EPISODIOS NACIONALES

Benito Pérez Galdós

(1843-1920

TERCERA SERIE

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ÍNDICE

1898.- 21 “Zumalacárregui” (cp.I--XXXIII)

1898.- 22 “Mendizábal” (cp.I--XXXIII)

1898.- 23 “De Oñate a la Granja” (cp.I--XXXIV)

1899.- 24 “Luchana” (cp.I--XL)

1899.- 25 “La campaña del maestrazgo” (cp.I--XXXI)

1899.- 26 “La estafeta romántica” (cp.I--XL)

1899.- 27 “Vergara” (cp.I--XXXVIII)

1900.- 28 “Montes de Oca” (cp.I--XXX)

1900.- 29 “Los Ayacuchos” (cp.I--XXVIII)

1900.- 30 “Bodas reales” (cp.I--XXV)

 


&

(EPISODIO 21)

ZUMALACÁRREGUI

 

Ep-21-I -

Ufano de los triunfos de Salvatierra y Alegría, en tierra alavesa, Zumalacárregui invadió la Ribera de Navarra, donde el Ebro se bebe tres ríos: Ega, Arga y Aragón. Bien podría denominarse aquel movimiento procesión militar, porque el afortunado guerrero del absolutismo llevaba consigo el santo, para que los pueblos lo fueran besando unos tras otros, al paso, con religiosa y bélica fe, acto que se efectuaba con suma presteza, aquí te tomo, aquí te dejo, conforme a la táctica de un ejército formado, instruido y aleccionado diariamente en la movilización prodigiosa, en las marchas inverosímiles, cual si lo compusieran no ya soldados monteses y fieros, sino leopardos con alas. Que éstos llevaban en volandas a la tortuga, no hay para qué decirlo. Mostraban el ídolo a los pueblos, y el entusiasmo en que éstos ardían era un excelente botín de moral política que robustecía la moral militar.

Y mientras realizaba este acto de hábil santonismo, Zumalacárregui no cesaba de combatir, en la boca el ruego, en la mano el mazo. Maestro sin igual en el gobierno de tropas y en el arte de construir, con hombres, formidables mecanismos de guerra, daba cada día a su gente faena militar para conservarla vigorosa y flexible. De continuo la fogueaba, ya seguro de la victoria, ya previendo la retirada ante un enemigo superior. ¿Qué le importaba esto, si su campaña a más del objeto inmediato de obtener ventajas (p.3792) aquí y allí, tenía otro más grande y artístico, si así puede decirse, el de educar a sus fieros soldados y hacerles duros, tenaces, absolutamente confiados en su poder y en la soberana inteligencia del jefe? Atacaba las guarniciones de villas y lugares, tomando lo que podía, dejando lo que le exigía excesivo empleo de energía y tiempo; procuraba ganar las pocas voluntades que no eran suyas, poniendo en ejecución medios militares o políticos, así los más crueles como los más habilidosos, y lo que se obstinaba en no ser suyo, quiero decir, del Rey, vidas o haciendas, lo destruía con fría severidad, poniendo en su conciencia los deberes militares sobre todo sentimiento de humanidad. Movido de la idea, guiado por su prodigiosa inteligencia y conocimientos del arte guerrero, iba trazando, con garra de león, sobre aquel suelo ardiente, un carácter histórico.. ¡Zumalacárregui, página bella y triste! España la hace suya, así por su hermosura como por su tristeza.

Ribera de Navarra, Noviembre de 1834.

Gustoso de referir las cosas pequeñas antes que las grandes, anticipo este incidente que la Historia apenas cree digno de una breve mención: "Habiendo llegado a manos de Zumalacárregui un parte oficial en que el alcalde de Miranda de Arga avisaba al comandante de Tafalla la reciente entrada de los facciosos, con expresión de su fuerza y otras particularidades, mandó que le cogieran (al alcalde) y por primera providencia le pasaran por las armas." Tales justicias, que dentro del convencionalismo de la religión militar así se nombran, disponíanse con sencillez suma, y con fría puntualidad y presteza se ejecutaban, como diligencia usual en los órdenes vulgares de la vida. Cortar bárbaramente la del que se conceptúa traidor, y que por la parte contraria resulta dechado de lealtad, quizás de heroica entereza, era en aquellos ejércitos acto tan sencillo como los ordinarios de carnicería ambulante: la matanza de ovejas, carneros o bueyes para alimentarse.

Metieron, pues, al desgraciado Ulibarri en la sacristía de una ermita que (p.3793) está como a mitad del camino entre Miranda y Falces, y le dijeron: "Estese ahí un rato, D. Adrián. Le traeremos un cura del Cuartel Real, porque los nuestros van ya camino de Peralta". Dijéronle esto con naturalidad y hasta con cortesía campechana, añadiendo: "Aquí dejamos un jarro de vino por si tiene sed, y un atado de cigarrillos". Cerraron, y allí se quedó el pobre, rodeado de frías tinieblas, abrazado a sí mismo. Su grande espíritu se envolvía en la resignación, y agasajándose dentro de ella, anticipaba el tránsito doloroso. Lo que había de ser, que fuera pronto. Si él pudiera morirse por la fuerza concentrada de la voluntad, de buena gana lo haría, evitando a los enemigos el trabajo penoso de acribillar a balazos su corpachón robusto. Era muy grande, y duro de matar. Aunque no quería pensar en nada referente al cuerpo, pensaba sin poder remediarlo. El espíritu se echaba fuera de aquel envoltijo de la resignación, y al instante encontraba razones contra la sentencia que pronto le había de lanzar de este mundo. Malo, muy malo es este mundo; pero de tanto vivir en él nos connaturalizamos con sus miserias y con todo el fárrago de desdichas que nos abruman. Si él fuera un hombre enfermo, muy bien le vendría el sistema de curación definitiva que se le estaba preparando; pero, ¡por vida de las casualidades!, era robusto, de salud a prueba de bomba, macizo y vigoroso, fabricado para burlar a la muerte hasta los noventa, y a la sazón andaba en los sesenta y dos.

En fin, pues Dios así lo había dispuesto (y Ulibarri creía firmemente que lo que le pasaba era por disposición divina) , se abrazaba otra vez estrechamente a su resignación, buscando en lo íntimo de aquel abrigo la idea de un morir noble y cristiano. La sublimidad no es fácil comúnmente; pero hombres del temple de Ulibarri saben realizar estos supremos imposibles.

Olvidado del tiempo, la víctima no se hacía cargo de que la habían encerrado a las cuatro de la madrugada: por momentos interrumpían su abstracción los ruidos externos, el pasar de carros, el (p.3794) vociferar de soldados y carreteros. Hasta creyó reconocer voces amigas en aquel tumulto, entre otras, la voz de Iturralde, con quien había comido un cordero y probado el vino de la penúltima cosecha tres meses antes, en su finca de Berbinzana. Mandaba el tal la retaguardia en aquel aciago día, y a todo trance quería salir de Falces al romper de la aurora. Daba sus órdenes destempladamente, como hombre de genio muy vivo, que a todos quería comunicar su viveza; valiente, incansable, buena persona, excelente amigo en la paz, en la guerra indómito y sin entrañas. Considerando esto, a D. Adrián no le pasó por el pensamiento que el bueno de Iturralde podía concederle la vida. Conocía cómo las gastaba Zumalacárregui y con qué inflexible severidad, razón indudable de sus éxitos, hacía cumplir sus determinaciones. A D. Tomás no le trataba; pero en Pamplona y en casa de la familia de unos parientes de su mujer (la de Ulibarri) había conocido a Doña Pancracia Ollo, (la esposa del General) , y a las niñas, que eran, por cierto, paliduchas y de pocas carnes. Las vela en las tinieblas de aquel fúnebre encierro, a la luz de su mente, cual si delante las tuviera.

Entró al fin en la estancia, por un alto ventanillo guarnecido de telarañas, la luz matinal, y con las primeras claridades entró por la puerta un hombre. Mejor será decir que le introdujeron como a la fuerza, cerrando después. Ulibarri había podido hacerse cargo de la estrechez de la prisión, ocupada en su mitad por trastos viejos de iglesia, restos de bancos, túmulos y retablos en ruinas, todo hecho pedazos y cubierto de polvo y telarañas. En el montón más bajo se había sentado el reo, bebiendo un trago de vino momentos antes de que penetrara el hombre cuya presencia se determinó por una escueta y larga proyección negra y un sonidillo de espuelas. Era indudablemente un clérigo, de alta estatura, que vestía balandrán abierto y había venido a caballo. "Quizás en mula -pensó Ulibarri-; en mula, que es más propio".

Frente a frente el uno del otro, el reo intentó decir la primera palabra; pero, no acertando a (p.3795) formularla, aguardó silencioso, seguro de que el sacerdote, a quien correspondía decirla, se despacharía muy a gusto de entrambos. Aumentada gradualmente la claridad, se fue dibujando la figura de Don Adrián Ulibarri, alto, casi giganteo, de proporcionada grosura, cabellos blancos, de rostro grave y ceñudo, totalmente afeitado, tipo de rústico noble. Y como transcurrían lúgubres los segundos sin que el clérigo se arrancara con la fórmula religiosa del caso, el reo se impacientó, y la curiosidad y desasosiego le picaban extraordinariamente. Miró al otro; el otro no le miraba, y cruzadas las manos inclinaba al suelo su rostro, más que pálido, amarillo como cera de réquiem. Entablose un diálogo de suspiros, pues al hondísimo que exhaló el alcalde contestó el clérigo con otro que más bien parecía el mugido de un buey en la antesala del matadero; y así, con este patético lenguaje, departieron un rato, hasta que Ulibarri, no pudiendo aguantar que prolongara su agonía el que aliviársela debiera, fue vencido e su genio impetuoso y lanzó el terno habitual en sus labios, seguido de palabras de calurosa impaciencia.

Irguió por fin el clérigo su cuerpo encorvado, y llevándose las manos a la cabeza, soltó con voz opaca, enronquecida por emoción muy viva, estas singulares expresiones: "Sr. D. Adrián, me han traído para auxiliar a usted, y yo no puedo.. ¿Para qué me han traído, si no puedo ni debo..? Bien sabe Dios que quisiera morirme en este instante, que debiera morirme en su presencia.. Lo diré claro y pronto: soy José Fago".

Oyó este nombre Ulibarri cual si fuera la descarga cerrada que debía cortar su existencia. Se había puesto en pie, dando un paso hacia el sacerdote, cuando éste, con tales aspavientos, tomaba la palabra; pero el Yo soy José Fago fue como un disparo que lanzó al infeliz reo contra el montón de madera rota, dejándole arrumbado en él, abierto de manos y piernas, la cabeza rebotando en la pared.

"Soy José Fago -repitió el otro encorvándose de nuevo hacia adelante y cruzando las manos- y no está bien que quien (p.3796) ha ofendido a usted gravemente, ahora reciba su confesión. Éste es un caso en que el malo no puede, no debe ser confesor del bueno.. Tres años hace que no nos hemos visto, y en esos tres años, Sr. D. Adrián de mi alma, han pasado cosas que usted debe saber, para que no me crea peor de lo que soy; para que usted, hombre recto y puro, juzgue a este pecador, y..". Ahogado por el llanto, y sin que Ulibarri contestase palabra alguna, pues ni voz ni aun conocimiento parecía tener, Fago tomó aliento y tragó mucha saliva antes de continuar sus doloridas lamentaciones.

"Dios, que ve nuestras almas -dijo-, sabe que en este reo soy yo, y usted el sacerdote".

Un bramido de Ulibarri indicaba, sin duda, su conformidad con declaración tan grave. Y el otro, cayendo de rodillas, como penitente cuyo corazón se despedaza, siguió: "El señor D. Adrián debe saber que este hombre sin ventura puso término a su existencia borrascosa abrazando, con pleno arrepentimiento de aquella vida, el estado eclesiástico. Dos padres de Veruela me acogieron moribundo de cuerpo, dañado del alma, y me curaron, enseñándome los caminos de Dios, contrarios a los del pecado, por donde yo venía. De Veruela pasé a Jaca, donde recibí enseñanza eclesiástica; de Jaca lleváronme a Oloron, de Francia, y, allí canté misa. Diferentes vicisitudes trajéronme luego a Fuenterrabía, y de allí a Oñate, donde continuaba mis estudios cuando sobrevino esta espantosa guerra. El Sr. Arespacochaga me tomó de capellán, y con él heme incorporado al Cuartel Real, al que sigo por obediencia y reconocimiento a mis favorecedores.. Dios ha querido someterme a esta prueba durísima, poniendo mi conciencia, aún turbada, frente a la del hombre en quien reconozco las virtudes que yo no tuve. ¡Y me traen a auxiliarle en su muerte, a mí que necesito del auxilio de su perdón para poder dar tranquilidad a mi vida tristísima! ¡Y me dicen: "Confiésale, para que podamos matarle..", a mí que en rigor de justicia debiera recibir de esas nobles manos la muerte, a mí que no acierto a ejercer ahora mi (p.3797) carácter sacerdotal, pues antes de perdonar en nombre de Dios necesito que en nombre de Dios se me perdone..! Para esto, noble señor mío, es forzoso que yo declare y confiese mis delitos, anteriores a mi conversión, en aquellos días en que mi vida era toda libertinaje, escándalo, vergüenza.. Y firme en mi conciencia, declaro que mi ceguedad me llevó a los mayores vilipendios. Yo, José Fago, seduje y arrebaté del hogar paterno a la hija única de D. Adrián Ulibarri, ante quien depongo ahora todo el fárrago de mis culpas. Enamorado de Saloma, que así nombraban familiarmente a Salomé, y no pudiendo obtener de usted el consentimiento para casarme con ella, la hice mía con escándalo.. Huimos a las Villas de Aragón, y de allí a tierra de Barbastro.. Después pasaron cosas que usted ignora, o que sabe por noticias incompletas, lejanas, y yo he de decírselas ahora con sinceridad y contrición, como si hablara con Dios en el tribunal de la penitencia. Ahora es usted mi sacerdote.. Óigame, D. Adrián".

Más aterrado que curioso, en aquella inopinada fase de su agonía, el alcalde no remuzgaba.(1) Su mano inquieta golpeaba un rimero de palitroques. Del montón de madera despedazada caían por el suelo doradas astillas, trozos con cabecitas de ángel y florones churriguerescos. Al propio tiempo, el duro cráneo del reo golpeaba con ritmo lúgubre la pared, y el polvo ensuciaba su venerable canicie.

Y el penitente, humillando su rostro en el suelo, como si besar quisiera las frías baldosas, decía: "Mi carácter violento, mis hábitos de disolución y el desorden de mi conducta fueron causa de que, a los tres meses de aquella vida errante, Saloma y yo pareciéramos enemigos encarnizados más que amigos o amantes. Una noche de Diciembre, la infeliz huyó de mi lado.. No he vuelto a verla más, ni a saber de ella.. Entrome furor de encontrarla, que fue como la renovación del amor primero. Revolví toda la tierra de Barbastro y luego las Cinco Villas buscándola. ¡Inútil!.. Pasaba yo por loco, y en los pueblos se asustaban de verme. Allá me (p.3798) apedreaban, aquí me prendían. Fui de cárcel en cárcel: en Ejea de los Caballeros caí gravemente enfermo de calenturas, que me tuvieron un mes largo entre la vida y la muerte. Al revivir era idiota: no me acordaba de Saloma ni de cosa alguna. Pasé no sé cuánto tiempo en un muladar, y mis amigos eran los cerdos, y mi alimento lo que querían arrojarme unos aldeanos compasivos de Añosa de Torreseca.. Pero de esta crisis salió no sé cómo la renovación de mi ser; en mí encendió el Señor un espíritu nuevo, y pude decir: "¡Oh Dios!, en Ti resucito, y te reconozco, y a Ti me entrego". ¿Quién me llevó a Veruela? Una viejecita medio ciega que pedía limosna. Guiándonos el uno al otro por senderos y atajos, ella sin vista, extenuado yo y sin poder andar más que en jornadas cortísimas, llegamos por fin a la paz del monasterio, donde yo había de encontrar la salud del cuerpo y del alma.. Lo demás, antes lo dije. No quiero cansarle, Don Adrián..".

En este punto abriose la puerta, y una voz dijo: "¿Estamos ya?.." seguido de un refunfuño de impaciencia que, traducido al lenguaje, era poco más o menos así: "¡Con qué calma lo toman!.. En campaña, ¡rediós!, hay que abreviar el sacramento..". Y luego, en voz alta: "Que salimos, que nos vamos.. Despachen de una vez".

Levantose Fago del suelo, y sin atender a las voces de fuera, porque el estado de su ánimo difícilmente se lo permitía, repitió la frase culminante de su confesión: "No he vuelto a saber de ella, D. Adrián.. Créamelo, que hablando con usted ahora, hablando estoy con el Dios que nos ha criado a todos, y que a todos ha de juzgamos". Algo quiso decir Ulibarri; pero la voz no le salía de la garganta, y su intención no era poderosa para sacarla a los labios. Lo que decir quiso era breve y tristísimo, palabras como éstas: "Tú no has vuelto a verla.. yo tampoco..".

Sonaron con tal estrépito las voces en el exterior, que ambos hubieron de recaer violentamente en la realidad más inmediata, en la situación efectiva y palpable. José Fago se arrodilló ante D. Adrián, y posando sus (p.3799) manos respetuosamente sobre las rodillas de él, como las posaría sobre el ara sagrada, le dijo:

"En este supremo trance, nunca visto, señor y padre mío, yo me despojo de la autoridad que mi religión me da para perdonar los pecados, seguro de que Dios a usted la transfiere, haciendo del penitente el sacerdote. Hombre recto y cabal en todo tiempo, ahora es usted un santo. Ante el santo me humillo yo, y le pido perdón del agravio que le hice, pues no me basta haber descargado mi conciencia, en otras ocasiones, de los errores de mi vida, confesándolos con amargura y dolor; no me basta, no; mi conciencia necesita ahora nuevo y definitivo descargo, reparación más eficaz que ninguna otra, y de usted espera mi alma la paz que aún no ha logrado, señor..". Levantose Ulibarri con soberano esfuerzo, pues el hombre parecía moribundo, y soltó gravemente, con lentitud, estas patéticas expresiones: "José Fago, yo te perdono para que te perdone Dios.. y me perdone también a mí". Se abrazaron con efusión, y Fago le besó las mejillas, mojadas de lágrimas ardientes; le besó los cabellos blancos y acarició el cráneo del infeliz alcalde de Miranda de Arga, que cinco minutos después era traspasado por cuatro balas de fusil a espaldas de la ermita.

 

Ep-21-II -

Bien sabe Dios que los que fusilaron al pobre Ulibarri hiciéronlo compadecidos y en extremo pesarosos, cumpliendo a regañadientes la inexorable Ordenanza, que arrancaba la vida a un hombre honrado, muy querido en el país, sin otra culpa que la tibieza que mostraba por la llamada legitimidad, y su amistad con Espoz y Mina, adhesión puramente personal y como de familia. El capitán encargado de la ejecución estaba pálido como un muerto; un soldado se echó a llorar; pero todos supieron cumplir su deber. Con esto, la retaguardia se puso en camino hacia Peralta con una veintena de carros, que cargaban vituallas tomadas en Falces. José Fago, llegándose al muerto, que yacía donde mismo había caído, dijo resueltamente: "Yo no me voy sin enterrarle. Si me dejan aquí, que me dejen. Iré solo al (p.3800) Cuartel Real, y nada me importa que me cojan los cristinos y hagan conmigo lo que habéis hecho vosotros con este santo varón". Hablaba con dos carreteros y tres soldados del 5.º de Navarra, que de fijo le habrían ayudado, si pudieran, en la obra de misericordia. Algunos campesinos viejos, dos o tres ancianas y bastantes chiquillos formaban círculo de curiosidad compasiva en tomo al cadáver. Entre aquella pobre gente hubo alguien que trajo un azadón y una pala de dos picos, que en el país llaman laya, y Fago no necesitó más para cavar la fosa. Las viejas le ayudaban con el azadón, y él se las componía con la laya, hincándola en tierra con el pie y levantando los duros terrones. Ahondando poco a poco, pues su fuerza muscular no era entonces mucha, las lágrimas le rodaban por las mejillas, y de la nariz y barba goteaban sobre el hoyo. Callaban todos; pero con las lágrimas del cavador creyérase que se exteriorizaba su pensamiento, y que éstos decían lo que la boca no sabía ni podía decir.. Y también pudiera creerse que los picos de la laya, al rasgar la tierra y separarla blandamente, hablaban con ella y que salían palabras tristes del rumorcillo del hierro entre los pelmazones de la dura arcilla. Era la misma confesión de antes, repetida, adicionada con nuevos conceptos y explicaciones que debieron decirse y no se dijeron: "Yo no abandoné a Saloma, como sin duda contaron malas lenguas. Fue ella quien a mí me abandonó, señor.. y notoriamente lo hizo, movida del miedo que llegaron a inspirarla mis locuras.. La culpa fue mía, y responsable soy de aquella desgracia.. Yo la quería.. la quise más cuando huyó de mí.. ¡Ay! si me hubiera muerto entonces, como deseaba mientras iba en su busca, ardería en los infiernos, pues mi alma era el depósito corrupto de todos los pecados mortales que es posible imaginar. Pero Dios quiso salvarme y sanarme en vida, y me sanó, ¡ay de mí!, y, por fin, me ha sometido al purgatorio horrendo de hoy; a ese paso terrible del cual creo salir puro, Señor, enteramente (p.3801) redimido.. enteramente sano..".

El hoyo no podía ser muy profundo, porque los carreteros daban prisa, no queriendo dejar rezagado al clérigo del Cuartel Real. Pusieron dentro de la tierra el cuerpo del alcalde, y rezando, Fago y las viejas iban echándole tierra encima. Cubrieron primero todo el cuerpo, que había quedado con alguna inclinación, el tronco más alto que los pies, y cuando ya no se vio más que el rostro, y las lívidas facciones iban desapareciendo tras un velo de tierra, la emoción del capellán fue tan viva, que ni respirar podía ya, y habría caído redondo al suelo si no le sostuvieran dos mujeres del corro. Sin duda el rostro de Ulibarri le hablaba con tiernísimo acento de despedida.. "D. Adrián de mi alma -dijo Fago con gemidos, pues las palabras no querían salir-, no la abandoné yo.. sino ella a mí.. por mi culpa, por mis maldades.. Yo le aseguro que no he vuelto a verla..". Diciendo esto, era tal su afán, que habría dado su vida porque el rostro de Ulibarri le hablase, o con un solo signo mudo le respondiese a esta pregunta: "¿Y usted ha vuelto a verla? ¿Sabe usted de Saloma?..". En estas horribles ansias del pensamiento y la voluntad, la cabeza del alcalde fue cubierta, y trabajando todos con ahínco, el hoyo quedó lleno, y cristianamente sepultada la víctima de las horribles leyes militares, obra maestra del infierno. De rodillas rezó Fago sobre la sepultura, y cuando los carreteros le tiraban de los brazos para llevársele, les dijo con desvarío: "Debiera yo ahora convertirme, por divina sentencia, en cruz de piedra, para quedar aquí eternamente clavado sobre esta sepultura". No creyéndose los otros obligados, por razón de su oficio militar, a permanecer afligidos después de enterrado el alcalde, tomaron a broma lo de la cruz, y como Fago se resistiese a seguirles, cogiéronle entre cuatro, y, que quieras que no, a puñados le metieron en una de las galeras, entre sacos y pellejos. Tan turbado estaba el pobre capellán, que apenas se dio cuenta de cómo le cogieron y embarcaron; ni oyó la gritería y los trallazos con que se puso en (p.3802) marcha la cola del ejército para unirse al cuerpo del mismo, que ya había pasado el Arga por Peralta.

