros momentos nos visitó el capitán general, con otras muchas personas distinguidas, tales como D. Mariano Cereso, el cura Sas, el general O'Neilly, San Genis y D. Pedro Ric. También estuvo allí el bravo y generoso y campechano D. José de Montoria, que abrazó a su hijo, diciéndole: «Hoy es día de vencer o morir. Nos veremos en el cielo». Tras de Montoria se nos presentó don Roque, el cual estaba hecho un valiente, y como empleado en el servicio sanitario, desde antes que existieran heridos había comenzado a desplegar de un modo febril su actividad, y nos mostró un mediano montón de hilas. Varios frailes se mezclaron asimismo entre los combatientes durante los primeros disparos, exhortándonos con un furor místico, inspirado en el libro de los Macabeos. A un mismo tiempo y con igual furia atacaban los franceses el reducto del Pilar y el fortín de San (p.982) José. Este, aunque ofrecía un aspecto más formidable había de resistir menos, quizás por presentar mayor blanco al fuego enemigo. Pero allí estaba Renovales con los voluntarios de Huesca, los voluntarios de Valencia, algunos guardias walonas y varios individuos de milicias de Soria. El gran inconveniente de aquel fuerte consistía en estar construido al amparo de un vasto edificio, que la artillería enemiga convertía paulatinamente en ruinas; y desplomándose de rato en rato pedazos de paredón, muchos defensores morían aplastados. Nosotros estábamos mejor; sobre nuestras cabezas no teníamos más que cielo, y si ningún techo nos guarecía de las bombas, tampoco se nos echaban encima masas de piedra y ladrillo. Batían la muralla por el frente y los costados, y era un dolor ver cómo aquella frágil masa se desmoronaba, poniéndonos al descubierto. Sin embargo, después de cuatro horas de fuego incesante con poderosa artillería apenas pudieron abrir una brecha practicable. Así pasó todo el día 10, sin ventaja alguna para los sitiadores por nuestro lado, si bien hacia San José habían logrado acercarse y abrir una brecha espantosa, lo cual unido al estado ruinoso del edificio anunciaba la dolorosa necesidad de su rendición. Sin embargo, mientras el fuerte no estuviese reducido a polvo y muertos o heridos sus defensores había esperanza. Renováronse allí las tropas, porque los batallones que trabajaban desde por la mañana estaban diezmados, y cuando anocheció, después de abierta la brecha e intentado sin fruto un asalto, aún se sostuvo Renovales sobre las ruinas empapadas en sangre, entre montones de cadáveres y con la tercera parte tan sólo de su artillería. No interrumpió la noche el fuego, antes bien siguió con encarnizamiento en los dos puntos. Nosotros habíamos tenido buen número de muertos y muchos heridos. Estos eran al punto recogidos y llevados a la ciudad por los frailes y las mujeres; pero aquellos aún prestaban el último servicio con sus helados cuerpos, porque estoicamente los (p.983) arrojábamos a la brecha abierta, que luego se acababa de tapar con sacos de lana y tierra. Durante la noche no descansamos ni un solo momento, y la mañana del 11 nos vio poseídos del mismo frenesí, ya apuntando las piezas contra la trinchera enemiga, ya acribillando a fusilazos a los pelotones que venían a flanquearnos, sin abandonar ni un instante la operación de tapar la brecha, que de hora en hora iba agrandando su horroroso espacio vacío. Así nos sostuvimos toda la mañana, hasta el momento en que dieron el asalto a San José, ya convertido en un montón de ruinas, y con gran parte de su guarnición muerta. Aglomerando contra los dos puntos grandes fuerzas, mientras caían sobre el convento, dirigieron sobre nosotros un atrevido movimiento; y fue que con objeto de hacer practicable la brecha que nos habían abierto, avanzaron por el camino de Torrero con dos cañones de batalla, protegidos por una columna de infantería. En aquel instante nos consideramos perdidos: temblaron los endebles muros, y los ladrillos mal pegados se desbarataban en mil pedazos. Acudimos a la brecha que se abría y se abría cada vez más, y nos abrasaron con un fuego espantoso, porque viendo que el reducto se deshacía pedazo a pedazo, cobraron ánimo llegando al borde mismo del foso. Era una locura tratar de tapar aquel hueco formidable; y hacerlo a pecho descubierto era ofrecer víctimas sin fin al furioso enemigo. Abalanzáronse muchos con sacos de lana y paletadas de tierra, y más de la mitad quedaron yertos en el sitio. Cesó el fuego de cañón, porque ya parecía innecesario; hubo un momento de pánico indefinible; se nos caían los fusiles de las manos; nos vimos destrozados, deshechos, aniquilados por aquella lluvia de disparos que parecían incendiar el aire, y nos olvidamos del honor, de la muerte gloriosa, de la patria y de la Virgen del Pilar, cuyo nombre decoraba la puerta del baluarte inconquistable. La confusión más espantosa reinó en nuestras filas. Rebajado de improviso el nivel moral de nuestras almas, todos los que no habíamos (p.984) caído, deseamos unánimemente la vida, y saltando por encima de los heridos y pisoteando los cadáveres, huimos hacia el puente, abandonando aquel horrible sepulcro antes que se cerrara, enterrándonos a todos. En el puente nos agolpamos con pavor y desorden invencibles. Nada hay más frenético que la cobardía: sus vilezas son tan vehementes como las sublimidades del valor. Los jefes nos gritaban: «¡Atrás, canallas! ¡El reducto del Pilar no se rinde!». Y al mismo tiempo sus sables azotaron de plano nuestras viles espaldas. Nos revolvimos en el puente sin poder avanzar, porque otras tropas venían a contenernos, y tropezamos unos con otros, confundiendo la furia de nuestro miedo con el ímpetu de su bravura. -¡Atrás, canallas! -gritaban los jefes abofeteándonos-. ¡A morir en la brecha! El reducto estaba vacío: no había en él más que muertos y heridos. De repente vimos que entre el denso humo y el espeso polvo, y saltando sobre los exánimes cuerpos, y los montones de tierra, y las ruinas, y las cureñas rotas, y el material deshecho, avanzaba una figura impávida, pálida, grandiosa, imagen de la serenidad trágica; era una mujer que se había abierto paso entre nosotros, y penetrando en el recinto abandonado, marchaba majestuosa ¡hasta la horrible brecha! Pirli, que yacía en el suelo herido en una pierna, exclamó con terror: -Manuela Sancho, ¿a dónde vas? Todo esto pasó en mucho menos tiempo del que empleo en contarlo. Tras de Manuela Sancho se lanzó uno, luego tres, luego muchos, y al fin todos los demás, azuzados por los jefes que a sablazos nos llevaron otra vez al puesto del deber. Ocurrió esta transformación portentosa, por un simple impulso del corazón de cada uno, obedeciendo a sentimientos que se comunicaban a todos sin que nadie supiera de qué misterioso foco procedían. Ni sé por qué fuimos cobardes, ni sé por qué fuimos valientes unos cuantos segundos después. Lo que sé es que movidos todos por una fuerza extraordinaria, poderosísima, sobrehumana, nos lanzamos a la lucha tras la (p.985) heroica mujer, a punto que los franceses intentaban con escalas el asalto; y sin que tampoco sepa decir la causa, nos sentimos con centuplicadas energías, y aplastamos, arrojándolos en lo profundo del foso, a aquellos hombres de algodón que antes nos parecieron de acero. A tiros, a sablazos, con granadas de mano, a paletadas, a golpes, a bayonetazos, murieron muchos de los nuestros para servir de defensa a los demás con sus fríos cuerpos; defendimos el paso de la brecha, y los franceses se retiraron, dejando mucha gente al pie de la muralla. Volvieron a disparar los cañones, y el reducto inconquistable no cayó el día 11 en poder de la Francia. Cuando la tempestad de fuego se calmó, no nos conocíamos: estábamos transfigurados, y algo nuevo y desconocido palpitaba en lo íntimo de nuestras almas, dándonos una ferocidad inaudita. Al día siguiente decía Palafox con elocuencia: «Las bombas, las granadas y las balas no mudan el color de nuestros semblantes, ni toda la Francia lo alteraría».
Ep-6-XI - El fuerte de San José se había rendido, mejor dicho, los franceses entraron en él cuando la artillería lo hubo reducido a polvo, y cuando yacían entre los escombros uno por uno todos sus defensores. Los imperiales, al penetrar, encontraron inmenso número de cuerpos destrozados, y montones de tierra y guijarros amasados con sangre. No podían aún establecerse allí, porque eran flanqueados por la batería de los Mártires y la del Jardín Botánico, y continuaron las operaciones de zapa para apoderarse de estos dos puntos. Las fortificaciones que conservábamos estaban tan destrozadas, que urgía una composición general, y se dictaron órdenes terribles convocando a todos los habitantes de Zaragoza para trabajar en ellas. La proclama dijo que todos debían llevar el fusil en una mano y la azada en la otra. El 12 y el 13 se trabajó sin descanso, disminuyendo bastante el fuego, porque los sitiadores escarmentados, no querían arriesgarse en nuevos golpes de mano, y comprendiendo que aquello era obra de paciencia y estudio más que (p.986) de arrojo, abrían despacio y con toda seguridad zanjas y caminos cubiertos que les trajesen a la posesión del reducto, sin pérdida de gente. Casi fue preciso hacer de nuevo las murallas, mejor dicho, sustituirlas con sacos de tierra, operación en que además de toda la tropa, se ocupaban muchos frailes, canónigos, magistrados de la Audiencia, chicos y mujeres. La artillería estaba casi inservible, el foso casi cegado, y era preciso continuar la defensa a tiro de fusil. Así nos sostuvimos todo el 13 protegiendo los trabajos de recomposición, padeciendo mucho y viendo que cada vez mermábamos en número, aunque entraba gente nueva a cubrir las considerables bajas. El 14 la artillería enemiga empezó a desbaratar de nuevo nuestra muralla de sacos, abriéndonos brechas por el frente y los costados; mas no se atrevían a intentar un nuevo asalto, contentándose con seguir abriendo una zanja en tal dirección que no podíamos de modo alguno enfilarla con nuestro fuego, ni con los de las baterías inmediatas. El valeroso, el provocativo fuerte de tierra, iba a estar bien pronto bajo los fuegos cubiertos de baterías cercanas que arrojarían a los cuatro vientos el polvo de que estaba formado. En esta situación le era forzoso rendirse más tarde o más temprano, pues se hallaba a merced de los tiros del francés, como un barco a merced de las olas del Océano. Flanqueado por caminos cubiertos y zig-zags, por cuyos huecos discurría sin peligro un enemigo inteligente lleno de fuerza material y con todos los recursos de la ciencia, el baluarte era como un hombre cercado por un ejército. No teníamos cañones servibles ni podíamos traer otros nuevos, porque las murallas no los hubieran resistido. Nuestro único recurso era minar el reducto para volarlo en el momento en que entraran en él los franceses, y destruir también el puente para impedir que nos persiguieran. Así se hizo, y durante la noche del 14 al 15 trabajamos sin descanso en la mina, y pusimos los hornillos del puente, esperando que los enemigos se echasen encima al día siguiente por la mañana. (p.987) Con todo, no fue así, porque, no atreviéndose a dar un asalto sin tomar las precauciones y seguridades posibles, continuaron sus trabajos de zapa hasta muy cerca del foso. En esta faena, nuestra infatigable fusilería les hacía poco daño. Estábamos desesperados; sin poder hacer nada, sin que la misma desesperación nos sirviera para la defensa. Era una fuerza inútil como la cólera de un loco en su jaula. Desclavamos también el tablón que decía Reducto inconquistable, para llevarnos aquel testimonio de nuestra justificada jactancia, y al anochecer fue abandonado el fuerte, quedando sólo cuarenta hombres para custodiarlo hasta el fin y matar lo que se pudiera, como decía nuestro capitán, pues no debía perderse ninguna ocasión de hacer un par de bajas al enemigo. Desde la torre del Pino presenciamos la retirada de los cuarenta a eso de las ocho de la noche, después de haberla emprendido a bayonetazos con los ocupadores y batiéndose en retirada con bravura. La mina del interior del reducto hizo muy poco efecto; pero los hornillos del puente desempeñaron tan bien su cometido, que el paso quedó roto y el reducto aislado en la otra orilla de la Huerva. Adquirido este sitio y San José, los franceses tenían el apoyo suficiente para abrir su tercera paralela y batir cómodamente todo el circuito de la ciudad. Estábamos tristes, y un poco, un poquillo desanimados. Pero ¿qué importaba un decaimiento momentáneo, si al día siguiente tuvimos una fiesta divertidísima? Después de batirse uno como un frenético, no venía mal un poco de holgorio y bullanga precisamente cuando faltaba tiempo para enterrar los muchos muertos, y acomodar en las casas el inmenso número de heridos. Verdad es que para todo había manos, gracias a Dios; y el motivo de la general alegría fue que empezaron a circular noticias estupendas sobre ejércitos españoles que venían a socorrernos, sobre derrotas de los franceses en distintos puntos de la Península y otras zarandajas. Agolpábase el pueblo en la plaza de la Seo, esperando a que saliese la Gaceta, y al fin salió a regocijar los ánimos y hacer (p.988) palpitar de esperanza todos los corazones. No sé si efectivamente llegaron a Zaragoza tales noticias, o si las sacó de su cacumen el redactor principal, que era D. Ignacio Asso: lo cierto es que en letras de molde se nos dijo que Reding venía a socorrernos con un ejército de sesenta mil hombres; que el marqués de Lazán, después de derrotar a la canalla en el Norte de Cataluña, había entrado en Francia llevando el espanto por todas partes; que también venía en nuestro auxilio el duque del Infantado; que entre Blake y la Romana habían derrotado a Napoleón matándole veinte mil hombres, inclusos Berthier, Ney y Savary, y que a Cádiz habían llegado diez y seis millones de duros, enviados por los ingleses para gastos de guerra. ¿Qué tal? ¿Se explicaba la Gaceta? A pesar de ser tantas y tan gordas, nos las tragamos, y allí fueron las demostraciones de alegría, el repicar campanas, y el correr por las calles cantando la jota con otros muchos excesos patrióticos que por lo menos tenían la ventaja de proporcionarnos un poco de aquel refrigerio espiritual que necesitábamos. No crean Vds. que por consideración a nuestra alegría había cesado la lluvia de bombas. Muy lejos de eso, aquellos condenados parecían querer mofarse de las noticias de nuestra Gaceta, repitiendo la dosis. Sintiendo un deseo vivísimo de reírnos en sus barbas, corrimos a la muralla, y allí las músicas de los regimientos tocaron con cierta afectación provocativa, cantando todos en inmenso coro el famoso tema: La Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa.. También ellos estaban para burlas, y arreciaron el fuego de tal modo, que la ciudad recibió en menos de dos horas mayor número de proyectiles que en el resto del día. Ya no había asilo seguro, ya no había un palmo de suelo ni de techo libre de aquel satánico fuego. Huían las familias de sus hogares, o se refugiaban en los sótanos; los heridos que abundaban en las principales casas eran llevados a las iglesias, buscando reposo bajo sus fuertes bóvedas: otros salían arrastrándose; algunos más ágiles llevaban a cuestas (p.989) sus propias camas. Los más se acomodaban en el Pilar y después de ocupar todo el pavimento, tendíanse en los altares y obstruían las capillas. A pesar de tantos infortunios se consolaban con mirar a la Virgen, la cual sin cesar con el lenguaje de sus brillantes ojos les estaba diciendo que no quería ser francesa.
Ep-6-XII - Mi batallón no tomó parte en las salidas de los días 22 y 24, ni en la defensa del Molino de aceite y de las posiciones colocadas a espaldas de San José, hechos gloriosos en que se perdió bastante gente, pero donde se les sentó la mano con firmeza a los franceses. Y no era porque estos se descuidaran en tomar precauciones, pues en la tercera paralela, desde la embocadura de la Huerva hasta la puerta del Carmen, colocaron 50 cañones, los más de grueso calibre, dirigiendo sus bocas con mucho arte contra los puntos más débiles. De todo esto nos reíamos o aparentábamos reírnos, como lo prueba la vanagloriosa respuesta de Palafox al mariscal Lannes (que desde el 22 se puso al frente del ejército sitiador), en la cual le decía: «La conquista de esta ciudad hará mucho honor al señor Mariscal si la ganase a cuerpo descubierto, no con bombas y granadas que sólo aterran a los cobardes». Por supuesto en cuanto pasaron algunos días se conoció que los refuerzos esperados y los poderosos ejércitos que venían a libertarnos eran puro humo de nuestras cabezas y principalmente de la del diarista que en tales cosas se entretenía. No había tales auxilios, ni ejércitos de ninguna clase andaban cerca para ayudarnos. Yo comprendí bien pronto que lo publicado en la Gaceta del 16 era una filfa, y así lo dije a D. José de Montoria y a su mujer, los cuales en su optimismo atribuyeron mi incredulidad a falta de sentido común. Yo había ido con Agustín y otros amigos a la casa de mis protectores para ayudarles en una tarea que les traía muy apurados, pues destruido por las bombas parte del techo, y amenazada de ruina una pared maestra, estaban mudándose a toda prisa. El hijo mayor de Montoria, herido en la acción del (p.990) Molino de aceite, se había albergado, con su mujer e hijo en el sótano de una casa inmediata, y doña Leocadia no daba paz a los pies y a las manos para ir y venir de un sitio a otro trayendo y llevando lo que era menester. -No puedo fiarme de nadie -me decía-. Mi genio es así. Aunque tengo criados, no quedo contenta si no lo hago todo yo misma. ¿Qué tal se ha portado mi hijo Agustín? -Como quien es, señora -le contesté-. Es un valiente muchacho, y su disposición para las armas es tan grande, que no me asombraría verle de general dentro de un par de años. -¡General ha dicho Vd.! -exclamó con sorpresa-. Mi hijo cantará misa en cuanto se acabe el sitio, pues ya sabe Vd. que para eso le hemos criado. Dios y la Virgen del Pilar le saquen en bien de esta guerra, que lo demás irá por sus pasos contados. Los padres del Seminario me han asegurado que veré a mi hijo con su mitra en la cabeza y su báculo en la mano. -Así será, señora; no lo pongo en duda. Pero al ver cómo maneja las armas, no puede acostumbrarse uno a considerar que con aquella misma mano que tira del gatillo ha de echar bendiciones. -Verdad es, Sr. de Araceli; y yo siempre he dicho que a la gente de iglesia no le cae bien esto del gatillo, pero qué quiere Vd. Ahí tenemos hechos unos guerreros que dan miedo a D. Santiago Sas, a D. Manuel Lasartesa, al beneficiado de San Pablo D. Antonio La Casa, al teniente cura de la parroquia de San Miguel de los Navarros, D. José Martínez, y también a D. Vicente Casanova, que tiene fama de ser el primer teólogo de Zaragoza. Pues los demás lo hacen, guerree también mi hijo, aunque supongo que él estará rabiando por volver al Seminario y meterse en la balumba de sus estudios. Y no crea usted.. últimamente estaba estudiando en unos libros tan grandes, tan grandes que pesan dos quintales. Válgame Dios con el chico. Yo me embobo cuando le oigo recitar una cosa larga, muy larga, toda en latín por supuesto, y que debe de ser algo de nuestro divino Señor Jesucristo y el amor que tiene a su Iglesia, porque hay mucho de amorem y (p.991) de formosa, y pulcherrima, inflammavit y otras palabrillas por el estilo. -Justamente -le respondí-, y se me figura que lo que recita es el libro cuarto de una obra eclesiástica, que llaman la Eneida, que escribió un tal Fray Virgilio de la orden de Predicadores, y en cuya obra se habla mucho del amor que Jesucristo tiene a su Iglesia. -Eso debe de ser -repuso doña Leocadia-. Ahora, Sr. de Araceli, veamos si me ayuda Vd. a bajar esta mesa. -Con mil amores, señora mía, la llevaré yo solo -contesté cargando el mueble, a punto que entraba D. José de Montoria echando porras y cuernos por su bendita boca. -¿Qué es esto, porra? -exclamó-. ¡Los hombres ocupados en faenas de mujer! Para mudar muebles y trastos no se le ha puesto a Vd. un fusil en la mano, Sr. de Araceli. Y tú, mujer, ¿para qué distraes de este modo a los hombres que hacen falta en otro lado? Tú y las chicas ¡porra!, ¿no podéis bajar los muebles? Sois de pasta de requesón. Mira, por la calle abajo va la condesa de Bureta con un colchón a cuestas, mientras sus dos doncellas trasportan un soldado herido en una camilla. -Bueno -dijo doña Leocadia-, para eso no es menester tanto ruido. Váyanse fuera, pues, los hombres. A la calle todo el mundo, y déjennos solas. Afuera tú también, Agustín, hijo mío, y Dios te conserve sano en medio de este infierno. -Hay que trasportar veinte sacos de harina del convento de Trinitarios al almacén de la junta de abastos -dijo Montoria-. Vamos todos. Y cuando llegamos a la calle, añadió: -La mucha tropa que tenemos dentro de Zaragoza hará que pronto no podamos dar sino media ración. Verdad es, amigos míos, que hay muchos víveres escondidos, y aunque se ha mandado que todo el mundo declare lo que tiene, muchos no hacen caso y están acaparando para vender a precios fabulosos. ¡Mal pecado! Si les descubro y caen bajo mis manos, les haré entender quién es Montoria, presidente de la junta de abastos. Llegábamos al Mercado, cuando nos salió al encuentro el padre fray Mateo del Busto, que venía muy fatigado, forzando su débil paso, y le acompañaba otro (p.992) fraile a quien nombraron el padre Luengo. -¿Qué noticias nos traen sus paternidades? -les preguntó Montoria. -Efectivamente, D. Juan Gallart tenía algunas arrobas de embutidos que pone a disposición de la junta. -Y D. Pedro Pizcueta, el tendero de la calle de las Moscas, entrega generosamente sesenta sacos de lana y toda la harina y la sal de sus almacenes -añadió Luengo. -Pero acabamos de librar con el tío Candiola -dijo el fraile- una batalla, que ni la de las Eras se le compara. -Pues qué -preguntó D. José con asombro- ¿no ha entendido ese miserable cicatero que le pagaremos su harina, ya que es el único de todos los vecinos de Zaragoza que no ha dado ni un higo para el abastecimiento del ejército? -Váyale Vd. con esos sermones al tío Candiola -repuso Luengo-. Ha dicho terminantemente que no volvamos por allá si no le llevamos ciento y veinticuatro reales por cada costal de harina, de sesenta y ocho que tiene en su almacén. -¡Hay infamia igual! -exclamó Montoria soltando una serie de porras que no copio por no cansar al lector-. ¡Con que a ciento veinticuatro reales! Es preciso hacer entender a ese avaro empedernido cuáles son los deberes de un hijo de Zaragoza en estas circunstancias. El capitán general me ha dado autoridad para apoderarme de los abastecimientos que sean necesarios, pagando por ellos la cantidad establecida. -¿Pues sabe Vd. lo que dice, Sr. D. José de mis pecados? -indicó Busto-. Pues dice que el que quiera harina que la pague. Dice que si la ciudad no se puede defender que se rinda, y que él no tiene obligación de dar nada para la guerra, porque él no es quien la ha traído. -Corramos allá -dijo Montoria lleno de enojo, que dejaba traslucir en el gesto, en la alterada voz, en el semblante demudado y sombrío-. No es esta la primera vez que le pongo la mano encima a ese canalla, lechuzo, chupador de sangre. Yo iba detrás con Agustín, y observando a este, le vi pálido y con la vista fija en el suelo. Quise hablarle; pero me hizo señas de que callara, y seguimos esperando a ver en qué pararía aquello. (p.993) Pronto nos hallamos en la calle de Antón Trillo, y Montoria nos dijo: -Muchachos, adelantaos, tocad a la puerta de ese insolente judío: echadla abajo si no os abren, entrad, y decidle que baje al punto y venga delante de mí, porque quiero hablarle. Si no quiere venir, traedle de una oreja; pero cuidado que no os muerda, que es perro con rabia y serpiente venenosa. Cuando nos adelantamos miré de nuevo a Agustín, y le observé lívido y tembloroso. -Gabriel -me dijo en voz baja-, yo quiero huir.. yo quiero que se abra la tierra y me trague. Mi padre me matará, pero yo no puedo hacer lo que nos ha mandado. -Ponte a mi lado y haz como que se te ha torcido un pie y no puedes seguir -le dije. Y acto continuo los otros compañeros y yo empezamos a dar porrazos en la puerta. Asomose al punto la vieja por la ventana y nos dijo mil insolencias; trascurrió un breve rato y después vimos que una mano muy hermosa levantaba la cortina dejando ver momentáneamente una cara inmutada y pálida, cuyos grandes y vivos ojos negros dirigieron miradas de terror hacia la calle. Era en el momento en que mis compañeros y los chiquillos que nos seguían, gritaban en pavoroso concierto: -¡Que baje el tío Candiola, que baje ese perro Caifás! Contra lo que creímos, Candiola obedeció, mas lo hizo creyendo habérselas con el enjambre de muchachos vagabundos que solían darle tales serenatas, y sin sospechar que el presidente de la junta de abastos con dos vocales de los más autorizados, estaban allí para hablar de un asunto de importancia. Pronto tuvo ocasión de dar en lo cierto, porque al abrir la puerta, y en el momento de salir, corriendo hacia nosotros con un palo en la mano, y centelleando de ira sus feos ojos, encaró con Montoria, y se detuvo amedrentado. -¡Ah!, es Vd. Sr. de Montoria -dijo con muy mal talante-. Siendo Vd., como es, individuo de la junta de seguridad, ya podría mandar retirar a esta canalla que viene a hacer ruido en la puerta de la casa de un vecino honrado. -No soy de la junta de seguridad -declaró Montoria-, sino de la de abastos, y (p.994) por eso vengo en busca del señor Candiola y le hago bajar; que no entro yo en esa casa oscura, llena de telarañas y de ratones. -Los pobres -repuso Candiola con desabrimiento- no podemos tener palacios como el Sr. D. José de Montoria, administrador de bienes del común y por largo tiempo contratista de arbitrios. -Debo mi fortuna al trabajo, no a la usura -exclamó Montoria-. Pero acabemos, señor don Jerónimo; vengo por esa harina.. ya le habrán enterado a Vd. estos dos buenos religiosos.. -Sí; la vendo, la vendo -contestó Candiola con taimada sonrisa-; pero ya no la puedo dar al precio que indicaron esos señores. Es demasiado barato. No la doy menos de ciento sesenta y dos reales costal de a cuatro arrobas. -Yo no pido precio -dijo D. José conteniendo la indignación. -La junta podrá disponer de lo suyo; pero en mi hacienda no manda nadie más que yo -contestó el avaro-, y está dicho todo.. conque cada uno a su casa, que yo me meto en la mía. -Ven acá, harto de sangre -exclamó Montoria asiéndole del brazo y obligándole a dar media vuelta con mucha presteza-. Ven acá, Candiola de mil demonios; he dicho que vengo por la harina y no me iré sin ella. El ejército defensor de Zaragoza no se ha de morir de hambre ¡reporra!, y todos los vecinos han de contribuir a mantenerlo. -¡A mantenerlo, a mantener el ejército! -dijo el avariento, rebosando veneno-. ¿Acaso yo lo he parido? -¡Miserable tacaño! ¿No hay en tu alma negra y vacía ni tanto así de sentimiento patrio? -Yo no mantengo vagabundos. Pues qué, ¿teníamos necesidad de que los franceses nos bombardearan, destruyendo la ciudad? ¡Maldita guerra! ¿Y quieren que yo les dé de comer? Veneno les daría. -¡Canalla, sabandijo, polilla de Zaragoza y deshonra del pueblo español! -exclamó mi protector, amenazando con el puño la arrugada cara del avaro-. Más quisiera condenarme, ¡cuerno!, quemándome por toda la eternidad en las llamas del infierno, que ser lo que tú eres, que ser el tío Candiola por espacio de un minuto. Conciencia más (p.995) negra que la noche, alma perversa, ¿no te avergüenzas de ser el único que en esta ciudad ha negado sus recursos al ejército libertador de la patria? El odio general que por esta vil conducta has merecido, ¿no pesa sobre ti más que si te hubieran echado encima todas las peñas del Moncayo? -Basta de músicas y déjenme en paz -repuso don Jerónimo dirigiéndose a la puerta. -Ven acá, reptil inmundo -gritó Montoria, deteniéndole-. Te he dicho que no me voy sin la harina. Si no la das de grado como todo buen español, la darás por fuerza, y te la pagaré a razón de cuarenta y ocho reales costal, que es el precio que tenía antes del sitio. -¡Cuarenta y ocho reales! -exclamó Candiola con expresión rencorosa-. Mi pellejo daría por ese precio antes que la harina. La compré yo más cara. ¡Maldita tropa! ¿Me mantienen ellos a mí, Sr. de Montoria? -Dales gracias, execrable usurero, porque no han puesto fin a tu vida inútil. La generosidad de este pueblo ¿no te llama la atención? En el otro sitio y cuando pasábamos los mayores apuros por reunir dinero y efectos, tu corazón de piedra permaneció insensible, y no se te pudo arrancar ni una camisa vieja para cubrir la desnudez del pobre soldado, ni un pedazo de pan para matar su hambre. Zaragoza no ha olvidado tus infamias. ¿Recuerdas que después de la acción del 4 de Agosto se repartieron los heridos por la ciudad, y a ti te tocaron dos, que no lograron traspasar el umbral de esa puerta de la miseria? Yo me acuerdo bien: en la noche del 4 llegaron a tu puerta, y con sus débiles manos tocaron para que les abrieras. Sus ayes lastimosos no conmovían tu corazón de corcho; salistes a la puerta, y golpeándoles con el pie les lanzaste en medio de la calle, diciendo que tu casa no era un hospital. Indigno hijo de Zaragoza, ¿dónde tienes el alma, dónde tienes la conciencia? Pero tú no tienes alma ni eres hijo de Zaragoza, sino que naciste de un mallorquín con sangre de judío. Los ojos de Candiola echaban chispas; temblábale la quijada, y con sus dedos convulsos apretaba en la mano derecha el palo que le servía de bastón. -Sí, tú (p.996) tienes sangre de judío mallorquín; tú no eres hijo de esta noble ciudad. Los lamentos de aquellos dos pobres heridos ¿no resuenan todavía en tus orejas de murciélago? Uno de ellos, desangrado rápidamente, murió en este mismo sitio en que estamos. El otro arrastrándose pudo llegar hasta el mercado, donde nos contó lo ocurrido. ¡Infame espantajo! ¿No te asombrastes de que el pueblo zaragozano no te despedazara en la mañana del 5? Candiola, Candiolilla, dame la harina y tengamos la fiesta en paz. (p.997) -Montoria, Montorilla -repuso el otro-, con mi hacienda y mi trabajo no engordan los vagabundos holgazanes. ¡Ya! ¡Háblenme a mí de caridad y de generosidad y de interés por los pobres soldados! Los que tanto hablan de esto son unos miserables gorrones que están comiendo a costa de la cosa pública. La junta de abastos no se reirá de mí. ¡Como si no supiéramos lo que significa toda esta música de los socorros para el ejército! Montoria, Montorilla, algo se queda en casa, ¿no es verdad? Buenas cochuras se harán en los hornos de algún patriota con la harina que dan los sandios bobalicones que la junta conoce. ¡A cuarenta y ocho reales! ¡Lindo precio! ¡Luego en las cuentas que se pasan al capitán general se le ponen como compradas a sesenta, diciendo que la Virgen del Pilar no quiere ser francesa! D. José de Montoria que ya estaba sofocado y nervioso, luego que oyó lo anterior, perdió los estribos como vulgarmente se dice, y sin poder contener el primer impulso de su indignación, fuese derecho hacia el tío Candiola con apariencia de aporrearle la cara; mas este, que sin duda con su hábil mirada estratégica preveía el movimiento y se había preparado para rechazarlo, tomó rápidamente la ofensiva, arrojándose con salto de gato sobre mi protector, y le echó ambas manos al cuello, clavándole en él sus dedos huesosos y fuertes, mientras apretaba los dientes con tanta violencia cual si tuviera entre ellos la persona entera de su enemigo. Hubo una brevísima lucha, en que Montoria trabajó por deshacerse de aquella zarpa felina que tan (p.998) súbitamente le había hecho presa, y en un instante viose que la fuerza nerviosa del avaro no podía nada contra la energía muscular del patriota aragonés. Sacudido con violencia por este, Candiola cayó al suelo como un cuerpo muerto. Oímos un grito de mujer en la ventana alta, y luego el chasquido de la celosía al cerrarse. En aquel momento de dramática ansiedad, busqué en torno mío a Agustín; pero había desaparecido. D. José de Montoria, frenético de ira pateaba con saña el cuerpo del caído, diciéndole al mismo tiempo con voz atropellada y balbuciente: -Vil ladronzuelo, que te has enriquecido con la sangre de los pobres, ¿te atreves a llamarme ladrón, a llamar ladrones a los vocales de la junta de abastos? Con mil porras, yo te enseñaré a respetar a la gente honrada y agradéceme que no te arranco esa miserable lenguaza para echarla a los perros. Todos los circunstantes estábamos mudos de terror. Al fin sacamos al infeliz Candiola de debajo de los pies de su enemigo, y su primer movimiento fue saltar de nuevo sobre él; pero Montoria se había adelantado hacia la casa, gritando: -Ea, muchachos. Entrad en el almacén y sacad los sacos de harina. Pronto, despachemos pronto. La mucha gente que se había reunido en la calle impidió al viejo Candiola entrar en su casa. Rodeándole al punto los chiquillos que en gran número de las cercanías habían acudido, tomáronle por su cuenta. Unos le empujaban hacia adelante; otros hacia atrás; hacíanle trizas el vestido, y los más tomando la ofensiva desde lejos, le arrojaban en grandes masas el lodo de la calle. En tanto, a los que penetramos en el piso bajo, que era el almacén, nos salió al encuentro una mujer, en quien al punto reconocí a la hermosa Mariquilla, toda demudada, temblorosa, vacilando a cada paso, sin poderse sostener, ni hablar, porque el terror la paralizaba. Su miedo era inmenso y a todos nos dio lástima cuando la vimos, incluso a Montoria. -¿Vd. es la hija del Sr. Candiola? -dijo este sacando del bolsillo un puñado de monedas, y haciendo una breve cuenta en la pared con un pedazo de carbón (p.999) que tomó del suelo-. Sesenta y ocho costales de harina, a cuarenta y ocho reales son tres mil doscientos sesenta y cuatro. No valen ni la mitad, y me dan mucho olor a húmedo. Tome Vd., niña; aquí está la cantidad justa. María Candiola no hizo movimiento alguno para tomar el dinero, y Montoria lo depositó sobre un cajón, repitiendo: -Ahí está. Entonces la muchacha con brusco y enérgico movimiento que parecía, y lo era ciertamente, inspiración de su dignidad ofendida, tomó las monedas de oro, de plata y de cobre, y las arrojó a la cara de Montoria, como quien apedrea. Desparramose el dinero por el suelo y en el quicio de la puerta, sin que se haya podido averiguar en lo sucesivo dónde fue a parar. Inmediatamente después, la Candiola, sin decirnos nada, salió a la calle, buscando con los ojos a su padre entre el apiñado gentío, y al fin, ayudada de algunos mozos que no sabían ver con indiferencia la desgracia de una mujer, rescató al anciano del cautiverio infame en que los muchachos lo tenían. Entraron padre e hija por el portalón de la huerta, cuando empezábamos a sacar la harina.
Ep-6-XIII - Concluida la conducción, busqué a Agustín; pero no le encontraba en ninguna parte, ni en casa de su padre, ni en el almacén de la junta de abastos, ni en el Coso, ni en Santa Engracia. Al fin hallele a la caída de la tarde en el molino de pólvora, hacia San Juan de los Panetes. He olvidado decir que los zaragozanos, atentos a todo, habían improvisado un taller donde se elaboraban diariamente de nueve a diez quintales de pólvora. Ayudando a los operarios que ponían en sacos y en barriles la cantidad fabricada en el día, vi a Agustín de Montoria trabajando con actividad febril. -¿Ves este enorme montón de pólvora? -me dijo cuando me acerqué a él-. ¿Ves aquellos sacos y aquellos barriles todos llenos de la misma materia? Pues aún me parece poco, Gabriel. -No sé lo que quieres decir. -Digo que si esta inmensa cantidad de pólvora fuera del tamaño de Zaragoza me gustaría aún más. Sí, y en tal caso quisiera yo ser el único habitante de esta (p.1000) gran ciudad. ¡Qué placer! Mira, Gabriel; si así fuera, yo mismo le pegaría fuego, volaría hasta las nubes escupido por la horrorosa erupción, como la piedrecilla que lanza el cráter del volcán a cien leguas de distancia. Subiría al quinto cielo; y de mis miembros despedazados al caer después esparcidos en diferentes puntos no quedaría memoria. La muerte, Gabriel, la muerte es lo que deseo. Pero yo quiero una muerte.. no sé cómo explicártelo. Mi desesperación es tan grande, que morir de un balazo, morir de una estocada no me satisface. Quiero estallar y difundirme por los espacios en mil inflamadas partículas; quiero sentirme en el seno de una nube flamígera y que mi espíritu saboree, aunque sólo sea por un instante de inconmensurable pequeñez, las delicias de ver reducida a polvo de fuego la carne miserable. Gabriel, estoy desesperado. ¿Ves toda esta pólvora? Pues supón dentro de mi pecho todas las llamas que pueden salir de aquí.. ¿La viste cuando salió a recoger a su padre? ¿Viste cuando arrojó las monedas..? Yo estaba en la esquina observándolo todo. María no sabe que aquel hombre que maltrató a su padre es el mío. Viste cómo los chicos arrojaban lodo al pobre Candiola? Yo reconozco que Candiola es un miserable; pero ella, ¿qué culpa tiene? Ella y yo, ¿qué culpa tenemos? Nada, Gabriel, mi corazón destrozado anhela mil muertes; yo no puedo vivir; yo correré al sitio de mayor peligro y me arrojaré a buscar el fuego de los franceses, porque después de lo que he visto hoy, yo y la tierra en que habito somos incompatibles. Le saqué de allí llevándole a la muralla, y tomamos parte en las obras de fortificación que se estaban haciendo en las Tenerías, el punto más débil de la ciudad después de la pérdida de San José y de Santa Engracia. Ya he dicho que desde la embocadura de la Huerva hasta San José había 50 bocas de fuego. Contra esta formidable línea de ataque ¿qué valía nuestro circuito fortificado? El arrabal de las Tenerías se extiende al Oriente de la ciudad, entre la Huerva y el recinto antiguo (p.1001) perfectamente deslindado aún por la gran vía que se llama el Coso. Componíase a principios del siglo el caserío de edificios endebles, casi todos habitados por labradores y artesanos, y las construcciones religiosas no tenían allí la suntuosidad de otros monumentos de Zaragoza. La planta general de este barrio es aproximadamente un segmento de círculo, cuyo arco da al campo y cuya cuerda le une al resto de la ciudad, desde Puerta Quemada a la subida del Sepulcro. Corrían desde esta línea hacia la circunferencia varias calles, unas interrumpidas como las de Añón, Alcover y las Arcadas, y otras prolongadas como las de Palomar y San Agustín. Con estas se enlazaban sin plan ni concierto ni simetría alguna, estrechas vías como la calle de la Diezma, Barrio Verde, de los Clavos y de Pabostre. Algunas de estas se hallaban determinadas no por hileras de casas, sino por largas tapias, y a veces faltando una cosa y otra, las calles se resolvían en informes plazuelas, mejor dicho, corrales o patios donde no había nada. Digo mal, porque en los días a que me refiero, los escombros ocasionados por el primer sitio sirvieron para alzar baterías y barricadas en los puntos donde las casas no ofrecían defensa natural. Cerca del pretil del Ebro, existían algunos trozos de muralla antigua, con varios cubos de mampostería, que algunos suponen hechos por manos de gente romana, y otros juzgan obra de los árabes. En mi tiempo (no sé cómo estará actualmente) estos trozos de muralla aparecían empotrados en las manzanas de casas, mejor dicho, las casas estaban empotradas en ellos, buscando apoyo en los recodos y ángulos de aquella obra secular, ennegrecida, mas no quebrantada, por el paso de tantos siglos. Así, lo nuevo se había edificado sobre y entre los restos de lo antiguo en confuso amasijo, como la gente española se desarrolló y crió sobre despojos de otras gentes con mezcladas sangres, hasta constituirse como hoy lo está. El aspecto general del barrio de las Tenerías traía a la imaginación, acompañados de cierta (p.1002) idealidad risueña, los recuerdos de la dominación arábiga. La abundancia del ladrillo, los largos aleros, el ningún orden de las fachadas, las ventanuchas con celosías, la completa anarquía arquitectural, aquello de no saberse dónde acababa una casa y empezaba otra; la imposibilidad de distinguir si esta tenía dos pisos o tres, si el tejado de aquella servía de apoyo a las paredes de las de más allá; las calles que a lo mejor acababan en un corral sin salida, los arcos que daban entrada a una plazuela, todo me recordaba lo que en otro pueblo de España, de allí muy distante, había visto. Pues bien: esta amalgama de casas que os he descrito muy a la ligera, este arrabal fabricado por varias generaciones de labriegos y curtidores, según el capricho de cada uno y sin orden ni armonía, estaba preparado para la defensa, o se preparaba en los días 24 y 25 de Enero, una vez que se advirtió la gran pompa de fuerzas ofensivas que desplegó el francés por aquella parte. Y he de advertir que todas las familias habitadoras de las casas del arrabal, procedían a ejecutar obras, según su propio instinto estratégico, y allí había ingenieros militares con faldas, que dieron muestras de un profundo saber de guerra al tabicar ciertos huecos y abrir otros al fuego y a la luz. Los muros de Levante estaban en toda su extensión aspillerados. Los cubos de la muralla cesaraugustana, hechos contra las flechas y las piedras de honda, sostenían cañones. Si la zona de acción de alguna de estas piezas era estrechada por cualquier tejado colindante, azotea o casa entera, al punto se quitaba el obstáculo. Muchos pasos habían sido obstruidos, y dos de los edificios religiosos del arrabal, San Agustín y las Mónicas, eran verdaderas fortalezas. La tapia había sido reedificada y reforzada; las baterías se enlazaban unas con otras, y nuestros ingenieros habían calculado hábilmente las posiciones y el alcance de las obras enemigas para acomodar a ellas las defensivas. Dos puntos avanzados tenía la línea, y eran el molino de Goicoechea y una casa, que por pertenecer a un D. (p.1003) Victoriano González, ha quedado en la historia con el nombre de Casa de González. Recorriendo dicha línea desde Puerta Quemada, se encontraba, primero, la batería de Palafox, luego, el Molino de la ciudad; luego las eras de San Agustín, en seguida el molino de Goicoechea, colocado fuera del recinto, después la tapia de la huerta de las Mónicas, y a continuación, las de San Agustín; más adelante una gran batería y la casa de González. Esto es todo lo que recuerdo de las Tenerías. Había por allí un sitio que llamaban el Sepulcro, por la proximidad de una iglesia de este nombre. Al arrabal entero, mejor que a una parte de él, cuadraba entonces el nombre de sepulcro. Y no os digo más por no cansaros con estas menudencias descriptivas, que en rigor son innecesarias para quien conoce aquellos gloriosísimos lugares, e insuficientes para el que no ha podido visitarlos.
Ep-6-XIV - Agustín de Montoria y yo hicimos la guardia con nuestro batallón en el Molino de la ciudad, hasta después de anochecido, hora en que nos relevaron los voluntarios de Huesca, y se nos concedió toda la noche para estar fuera de las filas. Mas no se crea que en estas horas de descanso estábamos mano sobre mano, pues cuando concluía el servicio militar empezaba otro no menos penoso en el interior de la ciudad, ya conduciendo heridos a la Seo y al Pilar, ya desalojando casas incendiadas o bien llevando material a los señores canónigos, frailes y magistrados de la audiencia, que hacían cartuchos en San Juan de los Panetes. Pasábamos Montoria y yo por la calle de Pabostre. Yo iba comiéndome con mucha gana un mendrugo de pan. Mi amigo, taciturno y sombrío, regalaba el suyo a los perros que encontrábamos al paso, y aunque hice esfuerzos de imaginación para alegrar un poco su ánimo contristado, él insensible a todo, contestaba con tétricas expresiones a mi festivo charlar. Al llegar al Coso, me dijo: -Dan las diez en el reloj de la Torre Nueva. Gabriel, ¿sabes que quiero ir allá esta noche? -Esta noche no puede ser. Esconde entre ceniza la llama del amor (p.1004) mientras atraviesan el aire esos otros corazones inflamados que llaman bombas y que vienen a reventar dentro de las casas, matando medio pueblo. En efecto: el bombardeo, que no había cesado durante todo el día, continuaba en la noche, aunque un poco menos recio; y de vez en cuando caían algunos proyectiles, aumentando las víctimas que ya en gran número poblaban la ciudad. -Iré allá esta noche -me contestó-. ¿Me vería Mariquilla entre el gentío que tocó a las puertas de su casa? ¿Me confundiría con los que maltrataron a su padre? -No lo creo: esa niña sabrá distinguir a las personas formales. Ya averiguarás eso más adelante, y ahora no está el horno para bollos ¿Ves? De aquella casa piden socorro y por aquí van unas pobres mujeres. Mira, una de ellas no se puede arrastrar y se arroja en el suelo. Es posible que la señorita doña Mariquilla Candiola ande también socorriendo heridos en San Pablo o en el Pilar. -No lo creo. -O quizá esté en la cartuchería. -Tampoco lo creo. Estará en su casa y allá quiero ir, Gabriel; ve tú al transporte de heridos, a la pólvora o a donde quieras, que yo voy allá. Diciendo esto, se nos presentó Pirli, con su hábito de fraile, ya en mil partes agujereado, y el morrión francés tan lleno de abolladuras y desperfectos en el pelo, chapa y plumero, que el héroe, portador de tales prendas, más que soldado parecía una figura de Carnaval. -¿Van Vds. al acarreo de heridos? -nos dijo-. Ahora se nos murieron dos que llevábamos a San Pablo. Allá quieren gente para abrir la zanja en que van a enterrar los muertos de ayer; pero yo he trabajado bastante, y voy a descabezar un sueño en casa de Manuela Sancho. Antes bailaremos un poco: ¿queréis venir? -No; vamos a San Pablo -contesté- y enterraremos muertos, pues todo es trabajar. -Dicen que los muchos difuntos envenenan el aire y que por eso hay tanta gente con calenturas, las cuales despachan para el otro barrio más pronto que los heridos. Yo más quiero el pastel caliente que la epidemia, y una señora no me da miedo; pero el frío y la calentura, sí. (p.1005) Conque ¿vais a enterrar muertos? -Sí -dijo Agustín-. Enterremos muertos. -En San Pablo hay lo menos cuarenta, todos puestos en una capilla -añadió Pirli-, y al paso que vamos, pronto seremos más los muertos que los vivos. ¿Queréis divertiros? Pues no vayáis a abrir la zanja, sino a la cartuchería, donde hay unas mozas.. Todas las muchachas principales del pueblo están allí y de cuando en cuando echan algo de canto y bailoteo para alegrar las almas. -Pero allí no hacemos falta. ¿Está también Manuela Sancho? -No: todas son señoritas principales, que han sido llamadas por la junta de seguridad. Y también hay muchas en los hospitales. Ellas se brindan a este servicio, y la que falta es mirada con tan malos ojos, que no encontrara novio con quien casarse en todo este año ni en el que viene. Sentimos detrás de nosotros pasos precipitados, y volviéndonos, vimos mucha gente, entre cuyas voces reconocimos la de D. José de Montoria, el cual al vernos, muy encolerizado nos dijo: -¿Qué hacéis, papanatas? Tres hombres sanos y rollizos se están aquí mano sobre mano, cuando hace tanta falta gente para el trabajo. Vamos, largo de aquí. Adelante, caballeritos. Veis aquellos dos palos que hay junto a la subida del Trenque, con una viga cruzada encima, de la que penden seis dogales? ¿Veis la horca que se ha puesto esta tarde para los traidores? Pues es también para los holgazanes. A trabajar, o a puñetazos os enseñaré a mover el cuerpo. Seguimos tras ellos, y pasamos junto a la horca, cuyos seis dogales se balanceaban majestuosamente a impulso del viento, esperando gargantas de traidores o cobardes. Montoria, cogiendo a su hijo por un brazo, mostrole con enérgico ademán el horrible aparato, y le habló así: -Aquí tienes lo que hemos puesto esta tarde; ¡mira qué buen regalo para los que no cumplen con su deber! Adelante: yo que soy viejo, no me canso jamás, y vosotros jóvenes llenos de salud, parecéis de manteca. Ya se acabó aquella gente invencible del primer sitio. Señores, nosotros los viejos demos ejemplo a (p.1006) estos pisaverdes, que desde que llevan siete días sin comer, se quejan y empiezan a pedir caldo. Caldo de pólvora os daría yo y una garbanzada de cañón de fusil, ¡cobardes! Ea, adelante, que hace falta enterrar muertos y llevar cartuchos a las murallas. -Y asistir a los enfermos de esta condenada epidemia que se está desarrollando -dijo uno de los que acompañaban a Montoria. -Yo no sé qué pensar de esto que llaman epidemia los facultativos, y que yo llamo miedo, sí señores, puro miedo -añadió D. José-; porque eso de quedarse uno frío, y entrarle calambres y calentura y ponerse verde y morirse, ¿qué es si no efecto del miedo? Ya se acabó la gente templada, sí señores, ¡qué gente aquella la del primer sitio! Ahora en cuanto hacen fuego nutrido y lo reciben por espacio de diez horas ¡una friolera!, ya se caen de fatiga y dicen que no pueden más. Hay hombre que sólo por perder pierna y media se acobarda y empieza a llamar a gritos a los santos Mártires diciendo que lo lleven a la cama. ¡Nada, cobardía y pura cobardía! Como que hoy se retiraron de la batería de Palafox varios soldados, entre los cuales había muchos que conservaban un brazo sano y mondo. Y luego pedían caldo.. ¡Que se chupen su propia sangre, que es el mejor caldo del mundo! ¡Cuando digo que se acabó la gente de pecho, aquella gente, porra, mil porras! -Mañana atacarán los franceses las Tenerías -dijo otro-. Si resultan muchos heridos, no sé dónde los vamos a colocar. -¡Heridos! -exclamó Montoria-. Aquí no se quieren heridos. Los muertos no estorban, porque se hace con ellos un montón y.. pero los heridos.. Como la gente no tiene ya aquel arrojo, pues.. apuesto a que defenderán las posiciones mientras no se vean reducidos a la décima parte; pero las abandonarán desde que encima de cada uno se echen un par de docenas de franceses.. ¡Qué debilidad! En fin, sea lo que Dios quiera, y pues hay heridos y enfermos, asistámoslos. ¿Qué tal? ¿Se ha recogido hoy mucha gallina? -Como unas doscientas, de las cuales más de la mitad son de donativo, y las demás se (p.1007) han pagado a seis reales y medio. Algunos no las quieren dar. -Bueno. ¡Que un hombre como yo se ocupe de gallinas en estos días!.. Han dicho Vds. que algunos no las querían dar, ¿eh? El señor capitán general me ha autorizado para imponer multas a los que no contribuyan a la defensa, y sin ruido ni violencia arreglaremos a los tibios y a los traidores.. Alto, señores. Una bomba cae por las inmediaciones de la Torre Nueva. ¿Veis? ¿Oís? ¡Qué horroroso estrépito! Apuesto a que la divina Providencia, más que los morteros franceses, la ha dirigido contra el hogar de ese judío empedernido y sin alma que ve con indiferencia y hasta con desprecio las desgracias de sus convecinos. Corre la gente hacia allá: parece que arde una casa o que se ha desplomado.. No, no corráis, infelices; dejadla que arda, dejadla que caiga al suelo en mil pedazos. Es la casa del tío Candiola, que no daría una peseta por salvar al género humano de un nuevo diluvio.. Eh, Agustín, ¿dónde vas? ¿Tú también corres hacia allá? Ven acá, y sígueme, que hacemos más falta en otra parte. Íbamos por junto a la Escuela Pía. Agustín, impulsado sin duda por un movimiento de su corazón, tomó a toda prisa la dirección de la plazuela de San Felipe, siguiendo a la mucha gente que corría hacia este sitio; pero detenido enérgicamente por su padre, continuó mal de su grado en nuestra compañía. Algo ardía indudablemente cerca de la Torre Nueva, y en esta los preciosos arabescos y las facetas de los ladrillos brillaron enrojecidos por la cercana llama. Aquel monumento elegante, aunque cojo, descollaba en la negra noche, vestido de púrpura, y al mismo tiempo su colosal campana lanzaba al aire prolongados lamentos. Llegamos a San Pablo. -Ea, muchachos, haraganes -nos dijo D. José-, ayudad a los que abren esta zanja. Que sea holgadita, crecederita; es un traje con que se van a vestir cuarenta cuerpos. Y emprendimos el trabajo, sacando tierra de la zanja que se abría en el patio de la iglesia. Agustín cavaba como yo, y a cada instante volvía sus ojos a la Torre Nueva. -Es un (p.1008) incendio terrible -me dijo-. Mira, parece que se extingue un poco, Gabriel; yo me quiero arrojar en esta gran fosa que estamos abriendo. -No haya prisa -le respondí-, que tal vez mañana nos echen en ella sin que lo pidamos. Con que dejarse de tonterías y a trabajar. -¿No ves? Creo que se extingue el fuego. -Sí: se habrá quemado toda la casa. El tío Candiola habrase encerrado en el sótano con su dinero y allí no llegará el fuego. -Gabriel, voy un momento allá; quiero ver si ha sido su casa. Si sale mi padre de la iglesia, le dirás que.. le dirás que vuelvo en seguida. La repentina salida de D. José de Montoria impidió a Agustín la fuga que proyectaba, y los dos continuamos cavando la gran sepultura. Comenzaron a sacar cuerpos, y los heridos o enfermos que eran traídos a cada instante veían el cómodo lecho que se les estaba preparando, quizás para el día siguiente. Al fin se creyó que la zanja era bastante honda y nos mandaron suspender la excavación. Acto continuo fueron traídos uno a uno los cadáveres y arrojados en su gran sepultura, mientras algunos clérigos, puestos de rodillas y rodeados de mujeres piadosas, recitaban lúgubres responsos. Cayeron dentro todos; y no faltaba sino echar tierra encima. D. José Montoria, con la cabeza descubierta y rezando en voz alta un Padre Nuestro, echó el primer puñado, y luego nuestras palas y azadas empezaron a cubrir la tumba a toda prisa. Concluida nuestra operación, todos nos pusimos de rodillas y rezamos en voz baja. Agustín de Montoria me decía al oído: -Iremos ahora.. mi padre se marchará. Le dices que hemos quedado en relevar a dos compañeros que tienen un enfermo en su familia y quieren pasar a verle. Díselo, por Dios; yo no me atrevo.. y en seguida iremos allá.
Ep-6-XV - Y engañamos al viejo y fuimos, ya muy avanzada la noche, porque la inhumación que acabo de mencionar duró más de tres horas. La luz del incendio por aquella parte había dejado de verse; la masa de la torre perdíase en la oscuridad de la noche y su gran campana no sonaba sino de tarde en tarde para anunciar (p.1009) la salida de una bomba. Pronto llegamos a la plazuela de San Felipe, y al observar que humeaba el techo de una casa cercana en la calle del Temple, comprendimos que no fue la del tío Candiola sino aquella, la que tres horas antes habían invadido las llamas. -Dios la ha preservado -dijo Agustín con mucha alegría-, si la ruindad del padre atrae sobre aquel techo la cólera divina, las virtudes y la inocencia de Mariquilla la detienen. Vamos allá. En la plazuela de San Felipe había alguna gente; pero la calle de Antón Trillo estaba desierta. Nos detuvimos junto a la tapia de la huerta y pusimos atento el oído. Todo estaba tan en silencio, que la casa parecía abandonada. ¿Lo estaría realmente? Aunque aquel barrio era de los menos castigados por el bombardeo, muchas familias le habían desalojado, o vivían refugiadas en los sótanos. -Si entro -me dijo Agustín-, tú entrarás conmigo. Después de la escena de hoy, temo que don Jerónimo, suspicaz y medroso como buen avaro, esté alerta toda la noche y ronde la huerta, creyendo que vuelven a quitarle su hacienda. -En ese caso -le respondí-, más vale no entrar, porque además del peligro que trae el caer en manos de ese vestiglo, habrá gran escándalo, y mañana todos los habitantes de Zaragoza sabrían que el hijo de D. José de Montoria, el joven destinado a encajarse una mitra en la cabeza, anda en malos pasos con la hija del tío Candiola. Pero esto y algo más que le dije era predicar en desierto, y así, sin atender razones, insistiendo en que yo le siguiera, hizo la señal amorosa, aguardando con la mayor ansiedad que fuera contestada. Transcurrió algún tiempo, y al cabo, después de mucho mirar y remirar desde la acera de enfrente, percibimos luz en la ventana alta. Sentimos luego descorrer muy quedamente el cerrojo del portalón, y este se abrió sin rechinar, pues sin duda el amor había tenido la precaución de engrasar sus viejos goznes. Los dos entramos, topando de manos a boca, no con la deslumbradora hermosura de una perfumada y voluptuosa doncella, sino con una avinagrada cara, en la que al punto (p.1010) reconocí a doña Guedita. -Vaya unas horas de venir acá -dijo gruñendo-, y viene con otro. Caballeritos, hagan Vds. el favor de no meter ruido. Anden sobre las puntas de los pies y cuiden de no tropezar ni con una hoja seca, que el señor me parece que está despierto. Esto nos lo dijo en voz tan baja que apenas lo entendimos, y luego marchó adelante haciendo señas de que la siguiéramos y poniendo el dedo en los labios para intimarnos un silencio absoluto. La huerta era pequeña; pronto le dimos fin, tropezando con una escalerilla de piedra que conducía a la entrada de la casa, y no habíamos subido seis escalones cuando nos salió al encuentro una esbelta figura, arrebujada en una manta, capa o cabriolé. Era Mariquilla. Su primer ademán fue imponernos silencio, y luego miró con inquietud una ventana lateral que también caía a la huerta. Después mostró sorpresa al ver que Agustín iba acompañado; pero este supo tranquilizarla, diciendo: -Es Gabriel, mi amigo, mi mejor, mi único amigo, de quien me has oído hablar tantas veces. -Habla más bajo -dijo María-. Mi padre salió hace poco de su cuarto con una linterna, y rondó toda la casa y la huerta. Me parece que no duerme aún. La noche está oscura. Ocultémonos en la sombra del ciprés y hablemos en voz muy baja. La escalera de piedra conducía a una especie de corredor o balcón con antepecho de madera. En el extremo de este corredor un ciprés corpulento, plantado en la huerta, proyectaba gran masa de sombra, formando allí una especie de refugio contra la claridad de la luna. Las ramas desnudas del olmo se extendían sin sombrear por otro lado, y garabateaban con mil rayas el piso del corredor, la pared de la casa y nuestros cuerpos. Al amparo de la sombra del ciprés sentose Mariquilla en la única silla que allí había; púsose Montoria en el suelo y junto a ella, apoyando las manos en sus rodillas, y yo senteme también sobre el piso, no lejos de la hermosa pareja. Era la noche, como de Enero, serena, seca y fría; quizás los dos amantes, caldeados en el amoroso rescoldo de sus corazones, no sentían (p.1011) la baja temperatura; pero yo, criatura ajena a sus incendios, me envolví en mi capote para resguardarme de la frialdad de los ladrillos. La tía Guedita había desaparecido. Mariquilla entabló la conversación abordando desde luego, el punto difícil. -Esta mañana te vi en la calle. Cuando sentimos Guedita y yo el gran ruido de la mucha gente que se agolpaba en nuestra puerta, me asomé a la ventana y te vi en la acera de enfrente. -Es verdad -respondió Montoria con turbación-. Allá fui; pero tuve que marcharme al instante porque se me acababa la licencia. -¿No viste cómo aquellos bárbaros atropellaron a mi padre? -dijo Mariquilla conmovida-. Cuando aquel hombre cruel le castigó, miré a todos lados, esperando que tú saldrías en su defensa; pero ya no te vi por ninguna parte. -Lo que te digo, Mariquilla de mi corazón -repuso Agustín- es que tuve que marcharme antes.. Después me dijeron que tu padre había sido maltratado, y me dio un coraje.. quise venir.. -¡A buenas horas! Entre tantas, entre tantas personas -añadió la Candiola llorando- ni una, ni una sola hizo un gesto para defenderle. Yo me moría de miedo aquí arriba, viéndole en peligro. Miramos con ansiedad a la calle. Nada, no había más que enemigos.. Ni una mano generosa, ni una voz caritativa.. Entre todos aquellos hombres, uno, más cruel que todos arrojó a mi padre en el suelo.. ¡Oh! Recordando esto, no sé lo que me pasa. Cuando lo presencié, un gran terror me tuvo por momentos paralizada. Hasta entonces no conocí yo la verdadera cólera, aquel fuego interior, aquel impulso repentino que me hizo correr de aposento en aposento buscando.. Mi pobre padre yacía en el suelo y el miserable le pisoteaba como si fuera un reptil venenoso. Viendo esto, yo sentía la sangre hirviendo en mi cuerpo. Como te he dicho, corrí por la habitación buscando un arma, un cuchillo, un hacha, cualquier cosa. No encontré nada.. Desde lo interior oí los lamentos de mi padre, y sin esperar más bajé a la calle. Al verme en el almacén entre tantos hombres, sentí de nuevo invencible terror, y (p.1012) no podía dar un paso. El mismo que le había maltratado me alargó un puñado de monedas de oro. No las quise tomar, pero luego se las arrojé a la cara con fuerza. Me parecía tener en la mano un puñado de rayos, y que vengaba a mi padre lanzándolos contra aquellos viles. Salí después, miré otra vez a todos lados buscándote, pero nada vi. Sólo entre la turba inhumana, mi padre se encontraba sobre el cieno pidiendo misericordia. -¡Oh! María, Mariquilla de mi corazón -exclamó Agustín con dolor, besando las manos de la desgraciada hija del avaro-, no hables más de ese asunto, que me destrozas el alma. Yo no podía defenderle.. tuve que marcharme.. no sabía nada.. creí que aquella gente se reunía con otro objeto. Es verdad que tienes razón; pero deja ese asunto que me lastima, me ofende y me causa inmensa pena. -Si hubieras salido a la defensa de mi padre, este te hubiera mostrado gratitud. De la gratitud se pasa al cariño. Habrías entrado en casa.. -Tu padre es incapaz de amar a nadie -respondió Montoria-. No esperes que consigamos nada por ese camino. Confiemos en llegar al cumplimiento de nuestro deseo por caminos desconocidos, con la ayuda de Dios y cuando menos lo parezca. No pensemos en lo ordinario ni en lo que tenemos delante, porque todo lo que nos rodea está lleno de peligros, de obstáculos, de imposibilidades; pensemos en algo imprevisto, en algún medio superior y divino, y llenos de fe en Dios y en el poder de nuestro amor, aguardemos el milagro que nos ha de unir, porque será un milagro, María, un prodigio como los que cuentan de otros tiempos y nos resistimos a creer. -¡Un milagro! -exclamó María con melancólica estupefacción-. Es verdad. Tú eres un caballero principal, hijo de personas que jamás consentirían en verte casado con la hija del Sr. Candiola. Mi padre es aborrecido en toda la ciudad. Todos huyen de nosotros, nadie nos visita; si salgo, me señalan, me miran con insolencia y desprecio. Las muchachas de mi edad no gustan de alternar conmigo, y los jóvenes del pueblo que (p.1013) recorren de noche la ciudad cantando músicas amorosas al pie de las rejas de sus novias, vienen junto a las mías a decir insultos contra mi padre, llamándome a mí misma con los nombres más feos. ¡Oh! ¡Dios mío! Comprendo que ha de ser preciso un milagro para que yo sea feliz.. Agustín, nos conocemos hace cuatro meses y aún no has querido decirme el nombre de tus padres. Sin duda no serán tan odiados como el mío. ¿Por qué lo ocultas? Si fuera preciso que nuestro amor se hiciera público, te apartarías de las miradas de tus amigos, huyendo con horror de la hija del tío Candiola. -¡Oh! No, no digas eso -exclamó Agustín, abrazando las rodillas de Mariquilla y ocultando el rostro en su regazo-. No digas que me avergüenzo de quererte, porque al decirlo insultas a Dios. No es verdad. Hoy nuestro amor permanece en secreto porque es necesario que así pase; pero cuando sea preciso descubrirlo, lo descubriré arrostrando la cólera de mi padre. Sí, María, mis padres me maldecirán, arrojándome de su casa. Pero mi amor será más fuerte que su enojo. Hace pocas noches me dijiste, mirando ese monumento que desde aquí se descubre: «Cuando esa torre se ponga derecha, dejaré de quererte». Yo te juro que la firmeza de mi amor excede a la inmovilidad, al grandioso equilibrio de esa torre, que podrá caer al suelo, pero jamás ponerse a plomo sobre la base que la sustenta. Las obras de los hombres son variables; las de la naturaleza son inmutables y descansan eternamente sobre su inmortal asiento. ¿Has visto el Moncayo, esa gran peña que escalonada con otras muchas se divisa hacia Poniente, mirando desde el arrabal? Pues cuando el Moncayo se canse de estar en aquel sitio, y se mueva, y venga andando hasta Zaragoza, y ponga uno de sus pies sobre nuestra ciudad, reduciéndola a polvo, entonces, sólo entonces dejaré de quererte. De este modo hiperbólico y con este naturalismo poético expresaba mi amigo su grande amor, correspondiendo y halagando así la imaginación de la hermosa Candiola, que propendía con impulso ingénito al mismo (p.1014) sistema. Callaron ambos un momento, y luego los dos, mejor dicho, los tres, proferimos una exclamación y miramos a la torre, cuya campana había lanzado al viento dos toques de alarma. En el mismo instante un globo de fuego surcó el espacio negro describiendo rápidas oscilaciones. -¡Una bomba! ¡Es una bomba -exclamó María con pavor, arrojándose en brazos de su amigo. La espantosa luz pasó velozmente por encima de nuestras cabezas, por encima de la huerta y de la casa, iluminando a su paso la torre, los techos vecinos, hasta el rincón donde nos escondíamos. Luego sintiose el estallido. La campana empezó a clamar, uniéndose a su grito el de otras más o menos lejanas, agudas, graves, chillonas, cascadas, y oímos el tropel de la gente que corría por las inmediatas calles. -Esa bomba no nos matará -dijo Agustín, tranquilizando a su novia-. ¿Tienes miedo? -¡Mucho, muchísimo miedo! -respondió esta-. Aunque a veces me parece que tengo mucho, muchísimo valor. Paso las noches rezando y pidiéndole a Dios que aparte el fuego de mi casa. Hasta ahora ninguna desgracia nos ha ocurrido, ni en este ni en el otro sitio. Pero ¡cuántos infelices han perecido, cuántas casas de personas honradas y que nunca hicieron mal a nadie han sido destruidas por las llamas! Yo deseo ardientemente ir, como los demás, a socorrer a los heridos; pero mi padre me lo prohíbe, y se enfada conmigo siempre que se lo propongo. Esto decía, cuando en el interior de la casa sentimos ruido vago y lejano en que se confundía con la voz de la señora Guedita la desapacible del tío Candiola. Los tres obedeciendo a un mismo pensamiento nos estrechamos en el rincón y contuvimos el aliento, temiendo ser sorprendidos. Luego sentimos más cerca la voz del avaro que decía: -¿Qué hace Vd. levantada a estas horas, señora Guedita? -Señor -contestó la vieja, asomándose por una ventana que daba al corredor-, ¿quién puede dormir con este horroroso bombardeo? Si a lo mejor se nos mete aquí una señora bomba y nos coge en la cama y en paños menores, y vienen los (p.1015) vecinos a sacar los trastos y a pagar el fuego.. ¡Oh, qué falta de pudor! No pienso desnudarme mientras dure este endemoniado bombardeo. -Y mi hija, ¿duerme? -preguntó Candiola, que al decir esto se asomaba por un ventanillo al otro extremo de la huerta. -Arriba está durmiendo como una marmota -repuso la dueña-. Bien dicen que para la inocencia no hay peligros. A la niña no le asusta una bomba más que un cohete. -Si desde aquí se divisara el punto donde ha caído ese proyectil.. -dijo Candiola alargando su cuerpo fuera de la ventana para poder extender la vista por sobre los tejados vecinos, más bajos que el de su casa-. Se ve claridad como de incendio; pero no puedo decir si es cerca o lejos. -O yo no entiendo nada de bombas -dijo Guedita desde el corredor-, o esta ha caído allá por el mercado. -Así parece. Si cayeran todas en las casas de los que sostienen la defensa, y se empeñan en no acabar de una vez tantos desastres.. Si no me engaño, señora Guedita, el fuego luce hacia la calle de la Tripería. ¿No están por allá los almacenes de la junta de abastos? ¡Ah! ¡Bendita bomba, que no cayera en la calle de la Hilarza y en la casa del malvado y miserable ladrón!.. Señora Guedita, estoy por salir a la calle a ver si el regalo ha caído en la calle de la Hilarza, en la casa del orgulloso, del entrometido, del canalla, del asesino D. José de Montoria. Se lo he pedido con tanto fervor esta noche a la Virgen del Pilar, a las Santas Masas y a Santo Domingo del Val, que al fin creo que han oído. -Sr. D. Jerónimo -dijo la vieja-, déjese de correrías que el frío de la noche traspasa, y no vale la pena de coger una pulmonía por ver dónde paró la bomba, que harto tenemos ya con saber que no se nos ha metido en casa. Si la que pasó no ha caído en casa de ese bárbaro sayón, otra caerá mañana, pues los franceses tienen buena mano. Conque acuéstese su merced, que yo me quedo rondando la casa, por si ocurriese algo. Candiola, respecto a la salida, varió sin duda de parecer, en vista de los buenos consejos de la criada, porque cerrando la (p.1016) ventanilla, metiose dentro, y no se le sintió más en el resto de la noche. Mas no porque desapareciera rompieron los amantes el silencio, temerosos de ser escuchados o sorprendidos; y hasta que la vieja no vino a participarnos que el señor roncaba como un labriego, no se reanudó el diálogo interrumpido. -Mi padre desea que las bombas caigan sobre la casa de su enemigo -dijo María-. Yo no quisiera verlas en ninguna parte, pero si alguna vez se puede desear mal al prójimo, es en esta ocasión, ¿no es verdad? Agustín no contestó nada. -Tú te marchaste -continuó la joven-; tú no viste cómo aquel hombre, el más cruel, el más malvado y cobarde de todos los que vinieron, le arrojó al suelo, ciego de cólera y le pisoteó. Así patearán su alma los demonios en el infierno, ¿no es verdad? -Sí -contestó lacónicamente el mozo. -Esta tarde, después que todo aquello pasó, Guedita y yo curábamos las contusiones de mi padre. Él estaba tendido sobre su cama, y loco de desesperación, se retorcía mordiéndose los puños y lamentándose de no haber tenido más fuerza que el otro. Nosotras procurábamos consolarle; pero él nos decía que calláramos. Después me echó en cara ¡tal era su rabia!, que hubiese yo arrojado a la calle el dinero de la harina; enfadose mucho conmigo, y me dijo que pues no se pudo sacar otra cosa, los tres mil reales y pico no debían despreciarse; y que yo era una loca despilfarradora, que lo estaba arruinando. De ningún modo podíamos calmarle. Cerca ya del anochecer sentimos otra vez ruido en la calle. Creímos que volvían los mismos y el mismo del mediodía. Mi padre quiso arrojarse del lecho lleno de furia. Yo tuve al principio mucho miedo; después me reanimé, considerando que era necesario mostrar valor. Pensando en ti, dije: «Si él estuviera en casa, nadie nos insultaría». Como el rumor de la calle aumentara, lleneme de valor, cerré bien todas las puertas, y rogando a mi padre que continuase quieto en su cama, resolví esperar. Mientras Guedita rezaba de rodillas a todos los santos del cielo, yo (p.1017) registré la casa buscando un arma, y al fin pude hallar un cuchillo. La vista de esta arma siempre me ha causado horror; pero hoy la empuñé con decisión. ¡Oh!, estaba fuera de mí, y aún ahora mismo me causa espanto el pensar en aquello. Frecuentemente me desmayo al mirar un herido; me asusto y tiemblo sólo de ver una gota de sangre; casi lloro si castigan a un perro delante de mí, y jamás he tenido fuerzas para matar una mosca; pero esta tarde, Agustín, esta tarde cuando sentí ruido en la calle, cuando creí oír de nuevo los golpes en la puerta, cuando esperaba por momentos ver delante de mí a aquellos hombres.. Te juro que si llega a salir verdad lo que temí, si cuando yo estaba en el cuarto de mi padre, junto a su lecho, llega a entrar el mismo hombre que le maltrató algunas horas antes, te juro que allí mismo.. sin vacilar.. cierro los ojos y le parto el corazón. -¡Calla, por Dios! -dijo Montoria con horror-. Me causas miedo, María, y al oírte me parece que tus propias manos, estas divinas manos clavan en mi pecho la hoja fría. No maltratarán otra vez a tu padre. Ya ves cómo lo de esta noche fue puro miedo. No, no hubieras sido capaz de lo que dices; tú eres una mujer, y una mujer débil, sensible, tímida, incapaz de matar a un hombre, como no le mates de amor. El cuchillo se te hubiera caído de las manos y no habrías manchado tu pureza con la sangre de un semejante. Esos horrores se quedan para nosotros los hombres, que nacemos destinados a la lucha, y que a veces nos vemos en el triste caso de gozar arrancando hombres a la vida. María, no hables más de ese asunto, no recuerdes a los que te ofendieron; olvídalos, perdónalos, y sobre todo no mates a nadie, ni aun con el pensamiento.
Ep-6-XVI - Mientras esto decían, observé el rostro de la Candiola, que en la oscuridad parecía modelado en pálida cera y tenía el tono pastoso y mate del marfil. De sus negros ojos, siempre que los alzaba al cielo, partía un ligero rayo. Sus negras pupilas, sirviendo de espejo a la claridad del cielo, producían, en el fondo donde nos encontrábamos, dos (p.1018) rápidos puntos de luz, que aparecían y se borraban, según la movilidad de su mirada. Y era curioso observar en aquella criatura, toda ella pasión, la borrascosa crisis que removía y exaltaba su sensibilidad hasta ponerla en punto de bravura. Aquel abandono voluptuoso, aquel arrullo (pues no hallo nombre más propio para pintarla), aquel tibio agasajo que había en la atmósfera junto a ella, no se avenía bien aparentemente con los alardes de heroísmo en defensa del ultrajado padre; pero una observación atenta podía descubrir que ambas corrientes afluían de un mismo manantial. -Yo admiro tu exaltado cariño filial -prosiguió Agustín-. Ahora, oye otra cosa. No disculpo a los que maltrataron a tu padre; pero no debes olvidar que tu padre es el único que no ha dado nada para la guerra. D. Jerónimo es una persona excelente; pero no tiene en su alma ni una chispa de patriotismo. Le son indiferentes las desgracias de la ciudad y hasta parece alegrarse cuando no salimos victoriosos. La Candiola exhaló algunos suspiros, elevando los ojos al cielo. -Es verdad -dijo después-. Todos los días y a todas horas le estoy suplicando que dé algo para la guerra. Nada puedo conseguir, aunque le pondero la necesidad de los pobres soldados y el mal papel que estamos haciendo en Zaragoza. Él se enfada cuando me oye, y dice que el que ha traído la guerra que la pague. En el otro sitio, me alegraba en extremo cuando tenía noticia de una victoria, y el 4 de Agosto salí yo misma sola a la calle, no pudiendo resistir la curiosidad. Una noche estaba en casa de las de Urries, y como celebraran la acción de aquella tarde, que había sido muy brillante, empecé a alabar yo también lo ocurrido, mostrándome muy entusiasmada. Entonces una vieja que estaba presente me dijo en alta voz y con muy mal tono: «Niña loca, en vez de hacer esos aspavientos, ¿por qué no llevas al hospital de sangre siquiera una sábana vieja? En casa del Sr. Candiola, que tiene los sótanos llenos de dinero, ¿no hay un mal pingajo que dar a los heridos? Tu papaíto es el (p.1019) único, el único de todos los vecinos de Zaragoza que no ha dado nada para la guerra». Rieron todos al oír esto, y yo me quedé corrida, muerta de vergüenza, sin atreverme a hablar. En un rincón de la sala estuve hasta el fin de la tertulia, sin que nadie me dirigiera la palabra. Mis pocas amigas, que tanto me querían, no se acercaban a mí; entre el tumulto de la reunión, oí a menudo el nombre de mi padre con comentarios y apodos muy denigrantes. ¡Oh! Se me partía con esto el corazón. Cuando me retiré para venir a casa, apenas me saludaron fríamente, y los amos de la casa me despidieron con desabrimiento. Vine aquí, era ya de noche, me acosté, y no pude dormir ni cesé de llorar hasta por la mañana. La vergüenza me requemaba la sangre. -Mariquilla -exclamó Agustín con amor-, la bondad de tus sentimientos es tan grande, que por ella olvidará Dios las crueldades de tu padre. -Después -prosiguió la Candiola-, a los pocos días, el 4 de Agosto, vinieron los dos heridos que nombró hoy en la reyerta el enemigo de mi padre. Cuando nos dijeron que la junta destinaba a casa dos heridos para que los asistiéramos, Guedita y yo nos alegramos mucho, y locas de contento empezamos a preparar vendas, hilas y camas. Les esperábamos con tanta ansiedad que a cada instante nos poníamos a la ventana por ver si venían. Por fin vinieron; mi padre, que había llegado momentos antes de la calle con muy negro humor, quejándose de que habían muerto muchos de sus deudores, y que no tenía esperanza de cobrar, recibió muy mal a los heridos. Yo le abracé llorando y le pedí que les diera alojamiento; pero no me hizo caso, y ciego de cólera, les arrojó en medio del arroyo, atrancó la puerta y subió diciendo: «Que los asista quien los ha parido». Era ya de noche. Guedita y yo estábamos muertas de desolación. No sabíamos qué hacer, y desde aquí sentíamos los lamentos de aquellos dos infelices, que se arrastraban en la calle pidiendo socorro. Mi padre, encerrándose en su cuarto para hacer cuentas, no se cuidaba ya ni de ellos ni de nosotras. (p.1020) Pasito a pasito, para que no nos sintiera, fuimos a la habitación que da a la calle, y por la ventana les echamos trapos para que se vendaran; pero no los podían coger. Les llamamos, nos vieron, y alargaban sus manos hacia nosotras. Atamos un cestillo a la punta de una caña y les dimos algo de comida; pero uno de ellos estaba exánime y al otro sus dolores no le permitían comer nada. Les animábamos con palabras tiernas, y pedíamos a Dios por ellos. Por último, resolvimos bajar por aquí y salir afuera para asistirles, aunque sólo un momento; pero mi padre nos sorprendió y se puso furioso. ¡Qué noche, Santa Virgen! Uno de ellos murió en medio de la calle, y el otro se fue arrastrando a buscar misericordia no sé dónde. Agustín y yo callamos, meditando en las monstruosas contradicciones de aquella casa. -Mariquilla -exclamó al fin mi amigo-, ¡qué orgulloso estoy de quererte! La ciudad no conoce tu corazón de oro, y es preciso que lo conozca. Yo quiero decir a todo el mundo que te amo, y probar a mis padres, cuando lo sepan, que he hecho una elección acertada. -Yo soy como cualquiera -dijo con humildad la Candiola-, y tus padres no verán en mí sino la hija del que llaman el judío mallorquín. ¡Oh, me mata la vergüenza! Quiero salir de Zaragoza y no volver más a este pueblo. Mi padre es de Palma, es cierto; pero no desciende de judíos, sino de cristianos viejos, y mi madre era aragonesa y de la familia de Rincón. ¿Por qué somos despreciados? ¿Qué hemos hecho? Diciendo esto, los labios de Mariquilla se contrajeron con una sonrisa entre incrédula y desdeñosa. Agustín, atormentado sin duda por dolorosos pensamientos, permaneció mudo, con la frente apoyada sobre las manos de su novia. Terribles fantasmas se alzaban con amenazador ademán entre uno y otro. Con los ojos del alma, él y ella les estaban mirando llenos de espanto. Después de un largo rato, Agustín alzó el rostro. -María, ¿por qué callas? Di algo. -¿Por qué callas tú, Agustín? -¿En qué piensas? -¿En qué piensas tú? -Pienso -dijo el mancebo- en que (p.1021) Dios nos protegerá. Cuando concluya el sitio, nos casaremos. Si tú te vas de Zaragoza, yo iré contigo a donde tú te vayas. ¿Tu padre te ha hablado alguna vez de casarte con alguien? -Nunca. -No impedirá que te cases conmigo. Yo sé que los míos se opondrán; pero mi voluntad es irrevocable. No comprendo la vida sin ti, y perdiéndote no existiría. Eres la suprema necesidad de mi alma, que sin ti sería como el universo sin luz. Ninguna fuerza humana nos apartará mientras tú me ames. Esta convicción está tan arraigada dentro de mí, que si alguna vez pienso que nos hemos de separar en vida para siempre, se me representa esto como un trastorno en la naturaleza. ¡Yo sin ti! Esto me parece la mayor de las aberraciones. ¡Yo sin ti! ¡Qué delirio y qué absurdo! Es como el mar en la cumbre de las montañas y la nieve en las profundidades del océano vacío, como los ríos corriendo por el cielo y los astros hechos polvo de fuego en las llanuras de la tierra; como si los árboles hablaran y el hombre viviera entre los metales y las piedras preciosas en las entrañas de la tierra. Yo me acobardo a veces, y tiemblo pensando en las contrariedades que nos abruman; pero la confianza que ilumina mi espíritu, como la fe de las cosas santas, me reanima. Si por momentos temo la muerte, después una voz secreta me dice que no moriré mientras tú vivas. ¿Ves todo este estrago del sitio que soportamos? ¿Ves cómo llueven bombas, granadas y balas, y cómo caen para no levantarse más infinitos compañeros míos? Pues pasada la primera impresión de miedo, nada de esto me hace estremecer, y creo que la Virgen del Pilar aparta de mí la muerte. Tu sensibilidad te tiene en comunicación constante con los ángeles del cielo; tú eres un ángel del cielo, y el amarte, el ser amado por ti, me da un poder divino contra el cual nada pueden las fuerzas del hombre. Así habló largo rato Agustín, desbordándose de su llena fantasía los pensamientos de la amorosa superstición que le dominaba. -Pues yo -dijo Mariquilla- también tengo cierta confianza en lo mismo que has dicho. Temo (p.1022) mucho que te maten; pero no se qué voces me suenan en el fondo de mi alma, diciéndome que no te matarán. ¿Será porque he rezado mucho, pidiendo a Dios conserve tu vida en medio de este horroroso fuego? No lo sé. Por las noches, como me acuesto pensando en las bombas que han caído, en las que caen, y en las que caerán, sueño con las batallas, y no ceso de oír el zumbido de los cañones. Deliro mucho, y Guedita que duerme junto a mí, dice que hablo en sueños, diciendo mil desatinos. Seguramente diré alguna cosa, porque no ceso de soñar, y te veo en la muralla y hablo contigo y me respondes. Las balas no te tocan, y me parece que es por los Padre Nuestros que rezo despierta y dormida. Hace pocas noches soñé que iba a curar a los heridos con otras muchachas, y que les poníamos buenos en el acto, casi resucitándoles con nuestras hilas. También soñé que de vuelta a casa, te encontré aquí, estabas con tu padre, que era un viejecito muy amable y risueño, y hablaba con el mío, sentados ambos en el sofá de la sala, y los dos parecían muy amigos. Después soñé que tu padre me miraba sonriendo, y empezó a hacerme preguntas. Otras veces sueño cosas tristes. Cuando despierto, pongo atención, y si no siento el ruido del bombardeo, digo: «puede que los franceses hayan levantado el sitio». Si oigo cañonazos, miro a la imagen de la Virgen del Pilar que está en mi cuarto, le pregunto con el pensamiento, y me contesta que no has muerto, sin que yo pueda decir qué signo emplea para responderme. Paso el día pensando en las murallas, y me pongo en la ventana para oír lo que dicen los mozos al pasar por la calle. Algunas veces siento tentaciones de preguntarles si te han visto.. Llega la noche, te veo, y me quedo tan contenta. Al día siguiente Guedita y yo nos ocupamos en preparar alguna cosa de comer a escondidas de mi padre; si vale la pena, te la guardamos a ti; y si no, se la lleva para los heridos y enfermos ese frailito que llaman el padre Busto, el cual viene por las tardes con pretexto de visitar a doña Guedita (p.1023) de quien es pariente. Nosotras le preguntamos cómo va la cosa, y él nos dice: «Perfectamente. Las tropas están haciendo grandes proezas, y los franceses tendrán que retirarse como la otra vez». Estas noticias de que todo va bien nos vuelven locas de gozo. El ruido de las bombas nos entristece después; pero rezando recobramos la tranquilidad. A solas en nuestro cuarto, de noche, hacemos hilas y vendas, que se lleva también a escondidas el padre Busto, como si fueran objetos robados, y al sentir los pasos de mi padre, lo guardamos todo con precipitación y apagamos la luz, porque si descubre lo que estamos haciendo, se pone furioso. Contando sus sustos y sus alegrías con divina sencillez, Mariquilla estaba risueña y algo festiva. El encanto especial de su voz no es descriptible, y sus palabras semejantes a una vibración de notas cristalinas dejaban eco armonioso en el alma. Cuando concluyó, el primer resplandor de la aurora empezaba a alumbrar su semblante. -Despunta el día Mariquilla -dijo Agustín-, y tenemos que marcharnos. Hoy vamos a defender las Tenerías; hoy habrá un fuego horroroso y morirán muchos; pero la Virgen del Pilar nos amparará y podremos gozar de la victoria. María, Mariquilla, no me tocarán las balas. -No te vayas todavía -repuso la hija de Candiola-. Comienza el día; pero aún no hacéis falta en la muralla. Sonó la campana de la torre. -Mira qué pájaros cruzan el espacio anunciando la aurora -dijo Agustín con amarga ironía. Una, dos, tres bombas atravesaron el cielo, débilmente aclarado todavía. -¡Qué miedo! -exclamó María, dejándose abrazar por Montoria-. ¿Nos preservará Dios hoy como nos ha preservado ayer? -¡A la muralla! -exclamé yo, levantándome a toda prisa-. ¿No oyes que tocan a llamada las campanas y las cajas? ¡A la muralla! Mariquilla, poseída de un pánico imposible de pintar, lloraba, queriendo detener a Montoria. Yo, resuelto a partir, pugnaba por llevármele. Estruendo de tambores y campanas sonaba en la ciudad convocando a las armas, y si en el instante (p.1024) mismo no acudíamos a las filas, corríamos riesgo de ser arcabuceados o tenidos por cobardes. -Me voy, me voy, María -dijo mi amigo con profunda emoción-. ¿Temes al fuego? No; esta casa es sagrada, porque tú la habitas; será respetada por el fuego enemigo, y la crueldad de tu padre no la castigará Dios en tu santa cabeza. Adiós. Apareció bruscamente doña Guedita, diciendo que su amo se estaba levantando a toda prisa. Entonces la misma María nos empujó hacia lo bajo de la huerta, ordenándonos que saliéramos al instante. Agustín estaba traspasado de pena, y en la puerta hizo movimientos de perplejidad y dio algunos pasos para volver al lado de la infeliz Candiolilla, que muerta de miedo, derramando lágrimas y con las manos cruzadas en disposición de orar, nos miraba partir, aún envuelta en la sombra del ciprés que nos había dado abrigo. En el momento en que abríamos la puerta oyose un grito en la parte superior de la casa, y vimos al tío Candiola, que saliendo a medio vestir, se dirigía hacia nosotros en actitud amenazadora. Quiso Agustín volver atrás; pero le empujé hacia afuera, y salimos. -¡Al momento a las filas! ¡A las filas! -exclamé-. Nos echarán de menos, Agustín. Deja por ahora a tu futuro suegro que se entienda con tu futura esposa. Y velozmente corrimos hasta dar en el Coso, donde observamos el sinnúmero de bombas arrojadas sobre la infeliz ciudad. Todos acudían con presteza a distintos sitios, cuál a las Tenerías, cuál al Portillo, cuál a Santa Engracia o a Trinitarios. Al llegar al arco de Cineja, tropezamos con D. José de Montoria, que seguido de sus amigos, corría hacia el Almudí. En el mismo instante un terrible estampido, resonando a nuestra espalda, nos anunció que un proyectil enemigo había caído en paraje cercano. Agustín, al oír esto, volvió hacia atrás, disponiéndose a tornar al punto de donde veníamos. -¿A dónde vas?, ¡porra! -le dijo su padre deteniéndole-. A las Tenerías, pronto a las Tenerías. La gente que iba y venía supo al instante el lugar del desastre, y (p.1025) oímos decir: -Tres bombas han caído juntas en la casa del tío Candiola. -Los ángeles del cielo apuntaron sin duda los morteros -exclamó D. José de Montoria con estrepitosa carcajada-. Veremos cómo se las compone ese judío mallorquín, si es que ha quedado vivo, para poner en salvo su dinero. -Corramos a salvar a esos desgraciados -dijo Agustín con vehemencia. -A las filas, cobardes -exclamó el padre sujetándole con férrea mano-. Esa es obra de mujeres. Los hombres a morir en la brecha. Era preciso acudir a nuestros puestos, y fuimos, mejor dicho, nos llevaron, nos arrastró la impetuosa oleada de gente que corría a defender el barrio de las Tenerías.
Ep-6-XVII - Mientras los morteros situados al Mediodía arrojaban bombas en el centro de la ciudad, los cañones de la línea oriental dispararon con bala rasa sobre la débil tapia de las Mónicas y las fortificaciones de tierra y ladrillo del Molino de aceite y de la batería de Palafox. Bien pronto abrieron tres grandes brechas, y el asalto era inminente. Apoyábanse en el molino de Goicoechea, que tomaron el día anterior, después de ser abandonado e incendiado por los nuestros. Seguras del triunfo, las masas de infantería recorrían el campo, ordenándose para asaltarnos. Mi batallón ocupaba una casa de la calle de Pabostre, cuya pared había sido en toda su extensión aspillerada. Muchos paisanos y compañías de varios regimientos aguardaban en la cortina, llenos de furor y sin que les arredrara la probabilidad de una muerte segura, con tal de escarmentar al enemigo en su impetuoso avance. Pasaron largas horas; los franceses apuraban los recursos de su artillería por ver si nos aterraban, obligándonos a dejar el barrio; pero las tapias se desmoronaban, estremecíanse las casas con espantoso sacudimiento, y aquella gente heroica, que apenas se había desayunado con un zoquete de pan, gritaba desde la muralla, diciéndoles que se acercasen. Por fin, contra la brecha del centro y la de la derecha avanzaron fuertes columnas, sostenidas por otras a retaguardia, y se vio que la (p.1026) intención de los franceses era apoderarse a todo trance de aquella línea de pulverizados ladrillos, que defendían algunos centenares de locos, y tomarla a cualquier precio, arrojando sobre ella masas de carne y haciendo pasar la columna viva sobre los cadáveres de la muerta. No se diga para amenguar el mérito de los nuestros, que el francés luchaba a pecho descubierto; los defensores también lo hacían; y detrás de la desbaratada cortina no podía guarecerse una cabeza. Allí era de ver cómo chocaban las masas de hombres y cómo las bayonetas se cebaban con saña más propia de fieras que de hombres en los cuerpos enemigos. Desde las casas hacíamos fuego incesante, viéndolos caer materialmente en montones, heridos por el plomo y el acero al pie mismo de los escombros que querían conquistar. Nuevas columnas sustituían a las anteriores, y en los que llegaban después, a los esfuerzos del valor se unían ferozmente las brutalidades de la venganza. Por nuestra parte el número de bajas era enorme: los hombres quedaban por docenas estrellados contra el suelo en aquella línea que había sido muralla, y ya no era sino una aglomeración informe de tierra, ladrillos y cadáveres. Lo natural, lo humano habría sido abandonar unas posiciones defendidas contra todos los elementos de la fuerza y de la ciencia militar reunidos; pero allí no se trataba de nada que fuese humano y natural, sino de extender la potencia defensiva hasta límites infinitos, desconocidos para el cálculo científico y para el valor ordinario, desarrollando en sus inconmensurables dimensiones el genio aragonés, que nunca se sabe a dónde llega. Siguió pues la resistencia, sustituyendo los vivos a los muertos con entereza sublime. Morir era un accidente, un detalle trivial, un tropiezo del cual no debía hacerse caso. Mientras esto pasaba, otras columnas igualmente poderosas trataban de apoderarse de la casa de González, que he mencionado arriba; pero desde las casas inmediatas y desde los cubos de la muralla se les hizo un fuego tan terrible de fusilería y (p.1027) cañón, que desistieron de su intento. Iguales ataques tenían lugar, con mejor éxito de parte suya por nuestra derecha, hacia la huerta de Camporeal y baterías de los Mártires, y la inmensa fuerza desplegada por los sitiadores a una misma hora y en una línea de poca extensión no podía menos de producir resultados. Desde la casa de la calle de Pabostre inmediata al Molino de la ciudad, hacíamos fuego, como he dicho, contra los que daban el asalto, cuando he aquí que las baterías de San José, antes ocupadas en demoler la muralla, enfilaron sus cañones contra aquel viejo edificio, y sentimos que las paredes retemblaban; que las vigas crujían como cuadernas de un buque conmovido por las tempestades; que las maderas de los tapiales estallaban destrozándose en mil astillas; en suma, que la casa se venía abajo. -¡Cuerno, recuerno! -exclamó el tío Garcés-. Que se nos viene la casa encima. El humo, el polvo, no nos permitía ver lo que pasaba fuera, ni lo que pasaba dentro. -¡A la calle, a la calle! -gritó Pirli, arrojándose por una ventana. -¡Agustín, Agustín!, ¿dónde estás? -grité yo, llamando a mi amigo. Pero Agustín no parecía. En aquel momento de angustia, y no encontrando en medio de tal confusión ni puerta para salir, ni escalera para bajar, corrí a la ventana para arrojarme fuera, y el espectáculo que se ofreció a mis ojos obligome a retroceder sin aliento ni fuerzas. Mientras los cañones de la batería de San José intentaban por la derecha sepultarnos entre los escombros de la casa, y parecían conseguirlo sin esfuerzo, por delante, y hacia la era de San Agustín, la infantería francesa había logrado penetrar por las brechas, rematando a los infelices que ya apenas eran hombres, y acabándoles de matar, pues su agonía desesperada no puede llamarse vida. De los callejones cercanos se les hacía un fuego horroroso y los cañones de la calle de Diezma sustituían a los de la batería vencida. Pero asaltada la brecha, se aseguraban en la muralla. Era imposible conservar en el ánimo una chispa de energía ante tamaño desastre. Huí de la ventana (p.1028) hacia dentro, despavorido, fuera de mí. Un trozo de pared estalló, reventó, desgajándose en enormes trozos y una ventana cuadrada tomó la figura de un triángulo isósceles: el techo dejó ver por una esquina la luz del cielo y los trozos de yeso y las agudas astillas salpicaron mi cara. Corrí hacia el interior, siguiendo a otros que decían: ¡por aquí, por aquí! -¡Agustín, Agustín! -grité de nuevo llamando a mi amigo. Por fin le vi entre los que corríamos pasando de una habitación a otra, y subiendo una escalerilla que conducía a un desván. -¿Estás vivo? -le pregunté. -No lo sé -me dijo-, ni me importa saberlo. En el desván rompimos fácilmente un tabique, y pasando a otra pieza, hallamos una empinada escalera; la bajamos, y nos vimos en una habitación chica. Unos siguieron adelante, buscando salida a la calle, y otros detuviéronse allí. Se ha quedado fijo en mi imaginación, con líneas y colores indelebles, el interior de aquella mezquina pieza, bañada por la copiosa luz que entraba por una ventana abierta a la calle. Cubrían las paredes desiguales estampas de vírgenes y santos. Dos o tres cofres viejos y forrados de piel de cabra, ocupaban un testero. Veíase en otro ropa de mujer, colgada de clavos y alcayatas, y una cama altísima de humilde aspecto, aún con las sábanas revueltas. En la ventana había tres grandes tiestos de yerbas; y parapetadas tras ellos, dirigiendo por los huecos la rencorosa visual de su puntería, dos mujeres hacían fuego sobre los franceses, que ya ocupaban la brecha. Tenían dos fusiles. Una cargaba y otra disparaba; agachábase la fusilera para enfilar el cañón entre los tiestos, y suelto el tiro, alzaba la cabeza por sobre las matas para mirar el campo de batalla. -Manuela Sancho -exclamé, poniendo la mano sobre el hombro de la heroica muchacha-. Toda resistencia es inútil. Retirémonos. La casa inmediata es destruida por las baterías de San José, y en el techo de esta empiezan a caer las balas. Vámonos. Pero no hacía caso, y seguía disparando. Al fin la casa, que era débil como la vecina, y aún menos que esta podía resistir el (p.1029) choque de los proyectiles, experimentó una fuerte sacudida, cual si temblara la tierra en que arraigaba sus cimientos. Manuela Sancho arrojó el fusil. Ella y la mujer que la acompañaba penetraron precipitadamente en una inmediata alcoba, de cuyo oscuro recinto sentí salir angustiosas lamentaciones. Al entrar, vimos que las dos muchachas abrazaban a una anciana tullida que, en su pavor, quería arrojarse del lecho. -Madre, esto no es nada -le dijo Manuela cubriéndola con lo primero que encontró a mano-. Vámonos a la calle, que la casa parece que se quiere caer. La anciana no hablaba, no podía hablar. Tomáronla en brazos las dos mozas; mas nosotros la recogimos en los nuestros, encargándoles a ellas que llevaran nuestros fusiles y la ropa que pudieran salvar. De este modo pasamos a un patio, que nos dio salida a otra calle, donde aún no había llegado el fuego.
Ep-6-XVIII - Los franceses habíanse apoderado también de la batería de los Mártires, y en aquella misma tarde fueron dueños de las ruinas de Santa Engracia y del convento de Trinitarios. ¿Se concibe que continúe la resistencia de una plaza después de perdido lo más importante de su circuito? No, no se concibe, ni en las previsiones del arte militar ha entrado nunca que, apoderado el enemigo de la muralla por la superioridad incontrastable de su fuerza material, ofrezcan las casas nuevas líneas de fortificaciones, improvisadas por la iniciativa de cada vecino; no se concibe que, tomada una casa, sea preciso organizar un verdadero plan de sitio para tomar la inmediata, empleando la zapa, la mina y ataques parciales a la bayoneta, desarrollando contra un tabique ingeniosa estratagema; no se concibe que tomada una acera sea preciso para pasar a la de enfrente poner en ejecución las teorías de Vauban, y que para saltar un arroyo sea preciso hacer paralelas, zig-zags y caminos cubiertos. Los generales franceses se llevaban las manos a la cabeza diciendo: «Esto no se parece a nada de lo que hemos visto». En los gloriosos anales del imperio se encuentran muchos (p.1030) partes como este: «Hemos entrado en Spandau; mañana estaremos en Berlín». Lo que aún no se había escrito era lo siguiente: «Después de dos días y dos noches de combate hemos tomado la casa número 1 de la calle de Pabostre. Ignoramos cuándo se podrá tomar el número 2». No tuvimos tiempo para reposar. Los dos cañones que enfilaban la calle de Pabostre, en el ángulo de Puerta Quemada, se habían quedado sin gente. Unos corrimos a servirlo, y el resto del batallón ocupó varias casas en la calle de Palomar. Los franceses dejaron de hacer fuego de cañón contra los edificios que habíamos abandonado, ocupándose precipitadamente en repararlos como pudieron. Lo que amenazaba ruina lo demolían, y tapiaban los huecos con vigas, cascajo y sacas de lana. Como no podían atravesar sin riesgo el espacio intermedio entre los restos de muralla y sus nuevos alojamientos, comenzaron a abrir una zanja en zig-zag desde el Molino de la ciudad a la casa que antes ocupáramos nosotros, la cual, sólo conservaba en buen estado para alojamiento la planta baja. Al punto comprendimos que una vez dueños de aquella casa, procurarían, derribando tabiques, apoderarse de toda la manzana, y para evitarlo la tropa disponible fue distribuida en guarniciones que ocuparon todos los edificios donde había peligro. Al mismo tiempo se levantaban barricadas en las bocacalles, aprovechando los escombros. Nos pusimos a trabajar con ardor frenético en distintas faenas, entre las cuales la menos penosa era seguramente la de batirnos. Dentro de las casas arrojábamos por los balcones todos los muebles; afuera transportábamos heridos o arrimábamos los muertos al zócalo de los edificios, pues las únicas honras fúnebres que por entonces podían hacérseles, consistían en quitarlos de donde estorbaban. Quisieron también los franceses ganar a Santa Mónica, convento situado en la línea de las Tenerías, más al Norte de la calle de Pabostre; pero sus paredes ofrecían buena resistencia, y no era fácil tomarlo como aquellas endebles casas, que el estruendo (p.1031) tan sólo de los cañones hacía estremecer. Los voluntarios de Huesca la defendían con gran arrojo, y después de repetidos ataques, los sitiadores dejaron la empresa para otro día. Posesionados tan sólo de algunas casas, en ellas permanecían a la caída de la tarde como en escondida madriguera, y ¡ay de aquel que la cabeza asomaba fuera de las ventanas! Las paredes próximas, los tejados, las bohardillas y tragaluces abiertos en distintas direcciones estaban llenos de atentos ojos que observaban el menor descuido del soldado enemigo para soltarle un tiro. Cuando anocheció empezamos a abrir huecos en los tabiques para comunicar, todas las casas de una misma manzana. A pesar del incesante ruido del cañón y la fusilería, en el interior de los edificios pudimos percibir el golpear de las piquetas enemigas, ocupadas en igual tarea que nosotros. También ellos establecían comunicaciones. Como aquella arquitectura era frágil y casi todos los tabiques de tierra, en poco tiempo abrimos paso entre varias casas. A eso de las diez de la noche nos hallábamos en una que debía de ser muy inmediata a la de Manuela Sancho, cuando sentimos que por conductos desconocidos, por sótanos, pasillos o subterráneas comunicaciones, llegaba a nuestros oídos el rumor de las voces del enemigo. Una mujer subió azorada por una escalerilla, diciéndonos que los franceses estaban abriendo un boquete en la pared de la cuadra, y bajamos al instante; pero aún no estábamos todos en el patio frío, estrecho y oscuro de la casa, cuando a boca de jarro se nos disparó un tiro, y un compañero fue levemente herido en el hombro. A la escasa claridad percibimos varios bultos que sucesivamente se internaron en la cuadra, e hicimos fuego, avanzando después con brío tras ellos. Al ruido de los tiros acudieron otros compañeros nuestros que habían quedado arriba, y penetramos denodadamente en la lóbrega pieza. Los enemigos no se detuvieron en ella, y a todo escape repasaron el agujero abierto en la pared medianera, buscando refugio en su primitiva morada, desde la cual nos enviaron (p.1032) algunas balas. No estábamos completamente a oscuras, porque ellos tenían una hoguera, de cuyas llamas algunos débiles rayos penetraban por la abertura, difundiendo rojiza claridad sobre el teatro de aquella lucha. Yo no había visto nunca cosa semejante, ni jamás presencié combate alguno entre cuatro negras paredes y a la luz indecisa de una llama lejana, cuya oscilación proyectaba movibles sombras y espantajos en nuestro derredor. Adviértase que la claridad era perjudicial a los franceses, porque a pesar de guarecerse tras el hueco, nos ofrecían blanco seguro. Nos tiroteamos un breve rato, y dos compañeros cayeron muertos o mal heridos sobre el húmedo suelo. A pesar de este desastre, hubo otros que quisieron llevar adelante aquella aventura, asaltando el agujero e internándose en la guarida del enemigo; pero aunque este había cesado de ofendernos, parecía prepararse para atacar mejor. De repente se apagó la hoguera y quedamos en completa oscuridad. Dimos repetidas vueltas buscando la salida, y chocábamos unos con otros. Esta situación, junto con el temor de ser atacados con elementos superiores, o de que arrojaran en medio de aquel sepulcro granadas de mano, nos obligó a retirarnos al patio confusamente y en tropel. Tuvimos tiempo, sin embargo, para buscar a tientas y recoger a los dos camaradas que habían caído durante la refriega, y luego que salimos, cerramos la puerta, tabicándola por dentro con piedras, escombros, vigas, toneles y cuanto en el patio se nos vino a las manos. Al subir, el que nos mandaba repartió algunos hombres en distintos puntos de la casa, dejando un par de escuchas en el patio para atender a los golpes de la zapa enemiga, y a mí me tocó salir fuera con otros, para traer un poco de comida, que a todos nos hacía muchísima falta. En la calle nos pareció que de una mansión de tranquilidad pasábamos al mismo infierno, porque en medio de la noche continuaba el fuego entre las casas y la muralla. La claridad de la luna permitía correr sin tropiezo de un punto a otro, y las calles eran a cada instante atravesadas por (p.1033) escuadrones de tropa y paisanos que iban a donde, según la voz pública, había verdadero peligro. Muchos, sin entrar en fila y guiados de su propio instinto, acudían aquí y allí, haciendo fuego desde el punto que mejor les venía a cuento. Las campanas de todas las iglesias tocaban a la vez con lúgubre algazara, y a cada paso se encontraban grupos de mujeres transportando heridos. Por todas partes, especialmente en el extremo de las calles que remataban en la muralla de Tenerías, se veían hacinados los cuerpos, y el herido se confundía con el cadáver, no pudiendo determinarse de qué boca salían aquellas voces lastimosas que imploraban socorro. Yo no había visto jamás desolación tan espantosa; y más que el espectáculo de los desastres causados por el hierro, me impresionó ver en los dinteles de las casas o arrastrándose por el arroyo en busca de lugar seguro, a muchos atacados de la epidemia y que se morían por momentos sin tener en las carnes la más ligera herida. El horroroso frío les hacía dar diente con diente, e imploraban auxilio con ademanes de desesperación, porque no podían hablar. A todas estas, el hambre nos había quitado por completo las fuerzas, y apenas nos podíamos tener. -¿Dónde encontraremos algo de comida? -me dijo Agustín-. ¿Quién se va a ocupar de semejante cosa? -Esto tiene que acabarse pronto de una manera o de otra -respondí-. O se rinde la ciudad o perecemos todos. Al fin, hacia las piedras del Coso encontramos una cuadrilla de Administración que estaba repartiendo raciones, y ávidamente tomamos las nuestras, llevando a los compañeros todo lo que podíamos cargar. Ellos lo recibieron con gran algarabía y cierta jovialidad impropia de las circunstancias; pero el soldado español es y ha sido siempre así. Mientras comían aquellos mendrugos tan duros como el guijarro, cundió por el batallón la opinión unánime de que Zaragoza no podía ni debía rendirse nunca. Era la medianoche, cuando empezó a disminuir el fuego. Los franceses no conquistaban un palmo de terreno fuera (p.1034) de las casas que ocuparon por la tarde, aunque tampoco se les pude echar de sus alojamientos. Esta epopeya se dejaba para los días sucesivos; y cuando los hombres influyentes de la ciudad: los Montoria, los Cereso, los Sas, los Salamero y los San Clemente volvían de las Mónicas, teatro aquella noche de grandes prodigios, manifestaban una confianza enfática y un desprecio del enemigo, que enardecía el ánimo de cuantos les oían. -Esta noche se ha hecho poco -decía Montoria-. La gente ha estado algo floja. Verdad que no había para qué echar el resto, ni debemos salir de nuestro ten con ten, mientras los franceses nos ataquen con tan poco brío.. Veo que hay algunas desgracias.. poca cosa. Las monjas han batido bastante aceite con vino, y todo es cuestión de aplicar unos cuantos parches.. Si hubiera tiempo, bueno sería enterrar los muertos de ese montón; pero ya se hará más adelante. La epidemia crece.. es preciso dar muchas friegas.. friegas y más friegas; es mi sistema. Por ahora, bien pueden pasarse sin caldo; el caldo es un brebaje repugnante. Yo les daría un trago de aguardiente, y en poco tiempo podrían tomar el fusil. Con que, señores, la fiesta parece acabarse por esta noche; descabezaremos un sueño de media hora, y mañana.. mañana se me figura que los franceses nos atacarán formalmente. Luego encaró con su hijo, que en mi compañía se le acercaba, y continuó así: -¡Oh Agustinillo! Ya había preguntado por ti. Pues estaba con cuidado, porque en acciones como la de hoy suele suceder que muere alguna gente. ¿Estás herido? No, no tienes nada; a ver.. un simple rasguño.. ¡Ah!, ¡chico!, se me figura que no te has portado como un Montoria. Y Vd., Sr. de Araceli, ¿ha perdido alguna pierna? Tampoco; parece que los dos acaban de salir de la fábrica: no les falta ni un pelo. Malo, malo. Me parece que tenemos aquí un par de gallinas.. Ea, a descansar un rato, nada más que un rato. Si se sienten Vds. atacados de la epidemia, friegas y más friegas.. es el mejor sistema.. Con que, señores, quedamos en que mañana se defenderán (p.1035) estas casas tabique por tabique. Lo mismo pasa en todo el contorno de la ciudad; pero en cada alcoba habrá una batalla. Vamos a la capitanía general, y veremos si Palafox ha acordado lo que pensamos. No hay otro camino: o entregarles la ciudad, o disputarles cada ladrillo como si fuera un tesoro. Se aburrirán. Hoy han perdido seis u ocho mil hombres. Pero vamos a ver al excelentísimo Sr. D. José.. Buenas noches, muchachos, y mañana tratad de sacudir esa cobardía.. -Durmamos un poquito -dije a mi amigo, cuando nos quedamos solos-. Vamos a la casa que estamos guarneciendo, donde me parece que he visto algunos colchones. -Yo no duermo -me contestó Montoria, siguiendo por el Coso adelante. -Ya sé dónde vas. No se nos permitirá alejarnos tanto, Agustín. Mucha gente, hombres y mujeres, en diversas direcciones, discurrían por aquella gran vía. De improviso una mujer corrió velozmente hacia nosotros y abrazó a Agustín sin decirle nada. Profunda emoción ahogaba la voz en su garganta. -Mariquilla, Mariquilla de mi corazón -exclamó Montoria, abrazándola con júbilo-. ¿Cómo estás aquí? Iba ahora en busca tuya. Mariquilla no podía hablar, y sin el sostén de los brazos del amante, su cuerpo, desmadejado y flojo, hubiera caído al suelo. -¿Estás enferma? ¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¿Es cierto que las bombas han derribado tu casa? Cierto debía de ser, pues la desgraciada joven mostraba en su desaliñado aspecto una gran desolación. Su vestido era el que le vimos la noche anterior. Tenía suelto el cabello y en sus brazos magullados observamos algunas quemaduras. -Sí -dijo al fin con apagada voz-. Nuestra casa no existe; no tenemos nada, lo hemos perdido todo. Esta mañana cuando salistes de allá, una bomba hundió el techo. Luego cayeron otras dos.. -¿Y tu padre? -Mi padre está allá, y no quiere abandonar las ruinas de la casa. Yo he estado todo el día buscándote para que nos dieras algún socorro. Me he metido entre el fuego, he estado en todas las calles del arrabal, he subido a algunas casas. Creí que habías (p.1036) muerto. Agustín se sentó en el hueco de una puerta, y abrigando a Mariquilla con su capote, la sostuvo en sus brazos como se sostiene a un niño. Repuesta de su desmayo, pudo seguir hablando, y entonces nos dijo que no habían podido salvar ningún objeto y que apenas tuvieron tiempo para huir. La infeliz temblaba de frío, y poniéndole mi capote sobre el que ya tenía, tratamos de llevarla a la casa que guarnecíamos. -No -dijo-. Quiero volver al lado de mi padre. Está loco de desesperación y dice mil blasfemias injuriando a Dios y a los santos. No he podido arrancarle de aquello que fue nuestra casa. Carecemos de alimento. Los vecinos no han querido darle nada. Si Vds. no quieren llevarme allá, me iré yo sola. -No Mariquilla, no, no irás allá -dijo Montoria-; te pondremos en una de estas casas, donde al menos por esta noche estarás segura, y, entre tanto Gabriel irá en busca de tu padre, y llevándole algún alimento, de grado o por fuerza le sacará de allí. (p.1037) Insistió la Candiola en volver a la calle de Antón Trillo, pero como apenas tenía fuerzas para moverse, la llevamos en brazos a una casa de la calle de los Clavos donde estaba Manuela Sancho.
Ep-6-XIX - Cesado el fuego de cañón y de fusil, un gran resplandor iluminaba la ciudad. Era el incendio de la Audiencia que, comenzando cerca de la media noche, había tomado terribles proporciones y devoraba por sus cuatro costados aquel hermoso edificio. Sin atender más que a mi objeto, seguí presuroso hasta la calle de Antón Trillo. La casa del tío Candiola había estado ardiendo todo el día, y al fin sofocada la llama entre los escombros de los techos hundidos, de entre las paredes agrietadas salía negra columna de humo. Los huecos, perdida su forma, eran unos agujeros irregulares por donde se veía el cielo, y el ladrillo desmoronado formaba una dentelladura desigual en lo que fue arquitrabe. Parte del lienzo de pared que daba frente a la huerta se había venido al suelo, obstruyendo esta en términos que había (p.1038) desaparecido el antepecho, y la escalerilla de piedra, llegando el cascajo hasta la misma tapia de la calle. En medio de estas ruinas subsistía incólume el ciprés, como el pensamiento que permanece vivo al sucumbir la materia, y alzaba su negra cima como un monumento conmemorativo. El portalón estaba destrozado por los hachazos de los que en el primer momento acudieron a contener el fuego. Cuando penetré en la huerta vi que hacia la derecha y junto a la reja de una ventana baja había alguna gente. Aquella parte de la casa era la que se conservaba mejor, pues el piso bajo no había sufrido casi nada, y el desplome del techo sobre el principal no había conmovido a este, aunque era de esperar que con el gran peso se rindiera más o menos pronto. Acerqueme al grupo, creyendo encontrar a Candiola, y en efecto, allí estaba sentado junto a la reja, con las manos en cruz, inclinada la cabeza sobre el pecho y lleno el vestido de jirones y quemaduras. Era rodeado una pequeña turba de mujeres y chiquillos, que cual abejorros zumbaban en su alrededor, prodigándole toda clase de insultos y vejámenes. No me costó gran trabajo ahuyentar tan molesto enjambre, y aunque no se fueron todos y persistían en husmear por allí, creyendo encontrar entre las ruinas el oro del rico Candiola, este se vio al fin libre de los tirones, pedradas, y de las crueles agudezas con que era mortificado. -Señor militar -me dijo- le agradezco a usted que ponga en fuga a esa vil canalla. Aquí se le quema a uno la casa y nadie le da auxilio. Ya no hay autoridades en Zaragoza. ¡Qué pueblo, señor, qué pueblo! No será porque dejemos de pagar gabelas, diezmos y contribuciones. -Las autoridades no se ocupan más que de las operaciones militares -le dije-; y son tantas las casas destruidas, que es imposible acudir a todas. -¡Maldito sea mil veces -exclamó llevándose la mano a la cabeza desnuda- quien nos ha traído estos desastres! Atormentado en el infierno por mil eternidades no pagaría su culpa. Pero ¿qué demonios busca Vd. aquí, señor militar? ¿Quiere Vd. (p.1039) dejarme en paz? -Vengo en busca del Sr. Candiola -le respondí- para llevarle a donde se le pueda socorrer, curando sus quemaduras, y dándole un poco de alimento. -¡A mí..! Yo no salgo de mi casa -exclamó con voz lúgubre-. La junta tendrá que reedificármela. ¿Y a dónde me quiere llevar Vd.? Ya.. ya.. ya estoy en el caso de que me den una limosna. Mis enemigos han conseguido su objeto, que era ponerme en el caso de pedir limosna; pero no la pediré, no. Antes me comeré mi propia carne y beberé mi sangre, que humillarme ante los que me han traído a semejante estado. ¡Ah, miserables! Le quitan a uno su harina para ponerla después en las cuentas como adquirida a noventa o cien reales. Como que están vendidos a los franceses, y prolongan la resistencia para redondear sus negocios; luego les entregan la ciudad y se quedan tan frescos. -Deje Vd. todas esas consideraciones para otro momento -le dije- y sígame ahora, que no está el tiempo para pensar en eso. Su hija de Vd. ha encontrado donde guarecerse, y a Vd. le daremos asilo en el mismo lugar. -Yo no me muevo de aquí. ¿En dónde está mi hija? -preguntó con pena-. ¡Ah! Esa loca no sabe permanecer al lado de su padre en desgracia. La vergüenza la hace huir de mí. Maldita sea su liviandad y el momento en que la descubrí. Señor Jesús Nazareno, y tú mi patrono, Santo Dominguito del Val, decidme: ¿qué he hecho yo para merecer tantas desgracias en un mismo día? ¿No soy bueno, no hago todo el bien que puedo, no favorezco a mis semejantes prestándoles dinero con un interés módico, pongo por caso, la miseria de tres o cuatro reales por peso fuerte al mes? Y si soy un hombre bueno a carta cabal, ¿a qué llueven sobre mí tantas desventuras? Y gracias que no pierdo lo poco que a fuerza de trabajos he reunido, porque está en paraje a donde no pueden llegar las bombas; pero ¿y la casa, los muebles, y los recibos y lo que aún queda en el almacén? Maldito sea yo, y cómanme los demonios, si cuando esto se acabe y cobre los piquillos que por ahí tengo, no me marcho de Zaragoza para no (p.1040) volver más. -Nada de eso viene ahora al caso, Sr. de Candiola. Sígame Vd. -No -dijo con furia-, no, no es desatino. Mi hija se ha envilecido. No sé cómo no la maté esta mañana. Hasta aquí yo había supuesto a María un modelo de virtudes y de honestidad; me deleitaba su compañía, y de todos los buenos negocios destinaba un real para comprarle regalitos. ¡Mal empleado dinero! Dios mío, tú me castigas por haber despilfarrado un gran capital en cosas superfluas, cuando a interés compuesto hubiérase ya triplicado. Yo tenía confianza en mi hija. Esta mañana levanteme al amanecer; acababa de pedir con fervor a la Virgen del Pilar que me librara del bombardeo, y tranquilamente abrí la ventana para ver cómo estaba el día. Póngase Vd. en mi caso, señor militar, y comprenderá mi asombro y pena al ver dos hombres allí.. allí, en aquel corredor, junto al ciprés.. me parece que les estoy viendo. Uno de ellos abrazaba a mi hija. Ambos vestían uniforme; no pude verles el rostro porque aún era escasa la claridad del día.. Precipitadamente salí de mi cuarto; pero cuando bajé a la huerta ya los dos estaban en la calle. Quedose muda mi hija al ver descubierta su liviandad, y leyendo en mi cara la indignación que tan vil conducta me producía, se arrodilló delante de mí, pidiéndome perdón. «Infame -le dije ciego de cólera-, tú no eres hija mía, tú no eres hija de este hombre honrado que jamás ha hecho mal a nadie. Muchacha loca y sin pudor, no te conozco, tú no eres mi hija; vete de aquí.. ¡Dos hombres, dos hombres en mi casa, de noche, contigo! ¿No has reparado en las canas de tu anciano padre? ¿No consideras que esos hombres pueden robarme? ¿No has reparado que la casa está llena de mil objetos de valor, que caben fácilmente en una faltriquera?.. ¡Mereces la muerte! Y si no me engaño, aquellos dos hombres se llevaban alguna cosa. ¡Dos hombres! ¡Dos novios! ¡Y recibirlos de noche en mi casa, deshonrando a tu padre y ofendiendo a Dios! ¡Y yo, desde mi cuarto, miraba la luz del tuyo, creyendo con esto que velabas allí haciendo (p.1041) alguna labor!.. De modo, miserable chicuela; de modo hembra despreciable, que mientras tú estabas en la huerta, en tu cuarto se estaba gastando inútilmente una vela..». ¡Oh señor militar!, no pude contener mi indignación, y luego que esto le dije, cogila por un brazo y la arrastré para echarla fuera. En mi cólera ignoraba lo que hacía. La infeliz me pedía perdón, añadiendo: «Yo le amo, padre; yo no puedo negar que le amo». Oyéndola, se redobló mi furor, y exclamé así: «¡Maldito sea el pan que te he dado en diez y nueve años! ¡Meter ladrones en mi casa! ¡Maldita sea la hora en que naciste y malditos los lienzos en que te envolvimos en la noche del 3 de febrero del año 91! Antes se hundirá el cielo ante mí, y antes me dejará de su mano la Señora Virgen del Pilar, que volver a ser para ti tu padre, y tú para mí la Mariquilla a quien tanto he querido». Apenas dije esto, señor militar, cuando pareció que todo el firmamento reventaba en pedazos, cayendo sobre mi casa. ¡Qué espantoso estruendo y qué conmoción tan horrible! Una bomba cayó en el techo, y en el espacio de cinco minutos cayeron otras dos. Corrimos adentro; el incendio se propagaba con voracidad y el hundimiento del techo amenazaba sepultarnos allí. Quisimos salvar a toda prisa algunos objetos; pero no nos fue posible. Mi casa, esta casa que compré el año 87, casi de balde, porque fue embargada a un deudor que me debía cinco mil reales con trece mil y un pico de intereses, se desmoronaba; se deshacía como un bollo de mazapán, y por aquí cae una viga, por allí salta un vidrio, por acullá se desploma una pared. El gato mayaba; doña Guedita me arañó el rostro al salir de su cuarto; yo me aventuré a entrar en el mío para recoger un recibito que había dejado sobre la mesa, y estuve a punto de perecer. Así habló el tío Candiola. Su dolor, además de profunda afección moral, era como un desorden nervioso, y al instante se comprendía que aquel organismo estaba completamente perturbado por el terror, el disgusto y el hambre. Su locuacidad, más que (p.1042) desahogo del alma, era un desbordamiento impetuoso, y aunque aparentaba hablar conmigo, en realidad dirigíase a entes invisibles, los cuales, a juzgar por los gestos de él, también le devolvían alguna palabra. Por esto, sin que yo le dijera nada, siguió hablando en tono de contestación, y respondiendo a preguntas que sus ideales interlocutores le hacían. -Ya he dicho que no me marcharé de aquí mientras no recoja lo mucho que aún puede salvarse. Pues qué, ¿voy a abandonar mi hacienda? Ya no hay autoridades en Zaragoza. Si las hubiera, se dispondría que vinieran aquí cien o doscientos trabajadores a revolver los escombros para sacar alguna cosa. Pero señor, ¿no hay quien tenga caridad, no hay quien tenga compasión de este infeliz anciano que nunca ha hecho mal a nadie? ¿Ha de estar uno sacrificándose toda la vida por los demás para que al llegar un caso como este no encuentre un brazo amigo que le ayude? No, no vendrá nadie, y si vienen es por ver si entre las ruinas encuentran algún dinero.. ¡Ja, ja, ja! -decía esto riendo como un demente-. ¡Buen chasco se llevan! Siempre he sido hombre precavido, y ahora, desde que empezó el sitio, puse mis ahorros en lugar tan seguro, que sólo yo puedo encontrarlo. No, ladrones; no, tramposos; no, egoístas; no encontraréis un real aunque levantéis todos los escombros y hagáis menudos pedazos lo que queda de esta casa, aunque piquéis toda la madera, haciendo con ella palillos de dientes, aunque reduzcáis todo a polvo, pasándolo luego por un tamiz. -Entonces, Sr. de Candiola -le dije tomándole resueltamente por un brazo para llevarle fuera-, si las peluconas están seguras, ¿a qué viene el estar aquí de centinela? Vamos fuera. -¿Cómo se entiende, señor entrometido? -exclamó desasiéndose con fuerza-. Vaya Vd. noramala, y déjeme en paz. ¿Cómo quiere Vd. que abandone mi casa, cuando las autoridades de Zaragoza no mandan un piquete de tropa a custodiarla? Pues qué, ¿cree usted que mi casa no está llena de objetos de valor? ¿Ni cómo quiere que me marche de aquí sin sacarlos? ¿No ve (p.1043) Vd. que el piso bajo está seguro? Pues quitando esta reja se entrará fácilmente, y todo puede sacarse. Si me aparto de aquí un solo momento, vendrán los rateros, los granujas de la vecindad y ¡ay de mi hacienda, ay del fruto de mi trabajo, ay de los utensilios que representan cuarenta años de laboriosidad incesante! Mire Vd., señor militar, en la mesa de mi cuarto hay una palmatoria de cobre que pesa lo menos tres libras. Es preciso salvarla a toda costa. Si la junta mandara aquí, como es su deber, una compañía de ingenieros.. Pues también hay una vajilla que está en el armario del comedor, y que debe permanecer intacta. Entrando con cuidado y apuntalando el techo se la puede salvar. ¡Oh!, sí; es preciso salvar esa desgraciada vajilla. No es esto sólo, señor militar, señores. En una caja de lata tengo los recibos: espero salvarlos. También hay un cofre donde guardo dos casacas antiguas, algunas medias y tres sombreros. Todo esto está aquí abajo y no ha padecido deterioro. Lo que se pierde irremisiblemente es el ajuar de mi hija. Sus trajes, sus alfileres, sus pañuelos, sus frascos de agua de olor podrían valer un dineral, si se vendieran ahora. ¡Cómo se habrá destrozado todo! ¡Jesús, qué dolor! Verdad es que Dios quiso castigar el pecado de mi hija, y las bombas se fueron a los frascos de agua de olor. Pero en mi cuarto quedó sobre la cama mi chupa, en cuyo bolsillo hay siete reales y diez cuartos. ¡Y no tener yo aquí veinte hombres con piquetas y azadas..! ¡Dios justo y misericordioso! ¡En qué están pensando las autoridades de Zaragoza!.. El candil de dos mecheros estará intacto. ¡Oh Dios! Es la mejor pieza que ha llevado aceite en el mundo. Le encontraremos por ahí, levantando con cuidado los escombros del cuarto de la esquina. Tráiganme una cuadrilla de trabajadores, y verán qué pronto despacho.. ¿Cómo quiere que me aparte de aquí? ¡Si me aparto, si me duermo un solo instante, vendrán los ladrones.. sí.. ¡vendrán y se llevarán la palmatoria! La tenacidad del avaro era tal, que resolví marcharme sin él, dejándole (p.1044) entregado a su delirante inquietud. Llegó doña Guedita a toda prisa, trayendo una piqueta y una azada, juntamente con un canastillo en que vi algunas provisiones. -Señor -dijo sentándose fatigada y sin aliento-, aquí está la piqueta y el azadón que me ha dado mi sobrino. Ya no hace falta, porque no se trabajará más en fortificaciones.. Aquí están estas pasas medio podridas y algunos mendrugos de pan. La dueña comía con avidez. No así Candiola, que despreciando la comida, cogió la piqueta y resueltamente, como si en su cuerpo hubiera infundido súbita robustez y energía, empezó a desquiciar la reja. Trabajando con ardiente actividad, decía: -Si las autoridades de Zaragoza no quieren favorecerme, doña Guedita, entre Vd. y yo lo haremos todo. Coja Vd. la azada y prepárese a levantar el cascajo. Mucho cuidado con las vigas, que todavía humean. Mucho cuidado con los clavos. Luego volviéndose a mí, que fijaba la atención en las señas de inteligencia, hechas por el ama de llaves, me dijo: -¡Eh! Vaya Vd. noramala. ¿Qué tiene Vd. que hacer en mi casa? ¡Fuera de aquí! Ya sabemos que viene a ver si puede pescar alguna cosa. Aquí no hay nada. Todo se ha quemado. No había, pues, esperanza de llevarle a las Tenerías para tranquilizar a la pobre Mariquilla, por cuya razón, no pudiendo detenerme más, me retiré. Amo y criada proseguían con gran ardor su trabajo.
Ep-6-XX - Dormí desde las tres al amanecer, y por la mañana oímos misa en el Coso. En el gran balcón de la casa llamada de las Monas, hacia la entrada de la calle de las Escuelas Pías ponían todos los domingos un altar y allí se celebraba el oficio divino pudiéndose ver el sacerdote, por la situación de aquel edificio, desde cualquier punto del Coso. Semejante espectáculo era muy conmovedor, sobre todo en el momento de alzar, y cuando puestos todos de rodillas, se oía un sordo murmullo de extremo a extremo. Poco después de terminada la misa, advertí que venía como del mercado un gran grupo de gente alborotada y gritona. Entre la multitud algunos frailes pugnaban por (p.1045) apaciguarla; pero ella, sorda a las voces de la razón, más rugía a cada paso, y en su marcha arrastraba una víctima sin que fuerza alguna pudiera arrancársela de las manos. Detúvose el pueblo irritado junto a la subida del Trenque donde estaba la horca, y al poco rato uno de los dogales de esta suspendió el cuerpo convulso de un hombre, que se sacudió en el aire hasta quedar exánime. Sobre el madero apareció bien pronto un cartel que decía: Por asesino del género humano, a causa de haber ocultado veinte mil camas. Era aquel infeliz un D. Fernando Estallo, guarda almacén de la Casa-utensilios. Cuando los enfermos y los heridos expiraban en el arroyo y sobre las frías baldosas de las iglesias, encontrose un gran depósito de camas, cuya ocultación no pudo justificar el citado Estallo. Desencadenose impetuosamente sobre él la ira popular y no fue posible contenerla. Oí decir que aquel hombre era inocente. Muchos lamentaron su muerte; pero al comenzar el fuego en las trincheras, nadie se acordó más de él. Palafox publicó aquel día una proclama, en que trataba de exaltar los ánimos, y ofrecía el grado de capitán al que se presentara con cien hombres, amenazando con pena de horca y confiscación de bienes al que no acudiese prontamente a los puntos o los desamparase. Todo esto era señal del gran apuro de las autoridades. Aquel día fue memorable por el ataque a Santa Mónica, que defendían los voluntarios de Huesca. Durante el anterior y gran parte de la noche, los franceses habían estado bombardeando el edificio. Las baterías de la huerta estaban inservibles, y fue preciso retirar los cañones, operación que nuestros valientes llevaron a cabo, sufriendo a descubierto el fuego enemigo. Este abrió al fin brecha, y penetrando en la huerta, quiso apoderarse también del edificio, olvidando que había sido rechazado dos veces en los días anteriores. Pero Lannes contrariado por la extraordinaria y nunca vista tenacidad de los nuestros, había mandado reducir a polvo el convento, lo cual, teniendo morteros y obuses, era más fácil que conquistarlo. (p.1046) Efectivamente, después de seis horas de fuego de artillería, una gran parte del muro de Levante cayó al suelo, y allí era de ver el regocijo de los franceses, que sin pérdida de tiempo se abalanzaron a asaltar la posición, auxiliados por los fuegos oblicuos del molino de la ciudad. Viéndoles venir, Villacampa, jefe de los de Huesca, y Palafox, que había acudido al punto del peligro, trataron de cerrar la brecha con sacos de lana y unos cajones vacíos que habían venido con fusiles. Llegando los franceses, asaltaron con furia loca, y después de un breve choque cuerpo a cuerpo, fueron rechazados. Durante la noche, siguieron cañoneando el convento. Al siguiente día resolvieron dar otro asalto, seguros de que no habría mortal que defendiese aquel esqueleto de piedra y ladrillo que por momentos se venía al suelo. Embistiéronlo por la puerta del locutorio; pero durante la mañana no pudieron conquistar ni un palmo de terreno en el claustro. Desplomose al caer de la tarde el techo por la parte oriental del convento. El piso tercero, que estaba muy quebrantado no pudo resistir el peso y cayó sobre el segundo. Este, que era aún más endeble, dejose ir sobre el principal, y el principal, incapaz por sí solo de resistir encima todo el edificio, hundiose sobre el claustro, sepultando centenares de hombres. Parecía natural que los demás se acobardaran con esta catástrofe; pero no fue así. Los franceses dominaron una parte del claustro; pero nada más, y para apoderarse de la otra necesitaban franquearse camino por entre los escombros. Mientras lo hicieron, los de Huesca, que aún existían, fijaban su alojamiento en la escalera, y agujereaban el piso del claustro alto, para arrojar granadas de mano contra los sitiadores. Entretanto nuevas tropas francesas logran penetrar por la iglesia, pasan al techo del convento, extiéndense por el interior del maderamen abohardillado, bajan al claustro alto, y atacan a los voluntarios indomables. Con la algazara de este encuentro, anímanse los de abajo, redoblan sus esfuerzos, y sacrificando multitud de hombres, consiguen llegar a la (p.1047) escalera. Los voluntarios se encuentran entre dos fuegos, y si bien aún pueden retirarse por uno de los dos agujeros practicados en el claustro alto, casi todos juran morir antes que rendirse. Corren buscando un lugar estratégico que les permita defenderse con alguna ventaja, y son cazados a lo largo de las crujías. Cuando sonó el último tiro fue señal de que había caído el último hombre. Algunos pudieron salir por un portillo que habían abierto en los más escondidos aposentos del edificio junto a la ciudad; por allí salió también D. Pedro Villacampa, comandante del batallón de voluntarios de Huesca, y al hallarse en la calle, miraba maquinalmente en torno suyo, buscando a sus muchachos. Durante esta jornada, nosotros nos hallábamos en las casas inmediatas de la calle de Palomar, haciendo fuego sobre los franceses que se destacaban para asaltar el convento. Antes de concluida la acción, comprendimos que en las Mónicas ya no había defensa posible, y el mismo D. José de Montoria que estaba con nosotros lo confesó. -Los voluntarios de Huesca no se han portado mal -dijo-. Se conoce que son buenos chicos. Ahora les emplearemos en defender estas casas de la derecha.. pero se me figura que no ha quedado ninguno. Allí sale solo Villacampa. ¿Pues y Mendieta, y Paúl, y Benedicto, y Oliva? Vamos: veo que todos han quedado en el sitio. De este modo, el convento de las Mónicas pasó a poder de Francia.
Ep-6-XXI - Al llegar a este punto de mi narración ruego al lector que me dispense, si no puedo consignar concretamente las fechas de lo que refiero. En aquel período de horrores comprendido desde el 27 de Enero hasta la mitad del siguiente mes los sucesos se confunden, se amalgaman y se eslabonan en mi mente de tal modo, que no puedo distinguir días ni noches, y a veces ignoro si algunos lances de los que recuerdo ocurrieron a la luz del sol. Me parece que todo aquello pasó en un largo día, o en una noche sin fin, y que el tiempo no marchaba entonces con sus divisiones ordinarias. Los acontecimientos, los hombres, las diversas (p.1048) sensaciones se reúnen en mi memoria formando un cuadro inmenso donde no hay más líneas divisorias que las que ofrecen los mismos grupos, el mayor espanto de un momento, la furia inexplicable o el pánico de otro momento. Por esta razón no puedo precisar el día en que ocurrió lo que voy a narrar ahora; pero fue, si no me engaño, al día siguiente de la jornada de las Mónicas, y según mis conjeturas del 30 de Enero al 2 de Febrero. Ocupábamos una casa de la calle de Pabostre. Los franceses eran dueños de la inmediata, y trataban de avanzar por el interior de la manzana hasta llegar a Puerta Quemada. Nada es comparable a la expedición laboriosa por dentro de las casas; ninguna clase de guerra, ni las más sangrientas batallas en campo abierto, ni el sitio de una plaza, ni la lucha en las barricadas de una calle, pueden compararse a aquellos choques sucesivos entre el ejército de una alcoba y el ejército de una sala, entre las tropas que ocupan un piso y las que guarnecen el superior. Sintiendo el sordo golpe de las piquetas por diversos puntos, nos causaba espanto el no saber por qué parte seríamos atacados. Subíamos a las bohardillas, bajábamos a los sótanos, y pegando el oído a los tabiques, procurábamos indagar el intento del enemigo según la dirección de sus golpes. Por último, advertimos que se sacudía con violencia el tabique de la misma pieza donde nos encontrábamos, y esperamos a pie firme en la puerta, después de amontonar los muebles formando una barricada. Los franceses abrieron un agujero, y luego, a culatazos, hicieron saltar maderos y cascajo, presentándosenos en actitud de querer echarnos de allí. Éramos veinte. Ellos eran menos, y como no esperaban ser recibidos de tal manera, retrocedieron volviendo al poco rato en número tan considerable, que nos hicieron gran daño, obligándonos a retirarnos, después de dejar tras los muebles cinco compañeros, dos de los cuales estaban muertos. En el angosto pasillo topamos con una escalera por donde subimos precipitadamente sin saber a dónde íbamos; pero luego nos (p.1049) hallamos en un desván, posición admirable para la defensa. Era estrecha la escalera, y el francés que intentaba pasarla, moría sin remedio. Así estuvimos un buen rato, prolongando la resistencia y animándonos unos a otros con vivas y aclamaciones, cuando el tabique que teníamos a la espalda empezó a estremecerse con fuertes golpes, y al punto comprendimos que los franceses, abriendo una entrada por aquel sitio, nos cogerían irremisiblemente entre dos fuegos. Éramos trece, porque en el desván habían caído dos gravemente heridos. El tío Garcés que nos mandaba, exclamó furioso: -¡Recuerno! No nos cogerán esos perros. En el techo hay un tragaluz. Salgamos por él al tejado. Que seis sigan haciendo fuego.. al que quiera subir, partirlo. Que los demás agranden el agujero: fuera miedo y ¡viva la Virgen del Pilar! Se hizo como él mandaba. Aquello iba a ser una retirada en regla, y mientras parte de nuestro ejército contenía la marcha invasora del enemigo, los demás se ocupaban en facilitar el paso. Este hábil plan fue puesto en ejecución con febril rapidez, y bien pronto el hueco de escape tenía suficiente anchura para que pasaran tres hombres a la vez, sin que durante el tiempo empleado en esto ganaran los franceses un solo peldaño. Velozmente salimos al tejado. Éramos nueve. Tres habían quedado en el desván y otro fue herido al querer salir, cayendo vivo en poder del enemigo. Al encontrarnos arriba saltamos de alegría. Paseamos la vista por los techos del arrabal, y vimos a lo lejos las baterías francesas. A gatas avanzamos un buen trecho, explorando el terreno, después de dejar dos centinelas en el boquete con orden de descerrajar un tiro al que quisiese escurrirse por él; y no habíamos andado veinte pasos, cuando oímos gran ruido de voces y risas, que al punto nos parecieron de franceses. Efectivamente: desde un ancho bohardillón nos miraban riendo aquellos malditos. No tardaron en hacernos fuego; pero parapetados nosotros tras las chimeneas y tras los ángulos y recortaduras que allí ofrecían los tejados, les (p.1050) contestamos a los tiros con tiros y a los juramentos y exclamaciones con otras mil invectivas que nos inspiraba el fecundo ingenio del tío Garcés. Al fin nos retiramos saltando al tejado de la casa cercana. Creímosla en poder de los nuestros y nos internamos por la ventana de un chiribitil, considerando fácil el bajar desde allí a la calle, donde unidos y reforzados con más gente podíamos proseguir aquella aventura al través de pasillos, escaleras, tejados y desvanes. Pero aún no habíamos puesto el pie en firme, cuando sentimos en los aposentos que quedaban bajo nosotros el ruido de repetidas detonaciones. -Abajo se están batiendo -dijo Garcés-, y de seguro los franceses que dejamos en la casa de al lado se han pasado a esta, donde se habrán encontrado con los compañeros. ¡Cuerno, recuerno! Bajemos ahora mismo. ¡Abajo todo el mundo! Pasando de un desván a otro, vimos una escalera de mano que facilitaba la entrada a un gran aposento interior, desde cuya puerta se oía vivo rumor de voces, destacándose principalmente algunas de mujer. El estruendo de la lucha era mucho más lejano y por consiguiente, procedía de punto más bajo; franqueando, pues, la escalerilla, nos hallamos en una gran habitación, materialmente llena de gente, la mayor parte ancianos, mujeres y niños, que habían buscado refugio en aquel lugar. Muchos, arrojados sobre jergones, mostraban en su rostro las huellas de la terrible epidemia, y algún cuerpo inerte sobre el suelo tenía todas las trazas de haber exhalado el último suspiro pocos momentos antes. Otros estaban heridos, y se lamentaban sin poder contener la crueldad de sus dolores; dos o tres viejas lloraban o rezaban. Algunas voces se oían de rato en rato, diciendo con angustia, «agua, agua». Desde que bajamos distinguí en un extremo de la sala al tío Candiola, que ponía cuidadosamente en un rincón multitud de baratijas, ropas y objetos de cocina y de loza. Con gesto displicente apartaba a los chicos curiosos que querían poner sus manos en aquella despreciable (p.1051) quincalla, y lleno de inquietud, diligente en amontonar y resguardar su tesoro, sin que la última pieza se le escapase, decía: -Ya me han quitado dos tazas. Y no me queda duda: alguien de los que están aquí las ha de tener. No hay seguridad en ninguna parte; no hay autoridades que le garanticen a uno la posesión de su hacienda. Fuera de aquí, muchachos mal criados. ¡Oh! Estamos bien.. ¡Malditas sean las bombas y quien las inventó! Señores militares, a buena hora llegan ustedes. ¿No podrían ponerme aquí un par de centinelas para que guardaran estos objetos preciosos que con gran trabajo logré salvar? Como es de suponer, mis compañeros se rieron de tan graciosa pretensión. Ya íbamos a salir, cuando vi a Mariquilla. La infeliz estaba trasfigurada por el insomnio, el llanto y el terror; pero tanta desolación en torno suyo y en ella misma, aumentaba la dulce expresión de su hermoso semblante. Ella me vio, y al punto fue hacia mí con viveza, mostrando deseo de hablarme. -¿Y Agustín? -le pregunté. -Está abajo -repuso con voz temblorosa-. Abajo están dando una batalla. Las personas que nos habíamos refugiado en esta casa, estábamos repartidas por los distintos aposentos. Mi padre llegó esta mañana con doña Guedita. Agustín nos trajo de comer y nos puso en un cuarto donde había un colchón. De repente sentimos golpes en los tabiques.. venían los franceses. Entró la tropa, nos hicieron salir, trajeron los heridos y los enfermos a esta sala alta.. aquí nos han encerrado a todos, y luego, rotas las paredes, los franceses se han encontrado con los españoles y han empezado a pelear.. ¡Ay! Agustín está abajo también.. Esto decía, cuando entró Manuela Sancho trayendo dos cántaros de agua para los heridos. Aquellos desgraciados se arrojaron frenéticamente de sus lechos, disputándose a golpes un vaso de agua. -No empujar, no atropellarse, señores -dijo Manuela riendo-. Hay agua para todos. Vamos ganando. Trabajillo ha costado echarles de la alcoba, y ahora están disputándose la mitad de la sala, porque la otra mitad está ya (p.1052) ganada. No nos quitarán tampoco la cocina ni la escalera. Todo el suelo está lleno de muertos. Mariquilla se estremeció de horror. -Tengo sed -me dijo. Al punto pedí agua a la Sancho; pero como el único vaso que trajera estaba ocupado en aplacar la sed de los demás, y andaba de boca en boca, por no esperar, tomé una de las tazas que en su montón tenía el tío Candiola. -Eh, señor entrometido -dijo sujetándome la mano-, deje Vd. ahí esa taza. -Es para que beba esta señorita -contesté indignado-. ¿Tanto valen estas baratijas, Sr. Candiola? El avaro no me contestó, ni se opuso a que diera de beber a su hija; mas luego que esta calmó su sed, un herido tomó ávidamente de sus manos la taza, y he aquí que esta empezó a correr también, pasando de boca en boca. Cuando yo salí para unirme a mis compañeros, D. Jerónimo seguía con la vista, de muy mal talante, el extraviado objeto que tanto tardaba en volver a sus manos. Tenía razón Manuela Sancho al decir que íbamos ganando. Los franceses, desalojados del piso principal de la casa, habíanse retirado al de la contigua, donde continuaban defendiéndose. Cuando yo bajé, todo el interés de la batalla estaba en la cocina, disputada con mucho encarnizamiento; pero lo demás de la casa nos pertenecía. Muchos cadáveres de una y otra nación cubrían el ensangrentado suelo; algunos patriotas y soldados, rabiosos por no poder conquistar aquella cocina funesta, desde donde se les hacía tanto fuego, lanzáronse dentro de ella a la bayoneta, y aunque perecieron bastantes, este acto de arrojo decidió la cuestión, porque tras ellos fueron otros, y por fin todos los que cabían. Aterrados los imperiales con tan ruda embestida, buscaron salida precipitadamente por el laberinto que de pieza en pieza habían abierto. Persiguiéndolos por pasillos y aposentos, cuya serie inextricable volvería loco al mejor topógrafo, les rematábamos donde podíamos alcanzarles, y algunos de ellos se arrojaban desesperadamente a los patios. De este modo, después de reconquistada aquella casa, reconquistamos la vecina, (p.1053) obligándolos a contenerse en sus antiguas posiciones, que eran por aquella parte las dos casas primeras de la calle de Pabostre. Después retiramos los muertos y heridos, y tuve el sentimiento de encontrar entre estos a Agustín de Montoria, aunque no era de gravedad el balazo recibido en el brazo derecho. Mi batallón quedó aquel día reducido a la mitad.
Ep-6-XXII - Los infelices que se refugiaban en la habitación alta de la casa, quisieron acomodarse de nuevo en los distintos aposentos; pero esto no se juzgó conveniente, y fueron obligados a abandonarla, buscando asilo en lugares más lejanos del peligro. Cada día, cada hora, cada instante las dificultades crecientes de nuestra situación militar, se agravaban con el obstáculo que ofrecía número tan considerable de víctimas, hechas por el fuego y la epidemia. ¡Dichosos mil veces los que eran sepultados en las ruinas de las casas minadas, como aconteció a los valientes defensores de la calle de Pomar, junto a Santa Engracia! Lo verdaderamente lamentable estaba allí donde se hacinaban unos sobre otros sin poder recibir auxilio, multitud de hombres destrozados por horribles heridas. Había recursos médicos para la centésima parte de los pacientes. La caridad de las mujeres, la diligencia de los patriotas, la multiplicación de la actividad en los hospitales, nada bastaba. Llegó un día en que cierta impasibilidad, más bien espantosa y cruel indiferencia se apoderó de los defensores, y nos acostumbramos a ver un montón de muertos, cual si fuera un montón de sacas de lana; nos acostumbramos a ver sin lástima largas filas de heridos, arrimados a las casas, curándose cada cual como mejor podía. A fuerza de padecimientos, parece que las necesidades de la carne habían desaparecido, y que no teníamos más vida que la del espíritu. La familiaridad con el peligro había transfigurado nuestra naturaleza, infundiéndole al parecer un elemento nuevo, el desprecio absoluto de la materia y total indiferencia de la vida. Cada uno esperaba morir dentro de un rato, sin que esta idea le (p.1054) conturbara. Recuerdo que oí contar el ataque dado al convento de Trinitarios para arrebatarlo a los franceses; y las hazañas fabulosas, la inconcebible temeridad de esta empresa, me parecieron un hecho natural y ordinario. No sé si he dicho que inmediato al convento de las Mónicas estaba el de Agustinos observantes, edificio de bastante capacidad, con una iglesia no pequeña y muy irregular, vastas crujías y un claustro espacioso. Era, pues, indudable que los franceses, dueños ya de las Mónicas, habrían de poner gran empeño en poseer también aquel otro monasterio, para establecerse sólida y definitivamente en el barrio. -Ya que no tuvimos la suerte de hallarnos en las Mónicas -me dijo Pirli-, hoy nos daremos el gustazo de defender hasta morir las cuatro paredes de San Agustín. Como no basta Extremadura para defenderlo, nos mandan también a nosotros. ¿Y qué hay de grados, amigo Araceli? ¿Con que es cierto que este par de caballeros que están aquí es un par de sargentos? -No sabía nada, amigo Pirli -le respondí, y verdad era que ignoraba aquel mi ascenso a las alturas jerárquicas del sargentazgo. -Pues sí, anoche lo acordó el general. El señor de Araceli es sargento primero y el Sr. de Pirli sargento segundo. Harto bien lo hemos ganado, y gracias que nos ha quedado cuerpo en que poner las charreteras. También me han dicho que a Agustín Montoria le han nombrado teniente por lo bien que se portó en el ataque dentro de las casas. Ayer tarde al anochecer, el batallón de las Peñas de San Pedro no tenía más que cuatro sargentos, un alférez, un capitán y doscientos hombres. -A ver, amigo Pirli, si hoy nos ganamos un par de ascensos. -Todo es ganar el ascenso del pellejo -repuso-. Los pocos soldados que viven del batallón de Huesca, creo que van para generales. Ya tocan llamada. ¿Tienes qué comer? -No mucho. -Manuela Sancho me ha dado cuatro sardinas: las partiré contigo. Si quieres un par de docenas de garbanzos tostados.. ¿Te acuerdas tú del gusto que tiene el vino? Dígolo porque hace días no nos dan una gota.. (p.1055) Por ahí corre el rum rum de que esta tarde nos repartirán un poco cuando acabe la guerra en San Agustín. Ahí tienes tú: sería muy triste cosa que le mataran a uno antes de saber qué color tiene eso que van a repartir esta tarde. Si siguieran mi consejo, lo darían antes de empezar, y así el que muriera, eso se llevaba.. Pero la junta de abastos habrá dicho: «hay poco vino; si lo repartimos ahora, apenas tocarán tres gotas a cada uno. Esperemos a la tarde, y como de los que defienden a San Agustín será milagro que quede la cuarta parte, les tocará a trago por barba». Y con este criterio siguió discurriendo sobre la escasez de vituallas. No tuvimos tiempo de entretenernos en esto, porque apenas nos dábamos la mano con los de Extremadura, que guarnecían el edificio, cuando ved aquí que una fuerte detonación nos puso en cuidado, y entonces un fraile apareció diciendo a gritos: -Hijos míos: han volado la pared medianera del lado de las Mónicas, y ya les tenemos en casa. Corred a la iglesia; ellos deben de haber ocupado la sacristía, pero no importa. Si vais a tiempo, seréis dueños de la nave principal, de las capillas, del coro. ¡Viva la Santa Virgen del Pilar y el batallón de Extremadura! Marchamos a la iglesia con serenidad. Los buenos padres nos animaban con sus exhortaciones, y alguno de ellos, confundiéndose con nosotros en lo más apretado de las filas nos decía: -Hijos míos, no desmayéis. Previendo que llegaría este caso, hemos conservado un mediano número de víveres en nuestra despensa. También tenemos vino. Sacudid el polvo a esa canalla. Ánimo, jóvenes queridos. No temáis el plomo enemigo. Más daño hacéis vosotros con una de vuestras miradas, que ellos con una descarga de metralla. Adelante, hijos míos. La Santa Virgen del Pilar es entre vosotros. Cerrad los ojos al peligro, mirad con serenidad al enemigo y entre las nubes veréis la santa figura de la madre de Dios. ¡Viva España y Fernando VII! Llegamos a la iglesia; pero los franceses que habían entrado por la sacristía, se nos adelantaron, y ya (p.1056) ocupaban el altar mayor. Yo no había visto jamás una mole churrigueresca, cuajada de esculturas y follajes de oro, sirviendo de parapeto a la infantería; yo no había visto que vomitasen fuego los mil nichos, albergue de mil santos de ebanistería; yo no había visto nunca que los rayos de madera dorada, que fulminan su llama inmóvil desde los huecos de una nube de cartón poblada de angelitos, se confundieran con los fogonazos, ni que tras los pies del Santo Cristo, y tras el nimbo de oro de la Virgen María, el ojo vengativo del soldado atisbara el blanco de su mortífera puntería. Baste deciros que el altar mayor de San Agustín era una gran fábrica de entalle dorado, cual otras que habréis visto en cualquier templo de España. Este armatoste se extendía desde el piso a la bóveda, y de machón a machón, representando en sucesivas hileras de nichos como una serie de jerarquías celestiales. Arriba el Cristo ensangrentado abría sus brazos sobre la cruz, abajo y encima del altar, un templete encerraba el símbolo de la Eucaristía. Aunque la mole se apoyaba en el muro del fondo, había pequeños pasadizos interiores, destinados al servicio casero de aquella república de santos, y por ellos el lego sacristán podía subir desde la sacristía a mudar el traje de la Virgen, a encender las velas del altísimo Crucifijo, o a limpiar el polvo que los siglos depositaban sobre el antiguo tisú de los vestidos y la madera bermellonada de los rostros. Pues bien, los franceses se posesionaron rápidamente del camarín de la Virgen, de los estrechos tránsitos que he mencionado; y cuando nosotros llegamos, en cada nicho, detrás de cada santo, y en innumerables agujeros abiertos a toda prisa, brillaba el cañón de los fusiles. Igualmente establecidos detrás del ara santa, que a empujones adelantaron un poco, se preparaban a defender en toda regla la cabecera de la iglesia. Nosotros no estábamos enteramente a descubierto, y para resguardarnos del gran retablo, teníamos los confesonarios, los altares de las capillas y las tribunas. Los más expuestos éramos los que entramos por la (p.1057) nave principal; y mientras los más osados avanzaron resueltamente hacia el fondo, otros tomamos posiciones en el coro bajo, y tras el facistol, tras las sillas y bancos amontonados contra la reja, molestando desde allí con certera puntería a la nación francesa, posesionada del altar mayor. El tío Garcés, con otros nueve de igual empuje, corrió a posesionarse del púlpito, otra pesada fábrica churrigueresca, cuyo guarda-polvo, coronado por una estatua de la fe, casi llegaba al techo. Subieron, ocupando la cátedra y la escalera, y desde allí con singular acierto dejaban seco a todo francés que abandonando el presbiterio se adelantaba a lo bajo de la iglesia. También sufrían ellos bastante, porque les abrasaban los del altar mayor, deseosos de quitar de enmedio aquel obstáculo. Al fin se destacaron unos veinte hombres, resueltos a tomar a todo trance aquel reducto de madera, sin cuya posesión era locura intentar el paso de la nave. No he visto nada más parecido a una gran batalla, y así como en ésta la atención de uno y otro ejército se reconcentra a veces en un punto, el más disputado y apetecido de todos, y cuya pérdida o conquista decide el éxito de la lucha, así la atención de todos se dirigió al púlpito, tan bien defendido como bien atacado. Los veinte tuvieron que resistir el vivísimo fuego que se les hacía desde el coro, y la explosión de las granadas de mano que los de las tribunas les arrojaban; pero, a pesar de sus grandes pérdidas, avanzaron resueltamente a la bayoneta sobre la escalera. No se acobardaron los diez defensores del fuerte, y defendiéronse a arma blanca con aquella superioridad infalible que siempre tuvieron en este género de lucha. Muchos de los nuestros, que antes hacían fuego parapetados tras los altares y los confesionarios, corrieron a atacar a los franceses por la espalda, representando de este modo en miniatura la peripecia de una vasta acción campal; y trabose la contienda cuerpo a cuerpo a bayonetazos, a tiros y a golpes, según como cada cual cogía a su contrario. De la sacristía salieron mayores fuerzas enemigas, (p.1058) y nuestra retaguardia, que se había mantenido en el coro, salió también. Algunos que se hallaban en las tribunas de la derecha, saltaron fácilmente al cornisamento de un gran retablo lateral, y no satisfechos con hacer fuego desde allí, desplomaron sobre los franceses tres estatuas de santos que coronaban los ángulos del ático. En tanto el púlpito se sostenía con firmeza, y en medio de aquel infierno, vi al tío Garcés ponerse en pie, desafiando el fuego, y accionar como un predicador, gritando desaforadamente con voz ronca. Si alguna vez viera al demonio predicando el pecado en la cátedra de una iglesia, invadida por todas las potencias infernales en espantosa bacanal, no me llamaría la atención. Aquello no podía prolongarse mucho tiempo, y Garcés, atravesado por cien balazos, cayó de improviso lanzando un ronco aullido. Los franceses, que en gran número llenaban la sacristía, vinieron en columna cerrada, y en los tres escalones que separan el presbiterio del resto de la iglesia, nos presentaron un muro infranqueable. La descarga de esta columna decidió la cuestión del púlpito, y quintados en un instante, dejando sobre las baldosas gran número de muertos, nos retiramos a las capillas. Perecieron los primitivos defensores del púlpito, así como los que luego acudieron a reforzarlos, y al tío Garcés, acribillado a bayonetazos después de muerto, le arrojaron en su furor los vencedores por encima del antepecho. Así concluyó aquel gran patriota que no nombra la historia. El capitán de nuestra compañía quedó también inerte sobre el pavimento. Retirándonos desordenadamente a distintos puntos, separados unos de otros, no sabíamos a quién obedecer; bien es verdad que allí la iniciativa de cada uno o de cada grupo de dos o tres era la única organización posible, y nadie pensaba en compañías ni en jerarquías militares. Había la subordinación de todos al pensamiento común, y un instinto maravilloso para conocer la estrategia rudimentaria que las necesidades de la lucha a cada instante nos iba ofreciendo. Este instintivo golpe de vista (p.1059) nos hizo comprender que estábamos perdidos, desde que nos metimos en las capillas de la derecha, y era temeridad persistir en la defensa de la iglesia ante las enormes fuerzas francesas que la ocupaban. Algunos opinaron que con los bancos, las imágenes y la madera de un retablo viejo, que fácilmente podía ser hecho pedazos, debíamos levantar una barricada en el arco de la capilla y defendernos hasta lo último; pero dos padres agustinos se opusieron a este esfuerzo inútil, y uno de ellos nos dijo: -Hijos míos, no os empeñéis en prolongar la resistencia, que os llevaría a perder vuestras vidas sin ventaja alguna. Los franceses están atacando en este instante el edificio por la calle de las Arcadas. Corred allí a ver si lográis atajar sus pasos; pero no penséis en defender la iglesia, profanada por esos cafres. Estas exhortaciones nos obligaron a salir al claustro, y todavía quedaban en el coro algunos soldados de Extremadura tiroteándose con los franceses que ya invadían toda la nave. Los frailes sólo cumplieron a medias su oferta en lo de darnos algún gaudeamus, como recompensa por haberles defendido hasta el último extremo su iglesia, y fueron repartidos algunos trozos de tasajo y pan duro; sin que viéramos ni oliéramos el vino en ninguna parte, por más que alargamos la vista y las narices. Para explicar esto dijeron que los franceses, ocupando todo lo alto, se habían posesionado del principal depósito de provisiones, y lamentándose del suceso procuraron consolarnos con alabanzas de nuestro buen comportamiento. La falta del vino prometido hízome acordar del gran Pirli, y entonces caí en la cuenta de que le había visto al principio del lance en una de las tribunas. Pregunté por él; pero nadie me sabía dar razón de su paradero. Los franceses ocupaban la iglesia y también parte de los altos del convento. A pesar de nuestra desfavorable posición en el claustro bajo, estábamos resueltos a seguir resistiendo, y traíamos a la memoria la heroica conducta de los voluntarios de Huesca, que defendieron las Mónicas hasta quedar sepultados bajo (p.1060) sus escombros. Estábamos delirantes y ebrios: nos creíamos ultrajados si no vencíamos, y nos impulsaba a las luchas desesperadas una fuerza secreta, irresistible, que no me puedo explicar sino por la fuerte tensión erectiva del espíritu y una aspiración poderosa hacia lo ideal. Nos contuvo una orden venida de fuera, y que dictó sin duda, en su buen sentido práctico el general Saint-March. -El convento no se puede sostener -dijeron-. Antes que sacrificar gente sin provecho alguno para la ciudad, salgan todos a defender los puntos atacados en la calle de Pabostre y Puerta Quemada, por donde el enemigo quiere extenderse, conquistando las casas de que se le ha rechazado varias veces. Salimos, pues, de San Agustín. Cuando pasábamos por la calle del mismo nombre, paralela a la de Palomar, vimos que desde la torre de la iglesia, arrojaban granadas de mano sobre los franceses establecidos en la plazoleta inmediata a la última de aquellas dos vías. ¿Quién lanzaba aquellos proyectiles desde la torre? Para decirlo más brevemente y con más elocuencia, abramos la historia y leamos: «En la torre se habían situado y pertrechado siete u ocho paisanos con víveres y municiones para hostigar al enemigo, y subsistieron verificándolo por unos días sin querer rendirse». Allí estaba el insigne Pirli. ¡Oh Pirli! Más feliz que el tío Garcés, tú ocupas un lugar en la historia.
Ep-6-XXIII - Incorporados al batallón de Extremadura, se nos llevó por la calle de Palomar hasta la plaza de la Magdalena, desde donde oímos fuerte estrépito de combate hacia el extremo de la calle de Puerta Quemada. Como nos habían dicho, el enemigo procuraba extenderse por la calle de Pabostre para apoderarse de Puerta Quemada, punto importantísimo que le permitía enfilar con su artillería la calle del mismo nombre hasta la plaza de la Magdalena; y como la posesión de San Agustín y las Mónicas, les permitía amenazar aquel punto céntrico por el fácil tránsito de la calle de Palomar, ya se conceptuaban dueños del arrabal. En efecto, si los de San Agustín (p.1061) lograban avanzar hasta las ruinas del Seminario, y los de la calle de Pabostre hasta Puerta Quemada, era imposible disputar a los franceses el barrio de Tenerías. Después de una breve espera, nos llevaron a la calle de Pabostre, y como la lucha era combinada entre el interior de los edificios y la vía pública, entramos por la calle de los Viejos a la primera manzana. Desde las ventanas de la casa en que nos situaron no se veía más que humo, y apenas podíamos hacernos cargo de lo que allí estaba pasando; mas luego advertí que la calle estaba llena de zanjas y cortaduras de trecho en trecho, con parapetos de tierra, muebles y escombros. Desde las ventanas se hacía un fuego horroroso. Recordando una frase del mendigo cojo Sursum Corda, puedo decir que nuestra alma era toda balas. En el interior de las casas corría la sangre a torrentes. El empuje de la Francia era terrible; y para que la resistencia no fuese menor, las campanas convocaban sin cesar al pueblo, los generales dictaban órdenes crueles para castigar a los rezagados; los frailes reunían gente de los otros barrios, trayéndola como en traílla, y algunas mujeres heroicas daban el ejemplo, arrojándose en medio del peligro, fusil en mano. Día horrendo, cuyo rumor pavoroso retumba sin cesar en los oídos del que lo presenció, cuyo recuerdo le persigue, pesadilla indeleble de toda la vida. Quien no vio sus excesos, quien no oyó su vocerío y estruendo, ignora con que aparato externo se presenta a los sentidos humanos el ideal del horror. Y no me digáis que habéis visto el cráter de un volcán en lo más recio de sus erupciones, o una furiosa tempestad en medio del Océano, cuando la embarcación, lanzada al cielo por una cordillera de agua, cae después al abismo vertiginoso; no me digáis que habéis visto eso, pues nada de eso se parece a los volcanes y a las tempestades que hacen estallar los hombres, cuando sus pasiones les llevan a eclipsar los desórdenes de la naturaleza. Era difícil contenernos, y no pudiendo hacer gran hostilidad desde allí, bajamos a la calle unos tras otros, sin (p.1062) hacer caso de los jefes que querían contenernos. El combate tenía sobre todos una atracción irresistible, y nos llamaba como llama el abismo al que le mira desde el vértice de elevada cima. Jamás me he considerado héroe; pero es lo cierto que en aquellos momentos ni temía la muerte, ni me arredraba el espectáculo de las catástrofes que a mi lado veía. Verdad es que el heroísmo, como cosa del momento e hijo directo de la inspiración, no pertenece exclusivamente a los valerosos, razón por la cual suele encontrarse con frecuencia en las mujeres y en los cobardes. Por no parecer prolijo no referiré aquí las peripecias de aquel combate de la calle de Pabostre. Se parecen mucho a las que antes he contado, y si en algo se diferenciaron fue por el exceso de la constancia y de la energía, llevadas a un grado tal que allí acababa lo humano y empezaba lo divino. Dentro de las casas pasaban escenas como las que en otro lugar he referido; pero con mayor encarnizamiento, porque el triunfo se creía más definitivo. La ventaja adquirida en una pieza, perdíanla los imperiales en otra; la acción trabada en la bohardilla descendía peldaño por peldaño hasta el sótano, y allí se remataba al arma blanca, con ventaja siempre para los paisanos. Las voces de mando con que unos y otros dirigían los movimientos dentro de aquellos laberintos, retumbaban de pieza en pieza con ecos espantosos. En la calle usaban ellos artillería y nosotros también. Varias veces trataron de apoderarse con rápidos golpes de mano de nuestras piezas; pero perdían mucha gente sin conseguirlo nunca. Acobardados al ver que el esfuerzo empleado otra vez para ganar una batalla no bastaba entonces para conquistar dos varas de calle, se negaban a batirse, y sus oficiales les sacudían a palos la pereza. Por nuestra parte no era preciso emplear tales medios, y bastaba la persuasión. Los frailes, sin dejar de prestar auxilio a los moribundos, atendían a todo, y al advertir debilidad en un punto, volaban a llamar la atención de los jefes. En una de las zanjas abiertas en la calle, una mujer, más (p.1063) que ninguna valerosa, Manuela Sancho, después de hacer fuego de fusil, disparó varios tiros en la pieza de a 8. Mantúvose ilesa, durante gran parte del día, animando a todos con sus palabras, y sirviendo de ejemplo a los hombres; pero serían las tres de la tarde cuando cayó en la zanja, herida en una pierna, y durante largo tiempo confundiose con los muertos, porque la hemorragia la puso exánime y con apariencia de cadáver. Más tarde, advirtiendo que respiraba, la retiramos, y fue curada, quedando tan bien, que muchos años después tuve el gusto de verla viva. La Historia no ha olvidado a aquella valiente joven y además, la calle de Pabostre, cuyas mezquinas casas son más elocuentes que las páginas de un libro, lleva el nombre de Manuela Sancho. Poco después de las tres, una horrísona explosión conmovió las casas que los franceses nos habían disputado tan encarnizadamente durante la mañana, y entre el espeso humo y el polvo, más espeso aún que el humo, vimos volar en pedazos mil las paredes y el techo, cayendo todo al suelo con un estruendo de que no puede darse idea. Los franceses empezaban a emplear la mina para conquistar lo que por ningún otro medio podía arrancarse de las manos aragonesas. Abrieron galerías, cargaron los hornillos, y los hombres cruzáronse de brazos, esperando que la pólvora lo hiciera todo. Cuando reventó la primera casa, nos mantuvimos serenos en las inmediatas y en la calle; pero cuando con estallido más fuerte aún vino a tierra la segunda, iniciose el movimiento de retirada con bastante desorden. Al considerar que eran sepultados entre las ruinas o lanzados al aire tantos infelices compañeros que no se habrían dejado vencer por la fuerza del brazo, nos sentimos débiles para luchar con aquel elemento de destrucción, y parecíanos que en todas las demás casas y en la calle, minadas ya también, iban a estallar horribles cráteres que en pedazos mil nos salpicarían desgarrados en sangrientos jirones. Los jefes nos detenían diciendo: -Firmes, muchachos. No correr. Eso es para (p.1064) asustaros. Nosotros también tenemos pólvora en abundancia, y abriremos minas. ¿Creéis que eso les dará ventaja? Al contrario. Veremos cómo se defienden entre los escombros. Palafox se presentó a la entrada de la calle, y su presencia nos contuvo algún tanto. El mucho ruido impidiome oír lo que nos dijo; pero por sus gestos comprendí que quería impelernos a marchar sobre las ruinas. -Ya oís, muchachos; ya oís lo que dice el capitán general -vociferó a nuestro lado un fraile de los que venían en la comitiva de Palafox-. Dice que si hacéis un pequeño esfuerzo más, no quedará vivo un solo francés. -¡Y tiene razón! -exclamó otro fraile-. No habrá en Zaragoza una mujer que os mire, si al punto no os arrojáis sobre las ruinas de las casas y echáis de allí a los franceses. -Adelante, hijos de la Virgen del Pilar -añadió un tercer fraile-. Allí hay un grupo de mujeres. ¿Las veis? Pues dicen que si no vais vosotros, irán ellas. ¿No os da vergüenza vuestra cobardía? Con esto nos contuvimos un poco. Reventó otra casa a la derecha, y entonces Palafox se internó en la calle. Sin saber cómo ni por qué, nos llevaba tras sí. Y ahora es ocasión de hablar de este personaje eminente, cuyo nombre va unido al de las célebres proezas de Zaragoza. Debía en gran parte su prestigio a su gran valor; pero también a la nobleza de su origen, al respeto con que siempre fue mirada allí la familia de Lazán y a su hermosa y arrogante presencia. Era joven. Había pertenecido al Cuerpo de Guardias, y se le elogiaba mucho por haber despreciado los favores de una muy alta señora, tan famosa por su posición como por sus escándalos. Lo que más que nada hacía simpático al caudillo zaragozano era su indomable y serena valentía, aquel ardor juvenil con que acometía lo más peligroso y difícil, por simple afán de tocar un ideal de gloria. Si carecía de dotes intelectuales para dirigir obra tan ardua como aquella, tuvo el acierto de reconocer su incompetencia, y rodeose de hombres insignes por distintos conceptos. Estos lo hacían todo, y Palafox quedábase tan sólo con (p.1065) lo teatral. Sobre un pueblo en que tanto prevalece la imaginación, no podía menos de ejercer subyugador dominio aquel joven general, de ilustre familia y simpática figura, que se presentaba en todas partes reanimando a los débiles y distribuyendo recompensas a los animosos. Los zaragozanos habían simbolizado en él sus virtudes, su constancia, su patriotismo ideal con ribetes de místico y su fervor guerrero. Lo que él disponía, todos lo encontraban bueno y justo. Como aquellos monarcas a quienes las tradicionales leyes han hecho representación personal de los principios fundamentales del gobierno, Palafox no podía hacer nada malo: lo malo era obra de sus consejeros. Y en realidad, el ilustre caudillo reinaba y no gobernaba. Gobernaban el padre Basilio, O'Neilly, Saint-March y Butrón, clérigo escolapio el primero, generales insignes los otros tres. En los puntos de peligro aparecía siempre Palafox como la expresión humana del triunfo. Su voz reanimaba a los moribundos, y si la Virgen del Pilar hubiera hablado, no hubiera hablado por otra boca. Su rostro expresaba siempre una confianza suprema, y en él la triunfal sonrisa infundía coraje como en otros el ceño feroz. Vanagloriábase de ser el impulsor de aquel gran movimiento. Como comprendía por instinto que parte del éxito era debido, más que a lo que tenía de general a lo que tenía de actor, siempre se presentaba con todos sus arreos de gala, entorchados, plumas y veneras, y la atronadora música de los aplausos y los vivas le halagaban en extremo. Todo esto era preciso, pues ha de haber siempre algo de mutua adulación entre la hueste y el caudillo para que el enfático orgullo de la victoria arrastre a todos al heroísmo.
Ep-6-XXIV - Como he dicho, Palafox nos detuvo, y aunque abandonamos casi toda la calle de Pabostre, nos mantuvimos firmes en Puerta Quemada. Si encarnizada fue la batalla hasta las tres, hora en que nos concentramos hacia la plaza de la Magdalena, no lo fue menos desde dicha ocasión hasta la noche. Los franceses empezaron a hacer trabajos en las casas (p.1066) arruinadas por los hornillos, y era curioso ver cómo entre las masas de cascote y vigas se abrían pequeñas plazas de armas, caminos cubiertos y plataformas para emplazar la artillería. Aquella era una guerra que cada vez se iba pareciendo menos a las demás guerras conocidas. De esta nueva fase de batalla resultó una ventaja, y un inconveniente para los franceses, porque si la demolición de las casas les permitía colocar en ellas algunas piezas, en cambio los hombres quedaban a descubierto. Por nuestra desgracia no supimos aprovecharnos de esto al presenciar las voladuras. El terror nos hizo ver una centuplicación del peligro, cuando en realidad lo disminuía, y no queriendo ser menos que ellos en aquel duelo a fuego, los zaragozanos empezaron a incendiar las casas de la calle de Pabostre que no podían sostener. Sitiadores y sitiados, deseosos de rematarse pronto, y no pudiendo conseguirlo en la laberíntica guerra de las madrigueras, empezaron a destruirlas unos con la mina otros con el incendio, quedándose a descubierto como el impaciente gladiador que arroja su escudo. ¡Qué tarde, qué noche! Al llegar aquí me detengo cansado y sin aliento, y mis recuerdos se nublan, como se nublaron mi pensar y mi sentir en aquella tarde espantosa. Hubo, pues, un momento, en que no pudiendo resistir más, mi cuerpo, como el de otros compañeros que habían tenido la suerte o la desgracia de vivir, se arrastraba sobre el arroyo tropezando con cadáveres insepultos o medio inhumados entre los escombros. Mis sentidos, salvajemente lanzados a los extremos del delirio, no me representaban claramente el lugar donde me encontraba, y la noción del vivir era un conjunto de vagas confusiones, de dolores inauditos. No me parecía que fuese de día, porque en algunos puntos lóbrega oscuridad envolvía la escena; mas tampoco me consideraba en medio de la noche, porque llamas semejantes a las que suponemos en el infierno, enrojecían la ciudad por otro lado. Sólo sé que me arrastraba pisando cuerpos, yertos unos, con movimiento (p.1067) otros, y que más allá, siempre más allá, creía encontrar un pedazo de pan y un buche de agua. ¡Qué desfallecimiento tan horrible! ¡Qué hambre! ¡Qué sed! Vi correr a muchos con ágiles movimientos, les oí gritar, vi proyectadas sus inquietas sombras formando espantajos sobre las paredes cercanas; iban y venían no sé a dónde ni de dónde. No era yo el único que agotadas las fuerzas del cuerpo y del espíritu después de tantas horas de lucha, se había rendido. Otros muchos, que no tenían la acerada entereza de los cuerpos aragoneses, se arrastraban como yo, y nos pedíamos unos a otros un poco de agua. Algunos, más felices que los demás, tuvieron fuerza para registrar entre los cadáveres, y recoger mendrugos de pan, piltrafas de carne fría y envuelta en tierra, que devoraban con avidez. Algo reanimados, seguimos buscando, y pude alcanzar una parte en las migajas de aquel festín. No sé si estaba yo herido: algunos de los que hablaban conmigo comunicándome su gran hambre y sed, tenían horribles golpes, quemaduras y balazos. Por fin encontramos unas mujeres que nos dieron a beber agua fangosa y tibia. Nos disputamos el vaso de barro, y luego en las manos de un muerto, descubrimos un pañuelo liado que contenía dos sardinas secas y algunos bollos de aceite. Alentados por los repetidos hallazgos, seguimos merodeando, y al fin, lo poco que logramos comer, y más que nada el agua sucia que bebimos nos devolvió en parte las fuerzas. Yo me sentí con algún brío y pude andar, aunque difícilmente. Advertí que todo mi vestido estaba lleno de sangre, y sintiendo un vivo escozor en el brazo derecho, juzgueme gravemente herido; pero aquel malestar era de una contusión insignificante, y las manchas de mis ropas provenían de haberme arrastrado entre charcos de fango y sangre. Volví a pensar sin confusiones, volví a ver sin oscuridad, y oí distintamente los gritos, los pasos precipitados, los cañonazos cercanos y distantes en diálogo pavoroso. Sus estampidos aquí y allí parecían preguntas y respuestas. Los incendios continuaban. Había sobre la (p.1068) ciudad una densa niebla, formada de polvo y humo, la cual con el resplandor de las llamas, formaba perspectivas horrorosas que jamás se ven en el mundo; en sueños sí. Las casas despedazadas con sus huecos abiertos a la claridad como ojos infernales, las recortaduras angulosas de las ruinas humeantes, las vigas encendidas, eran espectáculo menos siniestro que el de aquellas figuras saltonas e incansables, que no cesaban de revolotear allí delante, allí mismo, casi en medio de las llamas. Eran los paisanos de Zaragoza que aún se estaban batiendo con los franceses, y les disputaban ferozmente un palmo de infierno. Me encontraba en la calle de Puerta Quemada, y lo que he descrito se veía en las dos direcciones opuestas del Seminario y de la entrada de la calle de Pabostre. Di algunos pasos, pero caí otra vez rendido de fatiga. Un fraile, viéndome cubierto de sangre, se me acercó, y empezó a hablarme de la otra vida y del premio eterno destinado a los que mueren por la patria. Díjele que no estaba herido; pero que el hambre, el cansancio y la sed me habían postrado, y que creía tener los primeros síntomas de la epidemia. Entonces el buen religioso, en quien al punto reconocí al padre Mateo del Busto, se sentó a mi lado y dijo exhalando un hondo suspiro: -Yo tampoco me puedo tener y creo que me muero. -¿Está Vuestra Paternidad herido? -le pregunté viendo un lienzo atado a su brazo derecho. -Sí, hijo mío; una bala me ha destrozado el brazo y el hombro. Siento grandísimo dolor; pero es preciso aguantarlo. Más padeció Cristo por nosotros. Desde que amaneció no he cesado de curar heridos, y encaminar moribundos al cielo. En diez y seis horas no he descansado un solo momento, ni comido ni bebido cosa alguna. Una mujer me ató este lienzo en el brazo derecho, y seguí mi tarea. Creo que no viviré mucho.. ¡Cuánto muerto, Dios mío! ¿Y estos heridos que nadie recoge..? Pero ¡ay! yo no puedo tenerme en pie, yo me muero. ¿Has visto aquella zanja que hay al fin de la calle de los Clavos? Pues allí yace sin vida el desgraciado (p.1069) Coridón. Fue víctima de su arrojo. Pasábamos por allí para recoger unos heridos, cuando vimos hacia las eras de San Agustín un grupo de franceses que pasaban de una casa a otra. Coridón, cuya sangre impetuosa le impele a los actos más heroicos, se lanzó ladrando sobre ellos. ¡Ay!, ensartándole en una bayoneta, le arrojaron exánime dentro de la zanja.. ¡Cuántas víctimas en un solo día, Sr. de Araceli! Pues no tiene Vd. poca suerte en haber salido ileso. Pero se morirá Vd. de la epidemia, que es peor. Hoy he dado la absolución a sesenta moribundos de la epidemia. A Vd. también se la daré, amigo, porque sé que no comete pecadillos y que se ha portado valientemente en estos días.. ¿Qué tal? ¿Crece el mal? Efectivamente, está Vd. más amarillo que esos cadáveres que nos rodean. Morir de la epidemia durante el horroroso cerco, también es morir por la patria. Joven, ánimo: el cielo se abre para recibirle a Vd. y la virgen del Pilar le agasajará con su manto de estrellas. La vida no vale nada. ¡Cuánto mejor es morir honrosamente y ganar con el padecer de un día la eterna gloria! En nombre de Dios le perdono a Vd. todos sus pecados. Después de murmurar la oración propia del caso, pronunció, bendiciéndome, el ego te absolvo, y extendiéndose luego cuan largo era sobre el suelo. Su aspecto era tristísimo, y aunque yo no me encontraba bien, juzgueme en mejor estado de salud que el buen fraile. No fue aquella la primera ocasión en que el confesor caía antes que el moribundo, y el médico antes que el enfermo. Llamé al padre Mateo, y como no me respondiera sino con lastimeros quejidos, aparteme de allí para buscar quien fuese en su ayuda. Encontré a varios hombres y mujeres, y les dije: -Ahí está el padre fray Mateo del Busto, que no puede moverse. Pero no me hicieron caso, y siguieron adelante. Muchos heridos me llamaban a su vez, pidiéndome que les diese auxilio; pero yo tampoco les hacía caso. Junto al Coso encontré un niño de ocho o diez años, que marchaba solo y llorando con el mayor (p.1070) desconsuelo. Le detuve, le pregunté por sus padres, y señaló un punto cercano, donde había gran número de muertos y heridos. Más tarde encontré al mismo niño en diversos puntos, siempre solo, siempre llorando, y nadie se cuidaba de él. No se oía otra cosa que las preguntas ¿has visto a mi hermano? ¿Has visto a mi hijo? ¿Has visto a mi padre? Pero mi hermano, mi hijo y mi padre no parecían por ninguna parte. Ya nadie se cuidaba de llevar los enfermos a las iglesias, porque todas o casi todas estaban atestadas. Los sótanos y cuartos bajos, que antes se consideraron buenos refugios, ofrecían una atmósfera infesta y mortífera. Llegó el momento en que donde mejor se encontraban los heridos era en medio de la calle. Me dirigí hacia el centro del Coso, porque me dijeron que allí se repartía algo de comer; pero nada alcancé. Iba a volver a las Tenerías, y al fin frente al Almudí me dieron un poco de comida caliente. Al punto me sentí mejor, y lo que creía síntomas de epidemia, desapareció poco a poco, pues mi mal hasta entonces era de los que se curan con pan y vino. Acordeme al punto del padre Mateo del Busto, y con otros que se me juntaron fuimos a prestarle auxilio. El desgraciado anciano no se había movido, y cuando nos acercamos preguntándole cómo se encontraba, nos contestó así: -¡Cómo! ¿Ha sonado la campana de maitines? Todavía es temprano. Déjenme ustedes descansar. Me hallo fatigadísimo, padre González. He estado durante diez y seis horas cogiendo flores en la huerta.. Estoy rendido. A pesar de sus ruegos le cargamos entre cuatro; pero al poco trecho se nos quedó muerto en los brazos. Mis compañeros acudieron al fuego, y yo me disponía a seguirlos, cuando alcancé a ver un hombre cuyo aspecto llamó mi atención. Era el tío Candiola que salió de una casa cercana con los vestidos chamuscados y apretando entre sus manos un ave de corral que cacareaba sintiéndose prisionera. Le detuve en medio de la calle preguntándole por su hija y por Agustín, y con gran agitación me dijo: -¡Mi hija!.. No sé.. Allá, allá está.. ¡Todo, todo (p.1071) lo he perdido! ¡Los recibos! ¡Se han quemado los recibos!.. Y gracias que al salir de la casa tropecé con este pollo, que huía como yo del horroroso fuego. ¡Ayer valía una gallina cinco duros!.. Pero mis recibos, ¡Santa Virgen del Pilar, y tú Santo Dominguito de mi alma!, ¿por qué se han quemado mis recibos?.. Todavía se pueden salvar.. ¿Quiere usted ayudarme? Debajo de una gran viga ha quedado la caja de lata en que los tenía.. ¿Dónde hay por ahí media docena de hombres?.. ¡Dios mío! Pero esa junta, esa audiencia, ese capitán general, ¿en qué están pensando?.. Y luego siguió, gritando a los que pasaban: -¡Eh, paisano, amigo, hombre caritativo!.. ¡a ver si levantamos la viga que cayó en el rincón!.. ¡Eh!, buenos amigos, dejen Vds. ahí en un ladito ese enfermo moribundo que llevan al hospital, y vengan a ayudarme. ¿No hay un alma piadosa? Parece que los corazones se han vuelto de bronce.. Ya no hay sentimientos humanitarios.. ¡Oh! Zaragozanos sin piedad, ¡ved cómo Dios os está castigando! Viendo que nadie le amparaba, entró de nuevo en la casa; pero salió al poco rato gritando con desesperación: -¡Ya no se puede salvar nada! ¡Todo está ardiendo! Virgen mía del Pilar, ¿por qué no haces un milagro?, ¿por qué no me concedes el don de aquellos prodigiosos niños del horno de Babilonia, para que pueda penetrar dentro del fuego y salvar mis recibos?
Ep-6-XXV - Luego se sentó sobre un montón de piedras y a ratos se golpeaba el cráneo, a ratos sin soltar el gallo llevábase la mano al pecho, exhalando profundos suspiros. Preguntele de nuevo por su hija, con objeto de saber de Agustín, y me dijo: -Yo estaba en aquella casa de la calle de Añón, donde nos metimos ayer. Todos me decían que allí no había seguridad y que mejor estaríamos en el centro del pueblo; pero a mí no me gusta ir allí donde van todos, y el lugar que prefiero es el que abandonan los demás. El mundo está lleno de ladrones y rateros. Conviene, pues, huir del gentío. Nos acomodamos en un cuarto bajo de aquella (p.1072) casa. Mi hija tenía mucho miedo al cañoneo, y quería salir afuera. Cuando reventaron las minas en los edificios cercanos, ella y Guedita salieron despavoridas. Quedeme solo, pensando en el peligro que corrían mis efectos, y de pronto entraron unos soldados con teas encendidas diciendo que iban a pegar fuego a la casa. Aquellos canallas miserables no me dieron tiempo a recoger nada, y lejos de compadecer mi situación, burláronse de mí. Yo escondí la caja de los recibos, por temor a que creyéndola llena de dinero, me la quisieran quitar; pero no me fue posible permanecer allí mucho tiempo. Me abrasaba con el resplandor de las llamas, y me ahogaba con el humo; a pesar de todo, insistí en salvar mi caja.. ¡Cosa imposible! Tuve que huir. Nada pude traer, ¡Dios poderoso!, nada más que este pobre animal, que había quedado olvidado por sus dueños en el gallinero. Buen trabajo me costó el cogerle. ¡Casi se me quemó toda una mano! ¡Oh, maldito sea el que inventó el fuego! ¡Que pierda uno su fortuna por el gusto de estos héroes!.. Yo tengo dos casas en Zaragoza, además de la que vivía. Una de ellas, la de la calle de la Sombra, se me conserva ilesa, aunque sin inquilinos. La otra que llaman Casa de los Duendes, a espaldas de San Francisco, está ocupada por las tropas, y toda me la han destrozado. ¡Ruinas, nada más que ruinas! ¡Es feliz la ocurrencia de quemar las casas, sólo por impedir que las conquisten los franceses! -La guerra exige que se haga así -le respondí-, y esta heroica ciudad quiere llevar hasta el último extremo su defensa. -¿Y qué saca Zaragoza con llevar su defensa hasta el último extremo? A ver, ¿qué van ganando los que han muerto? Hábleles Vd. a ellos de la gloria, del heroísmo y de todas esas zarandajas. Antes que volver a vivir en ciudades heroicas, me iré a un desierto. Concedo que haya alguna resistencia; pero no hasta ese bárbaro extremo. Verdad es que los edificios valían poco, tal vez menos que esta gran masa de carbón que ahora resulta. A mí no me vengan con simplezas. Esto lo han ideado los pájaros gordos, para luego (p.1073) hacer negocio con el carbón. Esto me hizo reír. No crean mis lectores que exagero, pues tal como lo cuento, me lo dijo él punto por punto, y pueden dar fe de mi veracidad los que tuvieron la desdicha de conocerle. Si Candiola hubiera vivido en Numancia, habría dicho que los numantinos eran negociantes de carbón disfrazados de héroes. -¡Estoy perdido, estoy arruinado para siempre! -añadió después, cruzando las manos en actitud dolorosa-. Esos recibos eran parte de mi fortuna. Vaya Vd. ahora a reclamar las cantidades sin documento alguno, y cuando casi todos han muerto, y yacen en putrefacción por esas calles. No, lo digo y lo repito, no es conforme a la ley de Dios lo que han hecho esos miserables. Es un pecado mortal, es un delito imperdonable dejarse matar, cuando se deben piquillos que el acreedor no podrá cobrar fácilmente. Ya se ve.. esto de pagar es muy duro, y algunos dicen: «muramos y nos quedaremos con el dinero».. Pero Dios debiera ser inexorable con esta canalla heroica, y en castigo de su infamia, resucitarlos para que se las vieran con el alguacil y el escribano. ¡Dios mío, resucítalos! ¡Santa Virgen del Pilar, Santo Dominguito del Val, resucítalos! -Y su hija de Vd. -le pregunté con interés-, ¿ha salido ilesa del fuego? -No me nombre Vd. a mi hija -replicó con desabrimiento-. Dios ha castigado en mí su culpa. Ya sé quién es su infame pretendiente. ¿Quién podía ser sino ese condenado hijo de D. José de Montoria, que estudia para clérigo? María me lo ha confesado. Ayer estaba curándole la herida que tiene en el brazo. ¿Hase visto muchacha más desvergonzada? ¡Y esto lo hacía delante de mí, en mis propias barbas! Esto decía, cuando doña Guedita, que buscaba afanosamente a su amo, apareció trayendo en una taza algunas provisiones. Él se las comió con voracidad, y luego a fuerza de ruegos logramos arrancarle de allí, conduciéndole al callejón del Órgano donde estaba su hija, guarecida en un zaguán con otras infelices. Candiola, después de regañarla, se internó con el ama de llaves. - (p.1074) ¿Dónde está Agustín? -pregunté a Mariquilla. -Hace un instante estaba aquí; pero vinieron a darle la noticia de la muerte de un hermano suyo, y se fue. Oí decir, que estaba su familia en la calle de las Rufas. -¿Que ha muerto su hermano, el primogénito? -Así se lo dijeron, y él corrió allí muy afligido. Sin oír más, yo también corrí a la calle de la Parra para aliviar en lo posible la tribulación de aquella generosa familia, a quien tanto debía, y antes de llegar a ella encontré a D. Roque, que con lágrimas en los ojos se acercó a hablarme. -Gabriel -me dijo-, Dios ha cargado hoy la mano sobre nuestro buen amigo. -¿Ha muerto el hijo mayor, Manuel de Montoria? -Sí; y no es esa la única desgracia de la familia. Manuel era casado, como sabes, y tenía un hijo de cuatro años. ¿Ves aquel grupo de mujeres? Pues allí está la mujer del desgraciado primogénito de Montoria, con su hijo en brazos, el cual, atacado de la epidemia, agoniza en estos momentos. ¡Qué horrible situación! Ahí tienes a una de las primeras familias de Zaragoza, reducida al más triste estado, sin un techo en que guarecerse, y careciendo hasta de lo más preciso. Toda la noche ha estado esa infeliz madre en la calle y a la intemperie con el enfermo en brazos, aguardando por instantes que exhale el último suspiro; y en realidad, mejor está aquí que en los pestilentes sótanos, donde no se puede respirar. Gracias a que yo y otros amigos la hemos socorrido en lo posible.. ¿pero qué podemos hacer, si apenas hay pan, si se ha acabado el vino, y no se encuentra un pedazo de carne de vaca, aunque se dé por él un pedazo de la nuestra? Principiaba a amanecer. Acerqueme al grupo de mujeres, y vi el lastimoso espectáculo. Con el ansia de salvarle, la madre y las demás mujeres que le hacían compañía martirizaban al infeliz niño aplicándole los remedios que cada cual discurría; pero bastaba ver a la víctima para comprender la imposibilidad de salvar aquella naturaleza, que la muerte había asido ya con su mano amarilla. La voz de D. José de (p.1075) Montoria me obligó a seguir adelante, y en la esquina de la calle de las Rufas, un segundo grupo completaba el cuadro horroroso de las desgracias de aquella familia. En el suelo estaba el cadáver de Manuel de Montoria, joven de treinta años, no menos simpático y generoso en vida que su padre y hermano. Una bala le había atravesado el cráneo, y de la pequeña herida exterior en el punto por donde entró el proyectil, salía un hilo de sangre, que bajando por la sien el carrillo y el cuello, escurríase entre la piel y la camisa. Fuera de esto, su cuerpo no parecía el de un difunto. Cuando yo me acerqué, su madre no se había decidido aún a creer que estaba muerto, y poniendo la cabeza del cadáver sobre sus rodillas, quería reanimarle con ardientes palabras. Montoria, de rodillas al costado derecho, tenía entre sus manos la de su hijo, y sin decir nada, no le quitaba los ojos. Tan pálido como el muerto, el padre no lloraba. -Mujer -exclamó al fin-. No pidas a Dios imposibles. Hemos perdido a nuestro hijo. -¡No; mi hijo no ha muerto! -gritó la madre con desesperación-. Es mentira. ¿Para qué me engañan? ¿Cómo es posible que Dios nos quite a nuestro hijo? ¿Qué hemos hecho para merecer este castigo? ¡Manuel! ¡Tú, hijo mío! ¿No me respondes? ¿Por qué no te mueves? ¿Por qué no hablas?.. Al instante te llevaremos a casa.. pero ¿dónde está nuestra casa? Mi hijo se enfría sobre este desnudo suelo. ¡Ved qué heladas están sus manos y su cara! -Retírate, mujer -dijo Montoria conteniendo el llanto-. Nosotros cuidaremos al pobre Manuel. -¡Señor, Dios mío! -exclamó la madre- ¿qué tiene mi hijo que no habla, ni se mueve, ni despierta? Parece muerto; pero no está ni puede estar muerto. Santa Virgen del Pilar, ¿no es verdad que mi hijo no ha muerto? -Leocadia -repitió Montoria, secando las primeras lágrimas que salieron de sus ojos-. Vete de aquí, retírate por Dios. Ten resignación, porque Dios nos ha dado un fuerte golpe, y nuestro hijo no vive ya. Ha muerto por la patria.. -¡Que ha muerto mi hijo! -exclamó la madre, estrechando el (p.1076) cadáver entre sus brazos como si se lo quisieran quitar-. No, no, no: ¿qué me importa a mí la patria? ¡Que me devuelvan a mi hijo! ¡Manuel, niño mío! No te separes de mi lado, y el que quiera arrancarte de mis brazos, tendrá que matarme. -¡Señor, Dios mío! ¡Santa Virgen del Pilar! -dijo D. José de Montoria con grave acento-. Nunca os ofendí a sabiendas ni deliberadamente. Por la patria, por la religión y por el rey he dado mis bienes y mis hijos. ¿Por qué antes que llevaros a este mi primogénito, no me quitasteis cien veces la vida, a mí, miserable viejo que para nada sirvo? Señores que estáis presentes: no me avergüenzo de llorar delante de Vds. Con el corazón despedazado, Montoria es el mismo. ¡Dichoso tú mil veces, hijo mío, que has muerto en el puesto del honor! ¡Desgraciados los que vivimos después de perderte! Pero Dios lo quiere así, y bajemos la frente ante el dueño de todas las cosas. Mujer, Dios nos ha dado paz, felicidad, bienestar y buenos hijos; ahora parece que nos lo quiere quitar todo. Llenemos el corazón de humildad, y no maldigamos nuestro sino. Bendita sea la mano que nos hiere, y esperemos tranquilos el beneficio de la propia muerte. Doña Leocadia no tenía vida más que para llorar, besando incesantemente el frío cuerpo de su hijo. D. José, tratando de vencer las irresistibles manifestaciones de su dolor, se levantó y dijo con voz entera: -Leocadia, levántate. Es preciso enterrar a nuestro hijo. -¡Enterrarle! -exclamó la madre-. ¡Enterrarle..! Y no pudo decir más porque se quedó sin sentido. En el mismo instante oyose un grito desgarrador, no lejos de allí, y una mujer corrió despavorida hacia nosotros. Era la mujer del desgraciado Manuel, viuda ya y sin hijo. Varios de los presentes nos abalanzamos a contenerla para que no presenciase aquella escena, tan horrible como la que acababa de dejar y la infeliz dama forcejeó con nosotros, pidiéndonos que la dejásemos ver a su marido. En tanto D. José, apartándose de allí, llegó a donde yacía el cuerpo de su nieto: tomole en brazos y lo trajo junto al de (p.1077) Manuel. Las mujeres exigían todo nuestro cuidado, y mientras doña Leocadia continuaba sin movimiento ni sentido, abrazada al cadáver, su nuera, poseída de un dolor febril, corría en busca de imaginarios enemigos, a quienes anhelaba despedazar. La conteníamos y se nos escapaba de las manos. Reía a veces con espantosa carcajada, y luego se nos ponía de rodillas delante, rogándonos que le devolviéramos los dos cuerpos que le habíamos quitado. Pasaba la gente, pasaban soldados, frailes, paisanos, y todos veían aquello con indiferencia porque a cada paso se encontraba un espectáculo semejante. Los corazones estaban osificados y las almas parecían haber perdido sus más hermosas facultades, no conservando más que el rudo heroísmo. Por fin, la pobre mujer cedió a la fatiga, al aniquilamiento producido por su propia pena, quedándosenos en los brazos como muerta. Pedimos algún cordial o algún alimento para reanimarla, pero no había nada, y las demás personas que allí vi, harto trabajo tenían con atender a los suyos. En tanto D. José, ayudado de su hijo Agustín, que también trataba de vencer su acerbo dolor, desligó el cadáver de los brazos de doña Leocadia. El estado de esta infeliz señora era tal que creímos tener que lamentar otra muerte en aquel día. Luego Montoria repitió: -Es preciso que enterremos a mi hijo. Miró él, miramos todos en derredor, y vimos muchos, muchísimos cadáveres insepultos. En la calle de las Rufas había bastantes; en la inmediata de la Imprenta se había constituido una especie de depósito. No es exageración lo que voy a decir. Innumerables cuerpos estaban apilados en la angosta vía, formando como un ancho paredón entre casa y casa. Aquello no se podía mirar, y el que lo vio fue condenado a tener ante los ojos durante toda su vida la fúnebre pira hecha con cuerpos de sus semejantes. Parece mentira, pero es cierto. Un hombre entró en la calle de la Imprenta y empezó a dar voces. Por un ventanillo apareció otro hombre, que contestando al primero, dijo: «sube». Entonces, aquel, creyendo que era (p.1078) extravío entrar en la casa y subir por la escalera, trepó por el montón de cuerpos y llegó al piso principal, una de cuyas ventanas le sirvió de puerta. En otras muchas calles ocurría lo mismo. ¿Quién pensaba en darles sepultura? Por cada par de brazos útiles y por cada azada había cincuenta muertos. De trescientos a cuatrocientos perecían diariamente sólo de la epidemia. Cada acción encarnizada arrancaba a la vida algunos miles, y ya Zaragoza empezaba a dejar de ser una ciudad poblada por criaturas vivas. Montoria al ver aquello, habló así: -Mi hijo y mi nieto no pueden tener el privilegio de dormir bajo tierra. Sus almas están en el cielo, ¿qué importa lo demás? Acomodémosles ahí en la puerta de la calle de las Rufas.. Agustín, hijo mío: más vale que te vayas a las filas. Los jefes pueden echarte de menos, y creo que hace falta gente en la Magdalena. Ya no tengo más hijo varón que tú. Si mueres ¿qué me queda? Pero el deber es lo primero, y antes que cobarde prefiero verte como tu pobre hermano con la sien traspasada por una bala francesa. Después poniendo la mano sobre la cabeza de su hijo, que estaba descubierto y de rodillas junto al cadáver de Manuel, prosiguió así, elevando los ojos al cielo: -Señor, si has resuelto también llevarte a mi segundo hijo, llévame a mí primero. Cuando se acabe el sitio, no deseo tener mas vida. Mi pobre mujer y yo hemos sido bastante felices, hemos recibido hartos beneficios para maldecir la mano que nos ha herido; pero para probarnos ¿no ha sido ya bastante? ¿Ha de perecer también nuestro segundo hijo?.. Ea, señores -añadió luego-, despachemos pronto, que quizás hagamos falta en otra parte. -Señor D. José -dijo D. Roque llorando-, retírese Vd. también, que los amigos cumpliremos este triste deber. -No, yo soy hombre para todo, y Dios me ha dado un alma que no se dobla ni se rompe. Y tomó ayudado de otro, el cadáver de Manuel, mientras Agustín y yo cogimos el del nieto, para ponerlos a entrambos en la entrada del callejón de las Rufas, donde otras muchas familias habían (p.1079) depositado los muertos. Montoria luego que soltó el cuerpo, exhaló un suspiro y dejando caer los brazos, como si el esfuerzo hecho hubiera agotado sus fuerzas, dijo: -Es verdad, señores, yo no puedo negar que estoy cansado. Ayer me encontraba joven; hoy me encuentro muy viejo. Efectivamente, Montoria estaba viejísimo, y una noche había condensado en él la vida de diez años. Sentose sobre una piedra, y puestos los codos en las rodillas, apoyó la cara entre las manos, en cuya actitud permaneció mucho tiempo, sin que los presentes turbáramos su dolor. Doña Leocadia, su hija y su nuera, asistidas por otros individuos de la familia, continuaban en el Coso. D. Roque, que iba y venía de uno a otro extremo, llego diciendo: -La señora sigue tan abatida.. Ahora están todas rezando con mucha devoción, y no cesan de llorar. Están muy caídas las pobrecitas. Muchachos, es preciso que deis por la ciudad una vuelta, a ver si se encuentra algo sustancioso con que alimentarlas. Montoria se levantó entonces, limpiando las lágrimas que corrían abundantemente de sus ojos encendidos. -No ha de faltar, según creo. Amigo D. Roque, busque Vd. algo de comer, cueste lo que cueste. -Ayer pedían cinco duros por una gallina en la Tripería -dijo uno que era criado antiguo de la casa. -Pero hoy no las hay -indicó D. Roque-. He estado allí hace un momento. -Amigos, buscad por ahí, que algo se encontrará. Yo nada necesito para mí. Esto decía, cuando sentimos un agradable cacareo de ave de corral. Miramos todos con alegría hacia la entrada de la calle, y vimos al tío Candiola, que sosteniendo en su mano izquierda el pollo consabido, le acariciaba con la derecha el negro plumaje. Antes que se lo pidieran, llegose a Montoria, y con mucha sorna le dijo: -Una onza por el pollo. -¡Qué carestía! -exclamó D. Roque-. ¡Si no tiene más que huesos el pobre animal! No pude contener la cólera al ver ejemplo tan claro de la repugnante tacañería y empedernido corazón del tío Candiola. Así es que llegueme a él y, arrancándole el pollo (p.1080) de las manos, le dije violentamente: -Ese pollo es robado. Venga acá. ¡Miserable usurero! ¡Si al menos vendiera lo suyo! ¡Una onza! A cinco duros estaban ayer en el mercado. ¡Cinco duros, canalla, ladrón, cinco duros! Ni un ochavo más. Candiola empezó a chillar reclamando su pollo, y a punto estuvo de ser apaleado impíamente; pero D. José de Montoria intervino diciendo: -Désele lo que quiere. Tome Vd., Sr. Candiola, la onza que pide por ese animal. Diole la onza, que el infame tacaño no tuvo reparo en tomar, y luego nuestro amigo prosiguió hablando de esta manera: -Sr. de Candiola, tenemos que hablar. Ahora caigo en que le ofendí a Vd.. Sí.. hace días, cuando aquello de la harina.. Es que a veces no es uno dueño de sí mismo, y se nos sube la sangre a la cabeza.. Verdad es que Vd. me provocó, y como se empeñaba en que le dieran por la harina más de lo que el señor capitán general había mandado.. Lo cierto es, amigo D. Jerónimo, que yo me amosqué.. ya ve Vd.. no lo puede uno remediar así de pronto.. pues.. y creo que se me fue la mano; creo que hubo algo de.. -Sr. Montoria -dijo Candiola-, llegará un día en que haya otra vez autoridades en Zaragoza. Entonces nos veremos las caras. -¿Va Vd. a meterse entre jueces y escribanos? Malo. Aquello pasó.. Fue un arrebato de cólera, una de esas cosas que no se pueden remediar. Lo que me llama la atención, es que hasta ahora no había caído en que hice mal, muy mal. No se debe ofender al prójimo.. -Y menos ofenderle después de robarle -dijo D. Jerónimo, mirándonos a todos y sonriendo con desdén. -Eso de robar no es cierto -continuó Montoria-, porque yo hice lo que el capitán general me mandaba. Cierto es lo de la ofensa de palabra y de obra, y ahora cuando le he visto a Vd. venir con el pollo, he caído en la cuenta de que hice mal. Mi conciencia me lo dice.. ¡Ah! Sr. Candiola, soy muy desgraciado. Cuando uno es feliz, no conoce sus faltas. Pero ahora.. Lo cierto es, D. Jerónimo de Candiola, que en cuanto le vi venir a Vd., me sentí inclinado a pedirle (p.1081) perdón por aquellos golpes.. yo tengo la mano pesada, y.. Así es que en un pronto.. no sé lo que me hago.. Sí, yo le ruego a Vd. que me perdone y seamos amigos. Sr. D. Jerónimo, seamos amigos; reconciliémonos y no hagamos caso de resentimientos antiguos. El odio envenena las almas, y el recuerdo de no haber obrado bien nos pone encima un peso insoportable. -Después de hecho el daño, todo se arregla con hipócritas palabrejas -dijo Candiola volviendo la espalda a Montoria, y escurriéndose fuera del grupo-. Más vale que piense el Sr. Montoria en reintegrarme el precio de la harina.. ¡Perdoncitos a mí..! Ya no me queda nada que ver. Dijo esto en voz baja, y alejose lentamente. Montoria, viendo que alguno de los presentes corría tras él insultándole, añadió: -Dejadle marchar tranquilo, y tengamos compasión de ese desgraciado.
Ep-6-XXVI - El 3 de Febrero se apoderaron los franceses del convento de Jerusalén, que estaba entre Santa Engracia y el hospital. La acción que precedió a la conquista de tan importante posición fue tan sangrienta como las de las Tenerías, y allí murió el distinguido comandante de ingenieros D. Marcos Simonó. Por la parte del arrabal poco adelantaban los sitiadores, y en los días 6 y 7 todavía no habían podido dominar la calle de Puerta Quemada. Las autoridades comprendían que era difícil prolongar mucho más la resistencia, y con ofertas de honores y dinero intentaban exaltar a los patriotas. En una proclama del 2 de Febrero, Palafox, al pedir recursos, decía: «Doy mis dos relojes y veinte cubiertos de plata, que es lo que me queda». En la de 4 de Febrero ofrecía armar caballeros a los doce que más se distinguieran, para lo cual creaba una Orden militar noble, llamada de Infanzones; y en la del 9 se quejaba de la indiferencia y abandono con que algunos vecinos miraban la suerte de la patria, y después de suponer que el desaliento era producido por el oro francés, amenazaba con grandes castigos al que se mostrara cobarde. Las acciones de los días 3, 4 y 5 no fueron tan encarnizadas como la (p.1082) última que describí. Franceses y españoles estaban muertos de fatiga. Las boca-calles que conservamos en la plazuela de la Magdalena, conteniendo siempre al enemigo en sus dos avances de la calle de Palomar y de Pabostre, se defendían con cañones. Los restos del seminario estaban asimismo erizados de artillería, y los franceses, seguros de no poder echamos de allí por los medios ordinarios, trabajaban sin cesar en sus minas. Mi batallón se había fundido en el de Extremadura, pues el resto de uno y otro no llegaba a tres compañías. Agustín de Montoria era capitán, y yo fui ascendido a alférez el día 2. No volvimos a prestar servicio en las Tenerías y lleváronnos a guarnecer a San Francisco, vasto edificio que ofrecía buenas posiciones para tirotear a los franceses, establecidos en Jerusalén. Se nos repartían raciones muy escasas, y los que ya nos contábamos en el número de oficiales comíamos rancho lo mismo que los soldados. Agustín guardaba su pan, para llevárselo a Mariquilla. Desde el día 4 empezaron los franceses a minar el terreno para apoderarse del Hospital y de San Francisco, pues harto sabían que de otro modo era imposible. Para impedirlo contraminanos, con objeto de volarles a ellos antes que nos volaran a nosotros, y este trabajo ardoroso en las entrañas de la tierra a nada del mundo puede compararse. Parecíanos haber dejado de ser hombres, para convertirnos en otra especie de seres, insensibles y fríos habitantes de las cavernas, lejos del sol, del aire puro y de la hermosa luz. Sin cesar labrábamos largas galerías, como el gusano que se fabrica la casa en lo oscuro de la tierra y con el molde de su propio cuerpo. Entre los golpes de nuestras piquetas oíamos, como un sordo eco, el de las piquetas de los franceses, y después de habernos batido y destrozado en la superficie, nos buscábamos en la horrible noche de aquellos sepulcros para acabar de exterminamos. El convento de San Francisco tenía por la parte del coro vastas bodegas subterráneas. Los edificios que ocupaban más abajo (p.1083) los franceses también las tenían, y rara era la casa que no se alzaba sobre profundos sótanos. Las galerías abiertas por las azadas de unos y otros juntábanse al fin en uno de aquellos aposentos: a la luz de nuestros faroles veíamos a los franceses, como imaginarias figuras de duendes engendradas por la luz rojiza en las sinuosidades de la mazmorra; ellos nos veían también, y al punto nos tiroteábamos; pero nosotros íbamos provistos de granadas de mano, y arrojándolas sobre ellos les poníamos en dispersión persiguiéndoles luego a arma blanca a lo largo de las galerías. Todo aquello parecía una pesadilla, una de esas luchas angustiosas que a veces trabamos contra seres aborrecidos en las profundas concavidades del sueño: pero era cierto y se repetía a cada instante en diversos puntos. En esta penosa tarea nos relevábamos frecuentemente, y en los ratos de descanso salíamos al Coso, sitio céntrico de reunión y al mismo tiempo parque, hospital y cementerio general de los sitiados. Una tarde (creo que la del 5) estábamos en la puerta del convento varios muchachos del batallón de Estremadura y de San Pedro y comentábamos las peripecias del sitio, opinando todos que bien pronto sería imposible la resistencia. El corrillo se renovaba constantemente. D. José de Montoria se acercó a nosotros, y saludándonos con semblante triste, sentose en el banquillo de madera que teníamos junto a la puerta. -Oiga Vd. lo que se habla por aquí, señor don José -le dije-. La gente cree que es imposible resistir muchos días más. -No os desaniméis, muchachos -contestó-. Bien dice el capitán general en su proclama que corre mucho oro francés por la ciudad. Un franciscano que venía de auxiliar a algunas docenas de moribundos tomó la palabra y dijo: -Es un dolor lo que pasa. No se habla por ahí de otra cosa que de rendirse. Si parece que esto ya no es Zaragoza. ¡Quién conoció a aquella gente templada del primer sitio!.. -Dice bien su paternidad -afirmó Montoria-. Está uno avergonzado, y hasta los que tenemos corazón de bronce nos sentimos (p.1084) atacados de esta flaqueza que cunde más que la epidemia. Y en resumidas cuentas, no sé a qué viene ahora esa novedad de rendirse cuando nunca lo hemos hecho, ¡porra! Si hay algo después de este mundo como nuestra religión nos enseña, ¿a qué apurarse por un día más o menos de vida? -Verdad es, Sr. D. José -dijo el fraile-, que las provisiones se acaban por momentos y que donde no hay harina todo es mohína. -¡Boberías y melindres!, padre Luengo -exclamó Montoria-. Ya.. Si esta gente, acostumbrada al regalo de otros tiempos, no puede pasarse sin carne y pan, no hemos dicho nada. Como si no hubiera otras muchas cosas que comer.. Soy partidario de la resistencia a todo trance, cueste lo que cueste. He experimentado terribles desgracias; la pérdida de mi primogénito y de mi nieto ha cubierto de luto mi corazón; pero el honor nacional, llenando toda mi alma, a veces no deja hueco para otro sentimiento. Un hijo me queda, único consuelo de mi vida y depositario de mi casa y mi nombre. Lejos de apartarle del peligro le obligo a persistir en la defensa. Si le pierdo, me moriré de pena; pero que salve el honor nacional, aunque perezca mi único heredero. -Y según he oído -dijo el padre Luengo-, el señor D. Agustín ha hecho prodigios de valor. Está visto que los primeros laureles de esta campaña pertenecen a los insignes guerreros de la Iglesia. -No, mi hijo no pertenecerá ya a la Iglesia. Es preciso que renuncie a ser clérigo, pues yo no puedo quedarme sin sucesión directa. -Sí, vaya Vd. a hablarle de sucesiones y de casorios. Desde que es soldado parece que ha cambiado un poco; pero antes sus conversaciones trataban siempre de re theologica, y jamás le oí hablar de erotica. Es un chico que tiene a Santo Tomás en las puntas de los dedos, y no sabe en qué sitio de la cara llevan los ojos las muchachas. -Agustín sacrificará por mí su ardiente vocación. Si salimos bien del sitio y la Virgen del Pilar me lo deja con vida, pienso casarle al instante con mujer que le iguale en condición y fortuna. Cuando esto decía, vimos que se nos (p.1085) acercaba sofocada Mariquilla Candiola, la cual llegándose a mí me preguntó: -Sr. de Araceli, ¿ha visto Vd. a mi padre? -No, señorita doña María -le respondí-. Desde ayer no le he visto. Puede que esté en las ruinas de su casa, ocupándose en ver si puede sacar alguna cosa. -No está -dijo Mariquilla con desaliento-. Le he buscado por todas partes. -¿Ha estado Vd. aquí detrás, por junto a San Diego? El Sr. Candiola suele ir a visitar su casa llamada de los Duendes por ver si se la han destrozado. -Pues voy al momento allá. Cuando desapareció, dijo Montoria: -Es esta, a lo que parece, la hija del tío Candiola. A fe que es bonita, y no parece hija de aquel lobo.. Dios me perdone el mote. De aquel buen hombre, quise decir. -Es guapilla -afirmó el fraile-. Pero se me figura que es una buena pieza. De la madera del tío Candiola no puede salir un buen santo. -No se habla mal del prójimo -dijo D. José. -Candiola no es prójimo. La muchacha desde que se quedaron sin casa, no abandona la compañía de los soldados. -Estará entre ellos para asistir a los heridos. -Puede ser; pero me parece que le gustan más los sanos y robustos. Su carilla graciosa está diciendo que allí no hay pizca de vergüenza. -¡Lengua de escorpión! -Pura verdad -añadió el fraile-. Bien dicen que de tal palo, tal astilla. ¿No aseguran que su madre la Pepa Rincón fue mujer pública o poco menos? -Alegre de cascos tal vez.. -¡No está mala alegría! Cuando fue abandonada por su tercer cortejo, cargó con ella el Sr. D. Jerónimo. -Basta de difamación -dijo Montoria-, y aunque se trata de la peor gente del mundo, dejémosles con su conciencia. -Yo no daría un maravedí por el alma de todos los Candiolas reunidos -repuso el fraile-. Pero allí aparece el Sr. D. Jerónimo, si no me engaño. Nos ha visto y viene hacia acá. En efecto, el tío Candiola avanzaba despaciosamente por el Coso, y llegó a la puerta del convento. -Buenas tardes tenga el Sr. D. Jerónimo -le dijo Montoria-. Quedamos en que se acabaron los rencorcillos.. -Hace un momento ha (p.1086) estado aquí preguntando por Vd. su inocente hija -le indicó Luengo con malicia. -¿Dónde está? -Ha ido a San Diego -dijo un soldado-. Puede que se la roben los franceses que andan por allí cerca. -Quizás la respeten al saber que es hija del señor D. Jerónimo -dijo Luengo-. ¿Es cierto, amigo Candiola, lo que se cuenta por ahí? -¿Qué? -Que Vd. ha pasado estos días la línea francesa para conferenciar con la canalla. -¡Yo! ¡Qué vil calumnia! -exclamó el tacaño-. Eso lo dirán mis enemigos para perderme. ¿Es usted, Sr. Montoria, quien ha hecho correr esas voces? -Ni por pienso -respondió el patriota-. Pero es cierto que lo oí decir. Recuerdo que le defendí a usted, asegurando que el Sr. Candiola es incapaz de venderse a los franceses. -¡Mis enemigos, mis enemigos quieren perderme! ¡Qué infamias inventan contra mí! También quieren que pierda la honra, después de haber perdido la hacienda. Señores, mi casa de la calle de la Sombra ha perdido parte del tejado. ¿Hay desolación semejante? La que tengo aquí detrás de San Francisco y pegada a la huerta de San Diego, se conserva bien; pero está ocupada por la tropa, y me la destrozan que es un primor. -El edificio vale bien poco, Sr. D. Jerónimo -dijo el fraile-, y si mal no recuerdo, hace diez años que nadie quiere habitarla. -Como dio la gente en la manía de decir si había duendes o no.. Pero dejemos eso. ¿Han visto por aquí a mi hija? -Esa virginal azucena ha ido hacia San Diego en busca de su simpático papá. -Mi hija ha perdido el juicio. -Algo de eso. -También tiene de ello la culpa el Sr. de Montoria. Mis enemigos, mis pérfidos enemigos no me dejan respirar. -¡Cómo! -exclamó mi protector-. ¿También tengo yo la culpa de que esa niña haya sacado las malas mañas de su madre?.. quiero decir.. ¡Maldita lengua mía! Su madre fue una señora ejemplar. -Los insultos del Sr. Montoria no me llaman la atención y los desprecio -dijo el avaro con ponzoñosa cólera-. En vez de insultarme el Sr. D. José, debiera sujetar a su niño Agustín, libertino y embaucador, que es quien ha (p.1087) trastornado el seso a mi hija. No, no se la daré en matrimonio, aunque bebe los vientos por ella. Y quiere robármela. ¡Buena pieza el tal D. Agustín! No, no la tendrá por esposa. Vale más, mucho más mi María. D. José de Montoria, al oír esto, púsose blanco, y dio algunos pasos hacia el tío Candiola, con intento sin duda de renovar la violenta escena de la calle de Antón Trillo. Después se contuvo, y con voz dolorida habló así: -¡Dios mío! Dame fuerzas para reprimir mis arrebatos de cólera. ¿Es posible matar la soberbia y ser humilde delante de este hombre? Le pedí perdón de la ofensa que le hice, humilleme ante él, le ofrecí una mano de amigo, y sin embargo, se me pone delante para injuriarme otra vez, para insultarme del modo más horrendo.. ¡Miserable hombre, castígame, mátame, bébete toda mi sangre y vende después mis huesos para hacer botones; pero que tu vil lengua no arroje tanta ignominia sobre mi hijo querido! ¿Qué has dicho, que ha dicho Vd. de mi Agustín? -La verdad. -No sé cómo me contengo. Señores, sean ustedes testigos de mi bondad. No quiero arrebatarme; no quiero atropellar a nadie; no quiero ofender a Dios. Yo le perdono a este hombre sus infamias; pero que se quite al punto de mi presencia, porque viéndole no respondo de mí. Candiola, amedrentado por estas palabras, entró en el portalón del convento. El padre Luengo se llevó a Montoria por el Coso abajo. Y sucedió que en el mismo instante, entre los soldados que allí estaban reunidos, empezó a cundir un murmullo rencoroso que indicaba sentimientos muy hostiles contra el padre de Mariquilla, lo cual, atendidos los antecedentes de aquel, no tenía nada de particular. Él quiso huir, viéndose empujado de un lado para otro; mas le detuvieron, y sin saber cómo, en un rápido movimiento del grupo amenazador, fue llevado al claustro. Entonces una voz dijo con colérico acento: -Al pozo; arrojarle al pozo. Candiola fue asido por varias manos, y magullado, roto y descosido más de lo que estaba. -Es de los que andan repartiendo (p.1088) dinero para que la tropa se rinda -dijo uno. -Sí, sí -gritaron otros-. Ayer decían que andaba en el Mercado repartiendo dinero. -Señores -decía el infeliz con voz ahogada-, yo les juro a Vds. que jamás he repartido dinero. Y así era la verdad. -Anoche dicen que le vieron traspasar la línea y meterse en el campo francés. -De donde volvió por la mañana. ¡Al pozo con él! Otro amigo y yo forcejeamos un rato por salvar a Candiola de una muerte segura; pero no lo pudimos conseguir sino a fuerza de ruegos y persuasiones, diciendo: -Muchachos, no hagamos una barbaridad. ¿Qué daño puede causar este vejete despreciable? -Es verdad -añadió él en el colmo de la angustia-. ¿Qué mal puedo hacer yo, que siempre me he ocupado en socorrer a los menesterosos? Vosotros no me mataréis; sois soldados de las Peñas de San Pedro y de Extremadura; sois todos guapos chicos. Vosotros incendiasteis aquellas casas de las Tenerías, donde yo encontré el pollo que me valió una onza. ¿Quién dice que yo me vendo a los franceses? Les odio, no les puedo ver, y a vosotros os quiero como a mi propio pellejo. Niñitos míos, dejadme en paz. Todo lo he perdido; que me quede al menos la vida. Estas lamentaciones, y los ruegos míos y de mi amigo ablandaron un poco a los soldados, y una vez pasada la primera efervescencia, nos fue fácil salvar al desgraciado viejo. Al relevarse la gente que estaba en las posiciones, quedó completamente a salvo; pero ni siquiera nos dio las gracias cuando, después de librarle de la muerte, le ofrecimos un pedazo de pan. Poco después, y cuando tuvo alientos para andar, salió a la calle, donde él y su hija se reunieron.
Ep-6-XXVII - Aquella tarde, casi todo el esfuerzo de los franceses se dirigió contra el arrabal de la izquierda del Ebro. Asaltaron el monasterio de Jesús, y bombardearon el templo del Pilar, donde se refugiaba el mayor número de enfermos y heridos, creyendo que la santidad del lugar les ofrecía allí más seguridad que en otra parte. En el centro no se trabajó mucho en aquel día. Toda la atención estaba (p.1089) reconcentrada en las minas y nuestros esfuerzos se dirigían a probar al enemigo que antes que consentir en ser volados solos, trataríamos de volarles a ellos, o volar juntos, por lo menos. Por la noche ambos ejércitos parecían entregados al reposo. En las galerías subterráneas no se sentía el rudo golpe de la piqueta. Yo salí afuera y hacia San Diego encontré a Agustín y a Mariquilla, que hablaban sosegadamente sentados en el dintel de una puerta de la casa de los Duendes. Se alegraron mucho de verme, y me senté junto a ellos participando de los mendrugos que comían. -No tenemos donde albergarnos -dijo Mariquilla-. Estábamos en un portal del callejón del Órgano, y nos echaron. ¿Por qué aborrecen tanto a mi pobre padre? ¿Qué daño les ha hecho? Después nos guarecimos en un cuartucho de la calle de las Urreas y también nos echaron. Nos sentamos luego bajo un arco en el Coso, y todos los que allí estaban huyeron de nosotros. Mi padre está furioso. -Mariquilla de mi corazón -dijo Agustín-, espero que el sitio se acabe pronto de un modo o de otro. Quiera Dios que muramos los dos, si vivos no podemos ser felices. No sé por qué en medio de tantas desgracias mi corazón está lleno de esperanza; no sé por qué me ocurren ideas agradables y pienso constantemente en un risueño porvenir. ¿Por qué no? ¿Todo ha de ser desgracias y calamidades? Las desventuras de mi familia son infinitas. Mi madre no tiene ni quiere tener consuelo. Nadie puede apartarla del sitio en que están el cadáver de mi hermano y el de mi sobrino, y cuando por fuerza la llevamos lejos de allí, la vemos luego arrastrándose sobre las piedras de la calle para volver. Ella, mi cuñada y mi hermana ofrecen un espectáculo lastimoso; niéganse a tomar alimentos, y al rezar, deliran, confundiendo los nombres santos. Esta tarde al fin hemos conseguido llevarlas a un sitio cubierto donde se las obliga a mantenerse en reposo y a tomar algún alimento. Mariquilla, ¡a qué triste estado ha traído Dios a los míos! ¿No hay motivo para esperar que al fin se apiade de (p.1090) nosotros? -Sí -repuso la Candiola-; el corazón me dice que hemos pasado las amarguras de nuestra vida, y que ahora tendremos días tranquilos. El sitio se acabará pronto, porque según dice mi padre, lo que queda es cosa de días. Esta mañana fui al Pilar; cuando me arrodillé delante de la Virgen, pareciome que la Santa Señora me miraba y se reía. Después salí de la iglesia, y un gozo muy vivo hacía palpitar mi corazón. Miraba al cielo y las bombas me parecían un juguete; miraba a los heridos, y se me figuraba que todos ellos se volvían sanos; miraba a las gentes y en todas creía encontrar la alegría que se desbordaba en mi pecho. Yo no sé lo que me ha pasado hoy, yo estoy contenta.. Dios y la Virgen sin duda se han apiadado de nosotros; y estos latidos de mi corazón, esta alegre inquietud son avisos de que al fin después de tantas lágrimas vamos a ser dichosos. -¡Lo que dices es la verdad! -exclamó Agustín, estrechando a Mariquilla amorosamente contra su pecho-. Tus presentimientos son leyes; tu corazón identificado con lo divino no puede engañarnos; oyéndote me parece que se disipa la atmósfera de penas en que nos ahogamos, y respiro con delicia los aires de la felicidad. Espero que tu padre no se opondrá a que te cases conmigo. -Mi padre es bueno -dijo la Candiola-. Yo creo que si los vecinos de la ciudad no le mortificaran, él sería más humano. Pero no le pueden ver. Esta tarde ha sido maltratado otra vez en el claustro de San Francisco, y cuando se reunió conmigo en el Coso estaba furioso y juraba que se había de vengar. Yo procuraba aplacarle; pero todo en vano. Nos echaron de varias partes. Él, cerrando los puños y pronunciando voces destempladas, amenazaba a los transeúntes. Después echó a correr hacia aquí; yo pensé que venía a ver si le han destrozado esta casa, que es nuestra; seguile, volviose él hacia mí como atemorizado al sentir mis pasos, y me dijo: «tonta, entrometida, ¿quién te manda seguirme?». Yo no le contesté nada, pero viendo que avanzaba hacia la línea francesa con ánimo de traspasarla, quise detenerle, y le dije: (p.1091) «Padre ¿a dónde vas?». Entonces me contestó: «¿No sabes que en el ejército francés está mi amigo el capitán de suizos D. Carlos Lindener, que servía el año pasado en Zaragoza? Voy a verle; recordarás que me debe algunas cantidades». Hízome quedar aquí y se marchó. Lo que siento es que sus enemigos, si saben que traspasa la línea y va al campo francés, le llamarán traidor. No sé si será por el gran cariño que le tengo por lo que me parece incapaz de semejante acción. Temo que le pase algún mal, y por eso deseo la conclusión del sitio. ¿No es verdad que concluirá pronto, Agustín? -Sí, Mariquilla, concluirá pronto, y nos casaremos. Mi padre quiere que me case. -¿Quién es tu padre? ¿Cómo se llama? No es tiempo todavía de que me lo digas? -Ya lo sabrás. Mi padre es persona principal y muy querido en Zaragoza. ¿Para qué quieres saber más? -Ayer quise averiguarlo.. Somos curiosas. A varias personas conocidas que hallé en el Coso les pregunté: «¿Saben Vds. quién es ese señor que ha perdido a su hijo primogénito?». Pero como hay tantos en este caso, la gente se reía de mí. -No me lo preguntes. Yo te lo revelaré a su tiempo, y cuando al decírtelo, pueda darte una buena noticia. -Agustín, si me caso contigo, quiero que me lleves fuera de Zaragoza por unos días. Deseo durante corto tiempo ver otras casas, otros árboles, otro país; deseo vivir algunos días en sitios que no sean estos, donde tanto he padecido. Sí, Mariquilla de mi alma -exclamó Montoria con arrebato-; iremos a donde quieras, lejos de aquí, mañana mismo.. mañana no, porque no está levantado el sitio; pasado.. en fin, cuando Dios quiera.. -Agustín -añadió Mariquilla, con voz débil que indicaba cierta somnolencia-, quiero que al volver de nuestro viaje, reedifiques la casa en que he nacido. El ciprés continúa en pie. Mariquilla inclinando la cabeza, mostraba estar medio vencida por el sueño. -¿Deseas dormir, pobrecilla? -le dijo mi amigo tomándola en brazos. -Hace varias noches que no duermo -respondió la joven cerrando los ojos-. La inquietud, el (p.1092) pesar, el miedo me han mantenido en vela. Esta noche el cansancio me rinde, y la tranquilidad que siento me hace dormir. -Duerme en mis brazos, María -dijo Agustín-, y que la tranquilidad que ahora llena tu alma no te abandone cuando despiertes. Después de un breve rato en que la creímos dormida, Mariquilla mitad despierta, mitad en sueños, habló así: -Agustín, no quiero que quites de mi lado a esa buena doña Guedita, que tanto nos protegía cuando éramos novios.. Ya ves cómo tenía yo razón al decirte que mi padre fue al campo francés a cobrar sus cuentas.. Después no habló más y se durmió profundamente. Sentado Agustín en el suelo, la sostenía sobre sus rodillas y entre sus brazos. Yo abrigué sus pies con mi capote. Callábamos Agustín y yo, porque nuestras voces no turbaran el sueño de la muchacha. Aquel sitio era bastante solitario. Teníamos a la espalda la casa de los Duendes, inmediata al convento de San Francisco, y enfrente el colegio de San Diego, con su huerta circuida por largas tapias que se alzaban en irregulares y angostos callejones. Por ellos discurrían los centinelas que se relevaban y los pelotones que iban a las avanzadas o venían de ellas. La tregua era completa, y aquel reposo anunciaba grandes luchas para el día siguiente. De pronto, el silencio me permitió oír sordos golpes debajo de nosotros en lo profundo del suelo. Al punto comprendí que andaba por allí la piqueta de los minadores franceses, y comuniqué mi recelo a Agustín, el cual, prestando atención, me dijo: -Efectivamente, parece que están minando. Pero ¿a dónde van por aquí? Las galerías que hicieron desde Jerusalén están todas cortadas por las nuestras. No pueden dar un paso sin que se les salga al encuentro. -Es que este ruido indica que están minando por San Diego. Ellos poseen una parte del edificio. Hasta ahora no han podido llegar a las bodegas de San Francisco. Si por casualidad han discurrido que es fácil el paso desde San Diego a San Francisco por los bajos de esta casa, es probable que este paso sea el (p.1093) que están abriendo ahora. -Corre al instante al convento -me dijo-, baja a los subterráneos, y si sientes ruido, cuenta a Renovales lo que pasa. Si algo ocurre, me llamas enseguida. Agustín quedose solo con Mariquilla. Fui a San Francisco, y al bajar a las bodegas, encontré, con otros patriotas, a un oficial de ingenieros, el cual, como yo le expusiera mi temor, me dijo: -Por las galerías abiertas debajo de la calle de Santa Engracia, desde Jerusalén y el Hospital, no pueden acercarse aquí, porque con nuestra zapa hemos inutilizado la suya, y unos cuantos hombres podrán contenerlos. Debajo de este edificio dominamos los subterráneos de la iglesia, las bodegas y los sótanos que caen hacia el claustro de Oriente. Hay una parte del convento que no está minada, y es la de Poniente y Sur; pero allí no hay sótanos, y hemos creído excusado abrir galerías, porque no es probable se nos acerquen por esos dos lados. Poseemos la casa inmediata, y yo he reconocido su parte subterránea, que está casi pegada a las cuevas de la sala capitular. Si ellos dominaran la casa de los Duendes, fácil les sería poner hornillos y volar toda la parte del Sur y de Poniente; pero aquel edificio es nuestro, y desde él a las posiciones francesas enfrente de San Diego y en Santa Rosa, hay mucha distancia. No es probable que nos ataquen por ahí, a menos que no exista alguna comunicación desconocida entre la casa y San Diego o Santa Rosa, que les permitiera acercársenos sin advertirlo. Hablando sobre el particular estuvimos hasta la madrugada. Al amanecer, Agustín entró muy alegre, diciéndome que había conseguido albergar a Mariquilla en el mismo local donde estaba su familia. Después nos dispusimos para hacer un esfuerzo aquel día, porque los franceses, dueños ya del Hospital, mejor dicho, de sus ruinas, amenazaban asaltar a San Francisco, no por bajo tierra, sino a descubierto y a la luz del sol.
Ep-6-XXVIII - La posesión de San Francisco iba a decidir la suerte de la ciudad. Aquel vasto edificio, situado en el centro del Coso, daba una superioridad incontestable (p.1094) a la nación que lo ocupase. Los franceses lo cañonearon desde muy temprano, con objeto de abrir brecha para el asalto, y los zaragozanos llevaron a él lo mejor de su fuerza para defenderlo. Como escaseaban ya los soldados, multitud de personas graves que hasta entonces no sirvieran sino de auxiliares, tomaron las armas. Sas, Cereso, La Casa, Piedrafita, Escobar, Leiva, D. José de Montoria, todos los grandes patriotas habían acudido también. En la embocadura de la calle de San Gil y en el arco de Cineja había varios cañones para contener los ímpetus del enemigo. Yo fui enviado con otros de Extremadura al servicio de aquellas piezas, porque apenas quedaban artilleros, y cuando me despedí de Agustín, que permanecía en San Francisco al frente de la compañía, nos abrazamos creyendo que no nos volveríamos a ver. D. José de Montoria, hallándose en la barricada de la Cruz del Coso, recibió un balazo en la pierna y tuvo que retirarse; pero apoyado en la pared de una casa inmediata al arco de Cineja, resistió por algún tiempo el desmayo que le producía la hemorragia, hasta que al fin sintiéndose desfallecido, me llamó, diciéndome: -Sr. de Araceli, se me nublan los ojos.. No veo nada.. ¡Maldita sangre, cómo se marcha a toda prisa cuando hace más falta! ¿Quiere Vd. darme la mano? -Señor -le dije corriendo hacia él y sosteniéndole-. Más vale que se retire Vd. a su alojamiento. -No, aquí quiero estar.. Pero, Sr. de Araceli, si me quedo sin sangre.. ¿Dónde demonios se ha ido esta condenada sangre..?, y parece que tengo piernas de algodón.. Me caigo al suelo como un costal vacío. Hizo terribles esfuerzos por reanimarse; pero casi llegó a perder el sentido, más que por la gravedad de la herida, por la pérdida de la sangre, el ningún alimento, los insomnios y penas de aquellos días. Aunque él rogaba que le dejáramos allí arrimado a la pared, para no perder ni un solo detalle de la acción que iba a trabarse, le llevamos a su albergue, que estaba en el mismo Coso, esquina a la calle del Refugio. La familia había sido instalada en una habitación (p.1095) alta. La casa toda estaba llena de heridos, y casi obstruían la puerta los muchos cadáveres depositados en aquel sitio. En el angosto portal, en las habitaciones interiores no se podía dar un paso porque la gente que había ido allí a morirse lo obstruía todo, y no era fácil distinguir los vivos de los difuntos. Montoria, cuando le entramos allí, dijo: -No me llevéis arriba, muchachos, donde está mi familia. Dejadme en esta pieza baja. Ahí veo un mostrador que me viene de perillas. Pusímosle donde dijo. La pieza baja era una tienda. Bajo el mostrador habían expirado aquel día algunos heridos y apestados, y muchos enfermos se extendían por el infecto suelo, arrojados sobre piezas de tela. -A ver -continuó- si hay por ahí algún alma caritativa que me ponga un poco de estopa en este boquete por donde sale la sangre. Una mujer se adelantó hacia el herido. Era Mariquilla Candiola. -Dios os lo premie, niña -dijo D. José, al ver que traía hilas y lienzo para curarle-. Basta por ahora con que me remiende Vd. un poco esta pierna. Creo que no se ha roto el hueso. Mientras esto pasaba, unos veinte paisanos invadieron la casa, para hacer fuego desde las ventanas contra las ruinas del hospital. -Sr. de Araceli, ¿se marcha Vd. al fuego? Aguarde Vd. un rato, para que me lleve, porque me parece que no puedo andar solo. Mande Vd. el fuego desde la ventana. Buena puntería. No dejar respirar a los del Hospital.. A ver, joven, despache Vd. pronto. ¿No tiene Vd. un cuchillo a mano? Sería bueno cortar ese pedazo de carne que cuelga.. ¿Cómo va eso, señor de Araceli? ¿Vamos ganando? -Vamos bien -le respondí desde la ventana-. Ahora retroceden al Hospital. San Francisco es un hueso un poco duro de roer. María en tanto miraba fijamente a Montoria, y seguía curándole con mucho cuidado y esmero. -Es Vd. una alhaja, niña -dijo mi amigo-. Parece que no pone las manos encima de la herida.. Pero ¿a qué me mira Vd. tanto? ¿Tengo monos en la cara? A ver.. ¿Está concluido eso?.. Trataré de levantarme.. Pero si no me puedo tener.. ¿Qué agua de malva es esta que (p.1096) tengo en las venas? Porr.. iba a decirlo.. que no pueda corregir la maldita costumbre.. Sr. de Araceli, no puedo con mi alma. ¿Cómo anda la cosa? -Señor, a las mil maravillas. Nuestros valientes paisanos están haciendo prodigios. En esto llegó un oficial herido a que le pusieran un vendaje. -Todo marcha a pedir de boca -nos dijo-. No tomarán a San Francisco. Los del hospital han sido rechazados tres veces. Pero lo portentoso, señores, ha ocurrido por el lado de San Diego. Viendo que los franceses se apoderaban de la huerta pegada a la casa de los Duendes, cargaron sobre ellos a la bayoneta los valientes soldados de Orihuela, mandados por Pino-Hermoso, y no sólo los desalojaron, sino que dieron muerte a muchos, cogiendo trece prisioneros. -Quiero ir allá. ¡Viva el batallón de Orihuela! ¡Viva el marqués de Pino-Hermoso! -exclamó con furor sublime D. José de Montoria-. Sr. de Araceli, vamos allá. Lléveme Vd. ¿Hay por ahí un par de muletas? Señores, las piernas me faltan. Pero andaré con el corazón. Adiós niña, hermosa curandera.. Pero ¿por qué me mira Vd. tanto?.. Me conoce Vd. y yo creo haber visto esa cara en alguna parte.. sí.. pero no recuerdo dónde. -Yo también le he visto a Vd. una vez, una vez sola -dijo Mariquilla con aplomo-, y ojalá no me acordara. -No olvidaré este beneficio - añadió Montoria-. Parece Vd. una buena muchacha.. y muy linda por cierto. Adiós, estoy muy agradecido, sumamente agradecido.. Venga un par de muletas, un bastón, que no puedo andar, Sr. de Araceli. Deme Vd. el brazo.. ¿Qué telarañas son estas que se me ponen ante los ojos?.. Vamos allá, y echaremos a los franceses del hospital. Disuadiéndole de su temerario propósito de salir, me disponía a marchar yo solo, cuando se oyó una detonación tan fuerte, que ninguna palabra del lenguaje tiene energía para expresarla. Parecía que la ciudad entera era lanzada al aire por la explosión de un inmenso volcán abierto bajo sus cimientos. Todas las casas temblaron; oscureciose el cielo con inmensa nube de humo y de polvo, y a lo largo de la calle (p.1097) vimos caer trozos de pared, miembros despedazados, maderos, tejas, lluvias de tierra y material de todas clases. -¡La Santa Virgen del Pilar nos asista! -exclamó Montoria-. Parece que ha volado el mundo entero. Los enfermos y heridos gritaban creyendo llegada su última hora, y todos nos encomendamos mentalmente a Dios. ¿Qué es esto? ¿Existe todavía Zaragoza? -preguntaba uno. -¿Volamos nosotros también? -Debe haber sido en el convento de San Francisco esta terrible explosión -dije yo. -Corramos allá -dijo Montoria sacando fuerzas de flaqueza-. Sr. de Araceli. ¿No decían que estaban tomadas todas las precauciones para defender a San Francisco?.. ¡Pero no hay un par de muletas, por ahí? Salimos al Coso, donde al punto nos cercioramos de que una gran parte de San Francisco había sido volada. -Mi hijo estaba en el convento -dijo Montoria pálido como un difunto-. ¡Dios mío, si has determinado que lo pierda también, que muera por la patria en el puesto del honor! Acercose a nosotros el locuaz mendigo de quien hice mención en las primeras páginas de esta relación, el cual trabajosamente andaba con sus muletas, y parecía en muy mal estado de salud. -Sursum Corda -le dijo el patriota-, dame tus muletas, que para nada las necesitas. -Déjeme su merced -repuso el cojo- llegar a aquel portal y se las daré. No quiero morirme en medio de la calle. -¿Te mueres tú? -¡Así parece! La calentura me abrasa. Estoy herido en el hombro desde ayer y todavía no me han sacado la bala. Siento que me voy. Tome usía las muletas. -¿Vienes de San Francisco? -No, señor; yo estaba en el arco del Trenque.. Allí había un cañón: hemos hecho mucho fuego. Pero San Francisco ha volado por los aires cuando menos lo creíamos. Toda la parte del Sur y de Poniente vino al suelo, enterrando mucha gente. Ha sido traición, según dice el pueblo.. Adiós, D. José.. Aquí me quedo.. Los ojos se me oscurecen, la lengua se me traba, yo me voy.. la Señora Virgen del Pilar me ampare, y aquí tiene usía mis remos. Con ellos pudo avanzar un poco Montoria hacia el (p.1098) lugar de la catástrofe; pero tuvimos que doblar la calle de San Gil, porque no se podía seguir más adelante. Los franceses habían cesado de hostilizar el convento por el lado del Hospital; pero asaltándolo por San Diego, ocupaban a toda prisa las ruinas, que nadie podía disputarles. Conservábase en pie la iglesia y torre de San Francisco. -¡Eh, padre Luengo! -dijo Montoria llamando al fraile de este nombre, que entraba apresuradamente en la calle de San Gil-. ¿Qué hay? ¿Dónde está el Capitán general? ¿Ha perecido entre las ruinas? -No -repuso el padre deteniéndose-. Está con otros jefes en la plazuela de San Felipe. Puedo anunciarle a Vd. que su hijo Agustín se ha salvado, porque era de los que ocupaban la torre. -¡Bendito sea Dios! -dijo D. José cruzando las manos. -Toda la parte de Sur y Poniente ha sido destruida -prosiguió Luengo-. No se sabe cómo han podido minar por aquel sitio. Debieron poner los hornillos debajo de la sala del capítulo, y por allí no se habían hecho minas, creyendo que era lugar seguro. -Además -dijo un paisano armado y que se acercó al grupo-, teníamos la casa inmediata, y los franceses, posesionados sólo de parte de San Diego y de Santa Rosa, no podían acercarse allí con facilidad. -Por eso se cree -indicó un clérigo armado que se nos agregó- que han encontrado un paso secreto entre Santa Rosa y la Casa de los Duendes. Apoderados de los sótanos de esta, con una pequeña galería, pudieron llegar hasta debajo de la sala del capítulo que está muy cerca. -Ya se sabe todo -dijo un capitán del ejército-. La Casa de los Duendes tiene un gran sótano que nos era desconocido. Desde este sótano partía, sin duda, una comunicación con Santa Rosa, a cuyo convento perteneció antiguamente dicho edificio y servía de granero y almacén. -Pues si eso es cierto, si esa comunicación existe -añadió Luengo-, ya comprendo quién se la ha descubierto a los franceses. Ya saben Vds. que cuando los enemigos fueron rechazados en la huerta de San Diego, se hicieron algunos prisioneros. Entre ellos está el tío (p.1099) Candiola, que varias veces ha visitado estos días el campo francés, y desde anoche se pasó al enemigo. -Así tiene que ser -afirmó Montoria-, porque la Casa de los Duendes pertenece a Candiola. Harto sabe el condenado judío los pasos y escondrijos de aquel edificio. Señores, vamos a ver al Capitán general. ¿Se cree que aún podrá defenderse el Coso? -¿Pues no se ha de defender? -dijo el militar-. Lo que ha pasado es una friolera: algunos muertos más. Aún se intentará reconquistar la iglesia de San Francisco. Todos mirábamos a aquel hombre que tan serenamente hablaba de lo imposible. La concisa sublimidad de su empeño parecía una burla, y sin embargo, en aquella epopeya de lo increíble, semejantes burlas solían parar en realidad. Los que no den crédito a mis palabras, abran la historia y verán que unas cuantas docenas de hombres extenuados, hambrientos, descalzos, medio desnudos, algunos de ellos heridos, se sostuvieron todo el día en la torre; mas no contentos con esto, extendiéronse por el techo de la iglesia, y abriendo aquí y allí innumerables claraboyas, sin atender al fuego que se les hacía desde el Hospital, empezaron a arrojar granadas de mano contra los franceses, obligándoles a abandonar el templo al caer de la tarde. Toda la noche pasó en tentativas del enemigo para reconquistarlo; pero no pudieron conseguirlo hasta el día siguiente, cuando los tiradores del tejado se retiraron, pasando a la casa de Sástago.