Dos guapos chicos aragoneses acompañaban a Fago, tumbados sobre el cargamento de la galera: uno de ellos, manco; el otro, cojo; inútiles de la guerra y auxiliares de ella en aquel servicio de administración, por gusto y querencia de la campaña facciosa. Apenas echó a andar la galera, rompieron a cantar la graciosa rondalla, pues, en verdad, no veían ellos motivo alguno para estar tristes. Hechos a los espectáculos de muerte y a presenciar cuantas atrocidades caben en la fiereza humana, se habían impuesto un júbilo filosófico, la sazón más propia de la clase de vida que llevaban. A cada instante empinaban la bota, y compadecidos de su compañero de viaje, que tumbado iba de largo a largo, descompuesto el rostro, sin más señales de vida que los suspiros hondísimos con que a cada momento echaba el alma por la boca, le requirieron a que bebiese, sin conseguirlo; mas tanto puede la ruda cortesía aragonesa, que al fin, incorporándole uno, aplicándole el otro a los labios el pito de la bota, hubo de reconocer el macilento cura que era bueno meter en su estómago una corta porción de vino. Remediada con éste la extenuación de sus fuerzas, el hombre vio claro en sí mismo; todo en él recobró vitalidad, cuerpo y alma, el pensamiento y la conciencia. Al poco rato pidió que le diesen el zaque y lo empinó, pensando que era improcedente y hasta pecaminoso dejarse morir de tristeza e inanición. Avínose más adelante a comer un poco de pan y medio chorizo, y cuando llegaban a Peralta ya era otro hombre: sus facultades habían recobrado la franca lucidez de otros días; huyeron de su mente las monstruosas quimeras, y vio el trágico suceso de Ulibarri en sus proporciones efectivas, sin que por esta reversión a la realidad fuese menos vivo el dolor que aquel caso le producía. La franqueza hidalga de los dos chicos hubo de comunicársele, y platicaron de la guerra, del buen giro que tomaba para la causa; de la pericia del General y del (p.3803) entusiasmo con que los pueblos recibían al Rey legítimo. De uno en otro tema, Fago hizo recaer la conversación en algo que tenazmente a su pensamiento se aferraba, y dijo a los muchachos:

"El acento baturro muy pronunciado declara que son ustedes de las Cinco Villas, quizás de Ejea de los Caballeros.

-No, señor -replicó el manco, jovencillo muy despierto, como de veinte años-; yo soy de Petilla, lugar de tierra de Sos, y éste es de Júnez, cuatro leguas de mi pueblo. Los dos nos venimos a la faición el mes de Mayo, y lo mismico fue entrar yo en este sirvicio, que me lisiaron en la faición de Muez.. ya sabe.. y me quedé inútil; pero tanto gusto le tomé a la guerra, que no vuelvo a mi casa hasta que se acabe, si se acaba algún día, y ha de ser cuando arreemos al Rey hasta los mismos Madriles.

-Yo estuve en la cuchipanda de San Fausto, pues, en el mes de Agosto.. -dijo el otro-. Maté más cristinos que pelos tengo en la cabeza.. Pero en Viana, el 3 de Septiembre, ya sabe.. me atizaron un tanganazo en la pierna, y aquí me tiene en la impedimenta, que es muy aburría.. En cuanto pueda me vuelvo a mi casa, donde hago más falta que aquí, ridiós.. A la guerra le llama a uno el gustico que da, pero también llama la casa, y el aquel de la paz..".

El otro cantaba con voz agudísima y vibrante:

Navarrito, navarrito,

no seas tan fanfarrón,

que los cuartos de Navarra

no pasan en Aragón.

De confianza en confianza, el clérigo aceptó también un cigarro; y empezando a chupar, habló así con sus compañeros de viaje: "Amigos míos, yo les agradecería mucho que me dijesen si en algún lugar de las Villas de Aragón habían conocido a una tal Saloma, o Salomé, que de ambos modos se la llamaba.. natural de Miranda de Arga..

-¿Saloma?.. ¿Era por casualidad tuerta del derecho?

-Hombre, no; que Dios puso en su cara dos ojos negros, hermosísimos..

-¿Baja de cuerpo y algo cargadica de espaldas?

-Quita allá. No ha nacido cuerpo más gallardo: ni grande ni chico, ni gordo ni flaco, bien repartido de hueso y músculo.. ¿Queréis más señas? El (p.3804) habla dulce, el mirar sereno y un poquito triste; cara oval, manos un tanto curtidas, pero de buena forma. Os pregunto si recordáis haberla visto, porque ignoro si vive o muere, y la persona que podía informarme de su destino no se hallaba en situación para referir cosas de este jaez. Me interesa saberlo por puro interés de conciencia, pues si me aseguran que murió, rezaré todos los días de mi vida por su eterno descanso; y si llegara a mí noticia que vive, evitaría cuidadosamente el topar con ella, y pediría a Dios en mis oraciones que la hiciese buena y feliz. Os lo digo con absoluta sinceridad, porque tenéis buen fondo, sois honrados y sentiréis la rectitud con que os hablo de estas cosas".

Procuraron hacer memoria los baturros; mas ninguno de los dos pudo dar referencia exacta de la descarriada moza, y comprendiendo Fago que no era discreto tratar de aquel asunto con gente inferior, recogió sus ideas, las cuales, aun después de confortado el cerebro con el corto alimento, permanecían dispersas. Ejerció presión de voluntad sobre sí, y se dijo: "Serénate, hijo, y mira bien el hábito que vistes, y la mesura a que estás obligado por tu ministerio. El caso inaudito de D. Adrián Ulibarri te ha trastornado la cabeza, y ya es hora de que al estado de perfecto reposo espiritual en que la oración, el estudio y una vida ordenada y pura te pusieron.. Medita y calla".

 

Ep-21-III -

Cerca ya de Peralta, los disparos que oyeron y la columna de negro humo que del pueblo salía, enroscándose, pausada y lúgubre, les anunciaron que Zumalacárregui había mandado atacar el fuerte defendido por los urbanos. Si tenaces y fieros eran, los sitiadores, no les iban en zaga los de dentro, mandados por un tal Iracheta, de casta de leones. Ansioso de ver de cerca el combate, saltó Fago de la galera y adelantose al pueblo. Sentía inexplicable comezón de impresiones trágicas, y anhelo de ver que el furor de los hombres con toda fuerza se desplegara. Y sin darse cuenta de lo mal que cuadraba esta querencia con su anterior propósito de recobrar la quietud del alma, obra (p.3805) del estudio y la oración, su mente, no bien curada aún de la fiebre poemática, ansiaba el espectáculo de la historia viva, de la página contemplada antes de perder en las manos del historiador el encanto de la realidad.

No pudo aproximarse al lugar donde batían el cobre, porque el pueblo estaba circundado de tropas, que no dejaban fácilmente espacio a los curiosos. De adobes eran las casas de Peralta, frágiles y esponjosas, edificadas sobre terreno desigual. En la joroba del centro, más alta que las demás, alzábase la iglesia, de sillería, convertida en fuerte desde el mando de Rodil; sólida y robusta posición que aquel día hicieron inexpugnable unos cuantos urbanos con su increíble tesón. El bueno de Fago pudo observar que, dueños los facciosos de toda la parte baja del pueblo, sacaban de las casas cuanto podía servirles para reforzar los parapetos en derredor de la iglesia, y tal acopio de colchones hicieron, que no debía quedar uno para muestra. Por una callejuela enfilada al centro, Fago veía movibles figuras tiznadas; los tiros sonaban continuamente, sin que se sintiera ese rumor extraño que indica victoria o esperanzas de ella; voces de mando llegaban hasta afuera, airadas, blasfemantes. Por fin, como nada sacara en limpio de su fisgoneo por los contornos de la acción bélica, y además se sintiera cansado y algo aburrido, alejose hacia el campo, donde había tropas que estaban mano sobre mano. Allí oyó decir: "Nada se conseguirá sin artillería. Es perder vidas y tiempo". Más allá los soldados de Villarreal mostraban hastío, impaciencia de que el General dispusiera levantar el sitio de Peralta, que llevaba traza de interminable. No tardó el curita en participar del aburrimiento de la tropa, y en verdad que aquella página militar no le resultaba interesante y quería volverla pronto, imaginando hallar en la siguiente asunto menos fastidioso. Un capellán del 7.º, que le conocía de Oñate, agregose a él en busca de palique, obsequiándole al propio tiempo con una sustanciosa merienda. Comieron y bebieron en una venta, pasado el puente (p.3806) sobre el Arga, camino de Marcilla, y luego platicaron de guerra y política todo lo que les dio la gana, viendo de lejos las humaredas pavorosas. Era el capellán en extremo hablador, con lo que se dice que era pequeñuelo, vivaracho y de corta nariz. Presumía de gran estratégico, y no reconocía en artes de guerra más superioridad que la del General de la causa. "Don Tomás me dispense -decía-; pero estamos perdiendo un tiempo precioso. Y ha de saber usted, amigo Fago, que este D. Fermín Iracheta que manda los urbanos es uno de los hombres más templados de Navarra. Amigo es de nuestro General, y conociéndose como se conocen, están ahí jugando a cuál es más bravo y terco. Había usted de ver las comunicaciones que se cruzaron esta mañana entre Zumalacárregui y el jefe de los urbanos: "Fermín, que te rindas". Y el otro: "Tomás, no me da la gana..". "Fermín, que vas a morir abrasado..". "Tomás, bonita muerte con el frío que hace..". Y tiros van, tiros vienen; pero lo que es el fuerte no se rinde.. ¿Y quién creerá usted que llevaba del fuerte a los parapetos y viceversa los papelitos con el ríndete y el no me rindo? Pues una vieja del pueblo, la cual fue ama de cría de Iracheta, loba navarra que dio la teta a ese nuevo Rómulo. En la plaza había usted de verla esta tarde vociferando delante del General, con estas expresiones: "Váyase de aquí, D. Tomás, que ése tiene la cabeza muy dura".

Ya iba fijando Fago su atención en el suceso de Peralta, que tan insignificante le había parecido, y acabó de interesarse en él oyendo contar a su colega Ibarburu, que así se llamaba el capellancito, el estupendo ardid ideado por el sitiador para quebrantar la entereza del valeroso caudillo de los urbanos. "Sepa usted que la esposa de Iracheta fue llevada esta tarde al pie del muro, y rompiendo a llorar se puso a gritarle: "Ríndete, Fermín, ríndete, que si no pegarán fuego a la iglesia y pereceréis todos achicharrados..". Y él, ¿qué hizo? Asomar por una de las ventanas y decirle: "O te quitas de ahí ahora mismo, puerca, y te vas a casa, o hacemos (p.3807) fuego sobre ti. Fermín Iracheta sabe morir; pero no sabe deshonrarse". ¿Qué tal?.. Con hombres de esta fibra, ¿no podríamos conquistar el mundo? ¡Lástima que Iracheta no sea de los nuestros! Pero lo será. La causa conquista poco a poco el suelo y los corazones: vamos al triunfo de Dios y del Rey; pero pronto, prontito.. La fruta está madura. La caterva cristina no espera más que una buena coyuntura para venirse acá. Se le conoce en la manera de combatir. ¿Quiere usted que le diga mi opinión con toda franqueza? Pues ya debemos soltar los andadores; más claro, ya no nos hace falta el arrimo de los montes navarros. Al llano, señores. A pasar pronto ese gran Ebro, famoso entre los ríos; a Miranda, o más seguro, a Ezcaray y Pradoluengo, para proveemos de paños, y caer de allí sobre Burgos como la maza de Fraga. Una vez en Burgos, las Potencias nos reconocen, y a Madrid con los faroles".

Oyendo estas cosas, Fago meditaba mirando al suelo, y momentos después, mientras Ibarburu, infatigable charlador, pegaba la hebra con unos militares que entraron a refrescar, sintió un sueño intensísimo, como hombre que ya llevaba unas treinta horas sin dormir: arrimándose al ángulo en que se juntaban los asientos, apoyó la cabeza en la pared y se quedó dormido con la boca abierta. Su sueño febril era como esos monólogos cerebrales en que ovillamos y desovillamos una idea; monólogo en el cual Fago se reconocía también estratégico, pues tenía el sentido geográfico, o de las distancias y diferencias de altura entre los terrenos. Sin haberlo estudiado, conocía la importancia y valor de los ríos y los montes, de las divisorias y sus puertos, que permiten comunicar una con otra cuenca. Y asociando con estas ideas teóricas su conocimiento práctico de diferentes territorios, recorría mentalmente la Canal de Berdún, que conocía palmo a palmo; el puerto de Loarre, que separa las aguas del Gállego de las del Cinca; los valles de Hecho y Ansó en la montaña, y en tierra baja, las Cinco Villas de Aragón, de reseco y quebrado suelo, (p.3808) surcado por ríos miseros en verano, y en invierno torrenciales.. Al recargarse el sueño, se le confundían estas nociones geográficas con sus recuerdos del país vasco, los valles profundos del Urola, Deva y Oria, las eminencias de Elosua y Pagochaeta, junto a Azpeitia, y en la vecindad de Oñate, las sierras de Elguea y Aránzazu. Peñas y corrientes de agua rondaban por su cerebro, juntamente con subidas y bajadas y mucho ir y venir de hombres presurosos.. En esto le despertaron tirándole de los pies, y oyó toques de tambor y cometas, ruido de marcha, gran rebullicio de gente.

Salió a la puerta del parador restregándose los ojos. Era noche oscura, alumbrada por los fulgores siniestros de Peralta, que ardía por entero. Levantado el sitio del fuerte, por ser los urbanos y su jefe Iracheta muy duros de pelar, los facciosos anegaron el suelo soltando las cubas de vino en todas las bodegas, y se dirigieron presurosos a Villafranca, donde también había fuerte y urbanos. Desfilaban ordenadamente los batallones, cuando el clérigo, triste, salió al camino y se entregó a la corriente humana, marchando maquinalmente al paso de la tropa, sin preguntar adónde iba. Toda la noche anduvieron a regular paso, y al amanecer pasaban el Aragón por Marcilla. En este pueblo, tomando la mañana, topó Fago otra vez con su amigo Ibarburu, el capellán hablador, y por él supo que en Villafranca se esperaba una reñida pelea con la guarnición cristina. Se decía también que salía de Pamplona un cuerpo de ejército para provocar a Zumalacárregui a batalla campal en la Solana, al retirarse de la Ribera.

Dudó Fago si incorporarse al Cuartel Real, que sólo estaba a dos leguas de aquel pueblo, o seguir perdido entre el ejército de Zumalacárregui. Aún no había visto al afamado guerrero, al organizador genial que de gavillas indisciplinadas hizo formidables batallones; al que con su extraordinaria pericia había tenido en jaque a las tropas de la Reina, mandadas primero por Sarsfield, después por Quesada y últimamente por Rodil. En la mente del clérigo, la (p.3809) figura del héroe de aquella guerra se agigantaba de tal modo, que, con su anhelo de verle de cerca y hablarle y oírle, se confundía el temor de que tan grande gloriosa figura se le deslustrara al pasar de la ilusión a la verdad. En Villafranca quedó satisfecha su ardiente curiosidad, en ocasión y forma que se verá después.

 

Ep-21-IV -

Los urbanos o cívicos (que de entrambos modos se les llamaba) defensores de Villafranca no eran menos templados que los del otro pueblo, y como allá, se encastillaron en la iglesia, el único edificio sólido y fuerte de la villa, la cual parecí de barro y yesca, como la tierra circundante. Los carlistas situaron a la puerta del templo los dos únicos cañoncitos que llevaban, y batiéronla y se hicieron dueños de ella. Replegáronse los urbanos en la torre, de robusta construcción, y con ellos se encerraron sus hijos y mujeres. Debe advertirse que, si en el vecindario dominaba la opinión facciosa, no eran pocos lo cristinos furibundos; y enconadas las pasiones, el sexo femenino, con su locuaz vehemencia, exaltaba el ánimo de los hombres y les hacía sanguinarios y feroces. Al encastillarse con sus maridos en la torre, las urbanas, antes que por un móvil heroico, hacíanlo por miedo a las uñas y a las lenguas de las mujeres del otro bando.

Ganada la iglesia por los facciosos, resolvieron pegarle fuego. Los lugares sagrados, mediante una breve salvedad de conciencia, caen también dentro del fuero de guerra, y los militares atan y desatan al demonio según les conviene. Hacinaron bancos, túmulos y confesionarios; metieron mucha paja, y poco después las imágenes se veían envueltas en humo que no era de incienso. Antes se había cuidado de poner a salvo las Sagradas Formas, que llevaron a la ermita de Santa Ana, sin que en ello prestara ayuda el bueno de Fago, el cual, atónito, presenciaba cosas tan extrañas y nunca vistas. Impávidos en la elevada torre, los cívicos hacían fuego certero desde el campanario; tenían municiones abundantes y los víveres precisos para resistir; apuntaban bien y mataban todo lo que podían. Vino la noche, y (p.3810) como el fuego de la iglesia no cundiese con rapidez, metieron los sitiadores más paja, atizaron de firme, y el altar mayor, que era un armatoste grandísimo y muy apropiado a la propagación del incendio, llevó las llamas a la techumbre. Por fuera, guedejas de humo negro y espesísimo coronaban el caballete, enroscándose, por causa del viento, en dirección opuesta a la torre, lo que daba algún respiro a los urbanos. Y el tiroteo no cesaba. La claridad del incendio permitió a los sitiados hacer puntería, y con las balas salían del campanario apóstrofes injuriosos y cuchufletas impropias de la gravedad de la contienda. Las mujeres chillaban más que los hombres.

Durante la noche ardió parte del tejado y el tramo superior de la escalera del campanario, la cual era exenta y se apoyaba en el caballete, quedando así incomunicados los cívicos y sus mujeres y chiquillos; mas no por eso menos decididos a defenderse a todo trance. Lo peor fue que el humo, penetrando en la torre por diferentes huecos, les molestaba más de lo que quisieran; a media noche parlamentaron con los sitiadores por un ventanucho ojival, distante como doce varas del suelo, y, reiterando el propósito de no rendirse, pidieron al General consintiese la salida de las mujeres y niños, que no merecían correr la triste suerte de los hombres. Oyó esta propuesta Zaratiegui, que al pie de la torre vino con tal objeto, y al punto fue a ver al jefe, alojado en la Rectoral, y que, según se dijo, estaba pasando una noche de perros, molestado por el mal de orina que aquejarle solía. Con la respuesta consoladora de que se salvase a las mujeres, volvió Zaratiegui al poco rato; pero como el fuego había devorado la escalera superior, y los sitiados no tenían escalas ni cosa semejante, se discurrió suministrarles medios de salvamento. Toda la madrugada duró el trajín para reunir sogas y hacer con ellas y palitroques escalas de bastante resistencia para el objeto, y no hay que decir que esta operación fue como un paréntesis de esparcimiento y jovialidad en la cruelísima lucha. Fago ayudaba en aquella faena con (p.3811) gran celo y actividad, y sus manos encallecieron de tanto hacer nudos con ásperos cáñamos. Él fue el primero que, encaramado en los hombros de un gastador, y valiéndose de una larga percha, alargó el rollo de cuerda para que lo cogiese la mano flaca, perteneciente a un enjuto y tiznado brazo, que se estiraba en la ventana ojival. Dueños ya de una soga, los sitiados subieron con ella las escalas y todo el aparejo necesario para el salvamento.

Habríale gustado a Fago encontrarse arriba para prestar su concurso en el dificilísimo y peligroso descendimiento; se le ocurrían advertencias de aparejador mañoso, y haciendo bocina con sus manos gritaba: "¿Tenéis un madero fuerte?.. ¿No?.. Pues asegurad la cuerda en el pivote de las campanas, no en la barandilla, que parece endeble.. Sujetad a las mujeres con cuerdas por bajo de los sobacos y retenedlas a medida que vayan bajando..". Prolongose la tregua hasta la mañana para que tuvieran tiempo los sitiados de disponer lo conveniente, y los facciosos, luego que retiraron sus heridos y muertos, descansaban, confiados en que tras de las mujeres se descolgarían los hombres, rindiéndose a discreción. Era gran locura o necedad obstinarse en la resistencia, rodeados de llamas y humo, sin esperanza de que vinieran tropas de Pamplona a socorrerles. En esta confianza, no se curaban de atizar el fuego, que parecía encalmado después de medía noche por la quietud del aire. A lo largo del caballete corrían llamitas fantásticas, graciosas, en algunos puntos humorísticas, que hacían mil figuras, signos de un lenguaje luminoso, semejante al dulce platicar de los tizones de una chimenea. A ratos, avivada la lumbre por una racha de viento, alumbraba con siniestro resplandor la plaza y calles circundantes, enrojeciendo las fachadas de las viviendas y las caras de los soldados. El pueblo no dormía; todos los vecinos estaban en la calle, mirando a la torre, aún entera, erguida, arrogante en medio de tanta desolación, despertando el interés de los seres vivos, que (p.3812) tienen alma. Callaban sus campanas; pero todo en ella era rostro y muda expresión, que decía: yo vivo, yo pienso, yo padezco.

Al despuntar el día se intimó desde abajo que despacharan pronto, y comenzaron a reunirse gentes diversas en los sitios más próximos a la torre. Zaratiegui mandó que no se permitiera acercarse a las mujeres; pero éstas, en fuerte pelotón, gravitaron sobre la línea de soldados, y convencidos éstos de que no se podía con ellas, dejáronlas llegar adonde quisieron. Conviniendo mucho a la facción contemporizar con el vecindario de los pueblos adictos y aun halagar sus pasiones, se toleraba a las mujeres de la causa todos los alborotos, chillidos y escandaleras que no perjudicasen a la moral del soldado; moral militar, se entiende, que de la otra no tenía por qué cuidarse la Ordenanza. No bien empezó la operación de descolgar las hembras y criaturas, la muchedumbre no pudo contener su inquietud. Las mujeres de los urbanos no eran bien miradas en el pueblo. Rivalidades de familia, que la feroz política exacerbaba, produjeron escisiones, continuas querellas, habladurías. La Fulana, por ser cívica, había llegado a tener mal concepto entre sus convecinas. La Zutana, carlista furibunda, era motejada entre el bello sexo urbano del modo más cruel. Así es la política, en las aldeas como en las ciudades populosas. El día anterior, las hembras encerradas con sus maridos en la torre, mientras éstos hacían fuego, insultaban a las facciosas. "Ya sabes dónde te has puesto, bribona -les contestaban éstas, chiflando desaforadamente-. Abajo eras carraca, y arriba campana. No voltees mucho, que puedes caerte..". Y como las bravatas de las urbanas terminaron pidiendo misericordia, y se les permitió el descenso, que era como concederles la vida, al comenzar el acto caritativo, las señoras de la causa no pudieron contener su inquina, y allí fue el cantarles el Trágala y el ponerlas de oro y azul. Bajaron primero tres niños: los de arriba poníanles cuidadosamente en los últimos peldaños de la escala, y eran recogidos por soldados que (p.3813) trepaban cuidadosamente para esta operación. El descenso se hacía paso a paso, presenciado con ansiedad por unos y otros. Llegaron a tierra felizmente los chiquillos, y fueron auxiliados al punto de ropa y comida, pues se hallaban ateridos y muertecitos de hambre. Al descender la primera urbana, la muchedumbre la saludó con aullidos de burla, por ser la que el día anterior con más desvergüenza injuriaba a los facciosos. "Anda, gran púa, saltamontes.. ya ves cómo te perdonamos.. Merecías colgar ahorcada, y te descolgamos con vida..". La segunda, que era de libras, fue asegurada con una cuerda por debajo de los sobacos, y así la iban aguantando en el penoso descenso por si acaso faltaba la escala. "Anda, anda, y no te tapes, descaradota. ¡Tapujos ahora, si cuando debías taparte no lo hiciste!.. ¡Miren que salir ahora con vergüenzas!.. ¿Vergüenza tú?"