Ep-6-XXIX - ¿Zaragoza se rendirá? La muerte al que esto diga. Zaragoza no se rinde. La reducirán a polvo: de sus históricas casas no quedará ladrillo sobre ladrillo; caerán sus cien templos; su suelo abrirase vomitando llamas; y lanzados al aire los cimientos, caerán las tejas al fondo de los pozos; pero entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde. Llegó el momento de la suprema desesperación. Francia ya no combatía: minaba. Era preciso desbaratar el suelo nacional para conquistarlo. Medio Coso era suyo, y España destrozada se retiró a la acera de (p.1100) enfrente. Por las Tenerías, por el arrabal de la izquierda, habían alcanzado también ventajas, y sus hornillos no descansaban un instante. Al fin ¡parece mentira!, nos acostumbramos a las voladuras, como antes nos habíamos acostumbrado al bombardeo. A lo mejor se oía un ruido como el de mil truenos retumbando a la vez. ¿Qué ha sido? Nada: la Universidad, la capilla de la Sangre, la casa de Aranda, tal convento o iglesia que ya no existe. Aquello no era vivir en nuestro pacífico y callado planeta; era tener por morada las regiones del rayo, mundos desordenados donde todo es fragor y desquiciamiento. No había sitio alguno donde estar, porque el suelo ya no era suelo y bajo cada planta se abría un cráter. Y sin embargo, aquellos hombres seguían defendiéndose contra la inmensidad abrumadora de un volcán continuo y de una tempestad incesante. A falta de fortalezas, habían servido los conventos; a falta de conventos, los palacios; a falta de palacios, las casas humildes. Todavía había algunas paredes. Ya no se comía. ¿Para qué, si se esperaba la muerte de un momento a otro? Centenares, miles de hombres perecían en las voladuras y la epidemia había tomado carácter fulminante. Tenía uno la suerte de salir ileso de entre la lluvia de balas, y luego al volver una esquina, el horroroso frío y la fiebre, apoderándose súbitamente de la naturaleza, le conducían en poco tiempo a la muerte. Ya no había parientes ni amigos; menos aún: ya los hombres no se conocían unos a otros, y ennegrecidos los rostros por la tierra, por el humo, por la sangre, desencajados y cadavéricos, al juntarse después del combate, se preguntaban: «¿quién eres tú? ¿Quién es Vd.?». Ya las campanas no tocaban a alarma, porque no había campaneros: ya no se oían pregones, porque no se publicaban proclamas; ya no se decía misa, porque faltaban sacerdotes; ya no se cantaba la jota, y las voces iban expirando en las gargantas a medida que iba muriendo gente. De hora en hora el fúnebre silencio iba conquistando la ciudad. Sólo hablaba el cañón, y las (p.1101) avanzadas de las dos naciones no se entretenían diciéndose insultos. Más que de rabia, las almas empezaban a llenarse de tristeza, y la ciudad moribunda se batía en silencio para que ni un átomo de fuerza se le perdiera en voces importunas. La necesidad de la rendición era una idea general; pero nadie la manifestaba, guardándola en el fondo de su conciencia, como se guarda la idea de la culpa que se va a cometer. ¡Rendirse! Esto parecía una imposibilidad, una obra difícil, y perecer era más fácil. Pasó un día después de la explosión de San Francisco; día horrible que no parece haber existido en las series del tiempo, sino tan sólo en el reino engañoso de la imaginación. Yo había estado en la calle de las Arcadas poco antes de que la mayor parte de sus casas se hundieran. Corrí después hacia el Coso a cumplir una comisión que se me encargó y recuerdo que la pesada e infecta atmósfera de la ciudad me ahogaba, de tal modo que apenas podía andar. Por el camino encontré el mismo niño que algunos días antes vi llorando y solo en el barrio de las Tenerías. También entonces iba solo y llorando, y además el infeliz metía las manos en la boca, como si se comiese los dedos. A pesar de esto nadie le hacía caso. Yo también pasé con indiferencia por su lado; pero después una vocecilla dijo algo en mi conciencia, volví atrás y me le llevé conmigo, dándole algunos pedazos de pan. Cumplida mi comisión, corrí a la plazuela de San Felipe, donde después de lo de las Arcadas, estaban los pocos hombres que aun subsistían de mi batallón. Era ya de noche, y aunque en el Coso había gran fuego entre una y otra acera, los míos fueron dejados en reserva para el día siguiente, porque estaban muertos de cansancio. Al llegar vi un hombre que envuelto en su capote paseaba de largo a largo sin hacer caso de nada ni de nadie. Era Agustín Montoria. -¡Agustín! ¿Eres tú? -le dije acercándome-. ¡Qué pálido y demudado estás! ¿Te han herido? -Déjame -me contestó agriamente-, no quiero compañías importunas. -¿Estás loco? ¿Qué te pasa? -Déjame, te digo -añadió, (p.1102) repeliéndome con fuerza-. Te digo que quiero estar solo. No quiero ver a nadie. -Amigo -exclamé, comprendiendo que algún terrible pesar perturbaba el alma de mi compañero-, si te ocurre algo desagradable dímelo y tomaré para mí una parte de tu desgracia. -¿Pues no lo sabes? -No sé nada. Ya sabes que me mandaron con veinte hombres a la calle de las Arcadas. Desde ayer, desde la explosión de San Francisco, no nos hemos visto. -Es verdad -repuso-. Gabriel, he buscado la muerte en esa barricada del Coso y la muerte no ha querido venir. Innumerables compañeros míos cayeron a mi lado y no ha habido una bala para mí. Gabriel, amigo mío querido, pon el cañón de una de tus pistolas en mi sien y arráncame la vida. ¿Lo creerás? Hace poco intenté matarme.. No sé.. parece que vino una mano invisible y me apartó el arma de las sienes. Después, otra mano suave y tibia pasó por mi frente. -Cálmate, Agustín, y cuéntame lo que tienes. -¡Lo que tengo! ¿Qué hora es? -Las nueve. -Falta una hora -exclamó con nervioso estremecimiento-. ¡Sesenta minutos! Puede ser que los franceses hayan minado esta plazuela de San Felipe donde estamos, y tal vez dentro de un instante la tierra, saltando bajo nuestros pies, abra una horrible sima en que todos quedemos sepultados, todos, la víctima y los verdugos. -¿Qué víctima es esa? -¿No lo sabes? El desgraciado Candiola. Está encerrado en la Torre Nueva. En la puerta de la Torre Nueva había algunos soldados, y una macilenta luz alumbraba la entrada. -En efecto -dije-, sé que ese infame viejo fue cogido prisionero con algunos franceses en la huerta de San Diego. -Su crimen es indudable. Enseñó a los enemigos el paso desde Santa Rosa a la casa de los Duendes, de él solo conocido. Además de que no faltan pruebas, el infeliz esta tarde ha confesado todo con esperanza de salvar la vida. -Le han condenado.. -Sí. El consejo de guerra no ha discutido mucho. Candiola será arcabuceado dentro de una hora por traidor. ¡Allí está! Y aquí me tienes a mí, Gabriel, aquí me tienes a mí, capitán del batallón de (p.1103) las Peñas de San Pedro; ¡malditas charreteras!, aquí me tienes con una orden en el bolsillo en que se me manda ejecutar la sentencia a las diez de la noche, en este mismo sitio, aquí, en la plazuela de San Felipe, al pie de la torre. ¿Ves, ves la orden? Está firmada por el general Saint-March. Callé, porque no se me ocurría una sola palabra que decir a mi compañero en aquella terrible ocasión. -¡Amigo mío, valor! -exclamé al fin-. Es preciso cumplir la orden. Agustín no me oía. Su actitud era la de un demente y se apartaba de mí para volver enseguida, balbuciendo palabras de desesperación. Después mirando a la torre, que majestuosa y esbelta alzábase sobre nuestras cabezas, exclamó con terror: -Gabriel, ¿no la ves, no ves la torre? ¿No ves que está derecha, Gabriel? La torre se ha puesto derecha. ¿No la ves? ¿Pero no la ves? Miré a la torre, y, como era natural, la torre continuaba inclinada. -Gabriel -añadió Montoria-, mátame: no quiero vivir. No: yo no le quitaré a ese hombre la vida. Encárgate tú de esta comisión. Yo, si vivo, quiero huir; estoy enfermo; me arrancaré estas charreteras y se las tiraré a la cara al general Saint-March. No, no me digas que la Torre Nueva sigue inclinada. Pero hombre, ¿no ves que está derecha? Amigo, tú me engañas; mi corazón está traspasado por un acero candente, rojo, y la sangre chisporrotea. Me muero de dolor. Yo procuraba consolarle, cuando una figura blanca penetró en la plaza por la calle de Torresecas. Al verla temblé de espanto: era Mariquilla. Agustín no tuvo tiempo de huir, y la desgraciada joven se abrazó a él, exclamando con ardiente emoción: -Agustín, Agustín. Gracias a Dios que te encuentro aquí. ¡Cuánto te quiero! Cuando me dijeron que eras tú el carcelero de mi padre, me volví loca de alegría, porque tengo la seguridad de que has de salvarle. Esos caribes del Consejo le han condenado a muerte. ¡A muerte! ¡Morir él, que no ha hecho mal a nadie! Pero Dios no quiere que el inocente perezca, y le ha puesto en tus manos para que le dejes escapar. -Mariquilla, María de mi corazón -dijo (p.1104) Agustín-. Déjame, vete.. no te quiero ver.. Mañana, mañana hablaremos. Yo también te amo.. Estoy loco por ti. Húndase Zaragoza; pero no dejes de quererme. Esperaban que yo matara a tu padre.. -Jesús, no digas eso -exclamó la muchacha-. ¡Tú! -No, mil veces no; que castiguen otros su traición. -No, mentira, mi padre no ha sido traidor. ¿Tú también le acusas? Nunca lo creí.. Agustín, es de noche. Desata sus manos, quítale los grillos que destrozan sus pies; ponle en libertad. Nadie lo puede ver. Huiremos; nos esconderemos aquí cerca, en las ruinas de nuestra casa, allí en la sombra del ciprés, en aquel mismo sitio donde tantas veces hemos visto el pico de la Torre Nueva. -María.. espera un poco.. -dijo Montoria con suma agitación-. Eso no puede hacerse así.. Hay mucha gente en la plaza. Los soldados están muy irritados contra el preso. Mañana.. -¡Mañana! ¿Qué has dicho? ¿Te burlas de mí? Ponle al instante en libertad, Agustín. Si no lo haces, creeré que he amado al más vil, al más cobarde y despreciable de los hombres. -María, Dios nos está oyendo. Dios sabe que te adoro. Por él juro que no mancharé mis manos con la sangre de ese infeliz; antes romperé mi espada, pero en nombre de Dios te digo también que no puedo poner en libertad a tu padre. María, el cielo se nos ha caído encima. -Agustín, me estás engañando -dijo la joven con angustiosa perplejidad-. ¿Dices que no le pondrás en libertad? -No, no, no puedo. Si Dios en forma humana viniera a pedirme la libertad del que ha vendido a nuestros heroicos paisanos, entregándolos al cuchillo francés, no podría hacerlo. Es un deber supremo al que no puedo faltar. Las innumerables víctimas inmoladas por la traición; la ciudad rendida, el honor nacional ultrajado, son recuerdos y consideraciones que pesan en mi conciencia de un modo formidable. -Mi padre no puede haber hecho traición -dijo Mariquilla, pasando súbitamente del dolor a una exaltada y nerviosa cólera-. Son calumnias de sus enemigos. Mienten los que le llaman traidor, y tú, más cruel y más (p.1105) inhumano que todos, mientes también. No, no es posible que yo te haya amado: vergüenza me causa pensarlo. ¿Has dicho que no le pondrás en libertad? ¿Pues para qué existes, de qué sirves tú? ¿Esperas ganar con tu crueldad sanguinaria el favor de esos bárbaros inhumanos que han destruido la ciudad, fingiendo defenderla? ¡Para ti nada vale la vida del inocente ni la desolación de una huérfana! ¡Miserable y ambicioso egoísta, te aborrezco más de lo que te he querido! ¿Has pensado que podrías presentarte delante de mí con las manos manchadas en la sangre de mi padre? No, él no ha sido traidor. Traidor eres tú y todos los tuyos. ¡Dios mío! ¿No hay un brazo generoso que me ampare; no hay entre tantos hombres uno solo que impida este crimen? ¡Una pobre mujer corre por toda la ciudad buscando un alma caritativa, y no encuentra más que fieras! -María -dijo Agustín-, me estás despedazando el alma; me pides lo imposible, lo que yo no haré ni puedo hacer, aunque en pago me ofrezcas la bienaventuranza eterna. Todo lo he sacrificado ya, y contaba con que me aborrecerías. Considera que un hombre se arranca con sus propias manos el corazón y lo arroja al lodo; pues eso he hecho yo. No puedo más. La ardiente exaltación de María Candiola la llevaba de la ira más intensa a la sensibilidad más patética. Antes mostraba con enérgica fogosidad su cólera, y después se deshacía en lágrimas amargas, expresándose así: -¿Qué he dicho, y qué locuras has dicho tú? ¡Agustín, tú no puedes negarme lo que te pido! ¡Cuánto te he querido y cuánto te quiero! Desde que te vi por primera vez en nuestra torre, no te has apartado un solo instante de mi pensamiento. Tú has sido para mí el más amable, el más generoso, el más discreto, el más valiente de todos los hombres. Te amé sin saber quién eras; yo ignoraba tu nombre y el de tus padres; pero te habría amado aunque hubieras sido hijo del verdugo de Zaragoza. Agustín: tú te has olvidado de mí desde que no nos vemos. ¡Soy yo, Mariquilla! Siempre he creído y creo que no me quitarás a mi buen (p.1106) padre, a quien amo tanto como a ti. Él es bueno; no ha hecho mal a nadie, es un pobre anciano.. Tiene algunos defectos; pero yo no los veo, yo no veo en él más que virtudes. No he conocido a mi madre, que murió siendo yo muy niña; he vivido retirada del mundo; mi padre me ha criado en la soledad, y en la soledad se ha formado el grande amor que te tengo. Si no te hubiera conocido a ti, todo el mundo me hubiera sido indiferente sin él. Leí claramente en el semblante de Montoria la indecisión. Él miraba con aterrados ojos tan pronto a la muchacha como a los hombres que estaban de centinela en la entrada de la torre, y la hija de Candiola, con admirable instinto, supo aprovechar esta disposición a la debilidad, y echándole los brazos al cuello, añadió: -Agustín, ponle en libertad. Nos ocultaremos donde nadie pueda descubrirnos. Si te dicen algo, si te acusan de haber faltado al deber, no les hagas caso y vente conmigo. ¡Cuánto te amará mi padre al ver que le salvas la vida! Entonces ¡qué gran felicidad nos espera, Agustín! ¡Qué bueno eres! Ya lo esperaba yo, y cuando supe que el pobre preso estaba en tu poder, se me figuró que me abrían las puertas del cielo. Mi amigo dio algunos pasos y retrocedió después. Había bastantes militares y gente armada en la plazuela. De repente se nos apareció delante un hombre con muletas, acompañado de otros paisanos y algunos oficiales de alta graduación. -¿Qué pasa aquí? -dijo D. José de Montoria-. Me pareció oír chillidos de mujer. Agustín, ¿estás llorando? ¿Qué tienes? -Señor -gritó Mariquilla con terror, volviéndose hacia Montoria-. Vd. no se opondrá tampoco a que dejen en libertad a mi padre. ¿No se acuerda Vd. de mí? Ayer estaba Vd. herido y yo le curé. -Es verdad, niña -dijo gravemente D. José-. Estoy muy agradecido. Ahora caigo en que es Vd. la hija del Sr. Candiola. -Sí señor: ayer, cuando le curaba a Vd., reconocí en su cara la de aquel hombre que maltrató a mi padre hace muchos días. -Sí, hija mía, fue un arrebato, un pronto.. No lo pude remediar.. Tengo la sangre (p.1107) muy viva.. Y usted me curó.. Así se portan los buenos cristianos. Pagar las injurias con beneficios, y hacer bien a los que nos aborrecen es lo que manda Dios. -Señor -exclamó María toda deshecha en lágrimas-, yo perdono a mis enemigos: perdone usted también a los suyos. ¿Por qué no han de poner en libertad a mi padre? Él no ha hecho nada. -Es un poco difícil lo que Vd. pretende. La traición del Sr. Candiola no puede perdonarse. La tropa está furiosa. -¡Todo es un error! Si Vd. quiere interceder.. Usted será de los que mandan. -¿Yo?.. -dijo Montoria-. Ese es un asunto que no me incumbe.. Pero serénese Vd., joven.. De veras que parece Vd. una buena muchacha. Recuerdo el esmero con que me curaba, y me llega al alma tanta bondad. Grande ofensa hice a Vd., y de la misma persona a quien ofendí he recibido un bien inmenso, ¡tal vez la vida! De este modo nos enseña Dios con un ejemplo que debemos ser humildes y caritativos, ¡porr..!, ¡ya la iba a soltar..! ¡Maldita lengua mía! ¡Señor, qué bueno es Vd.! -exclamó la joven-. ¡Yo le creía muy malo! Vd. me ayudará a salvar a mi padre. Él tampoco se acuerda del ultraje recibido. -Oiga Vd. -le dijo Montoria tomándola por un brazo-. Hace poco pedí perdón al Sr. D. Jerónimo por aquel vejamen, y lejos de reconciliarse conmigo, me insultó del modo más grosero. Él y yo no casamos, niña. Dígame Vd. que me perdona lo de los golpes, y mi conciencia se descargará de un gran peso. -¡Pues no le he de perdonar! ¡Oh señor, qué bueno es Vd.! Vd. manda aquí sin duda. Pues haga poner en libertad a mi padre. -Eso no es de mi cuenta. El Sr. Candiola ha cometido un crimen que espanta. Es imposible perdonarle, imposible: comprendo la aflicción de Vd.. De veras lo siento; mayormente al acordarme de su caridad.. Ya la protegeré a Vd.. Veremos. -Yo no quiero nada para mí -dijo María, ronca ya de tanto gritar-. Yo no quiero sino que pongan en libertad a un infeliz que nada ha hecho. Agustín, ¿no mandas aquí? ¿Qué haces? -Este joven cumplirá con su deber. -Este joven -repuso la Candiola (p.1108) con furor- hará lo que yo le mande, porque me ama. ¿No es verdad que pondrás en libertad a mi padre? Tú me lo dijiste.. Señores, ¿qué buscan ustedes aquí? ¿Piensan impedirlo? Agustín, no les hagas caso y defendámonos. -¿Qué es esto? -exclamó Montoria con estupefacción-. Agustín, ¿ha dicho esta muchacha que te disponías a faltar a tu deber? ¿La conoces tú? Agustín, dominado por profundo temor, no contestó nada. -Sí, le pondrá en libertad -exclamó María con desesperación-. Fuera de aquí, señores. Aquí no tienen Vds. nada que hacer. -¡Cómo se entiende! -gritó D. José, tomando a su hijo por un brazo-. Si lo que esta muchacha dice fuera cierto; si yo supiera que mi hijo faltaba al honor de ese modo, atropellando la lealtad jurada al principio de autoridad delante de las banderas; si yo supiera que mi hijo hacía burla de las órdenes cuyo cumplimiento se le ha encargado, yo mismo le pasaría una cuerda por los codos, llevándole delante del consejo de guerra para que le dieran su merecido. -¡Señor, padre mío! -repuso Agustín, pálido como la muerte-. Jamás he pensado en faltar a mi deber. -¿Es este tu padre? -dijo María-. Agustín, dile que me amas, y quizás tenga compasión de mí. -Esta joven está loca -afirmó D. José-. Desgraciada niña: la tribulación de Vd. me llega al alma. Yo me encargo de protegerla en su orfandad.. Pero serénese Vd.. Sí, la protegeré, siempre que usted reforme sus costumbres.. Pobrecilla: Vd. tiene buen corazón.. un excelente corazón.. pero.. sí.. me lo han dicho, un poco levantada de cascos.. Es lástima que por una perversa educación se pierda una buena alma.. Con que ¿será Vd. buena?.. Creo que sí.. -Agustín, ¿cómo permites que me insulten? -exclamó María con inmenso dolor. -No os insulto -añadió el padre-. Es un consejo. ¡Cómo había yo de insultar a mi bienhechora! Creo que si Vd. se porta bien, le tendremos gran cariño. Queda Vd. bajo mi protección, desgraciada huerfanita.. ¿Para qué toma Vd. en boca a mi hijo? Nada, nada: mas juicio, y por ahora basta ya de agitación.. El chico tal vez la (p.1109) conozca a Vd.. Sí, me han dicho que durante el sitio no ha abandonado Vd. la compañía de los soldados.. Es preciso enmendarse: yo me encargo.. No puedo olvidar el beneficio recibido; además, conozco que su fondo es bueno.. Esa cara no miente; tiene Vd. una figura celestial. Pero es preciso renunciar a los goces mundanos, refrenar el vicio.. pues.. -No -exclamó de súbito Agustín, con tan vivo arrebato de ira, que todos temblamos al verle y oírle-. No, no consiento a nadie, ni aun a mi padre, que la injurie delante de mí. Yo la amo, y si antes lo he ocultado, ahora lo digo aquí sin miedo ni vergüenza, para que todo el mundo lo sepa. Señor, Vd. no sabe lo que está diciendo ni cuánto falta a lo verdadero, sin duda porque le han engañado. Máteme Vd. si le falto al respeto; pero no la infame delante de mí, porque oyendo otra vez lo que he oído, ni la presencia de mi propio padre me reportaría. Montoria, que no esperaba aquello, miró con asombro a sus amigos. -Bien, Agustín -exclamó la Candiola-. No hagas caso de esa gente. Este hombre no es tu padre. Haz lo que te indica tu buen corazón. ¡Fuera de aquí, señores, fuera de aquí! -Te engañas, María -repuso el joven-. Yo no he pensado poner en libertad al preso, ni lo pondré; pero al mismo tiempo digo que no seré yo quien disponga su muerte. Oficiales hay en mi batallón que cumplirán la orden. Ya no soy militar: aunque esté delante del enemigo, arrojo mi espada, y corro a presentarme al capitán general para que disponga de mi suerte. Diciendo esto, desenvainó, y doblando la hoja sobre la rodilla, rompiola, y después de arrojar los dos pedazos en medio del corrillo, se fue sin decir una palabra más. -¡Estoy sola! ¡Ya no hay quien me ampare! -exclamó Mariquilla con abatimiento. -No hagan Vds. caso de las barrabasadas de mi hijo -dijo Montoria-. Ya le tomaré yo por mi cuenta. Tal vez la muchacha le haya interesado.. pues.. no tiene nada de particular. Estos eclesiásticos inexpertos suelen ser así.. Y Vd. señorita doña María, procure serenarse.. Ya nos ocuparemos de Vd. Yo le (p.1110) prometo que si tiene buena conducta, se le conseguirá que entre en las Arrepentidas.. Vamos, llevarla fuera de aquí. -¡No, no me sacarán de aquí sino a pedazos! -gritó la muchacha en el colmo de la desolación-. ¡Oh! Sr. D. José de Montoria: Vd. le pidió perdón a mi padre. Si él no le perdonó, yo le perdono mil veces.. Pero.. -Yo no puedo hacer lo que Vd. me pide -replicó el patriota con pena-. El crimen cometido es enorme. Retírese Vd.. ¡Qué espantoso dolor! ¡Es preciso tener resignación! Dios le perdonará a Vd. todas sus culpas, pobre huerfanita.. Cuente Vd. conmigo, y todo lo que yo pueda.. la socorreremos, la auxiliaremos.. Estoy conmovido, y no sólo por agradecimiento, sino por lástima.. Vamos, venga Vd. conmigo.. Son las diez menos cuarto. -Sr. Montoria -dijo María poniéndose de rodillas delante del patriota y besándole las manos-. Vd. tiene influencia en la ciudad, y puede salvar a mi padre. Se ha enfadado Vd. conmigo, porque Agustín dijo que me quería. No, no le amo; ya no le miraré más. Aunque soy honrada, él es superior a mí, y no puedo pensar en casarme con él. Sr. de Montoria, por el alma de su hijo muerto, hágalo Vd. Mi padre es inocente. No, no es posible que haya sido traidor. Aunque el Espíritu Santo me lo dijera, no lo creería. Dicen que no era patriota: mentira, yo digo que mentira. Dicen que no dio nada para la guerra; pues ahora se dará todo lo que tenemos. En el sótano de casa hay enterrado mucho dinero. Yo le diré a Vd. dónde está, y pueden llevárselo todo. Dicen que no ha tomado las armas. Yo las tomaré ahora: no temo las balas, no me asusta el ruido del cañón, no me asusto de nada; volaré al sitio de mayor peligro, y allí donde no puedan resistir los hombres me pondré yo sola ante el fuego. Yo sacaré con mis manos la tierra de las minas, y haré agujeros para llenar de pólvora todo el suelo que ocupan los franceses. Dígame Vd. si hay algún castillo que tomar, o alguna muralla que defender, porque nada temo, y de todas las personas que aún viven en Zaragoza, yo seré la última que se rinda. -Desgraciada (p.1111) muchacha -murmuró el patriota, alzándola del suelo-. Vámonos, vámonos de aquí. -Sr. de Araceli -ordenó el jefe de la fuerza, que era uno de los presentes-, puesto que el capitán don Agustín Montoria no está en su puesto, encárguese Vd. del mando de la compañía. -No, asesinos de mi padre -exclamó María, no ya exasperada, sino furiosa como una leona-. No mataréis al inocente. Cobardes verdugos, los traidores sois vosotros, no él. No podéis vencer a vuestros enemigos, y os gozáis en quitar la vida a un infeliz anciano. Militares, ¿a qué habláis de vuestro honor, si no sabéis lo que es eso? Agustín, ¿dónde estás? Sr. D. José de Montoria, esto que ahora pasa es una ruin venganza, tramada por Vd., hombre rencoroso y sin corazón. Mi padre no ha hecho mal a nadie. Vds. intentaban robarle.. Bien hacía él en no querer dar su harina, porque los que se llaman patriotas, son negociantes que especulan con las desgracias de la ciudad.. No puedo arrancar a estos crueles una palabra compasiva. Hombres de bronce, bárbaros, mi padre es inocente, y si no lo es, bien hizo en vender la ciudad. Siempre le darían más de lo que Vds. valen.. ¿Pero no hay uno, uno tan solo, que se apiade de él y de mí? -Vamos: retirémosla, -señores; llevarla a cuestas. ¡Infeliz muchacha! -dijo Montoria-. Esto no puede prolongarse. ¿En dónde se ha metido mi hijo? Se la llevaron, y durante un rato oí desde la plazuela sus desgarradores gritos. -Buenas noches, Sr. de Araceli -me dijo Montoria-. Voy a ver si hay un poco de agua y vino que dar a esa pobre huérfana.
Ep-6-XXX - Vete lejos de mí, horrible pesadilla. No quiero dormir. Pero el mal sueño que anhelo desechar vuelve a mortificarme. Quiero borrar de mi imaginación la lúgubre escena; pero pasa una noche y otra, y la escena no se borra. Yo, que en tantas ocasiones he afrontado sin pestañear los mayores peligros, hoy tiemblo: mi cuerpo se estremece y helado sudor corre por mi frente. La espada teñida en sangre de franceses se cae de mi mano y cierro los ojos para no ver lo que pasa delante de mí. En vano te (p.1112) arrojo, imagen funesta. Te expulso y vuelves porque has echado profunda raíz en mi cerebro. No, yo no soy capaz de quitar a sangre fría la vida a un semejante, aunque un deber inexorable me lo ordene. ¿Por qué no temblaba en las trincheras, y ahora tiemblo? Siento un frío mortal. A la luz de las linternas veo algunas caras siniestras; una sobre todo, lívida y hosca que expresa un espanto superior a todos los espantos. ¡Cómo brillan los cañones de los fusiles! Todo está preparado, y no falta más que una voz, mi voz. Trato de pronunciar la palabra, y me muerdo la lengua. No, esa palabra no saldrá jamás de mis labios. Vete lejos de mí, negra pesadilla. Cierro los ojos, me aprieto los párpados con fuerza para cerrarlos mejor, y cuanto más los cierro más te veo, horrendo cuadro. Esperan todos con ansiedad; pero ninguna ansiedad es comparable a la de mi alma, rebelándose contra la ley que obliga a determinar el fin de una existencia extraña. El tiempo pasa, y unos ojos que yo no quisiera haber visto nunca, desaparecen bajo una venda. Yo no puedo ver tal espectáculo y quisiera que pusieran también un lienzo en los míos. Los soldados me miran, y yo disimulo mi cobardía, frunciendo el ceño. Somos estúpidos y vanos hasta en los momentos supremos. Parece que los circunstantes se burlan de mi perplejidad, y esto me da cierta energía. Entonces despego mi lengua del paladar y grito: ¡Fuego! La maldita pesadilla no se quiere ir, y me atormenta esta noche, como anoche, y como anteanoche, reproduciéndome lo que no quiero ver. Más vale no dormir, y prefiero el insomnio. Sacudo el letargo, y aborrezco despierto la vigilia como antes aborrecía el sueño. Siempre el mismo zumbido de los cañones. Esas insolentes bocas de bronce no han cesado de hablar aún. Han pasado días, y Zaragoza no se ha rendido, porque todavía algunos locos se obstinan en guardar para España aquel montón de polvo y ceniza. Siguen reventando los edificios, y Francia después de sentar un pie, gasta ejércitos y quintales de pólvora para conquistar terreno en que poner el otro. (p.1113) España no se retira mientras tenga una baldosa en que apoyar la inmensa máquina de su bravura. Yo estoy exánime y no me puedo mover. Esos hombres que veo pasar por delante de mí no parecen hombres. Están flacos, macilentos, y sus rostros serían amarillos, si no les ennegrecieran el polvo y el humo. Brillan bajo la negra ceja los ojos que ya no saben mirar sino matando. Se cubren de inmundos harapos, y un pañizuelo ciñe su cabeza como un cordel. Están tan escuálidos, que parecen los muertos del montón de la calle de la Imprenta, que se han levantado para relevar a los vivos. Generales, soldados, paisanos, frailes, mujeres, todos están confundidos. No hay clases ni sexos. Nadie manda ya, y la ciudad se defiende en la anarquía. No sé lo que me pasa. No me digáis que siga contando, porque ya no hay nada. Ya no hay nada que contar, y lo que veo no parece cosa real, confundiéndose en mi memoria lo verdadero con lo soñado. Estoy tendido en un portal de la calle de la Albardería, y tiemblo de frío; mi mano izquierda está envuelta en un lienzo lleno de sangre y fango. La calentura me abrasa, y anhelo tener fuerzas para acudir al fuego. No son cadáveres todos los que hay a mi lado. Alargo la mano, y toco el brazo de un amigo que vive aún. -¿Qué ocurre, Sr. Sursum Corda? -le preguntó. -Los franceses parece que están del lado acá del Coso -me contesta con voz desfallecida-. Han volado media ciudad. Puede ser que sea preciso rendirse. El capitán general ha caído enfermo de la epidemia y está en la calle de Predicadores. Creen que se morirá. Entrarán los franceses. Me alegro de morirme para no verlos. ¿Qué tal se encuentra Vd., Sr. de Araceli? -Muy mal. Veré si puedo levantarme. -Yo estoy vivo todavía, a lo que parece. No lo creí. El Señor sea conmigo. Me iré derecho al cielo. Sr. de Araceli, ¿se ha muerto Vd. ya? Me levanto y doy algunos pasos. Apoyándome en las paredes, avanzo un poco y llego junto a las Escuelas Pías. Algunos militares de alta graduación acompañan hasta la puerta a un clérigo (p.1114) pequeño y delgado, que les despide diciendo: «Hemos cumplido con nuestro deber, y la fuerza humana no alcanza a más». Era el padre Basilio. Un brazo amigo me sostiene y reconozco a don Roque. -Amigo Gabriel -me dice con aflicción-. La ciudad se rinde hoy mismo. -¿Qué ciudad? -Esta. Al hablar así, me parece que nada está en su sitio. Los hombres y las casas, todo corre en veloz fuga. La Torre Nueva saca sus pies de los cimientos para huir también, y desapareciendo a lo lejos, el capacete de plomo se le cae de un lado. Ya no resplandecen las llamas de la ciudad. Columnas de negro humo corren de Levante a Poniente, y el polvo y la ceniza, levantados por los torbellinos del viento, marchan en la misma dirección. El cielo no es cielo, sino un toldo de color plomizo, que tampoco está quieto. -Todo huye, todo se va de este lugar de desolación -digo a D. Roque-. Los franceses no encontrarán nada. -Nada: hoy entran por la puerta del Ángel. Dicen que la capitulación ha sido honrosa. Mira: ahí vienen los espectros que defendían la plaza. En efecto, por el Coso desfilan los últimos combatientes, aquel uno por mil que había resistido a las balas y a la epidemia. Son padres sin hijos, hermanos sin hermanos, maridos sin mujer. El que no puede encontrar a los suyos entre los vivos, tampoco es fácil que los encuentre entre los muertos, porque hay cincuenta y dos mil cadáveres, casi todos arrojados en las calles, en los portales de las casas, en los sótanos, en las trincheras. Los franceses, al entrar, se detienen llenos de espanto ante tan horrible espectáculo, y casi están a punto de retroceder. Las lágrimas corren de sus ojos y se preguntan si son hombres o sombras las pocas criaturas con movimiento que discurren ante su vista. El soldado voluntario, al entrar en su casa, tropieza con los cuerpos de su esposa y de sus hijos. La mujer corre a la trinchera, al paredón, a la barricada, y busca a su marido. Nadie sabe dónde está: los mil muertos no hablan y no pueden dar razón de si está Fulano entre ellos. Familias numerosas se encuentran reducidas a cero, y no (p.1115) queda en ellas uno solo que eche de menos a los demás. Esto ahorra muchas lágrimas, y la muerte ha herido de un solo golpe al padre y al huérfano, al esposo y a la viuda, a la víctima y a los ojos que habían de llorarla. Francia ha puesto al fin el pie dentro de aquella ciudad edificada a orillas del clásico río que da su nombre a nuestra Península; pero la ha conquistado sin domarla. Al ver tanto desastre y el aspecto que ofrece Zaragoza, el ejército imperial, más que vencedor, se considera sepulturero de aquellos heroicos habitantes. Cincuenta y tres mil vidas le tocaron a la ciudad aragonesa en el contingente de doscientos millones de criaturas con que la humanidad pagó las glorias militares del imperio francés. Este sacrificio no será estéril, como sacrificio hecho en nombre de una idea. El imperio francés, cosa vana y de circunstancias, fundado en la movible fortuna, en la audacia, en el genio militar que siempre es secundario, cuando abandonando el servicio de la idea, sólo existe en obsequio de sí propio; el imperio francés, digo; aquella tempestad que conturbó los primeros años del siglo y cuyos relámpagos, truenos y rayos aterraron tanto a la Europa, pasó, porque las tempestades pasan, y lo normal en la vida histórica, como en la naturaleza, es la calma. Todos le vimos pasar, y presenciamos su agonía en 1815: después vimos su resurrección algunos años adelante, pero también pasó, derribado el segundo como el primero por la propia soberbia. Tal vez retoñe por tercera vez este árbol viejo; pero no dará sombra al mundo durante siglos, y apenas servirá para que algunos hombres se calienten con el fuego de su última leña. Lo que no ha pasado ni pasará es la idea de nacionalidad que España defendía contra el derecho de conquista y la usurpación. Cuando otros pueblos sucumbían, ella mantiene su derecho, lo defiende, y sacrificando su propia sangre y vida, lo consagra, como consagraban los mártires en el circo la idea cristiana. El resultado es que España, despreciada injustamente en el Congreso de Viena, desacreditada con razón (p.1116) por sus continuas guerras civiles, sus malos gobiernos, su desorden, sus bancarrotas más o menos declaradas, sus inmorales partidos, sus extravagancias, sus toros y sus pronunciamientos, no ha visto nunca, después de 1808, puesta en duda la continuación de su nacionalidad; y aún hoy mismo, cuando parece hemos llegado al último grado del envilecimiento, con más motivos que Polonia para ser repartida, nadie se atreve a intentar la conquista de esta casa de locos. Hombres de poco seso, o sin ninguno en ocasiones, los españoles darán mil caídas hoy como siempre, tropezando y levantándose, en la lucha de sus vicios ingénitos, de las cualidades eminentes que aún conservan, y de las que adquieren lentamente con las ideas que les envía la Europa central. Grandes subidas y bajadas, grandes asombros y sorpresas, aparentes muertes y resurrecciones prodigiosas, reserva la Providencia a esta gente, porque su destino es poder vivir en la agitación como la salamandra en el fuego; pero su permanencia nacional está y estará siempre asegurada.
Ep-6-XXXI - Era el 21 de Febrero. Un hombre que no conocí se me acercó y me dijo: -Ven, Gabriel-, necesito de ti. -¿Quién es Vd.? -le pregunté-. Yo no le conozco a Vd.. -Soy Agustín Montoria -repuso-. ¿Tan desfigurado estoy? Ayer me dijeron que habías muerto. ¡Qué envidia te tenía! Veo que eres tan desgraciado como yo, y vives aún. ¿Sabes, amigo mío, lo que acabo de ver? Acabo de ver el cuerpo de Mariquilla. Está en la calle de Antón Trillo, a la entrada de la huerta. Ven y la enterraremos. -Yo más estoy para que me entierren que para enterrar. ¿Quién se ocupa de eso? ¿De qué ha muerto esa mujer? -De nada, Gabriel, de nada. -Es singular muerte: no la entiendo. -Mariquilla no tiene heridas ni las señales que deja en el rostro la epidemia. Parece que se ha dormido. Apoya la cara contra el suelo, y tiene las manos en ademán de taparse fuertemente los oídos. -Hace bien. Le molesta el ruido de los tiros. Lo mismo me pasa a mí que todavía los siento. -Ven conmigo y me ayudarás. Llevo (p.1117) una azada. Difícilmente llegué a donde mi amigo con otros dos compañeros me llevaba. Mis ojos no podían fijarse bien en objeto alguno, y sólo vi una sombra tendida. Agustín y los otros dos levantaron aquel cuerpo fantasma, vana imagen o desconsoladora realidad que allí existía. Creo haber distinguido su cara, y al verla, tristísima penumbra se extendió por mi alma. -No tiene ni la más ligera herida -decía Agustín- ni una gota de sangre mancha sus vestidos. Sus párpados no se han hinchado como los que mueren de la epidemia. María no ha muerto de nada. ¿La ves, Gabriel? Parece que esta figura que tengo en brazos no ha vivido nunca; parece que es una hermosa imagen de cera a quien he amado en sueños representándomela con vida, con palabra y con movimiento. ¿La ves? Siento que todos los habitantes de la ciudad estén muertos por esas calles. Si vivieran, les llamaría para decirles que la he amado. ¿Por qué lo oculté como un crimen? María, Mariquilla, esposa mía, ¿por qué te has muerto sin heridas y sin enfermedad? ¿Qué tienes, qué te pasa; qué te pasó en tu último momento? ¿En dónde estás ahora? ¿Tú piensas? ¿Te acuerdas de mí y sabes acaso que existo? María, Mariquilla, ¿por qué tengo yo ahora esto que llaman vida y tú no? ¿En dónde podré oírte, hablarte y ponerme delante de ti para que me mires? Todo a oscuras está en torno mío, desde que has cerrado los ojos. ¿Hasta cuándo durará esta noche de mi alma y esta soledad en que me has dejado? La tierra me es insoportable. La desesperación se apodera de mi alma, y en vano llamo a Dios para que la llene toda. Dios no quiere venir, y desde que te has ido, Mariquilla, el universo está vacío. Diciendo esto, un vivo rumor de gente llegó a nuestros oídos. -Son los franceses que toman posesión del Coso -dijo uno. -Amigos, cavad pronto esa sepultura -exclamó Agustín, dirigiéndose a los dos compañeros, que abrían un gran hoyo al pie del ciprés-. Si no, vendrán los franceses y nos la quitarán. Un hombre avanza por la calle de Antón Trillo, y deteniéndose junto a la tapia (p.1118) destruida, mira hacia adentro. Le veo y tiemblo. Está transfigurado, cadavérico, con los ojos hundidos, el paso inseguro, la mirada sin brillo, el cuerpo encorvado, y me parece que han pasado veinte años desde que no le veo. Su vestido es de harapos manchados de sangre y lodo. En otro lugar y ocasión hubiéresele tomado por un mendigo octogenario que venía a pedir una limosna. Acercose a donde estábamos, y con voz tan débil que apenas se oía, dijo: -¿Agustín, hijo mío, qué haces aquí? -Señor padre -repuso el joven sin inmutarse-, estoy enterrando a Mariquilla. -¿Por qué haces eso? ¿Por qué tanta solicitud por una persona extraña? El cuerpo de tu pobre hermano yace aún sin sepultura entre los demás patriotas. ¿Por qué te has separado de tu madre y de tu hermana? -Mi hermana está rodeada de personas amantes y piadosas que cuidarán de ella, mientras esta no tiene a nadie más que a mí. D. José de Montoria sombrío y meditabundo entonces cual nunca le vi, no dijo nada, y empezó a echar tierra en el hoyo, en cuya profundidad ya habían colocado el cuerpo de la hermosa joven. -Echa tierra, hijo, echa tierra pronto -exclamó al fin-, pues todo ha concluido. Han dejado entrar a los franceses en la ciudad cuando todavía podía defenderse un par de meses más. Esta gente no tiene alma. Ven conmigo y hablaremos de ti. -Señor -repuso Agustín con voz entera-, los franceses están en la ciudad, y las puertas han quedado libres. Son las diez: a las doce saldré de Zaragoza, para ir al monasterio de Veruela donde pienso morir.
Ep-6-XXXII - La guarnición, según lo estipulado, debía salir con los honores militares por la puerta del Portillo. Yo estaba tan enfermo, tan desfallecido a causa de la herida que recibí en los últimos días, y a causa del hambre y cansancio, que mis compañeros tuvieron que llevarme casi a cuestas. Apenas vi a los franceses, cuando con más tristeza que júbilo se extendieron por lo que había sido ciudad. En la Muela, donde me detuve para reponerme, se me presentó D. Roque, el cual salió también de la ciudad, temiendo (p.1119) ser perseguido por sospechoso. -Gabriel -me dijo-, nunca creí que la canalla fuera tan vil, y yo esperaba que en vista de la heroica defensa de la ciudad, serían más humanos. Hace unos días vimos dos cuerpos que arrastraba el Ebro en su corriente. Eran las dos víctimas de esa soldadesca furiosa, que manda Lannes; eran mosén Santiago Sas, jefe de los valientes escopeteros de la parroquia de San Pablo, y el padre Basilio Boggiero, maestro, amigo y consejero de Palafox. Dicen que a ese último le fueron a llamar a media noche, so color de encomendarle una misión importante, y luego que le tuvieron entre las traidoras bayonetas, lleváronle al puente, donde le acribillaron, arrojándole después al río. Lo mismo hicieron con Sas. -¿Y nuestro protector y amigo D. José de Montoria no ha sido maltratado? -Gracias a los esfuerzos del presidente de la Audiencia ha quedado con vida: pero me lo querían arcabucear.. nada menos. ¿Has visto cafres semejantes? A Palafox parece que le llevan preso a Francia, aunque prometieron respetar su persona. En fin, hijo, es una gente esa, con la cual no me quisiera encontrar ni en el cielo. ¿Y qué me dices de la hombrada del mariscalazo Sr. Lannes? Se necesita frescura para hacer lo que ha hecho. Pues nada más sino que mandó que le llevaran las alhajas de la Virgen del Pilar, diciendo que en el templo no estaban seguras. Luego que vio tal balumba de piedras preciosas, diamantes, esmeraldas y rubíes, parece que le entraron por el ojo derecho.. nada, hijo.. que se quedó con ellas. Para disimular esta rapiña, ha hecho como que se las ha regalado la junta.. De veras te digo, que siento no ser joven para pelear como tú en contra de ese ladrón de caminos, y así se lo dije a Montoria cuando me despedí de él. ¡Pobre D. José, qué triste está! Le doy pocos años de vida: la muerte de su hijo mayor y la determinación de Agustín de hacerse cura, fraile o cenobita le tienen muy abatido y en extremo melancólico. D. Roque se detuvo para acompañarme, y luego partimos juntos. Después de restablecido continué la campaña de (p.1120) 1809, tomando parte en otras acciones, conociendo nueva gente y estableciendo amistades frescas o renovando las antiguas. Más adelante referiré algunas cosas de aquel año, así como lo que me contó Andresillo Marijuán, con quien tropecé en Castilla, cuando yo volvía de Talavera y él de Gerona.
FIN
(EPISODIO 7) GERONA En el invierno de 1809 a 1810 las cosas de España no podían andar peor. Lo de menos era que nos derrotaran en Ocaña a los cuatro meses de la casi indecisa victoria de Talavera: aún había algo más desastroso y lamentable, y era la tormenta de malas pasiones que bramaba en torno a la Junta central. Sucedía en Sevilla una cosa que no sorprenderá a mis lectores, si, como creo, son españoles, y es que allí todos querían mandar. Esto es achaque antiguo, y no sé qué tiene para la gente de este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas más sólidas, da prestigio a los tontos, arrogancia a los débiles, al modesto audacia y al honrado desvergüenza. Pero sea lo que quiera, ello es que entonces andaban a la greña, sin atender al formidable enemigo que por todas partes nos cercaba. Y aquel era enemigo, lo demás es flor de cantueso. Me río yo de insurrecciones absolutistas y republicanas, en tiempos en que el poder central cuenta con grandes elementos para sofocarlas. Aquello no se parecía a ninguna de estas niñerías de ahora, pues con las tropas que Napoleón envió a España a fines del año 9 constaba de trescientos mil hombres el ejército invasor. Los nuestros, dispersos y desanimados, no tenían un general experto que los mandase; faltaban recursos de todas clases, especialmente de dinero, y en esta situación el poder central era un hervidero de intriguillas. Las ambiciones injustificadas, las miserias, la vanidad ridícula, la pequeñez inflándose para parecer grande como la rana que quiso imitar al buey, la intolerancia, el fanatismo, la doblez, el orgullo rodeaban a aquella pobre Junta, que ya en sus postrimerías no sabía a qué santo encomendarse. Bullían en torno a ella políticos de (p.1121) pacotilla de la primera hornada que en España tuvimos, generales pigmeos que no supieron ganar batalla alguna; y aunque había también varones de mérito así en la milicia como en lo civil, estos o no tenían arrojo para sobreponerse a los tontos, o carecían de aquellas prendas de carácter sin las cuales, en lo de gobernar, de poco valen la virtud y el talento. Tuvo la Junta allá por Marzo el malísimo acuerdo de establecer el Consejo de Castilla, fundiendo en él todos los demás Consejos suprimidos, y cuando esta antigualla se vio de nuevo con vida; cuando esta máquina roñosa, inútil y gastada se encontró puesta otra vez en movimiento, allí era de ver cómo pretendía gobernar el mundo. La fatuidad de aquellos consejeros que tanto adularon a José no tenía igual. Desde que se les puso en juego, empezaron a intrigar contra quien les había sacado del olvido, y decían que la Junta era ilegítima. Valiéndose de D. Francisco Palafox, hermano del defensor de Zaragoza; de Montijo, a quien hemos visto en alguna parte, del marqués de la Romana y de otros pájaros, llenaron de enredos a la Junta y a la comisión ejecutiva. Por último, en la Regencia, última metamorfosis de aquel poder tan nacional como desgraciado, también sembraron cizaña los del Consejo. Esta pandilleja no era otra cosa que el partido absolutista, que ya empezaba a sacar la oreja; y para que desde el principio se tuviera completa noticia de su existencia, también repartió dinero entre la tropa, fiando sus esperanzas a una sedición militar que por entonces quedó frustrada. Nada de esto era ya nuevo en España, porque el motín del 19 de Marzo en Aranjuez, de que, si mal no recuerdo, hice mención, obra fue de la misma gente; mas no se valieron sólo de la tropa sino también de varios cuerpos facultativos y distinguidos, como los lacayos, pinches y mozos de cuadra de la regia casa. En Sevilla azuzaron a lo que un gran historiador llama con enérgico estilo la bozal muchedumbre, y hubo frecuentes serenatas de berridos y patadas por las calles; mas no pasó de aquí. Un arma moral (p.1122) esgrimían entonces unos contra otros los políticos menudos, y era el acusarse mutuamente de malversadores de los caudales públicos, cuyo grosero recurso hacía el mejor efecto en el pueblo. Cuando se disolvió la Junta en Cádiz, hubo un registro de equipajes, que es de lo más vil y bochornoso que contiene nuestra moderna historia; pero no se encontró nada en las maletas de los patriotas, porque estos, malos o buenos, tontos o discretos, no tenían el alma en los bolsillos, ni la tuvieron aun sus inmediatos sucesores, años adelante. Perdonen ustedes, si me ocupo de estos sainetes de la epopeya. Lo extraño es que las miserias de los partidos (pues también entonces había partidos, aunque alguien lo dude) no impedían la continuación de la guerra, ni debilitaban el formidable empuje de la nación, con independencia de las victorias o derrotas del ejército. Verdad es que las discordias de arriba no habían cundido a la masa común del país, que conservaba cierta inocencia salvaje con grandes vicios y no pocas prendas eminentes, por cuya razón la homogeneidad de sentimientos sobre que se cimentara la nacionalidad, era aún poderosa, y España, hambrienta, desnuda y comida de pulgas, podía continuar la lucha. Cansaría a mis amados lectores si les contara detalladamente mi vida durante aquel funesto año 9, que comenzado con las proezas de Zaragoza, terminaba con el desastre de Ocaña y la dispersión del ejército español. Por fortuna no me encontré en aquella jornada, pues incorporado al principio del año al ejército del Centro, me destinaron en Agosto a la división del duque del Parque, y asistí a la acción de Tamames. Poco puedo decir de la de Talavera, que no sea por referencia, pues el 27 y el 28 de Julio me encontraba en Puente del Arzobispo, y aunque algo podría contar de la campaña del duque del Parque, lo omito por no cansar a mis amigos. A fin del año servía en la división de D. Francisco Copons, que con las de D. Tomás Zeraín, de Lacy y Zayas guardaba el paso de Sierra-Morena, porque ha de saberse que los franceses, (p.1123) envalentonados hasta lo sumo y reforzados con nueva tropa, se disponían a invadir la Andalucía, a los diez y ocho meses de la batalla de Bailén, ¡a los diez y ocho meses! Las fuerzas de que disponíamos apenas merecían el nombre de ejército, y el del duque de Alburquerque, único que aún se conservaba en buen estado, no podía tampoco resistir el empuje de los franceses victoriosos, y se retiraba hacia el Mediodía para proteger la resistencia del poder central. ¡Qué situación, amigos míos! Esto pasaba, como he dicho, al poco tiempo de aquella brillante y rápida campaña de Junio y Julio de 1808; y los mismos lugares que antes nos vieron victoriosos y llenos de orgullo presenciaban ahora el triste desfile de los dispersos de Ocaña, que a cada instante volvían el rostro con inquietud, creyendo sentir las pisadas de los caballos de Víctor, Sebastiani y Mortier. -¡Quién hubiera creído -dije a Andresillo Marijuán, cuando almorzábamos en una venta de Collado de los Jardines- que habíamos de desandar tan pronto este camino! Ahora me parece que no paramos hasta Cádiz. -Con paciencia se gana el cielo -me contestó-. Yo tengo toda la que pueden dar siete meses de bloqueo como el de Gerona. Todavía estoy admirado de encontrarme vivo, Gabriel. Pero dime, ¿dónde has ganado esa charretera? ¿Creerás que yo no soy nada? Digo mal porque dentro de la plaza me hicieron al modo de sargento y a estas horas nadie me ha reconocido mi grado. Haré una reclamación a la Junta. -Yo gané mis grados en Zaragoza - respondí con orgullo- y también te aseguro que al cabo de un año conservo cierta duda de si seré yo mismo el que en aquellos fieros combates se halló, o si después de muerto me habré trocado en otro sujeto. -Bien dicen que en Zaragoza y en el ejército del Centro se dieron los grados como quien echa almorzadas de trigo a las gallinas. Amigo Gabriel, en España no se premia más que a los tontos y a los que meten bulla sin hacer nada. Dime, teniente de almíbar, ¿en Zaragoza comistes ratones flacos y pedazos de estera fritos con grasa de (p.1124) asno viejo? Reíme de la pregunta, y los circunstantes dieron broma a Marijuán, porque este desde que se nos unió cerca de Almadén del Azogue en los últimos días del año, nos había venido aturdiendo con el perenne contar de sus privaciones y hambres en Gerona. -En mi mochila -continuó el aragonés- tengo un diario del sitio que escribió en la plaza el Sr. D. Pablo Nomdedeu, y os lo daré a leer, para despertar el apetito cuando estéis desganados. Por ahora en marcha, que me parece dan orden de tomar soleta hacia abajo. En efecto, después de una hora de descanso emprendimos el camino hacia el Mediodía, y Marijuán repetía la canción con que nos aporreaba los oídos desde que le encontramos: Dígasme tú, Girona si te n'arrendiràs.. Lirom lireta. Cóm vols que m'rendesca si España non vol pas. Lirom fa la garideta, lirom fa lireta la. En Bailén hicimos noche. ¡Qué triste impresión produjo en mí la vista de aquellos campos, al considerar que los atravesábamos después de dejar casi toda Castilla en poder de los franceses, a quienes poco antes habíamos sojuzgado con tanta fortuna en el mismo sitio! ¡Cómo se representó en mi imaginación lo que allí había visto y oído, la perspectiva y el estruendo glorioso de la acción, iluminada por el ardoroso sol de Julio! Todo estaba frío, helado, quieto, triste, silencioso, oscuro, y parecía que sobre los llanos y las mansas colinas de Bailén, una pesada e informe sombra se paseaba a flor del suelo. Visitamos luego Marijuán y yo el palacio de Rumblar, creyendo encontrar allí todavía a la condesa y a su familia, y aunque era ya de noche, nos propusimos penetrar seguros de ser bien recibidos. Cuando dimos los primeros aldabazos en la puerta, contestonos el lejano ladrido de un perro, sin que rumor alguno indicase la presencia de criatura humana en el palacio, lo cual nos hizo comprender que estaba abandonado. Insistimos, sin embargo, en dar golpes, y al cabo oímos una voz que desde el patio con enojado tono nos respondía, mejor dicho, nos increpaba exclamando: -Allá voy. ¡Condenados muchachos, (p.1125) qué querrán a estas horas! Abrionos echando sapos y culebras por su fea boca el tío Tinaja, antiguo servidor de la casa (pues no era otro el que a la sazón la guardaba), y luego que nos hubo reconocido, desarrugó el ceño, hízonos entrar ofreciéndonos un asiento junto a la lumbre, y allí nos contó cómo toda la familia con buena parte de la servidumbre había marchado a Cádiz huyendo de la invasión francesa. -Mi señora la condesa doña María estaba en que se había de quedar -nos dijo-; pero sus primas de Madrid, que llegaron por Todos los Santos, le volvieron la cabeza del revés. D. Paco también tenía mucho miedo, y entre él, las primas y las tres señoritas, todos llorando y moqueando en ruedo, ablandaron el alma de bronce de la condesa, obligándola a marchar. -¿No ha venido también el Sr. D. Felipe? -pregunté comprendiendo a qué personas se refería el tío Tinaja. -El Sr. D. Felipe no ha venido, porque según dijeron, está con el francés. Su hermana, la señora marquesa, es muy española, y habían de ver ustedes cómo disputa con su sobrina, que se ríe del Lord y dice que ningún general español vale dos cuartos. -¿Ha venido también D. Diego? -No señor. Pues pocas lágrimas han derramado las niñas, y pocos mares han corrido de los ojos de la señora por las calaveradas de don Diego. No hay quien le saque de Madrid, donde se junta con flamasones, anteos, perdularios, gabachos y gente mala que le trae al retortero. Parece que ya no se casa con la señorita Inés, por cuya razón mi ama está que trina, y el otro día ella y sus primas hablaron más de lo regular. D. Paco se puso por medio y echó una arenga en latín. Las señoritas empezaron a llorar, y aquel día en la mesa nadie habló una palabra. No se oía más ruido que el de los dientes mascando, el de los tenedores picando en los platos y el de las moscas que iban a golosinear. -¿Y cuándo salieron para Cádiz? -Hace cuatro días. Las tres señoritas iban muy contentas, y doña María muy triste y ensimismada. La mala conducta del señor don Diego la tiene en ascuas y la (p.1126) buena señora se va acabando. Nada más me dijo aquel hombre que merezca mención, y a varias preguntas mías harto prolijas e impertinentes, no contestó cosa alguna de provecho. Después que nos ofreció parte de su cena, díjonos que podíamos albergarnos en la casa por aquella noche, y como la tropa se alojaba en el pueblo, nos quedamos allí. Solo, y mientras Marijuán dormía, recorrí varias habitaciones altas de la casa, iluminadas no más que por la luna, y una dulce e inexplicable claridad llenaba mi alma durante aquella muda y solitaria exploración. No hubo mueble que no me dijese alguna cosa, y mi imaginación iba poblando de seres conocidos las desiertas salas. La alfombra conservaba a mis ojos una huella indefinible, más bien pensada que vista; vi un cojín que aún no había perdido el hundimiento producido por el brazo que acababa de oprimirlo, y en los espejos creí ver no la huella, ni la sombra, porque estas voces no son propias, sino una nada, mejor dicho un vacío, dejado allí por la imagen que había desaparecido. En una habitación que daba a la huerta vi tres camas pequeñas. Dos de ellas parecía como que tenían un lugar fijo en los dos testeros de derecha e izquierda. La tercera que estorbaba el paso, revelaba haber sido puesta para un huésped de pocos días. Las tres estaban cubiertas de blanquísimas colchas, bajo las cuales los fríos colchones se inflamaban sin peso alguno. La pila de agua bendita estaba llena aún y mojé las puntas de los dedos, haciéndome en la frente la señal de la cruz. Un fuerte escalofrío corrió por mi cuerpo al contacto helado, como si los dedos que habían tomado las últimas gotas se rozaran con los míos en la superficie del agua. Recogí del suelo una pequeña cinta y unos pedacitos de papel retorcidos, engrasados y perfumados, que indicaban haber servido para moldear los rizos de una cabellera. El silencio de aquel lugar no me parecía el silencio propio de los lugares donde no hay nadie, sino aquel que se produce en los intervalos elocuentes de un diálogo, cuando hecha la pregunta el interlocutor medita (p.1127) para responder. Salí de aquella estancia, y después de recorrer otras con igual interés, sintiéndome al fin cansado, me recosté en un sofá, donde cerca ya del alba me dormí profundamente. La luz del día entraba a torrentes por las ventanas y balcones cuando me despertó Andrés cantando su estribillo catalán: Dígasme tú Girona si te n'arrendiràs. En aquellos días, los últimos del mes de Enero de 1810, ocurrieron las más lamentables desgracias del ejército español. Creeríase que el genio de la guerra, fundamental en nosotros como el eje del alma, nos había faltado, y la lucha fue desordenada y a la aventura. El general Desolles atacó en Puerto del Rey a la división Girón que se desbandó junto a las Navas de Tolosa, y al mismo tiempo Gazán acometía el paso de Nuradal, mientras Mortier forzaba el de Despeñaperros. El mariscal Víctor penetró por Torrecampo para caer sobre Montoro, y Sebastiani por Montizón, de modo que la invasión de Andalucía se verificó por cuatro puntos distintos con estrategia admirable que acabó de desconcertarnos. Verdad es, y sírvanos esto de disculpa, que teníamos por general en jefe a D. Juan Carlos de Areizaga, hombre nulo en el arte de la guerra, y en cuya cabeza no cabían tres docenas de hombres. La pericia de algunos jefes subalternos servía de muy poco, y desmoralizada la tropa, convencida de su incapacidad para la resistencia, no veía delante de sí ni gloria, ni honor, sino el cómodo refugio de Córdoba, Sevilla o la isla gaditana. Resistencia formal sólo la hallaron los franceses por Montizón entre Venta Nueva y Venta Quemada, donde mandaba D. Gaspar Vigodet, el cual después de batirse con mucho arrojo ordenó la retirada en regla. En suma, señores míos, doloroso es decirlo y doloroso es recordarlo; pero es lo cierto que los franceses avanzaron hacia Córdoba cuando nosotros llorábamos nuestra impotencia camino de Sevilla. ¿Y qué podré deciros del espectáculo que nos ofreció esta ciudad amotinada, sometida a las intrigas de una facción tan pequeña como audaz? De buena gana no diría (p.1128) nada, tragándome todo lo que sé y ocultando todo lo que vi, para que semejantes fealdades no entristecieran estos cuadros; pero ya la fama ha dicho cuanto había que decir, y no porque yo lo calle dejará de saberse, que si en mí consistiera, a este y a otros hoyos de nuestra historia les echaría tierra, mucha tierra. Es el caso que fugitiva la Central, los conspiradores erigieron allí una juntilla suprema, y azuzado el populacho, no se oían más que vivas y mueras, olvidándose del francés que tocaba a las puertas, cual si en el suelo patrio no hubiese más enemigos que aquellos desgraciados centrales. ¡Lo que es la pasión política, señores! No conozco peor ni más vil sentimiento que este, que impulsa a odiar al compatricio con mayor vehemencia que al extranjero invasor. Yo me espantaba presenciando los atropellos verificados contra algunos y la salvaje invasión de las casas de otros. ¡Y gracias que escaparon con vida de manos de aquella plebe holgazana y chillona! En una palabra, aquello era de lo más denigrante que he visto en mi vida, y si la Junta central valía poco, los individuos que en Sevilla y después en Cádiz agujerearon, como inquietos y vividores reptiles, sus fundamentos, no ocupan, a pesar de su mucho bullir y de las distintas posturas que tomaron, un lugar visible en la historia. Su pequeñez los hace desaparecer en las perspectivas de lo pasado, y sus nombres sin eco no despiertan admiración ni encono. Pertenecen a ese vulgo que, con ser tan vulgo, ha influido en los destinos del país desde la primera revolución acá; gentezuela sin ideal, que se perdería en las muchedumbres como las gotas de lluvia en el Océano, si la vituperable neutralidad política de los españoles honrados, decentes, entendidos y patriotas, que son los más, no les permitiera actuar en la vida pública, tratando al país como un objeto de exclusiva pertenencia que se les ha dado para divertirse. Pero quiero poner punto en esta materia, que seduce poco mi entendimiento. Continuando nuestra retirada llegamos al Puerto de Santa María, donde estuvimos dos (p.1129) días con sus noches, y allí fue donde adquirí sobre el formidable cerco de Gerona estupendas noticias. Debo una explicación a mis lectores, y voy a darla. Mi objeto al comenzar esta última sesión, en que apaciblemente nos encontramos, amados señores míos, fue referir lo mucho y bueno que vi en Cádiz cuando nos refugiamos allí, después que los franceses penetraron en Andalucía; pero un deber patriótico me obliga a aplazar por breve tiempo este mi natural deseo, haciendo lugar a algunos hechos del sitio de Gerona, que contaré también, si bien los contaré de oídas. Un amigo de aquellos tiempos, y que después lo fue también mío en épocas más bonancibles, me entretuvo durante dos largas noches con la descripción de maravillosas hazañas que no debo ni puedo pasar en silencio. Aquí las pongo, pues, suspendiendo el curso de mi historia, que reanudaré en breve, si Dios me da vida a mí y a ustedes paciencia. Sólo me permito advertir, que he modificado un tanto la relación de Andresillo Marijuán, respetando por supuesto todo lo esencial, pues su rudo lenguaje me causaba cierto estorbo al tratar de asociar su historia a las mías. Hago esta advertencia para que no se maravillen algunos de encontrar en las páginas que siguen observaciones y frases y palabras impropias de un muchacho sencillo y rústico. Tampoco yo me hubiera expresado así en aquellos tiempos; pero téngase presente que en la época en que hablo, cuento algo más de ochenta años, vida suficiente a mi juicio para aprender alguna cosa, adquiriendo asimismo un poco de lustre en el modo de decir. Relación de Andresillo Marijuán
Ep-7-I - Yo entré en Gerona a principios de Febrero, y me alojé en casa de un cerrajero de la calle de Cort-Real. A fines de Abril salí con la expedición que fue en busca de víveres a Santa Coloma de Farnés, y a los pocos días de mi regreso, murió a consecuencia de las heridas recibidas en el segundo sitio aquel buen hombre que me había dado asilo. Creo que fue el 6 de Mayo, es decir, el mismo día en que aparecieron (p.1130) los franceses, cuando al volver de la guardia en el fuerte de la Reina Ana, encontré muerto al Sr. Mongat, rodeado de sus cuatro hijos que lloraban amargamente. Hablaré de los cuatro huérfanos, que ya lo eran completamente por haber perdido a su madre algunos meses antes. Siseta, o como si dijéramos, Narcisita, la mayor en edad, tenía poco más de los veinte, y los tres varoncillos no sumaban entre todos igual número de años, pues Badoret apenas llegaba a los diez, Manalet (2) no tenía más de seis, y Gasparó empezaba a vivir, hallándose en el crepúsculo del discernimiento y de la palabra. Cuando penetré en la casa y vi cuadro tan lastimoso, no pude contener las lágrimas y me puse a llorar con ellos. El Sr. Cristòful Mongat era una excelente persona, buen padre y patriota ardiente; pero aun más que el recuerdo de las buenas prendas del difunto me contristaba la soledad de las cuatro criaturas. Yo les amaba mucho, y como mi buen humor y franca condición propendían a enlazar el alma de aquellos inocentes con la mía, en algunos meses de trato, Badoret, Manalet y Gasparó, se desvivían por mí. No hablo aquí de Siseta, porque para esta tenía yo un sentimiento extraño, de piedad y admiración compuesto, como se verá más adelante. Mi ocupación en la casa mientras vivió el Sr. Mongat era en primer término hablar con este de las cosas de la guerra, y en segundo término divertir a los chicos con toda clase de juegos, enseñándoles el ejercicio y representando con ellos detrás de un cofre las escenas del ataque, defensa y conquista de una trinchera. Cuando yo iba de guardia, bien a Monjuich, bien a los reductos del Condestable o del Cabildo, los tres, incluso Gasparó, me seguían con sendas cañas al hombro remedando con la boca el son de cajas y trompetas o relinchando al modo de caballos. Asociado cordialmente a su desgracia, les consolé como pude, y al día siguiente, después que echamos tierra al buen cerrajero, y luego que se retiraron los vecinos fastidiosos que habían ido a hacer pucheros condoliéndose ruidosamente de los (p.1131) huérfanos, pero sin darles auxilio alguno, tomé por la mano a Siseta, y llevándola a la cocina, le dije: -Siseta, ya tú sabes.. Pero antes quiero decir que Siseta era una muchacha gordita y fresca, que sin tener una hermosura deslumbradora, cautivaba mi alma de un modo extraño, haciéndome olvidar a todas las demás mujeres y principalmente a la que había sido mi novia en la Almunia de Doña Godina. Rosada y redondita, Siseta parecía una manzana. No era esbelta, pero tampoco rechoncha. Tenía mucha gracia en su andar, y poseyendo bastante soltura e ingenio en la conversación, sabía sin embargo acomodarse a las situaciones, distinguiéndose por una gran disposición para no estar nunca fuera de su lugar, de cuyas prendas puede colegirse que Siseta tenía talento. Pues bien, como antes indiqué, tomándole una mano, le dije: -Siseta.. No sé qué me pasó en la lengua, pues callé un buen rato, hasta que al fin pude continuar así: -Siseta, ya tú sabes que va para cuatro meses que estoy alojado en tu casa.. La muchacha hizo un signo afirmativo, demostrando estar convencida de mi permanencia en la casa durante cuatro meses. -Quiero decir -proseguí- que durante tanto tiempo he estado comiendo de tu pan, aunque también os he dado el mío. Ahora con la muerte del Sr. Cristòful, os habéis quedado huérfanos. ¿Tienen ustedes tierras, alguna casa, alguna renta?.. -No tenemos nada -me contestó Siseta dirigiendo tristes miradas a los cacharros de la cocina-. No tenemos nada más que lo que hay en casa. -Las herramientas valen alguna cosa -dije- mas en fin no hay que apurarse, que Dios aprieta, pero no ahoga. Aquí está el brazo de Andrés Marijuán. ¿Dejó tu padre algún dinero? -Nada -respondió- no ha dejado nada. Durante su enfermedad trabajaba muy poco. -Bien, muy bien -dije yo-. Con eso podéis recibir el plus que nos dan ahora y la ración que me toca todos los días. No hay que apurarse. Tú serás madre de tus hermanos, y yo seré su padre, porque estoy decidido a ahorcarme contigo. Ea, dejarse de lloriqueos; (p.1132) Siseta, yo te quiero. Tal vez creerás tú que yo no tengo tierras. ¡Qué tonta! Si vieras qué dos docenas de cepas tengo en la Almunia; si vieras qué casa.. sólo le falta el techo; pero es fácil componerla, sin fabricarla toda de nuevo. Con que lo dicho, dicho. En cuanto se acabe este sitio, que será cosa de días a lo que pienso, venderás los cachivaches de la herrería, me darán mi licencia, pues también se concluirá la guerra; pondremos sobre un asno a la señora Siseta con Gasparó y Manalet, y tomando yo de la mano a Badoret, camina que caminarás, nos iremos a ese bajo Aragón, que es la mejor tierra del mundo, donde nos estableceremos. Una vez que desembuché este discurso, volví al taller, con objeto de examinar las herramientas, y todo aquel mueblaje me pareció de poquísimo valor. La huérfana después que me oyera, sin decir cosa alguna, púsose a arreglar los trastos ordenando todo con hábil mano y a limpiar el polvo. Los chicos me rodearon al punto, corriendo precipitadamente a traer sus cañas, palos y demás aparatos de guerra, viéndome yo obligado en razón de esta diligencia a recomendarles gran celo en el servicio de la patria y del rey, pues bien pronto, si los franceses apretaban el cerco, Gerona necesitaría de todos sus hijos, aun de los más pequeñitos. Por último, después que durante media hora pusieron armas al hombro y en su lugar, cebaron, cargaron, atacaron e hicieron varias descargas imaginarias, pero que retumbaban en el angosto taller, les vi soltar las armas decaído el marcial ardor, y volver a su hermana con elocuente expresión los ojos. -¿Qué? -pregunté yo, comprendiendo lo que significaba aquel mudo interrogatorio-. Siseta, ¿no hay qué comer? Siseta disimulando sus lágrimas, registraba los negros andamios de una alacena, en cuyas cavernosas profundidades la infeliz se empeñaba en ver alguna cosa. -¿Cómo es eso? -dije-. Siseta, no me habías dicho nada. ¿Qué me costaría ir al cuartel y pedir que me adelanten la ración de mañana?.. ¿Y para qué quiero yo los siete cuartos que tengo (p.1133) ahorrados? Nada, hija; es preciso no sólo traer lo necesario para hoy, sino también provisiones abundantes, por si escasean los víveres dentro de la plaza. Dicen que ahora nos van a dar dos reales diarios. Ya me figuro lo que harás tú con esta riqueza. Pero no es ocasión de detenerme en habladurías, que estos valientes soldados se mueren de hambre. Toma los siete cuartos: voy al punto por la libreta. No tardé en volver con el pan, y tuve el gusto de ver comer a mis hijos (desde entonces empecé a darles este nombre). Siseta se mantuvo en los límites de una sobriedad excesiva, y mientras duró el festín les hablé de los grandes acopios de víveres que se estaban haciendo en Gerona, conversación que parecía muy del agrado de los pequeñuelos. En esto el Sr. Nomdedeu, habitante del piso superior de la casa, pasó por delante de la tienda en dirección al portal contiguo. Saludonos afablemente a todos, y después de decir algunas palabras de desconsuelo con motivo de la pérdida del excelente señor Mongat, subió a su casa, rogándome que le acompañara. Yo tenía costumbre de ir todas las mañanas a referirle lo que se decía en los cuerpos de guardia, y estas visitas tenían para mí el doble atractivo de contar lo que sabía y de oír las agradables pláticas del Sr. Nomdedeu, hombre con quien no se hablaba una sola vez sin sacar alguna enseñanza provechosa.
Ep-7-II - El Sr. D. Pablo Nomdedeu era médico. No pasaba de los cuarenta y cinco años; pero los estudios o penas domésticas, para mí desconocidas, habían trabajado en tales términos su naturaleza que aparentaba mucho más del medio siglo. Era acartonado, enjuto, amarillo, con gran corva en la espina dorsal, y la cabeza salpicada de escasos pelos rubios y blancos, como yerba que nace al azar en ingrata tierra. Todo anunciaba en él debilidad y prematura vejez, excepto su mirar penetrante, imagen del alma enérgica y del entendimiento activo. Vivía en apacible medianía, sin lujo, pero también sin pobreza, muy querido de sus paisanos, consagrado fuera de casa a los enfermos del hospital, y (p.1134) dentro de ella al cuidado de su hija única, enferma también de doloroso e incurable mal. Para que ustedes acaben de conocer a aquel apacible sujeto, me falta decirles que Nomdedeu era un hombre de gran saber y de mucha amenidad en su sabiduría. Todo lo observaba, y no se permitía ignorar nada, de modo que jamás ha existido hombre que más preguntase. Yo no creí que los sabios preguntasen tonterías de las que no ignora un rústico; pero él me dijo varias veces que la ciencia de los libros no valdría nada, si no se cursase el doctorado de la conversación con toda clase de personas. De su casa poco diré. Era tan humilde como decente. Muchos libros, algunas estampas francesas de anatomía, emparejadas con otras de santos, y bastantes cuadros que ostentaban detrás del vidrio innumerables yerbas secas con sendos letreros manuscritos al pie. Pero lo que principalmente impresionaba mi ánimo al subir a casa del Sr. Nomdedeu era una criatura tierna y sensible, una belleza consumida y marchita, una triste vida que junto a la pequeña ventana abierta al Mediodía quería prolongarse absorbiendo los rayos del sol. Me refiero a la desgraciada Josefina, hija del insigne hombre que he mencionado, la cual, enferma y postrada, se me representaba como las flores secas guardadas por el doctor detrás de un vidrio. Josefina había sido hermosa; pero perdidos algunos de sus encantos, otros se habían sublimado en aquel descendente crepúsculo que iba difundiendo sobre ella las sombras de la muerte. Inmóvil en un sillón, su aspecto era por lo común el de una absoluta indiferencia. Cuando su padre entró conmigo el día a que me refiero, Josefina no respondió a sus caricias con una sola palabra. Nomdedeu me dijo: -Su existencia de plomo está pendiente de una hebra de seda. Pronunció estas palabras en voz alta y delante de ella, porque Josefina estaba completamente sorda. -El profundo silencio que la rodea -continuó el padre- es favorable a su salud, porque siendo su mal un desarrollo excesivo de la sensibilidad, todo lo que disminuya las (p.1135) impresiones exteriores, aumentará el reposo, a que debe esa lánguida y decadente vida. No espero salvarla; y todo mi afán consiste hoy en embellecer sus días, fingiendo que nos hallamos rodeados de felicidades y no de peligros. Desearía llevarla al campo, pero el deber y el patriotismo me obligan a no abandonar el cuidado del hospital, cuando nos amenaza un tercer cerco, que parece va a ser más riguroso que los dos primeros. Dios nos saque en bien. ¿Con que se murió ese pobre Sr. Mongat? -Sí, señor -respondí- y ahí tiene usted cuatro huérfanos desvalidos que pedirían limosna por las calles de Gerona, si yo no estuviera decidido a quitarme el pan de la boca para dárselo. -Dios te premiará tu generosidad. Yo también haré lo que pueda por esos infelices. Siseta parece una buena muchacha, y sube algunas veces a acompañar a mi hija. Dile que venga más a menudo, y hoy mismo encargaré a la señora Sumta que les dé a los hijos de Cristòful Mongat todo lo que sobre en la casa. Pero cuéntame, ¿qué has oído en el cuerpo de guardia? Antes dime lo que ha ocurrido en esa expedición a Santa Coloma de Farnés. ¿Fuiste allá? -Sí, señor; mas no nos ocurrió nada de particular. Los franceses se nos presentaron en la tarde del 24 de Abril; pero como éramos pocos, y no llevábamos por objeto el batirnos con ellos, sino traer provisiones a Gerona, luego que cargamos los carros y las mulas, nos vinimos para acá con D. Enrique O'Donnell. Los cerdos dominan toda la Sagarra; pero los somatenes les hacen perder mucha gente, y para abastecerse pasan la pena negra. El general francés Pino mandó hace poco un batallón a San Martín en busca de víveres. Al llegar, el coronel pidió al alcalde para el día siguiente de madrugada cierto número de raciones de tocino (porque abundan en aquel pueblo los animalitos de la vista baja); y como el batallón estaba cansado, dioles boletas de alojamiento, distribuyendo a los soldados en las casas de los vecinos. El alcalde aparentó deseo de servir al señor coronel, y al anochecer el pregonero salió por las calles gritando: «Eixa (p.1136) nit a las dotse, cada vehí matarà son porch». -Y cada vecino mató su francés. -Así parece, señor, y así me lo contaron en el camino; pero no respondo de que sea verdad, aunque la gente de San Martín es capaz de eso. Luego que hicieron su matanza, escondieron armas, morriones y cuanto pudiera descubrirlos; y cuando se presentó el general Pino trataron de probarle que allí no había estado nadie. -Sabes, Andrés -me dijo Nomdedeu- que eso parece cosa de cuento. -Séalo o no -repuse- con estos y otros cuentos se anima la gente. Los cerdos están ya sobre Gerona, y esta mañana les hemos visto en los altos de Costa-Roja. Aquí dentro no somos más que cinco mil seiscientos hombres, que no son bastantes para defender la mitad de los fuertes. De estos el que no se ha caído ya, es porque no se le ha dado licencia. Si Zaragoza, que tenía dentro de murallas cincuenta mil hombres, ha caído al fin en poder del francés, ¿qué va a hacer Gerona con cinco mil seiscientos? -Ya serán algunos más -dijo Nomdedeu paseándose por la habitación con la inquietud nerviosa y retozona que se apoderaba de él hablando de las cosas de la guerra-. Todos los vecinos de Gerona toman las armas, y hoy mismo se están formando en el claustro de San Félix las listas de las ocho compañías que componen la Cruzada gerundense. Yo he querido afiliarme; pero como médico, cuyos servicios no pueden reemplazarse, me han dejado fuera con sentimiento mío. También se está formando hoy el batallón de señoras, de que es coronela doña Lucía Fitz-Gerard, ¿la conoces? En verdad te digo, amigo Andrés, que en medio de la pena que causa el considerar los desastres que nos amenazan, se alegra uno al ver los belicosos preparativos que tanto enaltecen al vecindario de esta ciudad. Mientras esto decíamos, expresándonos uno y otro con bastante exaltación, Josefina fijaba en nosotros sus ojos sorprendida y aterrada, y atendía a nuestros gestos, dando a conocer que los comprendía tan bien como la misma palabra. Advirtiolo su padre y volviéndose a ella, la tranquilizó (p.1137) con ademanes y sonrisas cariñosas, diciéndome: -La pobrecita ha comprendido al instante que estamos hablando de la guerra. Esto le causa un terror extraordinario. La enferma tenía delante de sí en una mesilla de pino un gran pliego de papel con pluma y tintero. La escritura servía a padre e hija de medio de comunicación. Nomdedeu, tomando la pluma escribió: -Hija mía, no tengas miedo. Hablábamos de las bandadas de palomas que vio ayer Andresillo en Pedret. Dice que mató todas las que quiso y que te traerá un par esta tarde. No, no temas, hija mía, no volverá a haber más sitios en Gerona. Si se ha concluido la guerra. Pues qué, ¿no lo sabías? Esas noticias ha traído el Sr. Andresillo. Verdad que se me había olvidado decírtelo. Estamos en paz. Veremos si mañana puedes salir a dar un paseo por Mercadal. La semana que entra iremos a Castellà. Dice nostramo Mansió que están los rosales tan cargados de rosas.. ¿Pues y los cerezos? Este año habrá tanta cereza, que no sabremos qué hacer de ella. He mandado que pongan dos colmenas más, y parece que dentro de un mes la vaca tendrá su cría. A la gallina pintada se le ha puesto una buena echadura con seis o siete huevos de pata. Dentro de diez días los sacará a todos, y dará gusto ver a esa familia. Luego que esto escribió, volviose a mí el Sr. D. Pablo, y procurando disimular su aflicción, me dijo: -De este modo la voy engañando, para arrancar su ánimo a la tristeza. Si ella supiera que mi casa de campo con todas las plantas y los animalitos que allí tenía no existe ya.. Los franceses no han dejado piedra sobre piedra. ¡Pobre de mí! Rodeado de desastres, amenazado como todos los gerundenses de los horrores de la guerra, del hambre y de la miseria, tengo que fingir junto a esta niña infeliz un bienestar y una paz que está muy lejos de nosotros, y he de ocultar la amargura de mi corazón destrozado, mintiendo como un histrión. Pero así ha de ser. Tengo la convicción de que si mi hija llegase a conocer la situación en que nos encontramos y tuviese conocimiento del bombardeo y (p.1138) de las escaseces que nos amagan, su muerte sería inmediata; y quiero prolongarle la vida todo el tiempo que me sea posible, porque confío en que si algún día Dios y San Narciso resuelven poner fin a las desgracias de esta ciudad, podré salir de Gerona y llevarla a disfrutar la vida del campo, única medicina que la aliviará. Josefina al concluir de leer el papel, movió tristemente la cabeza en señal de incredulidad, y luego dijo: -Pues marchémonos mañana a Castellà. -Este sí que es apuro -me dijo Nomdedeu, tomando la pluma para contestar a su hija-. ¿Qué le voy a decir? Pero sin detenerse escribió: -Hija mía, ten un poco de paciencia. El tiempo que parece bueno, está muy malo, y mañana ha de llover. Yo lo conozco por lo que dicen mis libros. Además tengo que hacer en el hospital durante algunos días. Entonces la enferma, que sin duda se fatigaba hablando o no tenía gusto en pronunciar palabras que no oía, tomó también la pluma, y con rapidez nerviosa trazó lo siguiente: -Andrés estaba hablando de batallas. -No, no, corazón mío -repuso el padre, acentuando su negativa con risas y ademanes festivos. -¡No, no, señorita Josefina! -exclamé yo a gritos, pues es costumbre instintiva alzar la voz delante de los sordos, aun sabiendo que estos no pueden oír. -Precisamente -escribió D. Pablo- ahora me estaba diciendo que le van a dar licencia, porque ya no se necesitan soldados. Hija mía, esta tarde vendrán aquí algunos amigos para que bailen la sardana y te distraigan un rato. ¿Por qué no sigues tu lectura? Y luego puso en manos de su hija un tomo, que era la primera parte del Quijote, el cual abrió ella por donde lo tenía marcado, comenzando a leer tranquilamente.
Ep-7-III - Nomdedeu llevándome junto a la ventana, me dijo: -La idea de la guerra y del bombardeo le causa mucho horror. Es natural que así sea, puesto que de una fuerte y dolorosa impresión de miedo proviene su desorden nervioso y la pasión de ánimo que la tiene en tan lamentable estado. En el segundo sitio, amigo Andrés, puedo decir que perdí a mi querida niña, (p.1139) único consuelo mío en la tierra. Ya sabes que llego aquí el bárbaro Duhesme a mediados de Julio del año pasado, cuando dijo aquellas arrogantes palabras: El 24 llego, el 25 la ataco, la tomo el 26 y el 27 la arraso. Hombre que tales bravatas decía, igualándose a César, era forzosamente un necio. Llegó en efecto, y atacó, pero no pudo tomar ni arrasar cosa alguna, como no fuese su propia soberbia, que quedó por tierra ante esos muros. Tenía 9.000 hombres, y aquí dentro apenas pasaban de 2.000, con los paisanos que se habían armado a toda prisa. Duhesme puso cerco a la plaza, y abiertas trincheras entre Monjuich y los fuertes del Este y Mercadal, el 13 empezó a bombardearnos sin piedad. El 16 intentaron asaltar el Monjuich, pero sí.. para ellos estaba. El regimiento de Ultonia lo defendía.. Pero voy a mi objeto. Como te iba diciendo, mi pobre niña perdió el sosiego, y su espanto la tenía en vela de día y de noche, cuyo estado de excitación, junto con la resistencia a tomar alimento, la puso a punto de morir. Figúrate mi pena y la de mi sobrino. Porque he de advertirte que yo tenía un sobrino llamado Anselmo Quixols, hijo de mi hermana doña Mercedes, residente en La-Bisbal. »No sé si sabrás que mi hermana y yo teníamos concertado casar a Anselmo con Josefina, enlace que era muy agradable a entrambos muchachos, porque desde algunos meses antes habían gastado algunas manos de papel en escribirse cartas, y díchose mil amorosas palabras en honesto lenguaje. Entonces vivíamos en la calle de la Neu, muy cerca de la plaza. El día 15 habíamos bajado al portal, donde nos creíamos más seguros del bombardeo, y estábamos comiendo en compañía de Anselmo, que por breve rato dejó el servicio para venir a informarse de nuestra situación. ¡Ay, amigo Andrés! ¡Qué día, qué momento! Una bomba penetró por el techo, atravesó el piso alto, y horadando las tablas cayó en el bajo, donde al estallar con horrible estruendo causó espantosos estragos. Anselmo quedó muerto en el acto atravesado el pecho por un casco, mi fámulo fue mortalmente (p.1140) herido, y la señora Sumta también aunque sin gravedad. Yo recibí un golpe, y sólo mi hija quedó aparentemente ilesa; pero ¡qué trastorno en su organismo!, ¡qué desquiciamiento, qué horrible perturbación en su pobre alma! La horrenda explosión, el súbito peligro, la muerte de su primo y futuro esposo, a quien recogimos del suelo en el momento de expirar, el riesgo que corríamos con el incendio de la casa hirieron con golpe tan rudo su naturaleza endeble y resentida, que desde entonces mi hija, aquella muchacha amable, graciosa y discreta dejó de existir, y en su lugar dejome el cielo esta desvalida y lastimosa criatura, cuyos padecimientos más me duelen a mí que a ella propia; esta vida que se me va aniquilando entre el dolor y la melancolía, sin que nada puede reanimarla. En el primer momento de la catástrofe, Josefina se quedó como si hubiera perdido la razón. A pesar de nuestros esfuerzos por sujetarla, salió corriendo a la calle, y sus lamentos dolorosos detenían al pasajero y contristaban al invencible soldado. Seguímosla, y llamándola sin cesar con las palabras más cariñosas, intentábamos llevarla a sitio seguro donde se tranquilizase, pero Josefina no nos oía. En su cerebro agitado por hirviente excitación reinaba el silencio absoluto. »Yo creí que no sobreviría a aquel trastorno; pero ¡ay, Andresillo!, vive gracias a mis cuidados, a mi vigilante y previsor estudio por salvarla. Ha permanecido en cama todo el invierno. Ya ves cómo está. ¿Vivirá? ¿Alargará sus tristes días hasta el verano? ¿Podrá salir de Gerona dentro de algunos meses, si resistimos el asedio y se van los franceses? ¿Qué suerte nos destina Dios en los días que vienen? ¡Pobre niñita mía! Inocente y débil, sufrirá los horrores del sitio tal vez mejor que nosotros los fuertes. No sé qué daría porque esta situación terminara pronto, permitiéndome salir una temporada de campo con mi pobre enferma Pero figúrate lo que dirían de mí, si ahora escapase de Gerona. No lo quiero pensar. Me llamarían cobarde y mal patriota. En verdad, muchacho, que no (p.1141) sé cuál de estos dos calificativos me lastima más. ¡Cobarde o mal patriota! No.. aquí, Sr. de Nomdedeu, señor médico del hospital, aquí, en Gerona, al pie del cañón, con la venda en una mano y el bisturí en la otra para cortar piernas, sacar balas, vendar llagas y recetar a calenturientos y apestados. Vengan granadas y bombas.. Puede que se muera mi hija; puede que la débil luz de esta lamparita se apague, no sólo por falta de aceite, sino por falta de oxígeno; morirá de terror, de consunción física, de hambre; pero ¡qué vamos a hacer! Si Dios lo dispone así.. Diciendo esto, D. Pablo, vuelto hacia los cristales del balcón, se limpiaba las lágrimas con un pañuelo encarnado tan grande como una bandera.
Ep-7-IV - Por la noche, después de hacer la guardia en la Torre Gironella, volví a mi alojamiento y me encontré con una novedad. Pichota había parido, sí, señores, y la familia de que orgullosamente me consideraba jefe, estaba aumentada con tres criaturas, a las cuales era preciso mantener. No sé si he hablado a ustedes de Pichota, hermosa gata parda con manchas, a quien los tres muchachos profesaban un amor sin límites. Perdóneseme el descuido por no haberla mencionado antes, y ahora sólo falta decir que al ver los tres retoños que nos había regalado, dije a Siseta: -Es preciso que dos de estos caballeritos sean arrojados al Oñá, porque no estamos para mantener a tanta gente. Luego que acaben de mamar, será preciso una ración diaria para alimentarlos, y dicen que vamos a andar escasos. -Déjalos, hombre -me respondió-. Dios dará para todos, y si no que se lo busquen ellos mismos. No faltará qué comer en Gerona. Los cerdos no se meterán con ustedes, y hasta me parece que no se atreverán a asomar las narices por acá. -¿Quia, qué se han de atrever? -exclamé yo con festiva ironía-. Nos tienen mucho miedo. Sube conmigo a la Torre Gironella, y verás los mosquitos que andan allá por Levante y Mediodía. Franceses en San-Medir, Montagut y Costa-Roja, franceses en San Miguel y en los Ángeles, y por variar, franceses en (p.1142) Montelibi, Pau y el llano de Salt. Ya verás, prenda mía. Aquí somos seis mil quinientos hombres que no bastan para empezar y tenemos unas murallitas.. ¡qué obras, válgame Dios! Da miedo verlas. Figúrate que cuando los lagartos corren por entre las piedras, estas se mueven y dan unas contra otras. No se puede hablar recio junto a ellas, porque con el estremecimiento del sonido, se caen de su sitio. En fin, yo no sé lo que va a pasar cuando abran batería los franceses y empiecen a bombardearnos. La señora Sumta, ama de gobierno de don Pablo Nomdedeu, que solía bajar a darnos conversación en sus ratos de ocio, metió su hocico en nuestro diálogo, diciendo: -Tiene razón Andrés. Las murallas de los fuertes parecen una almendrada hecha con azúcar sin punto. Mi difunto esposo, que de Dios goce, y que hizo la campaña del Rosellón contra la República de los cerdos, me decía varias veces: «Si no fuera porque está allí San Fernando de Figueras con sus murallas de diamante, y aquí los gerundenses con sus corazones de acero, todas las plazas del Ampurdán caerían en poder de cualquier atrevido que pasase la frontera». En fin, lo de menos será la piedra, con tal que haya hombres de pecho y un buen español que sepa mandarlos. ¿Y qué me dice usted, Sr. Andresillo, de ese encanijado gobernador que nos han puesto? -D. Mariano Álvarez de Castro. Este fue el que no quiso entregar a los franceses el Monjuich de Barcelona. Dicen que es hombre de mucho temple. -Pues no lo parece -repuso la señora Sumta-. Cuando nos mandaron acá este sujeto en febrero y le vi, al punto lo diputé por poca cosa. ¡Qué se puede esperar de quien no levanta tanto así del suelo! El otro día pasó junto a mí, y.. créalo usted, no me llega al hombro. El tal D. Mariano Álvarez de Castro me serviría de bastón. ¿Le ha visto usted la cara? Es amarillo como un pergamino viejo, y parece que no tiene sangre en las venas. ¡Qué hombres los del día! Quien conoció a aquel general Ricardos, que no cabía por esa puerta, con un pecho y una espalda.. Daba gusto ver su cara (p.1143) redondita y sus carrillos como clavellinas.. -Señora Sumta -dije riendo-, cuando los generales tengan un oficio semejante al de las amas de cría, entonces se podrá renegar de los que sean flacos y encanijados. -No, Andresillo, no digo eso -repuso la matrona-. Lo que digo es que sin presencia no se puede mandar. Considera tú: cuando una ve a doña Lucía Fitz-Gerard, coronela del batallón de Santa Bárbara; cuando una ve aquellas carnes, aquel andar imponente, dan ganas de correr tras ella a matar franceses. Pero dime, Siseta: ¿no estás tú afiliada en el batallón de Santa Bárbara? -Yo, señora Sumta, no sirvo para eso -repuso mi futura esposa-. Tengo miedo a los tiros. -Es que nosotras no hacemos fuego, hija mía, al menos mientras estén vivos los hombres. Llevar municiones, socorrer a los heridos, dar agua a los artilleros, y si se ofrece, ir aquí o allí con una orden del general; esta será nuestra ocupación. Ya les he dicho que cuenten conmigo para todo, para todo, aunque sea para llevar la bandera del batallón. De veras te digo, Andresillo, que es gran lástima no tener mejores murallas y un general menos amarillo y con algunos dedos más de talla. Yo me reía de las cosas de la señora Sumta, mujer tan amable como entrometida, y lejos de enojarme sus barrabasadas, nos causaban sumo gusto a Siseta y a mí, mayormente al ver que en sus visitas, el ama de gobierno de D. Pablo Nomdedeu no bajaba nunca sin traer algún condumio para los huérfanos. A eso de las nueve se despidió para regresar a su alojamiento, y entonces nos dijo: -Ya la señorita ha de estar acostada. El señor acaba de entrar, y ahora estará escribiendo su Diario de todos los días, uno al modo de libro de coro, donde va apuntando lo que le pasa. ¡Ay!, el amo confía que la niña se curará, y yo, sin ser médico, digo y aseguro que si alarga hasta que caigan las hojas, será mucho alargar.. Ahora estamos empeñados en hacerle creer que la semana que viene iremos a Castellà. Sí, ¡buena temporada de campo nos espera! Bombas y más bombas. La niña no se ha de (p.1144) enterar de nada, y el amo dice que aunque arda la ciudad toda y caigan a pedazos todas las casas, Josefina no lo ha de conocer. Pues digo, si los cerdos aprietan el cerco como se dice, y escasean los víveres.. Pero el amo tampoco quiere que la niña comprenda que escasean las vituallas. Si tenemos hambre, capaz es mi señor D. Pablo de cortarse un brazo y aderezar un guisote con él, haciendo creer a la enferma que tenemos aquel día pierna de carnero. Bueno va, bueno va. Adiós, Siseta, adiós, Andrés. Cuando nos quedamos solos dije a mi futura, mirando a los gatillos: -Sálvense los tres infantes de España. Si hay hambre en Gerona la carne de gato dicen que no es mala. ¡Ay, Siseta de mi corazón! ¡Cuándo nos veremos fuera de estas murallas! ¡Cuándo se acabará esta maldita guerra! ¡Cuándo estaremos tú y yo con los muchachos, Pichota y sus niños, camino de la Almunia de Doña Godina! ¿Estará de Dios que no nos sentaremos a la sombra de mis olivos mirando a las ramas para ver cómo va cuajando la aceituna? Hablando de este modo me engolfaba en tristes presagios; pero Siseta, con sus observaciones impregnadas de sentimiento cristiano, daba cierta serenidad celeste a mi espíritu.
Ep-7-V - El 13 de Junio, si no estoy trascordado, rompieron los franceses el fuego contra la plaza, después de intimar la rendición por medio de un parlamentario. Yo estaba en la Torre de San Narciso, junto al barranco de Galligans, y oí la contestación de D. Mariano, el cual dijo que recibiría a metrallazos a todo francés que en adelante volviese con embajadas. Estuvieron arrojando bombas hasta el día 25, y quisieron asaltar las torres de San Luis y San Narciso, que destrozaron completamente, obligándonos a abandonarlas el 19. También se apoderaron del barrio de Pedret, que está sobre la carretera de Francia, y entonces dispuso el gobernador una salida para impedir que levantasen allí baterías. Pero exceptuando la salida y la defensa de aquellas dos torres no hubo hechos de armas de gran importancia hasta principios de Julio, (p.1145) cuando los dos ejércitos principiaron a disputarse rabiosamente la posesión de Monjuich. Los franceses confiaban en que con este castillo tendrían todo. ¿Creerán ustedes que sólo había dentro del recinto 900 hombres, que mandaba D. Guillermo Nash? Los imperiales habían levantado varias baterías, entre ellas una con veinte piezas de gran calibre, y sin cesar arrojaban bombas a los del castillo, que rechazaron los asaltos con obuses cargados con balas de fusil. Por cuatro veces se echaron los cerdos encima, hasta que en la última dijeron «ya no más» y retiraron, dejando sobre aquellas peñas la bicoca de dos mil hombres entre muertos y heridos. No puedo apropiarme ni una parte mínima de la gloria de esta defensa porque la estuve presenciando tranquilamente desde la torre Gironella.. En todo el mes de Julio siguieron los franceses haciendo obras para aproximarse a la plaza, y viendo que no la podían tomar a viva fuerza, ponían su empeño en impedir que nos entraran víveres, de cuyo plan comenzaron a resentirse los ya alarmados estómagos. En casa de Siseta, sin reinar la abundancia, no se pasaba mal, y con lo que yo les llevaba, unido a los frecuentes regalos del señor D. Pablo Nomdedeu, iban tirando los habitantes todos de la cerrajería. Verdad que yo me quedaba los más de los días mirando al cielo para darles a ellos lo mío; pero el militar con un bocado aquí y otro allí se mantiene, sostenido también por el espíritu, que toma su sustancia no sé de dónde. Yo tenía un placer inmenso, al retirarme a descansar unas cuantas horas o simplemente unos cuantos minutos nada más, en ver cómo trabajaba Siseta en su casa, arreglando por puro instinto y nativo genio doméstico, aquello que no tenía arreglo posible. Los platos rotos eran objeto de una escrupulosa y diaria revisión, y la vajilla más perfecta no habría sido puesta con mejor orden ni con tan brillante aparato. En las alacenas donde no había nada que comer, mil chirimbolos de loza y lata, que fueron en sus buenos tiempos bandejas, escudillas, soperas y jarros, aguardaban los manjares a (p.1146) que los destinó el artífice, y los muebles desvencijados que apenas servían para arder en una hoguera de invierno, adquirieron inusitado lustre con el tormento de los diarios lavatorios y friegas a que la diligente muchacha los sujetaba. -Mira, prenda mía -le decía yo- se me figura que no vendrá ninguna visita. ¿A qué te rompes las manos contra esa caoba carcomida y ese pino apolillado que no sirve ya para nada? Tampoco viene al caso la deslumbradora blancura de esas cortinas desgarradas, y de esos manteles, sobre los cuales, por desgracia, no chorreará la grasa de ningún pavo asado. Yo me reía, y hasta aparentaba burlarme de ella; pero entretanto una secreta satisfacción ensanchaba mi pecho al considerar las eminentes cualidades de la que había elegido para compañera de mi existencia. Un día, después de hablar de estas cosas, subí a visitar al Sr. Nomdedeu y encontrele sumamente inquieto al lado de su hija, que seguía leyendo el Quijote. -Andrés -me dijo dulcificando su fisonomía para disimular con los ojos lo que expresaban las palabras- principian a faltar víveres de un modo alarmante, y los franceses no dejan entrar en la plaza ni una libra de habichuelas. Yo estoy decidido a comprar todo lo que haya, a cualquier precio, para que mi hija no carezca de nada; pero si llegan a faltar los alimentos en absoluto ¿qué haré?, he reunido bastantes aves; pero dentro de un par de semanas se me concluirán. Las pobres están tan flacas que da lástima verlas. Amigo, ya sabes que desde hoy empezamos a comer carne de caballo. ¡Bonito porvenir! Álvarez dice que no se rendirá, y ha puesto un bando amenazando con la muerte al que hable de capitulación. Yo tampoco quiero que nos rindamos.. de ninguna manera; pero ¿y mi hija? ¿Cómo es posible que su naturaleza resista los apuros de un bloqueo riguroso? ¿Cómo puede vivir sin alimento sano y nutritivo? La enferma arrojó el libro sobre la mesa, y al ruido del golpe volviose el padre, en cuya fisonomía vi mudarse con la mayor presteza la expresión dolorosa en afectada alegría. En aquel (p.1147) momento trajo la señora Sumta la comida de la señorita, y esta, como viese un pan negro y duro, lo apartó de sí con ademán desagradable. El padre hizo esfuerzos por reírse, y al punto escribió lo siguiente: -¡Qué tonta eres! Este pan no es peor que el de los demás días, sino mucho mejor. Es negro porque he mandado al panadero que lo amasase con una medicina que le envié y que te hará muchísimo provecho. Mientras ella leía, él trinchaba un medio pollo, mejor dicho un medio esqueleto de pollo, sobre cuya descarnada osamenta se estiraba un pellejo amarillo. -No sé cómo la convenceré de que tiene delante un bocado apetitoso -me dijo con dolor profundo, pero cuidando de conservar la sonrisa en los labios-. ¡Dios mío, no me desampares! La señora Sumta que estaba detrás del sillón de la enferma, dijo a su amo: -Señor, yo no quería decirlo; pero ello es preciso: de las cinco gallinas que quedaban se han muerto tres, y dos están enfermas. -¿Es posible? ¡La Santa Virgen nos ayude! -exclamó el doctor, chupando los huesos del pollo para animar a su hija a que imitara tan meritoria abnegación-. ¡Con que se han muerto! Ya lo esperaba. Dicen que todas las aves del pueblo se están muriendo. ¿Ha ido usted a la plaza de las Coles a ver si hay alguna gallina fresca y gorda? -No hay más que alambres, y algunos lechuzos que dan asco. -¡Dios me tenga de su mano! ¿Qué vamos a hacer? Y diciendo esto chupaba y rechupaba un hueso, saboreándolo luego con visajes de satisfacción, para ponderar de este modo a los ojos de la enferma la excelencia de aquella vianda. Pero Josefina, después de probar el seco animal, apartó el plato de sí con repugnancia. D. Pablo, sin detenerse a escribir, porque en su azoramiento y ansiedad faltábale la paciencia para recurrir a tan tardo medio, exclamó a gritos: -¿Qué, no lo quieres? Pues está exquisito, delicioso. Algo flaco; pero ahora se usan los pollos flacos. Así lo prescribe la higiene, y los buenos cocineros jamás te ponen en el puchero un ave medianamente entrada en carnes. Pero Josefina no oía, como era de (p.1148) esperar, y cerrando los ojos con desaliento, pareció más dispuesta a dormir que a comer. En tanto D. Pablo levantábase, y paseando por el cuarto, cruzadas las manos y con expresión de terror en los ojos, no se cuidaba de disimular su desesperación. -Andrés -me dijo- es preciso que me ayudes a buscar algo que dar a mi hija. Gallinas, patos, palomas; ¿se han concluido ya las aves de corral en Gerona? -Todo se ha concluido -afirmó la señora Sumta con oficiosidad-. Esta mañana, cuando fui a la formación (pues yo pertenezco a la segunda compañía del batallón de Santa Bárbara) todos los militares se quejaban de la escasez de carnes, y la coronela doña Luisa dijo que pronto sería preciso comer ratones. -¡Vaya usted al demonio con sus batallones y sus coronelas! ¡Comer animales inmundos! No, mi pobre enferma no carecerá de alimento sano. A ver: busquen por ahí.. pagaré una gallina a peso de oro. Luego volviéndose a mí, me dijo: -Cuentan que se espera un convoy de víveres en Gerona, traído por el general Blake. ¿Has oído tú algo de esto? A mí me lo dijo el mismo intendente D. Carlos Beramendi, aunque también se manifestó que dudaba pudiera llegar felizmente aquí. Parece que están en Olot con dos mil acémilas, y todo se ha combinado para que salga de aquí D. Blas de Fournás con alguna fuerza, con objeto de distraer a los franceses. ¡Oh!, si esto ocurriera pronto y nos llegara harina fresca y alguna carne.. Si no, dudo que nos escapemos de una horrorosa epidemia, porque los malos alimentos traen consigo mil dolencias que se agravan y se comunican con la insalubridad de un recinto estrecho y lleno de inmundicias. ¡Dios mío! Yo no quiero nada para mí; me contentaré con tomar en la calle un hueso crudo de los que se arrojan a los perros, y roerlo; pero que no falte a mi inocente y desgraciada enfermita un pedazo de pan de trigo y una hila de carne.. Andrés ¡si vieras qué malos ratos paso en el hospital! El gobernador ha mandado que los mejores víveres que quedan se destinen a los soldados y oficiales heridos, lo cual me (p.1149) parece muy bien dispuesto, porque ellos lo merecen todo. Esta mañana estaba repartiéndoles la comida. ¡Si vieras qué perniles, qué alones, qué pechugas había allí! Tuve intenciones de escurrir bonitamente una mano por entre los platos y pescar un muslo de gallina, para metérmelo con disimulo en el bolsillo de la chupa y traérselo a mi hija. Estuve luchando un largo rato entre el afán que me dominaba y mi conciencia, y al fin, elevando el pensamiento y diciendo: «Señor, perdóname lo que voy hacer», me decidí a cometer el hurto. Alargué los dedos temblorosos, toqué el plato, y al sentir el contacto de la carne, la conciencia me dio un fuerte grito y aparté la mano; pero se me representó el estado lastimoso de mi niña y volví a las andadas. Ya tenía entre las garras el muslo, cuando un oficial herido me vio. Al punto sentí que la sangre se me subía a la cara, y solté la presa diciendo: «Señor oficial, no queda duda que esa carne es excelente y que la pueden ustedes comer sin escrúpulo..». Me vine a casa con la conciencia tranquila pero con las manos vacías. Y hablando de otra cosa, amigo Andrés, dicen que al fin se tendrá que rendir Monjuich. -Así parece, Sr. D. Pablo. El gobernador ha ofrecido premios y grados a los seiscientos hombres de D. Guillermo Nash; pero con todo, parece que no pueden resistir más tiempo. Los que hay dentro del castillo ya no son hombres, pues ninguno ha quedado entero, y si se sostienen una semana, es preciso creer que San Narciso hace hoy un milagro más prodigioso que el de las moscas, ocurrido seiscientos años ha. -Esta mañana me dijeron que los del castillo no están ya para fiestas; pero que el gobernador Sr. Álvarez les manda resistir y más resistir, como si fueran de hierro los pobres hombres. Diez y nueve baterías han levantado los franceses contra aquella fortaleza.. con que figúrate el sin número de confites que habrán llovido sobre la gente de D. Guillermo Nash. -No necesito figurármelo, Sr. D. Pablo -repuso- que todo eso lo tengo más que visto, pues la torre Gironella donde yo (p.1150) estoy, no tiene ninguna varita de virtudes para impedir que las bombas caigan sobre ella. La enferma, levantándose de su asiento sin ser sentida, se acercó a nosotros. -Hija mía - le dijo Nomdedeu con sorpresa y cariño a pesar de la certeza de no ser oído- tu disposición a andar me prueba que estás mucho mejor. Unos cuantos paseos por las afueras de la ciudad te pondrían como nueva. ¡Ay, Andrés! -añadió dirigiéndose a mí-, daría diez años de mi vida por poder dar diez paseos con mi hija por el camino de Salt. Por espacio de muchos meses ha permanecido en una postración lastimosa, y ahora su naturaleza, sintiéndose renacer, busca el movimiento y quiere sacudir la mortal somnolencia. Josefina recorría la habitación con paso ligero, y sus mejillas se tiñeron de levísimo carmín. -¡Oh, qué alegría! - exclamó D. Pablo-. En todo un año no has andado tanto como en estos tres minutos. Mira, Andrés, cómo se le colorea el semblante. La sangre circula, los miembros adquieren soltura y brío, la apagada pupila brilla con nuevo ardor, y una respiración cadenciosa y enérgica sale del oprimido pecho. Diciendo esto mi amigo abrazó y besó a su hija con entusiasmo. -Aquí tienes, insigne Marijuán -prosiguió con júbilo- el resultado de mi sistema. Todos decían: «El Sr. D. Pablo Nomdedeu, que es tan buen médico, no curará a su hija». Y yo digo: «Sí, majaderos, el Sr. D. Pablo Nomdedeu, que es un mal médico, curará a su hija». Mi hija está mejor, mi hija está buena y con unos cuantos meses de temporada en Castellà.. La enferma, en efecto, manifestaba alguna animación. Al ver las demostraciones de su padre hizo y repitió enérgicos signos que no entendí. La falta de oído habíale quitado el hábito de expresarse por la palabra, adquiriendo con esto insensiblemente la rápida movilidad facial y manual de los sordo-mudos. Sólo en casos de apuro y cuando no era comprendida, recurría instintivamente a poner en acción la lengua, exprimiendo las ideas con cierta oscuridad y siempre con rapidez y escasa armonía. -Quiero vestirme - (p.1151) dijo agitando el guardapiés. -¿Para qué, hija mía? -¿No vamos esta tarde a Castellà? En el patio dos caballos.. los he visto. Nomdedeu hizo con la cabeza dolorosos signos negativos. -Esos caballos -me dijo- son el mío y el del vecino D. Marcos, que van al matadero. Josefina corrió a la ventana que daba al patio, volviendo luego a nuestro lado. -Quiero salir.. calle -exclamó con vehemencia. -Hija mía -dijo D. Pablo, asociando los signos a las palabras- ya sabes que ha llovido. Están los pisos llenos de fango. No te sentará bien. Toma mi brazo y demos unos cuantos paseos, de la sala a la cocina y de la cocina a la sala. Josefina mostró inmenso fastidio, y miró a la calle con desconsuelo. -Aquí tienes un gran compromiso -me dijo el doctor, tirándose de un mechón de cabellos. Josefina mirando afuera al través de los vidrios, exclamó: -¡Qué precioso.. el cielo! -Es verdad -repuso el padre-. Pero.. más vale que te sientes en tu silloncito. ¿Por qué no tomas alguna cosa? Mira.. uno de estos bollitos. Josefina corrió a su asiento y dejose caer en él, apartando con repugnancia las golosinas que le ofrecía su padre. Luego movió la cabeza a un lado y otro cerrando los ojos, y pronunciando estas palabras que caían sobre el corazón del padre como bombas en plaza sitiada. -¡Guerra en Gerona!.. ¡Otra vez guerra en Gerona! Nomdedeu, sin atreverse a contradecirla habíase sentado junto a ella, y con la cabeza entre las manos lloraba como un chiquillo.
Ep-7-VI - A los dos días de acontecido esto, se rindió Monjuich. ¿Qué podían hacer aquellos cuatrocientos hombres que habían sido novecientos y que caminaban a no ser ninguno? El 12 de Agosto la guarnición del castillo se componía de unos trescientos o cuatrocientos hombres, sin piernas los unos, sin brazos los otros. Monjuich era un montón de muertos, y lo más raro del caso es que Álvarez se empeñaba en que aún podía defenderse. Quería que todos fuesen como él, es decir, un hombre para atacar y una estatua para sufrir; mas no podía ser así, porque de la pasta de D. Mariano (p.1152) Dios había hecho a D. Mariano, y después dijo: «basta, ya no haremos más». Se rindió el castillo, después de clavar los pocos cañones que quedaron útiles, y por la tarde de aquel día vimos desfilar a la que había sido guarnición, marchando la mayor parte al hospital. Todos quisimos ver a Luciano Aució, el tambor que después de haber perdido una pierna entera y verdadera, siguió mucho tiempo señalando con redobles la salida de las bombas; pero Luciano Aució había muerto sacudiendo el parche mientras tuvo los brazos pegados al cuerpo. Daba lástima ver a aquella gente, y yo le dije a Siseta que había ido con los tres chicos a la plaza de San Pedro: -Como estos medios hombres estaré yo dentro de poco, Siseta, porque ya que acabaron con Monjuich, ahora la van a emprender con la torre Gironella, cuyas murallas no se han caído ya.. por punto. Los franceses no esperaron al día siguiente para combatir la ciudad, que se les venía a la mano, una vez que tenían la gran fortaleza, y desde la misma noche empezaron a levantar baterías por todos lados. Tanta prisa se dieron que en pocos días alcanzamos a ver muchísimas bocas de fuego por arriba, por abajo, por la montaña y por el llano, contra la muralla de San Cristóbal y puerta de Francia. El gobernador, que harto conocía la flaqueza de aquellas murallas de mazapán, dispuso que se ejecutaran obras como las de Zaragoza, cortaduras por todos lados, parapetos, zanjas y espaldones de tierra en los puntos más débiles. Las mujeres y los ancianos trabajaron en esto, y yo me llevé a la plaza de San Pedro a mis tres chiquillos, que metían mucho ruido sin hacer nada. Por la noche regresaron a su casa, completamente perdidos de suciedad y con los vestidos hechos jirones. -Aquí te traigo estos tres caballeros -dije a Siseta- para que los repases. Ella se enojó, viéndoles tan derrotados, y quiso pegarles; pero yo la contuve diciendo: -Si han ido al trabajo, fue porque así lo ordenó el gobernador D. Mariano Álvarez de Castro. Son los tres muy buenos patriotas, y si no es por ellos, creo que no se (p.1153) hubiera acabado hoy la cortadura que cierra el paso de la calle de la Barca. ¿Ves? Esa arroba de fango que tiene Gasparó en la cabeza, es porque quiso meter también sus manos en harina, y subiendo al parapeto, rodó después hasta el fondo de la zanja, de donde le sacaron con una azada. Siseta al oír esto, empezó a solfearle en cierta parte, encareciéndole con enérgicas palabras la conveniencia de que no tomase parte en las obras de fortificación. -¿Ves este verdugón que tiene Manalet en el carrillo y en la sien derecha? -proseguí librando a Gasparó de las justicias de su hermana-. Pues fue porque se acercó demasiado al gobernador cuando este iba con el intendente y toda la plana mayor a examinar las obras. Estas criaturitas, no contentas con verle de cerca, se metían en el corrillo, enredándose entre las piernas de D. Mariano en términos que no le dejaban andar. Un ayudante las espantaba; pero volvían como las moscas de San Narciso, hasta que al fin, cansados del juego, los oficiales empezaron a repartir bofetones, y uno de ellos le cayó en la cara a tu hermano Manalet. -¡Ay, qué chicos estos! -exclamó Siseta-. Todos desean que se acabe el sitio para poder vivir, y yo quiero que se acabe para que haya escuela. Entre tanto los tres patriotas volvían a todas partes sus ardientes ojos, en cuya pupila resplandecía el rayo de una vigorosa y exigente vida; miraban a su hermana y me miraban a mí, atendiendo principalmente a los movimientos de mis manos, por ver si me las llevaba a los bolsillos. -Siseta -dije- ¿no hay nada que comer? Mira que estos tres capitanes generales me quieren tragar con los ojos. Y verdaderamente, cómo han de servir a la patria, si no se les pone algún peso en el cuerpo. -No hay nada -dijo la muchacha suspirando tristemente-. Se ha concluido lo que tú trajiste la semana pasada, y hace dos días que la señora Sumta no me da la más mínima hora, porque parece que arriba faltan también las provisiones. ¿Nos traes algo esta noche? Por única respuesta, fijé la vista en el suelo, y durante largo rato guardamos (p.1154) todos profundo silencio, sin atrevernos a mirarnos. Yo no llevaba nada. -Siseta -dije al fin-. La verdad, hoy no he traído cosa alguna. Sabes que no nos dan más que media ración, y yo había tomado adelantadas dos o tres diciendo que eran para un enfermo. Esta mañana me dio un compañero un pedazo de pan y.. ¿para qué negártelo?.. tenía tanta hambre que me lo comí. Felizmente para todos, bajó la señora Sumta trayendo algunos mendrugos de pan y otros restos de comida.
Ep-7-VII - Así pasaban muchos días, y a los males ocasionados por el sitio, se unió el rigor de la calorosa estación para hacernos más penosa la vida. Ocupados todos en la defensa, nadie se cuidaba de los inmundos albañales que se formaban en las calles, ni de los escombros, entre cuyas piedras yacían olvidados cadáveres de hombres y animales; ni por lo general, la creciente escasez de víveres preocupaba los ánimos más que en el momento presente. Todos los días se esperaba el anhelado socorro y el socorro no venía. Llegaban, sí, algunos hombres, que de noche y con grandes dificultades se escurrían dentro de la plaza; pero ningún convoy de vituallas apareció en todo el mes de agosto. ¡Qué mes, Santo Dios! Nuestra vida giraba sobre un eje cuyos dos polos eran batirse y no comer. En las murallas era preciso estar constantemente haciendo fuego, porque siendo escasa la guarnición, no había lugar a relevos, además de que el gobernador, como enemigo del descanso, no nos dejaba descabezar un mal sueño. Allí no dormían sino los muertos. Este continuado trabajo hizo que durante aquel mes aciago estuviese hasta ocho días sin ver a mis queridos niños y a Siseta, los cuales me juzgaron muerto. Cuando al fin los vi, casi les fue difícil reconocerme en el primer instante; tal era mi extenuación y decaimiento a causa de las grandes vigilias, del hambre y el continuo bregar. -Siseta -le dije abrazándola- todavía estoy vivo aunque no lo parezca. Cuando recuerdo el enorme número de compañeros míos que han caído para no volverse a (p.1155) levantar, me parece que mi pobre cuerpo está también entre los suyos, y que esto que va conmigo es una fantasma que dará miedo a la gente. ¿Cómo va por aquí de alimentos? -Con el dinero que me quedaba de lo que tú me diste hemos comprado alguna carne de caballo. De arriba nos envían algo, porque la señorita enferma no quiere comer de estos platos que ahora se usan. El Sr. Nomdedeu parará en loco, según yo veo, y ayer estuvo aquí todo el día rellenando de paja dos pieles de gallina, con lo cual hace creer a su hija que ha recibido aves frescas de la plaza. Después le da carne de caballo, y echándole discursos escritos le hace comer unas tajaditas. La señora Sumta salió ayer con su fusil y volvió diciendo que había matado no sé cuántos franceses. Los tres chicos no me han dejado respirar en estos ocho días. ¿Querrás creer que ayer se subieron al tejado de la catedral, donde están los dos cañones que mandó poner el gobernador? Yo no sé por dónde subieron, mas creo que fue por los techos del claustro. Lo que no creerás es que Manalet vino ayer muy orgulloso porque le había rozado una bala el brazo derecho, haciéndole una regular herida, por lo cual traía un papel pegado con saliva encima de la rozadura. Badoret cojea de un pie. Yo quiero detener al pequeño; pero siempre se escapa, marchándose con sus hermanos, y ayer trajo un pedazo de bomba como media taza, llena de granos de arroz que recogió en medio del arroyo.. Y tú ¿qué has oído? ¿Es cierto que vienen socorros por la parte de Olot? El señor Nomdedeu no piensa más que en esto, y por las noches cuando siente algún ruido en las calles, se levanta y asomándose por el ventanillo del patio, dice: «Vecinita, esa gente que pasa me parece que ha hablado de socorro». -Lo que yo te puedo decir, Siseta, es que esta noche a la madrugada sale alguna tropa de aquí por la ermita de los Ángeles, y se dice que va a entretener a los franceses por un lado mientras el convoy entra por otro. -Dios quiera que salga bien. Esto decíamos, cuanto se sintió fuerte ruido de voces en la calle. Abrí al (p.1156) punto la puerta, y no tardé en encontrar algunos compañeros, que alojados en las casas inmediatas salieron al oír el estruendo de carreras y voces. La señora Sumta se presentó también a mi vista, fusil al hombro, y con rostro tan placentero cual si viniese de una fiesta. -Ya tenemos ahí los socorros -dijo la matrona, descansando en tierra el fusil con marcial abandono. Al punto apareció en la ventana alta el busto del Sr. Nomdedeu, quien sin poder contener su alegría gritaba: -¡Ya ha llegado el socorro! ¡Albricias, pueblo gerundense! Señora Sumta, suba usted a informarme de todo. ¿Pero ha entrado ya el convoy? Traiga usted inmediatamente todo lo que encuentre a cualquier precio que lo vendan. Un soldado, amigo y compañero mío, nos dijo: -Todavía no ha entrado el convoy en la plaza, ni sabemos cuándo ni por dónde entrará. -Lo cierto es que hacia el lado de Bruñolas se siente un vivo fuego, y es que por allí don Enrique O'Donnell se está batiendo con los franceses. -También se oye tiroteo por los Ángeles, donde dicen que está Llauder. El convoy entrará por el Mercadal, si no me engaño. -Señora Sumta -dijo D. Pablo desde la ventana- suba usted a acompañar a mi hija mientras yo voy a enterarme de lo que ocurre; pero deje usted fuera esos arreos militares y póngase el delantal y la escofieta. Entre tanto, encienda el fuego, ponga agua en los pucheros, que si usted va por los víveres yo mondaré luego las seis patatas que compré hoy y haré todo lo demás que sea preciso en la cocina. Estas conferencias no se prolongaron mucho tiempo, porque tocaron llamada y corrimos a la muralla, donde tuvimos la indecible satisfacción de oír el vivo fuego de los franceses, atacados de improviso a retaguardia por las tropas de O'Donnell y de Llauder. Para ayudar a los que venían a socorrernos se dispararon todas las piezas, se hizo un vivo fuego de fusilería desde todas las murallas, y por diversos puntos salimos a hostigar a los sitiadores, facilitando así la entrada del convoy. Por último, mientras hacia Bruñolas se empeñaba un recio combate en que los (p.1157) franceses llevaron la peor parte, por Salt penetraron rápidamente dos mil acémilas, custodiadas por cuatro mil hombres a las órdenes del general don Jaime García Conde. ¡Qué inmensa alegría! ¡Qué frenesí produjo en los habitantes de Gerona la llegada del socorro! Todo el pueblo salió a la calle al rayar el día para ver las mulas, y si hubieran sido seres inteligentes aquellos cuadrúpedos, no se les habría recibido con más cariñosas demostraciones, ni con tan generosa salva de aplausos y vítores. Al pasar por la calle de Cort-Real, ya entrado el día, encontré a Siseta, a los tres chicos y a D. Pablo Nomdedeu, y todos nos abrazamos, comunicándonos nuestro gozo más con gestos que con palabras. -Gerona se ha salvado -decíamos. -Ahora que aprieten los cerdos el cerco -exclamó D. Pablo-. ¡Dos mil acémilas! Tenemos víveres para un año. -Bien decía yo -añadió Siseta- que por alguna parte había de venir. Aquel día y los siguientes reinó en la plaza gran satisfacción, y hasta nos hostilizaron flojamente los franceses, porque detuviéronse algunos días en ocupar las posiciones que habían abandonado a causa de la jugarreta que se les hizo. En cuanto a los auxilios, pasada la impresión del primer instante, todos caímos en la cuenta de que los mismos que nos los habían traído nos los quitarían, porque reforzada la guarnición con los cuatro mil hombres de Conde, estos nos ayudaban a consumir los víveres. ¡Funesto dilema de todas las plazas sitiadas! Pocas bocas para comer dan pocos brazos para pelear. Muchos brazos traen muchas bocas, de modo que si somos pocos nos vence el arte enemigo; si muchos nos vence el hambre. Sobre esta contradicción se funda verdaderamente todo el arte militar de los sitios. Así lo decía yo a D. Pablo pocos días después de la llegada de las dos mil acémilas, anunciándole que bien pronto nos quedaríamos otra vez en ayunas, a lo cual me contestó: -Yo he hecho grandes provisiones. Pero si el sitio se prolonga mucho, también se me concluirán. Ahora, según dicen, Álvarez tiene proyectado hacer un gran (p.1158) esfuerzo para quitarnos de encima esa canalla. Ya sabes que a fuerza de cañonazos han abierto brecha en Santa Lucía, en Alemanes y en San Cristóbal. De un día a otro intentarán el asalto. ¿Se podrá resistir, Andrés? Yo iré a la brecha como todos; pero ¿qué podremos hacer nosotros, infelices paisanos, contra las embestidas de tan fiero enemigo? Desde aquellos días hasta el 15 de Septiembre en que D. Mariano dispuso una salida atrevidísima, no se habló más que de los preparativos para el gran esfuerzo, y los frailes, las mujeres y hasta los chicos hablaban de las hazañas que pensaban realizar, peligros que soportar y dificultades que acometer, con tan febril inquietud y novelería, como si aguardasen una fiesta. Yo le dije a Siseta que era preciso se dispusiera a tomar parte con las de su sexo en la gran función; pero ella, que siempre se negó a calzar el coturno de las acciones heroicas, me contestó con risas y bromas que no servía para el caso, pero que si por fuerza la llevaban a la batalla, haría la prueba de matar algún francés con las tenazas de la herrería. La salida del 15 no dio otro resultado que envalentonar a los señores cerdos, los cuales, deseosos de poner fin al cerco, tomando la ciudad, se nos echaron encima el día 19, asaltando la muralla por distintos puntos con cuatro fuertes columnas de a dos mil hombres. En Gerona fueron tan grandes aquella mañana el entusiasmo y la ansiedad, que hasta se olvidó aquella gente de que nuevamente nos faltaba un pedazo de pan que llevar a la boca. Los soldados conservaban su actitud serena e imperturbable; pero en los paisanos se advertía una alucinación, una al modo de embriaguez, que no era natural antes del triunfo. Los frailes, echándose en grupos fuera de sus conventos, iban a pedir que se les señalase el puesto de mayor peligro: los señores graves de la ciudad, entre los cuales los había que databan del segundo tercio del siglo anterior, también discurrían de aquí para allí con sus escopetas de caza, y revelaban en sus animados semblantes la presuntuosa creencia de (p.1159) que ellos lo iban a hacer todo. Menos bulliciosos y más razonables que estos, los individuos de la Cruzada gerundense hacían todo lo posible para imitar en su reposada ecuanimidad a la tropa. Las damas del batallón de Santa Bárbara no se daban punto de reposo, anhelando probar con sus incansables idas y venidas que eran el alma de la defensa; los chicos gritaban mucho, creyendo que de este modo se parecían a los hombres, y los viejos, muy viejos, que fueran eliminados de la defensa por el gobernador, movían la cabeza con incrédula y desdeñosa expresión, dando a entender que nada podría hacerse sin ellos. Las monjas abrían de par en par las puertas de sus conventos, rompiendo a un tiempo rejas y votos, y disponían para recoger a los heridos sus virginales celdas, jamás holladas por planta de varón, y algunas salían en falanges a la calle, presentándose al gobernador para ofrecerle sus servicios, una vez que el interés nacional había alterado pasajeramente los rigores del santo instituto. Dentro de las iglesias ardían mil velas delante de mil santos; pero no había oficios de ninguna clase, porque los sacerdotes, lo mismo que los sacristanes, estaban en la muralla. Toda la vida, en suma, desde lo religioso hasta lo doméstico, estaba alterada, y la ciudad no era la ciudad de otros días. Ninguna cocina humeaba, ningún molino molía, ningún taller funcionaba, y la interrupción de lo ordinario era completa en toda la línea social, desde lo más alto a lo más bajo. Lo extraño era que no hubiera confusión en aquel desbordamiento espontáneo del civismo gerundense; pues tan grande como este era la subordinación. Verdad es que D. Mariano sabía establecerla rigurosísima, y no permitía desmanes ni atropellos de ninguna clase, siendo inexorablemente enérgico contra todo aquel que sacara el pie fuera del puesto que se le había marcado. Las campanas tocaban a somatén, ocupándose en el servicio los chicos del pueblo, por ausencia de los campaneros, y el cañón francés empezó desde muy temprano a ensordecer el aire. Los (p.1160) tambores recorrían las calles, repicando su belicosa música, y los resplandores de los fuegos parabólicos comenzaron a cruzar el cielo. Todo estaba perfectamente organizado, y cada uno fue derecho a su sitio, no necesitando preguntar a nadie cuál era. Sin que sus habitantes salieran de ella, la ciudad quedó abandonada, quiero decir que ninguno se cuidaba de la casa que ardía, del techo desplomado, de los hogares a cada instante destruidos por el horrible bombardeo. Las madres llevaban consigo a los niños de pecho, dejándoles al abrigo de una tapia, o de un montón de escombros, mientras desempeñaban la comisión que el instituto de Santa Bárbara les encomendara. Menos aquellas en que había algún enfermo, todas las casas estaban desiertas, y muebles y colchones, trapos y calderos en revuelto hacinamiento obstruían las plazas del Aceite y del Vino.
Ep-7-VIII - Yo estaba en Santa Lucía, donde había mucha tropa y paisanos. Allí me encontré a D. Pablo Nomdedeu, que me dijo: -Andrés, mis funciones de médico y mi deber de patriota me obligan a apartarme hoy de mi hija. Mucho he sermoneado a la señora Sumta para que se quedara en casa: pero ese marimacho me amenazó con denunciarme al gobernador como patriota tibio si persistía en apartarla de la senda de gloria por la cual la llevan los acontecimientos. Mírala; ahí está entre aquellos artilleros, y será capaz de servir sola el cañón de a 12 si la dejan. La buena Siseta se ha quedado acompañando a mi querida enfermita. Ya le he dicho que le haré un buen regalo si consigue entretener a la niña, de modo que esta no comprenda nada de lo que pasa. Es cosa difícil; pero como no oye ni los cañonazos.. He clavado todas las ventanas para que no se asome, y dejando cerrada a la luz solar la habitación, he encendido el candil, haciéndole creer que hay una fuerte tempestad de truenos y rayos. Como no caiga una bomba allí mismo o en las inmediaciones, es probable que nada comprenda, engañada por el profundo y saludable silencio en que yace su cerebro. ¡Dios (p.1161) mío, aparta de mí las tribulaciones y libra mi hogar del fuego enemigo! ¡Si me has de quitar el único consuelo que tengo en la tierra, dale una muerte tranquila y no conturbes su último instante con la cruel agonía del espanto! ¡Si ha de ir al cielo, que vaya sin conocer el infierno, y que este ángel no vea demonios junto a sí en el momento de su muerte! La señora Sumta, empujando a un lado y otro con sus membrudos brazos, llegó a nosotros, hablando así a su amo: -¿Qué hace ahí, señor mío, como un dominguillo? ¿Pero no tiene fusil, ni escopeta, ni pistolas, ni sable? Ya.. no lleva más que la herramienta para cortar brazos y piernas al que lo haya menester. -Médico soy, y no soldado -repuso don Pablo-: mis arreos son las vendas y el ungüento, mis armas el bisturí, y mi única gloria la de dejar cojos a los que debían ser cadáveres. Pero si preciso fuere, venga un fusil, que curaré españoles con una mano y mataré franceses con la otra. Teníamos por jefe en Santa Lucía a uno de los hombres más bravos de esta guerra, un irlandés llamado D. Rodulfo Marshall, que había venido a España sin que nadie lo trajese y sólo por gusto de defender nuestra santa causa. Aventurero o no, Marshall por lo valiente debía haber sido español. Era rozagante, corpulento, de semblante festivo y mirar encendido, algo semejante al de D. Juan Coupigny que vimos en Bailén. Hablaba mal nuestra lengua; pero aunque alguna de sus palabrotas nos causaban risa, decíalas con la suficiente claridad para ser entendidas, y nada importaba que destrozara el castellano con tal que destrozase también a los franceses, como lo hizo en varias ocasiones. Había que ver el empuje de aquellas columnas de cerdos, señores. No parecían sino lobos hambrientos, cuyo objeto no era vencernos, sino comernos. Se arrojaban ciegos sobre la brecha, y allí de nosotros para taparla. Dos veces entraron por ella dispuestos a echarnos de la cortina; pero Dios quiso que nosotros les echásemos a ellos. ¿Por qué? ¿De qué modo? Esto es lo que no sabré contestar a ustedes si me lo (p.1162) preguntan. Sólo sé que a nosotros no se nos importaba nada morir, y con esto tal vez está dicho todo. D. Mariano se presentó allí, y no crean ustedes que nos arengó hablándonos de la gloria y de la causa nacional, del rey y de la religión. Nada de eso. Púsose en primera línea, descargando sablazos contra los que intentaban subir, y al mismo tiempo nos decía: «Las tropas que están detrás tienen orden de hacer fuego contra las que están delante, si estas retroceden un solo paso». Su semblante ceñudo nos causaba más terror que todo el ejército enemigo. Como algún jefe le dijera que no se acercase tanto al peligro, respondió: «Ocúpese usted de cumplir su deber, y no se cuide tanto de mí. Yo estaré donde convenga». Marchose después a otro punto, donde creía hacer falta, y sin él nos aturdimos de nuevo. Aquel hombre traía consigo una luz milagrosa, que nos permitía ver mejor el sitio y medir nuestros movimientos y los de los franceses, para que estos no pudieran echársenos encima. Los soldados enemigos morían como moscas al pie de la brecha; pero de los nuestros caían también por docenas. Recuerdo que un compañero mío muy amado fue herido en el pecho y cayó junto a mí en uno de los momentos de mayor apuro, de más vivo fuego, de verdadera angustia y cuando un ligero esfuerzo de más o de menos por una parte u otra habría decidido si la muralla quedaba por Francia o por España. El desgraciado muchacho quiso levantarse, pero inútilmente. Dos monjas se acercaron, despreciando el fuego, y lo apartaron de allí. Pero la pérdida más sensible fue la del jefe don Rodulfo Marshall. Tengo la gloria de haberle recogido en mis brazos en el mismo boquete de la brecha, y no se me olvidará lo que dijo poco después, tendido en la calle en el momento de expirar: «Muero contento por causa tan justa y por nación tan brava». Cuando esto pasó, ya los franceses indicaban haber desistido de entrar en la ciudad por aquella parte. Y hacían bien, porque estábamos cada vez más decididos a no dejarles entrar. Si a tiros no (p.1163) lográbamos contenerlos, los acuchillábamos sin compasión; y como esto no bastara, aún teníamos a la mano las mismas piedras de la muralla para arrojarlas sobre sus cabezas. Esta era un arma que manejaban las mujeres con mucho denuedo, y desde los contornos llovían guijarros de medio quintal sobre los sitiadores. Cuando la función en la muralla de Santa Lucía terminaba, no nos veíamos unos a otros, porque el polvo y el humo formaban densa atmósfera en toda la ciudad y sus alrededores, y el ruido que producían las doscientas piezas de los franceses vomitando fuego por diversos puntos, a ningún ruido de máquinas de la tierra ni de tempestades del cielo era comparable. La muralla estaba llena de muertos que pisábamos inhumanamente al ir de un lado para otro, y entre ellos algunas mujeres heroicas expiraban confundidas con los soldados y patriotas. La señora Sumta estaba ronca de tanto gritar, y D. Pablo Nomdedeu, que había arrojado muchas piedras, tenía los dedos magullados; pero no por esto dejaba de cuidar a los heridos, ayudándole muchas señoras, algunas monjas y dos o tres frailes, que no valían para cargar un arma. De pronto veo venir un chico que se me acerca haciendo cabriolas, saludándome desde lejos a gritos y esgrimiendo un palo en cuya punta flotaba el último jirón de su barretina. Era Manalet. -¿Dónde has estado? -le pregunté-. Corre a tu casa, entérate de si tu hermana ha tenido novedad, y dile que yo estoy sano y bueno. -Yo no voy ahora a casa. Me vuelvo a San Cristóbal. -¿Y qué tienes tú que hacer allí, en medio del fuego? -La barretina tiene tres balazos -me dijo con el mayor orgullo, mostrándome el gorro hecho trizas-. Cuando se quedó así la tenía puesta en la cabeza. No creas que estaba en el palo, Andrés. Después la he puesto aquí para que la gente la viera toda llena de agujeros. -¿Y tus hermanos? -Badoret ha estado en Alemanes, y ahora me dijo que él solo había matado no sé cuántos miles de franceses, tirándoles piedras. Yo estaba en San Cristóbal: un soldado me dijo que se le habían acabado las balas, y que le llevara (p.1164) huesos de guinda, y le llevé más de veinte, Andrés. -¿Y Gasparó? -Gasparó anda siempre con mi hermano Badoret. También estuvo en Alemanes, y aunque Siseta le quiso dejar encerrado en casa, él se escapó por la puerta de atrás. Ahora hemos estado juntos, buscando algo que comer en aquel montón de desperdicios que hay en la calle del Lobo; pero no encontramos nada. ¿Tienes algo, Andrés? -Algo, ¿qué es eso? ¿Pues acaso queda algo que comer en Gerona? Aquí no se come más que humo de pólvora. ¿Has visto al gobernador? -Ahora iba por ahí arriba. Parece como que va al Calvario. Nosotros bajábamos con otros chicos, y cuando le vimos, pusímonos en fila, gritando: «Viva Su Majestad el gobernador D. Mariano». ¡Pues querrás creer que no nos dijo tanto así! Ni siquiera nos miró. -¡Hombre, qué falta de cortesía! ¡No saludar a gente tan respetable! -Después Badoret se metió en las Capuchinas, porque estaba abierta la puerta. Andrés, ¿sabes que allí hay un soldado muerto que tiene un tronco de col en la mano? Si me das licencia se lo quitaré. -No se toca a los muertos, Manalet. Veremos si ahora que hemos destrozado a los franceses, nos dan alguna cosa. Infinidad de mujeres ocupábanse allí en retirar a los heridos, y también repartían a los sanos algunas raciones de pan negro y muy poco vino. Nosotros veíamos a los franceses, retirándose por el llano adelante, y no podíamos reprimir un sentimiento de ardiente orgullo al ver el resultado tan colosal con tan pequeños medios. Parecía realmente un milagro que tan pocos hombres contra tantos y tan aguerridos nos defendiéramos detrás de murallas cuyas piedras se arrancaban con las manos. Nosotros nos caíamos de hambre, ellos no carecían de nada; nosotros apenas podíamos manejar la artillería, ellos disparaban contra la plaza doscientas bocas de fuego. Pero ¡ay!, no tenían ellos un D. Mariano Álvarez que les ordenara morir con mandato ineludible, y cuya sola vista infundiera en el ánimo de la tropa un sentimiento singular que no sé cómo exprese, pues en él había (p.1165) además del valor y la abnegación, lo que puede llamarse miedo a la cobardía, recelo de aparecer cobarde a los ojos de aquel extraordinario carácter. Nosotros decíamos que el yunque y el martillo con que Dios forjó el corazón de D. Mariano no había servido después para hacer pieza alguna. Manalet se separó de mí, y al poco rato le vi aparecer con otros muchos chicos, todos descalzos, sucios, harapientos y tiznados, entre los cuales venía su hermano Badoret, trayendo a cuestas a Gasparó, cuyos brazos y piernas colgaban sobre los hombros y por la cintura de aquel. Todos venían muy contentos, y especialmente Badoret que repartía algunas guindas a sus compañeros. -Toma, Andrés -me dijo el chico dándome una guinda-. Ya tienes para todo el día. Toma esta otra y repártela entre tus compañeros, que tendrán un hambre.. ¿Sabes cómo las he ganado? Pues te contaré. Iba yo con Gasparó a cuestas por la calle del Lobo, y vi abierta la puerta del convento de Capuchinas, que siempre está cerrada. Gasparó me pedía pan con chillidos y más chillidos, y yo le pegaba de coscorrones para que callara, diciéndole que si no callaba, se lo contaría al señor gobernador. Pero cuando vi abierta la puerta del convento, dije: «aquí ha de haber algo», y me colé dentro. Metime en el patio, entré después en la iglesia, pasé al coro; luego a un corredor largo donde había muchos cuartos chicos, y no vi a nadie. Registré todo, por si caía cualquier cosa; pero no encontré sino algunos cabos de vela y dos o tres madejas de seda, que estuve chupando a ver si daban algún jugo. Ya me volvía a la calle, cuando sentí detrás de mí, pist, pist.. pues.. como llamándome. Miré y no vi nada. ¡Qué miedo, Andrés, qué miedo! Allá a lo último del corredor había una lámina grande, muy grande, donde estaba pintado el diablo con un gran rabo verde. Pensé que era el diablo quien me llamaba, y eché a correr. Pero ¡ay de mí!, que no podía encontrar la salida, y todo era dar vueltas y más vueltas en aquel maldito corredor; y a todas estas pist, pist.. Después oí que dijeron: - (p.1166) Muchacho, ven acá- y tanto miré por el techo y las paredes que alcancé a ver detrás de una reja una mano blanca, y una cara arrugada y petiseca. Ya no tuve miedo, y fui allá. La monjita me dijo: -Ven, no temas, tengo que hablarte-. Yo me acerqué a la reja y le dije: -Señora, perdóneme usía; yo creí que era usted el demonio. -Sería una pobre monja enferma que no pudo salir con las demás. -Eso mismo. La señora me dijo: -Muchacho, ¿cómo has entrado aquí? Dios te manda para que me hagas un gran servicio. La comunidad se ha marchado. Estoy enferma y baldada. Quisieron llevarme; pero se hizo tarde y aquí me dejaron. Tengo mucho miedo. ¿Se ha quemado ya toda la ciudad? ¿Han entrado los franceses? Ahora quedándome medio dormida soñé que todas las hermanas habían sido degolladas en el matadero, y que los franceses se las estaban comiendo. Muchacho, ¿te atreverás tú a ir ahora mismo al fuerte de Alemanes y dar esta esquela a mi sobrino don Alonso Carrillo, capitán del regimiento de Ultonia? Si lo haces, te daré este plato de guindas que ves aquí, y este medio pan..-. Aunque no me lo diera, lo habría hecho, encantimás.. Cogí la esquela, ella me dijo por dónde había de salir, y corrí a los Alemanes. Gasparó chillaba más; pero yo le dije: -Si no callas te metemos dentro de un cañón como si fueras bala, disparamos, y vas a parar rodando a donde están los franceses, que te pondrán a cocer en una cacerola para comerte-. Llegué a Alemanes. ¡Qué fuego! Lo de aquí no es nada. Las balas de cañón andaban por allí como cuando pasa una bandada de pájaros. ¿Crees que yo les tenía miedo? ¡Quia! Gasparó seguía llorando y chillando; pero yo le enseñaba las luces que despedían las bombas, le enseñaba las chispas de los fogonazos, y le decía: -¡Mira qué bonito! Ahora vamos nosotros a disparar también los cañones-. Un soldado me dio una manotada, echándome para afuera, y caí sobre un montón de muertos; pero me levanté y seguí palante. Entró el gobernador, y cogiendo una gran bandera negra que parece un paño de (p.1167) ánimas, la estuvo moviendo en el aire, y luego les dijo que al que no fuera valiente le mandaría ahorcar. ¿Qué tal? Yo me puse delante y grité: -Está muy bien hecho-. Unos soldados me mandaron salir, y las mujeres que curaban a los heridos se pusieron a insultarme, diciendo que por qué llevaba allí esta criatura.. ¡Qué fuego! Caían como moscas; uno ahora, otro en seguida.. Los franceses querían entrar, pero no los dejamos. -¿Tú también? -Sí; las mujeres y los paisanos echaban piedras por la muralla abajo sobre los marranos que querían subir; yo solté a Gasparó, poniéndolo encima de una caja donde estaba la pólvora y las balas de los cañones, y también empecé a echar piedras. ¡Qué piedras! Una eché que pesaba lo menos siete quintales, y cogió a un francés, partiéndolo por mitad. Aquello tenía que ver. Los franceses eran muchos, y nada más sino que querían subir. Vieras allí al gobernador, Andresillo. D. Mariano y yo nos echamos pa delante.. y nos pusimos a donde estaba más apurada la gente. Yo no sé lo que hice, pero yo hice algo, Andrés. El humo no me dejaba ver, ni el ruido me dejaba oír. ¡Qué tiros! En las mismas orejas, Andrés.. Está uno sordo. ¡Yo me puse a gritar llamándoles marranos, ladrones y diciendo que Napoleón era un acá y un allá! Puede que no me oyeran con el ruido; pero yo les puse de vuelta y media. Nada, Andrés, para no cansarte, allí estuve mientras no se retiraron. El gobernador me dijo que estaba satisfecho, no, a mí no me habló nada, se lo dijo a los demás. -¿Y la carta? -Busqué al Sr. Carrillo. Yo le conocía; lo encontré al fin cuando todo se acabó. Dile el papel, y me dio un recado para la señora monja. Luego acordándome de Gasparó, fui a recogerle donde le había dejado, pero no lo encontré. Todo se me volvía gritar: «¡Gasparó, Gasparó!» pero el niño no parecía. Por fin me lo veo debajo de una cureña, hecho un ovillo, con los puños dentro de la boca, mirando afuera por entre los palos de la rueda y con cada lagrimón.. Echémele a cuestas y corrí a las Capuchinas. Pero aquí viene lo (p.1168) bueno, y fue que como yo venía pensando en batallas, y con la cabeza llena de todo aquello que había visto, se me olvidó el recado que me dio el señor Carrillo para la monjita. Ella me reprendió, diciéndome que yo había roto la carta y que la quería engañar, por lo cual no pensaba darme el plato de guindas ni el pan ofrecidos. Se puso a gruñir y me llamó mal criado y bestia. Gasparó echaba sangre del dedo de un pie y la monjita le lió un trapo; pero las guindas.. nones. Por fin, amigo Andrés, todo se arregló porque vino el mismo Sr. Carrillo, con lo cual la señora me dio las guindas y el pan y eché a correr fuera del convento. -Lleva este chico a tu casa para que le cuide tu hermana -dije reparando que el pobre Gasparó sangraba aún del pie. -Después -me contestó-. He guardado algunas guindas para Siseta. -Muchachos -gritó Manalet que se había alejado con sus compañeros y volvía a la carrera- por la calle de Ciudadanos va el gobernador con mucha gente, muchas banderas; delante van las señoras cantando, y los frailes bailando, y el obispo riendo, y las monjas llorando. Vamos allá. Como se levanta y huye una bandada de pájaros, así corrieron y volaron aquellos muchachos, dejando libre de su infantil algazara la muralla de Santa Lucía. Yo no me moví de allí en todo el día, y las señoras nos repartieron raciones de pan y carne, ambos manjares de detestable sabor y olor; pero como no había otra cosa, fuerza era apechugar con ello, sin mostrar asco, ni repugnancia, ni desgana, para no enojar a D. Mariano. Al anochecer, y cuando marchaba de Santa Lucía al Condestable, encontré a D. Pablo Nomdedeu en la calle de la Zapatería, donde había varios heridos arrojados por el suelo. -Andrés -me dijo- todavía no he vuelto a mi casa. ¿Pasará algo? Creo que en la calle de Cort-Real no ha caído ninguna bomba. ¡Cuánto herido, Dios mío! La jornada ha sido gloriosa; pero nos ha costado cara. Ahora mismo estuvo aquí el gobernador visitando a esta pobre gente, y les dijo que la guarnición y los paisanos habían dejado atrás en el día de hoy a los más (p.1169) grandes héroes de la antigüedad. -¿Ha curado usted muchos heridos? -Muchísimos, y aún quedan bastantes. Mis compañeros y yo nos multiplicamos; pero no es posible hacer más. Yo quisiera tener cien manos para atender a todos. También yo estoy herido. Una bala me tocó el brazo izquierdo; pero no es cosa de cuidado. Me he liado un trapo y no he tenido tiempo para más.. ¿Qué habrá sido de mi pobre hija? -Pronto lo sabremos, Sr. D. Pablo. La noche llega. Hecha la primera cura de estos heridos, usted podrá ir un rato a su casa, y yo espero que me den licencia por una hora.
Ep-7-IX - Cuando fui a la casa, ya cerca de las diez, aún no había regresado D. Pablo. Dejé abajo el fusil, y subí sin tardanza, anhelando saber de Siseta y de la señorita, y a las dos me las encontré en la sala en actitud no muy tranquilizadora. Estaba Josefina recostada en su silla con muestras de decaimiento y postración; pero con los ojos abiertos, atentamente fijos en la puerta. De rodillas a su lado, Siseta le tomaba las manos y con ademanes y palabras tiernas, a pesar de no ser oídas, procuraba tranquilizarla. -Gracias a Dios que viene alguien de la casa -me dijo Siseta-. ¡Qué día hemos pasado! ¿Y el Sr. D. Pablo, y la señora Sumta, y mis tres hermanos? Respondile que a ninguno de los nuestros había pasado desgracia, y ella prosiguió: -La señorita quería salir a la calle, y he tenido que luchar con ella para detenerla. Todo lo comprende, y aunque no oye los cañonazos, se estremece toda y tiembla cuando resuena alguno, aunque sea muy lejano. Tan pronto lloraba, como caía en mis brazos desmayada llamando sin cesar a su padre. La pobrecita sabe muy bien que hay guerra en Gerona. Yo también he tenido un miedo.. Figúrate: aquí solas.. A cada instante me parecía que la casa se venía al suelo. Pero lo peor fue que se nos metieron aquí unos hombres. No me quiero acordar, Andrés. A eso de las dos, y cuando pareció que se acababan los tiros, entraron seis o siete patriotas, unos con uniforme, otros sin él y todos con fusiles. Cuando nos vieron, empezaron a reírse de (p.1170) nuestro susto, y luego dieron en registrar la casa, diciendo que querían llevarse todo lo que había de comida, porque la tropa estaba muerta de hambre. La señorita se quedó como difunta cuando los vio, y ellos por broma nos apuntaban con los fusiles para oírnos gritar llamando a todos los santos en nuestra ayuda. Aunque eran unos bárbaros, no nos hicieron daño alguno más que el gran susto y el llevarse cuanto encontraron en la cocina y en la despensa. ¡Ay, Andrés! No han dejado nada de lo que el Sr. D. Pablo había guardado, y esta noche no se encontrará aquí ni una miga de pan que llevar a la boca. ¡Cómo se reían los malditos al meter en un gran saco lo mucho y bueno que encontraron! Yo les rogué que dejasen alguna cosa; pero volvieron a apuntarme con los fusiles, diciendo que la tropa tenía ganas, y que la señora Sumta les había dicho que estas despensas estaban bien provistas. No había concluido mi amiga su relación, cuando entró el Sr. D. Pablo; mas para no presentarse a su hija con el brazo manchado de sangre, pasó a una habitación interior, con objeto de arreglarse un poco y vendar su herida, en cuyo sitio me reuní con él para contarle lo ocurrido. -¡Dios y la Virgen Santísima nos amparen! -exclamó con consternación-. ¡Con que me han saqueado la casa! La culpa la tiene esa maldita, y siempre habladora Sumta, que por todas partes ha de ir pregonando si tenemos o no tenemos provisiones. ¿Y mi hija? La pobrecita habrá comprendido que se encuentra en el cráter de un espantoso volcán, y serán inútiles todas nuestras comedias para convencerla de lo contrario. Es preciso buscar algo que comer, Andrés, sí, algo que comer. Mi hija se morirá de terror; pero no quiero que se muera de hambre. -Nada se encuentra en Gerona -respondí- y menos a estas horas. -¡Qué calamidad! Pero cómo es posible.. -dijo en la mayor confusión, mientras yo le vendaba la herida, y se mudaba de vestido-. ¡Ay!, cómo me duele el brazo; pero es preciso disimular. Andrés, no te marches. Esta noche necesito de tu ayuda.. Es preciso que (p.1171) busquemos algún alimento. Al presentarse delante de su hija, ésta mostró su alegría claramente, abrazándole con cariño; pero al punto sus ojos revelaron vivísimo espanto, echó atrás la cabeza y cruzando las manos exclamó, «sangre». -¿Qué hablas de sangre, hija mía? -dijo el padre desconcertado-. Que estoy manchado de sangre.. Ya.. sí, en la chupa hay algunas gotas.. pero déjame que te cuente. ¿Sabes que he ido de caza? La muchacha no entendía. -Que fui de caza -escribió en el pliego de papel D. Pablo-. Fue un compromiso; no me pude evadir. El magistral y D. Pedro me cogieron, y zas, al campo.. He matado tres conejos. La enferma oprimiéndose la cabeza entre las manos, exclamó: -¡Guerra en Gerona! -¿Qué hablas ahí de guerra? Lo que hay es que hemos tenido un fuerte temporal.. Me he mudado de ropa, porque me puse como una uva. ¿Has comido hoy bien? -No ha tomado nada -dijo Siseta-. Ya sabrá su merced por Andrés, que unos bergantes saquearon la casa. Esto pasaba, cuando sentimos gran estruendo en lo bajo de la casa, no estampido de bombas y granadas, sino clamor chillón y estridente, de mil desacordes ruidos compuesto, tales como patadas, bufidos, cacharrazos y sones bélicos de varia índole; pero que al pronto revelaban proceder de una muchedumbre infantil que se había metido por las puertas adentro. Nomdedeu lleno de confusión, miraba a todos lados, inquiriendo con los ojos qué podía ser aquello; pero pronto él y los demás salimos de dudas, viendo entrar una turba de chiquillos, que desvergonzadamente y sin respeto a nadie, se colaron en la sala, dando golpes, empujándose, chillando, cacareando y berreando en los más desacordes tonos. Dos de ellos llevaban sendos cacharros colgados al cinto, y sobre cuyo abollado fondo redoblaban con palillos de sillas viejas; varios tocaban la trompeta con la nariz, y todos al compás de la inaguantable música bailaban con ágiles brincos y cabriolas. Parecía una chusma infernal que salía de las escuelas de Plutón. No necesito decir que al frente (p.1172) del ejército venían Manalet y Badoret, este último llevando a cuestas a Gasparó, tal como le vi en la muralla. Ninguno dejaba de llevar palo, caldero viejo o vara con pingajos colgados de la punta, con cuyos objetos se simulaban fusiles, tambores y banderas. Un fondo de silla de paja atado a una cuerda y arrastrado por el suelo, servía de trofeo a uno, y otro adornaba su cabeza con un cesto medio deshecho, no faltando las casacas de militares hechas jirones y los morriones de antigua forma con descoloridas plumas adornados. D. Pablo, ciego de cólera y fuera de sí, apostrofó a los muchachos tan violentamente, que casi casi estuvieron a punto de aplacar un poco su entusiasmo bélico. -Granujas, largo de aquí al instante -les dijo-. ¿Qué desvergüenza es esta? ¡Meterse en mi casa de este modo! Siseta, indignada de tal audacia, cogió por un brazo a Manalet, que acertara a pasar junto a ella, y comenzó a vapulearle de un modo lastimoso. Yo también tomé parte en la persecución del enjambre, y empezó el reparto de pescozones a diestra y siniestra. Pero de pronto observamos que la enferma contemplaba a los desvergonzados muchachos con complaciente atención y sonreía con tanta espontaneidad y desahogo como si su alma sintiera indecible gozo ante aquel espectáculo. Hícelo notar al Sr. D. Pablo, y al punto este se puso de parte de los alborotadores, conteniendo a Siseta que iba sobre ellos con implacable furor. -Dejarlos -dijo Nomdedeu-. Mi hija demuestra que está muy complacida viendo a esta canalla. Mira cómo se ríe, Andrés; observa cómo les aplaude. Bien, muchachos; corred y chillad alrededor del cuarto. Y diciendo esto D. Pablo, poniéndose en medio de la sala, empezó a llevar el compás. En mal hora se les ordenó seguir. ¡Santo Dios! ¡Qué algazara, qué estrépito! Parecía que la sala se iba a hundir. Baste decir que se extralimitaron de tal modo, y de tal modo se dejaron llevar a los últimos delirios de la travesura, que al fin fue preciso poner freno a tanto juego y vocerío, porque hasta llegó el caso de que los (p.1173) transeúntes se detuvieran en la calle, sorprendidos y escandalizados por tan desusado rumor. -¿Dónde has estado todo el día? -exclamó Siseta echando mano a Barodet, y deteniéndole-. ¡Y la criatura tiene sangre en el pie! Ven acá, condenado; me las pagarás todas juntas. Espera a que bajemos a casa, y verás. Y tú, Manalet de mil demonios, ¿qué has hecho de la camisa? -En la calle de la Ballestería estaban curando unos heridos y no tenían trapos. Me quité la camisa y la di. -¿Para qué habéis traído a casa tanto muchacho mal criado? -Son nuestros amigos, hermana -repuso Badoret-. Hemos estado en el Capitol y allí nos han dado un poco de vino. Hermana, aquí en el seno te traigo cinco guindas. -Marrano, ¿piensas que las voy a comer de tus manos asquerosas? Ven acá, Gasparó. Este pobrecito no habrá comido nada. ¿Qué te han hecho en el pie, que tienes sangre? -Hermana, una bala de cañón pasó por donde estábamos, y si Gasparó no se hace para un lado, le lleva medio cuerpo; no le cogió más que la uña chica. ¡Si vieras qué valiente ha estado! Se metió debajo del cañón y allí se estuvo mirando a los franceses que querían subir a la muralla. Y les amenazaba con el puño cerrado. ¡Bonito genio tiene mi niño! Pues no creas.. Ningún francés se metió con él. -Te voy a desollar vivo -le dijo Siseta-. Espera, espera a que bajemos. A ver si se marcha pronto de aquí toda esa canalla. -No, que se aguarden un poco -indicó don Pablo-. Son unos jovenzuelos muy salados. Mira qué contenta está Josefina. Lo que quiero, Badoret, es que no metáis mucho ruido. Bailen ustedes, y marchen de largo a largo por toda la casa; pero sin gritar para que no se escandalice la vecindad. Y dime, Manalet, ¿traen ustedes algo de comer? -Yo traigo cinco guindas -dijo prontamente Badoret, sacándolas del seno. -Dadme con disimulo y sin que lo vea mi hija todo lo que traigáis, que yo os daré ochavos para que compréis pólvora. -Pauet tiene cuatro guindas -dijo Manalet. -Pues vengan acá. -Y yo tengo también un pedazo de pan, que me sobró del de la monja. - (p.1174) Pepet -dijo otro de mis chicos- trae acá ese medio pepino que le cogiste al soldado muerto. -Yo doy este pedazo de bacalao -dijo otro entregando la ofrenda en manos de D. Pablo. -Y yo esta cabeza de gallina cruda -añadió un tercero. En un momento se reunieron diversos manjares tales como troncos de col, que llevaban impreso el sello de las limpias manos de sus generosos dueños; garbanzos crudos que habían sido sacados por los agujeros de las sacas por sutilísimos dedos; algunos pedazos de cecina, andrajos de buñuelos, zanahorias, dos o tres almendras en confite, que ya habían recibido muchas mordidas, y otras viandas, tan liberalmente entregadas como alegremente recibidas. Procurando que no se enterase su hija, llamó D. Pablo a la señora Sumta, que acababa de llegar en aquel instante, y llevándola tras el sillón de la enferma, le dijo: -A ver si con todo esto compone usted una cena para la enferma. Es preciso hacerle creer que nadamos en la abundancia. -¿Qué hemos de hacer con esto, señor, si no lo querrán ni las gallinas? En casa no falta qué comer. -¡Maldita sargentona; todo se lo han llevado, todo lo han saqueado unos malditos militares que se entraron aquí! Si usted no fuera tan entrometida, tan bocona, y tan amiga de meterse donde no la llaman y de hablar lo que nadie la pregunta, no nos veríamos en esta.. Y no digo más. Avíe usted una cena con esto; que mañana Dios dirá. ¿Se ha olvidado usted de cocinar? ¡Lástima que no se le reventara el fusil entre las manos, a ver si se curaba de sus locuras! A la cocina. ¡Uf! Pronto, a la cocina. Está usted apestando a pólvora. Los muchachos, que como todos los de su edad, eran de los que si se les da el pie se toman la mano, luego que se vieron autorizados por el dueño de la casa para hacer de las suyas, dieron rienda suelta a la bulliciosa iniciativa, y no fue gresca la que armaron. Rodeando la mesa que la enferma tenía ante su sillón, no se dieron por satisfechos con mirar los distintos objetos que en ella había, sino que en todos pusieron las manos, tocando, tentando y moviendo cuanto (p.1175) vieron. Josefina, lejos de manifestar disgusto por tanta impertinencia, se reía de ver su inquietud. Por señas indicó a su padre que debía dar de cenar a los importunos visitantes, a lo que contestó con palabras y cierta festiva ironía D. Pablo: -Sí, ahora. Sumta les está preparando un opíparo banquete. Padre e hija dialogaron un rato como Dios les dio a entender, y al fin la enferma, con voz clara y entera, habló así: -No, no me pueden convencer de que no hay guerra en Gerona. Usted no ha ido de caza, sino a curar los heridos, y estos chicos que vienen imitando a los soldados hacen ahora lo mismo que han visto. -¡Qué habladora está! -dijo Nomdedeu-. Buen síntoma. En un año no le he oído tantas palabras juntas. Está visto que las travesuras y lindezas de estos muchachos han reanimado su espíritu. Andrés y tú, Siseta; riámonos todos, mostrando hallarnos muy satisfechos. Según la orden del amo, prorrumpimos en sonoras risas, siendo al punto excesivamente secundados al punto por el coro infantil. D. Pablo sentose luego junto a ella, y tomando la pluma se preparó a comunicarle algo grave y largo y difícil de exprimir por señas, pues sólo en este caso se valía Nomdedeu del lenguaje escrito. Púseme tras de su asiento, y pude leer, mientras escribía, lo que sigue: -Hija mía, tienes razón. Hay guerra en Gerona. Yo no te lo quería decir por no asustarte; pero pues lo has adivinado, basta de engaños y comedias. Ni yo he estado de caza, ni he pensado en ello. Voy a contarte lo ocurrido para que no estimes ni en más ni en menos los sucesos de este gran día. Cierto es que los franceses han vuelto a poner cerco a Gerona. Hace tiempo que se presentó amenazándonos un ejército de docientos mil hombres, mandados por el mismo emperador Napoleón en persona. Josefina al leer esto que era de lo más gordo, mironos a todos, interrogándonos con los ojos acerca de la exactitud de tal noticia, y no necesitamos que D. Pablo nos lo advirtiera para hacer demostraciones afirmativas que hubieran convencido a la misma duda. El padre continuó así: -Has de (p.1176) saber que ahora tenemos aquí un gobernador que llaman D. Mariano Álvarez de Castro, el cual en cuanto vio venir a los franceses dispuso las cosas de manera que no quedara uno solo para contarlo. Concertó de modo que un ejército español de quinientos mil hombres, que estaba ahí por Aragón sin saber qué hacerse, viniese en nuestra ayuda por el lado de Montelibi, precisamente cuando los franceses nos atacaban esta mañana por el otro lado. Al amanecer rompieron el fuego; desde la muralla de Alemanes se veía a Napoleón I montado en un caballo y con un grandísimo morrión todo lleno de plumas en la cabeza. Embisten los franceses.. ¡Ay!, hija mía: habías tú de ver aquello. Nuestros soldados los barrían materialmente, y como a la hora de empezar el combate apareció el ejército de quinientos mil hombres como llovido, los pobres cerdos no supieron a qué santo encomendarse. En fin, hija mía, les hemos dado una paliza tal, que a estas horas van todos camino de Francia con su Emperador a la cabeza, con lo cual se acaba la guerra y pronto tendremos aquí a nuestro rey Femando. Josefina volvió a asesorarse de nosotros antes de dar crédito a tales maravillas. -Yo no te lo había querido decir -continuó Nomdedeu- por no asustarte; pero el júbilo de la ciudad es tan grande, que ni aun tú que estás tan retraída podrías dejar de conocerlo. Lo mismo que estos chicos, andan los mayores por el pueblo, entregados a las manifestaciones de un delirante regocijo. Figúrate que en los pasados días, los franceses que andaban por ahí, no permitían llegar comestibles al pueblo y hoy todo es abundancia, y además de lo que puede venir, tenemos todo lo que al enemigo se ha cogido, que es, si no me engaño, tantos miles de bueyes, no sé cuántos millones de sacos de harina, y los miles de los miles en gallinas, huevos, etc.. Ya podemos marchar a Castellà cuando quieras.. -Mañana mismo -dijo Josefina con afán. -Sí, mañana mismo -escribió D. Pablo-. Estamos como queremos, y jamás ha tenido Gerona temporada más alegre, más (p.1177) animada. La gente está loca de contento, y todo se vuelve cantos y bailes y felicitaciones y regocijos. Como los víveres han entrado esta tarde con abundancia fenomenal, hija mía, yo te he traído de todo cuanto hay en la plaza; y aunque tu estómago sigue débil, yo creo que debes tomar de todo, con tal que sea en dosis muy pequeñas. Sobre esto consulté a D. Pedro, mi compañero en el hospital, y me dijo que convenía alimentarte con una gran diversidad de manjares, tomando de cada uno ración muy mínima y cuidando según lo ordena Hipócrates, de que alternen en un mismo plato la cecina y las guindas, los buñuelos con la leguminosa cicer pisum, que llamamos garbanzo, y las almendras confitadas con esa planta salutífera que se conoce en la ciencia por Beta vulgaris latifolia, y que comúnmente llamamos acelga, manjar de gran virtud medicinal si se le mezcla con dulce, con nueces y hasta con un poquito de bacalao. Con que disponte a cenar, que mañana si el día está bueno, se podrá ir a Castellà, aunque a decir verdad, hija mía, ahora caigo en que tal vez sea difícil, porque todos los carros y caballerías del pueblo los ha tomado la Junta con objeto de organizar la gran procesión y cabalgata con que ha de celebrarse este triunfo sin igual. Pero será cosa de dos o tres días. Es preciso que te animes para salir a ver las iluminaciones de esta noche, aunque hablando en puridad no te conviene tomar el sereno; y para que participes de la común alegría, aquí tenemos a Andrés y a Siseta, que se prestarán a bailar delante de ti con los chicos un poco de sardana y otro poco de tira-bou, comenzando esta noche, para que también en esta casa se manifieste la inmensa satisfacción y patriótico alborozo de que está poseída la ciudad. Como tú no oyes, suprimiremos el fluviol y la tanora que sólo sirven para meter inútil ruido. Con que puedes dar la señal para que comience la fiesta. Yo voy un instante a preparar en el comedor la riquísima y abundante cena con que obsequiaremos a estos jóvenes, así (p.1178) como a los preciosos y bien educados niños. Y luego volviéndose a Siseta y a mí, nos dijo: -No hay más remedio. Es preciso bailar un poquito, aunque supongo, Andrés, que ese cuerpo, venido hace poco de Santa Lucía, no estará para sardanas. Pero, amigos, bailando hacéis una obra de caridad. ¡Quién lo había de decir! ¡Hay tantas maneras de practicar el santo Evangelio!
Ep-7-X - El lector no lo creerá; el lector encontrará inverosímil que bailásemos Siseta y yo en aquella lúgubre noche, precisamente en los instantes en que incendiados varios edificios de la ciudad, esta ofrecía en su estrecho recinto frecuentes escenas de desolación y angustia. Formando con ocho chiquillos un gran ruedo, bailamos, sí, obedeciendo a la apremiante sugestión de aquel padre cariñoso que nos pedía con lágrimas en los ojos nuestra cooperación en la difícil comedia con que engañaba al delicado espíritu de su hija; pero bailamos en silencio, sin música, y nuestras figuras movibles y saltonas tenían no sé qué mortuorio aspecto. Nuestras sombras proyectadas en la pared remedaban una danza de espectros, y los únicos rumores que a aquel baile acompañaban eran, además de nuestros pasos, el roce de los vestidos de Siseta, el retemblar del piso, y un ligero canto entre dientes de Badoret que al mismo tiempo hacía ademán de tocar el fluviol y la tanora. Por mi parte sostenía interiormente una ruda lucha conmigo mismo para contraer y esforzar mi espíritu en la horrible comedia que estaba representando, e iguales angustias experimentaba Siseta, según después me dijo. Al fin la turbación moral, unida al cansancio, me hicieron exclamar: «ya no puedo más», arrojándome casi sin aliento en un sillón. Lo mismo hizo Siseta. Pero Josefina que nos contemplaba con indecible satisfacción y agrado, pidionos que bailásemos más, y con elocuentes miradas dirigidas a su padre, nos decía que éramos unos holgazanes sin cortesía. Vierais allí al buen D. Pablo suplicándonos que bailáramos por la salvación eterna; y ¿qué habíamos de hacer? Bailamos como (p.1179) insensatos segunda y tercera tanda. Al fin nos sirvió de pretexto para descansar el hecho de servirse a la desgraciada joven la hipocrática cena de que antes he hecho mención, la cual fue acompañada de elocuentes discursos mímicos y literarios del doctor Nomdedeu, quien ponderaba a su idolatrada enferma las excelencias del repugnante pisto, servido en nueve o diez platos con raciones microscópicas. Todo aquello era una farsa lúgubre que oprimía el corazón, y don Pablo que la presidía, el infeliz D. Pablo, escuálido, ojeroso, amarillo, trémulo, parecía haber salido de la sepultura y esperar el canto del gallo para volverse a ella. Siseta lloraba a escondidas, y algunos de los chicos, rendidos al poderoso sueño y a la gran fatiga, habían estirado los miembros y cerrado los ojos en diversos puntos, y donde cada cual encontró mejor comodidad y fácil postura. -Sr. D. Pablo -dije al médico- no nos mande usted bailar más, porque nosotros mismos creeremos que estamos locos. -Hijos míos -me contestó- tengo el corazón partido de dolor. Necesito estar en batalla constantemente para contener las lágrimas que se me caen de los ojos. ¡Pobre Gerona! ¿Existirás mañana? ¿Estarán mañana en pie tus nobles casas y con vida tus valientes hijos? ¡Yo tengo espíritu para todo; para lamentar y llorar la muerte de mi ciudad natal, y atender al cuidado de mi pobre hija! ¿Qué cuesta representar esta farsa? Nada; la pobrecita se deja engañar fácilmente, y como su enfermedad no es otra cosa que una fuerte pasión de ánimo, en el ánimo se han de aplicar los cauterios, las cataplasmas, los tónicos y los emolientes que le he recetado esta noche. Puede que le hayamos salvado la vida. ¿Sabéis lo que significan en naturaleza tan delicada, tan sutilmente sensible, una triste o agradable impresión? Pues significa tanto como la vida o la muerte. Sí, hijos míos: si yo no cuidara de ocultar a mi hija las angustias que atravesamos, se pondría su alma en tales términos que el menor accidente la mataría, como un soplo de viento apaga la luz. Es preciso resguardar esta (p.1180) pobre lámpara del aire que la mata, y darla el que la vivifica. Así va tirando, tirando, y quién sabe si la podré salvar. Sed, pues, caritativos, y procurad divertirla. Ved cómo se ríe; reparad qué precioso color han tomado sus mejillas. La creencia de que Gerona está llena de felicidades y la esperanza de ser llevada pronto a Castellà, la fortifican y dan nueva vida. Esta noche marchamos bien; pero mañana ¿qué haré, qué la diré mañana? Si crece la escasez de víveres, como es probable, si se declaran el hambre y la epidemia, y caen bombas en parajes cercanos o aquí mismo, ¿qué comedia representaremos? Dios me favorezca y me inspire, pues para su infinita misericordia nada hay imposible. -Estoy muerto de cansancio -dije yo, viendo que Josefina pedía más baile- y además es tarde y tengo que marcharme a mi puesto. Siseta ya no podía tenerse en pie, y la señora Sumta, que yacía en el suelo con la inmovilidad de un talego, roncaba sonoramente, remedando en la cavidad de sus fosas nasales el lejano zumbido del cañón. Badoret, cansado ya de tocar en silencio el fluviol y la tanora, dormía como los demás chicos. D. Pablo, bastante generoso para no exigirnos imposibles, se apresuró a complacer a la enferma, poseída de cierto febril insomnio, y se puso a danzar en medio de la sala haciendo corro con cuatro chicos de los más despabilados. Cuando yo salí, quedaba el pobre señor haciendo piruetas y cabriolas con ningún arte y mucha torpeza; pero su incapacidad para el baile, provocando la hilaridad de su hija, más le inducía a seguir bailando. Daba saltos, alzaba los brazos descompasadamente, se descoyuntaba de pies y manos, tropezaba a cada instante, inclinándose adelante o atrás, hacía mil paseos estrambóticos y mil figuras grotescas que en otra ocasión me habrían hecho reír, y un sudor angustioso afluía de su rostro macilento, desfigurado por las muecas y visajes que le obligaban a hacer el fatigoso movimiento y los agudos dolores de su herida. Nunca vi espectáculo que tanto me entristeciera.
Ep-7-XI - Esto que he referido a ustedes se (p.1181) repitió algunos días. Después vinieron circunstancias distintas y todo cambió. Los franceses escarmentados con la vigorosa y nunca vista defensa del 19 de Setiembre, mediante la cual estrelláronse contra todos los puntos de la muralla que quisieron franquear, no se atrevían al asalto. Tenían miedo, dicho sea sin petulancia; conocían la imposibilidad de abrir las puertas de Gerona por la fuerza de las armas, y se detuvieron en su línea de bloqueo, con intención de matarnos de hambre. El 26 de Setiembre llegó al campo enemigo el mariscal Augereau, el cual dicen se había distinguido en las guerras de la república y en el Rosellón; trajo consigo más tropas, las cuales poniéndonos por todos lados cerco muy estrecho, nos encerraron en términos que no podía entrar ni una mosca. Excusado es decir a ustedes que los pocos víveres que había se fueron acabando hasta que no quedó nada, sin que el gobernador diera a esto importancia aparente, pues cada hora se sostenía más en su tema de que Gerona no se rendiría mientras él viviese, y aunque media población sucumbiera a las penas del hambre y a las calenturas que se iban desarrollando al compás de no comer. Ya no era posible pensar en socorros, como no vinieran por los aires. Ya no teníamos el triste recurso de buscar la muerte en las murallas, porque ellos no se cuidaban de asaltarlas, y era forzoso cruzarse de brazos y dejarse morir, mirando la efigie impasible de don Mariano Álvarez, cuyos ojos vivos no paraban nunca observando aquí y allí nuestras caras, por ver si alguna tenía trazas de desaliento o cobardía. Estábamos moralmente aprisionados entre las garras de acero de su carácter, y no nos era dado exhalar una queja ni un suspiro, ni hacer movimiento que le disgustara, ni dar a entender que amábamos la libertad, la vida, la salud. En suma, le teníamos más miedo que a todos los ejércitos franceses juntos. Morir en la brecha es no sólo glorioso, sino hasta cierto punto placentero. La batalla emborracha como el vino, y deliciosos humos y vapores se (p.1182) suben a la cabeza, borrando de nuestra mente la idea del peligro, y en nuestro corazón el dulce cariño a la vida; pero morir de hambre en las calles es horrible, desesperante, y en la tétrica agonía ningún sentimiento consolador ni risueña idea alborozan el alma irritada y furiosa contra el mísero cuerpo que se le escapa. En la batalla, la vista del compañero anima; en el hambre el semejante estorba. Pasa lo mismo que en el naufragio; se aborrece al prójimo, porque la salvación, sea tabla, sea pedazo de pan, debe repartirse entre muchos. Llegó el mes de Octubre y se acabó todo, señores: se acabó la harina, la carne, las legumbres. No quedaba sino algún trigo averiado, que no se podía moler. ¿Por qué no se podía moler? Porque nos comimos las caballerías que movían los molinos. Se pusieron hombres; pero los hombres extenuados de hambre, se caían al suelo. Era preciso comer el trigo como lo comen las bestias, crudo y entero. Algunos lo machacaban entre dos piedras, y hacían tortas, que cocían en el rescoldo de los incendios. Aún quedaban algunos asnos; pero se acabó el forraje, y entonces los animalitos se juntaban de dos en dos y se mantenían comiéndose mutuamente sus crines. Fue preciso matarlos antes que enflaquecieran más; al fin la carne de asno, que es la más desabrida de las carnes, se acabó también. Muchos vecinos habían sembrado hortalizas en los patios de las casas, en tiestos y aun en las calles; pero las hortalizas no nacieron. Todo moría, humanidad y naturaleza, todo era esterilidad dentro de Gerona, y empezó una guerra espantosa entre los diversos órdenes de la vida, destruyéndose de mayor a menor. Era una guerra a muerte en la animalidad hambrienta, y si al lado del hombre hubiera existido un ser superior, nos hubiéramos visto cazados y engullidos. Yo padecía las más crueles penas, no sólo por mí, sino por la infeliz Siseta y sus tres hermanos, que carecían absolutamente de todo. Los chicos eran al principio los mejor librados, porque ellos salían a la calle, y merodeando o husmeando aquí y allá, (p.1183) siempre sacaban alguna cosa; pero Siseta, la pobre Siseta, no tenía más amparo que yo, y yo me volvía loco para buscarle el sustento. Había, sí, algunos víveres en la plaza, y se encontraban pececillos del Oñá, que más que peces parecían insectos, y pájaros escuálidos, que eran cazados desde los tejados: también había alguna carne de mulo y de perro; pero para adquirir estos artículos se necesitaba dinero, mucho dinero, y nosotros no lo teníamos. La ración de trigo seco había llegado a sernos tan repugnante como un veneno. D. Pablo Nomdedeu gastaba todos sus ahorros para poner a su hija una mala comida, y fue de los que dieron por una gallina diez y seis o veinte pesos, cuando algún payés, afrontando mil peligros y venciendo obstáculos mil, lograba entrar en la plaza. En los días de la gran escasez, la señora Sumta no bajaba nada a casa de Siseta, y los chicos se secaban los ojos mirando a la escalera por ver si descendía por ella algún maná. Llegó también el día en que Badoret, Manalet y Gasparó se cansaron de sus correrías por las calles, porque de todas partes eran expulsados los muchachos vagabundos, por la mala opinión que había respecto a la limpieza de sus manos. Flacos y casi desnudos, mis tres hermanos o mis tres hijos, pues como a tales traté siempre, inspiraban profunda compasión, y formando lastimero grupo junto a Siseta, permanecían largas horas en silencio, sin juegos ni risas, tan graves como ancianos decrépitos; inertes y quebrantados, sin más apariencia de vida que el resplandor de sus grandes ojos negros, llenos de ansioso afán. Siseta les miraba lo menos posible, deseando así conservar la calma que se había impuesto como un deber, y hasta se atrevía a mostrar conatos de severidad, creyendo equivocadamente que en tal trance la fuerza moral servía de alguna cosa. Yo estuve tres días sin verlos, porque mis obligaciones me impedían ir a la casa. Cuando fui, encontreles en la situación que he descrito. Desde luego admiré la entereza de los pobres niños, bastante inteligentes para (p.1184) no importunarnos pidiéndonos lo que sabían no podíamos darles. Únicamente Gasparó, comiéndose sus puños y bebiéndose sus lágrimas, faltaba a la circunspección sostenida por sus hermanos. Llegó un momento en que Siseta, no pudiendo contener su dolor, empezó a llorar amargamente registrando después los últimos rincones de la casa por ver si parecía de milagro alguna vianda. Yo salí, volví a entrar, salí de nuevo y regresé, después de dar mil vueltas, con la terrible evidencia de que no podía encontrar nada. Siseta y yo convenimos en que era preciso rezar, con la esperanza de que a fuerza de ruegos, nos enviase Dios por sus misteriosos caminos, algo de lo que tanto necesitábamos. Pero rezamos y Dios no nos mandó nada.
Ep-7-XII - Repentinamente me ocurrió una idea salvadora. -Siseta -dije a mi amiga-. Hace días que no veo a Pichota; pero supongo que andará por ahí con sus tres gatitos. -¡Oh! -me respondió con dolor-. ¿No sabes que el Sr. D. Pablo ha acabado con toda la familia? ¡Pobre Pichota! Él dice que es una carne excelente; pero yo creo que me moriría de hambre antes de comerla. -¿Ha muerto Pichota? No sabía nada: ¿y también los tres angelitos?.. -No te lo quería decir. En estos últimos días que has faltado de casa, D. Pablo bajaba con frecuencia. Un día se me puso delante de rodillas rogándome que le diera algo para su hija, pues ya no tenía víveres, ni dinero para comprarlos. Cuando esto me decía, uno de los gatitos me saltó al hombro, y D. Pablo, echándole mano con mucha presteza, se lo guardó en el bolsillo. Al día siguiente bajó de nuevo y me ofreció los muebles de su sala si le daba otro de los hijos de Pichota, y sin aguardar mi contestación, entró en la cocina, después en el cuarto oscuro, púsose en acecho y lo mismo que un gato caza al ratón, así cazó él al gato. Cuando salió tuve que curarle los arañazos que traía en la cara. El tercero pereció de la misma manera, y después de esto Pichota ha desaparecido de la casa, tal vez por haber entendido que no está segura. Yo meditaba sobre la deserción (p.1185) del pobre animal cuando se nos presentó de repente Nomdedeu. Su aspecto era por demás macilento y cadavérico, habiendo perdido a fuerza de padeceres físicos y morales hasta aquella bondadosa expresión y el dulce acento que le distinguían. Su vestido estaba desordenado y roto, y traía la escopeta de caza y un largo cuchillo de monte. -Siseta -dijo bruscamente, y olvidándose de saludarme, a pesar de que hacía algunos días que no nos veíamos-. Ya sé dónde está esa pícara de Pichota. -¿En dónde, Sr. D. Pablo? -En el desván que hay en el fondo del patio y que servía de pajar y granero cuando yo tenía caballo. -Tal vez no será ella -dijo mi amiga en su generoso anhelo de salvar al pobre animal. -Sí, es ella, te digo que es ella. A mí no se me despinta Pichota. La muy tunanta saltó esta mañana por la ventana de la despensa y me robó un pernil que allí tenía. ¡Qué atrevimiento! Comerse la carne de su propio hijo. Es preciso acabar con ese animal. Siseta, ya te he dado gran parte de mis muebles en cambio de los gazapos. No me queda otra cosa de valor que mis libros de medicina. ¿Los quieres a trueque de Pichota? -Sr. D. Pablo, ni los muebles, ni los libros tomaré; coja usted a Pichota, y ya que nos vemos reducidos a tal extremidad, dé una parte a mis hermanos. -Está bien -respondió Nomdedeu-. Andrés, ¿te atreves a cazar ese terrible animal? -No creo que sean precisos tantos pertrechos militares -respondí. -Pues yo sí lo creo. Vamos allá. Barodet y su hermano quisieron seguirnos, pero Siseta los contuvo, diciéndoles que no fueran curiosos ni entrometidos; y solos el médico y yo subimos al desván, entrando despacio y con precauciones por temor a ser acometidos del rabioso carnicero, a quien el hambre y el instinto de conservación debían haber dado una ferocidad extraordinaria. D. Pablo, porque la presa no se escapara, cerró por dentro la puerta y quedamos casi en completa oscuridad, pues la débil luz que por un estrecho ventanillo entraba, no aclaró el lóbrego recinto sino cuando nuestros ojos fueron perdiendo poco a (p.1186) poco el deslumbramiento de la luz exterior. Multitud de objetos, como muebles destrozados y viejos obstruían buena parte de la estancia y sobre nuestras cabezas flotaban densos cortinajes de tela de araña, guarnecidos por el polvo de un siglo. Cuando empezamos a ver los contornos y las oscuras tintas del recinto, buscamos con los ojos al prófugo; pero nada vimos, ni se oyó ruido alguno que indicase su presencia. Manifesté mis dudas a D. Pablo; pero él me dijo: -Sí, aquí está. La vi entrar hace un momento. Movimos algunas cajas vacías, arrojamos a un lado algunos pedazos de silla y un pequeño tonel, y entonces sentimos el roce de un cuerpo que se deslizaba en el fondo de la pieza atropellando los hacinados objetos. Era Pichota. Vimos en el fondo oscuro sus dos pupilas de un verde aurífero, vigilando con feroz inquietud los movimientos de sus perseguidores. -¿La ves? -dijo el doctor-. Toma mi escopeta y suéltale un tiro. -No -repuse riendo-. Es muy fácil errar la puntería. De nada sirve en este caso el fusil. Póngase usted a ese lado y deme el cuchillo. Las dos pupilas permanecían inmóviles en su primera posición, y aquella lumbre verdosa y dorada que no se parece a la irradiación de ninguna otra mirada, ni de piedra alguna, produjo en mí fuerte impresión de terror. Después distinguí el bulto del animal, y sus manchas parduscas y negras sobre amarillo se multiplicaban a mis ojos, ensanchando su cuerpo hasta darle las proporciones de un tigre. Yo tenía miedo, ¿a qué negarlo con pueril soberbia?, y por un momento sentime arrepentido de haber emprendido obra tan difícil. D. Pablo que tenía más miedo que yo, daba diente con diente. Celebramos consejo de guerra, del cual salió que debíamos tomar la ofensiva; pero cuando cobrábamos algún valor sentimos un sordo ronquido, un ruido entre arrullo y estertor que anunciaba las disposiciones hostiles de Pichota. En su lenguaje, la gata nos decía: «Asesinos de mis hijos, venid acá, que os espero». Pichota, que primero estaba en postura de esfinge, se (p.1187) agachó sentando la angulosa cabeza sobre las patas delanteras, y entonces su mirada cambió, despidiendo una luz azul que proyectaba de dos rayas verticales. Parecía fruncir el torvo ceño. Luego irguió la cabeza, pasose las patas por la cara, limpiando los largos bigotes; y dio algunas vueltas sobre sí misma, para bajar a un sitio más cercano, donde se puso en actitud de salto. La fuerza muscular que estos animales tienen en las articulaciones de sus patas traseras es inmensa, y desde su puesto podía saltar hasta nosotros. Yo observé que las miradas del animal se dirigían más rectamente a D. Pablo que a mí. -Andrés -me dijo- si tú tienes miedo, yo me voy encima de ella. Es una vergüenza que un animal tan pequeño acobarde de este modo a dos hombres. Sí; señora Pichota, nos la comeremos a usted. Parece que el animal oyó y entendió estas amenazadoras palabras, porque aún no había acabado de pronunciarlas mi amigo, cuando con ligereza suma lanzose sobre él, haciéndole presa en el cuello y en los hombros. La lucha fue breve y la gata había puesto ya en ejecución el conjunto de su potencia ofensiva, de modo que el resto del combate no podía menos de sernos favorable. Acudí en defensa de mi amigo, y el animal cayó al suelo, llevándose en las uñas algunas pequeñas partículas de la persona del buen doctor, haciéndome a mí algunos desperfectos en la mano derecha. Corrió luego en distintas direcciones, pero al lanzarse sobre mí, tuve la buena suerte de recibirla con la punta del cuchillo de monte, lo cual puso fin al desigual combate. -Este animal es más temible de lo que creí -me dijo D. Pablo, apoderándose del cuerpo palpitante. -Ahora, Sr. Nomdedeu -dije yo- partiremos como hermanos la presa. El doctor hizo una mueca que indicaba su profundo disgusto, y limpiándose la sangre del cuello, me dijo con tono agresivo que por primera vez entonces oí de sus labios: -¿Qué es eso de partir? Siseta contrató conmigo a Pichota a cambio de mis libros. ¿Tú sabes que mi hija no ha comido nada (p.1188) ayer? -Todos somos hijos de Dios -repuse- y también Siseta y los de abajo han de comer, Sr. D. Pablo. Nomdedeu se rascó la cabeza, haciendo con boca y narices contracciones bastante feas; y tomando el animal por el cuello me dijo: -Andrés, no me incomodes. Siseta y los bergantes de sus hermanos pueden alimentarse con cualquier piltrafa que busquen en la calle; pero mi enferma necesita ciertos cuidados. Después de hoy viene mañana, y tras mañana pasado. Si ahora te doy media Pichota, ¿qué le daré a mi hija dentro de un par de días? Andrés, tengamos la fiesta en paz. Busca por ahí algo que echar a tus chiquillos, que ellos con roer un hueso quedarán satisfechos; pero haz el favor de no tocarme a Pichota. De esta manera el corazón de aquel hombre bondadoso y sencillo se llenaba de egoísmo obedeciendo a la ley de las grandes calamidades públicas, en las cuales, como en los naufragios, el amigo no tiene amigo, ni se sabe lo que significan las palabras prójimo y semejante. Oyendo a D. Pablo, despertose en mí igual sentimiento egoísta de la vida, y vi en él un aborrecido partícipe de la tabla de salvación. -Sr. Nomdedeu -exclamé con súbita cólera- he dicho que Pichota se partirá, y no hay más sino que se partirá. El médico al oír este resuelto propósito, mirome con profunda aversión por algunos segundos. Sus labios temblaban sin articular palabra alguna: púsose pálido, y luego con un gesto repentino, me empujó hacia atrás fuertemente. Yo sentí que mi sangre abrasada corría hacia el cerebro, un repentino escalofrío que circuló por mi cuerpo me crispaba los nervios. Cerrando los puños, alargué las manos casi hasta tocar con ellas la cara de Nomdedeu, y grité: -¿Con que no se parte Pichota? Pues mejor. Mejor, porque es toda para mí. ¿Qué tengo yo que ver con la señorita Josefina, ni con sus males ridículos? Dele usted telarañas. Nomdedeu rechinó los dientes, y sin contestarme se fue derecho hacia el animal que yacía en tierra desangrándose. Hice yo igual movimiento; nuestras manos se chocaron, forcejeamos un (p.1189) breve instante, descargué sobre él mis puños, y Nomdedeu rodó por el suelo largo trecho, dejándome en completa posesión de la presa. -¡Ladrón! -exclamó-. ¿Así me robas lo que es mío? Aguarda y verás. Recogiendo la víctima, me dispuse a salir. Pero Nomdedeu corrió, mejor dicho, saltó como un gato hacia donde estaba la escopeta, y tomándola, me apuntó al pecho diciendo con trémula y ronca voz: -Andrés, canalla: suéltala o te asesino. Miré en derredor mío buscando el cuchillo de monte; pero ya D. Pablo lo tenía en el cinto. Corrí a la puerta del desván y no pude abrirla; entrome de súbito un terror que no pude vencer, y salté maquinalmente, sin saber lo que hacía, hacia los cajones vacíos, los muebles viejos y el montón de cachivaches donde se nos había aparecido Pichota. Mis pies se hundían entre tablas desvencijadas cuyos clavos me lastimaban, y mi cabeza tropezó en las vigas del techo haciendo caer el polvo, la polilla y las repugnantes inmundicias depositadas por dos siglos. -Bárbaro -grité desde arriba- ya me las pagarás todas juntas. Pero Nomdedeu seguía tras mí, buscando la puntería y con pie firme hollaba las rotas tablas; yo corrí de un extremo a otro seguido por él, y dimos varias vueltas, subiendo, bajando, hundiéndonos y levantándonos en los desfiladeros, laberintos y sinuosidades de aquella caverna. Por fin, habiendo salido el tiro, Nomdedeu extendió su hocico como ávido cazador, por ver si me había alcanzado. Felizmente la bala no me tocó. -No me ha tocado -dije con furiosa alegría, disponiéndome a caer sobre mi enemigo. Pero él desenvainó al instante su cuchillo, y con acento más frenéticamente alegre que el mío, gritó en medio del desván: -¡Ven, ven!.. ¡Ladrón, que quieres matar de hambre a mi hija!.. Suelta a Pichota, suéltala, miserable. Y sin esperar a que yo le acometiera, corrió hacia mí. Entrome mayor pánico que cuando me perseguía con la escopeta, y de nuevo nos lanzamos a los precipicios en miniatura, tropezando y saltando, yo delante, él detrás, yo gritando, él rugiendo, hasta (p.1190) que rendido de fatigas caí entre destrozadas tablas que me impedían todo movimiento. Me encontré débil y me reconocí cobarde, sintiéndome incapaz de luchar con aquella furia, metamorfosis del hombre más manso, más generoso y humanitario que yo había conocido. -Sr. D. Pablo -dije- tome usted a Pichota. No puedo más. Se ha vuelto usted tigre. Sin contestarme nada, y mostrando la horrible agitación y crisis de su alma en un sordo mugido, recogió el animal que yo había arrojado lejos de mí, y abriendo la puerta, se marchó. Yo, después de pasada la irascibilidad de aquel cuarto de hora, apenas me podía tener, salí, bajé a casa de Siseta, y cuando esta me vio magullado, arañado y cubierto de polvo, tuvo miedo. En pocas palabras contele lo ocurrido, y los tres muchachos me oyeron con espanto. -No hay nada por hoy -les dije con angustia-. Voy a la calle a ver si encuentro una persona caritativa. Siseta se abrazó a sus hermanos, derramando lágrimas de desesperación, y yo corrí desolado fuera de la casa. En la calle marchaba como un ebrio, sin dirección, ni aplomo, ni camino, y con la mente en ebullición, cargada, atestada y henchida de criminales ideas.
Ep-7-XIII - A mi paso encontraba las familias desvalidas, formando horrorosos grupos de desolación en medio de la vía pública, con los pies en el lodo y guarecida la cabeza del sol y la lluvia bajo miserables toldos de sucias esteras. Se arrancaban de las manos unos a otros la seca raíz de legumbre, el fétido pez del Oñá, las habas carcomidas y los huesos de animales no criados para la matanza. Diestros carniceros, improvisados por la necesidad, perseguían por todos los rincones de Gerona a los pobres perros, que bastante inteligentes para comprender su próxima suerte, buscaban refugio en lo más recóndito, y aún se atrevían a traspasar la muralla, corriendo a escape hacia el campo francés, donde eran acogidas con aplauso y algazara tales pruebas de nuestra penuria. Por todas partes, en sótanos y tejados, los gatos se defendían con sus ásperas uñas del ataque de la humanidad, (p.1191) empeñada en vivir. Los soldados recibían su ración de trigo seco; pero los habitantes de la ciudad tenían que buscarse el sustento como Dios les daba a entender. La caza y la pesca eran la ocupación más importante. En cuanto a los trabajos militares, no había nada, porque nuestra situación consistía en recibir bombas y granadas, sin poder apenas devolverles los saludos. En varias partes pedí que me dieran algo para unos pobres huérfanos, pero la gente me miraba con indignación, y alguno me echó en cara mi robustez. Yo estaba en los puros huesos. En la calle de Ciudadanos y en la plaza del Vino vi muchos enfermos que habían sido sacados de los sótanos para que se murieran menos pronto. Su mal era de los que llamaban los médicos fiebre nerviosa castrense, complicada con otras muchas dolencias, hijas de la insalubridad y del hambre; y en los de tropa todas estas molestias caían sobre la fiebre traumática. Sin quererlo yo, me apartaba a cada instante de mi objeto, que era buscar alimento para mis niños, y aquí me llamaban para que ayudasen a arrastrar un enfermo, allí me rogaban que ayudara a poner tierra encima de los cadáveres. Mi deseo era arrojarme como los demás en medio del arroyo esperando la muerte; pero el ejemplo de algunos que resistían con sin igual tesón el cansancio, me obligaba a seguir en pie. En la calle de la Zapatería Vieja sacamos fuera de los sótanos a varios clérigos, ancianos y niños, mereciendo en premio de nuestro servicio algunos pedazos de pan negro y de cecina. Los otros devoraban su parte; pero yo guardé la mía, adquiriendo con su posesión la fuerza moral que había perdido. La calle o callejón de la Forsa, que conduce desde la Zapatería Vieja a la catedral, era una horrible sentina, una acequia angosta y lóbrega, donde algunos seres humanos yacían como en sepultura esperando quien los socorriese o quien los matase. Entramos en ella, conducidos por D. Carlos Beramendi, hombre de gran mérito que se multiplicaba para disminuir en lo posible las desgracias de la ciudad, y recogimos los (p.1192) cuerpos vivos y medio vivos, muertos y medio muertos, sacándolos a las gradas de la catedral, donde les bañasen aires menos corrompidos. La catedral ya no podía contener más enfermos y la plaza se fue convirtiendo en hospital al descubierto. Allí vi aparecer en lo alto de la gradería a D. Mariano Álvarez, que daba algunas disposiciones para el socorro de los heridos. Su semblante era en toda Gerona el único que no tenía huellas de abatimiento ni tristeza, y conservábase tal como en el primer día del sitio. Gran número de gente le rodeaba, y entre ellos vi con sorpresa a D. Pablo Nomdedeu con otros médicos, individuos de la junta de salubridad y varias personas influyentes. La multitud vitoreó a Álvarez, quien no dijo nada, absteniéndose de manifestar disgusto ni alegría por la ovación, y descendió tranquilamente. La gradería ofrecía el más lamentable aspecto y con la algazara de los vivas y aclamaciones dirigidas al gobernador era difícil oír las quejas y lamentos. Desde lejos se observaba claramente que muchos de los que componían la comitiva del héroe estaban afligidos ante tan doloroso espectáculo. Sin duda hablaban a D. Mariano de la escasez de víveres, porque se oyó una voz de protesta que dijo: «Señor, cuando no haya otra cosa, comeremos madera». En esto llegó junto a mí D. Pablo Nomdedeu, que se había separado un poco de la comitiva. ¡Comer madera! -exclamó-. Eso se dice, pero no se hace. Andrés, me alegro de verte por aquí. ¿Cómo estás, y Siseta y los chicos? Aunque empezaba a extinguirse en mi alma el resentimiento, amenacé con el puño a Nomdedeu. -¡Ah, todavía me guardas rencor por lo de esta mañana! -dijo-. Andresillo, en estos casos no es uno dueño de sí mismo. Yo me espantaba entonces y me he espantado después de encontrarme tan bárbaro y salvaje. Se trata de vivir, Andrés, y el pícaro instinto de conservación hace que el hombre se convierta en fierecita. Que yo sea capaz de matar a un semejante, es cosa que no se comprende; ¿no es verdad? ¡Ay, amigo mío! La idea de que mi hija me pide de comer y (p.1193) no puedo darle nada, ahoga en mí el patriotismo, el pensamiento, la humanidad, trocándome en una bestia. Andrés, no somos más que miseria. Indigno linaje humano, ¿qué eres? Un estómago y nada más. Se avergüenza uno de ser hombre, cuando llegan estos casos en que todas las relaciones sociales desaparecen y reina la Naturaleza pura. Pero estoy viendo que el número de heridos es inmenso. Hoy hemos estado haciendo el recuento de medicinas, y no hay ni para la décima parte en un solo día. ¿A dónde vamos a parar? ¿Es posible que esto se prolongue? No, no puede ser. Mira qué horroroso aspecto presenta la gradería cubierta de cuerpos humanos. En efecto, los cien escalones que conducen a la catedral ofrecían en pavoroso anfiteatro un cuadro completo de los males de la heroica ciudad. Álvarez con su comitiva seguía bajando, y la multitud apartábase para abrirle paso. -Señor -le dijo Nomdedeu, volviéndome la espalda-. Olvidé decir a vuecencia que los medicamentos que tenemos no bastan ni para la décima parte. D. Mariano miró fríamente y sin marcada expresión al médico. ¡Qué bien vi entonces al célebre gobernador, y cuán presentes se quedaron desde entonces en mi mente sus facciones, su mirar y sus palabras! La cara pálida y curtida, los ojos vivos, el pelo cano, la figura delgada y enjuta, la contextura de acero, la fisonomía imperturbable y estatuaria, la tranquilidad y la serenidad juntas en su semblante; todo lo examiné, y todo lo retuve en la memoria. -Si no hay bastantes medicinas -dijo- empléense las que hay y después se hará lo que convenga. Esta muletilla de lo que convenga era muy suya, y con ella solía terminar sus discursos y amonestaciones, siendo en él muy natural decir: «Si no se puede resistir el asalto, y los franceses entran en la ciudad, moriremos todos y después se hará lo que convenga». -Pero señor -añadió D. Pablo- los enfermos no admiten espera. Si no se les cura.. se podrá tirar un día, dos.. Álvarez paseó serenamente la vista por el anfiteatro, y después volviéndose a Nomdedeu, le dijo: - (p.1194) Ninguno de ellos se queja. Pronto recibiremos auxilios. La plaza no se rendirá, Señor Nomdedeu, por falta de medicinas. ¿No discurre usted algún medio para aliviar la suerte de los enfermos y heridos? -¡Oh; sí, señor! -dijo el médico alentado por algunos de la comitiva que murmuraron frases más en consonancia con los pensamientos del médico que con los del gobernador-. Me ocurre que Gerona ha hecho ya bastante por la religión, la patria y el rey. Ha llegado ya al límite de la constancia, señor, y exigir más de esta pobre gente es consumar su completa ruina. Álvarez agitó ligeramente el bastón de mando en la mano derecha, y sin inmutarse dijo a Nomdedeu: -Ya.. sólo usted es aquí cobarde. Bien: cuando ya no haya víveres, nos comeremos a usted y a los de su ralea, y después resolveré lo que más convenga. Cuando acabó de hablar, callaron todos de tal modo, que se oía el zumbido de las moscas. Nomdedeu volvió atrás la cabeza buscándome con la vista, para disimular su turbación; y harto confuso hubo de abandonar la comitiva. Hasta mucho después de que esta pasara, no recobró el uso de la palabra mi buen doctor, y estaba pálido y tembloroso, señal inequívoca de su miedo. -Andrés -me dijo en voz baja tomándome del brazo, y llevándome en dirección de la plaza de San Félix- ese hombre va a acabar con nosotros. Yo soy patriota, sí señor, muy patriota; pero todo tiene su límite natural, y eso de que lleguemos a comernos unos a otros me parece una temeridad salvaje. -La entereza de D. Mariano -le respondí- nos llevará a tragarnos mutuamente; pero por lo que a mí toca, y mientras sepa que ese hombre está vivo, antes me comeré a mordidas mi propia carne, que hablar de capitulación delante de él. -Grande y sublime es su constancia -me dijo- yo la admiro y me congratulo de que tengamos al frente de la plaza hombre cuya memoria ha de vivir por los siglos de los siglos. ¡Oh, si yo fuera solo en el mundo, Andrés! Si yo no tuviera más que mi indigna persona, si no tuviera otro cuidado que la visita al hospital y el (p.1195) recorrido de los enfermos que están en la calle, yo mismo le diría a D. Mariano: «Señor, no nos rindamos mientras haya uno que pueda vivir almorzándose a los demás»; pero mi hija no tiene la culpa de que una nación quiera conquistar a otra.. Sin embargo, humillemos la frente ante la voluntad de Dios, de la cual es ejecutor en estos días ese inflexible D. Mariano Álvarez, más valiente que Leónidas, más patriota que Horacio Cocles, más enérgico que Scévola , más digno que Catón. Es este un hombre que en nada estima la vida propia ni la ajena, y como no sea el honor todo lo demás le importa poco. En las jornadas de Setiembre, cuando Vives, el capitán de Ultonia, se disponía para una pequeña excursión al campo enemigo, preguntó a don Mariano que a dónde se acogería en caso de tener que retirarse. El gobernador le contestó: «Al cementerio». ¿Qué te parece? ¡Al cementerio! Es decir, que aquí no hay más remedio que vencer o morir, y como vencer a los franceses es imposible porque son ciento y la madre, saca la consecuencia. ¡Esto entusiasma, Andresillo! Se le llena a uno la boca diciendo: ¡Viva Gerona y Fernando VII!, le parece a uno que ya está viendo las historias que se van a escribir ensalzándonos hasta las nubes; pero yo quisiera poder decir ¡Viva España y viva Josefina!, o que al menos entre las ruinas humeantes de esta ciudad y entre el montón que han de formar nuestros cuerpos despedazados, se alzara rebosando salud mi querida hija única que nunca ha hecho mal a España ni a Francia, ni a Europa, ni a las potencias del Norte ni del Sur. El doctor detúvose a examinar varios enfermos, y corrí a casa de Siseta para llevarles lo poco que había recogido.
Ep-7-XIV - Casi juntamente conmigo entró Barodet, que había salido a hacer una excursión por la plaza de las Coles, y volvía tan alegre y saltón, que le juzgué portador de víveres para ocho días. -¿Qué hay, Badoret? -le preguntamos Siseta y yo. Nos contestó abriendo los puños para mostrar algunas piezas de cobre, y cerrábalos después, bailando con frenesí en medio de (p.1196) la sala. -¿De dónde traes eso? ¿Lo has cogido en alguna parte? -le preguntó su hermana con enojo, sospechando sin duda que el chico había hecho incursiones lamentables en la propiedad ajena. -Me los han dado por el ratón.. Andrés, un ratón tan grande como un burro. En cuanto llegué con él a la plaza, un viejo soltó tres reales por él. -¿Para comérselo? -exclamó Siseta con horror. -Sí -repuso Badoret dándole los cuartos-. Tú no lo quisiste, pues a venderlo. -Mira, Andrés -me dijo Siseta- luego que tú te fuiste, estos condenados bajaron al patio, y por la puertecilla que está junto al pozo, se metieron en la casa del canónigo D. Juan Ferragut, que está abandonada como sabes. A poco volvieron con una rata tan grande como de aquí a mañana.. ¡Qué patas! ¡Qué rabo! -La carne de este precioso e inteligentísimo animal -dije yo dando a Siseta lo que llevaba- no es mala, según dicen los muchos que en Gerona la están consumiendo. Por ahora, muchachos, remediémonos con esto que os traigo, y Dios dará más adelante otra cosa. Comimos, si así puede llamarse una refacción tan exageradamente sobria, que más parecía hecha para dar entretenimiento a los dientes, que sustancia al cuerpo. Yo me dormí sobre el suelo poco después, y cuando desperté, Siseta con gran aflicción me dijo: -Gasparó está malo. Ha cesado de llorar, y está como desmayado con el cuerpo ardiente y temblando de escalofríos. ¿Tardará en volver el Sr. Nomdedeu? Examiné al chico, y su aspecto me hizo temblar, porque no dudé un momento que estuviese atacado de la fiebre a que sucumbía diariamente parte de la población; pero procuré tranquilizar a su hermana, asegurando que los síntomas del mal que tenía delante, no eran parecidos a los que a todas horas se observaban en los sitios más públicos de la ciudad. Pero Siseta, en su buen sentido, no daba crédito a mis consuelos, comprendiendo la gravedad de su hermanito. Con la mayor naturalidad del mundo, y olvidando en su preocupación las circunstancias de la ciudad, me mandó que le llevase algunas medicinas, y tuve que (p.1197) emplear mil rodeos y circunlocuciones para decirle que no las había. La infeliz muchacha estaba inconsolable. Una hora después entró D. Pablo Nomdedeu, al cual llamamos para que asistiese al enfermo, y se prestó a ello de buen grado. -¡Pobre Gasparó! -dijo al verle-. Ya he dicho varias veces que con los alimentos que diariamente se consumen aquí, estos chicos no han de llegar a viejos. -Pero mi hermano no se morirá, señor don Pablo -afirmó Siseta llorando-. Usted que es tan buen médico, le curará. -Hija mía -repuso fríamente el doctor- tiende la vista por esas calles, y observa de qué valen los buenos médicos. Lo que respiramos en Gerona no es aire, es una sutil e invisible materia cargada de muertes. ¡Ay! Vivimos por especial don de Dios, los que vivimos. Tenemos un gobernador de bronce que manda resistir a estos hombres que se caen muertos por momentos. D. Mariano Álvarez no ve en el cuerpo humano sino una cosa con que rellenar los cementerios, y que no pudiendo servir para batirse no sirve para nada. Él no atiende más que al inmortal espíritu, y fijando su atención en la vida perpetua que con los miserables ojos de la carne no podemos ver, desprecia todo lo demás. Sí, la magnitud de ese hombre me tiene asombrado por lo mismo que es superior a mí. El gobernador resistirá el hambre, las privaciones, las enfermedades, mientras tenga una gota de sangre que mantenga en pie la urna de su grande espíritu, pues su alma es el alma menos atada al cuerpo que he conocido; y si no pudiese resistir, será capaz de comerse a sí mismo.. Pero veamos qué se hace con ese pobre Gasparó, hija mía; yo creo que debes ir a enterrarle a la plaza del Vino, donde se ha hecho una gran fosa, porque si dejamos aquí su pobre cuerpo, puede corromperse la atmósfera de esta casa más de lo que está. -¿De modo que usted le da por muerto? -preguntó Siseta con desesperación. -Siseta, nuestra misión en el estado a que han llegado las cosas, sin alimentos ni medicinas que recomendar, se reduce a evitar los horribles efectos de la (p.1198) descomposición atmosférica. Si pudiéramos tener a mano buenas tazas de caldo, un poco de vino blanco y algunos emolientes y heméticos, creo que sería fácil tornar la salud a la robusta naturaleza de ese niño; pero es imposible: no hay nada. ¡Felices los que se mueren! Si no consigo salvar a mi hija, me pondré en la muralla, cuando haya otro asalto, para morir gloriosamente.. Pobre Gasparó: ¡con cuánto placer te cuidaría si viera en ti esperanzas de vida! Siseta, sentiría mucho que mi hija conociera la proximidad de un moribundo. En caso de que Gasparó llore o chille, le mandarás callar. Adiós, adiós, hijos míos; cuidado con mis instrucciones. Y subió. Tenía todas la apariencia de un loco. Siseta destrozó un mueble, calentó agua con él y diose a aplicar al enfermo en diversas formas una terapéutica de su invención, compuesta de agua tibia en bebida, en cataplasmas, en friegas, en rociadas, en parches. Como advirtiera cierta quietud en el enfermo, creyola repentina mejoría, por efecto de sus extraordinarios específicos, y dijo con tanta inocencia como alegría: -Andrés, me parece que está mejor. Se ha dormido. Mi madre decía que el agua del Oñá era la mejor medicina del mundo, y con agua se curaba ella todos sus males. ¿Ves cómo está más tranquilo? Cuando despierte querrá ir a jugar con sus hermanos. ¿Pero dónde están esos malditos? ¡Badoret, Manalet!.. Siseta los llamó gritando varias veces, y los muchachos no parecían. Estaban en la casa del canónigo. Yo subí a ver a D. Pablo y a su hija, y encontré a esta tan abatida y desfigurada, que cuando cerraba los ojos quedándose sin movimiento con la cabeza hundida entre los almohadones, parecía realmente muerta. Ya era casi de noche y Nomdedeu, sentado junto al velador, escribía su diario. -Andrés -me dijo el doctor- te agradezco que vengas a hacerme compañía. ¿No me guardas rencor por lo de esta mañana? Eres un buen muchacho, y sabes hacerte cargo de las circunstancias. En estos casos, no hay amigo para amigo, ni hermano para hermano. Ahora mismo, si metieras tu (p.1199) mano en el plato donde va a comer mi hija, creo que te mataría. -¿Y la señorita Josefina -le pregunté- cree todavía que hay fiestas en Gerona, y que mañana irá a Castellà? -¡Ay!, no. La ilusión duró hasta el día siguiente nada más. Su estado moral es espantoso. Ya no puede ocultársele nada, y es inútil representar comedias como la de la otra noche. Lo sabe todo, y no ignora los últimos pormenores, gracias a una indiscreción de esa endiablada señora Sumta, a quien de buena gana arrastraría por los cabellos. Figúrate, Andrés, que una de estas noches, cuando yo estaba curando enfermos por esas calles, la tal señora Sumta, que a más de ser curiosa como mujer, es entrometida y novelera como un chico de diez años, deseando dar a su entendimiento el pasto de una belicosa lectura en armonía con sus aficiones militares, sacó de la alacena de mi despacho este diario que estoy escribiendo, y se puso a leerlo aquí mismo delante de mi hija. Esta sintió al instante deseos de leer también, y la muy necia de la señora Sumta se lo permitió, añadiendo de su propia cosecha comentarios encomiásticos de los empeños y heroicidades del sitio. Cuando volví, mi hija había llegado a las últimas páginas, y en su calenturienta atención y curiosidad se le iba el alma a pedazos. La lectura la embelesaba y la mataba al mismo tiempo, y el terror y la admiración compartíanse el dominio de su alma. ¡Ay, cuánto trabajo me costó arrancarle de las manos el malhadado diario! La pobrecita no durmió en toda la noche, y puesto su cerebro en erección, allí era de ver cómo imaginaba batallas en la calle, cómo sentía el ruido de las bombas, cómo aseguraba estarse quemando con el resplandor de los incendios, cómo miraba los ríos de sangre que enrojecían el Ter y el Oñá, sin que me fuera posible tranquilizarla. La infeliz corría de una parte a otra de la habitación como una loca; y llamaba a gritos a D. Mariano Álvarez, ensalzando la bravura y grande ánimo de nuestro gobernador. Otras veces, dominada por el miedo, me pedía que la escondiese en lo más profundo de los (p.1200) pozos para no oír el zumbido de los cañonazos ni ver el resplandor de las llamas. Tan pronto su delicado organismo nervioso, que es su naturaleza toda, se crispaba dándole actividad febril, como cuando dominados por el entusiasmo nos centuplicamos; tan pronto abatiéndose llorosa, su cuerpo caía flojo y blando como una madeja. Precisamente la falta del sentido acústico, que parece debía ser un descanso para su espíritu, es un verdadero tormento, porque oye rumores que sin tener existencia real retumban en su cerebro; y los espectros del sonido aterran su imaginación más que los de la vista. ¡Pobrecita hija mía! Creí verla morir en una de aquellas crisis. Era su vida como un hilo muy delgado que por intervalos se pone tirante, tirante, amenazando romperse. Yo tenía el alma en suspenso, y comprendiendo que contra tal estado de nada valen la ciencia ni los cuidados, me crucé de brazos y bajé la frente esperando el fallo de Dios. De este modo ha pasado algunos días, Andrés, y últimamente todos los síntomas de desorden nervioso han desaparecido, para no quedar más que el del miedo, un miedo en el último grado de lo deprimente, que la tiene aplanada, moribunda. ¿Ves esa cara, ves esa expresión soñolienta y abatida, esa diafanidad propia de los primeros instantes de la muerte? ¿Por ventura eso tiene apariencia de vida? No parece sino que este simulacro de existencia permanece ante mis ojos por disposición milagrosa del cielo para consolarme durante la ausencia real de mi verdadera hija. Después de un largo y triste silencio, continuó así: -Andrés, mañana saldrá el sol; mañana habrá lo que en nuestro lenguaje llamamos día; mañana tendremos otro hoy, es decir, nuevos apuros. Veremos qué miga de pan me reserva Dios para el día que ha de venir. Como quiera que sea, mi hija tendrá mañana su plato en esta mesa. Así ha de ser, cueste lo que cueste. Y dicho esto, siguió redactando su diario. Cuando volví al lado de Siseta, la encontré más tranquila, engañada por el aparente alivio del pobre niño. Su principal inquietud (p.1201) consistía entonces en la ausencia de Badoret y Manalet, que a pesar de lo avanzado de la noche, no volvían a casa. Pero de acuerdo les supusimos ocupados en explorar la habitación vecina, y no se habló más sobre el particular. Retireme yo a mi guardia, pesaroso de dejarla sola, y durante toda la noche estuve mortificado por cavilaciones y presentimientos que no me dejaron dormir.
Ep-7-XV - Al día siguiente no ocurrió novedad particular. Gasparó seguía lo mismo. Badoret y su hermano aparecieron tras larga ausencia, llenos de rasguños, contusiones, magulladuras y mordidas; pero muy contentos con los cuartos que recientemente les había proporcionado su industria. A pesar de este refuerzo pecuniario, aquel día fue el abastecimiento de la casa más penoso y difícil que otro alguno, y Siseta, desmejorándose por grados, perdía robustez y salud de hora en hora. Como entonces ocurrieron acontecimientos terribles en nuestra casa, no puedo pasarlos en silencio. Después de un breve y violento sueño, despertome al rayar el día el golpear de un pie, que no por ser de amigo carecía de dureza, y cuando abrí los ojos, encaré con el tambor del regimiento, Felipe Muro, que me dijo: -Ha caído una bomba en la casa del canónigo Ferragut, calle de Cort-Real, y el tejado ha ido a buscar refugio dentro de los cimientos. Yo lo he visto, Andrés. Tu amigo el médico, D. Pablo Nomdedeu, salió a la calle gritando y bufando en cuanto vio arder las barbas del vecino. Felizmente la casa no ardió, y hasta hoy no tiene más avería que haber sido aplastada como un buñuelo. ¿No vas allá? De buena gana habría corrido al lugar de la catástrofe; pero la ordenanza me ataba a la muralla de Alemanes durante algunas horas, y esperé con la más cruel ansiedad. Cuando me encontré libre y pude trasladarme a la calle de Cort-Real, vi con alegría que mi casa estaba intacta, aunque amenazada de algún deterioro por la repentina falta de apoyo de la contigua, cuya fachada yacía casi totalmente en el suelo, viéndose desde la calle el interior de las habitaciones con parte (p.1202) de los muebles en la misma situación en que los dejó el dueño al abandonar su domicilio. Mentalmente di gracias a Dios por haber librado de la desgracia la casa de los míos, y corrí al lado de Siseta, a quien encontré en el taller y en el mismo sitio donde la había dejado la noche anterior, junto al lecho de su hermano. La consternación de la pobre muchacha era tal, que no acerté a tranquilizarla con inútiles consuelos. -Siseta -le dije- es preciso resignarse a lo que quiere Dios. ¿Y tu hermano? No me contestó ni había para qué, porque su hermano se moría. Ella misma hallábase en tan lastimosa situación física y moral, que sólo por un enérgico propósito de su fuerte espíritu, se mantenía vigilante y atenta a la agonía del pobre Gasparó. Sin el dolor, Siseta habría caído al suelo, abatida por el insomnio y la inanición; pero ella despreciaba su propia existencia, y para atenderla era preciso que desapareciese la de los demás. -¿El Sr. Nomdedeu no ha asistido a tu hermano? -le pregunté. -No -repuso-. El Sr. D. Pablo dice que aquí nada falta sino echarle tierra encima. -¿Y es posible que no te haya proporcionado algunas medicinas? Si él quisiera, podría hacerlo. -Dice que no hay medicinas. -Dime: ¿Gasparó ha tomado algún alimento? -Nada. Con los cuartos que trajeron ayer los chicos, se compró un pedacito muy chico de cecina; y lo puse en las parrillas, y esta mañana vino D. Pablo, se me arrodilló delante llorando a moco y baba, y como a pesar de esto me resistiera a dárselo, amenazome con matarme y se lo llevó. -¿Tú tampoco has tomado nada?.. ¡Oh! Es preciso que yo le siente la mano a ese ladronzuelo de D. Pablo. ¿Tenemos nosotros obligación de mantenerle a su hija? ¿Y tus hermanos? -No sé dónde están -repuso Siseta con profundo terror-. Desde anoche no han vuelto a casa. -Pero, Siseta -exclamé con angustia- no irían a la casa del canónigo. ¿Sabes que se ha venido al suelo? -No sé si irían allá.. Esta mañana sentí un gran ruido. Creí que era esta casa la que se venía al suelo; y abrazando a mi hermano cerré los ojos (p.1203) y me encomendé a Dios. Pero luego que cesó el ruido, miré al techo y lo vi en el mismo sitio. La gente gritaba en la calle, y era difícil respirar a causa del polvo. No, Dios mío, no es posible que mis hermanos estuvieran hasta hoy dentro de esa casa. Yo creo que habrán ido al mercado a vender lo que hayan cogido. Cada palabra pronunciada era un esfuerzo angustioso de la decaída naturaleza de Siseta. Cubría su frente helado sudor, y sentada en el suelo apoyaba sus brazos en la estera para sostenerse. Pálida como la misma muerte, y con los ojos apagados y hundidos, daba pena de ver cómo se agostaba aquella planta, sin poder echarle un poco de agua. De repente bajó metiendo mucho ruido el Sr. Nomdedeu, que al verme, me dijo: -¡Oh, Andresillo! ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! Supongo que traerás algo. Tú eres generoso y no te olvidas de los buenos amigos. -Nada traigo, señor doctor; y si trajera, no sería para usted. Cada cual se las componga como pueda. -¡Qué bromas gastas! Supongo que traerás siquiera un poco de trigo. Y tú, Siseta, ¿tienes algo para mí? ¿Tus hermanos no han traído nada? ¡Oh, amigos de mi alma! ¿No hay nada para este pobre infeliz que ve morir a su hija? Andrés, Siseta -añadió juntando las manos y poniéndose de rodillas delante de nosotros- haced la caridad, por amor de Dios, que todo lo que tuviereis de menos en la tierra lo tendréis de más en el cielo. Ya sabéis que aquí dan uno por ciento y allá dan ciento por uno. Andrés, Siseta, queridísimos amigos míos, vosotros que nadáis en la abundancia, socorred a este mendigo. Nada me queda ya: he vendido todos mis libros, y con las plantas de mi magnífico herbario, que he reunido durante veinte años, he hecho un cocimiento para dárselo a ella. Sólo me restan las plantas malignas o venenosas, y la incomparable colección de polipodiums, que os puedo vender.. ¿De veras que no tenéis nada? No puede ser. Ustedes esconden lo que tienen; ustedes me engañan, y esto no lo puedo consentir; no, no lo consentiré. De esta manera, Nomdedeu pasaba de la (p.1204) aflicción más amarga a una cólera hostil y atrabiliaria, que a Siseta y a mí nos infundió bastante recelo. -Sr. Nomdedeu -dije resuelto a alejar de nosotros huésped tan importuno- no tenemos nada. Ya ve usted. El pobre Gasparó se muere, y no podemos darle un buche de agua con vino. Déjenos usted en paz o tendremos un disgusto. -Eso se verá. Yo no me voy de aquí sin algo. Ustedes esconden lo que van comprando con los cuartos que traen los chicos. Mi hija no puede seguir así muchas horas, Andrés. Que se rinda Gerona, sí, señor, que se rinda, y que se vaya al infierno con cien mil pares de demonios el Sr. D. Mariano Álvarez, que ha dicho esta mañana: «Cuando la ciudad principie a desfallecer, se hará lo que convenga». No sé a qué espera. Aún no cree que la ciudad está bastante desfallecida. ¡Oh! Lo que debiera hacer el gobernador es castigar a los pillos que acaparan las vituallas, privando a sus semejantes de lo más preciso, y ustedes son estos, sí, señor. Ustedes tienen esas arcas llenas de comestibles, y lo menos hay ahí diez onzas de cecina y un par de docenas de garbanzos. Esto es un robo, un robo manifiesto. Siseta, Andrés, amigos míos: ya he vendido todas las estampas y cuadros de mi casa. ¿Queréis el perrito que bordó en cañamazo mi difunta esposa cuando estaba en la escuela? ¿Lo queréis? Pues os lo daré, aunque es una prenda que he estimado como un tesoro, y de la cual hice propósito de no deshacerme nunca. Os doy el perrito si me dais lo que está guardado en el arca. Abrimos el arca, mostrándole su horrenda vaciedad; pero ni aun así se dio por vencido. Estaba frenético, con apariencias de trastorno semejante a la embriaguez o al delirio de los calenturientos, y al hablar su lengua sin fuerza chasqueaba las palabras, entonándolas a medias, como un badajo roto que no acierta a herir de lleno la campana. Temblaba todo él, y el llanto y la risa, la pena, la ira, la resignación o la amenaza se expresaban sucesivamente en las rápidas modificaciones de su fisonomía agitada y movible como la de un cómico. Cuando me (p.1205) levanté para obligarle a salir, amenazome con los puños, y en un tono que no es definible, pues lo mismo podía ser dolorido llanto que honda rabia, nos dijo: -Miserables, ladrones de lo ajeno. Haré lo que dice el gobernador. Sí, Andrés, Siseta. Mi hija no se morirá; mi pobre hija no se morirá, porque cuando no haya otra cosa nos comeremos a ustedes y después se resolverá lo que más convenga. Cuando se retiró, Siseta me dijo: -Andrés, yo no sé si viviré mucho más que Gasparó. Haz el favor de buscar a mis hermanos. Si Dios ha determinado que en este día se acabe todo, se acabará. Somos buenos cristianos y moriremos en Dios.
Ep-7-XVI - Dejando para más tarde la exploración al mercado, marché a la abandonada vivienda de D. Juan Ferragut, canónigo de la catedral, que desde los primeros días del sitio huyó de Gerona buscando lugar más seguro. Aunque este veterano de las milicias docentes de Cristo no figura en mi relación, debo indicar que era el primer anticuario de toda la alta Cataluña; hombre eruditísimo e incansable en esto de reunir monedas, escarbar ruinas, descifrar epígrafes y husmear todos los rastros de pisadas romanas en nuestro suelo. Su colección numismática era célebre en todo el país, y además poseía inapreciable tesoro en vasos, lámparas, arneses y libros raros; pero el grande amor que tenía a estos objetos no fue parte a detenerle en su huida, abandonando la historia romana y carlovingia por poner en seguro la más que ninguna inestimable antigualla de la propia vida. Luego una bomba arregló el museo a su manera. Entrábase en la desierta casa por una pequeña puerta que comunicaba ambos patios, y que los vecinos solían tener abierta para venir a tomar agua en el del nuestro. Cuando penetré en el patio, hallé que una gran parte de este se había trocado en recinto cubierto, formado por la acumulación de vigas y tabiques atascados en un ángulo antes de llegar al piso. Aquel improvisado techo no necesitaba sino ligero impulso, una voz fuerte, una trepidación insensible para caer al (p.1206) suelo. Adelantando cuidadosamente llegué a la caja de la escalera, abierta a la luz y al aire por el hundimiento de las salas de la fachada y de una parte del techo por donde penetró la bomba. Cubrían el suelo muebles confundidos con trozos de pared, vidrios y mil desiguales fragmentos de preciosidades artísticas, materia caótica de la historia, que ningún sabio podía ya reunir ni ordenar. La escalera había perdido uno de sus tramos, y para subir era preciso trepar, saltando abruptas alturas. Desde abajo veíase el interior de una alcoba que debía ser la del señor canónigo, la cual pieza con un testero de menos, y conservando parte de sus muebles, se asemejaba a los aposentos de juguete para los niños, cuando se les quita la tapa o pared lateral, cuya ausencia permite ver el lindo interior. Si algunos cuadros, cofres y roperos manteníanse arriba en los mismos puestos que desde luengos años ocupaban, en cambio la cama del canónigo yacía en lo hondo de la escalera en una postura que podemos llamar boca abajo. Los gruesos pilares de aquel mueble, que no era otra cosa que un mediano monte de roble, aparecían por diversos puntos tronchados, esparciendo sus agudas astillas, y las colgaduras en desorden dejaban ver entre sus pliegues los brazos de marfil de un Santo Cristo, y las secas ramas de unas disciplinas. De entre los despojos de la piedra, y en la oscuridad de los rincones y honduras que formaban, vi surgir el brillo de dos discos luminosos, como dos puntos, como dos ojos que me miraban. A pesar de que sentí súbito temor, bajeme a recoger aquellas luces. Eran los espejuelos del buen Ferragut. En la imposibilidad de subir, di voces al pie de la escalera, por ver si desde aquellas solitarias cavidades me respondía alguno de los muchachos a quienes buscaba. Grité con toda la fuerza de mis pulmones: ¡Badoret, Manalet!, pero nadie me respondía. Recorrí todo lo bajo, explorando lo más escondido y lo más peligroso de los escombros, y sólo encontré la barretina de uno de los chicos; pero esto no era suficiente razón para suponer que ellos existiesen bajo las (p.1207) ruinas. Por último, regresando al hueco oí un agudo silbido, que resonaba en lo más alto del tejado. Aguardé un rato, y en breve oyéronse de nuevo los mismos agudos sones, y apareció una figura, que desde arriba con evidente peligro se inclinaba para mirar hacia el fondo. Era Badoret. El muchacho, poniéndose ambas manos en la boca, gritó: ¡Manalet, alerta! Y luego forzando la voz, añadió: -¡Allá van! ¡Allá va Napoleón, con toda la guardia imperial, y la tropa menuda! Dicho esto desapareció, y yo me quedé absorto esperando ver a Napoleón con toda la guardia imperial. En efecto; por la rota escalera descendía a escape tendido un numeroso ejército cuyos precipitados pasos metían bastante ruido. Saltaban de peldaño en peldaño por entre los pedazos de vigas, y con ligereza suma franqueaban los claros de la escalera, gruñendo, chillando, escarbando, describiendo piruetas, curvas, círculos, y empujándose, confundiéndose y precipitándose unos sobre otros. Delante iba el mayor de todos que era grandísimo, como ser de privilegiada magnitud y belleza entre los de su clase, y seguíanle otros de menos talla y muchos pequeños, entre los cuales había jovenzuelos, juguetones y muchos graciosos niños. No eran docenas, sino cientos, miles, ¡qué sé yo!, un verdadero ejército, una nación entera, masa imponente que en otras circunstancias me habría hecho retroceder con espanto. Las oscilaciones de sus largos rabos negros eran tales, que parecían culebras corriendo en medio de ellos, y sus brillantes ojos de azabache expresaban el azoramiento y la ansiedad de retirada tan vergonzosa. Venían hostigados, y la inmunda caterva pasó junto a mí y en derredor mío con rapidez inapreciable escurriéndose por entre los escombros hacia el patio. Seguíalos yo con la vista, y por una oscura puertecilla que vi en la pared, sumergiéronse todos en un segundo, como chorro que cae al abismo. Yo no había visto aquella puerta abierta en un ángulo y que ocultaban dos toneles puestos en el patio. Acerqueme a ella y desde la boca grité: - (p.1208) Manalet, ¿estás ahí? Al principio no sentí rumor alguno, sino un lejano y vago son de hojarasca que me parecía producido por las pisadas de la guardia imperial sobre montones de yerba seca. Pero al poco rato creí sentir como voces y lamentos que al principio parecieron aprensión mía o eco de mis propios gritos; pero oyendo que se repetían más acentuados cada vez, resolví aventurarme en lo interior del aposento oscurísimo que ante mí se abría. Nada pude ver en los primeros momentos; mas a poco de estar allí distinguí las formas robustas de las tinajas y toneles, cajones rotos, arreos de caballerías y de carros, y mil objetos de indefinible configuración, que iban saliendo poco a poco de la oscuridad a medida que mis ojos se acostumbraban a ella. El sitio era poco agradable, y no sé por qué las barrigas de aquellas tinajas me ofrecían un aspecto temeroso, causa para mí de invencible horror. Yo reconocí en aquellas formas extravagantes las de ciertos monstruos que venían a amedrentarme en mis sueños de enfermo, y no les faltaba más que cuatro patas resbaladizas, húmedas, cartilaginosas, para arrojarse sobre mí. A los pocos pasos produje el mismo ruido de hojarasca que antes había sentido, y observé que pisaba grandes capas de yerba seca, depositada allí sin duda para bestias que no habían de comerla. De pronto, señores, sentí que las hojas sonaban pisadas por mil patitas, y los cabellos se me erizaron de espanto. ¿Por qué, si allí no había leones, ni tigres, ni culebras, ni ningún animal verdaderamente fuerte y temible? Lo cierto es que tuve miedo, un miedo inmenso que heló la sangre en mis venas, dejándome atónito y paralizado. Quise huir y hundime en la yerba seca. Revolví los ojos en torno mío, y aumentó mi terror al ver que se disponía para acometerme por distintos lados con la rabia de mil bestias feroces todo el ejército imperial. En un instante me sentí mordido y rasguñado en los tobillos, en las piernas, en los muslos, en las manos, en los hombros, en el pecho. ¡Infame canalla! Sus ojuelos negros y (p.1209) relucientes como pequeñas cuentas, me miraban gozándose en la perplejidad de la víctima, y sus hocicos puntiagudos se lanzaban con voracidad sobre mí. Grité, pateé, manoteé; pero la flojedad del suelo en que me sostenía imposibilitaba mi defensa, y con esfuerzos extraordinarios pugnaba por echarme fuera de aquel mar de hoja seca en el cual, si era difícil el correr, más difícil era el nadar. La turba insolente, aguijoneada por el hambre, se atrevía a atacarme. ¿Qué puede uno solo de aquellos miserables animales contra el hombre? Nada; pero ¿qué puede el hombre contra millares de ellos, cuando la necesidad les obliga a asociarse para combatir al rey de la creación? Hallándome sin defensa, exclamé con angustia: ¡Badoret, Manalet, venid en mi auxilio! ¡Socorro! Por último, conseguí poner el pie en tierra firme, y sacudiendo manotadas a diestra y siniestra, logré aminorar el vigor del ataque. Corrí de un lado para otro, y me siguieron; subime a un gran tonel, y veloces como el rayo subieron ellos también. Su estrategia era admirable; adivinaban mis movimientos antes de que los realizase, y como saltara de un punto a otro, me tomaban la delantera para recibirme en la nueva posición. Animábanse en el combate por un himno de gruñidos que a mí me daba escalofrío, y parecía que rechinaban en acordada música militar sus dientes, demostrando gran rabia y despecho todos aquellos que no podían hacerme presa. ¡Terrible animal! ¡Qué admirablemente le ha dotado la Providencia para que se busque la vida a despecho del hombre, para que se defienda contra las agresiones de fuerza superior, para que venza obstáculos naturales, para que haga suyas las más laboriosas conquistas humanas; para que mantenga su inmensa prole en lo profundo de la tierra y al aire libre, en los despoblados lo mismo que en las ciudades! La Providencia le ha hecho carnívoro para que encuentre alimento en todas partes; le ha hecho un roedor para que devore a pedazos lo que no puede llevarse entero; le ha dado ligereza para que huya; blandura para que no se sientan sus (p.1210) alevosos pasos; finísimo oído para que conozca los peligros; vista penetrante para que atisbe las máquinas preparadas en su daño, y agudo instinto para que con hábiles maniobras burle vigilancias exquisitas y persecuciones injustas. Además posee infinitos recursos y como bestia cosmopolita, que igualmente se adapta a la civilización y al salvajismo, posee vastos conocimientos de diversos ramos, de modo que es ingeniero, y sabe abrirse paso por entre paredes y tabiques para explorar nuevos mundos; es arquitecto habilísimo, y se labra grandiosas residencias en los sitios más inaccesibles, en los huecos de las vigas y en los vanos de los tapiales; es gran navegante, y sabe recorrer a nado largas distancias de agua, cuando su espíritu aventurero le obliga a atravesar lagunas y ríos; se aposenta en las cuadernas de los buques, dispuesto a comerse el cargamento si le dejan, y a echarse al agua en la bahía para tomar tierra si le persiguen; es insigne mecánico, y posee el arte de trasportar objetos frágiles y delicados, secretos de que el hombre no es ni puede ser dueño; es geógrafo tan consumado, que no hay tierra que no explore, ni región donde no haya puesto su ligera planta, ni fruto que no haya probado, ni artículo comercial en que no haya impreso el sello de sus diez y seis dientes; es geólogo insigne y audaz minero, pues si advierte que no disfruta de grandes simpatías a flor de tierra, se mete allí donde jamás respiró pulmón nacido, y construye bóvedas admirables por donde entra y sale orgullosamente, comunicando casas y edificios, y huertas y fincas, con lo cual abre ricas vías al comercio y destruye rutinarias vallas; y por último, es gran guerrero, porque además de que posee mil habilidades para defenderse de sus enemigos naturales, cuando se encuentra acosado por el hambre en días muy calamitosos, reúne y organiza poderosos ejércitos, ataca al hombre, y al fin, si no halla medio de salir del paso, estos ejércitos se arman unos contra otros, embistiéndose con tanto coraje como táctica, hasta que al fin el vencedor vive a costa (p.1211) del vencido. Poseyendo un gran sentido civilizador, se acomoda al carácter de las comarcas y regiones que escoge para desarrollar su genio activo, y come siempre de lo que hay. Eso sí, no respeta ni sabe respetar nada: en el tocador de la dama elegante se come los perfumes; y en casa del boticario las medicinas. En la iglesia hace mil condimentos con las reliquias de los santos, y en los teatros se apropia los coturnos de Agamenón y la loriga de D. Pedro el Cruel. Artista a veces, si el destino le lleva a los museos, se almuerza a Murillo y cena con algo de Rafael, y cuando acierta a penetrar en casa de los anticuarios o de los eruditos, se convierte en uno de estos por la influencia de la localidad, es decir, que se traga los libros. Todas estas eminentes cualidades las desplegó contra mí la inmensa falange. Aquellos padres que por dar de comer a sus hijos; aquellos amantes esposos que por librar de la muerte a sus mujeres, no vacilaban en mirar frente a frente a un ser superior, tenían toda la perversidad que dan las supremas exigencias de la vida. Pero era realmente una vergüenza para mí el rendir mi superioridad de fuerza y de inteligencia ante aquella chusma de los bodegones, que procedentes de distintos puntos de la ciudad, por caminos sólo sabidos de ella sola, se había reunido en tal sitio. Así es, que reponiéndome al cabo de algún tiempo de mi primitivo susto, arrebaté un palo que al alcance de la mano vi, y haciendo pie firme sobre el tonel, comencé a descargar golpes a todos lados, increpando a mis enemigos con todos los vocablos insultantes, groseros y desvergonzados de la lengua española. Si no obtuve desde luego por este medio ventajas positivas, conseguí al menos amedrentar a los pequeños, que eran los más insolentes, y sólo los grandes continuaron empeñados en roerme. Pero los grandes me ofrecían un blanco más seguro, y he aquí que después de un rato de combate peligroso, incesante, en que multiplicaba los movimientos de mis brazos y piernas con rapidez más propia de un bailarín que de un guerrero, comencé a (p.1212) adquirir alguna ventaja. La ventaja en las batallas, una vez que se manifiesta, va creciendo en proporción geométrica, determinada por los temores y recelos del que flaquea, por el orgullo y reanimación del que gana terreno, y esto me pasó a mí, que al fin, señores míos, a fuerza de trabajo y de angustia pude adquirir el convencimiento de que no sería devorado. Cuando me vi libre de la guardia imperial (pues no renuncio a darle este nombre) me hallaba tan cansado que di con mi cuerpo en tierra. -Si me atacan otra vez -dije para mí- acabarán conmigo.
Ep-7-XVII - Pero en la desbandada del numeroso ejército, no abandonaron el campo todos los combatientes, no: allí enfrente de mí, arrastrando por el suelo su panza formidable estaba uno, el más grande, el más fuerte ¿por qué no decirlo?, el más hermoso de todos, fijando en mí el chispeante rayo de sus negras pupilas, con la oreja atenta, el hocico husmeante, las garras preparadas, el pelo erizado, y extendida la resbaladiza cola escamosa y pardusca. -¡Ah, eres tú, Napoleón! -exclamé en voz alta como si el terrible animal entendiese mis palabras-. Ya te reconozco. Eres el mayor y el más fuerte de todos, eres el que iba delante cuando bajabais por la escalera. Infame, tu corpulencia y tus años te dan sobre los de tu ralea la superioridad que demuestras; pero eres un egoísta que por tu propio provecho reúnes a tus hermanos para que te ayuden en tus carnicerías. Miserable, ellos están flacos y tú estás gordo. Lo que ellos husmean tú te lo comes, y a falta de otro manjar, devorarás a los pequeñuelos que te siguen, orgullosos de tener un general tan bravo. Miserable, ¿por qué me miras? ¿Crees que te temo? ¿Crees que temo a una vil alimaña como tú? El hombre, que a todos los animales domina, que de todos se vale, que se alimenta con los más nobles ¿temblará ante un indigno roedor como tú? Corrí hacia él, pero desapareció agachándose para esconderse entre unos maderos. Despejé aquel sitio; pero él se escurrió ligeramente y le perdí de vista. Esta exploración me llevó muy adelante en la (p.1213) larga bodega, y en la crujía inmediata vi que se desparramaban a un lado y otro, corriendo por encima de las tinajas y por las mil sinuosidades de la pared, mis enemigos de un momento antes. Todos me miraban pasar y corrían de un lado para otro. No me quedaba duda de que eran algunos miles. A cada instante me parecía mayor su número. En un rincón de la última crujía había un pequeño tonel en pie tapado con una baldosa, con aspecto muy parecido al de una colmena. Cierto vago rumor que de allí salía, me hizo fijar la atención, y entonces vi que por la posición del tonel, la boca estaba de frente. Pero lo que me causó sorpresa no fue esto, sino que por dicha boca apareció un dedo y después dos. En el mismo momento una voz al mismo tiempo infantil y cavernosa, como voz de niño que sale por el agujero de un tonel, llegó a mis oídos diciendo: -Andrés, ya te veo. Aquí estoy. Soy yo, Manalet. ¿Se ha ido esa canalla? Me he encerrado aquí para que no me comieran, y he tapado mi casa con una baldosa. ¿Tienes algo de comer? -No; ya puedes salir. No tengas miedo -le respondí. -Están ahí todavía. Siento sus patadas. Son cientos de miles. Ayer no había tantos; pero Napoleón ha ido esta mañana y ha vuelto con no sé cuántos miles más. Toma este eslabón y esta yesca, Andrés. Prende fuego en un manojo de yerba, teniendo cuidado de que no se encienda todo y verás cómo echan a correr. Diome por el agujero el pedernal, eslabón y pajuela, y al punto hice fuego. Cuando el resplandor de la llama iluminó las oscuras bóvedas y muros, todos los caballeros corrieron despavoridos, y bien pronto no quedó uno. Ignoro el lugar de su repentina retirada. -Se han ido -dije-. Ya puedes salir. Entonces vi que se levantaba la baldosa que tapaba el tonel y aparecieron los cuatro picos negros de un bonete de clérigo. Debajo de este tocado se sonreía con expresión de triunfo la cara de Manalet. -Si tú no vienes -dijo- ¿qué hubiera sido de mí? -¡Bonito sombrero! -exclamé riendo. -Perdí la barretina, y como tenía frío en la (p.1214) cabeza.. -¿Y Badoret? -Está en el tejado. Oye lo que nos pasó. Ayer cazamos algunos; pero no pudimos coger a Napoleón; que así le llamamos por ser el más grande y el más malo de todos. Cuando anocheció, anduvimos dando vueltas por la casa y nos encontramos una cama; ¡qué cama, Andresillo! Era la del canónigo. Como valía más que la nuestra, nos acostamos en ella; pero no pudimos dormir, porque al poco rato sentimos un rum de dientes y uñas.. Eran esos pillos que se estaban cenando la biblioteca. Nos levantamos, Andrés, y les apedreamos con los libros y con los muchos cacharros y figuritas de barro que el canónigo tiene allí. ¿Pues creerás que no pudimos coger ninguno vivo? Perseguidos por nosotros, se fueron en bandada al tejado, luego bajaron al patio, volvieron, y nosotros siempre tras ellos sin poderlos pescar. Pero me dijo Badoret: «Yo me voy al tejado, y les hostigaré para que bajen. Ponte tú a la entrada de la bodega, detrás de la puerta, y conforme vayan entrando, les vas descargando palos, y alguno ha de caer». Así lo hicimos. Yo bajé aquí, y desde arriba Badoret me decía: «Alerta, Manalet. ¡Allá van!». ¿Querrás creer que estando yo en esa puerta entraron todos en batallón con tanta fuerza que me caí al suelo? Cuando me levanté encendí la luz y todos se marcharon; pero luego volvieron y entre todos casi me comen. ¡Ay, Andrés, qué miedo! Uno me roía por aquí, otro por allá, y yo empecé a llorar, porque ya creía no volver a ver más a Siseta, a Gasparó, a ti ni al Sr. Nomdedeu. Pero, amigo, oye lo que hice para escapar: le recé a San Narciso y a la Virgen unos ocho padrenuestros lo menos, y cátate aquí que no había de decir más líbranos del mal amén, cuando, chico, suenan unos truenos, unos cañonazos, unos estampidos tan terribles que aquello parecía el fin del mundo. ¿Qué crees que era? Pues nada más sino que un gigante empezó a dar patadas en la casa, encimita de aquí, y desde esta misma bodega sentí caer las paredes. Allí habías de ver cómo corrían estos bichos, llenos de miedo por los golpes que dio el (p.1215) gigante mandado por la Virgen y San Narciso para salvarme. Me parece que le estoy oyendo. -Pues qué, ¿habló también? -Sí, hombre. Pues no había de hablar. Después de dar muchas patadas dijo con un vozarrón muy fuerte: «¡Canallas, dejad a Manalet!». Pues verás. Después de esto quise salir, pero no encontré la puerta. Me volví loco dando vueltas para arriba y para abajo, y otra vez recé a San Narciso y a la Virgen para que me sacaran. Nada, no me querían sacar. Luego volvió Napoleón, y con él muchos, muchísimos más, porque has de saber que por el agujero que está debajo de aquella pipa se pasan de esta casa al almacén de la calle de la Argentería, y también van al río, y a las casas de la plaza de las Coles. Como ahora no encuentran qué comer en ninguna parte, andan de aquí para allí y entran y salen. Pues, hijito, la volvieron a emprender conmigo, y la segunda vez no me valió rezar hasta diez y ocho o diez y nueve padrenuestros. Lo que hice fue encender luz, y entonces me dejaron en paz; pero tenía tanto miedo que me metí en el tonel donde me encontraste y lo tapé con la baldosa para estar más seguro. Yo decía: «¿Pero tendré que estar aquí un par de años, San Narcisito de mi alma?». Y me acordaba de Siseta y de Gasparó. ¡Ay, Andrés, si no vienes tú, allí me quedo! -Pues vámonos fuera -le dije tomándole por la mano- y busquemos a Badoret para salir de esta casa. Veo que los dos sois unos cobardes, que os habéis dejado acoquinar por esos animalitos. ¿Habéis llevado algo al mercado? -¡Qué habíamos de llevar! Espérate y verás. Hemos de coger vivos un par de docenas, y si tú nos ayudas.. Andresillo, Napoleón vale lo menos nueve reales. Si le cogiéramos.. Salimos fuera y Manalet se sorprendió de ver los destrozos causados en la casa por la explosión del proyectil. -Mira los desperfectos hechos por el gigante que vino a salvarte, Manalet. Ahora tratemos de subir en busca de tu hermano. -En el otro patio hay una escalera chica por donde se puede subir -dijo-. ¡Cómo está la casa! Bien decía yo que el gigante, por (p.1216) querer meter mucho ruido, la destrozó toda. Subimos, y en ninguna de las habitaciones del piso principal vimos al buen Badoret. Le llamábamos, pero ninguna voz nos respondía. Por último, le hallamos dormido sobre una cama colocada en uno de los últimos aposentos del desván. Despertámosle y nos llevó a la biblioteca donde, según dijo, tenía un repuesto de víveres que había encontrado en la casa. -Sí, señor D. Andrés -dijo sacando gravemente una llave del bolsillo de sus andrajosos calzones-. Aquí tengo una buena cosa. Y abrió la gaveta de una gran cómoda antigua chapeada de marfil y madreperla. Lo primero que vi fue un gran número de antiguas monedas de cobre y plata, todas romanas, a juzgar por lo que había oído contar de las colecciones del canónigo Ferragut. Badoret apartó a un lado varios objetos, y descubrió un niño Jesús de esa pasta de alfeñique que tan bien han hecho siempre las monjas. -Este es un regalito que hicieron las monjas al señor canónigo -dije tomándolo -. Se lo llevaremos a Siseta. En casos de hambre, es lícito comerse lo ajeno. Muchachos, cuidado con coger una sola de esas monedas. Al niño Jesús le faltaba una pierna devorada por Badoret, y no pude evitar que Manalet se comiese la otra. -¿Tienes algo más? -pregunté. -Sí -dijo Badoret-. Si el Sr. Andrés quiere unas lonjitas de manuscrito de ochocientos años y una copa de tinta superior, se lo puedo servir. Por el suelo yacían arrojados en desorden y medio roídos por los ratones, los preciosos manuscritos y los incunables, reunidos en tantos años por el celo y la paciencia del ilustre clérigo; y con un plano a pluma de la vía romana ampurdanesa, Badoret se había hecho un sombrero de tres picos. -Aquí tengo un pincho que voy a llevar esta tarde a la muralla para ver qué dicen de él los franceses -dijo el mismo señalando una partesana del renacimiento, cuyo rico damasquino causaría admiración al menos inteligente-. Por ese agujero que está en el rincón, salieron varios generales que venían de la otra casa, y para cortarles la retirada (p.1217) lo tapé con la cabeza de aquella estatua de mármol que está debajo del sillón. En efecto, una cabeza de ángel tapaba un agujero que se abría por el desconche de la mampostería en el zócalo de la pieza. Estaba ajustado y atacado con papeles y trozos de vitela, entre cuyos pliegues se advertía el hermoso colorido y el oro de las letras pintadas por los benedictinos de la Edad Media. -Habéis destrozado todas las maravillas que aquí tenía el Sr. Ferragut -dije con enfado-. En cambio de tanta pérdida, nada habéis podido llevar hoy al mercado. -Ya llevaremos, amigo Andrés -me contestó Badoret-. ¿Cómo está mi hermana? ¿Cómo está mi señor hermano D. Gasparó? No salgo de aquí sin llevarles una buena pieza. La cabeza del niño Jesús será para el chiquito, el cuerpo para Siseta, un brazo para la señorita Josefina, y otro para el Sr. Nomdedeu. Veremos si se coge a Napoleón. Anoche vino aquí y quiso llevarse un pedazo de vela de cera. Si no estoy pronto a coger el violín en que tocaba el señor canónigo y a estampárselo encima, carga con ella. En el suelo yacía hecho astillas el Estradivarius del buen Ferragut; pero Manalet le recogió con intento, según dijo, de hacer un barco con él. -Andrés -dijo Badoret-. Napoleón es malo y traidor. No se deja coger, y sabe más que todos nosotros. Cuando viene con su gente, él se pone delante y les echa cada arenga.. Cuando encuentran algo, él se lo come y da hocicadas a los demás. Aunque le tires encima palos, cacharros, estatuas, cuadros, monedas, libros, violines, bonetes, mapas y cuanto hay aquí no consigues matarle ni herirle. Te diré por qué. Tú crees que Napoleón es una rata. Aviado estás. No es sino el demonio, el demonio mismo. O si no, escucha. Anoche después que bajó Manalet, me tendí en la cama del canónigo, que es más blanda que la mía, y desde que cerré los ojos sentí que me roían un dedo. Sacudí la mano y aquello pasó. Pero luego empezaron a roerme otro dedo. ¡Ay, chico, qué miedo! Volviéndome del otro lado, me puse panza arriba. Entonces el condenado animal se me subió encima (p.1218) del pecho. Chico, cada pata pesaba tanto como la torre de San Félix; ya me iba aplastando, aplastando, y no podía respirar. Ya tenía el pecho como el canto de un papel.. Aunque me daba muchísimo miedo, tenía muchísima gana de verlo, y dije: «¿abro los ojos o no los abro?». A veces decía: «los abro», y a veces decía: «pues no los abro». Por fin, amigo, dije: «pues quiero verlo», y lo vi. ¡Jesús me valga! Lo tenía encima, echado sobre los cuartos traseros, y con las patas delanteras tiesas. Me miraba y los ojos no eran sino como dos lunas muy grandes. En la punta de cada pelo negro tenía una chispa de fuego, y los bigotes eran tan grandes, tan grandísimos como de aquí.. como de aquí, ¿hasta dónde diré?, hasta el campanario de las monjas Descalzas. El picarón estaba muy satisfecho mirándome, y se relamía con una lenguaza de fuego encamado tan grande como toda la calle de Cort-Real, desde la plaza del Aceite hasta Ballesterías. Yo quería saltar pero no podía. ¡Pobrecito de mí! Quise echarme a llorar llamando a Siseta, pero tampoco pude. Así estuve hasta que me ocurrió decir: «Huye, perro maldito, al infierno». Amigo, el animal saltó bufando. Corrí tras él de un aposento a otro y grité: «Por la señal de la Santa Cruz». Del dormitorio corrió a la biblioteca, de la biblioteca al dormitorio, hasta que al fin.. ¿qué pensarás que hizo? ¡Bendita sea mi boca! Pues reventó, quiero decir, saltó contra las paredes y el techo, y paredes y techo todo se vino abajo. La escalera que está pegada el dormitorio se cayó, haciendo un ruido, ¡qué ruido! Las paredes iban retumbando así, bum, bum.. la cama, los muebles, todo se hizo pedazos, todo se cayó al fondo, y luego, chico, el patio subió arriba: yo vi el brocal del pozo volando por los aires, y el tejado se fue al patio y media casa se hizo polvo. Yo me acurruqué detrás de ese armario, y allí, con las manos en cruz, recé hasta que se me secó la lengua. Un sudor se me iba y otro se me venía. En fin, Andresillo, hasta que no llegó el día, no salí del rincón, ni se me quitó el miedo. Luego subí al desván, estuve (p.1219) rondando por las bohardillas que no se habían hecho pedazos, y allí me encontré otra vez con el señor Napoleón, seguido de su guardia imperial. Les hostigué: se retiraron por la escalera abajo, llamé a Manalet, no me respondió, me metí en el cuarto del ama del canónigo, registrando todo y en el arca encontré el niño Jesús de alfeñique y después, sin saber cómo ni cuándo quedeme dormido en la cama donde me encontraste. -Pues ahora a casa -le dije-. Que vuestra hermana está con cuidado por ausencia tan larga. -Despacio, amigo Andrés -me contestó el mayor-. Mira lo que tengo aquí preparado. ¿Ves este gran artesón? Pues se le pone boca abajo, levantado por un lado con una cañita, se ata a la punta alta de la cañita un hilito, se ponen debajo unos pedazos de esos ratoncillos muertos que hay en la escalera, los cuales quemaremos antes para que huelan; plantamos en el patio toda esta artimaña, y nos escondemos en la escalera, con el hilito en la mano para poder tirar sin que nos vean. Hacemos humo en el sótano quemando la yerba. Salen todos, con el gran Napoleón a la cabeza, y este los lleva al artesón, que es España; empiezan a roer diciendo: «qué buena conquista hemos hecho»; entonces tiramos del hilo, y España se les cae encima cogiéndoles vivos.
Ep-7-XVIII - Diciendo esto, cargaron con el artesón y bajáronlo al patio, y en un instante el traidor aparato quedó muy bien instalado, con el cebo dentro y el hilo en su sitio. España estaba dispuesta: no faltaba más que la invasión francesa. Badoret entró impertérrito en la bodega y volvió al poco rato diciendo: -Están en guerra unos con otros. Vengan acá, que esto merece verse-. Entramos, y en efecto, vi la colosal batalla. Yo sabía que aquel enérgico y emprendedor animal se vuelve en su desesperación contra su propia casta cuando no encuentra en ninguna parte medios de subsistencia; pero jamás había visto los choques de aquellos feroces ejércitos, que se embestían con la saña salvaje de las primitivas guerras entre los hombres. Se arrojaban unos sobre otros, enredándose en (p.1220) horroroso vórtice, y se clavaban sin piedad las terribles armas de sus agudos dientes. Esta lucha no era en modo alguno una revuelta explosión de odios y hambres individuales, sino que tenía conjuntos poderosos, y las masas parduscas indicaban empujes colectivos dirigidos por el instinto militar que algunas castas zoológicas poseen en alto grado. -Los que están bajo el tonel -dijo Badoret- son los del lado de allá del Oñá que han venido nadando. Con ellos están todos los de la parroquia de San Félix, y los de este lado son los de la plaza de las Coles, los más gordos, los más bravos, y tienen por jefe a Napoleón. -Pues esos que han venido nadando -dije yo- no son otros que los ingleses, y los de la parroquia de San Félix son la gente del Norte. Me parece que va ganando Francia, es decir, la plaza de las Coles. Sus gruñidos formaban un rumor espeluznante. Las desigualdades del terreno permitían a los ejércitos desarrollar en gran escala poderosa estrategia. Subían unos a apoderarse de un cajón vacío, y embestidos hábilmente por la espalda, eran arrollados y expulsados de su posición. Las masas pequeñas se reunían formando enorme cuña que al punto desbarataba la extensa línea de los contrarios; estos, desorientados y en desorden, reuníanse de nuevo concertando sus falanges, y sobre los cadáveres exangües, las mil patitas marchaban con vertiginosa carrera. Los más pequeños caían rodando impulsados por los grandes, y las panzas blanquecinas vueltas hacia arriba, variaban el informe aspecto de los valientes escuadrones. Las luchas individuales sucedían a los empujes colectivos, y la heroica sangre teñía los feraces campos. ¿A quién pertenece la victoria? Ahora lo veremos. Los de la plaza de las Coles dominaron el tonel, y plantándose allá con provocativa presunción, miraron jadeantes aún de cansancio, cómo huían hacía el fondo de la bodega las huestes destrozadas de la parroquia de San Félix y del otro lado del Oñá. -Badoret, Manalet -exclamé yo-. Francia es vencedora. ¿Veis? Ya domina la hermosa (p.1221) Italia; observad cómo corre hacia el Norte esa nube de tudescos y sajones. Pero esto no ha concluido. Vedle allí. Ved cómo se relame, cómo enrosca el largo rabo reluciente cual una cuerda de seda. Con los ojuelos negros en que resplandece el genio de la guerra, observa desde aquella altura las diversas comarcas que tiene a sus pies, y los movimientos de sus desorganizados enemigos. Está midiendo el terreno, y su previsión admirable adivina los sitios que escogerán los otros para esperarle. Atended bien, Badoret y Manalet: reparad que después que ha descansado un rato, gozándose allá arriba con sus rápidos triunfos, se prepara a bajar de su trono. Inmensas falanges llenas de entusiasmo le rodean, y allá en el Norte el espacio resuena con el chirrido de mil dientes que chocan, y las colas azotan con impaciencia el suelo. Nuevas batallas se preparan, Badoret, Manalet. Esto no quedará así, y si no me engaño, el pérfido aspira a dominar todos los subterráneos, desde el Galligans hasta el puente de piedra y ambas orillas del hermoso Oñá. ¿Oís? Las belicosas uñas se afilan en el suelo, y en las cuentecitas de vidrio que tienen por ojos brilla el ardor de los combates. La hora terrible se acerca, y el ogro, hambriento de carne y nunca saciado, devorará a los hijos del Norte. ¡Ay! ¡Las pobres madres han concebido y dado a luz nada más que para esto! Ya van; ya se acercan. Ved cómo todos los de la otra crujía se reúnen, acudiendo de distintas partes. El ogro desciende pausadamente de su trono, y una aureola de majestad le rodea. A su vista los débiles se hacen fuertes y los tímidos se arrojan a los primeros puestos. Ya se encuentran y está trabada de nuevo la feroz pelea. Avanzamos para ver mejor, y vimos cómo se devoraban llevando siempre la mejor parte los de abajo, es decir, Francia. Si los otros eran más fuertes, estos parecían más ligeros. Los del lado allá del Oñá, los de San Félix y el Matadero, se sostenían enérgicamente, pero al fin no les era posible resistir el empuje de sus contrarios, que parecían poseídos de sublime enajenación, y sus (p.1222) hociquitos negros y bigotudos lo arrasaban todo delante de sí. Si lo que les impulsaba a la lucha era pura y simplemente el anhelo de satisfacer su apetito, una vez trabada aquella, despierto y exaltado el genio militar, los escuálidos soldados no se acordaban de llenar sus panzas con los despojos del vencido, y un ideal de gloria les impelía a avanzar sobre los rotos escuadrones, sobre las tinajas teñidas de sangre, sobre el tonel jamás conquistado, dominándolo todo con su planta atrevida. Creerán los oyentes que miento, que desfiguro los hechos, que pinto lo que me conviene; juzgarán que mi cabeza trastornada por las penalidades y debilitada por la inanición, forjó ella misma para su propio entretenimiento estas batallas de roedores, estas ambiciones de la última escala animal, para representar en pequeño las de la primera. Pero yo juro y perjuro que nada he dicho que no sea cierto, así como también lo es que Badoret, al ver cómo se destrozaban, encendió una buena porción de yerba, apartándola del resto, para que no se declarase incendio, y al instante el mucho y denso humo nos obligó a salir afuera apresuradamente. -Ahora no quedará uno dentro -dijo Badoret-. Andrés y tú, hermano, coged un palo, y cuando salgan, de cada garrotazo caerá un regimiento. Yo tiraré del hilo de la trampa. Si algún otro que el gran emperador se acerca a comerse el cebo, espantadle con un golpe. En la trampa no ha de caer sino Su Majestad. Pronto la puerta de la oscura cueva empezó a vomitar gente y más gente, es decir, guerreros de aquella formidable pelea que habíamos visto. Corrieron por el patio en distintas direcciones, subieron la escalera, tornaron a bajar, y no pocos de ellos se acercaron al artesón en quien veían los chicos nada menos que la representación genuina de nuestra querida y desgraciada madre España. Badoret de improviso impúsonos silencio diciendo: -Ahí viene; apártense todos, y abran paso a su grandeza. En efecto, el más grande, el más hermoso, el más gordo de aquellos caballeros, apareció en la puerta del subterráneo. (p.1223) Desde allí revolvió con orgullo a todos lados los negros ojos, y moviéndose despaciosamente, arrastraba con elegantes ondulaciones el largo rabo. Contrajo el hocico, mostrando sus dientes de marfil, y rasguñó el suelo con majestuoso gesto. Anduvo largo trecho entre la turbamulta de los suyos, que con desdén miraba, y al llegar a la mitad del patio, vio aquel inusitado aparato que teníamos dispuesto. Acercose, y estuvo mirándolo por diversas partes, sorprendido sin duda de su extraña forma, y solicitado de los olorosos reclamos del cebo hábilmente puesto dentro. Muy por lo bajo, dije yo a Manalet: -Este emperador tiene demasiado talento para meterse aquí. -Quién sabe, Andresillo -me contestó el chico-. Como está tan enfatuado con las batallas que acaba de ganar, y se le habrá puesto en la cabeza que para él no hay ratoneras, ni trampas, ni lazos, puede que se ciegue y se meta dentro. Napoleón se acercó con paso resuelto. Aunque dotado de inmensa previsión y de penetrante vista, el humo de gloria que llenaba su cerebro había enturbiado sus poderosas facultades, y encontrándolo todo fácil, sin ver más que a sí mismo y a su feliz estrella, precipitose decididamente dentro de España. El hilo funcionó, y cayendo con estrépito la artesa, Su Majestad quedó en la trampa. -¡Ah, pícaro, tunante, ladrón! -exclamó Badoret saltando de gozo-. Ahora las vas a pagar todas juntas. -Irá vivo al mercado -añadió el otro- y nos darán por su cuerpecito nueve reales. Ni un cuarto menos, hermano Badoret.