En esto ocurrió un incidente que excitó más los ánimos, y en un tris estuvo que se malograse la difícil operación de salvamento. Un soldado llamado Díaz, natural de Lerín, mozo de mucha viveza y travesura, que ayudaba en el trajín de las escalas, se pasó de un brinco a la parte de tejado que aún se conservaba libre del fuego y se aproximó al boquete de la destruida escalera de la torre, el cual los sitiados habían tapado malamente con cascote y maderas. Creyeron, sin duda, los urbanos que se trataba de atizar candela por el interior de la torre, y sin encomendarse a Dios ni al diablo, ínterin descendían trabajosamente las hembras, hicieron fuego sobre Díaz y le hirieron en la paletilla. No hay para qué decir que se armó gran tumulto, y que la falta o ligereza de los sitiados, por poco la pagan con su vida las tres pobres mujeres que en aquel momento descendían, hallándose una a pocos pasos del suelo, otra a mitad del espacio y la tercera arriba, tratando de afianzar sus pies para descender. Si no contienen a las mujeronas de la causa que al pie de la torre chillaban, fácil hubiera sido que éstas rompieran la cuerda y que se estrellaran dos por lo menos de las tres infelices que (p.3814) estaban en el aire. La agitación era grande; el de Lerín bajó rápidamente con el hombro ensangrentado; las cívicas de la torre lloraban afligidas; las otras las insultaban; gritaban todos. Algunos querían matarlas, para castigar en ellas la increíble torpeza de los urbanos, que así rompían la tregua y respondían tan indignamente a la generosidad con que se les había concedido la vida de sus esposas. Se avisó al General en jefe, y pronto cundió entre la muchedumbre la voz: "¡Ya viene ya viene!..". Los soldados, a culatazo limpio, quisieron despejar, y se arremolinó el mujerío procaz; pero al fin, donde menos parecía que pudiera abrirse un hueco, el hueco se abrió, y este hueco en la masa humana lo fue aumentando la tropa por el procedimiento sencillísimo de arrear golpes a diestro y siniestro sin reparar en pechos, espaldas ni barrigas, hasta formar como una plazoleta vacía de gente. Esto no bastaba, y continuaron rompiendo calle por entre el apretado gentío, hasta comunicar con la casa del cura, donde se alojaba el General de los ejércitos de Carlos V. Consta que el héroe, hallándose frente a la ventana de su habitación, ocupado en cosa tan vulgar como afeitarse, veía descender las hembras por la escala, y al oír el tiro y la algazara que se produjo, apresuró la operación barberil, en la que comúnmente perdía muy poco de su precioso tiempo, y todavía con algo de jabón pegado a las orejas, poniéndose la zamarra y abrochándose los cordones, salió a la salita próxima, donde le aguardaban su ayudante Plaza, dos o tres notables del pueblo y el cura D. Fabricio, que, aunque furibundo sectario de la legitimidad, no se consolaba del incendio y destrucción de su querida iglesia. Al entrar D. Tomás, el reverendo, dando un puñetazo en la mesa y apretando los dientes, decía: "¡Guaidiós, que esas hi-de-porra, malas chandras, tienen la culpa de todo! Yo que usted, mi General; yo, Fabricio Gallipienzo, en vez de colgar esa carne podrida afuera, la habría colgado dentro de la santísima iglesia, cuando ardían los santísimos altares, para que se les ahumaran bien (p.3815) los tocinos".

 

Ep-21-V -

"Gracias a Dios -se dijo Fago- que voy a ver a ese portento, el caudillo de los soldados de la Fe, el Macabeo redivivo". Y poniéndose en el sitio que creía mejor, no quitaba los ojos del camino que debía traer el héroe viniendo de la Rectoral. Rodeado, más bien seguido, de diversa gente militar, paisana y eclesiástica, apareció Zumalacárregui, andando con viveza, la boina azul de las comunes muy calada sobre el entrecejo, ceñidos los cordones de la zamarra, botas altas, en la mano un látigo. Le precedían dos perros de caza, blancos con lunares canelos, que olfateaban a los soldados y agradecían sus caricias. Era el General de aventajada estatura y regulares carnes, con un hombro más alto que otro. Por esto, y por su ligera inclinación hacia adelante, efecto sin duda de un padecimiento renal, no era su cuerpo tan garboso como debiera. En él clavó sus ojos Fago, examinándole bien la cara, y al pronto se desilusionó enteramente, pues se lo figuraba de facciones duras, abultadas y terroríficas, con hermosura semejante a la de algunas imágenes de la clase de tropa, como los guerreros bíblicos Aarón, Sansón y Josué. Como en aquel tiempo no circulaban retratos de celebridades, bien se explica que Fago no tuviese conocimiento de la estampa real del caudillo, el cual era un tipo melancólico, adusto, cara de sufrimiento y meditación. La firmeza de su voluntad se revelaba más en el trato que a la simple contemplación del rostro, y había que oírle expresar sus deseos, siempre en el tono de mandatos indiscutibles, para comprender su temple extraordinario de gobernador de hombres, de amasador de voluntades dentro del férreo puño de la suya.

Con tan intensa atención le miraba el bueno de Fago, que, si en aquel punto dejase de verle, nunca más olvidaría el rostro enjuto y tostado, la nariz fina, bien cortada y picuda, el entrecejo melancólico, el bigote negro, que enlazaba con las patillitas recortadas desde la oreja, el maxilar duro y bien marcado bajo la piel. Su voz era un tanto velada; el mirar, grave, sin fiereza en (p.3816) aquel momento. Después de cambiar algunas palabras con Zaratiegui y otros que allí mandaban, llegose a las urbanas, que acababan de poner el pie en tierra, y arreó a cada una un par de latigazos, diciéndoles iracundo: "Bribonas, por culpa vuestra perecerán esos desgraciados.. Y ya veis cómo corresponden a mi generosidad. ¿Qué demonios hacíais vosotras en la torre ni qué teníais que pintar arriba, condenadas? Y si yo mandase fusilar ahora mismo a la que no acreditara ser esposa, hija o hermana de algún urbano, ¿qué diríais?; a ver, ¿qué diríais?" No decían nada las pobrecitas: tal era su terror. Y por contera del discurso, ¡zas!, otro par de latigazos a cada una, agraciando también a la que en aquel momento ponía el pie en tierra. Con aclamaciones y vítores acogió la multitud las palabras y el hecho del General, que por tales medios halagar quería las pasiones populares, movido de un fin político. En aquella terrible guerra, más que ganar batallas, urgía sostener el tesón de la causa, y esto no se lograba sino aboliendo en absoluto toda compasión delante de los sectarios; tratando con crueldad al enemigo fuerte, con menosprecio al débil, para que cundiese y se afianzase la idea de que el cristino era forzosamente, por naturaleza, un ser inferior, abyecto, indigno hasta de las consideraciones más elementales. Sólo así se formaba un partido viril, duro, resistente a toda adversidad. Para poder lanzar confiadamente las masas de hombres a combates desesperados era forzoso encender en ellos sentimientos de implacable furor, los cuales debían tomar cebo y sustancia de los odios mujeriles. El genio de Zumalacárregui veía este resorte, por muchos inapreciable, del mecanismo de la guerra, y quería producir la ferocidad del varón con las pasioncillas villanas de la hembra. Azotó a las mujeres de los urbanos, no por gusto de maltratar inhumanamente a seres indefensos, sino por contentar a las otras, a las furias chillonas de la causa, que sostenían con su procacidad la exaltación populachera, fermento necesario en las (p.3817) guerras civiles.

No comprendiendo esta trastienda política el aturdido Fago, al ver el bárbaro tratamiento que el General daba a las pobres mujeres, la indignación hizo vibrar todos sus nervios, y apretó los dientes, y se clavó los dedos de una mano en otra, movido de su natural corajudo, que se sobreponía en ocasiones como aquélla, sin poder remediarlo, a la mansedumbre propia del estado eclesiástico. Olvidado de la Orden que profesaba, de buena gana habría salido del ruedo, y acometiendo al orgulloso caudillo, le habría dado un par de morradas buenas, pero buenas, de las que él sabía y solía dar en sus tiempos de seglar levantisco y pendenciero. Pero ello no fue más que un fugaz estímulo, que logró dominar al punto, y para mejor apartar de sí ideas tan peligrosas en aquellos momentos, trató de alejarse y dar una vuelta solo por las inmediaciones del desgraciado pueblo. No lo hizo, porque cuando rompía trabajosamente por entre la multitud, oyó estas voces, que le dejaron helado: "Ahora bajan a la última que quedaba.. Saloma.. la gallarda Saloma..".

Creyó que aquellas voces y aquel nombre habíanlos pronunciado todos los demonios del infierno, difundidos invisibles por los aires, y volvió a donde estaba, y oyó nueva algazara de mujeres chillonas.. y, mirando para arriba, vio un bulto, una mujer con la cara tapada.. Dudoso estuvo entre huir campos afuera o quedarse para ver la hembra descolgada, a quien el pueblo, bullicioso, nombraba y denostaba al propio tiempo, juntando el nombre y los insultos. ¡Dios poderoso!, lo que sufrió el hombre en breves momentos no es para referido. Bajaron a la moza, y si cuando se aproximaba al suelo, descubierto ya su rostro, pudo creer por un instante que era la hija del infortunado Ulibarri, al verla de cerca la reconoció como absolutamente distinta: aunque hermosa, como aquélla, no se le parecía ni en las facciones ni en el color del rostro. Vamos, que era otra Saloma. El hombre dio gracias a Dios con toda su alma, pues verdaderamente, si hubiera resultado la Saloma de su (p.3818) historia, dificilillo le habría sido contenerse viéndola de tal modo escarnecida e insultada.

El General se había vuelto a su alojamiento; el que mandaba la tropa al pie de la torre ordenó que no se hiciese daño a las pobres urbanas, y las familias de éstas, con la timidez natural de quien se siente minoría en el pueblo y se halla bajo la presión moral de masas irritadas y vencedoras, las auxiliaban con ropas y alimentos.

Mandaron despejar, y las urbanas y sus hijos retiráronse en compañía de algunos vecinos notados de cristinismo; las unas, absolutamente decaídas de espíritu, lloraban sin consuelo; las otras, bravas e iracundas, enronquecían de tanto gritar contra la facción y su insolente General, y todas creían perdidos a los bravos defensores de la torre si no se entregaban pronto y sin condiciones. Compadecido de aquellas infelices, Fago las siguió al través de las tortuosas calles, hasta que acamparon en los últimos corrales del pueblo, o en medio de las eras, temerosas siempre de ser atropelladas. Pero no querían ausentarse de Villafranca sin conocer la suerte de sus infelices maridos, hermanos o lo que fuesen, que sobre esto había dudas. Tratando Fago de inquirir con buenos modos el verdadero parentesco de las azotadas heroínas con los héroes de la torre, entabló coloquio con la llamada Saloma, cuyas facciones no se hartaba de examinar para cerciorarse de su desemejanza con las de la extraviada hija de Ulibarri, y ella, que desde los primeros momentos dio a conocer su desahogada condición, no tardó en franquearse con él en esta forma: "Yo, señor, no soy mujer de naide, aunque no es por culpa mía, que bien quise y bien quisieron mis padres darme marido por la Iglesia santísima. Huérfana quedé a los veinte años, y me engañó, ya digo, un tal Sedaliz, que en la faición está, malos truenos le confundan, y era alpargatero en mi pueblo, que llaman Borja, para servir a usted.

-Lo conozco -dijo Fago-, y sé que sus habitantes no son los menos brutos ni los menos nobles de Aragón.

-Dispénseme, señor: usted es de iglesia.

- (p.3819) Efectivamente: soy sacerdote.

-Se le conoce en lo aflegidico.. Los hay de dos clases: los aflegidicos, que son los buenos, y los de pelo en pecho, que mataban franceses en la otra guerra, y ahora salen contra los pobres cuscos.. Pues, señor, si quiere que le diga lo que hay tocante a mí, lo primero, ya digo, es que después que me plantó Sedaliz en metad de la calle, dejándome con lo puesto, me amparó uno que le llamaban Comecome, de junto a la Huecha; mas como era casado, le dejé, ya digo, porque a honradez podrán ganarme, pero a conciencia no.. y me fui a Zaragoza, donde hablé con un chicarrón de infantería de la Guardia Real, ya sabe, los primeros que vinieron hace dos años a sofocar la faición, lo cual que no la sofocaron. Era el tal de junto a Tarazona, bueno como el pan; pero muy cuitadico, en fin, de los que no encuentran agua en el Ebro. Con su casaca abrochadica, el correaje en cruz, y la gorra de pelo con la chapa, estaba como un sol. A los de la Guardia se les llamó entonces guiris porque llevaban tres letras, G. R. I., en la gorra y en la cartuchera, y guiris se les llama todavía. Pues, ya digo, aquel y yo contábamos casamos cuando acabara el servicio.. era un pedazo de animal como los ángeles.. Pasó el Cuerpo a Logroño, y yo detrás del Cuerpo.. Mandaba el General Lorenzo.. Siguió el Cuerpo a Navarra al mando del General Rodil.. yo no podía menos de ir detrás del Cuerpo, donde tenía mi alma.. ¡Ay!, ya digo, se me parte el corazón cuando lo cuento. En la faición de Artaza me le mataron.. ¡Pobre maño, rico mío! Le vi cadáver, arrimado a una peña, que parecía dormidico.. Estuve mala de la desazón y me acogieron unos vecinos de Abarzuza. No le puedo contar, porque es cosa larga, cómo vine a parar a Funes, orilla de este pueblo, donde hice conocimiento con Pascual Muruve, por mote Mediagorra, que es uno de los urbanos de más calzones que tiene usted en la torre, y allí se batirá hasta dar las boqueadas, porque, ya digo, es muy entero, y él sabe que por ser tan bravo hablo con él, que si no no hablaba".

A este punto llegaba (p.3820) la moza de su relación, cuando oyeron gran tiroteo y vieron aumentada la humareda que envolvía la iglesia.

"Padrico del alma -dijo una de las más afligidas, llamada Claudia, que era mujer legítima de un urbano-, lléguese a ver qué pasa..

-Por lo visto -replicó Fago-, se han roto las hostilidades, y creo que los señores cívicos lo pasarán mal.

-Son tercos, y morirán antes de rendirse -observó otra llorando, pero sin perder la entereza-.

-Mosén, vea lo que hay, y venga después a contárnoslo -indicó una tercera-. Si les dan cuartel, deberían rendirse, que harto han hecho ya por la bandera urbana y por la Reina chiquitita. ¡Ay, Dios mío, qué será de ellos!

-Que Dios les dé fortaleza; que no se entreguen.

-Que vivan, aunque tengan que entregarse.

-No, no.. rendirse no. Cada uno mira por la honrilla.. ¡Que viva el Cuerpo!

-Eso, eso.. lo primerico el Cuerpo.

-Que es el alma, como quien dice, el amor propio de uno.. de una también, porque lo que aquí sobra es patriotismo".

Pronto se enteró Fago de lo que ocurría, que era lo más sencillo, lo más conforme a la marcha natural de los acontecimientos. Salvadas las mujeres, se rompieron de nuevo las hostilidades con recrudecimiento de fiereza por una parte y otra. Hacia el mediodía preguntaron los urbanos si daban cuartel, y como les respondieran que no, siguieron apurando su defensa con la débil esperanza de que por cansancio levantasen los facciosos el sitio y se largaran a expugnar otro pueblo. Pero lo que hicieron fue atizar más el fuego de la iglesia, y abrir una comunicación directa de ésta con la torre, para que el humo envolviera completamente a los sitiados. La tarde fue para éstos angustiosa: el humo les ahogaba, y recalentada toda la fábrica, sentían que se les quemaban las plantas de los pies. Al anochecer lograron los facciosos arrojar materia combustible en la parte baja de la torre. La mitad de los urbanos o habían muerto o estaban fuera de combate; los restantes aún hacían fuego desesperados, al amparo de las campanas, y de tiempo en tiempo gritaban: "Cuartel, cuartel"; pero de abajo respondían: (p.3821) "Discreción, y pronto, pronto".

Con estas noticias, que Fago llevaba a la tribu de urbanas acampadas en las eras y corralizas del pueblo, las pobres mujeres no hacían más que llorar y lamentar su suerte. Esposas eran algunas, hermanas otras, arrimadas las menos: todas amaban en diferentes estilos. Tan pronto rezaban invocando a la Virgen y a los santos con fervor sincero, como arrojaban de sus bocas horrendas maldiciones contra la facción, contra su General, su Rey, y el demonio que los trajo al mundo. La gallarda Saloma decía: "¡Que no se rindan, contro!.. Tú no te rindes, Mediagorra; ¿verdad que no te rindes, maño mío?"

 

Ep-21-VI -

A media noche, los urbanos que aún vivían, no pudiendo resistir más el calor que les abrasaba, medio locos de furia, de hambre y de sed, dejaron de hacer fuego. Lentamente descendieron por las escalas, tiznados, los ojos enrojecidos, manos y pies como carbón. Al llegar al suelo apenas podían tenerse en pie. "Vamos, hombres -les dijeron-, por zoquetes os pasa esto. Ved aquí lo que habéis adelantado con vuestra terquedad.

-Que.. ¡re-contra! ¿Nos van a fusilar? -preguntó el más significado de ellos.

-Naturalmente -replicó el capitán, con toda la naturalidad del mundo en la entonación de la palabra -. Pues ¿qué queríais?.. Vaya, que os traigan un trago de vino.

-Chiquio -dijo uno, que era de Borja-, nos mandan al pocico.

-Qué.. ¿te pena?

-Miá que yo..".

Aterrado se alejó Fago, y no sabía cómo dar la tremenda noticia a las mujeres. No se atrevió a decirles más que esta frase: "Se han rendido.. Ahora los de abajo les convidan a vino". Prorrumpieron en chillidos las mujeres, gritando: "Les dan la bebía: es la señal de afusilar".

La más brava era siempre Saloma, que dijo: "Mediagorra no tiembla.. ¿Qué ha de temblar si es de bronce?"

Desde media noche empezaron las tropas a evacuar el pueblo. Salieron primero el 7.º y 5.º de Navarra; luego los granaderos, el Cuartel General. Zaratiegui partió a las dos, y Eraso quedó el último. El vecindario no pudo entregarse al descanso, (p.3822) pues como se levantara viento, temieron que el fuego cundiera de la iglesia a las casas próximas, y se quemase todo Villafranca. Ocupáronse con los soldados del 3.º y parte de los guías en cortar el incendio, y los del 1.º de Guipúzcoa ejecutaban la orden de vaciar las cubas de vino en las casas y bodegas de cristinos, resorte de guerra que se empleaba siempre en la Ribera, a fin de empobrecer al enemigo y aterrar a los labradores desafectos. Corría el líquido por las calles, mezclándose en algunos sitios con el rojo de la sangre, tan fácilmente derramada como si los cuerpos humanos fuesen odres que se vacían para volverlos a llenar.

Las urbanas quisieron reunirse a sus hombres. Aún ignoraban algunas de ellas si el suyo o los suyos habían perecido en la torre, o estaban entre los vivos condenados a muerte. Corrieron hacia la plaza; pero el movimiento de la tropa que evacuaba el pueblo les cortaba el paso a cada instante, y en la obscuridad de la noche se separaron en diferentes grupos, se perdían, volvían a encontrarse para separarse de nuevo. Llamaban a los suyos; nadie las escuchaba. No faltaron gentes piadosas del otro bando que las auxiliaban y querían consolarlas. El incendio, medio extinguido ya, alumbraba muy poco; la noche era lóbrega; no soplaba viento; el humo pesaba sobre las angostas calles; el olor de madera quemada infestaba toda la villa; no se respiraba aire, sino ambiente de maldiciones mezcladas a un aliento insano, como transpiración de enfermo corrupto. Sin llegar a donde querían ir, porque los cordones de tropa se lo impedían, cada una de las urbanas iba por su lado, como en los viajes de pesadilla, revolviéndose por las calles, siempre a oscuras, entre el vértigo de los soldados y paisanos que corrían de un lado para otro. Con Saloma y Claudia iba Fago, decidido a consolarlas en su tribulación, y encontraron a otras dos, y los cinco se dirigieron por una callejuela que conducía a la ermita de San Bartolomé. Habían oído decir: "por ahí los llevan", y corrieron tras el tumulto. No bien llegaban a unos treinta (p.3823) pasos de la ermita, un pelotón de soldados les cortó el paso. Detuviéronse ellas y él aterrados, sin resuello, con la corazonada de un inmenso duelo. Oyeron una exclamación salvaje, horrendo coro de seis, ocho o veinte voces (no se podía apreciar el número) , que con desconcertados y roncos acentos gritaba: "¡Muera Carlos V!..". Siguió una descarga cerrada, varios disparos sueltos.. después un silencio lúgubre.

¡Pobres urbanos! ¡Así pagaban su tenaz constancia celtibérica! ¡Así se derrochaba el tesoro inmenso de la energía española! ¡Es verdadero milagro que después de tan imprudente despilfarro del caudal por uno y otro bando, todavía quedara mucho, y quedará siempre, y quede todavía!

Pues, señor, Fago se encontró solo con Saloma. La Claudia había dado un salto y desaparecido en dirección del sitio de la hecatombe. Otra de ellas yacía desmayada en el suelo. Al oír la descarga, Saloma, a quien el capellán quiso tapar la boca para que no gritase alguna barbaridad que les comprometiera a todos, le mordió la mano, y tanto hincó los dientes, que al buen cura le quedó señal para mucho tiempo. Luego, dando un resoplido, con ronca voz dijo: "Acábate, mundo, pa no ver esto.. ¡Ay, ay!.. Padrico, lléveme a donde pueda gritar y, desahogar todo este veneno de mi alma".

El movimiento de la tropa, que regresaba del lugar del suplicio, obligoles a volverse por donde habían venido; pasaron junto a la plaza, donde no se respiraba más que humo fétido (porque en los últimos momentos del sitio de la torre habían quemado en el interior de ésta gran cantidad de pimentones, a fin de asfixiar más pronto a los sitiados) ; pasaron de largo a toda prisa; buscaban la salida del pueblo por el lado del río, y en el arrabal encontraron a otras dos urbanas, que se arrancaban los pelos en el paroxismo de la desesperación, rodeadas de gentes compasivas que con palabras piadosas y dulces trataban de mitigar su pena. Sin detenerse más que breves momentos, Fago y Saloma siguieron adelante, pisando fango, resbalando sobre el suelo (p.3824) reblandecido, metiendo los pies en charcos inmundos. "Pisamos sangre humana", dijo el clérigo con terror. Y replicó Saloma: "No, Mosén, que es vino. ¿No vio que soltaban las cubas?"

Llegado que hubieron a la salida de Villafranca, se desviaron de la dirección que llevaba la tropa, y Fago se plantó de pronto diciendo: "¿Pero adónde voy yo? Tengo que seguir al ejército hasta reunirme con el Cuartel Real.

-¿Con ésos, va usted con ésos?

-Naturalmente.. Son los míos.

-Pues los míos, ¡re-contro!, son los otros -gritó la moza con ronca fiereza, agitando las manos tan cerca de la cara del cura, que éste creyó que le abofeteaba-. Los otros, sí.. y este Don Zamarra, General Meampucheros, me la tiene que pagar.

-No seas loca, que las mujeres nada tienen que hacer en estas guerras.

-¿Que no? ¿Que no somos guerreras nosotras? Ya lo verán -dijo con exaltación delirante. ¡Muerto Mediagorra! Pus ¡viva Mediagorra, vivan los hombres que saben morir con decencia! Soy de Borja, Padrico. He mamado de la teta del Moncayo.. No sé hablar más que con hombres valientes, ¡ea!.. Si es usted falso (cobarde) , buenas noches.

-Yo no soy falso ni valiente; soy sacerdote.

-Pues oiga: en Cadreita, dos leguas de aquí, hay un cura que ha levantado una partida liberal, y mata faiciosos como moscas.

-Vade retro. Ése será un perdido.

-Un ganado.. Si quiere, nos vamos allí.

-¿Yo? ¿Por quién me tomas? Soy capellán del Cuartel Real.

-Buen provecho. ¡Miá que Rey ése!..

-Es Rey, el Monarca legítimo, Saloma, y todo lo demás es intriga y usurpación de los impíos y masones de Madrid. Pero el infierno no puede triunfar, aunque Dios le permita ventajas pasajeras para probar a los buenos.

-¿Y los buenos son ésos, ésos, los de Don Zamarra? -preguntó la baturra, picaresca, con toda la malicia y desvergüenza del mundo en su bello rostro-. ¿Lo cree usted, Padrico?

-Como ésta es noche. Creo en la legitimidad, creo en los derechos indiscutibles de D. Carlos, creo que los ejércitos carlinos defienden al verdadero Rey y al Dios verdadero.

-Y yo creo que es (p.3825) usted bobo. Miá que Dios.. ¿Qué tiene que ver Dios con la guerra? ¿A Dios le puede gustar que haigan fusilado a Mediagorra?

Fago callaba, sin saber qué decir. Atravesaron solos un campo yermo, y halláronse sin saber cómo en el camino por donde marchaban las tropas. Un mozo de los que habían conocido a Fago en Falces se llegó al grupo, y extrañando ver al clérigo en tal compañía, le dijo: "Mosén Custodio, no se deje engañar de ésa. La conozco, y sé que es muy perra".