Ep-7-XIX - Atado por el rabo el vencedor de Europa, los chicos querían llevarlo al mercado; pero yo lo tomé para mí, diciéndoles: -Si trabajáis un poco más no os faltarán otros respetables sujetos que llevar al mercado. Dejad este para mí, que lo necesito, y coged a Saint-Cyr, a Duhesme, a Verdier y a Augereau. Haciendo, pues, nuevas y valiosas presas se marcharon. Yo atravesaba la puertecilla, mejor dicho, el agujero que comunicaba al patio de la casa de Ferragut con la mía, cuando mi cabeza tropezó con otra cabeza. Nos (p.1224) topamos el señor Nomdedeu y yo, él queriendo entrar y yo queriendo salir. -Detente un rato más, Andrés -me dijo con agitación- y ayúdame. Pero qué hermoso animal tienes ahí. ¿Cuánto pides por él? -No lo vendo -repuse con orgullo. -Es que yo lo quiero -me dijo con firmeza, deteniéndome por un brazo-. ¿Sabes que se ha muerto Gasparó? Mi hija se muere también, es decir, quiere morirse; pero yo no lo permito, no lo permitiré, no señor; estoy decidido a no permitirlo. -Nada de eso me importa, Sr. Nomdedeu -repuse-. ¿Cómo está Siseta? -¿Siseta? Se morirá también. He aquí una muerte que importa poco. Siseta no tiene padre que se quede sin hija. ¿Me das lo que llevas ahí? -Usted bromea. Adiós, Sr. Nomdedeu. Por aquella puerta se baja a donde hay mucho de esto. -¡Oh! ¡qué repugnante sitio! -exclamó el doctor-. ¿Pero qué llevas ahí? Un niño Jesús de alfeñique. Dámelo, Andrés, dámelo. ¡Azúcar! Dios mío. ¡Azúcar! ¡Qué rayo de luz divina! -No puedo darlo tampoco. Es para Siseta. El doctor se puso lívido, más lívido de lo que estaba, y mirome con una expresión rencorosa que me llenó de espanto. Le temblaban los labios, y a cada instante llevábase las convulsas manos a su amarillo cráneo desnudo. Me infundía lástima; me infundía además su vista poderoso egoísmo, y le detestaba, sí, le detestaba, sobre todo desde que tuvo la audacia de mirar con ávidos ojos el niño Jesús sin piernas que yo llevaba. -Andrés -me dijo- yo quiero ese pedazo de azúcar. ¿Me lo darás? Examine rápidamente a Nomdedeu. Ni él tenía armas, ni yo tampoco. -Si no me lo das, Andrés -prosiguió- yo estoy dispuesto a que se pierda mi alma por quitártelo. Diciendo esto, el doctor, sin darme tiempo a tomar actitud defensiva, arrojose sobre mí, y me hizo caer al suelo. Clavome las manos en los hombros, y digo que me clavó, porque parecía que manos de hierro, horadando mi carne, se hundían en la tierra. Luché, sin embargo, en aquella difícil posición, y conseguí incorporarme. La fuerza de Nomdedeu era vigorosa pero de poca consistencia, y se (p.1225) consumía toda en el primer movimiento. La mía, muscular e interna, carecía de rápidos impulsos; pero duraba más. ¡Oh, qué situación, qué momento! Quisiera olvidarlo, quisiera que se borrara por siempre de mi memoria; quisiera que aquel día no hubiese existido en la esfera de lo real. Pero todo fue cierto y lo mismo que lo voy contando. Yo pesé sobre D. Pablo, como él había pesado sobre mí, y pugné por clavarlo en el suelo. Yo no era hombre, no, era una bestia rabiosa, que carecía de discernimiento para conocer su estúpida animalidad. Todo lo noble y hermoso que enaltece al hombre había desaparecido, y el brutal instinto sustituía a las generosas potencias eclipsadas. Sí, señores, yo era tan despreciable, tan bajo como aquellos inmundos animales que poco antes había visto despedazando a sus propios hermanos para comérselos. Tenía bajo mis manos, ¿qué manos?, bajo mis garras a un anciano infeliz, y sin piedad le oprimía contra el duro suelo. Un fiero secreto impulso que arrancaba del fondo de mis entrañas, me hacía recrearme con mi propia brutalidad, y aquella fue la primera, la única vez en que sintiéndome animal puro, me goce de ello con salvaje exaltación. Pero no fui yo mismo, no, no, lo repetiré mil veces; fue otro quien de tal manera y con tanta saña clavó sus manos en el cuello enjuto del buen médico, y le sofocó hasta que los brazos de éste se extendieron en cruz, exhaló un hondo quejido, y cerrando los ojos, quedose sin movimiento, sin fuerzas y sin respiración. Me levanté jadeante y trémulo, con el juicio trastornado, incapaz de reunir dos ideas, y sin lástima miré al desgraciado que yacía inerte en el suelo. El niño de alfeñique cayóseme de las manos, y Napoleón, que durante la lucha se había visto libre, cargó con él, huyendo a todo escape, con el hilo aún atado en la cola. Esperé un momento. Nomdedeu no respiraba. La brutalidad principió a disiparse en mí, y así como en las negras nubes se abre un resquicio, dando paso a un rayo de sol, así en los negrores de mi espíritu se abrió una hendidura, por donde la (p.1226) conciencia escondida escurrió un destello de su divina luz. Sentí el corazón oprimido; mil voces extrañas sonaban en mi oído, y un peso, ¡qué peso!, una enorme carga, un plomo abrumador gravitó sobre mí. Quedeme paralizado, dudaba si era hombre, reflexioné rápidamente sobre el sentimiento que me llevara a tan horrible extremo, y al fin atemorizado por mi sombra, huí despavorido de aquel sitio. Pasé al otro patio, y entrando en casa de Siseta, la vi exánime sobre el suelo. A un lado estaba el cadáver del pobre niño, y más al fondo advertí la presencia de una tercera persona. Era Josefina, que hallándose sola por largo tiempo en su casa, había bajado arrastrándose. Examiné a Siseta, que lloraba en silencio, y a su vista experimenté un temor inmenso, una angustia de que no puedo dar idea, y la conciencia que hace poco me enviara un solo rayo, me inundó todo de improviso con espantosas claridades. Un gran impulso de llanto se determinaba en mi interior; pero no podía llorar. Retorciéndome los brazos, golpeándome la cabeza, mugiendo de desesperación, exclamé sin poder contener el grito de mi alma irritada: -Siseta, soy un criminal. He matado al Sr. Nomdedeu, ¡le he matado! Soy una bestia feroz. Él quería quitarme un pedazo de azúcar que guardaba para ti. Siseta no me contestó. Estaba estupefacta y muda, y la extenuación, lo mismo que el profundo dolor, la tenían en situación parecida a la estupidez. Josefina acercándose a mí y tirándome de la ropa, me preguntó: -Andrés, ¿has visto a mi padre? -¿Al Sr. Nomdedeu? -contesté temblando como si el ángel de la justicia me interrogara-. No, no lo he visto.. Sí.. allí está.. allí.. pasando al otro patio. Y luego, anhelando arrojar lejos de mí las terribles imágenes que me acosaban, volvime a Siseta y le dije: -Siseta de mi corazón, ¿ha muerto Gasparó? ¡Pobre niño! ¿Y tú cómo estás? ¿Te hace falta algo? ¡Ay! Huyamos, vámonos de esta casa, salgamos de Gerona, vámonos a la Almunia a descansar a la sombra de nuestros olivos. No quiero estar más (p.1227) aquí. Un extraordinario y vivísimo ruido exterior no me dejó lugar a más reflexiones ni a más palabras. Sonaban cajas, corría la gente, la trompeta y el tambor llamaban a todos los hombres al combate. Siseta alargó lentamente el brazo y con su índice me señaló la calle. -Ya, ya lo entiendo -dije-. D. Mariano quiere que todos estos espectros hagan una salida, o resistan el asalto de los franceses. Vamos a morir. Anhelo la muerte, Siseta. Adiós. Aquí están los chicos. ¿Los ves? Eran Badoret y Manalet que entraron diciendo: -Hermana Siseta, trece reales, traemos trece reales. ¿Has arreglado a Napoleón? ¿Dónde está Napoleón? Saliendo con mi fusil al hombro a donde el tambor me llamaba, corrí por las calles. Estaba ciego y no veía nada ni a nadie. Mi cuerpo desfallecido apenas podía sostenerse; pero lo cierto es que andaba, andaba sin cesar. Hablando febrilmente conmigo me decía; ¿pero estoy loco?.. ¿pero estoy vivo acaso? ¡Terrible situación de cuerpo y de espíritu! Fui a la muralla de Alemanes, hice fuego, me batí con desesperación contra los franceses que venían al asalto, gritaba con los demás y me movía como los demás. Era la rueda de una máquina, y me dejaba llevar engranado a mis compañeros. No era yo quien hacía todo aquello: era una fuerza superior, colectiva, un todo formidable que no paraba jamás. Lo mismo era para mí morir que vivir. Este es el heroísmo. Es a veces un impulso deliberado y activo; a veces un ciego empuje, un abandono a la general corriente, una fuerza pasiva, el mareo de las cabezas, el mecánico arranque de la musculatura, el frenético y desbocado andar del corazón que no sabe a dónde va, el hervor de la sangre, que dilatándose anhela encontrar heridas por donde salirse. Este heroísmo lo tuve, sin que trate ahora de alabarme por ello. Lo mismo que yo hicieron otros muchos también medio muertos de hambre, y su exaltación no se admiraba porque no había tiempo para admirar. Yo opino que nadie se bate mejor que los moribundos. Allí estaba D. Mariano Álvarez, que nos (p.1228) repitió su cantilena: «Sepan los que ocupan los primeros puestos, que los que están detrás tienen orden de hacer fuego sobre todo el que retroceda». Pero no necesitábamos de este aguijón que el inflexible gobernador nos clavaba en la espalda para llevarnos siempre hacia adelante, y como muy acostumbrados a ver la muerte en todas formas, no podíamos temer a la amiga inseparable de todos los momentos y lugares. La misma fatiga sostenía nuestros cuerpos hablábamos poco y nos batíamos sin gritos ni bravatas, como es costumbre hacerlo en las ocasiones ordinarias. Jamás ha existido heroísmo más decoroso, y a fuerza de ver el ejemplo, imitábamos el aspecto estatuario de D. Mariano Álvarez, en cuya naturaleza poderosa y sobrehumana se estrellaban sin conmoverla las impresiones de la lucha, como las rabiosas olas en la peña inmóvil. Por mi parte puedo asegurar que lleno el espíritu de angustia, alarmada hasta lo sumo la conciencia, aborrecido de mí mismo, me echaba con insensato gozo en brazos de aquella tempestad, que en cierto modo reproducía exteriormente el estado de mi propio ser. La asimilación entre ambos era natural, y si en pequenos intervalos yo acertaba a dirigir mi observación dentro de mí mismo, me reconocía como una existencia flamígera y estruendosa, parte esencial de aquella atmósfera inundada de truenos y rayos, tan aterradora como sublime. Dentro de ella experimentábanse grandes acrecentamientos de vida, o la súbita extinción de la misma. Yo puedo decirlo: yo puedo dar cuenta de ambas sensaciones, y describir cómo acrecía el movimiento, o por el contrario, cómo se iban extinguiendo los ruidos del cañón, cual ecos que se apagaban repetidos de concavidad en concavidad. Yo puedo dar cuenta de cómo todo, absolutamente todo, ciudad, campo enemigo, cielo y tierra, daba vueltas en derredor de nuestra vista, y cómo el propio cuerpo se encontraba de improviso apartado del bullidor y vertiginoso conjunto que allí formaban las almas coléricas, el humo, el fuego y los ojos atentos de D. Mariano Álvarez, que (p.1229) relampagueando entre tantos horrores lo engrandecían todo con su luz. Digo esto porque yo fui de los que quedaron apartados del conjunto activo. Me sentí arrojado hacia atrás por una fuerza poderosa y al caer, bañándome la sangre, exclamé en voz alta: -¡Gracias a Dios que me he muerto! Un patriota que por no tener arma se contentaba con arrojar piedras, arrancó el fusil de mis manos inertes, y ocupando mi puesto gritó con alegría: -Acabáramos. ¡Gracias a Dios que tengo fusil!
Ep-7-XX - Fui primero hollado y pisoteado, y sobre mi cuerpo algunos patriotas se empinaban para ver mejor hacia fuera; pero pronto me apartaron de allí y sentí el contacto de suavísimas manos. Pareciome que unos pájaros del cielo bajaban a posarse sobre mi cuerpo dolorido, trayéndole milagroso alivio. Aquellas manos eran las de unas monjas. Diéronme de beber y me curaron, diciéndose unas a otras: -El pobrecillo no vivirá. Ignoro dónde estaba, y no me es posible apreciar el tiempo que transcurría. Sólo en una ocasión recuerdo haber abierto los ojos adquiriendo la certidumbre de que me rodeaba oscurísima noche. En el cielo había algunas tristes estrellas que fulguraban con blanca luz. Sentía entonces agudísimos dolores; pero todo se extinguió prontamente, y cayendo en profundo sopor, vivía con largas interrupciones de sensibilidad. Otra vez abrí los ojos y vi que se estaban batiendo. Las monjas acudieron de nuevo a mí, y su asistencia me produjo muy vivo consuelo. Yo no hablaba: no podía hablar; pero un accidente harto original me obligó poco después a empeñarme en usar la palabra. Entre la mucha gente que por allí en distintas direcciones discurría, vi un muchacho en quien hube de reconocer a Badoret. Badoret llevaba a cuestas el cuerpo de un niño de pocos años, cuyas piernas y brazos colgaban hacia adelante. Así cargaba comúnmente a su hermano cuando vivía, y así lo llevaba muerto. Hice un esfuerzo y llamé al muchacho. Este, que se inclinaba a examinar a los que allí en diversos puntos yacían, acercose a mí y me dijo: -Andrés, ¿tú (p.1230) también has muerto? -¿Por qué llevas a cuestas el cuerpecito de tu hermano? -¡Ay! Andrés, me mandaron que lo echara al hoyo que hay en la plaza del Vino; pero no quiero enterrarlo, y lo llevo conmigo. El pobre ya no llora ni chilla. -¿Y tu hermana? -Hermana Siseta no se mueve, ni habla, ni llora tampoco. La llamamos y no nos responde. Iba a preguntarle por Josefina; pero me faltó valor, se me extinguió la facultad de hablar, y nublándose mis ojos, vi desaparecer a Badoret, saltando con su lúgubre carga sobre los hombros. La fiebre traumática se apoderó de mí con gran intensidad, reproduciéndome los hechos que habían precedido a la situación en que me encontraba. Siseta aparecía a mi lado con su hermano en los brazos, y yo le decía: -Prenda mía, ya no podemos ir a sentarnos a la sombra de los olivos que tengo en la Almunia, porque mi conciencia va detrás de mí acosándome sin cesar, y tengo que huir y correr hasta que encuentre un sitio lejano a donde ella no pueda seguirme. No volveré a entrar jamás en tu casa, porque allí junto está, tendido en cruz sobre el suelo, D. Pablo Nomdedeu, a quien maté porque me quería quitar mi azúcar. Yo me voy a donde no me vea gente nacida. Dame tu mano. Adiós. Al decir esto, estaba besando la mano de una señora monja. Otras veces creía sentir el contacto de un brazo junto al mío, y exclamaba: ¡Ah!, es usted, Sr. D. Pablo Nomdedeu. Los dos hemos muerto y nos juntamos en lo que llamábamos allá la otra vida; sólo que usted camina hacia el cielo, y yo voy derecho al infierno. Aquí donde estamos, entre estas oscuras nubes, ya no hay odios ni resentimientos. Me pesa de haberle matado a usted, y válgame el arrepentimiento. ¿Cómo había de consentir en darle a usted el azúcar? No, Sr. D. Pablo, no lo consentiré jamás. ¿Aún insiste usted en quitármela, cuando despojados de la vestidura corporal, volamos los dos por esta región donde no hay ruido, ni luz, ni nada? ¿Aún aquí, equivocándonos de caminos, nos encontramos para reñir? Pero no, siga (p.1231) usted adelante y no se detenga a quitarme lo mío. Dios me perdonará mi crimen; yo fui atacado por usted, yo me defendía, y una bestia feroz que se metió dentro de mí, le mató a usted. Fue sin duda aquel infame Napoleón. ¡Oh! ¿Por qué quise apropiarme el aparente cuerpo de tan fiero demonio? Sí, ya te estoy viendo delante de mí.. Allá voy, no me llames más. Vagando por estos espacios donde no hay ruido, ni luz, ni nada, yo creí que no te presentarías delante de mí; pero aquí estás. Cierra esos ojillos negros como cuentas de azabache, no claves en mí tus dientes más blancos que el marfil, ni enrosques esa culebra que llevas por cola. Ya sé que te pertenezco desde que cayó el artesón sobre ti, y tus tramas infernales me pusieron en el caso de matar a aquel santo varón, buen amigo, excelente padre y honrado patriota. Iré contigo al infierno, que será mi expiación. No vuelvas el horrendo hocico hacia atrás, que ya te sigo. Los arcángeles celestiales me azuzaron como a un perro cuando me acerqué a las puertas del Paraíso, y ahora camino hacia abajo. Adiós, Nomdedeu, ya te veo allá arriba. Brillas como una estrella; pero tu resplandor no ilumina esta oscuridad en que me veo. El calor de las llamas que despides por la boca, infame Napoleón, me está abrasando, me ahogo en una atmósfera de fuego, y una sed espantosa seca mi boca. ¿No hay quién me dé un poco de agua? Un vaso tocó mis labios. Las monjas me daban agua. Luego tornaba a los mismos delirios, siempre éstos diversos a cada instante, ora terribles, ora gratos, hasta que un día me reconocí en el uso completo de mis sentidos y con el entendimiento claro y sin nubes. Vi el cielo encima, en derredor mucha gente que hablaba, y a mi lado un fraile. No se oían cañonazos, y el silencio, con serlo, parecía un ruido indefinible. -Hijo mío -me dijo el fraile- ¿estás mejor? ¿Te sientes bien? Esa herida del pecho no es mortal. Si hubiera recursos en Gerona y se te alimentara bien, curarías como otros muchos. -¿Qué ocurre, padre? ¿Qué día es hoy? ¿A cuántos estamos? -Hoy es el 9 de Diciembre, (p.1232) y ocurre una inmensa desgracia. -¿Qué? -Está enfermo D. Mariano Álvarez, y la ciudad se va a rendir. -¡Enfermo! -exclamé con sorpresa-. Yo creí que D. Mariano no podía estar enfermo ni morir. Moriremos nosotros; pero él.. -Él también morirá. Hoy le ha entrado el delirio y ha traspasado el mando al teniente del Rey D. Juan Bolívar. Desde que Álvarez está en cama, nadie considera posible la defensa. Sólo hay mil hombres disponibles, y aun estos están también enfermos. A estas horas hay junta de jefes para ver si se rinde o no la plaza en este día. Me temo que se saldrán con la suya los pícaros que quieren la rendición. Es una vergüenza que esto pase. Hay aquí mucha gente que no piensa más que en comer. -Padre -dije yo- si hay algo por ahí, démelo, aunque sea un pedazo de madera. No puedo resistir más. El fraile me dio no sé qué cosa; pero yo la devoré sin averiguar lo que era. Después le hablé así: -¿Su paternidad está aquí auxiliando a los moribundos? Yo, aunque Dios en su infinita misericordia me conserve por ahora la vida, quiero confesar un gran pecado que tengo. Si no me quito de encima este gran peso, no podré vivir. Por ahí creerán que D. Pablo Nomdedeu ha muerto de hambre o de miedo. No, yo debo declarar que le he matado porque me quiso quitar un pedazo de azúcar. -Hijo mío -repuso el fraile- o estás aún delirando, o confundiste con otro al Sr. Nomdedeu, pues tengo la seguridad de haber visto a este hoy mismo, si no bueno y sano, al menos con vida. No descansa en lo de curar a diestro y siniestro. -¡Cómo! ¿Es posible? -exclamé con estupefacción-. ¿Vive el Sr. D. Pablo Nomdedeu, ese espejo de los médicos? Padre, tan buena nueva me devuelve por entero la vida. Yo le dejé por muerto en medio del patio. No puedo creer sino que ha resucitado para que su hija no quedase huérfana. Padre, ¿conoce usted a Siseta, la hija del Sr. Cristòful Mongat? ¿Sabe por ventura si vive? -Hijo, nada puedo decirte de esa muchacha. Sólo sé que la casa donde vivían el Sr. Mongat y el Sr. Nomdedeu, ha sido (p.1233) destruida por una bomba ayer mismo. Tengo idea de que todos sus habitantes se salvaron, excepto alguno que se ha extraviado, y no se le puede encontrar. -¡Oh! ¡Si pudiera levantarme y correr allá! -dije-. Pero parece que me han clavado en esta maldita cama. ¿En dónde estoy? -Esta es la cama en que murió Periquillo del Roch, asistente del Sr. D. Francisco Satué, que es, como sabes, edecán del gobernador. Cuando murió Periquillo, te pusimos aquí, y ayer dijo Satué que te tomaría por asistente. -¿Con que Su Paternidad no me da noticias de la pobre Siseta? El corazón me dice que no ha muerto, y que no soy por lo tanto viudo. -¿Eres casado? -Con el corazón. Siseta será mi mujer si vive.. ¿Y dice Su Paternidad que no ha muerto el Sr. Nomdedeu? -Así parece, pues se le ve por la ciudad. Verdad es que más bien tiene aspecto de un muerto que anda, que de persona viva. -¿Será cierto lo que oigo? ¿Y el Sr. D. Pablo se mueve? -Anda, aunque cojo. -¿Y abre los ojos? -Sí; sus ojos parduzcos buscan las piernas rotas en la oscuridad de los escombros. -¿Y habla? -Con su voz clueca, que tan buenas cosas sabe decir. -¿Pero es el mismo, o un remedo de don Pablo, una sombra que viene del otro mundo a figurar que pone vendas? -El mismo, aunque de puro desfigurado, apenas se le conoce. -¡Oh, qué inmensa alegría siento! ¿De modo que ha resucitado? -No dudes que vive; pero también te aseguro que no doy dos ochavos por lo que le quede de razón. En todo aquel día no me pude mover, aunque notaba de hora en hora bastante mejoría. La curiosidad y el afán me devoraban, anhelando saber la suerte de los míos, y aunque la certidumbre de no ser matador de Nomdedeu había dado gran tranquilidad a mi espíritu, el no saber el paradero de Siseta me entristecía en sumo grado. Sin moverme de allí supe que la plaza estaba a punto de rendirse, y que había ido a tratar con el general francés el español D. Blas de Fournás. Esto tenía muy irritados a los fantasmas que con el nombre de hombres discurrían aún arma al brazo por las murallas destruidas, y fue (p.1234) preciso a Fournás, cuando salió de la plaza, ocultar el verdadero motivo de su viaje. Álvarez, según oí, se agravaba por instantes y recibió los sacramentos el mismo día 9; pero aun en tal situación insistía en no rendirse, repitiendo esto con palabras enérgicas, lo mismo dormido que despierto. Muchos patriotas se resistían a creer que fuera cierto lo de la rendición, y la posibilidad de entregarse al extranjero causaba más horror que la muerte y el hambre; verdad es que muchos tenían aún la loca esperanza de que llegasen socorros. Por la tarde empezó a susurrarse que al día siguiente entrarían los cerdos, y los patriotas acudieron a casa del gobernador, la cual, casi por completo arruinada, apenas conservaba en pie los aposentos donde el heroico paciente residía, y allí entre las ruinas, metiéndose por los claros de las paredes destruidas, alborotaron largo rato pidiendo a su excelencia que saliese de nuevo a gobernar la plaza. Dicen que Álvarez en su delirio oyó los populares gritos, e incorporándose dispuso que resistiéramos a todo trance. Enfermos o heridos los que aún vivíamos, con diez mil cadáveres esparcidos por las calles, alimentándonos de animales inmundos y sustancias que repugna nombrar, nuestro más propio jefe debía de ser y era un delirante, un insensato, cuyo grande espíritu perturbado aún se sostenía varonil y sublime en las esferas de la fiebre. Al día siguiente pude dar algunos pasos sin alejarme mucho. De buena gana habría hecho una excursión por la ciudad visitando la casa de Siseta; pero las señoras monjas que tan cariñosamente me cuidaban impidiéronmelo. El capitán D. Francisco Satué llegose a mí y me hizo saber que había resuelto tomarme por asistente en reemplazo de Periquillo Delroch, y yo, agradecido a su bondad, me tomé la libertad de decirle: -Mi capitán: ¿sabe usía por dónde anda Siseta? Supongo que usía conoce a Siseta, la hija del Sr. Cristòful Mongat. Satué no se dignó contestarme, y volvió la espalda, dejándome solo con mis horrorosas dudas. Yo preguntaba a todos; pero nadie (p.1235) me hablaba sino de la capitulación. ¡Capitular! Parecía imposible tal cosa cuando todavía existía pegado a las esquinas el bando de D. Mariano: «Será pasada inmediatamente por las armas cualquier persona a quien se oiga la palabra capitulación u otra equivalente». Según oí decir, los franceses habían dado una hora de tiempo para arreglar la capitulación; pero nuestra Junta pedía un armisticio de cuatro días, prometiendo cumplirla si al cabo de dicho plazo no venía el socorro que desde Noviembre estábamos esperando. El mariscal Augereau no quiso acceder a esto, y por último, después de muchas idas y venidas de un campo a otro, firmáronse las condiciones de nuestra rendición a las siete de la noche del 10. En este convenio, como en todos los que hicieron los franceses en aquella guerra, se pactó lo que luego no había de ser cumplido: respetar a los habitantes, respetar la religión católica y las vidas y haciendas, etc.. Todo esto se escribe y se firma sobre un tambor dentro de una tienda de campaña; pero luego las órdenes expedidas desde París por la gran rata obligan a poner en olvido lo acordado. -¡Bonito final! -me dijo el padre Rull, que me había asistido durante el penoso mal-. ¡Y que hayamos venido a esto después de haber resistido siete meses! ¿Y todo por qué, amigo Andrés? Porque no se reparten dos pavos por barba al día, y porque alguno se ha visto obligado a mantenerse chupando el jugo de un pedazo de estera. Dioscórides dice que el esparto contiene sustancias alimenticias. ¡Oh! Si Álvarez no hubiera caído enfermo, si aquel hombre de bronce pudiera aún levantarse de su lecho y venir aquí y alzar el bastón en la mano derecha.. Ya sabes, Andrés, que la guarnición debe salir mañana de la plaza con los honores de la guerra, marchando a Francia prisionera. Creo que os pondrán a tirar del carro de Napoleón cuando salga a paseo.. Los cerdos se nos meterán aquí mañana a las ocho y media, y parece han acordado no alojarse en las casas sino en los cuarteles. ¿Lo crees tú? Ya verás cómo no (p.1236) lo cumplen. Me parece que los veo echando a los vecinos a la calle para acomodarse sus señorías en las pocas casas que han dejado en pie. Y ahora te pregunto yo: ¿qué harán de nosotros, los pobres frailes? Amigo, con Gerona se acabó España, y con la salud de Álvarez se acabaron los españoles bravos y dignos. Muchachos, ¡viva D. Mariano Álvarez de Castro, terror de la Francia! Durante la noche, los vecinos y los soldados, sabedores ya de las principales cláusulas de la capitulación, inutilizaron las armas o las arrojaron al río, y al amanecer los que podían andar, que eran los menos, salieron por la puerta del Areny para depositar en el glacis unas cuantas armas si tal nombre merecían algunos centenares de herramientas viejas y fusiles despedazados. Los enfermos nos quedamos dentro de la plaza, y tuvimos el disgusto de ver entrar a los señores cerdos. Como no nos habían conquistado, sino simplemente sometido por la fuerza del hambre, nosotros los mirábamos de arriba abajo, pues éramos los verdaderos vencedores, y ellos al modo de impíos carceleros. Si no existiese el goloso cuerpo, y sólo el alma viviera, ¿pasarían estas cosas? En honor de la verdad, debo decir que los franceses entraron sin orgullo, contemplándonos con cierto respeto, y cuando pasaban junto a los grupos donde había más enfermos, nos ofrecían pan y vino. Muchos se resistieron a comerlo; pero al fin la fuerza instintiva era tal que aceptamos lo que a las pocas horas de su entrada nos ofrecieron. Durante todo el día estuvieron entrando carros cargados de víveres que estacionados en las plazas de San Pedro y del Vino, servían de depósito, a donde todo el mundo iba a recoger su parte. ¡Comer!, ¡qué novedad tan grande! Sentíamos el regreso del cuerpo que volvía después de la larga ausencia, a ser apoyo del alma. Se admiraba uno de tener claros ojos para ver, piernas para andar y manos con que afianzarse en las paredes para ir de un punto a otro. Los rostros adquirían de nuevo poco a poco la expresión habitual de la fisonomía humana, y se iba extinguiendo el (p.1237) espanto que aun después de la rendición causábamos a los franceses. Dadme albricias, porque al fin, señores míos, me reconocí con bríos para andar veinte pasos seguidos, aunque apoyándome con la derecha mano en un palo, y con la izquierda en las paredes de las casas. No creáis que el andar por las calles de Gerona en aquellos días era cosa fácil, pues ninguna vía pública estaba libre de hoyos profundísimos, de montones de tierra y piedras, además de los miles de cadáveres insepultos que cubrían el suelo. En muchas partes los escombros de las casas destruidas obstruían la angosta calle, y era preciso trepar a gatas por las ruinas, exponiéndose a caer luego en las charcas que formaban las fétidas aguas remansadas. El viaje al través de aquellos montes, lagos y ríos era tan fatigoso para mí, que a cada poco trecho me sentaba sobre una piedra para tomar aliento. Mas cuando no era ya posible pensar en batirse, y cuando estaba aplacado el terrible ardor de la guerra, me producía indecible espanto la vista de tantos muertos; y al examinar los horrorosos cuadros que se desarrollaban ante mi vista, cerraba a veces los ojos temiendo reconocer en una mano helada la mano de Siseta, en la punta de un vestido, la punta del vestido de Siseta, en una piedrecita encarnada las cuentas de coral que adornaban las lindas orejas de Siseta.
Ep-7-XXI - Al llegar a la calle de Cort-Real, vi allí casi en total ruina la casa donde se albergaban los míos. Unos vecinos me dijeron que el señor Nomdedeu y su hija estaban aposentados en la calle de la Neu; pero que no se sabía dónde habían ido a parar Siseta y sus hermanos. Contristado con tal noticia, fui en busca del doctor, y la primer persona que salió a mi encuentro fue la señora Sumta, encargándome que no hiciera ruido porque el señor dormía. -Aquí encontrarás todos los papeles cambiados, Andresillo -me dijo- porque la señorita Josefina se ha puesto buena, y el amo está tan malo, que se morirá pronto si Dios no lo remedia. En esto oímos la voz del doctor, que en aposento cercano sonaba, diciendo: -Déjele usted entrar, señora (p.1238) Sumta, que estoy despierto. Andrés, amigo querido, ven acá. Entré, pues, y D. Pablo arrojándose de su lecho me abrazó con cariño, hablándome así: -¡Qué placer me das, Andrés! ¡Yo creí que habías muerto! ¡Ven acá, valiente joven, y abrázame otra vez! ¿Cómo va esa salud? ¿Y ese estómago? No conviene cargarlo después de tanta privación. ¿Hay apetito?.. Te recomiendo mucho la sobriedad. ¿Tienes heridas? Las curaremos.. Manda lo que gustes, hijo. Yo, muy confundido, le expresé mi gratitud por tanta benevolencia, añadiendo que le consideraba como el más generoso y cristiano de los mortales por pagar con abrazos y cariños los golpes que de mí recibiera. -Señor -añadí- yo creí haber muerto al mejor de los hombres, y no podía vivir con el gran peso de mi conciencia. Veo que usted perdona las ofensas y abre sus brazos a los que han intentado matarle. -Todo está perdonado, y si culpa hubo en ti tratándome como me trataste, mayor fue la mía, que en mi furor, no reparaba en quitarte la vida por un pedazo de azúcar. Aquellas, amigo Andrés, no deben considerarse como acciones libres que constituyen verdadera responsabilidad, y la horrible situación en que ambos nos hallábamos nos disculpa a los ojos de Dios. En tan triste momento, la ley suprema de la propia conservación imperaba sobre todas las leyes, nuestro carácter, el resultado de las facultades ingénitas o cultivadas por el trato y de los hábitos adquiridos, no existía realmente, y el torpe bruto en que estamos metidos, rompía salvajemente todos los frenos que se oponían a la satisfacción de sus necesidades. Por mi parte, puedo decirte que no me daba cuenta de lo que hacía. El espectáculo de mi pobre hija me trastornaba el poco sentido que aún me hacía reconocerme como hombre, y delante de mí no había amigos ni semejantes. Estas relaciones se acaban, se extinguen cuando el brutal instinto recobra sus dominios, y si veía un pedazo de pan en boca de otro hombre, parecíame esto un privilegio irritante, que mi egoísmo no podía tolerar. ¡Ay, qué horroroso (p.1239) padecimiento! ¡Qué vergonzoso estado de moral y qué degradación del ser más noble que pisa la tierra! Válgame tan sólo la circunstancia de que nada quería para mí, sino todo para ella. Tengo la seguridad de que a no ser por mi idolatrada hija, yo me hubiera recostado en un rincón de la casa, dejándome morir sin hacer esfuerzo alguno por conservar la vida. -Y la señorita Josefina ha resistido las privaciones tal vez mejor que nosotros. -Mucho mejor -añadió Nomdedeu-. Ya me ves a mí que parezco un cadáver. Pues ella, completamente transfigurada, parece haberse apropiado toda la salud que a mí me falta. Esto me tenía contentísimo, Andrés. Pero verás ahora lo que ha pasado. Cuando me dejaste en el patio de la casa del canónigo, tardé mucho tiempo en recobrar el uso de los sentidos a consecuencia del gran golpe y de la mucha extenuación. Por fin, no sé qué manos caritativas me sacaron a la calle, donde recobré completo acuerdo. Mi sensación principal era una gran sorpresa de hallarme con vida. Arrastréme hasta entrar en casa, y en las habitaciones de Siseta encontré a mi hija. La infeliz casi no me conocía. Iba a perecer de inanición. ¡Dios mío! Quisiera morir, si la muerte borrara de mi memoria el recuerdo de aquellas horas. Yo decía: -Señor, antes de ver tal espectáculo, valiera más que quedara exánime sobre las baldosas de la casa del canónigo-. ¡Ay, amigo Marijuán, no me preguntes nada sobre esto! Sólo te diré que habiendo salido en busca de alimentos, al regresar, mi hija ya no estaba allí. -¿Y Siseta? -pregunté con la mayor inquietud. -Siseta tampoco -repuso Nomdedeu inmutándose en sumo grado-. Pero ¿a qué me preguntas por Siseta? Yo no sé nada de ella. Déjame seguir. Ninguno de los vecinos supo darme razón del paradero de mi hija, y corrí como un loco por la ciudad buscándola. Felizmente ni ella ni yo estábamos allí, cuando la casa fue destruida. Pero yo te pregunto: ¿a dónde creerás que había ido mi idolatrada Josefina? Pues nada menos que a la torre Gironella, donde contemplaba el horrible fuego con que se (p.1240) defendió aquel fuerte en sus postrimerías. Te asombrarás de que mi hija fuera a tal sitio. Pues oye. Encontrándose sola en la casa, la horrible necesidad obligola a salir a la calle, y discurrió largo tiempo por Gerona, implorando la caridad pública, pero sin ser atendida por nadie. Mientras mayor era su desamparo, mayores eran sus esfuerzos por apegarse a la vida, y aquella naturaleza miserable halló en sí misma suficiente energía para sobreponerse a la situación. Parece esto imposible, pero es cierto. Ahora caigo en que a las criaturas de ánimo apocado nada les conviene tanto como encontrarse lanzadas de improviso a un gran peligro sin sostén ni ayuda de mano extraña. Pues bien, Josefina, sola en medio de tantos horrores, huyó por la pendiente que conduce a los fuertes, creyendo más seguros aquellos sitios. La vista de los cadáveres que obstruyen el camino prodújole gran espanto, y mayor aún al ver de cerca la terrible acción que allí se trabara. Cuando quiso retroceder la pobrecita, le fue imposible, y encontrose envuelta en el fuego, en el momento de la retirada. ¡Oh, qué incomprensibles son los arcanos de la Naturaleza! Si yo hubiera sabido por qué lugares andaba mi enferma, y todo el protomedicato hubiérame pedido mi dictamen sobre su suerte, habría dicho: «Josefina morirá en el acto de verse próxima a un combate». Pues no fue así, Andrés. Según me ha contado ella misma, al ver aquello, sintiose con inusitada energía, y sus miembros desentumecidos como por milagro, adquirieron una agilidad que jamás habían tenido. Sin hallarse libre de miedo, inundaba su alma una generosa y expansiva inquietud, y abundantes lágrimas corrían de sus ojos.. A esto añade que luego volvió dos veces a la ciudad, donde unas señoras apiadadas de ella la dieron algún alimento; que después, sin saber cómo, viose arrastrada en el tropel de las que iban a llevar pólvora a las murallas; añade que durmió dos noches en campo raso; que la señora Sumta tomándola por su cuenta, la tuvo más de tres horas en Alemanes, hasta que se retiró de allí la guarnición, y (p.1241) comprenderás si han sido fuertes los cauterios aplicados por el azar al espíritu de esa pobre niña. Ahora, Andrés, me resta decirte que si ella ha adquirido súbitamente bríos y agilidad, yo he perdido radicalmente mi salud, a consecuencia de los intensos padeceres físicos y morales de esta temporada, y aquí donde me ves, no doy dos cuartos por lo que pueda vivir de aquí al domingo que viene. La alegría que me causa el ver cómo se ha regenerado el organismo de aquella que es todo mi amor y mi consuelo, ahoga el sentimiento que podría causarme la propia muerte. Lo que hoy me produce profunda tristeza es el convencimiento adquirido hace poco de que soy un detestable médico. Sí, Andrés, yo creí saber bastante, y ahora resulta que todo lo ignoro, todo, todo. Figúrate que después de adoptar en el tratamiento de Josefina el sistema de precauciones, de cuidados que me recomendaban en diverso estilo centenares de libros, salimos con la patochada de que el mejor sistema es el opuesto al que yo seguí. ¡Y para esto, Dios mío, ha estudiado uno treinta años! ¡Oh!, medicina, medicina, ¡cuán desdeñosa y esquiva eres! ¡Cómo te ocultas al que más te busca, y qué bien guardas tus encantos! Cuando parece más fácil tocarte, más rápidamente desapareces, como sombra que de las ansiosas manos se escapa. ¡Quién me lo había de decir! Yo intentaba curarla con delicadezas y cuidados y dengues, resguardándola hasta del aire por temor a que el aire mismo la hiciera daño, y Dios la ha fortalecido con las crudezas, las molestias, los golpes, los sustos, con el fuego y el frío, con los peligros y las muertes. Yo evitaba en ella las grandes impresiones que me parecía debieran quebrar su naturaleza, como los martillazos rompen el vidrio, y los fortísimos sacudimientos de la sensibilidad la han repuesto en su primer ser y estado. Curose como había enfermado, y este misterio y esta novedad pasmosa confunden mi inteligencia. Hasta ahora no sabía que la enfermedad curase la enfermedad, y me muero con mil ideas sobre este oscuro punto.. porque yo me (p.1242) muero, Andrés: en eso sí que no se equivocará mi escaso saber. Diciendo esto, se tendió de largo a largo en la cama, y a cada rato exhalaba hondísimos suspiros. Yo le hablé así: -Sr. D. Pablo, usted, aunque ha padecido bastante, tiene el consuelo de ver a su hija no sólo con vida, sino con la salud que antes no tenía; pero yo, ni siquiera puedo asegurar que vive mi adorada Siseta y sus dos hermanos. El doctor, al oírme, moviose inquietamente en su lecho con síntomas de alteración nerviosa, e incorporándose de improviso, me mostró su cara, muy contrariada y desfigurada de un modo notable. -No me preguntes por Siseta y sus hermanos -exclamó con torpe lengua y haciendo ademán de apartar un objeto que inspira desagrado-. Yo no sé nada de ellos. Andrés, más vale que te marches y me dejes en paz. La señora Sumta, que entró a la sazón, puso el dedo en la sien, mirando a su amo con expresión de lástima. Con el gesto y la mirada quería decirme: -No hagas caso, que el amo ha perdido el juicio. Perdiéralo o no, lo cierto es que me llenaban de inexplicables confusiones sus palabras. Interroguele de nuevo; pero él, cerrando los ojos y extendiendo brazos y piernas, cual exánime cuerpo, aparentaba no oírme, o realmente aletargado, no me oía. Josefina entró en seguida y mostró mucha alegría al verme. Por mi parte quedeme sorprendido al notar la animación de sus ojos, su color menos pálido que de ordinario, y al observar la agilidad, la gracia y desenvoltura que había adquirido en sus movimientos desde que no nos veíamos. Después de contestar con amables sonrisas a mis cumplidos, que adivinaba por el movimiento de los labios, me preguntó por Siseta. -¡Ay! -respondí, expresando con signos mi suprema aflicción-. Siseta.. se ha ido, señorita; no sé dónde está. -Busquémosla -dijo Josefina con resolución. -¡Ay!, gracias, señorita Josefina.. Yo no me puedo tener; pero si usted me acompaña, sacaré fuerzas de flaqueza para recorrer la ciudad. En la casa tenían ya comida abundante, que se repartía entre los diferentes (p.1243) vecinos allegadizos que allí se albergaban, y a mí me dieron una buena porción. Cuando salí enlazando mi brazo con el de Josefina, me sentía tan restablecido, que no necesité buscar apoyo en las paredes, ni arrojarme al suelo cada diez minutos para tomar aliento.
Ep-7-XXII - ¿Dónde buscaremos a Siseta? ¿Dónde?.. Siseta, gritábamos por todos lados, en las ruinas, en la puerta de las casas enteras, en las plazas, en las murallas, en las cortaduras, en los montones de escombros; pero ninguna voz conocida nos respondía. En diversos puntos de la ciudad, los franceses se ocupaban en tapar con tierra los hoyos donde habían sido arrojados los cadáveres, y miles de cuerpos desaparecían de la vista de los vivos para siempre.. ¡Oh! -exclamaba yo con la mayor angustia-, ¡si estará ahí Siseta! Hubiera querido escarbar con mis manos todas las fosas, por cerciorarme de que no yacía en ellas la persona perdida. Visitamos luego los hospitales, y en ninguno de ellos aparecieron tampoco Siseta ni sus hermanos: preguntamos de puerta en puerta a todos los conocidos, a los vecinos todos, y nadie nos dio razón ni noticia alguna. Pasando a Mercadal, lo recorrimos todo, y al volver, miré al fondo del río, por ver si entre sus turbias aguas se distinguía el cuerpo de Siseta. Pregunté por ella a los españoles y a los franceses que no me entendieron; pero ambas naciones carecían de noticias acerca de mi amiga; subí a los tejados, bajé a los sótanos, la busqué en plena luz y en la profunda oscuridad; pero el rayo de sus ojos, para mí superior a todas las claridades, no brillaba en ninguna parte. Por último, cuando llegábamos cerca del puente de San Francisco de Asís, creí distinguir una lastimosa figura de muchacho, en la cual, aunque con mucha dificultad, podía reconocer a la persona del buen Manalet. No era posible determinar la forma de su vestido, que era un andrajo, por cuyas rasgaduras los brazos y las piernas en completa desnudez asomaban. Su rostro cadavérico, sus manos negras, su cuello manchado de sangre, sus pies heridos, su mirar temeroso me (p.1244) causaron profunda pena. Le llamé, con el alma dividida entre una animosa esperanza y un inmenso dolor, y él corrió a abrazarme con los ojos llenos de lágrimas. Pasado el primer momento de su alegría, la presencia de Josefina al lado mío produjo en el ánimo del pobre chico vivísima inquietud; mirábala con ojos azorados, e hizo algún movimiento para huir de nosotros. Deteniéndole, tuve valor para preguntarle por su hermana. -Hermana Siseta -me dijo- no está, no la busquen ustedes. Se ha ido con Gasparó. Los dos.. Al decir los dos señalaba la tierra. Yo, poseído de profundo dolor, no me reconocía satisfecho con sus vagas noticias y quería saber más; seguí tras él, pero mi corto andar no me permitió alcanzarle y hube de resignarme al terrible padecimiento de la duda; porque, en efecto, las afirmaciones de Manalet no resolvían mi perplejidad, y las palabras, el razonamiento, la inquietud del infeliz chico indicaban que algún misterio para mí ignorado, existía en la desaparición de Siseta. -Señorita Josefina -dije a mi acompañante, expresando como me fue posible el desaliento y la desesperación- no conseguiremos nada. Volvámonos a la calle de la Neu. Ambos muy tristes y desanimados nos detuvimos en el puente, mirando a los transeúntes, que discurrían sin cesar de un lado a otro y como yo buscaban personas queridas que el desorden de los últimos días había hecho desaparecer. Las fosas sobre las cuales se echaba tanta tierra iban poco a poco destruyendo los rastros que habrían podido guiar en sus exploraciones a padres, esposas e hijos, y la necesidad de enterrar pronto hacía que muchas familias se quedasen en completa ignorancia respecto a la suerte de los suyos. Estábamos sentados junto al puente. Josefina me miraba en silencio, compadecida de mi dolorosa perplejidad, y yo interrogaba al cielo, cansado ya de interrogar a la tierra y a los hombres. De repente, la hija del doctor diome un ligero golpe en la cabeza y agitando los brazos en dirección del río, señaló una casa de las que se levantan con los cimientos (p.1245) dentro del Oñá a espaldas de la plaza de las Coles y de la calle de la Argentería. Al principio no distinguí nada; pero ella con el rostro alterado, la mirada chispeante y el índice extendido hacia un punto fijo, dirigió mi atención al tejado de una de aquellas casas, de cuyo alero, un muchacho se descolgaba trabajosamente por una cuerda. Era Badoret. Al instante grité fuertemente: ¡Badoret! ¡Badoret!, y el chico que oyó mi voz, saludome con la mano en el momento de poner pie firme en un balcón, desde el cual parecía querer avanzar al puente saltando de una casa a otra. Los irregulares aleros, balconajes, miradores y cuerpos salientes de aquella orilla del río, permitían este viaje sin gran peligro. Por fin, Badoret llegó a donde estábamos, y pude notar que su aspecto era más lastimoso que el de su hermano. -Andrés -me dijo- ¿han entrado los franceses? -Sí -le respondí-. ¿En dónde estás metido que no lo sabes? ¿Has resucitado acaso? -¿De modo que ya hay algo que comer? -Sí, todo lo que quieras.. ¿Y Siseta? -Siseta está durmiendo desde ayer. ¿Quieres verla? La llamamos y no quiere despertar. -¿Pero dónde os habéis metido? ¿Dónde está Siseta? -¿Hay ya qué comer? No hemos vuelto a ver a Napoleón, Andrés. ¿Cuánto darán ahora por él? -Anda al diablo con Napoleón. Llévame a donde está tu hermana. -En el tejado. -¡En el tejado! -Sí: la llevamos allá entre todos, porque el Sr. Nomdedeu la quería matar. -¡Matarla! ¡Estás loco! -Sí; para comérsela. No pude reprimir la risa, a pesar de que mi ánimo no estaba para burlas. -El Sr. Nomdedeu -prosiguió- se volvió loco y quiso comernos a todos. -Estáis tontos sin duda -repliqué-. Llévame donde está Siseta. -Si no vas por donde yo he venido.. De la casa del canónigo donde estamos, se pasa por el tejado a la del droguero de la calle de la Argentería, pero de esta no se puede salir a la calle porque está cerrada.. Por la bodega, se pasa a una casa del otro extremo que está quemada y por las tejas se baja a los balcones del río. Si puedes hacer que te abran la puerta de la casa (p.1246) del droguero que está en la calle de la Argentería junto a la plaza de las Coles, entrarás mejor que yo he salido. -Vamos allá -dije con resolución-. Si ese señor droguero no nos quiere abrir la puerta, la derribaremos a puñetazos. Por fortuna, no me pusieron obstáculos a que entrara por la casa indicada, lo cual verifiqué dejando a Josefina en la inmediata de la calle de la Neu. Subí al tejado, y saltando con grandes esfuerzos y peligros de techo en techo, llegamos Badoret y yo a las bohardillas de la casa del canónigo. Allí en un lóbrego aposento del desván, donde antaño tuvo su vivienda el ama de gobierno del Sr. Ferragut, yacía la pobre Siseta sin movimiento ni sentido sobre un miserable colchón. La llamé con fuertes voces, incorporela en el lecho, y la infeliz abrió los ojos, pero sin aparentar reconocerme. Mi gozo al ver que vivía fue inmenso; pero aún dudaba que pudiese tornar a la vida, y no pensé más que en prodigarle toda clase de socorros. Recorrí la casa aturdidamente sin darme cuenta de lo que buscaba, y vi en distintas habitaciones hasta una docena de chicos de ocho a doce años, en quienes reconocí a los amigos que acompañaban a Badoret y Manalet en todas sus correrías; pero el estado de aquellos infelices niños era atrozmente lastimoso y desconsolador. Algunos de ellos yacían muertos sobre el suelo, otros se arrastraban por la biblioteca sin poderse tener, uno estaba comiéndose un libro, y otro saboreaba el esparto de una estera. -¿Qué ha pasado aquí? -pregunté a Badoret. -Ay ¡Andrés!, no podíamos salir por ninguna parte. Estábamos encerrados hace dos días. A nuestra casa no se podía pasar, porque siete paredes llenaron el patio hasta arriba. No teníamos qué comer, ni dónde buscarlo.. Esta mañana buscamos Manalet y yo una salida. Él se descolgó por la calle de Argentería, y yo por donde me viste.. pero a mí se me está ya pegando la lengua al cielo de la boca, no puedo moverme, y me caigo muerto también. Diciéndolo, Badoret, cerró los ojos y se extendió de largo a largo en el suelo. Algunos de sus (p.1247) camaradas lloraban, llamando a sus madres, y por todos lados el espectáculo de aquella desolación infantil contristaba mi alma. Resuelto a obrar con prontitud, pasé por el tejado a las casas inmediatas, llamé, pedí socorro, logré que me oyeran y que acudiesen en mi auxilio algunos vecinos, y bien pronto, reuní en los desiertos lugares donde se hallaba mi infeliz amiga gran número de víveres y no pocas personas caritativas. La primera en quien probamos nuestros recursos fue Siseta, que tardó mucho en recobrar su acuerdo, inspirándome serias inquietudes; pero al fin me reconoció, y vencida su repugnancia a tomar los alimentos que le ofrecíamos, convenciéndose al fin de que no le dábamos animales inmundos ni horribles manjares, entró en un período de fortalecimiento que indicaba una enérgica disposición de la naturaleza a recobrar su primitivo equilibrio y asiento. Badoret cobró sus fuerzas con más rapidez y a la media hora ya hablaba como una tarabilla arengando a sus amigos. Para algunos de estos llegó tarde el remedio, y no nos dieron más trabajo que entregar sus cuerpos a las pobres madres que venían a recogerlos, después de haberlos buscado inútilmente por toda la ciudad. -Hermana Siseta ha despertado al fin -me dijo Badoret, tragándose medio pan-. Yo pensé que íbamos a quedarnos aquí para que se regalaran con nuestro pellejo Napoleón, Sancir, Agujerón y los demás que andan por ahí. No estamos todos vivos, Andrés, porque Pauet no resuella, y Sisó, que estaba tan rabioso contra los cerdos, se ha quedado tieso en la biblioteca con medio libro en el cuerpo y otro medio en la mano. Así quisiera yo ver al condenado de D. Pablo Nomdedeu que quiso hacer con nosotros un guisote. Ya estamos libres de caer al fondo de la cazuela con sal y agua, y eso de que la señorita Josefina se le almuerce a uno, no tiene gracia.. Los marranos están ya dentro de Gerona. Vaya.. y decían que D. Mariano no les dejaría entrar. Si es lo que yo digo.. mucha facha, mucho boquear, y después nada. -No desatines, y cuéntame por qué (p.1248) trajisteis aquí a tu hermana. -Pregúntaselo a D. Pablo y a la señora Sumta. Nosotros le llevamos a hermana Siseta siete reales que habíamos ganado. Hermana Siseta estaba llorando con Gasparó en brazos. Un caballero entró en la casa y con malos modos mandó que enterrásemos al niño. Entonces hermana Siseta le dio muchos besos y yo le cargué para llevarle a la fosa; pero me daba lástima y estuve con él a cuestas todo el día, hasta que al fin.. Manalet, echaba la tierra y yo la apretaba con las manos para que quedase bien. Pero luego quisimos volverle a ver, y sacamos la tierra.. ¡Ay! Andresillo: después la tornamos a echar, y ya no le vimos más.. Al volver a casa, D. Pablo entró suspirando y dando gemidos, y dijo que traía todos los huesos rotos. Después pidió algo de comer a la señora Sumta, y la señora Sumta se puso también a echar suspiros y gemidos. La señorita Josefina, tendida en el suelo, se chupaba los dedos, D. Pablo empezó a gritar llamando al santo acá y al santo allá, y luego a todos nos daba con la punta del pie, diciendo: «Levantaos y salid a buscar algo para mi hija». Después del entierro habíamos comprado con los siete reales un pan negro y duro, y se lo dimos a mi hermana. Si vieras qué ojos le echó D. Pablo. Siseta es más tonta.. ¿creerás que no quiso el pan y mandó que se lo diéramos a la señorita Josefina? Pero yo dije: «sí, para ella está», y dando la mitad a Manalet empezamos a comérnoslo. La señora Sumta saltando encima de mí, me quitó mi parte; pero Manalet se comió toda la suya de un tragón, atacándosela con los dedos para que le pasara por el gañote. Entonces, amigo Andrés, el Sr. Nomdedeu fue arriba y bajando al poco rato con un gran cuchillo, nos dijo: «Diablillos desvergonzados, puesto que no servís más que de estorbo, os comeremos». Yo me reí y Manalet se puso a temblar y a llorar, pero yo le decía: «no seas burro: primero nos le comeríamos nosotros a él, si tuviera algo más que huesos. La señora Sumta sí que está gordita». Cuando la vieja oyó esto, me amenazó con el puño, y D. (p.1249) Pablo volvió a decir: «Sí; nos les comeremos, ¿por qué no?..». Después la señorita Josefina se abrazó a su padre, y este se puso a llorar soltando lagrimones como balas, y luego la arrullaba en sus brazos como si ella fuera un chiquillo. ¡Pobre D. Pablo! De veras me daba lástima.. Arrullando a su hija le cantaba como a los niños y después decía: «Señora Sumta, traiga usted una taza de caldo». Al oír esto, no podía menos de reírme, y dije: «Pues ya que va a la cocina la señora Sumta, tráigame a mí un par de perdices porque estoy desganado, y no quiero más». Los dos se pusieron furiosos, pero el médico parecía loco, y todo se le volvía gritar: «Señora Sumta; traiga usted caldo para mi hija, tráigalo usted pronto o la mato a usted..». ¡Si le hubieras visto, Andrés! Echaba chispas por los ojos, y con los pelos amarillos tiesos sobre el casco, parecía nada menos que un demonio.. En esto pasaron mis amigos por la calle, llamáronme, yo salí con ellos, y al poco rato, cuando iba por la calle de Ciudadanos, veo venir a Manalet corriendo y llorando, que decía: «Hermano Badoret, ven pronto que D. Pablo nos quiere matar a todos». Chico, eché a correr con todos mis amigos hacia casa. ¿Has visto un gato rabioso cómo tira la zarpa, enseña los dientes, bufa y salta? Pues así estaba D. Pablo. Dejando a su hija en el suelo, venía hacia nosotros, nos amenazaba con el cuchillo, golpeaba con el pie a mi hermana, luego parecía querer matarse a él mismo, y a todo esto gritaba así: «¡Quiero acabar con el género humano!..». Esto lo dijo muchas, muchísimas veces. Mis amigos estaban muertos de miedo, y yo cogí unas tenazas para tirárselas a la cabeza. Pero no me dio tiempo, porque sin soltar su cuchillo salió a la calle gritando siempre que iba a acabar con todo el género humano, y entonces Manalet dijo: «Vámonos de aquí y llevémonos a Siseta». Dicho y hecho: éramos doce: entre los más grandes cargamos a mi hermana, que estaba como un cuerpo muerto sin mover ni brazo ni pierna, y la llevamos a la casa del Canónigo; Manalet, lleno de miedo iba (p.1250) delante chillando: «A prisa, a prisa, que viene otra vez con el cuchillo..». ¡Ay! Amigo Andrés, cuando nos vimos en esta casa, respiramos. Luego porque la pobrecita no estuviera sobre las baldosas del patio la subimos a este aposento con grandísimo trabajo, poniéndola en la cama donde la ves. La llamamos, y no nos respondía. Entonces nos ocurrió que debíamos buscarle algo que comer; pero no hallamos salida más que por los tejados, y antes nos asparían que pasar otra vez a nuestra casa. Aquí de los apuros, chico, llegó la noche y nos moríamos de hambre. Pauet y Sisó anduvieron por los techos comiéndose las yerbas y el musgo que nacen entre las tejas. Yo bajé a la bodega.. ni rastro de Napoleón. Se han ido todos al otro lado del Oñá, corriéndose hacia el campo enemigo.. Pues como te iba diciendo, vino después de la noche el día, y después del día otra noche, y luego amaneció el día de hoy y nosotros sin comer. Se me olvidaba contarte que oímos caer la bomba en nuestra casa, y yo dije: «Ahí me las den todas. Si ha cogido a Nomdedeu bien empleado le está por bruto..». Amigo, desde el tejado nos asomábamos a los patios de todas las casas de por aquí; llamábamos a la gente para que nos socorriera; pero no nos hacían caso. Verdad es que muchos de los que veíamos abajo estaban muertos. Mis amigos se acobardaron ¡pobrecitos!, como unos gallinas, y Sisó dijo que se iba a comer una de sus manos. Yo los llevé a la biblioteca, dándoles permiso para que sacaran el vientre de mal año con los libros, y algunos así fueron tirando. ¡Qué día, qué noche, Andrés! Mi hermana no nos respondía cuando la llamábamos, y Manalet me dijo: «Hermano, yo me voy a tirar del tejado a la calle para traer algo de comida a Siseta..». Estuvimos mirando las rejas y los balcones para ver si se podía saltar, y por fin Manalet se fue escurriendo, no sé cómo, sentando los pies en los clavos y las manos en las rejas, y bajó a la calle por junto a la plaza. Yo bajé también por donde me viste, y con esto te digo todo, porque ya no hay nada más que contar. - (p.1251) Bien, Badoret, veo que acertaste en trasladar aquí a tu hermana, pues aunque no me parezca cierto, como dijiste, que D. Pablo quisiera merendarse a tu familia, ese es un hombre a quien la desgracia de su hija exalta y enfurece, y capaz es de cometer cualquier atrocidad. Ahora, gracias a Dios, estamos libres de tales horrores, porque el sitio ha concluido y hay en Gerona víveres abundantes. Al caer de la tarde, Siseta, sus dos hermanos y los camaradas de estos que habían escapado a la muerte, no ofrecían cuidado. Al día siguiente trasladé a mis amiguitos a una casa de la calle de la Barca, donde nos dieron asilo.
Ep-7-XXIII - Yo no tardé en reponerme, y transcurridos pocos días me presenté a mi amo don Francisco Satué, quien me dio una malísima noticia. -Disponte para el viaje -me dijo, dándome uniforme, tahalí y espada, para que en todo ello comenzase a ejercitar mis altas funciones. -¿Pues a dónde vamos, mi capitán? -A Francia, bruto -me respondió con su habitual rudeza-. ¿No sabes que somos prisioneros de guerra? ¿Crees que nos dejan aquí para muestra? -Señor, yo creí que nadie se metería ya con nosotros. -Estamos en Gerona como enfermos; pero quieren que vayamos a convalecer a Perpiñán. Nos detienen tan sólo porque el gobernador no se halla en situación de poder ser llevado en un carro de municiones. -¡Ojalá no lo estuviera en cien meses! -Bárbaro ¿qué dices? -exclamó amenazándome. -No, mi capitán, no es que yo desee otra cosa que la salud de nuestro queridísimo gobernador D. Mariano Álvarez de Castro; pero eso de llevarle a uno a Perpiñán es casi tan malo como lo que hemos pasado. Pero pues así lo mandan los que pueden más que nosotros, sea, y por mí no ha de quedar. No a Perpiñán, sino al fin del mundo, iré con mis jefes, mayormente si llevamos entre nosotros al gran gobernador. Yo hablaba así, echándomela de bravo; pero en realidad sentía profunda pena al caer en la cuenta de que era un prisionero de guerra, de cuya libertad y residencia los franceses disponían a su (p.1252) antojo. ¡Desgraciado el que en la guerra pone su afición en lugares y personas, que no han de poder seguir tras él en los frecuentes e inesperados viajes a que impulsan la victoria o la desdicha! Cuando fui al lado de Siseta, casi derramando lágrimas me expresé así: -Prenda mía, ¿ves cuán desgraciado soy?.. Ahora me llevan a Francia como prisionero de guerra, con todos los demás militares que estamos aquí, desde D. Mariano hasta el último ranchero. Si te pudiera llevar conmigo, Siseta.. Pero mi capitán, el Sr. D. Francisco Satué, es el primer perseguidor de muchachas que hay en toda Cataluña, y le tengo miedo. Ahora me ocurre, Siseta, que mientras yo tomo el camino de esa condenada Francia, a quien vería de buena gana comida de lobos, tú con tus dos hermanos debes marcharte a la Almunia de doña Godina, donde está mi madre, y esperarme allí cuidándome las haciendas, hasta que me suelten o Dios disponga de la vida de este pecador. Siseta me contestó dándome esperanza, y asegurando que convenía aguardar con serenidad el cumplimiento de nuestro destino, sin desconfiar de la bienhechora Providencia. Convinimos al fin en que no era una gran desventura que yo fuese a Francia, y por su parte halló muy prudente refugiarse en la Almunia, mientras yo volvía. La verdadera dificultad era la absoluta carencia de medios para vivir dentro de Gerona, lo mismo que para ausentarse. Éramos pobres hasta el último grado, y después de pasar tantos y tan penosos trabajos, Siseta y sus hermanos estaban destinados a sostenerse de la caridad pública. Pero Dios no abandona a las criaturas desvalidas, y he aquí cómo vino en nuestra ayuda por inesperados caminos. ¿De qué manera? ¿Cuándo? Esto, los mismos acontecimientos que voy contando os lo dirán. Pero déjenme acudir a casa del Sr. D. Pablo Nomdedeu, de cuya salud me han dado muy malas noticias al volver de casa del talabartero, donde llevé el tahalí de mi amo para que le echase una pieza. Déjenme ir allá, que a pesar de las cuestiones (p.1253) desagradables que tuvimos, no deja de ser el señor don Pablo un entrañable amigo mío, a quien quiero de todas veras. Lo malo es que no puedo ir tan pronto como deseara, porque en la calle de Cort-Real la mucha gente que allí se junta en animados corrillos, me detiene el paso. ¿Qué ocurre? ¿Tenemos un cuarto sitio? No es nada; parece que los franceses, cansados de haber cumplido hasta ayer de mala gana las principales cláusulas de la capitulación, han acordado solemnemente romperlas. Así me lo dijo el padre Rull, a quien vi muy sofocado entre el gentío, refiriendo con declamatoria pomposidad los pormenores del suceso. -Esto es una desvergüenza -decía- y un emperador que tales cosas hace es un pillo.. nada, un pillo; ¿qué me importa que oigan los franceses? No bajaré la voz, no, señores. Lo dicho, dicho. En la capitulación se acordó que los regulares serían respetados, y ahora salimos con que nos llevan a Francia. ¿Pues qué, las órdenes son cosas de juego? ¿Somos chicos de escuela, para que hoy se nos diga una cosa y mañana otra? -También yo voy a Francia, padre Rull -le dije- y consolémonos uno con otro, que frailes y soldados hacen buena miga, y la carga se lleva mejor en dos hombros que en uno. -Nada, hijos míos, iremos adonde nos lleven y soportaremos sus crueldades con paciencia, como nos lo manda Nuestro Señor Jesucristo. Si así lo habéis querido vosotros, ¿qué se ha de hacer? Ved aquí las consecuencias de capitular cuando todavía podía haberse tirado una temporadita más, comiendo lo que había. A Francia, pues, y fíese usted de palabras de cerdos. Nosotros confiábamos ingenuamente en el cumplimiento de lo pactado, cuando vierais aquí que esta mañana se presenta en la santa casa un oficialejo, el cual con voces torpes y destempladas, dijo que nos preparásemos para salir mañana mismo para Francia, porque S. M. el emperador lo había dispuesto así desde París. Por lo visto, nos temen tanto como a los soldados. Y díganme ustedes ahora: ¿qué va a ser de Gerona sin frailes? Cada uno contestaba al padre Rull, según sus ideas, (p.1254) cuál con enojo, cuál festivamente; pero al fin todos los que le oímos, convinimos en que lo del viaje era una grandísima picardía de S. M. el emperador de los franceses. Cuando me retiré de allí, quedaba el buen fraile sermoneando a sus amigos sobre la preeminencia que siempre alcanzaron las órdenes religiosas en los tratados de las naciones. Llegué a casa del Sr. Nomdedeu, y desde mi entrada conocí que la salud del buen médico no debía de ser buena, por las señales de consternación que noté en el semblante de Josefina lo mismo que en el de la señora Sumta. Esta me dijo: -Andresillo, no hables al amo de Siseta ni de los chicos, porque siempre que se le nombran, le da uno al modo de desmayo. Josefina me preguntó por los míos, y al instante le comuniqué con la alegría de mis ojos el infeliz encuentro de mi novia y sus hermanos. -Todos se salvan, menos mi buen padre -dijo tristemente la muchacha. Al instante entré a ver al enfermo, quien me recibió con su habitual bondad. Junto a su lecho estaba un hombre en quien reconocí a uno de los escribanos de Gerona. Indudablemente D. Pablo iba a hacer testamento. Su aspecto y figura no podían ser más tristes, al punto se echaba de ver que aquella lámpara tenía ya muy poco aceite. La postrimera luz brillaba, sí, como próxima a extinguirse, con viva claridad, y la irregular llama, tan pronto grande como chica, espantaba con sus oscilaciones deslumbradoras. Unas veces el espíritu del buen doctor se empequeñecía con extraordinario aplanamiento; otras se agrandaba, tomando proporciones superiores a las de la vida común: y con este variar angustioso, síntoma de todo fuego que se apaga luchando entre la combustión y la muerte, la lengua del médico pasaba de un mutismo invencible a una locuacidad mareante. Cuando entré, respondió a mis cariñosas preguntas con monosílabos, que salían difícilmente de su sofocado pecho; pero al poco rato se fue despabilando en términos, que a ninguno de los presentes nos dejaba meter baza, y él se lo decía todo sin mostrarse cansado. -¿Con que (p.1255) aseguras tú que no moriré? Ilusión, amigo mío, ilusión de tu buen deseo. Dios me ha leído ya la sentencia y en esto no hay ni puede haber duda alguna. Yo cumplí mi misión, ahora estoy demás. -Señor, anímese usted -exclamé fingiendo entusiasmarme-. Pues qué, ¿ahora que Gerona está libre de hambres y muertes, se ha de ir el hombre mejor de toda la ciudad? Levántese de esa cama y vamos por ahí a ver las murallas rotas, los fuertes deshechos, las casas arruinadas, testigos de tanto heroísmo. Fuera pereza. Eso no es más que pereza, señor don Pablo. -Pereza es, sí; pero la pereza última y definitiva, aquella del viajero que habiendo andado toda la jornada, se arroja sin aliento en el camino, convencido de que no puede más. Pereza es, sí, la mejor de todas, porque lleva al más dulce, al más placentero de los sueños, la muerte. ¡Ay, qué postrado me siento! Pues qué, ¿era posible que después de tan colosales esfuerzos en lo físico y en lo moral, siguiese yo viviendo? No una vida como la mía, sino cien robustas y vigorosas habríanse consumido en esta lucha con la naturaleza, que yo sostuve durante tanto tiempo; porque decirte, Andrés, el sin número de dificultades que vencí, sería el cuento de nunca acabar. Baste referirte que en pocos días, busque, fomenté y desarrollé en mí cualidades que no tenía; en pocos días, trasformado hasta lo sumo, encontreme con sentimientos y pasiones que antes no tenía, y todo fue como si una serie de hombres diversos se desarrollaran dentro de mí propio. Yo estoy asombrado de lo que hice, y ahora comprendo qué inmenso tesoro de recursos tiene el hombre en sí, si sabe explotarlo. Al fin, Andrés, mi pobre hija alargó sus días hasta el fin del cerco, y cuando los sanos y robustos sucumbieron, ella, enferma y endeble se ha salvado. He aquí premiada dignamente mi amorosa solicitud y mis colosales esfuerzos. Esta tierna niña, que es todo mi amor, está hoy delante de mí alegrando mi vista y mi alma con el color de sus mejillas. Basta este espectáculo a consolarme de todas mis penas, y si me (p.1256) entristece la muerte es porque mi hija y yo nos separamos ahora. Dios lo permite así, porque ya ella no necesita de mis constantes cuidados, y la savia vital que milagrosamente ha adquirido le dará bríos para subsistir por sí sola, sin el apoyo de estas manos fatigadas, que reclama la tierra, ansiosa de carne. -Sr. D. Pablo -le dije dominando mi melancolía- deseche usted esos tristes pensamientos, que son la primera y única causa de su mal; mande a la señora Sumta que traiga y aderece un par de chuletas, que ya las hay buenas en Gerona, sin ser de gato ni de ratón, y cómaselas en paz y gracia de Dios, con lo cual, o mucho me engaño, o no habrá muerte que le entre en largos años. -Esto no va con chuletas, amigo Andrés. Mi cuerpo rechaza todo alimento, y no quiere más que morirse. Está echando a voces el alma, increpándola para que se vaya fuera de una vez. -Más consumidos y extenuados estaban otros, y sin embargo han vivido, y por ahí andan hechos unos robles. Y si no, ahí tenemos el ejemplo de Siseta, a quien dimos todos por muerta, y viva y sana está, gracias a Dios. -¿Vive Siseta? -preguntó Nomdedeu con profundo interés y cierta exaltación que no pudo disimular. -Sí, señor; tan viva está como sus dos hermanos. -¿Estás seguro de ello? -Segurísimo. -¿Y no tiene heridas en su cuerpo gentil, ni golpes en su cabeza, ni rasguños en su piel, ni le falta brazo, pierna, dedo u otra parte alguna de su estimable persona? -No, señor, nada le falta -repuse jovialmente- o al menos no tengo yo noticia de ello. -¿Y los muchachos, aquellos juguetones y traviesos muchachos, están vivos y sanos? -También, señor doctor, y todos muy deseosos de venir a ofrecer a usted sus respetos con la cortesía que les es propia, saltando y chillando. -¡Oh, loado sea Dios! -exclamó con cierto arrobamiento contemplativo el infortunado doctor. Dicho esto, permaneció un rato meditando u orando, que ambas funciones podían deducirse de su recogida y silenciosa actitud, y luego reposadamente me habló así: -Me has (p.1257) proporcionado indecible consuelo al darme noticias tan lisonjeras de la familia del Sr. Mongat, porque me atormentaba la sospecha, el recelo, más que sospecha y recelo, la terrible certidumbre de que yo había ocasionado un gran mal a esos muchachos y a su bondadosa hermanita, cuando después del lamentable accidente del pedazo de azúcar, entré en casa de Siseta. Mi hija iba a morir de inanición. Yo pedía a la señora Sumta que nos diera algo de comer, y la señora Sumta no nos daba nada. Yo pedí a Dios que me enviase algo del cielo, y Dios tampoco quería enviarme nada. Siseta estaba allí; sus hermanos entraron haciendo ruido, y la insolente vitalidad que revelaban sus ágiles cuerpos despertó en mi alma un sentimiento que no te podré pintar, aunque por espacio de cien años te hable y agote todos los recursos de todas las lenguas conocidas. No: aquel sentimiento es una anomalía horrorosa en el ser humano, y sólo es posible que exista durante cortísimos intervalos en días que muy rara vez contará el tiempo en su infinita marcha. Yo miraba a los chicos, yo miraba a su hermana, y sentía un insaciable y sofocante anhelo de hacerlos desaparecer de entre los seres vivientes. ¿Por qué, amigo mío? Esto sí que no sabré decírtelo, porque yo mismo no lo entiendo. No creas que conturbaba mi cerebro el repugnante instinto de la antropofagia: no, no es nada de eso. Era un sentimiento del linaje de la envidia, Andrés; pero mucho, muchísimo más fuerte; era el egoísmo llevado al extremo de preferir la conservación propia a la existencia de todo el resto de la humana familia; era una aspiración brutal a aislarme en el centro del planeta devastado, arrojando a todos los demás al abismo, para quedarme solo con mi hija; era un vivísimo deseo de cortar todas las manos que quisieran asirse a la tabla en que los dos flotábamos sobre las embravecidas olas. Pintar todo lo que yo odié en aquel momento a los dos hermanos y a la pobre muchacha, sería más difícil que pintarte los horrores del infierno, abrazando lo grande y lo pequeño, el conjunto y los pormenores (p.1258) de la mansión donde el hombre impenitente expía sus culpas. Cada inhalación de su aliento al respirar, me parecía un robo; cada átomo de aire que entraba en sus pulmones, un tesoro arrancado al conjunto de elementos vitales que yo quería reunir en torno mío y de mi hija. Los malditos se repartían un pedazo de pan, un pedacito de pan, Andrés, amasado con todo el trigo y con toda el agua de la creación, para mi regalo. En aquella crisis del egoísmo, yo no comprendía que el Universo con sus mil mundos, su fauna y su flora, sus inagotables recursos y prodigios existiese para nadie más que para Josefina y para mí. Detúvose el doctor fatigado, y yo, queriendo apartar de su mente ideas que le hacían más daño que el mal físico, le dije: -Mande usted a paseo, Sr. D. Pablo, esas vanas imaginaciones que le están secando el cerebro. Siseta y sus hermanos están buenos, amigo, y yo le aseguro a usted que no se los ha comido. ¿A qué pensar más en eso? -Calla, Andrés, y déjame seguir -dijo reposadamente-. No son vanas imaginaciones lo que cuento, pues lo que yo sentía real existencia tuvo dentro de mí. Me faltaba decirte que reconocí la horrible metamorfosis de mi espíritu, pues no puedo darle otro nombre, y me decía: «No, yo no soy yo. Dios mío, ¿por qué has consentido que yo sea otro?». Efectivamente, yo no era yo. ¡Qué horrorosas lobregueces rodeaban los ojos de mi espíritu así como los de mi cuerpo!.. Aquellos condenados muchachos estaban comiendo, Andrés; llevaban a la boca unos pedazos de pan, y delante de mí, tenían la audacia de ofrecer una parte a su hermana. ¡Cómo quieres tú que esto viera impasiblemente quien dentro tenía difundidos por su sangre y haciendo cabriolas en las sutiles cuerdas de sus nervios los millares de demonios que yo llevaba conmigo! ¡Al ver cómo mordían con sus insolentes dientecillos; al verles tragar con tanta desvergüenza, duplicose en mí el furor contra ellos y les increpé, diciéndoles no estar dispuesto a consentir que nadie viviese delante de mí! Andrés amigo, Andrés de mi corazón; yo (p.1259) tomé un cuchillo y lo esgrimía, como quien intenta matar moscas a estocadas; corría hacia ellos, corría hacia Siseta y la señora Sumta; pero en mi salvaje insensatez no me faltaba un pensamiento humano que me detuviese en los arranques brutales de aquel desbordado apetito de matar. Los chicos, que de improviso salieron, regresaron con otros de su edad, y sus chillidos y provocativas risas me enardecieron más. Desde entonces mis ojos nublados no vieron más que sangrientos objetos; entrome un delirio salvaje, durante el cual sentía detestable complacencia en herir acaso en el vacío, descargando golpes a todos lados contra cuerpos que me rodeaban y azuzaban sin cesar. Creo que después de dar vueltas por la casa, salí a la calle, y mi brazo vengativo iba destruyendo en imaginarios cuerpos a toda la familia humana. Hablaba mil inconexos desatinos; contemplaba con gozo a los que creía mis víctimas; buscaba la soledad, insultando a cuantos se me ofrecían al paso; pero la soledad no llegaba nunca, pues de cada víctima surgían nuevos cuerpos vivos que me disputaban el aire respirable, la luz y cuantos tesoros de vida hermosean y enriquecen el vasto mundo.. No sé qué habría sido de mí si unos frailes no me hubieran sujetado en la calle de Ciudadanos, llevándome a cuestas largo trecho. ¡Ay, amigo mío! En mi cerebro, que era una masa de bullidoras burbujas, cual si hirviera puesto al fuego, retumbaron estas palabras: «Es lástima que el Sr. Nomdedeu se haya vuelto loco». Y al recoger esta idea, mi alma pareció disponerse a recobrar su perdido asiento. Luego los frailes dijeron: «Démosle un poco de estas lonjas de cuero de sillón que hemos cocido, a ver si se repone..». Les pregunté por mi hija, y respondiéronme que no tenían noticia de las hijas de nadie. Encontreme con un poco de fuerza regular, no exaltada y anómala como la que me había impulsado a tantos disparates, y quise marchar a mi casa.. Caí al suelo.. perdí el cuchillo.. una monja me ofreció su brazo y llegué a mi casa. Ni Siseta, ni sus hermanos, ni Josefina, ni la señora (p.1260) Sumta estaban ya allí. Las monjas me dieron un poco de corcho frito que no pude comer, y les pregunté por mi hija. Todo lo que había pasado se me presentó como los recuerdos de un sueño, pero aunque adquirí el convencimiento de no haber extinguido todo el linaje de los nacidos, no estaba seguro de la invulnerabilidad de mis ciegos golpes. «Yo he matado algo», me dije para mí; y esta idea me causaba hondísima pena. Me reconocía como yo mismo exclamando: «Pablo Nomdedeu, ¿fuiste tú quien tal hizo?». -Basta ya, amigo mío -dije interrumpiéndole, al advertir que los recuerdos de sus locuras empeoraban al buen doctor-. Más adelante nos contará usted tan curiosas novedades. Ahora procure descabezar un sueño, entre tanto que la señora Sumta adereza las chuletas consabidas. -Calla, Andrés, y no quieras gobernar en mí -repuso-. Yo dormiré cuando lo tenga por conveniente. Déjame concluir, que ya no falta mucho. Los enfermeros del hospital fueron los que me proporcionaron algún alimento que se podía comer, con lo cual me encontré relativamente bien, y pude salir en busca de mi hija. Ya sabes cómo la encontré al fin, y lo que le aconteció. Por mi parte, hijo, yo mismo, después de la horrorosa crisis que había pasado, me espantaba de verme asistiendo enfermos que sin duda lo estaban menos que yo, y heridos que no tenían llagas tan terribles en su cuerpo como la que yo tenía en mi alma. ¡Ay, Andrés! Nomdedeu estaba herido de muerte. Las penas sufridas con tanta paciencia desde mayo me han labrado este profundo mal que ahora siento y que me llevará dentro de poco al seno de Dios. Me admiro de haber resistido tanto, y digo que tuve fuerza de cien hombres. No, uno solo es incapaz de tanto. D. Mariano Álvarez tenía para resistir el estímulo de la gloria y del agradecimiento patrio; yo no he tenido ante mí sino espectáculos lastimosos y un porvenir oscuro. El esfuerzo ha sido grande; la tensión inmensa; por eso la cuerda se ha roto, y me voy, me voy, hija mía, Andrés, señora Sumta y demás presentes. Bastante he (p.1261) hecho. El que crea haber hecho más, que levante el dedo. Josefina y la señora Sumta lloraban, y yo cuando el enfermo calló, procuraba consolarle con tiernas palabras. Poco más tarde fueron a verle Siseta y sus hermanos, con cuya visita pareció muy complacido el enfermo, y a todos prodigó cariños y congratulaciones, obsequiándoles con una excelente comida. Después se durmió, y al caer de la noche, hora en que por encargo suyo, volvió el escribano, acompañado de tres personas de la intimidad de D. Pablo; este nos llamó a todos diciendo que iba a dictar su testamento, el cual hizo en regla, nombrando por heredera de casi todos sus bienes a su hija Josefina, con una cláusula, sobre la cual debo llamar a ustedes la atención, para que conozcan la generosidad de aquel ejemplar sujeto. Además de que el doctor dejaba a Siseta y a sus hermanos los veinticuatro alcornoques que tenía en la parte de Olot, dispuso que en caso de morir sin sucesión la señorita Josefina, pasase el total de los bienes a Siseta y a sus hermanos, recomendando a aquella y a esta que viviesen juntos para perpetuar la amistad y buenos servicios de que la infeliz enferma había sido objeto por parte de los míos durante el sitio. La fortuna del doctor era harto exigua, pues la finca de Castellà, devastada por los franceses, valía bien poco, y lo demás consistía en diversos grupos de alcornoques diseminados por la comarca ampurdanesa y en sitios a los cuales los herederos no se aventurarían a emprender viaje por saber el corcho de que eran dueños. También a mí y a la señora Sumta nos dejó varias mandas, aunque la mía más era honorífica que de provecho, por consistir en el Diario de las peripecias del sitio, redactado de puño y letra por el mismo doctor. El ama de gobierno pescó todos los muebles y ropas que de la casa pudieron salvarse. Luego que el testamento fue hecho, administraron al enfermo el Santo Viático, y cumplida esta ceremonia, quedose Nomdedeu muy postrado, hablando poco y con dificultad, mirándonos a ratos con estúpido asombro y cerrando después los (p.1262) ojos para entregarse a un inquieto sueño. Exceptuando Manalet, que se durmió en el suelo, todos velamos, dispuestos a asistirle con la mayor solicitud y esmero; pero el infeliz D. Pablo no necesitó largo tiempo de nuestra asistencia. Cerca de la madrugada, abrió los ojos, llamó a su hija, y abrazándola tiernamente le habló así: -¿Te quedas tú, hija mía? ¿Te quedas aquí cuando yo me voy? ¿De modo que no te veré más? Entonces toda la eternidad será infierno para mí.. Josefina, ven, sígueme, ponte el manto que nos vamos. Mi hija no se apartará de mí ni un solo momento.. Después de pasar juntos las grandes penas, ¿hemos de separarnos cuando todo ha concluido? No, Josefina. Vámonos juntos o nos quedaremos aquí en Castellà. Paseemos por nuestra huerta viendo cómo van saliendo los pepinos, y no nos cuidemos de lo que pasa en Gerona. Mira qué tomates, hija, y observa cómo van tomando color esos pimientos.. ¿Ves? Por ahí viene la señora Pintada pavoneándose con sus diez y ocho pollos: entre ellos hay seis patitos, que son los más guapos, los más salados y los más monos de todos. Llegan al estanque, y sin que la madre pueda impedirlo con cacareadas amonestaciones.. ¡zas!, al agua todos. Mira cómo se asusta la señora Pintada y los llama. Pero ellos.. sí, que si quieres.. Hija mía, los perales no pueden con más peras: algunas están maduras. ¿Pues y los melocotones? Me parece que la cabra ha mordido en las matas de estas remolachas.. ¡pero quia! ¡si es Dioscórides, el burro de nostramo Mansió! Míralo, allí está haciendo de las suyas. ¡Eh, fuera! Le llamo Dioscórides por lo grave y sesudo. El gran sabio de la antigüedad me perdone.. ¿Has visto las palomas, Josefina? Veamos si anoche se han comido también las ratas algunos huevos de los que aquellas están sacando.. ¡Eh, nostramo Mansió, que Dioscórides se come la huerta! Amárrelo usted.. El pobre hortelano no me oye.. ¡Qué ha de oír si está limpiándole las babas a su nieta? Ven acá, Pauleta, toma la mano de Josefina, y vamos a ordeñar la vaca. ¡Qué hermoso está el (p.1263) ternerillo! No acercarse mucho, que el otro día dio una cornada a nostramo.. A ver, Josefina, trae el cántaro. Mansió dice que yo no sé hacer esta maniobra, y yo le desafío a él y a todos los nostramos de la comarca a que hagan mejor que yo esta operación del ordeñar. No temas, Esmeralda, no te hago daño, pisch, pisch.. Esta atmósfera del establo te sienta muy bien, hija, y a mí me agrada en extremo.. Ya viene tranquila, dulce, grave, amorosa y callada la incomparable noche, en cuyo seno tan bien reposa mi alma. ¿Oyes las ranas, que empiezan a saludarse diciéndose: ¿Cómo estáis? Bien, ¿y vos? ¿Oyes los grillos disputando esta noche sobre el mismo tema de anoche? ¿Oyes el misterioso disílabo del cuco, que parece la imagen musical más perfecta de la serenidad del espíritu? Ya vienen los labradores del trabajo. ¡Con qué gusto alargan los bueyes su hocico adivinando la proximidad del establo! Oye los cantos de esos gañanes y de esos chicos, que vuelven hambrientos a la cabaña. Ahí los tienes. Mira cómo rodean a la abuela, que ya ha puesto el puchero a la lumbre. El humo de los techos formando esbeltas columnas sobre el cielo azul, discurre luego y vaporosamente se extiende a impulsos del suave viento que viene de la montaña a jugar en las copas de estos verdes olmos, de estas oscuras encinas, de estos lánguidos sauces, de estos flacos chopos, cuyas charoladas hojas brillan con las últimas luces de la tarde.. La oscuridad avanza poco a poco, y el cielo profundo ofrece sobre nuestras cabezas un tranquilo mar al revés, por cuyo diáfano cristal en vano tratamos de lanzar la vista para distinguir el fondo. ¡Oh!, quedémonos aquí, hija mía, y no nos separemos ni salgamos más de este lugar delicioso. Todo está tranquilo: los cencerros de las ovejas suenan con grave música a lo lejos; el cuco, el grillo y la rana no han acabado aún de poner en claro la cuestión que les tiene tan declamadores. El viento cesa también, cierra los ojos, extiende los brazos y se duerme. Ya no humean los techos; Esmeralda se echa sobre la fresca yerba, y su hijo, (p.1264) abrigándose junto a ella, hociquea buscando en el seno materno lo que nosotros hemos dejado. Nostramo Mansió duerme también, y Dioscórides, escondiendo el ojo brillante bajo la negra ceja, sumerge el cerebro en profundo sopor. Las palomas han dejado de arrullarse, los conejos se esconden en sus guaridas, meten los pájaros bajo el ala la inteligente cabeza, y la señora Pintada se retira pausadamente al corral con sus diez y ocho hijos, incluso los patos, que van dejando en el suelo la huella de sus palmas mojadas. El mundo reposa, hija; reposemos nosotros también. El cielo está oscuro. Todo está oscuro, y no se ve nada. Mi espíritu y el tuyo anhelaban ha tiempo esta profunda tranquilidad por nadie ni por nada turbada. Reposemos; no hay sol ni luna en el cielo, y sólo el lucero nos envía una luz que viene recta hasta nosotros como un hilo de plata. Míralo, Josefina, y descansa tu frente en mi hombro. Yo reposaré mi cabeza sobre la tuya, y así nos dormiremos apoyados el uno en el otro. Todo ha callado y no se ve más que el lucero.. ¿lo ves? Después de esto, nada más dijo en este mundo el Sr. Nomdedeu. Algún tiempo después de expirar, nos costó gran trabajo desasir de los brazos helados del doctor a su desconsolada hija, cuyo estado era tan lastimoso que daba ocasión a augurar una segunda catástrofe.
Ep-7-XXIV - Adiós, señores; me voy a Francia, me llevan. Los sucesos que he referido habíanme hecho olvidar que era prisionero de guerra, como los demás defensores de la plaza, y era forzoso partir. Solamente en razón de mi enfermedad me fue permitido, como a otros muchos, el permanecer allí desde el 10 hasta el 21, de modo que con el mal acababa la dulce libertad. Adiós, señores; me voy, adiós, pues tanta prisa me daba aquella canalla, que no digo para despedirme de mis caros oyentes, pero ni aun para abrazar a Siseta y sus hermanos me alcanzaba el breve tiempo de que disponía. Notificada la marcha, nos señalaron hora, nos recogieron y haciéndonos formar en fila, camina que caminarás a (p.1265) Francia. Los castigos impuestos por contravenir el programa de circunspección que nos habían recomendado, eran: la pena de muerte para el conato de fuga, cincuenta palos por hablar mal de José Botellas, cantar el dígasme tú Girona, o nombrar a D. Mariano Álvarez. -Adiós, Siseta, adiós, Badoret y Manalet, cara esposa y hermanitos míos. Cuidado con lo que os he advertido. El prisionero os escribirá desde Francia, si antes no logra burlar la vigilancia de sus crueles carceleros. Adiós. No os mováis de aquí, mientras yo no os lo mande, ni penséis por ahora en tomar posesión de vuestros alcornoques, que eso y mucho más se hará más adelante. Acompañad a la desgraciada hija del gran D. Pablo, y alegrad sus tristes horas. Adiós, dad otro abrazo a Andrés Marijuán, a quien llevan preso a Francia por haber defendido la patria. Tengo confianza en Dios, y el corazón me dice que no he de dejar los huesos en la tierra de los cerdos. Ánimo: no lloréis, que el que ha escapado de las balas, también escapará de las prisiones; y sobre todo no es de personas valerosas el lagrimear tanto por un viaje de pocos días. Salud es lo que importa, que libertad.. ella sola se viene por sus pasos contados, sin que nadie lo pueda impedir. Adiós, adiós. Así les hablaba yo al despedirme, y por cierto que carecía completamente del ánimo y entereza que a los demás recomendaba, faltándome poco para dar al traste con mi seriedad; pero convenía en aquella ocasión echármela de hombre de bronce. Mi gravedad era ficticia y no hay heroísmo más difícil que aquel que yo intentaba al despedirme de Siseta y sus hermanos. La verdad es que tenía el corazón oprimido como si mano gigantesca me lo estrujara para sacarle todo su jugo. Siseta se quedó en la calle de la Neu, agobiada por su profunda aflicción. Badoret y Manalet me acompañaron hasta más allá de Pedret, y no fueron más adelante porque se lo prohibí, temiendo que con la oscuridad de la noche se extraviaran al regresar. Salimos, pues, en la noche del 21. Delante iba rodeado de (p.1266) gendarmes a caballo el coche en que llevaban a D. Mariano Álvarez: seguían los oficiales, entre los cuales estaba mi amo, y dos o tres asistentes completábamos el primer grupo de la comitiva. Más atrás marchaba toda la clase de tropa, soldados convalecientes de heridas o de epidemia en su mayor parte. La procesión no podía ser más lúgubre, y el coche del gobernador rodaba despaciosamente. No se oía más que lengua francesa, que hablaban en voz alta y alegre nuestros carceleros. Los españoles íbamos mudos y tristes. Hicimos alto en Sarrià, donde se nos agregaron los frailes que habían salido antes que nosotros con el mismo destino, y con sus paternidades a la cabeza nada faltó para que la comitiva pareciese un jubileo. Daba lástima verlos, porque si entre ellos había jóvenes robustos y recios que resistían el rigor de la penosa jornada, no faltaban ancianos encorvados y débiles que apenas podían dar un paso. La gendarmería los arreaba sin piedad, y lo más que se les concedió fue que alguno de nosotros les ofreciera apoyo llevándolos del brazo. El padre Rull sofocaba su impetuosa cólera, y marchando delante de todos con resuelto paso, revolvía sin duda en su mente proyectos de venganza. Los legos, que cargaban repletas alforjas, repartían graciosamente en cada descanso raciones de pan, queso, frutas secas y algún vino, de lo cual algo se rodaba siempre hacia la parte seglar de la caravana, aunque no mucho. Algunos gendarmes franceses, más humanos que sus jefes, también nos ofrecían no poca parte de sus víveres. De este modo llegamos a Figueras a las tres de la tarde del 22, y sin permitirle descanso alguno, fue el gobernador enviado al castillo de San Fernando. Frailes y soldados quedaron en el pueblo, y solamente subimos con aquel los del servicio del propio general o de sus ayudantes. Marchamos todos tras el coche, y al llegar dentro de la fortaleza, la debilidad de D. Mariano era tal, que tuvimos que sacarle en brazos para trasportarle de la misma manera al pabellón que le habían destinado, el (p.1267) cual era un desnudo y destartalado cuartucho sin muebles. Entró el héroe con resignación en aquella pieza, y echose sin pronunciar queja alguna sobre las tablas, que a manera de cama le destinaron. Los que tal veíamos, estábamos indignados, no comprendiendo tan baja e innoble crueldad en militares hechos ya de antiguo a tratar enemigos vencidos y rivales poderosos, pero callábamos por no irritar más a los verdugos, que parecían disputarse cuál trataba peor a la víctima. Luego que se instaló, trajeron al enfermo una repugnante comida, igual al rancho de los soldados de la guarnición; pero Álvarez, calenturiento, extenuado, moribundo, no quiso ni aun probarla. De nada nos valió pedir para él alimentos de enfermo, pues nos contestaron bruscamente que allí no había nada mejor, y que si durante el cerco habíamos sido tan sobrios, comiésemos entonces lo que había. Con la resignación y entereza propias de su grande alma, resistió Álvarez estas miserias y bajas venganzas de sus carceleros; y sólo le vimos inmutado cuando el gobernador del castillo, que era un soldadote de mediana graduación, brusco, fatuo y muy soplado, empezó a dirigirle impertinentes preguntas. La insolencia de aquella canalla nos tenía ciegos de ira, pues no sólo el gobernador de la plaza, sino oficialejos de la última escala, se atrevían a hacer preguntas tontas e importunas a nuestro héroe, que ni siquiera les hacía el honor de mirarles. Las preguntas eran no sólo contrarias a la cortesía, sino al espíritu militar, pues en todas ellas se le pedía cuenta a nuestro jefe del gran crimen de haber defendido hasta la desesperación la ciudad que el gobierno de su patria le había confiado. No parecían militares los que con insultos y burlas groseras mortificaban al hombre de más temple que en todo tiempo se pusiera delante de sus armas. Álvarez, siempre caballero aun en presencia de gente de tal ralea, les respondió sencillamente: -Si ustedes son hombres de honor, hubieran hecho lo mismo en mi lugar-. Tan sublime concepto no lo comprendían (p.1268) la mayor parte, y solamente algunos oficiales distinguidos, penetrándose del indigno papel que estaban haciendo, se apresuraron después de la respuesta del general, a poner fin al denigrante interrogatorio. Mi amo enviome al instante al pueblo en busca de carne para aderezar la comida del enfermo, y gracias a mi prontitud y diligencia, pronto pudimos servirle una comida mediana. Delante de los franceses, que nos negaban todo auxilio, Satué puso el puchero, soplaba el fuego otro oficial español, y convertidos todos en cocineros, nos disputábamos chicos y grandes el honor de asistir al enfermo. Pasó bien la noche; pero serían las dos de la madrugada, cuando con estrépito llamaron a la puerta del pabellón, diciéndonos que nos dispusiéramos a seguir el viaje a Francia. Álvarez, que dormía profundamente, despertó al ruido, y enterado de la continuación de la jornada, dijo sencillamente: -Vamos allá-. Quiso incorporarse sobre las tablas en que con nuestros capotes le habíamos arreglado un mal lecho, y no pudo.. ¡Tan agotadas estaban sus fuerzas!.. Pero en brazos le llevamos nosotros al coche, y con un frío espantoso, azotados por la lluvia de hielo y pisando la nieve que cubría el camino, emprendimos el de la Junquera. Una precaución ridícula habían añadido los franceses a las que antes tomaran para custodiarnos. Esto hace reír, señores. Además de la fuerte escolta de caballos, sacaron también de Figueras dos piezas de artillería, que iban detrás de nosotros, amenazándonos constantemente. Es que su recelo de que nos escapásemos era vivísimo, y con ninguna de las cautelas ordinarias creían segura la persona de D. Mariano Álvarez, inválido y casi moribundo. Éramos muy pocos en aquella segunda jornada, porque los frailes y la tropa quedáronse en Figueras hasta el amanecer. Ignoro si para tener a raya las fogosidades del padre Rull, se pertrecharon también con un par de baterías de campaña y algunos regimientos de línea. En la Junquera nos detuvimos muy poco tiempo; siguiendo luego por Francia adelante, llegamos a Perpiñán a las siete (p.1269) de la noche del mismo día 23, y después de detenemos en casa del gobernador, nos llevaron al Castillet, fortaleza de ladrillo, de airosa vista, obra del rey D. Sancho, la cual habrán visto cuantos hayan estado en aquella ciudad. Sin más ceremonias, destinaron para habitación de Álvarez un tenebroso aposento a manera de calabozo, con más humedades que muebles, y tan inmundo y sucio, que el mismo D. Mariano, a pesar de su temple resignado y fuerte, no pudo contenerse y exclamó con indignación: ¿Es este sitio propio para vivienda de un general? ¿Y son ustedes los que se precian de guerreros? El alcaide, que era un bárbaro, alzó los hombros, pronunciando algunas palabrotas francesas, que me pareció querían decir poco más o menos: «es preciso tener paciencia». Luego, dirigiéndose a los de la comitiva, aquel caritativo personaje nos dijo que estaba dispuesto a darnos de comer lo que quisiéramos, pagándolo previamente en buena moneda española. La moneda española ha sido siempre muy bien recibida en todo país donde ha habido manos. Dándole las gracias, pedímosle lo que nos pareció más necesario, y aguardamos la cena, aposentados todos en la inmunda pocilga. Nuestro primer cuidado fue improvisar con los capotes una cama para el gobernador, cuya fatiga y debilidad iban siempre en aumento. El cancerbero volvió al poco rato con unos manjares tan mal guisados, que no se podían comer, lo cual no fue parte a impedir que nos los cobrase a peso de oro; pero se los pagamos con gusto, suplicándole, unos en mal francés y otros en castellano, que nos hiciera el favor de no honrarnos más con su interesante presencia. Pero él o no entendió o quiso mostrarnos todo el peso de su impertinencia, y a cada cuarto de hora venía a visitarnos, poniéndonos ante los ojos, que en vano querían dormir, la luz de una deslumbradora linterna. Esto mortificaba a todos; pero principalmente al enfermo, que por su estado necesitaba reposo y sueño, y así se lo dijimos al alcaide, añadiéndole que como no pensábamos fugarnos, podía eximirnos de (p.1270) sus repetidos reconocimientos. Él nos respondía con amenazas soeces; quedábamos luego a oscuras, nos vencía el dulce sueño; pero no habíamos trasportado los umbrales de esta rica y apacible residencia del espíritu, cuando la luz de la linterna volvía a encandilar nuestros ojos, y el alcaide nos tocaba el cuerpo con su pata para cerciorarse por la vista y el tacto de que estábamos allí. Satué, furioso y fuera de sí, me dijo en uno de los pequeños intervalos en que estábamos solos: «Si ese bestia vuelve con la linterna, se la estrello en la cabeza». Pero D. Mariano, calmó su arrebato, condenando una imprudencia que podía ser a todos funestísima. La noche fue por tanto, y merced a las visitas del alcaide, penosa y horrible. Por la mañana nos hizo el honor de visitarnos el comandante de la plaza, el cual habló largamente con Álvarez, tratándole con cierta benevolencia cortés que nos agradó; mas luego hizo recaer la conversación sobre un suceso de que no teníamos noticia y allí dio rienda suelta a las groserías y los insultos. Parece que algunos oficiales de los trasladados a Francia inmediatamente después de la rendición de Gerona, se habían fugado, en lo cual obraron cuerdamente, si padecieron el martirio de la linterna del señor alcaide. Al hablar de esto, el comandante les prodigó delante de nosotros vocablos harto denigrantes, añadiendo: «Pero por fortuna, hemos pescado a once de los prófugos, y han sido arcabuceados hace dos días. Buscamos a los demás». Álvarez se sonrió y dijo: ¿Con que volaron, eh?.. y en su rostro por un instante dibujose ligera expresión festiva. A pesar de que el comandante de Perpiñán no era hombre de mieles, prometió a Álvarez dejarle descansar todo aquel día, poniendo freno a las importunidades de la candileja, y nos dispusimos para dormir; pero ¡ay!, estábamos destinados a nuevos tormentos, entre los cuales el mayor era presenciar cómo padecía en silencio sin hallar alivio en sus males ni piedad en los hombres, el más fuerte y digno de los españoles de aquel tiempo; estábamos entre gente que hacía punto de (p.1271) honra el mudar las coronas del heroísmo en coronas de martirio sobre la frente del que no se abatió, ni se dobló, ni se rompió jamás mientras tuvo un hálito de vida que sostuviera su grande espíritu. Serían, pues, las diez de la mañana, cuando el alcaide nos hizo ver su cara redonda, encendida y brutal, de rubios pelos adornada, y aunque por la claridad del día venía sin linterna, demostronos desde sus primeras palabras que no venía a nada bueno. Díjonos aquel simpático pedazo de la humanidad que nos dispusiéramos a salir todos, y como le indicáramos que el enfermo a causa de la horrorosa fiebre no podía moverse, repuso que vendría quien le hiciese mover. D. Mariano nos dio el ejemplo de la resignación, incorporándose en su lecho, y pidiendo su sombrero. Le levantamos en brazos; trató de andar por su propio pie, mas no siéndole posible, le condujimos fuera del aposento, y bajamos todos en triste procesión, mudos y abrumados de pena. Fuera del castillo vimos dos filas de gendarmería indicándonos el camino hacia la muralla, y la curiosa multitud nos contemplaba con lástima. Aquel espectáculo no podía ser más triste, y con el alma oprimida y llena de angustia dije para mí: «Nos van a fusilar».
Ep-7-XXV - ¡Oh, qué trance tan amargo, y qué horrenda hora! Eso de que a sangre fría le quiten a uno la preciosa existencia, lejos de la patria, ausente de las personas queridas, sin ojos que le lloren, en soledad espantosa y entre gente que no ve en ello más que la víctima inmolada a los intereses militares, es de lo más abrumador que puede ofrecerse a la contemplación del espíritu humano. Yo miraba aquel cielo, y no era como el cielo de España; yo miraba a aquella gente, oía su lengua extraña modulando en conjunto voces incomprensibles, y no era aquella gente tampoco como la gente de España. Sobre todo, Siseta no estaba allí, y el vacío formado por su ausencia no lo habrían frenado cien vidas otorgadas en cambio de la que me iban a quitar. Me ocurrió protestar contra aquella barbarie, gritando y defendiéndome contra (p.1272) miles de hombres; pero la realidad de mi impotencia me aplastaba con formidable pesadumbre. Dejé de ver lo que tenía ante los ojos, y muy intensa congoja me hizo llorar como una mujer. Mostraban entereza mis compañeros; pero ellos no habían dejado en Gerona ninguna Siseta. Al llegar a la muralla vimos formados en fila a los frailes y soldados que nos habían seguido. Algunos legos y ancianos lloraban; pero el padre Rull despedía llamas por sus negros y varoniles ojos. En tan supremo trance, el fraile patriota, rabiando de enojo contra sus verdugos, había olvidado la principal página del Evangelio. Nos pusieron también a nosotros en fila, y la persona de Álvarez fue confundida entre los demás sin consideración a su jerarquía. Estuvimos parados largo rato, ignorando qué harían de nosotros, en terrible agonía, hasta que apareció un oficialejo barrigudo, que con un papelito en la mano nos iba nombrando uno por uno. Tanto aparato, la cruel exhibición ante el populacho, el despliegue de tan colosales fuerzas contra unos pobres enfermos muertos de hambre, de cansancio y de sueño, no tenía más objeto que pasar lista. ¡Ay! Cuando adquirí la certidumbre de que no nos fusilaban, los franceses me parecieron la gente más amable, más caritativa y más humana del mundo. Volvimos al castillo, donde hallamos una gran novedad. El aposento donde pasamos la noche, se había considerado como un gran lujo de comodidades para estos pícaros insurgentes y bandidos, que tan heroicamente defendieron la plaza de Gerona, y nos destinaron a una lóbrega mazmorra sin aire, empedrada de agudísimos guijarros, entre cuyos huecos se remansaban fétidas aguas. Doble puerta con cerrojos fuertísimos la cerraba, y un mezquino agujero abierto en el ancho muro dejaba entrar sólo al medio día un rayo de luz, insuficiente para que nos reconociésemos las caras. Protestamos; el mismo Álvarez reprendió ásperamente al alcaide; pero este ni aun siquiera tuvo la dignación de contestarnos otra cosa más que la (p.1273) oferta de servirnos una buena comida, si se la pagábamos bien. El ilustre enfermo se empeoraba de hora en hora, y desde aquel día comprendimos que se nos iba a morir en los brazos, si no se instalaba en lugar más higiénico. Haciendo un esfuerzo el mismo Álvarez, escribió una carta al general Augereau, notificándole los malos tratamientos de que era objeto; pero no tuvo contestación. Y seguía lo de la linterna por la noche, en cuya obra caritativa se esmeraba el maldito francés regordete y rubio, amén de robarnos con la perversa cena que nos ponía. Si el gobernador necesitaba alguna medicina, no había fuerzas humanas que la hiciesen traer, por temor de que se envenenara, y registrándonos escrupulosamente, fuimos despojados de todo instrumento cortante para evitar que tratásemos de poner fin a aquella deliciosa vida con que éramos regalados. En aquella inmunda pocilga estuvimos hasta que concluyó Diciembre y el funestísimo año 9, enfermos todos, y más que enfermo, moribundo el gran Álvarez, que al resistir tan grandes padecimientos mostró tener el cuerpo tan enérgico y vigoroso como el alma. Durante las largas y tristes horas departía con nosotros sobre la guerra, contábanos su gloriosa historia militar y nos infundía esperanza y bríos, augurando con elevado discernimiento el glorioso fin de la lucha con los franceses y el triunfo de la causa nacional. Su extraordinario espíritu, superior a cuanto le rodeaba, sabía abarcar los acontecimientos con segura perspicacia, y oyéndole, oíamos la voz poderosa de la patria que llegaba al calabozo excavado en extranjero suelo. Al fin nuestro doloroso encierro en aquella mazmorra donde nos consumíamos viendo extinguirse la noble vida del defensor de Gerona, tuvo fin una noche en que el alcaide entró a decirnos que nos vistiéramos a toda prisa porque nos iban a internar en Francia. Esta noticia, a pesar de alejarnos de España nos produjo inmensa alegría porque ponía fin al encierro, y no aguardamos a que la repitiese el panzudo hombre de la linterna, demostrándole de (p.1274) diversos modos el gran gusto que sentíamos por perderle de vista lo mismo que a su aparato. Nos sacaron de Perpiñán con numerosa escolta, y iban los frailes con nosotros. El jefe de la gendarmería dio orden de fusilar a todo señor fraile que tratase de huir, y nos pusimos en marcha. Pero en este viaje la Providencia nos deparó un hombre generoso y caritativo que a escondidas de los franceses, sus compatriotas, prodigó al ilustre enfermo solícitos cuidados. Era el mismo cochero que le conducía, el cual, condolido de sus males e ignorando que fuese un héroe, mostró sus cristianos sentimientos de diversos modos. Agradecidos a su bondad quisimos recompensarle; pero no consintió en admitir nada, y como los gendarmes le mandaran que avivase el paso de las caballerías para marchar más a prisa, él, sabiendo cuánto daño hacía al paciente la celeridad de la carrera, fingió enfermedades en el escuálido ganado y desperfectos en el viejo coche para justificar el tardo paso con que andaba. Todos los de a pie, que éramos los más, le agradecimos en el alma la pereza de su vehículo. Después de descansar un poco en Salces, hicimos noche en Sitjans, y nunca a tal punto llegáramos, porque haciendo bajar de su coche al general, le aposentaron con los demás de su séquito en una caballeriza llena de estiércol, y donde no había cama ni sillas, ni nada que se pareciese a un mueble, siquiera fuese el más mezquino y pobre. Agotada la paciencia ante tanta infamia, y viendo cuán poco adecuado era aquel inmundo sitio para quien por su categoría y además por su lastimoso estado tenía derecho a todas las consideraciones, no pudimos contener la explosión de nuestro enojo, y con durísimas palabras increpamos al jefe de la gendarmería. Este, después de amenazarnos, pareció aplacarse, comprendiendo sin duda la justicia de nuestra reclamación, y al fin después de vacilar, vino a decir en suma que el alojamiento no era cuenta suya. Por fin el cochero, con orden o por simple tolerancia del jefe de la fuerza, introdujo en la cuadra (p.1275) una cama en que descansó algunas horas el desgraciado enfermo, cuya prodigiosa resistencia parecía tocar ya al último límite. A la mañana siguiente cuando nos íbamos a poner de nuevo en marcha, aparecieron unos guardias a caballo que traían una orden para el jefe que nos conducía. Abriendo el pliego en nuestra presencia, nos dio a conocer su contenido, el cual no era otra cosa sino que monsieur Álvarez debía volver a España. Esto nos alegró sobre manera, por la esperanza de ver pronto la patria querida, y hasta sospechamos, si, apiadados de nuestra desgracia, se dispondrían aquellos caballeros a dejarnos en libertad luego que traspasásemos la frontera. Los frailes, la gente de tropa que no pertenecía a la comitiva del enfermo, creyéronse también destinados a pisar pronto el suelo español, y mostráronse muy alegres; pero los gendarmes al punto les sacaron de su risueño error, mandándoles seguir adelante, por Francia adentro. Nos despedimos de ellos tiernamente recogiendo encargos, recados, cartas y amorosas memorias de familia, y volvimos la cara al Pirineo. D. Mariano al saber que se variaba de rumbo, dijo: «Como no me vuelvan al Castillet de Perpiñán, llévenme a donde quieran». Excuso enumerar los miserables aposentamientos, los crueles tratos que se sucedieron desde Sitjans a la frontera española, ni sé cómo por tanto tiempo y a tan repetidos golpes resistió la naturaleza del hombre contra quien se desplegaba tan gran lujo de maldad. Por último, señores, concluiré refiriendo a ustedes la última escena de aquel terrible via crucis, la cual ocurrió en la misma frontera, y un poco más allá de Pertús. Es el caso que cuando con el mayor gozo habíamos pisado la tierra de España, se presentaron unos guardias a caballo con nuevas órdenes para los gendarmes. El jefe mostrose muy contrariado, y habiéndose trabado ligera reyerta entre este y uno de los portadores del oficio, oímos esta frase, que aunque dicha en francés, fácilmente podía ser comprendida: «Monsieur Álvarez debe volver, pero los edecanes y (p.1276) asistentes no». Al punto comprendimos que se nos quería separar de nuestro idolatrado general, dejándonos a todos en Francia, mientras a él se le llevaba otra vez solo, enteramente solo, al castillo de Figueras. Esto causó una verdadera desolación en la pequeña comitiva. Satué, cerrando los puños y vociferando como un insensato, dijo que antes se dejaría hacer pedazos que abandonar a su general; otros, creyendo mal camino para convencer a nuestros conductores el de la amenaza y la cólera, suplicamos al jefe de los gendarmes que nos dejase seguir. El mismo enfermo indicó que si se le separaba de sus fieles compañeros de desgracia, la residencia en España le sería tan insoportable al menos, como la prisión en el Castillet. Suplicamos todos en diverso estilo que nos dejasen asistir y consolar a nuestro querido gobernador, pero esto fue inútil. Como complemento de los mil martirios que con refinado ingenio habían aplicado al héroe, quisieron someter su grande alma a la última prueba. Ni su enfermedad penosísima, ni sus años, ni la presunción de su muerte que se creía próxima y segura, les movieron a lástima; tanta era la rabia contra aquel que había detenido durante siete meses frente a una ciudad indefensa a más de cuarenta mil hombres, mandados por los primeros generales de la época; que no había sentido ni asomo de abatimiento ante una expugnación horrorosa en que jugaron once mil novecientas bombas, siete mil ochocientas granadas, ochenta mil balas, y asaltos de cuyo empuje se puede juzgar considerando que los franceses perdieron en todos ellos veinte mil hombres. Cansados de inútiles ruegos, pedimos al fin que se permitiera ir acompañando y sirviendo al general a uno de nosotros, para que al menos no careciese aquel de la asistencia que su estado exigía; pero ni esto se nos concedió. La agria disputa inspiró al mismo Álvarez las palabras siguientes: «Todas estas son estratagemas de que se valen los franceses para mortificar a aquel a quien no han podido hacer bajar la espalda». Bruscamente nos (p.1277) quisieron apartar del coche en que iba; pero atropellando a los que nos lo impedían, nos abalanzamos sobre él, y unos por un costado otros por el opuesto, le besamos las manos regándolas con nuestras lágrimas. Satué se metió violentamente dentro del coche, y los gendarmes lo sacaron a viva fuerza, amenazándole con fusilarle allí mismo, si no se reportaba en las manifestaciones de su dolor. El general, despidiéndonos con ánimo sereno, nos dijo que renunciásemos a una inútil resistencia, conformándonos con nuestra suerte; añadió que él confiaba en el próximo triunfo de la causa nacional, y que aun sintiéndose próximo a morir, su alma se regocijaba con aquella idea. Recomendonos la prudencia, la conformidad, la resignación, y él mismo dio a sus conductores la orden de partir para poner pronto fin a una escena que desgarraba su corazón lo mismo que el nuestro. El cupé partió a escape y nos quedamos en Francia, sujetados por los gendarmes, que nos ponían sus fusiles en el pecho para impedir las demostraciones de nuestra ira. Seguimos con los ojos llenos de lágrimas de desesperación el coche que se perdía poco a poco entre la bruma, y cuando dejamos de verle, Satué bramando de ira, exclamó: «Se lo llevaron esos perros; se lo llevan para matarle sin que nadie lo vea».
Ep-7-XXVI - No puedo pintar a ustedes nuestra profunda consternación al vernos esclavos de Francia, y considerando la situación del desgraciado Álvarez, solo, en poder de sus verdugos. Nuestra propia suerte de prisioneros nos causaba menos pesar que la de aquel heroico veterano, condenado por su valor sublime a ser juguete de una cruel soldadesca, a quien lo entregaron para que se divirtiese martirizándole. Encerráronnos en Pertús en una inmunda cuadra, donde con centinelas de vista nos tuvieron hasta el día siguiente, en cuya alborada, cuando nos llevaban fuera del pueblo, verificamos un acto honroso, con el cual quiero poner fin a mi narración. Allí, sobre unas peñas desde las cuales se divisaban a lo lejos los cerros y (p.1278) vertientes de España, nos dimos las manos y juramos todos morir antes que resignarnos a soportar la odiosa esclavitud que la canalla quería imponernos. Desde aquel instante principiamos a concertar un hábil plan para fugarnos, cual tantos otros, que llevados a Francia, habían sabido volver por peligrosos caminos y medios a la patria invadida. Amigos míos: por no cansar a ustedes con prolijidades que sólo a mí se refieren y a mis particulares cuitas, omito los pormenores de nuestra residencia en Francia, y de los medios que empleamos para regresar a España. Éramos seis, y sólo tres volvimos. Los demás, cogidos in fraganti, fueron fusilados, dos en Maurellas y uno en Boulou. ¿Alguno de los que me oyen no se ha visto en igual caso? ¡Cuántos de los que estamos aquí desataron sus manos de las cuerdas que los franceses han llevado a Francia después de la toma de Zaragoza o de Madrid! Con la relación de los padecimientos que sufrí en la frontera, de las diabluras y estratagemas que puse en juego para escaparme, y de las mil cosas que me sucedieron desde que pasé la frontera por Puigcerdà hasta unirme en el centro de España a esta división de Lacy en que ahora estoy, emplearía otras dos noches largas, pues todo el sitio de Gerona y las extravagancias de D. Pablo Nomdedeu no exigen más tiempo y espacio que los peligros, trapisondas, trabajos y terribles trances en que me he visto. Concluyo, pues, no sin dirigir una ojeada hacia atrás, como parecen exigírmelo mis caros oyentes, deseosos de saber qué fue de Siseta, así como de sus hermanitos Badoret y Manalet. No estaría mi ánimo tranquilo si en tan largo plazo hubiese vivido sin saber de personas tan caras para mí. Antes de abandonar a Cataluña con intención de unirme al ejército del Centro, hallé medios para hacer llegar a Gerona noticias mías, y Dios me deparó el consuelo de que también vinieran a mí verdaderas y frescas. Los tres hermanos siguen allí sanos y buenos en compañía de la señorita Josefina, que en ellos ve toda su familia, y el único (p.1279) consuelo de sus tristes días. La hija del doctor no ha recobrado por completo la salud, ni desgraciadamente la recobrará, según me dicen. Ha tenido inclinación a entrar en un convento; mas Siseta procura arrancarla sus melancolías y la induce a que aspire al matrimonio, en la seguridad de encontrar buen esposo. No demuestra, sin embargo, Josefina disposición a seguir este consejo, y gusta de embeber su vida en contemplaciones de la Naturaleza y de la religión, que son sin duda el alimento más apropiado a su pobre espíritu huérfano y solitario. Siseta y sus hermanos aguardan a que yo me retire del ejército para marchar a la Almunia, donde tengo mis tierras, consistentes en dos docenas de cepas y un número no menor de frondosos olivos, y por mi parte pido a Dios que nos libre al fin de franceses, para poder soltar el grave peso de las armas y tornar a mi pueblo, donde no pienso hacer al tiempo de mi llegada otra cosa de provecho más que casarme. Con lo que Siseta ha heredado, y lo que yo poseo, tenemos lo suficiente para pasar con humilde bienestar y felicidad inalterable la vida, pues no me mortifica el escozor de la ambición, ni aspiro a altos empleos, a honores vanos ni a la riqueza, madre de inquietudes y zozobras. Hoy peleo por la patria, no por amor a los engrandecimientos de la milicia, y de todos los presentes soy quizás el único que no sueña con ser general. Otros anhelan gobernar el mundo; sojuzgar pueblos y vivir entre el bullicio de los ejércitos; pero yo contento en la soledad silenciosa, no quiero más ejércitos que los hijos que espero ha de darme Siseta. Así acabó su relación Andresillo Marijuán. La he reproducido con toda fidelidad en su parte esencial, valiéndome como poderoso auxiliar del manuscrito de D. Pablo Nomdedeu, que aquel mi buen amigo me regaló más tarde cuando asistí a su boda. Repito lo que dije al comenzar el libro, y es que las modificaciones introducidas en esta relación afectan sólo a la superficie de la misma, y la forma de expresión es enteramente mía. Tal vez haya (p.1280) perdido mucho la leyenda de Andrés al perder la sencillez de su tosco estilo; pero yo tenía empeño en uniformar todas las partes de esta historia de mi vida, de modo que en su vasta longitud se hallase el trazo de una sola pluma. Cuando Marijuán calló, algunos de los presentes dieron interpretaciones diversas al encierro de D. Mariano Álvarez en el castillo de Figueras, y como ya desde antes de entrar en Andalucía habíamos sabido la misteriosa muerte del insigne capitán, la figura más grande sin duda de las que ilustraron aquella guerra, cada cual explicó el suceso de distinto modo. -Dícese que le envenenaron -afirmó uno- en cuanto llegó al castillo. -Yo creo que Álvarez fue ahorcado -opinó otro- pues el rostro cárdeno e hinchado, según aseguran los que vieron el cadáver de Su Excelencia, indica que murió por estrangulación. -Pues a mí me han dicho -añadió un tercero- que lo arrojaron a la cisterna del castillo. -Hay quien afirma que le mataron a palos. -Pues no murió sino de hambre, y parece que desde su llegada fue encerrado en un calabozo, donde lo tuvieron tres días sin alimento alguno. -Y cuando le vieron bien muerto, y se aseguraron de que no volvería hacer otra como la de Gerona, expusiéronle en unas parihuelas a la vista del pueblo de Figueras, que subió en masa a contemplar el cuerpo del grande hombre. Discutimos largo rato sin poder poner en claro la clase de muerte que había arrebatado del mundo a aquel inmortal ejemplo de militares y patriotas; pero como su fin era evidente, convinimos por último en que el esclarecimiento del medio empleado para exterminar tan terrible enemigo del poder imperial, afectaba más al honor francés que al ejército español, huérfano de tan insigne jefe; y si verdaderamente fue asesinado, como se ha venido creyendo desde entonces acá, la responsabilidad de los que toleraron sin castigarla tan atroz barbarie bastaría a exceptuar entonces a Francia de la aplicación de las leyes de la guerra en lo que antes tienen de humano. Que murió violentamente parece indudable, y mil indicios (p.1281) corroboran una opinión que los historiadores franceses no han podido con ingeniosos esfuerzos destruir. No es creíble que órdenes de París impulsaran este horrible asesinato; pero un poder que si no disponía, toleraba tan salvajes atentados, merecía indisputablemente las amarguras y horrendas caídas que experimentó luego. La soberbia enfatuada y sin freno perpetra grandes crímenes ciegamente, creyendo realizar actos marcados por ilusorio destino. Los malvados en grande escala que han tenido la suerte o la desgracia de que todo un continente se envilezca arrojándose a sus pies, llegan a creer que están por encima de las leyes morales, reguladoras según su criterio, tan sólo de las menudencias de la vida. Por esta causa se atreven tranquilamente y sin que su empedernido corazón palpite con zozobra, a violar las leyes morales, ateniéndose para ello a las mil fútiles y movedizas reglas que ellos mismos dictaron llamándolas razones de estado, intereses de esta o de la otra nación; y a veces si se les deja, sobre el vano eje de su capricho o de sus pasiones hacen mover y voltear a pueblos inocentes, a millares de individuos que no quieren sino el bien. Verdad es que parte de la responsabilidad corresponde al mundo, por permitir que media docena de hombres o uno solo jueguen con él a la pelota. Desarrollados en proporciones colosales los vicios y los crímenes, se desfiguran en tales términos que no se les conoce; el historiador se emboba engañado por la grandeza óptica de lo que en realidad es pequeño, y aplaude y admira un delito tan sólo porque es perpetrado en la extensión de todo un hemisferio. La excesiva magnitud estorba a la observación lo mismo que el achicamiento que hace perder el objeto en las nieblas de lo invisible. Digo esto, porque a mi juicio, Napoleón I y su efímero imperio, salvo el inmenso genio militar, se diferencian de los bandoleros y asesinos que han pululado por el mundo cuando faltaba policía, tan sólo en la magnitud. Invadir las naciones, saquearlas, apropiárselas, quebrantar los tratados, engañar al (p.1282) mundo entero, a reyes y a pueblos, no tener más ley que el capricho y sostenerse en constante rebelión contra la humanidad entera, es elevar al máximum de desarrollo el mismo sistema de nuestros famosos caballistas. Ciertas voces no tienen en ningún lenguaje la extensión que debieran, y si despojar a un viajante de su pañuelo se llama robo, para expresar la tala de una comarca, la expropiación forzosa de un pueblo entero, los idiomas tienen pérfidas voces y frases con que se llenan la boca los diplomáticos y los conquistadores, pues nadie se avergüenza de nombrar los grandiosos planes continentales, la absorción de unos pueblos por otros.. etc. Para evitar esto debiera existir (no reírse) una policía de las naciones, corporación en verdad algo difícil de montar; pero entre tanto tenemos a la Providencia, que al fin y al cabo sabe poner a la sombra a los merodeadores en grande escala, devolviendo a sus dueños los objetos perdidos, y restableciendo el imperio moral, que nunca está por tierra largo tiempo. Perdónenme mis queridos amigos esta digresión. No pensaba hacerla; pero al hablar de la muerte del incomparable D. Mariano Álvarez de Castro, el hombre, entre todos los españoles de este siglo, que a más alto extremo supo llevar la aplicación del sentimiento patrio, no he podido menos de extender la vista para observar todo lo que había en derredor, encima y debajo de aquel cadáver amoratado que el pueblo de Figueras contemplaba en el patio del castillo una mañana del mes de enero de 1810. Aquel asesinato, si realmente lo fue, como se cree, debía traer grandes catástrofes a quien lo perpetró o consintió, y no importa que los criminales, cada vez más orgullosos, se nos presentaran con aparente impunidad, porque ya vemos que el mucho subir trae la consecuencia de caer de más alto, de lo cual suele resultar el estrellarse. Oímos el relato de Andrés Marijuán, aposentados en una casa del Puerto de Santa María, donde moraban, además de nosotros, que pertenecíamos al ejército de Areizaga, muchos (p.1283) canarios de Alburquerque, que habían llegado el día antes, terminando su gloriosa retirada. A este general debió el poder supremo no haber caído en poder de los franceses, pues con su hábil movimiento sobre Jerez, mientras contenía en Écija las avanzadas de Víctor y Mortier, dio tiempo a preparar la defensa de la isla de León, y entretuvo al enemigo en las inmediaciones de Sevilla. Esto pasaba a principios de Febrero, y en los mismos días se nos dio orden de pasar a la Isla, porque en el continente, o sea del puente de Suazo para acá ¡triste es decirlo!, no había ni un palmo de terreno defendible. Toda España afluyó a aquel pedazo de país, y se juntaban allí ejército, nobleza, clero, pueblo, fuerza e inteligencia, toda la vida nacional en suma. De la misma manera, en momentos de repentino peligro para el hombre de ánimo esforzado, toda la sangre afluye al corazón, de donde sale después con nuevo brío. Por mi parte deseaba ardientemente entrar en la Isla. Aquel pantano de sal y arena invadido por movedizos charcos y surcado por regueros de agua salada, tenían para mí el encanto del hogar nativo, y más aún las peñas donde se asienta Cádiz en la extremidad del istmo, o sea en la mano de aquel brazo que se adelanta para depositarla en medio de las olas. Yo veía desde lejos a Cádiz, y una viva emoción agitaba mi pecho. ¿Quién no se enorgullece de tener por cuna la cuna de la moderna civilización española? Ambos nacimos en los mismos días, pues al fenecer el siglo se agitó el seno de la ciudad de Hércules con la gestión de una cultura que hasta mucho después no se encarnó en las entrañas de la madre España. Mis primeros años agitados y turbulentos, fuéronlo tanto como los del siglo, que en aquella misma peña vio condensada la nacionalidad española, ansiando regenerarse entre el doble cerco de las olas tempestuosas y del fuego enemigo. Pero en Febrero de 1810 aún no había nada de esto, y Cádiz sólo era para mí el mejor de los asilos que la tierra puede ofrecer al hombre; la ciudad de mi infancia, llena de (p.1284) tiernísimos recuerdos, y tan soberbiamente bella que ninguna otra podía comparársele. Cádiz ha sido siempre la Andalucía de las ondas, graciosa y festiva dentro de un círculo de tempestades. Entonces asumía toda la poesía del mar, todas las glorias de la marina, todas las grandezas del comercio. Pero en aquellos meses empezaba su mayor poesía, grandeza y gloria, porque iba a contener dentro de sus blancos muros el conjunto de la nacionalidad con todos sus elementos de vida en plena efervescencia, los cuales expulsados del gran territorio, se refugiaban allí dejando la patria vacía. A las puertas de Cádiz comienzan los acontecimientos de mi vida que más vivamente anhelo contar. Estadme atentos, y dejadme que ponga orden en tantos y tan variados sucesos, así particulares como históricos. La historia al llegar a esta isla y a esta peña es tan fecunda, que ni ella misma se da cuenta de la multitud de hijos que deposita en tan estrecho nido. Trataré de que no se me olvide nada, ni en lo mío ni en lo ajeno. Para no perder la costumbre, comienzo por una aventura propia, en que nada tiene que ver la atisbadora historia, pues hasta hoy no he tenido empeño en comunicarlo a nadie, ni aunque la comunicara, se inmortalizaría en láminas de bronce, y fue lo siguiente: Un amigo mío portugués de los que habían venido de Extremadura con Alburquerque, rondaba cierta casa en la extremidad de la calle Larga donde algunos días antes viera entrar desconocida beldad, que él ponía por las nubes, siempre que tocábamos este punto. Sus paseos diurnos y nocturnos, en que mostraba un celo, una abnegación superiores a todo encomio, no dieron más resultado que ver al través de las apretadas verdes celosías, dos figuras, dos bultos de indeterminada forma, pero que al punto revelaban ser alegres mujeres por el sordo cuchicheo y las risas con que parecían festejar la cachaza de mi paseante amigo. Cuanto menos las veía, más acabadamente hermosas se le figuraban, y con la dificultad de hablarlas, crecía su deseo de poner fin gloriosamente a una aventura, (p.1285) que hasta entonces había tenido pocos lances. Una tarde quiso le acompañase yo en su centinela al pie de la reja, y tuve la suerte de que mi presencia modificara la monótona esquivez de las bellas damas, las cuales hasta entonces ni a billetes ni a señas, ni a miradas lánguidas habían contestado más que con las risas consabidas y los ceceos burlones. Figueroa había deslizado una esquela, y tuvo la indecible satisfacción de recibir respuesta en un billete que cayó, cual bendición del cielo, delante de nosotros. En él decía la hermosa desconocida que estaba dispuesta a abrir la celosía para expresarle de palabra su gratitud por los amorosos rendimientos, y añadía que hallándose en un gran compromiso por causa de un suceso doméstico que no podía revelar, solicitaba para salir de él la ayuda del galán juntamente con la de su amigo. Esto nos llamó grandemente la atención, y de vuelta al alojamiento para esperar la hora de las siete en que se nos había citado, hicimos mil comentarios sobre el suceso. Mientras mayor era el misterio, mayor también el anhelo de descifrarlo, y curiosos ambos por saber si íbamos a tener una sabrosa aventura o a ser objetos de una broma, acudimos por la noche al pie de la reja. En cuanto llegamos, abriose esta y una voz de mujer, cuyo acento aunque dulce no me pareció revelar persona de elevada clase, dijo a Figueroa con bastante agitación estas palabras: -Señor militar, si es usted caballero, como creo, espero que no se negará a conceder a una desgraciada dama la generosa ayuda que solicita. Mi esposo el señor duque de los Umbrosos Montes duerme a estas horas; pero no puedo dejarle pisar a usted el recinto de este arcásar, que mi celoso dueño ha convertido en sepulcro de mi hermosura, en cárcel de mi libertad y en muerte de mi vida. El más leve rumor despertaría al fiel y sanguinario Rodulfo, paje de mi señor y carcelero mío. Pues verasté: mi honra depende de que al punto una persona de confianza atraviese las saladas ondas y parta a Cádiz a llevar un recado urgentísimo, sin (p.1286) lo cual mi situación es tal que no esperaré a que venga la rosada aurora, para arrancalme la vida con un veneno de cien mortíferas plantas compuesto que tengo aquí en aquesta botellita. Figueroa estaba perplejo y embobado, aunque algo dispuesto a tomar aquello en serio, y yo contenía la risa al considerar cómo se reían de nosotros las dos desconocidas; pero mi amigo aseguró estar resuelto a prestar a ambas cuantos servicios fáciles o difíciles quisieran pedirle, y entonces la misma que antes hablara, añadió: -¡Oh!, gracias, invito militar; así lo esperaba yo de su galantería y caballerosidad nunca desmentida en mil y mil lances, cual lo prueban las voces de la fama que han traído a mis orejas sus hasañas. Bueno, pues verasté. Mi criada, que es esta guapa y gallarda donsella, que a mi lado ve usted, y se llama Soraida, irá a Cádiz en un frágil esquife que Perico el botero tiene preparado en el muelle; pero como es grande su cortedad, deseo vaya acompañada de ese vuestro leal amigo, que está ahí oyéndonos como un marmolejo. Al punto dije que estaba dispuesto a acompañar a la doncella, y mi amigo, algo corrido con los discursos de su adorada beldad, no sabía qué contestar. La desconocida habló así con creciente afectación: -¡Oh! Gracias, insine amigo del valiente Otelo. Ya lo esperaba yo de su malanimidad. Pues oigasté, señor militar. Mientras este fiel amigo va a Cádiz a acompañar a mi donsella en la difícil comisión que mi amenasado honor le encomienda, nosotros nos quedaremos aquí pelando la pava en este balcón; con lo cual, ¿usté se entera?, tendré ocasión de mostrarle el amoroso fuego que inflama mi pecho. No había acabado de hablar, cuando abriéndose la puerta de la casa, apareció una mujer cubierta de la cabeza a los pies con espeso manto negro, la cual llegándose a mí y tomándome el brazo, me obligó a que rápidamente la siguiese, diciéndome: -Señor oficial, vamos, que es tarde. No tuve tiempo para oír lo que desde la ventana decía la desconocida al amartelado Figueroa, porque la dama, criada o lo que (p.1287) fuera, no me permitía detenerme y me impulsaba hacia adelante, repitiendo siempre: -Señor oficial, siga usted. ¡Qué pesado es usted!.. No mire usted atrás ni se detenga, que estoy de prisa. Quise ver su rostro; pero se lo ocultaba cuidadosamente. Se conocía que trataba de contener la risa y disimular la voz. Era una mujer arrogante y que me revelaba con sólo el roce de su mano en mi brazo la alta calidad a que pertenecía. Desde su aparición había yo sospechado, que no era criada, y después de oírla y sentir el contacto de su vestido, ningún hombre se habría equivocado respecto a su clase. Yo estaba algo aturdido por lo inusitado de la aventura, y una dulce confusión embargaba mi alma. Venían a mi mente indicios, recuerdos, y aquella mujer llevaba en los pliegues de su vestido una atmósfera que no era nueva para mí. Pero al principio ni aun pude formular claramente mis sospechas. La desconocida me llevaba rápidamente y andábamos a prisa por las calles del Puerto, hablando de esta manera: -Señora, ¿insiste usted en ir a Cádiz por mar a estas horas? -¿Por qué no? ¿Se marea usted? ¿Tiene usted miedo a embarcarse? -Por bueno que esté el mar, el viaje no será cómodo para una dama. -Es usted un necio. ¿Cree usted que yo soy cobarde? Si no tiene usted ánimo iré sola. -Eso no lo consentiré, y aunque se tratara de ir a América en el frágil esquife de que hablaba la señora duquesa de los Umbrosos Montes.. La desconocida no pudo contener la risa, y el dulce acento de su voz resonó en mi cerebro, despertando mil ideas que rápidamente cambiaron en luz las oscuridades de mi pensamiento, y en certidumbre las nebulosas dudas. -Adelante -exclamó al ver que me detenía-. Ya estamos en el muelle. El botero está allí. La marea sube y nos favorecerá; el mar parece tranquilo. Callé y seguimos hasta el malecón. Era preciso bajar por una serie de piedras puestas en la forma más parecida a una escalera, y el descenso no carecía de peligro. Tomé en brazos a mi compañera, y la bajé cuidadosamente al bote. Entonces ni pudo, ni (p.1288) quiso sin duda ocultarme su rostro, y la conocí. La fuerte emoción no me permitió hablar. -¡Oh, señora condesa! -exclamé besándole tiernamente las manos-. ¡Qué felicidad tan grande encontrar a usía!.. -Gabriel -me contestó- ha sido realmente una felicidad que me hayas encontrado, porque vas a prestarme un gran servicio. -Estoy destinado a ser criado de vuecencia en donde quiera que me halle. -Criado no: ya esos tiempos pasaron. ¿Dónde has estado? -En Zaragoza. -¿Ves qué fácilmente se van ganando charreteras, y con ellas posición y nombre en el mundo? Entramos en unos tiempos en que los desgraciados y los pobres se encaramarán a los puestos que debe ocupar la grandeza. Gabriel, estoy asombrada de verte caballero. Bien, muy bien. Así te quería. No me habías dicho nada. ¿Por qué no me has buscado?.. Ya no nos quieres. -Señora, ¿cómo he de olvidar los beneficios que de vuecencia recibí? Estoy confundido al ver que nuevamente, y cuando menos lo esperaba, se digna usía servirse de mí. -No bajes tanto, Gabriel; han cambiado las cosas. Tú no eres el mismo; no te conozco. Me ves, me hablas, ¿y no me preguntas por Inés? -Señora -exclamé anonadado- no me atreví a tanto. Veo que vuecencia ha cambiado más que yo. -Tal vez. -¿Inés vive? -Sí, está en Cádiz. ¿Deseas verla? Pues no te apures; yo te prometo que la verás, la verás. Diciendo esto, Amaranta se expresaba en un tono que me hacía comprender su anhelo de mortificar a alguien, al permitirme ver a su hija. Su benevolencia me tenía tan confundido, que ni aun acertaba a darle las gracias. -¡En qué momento tan crítico para mí te me has aparecido, Gabriel! Un suceso que sabrás más tarde me obliga a ir a Cádiz esta noche, sola, sin que ninguno de mi familia lo sepa. Dios no me podía ofrecer compañero ni custodio más a propósito. -Pero señora, ¿usía no considera que las puertas de Cádiz están cerradas a estas horas? -Lo están para mí todas menos una. Por eso me aventuro en esta travesía que podría ser peligrosa. El jefe de guardia en la puerta (p.1289) de mar es amigo mío y me espera. Yo tenía el bote preparado. Estaba dispuesta a ir sola, y cuando te presentaste en la calle acompañando al oficial que nos rondaba, vi el cielo abierto. Gabriel, te juro que estoy contentísima de verte en la honrosa condición en que ahora te hallas. Así te deseaba yo. Pero chiquillo, ¿eres tú mismo?.. ¡Pues no lleva sus charreteras como un hombre!.. El muy zarramplín con ese uniforme, que le sienta bien, tiene aire de persona decente.. Vaya usted a hacer creer a la gente que has jugado en la Caleta.. chico, bien, bien, así me gusta.. qué bien te vendría ahora aquella farsa de tus abolengos.. No me canso de mirarte, pelafustán.. ¡qué tiempos estos! He aquí un gato que quiso zapatos y que se ha salido con ello.. Te juro que eres otro. Inés no te va a conocer.. ¡Qué a tiempo has venido! Estás muy bien, hijito.. Desde que fuiste mi paje conocí tu corazón de oro.. ¡Ay!, no te faltaba más que el forro, y veo que lo vas teniendo.. Gabriel: creo que te alegras de verme, ¿no es verdad? Yo también. Cuántas veces he dicho: si ahora apareciese ese muchacho.. Mañana te contaré todo. Chiquillo, soy la mujer más desgraciada de la tierra. El bote avanzaba con la proa a Cádiz. El botero fijo en la popa llevaba el timón, y dos muchachos habían izado la vela latina, con la cual, merced al viento fresco de la noche, la embarcación se deslizaba cortando gallardamente las mansas olas de la bahía. La claridad de la luna nos alumbraba el camino: pasábamos velozmente junto a la negra masa de los barcos de guerra ingleses y españoles, que parecían correr al costado en dirección opuesta a la que seguíamos. Aunque el mar estaba tranquilo, agitábase bastante el bote, y sostuve con mi brazo a la condesa para impedir que se hiciera daño con las frecuentes cabezadas del barco. Los tres marinos no pronunciaron una sola palabra en todo el trayecto. -¡Cuánto tardamos! -dijo Amaranta con impaciencia. -El bote va como un rayo. Antes de diez minutos estaremos allá -dije al ver las luces de la ciudad reflejadas en el agua-. ¿Tiene vuecencia (p.1290) miedo? -No, no tengo miedo -repuso tristemente- y te juro que aunque las olas fueran tan fuertes, que lanzaran el bote a la altura de los topes de ese navío, no vacilaría en hacer este viaje. Lo habría hecho sola, si no te hubieras aparecido como enviado del cielo para acompañarme. Cuando te vi, mi primera idea fue llamarte; pero luego mi criada y yo discurrimos la invención que oíste, para desorientar al hidalgo portugués. No quiero que nadie me conozca. -La señora duquesa de los Umbrosos Montes estará a estas horas trastornando el seso de mi buen amigo. -Sí, y lo hará bien. Si mi ánimo estuviera tranquilo, me reiría recordando la gravedad con que dijo las relaciones que le enseñé esta tarde. Hace poco, como se empeñara en galantearme un viajero inglés, Dolores quiso pasar por ama y yo por criada; pero él conoció al punto el engaño. No nos dejaba ni a sol ni a sombra, y no puedes figurarte las felices ocurrencias de mi doncella a propósito del caballero británico, de su aspecto tristón, de sus ardientes arrebatos y de su cojera. Era a ratos amable y fino, a ratos sombrío y sarcástico y se llamaba lord Byron. -No es extraño que vuecencia enloqueciera a ese señor inglés. Pero ya llegamos, señora condesa, y el bote va a atracar en el muelle. Sale la guardia a darnos el quién vive. -No importa; tengo pase. Di que llamen a D. Antonio Maella, jefe de la guardia. Presentose el oficial, y nos dio entrada sin dificultad, abriéndonos luego la puerta, por donde pasamos a la plaza de San Juan de Dios. Mientras nos acompañaba hasta dicho punto, habló brevemente con Amaranta. -Ya la esperaba a usted -dijo-. Las dos señoras marquesas tienen preparado su viaje para mañana, en la fragata inglesa Eleusis. Piensan establecerse en Lisboa. -Su objeto es alejarse de mí -repuso Amaranta-. Felizmente he tenido aviso oportuno, y me parece que llego a tiempo. -Tan callado tenían el viaje, que yo mismo no lo he sabido hasta esta tarde por el capitán de la fragata. ¿Piensa usted partir también con ellas? -Partiré si no puedo detenerlas. Al decir esto, la (p.1291) condesa, sin perder tiempo en contestar a los cumplidos y finezas del oficial, tomó mi brazo, y obligándome a tomar paso algo vivo, me dijo: -Gabriel, no nos detengamos. ¡Cuán inquieta estoy!.. Ya te lo contaré todo después. Figúrate que después de que me hacen vivir como en destierro, separada de lo que más amo en el mundo.. ¿qué te parece? Dios mío, ¿qué he hecho yo para merecer tal castigo?.. Pues sí.. Después que me obligan a vivir allá.. Te diré.. hasta se han empeñado en hacerme pasar por afrancesada.. Y todo ¿por qué?, dirás tú.. Pues nada más sino porque.. andemos más a prisa.. porque me opongo a que la hagan desventurada para siempre.. Mi tía no tiene sensibilidad, y nuestra parienta la de Rumblar tiene un rollo de pergaminos en el sitio donde los demás llevamos el corazón. Además, con los vidrios verdes de sus espejuelos no ve más que dinero.. Gabriel, etiqueta y soberbia en un lado, soberbia y avaricia en otro.. No puedes figurarte cuán apenadas y tristes están las tres pobres muchachas.. Y ahora quieren llevárselas a Lisboa.. ¿qué dices tú a eso?.. Todo por alejar a Inés de mí.. ¡Con cuánto secreto han preparado el viaje!.. ¡Con qué habilidad me confinaron en el Puerto, haciendo llegar a los individuos de la Junta falsas noticias acerca de mí! Por fortuna soy amiga del embajador inglés, Wellesley.. que no.. Pues sí, mi tía y yo nos disputamos ardientemente el dirigir a la pobre Inés hacia su mejor destino.. ella va por una senda, yo por otra.. lo que yo quiero es más razonable; y si no, dime tu parecer.. Pero ya hablaremos mañana. ¿Te quedarás en la Isla o vendrás a Cádiz? Espero que nos veremos, Gabrielillo. ¿Te acuerdas cuando eras mi paje en el Escorial y yo te contaba aquellas historias? -Esos y otros recuerdos de aquel tiempo, señora -le respondí- son los más dulces de mi vida. -¿Te acuerdas cuando te presentaste en Córdoba? -prosiguió riendo-. Entonces estabas algo tonto. ¿Te acuerdas de cuando en Madrid fuiste a casa con el padre Salmón?.. ¿Te acuerdas de cuando te encontré en el Pardo vestido de duque (p.1292) de Arión?.. Después me he acordado mucho de ti, y he dicho: «¡Dónde estará aquel desgraciado!..». No puedo creer sino que Dios te ha cogido por la mano para ponerte delante de mí.. Ya llegamos. Nos detuvimos junto a una casa de la calle de la Verónica. -Llama a la puerta -me dijo la condesa-. Esta es la casa de una amiga mía de toda confianza. -¿Vive aquí la señora marquesa? -pregunté tirando de la campanilla de la reja-. Esta casa no me es desconocida. -Aquí vive doña Flora de Cisniega: ¿la conoces? Entremos. Se ven luces en la sala. Aún están en la tertulia; es temprano. Ahí estarán Quintana, Gallego, Argüelles, Gallardo y otros muchos patriotas. Subimos y en un gabinete interior nos recibió el ama de la casa, en quien al punto reconocí una amistad antigua. -¿Está aquí? -le preguntó con ansiedad la condesa. -Sí; aunque se embarcan mañana de secreto, han venido esta noche sin duda para que yo no sospeche su determinación. Pero a mí no se me engaña.. ¿va usted a la sala? Está muy animada la tertulia. ¡Ay!, amiga mía, esta noche he ganado al monte una buena suma. -No, no voy a la sala. Haga usted salir a Inés con cualquier pretexto. -Está en coloquio tirado con el amable inglesito. Pero saldrá. Mandaré a Juana que la llame. Después de dar la orden a su doncella, doña Flora me observó atentamente, queriendo reconocerme. -Sí, soy Gabriel, señora doña Flora, soy Gabriel, el paje del Sr. D. Alonso Gutiérrez de Cisniega. Doña Flora, no necesitando más, abalanzose a mí con todo el ímpetu de su sensible corazón. -Gabrielillo, ¿es posible que seas tú? -exclamó chillonamente estrechándome entre sus brazos-. Estás hecho un hombre, un caballero.. ¡Qué alto estás! Cuánto me alegro de verte.. ya te he echado de menos.. pero ¡qué buen mozo eres!.. ¿Qué tal me encuentras?.. Otro abrazo.. ¡Ay!.. ¿Por qué me dejaste?.. ¡pobrecito niño! Mientras era objeto de tan ardientes demostraciones de regocijo, sentí el rumor propio de un rápido movimiento de faldas hacia el corredor que conducía a la pieza (p.1293) donde estábamos. Junio de 1874.
FIN
(EPISODIO 8) CÁDIZ
Ep-8-I - En una mañana del mes de Febrero de 1810 tuve que salir de la Isla, donde estaba de guarnición, para ir a Cádiz, obedeciendo a un aviso tan discreto como breve que cierta dama tuvo la bondad de enviarme. El día era hermoso, claro y alegre cual de Andalucía, y recorrí con otros compañeros, que hacia el mismo punto si no con igual objeto caminaban, el largo istmo que sirve para que el continente no tenga la desdicha de estar separado de Cádiz; examinamos al paso las obras admirables de Torregorda, la Cortadura y Puntales, charlamos con los frailes y personas graves que trabajaban en las fortificaciones; disputamos sobre si se percibían claramente o no las posiciones de los franceses al otro lado de la bahía; echamos unas cañas en el figón de Poenco, junto a la Puerta de Tierra, y finalmente, nos separamos en la plaza de San Juan de Dios, para marchar cada cual a su destino. Repito que era en Febrero, y aunque no puedo precisar el día, sí afirmo que corrían los principios de dicho mes, pues aún estaba calentita la famosa respuesta: «La ciudad de Cádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro rey que al señor D. Femando VII. 6 de Febrero de 1810». Cuando llegué a la calle de la Verónica, y a la casa de doña Flora, esta me dijo: -¡Cuán impaciente está la señora condesa, caballerito, y cómo se conoce que se ha distraído usted mirando a las majas que van a alborotar a casa del señor Poenco en Puerta de Tierra! -Señora -le respondí- juro a usted que fuera de Pepa Hígados, la Churriana, y María de las Nieves, la de Sevilla, no había moza alguna en casa de Poenco. También pongo a Dios por testigo de que no nos detuvimos más que una hora y esto porque no nos llamaran descorteses y malos caballeros. -Me gusta la frescura con que lo dice -exclamó con enfado doña Flora-. Caballerito, la condesa y yo estamos muy incomodadas con usted, sí señor. Desde el mes pasado en que mi amiga acertó a recoger (p.1294) en el Puerto esta oveja descarriada, no ha venido usted a visitarnos más que dos o tres veces, prefiriendo en sus horas de vagar y esparcimiento la compañía de soldados y mozas alegres, al trato de personas graves y delicadas que tan necesario es a un jovenzuelo sin experiencia. ¡Qué sería de ti -añadió reblandecida de improviso y en tono de confianza-, tierna criatura lanzada en tan temprana edad a los torbellinos del mundo, si nosotras, compadecidas de tu orfandad, no te agasajáramos y cuidáramos, fortaleciéndote a la vez el cuerpecito con sanos y gustosos platos, el alma con sabios consejos! Desgraciado niño.. Vaya se acabaron los regaños, picarillo. Estás perdonado; desde hoy se acabó el mirar a esas desvergonzadas muchachuelas que van a casa de Poenco y comprenderás todo lo que vale un trato honesto y circunspecto con personas de peso y suposición. Vamos, dime lo que quieres almorzar. ¿Te quedarás aquí hasta mañana? ¿Tienes alguna herida, contusión o rasguño, para curártelo en seguida? Si quieres dormir, ya sabes que junto a mi cuarto hay una alcobita muy linda. Diciendo esto, doña Flora desarrollaba ante mis ojos en toda su magnificencia y extensión el panorama de gestos, guiños, saladas muecas, graciosos mohínes, arqueos de ceja, repulgos de labios y demás signos del lenguaje mudo que en su arrebolado y con cien menjurjes albardado rostro servía para dar mayor fuerza a la palabra. Luego que le di mis excusas, dichas mitad en serio mitad en broma, comenzó a dictar órdenes severas para la obra de mi almuerzo, atronando la casa, y a este punto salió conteniendo la risa la señora condesa que había oído la anterior retahíla. -Tiene razón -me dijo después que nos saludamos-; el Sr. D. Gabriel es un chiquilicuatro sin fundamento, y mi amiga haría muy bien en ponerle una calza al pie. ¿Qué es eso de mirar a las chicas bonitas? ¿Hase visto mayor desvergüenza? Un barbilindo que debiera estar en la escuela o cosido a las faldas de alguna persona sentada y de libras que fuera un almacén de buenos (p.1295) consejos.. ¿cómo se entiende? Doña Flora, siéntele usted la mano, dirija su corazón por el camino de los sentimientos circunspectos y solemnes, e infúndale el respeto que todo caballero debe tener a los venerandos monumentos de la antigüedad. Mientras esto decía, doña Flora había traído luengas piezas de damasco amarillo y rojo y ayudada de su doncella empezó a cortar unas como dalmáticas o jubones a la antigua, que luego ribeteaban con galón de plata. Como era tan presumida y extravagante en su vestir, creí que doña Flora preparaba para su propio cuerpo aquellas vestimentas; pero luego conocí, viendo su gran número, que eran prendas de comparsa de teatro, cabalgata o cosa de este jaez. -¡Qué holgazana está usted, señora condesa! -dijo doña Flora-, y ¿cómo teniendo tan buena mano para la aguja no me ayuda a hilvanar estos uniformes para la Cruzada del Obispado de Cádiz, que va a ser el terror de la Francia y del Rey José? -Yo no trabajo en mojigangas, amiguita -repuso mi antigua ama- y de picarme las manos con la aguja, prefiero ocuparme, como me ocupo, en la ropa de esos pobrecitos soldados que han venido con Alburquerque de Extremadura, tan destrozados y astrosos que da lástima verlos. Estos y otros como estos, amiga doña Flora, echarán a los franceses, si es que les echan, que no los monigotes de la Cruzada, con su D. Pedro del Congosto a la cabeza, el más loco entre todos los locos de esta tierra, con perdón sea dicho de la que es su tiernísima Filis. -Niñita mía, no diga usted tales cosas delante de este joven sin experiencia -indicó con mal disimulada satisfacción doña Flora-; pues podría creer que el ilustre jefe de la Cruzada, para quien doy estos puntos y comas, ha tenido conmigo más relaciones que la de una afición purísima y jamás manchadas con nada de aquello que D. Quijote llamaba incitativo melindre. Conociome el Sr. D. Pedro en Vejer en casa de mi primo D. Alonso y desde entonces se prendó de mí de tal modo, que no ha vuelto a encontrar en toda la Andalucía mujer que le interesara. Ha sido desde entonces acá su (p.1296) devoción para mí cada vez más fina, espiritada y sublime, en tales términos que jamás me lo ha manifestado sino en palabras respetuosísimas, temiendo ofenderme; y en los años que nos conocemos ni una sola vez me ha tocado las puntas de los dedos. Mucho ha picoteado por ahí la gente suponiéndonos inclinados a contraer matrimonio; pero sobre que yo he aborrecido siempre todo lo que sea obra de varón, el señor D. Pedro se pone encendido como la grana cuando tal le dicen, porque ve en esas habladurías una ofensa directa a su pudor y al mío. -No es tampoco D. Pedro -dijo Amaranta riendo- con sus sesenta años a la espalda, hombre a propósito para una mujer fresca y lozana como usted, amiga mía. Y ya que de esto se trata, aunque le parezcan irrespetuosas y tal vez impúdicas mis palabras, usted debiera apresurarse a tomar estado para no dejar que se extinga tan buena casta como es la de los Gutiérrez de Cisniega; y de hacerlo, debe buscar varón a propósito, no por cierto un jamelgo empedernido y seco como D. Pedro, sino un cachorro tiernecito que alegre la casa, un joven, pongo por caso, como este Gabriel, que nos está oyendo, el cual se daría por muy bien servido, si lograra llevar a sus hombros carga tan dulce como usted. Yo, que almorzaba durante este gracioso diálogo, no pude menos de manifestarme conforme en todo y por todo con las indicaciones de Amaranta; y doña Flora sirviéndome con singular finura y amabilidad, habló así: -Jesús, amiga, qué malas cosas enseña usted a este pobrecito niño, que tiene la suerte de no saber todavía más que la táctica de cuatro en fondo. ¿A qué viene el levantarle los cascos con..? Gabriel, no hagas caso. Cuidado con que te desmandes, y mal instruido por esta pícara condesa, vayas ahora a deshacerte en requiebros, y desbaratarte en suspiros y fundirte en lágrimas.. Los niños a la escuela. ¡Qué cosas tiene esta Amaranta! Criatura, ¿acaso el muchacho es de bronce?.. Su suerte consiste en que da con personas de tan buena pasta como yo, que sé comprender los desvaríos propios (p.1297) de la juventud, y estoy prevenida contra los vehementes arrebatos lo mismo que contra los lazos del enemigo. Calma y sosiego, Gabriel, y esperar con paciencia la suerte que Dios destina a las criaturas. Esperar sí, pero sin fogosidades, sin exaltaciones, sin locuras juveniles, pues nada sienta tan bien a un joven delicado y caballeroso, como la circunspección. Y si no aprende de ese Sr. D. Pedro del Congosto, aprende de él; mírate en el espejo de su respetuosidad, de su severidad, de su aplomo, de su impasible y jamás turbado platonismo; observa cómo enfrena sus pasiones; como enfría el ardor de los pensamientos con la estudiada urbanidad de las palabras; cómo reconcentra en la idea su afición y pone freno a las manos y mordaza a la lengua y cadenas al corazón que quiere saltársele del pecho. Amaranta y yo hacíamos esfuerzos por contener la risa. De pronto oyose ruido de pasos, y la doncella entró a anunciar la visita de un caballero. -Es el inglés -dijo Amaranta-. Corra usted a recibirle. -Al instante voy, amiga mía. Veré si puedo averiguar algo de lo que usted desea. Nos quedamos solos la condesa y yo por largo rato, pudiendo sin testigos hablar tranquilamente lo que verá el lector a continuación si tiene paciencia.
Ep-8-II - -Gabriel -me dijo-, te he llamado para decirte que ayer, en una embarcación pequeña, venida de Cartagena, ha llegado a Cádiz el sin par D. Diego, conde de Rumblar, hijo de nuestra parienta, la monumental y grandiosa señora doña María. -Ya sospechaba -respondí- que ese perdido recalaría por aquí. ¿No trae en su compañía a un majo de las Vistillas o a algún cortesano de los de la tertulia del Sr. Mano de Mortero? -No sé si viene solo o trae corte. Lo que sé es que su mamá ha recibido mucho gusto con la inesperada aparición del niño, y que mi tía, ya sea por mortificarme, ya porque realmente haya encontrado variación en el joven, ha dicho ayer delante de toda la familia: «Si el señor conde se porta bien y es hombre formal, obtendrá nuestros parabienes y se hará acreedor a la más dulce recompensa que pueden (p.1298) ofrecerle dos familias deseosas de formar una sola». -Señora condesa, yo a ser usted me reiría de don Diego y de las mortificaciones de cuantas marquesas impertinentes peinan canas y guardan pergaminos en el mundo. -¡Ah, Gabriel; eso puede decirse; pero si tú comprendieras bien lo que me pasa! -exclamó con pena-. ¿Creerás que se han empeñado en que mi hija no me tenga amor ni cariño alguno? Para conseguirlo han principiado por apartarla perpetuamente de mí. Desde hace algunos días han resuelto terminantemente que no venga a las tertulias de esta casa, y tampoco me reciben a mí en la suya. De este modo, mi hija concluirá por no amarme. La infeliz no tiene culpa de esto, ignora que soy su madre, me ve poco, las oye a ellas con más frecuencia que a mí.. ¡Sabe Dios lo que le dirán para que me aborrezca! Di si no es esto peor que cuantos castigos pueden padecerse en el mundo; di si no tengo razón para estar muerta de celos, sí, y los peores, los más dolorosos y desesperantes que pueden desgarrar el corazón de una mujer. Al ver que personas egoístas quieren arrebatarme lo que es mío, y privarme del único consuelo de mi vida, me siento tan rabiosa, que sería capaz de acciones indignas de mi categoría y de mi nombre. -No me parece la situación de usted -le dije- ni tan triste ni tan desesperada como la ha pintado. Usted puede reclamar a su hija, llevándosela para siempre consigo. -Eso es difícil, muy difícil. ¿No ves que aparentemente y según la ley carezco de derechos para reclamarla y traerla a mi lado? Me han jurado una guerra a muerte. Han hecho los imposibles por desterrarme, no vacilando hasta en denunciarme como afrancesada. Hace poco, como sabes, proyectaron marcharse a Portugal sin darme noticia de ello, y si lo impedí presentándome aquella noche en tu compañía, me fue preciso amenazar con un gran escándalo para obligarlas a que se detuvieran. La de Rumblar me cobró un aborrecimiento profundo, desde que supo mi oposición a que Inés se desposase con el tunantuelo de su hijo. Mi tía con su idea del decoro de la casa y de (p.1299) la honra de la familia me mortifica más que la otra con su enojo, que tiene por móvil una desmedida avaricia. Si me encontrara en Madrid, donde mis muchas relaciones me ofrecen abundantes recursos para todo, tal vez vencería estos y otros mayores obstáculos; pero nos hallamos en Cádiz, en una plaza que casi está rigurosamente sitiada, donde tengo pocos amigos, mientras que mi tía y la de Rumblar, por su exagerado españolismo cuentan con el favor de todas las personas de poder. Suponte que me obliguen a embarcarme, que me destierren, que durante mi forzada ausencia engañen a la pobre muchacha y la casen contra su voluntad; figúrate que esto suceda, y.. -¡Oh!, señora -exclamé con vehemencia- eso no sucederá mientras usted y yo vivamos para impedirlo. Hablemos a Inés, revelémosle lo que ya debiera saber.. -Díselo tú, si te atreves.. -¿Pues no me he de atrever?.. -Debo advertirte otra cosa que ignoras, Gabriel; una cosa que tal vez te cause tristeza; pero que debes saber.. ¿Tú crees conservar sobre ella el ascendiente que tuviste hace algún tiempo y que conservaste aun después de haber mudado tan bruscamente de fortuna? -Señora -repuse-, no puedo concebir que haya perdido ese ascendiente. Perdóneseme la vanidad. -¡Desgraciado muchacho! -me dijo en tono de dulce compasión-. La vida consiste en mil mudanzas dolorosas, y el que confía en la perpetuidad de los sentimientos que le halagan, es como el iluso que viendo las nubes en el horizonte, las cree montañas, hasta que un rayo de luz las desfigura o un soplo de viento las desbarata. Hace dos años, mi hija y tú erais dos niños desvalidos y abandonados. El apartamiento en que vivíais y la común desgracia, aumentando la natural inclinación, hicieron que os amarais. Después todo cambió. ¿Para qué repetir lo que sabes tan bien? Inés en su nueva posición no quiso olvidar al fiel compañero de su infortunio. ¡Hermoso sentimiento que nadie más que yo supo apreciar en su valor! Aprovechándome de él, casi llegué hasta tolerarle y (p.1300) autorizarle, impulsada por el despecho y por mortificar a mi orgullosa parienta; pero yo sabía que aquella corazonada infantil concluiría con el tiempo y la distancia, como en efecto ha concluido. Oí con estupor las palabras de la condesa, que iban esparciendo densas oscuridades delante de mis ojos. Pero la razón me indicaba que no debía dar entero crédito a las palabras de mujer tan experta en ingeniosos engaños, y esperé aparentando conformarme con su opinión y mi desaire. -¿Te acuerdas de la noche en que nos presentamos aquí viniendo del Puerto de Santa María? En esta misma sala nos recibió doña Flora. Llamamos a Inés, te vio, le hablaste. La pobrecita estaba tan turbada que no acertó a contestar derechamente a lo que le dijiste. Indudablemente te conserva un noble y fraternal afecto; pero nada más. ¿No lo comprendiste? ¿No se ofreció a tus ojos o a tus oídos algún dato para conocer que ya Inés no te ama? -Señora -respondí con perplejidad-, aquel instante fue tan breve y usted me suplicó con tanta precipitación que saliese de la casa, que nada observé que me disgustara. -Pues sí, puedes creerlo. Yo sé que Inés no te ama ya -afirmó con una entereza tal que se me hizo aborrecible en un momento mi hermosa interlocutora. -¿Lo sabe usted? -Yo lo sé. -Tal vez se equivoque. -No: Inés no te ama. -¿Por qué? -pregunté bruscamente y con desabrimiento. -Porque ama a otro -me respondió con calma. -¡A otro! -exclamé tan asombrado que por largo rato no me di cuenta de lo que sentía-. ¡A otro! No puede ser, señora condesa. ¿Y quién es ese otro? Sepámoslo. Diciendo esto, en mi interior se retorcían dolorosamente unas como culebras, que me estrujaban el corazón mordiéndolo y apretándolo con estrechos nudos. Yo quería aparentar serenidad; pero mis palabras balbucientes y cierta invencible sofocación de mi aliento descubrían la flaqueza de mi espíritu caído desde la cumbre de su mayor orgullo. -¿Quieres saberlo? Pues te lo diré. Es un inglés. -¿Ese? -pregunté con sobresalto señalando hacia la sala donde resonaba (p.1301) lejanamente el eco de las voces de doña Flora y de su visitante. -¡Ese mismo! -¡Señora, no puede ser!, usted se equivoca -exclamé sin poder contener la fogosa cólera que desarrollándose en mí como súbito incendio, no admitía razón que la refrenara, ni urbanidad que la reprimiera-. Usted se burla de mí; usted me humilla y me pisotea como siempre lo ha hecho. -Qué furioso te has puesto -me dijo sonriendo -. Cálmate y no seas loco. -Perdóneme usted si la he ofendido con mi brusca respuesta -dije reponiéndome-; pero yo no puedo creer eso que he oído. Todo cuanto hay en mí que hable y palpite con señales de vida, protesta contra tal idea. Si ella misma me lo dice, lo creeré; de otro modo no. Soy un ciego estúpido tal vez, señora mía, pero yo detesto la luz que pueda hacerme ver la soledad espantosa que usted quiere ponerme delante. Pero no me ha dicho usted quién es ese inglés ni en qué se funda para pensar.. -Ese inglés vino aquí hace seis meses, acompañando a otro que se llama lord Byron, el cual partió para Levante al poco tiempo. Este que aquí está, se llama lord Gray. ¿Quieres saber más? ¿Quieres saber en qué me fundo para pensar que Inés le ama? Hay mil indicios que ni engañan ni pueden engañar a una mujer experimentada como yo. ¿Y eso te asombra? Eres un mozo sin experiencia, y crees que el mundo se ha hecho para tu regalo y satisfacción. Es todo lo contrario, niño. ¿En qué te fundabas para esperar que Inés estuviera queriéndote toda la vida, luchando con la ausencia, que en esta edad es lo mismo que el olvido? ¡Pues no pedías poco en verdad! ¿Sabes que eres modestito? Que pasaran años y más años, y ella siempre queriéndote.. Vamos, pide por esa boca. Es preciso que te acostumbres a creer que hay además de ti, otros hombres en el mundo, y que las muchachas tienen ojos para ver y oídos para escuchar. Con estas palabras que encerraban profunda verdad, la condesa me estaba matando. Parecíame que mi alma era una hermosa tela, y que ella con sus finas tijeras me la estaba cortando en pedacitos para (p.1302) arrojarla al viento. -Pues sí. Ha pasado mucho tiempo -continuó-. Ese inglés se apareció en Cádiz; nos visitó. Visita hoy con mucha frecuencia la otra casa, y en ella es amado.. Esto te parece increíble, absurdo. Pues es la cosa más sencilla del mundo. También creerás que el inglés es un hombre antipático, desabrido, brusco, colorado, tieso y borracho como algunos que viste y trataste en la plaza de San Juan de Dios cuando eras niño. No: lord Gray es un hombre finísimo, de hermosa presencia y vasta instrucción. Pertenece a una de las mejores familias de Inglaterra, y es más rico que un perulero.. Ya.. ¡tú creíste que estas y otras eminentes cualidades nadie las poseía más que el Sr. D. Gabriel de Tres-al-Cuarto! Lucido estás.. Pues oye otra cosa. »Lord Gray cautiva a las muchachas con su amena conversación. Figúrate, que con ser tan joven, ha tenido ya tiempo para viajar por toda el Asia y parte de América. Sus conocimientos son inmensos; las noticias que da de los muchos y diversos pueblos que ha visto, curiosísimas. Es hombre además de extraordinario valor; hase visto en mil peligros luchando con la naturaleza y con los hombres, y cuando los relata con tanta elocuencia como modestia, procurando rebajar su propio mérito y disimular su arrojo, los que le oyen no pueden contener el llanto. Tiene un gran libro lleno de dibujos, representando paisajes, ruinas, trajes, tipos, edificios que ha pintado en esas lejanas tierras; y en varias hojas ha escrito en verso y prosa mil hermosos pensamientos, observaciones y descripciones llenas de grandiosa y elocuente poesía. ¿Comprendes que pueda y sepa hacerse amar? Llega a la tertulia, las muchachas le rodean; él les cuenta sus viajes con tanta verdad y animación, que vemos las grandes montañas, los inmensos ríos, los enormes árboles de Asia, los bosques llenos de peligros; vemos al intrépido europeo defendiéndose del león que le asalta, del tigre que le acecha; nos describe luego las tempestades del mar de la China, con aquellos vientos que arrastran como pluma la (p.1303) embarcación, y le vemos salvándose de la muerte por un esfuerzo de su naturaleza ágil y poderosa; nos describe los desiertos de Egipto, con sus noches claras como el día, con las pirámides, los templos derribados, el Nilo y los pobres árabes que arrastran miserable vida en aquellas soledades; nos pinta luego los lugares santos de Jerusalén y Belén, el sepulcro del Señor, hablándonos de los millares de peregrinos que le visitan, de los buenos frailes que dan hospitalidad al europeo; nos dice cómo son los olivares a cuya sombra oraba el Señor cuando fue Judas con los soldados a prenderle, y nos refiere punto por punto cómo es el monte Calvario y el sitio donde levantaron la santa Cruz. »Después nos habla de la incomparable Venecia, ciudad fabricada dentro del mar, de tal modo, que las calles son de agua y los coches unas lanchitas que llaman góndolas; y allí se pasean de noche los amantes, solos en aquella serena laguna, sin ruido y sin testigos. También ha visitado la América, donde hay unos salvajes muy mansos que agasajan a los viajeros, y donde los ríos, grandísimos como todo lo de aquel país, se precipitan desde lo alto de una roca formando lo que llaman cataratas, es decir, un salto de agua como si medio mar se arrojase sobre el otro medio, formando mundos de espuma y un ruido que se oye a muchísimas leguas de distancia. Todo lo relata, todo lo pinta con tan vivos colores, que parece que lo estamos viendo. Cuenta sus acciones heroicas sin fanfarronería, y jamás ha mortificado el orgullo de los hombres que le oyen con tanta atención, si no con tanta complacencia como las mujeres. »Ahora bien, Gabriel, desgraciado joven, ¿por lo que digo comprendes que ese inglés tiene atractivos suficientes para cautivar a una muchacha de tanta sensibilidad como imaginación, que instintivamente vuelve los ojos hacia todo lo que se distingue del vulgo enfatuado? Además, lord Gray es riquísimo, y aunque las riquezas no bastan a suplir en los hombres la falta de ciertas cualidades, cuando estas se poseen, las riquezas las avaloran (p.1304) y realzan más. Lord Gray viste elegantemente; gasta con profusión en su persona y en obsequiar dignamente a sus amigos, y su esplendidez no es el derroche del joven calavera y voluntarioso, sino la gala y generosidad del rico de alta cuna, que emplea sabiamente su dinero en alegrar la existencia de cuantos le rodean. Es galante sin afectación, y más bien serio que jovial. »¡Ay, pobrecito! ¿Lo comprendes ahora? ¿Llegarás a entender que hay en el mundo alguien que puede ponerse en parangón con el Sr. D. Gabriel Tres-al-Cuarto? Reflexiona bien, hijo; reflexiona bien quién eres tú. Un buen muchacho y nada más. Excelente corazón, despejo natural, y aquí paz y después gloria. En punto a posición oficialito del ejército.. bien ganado, eso sí.. pero ¿qué vale eso? Figura.. no mala; conversación, tolerable; nacimiento humildísimo, aunque bien pudieras figurarlo como de los más alcurniados y coruscantes. Valor, no lo negaré; al contrario, creo que lo tienes en alto grado, pero sin brillo ni lucimiento. Literatura, escasa.. cortesía, buena.. Pero, hijo, a pesar de tus méritos, que son muchos, dada tu pobreza y humildad, ¿insistirás en hacerte indestronable, como se lo creyó el buen D. Carlos IV que heredó la corona de su padre? No, Gabriel; ten calma y resígnate. El efecto que me causó la relación de mi antigua ama fue terrible. Figúrense ustedes cómo me habría quedado yo, si Amaranta hubiera cogido el pico de Mulhacén, es decir, el monte más alto de España.. y me lo hubiese echado encima. Pues lo mismo, señores, lo mismo me quedé.
Ep-8-III - ¿Qué podía yo decir? Nada. ¿Qué debía hacer? Callarme y sufrir. Pero el hombre aplastado por cualquiera de las diversas montañas que le caen encima en el mundo, aun cuando conozca que hay justicia y lógica en su situación, rara vez se conforma, y elevando las manecitas pugna por quitarse de encima la colosal peña. No sé si fue un sentimiento de noble dignidad, o por el contrario un vano y pueril orgullo, lo que me impulsó a contestar con entereza, afectando no sólo (p.1305) conformidad sino indiferencia ante el golpe recibido. -Señora condesa -dije-, comprendo mi inferioridad. Hace tiempo que pensaba en esto, y nada me asombra. Realmente, señora, era un atrevimiento que un pobretón como yo, que jamás he estado en la India ni he visto otras cataratas que las del Tajo en Aranjuez, tenga pretensiones nada menos que de ser amado por una mujer de posición. Los que no somos nobles ni ricos, ¿qué hemos de hacer más que ofrecer nuestro corazón a las fregatrices y damas del estropajo, no siempre con la seguridad de que se dignen aceptarlo? Por eso nos llenamos de resignación, señora, y cuando recibimos golpes como el que usted se ha servido darme, nos encogemos de hombros y decimos: «paciencia». Luego seguimos viviendo, y comemos y dormimos tan tranquilos.. Es una tontería morirse por quien tan pronto nos olvida. -Estás hecho un basilisco de rabia -me dijo la condesa en tono de burla-, y quieres aparecer tranquilo. Si despides fuego.. toma mi abanico y refréscate con él. Antes que yo lo tomara, la condesa me dio aire con su abanico precipitadamente. Sin ninguna gana me reía yo, y ella después de un rato de silencio, me habló así: -Me falta decirte otra cosa que tal vez te disguste; pero es forzoso tener paciencia. Es que estoy contenta de que mi hija corresponda al amor del inglés. -Lo creo señora -respondí apretando con convulsa fuerza los dientes, ni más ni menos que si entre ellos tuviera toda la Gran Bretaña. -Sí -prosiguió-, todo suceso que me dé esperanzas de ver a mi hija fuera de la tutela y dirección de la marquesa y la condesa, es para mí lisonjero. -Pero ese inglés será protestante. -Sí -repuso-, mas no quiero pensar en eso. Puede que se haga católico. De todos modos, ese es punto grave y delicado. Pero no reparo en nada. Vea yo a mi hija libre, hállese en situación tal que yo pueda verla, hablarla como y cuando se me antoje, y lo demás.. ¡Cómo rabiaría doña María si llegara a comprender..! Mucho sigilo, Gabriel; cuento con tu discreción. Si lord Gray fuera católico, no creo que (p.1306) mi tía se opusiera a que se casase Inés con él. ¡Ay!, luego nos marcharíamos los tres a Inglaterra, lejos, lejos de aquí, a un país donde yo no viera pariente de ninguna clase. ¡Qué felicidad tan grande! ¡Ay! Quisiera ser Papa para permitir que una mujer católica se casara con un hombre hereje. -Creo que usted verá satisfechos sus deseos. -¡Oh!, desconfío mucho. El inglés aparte de su gran mérito es bastante raro. A nadie ha confiado el secreto de sus amores, y sólo tenemos noticias de él por indicios primero y después por pruebas irrecusables obtenidas mediante largo y minucioso espionaje. -Inés lo habrá revelado a usted. -No, después de esto, ni una sola vez he conseguido verla. ¡Qué desesperación! Las tres muchachas no salen de casa, sino custodiadas por la autoridad de doña María. Aquí doña Flora y yo hemos trabajado lo que no es decible para que lord Gray se franquease con nosotras, y nos lo revelara; pero es tan prudente y callado, que guarda su secreto como un avaro su tesoro. Lo sabemos por las criadas, por la murmuración de algunas, muy pocas personas de las que van a la casa. No hay duda de que es cierto, hijo mío. Ten resignación y no nos des un disgusto. Cuidado con el suicidio. -¿Yo? -dije afectando indiferencia. -Toma, toma aire, que te incendias por todos lados -me dijo agitando delante de mí su abanico-. Don Rodrigo en la horca no tiene más orgullo que este general en agraz. Cuando esto decía, sentí la voz de doña Flora y los pasos de un hombre. Doña Flora dijo: -Pase usted milord, que aquí está la condesa. -Mírale.. verás -me dijo Amaranta con crueldad- y juzgarás por ti mismo si la niña ha tenido mal gusto. Entró doña Flora seguida del inglés. Este tenía la más hermosa figura de hombre que he visto en mi vida. Era de alta estatura, con el color blanquísimo pero tostado que abunda en los marinos y viajeros del Norte. El cabello rubio, desordenadamente peinado y suelto según el gusto de la época, le caía en bucles sobre el cuello. Su edad no parecía exceder de treinta o treinta y tres años. Era grave y (p.1307) triste pero sin la pesadez acartonada y tardanza de modales que suelen ser comunes en la gente inglesa. Su rostro estaba bronceado, mejor dicho, dorado por el sol, desde la mitad de la frente hasta el cuello, conservando en la huella del sombrero y en la garganta una blancura como la de la más pura y delicada cera. Esmeradamente limpia de pelo la cara, su barba era como la de una mujer, y sus facciones realzadas por la luz del Mediodía dábanle el aspecto de una hermosa estatua de cincelado oro. Yo he visto en alguna parte un busto del Dios Brahma, que muchos años después me hizo recordar a lord Gray. Vestía con elegancia y cierta negligencia no estudiada, traje azul de paño muy fino, medio oculto por una prenda que llamaban sortú, y llevaba sombrero redondo, de los primeros que empezaban a usarse. Brillaban sobre su persona algunas joyas de valor, pues los hombres entonces se ensortijaban más que ahora, y lucía además los sellos de dos relojes. Su figura en general era simpática. Yo le miré y observé ávidamente, buscándole imperfecciones por todos lados; pero ¡ay!, no le encontré ninguna. Mas me disgustó oírle hablar con rara corrección el castellano, cuando yo esperaba que se expresase en términos ridículos y con yerros de los que desfiguran y afean el lenguaje; pero consolome la esperanza de que soltase algunas tonterías. Sin embargo no dijo ninguna. Entabló conversación con Amaranta, procurando esquivar el tema que impertinentemente había tocado doña Flora al entrar. -Querida amiga -dijo la vieja-, lord Gray nos va a contar algo de sus amores en Cádiz, que es mejor tratado que el de los viajes por Asia y África. Amaranta me presentó gravemente a él, diciéndole que yo era un gran militar, una especie de Julio César por la estrategia y un segundo Cid por el valor; que había hecho mi carrera de un modo gloriosísimo, y que había estado en el sitio de Zaragoza, asombrando con mis hechos heroicos a españoles y franceses. El extranjero pareció oír con suma (p.1308) complacencia mi elogio, y me dijo después de hacerme varias preguntas sobre la guerra, que tendría grandísimo contento en ser mi amigo. Sus refinadas cortesanías me tenían frita la sangre por la violencia y fingimiento con que me veía precisado a responder a ellas. La maligna Amaranta reíase a hurtadillas de mi embarazo, y más atizaba con sus artificiosas palabras la inclinación y repentino afecto del inglés hacia mi persona. -Hoy -dijo lord Gray- hay en Cádiz gran cuestión entre españoles e ingleses. -No sabía nada -exclamó Amaranta-. ¿En esto ha venido a parar la alianza? -No será nada, señora. Nosotros somos algo rudos, y los españoles un poco vanagloriosos y excesivamente confiados en sus propias fuerzas, casi siempre con razón. -Los franceses están sobre Cádiz -dijo doña Flora-, y ahora salimos con que no hay aquí bastante gente para defender la plaza. -Así parece. Pero Wellesley -añadió el inglés- ha pedido permiso a la Junta para que desembarque la marinería de nuestros buques y defienda algunos castillos. -Que desembarquen; si vienen, que vengan -exclamó Amaranta-. ¿No crees lo mismo, Gabriel? -Esa es la cuestión que no se puede resolver -dijo lord Gray-, porque las autoridades españolas se oponen a que nuestra gente les ayude. Toda persona que conozca la guerra ha de convenir conmigo en que los ingleses deben desembarcar. Seguro estoy de que este señor militar que me oye es de la misma opinión. -Oh, no señor; precisamente soy de la opinión contraria -repuse con la mayor viveza, anhelando que la disconformidad de pareceres alejase de mí la intolerable y odiosísima amistad que quería manifestarme el inglés-. Creo que las autoridades españolas hacen bien en no consentir que desembarquen los ingleses. En Cádiz hay guarnición suficiente para defender la plaza. -¿Lo cree usted? -me preguntó. -Lo creo -respondí procurando quitar a mis palabras la dureza y sequedad que quería infundirles el corazón-. Nosotros agradecemos el auxilio que nos están dando nuestros aliados, más por odio al común (p.1309) enemigo que por amor a nosotros; esa es la verdad. Juntos pelean ambos ejércitos; pero si en las acciones campales es necesaria esta alianza, porque carecemos de tropas regulares que oponer a las de Napoleón, en la defensa de plazas fuertes harto se ha probado que no necesitamos ayuda. Además, las plazas fuertes que como esta son al mismo tiempo magníficas plazas comerciales, no deben entregarse nunca a un aliado por leal que sea; y como los paisanos de usted son tan comerciantes, quizás gustarían demasiado de esta ciudad, que no es más que un buque anclado a vista de tierra. Gibraltar casi nos está oyendo y lo puede decir. Al decir esto, observaba atentamente al inglés, suponiéndole próximo a dar rienda suelta al furor, provocado por mi irreverente censura; pero con gran sorpresa mía, lejos de ver encendida en sus ojos la ira, noté en su sonrisa no sólo benevolencia, sino conformidad con mis opiniones. -Caballero -dijo tomándome la mano-, ¿me permitirá usted que le importune repitiéndole que deseo mucho su amistad? Yo estaba absorto, señores. -Pero milord -preguntó doña Flora-; ¿en qué consiste que aborrece usted tanto a sus paisanos? -Señora -dijo lord Gray-, desgraciadamente he nacido con un carácter que si en algunos puntos concuerda con el de la generalidad de mis compatriotas, en otros es tan diferente como lo es un griego de un noruego. Aborrezco el comercio, aborrezco a Londres, mostrador nauseabundo de las drogas de todo el mundo; y cuando oigo decir que todas las altas instituciones de la vieja Inglaterra, el régimen colonial y nuestra gran marina tienen por objeto el sostenimiento del comercio y la protección de la sórdida avaricia de los negociantes que bañan sus cabezas redondas como quesos con el agua negra del Támesis, siento un crispamiento de nervios insoportable y me avergüenzo de ser inglés. »El carácter inglés es egoísta, seco, duro como el bronce, formado en el ejército del cálculo y refractario a la poesía. La imaginación es en aquellas cabezas una cavidad (p.1310) lóbrega y fría donde jamás entra un rayo de luz ni resuena un eco melodioso. No comprenden nada que no sea una cuenta, y al que les hable de otra cosa que del precio del cáñamo, le llaman mala cabeza, holgazán y enemigo de la prosperidad de su país. Se precian mucho de su libertad, pero no les importa que haya millones de esclavos en las colonias. Quieren que el pabellón inglés ondee en todos los mares, cuidándose mucho de que sea respetado; pero siempre que hablan de la dignidad nacional, debe entenderse que la quincalla inglesa es la mejor del mundo. Cuando sale una expedición diciendo que va a vengar un agravio inferido al orgulloso leopardo, es que se quiere castigar a un pueblo asiático o africano que no compra bastante trapo de algodón. -¡Jesús, María y José! -exclamó horrorizada doña Flora-. No puedo oír a un hombre de tanto talento como milord hablando así de sus compatriotas. -Siempre he dicho lo mismo, señora -prosiguió lord Gray-, y no ceso de repetirlo a mis paisanos. Y no digo nada cuando quieren echársela de guerreros y dan al viento el estandarte con el gato montés que ellos llaman leopardo. Aquí en España me ha llenado de asombro el ver que mis paisanos han ganado batallas. Cuando los comerciantes y mercachifles de Londres sepan por las Gacetas que los ingleses han dado batallas y las han ganado, bufarán de orgullo creyéndose dueños de la tierra como lo son del mar, y empezarán a tomar la medida del planeta para hacerle un gorro de algodón que lo cubra todo. Así son mis paisanos, señoras. Desde que este caballero evocó el recuerdo de Gibraltar, traidoramente ocupado para convertirle en almacén de contrabando, vinieron a mi mente estas ideas, y concluyo modificando mi primera opinión respecto al desembarco de los ingleses en Cádiz. Señor oficial, opino como usted: que se queden en los barcos. -Celebro que al fin concuerden sus ideas con las mías, milord -dije creyendo haber encontrado la mejor coyuntura para chocar con aquel hombre que me era, sin poderlo remediar, tan (p.1311) aborrecible-. Es cierto que los ingleses son comerciantes, egoístas, interesados, prosaicos; pero ¿es natural que esto lo diga exagerándolo hasta lo sumo un hombre que ha nacido de mujer inglesa y en tierra inglesa? He oído hablar de hombres que en momentos de extravío o despecho han hecho traición a su patria; pero esos mismos que por interés la vendieron, jamás la denigraron en presencia de personas extrañas. De buenos hijos es ocultar los defectos de sus padres. -No es lo mismo -dijo el inglés-. Yo conceptúo más compatriota mío a cualquier español, italiano, griego o francés que muestre aficiones iguales a las mías, sepa interpretar mis sentimientos y corresponder a ellos, que a un inglés áspero, seco y con un alma sorda a todo rumor que no sea el son del oro contra la plata, y de la plata contra el cobre. ¿Qué me importa que ese hombre hable mi lengua, si por más que charlemos él y yo no podemos comprendernos? ¿Qué me importa que hayamos nacido en un mismo suelo, quizás en una misma calle, si entre los dos hay distancias más enormes que las que separan un polo de otro? -La patria, señor inglés, es la madre común, que lo mismo cría y agasaja al hijo deforme y feo que al hermoso y robusto. Olvidarla es de ingratos; pero menospreciarla en público indica sentimientos quizás peores que la ingratitud. -Esos sentimientos, peores que la ingratitud, los tengo yo, según usted -dijo el inglés. -Antes que pregonar delante de extranjeros los defectos de mis compatriotas, me arrancaría la lengua -afirmé con energía, esperando por momentos la explosión de la cólera de lord Gray. Pero este, tan sereno cual si se oyese nombrar en los términos más lisonjeros, me dirigió con gravedad las siguientes palabras: -Caballero, el carácter de usted y la viveza y espontaneidad de sus contradicciones y réplicas, me seducen de tal manera, que me siento inclinado hacia usted, no ya por la simpatía, sino por un afecto profundo. Amaranta y doña Flora no estaban menos asombradas que yo. -No acostumbro tolerar que nadie se burle de mí, (p.1312) milord -dije, creyendo efectivamente que era objeto de burlas. -Caballero -repuso fríamente el inglés-, no tardaré en probar a usted que una extraordinaria conformidad entre su carácter y el mío ha engendrado en mí vivísimo deseo de entablar con usted sincera amistad. Óigame usted un momento. Uno de los principales martirios de mi vida, el mayor quizás, es la vana aquiescencia con que se doblegan ante mí todas las personas que trato. No sé si consistirá en mi posición o en mis grandes riquezas; pero es lo cierto que en donde quiera que me presento, no hallo sino personas que me enfadan con sus degradantes cumplidos. Apenas me permito expresar una opinión cualquiera, todos los que me oyen aseguran ser de igual modo de pensar. Precisamente mi carácter ama la controversia y las disputas. Cuando vine a España, hícelo con la ilusión de encontrar aquí gran número de gente pendenciera, ruda y primitiva, hombres de corazón borrascoso y apasionado, no embadurnados con el vano charol de la cortesanía. »Mi sorpresa fue grande al encontrarme atendido y agasajado, cual lo pudiera estar en Londres, sin hallar obstáculos a la satisfacción de mi voluntad, en medio de una vida monótona, regular, acompasada, no expuesto a sensaciones terribles, ni a choques violentos con hombres ni con cosas, mimado, obsequiado, adulado.. ¡Oh, amigo mío! Nada aborrezco tanto como la adulación. El que me adula es mi irreconciliable enemigo. Yo gozo extraordinariamente al ver frente a mí los caracteres altivos, que no se doblegan sonriendo cobardemente ante una palabra mía; gusto de ver bullir la sangre impetuosa del que no quiere ser domado ni aun por el pensamiento de otro hombre; me cautivan los que hacen alarde de una independencia intransigente y enérgica, por lo cual asisto con júbilo a la guerra de España. »Pienso ahora internarme en el país, y unirme a los guerrilleros. Esos generales que no saben leer ni escribir, y que eran ayer arrieros, taberneros y mozos de labranza, exaltan mi admiración hasta lo sumo. He (p.1313) estado en academias militares y aborrezco a los pedantes que han prostituido y afeminado el arte salvaje de la guerra, reduciéndolo a reglas necias, y decorándose a sí mismos con plumas y colorines para disimular su nulidad. ¿Ha militado usted a las órdenes de algún guerrillero? ¿Conoce usted al Empecinado, a Mina, a Tabuenca, a Porlier? ¿Cómo son? ¿Cómo visten? Se me figura ver en ellos a los héroes de Atenas y del Lacio. »Amigo mío, si no recuerdo mal, la señora condesa dijo hace un momento que usted debía sus rápidos adelantamientos en la carrera de las armas a su propio mérito, pues sin el favor de nadie ha adquirido un honroso puesto en la milicia. ¡Oh, caballero!, usted me interesa vivamente, usted será mi amigo, quiéralo o no. Adoro a los hombres que no han recibido nada de la suerte ni de la cuna, y que luchan contra este oleaje. Seremos muy amigos. ¿Está usted de guarnición en la Isla? Pues venga a vivir a mi casa siempre que pase a Cádiz. ¿En dónde reside usted para ir a visitarle todos los días..? Sin atreverme a rechazar tan vehementes pruebas de benevolencia, me excusé como pude. -Hoy, caballero -añadió- es preciso que venga usted a comer conmigo. No admito excusas. Señora condesa, usted me presentó a este caballero. Si me desaíra, cuente usted como que ha recibido la ofensa. -Creo -dijo la condesa- que ambos se congratularán bien pronto de haber entablado amistad. -Milord, estoy a la orden de usted -dije levantándome cuando él se disponía a partir. Y después de despedirnos de las dos damas, salí con el inglés. Parecía que me llevaba el demonio.
Ep-8-IV - Lord Gray vivía cerca de las Barquillas de Lope. Su casa, demasiado grande para un hombre solo, estaba en gran parte vacía. Servíanle varios criados, españoles todos a excepción del ayuda de cámara que era inglés. Dábase trato de príncipe en la comida, y durante toda ella no tenían un momento de sosiego los vasos, llenos con la mejor sangre de las cepas de Montilla, Jerez y Sanlúcar. Durante la comida no hablamos más que de la (p.1314) guerra, y después, cuando los generosos vinos de Andalucía hicieron su efecto en la insigne cabeza del mister(1), se empeñó en darme algunas lecciones de esgrima. Era gran tirador según observé a los primeros golpes; y como yo no poseía en tal alto grado los secretos del arte y él no tenía entonces en su cerebro todo aquel buen asiento y equilibrio que indican una organización educada en la sobriedad, jugaba con gran pesadez de brazo, haciéndome más daño del que correspondía a un simple entretenimiento. -Suplico a milord que no se entusiasme demasiado -dije conteniendo sus bríos-. Me ha desarmado ya repetidas veces para gozarse como un niño en darme estocadas a fondo que no puedo parar. ¡Ese botón está mal y puedo ser atravesado fácilmente! -Así es como se aprende - repuso -. O no he de poder nada, o será usted un consumado tirador. Después que nos batimos a satisfacción, y cuando se despejaron un tanto las densas nubes que oscurecían y turbaban su entendimiento, me marché a la Isla, a donde me acompañó deseoso, según dijo, de visitar nuestro campamento. En los días sucesivos casi ninguno dejó de visitarme. Su afectuosidad me contrariaba, y cuanto más le aborrecía, más desarmaba él mi cólera a fuerza de atenciones. Mis respuestas bruscas, mi mal humor, y la terquedad con que le rebatía, lejos de enemistarle conmigo, apretaban más los lazos de aquella simpatía que desde el primer día me manifestó; y al fin no puedo negar que me sentía inclinado hacia hombre tan raro, verificándose el fenómeno de considerar en él como dos personas distintas y un solo lord Gray verdadero, dos personas, sí, una aborrecida y otra amada; pero de tal manera confundidas, que me era imposible deslindar dónde empezaba el amigo y dónde acababa el rival. Érale sumamente agradable estar en mi compañía y en la de los demás oficiales mis camaradas. Durante las operaciones nos seguía armado de fusil, sable y pistolas, y en los ratos de vagar iba con nosotros a los ventorrillos de Cortadura o (p.1315) Matagorda, donde nos obsequiaba de un modo espléndido con todo lo que podían dar de sí aquellos establecimientos. Más de una vez se hizo acompañar al venir desde Cádiz por dos o tres calesas cargadas con las más ricas provisiones que por entonces traían los buques ingleses y los costeros del Condado y Algeciras; y en cierta ocasión en que no podíamos salir de las trincheras del puente Suazo, transportó allá con rapidez parecida a la de los tiempos que después han venido, al Sr. Poenco con toda su tienda y bártulos y séquito mujeril y guitarril, para improvisar una fiesta. A los quince días de estos rumbos y generosidades no había en la Isla quien no conociese a lord Gray; y como entonces estábamos en buenas relaciones con la Gran Bretaña, y se cantaba aquello de La trompeta de la Gloria dice al mundo Velintón.. (lo mismo que está escrito) nuestro mister(2) era popularísimo en toda la extensión que inunda con sus canales el caño de Sancti-Petri. Su mayor confianza era conmigo; pero debo indicar aquí una circunstancia, que a todos llamará la atención, y es que aunque repetidas veces procuré sondear su ánimo en el asunto que más me interesaba, jamás pude conseguirlo. Hablábamos de amores, nombraba yo la casa y la familia de Inés, y él, volviéndose taciturno, mudaba la conversación. Sin embargo, yo sabía que visitaba todas las noches a doña María; pero su reserva en este punto era una reserva sepulcral. Sólo una vez dejó traslucir algo y voy a decir cómo. Durante muchos días estuve sin poder ir a Cádiz, a causa de las ocupaciones del servicio, y esta esclavitud me daba tanto fastidio como pesadumbre. Recibía algunas esquelas de la condesa suplicándome que pasase a verla, y yo me desesperaba no pudiendo acudir. Al fin logré una licencia a principios de Marzo y corrí a Cádiz. Lord Gray y yo atravesamos la Cortadura precisamente el día del furioso temporal que por muchos años dejó memoria en los gaditanos de aquel tiempo. Las olas de fuera, agitadas por el Levante, saltaban por encima del estrecho istmo para (p.1316) abrazarse con las olas de la bahía. Los bancos de arena eran arrastrados y deshechos, desfigurando la angosta playa; el horroroso viento se llevaba todo en sus alas veloces, y su ruido nos permitía formar idea de las mil trompetas del Juicio, tocadas por los ángeles de la justicia. Veinte buques mercantes y algunos navíos de guerra españoles e ingleses estrelláronse aquel día contra la costa de Poniente; y en el placer de Rota, la Puntilla y las rocas donde se cimenta el castillo de Santa Catalina aparecieron luego muchos cadáveres y los despojos de los cascos rotos y de las jarcias y árboles deshechos. Lord Gray, contemplando por el camino tan gran desolación, el furor del viento, los horrores del revuelto cielo, ora negro, ora iluminado por la siniestra amarillez de los relámpagos, la agitación de las olas verdosas y turbias, en cuyas cúspides, relucientes como filos de cuchillos, se alcanzaban a ver restos de alguna nave que se hundía luego en los cóncavos senos para reaparecer después; contemplando lord Gray, repito, aquel desorden, no menos admirable que la armonía de lo creado, aspiraba con delicia el aire húmedo de la tempestad y me decía: -¡Cuán grato es a mi alma este espectáculo! Mi vida se centuplica ante esta fiesta sublime de la Naturaleza, y se regocija de haber salido de la nada, tomando la execrable forma que hoy tiene. Para esto te han criado ¡oh mar! Escupe las naves comerciantes que te profanan, y prohíbe la entrada en tus dominios al sórdido mercachifle, ávido de oro, saqueador de los pueblos inocentes que no se han corrompido todavía y adoran a Dios en el ara de los bosques. Este ruido de invisibles montañas que ruedan por los espacios, chocándose y redondeándose como los guijos que arrastra un río; estas lenguazas de fuego que lamen el cielo y llegan a tocar el mar con sus afiladas puntas; este cielo que se revuelca desesperado; este mar que anhela ser cielo, abandonando su lecho eterno para volar; este hálito que nos arrastra, esta confusión armoniosa, esta música, amigo, y ritmo (p.1317) sublime que lo llena todo, encontrando eco en nuestra alma, me extasían, me cautivan, y con fuerza irresistible me arrastran a confundirme con lo que veo.. Esta alteración se repite en mi alma; esta rabia y desesperado anhelo de salir de su centro, propiedad es también de mi alma; este rumor, donde caben todos los rumores de cielo y tierra, ha tiempo que también ensordece mi alma; este delirio es mi delirio, y este afán con que vuelan nubes y olas hacia un punto a que no llegan nunca, es mi propio afán. Yo pensé que estaba loco, y cuando le vi bajar del calesín, acercarse a la playa e internarse por ella hasta que el agua le cubrió las botas, corrí tras él lleno de zozobra, temiendo que en su enajenación se arrojase, como había dicho, en medio de las olas. -Milord -le dije- volvámonos al coche, pues no hay para qué convertirse ahora en ola ni nube, como usted desea, y sigamos hacia Cádiz, que para agua bastante tenemos con la que llueve, y para viento, harto nos azota por el camino. Pero él no me hacía caso, y empezó a gritar en su lengua. El calesero, que era muy pillo, hizo gestos significativos para indicar que lord Gray había abusado del Montilla; pero a mí me constaba que no lo había probado aquel día. -Quiero nadar -dijo lacónicamente lord Gray, haciendo ademán de desnudarse. Y al punto forcejeamos con él el calesero y yo, pues aunque sabíamos que era gran nadador, en aquel sitio y hora no habría vivido diez minutos dentro del agua. Al fin le convencimos de su locura, haciéndole volver a la calesa. -Contenta se pondría, milord, la señora de sus pensamientos si le viera a usted con inclinaciones a matarse desde que suena un trueno. Lord Gray rompió a reír jovialmente, y cambiando de aspecto y tono, dijo: -Calesero, apresura el paso, que deseo llegar pronto a Cádiz. -El lamparín no quiere andar. -¿Qué lamparín? -El caballo. Le han salido callos en la jerraúra. ¡Ay sé! Este caballo es muy respetoso. -¿Por qué? -Muy respetoso con los amigos. Cuando se ve con Pelaítas, se hacen cortesías y se preguntan cómo ha ido de (p.1318) viaje. -¿Quién es Pelaítas? -El violín del Sr. Poenco. ¡Ay sé! Si usted le dice a mi caballo: «vas a descansar en casa de Poenco, mientras tu amo come una aceituna y bebe un par de copas», correrá tanto, que tendremos que darle palos para que pare, no sea que con la fuerza del golpe abra un boquete en la muralla de Puerta Tierra. Gray prometió al calesero refrescarle en casa de Poenco, y al oír esto ¡parecía mentira!, el lamparín avivó el paso. -Pronto llegaremos -dijo el inglés-. No sé por qué el hombre no ha inventado algo para correr tanto como el viento. -En Cádiz le aguarda a usted una muchacha bonita. No una, muchas tal vez. -Una sola. Las demás no valen nada, señor de Araceli.. Su alma es grande como el mar. Nadie lo sabe más que yo, porque en apariencia es una florecita humilde que vive casi a escondidas dentro del jardín. Yo la descubrí y encontré en ella lo que hombre alguno no supo encontrar. Para mí solo, pues, relampaguean los rayos de sus ojos y braman las tempestades de su pecho.. Está rodeada de misterios encantadores, y las imposibilidades que la cercan y guardan como cárceles inaccesibles más estimulan mi amor.. Separados nos oscurecemos; pero juntos llenamos todo lo creado con las deslumbradoras claridades de nuestro pensamiento. Si mi conciencia no dominara casi siempre en mí los arrebatos de la pasión, habría cogido a lord Gray y le habría arrojado al mar.. Hícele luego mil preguntas(3), di vueltas y giros sobre el mismo tema para provocar su locuacidad; nombré a innumerables personas, pero no me fue posible sacarle una palabra más. Después de dejarme entrever un rayo de su felicidad, calló y su boca cerrose como una tumba. -¿Es usted feliz? -le dije al fin. -En este momento sí -respondió. Sentí de nuevo impulsos de arrojarle al mar. -Lord Gray -exclamé súbitamente- ¿vamos a nadar? -¡Oh! ¿Qué es eso? ¿Usted también? -¡Sí, arrojémonos al agua! Me pasa a mí algo de lo que a usted pasaba antes. Se me ha antojado nadar. -Está loco -contestó riendo y abrazándome-. No, no (p.1319) permito yo que tan buen amigo perezca por una temeridad. La vida es hermosa, y quien pensase lo contrario, es un imbécil. Ya llegamos a Cádiz. Tío Hígados, eche aceite a la lamparilla, que ya estamos cerca de la taberna de Poenco. Al anochecer llegamos a Cádiz. Lord Gray me llevó a su casa, donde nos mudamos de ropa, y cenamos después. Debíamos ir a la tertulia de doña Flora, y mientras llegaba la hora, mi amigo, que quise que no, hubo de darme nuevas lecciones de esgrima. Con estos juegos iba, sin pensarlo, adiestrándome en un arte en el cual poco antes carecía de habilidad consumada, y aquella tarde tuve la suerte de probar la sabiduría de mi maestro dándole una estocada a fondo con tan buen empuje y limpieza, que a no tener botón el estoque, hubiéralo atravesado de parte a parte. -¡Oh, amigo Araceli! -exclamó lord Gray con asombro-. Usted adelanta mucho. Tendremos aquí un espadachín temible. Luego, tira usted con mucha rabia.. En efecto; yo tiraba con rabia, con verdadero afán de acribillarle.
Ep-8-V - Por la noche fuimos a casa de doña Flora; pero lord Gray, a poco de llegar, despidiose diciendo que volvería. La sala estaba bien iluminada, pero aún no muy llena de gente, por ser temprano. En un gabinete inmediato aguardaban las mesas de juego el dinero de los apasionados tertuliantes, y más adentro tres o cuatro desaforadas bandejas llenas de dulces nos prometían agradable refrigerio para cuando todo acabase. Había pocas damas, por ser costumbre en los saraos de doña Flora que descollasen los hombres, no acompañados por lo general más que de una media docena de beldades venerables del siglo anterior, que, cual castillos gloriosos, pero ya inútiles, no pretendían ser conquistables ni conquistadas. Amaranta representaba sola la juventud unida a la hermosura. Saludaba yo a la condesa, cuando se me acercó doña Flora, y pellizcándome bonitamente con todo disimulo el brazo por punto cercano al codo, me dijo: -Se está usted portando, caballerito. Casi un mes sin parecer por aquí. Ya sé que (p.1320) se divirtió usted en el puente de Suazo con las buenas piezas que llevó allí el Sr. Poenco hace ocho días.. ¡Bonita conducta! Yo empeñada en apartarle a usted del camino de la perdición, y usted cada vez más inclinado a seguir por él.. Ya se sabe que la juventud ha de tener sus trapicheos; pero los muchachos decentes y bien nacidos desfogan sus pasiones con compostura, antes buscando el trato honesto de personas graves y juiciosas que el de la gentezuela maja y tabernaria. La condesa afectó estar conforme con la reprimenda y la repitió, dándola más fuerza con sus irónicos donaires. Después, ablandándose doña Flora y llevándome adentro, me dio a probar de unos dulces finísimos que no se repartían sino entre los amigos de confianza. Cuando volvimos a la sala, Amaranta me dijo: -Desde que doña María y la marquesa decidieron que no viniera Inés, parece que falta algo en esta tertulia. -Aquí no hacen falta niñas, y menos la condesa de Rumblar, que con sus remilgos impedía toda diversión. Nadie se había de acercar a la niña, ni hablar con la niña, ni bailar con la niña, ni dar un dulce a la niña. Dejémonos de niñas: hombres, hombres quiero en mi tertulia; literatos que lean versos, currutacos que sepan de corrido las modas de París, diaristas que nos cuenten todo lo escrito en tres meses por las Gacetas de Amberes, Londres, Augsburgo y Rotterdam; generales que nos hablen de las batallas que se van a ganar; gente alegre que hable mal de la regencia y critique la cosa pública, ensayando discursos para cuando se abran esas saladísimas Cortes que van a venir. -Yo no creo que haya tales Cortes -dijo Amaranta- porque las Cortes no son más que una cosa de figurón, que hace el rey para cumplir un antiguo uso. Como ahora estamos sin rey.. -¿Pues no ha de haber? Nada; vengan esas Cortes. Cortes nos han prometido, y Cortes nos han de dar. Pues poco bonito será este espectáculo. Como que es un conjunto de predicadores, y no baja de ocho a diez sermones los que se oyen por día, todos sobre la cosa pública, amiga mía, (p.1321) y criticando, criticando, que es lo que a mí me gusta. -Habrá Cortes -dije yo- porque en la Isla están pintando y arreglando el teatro para salón de sesiones. -¿Pero es en un teatro? Yo pensé que en una iglesia -dijo doña Flora. -El estamento de próceres y clérigos se reunirá en una iglesia -indicó Amaranta- y el de procuradores en un teatro. -No, no hay más que un estamento, señoras. Al principio se pensó en tres; pero ahora se ha visto que uno solo es más sencillo. -Será el de la nobleza. -No, hija, serán todos clérigos. Esto parece lo más propio. -No hay más estamento que el de procuradores, en que entrarán todas las clases de la sociedad. -¿Y dices que están pintando el teatro? -Sí, señora. Le han puesto unas cenefas amarillas y encarnadas que hacen una vista así como de escenario de titiriteros en feria.. En fin, monísimo. -Para esta festividad quiere sin duda el Sr. D. Pedro los cincuenta uniformes amarillos y encarnados que le estamos haciendo, todos galoneados de plata y cortados en forma que llaman de española antigua. -Me temo mucho -dijo Amaranta riendo- que D. Pedro y otros tan extravagantes y locos como él, pongan en ridículo a Cortes y procuradores, pues hay personas que convierten en mojiganga todo aquello en que ponen la mano. -Ya principia a venir gente. Aquí está Quintana. También vienen Beña y D. Pablo de Xérica. Quintana saludó a mis dos amigas. Yo le había visto y oído hablar en Madrid en las tertulias de las librerías, pero sin tener hasta entonces el placer de tratar a poeta tan insigne. Su fama entonces era grande, y entre los patriotas exaltados gozaba de mucha popularidad, conquistada por sus artículos políticos y proclamas patrióticas. Era de fisonomía dura y basta, moreno, con vivos ojos y gruesos labios, signo claro esto, así como su frente lobulosa, de la viril energía de su espíritu. Reía poco, y en sus ademanes y tono, lo mismo que en sus escritos, dominaba la severidad. Tal vez esta severidad, más que propia, fuera atribuida y supuesta por los que conocían sus obras, pues en (p.1322) aquella época ya habían salido a luz las principales odas, las tragedias y algunas de las Vidas; Píndaro, Tirteo y Plutarco a la vez, estaba orgulloso de su papel, y este orgullo se le conocía en el trato. Quintana era entusiasta de la causa española y liberal ardiente con vislumbres de filósofo francés o ginebrino. Más beneficios recibió de su valiente pluma la causa liberal que de la espada de otros, y si la defensa de ciertas ideas, que él enaltecía con todas las galas del estilo y todos los recursos de un talento superior y valiente cual ninguno; si la defensa de ciertas ideas, repito, no hubiera corrido después por cuenta de otras manos y de gárrulas plumas, diferente sería hoy la suerte de España. (p.1323) Más simpático en el trato que Quintana, por carecer de aquella grandílocua y solemne severidad, era D. Francisco Martínez de la Rosa, recién llegado entonces de Londres, y que no era célebre todavía más que por su comedia Lo que puede un empleo, obra muy elogiada en aquellos inocentes tiempos. Las gracias, la finura, la encantadora cortesía, la amabilidad, el talento social sin afectación, amaneramiento ni empalago, nadie lo tenía entonces, ni lo tuvo después, como Martínez de la Rosa. Pero hablo aquí de una persona a quien todos han conocido, y a quien vida tan larga no imprimió gran mudanza en genio y figura. Lo mismo que le vieron ustedes hacia 1857, salvo el detrimento de los años, era Martínez de la Rosa cuando joven. Si en sus ideas había alguna diferencia, no así en su carácter, que fue en la forma festivamente afable hasta la vejez, y en el fondo grave, entero y formal desde la juventud. No sé por qué me he ocupado aquí de este eminente hombre, pues la verdad es que no concurrió aquella noche a la tertulia de doña Flora, que estoy con mucho gusto describiendo. Fueron, sí, como he dicho, Xérica y Beña, poetas menores de que me acuerdo poco, sin duda porque su fama problemática y la mediocridad de su mérito hicieron que no fijase mucho en ellos la atención. De quien me acuerdo es de Arriaza, y no porque me fuera muy simpático, pues la índole adamada (p.1324) y aduladora de sus versos serios y la mordacidad de sus sátiras me hacían poca gracia, sino porque siempre le vi en todas partes, en tertulias, cafés, librerías y reuniones de diversas clases. Este llegó más tarde a la tertulia. Después de los que he mencionado, vimos aparecer a un hombre como de unos cincuenta años, flaco, alto, desgarbado y tieso. Tenía como D. Quijote los bigotes negros, largos y caídos, los brazos y piernas como palitroques, el cuerpo enjutísimo, el color moreno, el pelo entrecano, aguileña la nariz, los ojos ya dulces, ya fieros, según a quien miraba, y los ademanes un tanto embarazados y torpes. Pero lo más singular de aquel singularísimo hombre era su vestido, a la manera de los de Carnaval, consistente en pantalones a la turquesca, atacados a la rodilla, jubón amarillo y capa corta encarnada o herreruelo, calzas negras, sombrero de plumas como el de los alguaciles de la plaza de toros y en el cinto un tremendo chafarote, que iba golpeando en el suelo, y hacía con el ruido de las pisadas un compás triple, cual si el personaje anduviese con tres pies. Parecerá a algunos que es invención mía esto del figurón que pongo a los ojos de mis lectores; pero abran la historia, y hallarán más al vivo que yo lo hago pintadas las hazañas de un personaje, a quien llamo D. Pedro, para no ridiculizar como él lo hizo, un título ilustre, que después han llevado personas muy cuerdas. Sí; vestido estaba como he pintado, y no fue él solo quien dio por aquel tiempo en la manía de vestir y calzar a la antigua; que otro marqués, jerezano por cierto, y el célebre Jiménez Guazo y un escocés llamado lord Downie, hicieron lo mismo; pero yo por no aburrir a mis lectores presentándoles uno tras otro a estos tipos tan característicos como extraños, he hecho con las personas lo que hacen los partidos, es decir, una fusión, y me he permitido recoger las extravagancias de los tres y engalanar con tales atributos a uno solo de ellos, al más gracioso sin disputa, al más célebre de todos. Al punto que entró D. Pedro, oyéronse estrepitosas risas en la sala; (p.1325) pero doña Flora salió al punto a la defensa de su amigo, diciendo: -No hay que criticarle, pues hace muy bien en vestirse a la antigua; y si todos los españoles, como él dice, hicieran lo mismo, con la costumbre de vestir a la antigua vendría el pensar a la antigua, y con el pensar el obrar, que es lo que hace falta. D. Pedro hizo profundas reverencias y se sentó junto a las damas, antes satisfecho que corrido por el recibimiento que le hicieron. -No me importan burlas de gente afrancesada -dijo mirando de soslayo a los que le contemplábamos- ni de filosofillos irreligiosos, ni de ateos, ni de francmasones, ni de democratistas, enemigos encubiertos de la religión y del rey. Cada uno viste como quiere, y si yo prefiero este traje a los franceses que venimos usando hace tiempo, y ciño esta espada que fue la que llevó Francisco Pizarro al Perú, es porque quiero ser español por los cuatro costados y ataviar mi persona según la usanza española en todo el mundo, antes de que vinieran los franchutes con sus corbatas, chupetines, pelucas, polvos, casacas de cola de abadejo y demás porquerías que quitan al hombre su natural fiereza. Ya pueden los que me escuchan reírse cuanto quieran del traje, si bien no lo harán de la persona porque saben que no lo tolero. -Está muy bien -dijo Amaranta-. Está muy bien ese traje, y sólo las personas de mal gusto pueden criticarlo. Señores, ¿cómo quieren ustedes ser buenos españoles sin vestir a la antigua? -Pero señor marqués (D. Pedro era marqués, aunque me callo su título) -dijo Quintana con benevolencia- ¿por qué un hombre formal y honrado como usted, se ha de vestir de esta manera, para divertir a los chicos de la calle? ¿Ha de tener el patriotismo por funda un jubón, y no ha de poder guarecerse en una chupa? -Las modas francesas han corrompido las costumbres -repuso D. Pedro atusándose los bigotes- y con las modas, es decir, con las pelucas y los colores, han venido la falsedad del trato, la deshonestidad, la irreligión, el descaro de la juventud, la falta de respeto a los mayores, (p.1326) el mucho jurar y votar, el descoco e impudor, el atrevimiento, el robo, la mentira, y con estos males los no menos graves de la filosofía, el ateísmo, el democratismo, y eso de la soberanía de la nación que ahora han sacado para colmo de la fiesta. -Pues bien -repuso Quintana- si todos esos males han venido con las pelucas y los polvos, ¿usted cree que los va a echar de aquí vistiéndose de amarillo? Los males se quedarán en casa, y el señor marqués hará reír a las gentes. -Sr. D. Manolo, si todos fueran como usted que se empeña en combatir a los franceses, imitándolos en usos y costumbres, lucidos estábamos. -Si las costumbres se han modificado, ellas sabrán por qué lo han hecho. Se lucha y se puede luchar contra un ejército por grande que sea; pero contra las costumbres hijas del tiempo, no es posible alzar las manos, y me dejo cortar las dos que tengo, si hay cuatro personas que le imiten a usted. -¿Cuatro? -exclamó con orgullo D. Pedro-. Cuatrocientas están ya filiadas en la Cruzada del obispado de Cádiz, y aunque todavía no hay uniformes para todos, ya cuento con cincuenta o sesenta, gracias al celo de respetables damas, alguna de las cuales me oye. Y no nos vestimos así, señores míos, para andar charlando en los cafés y metiendo bulla por las calles, ni imprimiendo papeles que aumenten la desvergüenza e irrespetuosidad del pueblo hacia lo más sagrado, ni para convocar Cortes ni cortijos, ni para echar sermones a lo dómine Lucas, sino para salir por esos campos hendiendo cabezas de filósofos y acuchillando enemigos de la Iglesia y del rey. Ríanse del traje en buena hora, que en cuanto sean despachados los mosquitos que zumban más allá del caño de Sancti-Petri, volveremos acá y haremos que los redactores del Semanario Patriótico se vistan de papel impreso, que es la moda francesa que más les cuadra. Dicho esto, D. Pedro celebró mucho con risas su propio chiste, y luego tomó Beña la palabra para sostener la conveniencia de vestir a la antigua. ¿Verdad que era graciosa la manía? Para que no se dude de mi veracidad, quiero (p.1327) trasladar aquí un párrafo del Conciso que conservo en la memoria: «Otro de los medios indirectos- decía- pero muy poderoso, para renovar el entusiasmo, sería volver a usar el antiguo traje español. No es decible lo que esto podría influir en la felicidad de la nación. ¡Oh, padres de la patria, diputados del augusto congreso! A vosotros dirijo mi humilde voz: vosotros podéis renovar los días de nuestra antigua prosperidad; vestíos con el traje de nuestros padres, y la nación entera seguirá vuestro ejemplo». Esto lo escribía poco después aquel mismo Sr. Beña, poeta de circunstancias, a quien yo vi en casa de doña Flora. ¡Y recomendaba a los padres de la patria que imitasen en su atavío al gran D. Pedro, pasmo de los chicos y alboroto de paseantes! ¡Qué bonitos habrían estado Argüelles, Muñoz Torrero, García Herreros, Ruiz Padrón, Inguanzo, Mejía, Gallego, Quintana, Toreno y demás insignes varones, vestidos de arlequines! Y aquel Beña era liberal y pasaba por cuerdo; verdad es que los liberales como los absolutistas, han tenido aquí desde el principio de su aparición en el mundo ocurrencias graciosísimas. Quintana preguntó a D. Pedro si la Cruzada del obispado de Cádiz pensaba presentarse a las futuras Cortes en aquel talante el día de la apertura. -Yo no quiero nada con Cortes -repuso-. ¿Pero usted es de los bolos que creen habrá tal novedad? La regencia está decidida a echar la tropa a la calle para hacer polvo a los vocingleros que ahora no pueden pasarse sin Cortes. ¡Angelitos! Déseles la novedad de este juguete para que se diviertan. -La regencia -repuso el poeta - hará lo que la manden. Callará y aguantará. Aunque carezco de la perspicacia que distingue al señor D. Pedro, me parece que la nación es algo más que el señor obispo de Orense. -Verdaderamente, Sr. D. Manuel -dijo Amaranta- eso de la soberanía de la nación que han inventado ahora.. anoche estaban explicándolo en casa de la Morlá, y por cierto que nadie lo entendía; eso de la soberanía de la nación si se llega a establecer va a traernos aquí otra (p.1328) revolución como la francesa, con su guillotina y sus atrocidades. ¿No lo cree usted? -No, señora; no creo ni puedo creer tal cosa. -Que pongan lo que quieran con tal que sea nuevo -dijo doña Flora-; ¿no es verdad, Sr. de Xérica? -Justo, y afuera religión, afuera rey, afuera todo -vociferó D. Pedro. -Denme trescientos años de soberanía, de la nación -dijo Quintana- y veremos si se cometen tantos excesos, arbitrariedades y desafueros como en trescientos años que no la ha habido. ¿Habrá revolución que contenga tantas iniquidades e injusticias como el solo período de la privanza de D. Manuel Godoy? -Nada, nada, señores -dijo D. Pedro con ironía-. Si ahora vamos a estar muy bien; si vamos a ver aquí el siglo de oro; si no va a haber injusticias, ni crímenes, ni borracheras, ni miserias, ni cosa mala alguna, pues para que nada nos falte, en vez de padres de la Iglesia; tenemos periodistas; en vez de santos, filósofos; en vez de teólogos, ateos. -Justamente; el Sr. de Congosto tiene razón -replicó Quintana-. La maldad no ha existido en el mundo hasta que no la hemos traído nosotros con nuestros endiablados libros.. Pero todo se va a remediar con vestirnos de mojiganga. -Pero en último resultado -preguntó la condesa- ¿hay Cortes o no? -Sí, señora, las habrá. -Los españoles no sirven para eso. -Eso no lo hemos probado. -¡Ay, qué ilusión tiene usted, Sr. D. Manuel! Verá usted qué escenas tan graciosas habrá en las sesiones.. y digo graciosas por no decir terribles y escandalosas. -El terror y el escándalo no nos son desconocidos, señora, ni los traerán por primera vez las Cortes a esta tierra de la paz y de la religiosidad. La conspiración del Escorial, los tumultos de Aranjuez, las vergonzosas escenas de Bayona, la abdicación de los reyes padres, las torpezas de Godoy, las repugnantes inmoralidades de la última Corte, los tratados con Bonaparte, los convenios indignos que han permitido la invasión, todo esto, señora amiga mía, que es el colmo del horror y del escándalo, ¿lo han traído por ventura las Cortes? -Pero el rey gobierna, y las Cortes, (p.1329) según el uso antiguo, votan y callan. -Nosotros hemos caído en la cuenta de que el rey existe para la nación y no la nación para el rey. -Eso es -dijo D. Pedro- el rey para la nación, y la nación para los filósofos. -Si las Cortes no salen adelante -añadió Quintana- lo deberán a la perfidia y mala fe de sus enemigos; pues estas majaderías de vestir a la antigua y convertir en sainete las más respetables cosas, es vicio muy común en los españoles de uno y otro partido. Ya hay quien dice que los diputados deben vestirse como los alguaciles en día de pregón de Bula, y no falta quien sostiene que todo cuanto se hable, proponga y discuta en la Asamblea, debe decirse en verso. -Pues de ese modo sería precioso -afirmó doña Flora. -En efecto -dijo Amaranta- y como se reúnen en un teatro la ilusión sería perfecta. Prometo asistir a la inauguración. -Yo no faltaré. Sr. de Quintana, usted me proporcionará un palco o un par de lunetas. ¿Y se paga, se paga? -No, amiga mía -dijo Amaranta burlándose-. La nación enseña y pone al público gratis sus locuras. -Usted -le dijo Quintana sonriendo- será de nuestro partido. -¡Ay, no, amigo mío! -repuso la dama-. Prefiero afiliarme a la Cruzada del obispado. Me espantan los revolucionarios, desde que he leído lo que pasó en Francia. ¡Ay, Sr. Quintana! ¡Qué lástima que usted se haya hecho estadista y político! ¿Por qué no hace usted versos? -No están los tiempos para versos. Sin embargo, ya usted ve cómo los hacen mis amigos; Arriaza, Beña, Xérica, Sánchez Barbero no dejan descansar a las prensas de Cádiz. Beña y Xérica se habían apartado del grupo. -¡Ay, amigo mío!, que no oiga yo aquello de ¡Oh! Velintón, nombre amable grande alumno del dios Marte. -Es horrible la poesía de estos tiempos, porque los cisnes callan, entristecidos por el luto de la patria, y de su silencio se aprovechan los grajos para chillar. ¿Y dónde me deja usted aquello de Resuene el tambor; veloces marchemos..? -Arriaza -indicó Quintana- ha hecho últimamente una sátira preciosa. Esta noche la leerá (p.1330) aquí. -Nombren al ruin.. -dijo Amaranta, viendo aparecer en el salón al poeta de los chistes. -Arriaza, Arriaza -exclamaron diferentes voces salidas de distintos lados de la estancia-. A ver, léanos usted la oda A Pepillo. -Atención, señores. -Es de lo más gracioso que se ha escrito en lengua castellana. -Si el gran Botella la leyera, de puro avergonzado se volvería a Francia. Arriaza, hombre de cierta fatuidad, se gallardeaba con la ovación hecha a los productos de su numen. Como su fuerte eran los versos de circunstancias y su popularidad por esta clase de trabajos extraordinaria, no se hizo de rogar, y sacando un largo papel, y poniéndose en medio de la sala, leyó con muchísima gracia aquellos versos célebres que ustedes conocerán y cuyo principio es de este modo: «Al ínclito Sr. Pepe, Rey (en deseo) de las Españas y (en visión) de sus Indias. Salud, gran rey de la rebelde gente, salud, salud, Pepillo, diligente protector del cultivo de las uvas y catador experto de las cubas». . . . . . . . . . . . . . . . . A cada instante era el poeta interrumpido por los aplausos, las felicitaciones, las alabanzas, y vierais allí cómo por arte mágico habíanse confundido todas las opiniones en el unánime sentimiento de desprecio y burla hacia nuestro rey pegadizo. Por instantes hasta el gran D. Pedro y D. Manuel José Quintana parecieron conformes. La composición de Pepillo corrió manuscrita por todo Cádiz. Después la refundió su autor, y fue publicada en 1812. Dividiose después la tertulia. Los políticos se agruparon a un lado, y el atractivo de las mesas de juego llevó a la sala contigua a una buena porción de los concurrentes. Amaranta y la condesa permanecieron allí, y D. Pedro, como hombre galante no las dejaba de la mano.
Ep-8-VI - -Gabriel -me dijo Amaranta- es preciso que te decidas a trocar tu uniforme a la francesa por este español que lleva nuestro amigo. Además, la orden de la Cruzada tiene la ventaja de que cada cual se encaja encima el grado que más le cuadra, como por ejemplo D. Pedro, que se ha puesto la (p.1331) faja de capitán general. En efecto, D. Pedro no se había andado con chiquitas para subirse por sus propios pasos al último escalón de la milicia. -Es el caso -dijo sin modestia el héroe- que necesita uno condecorarse a sí propio, puesto que nadie se toma el trabajo de hacerlo. En cuanto a la entrada de este caballerito en la orden, venga en buen hora; pero sepa que los nuestros hacen vida ascética durmiendo en una tarima y teniendo por almohada una buena piedra. De este modo se fortalece el hombre para las fatigas de la guerra. -Me parece muy bien -afirmó Amaranta- y si a esto añaden una comida sobria, como por ejemplo, dos raciones de obleas al día, serán los mejores soldados de la tierra. Ánimo, pues, Gabriel, y hazte caballero del obispado de Cádiz. -De buena gana lo haría, señores, si me encontrara con fuerzas para cumplir las leyes de un instituto tan riguroso. Para esa Cruzada del obispado se necesitan hombres virtuosísimos y llenos de fe. -Ha hablado perfectamente -repuso con solemne acento D. Pedro. -Disculpas, hijo -añadió Amaranta con malicia-. La verdadera causa de la resistencia de este mozuelo a ingresar en la orden gloriosa es no sólo la holgazanería, sino también que las distracciones de un amor tan violento como bien correspondido, le tienen embebecido y trastornado. No se permiten enamorados en la orden, ¿verdad, Sr. D. Pedro? -Según y conforme -respondió el grave personaje tomándose la barba con dos dedos y mirando al techo-. Según y conforme. Si los catecúmenos están dominados por un amor respetuoso y circunspecto hacia persona de peso y formalidad, lejos de ser rechazados, con más gusto son admitidos. -Pues el amor de este no tiene nada de respetuoso -dijo Amaranta, mirando con picaresca atención a doña Flora-. Mi amiga, que me está oyendo, es testigo de la impetuosidad y desconsideración de este violento joven. D. Pedro fijó sus ojos en doña Flora. -Por Dios, querida condesa -dijo esta- usted con sus imprudencias es la que ha echado a perder a este muchacho, enseñándole (p.1332) cosas que aún no está en edad de saber. Por mi parte la conciencia no me acusa palabra ni acción que haya dado motivo a que un joven apasionado se extralimitase alguna vez. La juventud, Sr. D. Pedro, tiene arrebatos; pero son disculpables, porque la juventud.. -En una palabra, amiga mía -dijo Amaranta dirigiéndose a doña Flora-. Ante una persona tan de confianza como el Sr. D. Pedro, puede usted dejar a un lado el disimulo, confesando que las ternuras y patéticas declaraciones de este joven no le causan desagrado. -Jesús, amiga mía -exclamó mudando de color la dueña de la casa-, ¿qué está usted diciendo? -La verdad. ¿A qué andar con tapujos? ¿No es verdad, señor de Congosto, que hago bien en poner las cosas en su verdadero lugar? Si nuestra amiga siente una amorosa inclinación hacia alguien, ¿por qué ocultarlo? ¿Es acaso algún pecado? ¿Es acaso un crimen que dos personas se amen? Yo tengo derecho a permitirme estas libertades por la amistad que les tengo a los dos, y porque ha tiempo que les vengo aconsejando se decidan a dejar a un lado los misterios, secreticos y trampantojos que a nada conducen, sí señor, y que por lo general suelen redundar en desdoro de la persona. En cuanto a mi amiga, harto la he exhortado, condenando su insistente celibato, y se me figura que al fin mis prédicas no serán inútiles. No lo niegue usted. Su voluntad está vacilante, y en aquello de si caigo o no caigo; de modo que si una persona tan respetable como el Sr. D. Pedro uniera sus amonestaciones a las mías.. D. Pedro estaba verde, amarillo, jaspeado. Yo, sin decir nada, procuraba al mismo tiempo que contenía la risa, corroborar con mis actitudes y miradas lo que la condesa decía. Doña Flora, confundida entre la turbación y la ira, miraba a Amaranta y al esperpento, y como viera a este con el color mudado y los ojos chispeantes de enojo, turbose más y dijo: -Qué bromas tiene la condesa, Sr. D. Pedro ¿quiere usted tomar un dulcecito? -Señora -repuso con iracunda voz el estafermo-, los hombres como yo se (p.1333) endulzan con acíbar la lengua, y el corazón con desengaños. Doña Flora quiso reír, pero no pudo. -Con desengaños, sí señora -añadió D. Pedro-, y con agravios recibidos de quien menos debían esperarse. Cada uno es dueño de dirigir sus impulsos amorosos al punto que más le conviene. Yo en edad temprana los dirigí a una ingrata persona, que al fin.. mas no quiero afear su conducta, ni pregonar su deslealtad, y guardareme para mí solo las penas como me guardé las alegrías. Y no se diga para disculpar esta ingratitud, que yo falté una sola vez en veinticinco años al respeto, a la circunspección, a la severidad que la cultura y dignidad de entrambos me imponía, pues ni palabra incitativa pronunciaron mis labios, ni gesto indecoroso hicieron mis manos, ni idea impúdica turbó la pureza de mi pensamiento, ni nombré la palabra matrimonio, a la cual se asocian imágenes contrarias al pudor, ni miré de mal modo, ni fijé los ojos en las partes que la moda francesa tenía mal cubiertas, ni hice nada, en fin, que pudiera ofender, rebajar o menoscabar el santo objeto de mi culto. Pero ¡ay!, en estos tiempos corrompidos no hay flor que no se aje, ni pureza que no se manche, ni resplandor que no se oscurezca con alguna nubecilla. Está dicho todo, y con esto, señoras, pido a ustedes licencia para retirarme. Levantábase para partir, cuando doña Flora le detuvo diciendo: -¿Qué es eso, Sr. D. Pedro? ¿Qué arrebato le ha dado? ¿Hace usted caso de las bromas de Amaranta? Es una calumnia, sí señor, una calumnia. -¿Pero qué es esto? -dijo Amaranta fingiendo la mayor estupefacción-. ¿Mis palabras han podido causar el disgusto del Sr. D. Pedro? Jesús, ahora caigo en que he cometido una gran imprudencia. Dios mío, ¡qué daño he causado! Sr. D. Pedro, yo no sabía nada, yo ignoraba.. Desunir por una palabra indiscreta dos voluntades.. Este mozalbete tiene la culpa. Ahora recuerdo que mi amiga le está recomendando siempre que le imite a usted en las formas respetuosas para manifestar su amor. -Y le reprendo sus atrevimientos - (p.1334) dijo doña Flora.. -Y le tira de las orejas cuando se extralimita de palabra u obra, y le pellizca en el brazo cuando salen juntos a paseo. -Señoras, perdónenme ustedes -dijo don Pedro- pero me retiro. -¿Tan pronto? -Amaranta con sus majaderías le ha amoscado a usted. -Tengo que ir a casa de la señora condesa de Rumblar. -Eso es un desaire, Sr. D. Pedro. Dejar mi casa por la de otra. -La condesa es una persona respetabilísima que tiene alta idea del decoro. -Pero no hace vestidos para los Cruzados. -La de Rumblar tiene el buen gusto de no admitir en su casa a los politiquillos y diaristas que infestan a Cádiz. -Ya. -Allí no se juega tampoco. Allí no van Quintana el fatuo, ni Martínez de la Rosa el pedante, ni Gallego el clerizonte ateo, ni Gallardo el demonio filosófico, ni Arriaza el relamido, ni Capmany el loco, ni Argüelles el jacobino, sino multitud de personas deferentes con la religión y con el rey. Y dicho esto, el estafermo hizo una reverencia que medio le descoyuntó, marchándose después con paso reposado y ademán orgulloso. -Amiga mía -dijo doña Flora-, ¡qué imprudente es usted! ¿No es verdad, Gabriel, que ha sido muy imprudente? -¡Ya lo creo; contarlo todo en sus propias barbas! -Yo temblaba por ti, niñito, temiendo que te ensartara con el chafarote. -La condesa nos ha comprometido -afirmé con afectado enojo. -Es un diablillo. -Amiga mía -dijo Amaranta-, lo hice con la mayor inocencia. Después de lo que he descubierto, me pongo de parte del desairado don Pedro. La verdad, señora doña Flora; es una gran picardía lo que ha hecho usted. Trocarle, después de veinticinco años, por este mozuelo sin respetabilidad.. -Calle usted, calle usted, picaruela -repuso la dueña-. Por mi parte ni a uno ni a otro. Si usted no hubiera incitado a este joven con sus provocaciones.. -De aquí en adelante -dije yo- seré respetuoso, comedido y circunspecto, como don Pedro. Doña Flora me ofreció un dulce, pero viose obligada a poner punto en la cuestión, porque otras damas, (p.1335) que como ella pertenecían a la clase de plazas desmanteladas y con artillería antigua, intervinieron inoportunamente en nuestro diálogo. He referido la anterior burlesca escena, que parece insignificante y sólo digna de momentánea atención, porque con ser pura broma, influyó mucho en acontecimientos que luego contaré, proporcionándome sinsabores y contrariedades. De este modo los más frívolos sucesos, que no parecen tener fuerza bastante para alterar con su débil paso la serenidad de la vida, la conmueven hondamente de súbito y cuando menos se espera.
Ep-8-VII - Poco después entró en la sala el memorable D. Diego, conde de Rumblar y de Peña Horadada, y con gran sorpresa mía, ni saludó a la condesa, ni esta tuvo a bien dirigirle mirada alguna. Reconociéndome al punto, llegose a mí, y con la mayor afabilidad me saludó y felicitó por mi rápido adelantamiento en la carrera de las armas, de que ya tenía noticias. No nos habíamos visto desde mi aventura famosa en el palacio del Pardo. Yo le encontré bastante desfigurado, sin duda por recientes enfermedades y molestias. -Aquí serás mi amigo, lo mismo que en Madrid -me dijo entrando juntos en la sala de juego-. Si estás en la Isla, te visitaré. Quiero que vengas a las tertulias de mi casa. Dime, cuando vienes a Cádiz, ¿paras aquí en casa de la condesa? -Suelo venir aquí. -¿Sabes que mi parienta aprecia la lealtad de los que fueron sus pajes?.. Ya sabrás que de esta me caso. -La condesa me lo ha dicho. -La condesa ya no priva. Hay divorcio absoluto entre ella y los demás de la familia.. ¡oh!, ahora me acuerdo de cuando te encontramos en el Pardo.. Cuando le preguntaron a Amaranta que qué hacías allí, no supo contestar. Lo que hacías, tú lo podrás decir.. ¿Juegas, o no? -Jugaremos. -Aquí al menos se respira, chico. Vengo huyendo de las tertulias de mi casa, que más que tertulias son un cónclave de clérigos, frailucos y enemigos de la libertad. Allí no se va más que a hablar mal de los periodistas y de los que quieren Constitución. No se juega, Gabriel, ni se (p.1336) baila, ni se refresca, ni se hablan más que sosadas y boberías.. De todos modos, es preciso que vengas a mi casa. Mis hermanas me han dicho que quieren conocerte; sí, me lo han dicho. Las pobres están muy aburridas. Si no fuese porque lord Gray distrae un poco a las tres muchachas.. Vendrás a casa. Pero cuidado con echártela de liberal y de jacobino. No abras la boca sino para decir mil pestes de las futuras Cortes, de la libertad de la imprenta, de la revolución francesa, y ten cuidado de hacer una reverencia cuando se nombre al rey, y de decir algo en latín al modo de conjuro siempre que citen a Bonaparte, a Robespierre o a otro monstruo cualquiera. Si así no lo haces, mi mamá te echará al punto a la calle, y mis hermanas no podrán rogarte que vuelvas. -Muy bien; tendré cuidado de cumplir el programa. ¿En dónde nos veremos? -Yo iré a la Isla o nos veremos aquí, aunque la verdad.. Tal vez no vuelva. Mi mamá me tiene prohibido poner los pies en esta casa. Vete a la mía, y pregunta por tu amigo don Diego, el que ganó la batalla de Bailén. Yo le he hecho creer a mi mamá que entre tú y yo ganamos aquella célebre batalla. -¿Y Santorcaz? -En Madrid sigue de comisario de policía. Nadie le puede ver; pero él se ríe de todos y cumple con su obligación. Con que juguemos. Yo voy al caballo. El juego, antes frío y mal sostenido por personas sin entusiasmo, se animó con la presencia de Amaranta, que fue a poner su dinero en la balanza de la suerte. Para que todo marchase a pedir de boca, llegó en aquel crítico punto lord Gray, de quien dije había desaparecido al comienzo de la tertulia. Como de costumbre, el espléndido inglés reclamó para sí las preeminencias de banquero, y tallando él con serenidad, apuntando nosotros con zozobra y emoción, le desvalijamos a toda prisa. Sobre todo Amaranta y yo tuvimos una suerte loca. Doña Flora, por el contrario, veía mermados con rapidez sus exiguos capitales y D. Diego se mantuvo en tabla con vaivenes de desgracia y fortuna. Indiferente a su ruina el inglés, más sacaba cuanto más (p.1337) perdía, y todo lo que de sus bolsillos se trasegó al montón, venía después del montón a visitar los míos, que se asombraban de una abundancia jamás por ellos conocida. La función no concluyó sino cuando lord Gray no dio más de sí, acabándose la tertulia. Los políticos, sin embargo, continuaban disputando en la sala vecina, aun después de retirada la última moneda de la mesa de juego. Cuando salimos para continuar el monte en casa de lord Gray, D. Diego me dijo: -Mi mamá cree a estas horas que duermo como un talego. En casa nos retiramos a las diez. Mi mamá, después de cenar, nos echa la bendición, rezamos varias oraciones y nos manda a la cama. Yo me retiro a la alcoba, fingiendo tener mucho sueño, apago la luz y cuando todo está en silencio, escápome bonitamente a la calle. Muy de madrugada vuelvo, abro mis puertas con llaves a propósito, y me meto en el lecho. Sólo mis hermanitas están en el secreto y favorecen la evasión. Lord Gray nos obsequió en su casa con una espléndida cena; sacamos luego el libro de las cuarenta hojas y con sus textos pasamos febrilmente entretenidos la noche. D. Diego en tabla, el inglés perdiendo las entrañas, y yo ganando hasta que cansados los tres y siempre invariable y terca la fortuna, dimos por terminada la partida. ¡Oh!, en los gloriosos años de 1810, 1811 y 1812 se jugaba mucho, pero mucho. Desde aquella noche no pude volver a Cádiz hasta la tarde del 28 de Mayo, formando parte de las fuerzas que se enviaron para hacer los honores a la Regencia, que al día siguiente debía instalarse en el palacio de la Aduana. Esta ceremonia de la instalación fue muy divertida y animada tanto el día 29 como el 30, por ser en este los de nuestro señor rey D. Fernando VII. Cuando estábamos en la Aduana, haciendo guardia de honor a la Regencia, reunida dentro en sesión solemne, oímos decir que en aquel mismo día se presentarían en Cádiz al pie de cien coraceros a la antigua que querían ofrecer sus respetos al poder central. Al punto que tal oí, acordeme del insigne D. Pedro, y no dudé (p.1338) que él fuese autor de la diversión que se nos preparaba. Las doce serían, cuando una gran turba de chicos desembocando por las calles de Pedro Conde y de la Manzana, anunció que algo muy extraordinario y divertido se aproximaba; y con efecto, tras el infantil escuadrón, que de mil diversos modos y con variedad de chillidos manifestaba su regocijo, vierais allí aparecer una falange de cien a caballo vestidos todos con el mismo traje amarillo y rojo que yo había visto en las secas carnes del gran D. Pedro. Este venía delante con faja de capitán general sobre el arlequinado traje, y tan estirado, satisfecho y orgulloso, que no se cambiara por Godofredo de Bouillón entrando triunfante en Jerusalén. Ni él ni los demás llevaban corazas, pero sí cruces en el pecho; y en cuanto a armas, cuál llevaba sable, cuál espadín de etiqueta. Como diversión de Carnestolendas, aquello podía tolerarse; pero como Cruzada del obispado de Cádiz para acabar con los franceses, era de lo más grotesco que en los anales de la historia se puede en ningún tiempo encontrar. La multitud les victoreaba, por la sencilla razón de que se divertía; ellos, con los aplausos, se creían no menos dignos de admiración que las huestes de César o Aníbal; y por fortuna nuestra, desde el Puerto de Santa María, donde estaban los franceses, no podía verse ni con telescopio semejante fiesta, que si la vieran, de buena gana habrían hecho más ruido las risas que los cañones. Llegaron a la Aduana, pidió permiso el que los mandaba para entrar a saludar a la Regencia, se lo negamos, creyendo que los de la Junta no habrían perdido el juicio; insistió D. Pedro, golpeando el suelo con el sable y profiriendo amenazas y bravatas; entramos a notificar a los señores qué clase de estantiguas querían colarse en el palacio del gobierno, y este al fin consintió en ser felicitado por los caballeros a la antigua, temiendo despopularizarse si no lo hacía. ¡Debilidad propia de autoridades españolas! Entró, pues, Congosto, seguido de cinco de los suyos, escogidos entre los más granados, atravesó el salón (p.1339) de corte, y al encarar con los de la Regencia hizo una profunda cortesía, irguiose después, paseó su orgullosa vista de un confín a otro de la sala, metió la mano en el bolsillo de los gregüescos y con gran sorpresa de todos los que le veíamos, sacó unos anteojos de gruesa armadura, que se caló sobre la martilluda nariz. Tal facha y vestido con anteojos era de lo más ridículo que puede imaginarse. Los de la Regencia fluctuaban entre el enojo y la risa, y los extraños que presenciaban aquello, no disimulaban su contento por disfrutar de escena tan chusca. Luego que se ensartó los espejuelos y los acomodó bien, enganchados en las orejas y apoyados en la nariz, metió la otra mano en el otro bolsillo y saco un papel, ¡pero qué papel! Lo menos tenía una vara. Todos creímos que sería un discurso; pero no, señores, eran unos versos. Entonces, para hablar al Rey o al público o a las autoridades, privaban los malos versos sobre la mala prosa. Desdobló, pues, el luengo papel, tosió limpiando el gaznate, se atusó los largos bigotes, y con voz cavernosa y retumbante dio principio a la lectura de una sarta de endecasílabos cojos, mancos y lisiados, tan rematadamente malos como obra que eran del mismo personaje que los leía. Siento no poder dar a mis amigos una muestra de aquella literatura, porque ni se imprimieron ni puedo recordarlos; pero si no la forma, tengo presente el sentido, que se reducía a encomiar la necesidad de que todo el mundo se vistiera a la antigua, único modo de resucitar el ya muerto y enterrado heroísmo de los antiguos tiempos. Durante la lectura había sacado D. Pedro la espada, y todas las frases fuertes las acompañaba de tajos, mandobles y cuchilladas en el aire, volteando el arma por encima de su cabeza, lo cual remató el grotesco papel que estaba haciendo. Luego que acabara de leer los malhadados versos, guardó el cartapacio, descolgó de la nariz los anteojos, y envainando la espada, hizo otra profunda reverencia y salió del salón seguido de los suyos. ¡Señores, que es verdad lo que digo! Me ofenden esas (p.1340) muestras de incredulidad de los que me escuchan. Ábrase la historia, no las que andan en manos de todos, sino otras algo íntimas, y que testigos presenciales dictaron. Pues qué, ¿se ha olvidado ya la condición sainetesca y un tanto arlequinada de nuestros partidos políticos en el período de su incubación? Verdad purísima, santa verdad es lo que he referido, aunque parece inverosímil, y aún me callo otras cositas por no ofender el decoro nacional. Después, la graciosa procesión recorrió las calles de Cádiz con grande alegría de todo el pueblo, que se regocijaba con tal motivo extraordinariamente, sin decidirse por eso a vestir a la antigua.. ¡Tan grande era su buen sentido! Los balcones y miradores se poblaban de damas, y en la calle la multitud seguía a los cruzados. Sobre todo los chicos tuvieron un día felicísimo. No faltó más para que aquello se pareciese a la entrada de D. Quijote en Barcelona, sino que los muchachos aplicaran a ciertas partes del caballo que montaba don Pedro las célebres aliagas, y aun creo que algo de esto aconteció al fin del triunfal paseo y cuando se volvían a la Isla. Después del acontecimiento referido, ciertos sucesos tristísimos determinan un paréntesis no corto en esta parte de la historia de mi vida que voy refiriendo. El 1º de Junio sentíame enfermo y caí con la fiebre amarilla, cual otros tantos que en aquella temporada fueron víctimas del terrible tifus, con menos suerte que un servidor de ustedes, el cual escapó de las garras de la muerte, después de verse en estado tal que vislumbraba los horizontes del otro mundo. Mi mal (ya me había atacado en la niñez con distinto carácter) no fue muy largo. Yo estaba en la Isla. Asistiéronme mis amigos cariñosamente; visitábame lord Gray todos los días, y Amaranta y doña Flora hicieron largas guardias y vigilias en la cabecera de mi lecho. Cuando me vieron fuera de peligro las dos lloraban de alegría. Durante la convalecencia, D. Diego fue a visitarme, y me dijo: -Mañana mismo vendrás a mi casa. Mis hermanas y mi novia me (p.1341) preguntan por ti todos los días. ¡Qué susto se han llevado! -Iré mañana -le respondí. Pero yo estaba muy lejos de esperar la orden militar e inapelable que por algún tiempo me desterrara de mi ciudad querida. Es el caso que D. Mariano Renovales, aquel soldado atrevido que tan heroicas hazañas realizó en Zaragoza, fue destinado a mandar una expedición que debía salir de Cádiz para desembarcar en el Norte. Renovales era un hombre muy bravo; pero con esta bravura salvaje de nuestros grandes hombres de guerra: valor desnudo de conocimientos militares y de todos los demás talentos que enaltecen al buen general. Había publicado el guerrillero una proclama extravagantísima, en cuya cabeza se veía un grabado representando a Pepe Botellas cayéndose de borracho y con un jarro de vino en la mano, y el estilo del tal documento correspondía a lo innoble y ridículo de la estampa. Sin embargo, por esto mismo le elogiaron mucho y le dieron un mando. ¡Achaques de España! Estos majaderos suelen hacer fortuna. Pues señor, como decía, diose a Renovales un pequeño cuerpo de ejército, y en este cuerpo de ejército me incluyeron a mí, obligándome, casi enfermo todavía, a seguir al loco guerrillero en su más loca expedición. Obedecí y embarqueme con él, despidiéndome de mis amigos. ¡Oh, qué aventura tan penosa, tan desairada, tan funesta, tan estéril! Fiad empresas delicadas a hombres ignorantes y populacheros que no tienen más cualidad que un valor ciego y frenético. No quiero contar los repetidos desastres de la expedición. Sufrimos tempestades, aguantamos todo género de desdichas, y para colmo de desgracia, lejos de hacer cosa alguna de provecho, parte de las tropas desembarcadas en Asturias cayeron en poder de los franceses. Gracias dimos a Dios los pocos que después de tres meses y medio de angustiosas penas, pudimos regresar a Cádiz, avergonzados por el infausto éxito de la aventura. Yo comparé a mis compañeros de entonces con los individuos de la Cruzada en la falta de (p.1342) sentido común. Regresamos a Cádiz. Algunos fueron a recibirnos con júbilo creyendo que volvíamos cubiertos de gloria, y en breves palabras contamos lo ocurrido. La gente entusiasta y patriotera no quería creer que el valiente Renovales fuese un majadero. Por desgracia, de esta clase de héroes hemos tenido muchos. Luego que descansamos un poco, después de poner el pie en tierra, fuimos a presentarnos a las autoridades de la Isla. Era el 24 de Setiembre.
Ep-8-VIII - Una gran novedad, una hermosa fiesta había aquel día en la Isla. Banderolas y gallardetes adornaban casas particulares y edificios públicos, y endomingada la gente, de gala los marinos y la tropa, de gala la Naturaleza a causa de la hermosura de la mañana y esplendente claridad del sol, todo respiraba alegría. Por el camino de Cádiz a la Isla no cesaba el paso de diversa gente, en coche y a pie; y en la plaza de San Juan de Dios los caleseros gritaban, llamando viajeros: -¡A las Cortes, a las Cortes! Parecía aquello preliminar de función de toros. Las clases todas de la sociedad concurrían a la fiesta, y los antiguos baúles de la casa del rico y del pobre habíanse quedado casi vacíos. Vestía el poderoso comerciante su mejor paño, la dama elegante su mejor seda, y los muchachos artesanos, lo mismo que los hombres del pueblo, ataviados con sus pintorescos trajes salpicaban de vivos colores la masa de la multitud. Movíanse en el aire los abanicos, reflejando en mil rápidos matices la luz del sol, y los millones de lentejuelas irradiaban sus esplendores sobre el negro terciopelo. En los rostros había tanta alegría, que la muchedumbre toda era una sonrisa, y no hacía falta que unos a otros se preguntasen a dónde iban, porque un zumbido perenne decía sin cesar: -¡A las Cortes, a las Cortes! Las calesas partían a cada instante. Los pobres iban a pie, con sus meriendas a la espalda y la guitarra pendiente del hombro. Los chicos de las plazuelas, de la Caleta y la Viña, no querían que la ceremonia estuviese privada del honor de su asistencia, y arreglándose sus andrajos, emprendían con sus (p.1343) palitos al hombro el camino de la Isla, dándose aire de un ejército en marcha, y entre sus chillidos y bufidos y algazara se distinguía claramente el grito general: -¡A las Cortes, a las Cortes! Tronaban los cañones de los navíos fondeados en la bahía; y entre el blanco humo las mil banderas semejaban fantásticas bandadas de pájaros de colores arremolinándose en torno a los mástiles. Los militares y marinos en tierra ostentaban plumachos en sus sombreros, cintas y veneras en sus pechos, orgullo y júbilo en los semblantes. Abrazábanse paisanos y militares congratulándose de aquel día, que todos creían el primero de nuestro bienestar. Los hombres graves, los escritores y periodistas, rebosaban satisfacción, dando y admitiendo plácemes por la aparición de aquella gran aurora, de aquella luz nueva, de aquella felicidad desconocida que todos nombraban con el grito placentero de: -¡Las Cortes, las Cortes! En la taberna del Sr. Poenco no se pensaba más que en libaciones en honor del gran suceso. Los majos, contrabandistas, matones, chulos, picadores, carniceros y chalanes, habían diferido sus querellas para que la majestad de tan gran día no se turbara con ataques a la paz, a la concordia y buena armonía entre los ciudadanos. Los mendigos abandonaron sus puestos corriendo hacia la Cortadura que se inundó de mancos, cojos y lisiados, ganosos de recoger abundante cosecha de limosnas entre la mucha gente, y enseñando sus llagas, no pedían en nombre de Dios y la caridad, sino de aquella otra deidad nueva y santa y sublime, diciendo: -¡Por las Cortes, por las Cortes! Nobleza, pueblo, comercio, milicia, hombres, mujeres, talento, riqueza, juventud, hermosura, todo, con contadas excepciones, concurrió al gran acto, los más por entusiasmo verdadero, algunos por curiosidad, otros porque habían oído hablar de las Cortes y querían saber lo que eran. La general alegría me recordó la entrada de Fernando VII en Madrid en Abril de 1808, después de los sucesos de Aranjuez. Cuando llegué a la Isla, las calles estaban intransitables por la (p.1344) mucha gente. En una de ellas la multitud se agolpaba para ver una procesión. En los miradores apenas cabían los ramilletes de señoras; clamaban a voz en grito las campanas y gritaba el pueblo, y se estrujaban hombres y mujeres contra las paredes, y los chiquillos trepaban por las rejas, y los soldados formados en dos filas pugnaban por dejar el paso franco a la comitiva. Todo el mundo quería ver, y no era posible que vieran todos. Aquella procesión no era una procesión de santas imágenes, ni de reyes ni de príncipes, cosa en verdad muy vista en España para que así llamara la atención: era el sencillo desfile de un centenar de hombres vestidos de negro, jóvenes unos, otros viejos, algunos sacerdotes, seglares los más. Precedíales el clero con el infante de Borbón de pontifical y los individuos de la Regencia, y les seguía gran concurso de generales, cortesanos antaño de la corona y hoy del pueblo, altos empleados, consejeros de Castilla, próceres y gentileshombres, muchos de los cuales ignoraban qué era aquello. La procesión venía de la iglesia mayor donde se había dicho solemne misa y cantado un Te Deum. El pueblo no cesaba de gritar ¡Viva la nación!, como pudiera gritar ¡viva el rey!, y un coro que se había colocado en cierto entarimado detrás de una esquina entonó el himno, muy laudable sin duda, pero muy malo como poesía y música; que decía: Del tiempo borrascoso que España está sufriendo va el horizonte viendo alguna claridad. La aurora son las Cortes que con sabios vocales remediarán los males dándonos libertad. El músico había sido tan inhábil al componer el discurso musical, y tan poco conocía el arte de las cadencias, que los cantantes se veían obligados a repetir cuatro veces que con sabios, que con sabios, etc. Pero esto no quita su mérito a la inocente y espontánea alegría popular. Cuando pasó la comitiva encontré a Andrés Marijuán, el cual me dijo: -Me han magullado un brazo dentro de la iglesia. ¡Qué gentío! Pero me propuse ver todo y lo vi. Lindísimo ha estado. -¿Pero ya (p.1345) empezaron los discursos? -Hombre no. Dijo una misa muy larga el cardenal narigudo, y luego los regentes tomaron juramento a los procuradores, diciéndoles: -¿Juráis conservar la religión católica? ¿Juráis conservar la integridad de la nación española? ¿Juráis conservar en el trono a nuestro amado rey D. Fernando? ¿Juráis desempeñar fielmente este cargo?, a lo cual ellos iban contestando que sí, que sí y que sí. Después echaron un golpe de órgano y canto llano y se acabó. Gabriel, a ver si podemos entrar en el salón de sesiones. Yo no creí prudente intentarlo; pero fui hacia allá, codeando a diestro y siniestro, cuando al llegar junto al teatro, ante cuyas puertas se agolpaban masas de gente y no pocos coches, sentí que vivamente me llamaban, diciendo: -Gabriel, Araceli, Gabriel, señor D. Gabriel, Sr. de Araceli. Miré a todos lados, y entre el gentío vi dos abanicos que me hacían señas y dos caras que me sonreían. Eran las de Amaranta y doña Flora. Al punto me uní a ellas, y después que me saludaron y felicitaron cariñosamente por mi feliz llegada, Amaranta dijo: -Ven con nosotras, tenemos papeletas para entrar en la galería reservada. Subimos todos, y por la escalera pregunté a la condesa si algún acontecimiento había modificado la situación de nuestros asuntos, durante mi ausencia, a lo que me contestó: -Todo sigue lo mismo. La única novedad es que mi tía padece ahora un reumatismo que la tiene baldada. Doña María la domina completamente y es quien manda en la casa y quien dispone todo.. No he podido ni una vez sola ver a Inés, ni ellas salen a la calle, ni es posible escribirle. Yo esperaba con ansia tu llegada, porque D. Diego prometió llevarte allá. Cuando vayas espero grandes resultados de tu celosa tercería. A lord Gray no hay quien le saque una palabra; pero los indicios de lo que te dije aumentan. Por la criada sabemos que doña María está con una oreja alta y otra baja, y que el mismo D. Diego, con ser tan estúpido, lo ha descubierto y rabia de celos. Mañana mismo es preciso que vayas allá, aunque yo dudo (p.1346) mucho que la de Rumblar quiera recibirte. No hablamos más del asunto porque el Congreso Nacional ocupó toda nuestra atención. Estábamos en el palco de un teatro; a nuestro lado en localidades iguales veíamos a multitud de señoras y caballeros, a los embajadores y otros personajes. Abajo en lo que llamamos patio, los diputados ocupaban sus asientos en dos alas de bancos: en el escenario había un trono, ocupado por un obispo y cuatro señores más y delante los secretarios del despacho. Poco habían unos y otros calentado los asientos, cuando los de la Regencia se levantaron y se fueron como diciendo: «Ahí queda eso». -Esta pobre gente -me dijo Amaranta- no sabe lo que trae entre manos. Mírales cómo están desconcertados y aturdidos sin saber qué hacer. -Se ha marchado el venerable obispo de Orense -dijo doña Flora-. Por ahí se susurra que no le hacen maldita gracia las dichosas Cortes. -Por lo que oigo, están eligiendo quien las presida -dije-. Hay aquí un traer y llevar de papeletas que es señal de votación. -Buenas cosas vamos a ver hoy aquí -añadió Amaranta con el regocijo que da la esperanza de una diversión. -Yo lo que quiero es que prediquen pronto -añadió doña Flora-. Prontito, señores. Veo que hay muchos clérigos, lo cual es prueba de que no faltarán picos de oro. -Pero estos clérigos filósofos son torpes de lengua -afirmó Amaranta-. Aquí hablarán más los seglares, y será tal el barullo, que veremos escenas tan graciosas como las de un concejo de pueblo con fuero. Amiga, preparémonos a reír. -Ya parece que tienen presidente. Oigamos lo que lee aquel caballerito que está en el escenario y que parece un mal actor que no sabe el papel. -Está conmovido por la majestad del acto -repuso Amaranta-. Me parece que estos señores darían algo ahora porque les mandasen a sus casas. Verdaderamente las fachas no son malas. -Desde aquí veo al vizconde de Matarrosa(4) -indicó doña Flora-. Es aquel mozalbete rubio. Le he visto en casa de Morlá, y es chico despejado.. Como que sabe inglés. -Ese angelito (p.1347) debiera estar mamando, y le van a dispensar la edad para que sea diputado -repuso la condesa-. Como que no tiene más años que tú, Gabriel. Vaya unos legisladores que nos hemos echado. Aquí tenemos Solones de veinte abriles. -Querida condesa -dijo la otra- desde aquí veo todas las narices y toda la boca de D. Juan Nicasio Gallego. Está abajo entre los diputados. -Sí, allí está. De un bocado se tragará Cortes y Regencia. Es el hombre de mejores ocurrencias que he visto en mi vida, y de seguro ha venido aquí a reírse de sus compañeros de procuraduría. ¿No es aquel que está a su lado D. Antonio Capmany? ¡Miren qué facha! No se puede estar quieto un instante y baila como una ardilla. -Ese que se sienta en este momento es Mejía. -También veo la cara seráfica de Agustinito Argüelles. Dicen que este predica muy bien. ¿Ve usted a Borrull? Cuentan que este no quiere Cortes. Pero empiece de una vez la función ¡qué pesados son! -Aquí como no se paga la entrada, no hay derecho a impacientarse. -Ya está dispuesta la presidencia. ¿Tocarán un pito para empezar? -Yo tengo una curiosidad por oír lo que digan.. -Y yo. -Será un disputar graciosísimo -dijo Amaranta- porque cada cual pedirá esto y lo otro y lo de más allá. -Conque salga uno diciendo: «Yo quiero tal cosa», y otro responda: «Pues no me da la gana», se animará esta desabrida reunión. -¡Cuándo las habrán visto más gordas! Será gracioso oír a los clérigos gritar: «Fuera los filósofos», y a los seglares: «Fuera los curas». Veo con sorpresa que el presidente no tiene látigo. -Es que guardarán las formas, amiga mía. -¿En dónde han aprendido ellos a guardar formas? -Silencio, que va a hablar un diputado. -¿Qué dirá? Nadie lo entiende. -Se vuelve a sentar. -En el escenario hay uno que lee. -Se levantarán algunos de sus asientos. -Ya. Acaban de decir que quedan enterados. -Nosotros también. Tanto ruido para nada. -Silencio, señores, que vamos a oír un discurso. -¡Un discurso! Oigamos. ¡Qué ruido en los palcos! Si no calla el público, el presidente mandará bajar (p.1348) el telón. -¿Es aquel clérigo que está allí enfrente quien va a hablar? -Se ha levantado, se arregla el solideo, echa atrás la capa. ¿Le conoce usted? -Yo no. -Ni yo. Oigamos qué dice. -Dice que sería prudente adoptar una serie de proposiciones que tiene escritas en un papelito. -Bueno: léanos usted ese papelito, señor cura. -Parece que hablará primero. -¿Pero quién es? -Parece un santo varón. En los palcos inmediatos corría de boca en boca un nombre que llegó hasta el nuestro. El orador era D. Diego Muñoz Torrero. Señores oyentes o lectores, estas orejas mías oyeron el primer discurso que se pronunció en asambleas españolas en el siglo XIX. Aún retumba en mi entendimiento aquel preludio, aquella voz inicial de nuestras glorias parlamentarias, emitida por un clérigo sencillo y apacible, de ánimo sereno, talento claro, continente humilde y simpático. Si al principio los murmullos de arriba y abajo no permitían oír claramente su voz, poco a poco fueron acallándose los ruidos y siguió claro y solemne el discurso. Las palabras se destacaban sobre un silencio religioso, fijándose de tal modo en la mente que parecían esculpirse. La atención era profunda, y jamás voz alguna fue oída con más respeto. -¿Sabe usted, amiga mía -dijo en un momento de descanso doña Flora- que este cleriguito no lo hace mal? -Muy bien. Si todos hablaran así, esto no sería malo. Aún no me he enterado bien de lo que propone. -Pues a mí me parece todo lo que ha dicho muy puesto en razón. Ya sigue. Atendamos. El discurso no fue largo, pero sí sentencioso, elocuente y erudito. En un cuarto de hora Muñoz Torrero había lanzado a la faz de la nación el programa del nuevo gobierno, y la esencia de las nuevas ideas. Cuando la última palabra expiró en sus labios, y se sentó recibiendo las felicitaciones y los aplausos de las tribunas, el siglo décimo octavo había concluido. El reloj de la historia señaló con campanada, no por todos oída, su última hora, y realizose en España uno de los principales dobleces del tiempo.
Ep-8-IX - - (p.1349) Atención, que van a leer el papelito. D. Manuel Luxán leyó. -¿Se ha enterado usted, amiga doña Flora? -¿Acaso soy sorda? Ha dicho que en las Cortes reside la Soberanía de la Nación. -Y que reconocen, proclaman y juran por rey a Fernando VII.. -Que quedan separadas las tres potestades.. no sé qué terminachos ha dicho. -Que la Regencia que representa al Rey o sea poder ejecutivo preste juramento. -Que todos deben mirar por el bien del Estado. Eso es lo mejor, y con decirlo, sobraba lo demás. -Ahora se levanta gran tumulto entre ellos, amiga mía. -Van a disputar sobre eso. Pues no levantará mal cisco el cleriguito. ¿Cómo se llama?.. -D. Diego Muñoz Torrero. -Parece que vuelve a hablar. En efecto, Muñoz Torrero pronunció un segundo discurso en apoyo de sus proposiciones. -Ahora me ha gustado más, mucho más, señora condesa -dijo la de Cisniega-. A este hombre le haría yo obispo. ¿No es justo y razonable lo que ha dicho? -Sí, que las Cortes mandan y el rey obedece. -De modo, que según la Soberanía de la Nación, el gobierno del reino está dentro de este teatro. -Ahora le toca a Argüelles, amiga mía. Lo que me gusta es que todos dicen que están de acuerdo. ¿Para cuándo dejan el disputar? -Al principio todo es mieles. Repare usted que estamos en el primer acto. -Ahora habla Argüelles. -¡Oh, qué bien! ¿Ha conocido usted muchos predicadores que se expresen con esa elegancia, esa soltura, esa majestad, ese elevado tono, el cual nos sorprende y embelesa de tal modo que no podemos apartar la atención del orador, encantándose igualmente con su presencia y voz, la vista y el oído? -¡Cosa incomparable es esta! -expresó con entusiasmo doña Flora-. Diga usted lo que quiera, han hecho muy bien en traer a España esta novedad. Así todas las picardías que cometan en el gobierno se harán públicas, y el número de los tunantes tendrá que ser menor. -Sospecho que esto va a ser más brillante que útil -repuso la condesa-. Oradores creo que no faltarán. Hoy todos han hablado bien; ¿pero acaso es tan fácil la (p.1350) obra como la palabra? Y de este modo iban comentando los discursos que sucedieron al de Muñoz Torrero, los cuales alargaban tanto la sesión, que bien pronto se hizo de noche y el teatro fue encendido. No por la tardanza se cansaron las dos damas, quienes, como el resto de la concurrencia, permanecieron en sus asientos hasta entrada la noche, gozando de un espectáculo que hoy a pocos cautiva por ser muy común, pero que entonces se presentaba a la imaginación con los mayores atractivos. Los discursos de aquel día memorable dejaron indeleble impresión en el ánimo de cuantos los escucharon. ¿Quién podría olvidarlos? Aún hoy, después que he visto pasar por la tribuna tantos y tan admirables hombres, me parece que los de aquel día fueron los más elocuentes, los más sublimes, los más severos, los más superiores entre todos los que han fatigado con sus palabras la atención de la madre España. ¡Qué claridad la de aquel día! ¡Qué oscuridades después, dentro y fuera de aquel mismo recinto, unas veces teatro, otras iglesia, otras sala, pues la soberanía de la nación tardó mucho en tener casa propia! Hermoso fue tu primer día, ¡oh, siglo! Procura que sea lo mismo el último. Ya avanzada la noche, corrió un rumor por las tribunas. Los regentes iban a jurar, obligados a ello por las Cortes. Era aquello el primer golpe de orgullo de la recién nacida soberanía, anhelosa de que se le hincaran delante los que se conceptuaban reflejo del mismo Rey. En los palcos unos decían: «Los regentes no juran»: y otros: «Vaya si jurarán». -Yo creo que unos jurarán y otros no -dijo Amaranta-. Ellos han intentado tener de su parte el pueblo y la tropa; pero no han encontrado simpatías en ninguna parte. Los que tengan un poco de valor, mandarán a las Cortes a paseo. Los débiles se arrastrarán en ese escenario, donde me parece que resuena todavía la voz del gracioso Querol y de la Carambilla, y besarán el escabel donde se sienta ese vejete verde, que es, si no me engaño, don Ramón Lázaro de Dou. -¡Que juren! Con eso no habrá conflictos. (p.1351) Parece que hay tumulto abajo. -Y también arriba, en el paraíso. El pueblo cree que está viendo representar el sainete de Castillo La casa de vecindad, y quiere tomar parte en la función. ¿No es verdad, Araceli? -Sí señora. Ese nuevo actor que se mete donde no le llaman, dará disgustos a las Cortes. -El pueblo quiere que juren -dijo Flora. -Y querrá también que se les ponga una soga al cuello y se les cuelgue de las bambalinas. -Y fuera también hay marejadita. -Me parece que esos que han entrado en el escenario son los regentes. -Los mismos. ¿No ve usted a Castaños, al viejo Saavedra? -Detrás vienen Escaño y Lardizábal. -¡Cómo! -exclamó la condesa con asombro-. ¿También jura Lardizábal? Ese es el más orgulloso enemigo de las Cortes, y andaba por ahí diciendo a todo el mundo que él se guardaría las Cortes en el bolsillo. -Pues parece que jura. -Ya no hay vergüenza en España.. Pero no veo al obispo de Orense. -El obispo de Orense no jura -murmuraron las tribunas en rumoroso coro. Y en efecto, el obispo de Orense no juró. Hiciéronlo humildemente los otros cuatro, con mala gana sin duda. La opinión pública en general estaba muy pronunciada contra ellos. Levantose la sesión, y salimos todos, oyendo a nuestro paso las opiniones del público sobre el suceso que había puesto fin al solemne día. Casi todos decían: -¡Ese testarudo vejete no ha querido jurar! Pero el juramento con sangre entra. -Que lo cuelguen. No acatar el decreto que se llamará de 24 de Setiembre, es dar a entender que las Cortes son cosa de broma. -Yo me quitaba de cuentos, y al que no bajara la cabeza, le mandaría prender, y después.. -Si esos señores no quieren más que gobierno absoluto.. En cambio otros, los menos por cierto, se expresaban así: -¡Magnífico ejemplo de dignidad ha dado el obispo a sus compañeros! Humillar el poder real ante cuatro charlatanes.. -Veremos quién puede más -decían unos. -Veremos quién más puede -respondían los otros. Los dos bandos que habían nacido años antes y crecían lentamente, aunque todavía débiles, (p.1352) torpes y sin brío, iban sacudiendo los andadores, soltaban el pecho y la papilla y se llevaban las manos a la boca, sintiendo que les nacían los dientes.
Ep-8-X - Despedime de Amaranta y su amiga, prometiendo visitarlas al día siguiente, como en efecto lo hice. En un café de Cádiz juntóseme D. Diego, quien al punto renovó sus promesas de llevarme a la casa materna, en lo cual le di tanta prisa, que fijamos para el próximo día la visita. También hice una a lord Gray, al cual hallé sin variación alguna, y como le dijese que yo pensaba ir a casa de doña María, se sorprendió, asegurándome después que él iba todas las noches. Cuando llegó el anochecer del día indicado, fuimos Rumblar y yo, previa repetición de las advertencias que el caso requería. -Ten mucho cuidado -me dijo- de fingirte mojigato, si no quieres que te echen a la calle. Mis hermanas(5), a quien dije que estabas aquí, desean que vayas; pero no te la eches de galante con ellas. Mucho cuidado con aludir a mis salidas de noche, porque lo hago a escondidas de mi señora mamá. A los señores que veas allí, trátales cual si fueran lumbreras de la patria y prodigios de talento y virtudes. En fin, confío en tu buen sentido. Llegamos a la casa, que estaba en la calle de la Amargura y era de hermosa apariencia. Vivía en el piso alto la de Leiva y en el principal la de Rumblar, quien por el reciente reumatismo de su ilustre parienta, ejercía el cargo de jefe y director supremo de la familia con toda la extensión propia de su carácter. Al entrar y subir detúvonos un lejano y solemne rumor de rezos, y D. Diego dijo: -Aguardemos aquí; que están rezando el rosario con Ostolaza, Tenreyro y D. Paco. A este ya le conoces. Los otros son diputados, que vienen aquí todas las noches. Mientras aguardábamos observé la casa, que era alegre y bonita como todas las de Cádiz. Espaciosas vidrieras cerraban el corredor por el patio, y en las paredes no se veía un palmo de superficie desocupado de cuadros al óleo, representando asuntos diversos, y confundidos los religiosos con los (p.1353) profanos. Al fin, concluido el rezo, tuve el honor de entrar en la sala, donde estaba doña María con sus dos niñas, D. Paco y tres caballeros más que yo no conocía. Recibiome la de Rumblar con cierta cortesanía ceremoniosa y un tanto finchada, pero afablemente y mostrándome benevolencia de alto a bajo, es decir, entre generosa y compasiva. Las niñas, observando el ritual a que estaban acostumbradas, me hicieron una reverencia, sin desplegar los labios; D. Paco, tan pedante en Cádiz como en Bailén, hízome grandilocuentes cumplidos y los demás personajes miráronme con recelosa prevención, sin mostrarme urbanidad más que con algunas rígidas inclinaciones de cabeza. -Has llegado tarde al rosario -dijo doña María a D. Diego después que me indicó un asiento. -¿Pero no dije a usted -respondió el joven- que lo rezaba esta tarde en el Carmen Calzado? De allí vengo ahora, junto con Gabriel, que volvía de confesarse con el padre Pedro Advíncula. -¡Qué excelente sujeto es el padre Pedro Advíncula! -me dijo en tono sumamente ponderativo doña María. -No existe otro en toda la redondez de Cádiz -respondí- con especialidad para lo tocante al confesonario. ¿Pues y en el púlpito? ¿Y quién le echará la zancadilla a cantar una epístola? -Es verdad. -A mí me cautiva oírle cantar la epístola -repitió D. Diego. -Yo celebro mucho -me dijo doña María- los grandes adelantamientos que ha hecho usted en su carrera. Me incliné ante la matrona con el mayor respeto. -Toda persona de rectitud y caballerosidad, atenta al buen servicio de la religión y del rey -continuó- no puede menos de encontrar premio a su trabajo. Yo sentí mucho que mi hijo no siguiese en el ejército algún tiempo más.. -Harto trabajamos Gabriel y yo junto al puente de Herrumblar -dijo D. Diego-. Verdaderamente, señora madre, si no es por nosotros.. Ello fue que hicimos un movimiento con nuestro escuadrón en tales términos que.. ¿te acuerdas, Gabriel? Francamente, si no es por nosotros.. -Calla, vanidoso -dijo doña María-. Más ha hecho (p.1354) el señor que tú y no se alaba de ello. La propia alabanza es cosa ruin e indigna de personas bien nacidas. ¿Estará mucho en Cádiz el Sr. D. Gabriel? -Hasta que concluya el sitio, señora. Después pienso dejar las armas y seguir en mi ardiente vocación, que me impele a la carrera de la Iglesia. -Alabo mucho su resolución, y esclarecidos santos tiene el cielo, que primero fueron valientes soldados, como San Ignacio de Loyola, San Sebastián, San Fernando, San Luis y otros. -¿Ha estudiado usted teología? -me preguntó un señor de los presentes. -Mi maleta de campaña no contiene más que libros de teología, y desde que tengo un rato de vagar, entre batalla y batalla, me harto de leer una materia que es para mí más grata que las mejores novelas. Las tristes horas de la guardia me dan espacio y tiempo para mis meditaciones. -Asunción, Presentación -dijo doña María con entusiasmo-, aquí tenéis un ejemplo que debe sorprenderos y admiraros. Asunción y Presentación, al oír que yo era una especie de santo, me contemplaron con admiradas. Yo las miré también. Estaban tan bonitas, más bonitas que en Bailén; pero oprimidas bajo la exagerada pesadumbre de la autoridad materna, sus hermosos ojos estaban llenos de tristeza. Sin que su madre lo advirtiera, dijéronse algunas palabras por lo bajo. -¿Y qué nuevas nos trae usted de la Isla? -me preguntó doña María. -Señora, ayer se inauguró esa jaula de locos. Ya sabrá usted que el señor obispo de Orense se ha negado, con pretexto de enfermedad, a jurar ante las Cortes. -Y ha hecho perfectamente. En verdad no se concibe que haya gente tan loca.. Antes del rosario nos explicaba el Sr. Ostolaza lo que entienden ellos por la soberanía de la nación, y nos hemos horripilado. ¿Verdad, niñas? -¡Dios nos tenga en su mano! -exclamé yo-. Y ahora se susurra que nos van a dar lo que llaman libertad de la imprenta, que consiste en permitir a cada uno escribir todas las maldades que quiera. -Y luego hablan de vencer al francés. -Los excesos de nuestros políticos -dijo Ostolaza- (p.1355) excederán con mucho a los de la revolución francesa. Acuérdese usted de lo que le digo. Observé entonces a aquel hombre, el mismo que tanto figuró después en la camarilla del rey, durante la segunda época constitucional, y puedo decir que era grueso, de cara redonda, coloradota y reluciente, mirar provocativo, hablar chillón y ademanes desembarazados y casi siempre descompuestos. Junto a él estaba el llamado Teneyro, diputado también, cura de Algeciras, hombre con pretensiones y fama de gracioso, aunque más que a la agudeza de los conceptos, debía esta al ceceo con que hablaba; de cuerpo mezquino, de ideas estrafalarias, tan pronto demagogo furibundo, como absolutista rabioso; sin instrucción, sin principios ni más conocimientos que los del toque del órgano, cuyo arte medianamente poseía. El tercero, D. Pablo Valiente, no era ridículo, ni en el trato ordinario se distinguía por cosa alguna chocante, en maneras o en lenguaje. Contestando a Ostolaza, dije yo con el acento más grave que me era posible: -¡El cielo se apiade de nuestra infortunada nación, y nos traiga pronto a nuestro amado monarca D. Fernando el VII! El nombre del soberano lo acompañé de una reverencia tan exagerada que casi hube de besarme las rodillas. -Pues se dice por ahí -indicó Teneyro- que van a procesar al obispo de Orense. -No se atreverán a ello -repuso Valiente, sacando su caja de tabaco y ofreciendo del oloroso polvo a los circunstantes. -¿A qué no se atreverá, señores.. señores, a qué no se atreverá esta desalmada grey de filósofos y ateístas? -exclamé yo mirando al techo. -Señor oficial -me dijo doña María-, es indudable que ustedes los militares tienen la culpa de que los cortesanos.. así los llamo yo.. estén tan ensoberbecidos. Dicen que la Regencia tanteó a la tropa para dar un golpe, pero la tropa no quiso ponerse de su parte. -La tropa -dijo Ostolaza- ha cometido la falta de inclinarse al populacho. -Lo que no se ha hecho, señores -dije yo con profético tono- se hará. Y repetí varias veces, mirando a todos lados, el enérgico (p.1356) «se hará». -Si todos fueran como tú, Gabriel -me dijo don Diego- pronto acabarían las picardías que estamos viendo. -¿Durarán las Cortes hasta el mes que viene, señor de Valiente? -preguntó la de Rumblar. -Durarán algo más, señora. A no ser que los franceses envalentonados con nuestras discordias, entren en Cádiz, y hagan con todos los que aquí estamos un picadillo. Yo he dicho que la soberanía de la nación por un lado y la libertad de la imprenta por otro, son dos obuses cargados de horrorosos proyectiles que nos harán más daño que los que ha inventado Villantroys. -Caballero -dije yo afeminadamente-, esa comparacioncita es exacta y procuraré retenerla en la memoria. -Deploro tantos errores -dijo la dueña de la casa-. Pero aquí, Sr. D. Gabriel, no tomamos a pecho la política, y los que en casa se reúnen no hacen más que departir discretamente sobre el mal gobierno y los filosofastros. Yo no me ocupo más que del matrimonio de mi querido hijo, que se efectuará en breve, y de completar la educación religiosa de mi hija -señaló a Asunción- que debe entrar muy pronto en un convento de Recoletas, siguiendo su decidida e inquebrantable inclinación. Ocupaciones son estas que llenan alegremente mi cansada vida, y a las que me consagro con el mayor celo. Asunción había bajado los ojos, y Presentación me miraba, queriendo leer en mi cara el efecto que me producían las palabras de su mamá. -¿Enviasteis recado a Inés? -preguntó doña María-. Diego, tu futura esposa estará sin duda enojada contigo, por tu mal comportamiento y desaplicación. Necesario es que varíes de conducta. Ahora, cuando baje, puedes manifestarle con palabras tiernas tu propósito de no ofenderla más, como lo has hecho saliendo a la calle por las tardes en la hora que tengo dispuesto hables con ella y le recites alguna fábula bonita o poesía instructiva. Yo, señor D. Gabriel -y se dirigió a mí de nuevo-, no gusto de tiranizar a la juventud. Conozco que es preciso ser tolerante con los muchachos, sobre todo cuando llegan a cierta edad, y sé muy bien que (p.1357) los tiempos presentes exigen algo más de holgura que los pasados en los lazos que atan a los jóvenes con sus familias. »Con estos principios, permito a mi nuera que baje a la tertulia y platique con personas finas y juiciosas sobre asuntos profanos, porque una muchacha destinada al siglo y a dar lustre a una gran casa como la suya, no debe ser criada con aquel encogimiento y estrechez que tan bien sienta en la que sólo ha de vivir en su casa, bien reducida a un decoroso celibato, bien instruyéndose para servir a Dios en el mejor y más perfecto de los estados. Mis dos niñas viven aquí gozosas sin apetecer bailes, ni paseos, ni teatros. No soy yo enemiga tampoco de que se diviertan, ni crea usted que estoy siempre con el rosario en la mano, haciéndolas rezar y aburriéndolas con un excesivo manoseo de las cosas santas, no. También aquí se habla de cosas mundanas, siempre con el debido comedimiento. A veces tengo que imponer silencio, mandando que cesen las controversias sobre teología, porque lord Gray, que viene aquí muy a menudo, gusta de tratar con desenvoltura asuntos muy delicados. -Como que anoche -dijo D. Paco inoportunísimamente- dio en afirmar que no comprendía el misterio de la Encarnación, para que la señorita Asunción se lo explicara. -Estoy hablando yo, Sr. D. Paco -dijo con firmeza y enojo la condesa-. Nada importa ahora lo que lord Gray hiciera o dejase de hacer anoche.. Pues como decía, aquí viene lord Gray, un sujeto respetabilísimo y tan formal y circunspecto, que no hay otro que se le iguale. Ellas se entretienen oyéndole contar sus aventuras. ¿Conoce usted a lord Gray? -Sí, señora. Es un hombre muy digno y temeroso de Dios. ¿Pero no saben ustedes que parece inclinado a convertirse al catolicismo? -¡Jesús y qué me dice usted! -exclamó con asombro y júbilo doña María-. Aquí se ha tratado algunas veces este punto, y las niñas y yo le hemos exhortado a que tome tan saludable determinación. -Como suelo pasarme las horas muertas en el Carmen Calzado -dije yo- (p.1358) he visto entrar varias veces a lord Gray en busca del padre Florencio, que es el mejor catequizador de ingleses que hay en todo Cádiz. -Lord Gray no ha de faltar esta noche -dijo doña María-. Y usted, Sr. D. Gabriel, ¿no nos acompañará algunos ratitos? -Señora -respondí- de buen grado lo haría; pero mis ocupaciones militares y la necesidad que tengo de despachar de una vez todo el capítulo de prescientia, que es el más difícil de todos, me retendrán en la Isla. -¿Y qué opina usted de la prescientia? -me preguntó Ostolaza cuando yo estaba muy lejos de esperar semejante embestida. -¿Qué opino yo de la prescientia? -dije tratando de no turbarme para contestar alguna ingeniosa vulgaridad que me sacase del compromiso. -Opinará lo mismo que San Agustín, secundum Augustinus -indicó oficiosamente D. Paco, que anhelaba mostrar su erudición. -Ya están las niñas con cada ojo.. -dijo doña María observando que sus hijas atendían a la planteada discusión con demasiado interés-. Niñas, dejad a los hombres que debatan estas cosas tan intrincadas. Ellos se sabrán lo que se dicen. No abrir tales ojazos, y miren los cuadros y las pinturas del techo, o hablen conmigo, preguntándome si se me alivia el dolor del hombro. -Lo mismo que San Agustín -indicó don Diego-. Opinará como San Agustín y como yo. -Según y conforme -dije recapacitando-. ¿Ustedes piensan como San Agustín? Ostolaza, Teneyro y D. Paco se desconcertaron. -Nosotros.. -Supongo que conocerán los nuevos tratados.. A este punto llegaba la controversia, cuando entró lord Gray a sacarme del apuro. No pudiera llegar en mejor ocasión. Recibiéronle doña María y sus tertulios con la mayor cordialidad y agasajo, y él saludó a todos con afectado encogimiento. Tal vez extrañará alguno de los que me oyen o me leen, que con tan buena amistad fuera recibido un extranjero protestante en casa donde imperaban ciertas ideas con absoluto dominio; pero a esto les contestaré que en aquel tiempo eran los ingleses objeto de cariñosas (p.1359) atenciones, a causa del auxilio que la nación británica nos daba en la guerra; y como era opinión o si no opinión, deseo de muchos, que los ingleses, y mayormente los hermanos Wellesley, no veían con buenos ojos la novedad de la proyectada Constitución, de aquí que los partidarios del régimen absoluto trajeran y llevaran con palio a nuestros aliados. Lord Gray además con su ingeniosísima labia, su simpático carácter, y también poniendo en práctica estudiadas artimañas y mojigaterías, como yo, había conseguido hacerse respetar y querer vivamente de doña María. Además solía ridiculizar con gran desenfado las ceremonias protestantes. Mientras lord Gray respondía a ciertas enfadosas preguntas que le hizo Ostolaza, doña María llamó a sus hijas y dijo a Asunción, no tan por lo bajo que yo dejase de oírlo: -Mira, Asunción, habla con lord Gray un ratito; coge con disimulo el tema de la religión y sondéale, a ver si es cierto que está dispuesto a abjurar sus errores, por abrazarse a nuestra santa doctrina. En aquel instante sentí ruido de pasos y entró Inés. ¡Dios mío, qué guapa estaba, pero qué guapa! No recuerdo si en el libro anterior hablé a ustedes de la soltura, de la elegancia, de la armoniosa proporcionalidad que el completo desarrollo había dado a su bella figura. Además de esto, encontrábale mayor animación en el rostro, y una grata expresión de conformidad y satisfacción, no menos simpática que su antigua tristeza, resto de la miserable y ruin vida de la infancia. Observándola, consideré cuánto había ganado en encantos y atractivos aquella criatura, añadiendo a sus bellezas naturales, a su discreción e ingénito saber, la dulce cortesanía y las gracias que infunde el trato frecuente con personas distinguidas y superiores. En su cara advertí el extraño realce que da la conciencia del propio mérito, lo cual no es lo mismo que vanidad. No parecía haber perdido la hermosa modestia que la hacía tan simpática; pero sí aquella especie de encogimiento, aquel desmedido amor a la oscuridad, que emanaban del malestar (p.1360) hallado en su repentino cambio de fortuna. Había adquirido lo que le faltaba cuando la vi en Córdoba y en el Pardo, el perfecto conocimiento de su posición y las mil menudencias personales, accidentes casi imperceptibles de la voz, del gesto, de la mirada con que el individuo da a entender claramente que se halla donde debe hallarse. Estaba más alta, un poco más gruesa, con el color menos pálido, la boca más risueña, los ojos no menos seductores y arrebatadores que los de su madre, célebres en toda la redondez de España, la voz más segura, sonora y grave, y el conjunto de su persona respirando firmeza, vida, soltura y nobleza. ¡Oh imagen tan perfecta vista como soñada! ¿Fue suerte o desgracia haberte conocido?
Ep-8-XI - Inés, no indiferente a mi presencia, según comprendí, pero tampoco sorprendida, debía saber que yo estaba allí. -¡Ah! -exclamé con despecho para mis adentros-. La muy pícara aunque la llamaron, no bajó hasta que vino el maldito inglés. Doña María me presentó ceremoniosamente a ella diciendo: -A este caballero le conocimos en nuestra casa de Bailén cuando la célebre batalla. Es amigo del que va a ser tu marido; allí pelearon juntos con tan buena suerte, que, según afirma Diego, si no es por ellos.. -Gabriel es un gran militar -dijo don Diego-. ¿Pero no le conoces tú? Es amigo de tu prima la condesa. Doña María frunció el ceño. -En efecto -dije yo- tuve el honor de conocer en Madrid a la señora condesa. Ambos teníamos un mismo confesor. Yo solicité de la señora condesa que me consiguiese una beca en el arzobispado de Toledo; pero después me vi obligado a servir al rey, y salí de la corte. -Este joven -añadió doña María- nos acompañará algunas noches, robando tal cual rato a sus estudios religiosos y a las meditaciones místicas que le traen tan absorbido. Hoy el servicio de las armas le obliga a sofocar su ardiente vocación; pero cantará misa después de la guerra. ¡Noble ejemplo que debieran imitar la mayor parte de los militares! Yo me complazco, hija mía, en que se reúnan aquí (p.1361) personas formales y de excelentes y sólidos principios. Caballero -añadió encarando conmigo-, esta damisela es mi futura nuera, prometida esposa de este mi amado hijo don Diego. Inés me hizo una profunda reverencia. Se sonrió al mismo tiempo, comprendiendo el astuto ardid de mi fingida religiosidad. ¿En tanto dónde estaba lord Gray? Extendí la vista y le vi tras el respaldo del monumental sillón de doña María, muy enfrascado en estrecha plática con Asunción, que sin duda le estaba convenciendo de la superioridad del catolicismo con respecto al protestantismo. A cada paso apartaba él los ojos de su interlocutora para mirar a Inés. -Bien decía el tunante -observé para mí- que se valía de las discretas amigas. La otra con su santidad es quien les lleva y trae los recaditos. Inés me dijo con dulce ironía: -Celebro mucho que esté usted tan decidido a seguir la carrera eclesiástica. Hace usted bien, porque hoy no hacen falta militares, sino buenos clérigos. El mundo está tan pervertido, que no lo curarán las espadas sino las oraciones. -Esta afición la tengo desde muy niño -repuse- y nadie puede apartarla de mí porque sobrevive a todas mis alternativas y desgracias. Inés miraba a cada instante el grupo formado por el inglés y Asunción. También doña María volvió allá los ojos, y dijo: -Hija, basta ya. No marees al buen lord Gray. Ven a mi lado. La muchacha acudió al lado de su madre, y al mismo tiempo Inés, por indicación muda de la condesa, pasó al lado del inglés. Yo estaba asombrado de aquel ir y venir y del incomprensible diálogo de expresivas miradas que las muchachas tenían constantemente, trabado entre sí. Me propuse observar atentamente, para descubrir los misterios que allí pudieran existir; pero doña María distrajo mi atención, diciéndome: -Sr. D. Gabriel, usted, como persona casi divorciada del siglo, aunque en su continente y rostro no se advierte nada que lo indique, comprenderá que en estas recatadas tertulias de mi casa no se puede tener con las muchachas la licenciosa (p.1362) tolerancia que madres inadvertidas y ciegas tienen con sus hijas en otras familias. Por eso verá usted que apenas permito a mis niñas hablar un poco con Ostolaza, con lord Gray o con usted, si bien ha habido noches en que les he consentido conversaciones de quince minutos en distintas horas. Comprendo que mi sistema, aunque no es riguroso, será criticado por los que dan rienda suelta a los impulsos naturales de la juventud. Pero no me importa. Usted me hace justicia sin duda y alaba la prudencia de mi proceder. -Seguramente, señora -respondí con afectación y pedantería- ¿qué cosa más sabia, ni más prudente puede haber que prohibir en absoluto a las niñas toda conversación, diálogo, mirada o seña con hombre que no sea su confesor? ¡Oh, señora condesa, parece que ha adivinado usted mi pensamiento! Como usted, yo he observado la corrupción de las costumbres, hija de la desenvoltura francesa; como usted, he observado el descuido de las madres, la ceguera de los padres, la malicia de las tías, la complicidad de las primas y la debilidad de las abuelas; y he dicho: «orden, rigor, cautela, reclusión, tiranía, o si no dentro de poco la sociedad se precipitará en los abismos del pecado». Nada, nada, señora condesa, yo lo aconsejo a todas las madres de familia que conozco, y les digo: «mucho cuidado con las niñas mientras sean solteras. Después de casadas, allá se entiendan ellas, y si quieren tener dos docenas de cortejos, háganlo». -En todo estamos de acuerdo -dijo doña María- menos en esto último, pues ni de solteras ni de casadas, les tolero la inmoralidad. ¡Ay, yo tengo ideas muy raras, Sr. D. Gabriel! Me asombro de ver por ahí madres muy cristianas, que celando hasta lo sumo las hijas solteras, ven con indiferencia los pecadillos de las casadas. Yo no soy así; por eso no quiero que se casen mis niñas; no, jamás, jamás. Casadas estarían libres de mi autoridad, y aunque no las creo capaces de nada malo, la idea de que pueden cometer una falta, siéndome imposible castigarla, me horripila. -El gran sistema es el mío, señora; este sistema que (p.1363) no ceso de recomendar a todas las madres que conozco. Orden, rigor, silencio, encierro perpetuo y esclavitud constante. Mis lecturas y meditaciones me han inspirado estas ideas. -Son también las mías. Mi hija Asunción entrará pronto en un convento, y Presentación está destinada a ser soltera, porque así lo he resuelto yo. -Cosa justísima y naturalísima que usted haya resuelto eso. -Siendo el destino de la una el claustro y de la otra el celibato, ¿a qué viene el consentirles conversaciones con los jóvenes? -Es claro.. a qué viene.. No aprenderían más que cosas malas, pecados.. ¡y qué pecados! -Pero como es preciso transigir un poquito con las costumbres, que exigen cierta licencia, suele írseme la mano en esto del rigor. Ya ve usted, a casa suelen venir algunas personas muy distinguidas, honestas y prudentes, sí, pero de mundo. Necesito contemporizar con ellas, por no aparecer gazmoña, intolerante y extremada. Felizmente baja todas las noches a mi tertulia, Inés, a quien como muy próxima a ser mujer casada, puede permitirse que sostenga coloquios tirados con tal cual persona decente y bien nacida. Si no fuera por ella, lord Gray se aburriría grandemente en casa. ¿No cree usted, que a una muchacha que va a ser mayorazga y que ocupará posición muy encumbrada en la corte, se le debe dar cierta libertad? -Todas las libertades, señora, todas. ¡Una mayorazga! Pues digo; si me la hacen camarista de reina, o dama de honor de emperatrices, ¿qué ha de hacer sin la desenvoltura, el desenfado, la astucia que el buen servicio y concierto de los palacios exige? -Cierto; a cada cual se le debe educar según su destino. En posiciones elevadísimas no puede sostenerse todo el rigor de los principios, según dice la gente, aunque ciertas leyes sí deben regir en todas partes. Sin embargo, como así viene de atrás, debemos respetar la obra de nuestros mayores, quienes harto supieron lo que se hacían. -Justamente. -Pero me parece que se prolonga demasiado la conversación de Inés con lord Gray, y voy a hacer que hablen en corrillo donde (p.1364) les oigamos todos. Sr. D. Gabriel, ni un momento debe abandonarse el ejercicio de la prolija autoridad materna. ¡La autoridad! ¿Qué sería del mundo sin la autoridad? -En efecto, ¿qué sería? ¡El caos, el abismo! Doña María, que reglamentaba los diálogos de sus tertulias como mueve y ordena un general experto los movimientos de una batalla campal, dispuso que Inés continuase hablando con lord Gray, y que Presentación pegase la hebra con Ostolaza. En tanto Asunción charlaba en voz bastante alta con su hermano, diciéndole cosas cuyo sentido no pude entender. Ostolaza, Teneyro y D. Paco estaban muy metidos en lenguas disertando sobre los grandes males de la educación a la moderna, y forzosamente me enredaron en su coloquio, teniendo ocasión de lucir mi intolerancia, y un poco de cierta erudicioncilla trasnochada que yo tenía para el caso. Poco después volví al lado de doña María a punto que don Diego, apartándose de su hermana, hacía lo mismo, y le oí decir: -Señora madre, a ser usted, yo no permitiría a Inés tantas intimidades con lord Gray. Francamente, señora, esto no me gusta, y menos cuando veo que la que va a ser mi mujer, se está los minutos de Dios oyéndole y contestándole sin pestañear. -Diego -manifestó doña María con severo acento-. Me enfada la bajeza de tus conceptos, que indican la ruindad de tus juicios. Si Inés fuera tu hermana, podrías tener esos escrúpulos; pero siendo tu futura esposa, cuanto has dicho es ridículo. Una gran señora, ¿ha de ser encogida y corta de genio como una novicia de convento? D. Diego, oído esto, se acercó de muy mal talante a sus hermanas. -Sr. de Araceli -me dijo doña María- la juventud es así. Comprendo los celillos de mi hijo. Verdaderamente Inés se alarga demasiado con lord Gray. Aunque le supongo a usted poco aficionado a perder el tiempo conversando con muchachas frívolas, hágame el favor de departir un rato con mi futura nuera. Doña María miró a Inés con enojo, y dirigiéndose luego a lord Gray, le llamó con afectuosa súplica. Inés (p.1365) quedó sola y acudí hacia ella. Por primera vez durante la tertulia hallaba ocasión de poderle hablar lejos de los demás, y la aproveché con presteza. Ella, anticipándose al afán con que yo iba a hablarle, me dijo: -¿Mi prima te ha mandado aquí? ¿Me traes algún recado de ella? -No -respondí-. No me ha mandado tu prima. No he venido por traerte recado alguno. He venido porque he querido, y por el deseo de verte y de saber por mí mismo que me has olvidado. -Por Dios -me contestó disimulando su emoción-. Repara dónde estás. La condesa no cesa de observarme. Aquí es preciso fingir a todas horas, y disimular los pensamientos. ¿Por qué no has venido antes? Pero di: ¿mi prima no te ha dado ningún recado? -¿Qué me importa tu prima? -exclamé con enfado-. Tú no sospechabas que viniera a sorprenderte. -¿Pero estás loco?, doña María no me quita los ojos. -Vaya al diantre doña María. Respóndeme, Inés, a lo que te pregunto, o gritaré y escandalizaré para que nos oigan hasta los sordos. -Pero si no me has preguntado nada. -Sí te he preguntado. Pero tú haces que no oyes, y no quieres responderme. -No nos entendemos -repuso llena de confusiones, y mortificada por la observación tenaz de doña María-. ¿Vendrás todas las noches? Aquí es preciso mucha cautela. Para respirar necesito pedir la venia a la señora. Ten prudencia, Gabriel; también D. Diego nos mira. Haz de modo que doña María y los murciélagos crean que estamos a hablando de religión, o de los cuadros de la pared o de esa gran grieta que hay en el techo. Aquí es preciso hacerlo todo así. No te expreses con vehemencia. Ponte risueño y mira a las paredes diciendo: «¡Qué bonitas láminas! Allí están Dafne y Apolo». -Pero ¿es preciso ser cómico para entrar aquí? -Sí; es preciso estar siempre sobre las tablas, Gabriel; fingiendo y enredando. Esto es muy triste. -Pues lord Gray no disimula. -¿Eres amigo de lord Gray? -Sí, y me lo ha contado todo. -Te lo ha dicho.. -exclamó confusa-. ¡Qué hombre tan indiscreto! Y yo le había encargado la (p.1366) mayor prudencia.. Por Dios, Gabriel, no pronuncies una palabra, ni un gesto que puedan dar a conocer lo que te ha contado lord Gray. ¡Qué indiscreción! Hazme el favor de olvidar lo que te ha dicho. ¿Él te ha traído aquí? -No; he venido con D. Diego. He querido saber por ti misma que ya no me amas. -¿Qué estás diciendo? -Lo que oyes. Ya lo sabía; pero a mí me hacía falta oírlo de tus propios labios. -Pues no lo oirás. -Ya lo he oído. -Por Dios, disimula. Ahora, Gabriel, alza la vista y di: «¡Qué terrible grieta se ha abierto en el techo!». ¿Con que no te quiero yo? ¿Sabes que no lo había advertido? Y en tanto tiempo ¿qué has hecho tú? ¿Has estado en el sitio de Zaragoza? Aquello sería un paraíso; no estaba allí doña María. -No he vivido más que para ti; y si alguna vez he hecho un esfuerzo para subir un peldaño en la escala del mundo, hícelo sólo con el deseo de llegar, si no a valer tanto como tú, al menos a ponerme en condición tal, que no se rieran de mí cuando te miraba. -Mentiroso, tú también has aprendido a disimular. Ni una sola vez te has acordado de mí en tanto tiempo.. Pero no te acerques tanto. Cuidado, no me tomes la mano. Parece que tienes fuego dentro de los guantes. Doña María nos observa. -Yo no sé disimular como tú. Te he querido con toda mi alma, Inesilla, y con veinte almas más, porque una sola no basta para quererte como te quiero.. Dime con la mano puesta sobre el corazón si lo mereces tú; dímelo. -Pues no lo he de merecer -me contestó sonriendo-. Merezco eso y mucho más, porque me lo tengo ganado y pagado con interés y anticipación. ¿Pero no ve usted, Sr. D. Gabriel -añadió alzando la voz- qué hendidura tan grande es esa que hay en el techo? -Inés, si es verdad lo que me dices, dímelo otra vez, y alza la voz. Quiero que lo oigan doña María, D. Diego y los murciélagos. -Calla; por haber estado tanto tiempo sin verme, merecerías.. a ver, ¿que merecerías? -Bastante castigado estoy por los celos, por unos terribles celos que me han estado mordiendo el corazón, y me lo muerden todavía. -¡Celos! ¿De (p.1367) quién? -¿Me lo preguntas tú? De lord Gray. -Tú has perdido el juicio -dijo con precipitación y atropellándose en sus labios frases rápidas y confusas-. ¡Él lo dice!.. Tal vez.. Ese hombre me causará grandes pesadumbres. -¿Tú le amas? -Por Dios, habla bajo, disimula. -Yo no puedo disimular. Yo no estoy, como tú, educado en esta escuela de los fingimientos. Yo no puedo decir más que la verdad. -¿Has dicho que yo amo a lord Gray? Jamás he pensado en tal cosa. -¡Oh! ¿Qué haré para creerlo? Bajo la autoridad de doña María has aprendido de tal modo a disfrazar los pensamientos, que hasta se ocultan a mis ojos, tan acostumbrados, no sólo a leerlos, sino a adivinarlos. Ha desaparecido aquella claridad que te rodeaba, y que te hacía doblemente hermosa ante mí. Ya no hablas aquella palabra divina que ningún mortal, y menos yo, podía poner en duda. Ahora, Inés, me asegurarás una cosa, me la jurarás, y.. ¿qué quieres tú?, no lo creeré. ¡Maldita sea mil veces doña María que te ha enseñado a disimular! -Si te alteras de ese modo, no podremos hablar -repuso con agitación en voz baja; y luego, en voz alta, añadió-: Sr. D. Gabriel, estas estampas de Dafne y Apolo, de Júpiter y Europa son indecorosas, y hemos encargado a Sevilla una colección de santos para sustituirlas. Pero ¿qué has dicho de lord Gray? -prosiguió quedamente-. ¿Que le amo yo? ¡Oh, ese hombre me traerá alguna desgracia! No repara en nada. ¡Qué loca he sido! ¡Me encuentro comprometida! Gabriel, te suplico que olvides lo que te haya dicho lord Gray. Olvídalo, y a nadie, ni a tu confesor, hables de eso. Tú reconocerás que está lleno de seducciones y que no es extraño que su fantasía acalore y agite el alma de una.. Pero no hables de eso. Calla, por favor. -¿De veras no le amas? -No. -¿Ama a alguna otra de esta casa? -No sé.. calla.. no, a nadie de esta casa -respondió turbada-. Pero ¿no merezco que me creas? -No, casi no. -¿Me has conocido mentirosa? -No sé qué tiene esta casa y todos los que la viven. Me parece que en esta morada del disimulo y la (p.1368) mentira, ninguna cosa es como aparece. Mienten los que aquí moran; mienten los que aquí viven, y hasta yo he necesitado mentir para que me admitieran. Esta atmósfera está formada de falsedad y engaño. Los corazones, oprimidos por una autoridad insoportable, necesitan desfigurarse para que se les permita vivir. Esta casa, esta familia, a quien preside desde su sillón doña María, como el genio de la tristeza, no es para mí. Me ahogo, y deseo huir de este sitio. Veo aquí mil misterios, y sobre todos mis sentimientos domina uno, que es el más antipático y desagradable de todos: la desconfianza. El corazón se me oprime cuando considero que tú, Inesilla, tú me dices una cosa, me la juras y yo no la puedo creer. -Ten calma. Doña María no nos quita los ojos. D. Diego tampoco. Yo me muero de pena.. Pero, por Dios, Sr. D. Gabriel -añadió en voz alta-. Un hombre que va a tomar el hábito cuando acabe la guerra, no debe entusiasmarse tanto al hablar de una batalla. Doña María, desde su trono, me interpeló pomposísimamente de esta manera: -Pero, Sr. D. Gabriel, que oigamos todos esas maravillas que está usted contando con tanta vehemencia, con tanto ardor. -Me contaba -dijo Inés con una naturalidad que me asombró- que en cierta ocasión, estando él en una casa del arrabal de Zaragoza, los franceses abrieron una mina, pusieron no sé cuántos barriles de pólvora, ¿no fue así?, y luego pegaron fuego. -¿Y luego, Sr. D. Gabriel? -Y luego volamos todos hasta el quinto cielo -repuse-. Siento que usted no hubiera estado allí.. pues.. para que lo hubiera visto. -Gracias. Los vencejos me tomaron por su cuenta para que les explicase cómo fue aquello de mis vuelos y cabriolas por el aire, y en tanto llegose Inés junto al sillón de doña María, llamado por esta; y yo con disimulo (también aprendía) presté atención a lo que dijeron. -Ha sido demasiado larga tu conversación con el militarcito -le dijo con desabrimiento la señora-. ¡Veinte minutos! ¡Has estado en coloquio con él veinte minutos! -Señora madre -repuso Inés- si se empeñó en contarme (p.1369) sus hazañas.. Yo buscaba ocasión de poner punto; pero él, dale que dale. Me refirió siete sitios, cinco batallas y no sé cuántas escaramuzas. -¡Cómo finge, cómo miente, cómo engaña! -exclamé para mí ciego de rabia-. ¡La ahogaría! Lord Gray se juntó después con Inés y hablaron largamente. Mi rabia, motivada por una duda cruel, era tanta, que apenas podía disimularla, hablando pestes de las Cortes ante doña María, Ostolaza y Valiente. Avanzaba la hora y doña María indicó con majestuosa gravedad el fin de la tertulia. Despedime de Inés, que a hurtadillas me dijo: -Cuidado con lo que te he encargado. Y luego tardó en despedirse de lord Gray más de diez minutos. Por mi parte anhelaba salir para no volver más a aquella casa, y saludando a la condesa, echeme fuera, juntándose conmigo en la escalera lord Gray, que salió un poco después. -Amigo -le dije cuando estábamos en la calle- en todas partes es usted el favorecido de las damas. No se dignó contestarme. Iba con la cabeza inclinada, fruncido el ceño y mudo como una estatua. Repetidas veces me esforcé por hacerle hablar; pero sus labios no articularon una sílaba, y sólo en la calle Ancha, al despedirse de mí, me dijo sombríamente: -El amigo que sorprende un secreto mío y usa de él sin mi licencia, no es mi amigo. ¿Usted me conoce? -Un poco. -Pues suelo reñir con los amigos. -Antes de reñir nosotros, ¿quiere usted acabar de perfeccionarme en la esgrima? -Con mucho gusto. Adiós. -Adiós.
Ep-8-XII - Pasaron días, muchos días. Yo tan pronto deseaba volver a casa de Rumblar, como hacía intención de no poner más los pies en aquella casa, porque me repugnaban los artificios que hacían de las tertulias una completa representación de teatro. Durante algún tiempo no vi a lord Gray ni en la Isla ni en Cádiz, y cuando pregunté por él en su casa, el criado me negó la entrada, diciéndome que su amo no quería recibir a nadie. Ocurrió esto el día de la bomba. ¿Saben ustedes lo que quiero decir? Pues me refiero a un día memorable porque en él cayó sobre Cádiz y (p.1370) junto a la torre de Tavira la primera bomba que arrojaron contra la plaza los franceses. Ha de saberse que aquel proyectil, como los que le siguieron en el mismo mes tuvo la singular gracia de no reventar; así es que lo que venía a producir dolor; llanto y muertes, produjo risas y burlas. Los muchachos sacaron de la bomba el plomo que contenía y se lo repartían llevándolo a todos lados de la ciudad. Entonces usaban las mujeres un peinado en forma de saca-corchos, cuyas ensortijadas guedejas se sostenían con plomo, y de esta moda y de las bombas francesas que proveían a las muchachas de un artículo de tocador, nació el famosísimo cantar: Con las bombas que tiran los fanfarrones, hacen las gaditanas tirabuzones. Pues como decía, el día de la bomba, después de tocar inútilmente a la puerta del noble inglés, llevome el destino segunda vez a casa de la señora doña María, disponiéndose las cosas de modo que cuando me encaminaba a casa de dona Flora, tropezase con el señor D. Diego, el cual me habló así: -¿Vienes de casa de lord Gray? Dicen que está con la morriña. Nadie le ve por ninguna parte. Por fin, he conseguido de mi madre que no le reciba más en casa. -¿Por qué? -Porque es muy aficionado a las muchachas, y no me gusta verle hablar con mi novia. Mamá no quería; pero me planté, chico. «O lord Gray o yo» -dije- y no hubo más remedio. -Según eso, le han puesto en la puerta de la calle. -Con cortesía y disimulo. Mi mamá ha dicho que hallándose un poco enferma, suspende por ahora las tertulias. -¿Y no salen? -A misa van las cuatro los domingos muy temprano. Pero puedes ir a casa cuando gustes. Mamá te aprecia y siempre está preguntando por ti. Ahora precisamente, te ruego vengas conmigo para servirme de testigo. -¿De testigo? -Sí. Mi mamá quiere castigarme porque le han dicho que me vieron ayer en un café. Es verdad que estaba, pero yo lo he negado, y para dar más fuerza a mis argumentos he dicho: «Pregúntele usted al Sr. D. Gabriel, y como no diga que estuvimos juntos viendo sacar (p.1371) agua de la noria..». -Pues vamos allá. Entramos, pues, y en la reja del patio, el criado nos dijo que la señora doña María había salido. -¡Viva la libertad! -exclamó D. Diego haciendo un par de cabriolas-. Gabriel, estamos solos. Hermanillas, alegrémonos y regocijémonos. La chillona algazara que desde los aposentos vino a mis oídos, indicome que las hembras estaban libres también de la ominosa esclavitud. Cuando entramos en la estancia de D. Diego, al punto se nos presentó D. Paco, aturdido, sofocado, balbuciente, con unas disciplinas en la mano, el vestido menos puesto en orden que de ordinario, y ostentando algunas desgreñaduras en lo alto de su peluquín. -Señorito D. Diego -exclamó con furia semejante a la de esos perrillos que ladran mucho sin que jamás el transeúnte se detenga a mirarlos-, la señora mandó que no saliese usted de casa. Se lo diré cuando venga. El condesito tomó un palo que frontero a la cama y en lugar medio oculto tenía, y esgrimiéndolo de un modo alarmante por las costillas del ayo, gritó: -Canalla, pedantón.. Si dices una palabra.. no te dejaré un hueso en su lugar. -Esto no puede tolerarse -dijo D. Paco, no ya enfurecido sino lloroso-. ¡Dios eterno, y tú, Virgen Santísima del Carmen, tened compasión de mí! Este niño y sus hermanas van a quitarme los pocos días que me restan de vida. Si les permito hacer su gusto, la señora me riñe, y más quisiera ver al sol apagado que a la señora colérica. Si quiero sujetarlos, palos, rasguños, arañazos, tijeretazos y otros mil martirios espantosos.. Pues sí, señor D. Dieguito: se lo diré a la señora, yo no puedo aguantar más.. ¡Pues no digo nada de lo de las saliditas por las noches! Yo no puedo acallar la voz de mi conciencia que me dice: ¡Malvado!, ¡servidor desleal!, ¡traidor!.. No; se lo diré a la señora, se lo diré al ama, y entre tanto, orden, silencio, obediencia, todo el mundo a su sitio. D. Diego, ciego de enojo, enarboló el palo, y a compás con los movimientos de su brazo que apuntaban impíamente a las costillas del pobre ayo, iba diciendo: -Orden, (p.1372) silencio, obediencia. Tuve que imponerme para que no acabara con el desdichado perceptor, que aun vapuleado de aquel modo, tenía la prudencia de no gritar, porque no se enterase la vecindad del escándalo, y con voz sofocada decía llorando: -¡Que me mata este caribe! ¡Favor, señor D. Gabriel, favor! Huyó D. Paco por el pasillo adelante buscando refugio, y siguiendo tras él, dimos los tres en una gran pieza, desde la cual se pasaba a otra con espaciosas rejas a la calle, donde vimos el espectáculo de la más horrenda anarquía que pueden ofrecer en el interior de una honesta casa las demasías de la libertad. Asunción, Presentación, Inés, las tres estaban allí, libres, sueltas, en posesión completa de sus gracias, donaires, iniciativa y travesura. Pero antes de deciros lo que hacían aquellos pajaritos aprisionados a quienes se permitía por un momento dar vueltas holgadamente por la jaula, voy a indicaros cómo era esta. Varias cestas de labores y algunos bastidores de bordados indicaban que allí tenía la señora condesa el taller de educación y trabajo de sus niñas. Una pequeña pero anchísima silla, de fondo hundido por el peso constante de corpulenta humanidad, denotaba el lugar de la presidencia. También había una mesilla con libros, al parecer devotos, y en las paredes no cabían ya más estampas y láminas bordadas, entre las cuales el mayor número era una variada serie de perritos con el rabo tieso y los ojos de cuentas negras. Un pequeño altar ostentaba mil figuras de bulto y realce, alternando con estampas que sin duda habían pertenecido a libros, y en la delantera algunos pares de candelabros de plata antigua, sostenían velas de picada y filigranada cera, adornadas con papelitos, festones y otros primores de tijera. Pomposos ramos de flores de trapo, que a cien mil leguas declaraban haber sido hechos por manos de monjas, completaban el ajuar del altarejo, juntamente con algunos pequeñísimos objetos de plomo, representando sagrados adminículos, tales como cálices y custodias, lámparas y misales. Estos juguetes los hacían entonces (p.1373) los veloneros para los niños buenos y que no lloraban. Vi asimismo objetos de un orden enteramente distinto, es decir, trajes hermosísimos de mujer, arrojados en desorden por el suelo, y también escofietas, moños, lazos, abanicos, quirotecas, zapatillas de raso y luengos encajes de aquellos finísimos y hereditarios, que eran, como los diamantes, orgullo y riqueza de las familias. Los bordados, las cestas de costura, rellenas de fastidiosas telas blancas de indiana y cotonía, pertenecían a Presentación; los libros, el altar con todo lo que en él había de místico e infantil, eran de Asunción; y los lujosos trajes y adornos eran de Inés, que los había bajado para que los viesen sus primas. Estaban las tres vestidas según lo que entonces el vulgo, no menos galicista que ahora, llamaba un savillé. Con semejante traje, que era, por exigirlo la moda, la menos cantidad posible de traje, y lo absolutamente necesario para que las lindas personas no anduvieran desnudas, ni la madre más tolerante y descuidada habría permitido que se presentasen delante de un hombre, aunque fuese pariente cercano. Estaban las tres, como digo, graciosísimas y sin comparación más guapas que en las tertulias. La libertad permitiéndoles una alegre y bulliciosa agitación, había impreso en sus mejillas frescos y risueños colores, y las lenguas charlatanas de las dos hermanitas llenaban con dulce y picotera música el ámbito de la estancia. La voz de Inés apenas se oía. Os diré lo que hacían y esto es reservado, reservadísimo, pues si doña María supiese que ojos humanos habían visto a sus niñas en tales arreos, y que orejas de varón habían oído cantar seguidillas a una de ellas, reventara de pesadumbre, o se sepultaría para siempre, antes avergonzada que muerta en el sarcófago de sus mayores. Pero seamos indiscretos y contemos lo que vimos, ocultos en la estancia inmediata y sin ser vistos por ellas. Inés, en quien primeramente se fijaron mis ojos desde la puerta, estaba en la reja, como en acecho, mirando ora a la calle, ora adentro, sin duda para dar la voz de alarma en cuanto (p.1374) el pomposo perfil y los pomposos y temidos espejuelos de doña María volviesen la esquina de la calle Ancha. Le oí decir claramente: -No seáis locas.. que va a venir. Presentación, la más pequeña de las dos hermanas, estaba en medio de la pieza. ¿Creerán ustedes que rezando, cosiendo u ocupada en algún otro grave menester? Nada de eso, pues no estaba sino bailando, sí, señores, bailando. ¡Y qué zorongo, qué zapateado tan hechicero! Quedeme absorto al ver cómo aquella criatura había aprendido a mover caderas, piernas y brazos con tanta sal y arte tan divino cual las más graciosas majas de Triana. Agitada por la danza, chasqueando los dedos para imitar el ruido de las castañuelas, su vocecita sonora y dulce decía con lánguida y soñolienta música: Toma, niña, esta naranja que he cogido de mi huerto, no la partas con cuchillo que está mi corazón dentro. Asunción, que era la mayor, de una hermosura menos picante y graciosa que su hermana, pero más acabada, más interesante, más seria, digámoslo así, en una palabra, mucho más hermosa, se había puesto algunas de las joyas y preseas de Inés. Cogió una gran rosa de papel de las que adornaban el altar, y púsosela orgullosamente en el moño; tomó después tres varas de aquellos encajes finísimos de Brujas, de tan sutil urdimbre que parecen hechos por moscas o arañas, pálidos ya y amarilleados por el tiempo, y agitándolos en las manos, los echó hacia arriba, dejándolos caer sobre su cabeza y hombros, con tanta, con tantísima gracia, señores, cual si toda su vida hubiese estado midiendo en las tardes de primavera las baldosas de la calle Ancha, plaza de San Antonio y alameda del Carmen. Yo estaba asombrado contemplando tales transformaciones y me sorprendía su extraordinaria belleza de la muchacha, cuando la vi realzada con los atractivos que el arte presta tan hábilmente a la hermosura. ¡Y qué bien sabía ella aplicarlos a su persona! ¡Qué singular talento el suyo para poner cada objeto en el sitio donde debía estar, y donde las leyes más rigurosas de (p.1375) la estética querían y mandaban que estuviese! Después de rodear su cabeza con las blondas, colgose de las orejitas los más hermosos pendientes que creo han salido de manos de artífice platero. Luego estuvo mirándose un rato en el vidrio que cubría cierta estampa del Purgatorio, llena toda de ánimas, diablos, llamas, culebrones, sapos, cocodrilos, ruedas, sartenes, peroles, etc.., y contempló allí su imagen confusa, por no haber en la estancia espejo, ni vidrio azogado que hiciese sus veces. Después volvió la cabeza para verse la caída de faldas por detrás, tomó un abanico, dio el meneo a las varillas, que chillaron desarrollando un vasto paisaje poblado de amorcitos, y echándose aire con él, comenzó a pasear por la habitación, riéndose de sí misma y de la risa que a las otras dos causaba. Viendo tal profanación, escándalo y desacato, penetró el insigne D. Paco en la pieza, y exclamó: -¿Qué alboroto es este? Asuncioncita, Presentacioncita, todo se lo contaré a mamá cuando venga, todo, todito. Presentación cesó de cantar, y tomando al preceptor por un brazo, le dijo: -Sr. D. Paquito mío, si no le dices nada a mamá, te doy un beso. Y en el acto se lo dio en sus secas y arrugadas mejillas. -A mí no se me seduce con besitos, niñas -repuso el viejo vacilando entre el rigor y la tolerancia-. Cada una a su puesto, a leer, a coser. Asuncioncita de todos los demonios, ¿qué descaro es ese? -Calle usted, so bruto -dijo Asunción con muchísima sal. -Si es un animal -añadió Presentación dándole un sopapo con su suave manecita. -Más respeto a mis canas, niñas -exclamó afligido el anciano-. Si no fuera porque las he visto nacer, porque las he criado a mis pechos, porque las he cantado el ro-ro.. Presentación haciendo gestos de delicada urbanidad, remedando a una persona que durante el paseo encuentra en la calle a un conocido, parose ante D. Paco, hizo una graciosa reverencia y le dijo: -¡Oh! Sr. D. Protocolo, ¿usted por aquí? ¿Cómo está la señora doña Circunspecta? ¿Va usted al baile del barón de Simiringande? ¿Qué dice hoy la Gaceta (p.1376) de Pliquisburgo?.. -Eh.. eh.. -exclamó D. Paco, queriendo contener la risa que le embobaba-. Miren la mocosa cómo habla, haciéndose la señora mayor. Buena pieza tenemos en casa. ¡Qué escándalo, qué profanidad! ¿De dónde habrá sacado esta niña tales picardías? Y luego insistiendo ella en llevar adelante el chistoso papel que estaba desempeñando, llegose a Inés, que también se moría de risa, y le dijo: -¡Ola, madama! ¿Cómo la porta bu..? ¿Ha visto bu a la condesa? ¡Qué magnífico ha estado el concierto y la ópera de Mitrídates! ¡Oh!, madama.. andiamo a tocare il forte piano.. Aquí viene il maestro siñor D. Paquitini.. tan, taralá, tan tin, tan. Y se puso a bailar un minueto. -Vaya -exclamó D. Paco, echándosela de benévolo, pero afectando mucha seriedad- les perdono lo que ha pasado si se acaba este jaleo, y va cada una a su puesto. La señora viene. Inés continuaba en la reja atisbando afuera, y también a ratos decía: -¡Que va a llegar! Presentación volvió a cantar, y luego dijo: -Paquito de mi alma, si bailas conmigo te doy otro beso. Y sin esperar respuesta del anciano, le tomó por los brazos, haciéndole dar rápidas vueltas. -Que me atonta, que me mata esta condenada -exclamaba el maestro, describiendo curvas sin poderse defender, ni soltar. -¡Ay, Paquito de mi alma y de mi vida, cuánto te quiero! -decía Presentación. El preceptor, abandonado de los ágiles brazos de su pareja, cayó al suelo, pidiendo al cielo justicia; la muchacha le enredó una flor entre las blancas guedejas de su peluca de ala de pichón, y dijo así: -Toma, amor mío, esta flor en memoria de lo que te quiero. Quiso levantarse, y empujado por Asunción, cayó al suelo. Quiso tirar de él Presentación y quedose con un pedazo de solapa en la mano. Levantose al fin, y persiguiéndole las dos con risas y festejo, trató una de ellas de darle un latigazo con una varita de sacudir telas; mas lo hizo con tan mala suerte que dando un cachiporrazo al altar, toda la máquina de santos, velas y juguetes se vino al suelo con estrépito. Mientras acudía a remediar el (p.1377) desperfecto, D. Paco estaba en tierra de rodillas, con los brazos en cruz y la mirada fija en el techo y con voz compungida y entrecortada, mientras gruesos lagrimones lustraban sus mejillas, decía: -¡Señor Omnipotente y Misericordioso: que estas agonías sean en descargo de mis pecados! Mucho padeciste en la cruz; ¿pero y esto, Señor, esto no es cruz, estos no son clavos?, ¿estas no son espinas?, ¿estos no son bofetones y hiel y vinagre? Castigo es este del gran pecado que cometí ocultando a mi señora las travesuras de estas niñas, y las mil picardías que han aprendido sin que nadie se las enseñase; pero por la lanzada que te dieron, Señor, juro que seré leal y fiel con mi querida ama, y que no he de ocultarle ni tanto así de lo que pasa. D. Diego y yo, que habíamos permanecido observando aquel espectáculo sin ser vistos, quisimos entrar; pero vimos que Inés se apartó vivamente de la reja, y en el mismo instante pasó por la calle una figura, una sombra, en quien reconocimos a lord Gray. Apenas habíamos tenido tiempo de reconocerle, cuando un objeto, entrando por la reja, vino a caer en medio de la sala. Al punto se abalanzó hacia el pequeño bulto D. Paco, y observándolo y recogiéndolo, dijo: -¿Una cartita, eh? La ha arrojado un hombre. Inés, que se acercó de nuevo a la reja, exclamó con terror: -¡Doña María, doña María viene ya!
Ep-8-XIII - Se quedaron muertas, petrificadas; pero con presteza extraordinaria las tres empezaron a ordenar los objetos, para que cada cosa estuviese en su sitio. Arreglaron el altar atropelladamente; despojose la una de los atavíos que se había puesto; compuso la otra su vestido en desorden; pero por más prisa que se daban, tales eran la confusión y desconcierto producidos allí por la anarquía, que no había medio de volverlo todo a su primitivo estado. D. Diego me dijo, al ver que las muchachas iban a ser sorprendidas antes de poder borrar las huellas de su rebelión: -Amigo, huyamos. -¿A dónde? -A la Patagonia, a las Antípodas. ¿Tú no adivinas lo que va a pasar aquí? - (p.1378) Quedémonos, amigo, y tal vez hagamos una buena obra defendiendo a estas infelices, si el preceptor las delata. -¿Viste que pasó un hombre y arrojó dentro un billete? -Era lord Gray. Veamos en qué para esto. -Pero mi madre viene; y si te ve aquí en acecho.. Ni esta consideración me hizo apartar de la estancia que nos servía de observatorio; pero afortunadamente doña María no entró por allí, y pasando primero a su alcoba, penetró por esta a la funesta habitación donde ocurriera el sainete que iba a terminar en tragedia. Nosotros nos pusimos en disposición de poder oírlo todo sin ser vistos, aunque también sin ver nada. Sepulcral silencio reinó por breve tiempo en la pieza, y al fin interrumpiole la condesa, diciendo con la mayor severidad: -¿Qué desorden es este? Inés, Asunción, Presentación.. ese altar destrozado, esos vestidos por el suelo.. Niñas, ¿por qué estáis tan sofocadas, por qué tenéis tan encendido el rostro?.. Tembláis.. Vamos a ver; Sr. D. Paco, ¿qué ha pasado aquí?.. ¿Pero qué veo? Señor D. Paco, señor preceptor, ¿por qué tiene usted destrozada la ropa?.. ¡Pues y ese gran cardenal en el carrillo..? ¿Ha estado usted quitando telarañas con la peluca? -Se.. se.. señora doña María de mi alma -dijo el ayo con voz trémula y cierto hipo producido por su gran zozobra y la lucha que diversos sentimientos sostenían sin duda entonces en su pobre alma- yo no puedo callar más.. Mi conciencia no me lo permite. Yo.. hace cuarenta años que co.. co.. como el pan de esta casa.. y no puedo.. No pudiendo seguir, prorrumpió en llanto copiosísimo. -Pero ¿a qué vienen esos lloros?.. ¿Qué han hecho las niñas? -Señora -dijo al fin D. Paco entre sollozos, hipidos y babeos-; me han pegado, me han arrastrado, me han.. Asuncioncita se puso a imitar a la gente de los paseos. Presentacioncita bailó el zorongo, el bran de Inglaterra y la zarabanda.. Luego pasó por la calle un caballerito, miró adentro y les arrojó este billete. Hubo un momento de silencio, de esos silencios angustiosos como el que precede al cañonazo, (p.1379) después que se ha visto la mecha próxima al cebo. Durante aquel intervalo de mudo terror, que desde la escena donde tal drama pasaba se comunicó a nosotros, haciéndonos temblar como quien aguarda un terremoto, se sintieron los tenues chasquidos de un papel que se desdobla, y luego una exclamación de sorpresa, asombro o no sé si de fiereza inaudita, que salió del tempestuoso seno de doña María. -Esta letra es de lord Gray.. -exclamó-. ¡Qué desvergonzado atrevimiento! ¿A quién de vosotras se dirige la carta? Dice: «Idolatrado amor mío: si tus promesas no son vanas..». ¡Pero una persona como yo no puede leer tales indecencias!.. ¿A quién de vosotras dirige lord Gray esta esquela? Continuó el silencio, uno de esos silencios que parecen anunciar el desplome del mundo. -Presentación, ¿es a ti? Asunción, ¿es a ti? Inés, ¿es a ti? Responded al momento. ¡Señor misericordioso! ¡Si alguna de mis hijas, si alguien nacido de mis entrañas ha dado motivo para que un hombre le dirija estas palabras, prefiero que muera ahora mismo, y yo detrás, antes que tolerar tal deshonra! La imprecación retumbó en la sala como una voz de los pasados siglos que clamaba en defensa de cien generaciones ultrajadas. Oyéronse luego llantos comprimidos y el resoplido de D. Paco, que así desfogaba los ardores de su corazón, inflamado ya por nobles impulsos de generosidad. -Señora -dijo moqueando y babeando- perdone usía a las niñas. Eso no habrá sido nada. Tal vez un tuno que pasó por la calle. Ellas se han estado muy calladitas. -Se me figura -dijo doña María sin perder la dignidad en su cólera- que no tendré que hacer grandes averiguaciones para saber quién ha motivado esta amorosa epístola. Tú, Inés, tú has sido. Hace tiempo que sospechaba esto.. Nuevo silencio. -Responde -prosiguió doña María-. Yo tengo derecho a saber en qué emplea su tiempo la que va a casarse con mi hijo. Entonces oí la voz de Inés, que claramente y no muy turbada respondía: -Sí, señora doña María. Lord Gray escribió para mí. Perdóneme (p.1380) usted. -¡De modo que tú!.. -Yo no tengo culpa.. Lord Gray.. -Te ha trastornado el juicio -dijo doña María-. ¡Bonita y ejemplar conducta de una niña de tu condición, que representa una de las más principales casas de España! ¡Inés, vuelve en ti, por Dios, repara quién eres! ¿Es posible que una joven destinada?.. Yo he observado que es tu natural de suyo profano a las mundanidades. Ya supieron lo que se hacían destinándote a ser casada y a ocupar alto puesto en la corte, que si por arte del demonio hubiérante consagrado al claustro o a un decoroso celibato.. ¡pobre criatura!, tiemblo de pensarlo. La ansiedad y zozobra que yo experimentaba no me permitieron reflexionar sobre las peregrinas ideas de doña María. -No has sido tú educada por mí -prosiguió esta- que de haberlo sido.. otra sería tu conducta.. -Señora madre -dijo Asunción llorando-. Inés no volverá a faltar más. -Calla tú, necia. Después os ajustaré a vosotras dos las cuentas, pues dijo D. Paco que habíais bailado y cantado. -No, señora, no ha habido nada de baile ni de canto: fue broma mía -exclamó muy sofocado el pobre preceptor, cuyo espíritu se afligía con los crueles alardes de justicia de su señora. -¿Y para qué has bajado estas ropas? -preguntó la condesa a Inés. -Para que ellas las vieran. Las subiré, señora, y no las volveré a bajar más -repuso Inés con humildad. -¡Qué fundamento de niña! ¿No conoces que si a ti te cuadran estos trapos y adornos, a ellas ni aun debe permitírseles el mirarlos? Tu conducta no puede ser más contraria al decoro. -Señora doña María -dijo D. Paco- permítame usía que la diga que la señora doña Inesita en lo íntimo de su corazón deplora el disgusto que la ha dado. ¿No es verdad, señora doña Inesita? Vaya, señora doña María, perdón al canto, y todo se acabó. -No se meta usted en lo que no le importa, Sr. D. Paco -dijo la condesa-. Y tú, Inés, ten entendido que serás perdonada, si las cosas no siguen adelante. Y no digo más sobre el particular. Ya saben ustedes que soy benévola hasta la exageración, tolerante hasta la (p.1381) debilidad. Ciérrense esas rejas al punto, y vamos a trabajar y a rezar.. Inés, te lo repito, respira tranquilamente. Con tal que no vuelva a repetirse.. Oyéronse voces de las muchachas, que si no de alegría y completa bonanza, indicaban que el temporal iba pasando. D. Diego me dijo: -Vámonos, no sea que mi madre quiera salir por aquí y nos sorprenda. Nos apartamos de allí. -¿Qué te parece lo que hemos oído? -Una infamia, una alevosía, un crimen sin ejemplo -exclamé no pudiendo contener la cólera que me dominaba. -¿Qué te parece la Inesita?.. Buena pieza en verdad.. -Ese inglés de los demonios, ese monstruo que nos ha enviado aquí la Gran Bretaña es el ser más odioso, más abominable que existe en la tierra. Por mi parte, digo que le aborrezco, que le abomino; que sin piedad le mataría, que me bebería su sangre.. Adiós, me voy. -¿Te vas? -Sí: no quiero estar más en esta casa. -Pero hombre, tú estás tonto. Si te he traído aquí para que me ampares. Tú no sabes que ahora mi señora mamá, después que ponga fin a la justiciada de allá, ha de venir a emprenderla conmigo por la escapatoria de ayer tarde. ¿Olvidas, hombre ligero y frívolo, que has de atestiguar que me viste ayer ocupado en dar vueltas a la noria? -No quiero farsas, ni falsos testimonios, ni tengo para qué ver a doña María.. Adiós. -Hombre cruel, detente. Mi madre sale. En efecto, en el corredor atrapome la señora condesa, la cual después de mostrarse sorprendida y no muy agradablemente con mi presencia, me saludó, obligándome a pasar a la sala. -¿Estabas aquí? -preguntó a su hijo. -Sí, señora: Gabriel y yo estábamos en mi cuarto leyendo unos libros de aritmética, y él me enseñaba a encontrar la quinta parte por un medio nuevo; y como ayer cuando estuvimos viendo dar vueltas a la noria, yo aposté a que no podía ser tal cosa, vino hoy a demostrármelo. -¿Conque estuvieron ustedes ayer tarde en la noria? -Sí, señora; dando vueltas a la noria.. quiero decir, viendo. -Es un entretenimiento inofensivo.. -Sí, señora.. e instructivo. -Propio de jóvenes de cabeza (p.1382) sentada -dijo doña María-. Sin embargo, he oído que a la noria va mucha gente de mal vivir. -No señora, de ninguna manera. Canónigos, militares de coronel para arriba, señoras mayores, frailes.. -Mi hijo es algo distraído, y por eso temo.. Pronto será libre y dueño de sus acciones, porque en los asuntos de un hombre casado, sobre todo si está en cierta posición, no deben entrometerse las madres. -Exactamente. ¿Y cuándo se casa D. Diego? -Ya no hay día seguro -respondió doña María, con firmeza. -Y en verdad, Sr. D. Diego -dije yo volviéndome hacia mi amigo- que se lleva usted la más hermosa muchacha que hay en todo Cádiz. -Lo que es eso.. -dijo la condesa con afectación- mi hijo puede estar satisfecho de la suerte que le ha cabido en su elección, mejor dicho, en nuestra elección, pues nosotras lo hemos arreglado todo. Para que nada falte a esa muchacha, tiene hasta aquellas sutiles cualidades de ingenio y amabilidad que la harán uno de los más bellos adornos de la corte, cuando la haya. Y no se diga que a una joven mayorazga, destinada a casarse con otro mayorazgo, se la debe sujetar y comprimir para que ni hable, ni trate con personas de mundo. Eso no; eso sería ridículo, y nada hay más contrario a la alteza y sonoridad de ciertas familias que verlas representadas en la corte por una damisela encogida, vergonzosa, que se asusta de la gente y no sabe decir más que buenas tardes y buenas noches. -Pues maldita la gracia que me hace -dijo D. Diego con desabrimiento- ver a mi novia muy amartelada con lord Gray en este salón. Doña María se puso encendida. -Este joven -dije yo- no eleva su entendimiento hasta los altos principios de la educación castiza. ¿Pues acaso su mujer va a ser monja? A las que van a ser monjas o solteras, bueno que se las enseñe a no levantar los ojos del suelo; pero a las que van a casarse y a ser grandes señoras.. Pero hombre, ¿está usted loco? Mi amigo es un necio, un caviloso, señora. ¿Apostamos a que por estas y otras imaginaciones ridículas va a dar en la flor de decir que no se casa? -¡Cómo! -exclamó (p.1383) la dama-. Mi hijo no será capaz de tal simpleza. -Sí, señora, sí seré capaz -dijo D. Diego sin poder contener el ímpetu de sus celos. -¡Diego, hijo mío! -Sí, señora, lo que dice Gabriel es verdad, no quiero casarme, al menos hasta ver.. -No puede darse necedad mayor -dije-. Porque lord Gray haya conseguido con su buena apostura, sus finos modales, su talento.. -Mi hijo no me dará tan gran pesadumbre. La condesa, por hallarse en presencia de un extraño, no soltó la ira que a borbotones quería escapársele del pecho, al ver en su hijo la obstinada genialidad, que amenazaba echar por tierra todos sus proyectos; mas conociendo yo que aquel volcán necesitaba cumplido desahogo por el cráter de la boca y quizás por el de las manos, juzgué prudente retirarme. -¿Se marcha usted? -me dijo-. Ya, una persona discreta no puede soportar las bachillerías y antojos de este inconsiderado niño. -Señora -repuse- D. Diego es un niño obediente y hará lo que su madre le mande. Beso a usted los pies. Quiso D. Diego salir conmigo; pero la condesa le detuvo, diciendo con enojo: -Caballerito, tenemos que hablar. Yo anhelaba respirar fuera de aquella casa.
Ep-8-XIV - Al encontrarme en la calle miré a las rejas y las vi cerradas. Atormentado por el recuerdo de lo que había visto y oído, revolviendo en mi cabeza pensamientos de venganza, proyectos de barbarie, y no sé qué ideas impías y locas, dije para mí: -Ya no me queda duda. Mataré a ese maldito inglés. En las mil alternativas y vicisitudes de mi vida, bajé, subí, caí y levanteme; creí tocar con mis manos fatigadas el fondo de aquel mar de la borrascosa desventura, donde transcurrió mi niñez, y fuerzas ignoradas me sacaron de nuevo a la superficie; luché y padecí, deseé la muerte y amé la vida; grandes vaivenes y sacudidas experimenté; pero cuando subía, y bajaba, y luchaba, y vivía, y moría, jamás dejé de percibir aquella luz, encendida ante la desgracia, lejana estrella a quien consideraba como expresión de lo divino y sobrenatural que hay en la existencia. (p.1384) Pero ya la luz se había apagado, y volviendo los ojos en derredor, yo no veía sino espantosas oscuridades. Lo que yo creía perfecto ya no lo era; lo que yo juzgué mío, tampoco era mío, y pensando en esto no cesaba de exclamar: -Mataré a ese condenado lord Gray. Ahora comprendo la satisfacción de matar a un hombre. Turbado por los celos, mi corazón, que hasta entonces había como florecido, despidiendo un sentimiento apacible y contemplativo cual el de la religión, ardía ahora con apasionado centelleo, y lo que había amado, por extraordinaria contradicción más digno de ser amado le parecía. Sentía ansia de destrucción, y mi amor propio, mi orgullo herido clamaban al cielo, haciendo a toda la creación solidaria de mi agravio. Yo creía que el universo entero estaba ofendido, y que cielo y tierra respiraban anhelo de venganza. Crucé varias calles, repitiendo: -Mataré a ese inglés, le mataré. Al volver una esquina creí distinguirle y apresuré el paso. Sí, era él. Dios me lo ponía delante; le vi de espaldas y corrí; mas cuando estaba junto a él y antes que me viera, pensé que no era prudente precipitar un hecho que debía tener justificación completa. Procurando serenarme, dije para mí: -Tengo la seguridad de sorprenderle dentro de la casa. Entretanto, esperemos. Le toqué en el hombro, y él, al volverse, me miró impasible, sin mostrar ni alegría ni desagrado. -Lord Gray -le dije- ha tiempo que estoy esperando la última lección de esgrima. -Hoy no tengo humor para lecciones. -La necesitaré pronto. -¿Va usted a batirse? ¡Qué felicidad! ¡Hoy tengo yo un humor!.. Deseo atravesar a cualquiera. -Yo también, lord Gray. -Amigo mío, proporcióneme usted un hombre con quien romperme el alma. -¿Tiene usted spleen? -Horroroso. -Y yo. Los españoles también solemos padecer esa enfermedad. -Es muy raro. En buena ocasión me ha salido usted hoy al encuentro. -¿Por qué? -Porque tenía una mala tentación. Estaba en lo más negro de la negrura del spleen, y pasó por mí la idea de pegarme un tiro o de arrojarme de cabeza al (p.1385) mar. -Todo por un amor desgraciado. Cuénteme usted eso y le daré buenos consejos. -No me hacen falta. Yo me entiendo solo. -Yo conozco a la mujer que le trae a usted a tan lastimoso estado. -Usted no conoce nada. Dejemos esa cuestión y no hablemos más de ella. Aquella vez, como otras muchas, lord Gray esquivaba tratar el asunto. -¿Con que quiere usted que le dé una lección? -me dijo después. -Sí; pero tal, que con ella aprenda de una vez todo lo que encierra el noble arte de la esgrima; porque, milord, tengo que matar a uno. -Es cosa fácil. Le matará usted. -¿Vamos a casa de milord? -No; vamos al ventorrillo de Poenco. Beberemos un poco. ¿Y cuándo va usted a matar a ese hombre? -Cuando tenga la certeza de su alevosía. Hasta hoy tengo indicios que casi son datos evidentes; de los cuales resultan sospechas que casi son la misma certidumbre. Pero necesito más, porque mi alma, crédula hasta lo sumo, forja sutilezas y escrúpulos. La pícara quiere prolongar su felicidad. Él calló y yo también. Silenciosamente llegamos a Puerta de Tierra. Había en casa del señor Poenco gran remesa de majas y gente del bronce, y las coplas picantes, con el guitarreo y las palmadas, formaban estrepitosa música dentro y fuera de la casa. -Entremos -me dijo lord Gray-. Esta graciosa canalla y sus costumbres me cautivan. Poenco, llévanos al cuarto de dentro. -Aquí viene lo güeno -exclamó Poenco-. Desapartarse todo el mundo. Abran calle; calle, señores.. espejen, que pasa su majestad miloro. -Muchachos, ¡viva miloro y las cortes de la Isla! -gritó el tío Lombrijón levantándose de su asiento y saludándonos, sombrero en mano, con aquel garbo majestuoso que es tan propio de gente andaluza-. Y en celebración del santo del día, que es la santísima libertad de la imprenta, señó Poenco, suelte usted la espita y que corra un mar de manzanilla. Todo lo que beba miloro y la compaña lo pago yo, que aquí está un caballero pa otro caballero. El tío Lombrijón era un viejo robusto y poderoso, de voz bronca y gestos gallardos y caballerescos. Era (p.1386) traficante en vinos y gozaba opinión de hombre rico, así como de gran galanteador y mujeriego, a pesar de la madurez de sus años. Lord Gray le dio las gracias, pero sin imitarle ni en el tono ni en los movimientos, diferenciándose en esto de la mayor parte de los ingleses que visitan las Andalucías, los cuales tienen empeño en hablar y vestir como la gente del país. -Oigasté, tío Lombrijón -dijo otro a quien llamaban Vejarruco, y que era joven y curtidor en el Puerto-. A mí no me falta ningún hombre nacío. -¿Por qué lo dices, camaraíya(6), y en qué te he faltado? -dijo Lombrijón. -Bien lo sabes, camaraíya(7) -repuso Vejarruco-. En que asina que vi venir a miloro y la compañía, dije al señor Poenco: «Lo que beba miloro y la compañía, corre de mi cuenta; que aquí hay un caballero pa otro caballero». -¡Zorongo! -exclamó Lombrijón-. Pero di, Vejarruco, ¿eso es conmigo? -¡Cachirulo!, contigo es. -Estira más esa estampa, que no te veo bien. -Alarga el jocico pa que te tome el molde de él. -¡Carambita! ¿Usté no sabe que cuando me pica un mosquito le desmondongo al momento? -¡Sonsoniche! ¿Usté no sabe que cuando le pego un pezco a un hombre tiene que pedir prestaos dientes y muelas para comer? -Basta ya, que se me van regolviendo los sentidos garrofales -dijo Lombrijón-. Señores, empiecen a cantar el requieternam por ese probesito Vejarruco. -Alentaíto está el viejo. -Pues allá va la lezna. Lombrijón se llevó la mano al cinturón en ademán de sacar la navaja, y todos los presentes, principalmente las mujeres, empezaron a gritar. -Señores, no temblar -indicó Vejarruco. -No se batirán -me dijo lord Gray-. Todos los días hacen lo mismo y después no hay nada. -No he traído el escarbador de dientes -dijo Lombrijón, encontrándose sin armas. -Pues ni yo tampoco -añadió Vejarruco. -Camaraíya(8), por eso no ha de quedar. Usté está amarillo. Señores, cuando eché mano al cinturón me relucieron las uñas, y pensó que era jierro. -¡Zorongo! Camará, usté ha escondido la lezna para que no haya compromiso. -Tú te la habrás (p.1387) metío en el garguero. -Yo no la traigo, por humaniá -repuso Vejarruco- porque como tengo esta mano tan pesá, se necesita mucha prudencia pa no matar caa momento. -Vaya, déjenlo para después -dijo Poenco- y a beber. -Lo que hace por mí, no tengo prisa.. Si Vejarruco se quiere confesar antes que le endiñe.. -Lo que es por mí.. cuando Lombrijón quiera el pasaporte para la secula culorum, se lo daré. -Pelillos a la mar -dijo Poenco-; y pos que los dos han de morir, mueran amigos. -No hay por qué ofenderse, comparito. ¿Usté se ha ofendío? -preguntó Lombrijón a su antagonista. -¡Cachirulo! Yo no, ¿y usté? -Tampoco. -Pues vengan esos cinco mandamientos. -Allá van, y vivan las Cortes y viva miloro. -Para cortar la cuestión -dijo lord Gray- yo pagaré a todo el mundo. Poenco, sírvenos. Las majas que allí había obsequiaron a lord Gray con sonrisas y dichos graciosos; pero el inglés no tenía humor de bromas. -¿Ha venido María de las Nieves? -preguntó a una. -Pesaíto está con María de las Nieves. ¿Nosotras somos aljofifas? -Si miloro va esta noche a mi casa -dijo en voz baja otra, que era, si no me engaño, Pepa Higadillos- verá lo bueno. Mi marío ha ido a comprar burros, y me divierto pa matar la soleá. -A donde irá miloro esta noche es a mi casa -indicó otra que era ya matrona-. A mi casa va toda la sal del mundo, y si miloro quiere poner un par de pesetas a un caballo, no tengo comeniente.. Mi casa es muy principal.. Lord Gray se apartó con hastío de aquella gente, y entramos en un cuarto, donde el tabernero recibía tan sólo a cierta clase de personas, y la mesa junto a la cual nos sentamos viose al punto cubierta del rico tributo de aquellas viñas costaneras, que no tuvieron ni tienen igual en el mundo.
Ep-8-XV - -Hoy voy a beber mucho -me dijo el inglés-. Si Dios no hubiese hecho a Jerez, ¡cuán imperfecta sería su obra! ¿En qué día lo hizo? Yo creo que debió de ser en el sétimo, antes del descanso, pues ¿cómo había de descansar tranquilo si antes no rematara su obra? -Así debió de ser. -No; me parece (p.1388) que fue en el célebre día, cuando dijo: «Hágase la luz»; porque esto es luz, amigo mío, y quien dice la luz, dice el entendimiento. -Señó miloro -dijo Poenco acercándose a mi amigo para hablarle con oficioso sigilo-; María de las Nieves está ya loquita por vucencia. Se hizo todo, y ya tiene su pañolón, sus zarcillos y su basquiña. Si no hay nada que resista a ese jociquito rubio; y como vucencia siga aquí, nos vamos a quedar sin donceyas.(9) -Poenco -dijo lord Gray- déjame en paz con tus doncellas, y lárgate de aquí, si no quieres que te rompa una botella en la cara. -Pues najencia, me voy. No se enfade mi niño. Yo soy hombre discreto. Pero sabe vucencia que ofrecí dos duros a la tía Higadillos que llevó el pañolón.. cétera; cétera. Lord Gray sacó dos duros y los tiró al suelo sin mirar al tabernero, quien tomándolos, tuvo a bien dejarnos solos. -Amigo -me dijo el inglés- ya no me queda nada por ver en las negras profundidades del vicio. Todo lo que se ve allá abajo es repugnante. Lo único que vale algo es este vivífico licor, que no engaña jamás, como proceda de buenas cepas. Su generoso fuego, encendiendo llamas de inteligencia en nuestra mente, nos sutiliza, elevándonos sobre la vulgar superficie en que vivimos. Lord Gray bebía con arte y elegancia, idealizando el vicio como Anacreonte. Yo bebía también, inducido por él, y por primera vez en la vida, sentía aquel afán de adormecimiento, de olvido, de modificación en las ideas, que impulsa en sus incontinencias a los buenos bebedores ingleses. Resonó un cañonazo en el fondo de la bahía. -Los franceses arrecian el bombardeo -dije asomándome al ventanillo. -Y al son de esta música los clérigos y los abogados de las Cortes se ocupan en demoler a España para levantar otra nueva. Están borrachos. -Me parece que los borrachos son otros, milord. -Quieren que haya igualdad. Muy bien. Lombrijón y Vejarruco serán ministros. -Si viene la igualdad y se acaba la religión, ¿quién le impedirá a usted casarse con una española? -dije regresando junto a la mesa. - (p.1389) Yo quiero que me lo impidan. -¿Para qué? -Para arrancarla de las garras que la sujetan; para romper las barreras que la religión y la nacionalidad ponen entre ella y yo; para reírme en las barbas de doce obispos y de cien nobles finchados, y derribar a puntapiés ocho conventos, y hacer burla de la gloriosa historia de diez y siete siglos, y restablecer el estado primitivo. Decía esto en plena efervescencia, y no pude menos de reírme de él. -Hermoso país es España -continuó-. Esa canalla de las Cortes lo va a echar a perder. Huí de Inglaterra para que mis paisanos no me rompieran los oídos con sus chillidos en el Parlamento, con sus pregones del precio del algodón y de la harina, y aquí encontré las mayores delicias, porque no hay fábricas, ni fabricantes panzudos, sino graciosos majos; ni polizontes estirados, sino chusquísimos ladrones y contrabandistas; porque no había boxeadores, sino toreros; porque no hay generales de academia, sino guerrilleros; porque no hay fondas, sino conventos llenos de poesía; y en vez de lores secos y amojamados por la etiqueta, estos nobles que van a las tabernas a emborracharse con las majas; y en vez de filósofos pedantes, frailes pacíficos que no hacen nada; y en vez de amarga cerveza, vino que es fuego y luz, y sobrenatural espíritu.. »¡Oh, amigo! Yo debí nacer en España. Si yo hubiese nacido bajo este sol, habría sido guerrillero hoy y mendigo mañana, y fraile al amanecer y torero por la tarde, y majo y sacristán de conventos de monjas, abate y petimetre contrabandista y salteador de caminos.. España es el país de la naturaleza desnuda, de las pasiones exageradas, de los sentimientos enérgicos, del bien y el mal sueltos y libres, de los privilegios que traen las luchas, de la guerra continua, del nunca descansar.. Amo todas esas fortalezas que ha ido levantando la historia, para tener yo el placer de escalarlas; amo los caracteres tenaces y testarudos para contrariarlos; amo los peligros para acometerlos; amo lo imposible para reírme de la lógica, facilitándolo; amo todo lo que es inaccesible y abrupto en el orden moral, para (p.1390) vencerlo; amo las tempestades todas para lanzarme en ellas, impelido por la curiosidad de ver si salgo sano y salvo de sus mortíferos remolinos; gusto de que me digan «de aquí no pasarás», para contestar «pasaré». Yo sentía inusitado ardor en mi cabeza, y la sangre se me inflamaba dentro de las venas. Oyendo a lord Gray, sentime inclinado a abatir su estupendo orgullo, y con altanería le dije: -Pues no, no pasará usted. -¡Pues pasaré! -me contestó. -Yo amo lo recto, lo justo, lo verdadero, y detesto los locos absurdos y las intenciones soberbias. Allí donde veo un orgulloso, le humillo; allí donde veo un ladrón, le mato; allí donde veo un intruso, le arrojo fuera. -Amigo -me dijo el inglés- me parece que a usted se le van los humos de la manzanilla a la cabeza. Yo le digo como Lombrijón a Vejarruco: «Camaraíta, ¿eso que ha dicho es conmigo?». -Con usted. -¿No somos amigos? -No: no somos ni podemos ser amigos -exclamé con la exaltación de la embriaguez-. ¡Lord Gray, le odio a usted! -Otro traguito -dijo el inglés con socarronería-. Hoy está usted bravo. Antes de beber, habló de matar a un hombre. -Sí, sí.. Y ese hombre es usted. -¿Por qué he de morir, amigo? -Porque quiero, lord Gray; ahora mismo. Elija usted sitio y armas. -¿Armas? Un vaso de Pero Jiménez. Me levanté fuera de mí, y así una silla con resolución hostil; pero lord Gray permaneció tan impasible, tan indiferente a mi cólera, y al mismo tiempo tan sereno y risueño, que sentime sin bríos para descargarle el golpe. -Despacio. Nos batiremos luego -dijo rompiendo a reír con expansiva jovialidad-. Ahora voy a declarar la causa de ese repentino enfado y anhelo de matarme. ¡Pobrecito de mí! -¿Cuál es? -Cuestión de faldas. Una supuesta rivalidad, Sr. D. Gabriel. -Dígalo usted todo de una vez -exclamé sintiendo que se redoblaba mi coraje. -Usted está celoso y ofendido, porque supone que le he quitado su dama. No le contesté. -Pues no hay nada de eso, amigo mío. -añadió-. Respire usted tranquilo las auras del amor. Me parece haberle oído decir a Poenco que (p.1391) usted anda a caza de esa Mariquilla, que no de las Nieves, sino de los Fuegos debería llamarse. A usted le han dicho que yo.. pues, diré como Poenco.. «cétera, cétera». Amigo mío, cierto es que me gustaba esa muchacha; pero basta que un camaraíya(10) haya puesto los ojos en ella para que yo no intente seguir adelante. Esto se llama generosidad; no es el primer caso que se encuentra en mi vida. En celebración de paz, acabemos esta botella. Al frenesí que antes había yo sentido sucedió un entorpecimiento y oscuridad tal de mis facultades intelectuales, que no supe qué responder a lord Gray, ni realmente le respondí nada. -Pero, amigo mío -prosiguió él, menos afectado que yo por la bebida- hemos sabido que a Mariquilla de las Nieves la corteja.. ¡cortejar!, hermosa palabra que no tiene igual en ningún idioma.. pues decía que la corteja un guapo de Jerez que se me figura es más afortunado que nosotros. Sin duda a ese es a quien usted quiere matar. -¡A ese, a ese! -dije sintiendo que se me despejaban un tanto los aposentos altos. -Cuente usted conmigo. Currito Báez, que así se llama el jerezano, es un necio presumido y matasiete, que con todo el mundo arma camorra. Deseo tener cuestión con él. Le provocaremos. -¡Le provocaremos, sí, señor; le provocaremos! -Le mataremos delante de toda la gente del bronce, para que vean cómo sucumbe un tonto a manos de un caballero.. Pero no sabía que estuviera usted enamorado. ¿Desde cuándo? -Desde hace mucho, mucho tiempo -respondí viendo cómo daba vueltas la habitación delante de mis ojos-. Éramos niños; ella y yo estábamos abandonados y solos en el mundo. La desgracia nos impelió a compadecernos, y compadeciéndonos, sin saber cómo, nos amamos. Padecimos juntos grandes desventuras, y fiando en Dios y en nuestro amor vencimos inmensos peligros. Llegué a considerarla como indisolublemente unida a mí por superior destino, y mi corazón fortalecido por una fe sin límites, no padeció en mucho tiempo los martirios (p.1392) de celos, desconfianzas, temores ni amorosos sobresaltos. -Hombre: eso es extraordinario. ¡Y todo por María de las Nieves!.. -Pero todo se acabó, amigo mío. El mundo se me ha caído encima. ¿No lo ve usted, no lo ve usted caer a pedazos sobre mi cabeza? ¿No ve usted estas montañas que me machacan los sesos? Mi cerebro hecho trizas salta en piltrafas mil y salpicando se esparce por las paredes.. aquí.. allí.. más allá. ¿No lo ve usted? -Ya lo veo.. -repuso lord Gray, rematando una botella. -El mundo se me cayó encima. Se apagó el sol.. ¿No lo ve usted, hombre; no advierte las horribles tinieblas que nos rodean? Todo se oscureció, cielo y tierra, y el sol y la luna cayeron, como ascuas de un cigarro.. Ella y yo nos separamos: leguas y más leguas, días y días y más días se pusieron entre nosotros; yo alargaba los brazos ansiando tocarla con mis manos; pero mis manos no tocaban sino el vacío. Ella subió y yo me quedé donde estaba. Yo miraba y no veía nada.. estaba escondida: ¿dónde?, dirá usted.. dentro de mi cerebro. Yo me metía las manos en la cabeza y escarbaba allí dentro; pero no la podía coger. Era una burbuja, una partícula, un átomo bullicioso y movible que me atormentaba en sueños y despierto. Quise olvidarla y no pude. De noche cruzaba los brazos y decía: «aquí la tengo; nadie me la quitará..». Cuando me dijeron que me había olvidado, no lo quería creer. Salí a la calle y todo el mundo se reía de mí. ¡Espantosa noche! Escupí al cielo y lo dejé negro.. Me metí la mano en el pecho, saqué el corazón, lo estrujé como una naranja y se lo arrojé a los perros. -¡Qué inmenso e ideal amor! -exclamó lord Gray-. Y todo eso por Mariquilla de las Nieves.. Beba usted esa copa. -Supe que amaba a otro -añadí sintiendo que mi cerebro despedía una lumbre vagorosa y desparramada, llama de alcohol que trazaba mil figuras en el espacio con sus lenguas azules-. Amaba a otro. Una noche se me apareció. Iba de brazo con su nuevo amante. Pasaron por delante de mí y no me miraron. Yo me levanté y tomando la espada, (p.1393) herí en el vacío, y en el vacío surgió un manantial de sangre. La vi que se llegaba hacia mí pidiéndome perdón. La manga de su vestido tocó mi rostro, y me quemó. ¿Ve usted la quemadura, la ve usted? -Sí, la veo, la veo. ¡Y todo por María de las Nieves!.. Hombre es gracioso. A ver a qué sabe este Montilla. -Yo quiero matar a ese hombre, o que él me mate a mí. -No, a él, a él. ¡Pobre Currito Báez! -Le mataré, le mataré, sí -exclamaba yo con furor, poniendo mi puño cerrado en el pecho de lord Gray-. ¿No siente usted cómo baila el mundo bajo nuestros pies? El mar entra por esa ventana. Ahoguémonos juntos y todo se concluirá. -¿Ahogarme? No -dijo el inglés-. Yo también amo. A pesar de mi lastimoso estado intelectual presté atención vivísima a sus palabras. -Yo también amo -prosiguió-. Mi amor es secreto, misterioso y oculto, como las perlas, que además de estar dentro de una concha están en el fondo del mar. No tengo celos de nadie, porque su corazón es todo mío. No tengo celos más que de la publicidad; odio de muerte a todo el que descubra y propale mi secreto. Antes me arrancaré la lengua que pronunciar su nombre delante de otra persona. Su nombre, su casa, su familia, todo es misterioso. Yo me deslizo en la oscuridad, en oscuridad profunda que no proyecte sobra alguna, y abro mis brazos para recibirla, y los oscuros cuerpos se confunden en el negro espacio. Bullen átomos de luz, como estos que ahora nos rodean, y en las puntas de nuestros cabellos palpita con galvánica fuerza, embriagadora sensibilidad. ¿No percibe usted estas ondas que vienen del cielo, no siente usted cómo se abre la tierra y despide cien mil vidas nuevas, creadas en esta corola donde estamos, y en cuyos bordes nos movemos a impulso de la suave y embalsamada brisa? -¡Sí, lo veo, lo veo! -respondí llevando el vaso a mis labios. -Amigo mío, Dios hizo perfectamente al amasar este barro del mundo. Habría sido lástima que no lo hiciera. La materia vivificada por el amor es sin duda lo mejor que existe después del (p.1394) espíritu. Yo adoro el universo lleno de luz, pintado con lindos colores, sombreado por amorosas opacidades que cubren el discreto amor; yo adoro la naturaleza que todo lo hizo hermoso, y detesto a los hombres corruptores del elemento donde habitan, como ensucian los sapos la laguna. Mi alma se arroja fuera de este lodazal y busca los aires puros; huye de las infectas madrigueras de la civilización, abiertas en fango pestilente y se baña en los rayos de oro que cruzan los espacios. »Olvidaba decir a usted que para hacer más encantadora mi aventura, la historia, es decir, diez y siete siglos de guerras, de tratados de privilegios, de tiranía, de fanatismo religioso, se oponen a que sea mía. Necesito demoler las torres del orgullo, abatir los alcázares del fanatismo, burlarme de la fatuidad de cien familias que cifran su orgullo en descender de un rey asesino, D. Enrique II, y de una reina liviana, doña Urraca de Castilla; apalear cien frailes, azotar cien dueñas, profanar la casa llena de pintarreados blasones, y hasta el mismo templo lleno de sepulcros, si la refugian en él. -¿La va usted a robar, milord? -pregunté en un instante de rápida lucidez. -Sí; la robaré y me la llevaré a Malta, donde tengo un palacio. He pedido un barco a Inglaterra. Sentí súbito estremecimiento, como si mi conturbada naturaleza hiciera un esfuerzo colosal para recobrar su perdido aliento. -Lord Gray -dije- somos amigos. Soy discreto. Yo le ayudaré a usted en esa empresa, que no será fácil por desgracia. -No lo será.. veremos -repuso exaltado después de beber con ardiente anhelo-. Yo le ayudaré a usted a matar a Currito Báez. -Sí, le mataré; así tuviera mil vidas. Pero permítame usted que le pague su auxilio, ofreciéndole el mío para robar a esa mujer, y burlarnos de diez y siete siglos de guerras, de tratados, de privilegios, de fanatismo, de religión, de tiranía. -Bien, amigo Gabriel; venga esa mano. ¡Viva lo imposible! El placer de acometerlo es el único placer real. -Yo quisiera estar en los secretos de usted, milord. -Lo estará usted. -Yo mataré a mi hombre. -Y pronto. (p.1395) Venga esa mano. -Ahí va. -Ahora bajemos -dijo lord Gray en el apogeo de su delirio. -¿A dónde? -Al mundo. -El mundo se ha hecho pedazos, no existe -dije yo. -Lo compondremos. Una vez se me rompió en mil pedazos un vaso etrusco que compré en Nápoles. Yo recogí los trozos uno a uno y los pegué perfectamente.. ¡Oh, amada mía! ¿Dónde estás que no te veo? Este perfume de flores, esta música me anuncian que no estás lejos. Sr. de Araceli, ¿no la oye usted? -Sí, una música encantadora -respondí, y era verdad que creí oírla. -Ella viene envuelta en la nube que la rodea. ¿No advierte usted la deslumbradora claridad que entra en la pieza? -Sí, la veo. -Mi amada viene, Sr. de Araceli; ya entra; aquí está. Miré a la puerta y la vi; era ella misma, rodeada de una luz dorada y pálida como la manzanilla y el Jerez que habíamos bebido. Quise levantarme; pero mi cuerpo se hizo de plomo, mi cabeza pesó más que una montaña y cayó entre mis brazos sobre la mesa, perdiendo de súbito toda noción de existencia.
Ep-8-XVI - Al recobrarla lenta y oscura, la voz del señor Poenco fue el accidente que me dio a conocer que había mundo. Lord Gray había desaparecido. Reconocime y me encontré estúpido; pero la vergüenza, motivada por el recuerdo de mi envilecimiento, vino más tarde. ¡Y qué vergüenza aquella, señores! Mucho tiempo tardé en perdonarme. Pero echemos un velo, como dicen los historiadores, sobre el infausto suceso de mi embriaguez, y sigamos el cuento. Desde tal día, el servicio en la Cortadura y en Matagorda me entretuvo algún tiempo, y no me fueron posibles aquellas visitas, ya tristísimas, ya alegres, que hacía a Cádiz; pero al fin, como el asedio no era penoso, disfruté de algún vagar, y un día púseme en camino de la calle Ancha, con intento de resolver allí qué dirección tomar. En tiempos normales era la calle Ancha el sitio donde se reunía la caterva de mentirosos, desocupados, noveleros y toda la gente curiosa, alegre y holgazana. Allí iban también de paseo a la hora de medio día (p.1396) en invierno y por las tardes en verano las damas a la moda y los petimetres, abates y enamorados, ocurriendo con estos mil lances y escenas de que nos ha dejado retrato muy vivo D. Juan del Castillo en sus sainetes urbanos, no menos graciosos y verdaderos que los populares y consagrados a la majeza. Pero en 1811, y después que las Cortes se trasladaron a Cádiz, la calle Ancha, además de un paseo público, era, si se me permite el símil, el corazón de España. Allí se conocían, antes que en ninguna parte, los sucesos de la guerra, las batallas ganadas o perdidas, los proyectos legislativos, los decretos del gobierno legítimo y las disposiciones del intruso, la política toda, desde la más grande a la más menuda, y lo que después se ha llamado chismes políticos, marejada política, mar de fondo y cabildeos. Conocíanse asimismo los cambios de empleados y el movimiento de aquella administración que, con su enorme balumba de consejos, secretarías, contadurías, real sello, juntas superiores, superintendencias, real giro, real estampilla, renovación de vales, medios, arbitrios, etc., se refugió en Cádiz después de la invasión de las Andalucías. Cádiz reventaba de oficinas y estaba atestada de legajos. Además, la calle Ancha obtenía la primacía en la edición y propaganda de los diferentes impresos y manuscritos con que entonces se apacentaba la opinión pública; y lo mismo las rencillas de los literatos que las discordias de los políticos, lo mismo los epigramas que las diatribas, que los vejámenes, que las caricaturas, allí salieron por primera vez a la copiosa luz de la publicidad. En la calle Ancha se recitaban, pasando de boca en boca, los malignos versos de Arriaza, y las biliosas diatribas de Capmany contra Quintana. Allí aparecieron, arrebatados de una mano a otra mano, los primeros números de aquellos periodiquitos tan inocentes, mariposillas nacidas al tibio calor de la libertad de la imprenta, en su crepúsculo matutino; aquellos periodiquitos que se llamaron El Revisor Político, El Telégrafo Americano, El Conciso, La Gaceta de la (p.1397) Regencia, El Robespierre Español, El Amigo de las Leyes, El Censor General, El Diario de la Tarde, La Abeja Española, El Duende de los Cafés y El Procurador general de la Nación y del Rey; algunos, absolutistas y enemigos de las reformas; los más, liberales y defensores de las nuevas leyes. Allí se trabaron las primeras disputas de las cuales hicieron luego escandalosa síntesis los autores respectivamente de los dos célebres libros Diccionario manual y Diccionario crítico-burlesco, ambos signo claro de la gran reyerta y cachetina que en el resto de siglo se había de armar entre los dos fanatismos que ha tiempo vienen luchando y lucharán por largo espacio todavía. En la calle Ancha, en suma, se congregaba todo el patriotismo con todo el fanatismo de los tiempos; allí, la inocencia de aquella edad; allí, su bullicioso deseo de novedades; allí, la voluble petulancia española con el heroico espíritu, la franqueza, el donaire, la fanfarronada, y también la virtud modesta y callada. Tenía la calle Ancha mucho de lo que llamamos Salón de conferencias, de lo que hoy es Bolsa, Bolsín, Ateneo, Círculo, Tertulia, y era también un club. Cualquiera que entonces entrase en ella por las calles de la Verónica o Novena y la atravesase en dirección a la plaza de San Antonio, habríase creído transportado a la capital de un pueblo en pleno goce del más acabado bienestar y aun de la paz más completa, si no mostrara otra cosa la multitud de uniformes militares, tan varios como alegres, que abundantemente se veían. Gastaban las damas gaditanas ostentoso lujo, no sólo por hacer alarde de tranquilidad ante las amenazas de los franceses, sino porque era Cádiz entonces ciudad de gran riqueza, guardadora de los tesoros de ambas Indias. Casi todos los petimetres y la juventud florida en masa, lo mismo de la aristocracia que del alto comercio, se habían instalado en los diferentes cuerpos de voluntarios que en Febrero de 1810 se formaron; y como en tales cuerpos ha dominado siempre, por lo común, la vanidad de lucir uniformes y (p.1398) arreos de gran golpe de vista, aquello fue una bendición de Dios para el lucimiento de sastres y costureras, y los milicianos de Cádiz estaban que ni pintados. Debo advertir que se portaron bien y con verdadero espíritu militar en todo lo muy difícil y arriesgado que durante el sitio se les confió; pero su principal triunfo estaba en la calle Ancha entre muchachas solteras, casadas y viuditas. Llamábanse unos los guacamayos, por haber elegido el color grana para su uniforme, y estos formaban cuatro batallones de línea. Menos vistoso y deslumbrador era el vestido de los dos batallones de ligeros, a quienes llamaron cananeos, por usar cananas en vez de cartucheras. Otros, por haber aplicado profusamente a sus personas el color verde, fueron designados con el nombre de lechuguinos, si bien hay quien atribuye este apodo a la circunstancia de pertenecer los tales lechuguinos a los barrios de Puerta de Tierra y extramuros, donde se crían lechugas. Con los mozos de cuerda y trabajadores formose un regimiento de artillería, y como eligieran para decorarse el morado, el rojo y el verde, en episcopal combinación, fueron llamados los obispos, y no hubo quien les quitara el nombre durante todo el transcurso de la guerra. Otros, que militaron en la infantería, y eran modestísimos en estatura y traje, fueron designados con el mote de perejiles, y a las personas graves que habían formado una milicia urbana y exornádose con un levitón negro y cuello encarnado, se les tituló los pavos. Todos llevaban nombre contrahecho, y hasta el cuerpo que se formó con los desertores polacos, no pudo llamarse nunca de los polacos, sino de las polacras. Todo este inmenso, variado y pintoresco personal de guacamayos, cananeos, obispos, perejiles y pavos discurría por la calle Ancha y plaza de San Antonio, llamada entonces Golfo de las damas, en las horas que dejaba libres el servicio, menos penoso y arriesgado allí que en Zaragoza. Formaban los variados uniformes, a los cuales se añadían los nuestros y los de los ingleses, la más animada y alegre mescolanza que (p.1399) puede ofrecerse a la vista; y como las señoras no llevaban sus guardapiés y faldellinas de luto, sino por el contrario, de los más brillantes rasos blancos, amarillos o rosa, con mantillas quier blancas, quier negras, y cintas emblemáticas, y cucardas patrióticas a falta de flores, júzguese de cuán bonita sería aquella calle Ancha, la cual, como calle, y aun desierta y abandonada por el alegre gentío, es, con sólo el adorno de sus lindas casas, de sus balcones siempre pintados y de sus mil vidrios, lo más bonito que existe en ciudades del Mediodía. Desde que llegué hube de encontrar muchos amigos, y comenzó el preguntar y el responder, de esta manera: -¿Qué dice hoy El Diario Mercantil? -Llama ladrones a todos los amigos de las reformas, y dice que llegará día en que el obispo de Orense ponga un grillete al pie a los pícaros que le encausaron por no querer jurar. -Pues para ser enemigo de la libertad de la imprenta, El Diario Mercantil no se muerde la lengua. -¡Pero qué bien le contesta hoy El Conciso! Le dice que los matacandelas de toda luz de la razón, no quisieran que alumbrase al mundo más luz que la de las hogueras inquisitoriales. -Peor les trata El Robespierre Español, que dice: «El antiguo edificio romanesco-gótico-moruno de las preocupaciones caerá, y quedaranse a la luna de Valencia tanto vampiro, cárabo y lechuzo como.. Lámparas mata y el aceite chupa». -Pero veamos qué dice El Concisín. Y sacaron un diminuto papel, húmedo aún como recién salido de la prensa, el cual era una especie de suplemento, hijuela y lugarteniente de El Conciso grande, y en su lenguaje figuraba un niño que venía a contarle a su papá lo que ocurría por las Cortes. -El Concisín dice: «Después del Sr. Argüelles, que habló con tanta elocuencia como de costumbre, antojósele a Ostolaza dar al viento el repiqueteo de su voz clueca y becerril, y entre las risas de las tribunas y el alborozo del paraíso, defendió a los uñilargos y pancirrellenos que viven del arca-boba de la Iglesia». -Hombre, los trata con demasiada benevolencia. (p.1400) -Ellos nos llaman a nosotros herejotes y calabazones. -Si no se puede sufrir a esa canalla. Hay que poner una horca en el Golfo de las Damas para colgar serviles, empezando por los de capilla y acabando por los de faldón. -Deje usted que nos sacudamos a Soult, y los cananeos dejaremos a España como una balsa de aceite. ¿Y qué se sabe del lord? -Va sobre Badajoz. -Massena viene en retirada desde Portugal. -Los franceses han abandonado a Campomayor. -Pronto se unirá Castaños a Wellington. -Señora doña Flora de Cisniega, tenga usted felices días. -Felices, señores guacamayos. Lord Gray, felices, y usted, Sr. de Araceli, téngalos muy buenos, aunque no sea sino por lo caro que se vende. Al mismo tiempo que doña Flora, se presentó ante mí lord Gray. Hablome la dama con cierto sonsonete reprensivo que me hizo mucha gracia. Recibía al mismo tiempo plácemes y finezas de todos los del corrillo, y cortesía va, cortesía viene, la rodeamos llevándola calle adelante como en procesión, con cola de cortesanos. -Señores -dijo doña Flora- la libertad de la imprenta es cosa que ha de darnos muchas jaquecas. ¿No han visto ustedes cómo se atreve El Revisor Político a ocuparse de mis tertulias, y de si van o no van a ellas filósofos y jacobinos? ¿Pues acaso entra en mi casa persona que no sea digna del mayor respeto? No se han atrevido esos pícaros diaristas a nombrarme, pero harto se conoce a quién va dirigido el dardo. -Señora -dijo un guacamayo- la libertad de la imprenta, según dijo Argüelles en las Cortes, allí donde tiene el veneno tiene también la triaca. Pues ellos andan con alusioncitas, devolvámoselas, y no pequeñas como nueces, sino gordas como calabazas, y no rellenas de plomo frío cual las bombas de Villantroys, sino de fuego y metralla cual las nuestras. -¿Qué quiere decir eso, amiguito? -Que a nuestra disposición tenemos El Robespierre Español, El Duende de los Cafés y al pícaro Concisín que se encargarán de poner cual no digan dueñas a los apaga-candelas. -La alusión, señora (p.1401) doña Flora -dijo un obispo- ha salido sin duda de la tertulia de Paquita Larrea, la esposa del Sr. Böhl de Faber. -¿Qué más que escribir una sátira de la tal tertulia con mucha sal y pimienta, retratando a todos los que van a ella, y mandarla al Robespierre para que la estampe? -añadió un pavo. -No quiero que se diga que la sátira se ha fraguado en mi casa -dijo doña Flora-. En paz con todo el mudo es mi mote, y si a mis tertulias van tantas personas honradas y discretas es por pasar el tiempo cultamente, y no para enredos e intriguillas. -Es preciso defender la libertad hasta en las tertulias -dijo un obispo, o un lechuguino, que esto no lo recuerdo bien. -En las trincheras es mejor -repuso doña Flora-. No quiero reñir con Paquita Larrea, que si ella recibe a los Valientes, Ostolazas, Teneyros, a los Morros y Borrulles, yo tengo el gusto de que vayan a mi casa los Argüelles, Torenos y Quintanas, y no porque los haya escogido en el haz de los que llaman liberales, sino porque casualmente concordaron en ideas. -No nos prive usted del placer de hacer una letrilla al menos en honor de los tertulios de la Larrea -dijo un perejil. -No, señor perejil -repuso ella- reprima usted sus bríos liberales, que ya voy viendo que la dichosa libertad de la imprenta es un azote de Dios, y un castigo de nuestros pecados, como dice el Sr. D. Pedro del Congosto. Debo indicar, que doña Francisca Larrea, esposa del entendido y digno alemán Böhl de Faber, era mujer de mucho entendimiento, escritora, lo mismo que su marido a quien eran muy familiares los primores de la lengua castellana. De este matrimonio, nació Eliseo Böhl, a quien debemos las mejores y más bellas pinturas de las costumbres de Andalucía, novelista sin igual y de fama tan grande como merecida dentro y fuera de España.(11) Luego que la nube de guacamayos, cananeos y demás tropa voluntaria descargó el nublado de sus adulaciones y cortesías, doña Flora, aprovechando un claro de la conversación, me dijo: -¡Muy bien, Sr. D. Gabriel! Días y más días sin pasar por casa. Después de (p.1402) aquella tremenda y borrascosa escena con D. Pedro, pocas veces has ido por allá. Y no quedó poco comprometido mi honor.. -Señora, francamente, temo que el señor D. Pedro me ensarte con su gran espadón, porque de que está celoso como un turco no me queda duda alguna. Su señoría el gran cruzado, va a tomar una venganza terrible por el grandísimo agravio que le he hecho. Conté a lord Gray en breves palabras lo ocurrido. -No temas nada -dijo doña Flora-. Ahora te agradeceré que vayas a casa a llevar a la señora condesa un recadito que me importa mucho. -Con mil amores. ¿Pero está allí D. Pedro? -¡Qué ha de estar! -Respiro. -Pues bien. Vas a casa al momento, y dices a Amaranta, que si quiere ver a Inés y aun hablarla, vaya a las Cortes. Ella tiene cédula para la tribuna. -¿Qué dice usted? -exclamé con asombro-. ¿Que Inés está en las Cortes? -Sí, se han plantado en San Felipe las tres niñas beatas. ¿Qué te parece? Hace un rato volvía yo de la secretaría de Consolidación y Contaduría general, en la plazuela de San Agustín, y me las encontré con D. Paco. Díjome el buen preceptor, que las pobrecitas hacía dos semanas que estaban suplicando a la señora doña María que las dejase salir a dar un paseíllo por la muralla; y por último parece que los muchos ruegos y continuas lamentaciones ablandaron la roca de las terquedades de la condesa, que permitió a sus tres cautivas esparcirse un poco en el día de hoy, durante hora y media. Bajo la tutela de D. Paco, en quien tiene confianza sin límites la señora, dejolas esta salir, después de vestirlas a lo monjil en tales modos, que parece van pidiendo para la Archicofradía de los Clavos y Sagradas Espinas de Hermanas Siervitas con voto de pobreza. »Dioles orden expresa de pasearse desde la Aduana hasta el baluarte de la Candelaria, yendo y viniendo tres veces, sin que por causa alguna infringiesen esta premática paseantil, ni traspasasen la línea indicada, ni menos se internasen en las calles de Cádiz, por donde después que están aquí las Cortes, discurren, como dice el Sr. (p.1403) Teneyro, todos los pecados y vicios en endemoniada procesión.. Pero, ¿qué hacen mis niñas? Verás. En cuanto llegaron a la calle del Baluarte amotináronse, empeñándose en que D. Paco las había de llevar a las Cortes, porque tenían gran curiosidad, sed devoradora de ver tan bonito espectáculo; gruñó el pobre preceptor, chillaron ellas, se aferró él al programa que le trazara su ama, rebeláronse las chicas, negándose a ir a la muralla, y luego le acribillaron a pellizcos y alfilerazos. Presentación propuso a las otras dos arrojar a D. Paco al mar, y después le quitaron el sombrero para guardarlo en rehenes y privarle de tan útil prenda, si no las llevaba al Congreso Nacional. »Una de ellas tenía una papeleta de tribuna, que sin duda algún galán travieso le dio con el fin que puede suponerse. Antes los galanes, cuando no podían comunicarse con sus amadas, las citaban en las iglesias, donde la religiosa oscuridad protegía el trasiego de las cartitas, el apretón de manos u otro desahogo de peor especie, mientras los padres embobados contemplaban las llamaradas del cuadro de Ánimas del Purgatorio. Hoy cuando no puede haber reja ni correo, los amantes se suelen citar en la tribuna de las Cortes. Es esta una invención donosísima, ¿no es verdad, lord Gray? Sin duda está muy en boga en los parlamentos de Inglaterra, y ahora nos la introducen en España para mejoramiento de las costumbres. Lord Gray, que había puesto atención a lo que doña Flora nos contaba, repuso con malicia: -Señora mía, deme usted licencia para retirarme, porque tengo una ocupación, un quehacer imprescindible no lejos de aquí. -Sí, vaya usted, vaya usted. Ahora deben estar en la discusión de los señoríos jurisdiccionales. Mucho ruido, mucho barullo en las tribunas. Usted entrará en la de los diplomáticos, que está mano a mano con la de señoras. Corra usted, adiós. Dejome lord Gray en las garras de doña Flora, la cual continuó así: -El pobre D. Paco se defendió hasta que no pudo más. ¡Pobre señor! No tuvo más remedio que bajar la cabeza ante el número y llevarlas (p.1404) a las Cortes. Cuando le encontré y me contó el lance, iba el pobre tan cari-entristecido, cual si lo llevaran a ajusticiar, y me dijo: «Ay de mí, si doña María llega a saber esto.. ¡Malditas sean las Cortes y el perro que las inventó!». -¿Estarán todavía allá? -Sí; corre a avisárselo a la condesa. La pobrecita hace tiempo que está arando la tierra por ver a Inés dentro o fuera de su cárcel, y no puede conseguirlo, pues a ella no la admiten allá, y se pasan meses y meses sin que se les permita dar un paseo con el ayo. Conque ve a decírselo y tú mismo la acompañarás a San Felipe. No tardes, hijo, y en seguida a casa derechito que tengo que hablarte. ¿Comerás hoy con nosotros? Me despedí con gran precipitación de doña Flora, dejándola en poder de los guacamayos, y me alejé de allí; pero en vez de correr hacia la calle de la Verónica, mi curiosidad, mi pasión y un afán invencible me impulsaron hacia la plaza de San Felipe, olvidando a Amaranta y a doña Flora, fija el alma y la vida toda en las tres muchachas, en D. Paco, en lord Gray, en las Cortes, en los diputados y en la discusión sobre señoríos jurisdiccionales.
Ep-8-XVII - Llegué, y en la pequeña plazoleta que hay a la entrada de la iglesia, entonces convertida en Congreso, había, como de costumbre, gran gentío. Extendí con avidez la vista por la multitud de caras que allí se confundían, y no vi ninguna de las que buscaba. Pensando que estarían todos arriba, traspasé la puertecilla que conducía a la escalera de las tribunas, pero en el vestíbulo, o más bien pasadizo, la gente que bajaba, tropezando con la que quería subir, formaba remolinos y marejada. Pugnaba yo por entrar cuando vi cerca de mí a Presentación, que estrujada por espaldas y hombros muy robustos, mostraba gran aflicción y pesadumbre de haberse metido en tal fregado. Las otras dos y D. Paco no estaban allí. Al punto acudí a sacarla de apreturas, y al reconocerme se alegró mucho y me dio las gracias. -¿Dónde están las otras dos y D. Paco? -le pregunté. -¡Ay!, no sé.. -exclamó con zozobra-. Entre el gentío, Inés y Asunción se (p.1405) separaron de mí. Después las vimos con lord Gray en el fondo de este pasadizo. D. Paco fue tras ellas y a ninguno veo. -Pues avancemos -dije resguardándola con mis brazos-. Ya parecerán. Despejose algo el local con la salida de una fuerte masa de gente, cansada ya de oír discursos, y entonces vi venir a D. Paco, como que bajaba de la escalera de las tribunas reservadas. -No están -decía el pobre viejo con la mayor ansiedad-. Asuncioncita e Inesita han desaparecido. Deben de haber salido otra vez a la calle. Lord Gray se juntó a ellas. ¡Dios mío! ¿Qué nueva tribulación es esta? Señor de Araceli, ¿las ha visto usted? -Subamos, que arriba han de estar. -Que no están. ¡En buena nos han metido!.. El santo Ángel de la Guarda me acompañe. Estas niñas me harán condenar, señor de Araceli.. ¿Se habrán metido abajo en el salón de sesiones? -Yo no he traído papeleta para las tribunas reservadas; pero subamos a la pública y desde allí veremos si están. -Yo me muero de pena -exclamó el buen profesor con lastimosos aspavientos-. ¿Dónde estarán esas dos niñas? El gentío las separó de nosotros por casualidad.. ¿qué digo casualidad? El demonio ha andado aquí. -Yo subiré con esta madamita a la tribuna pública, y veremos si están o no están aquí. -Yo saldré a la calle.. Yo buscaré por todo el edificio; yo volveré patas arriba Cortes y procuradores, y han de parecer, aunque se hayan metido dentro de la campanilla del presidente o en la urna donde se vota. ¡Qué aprieto, qué compromiso, qué situación! Y el pobre viejo se echó a llorar como un chiquillo. -Subamos, Sr. de Araceli -dijo resueltamente Presentación- que tengo mucho deseo de ver eso. La muchacha, en su anhelo de ver las Cortes, no se cuidaba de la pérdida de sus compañeras. -Suban ustedes a la tribuna pública -dijo D. Paco- y aguárdenme allí, que voy a preguntar a los porteros. Presentación se aferró a mi brazo, y lejos de hacer peso en él, parecía que me impulsaba y aligeraba, según era su impaciencia y afán de subir pronto. Cuando (p.1406) llegamos arriba y entramos, no sin trabajo, en la tribuna, la pobre muchacha mostraba en sus asombrados ojos y en el encendido color de sus mejillas, la viva emoción que espectáculo tan nuevo para ella le produjera. Al abarcar con la vista la iglesia-salón, observé la tribuna de señoras, la de diplomáticos, y no vi a las dos muchachas ni a lord Gray. Asombrado de esto, pensé retirarme para buscar fuera; pero Presentación, arrobada y suspensa con la gravedad del Congreso y el hablar de los diputados, me dijo deteniéndome: -D. Paco las buscará. Yo he venido aquí para ver esto, Sr. de Araceli. Acompáñeme usted un momento. Mi hermana e Inés pueden parecer cuando quieran. ¿Quién les mandó separarse? -¿Pero no vio usted hacia qué parte fueron con lord Gray? -No sé -repuso sin poder apartar su atención de lo que estaba viendo-. ¿Sabe usted, Sr. de Araceli, que esto es muy bonito? Me gusta tanto como los toros. Traté de acomodarla en un asiento, y para esto me fue forzoso molestar a algunas personas de las que se habían instalado allí desde el principio de la sesión y asistían con devotísimo recogimiento a los debates. Gruñeron unos, murmuraron otros; pero al fin Presentación obtuvo un puesto y yo otro a su lado; pero mi inquietud y ansiedad eran tales, que me levantaba con frecuencia para alargar el cuerpo fuera de las barandillas con objeto de examinar todo el ámbito del salón y las pobladas tribunas. Fáltame decir que el gentío que nos acompañaba en la pública, era compuesto, en parte, de gente de baja esfera; y en parte, de personas graves del comercio menudo, de tenderos, periodistas y también muchos vagos de la calle Ancha y algunas mozas de diferente estofa. La iglesia, convertida en salón, no era grande. Ocupaban los diputados el pavimento, la presidencia el presbiterio y los altares estaban cubiertos con cortinones de damasco, que los escondían, lo mismo que a las imágenes, de la vista del público, como objetos que no habían de tener aplicación por el momento. El arquitecto Prast, reformador del edificio, (p.1407) discurrió también sin duda que a los santos no les haría mucha gracia aquello. Algunos han creído que los diputados subían al púlpito para hablar; pero no es cierto. Los diputados hablaban, como hoy, desde sus asientos; y los púlpitos no servían para nada más que para apolillarse. Tenía la iglesia sus tribunas laterales, que fueron destinadas a los diplomáticos, a las señoras y al público distinguido; y en los pies del edificio abriéronse dos nuevas con barandal de madera, que se dedicaron al pueblo en general, y que éste invadió desde las primeras sesiones, alborotando más de lo que parecía conveniente al decoro de su recién lograda soberanía. Presentación no tenía ojos más que para observar la presidencia, los diputados, y muy principalmente al que hablaba; las tribunas, los ujieres, el dosel, el retrato del rey; ni tenía alma más que para atender a aquellos indefinibles bullicios, propios de todo cuerpo deliberante, y que son como el aliento de la pasión que allí por tan diferentes órganos habla, del noble entusiasmo, del vil egoísmo; el sordo mugir de las mil ideas, siempre desacordes, que hierven dentro de ese cerebro calenturiento que se llama salón de sesiones. Yo observé la estupefacción de la muchacha, y le dije: -¿Le gusta a usted este espectáculo? -Muchísimo. Nos habían dicho que era muy feo, pero es bonito. ¿Quién es aquel señor que está en medio del redondel? -Es el presidente. Es el que dirige esto. -Ya, ya.. Y cuando quiera mandar una cosa, sacará el pañuelo y lo agitará en el aire. -No, señora doña Presentacioncita. Así pasa en los toros; pero aquí el presidente se vale de una campanilla. -Y el diputado que va a hablar, ¿por dónde sale? ¿Por detrás de aquella cortina o por esa puertecilla? -El diputado no sale por ninguna parte, que aquí no hay toril ni telones. El diputado está en su asiento, y cuando quiere hablar se levanta. Vea usted: todos esos que ahí están son diputados. La muchacha, a cada nueva conquista hecha por su inteligencia en el conocimiento de las cosas parlamentarias, más sorpresa (p.1408) mostraba, y no distraía su atención del Congreso sino para hacerme preguntas tan originales a veces, y a veces tan inocentes, que me era muy difícil contestarle. Carecía en absoluto de toda idea exacta respecto de lo que estaba presenciando; y aquel espectáculo la conmovía hondamente, sin que las ideas políticas tuviesen ni aun parte mínima en tal emoción, hija sólo de la fuerte impresionabilidad de una criatura educada en estrechos encierros y con ligaduras y cadenas, mas con poderosas alas para volar, si alguna(12) vez rompía su esclavitud. Era tierna, sensible, voluble, traviesa, y por efecto de la educación, disimuladora y comedianta como pocas; pero en ocasiones tan ingenua, que no había pliegue de su corazón que ocultase, ni escondrijo de su alma que no descubriese. Por esto, que era sin duda efecto de un anhelo irresistible de libertad, aparecía a veces descomedida y desenvuelta con exceso. Poseía en alto grado el don de la fantasía; la falta de instrucción profana unida a aquella cualidad, la hacía incurrir en desatinos encantadores. No sólo en aquella ocasión, sino en otras varias, observé que al separarse de doña María y al sentirse libre del peso de aquella gran losa de la autoridad materna, desbordábanse en ella con desenfrenada impetuosidad, fantasía, sentimiento, ideas y deseos. Presenciando la sesión, no cabía en sí misma; tan inquieta estaba, y tan sublevados sus nervios y tan impresionados sus sentidos. -Señor de Araceli -me dijo después que por un instante meditó- ¿y esto para qué es? -¿El Congreso? -Sí, eso es; quiero decir que para qué sirve el Congreso. -Sirve para gobernar a los pueblos, juntamente con el rey. -Comprendido, comprendido -repuso vivamente agitando su abaniquillo-. Quiere decir que todos estos caballeros vienen aquí a predicar, y así como los curas de las iglesias predican diciendo que seamos buenos, los procuradores de la nación predican otras cosas; viene la gente, los oye y nada más. Sólo que, según dicen los que van de noche a casa, los diputados predican que seamos malos, (p.1409) y esto es lo que no entiendo. -Esos discursos -le contesté risueño- no son sermones, son debates. -Efectivamente; me ha parecido que no son sermones, sino que uno dice una cosa, otro otra, y parece como que disputan. -Justamente. Disputan; cada uno dice lo que cree más conveniente, y después.. -El disputar me gusta mucho. ¿Sabe usted que me estaría aquí las horas muertas oyendo esto? Pero me agradaría que hablaran fuerte y se insultaran, tirándose los bancos a la cabeza. -Alguna vez.. -Pues yo quiero venir ese día. ¿Se anunciará por carteles en las esquinas? -Nada de eso. La política no es una función de teatro. -¿Y qué es la política? -Esto. -Ahora me parece que lo entiendo menos. Pero ¿quién es ese hombre alto, moreno y de aspecto temeroso, que está hablando ahora? Le aseguro a usted que ese modo de charlar me gusta. -Es el Sr. García Herreros, diputado por Soria. La atención del Congreso estaba fija en el orador, uno de los más severos y elocuentes de aquella primera fecunda hornada. Profundo silencio reinaba en el salón lo mismo que en las tribunas. Callamos Presentación y yo, y atendimos también, ambos absortos y suspensos, porque la palabra de García Herreros, enérgica y sonora, era de las que imperiosamente se hacen oír y acallan todos los rumores de una Asamblea. Combatiendo las servidumbres, exclamaba: -«¿Qué diría de su representante aquel pueblo numantino, que por no sufrir la servidumbre quiso ser pábulo de la hoguera? Los padres y tiernas madres que arrojaban a ellas a sus hijos, me juzgarían digno del honor de representarles, si no lo sacrificase todo al ídolo de la libertad? Aún conservo en mi pecho el calor de aquellas llamas, y él me inflama para asegurar que el pueblo numantino no reconocerá ya más señorío que el de la nación. Quiere ser libre y sabe el camino de serlo».
Ep-8-XVIII - (13) Ruidosos aplausos de abajo, y aplausos, patadas y gritos de arriba, ahogaron las últimas palabras del orador. Presentación me miró, y sus mejillas estaban inundadas de lágrimas. -¡Oh, Sr. de (p.1410) Araceli! -me dijo-. Ese hombre me ha hecho llorar. ¡Qué hermoso es lo que ha dicho! -Señora doña Presentacioncita, ¿no repara usted que ni su hermana, ni Inés, ni lord Gray parecen por ningún lado? -Ya parecerán. D. Paco ha ido a buscarlas y dará con ellas.. Ahora está hablando otro, y dice que aquel no tiene razón. ¿Cómo entendemos esto? Otro orador usó de la palabra, pero por poco tiempo. -Parece que ahora tratan de otro asunto -dijo la muchacha, observando siempre-. Y allí se ha levantado uno que saca un papel y lo lee. -Se me figura que ese es D. Joaquín Lorenzo Villanueva, el diputado por Valencia. -Es clérigo. Parece que lee un papel impreso. -Es sin duda un periódico de los que ponen como chupa de dómine a las Cortes. Aquí acostumbran leer las picardías que los papeles públicos dicen de los diputados, y las contestaciones que estos se sirven dirigirles. En efecto: Villanueva, furioso porque El Conciso se reía de sus proyectos de ley, lo denunciaba al Congreso Nacional, y luego nos regalaba la contestación. Era esta una de las anomalías y rarezas de aquella nuestra primera Asamblea, bastante inocente para detenerse en disputar con los periódicos, dictando luego severas penas que contradecían la libertad de la imprenta. -Parece que va a haber tumulto -me dijo Presentación-. ¡Cielos divinos! Se levanta a hablar otro predicador.. Pero si es Ostolaza.. ¿no le ve usted?, el mismo Ostolaza. ¿No ve usted su cara redonda y encarnada?.. Si su voz parece una matraca.. y ¡qué gestos, qué miradas!.. Ostolaza empezó a hablar, y con su discurso las risas y burlas, arriba y abajo, sin que el presidente pudiera acallarlas, ni el orador hacerse oír con claridad. Volviose a las tribunas y con el gesto desenfadado las despreció, y crecieron tumultos y voces, sobre todo en nuestro balcón, donde varios individuos de sombrero gacho y marsellés no podían convencerse de que estaban en lugar muy distinto de la plaza de toros. -Dice que nos desprecia -exclamó Presentación en voz muy baja-. Se ha puesto rojo como un (p.1411) tomate. Amenaza a las tribunas porque nos reímos de su facha. Sí, Sr. Ostolaza, nos reímos de usted.. Miren el mamarracho, espantajo. ¿Por qué no le retiran las licencias? Si es un predicador de aldea.. Insulta a los demás. ¿Usted qué sabe, so bruto? ¿Porque en casa le oímos con la boca abierta cuando nos sermonea, cree que le van a tolerar aquí?.. Un individuo de las tribunas gritó: -¡Afuera el apaga candelas! Y el barullo y vocerío tomaron proporciones tales que los porteros nos amenazaron con echarnos a todos a la calle. -Sr. de Araceli -me dijo Presentación, encendida y agitada por el entusiasmo- tendría un grandísimo placer.. ¿en qué creerá usted? Me regocijaría muchísimo.. ¿de qué pensará usted? De que ahora se levantara de su asiento el señor presidente y le diera dos palos a Ostolaza. -Aquí no es costumbre que el presidente apalee a los diputados. -¿No? -exclamó con extrañeza-. Pues debiera hacerlo. Me estaría riendo hasta mañana: dos palos, sí señor, o mejor cuatro. Los merece. Aborrezco a ese hombre con todo mi corazón. Él es quien aconseja a mamá que no nos deje salir, ni hablar, ni reír, ni pestañear. Asunción dice que es un zopenco. ¿No cree usted lo mismo? -¡Que le den morcilla! -gritó una voz becerril en el fondo de la galería. -Comparito -dijo otra voz dirigiéndose al orador- ¿todo ese enfao es verdá o conversasión? -Señores -exclamó volviéndose a todos lados, un diarista almibarado, peli-crecido y amarillento- estos escándalos no son propios de un pueblo culto. Aquí se viene a oír y no a gritar. -Camaraíta -preguntole con sorna un viejo chusco que allí cerca había- eso que osté ha dicho ¿es jabla o rebuzno? -Sóplenme ese ojo -gritó otro. -Señores, que el presidente nos va a echar a la calle y perderemos lo mejor de la sesión. -Señora doña Presentacioncita -dije yo a la muchacha- bueno será que nos marchemos. La tribuna se alborota y no es prudente seguir aquí. Además los extraviados no parecen y debemos buscarlos fuera. -Esperemos aún.. En suma, Sr. D. Gabriel -me (p.1412) dijo con encantadora inocencia- ¿todos esos hombres para qué están aquí, para qué hablan, para qué gritan? Le contesté lo que me parecía y no me entendió. -Ostolaza sigue hablando. Sus brazos parecen aspas de molino.. Todos se ríen de él. Veo que las Cortes, como los teatros, tienen su gracioso. -Así es en efecto. -Y el gracioso es Ostolaza(14).. Pues me parece que junto a él está el Sr. Teneyro.. ¡Qué par! Si querrá también hablar.. Dígame usted otra cosa, ¿quién es ese señor Preopinante de quien todos hablan tan mal? -El Preopinante es el que ha hablado antes. -Dígame usted. Y cuando tengamos rey, ¿Su Majestad vendrá también a predicar aquí? -No lo creo. -¿Y en qué consiste eso que dicen de que con Cortes hay libertad? -Es una cosa difícil de explicar en pocas palabras. -Pues yo lo entiendo de este modo.. Pongo por caso.. las Cortes dirán: ordeno y mando, que todos los españoles salgan a paseo por las tardes, y vayan una vez al mes al teatro, y se asomen al balcón después de haber hecho sus obligaciones.. Prohíbo que las familias recen más de un rosario completo al día.. Prohíbo que se case a nadie contra su voluntad y que se descase a quien quiere hacerlo.. Todo el mundo puede estar alegre siempre que no ofenda al decoro.. -Las Cortes harán eso y mucho más. -¡Oh, Sr. Araceli, yo estoy muy alegre! -¿Por qué? -No sé por qué. Siento deseos de reír a carcajadas. Siempre que salgo de casa, y voy a alguna parte donde puedo estar con alguna libertad, me parece que el alma quiere salírseme del cuerpo y volar bailando y saltando por el mundo; me embriaga la atmósfera y la luz me embelesa. Todo cuanto veo me parece hermoso, cuanto oigo elocuente (menos lo de Ostolaza), todos los hombres justos y buenos, todas las mujeres guapas, y me parece que las casas, la calle, el cielo, las Cortes con su presidente y su preopinante me saludan sonriendo. ¡Oh, qué bien estoy aquí! Inés y Asunción no parecen, D. Paco tampoco. Cuanto más tarde vengan mejor. Otra cosa.., ¿por qué no ha seguido usted (p.1413) yendo a casa por las noches? Nosotras nos hemos reído de usted. -¿De mí? -pregunté con turbación. -Sí, porque se la echaba usted de devoto para agradar a mamá. ¡Qué bien hacía usted su papel! Lo mismo, lo mismito hacemos nosotras. Me asombré de la frescura con que la infeliz niña decía claramente que engañaba a su mamá. -Vaya usted a casa. A nosotras no nos dejaban hablar con usted, pero nos entretuvimos mirándole. -¡Mirándome! -Sí, sí; a todo el que va a casa le examinamos y le medimos las facciones línea por línea. Después, cuando nos quedamos solas, decimos cómo tiene el pelo, los ojos, la boca, los dientes, las orejas, y disputamos sobre cuál de las tres se acuerda mejor. -Bonita ocupación. -Las tres estamos siempre juntas. La señora marquesa de Leiva está muy enferma, y como mamá dice que quiere tener a Inés bajo su vigilancia, ha mandado que viva en casa. Las tres dormimos en una misma alcoba y charlamos bajito por las noches. ¡Ah! ¿Sabe usted lo que me ha dicho Inés? Que usted está enamorado. -¡Qué bromazo! Tal cosa no es verdad. -Sí, nos lo dijo, y aunque no me lo dijera.. Eso se conoce. -¿Lo conoce usted? -Al instante. En cuanto veo a una persona. -¿Dónde ha aprendido usted eso? ¿Lee usted novelas? -Jamás. No las leo; pero las invento. -Eso es peor. -Todas las noches saco de mi cabeza una distinta. -Las novelas inventadas son peores que las leídas, señora doña Presentacioncita. -Vuelva usted a casa por las noches. -Volveré. Lord Gray las entretiene a ustedes bastante. -Lord Gray no va tampoco -dijo con pena. -¿Y si supiera doña María que usted ha venido aquí? -Creo que nos mataría. Pero no lo sabrá. Inventaremos algo muy gordo. Diremos que venimos del Carmen, donde fray Pedro Advíncula nos entretuvo contándonos vidas de santos. Otras veces le hemos dicho esto, y luego fray Pedro Advíncula no nos ha desmentido. Es un santo varón y yo le quiero mucho. Tiene las manos blancas y finas, los ojos dulces, la voz suave, el habla graciosa; sabe tocar (p.1414) el ole en un organito muy mono, y cuando no está mamá delante, habla de cosas mundanas con tanta gracia como decencia. -¿Y fray Pedro Advíncula, va a casa de usted? -Sí.. es amigo de lord Gray. Es el que hace la preparación espiritual de Inés para el matrimonio, y de Asunción para el monjío.. Se me figura (y esto es reservado) que él llevó la papeleta de la tribuna. -Y a usted ¿no la prepara para algo? -A mí -contestó la muchacha con profundo desconsuelo- a mí, para nada. Yo estaba absorto, pasmado y lelo, contemplando la seductora ignorancia, la infantil malicia, la franqueza sin freno de aquella alma, a quien la falta de toda educación mundana presentaba en la desnudez de su inocencia. Como era linda de rostro, y había tal viveza en su hablar espontáneo y armonioso, me encantaba verla y oírla, y como vulgarmente se dice con respecto a los niños, me la hubiera comido. No hallo otra frase mejor para expresar la admiración que aquel raudal de gracia y travesura, de sentimiento y de dulce ingenuidad me producía. Nombré antes a los niños, y aquí repito, aunque Presentacioncita había dejado de serlo, a mí me hacía el efecto de uno de esos chiquillos sentenciosos, que con sus verdades como puños nos causan asombro y risa. Verdad es que la de Rumblar, aun haciéndome reír, me causaba al mismo tiempo tristeza.
Ep-8-XIX - De pronto miré a la tribuna de señoras, que estaba al lado de la Epístola, en lo que podemos llamar el proscenio de la iglesia, y creí distinguir a las dos muchachas. -¡Allí están, allí están!.. -dije a mi acompañante. -Sí, y en la tribuna inmediata, que es la de los diplomáticos, está lord Gray. ¿No le ve usted?.. Está con la cabeza entre las manos, pensativo y meditabundo. -No habla con ellas, ni puede hablar, porque una tabla les separa. Acaban de entrar en este momento. Llegó a la sazón D. Paco, rojo como un pimiento, y abriéndose paso por entre la apiñada muchedumbre de galerios (así llamaban a los devotos de aquella religión, y así les nombraron después en son de remoquete en el (p.1415) tiempo de las persecuciones), acercósenos y nos dijo: -¡Gracias a Dios que han parecido!.. Lord Gray las llevó engañadas al campanario de la iglesia.. después adentro.. después a la calle.. ¿Hase visto infamia semejante?.. ¡Estoy bramando de furor!.. ¿Qué habrán hecho, señor de Araceli, qué habrán hecho?.. La señora doña Inesita estaba más pálida que una muerta, y la señora doña Asuncioncita más roja que una amapola.. Vámonos, niña, vámonos de aquí. -Sí, vámonos -repetí yo. -Yo no me muevo de aquí, Paquito. Esto me gusta mucho. Ya han acabado de leer periódicos y papeles y vuelven los discursos.. ¿Quién habla? -Es el Sr. de Argüelles. ¡Buen pájaro está! ¡Pues bonitas cosas está oyendo la niña! -dijo D. Paco en voz más alta que la que a la respetabilidad del sitio correspondía-. Tratar de abolir las jurisdicciones, los señoríos, los fueros, el tormento y el derecho de poner la horca a la entrada del pueblo, y de nombrar jueces; quieren quitar las prestaciones y demás sabias prácticas en que consiste la grandeza de estos reinos. -Pues que lo supriman todo -dijo Presentación con enfado-. De aquí no me muevo hasta que lo supriman todo. -La niña no sabe lo que habla -exclamó D. Paco, suscitando los murmullos de los circunstantes con lo destemplado de su voz-. Ahora la señora doña María no podrá nombrar el alcalde de Peña-Horadada, ni cobrará tanto de fanega en el molino de Herrumblar, ni las doce gallinas de Baeza, ni podrá prohibir la pesca en el arroyo, ni los asnos de casa podrán meterse en las heredades del vecino a comerse lo que se les antoje. -Señó abate -gritó una voz, mientras una mano pesaba con formidable empuje sobre los hombros del preceptor-; siéntese y calle. -Caballero -dijo otro- ¿se podría saber quién es usted? -Soy D. Francisco Xavier de Jindama -repuso con timidez y urbanidad el viejo. -Lo digo porque en cuanto le vi a usted y le oí, diome olor a lechucería. -Quiere decir que es usted de la hermandad de los bobos -añadió una moza que frontera a D. Paco estaba-. Con su voz de matraca no nos deja oír (p.1416) los escursos. -Haya paz, señores -exclamó un tercero- y silencio. Aquí no se viene a lamentarse de que los asnos no puedan entrar en la heredad ajena. -El asno será él. -¡Orden y conveniencia! -gritó el portero-. Si no, en nombre de Su Majestad les echo a todos a la calle. -Aquí no hay ninguna Majestad -dijo D. Paco. -La Majestad son las Cortes, señor esparaván -afirmó con enfado un galerio. -Es de los que vienen a aplaudir cuando rebuzna Ostolaza -dijo otro señalando a don Paco. Viendo que la cuestión se agriaba, empeñeme en romper por medio del gentío, y esto causó nueva confusión y reconvenciones. Al mismo tiempo entre los diputados sonó rumor de disgusto por lo que pasaba en la tribuna, habló el presidente imponiendo silencio a los galerios, y acallados estos un tanto, el diputado Teneyro tomó la palabra. Como si la primera pronunciada por el buen cura de Algeciras fuera señal convenida, desatose una tempestad de risas y demostraciones, y cuanto más el orador alzaba la voz, más la ahogaban entre su murmullo los de arriba. Repetir el sinnúmero de dichos, agudezas y apodos que salieron como avalancha de la tribuna pública, fuera imposible. Jamás actor aborrecido o antipático recibió tan atroz silba en corrales de Madrid. Lo extraño es que siempre pasaba lo mismo. Ya se sabía: hablar Teneyro y alborotarse el pueblo soberano, eran una misma cosa. ¡Y qué ceceo el suyo, qué ademanes tan graciosos, qué ira olímpica para apostrofar a las tribunas, qué lastimoso gesto, qué cruzar de brazos, qué arrugada cara, qué singular donaire para decir disparates, ya abogando por la Inquisición, ya por una soberanía popular a la moda, representada por una especie de concilio de párrocos y guerrilleros! Vamos, francamente, era cosa de morir de risa. El presidente sabía que sesión en la cual Teneyro hablase, era sesión perdida, por no ser posible contener a las tribunas; trabábanse disputas inevitables entre ciertos procuradores y el público, y el escándalo obligaba a despejar los altos de la iglesia. Esto ocurrió en aquel (p.1417) día, cuando el Cicerón de Algeciras, volviéndose hacia arriba con ademanes descompuestos y lengua balbuciente, gritó: -Ya sabemos que esa es gente pagada. Al oír esto, los denuestos, los improperios que lanzó el pueblo llenaron el ámbito de la iglesia en términos que aquello parecía una jaula de locos. Agitábanse los diputados, echándose unos a otros la culpa del alboroto; nos apostrofaban también desde abajo llamándonos canalla soez, y los porteros dieron principio a la expulsión. Aquí de los apuros. Presentación y yo queríamos salir sin poder lograrlo, por tener delante una muralla de carne humana que resistía la orden del presidente. Algunos se echaron fuera; mas no por eso se acalló el tumulto, y lo peor fue que aparecieron de súbito dos o tres personas que tomaron el partido del orador silbado contra el silbante pueblo. -¡Que ustedes son unos servilones, mata candelas! -¡Que ustedes son unos afrancesados! -Que ustedes son.. -imagínese el lector lo peor que haya oído en plazas, presenciado en tabernas y aprendido en garitos. Y no paró aquí el desastre, sino que don Paco, viendo que alguien tomaba a pechos la defensa del pobre Teneyro, arriesgose, como leal amigo y contertulio, a ponerse de su parte. -Envidia, no es más que envidia y rabia por las verdades como puños que dice -exclamó. En mal hora lo dijera. Vimos desaparecer su enjuta figura entre una masa uniforme de brazos y manos. Presentación gritó con angustia: -¡Que matan al pobre D. Paco! Salió el infeliz, o lo sacaron, es decir, allá se fue todo junto, víctima y verdugos, por la puerta afuera. Con esto se despejó un tanto la tribuna y pudimos salir de los últimos tras la oleada de gente que mal de su grado abandonaba la sesión. Quisimos auxiliar al maestro, pero no nos era posible por hallarse distante; y aunque el infeliz no recibió golpe de arma alguna, las herramientas de puños y codos le hacían mucho daño. Al fin, acosado por todos, huyó, corriendo velozmente por la escalera abajo, dando no pocos tumbos y costaladas. Nuestra gran (p.1418) contrariedad consistía en que nos separaba de él una masa enorme de gente que nunca acababa de salir; así es que, cuando llegamos abajo, en vano mirábamos a todos lados. D. Paco no estaba. Hacíamos preguntas a todos, pero nadie nos daba razón satisfactoria. Quién decía; «le han llevado adentro»; quién «le han llevado afuera». -¡Qué situación, qué compromiso! -decía la muchacha-. ¿Pero dónde está el pobre don Paco? Ahora tendré que ir a casa sola o con usted. En la calle había también apiñado gentío, entre el cual vi a uno de esos individuos que se aparecen como llovidos en toda escena de agitación popular, dispuestos a echar el peso, no de su autoridad, sino de sus garrotes, en la balanza de las contiendas políticas. ¡Desgraciado Teneyro, desgraciado Ostolaza! ¡Qué ovación les esperaba! La hermandad de la porra no es tan antigua como el mundo, no; pero entradilla en años es. -Busquemos, busquemos a ese infeliz -me decía mi linda pareja-. De modo que tengo que ir sola a casa.. ¿Y qué voy a decir?.. Y mi hermana e Inés ¿dónde están?.. ¡Oh, señor de Araceli, más vale que se abra la tierra y me trague! Al fin nos dio razón del desgraciado preceptor un soldado, diciéndonos: -Se lo llevaron entre cuatro. -¿Pero a dónde, no se sabe a dónde? El soldado, encogiéndose de hombros, fijó su vista en la puerta de San Felipe, por donde salían bastantes diputados. Felizmente y gracias a la intervención de D. Juan María Villavicencio, los que se disponían a obsequiar a Teneyro y Ostolaza no pasaron a vías de hecho; mas con la agudeza de sus silbidos y el mugir de sus insultos fueron dando música a ambos personajes por largo trecho de la calle. Fue aquel lance uno de los muchos que afearon la primera época constitucional; pero no llegó a ser tan escandaloso como el ocurrido poco después con motivo del famoso incidente Lardizábal, y que puso en gran peligro la vida de D. José Pablo Valiente, diputado absolutista, el cual hubiera sido despedazado por el pueblo si Villavicencio no le librara heroicamente de las garras de aquel, (p.1419) embarcándole al instante. -¡Virgen Santísima! -repetía Presentación-. ¡Y esas niñas no parecen!.. Vámonos al punto de aquí. Allí sale el Sr. Ostolaza.. Me va a conocer. Marchamos por la calle de San José para tomar la del Jardinillo: pero no nos fue posible esquivar las miradas y la persecución del Sr. Ostolaza, que llamándonos desde lejos nos obligó a detenernos. -Señora mía -dijo el taimado clérigo- eso está muy bien.. En la calle con un mozalbete.. Por fuerza ha muerto la señora condesa. -Por Dios y la Virgen -exclamó la muchacha llorando-. Sr. de Ostolaza.. no diga usted nada a mamá.. Yo le explicaré a usted.. Salimos a paseo y como nos perdiéramos, pues.. No diga usted nada a mamá. ¡Ay! Sr. de Ostolaza; usted es un buen sujeto y tendrá lástima de mí. -En efecto; siento lástima de la señorita. -Quiero decir.. Lléveme usted a casa.. Amigo -añadió esforzándose en aparecer jovial- oí su discurso y me pareció muy bonito. ¡Qué bien habla usted, qué bien!.. Da gusto.. -Basta de lisonjas -dijo el clérigo; y luego mirándome añadió-: y usted, señor militar-teólogo, ¿de qué arterías se ha valido para sacar de su casa a esta señorita? -Yo no he sacado de su casa a esta señorita -repuse-; la acompaño porque la he encontrado sola. -A causa del gentío nos perdimos D. Paco y yo.. quiero decir: se perdieron ellas. -Comprendido, comprendido. -¿Sabe usted, señor oficial-teólogo -me dijo con aviesa mirada- que antes de poner esto en conocimiento de doña María voy a dar parte a la justicia? -¿Sabe usted -respondí- señor clerigón entrometido, que si no se me quita de delante ahora mismo, le enseñaré a ser comedido y a no meterse en camisa de once varas? -Comprendido, comprendido -repuso poniéndose como de almagre su abominable rostro, y echándome de lleno su insolente mirada-. Sigan los pimpollitos su camino. Adiós.. Marchose a toda prisa y cuando le perdimos de vista, Presentación me dijo dando un suspiro. -Nos llamó pimpollitos y cree que somos novios, y que nos hemos escapado.. Ahora ¿qué diré a mamá cuando me (p.1420) vea entrar con usted? Necesito inventar algo muy ingenioso y bien urdido. -Lo mejor es decir la verdad clara y desnuda. Esto ofenderá menos a la señora que las invenciones con que usted pretenda engañarla. -¡La verdad!.. ¿está usted loco? Yo no digo la verdad aunque me maten.. Corramos.. ¿Habrán llegado ya las otras dos? ¡Jesús divino! Si ellas dicen una mentira distinta de la mía.. -Por eso lo mejor es decir la verdad. -Eso ni pensarlo. Mamá nos mataría.. A ver qué le parece a usted mi proyecto. Yo entraré llorando, llorando mucho. -Malo.. -Pues me desmayaré, diciendo que usted es un traidor que quiso robarme. -Peor. Diga usted que se perdieron, que encontraron a lord Gray.. -No nombraré al inglés; eso jamás. -¿Por qué? -Porque ahora, nombrar en casa a lord Gray y nombrar al demonio es lo mismo. -Yo sé la causa, lord Gray es amado por una de ustedes. -¡Oh, qué cosas dice usted! -exclamó muy turbada-. Nosotras.. -Usted. -No; ni mi hermana tampoco. -Sé que la señora Inesita está loca por él. -¡Oh! Sí.. ¡loca.. loca!.. Dios mío ya llegamos.. Estoy medio muerta. Al entrar en la calle y acercarnos a la casa, alcé la vista y detrás del vidrio de uno de los miradores, distinguí un bulto siniestro, después dos ojos terribles separados por el curvo filo de una nariz aguileña, después un rayo de indignación que partía de aquellos ojos. Presentación vio también la fatídica imagen y estuvo a punto de desmayarse en mis brazos. -Mi mamá nos ha visto -dijo-. Sr. de Araceli. Escápese usted, sálvese usted, pues todavía es tiempo. -Subamos, y diciendo la verdad nos salvaremos los dos.
Ep-8-XX - En el corredor Presentación cayó de rodillas ante su madre que al encuentro nos salía, y exclamó con ahogada voz: -Señora madre ¡perdón!, yo no he hecho nada. -¡Qué horas son estas de venir a casa!.. ¿Y D. Paco, y las otras dos niñas?.. -Señora madre.. -continuó con aturdimiento la muchacha- íbamos por la muralla.. cayó una bomba, que partió en dos pedazos a D. Paco.. no, no fue tanto.. pero corrimos, nos separamos, nos (p.1421) perdimos, yo me desmayé.. -¿Cómo es eso? -dijo la madre con furor-. Si el Sr. de Ostolaza que acaba de llegar, dice que te vio en la tribuna de las Cortes.. -Eso es.. me desmayé.. me llevaron a las Cortes.. Después mataron a D. Paco.. -Esto debe de ser obra de alguna infame maquinación -exclamó la condesa llevándonos a la sala-. ¡Señores.. ya no hay nada seguro.. no pueden las personas decentes salir a la calle! En la sala estaban Ostolaza, D. Pedro del Congosto y un joven como de treinta y cuatro años y de buena presencia, a quien yo no conocía. Mirome el primero con penetrante encono, el segundo con altanero desdén y el tercero con curiosidad. -Señora -dije a la condesa- usted se ha exaltado sin razón, interpretando mal un hecho que en sí no tiene malicia alguna. Y le conté lo ocurrido, disfrazando de un modo discreto los accidentes que pudieran ser desfavorables a las pobres niñas. -Caballero -me contestó con acrimonia- dispénseme usted, pero no puedo darle crédito. Yo me entenderé después con estas inconsideradas y locas niñas; y en tanto no puedo menos de creer que usted y lord Gray han urdido un abominable complot para turbar la paz de mi casa. Señores, ¿no hablo con razón? Estamos en una sociedad donde se hallan indefensos y desamparados el honor de las familias y el decoro de las personas mayores. ¡No se puede vivir! Me quejaré al gobierno, a la Regencia.. ¡pero a qué, si todo esto proviene de las altas regiones, donde no se alberga más que alevosía, desvergüenza, escándalo y despreocupación! Los tres personajes, que cual tres estatuas exornaban con simétrica colocación el testero de la sala, movieron sus venerables cabezas con ademán afirmativo, y alguno de ellos golpeó con la maciza mano el brazo del sillón. -Señor de Araceli, siento decir a usted que ya reconozco la lamentable equivocación en que incurrí respecto al carácter de usted. -Señora, usted puede juzgarme como guste, pero en el suceso de hoy, no ha habido malicia por mi parte. -Yo me vuelvo loca -repuso la (p.1422) señora-. Por todas partes asechanzas, celadas, inicuos planes. No hay defensa posible; son inútiles las precauciones; de nada sirve el aislamiento; de nada sirve el apartarse de ese corruptor bullicio. En nuestro secreto asilo viene a buscarnos la traidora maldad que todo lo invade y hasta en lo más recóndito penetra. Los tres personajes dieron nuevas señales de su unánime asentimiento. -Basta de farsas -dijo Ostolaza-. La señora doña María no necesita que usted se disculpe ante ella, porque le conoce. ¿Cómo va de teología? -Con la poca que sé -repuse- cualquier sacristán podía pronunciar en las Cortes discursos dignos de ser oídos. -El señor es de los que van todos los días a alborotar a la tribuna. Es un oficio con el cual viven muchos. -¡Qué aberración! ¿Y desde tal sitio y desde tales tribunas se piensa gobernar el reino? -No quiero hacer aquí apologías de mi conducta -repuse con calma- ni las injurias de ese hombre me harán olvidar el hábito que viste y el respeto que debo a la casa en que estoy. Aquí está una persona que, si puede haber formado de mí juicio desfavorable en ciertas cuestiones, conoce muy bien mis antecedentes y mi reputación como hombre honrado. El Sr. D. Pedro del Congosto me oye, y yo apelo a su lealtad, para que doña María sepa si ha admitido en su casa a una persona indigna. Oyendo esto D. Pedro, que indolentemente se apoyaba en el respaldo del sillón, irguiose, atusó los largos bigotes y gravemente habló de esta manera: -Señora, señorita y caballeros: puesto que este joven apela a mi lealtad, probada en cien ocasiones, declaro que no una, sino muchísimas veces he oído elogiar su buen comportamiento, su caballerosidad, su valor como militar, con otras distinguidas prendas de paisano que le han creado abundante número de amigos en el ejército y fuera de él. -¡Pues qué duda tiene! -exclamó Presentación, descuidándose en manifestar sus sentimientos. -Calla tú, necia -dijo la madre-. Tu cuenta se ajustará después. -Nunca -continuó el estafermo- ha llegado a mis oídos (p.1423) noticia alguna de este joven que no le sea favorable. Bien quisto de todos, ha hecho su carrera por el mérito, no por la intriga; por el valor, no por la astucia; y como esto es verdad, y yo lo sé, y me consta, y lo afirmo y lo sostengo, y soy hombre que sabe sostener lo que dice, estoy dispuesto a defenderle contra todo agravio que en este terreno se le haga. Señora, señorita y caballeros: como hombre que ama a ese don del cielo, esa inmaculada virgen de la verdad, que es norte de los buenos, he dicho todo lo que puede favorecer a este joven; ahora voy a decir lo que le desfavorece.. Mientras D. Pedro tosía y sacaba el infinito pañuelo encarnado y azul para limpiarse boca y narices, reinó solemne silencio en la sala y todos me miraban con afanosa curiosidad. -Es, pues, el caso -continuó el cruzado- que este joven, si bajo un aspecto es la misma virtud, bajo otro es un monstruo, señores, un monstruo; el mayor enemigo del sosiego doméstico, el corruptor de las familias, el terror de la pudorosa amistad.. Nueva pausa y asombro de todos. Presentación me miraba con la mitad de su alma en cada ojo. -Sí; ¿qué otro nombre merece quien posee un arte infernal para romper lazos de muy antiguo trabados entre dos personas, y que resistieran durante veinticinco años a las asechanzas del mundo y a la persecución de los más diestros cortejos?.. Permítanme los presentes que no nombre personas. Básteles saber que este joven, poniendo en juego sus malas artes amorosas, embaucó y engañó y arrastró tras sí a quien había sido la misma firmeza, el pudor mismo y la mismísima lealtad, dejando burlada la ideal adoración de un hombre que había sido el dechado de la constancia y delicadeza. »El desairado llora en silencio su desaire, y el victorioso mozalbete goza sin reparo de las incomparables delicias que puede ofrecer aquel tesoro de hermosura. Pero ¡guay!, que no es bueno confiar en las delicias de un día; ¡guay!, que en la hora menos pensada encontrarán uno y otro criminales amantes delante de sí la aterradora imagen del hombre ofendido, que (p.1424) está dispuesto a vengar su afrenta.. Conque díganme si el que tal ha hecho, si el que en la difícil conquista de esa humana fortaleza, jamás antes rendida, ha probado su travesura, ¿qué no hará dirigiéndola contra inexpertas jovenzuelas? Abrirle las puertas de una casa es abrirlas a la liviandad, a la seducción, a la imprudencia. Esto es todo lo que sé acerca del Sr. de Araceli, sin quitar ni poner cosa alguna. Presentación estaba absorta y doña María aterrada. -Señora, señorita y caballeros -repuse yo, no disimulando la risa-. Al Sr. D. Pedro del Congosto han informado mal respecto al suceso que últimamente ha contado. Ese portento de hermosura habrá caído en las redes de otra persona, que no en las mías. -Yo sé lo que me digo -exclamó D. Pedro con atronadora voz- y basta. Denme licencia para retirarme, que avanza la hora y esta tarde he de embarcarme con la expedición que va al Condado de Niebla a operar contra los franceses. La ociosidad me enfada y deseo hacer algo en bien de la patria oprimida. No tenemos gobierno, no tenemos generales; las Cortes entregarán maniatado el reino al pícaro francés.. Sr. de Araceli, ¿va usted al Condado? -No señor; guarneceré a Matagorda en todo el mes que viene.. Pero yo también me retiro, porque la señora doña María no ve con buenos ojos que entre en su casa. -La verdad, Sr. de Araceli, si hubiese sabido.. Aprecio sus buenas prendas de militar y de caballero; pero.. Presentación, retírate. ¿No te da vergüenza oír estas cosas?.. Pues, como decía, deseo aclarar el punto oscurísimo del encuentro de usted en la calle con mi hija. Aún creo que hay tribunales en España, ¿no es verdad, Sr. D. Tadeo Calomarde? Esto lo dijo dirigiéndose al joven que antes he mencionado. -Señora -repuso este desplegando para sonreír toda su boca, que era grandísima-; a fe de jurisconsulto diré a usted que aún puede arreglarse. Hablemos con franqueza. Estoy acostumbrado a presenciar lances muy chuscos en mi carrera y nada me asusta. ¿Ha habido noviazgo? -¡Jesús!, qué abominación -exclamó (p.1425) con indecible trastorno doña María-. ¡Noviazgo!.. Presentación, retírate al instante. La muchacha no obedeció. -Pues si ha habido noviazgo, y los dos se quieren, y han dado un paseíto juntos, y el señor es un buen militar, a qué andar con farándulas y mojigatería, lo mejor es casarlos y en paz. Doña María, de roja que estaba volviose pálida y cerró los ojos, y respiró con fuerza, y el torbellino de su dignidad se le subió a la cabeza, y se mareó, y estuvo a punto de caer desmayada. -No esperaba yo tales irreverencias del Sr. D. Tadeo Calomarde -dijo con voz entrecortada por la ira-. El Sr. D. Tadeo Calomarde no sabe quién soy; el Sr. D. Tadeo Calomarde recuerda los planes casamenteros que servían para hacer fortuna en los tiempos de Godoy. Mi dignidad no me permite seguir este asunto. Ruego al Sr. D. Tadeo Calomarde y al Sr. D. Gabriel de Araceli que se sirvan abandonar mi casa. Calomarde y yo nos levantamos. Presentación me miró, y con toda su alma en los ojos, me dijo en mudo lenguaje: -Lléveme usted consigo. Cuando nos retirábamos, entraron en la sala Inés y Asunción, conducidas por un fraile. -Fray Pedro Advíncula, ¿qué es esto? -dijo doña María-. ¿Me explicará usted al fin el singular suceso de la desaparición de las niñas? -Señora.. nada más natural -repuso jovialmente el fraile, que era joven por más señas-. Una bomba.. ¡Pobre D. Paco!, no se ha sabido más de él.. ¡Iban por la muralla!.. Las dos niñas corrieron, corrieron.. pobrecitas.. Las recogimos en casa.. se les dio agua y vino.. ¡qué susto!, pobrecillas.. a la señora doña Presentacioncita no se la pudo encontrar.. -La pícara se fue a las Cortes con.. ¡Justicia, cielos divinos, justicia! No oí más porque salí de la casa. Desde aquel momento fui amigo de Calomarde. ¿Hablaré de él algún día? Creo que sí.
Ep-8-XXI - Pasaron días y San Lorenzo de Puntales me vio ocupado en su defensa durante un mes, en compañía de los valientes canarios de Alburquerque. Allí ni un instante de reposo, allí ni siquiera noticias de Cádiz, allí ni la compañía de lord Gray, ni cartas de (p.1426) Amaranta, ni mimos de doña Flora, ni amenazas de D. Pedro del Congosto. Dentro de Cádiz, el sitio era una broma y los gaditanos se reían de las bombas. La alegre ciudad, cuyo aspecto es el de una perpetua sonrisa, miraba desde sus murallas el vuelo de aquellos mosquitos, y aunque picaran, los recibía con coplas donosas, como los bilbaínos de la presente época. Cuando el bombardeo hizo verdaderos estragos, los llantos y lágrimas perdiéronse en el bullicioso rumor de aquel hervidero de chistes. Pero eran contadas las desgracias. Una bomba mató a un inglés, y estuvo a punto de ser víctima de otra en los mismos brazos de su nodriza D. Dionisio Alcalá Galiano, hijo de D. Antonio. Fuera de estos casos y otros que no recuerdo, los efectos de la artillería enemiga eran risibles. Un proyectil penetró en cierta iglesia, arrancando las narices a un ángel de madera que sostenía la lámpara; otro destrozó el lecho de un fraile de San Juan de Dios que afortunadamente se hallaba fuera en el instante crítico. Cuando, después de ausencia tan larga, fui a visitar a Amaranta, la encontré desesperada, porque el aislamiento de Inés en la casa de la calle de la Amargura, había tomado el carácter de una esclavitud horrorosa. Cerrada la puerta a los extraños con rigor inquisitorial, era locura aspirar ya a burlar vigilancias, y engañar suspicacias y menos a romper la fatal clausura. La desgraciada condesa me expresó con estas palabras sus pensamientos: -Gabriel, no puedo vivir más tiempo en esta triste soledad. La ausencia de lo que más amo en el mundo, y más que su ausencia, la consideración de su desgracia, me causan un dolor inmenso. Estoy decidida a intentar, por cualquier medio, una entrevista con mi hija, en la cual, revelándole lo que ignora, espero conseguir que ella misma rompa espontáneamente los hierros de su esclavitud y se decida a vivir, a huir conmigo. No me queda ya más recurso que el de la violencia. Yo esperé que tú me sirvieras en este negocio; pero con la necedad de tus celos no has hecho nada. ¿No sabes cuál es mi (p.1427) proyecto ahora? Confiarme a lord Gray, revelarle todo, suplicándole que me facilite lo que tanto deseo. Ese inglés tiene una audacia sin límites, en nada repara y será capaz de traerme aquí la casa entera con doña María dentro, cual una cotorra en su jaula. ¿No le crees tú capaz de eso? -De eso y de mucho más. -Pero lord Gray no parece. Nadie sabe su paradero. Fue a la expedición del Condado, y aunque se cree que regresó a Cádiz, no se le ve por ninguna parte. Búscamele por Dios, Gabriel, tráemele aquí o dile de mi parte que me interesa hablar con él de un asunto que es de vida o muerte para mí. Efectivamente, nadie sabía el paradero del noble inglés, aunque se suponía que estuviese en Cádiz. Había tomado parte en la expedición que fue al condado de Niebla con objeto de hostilizar a los franceses por su ala derecha, y que, si menos célebre, no fue menos lastimosa que la de Chiclana, con su célebre batallón del Cerro de la cabeza del Puerco. Acaeció en la jornada del Condado un suceso digno de pasar a la historia, y fue que en ella descalabraron del modo más lamentable a nuestro heroico y por tantos títulos famoso D. Pedro del Congosto, quien en lo más recio de un combate que cerca de San Juan del Puerto trabaron con los nuestros los franceses, metiose denodadamente, llevando en pos a sus cruzados de rojo y amarillo, con lo cual dicen hubo gran risa en el campo francés. Trajéronlo todo molido y quebrantado a Cádiz, donde decía que por haber perdido una herradura su caballo no se ganó la batalla, pues cuando el maldito jaco tropezó, ya empezaban a huir cual bandadas de conejos los batallones franceses; y fija esta idea en su acalorada mente, no cesaba de repetir: «¡Si no me hubiese faltado la herradura!..». Lord Gray también fue al Condado, y se contaban de él maravillas; pero a su regreso desapareció su persona de todos los sitios públicos, y aun hubo quien le creyese muerto. Fui a su casa y el criado me dijo: -Milord está vivo y sano, aunque no del juicio. Estuvo encerrado quince días sin querer ver a nadie. Después me mandó (p.1428) que reuniese a todos los mendigos de Cádiz, y cuando lo hice, juntolos en el comedor, y allí les obsequió con un banquete como para reyes. Dioles a beber los mejores vinos; los pobres, se reían unos y lloraban otros; pero todos se emborracharon. Luego fue preciso echarles a puntapiés de la casa, y trabajamos tres días para limpiarla, porque dejaron por fanegas las pulgas y otra cosa peor. -Pero ¿dónde está en este momento milord? -Debe andar ahora allá por el Carmen. Dirigime hacia el Carmen Calzado, cuyo gran pórtico frontero a la Alameda, llama la atención del forastero. No es una obra maestra de los buenos tiempos de nuestra arquitectura aquella fachada, pero los mil accidentes con que lujosamente la adornó la imaginación del artista, le dan cierta belleza que el mar allí cercano parece que fantasea a su antojo. No sé por qué se me ha parecido siempre dicho frontispicio a las popas de los grandes navíos antiguos; hasta parece que se mece gallardamente impulsado por el viento y las olas. Los santos que lo adornan semejan farolones gigantescos; las hornacinas troneras, los barandajes, los nichos, las mórbidas roscas de las columnas salomónicas, todo se me antoja como perteneciente al dominio de la antigua arquitectura naval. Caía la tarde. Entraban mansamente los buenos frailes, como ovejas que vuelven al aprisco; los pobres árboles de la Alameda apenas sombreaban el espacio que media entre el edificio y la muralla, y el sol iluminaba el frontis, dorándolo completamente. En línea recta se extendía la pequeña pared del convento; y en su extremo una puertecilla estrecha, que servía de ingreso al claustro, estaba completamente obstruida por un regular gentío que hormigueaba allí en formas oscuras y movedizas, acompañadas de un rumor sordo o gruñido chillón, como de plebe menuda que se impacienta. Eran los pobres que esperaban la sopa boba. En Cádiz no han abundado tanto como en otros lugares los mendigos haraposos y medio desnudos, esos escuadrones de gente llagada, sarnosa e inválida que aún hoy nos sale al (p.1429) encuentro en ciudades de Aragón y Castilla. Pueblo comercial de gran riqueza y cultura, Cádiz carecía de esa lastimosa hez; pero en aquellos tiempos de guerra muchos pedigüeños que pululaban en los caminos de Andalucía, refugiáronse en la improvisada corte. Para que nada faltase y fuese Cádiz en tales días compendio de la nacionalidad española, puso allí sus reales hasta la hermandad de pan y piojos, que tanto ha figurado en nuestra historia social, y tanto, tantísimo ha dado que hablar a propios y extranjeros. Acerqueme a los infelices y los vi de todas clases; unos mutilados, otros entecos, demacrados y andrajosos los más, y todos chillones, desenfadados, resueltos, como si la mendicidad, más que la desgracia, fuese en ellos un oficio y gozasen a falta de rentas, del fuero inalienable y sagrado de pedir al resto del humano linaje. Salió el lego con el calderón de bazofia, y allí era de ver cómo se empujaban y revolvían unos contra otros, disputándose la vez, y con qué bríos y con qué altivo lenguaje alargaban el cazuelillo. Repartía el cogulla a diestro y siniestro golpes de cuchara, y ellos se aporreaban para quitarse la ración, y entre manotadas y coces iban logrando la parte correspondiente, para retirarse después a un rincón, donde pacíficamente se lo comían. Yo les miraba con lástima, cuando divisé en el hueco de una puerta una figura que me hizo quedar perplejo y aturdido. No creyendo a mis ojos la miré y remiré, sin convencerme de que era realidad lo que ante mí tenía. El mendigo que así llamaba mi atención (pues mendigo era) vestía con los andrajos más desgarrados, más rotos, más desordenados y extravagantes que puede darse. Aquel vestido no era vestido, sino una informe hilacha que se deshacía al compás de los movimientos del individuo. La capa no era capa sino un mosaico de diversas y descoloridas telas; pero tan mal hilvanadas que el aire se entraba por las mil puertas, ventanas y rejas, obra de la tosca aguja. Su sombrero no era sombrero, sino un mueble indefinido, una cosa entre plato y fuelle, entre forro y (p.1430) cojín vacío; y por este estilo las demás prendas de su cuerpo anunciaban el último grado de la miseria y abandono, cual si todas hubiesen sido recogidas entre aquello que la misma mendicidad arroja de sí, materias que se devuelven a la masa general de lo inorgánico, para que de nuevo tomen forma en las revoluciones del universo. También me causó sorpresa ver el garbo con que el hi de mala mujer se terciaba la capita y echaba sobre la ceja el sombrerete y guiñaba el ojo a los compañeros, y decía donaires al buen lego. Pero ¡ay!, lo que más que traje y sombrero me asombró, dejándome lelo delante de tan esclarecido concurso, fue la cara del mendigo, sí señores, su cara; porque sepan ustedes que era la del mismísimo lord Gray.
Ep-8-XXII - Creí soñar, le miré mejor, y hasta que no me llamó saludándome, no me atreví a hablarle, temiendo padecer una equivocación. -No sé, milord -le dije- si debo reírme o enfadarme de ver a un hombre como usted, con ese traje, y llenando su escudilla en la puerta de un convento. -El mundo es así -me respondió-. Un día arriba y otro abajo. El hombre debe recorrer toda la escala. Muchas veces paseando por estos sitios, me detenía a contemplar con envidia la pobre gente que me rodea. Su tranquilidad de espíritu, su carencia absoluta de cuidados, de necesidades, de relaciones, de compromisos; despertaron en mí el deseo de cambiar de estado, probando por algún tiempo la inefable satisfacción que proporciona este eclipse de la personalidad, este verdadero sueño social. -Es verdad, milord, que tan descomunal extravagancia no la he visto jamás en ningún inglés, ni en hombre nacido. -Parece esto una aberración -me dijo-. La aberración está en usted y en los que de ese modo piensan. Amigo, aunque parezca contradictorio, es cierto que para ponerse encima de todo lo creado, lo mejor es bajar aquí donde yo estoy.. Lo explicaré mejor. Yo tenía la cabeza loca del ruido de los martillos de Londres, y venía maldiciendo la ingrata tierra en que el hombre para poder vivir necesita hacer clavos, (p.1431) bisagras y cacerolas. ¡Bendita tierra esta, donde el sol alimenta y donde lleva la atmósfera en su inmensa masa ignoradas sustancias!.. »Mi cuerpo se rebela hace tiempo contra los repugnantes bodrios de nuestros cocineros, inmundos envenenadores del humano linaje. Yo sentía ha tiempo profundo rencor hacia los sastres, que serían capaces de ponerle casaquín, chupa y corbata al Apolo de Fidias si se lo permitieran. Yo experimentaba profunda aversión hacia las casas y ciudades, que, según vamos viendo en nuestra graciosa época, sólo sirven para que se luzcan y diviertan los artilleros destruyéndolas. Yo detestaba cordialmente la sociedad de los hombres de hoy compuesta de multitud de casacas que hacen cortesías, y dentro de las cuales suele haber la persona de un hombre. Me horrorizaba al oír hablar de naciones, de políticas, de diferencias religiosas, de guerras, de congresos; invenciones todas de la necedad humana que al mismo tiempo que ha establecido leyes, estados, privilegios, dogmas, ha inventado cañones y fusiles para destruirlo todo. Yo detestaba los libros que se han creado para muestra de que no hay en todo el mundo dos hombres que piensen de la misma manera, y que nacieron en manos de un artesano, como en manos de un fraile la pólvora, otra especie de libro que habla más alto, pero que tampoco dice nada que no sea confusión. Lord Gray se expresaba con exaltado acento. Tomé su mano y advertí que quemaba. -Vi luego este país bendito, y mi pensamiento agitado descansó contemplando esta suprema estabilidad, este profundo reposo, este sueño benéfico de la sociedad española. Mis ojos se deleitaron contemplando en la inmensidad de la tierra las siluetas de los grandes conventos, a cuyo amparo protector un pueblo, a quien todo se lo dan hecho, puede esparcir su gran fantasía por los espacios de lo soñado y buscar lo ideal en la única región donde existe; sin cuidarse de desempeñar papeles más o menos difíciles en la sociedad, sin cuidarse de su persona, ni de los molestos accidentes (p.1432) del escenario humano, que se llaman posición, representación, nombre, fortuna, gloria.. Quise saciar mi ardiente anhelo de conocer este beatífico estado, y aquí me tiene usted en él. »Amigo mío, durante dos días he vivido tan lejos de la sociedad, cual si me hubiera transportado a otro planeta; he podido apreciar la rara hermosura de un día de sol, la pureza del ambiente, la profunda melancolía de la noche, mar donde el pensamiento navega a su antojo sin llegar jamás a ninguna orilla; he experimentado la indecible satisfacción de que centenares de hombres con casaca, entorchados y sombreros de distintas formas, pero todos más feos que los que en Egipto ponen al buey Apis, pasen junto a mí sin saludarme; he conocido el purísimo deleite de ver pasar los minutos, las horas, los días, cual cortejo de dulces sombras que llevan en sus suaves manos la vida, a la manera de aquellas deidades hermosísimas que pintaron los antiguos, transportando en sus brazos las almas de los justos al cielo; he saboreado las delicias de no ir a ninguna parte deliberadamente, de sentir mis hombros libres de toda obligación, de no sentir en mi pensamiento ese hierro candente cuya quemadura significamos en el lenguaje con la palabra después, y que encierra un mundo de deberes, de ocupaciones, de molestias sin fin. Después de una breve pausa, prosiguió así: -Esta gente que me rodea tiene las mismas pasiones que las de allá arriba; pero no disimula nada. Es una ventaja. Prendas diversas les caracterizan, pero aquí todo es abrupto y primitivo como las rocas, donde no ha golpeado aún el martillo del hombre para labrar un camino. Los hay más crueles que Glocester, más mentirosos que Walpole, más orgullosos que Cromwell, más poetas que Shakespeare, y casi todos son ladrones. Yo me deleito con la salvaje manifestación de sus pasiones y me finjo ignorante de sus truhanerías. Aquel viejo que allí se ve haciendo cruces encima de la escudilla, me ha robado todos los doblones de oro que yo llevaba en mi bolsillo. Juntos pasábamos largas horas por las (p.1433) noches en la muralla. Él me contaba vidas de santos españoles; yo fingía dormitar, embelesado por los místicos encantos de su relato, y entonces metía bonitamente sus manos en mi bolsillo para sacarme el dinero. Yo lo observaba y callaba, gozándome en su avariciosa concupiscencia, como se goza viendo un abismo, una tempestad, un incendio o cualquier aparente desorden de la naturaleza. Aquellos gitanos que están allí rezando el rosario, me han entretenido dulcemente contándome sus ingeniosas maneras de robar. »Amigo mío; aquí también hay una especie de alta sociedad, y se pasa el rato alegremente en conciertos, fiestas y representaciones. Los romances moriscos que recita aquella vieja que parece exacto traslado de la tía Fingida, y en efecto lo es, han producido en mí mayor sensación que las fanfarronadas de todos los cómicos modernos. Hay allí una muchacha ciega, a quien llaman la Tiñosa, la cual canta el jaleo y el ole con tanto primor, que oyéndola he sentido emociones dulcísimas y me he trasportado a las últimas, a las más remotas regiones de lo ideal. Aquellos niños cojos y mancos, en cuyos grandes ojos negros parece centellear el genio del gran pueblo que guerreó durante siete siglos con los moros y descubrió, conquistó y dominó regiones y continentes hasta que ya no había más mundo para saciar su ambición, aquellos niños, digo, son la más graciosa pareja de pilletes que he visto en mi vida, y cuanta sal, ingenio y travesura ha derramado la Naturaleza en granujas de Madrid, léperos de Méjico, lazzaronis de Nápoles, lipendes de Andalucía, pilluelos de París, pic-pockets de Londres, es nada en comparación de su gran ciencia. Si les educaran, es decir, si les corrompieran torciendo el natural curso de sus instintos, yo quisiera ver dónde se quedaban Pitt, Talleyrand, Bonaparte, y todos los grandes políticos de la época. -Amigo -le dije sin poder reprimir mi enfado- me da compasión verle a usted entre esta desgraciada gente, y más aún oírle encomiar su triste estado. -No parece sino que nosotros somos mejores (p.1434) que ellos. ¡Ah! Desde que hay en España filósofos y políticos charlatanes y escritores con pujos de estadista, se ha empezado a declarar ominosa guerra a estos mis buenos amigos, lo mismo que a los salteadores de caminos, que no son otra cosa que una protesta viva contra los privilegios de los cosecheros; a los buenos frailes que son la piedra fundamental de esta armonía envidiable, de este sistema benéfico, en que todos viven modestamente sin molestarse unos a otros. Esto decía cuando una vieja que acababa de llenar la escudilla, llegose a nosotros y después de pedirme una limosna, que le di, puso la descarnada mano sobre el hombro del par de Inglaterra y cariñosamente le dijo: -Niñito querido, ¡qué buenas nuevas te traigo esta tarde! Alégrate, picarón, y escupe otra moneda amarilla, otro pedazo de sol como el que ayer me diste en premio de mis desinteresados servicios. -¿Qué me cuentas, tía Alacrana, espejo de las busconas? -A mí no se me han de decir esos feos vocablos. ¿Pues qué? ¿Acaso en mi vida he hecho algo que tenga olor de alcahuetería? Aquí donde me ven, yo, doña Eufrasia de Hinestrosa y Membrilleja soy muy principal y mi difunto fue empleado en la renta del noveno y el excusado. Pero vamos a lo que importa. -¿Fuiste allá, brujita mía? -Por sétima vez. ¡Y qué buena que es mi doña María! Hemos brindado juntas muchos paternoster(15), a modo de copas de vino, en esta iglesia del Carmen y en obsequio de nuestros respectivos difuntos. Señora más enseñorada no la hay en todo Cádiz. En generosidad no, pero en principalidad se monta por encima de cuanta gente conozco, que es medio mundo. Me da algunos ochavos y lo que sobra de la olla que es (dicho sea sin incurrir en el feo vicio de la murmuración) bien poco sustanciosa. Me ha comprado algunas crucecitas de los padres mendicantes, y huesecillos benditos para hacer rosarios. Hoy le llevé mi comercio y la noble señora hizo que le contara mi historia; y como esta es de las más patéticas y conmovedoras, lloró un tantico. Después, (p.1435) como ella saliera de la sala para ir a sus quehaceres, quedeme sola con las tres niñas, y allí de las mías. »En cuarenta años de piadoso ejercicio en este ajetreo de ablandar muchachas, avivar inclinaciones, y hacer el recado, ¿qué no habré aprendido, niñito mío, qué trazas no tendré, qué maquinaciones no inventaré, y qué sutilezas no me serán tan familiares como los dedos de la mano? Así es que si me hallo con bríos para pegársela al mismo Satanás, de quien estos pícaros dicen que soy sobrina carnal, ¿cómo no he de poder pegársela a doña María, que aunque principalota, se deja embobar por un credo bien rezado y por una parla sobre la gente antigua, siempre que cuide uno de adornar el rostro con dos lagrimones, de cruzar las manos y mirar al techo, diciendo: «¡Señor, líbranos de las maldades y vicios de estos modernos tiempos!»? -Tu charlatanería me enfada, Alacrana. ¿Qué recado me traes? -¿Qué recado? Tres días de santa conferencia he empleado, mi niño. ¿Qué ha de hacer la pobrecita? Creo que está dispuesta a echarse fuera y huir contigo a donde quieras llevarla. Para entrar en la casa y en el sagrado tabernáculo de su alcoba, ya tienes las llavecitas que has forjado, gracias al molde de cera que te traje. ¡Oh, dichoso, mil veces dichoso niño! Ya sabes que la doña María duerme en aquella alcobaza de la derecha y las tres niñas en un cuarto interior. La sala y dos piezas más separan un dormitorio de otro: no hay peligro ninguno. -¿Pero no te ha dado recado escrito o de palabra? -Me lo ha dado, sí señor; a fe que es la niña poco cortés para no contestarte. En esta hoja de libro que aquí traigo, marca, apunta y especifica el día, hora y punto en que caerá en los brazos de este haraposo la más.. -Calla y dame. -Paciencia. Hoy me ha dicho doña María que tiene un dormir tan profundo como el de los muertos. Eso prueba una conciencia tranquila. ¡Dios la bendiga!.. Ahora, para darte el documento, deja caer sobre mí el rocío de esas monedas de oro que me fueron prometidas. Lord Gray dio algunas monedas a la vieja, (p.1436) recogiendo luego un papel que guardó en el seno. Después se levantó, dispuesto a partir conmigo. -Vámonos -le dije- o estrangulo a esa maldita bruja. -Es una respetable señora esta doña Eufrasia -me contestó con ironía-. Admirable tipo que hace revivir a mi lado la incomparable tragicomedia de Rodrigo Cota y Fernando de Rojas. Y luego, volviéndose hacia la miserable turba, con voz entre grave y burlona, le dijo: -Adiós España; adiós soldados de Flandes, conquistadores de Europa y América, cenizas animadas de una gente que tenía el fuego por alma y se ha quemado en su propio calor; adiós, poetas, héroes y autores del Romancero; adiós, pícaros redomados que ilustrasteis, Almadrabas de Tarifa, Triana de Sevilla, Potro de Córdoba, Vistillas de Madrid, Azoguejo de Segovia, Mantería de Valladolid, Perchel de Málaga, Zocodover de Toledo, Coso de Zaragoza, Zacatín de Granada y los demás que no recuerdo del mapa de la picaresca. Adiós, holgazanes que en un siglo habéis cansado a la historia. Adiós, mendigos, aventureros, devotos, que vestís con harapos el cuerpo y con púrpura y oro la fantasía. Vosotros habéis dado al mundo más poesía y más ideas que Inglaterra clavos, calderos, medias de lana y gorros de algodón. Adiós, gente grave y orgullosa, traviesa y jovial, fecunda en artificios y trazas, tan pronto sublime como vil, llena de imaginación, de dignidad, y con más chispa en la mollera que lumbre tiene en su masa el sol. De vuestra pasta se han hecho santos, guerreros, poetas y mil hombres eminentes. ¿Es esta una masa podrida que no sirve ya para nada? ¿Debéis desaparecer para siempre, dejando el puesto a otra cosa mejor, o sois capaces de echar fuera la levadura picaresca, oh nobles descendientes de Guzmán de Alfarache?.. Adiós, Sr. Monipodio, Celestina, Garduña, Justina, Estebanillo, Lázaro, adiós. Indudablemente lord Gray estaba loco. Yo no pude menos de reír oyéndole, en lo cual me imitaron los pilletes a quienes se dirigía, y pensé que las ideas expresadas por él eran frecuentes entre los extranjeros que venían (p.1437) a España. Si eran exactas o no, mis lectores lo sabrán. -Amigo -me dijo el lord- uno de los placeres más halagüeños de mi vida es pasar largas horas entre las ruinas. Marchábamos despacio por la muralla adelante hacia las Barquillas de Lope, cuando encontramos a dos padres del Carmen que volvían apresuradamente a su casa. -Adiós, Sr. Advíncula -dijo lord Gray. -¡San Simeón bendito! -exclamó perplejo uno de los frailes-. ¡Es milord! ¡Quién le había de conocer en semejante traje! Uno y otro carmelita rieron a carcajada tendida. -Voy a soltar el manto real. -Creíamos que milord se había marchado a Inglaterra. -Y me alegré, sí señor me alegré -dijo el más joven- porque no quiero compromisos, y milord me está comprometiendo. Acabáronse las condescendencias peligrosas. -Bueno -dijo Gray con desdén. El más anciano preguntó: -¿Entró al fin milord en el seno de la iglesia católica? -¿Para qué? -Ese traje -dijo fray Pedro Advíncula con sorna- indica que milord se prepara a ello con dolorosas penitencias.. Veo que ahora usted se las arregla usted por sí mismo, y que no necesita amigos. -Sr. Advíncula, ya no los necesito. ¿Sabe usted que mañana me marcho? -¿Sí? ¿Para dónde? -Para Malta. Nada tengo que hacer en Cádiz. Vayan al diablo los gaditanos. -Me alegro. La señora se defiende bien. Su casa es una fortaleza a prueba de galanes. ¿Sabe usted que lo ha hecho por consejo mío? -¡Picarón!.. -¿De veras que ya no hay nada? -Nada. -Es una determinación acertada. Hágase usted católico y le prometo arreglarlo todo. -Ya es tarde. Advíncula rió de muy buena gana, y apretando las manos al lord, ambos frailes se despidieron de él con cariñosas demostraciones,
Ep-8-XXIII - Dos horas después, lord Gray estaba en el salón de su casa, vestido como de costumbre, después de haber borrado con abundantes abluciones la huella de sus barrabasadas picarescas. Vestido al fin con la elegancia y el lujo que le eran comunes, mandó que pusiesen la cena, y en tanto que venían dos personas a (p.1438) quienes dirigió verbal invitación por conducto de sus criados, paseábase muy agitado en la larga estancia. A ratos me dirigía algunas palabras, preguntas incongruentes y sin sentido; a ratos se sentaba junto a mí como intentando hablarme, pero sin decir nada. Como el oro improvisa maravillas en la casa del rico, la mesa (sólo había en ella cuatro cubiertos) ofrecía esplendidez portentosa. Centenares de luces brillaban en dorados candelabros, reflejándose en mil chispas de varios colores sobre los vasos tallados y los vistosos jarros llenos de flores y frutas. El mismo desorden que allí había, como en todo lo perteneciente a lord Gray, hacía más deslumbradora la extraña perspectiva del preparado festín. Al fin, mostrando impaciencia, dijo el inglés: -Ya no pueden tardar. -¿Los amigos? -Son amigas. Dos muchachas. -¿Las que dan quehacer a la señora Alacrana? -Araceli -dijo con inquietud- ¿usted oyó el coloquio que conmigo tuvo aquella mujer?.. Es una indiscreción. Los buenos amigos cierran los oídos al susurro de lo que no les importa. -Yo estaba tan cerca, y la señora Alacrana se cuidaba tan poco de la presencia de un extraño, que no pude cerrar los oídos. Milord, lo oí todo. -Pues muy mal, muy mal -exclamó con acritud-. Todo aquel que se jacte de conocer lo que yo quiero ocultar hasta de Dios, es mi enemigo. ¿No he dicho lo mismo otra vez? -Entonces reñiremos, lord Gray. -Reñiremos. -¿Por tan poca cosa? -dije afectando buen humor, pues no me convenía chocar con él en ocasión tan inoportuna-. Yo soy el más discreto y prudente de los hombres. Usted mismo me ha puesto al corriente de sus aventuras. Vamos, amigo mío, seamos francos. ¿No me dijo usted mismo que pensaba llevársela a Malta? Lord Gray sonrió. -Yo no he dicho eso -exclamó vacilando. -Usted.. usted mismo. Y yo prometí ayudarle en la empresa, a cambio de su auxilio para matar a mi aborrecido rival Currito Báez. -Es verdad -dijo riendo-. Bien, amigo mío. Mataremos a Currito y robaremos a la muchacha. En caso de (p.1439) que necesite ayuda ¿puedo contar con usted? -Sin duda. Sólo me falta saber para cuándo se dispone el gran golpe. -¿Qué golpe? -El del rapto. Lord Gray meditó largo rato. Sin duda vacilaba en fiarse de mí. -Para el rapto no necesito de nadie -dijo al fin-. Necesitaré sí para huir de Cádiz, lo cual no es cosa fácil. -Yo sacaré a usted del apuro. Sepamos cuándo.. -¿Cuándo? -Para ayudar a usted necesito pedir licencia con anticipación. -Es verdad. Pues bien. Antes me arrancaré la lengua que revelarle a usted todavía el lugar y la persona.. -Ni yo quiero saberlo: lo que me importa es la hora.. -Es cierto.. Bien; repito que ni lugar ni persona los sabrá usted. Diré únicamente.. Sacó un papel que reconocí como el mismo que le entregara la Alacrana, y añadió: -Este papel fija día y hora. Será mañana por la noche. -Basta. Es todo lo que necesito saber. Mañana por la noche. -Lo demás no lo diré ni a mi sombra. Temo traiciones y emboscadas y desconfío hasta de mis mejores amigos. -Ni yo quiero ser indiscreto preguntando.. No me importa. Me basta saber que mañana a la noche tengo que venir a Cádiz para ponerme a disposición de un amigo a quien estimo mucho. Yo pensé que lord Gray escondería de mis ojos el papel que tan extraños avisos traía para él, pero con gran sorpresa mía, me lo mostró. Era una hoja de un libro, en cuyo margen había algunas rayas con lápiz. -¿Esta es la carta? A fe que no puedo entender lo que dice, ni es fácil conocer el carácter de la escritura. -Yo lo entiendo bien.. Estas rayas se refieren a determinadas letras de los renglones impresos y con un poco de paciencia se descifra. Pero me parece que sabe usted bastante. Silencio, pues, y no se nombre más este asunto. Me mortifica, me pone nervioso y colérico el ver que hay alguien que posee una parte de mi secreto. Ahora no pensemos más que en Currito Báez. Amigo, siento deseo irresistible, anhelo profundo de matar a un hombre. -Yo también. -¿Cuándo le despachamos? -Mañana por la noche se lo diré a usted. -¿Quiere usted que le ejercite (p.1440) un poco en la esgrima? -Nada más oportuno. Vengan los floretes. Espero adquirir de aquí a mañana tanta destreza como mi maestro. Empezamos a tirar. -¡Oh, qué fuerte está usted, amigo! -dijo al recibir una estocada medianilla. -No estoy mal, no. -¡Pobre Currito Báez! -Sí. ¡Pobre Currito Báez! Mañana veremos. Sonó en la escalera gran estrépito, suspendimos al punto el juego, permaneciendo con los floretes en la mano en actitud observadora, y he aquí que entran metiendo ruido y cual brazos de mar que todo lo arrollan e inundan delante de sí, dos mozas de lo mejor que puede criar Andalucía. ¿Las conocéis? Eran María Encarnación llamada la Churriana y Pepilla la Poenca, a quien nombraban así por ser sobrina del Sr. Poenco. -¡Endinote! -exclamó una corriendo ligerísima hacia mi amigo-. ¿Cómo tanto tiempo sin verte? ¿No sabías que esta probe se estaba muriendo? -Miloro está encalabrinao por aquí dentro, y ya no quiere nada con la gente de la Viña. -Amable canalla -dijo el inglés-, sentaos. Sentaos y cenemos. Los cuatro tomamos asiento y no pasó después nada digno de contarse, por lo cual me abstengo de quitar espacio y atención a asuntos de mayor importancia.
Ep-8-XXIV - D. Diego de Rumblar fue a despertarme a mi alojamiento en la tarde del siguiente día. No habiendo podido dormir en la noche, había pasado en calenturientos sueños parte del día, y me hallaba al despertar afectado de gran postración. Mi alma llena de tristeza se abatía, incapaz del menor vuelo, y encontrándose inferior a sí misma, hasta parecía perder aquella antigua pena que le producían sus propias faltas, y se adormecía en torpe indiferencia. Tolerante con los errores, con los extravíos, con el mismo vicio, iba degradándose de hora en hora. D. Diego me dijo: -Te participo que el sábado de esta semana tendrán lugar en casa dos acontecimientos. Yo me caso y mi hermana entrará de novicia en las Capuchinas de Cádiz. -Lo celebro. -Ya he perdido aquellos escrúpulos, hijos de una delicadeza excesiva y ridícula. Mi mamá me (p.1441) dice que soy un asno si al punto no me decido. -Tiene razón. -Además, chico, has de saber que mi mamá me ha sitiado por hambre. -¡Por hambre! -Sí, hombre. Asegura que nuestra fortuna está por los suelos a causa de la guerra, y luego añade: «Como no te cases, hijo, ¡no sé cómo podremos vivir!». A todas estas ni un real para mis gastos. Eminente joven, gloria de la patria, si le prestaras cuatro duros al señor conde de Rumblar, Europa entera te lo agradecería. Le di los cuatro duros. -Gracias, gracias, benemérito soldado. Te los pagaré cuando me case. Dime, ¿no te parece que hago bien en desechar vanos escrúpulos? -¿Eso qué duda tiene? -Lord Gray no ha vuelto por casa; nadie sabe dónde está, y es probable, que haya marchado a Inglaterra. -Creo que en efecto se ha marchado a su país. -Te advierto que mi novia no me puede ver ni pintado; pero eso no hace al caso. Mi madre me ha bloqueado por mar y tierra, y yo me rindo, chico, me rindo a discreción. Con mi señora mamá no hay burlas, amiguito. Si vieras qué coscorrones me da.. He tenido que hacer llaves nuevas para poder salir de noche. Pues ¿y mis hermanitas y mi novia? Hace lo menos dos meses que no saben de qué color es la calle. Ni siquiera salen a misa; en paseos no hay que pensar. Han sido clavados por dentro los cristales de los balcones, y no se les permite que tengan a la mano papel, tinta ni plumas. Las tres infelices están que da lástima verlas de marchitas y acongojadas, y de seguro preferirían la peor vida del mundo a la que ahora llevan, aguantando con gusto palos de marido o rigores de abadesa, con tal de abandonar las sombrías mazmorras de mi casa. No ven a otros hombres que a mí y a D. Paco. ¿Te parece que estarán divertidas? -¿Usted sale por las noches de su casa? -Sí; ¿no sabes que ahora voy todas las noches a una reunión de hombres solos donde se trata de política? ¡Encantadora, deliciosa es la política! Pues te diré: nos juntamos en una casa de la calle de la Santísima Trinidad y allí estamos horas y más horas hablando de la (p.1442) democracia y del servilismo, diciendo perrerías de los frailes escribiendo a trozos el graciosísimo papel satírico que se llama el Duende de los Cafés. Nos ocupamos de la vida y milagros de todo quisque, y criticamos sin piedad. Pero lo más salado es aquella parte en la cual con mucho donaire nos burlamos de los clérigos, de la Inquisición, del Papa, de la santa Iglesia y del Concilio de Trento. Átame esa mosca.. -Por fuerza anda en ese lío el gran Gallardo. -Si mi madre supiera esto, me colgaría del techo de la sala, ya que no tenemos almenas en que hacer conmigo un escarmiento. Vamos ahora a la tertulia. También nos reunimos de día. Hoy van a leer un folleto que ha escrito uno en contestación al Diccionario manual para inteligencia de ciertos escritores que por equivocación han nacido en España. ¿Conoces ese librito? Es una sarta de necedades. Ostolaza lo ha llevado a casa, y por las noches él, el Sr. Teneyro y mamá lo leen y celebran mucho sus sandios chistes y groserías. Verás el que va a salir en contestación. -Por pasar el rato iremos allá -dije disponiéndome a salir. -Esta noche -añadió- iremos a casa de Poenco. Te convido a echar unas copas.. -Magnífica idea. Cuando la señora doña María duerma sale usted, se mete la llave en el bolsillo, y a casa de Poenco.. Pasaremos una buena noche. Sé que estarán allí María Encarnación y Pepilla y la Poenca. -Me chupo los dedos, amigo Araceli, con la noticia. Allá voy de cabeza. Mi señora madre duerme como una piedra, y no advierte mis escapatorias. -Pero lo advertirán las hermanitas. -Ellas lo saben, y me impulsan a salir para que les cuente lo que ocurre por ahí durante la noche. También voy al teatro. Las pobrecitas llevan una vida.. Como duermen juntas las tres en una misma alcoba, se entretienen de noche contándose historias en voz baja. Llegamos a la calle de la Santísima Trinidad y en un cuarto bajo, oscuro y humildísimo, había hasta dos docenas de personas de diferentes edades, aunque abundaban más que los viejos los jóvenes, todos alegres y (p.1443) bulliciosos, como grey estudiantil, vestidos de voluntarios los unos y con sotana un par de ellos, si no estoy trascordado. Describir la confusión y bulla que allí reinaba fuera imposible; pintar la variedad de sus fachas, la movilidad de sus gestos y la comezón de hablar y reír que les poseía, fuera prolijo. Unos se sentaban en desvencijadas sillas, otros de pie sobre las mesas haciendo de estas tribuna, se adiestraban en el ejercicio parlamentario; algunos disputaban furiosamente en los rincones, y no faltaba quien en las rodillas o sobre el breve espacio de mesa que dejaban libre los pies de los oradores, emborronaba cuartillas. Era aquello un nido, una hechura de políticos, de periodistas, de tribunos, de agitadores, de ministros, y daba gusto ver con cuánto donaire rompían el cascarón los traviesos polluelos. Aquello era club incipiente, redacción de periódico, academia parlamentaria, todo esto, y algo más. ¡Qué hervidero! ¡Cuántas pasiones, cuántas crisis, cuántas revoluciones, cuánta historia, en fin, bullían dentro da(16) aquel pastel que acababa de ponerse al fuego! Los huevecillos que deposita la mariposa para dar vida al gusano no se abren, no echan fuera la diminuta criatura, ni esta se desarrolla con más presteza al calor de la primavera que aquellos inocentes embriones de gente política. Su precocidad asombraba, y oyéndoles hablar, se les creía capaces de dar guerra al universo entero. Al punto D. Diego y yo fuimos tratados como antiguos amigos. -Ahora va a venir ese insigne bibliotecario de las Cortes -dijo uno- y nos acabará de leer su obra. -Ya veo cómo tiemblan los frailes panzudos y los rollizos canónigos. Yo he dicho que debe grabarse letra por letra con oro y plata en las esquinas de las calles. -¡Aquí está, aquí está el insigne Gallardo! Era altísimo, flaco, desgarbado, amarillento, siendo de notar en su rostro la viveza de los ojos así como la regular longitud de las abanicadas orejas. ¡Singular hombre! Cincuenta años después le habéis visto en las calles de Madrid desfigurado por el medio siglo; pero siempre (p.1444) distinguiéndose muy bien por la prolongación longitudinal de su persona; le habréis visto siempre flaco, siempre amarillo, pero antes atrabiliario que jovial, marchando aprisa con los bolsillos de un como redingot(17) gris llenos de libros viejos, con su sombrero de hule hecho a las injurias de aguas y soles; y si por acaso dirigisteis vuestros pasos a la Alberquilla, dehesa próxima a Toledo, le veríais allí sepultado en una biblioteca, donde le devoraba, como a D. Quijote la caballería, la estupenda locura de los apuntes; le veríais encerrado semanas enteras, sin tomar otro alimento que el modestísimo de una diaria ración de sopas de leche. Algo había en aquella cabeza, para ofrecer el fenómeno de que sabiendo cuanto había que saber en materia de libros, y siendo el almacén de apuntes y datos y noticias más colosal que ha existido en el mundo, jamás hiciese cosa de provecho. Pero ustedes no conocieron a Gallardo como yo le conocí, en la plenitud de su frenesí clerofóbico; ustedes no le oyeron leer como yo las célebres páginas del Diccionario burlesco, el libro más atroz y más insolente que contra la religión y los religiosos se había escrito en España. Estaba poseído de un estro impío, y fue la primera musa de esa gárrula poesía progresista que durante muchos años atontó a la juventud, persuadiéndola de que la libertad consiste en matar curas. -¡A leer, a leer! -gritaron seis o siete voces. -¿Has acabado el párrafo del cristianismo? -Calma y no me vuelvan loco -dijo Gallardo sacando unos papelotes-. No se puede ir tan aprisa. -Si estás a la mitad, insigne bibliotecario, habrás llegado al parrafillo de la Inquisición que caerá en la I. -No, porque pongo la Inquisición en la y griega. Grandes y estrepitosas y retumbantes risas. -Atended un poco. A ver qué os parece esto de la Constitución -dijo sentándose, mientras se formaba corrillo en torno suyo-. Ya sabéis que el asno hilvanador del Diccionario manual decía que la Constitución será una taracea de párrafos de Condillac cosidos con hilo gordo.. Pero mirad antes cómo (p.1445) defino el Cristianismo. Digo así: «Amor ardiente a las rentas, honores y mandos de la Iglesia de Cristo. Los que poseen este amor saben unir todos los extremos y atar todos los cabos, y son tan diestros que a fuerza de amor a la esposa de Jesucristo, han logrado tener a su disposición dos tesorerías, que son las del arca-boba de la corte de España y la de los tesoreros de las gracias de la corte de Roma». Ya veis que he parafraseado lo que dijo el Manual en el párrafo del Patriotismo. -Bartolillo -preguntó uno-, ¿y no le has contestado nada a aquello de que el alma es un huesecillo o ternilla que hay en el celebro, o según otros en el diafragma, colocado así como el palitroquillo que se pone dentro de los violines? -Paciencia. Allá va lo que pongo a la voz Fanatismo.. «Enfermedad físico-moral, cruel y desesperada, porque los que la padecen aborrecen más la medicina que la enfermedad. Es una como rabia canina que abrasa las entrañas, especialmente a los que arrastran holapandas(18). Los síntomas son bascas, convulsión, delirio, frenesí; en su último período degenera en licantropía y misantropía, en cuyo estado el enfermo se siente con arranques de hacer una gran hoguera para quemar a medio linaje humano». -Eso está bien dicho; pero algo frío, Bartolo. -Duro, más duro en ellos. Veamos cómo te desenvuelves en la voz Fraile. -Frailes.. Atención -continuó el lector-. Una especie de animales viles y despreciables que viven en la sociedad a costa de los sudores del vecino en una especie de café-fonda, donde se entregan a todo género de placeres y deleites, sin más que hacer que rascarse la barriga. Aquí no pudieron contener los mozalbetes su entusiasmo, y fue tal la algazara y el jaleo de pies y manos, que los transeúntes se detenían en la calle sorprendidos por el estentóreo ruido. -Vaya, señores, que no leo más -dijo Gallardo guardando sus papeles con orgullo-. Esto va a perder la novedad cuando se publique. -Bartolo, echa el Obispo. -Bartolo, léenos el Papa. -Eso se quedará para mañana. -Ya andan por ahí los (p.1446) Zampatortas con la cabeza inclinada como higo maduro desde que saben va a salir tu Diccionario. -Bartolo, ¿escribes hoy algo contra Lardizábal? Lardizábal, individuo de la Regencia que había dejado de funcionar el año anterior, publicó en aquellos días un tremendo folleto contra las Cortes. -¿Yo? Jamás le he echado paja ni cebada al señor Lardizábal. -Hombre, defendamos la soberanía de la nación. -Si no tiene más enemigos que Lardizábal.. Sopla, y vivo te lo doy.. -Mañana saldrá bueno nuestro Duende. -Cuando sea diputado -dijo uno que por lo enteco parecía sietemesino- pediré que todos los frailes que hay en España sean destinados a dar vueltas a las norias para sacar agua. -De ese modo se regará muy bien la Mancha. -Señores, no olvidarse de que mañana habla Ostolaza y quizás D. José Pablo Valiente. -Hay que ir a la tribuna. -Yo esperaré en la calle para ver la función de salida. -Eh.. Antonio, échanos un discurso. -Un discurso como el de anoche, y sobre el mismo tema de la democracia. -Pero no digas, como el Diccionario manual, que la democracia «es una especie de guarda-ropa en donde se amontonan confusamente medias, polainas, botas, zapatos, calzones y chupas, con fraques, levitas y chaquetas, casacas, sortúes y capotes ridículos, sombreros redondos y tricornios, manteos y unos monstruos de la naturaleza que se llaman abates». -De ese modo ha querido pintar a las Cortes. -La democracia -dijo otro mozalbete con voz elocuente, aunque ceceosa- es aquella forma de gobierno en que el pueblo, en uso de su soberanía, se rige por sí mismo, siendo todos los ciudadanos tan iguales ante la ley que ellos se imponen, como lo somos los desterrados hijos de Eva a los ojos de Dios. -Hombre, repíteme eso que es muy bonito, y quiero aprenderlo de memoria para decírselo a mi papá esta noche al tiempo de cenar. A mi papá, que es muy liberal, le gustan estas cosas. Yo me aburría entre aquella gente, sin poder sacar sustancia de tan inaguantable confusión de voces diversas, ni de aquel laberinto de (p.1447) opiniones, de insensateces, de puerilidades, manifestadas en coro inarmónico, cuyo susurro hubiera enloquecido la cabeza más fuerte. Dije a D. Diego, que me marchaba, y él se empeñó en que le acompañase hasta el fin. -Yo oigo atentamente todo lo que hablan -me dijo- para aprendérmelo de memoria y soltarlo después en los cafés y en los ventorrillos. De este modo voy adquiriendo fama de gran político, y cuando me acerco a la mesa del café, todos me dicen: «a ver, D. Diego, qué piensa usted de la sesión de hoy». Nos detuvimos un poco más; pero al fin pude sacarle con grandes esfuerzos de allí, y nos marchamos a tomar el fresco a la muralla. -¿Qué diría doña María -le pregunté- si ahora me presentase yo en la casa? -Hombre, se me figura que mi señora madre no te juzga del todo mal. Ostolaza dice de ti mil herejías; pero mamá se opone a que hablen mal de nadie delante de ella.. Sin embargo, tienes en casa fama de ser un terrible conquistador de hermosuras. Más vale que no vayas allá. ¡Ah, pícaro!, ya sé que te gusta mi hermanita Presentación. Todos los días me pregunta por ti.. Por mi parte si la quieres.. yo sé que eres un hombre honrado. -En efecto, me agrada. -Como que te la llevaste a las Cortes una tarde.. Sí, cuando salieron y cayó la bomba, y les dio auxilio el padre Pedro de Advíncula.. El pobre D. Paco estuvo enfermo cinco días.. volvió a casa lleno de bizmas, porque el estallido de la bomba, ¡asómbrate, chico!, le molió como si le hubieran dado una paliza. -¡Desgraciado preceptor!.. No olvide usted, amiguito, que esta noche hemos de ir a casa de Poenco. -Sí; a olvidarme iba. Las carnes me tiemblan ya del gusto. ¿Dices que va Pepilla la Poenca? -Y toda la flor de la majeza. -Me parece que no ha de llegar el momento en que mi señora mamá cierre los ojos. -Aguardo en Puerta de Tierra. -Puerta del Cielo debía llamarse. ¿Irá también la Churriana? -También. -Pues aunque supiera que mi mamá estaba en vela toda la noche.. adiós.. me voy a cenar y a rezar el rosario. Dentro de hora y media estaré allá.. (p.1448) Tunante, diré a Presentación que te he visto. ¡Qué contenta se va a poner! Cuando nos separamos visité de nuevo a lord Gray, y como le encontrara dispuesto a salir a la calle, le dije: -Milord, la señora condesa (Amaranta) me encargó ayer que rogase a usted pasase a verla. -Ahora mismo marcharé allá.. ¿Está usted libre esta noche? -Libre, y a la orden de usted. -Será algo tarde cuando yo necesite de su auxilio. ¿Dónde nos encontraremos? -No es preciso fijar sitio -repuse-. Yo tengo la seguridad de que nos encontraremos. Una súplica tengo que hacer a usted. Mi espada no es buena. ¿Quiere usted prestarme esa magnífica hoja toledana que está en la panoplia? -Con mil amores: ahí va. Diómela, y cambié su arma por la mía. -¡Pobre Currito Báez! -dijo riendo-. Han fijado ustedes el duelo para esta noche. Pero, amigo mío, yo no puedo estar en todas partes. Esta noche no podré asistir a la muerte de ese hombre. -¿Pues no ha de poder? Hay tiempo para todo. -Fijemos horas. -No es preciso. Ya nos encontraremos. Adiós. -Pues adiós. Era de noche y corrí al ventorrillo. Don Diego tardó mucho; pasó una hora, pasaron dos y yo no cabía en mí de ansiedad y afán. Por fin le vi aparecer y calmose mi febril impaciencia con su llegada. -Poenco -gritó dando manotadas sobre la mesa- trae manzanilla. ¿Hay algo de pescado para hacer sed?.. Querido Gabriel, hombre benévolo y caritativo, pongo en tu conocimiento que ahora al pasar por la calle del Burro me dieron ganas de entrar en casa de Pepe Caifás, y allí perdí los cuatro duros que me diste esta tarde. ¿Llevarías tu longanimidad hasta el extremo de darme otros cuatro? Ya sabes que me caso pronto. Le di lo que me pedía. -Señor Poenco, ¿dónde está Pepilla? -Ha ido a confesar y está haciendo penitencia. -¡A confesar! ¿Tu hija se confiesa? No la dejes acercarse a ningún fraile. Ya sabes que los frailes son unos animales viles y despreciables que viven en la ociosidad y holganza en una especie de café-fondas donde se entregan a todo género de placeres.. -Todo lo que gastemos lo (p.1449) pago yo, tío Poenco -dije-. Venga Jerez. -Gracias, gracias, valiente soldado. Siempre has sido generoso. De modo que podré emborracharme.. Poenquillo, ¿me sabrás decir dónde se puede ver esta noche a María Encarnación? -Señorito D. Diego -dijo el pícaro- no me comprometeré yo a decirle dónde está, manque me diera esos cuatro soles de plata mejicana, porque María Encarnación salió de aquí con Currito Báez, y tomando hacia la calle del Torno de Santa María.. cétera, cétera. Entraron varios majos ya de nosotros conocidos, y D. Diego les convidó a beber, lo cual lejos de molestarles les causó muchísimo agrado. -¿Vienes de las Cortes, Vejarruco? -preguntó D. Diego a uno de ellos. -Sí.. y qué borrasca han armado allí con el papé de Lardizábal. -Toos, toos son unos pillos -exclamó Lombrijón-. ¡Qué gomitaeras tenía aquel diputao alto, berrendo, querencioso, y qué cosas les dijo cuando le dio aquel súpito, engrimpolándose too!.. -¿Qué entiendes tú de eso, Lombrijón?.. Si lo que dijo fue que el puebro.. -En las orejas tengo el voquible, Vejarruco. Fue lo de la mococrasia.. -Apostad a cuál es más bruto -dijo don Diego con pedantería-. La democracia, y no la mococrasia es aquella forma de gobierno en que el pueblo, en uso de su soberanía se rige por sí mismo, siendo todos los ciudadanos iguales ante la ley.. -Justo y cabal. ¡Qué bien parla este angelito! Si en mi poder estuviera, mañana sería diputado. -Algún día me votaréis, amigos Vejarruco y Lombrijón -dijo mi amigo sintiendo ya en su cabeza con los vapores del generoso licor el humo de la vana ambición. -¡Viva el puebro soberano! -gritó Vejarruco. -¡Vivan las Cortes! -gruñó Lombrijón batiendo palmas con el ritmo de la malagueña-. Lo que igo es que un ruedo de muchachas bailando, con un par de guitarras y otros tantos mozos güenos y un tonel de lo de Trebujena que dé güelta a la reonda, me gustan más que las Cortes, donde no hay otra música que la del cencerro que toca el presiente y el romrom de los escursos. -Que vengan las muchachas, que vengan las (p.1450) guitarras -gritó el de Rumblar, dueño ya tan sólo de la mitad de su corto entendimiento. -Poenco, si las traes te hacemos.. -Te hacemos diputao.. -¿Qué es eso? ¡Menistro! ¡Viva la libertad de la imprenta y el menistro señó Poenco! Mientras de este modo se enardecía el espíritu y se exaltaban los sentidos de aquellos bárbaros, iba pasando mucho tiempo, más tiempo del que yo quería que pasase sin poner en ejecución mi pensamiento. Habían sonado las nueve, las diez, casi las once. Más fuerte que si tuviera algo dentro, la cabeza de mi amigo D. Diego resistía a frecuentes trasiegos del ardiente líquido; pero cuando vinieron las mozas y comenzó la música, el noble vástago perdió los estribos y dio con su alma y su cuerpo en el torbellino de la más grosera orgía que ventorrillo andaluz puede ofrecer al sibaritismo. Bailó, cantó, pronunció discursos políticos sobre una mesa, imitó el pavo y el cerdo, y por último, ya muy tarde, cuando el afán me devoraba y la impaciencia me tenía nervioso y aturdido, dio con su noble cuerpo en tierra, cayendo inerte, como un pellejo de vino. Las mozas formaban elegantes parejas con Vejarruco y Lombrijón; los guitarristas se divertían por su cuenta en otro extremo de la taberna, roncaba como una bestia enferma el gran Poenco y la ocasión era propicia para mí. Tomé las dos llaves que el durmiente D. Diego llevaba en su bolsillo, y corrí como un insensato fuera de la taberna. La repugnante zambra habíase alargado bastante, porque eran ya casi las doce.
Ep-8-XXV - Yo no corría, volaba, y en poco tiempo llegué a la calle de la Amargura, mortificado por el recelo de acudir tarde. Un hombre que se lanza desesperado al crimen no experimenta en el instante de perpetrar su primer robo, su primer asesinato, emoción tan viva como la que yo experimenté cuando introduje la llave, cuando le di vueltas poco a poco para evitar todo ruido, cuando empujando la puerta ya abierta, esta cedió ante mí sin rechinar, merced a las precauciones que con este fin había tomado D. Diego. Entré, y por un rato (p.1451) halleme desorientado en la profunda oscuridad del zaguán; pero a tientas y cuidadosamente pude llegar al patio, donde la claridad del cielo que por la cubierta de vidrios entraba, me permitió marchar con pie más seguro. Abriendo la segunda puerta que daba paso a la escalera, subí muy despacio asido al barandal. El corazón me latía con loca presteza, pareciéndome tan desmesuradamente ensanchado, que experimenté la sensación de llevar dentro del pecho un objeto mayor que la casa en que estaba. Me tenté la espada, por ver si estaba en mi cintura, y probé si salía con holgura de la vaina. En las sombras que me rodeaban, creía ver a cada instante la imagen de lord Gray y otra imagen, corriendo ambas fuera de la casa profanada. Verdaderamente, señores, discurriendo con serenidad, no podía darme cuenta del objeto de mi arriesgada expedición allí dentro. ¿Iba a satisfacer en la persona de lord Gray mi anhelo de venganza, iba a gozarme en mi propio desaire o a impedir la violenta determinación de los locos amantes? Yo no lo sabía. En mi pecho bullían ardientes furores, y se quemaba mi frente circundada por anillo de candente hierro. Los celos me llevaban en sus alas negras llenas de agudas uñas que desgarran el pecho, y dejándome arrastrar, no podía prever cuál sería el término de mi viaje. Al llegar al corredor de cristales que daba vuelta a todo el patio, percibí con claridad los objetos, por la mucha luz de la luna que allí penetraba. Entonces medité, y formulando vagamente un plan, dije: -Aquí buscaré un sitio donde ocultarme. Lord Gray no puede haber llegado todavía. Le espero, y cuando venga le saldré al paso. Puse atento el oído, y creí sentir un rumor vago. Parecíame ruido de faldas y pasos muy tenues. Aguardando un rato, al cabo distinguí una forma de mujer que salía al corredor por la puerta menos próxima al sitio donde yo me encontraba. Había allí un alto, pesado y negro ropero que proyectaba sombra muy oscura sobre sus costados, y junto a él me guarecí. Atisbé la figura que se acercaba, (p.1452) y al punto la reconocí. Era Inés. Acercábase más, y al fin pasó por delante de mí. Yo me aplasté contra la pared: hubiera querido ser de papel para ocupar el menor espacio posible. A la escasa luz pude advertir en ella una gran confusión. Inés iba hacia la escalera, volvía, tornaba a adelantar, retrocediendo después. Sus ademanes indicaban zozobra vivísima, más que zozobra, desesperación. Exhalaba hondos suspiros, miraba al cielo como implorando misericordia, reflexionaba después con la barba apoyada en la mano, y al fin volvía a sus anteriores inquietudes. -Es que le espera -dije para mí-. Lord Gray no ha venido. Inés entró de repente en las habitaciones y salió al poco rato con un largo mantón negro sobre la cabeza. Andaba con gran cautela, y sus delicados pies parecía que apenas esfloraban los ladrillos del piso. Volvió a pasar junto a mí, dirigiéndose a la escalera, pero retrocedió otra vez. -Está loca -pensé- se dispone a salir sola. Sin duda él le espera en la calle. La muchacha descendió dos o tres peldaños, y tornó a subir. Entonces observé claramente su rostro; estaba muy inmutada. Balbucía o ceceaba, y su soliloquio, en que se le escapaban voces articuladas, era de los que indican una gran agitación del alma. Algunas voces tenues y confusas que salían de sus labios, llegaron a mi oído y percibí con toda claridad estas dos palabras: «Tengo miedo». Al pasar cerca de mí, no sé si sintió mi respiración o el roce de mi cuerpo contra la pared, porque me era imposible permanecer en absoluta quietud. Estremeciose toda, miró al rincón, y de seguro me vio, es decir, vio un bulto, un fantasma, un ladrón, cualquiera de esos vestigios o imaginarios duendes de la noche, que asustan a los niños y a las muchachas tímidas. En el paroxismo de su miedo, tuvo, sin embargo, bastante presencia de ánimo para no gritar; quiso correr, mas le faltaron las fuerzas. Maquinalmente salí de mi escondite, dando algunos pasos hacia ella, la vi temblorosa con los ojos desencajados y las manos abiertas, acerqueme más, y le dije en voz muy (p.1453) baja: -Soy yo; ¿no me conoces? -Gabriel -dijo como quien despierta de un mal sueño-. ¿Cómo has entrado aquí? ¿Qué buscas? -No me esperabas sin duda. Su acento de profunda sorpresa no indicaba pesadumbre ni contrariedad. Después añadió: -No parece sino que te ha enviado Dios en socorro mío. Acompáñame: tengo que salir a la calle. -¡A la calle! -exclamé más desconcertado aún. -Sí -dijo recobrando(19) la zozobra que al principio había advertido en ella-; quiero traerla aunque sea arrastrada por los cabellos.. ¡Ay! Gabriel, estoy tan angustiada que no sé cómo contarte lo que me pasa. Pero vamos, acompáñame. No me atrevía a salir sola a estas horas. Diciendo esto tomaba mi brazo, y con impulso convulsivo me empujaba hacia la escalera. -Esta casa está deshonrada.. ¡Qué vergüenza! Si mañana despierta doña María y no la encuentra aquí.. Vamos, vamos. Yo espero que me obedecerá. -¿Quién? -Asunción. Voy a buscarla. -¿En dónde está? -Se ha marchado.. Ha huido.. Vino lord Gray.. En la calle te contaré.. Hablábamos tan bajo que nos decíamos las palabras en el oído. En un instante y andando con toda la prisa que permitía la oscuridad de la casa, bajamos, abrimos las puertas y nos encontramos en la calle. -¡Ay! -exclamó al ver cerrar por fuera la puerta-. En mi atolondramiento se me olvidaba, al querer salir, que no tenía llaves para abrir la puerta. -Pero ¿a dónde vas tú, a dónde vamos? -Corramos -dijo aferrándose a mi brazo. -¿A dónde? -A la casa de lord Gray. Aquel nombre encendió de nuevo mi sangre, y pregunté con desabrimiento: -¿Y a qué? -A buscar a Asunción. Tal vez lleguemos a tiempo para impedir su fuga de Cádiz.. Está loca esa muchacha, loca, loca, loca.. Gabriel, ¿con qué objeto entrabas esta noche en la casa? ¿Ibas a buscarme?.. ¿Ibas de parte de mi prima? -Pero lord Gray.. Explícame eso. -Lord Gray entró esta noche. Asunción le esperaba.. levantose callandito de su cama y se vistió. Yo desperté también.. Asunción se llega a mi cama cuando iba a partir, y besándome, en voz muy (p.1454) bajita me dijo: «Inés de mi corazón, adiós, me voy de esta casa». Yo salté de mi cama, quise detenerla, pero la pícara lo tenía todo muy bien dispuesto y salió con gran ligereza. Quise gritar, pero tuve miedo.. La idea de que despertase doña María en aquel instante me hacía temblar.. Se fueron muy despacito, y cuando me quedé sola.. ¡Ay! La insensatez de esa muchacha, a quien todos tienen por santa, me enardecía la sangre. Lord Gray la ha engañado; lord Gray la abandonará.. Vamos, vamos pronto. -¡Me parece que estoy soñando! De modo que Asunción.. ¿Pero qué vamos a hacer, qué vamos a decir a Asunción y a lord Gray? -¿Y eso dice un hombre, un caballero, un militar que lleva una espada? Cuando les vi salir sentí un impulso de cólera.. quise correr tras ellos.. luego me ocurrió llamar a los de la casa.. pero después, pensando que lo mejor sería impedir la fuga de Asunción, discurrí si podría traerla de nuevo a casa, con lo cual la condesa no se enterará de nada.. Yo pedí auxilio al cielo y dije: «Dios mío, ¿qué puede hacer una mujer, una pobre y desvalida mujer, contra la perfidia, la astucia y la fuerza de ese maldito inglés? Dios poderoso, ayúdame en esta empresa». Cuando yo decía esto te me presentaste tú. -¿Y cuál es tu intención? -Yo dudaba si salir o no. Era una locura salir.. ¿Qué hubiera podido lograr sola? Nada. Ahora es distinto. Me presentaré en casa de ese bandido; procuraré convencer a esa desgraciada de la miserable suerte que le espera. ¡Oh!, nunca la creí capaz de acto tan abominable.. Haré lo posible por traérmela conmigo. Un hombre me acompaña, no temo a lord Gray, y veremos si persiste en sus viles proyectos delante de mí. -No persistirá. Lo que está pasando es un plan admirable de la Providencia. -La pobre Asunción es una tonta. Su fondo es bueno, pero con la santidad, con el encierro y con lord Gray se le ha convertido la imaginación en un hervidero. Nos queremos mucho. Varias veces he conseguido de ella con mis cariñosas amonestaciones más que su madre con el rigor y toda la Iglesia (p.1455) católica con sus santidades.. Volverá, volverá con nosotros.. ¡Qué peligroso paso!.. ¡Ella y yo fuera de casa!.. Corramos, corramos. La casa de ese hombre está en el fin del mundo. -Lord Gray abandonará su presa. Ya pronto llegamos. Lord Gray tendrá el castigo que merece. -¡Así te oyera Dios! ¡Pobre Asunción! ¡Pobre amiga! ¡Tan buena y tan loca! Se me parte el corazón al considerarla deshonrada y perdida para siempre. La arrancaremos de manos de su seductor.. No, no huirá de Cádiz.. Aún faltan muchas horas para el día.. Vamos, corramos pronto.
Ep-8-XXVI - Por fin llegamos a casa de lord Gray. Toqué fuertemente a la puerta y un criado soñoliento y malhumorado bajó a abrirnos. -El señor no está -nos dijo. Creyendo que nos engañaba, empujé puerta y portero para abrir paso, y entramos diciendo: -Sí está. Me consta que está. Como la casa de lord Gray era centro de aventuras, y allí entraban con frecuencia hombres y mujeres a distintas horas del día y de la noche, el criado no puso obstáculo a que invadiéramos imperiosamente la casa, y guiándonos a la sala, encendió luces, sin cesar de repetir: -El señor no está, el señor no ha venido esta noche. Inés, desfallecida, dejose caer en un sillón. Yo recorrí la casa toda, y en efecto, lord Gray no estaba. Después de mis pesquisas Inés y yo nos miramos con angustiosa perplejidad, confundidos ante la inutilidad del arriesgado paso que habíamos dado. -No están, Inés. Lord Gray ha tomado sus precauciones y es inútil pensar en impedir la fuga. -¡Inútil! -exclamó con dolor-. No sé qué pensar. Llévame otra vez a mi casa. ¡Dios mío santísimo, si me sienten llegar contigo!.. ¡Si doña María se levanta y ve que Asunción y yo no estamos allí!.. ¡Esto ha sido una locura! ¡Desgraciada Asunción! ¡Tan buena y tan loca! Inés lloraba con vivo dolor la pérdida de su amiga. -Para mí es como si hubiera muerto -añadió-. ¡Que Dios la perdone! -Engañado por su aparente santidad, jamás creí que tuviera tan ciega pasión por un hombre. -Su hipocresía es superior a todo lo que (p.1456) puede concebirse. Ha aprendido a disimular con tal arte sus sentimientos, que todos se engañan respecto a ella. -Para decírtelo todo de una vez, Inés, yo creí que la que amaba a lord Gray eras tú. Todos, incluso Amaranta, creían lo mismo. -Ya lo sé. Yo misma tengo la culpa de esto, porque deseando evitar a mi amiga las crueles reprensiones y castigos de su madre, callaba y sufría siempre, y las sospechas caían sobre mí. Conmigo tenían cierta tolerancia, y como sólo se trataba de cartitas y tonterías, dejé correr el engaño, pasando por casquivana.. Algunas veces me apropiaba deliberadamente las faltas de Asunción, por el beneficio que me traían.. ¿no entiendes? Mi mayor gusto era ver rabiar a D. Diego, diciendo que no se casaría nunca conmigo. -Él espera que pronto le darás tu mano. Por primera vez en aquella noche la vi reír. -Yo sabía -añadió después- que todas las sospechas caían sobre mí, y callaba. Jamás hubiera delatado a la pobre Asunción. Esperaba arrancarle de la cabeza esa locura, y en una ocasión creí conseguirlo. Lord Gray ponía en juego mil ingeniosas estratagemas.. ¿Tú sabes todo lo que pasó el día que fuimos a las Cortes?.. ¡Hombre más original!.. Yo esperaba que siguieras yendo a casa por la noche.. te hubiera informado de todo.. Pasaron días y meses, y entretanto, sola y abandonada de todos, necesitaba valerme de mis propios esfuerzos para ir prolongando, prolongando mi situación, con la esperanza de verme libre algún día.. Pero marchemos al punto de aquí. ¡Dios mío, qué tarde! -Inés, te he recobrado, te he reconquistado después de creerte perdida para siempre -afirmé olvidando la situación en que nos encontrábamos-. Has resucitado para mí. ¡Querida mía, imitemos la conducta de Asunción y lord Gray, y vámonos por esos mundos! Me miró con severidad. -¿Deseas volver a aquella horrible prisión, más cerrada y más sombría que la casa de los Requejos? -le dije con exaltación, estrujando sus manecitas entre las mías. -Más vale esperar -me contestó-. Llévame a mi casa. -¡Otra vez allá! - (p.1457) exclamé deteniéndola en su marcha con la barrera de mis brazos, que hubieran querido ser muralla indestructible para separarla del resto del mundo-. ¡Otra vez allá! Ya no te volveré a ver más. Se cerrarán las puertas de ese purgatorio presidido por doña María, y adiós para siempre. Querida mía, vamos a casa de la condesa; allí te convenceremos. Sabrás lo que importa más que nada en el mundo. Inés demostraba gran impaciencia. -¡Pero un momento más, un momento! Pasan meses sin verte. Sabe Dios hasta cuándo no nos veremos. ¿No sabes lo que me pasa? El gobierno ha dispuesto que salga una expedición para desembarcar en Cartagena y socorrer a las partidas de Castilla. Me han designado para formar parte de ella. Pobre soldado, tengo que obedecer. ¿Cuándo nos volveremos a ver? Nunca. No te separes de mí esta noche. Salgamos de aquí, y te llevaré al lado de la condesa, tu prima. -¡No, a casa, a casa! -La puerta de aquella mansión me parece que es la losa de tu sepulcro. Cuando se cierre, dejándote dentro, todo se acabó. -No, yo no quiero salir como Asunción, acechando el sueño de su madre para escapar. Yo no quiero salir así de mi encierro, sino en pleno día, con las puertas abiertas y a la vista de todos. Vámonos. ¡Qué locura he hecho esta noche, Dios mío! Asunción, ¿dónde estás? ¿Has muerto ya para mí y para los demás?.. No puedo estar aquí ni un instante más. Me parece que siento la voz de doña María llamándome, y los cabellos se me erizan de espanto. Inés se dirigió a la salida. En el mismo instante oímos ruido de un coche en la calle. Aguardamos, sintiendo que alguien subía, y por fin abriose la puerta de la sala, y apareció lord Gray. Estaba sombrío, fosco, agitado, nervioso. Nos miró con asombro, quiso reír, pero su colérico semblante no echaba de sí más que rayos. Temblaba de ira, iba de un lado para otro de la sala, como un tigre en su jaula, nos miraba, nos decía algo inconexo, risible, estúpido, y luego hablaba consigo mismo en monosílabos incomprensibles, mezclando la lengua inglesa (p.1458) con la española. -Sr. de Araceli, buenas noches.. Y usted, niña, ¿qué hace aquí? ¡Ah!, ya.. Mi casa sirve de refugio a los amantes.. Son ustedes más afortunados que yo.. ¡Condenación eterna para las niñas mojigatas!.. Un hombre como yo.. No debí acceder.. ¡Por San Jorge y San Patricio!.. -Lord Gray -dije- hemos venido a esta casa con móvil muy distinto del que usted supone. -¿En dónde está Asunción? -exclamó Inés con vehemencia-. No, no saldrán ustedes de Cádiz. Voy a alborotar toda la ciudad. -¿Asunción? -repuso el inglés pateando con cólera y elevando el puño-. He sido un necio.. pero mañana veremos.. El demonio me lleve si cedo.. ¿Qué decía usted? Asunción.. es una niña honradita y formalita.. ¡Maldito bigotism!.. Mucho lloro, mucho hipo, mucho suspirito.. ¡Mala peste!.. ¿Qué decía usted?.. Perdone usted.. Estoy nervioso.. despido fuego y electricidad.. Pues como decía, Asunción.. -¡Sí!, ¿dónde está? Es usted un malvado. -La pobrecita niña está ya de vuelta en casa rezando el Confiteor con las manecitas cruzadas delante del altarejo.. ¡Malditas sean las niñas piadosas!.. Parece que su voluntad ha de ser de roca, y es cera de iglesia. Están buenas para sacristanes.. Pues sí. En su casa está ya de vuelta. El seráfico arcangelillo se asustó al verse solo conmigo en lugar extraño.. ¡No les gusta más que la sacristía!.. Lloró, rabió, quiso matarse, escandalizó la casa de aquella ilustre doña Mónica a donde la llevé.. Jamás me ha pasado otra como esta.. ¡Pobre gatita, cómo mayaba! ¡Qué lastimeros ayes! ¡Qué gritos para clamar por su honor!.. Nada; es preciso ser fraile o sacristán.. En fin, ya está otra vez en su casa, a donde acabo de llevarla sigilosamente, lo mismo que la saqué.. Señora doña Inesita, veo que es usted mujer resuelta.. Usted se ha echado a la calle con este insigne mancebo.. No hay que hacer aspavientos de honor y demás bambolla.. La señora condesa me lo ha contado todo esta tarde desde la cruz a la fecha.. Ella quería que yo me comprometiese a librarla a usted de su cautiverio, y convine en ello.. Pero (p.1459) ustedes lo han sabido arreglar. Así se hace.. Esta noche las contrariedades y las desdichas son para mí.. Pero mañana.. tomaré precauciones.. O hizo Lucifer a las mojigatas para reírse de los enamorados, o las hizo Dios para castigarlos.. Recapacitemos; ¡las hizo Dios, Dios, Dios!.. -Salgamos al instante de aquí -dijo Inés-. Este hombre está loco. Si es cierto que la infeliz ha vuelto a casa, pronto lo sabremos. Impulsado por una determinación súbita, dije al inglés: -Milord, ¿me presta usted su coche? -Está a la puerta. -Pues vamos. Bajamos. Cogí a Inés en mis brazos, y subiéndola en la alta carroza (una de las singularidades del Cádiz de entonces, introducida por lord Gray) dije al cochero: -A casa de la señora de Cisniega, en la calle de la Verónica.
Ep-8-XXVII - -¿A dónde me llevas? -exclamó Inés con espanto cuando me senté junto a ella dentro del coche que empezó a rodar pesadamente. -Ya lo has oído. No me preguntes por qué. Allá lo sabrás. He tomado esta resolución y no hay fuerza humana que me aparte de ella. No es una calaverada; es un deber. -¡Qué dices! Yo salí para salvar a mi amiga de la deshonra, y la deshonrada soy yo. -Inés, oye lo que te digo. ¿Estás decidida a casarte con D. Diego? -Déjate de simplezas. -Pues entonces calla y resígnate a ir a donde yo te lleve. Una serie de acontecimientos providenciales te ha puesto en mi poder y creería cometer un crimen si te llevara de nuevo a aquel aborrecido encierro, donde al fin serías víctima del egoísmo fanático y de la insoportable autoridad de quien no tiene ningún derecho a martirizarte.. Pobrecilla, graba en tu memoria lo que te estoy diciendo y más tarde bendecirás esta locura mía. No, no volverás allá. No pienses más en doña María. Confía en mí. Dime: ¿te he engañado alguna vez? Desde que nos conocimos ¿no has sido para mí una criatura venerada a quien de ningún modo se puede ofender? ¿No has visto siempre en mí, junto con el cariño más vivo que jamas se tuvo hacia persona alguna, un respeto, un culto superior a (p.1460) todas las debilidades humanas? Inés, tú eres víctima de un gran error. ¿Temes a doña María, temes a la de Leiva, temes a esas siniestras y medrosas figuras que constantemente te están vigilando con sus ojos terribles? Pues bien; esas dos personas no son para ti otra cosa que dos figurones como los que asustan a los chicos. Acércate, tócalos y verás cómo son cartón puro. -No sé qué quieres decir. -Quiero decir -continué hablando con tanta vehemencia como rapidez- que te has forjado respetos de familia, consideraciones e ideas que son hijas de un error. Te han engañado, están abusando de tu bondad, de tu dulzura para fines execrables, y no pudiendo amoldar tu hermosa condición a la suya, te corrompen por grados, falsificándote, querida mía, con la escuela del disimulo. No hagas caso, no pienses en ellas, considérate libre. Vivirás al amparo de la única persona que tiene derecho a mandar en ti; serás libre, disfrutarás de los goces inocentes, de los nobles placeres de la Naturaleza; podrás mirar al cielo, admirar las obras de Dios, podrás ser buena sin hipocresía, alegre sin desenfado, vivir rodeada de personas que te adoren, y con la conciencia en paz y tranquila. No interrumpirá tu sueño la cavilación de los fingimientos que tendrás que hacer al día siguiente para que no te castiguen. No te verás en el doloroso caso de mentir; no te aterrará la idea de desposarte con un hombre aborrecido; no estarás expuesta a la alternativa de que peligre tu virtud o seas desgraciada, desgraciadísima y digna de lástima en esta breve vida y luego condenada en la eternidad de la otra. -Gabriel -me dijo ella bañado el rostro en lágrimas- no entiendo lo que me dices. No puedo creer que tú seas capaz de engañarme. ¿Lo que dices es una locura o qué es..? ¿A dónde me llevas..? Por Dios, no hagas una locura. Cochero, cochero, a la calle de la Amargura. -El cochero irá donde yo le mande -exclamé alzando la voz, porque el ruido del carruaje nos obligaba a hablar a gritos-. Regocíjate, Inés, alégrate, amiguita. El aspecto de tu (p.1461) existencia va a cambiar desde esta noche. ¡Cuántas penas, pobrecita, cuántas alternativas y vaivenes en tan pocos años! Por un lado tú, por otro yo. Ambos sujetos a mil fatigas, mecidos y arrastrados por este oleaje terrible que ya nos sube, ya nos baja, ya nos junta, ya nos separa.. -Es verdad, es verdad. -¡Pobre amiga mía! ¡Quién había de decirte que en tu grandeza serías tan desgraciada como en tu miseria! -Sí, es verdad, es verdad.. Pero me dejo arrastrar por tu demencia. ¡Llévame a mi casa, por Dios! Después concertaremos.. -Ya está concertado.. -Pero mi familia.. Yo tengo nombre y familia.. -A eso voy. -No, no puedo consentirlo. Es imposible que me engañes.. ¡A casa, a casa! ¡Qué dirán de mí! ¡Virgen Santísima! -No dirán nada. -Yo tengo imaginado un gran plan.. -Este plan es el mejor.. Tu prima acabará de dártelo a conocer. Al diablo doña María y la de Leiva. -Es el jefe de la familia. Ella manda. -Ahora mando yo, Inés. Obedece y calla. ¿No recuerdas que en todos los instantes supremos de tu vida has necesitado de mi ayuda? Ahora es lo mismo. Hace tiempo que buscaba esta ocasión.. te atisbaba con vigilante mirada.. quería robarte, como te robé en casa de los Requejos, y al fin lo he conseguido.. Que venga acá doña María a arrancarte de mi poder. Lo demás te lo dirá tu prima. Ya llegamos. Fuera que confiaba en mí entonces como en otras ocasiones de su vida, abandonándose a aquel destino suyo, de que yo había sido tantas veces celoso ejecutor; fuera que un vago presentimiento la inclinaba a aprobar mi conducta, lo cierto es que no hizo esfuerzo para resistir cuando entré con ella en la casa y la conduje arriba, despertando con el estruendo de mi llegada a todos los habitantes de la casa. Gran susto tuvo Amaranta al sentir tan a deshora los golpes y voces con que yo me anuncié. Al salir a mi encuentro, doña Flora y la condesa estaban aturdidas de puro asombradas. -¿Qué es esto? ¿Cómo has salido de la casa? -exclamó la condesa, besándola con ternura-. A Gabriel debemos sin duda esta buena (p.1462) obra. -Qué placer es estar junto a usted, querida primita -dijo Inés sentándose en el sofá de la sala tan cerca de Amaranta, que casi estaba sobre sus rodillas-. Me olvido de la falta que he cometido huyendo de mi casa, y los gritos de mi conciencia son ahogados por la gran felicidad que ahora siento. Estaré un ratito, un ratito nada más. -Gabriel -dijo Amaranta con el rostro inundado de lágrimas- ¿cuándo sale la expedición? Yo pediré permiso para marchar en ella y nos llevaremos a Inés. -¡Huir! -exclamó la muchacha con terror-. Yo apareceré a los ojos de todos como una criatura sin pudor que deshonra y envilece a su familia.. Volveré a casa de doña María. -¡Fuera engañosas apariencias! -grité yo-. Por más que vuelvas a todos lados la vista, no encontrarás más familia que la que en estos momentos te rodea. La condesa con su mirada penetrante quiso imponerme silencio; pero yo no podía callar, y los pensamientos que se agitaban con febril empuje en mi cerebro, afluían precipitadamente a mis labios, dándome una locuacidad que no podía contener. -El entrañable amor que te ha manifestado siempre la persona en cuyos brazos estás, ¿no te dice nada, Inés? Cuando pasaste de la humildad de tu niñez a la grandeza de tu juventud, ¿qué brazos te estrecharon con cariño? ¿Qué voz te consoló? ¿Qué corazón respondió al tuyo? ¿Quién te hizo llevadera la soledad de tu nobleza? Seguramente has comprendido que entre ella y tú existían lazos de parentesco más estrechos que los que reconoce el mundo. Tú lo conoces, tú lo sabes, tu corazón no puede haberse engañado en esto. ¿Necesito decírtelo más claro? La voz de la Naturaleza antes de ahora, en todas ocasiones, y más que nunca ahora mismo clamará dentro de ti para declarártelo. Señora condesa, abrácela usted, porque nadie vendrá a arrancarla de manos de su verdadero dueño. Inés, descansa tranquila en ese seno, que no encierra egoísmo ni intrigas contra ti, sino sólo amor. Ella es para ti lo más santo, lo más noble, lo más querido, porque es tu madre. Diciendo esto (p.1463) callé; descansé como Dios después de haber hecho el mundo. Estaba tan satisfecho de haber hablado, que las lágrimas, la turbación, la emoción silenciosa y profunda de las dos mujeres, abrazadas y oprimidas una contra otra como queriendo formar una sola persona, me halagaban más que al orador elocuente los aplausos de la multitud y el delirio del triunfo. Las últimas palabras las solté como se echa fuera algo que nos ahoga.