Trabáronse de palabras y un poco de empujones la moza y el baturro, llevando la mejor parte Saloma, que le dijo: "Anda allá, falso.. ¿Tú quién eres? Un hambrón.. Has venido aquí pa comer, porque en tu casa no lo hay.

-Vete, vete pronto a orilla de los guiris.

-Sí que me voy. Y tú y Zamarra.. detrás de la boñiga del legítimo.

-A mucha honra.

-Y yo voy onde quiero. Con bustedes si me da la gana".

Agregáronse otros, y con jovialidades de dudoso gusto la incitaban a subir con ellos a una de las galeras.

"¡Miá que yo..! Voy a Cadreita, donde dejé mi legítima.. la burra, hombre.. Allí me monto, y muera la faición.

-Anda, saltamontes, zanganota.

-Llévense al Mosén, que está arguelladico".

Apareciose de improviso el capellán Ibarburu, furioso contra los chicos, a los que amenazaba con su bastón, diciéndoles: "Animales, os estoy buscando hace una hora. ¿En dónde tenéis el carro?

-Allí está, señor. Monte cuando guste".

Reparó Ibarburu en el bulto del capellán, y al pronto no le reconoció por estar encorvado, calladico y pasado de frío, hambre y tristeza.

"Sí, sí -respondió tímidamente-: soy José Fago.

-Véngase conmigo, y por el camino comeremos un bocadito".

Al coger del brazo a su colega, Ibarburu reparó en Saloma. "¿Qué pájara es ésta?" -preguntó a los chicos. Y como respondiesen que era la de Mediagorra, el capellán echó mano al bolsillo, y sacando una peseta se la dio a la baturra con estas compasivas palabras: "Toma, hija, y vete con Dios.. ¡Pobre Pascual! Mañana le aplicaré la misa".

Sin oír lo que Saloma agradecida le contestaba, dirigiose (p.3826) al vehículo, donde ya un chico de tropa le había puesto las alforjas y la maleta. Fago le siguió silencioso. La baturra se despidió airosamente de sus paisanos con breves palabras despreciativas:

"¡Arre, asolutos!"

 

Ep-21-VII -

"Vamos a Caparroso -dijo Ibarburu al ponerse en marcha la galera-: buen pueblo, totalmente adicto a la causa. El Cuartel Real ya está allá, y seguirá mañana hacia Carcastillo.. Qué, ¿se duerme usted, Sr. de Fago?" Por un rato intentó éste sobreponer su cortesía a su cansancio, sosteniendo con monosílabos la verbosidad del hablador Ibarburu; pero tanto pudo al fin el desmayo de su cuerpo y de su espíritu, que se durmió profundamente, obligando al otro a hacer lo mismo. El horrible zarandeo del carro por tan ásperos caminos no quebrantaba el profundo reposo de aquellos cuerpos, endurecidos ya en las continuas molestias y trabajos de la guerra. Diéronles en Caparroso alojamiento comodísimo en una casa de labradores, a la entrada del pueblo; y bien instalados en la cocina, que era la mejor pieza, ante un fuego de sarmientos, que chisporroteaban con alegre sonido, pasaron una mañana agradabilísima, y repararon uno y otro sus estómagos, que bien lo necesitaban, sobre todo el del aragonés por causa de los prolongados ayunos que agravaban sus hondas tristezas. Pero aquel día, animado por el ejemplo de su colega, que quería vivir a todo trance, comió con tanta gana, que entre los dos despacharon medio cordero, asado a su vista, echándole encima porción cumplida de vino del país, fresco y confortante. Al fin del almuerzo parecía Fago otro hombre, y hasta se volvió comunicativo, arrancándose a contar a Ibarburu diferentes hechos de su vida que a nadie había querido contar.

Siguieron la misma tarde de aquel día para Carcastillo, donde, de noche ya, les deparó la Providencia otra cocina con buena lumbre de sarmientos, el cazuelo de sopas, el cordero, el vinito y una gente obsequiosa y hospitalaria que se desvivía por agasajarles. Con los soldados que allí se alojaban, las mujeres de la casa y dos o tres (p.3827) viejas, rezaron el rosario, y echaron después un parrafito, todos con mucho sueño, acerca de la guerra y de las contingencias favorables que se barruntaban, asegurando Ibarburu que estaba al caer la presentación de muchos peces gordos del cristinismo, oficiales de artillería e ingenieros, y tal vez, tal vez más de cuatro Generales de los más calificados. Con esto empezaron a roncar los de tropa acomodándose en el suelo, entre mantas; las viejas siguieron rezando para que Dios hiciese bueno todo aquello que el capellán decía; y mientras los chiquillos apuraban el contenido de los platos, y los dos michos de la casa y el mastín afanaban lo que podían, los dos clérigos se fueron a la alcoba de los patrones, que obsequiosamente se les había cedido, y durmieron como príncipes.

Al día siguiente pudo Fago reunirse con el señor Consejero de Castilla, D. Blas Arespacochaga, de quien era capellán, y le explicó las razones de haberse extraviado en el camino, quedándose en la retaguardia del ejército, sin maleta y sin caballo. Recobradas una y otro, tanto él como Ibarburu dieron betún a sus botas, rasparon hasta donde era posible las cascarrias de sus balandranes, se asearon un poco, y se fueron tan ternes al cercano Monasterio de bernardos de Oliva, con objeto de besar la mano a la Majestad de Carlos V, que allí tenía su alojamiento. En la Sala Capitular, rodeado de frailes, estaba el Rey, por cierto con menos ceremonia y tiesura de la que al absolutismo parecía corresponder, y a todos los que entraban y le hacían la reverencia les agraciaba con una sonrisita bonachona, en la cual era más fácil distinguir al pretendiente que al soberano. Hicieron los dos clérigos puntualmente todo lo que mandaba la etiqueta, mostrándose Ibarburu extremadamente flexible de espinazo; y después de reparar el estómago con bizcochitos y vasos de vino que en el refectorio ofrecían los bernardos, se volvieron a Carcastillo con descansado andar, charlando en tonos de la mayor confianza. En aquel paseo hizo Fago al otro clérigo confidencias tan (p.3828) interesantes, que es forzoso reproducirlas punto por punto.

"Puesto que es irresistible en mí el anhelo de manifestar todo lo que siento y todo lo que discurro, ¿qué mejor ocasión que la presente, teniendo al lado al que como amigo y como sacerdote puede escucharme? Esto será confidencia amistosa, y al propio tiempo efusión de conciencia. Luego que usted sepa lo que anda por dentro de este desgraciado, podrá aconsejarme y dirigirme con buen criterio. Creo que no hay que repetir los antecedentes.

-No: recuerdo muy bien lo que usted me contó en Caparroso, su vida licenciosa de seglar. Era usted un libertino; el demonio le tenía entre sus uñas, y no había pecado mortal que usted no cometiese.. Perfectamente: el robo de Saloma, su desaparición.. todo lo recuerdo bien. Después vino el arrepentimiento. Dios quiso recobrar el alma perdida.. El demonio entregó su presa.. Muy bien. Se hizo usted sacerdote, y el estudio y la oración fortificaron su alma, eliminando de ella hasta las últimas heces del pecado y los vicios.. Perfectamente.

-Y recordará usted también el suceso terrible de mi encuentro con Ulibarri..

-Sí, sí.. Mandáronle a usted auxiliar a un reo de muerte y.. ¡conflicto extrañísimo y altamente patético! Dios le puso frente al hombre que había ofendido.. ¡y en qué situación uno y otro! Reo él, usted confesor. ¡Sorprendente caso de conciencia! ¡Cómo se ve la mano de Dios!.. Adelante. Comprendo la sacudida, la intensísima emoción que usted sufriría.. Sin el favor del Cielo, habría usted perdido la razón, amigo mío.

-Así lo creo. No me he vuelto loco por especial favor de Dios, que en aquella ocasión terrible, como en otras de mi vida, ha mirado por este siervo indigno.

-Perfectamente. Cuénteme usted lo demás, pues lo que sigue al entierro del alcalde de Miranda me es desconocido.

-Lo que ha seguido es simplemente un estado de conciencia y de pensamiento que me tiene en grandísima zozobra.

-¿Conciencia?.. ¡Hola, hola!

-Aguarde usted.. Yo no había visto nunca de cerca la guerra. Me ha (p.3829) impresionado profundamente..

-Inspirándole repulsión, tristeza, lástima de las innumerables víctimas..

-No, señor; eso me ocurrió el primer día; después, no. Ante todo, quiero que me dé usted su opinión sobre un punto que creo elemental, y que desde anoche me sugiere angustiosas dudas. Yo pregunto: ¿Dios autoriza las guerras? ¿Dios puede tomar partido por uno de los combatientes, amparándole contra el otro, o abomina por igual de todos los que derraman sangre humana?

-Amigo mío, Dios ha de mirar mejor a los que defienden sus derechos.

-¡Los derechos de Dios!, ¿qué es eso?

-Hombre, la fe.. Me parece que esto es claro. Quiero decir que entre dos que luchan, Dios ensalzará al que le adora y hundirá al que le escarnece. Paréceme que de esto hay elocuentes ejemplos en la Historia sagrada y profana.

-No acabo de convencerme, señor mío.. Dios ha dicho: "No matar".

-Sí; pero distingamos: salen dos grupos de hombres, uno que defiende la verdad y la justicia, otro que patrocina el error y el pecado. Cruzan las espadas. Dios ha dicho: "No matéis"; pero..

-¿Pero qué?

-Digo que es forzoso impedir, como se pueda, que el mal impere sobre la tierra.

-Y esto sólo se consigue matando.

-Justo.

-Luego las guerras pueden tener su lado humano y su lado divino, y hay o puede haber ejército de Dios y del diablo.

-¿Qué duda tiene?

-Bueno: pues admitido que Dios autoriza el matar, surge nueva duda en mí, que me confunde y anonada. Se me ocurre que el exequatur de Dios, o sea su permiso para que nos matemos, se concreta exclusivamente a los actos de agresión que constituyen el combatir propiamente dicho. En la lucha, muy santo y muy bueno que haya muertes, pues de otro modo no habría lucha, ni victoria del bien sobre el mal. Lo que no me ha entrado todavía en la cabeza es que Dios consienta el matar frío y carnicero, como sacrificio de reses, por las llamadas leyes de guerra, bien con el fin de asegurar la disciplina, bien con el de aterrorizar al enemigo, y quitarle auxiliares o medios de (p.3830) comunicación. ¿Me explico?

-La guerra no puede ser eficaz de otra manera, amigo mío. Si no admitimos el eclipse total de la benignidad y compasión por motivos de disciplina, o de organismo militar, no hay victoria posible, y el matar, que es un mal, sería interminable, y la paz, el supremo bien, no se restablecería nunca. Las crueldades que vemos un día y otro son actos de política, absolutamente necesarios.

-¿Y hay política de Dios, como hay guerra de Dios?

-¡Oh!, seguramente.

-Y admitido que, para resolver el tremendo litigio entre la verdad y el error, no hay más remedio que armar soldados y efectuar con ellos todo lo que manda el arte de la guerra, hemos de admitir necesariamente los duros castigos, las represalias, etc., etc.

-Luego ¿todo el organismo bélico, con la matanza del enemigo, el burlarle con engaños, la continua destrucción de vidas y haciendas, el castigo de inocentes conforme a la política militar, la guerra, en fin, puede ser y es en algunos casos de Dios?

-Así lo creo, y en conciencia lo afirmo.

-Muy bien: opinión tan resuelta me tranquiliza sobre el punto capital; pero aún andan rondándome el espíritu ciertas dudas. Vamos a ver. Yo pregunto: ¿este ejército que defiende la causa de Carlos V contra la causa de la hija de Fernando VII, podemos y debemos considerarlo como verdadera milicia cristiana? Me parece bastante dar este nombre a lo que antes llamábamos ejército de Dios.

-Hombre, no sé cómo abriga usted tales dudas. Supongo que habrá estudiado el caso histórico. Un sacerdote no debe tener escrúpulos en lo tocante a los derechos augustos de la legitimidad, ni vacilar tampoco en la creencia de que D. Carlos es la religión, la virtud, la moral, el bien de los pueblos.

-Contra el mal, contra la impiedad y el libertinaje: estamos conformes. Por consiguiente, si ésta es milicia cristiana, la otra es milicia impía, verdadero ejército del demonio o de todos los demonios. ¡Si no lo pongo en duda!.. Quería yo que usted confirmase esta opinión con su autoridad. Yo dudé, tenía mis escrúpulos: deseaba que el dictamen de un (p.3831) hombre de estudio los disipara. Ya no dudo, ya sé a qué atenerme: puedo manifestarle sin rebozo ese estado singularísimo de mi espíritu de que antes le hablé".

Apenas llegaban a las primeras casas de Carcastillo, vieron movimiento de tropas. No tardaron en informarse de que pronto saldrían el ejército y el Cuartel Real en dirección a Sangüesa, por lo que se dieron prisa a entrar en su alojamiento y a disponer la marcha.

 

Ep-21-VIII -

No sin dificultad pudo Ibarburu conseguir un mulo y una yegua, y caballeros los dos fueron juntos y en agradable conversación por todo el camino; mas Fago no tocó el tema que había quedado pendiente, pues tales cosas, según dijo, no eran para tratadas a la ligera, galopando entre el bullicio de la tropa en marcha. En Sangüesa fueron alojados, juntamente con el brigadier La Torre y el auditor Lázaro, en una de las mejores casas de la población, y por la noche, después de cenar en buena compañía, con señoras y todo (a las cuales La Torre, hombre de refinado trato social, entretuvo con donaires del mejor gusto) , se les destinó una alcoba con tres camas para ellos dos y el auditor, no siendo posible mejor acomodo, porque la ciudad le venía muy chica a ejército tan grande. Decididos a esperar el sueño de su compañero de cuarto para charlar a gusto, tuvieron la suerte de que el Sr. Lázaro, apenas puso la cabeza en la almohada, rompiera en ronquidos profundos. Al son de esta música, que más era molestia que estorbo, hizo Fago a su amigo la confesión siguiente:

"Ha de saber usted que desde que ando entre soldados, mejor dicho, desde que vi al General Zumalacárregui, se me ha metido en el alma un ardentísimo deseo de tomar las armas.

-¡Hola, hola!..

-De lo que he luchado en mi conciencia para combatir este sentimiento guerrero, que me parecía inspiración del demonio, no puede usted tener idea. Porque lo que siento, créame usted, es una furia, un frenesí impulsivo, y al propio tiempo un profundo desprecio de la vida de mis semejantes, sobre todo si son del bando o facción contraria a nuestras ideas. Y (p.3832) como conceptúo que este sentimiento se da de trompicones con la mansedumbre, cualidad primera del sacerdote, de aquí mi confusión, mi terror más bien, viendo perdida en un instante la serenidad conquistada por mi pobre alma en tres años de oración y quietud, de comercio intelectual y moral con varones sapientísimos y virtuosos.. Yo había conseguido la paz de mi alma, y ahora me siento, ¡ay de mí!, abrasado en loca ambición, ansioso de que mi nombre suene en todos los oídos, ávido de imponer mi voluntad, y de satisfacer un diabólico prurito de acción; de acción, señor Ibarburu, que me abrasa las entrañas y enciende llamaradas en mi cerebro. ¿Qué es esto? ¿Es que el demonio me vuelve a coger entre sus garras?

-Poco a poco, amigo mío; no se exalte usted, y estudiemos el asunto -dijo Ibarburu un tanto inquieto-. Bien podría ser que eso no fuese cosa del demonio.

-Pues de Dios no es.. ¡oh!, de Dios no -exclamó Fago levantándose para estirar su cuerpo entumecido.

-No podemos afirmarlo tan pronto.

-¿Cree usted que es de Dios?

-No sé.. Examinémoslo.. Puede ser de Dios.. ¿Por qué teme que no lo sea? ¿Por la Orden sagrada que le obliga..?

-A la modestia, a la pasividad, a la obediencia, a la humildad, a la vida oscura, al amor de los semejantes, sin distinción alguna.

-Distingamos, amigo Fago.

-No, no distingo. Si soy guerrero, si Dios lo quiere así, no puedo ser sacerdote, no quiere Dios que lo sea, me autoriza para dejar de serlo.. Resultará que me equivoqué, amigo Ibarburu; que una falsa vocación, producida por debilidad mental, por pesadumbres, por cansancio, no sé por qué, extravió mi espíritu. Lo diré más claro: yo sospecho ahora que todo esto, como cosa postiza y mal pegada, se descompone, dejando al descubierto el antiguo ser: el hombre pendenciero, el bravo, el que jamás conoció el miedo.. Porque ha de saber usted, y no lo digo por alabarme, que no había nadie capaz de medirse en arrogancia con José Fago.

-¿Fue usted militar?

-No, señor; pero tenía todos los instintos militares, la rapidez de la (p.3833) acción en las aventuras, el golpe de vista audacísimo, el desprecio de todo obstáculo, la resistencia física, la persistencia en mis fines, la energía indomable para imponer mi voluntad. Y en el fondo de todo eso, una gran rectitud moral, un sentimiento profundísimo del bien, que interpretaba a mi manera.

-¿Y cómo, señor mío -preguntó Ibarburu con asombro-, pasó usted de ese estado a otro tan diferente?

-Fijándome en ello veo ahora que la diferencia no es tan grande. Al entrar en la vida eclesiástica, aun entrando por equivocación, yo llevaba los elementos de mi ser antiguo; yo ambicionaba la lucha por la fe, el martirio, la predicación a infieles, las misiones.. No es tan diferente, Sr. Ibarburu, no es tan diferente.. Resultó que no encontré terreno apropiado a mis anhelos.. Sin saber cómo, en vez de las glorias eclesiásticas, fui a parar a la política cristiana, y de la política cristiana a la guerra de Dios..

-Explíqueme usted otra cosa -dijo Ibarburu, lleno de dudas y buscando la lógica en las fluctuaciones del carácter de aquel extraño sujeto-. En presencia de la horrible tragedia de Ulibarri ¿no sintió usted que se le desgarraba el alma; no sintió espanto de la guerra, y piedad inmensa del inocente sacrificado?

-Sí señor: sentí desgarrado mi corazón, porque yo había ofendido a Ulibarri, porque éste era un hombre honrado y bueno, porque me habían llevado a su presencia para que le perdonase los pecados, y él era, él, quien debla perdonarme a mí los míos. Por eso se conturbó mi alma horrorosamente.

-Y después, al enterrarle, ¿no derramó usted lágrimas amargas, ofrenda de piedad al muerto, y a Dios, que nos enseñó las Obras de Misericordia?

-Sí, señor: lloré, y lloré con el alma, porque yo había ofendido a D. Adrián.. Su desastroso fin me anonadaba. Parecíame que era yo quien le había matado.

-Y en aquellos angustiosos minutos, ¿empezó usted a sentirse guerrero?

-Todavía no. En Falces, en Peralta, yo no sé lo que deseaba. El ardiente anhelo de tomar las armas estalló furibundo cuando vi por primera vez de mi vida al (p.3834) General Zumalacárregui, en el momento aquel de bajar de la torre las mujeres de los urbanos.

-¿Cuando las azotó?

-Cuando las azotó.. No, no; antes, en el momento de verle aproximarse, látigo en mano.

-Explíqueme usted por qué la presencia del grande hombre del absolutismo, del realismo, mejor dicho, despertó tan súbitamente en usted ese anhelo..

-En mí son frecuentes las explosiones de un sentimiento.. ¿lo llamaré virtud, lo llamaré defecto? No sé cómo llamarlo. Lo mismo puede ser una cosa que otra. ¿Sabe usted lo que es? La emulación. Yo soy un hombre que en presencia de cualquier individuo que en algo se distinga, siento un irresistible empeño de sobrepujarle y hacer más que él.

-Cualidad es ésa, amigo mío, que puede conducir a la gloria, o a grandes desastres y miserias.. Ya comprendo. Vio usted al General y se dijo: "Todo lo que tú has hecho lo habría hecho yo. Aquí hay un hombre que se siente con bríos para eclipsar tus empresas".

-Exactamente.

-Antes de pasar adelante, dígame usted: al abrazar el estado eclesiástico, guiado, como ha dicho, por una vocación más o menos verdadera, ¿sintió usted también el estímulo de sobreponerse a las personas religiosas?

-No he visto personas religiosas que despertaran en mí esa emulación. Ya ve usted que digo todo lo que pienso con absoluta sinceridad.. Yo sentía, sí, anhelo de igualarme a los santos.

-¿A los santos? Brava ambición a fe mía.

-Pero no he hallado atmósfera donde pudiera fomentarla. He conocido sacerdotes ejemplarísimos, sí; pero me ha parecido tan fácil igualarles y aun superarles, que la emulación apenas se ha manifestado en mí, y no he sentido por ello la menor inquietud.. Pero si no he encontrado atmósfera de santidad, sencillamente porque no la hay, he encontrado atmósfera guerrera y política. La historia viva, tan patética y hermosa; la presencia de un hombre que rebasa la línea de la multitud, me han trastornado. Aquí, en el seno de esta dulce confianza que entre los dos se ha establecido, hablando con el amigo, con el confesor, yo me despojo de todo (p.3835) artificio de falsa modestia para decir: "Lo que ha hecho Zumalacárregui, lo habría hecho yo.. no se ría usted de mí.. lo habría hecho yo tan bien como él.. y si me apuran, diré que mejor. Mi carácter ha sido siempre de una franqueza escandalosa. No oculto nada de lo que siento".

-Señor mío -dijo Ibarburu, con un granito de sal irónica-, hace usted bien en manifestar tan sin artificio sus pensamientos. Ahora, vengan los hechos a demostramos que usted no se equivoca.

-La realidad, la maldita realidad -afirmó el otro clérigo con pena-, siempre se compone de modo que mis ideas resulten burladas. Llegué tarde a la santidad; llego tarde a la guerra. Otro ha hecho lo que yo habría podido y sabido hacer. Crea usted que esto de organizar tropas, convirtiendo en batallones aguerridos las bandas de campesinos indisciplinados, es en mí un instinto poderoso que vengo alentando desde la tierna infancia. La obra de este hombre, hermosa en alto grado, paréceme que es obra mía, y que mi espíritu se ha introducido en él para inspirarle sus resoluciones.. No se ría usted, que esto no es cosa de broma. Digo todo lo que siento.. Pues bien: yo llego tarde al terreno de los hechos. ¿Qué puedo esperar? Que me pongan en filas, que me den el mando de una compañía..

-Ciertamente: por algo se empieza; y si su valor y pericia responden a esos alientos, podrá usted prestar eminentes servicios a la causa sacratísima de la Religión y del Rey.

-¡Ay, amigo mío -replicó Fago con desaliento-, como digo lo uno digo lo otro! O sirvo para todo, o no sirvo para nada.. Dudo que en una situación subalterna pudiera prestar servicios eficaces.. Entendámonos: digo que lo dudo; no niego en absoluto que pueda prestarlos.. Sea lo que quiera, he llegado tarde a la guerra, como llegué fuera de tiempo a la santidad.

-¡Quién lo sabe! En una y otra esfera no hay linderos para el hombre de gran corazón, de inteligencia poderosa.

-Los hay, sí, señor, y la emulación queda reducida a un anhelo impotente, horrible suplicio del alma.. Puesto que todo se ha de decir, sepa usted que toda mi vida (p.3836) he sentido en mí la conciencia estratégica la apreciación de las distancias, de las alturas, del obstáculo que ofrecen los ríos.. Yo conocía que en mi espíritu se formaba un arte, una ciencia; pero no se me presentó nunca la ocasión de aplicarla.. Ahora, ¿de qué me sirve sentir intensamente la geografía militar.. y le advierto a usted que conozco la de este país palmo a palmo, porque si no guerrero he sido cazador, y allá se va lo uno con lo otro.. de qué me sirve, digo, sentir la distribución, marcha y colocación de tropas sobre el terreno, y saber calcular, al menos yo me lo creo así, un ajuste perfecto entre el tiempo y la acción?.. Si he de manifestar todo, todo lo que me bulle por dentro, sin falsa modestia, diré que hoy veo el desarrollo de la guerra, paso a paso; y puesto yo en el lugar de Zumalacárregui, me sería muy fácil llevar triunfantes las banderas de Carlos V a la orilla derecha del Ebro, ganar Burgos y Zaragoza, y plantarme en Madrid, terminando la campaña en cuatro meses.