Ep-8-XXVIII - (20) Mientras madre e hija espaciaban a sus anchas y a solas los sentimientos y ternezas de su corazón, yo me encontraba (seis horas después de lo contado, y ya muy entrado el día) frente a frente de mi señora doña Flora, separada su persona de la mía tan sólo por la breve superficie de una mesa, donde dos regulares tazones de chocolate nos servían de almuerzo. Hablamos un rato del acontecimiento que mis lectores conocen, y después, arrimando con arte la conversación hacia asunto más de su gusto, me dijo: -Amaranta me asegura que no miras con malos ojos a esa jovenzuela que nos trajiste anoche. ¡Bonita formalidad es la tuya! ¿Y qué dirán de un chiquillo que en vez de inclinarse a buscar apoyo para sus inexperiencias en la compañía de personas mayores, se enloquece con las niñas de su misma edad?.. Vuelve en ti, hombre.. oye la voz de la razón.. penétrate bien de.. -Vuelvo, oigo y penetro, señora doña Flora. Estoy arrepentido de mi locura.. Tentome el demonio, y.. Pero siento pasos, que se me figura son los del Sr. D. Pedro del Congosto. -Jesús, María y José.. ¡Y tú ahí tan serio tomando chocolate conmigo!.. Pero hombre, ¿y el pudor y la decencia? No pudo continuar porque entró D. Pedro, todo lleno de bizmas y parches, fruto amarguísimo de la brillante campaña del Condado. Levantose azorada doña Flora, y dijo: -Sr. D. Pedro.. es una casualidad, créalo usted, que se encuentre aquí este mozuelo.. Nunca está una libre de calumnias.. Este chico es tan loco, tan imprudente.. Congosto me miró con ira, y tomando asiento, habló así: -Dejemos a un (p.1464) lado esa cuestión. A su tiempo será tratada.. Ahora vengo a decir a usted que se prepare a recibir a la señora condesa de Rumblar, que viene seguida de respetables personas para que le sirvan de testigos. -¡Dios mío! ¡La justicia en mi casa! -Parece que lord Gray robó anoche a la señora doña Inesita, depositándola aquí. -¡Es un error! ¿Pero de veras viene doña María? Yo estoy temblando.. Alguien ha entrado en la casa. No había acabado de decirlo cuando sintiose gran ruido abajo y arriba gran conmoción. Apareció Amaranta, apareció Inés, emitiéronse distintos pareceres, pero prevaleció el de que se recibiese decorosamente a la de Rumblar, contestando a sus cargos en el terreno legal, si ella en el mismo los hacía. Todos menos Inés nos reunimos en la sala, y a poco entró el lúgubre cortejo, presidido por doña María, con una pompa y severa majestad que le habrían envidiado reinas y emperatrices. Profundo silencio reinó en la sala por un instante, mas rompiolo al fin, sin gastar tiempo en saludos, doña María, no pudiendo contener el volcán que bramaba dentro de las cavidades de su pecho. -Señora condesa -dijo- venimos a casa de usted en busca de una doncella puesta a mi cuidado, la cual ha sido robada esta noche de mi casa por un hombre que se supone sea lord Gray. -Aquí está, sí, señora -repuso Amaranta-. Es Inés. Si estaba puesta al cuidado de personas extrañas, yo la reclamo porque es mi hija. -Señora -dijo doña María temblando de cólera- ciertas supercherías no producen efecto ante la declaración categórica de la ley. La ley no la reconoce a usted por madre de esa joven. -Pues yo me reconozco y declaro aquí delante de los que me escuchan, para que conste con arreglo a derecho. Si usted alega una ley, yo alego otra, y entretanto mi hija no saldrá de mi casa, porque a ella ha venido espontáneamente y por su propia voluntad, no seducida por un cortejo, sino con deliberado propósito de vivir a mi lado, como hija obediente y cariñosa. -No me sorprende la conducta de lord Gray -dijo doña María-. Los nobles de Inglaterra (p.1465) suelen corresponder de este modo a la hospitalidad que se les da en las casas honradas.. Pero no debo culpar tan sólo a él, hombre de mundo, privado de ideas religiosas y ciego ante la luz de la verdadera y única Iglesia, no. ¿Qué ha de hacer el ciego sino tropezar? A quien principalmente acuso es a ella; lo que más que nada me asombra es la liviandad de esa muchacha casquivana.. Verdaderamente, señora condesa, voy creyendo que tiene usted razón en llamarla su hija. Árbol y fruto con iguales propiedades se distinguen. -Señora doña María -replicó Amaranta con la voz tan temblorosa, a causa de la cólera, que apenas se entendían sus palabras- no vino mi hija seducida por lord Gray. Vino acompañada por él o por otro, que esto no hace al caso, y movida de propia inspiración y deseo. Me congratulo de ello, porque así la persona que más amo en el mundo estará libre de corromperse con el mal ejemplo de dos conocidas niñas mojigatas, que esconden a sus novios bajo las faldas de brocado de los santos que tienen en los altares de su casa. Doña María se levantó como si el sillón en que estaba sentada se sacudiera repelido por subterránea explosión. Sus ojos fulminaban rayos, su curva nariz, afilándose y tiñéndose de un verde lívido, parecía el cortante pico del águila majestuosa: moviose convulsivamente su barba picuda, reliquia de la antigua casta celtíbera a que pertenecía, hizo ademán de querer hablar; mas con gesto majestuoso semejante al de las reinas de la dinastía goda cuando mandaban hacer alguna gran justicia, señaló a la otra condesa, y desdeñosamente dijo: -Vámonos de aquí. No es este mi lugar. Me he equivocado. Señora condesa, quise que no se agriara esta cuestión; quise evitar a usted la visita de los emisarios de la ley. Pero usted no merece otra cosa, y no seré yo quien desempeñe en esta casa el papel que corresponde a alguaciles y polizontes. -Como experta en pleitos -repuso Amaranta- y conocedora de tal laya de gente, puede usted buscar en la familia de estos una esposa para su digno hijo el señor (p.1466) conde, varón insigne en las tabernas y garitos de Madrid. Jugando al monte podrá restablecer el mermado patrimonio, sin verse en el caso de solicitar un enlace violento con una joven mayorazga. -Salgamos de aquí, señores; son ustedes testigos de lo que aquí ha pasado -dijo doña María dirigiéndose a la puerta. Y sin esperar a más, resueltamente y bramando de ira, que expresaba con olímpico fruncimiento de cejas, salió de la sala y de la casa, seguida de los mismos que le habían acompañado, a cuya cola iba D. Paco. Por largo rato reinó profundo silencio en la sala. Amaranta, después de desahogar las antiguas cóleras de su pecho, estaba meditabunda y aun diré que arrepentida de todo lo que había dicho, doña Flora preocupada, y Congosto, con los ojos fijos en el suelo, revolvía sin duda en su cabeza altos y caballerescos pensamientos. Sacó a todos de su perplejidad una visita que nadie esperaba, y que causara general asombro. En la sala se presentó de improviso lord Gray. Advertí en su fisonomía las huellas de la agitación de la pasada noche, y lo turbado de su hablar indicaba que aquel singular espíritu no había recobrado su asiento. -En mal hora viene milord -le dijo secamente D. Pedro-. Ahora acaba de salir de aquí doña María, cuyo enojo por las picardías de usted es tan fuerte como justo. -La he visto salir -repuso el inglés-. Por eso he entrado. Deseo saber.. ¿Se sospecha de mí, señora condesa, se me acusa?.. -¡Pues no se le ha de acusar, hombre de Dios!.. -dijo D. Pedro-. Pues a fe que echó requiebros la señora doña María.. y con mucha razón por cierto. Pues qué, robar a la señora doña Inesita, aun con consentimiento de la que se llama su madre.. -Vamos, estoy tranquilo -dijo lord Gray-. Veo que me imputan las hazañas de este pícaro Araceli, dejando en el olvido las mías propias. Desvaneceré el engaño, aunque en realidad, yo acepto todas las glorias de esta clase que me quieran adjudicar.. La señora condesa estará ya contenta. Amaranta no contestó. -Disimule usted -dijo D. Pedro-. Eche usted (p.1467) sobre el prójimo sus abominables culpas. -Veo con dolor -repuso lord Gray jovialmente- que en el rostro de usted, Sr. de Congosto, están escritas con parches y ungüentos las gloriosas páginas de la expedición al Condado. -Milord -exclamó el héroe con ira-, no es propio de un caballero zaherir desgracias motivadas por la casualidad. Antes que hacer tal cosa examinaría yo mi conciencia por ver si está libre de faltas. La mía no me acusa de haber cometido en ningún tiempo bellaquerías como la de anoche. -¿Cuál? -Ya lo sabe usted. Acabamos de oír a la señora de Rumblar -añadió la estantigua enfureciéndose gradualmente-. Digo y repito que es una gran bellaquería. -Eso va con usted, Araceli. -No, con usted, con usted, lord Gray. Usted es quien ha sacado a esa joven de aquella honesta casa, morada augusta de los buenos principios; usted quien la ha quitado de la protección y amparo de doña María, cuya santidad y nobleza engrandecen cuanto a su alcance se halla. -¿Con que es una gran bellaquería? -repitió lord Gray burlonamente-. Eso quiere decir que soy un gran bellaco. -¡Sí señor, un grandísimo bellaco! -repitió don Pedro, poniéndose tan encendido que las arrugas de su rostro semejaban los pliegues y abolladuras de un pimiento riojano-. Y aquí está D. Pedro del Congosto, para sostener lo que ha dicho, aquí y fuera de aquí en la forma y manera que usted lo crea conveniente. -¡Oh, Sr. D. Pedro! -exclamó lord Gray con júbilo-. ¡Qué gran placer me proporciona usted! Desde que por primera vez visité esta noble tierra, he buscado ansiosamente al gran D. Quijote de la Mancha; yo quería verle, yo quería hablarle, yo quería medir la fuerza de mi brazo con la del suyo, pero ¡ay!, hasta ahora lo he buscado en vano. He revuelto media península buscando a D. Quijote, y D. Quijote no parecía por ninguna parte. Yo creí que tan noble tipo se había extinguido, disipándose en la corruptora sociedad de los modernos tiempos; pero no, aquí está, al fin le encuentro con idéntico traje y rostro, un Quijote algo degenerado en (p.1468) verdad, pero Quijote al fin, que no se encuentra ni puede encontrarse más que en España. -Si usted bromea, señor lord, yo soy hombre serio -repuso D. Pedro-. Yo tomo a mi cargo la defensa de esa ultrajada señora que acaba de salir; yo desharé su agravio y me tomo a pechos el castigar esta gran injuria que ha recibido limpiando con la sangre del traidor la infame mancha. Esto digo sin nada de quijotería. Ya se ve.. en esta casa no me entienden. Es indudable que han entrado aquí las ideas filosóficas, ateas y masónicas, según las cuales ya se acabó el honor y la grandeza, lo noble y lo justo, para que no haya más que pillería, liberalismo, libertad de la imprenta, igualdad y demás corruptelas.. Lo dicho, dicho. Este traje que visto prueba que he tomado a mi cargo la defensa de los principios en cuyo nombre se ha levantado la nación contra Bonaparte. ¡Oh, si todos me imitaran!.. ¡Si todos empezando por el traje acabaran por las obras!.. Pero basta de palabras. Elija usted hora y sitio. Acción tan aleve no puede quedar sin castigo. -D. Quijote, sí, es él mismo -dijo el inglés-. D. Quijote degenerado y nacido de cruzamientos, pero que algo conserva de la generosa sangre del padre, como el mulo lleva en sí un poco de la dignidad y nobleza del caballo. -¡Cómo! ¿Llama usted mulo a un hombre como yo? -exclamó Congosto requiriendo coléricamente la espada. -No, caballero insigne; decía que el quijotismo español de hoy se parece al antiguo, como se parece el mulo al caballo. Por lo demás acepto el reto de usted y nos batiremos a la jineta, a pie, con sable, espada, lanza, honda, ballesta, arcabuz, o como usted quiera. Pronto partiré de Cádiz, quizás mañana mismo. Disponga usted de mí cuando guste. -¿De verás se marcha usted? -dijo Amaranta saliendo de su atonía. -Sí, señora, estoy decidido.. Vendré a despedirme de usted.. Conque Sr. D. Pedro.. -Lo dicho, dicho. Enviaré mi padrino. -Lo dicho, dicho. Enviaré el mío. D. Pedro salió mirándonos con altanera soberbia, que nos hizo sonreír a todos menos a doña Flora, la que reprendió al (p.1469) inglés su deseo de sujetar a nuevas pruebas la quebrantada osamenta del héroe del Condado. Después la condesa, que no participaba de nuestro humor festivo por la escena cómica que había seguido a la trágica, cual ordinariamente ocurre en el mundo, llevome aparte, y con aflicción me dijo: -Temo haberme dejado arrastrar demasiado lejos por la ira que me produjo la presencia de aquella mujer. Le dije cosas demasiado duras, y cada palabra me pesa sobre la conciencia. Exasperada por lo que le dije, tomará venganza de mí, y si acude a la ley, no creo que la ley me sea favorable. Yo no tomé precaución alguna cuando se verificó el reconocimiento de Inés. -Venceremos esas y otras dificultades, señora. -Yo transigiría con ella y con mi tía, con tal que me dejaran a Inés. Creo que cediendo a doña María parte de mis derechos mayorazguiles, sería fácil aplacar esa furia. La de Leiva no es ni con mucho tan inconquistable. -¿Quiere usted que lo proponga a la señora doña María?.. Nada se pierde.. No sé si me recibirá; pero intentaré hablarla. Me favorece el que no sospecha nada de mí en el suceso de anoche. -Es una buena idea. Sí.. tampoco sería malo que yo me mostrase arrepentida de las atrocidades que le dije.. no.. ¡Oh, qué confusión, Dios mío! No sé qué hacer.. -Cualquiera de esos actos me parece aceptable. -¿Te parece que debo ir allá? -Hoy no es conveniente. Se reanudaría al punto la reyerta, porque aquel volcán en erupción estará echando fuego, humo y lava por algún tiempo. Será prudente que yo me anticipe e indique a doña María esa idea de transacción que usted le propone, con tal que no la priven de su hija. -Sí, hazlo tú primero. Yo me arriesgaré a tratar con mi tía, que es el jefe de la familia, pero antes conviene tantear a la de Rumblar, a ver qué tal se presenta. -Ante todo debo indicar prudentemente a doña María que usted reconoce haber estado algo dura en la entrevista. -Sí.. lo encomiendo a tu habilidad, y me quedo tranquila.. Si te recibe mal, no te importe. Con tal que te deje hablar, aguanta desprecios (p.1470) y desaires. Hago mención de este diálogo que tuvimos la condesa y yo, para que comprenda el lector la razón de la extraña visita que hice a doña María un día después de aquel de tanto ruido en que ocurrió lo que acabo de contar.
Ep-8-XXIX - En efecto, traslademe a hora que me pareció oportuna a casa de doña María, recelando no ser recibido, pero con el firme propósito de no salir de allí sin intentar por todos los medios ver y hablar a la orgullosa dama. Encontré a D. Diego, quien, contra mi creencia, recibiome muy bien y me dijo: -Ya sabrás los escándalos de esta casa. Lord Gray es un canalla. Cuando yo dormía en casa de Poenco, fue allá y me sacó las llaves del bolsillo.. No podía haber sido otro. ¿Le viste tú entrar? -Sr. D. Diego, quiero ver a la señora condesa para hablarle de un asunto que a esta familia, lo mismo que a la de Leiva, importa mucho. ¿Tendrá la señora la bondad de recibirme? Madre e hijo conferenciaron a solas un rato allá dentro, y por fin la señora se dignó ordenar que me llevaran a su presencia. Estaba la de Rumblar en la sala acompañada de sus dos hijas. La madre tenía en el altanero semblante la huella de la gran pesadumbre y borrasca del día anterior, y la penosa impresión se traslucía en una especie de repentino envejecimiento. De las dos muchachas, Presentación revelaba al verme cierta alegría infantil, que ni aun la proximidad de su madre podía domar, y Asunción una tristeza, una decadencia, una languidez taciturna y sombría, señal propia de los muy místicos o muy apasionados. La señora de Rumblar, después de ordenar a Presentación que se alejase, me recibió con un exordio severísimo, y luego añadió: -No debía ocuparme de nada que se refiera a aquella casa donde ayer por mi desgracia estuve; pero la cortesía me obliga a oírle a usted, nada más que a oírle por breve tiempo. -Señora -dije- yo me marcharé pronto. Recuerdo que usted me rogó que no volviese más a su casa. Hoy me trae un deber, un deseo vehemente de restablecer la paz y armonía entre personas de una misma (p.1471) familia, y.. -¿Y a usted quién le mete en tales asuntos? -Señora, aunque extraño a la casa, me ha afectado tan profundamente el agravio recibido por esta augusta familia, a quien respeto y admiro (aunque mis enemigos calumniadores hayan hecho creer a usted lo contrario) que me sentí vivamente inclinado a terciar de parte de usted. Señora doña María, vengo a decir a usted que la condesa se muestra hoy arrepentida de las duras palabras.. -¿Arrepentimientos?.. Yo no lo creo, caballero. Suplico a usted que no me hable de esa señora. Si es eso lo que usted quería decirme.. La justicia está ya encargada de esto y de devolver a Inés al jefe de la familia. Asunción alzó la vista y miró a su madre. Parecía deseosa de hablarle, pero con tanto miedo como deseo. Al fin, cobrando valor, se expresó de este modo con voz quejosa y tristísima, que producía en mí extraña sensación. -Señora madre, ¿me permite usted que hable una palabra? -Hija mía, ¿qué vas a decir? Tú no entiendes de esto. -Señora madre, déjeme usted decirle una cosa que pienso. -Está delante una persona extraña y no puedo negártelo. Habla. -Pues yo pienso, señora, que Inés es inocente. -He aquí, Sr. D. Gabriel, lo que es la limpieza de corazón. Esta tierna y piadosa criatura, a quien una celestial ignorancia de las maldades de la tierra eleva sobre el vulgo de los mortales, es incapaz de comprender que haya ruines pasiones en la sociedad. Hija mía, bendita sea tu ignorancia. -Inés es inocente, lo repito -afirmó Asunción-. Lord Gray no puede haberla sacado de esta casa, porque lord Gray no la quiere. -No la quiere porque no te lo ha dicho.. ¿Qué sabes tú de eso, hija mía? ¿Tienes acaso idea de los ardides, de la perfidia, de los disimulos y malignas artes que usa la seducción? -Inés es inocente -repitió cruzando las manos-. Algún otro motivo la habrá impulsado a abandonarnos, pero no el amor de lord Gray. No, lord Gray no la ama. ¿Cree usted en los Evangelios? Pues tan verdad como los Evangelios es esto que estoy diciendo. (p.1472) -En otra ocasión me enfadaría -dijo la madre- al ver la exageración de tu benevolencia. Hoy mi espíritu está quebrantado: anhelo la tranquilidad y te perdono. -¿No me deja usted decir otra cosita que me falta? -Acaba de una vez. -Yo quiero ver a Inés. -¡Verla! -exclamó con enfado doña María-. Mis hijas no estiman sin duda su dignidad. -Señora, yo quiero verla y hablarla -prosiguió Asunción con suplicante acento-. Si hay en ella pecado, estoy segura de que me lo confesará. Si no le hay, como creo, tendré la dicha de descubrir la verdadera causa de su fuga, y reconciliarla con la familia. -No pienses en eso. Que cada cual se entienda con su conciencia. Si tú a fuerza de devoción y reconcentración, y gracias también al rigor de mi prudente autoridad has logrado elevar tu alma a cierto grado de beatitud, concedido a pocos, no te achiques empeñándote en disculpar a los demás. La perfecta virtud anda muy escasa por el mundo. Si en algunas honestas moradas, inaccesibles a las profanidades de hoy, se conserva encerrada como el más precioso tesoro, no debe contaminarse con el roce de la desenvoltura. En infausta hora vino Inés a mi casa. Renuncia a verla y a hablar con ella, mientras esté fuera de aquí. Tu sublimada virtud debe quedar satisfecha con perdonarla. -No, yo quiero verla, yo quiero ir allá -exclamó la joven derramando de súbito un torrente de lágrimas-. Yo quiero verla. Inés es una buena alma. Estamos engañados. Ella no puede haber cometido ninguna mala acción. Señora, lord Gray no la ama ni puede amarla. Quien lo dijese es un infame que merece arder en el infierno por toda la eternidad, traspasada la lengua con un hierro candente. -Asunción, sosiégate -dijo la madre con menos severidad, al notar que la infeliz muchacha padecía una febril excitación, semejante a los primeros síntomas de una enfermedad grave-. ¿A qué tanto empeño? Siempre eres lo mismo.. Tus manos arden.. los ojos se te quieren saltar de la cara; estás lívida.. Hija, tu piedad exaltada de algún tiempo a esta parte te hace (p.1473) mucho daño, y es preciso no olvidar la salud del cuerpo. Tus largos insomnios cavilando en las cosas santas, tus meditaciones sin fin, la viva pasión que te consume por lo religioso, te han marchitado en pocos días. Y luego, dirigiéndose a mí, añadió: -Yo no quisiera que se extremara tanto en sus devociones; pero no se la puede contener. Su alma es muy vehemente, y una vez que logré dirigirla al santo fin que me proponía, hase inflamado en una piedad estupenda. Es un fuego abrasador su espíritu, no un vano soplo, y la creo capaz de grandes cosas en la esfera de la vida mística que tan celosamente ha abrazado. -Por Dios y todos los santos, ruego a usted, señora, que me permita ver a Inés. Es mi amiga, mi hermana. Yo tengo orgullo en su virtud, yo me siento ofendida y lastimada por la mala opinión que hoy se tiene de ella en esta casa. Quiero hacer una buena obra y volverle su honor. ¿Por qué ha de intervenir en esto la justicia, si yo confío en que la traeré a casa? La justicia es el escándalo.. Yo quiero ver a Inés, y conseguiré de ella con una palabra más que toda la curia con una montaña de papeles. Señora madre, esto que digo es inspiración de Dios, me salen estas palabras del fondo del alma, siento dentro de mí un blando susurro, como si la voz de un ángel me las dictara. No se oponga usted a esta divina voluntad, pues voluntad divina es en este momento la mía. La señora de Rumblar reflexionó, miró al techo, después a mí, luego a su hija, y al fin exhalando un hondo suspiro, dijo: -La dignidad y entereza tienen su límite, y la razón no puede a veces resistir a las súplicas del sentimiento y la piedad reunidos. Asunción, puedes ir a ver a Inés. Te llevará D. Paco. La muchacha corrió ligera a vestirse. -Pues como indiqué a usted, señora condesa.. -dije, reanudando mi interrumpida conferencia diplomática. -Haga usted cuenta de que no ha indicado nada, caballero. Todo es inútil. Si el objeto de su visita es traerme recados o proposiciones de la condesa, puede usted retirarse. -La señora condesa se apresura a (p.1474) conceder a usted.. -No quiero que me conceda nada. El jefe de la familia es la señora marquesa de Leiva, y a estas horas ha tomado todas las providencias necesarias para que todo vuelva a su lugar. Nada me corresponde hacer. -¡La señora condesa está tan arrepentida de aquellas palabras! -Que Dios la perdone.. Mi responsabilidad está a cubierto.. ¿Pero a qué estos artificios, Sr. de Araceli? ¿Cree usted que no le comprendo? -Señora, no hay artificio en lo que digo. -Vamos, que a mí no se me engaña fácilmente. ¿Me faltará entendimiento para comprender que todos esos supuestos recados de la condesa, son pretexto que usted toma para entrar aquí y ver a mi hija Presentación, de quien está tan enamorado? -Señora, la verdad, no había pensado.. -Un ardid amoroso.. en efecto, no es ningún crimen. Pero ha de saber usted que he destinado a mi hija al celibato. Ella no quiere casarse.. Además, aunque de mis repetidos informes resulta que no es usted mala persona, no basta.. porque, veamos, ¿quién es usted?.. ¿de dónde ha salido usted? -Creo que del vientre de mi madre. -Bueno será, pues, que renuncie a sus locas esperanzas. -Señora, usted padece una equivocación. -Yo sé lo que digo. Ruego a usted que se retire. -Pero.. si me permitiera usted que acabara de exponerle.. -Ruego a usted que se retire -repitió con grave acento. Me retiré, pues, y en el corredor, una puerta se entreabrió para dejarme ver el lindo rostro de Presentación y una blanca manecita que me saludaba.
Ep-8-XXX - Poco después entraba en casa de doña Flora. Después de enterar a la condesa del resultado de mi visita, dije a Inés: -Asunción vendrá aquí. Ahora salía con D. Paco. Un momento después, Asunción entró y las dos amigas se abrazaban llorando. Salimos del gabinete Amaranta y yo, dejándolas solas para que hablaran a su gusto; pero la condesa apostándose tras de la puerta, me dijo con malicioso acento: -Yo me quedo aquí para oírlo todo. Será curioso lo que hablen. Ya sabes que en palacio he realizado grandes (p.1475) cosas escuchando detrás de las cortinas. -No es ningún negocio de Estado lo que van a tratar. Yo me voy. -Quédate, necio, y oye.. Por no querer oír rompimos las amistades en el Escorial.. Considera que han de hablar algo de ti.. Verdad es que si la delicadeza me ordenaba cerrar los oídos, la curiosidad me impulsaba a abrirlos. Venció la curiosidad, mejor dicho, venció la pícara Amaranta, que no podía dejar de ser cortesana. Las muchachas hablaban en alto y lo oímos todo, y aun veíamos algo. -No quería mamá que te viera, Inés -exclamó Asunción-. ¡Qué raro acontecimiento! Yo me despedí creyendo no verte más.. y ahora yo estoy en casa y tú fuera. Hipócrita, tan preparado lo tenías, y no me habías dicho nada. -Te equivocas -repuso Inés- yo no he salido como tú.. Pero no quiero acusarte ahora, puesto que arrepentida de tu gran falta, volviste a casa de tu madre. ¿Has conocido tu error, has abierto los ojos comprendiendo el abismo de perdición en que ibas a caer, en que quizás has caído ya? -No sé lo que me pasa -exclamó Asunción apretando las manos de su amiga-. Estoy horrorizada de lo que hice. Me volví loca, se me encendieron en la imaginación unas llamas que no me dejaban vivir, y conociendo el mal me era imposible evitarlo. Lord Gray ha tiempo que quería sacarme de la casa; yo me resistía; mas al fin tanto pensé en ello, tanto discurrí sobre aquel gran pecado a que él me quería inducir, que se me clavó dentro de la cabeza la idea de cometerle, y sin saber cómo lo cometí. ¿Por qué no te echaste en mis brazos para impedirme salir? Ahora vengo a que me fortalezcas. Yo no puedo vivir lejos de ti; y si desde mucho antes no caí en el lazo, lo debo a tu buena amistad. ¿Nos separaremos ahora? Entonces voy a ser muy desgraciada, querida mía. Vuelve a casa, por Dios, y yo te juro que lucharé con todas las fuerzas de mi alma para olvidar a lord Gray, como tú deseas. -Yo no podré lograr ahora lo que antes no logré -repuso Inés-. Asunción, entra en el convento mañana mismo. Cuando traspases la puerta de la santa casa, deja fuera (p.1476) todos los pensamientos de este mundo, pide a Dios que te libre de la gran enfermedad que padece tu alma, procura formarte de nuevo y ser otra mujer diferente de la que hoy eres. -¡Ay! - exclamó la otra con dolor, arrodillándose delante de su amiga-. Todo eso lo he intentado; pero cuanto más he querido no pensar en él, más he pensado. ¿De qué me vale rezar, si no puedo representarme imagen ninguna de Dios ni de santo que sea distinta de la suya?.. ¡Ay, Inés! Tú sabes muy bien la vida que llevamos en casa de mi madre; tú sabes muy bien la espantosa soledad, tristeza y fastidio de nuestra vida. Tú sabes muy bien que allí quiere una rezar y no puede, quiere una trabajar y no puede, quiere una ser buena y no puede. Obligadas por el rigor de mi madre, trabajan las manos, pero no el entendimiento; reza la boca, pero no el alma; se ciegan y abaten los ojos, pero no el espíritu.. Las mil prohibiciones que por todas partes nos entorpecen, despiertan en nuestro pecho ardientes curiosidades. Ya sabes que todo lo queremos saber, todo lo averiguamos y de todo hacemos un objeto de afanes e inquietudes. Como sabemos disimular, vivimos en realidad con dos vidas, una para mamá y otra para nosotras mismas; una vida, acá para una sola, y que tiene sus pesares y sus delicias.. Como nos apartan del mundo, nosotras nos hacemos un mundito a nuestro modo, y echando fuego, mucho fuego al horno de la imaginación, allí forjamos todo lo que nos hace falta. Ya lo ves, amiga. ¿Tengo yo la culpa? Si no lo podemos remediar, si se nos ha metido dentro un demonio, un demonio grandísimo, Inés, al cual no es posible echar fuera. -Tú y tu hermana seréis muy desgraciadas. -Sí; desde que éramos chiquitas, mamá nos asignó a cada una el puesto que habíamos de tener en la sociedad: yo monja, mi hermana nada. A mí me educaron para el claustro; a mi hermana la criaron para no ser nada. Nuestro entendimiento, nuestra voluntad, no podía apartarse ni tanto así del camino que se les había trazado; a mí el camino del monjío, a Presentación el camino de (p.1477) no ser nada. ¡Ay, qué niñez tan triste! No nos atrevíamos a decir, ni a desear, ni siquiera a pensar cosa alguna que antes no estuviera previsto e indicado por mamá. No respirábamos en su presencia, y nos infundían tanto, tanto pavor sus mandatos y reprimendas, que nos era imposible vivir. ¡Ay, para poder vivir nos fue preciso engañarla, y la engañamos!.. Dios, o no sé quien, nos inspiraba un día y otro mil ingeniosidades, y se desarrolló en las dos un talento superior para el engaño. Yo me esforzaba, sin embargo, en tener devoción, y pedía a Dios que me diera fuerzas para no mentir y que me hiciera santa; yo se lo pedía todas las noches cuando me quedaba sola y podía rezar con el corazón. Delante de mamá no rezaba sino con los labios.. Pues bien; en cierta época de mi vida llegué a conseguir lo que a Dios pedía; llegué a aficionarme a las cosas santas; llegué a sentir un entusiasmo, una exaltación religiosa semejante a la que ahora siento por muy distinto objeto. Me consideraba feliz y pedía a la Virgen que conservara en mí tan agradable estado. Entonces me perfeccioné por algún tiempo, se acabaron los disimulos y tuve la gran satisfacción de hablar repetidas veces con mi madre sin decir cosa alguna que no saliese de mi corazón. Raudales de verdad, de fe, de amor apacible y místico a los santos y santas brotaban de él. Yo dije: «¡Qué fortuna he tenido en que me destinaran al claustro!». Mis insomnios eran dulces y placenteros, y mi imaginación era como un celaje poblado de angelitos. Cerraba los ojos y veía a Dios.. sí, a Dios, no te rías; a Dios mismo, con su barba blanca y su capa.. pues, como le pintan.. -Todo eso duró hasta que viste a lord Gray con su pelo rubio y su capa negra.. pues, como es -dijo Inés. -Me lo has quitado de la boca -prosiguió Asunción, siempre de rodillas y con los brazos apoyados en los de su amiga-. Lord Gray fue a casa; yo le miré y dije para mí que se parecía a un San Miguel que está pintado en mi devocionario. Le dijeron que yo era muy piadosa y él hizo demostraciones de gran admiración. (p.1478) Después, en las noches sucesivas, empezó a contar las maravillosas aventuras de sus viajes, y yo le oía con más religiosidad que si fuera el primer predicador del mundo narrando las hermosuras del cielo. En aquellas noches yo no veía alrededor de mí más que tigres del África, cataratas de América, pirámides de Egipto y lagunas de Venecia. Estaba encantada y bendecía a Dios por haber creado tantas cosas bellas, incluso a lord Gray. »¡Oh! Lord Gray no se apartaba de mi imaginación. Al sentir sus pasos me era difícil disimular la alegría; si tardaba me ponía triste; si hablaba con vosotras, y no conmigo, me moría de rabia.. Le decían siempre que yo era muy piadosa; ya recordarás que él me alababa mucho por esto. Mamá nos permitía a las tres que habláramos con él. Con el pretexto de la piedad, me decía mil cosas sobre asuntos de religión delante de vosotras. Una noche que pudo hablarme a solas me dijo que me amaba.. Yo sentí un sacudimiento; me pareció que el mundo se había abierto en dos pedazos debajo de nosotras. Le miré y él clavaba los ojos en mí. Estaba fascinada y no acertaba a contestarle.. Todas las noches hablaba, como sabes, de cosas santas; con dificultad me decía algunas palabras a solas; me preguntó durante tres noches seguidas si le amaba, y a la tercera noche le contesté que sí.. Tú sabes muy bien cómo nos entendíamos. Lord Gray me dijo: «Yo hablaré con Inés cerca de ti. Pon atención a lo que le diga y haz cuenta de que te lo digo a ti. Habla tú con tu hermano y procura contestarme con palabras dirigidas a él..». »Teníamos además mil señales. Tú eras tan buena que te conformaste con tu papel. Ojalá no hubieras sido tan condescendiente. Cuando lord Gray me arrojaba cartas por la ventana y tú te apropiabas la culpa para librarme de las crueles reprensiones, lejos de detenerme en la pendiente me hacías precipitar más por ella. Nada conoció ni ha conocido mamá; ¡ojalá lo conociera, aunque me hubiese matado!.. ¿Te acuerdas del día en que fui con ella al convento del Carmen, (p.1479) convidadas por fray Pedro Advíncula para ver desde una tribuna la función de la Virgen? ¡Ay! Después de la función, un lego nos llevó a ver la sala de capítulo. No sé cómo, ni por qué causa me encontré separada de los demás en una celdita sombría. Tuve miedo.. de repente se me presentó lord Gray, quien me estrechó en sus brazos repitiéndome con ardientes palabras que me quería mucho. Fue un segundo y nada más, pero en aquel segundo lord Gray me dijo que me era forzoso partir con él, porque si no moriría de desesperación.. -Nada de eso me habías dicho. -Te tenía miedo. Verás lo demás. Me reuní al instante con mi madre y con el lego. Aquella súplica, o más bien que súplica mandato de huir con él, se me clavó en el pensamiento como una espina. No dormía, no vivía, no pensaba más que en aquello. Me parecía un delito horroroso: echaba de mí esta idea y cuando me encontraba sin ella salía volando a buscarla, porque sin ella no podía vivir.. No creas que aborrecí la devoción, al contrario. La meditación era mi delicia y meditando era feliz.. ¡Ay! Lord Gray en todas partes; lord Gray en los altares de la iglesia, en el de mi casa; lord Gray en el breve espacio de calle y de mundo que se nos permitía ver desde nuestro cuarto; lord Gray en mis rezos, en mi libro de oraciones, en la oscuridad, en la luz, en el bullicio y en el silencio. Las campanas tocando a misa me hablaban de él. La noche se llenaba toda con él. ¡Oh, Inés de mi corazón! ¡Cuán desgraciada soy! ¡Tener esta enfermedad en el espíritu y no poderla desechar, tener esta fragua de pensamientos en el cerebro y no poder echarle agua para que se apague..! Breve rato permanecieron las dos amigas en silencio y después Asunción prosiguió de este modo: -Nos comunicábamos al fin por un medio que tú no conociste ni llegaste a sospechar. Parece imposible que por tanto tiempo pueda guardarse secreto tan peligroso sin que por nadie sea descubierto. Yo le había dicho que si por indiscreción o vanidad suya alguna persona, cualquiera que fuese, llegaba a conocer (p.1480) nuestro secreto, le aborrecería.. Después del día en que hablé con él en las Cortes, cuando se empeñó en que le habíamos de seguir a bordo de no sé qué barco, y al fin nos envió a casa con fray Pedro Advíncula; después de aquel día, digo, no le había vuelto a ver.. Mi madre sospechaba de ti y le había prohibido entrar en casa. ¿Recuerdas aquella anciana pordiosera que iba a casa a vender rosarios? Pues ella me traía sus recados y le llevaba los míos. Yo le escribía poniendo ciertos signos con lápiz en una hoja arrancada de la Guía de Pecadores o del Tratado de la tribulación; de modo que el gran fray Luis de Granada y el padre Rivadeneyra(21) han sido nuestras estafetas. »Él me decía cosas hermosísimas y apasionadas que más me arrebataban y confundían. Me pintaba su infelicidad lejos de mí y las grandes dichas que Dios nos tenía reservadas. Por algún tiempo dudé. Yo creo que viéndole, hablándole, o distrayendo con el trato de diversas gentes mi espíritu, se habría aplacado la efervescencia, el bullicio, la borrasca que yo sentía dentro de mí; pero ¡ay!, el largo encierro, la soledad, la idea de sepultarme para siempre en el claustro me perdieron.. Inés, figúrate que el corazón se destroza y se oprime, que con la opresión de la naturaleza toda, alma y cuerpo estallan; figúrate que se siente por dentro una iluminación, una inquietud no comparable a las demás inquietudes, porque es la sed del espíritu que quiere saciarse, una quemazón que crece por grados, un mareo que desfigura todo cuando nos rodea, un impulso, un frenesí, una necesidad, porque necesidad es la de romper el cerco de hierro que nos estrecha; figúrate esto, y me comprenderás y me disculparás.. »Yo decía: «Sí, Dios mío, me marcharé con él, me marcharé». Momentos de alegría loca sucedían a otros de tristeza más negra que el purgatorio. Glorias e infiernos se sucedían rápidamente unos tras otros dentro de mi pecho. Dudaba, deseaba y temía, hasta que un día dije: «Sé que me condenaré, pero no me importa condenarme..», y después me ponía a llorar pensando en (p.1481) la deshonra de mi familia. Por último, pudo más mi amor que todas las consideraciones y me decidí. Lord Gray por unos moldes de cera que le envié, falsificó las llaves de la casa, le escribí fijando hora, fue.. salí.. Pero ¡ay!, al verme fuera de casa, parece que se me cayó el cielo encima con todas sus estrellas.. lord Gray me llevó a una casa que está muy cerca de la nuestra, en la calle de la Novena.. No era aquella su vivienda. Salió una señora de edad a recibirnos. Yo me sentí acongojada y aturdida, empecé a llorar y pedí ardientemente a lord Gray que me llevase otra vez a mi casa. »Quiso consolarme; el sentimiento del honor se encendió en mí con inusitada fuerza, y la vergüenza me inflamaba el alma como momentos antes la pasión. Deseé la muerte y busqué un arma para extinguir mi vida; lord Gray fingió enojarse o se enojó realmente. Díjome algunas palabras duras. Prometí amarle con más vivo cariño si me volvía a mi casa. Viendo que no accedía a mis súplicas, grité, acudió la señora anciana, diciendo que la vecindad se había alarmado y que nos fuéramos a otra parte. Irritose lord Gray y amenazó a aquella señora con ahorcarla. Después pareció conformarse con mi deseo, y dándome mil quejas llevome sin dilación a mi casa. Por el camino me aseguró que partiría pronto para Inglaterra y que le concediera otra entrevista fuera de casa. Yo se lo prometí, porque al paso que me aterraba la idea de mi deshonor, me hacía muchísimo daño su determinación de partir para Inglaterra.. ¡Ay, Inés qué noche! Entré en casa llena de miedo. Me parecía ver a mi madre esperándome en la escalera con una espada de fuego.. subí temblando.. Tardé más de una hora en volver a mi cuarto, porque no andaba, sino que me arrastraba lentamente para no hacer ruido. Al fin, llegando a la alcoba, corrí a tu cama para confesártelo todo y no estabas allí. Figúrate cuál sería mi confusión. -Yo desperté -dijo la otra-. Creí sentir pasos dentro de la casa. Te vi salir, y por un instante el temor no me permitió hacer ningún movimiento ni tomar resolución (p.1482) alguna. Quise después correr tras de ti; yo sabía que tenía poder bastante para destruir tu alucinación, y fiaba en el cariño que nos profesábamos, en lo que me debes, en la deuda que tienes conmigo por haberte librado de las sospechas de tu madre. La idea de tu deshonor me volvía loca.. Salí en busca tuya. Lo demás no necesitas saberlo. Yo no soy esclava de la autoridad de doña María como lo eres tú; aquella casa no es la mía; mi casa es esta. Asunción, querida amiga y hermana mía, nos separamos hoy quizás para siempre. -No te separes de mí -exclamó Asunción abrazando a su amiga y besándola con ardiente cariño-. Si te separas, no sé qué será de mí. Recuerda lo que hice anoche.. Inés, no me dejes. Vuelve a mi casa, y prometo no hacer cosa alguna sin tu permiso, esclavizando mi pensamiento al tuyo, y lograré adquirir una parte al menos de la santa serenidad que te distingue. He venido sólo a rogarte que vuelvas a mi casa. Prométeme que volverás. -Por distintos caminos nos lleva Dios a ti y a mí, Asunción. Por de pronto no admitas cartas, ni avisos, ni recados de lord Gray. Levántate a la altura de tu dignidad, abraza con resignación la vida del claustro, y dentro de algún tiempo te verás libre de ese gran peso. -No, no puedo. La vida del claustro me aterra. ¿Sabes por qué? Porque tengo la seguridad de que en el convento he de amarle más, mucho más. Lo sé por experiencia, sí: la soledad, el mucho rezar, las penitencias, las meditaciones, las vueltas y revueltas y dolorosos giros del pensamiento, más y más avivan en mí la pasión que me quema. Lo sé muy bien, lo veo, lo toco. Yo he amado a lord Gray porque en mis solitarias devociones se ha apoderado de mi espíritu como el demonio tentador.. No, no iré al claustro, porque sé que lo tendré siempre delante, mezclado con aquella dulce poesía del coro y el altar. ¡Ay, amiga mía! ¿Creerás esto que te digo? ¿Creerás esta profanación horrible? Pues sí, es verdad. En la iglesia ha tomado cuerpo esta insensata inclinación. Tal efecto hace en mi espíritu turbado todo lo que se refiere a devociones y (p.1483) piedades, que siempre que escucho el son de un órgano, tiemblo de emoción; las campanas de la iglesia hacen palpitar mi pecho con ardiente viveza; la oscuridad de los templos me marea, y Jesucristo crucificado no puede serme amable si no me lo presento con el mismo rostro que veo en todas partes.. Esto espanta, ¿no es verdad? Pero no puedo remediarlo. Yo creo que esto es una enfermedad. ¿Tendré yo un mal incurable? Ojalá me muera mañana de él. Así descansaría.. »No, no quiero claustro. Quiero distraerme con el trato de multitud de gentes, ver diversidad de espectáculos, visitar el mundo, la sociedad, asistir a tertulias donde se hable de muchas cosas que no sean lord Gray: quiero que mi pensamiento se enrede aquí y allí, se desparrame pasando y repasando por distintos caminos, para dejarse un vellón de lana en cada flor, en cada espina. Lo que me ha de curar es el mundo, amiga querida, es el mundo con todo lo bueno que encierra, la sociedad, la amistad, las artes, el viajar, el mucho ver y el mucho oír; que verdaderamente, aunque mi madre crea lo contrario, la mayor parte de lo que se ve y oye en el mundo es honrado, lícito y provechoso.. Apártenme de la soledad, que es causa de mi perdición; apártenme de las meditaciones, del cavilar, de este perenne volteo y constante rodar sobre el eje de una sola idea. Si he de curarme, no me curarán los conventos. Querida amiga, segura estoy de que si entro en él, amaré más locamente a lord Gray, porque no habrá cosa alguna que lo aparte de los vigilantes y calenturientos ojos de mi espíritu; y si ese hombre se empeña en perseguirme aun en la casa de Dios, como sabe hacerlo, no podré guardar la santidad de mis juramentos, y rompiendo rejas y votos, me asiré a la primera cuerda que ponga en la ventana de mi celda para arrojarme a la calle. Yo me conozco, querida mía; sé leer claramente en este oscuro libro de mi alma, y no me equivoco, no. Oyendo estas palabras en boca de la infeliz joven, al paso que compadecía su desventurada pasión, admiraba la gran perspicacia de su (p.1484) entendimiento. -Pues ten valor. Di a tu madre que no quieres ser monja -indicó Inés. -Ayudada por tu amistad, podría hacerlo. Sola no me atrevo. Ella considerará esto como una deshonra, y entonces tendré el claustro en casa, porque me encerrará para siempre. -Todo eso puede vencerse. Principia por rechazar a lord Gray. -Lo haré si no le veo, si no me persigue.. Asunción pronunciaba estas palabras, cuando sentimos los pasos de lord Gray. -¡Es él! -dijo con terror. -Ocúltate y sal de la casa. Amaranta hizo pasar a lord Gray a una estancia inmediata y al instante me llamó a su lado. El inglés afectaba tranquilidad; mas la condesa adivinando sus propósitos, le desconcertó al momento. -Ya sé a que viene usted -le dijo-. Sabe que Asunción ha entrado en mi casa.. Por Dios, lord Gray, retírese usted. No quiero tener nuevas ocasiones de disgusto con doña María. -Discreta amiga mía -repuso él con vehemencia-. Usted me juzgue mal. ¿Impedirá usted que me despida de ella? Dos palabras nada más. ¿Saben que me voy esta noche? -¿Es de veras? -Tan cierto como que nos alumbra el sol.. ¡Pobrecita Asunción!.. También ella se alegrará de verme.. Vamos, no salgo de aquí sin decirle adiós.. -Francamente, milord -indicó Amaranta-. No creo en su partida. -Señora, aseguro a usted que partiré de madrugada. Me ha detenido tan sólo la broma que pensamos dar a Congosto.. Sea testigo Araceli de lo que digo. La condesa sin aguardar más, abrió la mampara, y las dos muchachas aparecieron ante nosotros. Asunción no podía ocultar la angustia que la dominaba y quiso retirarse. -¿Se marcha usted porque estoy aquí? -dijo secamente lord Gray-. Pronto saldré de Cádiz y de España, para no pisar más esta tierra de la ingratitud. Los desengaños que aquí he padecido me impelen con fuerza a huir, aunque mi corazón no ha de encontrar ya reposo en ninguna parte. -Asunción no puede detenerse para oírle a usted -dijo Inés-. Tiene que marcharse a su casa. -¿No merezco ya ni dos minutos de atención? -afirmó con amargura el noble lord-. (p.1485) ¿Ya no se me concede ni el favor de una palabra?.. Está bien, no me quejo. -Ahora parece indudable que parte -dijo Amaranta. -Señora, adiós -exclamó lord Gray con emoción profunda, verdadera o fingida-. Araceli, adiós; Inés, amigos míos, procuren olvidar a este miserable. Y usted, Asunción, a quien sin duda debo haber ofendido, según el encono con que me mira, adiós también. La infeliz se deshacía en lágrimas. -Había solicitado de usted el último favor, una entrevista para despedirme de la que tanto he amado, pero no espero conseguirlo. He sido un insensato.. Ha hecho usted bien en cobrarme de pronto ese aborrecimiento que me están revelando sus bellos ojos.. ¡Miserable de mí, he aspirado a lo que me era tan superior! En mi demencia juzgué posible apartar esta noble alma de la piedad a que desde el nacer se inclina; aspiré a lo imposible, a luchar con Dios, único amante que cabe en la inconmensurable grandeza de ese corazón.. Adiós, vuelva usted a sus santidades, remóntese usted a aquellas celestiales alturas, de donde este infame quiso hacerla descender. Entre usted en el claustro.. entre usted.. Perdóneme Dios mis arrebatados pensamientos.. cada cual a su puesto. Ángeles al cielo, miseria y debilidad a la tierra.. Antes amor, locura, ardientes arrebatos; ahora respeto, culto. Mañana, como ayer, vivirá usted en mi corazón; pero ahora, santa mujer, está usted dentro de él canonizada.. Adiós, adiós. Y apretando calurosamente las manos de la joven, partió con tales modos, que todos le creíamos con el corazón despedazado y tuvimos lástima de él. Poco después Asunción, acompañada de su ayo, salió a la calle, y la santa imagen, entrando en la casa materna, volvió a su altar. Mis lectores creerán, juzgando a lord Gray por las palabras arriba reproducidas, que el astuto seductor partía realmente renunciando a la empresa frustrada en la célebre noche. ¡Qué error! Sigan leyendo un poco más, y verán que aquella despedida, admirable y hábil recurso estratégico empleado contra la alucinada muchacha, sirviole (p.1486) de preparación para el hecho (catástrofe podemos llamarlo) consumado aquella misma noche, y con el cual da fin la curiosa aventura que estoy contando.
Ep-8-XXXI - Narraré punto por punto. Aconteció, pues, que cerca ya del oscurecer en el siguiente día entraba yo con toda tranquilidad en casa de doña Flora, cuando esta, Amaranta y su hija saliéronme al encuentro con gran sobresalto y alarma. -¿No sabes lo que ocurre? -dijo doña Flora-. El bribón de lord Gray ha cargado con la santa y la limosna. La Asuncioncita ha desaparecido anoche de la casa. -Pero ha sido violentamente -dijo Inés- porque D. Paco apareció atado al barandal de la escalera. Ella debió de resistir.. A sus gritos despertose doña María, pero cuando salieron ya estaban fuera. Esta mañana, Presentación, hostigada por su madre, hizo confesión de los amores de su hermana. -No me digan a mí que ha resistido -objetó doña Flora-; lord Gray es muy galán y muy lindo mozo.. ¿A qué vienen con hipocresías?.. La niña se marchó con él porque le dio la gana. -Doña María estará satisfecha de la formalidad de las niñas.. -dijo Amaranta riendo-. Ahora repetirá su muletilla: «Yo educo a mis hijas como me educaron a mí». -¿Pero se ha marchado lord Gray con ella? -pregunté. -Se dispone a partir. -Ahora acaba de estar aquí un capitán de navío, el cual me ha dicho que milord ha fletado el bergantín inglés Deucalión, que sale mañana. -¿Pero no corremos a impedirlo? -dijo Inés con gran zozobra-. Aún es tiempo. -Eso será de cuenta de doña María. -Pero será forzoso avisarle que el Deucalión sale esta noche y que lo ha fletado lord Gray. -Sí, es preciso avisárselo -repitió Inés con energía-. Iré yo misma. -Gabriel irá al momento. -¿Por qué no? Aunque doña María me arrojó ayer de su casa, no tengo inconveniente en prestarle este servicio. -Pero no pierdas tiempo.. Yo me muero de impaciencia -indicó Inés. -Ve pronto, que la niña se impacienta. -Allá voy.. De veras no creí volver a poner los pies en aquella casa.. ¿Conque el Deucalión?.. Un bergantín inglés.. Me parece que no les (p.1487) atraparán. Corrí a la casa de Rumblar, y desde que entré todo me indicó que reinaba allí la consternación más profunda. D. Diego y D. Paco estaban sentados en el corredor, el uno frente al otro, mirándose como dos esfinges de la tristeza, y en las manos del último los verdes cardenales indicaban el suplicio de que había sido víctima. El infeliz anciano a ratos hendía los aires con la ráfaga de sus fuertes suspiros, que habrían hecho navegar de largo a un navío de línea. Cuando entré, levantáronse los dos, y el ayo dijo: -Vamos a ver si la encontramos ahora. Es el sétimo viaje.. La condesa de Rumblar y su hija menor estaban escondiendo su dolor y vergüenza en un gabinete inmediato a la sala, y en ésta la marquesa de Leiva, atada por el reuma a un sillón portátil; Ostolaza, Calomarde y Valiente sostenían viva polémica sobre el gran suceso. Cuando oí la voz de la de Leiva, lleno de recelo, aunque sin arredrarme, dije para mí: -Ahora va a ser la tuya, Gabriel. La marquesa te conocerá, con lo cual, hijo, has hecho tu suerte. Entré, sin embargo, resueltamente. -De modo -decía la marquesa- que un inglés se puede burlar impunemente de toda España.. -En la embajada -indicó Valiente- rieron mucho cuando les conté lo ocurrido, y dijeron: «Cosas de lord Gray». -Yo he afirmado siempre -dijo Ostolaza con petulancia- que la alianza con los ingleses sería a España muy funesta. Yo corté de súbito el coloquio, diciendo: -Traigo noticias de lord Gray. La marquesa examinome de pies a cabeza, y luego, señalándome impertinentemente con la muleta que sus doloridas piernas le obligaban a usar, preguntó: -¿Usted?.. ¿Y usted quién es? -Es el Sr. de Araceli -dijo Ostolaza con sonsonete desdeñoso. -Ya.. ya conozco a este caballero -dijo la de Leiva con malicia-. ¿Sigue usted al servicio de mi sobrina? -Me honro en ello. -¿Viene usted de allá? ¿Inés está ya dispuesta a volver a su casa? Ya sabrá que el gobernador de Cádiz va esta noche misma por ella.. -No saben nada -repuse tan desconcertado como sorprendido. -Creo (p.1488) que bajo el punto legal, la cosa no ofrecerá dificultad alguna, ¿no es verdad, señor de Calomarde? -Absolutamente ninguna. La niña volverá a casa de usted, que es el jefe de la familia, y cuantas sutilezas se aleguen en contrario no tienen fuerza de derecho. -Tal vez la señora condesa -dije- alegue algún motivo que no esté previsto. -Todo está previsto; Sr. Calomarde, ¿no es verdad? Y agradézcame mi sobrina que no he solicitado se dicte auto de prisión contra ella.. Pero a esta fecha no nos ha dicho usted lo que anunciaba con respecto a lord Gray. ¿En qué piensa usted, señor de.. de qué? -De Araceli -repitió Ostolaza con el mismo sonsonete. Muy brevemente les dije lo que sabía. -Pues hay que avisar a la Comandancia de Marina -replicó la de Leiva con viveza-. Plumas, papel.. En aquel instante entró en la sala un personaje grave, al cual saludaron todos con el mayor respeto. Era D. Juan María Villavicencio, gobernador de la ciudad, varón estimabilísimo, buen patriota, instruido, algo filósofo y hábil por demás en el conocimiento y trato de las gentes. -Ya tenemos datos, Sr. Villavicencio -dijo la marquesa, contándole lo del Deucalión. -En este negocio, señora -respondió el funcionario bajando la voz- hay que andar con prudencia.. Antes de ocuparme de lord Gray voy a cumplir el acto legal, en cuya virtud la Inesita volverá esta noche a su casa. El alma se me partió al oír esto. -Pronto, pronto, amigo mío -dijo la reumática-. También temo que se me escapen. La gente de esta casa se marcha por el escotillón, y esto parece escenario de un teatro.. Y creímos que había sido robada por lord Gray. La pícara se marchó sola.. -En cuanto a lord Gray -dijo Villavicencio en tono dubitativo y con cierto embarazo- me parece que no podemos hacer nada contra él.. La Asuncioncita volverá al lado de su madre o a donde la quieran llevar; pero eso de prender y castigar a milord.. -Pero.. -Señora, no podemos chocar con la embajada.. Ya conoce usted las circunstancias; Wellesley es quisquilloso.. la alianza.. -¡Maldita sea la (p.1489) alianza! -¡Y esto lo dice una dama española -exclamó Villavicencio con entusiasmo- el día en que nos llega la noticia de una gloriosa batalla, de esa gran victoria, señores, ganada por españoles, ingleses y portugueses en los campos de Albuera! -¡Otra batalla! -exclamó la marquesa con hastío-. Siempre batallas, y la guerra no se acaba nunca. -Creo que ha sido muy sangrienta -dijo Calomarde. -Como todas las que damos -repuso con orgullo Villavicencio-. Hemos perdido cinco mil hombres y matado a los franceses más de diez mil.. ¡Precioso resultado!.. Han muerto dos generales franceses, dos ingleses, y de los nuestros han quedado heridos D. Carlos España y el insigne Blake. -De todo eso se deduce que no podemos hacer nada contra Gray -dijo con disgusto la de Leiva. -Nada, señora.. Se va a erigir un monumento a Jorge III.. La embajada inglesa.. Wellesley.. ¡Oh!, esta batalla de la Albuera estrechará más aún las relaciones entre ambos países. -¡Gran victoria! -dijo Valiente-. En Extremadura nos envalentonamos un poco. -Pero está muy mal de la parte del Ebro. Tortosa ha caído ya en poder del enemigo.. -Traición, pura traición del conde de Alacha. -También se han apoderado los franceses del fuerte de San Felipe en el Coll de Balaguer. -Pero aún resiste Tarragona. -Y resistirá más todavía. -Y de Manresa, ¿qué se ha dicho hoy? -Ya es seguro que ha sido incendiada. -Nada de eso nos importa por ahora -dijo la marquesa, interrumpiendo la chispeante conversación patriótica-. En suma, Sr. Villavicencio, si milord se escapa.. -¡Qué le hemos de hacer! Nadie sabe dónde está. -Creo que esta noche se le podrá ver -dijo Valiente- porque a las diez se verificará, según he oído, entre lord Gray y D. Pedro del Congosto una especie de desafío quijotesco con que espera reírse mucho la gente. -Bobadas.. En fin, señora marquesa, Wellesley me ha prometido que la muchacha volverá, pero hay que dejar en paz a lord Gray.. Señora marquesa, me llama mucho la atención este extraño caso. Soy experto en ciertos asuntos, y creo que en (p.1490) el lance de que nos ocupamos juega alguna persona que no es lord Gray. -¿Lo cree usted? Yo opino que Inés se ha marchado sola. -Pues yo creo que no. -O con lord Gray. Ese señor inglés se propone desocupar mi casa. -Algún otro pájaro, señora, algún otro pájaro ha enredado aquí, y no pararé hasta averiguar quién es.. Los dos raptos tienen entre sí íntima conexión. -Busque usted, pues -dijo la marquesa- a ese cómplice desconocido, y haga caer sobre él todo el peso de la ley, si es que nada puede hacerse contra lord Gray. -Espero sacar mucho partido de mis averiguaciones esta noche. -Verdaderamente -dijo Calomarde- si ha de haber un choque con la embajada inglesa, lo mejor es dar fuerte sobre el pobre cómplice si se descubre, y decir: «aquí que no peco». -Así anda la justicia en España -objetó la de Leiva. -Veremos lo que saco en limpio -dijo Villavicencio-. Vaya, señora mía, me voy a hacer una visita de cumplido a la calle de la Verónica. Creo que bastará mi autoridad.. De pronto presentose D. Paco en la sala sofocado y jadeante, y exclamó: -¡Ahí está, ahí está ya!.. al fin la encontramos. -¿Quién? -La señora doña Asuncioncita.. ¡Pobre niña de mi alma!.. Está en la escalera.. No quiere subir.. ¡parece medio muerta la pobrecita!..
Ep-8-XXXII - Reinó sepulcral silencio, y miramos todos a la puerta del fondo por donde apareció doña María. Con decoroso silencio, que no con lágrimas, mostraba esta señora su honda pena. El color blanco de su cara habíase convertido en una palidez pergaminosa; su frente estaba surcada de repentinas arrugas, y los secos ojos tan pronto irradiaban el fulgor de la ira como se abatían amortiguados. Pero otro incidente llamó la atención más que el grave silencio y la amarillez y las arrugas, y fue que sus cabellos, entrecanos algunos días antes, estaban enteramente blancos. -¡Está ahí! -repitió un sordo murmullo. -¿Te negarás a recibirla? -dijo con emoción la marquesa, adivinando los pensamientos de doña María. -No.. que venga aquí -repuso la madre con energía-. (p.1491) Veré a la que ha sido mi hija.. ¿La encontró usted? ¿Estaba sola? -Sola, señora -exclamó llorando D. Paco-. ¡Y en qué triste y lastimoso estado! Los vestidos están rotos, en su preciosa cabecita tiene varias heridas, y en su voz y ademanes demuestra el más grande arrepentimiento. No ha querido subir, y yace exánime y sin fuerzas en la escalera. -Que entre -dijo la de Leiva-. La infeliz empieza a expiar su culpa. María, pasó la ocasión del rigor y ha llegado el momento de la benevolencia. Recibe a tu hija, y si acabó para el mundo, no acabe para ti. -Retirémonos para evitarle la vergüenza de verse delante de nosotros -dijo Valiente. -No, queden todos aquí. -Sr. D. Francisco -dijo doña María al ayo- traiga usted a Asunción. El ayo salió determinando fuertes corrientes atmosféricas con la violencia de sus suspiros. Bien pronto oímos la voz de Asunción que gritaba: -Mátenme, que me maten: no quiero que mi madre me vea. Por D. Diego y el ayo conducida, a intervalos suavemente arrastrada, casi traída a cuestas, entró la infeliz muchacha en la sala. En la puerta arrojose al suelo, y sus cabellos en desorden sueltos, le cubrían la cara. Todos acudimos a ella, la levantamos, la consolamos con palabras cariñosas; pero ella clamaba sin cesar: -Mátenme de una vez. No quiero vivir. -La señora doña María la perdonará a usted -le dijimos. -No, mi madre no me perdonará. Estoy condenada para siempre. Doña María, por largo tiempo llena de entereza y superioridad, comenzó a declinar y su grande ánimo se abatió ante espectáculo tan lamentable. Después de mucho luchar con la sensibilidad y el cariño materno, pugnó por sobreponerse a este, y resueltamente exclamó: -¿He dicho que la traigan aquí? No, me equivoqué. No quiero verla, no es mi hija. Váyase a los lugares de donde ha venido. Mi hija ha muerto. -Señora -exclamó D. Paco poniéndose de rodillas- si la señora doña Asuncioncita no se queda en la casa, usted se condenará. ¿Pues qué ha hecho? Salir a dar un paseo. ¿Verdad, niña mía? -No; ¡mi madre no me (p.1492) perdona! -gritó con desesperación la muchacha-. Llévenme fuera de aquí. No merezco pisar esta casa.. Mi madre no me perdona. Vale más que me maten de una vez. -Sosiégate, hija mía -dijo la de Leiva-. Grande es tu culpa; pero si no puedes reconquistar el cariño de tu madre y la estimación de todos, no serás abandonada a tu dolor. Levántate. ¿Dónde está lord Gray? -No sé. -¿Vino a buscarte con conocimiento y consentimiento tuyo? La desgraciada se cubría el rostro con las manos. -Habla, hija mía, es preciso saber la verdad -dijo la de Leiva-. Tal vez tu culpa no sea tan grande como parece. ¿Saliste de buen grado? La presencia de doña María se conocía por su respiración que era como un sordo mugido. Luego oímos distintamente estas palabras que parecían salir de la cavernosa garganta de una leona: -Sí.. de grado.. de grado. -Lord Gray -dijo Asunción- me juró que al día siguiente abrazaría el catolicismo. -Y que se casaría contigo, ¡pobrecita! -dijo con benevolencia la marquesa. -Lo de siempre.. historia vieja -balbuceó Calomarde a mi oído. -Señores -dijo Villavicencio- retirémonos. Estamos aumentando con nuestra presencia la confusión de esta desgraciada niña. -Repito que se queden todos -dijo la de Rumblar con fúnebre acento-. Quiero que asistan a los funerales del honor de mi casa. Asunción, si quieres, no que te perdone, sino que tolere tu presencia aquí, confiesa todo. -Me prometió abrazar el catolicismo.. me dijo que marcharía de Cádiz para siempre, si no.. Yo creí.. -Basta -exclamó Villavicencio-. Que se retire a buscar algún reposo esta criatura. -Pero ese infame hombre la ha abandonado.. -La ha arrojado de su casa -dijo D. Paco. Múltiple exclamación de horror resonó en la sala. -Esta mañana -añadió Asunción sacando difícilmente de su pecho el aliento necesario para hablar- lord Gray salió dejándome sola en la casa. Yo temblaba de zozobra.. Entraron luego unas mujeres, unas mujerzuelas.. ¡qué horrible gente!.. Con sus gritos me desvanecieron y con sus (p.1493) manos me maltrataron. Todas se reían de mí y me desgarraron los vestidos, diciéndome palabras ignominiosas.. Bebían y comían en una mesa que el criado de milord les dispuso.. disputaban unas con otras sobre cuál de ellas era más amada por él.. Entonces comprendí el abismo en que había caído.. Lord Gray volvió.. Le increpé por su vil conducta.. Estaba taciturno y sombrío.. Tomó una chinela y con ella les azotó la cara a aquellas viles mujeres.. Me colmó de cuidados. Me dijo que me iba a llevar a Malta.. Yo me negué a ello y empecé a llorar amargamente invocando el nombre de Jesús.. Volvieron las mujeres acompañadas de hombres soeces; uno de ellos quiso ultrajarme. Lord Gray le rompió la cabeza con una silla.. Corrió la sangre.. ¡Dios mío, qué horror!.. Deteníase a cada rato, y luego con gran esfuerzo seguía: -Lord Gray me dijo después que él no podía hacerse católico, y que se alegraba de que yo entrase en el convento para robarme. Quise salir y el criado anunció la llegada de una señora.. ¡Oh! Entró una señora principal que le llamó ingrato.. La señora se reía de mí.. ¡Qué hora, Dios mío, qué hora!.. La señora dijo que yo era la más piadosa y devota señorita de todo Cádiz, y luego me rogó que encomendase a lord Gray a Dios en mis oraciones.. La vergüenza me inflamaba, y busqué un cuchillo para matarme.. Después.. Estábamos todos conmovidos y aterrados con la patética relación de la desgraciada niña, digna de mejor suerte. -Después.. entraron unos hombres; ¡qué hombres! Vestían de cruzados como don Pedro del Congosto, y venían a recordar a lord Gray que este le había desafiado.. Entraron los amigos de lord Gray y todos se rieron mucho del desafío con D. Pedro. Luego.. milord me rogó de nuevo que partiese con él a Malta.. Yo le decía que me hiciese el favor de matarme.. Reíase a carcajadas y jugando con un puñal hacía como que me quería matar.. Me inspiraba tal horror que huí de su lado.. Yo corrí por la casa dando gritos.. él se reía.. un criado me dijo: «milord me ha mandado que la (p.1494) acompañe a usted a su casa». Salimos a la calle y en la puerta añadió: «No tengo ganas de ir tan lejos: vaya usted sola», y cerró la puerta.. Di algunos pasos.. una mujer frenética que dijo haber perdido por mí los favores de lord Gray, quiso castigarme.. ¡Ay!, yo estaba medio muerta y me dejé castigar.. Libre al fin recorrí varias calles.. me perdí.. yo buscaba la muralla para arrojarme al mar.. al fin después de dar mil vueltas volví junto a la casa de lord Gray.. Encontráronme D. Paco y mi hermano.. yo no quería venir aquí.. pero me trajeron al fin a mi casa de donde salí culpable, y a donde vuelvo castigada, pues las penas todas del purgatorio y el infierno no son superiores a las que yo he padecido hoy.. Aun así no merezco perdón. Mi falta es grande.. No merezco más que la muerte, y pido a Dios que me la conceda esta noche misma, para que ni un día más soporte la vergüenza y el deshonor que han caído sobre mí. ¡Señora madre mía, adiós! ¡Hermana mía, adiós! ¡No quiero vivir! No dijo más y cayó desmayada en el pavimento. Conmovidos y aterrados, contemplamos el semblante de doña María, que reclinada en el sillón, con la barba apoyada en la mano, silenciosa, ceñuda primero como una sibila de Miguel Ángel, y conmovida después, pues también las montañas se quebrantan al sacudimiento del rayo, derramó lágrimas abundantes. Parecía que su rostro se quemaba. Su llanto era metal derretido. -Hija mía -dijo la marquesa-, retírate a descansar.. Sr. D. Francisco, o tú, Diego, llévala a su cuarto. El conmovedor espectáculo de la infeliz Asunción desapareció de nuestra vista. -Señoras -dijo Villavicencio- tengo el alma despedazada, y me retiro. -Siento mucho.. pues.. -murmuró Ostolaza, y se retiró también. -He tenido un verdadero sentimiento.. -dijo Valiente, marchándose tras el anterior. -Por mi parte.. -indicó Calomarde saludando-. Si es preciso entablar recurso.. Se fueron todos. Yo me quedé, porque una fuerza irresistible me clavaba en aquella sala, y no podía apartar el pensamiento del desolado (p.1495) cuadro que había visto. Delante de mí estaba la de Rumblar en la misma actitud en que antes la he descrito. El fenómeno de su llanto me llenaba de asombro. A mi lado la marquesa de Leiva lloraba también. Pero no estábamos solos los tres. Acababa de entrar una figura estrambótica, un mamarracho de los antiguos tiempos, una caricatura de la caballería, de la nobleza, de la dignidad, del valor español de otras edades. Mirando aquella figura de sainete que se presentaba tan inoportunamente, dije para mí: -¿Qué vendrá a hacer aquí D. Pedro del Congosto? ¿Si creerá que sus caballerías ridículas sirven de alguna cosa en estas circunstancias? La de Leiva abrió los ojos, vio al estafermo, y como si no diera importancia alguna a su persona, volviose a mí y me dijo: -¿Qué piensa usted de lord Gray? -Que es un infame, señora. -¿Quedará sin castigo? -No quedará -exclamé arrebatado por la ira. D. Pedro del Congosto dio algunos pasos, púsose delante de doña María, y alzando el brazo, con voz y gesto que al mismo tiempo parecían trágicos y cómicos, habló así: -Señora doña María.. ¡esta noche!.. ¡a las once!.. ¡en la Caleta! -¡Oh! ¡Gracias a Dios! -exclamó la noble señora levantándose con ímpetu-. Gracias a Dios que hay en España un caballero.. Cuatro personas han presenciado el lastimoso cuadro de la deshonra de mi hija, y a ninguno se le ha ocurrido tomar por su cuenta el castigo de ese miserable. -Señora -dijo Congosto con voz hueca, que antes que risa, como otras veces, me produjo un espanto indefinible-. Señora, lord Gray morirá. Aquellas palabras retumbaron en mi cerebro. Miré a D. Pedro y me pareció trasfigurado. Aquel espantajo, recuerdo de los heroicos tiempos, dejó de ser a mis ojos una caricatura desde el momento en que me lo representé como providencial brazo de la justicia. -No es usted, D. Pedro -dijo con incredulidad la de Leiva- quien ha de arreglar esto. -Señora doña María -repitió el estafermo sublimado por una alta idea de su propio papel, por la idea de la hidalguía, del (p.1496) honor, de la justicia- ¡esta noche!.. ¡a las once!.. ¡en la Caleta! Todo está dispuesto. -¡Oh! Bendita sea mil veces la única voz que ha sonado en mi defensa en esta sociedad indiferente. Abominables tiempos, aún hay dentro de vosotros algo noble y sublime. Esto que en otras circunstancias hubiera sido ridículo, tratándose de D. Pedro, en aquellas me hacía estremecer. -Bendito sea mil veces -continuó doña María- el único brazo que se ha alzado para vengar mi ultraje en esta generación corrompida, incapaz de un sentimiento elevado. -Señora -dijo D. Pedro- adiós.. voy a prepararme. Y partió rápidamente de la sala. -María -dijo la de Leiva a su parienta- sosiégate; debes procurar dormir.. -No puedo sosegar -repuso la dama-. No puedo dormir.. ¡Oh Dios mío! Si permites que el miserable quede sin castigo.. Si vieras, mujer.. siento una salvaje complacencia al recordar aquellas palabras «esta noche.. a las once.. en la Caleta». (p.1497) -No esperes de D. Pedro más que ridiculeces.. Sosiégate.. Han dicho aquí que el desafío de D. Pedro con lord Gray era una función quijotesca. ¿No es verdad, caballero? -Sí, señora -repuse-. Son ya las diez.. Soy amigo de lord Gray y no puedo faltar. Respetuosamente me despedí de ellas y salí. Detúvome en la escalera D. Diego, que a toda prisa y muy sofocado subía, y me dijo: -Gabriel, ahí me traen otra vez a la buena alhaja de doña Inesita. -¿Quién? -El gobernador. Esta noche todas las ovejas descarriadas vuelven al redil.. Vengo de allá.. si vieras. La condesa ha llorado mucho y se ha puesto de rodillas delante de Villavicencio; pero no pudo conseguir nada. La ley y siempre la ley. Si es lo que yo digo: la ley.. Por supuesto, chico, no puedo negarte que me dio lástima de la pobre condesa. Lloraba tanto.. Inés estaba más serena y se conformaba. Aguárdate y la verás llegar. Sin embargo, más vale que no parezcas en tu vida por aquí. Villavicencio quiso averiguar el cómo y cuándo de la fuga de Inés, y allá le dijeron que la sacaste tú de la casa. Te anda buscando porque no te conoce. Dice que (p.1498) eres cómplice de lord Gray y el verdadero criminal. Calumnia, pura calumnia; pero no te metas en vindicar tu honra mancillada y echa a correr, que Villavicencio tiene malas pulgas, y aunque te escuda el fuero militar.. Conque en marcha y no vuelvas a Cádiz en tres meses. -Pues sí; yo fui quien la sacó de casa. -¡Tú! -exclamó con tanto asombro como cólera-. Ya no me acordaba que eres servidor de mi famosa parienta la condesa. ¿Conque la sacaste tú? -Y la volveré a sacar. -Tú bromeas.. no pienses que me apuro mucho.. ¿Crees que insisto en casarme con ella?.. Pues ahora de mejores veras debes poner los pies en polvorosa, porque voy a contarle a mamá tu hazaña.. Francamente, yo creí que era una calumnia. Ahora me explico el furor de Villavicencio contra ti. ¿Pues no dice que tú eres el autor de todo y que es preciso sentarte la mano? -¿A mí? -Y disculpaba a lord Gray.. Se me figura que quieren hacer justicia en tu persona sin molestar para nada al señor milord. Ándate con cuidado, pues se le ha puesto en la cabeza que tú eres cómplice del maldito inglés y le ayudaste en esta gran bribonada que nos ha hecho. -¿Ha visto usted a lord Gray? -le pregunté-. ¿Dónde se le podrá encontrar? -Ahora mismo me han dicho que le acaban de ver paseando solo por la muralla. ¡Maldito inglés! Las pagará todas juntas.. Hace poco la Inesita me llamó vil y cobarde por dejar sin castigo esto de anoche, y aseguraba que si ella fuera hombre.. estaba furiosa la niña. Por supuesto, yo pienso buscar a lord Gray, y cuando le vea le he de decir «so tunante..», pues.. conque márchate.. tú también eres buena pieza. Adiós. No me podía detener a contestar sus majaderías, porque un pensamiento fijo me atormentaba, y dirigida mi voluntad a un punto invariable con arrebatadora fuerza; nada podía apartarme de aquella corriente por donde se precipitaba impetuosamente todo mi ser.
Ep-8-XXXIII - Un cuarto de hora después tropezaba en la muralla, frente al Carmen, con lord Gray, el cual, deteniendo la velocidad de su paso, me habló así: -¡Oh, (p.1499) Sr. de Araceli.. gracias a Dios que viene alguien a hacerme compañía!.. He dado siete vueltas a Cádiz corriendo todo lo largo de la muralla.. ¡Aburrimiento y desesperación!.. Mi destino es dar vueltas.. dar vueltas a la noria. -¿Está usted triste? -Mi alma está negra.. más negra que la noche -repuso con alucinación-. Camino sin cesar buscando la claridad, y no hago más que dar vueltas recorriendo un círculo fatal. Cádiz es una cárcel redonda, cuya pared circular gira alrededor de nuestro cerebro.. Me muero aquí. -¡Tan feliz ayer y tan desgraciado hoy! -le dije-. ¡Cuán limitada es la creación que está a nuestro alcance! ¡Cuán pobre es el universo!.. El Omnipotente se ha reservado para sí lo mejor, dejándonos la escoria.. No podemos salir de este maldito círculo.. no hay escape por la tangente.. El ansia de lo infinito quema nuestra alma, y no es posible dar un paso en busca de alivio.. Vueltas y más vueltas.. ¡Mula de noria.. arre!.. Otro circulito y otro y otro.. -Lord Gray, Dios le ha dado a usted todo y usted malgasta y arroja las riquezas de su alma haciéndose infortunado sin deber serlo. -Amigo -me dijo apretándome la mano tan fuertemente que creí me la deshacía- soy muy desgraciado. Tenga usted lástima de mí. -Si eso es desgracia, ¿qué nombre daremos a la horrenda agonía de una criatura, a quien usted acaba de precipitar en la mayor deshonra y vergüenza? -¿Usted la ha visto?.. ¡Infeliz muchacha!.. Le he rogado que vaya conmigo a Malta y no quiere. -Y hace bien. -¡Pobre santita! Cuando la vi, más que su hermosura que es mucha, más que su talento que es grande, me cautivó su piedad.. Todos decían que era perfecta, todos decían que merecía ser venerada en los altares.. Esto me inflamaba más. Penetrar los misterios de aquella arca santa; ver lo que existía dentro de aquel venerable estuche de recogimiento, de piedad, de silencio, de modestia, de santa unción; acercarme y coger con mis manos aquella imagen celestial de mujer canonizable; alzarle el velo y mirar si había algo de humano tras los celajes místicos que (p.1500) la envolvían; coger para mí lo que no estaba destinado a ningún hombre y apropiarme lo que todos habían convenido en que fuese para Dios.. ¡Qué inefable delicia, qué sublime encanto!.. ¡Ay!, fingí, engañé, burlé.. Maldita familia.. Luchar con ella es luchar con toda una nación.. Para atacarla toda la inteligencia y la astucia toda no bastan.. Mil veces sea condenada la historia que crea estas fortalezas inexpugnables. -La audacia y la despreocupación de un hombre son más fuertes que la historia. -Pero cómo se desvanece todo.. Aquello que ayer aún valía, hoy no vale nada y su encanto desaparece como el humo, como la nave, como la sombra.. El hermoso misterio se disipó.. La realidad todo lo mata.. ¡Ay! Yo buscaba algo extraordinario, profundamente grandioso y sublime en aquella encarnación del principio religioso que caía en mis brazos; yo esperaba un tesoro de ideales delicias para mi alma, abrasada en sed inextinguible; yo esperaba recibir una impresión celeste que transportara mi alma a la esfera de las más altas concepciones; pero ¡maldita Naturaleza!, la criatura seráfica que yo soñaba rodeada de nubes y de angelitos en sobrenatural beatitud, se deshizo, se disipó, se descompuso, como una imagen de máquina óptica cuya luz sopla el bárbaro titiritero diciendo: «buenas noches..». Todo desapareció.. Las alas de ángel agitándose zumbaban en mi oído, pero yo me desencajaba los ojos mirando y no veía nada, absolutamente nada más que una mujer.. una mujer como otra cualquiera, como la de ayer, como la de anteayer.. -Hay que conformarse con lo que Dios nos ha dado y no aspirar a más. En resumen: usted sacó a Asunción de su casa, jurándole que abrazaría el catolicismo y se casaría con ella. -Es verdad. -Y lo cumplirá usted. -No pienso casarme. -Entonces.. -Ya le he dicho que venga conmigo a Malta. -Ella no irá. -Pues yo sí. -Milord -dije dando a mis palabras toda la serenidad posible- usted debajo de ese humor melancólico, debajo de los oropeles de su imaginación tan brillante como loca, (p.1501) guarda sin duda un profundo sentido y un corazón de legítimo oro, no de vil metal sobredorado como sus acciones. -¿Qué quiere usted decirme? -Que una persona honrada como usted sabrá reparar la más reciente y la más grave de sus faltas. -Araceli -me dijo con mucha sequedad- es usted impertinente. ¿Acaso es usted hermano, esposo o cortejo de la persona ofendida? -Lo mismo que si lo fuera -repuse, obligándole a detenerse en su marcha febril. -¿Qué sentimiento le impulsa a usted a meterse en lo que no le importa? Quijotismo, puro quijotismo. -Un sentimiento que no sé definir y que me mueve a dar este paso con fuerza extraordinaria -repuse-. Un sentimiento que creo encierra algo de amor a la sociedad en que vivo y amor a la justicia que adoro.. No le puedo contener ni sofocar. Quizás me equivoque; pero creo que usted es una peligrosa, aunque hermosa bestia, a quien es preciso perseguir y castigar. -¿Es usted doña María? -me dijo con los ojos extraviados y la faz descompuesta- ¿es usted doña María que toma forma varonil para ponérseme delante? Sólo a ella debo dar cuentas de mis acciones. -Yo soy quien soy. Por lo demás, si parte de la responsabilidad corresponde a la madre de la víctima, eso no aminora la culpa de usted.. Pero no es una sola víctima; las víctimas somos varias. La salvaje pasión de una furia loca y desenfrenada para quien no hay en el mundo ni ley, ni sentimiento, ni costumbre respetables, alcanza en sus estragos a cuanto la rodea. Por la acción de usted personas inocentes están expuestas a ser mortificadas y perseguidas, y yo mismo aparezco responsable de faltas que no he cometido. -En fin, Araceli, ¿en qué viene a parar toda esa música? -dijo con tono y modales que me recordaban el día de la borrachera en casa de Poenco. -Esto viene a parar -repuse con vehemencia- en que usted se me ha hecho profundamente aborrecible, en que me mortifica verle a usted delante de mí, en que le odio a usted, lord Gray, y no necesito decir más. Yo sentía inusitado fuego circulando (p.1502) por mis venas. No me explicaba aquello. Deseaba sofocar aquel sentimiento exterminador y sanguinario; pero el recuerdo de la infeliz muchacha a quien poco antes había visto, me hacía crispar los nervios, apretar los puños, y el corazón se me quería saltar del pecho. No había cálculo en mí. Todo lo que determinaba mi existencia en aquel momento era pasión pura. -Araceli -añadió respirando con fuerza-, esta noche no estoy para bromas. ¿Crees que soy Currito Báez? -Lord Gray -repuse- tampoco yo estoy para bromas. -Todavía -dijo con amargo desdén- no he gustado el placer de matar a un deshacedor de agravios propios y amparador de doncellas ajenas. -Maldito sea yo, si no es noble y nuevo lo que inflama mi espíritu en este instante. -¡Araceli! -exclamó con súbita furia- ¿quieres que te mate? Deseo acabar con alguien. -Estoy dispuesto a darle a usted ese gusto. -¿Cuándo? -Ahora mismo. -¡Ah! -dijo riendo a carcajadas-. Tiene la preferencia el Sr. D. Quijote de la Mancha. España, me despido de ti luchando con tu héroe. -No importa. Después de las burlas pueden venir las veras. -Nos batiremos.. ¿Quiere usted antes recibir las últimas lecciones de esgrima? -Gracias, ya sé lo bastante. -¡Pobre niño!.. ¡Le mataré a usted!.. Pero son las diez y media.. mis amigos me esperan.. -A la Caleta. -¿Nombramos padrinos? -No nos faltarán amigos para elegir. -Vamos pronto. -Ahora mismo. -Creí -dijo con espontánea fruición-, que no había en Cádiz más Quijote que D. Pedro del Congosto.. ¡Oh, España! ¡Delicioso país!
Ep-8-XXXIV - La noche era oscura y serena. Al acercarnos a la puerta de la Caleta vimos de lejos la iluminación que había en la plazuela de las Barquillas, junto al teatro y en las barracas. Inmensa multitud se apiñaba en aquellos improvisados sitios de recreo, y oíanse los gritos y vivas con que se celebraba el gran suceso de la Albuera. Aguardamos largo rato. Los amigos de lord Gray y D. Pedro esperaban en la muralla en dos grupos distintos. -¿Se han traído los garrotes? -preguntó sigilosamente (p.1503) uno de los de lord Gray. -Sí.. son vergajos de cuero para que pueda ser vapuleado sin recibir golpes mortales.. -¿Y las hachas de viento? -¿Y los cohetes? -Todo está -dijo uno sin poder disimular su gozo-. El figurón vestido de todas armas a la antigua que ha de presentarse en lugar de lord Gray aguarda en aquella casa. Mamarracho igual no le ha visto Cádiz. -Pero D. Pedro no parece.. -Allá viene.. sus amigos los cruzados le rodean. -Todo ha de hacerse como lo he dispuesto yo.. -indicó lord Gray- quiero despedirme de Cádiz con buen bromazo. -Lástima que esto no pudiera hacerse en el escenario del teatro. -Señores, se acerca la hora. ¿Baja usted.. Araceli? -Al instante voy. Bajaron todos, y me detuve deseando aislarme por breve rato para recoger mi espíritu y dar alas a mi pensamiento. Habíame paseado un poco entre la puerta y la plataforma de Capuchinos, cuando vi en la muralla una persona, un bulto negro, cuya forma y figura no podía distinguirse bien, y que se volvía hacia la playa, siguiendo con la vista a los espectadores y héroes del burlesco desafío. Picábame la curiosidad por saber quién era; mas teniendo prisa, no me detuve y bajé al instante. Dos grandes grupos se formaron en la playa, y los de uno y otro bando, excepto algunos bobalicones que vestían el traje de cruzados, estaban en el ajo. Entre los de lord Gray, vi un figurón armado de pies a cabeza, con peto y espaldar de latón, celada de encaje, rodela y con tantas plumas en la cabeza que más que guerrero parecía salvaje de América. Dábanle instrucciones los demás y él decía: -Ya sé lo que tengo que hacer. Triste cosa es dejarse matar, manque sea de mentirijiyas(22).. (23) Yo le diré que me pongo en guardia, luego hablaré inglés así: «Pliquis miquis..», y después daré un berrido, cétera, cétera.. -Haz todo lo posible por imitar mis modales y mi voz -le dijo lord Gray. -Descuide miloro. Uno de los presentes acercose al otro grupo y dijo en voz alta: -Su excelencia lord Gray, duque de Gray, está dispuesto. Vamos a partir el sol; pero como no hay sol, (p.1504) se partirán las estrellas.. Hagamos una raya en la arena. -Por mi parte, pronto estoy -dijo D. Pedro, viendo avanzar hacia el ruedo la espantable figura del caballero armado-. Me parece que tiembla usted, lord Gray. Y en efecto, el supuesto lord temblaba. -Dios venga en mi ayuda -exclamó huecamente Congosto- y que este brazo, pronto a defender la justicia y a vengar un vergonzoso ultraje, sea más fuerte que el del Cid.. ¿Lord Gray, reconoce usted su error y se dispone a reparar la afrenta que ha causado? El Sr. Poenco (pues no era otro) creyó prudente contestar en inglés de esta manera: -Pliquis miquis.. ¡ay!, ¡ooo!.. Esperpentis Congosto.. ¡Nooo! -¡Pues sea! -dijo D Pedro sacando la espada- y a quien Dios se la dé.. Cruzáronse los terribles aceros; daba don Pedro unos mandobles que habrían hendido en dos mitades al Sr. Poenco, si este con prudencia suma no se retirara dando saltos hacia atrás. Los presentes aguantaban con gran trabajo la risa, porque el desafío era una especie de baile, en el cual veíase a don Pedro saltando de aquí para allí para atrapar bajo el filo de su espada al supuesto lord Gray. Por fin, después de repetidas vueltas y revueltas, este exhaló un rugido y cayó en tierra, diciendo: -Muerto soy. Al punto D. Pedro viose rodeado por un lado y otro. Multitud de vergajos cayeron sobre sus lomos, y con loco estrépito repetían los circunstantes: -¡Viva el gran D. Pedro del Congosto, el más valiente caballero de España! Las hachas de viento se encendieron y comenzó una especie de escena infernal. Este le empujaba de un lado, aquel del otro, querían llevarle en vilo; pero fue preciso arrastrarle, y en tanto llovían los palos sobre el infeliz caballero y los dos o tres cruzados que salieron en su defensa. -¡Viva el valiente, el invencible D. Pedro del Congosto, que ha matado a lord Gray! -¡Atrás canalla! -gritaba defendiéndose el estafermo-. Si le maté a él, haré lo mismo con vosotros, gentuza vengativa y desvergonzada. Y apaleado, pinchado, empujado, arrastrado, fue conducido hacia la puerta como en grotesco triunfo, hasta que (p.1505) condolidos de tanta crueldad, le cargaron a cuestas, llevándole procesionalmente a la ciudad. Unos tocaban cuernos, otros golpeaban sartenes y cacharros, otros sonaban cencerros y esquilas, y con el ruido de tales instrumentos y el fulgor de las hachas, aquel cuadro parecía escena de brujas o fantástica asonada del tiempo en que había encantadores en el mundo. Ya en lo alto de la muralla, dejaron de mortificar al héroe, y llevado en hombros, su paseo por delante de las barracas fue un verdadero triunfo. La espada de D. Pedro quedó abandonada en el suelo. Era según antes he dicho, la espada de Francisco Pizarro. A tal estado habían venido a parar las grandezas heroicas de España. Lord Gray y yo con otros dos, nos habíamos quedado en la playa. -¿Una segunda broma? -preguntó Figueroa, que era uno de los padrinos, sobre el terreno nombrados. -Acabemos de una vez -dijo lord Gray con impaciencia-. Tengo que arreglar mi viaje. -Dense explicaciones -dijo el otro- y se evitará un lance desagradable. -Araceli es quien tiene que darlas, no yo -afirmó el inglés. -A lord Gray corresponde hablar, sincerándose de su vil conducta. -En guardia -exclamó él con frenesí-. Me despido de Cádiz matando a un amigo. -En guardia -exclamé yo sacando la espada. Los preliminares duraron poco y los dos aceros culebrearon con luz de plata en la oscuridad de la noche. De pronto uno de los padrinos dijo: -Alto, alguien nos ve.. Por allí avanza una persona. -Un bulto negro.. Maldito sea el curioso. -Si será Villavicencio, que ha tenido noticia de la broma y creyendo venir a impedirla, sorprende las veras.. -Parece una mujer. -Más bien parece un hombre. Se detiene allí.. nos observa. -Adelante -dijo lord Gray-. Que venga el mundo entero a observarnos. -Adelante. Volvieron a cruzarse los aceros. Yo me sentía fuerte en la segunda embestida; lord Gray era habilísimo tirador; pero estaba agitado, mientras que yo conservaba bastante serenidad. De pronto mi mano avanzó con rápido empuje; sintiose el chirrido (p.1506) de un acero al resbalar contra el otro, y lord Gray articulando una exclamación, cayó en tierra. -Muero -dijo, llevándose la mano al pecho-. Araceli.. buen discípulo.. honra a su maestro.
Ep-8-XXXV - Arrojando la espada, mi primer impulso fue correr hacia el herido y auxiliarle; pero Figueroa lleno de turbación, me dijo: -Esto es hecho.. Araceli, huye.. no pierdas tiempo. El gobernador.. la embajada.. Wellesley. Comprendiendo lo arriesgado de mi situación, corrí hacia la muralla. Turbado y hondamente impresionado y conmovido andaba hacia la puerta, cuando me detuvo una persona que avanzaba resueltamente hacia el lugar de la catástrofe. -¡El gobernador Villavicencio! -dije en el primer momento antes de distinguir con claridad el bulto de aquel extraño espectador del duelo. Mas reconociendo a la persona al acercarme a ella, exclamé con asombro: -Señora doña María.. ¡Usted aquí a esta hora! -Ha caído -dijo mirando con viva atención hacia donde estaba lord Gray-. Acertó la marquesa al asegurar que no era D. Pedro hombre a propósito para llevar adelante esta grande empresa. Usted.. -Señora -dije bruscamente- no alabe usted mi hazaña.. Quiero olvidarla, quiera olvidar que esta mano.. -Ha castigado usted la infamia de un malvado, y el alto principio del honor ha quedado triunfante. -Lo dudo mucho, señora. El orgullo de mi hazaña es una llama que me quema el corazón. -Quiero verlo -dijo bruscamente la señora. -¿A quién? -A lord Gray. -Yo no -exclamé con espanto, deseando alejarme de allí. Doña María se acercó al cuerpo y lo examinó. -Una venda -dijo uno. Doña María arrojó un pañuelo sobre el cuerpo, y quitándose luego un chal negro que bajo el manto traía, hízolo jirones y lo tiró sobre la arena. Lord Gray abriendo los ojos, con voz débil habló así: -¡Doña María! ¿Por qué tomaste la figura de este amigo?.. Si tu hija entra en el convento, la sacaré. La condesa de Rumblar se alejó con presteza de allí. Movido de un sentimiento compasivo, acerqueme a lord Gray. Aquella hermosa figura, arrojada en tierra, aquel (p.1507) semblante descolorido y cadavérico me inspiraba profundo dolor. El herido se incorporó al verme, y alzando su mano me dijo algunas palabras que resonaron en mi cerebro con eco que no pude nunca olvidar; ¡extrañas palabras! Aparteme rápidamente de allí y entraba por la puerta de la Caleta, cuando la de Rumblar, andando a buen paso tras de mí, me detuvo. -Lléveme usted a mi casa. Si es preciso ocultarle a usted, yo me encargo. Villavicencio quiere prenderle a usted; pero no permito que tan buen caballero caiga en manos de la justicia. Ofrecile el brazo y anduvimos despacio. Yo no decía nada. -Caballero -prosiguió-. ¡Oh, cuánto me complazco en dar a usted este nombre! La hermosa palabra rarísima vez tiene aplicación en esta corrompida sociedad. No le contesté. Seguimos andando, y por dos o tres veces me prodigó los mismos elogios. Yo principiaba a cobrar aborrecimiento a mi estupenda caballerosidad. La sangre de lord Gray corría en surtidor espantoso delante de mis ojos. -Desde hoy, valeroso joven, ha adquirido usted el último grado en mi estimación, y le daré una prueba de ello. Tampoco dije nada. -Cuando mi hija se presentó en casa en el lastimoso estado en que usted pudo verla, invoqué a Dios, pidiéndole el castigo de ese verdugo de nuestra honra. Me indignaba ver que de tantos hombres como en casa se reunieron, ni uno solo comprendió los deberes que el honor impone a un caballero.. Cuando vi al buen Congosto dispuesto a vengar mi ultraje, creí firmemente que Dios le había hecho ejecutor de su justicia. Dicen que D. Pedro es ridículo; pero ¡ay!, como la hidalguía, la nobleza y la elevación de sentimientos son una excepción en esta sociedad, las gentes llaman ridículo al que discrepa de su nauseabunda vulgaridad.. Yo, no sé por qué confiaba en el éxito del valor de Congosto.. Anhelaba ser hombre, y me consumía en mi profundo dolor. Yo creía que la armonía del mundo no podía existir mientras lord Gray viviera, y una curiosidad intensa devoraba mi alma.. No podía dormir, el velar me hacía (p.1508) daño.. no se apartaba de mi pensamiento la escena que después he presenciado aquí, y cada minuto que pasaba sin saber el resultado de una contienda que yo creí seria, me parecía un siglo.. -Señora doña María -dije procurando echar fuera el gran peso que tenía sobre mi alma- el varonil espíritu de usted me asombra. Pero si vuelve usted a nacer y vuelve a tener hijas.. -Ya sé lo que me quiere usted decir, sí.. que las tenga más sujetas, que no les permita ni siquiera mirar a un hombre. He sido demasiado tolerante.. Pero apartémonos de aquí.. el ruido de esa canalla me hace daño. -Son los patriotas que celebran la victoria de Albuera y la Constitución que se ha leído hoy a las Cortes. Detúvose un instante ante las barracas y al andar de nuevo, habló así lúgubremente: -Yo he muerto, he muerto ya. El mundo acabó para mí. Le dejo entregado a los charlatanes. Al dirigirle la última mirada, mi espíritu se recoge en sí mismo, se alimenta de sí mismo, y no necesita más.. Siento haber nacido en esta infame época. Yo no soy de esta época, no.. Desde esta noche mi casa se cerrará como un sepulcro.. Valeroso joven, al despedirme de usted para siempre, quiero darle una prueba de mi gratitud. Tampoco dije nada.. Lord Gray continuaba delante de mí. -Usted -prosiguió- se presenta desde este instante a mis ojos rodeado de una aureola. Usted ha respondido a mis ideas como responde el brazo al pensamiento. -Maldita aureola -exclamé para mí- maldito brazo y maldito pensamiento. -Le premiaré a usted del modo siguiente. Ya sé que usted ama a la estudianta.. me lo ha dicho la de Leiva. -¿Quién es la estudianta, señora? -La estudianta es Inés, hija como usted sabe.. dejémonos de misterios.. hija de la buena pieza de mi parienta la condesa y de un estudiantillo llamado D. Luis. He querido sacar algún partido de esa infeliz; pero no es posible. Su liviana condición la hace incapaz de toda enmienda. Vale bien poco. ¿Es cierto que la sacó usted de casa? -Sí, señora. La saqué para llevarla al lado de su madre. (p.1509) Me vanaglorio de esta acción más que de la que usted acaba de presenciar. -¿Y la ama usted? -Sí, señora. -Es una lástima. La estudianta es indigna de usted. Yo se la regalo. Puede usted divertirse con ella.. Será como su madre.. le han dado una educación lamentable, y criada entre gente humildísima, tuvo tiempo de aprender toda clase de malicias. Oí tales palabras con indignación, pero callé. -Me asombro de mi necedad. ¡Oh! Mi hijo no puede casarse con tal chiquilla.. La condesa la reclama, la llama su hija, desbarata la admirable trama de la familia para asegurar el porvenir de la hija y poner un velo al deshonor de la madre. La condesa la reclama.. ¿Qué nombre llevará? Desde este momento Inés es una desgraciada criatura espúrea, a quien ningún caballero podrá ofrecer dignamente su mano. Continué en silencio. Mi entendimiento estaba como paralizado y entumecido por el estupor. -Sí -prosiguió-. Todo ha concluido. Pleitearé.. porque el mayorazgo me corresponde. La casa de Leiva no tiene sucesión.. Supongo que usted no será capaz de dar su nombre a una.. Llévesela usted, llévesela pronto. No quiero tener en casa esa deshonra.. Una muchacha sin nombre.. una infeliz espúrea. ¡Qué horrible espectáculo para mi pobrecita Presentación, para mi única hija!.. Doña María exhaló un suspiro en que parecía haberse desprendido de la mitad de su alma, y no dijo más por el camino. Yo tampoco hablé una palabra. Llegamos a la casa, donde con impaciencia y zozobra esperaba a su ama D. Paco. Subimos en silencio, aguardé un instante en la sala, y doña María después de pequeña ausencia apareció trayendo a Inés de la mano, y me dijo: -Ahí la tiene usted.. Puede usted llevársela, huir de Cádiz.. divertirse, sí, divertirse con ella. Le aseguro a usted que vale poco.. Después de la declaración de su madre, yo aseguro que ni la marquesa de Leiva ni yo haremos nada por recobrarla. -Vamos, Inés -exclamé- huyamos de aquí, huyamos para siempre de esta casa y de Cádiz. -¿Van ustedes a Malta? -me preguntó doña María con una (p.1510) sonrisa, de cuya expresión espantosa no puedo dar idea con las palabras de nuestra lengua. -¿No me deja usted -dijo Inés llorando- entrar en el cuarto donde está encerrada Asunción, para despedirme de ella? Doña María por única contestación nos señaló la puerta. Salimos y bajamos. Cuando la condesa de Rumblar se apartó de nuestra vista; cuando la claridad de la lámpara que ella misma sostenía en alto, dejó de iluminar su rostro, me pareció que aquella figura se había borrado de un lienzo, que había desaparecido, como desaparece la viñeta pintada en la hoja, al cerrarse bruscamente el libro que la contiene. -Huyamos, querida mía, huyamos de esta maldita casa y de Cádiz y de la Caleta -dije estrechando con mi brazo la mano de Inés. -¿Y lord Gray? -me preguntó. -Calla.. no me preguntes nada -exclamé con zozobra-. Apártate de mí. Mis manos están manchadas de sangre. -Ya entiendo -dijo ella con viva emoción-. La infame conducta de ese hombre ha sido castigada.. Ha muerto lord Gray. -No me preguntes nada -repetí avivando el paso-. Lord Gray.. Yo tuve más suerte que él en el duelo. Mañana dirán que el honor.. pues.. me pondrán por las nubes.. ¡Infeliz de mí!.. El desgraciado cayó bañado en sangre; acerqueme a él y me dijo: «¿Crees que he muerto? ¡Ilusión!.. yo no muero.. yo no puedo morir.. yo soy inmortal..». -¿De modo que no ha muerto? -Huyamos.. no te detengas.. yo estoy loco. ¿Esa figura que ha pasado delante de nosotros no es la de lord Gray? Inés estrechándose más contra mí, añadió: -Huyamos, sí.. quizás te persigan.. Mi madre y yo te esconderemos y huiremos contigo. Septiembre-Octubre, 1874.
FIN
(EPISODIO 9) JUAN MARTÍN EL EMPECINADO
Ep-9-I - Anteriormente he contado a ustedes las hazañas de los ejércitos, las luchas de los políticos, la heroica conducta del pueblo dentro de las ciudades; pero esto, con ser tanto, tan vario y no poco interesante, aunque referido por mí, no basta al conocimiento de la gran guerra. Ahora voy a hablar de las guerrillas, (p.1511) que son la verdadera guerra nacional; del levantamiento del pueblo en los campos, de aquellos ejércitos espontáneos, nacidos en la tierra como la hierba nativa, cuya misteriosa simiente no arrojaron las manos del hombre; voy a hablar de aquella organización militar hecha por milagroso instinto a espaldas del Estado, de aquella anarquía reglamentada, que reproducía los tiempos primitivos. Ustedes sabrán que a mitad de 1811 Napoleón, creyendo indispensable tomar a Valencia, puso esta empresa en manos del mariscal Suchet, que había ganado a Lérida en 13 de Mayo de 1810, a Tortosa en 2 de Enero del siguiente año y en 28 de Junio a Tarragona. Asimismo sabrán que las Cortes, dispuestas a defender la ciudad del Turia, enviaron allá al general Blake, regente a la sazón, hombre muy honrado, buen patriota, modesto, respetable, conocedor del arte de la guerra; pero de muy mala fortuna. Sabrán que las fuerzas llevadas por Blake desembarcaron mitad en Alicante, mitad en Almería, uniéndose al tercer ejército que se vio obligado a empeñar en la Venta del Baúl acción muy reñida contra las divisiones de Goldnot y Leval. Sabrán que el pobre D. Ambrosio de la Cuadra y el desgraciado D. José de Zayas tuvieron la desdicha de sufrir una derrota medianilla en el mencionado punto, retirándose a Cúllar, después de dejar 1.000 prisioneros en poder de los franceses y 450 cuerpos sobre el campo de batalla. Sabrán que Blake marchó a Valencia recogiendo en el camino cuantas tropas encontró a mano; pero lo que indudablemente no saben es que yo, aunque formaba parte de la expedición desembarcada en Alicante, ni fui a Valencia, ni me encontré en la funesta jornada de la Venta del Baúl. ¿Por qué, señores? Porque se enviaron 2.000 hombres a las Cabrillas a unirse a la división del segundo ejército que mandaba el conde de Montijo, y entre aquellos 2.000 hombres, encontrose, no sé si por fortuna o por desgracia, mi humilde persona. La condesa y su hija, que habían desembarcado también en Alicante y a (p.1512) quienes acompañé mientras me fue posible, separáronse de mí cerca de Alpera para marchar a Madrid, donde residirían, si contrariedades que la madre presentía no las echaban de la corte, en cuyo caso era su propósito establecerse en el solitario castillo de Cifuentes, propiedad de la familia. De las Cabrillas nos llevaron a Motilla del Palancar, en tierra de Cuenca, donde nos batimos con la división francesa de d'Armagnac, y algunos adelantamos por orden superior hasta Huete. Entonces ocurrieron lamentables disensiones entre el marqués de Zayas y el general Empecinado, saliendo al fin triunfante este último, a quien dieron las Cortes el mando de la quinta división del segundo ejército, con lo cual se evitó la desorganización de las fuerzas que operaban en aquel país. El Empecinado, que en Mayo de 1808 había salido de Aranda con un ejército de dos hombres, mandaba en Setiembre de 1811 tres mil. Recuerdo muy bien el aspecto de aquellos miserables pueblos asolados por la guerra. Las humildes casas habían sido incendiadas primero por nuestros guerrilleros para desalojar a los franceses y luego vueltas a incendiar por estos para impedir que las ocuparan los españoles. Los campos desolados no tenían mulas que los arasen, ni labrador que les diese simiente, y guardaban para mejores tiempos la fuerza generatriz en su seno fecundado por la sangre de dos naciones. Los graneros estaban vacíos, los establos desiertos y las pocas reses que no habían sido devoradas por ambos ejércitos, se refugiaban, flacas y tristes, en la vecina sierra. En los pueblos no ocupados por la gente armada, no se veía hombre alguno que no fuese anciano o inválido, y algunas mujeres andrajosas y amarillas, estampa viva de la miseria, rasguñaban la tierra con la azada, sembrando en la superficie con esperanza de coger algunas legumbres. Los chicos desnudos y enfermos acudían al encuentro de la tropa, pidiendo de comer. La caza por lo muy perseguida, era también escasísima y hasta las abejas parecían suspender su maravillosa industria. Los zánganos (p.1513) asaltaban como ejército famélico las colmenas. Pueblos y villas, en otro tiempo de regular riqueza, estaban miserables, y las familias de labradores acomodados pedían limosna. En la iglesia arruinada o volada o convertida en almacén no se celebraba oficio, porque frecuentemente cura y sacristán se habían ido a la partida. Estaba suspensa la vida, trastornada la Naturaleza, olvidado Dios. Los militares que habíamos estado en Cádiz echábamos de menos la hartura y abundancia de la improvisada corte, y experimentábamos gran molestia con aquel exiguo comer y beber del segundo ejército. Las largas marchas nos ponían enfermos y en vano pedíamos un pedazo de pan a la infeliz comarca que atravesábamos. Cuatro compañías destinadas a reforzar el ejército del Empecinado entraron en Sacedón en una hermosa tarde de otoño. Cerca de la villa vimos un árbol, de cuyas ramas pendían ahorcados y medio desnudos cinco franceses, y un poco más allá algunas mujeres se ocupaban en enterrar no sé si doce o catorce muertos. La gran inopia que padecíamos no nos permitió en verdad enternecernos mucho con lo fúnebre de aquel espectáculo, y atendiendo antes a comer que a llorar (por mandato de la estúpida bestia humana), nos acercamos al primer grupo de enterradoras, significándoles bruscamente que nuestras respetables personas necesitaban vivir para defender la patria. -Vayan al diablo a que les dé raciones -nos contestó de muy mal talante una vieja-. Con dos patatas podridas nos hemos quitado un día más de encima mis nietas y yo, ¿y nos piden ustedes que les llenemos la panza? -Señora, tripas llevan pies, que no pies tripas, como dijo el otro, y que nos han de dar raciones no tiene duda, porque estos valientes soldados no han probado nada desde ayer. -Sigan adelante, y en Tabladillo o Cereceda puede que encuentren algo. Lo que es en Sacedón.. -De aquí no hemos de pasar porque no somos máquinas. Venga lo que haya al momento, o sino lo tomaremos: que eso de derrotar ejércitos franceses sin probar bocado no está escrito en (p.1514) mis libros. -¡Derrotar ejércitos franceses! -exclamó la vieja con desdén-. ¿Quién? ¿Ustés (2)? Los militares de casaca azul y morrioncete? Hasta ahora no lo hemos visto. -¿Duda de nuestro valor la señora? -La gente de tropa no sirve para nada. Van y vienen, dan dos tiros al aire y luego ponen un parte diciendo que han ganado una batalla.. Señores oficialetes, estos ojos han visto mucho mundo.. y en verdad que si no fuera por los empecinados y demás gente que se ha echado al campo por dar gusto al dedo meneando el gatillo.. -Bueno; dejemos a la historia que nos juzgue -dijo con festiva gravedad mi compañero, que era algo chusco-. Entretanto, nosotros necesitamos para nuestra gente pan, un poco de cecina, caza, legumbres y vino si lo hay.. Veamos quién manda aquí. ¿No hay alcalde, corregidor, gobernador, ministro, rey, o demonio a quien dirigirnos? -Aquí no hay nada de eso, amiguito -repuso la vieja-. Ya he dicho que sigan hacia Tabladillo o Cereceda. -¿De modo que en este bendito pueblo no hay autoridades? Así anda ello -exclamó con enfado mi compañero. -¡Autoridades hay, hombre! Y no griten tanto que no soy sorda. Ahí está la señá Romualda. Eh, señá Romualdita, aquí piden pan. Vimos una mujer fornida y varonil, la cual, echándose al hombro la azada, después de dictar las últimas órdenes para que se rematara la triste inhumación, se nos acercó y se dignó miramos. -Raciones, señor alcalde, raciones para la tropa, que se muere de hambre. -No hay nada, mi general -respondió bajando hasta el suelo el hierro de su instrumento agrícola y apoyándose majestuosamente en el cabo-. Ayer hicimos una cochura por orden de D. Juan Martín. Vino por la noche el pícaro francés, señor Tarugo, y se la llevó. ¡Bonito dejaron al pueblo, bonito! Siete doncellas de menos y veinte cuerpos de más bajo la tierra.. A mí me quitaron el cuero.. un cuero de vino que tenía, quiero decir, y toda la miel.. Se llevaron los pendientes de todas las muchachas de la villa, y allí está casi muerta Nicasia Moranchel, a quien arrancaron (p.1515) media oreja con la fuerza del tirón.. Cargaron hasta con la lana que había en los telares, y al tío Sotillo, que tenía un sombrero de paja traído de las Indias por su sobrino, le dejaron con la cabeza desnuda. El sombrero, con el palmito que había en el balcón de mi casa desde el domingo de Ramos, se lo dieron a comer a los caballos. -Siempre habrá quedado algo para nosotros, señá Romualda -dijo mi compañero-; aunque sea otro sombrerito de paja. -Ni un sacramento, señores. Me falta decirles que esta madrugada los franceses salían por un lado y la partida de Orejitas entraba por otro. Hubo algunos tiros.. pin, pum.. Los franceses mataron algunos paisanos y los de la partida pusieron en aquel árbol el racimo que desde aquí se ve.. Orejitas pidió raciones.. no había.. yo me enfadé con Orejitas.. Orejitas me amenazó.. yo le di dos palos a Orejitas, que al fin hizo saquear el pueblo, llevándose lo poco que quedaba. -Luego quedaba algo. Ahora también quedará.. Pero vamos a cuentas. ¿Usted es la autoridad en esta insigne villa? -Sí, mi general -contestó ella contrariada porque se pusiese en duda la autenticidad de sus atribuciones concejiles-. Yo soy el alcalde, o mejor dicho, la alcaldesa, porque soy mujer. -Ya nos lo figurábamos. -Mi señor marido, que es D. Antonio Sacecorbos, ha ido con D. Juan Martín a la conquista de Calatayud. Allí están todos los hombres del pueblo. -Pues señora de Sacecorbos, nosotros no arrancaremos las orejas ni la doncellez a las muchachas de este pueblo: pero tomaremos todo lo que caiga bajo la jurisdicción del estómago, sin más dimes ni diretes. Señá Romualdita gritó y vociferó; mas nada valieron las amenazas y protestas de la caterva mujeril. El pueblo fue saqueado por tercera vez en un solo día, y aún se encontró algo, aún se encontró una pequeña cochura que la alcaldesa había preparado aquella tarde para la partida de Sardina. Ignoro si cometieron los soldados algún desafuero en cosas comprendidas dentro de jurisdicción distinta de la del estómago. No lo aseguro ni tampoco lo niego, y envolviéndome, como (p.1516) suele decirse, en el manto de mi irresponsabilidad, dejo a la historia y a la señora de Sacecorbos el cuidado de averiguarlo.
Ep-9-II - Pocos días después nos unimos a la partida de D. Vicente Sardina, subalterno del Empecinado. He aquí cómo. Dormíamos en Val de Rebollo, cuando nuestros centinelas avisaron la aproximación de gente armada. El recelo de que fuesen los franceses se disipó bien pronto, porque las avanzadas de la partida gritaban y cantaban a lo lejos, y la gente del pueblo que, aun antes que nuestros escuchas, había olfateado carne española, salió ruidosamente a su encuentro. Pronto vimos desfilar por la única calle del lugar, sin formación, orden ni concierto, un pequeño ejército compuesto de infantes y jinetes, armados los unos de trabuco, de escopeta los otros, cada cual vestido según su calidad, gusto o hacienda, casi todos con un pañizuelo puesto en la cabeza por único tocado, el ceñidor en la cintura, la manta puesta al hombro y la alpargata en el infatigable pie. Veíanse, sin embargo, en algunas cabezas, sombreros, chacós, cascos de franceses, y algún descolorido y rancio uniforme español en el cuerpo de otros. Iban llegando y se acomodaban en las casas, escogiendo cada cual la que mejor le parecía, sin ceremonia ni cumplidos, y fraternizando al punto con la tropa, aunque sin dejar de mostrarnos cierto desdén, como si fuéramos unos desdichados incapaces de intentar la conquista de Calatayud. Los habitantes de Val de Rebollo ofrecían a unos y otros la poca hacienda que les quedaba, y en un instante las llamas de los hogares lamiendo las repletas panzas de ollas y peroles, iluminaron las habitaciones, despidiendo por puertas y ventanas tanta claridad que el lugar, alegrado al mismo tiempo por las voces, gritos y cantorrios, parecía celebrar una fiesta. El jefe de la partida D. Vicente Sardina se alojó en la misma casa donde yo estaba. Era un hombre enteramente contrario a la idea que hacía formar de él su apellido; es decir, voluminoso, no menos pesado que un toro, bien parecido, con algo de (p.1517) expresión episcopal o canonjil en su mofletudo semblante, muy risueño, charlatán, bromista y franco hasta lo sumo. Cuando mis compañeros y yo nos presentamos a él, diciéndole que mandábamos la fuerza destinada por O'Donnell a engrosar las filas del Empecinado, nos miró con aquella expresión de generosidad propia del hombre dispuesto a proteger al prójimo desvalido y nos dijo: -Bueno; veremos cómo se portan ustedes.. Creo que aprenderán el oficio en poco tiempo.. Parecen buenos muchachos; pero tiernecitos, tiernecitos todavía. Ea, fuera miedo: ya se irán haciendo al fuego y se les quitará esa cortedad.. -Mi coronel -repuse- no somos nuevos en la guerra; pues de nosotros el que más y el que menos ya ha despachado catorce batallas, diez sitios y más de cincuenta encuentros menores. -¿Batallitas, eh? -exclamó riendo con pueril candidez-. Y mandadas por generales de entorchado.. Me parece que las veo.. Mucha escritura, parte acá, parte allá, oficios en papel amarillo con sello, y mucho de Excelentísimo señor, participo a vuecencia que habiéndose presentado el enemigo.. Farsa, pura farsa. En fin, señores, ustedes aprenderán a hacer la guerra, porque no les falta entendimiento ni voluntad.. Ahora, ayúdenme a despachar esta pierna de carnero y lo que contiene este bendito zaque. Sin que nos lo rogara dos veces, nos apresuramos a participar de la cena. Olvidaba decir que a la derecha de Sardina estaba, animado también de propósitos hostiles contra la pierna de carnero, el segundo jefe de la partida, un hombre altísimo, descarnado y morenote, con barba entrecana, pelo corto, ojos fieros, cejas pobladísimas y unas manos tan largas como velludas que velozmente pasaban del plato a la boca. Era mosén Antón Trijueque, cura aragonés, que había tomado las armas desde el principio de la guerra, y servía en las filas de Sardina, no como capellán, sino como.. jefe de la caballería. -A fe, mosén Antón -dijo Sardina empinando el vaso-, que no creí pasar esta noche más acá de Almadrones. ¿Cree usted que encontraremos el (p.1518) destacamento de Gui siguiendo la vuelta de Brihuega? -Me parece que no se nos escapan mañana -repuso el cura dando muestras de excelente apetito. -Los espías del francés habrán ido contando que caminábamos hacia Torremocha del Campo. Por la sotana que visto, Sr. D. Antonio, que hemos de hacer una buena presa. Mi ayudante, el sargento Santurrias, se nos unió, como usted sabe, en Mirabueno. Venía de espiar la dirección del enemigo. No hay otro Santurrias bajo el sol, Sr. Sardina, y con su traje de pastor y su aspecto y habla de idiota es capaz de engañar a media Francia, cuanto más al general Gui. -¿Y qué dice Santurrias? -preguntó el jefe. -Que parte de la tropa francesa que desde Daroca bajó al auxilio de Calatayud en la gran embestida que le dimos hace tres días, se ha corrido por Cogolludo, y como en su cobardía se les figura sentir el resoplido del caballo de D. Juan Martín, van tan aprisa que mañana han de llegar a Brihuega. -¿Y cómo se sabe que van a Brihuega? -¿Cómo se ha de saber?, sabiéndolo -exclamó con energía mosén Antón que además de jefe de la caballería, era el Mayor General de la partida y el gran estratégico, y el verdadero cerebro de D. Vicente Sardina-. Esas cosas no se saben, se adivinan. Pasaron ayer por Cogolludo, ¿sí o no? Se les vio desviarse del camino real y tomar las alturas de Hita, ¿sí o no? -Sí, tal era en efecto su camino.. -dijo Sardina con modestia, reconociendo el genio de mosén Antón. -Ahora, si no nos hemos de mover hasta que el enemigo no nos mande aviso de dónde está.. -dijo el cura reanudando las interrumpidas relaciones con un sabroso hueso. -Pues adelante -afirmó Sardina con decisión-. Vamos a Brihuega. Les cogeremos desprevenidos, y ni uno solo volverá a Madrid. Ahora que tenemos el refuerzo de cuatro compañías de tropa.. Mosén Antón miró a mi compañero y a mí con menos desdén que antes lo hiciera el jefe. -Cuatro compañías.. -dijo observándonos de hito en hito-. Veremos qué tal se portan estos señores, que aún no se han (p.1519) batido. Nuevamente tuvimos que exponer mi compañero y yo los distintos encuentros en que habíamos tenido el honor de hallarnos; pero Trijueque, refiriéndonos en pocas palabras sus proezas, desde el primer sitio de Zaragoza hasta la acción del Tremedal, nos cerró la boca y abatió nuestro orgullo. -Aquí -nos dijo al concluir su poema heroico- espera a ustedes una vida distinta. Aquí no hay descanso, aquí se come lo que se encuentra, y se descabeza un sueño con el dedo puesto en el gatillo, dormido un ojo y despierto y vigilante el otro. Además el que no tenga buenas piernas, que se marche a su casa, porque aquí no se corre, se vuela. Mientras el jefe de Estado Mayor general decía esto, D. Vicente Sardina estiraba los brazos y echaba la cabeza hacia atrás, no con intento de remedar a Jesucristo en la cruz, sino por lo que llaman desperezarse, lo cual advertido por el fiero clerizonte, inspiró a éste las siguientes palabras, que en ejércitos de otra clase no hubieran sido dirigidas a un jefe por un subalterno. -Sr. D. Vicente, ¿hay pereza?.. Bien, iré yo solo en busca de Gui con la gente y las cuatro compañías. Somos cuatrocientos hombres y trescientos soldados. Adelante. Cogeremos al general Gui y se lo presentaremos a Juan Martín. -Amigo Antón -dijo el general riendo-, no puede uno ni abrir la boca para un condenado bostezo delante de usted.. Y gracias que me ha dejado poner un puntal al estómago.. ¡Maldito cura! Pero ¿olvida usted que va para tres noches que no hemos dormido? Vamos, que digan las señoras si hay cuerpo que resista a tan larga velada, aunque sea el cuerpo de D. Vicente Sardina el de Valdeaberuelo.. Mosén Antón miró al jefe de la partida con expresión de lástima, y luego arqueando las cejas más negras que ala de cuervo, alargando el hocico y cerrando el puño se expresó de esta manera: -¡Dormir, dormir, cuando los franceses han quemado nuestras casas y asesinado a nuestros padres y deshonrado a nuestras mujeres!.. sí señor, a nuestras mujeres. Sardina reía y nosotros también; pero Trijueque (p.1520) imponiéndonos silencio con su habitual imperioso gesto, prosiguió así: -Me gustan estos señoriticos que no piensan más que en dormir. ¿Por qué el Sr. Sardina no lleva consigo en campaña un colchón de pluma o canapé de rasos y holandas para echar la siesta? Buenos soldados tiene la patria, buenos, sí.. como que se tumban, cuando el enemigo, ocultándose en las sombras de la noche, intenta sorprendernos. Es preciso que los curas echen la llave a la parroquia, se la guarden en el bolsillo, y cogiendo una escopeta, un sable y dos pistolas, corran al campo a enseñar a los patriotas su deber. Aquí estoy yo que no duermo, no, Sr. D. Vicente, no duermo -al decir esto los ojos negros que despedían pasajeros reflejos como una noche de tempestad, parecían querer salírsele de las sanguinolentas órbitas-, porque no puedo dormir, aunque quisiera.. porque si cierro los párpados, dentro de ellos veo al general Gui y al general Hugo, y al general Belliard con sus manadas de gabachos. Cuando de tarde en tarde me arrojo en el suelo, procurando dar descanso a mi cuerpo, los caminos, las veredas, las trochas, los atajos, los montes, los cerros, los ríos y los arroyos se me meten en la cabeza, y todo se me vuelve pensar si iremos por allí, si pasaremos por allá, si les encontraremos por acullá.. Aquí está un hombre que no tiene más descanso que inclinar la cabeza sobre el pecho y amodorrarse un poco con el paso del caballo, que es más suave que una litera llevada por buenos jayanes.. ¡Dormir! ¡Por las benditas ánimas del Purgatorio!; ¡voto a Barrabás!, ¡reviento en Judas! Juro que desde el 3 de Junio de 1808 no sé lo que es una sábana. Estoy despierto, estoy velando por la patria, y temo que la dejen perecer los que duermen. Trijueque dio un resoplido, no menos fuerte que el de un mulo y se levantó. ¡Dios mío, qué hombre tan alto! Era un gigante, un coloso, la bestia heroica de la guerra, de fuerte espíritu y fortísimo cuerpo, de musculatura ciclópea, de energía salvaje, de brutal entereza, un pedazo de barro humano, con el cual Dios podía haber hecho el (p.1521) físico de cuatro almas delicadas; era el genio de la guerra en su forma abrupta y primitiva, una montaña animada, el hombre que esgrimió el canto rodado o el hacha de piedra en la época de los primeros odios de la historia; era la batalla personificada, la más exacta expresión humana del golpe brutal que hiende, abolla, rompe, pulveriza y destroza. Para que fuera más singular y extraño aquel guerrillero, cuya facha no podía mirarse sin espanto, vestía la sotana que llevaba cuando echó las llaves de la parroquia el 3 de Junio en 1808, y de un grueso cinto de cuero sin curtir pendían dos pistolas y el largo sable. Abierta la sotana desde la cintura dejaba ver sus fornidas piernas, cubiertas de un calzón de ante en muy mal uso y los pies calzados con botas monumentales, de cuyo estado no podía formarse idea mientras no desapareciesen las sucesivas capas de fango terciario y cuaternario que en ellas habían depositado el tiempo y el país. Su sombrero era la gorra peluda y estrecha que usan los paletos de Tierra de Madrid, el cual se encajaba sobre el cráneo, adaptado a un pañuelo de color imposible de definir y que le daba varias vueltas de sien a sien. Después que estiró brazos y piernas, dio dos puñetazos en la mesa, y dijo con voz temerosa: -El que quiera dormir que duerma. Yo me voy en busca del general Gui. ¡Mal cuerno! D. Vicente Sardina, risueño primero, mas luego atemorizado ante la ruidosa energía de su segundo, quiso contemporizar con él y dijo: -Bueno, mosén Antón. Celebraremos consejo de guerra. Señores oficiales, ¿qué opinan ustedes? Sin vacilar dijimos mi compañero y yo que convenía seguir el dictamen de mosén Antón. -Pues yo -dijo Sardina bostezando de nuevo y haciendo la señal de la cruz sobre la boca- creo que si marchamos esta noche, no encontraremos ni sombra de franceses. ¿Cómo es posible, señores, que la división de Gui se corriera por el lado allá del Henares?.. Vamos, que ni mosén Antón con todo su talento militar, tan grande como el de Epaminondas, me lo hará creer. -Sr. D. Vicente -dijo el clérigo (p.1522) asiendo la solapa de uniforme de Sardina-, yo me voy con los que me quieran seguir. -Poco a poco, despacito. Sepamos en qué se funda el señor pastor Curiambro para creer.. -Que vengan los espías. El jefe con voz de trueno gritó: -¡Viriato, maldito Viriato!.. ¿Dónde se ha metido ese condenado? Sorprendiome el nombre de la persona llamada, que era el ayudante de D. Vicente Sardina. El amo de la casa apareció riendo, y dijo a nuestro jefe: -El Sr. Viriato está cortejando a las mozas del pueblo. -Ya le ajustaré las cuentas a mi ayudante -dijo D. Vicente- por no estar aquí cuando le llamo. Hágame usted el favor, tío Bartolomé, de llamar al señor Santurrias, que creo está en la caballeriza. Apareció al poco rato, soñoliento y malhumorado, el venerado personaje, a quien la historia conoce con el nombre de Santurrias, y al punto reconocí su abominable efigie. Era el mismísimo acólito de D. Celestino del Malvar, el mismo rostro que no indicaba ni juventud ni vejez; la misma boca, cuyo despliegue no puedo comparar sino a la abertura de una gorra de cuartel cuando no está en la cabeza, la misma doble fila de dientes, la misma expresión de desvergüenza y descaro. -A ver, Sr. D. Gorito Santurrias, ¿qué tienes que decirme de tu espionaje? ¿Qué lugares has recorrido y qué has visto? -Mi general -dijo Santurrias respetuosamente-, anteayer, al filo de medio día, entré en Robledarcas pidiendo limosna. Llevaba la pierna pintada al modo de llaga y un niño de pecho en brazos, el niño era el que recogimos en Honrubia, cuando los franceses pegaron fuego al lugar matando a todos sus habitantes. -Bien; ¿y dónde viste al enemigo? -El chiquillo lloraba, y yo lloraba también, pidiendo limosna a los franceses que venían de Atienza. -¿Venían de Atienza? -Sí señor. Trijueque hacía gestos afirmativos y de aprobación, sin quitar los ojos del sacristán mendigo y guerrillero. -Venían con mal modo -continuó este-; y me parece que rabiaban de hambre. Un oficial me dio un pedazo de pan.. Yo pedía para el pobrecito niño de pecho que dije era mi (p.1523) nieto, pasó el general con algunos húsares, y al fin un sargento que me miró mucho, como queriendo conocerme.. Mi general, para no cansar, ello es que me dieron veinte palos, y me amenazaron con fusilarme.. ¡Qué palos! Las llagas fingidas se trocaron por mi desgracia en verdaderas, y ahora estaban descansando mis lomos en la cuadra. -Vamos a lo principal; ¿qué dirección tomaron los franceses? -No tenía yo ganas de quedarme en su compañía, después de las misas, quiero decir, de los palos, y cogiendo al chiquillo, me vine por la vuelta de Jadraque buscando a mi gente.. Allí me junté con la señá Damiana Fernández, la cual me dijo que los franceses habían ido a Cogolludo. -Que venga la señá Damiana Fernández -dijo el jefe-. ¿En dónde está? -¿Dónde ha de estar? -replicó Santurrias-. Con el señó Cid Campeador. Ambos son uña y carne, y van montados siempre en un mismo caballo. -Que la traigan -gritó el general-. ¿Pero dónde demonios está mi ayudante? ¡Viriato, Viriatillo de todos los demonios! No tardó en aparecer la señá Damiana, que era una mujer joven, delgada y de buena estatura, algo varonil, de color malo, ojos muy negros, y un conjunto de facciones, si no hermoso, regularmente simpático y agradable. Vestía de la cintura arriba arreos militares, llevando pistolas y mochila, y en la cabeza un morrioncete ladeado, cuyas carrilleras de cobre sucio se juntaban en el pico de la barba con no poco donaire. El resto de su persona lo cubría a lo mujeril, y una halda negra, sobre refajo amarillo, apenas dejaba ver las botas de cuero crudo con espuelas tan sólo en la izquierda. -¿Qué quiere saber mi general? -preguntó con marcial despejo. -¿Estás segura de que los franceses entraron en Cogolludo? -Mi general, yo fui a Montañón a llevar a mi madre los tres duros y medio que me dieron en Tor del Rábano. Dejé este vestido en Villanueva de Argecilla y poniéndome el de labranza, cogí a mis dos hermanitos, los monté en la burra y.. ¡arre!, a Miralrío.. de Miralrío, ¡arre!, a Carrascosa.. de Carrascosa, ¡arre!, a Montañón.. Mi (p.1524) madre se había muerto. Di los tres duros y medio a mi abuela y estuve llorando dos horas.. Después al volver para unirme a la gente, pasé muy cerca de Fuencemillán y vi a los franceses dentro de Cogolludo, que está a un cuarto de hora de andadura.. ¡arre!, apreté a correr.. ¡arre!, volví a Carrascosa, y llegué por la mañana a Villanueva, donde dejando los chicos, la burra y el miedo, y poniéndome el uniforme, me junté a la partida. -Está bien, señora Damiana -dijo el general-. Retírese usted y si por casualidad encuentra al tuno de mi ayudante, puede darle dos sopapos y mandármelo acá. -Está jugando al naipe con el señó D. Pelayo -contestó la guerrillera. Por tercera vez habíamos oído designar con nombres de antiguos héroes españoles a individuos de la partida, y cada vez sentíamos mi compañero y yo más vivos deseos de conocer al señó Viriato, al señó Cid Campeador, y al señó D. Pelayo. -¡Jugando al naipe! -exclamó Sardina-. Han de llevar el maldito vicio a todas partes.. En resumen, querido mosén Antón: sabemos con certeza (porque esta gente dice la verdad) que los franceses han entrado en Cogolludo. ¿En qué podemos fundamos para creer que pasen el Henares y se refugien en Brihuega? Deben de estar cansados. Por aquí no encontrarán que comer y lo más natural es que pasen a tierra de Madrid por El Casar de Talamanca. -Los franceses pasarán el Henares -dijo mosén Antón, llevando el dedo índice a la frente con tanta fuerza como si la quisiera agujerear. -Usted lo adivina sin duda. -Sí.. lo adivino, lo preveo.. no sé en qué me fundo.. -replicó el cura con cierta expresión de hombre iluminado- lo tengo aquí entre ceja y ceja.. Sr. D. Vicente; ¿me he equivocado alguna vez? Cuando he dicho «están en tal parte» ¿hemos dejado de encontrarles?.. Sepa usted que los franceses van aprendiendo de nosotros esta difícil guerra de partidas. Tantas veces les hemos sorprendido, que también ellos discurren el modo de sorprendernos.. -Lo sé, lo sé. -Pues bien.. Los franceses saben que andamos por aquí, Sr. D. Vicente; los (p.1525) franceses que escaparon de Guijosa el martes, cuando sorprendimos el destacamento, debieron decir a Gui que nos habíamos corrido por los cerros de Algora.. Gui se está empecinando.. Gui quiere ser guerrillero.. Gui quiere sorprendernos, y si descansamos, si nos dormimos, Gui nos sorprenderá.. Usted dice que el francés va hacia Madrid en busca de descanso y raciones, y yo digo que viene hacia acá en busca de gloria y de costillas que quebrantar.. No me pregunte usted en qué me fundo. El mismo mosén Antón que está hablando no lo sabe.. pero mosén Antón no se equivoca nunca, mosén Antón adivina, mosén Antón tiene un diablillo que viene a decirle al oído dónde están los franceses. Oyendo esto D. Vicente Sardina, que conocía la singular previsión estratégica de su jefe de Estado Mayor general, sacudió de súbito la pereza, y dando una fuerte palmada y levantándose, dijo: -¡Voto al demonio, que tiene razón el curita!.. Eso mismo debí pensar yo.. pero no lo pensé.. Es que soy un bruto, y luego el maldito sueño.. -¡En marcha! -gritó mosén Antón no con palabras, sino con aullidos; no con entusiasmo, sino con una exaltación salvaje. -¡En marcha! -repitió el jefe. -¡En marcha! -gritamos mi compañero y yo, sintiendo que nos identificábamos poco a poco con el silvestre militarismo de aquella gente.
Ep-9-III - La partida, a la cual desde aquella noche pertenecíamos los de tropa, se puso en movimiento. Apagose el fuego de los hogares, sacudieron el sueño los que se entregaban a él dulcemente, deshiciéronse las honestas intimidades y las tertulias que en distintas casas se habían formado entre soldados y vecinos de ambos sexos; cada cual recogió lo que pudo de condumio sólido o líquido, y unos a caballo y otros a pie salieron del pueblo. Aquel ejército marchaba en desorden. Mosén Antón y D. Vicente Sardina, que iban a la cabeza, detuviéronse en el camino junto a las últimas casas del pueblo, y entonces el primero dirigió la vista a los cuatro puntos del horizonte, recapacitó un buen espacio de tiempo, llevándose el dedo (p.1526) índice a la frente, y después volvió a dirigir el rostro a distintas partes del oscuro paisaje, no como quien mira, sino como quien olfatea. El jefe le miraba con asombro, no exento de malicia, como diciendo: -¿Por dónde nos querrá llevar este condenado? -Hay que pensar qué dirección tomaremos, señor Sardina -dijo el jefe de Estado Mayor y de la caballería-. Las veredas son nuestra ciencia militar. -Creo que no hay lugar a duda -replicó Sardina-. El sendero de Yela está diciéndonos: «corred por aquí». -No hemos de ir por ahí, sino por aquí -dijo Trijueque imperiosamente, señalando un cerro bastante elevado que a nuestra derecha teníamos-. Por aquí, por aquí. -Hombre de Dios.. ¿pero vamos a conquistar el cielo? -exclamó con displicencia Sardina-. ¿Adónde demonios vamos en esta dirección? -Por aquí -repitió el cura señalando a la tropa el cerro-. Yo sé lo que me digo. -¿En qué se funda usted para creer?.. -Me fundo en lo que me fundo -replicó con impaciencia el atroz cura guerrillero-. Y no hay más que hablar. Cuando yo lo mando sabido tengo porqué. Y a prisita, a prisita, muchachos.. hacer poco ruido. Empezamos a echarnos a pecho la cuestecilla, que era más que regular para los que marchábamos a pie. En los primeros momentos de la marcha satisfice mi curiosidad de conocer a los misteriosos personajes a quienes oí nombrar con los apodos, pues apodos eran, de Viriato, Cid Campeador y D. Pelayo, porque los tres iban junto a mí, y al punto me brindaron lo mismo que a mi compañero con su franca amistad. No eran barbudos personajes de teatro, ni fantasmas de héroes históricos evocados por la noche y la poesía, sino tres estudiantillos de Alcalá que desde el comienzo de la guerra se habían afiliado en la partida. Conservaban el traje clerical de las aulas, con el sombrerete tripico, amén de la faja de cuero para el pedreñal y un sable corvo ganado entre los despojos de cualquier acción desfavorable a los franceses. Eran muy jóvenes y uno de ellos casi tierno niño; los tres alegres, animosos, entusiasmados con aquella vida (p.1527) que para gente de otra casta será penosa, pero que para españoles ha sido, es y será siempre placentera. -Yo, señor oficial -me dijo el que llamaban Viriato-, estudiaba en la Complutense cuando declaramos la guerra a Napoleón. Soy hijo de unos labradores del Campillo de las Ranas, y vivía en Alcalá unos días de limosna, otros de la sopa boba y otros de lo que mis compañeros me quisieran dar.. En los veranos era el primer corredor de tuna que se ha conocido desde que el gran Cisneros fundó la Universidad.. De este modo y aunque no lo parezca, adelantaba mucho en mis estudios, siendo nemine discrepante en humanidades e Instituta; pero llegó la guerra y al oír yo el quadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum; al oír tal ruido de trompetas, tal redoble de tambores, tal relinchar de guerreros caballos, me sentí inflamado en bélico ardor. Cuando apareció la primera partida creí volverme loco de entusiasmo; púseme yo mismo el nombre de Viriato, en memoria del más grande y el más célebre guerrillero que hemos tenido, y soldado me soy. Esta es la mejor vida del mundo. Tengo el grado de alférez, y como esto dure, pienso no parar hasta brigadier, renunciando para siempre a los pícaros estudios, que no traen más que trabajo en la juventud y hambre en la vejez. -Brava gente es esta -exclamé-. Pensar que con semejantes hombres nos han de quitar a nuestro rey Fernando, es majadería. -No satisfecho aún -continuó Viriato- con el nombre que me puse (el mío verdadero es Aniceto Tortuera), expedí carta de heroísmo a estos venerables amigos míos, y a ese más pequeño, que apenas levanta cuatro tercios del suelo, por ser más bravo que un toro le puse Cid Campeador. Ahí donde usted le ve tan callado y modesto, hijo es del señor marqués de Aleas, uno de los señores más ricos de esta tierra; mas con tener tanta hacienda, prefiere el niño esta áspera vida a los regalos de su casa, y no se aparta de mí, su amigo y paje en Alcalá. Bien hizo el señor marqués en encomendarlo a mi cuidado y dirección durante la paz, (p.1528) porque pienso devolvérselo en disposición de conquistar a Valencia, como el otro Cid. -Mi señor padre -dijo el Cid Campeador con voz y gestos infantiles- me ha llamado varias veces enviándome veinte propios para que me lleven a casa; pero ya le he dicho que estoy aquí defendiendo a la patria y que en diez años no me hablen de casas, ni de mamás, ni de golosinas.. A fe que es triste cosa dejar esto, cuando uno va para alférez y cuando el mejor día le pueden caer del cielo las insignias de coronel. Militar quiero ser toda la vida, que no estudiante ni legista, ni físico, ni retórico, ni matemático. -De todo ha de haber en el mundo -dijo enfáticamente Viriato-, y si no ahí está mi amigo el príncipe de sangre goda D. Pelayo, que es legista de la partida. Púsele el nombre de Pelayo, por lo venerable y augusto de su persona. ¡Vean ustedes qué majestad en sus movimientos, qué mirar regio! Le miramos, y en efecto, su fisonomía era la del pillete más redomado y pulido que han dado de sí claustros universitarios, porterías de convento, mesones y posadas de estudiantes more tunesca. -Es hijo de uno de los bedeles de la Universidad -añadió Viriato-, y en fuerza de tratar con estudiantes sabe más leyes que Gregorio Sala, que el gran Madera y el célebre Montalvo reunidos. Buscaba posada a los estudiantes nuevos, acompañaba en sus diversiones a los antiguos y compraba libros viejos para cambiarlos por sotanas y zapatos. Es grande amigo nuestro y cuando llegamos a un lugar donde parece que no hay nada, él siempre encuentra algo. Señores oficiales, ustedes tendrán muchísimos buenos amigos en la partida, la cual con todos sus trabajos y fatigas vale más, mucho más que las siete famosas de D. Alfonso el Sabio, por lo cual nosotros resolvimos trocar las siete por una sola. Seguimos departiendo alegremente y cuando atravesábamos un áspero monte, sentí dentro de las mismas filas no un estruendo de combate, no un grito de guerra, no un redoble de tambor ni son bélico de cornetas, sino unos lastimeros lamentos de (p.1529) criatura de pecho, que con toda la fuerza de sus débiles pulmoncitos pedía lo que no suelen dar los ejércitos sino las amas de cría. Tan inusitados chillidos que yo no había oído en ninguna de mis campañas, despertó de tal modo mi curiosidad, que pregunté el motivo de llevar en la partida tan extraño apéndice. No tardé en divisar al Sr. Santurrias que llevando en brazos una criatura como de dos años, mal agazapada en un medio refajo amarillo, procuraba, condolido de su incapacidad para desempeñar las funciones maternas, acallarla con exhortaciones, promesas y silogismos que habrían convencido a un doctor de la Iglesia, mas no a un infeliz huérfano hambriento. -Este muchacho -me dijo Viriato- lo encontramos en un caserío donde entramos una mañana hace dos meses. Los franceses después de quemar el lugar habían matado allí mucha gente; nosotros matamos a los franceses y sólo quedó vivo ese caballero que da tales berridos. El Sr. Santurrias lo cogió, y le lleva en brazos cuando va al espionaje, fingiéndose mendigo. Nosotros le damos sopas de leche y migas de pan; pero él no quiere sino teta y más teta, porque a pesar de tener dos años no le habían despechado todavía. Cuando llegamos a un pueblo donde hay alguna mujer criando, se da buenos hartazgos, y así va viviendo el infeliz. Pasamos el rato con sus monadas y gracias infantiles, y procuramos despecharle, no sin trabajo ni malos ratos. Será un buen soldado, ¿qué digo, buen soldado? Será general, sí señores, general. Le llamamos el Empecinadillo. -Pero condenado, tragón -decía Santurrias al pobrecito personaje que llevaba en brazos- ¿no estuviste dos horas en Val de Rebollo, chupando de la señá Gumersinda?.. Pues si ella decía que le sacabas los tuétanos.. Callas, o te estrello. -Deme acá, deme acá ese Heliogábalo, señor Santurrias -dijo Viriato alargando los brazos para recoger la carga-. Ven acá, tragaldabas.. no hay teta.. Comerá usted rancho si lo hay y beberá un cuartillo de vino. Un general pidiendo teta.. calla, hombre, no toques diana, que nos vuelves sordos.. Arro, roooo.. Ahora (p.1530) llegaremos a un pueblo; sorprenderemos a los franceses, matando unos cuantos, y por fuerza habrá allí otra señora Gumersinda que te dé una mamada.. Vamos.. es preciso ir dejando esas mañas.. los hombres no maman.. Es preciso comer. ¿Para qué quieres esos dentazos? Después Viriato, arrullando al niño en sus brazos, le adormeció con cantares de cuna; y el guerrillero de dos años, metiéndose ambos puños en la boca para acallar su violento apetito, se durmió. La señá Damiana Fernández vino a pedirnos municiones. -Señá Damiana -le dijo Viriato-, cargue usted este mostrenco, que antes debe ir en sus brazos que en los míos. -Una doncella no carga chiquillos -repuso con desdén la guerrillera-; que si entro con él en el pueblo, si a mano viene creerá la gente que es mío. Hay que guardar la honra, señor Viriato. -¿Qué honra? ¡Ay, honradillo está el tiempo! Mal cosida has dejado la sotana del Cid Campeador. Damiana, por Dios, carga un rato este becerro. -Cuando los eche al mundo los cargaré.. Cartuchos, señores, un cartucho por amor de Dios. -¿El Cid, no te los da, pimpolla? Pícaro Cid Campeador.. si le cojo.. Estas conversaciones y otras igualmente festivas siguieron adelante, pero no pude gozar de ellas, porque me adelanté llamado por mosén Antón. El cura iba caballero en un gran jamelgo, que parecía, por su gran alzada, hecho de encargo, para que sobre la muchedumbre ecuestre y pedestre se destacase de un modo imponente la tosca y tremebunda estampa del jefe de Estado Mayor. Caballo y jinete se asemejaban en lo deforme y anguloso, y ambos parece que se identificaban el uno con el otro formando una especie de monstruo apocalíptico. Los brazos larguísimos y negros de mosén Antón dictando órdenes desde la altura de sus hombros; las piernas, ciñendo la estropeada silla, que echaba fuera el relleno por informes agujeros; la sotana partida en dos luengos faldones que agitaba el viento, y que en la penumbra de la noche parecían otros dos brazos u otras dos piernas, añadidas a las extremidades reales del caballero; el escueto (p.1531) cuello del corcel, ribeteado por desiguales crines que le daban el aspecto de una sierra; su cabeza negra y descomunal, que moviéndose a compás de las patas, parecía un martillo hiriendo en invisible yunque, el son metálico de las herraduras medio caídas, que iban chasqueando como piezas próximas a desprenderse; todo esto, que no se parecía a cosa ninguna vista por mí, se ha quedado hasta hoy fijamente grabado en mi memoria.
Ep-9-IV - -A esos barbilindos que ha traído usted -me dijo mosén Antón, mirando hacia abajo como quien está en lo alto de una torre-, ¿se les puede confiar una comisión delicada? -Sí, mi coronel -respondí-. Ya saben lo que se hacen. -Una comisión delicada -repitió-, por ejemplo, tapar la salida de un pueblo, poniéndose como muralla de carne desde una casa a otra. -Haremos todo lo que se nos mande, pues para eso hemos venido. Mientras esto hablábamos miré al jefe de la partida, el cual con las manos cruzadas sobre la barriga, aflojadas las riendas del caballo y dejándole marchar pausadamente, se había sumergido en beatífico sueño. Despierto, vigilante, inquieto como un sabueso que adivina la presa, mosén Antón escudriñaba con sus ojos de buitre el estrecho horizonte del valle por donde caminábamos y las cercanas colinas. Habíamos comenzado a descender, y a nuestra izquierda el cielo empezaba a teñirse de rosa y pálido oro, anunciando el cercano día. Las crestas de los cerros irregulares cuyas siluetas semejaban, cual un perro dormido, cual un pellejo de vino, principiaban a aclararse, dejando ver desparramados caseríos, manchas de carrascales, olmedas y grupos de colmenas. -Quiero saber otra cosa -me dijo mosén Antón inclinándose de nuevo sobre mí, como un picacho próximo a desprenderse-. En caso de entrar en combate las tropas regulares que manda usted y su amigo ¿deben batirse por separado o mezcladas con mi gente? -Creo que de una manera u otra lo harán bien. Mezclándolas se evitan las envidias y la rivalidad que siempre existe entre la tropa del (p.1532) ejército y la voluntaria. La cara de mosén Antón se contrajo de un modo especial, indicando disgusto. -Ya, ya comprendo lo que mi coronel desea -dije con viveza, y era verdad que lo comprendía-. Lo que mi coronel quiere es precisamente que exista esa rivalidad y emulación. Ahora caigo en que lo mejor es hacerles pelear por separado para que unos se estimulen con el ejemplo de los otros, si hay diferencia en el modo de combatir. -Muy bien, señor oficial -repuso con satisfacción-, veo que usted tiene todo el saber militar en la punta de la uña. Llegamos a lo hondo de un estrecho barranco y la partida hizo alto. Mosén Antón dispuso que se guardase el mayor silencio y D. Vicente Sardina despertó exclamando: -¿Qué hay? ¿Hemos dado con los franceses? ¡A ellos!.. ¡Que se escapan!.. ¡Viva Fernando VII, muera Napoleón! -Despabílese usted, hombre -dijo entre veras y burlas el cura-. Aquí no se ven franceses más que en sueños. -¿Acaso yo dormía..? -No, velaba. -Eso es un insulto, mosén Antón.. Sostener que el jefe de la partida dormía, cuando.. Si se me cerraron los ojos fue porque estaba recapacitando sobre la bobería y descuido de esos tontos de franceses que se dejan sorprender.. -Silencio -dijo el jefe de Estado Mayor, bajándose del caballo-, voy a hacer un reconocimiento. -Sí -indicó con burlona malignidad Sardina-. Puede que detrás de aquella peña esté el general Gui, con veinte mil hombres.. Pero si no me engaño, tras aquel muro arruinado se ve el sombrerito de Napoleón. Gran presa hemos hecho.. Lo menos caen hoy en nuestras manos cincuenta mil gabachones. -Descabece usted otro sueño -dijo Trijueque. -¿Pero dónde estamos? Por fuerza este endiablado cura nos ha traído a Madrid. ¿Apostamos a que quiere sorprender al rey José en su misma corte y cogerle prisionero? ¿Aquel mojón no es la puerta de Atocha..? ¡Pero quia! Si es una colmena.. ¿no hubiera sido más cuerdo quedarnos sosegadamente en aquel cómodo lugar de Val de Rebollo? A esta hora ni a usted ni a mí nos hubiera faltado un buen (p.1533) tazón de chocolate. Mosén Antón no contestaba a las burlas de su jefe, y haciéndonos señas de que le siguiéramos, a mí, al Sr. Viriato y a otro guerrillero llamado Narices, hombre pequeño, flaco y resbaladizo como una culebra, llevonos por una vereda adelante y por entre espesos carrascales, cuyas ramas apartábamos a un lado y a otro para poder pasar. -No hacer ruido -nos decía a cada momento-. Si el enemigo está donde sospecho, tendrá por aquí sus escuchas. Mosén Antón apartaba, tronchándolas, ramas corpulentas que impedían el paso. El jabalí perseguido no se abre camino en la trocha con mejor arte. A ratos se agachaba, atendiendo con viva ansiedad; pintábase en su rostro, tan feo como expresivo, una dolorosa duda; volvía a emprender el paso y por último llegamos a lo más alto del cerro y a un punto desde donde se veía otra hondonada como aquella en que acababa de hacer alto la partida. En la meseta donde nos hallábamos el monte tenía una extensa calva, no reapareciendo la vegetación sino en lo más bajo del declive. Mosén Antón se echó de barriga en el suelo. Parecía una inmensa cigarra negra en el momento en que, contrayendo las angulosas zancas y plegando las alas, se dispone a dar el salto. Nos colocamos a su lado en análoga posición y entonces nos habló así: -¿Ven ustedes abajo el pueblo? En efecto; bajo nosotros se veían los tejados rojos de algunas casas apiñadas. -Ese pueblo es Grajanejos -añadió-. Anoche se me metió en la cabeza que los franceses que estaban en Cogolludo habían de venir a pernoctar aquí por Miralejo.. Se me metió en la cabeza, sí señores; y cuando a mí se me mete una cosa en la cabeza.. -Tiene que suceder, aunque Dios no quiera -dijo Viriato -Yo no me equivoco -añadió con cierta confusión el padre Trijueque-. Yo dije: «Pues que los franceses están en Cogolludo de regreso de Aragón, han de tomar una de estas dos direcciones, o la vuelta del Casar de Talamanca para ir a tierra de Madrid, o la vuelta de Grajanejos para tomar el camino real y marchar hacia (p.1534) Guadalajara o hacia Brihuega». El primer movimiento es inverosímil, porque están muy hambrientos y habían de tardar tres o cuatro días en llegar a la Corte: el segundo movimiento es seguro, y sentado que es seguro, ahora digo: «Si pasan el Henares, ¿cuál puede ser su intención? O tratar de sorprendernos en este laberinto de bancos y pequeños valles, lo cual sería fácil si ellos fueran nosotros y nosotros ellos, o simplemente guarecerse dentro de los muros de Brihuega o Guadalajara, donde tienen abundantes provisiones». En uno u otro caso, entrarán en el camino real, que está a nuestra vista. Observen ustedes; a la luz de la aurora se ve claramente el camino real que va desde Madrid a Zaragoza. Es una hermosa calzada, que podría empedrarse con los cráneos de franceses que hemos matado en ella. Vimos en efecto el camino real de Aragón que serpenteaba entre el arroyo y la montaña de enfrente, siguiendo las sinuosidades del angosto valle. -Todos esos cálculos -dijo Viriato- son admirables, y demuestran el consumado talento de vuecencia. ¡Y dice mosén Antón que no ha estudiado lógica!.. no puede ser. Lo que hay de malo en esto, es que por de pronto esas ingeniosas previsiones han resultado fallidas, porque yo estoy ciego de tanto mirar y no veo franceses en Grajanejos. Mosén Antón no decía nada, y miraba atentamente a los extremos visibles del valle y a las suaves colinas que enfrente teníamos. En su rostro se pintaba una ira reconcentrada y profunda; apretaba las mandíbulas; fruncía el ceño, haciendo culebrear las cejas negras y espesas como dos bigotes y el resoplido de su aliento no discrepaba en fuerza y calor del de un caballo. He dicho que se había tendido de barriga, con las palmas de las manos en tierra y los codos en alto, en actitud muy parecida a la de los cigarrones cuando se disponen a dar el salto. De súbito mosén Antón saltó todo lo que puede saltar un hombre en tal postura; levantose en pie, extendió los brazos, lanzaron las cavidades de su pecho un graznido de ave de rapiña, (p.1535) brilló el rayo en sus ojos y señalando a la derecha hacia el punto donde desaparecía el valle formando un recodo, exclamó: -¡Los franceses, ahí están los franceses! No vimos nada; pero oímos un rumor vago y lejano que acrecían con sus hondos ecos las angosturas del valle. Era ruido de caballos, de gentes de armas, el ruido a ningún otro parecido de un ejército que se acerca. -¿No lo dije? ¿No lo dije?.. ¿Me he equivocado alguna vez? -gritaba mosén Antón desfigurado por el júbilo, con toda su persona descompuesta y alterada, cual máquina que se va a desengranar-. Cogidos, cogidos en una ratonera. Ni uno sólo escapará.. Lo que pensé, lo mismo que pensé; pasaron el Henares por Carrascosa, subieron a los altos de Miralrío, vadearon el Vadiel y han cogido el camino real en Argecilla.. Todo esto lo estaba yo viendo anoche, señores, lo estaba viendo como se ve un cuadro que uno tiene delante. Agitaba los brazos, sacudía las piernas y ponía en movilidad espantosa todos los músculos de su rostro, asemejándose a Satanás cuando padece un ataque de nervios, si es que el ministro de la eterna sombra experimenta iguales debilidades que las damas del mundo visible; desenvainaba su sable, volvíalo a envainar, frotábase las anchas manos con tal presteza que causaba asombro que no despidieran chispas; se acomodaba en la cabeza el mugriento pañizuelo y la gorrilla, se apretaba el cinto y profería vocablos ya patrióticos, ya indecentes, mezclados con blasfemias usuales y aforismos de guerra. Las avanzadas de los franceses aparecieron en el camino real. -¡Con cuánta confianza vienen! -dijo mosén Antón-. Esos bobalicones no aprenden nunca. No flanquean la marcha. ¿Ven ustedes columnas volantes en las alturas? -Por este lado -dijo Viriato- se ven brillar algunos cañones de fusil. -Retirémonos abajo -dijo Trijueque-. Dejémosles entrar tranquilamente en el pueblo. Poco después de esto, la partida marchaba despacio y con orden admirable por una senda de escasa pendiente que conducía faldeando el cerro en (p.1536) repetidas vueltas al lugar de Grajanejos. Mosén Antón dispuso que una parte de la fuerza se escondiese en el carrascal, adelantándose con toda precaución para no ser vista ni oída. El resto marchó adelante. -Mucho silencio -dijo Sardina-, mucho silencio. Cuidado no se escape algún tiro.. Al que respire fuerte, le fusilo. Cuando esto decía, oyose un chillido prolongado y lastimero. Era el Empecinadillo que pedía la teta. -Si ese condenado chiquillo no calla -exclamó mosén Antón con furia-, arrojarle l barranco. El Empecinadito, extraño a la estrategia, seguía gritando. El jefe de Estado Mayor, que llevaba del diestro a su caballo, se detuvo ciego de ira, y repitió: -¡Arrojarle al barranco! ¿No hay quien le tape la boca a ese trompetero de mil demonios? El Sr. Santurrias se esforzó en hacer callar al pobre niño, mas no le convencían los argumentos empleados, ni aunque se le dijo «que te va a comer mosén Antón», se resignó a la obediencia que el grave caso requería. Al fin creo que taparon su boca o sofocaron sus gritos envolviéndole en sus propios abrigos, con lo cual se libró por aquella vez de ser arrojado al barranco en castigo de sus escandalosos discursos. D. Vicente Sardina, de acuerdo con su segundo, dispuso que los de la izquierda de la senda nos adelantáramos con objeto de cortar la salida del pueblo por el camino real en dirección opuesta a aquella por la cual entraban los franceses. -No me fío de estos señoritos -dijo mosén Antón al vernos partir-. Que vaya el Crudo con ellos. ¡Crudo, Crudo! Presentose un guerrillero rechoncho y membrudo, bien armado y que parecía hombre a propósito lo mismo para un fregado que para un barrido en materia de guerra. -Crudillo -ordenó el jefe- a ti y a estos señores os toca cortar la salida por abajo. Lleva cien hombres de lo bueno. Apretar de firme. Reforzados por la gente de el Crudo, que era de lo mejor que había en la partida, emprendimos la marcha por un suave declive que nos condujo a las inmediaciones del camino real por el mediodía del pueblo. Los otros al hallarse (p.1537) próximos y con la ventaja que les daba su excelente posición en lo alto, atacaron a un pequeño destacamento francés que avanzó a reconocer la altura, mientras el resto de la fuerza enemiga descansaba en el pueblo. Esta conoció al punto que había sido sorprendida y pensando en defenderse ocupó precipitadamente las casas. Los de la partida les atacaron, no sólo con brío, sino con plena confianza por la fuerza moral que la sorpresa les daba, y los franceses se defendían mal a causa de la turbación del cansancio y la estrechez del lugar en que se habían metido. Después de un breve combate, los enemigos comprendieron que no tenían otra salvación que la fuga por la carretera abajo o bien por la misma dirección de Argecilla que habían traído en sentido contrario. Muchos intentaron escapar por donde estábamos; pero viendo bien guardada la salida, y divisando hacia aquella parte uniformes de ejército y hasta veinte caballos que en su atolondramiento se les figuraron doscientos, creyeron que todo el segundo ejército al mando de D. Carlos O'Donnell, se había corrido desde Cuenca a tomar el camino de Aragón, y optaron por la salida opuesta. El barullo y confusión que esto produjo en sus azoradas tropas fue tal que D. Vicente Sardina con su gente escogida acuchilló sin piedad y sin riesgo a muchos infelices que no hacían fuego ni tenían alma y vida más que para buscar entre el laberinto de callejuelas el mejor hueco que les diera salida de tal infierno. Algunos que advirtieron la imposibilidad de retroceder sin ser despedazados en la pequeña plaza, arriesgáronse a abrirse camino por el Mediodía, y vimos que se nos echó encima regular masa de caballería, cuya decidida carrera y varonil decisión nos hizo temblar un momento. Habíamos ocupado la casa del portazgo, y en el breve espacio de tiempo de que dispusimos habíamos amontonado allí algunas piedras, ramas y troncos que encontramos a mano. Se les hizo fuego nutrido, y cuando los briosos caballos saltaban relinchando con furia por entre los obstáculos allí mal (p.1538) puestos, el Crudo lanzose con los suyos, quien a la bayoneta, quien esgrimiendo la navaja, a dar cuenta de los pobres dragones. Estimulados por el ejemplo, corrimos los demás y pudimos detener el empuje de los caballos y desarmar los infantes que tras ellos corrían. Duró poco este lance; pero fue de los de cáscara amarga, y en él perdimos alguna gente, aunque no tanta como los enemigos. Bastantes de éstos murieron, y excepto dos o tres que fiados en la enorme bravura de sus caballos lograron escapar, todos los vivos fueron hechos prisioneros. Cuando presentamos nuestra presa a don Vicente Sardina y a mosén Antón, que estaban en la plaza dictando órdenes para asegurar la victoria, ambos nos felicitaron con calor. -Es preciso pegar fuego a este condenado Grajanejos -dijo mosén Antón-. Es un lugar de donde salen todos los espías de los franceses. -Quemarle no -repuso Sardina con benevolencia. -Eso es, eso es -dijo con arrebatos de destrucción el jefe de la caballería-. Mieles y más mieles. Así los pueblos se ríen de nosotros. En Grajanejos han tenido los franceses muy buen acomodo, y se susurra que de aquí han sacado ellos más raciones en un día que nosotros en un mes. -No se hable más de eso -dijo Sardina-. El pueblo no será quemado. ¿Para qué? No rebajemos la gloria de esta gran jornada con una atrocidad. Gran día ha sido este.. Bien sabía yo que los franceses habían de venir aquí.. Mosén Antón, nada de quemar. Mande usted saquear el lugar, y al vecino que oculte algo tirarle de las orejas.. -Señor Mosca Verde -dijo mosén Antón a un guerrillero que venía a recibir órdenes-. ¿Cuántos prisioneros tenemos? -Sesenta y ocho he contado ya. Entre ellos un coronel. -Es demasiada gente -repuso el cura-; sesenta y ocho bocas a las cuales es preciso dar pan. Señor Sardina ¿doy la orden de quintarlos? -¿Para qué? -dijo el jefe-. Dejémosles las vidas, y los entregaremos sanos y mondos a D. Juan Martín para que haga de ellos lo que quiera.. ¿Pero no hay en este infernal pueblo un poco de chocolate?.. ¡Señor Viriato (p.1539) de mil demonios!.. que siempre ha de desaparecer el tuno de mi ayudante cuando más lo necesito.. -Aquí estoy mi general -gritó Viriato, que venía corriendo con una sarta de chorizos en la mano-. ¿Pedía vuecencia chocolate? Ya lo he mandado hacer para vuecencia y mosén Antón. -Yo -dijo este- tengo bastante para todo el día con un pedazo de pan y queso, señor Viriato; o si no dadme uno de esos chorizos y buscadme un zoquete que lo acompañe.. Si todos fueran tan sobrios como yo.. Repito que será preciso quintar a los prisioneros, si nuestra gente ha de tener ración para tres días. -Mando que no se fusile a ningún prisionero -dijo Sardina-. ¿Se niegan los vecinos a dar lo que tienen? -No señor -respondió Mosca Verde-. No se niegan porque como no dan, sino que lo tomamos.. Algunas arcas repletas de pan y queso y miel se han encontrado. -¿Ha muerto alguna gente dentro de las casas? -Nada más que el tío Genillo el albéitar, que está clavado en la pared como un murciélago. -Pero ese chocolate, ese chocolate.. Señor Viriato, ¿sabe usted que tengo más hambre que seis estudiantes juntos? Presentose de improviso Santurrias, diciendo: -Mi general, hemos encontrado al fin a una mujer con cría; pero no quiere dar de mamar al Empecinadillo. -¡Qué alevosía, qué desacato! -exclamó mosén Antón-. Que la fusilen al momento. -Venga acá esa señora, y yo la haré entrar en razón -dijo con benevolencia Sardina-. Este Trijueque quiere fusilar a todo el género humano. El Cid Campeador, la señá Damiana y otro guerrillero trajeron casi arrastrada a una mujer joven y hermosa, la cual clamando al cielo con lastimeros gritos, se esforzaba en desasirse de los brazos de aquellos bárbaros. -Aquí está, aquí, mi general, la mala patriota, la afrancesada. -Señora -dijo mosén Antón mirando a la buena mujer con fieros y aterradores ojos-, ¿no sabe usted que la hacienda del buen español ha de ponerse a disposición de los buenos servidores de la patria y del rey? -La hacienda sí, pero no los pechos -repuso la mujer con varonil (p.1540) denuedo. -Señora, rece usted el credo -vociferó Trijueque-. Que vengan cuatro escopeteros. Atadle las manos a la espalda. -Pues qué, ¿me quieren fusilar? -gritó la infeliz con angustia. -Este condenado mosén Antón -me dijo en voz baja Sardina- quiere hoy una víctima, y al fin habrá que dársela. Creyendo luego conveniente interponer su autoridad para impedir un hecho abominable, habló así: -Buena mujer, ponga usted sus pechos a disposición de la patria y del rey.. El Empecinadillo es hijo adoptivo de este ejército.. dele usted de mamar, y tengamos la fiesta en paz.. Y a usted, Sr. Santurrias, le ordeno que despeche a ese becerro de dos años lo más pronto posible o que lo deje en cualquiera de estos lugares. Todos los días hay una cuestión por la teta que necesita el muñeco. La hermosa mujer comprendiendo el peligro que le amenazaba, si no ponía a disposición de la patria los dones que natura le concediera, tomó al muchacho y lo arrimó a su seno. El gusto que debió experimentar nuestro Empecinadillo cuando se vio regalado con lo que en abundancia tenía su improvisada madre, figúreselo el lector y traiga a la memoria las hambres y los hartazgos de sus verdes niñeces, si es que tan remotas impresiones pueden venir a la memoria. El huerfanillo tragaba con voracidad insaciable, y según la fuerza con que sus manecitas apretaban lo que tenían más cerca, parecía querer tragarse también aquellas partes, causa de su regocijo, y que demostraban la longanimidad del Criador para con la señá Librada, pues tal era el nombre de aquella mujer. Los circunstantes veían con alborozo el glotón rechupar del huérfano, y aplaudían en coro diciendo: -¡Cómo traga! ¡La va a dejar en los huesos! Es un fraile dominico que nunca acaba de llenar el buche. D. Vicente Sardina, que continuaba teniendo más hambre que seis estudiantes, miraba al hijo de la guerrilla con ansiosa envidia.
Ep-9-V - Cuando el jefe marchó a despachar el almuerzo que le había dispuesto el señor Viriato, mosén Antón me dijo: -Veo que (p.1541) están ustedes indignados y con mucha razón. No se castiga a nadie, no se escarmienta a los pueblos, no se procura hacer respetables a los soldados de la patria y el rey.. Paciencia, señores. Ustedes están indignados como yo por las blanduras de D. Vicente Sardina y D. Juan Martín. El mal viene de arriba, del jefe de nuestro ejército. Le respondimos que en efecto era grande nuestra cólera; pero que confiábamos en el inmediato triunfo de las ideas de justicia contra la anticuada y rutinaria bondad del jefe de la partida. Él se consoló un poco con esto y fue a dictar órdenes para la mayor seguridad de los prisioneros. No permanecimos muchas horas en Grajanejos, y cuando la tropa se racionó con lo poco que allí se encontrara, dieron orden de marchar hacia la sierra, en dirección al mismo pueblo de Val de Rebollo, de donde habíamos partido. Nada nos aconteció en el camino digno de contarse, hasta que nos unimos al ejército (pues tal nombre merecía) de D. Juan Martín, general en jefe de todas las fuerzas voluntarias y de línea que en aquel país operaban. El encuentro ocurrió en Moranchel. Venían ellos de Sigüenza por el camino de Mirabueno y Algora, y nosotros, que conocíamos su dirección, pasamos el Tajuña y lo remontamos por su izquierda. Caía la tarde cuando nos juntamos a la gran partida. Los alrededores de Moranchel estaban poblados de tropa, que nos recibió con aclamaciones por la buena presa que llevábamos, y al punto la gente de nuestras filas se desparramó, difundiéndose entre la gente empecinada, como un arroyo que entra en un río. Encontré algunos conocidos entre los oficiales de línea del segundo y tercer ejército, que D. Juan Martín había recogido en distintos puntos, según las órdenes de Blake, y me contaron la insigne proeza de Calatayud, realizada algunos días antes. Yo tenía suma curiosidad de ver al famoso Empecinado, cuyo nombre, lo mismo que el de Mina, resonaba en aquellos tiempos con estruendo glorioso en toda la Península, y a quien los más se representaban como un (p.1542) héroe de los antiguos tiempos, resucitado en los nuestros como una prueba de la protección del cielo en la cruel guerra que sosteníamos. No tardé en satisfacer mi curiosidad, porque D. Juan Martín salió de su alojamiento para visitar a los heridos que habíamos traído desde Grajanejos. Cuando se presentó delante de su gente advertí el gran entusiasmo y admiración que a esta infundía, y puedo asegurar que el mismo Bonaparte no era objeto por parte de los veteranos de su guardia de un culto tan ferviente. Era D. Juan Martín un Hércules de estatura poco más que mediana, una organización hecha para la guerra, una persona de considerable fuerza muscular, un cuerpo de bronce que encerraba la energía, la actividad, la resistencia, la terquedad, el arrojo frenético del Mediodía, junto con la paciencia de la gente del Norte. Su semblante moreno amarillento, color propio de castellanos asoleados y curtidos, expresaba aquellas cualidades. Sus facciones eran más bien hermosas que feas, los ojos vivos, y el pelo, aplastado en desorden sobre la frente, se juntaba a las cejas. El bigote se unía a las pequeñas patillas, dejando la barba limpia de pelo, afeite a la rusa, que ha estado muy en boga entre guerrilleros, y que más tarde usaron Zumalacárregui y otros jefes carlistas. Envolvíase en un capote azul que apenas dejaba ver los distintivos de su jerarquía militar, y su vestir era en general desaliñado y tosco, guardando armonía con lo brusco de sus modales. En el hablar era tardo y torpe, pero expresivo, y a cada instante demostraba no haber cursado en academias militares ni civiles. Tenía empeño en despreciar las formas cultas, suponiendo condición frívola y adamada en todos los que no eran modelo de rudeza primitiva y sí de carácter refractario a la selvática actividad de la guerra de montaña. Sus mismas virtudes y su benevolencia y generosidad eran ásperas como plantas silvestres que contienen zumos salutíferos, pero cuyas hojas están llenas de pinchos. Poseía en alto grado el genio de la pequeña guerra, (p.1543) y después de Mina, que fue el Napoleón de las guerrillas, no hubo otro en España ni tan activo ni de tanta suerte. Estaba formado su espíritu con uno de los más visibles caracteres del genio castizo español, que necesita de la perpetua lucha para apacentar su indomable y díscola inquietud, y ha de vivir disputando de palabra u obra para creer que vive. Al estallar la guerra se había echado al campo con dos hombres, como D. Quijote con Sancho Panza, y empezando por detener correos acabó por destruir ejércitos. Con arte no aprendido, supo y entendió desde el primer día la geografía y la estrategia, y hacía maravillas sin saber por qué. Su espíritu, como el de Bonaparte en esfera más alta, estaba por íntima organización instruido en la guerra y no necesitaba aprender nada. Organizaba, dirigía, ponía en marcha fuerzas diferentes en combinación, y ganaba batallas sin ley ninguna de guerra, mejor dicho, observaba todas las reglas sin saberlo, o de la práctica instintiva hacía derivar la regla. Suele ser comparada la previsión de los grandes capitanes a la mirada del águila que, remontándose en pleno día a inmensa altura, ve mil secretos escondidos a los vulgares ojos. La travesura (pues no es otra cosa que travesura) de los grandes guerrilleros puede compararse al vigilante acecho nocturno de los pájaros de la última escala carnívora, los cuales desde los tejados, desde las cuevas, desde los picachos, torreones, ruinas y bosques atisban la víctima descuidada y tranquila para caer sobre ella. En las guerrillas no hay verdaderas batallas; es decir, no hay ese duelo previsto y deliberado entre ejércitos que se buscan, se encuentran, eligen terreno y se baten. Las guerrillas son la sorpresa, y para que haya choque es preciso que una de las dos partes ignore la proximidad de la otra. La primera calidad del guerrillero, aun antes que el valor, es la buena andadura, porque casi siempre se vence corriendo. Los guerrilleros no se retiran, huyen y el huir no es vergonzoso en ellos. La base de su estrategia es el arte de reunirse y dispersarse. Se condensan para caer como la (p.1544) lluvia, y se desparraman para escapar a la persecución; de modo que los esfuerzos del ejército que se propone exterminarlos son inútiles, porque no se puede luchar con las nubes. Su principal arma no es el trabuco ni el fusil, es el terreno; sí, el terreno, porque según la facilidad y la ciencia prodigiosa con que los guerrilleros se mueven en él, parece que se modifica a cada paso prestándose a sus maniobras. Figuraos que el suelo se arma para defenderse de la invasión, que los cerros, los arroyos, las peñas, los desfiladeros, las grutas son máquinas mortíferas que salen al encuentro de las tropas regladas, y suben, bajan, ruedan, caen, aplastan, ahogan, separan y destrozan. Esas montañas que se dejaron allá y ahora aparecen aquí, estos barrancos que multiplican sus vueltas, esas cimas inaccesibles que despiden balas, esos mil riachuelos, cuya orilla derecha se ha dominado y luego se tuerce presentando por la izquierda innumerable gente, esas alturas, en cuyo costado se destrozó a los guerrilleros y que luego ofrecen otro costado donde los guerrilleros destrozan al ejército en marcha: eso y nada más que eso es la lucha de partidas; es decir, el país en armas, el territorio, la geografía misma batiéndose. Tres tipos ofrece el caudillaje en España, que son: el guerrillero, el contrabandista, el ladrón de caminos. El aspecto es el mismo: sólo el sentido moral les diferencia. Cualquiera de esos tipos puede ser uno de los otros dos sin que lo externo varíe, con tal que un grano de sentido moral (permítaseme la frase) caiga de más o de menos en la ampolleta de la conciencia. Las partidas que tan fácilmente se forman en España pueden ser el sumo bien o mal execrable. ¿Debemos celebrar esta especial aptitud de los españoles para consagrarse armados y oponer eficaz resistencia a los ejércitos regulares? ¿Los beneficios de un día son tales que puedan hacernos olvidar las calamidades de otro día? Esto no lo diré yo, y menos en este libro donde me propongo enaltecer las hazañas de un guerrillero insigne que siempre se condujo movido por (p.1545) nobles impulsos, y fue desinteresado, generoso, leal, y no tuvo parentela moral con facciosos, ni matuteros, ni rufianes, aunque sin quererlo, y con fin muy laudable, cual era el limpiar a España de franceses, enseñó a aquellos el oficio. Los españoles nacieron para descollar en varias y estimadísimas aptitudes, por lo cual tenemos tal número de santos, teólogos, poetas, políticos, pintores; pero con igual idoneidad sobresalen en los tres tipos que antes he indicado, y que a los ojos de muchos parece que son uno mismo, según las lamentables semejanzas que nos ofrece la historia. Yo traigo a la memoria la lucha con los romanos y la de siete siglos con los moros, y me figuro qué buenos ratos pasarían unos y otros en esta tierra, constantemente hostigados por los Empecinados de antaño. Guerrillero fue Viriato, y guerrilleros los jefes de mesnada, los Adelantados, los condes y señores de la Edad Media. Durante la monarquía absoluta, las guerras en país extraño llevaron a América, Italia, Flandes y Alemania a todos nuestros bravos. Pero aquellos gloriosos paseos por el mundo cesaron, y España volvió a España, donde se aburría, como el aventurero retirado antes de tiempo a la paz del fastidioso hogar, o como don Quijote lleno de bizmas y parches en el lecho de su casa, y ante la tapiada puerta de la biblioteca sin libros. Vino Napoleón y despertó todo el mundo. La frase castellana echarse a la calle es admirable por su exactitud y expresión. España entera se echó a la calle, o al campo; su corazón guerrero latió con fuerza, y se ciñó laureles sin fin en la gloriosa frente; pero lo extraño es que Napoleón, aburrido al fin se marchó con las manos en la cabeza, y los españoles, movidos de la pícara afición, continuaron haciendo de las suyas en diversas formas, y todavía no han vuelto a casa. La guerra de la Independencia fue la gran academia del desorden. Nadie le quita su gloria, no señor: es posible que sin los guerrilleros la dinastía intrusa se hubiera afianzado en España, por lo menos hasta la Restauración. A (p.1546) ellos se debe la permanencia nacional, el respeto que todavía infunde a los extraños el nombre de España, y esta seguridad vanagloriosa, pero justa que durante medio siglo hemos tenido de que nadie se atreverá a meterse con nosotros. Pero la guerra de la Independencia, repito, fue la gran escuela del caudillaje, porque en ella se adiestraron hasta lo sumo los españoles en el arte para otros incomprensible de improvisar ejércitos y dominar por más o menos tiempo una comarca; cursaron la ciencia de la insurrección, y las maravillas de entonces las hemos llorado después con lágrimas de sangre. ¿Pero a qué tanta sensiblería, señores? Los guerrilleros constituyen nuestra esencia nacional. Ellos son nuestro cuerpo y nuestra alma, son el espíritu, el genio, la historia de España; ellos son todo, grandeza y miseria, un conjunto informe de cualidades contrarias, la dignidad dispuesta al heroísmo, la crueldad inclinada al pillaje. Al mismo tiempo que daban en tierra con el poder de Napoleón, y nos dejaron esta lepra del caudillaje que nos devora todavía. ¿Pero estáis definitivamente juzgados ya, oh insignes salteadores de la guerra? ¿Se ha formado ya vuestra cuenta, oh, Empecinado, Polier, Durán, Amor, Mir, Francisquete, Merino, Tabuenca, Chaleco, Chambergo, Longa, Palarea, Lacy, Rovira, Albuín, Clarós, Saornil, Sánchez, Villacampa, Cuevillas, Aróstegui, Manso, el Fraile, el Abuelo? No sé si he nombrado a todos los pequeños grandes hombres que entonces nos salvaron, y que en su breve paso por la historia dejaron la semilla de los Misas, Trapense, Bessieres, el Pastor, Merino, Ladrón, quienes a su vez criaron a sus pechos a los Rochapea, Cabrera, Gómez, Gorostidi, Echevarría, Eraso, Villarreal, padres de los Cucala, Ollo, Santés, Radica, Valdespina, Lozano, Tristany, y varones coetáneos que también engendrarán su pequeña prole para lo futuro.
Ep-9-VI - Perdóneseme la digresión y a toda prisa vuelvo a mi asunto. No sé si por completo describí la persona de D. Juan Martín, a quien nombraban el Empecinado por ser tal mote común a los hijos de (p.1547) Castrillo de Duero, lugar dotado de un arroyo de aguas negruzcas, que llamaban pecina. Si algo me queda por relatar, irá saliendo durante el curso de la historia que refiero; y como decía, señores, D. Juan Martín salió de su alojamiento a visitar los heridos, y al regresar, envionos a mi compañero y a mí orden de que nos presentásemos a él. Después de tenernos en pie en su presencia un cuarto de hora sin dignarse mirarnos, fija su atención en los despachos que redactaba un escribiente, nos preguntó: -A ver, señores oficiales, díganme con franqueza, qué les gusta más, ¿servir en los ejércitos regulares o en las partidas? -Mi general -le respondí- nosotros servimos siempre con gusto allí donde tenemos jefes que nos den ejemplo de valor. No nos contestó y fijando los ojos en el oficio que torpemente escribía el otro a su lado, dijo con muy mal talante: -Esos renglones están torcidos.. ¡Qué dirá el general cuando tal vea!.. Pon muy claro y en letras gordas eso de obedeciendo las órdenes de vuecencia.. pues. Después de los latines.. (porque estos principios son latines o boberías), pon: participo a vuecencia y pongo en conocimiento de vuecencia; pero son éstos muchos vuecencias juntos.. El Empecinado se rascaba la frente buscando inspiración. -Bueno: ponlo de cualquier modo.. Ahora sigue.. que hallándonos en Ateca el general Durán y yo.. Animal, Ateca se pone con H.. eso es, que hallándonos en Ateca, risolvimos.. está muy bien.. risolvimos con dos erres grandes a la cabeza.. así se entiende mejor.. atacar a Calatayud.. Calatayud también se pone con H.. no, me equivoco. Maldita gramática. Luego, volviéndose a nosotros, nos dijo: -Aguarden ustedes un tantico que estoy dictando el parte de la gran acción que acabamos de ganar. Emprendiéndola de nuevo con el escribiente, prosiguió así: -¡Si tú supieras de letras la mitad que aquel bendito escribano de Barrio-Pedro, que nos mataron el mes pasado! Estas letras gordas y claras, con un rasguito al fin que dé vueltas, y los palos derechitos.. Cuidado con los puntos sobre las (p.1548) íes.. que no se te olviden.. ponlos bien redondos.. Sigamos. Yo (coma) no llevaba conmigo (coma) más que la mitad (coma) de la gente (dos comas). -No son necesarias tantas comas -replicó con timidez el escribiente. -La claridad es lo primero -dijo el héroe- y no hay cosa que más me enfade que ver un escrito sin comas, donde uno no sabe cuándo ha de tomar resuello. Bien; puedes comearlo como quieras.. Adelante.. porque había dejado en tierra de Guadalajara la división de D. Antonio Sardina; pero Durán llevaba consigo toda su gente, y toda la de D. Antonio Tabuenca y D. Bartolomé Amor (punto, un punto grande). Reuníamos entre todos 5.000 hombres.. ¿Hombres con h? Me parece que se pone sin h.. No estoy seguro. En el infierno debe estar el que inventó la otografía, que no sirve más sino para que los estudiantes y los gramáticos se rían de los generales.. Adelante: Pues como iba diciendo a vuecencia.. no, no: quita el como iba diciendo.. eso no es propio, y pon: el 26 de Setiembre entre dos luces, aparecimos Durán y yo sobre Calatayud y les sacudimos a los franceses tan fuerte paliza.. -Eso de paliza -dijo el escribiente mordiendo las barbas de la pluma- no me parece tampoco muy propio. -Hombre, tienes razón -repuso el Empecinado rascándose la sien y plegando los párpados-. Pero es lo cierto que no sabe uno cómo decir las cosas, para que tengan brío.. En los oficios se han de poner siempre palabritas almibaradas, tales como embestir, atacar, derrotar, y no se puede decir les sacudimos el polvo, ni les espachurramos, lo cual, al decirlo, parece que le llena a uno la boca y el corazón. Escribe lo que quieras.. Bien: les embestimos, desalojándoles de la altura que llaman los Castillos, y pescando algunos prisioneros. Entusiasmado por el recuerdo de su triunfo volviose a nosotros, y con semblante vanaglorioso nos dijo: -Bien hecho estuvo aquello, señores. Si les hubiesen visto ustedes cómo corrían.. Y eso que ya había mucha diferiencia en las fuerzas. Ellos eran más.. Pon eso también -añadió dirigiéndose al (p.1549) escribiente-, pon lo de la diferiencia.. así, está bien. Ahora sigue: La guarnición se encerró en el convento fortificado de la Merced, y los mandaba un tal musiú Muller.. escribe con cuidado eso del musiú.. se pone MOSIEURRE.. muy bien.. Ahora descansemos, y un cigarrito. D. Juan Martín nos dio a cada uno de los presentes un cigarro de papel, y fumamos. Aunque habló por breve rato de asuntos ajenos a la acción de Calatayud, el general no podía apartar de su mente la comunicación que estaba redactando, y dijo a su amanuense. -Vamos a ver. Adelante. Pues como iba diciendo a vuecencia.. no: eso no; ¡maldita costumbre! Pon Durán atacó el convento de la Merced, y como no tenía artillería, abrió minas.. en fin, para no cansar a vuecencia, Durán los amoló. El escribiente, comiéndose otra vez las barbas de la pluma, miró al general con expresión dubitativa. -Tienes razón -dijo el Empecinado-. Pero si esta maldita lengua mía no sirve para nada.. ¿Por qué no he de poder poner en un oficio amolar, reventar, jeringar, y otras voces que expresan la idea con fuerza?.. y no que ha de estar usted plegando la boca como un señoritico para decir nuestra ala derecha hizo retroceder al enemigo, y otras pamemas que están bien en labios de damiselas y abates verdes. Pon que Durán derrotó a los franceses y se zampó dentro del convento, y escribe el vocablo que quieras, porque una de dos: o dejamos las armas para aprender la gramática y las retóricas, o hamos de escribir lo que sabemos. Adelante. Ahora letra muy clara y redondita y bien comeado el párrafo. Oye bien. Mientras Durán se cubría de gloria en la Merced (esto sí está bien parlado y no criticarán los bobos del ejército) yo me fui con mi gente al puerto del Fresno, maliciándome.. no, maliciándome no, sospechando que el francés de Zaragoza vendría por allí con ojepto (muy clarito eso de ojepto, que es palabreja peliaguda) de auxiliar al de Calatayud.. (auxiliar con X grande que se vea bien) y en efecto, Ezcelentísimo señor, el 1º de Octubre apareció una columna francesa, a la (p.1550) cual escabeché.. No, ya se han reído mucho otra vez porque dije escabechar.. ¡como si hubiera en castellano alguna otra palabra para expresar lo que quiere decir esta!.. En fin, para no cansar a vuecencia, desbaratamos la columna; matándole mucha gente, y cogiendo muchos prisioneros, entre ellos al coronel Mosieurre (muy clarito eso) Guillot.. Ahora se añadirá lo de Grajanejos, y que conseguido nuestro fin, Durán se retiró por un lado y yo por otro, y me vine a la sierra, donde espero las órdenes de vuecencia, Dios guarde a vuecencia.. Vamos, Recuenco, pronto, ponlo en limpio, lo firmaré y se llevará al momento.. Letra clara y hermosa. Concluyó al fin Recuenco, que así llamaban al escribiente, el oficio que firmó D. Juan Martín con nombre y apellido, acompañados de una rúbrica harto adornada de rasgos, y luego se cerró con las obleas rojas para enviarle a su destino. Satisfecho el héroe de su obra, no se ocupó más del asunto, y departió un rato con nosotros, demostrándonos confianza suma. -A esta fecha -nos dijo, después que le contamos algo de los sucesos políticos de Cádiz- ya debe estar hecha la Constitución. Veremos si hay alguien que ponga la mano en ella para quitarla. Yo, a ser la Regencia y las Cortes, les metería el resuello en el cuerpo a todos esos mandrias servilones.. No sé para qué estamos aquí los hombres que sostenemos la guerra. Como defendemos a España, defenderemos mañana la Constitución. Dicen que será hasta allí.. una ley liberal y española que meta en cintura a los que no la quieran.. Pero todos la queremos. Está la gente entusiasmada con la Constitución.. Hay que oírles.. Y dicen que nuestro cautivo monarca está contentísimo de que la hayamos hecho. -Así debe ser. -Y díganme ustedes: ¿han oído ustedes hablar a D. Agustín Argüelles, a García Herreros y a Muñoz Torrero? Parece que no se muerden la lengua. -Los tres son eminentes oradores. -¡Buena gente tenemos en España! Cuando se acabe la guerra se formará un gobierno regular con todos los hombres ilustres, y ya no tendremos más Godoyes. El (p.1551) pícaro gobierno absoluto es la peor cosa del mundo. -En esta guerra -dije- han salido muchos hombres distinguidos, que después en la paz servirán al Estado de otro modo. -Así será; pero no yo -repuso con modestia-, pues cuando esto se acabe me meteré en Castrillo de Duero o en Fuentecén y con un par de mulas.. después de la guerra, lo único que me gusta es la labranza. No pienso poner los pies en la Corte. Si algún día necesita el rey de mí contra los serviles, allá voy. España, el rey, la Constitución: ese es mi remoquete. Nada más. Yo no hago la guerra como otros, por ganar perifollos, grados ni riquezas. Han de saber ustedes que yo soy muy militar, y que desde muy niño supe manejar las armas. Mis padres no querían que fuese soldado; pero tal era mi afición, que a los diez y seis años me escapé de la casa paterna para alistarme en el ejército. Mi padre me libertó del servicio y casi arrastrando llevome a Castrillo; pero cuando cerró el ojo volví a las andadas, y alistándome en el regimiento de caballería de España, estuve en la guerra del Rosellón. Concluida, volví a mi casa y en Fuentecén me casé. »Tranquilo vivía cultivando mis tierras, cuando se dijo que al rey Fernando se lo llevaban a Francia. Yo quería echarme al campo; porque esta canalla francesa me cargaba, señores, y cuando la gente de aquí se entusiasmaba con Napoleón, yo decía: Napoleón es un infame. Si entra Fernando en Francia, no sale hasta que le saquemos.. No me quisieron creer.. Vino Mayo y al fin se descubrió el pastel. Yo no podía aguantar más y me picó mostaza en la nariz. Llamé a Juan García y a Blas Peroles, y les dije: ¿Nos echamos o no nos echamos? Ellos me contestaron que ya tenían pensado salir a matar franceses, y en efecto, salimos. Éramos tres. Nos pusimos en el camino real a cuatro leguas de Aranda, en un punto que llaman Honrubia, y allí a todo correo francés que pasaba, le arreglábamos la cuenta. Fue llegando gente y se formó una partidilla.. La verdad es que no sé cómo se formó. La partida se hizo ejército y aquí estamos. Me han (p.1552) hecho brigadier. Yo no lo he pedido. Quieren que sea general.. He servido a la patria con fe, y también con buen resultado, ¿no es verdad?». -La fama del Empecinado -respondió mi compañero- llena toda la extensión de España. -Me han dicho que la gente de Cádiz, los políticos y los periodistas se ríen de mí -dijo D. Juan Martín frunciendo el ceño-, porque una vez dije la mapa en vez de el mapa. Los militares no estamos obligados a estar siempre con el libro en la mano, viendo cómo se dicen y cómo no se dicen las cosas. Yo sé mi obligación, que es perseguir a los franceses. Lo demás no me importa. Mi deseo es que se diga mañana: «El Empecinado cumplió con su deber».
Ep-9-VII - Después recayó la conversación sobre la tropa que acaudillaba, y nos dijo: -Muchas satisfacciones me causa la guerra, entre ellas la del buen resultado de mis operaciones; pero no es pequeño gusto esto del cariño que me tiene mi gente. Todos ellos, señores oficiales, se dejarían matar por mí. Verdad es que yo no les trato mal. Pero vamos al decir que yo tengo a mis órdenes a los hombres más honrados del mundo. Ninguno de ellos es capaz de faltar ni tanto así. Cuando esto dijo, sentimos a nuestra espalda un gruñido, un monosílabo dubitativo, una de esas exclamaciones inarticuladas, que no diciendo nada, lo expresan todo. Detrás de nosotros, tendido sobre un gran arcón de pino estaba un hombre, a quien atribuimos la emisión de aquel gutural elocuente sonido. Levantose pesadamente de su improvisado lecho, estiraba los brazos y piernas para desperezarse, cuando D. Juan Martín le dijo: -¿Qué tiene usted que decir, Sr. D. Saturnino Albuín? ¿No cree usted como yo que la gente que está a nuestras órdenes es la mejor del mundo? -Según y cómo -dijo Albuín adelantándose con los ojos medio cerrados para resguardar de los rayos de luz sus pupilas, recién salidas de la oscuridad del sueño. He aquí cómo era, si no me engañan los recuerdos que guarda en su archivo mi memoria, aquel célebre guerrillero, de quien hasta los historiadores (p.1553) franceses hablan con gran encomio. Don Saturnino Albuín, llamado el Manco, había adquirido la mutilación que fue causa de tal nombre en una acción entablada en el Casar de Talamanca. Su mano derecha fue por mucho tiempo el terror de los franceses. Era un hombre de mediana edad, pequeño, moreno, vivo, ingenioso, ágil cual ninguno, sin aquel vigor pesado y muscular de D. Juan Martín; pero con una fuerza más estimable aún, elástica, flexible, más imponente en los momentos supremos, cuanto menos se la veía en los ordinarios. Si el Empecinado era el hombre de bronce, a cuya pesadez abrumadora nada resistía, Albuín era el hombre de acero. Mataba doblándose. Su cuerpo enjuto parecía templado al fuego y al agua, y modelado después por el martillo. Yo le vi más tarde en varios encuentros y su arrojo me llenó de asombro. Cuando se oían contar sus proezas, apenas se daba crédito a los narradores, y no es extraño que un general francés dijese de Albuín: Si este hombre hubiera militado en las banderas de Napoleón, ya sería mariscal de Francia. Vestía D. Saturnino traje de paisano con pretensiones de uniforme militar, y su chaquetón, donde lucían las charreteras y los mustios y mal cosidos bordados, estaba lleno de agujeros. Los codos del héroe, no inferior a Aquiles en el valor, se parecían a los de un escolar. En sus pantalones se veían los trazados y dibujos de la aguja remendona y zurcidora, y el correaje del trabuco que llevaba a la espalda y de las pistolas y sable pendientes del cinto, hacía poco honor a la administración de fornituras de aquel ejército. Todo esto probaba que las campañas de la partida no eran tan lucrativas como gloriosas. -Según y cómo -repitió Albuín, poniendo su única mano sobre la mesa y atrayendo a sí la atención de los que estábamos presentes-. Eso de que todos sean gentes honradas no es verdad, señor D. Juan Martín. Los calumniadores, los chismosos que están siempre trayendo y llevando cuentos al general, ¿pueden ser gentes honradas? -Amigo Albuín -contestó el Empecinado-, usted (p.1554) tiene tirria a dos o tres personas de este ejército, y por eso se le antojan los chismes y enredos. -Sí señor, chismes y enredos, y lo sostengo -afirmó D. Saturnino-, lo sostengo aquí y en todas partes. ¿Cómo se llama si no el venir aquí contándole a usted lo que yo dije y lo que me callé? Yo no digo nada más que la verdad, y no en secreto sino públicamente, delante de Juan y de Pedro, de fulanito y de perencejo. Y esto que he dicho, ahora lo voy a repetir. -Pues lo oiremos. -Y no es más sino que digo y repito y sostengo -replicó Albuín con energía- que aquí se está uno batiendo, se está uno matando, se está uno destrozando el alma y el cuerpo; pasan meses, pasan años, y con tanto trabajar no salimos nunca de la miseria. Señores que me oyen, digan si es justo que D. Saturnino Albuín no tenga otros calzones que estos guiñapos que lleva en las piernas. Hubo un momento de silencio, durante el cual todos contemplamos la prenda indicada, que en efecto no era digna de figurar sobre el cuerpo de quien habría sido mariscal de Francia, si hubiera servido a Napoleón. -Sr. D. Saturnino -dijo gravemente don Juan Martín-, después del valor, la primera virtud del soldado es la humildad. Nosotros no combatimos por dinero: combatimos por la patria. Me ha dicho usted que sus calzones están un sí es no es destrozadillos. Tortas y pan pintado, amigo D. Saturnino. La guerra trae tales desgracias; el buen soldado no mira a su cuerpo, señores: el bueno soldado no fija los ojos más que en el cielo y en el enemigo. Y luego, desabotonándose el uniforme, añadió: -Señores, si les ha llamado la atención que don Saturnino lleve unos calzones rotos, miren hacia acá y verán que el Empecinado no tiene camisa. Efectivamente, el uniforme abierto dejaba ver el velludo pecho del héroe. -Y no me quejo, señores -prosiguió abotonándose-, no estoy siempre glarimeando como el señor Albuín. De aquí en adelante voy a mandar venir de la Corte una docena de sastres para que vistan de seda y brocado a mi oficialidad. -Sr. D. Juan (p.1555) Martín -dijo el Manco-, no venga echándosela de anacoreta, usted no tiene camisa porque no quiere, porque es un desastrado y un facha. Señores, ¿les parece a ustedes propio de un general quitarse la camisa en medio del camino para dársela a un viejo pedigüeño que se quejaba de frío?.. Basta de farsas. Ello es que nosotros luchamos, nosotros nos batimos y para nosotros no hay pagas, para nosotros no hay recompensa, para nosotros no hay más que palos, fríos, calores, lluvias, fatigas y por último una muerte gloriosa que para maldito nos sirve, si es que no nos coge en pecado mortal, para acabar de divertirse uno en los infiernos. -¿El Sr. Albuín quiere dinero? -dijo el general-. Pues bien sabe ya que no se lo puedo dar. Casi todo lo que se recauda se entrega a la junta, y si ésta no da pronto las pagas porque hay muchas cosas que atender, ya las dará. En el ínterin nosotros nos cobramos en trigo, en cebada en paja, en almortas, en bellotas, en centeno y en otras comibles especies que vamos recogiendo por los pueblos. -Y que yo le regalo al Sr. D. Juan Martín -replicó vivamente el Manco-, para que con tales especies mantenga a su mujer y a sus hijos, y se llene el buche a sí propio, y se vista y calce.. Pero voy a lo principal.. ¡Ah, señor general de mi alma! Nosotros somos unos bobos, porque mientras usted y yo estamos el uno sin calzones y el otro sin camisa, en la partida hay quien se ríe de vernos desnudos y sin un cuarto. -No dudo que tengamos aquí algunas personas ricas, como por ejemplo.. -No es eso, no, Sr. Martín Díez -replicó el Manco-. Estos de que hablo aparentan ser más pobres que las ratas, y son de los que todos los días nos piden un cigarro y dos cuartos para aguardiente; pero son de los que acaparan, de los que embaúlan lo que se recoge, de tal modo, que ni la junta ni cien juntas saben a dónde ha ido a parar. Y aguante usted esto, sí señor; aguántelo usted.. y déjese usted matar por la patria y por el rey.. En resumidas cuentas, se acabará la guerra, y los que lo han hecho todo quedaranse más pobres que antes, (p.1556) mientras que los uñilargos (aquí hizo el Manco con los dedos de su única mano un gesto muy expresivo) irán a Madrid a comerse en paz lo que han merodeado a nuestra costa. Si somos unos héroes, Sr. D. Juan Martín, si la historia se va a ocupar de nosotros y a ponernos por las nubes; pero comeremos pedazos de gloria y páginas de libro. -Amigo Albuín -dijo el general-, tan acostumbrado estoy a su genio endemoniado, que no me coge de nuevo lo que me ha dicho, y le perdono sus bravatas. ¡El demonio es don Saturnino! ¿Y quién al oírle diría que es el hombre mejor del mundo?.. ¿Con qué dinero?.. ¿Para qué quieren las personas de bien el dinero? Aquí no hay gente viciosa. Los empecinados no combaten sino por la gloria, por la libertad, por la independencia. -Bueno es todo eso -repuso Albuín-; pero otros jefes de la partida, tales como Chaleco, Chambergo, Mir y el Médico, todos personas muy completas y honradas, sin dejar de poner a la patria sobre su cabeza, cuidan de asegurar el porvenir de sus familias, y hombre hay entre esos que ha hecho su capital en un quítame allá esas pajas. -Conversación. Ni Chaleco ni Mir tienen sobre qué caerse muertos. -No hablemos más -dijo D. Saturnino-, porque pierdo la paciencia. El general hará lo que guste; pero yo no sé hasta dónde podré resistir. -Usted resistirá hasta la misma fin del mundo -dijo el Empecinado mirando a su subalterno con severidad-. Basta ya de retruécanos, que me voy atufando con los humos de estos caballeros. Uno pide por aquí, otro por allí.. Obediencia, Sr. Manco, obediencia y humildad -añadió golpeando la mesa-. Aquí todos semos pobres y yo el primero.. Con que no digo más.. Cada uno a su puesto, y prepararse para mañana. -Buenas noches -dijo Albuín secamente. -¿No reza usted el rosario conmigo? -Lo rezaré con mosén Antón -repuso el guerrillero volviendo la espalda.
Ep-9-VIII - Mi compañero y yo nos retiramos a nuestro alojamiento, donde disfrutábamos la compañía de los más respetables individuos de aquel ejército. (p.1557) Ocupeme primero en escribir a la Condesa, de quien había tenido carta dos días antes con nuevas poco satisfactorias, y luego pensé en dormir un rato. Estábamos en una anchurosa estancia baja. Junto al hogar, el Sr. Viriato contaba al amo de la casa las más estupendas mentiras que he oído en mi vida, todas referentes a fabulosas batallas, encuentros y escaramuzas que harían olvidar los libros de caballerías, si pasaran de la palabra a la pluma y de la pluma a la imprenta. Oía todo el patrón con la boca abierta y dando crédito a tales invenciones, cual si fueran el mismo Evangelio. El Sr. Pelayo roncaba en un rincón y no se sabía el paradero del gran Cid Campeador ni de la señá Damiana. Despierto, inquieto, agitado, el descomunal clérigo mosén Antón se paseaba de un extremo a otro de la pieza, midiendo el piso con sus largos zancajos. Parecía un macho de noria. Sentado, meditabundo, sombrío, tétrico, D. Saturnino Albuín de tiempo en tiempo miraba al clérigo, como con deseo de hablarle. Deteníase a veces Trijueque ante su colega; mas dando un gruñido tornaba a los paseos, hasta que el Manco rompió el silencio, y dijo: -Esto no puede seguir así. -No, no mil veces. ¡Me reviento en Judas! -replicó el cura-. Eso de que hombres de esta madera sean tratados como chicos de escuela, no puede aguantarse más. -Justo, como a chicos de escuela nos tratan -repuso Albuín-. Maldito sea el dómine y quien acá lo trajo. -Yo, Sr. D. Saturnino -dijo mosén Antón parándose ante su compañero-, estoy decidido a marcharme a otro ejército. Me iré con Palarea, con Durán, con Chaleco, con el demonio, menos con D. Juan Martín. -Y yo. Me creería digno de estar envuelto en trapos como el Empecinadillo y de pedir la teta al entrar en un pueblo, si sufriera más tiempo la humillación de servir sin pagas, sin ascensos, sin botín, sin remuneración ni provecho alguno. -El corazón de manteca de nuestro jefe, me obligará a abandonarle -dijo Trijueque-. Así no se puede seguir la guerra. Entre él y D. Vicente Sardina están haciendo todo lo posible para que el mejor (p.1558) día nos cojan los franceses, y den buena cuenta de nosotros. -Ya lo estoy viendo. Y acá para entre los dos, Sr. Antón -dijo con rencoroso acento Albuín-, ¿no es un escándalo que mientras nos recomienda la humildad, él acepta el grado de Brigadier, y mientras nos tiene en la última miseria, él se está amontonando..? Mosén Antón puso todo su espíritu en ojos y oídos para atender mejor. -Amontonando, sí -continuó D. Saturnino accionando con la mano manca-. Eso bien claro se ve. Pues qué, ¿todo el dinero que se recoge y que él manda entregar a la junta de Guadalajara, va a su destino? ¡Patarata! Mucho gimoteo y mucho decir que no tiene camisa; pero la verdad es que buenos sacos de onzas manda a Fuentecén y a Castrillo. ¡Sr. Trijueque, están jugando con nosotros, están comerciando con nuestro trabajo y nuestro valor, nos están chupando la sangre, compañero! Ellos, él mejor dicho, se atiforra los bolsillos, y nuestros hijos, digo, mis hijos, no tienen zapatos. Mosén Antón sin responder nada dio media vuelta, siguiendo en su inquieto pasear. -Yo supongo -dijo el Manco- que usted tiene las mismas quejas que yo.. Yo supongo que el insigne mosén Antón, terror de la Francia y del rey José, no tendrá un cuarto en el arca de su casa, ni en el bolsillo de los calzones. Trijueque parose ante el Manco, y metiendo ambas manos en la respectiva faltriquera del calzón, volviolas del revés, mostrando su limpieza de todo, menos de migas de pan, de pedacitos de nuez y otras muestras de sobriedad. Tomando las puntas de las faltriqueras y estirándolas y sacudiéndolas, habló así con cavernoso y terrorífico acento: -Mis bolsillos están vacíos y limpios como mis manos que jamás han robado nada. Lo mismo está y estará toda la vida el arca de mi casa, donde jamás entra otra cosa que el diezmo y el pie del altar. Pobre soy, desnudo nací, desnudo me hallo. Para nada quiero las riquezas, Sr. D. Saturnino. Sepa usted que no es la vaciedad y limpieza de estas faltriqueras lo que me contrista y enfada; sepa usted que para nada quiero el dinero; (p.1559) sepa usted que se lo regalo todo a D. Juan Martín, a D. Vicente Sardina y demás hombres de su laya; sepa que yo no pido cuartos: lo que pido es sangre, sí señor, ¡sangre!, ¡sangre! Yo estaba luchando con el sopor al oír este diálogo, y en el desvanecimiento propio de los crepúsculos del sueño, retumbaba en mis oídos con lúgubres ecos, la palabra sangre, pronunciada por aquel gigante negro, cuyo aspecto temeroso habría infundido miedo al ánimo más denodado. -¡Sangre! -repitió Albuín fijando los ojos en el suelo, y un poco desconcertado al ver que las ideas de mosén Antón no respondían de un modo preciso a sus propias ideas-. Bastante se derrama. -¡Me reviento en el Iscariote! -prosiguió el cura soltando los bolsillos, que quedaron colgando fuera como dos nuevas extremidades de su persona-. D. Juan Martín y D. Vicente Sardina están de algún tiempo a esta parte por las blanduras; no quieren que se fusile a nadie, ni aun a los franceses; no quieren que se pegue fuego a los pueblos, ni que se extermine la maldita traición, ni el pícaro afrancesamiento donde quiera que se encuentre. Albuín miró a su colega, y después de una pausa, dijo con frialdad: -Sí, es preciso castigar a los pueblos. -¡Cómo castigar! Yo les quitaría de enmedio, que es lo más seguro. De algún tiempo a esta parte, desde que D. Juan Martín ha dado en el hipo de mimar a los pueblos, estos favorecen a los franceses. ¿No lo está usted viendo, Sr. D. Saturnino? Los enemigos mandan comisionados secretos a estos lugares de la Alcarria; reparten dinero, se congracian con los aldeanos, y de aquí que el enemigo encuentre siempre qué comer y nosotros no. Toda esta tierra está llena de espías. No hay más que un medio para manejar a tan vil canalla. ¿Se coge a un pastor de cabras? Fusilado. Así no irá con el cuento. ¿Llegamos a un pueblo? A ver: vengan acá los más talluditos del lugar, los de más viso, el alcalde si lo hay.. Cuatro tiros, y se acabó. ¿Se encuentran en tal punto algunos hombres útiles que no han tomado las armas? Pues a diezmarlos o (p.1560) quintarlos, según su número, y no se hable más del asunto.. No se hace esto, bien sabe usted por qué. Los pueblos se ríen de nosotros.. entramos como salimos, y salimos como entramos.. Los destacamentos franceses recorren tranquilos todo el país, agasajados por los alcarreños.. ¡Cuando uno piensa que todo esto se podría remediar con un poco de pólvora..! ¡Sí, y habrá bobos que crean que de tal manera vamos a traer a D. Fernando VII..! Por este camino, Sr. D. Saturnino, tendremos pronto que ir a besarle la zapatilla a José Botellas. Dijo esto último en tono de burla y sonriendo, lo cual producía una revolución en su fisonomía y gran sorpresa en los espectadores, pues el desquiciamiento de sus quijadas, y la aparición inesperada de sus dientes, eran fenómenos que rara vez turbaban la armonía de la creación en el orden físico. Terminó para mí la conversación en aquella sonrisa del ogro, porque me vencía paulatinamente el sueño, y al fin sumergime en el océano de las oscuridades y del silencio, donde se me apareció de nuevo más terrible, más siniestra que en el mundo real la inverosímil sonrisa de mosén Antón.
Ep-9-IX - -¿A dónde vamos? -pregunté en la mañana siguiente al Sr. Viriato, viendo que la partida se disponía a marchar a toda prisa. -Vamos a donde nos quieran llevar -repuso-. Parece que iremos hacia Molina. ¡Hermosa vida es esta, amigo D. Gabriel! Si durara siempre, debería uno estar satisfecho de ser español. Somos la gente más valerosa y guerrera del mundo. ¿Para qué queremos más? Es una brutalidad estarse matando delante de un telar de lana, como los tejedores de Guadalajara, o hacer rayas en la tierra con el arado, como los labriegos de la campiña de Alcalá. ¿No es mucho mejor esta vida? Se come lo que se encuentra. Dios, que da de comer a los pájaros, no deja perecer de hambre al guerrillero. Echome este discurso el Sr. Viriato, mientras el Sr. D. Pelayo, que no había podido pasar de asistente, ensillaba el caballo de don Vicente Sardina y el del propio Viriato. Llegó a la sazón el buen Cid (p.1561) Campeador repartiendo un poco de aguardiente, y nos dijo: -Hay que tomar bríos, porque la jornada será larga. Dicen que vamos hacia Molina. -El general -dijo la señá Damiana Fernández, que apareció pegándose en las faldas un remiendo arrancado a los abrigos del Empecinadillo- quiere que vayamos a un punto; mosén Antón quiere que vayamos a otro punto, y D. Saturnino a otro punto. Son tres puntos distintos. Hace un rato estaban los tres disputando y los gritos se oían desde la plaza. -De la discusión brota la luz -dijo Viriato con socarronería-, y el error o la verdad, señá Damiana, no se descubren sino pasándolos por la piedra de toque de las controversias. -Antes estaban a partir un piñón -dijo D. Pelayo dando la última mano al enjaezado-, y lo que decía y mandaba el general era el santo Evangelio. -Ahora cada cual tira por su lado -indicó el Cid Ruy-Díaz-, y los grandes capitanes de esta partida obedecen a regañadientes las órdenes del general. La señá Damiana acercose más al grupo, y apoyándose en la grupa del caballo, con voz misteriosa habló así: -Muchachos, mosén Antón dijo ayer al Sr. Santurrias que se marcharía de la partida porque don Juan Martín es un acá y un allá. -Señá Damiana -indicó Viriato-, las leyes militares castigan al soldado que critica la conducta de sus jefes. Si sigue vuecencia faltando a las leyes militares se lo diré al general para que acuerde lo conveniente. -Señor Viriato de mil cuernos -repuso la mujer-, yo le contaré al general que vuecencia estaba ayer hablando pestes de él y diciendo que con las fajas y cruces y entorchados se ha convertido en una madama. -Señá Damiana, por curiosear y meter el hocico en las conversaciones de los hombres, yo condenaría a vuecencia a recibir cincuenta palos. Las hembras a poner el puchero y a remendar la ropa. -Si creerán que me dejo acoquinar por un sopista hambrón -dijo la guerrillera apartándose del grupo y tomando una actitud tan académica como amenazadora-. Aquí le espero, y verá que sirvo para algo más que para limpiarle el (p.1562) mugre de la sotana. Se me figura que Viriato tuvo miedo. Lo cierto es que contempló de lejos los puños de la militara, y tomando el lance a risa, exclamó: -¡Bien dice San Bernardo que la mujer es el horno del diablo! ¡Bien dice San Gregorio, ese fénix de las escuelas, señores, que la mujer tiene el veneno del áspid y la malicia del dragón! Señá Damiana, baje esos brazos, abra esos puños y desarme esa cólera, que aquí todos somos amigos y no hemos de reñir por vocablo de más o de menos. Un personaje, en quien no habíamos fijado la atención, terció de improviso en la disputa. Era el Crudo, hombre temible, fornido, bárbaro, de apariencia más que medianamente aterradora, pero de carácter noble, leal, franco y generoso, el cual, alzando la voz ante el concurso de estudiantes, les apostrofó así: -Ya sé que ustedes son los que andan por ahí metiendo cizaña contra el general.. El general lo sabe y va a hacer un escarmiento.. Bien dije yo que los estudiantes y las mujeres no servirían más que para enredijos. En la partida hay traición, en la partida se trama alguna picardía. Ya parecerán los gordos; pero en el ínterin yo les advierto a los estudiantillos sin vergüenza que si les oigo decir una sola palabra que ofenda a nuestro querido general D. Juan Martín, les cojo y les despachurro. Hizo un gesto tan elocuente, que los claros varones a quienes iba dirigida la filípica, tuvieron a bien callarse fijando en el suelo sus abatidos ojos. Poco después marchábamos hacia las alturas de Canredondo, donde se nos unió la división de Orejitas. Este y D. Vicente Sardina siguieron la dirección de Huerta Hernando y la Olmeda, mientras el general en jefe, con D. Saturnino Albuín y casi toda la caballería, se acercaba a la raya de Aragón por Sierra Ministra. No hallamos franceses en nuestro camino, ni tampoco gran abundancia de comestibles, pues los pueblos de aquella tierra habían dado ya a uno y otro ejército lo poco que tenían. Al llegar cerca de Molina, conocimos que se nos llevaba a poner sitio a aquella histórica ciudad, guarnecida y (p.1563) fortificada entonces por los franceses. Ocupamos los lugares de Corduente, Ventosa, Cañizares, y pasando el río Gallo por Castilnuevo, cortamos el camino de Teruel y el de Daroca, por donde se temía que vinieran tropas enemigas en auxilio de la ciudad bloqueada. A los míos y a mí, con otras fuerzas que mandaba Trijueque, nos tocó esta última posición, la más arriesgada y difícil de todas, por lo que después hubimos de ver. Durante algunos días encerramos a los franceses dentro de la plaza sin permitir que les entrara cosa alguna. No podían hostilizarnos por ser pocos en número; pero nuestro gran peligro estaba en las fuerzas que esperábamos viniesen de Daroca. Felizmente el general en jefe había previsto todo, y sabedor por sus espías de la salida de tres mil quinientos hombres de Daroca, abandonó la sierra para bajar a la carretera. Fue el 26 de Setiembre cuando sostuvimos en Cuvillejos una de las acciones más reñidas y sangrientas de aquel período. Venían mandados los franceses por el jefe de brigada Mazuquelli, y traían cuatrocientos caballos y cuatro piezas de artillería, y si en el número no nos llevaban gran ventaja, teníanla sí, como es fácil comprender, en la organización. D. Saturnino ocupó las alturas de Rueda en cuanto se tuvo noticia segura de la aproximación del francés, y D. Vicente Sardina nos escalonó entre Anchuelas y Cuvillejos. Según su costumbre, venían los imperiales desprevenidos, con aquella fatua confianza que tanto les perjudicaba; pero bien pronto les sacamos de su distracción cayendo sobre ellos con el empuje propio de guerrilleros españoles, que tienen de su parte la elección de sitio, hora y el abrigo del terreno, con posición favorable y retirada segura. No cansaré a mis lectores, describiéndoles con minuciosidad aquella batalla no mal dirigida por una parte y otra. Fue de las más encarnizadas que he visto, y nos hallamos más de una vez seriamente comprometidos. En una carga que nos dieron, no sé qué hubiera sido de la división de el Crudo, donde yo iba, si mosén Antón, (p.1564) desplegando aquel arrojo fabuloso e inverosímil de que sabía dar tan extraordinarias pruebas, no contuviese a los débiles y reunido a los dispersos, e impedido el desorden. Sublime y brutal, aquel monstruo del Apocalipsis arrojose en medio del fuego. Brincó el descomunal caballo sobre el suelo, brincó el jinete sobre la silla y ambos inflamados en la pasión de la guerra, se lanzaron con deliciosa fruición en la atmósfera del peligro. El brazo derecho del clérigo, armado de sable, era un brazo exterminador que no caía sino para mandar un alma al otro mundo. Detrás de él ¿quién podía ser cobarde? Su horrible presencia infundía pánico a los contrarios, los cuales ignoraban a qué casta de animales pertenecía aquel gigante negro, que parecía dotado de alas para volar, de garras para herir y de incomprensible fluido magnético para desconcertar. Un tigre que tomara humana forma, no sería de otra manera que como era mosén Antón. Por otro lado D. Saturnino y el Empecinado, tuvieron que hacer grandes esfuerzos para aguantar el empuje de los franceses, y aunque al fin logramos derrotarles, obligándoles a volverse hacia Daroca, tuvimos muchas y sensibles pérdidas. El campo estaba sembrado de muertos y heridos de una y otra nación. Afortunadamente para nosotros, los franceses al retirarse no habían podido salvar sus bagajes, y en ellos halló nuestra hambre con qué satisfacerse y los heridos algunos remedios. Pero no se nos permitió largo descanso, ni tampoco auxiliar con calma a los que lo habían menester, y poco después de la victoria la partida emprendió la persecución del enemigo derrotado. Los carros de que dispusimos se llenaron de heridos amontonados con desorden, y una pequeña fuerza rezagada se encargó de custodiarlos, dejándoles en los pueblos del tránsito. Los demás nos pusimos en marcha. Albuín iba de vanguardia, mortificando a los fugitivos a lo largo del camino de Yunta, y mosén Antón, obligado a marchar a retaguardia, bramaba de ira por considerar su papel un poco deslucido en aquella expedición. En las aldeas (p.1565) por donde pasamos tuvimos ocasión de presenciar escenas tristísimas, pero que eran inevitables en aquella cruel guerra. Los habitantes del país cometían mil desafueros y crueldades en los franceses rezagados, bien ahorcándolos, bien arrojándolos vivos a los pozos. Por una parte les impulsaba a esto su odio a los extranjeros, y por otra el deseo de congraciarse con los guerrilleros que venían detrás, y evitar de este modo que se les tachase de afectos al enemigo.
Ep-9-X - Más allá de Odón nos cogió la noche, y Sardina, permitiéndose descansar en un ventorrillo que a la entrada del lugar estaba, juntó alrededor de una mesa a cuatro o cinco oficiales, entre los cuales tuve el honor de encontrarme. Tratábase de ver qué gusto tenía una torta y un zaque de vino aragonés ofrecida al jefe por unos honrados labriegos de Odón. Sardina, dando rienda suelta a su humor festivo, reía de todo, de los franceses, de los empecinados, del pastel y del vino, que eran de lo peor. Mosén Antón golpeaba con la palma de su manaza la mesa, alzábase el gorro hasta la corona, para calárselo después hasta las cejas; escupía, hablaba palabras no entendidas, hasta que interpelado bruscamente por su jefe, se expresó de este modo: -Ya veo claro que se desea deslucirnos. -¿Cómo deslucirnos? -Esta división debió marchar delante picando la retaguardia a los franceses -exclamó Trijueque, echando fuera del cráneo casi todo el globo de los ojos-. Usted no ve estas cosas; usted tiene una frescura, una pachorra.. Si yo fuera jefe de la división, al ver que me dejaban a retaguardia con intento manifiesto de deslucirme y oscurecerme, habría roto la espada y retirádome de este ejército. -Querido Antón -dijo D. Vicente con bondad-, todos no pueden ir a vanguardia. Bastante nos hemos distinguido hoy, y esto de ir en los cuartos trasteros del ejército nos sirve de descanso. -¡Descanso! -repuso el clérigo desdeñosamente-. ¡Que no he de oír en esa boca otra palabra! -Si pensará el buen cura de Botorrita que todos somos de hierro como su reverencia. -Lo que digo - (p.1566) gritó el clérigo dando sobre la mesa tan fuerte puñada, que el inválido mueble estuvo a punto de acabar sus días- es que si yo hubiera marchado delante con el Crudo y Orejitas, como era natural, y como lo indiqué a Juan Martín al fin de la batalla, los franceses habrían dejado la mitad de su gente entre las casas de Yunta. Pero ya.. desde que Juan Martín se ha llenado de cruces y fajas y galones y entorchados como un generalote de los de Madrid, no nos permite que nosotros los pobres guerilleros harapientos y sin nombre, hagamos cosa alguna que suene y sea llevada por la fama desde un cabo a otro de la Península. Para nosotros no trompetean los diarios de Cádiz; para nosotros no hay donativos ni suscriciones; nuestros humildes nombres no figuran en la Gaceta, ni por nosotros van las damas pidiendo de puerta en puerta, ni nadie dice las hazañas de mosén Antón, las hazañas de Sardina, porque Sardina y Antón y Orejitas son tres almas de cántaro que han matado muchos franceses; pero que no se alaban a sí mismos, ni se ponen cintajos, ni tienen orgullo, ni tratan de humillar a los subalternos, ni echan sobre los demás la fatiga y sobre sí propios la gloria. Púsose serio el jefe y volviéndose a su segundo, con las manos apoyadas en la cintura, fruncido el ceño, y haciendo repetidas insinuaciones afirmativas con la pesada cabeza, le dijo: -Ya son muchas con esta las veces que ha dicho mosén Antón delante de mí palabras ofensivas a nuestro general; y francamente, amigo, me va cargando. Mosén Antón, usted no está contento en la partida, lo conozco; usted se cree humillado, postergado y ofendido.. Pues largo el camino. Aquí no se quiere gente descontenta. -Sí, me marcharé, me marcharé -dijo el clérigo trémulo de ira-. Si lo que quieren es que me marche. No saben cómo echarme. No me gusta estorbar, Sr. D. Vicente. Ya sé que no sirvo más que para decir misa; otros hay en la partida más valientes que yo, más guerreros que yo. ¿De qué sirve este pobre clérigo? -Nadie ha desconocido sus servicios; todos reconocen el gran mérito de mosén (p.1567) Antón, y principalmente el general le tiene en gran estima y le aprecia más que a ninguno otro de la partida. -Menos cuando se dan al pobre clérigo los puestos más desairados; menos cuando se le niega confianza, no permitiéndole que mande un cuerpo de ejército; menos cuando se adoptan todos los pareceres distintos del suyo para empequeñecerle. Mosén Antón es un desgraciado, un botarate, un loco, un díscolo y un impertinente. Verdad es que mosén Antón suele acertar en los movimientos que dirige; verdad es que sin mosén Antón no se hubiera ganado la batalla de Fuentecén, ni la del Casar de Talamanca, ni se hubiera entrado en la Casa de Campo de Madrid; verdad es que sin mosén Antón no se hubiera desbaratado el ejército del general Hugo.. Pero esto no vale nada; mosén Antón es un pobre hombre, un envidioso, como dicen por ahí, un revoltoso que ha sembrado discordias en la partida.. ¡Váyase mosén Antón con mil demonios!.. ¡Qué holgada se quedará la partida cuando el clerigote pendenciero se marche lejos de ella! -Verdaderamente -repuso Sardina con calma-, no falta razón para acusar a usted de díscolo, revoltoso, intratable e impertinente. Pero hombre de Dios, ¿qué quiere usted? Pida por esa bocaza. No quisiera morirme sin ver a mi segundo satisfecho y contento siquiera un minuto. -No pido ni quiero nada -dijo el guerrillero levantándose con tan poco cuidado, que sus rodillas, al pasar del ángulo agudo a la línea recta, dieron a la mesa un fuerte golpe, que la arrojó al suelo con platos y vasos. -Hombre de Dios.. -exclamó Sardina-. Otra vez, cuando se desdoble, ponga más cuidado.. Nos ha dejado a medio comer. Ya se ve.. para él todo esto del condumio es superfluo. Yo creo que mi jefe de Estado Mayor se alimenta con paja y cebada. Maldito sea él y sus cuatro patas. Mosén Antón se había retirado sin oír más razones, y Sardina y los que le acompañábamos emprendimos también la marcha. Mi inmediato jefe, hombre bondadosísimo y de excelente corazón, como habrán observado mis lectores, habíase (p.1568) aficionado a mi compañía y trato, y me distinguía y obsequiaba tanto, que me proporcionó un caballo para que a todas horas fuese a su lado. Sus bondades conmigo eran tales que me recomendaba al Empecinado con desmedido interés, y hacía de mí delante del general elogios tan inmerecidos, que sin duda debí a su mediación los grados que obtuve después de aquella campaña. Cuando nos pusimos de nuevo en marcha, me dijo señalando a mosén Antón, que iba a regular distancia de nosotros: -Este clerigote es oro como militar; pero como hombre no vale una pieza de cobre. Parece mentira que Dios haya puesto en un alma cualidades tan eminentes y defectos tan enormes. No dudo en afirmar que es el primer estratégico del siglo. En valor personal no hay que poner a su lado a Hernán-Cortés, al Cid ni a otros niños de teta. Pero en mosén Antón la envidia es colosal, como todo lo de este hombre, cuerpo y alma. Su orgullo no es inferior a su envidia, y ambas pasiones igualan las inconmensurables magnitudes de su genio militar, tan grande como el de Bonaparte. Contesté a Sardina que ya había formado yo del citado personaje juicio parecido, e indiqué también mis observaciones respecto a los síntomas de discordia que había notado en varios de la partida, a lo cual repuso: -Esa mala yerba de las murmuraciones, de los disgustos y desconfianzas hanlas sembrado Trijueque y D. Saturnino, que también es hombre díscolo, aunque muy valiente. Llegose a nosotros el señor Viriato rogando al jefe que le permitiera catar de un repuesto de aguardiente que detrás conducían en rellenos barriletes dos cantineros, a lo cual le contestó Sardina que avivase el andar y entraría en calor sin acudir a irritativas libaciones. El estudiantillo le contestó con aquella máxima latina: Si Aristóteles supiera aliquid de cantimploris, de seguro no dijera motus est causa caloris. Diole permiso Sardina para echar un trago a él y al Sr. Cid Campeador, y después sonó el guitarrillo que uno de ellos llevaba. -Estamos rodeados de canalla -me dijo don (p.1569) Vicente-. Los ejércitos donde ingresa todo el que quiere, tienen ese inconveniente. La canalla, amigo mío, capaz es en ocasiones de grandes cosas, y hasta puede salvar a las naciones; pero no debe fiarse mucho de ella, ni esperar grandes bienes una vez que le ha pasado el primer impulso, casi siempre generoso. Eso lo estamos viendo aquí. Creo que el gran beneficio producido con la insurrección y valentías de toda esa gente que acaudillamos toca a su fin, porque pasado cierto tiempo, ella misma se cansa del bien obrar, de la obediencia, de la disciplina, y asoma la oreja de su rusticidad tras la piel del patriotismo. Gran parte de estos guerrilleros, movidos son de un noble sentimiento de amor a la patria; pero muchos están aquí porque les gusta esta vida vagabunda, aventurera, y en la cual aparece la fortuna detrás del peligro. Son sobrios, se alimentan de cualquier manera y no gustan de trabajar. Yo creo que si la guerra durase largo tiempo; costaría mucho obligarles a volver a sus faenas ordinarias. El andar a tiros por montes y breñas es una afición que tienen en la masa de la sangre, y que mamaron con la leche. -Tiene usted mucha razón -le respondí-, y estas discordias y rivalidades que van saliendo en la partida prueban que tales cuerpos de ejército, formados por gente allegadiza, no pueden existir mucho tiempo. Sardina, conforme con mi parecer, añadió: -Por mi parte deseo que se acabe la guerra. Yo tomé las armas movido por un sentimiento vivísimo de odio a los invasores de la patria. Soy de Valdeaberuelo; diome el cielo abundante hacienda; heredé de mis abuelos un nombre, si no retumbante, honrado y respetado en todo el país, y vivía en el seno de una familia modesta, cuidando mis tierras, educando a mis hijos y haciendo todo el bien que en mi mano estaba. Mi anciano padre, retirado del trabajo y atención de la casa por su mucha edad, había puesto todo a mi cuidado. La paz, la felicidad de mi hogar fue turbada por esas hordas de salvajes franceses que en mal hora vinieron a España, y todo concluyó para mí en (p.1570) Julio de 1808, cuando apoderáronse del pueblo.. Es el caso que yo volvía muy tranquilo del mercado de Meco, cuando me anunciaron que mi buen padre había sido asesinado por los gabachos y saqueada mi casa, incendiadas mis paneras.. Aquí tiene usted la explicación de mi entrada en la partida. Dijéronme que mi compadre Juan Martín andaba cazando franceses.. Cogí mi trabuco y junteme a él.. Hemos organizado entre los dos esta gran partida que ya es un ejército.. Hemos dado batallas a los franceses; nos hemos cubierto de gloria.. pero ¡ay!, él y yo no ambicionamos honores, ni grados ni riquezas, y sólo deseamos la paz, la felicidad de la patria, la concordia entre todos los españoles, para que nos sea lícito volver a nuestra labranza y al trabajo honrado y humilde de los campos, que es la mayor y única delicia en la tierra. Otros desean la guerra eterna, porque así cuadra a su natural inquieto, y me temo que éstos sean los más, lo cual me hace creer que, aun después de vencidos los franceses, todavía tendremos para un ratito. -Pues yo -repuse-, aunque no tengo bienes de fortuna, ni nombre, ni porvenir alguno fuera de la carrera de las armas, siento muy poca afición a este género de existencia, y deseo que se acabe la guerra para pedir mi licencia y buscar la vida por camino más de mi gusto. -¿Quiere usted hacerse labrador? Yo le daré tierras en arriendo -me dijo con bondad-, perdonándole el canon por dos o tres años. ¿Estamos en ello, amiguito? -Reciba usted un millón de gracias dadas con el corazón, no con la boca -le dije-. Si alguna vez me hallo en el caso de utilizar, no esa generosidad que es demasiado grande, sino otra más pequeña, no vacilaré en acudir a hombre tan bondadoso.
Ep-9-XI - D. Juan Martín, luego que entramos en Aragón, tuvo a bien modificar el alto personal de su ejército. Encargó a Trijueque el mando del cuerpo que antes estaba a las órdenes de Sardina, y puso a las de Albuín otra división, nombrando al D. Vicente jefe de Estado Mayor general de todo el ejército. De este modo quiso el (p.1571) jefe contentar a todos, principalmente al clérigo, cuya grande iniciativa militar necesitaba en verdad un mando de relativa independencia en que manifestarse. Yo me quedé en el cuartel general entre las tropas que el mismo Empecinado tenía a sus inmediatas órdenes. Fuimos persiguiendo a los franceses hasta el mismo Daroca. Refugiados allí los restos de la destrozada división de Mazuquelli, dejamos aquella villa a nuestra derecha y marchamos en dirección a la Almunia, también ocupada por el enemigo, y destinada también por D. Juan Martín a padecer un bloqueo riguroso y tal vez un asalto. Hicimos marchas inverosímiles por Villafeliche con objeto de caer de improviso sobre la villa, antes que desde Zaragoza se le enviase auxilio, y nuestra correría fabulosa ponía en gran turbación a los franceses de Aragón que nos suponían en Molina y a los de Guadalajara que nos creían en la sierra desbaratados por Mazuquelli. Éramos como la tempestad que no se sabe dónde va a caer, ni es vista sino cuando ya ha caído. El sitio de la Almunia duró bastantes días y la guarnición tuvo que entregarse, después que derrotamos a la columna enviada desde Zaragoza en socorro de aquella. Los franceses, buenos para una embestida, son la peor gente del mundo para defender plazas, porque carecen de constancia y de aquel tesón admirable que dispone las almas a la resistencia. Con motivo de la nueva distribución dada a nuestras fuerzas, dejé por algún tiempo de tratar de cerca a mosén Antón, el cual desempeñó un gran papel en la acción del 7 de Noviembre frente a los campos de la Almunia y en la del 20 junto a Maynar. Después de estos acontecimientos nos detuvimos algunos días en Ricla, y cuando el ejército salió a operaciones con intento de atacar a Borja y Alagón, quedó en aquella villa una pequeña fuerza destinada a custodiar los prisioneros. Comenzaba Diciembre cuando ocurrió un acontecimiento no mencionado por la historia, pero que yo contaré por haber sido de suma trascendencia en el ejército empecinado y de gran (p.1572) influjo en el porvenir de aquellas rudas partidas de campesinos. Habiendo dispuesto el general el sitio de Borja, envió allá a Orejitas por Tabuenca, mientras Albuín se situaba en Matanquilla observando las tropas enemigas que vinieran de Calatayud. D. Juan Martín, que se hallaba sólo con algunas fuerzas en Alfamén, mandó que viniera a unírsele mosén Antón. Por no acudir a tiempo el maldito clérigo, nos vimos en gran aprieto con la embestida inesperada que nos dieron los lanceros polacos, y a fe que si entonces no hubo milagro, poco faltó sin duda. Casi nos sorprendieron, y si nos salvamos y aun vencimos en encuentro tan formidable, fue porque el general, jamás acobardado ni aturdido, tuvo serenidad admirable, y decidiéndose a tomar la ofensiva, dispuso sus escasas fuerzas de modo que pareciese tenerlas muy grandes en el inmediato pueblo. Salvonos la sangre fría primero y después el arrojo sublime de D. Juan Martín, con la práctica de las veteranas y escogidas tropas de caballería que mandaba. Concluida la acción, y cuando se retiraron los polacos, sin que pudiéramos perseguirlos, el héroe estaba furioso, y dijo a Sardina: -De esto tiene la culpa mosén Antón. Los polacos no nos han frito porque no estaba de Dios. Ya tengo atravesado en el gañote a ese maldito clerigón, y me las ha de pagar todas juntas. -Mosén Antón -dijo Sardina queriendo disculpar al que había sido su subalterno- tal vez no haya podido acudir a tiempo. -¿Que no ha podido?.. ¡Condenado le vea yo!.. Ahora dirá que no sabía. Si mosén Antón estaba en Mesones como le mandé, los polacos debieron pasarle delante de las narices.. Si no estaba ni está en Mesones, ¿por qué no vino? Trijueque me está abrasando las asaúras y ya no puedo con él.. Trijueque ha visto a los polacos y en lugar de correr a auxiliarme se ha ido por otro lado, gozándose con la idea de que me derrotarían.. ¡Críe usted cuervos, santo Dios bendito!.. Ha tiempo que estoy viendo en la envidia de ese renegado un peligro para este ejército; pero he aguantado por el decir, (p.1573) porque no digan.. pues.. pero ya se acabó el aguante.. ¡Mil demonios! De mí no se ríe nadie. Acabose de poner al día siguiente D. Juan Martín en punta de caramelo, con la llegada de un emisario de Orejitas, que anunciaba haber levantado el sitio de Borja, ante la presencia de una fuerte columna enemiga. El guerrillero echaba la culpa de esta contrariedad a mosén Antón, que en vez de unírsele, había tomado la dirección de Tabuenca, sin que nadie supiese con qué fin. Dábase a todos los demonios el general en jefe, cuando llegó otro correo de D. Saturnino Albuín diciendo que juntos este y mosén Antón Trijueque habían ganado una gran victoria en Calcena, matando setenta franceses. -Váyase lo uno por lo otro -dijo el Empecinado-. Ya sabía yo que la mano derecha de D. Saturnino había de dar algún porrazo bueno por ahí.. Pero se ha levantado el sitio de Borja y eso no me gusta. Sr. D. Vicente, entre Albuín y Trijueque se proponen hacerme pasar por un monigote.. Que ganen batallas enhorabuena, pero sin echarme abajo mis planes; porque yo tengo mis planes, y mis planes son atacar a Borja, y después a Alagón, para obligarles a que saquen tropas de Zaragoza.. Pero vamos, vamos a Calcena a ver qué victoria ha sido esa. Esos dos guerrilleros de Barrabás merecen al mismo tiempo la faja de generales por su bravura y se les den cincuenta palos por su desobediencia. En marcha.
Ep-9-XII - Al llegar a Calcena, después de medio día de marcha, advertí que el general era recibido por la tropa con alguna frialdad. Parte del pueblo ardía y los desgraciados habitantes, más cariñosos con D. Juan Martín que su misma tropa, salían al encuentro de este, suplicándole pusiese fin al incendio y al saqueo. Una mujer furiosa adelantose por entre los caballos y deteniendo enérgicamente por la brida el del general, exclamó más bien rugiendo que hablando: -¡Juan Martín, justicia! ¿Te has alzado en armas contra España o contra Francia? -¿Es señá Soleá?.. ¿La misma? La amiga de mi mujer.. ¿Señá Soleá, qué le pasa a usted? -Juanillo, (p.1574) Juanillo, ¿mandas soldados o bandoleros? ¡Malos rayos del cielo te partan! Nos saquearon los franceses anoche, y esta mañana nos han saqueado los tuyos.. ¿Qué cuadrillas de tigres carniceros son estas que traes contigo? -Veré lo que pasa -dijo el general frunciendo el ceño. -Juanillo, después que eres general, ya no se te puede hablar de tú -añadió la mujer, cuya fisonomía revelaba el mayor espanto-. Yo te conocí guardando los guarros de tu padre el tío Juan.. yo conocí a la señá Lucía Díez, tu madre.. Si no nos haces justicia, iremos a decirle a doña Catalina Fuente que eres un asesino.. Juanillo, esta mañana han fusilado a mi marido porque no les quiso dar unos pocos pesos duros que teníamos envueltos en un pañuelo. Oyose una fuerte detonación. -Trijueque está haciendo de las suyas -dijo el Empecinado, rompiendo a caballo por entre la multitud. -No es nada, señores -dijo Santurrrias, que con su niño en brazos apareció, mostrándonos su abominable sonrisa-. Es que están fusilando a los pícaros franceses prisioneros, que nos hicieron fuego desde la casa del alcalde. El vecindario clamaba a grito herido. Don Juan Martín, haciendo valer al instante su autoridad, penetró en la plaza, entró en la casa del Ayuntamiento e hizo llamar a su presencia a los dos cabecillas Albuín y Trijueque. No tardó este en presentarse. Su rostro, ennegrecido por la pólvora, era el rostro de un verdadero demonio. El júbilo del triunfo mostrábase en él con una inquietud de cuerpo y un temblor de voz que le hubieran hecho risible si no fuera espantoso. Sin aguardar a que el general hablase, tomó él la palabra, y atropelladamente dijo: -¡He derrotado a mil quinientos franceses con sólo ochocientos hombres!.. ¡bonito día!.. ¡Viva Fernando VII!.. He cogido cuatrocientos prisioneros.. ¿para qué se quieren prisioneros?.. Cuatrocientas bocas.. lo mejor es pim, plum, plam, y todo se acabó.. Demonios al infierno. Hacía ademán de llevarse el trabuco a la cara, y cerraba el ojo izquierdo, haciendo con el derecho imaginaria puntería. -Celebro la (p.1575) victoria -dijo con calma don Juan- pero ¿por qué abandonaste a Orejitas? -¡Oh! -exclamó con diabólica sonrisa el guerrillero-, ya sé que no doy gusto a los señores.. Ya sabía que mi conducta no sería de tu agrado, Juan Martín.. Mosén Antón Trijueque es un tonto, un loco, y no puede hacer más que desatinos.. He ganado una batalla, la más importante batalla de esta campaña; pero ¿esto qué vale?.. Es preciso anonadar y oscurecer a mosén Antón. -Lo que vale y lo que no vale harto lo sé -repuso el Empecinado alzando la voz-. Respóndeme: ¿por qué no fuiste a ayudar a Orejitas? De mí no se ríe nadie (y soltó redondo un atroz juramento), y aquí no se ha de hacer sino lo que yo mando. -Pues bien -dijo mosén Antón, haciendo con los brazos gestos más propios de molino de viento que de hombre-: abandoné a Orejitas porque el sitio de Borja me pareció un disparate, una barbaridad que no se le ocurre ni a un recluta.. Cuidado que es bonita estrategia.. ¡Sitiar a Borja, cuando los franceses andan otra vez por Calatayud! Perdone Su Majestad el gran Empecinado -añadió con abrumadora ironía- pero yo no hago disparates, ni me presto a planes ridículos. -¿Redículos, llama redículos a mis planes? -exclamó D. Juan fuera de sí-. No esperaba tal coz de un hombre a quien saqué de la nada de su iglesia para hacerle coronel. ¡Coronel, señores!.. Un hombre que no era más que cura.. Trijueque -añadió amenazándole con los puños- de mí no se ríe ningún nacido, y menos un harto de paja y cebada como tú. Mosén Antón púsose delante de su jefe y amigo; desgarró con sus crispadas manos la sotana que le cubría el pecho, y abriendo enormemente los ojos, ahuecando la temerosa voz, dijo: -Juan Martín, aquí está mi pecho. Mándame fusilar, mándame fusilar porque he ganado una gran batalla sin consentimiento tuyo. Te he desobedecido porque me ha dado la gana, ¿lo oyes?, porque sirvo a España y a Fernando VII, no a los franceses ni al rey Botellas. Manda que me fusilen ahora mismo, prontito, Juan Martín. ¿Crees que temo la (p.1576) muerte? Yo no temo la muerte, ni cien muertes; ¡me reviento en Judas! Yo no soy general de alfeñique, yo no quiero cruces, ni entorchados, ni bandas. El corazón guerrero de Trijueque no quiere más que gloria y la muerte por España. -Mosén Antón -dijo D. Juan Martín- tus bravatas y baladronadas me hacen reír. Semos amigos y como amigo te sentaré la mano por haberme desobedecido. Además, ¿no tengo mandado que no se hagan carnicerías en los pueblos?.. -Este pueblo dio raciones a los franceses y no nos las quería dar a nosotros. Los calceneros son afrancesados. -Eres una jiena salvaje, Trijueque -dijo cada vez más colérico-. Por ti nos aborrecen en los pueblos, y concluirán por alegrarse cuando entren los franceses. -He fusilado a unos cuantos pillos afrancesados -repuso mosén Antón-. También hice mal, ¿no es verdad? Si este clérigo no puede hacer nada bueno. Juan Martín, fusílame por haber ganado una batalla sin tu consentimiento.. Es mucha desobediencia la mía.. Soy un pícaro.. Pon un oficio a Cádiz diciendo que mosén Antón está bueno para furriel y nada más. -¡Silencio! -exclamó de súbito con exaltado coraje el Empecinado, sin fuerzas ya para conservar la serenidad ante la insolencia de su subalterno. Y sacando el sable con amenazadora resolución, amenazó a Trijueque repitiendo: -¡Silencio, o aquí mismo te tiendo, canalla, deslenguado, embustero! ¿Crees que soy envidioso como tú, y que me muerdo las uñas cuando un compañero gana una batalla? Aquí mando yo, y tú, como los demás, bajarás la cabeza. Mosén Antón calló, y sus ojos despidieron destellos de ira. Púsose verde, apretó los puños, pegó al cuerpo las volanderas extremidades, agachose, apoyando la barba en el pecho, y de su garganta salió el ronquido de las fieras vencidas por la superioridad abrumadora del hombre. La autoridad de Juan Martín, el tradicional respeto que no se había extinguido en su alma, la presencia de los demás jefes, y sobre todo, la actitud terrible del general, pesaron sobre él humillando su orgullo. El (p.1577) Empecinado envainó gallardamente el sable y acercándose a Trijueque asió la solapa de su sotana u hopalanda, y sacudiole con fuerza. -A mí no se me amedrenta con palabras huecas ni con ese corpachón de camello. Harás lo que yo ordeno, pues soy hombre que manda dar cincuenta palos a un coronel. El que me quiera amigo, amigo me tendrá; el que me quiera jefe, jefe me tendrá, y no vengas aquí, jamelgo, con la pamema de que te fusilen. Yo no fusilo sino a los cobardes, ¿entiendes? A los valientes como tú, que no saben cumplir su obligación ni obedecen lo que mando, no les arreglo con balas, sino a bofetada limpia, ¿entiendes?, a bofetada limpia.. Como me faltes al respeto, yo no andaré con pamplinas ni gatuperios de oficios y órdenes, sino te rompo a puñetazos esa cara de caballo.. ¿estás?.. Vamos, cada uno a su puesto. Se acabaron los fusilamientos. Celebremos la batalla con una merienda, si hay de qué, y aquí no manda nadie más que yo, nadie más que yo. Salió de la estancia mosén Antón cuando ya empezaba a oscurecer. La expresión de su cara no se distinguía bien. D. Juan Martín salió también a recorrer el pueblo, que ofrecía un aspecto horroroso, después del doble saqueo. En las calles veíanse hacinadas ropas y objetos de mediano valor que los soldados habían arrojado por las ventanas; los cofres, las arcas abiertas obstruían las puertas, y las familias desoladas recogían sus efectos o buscaban con afanosa inquietud a los niños perdidos. La plaza estaba llena de cadáveres, la mayor parte franceses, algunos españoles, y por todas partes abundaban sangrientas y tristísimas señales de la infernal mano del más cruel y bárbaro de los guerrilleros de entonces. Por todas partes encontrábamos gentes llorosas que nos miraban con espanto y huían al vernos cerca. La tropa ocupaba el pueblo; los cantos de algunos soldados ebrios hacían erizar los cabellos de horror. Persistían otros en cometer tropelías en la persona y hacienda de aquellos infelices habitantes y nos costó gran trabajo contenerlos. De vuelta a la casa del (p.1578) ayuntamiento, comimos con mayor regalo del que esperábamos: verdad es que los soldados de la división de Trijueque no habían dejado en las casas del pueblo ni un mendrugo de pan, ni una gallina, ni un chorizo, ni una fruta seca de las muchas y excelentes con cuya conservación se envanecía Calcena. La comida fue, sin embargo, triste. El general estaba pensativo, y Sardin, Albuín, que acababa de entrar, Orejitas y los ayudantes y amigos y protegidos de unos y otros, que les acompañábamos a la mesa, no decíamos una palabra. Aunque guerreros, todos estaban conmovidos, y el fúnebre clamor de la pobre villa asolada se repetía en nuestros corazones con ecos lastimeros. Un hombre se presentó en la sala. Era alto, enjuto, moreno, amarillento, de pelo entrecano y erizado como el de un cepillo; con los ojos saltones y vivarachos, fisonomía muy expresiva y continente grave y caballeroso cual frecuentemente se nota en campesinos aragoneses. Al entrar buscó con la mirada una cara entre todas las caras presentes, y hallando al fin la del Empecinado, que era sin duda la que buscaba, dijo así: -Ya te veo, Juanillo Martín. Cuesta trabajo encontrar la cara de un amigo debajo de la pompa y vaniá de un señor general como tú. ¿No me conoces? -No a fe -respondió D. Juan examinándole. -No es fácil -añadió este con desdén-. No es fácil que un señor general conozca al tío Garrapinillos, que le llevaba en su mula desde Castrillo a Fuentecén y le compraba rosquillas en la venta del camino. -¡Tío Garrapinillos de mi alma! -exclamó el general extendiendo los brazos hacia el campesino-. ¿Quién te había de conocer hecho un hombre grave? Ven acá, amigo. Yo para ti no soy otro que Juanillo, el hijo de la señá Luciíta. ¿Te acuerdas de cuando llevabas los títeres a la feria de Castrillo? ¿Y la mona que te ayudaba a ganar la vida?.. Cuando era niño, yo te tenía por el primer personaje de España después del rey, y si yo hubiera tenido entonces en mi mano las Indias con todos sus Perules, los habría dado por los títeres y la mona. Pero (p.1579) siéntate y toma un bocado. -No quiero comer -repuso Garrapinillos con dignidad-. Ya no hay nada de títeres ni de monas.. Me establecí en este pueblo.. puse un bodegoncillo, y con él mi familia y yo íbamos matando el hambre. -¿Qué familia tienes? -Mujer y siete chiquillos. El mayor no llega a diez años. -¡Hombre te comerán vivo! Garrapinillos exhaló un suspiro, y luego mirando al cielo dijo: -Juan Martín, ¿no sabes a qué vengo? -No, si no me lo dices. -Pues vengo a que me devuelvas lo que me han robado -exclamó con violenta cólera el campesino, cerrando los puños y jurando y votando-. Si no, tú y todos los tuyos se las verán conmigo, pues yo soy un hombre que sabe defender el pan de sus hijos. -¿Qué te han robado, Garrapinillos, y quién ha sido el ladrón? -El ladrón -dijo el labriego señalando con enérgico ademán a Albuín- es ese. El Manco, que a consecuencia del mucho comer y de las copiosas libaciones, dormitaba con la cabeza oculta entre los brazos y estos apoyados sobre la mesa, despabilose al instante y miró a su acusador con ojos turbios y displicente expresión. -Garrapinillos -dijo D. Juan Martín-, pué que te hayan sacado algún dinero, si los jefes impusieron contribución para sostenimiento de las tropas, porque la junta no nos paga, y el ejército ha de vivir. -Yo he pagado mis tributos siete veces en dos meses -contestó el reclamante-; yo he dado en aguardiente y en pan más de lo ganado en un mes. Esta mañana me pidieron doce pesos y los di, quedándome sólo con dos y medio. -¿Y eso es lo que te han robado? -No es eso, que es otra cosa -respondió acompañando sus palabras con gestos vehementes-. Lo que me han robado es treinta y cuatro pesos que mi mujer tenía guardados en su arca.. ¡porra!, lo ganado en diez años, Juanillo. Mi mujer iba guardando, guardando, y decíamos «pus compraremos esto, pus, compraremos lo otro..». -¿Y dices que entró la tropa y abrió las arcas? -Entró ese con otros dos, ese que nos está oyendo -exclamó el robado señalando otra vez a Albuín tan enérgicamente (p.1580) como si quisiera atravesarlo de parte a parte con su dedo índice-, ¡ese tunante que no tiene más que una mano! Albuín después que a satisfacción observó a su acusador, se descoyuntó las quijadas en un largo bostezo, y volviendo a cruzar los brazos sobre la mesa, reclinó de nuevo sobre ellos la cabeza, creyendo sin duda que los gritos de aquel desgraciado no debían turbar las delicias de su modorra. El mirar turbio el largo bostezo, el hundir la cabeza, le dieron apariencias de un perro soñoliento a quien la persona mordida insultara desde lejos sin poder hacerle comprender el lenguaje humano. -Garrapinillos -dijo D. Juan Martín-, no se habla de ese modo de un coronel. Este señor es el valiente D. Saturnino Albuín, de quien habrás oído hablar. Su mano derecha es el terror de los franceses. Napoleón daría la mitad de su corona imperial por poderla cortar. -Y también los españoles -dijo el agraviado-. Que me devuelva mis treinta y cuatro pesos y le dejaré en paz. Si no, general Juanillo, te juro que lo mato, lo ensarto, lo vacío, lo desmondongo.. A buen seguro que si yo hubiera estado en casa.. Yo había salido a la calle en busca de dos de los chicos que se salieron a ver fusilar franceses.. Cuando volví, mi mujer me contó que ese señor general.. (general será como mi abuelo).. que ese señor Manco había entrado en casa pidiendo dinero; que había amenazado con fusilar hasta el gato, si no se lo daban; que había roto las arcas, los cofres y vaciado la lana de los colchones para buscarlo.. Casiana le dijo que no tenía nada; pero él busca que busca, dio con el calcetín.. Oh ¡ánimas benditas!.. lo vació, contó el dinero.. Al llegar aquí el tío Garrapinillos, en cuya alma una extremada sensibilidad había sucedido al primitivo coraje, no pudo contener sus lágrimas; pero luego conociendo sin duda que tales manifestaciones de un corazón lacerado no eran propias del caso, se las limpió como quien se quita telarañas del rostro, y ahuecando la voz habló así: -Señor general Juanillo Martín, yo le digo a tu vuecencia que le mato sin (p.1581) compasión como se mata a un perro, aunque sé que la tropa se echará sobre Garrapinillos para fusilarle, y Casiana se quedará viuda y mis siete hijos huérfanos.. Pero le mato, si no me da los treinta y cuatro pesos que son toda mi hacienda. -Garrapinillos -dijo D. Juan Martín gravemente-, en campaña ocurren estas marimorenas y tiene que haber mucho de esto que parece latrocinio y no es sino la ley nesorable de la guerra, como dijo el otro. Es preciso sacrificarse por la patria y dar cada uno su óbalo.. Este pueblo dicen que agasaja al francés.. Malo, malo.. pero en fin, tío Garrapinillos, de mi bolsillo particular te doy los treinta y cuatro pesos. Diciéndolo, el Empecinado echose mano a la faltriquera y sacó.. una peseta. -Yo creí que tenía más -dijo contrariado-. ¡Eh!, Sr. Sardina, señor intendente del ejército.. Antes que esto fuera dicho, D. Vicente me había mandado que del cinto lleno de oro, que por encargo suyo llevaba, sacase dos onzas. Hícelo así, y con dos duros que Sardina aprestó, completose la suma, que fue entregada a Garrapinillos. -Gracias, Juan Martín -dijo este guardándose su dinero-. Ya sabía yo que eras un caballero. Voy a hacer correr por todo el pueblo la voz de que tú devuelves lo robado, para que vengan el tío Pedro, el tío Somorjujo, la tía Nicolasa y D. Norberto, que entre todos lo menos han dado un óbalo de mil pesos, como podrá atestiguar la mano derecha del que duerme.. Con Dios, señores. Saben que les quiere el tío Garrapinillos, que vive en la esquina de la calle de la Landre, para lo que gusten mandar.. Vivan mil años estos valientes generales, y viva Fernando VII.. Y tú, Juanillo, deja mandado, si es que te vas.. ojalá no parezcáis más por aquí. Sabes que te quiero.. Casiana siente no poder venir a besarte las manos.. Está embarazada de ocho meses.. Adiós.. ¿Se marcha la tropa esta noche? Dios la lleve.. Me voy a abrir la tienda a ver si se gana alguna cosa. Salió Garrapinillos y poco después Orejitas y otros jefes. El Empecinado mandó traer luces, y cuando las indecisas (p.1582) claridades de un velón iluminaron a medias la estancia, encendió un cigarro y dijo: -Señor Sardina, jefe de Estado Mayor general y también intendente de este real ejército, vamos a recoger los fondos recaudados. -Que me entreguen lo que se ha recogido en Calcena -repuso D. Vicente-, y yo diré lo que se puede enviar a la junta y lo que ha de quedarse en la caja del ejército para sus necesidades. Araceli, tome usted la pluma y apunte en ese papel lo que yo le diga. Nos quedamos solos el general en jefe, don Vicente Sardina, dos oficiales que escribíamos y Albuín que seguía dormitando en la actitud antes descrita. -¡Eh! Sr. Manco -dijo Juan Martín dejando caer la pesada mano sobre el hombro del durmiente-, despierte usted.
Ep-9-XIII - Incorporose D. Saturnino, y después de restregarse perezosamente los párpados, vimos brillar sus ojos parduscos, en cuya pupila reverberaba con punto verdoso la macilenta luz de la lámpara. -Si yo llego a descuidarme y no tomo las primeras casas del pueblo -dijo el Manco-, los franceses hubieran.. Mosén Antón se metió por medio del batallón de ligeros, abrió en dos al comandante.. -A ver, venga ese dinero -dijo el Empecinado cortando la relación de la batalla. -¿Qué dinero? -preguntó Albuín despertando completamente, pues hasta entonces lo había hecho a medias. -El dinero que se ha recogido por buenas y por malas -dijo imperiosamente D. Juan. Albuín se inmutó un poco y sus ojos se animaron con pasajero rayo. El observador, ilusionado por el aspecto de zorra de aquel singular rostro, hasta creía verle mover las orejas picudas y aguzar el negro y húmedo hociquillo. -El capitán Recuenco tiene los fondos recaudados -repuso después de breve pausa, disponiéndose a tomar en un banco de los próximos a la pared posición más holgada para dormir. -Que venga Recuenco. Vino el capitán a quien se llamaba, hombre puntual y honrado, según advertí en varias ocasiones, el cual dijo: -Tengo ochenta y tres pesos en distintas monedas. Esto me han entregado y esto entrego. (p.1583) Lo que se ha cogido en el saqueo los soldados lo tendrán o mosén Antón y don Saturnino. El capitán Recuenco dejó sobre la mesa un bolsón con ochenta y tres pesos, que anoté en el cuaderno, y se retiró llevando el encargo de hacer comparecer a Trijueque. Presentose este de muy mal talante, y antes que el general le interpelara, expresose rudamente de esta manera: -Ya sé para qué me quieres. Para pedirme dinero. Ya sabes que mosén Antón no lleva un cuarto sobre sí. Aquí están mis bolsillos, más limpios que la patena de la Santa Misa. Y mostró vacías y al revés las dos mugrientas faltriqueras cosidas a sus calzones. -Pero si es preciso -añadió- que todos contribuyamos a los regalos del cuartel general, ahí va mi reló, que es lo único que posee el pobre Trijueque. Puso sobre la mesa una rodaja de plata que solía marcar la hora. -Yo no quiero tu reló, Trijueque -dijo don Juan Martín devolviendo la cebolleta con enfado-. Maldito caraiter el de este clérigo. No dice una palabra sin soltar una coz. Quiero el dinero que se ha cogido en el saqueo. ¿Le tienes o no? -¿También es preciso que Trijueque pase por ladrón?.. -repuso el clérigo-. Bueno.. ponlo en el oficio. Más pasó Jesucristo por nosotros. Yo no tengo dinero. ¿No sabes que cuando cobro alguna paga la doy a los soldados? ¿No sabes que no me para un ochavo en los bolsillos porque en seguida lo doy al que me lo pide? ¿A qué vienen estas pamemas, Juan Martín? -Sé que eres desprendido y liberal -dijo el Empecinado en el tono de quien se propone tener paciencia-. Me basta con que tú digas que no tienes nada. Estoy satisfecho. No te ofrezco dinero porque no lo tomarías, Trijueque; pero esas botas necesitan medias suelas. Necesitas un buen capote para abrigarte.. D. Vicente, encárguese usted de que mosén Antón no vaya descalzo y desabrigado. -Gracias -dijo el clérigo-. No soy hombre melindroso. Con lo que se gaste en mi persona puedes tú comprar pomadas para el pelo, plumas para el sombrero y galoncillos para el uniforme. Mosén Antón Trijueque (p.1584) no necesita perifollos, y desprecia el dinero. Sabe ganarlo para los demás. Retirose sin decir más, y el general, que ya iba a contestarle con cólera, se rascó con entrambas manos la cabeza, haciendo muecas que revelaban penosas indecisiones en su espíritu. Después nos dijo: -Trijueque y yo hemos de reñir para siempre algún día.. Vaya, apúntenme los ochenta y tres pesos.. Mucho más ha de salir.. Yo pongo mi mano en el fuego por mosén Antón. Revolverá el mundo por envidia, pero no se ensuciará las manos con un ochavo.. ¡Eh, don Saturnino de mil demonios, despierte usted! Albuín, que sin duda fingía dormir, abrió los ojos. -Prontito, venga ese dinero -le dijo el general sin mirarle. -¡Ah! -exclamó el Manco, en el tono de quien recuerda alguna cosa-. ¿El dinero? Ya. ¿No dije que tenía mil trescientos y pico de reales? Aquí los llevo. Diciendo esto, puso sobre la mesa un paquete en que había monedas de distintas clases en plata y oro. -Algo más será -dijo el Empecinado-. Sé que usted se apoderó de los fondos del Noveno y el Excusado, de los diezmos y de lo que el alcalde había recaudado para entregarlo a la junta, y también oí que los frailes de la Merced se habían dejado quitar algunos miles. -Si el general hace caso de lo que digan las malas lenguas del pueblo.. -Albuín, no quiero retólicas.. Venga ese dinero y pongamos punto final -repuso don Juan con energía. -Dale con el dinero. ¡Se me deben diez y ocho pagas, diez y ocho pagas, y no tengo calzones! -Poca conversación -añadió enfadándose por grados D. Juan Martín-. Ya hablaremos de las pagas. D. Saturnino, deme usted esa culebrilla que lleva a la cintura. Si no, nos veremos las caras. Esto no lo digo como general. Nos veremos de hombre a hombre.. pues.. de mí no se ríe usted. Así amanso yo a mi gente. Aquí no se fusila a nadie, ni se ponen castigos de ordenanza. Albuín, ya usted me conoce.. Gomite usted el dinero. Acuérdese de aquella ocasión en que no queriendo usted hacer lo que yo le mandaba, le di tal pezco, que rodó por el suelo hecho un (p.1585) ovillo. -Juan Martín -repuso el Manco poniéndose pálido-, siempre he obedecido y respetado a mi jefe; he servido a sus órdenes con entusiasmo, y le estimo y le quiero. Hoy mi jefe no tiene confianza en mí. Bueno, yo le digo a mi jefe que me mande fusilar al instante, porque no me da la gana de darle el dinero que me pide y que efectivamente tengo. -¿Volvemos a la broma de mosén Antón? -dijo D. Juan Martín-. No me lo digan mucho, porque ya me van cargando los valentones; y aunque me quede sin héroes en la partida haré un escarmiento. -Pues yo digo que hasta aquí llegó la paciencia -afirmó Albuín poniéndose lívido y retando con la mirada al general-. No aguanto más; no doy dinero, ni sirvo más en la partida. Ea.. Levantose de su asiento D. Juan Martín como si una explosión le sacudiera, rompiendo el sillón, y volcando la mesa. -¡Pues también se me acaba la paciencia! -exclamó con furia-. Usted aguantará, usted dará el dinero, y usted no saldrá de la partida. -Veamos cómo ha de ser eso, no queriendo yo -dijo el Manco, poniéndose en actitud del carnívoro que espera el ataque de la fiera más poderosa. -¡Albuín, Albuín! -gritó con tremendo alarido D. Juan, dando tan fuerte patada, que piso, paredes, techo y todo el edificio se estremecieron-. Es la primera vez que un subalterno se revuelve contra mí de esa manera; y no lo pasaré, no lo pasaré. El Manco entonces llevó la derecha mano precipitadamente al cinto y exhaló un rugido de desesperación. No tenía sable. Se lo había quitado antes de comer, arrojándolo en un rincón. -Le hace falta a usted un sable, ahí va el mío -dijo D. Juan Martín, arrojando el acero desnudo ante los pies del guerrillero-. Defiéndase usted ¡voto al demonio!, porque le voy a amarrar los brazos con esta cuerda para llevarle preso al sótano. Estábamos todos los presentes mudos y aterrados, y no nos atrevíamos a intervenir en la dramática escena. Con presteza suma, D. Juan tomó una soga que cerca había y se dirigió hacia su subalterno diciendo: -Dese usted preso, señor deslenguado. ¡Recuerno! Estoy cansado (p.1586) de ser bueno. El Manco haciéndose atrás, exclamó: -No necesito cuerda. Me dejaré matar antes que consentir que me aten como a un ladrón.. ¿A dónde tengo que ir? ¿Al sótano? No me da la gana. Señor general -añadió, recogiendo el arma del suelo- tome usted su sable y atraviéseme con él, porque Albuín no se deja atar la mano que le queda.. Iré preso; que me fusilen al instante, y entonces si quieren mi dinero, lo recogerán de mi cadáver. No pudo seguir, porque con una rapidez, una seguridad, una destreza extraordinaria, la mano poderosa de D. Juan Martín asió con el vigor de férrea tenaza la extremidad derecha del Manco, el cual bruscamente cogido, forcejeó, se retorció, se doblegó, dio un terrible grito, agitando el impotente muñón de su extremidad izquierda. -De rodillas -vociferó el general sacudiendo con su membrudo brazo aquel cuerpo de acero que se cimbreaba como una hoja toledana-. ¡De rodillas delante del Empecinado! D. Saturnino, una vez presa la mano derecha, era hombre perdido, una espada sin punta, una culebra sin veneno. Su muñón hizo esfuerzos formidables; pero no pudo defenderle. Al fin, después de repetidos arqueos y dobleces, las agudas rodillas del héroe, cayendo con violencia, hicieron estremecer el suelo. Se oía un resoplido de animal vencido. -Miserable ladrón -exclamó el Empecinado con voz indecisa y ronca a causa del gran esfuerzo-. Ahora mismo me entregarás lo que te pido, o pereces a mis manos. En el propio instante, observamos que la cabeza de D. Saturnino hizo vivísimo movimiento, y sus blancos dientes se clavaron en la mano potente que le sujetaba. -¡Me muerde este perro! -exclamó don Juan Martín con súbito dolor-. ¡Ah, miserable! Forcejeó segunda vez el Manco y pudiendo al fin desasirse, corrió de un salto a la inmediata ventana. Abriéndola, gritó hacia afuera: -¡Soldados, muchachos, amigos.. a mí, a mí!.. ¡Socorro! Quieren asesinar a vuestro querido Manco.. ¡Arriba todo el mundo! Y dicho esto, volviose hacia dentro, y miró a su jefe y a todos con (p.1587) expresión de salvaje alegría. D. Juan Martín, cuya mano sangraba, recogió su sable. Todos nos apercibimos, barruntando algo grave, porque D. Saturnino, además de ser muy querido de sus tropas, tenía una especie de guardia negra, compuesta de los más salvajes, feroces y bárbaros hombres de aquel ejército. -Esto es una infamia -gritó Sardina-. Concitar a las tropas a la insubordinación. Albuín seguía gritando: -¡A mí, muchachos; subid pronto! Oyose rumor muy imponente en la vecina escalera. -Cerremos las puertas -dijo Sardina, disponiéndose a hacerlo-. Tiempo habrá de hacer entrar en razón a esa canalla. -No -gritó con furia el general esgrimiendo el sable-; dejarles entrar. No tardaron en aparecer los que eran la hez más abominable de la partida. Algunos hombres rudos, negros, sucios, de mirada aviesa y continente repulsivo se presentaron en la puerta. -¿Qué hay? -preguntó el general, mirándoles con terribles ojos-. ¿Qué buscáis aquí? -Aquí estamos, señor Manco -dijo uno entrando resueltamente. Aquel y los demás, que eran hasta veinte o veinticinco, dieron algunos pasos dentro de la sala. -¡Atrás, atrás todo el mundo! -gritó resueltamente el Empecinado, adelantándose hacia ellos con la majestad del heroísmo. -¿Dejaréis que asesinen a vuestro querido Manco? -exclamó en el hueco de la ventana la voz angustiosa de D. Saturnino. -Mando que se retiren todos -repitió don Juan Martín-, o no me queda uno vivo. Soy el general. ¡Al que me desobedezca, le tiendo aquí mismo!.. Ea.. den un paso si se atreven.. que vengan más.. Aquí espero.. Que venga todo mi ejército a atropellar a su general.. Aquí me tenéis, cobardes.. bandidos.. Venid.. que venga más gente.. Somos cuatro.. Matadnos.. pisad el cadáver de vuestro general. Una voz horrible clamó en la escalera: -¡Viva D. Saturnino el Manco! Dos de los que habían entrado, adelantáronse lanzando votos y juramentos hacia don Juan Martín. Pero este con empuje vigoroso descargó sobre la cabeza de uno de ellos tan fuerte sablazo, (p.1588) que le la abrió a cercén la cabeza. El soldado cayó al suelo muerto. Arrojámonos los tres en auxilio del general y esgrimimos los sables contra aquella infame canalla. Aunque acobardados y aterrados por la presencia, por la voz, por el heroísmo sublime de D. Juan Martín, trataron de defenderse, fiados en su gran número; pero no tardamos en hacer estrago en ellos. Dispararon algunos fusilazos, que por fortuna no nos hicieron otro daño que una herida leve recibida por mí, y otra que le cupo en suerte a Sardina; mas acometidos bravamente, huyeron por la escalera abajo. D. Juan Martín bajó repartiendo sablazos a diestro y siniestro, y nosotros tras él. Otras tropas invadieron el edificio, y los mismos partidarios del Manco perdiéronse entre la multitud afecta al jefe. -Crudo -exclamó este-, es preciso fusilar ahora mismo a toda esa canalla. Sardina, dé usted las órdenes necesarias. Quintarlos es mejor.. Asegurarles bien.. El Tuerto es el peor de todos.. Esos tres, esos tres que se escabullen por ahí también subieron.. Que no se escapen. Ponerles en fila.. Yo les reconoceré.. ¡Eh!, Moscaverde.. Al instante, es preciso castigar esta gran canallada. La tropa gritó: -¡Viva el Empecinado! -Gracias, gracias -dijo el héroe-. Dejarse de vivas y portarse bien.. Voy a hacer un escarmiento esta noche.. Hace tiempo que lo estoy meditando, y en verdad es necesario.. Ninguno se ríe de mí. Subimos de nuevo. Ya en la sala del Ayuntamiento había bastante gente, y D. Saturnino era custodiado por gente leal. El Empecinado al encarar nuevamente con él, le dijo: -Sr. Manco, dispóngase usted para el requieternam. Aquí no hay más capellán que mosén Antón, y ese ya ha olvidado el oficio. Haga usted acto de contrición. -Despachemos pronto -dijo el Manco esforzándose por aparecer sereno, pues aquel hombre, bravo cual ninguno en las batallas, carecía de valor moral-. Despachemos pronto.. Mande vuecencia formar el cuadro en la plaza.. Pueden llevarme cuando quieran. D. Vicente Sardina entró en la sala. -Sólo dos se han escapado -dijo-; les (p.1589) conozco bien. Ya están dadas las órdenes. Se quintarán. -Sr. D. Vicente Sardina -añadió el Empecinado-, el Sr. Albuín no será arcabuceado por la espalda. Se le apuntará por el pecho, en atención a que ha sido el primer soldado de este ejército. El generoso corazón de D. Juan Martín no dejaba de enaltecer las prendas militares de sus amigos ni aun cuando hacía caer sobre ellos la pesada cuchilla de la ordenanza. Oyose el ruido de una descarga. Reinó después lúgubre silencio en la sala, sólo interrumpido por la voz de Sardina que dijo uno, y la de Albuín que elevando sus manos al cielo, exclamó con dolorido acento: -¡Adiós, amigos míos! ¡Adiós, valientes camaradas! Ya no venceremos a los franceses, ni vuestros generosos corazones volverán a palpitar con el entusiasmo de la batalla. Después echándose mano a la cintura, deslió la culebrilla de seda que en ella llevaba, y arrojándola en mitad de la sala, añadió: -Ahí está el dinero, Sr. D. Juan Martín; ahí están los trescientos cochinos pesos que son causa de la carnicería que se está haciendo abajo con mis bravos leones. Desnudo y pobre entré en la partida, y pobre y desnudo salgo de ella para el otro mundo. Oyose otra descarga, y D. Vicente dijo: -Dos. Cayó otra buena pieza. -Puesto que voy a morir -añadió D. Saturnino-, que no maten más gente. Yo fui causa de todo. Yo les mandé subir. -A usted no le va ni le viene nada de esto -dijo D. Juan, no ya colérico, sino displicente-. Usted hará lo que yo disponga, y nada más. Dicho esto, metiose las manos en los bolsillos, hundió la barba en el cuello del capote y se paseó de un rincón a otro. -Vamos de una vez -dijo Albuín-. Estoy dispuesto a morir. ¡Al cuadro! El Manco no ha temido nunca la muerte. Dio algunos pasos hacia la salida, seguido por los que le custodiaban. -Alto ahí -gritó de súbito el Empecinado, golpeando el suelo, deteniéndose en su marcha y mirando a la víctima con rostro ceñudo-. ¿Quién le manda a usted bajar antes de que yo lo disponga? -Cuanto más pronto mejor -repuso la víctima. Oímos la (p.1590) tercera descarga de fusilería. -¡Quieto todo el mundo! -repitió don Juan-. Aquí nadie resuella sin que yo lo mande. -¡Quiero que me fusilen! -exclamó Albuín con coraje, sacando a los ojos todo el odio de su corazón, lleno entonces de veneno. -Y si a mí me diera la gana de indultarle a usted, vamos a ver -exclamó el general con furia, como si la muerte fuera la condescendencia, y el indulto la amenaza-. Vamos a ver; ¿si a mí me diera la gana de indultarle y mandar que le dieran cincuenta palos por la mordida, y luego cogerle por una oreja y ponerle al frente de su división, con pena de otros cincuenta garrotazos si no me tomaba a Borja, trayéndome acá prisionera media guarnición francesa..? -A un hombre como yo no se le dan cincuenta palos -repuso el Manco- ni se le tira de las orejas. -Todo será que a mí se me antoje.. ¿Qué tiene usted que decir? Ea, soltadle, y fuera de aquí todo el mundo. Sr. Sardina, mande usted que no se fusile a nadie más. Palos y más palos.. es lo mejor. Marcháronse los de tropa, y quedamos con D. Saturnino los cuatro que antes estábamos. -Le perdono a usted la vida -dijo el general-. Puede ser que no me lo agradezca. -No -repuso Albuín sin inmutarse-. No agradezco, porque parece generosidad y no lo es. -¿Pues qué es, qué? -Miedo -añadió el guerrillero gravemente-. A un hombre como yo no se le pone dentro de un cuadro. La tropa no lo consentiría.. y si lo de antes salió mal, otra vez.. -Estoy por volverme atrás de lo dicho, y mandar que se forme el cuadro.. Pero no; cuando el Empecinado perdona.. D. Saturnino, márchese usted y haga lo que quiera. Si desea seguir a mis órdenes, deme una satisfacción en frente del ejército. Sino.. -D. Saturnino Albuín no da satisfacciones -repuso este-, ni necesita mendigar un mando. Me voy. Adiós para siempre. Juan Martín acabó para el Manco y el Manco acabó para Juan Martín. Grandes hazañas hemos realizado juntos. La gente de Madrid primero y la historia después, se harán lenguas al hablar del Empecinado; pero nadie se acordará del (p.1591) pobre Manco.. Yo le regalo al general toda mi gloria.. Señores, adiós. D. Saturnino Albuín, que no puede manejar la azada ni el telar, va a los caminos a pedir limosna. ¡Dios tenga compasión de él! Marchose Albuín. Luego que salió advertimos en el general un desasosiego, una alteración muy notoria. Se sentaba, se levantaba, se movía de un lado para otro. Creímos advertir cierta humedad en sus ojos. El héroe pestañeaba con viveza y aun se pasó por los párpados las falanges de sus rudos dedos. Al fin se tranquilizó, y sentándose, puso los codos en la mesa y afianzó las sienes en las palmas de las manos. -Me voy quedando sin amigos -dijo sombríamente. -Tú te empeñas -indicó Sardina- en hacer un ejército regular de lo que no es más que una partida grande.. Si hay algún ejemplo de que un buen militar haya sido bandolero, no puede esperarse que todos los bandidos puedan ser generales.
Ep-9-XIV - Púsose de nuevo en práctica el plan primitivo de D. Juan Martín, y Borja y Alagón fueron sitiadas. Respondía esto a las instrucciones del general Blake, defensor de Valencia, que deseaba por tal medio entretener en Aragón las tropas destinadas a reforzar la expugnación de aquella gran plaza. Los hechos militares del Empecinado en Noviembre y Diciembre de aquel año fueron de gran beneficio a las armas españolas, y logró distraer durante aquel tiempo a un gran ejército francés, prolongando el respiro de los valencianos. Pero todos saben que Valencia cayó a principios de 1812, y entonces las cosas variaron un poco. Durante corto tiempo, el conde de Montijo mandó personalmente el ejército empecinado, en virtud de una combinación de las siempre inquietas e intrigantes Juntas; pero D. Juan Martín estuvo sólo algunos días separado de sus soldados, y las necesidades de la guerra le llevaron otra vez a ponerse al frente de la partida grande, que él sólo sabía dirigir. En Diciembre pasamos de Aragón a tierra de Guadalajara, fatigados con las repetidas acciones y las penosas marchas. Sigüenza había quedado definitivamente por nosotros (p.1592) después de haberla ganado y perdido repetidas veces. Con la ocupación de Valencia, las condiciones de la campaña habían variado para nosotros, y hallándose en libertad de operar con desahogo considerables fuerzas francesas, nos cumplía a nosotros la guerra defensiva en vez de la ofensiva que anteriormente habíamos hecho. Hallando en Sigüenza posición ventajosa, el Empecinado dispuso no renunciar a ella; y mientras recorría los alrededores de Guadalajara, dejó en la ciudad episcopal una fuerte guarnición. En dicha guarnición, mandada por Orejitas, estaba yo. Y ahora viene bien decir que la condesa con su hija, de quienes yo me había separado cuatro meses antes en Alpera, dejándolas camino de Madrid, se habían refugiado al fin en Cifuentes, como lo indicó Amaranta la última vez que nos vimos. En la citada villa, del dominio señorial de la familia de Leiva, tenía esta un famoso castillo que fue arreglado para palacio en el siglo anterior por el abuelo de quien entonces lo poseía. Cómo y por qué hicieron las dos damas este viaje huyendo del bullicio de la corte, sabralo el lector más adelante, y por de pronto, y para que no carezca de noticias sobre dos personas que no pueden sernos indiferentes, mostraré parte de la correspondencia que sostuve con Amaranta en aquellos días. Mi desdicha quiso que permaneciese algún tiempo en Sigüenza, como encerrado, mientras la mayor parte del ejército recorría su campo natural y favorito de la Alcarria; pero imposibilitado de visitar a mis dos amigas, la movilidad de las partidas me permitió comunicarme con ellas alguna vez, como se verá por los documentos que a la letra copio: Cifuentes 16 de Diciembre de 1811. «Querido Gabriel: al verme en la necesidad de salir de Madrid, no he encontrado residencia mejor que esta villa de Cifuentes. Verdad es que aquí me hallo, como si dijéramos, dentro de un campo de batalla; pero ¿en qué lugar de España puedo refugiarme sin que pase lo mismo? En Madrid no puedo estar por razones que no me atrevo a decirte por escrito y que sabrás (p.1593) de palabra cuando vengas acá. Podía haber escogido otros lugares de Castilla, en Burgos, Zamora o Salamanca; pero en todos arde la guerra lo mismo que aquí, y carezco en ellos de la cariñosa adhesión de estas buenas gentes y colonos míos, a quienes mi padre y yo hemos hecho tantos beneficios. »Ven pronto a vernos. Todos los días entran y salen pequeñas partidas de tropa y voluntarios, y desde que suena el tambor, nos asomamos a la ventana esperando verte pasar. Entrego esta carta al que me ha traído la tuya, cierto feísimo vejete llamado Santurrias, que lleva consigo un gracioso niño de más de dos años, el cual habla mil herejías con su media lengua y es muy querido del ejército. Santurrias me está dando prisa y no puedo extenderme más. Le digo a Inés que concluya la suya; pero aunque empezó hace dos horas, no lleva trazas de concluir todavía. Si no vienes pronto, en la primera que te escriba te referiré la vida que hacemos ella y yo en este histórico castillo, con lo que te has de reír.- La condesa de X.» No copiaré la carta de Inés, por no contener cosa alguna que pueda interesar a mis lectores, y exhibo estotra de la condesa: Domingo 28. «¡Qué gran chasco nos hemos llevado esta mañana! Nos despertamos sobresaltadas sintiendo ruido de caballos y rumor de soldados, y como viéramos a muchos de éstos con uniformes, creíamos vendrías tú entre ellos. Al poco rato pidió permiso para saludarnos un señor Sardina, que más que sardina parece tiburón, y nos dio tus cartas. Hablamos del señor de Araceli, y nos dijo muchas picardías de ti. »Hoy ha entrado bastante tropa y no pocos heridos, pues ayer parece que hubo una sangrienta batalla hacia Ocentejo. ¡Qué lastimosos espectáculos hemos presenciado Inés y yo! Se nos ha llenado la casa de heridos, y en todo el día no hemos podido descansar un rato, ¡tanto nos da que hacer nuestro cargo de enfermeras! Les damos lo que hay, bien poco por cierto. Nosotros carecemos algunos días hasta de lo más preciso, y de nada nos sirve nuestro dinero para luchar con la espantosa miseria de (p.1594) este país. »No te he dicho nada de mi castillo, y voy a ello. Perdona el desorden que hay en mis cartas, pero escribo a toda prisa, y luchando con el sueño, que a estas horas empieza a querer rendirme. Son las doce; los heridos siguen bien, excepto tres que me parece darán cuenta a Dios esta madrugada. »Vuelvo a mi castillo que es la mejor pieza que ha albergado señores en el mundo. Tiene cuatro habitaciones vivideras. Lo demás está en situación verdaderamente conmovedora, de tal modo que por las noches, cuando sopla con fuerza el viento, parece que se oye el ruido de las piedras dando unas contra otras, y las almenas se mueven como dientes de vieja mal seguros en las gastadas encías. Ciertamente no es ningún niño este nuestro castillo, pues parece construyó la parte más antigua de él D. Alfonso el Batallador, rey de Aragón y esposo de doña Urraca, el cual ganó a los moros toda esta tierra y el señorío de Molina. Me entretengo en recordar esto, porque al escribirte, la idea de mal traer en que andan y de la decadencia en que yacen todas nuestras grandezas, no pueden apartarse de mi pensamiento. Estos sitios, con su gran ancianidad y su tristeza, me son muy agradables, y si no existiese la guerra que todos los días nos hace presenciar escenas lastimosas, me gustaría residir aquí por algún tiempo. Tiemblo al pensar que entren aquí los franceses, o que unos y otros se encuentren en estas calles. ¡Pobre castillo mío! ¿Cómo va a resistir el ruido de los cañonazos? Desgraciado de aquel ejército sobre quien caigan sus gloriosas piedras. »He preguntado a varios de la partida cómo se podrá mandar esta carta a Sigüenza, y un estudiantillo a quien llaman Viriato me ha dicho que el general manda mañana no sé qué órdenes a esa plaza. Ha llegado Sardina, el cual me da prisa. Adiós; no puedo ser tan prolija como deseara. En Cifuentes..- La condesa de X». Ocho días después, Orejitas recibió dentro del correo de la guerra otras dos cartas que decían así: 2 de Enero. «Querido Gabriel, por milagro estamos vivas Inés y yo. El castillo, el pícaro (p.1595) castillo, hizo al fin lo que yo temía. Sin embargo, puedo vivir para contártelo. El sábado entraron los franceses en Cifuentes. Sabiendo que debían ocupar este histórico edificio de cuya capacidad se tiene idea muy equivocada mirándole desde afuera, abandonamos las habitaciones vivideras y nos refugiamos en uno de los torreones de la parte ruinosa, hoy trastera, con lo cual nos creímos seguras. En efecto, entraron los franceses, se arrellanaron en nuestras camas, y comiéronse lo poco que teníamos para vivir. Todo fue bien hasta la mañana del domingo y hora en que se les antojó a los artilleros disparar un cañón contra los reyes de armas y figurones de piedra que hay en el torreón del homenaje. Nunca tal hicieran, porque con la violencia del golpe y estremecimiento del tiro las paredes de aquella fachada, que anhelaban ya de antiguo descansar de su gloriosa vigilancia, se arrojaron gozosas en tierra. ¡Ay!, ¿quién no se fatiga de estar de pie durante siete siglos? Demasiado han hecho, y no hay que vituperarlas. La torre del homenaje se desmoronó como un bizcocho, y por milagro del cielo el torreón en que Inés y yo nos guarecimos, mantúvose derecho sin duda por respeto a los últimos vástagos de la familia. »Mas el terror que aquello nos produjo, el miedo de vernos sepultadas entre las ruinas de nuestro asilo, obligonos a salir, desbaratando el engaño de nuestro encierro. No poco se alegraron los franceses al vernos; pero por fortuna nuestra, eran los huéspedes de mi desgraciada vivienda personas bien nacidas y decentes, oficiales todos; y lejos de hacernos daño, se nos ofrecieron muy rendidos, no sin vislumbres de enamoramiento en alguno de ellos. La verdad es que la explosión, el hundimiento y el presentarnos nosotras dos de improviso saliendo por los huecos de despedazados tabiques, parecen cosa de las que pasan en las novelas o en el teatro. No les negué mi nombre, apelando a su caballerosidad para que fuésemos respetadas, y se contentaron con imponernos una fuerte contribución que me ha dejado sin un cuarto. No (p.1596) te rías de lo que voy a decirte. Estoy tan pobre que vivo de lo que mis colonos me quieren dar. »El lunes por la tarde entraron los españoles, y parece que han hecho algo de provecho por el lado de Algora. También han traído heridos, muchos heridos. No puedo seguir. Es preciso curarlos. Cuando veo esto, me alegro de que sigas ahí. Adiós..- La condesa de X». 16 de Enero. «Querido amigo, estoy llena de tristeza. Una gran desgracia me amenaza sin duda. Sospechas tal vez las razones que me movieron a salir de Madrid; mas no las sabes todas. Había algo más que el cambio de personas, algo más que el aislamiento en que me encontraba y la mala voluntad del gobierno francés para conmigo. Vigilada sin cesar por un hombre que tiene hoy en su mano poderosos medios, mi vida ha sido en la corte un suplicio insoportable. Lo que me anonada y confunde es que creí estar aquí completamente olvidada de mis enemigos, y me he equivocado. Hace dos días volvieron a entrar aquí los franceses y con ellos venía el hombre a quien tanto temo y cuya proximidad me hace temblar. Por los oficiales a cuya generosidad apelé, después de la ruina del edificio, supo que estaba aquí. No se ha atrevido a entrar en nuestra casa; mas por las preguntas que ha hecho a individuos de mi servidumbre, comprendo que fragua algún plan abominable contra nosotras. ¿Quién me defenderá? Yo estoy loca, yo me muero de tristeza, de pavor, de sobresalto, y los más negros presentimientos turban mi alma. Inés no sabe ni entiende nada de esto. No le permito separarse de mi lado. Ven pronto, necesito de tu protección como militar. No puedo seguir más tiempo en Cifuentes y estoy meditando el modo de trasladarme a otro punto, caminando al amparo de la partida, para evitar la persecución de mis enemigos. Te repito que vengas pronto. Tu presencia me tranquilizará. »Post-scriptum. -He hablado con las gentes del pueblo sobre los franceses que estuvieron aquí desde el lunes hasta el domingo por la mañana, y me han dicho que ese personaje civil que acompaña al (p.1597) ejército ha tiempo que recorre el país sobornando con promesas, halagos, destinos, honores, grados militares y dinero a las personas distintas. Él es, según aseguran, quien ha logrado armar las contraguerrillas o sea partidas de gente perdida que defienden la causa francesa, y últimamente parece haber conseguido seducir a uno de los más célebres guerrilleros de este país, un hombre a quien llaman el Manco. Esto se dice de público y lo han confirmado esta mañana los partidarios que entraron de madrugada, con el propio D. Juan Martín, quien estuvo un rato en casa. Le pusimos un mediano almuerzo, pero no le quiso probar. Parece muy disgustado y abatido, no come ni duerme y todo se vuelve hablar consigo mismo. Este pesar proviene, según he oído, de la jugada que le ha hecho ese pícaro Manco. »El mismo D. Juan Martín me ha dicho que se va a dar orden para abandonar a Sigüenza. Albricias. Haz por venir aquí, y entonces Inés y yo seguiremos la partida hasta que tengamos ocasión de salir de España. ¡Dios tenga piedad de nosotras!..». Etc., etc.
Ep-9-XV - Orejitas recibió orden de abandonar a Sigüenza, antes que fuera sitiada por las imponentes fuerzas francesas que vinieron de Teruel. Las excursiones que habíamos hecho a los alrededores nos habían dado escaso resultado. En Cabrera nos unimos a la partida de mosén Antón, quien dijo que los franceses habían pasado por Torre Sabiñán y que él era de opinión que tratásemos de salirles al encuentro, pues teníamos fuerzas suficientes para darles un golpe. Repúsole Orejitas que él se ajustaría estrictamente a las órdenes de don Juan Martín, que le mandaba bajar a esperarle en Almadrones, y añadió: -Hoy he sabido que D. Saturnino Albuín está con los franceses. Si parece mentira.. ¿No será equivocación, Sr. Trijueque? -¿Qué sé yo? -repuso con enfado el clérigo-. ¿Acaso soy guardián de D. Saturnino, para que todos me pregunten lo que ha hecho? El Manco es dueño de hacer lo que le acomode, y si se vio maltratado y vejado por nuestro general.. Ya dije que (p.1598) había de suceder.. -¿Cuántos hombres se llevó consigo? -Al pie de cuatrocientos. -Oí decir que los franceses le han dado cuatro talegas en pago de su traición. También aseguran que le ofrecieron hacerle marqués y capitán general.. -No hay que hacer caso de las habladurías de esta gente de los pueblos. Un hombre tan de bien como Albuín no toma resolución de esa naturaleza sin motivo para ello. Decían esto los dos jefes, sentados a la puerta de un ventorrillo. En los intervalos de su diálogo oíase el ruido de los dientes del caballo de mosén Antón, los cuales, a espaldas de este, molían pausadamente la cebada, metido el hocico negro y huesoso dentro de un saco. -Come bien, leal amigo -dijo Trijueque volviéndose hacia su cabalgadura-, que la jornada será larga. -¿A dónde va usted? -le preguntó con viveza Orejitas. -Ya lo he dicho -repuso el cura guerrillero, acariciando el cuello del gigantesco animal-. Sé que el general Gui ha pasado por Torre Sabiñán, y no quiero que me quede la comezoncilla de no darle un buen golpe. -El general Gui trae mucha gente -repuso Orejitas, bebiendo por octava vez, pues era uno de los principales empinadores de codo que había en la partida-, y con la fuerza que tenemos usted y yo juntos no es posible pensar en salirle al encuentro. Si bajamos de la sierra al llano y acertamos a topar con los mosiures, pienso que no quedaremos ninguno para contarlo. -Sr. Orejitas -dijo Trijueque bebiendo también, aunque en menos dosis que su colega-. Usted hará lo que mejor le convenga y lo que su miedo le dicte.. Yo voy en busca de Gui.. Le estoy viendo debajo del filo de mi sable. -Y yo -añadió Orejitas-, estoy viendo al gran Trijueque bajo las herraduras de los caballos de un escuadrón polaco. Vámonos a donde nos mandan y no comprometamos la partida. -Bien se conoce que ese corazón amadamado -dijo el cura- no simpatiza con el peligro, ni padece lo que yo llamo enfermedad de la gloria, una palpitación dolorosa, una angustia sublime acompañada de cierta fiebre.. Cuando se tiene esta enfermedad la (p.1599) victoria está cerca, Orejitas. Y para acabar -añadió levantándose-, ¿viene usted o no viene? -Yo no -contestó el otro guerrillero, dando fin al contenido del jarro-. Temo que Juan Martín me riña por no obedecerle. -¡Ah!, corazones de alcorza -exclamó Trijueque golpeando el suelo con el sable-, ¡que se asustan cuando arquea las cejas y se rasca el cogote Juan Martín! ¡No conoce usted que si hiciéramos lo que nos manda ese pobre hombre, ya estaría la partida disuelta y todos nosotros ensartados en cuerda de presos como cuentas de rosario, para marchar a Francia? Sr. Orejitas, tengamos iniciativa, ganemos batallas contra la voluntad de nuestro general, proporcionémosle los grados y las vanidades que tanto ama, y no nos reñirá.. No dudo que habrá en la partida muchos valientes que pudieran seguirme. A ver, Araceli, ¿se decide usted a hacer la hombrada? -Yo no me separo de mi jefe, el Sr. Orejitas -repuse. -Este es un bravo mozo -me dijo el jefe, golpeándome el hombro-. Lástima que no hubiera cogido tres cuartillas en vez de dos en la bodega del alcalde de Cabrera. -Les dejo a ustedes entregados al vino -dijo mosén Antón-, y me voy. Que haga buen provecho la mona. Luego, mientras Orejitas se internó en la próxima cuadra para ver su caballo, llevome aparte el insigne clérigo, y me dijo lo que sigue: -Sr. Araceli, usted no puede hacer buenas migas con ese bárbaro y borracho de Orejitas, arriero y mozo de mulas en Junio de 1808, y que ha hecho fortuna en la partida, gracias a la cerrazón de su mollera. Es el perro de presa de Juan Martín. Usted vendrá conmigo: tengo necesidad de un oficial de ejército entendido y valiente para esta operación que tengo en el magín. El gigante hacía todo lo posible para que la contracción de su rostro y despliegue de su boca se pareciese a una sonrisa de benevolencia. Estratégico incomparable en los valles y sierras Trijueque, era completamente inexperto en la táctica del humano corazón, y los recursos de su facultad seductora adolecían de brusca torpeza. -Según y cómo -le (p.1600) respondí, fingiendo acceder, con objeto de que me descubriera mejor sus mal ocultos pensamientos-. Para desobedecer a mis jefes y marchar con usted a donde quiera llevarme.. entiéndase bien, a donde quiera llevarme, necesito promesa manifiesta de que me ha de resultar algún provecho. No están los tiempos para sacrificar por boberías una buena reputación. El ogro, fácilmente engañado, como todos los ogros que hacen algún papel en los cuentos de niños, no supo disimular su repentina alegría, y mostrando sin embozo su apasionado corazón, respondiome: -Ya sé que es usted también de los descontentos. Un oficial de tanto mérito debiera estar mandando una columna. Juan Martín habla bien de usted pero es para embaucarle, me consta que es para embaucarle. Puede usted tener la seguridad de que, aunque la guerra dure treinta años más, no saldrá de ese ten con ten. Aquí no se aprecia el mérito. Con tal que nuestro general tenga batallas ganadas por mí, que le sirvan de asunto para poner oficios a la Regencia, haciéndose pasar por un Julio César, o un Pompeyo.. en fin, venga usted con Trijueque y no le pesará. Al decir esto, apoyaba su mano en mi hombro y me hacía tambalear hacia adelante y hacia atrás. Mirándome con interés, sonreía. -Soy gran admirador de Trijueque -le dije-; hago justicia a sus altas prendas y me río de las inculpaciones con que quieren desacreditarle. -Bien dicho, muy bien dicho -exclamó en tono de predicador. -Estoy pronto a partir con usted; pero ¿a dónde vamos, señor cura? Porque si es cosa de salir por ahí a disparar unos cuantos tiros, matar dos docenas de franceses y coger otras tantas de prisioneros, yo no me muevo. ¡Hemos hecho lo mismo tantas veces! Ya estoy harto de ver que con proezas no se saca aquí el vientre de mal año. Sepamos lo que voy ganando, como dijo el gallego del cuento. Trijueque llevose el dedo a la boca y su rostro expresó satisfacción y victoria. Viendo que se acercaban algunos individuos, íntimos amigos de Orejitas, me dijo: -Parto al instante con mi gente. (p.1601) Por este barranco que se ve a espaldas de la venta, pienso pasar al valle de Pelegrina. ¿Ve usted aquella casa arruinada que hay abajo? Allí le espero, allí le diré a dónde vamos, sin peligro de infundir sospechas a estos borrachos. Si me sigue usted, me sigue, y si no.. Adiós. Fuese mosén Antón y yo busqué a Orejitas, mas el guerrillero, sintiéndose en la cuadra acometido de gran sopor, por efecto sin duda de no ser agua cristalina el contenido del jarro que yo llené en la bodega del alcalde, echose sobre un montón de paja, donde sus ronquidos se acordaban musicalmente con el respirar de los caballos y el mugido de un par de becerros flacos y medio enfermos. Procuré traerle al mundo, con algunos puntapiés; mas no quiso salir de la beatífica esfera en que sin duda con gran fruición revoloteaba su espíritu. Al salir para ver partir a Trijueque, y pasando por cierto edificio ruinoso que había al fin del caserío, sentí la algarabía de una riña, y oí claramente la voz de la señá Damiana en concierto chillón con las de los tres famosos estudiantes. Es el caso que el llamado Cid Campeador dio en aporrear a la Fernández por suponer en aquella Ximena veleidades en favor del llamado D. Pelayo. Defendiose de palabra la acusada; mas percatándose después de que todo el zipizape provenía de chismes y enredos, obra del ingenioso intellectus de aquella lumbrera complutense, nombrada el Sr. Viriato, la emprendió con este, adjudicándole varias patadas o sean coces, y puñadas y rasguños, una parte de los cuales fueron a caer de rechazo sobre la respetable persona del Sr. Santurrias, que se ocupaba en dar al Empecinadillo cucharada tras cucharada de sopas. Dos de los estudiantes partieron a escape, dejando que la contienda acabase con sus consecuencias naturales, cuando Dios se fuese servido ponerle fin, y Viriato y la guerrillera y Santurrias quedaron enzarzados con el engaste de las uñas y de las manos, hasta que los separamos, recogiendo del suelo al Empecinadillo que por poco perece en aquel trance. La Damiana, que ya tenía medio ahogado al (p.1602) estudiante, cuando fue separada del grupo, vociferó de esta manera: -El muy canalla piojoso me llamó mujer de Putifarra.. El Putifarro será él.. Señor oficial -añadió dirigiéndose a mí-, este Viriato es un traidor y quiso seducirme. -Tan gran delito no puede quedar sin castigo. ¿Qué marca la Ordenanza contra los Viriatos que quieren seducir a las Damianas? -Eso quisieras tú, Euménide, harpía de seis colas, marimacho de mil demonios -dijo el de Alcalá poniendo el dedo sobre las distintas heridas de su cuerpo para tantear la gravedad de ellas. -Sí señor, me quería seducir, para que me pasara con ellos al francés. -Calla, bruja, sargentona; o te estrangulo -gritó Viriato-. Aquí está Santurrias que puede decir si soy traidor o no. -Sí, sí, sí -gritó la guerrillera en medio del camino agitando los brazos con una furia loca-. Estos endinos son traidores como D. Saturnino, y se pasan a los franceses. Allá va -añadió señalando el barranco-, ¡allá va mosén Antón que se pasa a los franceses con sus amigos! Mosén Antón, seguido de su tropa, desfilaba tranquilamente por detrás de la venta, bajando al barranco. -¡Allá van, allá van! -añadió Damiana con exaltación salvaje-. ¡Fuego en ellos, fuego en los traidores! ¡Sr. Orejitas, que se han vendido al francés! -Repara bien lo que dices, Damiana. -Sé lo que digo -exclamó atrayendo en torno suyo mucha gente-. Anoche han estado hablando de eso más de tres horas. ¿Creyeron que yo lo iba a callar? ¡Ah, tunante Cid Campeador, me las pagarás todas juntas! Mosén Antón se alejó más aprisa, y entre la tropa que se quedó en el caserío corrió de boca en boca este rumor terrible: -¡Mosén Antón se pasa a los franceses! Reinó gran agitación; oyéronse gritos, amenazas, juramentos. Algunos corrieron a tomar las armas; pero Trijueque se alejaba, se perdía en la profundidad del barranco, y parte de su gente aparecía ya en la vertiente opuesta, internándose en la espesura de un monte. -No crean a esta Lais bachillera, a esta loca Aspasia, a esta Samaritana sin vergüenza -exclamó Viriato-. ¿Quién hace caso (p.1603) de una mujer? Si la dieran cuatro tiros, como merece, no diría que mosén Antón Trijueque es traidor. -¡Sí lo digo! -prosiguió Damiana gritando con voz ronca en medio del camino-. Es traidor, y se va con D. Saturnino. Lo digo cien veces, porque lo sé, y el Sr. D. Pelayo andaba contratando gente para esta picardía. ¡Yo soy muy patriota, yo soy muy española, yo soy muy empecinada, y viva Femando VII! ¡Viva D. Juan Martín! ¡Viva Orejitas! Estos vivas fueron repetidos con calor, y su estruendo fue tan grande, que llegó hasta el mismo espíritu de Orejitas por el conducto de los aletargados sentidos. Levantose del lecho de paja, y enterándose de lo ocurrido y de la voz general, y de la acusación formidable contra su colega, dijo: -No puede ser. Sigamos nuestro camino, y le contaremos esto a D. Juan Martín.
Ep-9-XVI - Minora canamus. El Empecinadillo tenía más de dos años, casi tres; andaba regularmente, y despechado al fin, muy tarde por cierto y no sin malas noches y peores días, por mamá Santurrias, comía como un descosido. Todo era poco para él; pero teniendo a su favor la compasión del ejército entero, recibía mil golosinas de este y del otro. El Empecinadillo hablaba; pero ¡qué lenguaje tan escogido el suyo! Así como la generalidad de los niños empiezan diciendo papá y mamá, él había empezado por los más abominables y horrendos vocablos del idioma. Sus palabrotas soeces, pronunciadas a medias, servían de diversión a la tropa. También decía malchen, fuego, apunten y otras voces marciales. Últimamente empezaba a ejercitarse en el discurso, expresando juicios claramente, y hasta podía sostener un diálogo tirado, siempre que se estimulase su incipiente locuacidad con horribles palabrotas. El Empecinadillo hacía diversas gracias. Tenía un palito que le servía de escopeta para hacer el ejercicio, y otro palito más pequeño, pendiente de la cintura, el cual era su sable. Montaba a caballo en el garrote de mamá Santurrias, y cuando salía en medio del corrillo con la mano izquierda en la brida y agitando en la (p.1604) derecha el sable, su aspecto era terrible. Nos reíamos mucho con él, y nos le comíamos a besos. El Empecinadillo pronunciaba los nombres de todos los oficiales, desfigurándolos con su torpe lengua. Con todos hacía buenas migas, menos con uno que le inspiraba mucho miedo. Era éste mosén Antón. En el varonil y rudo carácter del cíclope, las gracias infantiles eran como rasguños con que se quiere desmoronar una montaña. Jamás se acercó al corrillo en que nos entreteníamos viendo al Empecinadillo hacer el ejercicio. Este, al verle de lejos, huía de su temerosa figura, y le llamaba el coco. Cuando el Empecinadillo no se quería dormir en el alojamiento y nos importunaba con sus chillidos, le decíamos: «que viene Trijueque» y callaba. Era el único medio de llamarle al orden y el solo freno de aquella alma tan impetuosa como traviesa. Pero cuando el feísimo guerrillero se separó de nosotros, el Empecinadillo, como un individuo para quien desaparece la ley moral y el freno coercitivo de las reglas sociales, no conoció límites a su desvergüenza. Hacía lo que le daba la gana. Rompía las cacerolas del rancho, destapaba los pellejos de vino para ver correr el líquido: se emborrachaba, se subía como un gato a las sillas de los caballos cuando estaban sin jinetes; se caía rompiéndose la cabeza; hacía las aguas menores en el escaso fuego a cuyo amor nos calentábamos; escondía o perdía cuanto se hallaba al alcance de su mano; vaciaba el tintero del escribiente en la olla donde se cocía la cecina; cogía las piedras de chispa para jugar; agujereaba con una navaja el parche de los tambores, dando a estos instrumentos de guerra ronco y apagado sonido; traía siempre medio loco al Sr. Moscaverde, cerrajero de la partida, el cual componía las llaves de los fusiles, y en más de una ocasión se encontró sin herramientas; quitaba además la paja a los caballos, a los soldados los cartuchos, y a todos la paciencia con sus diabluras sin fin. Recibía sí, más azotes que un condenado a galeras; pero como buen soldado, hecho a penas y dolores, (p.1605) no perdía su buen humor con los castigos. Se me ocurre nombrar a este personaje, porque, recuerdo que lo llevé en la perilla de mi cabalgadura desde Cabrera hasta cerca de Castejón, y por más señas, que me volvió loco por todo el camino haciéndome preguntas, mientras sus piernecitas espoleaban sin cesar la cruz del animal. Convengo con mis oyentes en que es en mí puerilidad casi indisculpable detenerme en contar las hazañas de este héroe, menos importantes sin duda que las de aquel cuyo nombre va al frente de esta relación; pero yo quiero que aquí, como en la Naturaleza, las pequeñas cosas vayan al lado de las grandes, enlazadas y confundidas, encubriendo el misterioso lazo que une la gota de agua con la montaña y el fugaz segundo con el siglo, lleno de historia. Y dicho esto, voy a contar lo que ocurrió cuando encontramos a D. Juan Martín.
Ep-9-XVII - El cual estaba en Almadrones con la mayor parte de las fuerzas de su ejército. Cuando le contamos lo que se decía entre nosotros sobre la defección de Trijueque, enfureciose y nos dijo: -No me vengan acá con embustes. Eso no puede ser. Mosén Antón tiene sus defectos; es capaz de abrasarme las entrañas con sus majaderías; pero antes me creeré a mí mismo traidor que suponerle vendido a los franceses.. Por vida de.. ¿Ustedes han pensado bien lo que dicen? ¡Pasarse Trijueque al enemigo?.. -Pronto hemos de salir de dudas -dijo Sardina, que no participaba del optimismo de su jefe y amigo-. Un hombre envidioso es capaz de todo. Yo tenía a Trijueque por persona díscola; pero con un fondo de rectitud superior a traiciones, dobleces y alevosías, como las de D. Saturnino. Sin embargo, tengo comezón por saber.. -Y yo -repitió D. Juan con ademán sombrío. Dicho esto el héroe quedó profundamente pensativo. Estaba inmóvil junto a la ventana de su alojamiento delante de un espejillo, y dispuesto a afeitarse, tenía en la mano derecha la navaja y cubierta de jabón la barba. Nosotros callábamos viendo su melancolía. Por fin dando un suspiro alzó el brazo como quien se va a degollar, y a (p.1606) toda prisa se rasuró con movimientos tan inseguros y nerviosos, que su curtida piel quedó adornada con algunas cortaduras. Luego volviéndose a Sardina, le dijo: -¿Le parece a usted que salgamos esta noche en busca de esa canalla? D. Vicente miraba el paisaje exterior al través de los turbios cristales verdosos. -Mala noche nos espera. La nieve cae con gana, y los senderos están cubiertos y desfigurados. ¿No vale más que esperemos a mañana? -De esta, amigo D. Vicente -exclamó con ira el general-, o me dejo matar por ellos, o cazo a los renegados en alguna parte. El pellejo de Albuín y de Trijueque me parecerán poco para componer los tambores rotos. Hay que ir tras ellos.. hay que cazarlos con perros, y abrirles luego en canal para sacarles las entrañas.. ¡Malditos sean! Un lobo de estos montes es más leal que los canallas que se pasan al enemigo.. ¡Dios mío he vivido para ver esto!.. ¿De qué me valen la fama, la buena suerte, el buen nombre, si los amigos me hacen traición y los que favorecí me venden?.. En marcha ahora mismo, señor Sardina.. en marcha. -¿Pero a dónde vamos? -preguntó con turbación el segundo jefe. -¡Al demonio!.. -repuso con exaltación D. Juan. -¿También usted se me encabrita? ¿Pues no dice que a dónde vamos? En busca de esos granujas.. ¿Necesito decirlo otra vez? Si usted lo quiere, ladraré. -¿Usted sabe dónde les encontraremos? ¿Usted sabe que están solos, y no acompañados con fuerzas considerables del francés? -Aunque esté con ellos el mismo Napoleón con un millón de hombres.. -añadió en el colmo de su rabia el guerrillero-. ¡Si quiero que me maten a mí!.. ¿Pues qué, no me explico bien?.. Si quiero que me maten esos condenados.. ¡Si quiero morir!.. -En marcha -dijo Sardina-. Aprovechemos lo que resta de día para salir de la sierra. -Quiero morir o cogerles para atarles una cuerda a la cintura y pasearles delante del ejército.. ¡España está deshonrada! ¡Juan Martín está deshonrado! ¿Hay más traidores en mi ejército? ¿Hay alguno más? Pues que venga acá.. quiero ver a uno (p.1607) delante de mí. Sus brazos se agarrotaban, contraíanse sus dedos, estrangulando en el vacío imaginarias víctimas, y la mirada del héroe, extraviada y salvaje, parecía querer herir con su rayo todo aquello en que se fijaba. Por lo que he referido se ve que el Empecinado no permitió ningún descanso a los que acabábamos de llegar. Calientes aún las sillas de las cabalgaduras, volvimos a montar en ellas, y la partida se puso en marcha. El tiempo era tan malo que la tarde parecía noche y la noche, que vino poco después de nuestra salida, horrenda y desesperante eternidad. El suelo estaba cubierto de nieve, en cuya floja masa se hundían hasta las rodillas hombres y caballos; habían desaparecido los caminos bajo el espeso sudario blanco y los cerros vecinos parecían una cosa destinada a la muerte, una inmensa losa sepulcral, un monumento cinerario, bajo cuya glacial pesadumbre se escondía el alma de la Naturaleza buscando el calor en las entrañas de la tierra. El cielo no era cielo, sino un techo blanco. Alumbraba el paisaje esa fría claridad de la nieve, la luz helada como el agua, semejante al fúnebre reflejo de tristes lámparas lejanas. Malo el camino de por sí, era detestable por ser invisible y los caballos resbalaban al borde los precipicios. Los jinetes bajábamos de nuestras cabalgaduras para vencer andando el frío. La partida iba silenciosa y resignada. Mirando de lejos la vanguardia que se escurría despacio buscando el incierto sendero, parecía una culebra negra que resbalaba inquieta y azorada tras el calor de su agujero. No he visto noche más triste ni ejército más meditabundo. Nadie hablaba. El tenue chasquido de la nieve polvorosa al hundirse bajo las plantas de tanta gente, era el único rumor que marcaba el paso de aquellos mil hombres abatidos por fúnebre presentimiento. Junto a D. Juan Martín reinaba el mismo silencio. Con la barba hundida en el cuello del capote, el héroe había abandonado las riendas de su corcel, que marchaba, como animal práctico e inteligente, cuidando de poner en sólido la herradura y tanteando (p.1608) cuidadosamente el terreno. En Mirabuenos, adonde llegamos por la mañana, supimos que los renegados (pues desde luego recibieron este nombre) estaban con el general Gui hacia Rebollar de Sigüenza. Reanimose con la noticia D. Juan Martín y a eso del medio día, después que descansamos y comimos lo que se encontró, la partida se puso de nuevo en marcha. -Esta noche -me dijo el general- les encontraré en un lado o en otro, y me cazan o les cazo. Prepare todo el mundo el pellejo para la más gorda hazaña de nuestra historia.. ¡Maldita sea nuestra historia! Señores, mi alma es hoy un volcán. O echa fuera el fuego que tiene dentro o revienta.. ¡Pasarse al francés, pasarse al enemigo!.. Ni por miedo a las penas del infierno, por toda la eternidad, lo haría yo.. A ver: ¿hay alguno más en mi ejército que quiera hacer traición?.. Que me lo traigan.. quiero verlo.. pónganmelo delante.. deseo ver la cara del demonio.. Adelante, pues.. ¿Están en Rebollar de Sigüenza? ¿Cuántos son? ¿Quinientos mil? No importa.. Si no quieren ustedes seguirme, iré yo solo. Nadie le contestó. La frialdad de la temperatura reinaba también en el ejército. Allí no había más volcán que el pecho de D. Juan Martín. Entrada ya la noche, el ejército se detuvo. Estábamos en una vasta e irregular planicie. A nuestra izquierda se elevaban altos cerros; a nuestra derecha el terreno descendía bruscamente en rápido y vertiginoso declive hasta terminar en un barranco cuya profundidad no podía distinguirse. Parecía la noche más oscura, más tenebrosa y siniestra que la anterior. Una lluvia menuda y glacial, nieve fina o agua congelada en invisibles puntas de aguja, nos azotaba el rostro. El frío era horroroso y temblábamos bajo los capotes, sintiendo imposibilitados los dedos para empuñar las armas. Un soldado se acercó al general, diciendo: -Por aquellos cerros de la izquierda baja alguna gente. Han disparado un tiro. -No puede ser -dijo Sardina-. Estáis viendo visiones. No hay nadie capaz de apostarse en aquellos empinados cerros a estas horas, con este frío, y (p.1609) no sabiendo fijamente que pasaríamos por aquí. -Sí, hay alguien capaz de eso y de más -dijo D. Juan Martín con arrebato-. Allí está mosén Antón.. lo veo.. sólo mosén Antón es capaz de quitarles su puesto a los cernícalos para acechar la carne que pasa. -¡Que viene gente! -dijo otra voz. -¿Son españoles o franceses? -¡Españoles! -A ellos -gritó D. Juan Martín-. Esperemos a esos cobardes. Esta planicie es buena.. desplegad la caballería.. Lo malo es este barranco de la derecha.. Pero no hay cuidado.. aquí estoy yo. Avanzamos y nuestra vanguardia rompió el fuego. -¡Ahí están, ahí están! -exclamó exaltado y con júbilo el general-. Conozco a Trijueque.. él es.. Enriscarse en esa altura para sorprendernos.. eso no puede hacerlo más que el diablo o Trijueque.. No bajarán, tienen que venir rodando o volando.. Ánimo.. que no haya confusión.. Dejar sola a la vanguardia.. Prepárense los caballos en el llano.. Toda la demás gente a retaguardia.. no se necesitará.. Es Trijueque, no me queda duda. Yo le he enseñado estas hazañas.. le veo rodando entre las piedras por la montaña abajo, y el aire que hacen sus alas negras me llega a azotar la cara.. No puede ser otro. Sus cuatro patas, al bajar, se llevan por delante medio monte.. Es el bravo animal, la bestia traidora más valiente que cien leones, y con una cabeza que no cabe dentro del mundo. ¡Adelante, muchachos! Hay que cazar esa fiera que se nos ha escapado, y volverla a la jaula. Efectivamente, una partida de españoles nos quería cortar el paso; pero no sabíamos si era mandada por Albuín o Trijueque. Al principio permanecieron en su altura haciendo fuego: los nuestros quisieron escalarla, mas en vano. Un segundo esfuerzo sirvió para que los empecinados dominasen una parte del terreno enemigo; pero este era tan favorable que tuvieron que abandonarlo. En la llanura no podíamos temerles, y siendo nuestro objeto pasar adelante, el general dispuso que algunas fuerzas contuvieran a los renegados, mientras el resto del ejército pasaba de largo. Pero nos equivocamos respecto al número de enemigos, y (p.1610) respecto a su intención de no bajar a la llanura. Bajaron sí, de improviso y con tal empuje, que lograron por un momento desconcertar nuestras filas, arrojando sobre la nieve muchos cuerpos heridos o muertos. -Aquí los quiero ver -exclamó D. Juan Martín abalanzándose al frente de su tropa escogida-. Aquí los quiero ver.. que bajen, que vengan acá. El impetuoso caballo del general lanzose sobre la infantería enemiga entre un diluvio de balas, y corrimos ciegos tras él los demás, acuchillando y aplastando con furia salvaje. Zumbaban las balas en nuestros oídos, y las bayonetas buscaban el pecho de los fogosos corceles. La embestida no careció de confusión; pero fue tremenda y eficaz, porque deshicimos a los renegados que habían bajado de la montaña. El caballo de D. Juan Martín cayó gravemente herido. Al punto ofrecí al general el mío, quedándome a pie. En tanto los renegados se retiraban a toda prisa a su altura, donde era difícil seguirles. -Estamos haciendo el papel que han hecho siempre los franceses en esta clase de guerra -dijo el Empecinado con rabia- y ellos están haciendo el mío.. Cría cuervos.. ¿Qué gente hemos perdido? Poca cosa. Adelante.. ¿Dónde están los carros? Recoger los muertos.. digo, los heridos. Cuando esto decía, oyose de repente vivo fuego de fusilería. No sonaba, no, en la altura que servía de fortaleza a los renegados: sonaba delante de nosotros, allá por donde se extendía el camino que pensábamos seguir. Hubo un momento de angustiosa perplejidad. Miramos y nada vimos; las sombras de la noche ocultaban el cercano peligro. De repente en el ejército mil voces clamaron: -¡Los franceses, los franceses! -¡Gracias a Dios! -gritó D. Juan Martín-. Franceses y traidores, todo junto.. Así les acabaremos a todos de una vez.
Ep-9-XVIII - -Tenemos retirada segura -gritó Sardina que había examinado el terreno a nuestra espalda. -¿Cómo retirada? -bramó el general-. Maldita noche que no alumbra. Que se repliegue toda la tropa, y esperemos.. A ver, que los de Orejitas tomen posición a la izquierda. -Es mal (p.1611) sitio, porque amenazan los renegados desde la altura. -Pues a la derecha. -A la derecha, sí: pero cuidado con el barranco. -Esta gente no sirve para nada. ¿Son muchos los franceses? -No vemos nada. -Son muchos, muchísimos -gritó una voz. -Mejor, mucho mejor.. El Crudo a vanguardia. Crudo, mucho cuidado. Clavarse en el suelo.. hasta ver si empujan fuerte. Si empujan blando echarse encima.. si empujan gordo.. aguantar. Aquí estoy yo con mi gente.. Buena presa vamos a hacer hoy. La avanzada francesa embistió a nuestro ejército. El vivo fuego indicaba empeño formidable de una y otra parte. Nuestra vanguardia llevaba ventaja; pero ¡ay!, sobre la blancura de la nieve se destacaban enormes masas de franceses, y de pronto no sólo la vanguardia, sino toda la línea se vio amenazada. Apretando los dientes y crispando los puños D. Juan Martín gritó: -¡Morir antes que retirarnos! Destrozada nuestra derecha, y no pudiendo desarrollarse por aquel lado táctica alguna a causa de la peligrosa configuración del terreno, retrocedió con violencia. Sardina, tratando de restablecer el orden para la retirada, se internó entre la tropa y pudo conseguir algo. Pero los franceses, cuyo número era muy superior al nuestro, se echaban encima, no daban tiempo a ordenar la resistencia, y hostilizados nosotros por el frente y desde la montaña, nos hallábamos en la situación más crítica que darse puede. D. Juan Martín, extraviado, furioso, febril, vociferaba de este modo: -¡Aquí estoy, venid aquí!.. Vengan traidores y franceses. -No podemos hacer nada, ¡rayo! -exclamó Sardina-; pero aún podemos salvarnos. -¡Resistir a todo trance!.. Los empecinados no pueden rendirse -exclamaba el general. Y abandonando el caballo se lanzó sable en mano al combate. Su presencia hizo muy buen efecto, y aquellos pobres soldados, rendidos de fatiga y muertos de frío, resistieron en medio de la nieve el tremendo ataque de los franceses. No peleaban en correcta línea nuestros guerrilleros, porque ni sabían hacerlo, ni el sitio y la oscuridad lo permitían, y (p.1612) la cuestión se decidía en luchas parciales de grupos que encontrándose frente a frente se destrozaban con ferocidad. En los sitios de mayor empeño estaban D. Juan y Sardina con todos los de su comitiva, defendiéndonos más bien que atacando, pues ya no era posible conservar ilusiones respecto al resultado de aquel funesto encuentro. Era difícil demarcar con exactitud los límites de cada uno de los ejércitos, ni señalar dónde acababa uno y empezaba el otro, pues en aquella revuelta masa habíanse mezclado los unos con los otros en brutal choque sin arte ni táctica. La nieve pisoteada era fango y sangre, y nos hundíamos en aquel mar de espuma, que nos salpicaba al rostro. Los movimientos eran difíciles por la falta de suelo, y más que batalla, aquello parecía un baile de exterminio en las regiones a donde por vez primera se llevaran los odios humanos. De pronto un remolino espantoso agitó aquellos cuerpos incansables; redobláronse los gritos y todos cambiamos de sitio, mezclándonos más que antes; fuimos arrastrados, como si la movediza escena corriera de un punto a otro, dividiéndose, quebrándose en pedazos mil. Nuevas fuerzas francesas habían entrado en el campo de batalla avanzando con orden, y dejando tras sí, a gran número de empecinados. -¡Que nos copan! -gritó con pánico una voz que reconocí como la de Sardina. Miré en derredor mío, y no vi a ninguno de los que peleaban a mi lado. Pero no tardé en sentir muy cerca de mí la voz del Empecinado, que gritaba: -Aquí estoy, ¡cuernos de Satanás! ¡Rayo de Dios! Veremos si hay quien se atreva a ponérseme delante. Corrí allá. D. Juan Martín, acompañado de sus más fieles amigos, se defendía con bravura, y allí mataban franceses y renegados de lo lindo. Era un grupo aquel que atraía y fascinaba. En el centro, el general se multiplicaba, y con el espectáculo de su heroísmo no había a su lado quien no se sintiera con fuerza sobrenatural y un gran aliento para ayudarle. La idea de que cayese prisionero dábanos a todos un coraje loco (p.1613) que retardaba el fin de tan encarnizada lucha. Al fin, de entre la masa de enemigos que teníamos delante, destacose una negra figura a caballo. Era mosén Antón, que venía gritando: -¡Ahí está!.. No le dejéis escapar. -¡Ven a cogerme!.. animal.. -exclamó el Empecinado-. ¡Aguarda, traidor Judas! Y quiso lanzarse en medio del fuego. Una mano vigorosa asió por el brazo al jefe de la partida y le arrastró hacia atrás. En medio del estruendo de aquel instante supremo oí la voz de Sardina, diciendo: -Retirémonos.. Juan, ahí tienes mi caballo.. Vuela en él. En derredor mío yacían muchos cuerpos que cayeron para no levantarse más. Yo me asombraba de encontrarme vivo.. Retrocedimos haciendo fuego. Los aullidos de los franceses y los renegados anunciaban el júbilo de la victoria. Íbamos a caer prisioneros. Ya no había resistencia posible, y permanecer allí era locura, porque si los fusileros con quienes nos habíamos batido apenas inspiraban cuidado, detrás venía una fuerte columna de dragones con mosén Antón a la cabeza. Estábamos vencidos. Era preciso escapar. -No hay remedio -dije para mí-. Nos cogen prisioneros. Retrocedí sin precipitación, aguardando con relativa tranquilidad mi suerte, y al borde del barranco encontré a D. Juan Martín, llevado, o mejor dicho, arrastrado por sus amigos. -¡Que vienen.. que nos cogen! -gritó una voz. Los caballos, con rápida carrera, avanzaban acuchillando a los dispersos. En un instante estuvieron sobre nosotros, y algunos renegados, a pie, avanzaban trabuco en mano. -¡A ese, a ese.. ahí está! -gritaban con feroces berridos. Todos corrieron por el llano; D. Juan Martín, agitando los brazos con temblor frenético, vomitó estas palabras: -Ladrones.. ¡venid por mí! ¡Coged al Empecinado! Y diciéndolo, se precipitó por el barranco abajo, y resbalando por la nieve, se hundió en aquel abismo, cuyo fondo ocultaba la oscuridad de la noche. Los bandidos miraban a todos lados; los caballos se encabritaron al llegar al borde y perdiose en aquellos toda esperanza de echar mano al bravo guerrillero. Esto (p.1614) pasó en un período de segundos más breve que el tiempo empleado por mí en contarlo. No me es posible precisar de un modo exacto todos los detalles de aquel suceso, y hasta es probable que altere sin saberlo el orden con que se sucedían, porque lo que pasa en tales momentos de confusión y espanto queda en la memoria con rasgos y formas indecisas como la sensación producida por el relámpago o las turbias sombras de la pesadilla.. Sólo puedo decir, sin precisar sitio ni momento, que el Crudo, otros tres y yo nos vimos rodeados por una chusma que nos quería coger prisioneros. -Aquí nos tienes -exclamé asiendo vigorosamente la carabina por el cañón y descargando con la culata golpe tan vigoroso sobre la cabeza del más cercano, que lo tendí sobre la nieve. Nos dispararon varios tiros; el Crudo cayó a mi lado y una navaja atravesó mi manga derecha rozándome la piel.. Sé que corrí hacia un punto donde sentía la voz de Orejitas y Sardina.. Sé que no pude llegar hasta ellos, y que me encontré junto a otros empecinados que aún se defendían bravamente.. Pero no puedo decir por dónde escaparon los que lograron hacerlo.. En la confusión con que mi mente me presenta hoy estos recuerdos, sólo veo con claridad lo que voy a contar, y es que por un espacio de tiempo que me pareció muy largo corrí sobre la nieve sin encontrar a nadie en mi carrera, oyendo, sí, gritos, voces, juramentos, aullidos, que ora sonaban a mi derecha, ora a mi izquierda. Miré hacia atrás y vi algunos caballos, no sé si diez o ciento que corrían en la misma dirección que yo.. apreté el paso y vi delante de mí sobre el pisoteado fango de nieve un bulto, un trapo, un envoltorio, del cual salía un lastimero llanto. A pesar de la oscuridad se distinguían dos delicadas manecitas, alzándose hacia el cielo. Maquinalmente y casi sin detenerme, cogí el bulto entre mis brazos y seguí corriendo. Pero los caballos que seguían mis pasos, me alcanzaron al fin. -¡Date, date! -gritaban a mi espalda. Me sentí asido fuertemente. Había caído prisionero. En derredor (p.1615) mío había muchos franceses, todos frenéticos, poseídos de la terrible borrachera de la victoria. Uno de ellos apuntome con su fusil al pecho, con intento de matarme. Otro, desviando el cañón, me dijo mezclando el francés con el castellano: -¿Qué traes ahí, fripon?.. Un petit.. ¿Dónde lo has robado? -Deja a un lado el petit, que te vamos a fusilar -dijo otro. -Es un oficial -indicó un tercero, mostrándome benevolencia. El guerrillero llamado Narices estaba a mi lado sujeto por dos robustos dragones, y al poco rato aparecieron otros cuatro empecinados prisioneros. -Para esta canalla no debe haber cuartel -exclamó un sargento-; fusilémosles. Narices, con un movimiento rapidísimo, se desasió de los que le sujetaban, y esgrimiendo la navaja, gritó: -¡Compañeros, a mí!.. Despachemos a estos cobardes. Y asestó tal puñada al sargento, que le dejó seco. Íbamos a secundar su movimiento; pero acudiendo otros, nos ataron despiadadamente. Al ver un camarada muerto, quisieron rematarnos a todos allí mismo; pero un oficial dio orden de diferir la ejecución, y luego presentose un hombre, cuya cara reconocí al momento. -Es Araceli -me dijo- después hablaremos. -Recoja usted su petit -me dijo el oficial. Dos horas después, al cabo de una marcha penosa, entraba yo en Rebollar de Sigüenza custodiado por los dragones franceses. Éramos doscientos.
Ep-9-XIX - Al llegar al pueblo, la mayor parte de los prisioneros fueron distribuidos en varias casas. Los considerados como tunantes que era preciso exterminar, fuimos conducidos a la parte alta de la casa del Ayuntamiento y encerrados separadamente. Al entrar en mi prisión el peso del Empecinadillo me era insoportable: arrojeme sobre el suelo, poniéndole a mi lado, y cuando los franceses me dejaron solo no tardé en dormirme profundamente. Mis ojos, al abrirse, recibieron la impresión de la claridad del día, e hirió mis oídos el débil quejido del chiquillo que pedía de comer. Abrigado por el pedazo de colcha que le servía de capote, el pobre niño estaba en un rincón, muy bien (p.1616) colocado y envuelto en una manta desconocida para mí, como si una mano cariñosa lo agasajara en aquella posición durante mi sueño. Yo no recordaba haberlo hecho. El niño estaba caliente. Yo sentía mucho frío. Reconociendo el sitio en que me encontraba, vi que era una habitación abohardillada, grande y de techo tan bajo, que era difícil estar en pie sin tocar con la cabeza en el maderamen. Entraba la luz por una reja compuesta de ocho barrotes cruzados y poco gruesos pero nuevos y fuertes. Una puerta de viejas tablas muy sólidas, aseguradas con planchas de hierro y con barrotes y dobles resguardados, cerraba la entrada. No había mueble alguno en aquella fría y tristísima estancia. Despertó, como he dicho, el Empecinadillo, y extrañando el sitio o la ausencia de mamá Santurrias, y más que nada la falta de alimento, puso el grito en el Cielo. Yo apuré todas las razones imaginables para convencerle de su importunidad, mas nada logré. Por fortuna no tardamos en ser visitados por un soldado francés, que nos traía nuestro desayuno. -Ya sabréis -me dijo en lengua mixta- que vais a ser arcabuceado. Alargome un pan, y como yo no hiciera movimiento alguno para tomarlo, él mismo cortó un pedazo para darlo al pequeño. -Que vais a ser arcabuceado por traidor -repitió alzando la voz y cuadrándose ante mí-. Si cuando os cogieron prisionero os hubierais contentado con vuestra suerte.. Pero asesinasteis al sargento Duclós. Miré entonces fijamente al francés. Era un toro, un pedazo de hombre capaz de derribar una pared a puñetazos. Su rostro sanguíneo se adornaba con una pomposa barba rubia que le salía desde los encendidos pómulos, y aun la nariz atomatada no estaba exenta de pelo. El conjunto de su imponente persona era un buen modelo de las históricas figuras con que la escultura oficial ha adornado los trofeos del imperio. Usaba la enorme gorra peluda, y su corpachón se cubría casi totalmente con el delantal de cuero blanco, distintivo de los gastadores. Contrariado sin duda por mi laconismo, alzó la voz, y (p.1617) coléricamente repitió: -¡Arcabuceado!.. Sí señor.. ¿Lo oís bien? Vuestro camarada, que está en el cuarto próximo, lo sabe también y se ha puesto a rezar. ¿No rezáis vos?.. Es preciso limpiar de tunantes este país.. Es la opinión del Emperador y la mía. Mientras se expresaba de este modo, advertí que sus miradas más que a mí se dirigían al Empecinadillo, ocupado en devorar un pedazo de pan. -¡Pobre niño! -dijo el francés con lástima-. Esta madrugada, cuando os trajeron aquí, el pequeño estaba muy frío. Le pusisteis en el suelo.. ¡Qué inhumano sois!, ¿no temíais que se helara? Yo mientras dormíais le arropé junto a vos, y además le cubrí con ese pedazo de manta que veis. Estas palabras me hicieron fijar la atención en mi carcelero con algún interés. -Suponiendo que tendría hambre, os he servido el desayuno temprano, y además le he traído esto. El francés metiendo la mano bajo el mandil de cuero, sacó un pequeño roscón de mazapán que presentó al Empecinadillo, el cual una vez recobrada su actividad y travesura con la pitanza, sintiendo en su espíritu el generoso impulso de los grandes hechos, se lanzó al centro de la pieza sable en mano, ejecutando algunas maniobras militares. No era corto de genio y más se entusiasmaba cuanto más le aplaudían. El francés le miraba con admiración y ternura, siguiéndole en sus inquietos giros y vueltas; se sonrió y luego volviendo hacia mí sus ojazos alegres, y su boca risueña, me dijo estas palabras: -Cuando os hayan arcabuceado, recogeré a vuestro niño y me lo llevaré conmigo.. Es muy lindo y muy galán.. No le respondí nada. -Hacéis bien en traer vuestro niño a la guerra. Así os distraéis con él.. Lo dicho: cuando os despachen, me quedaré con esta alhaja y le llevaré conmigo a todas partes. No le faltará nada y le enseñaré a que me llame papá. Al decir esto, noté súbita alteración en las rudas facciones del soldado. Hizo algunos visajes como luchando con una inoportuna sensibilidad; mas no pudiendo vencerla, le vi que con disimulo se llevaba la mano a los (p.1618) ojos para limpiarse una lágrima. -¿Llora usted? -le dije. -¡No.. yo llorar! -exclamó ahuecando la voz-. Nada de eso.. Es que.. Os diré la verdad. Este muñeco me recuerda a mi pequeño Claudio, a quien dejé en mi pueblo. Yo soy de Arnay-le-Duc en Borgoña. Mi niño tiene ahora dos años y medio, y debe de estar lo mismo que este. -¿Es usted casado? -Sí -respondió cogiendo al Empecinadillo en una de sus rápidas vueltas y besándole con brutal cariño-. Soy casado, pero en la última conscripción el Emperador echó mano a los casados. Es un dolor, una picardía, ¿no es verdad? Ahora que nadie nos oye.. ¡Separarle a uno de su mujer y de su hijo para traerle a esta maldita guerra de España, que no se acaba nunca!.. Mi pequeño Claudio no se aparta de mi memoria. En aquel caso sí podía decirse que el chico era comido a besos. El francés oprimía de tal modo la cabecita y el cuerpo de mi camarada, que este lloró. -No llores, mi amor -le dijo-. Hagamos el ejercicio.. tum, turum, tum.. ¡Marchen! ¡Armas al hombro! Y marcando vivamente el paso, recorrió el descomunal soldado la habitación, imitando el ruido de cornetas y tambores. Viéndole con el niño en brazos, recordaba yo las imágenes de San Cristóbal que había visto en algunas catedrales. Por fin el gastador dejó al chico a mi lado después de besarle mucho y de prometerle que le traería alguna golosina. En el mismo instante como yo mirase al exterior por la reja, único respiro de la triste estancia, púsome su pesada mano en el hombro, y me dijo ya sin sensibilidades ni enternecimientos: -No creáis que podréis escaparos. No os salvarán la astucia, ni la fuerza, ni el soborno, ni nada. Esta reja cae sobre el balcón, y del balcón abajo no podréis saltar sin romperos el espinazo. Al fin de la puerta hay un centinela, y lo que es por esa puerta me parece que no encontraréis salida.. Y cuidado con intentar alguna picardía, porque.. Me miró con expresión terrible y amenazadora. -Creo que os mandarán al otro mundo esta tarde. Si queréis que se anticipe la función, tratad de (p.1619) escaparos. Marchose después de hablar así, despidiéndose del Empecinadillo con fiestas y besos. Cuando me quedé solo, medité largo rato sobre mi suerte, y si en un momento me dejé arrebatar por la más amarga desesperación, luego con elevar a Dios mis pensamientos, se calmaron un tanto las borrascas de mi espíritu. Con la resignación llenose este de una paz dulce y triste que me disponía al doloroso cambio de nuestra vida por otra mejor. Traía a la memoria las imágenes de las personas amadas, hablaba con ellas, les dirigía tiernas palabras, y explorando después con la mirada del espíritu el tiempo futuro, aquel tiempo en que nadie se acordaría de mi existencia cortada en flor, me sumergía en hondas melancolías. Pero la esperanza no abandona al hombre cristiano. Yo traía a Dios a mi corazón. No puedo expresar de otro modo aquel empeño mío de santificar mis últimas horas. Habían pasado dos horas desde la visita del gastador, cuando la puerta de mi prisión se abrió de nuevo, y presentose el hombre que había pasado por delante de mí como imagen fugaz en el momento de caer prisionero.
Ep-9-XX - Era D. Luis de Santorcaz. Había variado bastante su aspecto desde la última vez que le vi en Madrid, y estaba pálido su rostro y desmejorada y enflaquecida su persona, como quien convalece de penosa enfermedad. En cambio había ganado mucho en el vestir, y al pronto agradaba su buen porte, no exento de nobleza y grave elegancia. -No sospechabas tú verme en este sitio -me dijo-. ¿Te acuerdas de mí? ¿Necesito refrescarte la memoria? -No, recuerdo bien. -Estás hecho un personaje, y es lástima que te quiten la vida -dijo buscando asiento con la vista-. ¿No hay aquí dónde sentarse? No puedo estar en pie. Padezco mucho. -¿Está usted enfermo? -Sí -me respondió, echándose en el suelo y oprimiendo su pecho con la mano izquierda, mientras se apoyaba en el derecho brazo-. He contraído una enfermedad en el corazón.. es de tanto sentir. Soy desgraciado, Gabriel; no se puede vivir con estas serpientes enroscadas en el órgano (p.1620) principal de la vida.. Conque vamos a ver, joven; ya nos conocemos de antiguo y son ociosos los preámbulos. Vengo aquí a salvarte la vida. -Lo agradezco -dije levantándome-. ¿Me puedo marchar? -No, todavía no. Antes hablaremos. No se te puede perdonar por tu linda cara. El comandante está furioso, porque tú y los que contigo fueron hechos prisioneros asesinaron a traición al sargento Duclós. No hay perdón para una cosa semejante. Sin embargo, considerando que eres oficial, el comandante te perdona, siempre que te comprometas desde hoy a servir a la causa francesa, cambiando tu bandera por la nuestra. Yo le dije al comandante que lo harías. -Mal dicho -repuse con calma-, porque no lo haré. Acepto la muerte. Semejante infamia no es propia de mí. Si no ha traído usted otra comisión puede retirarse. -Aquí no se trata de hacer el tonto con sublimidades -me contestó-. Piensa bien lo que dices. En otro tiempo comprendo que tuvieras escrúpulos de pasarte a nosotros; pero hoy.. Vamos ganando la partida. Tomada Valencia, sometidas Tarragona, Tortosa, Lérida, todo este país será nuestro. Los más famosos guerrilleros comprenden que tendremos gobierno de José para un rato, y vienen a que les demos grados y pagas. En la batalla de anoche el ejército de D. Juan Martín ha sido completamente destrozado. ¿Qué piensas hacer? ¿Qué ambición tienes? ¿Sabes que Cádiz no podrá resistir dos semanas, y que Wellington ha sido envuelto y se ha refugiado de nuevo en Portugal? -Todo eso podrá ser verdad o error -repuse-; pero yo no me paso al enemigo. Estoy dispuesto a morir. -Mira que no te salvan todas las potencias celestiales.. Pon atención.. silencio. ¿No oyes ruido en la pieza inmediata? Al través del muro se oían voces y fuertes pisadas. -Es que sacan a Narices para arcabucearle. A ti te tocará esta tarde o mañana temprano, porque siendo oficial de ejército, conviene dar a esto la forma de proceso. -Solo, abandonado, pobre, sin fortuna, sin honores -respondí-, prefiero la muerte a la deshonra. (p.1621) Hay en mí un alma que no se vende. Este hombre oscuro se consuela de la muerte en la grandeza de su conciencia. Señor D. Luis, hágame usted el favor de dejarme solo. D. Luis calló un breve rato. Luego oímos algunos tiros y temblé. Un sudor frío inundó mi frente, y mi espíritu vaciló. Puedo deciros que sentí tambalear mi conciencia como un edificio que amenaza ruina. -Narices ha dejado de existir -dijo Santorcaz clavando en mí sus expresivos ojos-. Se me olvidaba decirte que tendrás el grado inmediato, dinero, y si quieres un título de nobleza.. -Lo que quiero es la muerte -exclamé sintiendo que de improviso se redoblaba mi entereza-. ¡Quiero la muerte, sí, porque aborrezco la vida en medio de esta vil canalla! Antes que estrechar la mano de un español renegado o de un francés, me dejaré morir de hambre en esta prisión, si no me matan pronto o me ponen en libertad. Señor Santorcaz, si no quiere usted que le manifieste cuánto desprecio a la miserable gente que me quiere sobornar, y a usted mismo y a todos los renegados y perjuros que están con los franceses, déjeme usted solo. Quiero estar solo. Váyase usted con Dios o con el diablo. Poniéndome en pie, le volví la espalda. -Bien -dijo Santorcaz con calma-: me retiro y te dejo solo. Pero di, ¿es tuyo este chiquillo? Es preciso retirarlo de aquí. Pues que no quieres vivir, voy a decir al comandante tu resolución.. Ya no te veré más, porque parto dentro de una hora para Cifuentes. Esta palabra me hizo estremecer, y volviendo al lado de Santorcaz, le miré con extraviados ojos. -¿Por qué me miras así? -me preguntó. -Por nada -repuse. -Puesto que voy a Cifuentes -añadió-, me ofrezco a llevar, si gustas confiármelos, tus últimos recuerdos para dos personas que no te quieren mal, y que están en dicha villa. Al oír esto, no pude, no, no pude contener una amarguísima congoja que llenó mi pecho, oprimió mi garganta, turbó mi cerebro, paralizando en mí la vida por breve tiempo. Hice esfuerzos por vencer aquel dolor inmenso.. iba a llorar, nada menos que a llorar como un chiquillo (p.1622) delante de mi sobornador: y reconcentrando en el corazón toda la energía de mi voluntad, me lo retorcí, lo ahogué, lo acogoté como se acogota a un animal que muerde, venciéndole al fin. -No tengo ningún recado que mandar -exclamé mirando frente a frente al afrancesado. -Es lástima -dijo él con aquella flema imperturbable que le abandonaba rara vez-; es lástima que no te despidas de ellas, porque según oí, madre e hija te aprecian mucho. -Lo sé.. -repuse vacilando-. Les enviaría una carta, mas no con usted. -Haces mal, porque forzosamente he de verlas. ¡Pobrecitas, cómo se entristecerán cuando sepan que has muerto! Dame alguna prenda tuya, tu reló (27), un anillo, cualquier cosa, para llevárselo a la que has considerado hasta aquí como destinada a ser tu esposa. Con esta puñalada, Santorcaz me atravesó de parte a parte el corazón. -No tengo nada que mandar -repuse sombríamente-. ¿Y se puede saber con qué fin va usted a casa de esas señoras? -Debiera reírme de tu pregunta y enviarte a paseo. Pero a un hombre que va a morir deben guardársele ciertas consideraciones. ¿Sabes que la condesa desde hace algunos días está enferma en cama? Voy a Cifuentes, porque ha llegado la ocasión de apropiarme lo que me pertenece. Inés es mi hija. No le contesté nada. -Las supercherías -prosiguió- empleadas para desfigurar la verdad, han hecho muy desgraciada a la pobre condesa. Ha reñido con su tía; reclama sus derechos de madre, y la ley no le hace caso. D. Felipe ha muerto en Madrid el mes pasado después de poner en duda en un documento solemne la legitimación de la muchacha. Yo quiero cortar bruscamente la cuestión llevándome a mi hija conmigo. Este ha sido el pensamiento de toda mi vida; y si en la corte no lo pude conseguir, lo conseguiré en Cifuentes. Cuando descubrí que estaban allí, me puse enfermo de alegría. Tampoco ahora le contesté nada. -Ya no está en mi poder -prosiguió- porque no he querido promover un escándalo. Estas cosas deben hacerse con arte.. -¡Con cuánta fuerza se han (p.1623) desarrollado en usted los sentimientos paternales! -exclamé con colérica ironía. -No te burles -respondió con la misma calma-. Ya sé que me tienes por un malvado abominable, por un calavera empedernido y sin corazón. Si algo de esto es verdad, culpa a la condesa y a su familia, no a mí. Yo era un buen muchacho. ¡Ay!, me envenenaron el alma.. Afortunadamente ahora me toca a mí. La vuelta colosal que ha dado el mundo ¡quién lo creería!, me ha puesto a mí arriba y a ellos abajo. Pasó la hora en que ellos eran fuertes y yo débil, y estamos en la hora de mi poder y de su flaqueza. Descargaré la mano rompiendo lo que encuentre. Yo estaba aterrado ¿a qué negarlo? Largo tiempo miré en silencio a aquel hombre, interrogándole con la vista. Quería sondearle y al mismo tiempo temía al mismo tiempo conocer sus pavorosos secretos. -A un desgraciado que va a morir -me dijo mudando de postura para conllevar las dolencias de su pecho- se le puede confiar cualquier cosa. Voy a decirte lo necesario para que no veas en mí una criatura díscola y vengativa que se goza en hacer daño.
Ep-9-XXI - El Empecinadillo dormía a mi lado. Santorcaz me habló así: -«Yo soy salamanquino y mi familia es de labradores honrados con puntas de hidalguía. Estudiando en la gran Universidad, tuve una disputa con un joven de Ciudad-Rodrigo, nos desafiamos, le maté, y este funesto suceso me obligó a huir de aquel país, viniendo a Alcalá para seguir mis estudios. Era yo muy travieso, armaba frecuentes camorras, corría la tuna como nadie, me batía con el demonio, apedreaba a los maestros y mis diabluras traían conmovida a la ciudad complutense. Te diré además, aunque parezca vanidad, que era yo entonces muy hermoso, y a más de hermoso, atrevido, de fácil palabra, y con arte habilísimo para congraciarme con todo el mundo y principalmente con las muchachas. Mi imaginación impetuosa era mi única riqueza, mas de tal modo parecíame estimable este tesoro en aquella edad, que con él lo tenía todo. »Cuatro (p.1624) compañeros y yo corríamos la tuna por estos pueblos, y en una noche de invierno, pedimos hospitalidad en el castillo de Cifuentes. El frío y el cansancio me habían afectado de tal modo que al día siguiente me encontré gravemente enfermo. Mis amigos se marcharon y yo me quedé allí. Asistiéronme los dueños de aquel palacio con mucho cariño, pero cuando sané me despidieron de la casa. Yo salí con el corazón hecho pedazos, porque estaba enamorado. »Cambió mi carácter; volvime taciturno, huía del bullicio y las soledades eran mi delicia. Olvidé los estudios, olvidé a mis padres y a mis amigos, y puedo decir que no vivía en el mundo. Vagaba por los alrededores de Cifuentes extraño a la hermosa naturaleza que me rodeaba, y para mí no había cielo, ni árboles, ni ríos, ni montañas. Ocupado mi interior por una inmensidad indefinible que se había metido en mí, el mundo era para mí como un paisaje lejano del cual no se ven más que vagas sombras, indignas de que se fijara la vista en ellas. »Un año pasó de este modo. La veía muy rara vez en Madrid, muy rara vez en Cifuentes, y en un viaje que hicieron a Andalucía seguí a la familia, caminando a pie. Volvieron a Cifuentes en el invierno del 92; pero me vi detenido en Madrid por un suceso lamentable, y fue que habiendo contraído bastantes deudas por mi desmedido lujo en el vestir, mis acreedores dieron conmigo en la cárcel. Al fin salí. Si en aquella ocasión hubiera yo renunciado a mis locos devaneos, conformándome con la humildad de mi posición, mi suerte en el mundo habría sido distinta. Pero entonces la idea de renunciar al tormento era para mí mucho más dolorosa que el tormento mismo. »Corrí a Cifuentes. Mil estratagemas ingeniosas, la audacia y la cavilación reunidas me permitieron entrar en el castillo. Yo adoraba aquellas piedras antiguas que encerraban la más extraordinaria, la más preciosa y admirable obra del Criador. ¡Cuánto las he aborrecido después! »Recuerdo cómo avanzaba yo lentamente por la penumbra de aquella sala, inmediata al torreón del (p.1625) Mediodía; recuerdo las paredes cubiertas de tapices, adornadas con armas, retratos y arcones de encina tallada. Me parece que aquellas horas son las únicas en que he vivido, y que lo demás de mi existencia es una pesadilla de cuarenta años. Al sentirme amado, me decía: 'No puedo ser yo mismo este ser felicísimo que aquí está'. »Una mañana, al descolgarme del torreón con una escala de cuerda, los criados me vieron, y como me maltrataran de un modo soez, creyéndome ladrón, disparé mis pistolas sobre ellos y maté a uno. Fui llevado a la cárcel de Guadalajara, de donde los mismos señores de Cifuentes me sacaron, temiendo que si llevaban adelante la causa, se descubriera su deshonra. »Mientras con habilidad suma hicieron esfuerzos para que todo quedase en la sombra, emprendieron contra mí una persecución cruel, con la cual me era muy difícil luchar. Varias veces estuve a punto de ser cogido en las levas que hacían en el interior del país para llevar gente a los barcos del rey; me vigilaban constantemente, y extendieron de tal modo la opinión de que yo era un vicioso, calavera y vagabundo, que varios respetables sujetos a quienes mi padre me había recomendado cuando vine a Madrid, me cerraron las puertas de su casa. »Yo quería quitarme de encima la pesadumbre de la infamia que habían arrojado sobre mí; luchaba con las piedras que se me habían caído encima sepultándome, y mis débiles manos no podían levantar una sola. Quise ser militar y solicité una banderola; pero no se me concedió. Quise estudiar, pero ya era tarde. Había pasado la edad de los estudios, olvidándoseme lo que a tiempo aprendí. Mi padre, a cuya noticia llegó la artificial fama de mis faltas, me escribió diciéndome que no volviera más a su casa y que me considerase huérfano. »Intenté verla; pero esto era ya más imposible que escalar el cielo. Mis cartas no llegaban a ella. Sus padres, al resguardarla de mí, habían tenido arte para librarla de toda mancha ante la sociedad. Jamás secreto alguno ha sido mejor guardado. »Caí enfermo, y convaleciente (p.1626) aún, los alguaciles me prendieron en mi casa para llevarme como vagabundo al arsenal de Cartagena, simplemente porque les daba la gana. No pude resistir; pero en el camino me escapé, y con mil dificultades y privaciones y peligros fui a Francia. «Entré en París el 21 de Enero del 93, y sin saber cómo me encontré en una gran plaza, donde el pueblo estaba reunido para ver matar a un hombre. Este era Luis XVI. Cuando el verdugo enseñó al pueblo su cabeza, yo aplaudí como los demás, gritando: 'Está muy bien hecho'. »¡Ay!, aquella sociedad, aquel caos, aquel infierno era lo que hacía falta a mi turbada y rabiosa alma. Sentíame entre tal gente inundado de salvaje alegría. Al instante tomé parte en todos los alborotos, frecuenté las tribunas de la Convención, acompañaba chillando y aullando a las pobres víctimas que iban en carreta desde la Conserjería a la plaza de la Guillotina, y me emborraché como los parisienses con el vapor de la sangre y el bárbaro frenesí revolucionario. Tenía siempre la vista fija en mi país, y cuando la Convención declaró la guerra a España en la sesión del 7 de Marzo, yo, que estaba en la tribuna, grité: '¡Me alegro: llevaremos allá todo esto!'. »Yo habitaba con Marchena en un miserable cuartucho del barrio de San Marcial. Íbamos a los Jacobinos y a los clubs más soeces, más desvergonzados, más cínicos de la gran ciudad. Los dos vivíamos en lo más execrable de aquella fermentación horrible. En la puerta de la casa que nos albergaba, pusimos un cartel que decía: Aquí se enseña el ateísmo por principios. »Marchena y yo nos adiestramos pronto en la lengua francesa. Él escribía folletos contra los frailes y yo peroraba en los clubs. Nos hicimos amigos de Marat y de Robespierre que nos tenían por grandes hombres. Cuando la Montaña triunfó sobre la Gironda yo me sentía inflamado por la pasión política, y recorría las calles con el populacho pidiendo la cabeza de los veintiún convencionales encerrados en la cárcel. El 16 de Octubre nos dieron la cabeza de María Antonieta, y el 31 las de los veintiún (p.1627) girondinos. ¡Cuán presentes están estos horrores en mi memoria, y qué huella dejaron en mi entendimiento y en mi espíritu! Al contacto de las llamaradas de aquel incendio, yo sentí nacer en mí nuevas y espantosas pasiones. »Yo era de los más frenéticos. Toda la sangre derramada me parecía poca para reformar una sociedad que no era de mi gusto, y estimaba lo mejor hacerla desaparecer en la guillotina, dejando a Dios el cuidado de hacer otra nueva. ¿Pero a qué nombrar a Dios? Entonces sólo el nombrarlo era un insulto a la razón, única divinidad que adorábamos. Marchena y yo habíamos inventado un dios irrisorio al cual llamábamos Ibrascha. »En mi delirio, insulté públicamente a Robespierre, nuestro protector y amigo, porque había proclamado la existencia del Ser Supremo. ¡El pícaro Maximiliano se pasaba a los realistas! Mi amigo y yo fuimos presos y aguardábamos en la Conserjería la carreta que nos debía llevar a la guillotina. »Una exaltación febril, una embriaguez de imaginación nos enloquecía, y anhelábamos la muerte, no con la entereza del estoico, sino con el estúpido heroísmo de la calentura política. Caí gravemente enfermo, y un pobre cura que compartía nuestro calabozo quiso convertirme. Gritando como un insensato ¡No hay más Dios que Ibrascha! maltraté a aquel buen hombre.. »La caída de Robespierre y la subida de los Termidorianos nos puso al fin en libertad. Pero en la insurrección de las secciones contra la Convención en Vendimiario, fui mal herido y estuve a punto de morir. Cuando sané, encontreme viejo, gastado, débil, y con una fuerte disposición a la sensibilidad. Me causaba horror la presencia de mis antiguos compañeros, y buscando la soledad pasaba muchas horas llorando. Convalecía mi alma. Cuando salí a las calles de París después de muchos meses de encierro, advertí que la fiebre de la revolución iba pasando. »Sentí vivo deseo de volver a España y volví. Dulces memorias alegraban mi alma y experimentaba alivio placentero pensando en la que había amado. Pero al dar en (p.1628) Madrid los primeros pasos, saliome al encuentro mi reputación de revolucionario y guillotinista. La que era ya condesa y mujer casada no quiso recibirme, y advertí que ya no le inspiraba desdén, sino horror. La familia gestionó para enviarme a los presidios de Ceuta.. No puedo pintar la rabia, el furor que esto me producía. Mi corazón agitose de nuevo con pasiones salvajes. Recordé a París, recordé la Convención y las carretas que iban desde la Conserjería a la plaza. Yo hablaba de esto y todos se reían de mí. »Iba a las tertulias de las librerías, y los poetas y hombres ilustrados me tenían por loco. Los necios me aplaudían. Ocupábame en fundar logias y clubs que al punto se poblaron de tontos.. Huí de nuevo de España, lleno el pecho de rencores y afiliándome en el ejército de Bonaparte, estuve en Montenotte, en Mondovi y en Lodi. Cuando él fue a Egipto, le dejé y viví en París practicando varios oficios. Alisteme luego en tiempo del imperio y le serví hasta la capitulación de Erfurth. »Ya sabes que vine a España después de la invasión. ¡Qué inmensa alegría! Figurábaseme que los pies de los doscientos mil franceses que vinieron, eran míos y que con todos ellos estaba yo pisoteando el aborrecido suelo patrio.. La condesa estaba viuda. Quise verla y toda la familia se horrorizó de nuevo. Tú conoces mi viaje a Andalucía, donde serví accidentalmente la causa nacional; pero mi corazón me impelía a servir a mi patria adoptiva, a mi querida Francia que había cortado la cabeza al rey y a los nobles. »Creo que conoces mis proyectos. Busqué a mi hija. Quise recogerla, pero no pude. Al fin las circunstancias me han favorecido de tal modo, que este deseo ardiente de mi vida se cumplirá mañana mismo».
Ep-9-XXII - -Yo no veo en esto -le dije- sino una cruel venganza. Muero con la ilusión de que Dios protegerá a esas dos personas que no quieren separarse. -Eres un necio. Cifuentes está ocupado por los franceses, y no dejan salir ni una mosca. -¡Están presas! -exclamé con angustia. -Presas, sí. La condesa se ha puesto bajo (p.1629) la protección del jefe de brigada Verdier; él no permitirá que se las ofenda. -Dios bendiga a ese buen caballero. -Joven amigo -me dijo con socarronería-, yo sé más que el brigadier Verdier. Y no te digo más, porque me marcho. Por última vez te pregunto si aceptas lo que te he propuesto. -¿Pasarme al enemigo? Los hombres como yo no hacen tales infamias. Ruego a usted que se marche. Quiero estar solo. -¡Desgraciado joven! -exclamó contemplándome con lástima-. Dios sabe que me es imposible salvarte. La ley de la guerra es inexorable. El general Belliard ha dado órdenes terribles para exterminar la pillería de las partidas. Dame la mano, Gabriel. Levantose no sin trabajo y acercándose a mí, estrechó mi mano. -Este hombre empedernido -me dijo con cierta alteración en la voz- no siente indiferencia al considerar tu triste suerte. Adiós.. ¿No me das ningún recado? No contesté nada. Mi postración, mi abatimiento moral eran extraordinarios. -Adiós -repitió apretándome ambas manos. Las mías estaban heladas y las suyas ardían. Se despidió de mí, sin arrancarme una palabra más. Yo me hallaba en un estado de estupefacción dolorosa, cual si todas mis facultades se hallasen en suspenso. La abundancia, la aglomeración de ideas en mi cerebro, hacía un efecto parecido al de no tener ninguna. Me había vuelto estúpido. No podía fijarme en ningún orden determinado de pensamientos, porque en mi cabeza reinaba el caos. Mi vida pasada y la futura, aquella vida frustrada, se resolvía en él, y me era imposible expulsar de mí aquella tenebrosa balumba para llenar sólo con Dios mi entendimiento. El Empecinadillo, después de hartarse por segunda vez de pan, dio varios paseos militares por la prisión. Luego sintiéronse pasos fuera, acompañados de una tos perruna, y mi tierno compañero corrió azorado hacia mí gritando: -El coco. Mosén Antón entró en la estancia, buscándome con la vista. Al verme, acercóseme con cierto respeto, y su cabeza tropezó repetidas veces en las vigas del techo. Mas encorvándose llegó hasta mí, y (p.1630) apoyando las manos en las rodillas, doblado por la cintura y alargado el hocico, me contempló largo rato. Yo no me movía. El Empecinadillo, refugiándose en el rincón detrás de mí, metió la cabeza entre el pedazo de manta, y no hizo movimiento alguno mientras estuvo allí el coco. Trijueque, golpeándome con la punta del pie, me dijo: -Araceli, ¿duerme usted?.. ¡Oh conciencia tranquila! -Mosén Antón, ¿viene usted a convertirme? -le pregunté. Turbose ligeramente, y luego doblándose para sentarse, habló así en voz baja: -No se puede aguantar a esa canalla. -¿A qué canalla? -A los franceses. -No se habla mal de los amigos. Sr. Trijueque, ¿le han hecho ya general en premio de su traición? Mosén Antón se puso pálido. -El general Gui -dijo con violenta ira- me llamó esta mañana para darme una bolsita con dinero. La tiré y salí sin decir nada.. Araceli.. ¿lo creerá usted? Esos canallas se burlan de mí, me llaman monsieur le chanoine, y hace poco los soldados me pedían riendo la bendición. Di a uno tan fuerte bofetada que lo doblé.. Pero vamos a otra cosa: el comandante me dijo: «Ese desgraciado que está arriba necesitará tal vez oír exhortaciones espirituales. Suba usted, padre, y a ver si le convence de que se pase a nuestro campo». ¿Hase visto insolencia semejante?.. ¡Tratar de este modo a un hombre, a un guerrero como mosén Antón! -He oído que a los franceses no les gustan los curas soldados. -Así debe ser -repuso con amargura el buen ex-párroco-, porque me manifiestan un desprecio.. ¡Y quieren que le catecique a usted para que sea afrancesado! ¡No, mil veces no! ¿Sabe usted lo que le aconsejo? Que les mande a paseo.. Vale más una muerte gloriosa.. Trijueque dio tan fuerte puñada en el suelo, que creí se había roto la mano. -¡Morir, morir mil veces es mejor! -exclamó como hablando consigo mismo-. No se pase usted a los franceses, que son unos ladronazos sin vergüenza.. ¡Ay, con qué gusto les vería arder a todos!.. Pero vamos a cuenta. Dígame usted, ¿qué piensan de mí en la partida? -Hablan de mosén (p.1631) Antón con tanto desprecio, que si yo fuera mosén Antón, me moriría de vergüenza. El cura dejó caer la cabeza sobre el pecho, y estuvo largo rato meditabundo. -¿Y Juan Martín, qué dice? -preguntó después. -¿Qué ha de decir el hombre que se ha visto vendido del modo más vil, el hombre a quien un traidor amigo tendió celada tan horrible como la de anoche?.. ¿Qué ha de decir de los que se pasaron al enemigo, y guiaron o ayudaron a este para coparnos y matar a nuestro general? -¡Matarle no! -dijo vivamente el guerrillero. -O cogerle prisionero, que es peor. Don Juan Martín habrá muerto tal vez, y su grande alma ha recibido la recompensa acordada a los justos. Los infames traidores vivirán aborrecidos y despreciados de todo el mundo, y los mismos franceses huirán de ellos con horror, porque la traición es una mancha que no se cubre ni se borra. De lo más hondo del pecho de Trijueque salió un suspiro o resoplido. -Juan Martín nos trataba muy mal -dijo-. No le podíamos aguantar. Se empeñaba en deslucirme.. Yo quería mandar por mi cuenta y hacer lo que me diera la gana.. Yo tengo un genio muy malo, y no me gusta que nadie se ponga sobre mí.. Cuando vi que Albuín se marchó al campo enemigo, tuve tentaciones de hacer lo propio; pero por el pronto me vencí. Estuve pensándolo mucho tiempo.. ¡ay qué noches! Yo no podía dormir, ¡me reviento en Judas! La cólera que sentía contra Juan porque no me dejaba hacer mi gusto, y las promesas de los franceses.. -Dicen allá que le prometieron a usted un arzobispado. -¡Mentira! ¿Quién dice tal cosa? ¡Eso es burlarse de mí! -exclamó mirándome con ojos furiosos-. Lo que me prometieron fue darme el mando de tres mil hombres. El general Gui me escribió una carta llamándome el primer estratégico del siglo, y diciéndome que el Emperador y el rey José querían conocerme. No pude contener la risa. Viéndome reír púsose más furioso el gran Trijueque, deslenguándose en improperios contra los franceses. -¡Quién me lo había de decir! Pero estos perros me (p.1632) las pagarán todas juntas.. ¡Engañarle a uno, engañar a un hombre que sería capaz de revolver el mundo si le dieran tres mil hombres escogidos; a un hombre que sería capaz de afianzar la corona en las sienes del rey José o en las del rey Fernando, según su antojo y voluntad! -En resumen, señor cura -le dije-, usted está en camino de arrepentirse de su traición y volverse al campo empecinado. Creo que lo recibirían como merece, es decir, a tiros. No habrá entre todos los leales que siguieron la suerte de D. Juan Martín, uno solo que no se crea deshonrado sólo de tocar la mano de mosén Antón. Mirome el guerrillero con expresión extraña. Había en ella tanto de congoja como de ira. Después de una pausa me dijo: -No, mosén Antón no vuelve atrás.. No es éste hombre de los que piden perdón. Lo que hice, hecho está. Soy una montaña y no me ablando con gotas de agua.. ¡Me reviento en Judas! Váyase Juan Martín con mil demonios, y si los franceses me tratan mal, que me traten, y si me llaman monsieur le chanoine, que me lo llamen, y si me quieren matar, que me maten. Yo no me doblo; lo que hice, hecho está.. Pues no faltaba más.. Conmigo no se juega. Tan canallas son los unos como los otros.. Pero no me arrepiento, no. Agradezca Juan Martín a Dios que no le hayamos cogido. -Esos fieros, Sr. Trijueque -le dije- prueban una conciencia alborotada. -Y usted, ¿cómo tiene la suya? -me preguntó con interés. -La mía está tranquila. Voy a morir. Mi alma se turba al considerar este trance; pero he cumplido con mi deber; no he hecho traición, no he vendido a mis jefes, no he cometido la vileza de auxiliar a mis enemigos. Muero con dolor, pero con calma. Trijueque me miró largo rato. Luego, tomándome la mano, me la estrechó con fuerza y me dijo: -Aunque parezca mentira, le tengo a usted envidia. -Lo comprendo -repuse- porque a pesar de mi situación no me cambiaría con usted. El cura se levantó sobresaltado; su cabeza dio en el techo; mas sin hacer caso del golpe ni del dolor consiguiente, corrió varias veces de (p.1633) un extremo a otro de la estancia. -Mosén Antón -le dije- cálmese usted. Un hombre de tal temple debe sufrir con más entereza la adversidad. Yo, vencido y destinado a morir, consolaba al vencedor y al verdugo. -¡Hermoso fin será el de usted! -exclamó parándose ante mí-. Bajará usted a la explanada, y entrando con severo continente en el cuadro, usted mismo mandará el fuego. Bonito final. Eso se llama morir como un valiente, y no por castigo de traición, sino por la ley fatal de la guerra que a veces trae estas catástrofes.. Y ahora, Sr. Araceli -añadió sentándose de nuevo junto a mí- aconséjeme usted lo que debo hacer. -El insigne mosén Antón, el gran estratégico, el hombre eminente, ¿necesita que yo le aconseje?, ¡yo que no valgo nada y que voy a morir! Hanle mandado aquí para que me exhorte, y venimos a parar en que yo he de exhortarle. -Sí -repuso el gigante con cierto embarazo pueril en la palabra-. Es que yo.. yo soy bastante desgraciado. Desde anoche no sé lo que pasa en mí. Paréceme que el alma, esta grande alma mía, me da saltos dentro del pecho.. paréceme que el cielo.. desde anoche, todo desde anoche.. se me ha caído encima, y que tengo que estar con las manos en alto sosteniéndolo para que no me aplaste. -Pues bien -dije- ya sé el mal que padece mosén Antón. Me lo figuraba. La situación en que me hallo me autoriza para aconsejar a persona de más edad y experiencia. ¿Quiere usted curarse de su mal? Pues no hay más que un remedio, y consiste en huir de aquí, abandonando a los franceses, buscar a D. Juan Martín, si es que vive, echarse a sus pies, pedirle perdón humildemente y suplicarle le conceda a usted, no el mando de un batallón, que eso es imposible, ni siquiera el mando de una compañía, sino una plaza de simple soldado en el ejército empecinado. -¡Eso jamás! -exclamó con súbita agitación el guerrillero-. ¡Usted se burla de mí! ¡Rayos y truenos!.. ¿Soy algún monigote?.. ¡Pedir perdón! No sé cómo le escucho con paciencia. -Pues desechado ese remedio, aún queda otro, el único. - (p.1634) ¿Cuál? -Ahorcarse. Es de un efecto inmediato. Siga usted el ejemplo de Judas, después de haber vendido a Jesús. -¡Qué consejos da usted! ¡Pedir perdón a Juan Martín!.. -Como le veo a usted arrepentido.. -Arrepentido precisamente, no.. -dijo con afectada entereza-. Un hombre como Trijueque.. sabe lo que hace y por qué lo hace.. -Entonces no hablemos más.. Que le aproveche a usted el arzobispado que le van a dar. -¡Arzobispado a mí! -exclamó con furia, sacudiéndome el brazo-. Sepa usted que de mí no se ríe nadie, nadie. -Mosén Antón -indiqué, deseando poner fin a aquella conferencia- déjeme usted solo. -No me da la gana.. Vamos a ver.. He subido para ayudarle a usted a bien morir, y si me ven bajar tan pronto, esa gentuza dirá que monsieur le chanoine despacha a los reos demasiado pronto.. -Sin embargo, si alguno nos oye creerá que el reo es usted y yo el padre capellán. -En resumidas cuentas, Sr. Araceli -dijo con mucha impaciencia- ¿qué cree usted que debo hacer? -Ya lo he dicho; a no ser que prefiera el buen cura quedarse entre los franceses diciendo misa.. Los ojos de Trijueque despedían fuego. -¡No, no, no! -gritó con exaltada inquietud, haciendo gestos de loco-. Yo no puedo pedir perdón a Juan Martín. Desde anoche un demonio está montado sobre mi hombro, y con la boca pegada a mi oído me dice: «Pide perdón a Juan Martín..». No, mil veces no. Este hombre, este gran Trijueque, este corazón de bronce no será capaz de tanta bajeza.. Juan Martín me ha faltado, me ha humillado, no quería que yo fuese general como él, cuando me siento con alma y cabeza para mandar todos los ejércitos de Napoleón. -D. Juan quería que sus subalternos le obedecieran. Esta es su gran culpa. -Juan tenía envidia de mis victorias. -Él le sacó a usted de la nada y le dio nombre y poder. -Es verdad; no negaré que debo a mi enemigo la reputación que he adquirido, porque hace tres años yo no era más que cura. ¡Qué tiempos! Me parece que fue ayer, y al recordarlo el corazón me baila en el pecho.. (p.1635) Desde mi juventud conocí que Dios no me había llamado por el camino de la Iglesia. Frecuentemente, ya después de ser clérigo, pensaba en batallas y duelos, y más que con la lectura de teólogos y doctores, mi espíritu se apacentaba con las obras de Ginés Pérez de Hita, de D. Diego y D. Bernardino de Mendoza.. y otros historiadores de guerras. En mi curato de Botorrita viví tranquilamente muchos años. Yo era un Juan Lanas: decía misa, predicaba, asistía a los enfermos y daba limosna a los pobres. ¡Ay! En tanto tiempo, ni siquiera supe cómo se mataba un mosquito. Pero mi alma, sin saber por qué, no estaba contenta con aquella vida, y mi pensamiento vivía en otras esferas. »Estalló la guerra. El día en que llegó a Botorrita la noticia de los sucesos del Dos de Mayo, me puse furioso, me volví salvaje. Salí a la calle, y entrando en casa de un vecino empecé a dar gritos, por lo cual me llevaron en triunfo.. ¡Ay, qué día! Compré un trabuco y me ocupé en disparar tiros al aire, diciendo: 'Ya cayó un francés.. allá va otro..'. Pasó un mes, y un domingo del mes de Junio yo estaba en la sacristía vistiéndome para salir a la misa mayor, cuando el sacristán me dijo que acababa de entrar en el pueblo D. Juan Martín Díez, a quien yo conocía, con una partida de gente armada para defender la patria.. Me entró tal temblor, tal desasosiego, que empecé la misa sin saber lo que hacía.. el latín se me atravesaba en la boca y me equivocaba a cada instante. Como el monaguillo me advirtiera mis equivocaciones, le di un bofetón delante de los fieles. »Dicho el Evangelio subí al púlpito para predicar a punto que muchos hombres de la partida de Juan Martín entraban en la iglesia. Mi plan era hablar del Espíritu Santo; pero no me acordaba de lo que había pensado y dije a los botorritanos: 'Hijos míos, San Juan Crisóstomo en el capítulo veinte y nueve escribe que Napoleón es un tunante.. Sed buenos, no cometáis pecado. Napoleo precitus est. No se debe robar, porque el demonio os llevará al infierno, así como Napoleón se ha llevado a Francia a nuestro rey.. (p.1636) ¿Quiénes son esos valientes macabeos que entran en el templo de Dios, armados de guerreros trabucos, cual los hijos de Asmoneo? Benditos sean los soldados que vienen con su tren de escopetas y navajas, como Matatías, cuando marchó contra Antíoco Epifano. ¿Y quién es aquel belicoso Josué que ahora entra por la puertecilla de las Ánimas? ¿Quién puede ser sino el santo varón de Castrillo de Duero, que va a Gabaón en su jaca negra, para vencer a Adonisedec rey de Jebús? Celebremos con cánticos la caída de las murallas de Jericó, al son de los bélicos cuernos y de las retumbantes castañuelas'. »Y en este estilo, seguí ensartando disparates. Yo no sabía lo que predicaba. El pueblo y los guerrilleros se volvieron locos y con sus patadas y gritos atronaron la iglesia. Seguí mi misa.. ¡Ay!, cuando consumí no supe lo que hice: no respondo de haber tratado con miramiento al santo cuerpo y a la santa sangre de Nuestro Señor.. El cáliz se me volcó. Durante el lavatorio, el monaguillo entusiasmado se puso a dar brincos delante del altar.. Yo no cabía en mí y los pies se me levantaban del suelo. Todo cuanto tocaba ardía, y hasta dentro de mí creí sentir las llamas de un volcán. Cuando me volví al pueblo para decir Dominus vobiscum, alcé los brazos y grité con toda la fuerza de mis pulmones: ¡Viva Fernando VII, muera Napoleón!.. Juan Martín subiendo precipitadamente al presbiterio me abrazó, y yo por primera y única vez en mi vida me eché a llorar. El pueblo aplaudía, llorando también. »Un momento después, yo había ensillado mi caballo y seguía la partida de Juan Martín».
Ep-9-XXIII - -Vaya usted preparando su espíritu con esos recuerdos -le dije-, y al fin comprenderá que no tiene otro camino que pedir perdón a D. Juan de esa gran villanía que usted cometió en un momento de despecho. Todos los hombres tienen un mal cuarto de hora. -No.. nada de perdones -repuso dejando caer la cabeza sobre el pecho-. Juan me ha tratado mal. Tiene envidia de mis hazañas. ¡Oh! Si le hubiera yo cogido anoche, le habría dicho: «Ea, (p.1637) Sr. Empecinado, ¿de qué le valen a usted esos humos? Ya está usted a merced de mosén Antón.. Abajo esos galones y váyase usted a su casa». Le hubiéramos perdonado, tomando yo el mando de toda la gente, pues así lo concerté con Albuín. -Dios protegió al soldado leal y la traición victoriosa por un momento es despreciada por los mismos enemigos. ¿Hay en el mundo un ser más desgraciado que usted? El peso de sus remordimientos, la repugnancia que como traidor inspira a los franceses, ¿no le han movido a desear cambiarse por mí, condenado a morir? -¡Sí.. me cambiaría, me cambiaría! -dijo lúgubremente-. En verdad no hay un hombre más desgraciado que yo en toda la redondez de la tierra. El Manco está contento porque al fin.. ese no quería más que dinero y ya lo tiene. Pero yo he ambicionado lo que no me pueden dar, lo que no alcanzaré nunca, no.. yo quiero un gran ejército, y creí que el demonio me lo daría. El demonio se ríe de mí y me llama ¡monsieur le chanoine! Mosén Antón dio un salto, y con frenético ardor, poseído de insana rabia, golpeó la pared con su cabeza, exclamando: -¡Rómpete, cabeza, rómpete!.. ¿para qué me sirves ya? ¿De qué te vale lo que llevas dentro?.. inventa sermones para embobar a los botorritanos, y nada más. ¡Epaminondas, César, Alejandro, Gran Capitán, Bonaparte! Vosotros tuvisteis ejércitos que mandar, yo no mandaré más que en mi iglesia, y el ama y mi sobrina y el sacristán y el monago me obedecerán tan sólo. -Basta -dije apartándole de la pared, temiendo que realmente se estrellara el cráneo. El Empecinadillo sacó la cabeza fuera de la manta, para mirar un instante con aterrados ojos a Trijueque. Después se volvió a esconder. -Hasta que no me echen abajo esta montaña que llevo sobre los hombros.. Mi cabeza es demasiado grande y harto pesada para uno solo. Con ella habría para dar entendimiento a veinte. Los ojos se le querían saltar de las irritadas órbitas; respiraba con ardiente resoplido y el aspecto de su cara era el de un delirante. -Me voy -dijo-. Quiero pasear (p.1638) por el campo.. pensaré lo que debo hacer. Valiente joven, ánimo. La situación de usted es de las más gloriosas. -Sí -repuse con honda tristeza. -Le fusilarán de madrugada. Su recuerdo quedará vivo y respetado en el ejército. «¡Araceli, dirán, gran muchacho! Murió por no querer pasarse al enemigo..». Se escribirá su nombre en la historia.. ¡bonita página..!, hermosa vida y más hermosa muerte. No le respondí nada. -¿Será usted capaz de flaquear en el momento supremo? Esa alma varonil ¿será capaz de sentir turbación cuando el cuerpo se vea dentro del fúnebre cuadro? -No. -Ánimo. Si le viera a usted decaer de su apogeo glorioso, tendría un disgusto. Pues no se envanecería poco esa vil canalla si usted se afrancesara.. No, no, vil gentuza francesa.. no le tendréis.. El heroico joven morirá antes que servir bajo vuestra ignominiosa bandera.. ¡Maldito sea el español que cae en vuestros lazos!, ¡miserables secuaces del gran bandido!.. Valor, joven. Que le vea yo a usted dentro del cuadro, abatiendo con su noble altivez la vanidad de esos cobardes. -Es extraño que de tal modo me hable un hombre que ha hecho lo que ha hecho. -No me hable usted de mí. Yo soy un.. Anoche, santo Dios.. cómo me abrumaba el peso.. Conque valor, mucho valor. Este ejemplo que tengo ante la vista me entusiasma.. Francamente, cuando vi que subía a conferenciar con usted ese farsante a quien llaman Santorcaz, temí.. -Le conozco hace tiempo. Ese hombre y yo no podemos hacer buena compañía. -Él se las prometía muy felices. Es un bribón. En verdad que no es de los que peor me tratan. Dicen que todas esas idas y venidas al ejército francés y el recorrer los pueblos de la Alcarria es por cuestión de unos amores con cierta jovenzuela de Cifuentes. -¿Eso dicen? -Sí.. y ahora me viene a la memoria que entre él y ese zascandil de D. Pelayo, que vino acá conmigo, están tramando una picardía.. El nombre del señor Araceli danza en la fiesta. -¿Mi nombre? -Sí: pero ¿qué le importan estas tonterías a un hombre que está con un pie en la inmortalidad? - (p.1639) Cuénteme usted todo lo que sepa.. -Ello es que.. a ver si me acuerdo. Tiene uno la cabeza tan llena de ideas, que no se fija en lo que se dice a su lado.. -Haga usted memoria; nada me sorprenderá, pues todo lo he previsto. -Ello es que.. -dijo rascándose la oreja-. ¡Ah!, ya me acuerdo. Hay una chica en Cifuentes. -Es muy natural que haya, no una, sino varias. -Y esa chica es al modo de novia de Araceli. Un soldado como usted no debe meterse en noviazgos.. ¡Ah!, es evidente que Santorcaz quiere llevársela. Es verdad, fusilarle a uno y quitarle después su novia es un poco fuerte. Pero no haga usted caso. Ánimo, joven. Las grandes almas desprecian las pequeñeces del mundo. -¿No sabe usted más? -Sí. Ese D. Luis estaba esta mañana discurriendo el modo de sacarla.. Si pudiera acordarme de lo que dijo.. ¡Cómo se reían los tunantes!.. El D. Pelayo mostró a Santorcaz una carta que usted había escrito a esa damisela desde Sigüenza, y que le confió a él para que la llevase. -Es verdad. Hace más de diez días -dije con la mayor ansiedad. -Santorcaz la leyó. Después, después.. ya me acuerdo. Después dijo que era preciso escribir otra imitando la letra de usted. -¿Para qué?.. -Una cartita en que se figurase que usted escribía a la tal chiquilla.. (¿para qué se mete usted en chicoleos con las muchachas?) pues.. una esquela diciéndole: «Estaba preso en Gárgoles, y me he escapado. Unos amigos me han escondido. Quiero veros, lucero mío, sí.. quiero veros. Venid al instante. Sé que vuestra mamá está enferma en cama. No le digáis nada. Tengo que confiaros una cosa, de que depende el porvenir etc.. Salid un momento por la puertecilla de la huerta. Estoy en la casa de enfrente. Fiaos del que os entregará esta, que es mi mejor amigo..». Cuando yo subí, D. Pelayo, que es gran pendolista, estaba escribiendo la carta. El demonio son los enamorados. He aquí una debilidad que yo no he tenido nunca. Esos bribones quieren obligarla a salir de la casa, para echarle el guante. Al oír esto quedeme absorto y mudo. Después la sangre saltó (p.1640) dentro de mí, y una cólera impetuosa se desató en mi pecho. Levantándome con ímpetu frenético corrí a la puerta, que Trijueque había cerrado por dentro guardando la llave, y la sacudí con violencia. -¡Quiero salir! -grité-. ¡Quiero salir! No puedo estar aquí ni un momento más. ¡Mi libertad, que me devuelvan mi libertad! Mosén Antón, corriendo tras de mí, me sujetó. -¿Qué es eso de libertad? Silencio. El furor me abrasaba la sangre. Mi corazón estallaba, y olvidé mi próxima muerte. -¡Quiero mi libertad! ¡Yo necesito salir de aquí, hablaré al comandante!.. ¡Esos infames merecen que les arranque las entrañas! Di tan fuertes patadas en la puerta, que el edificio retemblaba con violenta convulsión. -Araceli -dijo Trijueque alzando la voz-, esa puerta no se pasa sino para ir al cuadro o para ponerse al amparo de la bandera francesa. Exaltado por la ira, loco, fuera de mí, ardiendo todo, cuerpo y alma, grité: -Pues bien, me paso a los franceses.. me paso, hago traición. Pero que me saquen de aquí, que me den mi libertad.. quiero correr fuera de aquí.. Tengo que hacer en otra parte. -¡Desgraciado, insensato, miserable! -exclamó Trijueque estrechándome en sus brazos de hierro-. ¿Así habla un español valiente y patriota; así se renuncia a la gloria, al honor? Silencio, porque si vuelves a hablar de pasarte al enemigo, aquí mismo.. ¡Pasarse a la canalla!.. ¡Ahí es nada!.. ¡Eso quisieran ellos!.. No lo consentiré. -¿Quién habla así? -grité luchando con el coloso para desasirme de él-. El mayor y más vil traidor del mundo. Usted, mosén Antón, que ha vendido a su jefe. -Pero yo.. -repuso con gran turbación-. Repara que yo soy.. Lanzando un rugido, se cubrió la cara con las manos y terminó la frase así. -¡Yo soy un hombre indigno, un Judas! Al ruido que ambos hicimos, acudió gente, y abriendo mosén Antón la puerta, llenose mi prisión de oficiales y soldados. -¿Qué pasa aquí? -preguntó el oficial de guardia mirándome con fieros ojos. -¿Ha querido escapar atropellando a monsieur le chanoine? -dijo otro observando la turbación de (p.1641) Trijueque. Este, con voz campanuda y acción imponente, habló así: -Es un salvaje, un bárbaro, y al que habla de pasarse a los franceses le quiere matar. Había que oírle, señores oficiales, había que oírle. Para él todos ustedes son unos canallas, perdidos sin vergüenza, y dice que prefiere cien muertes a servir bajo las deshonradas banderas del imperio. Cuando se lo propuse se echó sobre mí llamándome traidor.. No hay que hablarle más que de la honra, de la conciencia y otras majaderías.. A este joven se le ha puesto en la cabeza que primero es el honor que nada. Mi opinión es que le fusilen al momento. Los franceses no comprendieron la ironía de las palabras de mosén Antón. Yo, abrumado, confundido por tan extraña salida, sentí desfallecer mi ánimo y disiparse aquella exaltación que me había hecho pedir a voces la deshonra. Contesté afirmativamente al oficial, cuando me preguntó si me ratificaba en lo dicho por el clérigo, fuéronse todos y quedé solo otra vez.
Ep-9-XXIV - El día empezaba a declinar. Mi alma cayó en la oscuridad. Estaba irritada, demente y forcejeaba en doloroso pugilato con las sombras, con las ideas, con las sensaciones. A ratos apetecía la libertad con vehemencia terrible; después se abrazaba a la cruz de su honor anhelando no separarse de ella. ¡Cuán difícil me es pintar lo que pasó dentro de mí aquella noche! Si alguien ha visto la muerte delante de sí y ha abofeteado sin respeto ni pavor la imagen del tránsito terrible, para echarse después llorando en sus brazos y decirle: «Vamos, vamos de una vez», comprenderá lo que yo padecí. En aquellos instantes de turbación espantosa reflexione que una defección fingida no me serviría de nada, porque los franceses me retendrían allí, imposibilitándome acudir a Cifuentes, como yo deseaba. Era preciso, pues, resignarse a morir. La traición no cabía en mi pecho, y me aterraba más que la muerte desconsolada, fría y sin gloria que tenía tan cerca. Largo tiempo estuve solo. Turbaba el silencio de la solitaria pieza la voz del Empecinadillo que (p.1642) hablaba con sus juguetes en un rincón. El pobre chico, cuando se sentía fatigado de correr, sacaba de entre sus ropas objetos diferentes que le servían de diversión. Un par de botones eran caballos, un pedazo de clavo hacía de coche y una piedra de chispa era el cochero. Si su fantasía se inclinaba a las cosas militares, las mismas baratijas eran cañones, cuerpos de ejército y generales. Otras veces eran personas que le hablaban y sostenían con él chispeantes diálogos. En mi tribulación ¡cuán inefable deleite experimentaba oyéndole! Entró ya de noche un oficial en compañía del mismo soldado que me visitara por la mañana. Echome el primero a la cara la luz de una linterna y después leyó un papel que parecía ser mi sentencia de muerte. -Al romper el día -añadió- seréis pasado por las armas. Era extraña la sentencia de un consejo de guerra que me mandaba fusilar sin oírme. Pero no procedía hacer reflexiones sobre esta anomalía. Además, los guerrilleros, excepto don Juan Martín, acostumbraban despachar a cuantos franceses caían en sus manos, sin molestarse en el uso de procedimientos. Los enemigos al menos tenían la consideración de leerle a uno un papel donde constaba la picardía inaudita de defender la patria. El zapador traía comida abundante para mí y para el Empecinadillo, que recogiendo sus juguetes, se había refugiado entre mis brazos. Es costumbre, hasta en los campamentos, engordar y emborrachar a los que van a morir, aunque no consta este precepto entre las obras de caridad de la religión cristiana. -Mi teniente -dijo el soldado arreglando los platos en el suelo-, creo que debe retirarse de aquí este chiquillo. -Si el preso quiere retenerlo en su compañía hasta mañana, dejadlo aquí, Plobertin. Ese niño será suyo. No debe mortificarse inútilmente a los desgraciados que van a morir. La comida es excelente, señor español, y el vino de lo mejor. Después de esta explosión de sentimientos caritativos, el francés me miró con lástima. -Mañana -prosiguió- se recogerá este infeliz huérfano para entregarlo en el primer hospicio que (p.1643) encontremos en el camino. Retirose el oficial, y Plobertin seguía poniendo en orden los platos. Observele a la luz de la linterna, y con gran sorpresa vi su rostro bañado en lágrimas. -¿Qué tiene usted? -le pregunté. Plobertin, por única respuesta, corrió hacia el Empecinadillo, y estrechándole en sus brazos, le besó con ardiente efusión. -Es una mengua -dijo- que un soldado del imperio llore a moco y baba, ¿no es verdad? Pero no lo puedo remediar. Mis camaradas se han reído de mí. Al ver esta noche a vuestro niño el corazón se me ha derretido.. Señor oficial, me muero de dolor. Sin cuidarse de la comida que me servía, sentose ante mí, sosteniendo al chico sobre sus piernas cruzadas. -Toma -dijo sacando del bolsillo varias golosinas-. Te voy a hacer un vestido de lancero y una espadita de hierro con su vaina y correaje. Me dejaré emplumar antes que permitir, como quiere el teniente Houdinot, que te quedes en un hospicio. ¡Ay, mi pequeño Claudio, corazón y alma mía! Mañana me pertenecerás. El pobre soldado, ausente de su hogar, triste y sin familia te llevará en sus brazos. -¡Cuánta sensiblería! Ya sabemos que vuestro niño era como este. -Sí -exclamó con intensa congoja-. Era como este, era, señor oficial, pero ya no es. ¿No dije a usted que hoy esperábamos el correo de Francia? Pues el correo vino; ojalá no viniera. El corazón me anunciaba una desgracia. ¡Ay, mi hijo único, mi pequeño Claudio, el alma de mi vida está ya en el cielo! Cubriéndose el rostro con ambas manos, lloró sin consuelo. -En la Borgoña -añadió- el sarampión se está llevando todos los niños. El señor cura Riviere me escribe (porque mi esposa a causa de su desolación no puede hacerlo, además de que no sabe escribir), y me dice que el pequeño Claudio.. mi corazón se despedaza. El pobre niño no se apartaba de mi memoria en toda la campaña. ¡Oh!, si yo hubiera estado en Arnay-le-duc mi pequeñín no hubiera muerto.. ¡cómo es posible! Tiene la culpa el Emperador.. ese ambicioso sin corazón.. ¡Que Dios le quite al rey de Roma, como me ha quitado el (p.1644) mío!.. Yo tenía mi rey de Roma, que no nació para hacer daño a nadie.. ¡Pobre de mí! No tengo consuelo.. Era rubio como este, con dos pedazos de cielo azul por ojos, y este aire tan marcial, esta gracia, esta monería. Cuando yo le tomaba en brazos para llevarle a paseo, me sentía más orgulloso que un rey y todos los papanatas de Arnay-le-duc se morían de envidia.. La congoja le impedía hablar. La cara del Empecinadillo se perdía en sus magníficas barbas, humedecidas por las lágrimas. Aquella personificación de la fuerza humana, aquel león, cuya sola vista causaba miedo, estaba delante de mí, dominado y vencido por el amor de un niño. -La semejanza -dijo- de este angelito con el mío es tanta, que me parece que Dios, después de llamar a mi pequeño Claudio al cielo, le envía a hacerme una visita. Como me den la licencia en Marzo, espero entrar en Arnay-le-duc con vuestro muñeco en brazos y presentarme en mi casa diciendo: «Señora Catalina, aquí le traigo. El buen Dios que sabía mi soledad, lo mandó a mi campamento. Has estado sola unos meses.. Todo no ha de ser para ti.. Ya estamos juntos los tres. Convidemos a todos los vecinos, celebremos una fiesta, pongamos a la cabecera de la mesa al cura Mr. Riviere, para que nos explique este milagro de Dios». Después, y mientras el Empecinadillo comía, me miró fijamente y me dijo: -Aquí hace bastante frío. Además, este chico os servirá de estorbo. ¿Por qué no me lo dais desde ahora? -Sr. Plobertin -repuse-, este niño no se apartará de mí mientras yo viva: ¿verdad, lucero? El Empecinadillo, saltando de los brazos del zapador, corrió a arrojarse en los míos. -Ven acá, tunante -le dije-. Tú no quieres a los asesinos de papá.. Dile a ese animal que se marche, que no quieres verle. El niño miró a Plobertin con miedo y se aferró a mi cuello, juntando su cara con la mía. -Os equivocáis, Sr. Plobertin -añadí- si pensáis apoderaros de esta criatura luego que yo muera. Le dejaré en poder del comandante, el cual en su caballerosidad no permitirá que por más tiempo esté (p.1645) ausente de sus padres. -¿No es vuestro? -¡Qué desatino! ¿Habéis visto alguna vez que un oficial lleve sus hijos a la guerra? -Muchas veces; en los ejércitos imperiales se han criado algunos niños. -Este que veis aquí es hijo de los señores duques de Alcalá. Hallábase en poder de su nodriza en un pueblo de la Alcarria; quemaron nuestros soldados el lugar, recogiendo a este señor duquito; mas sabida por D. Juan Martín la elevación de su origen, ordenó que fuese entregado en Jadraque a la servidumbre del señor duque, que lo está buscando. Con este fin le llevábamos, cuando nos sorprendieron los renegados y los franceses. Yo le recogí del campo de batalla, a punto de ser pisoteado por la caballería. Plobertin, hombre de poca perspicacia, creyó lo del ducado. -Antes de morir lo entregaré al señor comandante para que lo retenga en su poder hasta que pueda ser puesto en manos de la gente del de Alcalá. Os advierto que el señor duque es partidario y amigo del rey José. Conque pensad si vuestro comandante tendrá cuidado de complacerle. Plobertin lo creyó todo. Bestia de mucha fuerza, pero de poca astucia, no supo evitar el lazo que yo le tendía. Mirábame con asombro y desconsuelo. -De modo que no hay pequeño Claudio para el Sr. Plobertin -añadí-. Sois un hombre sensible, un padre cariñoso; pero Dios ha querido probaros, y el consuelo que deseabais os será negado. Sin embargo (al decir esto acerqueme más a él) os propongo un medio para que adquiráis este juguete que tanto os agrada. -¿Cuál? -No puede ser más sencillo -le contesté con serenidad-. Dejadme escapar y os dejaré esta prenda. Levantose con viveza el león y enfurecido me dijo: -¡Que os deje escapar! ¿Qué habéis dicho? ¿Por quién me tomáis? ¿Creéis que somos aquí como en las partidas? ¿Creéis que los franceses nos vendemos por un cigarrillo como vuestros guerrilleros?.. ¡Escapar! ¡Sólo Dios haciendo un milagro os salvaría! -Sr. Plobertin, un buen soldado como vos ¿será cómplice del asesinato que se va a perpetrar en mí? -¡Asesinato! - (p.1646) exclamó mostrándome sus formidables puños-. Que os salpiquen los sesos ¿a mí qué me importa? Lo mismo debieran hacer con todos los españoles, a ver si de una vez se acababa esta maldita guerra.. Miradme bien, mirad estas manos. ¿Creéis que necesito armas contra un alfeñique como vos? Si lo dudáis y queréis probarlo, hablad por segunda vez de escaparos. Estando en Portugal con Junot, custodiaba a un preso. Quiso fugarse, le cogí el cuello con la izquierda y con la derecha dile tan fuerte martillazo sobre el cráneo que ahorré algunos cartuchos a los tiradores que le aguardaban en el cuadro.. Luego quiso tomar en brazos al Empecinadillo, diciendo: -Dame un beso, amor mío, que me voy. Despídete de tu querido papá. El chiquillo se aferró a mi cuello con toda su fuerza, y ocultando el rostro, sacudió sus patitas que azotaron la cara del formidable zapador. Gruñendo y jurando alejose este, después de darme las buenas noches con muy mal talante. La débil esperanza que me había reanimado por un momento, desaparecía.
Ep-9-XXV - Puse al Empecinadillo sobre mis rodillas, y le dije: -Pobre niño, esperé que me salvarías; pero Dios no lo quiere. Pareció que me comprendía y se puso a llorar. -No llores, no llores.. a ver, come de este pastel que el Sr. Plobertin ha traído para ti. Parece que está bueno. La soledad y profunda tristeza en que me encontraba, me inducían a comunicarme con mi compañero, cual si fuese una persona capaz de comprenderme. -Considera tú si no es una iniquidad lo que van a hacer conmigo. ¡Matarme, asesinarme..!, porque es un asesinato, hijo mío, ¿no lo crees así? ¿Qué he hecho yo? Servir lealmente a la patria. Esos esclavos de Bonaparte, que le obedecen como máquinas y le sirven como perros, no comprenden el sentimiento de la patria. El Empecinadillo me miró con sus dulces ojos azules llenos de luz y expresión. Creyendo advertir en su mirada un categórico asentimiento a mi discurso, proseguí de este modo: -¡Glorioso es morir sin culpa! ¡Gran premio del bien obrar, de la inocencia (p.1647) y de la virtud, es esa inmortalidad gozosa que la religión nos ha ofrecido, niño mío! Pero mi alma no está tranquila; mi alma no tiene bastante serenidad ni bastante entereza para afrontar los horrores del tránsito, y se apega un poco a la tierra. ¡Qué infeliz soy! Bien lo sabes tú. En mi vida agitada, triste y dolorosa, sin padres, sin familia, sin fortuna, obligado a luchar con el destino y a vivir con mis propios esfuerzos, sólo dos personas me han amado con desinteresado y santo cariño. Esas dos personas están a punto de ser víctimas de una infame acción, y aquí me tienes imposibilitado de socorrerlas, preso, dispuesto a morir, casi muerto ya. ¡Qué triste momento! ¿No me dices nada, no me consuelas? El Empecinadillo se comía su pastel. -Come, hermoso animalito, no tengas reparo de comer -continué-; aprovecha el tiempo, aprovecha las horas de tu inocencia, estas horas en que siempre hallarás personas caritativas que te den el sustento, que te abriguen y consuelen. Pero crecerás, crecerás; la carga de la vida empezará a pesar sobre tus hombros hoy libres; ¡sabrás lo que son penas, luchas, fatigas y dolores! Le abracé y besé con dolorosa emoción. Era la única forma viva del mundo delante de mí, y su pequeño corazón, que yo sentía palpitar entre mis brazos, parecía indicarme la despedida de los sentimientos que yo había logrado inspirar en la tierra. Le apretaba contra mí, como si quisiera metérmelo en el pecho. -¿Me quieres mucho? -le pregunté. -Sí -me respondió, añadiendo mi nombre, desfigurado por su media lengua. -¿De veras me quieres mucho? -le pregunté de nuevo experimentando las más puras delicias al oírle decir que me amaba-. ¿Y quieres que me maten? Movía la cabeza negativamente y sus ojos se llenaron de lágrimas. Yo experimentaba una angustia insoportable y el corazón se me deshacía. Nuevamente me sentí atacado de la desesperación, y levantándome impetuosamente y corriendo a la reja, intenté moverla con colosales esfuerzos. La reja, bien clavada en el muro no se movía, y aunque sus (p.1648) barrotes no eran muy gruesos, tenían la robustez suficiente para no ceder al empuje de manos humanas, aunque fueran las del zapador Plobertin. -Y si pudiera romper esta reja -dije para mí-, ¿de qué me serviría, si la salida de la huerta está cerrada, y todo custodiado por centinelas? Corrí por la habitación como un demente; aplicaba el oído a la cerradura de la puerta, tocaba con mis manos las vigas del techo por ver si alguna cedía, golpeaba con violentos puntapiés las paredes. No había salida por ninguna parte. En tanto mi compañero, bien porque tuviera frío, bien porque se asustara de verme en tan lastimoso estado de locura, empezó a llorar a gritos. -Calla, mi niño, calla por Dios.. -le dije-; tus llantos me hacen daño. ¡Plobertin va a venir y te comerá! No me engañaba. Al poco rato sentí que descorrían los pesados cerrojos, y entraron un sargento que hacía de carcelero y tras él Plobertin muy irritado, diciendo: -¿Por qué llora ese niño? Desde abajo le he sentido. Le estáis mortificando, señor oficial, y os las veréis conmigo.. ¿Qué te ha hecho este judío, amor mío, qué quieres? -Sr. Plobertin -dije-, hacedme el favor de no molestarme más con vuestras visitas. Me quejaré al comandante. -Señor oficial -dijo él furiosamente-, os advierto que si seguís mortificando a la criatura, no podréis decirle nada al comandante, porque aquí mismo.. Ya me conocéis.. Contento está el comandante de vos.. No entro de guardia hasta la madrugada; estaré abajo; y si siento llorar otra vez al pequeño Claudio.. Sin duda os habréis comido las golosinas que traje para él.. -Vámonos, Plobertin -dijo el sargento-. El comandante ha mandado que se le deje tranquilo. Se fueron. El muchacho calló. Arropándole para que durmiera, le dije: -Empecinadillo, no hay más remedio que resignarse a la muerte. Duerme, niñito mío; recemos antes. ¿Sabes rezar? Sus labios articularon dos o tres vocablos de los más feos, atroces e indecentes de nuestra lengua. -Eso no se dice, chiquillo. ¿Mamá Santurrias no te ha enseñado el Padre nuestro, ni (p.1649) siquiera el Bendito? Me contestó en la lengua que sabía. -Chiquillo, ¿tú no sabes que hay un Dios, el que te da de comer, el que te ha dado la vida, el que ahora ha dispuesto que me la quiten a mí? Esto no lo entendía, y me miraba atentamente. En mi pecho se desbordaba el sentimiento religioso, y mi alma, en su exaltación, buscaba otra alma que armonizase con ella, que la acompañase, guiándola en su misterioso vuelo. -Empecinadillo -proseguí sin caer en la cuenta de que hablaba con un niño-, recemos. Dios dispone del destino de las criaturas. Dios da la vida y la muerte. Yo elevo mi espíritu al Supremo bien, y le digo: «Señor que estás en los cielos, recíbeme en tu seno». El huérfano, repentinamente atacado de una jovialidad inagotable, pronunciaba, recalcándolas con complacencia infantil, las palabrotas de su repertorio. Yo quisiera poderlas copiar; pero el pudor del lenguaje me lo veda, quitando todo su interés a la escena que describo. -Niñito mío -le dije-, olvida esas barbaridades que te han enseñado. Pero eres un ángel, y en tu boca el fango es oro. Pide a Dios por mí. ¿Tú sabes quién es Dios? Sin responder nada, miraba al techo. -Dios está arriba -añadí-, encima del cielo azul, ¿sabes? Recemos juntos, y pidámosle piedad para la desgraciada víctima de las pasiones de los hombres.. Pero tú no entiendes esto.. Duérmete, pobrecillo, que es locura hacerte participar de mi congoja. Quise rezar solo y no podía, porque no se puede rezar mintiendo. Las palabras formuladas en mi pensamiento, sin pasar a la boca, expresaban piadosa resignación con la muerte; pero la voz de mi corazón repetía dentro de mí con estruendo más sonoro que el eco de cien tempestades: «quiero vivir». -Empecinadillo -grité dando rienda suelta a mi dolor-, no duermas, no, no me dejes solo. Pidamos a Dios que me dé la libertad y la vida. El niño abrió los ojos y me habló.. como él sabía hablar. -¡No blasfemes, por piedad! -exclamé horrorizado-. ¡Dios mío! Las palabras de los hombres, ¿llegan hasta ti? Mi compañero sacó los brazos de su (p.1650) envoltorio, y empezó a dar palmadas y a reír. -¿Por qué ríes, ángel? Tu risa me causa inmenso dolor. Arrojose sobre mí, besándome y acariciándome. Después me dio varias bofetadas, que acepté sin ofenderme. Le cogí en brazos, y mi mano chocó con un cuerpo extraño, que anteriormente había tocado; pero en el cual hasta entonces, por circunstancias especiales del espíritu, no fijara yo la atención. Con avidez registré las ropas, mejor dicho, los envoltorios que cubrían al Empecinadillo, y encontré una cavidad, un inmundo bolsillo lleno de baratijas. Saquélo todo, y vi un pedazo de cazoleta, un cordón verde, dos o tres botones, una corona arrancada a un bordado y una lima, un pedazo de lima como de cuatro pulgadas de largo, bastante ancha, con diente duro y afilado. Un rayo de luz iluminó mi entendimiento. ¡Una lima! Era fácil limar uno o dos de los hierros de la reja y desengranar los demás. Levanteme de un salto.. Me creía salvado, y di gracias a Dios con una sola frase, con una exclamación pronunciada por todo mi ser.. Corrí a la reja.. probé la herramienta.. Era admirable, y comía el hierro con su bien templada dentadura. -¿De dónde has sacado esto? -pregunté al Empecinadillo. -Mocavelde -me contestó. -Ya.. se la robaste a Moscaverde , el cerrajero de la partida.. Hiciste bien.. Dios bendiga tus manos de ángel. Duérmete ahora que voy a trabajar, y cuidado cómo lloras.
Ep-9-XXVI - Empecé mi tarea. El hierro cedía fácilmente; pero la faena era larga, y no parecía fácil terminarla en toda la noche, a pesar de no ser grande el grueso de las barras. Yo calculé que si lograba arrancar dos, estas me servirían de palanca para quitar las otras. Fiando en Dios, cuya protección creí segura, no calculé que una vez abierta la salida, encontraría después obstáculos quizás más difíciles de vencer. Tenía a mi favor algunas circunstancias. El furioso viento que había empezado a soplar entrada la noche, impedía a mis carceleros oír el chirrido de la lima. Además la lluvia glacial que inundaba la tierra, ¿no haría perezosos a los (p.1651) centinelas? ¿No era probable que se retirasen, que se durmieran, que se helasen o que se los llevara el demonio? -¡Dios está conmigo! -exclamé-. Adelante.. Veremos lo que dice Plobertin, si logro escaparme. Aquí le dejaré su pequeño Claudio, mi ángel tutelar, mi salvador. Al mismo tiempo examinaba la configuración del terreno en lo exterior. Como a tres varas de la reja había un balcón largo y ruinoso, el cual estaba a bastante altura sobre el suelo, a diez varas próximamente según observé desde arriba. Aquella fachada daba a una huerta triangular: por el costado derecho la limitaba una construcción baja, que debía ser granero, cuadra o almacén, y por el izquierdo un muro de tres varas de alto daba a un patio donde los franceses jugaban a la pelota durante el día. En el ángulo del fondo había una puerta, por la cual podía salirse (siempre que estuviese abierta) a una pequeña explanada, donde había una choza que servía de garita al centinela. En aquel momento no podía distinguir los objetos a causa de la oscuridad de la noche; pero durante el día había visto que detrás de aquel muro había un precipicio. La casa como todo el pueblo de Rebollar estaba construida sobre una gran peña al borde de la honda cuenca del Henares. -Necesito hacer una cuerda -dije para mí-. De aquí al balcón es fácil saltar; pero del balcón al suelo necesito ayuda.. me escurriré por la huerta, para lo cual me favorecen las matas.. y luego entra lo difícil, saltar la tapia por el ángulo.. El declive que baja al Henares no será muy rápido y podré descender a gatas.. En tal caso, la operación puede hacerse sin que me vea el centinela que debe estar en aquella choza de la explanada. Ánimo, Dios es conmigo. Señora condesa, Inés de mi vida, rogad a Dios por mí. Llegaré a tiempo a Cifuentes.. Las manos me sangraban, heridas por los picos de la lima rota; pero seguía en mi trabajo, deteniéndome sólo cuando calmado el viento, reinaba en torno a la casa el grave silencio de la noche. Me parecía que no sólo mis manos, sino mis brazos, eran una lima, y que mi cuerpo todo (p.1652) estaba erizado de dientes de acero. Rascaba sin descanso el hierro, que oxidado por algunas partes, cedía blandamente. Al fin establecí la solución de continuidad en una de las barras; pero no pude arrancarla, por estar engastada en las otras. La ataqué por otra parte, y al fin a eso de la media noche quedó en mis manos. Usela como palanca; mas no me fue posible adelantar nada; emprendila con otra barra, y al fin, señores, al fin, después de esfuerzos inauditos, cuando hirieron mis oídos las campanadas de un reloj lejano que marcaba las tres, la reja estaba en disposición de dar salida al pobre prisionero. Faltaba la cuerda. Con la misma lima, desgarré en anchas tiras mi capote, quedándome completamente desabrigado. No siendo ni con mucho suficiente, tomé la manta del Empecinadillo, y con los diversos lienzos torcidos y anudados convenientemente, fabriqué una cuerda que bien podía resistir el peso de mi cuerpo. No hay que perder tiempo. ¡Afuera! -exclamé con toda mi alma. Pero una contrariedad inesperada me detuvo. El Empecinadillo, sintiéndose sin abrigo, empezó a llorar; a dar gritos como los que a prima noche habían hecho subir al fiero zapador Plobertin. -Estoy perdido -dije acariciándole-. Por Dios y por todos los santos, Empecinadito de mi alma, si gritas soy perdido. Calla, calla, desgraciado. Pero no callaba, y yo ardía en impaciencia y temblaba de terror. -Calla -repetí-. Pero, hombre, no seas cruel; hazte cargo de que me pierdes. ¿No ves que quiero escaparme? ¿No ves que me van a matar? Fuiste mi salvación y ahora me pierdes. Cuando le tomé en mis brazos, calló; pero desde que le abandonaba, su voz de clarinete atronaba la estancia. Había que optar entre estos dos extremos; o dejarle allí tapándole la boca, lo cual equivalía a matarle, o llevármelo conmigo. Fueme preciso tomar esta resolución, que no dejaba de ofrecer algún peligro. El infeliz comprendió que yo me marchaba y se colgó de mi cuello, adhiriéndose a mí con brazos y piernas. Semejante carga me molestaba en mi huida; (p.1653) pero la acepté con gusto. No me fue difícil saltar al balcón; pero del balcón a la huerta el descenso fue bastante penoso, porque mis manos ensangrentadas y ateridas de frío, empuñaban con torpeza la cuerda. Debilitado también mi cuerpo por el insomnio y el no comer, hallábame en estado poco a propósito para la aventura; mas la ansiedad y el deseo de verme libre avivaban mis fuerzas. En la huerta me detuve un instante. Cuando paraba el mugido del viento, el silencio era profundo. No se sentía rumor alguno de voces humanas. Avanzando despacio por entre las matas sin hojas, hundíanse mis pies en el lodo, y en tan poco tiempo la lluvia me había empapado la ropa. Seguía con precaución hasta el ángulo final y allí observé que la choza que servía de garita en la explanada de la derecha estaba ocupada por un centinela. Le sentí toser y vi el débil fulgor de una pipa encendida. A pesar de esto se podía escalar la tapia por el ángulo y saltar afuera, siempre que hubiese terreno donde poner los pies del otro lado. Estreché a la criatura contra mí. Con los ojos le mandé callar, y el pobrecito, participando de mi ansiedad, apenas respiraba. Escalé la tapia, valido de la fuerte cepa de una parra que en ella se apoyaba, y al llegar al borde, donde me puse a horcajadas, el espanto y la desesperación se apoderaron de mí. ¡Maldición y muerte! Era imposible saltar afuera, porque del otro lado de la tapia no había terreno, sino un precipicio, un abismo sin fondo. Levantada la pared en la cima de la roca, desde los mismos cimientos empezaba un despeñadero horrible, por donde ni el hombre ni ningún cuadrumano, como no fuera el gato montés, podían dar un paso. El agua de la lluvia, al precipitarse por allí abajo de roca en roca, entre la maleza y los espinos producía un rumor medroso, semejante a quejidos lastimeros. El burbujar de la impetuosa corriente, la presteza con que el abismo deglutía los chorros, indicaban que el cuerpo que por allí abajo se aventurara sería precipitado, atraído, despedazado, masticado por las rocas y engullido al fin por el (p.1654) hidrópico Henares en menos de un minuto. El borde, a pesar de la oscuridad, se veía perfectamente: lo demás se adivinaba por el ruido. Allá abajo el murmullo y zumbido de un hervidero indicaban el Henares, hinchado, espumoso, insolente riachuelo que se convertía en inmenso río por la lluvia y el rápido deshielo. Comprendí la imposibilidad de saltar por allí, a menos que no quisiese suicidarme. No había más salida que por la derecha, saltando a la explanada. Era esta pequeña y había en ella dos cosas, un cañón y la choza del centinela. Saltar cuidadosamente, deslizándose sin ruido a lo largo del muro, y escurrirse por detrás de la choza, era cosa dificilísima, pero no imposible del todo. Aunque la abertura de la garita daba frente a frente a la tapia, restaba aún la esperanza de que el centinela se durmiese. ¡Oh, Dios magnánimo y misericordioso! Si se dormía, yo podía escaparme. Avancé, pues, cuidadosamente por lo alto del muro, con peligro de resbalar sobre los húmedos ladrillos. Entonces comprendí cuán mal había hecho en traer al Empecinadillo, que estorbaba mis movimientos, cuando debían ser flexibles y resbaladizos como los de una culebra. Por un momento se me ocurrió dejarle en la huerta; pero esta idea fue prontamente desechada. Resolví perecer o salvarme con él. Por fin llegué a traspasar el espacio en que las ramas de un árbol seco me resguardaban de la vista del centinela. Halleme cerca de la garita, y me agaché para ocultarme todo lo posible. Si en aquel instante supremo el centinela no me veía, era señal evidente de que Dios había cerrado sus ojos con benéfico sueño. Medí con la vista el espacio que me separaba del piso de la explanada, y lo hallé corto. Podía saltar sin peligro, sosteniéndome con las manos en las junturas de los ladrillos, aun a riesgo de perder la mitad de los dedos. Observé el interior de la garita. Estaba oscura como boca de lobo, y no se distinguía nada en ella. Ya me disponía a saltar, cuando una voz colérica me hizo estremecer gritando: -¡Eh! ¡Alto!, ¿quién va? De la garita salió un (p.1655) hombre alto, fuerte, terrible. El terror que su vista me causara en aquel momento, en aquel lugar, le engrandeció tanto a mis ojos, que creí ver la punta de su sombrero tocando el cielo. El obstáculo que me detenía era tan grande como el mundo.. Quedeme helado y sin movimiento. Ya no había esperanza para mí, y cuando el coloso me apuntó con su fusil, exclamé reconociéndole: -¡Fuego, Sr. Plobertin! Tirad de una vez. El Empecinadillo había roto el silencio. -Os escapáis.. ¿Lleváis el muñeco con vos? -dijo el zapador dejando de apuntarme-. Ahora mismo os volveréis por donde habéis venido; ¡sacrebleu! Agradeced a esa criatura, pegada a vuestro cuerpo, que no os haya dejado seco de un fusilazo.. Adentro pronto; bajad a la huerta, o aquí mismo.. Hombre cruel y sin caridad, ¿no veis que ese niño va a morir de frío?.. Ya os ajustaremos las cuentas. ¡Adentro! -Sr. Plobertin, volveré a mi prisión: no os sofoquéis. Estos ladrillos son resbaladizos, y es preciso andar con precaución sobre ellos. -¿Habéis roto la reja? ¡Por la sandalia del Papa, os juro!.. Si os hubieran despachado esta mañana como yo decía.. -He escapado por un milagro, ¡por un milagro de Dios! Vuestro pequeño Claudio me ha salvado. El soldado se acercó a la tapia con actitud que más indicaba curiosidad que amenaza. -Yo estaba durmiendo -continué- cuando me despertó una música sobrenatural. Vi al pequeño Claudio delante de mí, rodeado de otros ángeles de su tamaño y todos inundados en una celeste luz, de cuyos resplandores no podéis formar idea, Sr. Plobertin, sin haberlos visto. Corrieron todos a la reja y el pequeño Claudio, con sus manecitas delicadas, rompió los hierros cual si fueran de cera. La visión desapareció en seguida, recobrando el muñeco su forma natural. Quise huir solo; pero vuestro niño se pegó a mí con tanta fuerza, que no pude separarle. Dios lo ha puesto a mi lado para que perezca o se salve conmigo. No podía distinguir las facciones de Plobertin, pero por su silencio comprendí que experimentaba cierto estupor. Cuando (p.1656) esto dije desliceme trabajosamente hacia el sitio desde donde había explorado el despeñadero, y exclamé: -Sr. Plobertin, no he salido de mi encierro para volver a él. Si no me permitís la fuga estoy decidido a morir. Dad un paso hacia mí, hacedme fuego, llamad a vuestros compañeros, y en el mismo instante veréis cómo me precipito en este abismo sin fondo. Estoy resuelto a salvarme o a morir, ¿lo oís bien, Sr. Plobertin?, ¿lo oís?.. En cambio si me dejáis escapar, os devolveré a vuestro pequeño Claudio, para que gocéis de él toda la vida. Decidlo pronto, porque hace mucho frío. -Gastáis bromas muy raras. ¿Me juzgáis capaz de creer tales simplezas? -Imbécil -exclamé con exaltación, y poseído ya del vértigo que a la vez el abismo y la muerte producían en mí-. Tu alma de verdugo es incapaz de comprender una acción semejante. Prefiero darme la muerte a caer otra vez en tus manos. -¡Alto, bergante! -me dijo-. No deis un paso más y hablaremos.. Bajad a la huerta y yo entraré en ella. Al instante abrió la puerta que comunicaba la explanada con la huerta, y se puso junto a la tapia y debajo de mí. Estirándose todo, alargó la mano y tocó el pie del Empecinadillo. -Está muerto de frío -dijo-. Dádmelo acá. -Poco a poco -repuse-. Va conmigo a visitar la corriente del Henares. Apartaos de la tapia y respondedme sin pérdida de tiempo si puedo contar con vuestra bondad. -Soy un hombre que nunca ha faltado a su deber -dijo-. Sin embargo, os dejaré marchar. ¿Cómo saltasteis del balcón? -Con una cuerda. -Pues bien, poned la cuerda en el tejado de los graneros, para que mañana crean que os fugasteis por las eras del pueblo. -Es un trabajo penoso del cual podéis encargaros vos, Sr. Plobertin. La ocurrencia es hábil y no podrán acusaros mañana. -Pero dadme acá ese bebé que se muere de frío. Le subiré otra vez a la prisión para que se crea que le dejasteis allí. -Muy bien pensado; pero no me fío de vos. -Cuando Plobertin da su palabra.. Os digo que podéis huir tranquilo. Yo os indicaré la vereda. -Jurádmelo por vuestro niño muerto, (p.1657) por la señora Catalina, por el alma de vuestros padres. -Yo soy un hombre de honor, y no necesito jurar; pero si os empeñáis lo juro.. Echad acá ese muchacho. -Es que todavía necesito deciros algunas condiciones que había olvidado. -Acabad. -Necesito un capote; he hecho trizas el mío y me voy a helar por esos campos.. Dadme el vuestro. -No sois poco melindroso.. Bien, ¡rayo de Dios!, os daré el capote. -Necesito algo más. -¿Más?, a fe que sois pesado. -No puedo emprender mi camino sin algún arma para defenderme. ¿Tenéis una pistola? -El demonio cargue con vos.. No sé cómo tengo paciencia y no os dejo que os estrelléis por ahí abajo.. ¿Y para qué queréis la pistola? -Para lo que os he dicho, y además para que me sirva de defensa contra vos, si me hacéis traición. En cuanto chistéis a mi lado os levantaré la tapa de los sesos. -¡Dudar de mí! No sois caballero como yo. Dejad caer el muchacho sobre mis brazos y tendréis la pistola. -Si os parece bien, dadme el arma primero. -¡Tomadla, con mil bombas! -exclamó sacándola de la pistolera y alargándomela cogida por el cañón. -Parece cargada.. bien. Ahora hacedme el favor de ir al otro extremo de la huerta y dejar allí vuestro fusil. Plobertin hizo lo que le mandaba. Cuando volvió al pie de la tapia, bajé sin cuidado y le dije: -Tened la bondad de marchar delante de mí. Si gritáis o intentáis engañarme os haré fuego. Cuando esté fuera del campamento cambiaremos el muñeco por el capote. En marcha. Plobertin abrió la puerta, seguile y me condujo a una vereda por donde podía fácilmente huir sin necesidad de atravesar el Henares, rodeando el pueblo para subir a la sierra. -Tomad vuestro niño -le dije cuando me creí seguro-. Dios lo resucita y os lo devuelve en pago de vuestra buena obra.. Escribid a la señora Catalina el hallazgo y dadle memorias mías. Es una excelente señora, a quien aprecio mucho. -¡Ah, no sabéis bien todo lo que vale! -dijo con la mayor sencillez. -Adiós, vuestro capote abriga bien.. No os olvidéis de poner la cuerda en el tejado de la cuadra. (p.1658) No os acusarán de mal centinela. Decidme: ¿el señor de Santorcaz ha salido para Cifuentes? -Sale al rayar el día. -Quedad con Dios. Un momento después, yo corría por la sierra buscando el camino de Algora.
Ep-9-XXVIII - La lluvia había disminuido un poco; pero los senderos estaban intransitables. Además, no era fácil atravesar la sierra sin perderse, y a cada instante corría peligro de caer en poder de los destacamentos franceses. Esperaba hallar auxilio en los caseríos no ocupados por el enemigo y quien me proporcionase lo más necesario, es decir, ropa seca, comida, armas y sobre todo un caballo. Caminé largo trecho sin encontrar a nadie, y ya de día como sintiese ruido de cabalgaduras, aparteme de la senda y oculto tras un matorral observé quién pasaba. Eran españoles y franceses, a juzgar por algunas voces de los dos idiomas que oí desde mi escondite, y figurándome serían renegados les dejé pasar ocultándome mejor hasta que les consideré bastante lejos. Su paso, sin embargo, fue un bien para mí, porque me sirvió de guía, y algunas horas después salí de la sierra, pisando el camino real. Pedí hospitalidad en una casucha donde había un anciano inválido y una mujer joven, ambos muy afligidos por las vejaciones que sufrieran de los franceses el día anterior, y cuando les conté cómo había escapado, con gran gozo diéronme de comer y alguna ropa que troqué por la mía húmeda y desgarrada. Pero no pudieron proporcionarme lo que más deseaba, y los dejé, continuando mi marcha hacia el Mediodía. En un caserío cerca de Algora encontré algunos españoles, a quienes al punto conocí. Eran de la partida de Orejitas. Nos felicitamos por el encuentro y me dieron noticias de don Juan Martín. -Dicen que D. Juan vive y ha ido con algunos hacia la sierra -me dijo uno-. Está juntando la gente, y nosotros vamos en busca suya. Orejitas está herido y D. Vicente no tiene novedad. -Pues vamos todos allá -repuse-. ¿Decís que hacia Cifuentes? -No; en Cifuentes está el francés. -De todos modos, amigos míos, yo (p.1659) quisiera que me proporcionarais un caballo. -¡Un caballo! Por medio daríamos nosotros un ojo de la cara. -Entremos en esta casa a tomar un bocado. -¡Muchachos, a correr! -gritaba uno viniendo con precipitación hacia nosotros-. ¡Que vienen, que vienen! -¿Quién viene? -Los franceses. -¿Cuántos son? -Diez. -Nosotros seis -dije contando las filas-. Tenemos buenas armas. Pero ¿dónde están esos señores? -Acaban de entrar en el pueblo -añadió el mensajero- y se han metido en la posada junto al molino. Son de caballería. -Pues ataquémosles, muchachos -exclamé resuelto a todo-. Si hay alguno entre nosotros que prefiera hacer a pie la jornada, que se retire. -Esto debe pensarse -dijo uno, que era sargento veterano en la partida-. Perico, ¿los has visto tú, o tu miedo? -¡Los he visto! -¿Han dejado los caballos y se han metido en la posada para comer y beber? -No: están en el corralón, todos a caballo, trasegando el tinto. Parece que van a seguir su camino. Son tiradores. Llevan carabina, sable y pistola. Da miedo verles. -¡A ellos! -grité sin saber lo que decía-. Les quitaremos los caballos. -Están prevenidos -repuso el sargento-. Pero por mí no ha de quedar. Vamos allá. -¿El posadero es nuestro?- pregunté. -No; pero su mujer es capaz de cualquier cosa. Algunos, considerando altamente peligrosa la hazaña, no querían seguirme. Pero al fin, echándoles en cara su cobardía, pude convencerles, y desviándonos del camino nos metimos en el pueblo por las callejas del Norte, acercándonos sigilosamente a la posada y al molino del señor Perogordo. Entramos por una puerta excusada que nos condujo a la cocina y desde allí subimos a la parte alta del edificio para explorar las fuerzas enemigas y escoger posición. Miraba yo hacia el patio por un ventanillo abierto en la alcoba de la señora Bárbara, esposa de Perogordo, mientras los compañeros aguardaban mis órdenes en la pieza inmediata, cuando sentí que por detrás me tiraban del capote. Al volverme vi a la señora Bárbara que en voz baja me dijo: -¿Se atreven (p.1660) ustedes a mandar al infierno a esos herejes? -De eso me ocupaba, señora -repuse observando a los franceses que estaban a caballo en el patio, recibiendo el vino que les servía el criado de Perogordo. -En la cocina -añadió la posadera- tengo un gran calderón de agua hirviendo. Lo puse al fuego para pelar el cerdo que matamos esta mañana; pero voy a rociar con él a esos marranos. -No se precipite usted -dije deteniéndola-, porque puede malograrse el patriótico pensamiento de arrojar el agua. -Aquí tiene usted la escopeta de mi marido, el hacha, el cuchillo grande y dos pedreñales. -¡Magnífico arsenal! Entró el Sr. Perogordo, diciendo: -Es preciso tener prudencia. Esos condenados me quemaran la casa. -Eres un mandria, Blas -repuso la señora Bárbara-. Si les hubieras echado en el vino esos polvos que te dio el boticario para los ratones, reventarían todos, sin necesidad de hacer aquí una carnicería. Te veo yo muy agabachado, Blas.. Ea, tengamos la fiesta en paz. -Señor oficial -me dijo Perogordo-, lo mejor será que usted y los suyos salgan al camino para esperar fuera a los franceses. -Señor Perogordo -repuse-, haré lo que me convenga para acabar con ellos. Tienen magníficos caballos que nos hacen mucha falta. -¡Qué bien parlado! -exclamó la posadera-. Estos tres que están bajo la ventana grande, parece que están pidiendo el agua del Santo Bautismo. Voy allá. Y diciendo y haciendo, la diligente y más que diligente patriota señora Bárbara corrió a la habitación inmediata, y empuñando las asas de un enorme caldero de agua caliente, que poco antes había subido, vaciolo por la ventana sobre los cuerpos de los franceses, que, a pesar del frío no recibieron con agrado aquel sistema de calefacción. Oyéronse gritos horribles, relincharon con espantoso alarido los caballos, y en el mismo instante, mi gente empezó a hacer fuego desde las ventanas altas, mientras doña Bárbara, su hija y la criada arrojaban con esa presteza propia de las mujeres feroces, ladrillos, piedras y cuanto (p.1661) habían a la mano. -Cese el fuego -grité furioso-, abajo todo el mundo. Atacarles cuerpo a cuerpo. Corrimos abajo y la emprendimos con los imperiales, embistiéndoles con tanta energía, que no pudieron resistir mucho tiempo. Además de que la sorpresa les tenía desconcertado, tres de ellos habían quedado incapaces de defensa, con el horrible sacramento administrado por la atroz posadera. Los caballos les estorbaban dentro del corralón. Alguno echó pie a tierra y nos recibió a sablazos, descalabrando con fuerte mano a todo el que se acercaba; pero al fin pudimos más que ellos, porque la gente del pueblo acudió con hoces y azadas, y la señora Bárbara con su hija se dio la satisfacción de arrastrar a uno hasta el brocal del pozo arrojándole dentro, sin duda para curarle con agua fría las heridas ocasionadas por la caliente. Cuatro de ellos huyeron, corriendo a uña de caballo y los demás o quedaron fuera de combate, o se dejaron maniatar para permanecer allí como prisioneros de guerra, bajo la vigilancia de la señora Bárbara. Perogordo se me acercó después del combate, y con gran aflicción me dijo: -Señor oficial, ¿y quién me paga el gasto? Esa loca de mi mujer tiene la culpa de todo. Detrás de estos franceses vendrán otros, porque ahora dominan en el país, y ¡pobre casa mía! Pero yo no me cuidaba de contestarle, y recogiendo del campo de batalla un sable, dos buenas pistolas y una escopeta, monté en el caballo que me pareció mejor. En el mismo momento agolpose la gente del lugar en la portalada del corralón, y mirando todos con espanto hacia lo alto del camino, decían: -¡Los franceses, los franceses!.. En efecto, venían en la misma dirección que yo había seguido; pero no eran dos ni tres, sino más de cincuenta. No quise detenerme a contarlos, y picando espuelas lancé mi caballo a toda carrera por el camino abajo en dirección a Cifuentes. -Cuatro leguas largas hay de aquí allá -decía para mí-. Aunque el caballo está cansado, podré recorrerlas en dos horas. Esos que entraban en Algora cuando yo salía, deben ser (p.1662) Santorcaz y algún destacamento que les acompañe. Llegaré antes que ellos a Cifuentes y podré, si no ponerlas a salvo, al menos prevenirlas. Vuela, caballo, vuela. Pero el caballo, desobedeciendo mis órdenes, no volaba, y un cuarto de hora después de la salida, ni siquiera corría medianamente. Al fin dio en la flor de pararse, insensible al látigo, a la espuela y a los denuestos, y sólo con blandas exhortaciones podía convencerle de que me llevase al paso y cojeando. Mi ansiedad era inmensa, pues temía verme alcanzado y cogido por los franceses que castigarían inmediatamente en mí la escapatoria de Rebollar y la diablura de Algora. Apenas había andado una legua después de hora y media de marcha, cuando llegué a un caserío donde ofrecí cuanto llevaba (la suma no era ciertamente deslumbradora), si me proporcionaban un caballo; pero todo fue inútil. Imposibilitado de marchar con rapidez, seguí, resuelto a abandonar la cabalgadura y a internarme en el monte, en caso de que me viera en peligro de caer en manos de los que venían detrás. Era cerca de media tarde, cuando sentí el trote vivo del destacamento que había entrado en Algora mientras yo salía; hundí las espuelas a mi caballo; mas el pobre animal, que apenas podía ya con el peso de su propio cuerpo, dio con este en tierra para no levantarse más. A toda prisa me aparté del camino. Cuando pasaron cerca sorprendiéronse de ver el animal en mitad del camino; algunos sospecharon que yo estaría oculto en los alrededores y les vi abandonar la senda como para buscarme; pero sin duda no faltó entre ellos quien creyese más oportuno seguir camino adelante, y en efecto, siguieron. Distinguí perfectamente a mosén Antón. Después de este suceso perdí toda esperanza. Ya no podía llegar a tiempo a Cifuentes. Mi desesperación y rabia eran tan grandes que eché a correr camino abajo deseando seguir a los jinetes. Mi sangre hervía, mi corazón iba a estallar, rompíase mi cerebro en mil pedazos y el sofocado aliento me ahogaba. Arrojeme en el suelo, (p.1663) maldiciendo mi suerte y evocando en mi ayuda no sé qué potencias infernales. Mis ojos distinguían por todos lados inmenso horizonte y en toda aquella tierra no había un caballo para mí. Fijé la vista en el fango del camino y todo él estaba lleno de las huellas que deja la herradura. ¡Tanto animal yendo y viniendo y ni uno solo para mí! Aún entonces conservaba alguna esperanza. -Ellos se detienen mucho en los pueblos -me dije-. Beben y comen en todos los mesones. Si se detuvieran más de tres horas en otra parte quizás no lleguen a Cifuentes hasta la noche. De aquí a la noche bien pueden andarse cuatro leguas. Ánimo, pues. Seguí adelante. En el camino unos pastores dijéronme que el Empecinado y D. Vicente Sardina habían pasado muy de mañana por la sierra y que caminaban hacia Yela. Pregunté sobre los atajos que podrían llevarme más pronto a Cifuentes; pero sus noticias eran tan vagas que juzgué prudente seguir por el camino para no perderme. Avanzando siempre encontré antes de llegar a Moranchel un obstáculo en que hasta entonces no había pensado, un obstáculo invencible y aterrador, el Tajuña, bastante crecido para que nadie intentase vadearlo. La barca estaba al otro lado abandonada y sola.
Ep-9-XXIX - Senteme en una piedra junto al río y pensé en Dios. Al punto vino a mi memoria la Caleta de Cádiz y mi habilidad natatoria. Extendí la vista por la superficie del agua: agitome una bullidora inquietud, y aquella fuerza secreta que me impelía a seguir adelante, redoblose en mí. Pensarlo era perder el tiempo. Arrolleme el capote en torno al cuello, abandoné la escopeta, y cogiendo el sable entre los dientes me lancé al agua. Los primeros pasos en ella me dieron esperanza; pero al poco rato sentime transido de frío; mis pies fueron dos pedazos de inmóvil hielo, mis piernas rígidas no me pertenecían y en vano se esforzaba la voluntad en darles movimiento. Aquella muerte glacial invadía mi cuerpo subiéndome hasta el pecho. Tendiendo la vista con angustia a las dos orillas, vi mas cerca aquella de donde (p.1664) había partido: mis brazos remaron en el agua para acercarme a ella: hice esfuerzos terribles; pero no podía llegar porque la corriente me arrastraba río abajo además la masa de agua profunda me chupaba hacia adentro. Recordando sin embargo que la serenidad es lo único que puede salvar en tales casos, me esforcé por adquirir tranquilidad y aplomo. Felizmente aún podía disponer de los brazos; trabajé poderosamente con ellos; pero aquella orilla no se aproximaba a mí tanto como yo quería. Por fin ¡Dios misericordioso!, una rama que besaba las aguas estuvo al alcance de mí. Agarrándome a aquella mano del cielo que me salvaba, pude al cabo pisar tierra. Había perdido el capote en el agua y me moría de frío en la misma ribera de donde partí. A pesar de tan horribles contratiempos, la tenacidad de mi propósito era tan grande que aún creí posible seguir mi camino. Sin embargo mi estado era tal que si no me guarecía bajo techo, estaba en peligro evidente de perecer aquella noche. Y la noche venía a toda prisa, lóbrega, húmeda, helada, espantosa. Miré en derredor y no vi casa, ni cabaña, ni choza, ni abrigo. Estaba desamparado, completamente solo en medio de la naturaleza irritada contra el hombre. Todo en torno mío tendía a exterminarme y no podía considerar sino que aquel suelo, aquel viento, aquellas pardas nubes venían contra mí. Otro hubiera cedido, pero yo no cedí. Tenía delante el aparato formidable de la naturaleza y de las circunstancias que me decían «de aquí no pasarás»; mas ¿qué vale esto al lado del poder invencible de la voluntad humana, que cuando da en ser grande, ni cielo ni tierra la detienen? Corrí para vencer el frío; pero las articulaciones me lo impedían con su agudo dolor. Procurando animarme, hablé conmigo en voz alta y canté, como los niños cuando tienen miedo. El sonido de mi propia voz me halagaba en aquella soledad horrorosa y a ratos sentía no ser dueño de mi pensamiento. Corriendo en diversas direcciones vencí un poco el frío; pero las ropas empapadas no querían secarse. (p.1665) Me parecía que llevaba todo el Tajuña encima de mí. Después que cerró completamente la noche, sentí ruido de voces. -Gracias a Dios que está habitado el planeta -dije para mí-. El género humano no ha concluido. Las voces sonaban del otro lado del río hacia la barca. -Alguien pasa el río -exclamé con alegría-. Dejarán la barca en este lado y podré pasar después. Al punto conocí que eran franceses, porque algunas palabras llegaron hasta mí. Escondime aguardando a que pasaran.. ¡Ay! ¡Cómo bendije su aparición! ¡Con qué gozo sentí el suave rumor del agua agitada por la pértiga! ¡Cómo conté los segundos que duró el viaje y los que emplearon en desembarcar y marcharse! Pero se me heló la sangre en las venas, cuando vi desde mi escondite que uno de ellos quedaba en la embarcación, y que otro de los que se alejaron le dijo: -Espera ahí, pues volveremos antes de media noche. Que la barca no se mueva de esta orilla. El peligro, sin embargo, no era invencible. Un hombre no es un ejército. Acerqueme lentamente a la orilla, miré a la barca y vi a mi marinero dispuesto a pasar bien la noche, abrigado en su capote. -No hay tiempo que perder -dije-, echémonos encima. En efecto de buenas a primeras, llegueme a él y le di un sablazo de plano sobre la espalda. Saltó el maldito gritando: -¿Quién va?.. ¿qué quiere usted? -¿Qué he de querer? Pasar. Al punto reconocí en él a un renegado que había servido con mosén Antón. -No se pasa -repuso-. ¡Qué modos, hombre! ¿Y quién es usted? -Ya me conoces bien. Si quieres ir al agua ahora mismo, ándate con preguntas y no desates la barca. -Es Araceli -dijo-, vamos a ver, ¿y si no me diera la gana de pasar? Sin hacerle caso, me metí en la embarcación y con la pértiga la empujé hacia la otra orilla. El renegado no puso obstáculo, y ayudándome, me dijo: -Pero ¿no le fusilaron a usted esta mañana? -Parece que no. -¿Sabe usted que andan azorados? -¿Quiénes? -Los musiures. Paeje que D. Juan está en la sierra con alguna gente. Yo me voy otra vez con D. Juan. Nos han engañado. -Dime, (p.1666) ¿has visto a mosén Antón? -Ha quedado con los demás del destacamento y el Sr. D. Luis en una venta que hay a mano derecha del camino a una legua de Cifuentes. -¿Les has dejado allí? ¿Sabes si se detendrán mucho? -Me paeje que sí. Están todos borrachos. Se conoce que no tienen prisa. Trijueque y el jefe francés han tenido una riña por el camino. Creo que nos empecinamos otra vez. -¿Tienes qué comer? -Medio pan puedo dar a usted. Ahí va. Antes de poner pie en tierra, comí con ansia. Luego que desembarqué, despidiéndome del renegado, seguí precipitadamente mi camino. Todavía tenía esperanza de llegar a tiempo. -Como saben que nadie les ha de estorbar -dije para mí-, irán con calma. Dios alargue su borrachera.. Sin embargo, si resuelven poner en ejecución su plan a prima noche, es cosa perdida. Si le dejan para mañana.. ¡Dios poderoso, llévame pronto allá! El frío me mortificaba mucho, sin que me fuese posible vencerlo con la velocidad de la carrera, porque lleno mi cuerpo de dolores agudísimos, me era muy difícil andar a prisa. No llovía, y a causa del recio viento que reinara durante el día, el piso estaba algo duro, además de que la fuerte helada de aquella noche petrificaba el suelo. A poco de alejarme del río, noté que necesitaba gran esfuerzo para seguir andando; quería avivar el paso, pero mientras más a prisa marchaba, más viva sentía aquella resistencia de mis piernas a llevarme adelante. Senteme para recobrar fuerzas, y al sentarme aumentó mi malestar. Dentro de mí surgía una inclinación enérgica al reposo, un deseo profundo de no mover brazo ni pierna. Quise sacudir la pereza y anduve otro poco; pero al corto trecho sentí que desde las rodillas abajo mi persona no era mi persona, sino un apéndice extraño, una extremidad de madera o de hierro que me obedecía sí, pero ¡de qué mala gana! Moví los brazos, y ¡cosa singular!, encontreme sin manos, es decir, perdí la sensación de poseerlas. Esto me produjo mucha congoja; pero aún permanecía potente en medio del invasor enfriamiento el horno de mi (p.1667) corazón que no anhelaba descanso sino carrera. -Tú no te enfriarás, corazón -exclamé-. Mientras tú conserves una chispa de calor, el cuerpo de Gabriel marchará adelante. Si es preciso me daré de palos. Quise gritar y cantar; pero mi garganta se negó a articular sonidos. Parecía que una invisible mano me la apretaba. -Esto no es nada -pensé-. Ninguna falta me hace la voz. Ánimo, corazón. Parece que llevo una fragua dentro de mí. Pero la fragua se iba extinguiendo también. Bien pronto mis rodillas fueron una masa dura, rígida, mohosa, un gozne roñoso y sin juego. Al notarlo, hice lo que me había prometido, me apaleé. Pero ¡ay!, mi brazo derecho no pudo manejar el sable, que se me escapó de la mano.. Anduve más.. quise de nuevo correr, y mis piernas se doblaron. ¡Qué sensación tan extraña! El suelo helado me parecía caliente. Erguí la cabeza, moví el cuerpo, pero nada más. Mis manos que aún conservaban alguna sensibilidad, tocaron unos objetos largos, inertes y fríos, y al notar que eran mis piernas, no pude evitar una sonrisa fúnebre. Mi voluntad poderosa quería reanimar aquel vidrio que había sido mi carne y mi sangre; pero no pudo. El corazón latía con furia y en mis oídos un zumbar monótono me enloquecía con lúgubre música. De momento en momento me achicaba. La conciencia corporal iba estrechando los límites de mi persona: y sentí que el mundo exterior, el cosmos, digámoslo así, aunque parezca pedantería, empezaba en mi cintura y en mis hombros. -Tremendo es -pensé- que esté uno metido dentro de una cosa que se hiela como el agua.. ¡Dios inhumano, un rayo que me derrita! Yo tenía un alma y me reconocía piedra. Mi cuerpo tendía cada instante con más fuerza a la inmovilidad absoluta. Como el moribundo desea la vida, deseé que alguien viniese y a martillazos me machacara. Con ansiedad inmensa mi vista exploró el camino, y allá lejos, muy lejos, observé gente que venía. Sonaba rumor de caballos, que acrecía acercándose. -Serán franceses -me dije-. ¡Malditos sean! Me salvarán, y (p.1668) otra vez estoy en poder de esa canalla. Efectivamente, eran franceses, si bien cuando estuvieron próximos, a pesar de que iba yo perdiendo el claro uso de mis sentidos, creí distinguir voces españolas empeñadas con las francesas en viva disputa. Venían también algunos renegados. Después de tantos esfuerzos, de tantas luchas, cuando se había agotado la energía de mi cuerpo y de mi espíritu, volvía a encontrarme prisionero. Casi anhelé que pasaran de largo sin hacerme caso. Pero oí a mi lado la voz de mosén Antón, que decía: -Aquí hay un hombre helado. Es Araceli. Es preciso llevarle al mesón.
Ep-9-XXX - Hallábame después de un espacio de tiempo cuya longitud no puedo apreciar, en el interior de una venta, y en una habitación tan parecida a mi famosa prisión en Rebollar de Sigüenza, que pensé que no había salido de ella. Pero una observación atenta me hizo ver alguna diferencia y principalmente el montón de paja con que me habían cubierto, y cuyo suave calor me volvía lentamente a la vida. A mi lado estaban algunos renegados y mosén Antón. El local era la parte alta de una venta del camino ocupada por los franceses con los caseríos inmediatos. -Estoy otra vez prisionero- dije instintivamente. -Sí señor -repuso el clérigo con cierta socarronería-. Y ahora no se nos escapará usted. -¿Qué hora es? -pregunté. -¿Para qué quiere usted saberlo? -Es que quisiera marcharme, Sr. Trijueque. ¿Qué distancia hay de aquí a Cifuentes? -No es mucha; pero aunque pudiera usted salir, amiguito, y fuera a donde desea, no conseguiría nada. Otros le han tomado la delantera. Ya había previsto la noticia, y la pena y rabia que sentía apenas se aumentó. -Supongo que estos bandidos me castigarán por haberme escapado de Rebollar y por lo de Algora. -Los castigos y crueldades de esta gentuza -me dijo mosén Antón acercando su rostro a mi oído y expresándose en voz muy queda-, honran y enaltecen a la víctima. Algunos renegados salieron, y los franceses que quedaron en la habitación, dormían. Trijueque pudo (p.1669) hablarme con más libertad. -Ya llegó a su colmo mi paciencia -me dijo-, y estoy decidido a romper con estos pillos. Son más orgullosos que Rodrigo en la horca y a los que nos hemos pasado a sus banderas, nos humillan tratándonos con un desprecio.. Mi rabia es tan grande, Araceli, que les ahorcaría a todos sin piedad, si en mi mano estuviera. ¿Querrá usted creer que siguen prodigándome insultos, y que su insolencia para conmigo va en aumento? No satisfechos con llamarme monsieur le chanoine, se empeñan en denigrarme más, y hoy un oficial me llamó monseigneur l'éveque. -Mosén Antón, ¿los demás renegados que están aquí piensan lo mismo que usted? -le pregunté, sintiendo que por encanto me restablecía. -Lo mismo. Todos desean volver allá. -¿Cuántos son? -No llegamos a veinte. -¿Y los franceses? -En esta venta y en las casas inmediatas hay más de ciento. La lucha sería muy desigual. -La traición ha vuelto cobarde al gran Trijueque. Somos pocos; pero vale más morir que ser juguete de esta chusma. -Sí, y mil veces sí -exclamó el cura con exaltación-. Araceli, veo que hay un gran corazón dentro de ese cuerpo. Con que.. Pero déjeme usted que le explique -añadió bajando la voz-, he sabido que Juan Martín está vivo y ha reunido alguna gente. -También yo lo he sabido. ¿Y dónde están? -Un pastor me dijo que Sardina había ido a parar a Grajanejos.. Juan Martín pasó ayer tarde por la sierra. Muchos dispersos estaban en Yela. -Es fácil que se hayan reunido y traten de reconstituir el ejército. -Creo que sí, y harán bien -dijo el ogro-. Me alegraría de que diesen una paliza a esta gente. Si mi previsión militar, si mi conocimiento del país no me engaña esta vez -añadió bajando más la voz-, Juan Martín y Sardina reunirán su gente en Cíbicas que está a legua y media de aquí.. ¡qué admirable posición para caer sobre este destacamento y hacerlo polvo!.. Si yo estuviera en su lugar.. pero ni el uno ni el otro ven más allá de sus narices. -Hay que hacer un esfuerzo para salir de aquí. Nos uniremos a D. Juan y usted, (p.1670) luego que le pida perdón.. -¡Yo perdón!.. ¡perdón! -dijo el guerrillero con voz cavernosa y ademán sombrío-. Eso jamás. -Nos presentaremos al Empecinado.. -Yo no; mi decoro, mi dignidad.. -añadió balbuciendo-. En suma, mosén Antón se cortará con sus propias manos su gran cabeza, que envidiarán más de cuatro, primero que volver atrás del paso que dio. Los hombres de mi estambre no retroceden, y lo que hicieron hecho está. Mi intento ahora es renunciar a la guerra y marcharme a morir a Botorrita. Después de meditar un momento, mosén Antón se levantó para marcharse. -No me deje usted solo -le dije deteniéndole. -No puedo estar aquí más.. Quiero correr fuera.. quiero huir. ¿No he dicho a usted que Juan Martín está en Cíbicas? -Mejor. -Figúrese usted -añadió con espanto- que viene aquí, que sorprende a estos bolos, que nos coge a todos, que me ve.. -¡Oh! Ese suceso es demasiado feliz para que pueda suceder. Estamos dejados de la mano de Dios. -Yo me voy. -¿En dónde está Albuín? -No lo sé ni quiero saberlo. ¡Ojalá se lo tragara la tierra!.. Condenado Juan Martín: si tuviera dos dedos de frente, podía caer encima de este destacamento y aniquilarlo. Todos los generales del mundo son unos zotes. Si yo tuviera un ejército, ¡me reviento en..!, si yo tuviera un ejército de españoles, de franceses, de griegos, de chinos o de demonios.. ¡Maldita sea mi estrella!.. ¡Oh, qué gozo sería que Juan Martín aplastara a esta vil gentuza! Yo sin tomar partido por unos ni por otros, aplaudiría desde lejos; sí señor, aplaudiría.. ¡Llamarme monseigneur l'éveque, ultrajar a un guerrero como yo!.. Dan el mando de media compañía al hombre que puede coger cincuenta mil soldados en la palma de la mano y sembrarlos sobre el campo de batalla, sin que ninguno caiga fuera de su natural puesto.. a mí, que salgo al campo, doy un resoplido, huelo media España y ya sé por dónde anda el enemigo; a mí que soy capaz.. pero no quiero hacer elogios de mí mismo. -Sr. Trijueque, usted está corroído, abrasado por los remordimientos. - (p.1671) ¿Yo?.. ¡qué desatino! -exclamó con enfado-. Sr. Araceli, de mí no se burla un mozalbete. ¿Soy algún muñeco para que se ponga en duda la entereza de mis acciones? -Hagamos una hombrada, señor cura. Hable usted a los renegados que están en la venta. Sublevémonos contra esa canalla, y así acabaremos de una vez. O muerte o libertad. Trijueque se frotó las manos y arqueó las cejas, más negras que la noche. -¡Admirable suceso! -dijo-. Nos sublevamos, vencemos ¿y después..? -Nos uniremos a D. Juan Martín. El cura frunciendo el ceño, demostró disgusto. -No.. ¡me voy, me voy a mi pueblo! -exclamó con febril inquietud-. ¿Y quiere usted que nos sublevemos, que pasemos por sobre los cuerpos de estos cobardes?.. Después de hecho eso no podemos permanecer solos. Necesitamos buscar a Juan Martín, y si nos unimos a él, forzosamente me tiene que ver. -Bien, ¿y qué? -Y si me ve, me dirá algo. -Y usted le confesará que se equivocó, que se alucinó. -¡Rayos y centellas! -gritó con furor-. ¿Soy niño de teta?.. Araceli, este hombre de bronce, esta naturaleza de gigante, este Trijueque a quien Dios formó por equivocación con el material que tenía preparado para veinte hombres, no se doblega ante nadie. ¿Por qué he de exponerme a que él me vea? En este momento no temo a todos los ejércitos franceses, no temo a todo el mundo armado contra mí; pero si Juan Martín entra por esa puerta y me mira, y me echa encima el rayo de sus ojos negros, caigo rodando al suelo.. ¡Váyase Juan Martín con mil demonios! Quiero huir de la Alcarria; quiero irme a Aragón y pronto, ahora mismo.. -Hagamos antes la gran calaverada. Yo estoy enfermo. Solo no puedo nada; pero al lado de mosén Antón me encuentro capaz de todo. Los renegados tienen buenas armas. Trijueque iba a contestarme cuando sentimos gran ruido abajo, ruido de gente de armas a pie y a caballo, que acababa de entrar en la venta. -Ahí están -dijo el clérigo-. ¿No conoce usted una voz entre todas las voces? Es la de su amigo de usted el Sr. D. Luis de Santorcaz. Ciego (p.1672) de ira me lancé hacia la puerta; pero un francés que la custodiaba, me detuvo, amenazándome con ensartarme en su bayoneta. Al principio no vino a mi mente palabra bastante dura para manifestar mi cólera: luché un rato con el atleta que me prohibía salir, y grité repetidas veces.. -¡Bandidos! ¡Infame Santorcaz, embustero y falsario! Trijueque llegose a mí y con una sonrisa de brutal estoicismo que me hizo el efecto de un bofetón, me dijo: -Sr. Araceli, es increíble que un guerrero animoso tome tan a pechos este sainete de amores. -Quite usted de en medio a ese miserable que me impide salir y veremos. Eché mano a la empuñadura del sable que el guerrillero llevaba en el cinto; pero con rápido movimiento Trijueque detuvo mi mano. En el mismo instante, sentí gritos de mujer que helaron la sangre en mis venas. Pugné de nuevo por salir; pero manos poderosas me sujetaron. Mi cuerpo ya no era hielo, era una antorcha en que se enroscaban las abrasadoras llamas de mi odio. Respiraba fuego. Entró precipitadamente un hombre que no era otro que el Sr. D. Pelayo, el cual dijo: -¿Dónde está el señor obispo?.. ¡Ah!, ya le veo.. Necesitan abajo a Su Ilustrísima. -¿Para qué, deslenguado y sin vergüenza? ¿Va a marchar mi compañía? -No señor. Es que se han atascado las ruedas del coche en que llevamos a esa señorita, y como la mula no podía tirar de él, dijeron: «¡Que venga Su Ilustrísima!». ¡Pronto abajo.. a tirar del carro.. arre! -D. Pelayo -dijo Trijueque-, no te estrangulo por conmiseración. Dile al falsario y bellaco que te mandó, que tire del carro, si gusta. -D. Luis está más borracho que una cuba -repuso D. Pelayo riendo-. ¡Oh, qué noche! Y todavía no sé cuánto voy ganando. Me ha prometido hacerme oficial de la guardia del rey José.. Imposibilitado de hacer movimiento alguno, vomité los denuestos más horribles sobre aquel miserable. -Muy bravo está el Sr. Araceli -me dijo envalentonándose al ver que no podía hacerle daño. -Infame tahúr, pide a Dios que no te deje caer en mis manos, si algún día puedo hacer (p.1673) uso de ellas. Sentí otra vez angustiosos gritos de mujer que pedía socorro. Al verme hacer colosales esfuerzos para desasirme, al oír mis alaridos de furor, Trijueque, poseído de indignación, si no tan ruidosa, tan intensa como la mía, abandonó la estancia, diciéndome: -Esto no se puede tolerar.. Mi sangre hierve. D. Pelayo, riendo como vil bufón, exclamó: -¿Se enfada también porque chilla la de Cifuentes?.. ¡Qué guapa es! Mimos y suspiritos por todo el camino.. Nos traía locos.. Será preciso taparle la boquirrita con un pañuelo.. Araceli, que pase usted buena noche. Adiós. Todo esto se ofreció a mis sentidos como las imágenes de un delirio. «¿Estoy despierto?» me preguntaba. Mi cuerpo se blandía entre las lazadas de la cuerda con que aquellos bárbaros le habían sujetado y no me quedaba libre más que la voz para echar por su conducto en forma de improperios horribles toda mi alma. Cuando pasado algún tiempo, quedó en silencio la venta y alejáronse los que poco antes entraran en ella, yo había sufrido una transformación horrorosa. Me había vuelto imbécil. Surgían en mi pensamiento las ideas con un aspecto entre risible y monstruoso, y dominado por un pueril terror no podía expresar cosa alguna sin reír, sin desbordarme en una hilaridad atrabiliaria que desgarraba mi pecho, envolviendo en sombras tristísimas mi alma.
Ep-9-XXXI - A pesar de mi singular situación de espíritu, entendía perfectamente lo que a mi lado hablaban. -Este fue el que escapó de la casa de Ayuntamiento en Rebollar de Sigüenza -dijo uno-. Bravo mozo. -Y el que dirigió la matanza de nuestros compañeros en la batalla de Algora -afirmó otro-. No se asesina a los franceses impunemente. Es preciso quitaros de en medio. -Sin embargo, merece un vaso de vino -digo un tercero, acercándolo a mis labios. Un comandante subió y estuvo examinándome largo tiempo. -Parece que se finge demente este joven para evitar el castigo. Desatadle y veremos. Hicieron lo que se les mandaba. -Si os pusiera en (p.1674) libertad -me preguntó el comandante- ¿qué haríais? -¡Matar! -repuse con siniestra calma. -¿Es cierto que os escapasteis de la prisión en Rebollar? -Sí. -¿Y asesinasteis a los tiradores que llevaban un parte mío al general Gui? -Yo quería un caballo -respondí. -Responded a lo que os pregunto -dijo con enfado-, y no hagáis el tonto. Puedo mandaros fusilar al momento. -Es lo que deseo -repuse, sintiéndome otra vez invadido por la risa. -Si pensáis salvaros así, es peor. Estoy inclinado a la benevolencia, porque ha intercedido hace poco por vos una persona a quien estimo, un español de orden civil que sirve lealmente al rey José. La imagen de Santorcaz pasó sangrienta y terrible por delante de mis ojos. -No le hagáis caso -dije-. Es un borracho, como vos y como vuestro rey José. Dije esto, no como quien habla, sino como quien escupe. Con tales palabras pronuncié mi sentencia. Pero había llegado a una situación física y moral tan deplorable, que la muerte era para mí un accidente sin importancia. Me sentía enfermo otra vez, mortificado por acerbos dolores; y además, la idea de que Dios me había abandonado en mi noble empresa decretando el triunfo del crimen, dábame un profundo desaliento, en virtud del cual casi empezaba a morir. Recordaba los sucesos de aquella noche con la vaguedad indiferente y triste con que el alma inmortal parece ha de recordar en los instantes que siguen a la muerte los últimos accidentes del mundo recién abandonado, de cuya esfera el infinito acaba de separarla. Cuando me bajaron, apenas me podía mover; mas los franceses, con inhumanidad indisculpable, me empujaban golpeándome. Un oficial, sin embargo, me tomó la mano y con noble delicadeza rogome que descansase en uno de los bancos de piedra que había en el patio. Allí escuché claramente estas palabras, dichas al comandante por otro oficial: -Este joven no debe de estar en su sano juicio. -Interrogadle otra vez -ordenó el comandante, alejándose. -¿Habéis servido mucho tiempo a las órdenes del general Empecinado? -me (p.1675) preguntaron. Entrome de nuevo el ansia de reír y les contesté de un modo que no les satisfizo. -¿Estuvisteis en la acción de Rebollar, donde murió el célebre D. Juan Martín Díez? Al oír esto contúvoseme la risa y sentí alguna claridad en mi espíritu. -D. Juan Martín no ha muerto -respondí. -¿Vive ese buen hombre? -dijo con ironía uno de los oficiales-. ¿Por dónde lleva ahora sus fabulosos ejércitos de bandidos? -Si vive -añadió otro de los que me observaban-, no debe tener un solo hombre consigo, pues disuelta la gran partida, unos están con nosotros y otros han formado cuadrillas de salteadores. Solté de nuevo la risa, y el oficial afirmó: -El miedo y los padecimientos le vuelven imbécil: haced un esfuerzo y fijaos bien en lo que os pregunto. ¿No sabéis a dónde se ha retirado lo que quedó del disuelto ejército de don Juan Martín? Un rayo de luz entró en mi mente. -El ejército de D. Juan Martín -respondí con serenidad-, no se ha disuelto. Se dividió y ha vuelto a reunirse. -¿En dónde está? Desde el patio donde nos encontrábamos se veía todo el país cercano por Occidente. Era la hora en que las primeras claridades del alba comienzan a iluminar la tierra, y sobre el turbio cielo se destacaban vagamente unos cerros escalonados. Mirando al horizonte, señalé con mi mano temblorosa, y dije: -Allí. -Allí -repitieron los oficiales-. En esa dirección, a legua y media de distancia, hay una aldea llamada Cíbicas. Sabemos que a prima noche merodeaba por allí una cuadrilla de bandoleros. ¿Es ese el ejército que decís? ¿En qué os fundáis para asegurar que allí se han reunido los grupos disueltos del ejército empecinado? -Lo adivino -repuse experimentando otra vez el sacudimiento nervioso que me hacía reír. -El estado de este joven -dijo uno de ellos- es tal que debe suponerse no existe en él verdadera responsabilidad. -Sois demasiado jurista, Saint-Amand -dijo otro-. Los guerrilleros son gente astuta. Acordaos de aquel bárbaro patriota gallego que después de haber envenenado a treinta franceses, se fingió tonto para eludir el (p.1676) castigo. Otro de los oficiales se apartó de mí para dar algunas órdenes y vi que varios soldados marchaban de acá para allá. Entonces oí claramente que un zapador que acababa de entrar en el patio dijo a los demás: -Los escuchas han anunciado la aproximación de alguna gente del lado de Cíbicas. -Merodeadores y gente menuda. -Pienso que se debe enviar media compañía a vigilar el sendero que hay en aquel cerro. ¿Dónde está el comandante? -Duerme -repuso otro-, y ha mandado que no se le despierte, a menos que venga aviso del general Gui. Oyose un disparo. -Ha sonado un tiro en las avanzadas. ¿Qué es eso? En el mismo instante el vivo redoblar de un tambor llegando hasta nosotros, infundió cierta inquietud a aquella gente, y empezaron a no ocuparse gran cosa de mí. -No es nada -indicó uno. -¿Cómo que no es nada? -exclamó azoradamente un oficial que con precipitación acababa de entrar en el patio-. Por el sendero de Cíbicas ha aparecido mucha gente. Se corren por ese cerro de la izquierda que está sobre nuestras cabezas. ¡A las armas! -Llamar al comandante. -Es preciso escarmentar a esos miserables. Son ladrones de caminos. Oí un disparo y después otro, y luego muchos. Varios soldados franceses aparecieron corriendo con precipitación, y un grito terrible resonó en aquel recinto, un grito que al punto puso gran pánico en el ánimo de aquellos desapercibidos guerreros. El grito era: -¡Los empecinados! ¡A las armas! En efecto eran los míos. El movimiento previsto por la atrevida mente de mosén Antón se había verificado, y las tropas que asediaban el destacamento francés eran unos quinientos hombres que con gran trabajo había logrado reunir Sardina. Las guerrillas no necesitan, como los ejércitos, mil prolijos melindres para organizarse. Se organizan como se disuelven, por instinto, por ley misteriosa de su inquieta y traviesa índole. Desparrámanse como el humo, al ser vencidos, y se condensan como los vapores atmosféricos, para llover sobre el enemigo cuando menos este lo espera. Bien pronto se (p.1677) entabló la lucha. Los guerrilleros atacaron con brío, como gente ofendida y rabiosa que quiere vengar un agravio. Los franceses se defendieron bien; mas no les fue posible contener a mis amigos, que tuvieron tiempo de acercarse en silencio y escoger la posición y el punto de ataque que les pareció más ventajoso. Un pelotón de imperiales, colocado al abrigo de una casucha inmediata al edificio en que yo estaba, resistieron con sublime denuedo; pero no tenían los franceses bastante gente, y los de Sardina entraron por distintos puntos de la aldea atropellándolo todo. No he visto nunca mayor saña para acorralar y destruir a un enemigo que se replega y cede después de haber hecho colosales esfuerzos. Los empecinados no daban cuartel a nadie y ¡ay de aquel que se oponía a su paso! Cuando entraron victoriosos en el patio, grité con toda la fuerza que me permitía mi voz: -¡Aquí, bravos compañeros! Dadme un sable, que todavía os puedo ayudar. En la cuadra de la derecha se han escondido algunos.. Otros tratan de escaparse por el arroyo.. ¡A ellos! Rematadlos. Me sentí poseído del trágico furor de la matanza, y las crueldades de mis camaradas con los franceses enardecían mi alma. En medio del patio, un espectáculo terrible puso límite a mi exaltación. Un hombre bajó precipitadamente de las habitaciones altas. Era el comandante francés. Viendo a los suyos que saltaban las tapias para huir, o se escondían en los sótanos, gritó blandiendo el sable: -Deteneos, miserables, y ved aquí a qué precio vende su vida un guerrero de las Pirámides y de Austerliz . Y acometió a los nuestros con furia, más propia de leones que de hombres. -¡Atrás, bandidos! -gritaba-. No hay más rey de España que José I. Diciendo esto, cayó en tierra para no levantarse más. Poco después me estrechaba en sus brazos el bravo y noble Sardina.
Ep-9-XXXII - La partida victoriosa tornó al punto a la sierra. Diéronme ropa, un caballo, y medianamente enfermo les seguí. No me fue posible adquirir noticia alguna de la dirección que había tomado Santorcaz con su (p.1678) presa, y mientras la Providencia me deparaba alguna luz, resolví bajar a Cifuentes, que estaba a muy corta distancia del sitio donde hicimos alto al medio día. No había peligro alguno en tal expedición, porque acordadamente con la marcha de Sardina, D. Juan Martín había hecho otra sobre Cifuentes, cuya guarnición puso a tiempo pies en polvorosa. Bajé, pues, a la villa, donde me recibió D. Juan con gran agasajo. Tenía un brazo (43) derecho en cabestrillo, a consecuencia de la fuerte contusión alcanzada cuando se salvó, como dice la historia, echándose a rodar por un despeñadero abajo. Contome cómo pudo allegar alguna gente y congregarla sin descanso, gracias a la docilidad y buenas prendas de los que a todo trance le seguían; y yo a instancias suyas le referí los lances de mi prisión y las dos entrevistas que tuve con el gran Trijueque. No me detuve con él en largas conferencias, porque impaciente por ver a Amaranta, corrí sin perder tiempo al célebre castillo. Encontrela en estado tan deplorable de cuerpo y de espíritu, que tardó en reconocerme cuando me presenté. ¡Cómo había decaído en el breve espacio de algunos días aquella incomparable naturaleza tan potente en su fenomenal hermosura, que parecía destinada a no ajarse ni con los años ni con las pesadumbres, cual inalterable modelo de una raza perfecta! Aumentada con la palidez y la demacración la intensa negrura de sus ojos, había perdido aquella dulce armonía de su rostro. Ya no era esbelto y flexible su talle, y un enflaquecimiento repentino desfiguraba los hermosos hombros y garganta, que no habían tenido rival. La voz, cuyo timbre producía antes inexplicable sensación en los que la escuchaban, se había debilitado y enronquecido, y por la congoja del pecho, necesitaba hacer dolorosos esfuerzos para hacerse oír. Cuando me reconoció, arrojose llorando en mis brazos, estrechándome en ellos durante largo tiempo con fuerza nerviosa y un ardiente anhelo de que sólo es capaz el maternal cariño. Ni ella ni yo (p.1679) podíamos hablar. Sus lágrimas mojaban mi seno. Mirome luego, asombrándose de encontrarme tan desfigurado como yo la encontré a ella. Volviome a abrazar con efusión, y me dijo: -¡Hijo mío! ¡Cuánto has padecido! -Inútilmente -repuse sentándome junto a ella y besando sus manos-, porque he llegado tarde. Callamos de nuevo, sin acertar con las palabras propias para expresar nuestra congoja. -¡La hemos perdido para siempre! -exclamó elevando al cielo los ojos bañados en lágrimas-. ¡Bien sospechaba yo que ese hombre no me perdonaría jamás! ¡Ha esperado largo tiempo la ocasión de su venganza, y al fin la ha consumado! -Señora -le dije-, no se ha perdido todo. Yo buscaré a Inés por toda España, por todo el mundo, si es preciso, y al fin, con la ayuda de Dios, espero encontrarla. La infeliz, sin contestarme de palabra, expresó en su rostro la más dolorosa duda. -No -repitió-, ya sabía yo que ese hombre no me perdonaría.. Pero esto me parece un sueño. Mi hija desapareció de mi lado sin que hasta ahora me haya sido posible averiguar cómo y a qué hora. Sé que unos aldeanos la vieron conducida en un coche y custodiada por españoles y franceses.. y nada más. El corazón me dice que no la volveré a ver.. ¿Piensas tú lo mismo? Ese hombre me impondrá condiciones ignominiosas que no podré aceptar sin deshonrarme. Cubriose el rostro con las manos. -Señora -le dije-, o no valgo nada, o la arrancaré del poder de ese hombre. Es para mí una deuda de honor y a satisfacerla me consagraré, mientras tenga un aliento de vida. Este infame atropello me hiere en lo más delicado de mi ser. He sido robado, señora, vilmente robado, porque Inés es mía, ¿no lo sabía usted? -Es tuya -respondió la condesa-. No me atrevo a negarlo. En este momento terrible, cuando me siento herida, castigada sin duda por Dios; cuando veo por tierra mi orgullo; cuando volviendo a todos lados los ojos, no veo más que ruinas; en esta triste ocasión, en que considero disipadas mis glorias, oscurecido el lustre de mi casa, perdido mi prestigio y valimiento; ahora (p.1680) que me veo enferma y quizás próxima al sepulcro, me parece que el mayor, el único consuelo de mi alma es estrecharte entre mis brazos y llamarte mi hijo. Gabriel, te prometo, te juro que si encuentras a Inés, si me la devuelves, será tu mujer. ¿Quién puede oponerse a esto? -Nadie, señora -respondí con orgullo-. Nadie. Estreché sus hermosas manos entre las mías. Era el único lenguaje que mi emoción me permitía. -Solo en el mundo, abandonado a mí mismo -le dije después de una larga pausa- me echo de hoy para siempre en los brazos de la que fue mi ama y hoy representa para mí la familia, la amistad, el amor, todo aquello que me ha faltado, y que busco con el afán del sediento en mi solitaria vida. -Y yo te recibo en ellos -exclamó-. ¿Por qué no? ¿Quién me lo impide? Dios ha lanzado tu vida con la nuestra y todas las potencias de la tierra no pueden separarla. ¿Debo atender a mi familia? Pero yo estoy loca. ¿Acaso tengo familia? Perseguida por mis parientes, olvidada de todos, Dios ha dispuesto las cosas de modo que mi único amparo, mi único consuelo sea este generoso joven, tú, Gabriel, que con mi pobre hija llenas el vacío de mi corazón. ¡Cómo se elevan las personas, Dios mío, cómo triunfan finalmente las dotes elevadas del alma, abriéndose camino por entre la miseria, la humildad y el olvido del mundo, para establecer su imperio sobre las gentes! ¿De qué valéis, grandezas exteriores, títulos vanos, fortuna y pompas de los hombres? Como ejemplo de lo que sois, aquí me tenéis. En cambio, ¿quién puede negar que existe una aristocracia de las almas cuya nobleza, aunque la ahoguen desgracias y privaciones, al fin ha de abrirse paso y llevar su dominio hasta las mismas esferas donde campean llenos de hinchazón los orgullosos? Ejemplo eres tú, ¡hijo mío!.. Me siento desfallecer al darte este nombre que trae a mi espíritu desconocidas alegrías.. Gabriel, búscala, búscala por piedad, pronto, hoy mismo. De eso depende que veas en mí la más desgraciada o la más feliz entre las mujeres nacidas; de eso depende el cariño que te (p.1681) debo tener, que tengo ya por ti; de eso depende todo, querido mío. Vas a probarme la energía de tu voluntad, el temple de tu alma y si eres digno de aquello que con tan noble audacia has deseado y solicitado, desafiándome a mí, a toda mi familia y al mundo entero. -Señora y madre mía -exclamé puesto de rodillas frente a ella, con la solemne expresión de quien descubre ante Dios lo más hondo de su conciencia-, no hay dentro de mí una sola gota de sangre que me pertenezca. Pertenezco a mi familia, por quien desde hoy vivo. Si no amase a Inés como la amo, la buscaría por la tierra y moriría cien veces por devolverla a la persona que con cuatro palabras ha engrandecido mi alma a mis propios ojos, abriéndome los horizontes de la vida; haciéndome ver que los latidos de mi corazón no eran un esfuerzo solitario, inútil y perdido en el caos de los sentimientos humanos; llenando de una vez este vacío y poblando esta soledad espantosa que desde el nacer me rodea. Si no la amara como la amo, y aun con la certidumbre de que no había de ser para mí, yo emplearía toda mi voluntad, toda mi fuerza y la vida toda en rescatarla de sus infames secuestradores. Tengo la seguridad de que lo conseguiré. Señora, Dios está con nosotros; y si en la ocasión terrible que acaba de pasar no nos ha favorecido, es porque nos exige mayores y más nobles esfuerzos para merecer el galardón de su misericordia infinita. Señora condesa -añadí levantándome-, ánimo. Dios está con nosotros. La desgraciada madre se arrojó de nuevo en mis brazos. Entonces advertí su deplorable situación en lo relativo al vestir y a las diversas comodidades domésticas que una persona de su posición exigía. Contestando a mi pregunta, dijo: -¿Pero no sabes que los franceses al retirarse esta mañana se llevaron todo lo que había en la casa? Hace ya días que me quitaron el último dinero que tenía. Hoy no han dejado ni una pieza de ropa, ni una manta de abrigo, ni un mantel. Rompieron toda la loza porque no podían llevársela. Nada te digo de la plata y vajillas (p.1682) de valor, pues todo eso pasó hace tiempo al tesoro del rey José. En suma, hijo mío, esta mañana he necesitado un alfiler, y he tenido que pedirlo prestado. Esta ropa con que me visto es de la tía Pepa, mujer de uno de los guardas del monte. ¿Verdad que estoy guapa? -Poco a poco se irá usted curando de su afición a los extranjeros -le dije con melancólica jovialidad. -No, ya estoy curada por completo.. Pero di, ¿qué piensas hacer? ¡En qué horrible trance nos hallamos! ¿Has averiguado algo de la dirección que tomaron esos bandidos? -Es demasiado pronto. No será imposible averiguarlo. Debe tenerse en cuenta que su vida no corre peligro. Además, para ocultarla de un modo absoluto, Santorcaz tendrá que ocultarse también él mismo, y un hombre que funda su poder en un cargo público, ha de estar visible en alguna parte. La situación no es desesperada ni mucho menos. Santorcaz es un hombre, no un demonio. -¿Podrás darme hoy mismo alguna esperanza, alguna noticia satisfactoria? -me preguntó con amargo desconsuelo. -Es difícil. Entre tanto, procure usted reposar de tanta fatiga, calmar un poco las angustias de su corazón destrozado.. Es urgente proporcionar a usted algunas comodidades. -No te preocupes de eso, ni emplees en mí un tiempo precioso. Yo estoy bien así. -Escribiremos a Madrid para que el administrador de la casa envíe a usted ropas, vajilla y dinero. -Es inútil -me respondió sonriendo-. Mi señor administrador tiene orden del jefe de la familia para no darme nada mientras yo misma no escriba a dicho jefe, pidiéndole perdón de mis.. faltas. Y como antes que dar este paso pediré limosna de puerta en puerta.. Esta revelación me indujo a tristes meditaciones. -Ya te he dicho que vienen penosísimos y horribles días para mí.. Hablan de mis faltas. Sin duda he cometido alguna muy grande, inmensa.. -dijo cerrando los ojos como aletargada o para rodearse de las sombras que le permitieran explorar con ojo seguro su conciencia. La contemplé largo rato, lleno de tristeza y consideraba a qué extremo de (p.1683) desventura había descendido la que yo conocí en el apogeo de la grandeza, de los honores y del orgullo. Después de largo silencio, abrió los ojos y mirándome inmóvil a su lado, me tomó la mano y besándola me dijo: -No tengo más amparo que mi paje del Escorial (44) en aquellos tiempos felices en que yo era una de las más poderosas personas de la monarquía, cuando repartía bandoleras, prebendas, mitras, canonjías y ejecutorias. ¡Dios mío, cuánto he descendido!
Ep-9-XXXIII - Di a la condesa todo el dinero que llevaba, y además todo el que pude lograr que me prestasen mis amigos. Después bajé a la plaza en busca de noticias. D. Juan Martín había resuelto permanecer en Cifuentes dos o tres días para rehacer sus fuerzas y organizar convenientemente su partida. No había peligro alguno en estacionarse allí, porque esperábamos de un momento a otro en el mismo Cifuentes a las tropas de D. Pedro Villacampa, el cual venía de Murcia para regresar a Aragón pasando por Cuenca a la Alcarria alta. Todo aquel país estaba seguro de franceses, mientras los dos célebres guerrilleros lo ocupasen, así como de Algora para arriba no había un palmo de terreno de que pudiera llamarse rey el Sr. D. Fernando VII. El Empecinado para no permanecer ocioso había mandado destacar pequeñas cuadrillas que recorrían la sierra y vertiente izquierda del Tajuña para observar al enemigo y sorprender algún destacamento que se descuidase, lo cual, como se ha visto, ocurría con harta frecuencia. En la mañana siguiente del día en que me presenté a la condesa, estaba D. Juan Martín conferenciando con Villacampa en la portada del convento de dominicos, cuando vi llegar a Sardina, que jovialmente decía: -Le hemos cogido, Juan, hemos cazado a la pobre bestia azorada que no sabía en cuál agujero de estos montes meterse. -Apuesto a que me hablas de Trijueque -dijo D. Juan Martín con disgusto-. No quiero verle. -Es un pícaro de tal calidad, que si no se hace un escarmiento con él, no podremos en lo sucesivo fiarnos ni aun de nuestra propia camisa (p.1684) -dijo Sardina-. La gente le ha querido fusilar, y él lo pide a gritos; pero he mandado que antes te lo presenten. -Que no me le traigan acá -voceó D. Juan Martín-. Que no me le pongan delante, porque si una vez maté un asno a puñetazos en Perales de Tajuña, no quiero hacer estas gracias todos los días. No tardó, sin embargo, en aparecer mosén Antón. ¡Horrible espectáculo! Traíanlo con las manos atadas a la espalda, y los más pillos, desvergonzados y crueles voluntarios de aquella partida asían la larga cuerda por el otro extremo, obligándole con repetidos golpes y puntapiés a marchar delante. Mosén Antón había enflaquecido, se había vuelto más pálido, más verde, más negro, y hasta parecía haber crecido en su descomunal estatura en el breve espacio de dos días. La siniestra cara estaba de tal modo desfigurada, tan contraídas las enérgicas facciones, y al mismo tiempo había tal ferocidad en la delirante expresión de su mirada, que esta constituía toda su fisonomía. Su rostro eran sus ojos sanguinolentos y espan (p.1685) vendiste al enemigo? -A los traidores de mi clase se les fusila sin piedad -dijo mosén Antón frunciendo el torvo ceño y sin mirar al general-; no se les pasea por el campamento como a una mona o a un perro gracioso para hacer reír a los soldados.. -Dime, alma más negra que la de Satanás -gritó D. Juan-, ¿hay algún castigo que sea para ti más terrible que la muerte? Porque la muerte para ese corazón tan grande como una montaña, es menos sensible que un rasguño. -Haces bien en creer que no temo la muerte -dijo Trijueque-. Mil veces he despreciado la vida en beneficio tuyo, por conquistarte honores, grados, fama.. Mátame de una vez, bárbaro, y no me insultes. -Antes has de confesar que cuanto hago en contra tuya, lo tienes merecido -dijo el general-. Has de confesar que para tu infame traición la muerte es benevolencia y caridad. Desgraciado, ¿hay en esa alma alguna otra cosa que bravura? -Sí -repuso el cura sombríamente-. Hay algo más, hay ambición de gloria, de llevar a cabo grandes proezas, de asombrar al mundo con el poder de un solo hombre; hay una ansia horrorosa de que ningún nacido valga más que yo, ni pueda más que yo; hay la costumbre de mirar siempre para abajo cuando quiero ver al género humano. -Bárbaro envidioso -exclamó D. Juan-, eres capaz de vender a Dios por.. envidia, sí, por envidia de que Él haya hecho el mundo y tú no.. En fin, Trijueque, confiesa delante de mí tu infame alevosía, y te perdonaré la vida. -¡Yo.. confesar! -exclamó mosén Antón, como quien oye el mayor absurdo-. Lo que hice, hecho está. -Todavía sostiene que estuvo bien hecho -dijo el Empecinado-. Todavía sostendrá que pasarse al enemigo, hacer armas contra sus compatriotas, vender a su general, tenderle una emboscada para cogerle prisionero son acciones que merecen premio. Este hombre es así: si le ahorcan cien veces, y cien veces resucita, no confesará su crimen. D. Pedro Villacampa, que oía este diálogo, rompió al fin el silencio, diciendo: -¡Desgraciado Trijueque!.. ¡Lástima que tan (p.1686) grandes guerreros no tengan una conciencia a prueba de sobornos! Y después de todo, el buen cura recibiría una bicoca.. ¡Que hombres tan bravos se vendan por mil o dos mil duros!.. Mosén Antón expresó en su semblante la más amarga ira. -Sr. Villacampa -dijo-, agradezca usted que estoy amarrado como una bestia salvaje; que si no, mosén Antón no se dejaría insultar villanamente. En todo el mundo no hay bastante dinero para comprarme: sépalo usted y cuantos me oyen. -De eso respondo -dijo D. Juan Martín-. Trijueque es capaz de pegar fuego al universo por despecho; pero si ve a sus pies todos los tesoros de la tierra, no se bajará a cogerlos. Dentro de este animal hay tanto orgullo que no queda hueco para nada más. Por orgullo se hizo francés. -¡Yo francés! ¡Qué dices, desgraciado! -exclamó el cura haciendo esfuerzos por desasirse de la cuerda que le sujetaba-. No hay paciencia para soportar tal injuria. Yo no soy francés. Huí de mi campo, no por servir a los franceses, sino porque ellos me sirvieran a mí. Huí de mi campo para castigar tu fiero orgullo, para desposeerte de un puesto que, en mi entender, me pertenecía, para emanciparme de una superioridad que me era insoportable, porque yo, mosén Antón Trijueque, no quepo debajo de nadie, ni he nacido para la obediencia; porque yo he nacido para llevar gente detrás de mí, no para ir detrás de nadie; porque yo, que siento las maniobras de la guerra, como sientes tú la pulga que te pica, necesito dar pasto a mi iniciativa, porque mi cerebro pide batallas, marchas, movimientos y operaciones que no puede realizar un subalterno; porque yo necesito un ejército para mí solo, para mi propio gusto, para llenar todo este país con mis hazañas, como lo lleno con mi guerrero espíritu. Por eso te abandoné; por eso rompí los hierros que me sujetaban y levanté el vuelo, graznando a mis anchas sin traba alguna. Por eso traté de coparte, y adiviné tu movimiento, y me subí a los riscos de Rebollar, donde tú no habías subido jamás, y me dispuse a caer sobre ti y aniquilarte para que vieses cómo se burla esta (p.1687) águila poderosa de los cernícalos que te rodean; por eso llamé a los franceses en mi ayuda, y si no te cogimos fue porque los franceses no quisieron hacer lo que yo decía y me despreciaron, figurándose ¡oh, inmundas y rastreras lagartijas!, que era un traidor adocenado.. Yo desprecio a los franceses, yo desprecio a todos: me basto y me sobro. Fuerte soy en la adversidad y no bajo, no, del alto picacho donde clavo los garfios de mis patas y desde donde os veo, como ratas que corren tras una miga de pan.. ¡Quieres que cante el yo pecador y me humille ante ti..! ¡Eso jamás, jamás, jamás! Reconozco que me salió mal la empresa y estoy consumido por la rabia. -Por los remordimientos, dilo de una vez, espantajo -exclamó el general-. Estoy viendo tu miserable alma cómo se retuerce dentro del cuerpo, cómo se hace un ovillo, ¡caramba!, y se muerde a sí misma porque no puede soportar su afrenta. Vuelve la vista a todos lados. ¿No te espantan las miradas de todos esos bravos soldados que te desprecian? ¿No conoces que el peor de todos vale más que tú? ¿No te cambiarías por el último condenado furriel de mi ejército? -¡La muerte, la muerte! -exclamó Trijueque con desesperación-. No estoy arrepentido, no, de mi acción, pero estoy furioso. Por no haber sabido triunfar, merezco que me echen del mundo a fusilazos o que me corten esta gran cabeza, esta montaña cuyo peso no puedo resistir. -Cura de Botorrita -dijo gravemente don Juan-, eres un desgraciado, y principio a tenerte compasión. Dime una palabra, una palabra sola que sea no súplica humillante de perdón, sino una palabra que me demuestre que en esa alma hay un tantico así de sentimiento por haber vendido al jefe y al amigo.. Tengo ganas de perdonar, ¡rayo de Dios! -¿Quieres oír la palabra? -dijo Trijueque lúgubremente-. Pues óyela: «Fuego» esa es la palabreja. Fuego sobre mí. No quiero vivir: me ahogo en el mundo. Estoy como un hombre a quien dijeran: «Camina cien leguas dentro de un barril de aceitunas». Fuera, fuera de aquí.. Muchachos, allí hay una (p.1688) pared.. preparad vuestros fusiles, y matadme como gustéis, bien o mal, y apuntad a donde os plazca, con tal que me apuntéis. -Cura de Botorrita -dijo D. Juan Martín con voz grave y poniéndose pálido-, en esta ocasión terrible quiero también que mi voluntad esté sobre la tuya. Te perdono. Irás al pueblo de donde en mal hora te saqué, y predicarás, y dirás misa, que es tu verdadero oficio. -Mi oficio es enseñar el arte sublime de la guerra a los tontos -repuso el cura sintiéndose herido en lo más sensible de su orgullo con lo del curato. -Marcha a tu pueblo -repuso el general sin hacer caso del dardo-. Los clérigos no toman las armas. Te perdono y te destituyo. Ea, muchachos, arrancadle esa charretera que lleva en el hombro. Tan noble insignia no debe adornar el cuerpo de un infame traidor. La canalla que rodeaba al pobre guerrillero destituido no esperó segunda orden para arrancarle la charretera. Mosén Antón dio un salto y cayó al suelo. -Ahora desatadle y que se vaya con Dios. -¡Me perdonas tú, miserable!.. -exclamó con gran coraje la víctima-. ¿Y quién te ha pedido ese perdón que arrojas como un hueso? No soy perro hambriento, y no roeré tu perdón Recógelo. Empezaron a desatarle. Con furor salvaje revolviose Trijueque contra los que le rodeaban, y gritó: -Juan Martín, no mandes desatar a Trijueque, no dejes en libertad las manos de Trijueque. -Desatadle -repitió el general. Mosén Antón quedó al instante libre. -¿Piensas que te temo? -añadió D. Juan-. Cura de Botorrita, vete a tu iglesia, arrodíllate delante del altar y pídele a Dios que te perdone tu crimen como te lo perdono yo. Diciendo esto, entró con Villacampa y Sardina en el convento de dominicos. Los soldados, cuando el general se marchó, dieron en mortificar a mosén Antón. Este abriéndose paso con el empuje de sus brazos de hierro, gritó: -Acabad conmigo de una vez. Con la presteza y la iniciativa propias de la verdadera travesura, uno de los circunstantes había hecho un gorro de papel y lo encajó en la calva cabeza del (p.1689) guerrillero exonerado, diciendo: -Ya tiene el señor obispo su mitra. Échenos la bendición. Otro quiso ponerle en la mano una caña, y dijo: -Aquí tienes el báculo. -Santurrias -dijo Viriato-, trae aquel pedazo de estera vieja para hacerle la capa pluvial. -Matadme -gritó la víctima-; pero no insultéis al que ha sido vuestro coronel. Por mi parte sentía viva lástima del infeliz guerrillero, y recordando además que me había salvado la vida después del paso del Tajuña, no pude menos de interceder en su favor. Lo libré primero de las insignias episcopales, y tomándole luego el brazo, traté de llevarlo fuera del pueblo para que huyese. Gran trabajo me costó conseguir esto último, porque la multitud le hostigaba, insultándole del modo más despiadado y atroz. -Señor cura, diga una misa por su propia alma que se ha llevado el demonio. -Señor cura, si los franceses pagan a mil doblones un coronel ¿qué dan por un soldado? -Señor cura, que se metió a general y no sirve más que para tirar de una carreta.. ¿Pues no quería mandar un ejército? -De gallinas tal vez o de monagos. -Si es un bobo: los franceses lo destinaron a que les limpiara las botas.. Además de injuriarle con estas y otras frases, a cada paso tiraban de la larga cuerda que aún llevaba atada en su cintura, y que le arrastraba detrás como un largo rabo. Empujando aquí y allí, haciendo valer mi autoridad contra tan ruin gente, logré al fin sacarlo de la villa. Hice que todos volviesen atrás dejándonos solos y señalando la sierra, le dije al despedirle: -Huya usted por aquí, desgraciado, y que Dios dé paz a su conciencia. Le observé bien. Estaba horrible, con los ojos húmedos, las mejillas amoratadas, la boca espumante, y todo tembloroso y convulso. -Hace mucho frío esta tarde -le dije, ofreciéndole mi capote-. Lléveselo usted. Mas en vez de aceptar la oferta y darme las gracias, rechazola, diciéndome bruscamente: -No necesito nada. Adiós. Y sin dignarse mirarme, se internó en la sierra.
Ep-9-XXXIV - Figuraos cuál sería mi indignación, cuando en la plaza de (p.1690) Cifuentes (media hora después de la partida de mosén Antón) vi que se me acercaba con semblante risueño y sin duda con el injurioso intento de abrazarme, el señor D. Pelayo en persona. El infame me dijo riendo con toda la desvergüenza tunesca de las Universidades de aquel tiempo. -Al fin Dios me depara el gustazo de ver sano y salvo al Sr. de Araceli. ¡Qué inaudita alegría! ¿Cómo va de salud, señor y dueño mío? -¡Ah, miserable ladrón falsario! -exclamé con violenta ira, cogiéndole por el cuello y arrojándole al suelo con intento de deshacer contra las piedras tan execrable reptil. -¡Oh! -dijo con dolor-, me ha deshecho usted las rodillas, querido señor mío. Ya, ya comprendo la causa de su disgustillo, poca cosa, una broma mía. -Ahora mismo vas a morir, infame, estrellado contra estas piedras -grité golpeándole sin piedad. -Perdón, perdón, Sr. de Araceli, perdón para este delincuente. Déjeme usted decir dos palabras, dos palabricas, y luego será más amigo mío que Pílades lo fue de Orestes. -Dime, ¿te cogieron con mosén Antón? -Quia: yo vine esta mañana. Cuando vi la cosa mal parada allá, me abracé a las banderas de la patria y entré en Cifuentes gritando: «¡Viva el Empecinado y Fernando VII..!». Otros cuatro y yo pedimos perdón al general, diciendo que nos habían engañado. -Truhán redomado. Ahora mismo vas a dejar de existir, si no me dices a dónde llevasteis tú, Santorcaz y demás bandidos a la desgraciada joven que robasteis en esta villa. -Sr. de Araceli -repuso-, déjeme usted respirar un poco y diré lo que sé.. por piedad, quietas las manos. Pues por la salvación de mi alma, señor y dueño mío, juro y rejuro que no sé dónde está aquella hermosa señorita. Si miento que me muera aquí mismo. -Tú saliste con ellos de la venta. -Es cierto; pero como había llegado a mí noticia que D. Juan Martín estaba en Cíbicas, vi la cosa mal parada y corrí a presentarme a él. Pregunte usted al mismo general si no me le presenté de madrugada. -Mientes como un bellaco y vas a morir. -Señor, querido señor Araceli, (p.1691) por el que murió en la cruz, juro que digo la verdad. ¿Sabe usted quién puede informarle del pueblo a donde llevaron a la novia de usted?.. ¡hermosa novia a fe mía! -¿Quién lo sabe? -Mosén Antón. ¿Por qué no le preguntó usted? -¿Mosén Antón fue con Santorcaz? -Sí, Trijueque condujo el convoy hasta no sé qué pueblo donde parece que la dejaron y luego regresó. -¡Y ese desgraciado huyó sin decirme nada! -exclamé con viva inquietud-. Corro a buscarle. Salí precipitadamente del pueblo, internándome en la sierra por la misma senda que había seguido el cura guerrillero. Como principiaba a anochecer y concluía oscurísima la tarde, era inútil que tratase de buscarle con la vista delante de mí. Corriendo, grité varias veces: -¡Mosén Antón, mosén Antón! Pero nadie me respondía. A un cuarto de legua de Cifuentes y cuando me disponía a regresar creyendo que el cura había tomado dirección distinta, divisé un bulto negro, un cuerpo y los jirones de la hopalanda agitada por el viento. ¡Qué horror! Todo esto colgaba, sacudiéndose aún de las ramas de una poderosa encina. -¡Judas! -exclamé con pavor alzando la vista para observar aquel despojo. Recé un Padre Nuestro y me volví a Cifuentes.
FIN Diciembre de 1874.
(EPISODIO 10) LA BATALLA DE LOS ARAPILES
Ep-10-I - Las siguientes cartas, supliendo ventajosamente mi narración, me permitirán descansar un poco. Madrid, 14 de marzo. Querido Gabriel: Si no has sido más afortunado que yo, lucidos estamos. De mis averiguaciones no resulta hasta ahora otra cosa que la triste certidumbre de que el comisario de policía no está ya en esta corte, ni presta servicio a los franceses, ni a nadie como no sea al demonio. Después de su excursión a Guadalajara, pidió licencia, abandonó luego su destino, y al presente nadie sabe de él. Quién le supone en Salamanca, su tierra natal, quién en Burgos o en Vitoria, y algunos aseguran que ha pasado a Francia, antiguo teatro de sus criminales aventuras. ¡Ay, hijo mío, para qué habrá hecho Dios el mundo tan grande, (p.1692) tan sumamente grande, que en él no es posible encontrar el bien que se pierde! Esta inmensidad de la creación sólo favorece a los pillos, que siempre encuentran donde ocultar el fruto de sus rapiñas. Mi situación aquí ha mejorado un poco. He capitulado, amigo mío; he escrito a mi tía contándole lo ocurrido en Cifuentes, y el jefe de mi ilustre familia me demuestra en su última carta que tiene lástima de mí. El administrador ha recibido orden de no dejarme morir de hambre. Gracias a esto y al buen surtido de mi antiguo guarda-ropas, la pobre condesa no pedirá limosna por ahora. He tratado de vender las alhajas, los encajes, los tapices y otras prendas no vinculadas; pero nadie las quiere comprar. En Madrid no hay una peseta, y cuando el pan está a catorce y diez y seis reales, figúrate quién tendrá humor para comprar joyas. Si esto sigue, llegará día en que tenga que cambiar todos mis diamantes por una gallina. Para que comprendas cuán glorioso porvenir aguarda a mi histórica casa, uno de los astros más brillantes del cielo de esta gran monarquía, me bastará decirte que el pleito entre nuestra familia y la de Rumblar se ha entablado ya, y la cancillería de Granada ha dado a luz con este motivo una montaña de papel sellado, que, si Dios no lo remedia, crecerá hasta lo sumo y nuestros nietos veranla con cimas más altas que las de la misma Sierra Nevada. La de Rumblar se engolfa con delicia en este mar de jurisprudencia. Me parece que la veo. Convertiría el linaje humano en jueces, escribas, alguaciles y roe-pandectas para que todo cuanto respira pudiese entender en su cuita. El licenciado Lobo, que frecuentemente me visita con el doble objeto de ilustrarme en mi asunto y de pedirme una limosna (hoy en Madrid la piden los altos servidores del Estado), me ha dicho que en el tal pleito hay materia para un ratito, es decir, que no pasará un par de siglos mal contados sin que la sala de su sentencia o un auto para mejor proveer, que es el colmo de las delicias. Me asegura también el susodicho Lobo, que si nos obstinamos en (p.1693) transmitir a Inés los derechos mayorazguiles, es fácil que perdamos el litigio dentro de algunos meses, pues para perder no es preciso esperar siglos. Las informalidades que hubo en el reconocimiento y la indiscreción de mi pobre tío, que ya bajó al sepulcro, ponen a nuestra heredera en muy mala situación para reclamar su mayorazgo. Nuestro papel se reduce hoy, según Lobo, a reclamar la no transmisión del mayorazgo a la casa de Rumblar, fundándonos en varias razones de posesión civilísima, agnación rigurosa, masculinidad nuda, emineidad, saltuario, con otras lindas palabras que voy aprendiendo para recreo de mi triste soledad y entretenimiento de mis últimos días. Mi tía dice que yo tengo la culpa de este desastre y cataclismo en que va a hundirse la más gloriosa casa que ha desafiado siglos y afrontado el desgaste del tiempo, sin criar hasta ahora ni una sola carcoma, y funda su anatema en mi oposición al proyectado himeneo de nuestro derecho con el derecho de los Rumblar. Verdaderamente no carece de razón mi tía, y sin duda se me preparan en el purgatorio acerbos tormentos por haber ocasionado con mi tenacidad este conflicto. Esta carta te la envío a Sepúlveda. Creo que serán infructuosas tus pesquisas en todo el camino de Francia hasta Aranda. Procura ir a Zamora. Yo sigo aquí mis averiguaciones con ardor infatigable; y demostrando gran celo por la causa francesa, he adquirido conocimiento con empleados de alta y baja estofa, principalmente de policía pública y secreta. Si te unes a la división de Carlos España, avísamelo. Creo que conviene a tu carrera militar el abandonar a esos feroces guerrilleros; más por Dios no pases al ejército de Extremadura. Creo que de ese lado no vendrá la luz que deseamos; sigue en Castilla mientras puedas, hijo mío, y no abandones mi santa empresa. Escríbeme con frecuencia. Tus cartas y el placer que me causa contestarlas son mi único consuelo. Me moriría si no llorara y si no te escribiera. 22 de marzo. No puedes figurarte la miseria espantosa que reina en Madrid. (p.1694) Me han dicho que hoy está la fanega de trigo a 540 reales. Los ricos pueden vivir, aunque mal; pero los pobres se mueren por esas calles a centenares sin que sea posible aliviar su hambre. Todos los arbitrios de la caridad son inútiles, y el dinero busca alimentos sin encontrarlos. Las gentes desvalidas se disputan con ferocidad un troncho de col, y las sobras de aquellos pocos que tienen todavía en su casa mesa con manteles. Es imposible salir a la calle, porque los espectáculos que se ofrecen a cada momento a la vista causan horror y desconfianza de la Providencia infinita. Vense a cada paso los mendigos hambrientos, arrojados en el arroyo, y en tal estado de demacración que parecen cadáveres en que ha quedado olvidado un resto de inútil y miserable vida. El lodo y la inmundicia de las calles y plazuelas les sirven de lecho, y no tienen voz sino para pedir un pan que nadie puede darles. Si la policía se lo permitiera, maldecirían a los franceses, que tienen en sus almacenes copioso repuesto de galleta, mientras la nación se muere de hambre. Dicen que de Agosto acá se han enterrado veinte mil cuerpos, y lo creo. Aquí se respira muerte; el silencio de los sepulcros reina en Platerías, en San Felipe y en la Puerta del Sol. Como han derribado tantos edificios, entre ellos Santiago, San Juan, San Miguel, San Martín, los Mostenses, Santa Ana, Santa Catalina, Santa Clara y bastantes casas de las inmediatas a palacio, las muchas ruinas dan a Madrid el aspecto de una ciudad bombardeada. ¡Qué desolación, qué tristeza! Los franceses se pasean, alegres rollizos por este cementerio, y su policía mortifica de un modo cruel a los vecinos pacíficos. No se permiten grupos en las calles, ni pararse a hablar, ni mirar a las tiendas. A los tenderos se les aplica una multa de 200 ducados si permiten que los curiosos se detengan en las puertas o vidrieras, de modo que a cada rato los pobres horteras tienen que salir a apalear a sus parroquianos con la vara de medir. Ayer dispuso el rey que hubiese corrida de toros para divertir al pueblo: ¡qué (p.1695) sarcasmo! Me han dicho que la plaza estaba desierta. Figúrome ver en el redondel a media docena de esqueletos vestidos con el traje bordado de plata y oro, y más deseosos de comerse al toro que de trastearlo. Asistió José, que de este modo piensa ganar la voluntad del pueblo de Madrid. Dícese que se trata de reunir Cortes en Madrid, no sé si también para divertir al pueblo. Azanza, ministro de Su Majestad Bonaparciana, me dijo que así levantarían un altar frente a otro altar. Creo que el retablo de aquí no tendrá tantos devotos como el que dejamos en Cádiz. Ahora dicen que Napoleón va a emprender una guerra contra el emperador de todas las Rusias. Esto será favorable a España, porque sacarán tropas de la península, o al menos no podrán reparar las bajas que continuamente sufren. Veo la causa francesa bastante malparada, y he observado que los más discretos de entre ellos no se hacen ya ilusiones respecto al resultado final de esta guerra. De nuestro asunto ¿qué puedo decir que no sea triste y desconsolador? Nada, hijo mío, absolutamente nada. Mis indagaciones no dan resultado alguno, no he podido adquirir ni la más pequeña luz, ni el más ligero indicio. Sin embargo, confío en Dios y espero. Dirijo esta carta a Santa María de Nieva, que es lo más seguro. 1º de abril. Poco o nada tengo que añadir a mi carta de 22 de Marzo. Continúo en la oscuridad; pero con fe. ¡Cuánta se necesita para permanecer en Madrid! Esto es un purgatorio por la miseria, la soledad, la tristeza, y un infierno por la corrupción, las violencias e inmoralidades de todo género que han introducido aquí los franceses. Yo no creo, como la mayoría de las gentes, que nuestras costumbres fueran perfectas antes de la invasión; pero entre aquel recatado y compungido modo de vivir y esta desvergonzada licencia de hoy, es preferible a todas luces lo primero. La policía francesa es un instituto de cuya perversidad no se puede tener idea, sino viviendo aquí y viendo la execrable acción de esta máquina, puesta en las más viles manos. Multitud de (p.1696) comisarios y agentes, escogidos entre la hez de la sociedad, se encargan de atrapar a los individuos que se les antoja y almacenarlos en la cárcel de villa, sin forma de juicio, ni más guía que la arbitrariedad y la delación. El motivo aparente de estas tropelías es la complicidad con los insurgentes; pero los malvados de uno y otro bando se dan buena maña para utilizar esta nueva Inquisición que hará olvidar con sus gracias las lindezas de la pasada. Todo aquel que quiere deshacerse de una persona que le estorba, encuentra fácil medio para ello, y aun ha habido quien, no contentándose con ver emparedado a su enemigo, le ha hecho subir al cadalso. Se cuentan cosas horribles, que me resisto a darles crédito, entre ellas la maldad de una señora de esta corte, que, mal avenida con su esposo le delató como insurgente y despacharon la causa en cosa de tres días, lo necesario para ir de la callejuela del Verdugo a la plaza de la Cebada. También se habla de un tal Vázquez, que delató a su hermano mayor, y de un tal Escalera que subió la del patíbulo por intrigas de su manceba. Hay una Junta criminal que inspira más horror que los jueces del infierno. Los hombres bajos que la forman condenan a muerte a los que leen los papeles de los insurgentes, a los empecinados, que aquí llaman madripáparos, y a todo ser sospechoso de relaciones con los espías, ladrones, asesinos, bandoleros, cuatreros y.. tahures, a quienes llamáis vosotros guerrilleros o soldados de la patria. Una de las cosas más criticadas a los franceses, además de su infame policía, es la introducción de los bailes de máscaras. En esto hay exageración, porque antes que tales escandalosas reuniones fuesen instituidas en nuestro morigerado país, había intrigas y gran burla de vigilancia de padres y maridos. Yo creo que las caretas no han traído acá todos los pecados grandes y chicos que se les atribuyen. Pero la gente honesta y timorata brama contra tal novedad, y no se oye otra cosa sino que con los tapujos de las caras ya no hay tálamo nupcial seguro, ni casa honrada, ni padre que pueda (p.1697) responder del honor de sus hijas, ni doncella que conserve su espíritu libre y limpio de deshonestos pensamientos. Creo que no es justa esta enemiga contra las caretas, más cómodas aunque no más disimuladoras que los antiguos mantos, y tengo para mí que muchas personas hablan mal de las reuniones de máscaras porque no las encuentran tan divertidas ni tan oscuritas como las verbenas de San Juan y San Pedro. Pero la novedad que más indignada y fuera de sus casillas trae a esta buena gente, es un juego de azar llamado la roleta, donde parece baila el dinero que es un gusto. Los franceses son Barrabás para inventar cosas malas y pecaminosas. No respetan nada, ni aun las venerandas prácticas de la antigüedad, ni aun aquello que forma parte desde remotísimas edades, de la ejemplar existencia nacional. Lo justo habría sido dejar que los padres y los hijos de familia se arruinaran con la baraja, siguiendo en esto sus patriarcales y jamás alteradas costumbres, y no introducir roletas ni otros aparatos infernales. Pero los franceses dicen que la roleta es un adelanto con respecto a los naipes, así como la guillotina es mejor que la horca, y la policía mucho mejor que la Inquisición. Lo peor de esto es que, según dicen, la tal endemoniada roleta, no sólo es consentida por el gobierno francés, sino de su propiedad, y para él son las pingües ganancias que deja. De este modo los franceses piensan embolsarse el poco dinero que han dejado en nuestras arcas. No concluiré sin ponerte al corriente de un proyecto que tengo, y que, realizado, me parece ha de ser más eficaz para nuestro objeto que todas las averiguaciones y búsquedas hechas hasta ahora. El plan, hijo mío, consiste en interesar al mismo José en favor mío. Pienso ir a palacio, donde seré recibida por el señor Botellas, el cual no desea otra cosa y ve el cielo abierto cuando le anuncian que un grande de España quiere visitarle. Hasta ahora he resistido todas las sugestiones de varios personajes amigos míos que se han empeñado en presentarme al Rey; pero (p.1698) pensándolo mejor, estoy decidida a ir a la corte. En Diciembre del 8 traté a los dos Bonaparte, y las bondades que encontré en José me hacen esperar que no será inútil este paso que doy, aun a riesgo de comprometerme con una causa que considero perdida. Adiós: te informaré de todo. 22 de abril. He estado en palacio, hijo mío, y me he prosternado ante esa católica majestad de oropel, a quien sirven unos pocos españoles, moviéndose bulliciosamente para parecer muchos. Si yo dijera a cualquier habitante de Madrid que José I, conocido aquí por el tuerto, o por Pepe Botellas, es una persona amable, discreta, tolerante, de buenas costumbres, y que no desea más que el bien, me tendrían por loca o quizás por vendida a los franceses. Recibiome Copas con gozo. El buen señor no puede ocultarlo cuando alguna persona de categoría da, al visitarle, una especie de tácito asentimiento a su usurpación. Sin duda cree posible ser dueño de España conquistando uno a uno los corazones. Habrías de ver su diligencia y extremado empeño de hacer cumplidos. Cierto es que su etiqueta es menos severa y finchada que la de nuestros reyes, sin perder por eso la dignidad, antes bien aumentándola. Habla hasta con familiaridad, se ríe, también se permite algunas gentilezas galantes con las damas, y a veces bromea con cierta causticidad muy fina, propia de los italianos. El acento extranjero es el único que afea su palabra. Confunde a menudo su lengua natal con la nuestra y hay ocasiones en que son necesarios grandes esfuerzos para no reír. Su figura no puede ser mejor. José vale mucho más que el barrilete de su hermano. Poco falta a su rostro grave y expresivo para ser perfecto. Viste comúnmente de negro, y el conjunto de su persona es muy agradable. No necesito decirte que cuanto hablan las gentes por ahí sobre sus turcas, es un arma inventada por el patriotismo para ayudar a la defensa nacional. José no es borracho. También se cuentan de él mil abominaciones referentes a vicios distintos del de la embriaguez; pero sin negarlos rotundamente, me resisto a (p.1699) darles crédito. En resumen, Botellas (nos hemos acostumbrado de tal manera a darle este nombre, que cuesta trabajo llamarle de otra manera) es un rey bastante bueno, y al verle y tratarle, no se puede menos de deplorar que lo hayan traído, en vez del nacimiento y el derecho, la usurpación y la guerra. Sus partidarios aquí son pocos, tan pocos, que se pueden contar. Esta dinastía no tiene más súbditos leales que los ministros y dos o tres personas colocadas por ellos en altos puestos. Estos españoles que le sirven parecen víctimas humilladas y no tienen aquel aire triunfador y vanaglorioso que suelen tomar aquí los que por méritos propios o ajeno favor se elevan dos dedos sobre los demás. Viven o avergonzados o medrosos, sin duda porque prevén que el lord ha de dar al traste con todo esto. Algunos, sin embargo, se hacen ilusiones y dicen que tendremos Botellas, Azumbres y Copas por los siglos de los siglos. No pertenece a estos Moratín, el cual está más triste y más pusilánime que nunca. Ya no es secretario de la interpretación de lenguas, sino bibliotecario mayor, cargo que debe de desempeñar a maravilla. Pero él no está contento; tiene miedo a todo, y más que a nada a los peligros de una segunda evacuación de la Corte por los franceses. Me ha dicho que el día en que cayese el poder intruso no daría dos cuartos por su pellejo; pero creo que su hipocondría y pésimo humor, entenebreciendo su alma, le hacen ver enemigos en todas partes. Está enfermo y arruinado; mas trabaja algo, y ahora nos ha dado La escuela de los maridos, traducción del francés. Ni la he visto representar ni he podido leerla, porque mi espíritu no puede fijarse en nada de esto. Moratín viene a verme a menudo con su amigo Estala, el cual es afrancesado rabioso y ardiente, como aquel lo es tímido y melancólico. Aquí no pueden ver a Estala, que publica artículos furibundos en El Imparcial, y hace poco escribió, aludiendo a España, que los que nacen en un país de esclavitud no tienen patria sino en el sentido en que la tienen los rebaños destinados para nuestro consumo. Por (p.1700) esto y otros atroces partos de su ingenio que publica la Gaceta, es aborrecido aún más que los franceses. Máiquez sigue en el Príncipe, y como José ha señalado a su teatro 20.000 reales mensuales para ayuda de costa, le tachan también de afrancesado. Ahora, según veo en el diario, dan alternativamente el Orestes, La mayor piedad de Leopoldo el Grande y una mala comedia arreglada del alemán, y cuyo título es Ocultar, de honor movido, al agresor el herido. El teatro está, según me dicen, vacío. La pobre Pepilla González, de quien no te habrás olvidado, se muere de miseria, porque no pudiendo representar, a causa de una enfermedad que ha contraído, está sin sueldo, abandonada de sus compañeros. Lo estaría de todo el mundo, si yo no cuidase de enviarle todos los días lo muy preciso para que no expire. Pepilla, el venerable padre Salmón y mi confesor, Castillo, son las únicas personas a quienes puedo favorecer, porque el estado de mi hacienda y la carestía de las subsistencias no me permiten más. Te asombrará saber que los opulentos padres de la Merced necesiten de limosnas para vivir: pero a tal situación ha llegado la indigencia pública en la corte de España, que los más gordos se han puesto como alambres. De intento he dejado para el fin de mi carta nuestro querido asunto, porque quiero sorprenderte. ¿No has adivinado en el tono de mi epístola que estoy menos triste que de ordinario? Pero nada te diré hasta que no tenga seguridad de no engañarte. Refrena tu impaciencia, hijo mío.. Gracias a José, se me han suministrado algunos datos preciosos, y muy pronto, según acaba de decirme Azanza, este resplandor de la verdad será luz clara y completa. Adiós. 21 de mayo. Albricias, querido amigo, hijo y servidor mío. Ya está descubierto el paradero de nuestro verdugo. ¡Benditos sean mil veces José y esa desconocida reina Julia, cuyo nombre invoqué para inclinarle en mi favor! Santorcaz no ha pasado todavía a Francia. Desde aquí, querido mío, considerándote en camino hacia Occidente, puedo decirte como a los niños cuando (p.1701) juegan a la gallina ciega: «Que te quemas». Sí, chiquillo, alarga la mano y cogerás al traidor. ¡Cuántas veces buscamos el sombrero y lo llevamos puesto! Aquello que consideramos más perdido está comúnmente más cerca. La idea de que esta carta no te encuentre ya en Piedrahíta me espanta. Pero Dios no puede sernos tan desfavorable y tú recibirás este papel; inmediatamente marcharás hacia Plasencia, y valido de tu astucia, de tu valor, de tu ingenio o de todas estas cualidades juntas, penetrarás en la vivienda del pícaro para arrancarle la joya robada que lleva siempre consigo. ¡Cuánto trabajo ha costado averiguarlo! Ha tiempo que Santorcaz dejó el servicio. Su carácter, su orgullo, su extravagancia, le hacían insoportable a los mismos que le colocaron. Por algún tiempo fue tolerado en gracia de los buenos servicios que presta, mas se descubrió que pertenecía a la sociedad de los filadelfos, nacida en el ejército de Soult, y cuyo objeto era destronar al Emperador, proclamando la república. Quitáronle el destino poco después de habernos robado a Inés, y desde entonces ha vagado por la Península fundando logias. Estuvo en Valladolid, en Burgos, en Salamanca, en Oviedo; mas luego se perdió su rastro, y por algún tiempo se creyó que había entrado en Francia. Finalmente, la policía francesa (la peor cosa del mundo produce algo bueno) ha descubierto que está ahora en Plasencia, bastante enfermo y un tanto imposibilitado de trastornar a los pueblos con sus logias y cónclaves revolucionarios. ¡Qué indignidad! ¡Los perdidos, los tunantes, los mentirosos y falsarios quieren reformar el mundo!.. Estoy colérica, amigo mío, estoy furiosa. El que ha completado mis noticias sobre Santorcaz es un afrancesado no menos loco y trapisondista que él, José Marchena, ¿le conoces? uno que pasa aquí por clérigo relajado, una especie de abate que habla más francés que español, y más latín que francés, poeta, orador, hombre de facundia y de chiste, que se dice amigo de madama Staël, y parece lo fue realmente de Marat, (p.1702) Robespierre, Legendre, Tallien y demás gentuza. Santorcaz y él vivieron juntos en París. Son hoy muy amigos, se escriben a menudo. Pero este Marchena es hombre de poca reserva y contesta a todo lo que le preguntan. Por él sé que nuestro enemigo no goza de buena salud, que no vive sino en las poblaciones ocupadas por los franceses, y que cuando pasa de un punto a otro, se disfraza hábilmente para no ser conocido. ¡Y nosotros le creíamos en Francia! ¡Y yo te decía que no fueras al ejército de Extremadura! Ve, corre, no tardes un solo día. El ejército del lord debe de andar por allí. Te escribiré al cuartel general de D. Carlos España. Contéstame pronto. ¿Irás donde te mando? ¿Encontrarás lo que buscamos? ¿Podrás devolvérmelo? Estoy sin alma.
Ep-10-II - Cuando recibí esta carta, marchaba a unirme al ejército llamado de Extremadura, pero que no estaba ya en Extremadura, sino en Fuente Aguinaldo, territorio de Salamanca. En Abril había yo dejado definitivamente la compañía de los guerrilleros para volver al ejército. Tocome servir a las órdenes de un mariscal de campo llamado Carlos Espagne, el que después fue conde de España, de fúnebre memoria en Cataluña. Hasta entonces aquel joven francés, alistado en nuestros ejércitos desde 1792, no tenía celebridad, a pesar de haberse distinguido en las acciones de Barca del Puerto, de Tamames, del Fresno y de Medina del Campo. Era un excelente militar, muy bravo y fuerte, pero de carácter variable y díscolo. Digno de admiración en los combates, movían a risa o a cólera sus rarezas cuando no había enemigos delante. Tenía una figura poco simpática, y su fisonomía, compuesta casi exclusivamente de una nariz de cotorra y de unos ojazos pardos bajo cejas angulosas, revueltas, movibles y en las cuales cada pelo tenía la dirección que le parecía, revelaba un espíritu desconfiado y pasiones ardientes, ante las cuales el amigo y el subalterno debían ponerse en guardia. Muchas de sus acciones revelaban lamentable vaciedad en los aposentos cerebrales, y si no (p.1703) peleamos algunas veces contra molinos de viento, fue porque Dios nos tuvo de su mano; pero era frecuente tocar llamada en el silencio y soledad de la alta noche, salir precipitadamente de los alojamientos, buscar al enemigo que tan a deshora nos hacía romper el dulce sueño, y no encontrar más que al lunático España vociferando en medio del campo contra sus invisibles compatriotas. Mandaba este hombre una división perteneciente al ejército de que era comandante general D. Carlos O'Donnell. Habíasele unido por aquel tiempo la partida de D. Julián Sánchez, guerrillero muy afortunado en Castilla la Vieja, y se disponía a formar en las filas de Wellington, establecido en Fuente Aguinaldo, después de haber ganado a Badajoz a fines de Marzo. Los franceses de Castilla la Vieja mandados por Marmont andaban muy desconcertados. Soult, operaba en Andalucía sin atreverse a atacar al lord y este decidió avanzar resueltamente hacia Castilla. En resumen, la guerra no tomaba mal aspecto para nosotros; por el contrario, parecía en evidente declinación la estrella imperial, después de los golpes sufridos en Ciudad-Rodrigo, Arroyomolinos y Badajoz. (p.1704) Yo había recibido el empleo de comandante en Febrero de aquel mismo año. Por mi ventura mandé durante algún tiempo (pues también fui jefe de guerrillas) una partida que corrió el país de Aranda y luego las sierras de Covarrubias y la Demanda. A principios de Marzo tenía la seguridad de que Santorcaz no estaba en aquel país. Alargué atrevidamente mis excursiones hasta Burgos, ocupada por los franceses, entré disfrazado en la plaza, y pude saber que el antiguo comisario de policía había residido allí meses antes. Bajando luego a Segovia, continué mis pesquisas; pero una orden superior me obligó a unirme a la división de D. Carlos España. Obedecí, y como en los mismos días recibiese la última carta de las que puntualmente he copiado, juzgué favor especial del cielo aquella disposición militar que me enviaba a Extremadura. Pero, como (p.1705) he dicho, Wellington, a quien debiera unirse España, había dejado ya las orillas del Tiétar. Nosotros debíamos salir de Piedrahíta para unirnos a él en Fuente Aguinaldo o en Ciudad-Rodrigo. De aquí se podía ir fácilmente a Plasencia. Mientras con zozobra y desesperación revolvía en mi mente distintos proyectos, ocurrieron sucesos que no debo pasar en silencio.
Ep-10-III - Después de larguísima jornada durante la tarde y gran parte de una hermosísima noche de Junio, España ordenó que descansásemos en Santibáñez de Valvaneda, pueblo que está sobre el camino de Béjar a Salamanca. Teníamos provisiones relativamente abundantes, dada la gran escasez de la época, y como reinaba en el ejército muy buena disposición a divertirse, allí era de ver la algazara y alegría del pueblo a media noche cuando tomamos posesión de las casas, y con las casas, de los jergones y baterías de cocina. (p.1706) Tocome habitar en el mejor aposento de una casa con resabios de palacio y honores de mesón. Acomodó mi asistente para mí una hermosa cama, y no tengo inconveniente en decir que me acosté, sí, señores, sin que nada extraordinario ni con asomos de poesía me ocurriese en aquel acto vulgar de la vida. Y también es cierto, aunque igualmente prosaico, que me dormí, sin que el crepúsculo de mis sentidos me impresionase otra cosa que la histórica canción cantada a media voz por mi asistente en la estancia contigua: En el Carpio está Bernardo y el Moro en el Arapil. Como va el Tormes por medio, non se pueden combatir. Me dormí, y no se crea que ahora van a salir fantasmas, ni que los rotos artesonados o vetustas paredes de la histórica casa, ogaño palacio y hoy venta, se moverán para dar entrada a un deforme vestiglo, ni mucho menos a una alta doncella de acabada hermosura que venga a suplicar me tome el trabajo de desencantarla o prestarle cualquier otro servicio, ora del dominio de la fábula, ora del de las bajas realidades. Ni esperen que dueña barbuda, ni enano enteco, ni (p.1707) gigante fiero vengan súbito a hacerme reverencias y mandarme les siga por luengos y oscuros corredores que conducen a maravillosos subterráneos llenos de sepulturas o tesoros. Nada de esto hallarán en mi relato los que lo escuchan. Sepan tan sólo que me dormí. Por largo tiempo, a pesar de la profundidad del sueño, no me abandonó la sensación del ruido que sonaba en la parte baja de la casa. Las pisadas de los caballos retumbaban en mi cerebro con eco lejano, produciendo vibración semejante a las de un hondo temblor de tierra. Pero estos rumores cesaron poco a poco, y al fin todo quedó en silencio. Mi espíritu se sumergió en esa esfera sin nombre, en que desaparece todo lo externo, absolutamente todo, y se queda él solo, recreándose en sí propio o jugando consigo mismo. Pero de repente, no sé a qué hora, ni después de cuántas horas de sueño, despertome una sensación singularísima, que no puedo descifrar, porque sin que fuese afectado ninguno de mis sentidos, me incorporé rápidamente diciendo: «¿quién está aquí?». Ya despierto, grité a mi asistente: -Tribaldos, levántate y enciende luz. Casi en el mismo instante en que esto decía, comprendí mi engaño. Estaba enteramente solo. No había ocurrido otra cosa sino que mi espíritu, en una de sus caprichosas travesuras (pues esto son indudablemente las fantasmagorías del sueño) había hecho el más común de todos, que consiste en fingirse dos, con ilusoria y mentida división, alterando por un instante su eternal unidad. Este misterioso yo y tú suele presentarse también cuando estamos despiertos. Pero si en mi alcoba nada ocurría de extraño fuera de mí, como lo demostró al entrar en ella Tribaldos alumbrando y registrando, algo ocurría en los bajos del edificio, donde el grave silencio de la noche fue interrumpido por fuerte algazara de gentes, coches y caballos. -Mi comandante -dijo Tribaldos sacando el sable para dar tajos en el aire a un lado y otro- esos pillos no quieren dejarnos dormir esta noche. ¡Afuera, tunantes! ¿Pensáis que os tengo miedo? - (p.1708) ¿Con quién hablas? -Con los duendes, señor -repuso-. Han venido a divertirse con usía, después que jugaron conmigo. Uno me cogía por el pie derecho, otro por el izquierdo, y otro más feo que Barrabás atome una cuerda al cuello, con cuyo tren y el tirar por aquí y por allí me llevaron volando a mi pueblo para que viese a Dorotea hablando con el sargento Moscardón. -¿Pero crees tú en duendes? -¡Pues no he de creer, si los he visto! Más paseos he dado con ellos que pelos tengo en la cabeza -repuso con acento de convicción profunda-. Esta casa está llena de sus señorías. -Tribaldos, hazme el favor de no matar más mosquitos con tu sable. Deja los duendes y baja a ver de qué proviene ese infernal ruido que se siente en el patio. Parece que han llegado viajeros; pero según lo que alborotan, ni el mismo sir Arturo Wellesley con todo su séquito traería más gente. Salió el mozo dejándome solo, y al poco rato le vi aparecer de nuevo, murmurando entre dientes frases amenazadoras, y con desapacible mohín en la fisonomía. -¿Creerá mi comandante que son ingleses o príncipes viajantes los que de tal modo atruenan la casa? Pues son cómicos, señor, unos comiquillos que van a Salamanca para representar en las fiestas de San Juan. Lo menos conté ocho entre damas y galanes, y traen dos carros con lienzos pintados, trajes, coronas doradas, armaduras de cartón y mojigangas. Buena gente.. El ventero les quiso echar a la calle; pero han sacado dinero y su majestad el Sr. Chiporro, al ver lo amarillo, les tratará como a duques. -¡Malditos sean los cómicos! Es la peor raza de bergantes que hormiguea en el mundo. -Si yo fuera D. Carlos España -dijo mi asistente demostrándome los sentimientos benévolos de su corazón- cogería a todos los de la compañía, y llevándoles al corral, uno tras otro, a toditos les arcabuceaba. -Tanto, no. -Así dejarían de hacer picardías. Pedrezuela y su endemoniada mujer la María Pepa del Valle, cómicos eran. Había que ver con qué talento hacía él su papel de comisionado regio y ella el de la señora comisionada regia. (p.1709) De tal modo engañaron a la gente, que en todos los pueblos por donde corrían les creyeron, y en el Tomelloso, que es el mío, y no es tierra de bobos, también. -Ese Pedrezuela -dije, sintiendo que el sueño se apoderaba nuevamente de mí- fue el que en varios pueblos de la margen del Tajo condenó a muerte a más de sesenta personas. -El mismo que viste y calza -repuso- pero ya las pagó todas juntas, porque cuando el general Castaños y yo fuimos a ayudar al lord en el bloqueo de Ciudad-Rodrigo, cogimos a Pedrezuela y a su mujercita y los fusilamos contra una tapia. Desde entonces, cuando veo un cómico, muevo el dedo buscando el gatillo. Tribaldos salió para volver un momento después. -Me parece que se marchan ya -dije advirtiendo cierto acrecentamiento de ruido que anunciaba la partida. -No, mi comandante -repuso riendo-; es que el sargento Panduro y el cabo Rocacha han pegado fuego al carro donde llevan los trebejos de representar. Oiga mi comandante chillar a los reyes, príncipes y senescales al ver cómo arden sus tronos, sus coronas y mantos de armiño. ¡Cáspita; cómo graznan las princesas y archipámpanas! Voy abajo a ver si esa canalla llora aquí tan bien como en el teatro.. El jefe de la compañía da unos gritos.. ¿Oye, mi comandante?.. Vuelvo abajo a verlos partir. Claramente oí aquella entre las demás voces irritadas, y lo más extraño es que su timbre, aunque lejano y desfigurado por la ira, me hizo estremecer. Yo conocía aquella voz. Levanteme precipitadamente y vestime a toda prisa; pero los ruidos extinguiéronse poco a poco, indicando que las pobres víctimas de una cruel burla de soldados, salían a toda prisa de la venta. Cuando yo salía, entró Tribaldos y me dijo: -Mi comandante, ya se ha ido esa flor y nata de la pillería. Todo el patio está lleno con pedazos encendidos de los palacios de Varsovia y con los yelmos de cartón y la sotana encarnada del Dux de Venecia. -¿Y por qué lado se han ido esos infelices? -Hacia Grijuelo. -Es que van a Salamanca. Coge tu fusil y sígueme (p.1710) al momento. -Mi comandante, el general España quiere ver a usía ahora mismo. El ayudante de su excelencia ha traído el recado. -El demonio cargue contigo, con el recado, con el ayudante y con el general.. Pero me he puesto el corbatín del revés.. dame acá esa casaca, bruto.. pues no me iba sin ella. -El general le espera a usía. De abajo se sienten las patadas y voces que da en su alojamiento. Al bajar a la plaza, ya los incómodos viajeros habían desaparecido. D. Carlos España me salió al encuentro diciéndome: -Acabo de recibir un despacho del lord, mandándome marchar hacia Santi Spíritus.. Arriba todo el mundo; tocar llamada. Y así concluyó un incidente que no debiera ser contado, si no se relacionara con otros curiosísimos que se verán a continuación.