-Oh, no crea usted que me parece un disparate -dijo Ibarburu, frotándose los soñolientos ojos-. Yo no me siento, como usted, capaz de tan grande hazaña; pero de que puede y debe realizarse, no tengo duda.

-¿La realizará este buen señor?"

Fatigado ya de tanta conversación, y contemplando con envidia el sueño beatífico del auditor, Ibarburu no respondió sino con monosílabos pronunciados en bostezos: "¿No le parece a usted, amigo Fago, que debemos echamos a dormir y dejar para mejor ocasión eso de si vamos o no vamos triunfantes a Madrid.. la semana que viene?"

Dicho esto, empezó a desnudarse, mientras el otro, sin ganas de dormir, se paseaba por el largo aposento, con las manos a la espalda. Temeroso de haberle lastimado con la última expresión, un tanto burlona, agregó Ibarburu palabras afectuosas: "Mañana trataremos de que se presente usted al General y hable largamente con él. Conviene que Don Tomás le conozca.. Es hombre muy perspicaz, ¡oh!.. gran catador de caracteres.. Escóndase el mérito todo lo que quiera; ¡ah!.. yo le respondo a (p.3837) usted de que ése lo descubre.. y es más, yo le respondo a usted de que lo utiliza.

-¿Le trata usted?

-¿Al General? Hombre, ¿cómo no? Y me distingue mucho. Yo he venido a la guerra con Iturralde. Soy, pues, más antiguo aquí que el General mismo. Respondo de que será usted bien recibido.

-Pero yo -murmuró Fago con sencillez infantil-, yo, pobre de mí, ¿qué le voy a decir?

-¡Hombre de Dios! -replicó el otro agazapándose en las sábanas-. Modestísimo estáis.

-Dígame una cosa antes de dormirse. Y usted, tanto tiempo en la guerra, capellán de Iturralde, capellán de Eraso, capellán de Gómez, ¿no se ha sentido alguna vez, con el contacto diario de esos nobles guerreros, no se ha sentido.. pues..?

-¿Belicoso? -dijo Ibarburu anticipándose a la expresión completa del pensamiento-. No, amigo mío. No sirvo para eso. Ayudo a la causa en mi humilde esfera eclesiástica, y jamás he pensado en las glorias de Marte. No quiero tampoco achicarme, ni diré con falsa modestia que no sirvo para nada. Es más: le imito a usted en su noble sinceridad, y digo a boca llena que he prestado y presto servicios de la mayor importancia. Yo he desempeñado misiones arriesgadísimas; yo he redactado manifiestos; yo he sostenido correspondencia con prelados, juntas de España y el extranjero, y cuando llega un apuro de personal, yo el hombro a la Intendencia.. que lo diga el que ronca.. yo no me desdeño de echar una mano a Sanidad.. Y añada usted el diario, el continuo servicio de implorar al Todopoderoso para que incline siempre de nuestro lado la suerte de las armas.. Que no lo consiguen todo las balas, amigo mío; que algo y algos, y mucho y remucho hacen las oraciones. ¿No cree usted lo mismo?

-¿Se permite contestar con absoluta sinceridad?

-Hombre, sí.

-Pues, tratándose de los éxitos de la guerra, más fe tengo en las balas que en las oraciones. ¿Es herejía?

-Herejía, no.. Y puede que lo sea, porque pone usted en duda la excelsa sabiduría y el supremo criterio con que el Altísimo decide las querellas de los hombres, haciendo prevalecer a los (p.3838) buenos sobre los malos.

-Bueno; pues concedo. No riñamos por eso.

-Y en prueba de concordia sobre este punto importantísimo, recemos, amigo Fago, recemos; no sólo para pedir a Dios perdón de nuestras culpas, sino para que nos conceda..

-Un poco de artillería, que es lo que más falta nos hace -declaró Fago terminando jovialmente el concepto.

-Diga usted que es lo único que nos hace falta. Que nos den cañones.. y me río yo del paso del Ebro.. En fin, recemos".

Rezaron un buen cuarto de hora, y luego Ibarburu, disponiéndose a dormir, rebozada la cabeza en la sábana, por no tener gorro con que defenderla del frío, se despidió de su amigo con estas palabras:

"¿Y a mí se me permite hablar con sinceridad, sin el artificio de la falsa modestia, diciendo, a estilo de Fago, todo, todito lo que pienso?

-Claro que se permite.. Es más: se prohíbe en absoluto la hipocresía; quedan abolidos los remilgos del disimulo.

-Pues Ceferino Ibarburu no se ruboriza de afirmar que se conceptúa necesario en el ejército del Rey legítimo, y que está plenamente convencido de que, el día del triunfo, sus servicios no pueden ser en justicia recompensados con menos que con una mitra". (p.3839)

Ya no dijo más, y se quedó dormido. "¡Una mitra! -pensó Fago paseándose-. Éste será obispo.. y yo.. nada". Sorprendiéronle en vela las primeras luces del día.

 

Ep-21-IX -

De Sangüesa marcharon los carlistas con su Rey a Lumbier, y sin detenerse aquí más que algunas horas, continuaron en dirección de Aoiz. Temiendo que fuerzas considerables mandadas de Pamplona le cortaran el paso de Zubiri, apresuró Zumalacárregui su marcha, corriéndose por el norte de la capital en busca de su habitual base de operaciones, las fragosidades de Andía y Urbasa. El único hecho militar de importancia, en los días de esta atrevida marcha, fue el combate, desgraciado para los carlistas, entre la columna de Mancho y la división del General cristino Linares: ocurrió muy a la derecha del ejército de Zumalacárregui, en la Foz de Aispuri cerca de la (p.3840) frontera de Aragón. Las ventajas obtenidas en aquellos días por D. Carlos consistieron en la presentación de bastantes oficiales del ejército nacional, perseguidos o postergados por sus opiniones realistas, descollando, entre estas valiosas adquisiciones, la del artillero D. Vicente Reina, a quien recibieron como enviado del cielo. Sólo tres cañones de montaña tenía Zumalacárregui, y como no era fácil quitarle piezas al enemigo, ni menos traerlas del extranjero, daba vueltas en su fecundo magín a la idea de construirlas en el país. A principios de aquel año había sorprendido la fábrica de municiones de Orbaiceta, apoderándose de gran cantidad de proyectiles, que mandó enterrar en diferentes puntos de los enmarañados montes. Lo primero que hizo Reina fue examinar uno por uno aquellos depósitos, y conocidos el calibre de las bombas y granadas, Zumalacárregui propuso al oficial y a un químico navarro, llamado Balda, que le fundieran dos obuses.

Por este tiempo, y hallándose el Cuartel Real y el ejército en el valle de Araquil, tuvo Fago ocasión de tratar a Gómez, que mandaba dos batallones; mozo despierto y valentísimo, a quien, andando el tiempo, había de hacer famoso la audaz expedición o correría que en la Historia lleva su nombre. Por un cambalache de caballos entraron en relaciones, y comieron juntos y merendaron más de una vez. Era Gómez franco y decidor; Fago, taciturno: por esta diferencia quizás simpatizaron. Una noche le mandó llamar a su alojamiento para decirle que sabedor el General de sus aficiones belicosas, por más que de ellas no hiciera alarde, deseaba verle. A la mañana siguiente le designó sitio y hora el ayudante Plaza, y, con efecto, a punto de las diez entraba el clérigo en la casa del cura, donde el guerrero famoso se alojaba. Una horita de antesala tuvo que aguantarse, porque estaban de conferencia el artillero Reina, el químico Balda y dos señores del Cuartel Real. Al fin pasó mi hombre, y fue recibido por Zumalacárregui con severa cortesía, tan distante de la familiaridad como de la (p.3841) rigidez orgullosa. Mandole sentar, le pidió permiso para repasar unos papeles, y después, mirándole fijamente, con aquella atención penetrante que era en él habitual, le dijo: "Amigos de usted me han informado de sus aficiones a la guerra. Déjeme usted ser franco y decirle que los curas armados me gustan poco.

-Y a mí menos, mi General.

-Algunos he tenido muy bravos; pero no los quiero, no los quiero. El soldado es el soldado, y el cura, el cura: cada cual en su profesión.. El soldado combatiendo sirve a Dios, y el cura rezando sirve al Rey. ¿No le parece a usted?

-Sí, señor.

-A los que se me han presentado con ganas de pelea, y a los que estaban con Iturralde cuando yo me hice cargo del mando, les he puesto en filas. Unos se han cansado y se han ido. Otros, muy pocos, continúan y son soldados excelentes. Pero no les dejo capitanear partidas volantes, porque tengo para mí que nos afea la causa el espectáculo de Cristo con un par de pistolas.

-Lo que dice vuecencia me parece muy atinado -declaró Fago con fría conformidad-. Pero si así piensa, sírvase decirme para qué me ha llamado.

-Tenga usted paciencia -contestó Zumalacárregui, atravesándole otra vez con su mirada como con una aguja-. Si es muy vivo el entusiasmo de usted por la causa, como me han dicho, quizás encuentre yo medios de utilizar las cualidades que sin duda tiene. El Sr. Arespacochaga me ha dicho que abrazó usted el estado eclesiástico como arrepentimiento y corrección de una vida disipada.

-Es verdad.

-¿Es usted navarro?

-No, señor: soy aragonés, de la Canal de Berdún.

-¿Conoce bien su país?

-En mi país y en todo el territorio de las Cinco Villas no hay rincón que no me sea tan familiar como mi propia casa. La Ribera de Navarra también me la sé palmo a palmo, y la merindad de Sangüesa lo mismo. Del resto de Navarra que he recorrido como cazador o paseante en mis tiempos de mozo, y de la Parte de Guipúzcoa donde he vivido últimamente, sólo diré que montes y ríos me conocen a mí".

Zumalacárregui le observó un rato sin decir nada. Era hombre que oía (p.3842) más que hablaba, y que no gustaba de palabras ociosas.

"Sin el conocimiento práctico del terreno -dijo después de una pausa-, no se puede ser buen militar. Y según mis noticias, que ha corrido tanto por estos vericuetos, debe de conocer hombres tanto o más que a los ríos y montañas.. Sr. Fago, yo podría encargarle a usted de una comisión, que no es muy militar que digamos; comisión poco gloriosa, poco brillante, pero que, en las circunstancias presentes, desempeñada con diligencia y sagacidad, nos resolvería un gran problema.. Y se me figura que usted sabría prestar este servicio al Rey con el sigilo y la prontitud que el caso requiere.. Fíjese usted. No se trata de ninguna empresa heroica, sino de un trabajo modesto, para el cual se necesita paciencia, astucia, honradez, amor a la causa y.. valor; también se necesita valor, porque la cosa tiene sus peligros.

-Dígamelo pronto, mi General -replicó Fago, que se abrasaba en impaciencia.

-Pues verá usted: poseemos gran cantidad de proyectiles, de los que cogimos en Orbaiceta; pero nos faltan cañones.. Si yo tuviera un par de obuses, no se reirían de mí las guarniciones de las villas de Navarra. ¿Y cómo me las compongo para adquirir esas dos piezas? Se me ha ocurrido hacerlas. Reina y Balda me han dicho ayer, y hoy me lo han repetido, que si les doy metal, fundirán los obuses en la ferrería de Labayén. ¿Pero de dónde saco yo el metal?

-Lo mismo digo: el metal, ¿dónde está? Habrá que extraerlo de las entrañas de la tierra.

-No, señor: hay que sacarlo de las entrañas de las cocinas y comedores de todas las casas de Navarra y Aragón, y el buscarlo y traérmelo es la misión que se me ha ocurrido encargar a usted.

-Comprendido, mi General. Vuecencia quiere que yo haga una colecta de cacerolas, badilas, almireces, aros de herradas, chocolateras, velones, braseros y demás objetos de cobre.

-En cantidad considerable -indicó Don Tomás sin mirarle, trazando con la pluma una rápida cuenta sobre el papel que delante tenía-, porque.. señor mío, no me contento ya con los dos obuses, y haré dos (p.3843) piezas de batalla de a ocho, y quizás cuatro.. vamos, seis. Crea usted que si conseguimos esto, la campaña tomará otro giro.. ¿Qué tiene usted que decir?

-Que se necesitan.. no puedo calcularlo.. pero creo que no hay bastantes badilas y almireces en Navarra y Aragón para esa obra, mi General.

-¿Pues no ha de haber?

-¿Y ese material, entendámonos, se compra, se pide.. o se toma?

-Tráigamelo usted, y arréglese como pueda para obtenerlo. La habilidad del comisionado consiste en reunir metales con el menor gasto posible. En los pueblos adictos hallará usted muchas familias que ofrezcan su chocolatera para fundir los cañones de la Monarquía legítima; otras menos fervorosas darán ese adminículo por poco dinero, y habrá también quien lo niegue.. Al que lo niegue se le quita, respetando siempre los conventos y casas de religión.. En fin, que la causa necesita artillería, y el país debe proporcionar los medios de fabricarla. El sacrificio no es grande. Que sustituyan, durante algún tiempo, el cobre con el barro. ¿Qué más da?

-Admiro -dijo Fago con profundo respeto-, la energía de vuecencia, la fecundidad de su mente y la firmísima voluntad que aplica a cosas al parecer nimias para llegar a la realización de grandes fines. Lo que yo siento es no poder prestarle el servicio que me propone, no por falta de buenos deseos, sino porque no me reconozco con aptitudes para eso que.. no sé si es tráfico de quinquillero, o postulación de mendicante.. o algo que requiere mañas parecidas a las de los gitanos.

-Es un servicio de guerra como otro cualquiera; servicio que requiere destreza, habilidad y valor, porque si usted consigue reunir, como es mi deseo, grandes cantidades de metal en las Cinco Villas, y me las trae, fíjese bien, franqueando los caminos carretiles, donde es muy fácil encontrar columnas cristinas, necesitará desplegar cualidades militares que no son comunes. Le daré a usted alguna fuerza.

-¿Cuántos hombres? -preguntó Fago con inmenso interés.

-A ver.. dígalo usted.. Le advierto que necesito el metal pronto, y que (p.3844) le señalo a usted ocho días, a lo sumo, para traerme los quinientos quintales.

-Pues ponga vuecencia a mi disposición una columna de doscientos hombres.

-¡Doscientos hombres! Es mucho -dijo Zumalacárregui sin mirarle, liando un cigarrillo-. No me vaya usted a salir con una partidita volante que moleste a los pueblos de Aragón sin gran ventaja para la causa. En aquel terreno, figúrese usted lo que tardarían en merendársela los cristinos.. ¡Doscientos hombres!.. ¿y para qué? Para saquear las cocinas de los pueblos.. No me conviene, no. Convénzase usted de que ésta no es campaña de guerrillas, sino de ejércitos: las guerrillas pasaron, señor mío; hicieron su papel en la guerra de la Independencia y en las trifulcas del 20 al 23; pero todo eso está mandado recoger. Los llamados partidarios no llevarán a Su Majestad a Madrid.

-Mi General -dijo Fago con vivísima intensidad en la expresión de su deseo-, deme vuecencia los doscientos hombres, y antes de ocho días pongo en Labayén mil quintales de metal a disposición del Sr. Reina, que ya puede ir preparando los hornos. Las operaciones que en esos ocho días realice yo, dentro del territorio de las Cinco Villas exclusivamente, serán de mi responsabilidad. Quedo obligado por mi honor a presentarme a vuecencia con los doscientos hombres, o con los que me queden, y vuecencia decidirá si sigo o no sigo".

Zumalacárregui le miró como se mira a un loco. Comprendiendo Fago el sentido de aquella mirada, se levantó para coger el sombrero, y se despidió en esta forma:

"Mi General, dispénseme. En la mirada de vuecencia he conocido que le parece disparate lo que le propongo. Con seguridad hallará vuecencia persona más apta que yo para ese servicio de reunir trastos de cobre. Y como no quiero que por mí pierda el General su precioso tiempo, le pido su venia para retirarme".

Púsose en pie Zumalacárregui, y con movimiento pausado y noble, sin perder ni un instante su gravedad, le quitó el sombrero de las manos, diciéndole: "No tenga usted tanta prisa, que aún no hemos acabado. (p.3845) Siéntese usted". Algo había visto en el carácter del aragonés que le agradaba, o que, por lo menos, despertaba en alto grado su interés y curiosidad. Quería, pues, penetrar en el antro de resoluciones atrevidas y pensamientos tenaces que, sin duda, existía detrás de aquella cara de vigorosas líneas, de aquella frente pálida, de aquellos ojos ya fulgurantes, ya mortecinos, como escritura cifrada que necesita clave para su interpretación.

"No le doy a usted los doscientos hombres -dijo D. Tomás poniéndole la mano en el hombro-. Le daré doce nada más, con los cuales tendrá fuerza bastante para otra comisión que voy a proponerle".

 

Ep-21-X -

Entró un ayudante con despachos que debían de ser urgentes, porque el General se aplicó a leerlos con avidez, y la conferencia fue interrumpida.

"Si vuecencia necesita despachar, o quiere recibir a alguien -le dijo el clérigo-, en la antesala aguardaré hasta que se me ordene.

-Sí, hágame el favor".

Retirose Fago a la sala próxima, donde esperaban dos hombres del pueblo y algunos militares. No vio ninguna cara conocida, de lo que se alegró, pues no tenía gana de andar en saludos ni de entrar en conversación. En su aburrimiento se puso a contemplar el adorno de imágenes y estampas de la sala, el cual era tan variado como edificante: un Niño Jesús bien vestidito, un San Joaquín con faldas ahuecadas, y entre ellos una laminota de barcos de guerra peleándose. Corderillos bordados y un retrato de caballero con peluquín y chorreras, y en la mano una carta doblada en pico, completaban el ornato. Extremada era la limpieza de todo, y el piso, de tablas desiguales enceradas, ostentaba un lustre excepcional de días de fiesta. Cuando más solo se creía Fago, sorprendiole el cura, dueño de la casa y patrón del General, llegándose a saludarle con la confianza natural entre colegas. Era un hombre de mediana edad, pequeñín, torcido de cuerpo, de cara feísima, boca gimiosa y risueña, y ojos ratoniles. "¡Pero este señor General, qué poco se cuida de su salud! -dijo de buenas a primeras-. Pidió la comida para las doce, y son ya (p.3846) las dos.. Ayer fue lo mismo: en conferencias y visitas se pasó la tarde, y a las seis le servimos el puchero. No gusta de hacer esperar a nadie. Todo el mundo por delante, y él el último.

-Pone toda su atención en los asuntos de la guerra -indicó Fago disimulando sus pocas ganas de palique-, y no se acuerda de las necesidades corporales: es todo espíritu, y su descanso es un continuo trabajar.

-Dios le conserve ese talentazo y esa actividad prodigiosa. Lo mismo se inquieta de las cosas grandes que de las pequeñas. Pero en la guerra, digo yo, no hay nada insignificante. De cualquier futesa depende el éxito; cualquier descuido trae un desastre; en la última piedrecilla tropieza y cae un ejército.

-Es la pura verdad -dijo Fago, teniendo por discreto al cura, que a primera vista le había parecido tonto-. Un General como éste, que sabe su obligación y mide sus responsabilidades, duerme en la almohada de sus pensamientos, y come en la mesa de sus afanes".

El clérigo torcido y feo se frotó las manos; rasgó su boca en una larga sonrisa, señal de que variaba bruscamente de conversación, y dijo estas palabras no exentas de malicia:

"¿Con que ya tenemos en campaña a su señor tío de usted, el gran pastor navarro?

-No comprendo lo que usted dice, señor cura.

-Que ya tenemos de General en jefe de los cristinos y Virrey de Navarra a su tío de usted, D. Francisco Espoz y Mina. ¡Si ya lo sabe todo el mundo!

-Menos yo, que también ignoraba que fuese sobrino de D. Francisco.

-Entonces nos confundimos.. ¡Oh!, dispénseme.. -dijo el curita estrechándole las manos-. Le tomé a usted por Aquilino, el cura de Elizondo, sobrino carnal de Mina; digo, de su primera mujer. Vaya, que se le parece a usted en la color morena, en el ceño adusto, y en el metal de voz sobre todo. ¿Conque no? Por muchos años. Yo me alegro; porque francamente, como tenemos en contra al gran guerrillero, y hemos de cachifollarlo todo lo que podamos, celebro infinito que no sea usted su pariente. Pues yo, al entrar, le vi a usted y me dije: "¡Hola!, aquí tenemos al (p.3847) curita de Elizondo, enviado por su tío para parlamentar..". ¡Si hasta se ha dicho que Mina se nos venía a casa! Yo no lo creo. Pero, francamente, al ver al cura de Elizondo.. pensé: "Tratos tenemos y recaditos. Mina es astuto, éste más. Puede que se entiendan, y unidos los dos, nos traigan en cuatro días el triunfo del Altar y el Trono". Yo discurría con buena lógica.. porque.. la cosa es clara.. usted en Elizondo, a dos pasos de la frontera por acá; Mina en Cambo, a dos pasos de la frontera por allá. "Nada, nada -pensé yo-: el sobrino se ha puesto al habla con el tío, y ahora trae el recado, y luego vuelta a Cambo con la contestación..". Digan lo que quieran, es usted el retrato de Aquilino Errazu, y el General, cuando le vea, le dirá..

-El General ya me ha visto, y no me ha dicho nada de eso".

Con la palabra en la boca se quedó el cura. Fago fue introducido nuevamente de orden de D. Tomás, y éste le dijo, permaneciendo los dos en pie:

"Le doy a usted doce hombres, que escogerá a su gusto, y con ellos se me encarga de una comisión para la cual se necesita arrojo, astucia y actividad extraordinaria. Dígame ante todo: ¿conoce usted bien los senderos de Vizcaya en el límite con Guipúzcoa? (p.3848)

-Los senderos que no conozca los aprenderé al instante.

-Tiene usted que ir a la costa, entre Motrico y Ondárroa. Cerca de esta villa, en un playazo, hay un cañón de hierro, excelente, de a doce, abandonado por el Gobierno cristino. Va usted, lo coge y me lo trae. Cómo se las ha de componer para transportar esa mole, usted verá. Escogeremos soldados que sepan de carpintería, pues será preciso hacer un carro. Piense usted y determine el camino que ha de seguir para transportar esa carga, burlando a las autoridades cristinas, y evitando que la noticia se divulgue. El cañón quiero que esté en Alsasua dentro de seis días. Hoy sale usted de aquí con los doce hombres y ocho onzas para los gastos que se ocasionen. Creo que bastará, aun suponiendo que sea menester (p.3849) emplear parejas de bueyes y pagar algunos jornales. Calculo yo que mis paisanos ayudarán todo lo que puedan sin interés alguno".

Presentado el asunto con tanta sencillez, el General aguardó un ratito la respuesta de Fago, que mirando al suelo parecía meditar en las dificultades de la empresa.

"¿Qué? -preguntó Zumalacárregui impaciente y algo desdeñoso- ¿Cree usted que la cosa es difícil, imposible?

-Nada hay imposible -afirmó el otro afrontando la mirada del héroe-. Si esto fuera fácil, creo que vuecencia no me lo encargaría a mí. Traeré el cañón. Me parece poco seis días.

-Pues sean ocho. Hoy es miércoles. Del martes al jueves próximos estaremos en la sierra de Urbasa. Villarreal se adelantará a la ermita de San Adrián para esperar a usted. Sobre los medios que ha de emplear para el transporte, nada le digo, y lo fío todo a su ingenio, audacia y buena disposición. Construirán ustedes un carro..

-Mejor será una narria..

-Es verdad, narria.. y aprovechando estas noches larguísimas.. ¿Qué luna tenemos?

-Ayer ha sido el menguante.

-Mejor.. Nos conviene la mayor obscuridad. Tenga usted presente que corre el riesgo de encontrar las columnas cristinas de Carratalá, de Jáuregui o de Espartero. En cambio, puede favorecerle la columna nuestra que manda Eraso. Pero le advierto que se ve obligada a operar constantemente, y que tan pronto está en Vizcaya como en Guipúzcoa. Procure usted indagar sus movimientos y aproximarse a ella.. Y por último, no necesito encarecer a usted el sigilo, aun aquí mismo. Nadie tiene que enterarse de esto, y los doce hombres que le acompañen no deben saberlo hasta que estén en camino. Sin vacilar escójalos usted guipuzcoanos.