Ep-10-IV - Dejando el camino real a la derecha, nos dirigimos por una senda áspera y tortuosa para atravesar la sierra. Vino la aurora y el día sin que en todo él ocurriese ningún suceso digno de ser marcado con piedra blanca, negra ni amarilla, mas en el siguiente tuve un encuentro que desde luego señalo como de los más felices de mi vida. Marchábamos perezosamente al medio día sin cuidado ni precauciones, por la seguridad de que no encontraríamos franceses en tan agrestes parajes. Iban cantando los soldados, y los oficiales disertando en amena conversación sobre la campaña emprendida, dejábamos a los caballos seguir en su natural y pacífica andadura, sin espolearles ni reprimirles. El día era hermoso, y a más de hermoso algo caliente, por lo cual caía la llama del sol sobre nuestras espaldas, calentándolas más de lo necesario. Yo iba de vanguardia. Al llegar a la vista de San Esteban de la Sierra, pueblo pequeño, rodeado de frondosa verdura y grata sombra de árboles, a cuyo amparo habíamos resuelto sestear, sentí algazara en los primeros grupos de soldados, que marchaban delante, rotas las filas y haciendo de las suyas con los aldeanos que se parecían en el camino. -No es nada, mi comandante -me contestó Tribaldos, a quien (p.1711) pregunté la causa de tan escandalosa gritería-. Son Panduro y Rocacha que han topado con un fraile agustino, y más que agustino pedigüeño, y más que pedigüeño tunante, el cual no se apartó del camino cuando la tropa pasaba. -¿Y qué le han hecho? -Nada más que jugar a la pelota -respondió riendo-. Su paternidad llora y calla. -Veo que Rocacha monta un asno y corre en él hacia el lugar. -Es el asno de su paternidad, pues su paternidad trae un asno consigo cargado de nabos podridos. -Que dejen en paz a ese pobre hombre, ¡por vida de!.. -exclamé con ira- y que siga su camino. Adelanteme y distinguí entre soldados, que de mil modos le mortificaban, a un bendito cogulla, vestido con el hábito agustino, y azorado y lloroso. -¡Señor -decía mirando piadosamente al cielo y con las manos cruzadas- que esto sea en descargo de mis culpas! Su hábito descolorido y lleno de agujeros cuadraba muy bien a la miserable catadura de un flaquísimo y amarillo rostro, donde el polvo con lágrimas o sudores amasado formaba costras parduscas. Lejos de revelar aquella miserable persona la holgura y saciedad de los conventos urbanos, los mejores criaderos de gente que se han conocido, parecía anacoreta de los desiertos o mendigo de los caminos. Cuando se vio menos hostigado, volvió a todos lados los ojos buscando su desgraciado compañero de infortunio, y como le viese volver a escape y jadeando, oprimidos los ijares por el poderoso Rocacha, se apresuró a acudir a su encuentro. En tanto yo miraba al buen fraile, y cuando le vi volver, tirando ya del cordel de su asno reconquistado, no pude reprimir una exclamación de sorpresa. Aquella cara, que al pronto despertó vagos recuerdos en mi mente, reveló al fin su enemiga, y a pesar de la edad transcurrida y de lo injuriada que estaba por años y penas, la reconocí como perteneciente a una persona con quien tuve amistad en otro tiempo. -Sr. Juan de Dios -exclamé deteniendo mi caballo a punto que el fraile pasaba junto a mí-. ¿Es usted o no el que veo dentro de esos (p.1712) hábitos y detrás de esa capa de polvo? El agustino me miró sobresaltado, y luego que por buen rato me contemplara, díjome así con melifluo acento: -¿De dónde me conoce el señor general? Juan de Dios soy, en efecto. Doy las gracias a su eminencia por haber mandado que me devolvieran el burro. -¿Eminencia me llama usted..? -repuse-. Todavía no me han hecho cardenal. -En mi turbación no sé lo que me digo. Si su alteza me da licencia, me retiraré. -Antes pruebe a ver si me conoce. ¿Mi cara ha variado tanto desde aquel tiempo en que estábamos juntos en casa de D. Mauro Requejo? Este nombre hizo estremecer al buen agustino, que fijó en mí sus ojos calenturientos, y más bien espantado que sorprendido dijo: -¿Será posible que el que tengo delante sea Gabriel? ¡Jesús mío! Señor general, ¿es usted Gabriel, el que en Abril de 1808..? Lo recuerdo bien.. Deme usted a besar sus pies.. ¿Conque es Gabriel en persona? -El mismo soy. ¡Cuánto me alegro de que nos hayamos encontrado! Usted hecho un frailito.. -Para servir a Dios y salvar mi alma. Hace tiempo que abracé esta vida tan trabajosa para el cuerpo como saludable para el alma. ¿Y tú, Gabriel?.. ¿Y usted Sr. D. Gabriel, se dedicó a la milicia? También es honrosa vida la de las armas, y Dios premia a los buenos soldados, algunos de los cuales santos han sido. -A eso voy, padre, y usted parece que ya lo ha conseguido, porque su pobreza no miente y su cara de mortificación me dice que ayuna los siete reviernes. -Yo soy un humildísimo siervo de Dios -dijo bajando los ojos- y hago lo poco que está en mi miserable poder. Ahora, señor general, experimento mucho gozo en ver a usted.. y en reconocer al generoso mancebo que fue mi amigo, y con esto y su venia, me retiro, pues este ejército va sierra adentro, y yo busco el camino real. -No permito que nos separemos tan pronto, amigo mío, usted está fatigado y además no tiene cara de haber cumplido aquel precepto que manda empiece la caridad por uno mismo. En ese pueblo descansará el regimiento. Vamos a comer lo (p.1713) que haya, y usted me acompañará para que hablemos un poco, refrescando viejas memorias. -Si el señor general me lo manda, obedeceré, porque mi destino es obedecer -dijo marchando junto a mí en dirección al pueblo. -Veo que el asno tiene mejor pelaje que su dueño y no se mortifica tanto con ayunos y vigilias. Le llevará a usted como una pluma, porque parece una pieza de buena andadura. -Yo no monto en él -me respondió sin alzar los ojos del suelo-. Voy siempre a pie. -Eso es demasiado. -Llevo conmigo este bondadoso animal para que me ayude a cargar las limosnas y los enfermos que recojo en los pueblos para llevarlos al hospital. -¿Al hospital? -Sí, señor. Yo pertenezco a la Orden Hospitalaria que fundó en Granada nuestro santo padre y patrono mío el gran San Juan de Dios, hace doscientos y setenta años poco más o menos. Seguimos en nuestros estatutos la regla del gran San Agustín, y tenemos hospitales en varios pueblos de España. Recogemos los mendigos de los caminos, visitamos las casas de los pobres para cuidar a los enfermos que no quieren ir a la nuestra y vivimos de limosnas. -¡Admirable vida, hermano! -dije bajando del caballo y encaminándome con otros oficiales y el hermano Juan a un bosquecillo que a la vera del pueblo estaba, donde a la grata sombra de algunos corpulentos y frescos árboles nos prepararon nuestros asistentes una frugal comida. -Ate usted su burro en el tronco de un árbol -dije a mi antiguo amigo- y acomódese sobre este césped junto a mí, para que demos al cuerpo alguna cosa, que todo no ha de ser para el alma. -Haré compañía al Sr. D. Gabriel -dijo Juan de Dios humildemente luego que ató la cabalgadura-. Yo no como. -¿Qué no come? ¿Por ventura manda Dios que no se coma? ¿Y cómo ha de estar dispuesto a servir al prójimo un cuerpo vacío? Vamos, Sr. Juan de Dios, deje a un lado esa cortedad. -Yo no como viandas aderezadas en cocina, ni nada caliente y compuesto que tenga olor a gastronomía. -¿Llama gastronomía a este carnero fiambre y seco y a (p.1714) este pan más duro que la roca? -Yo no puedo probar eso -repuso sonriendo-. Me alimento tan sólo con yerbas del campo y raíces silvestres. -Hombre, lo admiro; pero francamente.. Al menos beberá usted un trago. Es de Rueda. -No bebo más que agua. -¡Hombre.. agua y yerbecitas del campo! Lindo comistrajo es ese. En fin, si de tal modo se salva uno.. -Ya hace tiempo que hice voto firmísimo de vivir de esa manera, y hasta hoy, D. Gabriel mío, aunque no limpio de pecados, tengo la satisfacción de no haber cometido el de faltar a mi voto una sola vez. -Pues no insisto, amigo. No se vaya usted a condenar por culpa mía. La verdad es que tengo un hambre.. Pobre Sr. Juan de Dios.. -¡Quién había de decir que nos encontraríamos después de tantos años..! ¿No es verdad? -Sí señor. -Yo creí que usted había pasado a mejor vida. Como desapareció.. -Entré en la Orden en Enero del año 9. Acabé mis primeros ejercicios en Marzo y recibí las primeras órdenes el año último. Todavía no soy fraile profeso. -¡Cuántas cosas han pasado desde que no nos vemos! -¡Sí señor, cuántas! -Usted, retirado del mundo, vive de un modo beatífico sin penas ni alegrías, contento de su estado.. Juan de Dios exhaló un suspiro profundísimo y después bajó los ojos. Observándole bien, advertí las señales que en su extenuado rostro patentizaban no ser jactancia de beato aquello de las campestres yerbecitas y agua de los arroyos cristalinos. Bordeaba sus ojos un cerco violáceo muy intenso que hacía más vivo el brillo de sus pupilas, y marcándosele los huesos de la cara bajo la estirada y amarillenta piel. Su expresión era la de las almas exaltadas por una piedad que igualmente hace sus efectos en el espíritu y en el sistema nervioso. Misticismo y enfermedad al mismo tiempo es una devoción singular que ha llevado hermosísimas figuras al cielo de las grandezas humanas. Si en un principio creí ver en Juan de Dios un poco de artificio e hipocresía, muy luego convencime de lo contrario, y aquel santo varón arrojado por las tempestades mundanas a la vida (p.1715) contemplativa y austera, estaba inflamado por un fervor tan ardiente y verdadero. Se le veía quemarse, se observaba la combustión de aquel cuerpo, que poco a poco se convertía en ceniza, calcinado por la llama de la espiritual calentura; se veía que aquel hombre apenas tocaba a la tierra, apenas al mundo de los vivos, y que la miserable arcilla que aún mantenía el noble espíritu con endeble atadura, se iba descomponiendo y desmenuzando grano a grano. -Es admirable, amigo mío -le dije- que haya llegado a tan lisonjero estado de santidad un hombre que no se vio libre ciertamente de las pasiones mundanas. La fisonomía de fray Juan de Dios contrájose con ligero temblor. Pero serenándose al punto su rostro, me dijo: -¿No sabe usted qué ha sido de aquellos benditos señores de Requejo? Sentiría que les hubiese pasado alguna desgracia. -No he vuelto a saber de ellos. Estarán cada vez más ricos, porque los pícaros hacen fortuna. El fraile no hizo gesto alguno de asentimiento. -Pero Dios les habrá castigado al fin -continué- por los martirios que hicieron padecer a aquella infeliz muchacha.. Al decir esto advertí que en las venas de aquel miserable cuerpo humano, que la tumba pedía para sí, quedaba todavía un resto de sangre. Bajo la piel de la cara se traslucieron por un instante las hinchadas venas azules, y un ligero tinte amoratado encendió la austera frente. No me hubiera sorprendido más ver una imagen de madera sonrojándose al contacto del beso de las devotas. -Dios sabrá lo que tiene que hacer con los señores de Requejo por esa conducta -me contestó. -Creo que no le será indiferente a usted saber el fin que ha tenido aquella desgraciada joven. -¿Indiferente? no -repuso poniéndose como un cadáver. -¡Oh! Las personas destinadas a padecer.. -dije observando atentamente la impresión que en el santo producían mis palabras-. Aquella pobre joven tan buena, tan bonita, tan modesta.. -¿Qué? -Ha muerto. Yo creí que Juan de Dios se conmovería al oír esto; pero con gran sorpresa vi su rostro resplandeciente de serenidad (p.1716) y beatitud. Mi asombro llegó a su colmo cuando en tono de convicción profundísima, dijo: -Ya lo sabía. Murió en el convento de Córdoba, donde la encerró su familia en Junio de 1808. -¿Y cómo sabe usted eso? -pregunté respetando el engaño del pobre agustino. -Nosotros tenemos visiones singulares. Dios permite que por un estado especial de nuestro espíritu, sepamos algunos hechos ocurridos en país lejano, sin que nadie nos los cuente. Inés murió. Yo la he visto repetidas veces en mis éxtasis, y es indudable que sólo se nos presenta la imagen de las personas que han tenido la suerte de abandonar para siempre este ruin y miserable mundo. -Así debe de ser. -Así es, aunque los torpes ojos del cuerpo crean otra cosa. ¡Ay! Los del alma son los que no se engañan nunca, porque hay siempre en ellos un rayo de eterna luz. La corporal vista es un órgano de quien dispone a su antojo el demonio para atormentarnos. Lo que vemos en ella es muchas veces ilusorio y fantástico. Yo, Sr. D. Gabriel, padezco tormentos muy horrorosos por las continuas pruebas a que sujeta mi espíritu el Señor de cielo y tierra, y por los pérfidos amaños del ángel de las tinieblas, que anhelando perderme, juega con mis débiles sentidos y se burla de esta desgraciada criatura. -Querido amigo, cuénteme usted lo que pasa. Yo también sirvo a veces de juguete y mofa a ese señor demonio, y puedo dar a usted algún buen consejo sobre el modo de vencerle y burlarse de él en vez de ser burlado.
Ep-10-V - -Puesto que usted ha nombrado a una persona que tanta parte ha tenido en que yo abandonase el perverso siglo, y puesto que usted conoció entonces mis secretos, nada debo ocultarle. Cuando Dios me crió dispuso que padeciese, y he padecido como ningún otro mortal sobre la tierra. Antes de sentir en mi alma el rayo divino de la eterna gracia, que me alumbró el sendero de esta nueva vida, una pasión mundana me hizo desgraciado. Después que me abracé a la santa cruz para salvarme, las turbaciones, debilidades y agonías de mi espíritu han sido tales, que (p.1717) pienso es esto disposición de Dios para que conozca en vida infierno y purgatorio antes de subir a la morada de los justos.. Amé a una mujer, mas con tanta exaltación, que mi naturaleza quedó en aquel trance trastornada. Cuando comprendí que todo había concluido, yo no tenía ya entendimiento, memoria ni voluntad. Era una máquina, señor oficial, una máquina estúpida: mis sentidos estaban muertos. Vivía en las tinieblas, pues nada veía, y en una especie de letargoso asombro. Varias veces he pensado después si como aquel estupor mío será el limbo a donde van los que apenas han nacido. -Justo. Así debe de ser. -Cuando volví en mí, querido señor, formé el proyecto de hacerme fraile. Yo había concluido para el mundo. Me confesé con grandísimo fervor. El padre Busto aprobó con entusiasmo mi propósito de consagrar a la religión el resto de mis tristes días, y como yo manifestara deseo de entrar en la Orden más pobre y donde más trabajase el cuerpo y más apartada de mundanales atractivos estuviese el ánima, señalome esta regla de hermanos hospitalarios. ¡Ay! mi alma recibió un consuelo inexplicable. Buscaba los sitios solitarios para meditar, y meditando sentía rodeada mi cabeza de celestial atmósfera. ¡Qué luz tan pura! ¡Qué dulzura y suave silencio en el aire! -¿Y después? -¡Ay! después empezaron nuevamente mis infortunios bajo otra forma. Dios decretó que yo padeciese, y padeciendo estoy.. Oígame usted un momento más. Comencé mis estudios y las prácticas religiosas para ingresar en la Orden. Recibiéronme una mañana en el convento, donde vestí el traje de lego. Di aquel día mis lecciones más contento que nunca; asistí como fámulo a los pobres de la enfermería, y por la tarde, tomando el segundo tomo de Los nombres de Cristo, por el maestro fray Luis de León, libro que me agradaba en extremo, fuime a la huerta y en el sitio más secreto y callado de ella entregué mi espíritu a las delicias de la lectura. No había acabado el capítulo hermosísimo que se titula, Descripción de la miseria humana y (p.1718) origen de su fragilidad, cuando sentí un calofrío muy intenso en todo mi cuerpo, una gran turbación, una zozobra muy viva, pues toda la sangre agolpose en mi pecho, y experimenté una sensación que no puedo decir si era gozo profundísimo o agudo dolor. Una extraña figura, bulto o sombra impresionó mi vista, miré, y la vi; era ella misma, sentada en el banco de piedra junto a mí. -¿Quién? -¿Necesito decir su nombre? -Ya. -El libro se me cayó de las manos, observé la asombrosa visión, pues visión era, y el mundano amor renació violentamente en mi pecho como la explosión de una mina. Quedé absorto, señor, mudo y entre suspendido y aterrado. Era ella misma, y me miraba con sus dulces ojos, trastornándome. Separábala de mí una distancia como de media vara; mas no hice movimiento alguno para acercarme a ella, porque el mismo estupor, la admiración que tal prodigio de belleza me producía, el mismo fuego amoroso que quemaba mi ser, teníanme arrobado y sin movimiento. Estaba vestida con riquísima túnica de una blanca y sutil tela, la cual, así como las nubes ocultan el sol sin esconderlo, ocultaba su hermoso cuerpo, antes empañándolo que cubriéndolo. Bajo la falda asomaba desnudo uno de sus delicados pies; sus cabellos, ensortijados con arte incomparable le caían en hermosas guedejas a un lado y otro de la cara entre sartas de orientales perlas, y en la mano derecha sostenía un pequeño ramillete de olorosas flores, cuya esencia llegaba hasta mí embriagándome el sentido. -En verdad, Sr. Juan de Dios, que nunca he visto a la señorita Inés en semejante traje, no muy propio por cierto para pasear en jardines. -¿Qué había usted de verla, si aquella imagen no era forma corporal y tangible, sino una fábrica engañosa del demonio, que desde aquel día me escogió para víctima de sus abominables experimentos? -¿Y la joven del pie desnudo y el ramo de flores, no dijo alguna palabrilla? -Ni media, hermano. -¿Y usted no le dijo nada, ni traspasó el espacio de media vara que había entre los dos? -No podía hablar. (p.1719) Acerqueme, sí, a ella, y en el mismo momento desapareció. -¡Qué picardía! Pero el demonio es así; amigo mío: ofrece y no da. -Mucho tardé en reponerme de la horrible sensación que aquello dejó en mi alma. Al fin recogí el libro, y dirigí mis pensamientos a Dios. ¡Ay, qué extraña sensación! Tan extraña es que no puedo explicarla. Figuraos, querido señor, que mis pensamientos al remontarse al cielo tomando forma material, fueran detenidos y rechazados por una mano poderosa. Esto ni más ni menos era lo que yo sentía. Quería pensar y no tenía espíritu más que para sentir. Por mi cuerpo corrían a modo de relámpagos del movimiento, unas convulsiones ardientes.. ¡Ay! no, no puedo de modo alguno explicar esto.. En mi cuerpo chisporroteaba algo, como mechas que se van apagando, y cuyas pavesas mitad fuego mitad ceniza caen al suelo.. Levanteme; quise entrar en la iglesia; pero.. ¿creerá usted que no podía? No, no podía. Alguien me tiraba de la cola del hábito hacia afuera. Corrí a la celda que me habían destinado, y arrojándome en el suelo, puse la frente sobre mis manos y mis manos sobre los ladrillos. Así estuve toda la noche orando y pidiendo a Dios que me librara de aquellas horribles tentaciones, diciéndole que yo no quería pecar sino servirle; que yo quería ser bueno y puro y santo. -¿Por qué no contó usted el caso a otros frailes experimentados en cosas de visiones y tentaciones? -Así lo hice al punto. Consulté aquella misma tarde con el padre Rafael de los Ángeles, varón muy pío y que me mostraba gran cariño, el cual me dijo que no tuviese cuidado, pues para desnudar el entendimiento (así mismo lo dijo), de tales aprensiones imaginarias y naturales, bastaba una piedad constante, una mortificación infatigable y una humildad sin límites. Añadiome que él en los primeros años de vida monástica había experimentado iguales aprietos y compromisos, mas que al fin con las rudas penitencias y lecturas místicas había convencido al demonio de la inutilidad de sus esfuerzos para pervertirlo, con lo cual le dejó tranquilo. Aconsejome (p.1720) que entrase en la vida activa de la Orden, que marchase en pos de las miserias y lástimas del mundo, recogiendo enfermos por los pueblos para traerlos a los hospitales; que vagase por los campos, haciendo corporal ejercicio y alimentándome con yerbas y raíces, para que el miserable y torpe cuerpo privado de todo regalo, adquiriese la sequedad y rigidez que ahuyentan la concupiscencia. Encargome además, que durmiese poco, y jamás sobre blanduras, sino más bien encima de duras rocas o picudas zarzas, siempre que pudiere; que asimismo me apartase de toda sociedad de amigos, esquivando coloquios sobre negocios mundanos, no mostrando afición a persona alguna, sino huyendo de todos para no pensar más que en la perfección de mi alma. -Y haciéndolo así, ha conseguido usted.. -Así lo he hecho, hermano, mas poco o nada he conseguido. Cerca de tres años de mortificaciones, de ejercicios, de penitencias, de vigilias, de rigores, de dormir en campo raso y comer berraza y jaramagos crudos, si han fortalecido mi espíritu, librándome de aquellas vaguedades voluptuosas que al principio ponían al borde del precipicio mi santidad, no me han librado de los continuos asaltos del ángel infernal, que un día y otro, señor, en el campo y bajo techo, en la dulce oscuridad de la alta y triste noche, lo mismo que a la luz deslumbradora del sol, me pone ante los ojos la imagen de la persona que adoré en el siglo. ¡Ay! en aquel tiempo, cuando estábamos en la tienda, yo blasfemé, sí.. me acuerdo que un día entré en la iglesia y arrodillándome delante del Santísimo Sacramento, dije: «Señor, te aborreceré, te negaré si no me la das, para que nuestras almas y nuestros cuerpos estén siempre unidos en la vida, en la sepultura y en la eternidad». Dios me castiga por haberle amenazado. -De modo que siempre.. -Sí, siempre, siempre lo veo, unas veces en esta, otras en la otra forma, aunque por temporadas el demonio me permite descansar y no veo nada. Esta funesta desgracia mía me ha impedido hasta ahora recibir los últimos y (p.1721) más sublimes grados del sacramento del Orden, pues me creo indigno de que Dios baje a mis manos. ¡Es terrible sentirse uno con el corazón y el espíritu todo dispuesto a la santidad, y no poder conseguir el perfecto estado! Yo me desespero y lloro en silencio, al ver cuán felices son otros frailes de mi Orden, los cuales disfrutan con la paz más pura, las delicias de visiones santas, que son el más regalado manjar del espíritu. Unos en sus meditaciones ven ante sí la imagen de Cristo crucificado, mirándolos con ojos amorosísimos; otros se deleitan contemplando la celestial figura del Niño Dios; a otros les embelesa la presencia de Santa Catalina de Siena o Santa Rosa de Viterbo, cuya castísima imagen y compuestos ademanes incitan a la oración y a la austeridad; pero yo ¡desgraciado de mí! yo, pecador abominable, que sentí quemadas mis entrañas por el mundano amor, y me alimenté con aquel rocío divino de la pasión, y empapé el alma en mil liviandades inspiradas por la fantasía, me he enfermado para siempre de impureza, me he derretido y moldeado en un desconocido crisol que me dejó para siempre en aquella ruin forma primera. No puedo ser santo, no puedo arrojar de mí esta segunda persona que me acompaña sin cesar. ¡Oh maldita lengua mía! Yo había dicho: «Quiero unirme a ella en la vida, en la sepultura y en la eternidad», y así está sucediendo. Fray Juan de Dios bajó la cabeza y permaneció largo rato meditando.
Ep-10-VI - -¿En qué nuevas formas se ha presentado? -le pregunté. -Una mañana iba yo por el campo, y abrasado por la sed busqué un arroyo en que apagarla. Al fin bajo unos frondosos álamos que entre peñas negruzcas erguían sus viejos troncos, vi una corriente cristalina que convidaba a beber. Después que bebí senteme en una peña, y en el mismo instante cogiome la singular zozobra que me anunciaba siempre la influencia del ángel del mal. A corta distancia de mí estaba una pastora; ella misma, señor, hermosa como los querubines. -¿Y guardaba algún rebaño de vacas o carneros? -No señor, estaba sola, (p.1722) sentada como yo sobre una peña, y con los nevados pies dentro del agua, que movía ruidosamente haciendo saltar frías gotas las cuales salpicando me mojaron el rostro. Había desatado los negros cabellos y se los peinaba. No puedo recordar bien todas las partes de su vestido; pero sí que no era un vestido que la vestía mucho. Mirábame sonriendo. Quise hablar y no pude. Di un paso hacia ella y desapareció. -¿Y después? -La volví a ver en distintos puntos. Yo me encontraba dentro de Ciudad-Rodrigo cuando la asaltó el lord en Enero de este mismo año. Hallábame sirviendo en el hospital, cuando comenzó el cerco, y entonces otros buenos padres y yo salimos a asistir a los muchos heridos franceses que caían en la muralla. Yo estaba aterrado, pues nunca había visto mortandad semejante, e invocaba sin cesar a la divina Madre de Nuestro Señor para que por su intercesión se amansase la furia de los anglo-portugueses. El día 18 el arrabal, donde yo estaba, diome idea de cómo es el infierno. Deshacíase en mil pedazos el convento de San Francisco, donde íbamos colocando los heridos.. Los franceses burlábanse de mí, y como a los frailes nos tenían mucha ojeriza por creernos autores de la resistencia que se les hace, me maltrataron de palabra y obra.. ¡Ay! cuando entraron los aliados en la plaza, yo estaba herido, no por las balas de los sitiadores, sino por los golpes de los sitiados. Los ingleses, españoles y portugueses entraron por la brecha. Al oír aquel laberinto de imprecaciones victoriosas, pronunciadas en tres idiomas distintos, sentí gran espanto. Unos y otros se destrozaban como fieras.. yo exánime y moribundo, yacía en tierra en un charco de sangre y fango y rodeado de cuerpos humanos. Abrasábame una sed rabiosa, una sed, querido señor mío, tan ardiente como si mis venas estuviesen llenas de fuego, y la boca, lengua y paladar fuesen en vez de carne viva y húmeda, estopa inerte y seca. ¡Qué tormento! Yo dije para mí: «Gracias a ti, Señor, que te has dignado llevarme a tu seno. Ha llegado la hora de mi muerte». No (p.1723) había acabado de decirlo, mejor dicho, de pensarlo, cuando sentí en mis labios el celeste contacto del agua fresca. Suspiré y mi espíritu sacudió su fúnebre sopor. Abrí los ojos y vi pegada a mis ardientes labios una blanca mano, en cuya palma ahuecada brillaba el cristalino licor tan fresco y puro como el manar de la rústica fuente. -¿Y en qué traza venía entonces la señorita Inés? -Venía de monja. -¿Y las monjas daban de beber en el hueco de la mano? -Aquélla sí. Pintar a usted cuán hermosa estaba su cara entre las blancas tocas y cuán bien le sentaba la austeridad de la pobre estameña del traje, me sería imposible. Apenas la miré cuando voló de súbito, dejándome más sediento que antes. -Una cosa me ocurre, Sr. Juan de Dios -dije condolido en extremo de la extraña enfermedad del desgraciado hospitalario- y es que siendo esa persona un artificio del más malo, del más pícaro y desvergonzado espíritu creado por Dios, y habiendo ocasionado a usted tantos disgustos, congojas, mortales ansias y acalorados paroxismos, parecía natural que la tomase usted en aborrecimiento y que viese en ella más bien una espantable y horrenda fealdad que ese portento de hermosura que con tanto deleite encarece. Fray Juan de Dios suspiró tristemente y me dijo: -El Malo no presenta jamás a nuestros ojos cosas aborrecibles ni repugnantes, sino antes bien hermosas, odoríferas, o gratas al paladar, al olfato, al oído y al tacto. Bien sabe él lo que se hace. Si ha leído usted la vida de la madre Santa Teresa de Jesús, habrá visto que alguna vez el demonio le pintó delante la imagen de Nuestro Señor Jesucristo para engañarla. Ella misma dice que el Malo es gran pintor y añade que cuando vemos una imagen muy buena, aunque supiésemos la ha pintado un mal hombre, no dejaríamos de estimarla. -Eso está muy bien dicho.. Se me ocurre otra cosa. Si yo hubiera sido atormentado de esa ruin manera por el espíritu maligno, el cual según voy viendo es un redomado tunante, habría tratado de perseguir la imagen, de tocarla, de hablarle, para ver si efectivamente era vana (p.1724) ilusión o materia corpórea. -Yo lo he hecho, querido señor y amigo mio -repuso el hospitalario con acento ya debilitado por el mucho hablar- y nunca he podido poner mis manos sobre ella, habiendo conseguido tan sólo una vez tocar el halda de su vestido. Puedo asegurar a usted que a la vista su figura se me ha representado siempre como una criatura humana con su natural espesor, corpulencia y el brillo y la dulzura de los ojos, el dulce aliento de la boca, y la añadidura del vestido flotando al viento, en fin, todo en tal manera fabricado que es imposible no creerla persona viva y como las demás de nuestra especie. -¿Y siempre se presenta sola? -No señor, que algunas veces la he visto en compañía de otras muchachas, como por ejemplo en Sevilla el año pasado. Todas eran obra vana de la infernal industria, pues desaparecieron con ella, como multitud de luces que se apagan de un solo soplo. -¿Y siempre desaparecen así como luz que se apaga? -No señor, que a veces corre delante de mí, y la sigo, y o se pierde entre la multitud, o avanza tanto en su camino que no puedo alcanzarla. Un día la vi en una soberbia cabalgadura que corría más que el viento, y ayer la vi en un carro. -¿Que corría también como el viento? -No señor, pues apenas corría como un mal carro. La visión de ayer ofrece para mí una particularidad aterradora, y que me prueba cierta recrudescencia y gravedad del mal que padezco. -¿Por qué? -Porque ayer me habló. -¿Cómo? -exclamé sonriendo, mas no asombrado del extremo a que llegaban las locuras de mi amigo. -¿Habló al fin la señorita del pie desnudo, la pastora, la monja de Ciudad-Rodrigo? -Sí señor. Iba en un carro en compañía de unos cómicos que venían al parecer de Extremadura. -¡En un carro!.. ¡Con unos cómicos!.. ¡De Extremadura! -Sí señor: veo que se asombra usted y lo comprendo, porque el caso no es para menos. Delante iban algunos hombres a caballo; luego seguía un carro con dos mujeres, y después otro carro con decoraciones y trebejos de teatro, todos quemados y hechos pedazos. - (p.1725) Hermano, usted se burla de mí -dije levantándome de súbito y volviéndome a sentar, impulsado por ardiente desasosiego. -Cuando la vi, señor mío, experimenté aquel calofrío, aquella sensación entre placentera y dolorosa que acompaña a mis terribles crisis. -¿Y cómo iba? -Triste, arropada en un manto negro. -¿Y la otra mujer? -Engañosa imaginación también, sin duda, la acompañaba en silencio. -¿Y los hombres que iban a caballo? -Eran cinco, y uno de ellos vestía de juglar con calzón de tres colores y montera de picos. Disputaban, y otro de ellos, que parecía mandar a todos, era una persona de buena apostura y presencia, con barba picuda como la del demonio. -¿No sintió usted olor de azufre? -Nada de eso, señor. Aquellos hombres hablaban con animación y nombraron a unos soldados que les habían quemado sus infernales cachivaches. -Sospecho, querido hermano Juan -dije con turbación- que ya no es usted solo el endemoniado, sino que yo lo estoy también, pues esos cómicos, y esas mujeres, y esos carros, y esos trastos escénicos son reales y efectivos, y aunque no los vi, sé que estuvieron en Santibáñez de Valvaneda. ¿Sería que alguna de las cómicas se le antojó a usted ser la misma persona de marras, sin que en esto hubiese la más ligera picardía por parte de la majestad infernal? -Bien he dicho yo -continuó el fraile con candor- que esta aparición de hoy es la más extraordinaria y asombrosa que he tenido en mi vida, pues en ella la demoniaca hechura ha presentado tales síntomas, señales y vislumbres de realidad, que al más licurgo y despreocupado engañaría. Esta es también la primera vez que la imagen querida, además de tomar cuerpo macizo de mujer, ha remedado la humana voz. -¿Ha hablado? -Sí señor; ha hablado -dijo el hospitalario con terror-. Su voz no es la misma que aún resuena en mis oídos, desde que la oí en casa de Requejo, así como su figura en el día de hoy me ha parecido más hermosa, más robusta, más completa y más formada. Tal como la vi en el convento, en el bosque, en la iglesia y en (p.1726) Ciudad-Rodrigo era casi una niña, y hoy.. -Pero si habló, ¿qué dijo? -Yo me acerqué al carro, la miré, mirome ella también.. Sus ojos eran rayos que me quemaban cuerpo y alma. Luego apareció asombrada, muy asombrada.. ¡Ay! sus labios se movieron y pronunciaron mi propio nombre. «Sr. Juan de Dios, dijo, ¿se ha hecho usted fraile?..». Me pareció que iba yo a morir en aquel mismo momento. Quise hablar y no pude. Ella hizo ademán de darme una limosna, y de pronto el hombre que parecía mandar a todos, como advirtiera mi presencia junto al carro de las cómicas, detuvo el caballo, y volviéndose me dijo con voz fiera: «Largo de aquí, holgazán pancista». Ella dijo entonces: «Es un pobre mendicante que pide limosna». El hombre alzó el palo para pegarme y ella dijo: «Padre, no le hagas daño». -¿Está usted seguro de que dijo eso? -Sí, seguro estoy; mas el infame, como criatura infernal que era, enemigo natural de las personas consagradas al servicio de Dios, llamome de nuevo holgazán, y recibí al mismo tiempo tal porrazo en la cabeza, que caí sin sentido. -Sr. Juan de Dios -le dije después de reflexionar un poco sobre lo extraño de aquella aventura- júreme usted que es verdad cuanto ha dicho y que no es su ánimo burlarse de mí. -¡Yo burlarme, señor oficial de mi alma! -exclamó el hospitalario, que estuvo a punto de llorar viendo que se ponía en duda su veracidad-. Cierto es lo que he dicho, y tan evidente es que hay demonio en el infierno, como que hay Dios en el cielo, pues infinito es en el mundo el número de casos de obsesión, y todos los días oímos contar nuevas tropelías y estupendas gatadas del mortificador del linaje humano. -¿Y no puede usted precisar el sitio en que ocurrió eso del carro de comediantes? -Pasado Santibáñez de Valvaneda, como a tres leguas. Iban a buen paso camino de Salamanca. El infeliz hospitalario no podía mentir, y en cuanto a la endemoniada composición de las cosas y personas referidas, yo tenía mis razones para creer que entre los primeros y el último encuentro (p.1727) del fraile había alguna diferencia. De nuevo le insté para que tomase alguna cosa, y segunda vez se resistió a dar a su cuerpo regalo alguno. Ya nos disponíamos a marchar, cuando le vi palidecer, si es que cabía mayor grado de amarillez en su amojamada carne; le vi aterrado, con los ojos medio salidos del casco, el labio inferior trémulo y toda su persona desasosegada. Miraba a un punto fijo detrás de mí, y como yo rápidamente me volviese y nada hallase que pudiera motivar aquel espanto, le pregunté la causa de sus terrores y si allí entre tantos soldados se atrevía Satanás a hacer de las suyas. -Ya se ha desvanecido -dijo con voz débil y dejando caer desmayadamente los brazos. -¿Pues qué, otra vez ha estado aquí? -Sí en aquel grupo donde bailan los soldados.. ¿Ve usted que hay allí unas mozas de San Esteban? -Es cierto; pero o yo he olvidado la cara de la señora Inés, o no está entre ellas -repuse sin poder contener la risa-. Si estuviera, bien se le podían decir cuatro frescas por ponerse a bailar con los soldados. -Pues dude usted de que ahora es de día, señor mío -afirmó no repuesto aún de la emoción- pero no dude usted de que estaba allí. Veo que el demonio recrudece sus tentaciones y aumenta el rigor de sus ataques contra los reductos de mi fortaleza, y esto lo hace porque estoy pecando.. -¿Pecando ahora, pecando por hablar con un antiguo amigo? -Sí señor, pues pecar es entregar sin freno el espíritu a los deleites de la conversación con gente seglar. Además he estado aquí descansando más de hora y media, cosa que en tres años no he hecho, y he gustado de la fresca sombra de estos árboles. Alma mía -añadió con exaltado fervor- arriba, no duermas, vigila sin cesar al enemigo que te acecha, no te entregues al corruptor deleite de la amistad, ni desmayes un solo momento, ni pruebes las dulzuras del reposo. Alerta, alerta siempre. -¿Se marcha usted ya? -dije, al ver que desataba al buen pollino-. Vamos, no rechazará usted este pedazo de pan para el camino. Tomolo y poniéndoselo en la boca al pacífico asno, que no estaba sin duda por (p.1728) cenobíticas abstinencias, cogió él para sí un puñado de yerba y la guardó en el seno. -O es un farsante -dije para mí- o el más puro y candoroso beato que ciñe el cíngulo monacal. -Buenas tardes, Sr. D. Gabriel -dijo con humilde acento-. Me voy a Béjar para seguir mañana a Candelario, donde tenemos un hospital. ¿Y usted, a dónde marcha? -¿Yo? a donde me lleven; tal vez a conquistar a Salamanca, que está en poder de Marmont. -Adiós, hermano y querido señor mío -repuso-. Gracias, mil gracias por tantas bondades. Y tirando del torzal, partió con el burro tras sí. Cuando su enjuta figura negruzca se alejó al bajar un cerro, pareciome ver en él un cuerpo que melancólicamente buscaba su perdida sepultura sin poder encontrarla.
Ep-10-VII - Dos días después, más allá de Dios le guarde, un gran acontecimiento turbó la monotonía de nuestra marcha. Y fue que a eso de la madrugada nuestras tropas avanzadas prorrumpieron en exclamaciones de júbilo; mandose formar, dando a las compañías el marcial concierto y la buena apariencia que han menester para presentarse ante un militar inteligente, y algunos acudieron por orden del general a cortar ramos a los vecinos carrascales para tejer no sé si coronas, cenefas o triunfales arcos. Al llegar al camino de Ciudad-Rodrigo vimos que apareció falange numerosa de hombres vestidos de encarnado y caballeros en ligerísimos corceles; verlos y exclamar todos en alegre concierto: «¡Viva el lord!» fue todo uno. -Es la caballería de Cotton de la división del general Graham -dijo D. Carlos España-. Señores, cuidado no hagamos alguna gansada. Los ingleses son muy ceremoniosos y se paran mucho en las formas. Si se coge bastante carrasca haremos un arquito de triunfo para que pase por él el vencedor de Ciudad-Rodrigo, y yo le echaré un discurso que traigo preparado elogiando su pericia en el arte de la guerra y la Constitución de Cádiz, cosas ambas bonísimas, y a las cuales deberemos el triunfo al fin y a la postre. -No es el señor lord muy amigo de la (p.1729) Constitución de Cádiz -dijo D. Julián Sánchez, que a derecha mano de D. Carlos estaba-; pero a nosotros ¿qué nos va ni qué nos viene en esto? Derrotemos a Marmont y vivan todos los milores. Los jinetes rojos llegaron hasta nosotros, y su jefe, que hablaba español como Dios quería, cumplimentó a nuestro brigadier, diciéndole que su excelencia el señor duque de Ciudad-Rodrigo no tardaría en llegar a Santi Spíritus. Al punto comenzamos a levantar el arco con ramajes y palitroques a la entrada de dicho pueblo, y vierais allí que un dómine del país apareció trayendo unos al modo de tarjetones de lienzo con sendos letreros y versos que él mismo había sacado de su cabeza, y en las cuales piezas poéticas se encomiaban hasta más allá de los cuernos de la luna las virtudes del moderno Fabio, o sea el Sr. D. Arturo Wellesley, lord vizconde de Wellington de Talavera, duque de Ciudad-Rodrigo, grande de España y par de Inglaterra. Iban llegando unos tras otros numerosos cuerpos de ejército, que se desparramaban por aquellos contornos ocupando los pueblos inmediatos, y al fin entre los más brillantes soldados escoceses, ingleses y españoles, apareció una silla de postas, recibida con aclamaciones y vítores por las tropas situadas a un lado y otro del camino. Dentro de ella vi una nariz larga y roja, bajo la cual lucieron unos dientes blanquísimos. Con la rapidez de la marcha apenas pude distinguir otra cosa que lo indicado y una sonrisa de benevolencia y cortesía que desde el fondo del carruaje saludó a las tropas. No debo pasar en silencio, aunque esto concuerde mal con la gravedad de la historia, que al pasar el coche bajo el arco triunfal, como este no lo habían construido ingenieros ni artífices romanos, con la sacudida y golpe que recibiera de una de las ruedas, hizo como si quisiera venirse abajo, y al fin se vino, cayendo no pocas ramas y lienzos sobre la cabeza del dómine que tuviera parte tan importante en su malhadada fábrica. Como no hubo que lamentar desgracia alguna, celebrose con risas la extraña (p.1730) ruina. Los chicos apoderáronse al punto de los tarjetones, que eran como de tres cuartas de diámetro, y abriéndoles en el centro un agujero y metiendo por él la cabeza se pasearon delante de Wellington con aquella valona o flamenca golilla. Entre tanto D. Carlos España desembuchaba su discurso delante del lord, y luego que concluyera, presentose el dómine con el amenazador proyecto de hablar también. Consintiolo el general, que como persona finísima disimulaba su cansancio, y oyendo las pedanterías del orador, movía la cabeza, acompañando sus gestos de la especial sonrisa inglesa, que hace creer en la existencia de algún cordón (3) intermandibular, del cual tiran para plegar la boca como si fuera una cortina. -Mi comandante -me dijo con cara de júbilo mi asistente cuando me aparté de los generales para ocuparme del alojamiento-, ¿no ha visto usía el otro ejército que viene detrás? -Serán los portugueses. -¡Qué portugueses ni qué garambainas! Son mujeres, un ejército de mujeres. Esto se llama darse buena vida. Los ingleses, en vez de impedimenta llevan la faldamenta. Así da gusto de hacer la guerra. Miré y vi veinte, ¿qué digo, veinte? cuarenta y aun cincuenta carros, coches y vehículos de distintas formas, llenos todos de mujeres, unas al parecer de alta, otras de baja calidad, y de distinta belleza y edad, aunque por lo general, dicho sea esto imparcialmente, predominaba el género feo. Al punto que pararon los vehículos entre nubes de polvo, vierais descender con presteza a las señoras viajeras y resonar una de las más discordes algarabías que pueden oírse. Por un lado chillaban ellas llamando a sus consortes, y ellos por otro penetraban en la femenil multitud gritando: Anna, Fanny, Mathilda, Elisabeth. En un instante formáronse alegres parejas, y un tumultuoso concierto de voces guturales y de inflexiones agudas y de articulaciones líquidas llenó los aires. Pero como la división aliada que acababa de llegar no podía pernoctar entera en aquel pueblo, una parte de ella siguió el camino adelante hacia Aldehuela de Yeltes. (p.1731) Tornaron a montar en sus carricoches muchas de las hembras formando parte del convoy de víveres y municiones, y otras quedaron en Santi Spíritus. El día pasó, ocupándonos todos en buscar el mejor alojamiento posible; pero como éramos tantos, al caer de la tarde no habíamos resuelto la cuestión. En cuanto a mí, me creía obligado a dormir en campo raso. Tribaldos me notificó que el dómine del lugar tenía sumo placer en cederme su habitación. Después de visitar a mi honrado patrono, salí a desempeñar varias obligaciones militares, y ya me retiraba a casa, cuando junto al camino sentí gritos y voces de alarma. Corrí a donde sonaban, y no era más sino que por el camino adelante venía un cochecillo cuyo caballo le arrastraba dando tan terribles tumbos y saltos, que cada instante parecía iba a deshacerse en pedazos mil. Cuando con rapidez inmensa pasó por delante de nosotros, un grito de mujer hirió mis oídos. -En ese coche va una mujer, Tribaldos -grité a mi asistente que se había unido a mí. -Es una inglesa, señor, que se quedó rezagada y detrás de las demás. -¡Pobre mujer!.. ¿Y no hay entre tantos hombres uno solo que se atreva a detener el caballo y salvar a esa desgraciada?.. Parece que no va desbocado.. Detiene el paso.. Corramos allá. -El coche se ha salido del camino -dijo Tribaldos con espanto- y ha parado en un sitio muy peligroso. Al instante vi que el carricoche estaba a punto de despeñarse. Habiéndose enredado el caballo entre unas jaras, se había ido al suelo, quedando como reventado a consecuencia del fuerte choque que recibiera. Pero como la pendiente era grande, la gravedad lo atraía hacia lo hondo del barranco. Me era imposible ver la situación terrible de la infeliz viajera sin acudir pronto a su socorro. Había caído el coche sin romperse; mas lo peligroso estaba en el sitio. Corrí allá solo, bajé tropezando a cada paso y despegando con mi planta piedrecillas que rodaban con ruido siniestro, y llegué al fin adonde se había detenido el vehículo. Una mujer lanzaba desde el interior lastimeras voces. - (p.1732) Señora -grité- allá voy. No tenga usted cuidado. No caerá al barranco. El caballo pataleaba en el suelo, pugnando por levantarse y con sus movimientos de dolor y desesperación arrastraba el coche hacia el abismo. Un momento más y todo se perdía. Apoyeme en una enorme piedra fija, y con ambas manos detuve el coche que se inclinaba. -Señora -grité con afán- procure usted salir. Agárrese usted a mi cuello.. sin miedo. Si salta usted en tierra no hay qué temer. -No puedo, no puedo, caballero -exclamó con dolor. -¿Se ha roto usted alguna pierna? -No, caballero.. veré si puedo salir. -Un esfuerzo.. Si tardamos un instante los dos caeremos abajo. No puedo describir los prodigios de mecánica que ambos hicimos. Ello es que en casos tan apurados, el cuerpo humano, por maravilloso instinto, imprime a sus miembros una fuerza que no tiene en instantes ordinarios, y realiza una serie de admirables movimientos que después no pueden recordarse ni repetirse. Lo que sé es que como Dios me dio a entender, y no sin algún riesgo mío, saqué a la desconocida de aquel grave compromiso en que se encontraba, y logré al fin verla en tierra. Asido a las piedras la sostuve y me fue forzoso llevarla en brazos al camino. -Eh, Tribaldos, cobarde, holgazán -grité a mi asistente que había acudido en mi auxilio-, ayúdame a salir de aquí. Tribaldos y otros soldados, que no me habían prestado socorro hasta entonces, me ayudaron a salir; porque es condición de ciertas gentes no arrimarse al peligro que amenaza sino al peligro vencido, lo cual es cómodo y de gran provecho en la vida. Una vez arriba, la desconocida dio algunos pasos. -Caballero, os debo la vida -dijo recobrando el perdido color y el brillo de sus ojos. Era como de veinte y tres años, alta y esbelta. Su airosa figura, su acento dulce, su hermoso rostro, aquel tratamiento de vos que ceremoniosa me daba, sin duda por poseer a medias el castellano, me hicieron honda y duradera impresión.
Ep-10-VIII - Apoyose en mí, quiso dar algunos pasos; (p.1733) mas al punto sus piernas desmayadas se negaron a sostenerla. Sin decir nada la tomé en brazos y dije a Tribaldos: -Ayúdame; vamos a llevarla a nuestro alojamiento. Por fortuna este no estaba lejos, y bien pronto llegamos a él. En la puerta la inglesa movió la cabeza, abrió los ojos y me dijo: -No quiero molestaros más, caballero. Podré subir sola. Dadme el brazo. En el mismo momento apareció presuroso y sofocado un oficial inglés, llamado sir Tomás Parr, a quien yo había conocido en Cádiz, y enterado brevemente de la lamentable ocurrencia, habló con su compatriota en inglés. -¿Pero habrá aquí una habitación confortable para la señora? -me dijo después. -Puede descansar en mi propia habitación -dijo el dómine que había bajado oficiosamente al sentir el ruido. -Bien -dijo el inglés-. Esta señorita se detuvo en Ciudad-Rodrigo más de lo necesario y ha querido alcanzarnos. Su temeridad nos ha dado ya muchos disgustos. Subámosla. Haré venir al médico mayor del ejército. -No quiero médicos -dijo la desconocida-. No tengo herida grave: una ligera contusión en la frente y otra en el brazo izquierdo. Esto lo decía subiendo apoyada en mi brazo. Al llegar arriba dejose caer en un sillón que en la primera estancia había y respiró con desahogo expansivo. -A este caballero debo la vida -dijo señalándome-. Parece un milagro. -Mucho gusto tengo en ver a usted, mi querido Sr. Araceli -me dijo el inglés-. Desde el año pasado no nos habíamos visto. ¿Se acuerda usted de mí.. en Cádiz? -Me acuerdo perfectamente. -Usted se embarcó con la expedición de Blake. No pudimos vernos porque usted se ocultó después del duelo en que dio la muerte a lord Gray. La inglesa me miró con profundo interés y curiosidad. -Este caballero.. -dijo. -Es el mismo de quien os he hablado hace días -contestó Parr. -Si el libertino que ha hecho desgraciadas a tantas familias de Inglaterra y España hubiese tropezado siempre con hombres como vos.. Según me han dicho, lord Gray se atrevió a mirar a una persona que os amaba.. La energía, la severidad y la nobleza de vuestra (p.1734) conducta son superiores a estos tiempos. -Para conocer bien aquel suceso -dije yo, no ciertamente orgulloso de mi acción-, sería preciso que yo explicase algunos antecedentes.. -Puedo aseguraros que antes de conoceros, antes de que me prestaseis el servicio que acabo de recibir, sentía hacia vos una grande admiración. Dije entonces todo lo que la modestia y el buen parecer exigían. -¿De modo que esta señora se alojará aquí?, -me dijo Parr-. Donde yo estoy, es imposible. Dormimos siete en una sola habitación. -He dicho que le cederé la mía, la cual es digna del mismo sir Arturo -dijo Forfolleda, pues este era el nombre del dómine. -Entonces estará bien aquí. Sir Tomás Parr habló largamente en inglés con la bella desconocida y después se despidió. No dejaba de causarme sorpresa que sus compatriotas abandonasen a aquella hermosa mujer que sin duda debía de tener esposo o hermanos en el ejército; pero dije para mí: «será que las costumbres inglesas lo ordenan de este modo». En tanto la señora de Forfolleda (pues Forfolleda tenía señora) bizmó el brazo de la desconocida, y restañó la sangre de la rozadura que recibiera en la cabeza, con cuya operación dimos por concluidos los cuidados quirúrgicos y pensamos en arreglar a la señora cuarto y cama en que pasar la noche. Un momento después el precioso cuerpo de la dama inglesa descansaba sobre un lecho algo más blando que una roca, al cual tuve que conducirla en mis brazos, porque la acometió nuevamente aquel desmayo primero que la imposibilitaba toda acción corporal. Ella me dio las gracias en silencio volviendo hacia mí sus hermosos ojos azules, que dulcemente y con la encantadora vaguedad y extravío que sigue a los desmayos se fijaron, primero en mi persona y después en las paredes de la habitación. Más la miraba yo y más hermosa me parecía a cada momento. No puedo dar idea de la extremada belleza de sus ojos azules. Todas las facciones de su rostro distinguíanse por la más pura corrección y finura. Los cabellos rubios hacían verosímil (p.1735) la imagen de las trenzas de oro tan usada por los poetas, y acompañaban la boca los más lindos y blancos dientes que pueden verse. Su cuerpo atormentado bajo las ballenas de un apretado jubón, del cual pendían faldas de amazona, era delgadísimo, mas no carecía de las redondeces y elegantes contornos y desigualdades que distinguen a una mujer de un palo torneado. -Gracias, caballero -me dijo con acento melancólico y usando siempre el vos-. Si no temiera molestaros, os suplicaría que me dieseis algún alimento. -¿Quiere la señora un pedazo de pierna de carnero -dijo Forfolleda, que arreglaba los trastos de la habitación-, unas sopas de ajo, chocolate o quizás un poco de salmorejo con guindilla? También tengo abadejo. Dicen que al Sr. D. Arturo le gusta mucho el abadejo. -Gracias -repuso la inglesa con mal humor-, no puedo comer eso. Que me hagan un poco de té. Fui a la cocina, donde la señora de Forfolleda me dijo que allí no había té ni cosa que lo pareciese, añadiendo que si ella probara tan sólo un buche de tal enjuagadero de tripas, arrojaría por la boca juntamente con los hígados la primer leche que mamó. Luego se puso a reprender a su esposo por admitir en la casa a herejes luteranos y calvinistas, cuales eran los ingleses; mas el dómine refutó victoriosamente el ataque afirmando que merced a la ayuda de los herejes luteranos y calvinistas, la católica España triunfaría de Napoleón, lo cual no significaba más sino que Dios se vale del mal para producir el bien. -Vete a cualquier casa donde haya ingleses -dije a Tribaldos-, y trae té. ¿Sabes lo que es? -Unas hojas arrugaditas y negras. Ya sé.. todas las noches lo tomaba la mujer del capitán. Volví al lado de la inglesa que me dijo no podía comer cosa alguna de nuestra cocina, y habiéndome pedido pan, se lo di mientras llegaba el anhelado té. Al poco rato entró Tribaldos trayendo una ancha taza que despedía un olor extraño. -¿Qué es esto? -dijo la dama con espanto, cuando los vapores del condenado licor llegaron a su nariz. -¿Qué menjurgue has puesto aquí, maldito? - (p.1736) exclamé amenazando al aturdido mozo. -Señor, no he puesto nada, nada más que las hojas arrugaditas, con un poco de canela y de clavo. La señora de Forfolleda dijo que así se hacía, y que lo había compuesto muchas veces para unos ingleses que fueron a Salamanca a ver la catedral vieja. La inglesa prorrumpió en risas. -Señora, perdone usted a este animal que no sabe lo que hace. Voy yo mismo a la cocina y beberá usted té. Poco después volví con mi obra, que debió de satisfacer a la interesada, pues la aceptó con gozo. -Ahora, señora mía, me retiraré, para que usted descanse -le dije-. Deme usted órdenes para mañana o para esta noche misma. Si quiere usted que avise a su esposo.. o es que se halla en la división de Picton que no está en este pueblo.. -Señor oficial -dijo solemnemente bebiendo su té- yo no tengo esposo; yo soy soltera. Esto puso el límite a mi asombro, y vacilante al principio en mis ideas no supe contestarle sino con medias palabras. -¡Buena pieza será ésta que se ha colgado de mi brazo! -dije para mí-. Los franceses traen consigo mujeres de mala vida, pero de los ingleses, no sabía que.. -Soltera, sí -añadió con aplomo y apartando la taza de sus labios-. Os asombráis de ver una señorita como yo en un campo de batalla, en tierra extranjera y lejos, muy lejos de su familia y de su patria. Sabed que vine a España con mi hermano, oficial de ingenieros de la división de Hill, el cual hermano mío pereció en la sangrienta batalla de Albuera. El dolor y la desesperación tuviéronme por algunos días enferma y en peligro de muerte; pero me reanimó la conciencia de los deberes que en aquel trance tenía que cumplir, y consagreme a buscar el cuerpo del pobre soldado para enviarle a Inglaterra, al panteón de nuestra familia. En poco tiempo cumplí esta triste misión, y hallándome sola traté de volver a mi país. Pero al mismo tiempo me cautivaban de tal modo la historia, las tradiciones, las costumbres, la literatura, las artes, las ruinas, la música popular, los bailes, los trajes de esta nación tan grande en otro tiempo y otra vez (p.1737) grandísima en la época presente, que formé el proyecto de quedarme aquí para estudiarlo todo, y previa licencia de mis padres, así lo he hecho. -Sabe Dios qué casta de pájaro serás tú -dije para mi capote; y luego en voz alta añadí sosteniendo fijamente la dulce mirada de sus ojos de cielo-: ¡Y los padres de usted consintieron, sin reparar en los continuos y graves peligros a que está expuesta una tierna doncella sola y sin amparo en país extranjero, en medio de un ejército! Señora, por amor de Dios.. -¡Ah! no conocéis sin duda que nosotras, las hijas de Inglaterra estamos protegidas por las leyes de tal manera y con tanto rigor, que ningún hombre se atreve a faltarnos al respeto. -Sí, así dicen que pasa en Inglaterra. Y parece que allá salen las señoritas solas a paseo y viajan solas o acompañadas de cualquier galancete. -Aunque fuera su novio, no importa. -¡Pero estamos en España, señora, en España! Usted no sabe bien en qué país se ha metido. -Pero sigo al ejército aliado y estoy al amparo de las leyes inglesas -dijo sonriendo-. Caballero, faltad al pudor si os parece, intentad galantearme de una manera menos decorosa que la que empleáis para amar a esa Dulcinea que fue causa de la muerte de Gray, y lord Wellington os mandará fusilar, si no os casáis conmigo. -Me casaría, señora. -Caballero, veo que quizás sin malicia principiáis a faltar al comedimiento. -Pues no me casaría.. Permítame usted que me retire. -Podéis hacerlo -me dijo levantándose penosamente para cerrar por dentro la puerta. -Os agradeceré que mañana hagáis traer mi maleta. Felizmente no la traía conmigo. Está en el convoy. -Se traerá la maleta. Buenas noches, señora.
Ep-10-IX - Fuera de la estancia sentí el ruido de los cerrojos que corría por dentro la hermosa inglesa y me retiré a mi aposento que era el rincón de un oscuro pasillo, donde Tribaldos me había arreglado un lecho con mantas y capotes. Tendime sobre aquellas durezas y en buena parte de la noche no pude conciliar el sueño; de tal modo se había encajado dentro de mi cerebro la extraña señora (p.1738) inglesa, con su caída, sus desmayos, su té y su acabada hermosura. Pero al fin, rendido por el gran cansancio, me dormí sosegadamente. Por la mañana, díjome la señora de Forfolleda que la señorita rubia estaba mejor, que había pedido agua y té y pan, ofreciendo dinero abundante por cualquier servicio que se le prestara. Como manifestase deseos de entrar a saludarla, añadió la Forfolleda que no era conveniente, por estar la señorita arreglándose y componiéndose, a pesar de las heridas leves de su brazo. Al salir a mis quehaceres, que fueron muchísimos y me ocuparon casi todo el día, encontré a sir Tomás Parr, a quien encargué lo de la maleta. Por la tarde, después del gran trabajo de aquel día que me hizo poner un tanto en olvido a la interesante dama, regresé a casa de Forfolleda, y vi a gran número de ingleses que entraban y salían, como diligentes amigos que iban a informarse de la salud de su compatriota. Entré a saludarla, y la pequeña estancia estaba llena de casacas rojas pertenecientes a otros tantos hombres rubios que hablaban con animación. La joven inglesa reía y bromeaba, y habíase puesto tan linda, sin cambiar de traje, que no parecía la misma persona demacrada, melancólica y nerviosa de la noche anterior. La contusión del brazo entorpecía algo sus graciosos movimientos. Después que nos saludamos y cambié con aquellos señores algunos fríos cumplidos, uno de ellos invitó a la señorita a dar un paseo; otro ponderó la hermosura de la apacible tarde, y no hubo quien no dijese una palabra para decidirla a dejar la triste alcoba. Ella, sin embargo, afirmó que no saldría hasta la siguiente mañana y con estos diálogos y otros en que la graciosa joven no hacía maldito caso de su libertador, vino la noche y con la noche luces dentro del cuarto y tras las luces un par de teteras que trajeron los criados de los ingleses. Entonces se alegraron todos los semblantes y empezó el trasiego con tanto ahínco que el que menos se echó dentro un río de licor de la China, sin que ni un momento cesase la charla. Trajeron después botellas de vino de (p.1739) Jerez, que en un santiamén dejaron como cuerpos sin alma, porque toda ella pasó a fortificar las de aquellos claros varones; mas ninguno perdió su gravedad. Brindamos a la salud de Inglaterra, de España, y a eso de las nueve nos retiramos todos, despidiéndonos la hermosa ninfa con afabilidad, pero sin que ni con frase, ni gesto, ni mirada me distinguiese de los demás. Me retiraba a mi escondite cuando sentí que la desconocida echaba el cerrojo. Aquella noche me mortificó como en la anterior un tenaz desvelo; mas ya estaba a punto de vencerlo cuando hízome saltar en el lecho el chirrido del cerrojo con que aseguraba su cuarto la consabida. Miré hacia la puerta, pues desde mi alcoba-rincón se distinguía esta muy bien, y vi a la inglesa que salía, encaminándose a una galería o solana situada al otro confín del pasillo y de la casa. Como había dejado abierta la puerta, la luz de su cuarto iluminaba la casa lo suficiente para ver cuanto pasaba en ella. Llegó la inglesa a la destartalada galería y abriendo una ventana que daba al campo se asomó. Como estaba vestido, fácil me fue levantarme en un momento y dirigirme hacia ella con paso quedo para no asustarla. Cuando estuve cerca, volvió la cara y con gran sorpresa mía, no se inmutó al verme. Antes bien con imperturbable tranquilidad, me dijo: -¿Andáis rondando por aquí?.. Hace en aquel cuarto un calor insoportable. -Lo mismo sucede en el mío, señora -dije-; cuando la he visto a usted pensaba salir al campo a respirar el aire fresco de la noche. -Eso mismo pensaba yo también.. La noche está hermosa.. ¿y pensabais salir?.. -Sí señora, pero si usted lo permite tendré el honor de acompañarla y juntos disfrutaremos de este suave ambiente, del grato aroma de esos pinares.. -No.. salid, bajad, iré yo también-, dijo con viva resolución y mucha naturalidad. Entrando rápidamente en su cuarto de donde sacara una capa de forma extraña y echándosela sobre los hombros, me suplicó que cuidadosamente la embozara por no tener ella aún agilidad en su brazo herido; y una (p.1740) vez que la envolví bien, salimos ambos, sin tomar ella mi brazo, y como dos amigos que van a paseo. Por todas partes se oía rumor de soldados, y la claridad de la luna permitía ver todos los objetos y conocer a las personas. Súbitamente y sin contestar a no sé qué vulgar frase pronunciada por mí, la inglesa me dijo: -Ya sé que sois noble, caballero. ¿A qué familia pertenecéis? ¿A los Pachecos, a los Vargas, a los Enríquez, a los Acuñas, a los Toledos o a los Dávilas? -A ninguna de esas, señora -le respondí ocultando con mi embozo la sonrisa que no pude contener- sino a los Aracelis de Andalucía, que descienden, como usted no ignora, del mismo Hércules. -¿De Hércules? No lo sabía ciertamente -repuso con naturalidad-. ¿Hace mucho que estáis en campaña? -Desde que empezó, señora. -Sois valiente y generoso, sin duda -dijo mirándome fijamente al rostro-. Bien se conoce en vuestro semblante que lleváis en las venas la sangre de aquellos insignes caballeros que han sido asombro y envidia de Europa por espacio de muchos siglos. -Señora, usted me favorece demasiado. -Decidme; ¿sabéis tirar las armas, domar un potro, derribar un toro, tañer la guitarra y componer versos? -No puedo negar que un poco entendido soy en alguna, sino en todas esas habilidades. Después de pequeña pausa y deteniendo el paso, me preguntó bruscamente: -¿Y estáis enamorado? Durante un rato no supe qué responder; tan extrañas me parecían aquellas palabras. -¿Cómo no, siendo español, siendo joven y militar? -contesté decidido a llevar la conversación a donde la fantasía de mi incógnita amiga quisiera llevarla. -Veo que os sorprende mi modo de hablaros -añadió ella-. Acostumbrado a no oír en boca de vuestras mojigatas compatriotas sino medias palabras, vulgaridades, y frases de hipocresía, os sorprende esta libertad con que me expreso, estas extrañas preguntas que os dirijo.. Quizás me juzguéis mal.. -Oh, no señora. -Pero mi honor no depende de vuestros pensamientos. Seríais un necio si creyerais que esto es (p.1741) otra cosa que una curiosidad de inglesa, casi diré de artista y de viajera. Las costumbres y los caracteres de este país son dignos de profundo estudio. -De modo que lo que quiere es estudiarme -dije entre dientes-. Resignémonos a ser libro de texto. -El hombre que ha dado muerte a lord Gray, que ha realizado esa gran obra de justicia, que ha sido brazo de Dios y vengador de la moral ultrajada, excita mi curiosidad de un modo pasmoso.. Me han hablado de vos con admiración y contádome algunos hechos vuestros dignos de gran estima.. Dispensad mi curiosidad, que escandalizaría a una española y que sin duda os escandaliza a vos.. Habiendo matado a Gray por celos, claro que estabais enamorado. »Y vuestra dama (esto de vuestra dama me hizo reír de nuevo), ¿habita en algún castillo de estas cercanías o en algún palacio de Andalucía? ¿Es noble como vos?.. Al oír esto comprendí que tenía que habérmelas con una imaginación exaltada y novelesca, y al punto apoderose de mí cierto espíritu de socarronería. No me inclinaba a burlarme de la inglesa, que a pesar de su sentimentalismo fuera de ocasión no era ridícula; pero mi carácter me inducía a seguir la broma, como si dijéramos, prestándome a los caprichos de aquella idealidad tan falsa como encantadora. Todos somos algo poetas, y es muy dulce embellecer la propia vida, y muy natural regocijarnos con este embellecimiento aun sabiendo que la transformación es obra nuestra. Así es que con cierta exaltación novelesca también, mas no con completa seriedad, contesté a la damisela: -Noble es, señora, y hermosísima y principal; pero ¿de qué me vale tener en ella un dechado de perfecciones, si un funesto destino la aleja constantemente de mí? ¿Qué pensará usted, señora, si le digo que hace tiempo cierto maligno encantador la tiene transfigurada en la persona de una vulgar comiquilla que recorre los pueblos formando parte de una compañía de histriones de la legua? Esto era, sin duda, demasiado fuerte. -Caballero -dijo la inglesa con estupor-; ¿pues qué, todavía (p.1742) hay encantamientos en España? -Encantamientos, precisamente no -dije tratando de abatir el vuelo-; pero hay artes del demonio, y si no artes del demonio, malicias y ardides de hombres perversos. -Veo que leéis libros de caballería. -Pues ¿quién duda que son los más hermosos entre todos los que se han escrito? Ellos suspenden el ánimo, despiertan la sensibilidad, avivan el valor, infunden entusiasmo por las grandes acciones, engrandecen la gloria y achican el peligro en todos los momentos de la vida. -¡Engrandecen la gloria y achican el peligro! -exclamó deteniéndose-. Si esto que habéis dicho es verdad, sois digno de haber nacido en otros tiempos.. pero no he entendido bien eso de que vuestra dama está transformada en una comiquilla.. -Así es, señora. Si pudiera contar a usted todo lo que ha precedido a esta transformación, no dudo que usted me compadecería. -¿Y dónde están la encantada y el encantador? Les doy estos nombres porque veo que creéis en encantamentos. -Están en Salamanca. -Como si estuvieran en el otro mundo. Salamanca está en poder de los franceses. -Pero la tomaremos. -Decís eso como si fuera lo más natural del mundo. -Y lo es. No se ría usted de mi petulancia; pero si todo el ejército aliado desapareciera y me quedase solo.. -Iríais solo a la conquista de la ciudad, queréis decir. -¡Ah, señora! -exclamé con énfasis-. Un hombre que ama no sabe lo que dice. Veo que es un desatino. -Un desatino relativo -repuso-. Pero ahora comprendo que os estáis burlando de mí. Os habéis enamorado de una cómica y queréis hacerla pasar por gran señora. -Cuando entremos en Salamanca podré convencer a usted de que no me burlo. -No dudo que haya cómicos en el país, ni menos cómicas guapas -dijo riendo-. Hace dos días pasó por delante de mí una compañía que me recordó el carro de las Cortes de la Muerte. Iban allí siete u ocho histriones, y, en efecto dijeron que iban a Salamanca. -Llevaban dos o tres carros. En uno de ellos iban dos mujeres, una de ellas hermosísima. Venían de Plasencia. -Me (p.1743) parece que sí. -Y en otro carro llevaban lienzos pintados. -Los habéis visto; pero no sabéis lo que yo sé. Cuando pasaron por delante de mí, sorprendiéndome por su extraño aspecto que me recordaba una de las más graciosas aventuras del Libro, un vecino de Puerto de Baños me dijo: «Esos no son cómicos sino pícaros masones que se disfrazan así para pasar por entre los españoles, que les descuartizarían si les conocieran». -No me dice usted nada que yo no sepa -contesté-. Señora, ¿ha oído usted decir a lord Wellington cuándo lanzará nuestros regimientos sobre Salamanca? -Impaciente estáis.. Quiero saber otra cosa. ¿Amáis a vuestra Dulcinea de una manera ideal y sublime, embelleciéndola con vuestro pensamiento aún más de lo que ella es en sí, atribuyéndole cuantas perfecciones pueden idearse y consagrándole todos los dulces transportes de un corazón siempre inflamado? -Así, así mismo, señora -dije con entusiasmo que no era enteramente falso, y deseando ver a dónde iba a parar aquella misteriosa mujer, cuyo carácter comenzaba a penetrar-. Parece que lee usted en mi alma como en un libro. Después que oyó esto, permaneció largo rato en silencio, y luego reanudó el diálogo con una brusca variación de ideas, que era la tercera en aquel extraño coloquio. -Caballero, ¿tenéis madre? -me dijo. -No señora. -¿Ni hermanas? -Tampoco. Ni madre, ni padre, ni hermanos, ni pariente alguno. -Veo que está muy malparado el linaje de Hércules. De modo que estáis solo en el mundo -añadió con acento compasivo-. ¡Desgraciado caballero! ¿Y esa gran señora, cómica, o mujer masónica, os ama? -Creo que sí. -¿Habéis hecho por ella sacrificios, arrostrado peligros y vencido obstáculos? -Muchísimos; pero son nada en comparación con lo que aún me resta por hacer. -¿Qué? -Una acción peligrosa, una locura; el último grado del atrevimiento. Espero morir o lograr mi objeto. -¿Tenéis miedo a los peligros que os aguardan? -Jamás lo he conocido -respondí con una fatuidad, cuyo recuerdo me ha hecho reír muchas veces. - (p.1744) Estad tranquilo, pues los aliados entrarán en Salamanca, y entonces fácilmente.. -Cuando entren los aliados, mi enemigo y su víctima habrán huido corriendo hacia Francia. Él no es tonto.. Es preciso ir a Salamanca antes.. -¡Antes de tomarla! -exclamó con asombro. -¿Por qué no? -Caballero -dijo súbitamente deteniendo el paso-. Veo que os estáis burlando de mí. -¡Yo, señora! -contesté algo turbado. -Sí; me ponéis ante los ojos una aventura caballeresca, que es pura invención y fábula; os pintáis a vos mismo como un carácter superior, como un alma de esas que se engrandecen con los peligros, y habéis adornado la ficción con hermosas figuras de Dulcinea y encantadores, que no existen sino en vuestra imaginación. -Señora mía, usted.. -Tened la bondad de acompañarme a mi alojamiento. El olor de esos pinares me marea. -Como usted guste. Confieso ¿por qué no confesarlo? que me quedé algo corrido. La elegante inglesa no me dijo una palabra más en todo el camino, y cuando subimos a casa de Forfolleda y la conduje a su cuarto, que ya empezaba a figurárseme regio camarín tapizado de rasos y organdíes, metiose en su tugurio como un hada en su cueva, y dándome desabridamente las buenas noches, corrió los cerrojos de oro.. o de hierro, y me quedé solo.
Ep-10-X - Acomodándome en mi lecho, hablé conmigo de esta manera: -¿La tal inglesa será una de esas mujeres de equívoca honradez que suelen seguir a los ejércitos? Las hay de diferentes especies; pero en realidad, jamás vi en pos de los soldados de la patria ninguna tan hermosa ni de porte tan noble y aristocrático. He oído que tras el ejército francés van pájaros de diverso plumaje. ¡Bah!.. ¿pues no dicen que Massena ha tenido tan mala suerte en Portugal por la corrupción de sus oficiales y soldados, y aun por sus propios descuidos con ciertas amazonas muy emperifolladas que andaban en los campamentos tan a sus anchas como en París?.. Después dando otra dirección a mis ideas, dije a punto que empezaba a (p.1745) embargarme el dulce entorpecimiento que precede al sueño: -Tal vez me equivoque. Después de haber conocido a lord Gray, no debo poner en duda que las extravagancias y rarezas de la gente inglesa carecen de límite conocido. Tal vez mi compañera de alojamiento sea tan cabal que la misma virginidad parezca a su lado una moza de partido, y yo estoy injuriándola. Mañana preguntaré a los oficiales ingleses que conozco.. Como no sea una de esas naturalezas impresionables y acaloradas que nacen al acaso en el Norte, y que buscan como las golondrinas los climas templados, bajan llenas de ansiedad al Mediodía, pidiendo luz, sol, pasiones, poesía, alimento del corazón y de la fantasía, que no siempre encuentran o encuentran a medias; y van con febril deseo tras de la originalidad, tras las costumbres raras y adoran los caracteres apasionados aunque sean casi salvajes, la vida aventurera, la galantería caballeresca, las ruinas, las leyendas, la música popular y hasta las groserías de la plebe siempre que sean graciosas. Diciendo o pensando así y enlazando con éstos otros pensamientos que más hondamente me preocupaban, caí en profundísimo sueño reparador. Levanteme muy temprano a la mañana siguiente, y sin acordarme para nada de la hermosa inglesa, cual si la noche limpiara todas las telas de araña fabricadas y tendidas el día anterior dentro de mi cerebro, salí de mi alojamiento. -Marchamos hacia San Muñoz -me dijo Figueroa, oficial portugués amigo mío que servía con el general Picton. -¿Y el lord? -Va a partir no sé a dónde. La división de Graham está sobre Tamames. Nosotros vamos a formar el ala izquierda de la división de D. Carlos España y la partida de D. Julián Sánchez. Cuando nos dirigíamos juntos al alojamiento del general, pedile informes de la dama inglesa cuya figura y extraños modos he dado a conocer, y me contestó: -Es miss Fly, o lo que es lo mismo, miss Mosquita, Mariposa, Pajarita o cosa así. Su nombre es Athenais. Tiene por padre a lord Fly, uno de los señores más principales de la Gran (p.1746) Bretaña. Nos ha seguido desde la Albuera, pintando iglesias, castillos y ruinas en cierto librote que trae consigo, y escribiendo todo lo que pasa. El lord y los demás generales ingleses la consideran mucho, y si quieres saber lo que es bueno, atrévete a faltar al respeto a la señorita Fly, que en inglés se dice Flai, pues ya sabes que en esa lengua se escriben las palabras de una manera y se pronuncian de otra, lo cual es un encanto para el que quiere aprenderla. Acto continuo referí a mi amigo las escenas de la noche anterior y el paseo que en la soledad de la noche dimos miss Fly y yo por aquellos contornos, lo que oído por Figueroa, causó a este muchísima sorpresa. -Es la primera vez -dijo- que la rubita tiene tales familiaridades con un oficial español o portugués, pues hasta ahora a todos les miró con altanería.. -Yo la tuve por persona de costumbres un tanto libres. -Así parece, porque anda sola, monta a caballo, entra y sale por medio del ejército, habla con todos, visita las posiciones de vanguardia antes de una batalla y los hospitales de sangre después.. A veces se aleja del ejército para recorrer sola los pueblos inmediatos, mayormente si hay en estos abadías, catedrales o castillos, y en sus ratos de ocio no hace más que leer romances. Hablando de este y de otros asuntos, empleamos la mañana, y cerca del medio día fuimos al alojamiento de Carlos España, el cual no estaba allí. -España -nos dijo el guerrillero Sánchez- está en el alojamiento del cuartel general. -¿No marcha lord Wellington? -Parece que se queda aquí, y nosotros salimos para San Muñoz dentro de una hora. -Vamos al alojamiento del duque -dijo Figueroa-; allí sabremos noticias ciertas. Estaba lord Wellington en la casa-ayuntamiento, la única capaz y decorosa para tan insigne persona. Llenaban la plazoleta, el soportal, el vestíbulo y la escalera multitud de oficiales de todas las graduaciones, españoles, ingleses y lusitanos que entraban, y salían, formaban corrillos, disputando y bromeando unos con otros en amistosa intimidad cual si todos perteneciesen a una (p.1747) misma familia. Subimos Figueroa y yo, y después de aguardar más de una hora y media en la antesala, salió España y nos dijo: -El general en jefe pregunta si hay un oficial español que se atreva a entrar disfrazado en Salamanca para examinar los fuertes y las obras provisionales que ha hecho el enemigo en la muralla, ver la artillería y enterarse de si es grande o pequeña la guarnición, y abundantes o escasas las provisiones. -Yo voy -repuse resueltamente sin aguardar a que el general concluyese. -Tú -dijo España con la desdeñosa familiaridad que usaba hablando con sus oficiales-, ¿tú te atreves a emprender viaje tan arriesgado? Ten presente que es preciso ir y volver. -Lo supongo. -Es necesario atravesar las líneas enemigas, pues los franceses ocupan todas las aldeas del lado acá del Tormes. -Se entra por donde se puede, mi general. -Luego has de atravesar la muralla, los fuertes, has de penetrar en la ciudad, visitar los acantonamientos, sacar planos.. -Todo eso es para mí un juego, mi general. Entrar, salir, ver.. una diversión. Hágame vuecencia la merced de presentarme al señor duque, diciéndole que estoy a sus órdenes para lo que desea. -Tú eres un atolondrado y no sirves para el caso -repuso D. Carlos-. Buscaremos otro. No sabes una palabra de geometría ni de fortificación. -Eso lo veremos -contesté sofocado. -Y es preciso, es preciso ir -añadió mi jefe-. Aún no ha formado el lord su plan de batalla. No sabe si asaltará a Salamanca o la bloqueará; no sabe si pasará el Tormes para perseguir a Marmont, dejando atrás a Salamanca o si.. ¿Dices que te atreves tú?.. -¿Pues no he de atreverme? Me vestiré de charro, entraré en Salamanca vendiendo hortalizas o carbón. Veré los fuertes, la guarnición, las vituallas; sacaré un croquis y me volveré al campamento.. Mi general -añadí con calor-, o me presenta vuecencia al duque, o me presento yo solo. -Vamos, vamos al momento -dijo España entrando conmigo en la sala.
Ep-10-XI - Junto a una gran mesa colocada en el centro estaba el duque de (p.1748) Ciudad-Rodrigo con otros tres generales examinando una carta del país, y tan profundamente atendían a las rayas, puntos y letras con que el geógrafo designara los accidentes del terreno, que no alzaron la cabeza para mirarnos. Hízome seña don Carlos España de que debíamos esperar, y en tanto dirigí la vista a distintos puntos de la sala para examinar, siguiendo mi costumbre, el sitio en que me encontraba. Otros oficiales hablaban en voz baja retirados del centro, y entre ellos ¡oh sorpresa! vi a miss Fly, que sostenía conversación animada con un coronel de artillería llamado Simpson. Por fin, lord Wellington levantó los ojos del mapa y nos miró. Hice una amabilísima reverencia: entonces el inglés me miró más, observándome de pies a cabeza. También yo le observé a él a mis anchas, gozoso de tener ante mi vista a una persona tan amada entonces por todos los españoles, y que tanta admiración me inspiraba a mí. Era Wellesley bastante alto, de cabellos rubios y rostro encendido, aunque no por las causas a que el vulgo atribuye las inflamaciones epidérmicas de la gente inglesa. Ya se sabe que es proverbial en Inglaterra la afirmación de que el único grande hombre que no ha perdido jamás su dignidad después de los postres, es el vencedor de Tipoo Sayd y de Bonaparte. Representaba Wellington cuarenta y cinco años, y esta era su edad, la misma exactamente que Napoleón, pues ambos nacieron en 1769, el uno en Mayo y el otro en Agosto. El sol de la India y el de España habían alterado la blancura de su color sajón. Era la nariz, como antes he dicho, larga y un poco bermellonada; la frente, resguardada de los rayos del sol por el sombrero, conservaba su blancura y era hermosa y serena como la de una estatua griega, revelando un pensamiento sin agitación y sin fiebre, una imaginación encadenada y gran facultad de ponderación y cálculo. Adornaba su cabeza un mechón de pelo o tupé que no usaban ciertamente las estatuas griegas; pero que no caía mal, sirviendo de vértice a una mollera inglesa. Los grandes ojos (p.1749) azules del general miraban con frialdad, posándose vagamente sobre el objeto observado, y observaban sin aparente interés. Era la voz sonora, acompasada, medida, sin cambiar de tono, sin exacerbaciones ni acentos duros, y el conjunto de su modo de expresarse, reunidos el gesto, la voz y los ojos, producía grata impresión de respeto y cariño. Su excelencia me miró, como he dicho, y entonces D. Carlos España, dijo: -Mi general, este joven desea desempeñar la comisión de que vuecencia me ha hablado hace poco. Yo respondo de su valor y de su lealtad; pero he intentado disuadirle de su empeño, porque no posee conocimientos facultativos. Aquello me avergonzó, mayormente porque estaba delante de miss Fly, y porque, en efecto, yo no había estado en ninguna academia. -Para esta comisión -dijo Wellington en castellano bastante correcto-, se necesitan ciertos conocimientos.. Y fijó los ojos en el mapa. Yo miré a España y España me miró a mí. Pero la vergüenza no me impidió tomar una resolución, y sin encomendarme a Dios ni al diablo, dije: -Mi general. Es cierto que no he estado en ninguna academia; pero una larga práctica de la guerra en batallas y sobre todo en sitios, me ha dado tal vez los conocimientos que vuecencia exige para esta comisión. Sé levantar un plano. El duque de Ciudad-Rodrigo alzando de nuevo los ojos, habló así: -En mi cuartel general hay multitud de oficiales facultativos; pero ningún inglés podría entrar en Salamanca, porque sería al instante descubierto por su rostro y por su lenguaje. Es preciso que vaya un español. -Mi general -dijo con fatuidad España-, en mi división no faltan oficiales facultativos. He traído a este porque se empeñó en hacer alarde de su arrojo delante de vuecencia. Miré con indignación a D. Carlos, y luego exclamé con la mayor vehemencia: -Mi general, aunque en esta empresa existan todos los peligros, todas las dificultades imaginables, yo entraré en Salamanca y volveré con las noticias que vuecencia desea. Tranquila y sosegadamente lord Wellington me preguntó: -Señor (p.1750) oficial, ¿dónde empezó usted su vida militar? -En Trafalgar -contesté. Cuando esta histórica y grandiosa palabra resonó en la sala en medio del general silencio, todas las cabezas de las personas allí presentes se movieron como si perteneciesen a un solo cuerpo, y todos los ojos fijáronse en mí con vivísimo interés. -¿Entonces ha sido usted marino? -interrogó el duque. -Asistí al combate teniendo catorce años de edad. Yo era amigo de un oficial que iba en el Trinidad. La pérdida de la tripulación me obligó a tomar parte en la batalla. -¿Y cuándo empezó usted a servir en la campaña contra los franceses? -El 2 de Mayo de 1808, mi general. Los franceses me fusilaron en la Moncloa. Salveme milagrosamente; pero en mi cuerpo han quedado escritos los horrores de aquel día. -¿Y desde entonces se alistó usted? -Alisteme en los regimientos de voluntarios de Andalucía, y estuve en la batalla de Bailén. -¡También en la batalla de Bailén! -dijo Wellington con asombro. -Sí, mi general, el 19 de Julio de 1808. ¿Quiere vuecencia ver mi hoja de servicios, que comienza en dicha fecha? -No, me basta -repuso Wellington-. ¿Y después? -Volví a Madrid, y tomé parte en la jornada del 3 de Diciembre. Caí prisionero y me quisieron llevar a Francia. -¿Le llevaron a usted a Francia? -No, mi general, porque me escapé en Lerma, y fui a parar a Zaragoza en tan buena ocasión, que alcancé el segundo sitio de aquella inmortal ciudad. -¿Todo el sitio? -dijo Wellington con creciente interés hacia mi persona. -Todo, desde el 19 de Diciembre hasta el 12 de Febrero de 1809. Puedo dar a vuecencia noticia circunstanciada de todas las peripecias de aquel grande hecho de armas, gloria y orgullo de cuantos nos encontramos en él. -¿Y a qué ejército pasó usted luego? -Al del Centro, y serví bastante tiempo a las órdenes del duque del Parque. Estuve en la batalla de Tamames y en Extremadura. -¿No se encontró usted en un nuevo asedio? -En el de Cádiz, mi general. Defendí durante tres días el castillo de San Lorenzo de Puntales. -¿Y (p.1751) luego formó usted parte de la expedición del general Blake a Valencia? -Sí, mi general; pero me destinaron al segundo cuerpo que mandaba O'Donnell, y durante cuatro meses serví a las órdenes del Empecinado en esa singular guerra de partidas en que tanto se aprende. -¿También ha sido usted guerrillero? -dijo Wellington sonriendo-. Veo que ha ganado usted bien sus grados. Irá usted a Salamanca, si así lo desea. -Señor, lo deseo ardientemente. Todos los presentes seguían observándome, y miss Fly con más atención que ninguno. -Bien -añadió el héroe de Talavera, fijando alternativamente la vista en mí y en el mapa-. Tiene usted que hacer lo siguiente: Se dirigirá usted hoy mismo disfrazado a Salamanca, dando un rodeo para entrar por Cabrerizos. Forzosamente ha de pasar usted por entre las tropas de Marmont que vigilan los caminos de Ledesma y Toro. Hay muchas probabilidades de que sea usted arcabuceado por espía; pero Dios protege a los valientes, y quizás.. quizás logre usted penetrar en la plaza. Una vez dentro sacará usted un croquis de las fortificaciones, examinando con la mayor atención los conventos que han sido convertidos en fuertes, los edificios que han sido demolidos, la artillería que defiende los aproches de la ciudad, el estado de la muralla, las obras de tierra y fajina, todo absolutamente, sin olvidar las provisiones que tiene el enemigo en los almacenes. -Mi general -repuse- comprendo bien lo que se desea, y espero contentar a vuecencia. ¿Cuándo debo partir? -Ahora mismo. Estamos a doce leguas de Salamanca. Con la marcha que emprenderemos hoy, espero que pernoctemos en Castroverde, cerca ya de Valmuza. Pero adelántese usted a caballo y pasado mañana martes podrá entrar en la ciudad. En todo el martes ha de desempeñar por completo esta comisión, saliendo el miércoles por la mañana para venir al cuartel general, que en dicho día estará seguramente en Bernuy. En Bernuy, pues, le aguardo a usted el miércoles a las doce en punto de la mañana. No acostumbro esperar. -Corriente (p.1752) mi general. El miércoles a las doce estaré en Bernuy de vuelta de mi expedición. -Tome usted precauciones. Diríjase usted a la calzada de Ledesma, pero cuidando de marchar siempre fuera del arrecife. Disfrácese usted bien, pues los franceses dejan entrar a los aldeanos que llevan víveres a la plaza; y al levantar el croquis evite en lo posible las miradas de la gente. Lleve usted armas, ocultándolas bien: no provoque a los enemigos; fínjase amigo de ellos, en una palabra, ponga usted en juego su ingenio, su valor, y todo el conocimiento de los hombres y de la guerra que ha adquirido en tantos años de activa vida militar. El Mayor general del ejército entregará a usted la suma que necesite para la expedición. -Mi general -dije- ¿tiene vuecencia algo más que mandarme? -Nada más -repuso sonriendo con benevolencia- sino que adoro la puntualidad y considero como origen del éxito en la guerra la exacta apreciación y distribución del tiempo. -Eso quiere decir que si no estoy de vuelta el miércoles a las doce, desagradaré a vuecencia. -Y mucho. En el tiempo marcado puede hacerse lo que encargo. Dos horas para sacar el croquis, dos para visitar los fuertes, ofreciendo en venta a los soldados algún artículo que necesiten, cuatro para recorrer toda la población y sacar nota de los edificios demolidos, dos para vencer obstáculos imprevistos, media para descansar. Son diez horas y media del martes por el día. La primera mitad de la noche para estudiar el espíritu de la ciudad, lo que piensan de esta campaña la guarnición y el vecindario, una hora para dormir y lo restante para salir y ponerse fuera del alcance y de la vista del enemigo. No deteniéndose en ninguna parte puede usted presentárseme en Bernuy a la hora convenida. -A la orden de mi general -dije disponiéndome a salir. Lord Wellington, el hombre más grande de la Gran Bretaña, el rival de Bonaparte, la esperanza de Europa, el vencedor de Talavera, de la Albuera, de Arroyo Molinos y de Ciudad-Rodrigo, levantose de su asiento, y con una grave cortesanía y cordialidad, que (p.1753) inundó mi alma de orgullo y alegría, diome la mano, que estreché con gratitud entre las mías. Salí a disponer mi viaje.
Ep-10-XII - Hallábame una hora después en una casa de labradores ajustando el precio del vestido que había de ponerme, cuando sentí en el hombro un golpecito producido al parecer por un látigo que movían manos delicadas. Volvime y miss Fly, pues no era otra la que me azotaba, dijo: -Caballero, hace una hora que os busco. -Señora, los preparativos de mi viaje me han impedido ir a ponerme a las órdenes de usted. Miss Fly no oyó mis últimas palabras, porque toda su atención estaba fija en una aldeana que teníamos delante, la cual, por su parte, amamantando un tierno chiquillo, no quitaba los ojos de la inglesa. -Señora -dijo esta- ¿me podréis proporcionar un vestido como el que tenéis puesto? La aldeana no entendía el castellano corrompido de la inglesa, y mirábala absorta sin contestarle. -Señorita Fly -dije- ¿va usted a vestirse de aldeana? -Sí -me respondió sonriendo con malicia-. Quiero ir con vos. -¡Conmigo! -exclamé con la mayor sorpresa. -Con vos, sí; quiero ir disfrazada con vos a Salamanca -añadió tranquilamente, sacando de su bolsillo algunas monedas para que la aldeana la entendiese mejor. -Señora, no puedo creer sino que usted se ha vuelto loca -dije-. ¿Ir conmigo a Salamanca, ir conmigo en esta expedición arriesgada y de la cual ignoro si saldré con vida? -¿Y qué? ¿No puedo ir porque hay peligro? Caballero, ¿en qué os fundáis para creer que yo conozco el miedo? -Es imposible, señora, es imposible que usted me acompañe -afirmé con resolución. -Ciertamente no os creía grosero. Sois de los que rechazan todo aquello que sale de los límites ordinarios de la vida. ¿No comprendéis que una mujer tenga arrojo suficiente para afrontar el peligro, para prestar servicios difíciles a una causa santa? -Al contrario, señora, comprendo que una mujer como usted es capaz de eminentes acciones, y en este momento miss Fly me inspira la más sincera admiración; pero la comisión que llevo a (p.1754) Salamanca es muy delicada, exige que nadie vaya al lado mío, y menos una señora que no puede disfrazarse, ocultando su lengua extranjera y noble porte. -¿Que no puedo disfrazarme? -Bueno, señora -dije sin poder contener la risa-. Principie usted por dejar su guardapiés de amazona, y póngase el manteo, es decir, una larga pieza de tela que se arrolla en el cuerpo, como la faja que ponen a los niños. Miss Fly miraba con estupor el extraño y pintoresco vestido de la aldeana. -Luego -añadí- desciña usted esas hermosas trenzas de oro, construyéndose en lo alto un moño del cual penderán cintas, y en las sienes dos rizos de rueda de carro con horquillas de plata. Cíñase usted después la jubona de terciopelo, y cubra en seguida sus hermosos hombros con la prenda más graciosa y difícil de llevar, cual es el dengue o rebociño. Athenais se ponía de mal humor, y contemplaba las singulares prendas que la charra iba sacando de un arcón. -Y después de calzarse los zapatitos sobre media de seda calada, y ceñirse el picote negro bordado de lentejuelas, ponga usted la última piedra a tan bello edificio, con la mantilla de rocador prendida en los hombros. La señorita Mariposa me miró con indignación comprendiendo la imposibilidad de disfrazarse de aldeana. -Bien -afirmó mirándome con desdén-. Iré sin disfrazarme. En realidad no lo necesito, porque conozco al coronel Desmarets, que me dejará entrar. Le salvé la vida en la Albuera.. Y no creáis, mi conocimiento con el coronel Desmarets puede seros útil.. -Señora -le dije, poniéndome serio-, el honor que recibo y el placer que experimento al verme acompañado por usted son tan grandes, que no sé cómo expresarlos. Pero no voy a una fiesta, señora, voy al peligro. Además, si este no asusta a una persona como usted ¿nada significa el menoscabo que pueda recibir la opinión de una dama ilustre que viaja con hombre desconocido por vericuetos y andurriales? -Menguada idea tenéis del honor, caballero -declaró con nobleza y altanería-. O vuestros hechos son mentira, o vuestros (p.1755) pensamientos están muy por bajo de ellos. Por Dios, no os arrastréis al nivel de la muchedumbre, porque conseguiréis que os aborrezca. Iré con vos a Salamanca.
Ep-10-XIII - Y tomando el partido de no contestar a mis razonables observaciones, se dirigió al cuartel general, mientras yo tomaba el camino de mi alojamiento para trocarme de oficial del ejército en el más rústico charro que ha parecido en campos salmantinos. Con mi calzón estrecho de paño pardo, mis medias negras y zapatos de vaca; con mi chaleco cuadrado, mi jubón de aldetas en la cintura y cuchillada en la sangría, y el sombrero de alas anchas y cintas colgantes que encajé en mi cabeza, estaba que ni pintado. Completaron mi equipo por el momento una cartera que cosí dentro del jubón con lo necesario para trazar algunas líneas, y el alma de la expedición, o sea el dinero que puse en la bolsa interna del cinto. -Ya está mi Sr. Araceli en campaña -me dije-. El miércoles a las doce de vuelta en Bernuy.. ¡En buena me he metido!.. Si la inglesa da en el hito de acompañarme, soy hombre perdido.. Pero me opondré con toda energía, y como no entre en razón, denunciaré al general en jefe el capricho de su audaz paisana para que acorte los vuelos de esta sílfide andariega y voluntariosa. No era tanta mi inmodestia que supusiese a Athenais movida exclusivamente de un antojo y afición a mi persona; pero aún creyéndome indigno de la solícita persecución de la hermosa dama, resolví poner en práctica un medio eficaz para librarme de aquel enojoso, aunque adorable y tentador estorbo, y fue que bonitamente y sin decir nada a nadie, como D. Quijote en su primera salida, eché a correr fuera de Santi Spíritus y delante de la vanguardia del ejército, que en aquel momento comenzaba a salir para San Muñoz. Pero juzgad, ¡oh señores míos! ¡cuál sería mi sorpresa cuando a poco de haber salido espoleando mi cabalgadura, que en el andar allá se iba con Rocinante, sentí detrás un chirrido de ásperas ruedas y un galope de rocín y un crujir de látigo y unas voces extrañas de las (p.1756) que en todos los idiomas se emplean para animar a un bruto perezoso! ¡Juzgad de mi sorpresa cuando me volví y vi a la misma miss Fly dentro de un cochecillo indescriptible, no menos destartalado y viejo que aquel de la célebre catástrofe, guiando ella misma y acompañada de un rapazuelo de Santi Spíritus! Al llegar junto a mí, la inglesa profería exclamaciones de triunfo. Su rostro estaba enardecido y risueño, como el de quien ha ganado un premio en la carrera, sus ojos despedían la viva luz de un gozo sin límites; algunas mechas de sus cabellos de oro flotaban al viento, dándole el fantástico aspecto de no sé qué deidad voladora de esas que corren por los frisos de la arquitectura clásica, y su mano agitaba el látigo con tanta gallardía como un centauro su dardo mortífero. Si me fuera lícito emplear las palabras que no entiendo bien aplicadas a la figura humana, pero que son de uso común en las descripciones, diría que estaba radiante. -Os he alcanzado -dijo con acento verdaderamente triunfal-. Si mistress Mitchell no me hubiera prestado su carricoche, habría venido sobre una cureña, señor Araceli. Y como nuevamente le expusiera yo los inconvenientes de su determinación, me dijo: -¡Qué placer tan grande experimento! Esta es la vida para mí; libertad, independencia, iniciativa, arrojo. Iremos a Salamanca.. Sospecho que allí tendréis que hacer además de la comisión de lord Wellington.. Pero no me importan vuestros asuntos. Caballero, sabed que os desprecio. -¿Y qué he hecho para merecerlo? -dije poniendo mi cabalgadura al paso del caballo de tiro y aflojando la marcha, lo cual ambas bestias agradecieron mucho. -¿Qué? Llamar locura a este designio mío. No tienen otra palabra para expresar nuestra inclinación a las impresiones desconocidas, a los grandes objetos que entrevé el alma sin poderlos precisar, a las caprichosas formas con que nos seduce el acaso, a las dulces emociones producidas por el peligro previsto y el éxito deseado. -Comprendo toda la grandeza del varonil espíritu de usted; pero ¿qué puede encontrar en (p.1757) Salamanca digno del empleo de tan insignes facultades? Voy como espía, y el espionaje no tiene nada de sublime. -¿Querréis hacerme creer -dijo con malicia- que vais a Salamanca a la comisión de lord Wellington? -Seguramente. -Un servicio a la patria no se solicita con tanto afán. Recordad lo que me dijisteis acerca de la persona a quien amáis, la cual está presa, encantada o endemoniada (así lo habéis dicho) en la ciudad adonde vamos. Una risa franca vino a mis labios, mas la contuve diciendo: -Es verdad; pero quizás no tenga tiempo para ocuparme de mis propios asuntos. -Al contrario -dijo con gracia suma-. No os ocuparéis de otra cosa. ¿Se podrá saber, caballero Araceli, quién es cierta condesa que os escribe desde Madrid? -¿Cómo sabe usted..? -pregunté con asombro. -Porque poco antes de salir yo de casa de Forfolleda, llegó un oficial con una carta que había recibido para vos. La miré por fuera, y vi unas armas con corona. Vuestro asistente dijo: «Ya tenemos otra cartita de mi señora la condesa». -¡Y yo salí sin recoger esa carta! -exclamé contrariado-. Vuelvo al instante a Santi Spíritus. Pero miss Fly me detuvo con un gesto encantador, diciendo con gracejo sin igual: -No seáis impetuoso, joven soldado; tomad la carta. Y me la dio, y al punto la abrí y la leí. En ella me decía simplemente, a más de algunas cosas dulces y lisonjeras, que por Marchena acababa de saber que nuestro enemigo se disponía a salir de Plasencia para Salamanca. -Parece que os dan alguna noticia importante, según lo mucho que reflexionáis sobre ella -me dijo Athenais. -No me dice nada que yo no sepa. La infeliz madre, agobiada por el dolor y la impaciencia, me apremia sin cesar para que le devuelva el bien que le han quitado. -Esa carta es de la mamá de la encantada -dijo la señorita Mariposa con incredulidad-. Forjáis historias muy lindas, caballero pero que no engañarán a personas discretas como yo. Recorrí la carta con la vista, y seguro de que no contenía cosa alguna que a los extraños debiera ocultarse, pues la misma condesa (p.1758) había hecho público el secreto de su desgraciada maternidad, la di a miss Fly para que la leyese. Ella, con intensa curiosidad, la leyó en un momento, y repetidas veces alzó los ojos del papel para clavarlos en mí, acompañando su mirada de expresivas exclamaciones y preguntas. -Yo conozco esta firma -dijo primero-. La condesa de . La vi y la traté en el Puerto de Santa María. -En Enero del año 10, señora. -Justamente.. Y dice que sois su ángel tutelar, que espera de vos su felicidad.. que os deberá la vida.. que cambiaría todos los timbres de su casa por vuestro valor, por la nobleza de vuestro corazón y la rectitud de vuestros altos sentimientos. -¿Eso dice?.. pasé la vista sin fijarme más que en lo esencial. -Y también que tiene completa confianza en vos, porque os cree capaz de salir bien en la gran empresa que traéis entre manos.. Que Inés (¿con que se llama Inés?), a pesar de lo mucho que vale por su hermosura y por sus prendas, le parece poco galardón para vuestra constancia.. Miss Fly me devolvió la carta. Estaba inflamada por una dulce confusión, casi diré arrebatador entusiasmo, y su brillante fantasía, despertándose de súbito con briosa fuerza, agrandaba sin duda hasta límites fabulosos la aventura que delante tenía. -¡Caballero! -exclamó sin ocultar el expansivo y grandioso arrobamiento de su alma poética- esto es hermosísimo, tan hermoso que no parece real. Lo que yo sospechaba y ahora se me revela por completo tiene tanta belleza como las mentiras de las novelas y romances. De modo que vos al ir a Salamanca vais a intentar.. -Lo imposible. -Decid mejor dos imposibles -afirmó Athenais con exaltado acento- porque la comisión de Wellington.. ¡Qué sublime paso, qué incomparable atrevimiento, señor Araceli! El coronel Simpson decía hace poco que hay noventa y nueve probabilidades contra una de que seréis fusilado. -Dios me protegerá, señora. -Seguramente. Si no hubieran existido en el mundo hombres como vos, no habría historia o sería muy fastidiosa. Dios os protegerá. Hacéis muy bien.. (p.1759) apruebo vuestra conducta. Os ayudaré. -¿Pero todavía insiste usted? -¡Extraño suceso! -dijo sin hacer caso de mi pregunta- ¡y cómo me seduce y cautiva! En España, sólo en España podría encontrarse esto que enciende el corazón, despierta la fantasía y da a la vida el aliciente de vivas pasiones que necesita. Una joven robada, un caballero leal que, despreciando toda clase de peligros, va en su busca y penetra con ánimo fuerte en una plaza enemiga, y aspira sólo con el valor de su corazón y los ardides de su ingenio a arrancar el objeto amado de las bárbaras manos que la aprisionan.. ¡Oh, qué aventura tan hermosa! ¡Qué romance tan lindo! -¿Gustan a usted, señora, las aventuras y los romances? -¿Que si me gustan? ¡Me encantan, me enamoran, me cautivan más que ninguna lectura de cuantas han inventado los ingenios de la tierra! -repuso con entusiasmo-. ¡Los romances! ¿Hay nada más hermoso, ni que con elocuencia más dulce y majestuosa hable a nuestra alma? Los he leído y los conozco todos, los moriscos, los históricos, los caballerescos, los amorosos, los devotos, los vulgares, los de cautivos y forzados y los satíricos. Los leo con pasión, he traducido muchos al inglés en verso o prosa. -¡Oh señora mía e insigne maestra! -dije, afirmando para mí que la enfermedad moral de miss Fly era una monomanía literaria-. ¡Cuánto deben a usted las letras españolas! -Los leo con pasión -añadió sin hacerme caso- pero ¡ay! los busco ansiosamente en la vida real y no puedo, no puedo encontrarlos. -Justo, porque esos tiempos pasaron, y ya no hay Lindarajas, ni Tarfes, ni Bravoneles, ni Melisendras -afirmé, reconociendo que me había equivocado en mi juicio anterior respecto a la enfermedad de la Pajarita-. ¿Pero de veras se ha empeñado usted en encontrar en la vida real los romances? por ejemplo, aquellas moritas vestidas de verde que se asomaban a las rejas de plata para despedir a sus galanes cuando iban a la guerra, aquellos mancebos que salían al redondel con listón amarillo o morado, aquellos barbudos reyes de Jaén o (p.1760) Antequera que.. -Caballero -dijo con gravedad interrumpiéndome- ¿habéis leído los romances de Bernardo del Carpio? -Señora -respondí turbado- confieso mi ignorancia. No los conozco. Me parece que los he oído pregonar a los ciegos; pero nunca los compré. He descuidado mucho mi instrucción, miss Fly. -Pues yo los sé todos de memoria, desde En los reinos de León el quinto Alfonso reinaba; hermosa hermana tenía, doña Jimena se llama, hasta la muerte del héroe, donde hay aquello de Al pie de un túmulo negro está Bernardo del Carpio. ¡Incomparable poesía! Después de la Ilíada no se ha compuesto nada mejor. Pues bien. ¿No conocéis ni siquiera de oídas el romance en que Bernardo liberta de los moros a su amada Estela, y al Carpio que tenían cercado? -Eso ha de ser bonito. -Parece que resucitan los tiempos -dijo miss Fly con cierta vaguedad inexplicable, al modo de expresión profética en el semblante- parece que salen de su sepultura los hombres, revistiendo forma antigua, o que el tiempo y el mundo dan un paso atrás para aliviar su tristeza, renovando por un momento las maravillas pasadas.. La Naturaleza, aburrida de la vulgaridad presente, se viste con las galas de su juventud, como una vieja que no quiere serlo.. Retrocede la Historia, cansada de hacer tonterías, y con pueril entusiasmo hojea las páginas de su propio diario y luego busca la espada en el cajón de los olvidados y sublimes juguetes.. ¿pero no veis esto, Araceli, no lo veis? -Señora, ¿qué quiere usted que vea? -El romance de Bernardo y de la hermosa Estela, que por segunda vez.. Al decir esto, el caballo que arrastraba no sin trabajo el carricoche de la poética Athenais, empezó a cojear, sin duda porque no podía reverdecer, como la Historia, las lozanas robusteces y agilidades de su juventud. Pero la inglesa no paró mientes en esto, y con gravedad suma continuó así: -También tiene ahora aplicación el romance de D. Galván, que no está escrito; pero que puede recogerse de boca del pueblo como lo he hecho yo. En él, sin embargo, D. Galván no (p.1761) hubiera podido sacar de la torre a la infanta, sin el auxilio de una hada o dama desconocida que se le apareció.. El caballo entonces, que ya no podía con su alma, tropezó cayendo de rodillas. -Mi estimable hada, aquí tiene usted la realidad de la vida -le dije-. Este caballo no puede seguir. -¡Cómo! -exclamó con ira la inglesa-. Andará. Si no enganchad el vuestro al carricoche, e iremos juntos aquí. -Imposible, señora, imposible. -¡Qué desolación! Bien decía mistress Mitchell, que este animal no sirve para nada. A mí, sin embargo, me pareció digno del carro de Faetonte. Levantamos al animal, que dio algunos pasos y volvió a caer al poco trecho. -Imposible, imposible -exclamé-. Señora me veo obligado muy a pesar mío a abandonar a usted. -¡Abandonarme! -dijo la inglesa. En sus hermosos ojos brilló un rayo de aquella cólera augusta que los poetas atribuyen a las diosas de la antigüedad. -Sí, señora; lo siento mucho. Va a anochecer. De aquí a Salamanca hay diez leguas, el miércoles a las doce tengo que estar de vuelta en Bernuy. No necesito decir más. -Bien, caballero -dijo con temblor en los labios y acerba reconvención en la mirada-. Marchaos. No os necesito para nada. -El deber no me permite detenerme ni una hora más -dije volviendo a montar en mi caballo, después que, ayudado por el aldeanillo, puse sobre sus cuatro patas al de miss Fly-. El ejército aliado no tardará.. ¡Ah! ya están aquí. En aquella loma aparecen las avanzadas.. Las manda Simpson su amigo de usted, el coronel Simpson.. Conque deme usted su licencia.. No dirá usted, señora mía, que la dejo sola.. Allí viene un jinete. Es Simpson en persona. Miss Fly miró hacia atrás con despecho y tristeza. -Adiós, hermosa señora mía -grité picando espuelas-. No puedo detenerme. Si vivo contaré a usted lo que me ocurra. Apresurado por mi deber, me alejé a todo escape.
Ep-10-XIV - Marché aquella tarde y parte de la noche, y después de dormir unas cuantas horas en Castrejón, dejé allí el caballo, y habiendo adquirido gran cantidad (p.1762) de hortalizas, con más un asno flaquísimo y tristón, hice mi repuesto y emprendí la marcha por una senda que conducía directamente, según me indicaron, al camino de Vitigudino. Halleme en este al medio día del lunes: mas una vez que lo reconocí, aparteme de él, tomando por atajos y vericuetos hasta llegar al Tormes, que pasé para coger el camino de Ledesma y lugar de Villamayor. Por varios aldeanos que encontré en un mesón jugando a la calva y a la rayuela, supe que los franceses no dejaban entrar a quien no llevase carta de seguridad dada por ellos mismos, y que aun así detenían a los vendedores en la plaza sin dejarlos pasar adelante para que no pudiesen ver los fuertes. -No me han quedado ganas de volver a Salamanca, muchacho -me dijo el charro fornido y obeso, que me dio tan lisonjeros informes después de convidarme a beber en la puerta del mesón-. Por milagro de Dios y de María Santísima está vivo el señor Baltasar Cipérez, o sea yo mismo. -¿Y por qué? -Porque.. verás. Ya sabes que han mandado vayan a trabajar a las fortificaciones todos los habitantes de estos pueblos. El lugar que no envía a su gente es castigado con saqueo y a veces con degüello.. Bien dicen que el diablo es sutil. La costumbre es que mientras los aldeanos trabajan, los soldados estén quietos, hablando y fumando, y de trecho en trecho hay sargentos que con látigo en mano que están allí con mucho ojo abierto para ver el que se distrae o mira al cielo o habla a su compañero.. Bien dijo el otro, que el diablo no duerme y todo lo añasca.. En cuanto se descuida uno tanto así.. ¡plas!.. -Le toman la medida de las espaldas. -Yo tengo mala sangre -añadió Cipérez- y no creo haber nacido para esclavo. Soy aldeano rico, estoy acostumbrado a mandar y no a que me den latigazos. A perro viejo no hay tus tus.. Así es que cuando aquel Lucifer me.. -Si soy yo el azotado, allí mismo lo tiendo. -Yo cerré los ojos; yo no vi más que sangre, yo me metí entre todos porque.. ¡Baltasar Cipérez azotado por un francés!.. Yo daba mojicones.. quien no (p.1763) puede dar en el asno da en la albarda. En fin, allí nos machacamos las liendres durante un cuarto de hora.. Mira las resultas. El rico aldeano, apartando la anguarina puesta del revés, según uso del país, mostrome su brazo vendado y sostenido en un pañuelo al modo de cabestrillo. -¿Y nada más? ¡Pues yo creí que le habían ahorcado a usted! -No, tonto, no me ahorcaron. ¿De veras lo creías tú? Habríanlo hecho si no se hubiera puesto de parte mía un soldado francés, llamado Molichard, que es buen hombre y un tanto borracho. Como éramos amigos y habíamos bebido tantas copas juntos, se dio sus mañas, y sacándome del calabozo me puso salvo, aunque no sano, en la puerta de Zamora. ¡Pobre Molichard, tan borracho y tan bueno! Cipérez el rico no olvidará su generosa conducta. -Señor Cipérez -dije al leal salamanquino-, yo voy a Salamanca y no tengo carta de seguridad. Si su merced me proporcionara una.. -¿Y a qué vas a allá? -A vender estas verduras -repuse mostrando mi pollino. -Buen comercio llevas. Te lo pagarán a peso de oro. ¿Llevas lo que ellos llaman jericó? -¿Habichuelas? Sí. Son de Castrejón. El aldeano me miró con atención algo suspicaz. -¿Sabes por dónde anda el ejército inglés? -me preguntó clavando en mí los ojos-. Por la uña se saca al león.. -Cerca está, señor Cipérez. ¿Conque me da su merced la carta de seguridad?.. -Tú no eres lo que pareces -dijo con malicia el aldeano-. ¡Vivan los buenos patriotas y mueran los franceses, todos los franceses, menos Molichard, a quien pondré sobre las niñas de mis ojos! -Sea lo que quiera.. ¿me da su merced la carta de seguridad? -Baltasarillo -gritó Cipérez- llégate aquí. Del grupo de los jugadores salió un joven como de veinte años, vivaracho y alegre. -Es mi hijo -dijo el charro-. Es un acero.. Baltasarillo, dame tu carta de seguridad. -Entonces.. -No, no vayas mañana a Salamanca. Vuelve conmigo a Escuernavacas. ¿No dices que tu madre quedó muy triste? -Madre tiene miedo a las moscas; pero yo no. -¿Tú no? -Por miedo de gorriones no se dejan de sembrar (p.1764) cañamones -replicó el mancebo-. Quiero ir a Salamanca. -A casa, a casa. Te mandaré mañana con un regalito para el señor Molichard.. Dame tu carta. El joven sacó su documento y entregómelo el padre diciendo: -Con este papel te llamarás Baltasarillo Cipérez, natural de Escuernavacas, partido de Vitigudino. Las señas de los dos mancebos allá se van. El papel está en regla y lo saqué yo mismo hace dos meses, la última vez que mi hijo estuvo en Salamanca con su hermana María, cuando la fiesta del rey Copas. -Pagaré a su merced el servicio que me ha hecho -dije echando mano a la bolsa, cuando Baltasarito se apartó de mí. -Cipérez el rico no toma dinero por un favor -dijo con nobleza-. Creo que sirves a la patria, ¿eh? Porque a pesar de ese pelaje.. Tan bueno es como el rey y el Papa el que no tiene capa.. Todos somos unos. Yo también.. -¿Cómo recibirán estos pueblos al lord cuando se presente? -¿Cómo le han de recibir..? ¿Le has visto? ¿Está cerca? -preguntó con entusiasmo. -Si su merced quiere verle, pásese el miércoles por Bernuy. -¡Bernuy! Estar en Bernuy es estar en Salamanca -exclamó con exaltado gozo-. El refrán dice: «Aquí caerá Sansón»; pero yo digo: «Aquí caerá Marmont y cuantos con él son». ¿Has visto los estudiantes y los mozos de Villamayor? -No he visto nada, señor. -Tenemos armas -dijo con misterio-. Ténganos el pie al herrar y verá del que cojeamos.. Cuando el lord nos vea.. Y luego, llevándome aparte con toda reserva, añadió: -Tú vas a Salamanca mandado por el lord, ¿eh?.. como si lo viera.. No haya miedo. El que tiene padre alcalde, seguro va a juicio. Bien, amigo.. has de saber que en todos estos pueblos estamos preparados, aunque no lo parece. Hasta las mujeres saldrán a pelear.. Los franceses quieren que les ayudemos, pero lo que has de dar al mur dalo al gato, y sacarte ha de cuidado. Yo serví algún tiempo con Julián Sánchez, y muchas veces entré en la ciudad como espía.. Mal oficio.. pero en manos está el pandero que lo saben bien tañer. -Señor Cipérez -dije-. ¡Vivan los buenos (p.1765) patriotas! -No esperamos más que ver al inglés para echarnos todos al campo con escopetas, hoces, picos, espadas y cuanto tenemos recogido y guardado. -Y yo me voy a Salamanca. ¿Me dejarán trabajar en las fortificaciones? -Peligrosillo es. ¿Y el látigo? Quien a mí me trasquiló, las tijeras le quedaron en la mano.. Pero si ahora no trabajan los aldeanos en los fuertes. -¿Pues quién? -Los vecinos de la ciudad. -¿Y los aldeanos? -Los ahorcan si sospechan que son espías. Que ahorquen. Al freír de los huevos lo verán, y a cada puerco le llega su San Martín.. Por mí nada temo ahora, porque en salvo está el que repica. -Pero yo.. -Ánimo, joven.. Dios está en el cielo.. y con esto me voy hacia Valverdón, donde me esperan doscientos estudiantes y más de cuatrocientos aldeanos. ¡Viva la patria y Fernando VII! ¡Ah! por si te sirvo de algo, puedes decir en Salamanca que vas a buscar hierro viejo para tu señor padre Cipérez el rico.. adiós.. -Adiós, generoso caballero. -¿Caballero yo? Poco va de Pedro a Pedro.. Aunque las calzo no las ensucio.. Adiós, muchacho, buena suerte. ¿Sabes bien el camino? Por aquí adelante, siempre adelante. Encontrarás pronto a los franceses; pero siempre adelante, adelante siempre. Aunque mucho sabe la zorra, más sabe el que la toma. Nos despedimos el bravo Cipérez y yo dándonos fuertes apretones de manos, y seguí a buen paso mi camino.
Ep-10-XV - Detúveme a descansar en Cabrerizos ya muy alta la noche del lunes al martes, y al amanecer del día siguiente, cuando me disponía a hacer mi entrada en la ciudad, insigne maestra de España y de la civilización del mundo, los franceses, que hasta entonces no me habían incomodado, aparecieron en el camino. Era un destacamento de dragones que custodiaba cierto convoy enviado por Marmont desde Fuentesaúco. A pesar de que no había motivo para creer que aquellos señores se metieran conmigo, yo temía una desgracia; mas disimulé mi zozobra y recelo, arreando el pollino, y afectando divertir la tristeza del camino con cantares alegres. No (p.1766) me engañó el corazón, pues los invasores de la patria ¡que comidos de los lobos sean antes, ahora y después! sin intentar hacerme manifiesto daño, antes bien un beneficio aparente, contrariaron mi plan de un modo lastimoso. -Hermosas hortalizas -dijo en francés un cabo llevando su caballo al mismo paso que mi pollino. No dije nada, y ni siquiera le miré. -¡Eh, imbécil! -gritó en lengua híbrida, dándome con su sable en la espalda- ¿llevas esas verduras a Salamanca? -Sí, señor -respondí afectando toda la estupidez que me era posible. Un oficial detuvo el paso y ordenó al cabo que comprase toda mi mercancía. -Todo, lo compramos todo -dijo el cabo sacando un bolsillo de trapo mugriento-. ¿Combien? Hice señas negativas con la cabeza. -¿No llevas eso a Salamanca para venderlo? -No, señor, es para un regalo. -¡Al diablo con los regalos! Nosotros compramos todo, y así, gran imbécil, podrás volverte a tu pueblo. Comprendí que resistir a la venta era infundir sospechas, y les pedí un sentido por las verduras, cuya escasez era muy grande en aquella época y en aquel país. Mas enfurecido el soldado, amenazome con abrirme bonitamente en dos: subió luego el precio más de lo ofrecido, bajé yo un tantico, y nos ajustamos. Recibí el dinero, mi pollino se quedó sin carga, y yo sin motivo aparente para justificar mi entrada en la ciudad, porque a los que no iban con víveres les daban con la puerta en los hocicos. Seguí, sin embargo, hacia adelante, y el cabo me dijo: -¡Eh, buen hombre! ¿No os volvéis a vuestro pueblo? No he visto mayor estúpido. -Señor -repuse- voy a cargar mi burro de hierro viejo. -¿Tienes carta de seguridad? -¿Pues no la he de tener? Cuando estuve en Salamanca hace dos meses, para ver las fiestas del rey, me la dieron.. Pero como ahora no llevo carga puede que no me dejen entrar a recoger el hierro viejo. Si el señor cabo quiere que vaya con su merced para que diga cómo me compró las verduras.. pues, y que voy por hierro viejo. -Bueno, saco de papel: pon tu burro al paso de mi caballo y sígueme; mas (p.1767) no sé si te dejarán entrar, porque hay órdenes muy rigurosas para evitar el espionaje. Llegamos a la puerta de Zamora y allí me detuvo con muy malos modos el centinela. -Déjalo pasar -dijo mi cabo-; le he comprado las verduras y va a cargar de hierro su jumento. Mirome el cabo de guardia con recelo, y al ver retratada en mi semblante aquella beatífica estupidez propia de los aldeanos que han vivido largo tiempo en lo más intrincado de selvas y dehesas, dijo así: -Estos palurdos son muy astutos. ¡Eh! monsieur le badaud. En esta semana hemos ahorcado a tres espías. Yo fingí no comprender, y él añadió: -Puedes entrar si tienes carta de seguridad. Mostré el documento y entonces me dejaron pasar. Atravesé una calle larga, que era la de Zamora, y me condujo en derechura a una grande y hermosa plaza de soportales, ocupada a la sazón por gran gentío de vendedores. Busqué en las inmediaciones posada donde dejar mi burro para poder dedicarme con libertad al objeto de mi viaje, y cuando hube encontrado un mesón, que era el mejor de la ciudad, y acomodado en él con buen pienso de paja y cebada a mi pacífico compañero, salí a la calle. Era la de la Rúa, según me dijo una muchacha a quien pregunté. Mi afán era trasladarme al recinto amurallado para recorrerlo todo. De pronto vi multitud de personas de diversas clases que marchaban en tropel llevando cada cual al hombro azadón o pico. Escoltábanles soldados franceses, y no iban ciertamente muy a gusto aquellos señores. -Son los habitantes de la ciudad que van a trabajar a las fortificaciones -dije para mí-. Los franceses les llevan a la fuerza. Aparteme a un lado por temor a que mi curiosidad infundiese sospechas, y andando sin rumbo ni conocimiento de las calles, llegué a un convento, por cuyas puertas entraban a la sazón algunas piezas de artillería. De repente sentí una pesada mano sobre mi hombro, y una voz que en mal castellano me decía: -¿No tomáis una azada, holgazán? Venid conmigo a casa del comisario de policía. -Yo soy forastero - (p.1768) repuse-; he venido con mi borriquito.. -Venid y se sabrá quién sois -continuó mirándome atentamente-. Si par exemple, fueseis espion.. Mi primer intento fue resistirme a seguirle; pero hubiérame vendido la resistencia, y parecía más prudente ceder. Afectando la mayor humildad seguí a mi extraño aprehensor, el cual era un soldado pequeño y vivaracho, ojinegro, morenito y oficioso, cuyo empaque y modos me hacían poquísima gracia. En el recodo que hacía una calle tortuosa y oscura, traté de burlarle, quedándome un instante atrás para poner los pies en polvorosa con la ligereza que me era propia; mas adivinando el menguado mis intenciones, asiome del brazo y socarronamente me dijo: -¿Creéis que soy menos listo que vos? Adelante y no deis coces, porque os levanto la tapa de los sesos, señor patán. Ya no me queda duda que sois espion. Estabais observando la artillería de las monjas Bernardas. Estabais midiendo la muralla. Sabed que aquí hay unos funcionarios muy astutos que espían a los espías, y yo soy uno de ellos. ¿No habéis bailado nunca al extremo de una cuerda? Nuevamente sentí impulsos de librarme de aquel hombre por la violencia; mas por fortuna tuve tiempo de reflexionar, sofocando mi cólera, y fiando mi salvación a la astucia y al disimulo. Llevome el endemoniado francesillo a un vasto edificio, en cuyo patio vi mucha tropa, y deteniéndose conmigo ante un grupo formado de cuatro robustos y poderosos militares de brillantes uniformes, bigotazos retorcidos e imponente apostura, me señaló con expresión de triunfo. -¿Qué traes, Tourlourou? -preguntó con fastidio el más viejo de todos. -Un crapaud pescado ahora mismo. Quiteme el sombrero, y con aire contrito y humildísimo hice varias reverencias a aquellos apreciables sujetos. -¡Un crapaud! -repitió el viejo oficial, dirigiéndose a mí con fieros ojos-. ¿Quién sois? -Señor -dije cruzando las manos-. Ese señor soldado me ha tomado por un espía. Yo vengo de Escuernavacas a buscar hierro viejo, tengo mi burro en el (p.1769) mesón de una tal tía Fabiana, y me llamo Baltasar Cipérez para lo que vuecencia guste mandar. Si quieren ahorcarme, ahórquenme.. -y luego sollozando del modo más lastimero y exhalando gritos de dolor que hubieran conmovido al mismísimo bronce, exclamé -: ¡Adiós, madre querida; adiós, padre de mi corazón; ya no veréis más a vuestro hijito; adiós, Escuernavacas de mi alma, adiós, adiós! Pero yo, ¿qué he hecho, qué he hecho yo, señores? El oficial anciano dijo con calma imperturbable. Molichard, sargento Molichard, mandad que le encierren en el calabozo. Después le interrogaremos. Ahora estoy muy ocupado. Voy a ver al Maréchal de Logis, porque se dice que esta tarde saldremos de Salamanca. Presentose otro francés alto como un poste, derecho como un huso, flaco y duro y flexible cual caña de Indias, de fisonomía curtida y burlona, ojos vivos, lacios y negros bigotes, y manos y pies de descomunal magnitud. Cuando vi a aquel pedazo de militar, de cuya osamenta pendía el uniforme como de una percha; cuando oí su nombre, una idea salvadora iluminó súbito mi cerebro, y pasando del pensamiento a la ejecución con la rapidez de la voluntad humana en casos de apuro, lancé una exclamación en que al mismo tiempo puse afectadamente sorpresa y júbilo; corrí hacia él, me abracé con vehemente ardor a sus rodillas, y llorando dije: -¡Oh, Sr. Molichard de mi alma, Sr. Molichard, queridísimo y reverenciadísimo! Al fin le encuentro. Y ¡cuánto le he buscado sin que estos pícaros me dieran razón de su merced! Déjeme que le abrace, que bese sus rodillas y que le reverencie y acate y venere.. ¡Oh, Santa Virgen María: qué gozo tan grande! -Creo que estáis loco, buen hombre -dijo el francés sacudiendo sus piernas. -Pero, ¿no me conoce usía? -añadí-. Pero, ¿cómo me ha de conocer, si no me ha visto nunca? Deme esa mano que la bese y viva mil años el buen Sr. Molichard que salvó a mi padre de la muerte. Soy Baltasar Cipérez, mire la carta de seguridad, soy hijo del tío Baltasar a quien llaman Cipérez el rico, natural de (p.1770) Escuernavacas. Bendito sea el Sr. Molichard. Estoy en Salamanca porque hame mandado mi padre con un obsequio para su merced. -¡Un obsequio! -exclamó el sargento con alborozado semblante. -Sí señor, un obsequio miserable, pues lo que usía ha hecho no lo pagará mi padre con los pobres frutos de su huerta. -¡Verduras! ¿Y dónde están? -dijo Molichard volviendo en derredor los ojos. -Me las quitó en el camino un cabo de dragones, cuyo nombre no sé; pero que debe de andar por aquí y podrá dar testimonio de lo que digo. Pues poco le gustaron a fe. Regostose la vieja a los bledos, no dejó verdes ni secos. -¡Oh, peste de dragones! -exclamó con furia el protector de mi padre-. Yo se las sacaré de las tripas. -Me obligó a que se las vendiera -continué-; pero puedo dar a usía el dinero que me entregó; además, de que en el primer viaje que haga a Salamanca traeré, no una, sino dos cargas para el Sr. Molichard. Mas no es el único obsequio que traigo a su merced. Mi padre no sabía qué hacer, porque quien da luego da dos veces; mi madre, que no ha venido en persona a ponerse a los pies de usía, porque le están echando cintas nuevas a la mantilla, quería que padre echase la casa por la ventana para obsequiar a su protector, y cuando me puse en camino pensaron los dos que la verdura era regalo indigno de su agradecido corazón, liberalidad y mucha hacienda; por cuya razón diéronme tres doblones de oro para que en Salamanca comprase para usía un tercio de vino de la Nava, que aquí lo hay bueno, y el del pueblo revuelve los hígados. -El Sr. Cipérez es hombre generoso -dijo el francés pavoneándose ante sus amigos, que no estaban menos absortos y gozosos que él. -Lo primero que hice en Salamanca esta mañana fue contratar el tercio en el mesón de la tía Fabiana. Conque vamos por él.. -El vino de la tía Fabiana no puede ser mejor que el que hay en la taberna de la Zángana. Puedes comprarlo allí. -Daré aína el dinero a su merced para que lo compre a su gusto. Bien dicen que al que Dios quiere bien, en casa (p.1771) le traen de comer. ¡Cuánto trabajo para encontrar al Sr. Molichard! Preguntaba a todo el mundo sin que nadie me diera razón, hasta que este buen amigo me tomó por espía y trájome aquí.. no hay mal que por bien no venga.. ¡Al fin he tenido el gusto de abrazar al amigo de mi padre! ¡Qué casualidad! Ojos que se quieren bien, desde lejos se ven.. Sr. Molichard, cuando me deje su merced en el calabozo, donde el oficial mandó que me pusieran, puede ir a escoger el vino que más le acomode. ¡Bendito sea Dios que hizo rico a mi buen padre para poder pagar con largueza los beneficios! Mi padre quiere mucho al Sr. Molichard. Quien te da el hueso no quiere verte muerto. -En lo de ensartar refranes -dijo Molichard-, se conoce la sangre del Sr. Cipérez. -Si bien canta el cura, no le va en zaga el monaguillo. Molichard pareció indeciso y después de consultar a sus compañeros con la vista y algún monosílabo que no entendí, me dijo: -Yo bien quisiera no encerraros en el calabozo, porque, en verdad, cuando le obsequian a uno de parte del Sr. Cipérez.. pero.. -No.. no se apure por mí el Sr. Molichard -dije con la mayor naturalidad del mundo-. Ni quiero que por mí le riña el señor oficial. Al calabozo. Como estoy seguro de que el señor oficial y todos los oficiales del mundo se convencerán de que no soy malo. -En el calabozo lo pasaréis mal, joven.. -dijo el francés-. Veremos. Se le dirá al oficial que.. -El oficial no se acuerda ya de lo que mandó -afirmó Tourlourou, quien, por encantamiento, había olvidado sus rencores contra mí. -¡Eh! Jean-Jean -gritó Molichard llamando a un compañero que cercano al lugar de la escena pasaba, y en cuya pomposa figura conocí al cabo de dragones que comprara mis verduras en el camino. Acercose Jean-Jean, por quien fui al punto reconocido. -Buen amigo -le dije-, me parece que fue su merced quien me compró las verduras que traje para el señor. -¿Para Molichard?.. -¿No dije que eran para un regalo? -A saber que eran para este chauve souris -dijo Jean-Jean-, no os hubiera dado (p.1772) un céntimo por ellas. -Jean-Jean -dijo Molichard en francés-, ¿te gusta el vino de la Nava? -Verlo no. ¿Dónde lo hay? -Mira, Jean-Jean. Este joven me ha regalado un trago. Pero tenemos que ponerle a él en el calabozo.. -¡En el calabozo! -Sí, mon vieux, le han tomado por espía sin serlo. -Vámonos a la taberna los cuatro -dijo Tourlourou- y luego el señor se quedará en su calabozo. -Yo no quiero que por mí se indispongan sus mercedes con los jefes -dije con humildad y apocamiento-. Llévenme a la prisión, enciérrenme.. Cada lobo en su senda y cada gallo en su muladar. -¿Qué es eso de encerrar? -gritó Molichard en tono campechano y tocando las castañuelas con los dedos-. A casa de la Zángana, messieurs. Cipérez, nosotros respondemos de ti. -¿Y si se enfada el oficial? Yo no me muevo de aquí. -Un francés, un soldado de Napoleón -dijo Tourlourou con un gesto parecido al de Bonaparte señalando las pirámides-, no bebe tranquilo mientras que su amigo español se muere de sed en una mazmorra. Bravo, Cipérez -añadió abrazándome-, sois el primero entre mis camaradas. Abracémonos.. Bien, así.. amigos hasta la muerte. Señores, ved juntos aquí l'aigle de l'Empire et le lion de l'Espagne. Francamente, a mí, león de España, me hacían poquísima gracia, como aquella, los brazos del águila del imperio. Y con esto y otros excesos verbales de los tres servidores del gran imperio, me sacaron fuera del cuartel y en procesión lleváronme a un ventorrillo cercano a las fortificaciones de San Vicente.
Ep-10-XVI - -Sr. Molichard, aparte del tercio de lo de la Nava, que es regalo de mi señor padre, yo pago todo el gasto -dije al entrar. En poco tiempo, Tourlourou, Molichard y Jean-Jean, regalaron sus venerandos cuerpos con lo mejor que había en la bodega, y helos aquí que por grados perdían la serenidad, si bien el cabo de dragones parecía tener más resistencia alcohólica que sus ilustres compañeros de armas y de vino. -¿Tiene mucha hacienda vuestro padre? -me preguntó Molichard. -Bastante para pasar -respondí con (p.1773) modestia. -Llámanle Cipérez el rico. -Cierto, y lo es.. Veo que mi obsequio parece poco.. Por ahí se empieza. Ya sabemos que sobre un huevo pone la gallina. -No digo eso. ¡A la salud de monsieurrrr Cipérez! -Esto que hoy he traído, es porque como venía a mercar hierro viejo.. Pero mi padre y mi madre y toda la familia, vendrán en procesión solene con algo mejor. Sr. Molichard, mi hermana quiere conocer al Sr. Molichard.. -Es una linda muchacha, según decía Cipérez. ¡A la salud de María Cipérez! -Muy guapa. Parece un sol, y cuantos la ven la tienen por princesa. -Y una buena dote.. Si al fin irá uno a dejar su pellejo en España. Digamos como Luis XIV: «Ya no hay Pirrineos». Bebed, Baltasarico. -Yo tengo muy floja la cabeza. Con tres medias copas que he bebido, ya estoy como si me hubieran metido a toda Salamanca entre sien y sien -dije fingiendo el desvanecimiento de la embriaguez. Jean-Jean cantaba: Le crocodile en partant pour la guerre disait adieux a ses petits enfants. Le malheureux traînant sa queue dans la poussière.. Tourlourou, después de remedar el gato y el perro, púsose de pie y con gesto majestuoso exclamó: -Camaradas, desde lo alto de esta botella quarrrrente siècles vous contemplent. Yo dije a Molichard: -Señor sargento, como no acostumbro a beber, me he mareado de tal modo.. Voy a salir un momento a tomar el aire. ¿Ha escogido usted su vino de la Nava? Y sin esperar contestación, pagué a la Zángana. -Bien; vamos un momento afuera -repuso Molichard tomándome del brazo. Al salir encontreme en un sitio que no era plaza, ni patio, ni calle; sino más bien las tres cosas juntas. A un lado y otro veíanse altas paredes, unas a medio derribar, otras en pie todavía, sosteniendo los techos destrozados. Al través de estos se distinguía el interior abierto de los que fueron templos, cuyos altares habían quedado al aire libre; y la luz del día, iluminando de lleno las pinturas y dorados, daba a estos el aspecto de viejos objetos de prendería cuando los anticuarios de feria los amontonan en la calle. (p.1774) Soldados y paisanos trabajaban llevando escombros, abriendo zanjas, arrastrando cañones, amontonando tierra, acabando de demoler lo demolido a medias, o reparando lo demolido con exceso. Vi todo esto, y acordándome de lord Wellington, puse mi alma toda en los ojos. Yo hubiera querido abarcar de un solo golpe de vista lo que ante mí tenía y guardarlo en mi memoria, piedra por piedra, arma por arma, hombre por hombre. -¿Qué es esto que hacen aquí, señor Molichard? -pregunté cándidamente. -¡Fortificaciones, animal! -dijo el sargento, que después que se llenó el cuerpo con mi vino, había empezado a perderme el respeto. -Ya, ya comprendo -repuse afectando penetración-. Para la guerra. ¿Y cómo llaman este sitio? -Esto en que estamos es el fuerte de San Vicente, y aquí había un convento de benedictinos, que se derribó. Una guarida de mochuelos, mi amiguito. -¿Y qué van a hacer aquí con tanto cañón? -pregunté estupefacto. -Pues no eres poco bestia. ¿Qué se ha de hacer? Fuego. -¡Fuego! -dije medrosamente-. ¿Y todos a la vez? -Te pones pálido, cobarde. -Uno, dos, tres, cuatro.. allí traen otro. Son cinco. Y esa tierra, mi sargento, ¿para qué es? -No he visto un animal semejante. ¿No ves que se están haciendo escarpa y contra escarpa? -¿Y aquel otro caserón hecho pedazos que se ve más allá? -Es el castillo árabe-romano. ¡Foudre et tonnerre! Eres un ignorante.. Dame la mano, que San Cayetano me baila delante. -¿San Cayetano? -¿No lo ves, zopenco? Aquel convento grande que está a la derecha. También lo estamos fortificando. -Esto es muy bonito, señor Molichard. Será gracioso ver esto cuando empiece el fuego. ¿Y aquellos paredones que están derribando? -El colegio Trilingüe.. triquis lingüis en latín, esto es, de tres lenguas. Todavía no han acabado el camino cubierto que baja a la Alberca. -Pero aquí han derribado calles enteras, señor Molichard -dije avanzando más y dándole el brazo para que no se cayese. -Pues no parece sino que viene del Limbo, ¡Ventre de bœuf! ¿No ves (p.1775) que hemos echado al suelo la calle larga para poder esparcir los fuegos de San Vicente?.. -Y allí hay una plaza.. -Un baluarte. -Dos, cuatro, seis, ocho cañones nada menos. Esto da miedo. -Juguetes.. Los buenos son aquellos cuatro, los del rebellín. -Y por aquí va un foso.. -Desde la puerta hasta los Milagros, bruto. ¿Y detrás?.. Jesús, María y José ¡qué miedo! -Detrás el parapeto donde están los morteros. -Vamos ahora por aquel lado. -¿Por San Cayetano?.. ¡Oh!.. Veo que eres curioso, curiosito.. Saperlotte. Te advierto que si sigues haciendo tales preguntas y mirando con esos ojos de buey.. me harás creer que ciertamente eres espía.. y a la verdad, amiguito, sospecho.. El sargento me miró con descaro y altanería. Llegó a la sazón Tourlourou en lastimoso estado, y mal sostenido por su amigo Jean-Jean, que entonaba una canción guerrera. -¡Espion, sí, espion! -dijo Tourlourou señalándome-. Sostengo que eres espion. ¡Al calabozo! -Francamente, caballero Cipérez -dijo Molichard- yo no quisiera faltar a la disciplina, ni que el jefe me pusiera en el nicho por ti. -Tiene este mancebo -afirmó Jean-Jean sentándome la mano en el hombro con tanta fuerza, que casi me aplastó- cara de tunante. -Desde que le vi sospeché algo malo -dijo Molichard-. No está uno seguro de nadie en esta maldita tierra de España. Salen espías de debajo de las piedras.. Yo me encogí de hombros, fingiendo no entender nada. -¿Pero no os dije que estaba observando el convento de Bernardas, cuya muralla se está aspillerando? -dijo Tourlourou. Comprendí que estaba perdido; pero esforceme en conservar la serenidad. De pronto entró en mi alma un rayo de esperanza al oír pronunciar a Jean-Jean las siguientes palabras en mal castellano: -Sois unos bestias. Dejadme a mí al Sr. Cipérez, que es mi amigo. Pasó un brazo por encima de mi hombro con familiaridad cariñosa aunque harto pesada. -Volvámonos al cuartel -dijo Molichard-. Yo entro de guardia a las diez. Y asiéndome por el brazo añadió: -¡Peste, mille pestes!.. ¿Queríais escapar? - (p.1776) En el cuartel se le registrará -exclamó Tourlourou. -Fuera de aquí goguenards -dijo con energía Jean-Jean-. El Sr. Cipérez es mi amigo y le tomo bajo mi protección. Andad con mil demonios y dejádmelo aquí. Tourlourou reía; pero Molichard mirome con ojos fieros, e insistió en llevarme consigo; mas aplicole mi improvisado protector tan fuerte porrazo en el hombro que al fin resolvió marcharse con su compañero, ambos describiendo eses y otros signos ortográficos con sus desmayados cuerpos. He referido con alguna minuciosidad los hechos y dichos de aquellos bárbaros, cuya abominable figura no se borró en mucho tiempo de mi memoria. Al reproducir los primeros no me he separado de la verdad lo más mínimo. En cuanto a las palabras, imposible sería a la retentiva más prodigiosa conservarlas tal y como de aquellas embriagadas bocas salieron, en jerga horrible que no era español ni francés. Pongo en castellano la mayor parte, no omitiendo aquellas voces extranjeras que más impresas han quedado en mi memoria, y conservo el tratamiento de vos, que comúnmente nos daban los franceses poco conocedores de nuestro modo de hablar. ¿La protección de Jean-Jean era desinteresada o significaba un nuevo peligro mayor que los anteriores? Ahora se verá si tienen mis amigos paciencia para seguir oyendo el puntual relato de mis aventuras en Salamanca el día 16 de Junio de 1812, las cuales, a no ser yo mismo protagonista y actor principal de todas ellas, las diputara por hechuras engañosas de la fantasía o invenciones de novelador para entretener al vulgo. La Batalla de los Arapiles Pérez Galdós, Benito
Ep-10-XVII - El señor Jean-Jean me tomó el brazo y llevándome adelante por entre aquellas tristes ruinas, díjome: -Amigo Cipérez, he simpatizado con vos; nos pasearemos juntos.. ¿Cuándo pensáis dejar a Salamanca? Os juro que lo sentiré. Tan relamidas expresiones fueron funestísimo augurio para mí, y encomendé mi alma a Dios. En mi turbación, ni siquiera reparé en el aparato de guerra que a mi (p.1777) lado había, y olvideme ¡oh Jesús divino! de lord Wellington, de Inglaterra y de España. -Mucho me agrada su compañía -dije afectando valor-. Vamos a donde usted quiera. Sentí que el brazo del francés, cual máquina de hierro, apretaba fuertemente el mío. Aquel apretón quería decir: «No te me escaparás, no». A medida que avanzábamos, noté que era más escasa la gente y que los sitios por donde lentamente discurríamos, estaban cada vez más solitarios. Yo no llevaba más armas que una navaja. Jean-Jean, que era hombre robustísimo y de buena estatura, iba acompañado de un poderoso sable. Con rápida mirada observé hombre y arma para medirlos y compararlos con la fuerza que yo podía desplegar en caso de lucha. -¿A dónde me lleva usted? -pregunté deteniéndome al fin, resuelto a todo. -Seguid, mi buen amigo -dijo con burlesco semblante-. Nos pasearemos por la orilla del Tormes. -Estoy algo cansado. Parose, y clavando sus pequeños ojos en mí, me dijo: -¿No queréis seguir al que os ha librado de la horca? Con esa llama de intuición que súbitamente nos ilumina en momentos de peligro, con la perspicacia que adquirimos en la ocasión crítica en que la voluntad y el pensamiento tratan de sobreponerse con angustioso esfuerzo a obstáculos terribles, leí en la mirada de aquel hombre la idea que ocupaba su alma. Indudablemente Jean-Jean había conocido que yo llevaba conmigo mayor cantidad de dinero que la que mostré en la taberna, y ya me creyese espía, ya el verdadero Baltasar Cipérez, tentó mi caudal su codicia, y el fiero dragón ideó fáciles medios para apropiárselo. Aquel equívoco aspecto suyo, aquel solitario paraje por donde me conducía, indicaban su criminal proyecto, bien fuese este matarme para dar luego con mi cuerpo en el río, bien fuese expoliarme, denunciándome después como espía. Por un instante sentí cobarde y vencida el alma, trémulo y frío el cuerpo: la sangre toda se agolpó a mi corazón, y vi la muerte, un fin horrible y oscuro, cuyo aspecto afligió mi alma más que mil muertes en el terrible y (p.1778) glorioso campo de batalla.. Miré en derredor y todo estaba desierto y solo. Mi verdugo y yo éramos los únicos habitantes de aquel lugar triste, abandonado y desnudo. A nuestro lado ruinas deformes iluminadas por la claridad de un sol que me parecía espantoso; delante el triste río, donde el agua remansada y quieta no producía, al parecer, ni corriente ni ruido; más allá la verde orilla opuesta. No se oía ninguna voz humana, ni paso de hombre ni de bruto, ni más rumor que el canto de los pájaros que alegremente cruzaban el Tormes para huir de aquel sitio de desolación en busca de la frescura y verdor de la otra ribera. No podía pedir auxilio a nadie más que a Dios. Pero sentí de pronto la iluminación de una idea divina, divina, sí, que penetró en mi mente, lanzada como rayo invisible de la inmortal y alta fuente del pensamiento; sentí no sé qué dulces voces en mi oído, no sé qué halagüeñas palpitaciones en mi corazón, un brío inexplicable, una esperanza que me llenaba todo, y sentir esto, y pensarlo, y formar un plan, fue todo uno. He aquí cómo. Bruscamente y disimulando tanto mi recelo cual si fuera yo el criminal y él la víctima, detuve a Jean-Jean, tomé una actitud severa, resuelta y grave; le miré como se mira a cualquier miserable que va a prestarnos un servicio, y en tono muy altanero le dije: -Sr. Jean-Jean: este sitio me parece muy a propósito para hablar a solas. El hombre se quedó lelo. -Desde que le vi a usted, desde que le hablé, le tuve por hombre de entendimiento, de actividad, y esto precisamente, esto, es lo que yo necesito ahora. Vaciló un momento, y al fin estúpidamente me dijo: -De modo que.. -No, no soy lo que parezco. Se puede engañar a esos imbéciles Tourlourou y Molichard; pero no a usted. -Ya me lo figuraba -afirmó-, sois espía. -No. Extraño que un entendimiento como el tuyo haya incurrido en esa vulgaridad -dije tuteándole con desenfado-. Ya sabes que los espías son siempre rústicos labriegos que por dinero exponen su vida. Mírame bien. A pesar del vestido, ¿tengo cara de labriego? -No, a fe (p.1779) mía. Sois un caballero. -Sí, un caballero, un caballero, y tú también lo eres, pues la caballerosidad no está reñida con la pobreza. -Ciertamente que no. -¿Y has oído nombrar al marqués de Rioponce? -No.. sí.. sí me parece que le he oído nombrar. -Pues ese soy yo. ¿Podré vanagloriarme de haber encontrado en este día aciago para mí, un hombre de buenos sentimientos que me sirva, y al cual demostraré mi gratitud recompensándole con lo que él mismo nunca ha podido soñar?.. Porque tú como soldado eres pobre, ¿no es cierto? -Pobre soy -dijo, no disimulando la avaricia que por las claras ventanas de sus ojos asomaba. -Escasa es la cantidad que llevo sobre mí; pero para la empresa que hoy traigo entre manos he traído suma muy respetable, hábilmente encerrada dentro del pelote que rellena el aparejo de mi cabalgadura. -¿Dónde dejasteis vuestro pollino? -preguntó. Me quería comer con los ojos. -Eso se queda para después. -Si sois espía, no contéis conmigo para nada, señor marqués -dijo con cierta confusión-. No haré nunca traición a mis banderas. -Ya he dicho que no soy espía. -C'est drôle. ¿Pues qué demonios os trae a Salamanca en ese traje, vendiendo verduras y haciéndoos pasar por un campesino de Escuernavacas? -¿Qué me trae? Una aventura amorosa. Dije esto y lo anterior con tal acento de seguridad, tanto aplomo y dominio de mí mismo, que en los ojos del que había querido ser mi asesino observé, juntamente con la avaricia, la convicción. -¡Una aventura amorosa! -dijo asaltado nuevamente por la duda, después de breve meditación-. ¿Y por qué no habéis venido tal y como sois? ¿Para qué ocultaros así de toda Salamanca? -¡Qué pregunta!.. A fe que en ciertos momentos pareces un niño inocente. Si la aventura amorosa fuera de esas que se vienen a la mano por fáciles y comunes, tendrías razón; pero esta de que me ocupo es peligrosa y tan difícil, que es indispensable ocultar por completo mi persona. -¿Es que algún francés os ha quitado vuestra novia? -preguntó el dragón sonriendo por primera vez en (p.1780) aquel diálogo. -Casi, casi.. parece que vas acertando. Hay en Salamanca una persona que amo y a quien me llevaré conmigo, si puedo; ¡otra que aborrezco y a quien mataré si puedo! -¿Y esa segunda persona es quizás alguno de nuestros queridos generales? -dijo con sequedad-. Señor marqués, no contéis conmigo para nada. -No, esa persona no es ningún general, ni siquiera es francés. Es un español. -Pues si es un español, le diable m'emporte.. podéis tratarle todo lo mal que os agrade. Ningún francés os dirá una palabra. -No, porque ese hombre es poderoso, y aunque español ha tiempo que sirve la causa francesa. Es travieso como ninguno, y si me hubiera presentado aquí dando a conocer mi nombre, habríame sido imposible evitar una persecución rápida y terrible, o quizás la muerte. -En una palabra, señor mío -dijo con impaciencia-, ¿qué es lo que queréis que yo haga para serviros? -Primero que no me denuncies, estúpido -exclamé tratándole despóticamente para establecer mejor aún mi superioridad-; después que me ayudes a buscar el domicilio de mi enemigo. -¿No lo sabéis? -No. Es esta la primera vez que vengo a Salamanca. Como vuestros groseros camaradas quisieron prenderme, no he tenido tiempo de nada. -Ahora que nombráis a mis camaradas.. -dijo Jean-Jean con mucho recelo- me ocurre.. Cuidado que hicisteis bien el papel de aldeano. No me he olvidado de los refranes. Si ahora también.. -¿Sospechas de mí? -grité con altanería. -Nada de soberbia, señor marquesito -repuso con insolencia-. Ved que puedo denunciaros. -Si me denuncias, sólo experimento la contrariedad de no poder llevar adelante mi proyecto; pero tú perderás lo que yo pudiera darte. -No hay que reñir -dijo en tono benévolo-. Referidme en qué consiste esa aventura amorosa, pues hasta ahora no me habéis dicho más que vaguedades. -Un miserable hijo de Salamanca, un perdido, un sans culotte ha robado de la casa paterna a cierta gentil doncella, de la más alta nobleza de España, un ángel de belleza y de virtud.. -¡La ha robado!.. Pues qué, ¿así se (p.1781) roban doncellas? -La ha robado por satisfacer una venganza, que la venganza es el único goce de su alma perversa; por retener en su poder una prenda que le permita amenazar a la más honrada y preclara casa de Andalucía, como retienen los ladrones secuestradores la persona del rico, pidiendo a la familia la suma del rescate. Por largo tiempo ha sido inútil toda mi diligencia y la de los parientes de esa desgraciada joven para averiguar el lugar donde la esconde su fementido secuestrador; pero una casualidad, un suceso insignificante al parecer, pero que ha sido aviso de Dios, sin duda, me ha dado a conocer que ambos están en Salamanca. Él no habita sino en las ciudades ocupadas por los franceses, porque teme la ira de sus paisanos, porque es un hombre maldito, traidor a su patria, irreligioso, cruel, un mal español y un mal hijo, Jean-Jean, que, devorado por impío rencor hacia la tierra en que nació, le hace todo el daño que puede. Su vida tenebrosa, como la de los topos, empléase en fundar y en propagar sociedades de masonería, en sembrar discordias, en levantar del fondo de la sociedad la hez corrompida que duerme en ella, en arrojar la simiente de las turbaciones de los pueblos. Favorécenle ustedes porque favorecen todo lo que divida, aniquile y desarme a los españoles. Él corre de pueblo en pueblo, ocultando en sus viajes nombre, calidad y ocupación para no provocar la ira de los naturales, y cuando no puede viajar acompañado por las tropas francesas, se oculta con los más indignos disfraces. Últimamente ha venido de Plasencia a Salamanca fingiéndose cómico, y su cuadrilla imitaba tan perfectamente una compañías de la legua, que pocos en el tránsito sospecharon el engaño.. -Ya sé quién es -dijo súbitamente y sonriendo Jean-Jean-. Es Santorcaz. -El mismo, D. Luis de Santorcaz. -A quien algunos españoles tienen por brujo, encantador y nigromante. Y para entenderos con ese mal sujeto -añadió el francés- ¿os disfrazáis de ese modo? ¿Quién os ha dicho que Santorcaz es poderoso (p.1782) entre nosotros? Lo sería en Madrid; pero no aquí. Las autoridades le consienten, pero no le protegen. Hace tiempo que ha caído en desgracia. -¿Le conoces bien? -Pues ya; en Madrid éramos amigos. Le escolté cuando salió a Toledo a conferenciar con la junta, y nos hemos reconocido después en Salamanca. Estuvo aquí hace tres meses, y después de una ausencia corta, ha vuelto.. Caballero marqués, o lo que seáis, para luchar contra semejante hombre no necesitáis llevar ese vestido burdo ni disimular vuestra nobleza; podéis hacer con él lo que mejor os convenga, incluso matarle, sin que el gobierno francés os estorbe. Oscuro, olvidado y no muy bien quisto, Santorcaz se consuela con la masonería, y en la logia de la calle de Tentenecios unos cuantos perdidos españoles y franceses, lo peor sin duda de ambas naciones, se entretienen en exterminar al género humano, volviendo al mundo patas arriba, suprimiendo la aristocracia y poniendo a los reyes una escoba en la mano, para que barran las calles. Ya veis que esto es ridículo. Yo he ido varias veces allí en vez de ir al teatro, y en verdad que no debieran disfrazarse de cómicos porque realmente lo son. -Veo que eres un hombre de grandísimo talento. -Lo que soy -dijo el soldado en tono de alarmante sospecha- es un hombre que no se mama el dedo. ¿Cómo es posible que siendo vuestro único enemigo un hombre tan poco estimado y siendo vos marqués de tantas campanillas, necesitéis venir aquí vendiendo verdura y engañando a todo el pueblo, cual si no hubierais de luchar con un intrigante de baja estofa, sino con todos nosotros, con nuestro poder, nuestra policía, y el mismo gobernador de la plaza, el general Thiebaut-Tibo? Jean-Jean razonaba lógicamente, y por breve rato no supe qué contestarle. -Connu, connu.. Basta de farsas. Sois espía -exclamó con acento brutal-. Si después de venir aquí como enemigo de la Francia os burláis de mí, juro.. -Calma, calma, amigo Jean-Jean -dije procurando esquivar el gran peligro que me amenazaba, después que lo creí conjurado-. Ya te dije que una aventura (p.1783) amorosa.. ¿No has reparado que Santorcaz lleva consigo una joven.. -Sí, ¿y qué? Dicen que es su hija.. -¡Su hija! -exclamé afectando una cólera frenética-; ¿ese miserable se atreve a decir que es su hija? No puede ser. -Así lo dicen, y en verdad que se le parece bastante -repuso con calma mi interlocutor. -¡Oh! por Dios, amigo mío, por todos los santos, por lo que más ames en el mundo, llévame a casa de ese hombre, y si delante de mí se atreve a decir que Inés es su hija le arrancaré la lengua. -Lo que puedo aseguraros es que la he visto paseando por la ciudad y sus alrededores, dando el brazo a Santorcaz, que está muy enfermo, y la muchacha, muy linda por cierto, no tenía modos de estar descontenta al lado del masón, pues cariñosamente le conduce por las calles y le hace mimos y monerías.. Y ahora, mon petit, salís con que es vuestra novia, y una señora encantada o princesse d' Araucaine, según habéis dado a entender.. Bueno, ¿y qué? -Que he venido a Salamanca para apoderarme de ella y restituirla a su familia, empresa en la cual espero que me ayudarás. -Si ha sido robada, ¿por qué esa familia, que es tan poderosa, no se ha quejado al rey José? -Porque esa familia no quiere pedir nada al rey José. Eres más preguntón que un fiscal, y yo no puedo sufrirte más -grité sin poder contener mi impaciencia y enojo-. ¿Me sirves, sí o no? Jean-Jean, viendo mi actitud resuelta, vaciló un momento y después me dijo: -¿Qué tengo que hacer? ¿Llevaros a la calle del Cáliz, donde está la casa de Santorcaz, entrar, acogotarle y coger en brazos a la princesa encantada? -Eso sería muy peligroso. Yo no puedo hacer eso sin ponerme antes de acuerdo con ella, para que prepare su evasión con prudencia y sin escándalo. ¿Puedes tú entrar en la casa? -No muy fácilmente, porque el señor Santorcaz tiene costumbres de anacoreta y no gusta de visitas; pero conozco a Ramoncilla, una de las dos criadas que le sirven, y podría introducirme en caso de gran interés. -Pues bien; yo escribo dos palabras, haces que lleguen a manos de la señorita Inés, y una vez que esté (p.1784) prevenida.. -Ya os entiendo, tunante -dijo con malicia de zorro y burlándose de mí-. Queréis que me quite de vuestra presencia para escaparos. -¿Todavía dudas de mi sinceridad? Atiende a lo que escribo con lápiz en este papel. Apoyando un pedazo de papel en la pared escribí lo siguiente que por encima de mi hombro leía Jean-Jean: «Confía en el portador de este escrito, que es un amigo mío y de tu mamá la condesa de , y al cual señalarás el sitio y hora en que puedo verte, pues habiendo venido a Salamanca decidido a salvarte, no saldré de aquí sin ti. -Gabriel». -¿Nada más que esto? -dijo tomando el papel y observándolo con la atención profunda del anticuario que quiere descifrar una inscripción oscura. -Concluyamos. Tú llevas ese papel; procuras entregarlo a la señorita Inés; y si me traes en el dorso del mismo una sola letra suya, aunque sea trazada con la uña, te entregaré los seis doblones que llevo aquí, dejando para recompensar servicios de más importancia, lo que guardé en el mesón. -¡Sí, bonito negocio! -dijo el francés con desdén-. Yo voy a la calle del Cáliz, y en cuanto me aleje, vos que no deseáis sino perderme de vista, echáis a correr, y.. -Iremos juntos y te esperaré en la puerta.. -Es lo mismo, porque si subo y os dejo fuera.. -¡Desconfías de mí, miserable! -exclamé inflamado por la indignación, que se mostró de un modo terrible en mi voz y en mi gesto. -Sí, desconfío.. En fin, voy a proponeros una cosa, que me dará garantía contra vos. Mientras voy a la calle del Cáliz, os dejaré encerrado en paraje muy seguro, del cual es imposible escapar. Cuando vuelva de mi comisión os sacaré y me daréis el dinero. La ira se desbordaba en mí, mas viendo que era imposible escapar del poder de tan vil enemigo, acepté lo que me proponía, reconociendo que entre morir y ser encerrado durante un espacio de tiempo que no podía ser largo; entre la denuncia como espía y una retención pasajera, la elección no era dudosa. -Vamos -le dije con desprecio- llévame a donde quieras. Sin hablar más, Jean-Jean marchó a mi (p.1785) lado y volvimos a penetrar en aquel laberinto de ruinas, de edificios medio demolidos y revueltos escombros donde empezaban las fortificaciones. Vimos primero alguna gente en nuestro camino, y después la multitud que iba y venía, y trabajaba en los parapetos, amontonando tierra y piedras, es decir, fabricando la guerra con los festos de la religión. Ambos silenciosos llegamos a un pórtico vasto, que parecía ser de convento o colegio, y nos dirigimos a un claustro, donde vi hasta dos docenas de soldados, que tendidos por el suelo jugaban y reían con bullicio, gente feliz en medio de aquella nacionalidad destruida, pobres jóvenes sencillos e ignorantes de las causas que les habían movido a convertir en polvo la obra de los siglos. -Este es el convento de la Merced Calzada -me dijo Jean-Jean-. No se ha podido acabar de demoler, porque había mucha faena por otro lado. En lo que queda nos acuartelamos doscientos hombres. ¡Buen alojamiento! Benditos sean los frailes. ¡Charles le téméraire! -gritó después llamando a uno de los soldados que estaban en el corro. -¿Qué hay? -dijo adelantándose un soldado pequeño y gordinflón-. ¿A quién traes contigo? -¿Dónde está mi primo? -Por ahí anda. ¡Pied-de- mouton! Presentose al poco rato un sargento bastante parecido a mi acompañante maldito, y este le dijo: -Pied-de-mouton, dame la llave de la torre.
Ep-10-XVIII - Un instante después, Jean-Jean entraba conmigo en un aposento que no era ni oscuro ni húmedo, como suelen ser los destinados a encerrar prisioneros. -Permitidme, señor pequeño marqués -me dijo con burlona cortesía- que os encierre aquí mientras voy a la calle del Cáliz. Si me dais antes de partir los doblones prometidos, os dejaré libre. -No -repuse con desprecio-. Para tener la recompensa sin el servicio, necesitas matarme, vil. Inténtalo y me defenderé como pueda. -Pues quedaos aquí. No tardaré en volver. Marchose, cerrando por fuera la puerta que era gruesísima. Al verme solo, toqué los muros, cuyo espesor de dos varas anunciaba una solidez de construcción a (p.1786) prueba de terremotos.. ¡Triste situación la mía! Cerca del medio día, y antes de que pudiera adquirir todos los datos que mi general deseaba, encontrábame prisionero, imposibilitado de recorrer solo y a mis anchas la población. Hablando en plata, Dios no me había favorecido gran cosa, y a tales horas, poco sabía yo, y nada había hecho. Senteme fatigado, alcé la cabeza para explorar lo que había encima, y vi una escalera que, arrancando del suelo, seguía doblándose en los ángulos y arrollándose hasta perderse en alturas que no distinguía claramente mi vista. Los negros tramos de madera subían por el prisma interior, articulándose en las esquinas como una culebra con coyunturas, y las últimas vueltas perdíanse arriba en la alta región de las campanas. Una luz vivísima, entrando por las rasgadas ventanas sin vidrios, iluminaba aquel largo tubo vertical, en cuya parte inferior me encontraba. Atracción poderosa llamábame hacia arriba, y subí corriendo. Más que subir, aquella veloz carrera mía fue como si me arrojara en un pozo vuelto del revés. Saltando los escalones de dos en dos, llegué a un piso donde varios aparatos destruidos me indicaron que allí había existido un reloj. Por fuera una flecha negra que estuvo dando vueltas durante tres siglos, señalaba con irónica inmovilidad una hora que no había de correr más. Por todas partes pendían cuerdas; pero no había campanas. Era aquello el cadáver de una cristiana torre, mudo e inerte como todos los cadáveres. El reloj había cesado de latir marcando la oscilación de la vida, y las lenguas de bronce habían sido arrancadas de aquellas gargantas de piedra que por tanto tiempo clamaran en los espacios, saludando el alba naciente, ensalzando al Señor en sus grandes días y pidiendo una oración para los muertos. Seguí subiendo, y en lo más alto dos ventanas, dos enormes ojos miraban atónitos el vasto cielo y la ciudad y el país, como miran los espantados ojos de los muertos, sin brillo y sin luz. Al asomarme a aquellas cavidades, lancé un grito de júbilo. Debajo de mi vista se (p.1787) desarrollaba un mapa de gran parte de la ciudad y sus contornos, su río y su campiña. Un viento suave mugía en la bóveda de la torre solitaria, articulando en aquel cráneo vacío sílabas misteriosas. Figurábaseme que la mole se tambaleaba como una palmera, amenazando caer antes que las piquetas de los franceses la destruyeran piedra a piedra. A veces me parecía que se elevaba más, más todavía, y que la ciudad ilustre, la insigne Roma la chica, se desvanecía allá abajo perdiéndose entre las brumas de la tierra. Vi otras torres, los tejados, las calles, la majestuosa masa de las dos catedrales, multitud de iglesias de diferentes formas que habían tenido el privilegio de sobrevivir; innumerables ruinas, donde centenares de hombres, parecidos a hormigas que arrastran granos de trigo, corrían y se mezclaban; vi el Tormes, que se perdía en anchas curvas hacia Poniente, dejando a su derecha la ciudad y faldeando los verdes campos del Zurguen por la otra orilla; vi las plataformas, las escarpas y contra-escarpas, los rebellines, las cortinas, las troneras, los cañones, los muros aspillerados, los parapetos hechos con columnatas de los templos, los espaldones amasados con el polvo y la tierra que fueron huesos y carne de venerables monjas y frailes; vi los cañones enfilados hacia afuera, los morteros, el foso, las zanjas, los sacos de tierra, los montones de balas, los parques al aire libre.. ¡Oh, Dios poderoso, me diste más de lo que yo pedía! Vagaba por la ciudad imposibilitado de cumplir con mi deber, amenazado de muerte, expuesto a mil peligros, vendido, perdido, condenado, sin poder ver, sin poder mirar, sin poder escuchar, sin poder adquirir idea exacta ni aun confusa de lo que me rodeaba, hasta que un brazo de piedra, recogiéndome de entre las ruinas del suelo, alzome en los aires para que todo lo viese. -Bendito sea el Señor omnipotente y misericordioso -exclamé-. Después de esto no necesito más que ojos, y afortunadamente los tengo. La torre de la Merced tenía suficiente elevación para observar todo desde ella. Casi a sus pies estaba (p.1788) el colegio del Rey; seguía San Cayetano; después, en dirección al ocaso, el colegio mayor de Cuenca, y por último, los Benitos; en la elevación de enfrente vi una masa de edificios arruinados, cuyos nombres no conocía, pero cuyas murallas se podían determinar perfectamente, con las piezas de artillería que las guarnecían. Volviéndome al lado opuesto, vi lo que llamaban Teso de San Nicolás, los Mostenses, el Monte Olivete, y entre estas posiciones y aquellas, el foso y los caminos cubiertos que bajaban al puente. Desde la puerta de San Vicente, donde estaba el rebellín con los cuatro cañones giratorios de que habló Molichard, partía un foso que se enlazaba con los Milagros. En la parte anterior y superior del foso había una línea de aspilleras sostenida por fuerte estacada. Todo el edificio de San Vicente estaba aspillerado, y sus fuegos podían dirigirse al interior de la ciudad y al campo. San Cayetano era imponente. Demolido casi por completo, habían formado espacioso terraplén con baterías de todos calibres, y sus fuegos podían barrer la plazuela del Rey, el puente y la explanada del Hospicio. Aunque el recelo de que mi carcelero volviese pronto me obligó a trazar con mucha precipitación el dibujo que deseaba, este no salió mal, y en él representé imperfectamente, pero con mucha claridad, lo mucho y bueno que veía. Hícelo ocultándome tras el antepecho de la torre, y aunque la proyección geométrica dejaba algo que desear como obra de ciencia, no olvidé detalle alguno, indicando el número de cañones con precisión escrupulosa. Terminado mi trabajo, guardélo muy cuidadosamente y bajé hasta la entrada de la torre. Echándome sobre el primer escalón, aguardé al r. Jean-Jean, con intento de fingir que dormía cuando él llegase. Tardó bastante tiempo, poniéndome en cuidado y zozobra; mas al fin apareció, y le recibí haciendo como que me despertaba de largo y sabroso sueño. La expresión de su rostro pareciome de feliz augurio. Dios había empezado a protegerme, y hubiera sido crueldad (p.1789) divina torcer mi camino en aquella hora cuando tan fácil y transitable se presentaba delante de mí, llevándome derechamente a la buena fortuna. -Podéis seguirme -dijo Jean-Jean-. He visto a vuestra adorada. -¿Y qué? -pregunté con la mayor ansiedad. -Me parece que os ama, señor marqués -dijo en tono de lisonja y sonriendo con el servilismo propio de quien todo lo hace por dinero-. Cuando le di vuestro billete, se quedó más blanca que el papel en que lo escribisteis.. El Sr. Santorcaz, que está muy enfermo, dormía. Yo llamé a Ramoncilla, le prometí un doblón si hacía venir a la niña delante de mí para darle el billete; pero ¡cosa imposible! La niña está encerrada y el amo cuando duerme, guarda la llave debajo de la almohada.. Insistí, prometiendo dos doblones.. Entró la muchacha, hizo señas, apareció por un ventanillo una hermosísima figura, que alargó la mano.. Subime a un tonel.. no era bastante y puse sobre el tonel una silla.. ¡Oh, señor marqués! Después de leer el papel me dijo que fueseis al momento y luego como le indicase que necesitabais ver dos letras suyas para creerme, trazó con un pedazo de carbón esto que aquí veis.. si he ganado bien mis seis doblones -añadió lisonjeándome con una de esas cortesías que sólo saben hacer los franceses-, vuecencia lo dirá. El pícaro había cambiado por completo en gesto y modales para conmigo. Tomé el papel y decía: «Ven al instante», trazado en caracteres que reconocí al momento. Los garabatos con que los ángeles deben de escribir en el libro de ingresos del cielo el nombre de los elegidos, no me hubieran alegrado más. Sin hacerme repetir la súplica indirecta, pagué a Jean-Jean. Salimos a toda prisa de la torre, atalaya de mi espionaje, y luego del claustro y convento arruinado; enderezando nuestros pasos por calles o callejuelas, pasamos por delante de la catedral, y luego nos internamos de nuevo por varias angostas vías, hasta que al fin parose Jean-Jean y dijo: -Aquí es. Entremos despacito, aunque sin miedo, porque nadie nos estorba llegar hasta el patio. Ramoncilla nos dejará pasar. (p.1790) Después Dios dirá. Atravesamos el portal oscuro, y empujando una puerta divisamos un patio estrecho y húmedo, donde se nos apareció Ramoncilla, la cual gravemente hizo señas de que no metiésemos ruido, y luego inclinó su cabeza sobre la palma de la mano, para indicar sin duda que el señor seguía durmiendo. Avanzamos paso a paso, y Jean-Jean, sin abandonar su sonrisa de lisonja, señalome una estrecha ventana que se abría en uno de los muros del patio. Miré, pero nadie asomó por ella. Mi emoción era tan grande que me faltaba el aliento, y dirigía con extravío los ojos a todos lados como quien ve fantasmas. Sentí un ruido extraño, rumor como el de las alas de un insecto cuando surca el aire junto a nuestra cabeza, o el roce de una sutil tela con otra. Alcé la vista y la vi, vi a Inés en la ventana, sosteniendo la cortina con la mano izquierda y fijo en la boca el índice de la derecha para imponerme silencio. Su semblante expresaba un temor semejante al que nos sobrecoge cuando nos vemos al borde de un hondo precipicio sin poder detener ya la gravitación que nos empuja hacia él. Estaba pálida como la muerte, y el mirar de sus espantados ojos me volvía loco. Vi una escalera a mi derecha y me precipité por ella, pero la criada y el francés dijéronme más con signos que con palabras que subiendo por allí no podía entrar. Moví los brazos ordenando a Inés que bajase; pero hizo ella signos negativos que me desesperaron más. -¿Por dónde subo? -pregunté. La infeliz llevose ambas manos a la cabeza, lloró, y repitió su negativa. Luego parecía quererme decir que esperase. -Subiré -dije al francés, buscando algún objeto que disminuyese la distancia. Pero Jean-Jean, oficioso y solícito, como quien ha recibido seis doblones, había ya rodado el tonel que en un ángulo del patio estaba y puéstolo bajo la ventana. Aquel auxilio era pequeño, pues aún faltaba gran trecho sin apoyo ni asidero alguno. Yo devoraba con los ojos la pared, o más que pared, inaccesible montaña, cuando Jean-Jean, rápido, diligente y risueño, subió al tonel (p.1791) señalándome sus robustos hombros. Comprender su idea y utilizarla fue obra del mismo momento, y trepando por aquella escalera de carne francesa, así con mis trémulas manos el antepecho de la ventana. Estaba arriba.
Ep-10-XIX - Encontreme frente a Inés que me miraba, confundiendo en sus ojos la expresión de dos sentimientos muy distintos: la alegría y el terror. No se atrevía a hablarme; puso violentamente su mano en mi boca cuando quise articular la primera palabra; inundó de lágrimas ardientes mi pecho, y luego, indicándome con movimientos de inquietud que yo no podía estar allí, me dijo: -¿Y mi madre? -Buena.. ¿qué digo buena?.. medio muerta por tu ausencia.. ven al instante.. estás en mi poder.. ¿Lloras de alegría? La estreché con vehemente cariño en mis brazos y repetí: -¡Sígueme al momento.. pobrecita!.. Te ahogas aquí.. tanto tiempo buscándote.. ¡Huyamos, vida y corazón mío! La noticia de mi próxima muerte no me hubiera producido tanto dolor como las palabras de Inés cuando, temblando en mis brazos, me dijo: -Márchate tú. Yo no. Separeme de ella y la miré como se mira un misterio que espanta. -¿Y mi madre? -repitió ella. Su voz débil y quejumbrosa apenas se oía. Resonaba tan sólo en mi alma. -Tu madre te aguarda. ¿Ves esta carta? Es suya. Arrebatándome la carta de las manos, la cubrió de besos y lágrimas y se la guardó en el seno. Luego con rapidez suma se apartó de mí, señalándome con insistencia el patio. El espíritu que va consentido al cielo y encuentra en la puerta a San Pedro que le dice: «Buen amigo, no es este vuestro destino; tomad por aquella senda de la izquierda»; ese espíritu que equivoca el camino, porque ha equivocado su suerte, no se quedará tan absorto como me quedé yo. En mi alma se confundían y luchaban también sentimientos diversos; primero una inmensa alegría, después la zozobra, mas sobre todos dominaron la rabia y el despecho, cuando vi que aquella criatura tan amada, a quien yo quería devolver la libertad, me despedía sin que se pudiera traslucir el motivo. (p.1792) ¡Era para volverse loco! ¡Encontrarla después de tantos afanes, entrever la posibilidad de sacarla de allí para devolverla a su angustiada madre, a la sociedad, a la vida; recobrar el perdido tesoro del corazón, tomarlo en la mano y sentir rechazada esta mano!.. -¡Ahora mismo vas a salir de aquí conmigo! -dije sin bajar la voz y estrechando tan fuertemente su brazo que, a causa del dolor, no pudo reprimir un ligero grito. Arrojose a mis plantas y tres veces, tres veces, señores, con acento que heló la sangre en mis venas, repitió: -No puedo. -¿No me mandaste que viniera? -dije recordando el papel escrito con carbón. Tomó de una mesa un largo pliego escrito recientemente, y dándomelo, me dijo: -Toma esa carta, vete y haz lo que te digo en ella. Te veré otro día por esta ventana. -No quiero -grité haciendo pedazos el papel-. No me voy sin ti. Me asomé por la ventana y vi que Jean-Jean y Ramoncilla habían desaparecido. Inés se arrodilló de nuevo ante mí. -¡La llave, trae pronto la llave! -dije bruscamente-. Levántate del suelo.. ¿oyes?.. -No puedo salir -murmuró-. Vete al momento. Sus grandes ojos abiertos con espanto, me expulsaban de la casa. -¡Estás loca! -exclamé-. Dime «muere», pero no digas «vete».. Ese hombre te impide salir conmigo; tiene tanto poder sobre ti que te hace olvidar a tu madre y a mí que soy tu hermano, tu esposo, ¡a mí que he recorrido media España buscándote, y cien veces he pedido a Dios que tomara mi vida en cambio de tu libertad!.. ¿Te niegas a seguirme?.. Dime dónde está ese verdugo, porque quiero matarle; no he venido más que a eso. Su turbación hizo expirar las palabras en mi garganta. Estrechó amorosamente mi mano, y con voz angustiosa que apenas se oía, me dijo: -Si me quieres todavía, márchate. Mi furor iba a estallar de nuevo con mayor violencia, cuando un acento lejano, un eco que llegaba hasta nosotros debilitado por la distancia, clamó repetidas veces: -Inés, Inés. Una campanilla sonó al mismo tiempo con discorde vibración. Levantose ella (p.1793) despavorida, trató de componer su rostro y cabello secando las lágrimas de sus ojos, vino hacia mí poniendo en la mirada toda su alma para decirme que callase, que estuviese quieto, que la obedeciese retirándome, y partió velozmente por un largo pasadizo que se abría en el fondo de la habitación. Sin vacilar un instante la seguí. En la oscuridad, servíanme de guía su forma blanca que se deslizaba entre las dos negras paredes, y el ruido de su vestido al rozar contra una y otra en la precipitada marcha. Entró en una habitación espaciosa y bien iluminada, en donde entré también. Era su dormitorio, y al primer golpe de vista advertí la agradable decencia y pulcritud de aquella estancia, amueblada con arte y esmero. El lecho, las sillas, la cómoda, las láminas, la fina estera de colores, los jarros de flores, el tocador, todo era bonito y escogido. Cuando puse mis pies en la alcoba, ella que iba mucho más a prisa que yo, había pasado a otra pieza contigua por una puerta vidriera, cuya luz cubrían cortinas blancas de indiana con ramos azules. Allí me detuve y la vi avanzar hacia el fondo de una vasta estancia medio oscura, en cuyo recinto resonaba la voz de Santorcaz. El rencor me hizo reconocerle en la penumbra de la ancha cuadra, y distinguí la persona del miserable, doloridamente recostada en un sillón con las piernas extendidas sobre un taburete y rodeado de almohadas y cojines. También pude ver que la forma blanca de Inés se acercaba al sillón: durante corto rato ambos bultos estuvieron confundidos y enlazados, y sentí el estallido de amorosos besos que imprimían los labios del hombre sobre las mejillas de la mujer. -Abre, abre esas maderas, que está muy oscuro el cuarto -dijo Santorcaz- y no puedo verte bien. Inés lo hizo así, y la copiosa y rica luz del Mediodía iluminó la estancia. Mis ojos la escudriñaron en un segundo, observando todo, personajes y escena. A Santorcaz con la barba crecida y casi enteramente blanca, el rostro amarillo, hundidos los ojos de fuego, surcada de arrugas la hermosa y vasta frente, (p.1794) huesosas las manos, fatigado el aliento, no le hubiera conocido otro que yo, porque tenía grabadas en la mente sus facciones con la claridad del rostro aborrecido. Estaba viejo, muy viejo. La pieza contenía armas puestas en bellas panoplias, algunos muebles antiguos de gastado entalle, muchos libros, diversos armarios, arcones, un lecho cuyo dosel sostenían torneadas columnas, y un ancho velador lleno de papeles en confusión revueltos. Inés se juntó al hombre a quien por su vejez prematura puedo llamar anciano. -¿Por qué has tardado en venir? -dijo Santorcaz con acento dulce y cariñoso, que me causó gran sorpresa. -Estaba leyendo aquel libro.. aquel libro.. ya sabes -dijo la muchacha con turbación. El anciano tomando la mano de Inés la llevó a sus labios con inefable amor. -Cuando mis dolores -prosiguió- me permiten algún reposo y duermo, hija mía, en el sueño me atormenta una pena angustiosa; me parece que te vas y me dejas solo, que te vas huyendo de mí. Quiero llamarte y no puedo proferir voz alguna, quiero levantarme para seguirte y mi cuerpo convertido en estatua de hierro no me obedece.. Callando un momento para reposar su habla fatigosa, prosiguió luego así: -Hace un instante dormía con sueño indeciso. Me parecía que estaba despierto. Sentí voces en la habitación que da al patio; te vi dispuesta a huir, quise gritar; un peso horroroso, una montaña, oprimía mi pecho.. todavía moja mi frente el sudor frío de aquella angustia.. Al despertar eché de ver que todo era una nueva repetición del mismo sueño que me atormenta todas las noches.. Di, ¿me abandonarás? ¿abandonarás a este pobre enfermo, a este hombre ayer joven, hoy anciano y casi moribundo, que te ha hecho algún daño, lo confieso, pero que te ama, te adora como no suelen amar los hombres a sus semejantes, sino como se adora a Dios o a los ángeles? ¿Me abandonarás, me dejarás solo?.. -No -dijo Inés. Aquel monosílabo apenas llegó hasta mí. -¿Y me perdonas el mal que te he hecho, la libertad que te he quitado? ¿Olvidas las grandezas (p.1795) vanas y falaces que has perdido por mí..? -Sí -contestó la muchacha. -Pero no me amarás nunca como yo te amo. La prevención, el horror que te inspiré en los primeros días no podrá borrarse de tu corazón, y esto me desespera. Todos mis esfuerzos para complacerte, mi empeño en hacerte agradable esta vida, el bienestar tranquilo que te he proporcionado, todo es inútil.. La odiosa imagen del ladrón no te dejará ver en mí la venerable faz del padre. ¿No estás aún convencida de que soy un hombre bueno, honrado, leal, cariñoso, y no un monstruo abominable, como creen algunos necios? Inés no contestó. La observé dirigiendo inquietas miradas a los vidrios, tras los cuales yo me ocultaba. -Si por algo temo la muerte, es por ti -continuó el anciano-. ¡Oh! si pudiera llevarte conmigo sin quitarte la vida.. Pero ¿quién asegura que moriré..? No; mi enfermedad no es mortal. Viviré muchos años a tu lado, mirándote y bendiciéndote, porque has llenado el vacío de mi existencia. ¡Bendito sea el Ser Supremo! Viviré, viviremos, hija mía; yo te prometo que serás feliz.. ¿Pero no lo eres ahora? ¿Qué te falta..? ¿No me respondes..? Estás aterrada, te causo miedo.. El anciano calló un momento, y durante breve rato no se oyó en la habitación más que el batir de las tenues alas de una mosca que se sacudía contra los cristales, engañada por la transparencia de estos. -¡Dios mío! -exclamó él con amargura-. ¿Seré yo tan criminal como dicen? ¿Lo crees tú así? Dímelo con franqueza.. ¿Me juzgas un malvado? Hay en mi vida hechos extraños, hija mía, ya lo sabes; pero todo se explica y se justifica en este mundo.. ¿Qué razón hay para que te posea tu madre que durante tanto tiempo te tuvo abandonada pudiendo recogerte, y no te posea yo, que te amo por lo menos tanto como ella? no, que te amo más, muchísimo más, porque en la condesa pudo siempre el orgullo más que la maternidad, y jamás te llamó hija. Te tenía a su lado como un juguete precioso o fútil pasatiempo. Hija mía, la holgazanería, la corrupción y la vanidad de esos grandes, tan (p.1796) despreciables por su carácter, no tiene límites. Aborrece a esa gente, convéncete de la superioridad que tienes sobre ellos por la nobleza de tu alma; no les hagas el honor de ocupar tu entendimiento con una idea relativa a su vil orgullo. Haz tus alegrías con sus tormentos, y espera con deleite el día en que todos ellos caigan en el lodo. Apacienta tu fantasía con el espectáculo de reparación y justicia de esa gran caída que les espera, y acostúmbrate a no tener lástima de los explotadores del linaje humano, que han hecho todo lo posible para que el pueblo baile sobre sus cuerpos, después de muertos.. ¿Pero estás llorando, Inés..? Siempre dices que no entiendes esto. No puedo borrar de tu alma el recuerdo de otros días.. Inés no contestó nada. -Ya.. -dijo Santorcaz con amarga ironía, después de breve pausa-. La señorita no puede vivir sin carroza, sin palacio, sin lacayos, sin fiestas y sin pavonearse como las cortesanas corrompidas en los palacios de los reyes.. Un hombre del estado llano no puede dar esto a una señorita, y la señorita desprecia a su padre. La voz de Santorcaz tomó un acento duro y reprensivo. -Quizás esperes volver allá.. -añadió-. Quizás trames algún plan contra mí.. ¡Ah! ingrata; si me abandonas, si tu corazón se deja sobornar por otros amores, si menosprecias el cariño inmenso, infinito, de este desgraciado.. Inés, dame la mano, ¿por qué lloras..? vamos, vamos, basta de gazmoñerías.. Las mujeres son mimosas y antojadizas.. Vamos, hijita, ya sabes que no quiero lágrimas. Inés, quiero un rostro alegre, una conformidad tranquila, un ademán satisfecho.. El anciano besó a su hija en la frente, y después dijo: -Acerca una mesa, que quiero escribir. No pudiendo contenerme más, empujé las vidrieras para penetrar en la habitación.
Ep-10-XX - -¡Un hombre, un ladrón! -gritó Santorcaz. -El ladrón eres tú -afirmé adelantando con resolución. -¡Oh! Te conozco, te conozco.. -exclamó el anciano levantándose no sin trabajo de su asiento y arrojando a un lado almohadas y cojines. Inés al verme lanzó un grito agudísimo, y abrazando a su (p.1797) padre: -No le hagas daño -dijo- se marchará. -Necio -gritó él-. ¿Qué buscas aquí? ¿Cómo has entrado? -¿Qué busco? ¿Me lo preguntas, malvado? -exclamé poniendo todo mi rencor en mis palabras-. Vengo a quitarte lo que no es tuyo. No temas por tu miserable vida, porque no me ensañaré en ese infeliz cuerpo a quien Dios ha dado el merecido infierno con anticipación; pero no me provoques, ni detengas un momento más lo que no te pertenece, reptil, porque te aplasto. Al mirarme, los ojos de Santorcaz envenenaban y quemaban. ¡Tanta ponzoña y tanto fuego había en ellos! -Te esperaba.. -gritó-. Sirves a mis enemigos. Hijo del pueblo que comes las sobras de la mesa de los grandes, sabe que te desprecio. Enfermo e inválido estoy; mas no te temo. Tu vil condición y el embrutecimiento que da la servidumbre te impulsarán a descargar sobre mí la infame mano con que cargas la litera de los nobles. Desprecio tus palabras. Tu lengua, que adula a los poderosos e insulta a los débiles, sólo sirve para barrer el polvo de los palacios. Insúltame o mátame; pero mi adorada hija, mi hija que lleva en sus venas la sangre de un mártir del despotismo, no te seguirá fuera de aquí. -Vamos -grité a Inés ordenándole imperiosamente que me siguiera, y despreciando aquel gárrulo estilo revolucionario que tan en boga estaba entonces entre afrancesados y masones-. Vamos fuera de aquí. Inés no se movía. Parecía la estatua de la indecisión. Santorcaz, gozoso de su triunfo, exclamó: -¡Lacayo, lacayo! Di a tus indignos amos que no sirves para el caso. Al oír esto, una nube de sangre cubrió mis ojos; sentí llamas ardientes dentro de mi pecho, y abalancéme hacia aquel hombre. El rayo, al caer, debe de sentir lo que yo sentí. Alargó su brazo para coger una pistola que en la cercana mesa había, y al dirigirla contra mi pecho, Inés se interpuso tan violentamente, que si dispara, hubiérala muerto sin remedio. -¡No le mates, padre! -gritó. Aquel grito, el aspecto del anciano enfermo, que arrojó el arma lejos de sí, renunciando a defenderse, me sobrecogieron de tal modo, (p.1798) que quedé mudo, helado y sin movimiento. -Dile que nos deje en paz -murmuró el enfermo abrazando a su hija-. Sé que conoces hace tiempo a ese desgraciado. La muchacha ocultó en el pecho del padre su rostro lleno de lágrimas. -Joven sin corazón -me dijo Santorcaz con voz trémula-. Márchate; no me inspiras ni odio ni afecto. Si mi hija quiere abandonarme y seguirte, llévatela. Clavó en su hija los ojos ardientes, apretando con su mano huesosa, no menos dura y fuerte que una garra, el brazo de la infeliz joven: -¿Quieres huir de mi lado y marcharte con ese mancebo? -añadió soltándola y empujándola suavemente lejos de sí. Di algunos pasos hacia adelante para tomar la mano de Inés. -Vamos -le dije-. Tu madre te espera. Estás libre, querida mía, y se acabaron para ti el encierro y los martirios de esta casa, que es un sepulcro habitado por un loco. -No, no puedo salir -me dijo Inés corriendo al lado del anciano, que le echó los brazos al cuello y la besó con ternura. -Bien, señora -dije con un despecho tal, que me sentí impulsado a no sé qué execrables violencias-. Saldré. Nunca más me verá usted; nunca más verá usted a su madre. -Bien sabía yo que no eras capaz de la infamia de abandonarme -exclamó el anciano llorando de júbilo. Inés me lanzó una mirada encendida y profunda, en la cual sus negras pupilas, al través de las lágrimas, dijéronme no sé qué misterios, manifestáronme no sé qué enigmáticos pensamientos que en la turbación de aquel instante no pude entender. Ella quiso sin duda decirme mucho; pero yo no comprendí nada. El despecho me ahogaba. -Gabriel -dijo el anciano recobrando la serenidad-. Aquí no haces falta. Ya has oído que te marches. Supongo que habrás traído escala de cuerda; mas para que bajes más seguro, toma la llave que hay sobre esa mesa, abre la puerta que hay en el pasillo, y por la escalera que veas baja al patio. Te ruego que dejes la llave en la puerta. Viendo mi indecisión y perplejidad, añadió con punzante y cruel ironía: -Si puedo serte útil en Salamanca, dímelo con franqueza. (p.1799) ¿Necesitas algo? Parece que no has comido hoy, pobrecillo. Tu rostro indica vigilias, privaciones, trabajos, hambre.. En la casa del hombre del estado llano no falta un pedazo de pan para los pobres que vienen a la puerta. ¿Sucede lo mismo en casa de los nobles? Inés me miró con tanta compasión, que yo la sentí por ella, pues no se me ocultaba que padecía horriblemente. -Gracias -respondí con sequedad-; no necesito nada. El pedazo de pan que he venido a buscar no ha caído en mi mano; pero volveré por él.. Adiós. Y tomando la llave, salí bruscamente de la estancia, de la escalera, del patio, de la horrible casa; pero padre, hija, estancia, patio y casa, todo lo llevaba dentro de mí.
Ep-10-XXI - Cuando me encontré en la calle traté de reflexionar, para que la razón, enfriando mi sofocante ira, iluminara un poco mi entendimiento sobre aquel inesperado suceso; pero en mí no había más que pasión, una irritación salvaje que me hacía estúpido. Fuera ya de la escena, lejos ya de los personajes, traté de recordar palabra por palabra todo lo dicho allí; traté de recordar también la expresión de las fisonomías, para escudriñar antecedentes, indagar causas y secretos. Estos no pueden salir desde el fondo de las almas a la superficie de los apasionados discursos en un diálogo vivo entre personas que con ardor se aman o se odian. A veces sentía no haber estrangulado a aquel hombre envejecido por las pasiones; a veces sentía hacia él inexplicable compasión. La conducta de Inés, tan desfavorable para mi amor propio, infundíame a ratos una ira violenta, ira de amante despreciado, y a ratos un estupor secreto con algo de la instintiva admiración que producen las grandezas de la Naturaleza cuando está uno cerca de ellas, cuando sabe uno que las va a ver, pero no las ha visto todavía. Mi cerebro estaba lleno con la anterior entrevista. Pasaba el tiempo, pasaba yo maquinalmente de un sitio a otro, y aún los tenía a los dos ante la vista, a ella afligida y espantada, queriendo ser buena conmigo y con su padre; a Santorcaz furioso, irónico, (p.1800) díscolo e insultante conmigo, tierno y amoroso con ella. Observando bien a Inés, ahondando en aquel dolor suyo y en aquella su patética simpatía por la miseria humana, no había realmente nada de nuevo. En él sí, mucho. Yo traía el pasado y lo ponía delante; registraba toda aquella parte de mi vida en que tuviera relación con ambos personajes. Finalmente, hice respecto a mi propio pensar y sentir en aquella ocasión un raciocinio que iluminó un poco mi espíritu. -Largo tiempo, y hoy mismo al encontrarme frente a él -dije- he considerado a ese hombre como un malvado, y no he considerado que es un padre. Sin duda me había acostumbrado a ver aquel asunto desde un punto de vista que no era el más conveniente. Así pensando y sintiendo, con el cerebro lleno, el corazón lleno, proyectando en redor mío mi agitado interior, lo cual me hacía ver de un modo extraño lo que me rodeaba, sin vivir más que para mí mismo, olvidado en absoluto lo que me llevara a Salamanca, discurrí por varias calles que no conocía. De improviso ante mi cara apareció una cara. La vi con la indiferencia que inspira un figurón pintado, y tardé mucho tiempo en llegar al convencimiento de que yo conocía aquel rostro. En las grandes abstracciones del alma, el despertar es lento y va precedido de una serie de raciocinios en que aquella disputa con los sentidos sobre si reconoce o no lo que tiene delante. Yo razoné al fin, y dije para mí: -Conozco estos ojuelos de ratón que delante tengo. Recobrando poco a poco mi facultad de percepción, hablé conmigo de este modo: -Yo he visto en alguna parte esta nariz insolente y esta boca infernal que se abre hasta las orejas para reír con desvergüenza y descaro. Dos manos pesadas cayeron sobre mis hombros. -Déjame seguir, borracho -exclamé, empujando al importuno, que no era otro que Tourlourou. -¡Satané farceur! -gritó Molichard, que acompañaba por mi desgracia al otro-. Venid al cuartel. -Drôle de pistolet.. venid -dijo Tourlourou riendo diabólicamente-. Caballero Cipérez, el coronel (p.1801) Desmarets os aguarda.. -¡Ventre de biche!.. os escapasteis cuando ibais a ser encerrado. -Y sacasteis la navaja para asesinarnos. -Monseigneur Cipérez, vous serez coffré et niché. Intenté defenderme de aquellos salvajes; pero me fue imposible, pues aunque borrachos, juntos tenían más fuerza que yo. Al mismo tiempo, como la escena en la casa de Santorcaz embargaba de un modo lastimoso mis facultades intelectuales, no me ocurría ardid ni artificio alguno que me sacase de aquel nuevo conflicto, más grave sin duda que los vencidos anteriormente. Lleváronme, mejor dicho, arrastráronme hasta el cuartel, donde por la mañana tuve el honor de conocer a Molichard, y en la puerta detúvose Tourlourou, mirando al extremo de la calle. -Dame.. -chilló- allí viene el coronel Desmarets. Cuando mis verdugos anunciaron la proximidad del coronel encargado de la policía de la ciudad, encomendé mi alma a Dios, seguro de que si por casualidad me registraban y hallaban sobre mí el plano de las fortificaciones, no tardaría un cuarto de hora en bailar al extremo de una cuerda, como ellos decían. Volví angustiado los ojos a todas partes, y pregunté: -¿No está por ahí el Sr. Jean-Jean? Aunque el dragón no era un santo, le consideré como la única persona capaz de salvarme. El coronel Desmarets se acercaba por detrás de mí. Al volverme.. ¡oh asombro de los asombros!.. le vi dando el brazo a una dama, señores míos, a una dama que no era otra que la mismísima miss Fly, la mismísima Athenais, la mismísima Pajarita. Quedeme absorto, y ella al punto saludome con una sonrisa vanagloriosa que indicaba su gran placer por la sorpresa que me causaba. Molichard y su vil compañero adelantáronse hacia el coronel, hombre grave y de más que mediana edad, y con todo el respeto que su embrutecedora embriaguez les permitiera, dijéronle que yo era espía de los ingleses. -¡Insolentes! -exclamó con indignación y en francés miss Fly-. ¿Os atrevéis a decir que mi criado es espía? Señor coronel, no hagáis caso de esos (p.1802) miserables a quienes rebosa el vino por los ojos. Este muchacho es el que ha traído mi equipaje, y el que con vuestra ayuda he buscado inútilmente hasta ahora por la ciudad.. Di, tonto, ¿dónde has puesto mi maleta? -En el mesón de la Fabiana, señora -respondí con humildad. -Acabáramos. Buen paseo he hecho dar al señor coronel que me ha ayudado a buscarte.. Dos horas recorriendo calles y plazas.. -No se ha perdido nada, señora -le dijo Desmarets con galantería-. Así habéis podido ver lo más notable de esta interesantísima ciudad. -Sí; pero necesitaba sacar algunos objetos de mi maleta, y este idiota.. Es idiota, señor coronel.. -Señora -dije señalando a mis dos crueles enemigos-. Cuando iba en busca de su excelencia, estos borrachos me llevaron engañado a una taberna, bebieron a mi costa, y luego que me quedé sin un real, dijeron que yo era espía y querían ahorcarme. Miss Fly miró al coronel con enfado y soberbia, y Desmarets, que sin duda deseaba complacer a la bella amazona, recogió todo aquel femenino enojo para lanzarlo militarmente sobre los dos bravos franchutes, los cuales al verse convertidos de acusadores en acusados, parecían más beodos que antes y más incapaces de sostenerse sobre sus vacilantes piernas. -¡Al cuartel, canalla! -gritó el jefe con ira-. Yo os arreglaré dentro de un rato. Molichard y Tourlourou, asidos del brazo, confusos y tan lastimosamente turbados en lo moral como en lo físico, entraron en el edificio dando traspiés, y recriminándose el uno al otro. -Os juro que castigaré a esos pícaros -dijo el bravo oficial-. Ahora, puesto que habéis encontrado vuestra maleta, os conduciré a vuestro alojamiento. -Sí, lo agradeceré -dijo miss Fly poniéndose en marcha, ordenándome que la siguiera. -Y luego -añadió Desmarets- daré una orden para que se os permita visitar el hospital. Tengo idea de que no ha quedado en él ningún oficial inglés. Los que había hace poco, sanaron y fueron canjeados por los franceses que estaban en Fuente-Aguinaldo. -¡Oh, Dios mío! ¡Entonces habrá muerto! -exclamó con (p.1803) afectada pena miss Fly-. ¡Desgraciado joven! Era pariente de mi tío el vizconde de Marley.. ¿Pero no me acompañáis al hospital? -Señora, me es imposible. Ya sabéis que Marmont ha dado orden para que salgamos hoy mismo de Salamanca. -¿Evacuáis la ciudad? -Así lo ha dispuesto el general. Estamos amenazados de un sitio riguroso. Carecemos de víveres, y como las fortificaciones que se han hecho son excelentes, dejamos aquí ochocientos hombres escogidos que bastarán para defenderlas. Salimos hacia Toro para esperar a que nos envíen refuerzos del Norte o de Madrid. -¿Y marcháis pronto? -Dentro de una hora. Sólo de una hora puedo disponer para serviros. -Gracias.. Siento que no podáis ayudarme a buscar a ese valiente joven, paisano mío, cuyo paradero se ignora y es causa de este mi intempestivo y molesto viaje a Salamanca. Fue herido y cayó prisionero en Arroyomolinos. Desde entonces no he sabido de él.. Dijéronme que tal vez estaría en los hospitales franceses de esta ciudad. -Os proporcionaré un salvo-conducto para que visitéis el hospital, y con esto no necesitáis de mí. -Mil gracias; creo que llegamos a mi alojamiento. -En efecto, este es. Estábamos en la puerta del mesón de la Lechuga, distante no más de veinte pasos de aquel donde yo había dejado mi asno. Desmarets despidiose de miss Fly, repitiendo sus cumplidos y caballerescos ofrecimientos. -Ya veis -me dijo Athenais cuando subíamos a su aposento- que hicisteis mal en no permitir que os acompañase. Sin duda habéis pasado mil contrariedades y conflictos. Yo, que conozco de antiguo al bravo Desmarets, os los hubiera evitado. -Señora de Fly, todavía no he vuelto de mi asombro, y creo que lo que tengo delante no es la verídica y real imagen de la hermosa dama inglesa, sino una sombra engañosa que viene a aumentar las confusiones de este día. ¿Cómo ha venido usted a Salamanca, cómo ha podido entrar en la ciudad, cómo se las ha compuesto para que ese viejo relamido, ese Desmarets?.. -Todo eso que os parece raro, (p.1804) es lo más natural del mundo. ¡Venir a Salamanca! Existiendo el camino, ¿os causa sorpresa? Cuando con tanta grosería y vulgares sentimientos me abandonasteis, resolví venir sola. Yo soy así. Quería ver cómo os conducíais en la difícil comisión, y esperaba poder prestaros algún servicio, aunque por vuestra ingratitud no merecíais que me ocupara de vos. -¡Oh! Mil gracias, señora. Al dejar a usted lo hice por evitarle los peligros de esta expedición. Dios sabe cuánta pena me causaba sacrificar el placer y el honor de ser acompañado por usted. -Pues bien, señor aldeano, al llegar a las puertas de la ciudad, acordeme del coronel Desmarets, a quien recogí del campo de batalla después de la Albuera, curando sus heridas y salvándole la vida: pregunté por él, salió a mi encuentro, y desde entonces no tuve dificultad alguna ni para entrar aquí ni para buscar alojamiento. Le dije que me traía el afán de saber el paradero de un oficial inglés, pariente mío, perdido en Arroyomolinos y como deseaba encontraros, fingí que uno de los criados que traía conmigo, portador de mi maleta, había desaparecido en las puertas de la ciudad. Deseando complacerme, Desmarets me llevó a distintos puntos. ¡Dos horas paseando!.. Estaba desesperada.. Yo miraba a un lado y otro diciendo: «¿Dónde estará ese bestia?.. Se habrá quedado lelo mirando los fuertes.. Es tan bobo..». -¿Y el mozuelo que acompañaba a usted? -Entró conmigo. ¿Os burlabais del carricoche de mistress Mitchell? Es un gran vehículo, y tirado por el caballo que me dio Simpson, parecía el carro de Apolo.. Veamos ahora, señor oficial, cómo habéis empleado el tiempo, y si se ha hecho algo que justifique la confianza del señor duque. -Señora, llevo sobre mí un plano de las fortificaciones muy oculto.. Además poseo innumerables noticias que han de ser muy útiles al general en jefe. He experimentado mil contratiempos; pero al fin, en lo relativo a mi comisión militar, todo me ha salido bien. -¡Y lo habéis hecho sin mí! -dijo la Mariposa con despecho. -Si tuviera tiempo de (p.1805) referir a usted las tragedias y comedias de que he sido actor en pocas horas.. pero estoy tan fatigado que hasta el habla me va faltando. Los sustos, las alegrías, las emociones, las cóleras de este día abatirían el ánimo más esforzado y el cuerpo más vigoroso, cuanto más el ánimo y cuerpo míos, que están el uno aturdido y apesadumbrado, el otro, tan vacío de toda sólida sustancia, como quien no ha comido en diez y seis horas. -En efecto, parecéis un muerto -dijo entrando en su habitación-. Os daré algo de comer. -Es una felicísima idea -respondí- y pues tan milagrosamente nos hemos juntado aquí, lo cual prueba la conformidad de nuestro destino, conviene que nos establezcamos bajo un mismo techo. Voy a traer mi burro, en cuyas alforjas dejé algo digno de comerse. Al instante vuelvo. Pida usted en tanto a la mesonera lo que haya.. pero pronto, prontito.. Fui al mesón donde había dejado mi asno, y al entrar en la cuadra sentí la voz del mesonero muy enfrascada en disputas con otra que reconocí por la del venerable señor Jean-Jean. -Muchacho -me dijo el mesonero al entrar- este señor francés se quería llevar tu burro. -¡Excelencia! -afirmó cortésmente aunque muy turbado Jean-Jean- no me quería llevar la bestia.. preguntaba por vos. Acordeme de la promesa hecha al dragón, y del ánima de la albarda, invención mía para salir del paso. -Jean-Jean -dije al francés- todavía necesito de ti. Hoy salen los franceses, ¿no es verdad? -Sí señor, pero yo me quedo. Quedamos veinte dragones para escoltar al gobernador. -Me alegro -dije disponiéndome a llevar el burro conmigo-. Ahora, amigo Jean-Jean, necesito saber si el tal jefe de los masones se dispone a salir hoy también de Salamanca. Es lo más probable. -Lo averiguaré, señor. -Estoy en el mesón de al lado, ¿sabes? -La Lechuga, sí. -Allí te espero. Tenemos mucho que hacer hoy, amigo Jean-Jean. -No deseo más que servir a su excelencia. -Y yo pago bien a los que me sirven.
Ep-10-XXII - Miss Fly, pretextando que la criada del mesón no debía enterarse de lo que hablábamos, me (p.1806) sirvió la frugal comida ella misma, lo cual, si no era conforme a los cánones de la etiqueta inglesa, concordaba perfectamente con las circunstancias. -Vuestra tristeza -dijo la inglesa- me prueba que si en la comisión militar salisteis bien, no sucede lo mismo en lo demás que habéis emprendido. -Así es en efecto señora -repuse- y juro a usted que mi pesadumbre y descorazonamiento son tales que nunca he sentido cosa igual en ninguna ocasión de mi vida. -¿No está vuestra princesa en Salamanca? -Está, señora -repliqué- pero de tal manera, que más valdría no estuviese aquí ni en cien leguas a la redonda. Porque ¿de qué vale hallarla si la encuentro.. -Encantada -dijo la inglesa, interrumpiéndome con picante jovialidad- y convertida, como Dulcinea, en rústica y fea labradora la que era señora finísima. -Allá se va una cosa con otra -dije- porque si mi princesa no ha perdido nada de la gallardía de su presencia, ni de la sin igual belleza de su rostro, en cambio ha sufrido en su alma transformación muy grande, porque no ha querido aceptar la libertad que yo le ofrecí, y prefiriendo la compañía de su bárbaro carcelero, me ha puesto bonitamente en la puerta de la calle. -Eso tiene una explicación muy sencilla -me dijo la dama riendo con verdadero regocijo- y es que vuestra archiduquesa prisionera ya no os ama. ¿No habéis pensado en el inconveniente de presentaros ante ella con ese vestido? El largo trato con su raptor le habrá inspirado amor hacia este. No os riáis, caballero. Hay muchos casos de damas robadas por los bandidos de Italia y Bohemia, que han concluido por enamorarse locamente de sus secuestradores. Yo misma he conocido a una señorita inglesa que fue robada en las inmediaciones de Roma, y al poco tiempo era esposa del jefe de la partida. En España, donde hay ladrones tan poéticos, tan caballerescos, que casi son los únicos caballeros del país, ha de suceder lo mismo. Lo que me contáis, señor mío, no tiene nada de absurdo y cuadra perfectamente con las ideas que he formado de este país. -La grande (p.1807) imaginación de usted -le dije-, tal vez se equivoque al querer encontrar ciertas cosas fuera de los libros; pero de cualquier modo que sea, señora, lo que me pasa es bien triste.. porque.. -Porque amáis más a vuestra niña, desde que ella adora a ese pachá de tres colas, a ese Fra-Diávolo, en quien me figuro ver un grandísimo ladrón, pero hermoso como los más hermosos tipos de Calabria y Andalucía, más valiente que el Cid, gran jinete, espadachín sublime, algo brujo, generoso con los pobres, cruel con los ricos y malvados, rico como el gran turco, y dueño de inmensas pedrerías que siempre le parecen pocas para su amada. También me lo figuro como Carlos Moor, el más poético e interesante de los salteadores de caminos. -¡Oh! miss Fly, veo que usted ha leído mucho. Mi enemigo no es tal como usted le pinta, es un viejo enfermo. -Pues entonces, Sr. Araceli -dijo Athenais con disgusto-, no tratéis de engañarme pintando a esa joven como una persona principal, porque si se ha aficionado al trato de un viejo enfermo, habrá sido por avaricia, cualidad propia de costureras, doncellas de labor, cómicas u otra gente menuda, a cuyas respetables clases creo desde ahora que pertenecerá esa tan decantada señora que adoráis. -No he engañado a usted respecto a la elevación de su clase. Respecto a la afición que ha podido sentir hacia su secuestrador, no tiene nada de vituperable, porque es su padre. -¡Su padre! -exclamó con asombro-. Eso sí que no estaba escrito en mis libros. ¿Y a un padre que retiene consigo a su hija le llamáis ladrón? Eso sí que es extraño. No hay país como España para los sucesos raros y que en todo difieren de lo que es natural y corriente en los demás países. Explicadme eso, caballero. -Usted cree que todos los lances de amor y de aventura han de pasar en el mundo conforme a lo que ha leído en las novelas, en los romances, en las obras de los grandes poetas y escritores, y no advierte que las cosas extrañas y dramáticas suelen verse antes en la vida real que en los libros, llenos de ficciones convencionales y que se (p.1808) reproducen unas a otras. Los poetas copian de sus predecesores, los cuales copiaron de otros más antiguos, y mientras fabrican este mundo vano, no advierten que la naturaleza y la sociedad van creando a escondidas del público y recatándose de la imprenta mil novedades que espantan o enamoran. Yo hacía esfuerzos de ingenio por sostener de algún modo un coloquio en que miss Fly con su ardoroso sentimiento poético me llevaba ventaja, y a cada palabra mía su atrevida imaginación se inflamaba más volando en pos de sucesos raros, desconocidos, novelescos, fuente de pasión y de idealismo. No puedo negar que Athenais me causaba sorpresa, porque yo, en mi ignorancia, no conocía el sentimentalismo que entonces estaba en moda entre la gente del Norte, invadiendo literatura y sociedad de un modo extraordinario. -Referidme eso -me dijo con impaciencia. Sin temor de cometer una indiscreción, conté punto por punto a mi hermosa acompañante, todo lo que el lector sabe. Oíame tan atentamente y con tales apariencias de agrado, que no omití ningún detalle. Algunas veces creí distinguir en ella señales más bien de entusiasmo varonil, que de emoción femenina, y cuando puse punto final en mi relato, levantose y con ademán resuelto y voz animosa, hablome así: -¿Y vivís con esa calma, caballero, y referís esos dramas de vuestra vida como si fueran páginas de un libro que habéis leído la noche anterior? No sois español, no tenéis en las venas ese fuego sublime que impulsa al hombre a luchar con las imposibilidades. Os estáis ahí mano sobre mano contemplando a una inglesa y no se os ocurre nada, no se os ocurre entrar en esa casa, arrancar a esa infeliz mujer del poder que la aprisiona; echar una cuerda al cuello de ese hombre para llevarle a una casa de locos; no se os ocurre comprar una espada vieja y batiros con medio mundo, si medio mundo se opone a vuestro deseo; romper las puertas de la casa, pegarle fuego si es preciso; coger a la muchacha sin tratar de persuadirla a que os siga, y llevarla donde os parezca (p.1809) conveniente; matar a todos los alguaciles que os salgan al paso, y abriros camino por entre el ejército francés si el ejército francés en masa se opone a que salgáis de Salamanca. Confieso que os creí capaz de esto. -Señora -repliqué con ardor- dígame usted en qué libro ha leído eso tan bonito que acaba de decirme. Quiero leerlo también, y después probaré si tales hazañas son posibles. -¿En qué libro, menguado? -repuso con exaltación admirable-. En el libro de mi corazón, en el de mi fantasía, en el de mi alma. ¿Queréis que os enseñe algo más? -Señora -afirmé confundido-, el alma de usted es superior a la mía. Vamos al instante a esa casa -dijo tomando un látigo, y disponiéndose a salir. Miré a miss Fly con admiración; pero con una admiración que no era enteramente seria, quiero decir que algo se reía dentro de mí. -¿A dónde, señora, a dónde quiere usted que vayamos? -¡Y lo pregunta! -exclamó Athenais-. Caballero, si os hubiera creído capaz de hacerme esa pregunta que indica las indecisiones de vuestra alma, no hubiera venido a Salamanca. -No, si comprendo perfectamente -respondí, no queriendo aparecer inferior a mi interlocutora-. Comprendo.. vamos.. pues.. a hacer una barbaridad, una que sea sonada.. yo me atrevo a ello, y aun a cosas mayores. -Entonces.. -Precisamente pensaba en eso. Yo no conozco el miedo. -Ni los obstáculos, ni el peligro, ni nada. Así, así, caballero, así se responde -gritó con acalorado y sonoro acento. Su inflamado semblante, sus brillantes ojos, el timbre de su patética voz, ejercían extraño poder sobre mí, y despertaban no sé qué vagas sensaciones de grandeza, dormidas en el fondo de mi corazón, tan dormidas que yo no creía que existiesen. Sin saber lo que hacía, levanteme de mi asiento, gritando con ella: -¡Vamos, vamos allá! -¿Estáis preparado? -Ahora recuerdo que necesito una espada.. vieja. -O nueva.. No será malo ver a Desmarets. -Yo no necesito de nadie, me basto y me sobro -exclamé con brío y orgullo. -Caballero -dijo ella con entusiasmo- eso debiera decirlo yo para (p.1810) parecerme a Medea. -Decía que no podemos entrar con Desmarets -indiqué pensando un poco en lo positivo- porque sale hoy de Salamanca. En aquel momento sentimos ruido en el exterior. Era el ejército francés que salía. Los tambores atronaban la calle. Apagaba luego sus retumbantes clamores el paso de los escuadrones de caballería, y por último, el estrépito de las cureñas hacía retemblar las paredes cual si las conmoviera un terremoto. Durante largo tiempo estuvieron pasando tropas. -Espero ser yo quien primero lleve a lord Wellington la noticia de que los franceses han salido de Salamanca -dije en voz baja a miss Fly, mirando el desfile desde nuestra ventana. -Allí va Desmarets -repuso la inglesa fijando su vista en las tropas. En efecto, pasaba a caballo Desmarets al frente de su regimiento, y saludó a miss Fly con galantería. -Hemos perdido un protector en la ciudad -me dijo-; pero no importa; no lo necesitaremos. En este momento sonaron algunos golpecitos en la puerta; abrí, y se nos presentó el Sr. Jean-Jean, que sombrero en mano, hizo varios arqueos y cortesías.. -Excelencia, la mesonera me dijo que estabais aquí, y he venido a deciros.. -¿Qué? Jean-Jean miró con recelo a miss Fly; pero al punto le tranquilicé, diciéndole: -Puedes hablar, amigo Jean-Jean. -Pues venía a deciros -prosiguió el soldado- que ese señor Santorcaz saldrá de la ciudad. Como Salamanca va a ser sitiada, huyen esta noche muchas familias, y el masón no será de los últimos, según me ha dicho Ramoncilla. Ha salido hace un momento de su casa, sin duda para buscar carros y caballerías. -Entonces se nos va a escapar -dijo miss Fly con viveza. -No saldrán -repuso- hasta después de media noche. -Amigo Jean-Jean, quiero que me proporciones un sable y dos pistolas. -Nada más fácil, excelencia -contestó. -Y además una capa.. Luego que sea de noche, prepararás el coche.. -No se encuentra ninguno en la ciudad. -Abajo tenemos uno. Enganchas el caballo, que también está abajo, y lo llevas a la puerta más próxima a la calle del (p.1811) Cáliz. -Que es la de Santi-Spíritus.. Os advierto que Santorcaz ha vuelto a su casa; le he visto acompañado de sus cinco amigotes, cinco hombres terribles, que son capaces de cualquier cosa.. -¡Cinco hombres!.. -Que no permiten se juegue con ellos. Todas las noches se reúnen allí y están bien armados. -¿Tienes algún amigo que quiera ganarse unos cuantos doblones y que además sea valiente, sereno y discreto? -Mi primo Pied-de-mouton es bueno para el caso, pero está algo enfermo. No sé si Charles le Téméraire querrá meterse en tales fregados; se lo diré. -No necesitamos de vuestros amigos -dijo miss Fly-. No queremos a nuestro lado gente soez. Iremos enteramente solos. -Dentro de un momento tendréis las armas -afirmó Jean-Jean-. ¿Y no me decís nada de vuestro asno? -Te lo regalaré con albarda y todo.. mas no busques ya nada en ella. Lo que merezcas te lo daré cuando nos hallemos sin peligro fuera de las puertas de la ciudad. Jean-Jean me miró con expresión sospechosa; pero, o renació pronto en su pecho la confianza, o supo disimular su recelo, y se marchó. Cuando de nuevo se me puso delante al anochecer y me trajo las armas, ordenele que me esperase en la calle del Cáliz, con lo cual dimos la inglesa y yo por terminados los preparativos de aquel estupendo y nunca visto suceso, que verá el lector en los capítulos siguientes.
Ep-10-XXIII - Al llegar a esta parte de mi historia, oblígame a detenerme cierta duda penosa que no puedo arrojar lejos de mí, aunque de mil maneras lo intento. Es el caso que, a pesar de la fidelidad y veracidad de mi memoria, que tan puntualmente conserva los hechos más remotos, dudo si fui yo mismo quien acometió la temeridad en cuestión, apretado a ello por el poético y voluntarioso ascendiente de una hermosa mujer inglesa, o si habiéndolo yo soñado, creí que lo hice, como muchas veces sucede en la vida, por no ser fácil deslindar lo soñado de lo real; o si en vez de ser mi propia persona la que a tales empeños se lanzara, fue otro yo quien supo interpretar los fogosos sentimientos y (p.1812) caballerescas ideas de la hechicera Athenais. Ello es que, teniéndome por cuerdo hoy, como entonces, me cuesta trabajo determinarme a afirmar que fui yo propio el autor de tal locura, aunque todos los datos, todas las noticias y las tradiciones todas concuerden en que no pudo ser otro. Ante la evidencia inclino la frente y sigo contando. Vino, pues, la noche, envolviendo en sus sombras todo el ámbito de Roma la chica. Salimos miss Fly y yo, y atravesando la Rúa, nos internamos por las oscuras y torcidas calles que nos debían llevar al lugar de nuestra misteriosa aventura. Bien pronto, ignorantes ambos de la topografía de la ciudad, nos perdimos y marchamos al acaso, procurando brujulearnos por los edificios que habíamos visto durante el día; mas con la oscuridad no distinguíamos bien la forma de aquellas moles que nos salían al paso. A lo mejor nos hallábamos detenidos por una pared gigantesca, cuya eminencia se perdía allá en los cielos; luego creeríase que la enorme masa se apartaba a un lado para dejarnos libre el paso de una calleja alumbrada a lo lejos por las lamparillas de la devoción, encendidas ante una imagen. Seguíamos adelante creyendo encontrar el camino buscado, y tropezábamos con un pórtico y una torre que en las sombras de la noche venían cada cual de distinto punto y se juntaban para ponérsenos delante. Al fin conocimos la catedral entre aquellas montañas de oscuridad que nos cercaban. Dintinguimos perfectamente su vasta forma irregular, sus torres, que empiezan en una edad del arte y acaban en otra, sus ojivas, sus cresterías, su cúpula redonda, y detrás del nuevo edificio, la catedral vieja, acurrucada junto a él como buscando abrigo. Quisimos orientarnos allí, y tomando la dirección que creímos más conveniente, bien pronto tropezamos con los pórticos gemelos de la Universidad, en cuyo frontispicio las grandes cabezas de los Reyes Católicos nos contemplaron con sus absortos ojos de piedra. Deslizándonos por un costado del vasto edificio, nos hallamos cercados de murallas por todas partes, sin (p.1813) encontrar salida. -Esto es un laberinto, miss Fly -dije no sin mal humor-; busquemos hacia la espalda de la catedral esa dichosa calle. Si no, pasaremos la noche andando y desandando calles. -¿Os apuráis por eso? Cuanto más tarde mejor. -Señora, lord Wellington me espera mañana a las doce en Bernuy. Me parece que he dicho bastante.. Veremos si aparece algún transeúnte que nos indique el camino. Pero ningún alma viviente se veía por aquellos solitarios lugares. -¡Qué hermosa ciudad! -dijo miss Fly con arrobamiento contemplativo-. Todo aquí respira la grandeza de una edad ilustre y gloriosa. ¡Cuán excelsos, cuán poderosos no fueron los sentimientos que han necesitado tanta, tantísima piedra para manifestarse! ¿Para vos no dicen nada esas altas torres, esas largas ojivas; esos techos, esos gigantes que alzan sus manos hacia el cielo, esas dos catedrales, la una anciana y de rodillas, arrugada, inválida, agazapada contra el suelo y al arrimo de su hija, la otra flamante y en pie, hermosa, inmensa, lozana, respirando vida en su robusta mole? ¿Para vos no dicen nada esos cien colegios y conventos, obra de la ciencia y la piedra reunidas? ¿Y esos palacios de los grandes señores, esas paredes llenas de escudos y rejas, indicio de soberbia y precaución? ¡Dichosa edad aquella en que el alma ha encontrado siempre de qué alimentar su insaciable hambre! Para las almas religiosas el monasterio, para las heroicas la guerra, para las apasionadas el amor, más hermoso cuanto más contrariado, para todas la galantería, los grandes afectos, los sacrificios sublimes, las muertes gloriosas.. La sociedad vive impulsada por una sola fuerza, la pasión.. El cálculo no se ha inventado todavía. La pasión gobierna el mundo y en él pone su sello de fuego. El hombre lo atropella todo por la posesión del objeto amado, o muere luchando ante las puertas del hogar que se le cierran.. Por una mujer se encienden guerras y dos naciones se destrozan por un beso.. La fuerza que aparentemente impera no es el empuje brutal de los modernos, sino un aliento poderoso, (p.1814) el resoplido de los dos pulmones de la sociedad, que son el honor y el amor. -No vendría mal el discursito -murmuré- si al fin encontráramos.. Cuando esto decía habíamos perdido de vista la catedral, y nos internábamos por calles angostas y oscuras, buscando en vano la del Cáliz. Vimos una anciana que apoyándose en un palo marchaba lentamente arrimada a la pared, y le pregunté: -Señora, ¿puede usted decirme dónde está la calle del Cáliz? -¿Buscan la calle del Cáliz y están en ella? -repuso la vieja con desabrimiento-. ¿Van a la casa de los masones o a la logia de la calle de Tentenecios? Pues sigan adelante y no mortifiquen a una pobre vieja que no quiere nada con el demonio. -¿Y la casa de los masones, cuál es, señora? -Tiénela en la mano y pregunta.. -contestó la anciana-. Ese portalón que está detrás de usted es la entrada de la vivienda de esos bribones; ahí es donde cometen sus feas herejías contra la religión, ahí donde hablan pestes de nuestros queridos reyes.. ¡Malvados! ¡Ay, con cuánto gusto iría a la Plaza Mayor para veros quemar! Dios querrá quitarnos de en medio a los franceses que tales suciedades consienten.. Masones y franceses todos son unos, la pata derecha y la izquierda de Satanás. Marchose la vieja hablando consigo misma, y al quedarnos solos reconocí en el portalón que cerca teníamos la casa de Santorcaz. -¡Cuántas veces habremos pasado por aquí sin conocer la casa! -dijo miss Fly-. Si yo la hubiese visto una sola vez.. Pero parece que sois torpe, Araceli. La puerta era un antiquísimo arco bizantino, compuesto por seis u ocho curvas concéntricas, por donde corrían misteriosas formas vegetales, gastadas por el tiempo, cascabeles y entrelazadas cintas; y en la imposta unos diablillos, monos o no sé qué desvergonzados animales que hacían cabriolas confundiendo sus piernecillas enjutas con los tallos de la hojarasca de piedra. Letras ininteligibles y que sin duda expresaban la época de la construcción, dejaban ver sus trazos grotescos y torcidos, como si un dedo vacilante las trazara al modo de (p.1815) conjuro. Estaba reforzada la puerta con garabatos de hierro tan mohosos como apolilladas y rotas las mal juntas tablas, y un grueso llamador en figura de culebrón enroscado pendía en el centro, aguardando una impaciente mano que lo moviese. Yo interrogué a miss Fly con la mirada, vi que acercaba su mano al aldabón. -¿Ya, señora? -dije deteniendo su movimiento. -¿Pues a qué esperáis? -Conviene explorar primero al enemigo.. La casa es sólida.. Jean-Jean dijo que había dentro.. ¿cuántos hombres? -Cincuenta, si no recuerdo mal.. pero aunque sean mil.. -Es verdad, aunque sea un millón. Vimos que se acercaba un hombre, y al punto reconocí a Jean-Jean. -Vienen refuerzos, señora -dije-. Verá usted qué pronto despacho. Miss Fly, asiendo el aldabón, dio un golpe. Yo toqué mis armas, y al ver que no se me habían olvidado, no pude evitar un sentimiento que no sé si era burla o admiración de mí mismo, porque a la verdad, señores, lo que yo iba a hacer, lo que yo intentaba en aquel momento, o era una tontería o una acción semejante a aquellas perpetuadas en romances y libros de caballería. Yo recordaba haber leído en alguna parte que un desvalido amante llega bonitamente y sin más ayuda que el valor de su brazo, o la protección de tal o cual potencia nigromántica, a las puertas de un castillo donde el más barbudo y zafio moro o gigante de aquellos agrestes confines, tiene encerrada a la más delicada doncella, princesa o emperatriz que ha peinado hebras de oro y llorado líquidos diamantes, y el tal desvalido amante grita desde abajo: «Fiero arráez, o bárbaro sultán, vengo a arrancarte esa real persona que aprisionada guardas, y te conjuro que me la des al instante si no quieres que tu cuerpo sea partido en dos pedazos por esta mi espada; y no te rías ni me amenaces, porque aunque tuvieras más ejércitos que llevó el partho a la conquista de la Grecia, ni uno solo de los tuyos quedará vivo». Así, señores, así, ni más o menos, era lo que yo iba a emprender. Cuando toqué las pistolas del cinto, y el tahalí de que pendía la (p.1816) tajante espada y me eché el embozo a la capa, y el ala del ancho sombrero sobre la ceja, confieso que entre los sentimientos que luchaban en mi corazón predominó la burla, y me reí en la oscuridad. Tenía yo un aire de personaje de valentías, guapezas y gatuperios, que habría puesto miedo en el ánimo más valeroso, cuando no mofa y risa; pero miss Fly había leído sin duda las hazañas de D. Rodulfo de Pedrajas, de Pedro Cadenas, Lampuga, Gardoncha y Perotudo, y mi catadura le había de parecer más propia para enamorar que para reír. Viendo que no respondían, cogí el aldabón y repetí los golpes. Yo no medía la extensión del peligro que iba a afrontar, ni era posible reflexionar en ello, aunque habría bastado un destello de luz de mi razón para esclarecerme el horrible jaleo en que me iba a meter.. Yo no pensaba en esto, porque sentía el inexplicable deleite que tiene para la juventud enamorada todo lo que es misterioso y desconocido, más bello y atractivo cuanto más peligroso; porque sentía dentro de mí un deseo de acometer cualquier brutalidad sin nombre, que pusiese mi fuerza y mi valor al servicio de la persona a quien más amaba en el mundo. No se olvide que aún me duraba el despecho y la sofocación de la mañana. El recuerdo de las escenas que antes he descrito completaba mi ceguera; y realizar por la violencia lo que no pude conseguir por otro medio, era sin duda gran atractivo para mi excitado espíritu. En la calle me aguijoneaba la fantasía, y desde dentro me llamaba el corazón, toda mi vida pasada y cuanto pudiese soñar para el porvenir.. ¿Quién no rompe una pared, aunque sea con la cabeza, cuando le impulsan a ello dos mujeres, una desde dentro y otra desde fuera? No debo negar que la hermosa inglesa había adquirido gran ascendiente sobre mí. No puedo expresar aquel dominio suyo y aquella esclavitud mía, sino empleando una palabra muy usada en las novelas, y que ignoro si indicará de un modo claro mi idea; pero no teniendo a mano otro vocablo, la emplearé. Miss Fly me (p.1817) fascinaba. Aquella grandeza de espíritu, aquel sentimiento alambicado y sin mezcla de egoísmo que había en sus palabras; aquel carácter que atesoraba, tras una extravagancia sin ejemplo, todo el material, digámoslo así, de las grandes acciones, hallaban secreta simpatía en un rincón de mi ser. Me reía de ella y la admiraba; parecíanme disparates sus consejos y los obedecía. Aquella inmensidad de su pensamiento tan distante de la realidad me seducía, y antes que confesarme cobarde para seguir el vuelo de su voluntad poderosa, hubiérame muerto de vergüenza. Repetí con más fuerza los golpes, y nada se oía en el interior de la casa. Oscuridad y silencio como el de los sepulcros reinaban en ella. El animalejo, lagarto, o culebrón que figuraba la aldaba, alzó (al menos así parecía) su cabeza llena de herrumbre y clavando en mí los verdes ojuelos, abrió la horrible boca para reírse. -No quieren abrir -me dijo Jean-Jean-. Sin embargo, dentro están: los he visto entrar.. Son los principales afrancesados que hay en la ciudad, más masones que el gran Copto, y más ateos que Judas.. Mala gente. Mi opinión, señor marqués, es que os marchéis. El coche os aguarda en la puerta de Santi-Spíritus. -¿Tienes miedo, Jean-Jean? -Además, señor marqués -continuó este-, debo advertiros que pronto ha de pasar por aquí la ronda.. Vos y la señora tenéis todo el aspecto de gente sospechosa.. Todavía hay quien cree que sois espía y la señora también. -¿Yo espía? -dijo miss Fly con desprecio-. Soy una dama inglesa. -Márchate tú, Jean-Jean, si tienes miedo. -Hacéis una locura, caballero -repuso el dragón-. Esos hombres van a salir y a todos nos molerán a palos. Creí sentir el ruido de las maderas de una ventanilla que se abría en lo alto, y grité: -¡Ah de la casa! Abrid pronto. -Es una locura, señor marqués -dijo el dragón bruscamente-. Vámonos de aquí.. Entonces noté en el semblante hosco y sombrío de Jean-Jean una alteración muy visible que no era ciertamente la que produce el miedo. -Repito que os dejo solo, señor marqués.. La ronda va a venir.. Vamos hacia Santi- (p.1818) Spíritus, o no respondo de vos. Su insistencia y el empeño de llevarnos hacia las afueras de la ciudad, infundió en mí terrible sospecha. Miss Fly redobló los martillazos, diciendo: -Será preciso echar la puerta abajo, si no abren. Los garabatos de hierro que reforzaban la puerta, se contrajeron, haciendo muecas horribles, signos burlescos, figurando no sé si extrañas sonrisas o mohínes o visajes de misteriosos rostros. Yo empezaba a perder la paciencia y la serenidad. Jean-Jean me causaba inquietud y temí una alevosía, no por la sospecha de espionaje, como él había dicho, sino por la tentación de robarnos. El caso no era nuevo, y los soldados que guarnecían las poblaciones del pobre país conquistado, cometían impunemente todo linaje de excesos. Además, la aventura iba tomando carácter grotesco, pues nadie respondía a nuestros golpes ni asomaba rostro humano en la alta reja. -Sin duda no hay aquí rastro de gente. Los masones se han marchado y ese tunante nos ha traído aquí para expoliarnos a sus anchas. De pronto vi que alguien aparecía en el recodo que hace la calle. Eran dos personas que se fijaron allí como en acecho. Dirigime hacia el dragón; pero este sin esperar a que le hablase, nos abandonó súbitamente para unirse a los otros. -Ese miserable nos ha vendido -exclamé rugiendo de cólera-. ¡Señora, estamos perdidos! No contábamos con la traición. -¡La traición! -dijo confusa miss Fly-. No puede ser. No tuvimos tiempo de razonar, porque los dos que nos observaban y Jean-Jean se nos vinieron encima. -¿Qué hacéis aquí? -me preguntó uno de ellos, que era soldado de artillería sin distintivo alguno. -No tengo que darte cuenta -respondí-. Deja libre la calle. -¿Es ésta la tarasca inglesa? -dijo el otro dirigiéndose a miss Fly con insolencia. -¡Tunante! -grité desenvainando-. Voy a enseñarte cómo se habla con las señoras. -El marquesito ha sacado el asador -dijo el primero-. Jóvenes, venid al cuerpo de guardia con nosotros, y vos, milady sauterelle, dad el brazo a Charles le Téméraire para que os (p.1819) conduzca al palacio del cepo. -Araceli -me dijo miss Fly-, toma mi látigo y échalos de aquí. -Pied-de-mouton, atraviésalo -vociferó el artillero. Pied-de-mouton como sargento de dragones, iba armado de sable. Carlos el Temerario era artillero y llevaba un machete corto, arma de escaso valor en aquella ocasión. En un momento rapidísimo, mientras Jean-Jean vacilaba entre dirigirse a la inglesa o a mí, acuchillé a Pied-de-mouton con tan buena suerte, con tanto ímpetu y tanta seguridad, que le tendí en el suelo. Lanzando un ronco aullido cayó bañado en sangre.. Me arrimé a la pared para tener guardadas las espaldas y esperé a Jean-Jean que, al ver la caída de su compañero, se apartó de miss Fly, mientras Carlos el Temerario se inclinaba a reconocer el herido. Rápida como el pensamiento, Athenais se bajó a recoger el sable de este. Sin esperar a que Jean-Jean me atacase y viéndole algo desconcertado, fuime sobre él; mas sobrecogido dio algunos pasos hacia atrás, bramando así: -¡Corne du Diable! ¡Mille millions de bombardes!.. ¿Creéis que os tengo miedo? Diciéndolo apretó a correr a lo largo de la calle, y más ligero que el viento le siguió Carlos. Ambos gritaban: -¡A la guardia, a la guardia! -Cerca hay un grupo de guardia, señora. Huyamos. Aquí dio fin el romance. Corrimos en dirección contraria a la que ellos tomaron, mas no habíamos andado siete pasos, cuando sentimos a lo lejos pisadas de gente y distinguimos un pelotón de soldados que a toda prisa venía hacia nosotros. -Nos cortan la retirada, señora -dije retrocediendo-. Vamos por otro lado. Buscamos una boca-calle que nos permitiera tomar otra dirección y no la encontramos. La patrulla se acercaba. Corrimos al otro extremo, y sentí la voz de nuestros dos enemigos, gritando siempre: -¡A la guardia!.. -Nos cogerán -dijo miss Fly con serenidad incomparable, que me inspiró aliento-. No importa. Entreguémonos. En aquel instante, como pasáramos junto al pórtico en cuyo aldabón habíamos martillado inútilmente, vi que la puerta se abría y (p.1820) asomaba por ella la cabeza de un curioso, que sin duda no había podido dominar su anhelo de saber lo que resultaba de la pendencia.. El cielo se abría delante de nosotros. La patrulla estaba cerca, pero como la calle describía un ángulo muy pronunciado, los soldados que la formaban no podían vernos. Empujé aquella puerta y al hombre, que curiosamente y con irónica sonrisa en el rostro se asomaba; y aunque ni una ni otro quisieron ceder al principio, hice tanta fuerza, que bien pronto miss Fly y yo nos encontramos dentro, y con presteza increíble corrí los pesados cerrojos.
Ep-10-XXIV - -¿Qué hace usted? -preguntó con estupor un hombre a quien vi delante de mí, y que alumbraba el angosto portal con su linterna. -Salvarme y salvar a esta señora -respondí atendiendo a los pasos que un rato después de nuestra entrada sonaban en la calle, fuera de la puerta-. La patrulla se detiene.. -Ahora examina el cuerpo.. -No nos han visto entrar.. -Pero, o yo estoy tonto, o es Araceli el que tengo delante -dijo aquel hombre, el cual no era otro que Santorcaz. -El mismo, Sr. D. Luis. Si su intento es denunciarme, puede hacerlo entregándome a la patrulla; pero ponga usted en lugar seguro a esta señora hasta que pueda salir libremente de Salamanca.. Todavía están ahí -añadí con la mayor agitación-. ¡Cómo gruñen!.. parece que recogen el cuerpo.. ¿Estará muerto o tan sólo herido?.. -Se marchan -dijo Athenais-. No nos han visto entrar.. Creerán que ha sido una pendencia entre soldados, y mientras aquellos pícaros no expliquen.. -Adelante, señores -dijo Santorcaz con petulancia-. El primer deber del hijo del pueblo es la hospitalidad, y su hogar recibe a cuantos han menester el amparo de sus semejantes. Señora, nada tema usted. -¿Y quién os ha dicho que yo temo algo? -dijo con arrogancia miss Fly. -Araceli, ¿eres tú quien me echaba la puerta abajo hace un momento? Vacilé un instante en contestar, y ya tenía la palabra en la boca, cuando miss Fly se anticipó diciendo: -Era yo. Santorcaz después de hacer una cortesía a la dama inglesa, (p.1821) permaneció mudo y quieto, esperando oír los motivos que había tenido la señora para llamar tan reciamente. -¿Por qué me miráis con la boca abierta? -dijo bruscamente miss Fly-. Seguid y alumbrad. Santorcaz me miró con asombro. ¿Quién le causaría más sorpresa, yo o ella? A mi vez yo no podía menos de sentirla también, y grande, al ver que el jefe de los masones nos recibía con urbanidad. Subimos lentamente la escalera. Desde esta oíanse ruidosas voces de hombres en lo interior de la casa. Cuando llegamos a una habitación desnuda y oscura, que alumbró débilmente la linterna de Santorcaz, este nos dijo: -¿Ahora podré saber qué buscan ustedes en mi casa? -Hemos entrado aquí buscando refugio contra unos malvados que querían asesinarnos. Mi deseo es que oculte usted a esta señora si por acaso insistieran en perseguirla dentro de la casa. -¿Y a ti? -me preguntó con sorna. -Yo estimo mi vida -repuse- y no quisiera caer en manos de Jean-Jean; pero nada pido a usted, y ahora mismo saldré a la calle, si me promete poner en seguridad a esta señora. -Yo no abandono a los amigos -dijo Santorcaz con aquella sandunga y marrullería que le eran habituales-. La dama y su galán pueden respirar tranquilos. Nadie les molestará. Miss Fly se había sentado en un incómodo sillón de vaqueta, único mueble que en la destartalada estancia había, y sin atender a nuestro diálogo, miraba los dos o tres cuadros apolillados que pendían de las paredes, cuando entró la criada trayendo una luz. -¿Es esta vuestra hija? -preguntó vivamente la inglesa clavando los ojos en la moza. -Es Ramoncilla, mi criada -repuso Santorcaz. -Deseo ardientemente ver a vuestra hija, caballero -dijo la inglesa-. Tiene fama de muy hermosa. -Después de lo presente -dijo el masón con galantería- no creo que haya otra más hermosa.. Pero volviendo a nuestro asunto, señora, si usted y su esposo desean.. -Este caballero no es mi esposo -afirmó miss Fly sin mirar a Santorcaz. -Bien; quise decir su amigo. -No es tampoco mi amigo, es mi criado -dijo la dama con enojo-. Sois (p.1822) en verdad impertinente. Santorcaz me miró, y en su mirada conocí que no daba fe a la afirmación de la dama. -Bien.. ¿Usted y su criado piensan permanecer en Salamanca?.. -No, precisamente lo que queremos es salir sin que nadie nos moleste. No puedo realizar el objeto que me trajo a Salamanca y me marcho.. -Pues a entrambos sacaré de la ciudad antes del día -dijo Santorcaz- porque estoy preparándolo todo para salir a la madrugada. -¿Y lleváis a vuestra hija? -preguntó con gran interés miss Fly. -Mi hija me ama tanto -respondió el masón con orgullo- que nunca se separa de mí. -¿Y a dónde vais ahora? -A Francia. No pienso volver a poner los pies en España. -Mal patriota sois.. -Señora.. dígame usted su tratamiento para designarle con él. Aunque hijo del pueblo y defensor de la igualdad, sé respetar las jerarquías que establecieran la monarquía y la historia. -Decidme simplemente señora, y basta. -Bien, puesto que la señora quiere conocer a mi hija, se la voy a mostrar -dijo Santorcaz-. Dígnese la señora seguirme. Seguímosle, y nos llevó a una sala, compuesta con más decoro que la que dejábamos e iluminada por un velón de cuatro mecheros. Ofreció el anciano un asiento a la inglesa, y luego desapareció volviendo al poco rato con su hija de la mano. Cuando la infeliz me vio, quedose pálida como la muerte, y no pudo reprimir un grito de asombro que por su intensidad, parecía de miedo. -Hija mía, esta es la señora que acaba de llegar a casa pidiéndome hospitalidad para ella y para el mancebo que la acompaña. Inés estaba como quien ve fantasmas. Tan pronto miraba a miss Fly como a mí, sin convencerse de que eran reales y tangibles las personas que tenía delante. Yo sonreía tratando de disipar su confusión con el lenguaje de los ojos y las facciones; pero la pobre muchacha estaba cada vez más absorta. -Sí que es hermosa -dijo miss Fly con gravedad-. Pero no quitáis los ojos de este joven que me acompaña. Sin duda le encontráis parecido a otro que conocéis. Hija mía, es el mismo que pensáis, el mismo. - (p.1823) Sólo que este perillán -dijo Santorcaz sacudiéndome el brazo con familiaridad impertinente- ha cambiado tanto.. Cuando era oficial se le podía mirar; pero después que ha sido expulsado del ejército por su cobardía y mal comportamiento y puéstose a servir.. Tan grosera burla no merecía que la contestase, y callé, dejando que Inés se confundiese más. -Caballero -dijo miss Fly con enojo volviéndose hacia Santorcaz- si hubiera sabido que pensabais insultar a la persona que me acompaña, habría preferido quedarme en la calle. Dije que era mi criado; pero no es cierto. Este caballero es mi amigo. -Su amigo -añadió D. Luis-. Justo, eso decía yo. -Amigo leal y caballero intachable, a quien agradeceré toda la vida el servicio que me ha prestado esta noche exponiendo su vida por mí. Nueva confusión de Inés. Mudaba de color su alterado semblante a cada segundo, y todo se le volvía mirar a la inglesa y a mí, como si mirándonos, leyéndonos, devorándonos con la vista, pudiera aclarar el misteriosísimo enigma que tenía delante. La venganza es un placer criminal, pero tan deleitoso que en ciertas ocasiones es preciso ser santo o arcángel para sofocar esta partícula, para extinguir esta pavesa de infierno que existe en nuestro corazón. Así es que sintiendo yo en mí la quemadura de aquel diabólico fuego del alma que nos induce a mortificar alguna vez a las personas que más amamos, dije con gravedad: -Señora mía, no merecen agradecimiento acciones comunes que son un deber para todas las personas de honor. Además, si se trata de agradecer, ¿qué podría decir yo, al recordar las atenciones que de usted he merecido en el cuartel general aliado, y antes de que viniésemos ambos a Salamanca? Miss Fly pareció muy regocijada de estas palabras mías, y en su mirada resplandeció una satisfacción que no se cuidaba de disimular. Inés observaba a la inglesa, queriendo leer en su rostro lo que no había dicho. -Señor Santorcaz -dijo la Mosquita después de una pausa- ¿no pensáis en casar a vuestra hija? -Señora, mi hija (p.1824) parece hasta hoy muy contenta de su estado y de la compañía de su padre. Sin embargo, con el tiempo.. No se casará con un noble; ni con un militar, porque ella y yo aborrecemos a esos verdugos y carniceros del pueblo. -Podemos darnos por ofendidos con lo que decís contra dos clases tan respetables -repuso con benevolencia miss Fly-. Yo soy noble y el señor es militar. Con que.. -He hablado en términos generales, señora. Por lo demás, mi hija no quiere casarse. -Es imposible que siendo tan linda no tenga los pretendientes a millares -dijo miss Fly mirándola-. ¿Será posible que esta hermosa niña no ame a nadie? Inés en aquel instante no podía disimular su enojo. -Ni ama ni ha amado jamás a nadie -contestó oficiosamente su padre. -Eso no, Sr. Santorcaz -dijo la inglesa-. No tratéis de engañarme, porque conozco de la cruz a la fecha la historia de vuestra adorada niña, hasta que os apoderasteis de ella en Cifuentes. Inés se puso roja como una cereza, y me miró no sé si con desprecio o con terror. Yo callaba, y midiendo por mi propia emoción la suya, decía para mí con la mayor inocencia: «La pobrecita será capaz de enfadarse». -Tonterías y mimos de la infancia -dijo Santorcaz, a quien había sabido muy mal lo que acababa de oír. -Eso es -añadió la inglesa señalando sucesivamente a Inés y a mí-. Ambos son ya personas formales, y sus ideas así como sus sentimientos han tomando camino más derecho. No conozco el carácter y los pensamientos de vuestra encantadora hija; pero conozco el grande espíritu, el noble entendimiento del joven que nos escucha, y puedo aseguraros que leo en su alma como en un libro. Inés no cabía en sí misma. El alma se le salía por los ojos en forma de aflicción, de despecho, de no sé qué sentimiento poderoso, hasta entonces desconocido para ella. -Hace algún tiempo -añadió la inglesa- que nos une una noble, franca y pura amistad. Este caballero posee un espíritu elevado. Su corazón, superior a los sentimientos mezquinos de la vida ordinaria, arde en el deseo fogoso de una vida (p.1825) grandiosa, de lucha, de peligro, y no quiere asociar su existencia a la menguada medianía de un hogar pacífico, sino lanzarla a los tumultos de la guerra, de la sociedad, donde hallará pareja digna de su alma inmensa. No pude reprimir una sonrisa; pero nadie, felizmente, a no ser Inés que me observaba, advirtió mi indiscreción. -¿Qué decís a esto? -preguntó Athenais a mi novia. -Que me parece muy bien -contestó allá como Dios le dio a entender, entre atrevida y balbuciente-. Cuando se tiene un alma de tal inmensidad, parece propio afrontar los peligros de una patrulla, en vez de llamar a la primera puerta que se presenta. -Ya comprenderá usted, señora -dijo don Luis- que mi hija no es tonta. -Sí; pero lo sois vos -contestó desabridamente miss Fly. Y diciéndolo, en la casa retumbaron aldabonazos tan fuertes como los que nosotros habíamos dado poco antes. -¡La patrulla! -exclamé. -Sin duda -dijo Santorcaz-. Pero no haya temor. He prometido ocultar a ustedes. Si manda la patrulla Cerizy, que es amigo mío, no hay nada que temer. Inés, esconde a la señora en el cuarto de los libros, que yo archivaré a este sujeto en otro lado. Mientras Inés y miss Fly desaparecieron por una puerta excusada, dejeme conducir por mi antiguo amigo, el cual me llevó a la habitación donde por la mañana le había visto, y en la cual estaban aquella noche y en aquella ocasión cinco hombres sentados alrededor de la ancha mesa. Vi sobre esta libros, botellas y papeles en desorden, y bien podía decirse que las tres clases de objetos ocupaban igualmente a todos. Leían, escribían y echaban buenos tragos, sin dejar de charlar y reír. Observé además que en la estancia había armas de todas clases. -Otra vez te atruenan la casa a aldabonazos, papá Santorcaz -dijo, al vernos entrar, el más joven, animado y vivaracho de los presentes. -Es la ronda -respondió el masón-. A ver dónde escondemos a este joven. Monsalud, ¿sabes quién manda la ronda esta noche? -Cerizy -contestó el interpelado, que era un joven alto, flaco y moreno, bastante parecido a una araña. - (p.1826) Entonces no hay cuidado -me dijo-. Puedes entrar en esta habitación y esconderte allí, por si acaso quiere subir a beber una copa. Escondido, mas no encerrado, en la habitación que me designara, permanecí algún tiempo, el necesario para que Santorcaz bajase a la puerta, y por breves momentos conferenciase con los de la ronda, y para que el jefe de esta subiese a honrar las botellas que galantemente le ofrecían. -Señores -exclamó el oficial francés entrando con Santorcaz- buenas noches.. ¿Se trabaja? Buena vida es esta. -Cerizy -replicó el llamado Monsalud llenando una copa-, a la salud de Francia y España reunidas. -A la salud del gran imperio galo-hispano -dijo Cerizy alzando la copa-. A la salud de los buenos españoles. -¿Qué noticias, amigo Cerizy? -preguntó otro de los presentes, viejo, ceñudo y feo. -Que el lord está cerca.. pero nos defenderemos bien. ¿Han visto ustedes las fortifícaciones?.. Ellos no tienen artillería de sitio.. El ejército aliado es un ejército pour rire.. -¡Pobrecitos! -exclamó el viejo, cuyo nombre era Bartolomé Canencia-. Cuando uno piensa que van a morir tantos hombres.. que se va a derramar tanta sangre.. -Señor filósofo -indicó el francés- porque ellos lo quieren.. Convenced a los españoles de que deben someterse.. -Descanse usted un momento, amigo Cerizy. -No puedo detenerme.. Han herido a un sargento de dragones en esta calle.. -Alguna disputa.. -No se sabe.. los asesinos han huido.. Dicen que son espías. -¡Espías de los ingleses!.. Si Salamanca está llena de espías. -Han dicho que un español y una inglesa.. o no sé si un inglés acompañado de una española.. Pero no puedo detenerme. Se me mandó registrar las casas.. Decidme: ¿no hay logia esta noche? -¿Logia? Si nos marchamos.. -¿Se marchan? -dijo el francés-. Y yo que estaba concluyendo a toda prisa mi Memoria sobre las distintasformas de la tiranía. -Léasela usted a sí propio -indicó el filósofo Canencia-. Lo mismo me pasará a mí con mi Tratado de la libertad individual y mi traducción de Diderot. -¿Y por qué es esa (p.1827) marcha? -Porque los ingleses entrarán en Salamanca -dijo Santorcaz- y no queremos que nos cojan aquí. -Yo no daría dos cuartos por lo que me quedara de pescuezo después de entrar los aliados -advirtió el más joven y más vivaracho de todos. -Los ingleses no entrarán en Salamanca, señores -afirmó con petulancia el oficial. Santorcaz movió la cabeza con triste expresión dubitativa. -Y pues así echan ustedes a correr, desde que nos hallamos comprometidos, Sr. Santorcaz -añadió Cerizy con la misma petulancia y cierto tonillo reprensivo-, sepan que en el cuartel general de Marmont no estarán los masones tan seguros como aquí. -¿Que no? -No: porque no son del agrado del general en jefe que nunca fue aficionado a sociedades secretas. Las ha tolerado porque era preciso alentar a los españoles que no seguían la causa insurgente; pero ya sabe usted que Marmont es algo bigot. -Sí.. -Pero lo que no sabe usted es que han venido órdenes apremiantes de Madrid para separar la causa francesa de todo lo que trascienda a masonería, ateísmo, irreligiosidad y filosofía. -Lo esperaba, porque José es también algo.. -Bigot.. Conque buen viaje y no fiar mucho del general en jefe. -Como no pienso parar hasta Francia, mi querido señor Cerizy.. -dijo Santorcaz- estoy sin cuidado. -No se puede vivir en esta abominable nación -afirmó el viejo filósofo-. En París o en Burdeos publicaré mi Tratado de la libertad individual y mi traducción de Diderot. -Buenas noches, señor Santorcaz, señores todos. -Buenas noches y buena suerte contra el lord, señor Cerizy. -Nos veremos en Francia -dijo el francés al retirarse-. Qué lástima de logia.. Marchaba tan bien.. Sr. Canencia, siento que no conozca usted mi Memoria sobre las tiranías. Cuando el jefe de la ronda bajaba la escalera, sacome de mi escondite Santorcaz, y presentándome a sus amigos, dijo con sorna: -Señores, presento a ustedes un espía de los ingleses. No le contesté una palabra. -Bien se conoce, amiguito.. pero no reñiremos -añadió el masón ofreciéndome una silla y poniéndome (p.1828) delante una copa que llenó-. Bebe. -Yo no bebo. -Amigo Ciruelo -dijo D. Luis al más joven de los presentes- te quedarás en Salamanca hasta mañana, porque en lugar tuyo va a salir este joven. -Sí, eso es -objetó Ciruelo mirándome con enojo-. Y si vienen los aliados y me ahorcan.. Yo no soy espía de los ingleses. -¡Ingleses, franceses!.. -exclamó el filósofo Canencia en tono sibilítico-.. hombres que se disputan el terreno, no las ideas.. ¿Qué me importa cambiar de tiranos? A los que como yo combaten por la filosofía, por los grandes principios de Voltaire y Rousseau, lo mismo les importa que reinen en España las casacas rojas o los capotes azules. -¿Y usted qué piensa? -me dijo Monsalud, observándome con curiosidad-. ¿Entrarán los aliados en Salamanca? -Sí señor, entraremos -contesté con aplomo. -Entraremos.. luego usted pertenece al ejército aliado. -Al ejército aliado pertenezco. -¿Y cómo está usted aquí? -me preguntó con ademán y tono de la mayor fiereza otro de los presentes, que era hombre más fuerte y robusto que un toro. -Estoy aquí, porque he venido. Necesitaba hacer grandes esfuerzos para sofocar mi indignación. -Este joven se burla de nosotros -dijo Ciruelo. -Pues yo sostengo que los aliados no entrarán en Salamanca -añadió Monsalud-. No traen artillería de sitio. -La traerán.. -Ignoran con qué clase de fortificaciones tienen que habérselas. -El duque de Ciudad-Rodrigo no ignora nada. -Bueno, que entren -dijo Santorcaz-. Puesto que Marmont nos abandona.. -Lo que yo digo -indicó el filósofo-; casacas rojas o casacas azules.. ¿qué más da? -Pero es indigno que favorezcamos a los espías de Wellington -exclamó con ira el bárbaro Monsalud, levantándose de su asiento. Yo decía para mí: -No habrá en esta maldita casa un agujero por donde escapar solo con ella. -Siéntate y calla, Monsalud -dijo Santorcaz-. A mí me importa poco que Narices entre o no en Salamanca. Ponga yo el pie en mi querida Francia.. Aquí no se puede vivir. -Si siguieran los franceses mi parecer -dijo el joven Ciruelo con la (p.1829) expresión propia de quien está seguro de manifestar una gran idea-, antes de entregar esta ciudad histórica a los aliados, la volarían. Basta poner seis quintales de pólvora en la catedral, otros seis en la Universidad, igual dosis en los Estudios Menores, en la Compañía, en San Esteban, en Santo Tomás y en todos los grandes edificios.. Vienen los aliados, ¿quieren entrar? ¡fuego! ¡Qué hermoso montón de ruinas! Así se consiguen dos objetos; acabar con ellos, y destruir uno de los más terribles testimonios de la tiranía, barbarie y fanatismo de esos ominosos tiempos, señores.. -Orador Ciruelo, tú harás revoluciones -dijo Canencia con majestuosa petulancia. -Lo que yo afirmo -gruñó Monsalud- es que venzan o no los aliados, no me marcharé de España. -Ni yo -mugió el toro. -Prefiero volverme con los insurgentes -dijo el quinto personaje, que hasta entonces no había desplegado los bozales labios. -Yo me voy para siempre de España -afirmó Santorcaz-. Veo malparada aquí la causa francesa. Antes de dos años Fernando VII volverá a Madrid. -¡Locura, necedad! -Si esta campaña termina mal para los franceses, como creo.. -¿Mal? ¿Por qué? -Marmont no tiene fuerzas. -Se las enviarán. Viene en su auxilio el rey José con tropas de Castilla la Nueva. -Y la división Esteve, que está en Segovia. -Y el ejército de Bonnet viene cerca ya. -Y también Cafarelli con el ejército del Norte. -Todavía no ha venido -dijo Santorcaz con tristeza-. Bien, si vienen esas tropas y ponen los franceses toda la carne en el asador.. -Vencerán. -¿Qué crees tú, Araceli? -Que Marmont, Bonnet, Esteve, Cafarelli y el rey José no hallarán tierra por donde correr si tropiezan con los aliados -dije con gran aplomo. -Lo veremos, caballero. -Eso es, lo verán ustedes -repuse-. Lo veremos todos. ¿Saben ustedes bien lo que es el ejército aliado que ha tomado a Ciudad-Rodrigo y Badajoz? ¿Saben ustedes lo que son esos batallones portugueses y españoles, esa caballería inglesa?.. Figúrense ustedes una fuerza inmensa, una disciplina admirable, un entusiasmo loco, y tendrán (p.1830) idea de esa ola que viene y que todo lo arrollará y destruirá a su paso. Los seis hombres me miraban absortos. -Supongamos que los franceses son derrotados; ¿qué hará entonces el Emperador? -Enviar más tropas. -No puede ser. ¿Y la campaña de Rusia? -Que va muy mal, según dicen -indiqué yo. -No va sino muy bien, caballero -exclamó Monsalud, con gesto amenazador. -Las últimas noticias -dijo el quinto personaje, que tenía facha de militar, y era hombre fuerte, membrudo, imponente, de mirar atravesado y antipática catadura- son estas.. Acabo de leerlas en el papel que nos han mandado de Madrid. El Emperador es esperado en Varsovia. El primer cuerpo va sobre Piegel; el mariscal duque de Regio, que manda el segundo, está en Wehlan; el mariscal duque de Elchingen, en Soldass; el rey de Westphalia en Varsovia.. -Eso está muy lejos y no nos importa nada -dijo Santorcaz con disgusto-. Por bien que salga el Emperador de esa campaña temeraria, no podrá en mucho tiempo mandar tropas a España.. y parece que Soult anda muy apretado en Andalucía y Suchet en Valencia. -Todo lo ves negro -gritó con enojo Monsalud. -Veo la guerra del color que tiene ahora.. De modo que a Francia me voy, y salga el sol por Antequera. -Triste cosa es vivir de esta manera -dijo el filósofo-. Somos ganado trashumante. Verdad es que no pasamos por punto alguno sin dejar la semilla del Contrato social que germinará pronto poblando el suelo de verdaderos ciudadanos.. Y es además de triste vergonzoso vernos obligados a pasar por cómicos de la legua. -Yo no me vestiré más de payaso, aunque me aspen -declaró Monsalud. -Y yo, antes de dejarme descuartizar por afrancesado, me volveré con los insurgentes -indicó el que tenía figura y corpulencia de salvaje toro. -Nada perdemos con adoptar nuestro disfraz -dijo D. Luis-. Con que se vista uno y nos siga el carro lleno de trebejos, bastará para que no nos hagan daño en esos feroces pueblos.. Conque en marcha, señores. Araceli, dame tus armas, porque nosotros no llevamos (p.1831) ninguna.. En caso contrario, no me expondré a sacarte. Se las di, disimulando la rabia que llenaba mi alma, y al punto empezaron los preparativos de marcha. Unos corrían a cerrar sus breves maletas, más llenas de papeles que de ropas. Arregló Ramoncilla el equipaje de su amo, y no tardaron en atronar las casas los ruidos que caballerías y carros hacían en el patio. Cuando pasé a la habitación donde estaban Inés y miss Fly, sorprendiome hallarlas en conversación tirada, aunque no cordial al parecer, y en el semblante de la primera advertí un hechicero mohín irónico, mezclado de tristeza profunda. Yo ocultaba y reprimía en el fondo de mi pecho una tempestad de indignación, de zozobra. Aun allí, rodeado de tan diversa gente, miraba con angustia a todos los rincones, ansiando descubrir alguna brecha, algún resquicio, por donde escapar solo con ella. Creíame capaz de las hazañas que soñaba el alto espíritu de miss Fly. Pero no había medio humano de realizar mi pensamiento. Estaba en poder de Santorcaz, como si dijéramos, en poder del demonio. Traté de acercarme a Inés para hablarla a solas un momento, con esperanzas de hallar en ella un amoroso cómplice de mi deseo; pero Santorcaz con claro designio y miss Fly quizás sin intención, me lo impidieron. Inés misma parecía tener empeño en no honrarme con una sola mirada de sus amantes ojos. Athenais, conservando su falda de amazona, se había transfigurado, escondiendo graciosamente su busto y hermosa cabeza bajo los pliegues de un manto español. -¿Qué tal estoy así? -me dijo riendo en un instante que estuvimos solos. -Bien -contesté fríamente, preocupado con otra imagen que atraía los ojos de mi alma. -¿Nada más que bien? -Admirablemente. Está usted hermosísima. -Vuestra novia, Sr. Araceli -dijo con expresión festiva y algo impertinente-, es bastante sencilla. -Un poco, señora. -Está buena para un pobre hombre.. ¿Pero es cierto que amáis.. a eso? -¡Oh! Dios de los cielos -dije para mí sin hacer caso de miss Fly-, ¿no habrá un medio de que yo escape (p.1832) solo con ella? Iba la inglesa a repetir su pregunta, cuando Santorcaz nos llamó dándonos prisa para que bajásemos. Él y sus amigos habían forrado sus personas en miserables vestidos. -Las dos señoras en el coche que guiará Juan -dijo D. Luis-. Tres a caballo y los otros en el carro. Araceli, entra en el carro con Monsalud y Canencia. -Padre, no vayas a caballo -dijo Inés-. Estás muy enfermo. -¿Enfermo? Más fuerte que nunca.. Vamos: en marcha.. Es muy tarde. Distribuyéronse los viajeros conforme al programa, y pronto salimos en burlesca procesión de la casa y de la calle y de Salamanca. ¡Oh, Dios poderoso! Me parecía que había estado un siglo dentro de la ciudad. Cuando sin hallar obstáculos en las calles ni en la muralla, me vi fuera de las temibles puertas, me pareció que tornaba a la vida. Según orden de Santorcaz, el cochecillo donde iban las dos damas marchaba delante, seguían los jinetes, y luego los carros, en uno de los cuales tocome subir con los dos interesantes personajes citados. Al verme en el campo libre, si se calmó mi desasosiego por los peligros que corrí dentro de Roma la chica, sentí una aflicción vivísima por causas que se comprenderán fácilmente. Me era forzoso correr hacia el cuartel general, abandonando aquel extraño convoy donde iban los amores de toda mi vida, el alma de mi existencia, el tesoro perdido, encontrado y vuelto a perder, sin esperanza de nueva recuperación. Llevado, arrastrado yo mismo por aquella cuadrilla de demonios, ni aun me era posible seguirla, y el deber me obligaba a separarme en medio del camino. La desesperación se apoderó de mí, cuando mis ojos dejaron de ver en la oscuridad de la noche a las dos mujeres que marchaban delante. Salté al suelo y corriendo con velocidad increíble, pues la hondísima pena parecía darme alas, grité con toda la fuerza de mis pulmones: -¡Inés, miss Fly!.. aquí estoy.. parad, parad.. Santorcaz corrió al galope detrás de mí y me detuvo. -Gabriel -gritó- ya te he sacado de la ciudad y ahora puedes marcharte (p.1833) dejándonos en paz. A mano derecha tienes el camino de Aldea-Tejada. -¡Bandido! -exclamé con rabia-. ¿Crees que si no me hubieras quitado las armas me marcharía solo? -¡Muy bravo estás!.. Buen modo de pagar el beneficio que acabo de hacerte.. Márchate de una vez. Te juro que si vuelves a ponerte delante de mí y te atreves a amenazarme, haré contigo lo que mereces.. -¡Malvado!.. -grité abalanzándome al arzón de su cabalgadura y hundiendo mis dedos en sus flacos muslos-. ¡Sin armas estoy y podré dar cuenta de ti! El caballo se encabritó, arrojándome a cierta distancia. -¡Dame lo que es mío, ladrón! -exclamé tornando hacia mi enemigo-. ¿Crees que te temo? Baja de ese caballo.. devuélveme mi espada y veremos. Santorcaz hizo un gesto de desprecio, y en el silencio de la noche oí el rumor de su irónica risa. El otro jinete, que era el semejante a un toro, se le unió incontinenti. -O te marchas ahora mismo -dijo D. Luis- o te tendemos en el camino. -La señora inglesa ha de partir conmigo. Hazla detener -dije sofocando la intensa cólera que a causa de mi evidente inferioridad me sofocaba. -Esa dama irá a donde quiera. -¡Miss Fly, miss Fly! -grité ahuecando ambas manos junto a mi boca. Nadie me respondía, ni aun llegaba a mis oídos el rumor de las ruedas del coche. Corrí largo trecho al lado de los caballos, fatigado, jadeante, cubierto de sudor y con profunda agonía en el alma.. Volví a gritar luego diciendo: -¡Inés, Inés! ¡Aguarda un instante.. allá voy! Las fuerzas me faltaban. Los jinetes se dirigieron en disposición amenazadora hacia mí; pero un resto de energía física que aún conservaba, me permitió librarme de ellos, saltando fuera del camino. Pasaron adelante los caballos, y las carcajadas de Santorcaz y del hombre-toro resonaron en mis oídos como el graznar de pájaros carniceros que revoloteaban junto a mí, describiendo pavorosos círculos en torno a mi cabeza. Si mi cuerpo estaba desmayado y casi exánime, conservaba aún voz poderosa, y vociferé mientras creí que podía ser oído: -¡Miserables!.. ya caeréis en mi (p.1834) poder.. ¡Eh, Santorcaz, no te descuides!.. ¡allá iré yo!.. ¡allá iré! Bien pronto se extinguió a lo lejos el ruido de herraduras y ruedas. Me quedé solo en el camino. Al considerar que Inés había estado en mi mano y que no me había sido posible apoderarme de ella, sentía impulsos de correr hacia adelante, creyendo que la rabia bastaría a hacer brotar de mi cuerpo las potentes alas del cóndor.. En mi desesperada impotencia me arrojaba al suelo, mordía la tierra y clamaba al cielo con alaridos que habrían aterrado a los transeúntes, si por aquella desolada llanura hubiese pasado en tal hora alma viviente.. ¡Se me escapaba quizás para siempre! Registré el horizonte en derredor, y todo lo vi negro; pero las imágenes de los dos ejércitos pertenecientes a las dos naciones más poderosas del mundo se presentaron a mi agitada imaginación. ¡Por allí los franceses.. por allí los ingleses! Un paso más y el humo y los clamores de sangrienta batalla se elevarán hasta el cielo; un paso más y temblará, con el peso de tanto cuerpo que cae, este suelo en que me sostengo. -¡Oh, Dios de las batallas, guerra y exterminio es lo que deseo! -exclamé-. Que no quede un solo hombre de aquí hasta Francia.. Araceli, al cuartel real.. Wellington te espera. Esta idea calmó un tanto mi exaltación y me levanté del suelo en que yacía. Cuando di los primeros pasos experimenté esa suspensión del ánimo, ese asombro indefinible que sentimos en el momento de observar la falta o pérdida de un objeto que poco antes llevábamos. -¿Y miss Fly? -dije deteniéndome estupefacto-. No lo sé.. adelante.