-He pensado lo mismo.. En este momento se me ocurre una idea.

-Dígala usted pronto.

-Me basta con ocho hombres.

-Perfectamente.. y guipuzcoanos los ocho, conocedores del terreno. Hay dos de mi pueblo, que son capaces de subir a lo alto del monte Aizgorri la torre de la iglesia.

-¿Cuándo salgo?

-Esta tarde. Plaza le arreglará a usted todo.. Y no hay más que (p.3850) hablar. Hasta el lunes o martes.

-Mi General.. hasta la vuelta.

-Y si me demuestra, con el buen cumplimiento de esta comisión, que aciertan los que ven en usted un hombre de grandes aptitudes para la guerra.. ya hablaremos.

-Ya hablaremos -repitió Fago estrechándole la mano-; pero por el pronto ya no se habló más, pues ni uno ni otro eran inclinados a la verbosidad. No salió, no, sin que le asaltara en la habitación próxima el dueño de la casa, oficiosamente expresivo, y con ardientes picazones de curiosidad. Algún trabajo le costó al aragonés sacudirse aquella mosca, y salir a escape hacia su alojamiento. Allí se vio obligado a despistar a Ibarburu, endilgando todas las mentiras que requería la diplomacia, arte en contradicción con la rigidez del Decálogo, y no pensó más que en prepararse para la expedición. Poco después del anochecer salió con los ocho hombres; dejaron en la aldea próxima los unos su traje militar, el otro sus arreos eclesiásticos, vistiéndose de aldeanos vascos, y calzando peales, y a la calladita franquearon la alta sierra para descender al valle donde nace el Oria, por las inmediaciones de Cegama. Eran los expedicionarios gente decidida, honrada hasta la inocencia, fuertes, incansables, buenos como los ángeles en tiempo de paz; en la guerra, dotados de un valor flemático y de una pasividad fatalista, que les hacía de hierro para atacar, de peña para resistir. Dispuso el capellán que se dividiera la cuadrilla en tres grupos para mejor disimulo, y les marcó los sitios y fechas en que debían tomar un descanso de pocas horas; les encargó que evitaran el paso por las poblaciones, deslizándose por las afueras de Villarreal y Azpeitia, y ganando la boca del río Urola para seguir luego por la costa hasta las inmediaciones de Motrico, adonde llegarían al amanecer del viernes. Los que Fago dejó consigo eran dos hermosos ejemplares de raza vasca: el uno, impetuoso y jovial, de cuarenta años, carpintero, natural de Azcoitia; el otro, fuerte y membrudo como un oso, de mucha andadura y pocas palabras, era del (p.3851) mismo Ondárroa. Se le había encargado poner al jefe de la expedición en contacto con dos individuos de aquel pueblo, para quienes llevaba una carta redactada en forma convencional.

Cumpliose con toda exactitud el plan de ida, y reunidos, con diferencia de pocas horas, en el punto designado, encamináronse juntos a Ondárroa por la costa, pues allí no era necesaria tanta precaución. Todo el viernes lo empleó Fago en hacerse cargo de la pieza que los hermanos Ciquiroa le mostraron y en labrar una sólida narria, para lo cual se les facilitó lo preciso en un taller de carpinteros de ribera: tres de la partida se destacaron a Motrico para contratar parejas de bueyes, que debían esperar a media noche en el camino de Garagarza, y la salida de Ondárroa se verificó con yuntas de la localidad, al amparo de personas adictas, tan desinteresadas como discretas. Serían las diez de la noche cuando el cañón fue movido y arrastrado por aquellos arenales, y después por caminos duros, no sin que hubiera que vencer, a trechos, obstáculos y pendientes. Pero la fuerza hercúlea de los ocho expedicionarios y la serena dirección de su jefe, ayudado por los que en la salida arrimaban el hombro al bronce de la causa, salvaron las dificultades, adiestrándose para las mayores que en el resto del camino habían de sobrevenir.

 

Ep-21-XI -

Hombre previsor, y que no fiaba al acaso la ejecución de su plan, Fago enviaba por delante a dos o tres de sus hombres para que buscasen bueyes y los tuviesen preparados en sitios convenientes. Había que resolver el problema de salvar la divisoria entre el Deva y el Urola, evitando el paso por los caminos reales, donde era fácil encontrar tropas cristinas de las divisiones de Jáuregui o Carratalá. Y ningún auxilio debían esperar de la columna de Eraso, que, según les dijeron, había tenido que replegarse a Éibar, y de aquí a Durango, acosada por Espartero. Mas sin acobardarse por este desamparo, y esperándolo todo de la Providencia divina, franquearon sin accidentes insuperables las enormes pendientes del monte San Isidro, (p.3852) arrastrando el cañón con cuatro parejas por un difícil y áspero sendero. A cada paso tenían que apartar piedras y troncos, o desatascar la narria, o vencer obstáculos que la desigualdad del camino les ofrecía; trabajo de cíclopes que sólo pueden acometer y consumar la ruda perseverancia, la inquebrantable adhesión a una causa más religiosa que política, cualidades asistidas de un vigor muscular a toda prueba. Todo esto lo tenían aquellos hombres, almas encendidas en ingenuo fanatismo, cuerpos atléticos. Eran niños en el sentir, gigantes en el hacer; cuando parecían extenuados, de su cansancio sacaban nuevos bríos.

Dificilísima fue la ascensión a San Isidro; penoso el descenso hacia Urralegui, en la noche oscura, rodeados de una densa neblina, que al amanecer se hizo de tal manera espesa que no sabían por dónde andaban. Sólo encontraron algunos carboneros. El resplandor de una ferrería en el fondo del valle, muy conocida de algunos expedicionarios que habían trabajado en ella, les sirvió de guía para orientarse. Llegaron contentos y orgullosos a las inmediaciones de Azcoitia, y se ocultaron en la espesura del bosque, para tomar descanso durante el día, y estudiar el paso del Urola, que sería de gran dificultad si andaban por allí tropas cristinas. Mandó Fago cinco hombres hacia la venta de Elosua, a reconocer el puente próximo, tantear a la gente del país y procurarse las parejas necesarias para continuar a la noche siguiente. Uno que era de Azpeitia se encargó de acercarse a su pueblo para ver si había tropas, y con los otros dos se quedó solo el jefe, custodiando el cañón en sitio bastante cerrado de monte. Chomín llamaban a uno de ellos, y era de Éibar; hábil herrero y un poco maquinista; mocetón fornido, de corazón infantil y mollera tan dura como el hierro que sabía trabajar. El otro, de armazón ciclópea, superaba en corpulencia y vigor a todos los de la partida; levantaba pesos inverosímiles, y la barra usual de hierro era para él un juguete. Por lo demás, un pedazo de pan como carácter. Llamábanle Gorria, y era del (p.3853) señorío de Lazcano. Durmieron los tres como unas dos horas, y luego comieron de lo que Chomín traía en su morral: pan duro, que reblandecían en el agua de un manantial próximo, y queso áspero de Cegama. Gorria, que servía en la causa desde los principios de la guerra, contó a Fago cómo había sustituido Zumalacárregui a Iturralde en el mando de Navarra; las cuestiones entre la Junta y el primitivo cabecilla; cómo el gran D. Tomás organizó con tenaz energía su ejército, enseñando a los campesinos tiradores el oficio de soldado, inculcándoles la disciplina y haciéndoles bravos, serenos, obedientes. Contaban esto los guipuzcoanos en lenguaje tan sencillo como incorrecto, pues hablaban detestablemente el castellano, y el aragonés lo oía con tristeza, pues todo aquello grande y práctico con que había ilustrado su nombre D. Tomás lo habría hecho él si le dieran ocasión de ello. Gorria le contó el gran suceso de Arguijas, y luego lo de Salvatierra, con la derrota de Doyle. Aseguró que si pudieran hacerse con algunas piezas de artillería, la causa estaba ganada, y se merendarían a Mina, que ya se preparaba a darles batalla, y venía muy fanfarrón. Dijo Fago que Mina era muy querido en Navarra y la conocía palmo a palmo; pero que no podría con Zumalacárregui si éste tomaba buenas posiciones y le esperaba tranquilo. Más guerrillero que General, y enfermo y viejo, no había caído Mina en la cuenta de que los tiempos eran otros: no en vano pasan veinte años de política sobre los pueblos. El Ejército Real no valía menos, como tal ejército, que los mejores de Napoleón, con la ventaja sobre éstos de estar en casa, en un país enteramente adicto, donde todo le favorecía, la naturaleza y las personas. Los cristinos venían a ser como extranjeros: nadie les quería, pocos les ayudaban. Tenían que llevar consigo las armas y el pan, y fortificarse en todo punto donde ponían su planta. Por último, entonaron los tres un himno en alabanza de la sublime artillería, y juraron afrontar no sólo lo difícil, sino lo imposible, hasta llevarle a (p.3854) D. Tomás la pieza de Ondárroa, cuyos formidables disparos se imaginaban ellos semejantes al retumbar de mil truenos.

"Y si D. Tomás -añadió el capellán- sabe escoger el mejor terreno; si atrae a Mina o a Córdoba a una batallita en regla, mucho será que no os apoderéis de cuatro o seis piezas de campaña, con las cuales yo.. digo él, pasaría el Ebro por Cenicero, dirigiéndonos como un rayo a Ezcaray, para seguir luego sobre Burgos, y.. Pero dejemos venir los acontecimientos, que de fijo vendrán tal y como yo os los anticipo".

El descanso de los tres hombres fue turbado por uno de los compañeros, que se les presentó jadeante, y les dijo: "En el camino de Elosua, los cristinos.. muchos, muchos.. caballería grande.. Detenerse para ración.. Pasar hacen por aquí bajo, hacia Azcoitia, pues". De los otros compañeros vinieron luego dos confirmando la noticia. Los otros tres habían pasado el río, subiendo a las alturas de Pagochaeta en busca de yuntas de bueyes. Dispuso Fago internar más el cañón en el bosque, pues sólo se hallaban a un tiro de fusil del camino real que en lo hondo del valle serpenteaba. Echaron todos sus formidables manos, y tomado el tiento a la pesada mole, lograron moverla monte arriba como unas veinte varas, poniéndola en un sitio más escondido, al amparo de las ruinas de una cabaña de carboneros.. A poco de esto les sobresaltó un tiroteo lejano, señal de que alguna partida suelta molestaba a los cristinos desde las alturas de Elosua; fueron hacia allá, dejando el cañón custodiado por la Providencia divina, en la cual confiaban todos, y a la media hora de presuroso caminar, divisaron a lo lejos algunos hombres que iban a buen paso en dirección contraria al Urola, como hacia Placencia. Ordenó Fago que los más ligeros de piernas corrieran a su alcance, y les ordenaran detenerse de orden de Zumalacárregui. Eran escopeteros de la partida de Bidaurre; Chomín les conocía; corrió el primero; tras él fue Arizmendi, natural de Éibar, y pronto se pusieron unos y otros al habla. Por los de la partida supo el (p.3855) capellán que la columna cristina que se racionaba en Elosua era la de Carratalá. Reconociéndose todos al punto como defensores de la causa, en pocas palabras expuso Fago a los guerrilleros el objeto de su expedición, añadiendo que el General, al encargarle de transportar la pieza de artillería, habíale asegurado que las partidas volantes que operaban en combinación con la columna de Eraso le ayudarían en cualquier aprieto que pudiera ocurrirle. Un poco tardíos en hacerse cargo de la situación, los partidarios vacilaban; pero tal autoridad supo mostrar el aragonés, y con tan elocuente energía les habló, que se convencieron, prestándose a cuanto exigiera el servicio de la causa. Gorria, Chomín y los demás, hablando con los otros en vascuence, establecieron la más franca cordialidad. El principal de la partida les dijo: "¿Y qué tenemos que hacer?.. ¿Defender la pieza por si quieren quitárnosla?

-No -replicó Fago-. Si quisieran quitárnosla, sería imposible defenderla. Lo que tenemos que hacer es impedir que la descubran; ocultarnos todos cuidadosamente, sin hacer el menor ruido, y una vez que la retaguardia cristina avance y nos deje el río libre, echar entre todos mano al cañón, y pasarlo por el puente de Elosua. Si por acaso los cristinos dejan alguna fuerza en el puente, embestirla sin miedo, acuchillarla, y adelante. Pasado el cañón a la otra orilla, no nos faltarán parejas con que llevarlo esta noche a Urrestillo, y franquear luego el monte Murumendi".

Aprobado este plan, Fago mandó apartarse más hacia occidente, dejando una guardia que vigilase el movimiento de los cristinos. Los de la partida eran once bien armados, con municiones abundantes; los otros seis: diecisiete hombres en junto, de gran fortaleza y decisión. Contaron los escopeteros que Bidaurre les había mandado tirotear a Carratalá desde el monte, molestándole sin darle tiempo a la defensa, y que con rápida marcha se corrieran luego hacia Azcoitia para repetir la propia operación desde las alturas del puerto de Azcárate. El resto de la fuerza andaba (p.3856) por las cercanías de Azpeitia.

No se habían internado gran trecho en la espesura, cuando sintieron los clarines de la caballería cristina que avanzaba. Los vigías que habían dejado en las peñas que dominan a Elosua avisaron que aún quedaban allá grupos de fusileros en acecho, ocupando las alturas más accesibles. Toda su autoridad hubo de desplegar Fago para contener a los de la partida, que nada menos pretendían que cazar, como erbias (liebres) , a los soldados cristinos. Hízose por fin lo que la prudencia y el buen gobierno de la situación aconsejaban. Echáronse todos en tierra, con orden de no hablar, evitando la repercusión de sonidos en la sierra fragorosa, y así permanecieron hasta que la gradual lejanía del rumor militar les anunció que la columna enemiga había pasado río abajo. Decidió entonces Fago aprovechar el tiempo, y dirigiéndose hacia donde había dejado el cañón, ordenó que entre todos, utilizando el repuesto de sogas que llevaban, tiraran de él para bajarlo al puente. Diez y siete hombres de poderosa musculatura, bien podían desarrollar la fuerza de tiro de dos parejas; o, por lo menos, había que intentarlo hasta conseguirlo o reventar, pues se recibió la noticia de que tras aquella columna venía otra, que había salido de Villarreal al mediodía: su paso por el sitio de peligro sería dentro de hora y media o dos horas lo más. ¿Qué remedio había más que acelerar el transporte de la narria a la otra orilla, so pena de no poder hacerlo hasta muy tarde de la noche, o de correr el gravísimo riesgo de caer todos, cañón y hombres, en poder de los cristinos? Ánimo, y adelante.

Los diez y seis hombres, los treinta y dos brazos tiraron, obteniendo la unidad del esfuerzo con el grito rítmico de la gente de mar, y el pesado armatoste resbaló por el suelo, suave en algunos sitios alfombrados de grama, áspero en otros. Pero tal energía desplegaban, tan extraordinario poder desarrollaron los brazos de aquellos hombres, excitándose con frases de ardiente entusiasmo y fervor por la causa, que en veinte minutos trasladaron la (p.3857) carga a corta distancia del puente, situándola en un altozano, al borde de un talud, por donde era forzoso precipitarla. El peligro de que la mole, resbalando a impulso de su propio peso, arrollara a los más impetuosos, fue salvado con las serenas disposiciones que tomó el jefe. Felizmente, los cristinos no dejaron fuerza en la venta, con lo que ya no había más que acelerar el paso a la otra orilla antes de que llegara la segunda columna. Los de la venta, adictos también, ofrecieron su ayuda, y por fin, en media hora de colosales esfuerzos, tirando todos, arreándoles Fago con gritos y trallazos, salvé el cañón la joroba del puente, y pasó a la margen derecha del Urola, donde había un caminejo bastante expedito que les permitió internar la carga a trescientas o más varas de la orilla. No era el sitio seguro, ni mucho menos; pero imposibilitado de seguir adelante sin yuntas, ordenó Fago a los escopeteros que se volviesen a la orilla izquierda y tomaran posiciones en lo alto de las peñas para molestar a la columna cuando llegara, distrayéndola por aquella parte. Como la noche se venía encima, dispuso también que en las alturas donde habían estado antes se encendiesen hogueras, a fin de que la atención del jefe de la columna se desviara del sitio que interesaba mantener libre de toda sospecha.

Retirose con esto la partida, y despedidos los de la venta, previa la amenaza de fusilarles si daban el soplo a los cristinos, Fago y los suyos esperaron con vivísima ansiedad, pues en aquel caso se jugaban la vida. Discurrieron abrir un gran hoyo y enterrar el cañón: sólo una pala y una azada tenían; pero con tanto ahínco trabajaron, haciendo sus manos oficio de paletas, que el hoyo quedó abierto en media hora, y la pieza desapareció dentro de tierra y bajo una capa de yerbas y pedruscos. Hecho esto, se dispersaron, y situados en alturas fragosas, acecharon el paso de la columna. Temía Fago que los de la venta, por miedo o cobardía, revelaran el secreto a la tropa, o a la patrulla de chapelgorris, que seguramente vendría de noche; recelaba que si (p.3858) no los hombres, las mujeres, siempre charlatanas y enredadoras, dejaran traslucir algo, y no tenía tranquilidad hasta no salir de aquella comprometida situación. Al anochecer pasó la columna sin detenerse, circunstancia felicísima a que los expedicionarios debieron su salvación: sin duda quería llegar a Azcoitia a hora conveniente para alojarse. Los escopeteros tirotearon como a un cuarto de legua más abajo, conforme Fago les había advertido: todo iba bien, admirablemente combinado por la previsión suya, ayudada del acaso. Sólo podía entorpecer el éxito la inopinada presencia de los miqueletes, sobre todo si algún maligno o indiscreto les ponía sobre la pista del enterrado tesoro; pero este peligro se disponían a conjurarlo Chomín y Gorria, proponiéndose quitar de en medio a la patrulla, sin darle tiempo a respirar.

 

Ep-21-XII -

Llegaron por allí dos mujeres que Fago no vio con buenos ojos. No temía de ellas la traición deliberada, sino la infidencia inocente, por indiscretas habladurías.

"¿Saben ustedes -les preguntó- si están en la venta los miqueletes?

-Ya se fueron, pues, con tropa. Volver ya harán, pues, a las diez. La cena ya pedirle han hecho a Casiana.

-Chapelgorris dormir hacen por la noche.. y algunas noches ya hemos visto, pues, subir monte, y hablar confianza con partidas.

-No me fío -dijo Fago-; y ahora van ustedes a hacer lo que yo les mande, pero sin tratar de engañarme, porque en este caso lo pasarán mal.

-Serviremos ya, pues.

-Ahora se van ustedes a buen pasito por este sendero arriba, y en el primer caserío que encuentren se enteran de si hay pareja de bueyes, y la tratan, ofreciendo una dobla por media noche, y me la traen aquí; y si en vez de un par me consiguen dos, les daré a ustedes media onza de oro, con la cual paga este leal trabajo nuestro rey Carlos V. Accedan o no a prestarme este servicio, sepan que mientras estemos aquí no les permito pasar el puente para volver a la venta. Y no traten de engañarme, dando un rodeo para vadear el río, porque mi gente las vigila, y no hay (p.3859) forma de escapar. La que intentare pasar a la otra orilla antes que yo se lo permita, será pasada.. por las armas. Conque.. ya saben. Si me obedecen, media onza y viva Carlos V; si no, la muerte. Decídanse pronto".

Ambas gustaban en verdad de servir a la causa; pero la una tenía que volver a su casa con leña; las urgencias de la otra, que era corpulentísima, consistían en la obligación de dar la teta a su niño. "Tú llevarás la leña después -les dijo Fago-; y el crío tuyo, que espere. Por nada del mundo os permito volver a la venta". Ante tan resuelta actitud, diéronse prisa las dos a desempeñar su comisión, y con paso ligero emprendieron la marcha. Advirtioles el jefe que si encontraban a los dos hombres de la partida que habían salido con el mismo encargo de buscar yuntas, les diesen exacto conocimiento del lugar donde él y los suyos se encontraban. "Y otra cosa -agregó llamándolas después que echaron a correr-: que no me traigáis parejas con carro. Como yo sienta el chirrido de ruedas con los ejes desengrasados, hago un escarmiento en vosotras, en los boyeros y en los bueyes mismos.. ¡Eh, andando!"

Antes que las mujeres, se presentaron de regreso los dos hombres con una sola yunta, pues no habían podido conseguir más. Transcurrieron las primeras horas de la noche en gran ansiedad, con el temor de que apareciesen los miqueletes reforzados con tropa cristina; pero nada de esto ocurrió. No se oía más ruido que el del Urola saltando entre las peñas de su lecho. El vigía que pusieron junto al puente, ordenándole que permaneciese tumbado con el oído sobre la tierra, comunicó que los boinas rojas habían llegado, y después de permanecer un rato en la venta, cenando quizás, habían vuelto a salir, alejándose río arriba. Receló después Fago que las familias de las dos mujeres, que en aquel momento servían la causa del Rey, se inquietaran por su tardanza y saliesen en su busca; recelo que se confirmó antes de las once con la aparición de una vieja y un chico preguntando por las ausentes. Una y otro (p.3860) confirmaron la ausencia de los chapelgorris; la vieja, con su ardiente adhesión a la causa, manifestada espontáneamente, inspiró confianza al jefe; era madre de la mujerona que criaba: el esposo de ésta servía con Zumalacárregui. Expresados el nombre y la filiación del tal, resultó que Chomín le conocía; eran grandes amigotes. "¡Vaya, Tomás Mutiloa!" Echándose a llorar, dijo la vieja que el apóstol Santiago se le había aparecido la noche anterior, asegurándole que ella no se moriría sin ver a D. Carlos en el trono, ya la santa religión triunfante. Preguntole Fago si no había en su casa algún hombre forzudo que quisiese trabajar; a lo que respondió la anciana que en su familia no había más hombre que su hija Ignacia, la cual tenía una fuerza como la de una vaca. Tiraba de un carro de abono tan guapamente; araba como la mejor pareja, y para romper la tierra no había otra. "Pues tráele aquí la cría para que le dé la teta en cuanto venga, y así podrá ayudarnos". No quería la vieja más que obedecer, poniéndose decididamente a las órdenes de aquel personaje desconocido, en quien su senil imaginación y su fanatismo veían a un príncipe de la familia real, disfrazado. Pronto regresó con el chico, que parecía un ternero; media hora después volvían el marimacho y su compañera con una pareja de bueyes, única que habían podido encontrar.

Con los escasos elementos de que disponía, organizó Fago su marcha, y desenterrado en un momento el cañón, engancharon, y ¡hala monte arriba! Gorria formó yunta con la Ignacia, y daba gloria verles tirando de la pieza. La otra mujer también ayudaba, y el chico, que era su hermano, igualmente. Delante iba la vieja con el ternero en brazos, animando a los bravos campeones de ambos sexos con palabras de alegría y confianza en la causa: "¡Arrear, arrear ya, mutillac!, y háganse cargo de que al propio Rey a su palacio llevan. ¿Pesa, pesa? Ya vale, pues. Con este cañón que llevar hacéis, ya querrá Dios que D. Tomás hacer polvo a los negros.. ¿Cansar hacéis? Aquí no cansar ninguno. Pensar, pues, que a rastra llevar el mismo (p.3861) religión, y quitar el de herejes.. Pensar esto, pues, y Dios ya dará fuerzas a vos, hará que fuerzas tener como bueyes y caballos.. ¡Arrear, arrear!"

La noche era oscura, glacial, y la neblina condensada se resolvía en lluvia menudísima, que habría enfriado los huesos de los expedicionarios si el rudo ejército del tiro no les hiciese entrar en calor. Ignacia echaba fuego de su rostro; pero, incansable, daba ejemplo de resistencia a los hombres. Sin detenerse más que breves momentos en los puntos que designaba el jefe para tomar descanso, llegaron al amanecer a las alturas que dominan a Villarreal, y de allí, sin perder tiempo, cuesta abajo ya, se dirigieron a la cuenca del Oria por Astigarreta, donde ya tenían contratadas yuntas para bajar hasta Beasaín. La vieja con su ternero, la gigantesca Ignacia y la otra con el chico se despidieron allí para volver a su casa, después de bien recompensadas en nombre de Su Majestad, encargando la mujer-vaca que dijeran a su marido Mutiloa el grande servicio que ella había prestado a la causa, y que no dejara de portarse en toda ocasión como un valiente, pues el Rey y Dios, de una manera o de otra, se lo habían de premiar.

Acordó Fago un descanso de medio día, cinco horas de sueño y una para comer, y Chomín propuso que visitaran a un ermitaño que en aquellas soledades gozaba opinión de santo, y aun se permitía milagrear un poco. Llamábanle Borra, y hacía doce años que se había dado a la vida ascética, construyendo su cabaña de piedra y barro, techo de juncos y tierra, en una de las vertientes del Murumendi. Vivía de limosnas y del fruto de un huertecito que cultivaba junto a la cabaña. Chomín y Gorria, mientras conducían a su jefe a visitar al ermitaño, contaron, que éste había militado en las partidas realistas del año 22, y que habiéndole sorprendido Mina en actos de espionaje, le condenó a muerte, conmutándole luego la pena por la menos cruel y más infamante de cortarle las orejas. Se las cortaron, ¡ay!, y el pobre hombre se fue a su casa, sin gana ya de volver a guerrear por los realistas ni por (p.3862) ningún nacido. Agobiado de tristeza y soledad, pues además de la falta de orejas lloraba la de familia, vendió su corta hacienda, y se fue al monte, ávido de quietud religiosa, lejos de las pasiones humanas y del loco trajín del mundo. No volvieron a entrar tijeras en su barba y cabello, y éstos le cubrían la mutilación nefanda. Vestía un capote de pastor, y se hallaba acompañado de una cabra y un perro. Como a veinte pasos de su cabaña había plantado una enorme cruz hecha con troncos, y allí rezaba las horas muertas: aquélla era su iglesia, y no tenía más, ni le hacía falta para nada. El huerto dábale coles y borrajas, alguna patata; no cazaba, ni poseía instrumentos para quitar la vida a ningún ser. Sus devotos, que en Beasaín y Larza los tenía muy fieles, solían subirle cosas de más sustancia: alguna trucha del Oria, queso, pan, y en las solemnidades, huevos y algún chorizo de añadidura.

Distaban aún cien pasos de la choza Fago y sus compañeros, cuando se encontraron al ermitaño, que paseaba al sol, precedido de la cabra y el perro. Era alto y huesudo, tan tieso que parecía de madera; figura semejante a muchas que se ven en nichos polvorosos de las iglesias, olvidadas de la devoción, sin ofrendas, sin culto. El cabello entrecano le caía hasta los hombros, y la barba era de variados colores, uno y otra de extraordinaria aspereza. Calzaba peales, y se cubría todo el cuerpo con un ropón de jerga, remendado con cierto esmero, ceñido a la cintura por cuerda de cáñamo. En una mano llevaba el garrote, y en la otra un cuenco de media calabaza, con el cual bebía el agua cristalina de una fuente próxima a su vivienda. Saludado por los visitantes, miré a Fago con recelo, que el capellán disipó con palabras afectuosas.

"Eres tú aragonés -le dijo el venerable-. Por el acento te conocí. Vi y traté a muchos aragoneses en mi tiempo de pecador, y todos guapos chicos, pero muy quijotes.. camorristas, bebedores, cantadores y enamorados". Siguieron hablando de cosas indiferentes, y luego propuso Borra que le acompañasen a la fuente, donde (p.3863) catarían con él el agua más rica del mundo. De aquel líquido se daba el solitario, según dijo, grandes atracones mañana y tarde, y a ello debía su inalterable salud. Fueron, pues, al manantial, y sentados en el césped finísimo, bebieron de un agua cristalina y glacial, que a Fago le pareció como todas las aguas, y a Chomín inferior al peor vino. El de Navarra fue ardientemente elogiado por Gorria, y de aquí saltó la conversación a la guerra, diciendo Fago: "Nosotros tres y los compañeros que abajo quedan somos servidores del rey D. Carlos V, en favor de quien tú, bendito Borra, seguramente imploras los auxilios del cielo. Unos con las oraciones y otros con las armas, todos ayudamos a la causa". Respondió el ermitaño con frialdad, no inferior al agua que habían bebido, que él, desde que se retiró a la aspereza del monte, había hecho corte de cuentas con todo lo que fuera política, reyes y ambiciones armadas o pacíficas. Nada le importaba ya que mandase Juan o Pedro, y le gustaba más mirar a las estrellas que a los hombres. Hasta su soledad llegaban a veces rumores de tropas que pasaban por el fondo de los valles; pero él les hacía el mismo caso que si fueran las caravanas de hormigas que andan afanosas por la tierra.

"Óiganme, señores míos, y si quieren hacerme caso, bien, y si no, también. Yo les digo que la guerra es pecado, el pecado mayor que se puede cometer, y que el lugar más terrible de los infiernos está señalado para los Generales que mandan tropas, para los armeros que fabrican espadas o fusiles, y para todos, todos los que llevan a los hombres a ese matadero con reglas. La gloria militar es la aureola de fuego con que el Demonio adorna su cabeza. El que guerrea se condena, y no le vale decir que guerrea por la religión, pues la religión no necesita que nadie ande a trastazos por ella. ¿Es santa, es divina? Luego no entra con las espadas. La sangre que había que derramar por la verdad, ya la derramó Cristo, y era su sangre, no la de sus enemigos. ¿Quién es ese que llaman el enemigo? Pues es otro como yo mismo, el (p.3864) prójimo. No hay más enemigo que Satanás, y contra ése deben ir todos los tiros, y los tiros que a éste le matan son nuestras buenas ideas, nuestras buenas acciones".

Quiso Fago replicarle defendiendo las guerras cuyo fin es refrenar la maldad; pero el anacoreta no quiso escuchar tales argumentos, y levantándose y esgrimiendo el garrote, no con manera hostil, sino en forma oratoria, dijo estas palabras: "No, no, no.. ¡A mí con ésas! Condenado Fernando VII, condenado D. Carlos María Isidro, y condenadas todas las reinas, magnates y archipámpanos que andan en este pleito.

-Y condenados también nosotros -dijo Fago, un poco mohíno, levantándose.

-También, si no vuelven la espalda al demonio -agregó el ermitaño, poniéndose en camino pausadamente en dirección de su cabaña-. Y más les digo: dos cosas malas, remalas hay en el mundo: la guerra y la mujer.. ¡La guerra!, por el son de la palabra, ya se ve que también es mujer. Detrás de las matanzas entre hombres hay siempre querellas, envidias y trapisondas de mujeres.

-¿Crees, también que está condenado el bello sexo? -le preguntó Fago con un poquito de socarronería.

-Condenadas todas no -replicó el otro con autoridad-, porque algunas hay buenas.. aunque pocas.. Pero que el infierno está lleno de mujerío, no lo duden ustedes.

-¿Verlo tú, pues, Padre? -preguntó Chomín.

-No necesito verlo -dijo el solitario alzando el garrote con alguna viveza- para saber lo que hay allí; y si lo dudas, pronto te desengañarás, porque pronto te has de morir, y has de morir matando.

-Y de mí, -preguntó Fago-, ¿qué piensas?, ¿cómo y cuándo crees que he de morir?"

El eremita se detuvo, y mirándole grave y detenidamente al rostro, le dijo: "De ti no sé nada.. No te entiendo.. En ti veo mucho malo y mucho bueno. En tus ojos hay dos ángeles distintos: el uno con rayos de luz, el otro con cuernos. Yo no sé lo que será de ti. Tú harás maldades, tú harás bondades.. No sé".

Siguieron un buen trecho silenciosos, hasta que Gorria, queriendo soliviantar al solitario, se dejó decir: "¿No sabes, santo (p.3865) Borra? Tenemos ya de General en jefe de los cristinos a Mina". Al oír este nombre se inmutó ligeramente el solitario, y con un movimiento maquinal se llevó ambas manos a las orejas, mejor dicho, a los oídos, cubiertos por la enmarañada y polvorosa guedeja. "Mina, Mina.. -dijo algo turbado y balbuciente..- no es ése más ni menos perro que otros perros asesinos.

-Tu religión, nuestra religión -le dijo Fago-, te manda perdonar a tus enemigos.

-Y los perdono. Pero Dios no los perdonará.. digo, no sé. Allá Él. Yo rezo todos los días porque los militares abran los ojos a la verdad, y abominen de las matanzas. Pero nada consigo. Todos los que vienen a verme me dicen que cada día es más terrible la guerra, y ya no guerrean sólo los hombres, sino los viejos y hasta los niños. Vosotros, que venís a dar un consuelo al pobre ermitaño, guerreros sois también, y sin duda de los que andan al acarreo de armas y municiones.

-Así es: honra mucha -dijo Chomín impetuoso-. Llevar hacemos un cañón grandísimo para el Ejército Real, y muy pronto, pues, oír tienes sus disparos.

-Mientras tú rezas -dijo Gorria-, nosotros disparamos.. quiere decirse que rezamos con pólvora.

-Ese rezo es para Satanás maldito.

-¿Estás bien seguro de lo que afirmas? -le dijo Fago, queriendo poner fin a la conferencia y volver a su obligación.

-Tan seguro -replicó amoscándose el desorejado eremita-, como lo estoy de que los tres sois alcahuetes de la guerra, y mequetrefes de Satanás. Ya os estáis marchando para abajo, que yo me encuentro mejor en la compañía de los pájaros y de las moscas que en vuestra compañía.

-Nos vamos, sí -dijo Fago tranquilamente, sacando del bolsillo una moneda-. Nos llama nuestra obligación. Te dejaré una limosna.

-¿Dinero?.. Gracias. No me hace falta para nada -replicó el santón, alejándose de los tres-. Ahí tenéis otro motivo de condenación, el maldito dinero, que no sirve más que para hacer a los hombres codiciosos y avarientos. Por dinero salta el hombre y baila la mujer, y de estos brincos sale la guerra.. Guárdate tu moneda, que yo (p.3866) no tengo bolsillo. Mira las hormigas cómo viven sin dinero. Pues lo mismo soy yo: como y estoy bueno sin ver un cuarto.. ¡Cuartos! ¡Vaya una inmundicia..!

-También tengo plata..

-¡Plata!, ¡qué roña!

-Y oro.

-De plata tiene los cuernos Lucifer, y de oro la pezuña. Váyanse, váyanse con Dios.. Ustedes matan, yo rezo..".

 

Ep-21-XIII -

Se alejaron, dejándole en la proximidad de la cruz en actitud de oración. A distancia como de cien pasos, Gorria cogió una piedra, diciendo: "¿Quieren que se la estampe en mitad de la frente para que se le aclaren las entendederas a ese viejo estúpido?

-No, no; déjale.. O es un bienaventurado de muy pocos alcances -dijo Fago- o un vividor de mucha trastienda. Sea lo que quiera, ha resuelto el problema de la vida, y es un hombre feliz. No se le haga ningún daño, pues él a nadie ofende, y vámonos, que es tarde".

Con toda felicidad bajaron al anochecer a Larza, y sin ningún percance pasaron el Oria, donde tenían parejas preparadas, siguiendo inmediatamente hacia Lazcano y Ataún, monte arriba, en busca de la sierra de Araquil. Ya no temían el encuentro de tropas cristinas; iban tranquilos, contando las horas que faltaban para llegar al término de su arriesgado viaje. Sanos y salvos los nueve, se creían ostensiblemente favorecidos de la Providencia, por la felicidad con que se les habían allanado los obstáculos y conjurado los peligros en su difícil aventura. En San Gregorio, donde en alegre descanso y esparcimiento pasaron el domingo, encontraron personas amigas, entre ellas el cura, a quien Gorria y Chomín trataban con bastante confianza, por haber sido el tal fusilero en el 5.º de Navarra durante un mes no más, distinguiéndose por su entusiasmo, ya que no por sus condiciones militares. El General fue quien le disuadió de sus guerreras aficiones, mandándole recoger los hábitos que ahorcado había, y convencido el hombre, mas no curado de su entusiasmo, se hizo soldado platónico, siguiendo con afán desde su iglesia el desarrollo de la campaña. Con Fago hizo o quiso hacer al instante buenas (p.3867) migas, alabándole su expedición, y atribuyendo el éxito de ésta a su consumada pericia; lo que él sentía era no poder agregarse a ellos para entrar nuevamente en filas. Pero no podía, no; estaba visto que no servía para el caso, pues su fiereza y acometividad se enfriaban enormemente al empezar el fuego, y le entraba un insano temblor, que si no era miedo, se le parecía como un huevo a otro.

Hablando, hablando, propuso a Fago que, para festejar dignamente la feliz llegada del cañón, dijese misa; y si al pronto el aragonés no rechazó la idea, luego sintió en su alma secreta repugnancia de celebrar: no se creía digno; no se encontraba en la disposición de conciencia que el acto requiere, y al suponerse revestido ante el altar, se le contraía el corazón y se le enfriaba toda la sangre, afectado de un miedo semejante al de su colega cuando sonaban los primeros tiros de una batalla. El uno temblaba ante los escopetazos; el otro ante la grave solemnidad del altar sagrado, ante el Evangelio abierto sobre el atril, ante el crucifijo. Este singular encogimiento de su espíritu le tuvo en gran tristeza todo aquel día, y necesitó de toda su voluntad para poder aguantar, con la conveniente cortesía, los despotriques belicosos del otro cura. A la noche continuaron el arrastre del cañón por ásperas pendientes pobladas de bosque. Felizmente, tenían en su ayuda a los mejores guías del país, enteramente afecto a la causa, y si no pudieron procurarse más de dos parejas, porque no las había, las suplieron con el tiro personal. Hombres y mujeres dejáronse enganchar gozosos, y hasta el cura, mejor dotado de musculatura que de corazón, se puso a tirar de la narria uncido con el sacristán. ¡Hala, hala por empinados senderos!.. y a las tres de la madrugada llegaban al alto de Lizarrasti, divisoria entre las aguas de Navarra y Guipúzcoa. Ya estaban en casa, ya veían a sus pies el valle de la Borunda. Despidiéronse los de San Gregorio para regresar a sus hogares, y los compañeros de Fago, no pudiendo contener su júbilo por ver coronada de un éxito feliz (p.3868) la empresa que habían acometido, lanzaron en lo alto del monte el grito céltico Hiújujú, característico de las razas cántabras y éuskaras, relincho salvaje, pastoril, guerrero, pues todo lo expresa y dice sin decir nada. Resuena en la silenciosa cavidad de los valles profundos, como voz de los montes, convertidos en genios de piedra, con cabellera y pelambre de bosques, con túnica de nieblas y cimera de celajes desgarrados. A poco de lanzar su grito, oyeron la respuesta lejana. Hiújujú dijeron las profundidades de la Borunda, y el corazón de los expedicionarios palpitó de alegría. Volvieron a soltar el relincho, que quería decir: "Aquí estamos; volvemos con felicidad. Traemos el cañón, la esperanza". Y los de abajo, los hermanos, los compañeros de armas y de fe, respondían: "Os aguardamos, valientes. Al amanecer nos reuniremos. ¡Viva Carlos V!"

Viéndose en el término y remate de su arriesgada empresa, los expedicionarios, con la sola excepción del jefe, se entregaron a extremos de alegría delirante, y a la media noche se durmieron. Fago estaba triste, caviloso, y sus pensamientos tuviéronle en vela hasta hora muy avanzada. Se paseaba por entre los grupos de los compañeros entregados al sueño, o se sentaba en la narria para contemplar a su gusto el cielo, que en aquel punto y hora se espejó, cual si quisiera recrearle mostrándole su azul inmensidad poblada de estrellas.

Provenía la tristeza de Fago de una repentina intranquilidad de su conciencia. Todo aquello que hacía, ¿no era contrario a la ley de Dios? Las ideas toscamente expresadas por el ermitaño Borra se habían aferrado a su espíritu, y las antiguas dudas acerca de la divinidad de la causa defendida por la facción volvieron a atormentarle. "¿En qué consiste -se decía-, que a veces me siento guerrero, tan guerrero como el que más, y dotado de las esenciales miras y talentos de un caudillo militar, y a veces me siento profundamente religioso, con anhelos vivísimos de perfección? ¿Será posible que entre uno y otro sentimiento pueda existir concordia? El hombre de guerra, maestro de (p.3869) tropas, organizador de combates, y el hombre consagrado a las espirituales batallas del Evangelio, ¿pueden fundirse, como si dijéramos, en una sola persona? Para resolver este problema, he de asentar previamente que en el cúmulo de causas o banderías humanas, puede haber alguna que Dios apadrine, haciéndola suya. Las historias, y antes que las historias los profetas, nos dicen que hubo un pueblo de Dios, un pueblo a quien Dios protegió ostensiblemente en sus esfuerzos para librarle de la esclavitud, y después le guió en sus campañas contra la idolatría, inspirando a sus caudillos, dándoles el divino aliento estratégico y táctico. Sobre esto no hay duda".

Y continuando en la contemplación de las estrellas como si con ellas hablara, y ellas le respondieran dando vigor a sus argumentos, prosiguió en su ardiente soliloquio: "En tiempos relativamente modernos, tenemos la épica guerra secular contra los moros desde Pelayo a Isabel la Católica, y vemos la intervención divina en las batallas. Creo en la presencia militar del apóstol Santiago en Clavijo y en los estragos materiales causados por su acero; creo en los prodigios de la Cruz en las Navas de Tolosa; y viniéndome más acá, casi a un ayer cercano, veo en Lepanto la intercesión milagrosa de la Virgen del Rosario. No hay duda que el Cielo autoriza las guerras, que toma partido por los que salen a la defensa de la ley cristiana. Y ahora, ya veo muy claro que puede existir y ha existido lo que yo buscaba, la amalgama o fusión del hombre que acaudilla soldados y les lleva a la victoria, con el hombre que sirve a Dios en la paz soberana de la religión. Esta síntesis la veo clara en San Fernando: ¿quién me lo negará? San Fernando fue santo y Capitán General de los ejércitos de Castilla. San Fernando expugnó fortalezas, tomó ciudades y villas, ganó batallas campales, para lo cual hubo de matar grandes manadas de moros. Y al propio tiempo mereció por su virtud los honores de la canonización. Era místico y guerrero: sin duda rezaba en el momento de machacar cabezas de infieles..".

Tanto (p.3870) alborozo produjo en su alma esta idea, que se disparó a pasear de un lado para otro, inquieto, febril. Era como un incensario que va y viene, echando humo, y el humo eran las ideas. Pero de pronto le asaltó una que hubo de apagar repentinamente el hogar que las demás formaban. Fue una objeción que a su mente vino; hubiera podido creer que un espíritu invisible le apuntaba al oído: "San Fernando fue guerrero y santo, es verdad: peleó, porque a ello le indujo su condición de Rey, maestro y amo de los pueblos. Religioso y santo era, mas no sacerdote.. Fíjate bien, hombre, y no desbarres: no era sacerdote".

Sentadito en el cañón volvió a contemplar las estrellas, y éstas le facilitaron, con su dulce centelleo, nuevos argumentos consoladores. "Pero casos hay, casos hay de sacerdotes guerreros. En las Cruzadas y en nuestra Reconquista, más de un obispo, más de un abad montaron a caballo, o en mula, y acaudillaron tropas.. El cardenal Albornoz es otro ejemplo.. Tenemos, pues, innumerables ejemplos de guerreros religiosos o por la religión". Nuevas dudas, nuevo soplo de la voz misteriosa, que al oído le dijo: "Pero no fueron santos".

"¿Y por qué habían de ser santos? -se dijo volviendo a su febril paseo, con las manos en los bolsillos-. La santidad rara vez se alcanza. Basta con que fueran buenos cristianos y supieran cumplir sus dos ministerios: el ministerio sacerdotal y el otro.. el de gobernar tropas y destruir con ellas la impiedad.. Y ahora me pregunto: ¿estoy bien seguro, bien, bien seguro de que esta causa nuestra tiene por objeto destruir la impiedad y entronizar el reino de Dios? ¿Representa nuestro D. Carlos la ley divina? ¿Los de la otra parte, los que mandan Oraa, Córdoba o Mina, son realmente la maldad, la herejía, la ley del demonio? Este cañón que yo he traído, ¿será destructor del pecado? ¿Los proyectiles que salgan ardiendo de su boca, serán lenguas de la verdad? ¿Nuestro D. Tomás, recibe de los ángeles la virtud estratégica? ¿Lo que en nuestro Rey parece ambición, es convencimiento de una misión divina?.. Sáqueme Dios de esta duda, y yo (p.3871) seré.. ¡qué sé yo lo que seré!.. el primer soldado de Dios y el primer eclesiástico de los hombres".

Terminó su soliloquio con una fervorosa oración, de rodillas, embebecido en contemplar el cielo, esmaltado de infinitas luces. "Señor, líbrame de esta horrible duda, y dime que puedo ser guerrero sin dejar de ser tuyo. Concédeme la gloria de restaurar la fe en la patria de San Fernando, sin menoscabo del sacramento que me otorgaste. Dime que puedo matar impíos con este cañón que he traído de Guipúzcoa, y celebrar tu santo sacrificio; coger la espada sin que mis manos se imposibiliten para tomar la Hostia; dirigir tropas, y perdonar los pecados".

El sueño le rindió al fin, y se quedó dormido diciéndose: "Grande, desmedida ambición es ésta.. Guerrero Vencedor.. y sacerdote militante.. Triunfar del pecado con la espada y con..".

 

Ep-21-XIV -

Al amanecer llegaron hasta ellos las avanzadas de la división de Eraso, que aguardándoles estaban, y con francas demostraciones de alegría, cambiaron unos y otros noticias y saludos, y se pusieron al tanto de lo ocurrido en la expedición y en el ejército. Chomín y Gorria contaron con vivo lenguaje las fatigas y apuros del transporte del cañón, y los otros, después de manifestar que no habían tenido encuentros importantes con los cristinos, dijeron que el grueso del ejército iba en marcha hacia el valle de Berrueza, donde se daría una batalla, que debía de ser la más sonada de toda la campaña, y quizás la decisiva. Al descender a la Borunda, encontraron a Eraso, que, en cumplimiento de órdenes del General, mandó dar sepultura al cañón en una ladera próxima a la venta de Urbasa. La tropa no se cansaba de admirar la soberbia mole, y los aldeanos de ambos sexos y hasta los chiquillos acudían a contemplarla gozosos, y la palpaban con blandura y cariño, ponderando los estragos que haría cuando empezase a vomitar por su negra boca balas y más balas. El popular entusiasmo se manifestó, al fin, bautizando la pieza con el gráfico nombre de El Abuelo, y nadie la llamó de otro modo en todo el curso de (p.3872) aquella memorable guerra.

Incorporáronse a sus respectivos Cuerpos los compañeros de Fago, y éste se fue al Cuartel General para presentarse a Zumalacárregui y darle cuenta del feliz cumplimiento de la misión que le había confiado. Diéronle caballo en Alsasua, y con el 1.º de Guipúzcoa atravesó la sierra de Andía en dirección a la Berrueza. El tiempo era magnífico; comenzaba Diciembre con apariencias de Octubre; la Naturaleza favorecía la campaña, se hacía también guerrera, obsequiando con temperatura bonancible y tibia sequedad a los dos ejércitos, que ansiaban una batalla campal decisiva. Entre los carlistas era general la creencia de que ésta se daría en las posiciones de Mendaza, y que tendrían que habérselas con las dos divisiones de Oraa y Córdoba, acantonadas en Los Arcos y en Viana.

Atravesando la Amézcoa baja, fueron a dormir en Artaza, y al día siguiente encontraron la división de Iturralde acantonada en Aucín. Zumalacárregui, con D. Bruno Villarreal y los batallones alaveses, estaba en Piedramillera. Antes que al General vio Fago a su amigo Ibarburu, el cual le abrazó con efusión, felicitándole por su feliz arribo. Ya se sabía en todo el ejército la hazaña realizada por el buen sacerdote y sus ocho auxiliares, ¡Oh!, bien merecía tal hazaña una cruz, la cruz de San Fernando, sí señor, y es seguro que D. Carlos adornaría muy pronto con ella el noble pecho de uno de sus primeros capellanes. Replicó Fago a estas cariñosas demostraciones que ninguna falta le hacían cruces ni calvarios, pues él servía desinteresadamente al Rey, creyendo servir a Dios.