Ep-10-XXV - Seguro de que los franceses habían tomado la dirección de Toro, me encaminé yo hacia el Mediodía buscando el Valmuza, riachuelo que corre a cuatro o cinco leguas de la capital. Marchaba a pie con toda la prisa que me permitían el mucho cansancio corporal y las fatigas del alma, y a las ocho de la mañana entré en Aldea Tejada, después de vadear el Tormes y recorrer un terreno áspero y desigual desde Tejares. Unos aldeanos dijéronme (p.1835) antes de llegar allí que no había franceses en los alrededores ni en el pueblo, y en este oí decir que por Siete Carreras y Tornadizos se habían visto en la noche anterior muchísimos ingleses. -Cerca están los míos -dije para mí, y tomando algo de lo necesario para sustentarme seguí adelante. Nada me aconteció digno de notarse hasta Tornadizos, donde encontré la vanguardia inglesa y varias partidas de D. Julián Sánchez. Eran las diez de la mañana. -Un caballo, señores, préstenme un caballo -les dije-. Si no, prepárense a oír al señor duque.. ¿Dónde está el cuartel general? Creo que en Bernuy. Un caballo pronto. Al fin me lo dieron, y lanzándolo a toda carrera primero por el camino y después por trochas y veredas, a las doce menos cuarto estaba en el cuartel general. Vestí a toda prisa mi uniforme, informándome al mismo tiempo de la residencia de lord Wellington, para presentarme a él al instante. -El duque ha pasado por aquí hace un momento -me dijo Tribaldos-. Recorre el pueblo a pie. Un momento después encontré en la plaza al señor duque, que volvía de su paseo; conociome al punto, y acercándome a él le dije: -Tengo el honor de manifestar a vuecencia que he estado en Salamanca y que traigo todos los datos y noticias que vuecencia desea. -¿Todos? -dijo Wellington sin hacer demostración alguna de benevolencia ni de desagrado. -Todos, mi general. -¿Están decididos a defenderse? -El ejército francés ha evacuado ayer tarde la ciudad, dejando sólo ochocientos hombres. Wellington miró al general portugués Troncoso que a su lado venía. Sin comprender las palabras inglesas que se cruzaron, me pareció que el segundo afirmaba: -Lo ha adivinado vuecencia. -Este es el plano de las fortificaciones que defienden el paso del puente -dije, alargando el croquis que había sacado. Tomolo Wellington, después de examinarlo con profundísima atención, preguntó: -¿Está usted seguro de que hay piezas giratorias en el rebellín, y ocho piezas comunes en el baluarte? -Las he contado, mi general. El dibujo será imperfecto; pero (p.1836) no hay en él una sola línea que no sea representación de una obra enemiga. -¡Oh, oh! Un foso desde San Vicente al Milagro -exclamó con asombro. -Y un parapeto en San Vicente. -San Cayetano parece fortificación importante. -Terrible, mi general. -Y estas otras en la cabecera del puente.. -Que se unen a los fuertes por medio de estacadas en zig-zag. -Está bien -dijo con complacencia, guardando el croquis-. Ha desempeñado usted su comisión satisfactoriamente a lo que parece. -Estoy a las órdenes de mi general. Y luego, volviendo en derredor la perspicaz mirada, añadió: -Me dijeron que miss Fly cometió la temeridad de ir también a Salamanca a ver los edificios. No la veo. -No ha vuelto -dijo un inglés de los de la comitiva. Interrogáronme todos con alarmantes miradas y sentí cierto embarazo. Hubiera dado cualquier cosa porque la señorita Fly se presentase en aquel momento. -¿Que no ha vuelto? -dijo el duque con expresión de alarma y clavando en mí sus ojos-. ¿Dónde está? -Mi general, no lo sé -respondí bastante contrariado-. Miss Fly no fue conmigo a Salamanca. Allí la encontré y después.. Nos separamos al salir de la ciudad, porque me era preciso estar en Bernuy antes de las doce. -Está bien -dijo lord Wellington como si creyese haber dado excesiva importancia a un asunto que en sí no lo tenía-. Suba usted al instante a mi alojamiento para completar los informes que necesito. No había dado dos pasos, puesto humildemente a la cola de la comitiva del señor duque, cuando detúvome un oficial inglés, algo viejo, pequeño de rostro, no menos encarnado que su uniforme, y cuya carilla arrugada y diminuta se distinguía por cierta vivacidad impertinente, de que eran signos principales una nariz picuda y unos espejuelos de oro. Acostumbrados los españoles a considerar ciertas formas personales como inherentes al oficio militar, nos causaban sorpresa y aun risa aquellos oficiales de artillería y estado mayor que parecían catedráticos, escribanos, vistas de aduanas o procuradores. Mirome el coronel Simpson, (p.1837) pues no era otro, con altanería; mirele yo a él del mismo modo, y una vez que nos hubimos mirado a sabor de entrambos, dijo él: -Caballero, ¿dónde está miss Fly? -Caballero, ¿lo sé yo acaso? ¿Me ha constituido el duque en custodio de esa hermosa mujer? -Se esperaba que miss Fly regresase con usted de su visita a los monumentos arquitectónicos de Salamanca. -Pues no ha regresado, caballero Simpson. Yo tenía entendido que miss Fly podía ir y venir y partir y tornar cuando mejor le conviniese. -Así debiera ser y así lo ha hecho siempre -dijo el inglés-; pero estamos en una tierra donde los hombres no respetan a las señoras, y pudiera suceder que Athenais, a pesar de su alcurnia, no tuviese completa seguridad de ser respetada. -Miss Fly es dueña de sus acciones -le contesté-. Respecto a su tardanza o extravío, ella sola podrá informar a usted cuando parezca. Era ciertamente grotesco exigirme la responsabilidad de los pasos malos o buenos de la antojadiza y volandera inglesa, cuando ella no conocía freno alguno a su libertad, ni tenía más salvaguardia de su honor que su honor mismo. -Esas explicaciones no me satisfacen, caballero Araceli -me dijo Simpson, dignándose dirigir sobre mí una mirada de enojo, que adquiría importancia al pasar por el cristal de sus espejuelos-. El insigne lord Fly, conde de Chichester, me ha encargado que cuide de su hija.. -¡Cuidar de su hija! ¿Y usted lo ha hecho?.. Cuando estuvo a punto de perecer en Santi Spíritus, no le vi a su lado.. ¡Cuidar de ella! ¿De qué modo se cuida a las señoritas en Inglaterra? ¿Dejando que los españoles les ofrezcan alojamiento, que las acompañen a visitar abadías y castillos? -Siempre han acompañado a esa señorita dignos caballeros que no abusaron de su confianza. No se temen debilidades de miss Fly, que tiene el mejor de los guardianes en su propio decoro; se temen, caballero Araceli, las violencias, los crímenes que son comunes en las naturalezas apasionadas de esta tierra. En suma, no me satisfacen las explicaciones que usted ha dado. -No tengo que añadir, respecto al (p.1838) paradero de miss Fly, ni una palabra más a lo que ya tuve honor de manifestar a lord Wellington. -Basta, caballero -repuso Simpson poniéndome como un pimiento-. Ya hablaremos de esto en ocasión más oportuna. He manifestado mis recelos a D. Carlos España, el cual me ha dicho que no era usted de fiar.. Hasta la vista. Apartose de mí vivamente para unirse a la comitiva que estaba muy distante, y dejome en verdad pensativo el venerable y estudioso oficial. Poco después D. Carlos España me decía riendo con aquella expresión franca y un tanto brutal que le era propia: -Picarón redomado, ¿dónde demonios has metido a la amazona? ¿Qué has hecho de ella? Ya te tenía yo por buena alhaja. Cuando el coronel Simpson me dijo que estaba sobre ascuas, le contesté: «No tenga usted duda, amigo mío; los españoles miran a todas las mujeres como cosa propia». Traté de convencer al general de mi inocencia en aquel delicado asunto; pero él reía, antes impulsado por móviles de alabanza que de vituperio, porque los españoles somos así. Luego le conté cómo habiendo necesitado del auxilio de los masones para salir de Salamanca, nos acompañamos de ellos hasta salir a buen trecho de la ciudad; mas cuando indiqué que miss Fly les había seguido, ni España ni ninguno de los que me escuchaban quisieron creerme. Cuando fui al alojamiento del general en jefe para informarle de mil particularidades que él quería conocer relativas a los conventos destruidos, a municiones, a víveres, al espíritu de la guarnición y del vecindario, hallé al duque, con quien conferencié más de hora y media, tan frío, tan severo conmigo, que se me llenó el alma de tristeza. Recogía mis noticias, harto preciosas para el ejército aliado, sin darme claras y vehementes señales, cual yo esperaba, de que mi servicio fuese estimado, o como si estimando el hecho, menospreciara la persona. Hizo elogios del croquis; pero me pareció advertir en él cierta desconfianza y hasta la duda de que aquel minucioso dibujo fuese exacto. Consternado (p.1839) yo, mas lleno de respeto hacia aquel grave personaje, a quien todos los españoles considerábamos entonces poco menos que un Dios, no osé desplegar los labios en materia alguna distinta de las respuestas que tenía que dar: y cuando el héroe de Talavera me despidió con una cortesía rígida y fría como el movimiento de una estatua que se dobla por la cintura, salí lleno de confusiones y sobresaltos, mas también de ira porque yo comprendía que alguna sospecha tan grave como injusta deslustraba mi buen concepto. ¡Después de tantos trabajos y fatigas por prestar servicio tan grande al ejército aliado, no se me trataba con mayor estima que a un vulgar y mercenario espía! ¡Yo no quería grados ni dinero en pago de mis servicios! Quería consideración, aprecio, y que el lord me llamase su amigo, o que desde lo alto de su celebridad y de su genio, dejase caer sobre mi pequeñez cualquier frase afectuosa y conmovedora, como la caricia que se hace al perro leal; pero nada de esto había logrado. Trayendo a mi memoria a un mismo tiempo y en tropel confuso las sofocaciones del día anterior, mi croquis, mis servicios, y mis apuros, los horrendos peligros, y después la fisonomía severa y un tanto ceñuda de lord Wellington, el despecho me inspiraba frases íntimas como la siguiente: -Quisiera que hubieses estado en poder de Jean-Jean y de Tourlourou, a ver si ponías esa cara.. Una cosa es mandar desde la tienda de campaña, y otra obedecer en la muralla.. Una cosa es la orden y otra el peligro.. Expóngase uno cien veces a morir por un..
Ep-10-XXVI - Esta y otras cosas peores que callo decía yo aquella tarde cuando partimos hacia Salamanca, a cuyas inmediaciones llegamos antes de anochecido, alejándonos después de la ciudad para pasar el Tormes por los vados del Canto y San Martín. Por todas partes oía decir: -Mañana atacaremos los fuertes. Yo que los había visto, que los había examinado, conocía que esto no podía ser. -¡Si creerán ustedes que esos fuertes son juguetes como los que se hicieron en Madrid el 3 de Diciembre! -decía yo a mis (p.1840) amigos, dándome cierta importancia-. ¡Si creerán ustedes que la artillería que los defiende es alguna batería de cocina! Y aquí encajaba descripciones ampulosas, que concluían siempre así: -Cuando se han visto las cosas, cuando se las ha medido palmo a palmo, cuando se las ha puesto en dibujo con más o menos arte, es cuando puede formarse idea acabada de ellas. -Di, ¿y a miss Fly también la has visto, la has medido palmo a palmo y la has puesto en dibujo con más o menos arte? -me preguntaban. Esto me volvía a mis melancolías y saudades (hablando en portugués) ocasionadas por el disfavor de lord Wellington y el ningún motivo e injusticia de su frialdad y desabrimiento con un servidor leal y obediente soldado. Lord Wellington mandó atacar los fuertes por mera conveniencia moral y por infundir aliento a los soldados, que no habían combatido desde Arroyo Molinos. Harto conocía el señor duque que aquellas obras formadas sobre las robustísimas paredes de los conventos no caerían sino ante un poderoso tren de batir, y al efecto hizo venir de Almeida piezas de gran calibre. Esperando, pues, el socorro, y simulando ataques pasaron dos o tres días, en los cuales nada histórico ni particular ocurrió digno de ser contado, pues ni adquirió lord Wellington nuevos títulos nobiliarios, ni pareció miss Fly, ni tuve noticias del rumbo que tomaron los traviesos y mil veces malditos masones. De lo ocurrido entonces únicamente merecen lugar, y por cierto muy preferente, en estas verídicas relaciones, las miradas que me echaba de vez en cuando el coronel Simpson y sus palabras agresivas, a que yo le contestaba siempre con las peores disposiciones del mundo. Y francamente, señores, yo estaba inquieto, casi tan inquieto como el sabio coronel Simpson, porque pasaban días y continuaba el eclipse de miss Fly. Creí entender que se hacían averiguaciones minuciosas; creí entender ¡oh cielos! que me amenazaba un interrogatorio severo, al cual seguirían rigurosas medidas penales contra mí; pero Dios, (p.1841) para salvarme sin duda de castigos que no merecía, permitió que el día 20 muy de mañana apareciese en los cerros del Norte.. no la romancesca e interesante inglesa, sino el mariscal Marmont con 40.000 hombres. El mismo día en que se nos presentó el francés por el mismo camino de Toro, se suspendió el ataque de los fuertes e hicimos varios movimientos para tomar posiciones si el enemigo nos provocaba a trabar batalla. Mas pronto se conoció que Marmont no tenía ganas de lanzar su ejército contra nosotros, siendo su intento al aproximarse, distraer las fuerzas sitiadoras y tal vez introducir algún socorro en los fuertes. Pero Wellington, aunque no había recibido la artillería de Almeida, persistía con tenacidad sajona en apoderarse de San Vicente y de San Cayetano, los dos formidables conventos arreglados para castillos por una irrisión de la historia. ¡Me parecía estar viéndolos aún desde la torre de la Merced! La tenacidad, que a veces es en la guerra una virtud, también suele ser una falta, y el asalto de los conventos lo fue manifiestamente, cosa rara en Wellington, que no acostumbraba cometer faltas. La división española se hallaba en Castellanos de los Moriscos, observando al francés que ya se corría a la derecha, ya a la izquierda, cuando nos dijeron que en el asalto infructuoso de San Cayetano habían perecido 120 ingleses y el general Rowes, distinguidísimo en el ejército aliado. -Ahora se ve cómo también los grandes hombres cometen errores -dije a mis amigos-. A cualquiera se le alcanzaba que San Vicente y San Cayetano no eran corrales de gallinas; pero respetemos las equivocaciones de los de arriba. -¡Ya está! ¡ya está ahí.. albricias! ¡ya la tenemos ahí! -exclamó D. Carlos España que a la sazón, de improviso, se había presentado. -¿Quién, miss Fly? -pregunté con vivo gozo. -La artillería, señores, la artillería gruesa que se mandó traer de Almeida. Ya ha llegado a Pericalbo, esta tarde estará en las paralelas, se montará mañana y veremos lo que valen esos fuertes que fueron conventos. -¡Ah, bien (p.1842) venida sea!.. creí que hablaba usted de miss Fly, por cuya aparición daría las dos manos que tengo.. Vino efectivamente, no miss Fly, que acerca de esta ni alma viviente sabía palabra, sino la artillería de sitio, y Marmont, que lo adivinó, quiso pasar el río para distraer fuerzas a la izquierda del Tormes. Le vimos correrse a nuestra derecha, hacia Huerta, y al punto recibimos orden de ocupar a Aldealuenga. Como los franceses cruzaron el Tormes, lo pasó también el general Graham, y en vista de este movimiento pusieron los pies en polvorosa. Marmont, que no tenía bastantes fuerzas, careciendo principalmente de caballería, no osaba empeñar ninguna acción formal. Por lo demás, ante la artillería de sitio, San Vicente y San Cayetano no ofrecieron gran resistencia. Los ingleses (y esto lo digo de referencia, pues nada vi) abrieron brecha el 27 e incendiaron con bala roja los almacenes de San Vicente. Pidieron capitulación los sitiados; mas Wellington, no queriendo admitir condiciones ventajosas para ellos, mandó asaltar la Merced y San Cayetano, escalando el uno y penetrando en el otro por las brechas. Quedó prisionera la guarnición. Este suceso colmó de alegría a todo el ejército, mayormente cuando vimos que Marmont se alejaba a buen paso hacia el Norte, ignorábamos si en dirección a Toro o a Tordesillas, porque nuestras descubiertas no pudieron determinarlo a causa de la oscuridad de la noche. Pero he aquí que pronto debíamos saberlo, porque la división española y las guerrillas de D. Julián Sánchez recibieron orden de dar caza a la retaguardia francesa, mientras todo el ejército aliado, una vez asegurada Salamanca, marchaba también hacia las líneas del Duero. Era la mañana del 28 de Junio, cuando nos encontrábamos cerca de Sanmorales, en el camino de Valladolid a Tordesillas. Según nos dijeron, la retaguardia enemiga y su impedimenta habían salido de dicho lugar pocas horas antes, llevándose, según la inveterada e infalible costumbre, todo cuanto pudieron haber a la mano. Pusiéronse al (p.1843) frente de la división el conde de España y D. Julián Sánchez con sus intrépidos guerrilleros que conocían el país como la propia casa, y se mandó forzar la marcha para poder pescar algo del pesado convoy de los franchutes. Sin reparar las fuerzas después del largo caminar de la noche, corrió nuestra vanguardia hacia Babilafuente, mientras los demás rebuscábamos en Sanmorales lo que hubiese sobrado de la reciente limpia y rapiña del enemigo. Provistos, al fin, de algo confortativo, seguimos también hacia aquel punto, y al cabo de dos horas de penosa jornada, cuando calculábamos que nos faltarían apenas otras dos para llegar a Babilafuente, distinguimos este lugar en lontananza, mas no lo determinaba la perspectiva de las lejanas casas, ni ninguna alta torre ni castillete, ni menos colina o bosquecillo, sino una columna de negro y espeso humo, que partiendo de un punto del horizonte, subía y se enroscaba hasta confundirse con la blanca masa de las nubes. -Los franceses han pegado fuego a Babilafuente -gritó un guerrillero. -Apretar el paso.. en marcha.. ¡Pobre Babilafuente! -Queman para detenernos.. creen que nos estorba la tizne.. ¡Adelante! -Pero D. Carlos y Sánchez les deben de haber alcanzado -dijo otro-. Parece que se oyen tiros. -Adelante, amigos. ¿Cuánto podemos tardar en ponernos allá? -Una hora y minutos. Viose luego otra negra columna de humo que salía de paraje más lejano, y que en las alturas del cielo parecía abrazarse con la primera. -Es Villorio que arde también -dijeron-. Esos ladrones queman las trojes después de llevarse el trigo. Y más cerca, divisamos las rojas llamas oscilando sobre las techumbres, y una multitud de mujeres despavoridas, ancianos y niños corrían por los campos huyendo con espanto de aquella maldición de los hombres, más terrible que las del cielo. Por lo que aquellos infelices nos pudieron decir entre lágrimas y gritos de angustia, supimos que los de España y Sánchez entraban a punto que salían los franceses después de incendiar el pueblo; que se habían cruzado algunos (p.1844) tiros entre unos y otros; pero sin consecuencias, porque los nuestros no se ocuparon más que de cortar el fuego. Estábamos como a doscientos pasos de las primeras casas de la infortunada aldea, cuando una figura extraña, hermosa, una verdadera y agraciada obra de la fantasía, una gentil persona, tan distinta de las comunes imágenes terrestres como lo son de la vulgar vida las admirables creaciones de la poesía del Norte; una mujer ideal llevada por arrogante y veloz caballo, pasó allá lejos ante la vista, semejante a los gallardos jinetes que cruzan por los rosados espacios de un sueño artístico, sin tocar la tierra, dando al viento cabellera y crin, y modificando según los cambiantes de la luz su majestuosa carrera. Era una figura de amazona, vestida no sé si de negro o de blanco, pero igual a aquellas mujeres galopantes con cuya apostura y arranque ligero, se representa al aire, al fuego, lo que vuela y lo que quema, y que corrían en verdad, animando al corcel con varoniles exclamaciones. Iba la gentil persona fuera del camino, en dirección contraria a la nuestra, por un extenso llano cruzado de zanjas y charcos, que el corcel saltaba con airoso brincar, asociando de tal modo su empuje y brío a la voluntad del jinete, que hembra y caballo parecían una sola persona. Tan pronto se alejaba como volvía la fantástica figura; pero a pesar de su carrera y de la distancia, al punto que la vi, diome un vuelco el corazón, subióseme la sangre con violento golpe al cerebro, y temblé de sorpresa y alegría. ¿Necesito decir quién era? Lanzando mi caballo fuera del camino, grité: -Miss Fly, señorita Mariposa.. señora Pajarita.. señora Mosquita.. ¡Carísima Athenais.. Athenais! Pero la Pajarita no me oía y seguía corriendo, mejor dicho, revoloteando, yendo, viniendo, tornando a partir y a volver, y trazando sobre el suelo y en la claridad del espacio caprichosos círculos, ángulos, curvas y espirales. -¡Miss Fly, miss Fly! El viento impedía que mi voz llegase hasta ella. Avivé el paso, sin apartar los ojos de la hermosa aparición, la cual creeríase iba a desvanecerse (p.1845) cual caprichosa hechura de la luz o del viento.. Pero no: era la misma miss Fly; y buscaba una senda en aquella engañosa planicie, surcada por zanjas y charcos de inmóvil agua verdosa. -¡Eh.. señora Mosquita!.. ¡que soy yo!.. Por aquí.. por este lado.
Ep-10-XXVII - Por último, llegué cerca de ella y oyó mi voz, y vio mi propia persona, lo cual hubo de causarle al parecer mucho gusto y sacarla de su confusión y atolondramiento. Corrió hacia mí riendo y saludándome con exclamaciones de triunfo, y cuando la vi de cerca, no pude menos de advertir la diferencia que existe entre las imágenes transfiguradas y embellecidas por el pensamiento y la triste realidad, pues el corcel que montaba, por cierto a mujeriegas, la intrépida Athenais, distaba mucho de parecerse a aquel volador Pegaso que se me representaba poco antes; ni daba ella al viento la cabellera, cual llama de fuego simbolizando el pensamiento, ni su vestido negro tenía aquella diafanidad ondulante que creí distinguir primero, ni el cuartajo, pues cuartajo era, tenia más cerneja que media docena de mustios y amarillentos pelos, ni la misma miss Fly estaba tan interesante como de ordinario, aunque sí hermosa, y por cierto bastante pálida, con las trenzas mal entretejidas por arte de los dedos, sin aquel concertado desgaire del peinado de las Musas, y finalmente, con el vestido en desorden anti-armónico a causa del polvo, arrugas y jirones que en diversos puntos tenía. -Gracias a Dios que os encuentro -exclamó alargándome la mano-. D. Carlos España me dijo que estabais en la retaguardia. Mi gozo por verla sana y libre; lo cual equivalía a un testimonio precioso de mi honradez, me impulsó a intentar abrazarla en medio del campo, de caballo a caballo, y habría puesto en ejecución mi atrevido pensamiento si ella no lo impidiera un tanto suspensa y escandalizada. -En buen compromiso me ha puesto usted -le dije. -Me lo figuraba -respondió riendo-. Pero vos tenéis la culpa. ¿Por qué me dejasteis en poder de aquella gente? -Yo no dejé a usted en poder de aquella (p.1846) gente; ¡malditos sean ellos mil veces!.. Desapareció usted de mi vista y el masón me impidió seguir. ¿Y nuestros compañeros de viaje? -¿Preguntáis por la Inesita? La encontraréis en Babilafuente -dijo poniéndose seria. -¿En ese pueblo? ¡Bondad divina!.. Corramos allí.. ¿Pero han padecido ustedes algún contratiempo? ¿Hanse visto en algún peligro? ¿Las han mortificado esos bárbaros? -No, me he aburrido y nada más. A la hora y media de salir de Salamanca tropezamos con los franceses, que echaron el guante a los masones diciendo que en Salamanca habían hecho el espionaje por cuenta de los aliados. Marmont tiene orden del Rey para no hacer causa común con esos pillos tan odiados en el país. Santorcaz se defendió; mas un oficial llamole farsante y embustero, y dispuso que todos los de la brillante comitiva quedásemos prisioneros. Gracias a Desmarets, me han tratado a mí con mucha consideración. -¡Prisioneros! -Sí, nos han tenido desde entonces en ese horrible Babilafuente, mientras el lord tomaba a Salamanca. ¡Y yo que no he visto nada de eso! ¿Se rindieron los fuertes? ¡Qué gran servicio prestasteis con vuestra visita a Salamanca! ¿Qué os dijo milord? -Sí, sí, hable usted a milord de mí.. Contento está su excelencia de este leal servidor.. Sepa miss Fly que lejos de agradar al duque, me ha tomado entre ojos y se dispone a formarme consejo de guerra por delitos comunes. ¿Por qué, amigo mío? ¿Qué habéis hecho? ¿Qué he de hacer? Pues nada, señora Pajarita; nada más sino seducir a una honesta hija de la Gran Bretaña, llevármela conmigo a Salamanca, ultrajarla con no sé qué insigne desafuero, y después, para colmo de fiesta, abandonarla pícaramente, o esconderla, o matarla, pues sobre este punto, que es el lado negro de mi feroz delito, no se han puesto aún de acuerdo lord Wellington y el coronel Simpson. Miss Fly rompió en risas tan francas, tan espontáneas y regocijadas, que yo también me reí. Ambos marchábamos a buen paso en dirección a Babilafuente. -Lo que me contáis, Sr. Araceli -dijo, mientras se (p.1847) teñía su rostro de rubor hechicero-, es una linda historia. Tiempo hacía que no se me presentaba un acontecimiento tan dramático, ni tan bonito embrollo. Si la vida no tuviera estas novelas, ¡cuán fastidiosa sería! -Usted disipará las dudas del general devolviéndome mi honor, miss Fly, pues de la pureza de sentimientos de usted no creo que duden milord ni sir Abraham Simpson. Yo soy el acusado, yo el ladrón, yo el ogro de cuentos infantiles, yo el gigantón de leyenda, yo el morazo de romance. -¿Y no os ha desafiado Simpson? -preguntó demostrándome cuánta complacencia producía en su alma aquel extraño asunto. -Me ha mirado con altanería y díchome palabras que no le perdono. -Le mataréis, o al menos le heriréis gravemente, como hicisteis con el desvergonzado e insolente lord Gray -dijo con extraordinaria luz en la mirada-. Quiero que os batáis con alguien por causa mía. Vos acometéis las empresas más arriesgadas por la simpatía que tienen los grandes corazones con los grandes peligros; habéis dado pruebas de aquel valor profundo y sereno cuyo arranque parte de las raíces del alma. Un hombre de tales condiciones no permitirá que se ponga en duda su dignidad, y a los que duden de ella, les convencerá con la espada en un abrir y cerrar de ojos. -La prueba más convincente, Athenais, ha de ser usted.. Ahora pensemos en socorrer a esos infelices de Babilafuente. ¿Corre Inés algún peligro? ¡Loco de mí! ¡Y me estoy con esta calma! ¿Está buena? ¿Corre algún peligro? -No lo sé -repuso con indiferencia la inglesa-. La casa en que estaban empezó a arder. -¡Y lo dice con esa tranquilidad! -En cuanto se anunció la entrada de los españoles y me vi libre, salí en busca del jefe. D. Carlos España me recibió con agrado, y no tuvo inconveniente en cederme un caballo para volver al cuartel general. -¿Santorcaz, Monsalud, Inés y demás compañía masónica habrán huido también? -No todos. El gran capitán de esta masonería ambulante está postrado en el lecho desde hace tres días y no puede moverse. ¿Cómo queréis que (p.1848) huya? -Eso es obra de Dios -dije con alegría y acelerando el paso-. Ahora no se me escapará. De grado o por fuerza arrancaremos a Inés de su lado y la enviaremos bien custodiada a Madrid. -Falta que quiera separarse de su padre. Vuestra dama encantada es una joven de miras poco elevadas, de corazón pequeño; carece de imaginación y de.. de arranque. No ve más que lo que tiene delante. Es lo que yo llamo un ave doméstica. No, señor Araceli, no pidáis a la gallina que vuele como el águila. Le hablaréis el lenguaje de la pasión y os contestará cacareando en su corral. -Una gallina, señorita Athenais -le dije, entrando en el pueblo-, es un animal útil, cariñoso, amable, sensible, que ha nacido y vive para el sacrificio, pues da al hombre sus hijos, sus plumas y finalmente su vida; mientras que un águila.. pero esto es horroroso, miss Fly.. arde el pueblo por los cuatro costados.. -Desde la llanura presenta Babilafuente un golpe de vista incomparable.. Siento no haber traído mi álbum. Las frágiles casas se venían al suelo con estrépito. Los atribulados vecinos se lanzaban a la calle, arrastrando penosamente colchones, muebles, ropas, cuanto podían salvar del fuego, y en diversos puntos la multitud señalaba con espanto los escombros y maderos encendidos, indicando que allí debajo habían sucumbido algunos infelices. Por todas partes no se oían más que lamentos e imprecaciones, la voz de una madre preguntando por su hijo, o de los tiernos niños desamparados y solos que buscaban a sus padres. Muchos vecinos y algunos soldados y guerrilleros se ocupaban en sacar de las habitaciones a los que estaban amenazados de no poder salir, y era preciso romper rejas, derribar tabiques, deshacer puertas y ventanas para penetrar desafiando las llamas, mientras otros se dedicaban a apagar el incendio, tarea difícil porque el agua era escasa. En medio de la plaza D. Carlos España daba órdenes para uno y otro objeto, descuidando por completo la persecución de los franceses, a quienes solamente se pudieron coger algunos carros. (p.1849) Gritaba el general desaforadamente y su actitud y fisonomía eran de loco furioso. Miss Fly y yo echamos pie a tierra en la plaza, y lo primero que se ofreció a nuestra vista fue un infeliz a quien llevaban maniatado cuatro guerrilleros empujándolo cruelmente a ratos o arrastrándole cuando se resistía a seguir. Una vez que lo pusieron ante la espantosa presencia de D. Carlos España, este cerrando los puños y arqueando las negras y tempestuosas cejas, gritó de esta manera: -¿Por qué me lo traen aquí?.. Fusilarle al momento. A estos canallas afrancesados que sirven al enemigo se les aplasta cuando se les coge, y nada más. Observando las facciones de aquel hombre reconocí al Sr. Monsalud. Antes de referir lo que hice entonces, diré en dos palabras, por qué había venido a tan triste estado y funesta desventura. Sucedió que los pobres masones igualmente malquistos con los franceses que salían y los españoles que entraban en Babilafuente, optaron, sin embargo, por aquellos, tratando de seguirles. Excepto Santorcaz, que seguía en deplorable estado, todos corrieron, pero tuvo tan mala suerte el travieso Monsalud, que al saltar una tapia buscando el camino de Villorio, le echaron el guante los guerrilleros, y como desgraciadamente le conocían por ciertas fechorías, ni santas ni masónicas, que cometiera en Béjar, al punto le destinaron al sacrificio en expiación de las culpas de todos los masones y afrancesados de la Península. -Mi general -dije al conde, abriéndome paso entre la muchedumbre de soldados y guerrilleros-. Este desgraciado es bastante tuno y no dudo que ha servido a nuestros enemigos; pero yo le debo un favor que estimo tanto como la vida, porque sin su ayuda no hubiera podido salir de Salamanca. -¿A qué viene ese sermón? -dijo con feroz impaciencia España. -A pedir a vuecencia que le perdone, conmutándole la pena de muerte por otra. El pobre Monsalud, que estaba ya medio muerto, se reanimó, y mirándome con vehemente expresión de gratitud, puso toda su alma en sus ojos. -Ya (p.1850) vienes con boberías, ¡rayo de Dios! Araceli, te mandaré arrestar.. -exclamó el conde haciendo extrañas gesticulaciones-. No se te puede resistir, joven entrometido.. Quitadme de delante a ese sabandijo, fusiladle al momento.. ¡Es preciso castigar a alguien! ¡a alguien! A pesar de esta viva crueldad, que a veces manifestaba de un modo imponente, España no había llegado aún a aquel grado de exaltación que años adelante hizo tan célebre como espantoso su nombre. Miró primero a la víctima, después a mí y a miss Fly, y luego que hubo dado algún desahogo a su cólera con palabrotas y recriminaciones dirigidas a todos, dijo: -Bueno, que no le fusilen. Que le den doscientos palos.. pero doscientos palos bien dados.. Muchachos, os lo entrego.. Allí detrás de la iglesia. -¡Doscientos palos! -murmuró la víctima con dolor-. Prefiero que me den cuatro tiros. Así moriré de una vez. Entonces aumentó el barullo, y un guerrillero apareció diciendo: -Arden todas las sementeras y las eras del lado de Villorio, y arde también Villoruela y Riolobos y Huerta. Desde la plaza, abierta al campo por un costado, se distinguía la horrible perspectiva. Llamas vagas y erráticas surgían aquí y allí del seco suelo, corriendo por sobre las mieses, cual cabellera movible, cuyas últimas negras guedejas se perdían en el cielo. En los puntos lejanos las columnas de humo eran en mayor número y cada una indicaba la troj o panera que caía bajo la planta de fuego del ejército fugitivo. Nunca había yo visto desolación semejante. Los enemigos al retirarse quemaban, talaban, arrancando los tiernos árboles de las huertas, haciendo luminarias con la paja de las eras. Cada paso suyo aplastaba una cabaña, talaba una mies, y su rencoroso aliento de muerte destruía como la cólera de Dios. El rayo, el pedrisco, el simoún, la lluvia y el terremoto obrando de consuno no habrían hecho tantos estragos en poco tiempo. Pero el rayo y el simoún, todas las iras del cielo juntas, ¿qué significan comparadas con el despecho de un ejército que se retira? Fiero animal (p.1851) herido, no tolera que nada viva detrás de sí. D. Carlos España tomó una determinación rápida. -A Villorio, a Villorio sin descansar -gritó montando a caballo-. Sr. D. Julián Sánchez, a ver si les cogemos. Además, hay que auxiliar también a esos otros pueblos. Las órdenes corrieron al momento, y parte de los guerrilleros con dos regimientos de línea se aprestaron a seguir a D. Carlos. -Araceli -me dijo este-, quédate aquí aguardando mis órdenes. En caso de que lleguen hoy los ingleses, sigues hacia Villorio; pero entre tanto aquí.. Apagar el fuego lo que se pueda; salvar la gente que se pueda, y si se encuentran víveres.. -Bien, mi general. -Y a ese bribón que hemos cogido, cuidado como le perdones un solo palo. Doscientos cabalitos y bien aplicados. Adiós. Mucho orden, y.. ni uno menos de doscientos.
Ep-10-XXVIII - Cuando me vi dueño del pueblo y al frente de la tropa y guerrillas que trabajaban en él, empecé a dictar órdenes con la mayor actividad. Excuso decir que la primera fue para librar a Monsalud del horrible tormento y descomunal castigo de los palos; mas cuando llegué al sitio de la lamentable escena, ya le habían aplicado veintitrés cataplasmas de fresno, con cuyos escozores estaba el infeliz a punto de entregar rabiando su alma al Señor. Suspendí el tormento, y aunque más parecía muerto que vivo, aseguráronme que no iría de aquella, por ser los masones gente de siete vidas, como los gatos. Miss Fly me indicó sin pérdida de tiempo la casa que servía de asilo a Santorcaz, una de las pocas que apenas habían sido tocadas por las llamas. Vociferaban a la puerta algunas mujeres y aldeanos, acompañados de dos o tres soldados, esforzándose las primeras en demostrar con toda la elocuencia de su sexo, que allí dentro se guarecía el mayor pillo que desde muchos años se había visto en Babilafuente. -El que llevaron a la plaza -decía una vieja- es un santo del cielo comparado con este que aquí se esconde, el capitán general de todos esos luciferes. -Como que hasta los mismos franceses les dan (p.1852) de lado. Diga usted, señá Frasquita, ¿por qué llaman masones a esta gente? A fe que no entiendo el voquible. -Ni yo; pero basta saber que son muy malos, y que andan de compinche con los franceses para quitar la religión y cerrar las iglesias. -Y los tales, cuando entran en un pueblo, apandan todas las doncellas que encuentran. Pues digo: también hay que tener cuidado con los niños, que se los roban para criarlos a su antojo, que es en la fe de Majoma. Los soldados habían empezado a derribar la puerta y las mujeres les animaban, por la mucha inquina que había en el pueblo contra los masones. Ya vimos lo que le pasó a Monsalud. Seguramente, Santorcaz con ser el pontífice máximo de la secta trashumante, no habría salido mejor librado si en aquella ocasión no hubiese llegado yo. Luego que la puerta cediera a los recios golpes y hachazos, ordené que nadie entrase por ella, dispuse que los soldados, custodiando la entrada, contuvieran y alejasen de allí a las mujeres chillonas y procaces, y subí. Atravesé dos o tres salas cuyos muebles en desorden anunciaban la confusión de la huida. Todas las puertas estaban abiertas, y libremente pude avanzar de estancia en estancia hasta llegar a una pequeña y oscura, donde vi a Santorcaz y a Inés, él tendido en miserable lecho, ella al lado suyo, tan estrechamente abrazados los dos que sus figuras se confundían en la penumbra de sala. Padre e hija estaban aterrados, trémulos como quien de un momento a otro espera la muerte, y se habían abrazado para aguardar juntos el trance terrible. Al conocerme, Inés dio un grito de alegría. -Padre -exclamó-, no moriremos. Mira quién está aquí. Santorcaz fijó en mí los ojos que lucían como dos ascuas en el cadavérico semblante, y con voz hueca, cuyo timbre heló mi sangre, dijo: -¿Vienes por mí, Araceli? ¿Ese tigre carnicero que os manda te envía a buscarme porque los oficiales del matadero están ya sin trabajo?.. Ya despacharon a Monsalud, ahora a mí.. -No matamos a nadie -respondí acercándome. -No nos matarán -exclamó Inés derramando lágrimas de gozo-. (p.1853) Padre, cuando esos bárbaros daban golpes a la puerta, cuando esperábamos verles entrar armados de hachas, espadas, fusiles y guillotinas para cortarnos la cabeza, como dices que hacían en París, ¿no te dije que había creído escuchar la voz de Araceli? Le debemos la vida. El masón clavaba en mí sus ojos, mirándome cual si no estuviera seguro de que era yo. Su fisonomía estaba en extremo descompuesta, hundidos los ojos dentro de las cárdenas órbitas, crecida la barba, lustrosa y amarilla la frente. Parecía que habían pasado por él diez años desde las escenas de Salamanca. -Nos perdonan la vida -dijo con desdén-. Nos perdonan la vida cuando me ven enfermo y achacoso, sin poder moverme de este lecho, donde me ha clavado mi enfermedad. El conde de España ¿va a subir aquí? -El conde de España se ha ido de Babilafuente. Cuando dije esto, el anciano respiró como si le quitaran de encima enorme peso. Incorporose ayudado por su hija, y sus facciones, contraídas por el terror, se serenaron un poco. -¿Se ha marchado ese verdugo.. hacia Villorio?.. Entonces escaparemos por.. por.. y los ingleses, ¿dónde están? -Si se trata de escapar, en todas partes hay quien lo impida. Se acabaron las correrías por los pueblos. -De modo que estoy preso -exclamó con estupor-. ¡Soy prisionero tuyo, prisionero de..! ¡Me has cogido como se coge a un ratón en la trampa, y tengo que obedecerte y seguirte tal vez! -Sí, preso hasta que yo quiera. -Y harás de mí lo que se te antoje, como un chiquillo sin piedad que martiriza al león en su jaula porque sabe que este no puede hacerle daño. -Haré lo que debo, y ante todo.. Santorcaz, al ver que fijé los ojos en su hija, estrechola de nuevo en sus brazos, gritando: -No la separarás de mí sino matándola, ruin y miserable verdugo.. ¿Así pagas el beneficio que en Salamanca te hice?.. Manda a tus bárbaros soldados que nos fusilen, pero no nos separes. Miré a Inés y vi en ella tanto cariño, tan franca adhesión al anciano, tanta verdad en sus demostraciones de afecto filial, que no pude menos de cortar el vuelo a mi (p.1854) violenta determinación. -Aquí encuentro un sentimiento cuya existencia no sospechaba -dije para mí-; un sentimiento grande, inmenso, que se me revela de improviso y que me espanta y me detiene y me hace retroceder. He creído caminar por sendero continuado y seguro, y he llegado a un punto en que el sendero acaba y empieza el mar. No puedo seguir.. ¿Qué inmensidad es esta que ante mí tengo? Este hombre será un malvado, será carcelero de la infeliz niña; será un enemigo de la sociedad, un agitador, un loco que merece ser exterminado; pero aquí hay algo más. Entre estos dos seres, entre estas dos criaturas tan distintas, la una tan buena, la otra odiosa y odiada, existe un lazo que yo no debo ni puedo romper, porque es obra de Dios. ¿Qué haré? A estas reflexiones sucedieron otras de igual índole, mas no me llevaron a ninguna afirmación categórica respecto a mi conducta, y me expresé de este modo, que me pareció el más apropiado a las circunstancias. -Si usted varía de conducta podrá tal vez vivir cerca, cuando no al lado de su hija y verla y tratarla. -¡Variar de conducta!.. ¿Y quién eres tú, mancebo ignorante, para decirme que varíe de conducta, y dónde has aprendido a juzgar mis acciones? Estás lleno de soberbia porque el despotismo te ha enmascarado con esa librea y puesto esas charreteras que no sirven sino para marcar la jerarquía de los distintos opresores del pueblo.. ¡Qué sabes tú lo que es conducta, necio! Has oído hablar a los frailes y a D. Carlos España, y crees poseer toda la ciencia del mundo. -Yo no poseo ciencia alguna -respondí exasperado-, ¿pero se puede consentir que criaturas inocentes y honradas y dignas por todos conceptos de mejor suerte, vivan con tales padres? -Y a ti, extraño a ella, extraño a mí, ¿qué te importa ni qué te va en esto? -exclamó agitando sus brazos y golpeando con ellos las ropas del desordenado lecho. -Sr. Santorcaz, acabemos. Dejo a usted en libertad para ir a donde mejor le plazca. Me comprometo a garantizarle la mayor seguridad hasta que se halle fuera del país que (p.1855) ocupa el ejército aliado. Pero esta joven es mi prisionera y no irá sino a Madrid al lado de su madre. Si han nacido por fortuna en usted sentimientos tiernos que antes no conocía, yo aseguro que podrá ver a su hija en Madrid siempre que lo solicite. Al decir esto, miré a Inés, que con extraordinario estupor dirigía los ojos a mí y a su padre alternativamente. -Eres un loco -dijo D. Luis-. Mi hija y yo no nos separaremos. Háblale a ella de este asunto, y verás cómo se pone.. En fin, Araceli, ¿nos dejas escapar, sí o no? -No puedo detenerme en discusiones. Ya he dicho cuanto tenía que decir. Entre tanto quedarán en la casa y nadie se atreverá a hacerles daño. -¡Preso, cogido, Dios mío! -clamó Santorcaz antes afligido que colérico, y llorando de desesperación-. ¡Preso, cogido por esta soldadesca asalariada a quien detesto; preso antes de poder hacer nada de provecho, antes de descargar un par de buenos y seguros golpes!.. ¡Esto es espantoso! Soy un miserable.. no sirvo para nada.. lo he dejado todo para lo último.. me he ocupado en tonterías.. lo grave, lo formal es destruir todo lo que se pueda, ya que seguramente nada existe aquí digno de conservarse. -Tenga usted calma, que el estado de ese cuerpo no es a propósito para reformar el linaje humano. -¿Crees que estoy débil, que no puedo levantarme? -gritó intentando incorporarse con esfuerzos dolorosos-. Todavía puedo hacer algo.. esto pasará, no es nada.. aún tengo pulso.. ¡Ay! en lo sucesivo no perdonaré a nadie. Todo aquél que caiga bajo mi mano perecerá sin remedio. Inés le ponía las manos en los hombros para obligarle a estarse quieto y recogía la ropa de abrigo, que los movimientos del enfermo arrojaban a un lado y otro. -¡Preso, cogido como un ratón! -prosiguió este-. Es para volverse loco.. ¡Cuando había fundado treinta y cuatro logias en que se afiliaba lo más atrevido y lo más revoltoso, es decir, lo mejor y lo más malo de todo el país!.. ¡Oh! ¡esos indignos franceses me han hecho traición! Les he servido, y este es el pago.. Araceli, ¿dices que estoy preso, que me llevarán a la cárcel de Madrid, (p.1856) a Ceuta tal vez?.. ¡Maldigo la infame librea del despotismo que vistes! ¡Ceuta!.. Bueno; me escaparé como la otra vez.. mi hija y yo nos escaparemos. Aún tengo agilidad, aliento, brío; todavía soy joven.. ¡Caer en poder de estos verdugos con charreteras, cuando me creía libre para siempre y tocaba los resultados de mi obra de tantos años!.. porque sí, no sois más que verdugos con charreteras, grados falsos y postizos honores. ¡Mujeres de la tierra, parid hijos para que los nobles los azoten, para que los frailes los excomulguen y para que estos sayones los maten!.. ¡Bien lo he dicho siempre! La masonería no debe tener entrañas, debe ser cruel, fría, pesada, abrumadora como el hacha del verdugo.. ¿Quién dice que yo estoy enfermo, que yo estoy débil, que me voy a morir, que no puedo levantarme más?.. Es mentira, cien veces mentira.. Me levantaré y ¡ay del que se me ponga delante! Araceli, cuidado, cuidado, aprendiz de verdugo.. todavía.. Siguió hablando algún tiempo más; pero le faltaba gradualmente el aliento, y las palabras se confundían y desfiguraban en sus labios. Al fin no oíamos sino mugidos entrecortados y guturales, que nada expresaban. Su respiración era fatigosa, había cerrado los ojos; pero los abría de cuando en cuando con la súbita agitación de la fiebre. Toqué sus manos y despedían fuego. -Este hombre está muy malo -dije a Inés, que me miraba con perplejidad. -Lo sé; pero en esta casa no hay nada, ni tenemos remedios, ni comida; en una palabra, nada. Llamando a mi asistente que estaba en la calle, le di orden de que proporcionase a Inés cuanto fuese preciso y existiera en el lugar. -Mi asistente no se separará de aquí mientras lo necesites -dije a mi amiga-. La puerta se cerrará. Puedes estar tranquila. En todo el día no saldremos de aquí. Adiós, me voy a la plaza, pero volveré pronto, porque tenemos que hablar, mucho que hablar.
Ep-10-XXIX - Cuando volví, estaba sentada junto al lecho del enfermo, a quien miraba fijamente. Volviendo la cabeza, indicome con un signo que no debía hacer ruido. (p.1857) Levantose luego, acercó su rostro al de Santorcaz y cerciorada de que permanecía en completo y bienhechor reposo, se dispuso a salir del cuarto. Juntos fuimos al inmediato, no cerrando sino a medias la puerta, para poder vigilar al desgraciado durmiente, y nos sentamos el uno frente al otro. Estábamos solos, casi solos. -¿Has tenido nuevas noticias de mi madre? -me preguntó muy conmovida. -No, pero pronto la veremos.. -¡Aquí, Dios mío! Tanta felicidad no es para mí. -Le escribiré hoy diciendo que te he encontrado y que no te me escaparás. Le diré que venga al instante a Salamanca. -¡Oh! Gabriel.. haces precisamente lo mismo que yo deseaba, lo que deseaba hace tanto tiempo.. Si hubieras sido prudente en Salamanca; y me hubieras oído antes de.. -Querida mía, tienes que explicarme muchas cosas que no he entendido -le dije con amor. -¿Y tú a mí? Tú sí que tienes necesidad de explicarte bien. Mientras no lo hagas, no esperes de mí una palabra, ni una sola. -Hace seis meses que te busco, alma mía, seis meses de fatigas, de penas, de ansiedad, de desesperación.. ¡Cuánto me hace trabajar Dios antes de concederme lo que me tiene destinado! ¡Cuánto he padecido por ti, cuánto he llorado por ti! Dios sabe que te he ganado bien. -Y durante ese tiempo -preguntó con graciosa malicia-, ¿te ha acompañado esa señora inglesa, que te llama su caballero y que me ha vuelto loca a preguntas? -¿A preguntas? -Sí; quiere saberlo todo, y para cerrarle el pico he necesitado decirle cómo y cuándo nos conocimos. Lo que se refiere a mí le importa poco; tu vida es lo que le interesa; me ha marcado tanto deseando saber las locuras y sublimidades que has hecho por esta infeliz, que no he podido menos de divertirme a costa suya.. -Bien hecho, querida mía. -¡Qué orgullosa es..! Se ríe de cuanto hablo y, según ella, no abro la boca más que para decir vulgaridades. Pero la he castigado.. Como insistiese en conocer tus empresas amorosas, la he dicho que después de Bailén quisieron robarme veinticinco hombres armados, y que tú solo les mataste a (p.1858) todos. Inés sonreía tristemente, y yo sofocaba la risa. -También le dije que en el Pardo, para poder hablarme, te disfrazaste de duque, siendo tal el poder de la falsa vestimenta, que engañaste a toda la corte y te presentaron al emperador Napoleón, el cual se encerró contigo en su gabinete, y te confió el plan de su campaña contra el Austria. -Así te vengas tú -dije encantado de la malicia de mi pobre amiga-. Dame un abrazo, chiquilla, un abrazo o me muero. -Así me vengo yo. También le dije que estando en Aranjuez pasabas el Tajo a nado todas las noches para verme; que en Córdoba entraste en el convento y maniataste a todas las monjas para robarme; que otra vez anduviste ochenta leguas a caballo para traerme una flor; que te batiste con seis generales franceses porque me habían mirado, con otras mil heroicidades, acometimientos y amorosas proezas que se me vinieron a la memoria a medida que ella me hacía preguntas. ¡Eh, caballerito, no dirá usted que no cuido de su reputación!.. Te he puesto en los cuernos de la luna.. Puedes creer que la inglesa estaba asombrada. Me oía con toda su hermosa boca abierta.. ¿Qué crees? Te tiene por un Cid, y ella cuando menos se figura ser la misma doña Jimena. -¡Cómo te has burlado de ella! -exclamé acercando mi silla a la de Inés-. ¿Pero has tenido celos?.. Dime si has tenido celos para estarme riendo tres días.. -Caballero Araceli -dijo arrugando graciosamente el ceño-, sí, los he tenido y los tengo.. -¡Celos de esa loca!.. si es una loca -contesté riendo y el alma inundada de regocijo-. Inés de mi vida, dame un abrazo. Las lindas manecitas de la muchacha se sacudían delante de mí, y me azotaban el rostro al acercar. Yo pillándolas al vuelo, se las besaba. -Inesilla, querida mía, dame un abrazo.. o te como. -Hambriento estás. -Hambriento de quererte, esposa mía. ¿Te parece?.. seis meses amando a una sombra. ¿Y tú?.. Yo no sabía qué decir. Estaba hondamente conmovido. Mi desgraciada amiga quiso disimular su emoción; pero no pudo atajar el torrente de lágrimas que pugnaba por salir de sus (p.1859) ojos. -No te acuerdes de esa mujer, si no quieres que me enfade. Es imposible que tú, con la elevación de tu alma, con tu penetración admirable, hayas podido.. -No, no lloro por eso, querido amigo mío -me dijo mirándome con profundo afecto-. Lloro.. no sé por qué. Creo que de alegría. -¡Oh! Si miss Fly estuviera aquí, si nos viera juntos, si viera cómo nos amamos por bendición especial de Dios, si viera este cariño nuestro, superior a las contrariedades del mundo, comprendería cuánta diferencia hay de sus chispazos poéticos a esta fuente inagotable del corazón, a esta luz divina en que se gozan nuestras almas, y se gozarán por los siglos de los siglos. -No me nombres a miss Fly.. Si en un momento me afligió el conocerla, ya no hago caso de ella.. -dijo secando sus lágrimas-. Al principio, francamente.. tuve dudas, más que dudas, celos; pero al tratarla de cerca se disiparon. Sin embargo, es muy hermosa, más hermosa que yo. -Ya quisiera parecerse a ti. Es un marimacho. -Es además muy rica, según ella misma dice. Es noble.. Pero a pesar de todos sus méritos, miss Fly me causaba risa, no sé por qué: yo reflexionaba y decía: «Es imposible, Dios mío. No puede ser.. Caerán sobre mí todas las desgracias menos esta..». ¡Oh! esta sí que no la hubiera soportado. -¡Qué bien pensaste! Te reconozco Inés. Reconozco tu grande alma. Duda de todo el mundo, duda de lo que ven tus ojos; pero no dudes de mí, que te adoro. -Mi corazón se desborda.. -exclamó oprimiéndose el seno con una mano que se escapó de entre las mías-. Hace tiempo que deseaba llorar así.. delante de ti.. ¡Bendito sea Dios que empieza a hacer caso de lo que le he dicho! -Inés, yo también he tenido celos, queridita; celos de otra clase, pero más terribles que los tuyos. -¿Por qué? -dijo mirándome con severidad. -¡Pobre de mí!.. Yo me acordaba de tu buena madre y decía mirándote: «Esta pícara ya no nos quiere». -¿Que no os quiero? -Alma mía: ahora te pregunto como a los niños; ¿a quién quieres tú? -A todos -contestó con resolución. Esta respuesta, tan concisa como elocuente, me (p.1860) dejó confuso. -A todos -repitió-. Si no te creyera capaz de comprenderlo así, ¡cuán poco valdrías a mis ojos! -Inés, tú eres una criatura superior -afirmé con verdadero entusiasmo-. Tú tienes en tu alma mayor porción de aliento divino que los demás. Amas a tus enemigos, a tus más crueles enemigos. -Amo ami padre -dijo con entereza. -Sí; pero tu padre.. -Vas a decir que es un malvado, y no es verdad. Tú no le conoces. -Bien, amiga mía, creo lo que me dices; pero las circunstancias en que has ido a poder de ese hombre no son las más a propósito para que le tomaras gran cariño.. -Hablas de lo que no entiendes. Si yo te dijera una cosa.. -Espera.. déjame acabar.. Ya sé lo que vas a decir. Es que has encontrado en él cuando menos lo esperabas un noble y profundo cariño paternal. -Sí, pero he encontrado algo más. -¿Qué? -La desgracia. Es el hombre más desdichado, más sin ventura que existe en el mundo. -Es verdad: la nobleza de tu alma no tiene fin.. pero dime: seguramente no hallarán eco en ella los sentimientos de odio y el frenesí de este desgraciado. -Yo espero reconciliarle -dijo sencillamente- con los que odia o aparenta odiar, pues su cólera ante ciertas personas no brota del corazón. -¡Reconciliarle! -repetí con verdadero asombro-. ¡Oh! Inés, si tal hicieras, si tan grande objeto lograras tú con la sola fuerza de tu dulzura y de tu amor, te tendría por la más admirable persona de todo el mundo.. Pero debe de haber ocurrido entre ti y él mucho que ignoro, querida mía. Cuando te viste arrebatada por ese hombre de los brazos de tu madre enferma, ¿no sentiste?.. -Un horror, un espanto.. no me recuerdes eso, amiguito, porque me estremezco toda.. ¡Qué noche, qué agonía! Yo creí morir, y en verdad pedía la muerte.. Aquellos hombres.. todos me parecían negros, con el pelo erizado y las manos como garfios.. aquellos hombres me encerraron en un coche. Encarecerte mi miedo, mis súplicas, aquel continuo llorar mío durante no sé cuántos días, sería imposible. Unas veces desesperada y loca, les decía mil injurias, otras (p.1861) pedíales de rodillas mi libertad. Durante mucho tiempo me resistí a tomar alimento y también traté de escaparme.. Imposible, porque me guardaban muy bien.. Después de algunos días de marcha, fuéronse todos, y él quedó solo conmigo en un lugar que llaman Cuéllar. -¿Y te maltrató? -Jamás, al principio me trataba con aspereza; pero luego, mientras más me ensoberbecía yo, mayor era su dulzura. En Cuéllar me dijo que nunca volvería a ver a mi madre, lo cual me causó tal desesperación y angustia, que aquella noche intenté arrojarme por la ventana al campo. El suicidio, que es tan gran pecado, no me aterraba.. Trájome en seguida a Salamanca, y allí le oí repetir que jamás vería a mi madre. Entonces advertí que mis lágrimas le conmovían mucho.. Un día, después que largo rato disputamos y vociferamos los dos, púsose de rodillas delante de mí, y besándome las manos me dijo que él no era un hombre malo. -Y tú, ¿sospechabas algo de tu parentesco con él? -Verás.. Yo respondí que le tenía por el más malo, el más abominable ser de toda la tierra, y entonces fue cuando me dijo que era mi padre.. Esta revelación me dejó tan suspensa, tan asombrada, que por un instante perdí el sentido.. Tomome en sus brazos, y durante largo rato me prodigó las más afectuosas caricias.. Yo no lo quería creer.. En lo íntimo de mi alma acusé a Dios por haberme hecho nacer de aquel monstruo.. Después como advirtiese mi duda, mostrome un retrato de mi madre y algunas cartas que escogió entre muchas que tenía.. Yo estaba medio muerta.. aquello me parecía un sueño. En la angustia y turbación de tan dolorosa escena, fijé la vista en su rostro y un grito se escapó de mis labios. -¿No le habías observado bien? -Sí, yo había notado cierto incomprensible misterio en su fisonomía, pero hasta entonces no vi.. no vi que su frente era mi frente, que sus ojos eran mis ojos. Aquella noche me fue imposible dormir: entrome una fiebre terrible y me revolvía en el lecho, creyéndome rodeada de sombras o demonios que me atormentaban. Cuando abría los ojos, le hallaba (p.1862) sentado a mis pies, sin apartar de mí su mirada penetrante que me hacía temblar. Me incorporé y le dije: «¿Por qué aborrece usted a mi querida madre?». Besándome las manos, me contestó: «Yo no la aborrezco: ella es la que me aborrece a mí. Por haberla amado soy el más infeliz de los hombres; por haberla amado soy este oscuro y despreciado satélite de los franceses que en mí ves; por haberla adorado te causo espanto hoy en vez de amor». Entonces yo le dije: «Grandes maldades habrá hecho usted con mi madre, para que ella le aborrezca». No me contestó.. Se esforzaba en calmar mi agitación, y desde aquella noche hasta el fin de la enfermedad que padecí no se apartó de mi lado ni un momento. Cuanto puede inventarse para distraer a una criatura triste y enferma, él lo inventó; contábame historias, unas alegres, otras terribles, todas de su propia vida, y finalmente refiriome lo que más deseaba conocer de esta.. Yo temblaba a cada palabra. Había empezado a inspirarme tanta compasión, que a ratos le suplicaba que callase y no dijese más. Poco a poco fui perdiéndole el miedo: me causaba cierto respeto; pero amarle.. ¡eso imposible!.. Yo no cesaba de afirmar que no podía vivir lejos de mi madre, y esto, si le enfurecía de pronto, era motivo después para que redoblase sus cariños y consideraciones conmigo. Su empeño era siempre convencerme de que nadie en el mundo me quería como él. Un día, impaciente y acongojada por el largo encierro, le hablé con mucha dureza; él se arrojó a mis pies, pidiome perdón del gran daño que me había causado, y lloró tanto, tanto.. -¿Ese hombre ha derramado una lágrima? -dije con sorpresa-. ¿Estás segura? Jamás lo hubiera creído. -Tantas y tan amargas derramó, que me sentí no ya compasiva, sino también enternecida. Mi corazón no nació para el odio, nació para responder a todos los sentimientos generosos, para perdonar y reconciliar. Tenía delante de mí a un hombre desgraciado, a mi propio padre, solo, desvalido, olvidado; recordaba algunas palabras (p.1863) oscuras y vagas de mi madre acerca de él, que me parecían un poco injustas. Lástima profunda oprimía mi pecho: la adoración, la loca idolatría que aquel infeliz sentía por mí, no podían serme indiferentes, no, de ningún modo, a pesar del daño recibido. Le dije entonces cuantas palabras de consuelo se me ocurrieron, y el pobrecito me las agradeció tanto, tantísimo.. Por la primera vez en su vida era feliz. -¡Ángel del cielo -exclamé con viva emoción-, no digas más! Te comprendo y te admiro. -Suplicome entonces que le tratase con la mayor confianza, que le dijese padre y tú al uso de Francia, con lo cual experimentaría gran consuelo, y así lo hice. Ese hombre terrible que espanta a cuantos le oyen y no habla más que de exterminar y de destruir, temblaba como un niño al escuchar mi voz; y olvidado de la guillotina, de los nobles y de lo que él llamaba el estado llano, estaba horas enteras en éxtasis delante de mí. Entonces formé mi proyecto, aunque no le dije nada, esperando que el dominio que ejercía sobre él llegase al último grado. -¿Qué proyecto? -Volver aquel cadáver a la vida, volverle al mundo, a la familia, desatar aquel corazón de la rueda en que sufría tormento, sacar del infierno aquel infeliz réprobo y extirpar en su alma el odio que le consumía. Durante algún tiempo no hablé de volver al lado de mi madre, ni me quejé de la larga y triste soledad, antes bien aparecía sumisa y aun contenta. Entonces emprendimos esos horribles viajes para fundar logias; empezó la compañía de esos hombres aborrecidos, y no pude disimular mi disgusto. Cuando hablábamos los dos a solas él se reía de las prácticas masónicas, diciendo que eran simples y tontas, aunque necesarias para subyugar a los pueblos. Su odio a los nobles, a los frailes y a los reyes continuaba siempre muy vivo; pero al hablar de mi madre, la nombraba siempre con reserva y también con emoción. Esto era señal lisonjera y un principio de conformidad con mi ardiente deseo. Yo se lo agradecí y se lo pagué mostrándome más cariñosa con él; pero siempre reservada. Los (p.1864) repetidos viajes, las logias y los compañeros de masonería, me inspiraban repugnancia, hastío y miedo. No se lo oculté, y él me decía: «Esto acabará pronto. No conquistaré a los necios sino con esta farsa; y como los franceses se establezcan en España, verás la que armo..». «Padre, le decía yo, no quiero que armes cosas malas ni que mates a nadie, ni que te vengues. La venganza y la crueldad son propias de almas bajas». Él me ponderaba las injusticias y picardías que rigen a la sociedad de hoy, asegurando que era preciso volver todo del revés, para lo cual era necesario empezar por destruirlo todo. ¡Cuánto hemos hablado de esto! Por último, tales horrores han dejado de asustarme. Tengo la convicción de que mi pobre padre no es cruel ni sanguinario como parece.. -Así será, pues tú lo dices. -Estábamos en Valladolid, cuando cayó enfermo, muy enfermo. Un afamado médico de aquella ciudad me dijo que no viviría mucho tiempo. Él, sin embargo, siempre que experimentaba algún alivio, se creía restablecido por completo. En uno de sus más graves ataques, hallándonos en Salamanca, me dijo: «Te robé, hija mía, para hacerte instrumento de la horrible cólera que me devora. Pero Dios, que no consiente sin duda la perdición de mi alma, me ha llenado de un profundo y celeste amor que antes no conocía. Has sido para mí el ángel de la guarda, la imagen viva de la bondad divina, y no sólo me has consolado, sino que me has convertido. Bendita seas mil veces por esta savia nueva que has dado a mi triste vida. Pero he cometido un crimen: tú no me perteneces; entré como un ladrón en el huerto ajeno y robé esta flor.. No, no puedo retenerte ni un momento más al lado mío contra tu gusto». El infeliz me decía esto con tanta sinceridad, que me sentí inclinada a amarle más. Luego siguió diciéndome: «Si tienes compasión de mí, si tu alma generosa se resiste a dejarme en esta soledad, enfermo y aborrecido, acompáñame y asísteme, pero que sea por voluntad tuya y no por violencia mía. Déjame que te bese mil veces, y márchate (p.1865) después si no quieres estar a mi lado». No le contesté de otro modo que abrazándole con todas mis fuerzas y llorando con él. ¿Qué podía, qué debía hacer? -Quedarte. -Aquélla era la ocasión más propia para confiarle mis deseos. Después de repetir que no le abandonaría, díjele que debía reconciliarse con mi madre. Recibió al principio muy mal la advertencia, mas tanto rogué y supliqué que al fin consintió en escribir una carta. Empecela yo, y como en ella pusiera no recuerdo qué palabras pidiendo perdón, enfureciose mucho y dijo: -«¡Pedir perdón, pedirle perdón! Antes morir»-. Por último, quitando y poniendo frases, di fin a la epístola; mas al día siguiente le vi bastante cambiado en sus disposiciones conciliadoras, y ¿qué creerás, amigo mío?.. Pues rompió la carta, diciéndome: «Más adelante la escribiremos, más adelante. Aguardemos un poco». Esperé con santa resignación, y hallándonos en Plasencia, hice una nueva tentativa. Él mismo escribió la carta, empleando en ella no menos de cuatro horas, y ya la íbamos a enviar a su destino cuando uno de esos aborrecidos hombres que le acompañan entró diciéndole que la policía francesa le buscaba y le perseguía por gestiones de una alta señora de Madrid. ¡Ay, Gabriel! Cuando tal supo, renovose en él la cólera y amenazó a todo el género humano. No necesito decirte que ni enviamos la carta, ni habló más del asunto en algunos días. Pero yo insistía en mi propósito. Al volver a Salamanca le manifesté la necesidad de la reconciliación; enfadose conmigo, díjele que me marcharía a Madrid, abrazome, lloró, gimió, arrojose a mis pies como un insensato, y al fin, hijo, al fin, escribimos la tercera carta, la escribí yo misma. Por último, mi adorada madre iba a saber noticias de su pobre hija. ¡Ay! aquella noche mi padre y yo charlamos alegremente, hicimos dulces proyectos; maldijimos juntos a todos los masones de la tierra, a las revoluciones y a las guillotinas habidas y por haber; nos regocijamos con supuestas felicidades que habían de venir; nos contamos el uno al otro (p.1866) todas las penas de nuestra pasada vida.. pero al siguiente día.. -Me presenté yo.. ¿no es eso? -Eso es.. ya conoces su carácter.. Cuando te vio y conoció que ibas enviado por mi madre, cuando le injuriaste.. Su ira era tan fuerte aquel día que me causó miedo. -«Ahí lo tienes, decía, yo me dispongo a ser bueno con ella, y ella envía contra mí la policía francesa para mortificarme, y un ladrón para privarme de tu compañía. Ya lo ves, es implacable.. A Francia, nos iremos a Francia, vendrás conmigo. Esa mujer acabó para mí y yo para ella..». Lo demás lo sabes tú y no necesito decírtelo. ¡Esta mañana creímos morir aquí! ¡Cuánto he padecido en este horrible Babilafuente viéndole enfermo, tan enfermo que no se restablecerá más, viéndonos amenazados por el populacho que quería entrar para despedazarnos!.. Y todo ¿por qué? Por la masonería, por esas simplezas que a nada conducen. -A algo conducen, querida mía, y la semilla que tu padre y otros han sembrado, dará algún día su fruto. Sabe Dios cuál será. -Pero él no es ateo, como otros, ni se burla de Dios. Verdad que suele nombrarle de un modo extraño, así como el Ser Supremo, o cosa parecida. -Llámese Dios o Ser Supremo -exclamé volviendo a aprisionar entre mis manos las de mi adorada amiga-, ello es que ha hecho obras acabadas y perfectas, y una de ellas eres tú, que me confundes, que me empequeñeces y anonadas más cuanto más te trato y te hablo y te miro. -Eres tonto de veras, pues ¿qué he hecho que no sea natural? -preguntome sonriendo. -Para los ángeles es natural existir sin mancha, inspirar las buenas acciones, ensalzar a Dios, llevar al cielo las criaturas, difundir el bien por el mundo pecador. ¿Que qué has hecho? Has hecho lo que yo no esperaba ni adivinaba, aunque siempre te tuve por la misma bondad; has amado a ese infeliz, al más infeliz de los hombres, y este prodigio que ahora, después de hecho, me parece tan natural, antes me parecía una aberración y un imposible. Tú tienes el instinto de lo divino y yo no: tú realizas con la sencillez propia de Dios las más grandes (p.1867) cosas y a mí no me corresponde otro papel que el de admirarlas después de hechas, asombrándome de mi estupidez por no haberlas comprendido.. ¡Inesilla, tú no me quieres, tú no puedes quererme! -¿Por qué dices eso? -preguntó con candor. -Porque es imposible que me quieras, porque yo no te merezco. Al decir esto, estaba tan convencido de mi inferioridad, que ni siquiera intenté abrazarla, cuando cruzando ella las defensoras manos, parecía dejarme el campo libre para aquel exceso amoroso. -De veras, parece que eres tonto. -Pero si tu corazón no sabe sino amar, si no sabe otra cosa, aunque de mil modos le enseñe el mundo lo contrario, algo habrá para mí en un rinconcito. -¿Un rinconcito..? ¿De qué tamaño? -¡Qué feliz soy! Pero te digo la verdad, quisiera ser desgraciado. No me contestó sino riéndose, burlándose de mí con un descaro.. -Quiero ser desgraciado para que me ames como has amado a tu padre, para que te desvivas por mí, para que te vuelvas loca por mí, para que.. ¿Pero te ríes, todavía te ríes? ¿Acaso estoy diciendo tonterías? -Más grandes que esta casa. -Pero, hija, si estoy aturdido. Dime tú, que todo lo sabes, si hay alguna manera extraordinaria de querer, una manera nueva, inaudita.. -Así, así siempre, basta.. Ni es preciso tampoco que seas desgraciado. No, dejémonos de desgracias, que bastantes hemos tenido. Pidamos a Dios que no haya más batallas en que puedas morir. -¡Yo quiero morir! -exclamé sintiendo que el puro y extremado afecto llevaba mi mente a mil raras sutilezas y tiquis miquis, y mi corazón a incomprensibles y quizás ridículos antojos. -¡Morir! -exclamó ella con tristeza-. ¿Y a qué viene ahora eso? ¿Se puede saber, señor mío querido? -Quiero morir para verte llorar por mí.. pero en verdad esto es absurdo, porque si muriera, ¿cómo podría verte? Dime que me amas, dímelo. -Esto sí que está bueno. Al cabo de la vejez.. -Si nunca me lo has dicho.. Puede que quieras sostener que me lo has dicho. -¿Que no? -exclamó con jovialidad encantadora-. Pues no. No sé qué más iba a (p.1868) decir ella; pero indudablemente pensó decir algo, más dulce para mí que las palabras de los ángeles, cuando sonó en la estancia una ronca voz. -No, no te vas, paloma, sin abrazar a tu marido -exclamé estrujando aquel lindo cuerpo, que se escapó de mis brazos para volar al lado del enfermo.
Ep-10-XXX - Acerqueme a la puerta de la triste alcoba. Santorcaz no me veía, porque su observación estaba fatigada y torpe a causa del mal, y la estancia medio a oscuras. -Alguien estaba ahí -dijo el enfermo besando las manos de su hija-. Me pareció sentir la voz de ese tunante de Gabriel. -Padre, no hables mal de los que nos han hecho un beneficio, no tientes a Dios, no le provoques. -Yo también le he hecho beneficios, y ya ves cómo me paga: prendiéndome. -Araceli es un buen muchacho. -¡Sabe Dios lo que harán conmigo esos verdugos! -exclamó el anciano dando un suspiro-. Esto se acabó, hija mía. -Se acabaron, sí, las locuras, los viajes, las logias que sólo sirven para hacer daño -afirmó Inés abrazando a su padre-. Pero subsistirá el amor de tu hija, y la esperanza de que viviremos todos, todos felices y tranquilos. -Tú vives de dulces esperanzas -dijo- yo de tristes o funestos recuerdos. Para ti se abre la vida; para mí, lo contrario. Ha sido tan horrible, que ya deseo se cierre esa puerta negra y sombría, dejándome fuera de una vez.. Hablas de esperanzas; ¿y si estos déspotas me encierran en una cárcel, si me envían a que muera a cualquiera de esos muladares del África..? -No te llevarán, respondo de que no te llevarán, padrito. -Pero cualquiera que sea mi suerte, será muy triste, niña de mi alma.. Viviré encerrado, y tú.. ¿tú qué vas a hacer? Te verás obligada a abandonarme.. Pues qué, ¿vas a encerrarte en un calabozo? -Sí, me encerraré contigo. Donde tú estés allí estaré yo -dijo la muchacha con cariño-. No me separaré de ti, no te abandonare jamas, ni iré.. no, no iré a ninguna parte donde tú no puedas ir también. No oí voz alguna, sino los sollozos del pobre enfermo. -Pero en cambio, padrito -continuó (p.1869) ella en tono de amonestación afectuosa-, es preciso que seas bueno, que no tengas malos pensamientos, que no odies a nadie, que no hables de matar gente, pues Dios tiene buena mano para hacerlo; que desistas de todas esas majaderías que te han trastornado la cabeza, y no pierdas la tranquilidad y la salud porque haya un rey de más o de menos en el mundo; ni hagas caso de los frailes ni de los nobles, los cuales, padre querido, no se van a suprimir y a aniquilarse porque tú lo desees, ni porque así lo quiera el mal humor del Sr. Canencia, del Sr. Monsalud y del Sr. Ciruelo.. He aquí tres que hablan mal de los nobles, de los poderosos y de los reyes, porque hasta ahora ningún rey, ni ningún señor han pensado en arrojarles un pedazo de pan para que callen, y otro para que griten en favor suyo.. ¿Conque serás bueno? ¿Harás lo que te digo? ¿Olvidarás esas majaderías?.. ¿Me querrás mucho a mí y a todos los que me quieren? Diciendo esto, arreglaba las ropas del lecho, acomodaba en las almohadas la venerable y hermosa cabeza de Santorcaz, destruía los dobleces y durezas que pudieran incomodarle, todo con tanto cariño, solicitud, bondad y dulzura, que yo estaba encantado de lo que veía. Santorcaz callaba y suspiraba, dejándose tratar como un chico. Allí la hija parecía más que una hija una tierna madre, que se finge enojada con el precioso niño porque no quiere tomar las medicinas. -Me convertirás en un chiquillo, querida -dijo el enfermo-. Estoy conmovido.. quiero llorar. Pon tu mano sobre mi frente para que no se me escape esa luz divina que tengo dentro del cerebro.. pon tu mano sobre mi corazón y aprieta. Me duele de tanto sentir. ¿Has dicho que no te separarás de mí? -No, no me separaré. -¿Y si me llevan a Ceuta? -Iré contigo. -¡Irás conmigo! -Pero es preciso ser bueno y humilde. -¿Bueno? ¿Tú lo dudas? Te adoro, hija mía. Dime que soy bueno, dime que no soy un malvado y te lo agradeceré más que si me vinieras a llamar de parte del Ser Sup.. de parte de Dios, decimos los cristianos. Si tú me dices que soy un hombre bueno, (p.1870) que no soy malo, tendré por embusteros a los que se empeñan en llamarme malvado. -¿Quién duda que eres bueno? Para mí al menos. -Pero a ti te he hecho algún daño. -Te lo perdono, porque me amas, y sobre todo porque me sacrificas tus pasiones, porque consientes que sea yo la destinada a quitarte esas espinas que desde hace tanto tiempo tienes clavadas en el corazón. -¡Y cómo punzan! -exclamó con profunda pena el infeliz masón-. Sí, quítamelas, quítamelas todas con tus manos de ángel; quítalas una a una, y esas llagas sangrientas se restañarán por sí.. ¿De modo que yo soy bueno? -Bueno, sí; yo lo diré así a quien crea lo contrario, y espero que se convencerán cuando yo lo diga. Pues no faltaba más.. La verdad es lo primero. Ya verás cuánto te van a querer todos, y qué buenas cosas dirán de ti. Has padecido: yo les contaré todo lo que has padecido. -Ven -murmuró Santorcaz con voz balbuciente, alargando los brazos para coger en sus manos trémulas la cabeza de su hija-. Trae acá esa preciosa cabeza que adoro. No es una cabeza de mujer, es de ángel. Por tus ojos mira Dios a la tierra y a los hombres, satisfecho de su obra. El anciano cubrió de besos la hermosa frente, y yo por mi parte no ocultaré que deseaba hacer otro tanto. En aquel momento di algunos pasos y Santorcaz me vio. Advertí súbita mudanza en la expresión de su semblante, y me miró con disgusto. -Es Gabriel, nuestro amigo, que nos defiende y nos protege -dijo Inés-, ¿por qué te asustas? -Mi carcelero -murmuró Santorcaz con tristeza..- Me había olvidado de que estoy preso. -No soy carcelero, sino amigo -afirmé adelantándome. -Sr. Araceli -continuó él con voz grave-, ¿a dónde me llevan? ¡Oh, miserable de mí! Malo es caer en las garras de los satélites del despotismo.. no, no, hija mía, no he dicho nada; quise decir que los soldados.. no puedo negar que odio un poquillo a los soldados, porque sin ellos, ya ves, sin ellos no podrían los reyes.. ¡malditos sean los reyes!.. no, no, a mí no me importa que haya reyes, hija mía; allá se entiendan. Sólo que.. francamente, (p.1871) no puedo menos de aborrecer un poco a ese muchacho que quiso separarte de mí. Ya se ve, le mandaban sus amos.. estos militares son gente servil que los grandes emplean para oprimir a los hijos del pueblo.. No le puedo ver, ni tú tampoco, ¿es verdad? -No sólo le puedo ver, sino que le estimo mucho. -Pues que entre.. Araceli.. también yo te estimé en otro tiempo. Inés dice que eres un buen muchacho.. Será preciso creerlo.. Puesto que ella te estima, ¿sabes lo que yo haría? exceptuarte a ti solo, a ti solito; ponerte a un lado, y a todos los demás enviarles a la guillot.. no, no he dicho nada.. Si otros la quieren levantar, háganlo en buen hora; yo no haré más que ver y aplaudir.. No, no, no aplaudiré tampoco: váyanse al diablo las guillotinas. -Padre -dijo Inés-, da la mano a Araceli, que se marchará a sus quehaceres, y ruégale que vuelva a vernos después. ¡Ay! dicen que va a darse una batalla: ¿no sientes que le suceda alguna desgracia? -Sí, seguramente -dijo Santorcaz estrechándome la mano-. ¡Pobre joven! La batalla será muy sangrienta, y lo más probable es que muera en ella. -¿Qué dices, padre? -preguntó Inés con terror. -La mejor batalla del mundo, hija mía, será aquélla en que perezcan todos los soldados de los dos ejércitos contendientes. -¡Pero él no, él no! Me estás asustando. -Bueno, bueno, que viva él.. que viva Araceli. Joven, mi hija te estima, y yo.. yo también.. también te estimo. Así es que Dios hará muy bien en conservar tu preciosa vida. Pero no servirás más a los verdugos del linaje humano, a los opresores del pueblo, a los que engordan con la sangre del pueblo, a los pícaros frailes y.. -¡Jesús! estás hablando como Canencia, ni más ni menos. -No he dicho nada; pero este Araceli.. a quien estimo.. nos aborrece, querida mía, quiere separarnos, es agente y servidor de una persona.. -A quien estimas también, padre. -De una persona.. -continuó el masón, poniéndose tan pálido que parecía un cadáver. -A quien amas, padre -añadió la muchacha rodeando con sus brazos la cabeza del pobre enfermo-, a quien pedirás (p.1872) perdón.. por.. El rostro de Santorcaz encendiose de repente con fuerte congestión; sus ojos despidieron rayo muy vivo, incorporose en el lecho y estirando los brazos y cerrando los puños y frunciendo el terrible ceño gritó: -¡Yo!.. pedirle perdón.. pedirle perdón yo.. ¡Jamás, jamás! Diciendo esto cayó en el lecho como cuerpo del que súbitamente y con espanto huye la vida. Inés y yo acudimos a socorrerle. Balbucía frases ardorosas.. llamaba a Inés creyéndola ausente, la miraba con extravío; me despedía con gritos y amenazas; y, finalmente, se tranquilizó cayendo en pesado sopor. -Otra vez será -me dijo Inés con los ojos llenos de lágrimas-. No desconfío. Haz lo que dijimos. Escríbele esta tarde mismo. -Le escribiré y vendrá en seguida a Salamanca. Prepárate a marchar allá con tu enfermo.
Ep-10-XXXI - Haciendo mucho ruido, llamándome a voces y azotando con su látigo las puertas y los muebles, entró en la casa miss Fly. Recibila en la sala y al verme sonrió con gracia incomparable, no exenta en verdad de coquetería. Llamó mi atención ver que se había acicalado y compuesto, cosa verdaderamente extraña en aquel lugar y ocasión. Su rostro resplandecía de belleza y frescura. Habíase peinado cual si tuviese a mano los más delicados enseres de tocador, y el vestido, limpio ya de polvo y lodo, disimulaba sus desgarrones y arrugas no sé por qué arte singular, sólo revelado a las mujeres. ¿Por qué no decirlo? Detesto las gazmoñerías y melindres. Sí, lo diré: Athenais estaba encantadora, hechicera, lindísima. Como le manifestase mi sorpresa por aquella restauración de su interesante persona, me dijo: -Caballero Araceli, después que vuestros soldados han apagado el incendio, quedó un poco de agua para mí. En casa de unos aldeanos me proporcionaron lo preciso para peinarme.. Pero, señor comandante, ¿así cumplís con vuestros deberes? ¿No estaréis mejor al frente de vuestras tropas? Hace un rato que ha llegado Leith con su división, y pregunta por vos. Al saber la (p.1873) noticia, no quise detenerme. Despedime de Inés, y después de asegurar bien la entrada de la casa y de encomendar a Tribaldos que cuidase a los dos prisioneros, bajé a la plaza, donde miss Fly se separó de mí sin motivo aparente. Empezaban a llegar tropas inglesas. El general Leith, a quien indiqué que España me había mandado proseguir, cuando llegaron los ingleses me ordenó que esperase hasta la noche. -Es imposible perseguir a los franceses de cerca -dijo-. Van muy adelantados, y nos será difícil hacerles daño. Nuestras tropas están cansadas. Quedeme allí no sin gozo, y dispuse lo necesario para que Santorcaz y su hija fuesen trasladados a Salamanca. Felizmente regresaba aquella tarde para quedar allí de guarnición, Buenaventura Figueroa, mi más íntimo y querido amigo, y le di instrucciones prolijas sobre lo que debía hacer con mis prisioneros en la ciudad y durante el viaje. Verificose este por la noche en un convoy que se envió a Roma la chica, y no sin trabajo logré un carromato de regular comodidad, en cuyo interior acomodé a padre e hija, acompañados de Tribaldos y de buen repuesto de víveres para el viaje. Quise darles también dinero, mas rehusolo Inés, y a la verdad no lo necesitaban, porque el Sr. Santorcaz (no sé si lo he dicho), que un año antes heredara íntegro su patrimonio, poseía regular hacienda, sobrada para su modesto traer. Di también a Inés instrucciones para que contribuyese a impedir nuevas salidas de su infeliz padre al campo de Montiel de las masónicas aventuras, y ella prometiome con inequívoca seguridad que le encarcelaría convenientemente sin mortificarle, con lo cual, muy apenados nos despedimos los dos, yo por aquella nueva separación, cuyos límites no sabía, y ella por presentimientos del peligro a que expuesto quedaba en la terrible campaña emprendida. En esto, y en escribir a la condesa lo que el lector supone, entretuve gran parte de las últimas horas del día. Partimos al amanecer del siguiente, persiguiendo a los franceses, que no pararon hasta pasar el Duero por Tordesillas, (p.1874) extendiéndose hasta Simancas. Allí reforzó Marmont su ejército con la división de Bonnet, y nosotros le aguardamos en la orilla izquierda vigilando sus movimientos. La cuestión era saber por qué sitio quería el francés pasar el río, para venir al encuentro del ejército aliado, cuyo cuartel general estaba en La Seca. No quería Marmont, como es fácil suponer, darnos gusto, y sin avisarnos, cosa muy natural también, partió de improviso hacia Toro.. ¡En marcha todo el mundo hacia la izquierda, ingleses, españoles, lusitanos, en marcha otra vez hacia el Guareña y hacia los perversos pueblos de Babilafuente y Villorio! -¡Y a esto llaman hacer la guerra! -decía uno-. Por el mucho ejercicio que hacen, tienen tan buenas piernas los ingleses. Ahora resultará que Marmont no acepta tampoco la batalla en el Guareña y lo buscaremos en el Pisuerga, en el Adaja o tal vez en el Manzanares o en el Abroñigal a las puertas de Madrid. Tan sólo resultó que después de dos semanas de marchas y contramarchas, nos encontramos otra vez en las inmediaciones de Salamanca. Pero lo más gracioso fue cuando bailamos el minueto, como decían los españoles, pues aconteció que ambos ejércitos marcharon todo un día paralelamente, ellos sobre la izquierda y nosotros sobre la derecha, viéndonos muy bien a distancia de medio tiro de cañón y sin gastar un cartucho. Esto pasó no muy lejos de Salamanca; y cuando nos detuvimos en San Cristóbal, allí eran de ver las burlas motivadas por la tal maniobra y marcha estratégica que los chuscos calificaban de contradanza. Desde San Cristóbal quise ir a Salamanca: pero me fue imposible, porque no se concedían licencias largas ni cortas. Tuve, sin embargo, el gusto de saber que nada singular había ocurrido en la casa de la calle del Cáliz durante mi ausencia y las marchas y minuetos del ejército aliado.. En cuanto a miss Fly (me apresuro a nombrarla, porque oigo una misma pregunta en los labios de cuantos me escuchan), me había honrado no pocas veces con su encantadora palabra durante los (p.1875) viajes a Tordesillas, a la Nava y al Guareña; pero siempre en cortas y disimuladas entrevistas, cual si existiese algún desconocido estorbo, algún impedimento misterioso de su antes ilimitada libertad. En estas breves entrevistas advertía siempre en ella sin igual dulzura y melancólico abandono, y además una admiración injustificada hacia todas mis acciones, aunque fuesen de las más comunes e insignificantes. Por lo demás si las entrevistas pecaban de cortas, eran frecuentísimas. No hacíamos alto en punto alguno, sin que se me presentase Athenais, cual mi propia sombra y recatadamente me hablase, diciéndome por lo general cosas alambicadas y sutiles, cuando no melifluas y apasionadas. La más refinada cortesía y un excelente humor de bromas inspiraban mis contestaciones. Regalábame a cada momento mil monerías, golosinas o cachivaches de poco valor, que adquiría en los diversos pueblos de la carrera. Entretanto (suplico a mis oyentes se fijen bien en esto, porque sirve de lamentable antecedente a uno de los principales contratiempos de mi vida), yo notaba que no se había disipado entre mis compañeros ingleses y españoles la infundada sospecha que el viaje de Athenais a Salamanca despertara. En suma, la Pajarita había vuelto al cuartel general, y mi buena opinión y fama de caballerosidad continuaban tan problemáticas como el día que aparecí en Bernuy. En dos ocasiones en que tuve el alto honor de hablar con el señor duque, experimenté mortal pena, hallándole no sólo desdeñoso sino en extremo austero y desapacible conmigo. Los espejuelos del coronel Simpson despedían rayos olímpicos contra mí y en general cuantas personas conocía en las filas inglesas demostraban de diversos modos poca o ninguna afición a mi honrada persona. -Sr. Araceli, Sr. Araceli -me dijo Athenais presentándose de improviso ante mí el 21 de Julio cuando acabábamos de ocupar el cerro comúnmente llamado Arapil Chico-, venid a mi lado. Simpson no ha salido aún de Salamanca. ¿Os ha pasado algo desde ayer que no nos hemos visto? - (p.1876) Nada, señora, no me ha pasado nada. ¿Y a usted? -A mí sí; pero ya os lo contaré más adelante. ¿Por qué me miráis de ese modo?.. Vos también dais en creer, como los demás, que estoy triste, que estoy pálida, que he cambiado mucho.. -En efecto, miss Fly, se me figura que esa cara no es la misma. -No me siento bien -dijo con sonrisa graciosa-. No sé lo que tengo.. ¡Ah! ¿no sabéis? Dicen que va a darse una gran batalla. -No lo dudo. Los franceses están hacia Cavarrasa. ¿Cuándo será? -Mañana.. Parece que os alegráis -dijo mostrando un temor femenino que me sorprendió, conociendo como conocía su varonil arrojo. -Y usted también se alegrará, señora. Un alma como la de usted, para sostenerse a su propia altura, necesita estos espectáculos grandiosos, el inmenso peligro seguido de la colosal gloria. Nos batiremos, señora, nos batiremos con el Imperio, con el enemigo común, como dicen en Inglaterra, y le derrotaremos. Athenais no me contestó, como esperaba, con ningún arrebato de entusiasmo, y la poesía de los romances parecía haberse replegado con timidez y vergüenza quizás en lo más escondido de su alma. -Será una gran batalla y ganaremos -dijo con abatimiento-; pero.. morirá mucha gente. ¿No os ocurre que podéis morir vos? -¿Yo?.. ¿y qué importa? ¿Qué importa la vida de un miserable soldado, con tal que quede triunfante la bandera? -Es verdad; pero no debéis exponeros.. -dijo con cierta emoción-. Dicen que la división española no se batirá. -Señora, no conozco a usted, no es usted miss Fly. -Voy creyendo lo que decís -afirmó clavando en mí los dulces ojos azules-; voy creyendo que no soy yo miss Fly.. Oíd bien, Araceli, lo que voy a deciros. Si no entráis en fuego mañana, como espero, avisádmelo.. Adiós, adiós. -Pero aguarde usted un momento, miss Fly -dije procurando detenerla. -No, no puedo. Sois muy indiscreto.. Si supierais lo que dicen.. adiós, adiós. Dando algunos pasos hacia ella, la llamé repetidas veces; mas en el mismo instante vi un coche o silla de postas que se paraba delante de mí en (p.1877) mitad del camino; vi que por la portezuela aparecía una cara, una mano, un brazo. Si era la condesa.. ¡Dios poderoso, qué inmensa alegría! Era la condesa, que detenía su coche delante de mí, que me buscaba con la vista, que me llamaba con un lindo gesto, que iba a decir sin duda dulcísimas cosas. Corrí hacia ella loco de alegría.
Ep-10-XXXII - Antes de referir lo que hablamos, conviene que diga algo del lugar y momento en que tales hechos pasaban, porque una cosa y otra interesan igualmente a la historia y a la relación de los sucesos de mi vida que voy refiriendo. El 21 por la tarde pasamos el Tormes, los unos por el puente de Salamanca, los otros por los vados inmediatos. Los franceses, según todas las conjeturas, habían pasado el mismo río por Alba de Tormes, y se encontraban al parecer en los bosques que hay más allá de Cavarrasa de Arriba. Formamos nosotros una no muy extensa línea cuya izquierda se apoyaba junto al vado de Santa Marta, y la derecha en el Arapil Chico, junto al camino de Madrid. Una pequeña división inglesa con algunas tropas ligeras ocupaba el lugar de Cavarrasa de Abajo, punto el más avanzado de la línea anglo-hispano-portuguesa. En la falda del Arapil Chico, y al borde del camino, fue donde se me apareció Athenais, que volvía a caballo de Cavarrasa, y pocos instantes después la señora condesa, mi adorada protectora y amiga. Corrí hacia ella, como he dicho, y con la más viva emoción besé sus hermosas manos que aún asomaban por la portezuela. El inmenso gozo que experimenté apenas me dejó articular otras voces que las de «madre y señora mía», voces en que mi alma, con espontaneidad y confianza sumas, esperaban iguales manifestaciones cariñosas de parte de ella. Mas con amargura y asombro advertí en los ojos de la condesa desdén, enojo, ira, ¡qué sé yo!.. una severidad inexplicable que me dejó absorto y helado. -¿Y mi hija? -preguntó con sequedad. -En Salamanca, señora -repuse-. No podría usted llegar más a tiempo. Tribaldos, mi asistente, acompañará a usted. Ha sido (p.1878) casualidad que nos hayamos encontrado aquí. -Ya sabía que estabas en este sitio que llaman el Arapil Chico -me dijo con el mismo tono severo, sin una sonrisa, sin una mirada cariñosa, sin un apretón de manos-. En Cavarrasa de Abajo, donde me detuve un instante, encontré a sir Tomás Parr, el cual me dijo dónde estabas, con otras cosas acerca de tu conducta, que me han causado tanto asombro como indignación. -¡Acerca de mi conducta, señora! -exclamé con dolor tan vivo como si una hoja de acero penetrara en mi corazón-. Yo creía que en mi conducta no había nada que pudiera desagradar a usted. -Conocí en Cádiz a sir Tomás Parr, y es un caballero incapaz de mentir -añadió ella con indecible resplandor de ira en los ojos que tanta ternura habían tenido en otro tiempo para mí-. Has seducido a una joven inglesa, has cometido una iniquidad, una violencia, una acción villana. -¡Yo, señora! ¡yo!.. ¿Este hombre honrado que ha dado tantas pruebas de su lealtad..? ¿Este hombre ha hecho tales maldades? -Todos lo dicen.. No me lo ha dicho sólo sir Tomás Parr, sino otros muchos; me lo dirá también Wellesley. -Pues si Wellesley lo afirmara -repliqué con desesperación-, si Wellesley lo afirmara, yo le diría.. -Que miente.. -No, el primer caballero de Inglaterra, el primer general de Europa no puede mentir; es imposible que el duque diga semejante cosa. -Hay hechos que no pueden disimularse -añadió con pena-, que no pueden desfigurarse. Dicen que la persona agraviada se dispone a pedir que se te obligue al cumplimiento de las leyes inglesas sobre el matrimonio. Al oír esto, una hilaridad expansiva y una indignación terrible cruzaron sus diversos efectos en mi alma, como dos rayos que se encuentran al caer sobre un mismo objeto, y por un instante se lo disputan. Me reí y estuve a punto de llorar de rabia. -Señora, me han calumniado, es falso, es mentira que yo.. -grité introduciendo por la portezuela del coche primero la cabeza y después medio cuerpo-. Me volveré loco si usted, si esta persona a quien (p.1879) respeto y adoro a quien no podré jamás engañar, da valor a tan infame calumnia. -¿Con que es calumnia?.. -dijo con verdadero dolor-. Jamás lo hubiera creído en ti.. Vivimos para ver cosas horribles.. Pero dime, ¿veré a mi hija en seguida? -Repito que es falso. Señora, me está usted matando, me impulsará usted a extremos de locura, de desesperación. -¿Nadie me estorbará que la recoja, que la lleve conmigo? -preguntó con afán y sin hacer caso del frenesí que me dominaba-. Que venga tu asistente. No puedo detenerme. ¿No decías en tu carta que todo estaba arreglado? ¿Ha muerto ese verdugo? ¿Está mi hija sola?.. ¿Me espera?.. ¿Puedo llevármela?.. responde. -No sé, señora; no sé nada; no me pregunte usted nada -dije confundido y absorto-. Desde el momento que usted duda de mí.. -Y mucho.. ¿En quién puede tenerse confianza?.. Déjame seguir.. Tú ya no eres el mismo para mí. -Señora, señora, no me diga usted eso, porque me muero -exclamé con inmensa aflicción. -Bueno, si eres inocente, tiempo tienes de probármelo. -No.. no.. Mañana se da una gran batalla. Puedo morir. Moriré irritado y me condenaré.. ¡Mañana! ¡sabe Dios dónde estaré mañana! Usted va a Salamanca, verá y hablará a su hija; entre las dos fraguarán una red de sospechas y falsos supuestos, donde se enmarañe para siempre la memoria del infeliz soldado, que agonizará quizás dentro de algunas horas en este mismo sitio donde nos encontramos. Es posible que no nos veamos más.. Estamos en un campo de batalla. ¿Distingue usted aquellos encinares que hay hacia abajo? Pues allí detrás están los franceses. ¡Cuarenta y siete mil hombres, señora! Mañana este sitio estará cubierto de cadáveres. Dirija usted la vista por estos contornos. ¿Ve usted esa juventud de tres naciones? ¿Cuántos de estos tendrán vida mañana? Me creo destinado a perecer, a perecer rabiando, porque precipitará mi muerte la idea de haber perdido el amor de las dos personas a quienes he consagrado mi vida. Mis palabras, ardientes como la voz de la verdad, hicieron algún efecto en la (p.1880) condesa, y la observé suspensa y conmovida. Tendió la vista por el campo, ocupado por tanta tropa, y luego cubriose el rostro con las manos, dejándose caer en el fondo del coche. -¡Qué horror! -dijo-. ¡Una batalla! ¿No tienes miedo? -Más miedo tengo a la calumnia. -Si pruebas tu inocencia, creeré que he recobrado un hijo perdido. -Sí, sí, lo recobrará usted -afirmé-. ¿Pero no basta que yo lo diga, no basta mi palabra?.. ¿Nos conocemos de ayer? ¡Oh! Si a Inés se le dijera lo que a Vd. han dicho, no lo creería. Su alma generosa me habría absuelto sin oírme. Una voz gritó: -¡Ese coche, adelante o atrás! -Adiós -dijo la condesa-, me echan de aquí. -Adiós, señora -respondí con profunda tristeza-. Por si no nos vemos más, nunca más, sepa usted que en el último día de mi vida conservo todos, absolutamente todos los sentimientos de que he hecho gala en todos los instantes de mi vida ante usted y ante otra persona que a entrambos nos es muy cara. Agradezco a usted, hoy como ayer, el amor que me ha mostrado, la confianza que ha puesto en mí, la dignidad que me ha infundido, la elevación que ha dado a mi conciencia.. No quiero dejar deudas.. Si no nos vemos más.. El coche partió, obligado a ello por una batería a la cual era forzoso ceder el paso. Cuando dejé de ver a la condesa, llevaba ella el pañuelo a los ojos para ocultar sus lágrimas. Sofocado y aturdido por la pena angustiosa que llenaba mi alma, no reparé que el cuartel general venía por el camino adelante en dirección al Arapil Chico. El duque y los de su comitiva echaron pie a tierra en la falda del cerro, dirigiendo sus miradas hacia Cavarrasa de Arriba. Llamó el lord a los oficiales del regimiento de Ibernia, uno de los establecidos allí, y habiéndome yo presentado el primero, me dijo: -¡Ah! Es usted el caballero Araceli.. -El mismo, mi general -contesté-, y si vuecencia me permite en esta ocasión hablar de un asunto particular, le suplicaré que haga luz (9) sin pérdida de tiempo sobre las calumnias que pesan sobre mí después de mi viaje a Salamanca. No puedo soportar que se me juzgue (p.1881) con ligereza, por las hablillas de gente malévola. Lord Wellington, ocupado sin duda con asunto más grave, apenas me hizo caso. Después de registrar rápidamente todo el horizonte con su anteojo, me dijo casi sin mirarme: -Señor Araceli, no puedo contestar a usted que estoy decidido a que la Gran Bretaña sea respetada. Como yo no había dejado nunca de respetar a la Gran Bretaña, ni a las demás potencias europeas, aquellas palabras que encerraba sin duda una amenaza, me desconcertó un poco. Los oficiales generales que rodeaban al duque, trabaron con él coloquio muy importante sobre el plan de batalla. Pareciéronme entonces inoportunas y aun ridículas mis reclamaciones, por lo cual un poco turbado, contesté de este modo: -¡La Gran Bretaña! no deseo otra cosa que morir por ella. -Brigadier Pack -dijo vivamente Wellington a uno de los que le acompañaban-, en la ayudantía del 23 de línea que está vacante, ponga usted a este joven español, que desea morir por la Gran Bretaña. -Por la gloria y honor de la Gran Bretaña - añadí. El brigadier Pack me honró con una mirada de protectora simpatía. -La desesperación -me dijo luego Wellington- no es la principal fuente del valor; pero me alegaré de ver mañana al señor de Araceli en la cumbre del Arapil Grande. Señor D. José Olawlor -añadió dirigiéndose a su íntimo amigo, que le acompañaba-, creo que los franceses se están disponiendo para adelantársenos mañana a ocupar el Arapil Grande. El duque manifestó cierta inquietud, y por largo tiempo su anteojo exploró los lejanos encinares y cerros hacia Levante. Poco se veía ya, porque vino la noche. Los cuerpos de ejército seguían moviéndose para ocupar las posiciones dispuestas por el general en jefe, y me separé de mis compañeros de Ibernia y de la división española. -Nosotros -me dijo España- vamos al lugar de Torres, en la extrema derecha de la línea, más bien para observar al enemigo que para atacarle. ¡Plan admirable! El general Picton y el portugués d'Urban parece que están encargados de guardar el paso del Tormes, de (p.1882) modo que la situación de los franceses no puede ser más desventajosa. No falta más que ocupar el Arapil Grande. -De eso se trata, mi general. La brigada Pack, a la cual desde hace un momento pertenezco, amanecerá mañana, con la ayuda de Dios en la ermita de Santa María de la Peña, y después.. Así lo exige el honor de la Gran Bretaña.. -Adiós, mi querido Araceli, pórtate bien. -Adiós, mi querido general. Saludo a mis compañeros desde la cumbre del Arapil Grande.
Ep-10-XXXIII - ¡El Arapil Grande! Era la mayor de aquellas dos esfinges de tierra, levantadas la una frente a la otra, mirándose y mirándonos. Entre las dos debía desarrollarse al día siguiente uno de los más sangrientos dramas del siglo, el verdadero prefacio de Waterloo, donde sonaron por última vez las trompas de la Ilíada del Imperio. A un lado y otro del lugar llamado de Arapiles se elevaban los dos célebres cerros, pequeño el uno, grande el otro. El primero nos pertenecía, el segundo no pertenecía a nadie en la noche del 21. No pertenecía a nadie por lo mismo que era la presa más codiciada; y el leopardo de un lado y el águila del otro le miraban con anhelo deseando tomarlo y temiendo tomarlo. Cada cual temía encontrarse allí al contrario en el momento de poner la planta sobre la preciosa altura. Más a la derecha del Arapil Grande, y más cerca de nuestra línea, estaba Huerta, y a la izquierda en punto avanzado, formando el vértice de la cuña, Cavarrasa de Arriba. El de abajo, mucho más distante y a espaldas del gran Arapil, estaba en poder de los franceses. La noche era como de Julio, serena y clara. Acampó la brigada Pack en un llano, para aguardar el día. Como no se permitía encender fuego, los pobrecitos ingleses tuvieron que comer carne fría; pero las mujeres, que en esto eran auxiliares poderosos de la milicia británica, traían de Aldeatejada y aun de Salamanca fiambres muy bien aderezados, que con el rom abundante devolvieron el alma a aquellos desmadejados cuerpos. Las mujeres (y no bajaban de veinte las que vi en la brigada), departían con sus (p.1883) esposos cariñosamente, y según pude entender, rezaban o se fortalecían el espíritu con recuerdos de la Verde Erín y de la bella Escocia. Gran martirio era para los highlanders, que no se les consintiera en aquel sitio tocar la zampoña, entonando las melancólicas canciones de su país; y formaban animados corrillos, en los cuales me metí bonitamente, para tener el extraño placer de oírles sin entenderles. Érame en extremo agradable ver la conformidad y alegría de aquella gente, transportada tan lejos de su patria, sostenida en su deber y conducida al sacrificio por la fe de la misma patria.. Yo escuchaba con delicia sus palabras y aun entendiendo muy poco de ellas, creí comprender el espíritu de las ardientes conversaciones. Un escocés fornido, alto, hermoso, de cabellos rubios como el oro y de mejillas sonrosadas como una doncella, levantose al ver que me acercaba al corrillo, y en chapurreado lenguaje, mitad español, mitad portugués, me dijo: -Señor oficial español, dignaos honrarnos aceptando este pedazo de carne y este vaso de rom, y brindemos a la salud de España y de la vieja Escocia. -¡A la salud del rey Jorge III! -exclamé aceptando sin vacilar el obsequio de aquellos valientes. Sonoros hurras me contestaron. -El hombre muere y las naciones viven -dijo dirigiéndose a mí otro escocés que llevaba bajo el brazo el enorme pellejo henchido de una zampoña-. ¡Hurra por Inglaterra! ¡Qué importa morir! Un grano de arena que el viento lleva de aquí para allá no significa nada en la superficie del mundo. Dios nos está mirando, amigos, por los bellos ojos de la madre Inglaterra. No pude menos de abrazar al generoso escocés, que me estrechó contra su pecho, diciendo: -¡Viva España! -¡Viva lord Wellington! -grité yo. Las mujeres lloraban, charlando por lo bajo. Su lenguaje incomprensible para mí, me pareció un coro de pájaras picoteando alrededor del nido. Los escoceses se distinguían por el pintoresco traje de cuadros rojos y negros, la pierna desnuda, las hermosas cabezas osiánicas cubiertas con el sombrero de piel, y el (p.1884) cinto adornado con la guedeja que parecía cabellera arrancada del cráneo del vencedor en las salvajes guerras septentrionales. Mezclábanse con ellos los ingleses, cuyas casacas rojas les hacían muy visibles a pesar de la oscuridad. Los oficiales envueltos en capas blancas y cubiertos con los sombreritos picudos y emplumados, nada airosos por cierto, semejaban pájaros zancudos de anchas alas y movible cresta. Con las primeras luces del día la brigada se puso en marcha hacia el Arapil Grande. A medida que nos acercábamos, más nos convencíamos de que los franceses se nos habían anticipado por hallarse en mejores condiciones para el movimiento, a causa de la proximidad de su línea. El brigadier distribuyó sus fuerzas, y las guerrillas se desplegaron. Los ojos de todos fijábanse en la ermita situada como a la mitad del cerro, y en las pocas casas dispersas, únicos edificios que interrumpían a larguísimos trechos la soledad y desnudez del paisaje. Subieron algunas columnas sin tropiezo alguno, y llegábamos como a cien varas de Santa María de la Peña cuando la ondulación del terreno, descendiendo a nuestros ojos a medida que adelantábamos, nos dejó ver, primero, una línea de cabezas, luego una línea de bustos, después los cuerpos enteros. Eran los franceses. El sol naciente que aparecía a espaldas de nuestros enemigos nos deslumbraba, siendo causa de que los viésemos imperfectamente. Un murmullo lejano llegó a nuestros oídos, y del lado acá también los escoceses profirieron algunas palabras; no fue preciso más para que brotase la chispa eléctrica. Rompiose el fuego. Las guerrillas lo sostenían, mientras algunos corrieron a ocupar la ermita. Precedía a esta un patio, semejante a un cementerio. Entraron en él los ingleses; pero los imperiales, que se habían colado por el ábside, dominaron pronto lo principal del edificio con los anexos posteriores; así es que aún no habían forzado la puerta los nuestros cuando ya les hacían fuego desde la espadaña de las campanas y desde la claraboya abierta sobre el pórtico. El brigadier (p.1885) Pack, uno de los hombres más valientes, más serenos y más caballerosos que he conocido, arengó a los highlanders. El coronel que mandaba el 3.º de cazadores arengó a los suyos, y todos arengaron, en suma, incluso yo, que les hablé en español el lenguaje más apropiado a las circunstancias. Tengo la seguridad de que me entendieron. El 23 de línea no había entrado en el patio, sino que flanqueaba la ermita por su izquierda, observando si venían más fuerzas francesas. En caso contrario, la partida era nuestra, por la sencilla razón de que éramos más hasta entonces. Pero no tardó en aparecer otra columna enemiga. Esperarla, darle respiro, es decir, aparentar siquiera fuese por un momento que se la temía, habría sido renunciar de antemano a toda ventaja. -¡A ellos! -grité a mi coronel. -All right! -exclamó este. Y el 23 de línea cayó como una avalancha sobre la columna francesa. Trabose un vivo combate cuerpo a cuerpo; vacilaron un poco nuestros ingleses, porque el empuje de los enemigos era terrible en el primer momento; pero tornando a cargar con aquella constancia imperturbable que, si no es el heroísmo mismo, es lo que más se le parece, toda la ventaja estuvo pronto de nuestra parte. Retiráronse en desorden los imperiales, o mejor dicho, variaron de táctica, dispersándose en pequeños grupos, mientras les venían refuerzos. Habíamos tenido pérdidas casi iguales en uno y otro lado, y bastantes cuerpos yacían en el suelo; pero aquello no era nada todavía, un juego de chicos, un prefacio inocente que casi hacía reír. Nuestra desventaja real consistía en que ignorábamos la fuerza que podían enviar los franceses contra nosotros. Veíamos enfrente el espeso bosque de Cavarrasa, y nadie sabía lo que se ocultaba bajo aquel manto de verdura. ¿Serán muchos, serán pocos? Cuando la intuición, la inspiración o el genio zahorí de los grandes capitanes no sabe contestar a estas preguntas, la ciencia militar está muy expuesta a resultar vana y estéril como jerga de pedantes. Mirábamos al bosque, y el oscuro ramaje de las encinas no nos (p.1886) decía nada. No sabíamos leer en aquella verdinegra superficie que ofrecía misteriosos cambiantes de color y de luz, fajas movibles y oscilantes signos en su vasta extensión. Era una masa enorme de verdura, un monstruo chato y horrible que se aplanaba en la tierra con la cabeza gacha y las alas extendidas, empollando quizás bajo ellas innumerables guerreros. Al ver en retirada la segunda columna francesa, mandó Pack redoblar la tentativa contra la ermita, y los highlanders intentaron asaltarla por distintos puntos, lo cual hubiera sido fácil si al sonar los primeros tiros no ocurriese del lado del bosque algo de particular. Creeríase que el monstruo se movía; que alzaba una de las alas; que echaba de sí un enjambre de homúnculos, los cuales distinguíanse allá lejos al costado de la madre, pequeños como hormigas. Luego iban creciendo, íbanse acercando.. de pigmeos tornábanse en gigantes; lucían sus cascos: sus espadas semejaban rayos flamígeros; subían en ademán amenazador columna tras columna, hombre tras hombre. El coronel me miró y nos miramos los jefes todos sin decirnos nada. Con la presteza del buen táctico, Pack, sin abandonar el asedio de la ermita, nos mandó más gente y esperamos tranquilos. El bosque seguía vomitando gente. -Es preciso combatir a la defensiva -dijo el coronel. -A la defensiva, sí. ¡Viva Inglaterra! -¡Viva el emperador! -repitieron los ecos allá lejos. -¡Ingleses, la Inglaterra os mira! El clamor que antes nos contestara de lejos diciendo: ¡viva el emperador! resonó con más fuerza. El animal se acercaba y su feroz bramido infundía zozobra.
Ep-10-XXXIV - Ocupáronse al instante unas casas viejas y unos tejares que había como a 60 varas a un lado y otro de la ermita, estableciéndose imaginaria línea defensiva, cuyo único apoyo material era una depresión del terreno, una especie de zanja sin profundidad que parecía marcar el linde entre dos heredades. Si yo hubiera mandado toda la fuerza del brigadier Pack, habría intentado jugar el todo por el todo y desconcertar al enemigo antes que (p.1887) embistiera; pero los ingleses no hacían nunca estas locuras que salen bien una vez, y veinte se malogran. Por el contrario, Pack dispuso sus fuerzas a la defensiva; con ojo admirable y rápido se hizo cargo de todos los accidentes del terreno, de las suaves ondulaciones del cerro por aquella parte, del peñón aislado, del árbol solitario, de la tapia ruinosa, y todo lo aprovechó. Llegaron los franceses. Nos miraban desde lejos con recelo, nos olían, nos escuchaban. ¿Habéis visto a la cigüeña alargar el cuello a un lado y otro, de tal modo que no se sabe si mira o si oye, sostenerse en un pie, alzando el otro con intento de no fijarlo en tierra hasta no hallar suelo seguro? Pues así se acercaban los franceses. Entre nosotros, algunos reían. No puedo dar idea del silencio que reinaba en las filas en aquel momento. ¿Eran soldados en acecho o monjes en oración?.. Pero instantáneamente, la cigüeña puso los dos pies en tierra. Estaba en terreno firme. Sonaron mil tiros a la vez y se nos vino encima una oleada humana compuesta de bayonetas, de gritos, de patadas, de ferocidades sin nombre. -¡Fuego! ¡muerte! ¡sangre! ¡canallas! -tales son las palabras con que puedo indicar, por lo poco que entendía, aquella algazara de la indignación inglesa, que mugía en torno mío, un concierto de articulaciones guturales, un graznido al mismo tiempo discorde y sublime como de mil celestiales loros y cotorras charlando a la vez. Yo había visto cosas admirables en soldados españoles y franceses, tratándose de atacar; pero no había visto nada comparable a los ingleses tratando de resistir. Yo no había visto que las columnas se dejaran acuchillar. El viejo tronco inerte no recibe con tanta paciencia el golpe de la segur que lo corta, como aquellos hombres la bayoneta que los destrozaba. Repetidas veces rechazaron a los franceses haciéndoles correr mucho más allá de la ermita. Había gente para todo; para morir resistiendo y para matar empujando. Por momentos parecía que les rechazábamos definitivamente; pero el bosque, sacando de su plumaje nuevas (p.1888) empolladuras de gente, nos ponía en desventaja numérica, pues si bien del Arapil Chico venían a ayudarnos algunas compañías, no eran en número suficiente. La mortandad era grande por un lado y por otro, más por el nuestro, y a tanto llegó que nos vimos en gran apuro para retirar los muchos muertos y heridos que imposibilitaban los movimientos. El combate se suspendía y se trababa en cortos intervalos. No retrocedíamos ni una línea; pero tampoco avanzábamos, y habíamos abandonado el patio de la ermita por ser imposible sostenerse allí. Las casas de labor y tejares sí eran nuestros y no parecían los highlanders dispuestos a dejárselos quitar, pero esta serie de ventajas y desventajas que equilibraba las dos potencias enemigas, este contrapeso sostenido a fuerza de arrojo no podía durar mucho. Que los franceses enviasen gente, que, por el contrario, las enviase lord Wellington, y la cuestión había de decidirse pronto; que la enviasen los dos al mismo tiempo y entonces.. sólo Dios sabía el resultado. El brigadier Pack me llamó, diciéndome: -Corred al cuartel general y decid al lord lo que pasa. Monté a caballo y a todo escape me dirigí al cuartel general. Cuando bajaba la pendiente en dirección a las líneas del ejército aliado, distinguí muy bien las masas del ejército francés moviéndose sin cesar; pero entre el centro de uno y otro ejército no se disparaba aún ni un solo tiro. Todo el interés estaba todavía en aquella apartada escena del Arapil Grande, en aquello que parecía un detalle insignificante, un capricho del genio militar que a la sazón meditaba la gran batalla. Cuando pasé junto a los diversos cuerpos de la línea aliada, llamó mi atención verles quietos y tranquilos, esperando órdenes mano sobre mano. No había batalla: es más, no parecía que iba a haber batalla, sino simulacro. Pero los jefes, todos en pie sobre las elevaciones del terreno, sobre los carros de municiones y aun sobre las cureñas, observaban, ayudados de sus anteojos, la peripecia del Arapil Grande, junto a la (p.1889) ermita. -¿Por qué toda esta gente no corre a ayudar al brigadier Pack? -me preguntaba yo lleno de confusiones. Era que ni Wellington ni Marmont querían aparentar gran deseo de ocupar el Arapil Grande, por lo mismo que uno y otro consideraban aquella posición como la clave de la batalla. Marmont fingía movimientos diversos para desconcertar a Wellington: amenazaba correr hacia el Tormes para que el ojo imperturbable del capitán inglés se apartase del Arapil; luego afectaba retirarse como si no quisiera librar batalla, y en tanto Wellington, quieto, inmutable, sereno, atento, vigilante, permanecía en su puesto observando las evoluciones del francés, y sostenía con poderosa mano las mil riendas de aquel ejército que quería lanzarse antes de tiempo. Marmont quería engañar a Wellington; pero Wellington no sólo quería engañar sino que estaba engañando a Marmont. Este se movía para desconcertar a su enemigo, y el inglés atento a las correrías del otro, espiaba la más ligera falta del francés para caerle encima. Al mismo tiempo afectaba no hacer caso del Arapil Grande y colocó bastantes tropas en la derecha del Tormes para hacer creer que allí quería poner todo el interés de la batalla. En tanto tenía dispuestas fuerzas enormes para un caso de apuro en el gran cerro. Pero ese caso de apuro, según él, no había llegado todavía, ni llegaría, mientras hubiera carne viva en Santa María de la Peña. Eran las diez de la mañana y fuera de la breve acción que he descrito, los dos ejércitos no habían disparado un tiro. Cuando atravesé las filas, muchos jefes apostados en distintos puntos me dirigían preguntas a que era imposible contestar, y cuando llegué al cuartel general, vi a Wellington a caballo, rodeado de multitud de generales. Antes de acercarme a él, ya había dicho yo expresivamente con el gesto, con la mirada: -No se puede. -¿Qué no se puede? -exclamó con calma imperturbable, después que verbalmente le manifesté lo que pasaba allá. -Dominar el Arapil Grande. -Yo no he mandado a Pack que dominara el Arapil (p.1890) Grande, porque es imposible -repuso-. Los franceses están muy cerca y desde ayer tienen hechos mil preparativos para disputarnos esa posición, aunque lo disimulan. -Entonces.. -Yo no he mandado a Pack que dominase por completo el cerro, sino que impidiese a los franceses que se establecieran allí definitivamente. ¿Se establecerán? ¿No existen ya el 23 de línea, ni el 3.º de cazadores, ni el 7.º de highlanders? -Existen.. un poco todavía, mi general. -Con las fuerzas que han ido después basta para el objeto, que es resistir, nada más que resistir. Basta con que ni un francés pise la vertiente que cae hacia acá. Si no se puede dominar la ermita, no creo que falte gente para entretener al enemigo unas cuantas horas. -En efecto, mi general -dije-. Por muy aprisa que se muera, ochocientos cuerpos dan mucho de sí. Se puede conservar hasta el medio día lo que poseemos. Cuando esto decía, atendiendo más a las lejanas líneas enemigas que a mí, observé en él un movimiento súbito; volviose al general Álava, que estaba a su lado y dijo: -Esto cambia de repente. Los franceses extienden demasiado su línea. Su derecha quiere envolverme.. Una formidable masa de franceses se extendía hacia el Tormes, dejando un claro bastante notable entre ella y Cavarrasa. Era necesario ser ciego para no comprender que por aquel claro, por aquella juntura iba a introducir su terrible espada hasta la empuñadura el genio del ejército aliado.
Ep-10-XXXV - El cuartel general retrocedió, diéronse órdenes, corrieron los oficiales de un lado para otro, resonó un murmullo elocuente en todo el ejército, avanzaron los cañones, piafaron los caballos. Sin esperar más, corrí al Arapil para anunciar que todo cambiaba. Veíanse oscilar las líneas de los regimientos, y los reflejos de las bayonetas figuraban movibles ondas luminosas; los cuerpos de ejército se estremecían conmovidos por las palpitaciones íntimas de ese miedo singular que precede siempre al heroísmo. La respiración y la emoción de tantos hombres daba a la atmósfera no sé qué extraño calor. (p.1891) El aire ardiente y pesado no bastaba para todos. Las órdenes trasmitidas con rapidez inmensa llevaban en sí el pensamiento del general en jefe. Todos lo adivinamos en virtud de la extraña solidaridad que en momentos dados se establece entre la voluntad y los miembros, entre el cerebro que piensa y las manos que ejecutan. El plan era precipitar el centro contra el claro de la línea enemiga y al mismo tiempo arrojar sobre el Arapil Grande toda la fuerza de la derecha, que hasta entonces había permanecido en el llano en actitud expectativa. Hallábame cerca del lugar de partida, cuando un estrépito horrible hirió mis oídos. Era la artillería de la izquierda enemiga, que tronaba contra el gran cerro. Le atacaba con empuje colosal. Nuestra derecha, compuesta de valientes cuerpos de ejército, subía en el mismo instante a sacar de su aprieto a los incomparables highlanders, 23 de línea y 3.º de ligeros, cuyas proezas he descrito. Pasé por entre la quinta división al mando del general Leith, que desde el pueblo de los Arapiles marchaba al cerro; pasé por entre la tercera división, mandada por el mayor general Packenham, la caballería del general d'Urban y los dragones del decimocuarto regimiento, que iban en cuatro columnas a envolver la izquierda del enemigo en la famosa altura; y vi desde lejos la brigada del general Bradford, la de Cole y la caballería de Stapleton Cotton, que marchaban en otra dirección contra el centro enemigo; distinguí asimismo a lo lejos a mis compañeros de la división española formando parte de la reserva mandada por Hope. La ermita antes nombrada no coronaba el Arapil Grande, pues había alturas mucho mayores. Era en realidad aquella eminencia regular y escalonada, y si desde lejos no lo parecía, al aventurarse en ella hallábanse grandes depresiones del terreno, ondulaciones, pendientes, ora suaves ora ásperas, y suelo de tierra ligeramente pedregoso. Los franceses, desde el momento en que creyeron oportuno no disimular su pensamiento, aparecieron por distintos puntos y ocuparon la (p.1892) parte más alta y sitios eminentes, amenazando de todos ellos las escasas fuerzas que operaban allí desde por la mañana. La primera división que rompió el fuego contra el enemigo fue la de Packenham, que intentó subir y subió por la vertiente que cae al pueblo. Sostúvole la caballería portuguesa de d'Urban; pero sus progresos no fueron grandes, porque los franceses, que acababan de salir del bosque, habían tomado posiciones en lo más alto, y aunque la pendiente era suave, dábales bastante ventaja. Cuando llegué a las inmediaciones de la ermita, el brigadier Pack no había perdido una línea de sus anteriores posiciones; pero sus bravos regimientos estaban reducidos a menos de la mitad. El general Leith acababa de llegar con la quinta división, y el aspecto de las cosas había cambiado completamente porque si el enemigo enviaba numerosas fuerzas a la cumbre del cerro, nosotros no le íbamos en zaga en número ni en bravura. Pero no había tiempo que perder. Era preciso arrojar hombres y más hombres sobre aquel montón de tierra, despreciando los fuegos de la artillería francesa, que nos cañoneaba desde el bosque, aunque sin hacernos gran daño. Era preciso echar a los franceses de Santa María de la Peña y después seguir subiendo, subiendo hasta plantar los pabellones ingleses en lo más alto del Arapil Grande. -El refuerzo ha venido casi antes que la contestación -dije al brigadier Pack-. ¿Qué debo hacer? -Tomar el mando del 23 de línea, que ha quedado sin jefes. ¡Arriba, siempre arriba! Ya veo lo que tenemos que hacer. Sostenernos aquí, atraer el mayor número posible de tropas enemigas, para que Cole y Bradford no hallen gran resistencia en el centro. Esta es la llave de la batalla. ¡Arriba, siempre arriba! Los franceses parecían no dar ya gran importancia a Santa María de la Peña, y coronaron la altura. Las columnas escalonadas con gran arte, nos esperaban a pie firme. Allí no había posibilidad de destrozarlas con la caballería, ni de hacerles gran daño con los cañones situados a mucha distancia. Era (p.1893) preciso subir a pecho descubierto y echarles de allí como Dios nos diera a entender. El problema era difícil, la tarea inmensa, el peligro horrible. Tocó al 23 de línea la gloria de avanzar el primero contra las inmóviles columnas francesas que ocupaban la altura. ¡Espantoso momento! La escalera, señores, era terrible, y en cada uno de sus fúnebres peldaños, el soldado se admiraba de encontrarse con vida. Si en vez de subir bajase, aquélla sería la escalera del infierno. Y sin embargo, las tropas de Pack y de Leith subían. ¿Cómo? No lo sé. En virtud de un prodigio inexplicable. Aquellos ingleses no se parecían a los hombres que yo había visto. Se les mandaba una cosa, un absurdo, un imposible, y lo hacían, o al menos lo intentaban. Al referir lo que allí pasó, no me es posible precisar los movimientos de cada batallón, ni las órdenes de cada jefe, ni lo que cada cual hacía dentro de su esfera. La imaginación conserva con caracteres indelebles y pavorosos lo principal; pero lo accesorio no, y lo principal era entonces que subíamos empujados por una fuerza irresistible, por no sé qué manos poderosas que se agarraban a nuestra espalda. Veíamos la muerte delante, arriba; pero la propia muerte nos atraía. ¡Oh! Quien no ha subido nunca más que las escaleras de su casa, no comprenderá esto. Como el terreno era desigual, había sitios en que la pendiente desaparecía. En aquellos escalones se trababan combates parciales de un encarnizamiento y ferocidad inauditos. Los valientes del Mediodía, que conocen rara vez el heroísmo pasivo de dejarse matar antes que descomponer las filas separándose de ellas, no comprenderán aquella locura imperturbable a que nos conducía la separación convertida en virtud. Fácil es a la alta cumbre desprenderse y precipitarse, aumentando su velocidad con el movimiento, y caer sobre el llano y arrollarlo e invadirlo; pero nosotros éramos el llano, empeñado en subir a la cumbre, y deseoso de aplastarla, y hundirla y abollarla. En la guerra como en la naturaleza, la altura domina y triunfa, es la superioridad material, y (p.1894) una forma simbólica de la victoria, porque la victoria es realmente algo que con flamígera velocidad baja rodando y atropellando, hendiendo y destruyendo. El que está arriba tiene la fuerza material y moral, y por consiguiente el pensamiento de la lucha, que puede dirigir a su antojo. Como la cabeza en el cuerpo humano, dispone de los sentidos y de la idea.. nosotros éramos pobres fuerzas rastreras que arañando el suelo, estábamos a merced de los de arriba, y sin embargo queríamos destronarlos. Figuraos que los pies se empeñaran en arrojar la cabeza de los hombros para ponerse encima ellos, ¡estúpidos que no saben más que andar! Los primeros escalones no ofrecieron gran dificultad. Moría mucha gente; pero se subía. Después ya fue distinto. Creeríase que los franceses nos permitían el ascenso a fin de cogernos luego más a mano. Las disposiciones de Pack para que sufriésemos lo menos posible eran admirables. Inútil es decir que todos los jefes habían dejado sus caballos, y unos detrás, otros a la cabeza de las líneas, llevaban, por decirlo así, de la mano a los obedientes soldados. Un orden preciso en medio de las muertes, un paso seguro, un aplomo sin igual regimentando la maniobra, impedían que los estragos fuesen excesivos. Con las armas modernas, aquel hecho hubiera sido imposible. Era indispensable aprovechar los intervalos en que el enemigo cargaba los fusiles, para correr nosotros a la bayoneta. Teníamos en contra nuestra el cansancio, pues si en algunos sitios la inclinación era poco más que rampa, en otros era regular cuesta. Los franceses reposados, satisfechos y seguros de su posición, nos abrasaban a fuego certero y nos recibían a bayoneta limpia. A veces una columna nuestra lograba, con su constancia abrumadora, abrirse paso por encima de los cadáveres de los enemigos; mas para esto se necesitaba duplicar y triplicar los empujes, duplicar y triplicar los muertos, y el resultado no correspondía a la inmensidad del esfuerzo. ¡Qué espantosa ascensión! Cuando se empeñaban en algún descanso (p.1895) combates parciales, las voces, el tumulto, el hervidero de aquellos cráteres no son comparables a nada de cuanto la cólera de los hombres ha inventado para remedar la ferocidad de las bestias. Entre mil muertes se conquistaba el terreno palmo a palmo, y una vez que se le dominaba, se sostenía con encarnizamiento el pedazo de tierra necesario para poner los pies. Inglaterra no cedía el espacio en que fijaba las suelas de sus zapatos, y para quitárselo y vencer aquel prodigio de constancia, era preciso a los franceses desplegar todo su arrojo favorecido por la altura. Aun así no lograban echar a los británicos por la pendiente abajo. ¡Ay del que rodase primero! Conociendo el peligro inmenso de un pasajero desmayo, de un retroceso, de una mirada atrás, los pies de aquellos hombres echaban raíces. Aun después de muertas, parecía que sus largas piernas se enclavaban en el suelo hasta las rodillas, como jalones que debían marcar eternamente la conquista del poderoso genio de Inglaterra. Mas al fin llegó un momento terrible; un momento en que las columnas subían y morían, en que la mucha gente que se lanzaba por aquel talud, destrozada, abrasada, diezmada, sintiéndose mermar a cada paso, entendió que sus fuerzas no traían gran ventaja. Tras las columnas francesas arrolladas, aparecían otras. Como en el espantoso bosque de Macbeth, en la cresta del Grande Arapil cada rama era un hombre. Nos acercábamos arriba, y aquel cráter superior vomitaba soldados. Se ignoraba de dónde podía salir tanta gente, y era que la meseta del cerro tenía cabida para un ejército. Llegó, pues, un momento, en que los ingleses vieron venir sobre ellos la cima del cerro mismo, una monstruosidad horrenda que esgrimía mil bayonetas y apuntaba con miles de cañones de fusil. El pánico se apoderó de todos, no aquel pánico nervioso que obliga a correr, sino una angustia soberana y grave que quita toda esperanza, dando resignación. Era imposible, de todo punto imposible, seguir subiendo. Pero bajar era el punto más difícil. Nada más (p.1896) fácil si se dejaban acuchillar por los franceses, resignándose a rodar sobre la tierra vivos o muertos. Una retirada en declive paso a paso y dando al enemigo cada palmo de terreno con tanta parsimonia como se le quitó, es el colmo de la dificultad. Pack bramaba de ira, y la sangre agolpada en la carnaza encendida de su rostro parecía querer brotar por cada poro. Era hombre que tenía alma para plantarse solo en la cumbre del cerro. Daba órdenes con ronca voz; pero sus órdenes no se oían ya: esgrimía la espada acuchillando al cielo, porque el cielo tenía sin duda la culpa de que los ingleses no pudiesen continuar adelante. Había llegado la ocasión de que muriese estoicamente uno para resguardar con su cuerpo al que daba un paso atrás. De este modo se salvaba la mitad de la carne. Una mala retirada arroja en las brasas todo cuanto hay en el asador. Las columnas se escalonaban con arte admirable; el fuego era más vivo, y cada vez que descendía de lo alto desgajándose uno de aquellos pesados aludes, creeríase que todo había concluido; pero la confusión momentánea desaparecía al instante, las masas inglesas aparecían de nuevo compactas y formidables, y la muerte tenía que contentarse con la mitad. Así se fue cediendo lentamente parte del terreno, hasta que los imperiales dejaron de atacarnos. Habían llegado a un punto en que el cañón inglés les molestaba mucho, y además los progresos de Packenham por el flanco del Grande Arapil les inquietaban bastante. Reconcentráronse y aguardaron. En tanto, por otro lado ocurrían sucesos admirables y gloriosos. Todo iba bien en todas partes menos en nuestro malhadado cerro. El general Cole destrozaba el centro francés. La caballería de Stapleton Cotton, penetrando por entre las descompuestas filas, daba una de las cargas más brillantes, más sublimes y al mismo tiempo más horrorosas que pueden verse. Desde la posición a que nos retiramos, no avergonzados pero sí humillados, distinguíamos a lo lejos aquella admirable función que nos causaba envidia. Las (p.1897) columnas de dragones, las falanges de caballos, los más ligeros, los más vivos, los más guerreros que pueden verse, penetraban como inmensas culebras por entre la infantería francesa. Los golpes de los sables ofrecían a la vista un salpicar perenne de pequeños rayos, menuda lluvia de acero que destrozaba pechos, aniquilaba gente, atropellaba y deshacía como el huracán. Los gritos de los jinetes, el brillo de sus cascos, el relinchar de los corceles que regocijaban en aquella fiesta sangrienta sus brutales e imperfectas almas, ofrecían espectáculo aterrador. Indiferentes como es natural, a las desdichas del enemigo, los corazones guerreros se endiosaban con aquel espectáculo. La confianza huye de los combates, deidad asustada y llorosa, conducida por el miedo; no queda más que la ira guerrera que nada perdona, y el bárbaro instinto de la fuerza, que por misterioso enigma del espíritu se convierte en virtud admirable. Los escuadrones de Stapleton Cotton, como he dicho, estaban realizando el gran prodigio de aquella batalla. En vano los franceses alcanzaban algunas ventajas por otro lado; en vano habían logrado apoderarse de algunas casas del pueblo de Arapiles. Creyendo que poseer la aldea era importante, tomaron briosamente los primeros edificios y los defendieron con bravura. Se agarraban a las paredes de tierra y se pegaban a ella, como los moluscos a la piedra; se dejaban espachurrar contra las tapias antes que abandonarlas, barridos por la metralla inglesa. Precisamente cuando los franceses creían obtener gran ventaja poseyendo el pueblo, y cuando nosotros descendíamos del Arapil Grande, fue cuando la caballería de Cotton penetró como un gran puñal en el corazón del ejército imperial; viose el gran cuerpo partido en dos, crujiendo y estallando al violento roce de la poderosa cuña. Todo cedía ante ella, fuerza, previsión, pericia, valor, arrojo, porque era una potencia admirable, una unidad abrumadora, compuesta de miles de piezas que obraban armónicamente sin que una sola discrepara. Las miles de corazas daban idea (p.1898) del testudo romano, pero aquella inmensa tortuga con conchas de acero tenía la ligereza del reptil y millares de patas y millares de bocas para gritar y morder. Sus dentelladas ensanchaban el agujero en que se había metido; todo caía ante ella. Gimieron con espanto los batallones enemigos. Corrió Marmont a poner orden y una bala de cañón le quitó el brazo derecho. Corrió luego Bonnet a sustituirle y cayó también. Ferey, Thomieres y Desgraviers, generales ilustres, perecieron con millares de soldados. En la falda de nuestro cerro se había suspendido el fuego. Un oficial que había caído junto a mí al verificar el descenso, era transportado por dos soldados. Le vi al pasar y él casi moribundo, me llamó con una seña. Era sir Thomas Parr. Puesto en el suelo, el cirujano, examinando su pecho destrozado, dio a entender que aquello no tenía remedio. Otros oficiales ingleses, la mayor parte heridos también, le rodeaban. El pobre Parr volvió hacia mí los ojos en que se extinguían lentamente los últimos resplandores de la vida, y con voz débil me habló así: -Me han dicho antes de la batalla que tenéis resentimientos contra mí y que os disponíais a pedirme satisfacción por no sé qué agravios. -Amigo -exclamé conmovido-, en esta ocasión no puede quedar en mi pecho ni rastro de cólera. Lo perdono y lo olvido todo. La calumnia de que usted se ha hecho eco, seguramente sin malicia, no puede dañar a mi honor; es una ligereza de esas que todos cometemos. -¿Quién no comete alguna, caballero Araceli? -dijo con voz grave-. Reconoced, sin embargo, que no he podido ofenderos. Muero sin la zozobra de ser odiado.. ¿Decís que os calumnié? ¿Os referís al caso de miss Fly? ¿Y a eso llamáis calumnia? Yo he repetido lo que he oído. -¿Miss Fly? -Como se dice que forzosamente os casaréis con ella, nada tengo que echaros en cara. ¿Reconocéis que no os he ofendido? -Lo reconozco -respondí sin saber lo que respondía. Parr, volviéndose a sus compatriotas, dijo: -Parece que perdemos la batalla. -La batalla se ganará -le respondieron. Sacó su (p.1899) reló y lo entregó a uno de los presentes. -¡Que la Inglaterra sepa que muero por ella! ¡Que no se olvide mi nombre!.. -murmuró con voz que se iba apagando por grados. Nombró a su mujer, a sus hijos, pronunció algunas palabras cariñosas, estrechando la mano de sus amigos. -La batalla se ganará.. ¡Muero por Inglaterra!.. -dijo cerrando los ojos. Algunos leves movimientos y ligeras oscilaciones de sus labios fueron las últimas señales de la vida en el cuerpo de aquel valiente y generoso soldado. Un momento después se añadía un número a la cifra espantosa de los muertos que se había tragado el Arapil Grande.
Ep-10-XXXVI - La tremenda carga de Stapleton Cotton había variado la situación de las cosas. Leith se apareció de nuevo entre nosotros, acompañado del brigadier Spry. En sus semblantes, en sus gestos lo mismo que en las vociferaciones de Pack comprendí que se preparaba un nuevo ataque al cerro. La situación del enemigo era ya mucho menos favorable que anteriormente, porque las ventajas obtenidas en nuestro centro con el avance de la caballería y los progresos del general Cole modificaban completamente el aspecto de la batalla. Packenham, después de rechazarles del pueblo, les apretaba bastante por la falda oriental del cerro, de modo que estaban expuestos a sufrir las consecuencias de un movimiento envolvente. Pero tenía poderosa fuerza en la vasta colina y además retirada segura por los montes de Cavarrasa. La brigada de Spry que antes maniobrara en las inmediaciones del pueblo, corriose a la derecha para apoyar a Packenham. La división de Leith, la brigada de Pack con el 23 de línea, el 3.º y 5.º de ligeros entraron de nuevo en fuego. Los franceses reconcentrándose en sus posiciones de la ermita para arriba, esperaban con imponente actitud. Sonó el tiroteo por diversos puntos; las columnas marcharon en silencio. Ya conocíamos el terreno, el enemigo y los tropiezos de aquella ascensión. Como antes, los franceses parecían dispuestos a dejarnos que avanzáramos, para recibirnos a lo mejor (p.1900) con una lluvia de balas; pero no fue así, porque de súbito desgajáronse con ímpetu amenazador sobre Packenham y sobre Leith atacando con tanto coraje que era preciso ser inglés para resistirlo. Las columnas de uno y otro lado habían perdido su alineación, y formadas de irregulares y deformes grupos ofrecían frentes erizados de picos, si se me permite expresarlo así, los cuales se engastaban unos en otros. Los dos ejércitos se clavaban mutuamente las uñas desgarrándose. Arroyos de sangre surcaban el suelo. Los cuerpos que caían eran a veces el principal obstáculo para avanzar; a ratos se interrumpían aquellos al modo de abrazos de muerte y cada cual se retiraba un poco hacia atrás a fin de cobrar nueva fuerza para una nueva embestida. Observábamos los claros del suelo ensangrentado y lleno de cadáveres, y lejos de desmayar ante aquel espectáculo terrible, reproducíamos con doble furia los mismos choques. Cubierto de sangre, que ignoraba si había salido de mis propias venas o de las de otro, yo me lanzaba a los mismos delirios que veía en los demás, olvidado de todo, sintiendo (y esto es evidente), como una segunda, o mejor dicho, una nueva alma que no existía más que para regocijarse en aquellas ferocidades sin nombre, una nueva alma, en cuyas potencias irritadas se borraba toda memoria de lo pasado, toda idea extraña al frenesí en que estaba metida. Bramaba como los highlanders, y ¡cosa extraordinaria! en aquella ocasión yo hablaba inglés. Ni antes ni después supe una palabra de ese lenguaje; pero es lo cierto que cuanto aullé en la batalla me lo entendían, y a mi vez les entendía yo. El poderoso esfuerzo de los escoceses desconcertó un poco las líneas imperiales, precisamente en el instante en que llegó a nuestro campo la división de Clinton, que hasta entonces había estado en la reserva. Tropas frescas y sin cansancio entraron en acción, y desde aquel momento vimos que las horribles filas de franceses se mantuvieron inactivas aunque firmes. Poco después las vimos replegarse, sin dejar de (p.1901) hacer fuego muy vivo. A pesar de esto, los ingleses no se lanzaban sobre ellos. Corrió algún tiempo más, y entonces observamos que las tropas que ocupaban lo alto del cerro lo abandonaban lentamente, resguardadas por el frente que seguía haciendo fuego. No sé si dieron órdenes para ello; lo que sé es que súbitamente los regimientos ingleses, que en distintos puntos ocupaban la pendiente, avanzaron hacia arriba con calma, sin precipitación. La cumbre del Grande Arapil era una extensión irregular y vasta, compuesta de otros pequeños cerros y vallecitos. Inmenso número de soldados cabían en ella, pero venía la noche, el centro del ejército enemigo estaba derrotado, su izquierda hacia el Tormes también, de modo que les era imposible defender la disputada altura. Francia empezaba a retirarse, y la batalla estaba ganada. Sin embargo, no era fácil acuchillar, como algunos hubieran querido, a los franceses que aún ocupaban varias alturas, porque se defendían con aliento y sabían cubrir la retirada. Por nuestro lado fue donde más daño se les hizo. Mucho se trabajó para romper sus filas, para quebrantar y deshacer aquella muralla que protegía la huida de los demás hacia el bosque; pero al principio no fue fácil. El espectáculo de las considerables fuerzas que se retiraban casi ilesas y tranquilamente nos impulsó a cargar con más brío sobre ellas, y al cabo, tanto se golpeó y machacó en la infortunada línea francesa, que la vimos agrietarse, romperse, desmenuzarse, y en sus innúmeros claros penetraron el puño y la garra del vencedor para no dejar nada con vida. ¡Terrible hora aquella en que un ejército vencido tiene que organizar su fuga ante la amenazadora e implacable saña del vencedor, que si huye le destroza y si se queda le destroza también! Caía la tarde; iba oscureciéndose lentamente el paisaje. Los desparramados grupos del ejército enemigo, rayas fugaces que serpenteaban en el suelo a lo lejos, se desvanecían absorbidos por la tierra y los bosques, entre la triste música de los roncos tambores. Estos y la algazara (p.1902) cercana y el ruido del cañón, que aún cantaba las últimas lúgubres estrofas del poema, producían un estrépito loco que desvanecía el cerebro. No era posible escuchar ni la voz del amigo gritando en nuestro oído. Había llegado el momento en que todo lo dicen las facciones y los gestos, y era inútil dar órdenes, porque no se entendían. El soldado veía llegada la ocasión de las proezas individuales, para lo cual no necesitaba de los jefes, y todo estaba ya reducido a ver quién mataba más enemigos en fuga, quién cogía más prisioneros, quién podía echar la zarpa a un general, quién lograba poner la mano en una de aquellas veneradas águilas que se habían pavoneado orgullosas por toda Europa, desde Berlín hasta Lisboa. El rugido que atronó los espacios cuando el vencedor, lleno de ira y sediento de venganza se precipitó sobre el vencido para ahogarle, no es susceptible de descripción. Quien no ha oído retumbar el rayo en el seno de las tempestades de los hombres, ignorará siempre lo que son tales escenas. Ciegos y locos, sin ver el peligro ni la muerte, sin oír más que el zumbar del torbellino, nos arrojábamos dentro de aquel volcán de rabia. Nos confundíamos con ellos: unos eran desarmados, otros tendían a sus pies al atrevido que les quería coger prisioneros, cuál moría matando, cuál se dejaba atrapar estoicamente. Muchos ingleses eran sacrificados en el último pataleo de la bestia herida y desesperada: se acuchillaban sin piedad: miles de manos repartían la muerte en todas direcciones, y vencidos y vencedores caían juntos revueltos y enlazados, confundiendo la abrasada sangre. No hay en la historia odio comparable al de ingleses y franceses en aquella época. Güelfos y gibelinos, cartagineses y romanos, árabes y españoles se perdonaban alguna vez; pero Inglaterra y Francia en tiempo del Imperio se aborrecían como Satanes. La envidia simultánea de estos dos pueblos, de los cuales uno dominaba los mares del globo y otro las tierras, estallaba en los campos de batalla de un modo horrible. Desde Talavera hasta Waterloo, los duelos de estos dos (p.1903) rivales tendieron en tierra un millón de cuerpos. En los Arapiles, una de sus más encarnizadas reyertas, llegaron ambos al colmo de la ferocidad. Para coger prisioneros, se destrozaba todo lo que se podía en la vida del enemigo. Con unos cuantos portugueses e ingleses, me interné tal vez más de lo conveniente en el seno de la desconcertada y fugitiva infantería enemiga. Por todos lados presenciaba luchas insanas y oía los vocablos más insultantes de aquellas dos lenguas que peleaban con sus injurias como los hombres con las armas. El torbellino, la espiral me llevaba consigo, ignorante yo de lo que hacía; el alma no conservaba más conocimiento de sí misma que un anhelo vivísimo de matar algo. En aquella confusión de gritos, de brazos alzados, de semblantes infernales, de ojos desfigurados por la pasión, vi un águila dorada puesta en la punta de un palo, donde se enrollaba inmundo trapo, una arpillera sin color, cual si con ella se hubieran fregado todos los platos de la mesa de todos los reyes europeos. Devoré con los ojos aquel harapo, que en una de las oscilaciones de la turba fue desplegado por el viento y mostró una N que había sido de oro y se dibujaba sobre tres fajas cuyo matiz era un pastel de tierra, de sangre, de lodo y de polvo. Todo el ejército de Bonaparte se había limpiado el sudor de mil combates con aquel pañuelo agujereado que ya no tenía forma ni color. Yo vi aquel glorioso signo de guerra a una distancia como de cinco varas. Yo no sé lo que pasó: yo no sé si la bandera vino hasta mí, o si yo corrí hacia la bandera. Si creyese en milagros, creería que mi brazo derecho se alargó cinco varas, porque sin saber cómo, yo agarré el palo de la bandera, y lo así tan fuertemente, que mi mano se pegó a él y lo sacudió y quiso arrancarlo de donde estaba. Tales momentos no caben dentro de la apreciación de los sentidos. Yo me vi rodeado de gente; caían, rodaban, unos muriendo, otros defendiéndose. Hice esfuerzos para arrancar el asta, y una voz gritó en francés: -Tómala. En el mismo segundo una pistola se (p.1904) disparó sobre mí. Una bayoneta penetró en mi carne; no supe por dónde, pero sí que penetró. Ante mí había una figura lívida, un rostro cubierto de sangre, unos ojos que despedían fuego, unas garras que hacían presa en el asta de la bandera y una boca contraída que parecía iba a comerse águila, trapo y asta, y a comerme también a mí. Decir cuánto odié a aquel monstruo, me es imposible; nos miramos un rato y luego forcejeamos. Él cayó de rodillas; una de sus piernas, no era pierna, sino un pedazo de carne. Pugné por arrancar de sus manos la insignia. Alguien vino en auxilio mío, y alguien le ayudó a él. Me hirieron de nuevo, me encendí en ira más salvaje aún, y estreché a la bestia apretándola contra el suelo con mis rodillas. Con ambas manos agarraba ambas cosas, el palo de la bandera y la espada. Pero esto no podía durar así, y mi mano derecha se quedó sólo con la espada. Creí perder la bandera; pero el acero empujado por mí se hundía más cada vez en una blandura inexplicable, y un hilo de sangre vino derecho a mi rostro como una aguja. La bandera quedó en mi poder; pero de aquel cuerpo que se revolvía bajo el mío surgieron al modo de antenas, garras, o no sé qué tentáculo rabioso y pegajoso, y una boca se precipitó sobre mí clavando sus agudos dientes en mi brazo con tanta fuerza, que lancé un grito de dolor. Caí, abrazado y constreñido por aquel dragón, pues dragón me parecía. Me sentí apretado por él, y rodamos por no sé qué declives de tierra, entre mil cuerpos, los unos muertos e inertes, los otros vivos y que corrían. Yo no vi más; sólo sentí que en aquel rodar veloz, llevaba el águila fuertemente cogida entre mis brazos. La boca terrible del monstruo apretaba cada vez más mi brazo, y me llevaba consigo, los dos envueltos, confundidos, el uno sobre el otro y contra el otro, bajo mil patas que nos pisaban; entre la tierra que nos cegaba los ojos; entre una oscuridad tenebrosa, entre un zumbido tan grande, como si todo el mundo fuese un solo abejón; sin conciencia de lo que era arriba y abajo, con (p.1905) todos los síntomas confusos y vagos de haberme convertido en constelación, en una como criatura circunvoladora, en la cual todos los miembros, todas las entrañas, toda la carne y sangre y nervios dieron vueltas infinitas y vertiginosas alrededor del ardiente cerebro. Yo no sé cuánto tiempo estuve rodando; debió de ser poco; pero a mí me pareció algo al modo de siglos. Yo no sé cuándo paré; lo que sé es que el monstruo no dejaba de formar conmigo una sola persona, ni su feroz boca de morderme.. por último, no se contentaba con comerme el brazo, sino que, al parecer, hundía su envenenado diente en mi corazón. Lo que también sé es que el águila seguía sobre mi pecho, yo la sentía. Sentía el asta cual si la tuviera clavada en mis entrañas. Mi pensamiento se hacía cargo de todo con extravío y delirio, porque él mismo era una luz ardiente que caía no sé de dónde, y en la inapreciable velocidad de su carrera describía una raya de fuego, una línea sin fin, que.. tampoco sé a dónde iba. ¡Tormento mayor no lo experimenté jamás! Este se acabó cuando perdí toda noción de existencia. La batalla de los Arapiles concluyó, al menos para mí.
Ep-10-XXXVII - Dejadme descansar un instante y luego contestaré a las preguntas que se me dirigen. Yo no recobré el sentido en un momento, sino que fui entrando poco a poco en la misteriosa claridad del conocer; fui renaciendo poco a poco con percepciones vagas; fui recobrando el uso de algunos sentidos y había dentro de mí una especie de aurora; pero muy lenta, sumamente lenta y penosa. Me dolía la nueva vida, me mortificaba como mortifica al ciego la luz que en mucho tiempo no ha visto. Pero todo era turbación. Veía algunos objetos y no sabía lo que eran; oía voces y tampoco sabía lo que eran. Parecía haber perdido completamente la memoria. Yo estaba en un sitio (porque indudablemente era un sitio del globo terráqueo); yo veía en torno a mí formas; pero no sabía que las paredes fueran paredes, ni que el techo fuese techo; oía los lamentos, pero desconocía aquellas vibraciones (p.1906) quejumbrosas que lastimaban mi oído. Delante, muy cerca, frente por frente a mí, vi una cara. Al verla, mi espíritu hizo un esfuerzo para apreciar la forma visible; pero no pudo. Yo no sabía qué cara era aquella; lo ignoraba como se ignora lo que piensa otro. Pero la cara tenía dos ojos hermosísimos que me miraban amorosamente. Todo esto se determinaba en mí por sentimiento, porque ¿entender?.. no entendía nada. Así es que por sentimiento adiviné en la persona que tenía delante una como tendencia compasiva y tierna y cariñosa hacia mí. Pero lo más extraño es que aquel cariño que pendía sobre mí y me protegía como un ángel de la Guarda, tenía también voz y la voz vibró en los espacios, agitando todas las partículas del aire y con las partículas del aire todos los átomos de mi ser desde el centro del corazón hasta la punta del cabello. Oí la voz que decía: -Estáis vivo, estáis vivo.. y estaréis también sano. El hermoso semblante se puso tan alegre que yo también me alegré. -¿Me conocéis? - dijo la voz. No debí de contestar nada, porque la voz repitió la pregunta. Mi sensibilidad era tan grande, que cada palabra cual hoja acerada me atravesaba el pecho. El dolor, la debilidad me vencieron de nuevo, sin duda porque había hecho esfuerzos de atención superiores a mi estado, y recaí en el desvanecimiento. Cerrando los ojos, dejé de oír la voz. Entonces experimenté una molestia material. Un objeto extraño rozaba mi frente cayéndome sobre los ojos. Como si el ángel protector lo adivinara, al punto noté que me quitaban aquel estorbo. Era el cabello en desorden que me caía sobre la frente y las cejas. Sentí una tibia suavidad cariñosa que debía de ser una mano, la cual desembarazó mi frente del contacto enojoso. Poco después (continuaba con los ojos cerrados) me pareció que por encima de mi cabeza revoloteaba una mariposa, y que después de trazar varias curvas y giros, en señal de indecisión, se posaba sobre mi frente. Sentí sus dos alas abatidas sobre mi piel; pero las alas eran calientes, pesadas y carnosas: estuvieron largo (p.1907) rato impresas en mí, y luego se levantaron produciendo cierto rumor, un suave estallido que me hizo abrir los ojos. Si rápidamente los abrí, más rápidamente huyó el alado insecto. Pero la misma cara de antes estaba tan cerca de la mía, tan cerca, que su calor me molestaba un poco. Había en ella cierto rubor. Al verla, mi espíritu hizo un esfuerzo, un gran esfuerzo, y se dijo: -¿Qué rostro es este? Creo que conozco este rostro. Pero no habiendo resuelto el problema, se resignó a la ignorancia. La voz sonó entonces de nuevo, diciendo con acento patético: -¡Vivid, vivid por Dios!.. ¿Me conocéis? ¿Qué tal os sentís? No tenéis heridas graves.. habéis contraído un ataque cerebral, pero la fiebre ha cedido.. Viviréis, viviréis sin remedio, porque yo lo quiero.. Si la voluntad humana no resucitara a los muertos, ¿de qué serviría? En el fondo, allá en el fondo de mi ser, no sé qué facultad, saliendo entumecida de profundo sopor, emitió misteriosas voces de asentimiento. -¿No me veis? -continuó ella (repito que no sabía quién era)-. ¿Por qué no me habláis? ¿Estáis enfadado conmigo? Imposible, porque no os he ofendido.. Si no os vi, si no os hablé con más frecuencia en los últimos días, fue porque no me lo permitían. Ha faltado poco para que me enviasen a mi país dentro de una jaula.. Pero no me pueden impedir que cuide a los heridos, y estoy aquí velando por vos.. ¡Cuánto he penado esperando a que abrieseis los ojos! Sentí mi mano estrechada con fuerza. El rostro se apartó de mí. -¿Tenéis sed? -dijo la voz. Quise contestar con la lengua; pero el don de la palabra me era negado todavía. De algún modo, empero, me expliqué afirmativamente, porque el ángel tutelar aplicó una taza a mis labios. Aquello me produjo un bienestar inmenso. Cuando bebía apareció otra figura delante de mí. Tampoco sabía precisamente quién era; pero dentro, muy dentro de mí bullía inquieta una chispa de memoria, esforzándose en explicarme con su indeciso resplandor el enigma de aquel otro ser flaco, escuálido, huesoso, triste, de cuyo esqueleto pendía (p.1908) negro traje talar semejante a una mortaja. Cruzando sus manos, me miró con lástima profunda. La mujer dijo entonces: -Hermano, podéis retiraros a cuidar de los otros heridos y enfermos. Yo le velaré esta noche. De dentro de aquella funda negra que envolvía los huesos vivos de un hombre, salió otra voz que dijo: -¡Pobre Sr. D. Gabriel de Araceli! ¡En qué estado tan lastimoso se halla! Al oír esto, mi espíritu experimentó un gran alborozo. Se regocijó, se conmovió todo, como debió de conmoverse el de Colón al descubrir el Nuevo Mundo. Gozándose en su gran conquista, pensó mi espíritu así: -¿Con que yo me llamo Gabriel Araceli?.. Luego yo soy uno que se halló en la batalla de Trafalgar y en el 2 de Mayo.. Luego yo soy aquel que.. Este esfuerzo, el mayor de los que hasta entonces había hecho, me postró de nuevo. Sentime aletargado. Se extinguía la claridad: venía la noche. Luz rojiza, procedente de triste farol, iluminaba aquel hueco donde yo estaba. El hombre había desaparecido, y sólo quedó la hermosa mujer. Por largo rato me estuvo mirando sin decirme cosa alguna. Su imagen muda, triste y fija delante de mí, cual si estuviese pintada en un lienzo, fue borrándose y desvaneciéndose a medida que yo me sumergía de nuevo en aquella noche oscura de mi alma, de cuyo seno sin fondo poco antes saliera. Dormí no sé cuánto tiempo, y al volver en mi acuerdo, había ganado poco en la claridad de mis facultades. El estupor seguía, aunque no tan denso. El deshielo iba muy despacio. Mi protectora angelical no se había apartado de mí, y después de darme de beber una sustancia que me causara gran alivio y reanimación, acomodó mi cabeza en la almohada, y me dijo: -¿Os sentís mejor? Un soplo corrió de mi cerebro a mis labios, que articularon: -Sí. -Ya se conoce -añadió la voz-. Vuestra cara es otra. Creo que va desapareciendo la fiebre. Contesté segunda vez que sí. En la estupidez que me dominaba no sabía decir otra cosa, y me deleitaba el usar constantemente el único tesoro adquirido hasta entonces en los inmensos dominios de la (p.1909) palabra. El sí es vocabulario completo de los idiotas. Para contestar a todo que sí, para dar asentimiento a cuanto existe, no es necesario raciocinio ni comparación, ni juicio siquiera. Otro ha hecho antes el trabajo. En cambio para decir no es preciso oponer un razonamiento nuevo al de aquel que pregunta, y esto exige cierto grado de inteligencia. Como yo me encontraba en los albores del raciocinio, contestar negativamente habría sido un portento de genio, de precocidad, de inspiración. -Esta noche habéis dormido muy tranquilo -dijo la voz de mi enfermera-. Pronto estaréis bien. Dadme vuestras manos que están algo frías: os las calentaré. Cuando lo hacía, un rayo pasó por mi mente, pero tan débil, tan rápido, que no era todavía certeza, sino un presentimiento, una esperanza de conocer, un aviso precursor. En mi cerebro se desembrollaba la madeja; pero tan despacio, tan despacio.. -Me debéis la vida.. -continuó la voz perteneciente a la persona cuyas manos apretaban y calentaban las mías-, me debéis la vida. La madeja de mi cerebro agitó sus hilos; tal esfuerzo hacía por desenredarlos que estuvo a punto de romperlos. -En vuestro delirio -prosiguió- se os han escapado palabras muy lisonjeras para mí. El alma cuando se ve libre del imperio de la razón se presenta desnuda y sin mordaza; enseña todas sus bellezas y dice todo lo que sabe. Así la vuestra no me ha ocultado nada.. ¿Por qué me miráis con esos ojos fijos, negros y tristes como noches? Si con ellos me suplicáis que lo diga, lo diré, aunque atropelle la ley de las conveniencias. Sabed que os amo. La madeja entonces tiró tan fuertemente de sus hilos, que se iba a romper, se rompía sin remedio. -No necesitaría decíroslo porque ya lo sabéis -continuó después de larga pausa-. Lo que no sabéis es que os amaba antes de conoceros.. Yo tenía una hermana gemela más hermosa y más pura que los ángeles. Apuesto a que no sabéis nada de esto.. Pues bien, un libertino la engañó, la sedujo, la robó a Dios y a su familia, y mi pobrecita, mi adorada, mi idolatrada Lillian, (p.1910) tuvo un momento de desesperación y se dio a sí propia la muerte. El mayor de mis hermanos persiguió al malvado, autor de nuestra vergüenza: ambos fueron una noche a orillas del mar, se batieron y mi pobre Carlos cayó para no levantarse más. Poco después mi madre, trastornada por el dolor se fue desprendiendo de la tierra y en una mañana del mes de Mayo nos dijo adiós y huyó al cielo. Seguramente nada sabíais de esto. Continuaba siendo idiota y contesté que sí. -Después de estos acontecimientos, sobre la haz de la tierra existía un hombre más aborrecido que Satanás. Para mí su sólo nombre era una execración. Le odiaba de tal modo que si le viera arrepentido y caminando al cielo, mis labios no hubieran pronunciado para él una palabra de perdón. Figurándomelo cadáver, le pisoteaba.. La madeja daba unas vueltas, unos giros, y hacía tales enredos y embrollos, que me dolía el cerebro vivamente. Allí había un hilo tirante y rígido, el cual, doliéndome más que los demás me hizo decir: -Soy Araceli, el mismo que se halló en Trafalgar y naufragó en el Rayo y vivió en Cádiz.. En Cádiz hay una taberna, de que es amo el Sr. Poenco. -Un día -prosiguió-, hallándome en España, a donde vine siguiendo a mi segundo hermano, dijéronme que aquel hombre había sido muerto por otro en duelo de honor. Pregunté con tanto anhelo, con tan profunda curiosidad el nombre del vencedor, que casi lo supe antes que lo revelaran. Me dijeron vuestro nombre; me refirieron algunos pormenores del caso, y desde aquel momento ¿por qué ocultarlo? os adoré. Mi espíritu hizo inexplicables equilibrios sobre dos imágenes grotescas, y puestos en una balanza dos figurones llamados Poenco y D. Pedro del Congosto, el uno subía mientras el otro bajaba. En aquel instante debí de decir algo más sustancioso que los primitivos sís, porque ella (yo continuaba ignorando quién era) puso la mano sobre mi frente, y habló así: -Me adivinabais sin duda, me veíais desde lejos con los ojos del corazón. Yo os busqué durante muchos meses. Tanto (p.1911) tardasteis en aparecer, que llegué a creeros desprovisto de existencia real. Yo leía romances y todos a vos los aplicaba. Erais el Cid, Bernardo del Carpio, Zaide, Abenamar, Celindos, Lanzarote del Lago, Fernán González y Pedro Ansúrez.. Tomabais cuerpo en mi fantasía y yo cuidaba de haceros crecer en ella; pero mis ojos registraban la tierra y no podían encontraros. Cuando os encontré, me pareció que ibais a achicaros; pero os vi subir de pronto y tocar el altísimo punto de talla con que yo os había medido. Hasta entonces cuantos hombres traté, o se burlaban de mí o no me comprendían. Vos tan sólo me mirasteis cara a cara y afrontasteis las excelsas temeridades de mi pensamiento sin asustaros. Os vi espontáneamente inclinado a la realización de acciones no comunes. Asocieme a ellas, quise llevaros más adelante todavía y me seguisteis ciegamente. Vuestra alma y la mía se dieron la mano y tocaron su frente la una con la otra, para convencerse de que eran las dos de un mismo tamaño. La luz de entrambos se confundía en una sola. La madeja de mi conocimiento se revolvió de un modo extraordinario. Los hilos entraban, salían los unos por entre los otros y culebreaban para separarse y ponerse en orden. Ya aparecían en grupos de distintos colores, y aunque harto enmarañados todavía, muchos de ellos, si no todos, parecían haber encontrado su puesto. -Vos amabais a otra -prosiguió aquélla que empezaba ya a no serme desconocida-. La vi y la observé. Quise tratarla por algún tiempo y la traté y la conocí; la hallé tan indigna de vos, que desde luego me consideré vencedora. Es imposible que me equivoque. Al oír esto, el corazón mío, que hasta entonces había permanecido quieto y mudo, y dormido como un niño en su cuna, empezó a dar unos saltitos tan vivarachos, y a llamarme con una vocecita tan dulce que realmente me hacía daño. Dentro de mí se fue levantando no sé si diré un vapor, una onda que fue primero tibia y después ardiente, y me subía desde el fondo a la superficie del ser, despertando a su (p.1912) paso todo lo que dormía; una oleada invasora, dominante, que poseía el don de la palabra, y al ascender por mí iba diciendo: «Arriba, arriba todo». -¿Qué tenéis? -continuó aquella mujer-. Estáis agitado. Vuestro rostro se enciende.. ahora palidece.. ¿Vais a llorar? Yo también lloro. La salud vuelve a vuestro cuerpo, como la sensibilidad a vuestra noble alma. ¿Será posible que os haya conmovido la revelación que he hecho? No juzguéis mi atrevimiento con criterio vulgar, creyendo que no falto al decoro, a las conveniencias y al pudor diciendo a un hombre que le amo. Yo, al mismo tiempo soy pura como los ángeles y libre como el aire. Los necios que me rodean podrán calumniarme y calumniaros; pero no mancharán mi honra, como no la mancha un amor ideal y celeste al pasar del pensamiento a la palabra.. Si durante mucho tiempo he disimulado y aparentado huir de vos, no ha sido por temor a los tontos, sino por provecho de entrambos. Cuando os he visto casi muerto, cuando os he recogido en mis brazos del campo de batalla, cuando os traje aquí y os atendí y os cuidé, tratando de devolveros la vida, tenía gran pena de que murieseis ignorando mi secreto. El estupor mío tocaba a su fin. Pensamiento y corazón recobraban su prístino ser; pero la palabra tardaba; vaya si tardaba.. -Dios me ha escuchado -añadió ella-. No sólo podéis oírme, sino que vivís; y podréis hablarme y contestarme. Decidme que me amáis, y si morís después, siempre me quedará algo vuestro. Una figura celestial, tan celestial que no parecía de este mundo, se entró dentro de mí, agasajándome y plegándose toda para que no hubiese en mi interior un solo hueco que no estuviese lleno con ella. -No me contestáis una sola palabra -dijo la voz de mi enfermera-. Ni siquiera me miráis. ¿Por qué cerráis los ojos..? ¿Así se contesta, caballero..? Sabed que no sólo tengo dudas, sino también celos. ¿Os habré desagradado en lo que últimamente he hecho? No os lo ocultaré, porque jamás he mentido. Mi lengua nació para la verdad.. ¿Ignoráis tal vez (p.1913) que vuestra princesa encantada y el bribón de su padre estaban en Salamanca? Quien los trajo, es cosa que ignoro. El desgraciado masón anhelaba la libertad y se la he dado con el mayor gusto, consiguiendo del general un salvo conducto para que saliese de aquí y pudiese atravesar toda España sin ser molestado. Al oír esto, razón, memoria, sentimientos, palabra, todo volvió súbito a mí con violencia, con ímpetu, con estrépito, como una catarata despeñándose de las alturas del cielo. Di un grito, me incorporé en el lecho, agité los brazos, arrojé lejos de mí con instintiva brutalidad aquella hermosa figura que tenía delante, y prorrumpí en exclamaciones de ira. Miré a la dama y la nombré, porque ya la había conocido.
Ep-10-XXXVIII - El hospitalario que antes vi, entró al oír mis gritos, y ambos procuraron calmarme. -Otra vez le empieza el delirio -dijo Juan de Dios. -Yo he sido la causa de esta alteración -dijo miss Fly muy afligida. Mi propia debilidad me rindió, y caí en el lecho, sofocado por la indignación que sordamente se reconcentraba en mí, no encontrando ni voz suficiente ni fuerzas para expresarse fuera. -El pobre Sr. Araceli -dijo Juan de Dios con sentimiento piadoso- se volverá loco como yo. El demonio ha puesto su mano en él. -Callad, hermano, y no digáis tonterías -dijo miss Fly cubriendo mis brazos con la manta y limpiando el sudor de mi frente-. ¿Qué habláis ahí de demonios? -Sé lo que me digo -añadió el agustino, mirándome con profunda lástima-. El pobre D. Gabriel está bajo una influencia maléfica.. Lo he visto, lo he visto. Diciendo esto, destacaba de su puño cerrado dos dedos flacos y puntiagudos, y con ellos se señalaba los ojos. -Marchad fuera a cuidar de los otros enfermos -dijo miss Fly jovialmente- y no vengáis a fastidiarnos con vuestras necedades. Fuese Juan de Dios y nos quedamos de nuevo solos Athenais y yo. Hallándome ya en posesión completa de mi pensamiento, le hablé así: -Señora, repítame usted lo que hace poco ha dicho. No entendí bien. Creo que ni mis sentidos ni (p.1914) mi razón están serenos. Estoy delirando, como ha dicho aquel buen hombre. -Os he hablado largo rato -dijo miss Fly con cierta turbación. -Señora, no puedo apreciar sino de un modo muy confuso lo que he visto y oído esta noche.. Efectivamente, he visto delante de mí una figura hermosa y consoladora; he oído palabras.. no sé qué palabras. En mi cerebro se confunden el eco de voces lejanas y el son misterioso de otras que yo mismo habré pronunciado.. No distingo bien lo real de lo verdadero; durante algún tiempo he visto los objetos y los semblantes sin conocerlos. -¡Sin conocerlos! -He oído palabras. Algunas las recuerdo, otras no. -Tratad de repetir lo sustancial de lo mucho que os he dicho -murmuró Athenais, pálida y grave-. Y si no habéis entendido bien, os lo repetiré. -En verdad no puedo repetir nada. Hay dentro de mí una confusión espantosa.. He creído ver delante de mí a una persona, cuya representación ideal no me abandona jamás en mis sueños, una figura que quiero y respeto, porque la creo lo más perfecto que ha puesto Dios sobre la tierra.. He creído oír no sé qué palabras dulces y claras, mezcladas con otras que no comprendía.. He creído escuchar tan pronto una música del cielo, tan pronto el fragor de cien tempestades que bramaban dentro de un corazón.. Nada puedo precisar.. al fin he visto claramente a usted, la he conocido.. -¿Y me habéis oído claramente también? -preguntó acercando su rostro al mío-. Ya sé que no debe darse conversación a los enfermos. Os habré molestado. Pero es lo cierto que yo esperaba con ansia que pudierais oírme. Si por desgracia murierais.. -De lo que he oído, señora, sólo recuerdo claramente que había usted puesto en libertad a una persona a quien yo aprisioné. -¿Y esto os disgusta? -preguntó la Mosquita con terror. -No sólo me disgusta, sino que me contraría mucho, pero mucho -exclamé con inquietud, sacudiendo las ropas del lecho para sacar los brazos. Athenais gimió. Después de breve pausa, mirome con fijeza y orgullo y dijo: -Caballero Araceli, ¿tanto coraje es porque (p.1915) se os ha escapado el ave encantada de la calle del Cáliz? -Por eso, por eso es -repetí. -¿Y seguramente la amáis?.. -La adoro, la he adorado toda mi vida. Ha tiempo que mi existencia y la suya están tan enlazadas como si fueran una sola. Mis alegrías son sus alegrías, y sus penas son mis penas. ¿En dónde está? Si ha desaparecido otra vez, señora Athenais de mi alma, juro a usted que todos los romances de Bernardo, del Cid, de Lanzarote y de Celindos, me parecerían pocos para buscarla. Athenais estaba lastimosamente desfigurada. Diríase que era ella el enfermo y yo el enfermero. Largo rato la vi como sosteniendo no sé qué horrible lucha consigo misma. Volvía el rostro para que no viese yo su emoción: me miraba después con ira violentísima que se trocaba sin quererlo ella misma en inexplicable dulzura, hasta que levantándose con ademán de majestuosa soberbia, me dijo: -Caballero Araceli, adiós. -¿Se va usted? -dije con tristeza y tomando su mano que ella separó vivamente de la mía-. Me quedaré solo.. Merezco que usted me desprecie, porque he vuelto a la vida, y mi primera palabra no ha sido para dar las gracias a esta amiga cariñosa, a esta alma caritativa que me recogió sin duda del campo de batalla, que me ha curado y asistido.. ¡Señora, señora mía! La vida que usted ha ganado a la muerte vería con gusto el momento en que tuviera que volverse a perder por usted. -Palabras hermosas, caballero Araceli -me dijo con acento solemne, sin acercarse a mí, mirándome pálida y triste y seria desde lejos, como una sibila sentenciosa que pronunciase las revelaciones de mi destino-. Palabras hermosas; pero no tanto que encubran la vulgaridad de vuestra alma vacía. Yo aparto esa hojarasca y no encuentro nada. Estáis compuesto de grandeza y pequeñez. -Como todo, como todo lo creado, señora -interrumpí. -No, no -dijo con viveza-. Yo conozco algo que no es así; yo conozco algo donde todo es grande. Habéis hecho en vuestra vida y aun en estos mismos días cosas admirables. Pero el mismo pensamiento que concibió la muerte de (p.1916) lord Gray, lo entregáis a una vulgar y prosaica ama de casa como un papel en blanco para que escriba las cuentas de la lavandera. Vuestro corazón, que tan bien sabe sentir en algunos momentos, no os sirve para nada y lo entregáis a las costureras para que hagan de él un cojincillo en que clavar sus alfileres. Caballero Araceli, me fastidio aquí. -¡Señora, señora, por Dios, no me deje usted! Estoy muy enfermo todavía. -¿Acaso no tengo yo rango más alto que el de enfermera? Soy muy orgullosa, caballero. El hermano hospitalario os cuidará. -Usted bromea, apreciable amiga, encantadora Athenais, usted se burla del verdadero afecto, de la admiración que me ha inspirado. Siéntese usted a mi lado; hablaremos de cosas diversas, de la batalla, del pobre sir Thomas Parr a quien vi morir.. -Todavía creo que valgo para algo más que para dar conversación a los ociosos y a los aburridos -me contestó con desdén-. Caballero, me tratáis con una familiaridad que me causa sorpresa. -¡Oh! Recordaremos las proezas inauditas que hemos realizado juntos. ¿Se acuerda usted de Jean-Jean? -En verdad sois impertinente. Bastante os he asistido; bastantes horas he pasado junto a vos. Mientras delirabais, me he reído, oyendo las necedades y graciosos absurdos que continuamente decíais; pero ya estáis en vuestro sano juicio y de nuevo sois tonto. -Pues bien, señora, deliraré, deliraré y diré todas las majaderías que usted quiera, con tal que me acompañe -exclamé jovialmente-. No quiero que usted se marche enojada conmigo. Miss Fly se apoyó en la pared para no caer. Advertí que la expresión de su rostro pasaba de una furia insensata a una emoción profunda. Sus ojos se inundaron de lágrimas, y como si no le pareciese que sus manos las ocultaban bien, corrió rápidamente hacia afuera. Su intención primera fue sin duda salir; mas se quedó junto a la puerta y en sitio donde difícilmente la veía. Con todo, bastaron a revelarme su presencia, ignoro si los suspiros que creí oír o la sombra que se proyectaba en la pared y subía hasta el techo. Lo que sí (p.1917) no tiene duda alguna para mí, es que después de estar largo tiempo sumergido en tristes cavilaciones, me sentí con sueño, y lentamente caí en uno profundísimo que duró hasta por la mañana. ¿Debo decir que cuando me hallaba próximo a perder completamente el uso de los sentidos, se repitieron los fenómenos extraños que habían acompañado mi penoso regreso a la vida? ¿Debo decir que me pareció ver volar encima y alrededor de mi cabeza un insecto alado, que después vino a posar sobre mi frente sus dos alas blandas, pesadas y ardientes? Eso no era más que repetición de lo que antes había soñado: el fenómeno más raro entre todos los de aquella rarísima noche vino después, poniendo digno remate a mis confusiones, y fue, señores míos, que no desvanecida aún mi confusión por aquello de la Pajarita, advertí que se cernía sobre mi frente una cosa negra, larga, no muy grande, aunque me era muy difícil precisar su tamaño, el cual objeto o animalucho tenía dos largas piernas y dos picudas alas, que abría y cerraba alternativamente, todo negro, áspero, rígido y extremadamente feo. Aquel horrible crustáceo se replegaba, y entonces parecía un puñal negro; después abría sus patas y sus alas y parecía un escorpión. Lentamente bajaba acercándose a mí, y cuando tocó mi frente sentí frío en todo mi cuerpo. Agitose mucho, meneó las horribles extremidades repetidas veces, emitiendo un chillido estridente, seco, áspero, que estremecía los nervios, y después huyó.
Ep-10-XXXIX - Tras un sueño tan largo como profundo, desperté en pleno día notablemente mejorado. La hermosa claridad del sol me produjo bienestar inmenso, y además del alivio corporal experimentaba cierto apacible reposo del alma. Me recreaba en mi salud como un fatuo en su hermosura. A mi lado estaban dos hombres, el hospitalario y un médico militar, que después de reconocerme, hizo alegres pronósticos acerca de mi enfermedad y me mandó que comiese algo suculento si encontraba almas caritativas que me lo proporcionasen. Marchose a cortar no sé cuántas (p.1918) piernas, y el hermano, luego que nos quedamos solos, se sentó junto a mí, y compungidamente me dijo: -Siga usted los consejos de un pobre penitente, Sr. D. Gabriel, y en vez de cuidarse del alimento del cuerpo, atienda al del alma, que harto lo ha menester. -¿Pues qué, Sr. Juan de Dios, acaso voy a morir? -le dije recelando que quisiera ensayar en mí el sistema de las silvestres yerbecillas. -Para vivir como usted vive -afirmó el fraile con acento lúgubre-, vale más mil veces la muerte. Yo al menos la preferiría. -No entiendo.. -Sr. Araceli, Sr. Araceli -exclamó, no ya inquieto sino con verdadera alarma-, piense usted en Dios, llame usted a Dios en su ayuda, elimine usted de su pensamiento toda idea mundana, abstráigase usted. Para conseguirlo recemos, amigo mío, recemos fervorosamente por espacio de cuatro, cinco o seis horas, sin distraernos un momento, y nos veremos libres del inmenso, del horrible peligro que nos amenaza. -Pero este hombre me va a matar -dije con miedo-. Me manda el médico que coma, y ahora resulta que necesito una ración de seis horas de rezo. Hermanuco, por amor de Dios, tráigame una gallina, un pavo, un carnero, un buey. -¡Perdido, irremisiblemente perdido!.. -exclamó con aflicción suma, elevando los ojos al cielo y cruzando las manos-. ¡Comer, comer! Regalar el cuerpo con incitativos manjares cuando el alma está amenazada; amenazada, Sr. Araceli.. Vuelva usted en sí.. recemos juntos, nada más que seis horas, sin un instante de distracción.. con el pensamiento clavado en lo alto.. De esta manera el pérfido se ahuyentará, vacilará al menos antes de poner su infernal mano en un alma inocente, la encontrará atada al cielo con la santas cadenas de la oración, y quizás renuncie a sus execrables propósitos. -Hermano Juan de Dios, quíteseme de delante o no sé lo que haré. Si usted es loco de atar, yo por fortuna no lo soy, y quiero alimentarme. -Por piedad, por todos los santos, por la salvación de su alma, amado hermano mío, modérese usted, refrene esos livianos apetitos, ponga (p.1919) cien cadenas a la concupiscencia del mascar, pues por la puerta de la gastronomía entran todos los melindres pecaminosos. Le miré entre colérico y risueño, porque su austeridad, que había empezado a ser grotesca, me enfadaba, y al mismo tiempo me divertía. No, no me es posible pintarle tal como era, tal como le vi en aquel momento. Para reproducir en el lienzo la extraña figura de aquel hombre, a quien los ayunos y la exaltación de la fantasía llevaran a estado tan lastimoso, no bastaría el pincel de Zurbarán, no; sería preciso revolver la paleta del gran Velázquez para buscar allí algo de lo que sirvió para la hechura de sus inmortales bobos. Me reí de él, diciéndole: -Tráigame usted de comer y después rezaremos. Por única contestación, el hospitalario se arrodilló, y sacando un libro de rezos, me dijo: -Repita usted lo que yo vaya leyendo. -¡Que me mata este hombre, que me mata! ¡Favor! -grité encolerizado. Juan de Dios se levantó, y poniendo su mano sobre mi pecho, espantado y tembloroso, me habló así: -¡Que viene! ¡que va a venir! -¿Quién? -pregunté cansado de aquella farsa. -¿Quién ha de ser, desgraciado, quién ha de ser? -dijo en voz baja y con abatimiento-. ¿Quién ha de ser sino el torpe enemigo del linaje humano, el negro rey que gobierna el imperio de las tinieblas como Dios el de la luz; aquel que odia la santidad y tiende mil lazos a la virtud para que se enrede? ¿Quién ha de ser sino la inmunda bestia que posee el arte de mudarse y embellecerse, tomando la figura y traje que más fácilmente seducen al descuidado pecador? ¿Quién ha de ser? ¡Extraña pregunta por cierto! ¡Me asombro de la inocente calma con que usted me habla, hallándose, como se halla, en el mismo estado que yo! Mis carcajadas atronaban la estancia. -Me alegraré en extremo de que venga -le dije-. ¿Cómo sabe usted que va a venir? -Porque ya ha estado, pobrecito; porque ya ha puesto sus aleves manos sobre usted en señal de posesión y dominio, porque dijo que iba a volver. -Eso me alegra sobremanera. ¿Y cuándo he tenido el (p.1920) honor de tal visita? No he visto nada. -¡Cómo había usted de verlo si dormía, desgraciado! -exclamó con lástima-. ¡Dormir, dormir! he aquí el gran peligro. Él aprovecha las ocasiones en que el alma está suelta y haciendo travesuras, libre de la vigilancia de la oración. Por eso yo no duermo nunca, por eso velo constantemente. -¿Vino mientras yo dormía? -Sí; anoche.. ¡horrible momento! La señora inglesa que tan bien ha cuidado a usted había salido. Yo estaba solo y me distraje un poco en mis rezos. Sin saber cómo, había dejado volar el pensamiento por espacios voluptuosos y sonrosados.. ¡pecador indigno, mil veces indigno!.. Yo había puesto el libro sobre mis rodillas, y cerrado los ojos, y dejádome aletargar en sabroso desvanecimiento, cuya vaporosa niebla y blando calor recreaban mi cuerpo y mi espíritu.. -Y entonces, cuando mi bendito hermanuco se regocijaba con tales liviandades; abriose la tierra, salió una llama de azufre.. -No se abrió la tierra, sino la puerta, y apareció.. ¡Ay! apareció en aquella forma celestial, robada a las criaturas de la más alta esfera angélica; apareció cual siempre le ven mis pecadores ojos. -Hermano, hermano, soy feliz y sentiría que estuviera usted cuerdo. -Apareció, como he dicho, y su vista me convirtió en estatua. Otra de igual catadura le acompañaba, también en forma mujeril, representando más edad que la primera, la tan aborrecida como adorada, que es el terror de mis noches y el espanto de mis días, y el abismo que se traga mi alma. -¿Y en cuanto me vieron..? Adoro a esos demonios, Sr. Juan de Dios, y ahora mismo voy a mandarles un recadito con usted. -¿Conmigo? ¡Infeliz precito! Ya vendrán por usted y se lo llevarán con sus satánicas artes. -Quiero saber qué hicieron, qué dijeron. -Dijeron: «aquí nos han asegurado que está», y luego sus ojos, que todo lo ven en la lobreguez de la horrenda noche, vieron el miserable cuerpo, y se abalanzaron hacia él con aullidos que parecían sollozos tiernísimos, con lamentos que parecían la dulce armonía del amor materno, (p.1921) llorando junto a la cuna del niño moribundo. -¡Y yo dormido como un poste! ¡Padre Juan, es usted un imbécil, un majadero! ¿Por qué no me despertó? -Usted deliraba aún; las dos ¡ay! aquellas dos apariencias hermosísimas, y tan acabadas y perfectas que sólo yo con los perspicuos ojos del alma podía adivinar bajo su deslumbradora estructura la mano del infernal artífice; las dos mujeres, digo, derramaron sobre el pecho y la frente de usted demoníacas chispas, con tan ingeniosa alquimia desfiguradas, que parecían lágrimas de ternura. Pusieron sus labios de fuego en las manos de usted como si las besaran, le arreglaron las ropas del lecho, y después.. -¿Y después? -Y después, buscáronme con los ojos como para preguntarme algo; mas yo, más muerto que vivo, habíame escondido bajo aquella mesa y temblaba allí y me moría. Sr. D. Gabriel, me moría queriendo rezar y sin poder rezar, queriendo dejar de ver aquel espectáculo y viéndolo siempre.. Por fin, resolvieron marcharse.. ya eran dueños del alma de usted y no necesitaban más. -Se fueron, pues. -Se fueron diciendo que iban a pedir licencia a no sé quién para trasladar a usted a otro punto mejor.. al infierno cuando menos. De esta manera desapareció de entre los vivos un hermano hospitalario que era gran pecador; se lo llevaron una mañana enterito y sin dejar una sola pieza de su corporal estructura. -¿Y después..? Estoy muy alegre, hermano Juan. -Después vino esa señora a quien llaman Doña Flay, la cual es una criatura angelical, que le quiere a usted mucho. Usted empezó a salir de aquel marasmo o trastorno en que le dejaron las embajadoras del negro averno: la señora inglesa habló largamente con usted y yo, que me puse a escuchar tras la puerta, oí que le decía mil cositas tiernas, melosas y hechiceras. -¿Y después? -Y después usted se puso furioso y entré yo, y la inglesa me mandó salir, y a lo que entendí, mi don Gabriel se durmió. La inglesa entraba y salía, sin cesar de llorar. -¿Y nada más? -Algo más hay, sí, sin duda lo más terrible y espantoso, porque el atormentador del linaje (p.1922) humano, aquél que, según un santo Padre, tiene por cómplice de su infame industria a la mujer, la cual es hornillo de sus alquimias, y fundamento de sus feas hechuras; aquel que me atormenta y quiere perderme, entró de nuevo en la misma duplicada forma de mujer linda.. -Y yo, ¿dormía también? -Dormía usted con sueño tranquilo y reposado. La señora inglesa estaba junto a aquella mesa envolviendo no sé qué cosa en un papel. Entraron ellas.. no expiré en aquel momento por milagro de Dios.. se acercaron a usted y vuelta a los aullidos que parecían llantos, y a los signos quirománticos semejantes a blandas y amorosas caricias. -¿Y no dijeron nada? ¿No dijeron nada a miss Fly ni a usted? -Sí -continuó después de tomar aliento, porque la fatiga de su oprimido pecho apenas le permitía hablar-, dijeron que ya tenían la licencia y que iban a buscar una litera para trasladar a usted a un sitio que no nombraron.. Pero lo más extraño es que al oír esto la señora inglesa, que no estaba menos absorta, ni menos suspendida, ni menos espantada que yo, debió de conocer que las tan aparatosas beldades eran obra de aquel que llevó a Jesús a la cima de la montaña y a la cúspide de la ciudad; y sobrecogida como yo, lanzó un grito agudísimo precipitándose fuera de la habitación. Seguila y ambos corrimos largo trecho, hasta que ella puso fin a su atropellada carrera, y apoyando la cabeza contra una pared, allí fue el verter lágrimas, el exhalar hondos suspiros y el proferir palabras vehementes, con las cuales pedía a Dios misericordia. Una hora después volví, despertó usted, y nada más. Sólo falta que recemos, como antes dije, porque sólo la oración y la vigilancia del espíritu ahuyenta al Malo, así como el pérfido sueño, las regaladas comidas y las conversaciones mundanas le llaman. Juan de Dios no dijo más; atendía a extraños ruidos que sonaban fuera, y estaba trémulo y lívido. -¡Aquí, aquí estoy, Inesilla.. señora condesa! -exclamé reconociendo las dulces voces que desde mi lecho oía-. Aquí estoy vivo y sano y contento, y queriéndolas a las (p.1923) dos más que a mi vida. ¡Ay! Entraron ambas y desoladas corrieron hacia mí. Una me abrazó por un costado y otra por otro. Casi me desvanecí de alegría cuando las dos adoradas cabezas oprimían mi pecho. Juan de Dios huyó de un salto, de un vuelo o no sé cómo. Quise hablar y la emoción me lo impedía. Ellas lloraban y no decían nada tampoco. Al fin, Inés levantó los ojos sobre mi frente y la observé con curiosidad y atención. -¿Qué miras? -le dije-. ¿Estoy tan desfigurado que no me conoces? -No es eso. La condesa miró también. -Es que noto que te falta algo -dijo Inés sonriendo. Me llevé la mano a la frente, y en efecto, algo me faltaba. -¿Dónde han ido a parar los dos largos mechones de pelo que tenías aquí? Al decir esto, con sus deditos tocaba mi cabeza. -Pues no sé.. tal vez en la batalla.. Las dos se rieron. -Queridas mías, recuerdo haber visto en sueños encima de mi cabeza un animalejo frío y negro, y ahora comprendo lo que era aquello: unas tijeras. Tengo aquí sobre la sien una rozadura.. ¿la ven ustedes?.. Esos pelos me molestaban, y aquí del cirujano. Es hombre entendido que no olvida el más mínimo detalle. Tantas preguntas tenía que hacer, que no sabía por cuál empezar. -¿Y en qué paró esa batalla? -dije-. ¿Dónde está lord Wellington? -La batalla paró en lo que paran todas, en que se acabó cuando se cansaron de matarse -me respondió una de ellas, no sé cuál. -Pero los franceses se retiraban cuando yo caí. -Tanto se retiraron -dijo la condesa-, que todavía están corriendo. Wellington les va a los alcances. No tengas cuidado por eso, que ya lo harán bien sin ti.. Veremos si te dan algún grado por haber cogido el águila. -Conque yo cogí un águila.. -Un águila toda dorada, con las alas abiertas y el pico roto, puesta sobre un palo, y con rayos en las garras: la he visto -dijo Inés con satisfacción, extendiéndose en pomposas descripciones de la insignia imperial. -Te encontraron -añadió la condesa-, entre muchos muertos y heridos, abrazado con el cadáver de un abanderado francés, el cual te mordía el (p.1924) brazo. Era la parte de mi cuerpo que más me dolía. -Te hemos buscado desde el 22 -dijo Inés-, y hasta anoche todo ha sido correr y más correr sin resultado alguno. Creímos que habías muerto. Fui a la zanja grande donde están enterrando los pobres cuerpos. Había tantos, tantos, que no los pude ver todos.. Aquello parecía una maldición de Dios. Si cuando tal vi hubiera tenido en mi mano el águila que cogiste, la habría echado también en la zanja, y luego tierra, mucha tierra encima. -Bien, Inesilla, nadie mejor que tú dice las mayores verdades de un modo más sencillo. La gloria militar y los muertos de las batallas debieran enterrarse en una misma fosa.. En fin, adoradas mías, vivo estoy para quererlas muchísimo, y para casarme con la una, previo el consentimiento de la otra. La condesa frunció ligeramente el ceño e Inés me miró el cabello. La felicidad que inundaba mi alma se desbordó en francas risas y expresiones gozosas, a que Inés habría contestado de algún modo, si la seriedad de su madre se lo hubiera permitido. -Saquemos ahora de aquí a este bergante -dijo la condesa- y después se verá. Debemos dar gracias a esa señora inglesa que te recogió en el campo de batalla y que te ha cuidado tan bien, según nos han dicho. Sé quien es y la hemos visto. La conocí en el Puerto.. Por cierto, caballerito, que tenemos que hablar tú y yo. -¿No está por aquí? ¡Athenais, Athenais!.. Se empeñará en no venir cuando la necesitamos. Me alegro infinito de que se conozcan ustedes, creo que este conocimiento me ahorra un disgusto. Miss Fly es persona leal y generosa. ¡Sr. Juan de Dios!.. Ese no vendrá aunque le ahorquen. Ha dado en decir que son ustedes el demonio. -¿Ese bendito hospitalario? -indicó la condesa-. El médico nos dijo que se había ya escapado dos veces de la casa de locos.. Vamos, a ver cómo te arreglamos en la camilla. Llamaremos a otro enfermero. Cuando salió la condesa, dije a Inés: -No me has dicho nada de aquella persona.. -Ya lo sabrás todo -me contestó, sin oponerse a que le comiese a besos las (p.1925) manos-. Ven pronto a casa.. prueba a levantarte. -No puedo, hijita, estoy muy débil. Ese hospitalario de mil demonios se propuso hoy matarme de hambre. El agustino empeñado en que no había de comer, y miss Fly volviéndome loco con sus habladurías.. -¡Oh! -dijo Inés con encantadora expresión de amenaza-. ¿Esa inglesa ha de estar contigo en todas partes..? Tengo una sospecha, una sospecha terrible, y si fuera cierto.. ¿Seré yo demasiado buena, demasiado confiada e inocente, y tú un grandísimo tunante? Miró de nuevo mi frente, no ya con inquietud, sino con verdadera alarma. -¡Inesilla de mi corazón! -exclamé-. ¡Si tienes sospechas, yo las disiparé! ¿Dudas de mí? Eso no puede ser. No ha sucedido nunca y no sucederá ahora. ¿Puedo yo dudar de ti? ¿Puede quebrantarse la fe de esta religión mutua en que ha mucho tiempo vivimos y entrañablemente nos adoramos? -Así ha sido hasta aquí; pero ahora.. tú me ocultas algo.. mi madre ha pronunciado al descuido algunas palabras.. No, Gabriel, no me engañes. Dímelo, dímelo pronto. Miss Fly te recogió del campo de batalla. Ella lo ha negado; pero es verdad. Nos lo han dicho. -¡Engañarte yo!.. Eso sí que es gracioso. Aunque fuese malo y quisiera hacerlo no podría.. Pero te debo decir la verdad, toda la verdad, mujer mía, y empiezo desde este momento.. ¿por qué me miras la frente? -Porque.. porque -dijo pálida, grave y amenazadora- porque ese mechón de pelo te lo ha quitado miss Fly. Yo lo adivino. -Pues sí, ella misma ha sido -contesté con serenidad imperturbable. -¡Ella misma!.. ¡Y lo confiesa! -exclamó entre suspensa y aterrada. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Yo no sabía qué decirle. Pero la verdad salía en onda impetuosa de mi corazón a mis labios. Mentir, fingir, tergiversar, disimular era indigno de mí y de ella. Incorporándome con dificultad le dije: -Yo te contaré muchas cosas que te sorprenderán, querida mía. Demos tú y yo las gracias a esa generosa mujer que me recogió de entre los muertos en el Arapil Grande, para que no te quedases viuda. -En (p.1926) marcha, vamos -dijo la condesa entrando de súbito e interrumpiéndome-. En esta litera irás bien.
Ep-10-XL - La casa de la calle del Cáliz, a donde por dos veces he transportado a mis oyentes, y a cuyo recinto de nuevo me han de seguir, si quieren saber el fin de esta puntual historia, era la habitación patrimonial de Santorcaz, que la había heredado de su padre un año antes, con algunas tierras productivas. Componíase el tal caserón de dos o tres edificios diversos en tamaño y estructura, que compró, unió y comunicó entre sí el Sr. D. Juan de Santorcaz, aldeano enriquecido a principios del siglo pasado. Faltaba a aquella vivienda elegancia y belleza; pero no solidez, ni magnitud, ni comodidades, aunque algunas piezas se hallaban demasiado distantes unas de otras y era excesiva la longitud de los corredores, así como el número de escalones que al discurrir de una parte a otra se encontraban. En los aposentos donde anteriormente les vimos estaba Santorcaz con su hija el 22 de Julio durante la batalla. Esta última circunstancia hará comprender a mis oyentes que no presencié lo que voy a contar, mas si lo cuento de referencia, si lo pongo en el lugar de los hechos presenciados por mí es porque doy tanta fe a la palabra de quien me los contó, como a mis propios ojos y oídos; y así téngase esto por verídico y real. Estaban, pues, según he dicho, el infortunado D. Luis y su hija en la sala; lamentábase ella de que existieran guerras y maldecía él su triste estado de salud que no le permitía presenciar el espectáculo de aquel día, cuando sonó con terrible estruendo la famosa aldaba del culebrón, y al poco rato el único criado que les servía y el militar que les guardaba anunciaron a los solitarios dueños que una señora quería entrar. Como miss Fly había estado allí algunos días antes, ofreciendo al masón un salvo-conducto para salir de Salamanca y de España, alegrósele a aquel el alma y dio orden de que al punto dejasen pasar e internasen hasta su presencia a la generosa visitante. Transcurridos algunos minutos, entró en la sala la condesa. Santorcaz rugió (p.1927) como la fiera herida cuando no puede defenderse. Largo rato estuvieron abrazadas madre e hija, confundiendo sus lágrimas, y tan olvidadas del resto de la creación, cual si ellas solas existieran en el mundo. Vueltas al fin en su acuerdo, la madre, observando con terror a aquel hombre rabioso y sombrío que clavaba los ojos en el suelo como si quisiera con la sola fuerza de su mirada abrir un agujero en que meterse, quiso llevar a su hija consigo, y dijo palabras muy parecidas a las que yo pronuncié en circunstancias semejantes. Los que vieron mi sorpresa, juzguen cuál sería la de Amaranta cuando Inés se separó de ella, y hecha un mar de lágrimas corrió con los brazos abiertos hacia el anciano, en ademán cariñoso. Absorta miró tan increíble movimiento la condesa. Santorcaz, cuando su hija estuvo próxima, volvió el rostro y alargó los brazos para rechazarla. -Vete de aquí -dijo-, no quiero verte, no te conozco. -¡Loco! -gritó la muchacha con dolor-. Si dices otra vez que me marche, me marcharé. Revolvió Santorcaz los fieros ojos de un lado a otro de la estancia, miró con igual rencor a la condesa y a su hija, y temblando de cólera, repitió: -Vete, vete, te he dicho que te vayas. No quiero verte más. Sal de esta casa con esa mujer, y no vuelvas. -Padre -dijo Inés sin dar gran importancia al frenesí del anciano-. ¿No me has dicho que esta casa es mía? ¿No me has entregado las llaves? Pues voy a acomodar a esta señora en una habitación de las de la calle, porque hoy es imposible que encuentre posada, y mañana las dos nos iremos, dejándote tranquilo. Tomando un manojo de llaves y repiqueteando con él, no sin cierta intención zumbona, Inés salió de la estancia seguida de Amaranta, que nada comprendía de aquella tragicomedia. Luego que se quedó solo, Santorcaz dio algunos paseos por la habitación, recorriéndola en giros y vueltas sin fin, cual macho de noria. Su fisonomía expresaba todo cuanto puede expresar la fisonomía humana, desde la saña más terrible a la emoción más tierna. Tomó después un libro, pero lo arrojó en el suelo a (p.1928) los pocos minutos. Cogió luego una pluma, y después de rasguñar el papel breve rato, la destrozó y la pisoteó. Levantose, y con pasos vacilantes e inseguro ademán dirigiose a la puerta vidriera, penetró en la estancia próxima, donde había un tocador de mujer y un lecho blanco. De rodillas en el suelo, hizo de la cama reclinatorio, y apoyando el rostro sobre ella, estuvo llorando todo el día. Si Santorcaz hubiera tenido un oído agudo y finísimo, como el de algunas especies ornitológicas, habría percibido el rumor de tenues pasos en el corredor cercano; si Santorcaz hubiera poseído la doble vista, que es un absurdo para la fisiología, pero que no lo parecería si se llegaran a conocer los misteriosos órganos del espíritu, habría visto que no estaba enteramente solo; que una figura celestial batía sus alas en las inmediaciones de la triste alcoba; que sin tocar el suelo con su ligero paso, venía y se acercaba, y aplicaba con gracioso gesto su linda cabeza a la puerta para escuchar, y luego introducía un rayo de sus ojos por un resquicio para observar lo que dentro pasaba; y como si lo que veía y oía la contentase, iluminaba aquellos sombríos espacios con una sonrisa, y se marchaba para volver al poco rato y atender lo mismo. Pero el pobre masón no veía nada de esto. Aquella tarde un ordenanza inglés le trajo un salvo-conducto para salir de Salamanca; pero el masón lo rompió. La condesa e Inés, excepto en los intervalos que esta salía, hablaban por los codos en las habitaciones de la calle. Figuraos la tarea de dos lenguas de mujer que quieren decir en un día todo lo que han callado en un año. Hablaban sin cesar, pasando de un asunto a otro, sin agotar ninguno, experimentando emociones diversas, siempre sorprendidas, siempre conmovidas, quitándose una a otra la palabra, refiriendo, ponderando, encareciendo, comentando, afirmando y negando. Esto pasaba el 22 de Julio. De vez en cuando las interrumpía zumbido lejano, estremecimiento sordo de la tierra y del aire. Era la voz de los cañones de Inglaterra y Francia que estaban (p.1929) batiéndose donde todos sabemos. Las dos mujeres cruzaban las manos, elevando los ojos al cielo.. Los cañonazos se repetían cada vez más. Por la tarde era un mugido incesante como el del Océano tempestuoso. En madre e hija pudo tanto el terror, que se callaron: es cuanto hay que decir. Pensaban en la cantidad de hombres que se tragaría en cada una de sus sacudidas el mar irritado que bramaba a lo lejos. Llegó la noche y los cañonazos cesaron. Muy tarde entró Tribaldos en la casa. El pobre muchacho estaba consternado, y aunque se la echaba de valiente, derramó algunas lágrimas. -¿A dónde vas? -preguntó con inquietud la madre a la hija, viendo que esta se ponía el manto sin decir para qué. -Al Arapil -contestó Inés entregando otro manto a la condesa, que se lo puso también sin decir nada. Visitó Inés por breves momentos al anciano y salió de la casa y de la ciudad, acompañada de su madre y del fiel Tribaldos. Inmenso gentío de curiosos llenaba el camino. La batalla había sido horrenda, y querían ver las sobras todos los que no pudieron ver el festín. Anduvieron largo tiempo, toda la noche, hacia arriba y hacia abajo, y de acá para allá sin encontrar lo que buscaban, ni quien razón les diera de ello. Cerca del día vieron a miss Fly que regresaba del campo de batalla delante de una camilla bien arreglada y cubierta, donde traían a un hombre que fue encontrado en el Arapil Grande, lleno de heridas, sin conocimiento y con una horrible mordida en el brazo. Acercáronse Inés, la condesa y Tribaldos a miss Fly para hacerle preguntas; pero esta, impaciente por seguir, les contestó: -No sé una palabra. Dejadme continuar; llevo en esta camilla al pobre sir Thomas Parr, que está herido de gravedad. Siguieron ellas y Tribaldos y recorrieron el campo de batalla, que la luz del naciente día les permitió ver en todo su horror; vieron los cuerpos tendidos y revueltos, conservando en sus fisonomías la expresión de rabia y espanto con que les sorprendiera la muerte. Miles de ojos sin brillo y sin luz, como los ojos de las estatuas de mármol, miraban al cielo sin (p.1930) verlo. Las manos se agarrotaban en los fusiles y en las empuñaduras de los sables, como si fueran a alzarse para disparar y acuchillar de nuevo. Los caballos alzaban sus patas tiesas y mostraban los blancos dientes con lúgubre sonrisa. Las dos desconsoladas mujeres vieron todo esto, y examinaron los cuerpos uno a uno; vieron los charcos, las zanjas, los surcos hechos por las ruedas y los hoyos que tantos millares de pies abrieran en el bailoteo de la lucha; vieron las flores del campo machacadas, y las mariposas que alzaban el vuelo con sus alas teñidas de sangre. Regresaron a Salamanca, volvieron por la noche al campo de batalla, no ya conmovidas sino desesperadas; rezaban por el camino, preguntaban a todos los vivos y también a los muertos. Por último, después de repetidos viajes y exploraciones dentro y fuera de la ciudad, en los cuales emplearon tres días, con ligeros intervalos de residencia y descanso en la casa de la calle del Cáliz, encontraron lo que buscaban en el hospital de sangre; improvisado en la Merced. Lo hallaron separado de los demás, en una habitación solitaria y en poder de un pobre fraile demente. Hicieron diligencias cerca de la autoridad militar, y, por último, consiguieron poder llevarle, es decir, llevarme consigo.
Ep-10-XLI - Acomodáronme en una estancia clara y bonita y en un buen lecho, que atropelladamente dispusieron para mí. Me dieron de comer, lo cual agradecí con toda mi alma, y empecé a encontrarme muy bien. Lo que más contribuía a precipitar mi restablecimiento era la alegría inexplicable que llenaba mi alma. Síntoma externo de este gozo era una jovialidad expansiva que me impulsaba a reír por cualquier frívolo motivo. La noche de mi entrada en la casa, mientras la condesa escribía cartas a todo ser viviente en la sala inmediata, Inés me daba de cenar. Nos hallábamos solos, y le conté toda, absolutamente toda la casi increíble novela de miss Fly, sin omitir nada que me perjudicase o me engrandeciese a los ojos de mi interlocutora. Oyome esta con atención profunda, mas no sin tristeza, y cuando (p.1931) concluí, diríase que mi constante amiga había perdido el uso de la palabra. No sé en qué vagas perplejidades se quedó suspenso y flotante su grande ánimo. En su fisonomía observé el enojo luchando con la compasión, y el orgullo tal vez en pugna con la hilaridad. Pero no decía nada, y sus grandes ojos se cebaban en mí. Por mi parte, mientras más duraba su abstracción contemplativa, más inclinado me sentía yo a burlarme de las nubes que oscurecían mi cielo. -¿Es posible que pienses todavía en eso? -le dije. -Espero que me enseñes el mechón rubio con que te han pagado el negro.. Buena pieza, piensas que me casaré contigo, con un perdido, con un bribón.. Te cuidaremos, y luego que estés bueno te marcharás con tu adorada inglesa. Ninguna falta me haces. Quería ponerse seria, y casi, casi lo lograba. -No me marcharé, no -le dije-, porque te quiero más que a las niñas de mis ojos; me has enamorado porque eres una criatura de otros tiempos, porque vuestra alma, señora (me gusta tratar de vos a las personas) da la mano a la mía y ambas suben a las alturas donde jamás llega la vulgaridad y bajeza de los nacidos. Por vos, señora, seré Bernardo del Carpio, el Cid y Lanzarote del Lago, acometeré las empresas más absurdas, mataré a medio mundo y me comeré al otro medio. -Si piensas embobarme con tales tonterías.. -dijo sin quererse reír pero riendo. -Señora -exclamé con dramático acento-, vos sois el imán de mi existencia, la única pareja digna de la inmensidad de mi alma; adoro las águilas que vuelan mirando cara a cara al sol, y no las gallinas que sólo saben poner huevos, criar pollos, cacarear en los corrales y morir por el hombre. Llevadme, llevadme con vos, señora, a los espacios de las grandes emociones y a las excelsitudes del pensamiento. Si me abandonáis, yo os lloraré en las ruinas; si me amáis, seré vuestro esclavo y conquistaré diez reinos para poneros uno en cada dedo de las manos. -Calla, calla, tonto, farsante -dijo Inés defendiéndose como podía contra la hilaridad que la ahogaba. -¡Ah, señora y (p.1932) dueña mía! -proseguí yo reforzando mi entonación-. Me rechazáis. Vuestro corazón es indigno del mío. Yo lo creí templado en el fuego de la pasión, y es un pedazo de carne fofa y blanda. Os lo pedía yo para unirlo al mío y vos le arrojáis a los soldados para que claven en él sus bayonetas. Sois indigna de mí, señora. Os digo estas sublimidades, y en vez de oírme, os estáis cosiendo todo el día; tembláis cuando voy a la guerra, no pensáis más que en vuestros chiquillos, en vez de pensar en mi gloria; y os ocupáis en hacer guisotes y platos diversos para darme de comer: yo no como, señora; en la región donde yo habito no se come.. De veras sois tonta: os habéis empeñado en amarme con cariño dulce y tranquilo propio de costureras, boticarios, sargentos, covachuelistas y sastres de portal. ¡Oh! amadme con exaltación, con frenesí, con delirio, como amaba Bernardo del Carpio a doña Estela, y cantad las hazañas de los héroes que son norte y faro de mi vida, y poneos delante de mí cual figura histórica, sin cuidaros de que mi ropa esté hecha pedazos, mi mesa sin comida, y mis hijos desnudos. ¿Qué veo? ¿Os reís? ¡Miseria! ¡Yo me muero por vos y os reís! ¡Yo peno y vos os regocijáis! ¡Yo enflaquezco y vos os presentáis a mí fresca, alegre y gordita! (p.1933) Inés lloraba de risa, pero de una manera tan franca y natural, que todo el enojo se iba desvaneciendo en aquellas chispas de alegría. Mi corazón se entendió con el suyo, como los hermanos que por un momento riñen, para quererse más. -Os abandono, porque amáis a otro, a una criatura vulgar y antipoética, señora -continué mirando su frente y haciendo con mis dedos movimiento semejante al abrir y cerrar de unas tijeras-; pero quiero llevarme un recuerdo vuestro, y así os corto ese mechón que os cuelga sobre la frente. Diciéndolo, cogí la preciosa cabeza y le di mil besos. -Que me lastimas, bárbaro -gritó sin cesar de reír. Acudió la condesa que en la cercana habitación estaba, y al verla, Inés, más roja que una amapola, le dijo: -Es Gabriel, que la está echando de (p.1934) gracioso. -No hagáis ruido que estoy escribiendo. Todavía me faltan muchas cartas, pues tengo que escribir a Wellington, a Graham, a Castaños, a Cabarrús, a Azanza, a Soult, a O'Donnell y al Rey José. Mi adorada suegra tenía la manía de las cartas. Escribía a todo el mundo, y de todos lograba respuesta. Su colección epistolar era un riquísimo archivo histórico, del cual sacaré algún día no pocas preciosidades. Al día siguiente mi suegra fue a visitar a miss Fly, a quien como he dicho, había tratado en el Puerto y reconocido últimamente en Salamanca. Athenais pagó la visita a la condesa en el mismo día. Vino elegantemente vestida, deslumbradora de hermosura y de gracia. Servíale de caballero el coronel Simpson, siempre encarnadito, vivaracho, acicalado y compuesto como un figurín, y siempre honrando todos los objetos y personas con la cuádruple mirada de dos ojos y dos vidrios que jamás descansaban en su investigadora observación. Yo me había levantado y desde un sillón asistí sin moverme a la visita, que no fue larga, aunque sí digna de ocupar el penúltimo lugar en esta verídica historia. -¿De modo que parte usted definitivamente para Inglaterra? -dijo la condesa. -Sí, señora -repuso Athenais, que no se dignaba mirarme- estoy cansada de la guerra y de España, y deseo abrazar a mi padre y hermanas. Si alguna vez vuelvo a España tendré el gusto de visitaros. -Antes quizás tenga yo el de escribir a usted -dijo mi suegra acordándose de que había papel y plumas en el mundo-. Por falta de tiempo no he escrito ya a lord Byron a quien conocí en Cádiz. No llevará usted malos recuerdos de España. -Muy buenos. Me he divertido mucho en este extraño país; he estudiado las costumbres, he hecho muchos dibujos de los trajes y gran número de paisajes en lápiz y acuarela. Espero que mi álbum llame la atención. -También llevará usted memoria de las tristes escenas de la guerra -dijo Amaranta con emoción. -Los franceses nada respetan -indicó miss Fly con la indiferencia que se emplea en las visitas para hablar del tiempo. -En su (p.1935) retirada -afirmó Simpson- han destruido todos los pueblos de la ribera del Tormes. No nos perdonan que les hayamos matado cinco mil hombres y cogido siete mil prisioneros con dos águilas, seis banderas y once cañones.. ¡Grandiosa e importante batalla! No puedo menos de felicitar al Sr. de Araceli -añadió haciéndome el honor de dirigirse a mí- por su buen comportamiento durante la acción. El brigadier Pack y el honorable general Leith han hecho delante de mí grandes elogios de usted. Me consta que su excelencia el gran Wellington no ignora nada de lo que tanto os favorece. -En ese caso -dije- tal vez se disipe la prevención que su excelencia tenía contra mí por motivos que nunca pude saber. Athenais se puso pálida; mas dominándose al instante, no sólo se atrevió a fijar en mí sus lindos ojos de cielo, sino que se rió y de muy buena gana, según parecía. -Este caballero -contestó con jovialidad asombrosa por lo bien fingida- ha tenido la desgracia y la fortuna de pasar por mi amante a los ojos de los ociosos del campamento. En España, el honor de las damas está a merced de cualquier malicioso. -¡Pero cómo! ¿Es posible, señora? -exclamé fingiéndome sorprendido y además de sorprendido encolerizado-. ¿Es posible que por aquel felicísimo encuentro nuestro..? No sabía nada ciertamente. ¡Y se han atrevido a calumniar a usted!.. ¡Qué horror! -Y poco ha faltado para que me supusieran casada con vos -añadió apartando los ojos de mí, contra lo que las conveniencias del diálogo exigían-. Me ha servido de gran diversión, porque a la verdad, aunque os tengo por persona estimable.. -No tanto que pudiera merecer el honor.. -añadí completando la frase-. Eso es claro como el agua. -Todo provino de que alguien nos vio juntos en la ciudad, cuando para salvaros de aquellos infames soldados, pasasteis por mi criado durante unas cuantas horas -dijo Athenais, coqueteando y haciendo monerías-. Ahora falta saber si por vanidad pueril fuisteis vos mismo quien se atrevió a propalar rumores tan ridículos acerca de una noble dama (p.1936) inglesa, que jamás ha pensado enamorarse en España, y menos de un hombre como vos. -¡Yo, señora! El coronel Simpson es testigo de lo que pensaba yo sobre el particular. -Los rumores -dijo el simpático Abraham-, partieron de la oficialidad inglesa y empezaron a circular cuando Araceli volvió de Salamanca y Athenais no. -Y vos, mi querido sir Abrabam Simpson -dijo miss Fly con cierto enojo-, disteis circulación a las groserías que corrían acerca de mí. -Permitidme decir, mi querida Athenais -indicó Simpson en español- que vuestra conducta ha sido algo extraña en este asunto. Sois orgullosa.. lo sé.. creíais rebajaros sólo ocupándoos del asunto.. Lo cierto es que oíais todo, y callabais. Vuestra tristeza, vuestro silencio hacían creer.. -Me parece que no conocéis bien los hechos -dijo Athenais empezando a ruborizarse. -Todos hablaban del asunto; el mismo Wellington se ocupó de él. Os interrogaron con delicadeza, y contestasteis de un modo vago. Se dijo que pensabais pedir el cumplimiento de las leyes inglesas sobre el matrimonio; calumnia, pura calumnia; pero ello es que lo decían y vos no lo negabais.. yo mismo os llamé la atención sobre tan grave asunto, y callasteis.. -Conocéis mal los hechos -repitió Athenais más ruborizada-, y además sois muy indiscreto. -Es que, según mi opinión -dijo Simpson-, llevasteis la delicadeza hasta un extremo lamentable, mi querida Athenais.. Os sentíais ultrajada sólo por la idea de que creyeran.. pues.. una mujer de vuestra clase.. No quiero ofender al señor; pero.. es absurdo, monstruoso. La Inglaterra, señora, se hubiera estremecido en sus cimientos de granito. -¡Sí, en sus cimientos de granito! -repetí yo-. ¡Qué hubiera sido de la Gran Bretaña!.. Es cosa que espanta. Miss Fly me dirigió una mirada terrible. -En fin -dijo la condesa-, los rumores circularon.. yo misma lo supe.. Pero la cosa no vale la pena. Si la Gran Bretaña se mantiene sin mancilla.. Miss Fly se levantó. -Señora -le dije con el mayor respeto-, sentiría que usted dejase a España sin que yo pudiese manifestarle la (p.1937) profundísima gratitud que siento.. -¿Por qué, caballero? -preguntó llevando el pañuelo a su agraciada boca. -Por su bondad, por su caridad. Mientras viva, señora, bendeciré a la persona que me recogió del campo de batalla con otros infelices compañeros. -Estáis en gran error -exclamó riendo-. Yo no he pensado en tal cosa. Vos sin duda lo deseabais. Recogí a varios, sí; pero no a vos. Os han engañado. Me visteis en la Merced recorriendo las salas y dormitorios.. No quiero que me atribuyan el mérito de obras que no me pertenecen. -Entonces, señora, permítame usted que le dé las gracias por.. No, lo que quiero decir es que ruego a usted no me guarde rencor por haber sido causa, aunque inocente, de esos ridículos rumores. -¡Oh, oh!.. No haga caso de semejante necedad. Soy muy superior a tales miserias.. ¡La calumnia! Acaso me importa algo.. ¡Vuestra persona! ¿Significa algo para mí? Sois vanidoso y petulante. Miss Fly hacía esfuerzos extraordinarios por conservar en su semblante aquella calma inglesa que sirve de modelo a la majestuosa impasibilidad de la escultura. Miraba a los cristales, a los viejos cuadros, al suelo, a Inés, a todos menos a mí. -Entonces, señora -añadí-, puesto que ningún daño ha padecido usted por causa mía.. -Ninguno, absolutamente ninguno. Os hacéis demasiado honor, caballero Araceli, y sólo con pedirme excusas por la vil calumnia, sólo con asociar vuestra persona a la mía, estáis faltando al comedimiento, sí, faltando a la consideración que debe inspirar en todo lo habitado una hija de la Gran Bretaña. -Perdón, señora, mil veces perdón. Sólo me resta decir a usted que deseo ser su humildísimo servidor y criado aquí y en todas partes y en todas las ocasiones de mi vida. ¿También así falto al comedimiento? -También.. pero, en fin, admito vuestros homenajes. Gracias, gracias -dijo con altivez-. Adiós. Al fin de la visita, aunque repetidas veces se empeñó en reír, no pudo conseguirlo sino a medias. Sus manos temblaban, destrozando las puntas del chal amarillo. Despidiose cariñosamente de la (p.1938) condesa, y con mucha ceremonia de Inés y de mí. -¿Y no será usted tan buena que nos escriba alguna vez para enterarnos de su salud? -le dije. -¿Os importa algo? -¡Mucho, muchísimo! -respondí con vehemencia y sinceridad profunda. -¡Escribiros! Para eso necesitaría acordarme de vos. Soy muy desmemoriada, señor de Araceli. -Yo, mientras viva, no olvidaré la generosidad de usted, Athenais. Me cuesta mucho trabajo olvidar. -Pues a mí no -,dijo mirándome por última vez. Y en aquella mirada postrera que sus ojos me echaron, puso tanto orgullo, tanta soberbia, tanta irritación que sentí verdadera pena. Al fin salió de la sala. La palidez de su rostro y la furia de su alma la hacían terrible y majestuosamente bella. Pocos momentos después aquel hermoso insecto de mil colores, que por unos días revoloteara en caprichosos círculos y juegos alrededor de mí, había desaparecido para siempre. Muchas personas que anteriormente me han oído contar esto sostienen que jamás ha existido miss Fly; que toda esta parte de mi historia es una invención mía para recrearme a mí propio y entretener a los demás; pero ¿no debe creerse ciegamente la palabra de un hombre honrado? Por ventura, quien de tanta rectitud dio pruebas, ¿será capaz ahora de oscurecer su reputación con ficciones absurdas y con fábricas de la imaginación que no tengan por base y fundamento a la misma verdad, hija de Dios? Poco después de que los dos ingleses nos dejaron solos, la condesa dijo a Inés: -Hija mía, ¿tienes inconveniente en casarte con Gabriel? -No, ninguno -repuso ella con tanto aplomo, que me dejó sorprendido. Con inefable afecto besé su hermosa mano que tenía entre las mías. -¿Está tranquila y satisfecha tu alma, hija mía? -Tranquila y satisfecha -repuso-. ¡Pobrecita miss Fly! Ambos nos miramos. Un cielo lleno de luz divina, y de inexplicable música de ángeles flotaba entre uno y otro semblante.. Si es posible ver a Dios, yo lo veía, yo. -¡Qué hermoso es vivir! -exclamé-. ¡Qué bien hizo Dios en criarnos a los dos, a los tres! ¿Hay felicidad (p.1939) comparable a la mía? ¿Pero esto qué es, es vivir o es morir? Al oír esto, la condesa, que había corrido a abrazamos, se apartó de nosotros. Fijó los ojos en el suelo con tristeza. Inés y yo pensamos al mismo tiempo en lo mismo y sentimos la misma pena, una lástima íntima y honda que turbaba nuestra dicha. -¿Qué tal está hoy? -preguntó Amaranta. -Muy mal -repuso Inés-. Vamos los dos allá. Hace ya hora y media que no me ha visto, y estará muy taciturno. Aunque extenuado y débil, me levanté y la seguí apoyado en su brazo. -Haré la última tentativa y venceré -dijo cerca de la guarida del masón-. Le he observado muy bien todo el día, y el pobrecito no desea ya sino rendirse.
Ep-10-XLII - Al entrar en la solitaria y triste estancia, vimos a Santorcaz apoltronado en el sillón y leyendo atentamente un libro. Alzó la vista para mirarnos. Inés, poniendo la mano en su hombro, le dijo con cariñoso gracejo: -Padre, ¿sabes que me caso? -¿Te casas? -dijo con asombro el anciano soltando el libro y devorándonos con los ojos-. ¡Tú!.. -Sí -continuó Inés en el mismo tono-. Me caso con este pícaro Gabriel, con un opresor del pueblo, con un verdugo de la humanidad, con un satélite del despotismo. Santorcaz quiso hablar, pero la emoción entorpecía su lengua. Quiso reír, quiso después ponerse serio y aun colérico; mas su semblante no podía expresar más que turbación, vacilación y desasosiego. -Y como mi marido tendrá que servir a los reyes, porque éste es su oficio -prosiguió Inés-, me veré obligada, querido padre, a reñir contigo. Ahora me ha dado por la nobleza; quiero ir a la corte, tener palacio, coches y muchos y muy lujosos criados.. Yo soy así. -Bromea usted, señora doña Inesita -dijo Santorcaz en tono agri-dulce, recobrando al fin el uso de la palabra-. ¿No hay más que casarse con el primero que llega? -Hace tiempo que le conozco, bien lo sabes -dijo ella riendo-. Muchas veces te lo he dicho.. Ahora, padre, tú te quedarás aquí con Juan y Ramoncilla, y yo me voy a Madrid con mi marido. Te entretendrás en fundar una gran (p.1940) logia y en leer libros de revoluciones y guillotinas para que acabes de volverte loco, como D. Quijote con los de caballerías. Diciendo esto abrazó al anciano y se dejó besar por él. -¡Adiós, adiós! -repitió ella- puesto que no nos hemos de ver más, despidámonos bien. -Picarona -dijo él estrechándola amorosamente contra su pecho y sentándola sobre sus rodillas-. ¿Piensas que te voy a dejar marchar? -¿Y piensas que yo voy a esperar a que tú me dejes salir? Padre, ¿te has vuelto tonto? ¿Has olvidado a la persona que ha estado en casa y que tiene tanto poder?.. ¿No sabes que estás preso?.. ¿crees que no hay justicia ni leyes, ni corregidores? Atrévete a respirar.. El masón apartó de sí a la muchacha, trató de levantarse, mas impidiéronselo sus doloridas piernas, y golpeando los brazos del sillón, habló así: -Pues no faltaba más.. marcharte tú y dejarme.. Araceli -añadió dirigiéndose a mí con bondad-. Ya que mi hija tiene la debilidad de quererte, te permito que seas su marido; pero tú y ella os quedaréis conmigo. -A buena parte vas con súplicas -dijo Inés riendo-. A fe que mi marido hace buenas migas con los masones. Él y yo detestamos el populacho y adoramos a reyes y frailes. -Bueno, me quedaré -dijo Santorcaz con ligera inflexión de broma en su tono-. Me moriré aquí. Ya sabes cómo está mi salud, hija mía: vivo de milagro. En estos días que has estado enojada conmigo, yo sentía que la vida se me iba por momentos, como un vaso que se vacía. ¡Ay! queda tan poco, que ya veo, ya estoy viendo el fondo negro. -Todo se arreglará -dije yo acercando mi asiento al del enfermo-. Nos llevaremos con nosotros al enemigo de los reyes. -Eso es, eso.. Gabriel ha hablado con tanto talento como Voltaire -dijo el masón con repentino brío-. Me llevaréis con vosotros.. No tengo inconveniente, la verdad. -Bueno, le llevaremos -dijo Inés abrazando a su padre-, le llevaremos a Madrid, donde tenemos una casa muy grande, grandísima, y en la cual estaremos muy anchos, porque mi madre se va con todos sus criados a vivir a Andalucía para no volver más. -¡Para no (p.1941) volver más! -dijo el enfermo con turbación-. ¿Quién te lo ha dicho? -Ella misma. Se separa de mí mientras tú vivas. -¡Mientras yo viva!.. Ya lo ves. Por eso conocerás la inmensidad de su aborrecimiento. -Al contrario, padre -dijo Inés con dulzura-, se marcha porque tú no la puedes ver, y para dejarme en libertad de que te cuide y esté contigo en tu enfermedad. Lo que te decía hace poco de abandonarte y marcharme sola con mi marido era una broma. En los párpados del anciano asomaban algunas lágrimas que él hubiera deseado poder contener: -Lo creo; pero eso de que tu madre se separe de ti por concederme el inestimable beneficio de tu compañía, me parece una farsa. -¿No lo crees? -No: ¿a que no se atreve a venir aquí y a decirlo delante de mí? -Eso quisieras tú, padrito. ¿Cómo ha de venir a decirte eso, ni ninguna otra cosa, cuando se ha marchado? -¡Se ha marchado! ¡Se ha marchado! -exclamó Santorcaz con un desconsuelo tan profundo que por largo rato quedó estupefacto. -¿Pues no lo sabes? ¿No sentiste la voz de unos señores ingleses? Esos la acompañan hasta Madrid, de donde partirá para Andalucía. El dominio de aquella hermosa y excelente criatura sobre su padre era tan grande que Santorcaz pareció creerlo todo tal como ella lo decía. Clavaba los ojos en el suelo y lentamente se acariciaba la barba. -Búscala por toda la casa -prosiguió Inés-. A fe que tendría gusto la señora en vivir dentro de esta jaula de locos. -¡Se ha marchado! -repitió sombríamente Santorcaz, hablando consigo mismo. -Y no me costó poco quedarme -añadió ella haciendo con manos y rostro encantadoras monerías-. Su deseo era llevarme consigo. Allá le dijo no sé quién.. nada se puede tener oculto.. que yo te había tomado gran cariño. Sólo por esta razón venía dispuesta a perdonarte, a reconciliarse contigo.. Esto era lo más natural, pues tú la habías amado mucho, y ella te había amado a ti.. Pero tú estás loco.. la recibiste como se recibe a un enemigo.. te pusiste furioso.. te negaste a ser bueno con ella. Me has hecho pasar unos (p.1942) ratos que no te perdono. Las lágrimas corrieron hilo a hilo por la cara de Santorcaz. -Mi deber era huir de esta casa aborrecida, huir con ella, abandonándote a las perversidades y rencores de tu corazón -dijo Inés que reunía a la santidad de los ángeles cierta astucia de diplomático-. Pero me acordé de que estabas enfermo y postrado; se lo dije.. El masón miró a su hija, preguntándole con los ojos cuanto es posible preguntar. -Se lo dije, sí -prosiguió ella-, y como esa señora tiene un corazón bueno, generoso y amante; como nunca, nunca ha deseado el mal ajeno, ni ha vivido del odio; como sabe perdonar las ofensas y hacer bien a los que la aborrecen.. ¡ay! no lo creerás ni lo comprenderás, porque un corazón de hierro como el tuyo, no puede comprender esto. -Sí, lo creo, lo comprendo -dijo Santorcaz secando sus lágrimas. -Pues bien; ella misma convino en que no me separase de ti, para consolarte y fortalecerte en tus últimos días; y como ella y tú no podéis estar juntos en un mismo sitio, determinó retirarse. Acordamos que me case con el verdugo de la humanidad y que Gabriel y yo te llevemos a vivir con nosotros. -¿Y se marchó?.. ¿pero se marchó? -preguntó Santorcaz con un resto de esperanza. -Y se marchó, sí señor. Venía dispuesta a reconciliarse contigo, a quererte como yo te quiero. Ha llorado mucho la pobrecita, al ver que después de tantos años, después de tantas desgracias como le han ocurrido por ti, después de tanto daño como le has hecho, aún te niegas a pronunciar una palabra cristiana, a borrar con un momento de generosidad todas las culpas de tu vida, a descargar tu conciencia y también la suya del peso de un resentimiento insoportable. Se ha marchado perdonándote. Dios se encargará de juzgarte a ti, cuando en el momento del juicio le presentes como únicos méritos de tu existencia, ese corazón insensible y perverso, o mejor dicho, ese nido de culebras, a las cuales has criado, a las cuales echas de comer todos los días para que crezcan y vivan siempre, y te muerdan aquí y en la eternidad de (p.1943) la otra vida. El masón se revolvía con angustia en su sillón; el llanto había cesado de afluir de sus ojos; tenía el rostro encendido, las manos crispadas, echada la cabeza hacia atrás, y entrecortaba su aliento una sofocación fatigosa. -Padre -exclamó Inés echándole los brazos al cuello-. Sé bueno, sé generoso y te querré más todavía. Ya sabes mi deseo: prepárate a cumplirlo, y mi madre volverá. Yo la llamaré y volverá. Los músculos de Santorcaz se tendieron, poniéndose rígidos, cerró los ojos, inclinó la cabeza, y su aspecto fue el de un cadáver. En aquel mismo instante abriose la puerta y penetró la condesa, pálida, llorosa. Andando lentamente, adelantó hasta llegar al lado del enfermo que seguía inerte, mudo y aparentemente sin vida. Alarmados todos, acudimos a él, y con ayuda de Juan y Ramoncilla le acostamos en su lecho; al instante hicimos venir el médico que ordinariamente le asistía. Inés y la condesa le observaban atentamente, y fijaban sus ojos en el semblante demacrado, pero siempre hermoso, del desgraciado masón. Miraban con espanto aquella sima, aterradas de lo que en su profundidad había, sin comprenderlo bien. El médico, luego que le examinara, anunció su próximo fin, añadiendo que se maravillaba de que alargase tanto su vida, pues el día anterior casi le diputó por muerto, aunque ocultó a Inés el fatal pronóstico. Cerca ya de la noche, un hondo suspiro nos anunció que recobraba de nuevo el conocimiento; abrió los ojos, y revolviéndolos con espanto por todo el recinto de la estancia, fijolos en la condesa, cuyo semblante iluminaba la triste luz. -¡Otra vez estás aquí! -exclamó con voz torpe y expresión de hastío y cólera-; ¿otra vez aquí? Mujer, sabe que te aborrezco. ¡La cárcel, el destierro, el patíbulo.. todo te ha parecido poco para perseguirme!.. ¿Por qué vienes a turbar mi felicidad? Vete, ¿por qué agarras a mi hija con esa mano amarilla como la de la muerte? ¿Por qué me miras con esos ojos plateados que parecen rayos de luna? -Padre, no hables así, que me das miedo -gritó Inés abrazándole, llenos los ojos de (p.1944) lágrimas. La condesa no decía nada y lloraba también. Santorcaz, después de aquella crisis de su espíritu, cayó en nuevo sopor profundísimo,y cerca de la madrugada, recobró el conocimiento con un despertar sereno y sosegado. Su mirar era tranquilo, su voz clara y entera, cuando dijo: -Inés, niña mía, ángel querido ¿estás aquí? -Aquí estoy, padre -respondió ella acudiendo cariñosamente a su lado-. ¿No me ves? Inés tembló al observar que los ojos de su padre se fijaban en los de la condesa. -¡Ah! -dijo Santorcaz sonriendo ligeramente-. Está ahí.. la veo.. viene hacia acá.. ¿Pero por qué no habla? La condesa había dado algunos pasos hacia el lecho, pero permanecía muda. -¿Por qué no habla? - repitió el enfermo. -Porque te tiene miedo -dijo Inés- como te lo tengo yo, y no se atreve la pobrecita a decirte nada. Tú tampoco le dices nada. -¿Qué no? -indicó el masón con asombro-. Hace dos horas que estoy dirigiéndole la palabra.. tengo la boca seca de tanto hablar, y no me contesta. ¡Ay! -añadió con dolor y volviendo el rostro- es demasiado cruel con este infeliz. -¿La quieres mucho, padre? -preguntó Inés tan conmovida que apenas entendimos sus palabras. -¡Oh, mucho, muchísimo! -exclamó el enfermo oprimiéndose el corazón. -Por eso desde que la has visto -continuó la muchacha- le has pedido perdón por los ligeros perjuicios que sin querer le has causado. Todos te hemos oído y hemos alabado a Dios por tu buen comportamiento. -¿Me habéis oído?.. -dijo él con asombro, mirándonos a todos-. ¿Me has oído tú.. me ha oído ella.. me ha oído también Araceli? Lo había dicho bajo, muy bajito para que sólo Dios me oyera, y lo ignorara todo ser. Amaranta, tomando la mano de Santorcaz, dijo: -Hace mucho, mucho tiempo que deseaba perdonarte; si en cualquiera ocasión, desde que Inés vino a mi poder, te hubieras presentado a mí como amigo.. Yo también he tenido resentimientos; pero la desgracia me ha enseñado pronto a sofocarlos.. Lágrimas abundantes cortaron su voz. -Y yo -dijo Santorcaz con voz apacible y ademán sereno-. (p.1945) Yo que voy a morir, no sé lo que pasa en mi corazón. Él nació para amar. Él mismo no sabe si ha amado o ha aborrecido toda su vida. Después de estas palabras todos callaron por breve rato. Las almas de aquellos tres individuos, tan unidos por la Naturaleza y tan separados por las tempestades del mundo, se sumergían, por decirlo así, en lo profundo de una meditación religiosa y solemne sobre su respectiva situación. Inés fue la primera que rompió el grave silencio, diciendo: -Bien se conoce, querido padre, que eres un hombre bueno, honrado, generoso. Si has tenido fama de lo contrario, es porque te han calumniado. Pero nosotras, nosotras dos y también Araceli, te conocemos bien. Por eso te amamos tanto. -Sí -respondió el masón, como responde el moribundo a las preguntas del confesor. -Si has hecho algunas cosas malas -continuó Inés- es decir, que parecen malas, ha sido por broma.. Esto lo comprendo perfectamente. Por ejemplo: cuando te perseguían.. apuesto a que la persecución no era ni la mitad de lo que tú te figurabas.. pero, en fin, sea lo que quiera. Lo cierto es que te enfadaste, y con muchísima razón, porque tú estabas enamorado, querías ser bueno, querías.. Pero hay familias orgullosas.. Es preciso también considerar que una familia noble debe tener cierto punto.. Dios primero y el mundo después no han querido que todos sean iguales. -Pero se ven castigos, o si no castigos, justicias providenciales en la tierra -dijo Santorcaz bruscamente, mirando a Amaranta-. Señora condesa, hoy mismo ha consentido usted que su hija única y noble heredera se case con un chico de las playas de la Caleta. ¡Bravo abolengo, por cierto! -Mejor sería -repuso la condesa- decir con un joven honrado, digno, generoso, de mérito verdadero y de porvenir. -¡Oh! señora mía, eso mismo era yo hace veinte años -afirmó Santorcaz con tristeza. Después cerró los ojos, como para apartar de sí imágenes dolorosas. -Es verdad -dijo Inés entre broma y veras-; pero tú te entregaste a la desesperación, padre querido, tú no tuviste la fortaleza de (p.1946) ánimo de este opresor de los pueblos, tú no luchaste como él contra la adversidad, ni conquistaste escalón por escalón un puesto honroso en el mundo. Tú te dejaste vencer por la desgracia; corriste a París, te uniste a los pícaros revolucionarios que entonces se divertían en matar gente. Agraviados ellos como tú y tú como ellos, todos creíais que cortando cabezas ajenas ganabais alguna cosa y valían más los que se quedaran con ella sobre los hombros.. Viniste luego a España con el corazón lleno de venganza. Tú querías que nos divirtiéramos aquí con lo que se divertían allá; la gente no ha querido darte gusto y te entretuviste con las mojigangas y gansadas de los masones, que según ellos dicen, hacen mucho, y según yo veo, no hacen nada.. -Sí -dijo el anciano. -Al mismo tiempo procurabas hacer daño a la persona que más debías amar.. Yo sé que si ella no te hubiera despreciado como te despreciaba, tú habrías sido bueno, muy bueno, y te habrías desvivido por ella.. -Sí, sí - repitió él. -Esto es claro: Dios consiente tales cosas. A veces dos personas buenas parece que se ponen de acuerdo para hacer maldades, sin caer en la cuenta de que diciéndose dos palabras, concluirían por abrazarse y quererse mucho. -Sí, sí. -Y no me queda duda -continuó Inés derramando sin cesar aquel torrente de generosidad sobre el alma del pobre enfermo-, no me queda duda de que te apoderaste de mí porque me querías mucho y deseabas que te acompañara. Santorcaz no afirmó ni negó nada. -Lo cual me place mucho -prosiguió ella-. Has sido para mí un padre cariñoso. Declaro que eres el mejor de los hombres, que me has amado, que eres digno de ser respetado y querido, como te quiero y te respeto yo, dando el ejemplo a todos los que están presentes. El revolucionario miró a su hija con inefable expresión de agradecimiento. La religión no hubiera ganado mejor un alma. -Muero -dijo con voz conmovida D. Luis, alargando la mano derecha a Amaranta y la izquierda a su hija- sin saber cómo me recibirá Dios. Me presentaré con mi carga de (p.1947) culpas y con mi carga de desgracias, tan grandes la una y la otra, que ignoro cuál será de más peso.. Mi pecho ha respirado venganza y aborrecimiento por mucho tiempo.. he creído demasiado en las justicias de la tierra: he desconfiado de la Providencia; he querido conquistar con el terror y la violencia lo que a mi entender me pertenecía; he tenido más fe en la maldad que en la virtud de los hombres; he visto en Dios una superioridad irritada y tiránica, empeñada en proteger las desigualdades del mundo; he carecido por completo de humildad; he sido soberbio como Satán, y me he burlado del paraíso a que no podía llegar; he hecho daño, conservando en el fondo de mi alma cierto interés inexplicable por la persona ofendida; he corrido tras el placer de la venganza, como corre en el desierto el sediento tras un agua imaginaria; he vivido en perpetua cólera, despedazándome el corazón con mis propias uñas. Mi espíritu no ha conocido el reposo hasta que traje a mi lado un ángel de paz que me consoló con su dulzura, cuando yo la mortificaba con mi cólera. Hasta entonces no supe que existían las dos virtudes consoladoras del corazón, la caridad y la paciencia. Que las dos llenen mi alma, que cierren mis ojos y me lleven delante de Dios. Diciendo esto, se desvaneció poco a poco. Parecía dormido. Las dos mujeres, arrodilladas a un lado y otro, no se movían. Creí que había muerto; pero acercándome, observe su respiración tranquila. Retireme a la sala inmediata, e Inés me siguió poco después. Entre los dos convenimos en llamar al prior de Agustinos, varón venerable, que había sido amigo muy querido del padre de Santorcaz. Por la mañana, después de la piadosa ceremonia espiritual, Santorcaz nos rogó que le dejásemos solo con la condesa. Largo rato hablaron a solas los dos; mas como de pronto sintiéramos ruido, entramos y vimos a Amaranta de rodillas al pie del lecho, y a él incorporado, inquieto, con todos los síntomas de un delirio atormentador. Con sus extraviados ojos miraba a todos lados, sin vernos, atento sólo a los objetos (p.1948) imaginados con que su espíritu poblaba la oscura estancia. -Ya me voy - decía-, ya me voy.. ¡adiós! es de día.. No tiembles.. esos pasos que se sienten son los de tu padre que viene con un ejército de lacayos armados para matarme.. No me encontrarán.. Saldré por la ventana del torreón.. ¡Cielo santo! han quitado la escala me arrojaré aunque muera.. Dices bien, mi cuerpo, encontrado al pie de estos muros, será tu vergüenza y la deshonra de esta casa.. ¿Esperaré? ¿No quieres que aguarde?.. Ya están ahí; tu padre golpea la puerta y te llama.. Adiós: me arrojaré al campo.. También allá abajo hay criados con palos y escopetas. Dios nos abandona porque somos criminales. Me ocurre una idea feliz. Estás salvada.. escóndete allí.. pasa a tu alcoba. Déjame recoger estos vasos de valor, estos candelabros de plata. Los llevaré conmigo, y procuraré escurrirme con mi tesoro robado por la cornisa del torreón hasta llegar al techo de las cuadras. Adiós.. saldré; abre la puerta y grita: ¡al ladrón, al ladrón! Conocerán tu deshonra Dios y tu padre, si quieres revelársela; pero no esa turba soez. Vieron entrar un hombre, pero ignoran quién es y a lo que vino. Alma mía, ten valor; haz bien tu papel. Grita ¡al ladrón, al ladrón!.. Adiós.. Ya salgo; me escurro por estas piedras resbaladizas y verdosas.. Aún no me han visto los de abajo. Es preciso que me vean.. ¡Oh! Ya me ven los miserables con mi carga de preciosidades, y todos gritan: ¡al ladrón, al ladrón! ¡Qué inmensa alegría siento! Nadie sabrá nada, vida y corazón mío; nadie sabrá nada, nada.. Cayó hacia atrás, estremeciéndose ligeramente, y su alma hundiose en el piélago sin fondo y sin orillas. Inés y yo nos acercamos con religioso respeto al exánime cuerpo. En nuestro estupor y emoción creímos sentir el rumor de las aguas negras y eternas, agitándose al impulso de aquel ser que había caído en ellas; pero lo que oíamos era la agitada respiración de la condesa, que lloraba con amargura, sin atreverse a alzar su frente pecadora.
Ep-10-XLIII - Los que quieran saber cómo y cuándo me casé, con otras (p.1949) particularidades tan preciosas como ignoradas acerca de mi casi inalterable tranquilidad durante tantos años, lean, si para ello tienen paciencia, lo que otras lenguas menos cansadas que la mía narrarán en lo sucesivo. Yo pongo aquí punto final, con no poco gusto de mis fatigados oyentes y gran placer mío por haber llegado a la más alta ocasión de mi vida, cual fue el suceso de mis bodas, primer fundamento de los sesenta años de tranquilidad que he disfrutado, haciendo todo el bien posible, amado de los míos y bienquisto de los extraños. Dios me ha dado lo que da a todos cuando lo piden buscándolo, y lo buscan sin dejar de pedirlo. Soy hombre práctico en la vida y religioso en mi conciencia. La vida fue mi escuela, y la desgracia mi maestra. Todo lo aprendí y todo lo tuve. Si queréis que os diga algo más (aunque otros se encargarán de sacarme nuevamente a plaza, a pesar de mi amor a la oscuridad) , sabed que una serie de circunstancias, difíciles de enumerar por su muchedumbre y complicación, hicieron que no tomase parte en el resto de la guerra; pero lo más extraño es que desde mi alejamiento del servicio empecé a ascender de tal modo que aquello era una bendición. Habiendo recobrado el aprecio y la consideración de lord Wellington, recibí de este hombre insigne pruebas de cordial afecto, y tanto me atendió y agasajó en Madrid que he vivido siempre profundamente agradecido a sus bondades. Uno de los días más felices de mi vida fue aquel en que supimos que el duque de Ciudad-Rodrigo había ganado la batalla de Waterloo. Obtuve poco después de los Arapiles el grado de teniente coronel. Pero mi suegra, con el talismán de su jamás interrumpida correspondencia, me hizo coronel, luego brigadier, y aún no me había repuesto del susto, cuando una mañana me encontré hecho general. -Basta -exclamé con indignación después de leer mi hoja de servicios-. Si no pongo remedio, serán capaces de hacerme capitán general sin mérito alguno. Y pedí mi retiro. Mi suegra seguía escribiendo para (p.1950) aumentar por diversos modos nuestro bienestar, y con esto y un trabajo incesante, y el orden admirable que mi mujer estableció en mi casa (porque mi mujer tenía la manía del orden como mi suegra la de las cartas) adquirí lo que llamaban los antiguos aurea mediocritas; viví y vivo con holgura, casi fui y soy rico, tuve y tengo un ejército brillante de descendientes entre hijos, nietos y biznietos. Adiós, mis queridos amigos. No me atrevo a deciros que me imitéis, porque sería inmodestia; pero si sois jóvenes, si os halláis postergados por la fortuna, si encontráis ante vuestros ojos montañas escarpadas, inaccesibles alturas, y no tenéis escalas ni cuerdas, pero sí manos vigorosas; si os halláis imposibilitados para realizar en el mundo los generosos impulsos del pensamiento y las leyes del corazón, acordaos de Gabriel Araceli, que nació sin nada y lo tuvo todo. Febrero-Marzo de 1875.
FIN
FINAL DE LA PRIMERA SERIE DE LOS EPISODIOS NACIONALES
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