También dijo Ibarburu con gran alborozo a su amigo que el ejército de la Fe iba adquiriendo las deseadas piezas de artillería, arma indispensable en todo organismo de guerra: además de El Abuelo, tenían ya dos cañones de batalla que los señores Reina y Balda habían logrado fundir en Labayén con el metal de cacerolas y chocolateras reunido en Navarra. "Ya hay cañones en casa, y ahora podremos hablar gordo a la impiedad. Lo único en que la impiedad nos (p.3873) ha llevado ventaja ha sido en esto, en poseer cañones. Pues ahora nos veremos, señores cristinos. Trátase de saber si ustedes nos los quitan, o si nosotros les quitamos los suyos.. Ya no hay razón que aconseje el circunscribirnos a la guerra de montaña, amigo Fago. Al llano, a Castilla, ¿no cree usted lo mismo? A pasar el Ebro, después de merendamos a Oraa y a Córdoba.. y quédese aquí el Sr. de Mina echando discursos a los alcaldes, cortando puentes que no habríamos de pasar, y fortificando villorrios que no habríamos de acometer, pues ninguna falta nos hace poseerlos. Nuestra ambición santa va más lejos, y los poblachos que queremos tomar se llaman Miranda de Ebro, Burgos, Madrid..".

Fago no decía nada, y atacado de intensísima melancolía, contemplaba las cazuelas y sartenes puestas a la lumbre. Hallábase esperando la comida en la cocina de la casa, donde Ibarburu se alojaba. Gatos y perros les daban compañía, y un viejo decrépito, veterano del Rosellón y de la Independencia, les refería la expedición del Marqués de la Romana y la vuelta del Norte, aderezándola con embustes novelescos. Ibarburu tomaba en serio cuanto el anciano decía, y Fago deseaba comer y marcharse, para estar solo y platicar a sus anchas consigo mismo.

Al siguiente día vio al gran D. Tomás en el campo, en ocasión que el General salía con su escolta a recorrer las inmediaciones de Mendaza. Volvía Fago de dar un paseo a caballo con dos amigos, más bien conocidos, del batallón 1.º de lanceros. Zumalacárregui le conoció al punto, mandole acercarse y hablaron de silla a silla, poniendo los caballos al paso. Lo primero fue felicitarle con urbana frialdad, como si no quisiera dar a la expedición desmedida importancia. El capellán, alardeando de modestia, se la quitó por entero, y expresó su afán de que se le encargaran cosas de mayor dificultad.

"El método de organización que vengo empleando -le dijo D. Tomás-, no me permite dar a usted el mando de una compañía. Esto sería contrario a las Ordenanzas, que aquí se cumplen lo mismo que en (p.3874) cualquiera de los ejércitos regulares de Europa. Si usted quiere combatir por la causa, no hay más remedio que entrar en filas. Yo le aseguro que si se porta bien, adelantará conforme a sus servicios; y si nos hace algo extraordinario, extraordinaria será también la recompensa".

No podía Fago mostrarse exigente ni soberbio, ni era aquélla la ocasión más propicia para ponerse a discutir con el General. Reconociendo que el orden de la milicia tiene, como todos los órdenes, su método de ingreso, que alterarse no puede sino en casos excepcionales, dijo: "Principio quieren las cosas, y a los principios me atengo. Seré soldado, mi General. Fácil es que no pase de ahí; mas no tengo por imposible el merecer algún adelantamiento; y mereciéndolo, no hay duda que vuecencia me lo dará".

Despidiéronse con esto, y poco después le veía recorriendo la falda de la altura riscosa que domina a Mendaza. Como los lanceros le dejaran solo, el capellán observar al General en su paseo, que al parecer no tenía otro fin que un examen y estudio del terreno. Le vio rodear la montaña, alargándose por la parte norte, en el camino que conduce al puente de Murieta sobre el Ega. Detúvose un rato, hablando con los que le acompañaban; volvió grupas, y recorrió el llano que separa a Mendaza de Azarta. Fago no le perdía de vista. Fingió ocuparse en adiestrar su caballo, galopando en derredor de las eras de Nasar. Por fin, Zumalacárregui examinó la angostura que conduce de Azarta a Santa Cruz, por un escabroso sendero. Sin duda, quería reconocer la distancia a que está el Ega por aquella parte.

Y luciendo habilidades de entendido jinete, más que por presunción, por disimulo, Fago se decía: "Ya, ya conozco tu plan: no puede ser otro que el que la configuración del terreno te señala y te inspira. Estoy dentro de tu cerebro, y sé todo lo que vas a disponer mañana, pasado mañana, o cuando sea".

Al ver a D. Tomás de regreso hacia Mendaza y Piedramillera, se retiró también, rodeando, y se fue a su alojamiento. Aquella misma noche se le notificó su ingreso en (p.3875) filas, y dándole fusil, correaje y canana bien abastecida de cartuchos, le destinaron al 5.º de Navarra. Sin entusiasmo ni desaliento, en un estado de pasividad estoica, resignábase el capellán a ser uno de tantos resortes comunes de la máquina de guerra. Esperaba que en la primera coyuntura le señalase su destino alguna senda, o se las cerrara todas; mas no tuvo tiempo de pensar en ello, porque a la madrugada su batallón recibió orden de marchar a los Altos de Mendaza. Cuatro batallones, tres navarros y uno guipuzcoano, iban al mando de Iturralde, el rival de Zumalacárregui en los comienzos de la guerra, y después su más sumiso Lugarteniente o General de división; hombre tosco, más notado por su temeraria bravura que por su pericia militar. Zumalacárregui le encomendaba las situaciones de empeño, los avances peligrosos, dándole órdenes estrictas respecto a posición y marchas, como freno de su impetuosidad, que unas veces precipitaba el éxito y otras lo entorpecía. Era el audaz guerrillero, cuyas dotes utilizaba el General habilidosamente, educándole en el gobierno de tropas regulares; teníale siempre sujeto con una rienda que aflojaba o requería, según los casos.

Al amanecer iban en marcha los cuatro batallones hacia Mendaza. En las filas del suyo se encontró Fago a Chomín, que había pasado del 1.º Guipuzcoano al 5.º de Navarra. En el capitán de su compañía, D. Antonio Alzaa, natural de Sangüesa, reconoció una amistad antigua: era un valiente oficial, hijo de sus obras y de sus méritos, pues de soldado raso había ido ganando poquito a poco sus ascensos, y con moderada ambición y conducta intachable esperaba seguir adelante. A uno de los tenientes, Saráchaga, le conocía también, por ser íntimo de Ibarburu. El coronel era un aristócrata navarro, pariente de los Ezpeletas, hombre enérgico, de buenas formas, excelente militar y cumplido caballero. Ostentaba en su zamarra la cruz de Santiago.

A las nueve ya habían tomado posiciones las fuerzas de Iturralde en la falda del monte de Mendaza, y al propio tiempo otros cuatro batallones, (p.3876) mandados por Zumalacárregui, en persona, se dirigieron a Asarta. La caballería y los tres batallones alaveses al mando de Villarreal ocupaban el llano entre los dos pueblos. Al observar estos movimientos veía Fago confirmadas sus ideas de la tarde anterior. El plan de D. Tomás era el suyo; y el suyo era el mejor, el único, el que resultaba de la disposición y accidentes del terreno. Podría creerse que sus ideas penetraban en el cerebro del General al modo de inspiración divina, y allí obraban sobre la voluntad que a la práctica resueltamente las llevaba. Y a todas éstas, los cristinos no parecían: se les esperaba por el desfiladero de San Gregorio. Faltaba que vinieran pronto, y que cayeran en la ratonera que se les había preparado.

La columna o división de Iturralde extendiose a la falda de la montaña de Mendaza, circundándola por el poniente y el norte, y Fago se encontró en un sitio desde donde no veía nada. "Naturalmente -pensó-, estos cuatro batallones deben permanecer ocultos a la vista del enemigo. De otro modo, el plan resultaría un desatino, a menos que Córdoba y Oraa no vinieran con los ojos vendados". Y tanto tardaban en presentarse las tropas de la Reina, que los facciosos llegaron a creer que no vendrían. Por fin, a eso de las diez corrió en el batallón la voz: "Ya vienen, ya están ahí". Un rumor vago, de inquietud y alegría, corrió por todo el ejército. Desde su posición, detrás de la montaña, conocía Fago la ansiedad de las tropas situadas en la llanura. Veía un movimiento singular de lanzas, como vibración del aire, y oía un resollar lejano. De las tropas de Asarta nada se veía, porque lo estorbaba una protuberancia del terreno. Tiros no sonaban aún.

De pronto las cornetas ordenaron marcha. Uno de los batallones rebasó la línea del pueblo; los demás les seguían: cada uno ocupaba sucesivamente las posiciones que el anterior dejaba. El 5.º Navarro, que era el último, se colocó donde antes estaba el 1.º Guipuzcoano. Al efectuar este movimiento oyó decir Fago que el enemigo avanzaba hacia el centro en formación de (p.3877) columna; mas él no veía nada. Lo vio después, cuando Iturralde mandó desplegar sus cuatro batallones en la falda de la montaña; impetuoso movimiento de impaciencia en que se revelaba el guerrillero, y que determinó un cambio en la dirección que traían los cristinos. Oraa, que mandaba la vanguardia de éstos, en vez de marchar contra el centro, que era el cebo de la ratonera hábilmente armada por Zumalacárregui, se fue sobre la izquierda, o sea los cuatro batallones del bravo Iturralde. La impetuosidad de éste alteró gravemente la posición de las piezas en el tablero, y la jugada no podía ser ya tal como la concibió y preparó el General, inspirado por los ángeles, o por Fago, que éste así lo creía y así lo expresaba en un breve soliloquio. "Ya nos ha reventado este Sr. Iturralde con su acometimiento de principiante. Se le mandó que tuviese ocultos, tras la montaña, los cuatro batallones, y los presenta de cara al enemigo.. Sr. D. Tomás, ¿qué hace usted en este momento al ver la pifia de su amigote? Pues rabiar y patear, como pateo y rabio yo. Esta acción, no lo dude usted.. la perdemos".

 

Ep-21-XV -

Oraa, con certero golpe de vista, lanzó sus tropas hacia Mendaza, mandándolas flanquear la altura y atacar a Iturralde de flanco. Los cuatro batallones tuvieron que moverse de nuevo: al sonar los primeros tiros, su posición era ya muy desventajosa. Difícilmente pudo el Guipuzcoano y uno de los Navarros sostener el fuego contra los cristinos; los otros dos Navarros no sabían dónde ponerse. Iturralde les mandó bajar, y luego subir, y luego estarse quietos. Con la conciencia de su falta, el hombre no sabía ya qué hacer, ni cómo arreglarse para salir airoso de aquel mal paso. En tanto, el amigo Fago, que aún no había disparado un tiro, intentaba hacerse cargo de lo que ocurría en el centro. Por allá también se batían. Sin duda la división de Córdoba atacaba las fuerzas mandadas por D. Bruno Villarreal, consistentes en tres batallones y la caballería, y en apoyo de éstos corría sin duda el propio Zumalacárregui con los cuatro batallones situados en Asarta. Esto se lo figuraba (p.3878) el capellán soldado: lo veía en su mente a la luz de la lógica; pero no en la realidad, pues desde el repecho en que había quedado el 5.º de Navarra, sin poder avanzar ni retroceder, nada se distinguía claramente. Por entre las ondulaciones del terreno de roja arcilla, salpicado de olivos en algunos trozos, en las más enteramente calvo, veíase humo de fogonazos; pero nada más. El tiroteo arreciaba; el rumor de batalla era ya formidable estruendo.

Por el lado de Mendaza, los del bravo Iturralde resistían el empuje de las tropas de Oraa, batiéndose con su habitual denuedo; pero los cristinos habían sabido ganar mejores posiciones, y llevaban la mejor parte en la refriega. El bueno de Iturralde y su gente lo habrían pasado mal si la acción no cobrase un vivo interés en el centro. El coronel del 5.º, descontento de su desairada situación, ávido de entrar en fuego, maniobró hacia la llanura, corriendo por su cuenta y riesgo en apoyo de los alaveses. Ya tenéis a Fago batiéndose en primera línea, impávido, como si en su vida no hubiera hecho otra cosa. Con seguro instinto sabía escoger en el pequeño radio de que disponía la mejor posición; alentaba a sus compañeros, y antes daba que recibía de ellos el ejemplo de serena audacia, pasando más bien por veterano que por bisoño.

Desplegado el batallón en columnas, más de una hora sostuvieron éstas el fuego al amparo de un grupo de olivos. Avanzaron dos o tres veces; tuvieron que retroceder a su primera posición, perdiendo algunos hombres. A la una de la tarde, las bajas de la compañía de Fago eran cuatro muertos y unos catorce heridos, entre ellos el capitán Alzaa. El coronel se impacientaba: no tenía costumbre de batirse largas horas en un mismo sitio; sus valientes soldados se habían educado en los avances rápidos. Pero en aquella desdichada ocasión les atacaba un poderoso enemigo, apoyado en la columna de Oraa, que rápidamente les quitó la ventaja del terreno alto; de poco les valió a los carlistas aventurarse a una fogosa carga a la bayoneta, porque la tropa contraria les tenía ganas, (p.3879) se sentía en mejor posición y con mayor fuerza moral. Mandábala un General de grandes alientos, joven, instruido, hecho a las luchas diplomáticas y militares, tan buen conocedor de la sociedad cortesana como de los campos de batalla. Desde el primer momento conocieron los facciosos que el contrario era duro de pelar, y por aquella vez la extraordinaria pericia de D. Tomás no les llevaba a una fácil victoria.

Los batallones que mandaba el propio Zumalacárregui adquirieron alguna ventaja sobre los cristinos a las dos de la tarde. Pero como por el sur de Mendaza, Iturralde se vio desalojado de sus posiciones, teniendo que replegarse con alguna confusión, Córdoba no tardó en ganar el terreno perdido, y a las tres la caballería cristina, mandada por López, acometió con extraordinario brío, y los facciosos no pudieron con ella. Desconcertado desde el primer momento el plan de Zumalacárregui, apenas pudo éste sacar partido de sus setecientos de a caballo. Harto hizo con proteger la retirada de los castigados batallones, que abandonaban la victoria con más tristeza que desaliento, sintiéndose dispuestos a empezar otra vez en aquel mismo instante, si así se les ordenaba.

El 5.º de Navarra sostuvo el fuego hasta que no pudo más, y perdiendo mucha gente, apoyó la retirada de los alaveses. De tal modo habíase adiestrado el capellán aragonés en la táctica, que preveía todo lo que habían de mandarle, y más de una vez sus movimientos y los de los compañeros que a su lado combatían se anticiparon a las órdenes de los jefes. La serenidad del coronel y su práctica de la guerra; la firmeza de los valientes oficiales que supieron mantenerse en el heroísmo pasivo y en la resistencia deslucida; la conducta de la tropa, penetrándose con seguro instinto de estas ideas y realizándolas admirablemente, enaltecieron al 5.º de Navarra en aquel día. Gracias a él, la derrota de los carlistas no fue una desbandada vergonzosa.

La retirada de los tres batallones a cuyo frente seguía Iturralde no pudo hacerse sin algún desorden; los del centro hiciéronla con admirable (p.3880) serenidad. Al anochecer todo el ejército carlista iba en busca del puente de Arquijas. El General mismo corrió peligro de que le cogieran prisionero, por habérsele caído el caballo cerca de Acedo. Los minutos que tardó en reponerse, auxiliado por los suyos con toda diligencia, decidieron de la suerte del Cuartel General. Un minuto más, y todo se habría perdido. Favorecidas de la noche, las tropas de Carlos V pasaron el Ega, por junto a la ermita de Nuestra Señora de Arquijas, y acamparon en las inmediaciones de Zúñiga, en campo raso. El ejército cristino durmió en las posiciones de Mendaza y Asarta: dormir hoy donde durmió anoche el enemigo es la victoria. Si los facciosos hubieran hecho su cama en Los Arcos y en Viana, es fácil que a los ocho días D. Carlos hubiera puesto sus almohadas en el Palacio de Madrid. Pero aquel Dios, que muchos suponían tan calurosamente afecto a uno de los bandos, dispuso las cosas de distinta manera, y pasó lo que según unos no debió pasar, y según otros sí. Estas sorpresas, que nada tienen de sobrenaturales, obra de la divina imparcialidad, son tan comunes, que con ellas casi exclusivamente se forma ese tejido de variados hechos que llamamos Historia, expresando con esta voz la que escriben los hombres, pues la que deben tener escrita los ángeles no la conocemos ni por el forro.

Ya cerrada la noche, los valientes cristinos, acampados en las posiciones realistas, formaban pabellones, encendían hogueras, preparaban su cena frugal. En los caseríos de Mendaza y Asarta se alojaban los jefes y alguna tropa, y se habían instalado los hospitales de sangre para auxiliar a los quinientos heridos de aquel sangriento día. La cifra de muertos de uno y otro bando no se conocía bien a prima noche. Al pie del cerro de Mendaza había como sesenta, y en el llano de Asarta muchos más, yacentes en una faja de terreno de reducida anchura, que revelaba la firmeza del choque entre las dos fuerzas. Las diez serían cuando avanzaba por el camino de Arquijas, en dirección contraria al puente, un General con su escolta: (p.3881) sin duda venía de practicar un reconocimiento del campo de batalla y de las nuevas posiciones que en su retirada había tomado Zumalacárregui. Al pasar por entre los grupos de soldados que vivaqueaban satisfechos y gozosos, con ese estoicismo festivo que es la virtud culminante de la infantería española, el resplandor de las hogueras iluminó su busto. Era un viejo fornido, de rostro totalmente afeitado, el cabello corto, el perfil a la romana, con cierta dureza hermosa, a estilo napoleónico. Los soldados, al verle venir, abandonaron sus cacerolas, donde guisaban habas con un poco de tocino, y prorrumpieron en exclamaciones de cariño ardiente: "¡Viva el General Oraa!.. ¡Viva nuestro padre, y mueran ellos!..". Y más lejos gritaban: "¡A ellos ahora mismo!.. a quitarles las camas.. ¡Viva Oraa, viva Córdoba, viva la Reina!"

Dirigiose el General al alojamiento de Córdoba, en Mendaza, y allí estuvieron, hasta muy avanzada la noche, en largas conferencias y estudio de la marcha que debían seguir con sus diecisiete batallones. ¿Forzarían el paso de Arquijas? ¿Operarían parabólicamente, pasando el Ega, cuatro leguas más arriba, para buscarle camorra al enemigo en el valle de Campezu? Cualquiera sabe lo que discutieron y determinaron. Es probable que adoptado un plan aquella noche, lo modificaran al día siguiente, en vista de las noticias que por buenos espías tuvieron de los movimientos del enemigo, y de la inducción más o menos acertada que con ellas hicieran de las sagaces intenciones de Zumalacárregui.

Avanzada la noche, se acallaron los ruidos del campamento. Muchos soldados dormían; otros hablaban sosegadamente, aventurando juicios y cálculos para el día próximo. Veíanse bultos que exploraban el campo, reconociendo muertos con auxilio de farolillos, pues la noche era tenebrosa, y el celaje espesísimo no dejaba ver la luna creciente. El estrago de un encarnizado combate, como el del 12 de Diciembre en Mendaza, no lo revela el día, sino la oscura, la callada noche, cuando examina recelosa (p.3882) el campo de batalla y los tristes despojos esparcidos en él; cuando se pregunta a los muertos su número, quizás sus nombres; cuando se busca entre los rostros lívidos alguno que entre los vivos no parece. Tras de los ejércitos van personas que hacen esta triste investigación mejor que los mismos de tropa; gentes que aman al soldado, que le sirven, le ayudan, le auxilian, que rara vez estorban a la disciplina militar, y a menudo fortifican la llamada satisfacción interna.

Más abundaban estas cuadrillas abyecticias en el ejército cristino que en el de Don Carlos, y en ocasiones llegaron a ser en tanto número, que los Generales hubieron de limitar el parasitismo, expulsando vagos, mercachifles y mujeres. A los grupos que aquella noche andaban a la busca y reconocimiento de muertos, agregáronse soldados que anhelaban encontrar al compañero, al paisano, al amigo. Iban de acá para allá, alumbrando el suelo con la luz de las mustias linternas, y al encontrar un muerto le nombraban. "¡Ah, Fulano, pobrecico!..". A otros nadie les conocía: llamaban con fuertes voces a soldados distantes. "Tú, ven, a ver si sabes quién es éste.. Juraría que es Juanico, cabo del sexto.. ¿Y aquél no es Samaniego, el guipuzcoano jugador de pelota?.. ¡Miá, miá, qué cuerpo tan grande! Digo que no va a haber tierra donde meterlo.. Ved aquí al pobre Chomín con pierna y media nada más, y la cabeza rota.. El que no comparece es Gurumendi, más bravo que el Cid, y más feo que el hambre. ¡Ay!, aquí está el chico ese de Cirauqui.. Blasillo. Su madre quedaba esta tarde en Piedramillera rezando porque no le tocaran las balas. Tiene atravesado el pecho. Maldito si saben las balas adónde van.. ¡Qué dolor!.. Y gracias que hoy no se han reído esos pillos, y en retirada fueron.. Pero veras tú la que traman ahora.. Lo que yo digo es que con este D. Córdoba no juegan.. Denles mañana otra batida como ésta, y veremos adónde va a parar la taifa legítima.. ¿Y por qué no viene el asoluto a ponerse aquí, en los sitios donde pegan? ¡Ah!, mientras sus soldados echaban aquí el (p.3883) alma, él tan tranquilo en Artaza, sentadito al amor de los tizones.. Ellos, ellos, el D. Isidro ese, y la Isidra de allá, doña Cristina, debieran ser los primeros en meterse en el fuego.. pues de no, no veo la equidad. ¡Ay, españoles, que es lo mismo que decir bobos!..".

-Cállate, Saloma -murmuró, reprobando este concepto un granadero esbeltísimo, portador de la linterna-, que no es ésta ocasión de bromas.

-No me callo -replicó la baturra cuadrándose-, que lo que digo es la verdad de Dios.

-Decir españoles -manifestó un vejete riojano que llevaba en un borrico su bien surtida provisión de bebida, con lo cual ganaba mucho dinero-, es lo mesmo que decir héroes. ¿Pues qué eran sino españoles netos Hernán Cortés, Colón y la Agustina de Zaragoza?.. ¿Qué me contáis a mí, que estuve en la de Arapiles y en la de Vitoria? Aquí, donde me veis, un día le cosí una bota al propio lor Vellinton.. Me la trajo su asistente. Un servidor de ustedes era el primer zapatero de todo el ejército aliado.. Y con gran primor le cosí la bota, y él se la puso, y con ella ganó la batalla; quiero decir, que le dio la puntera a Marmont.. Conque yo sé más que vosotros.. y digo que españoles y héroes es lo mesmo.

-¿Qué sabes tú, borracho? -le contestó la baturra-. Lo que yo digo es que en Borja conocí dos chicarrones que eran más simples que el caldo de borrajas. Les metías el dedo en la boca, y no te mordían.. en fin, bobos como los corderos de la Virgen.. Vinieron al ejército cristino; el General Lorenzo les mandó a llevar un parte a la guarnición de Los Arcos. Los pobrecicos lo llevaron, y al volver por Logroño encontraron la partida de Lucus, cien hombres. Lucus les dijo: "¿De dónde venéis vos?" Y ellos responden: "Del jinojo..". "Mirad que os afusilamos si no decís la verdad..". "Semos de Borja y decimos lo que nos da la gana". Murieron, ¡angelicos!, gritando: "Venimos del jinojo, y al jinojo nos vamos".

-Eso es decencia. Murieron antes que vender el secreto del General. ¿Y dices que eran simples?

-Como borregos.

-Di que (p.3884) mártires, como los de Dios vivo.

-Pues eso.

-Los santos, ¿qué son?

-Eso.. son de Borja.. personas decentes.

-¿Qué es un baturro?

-Un simple que no quiere vida sin honor.

-Pues eso digo.

-Eso.. jinojo.. y ahora danos una copita de aguardiente".

 

Ep-21-XVI -

Al entrar en Zúñiga, donde Zumalacárregui rehízo a su gente, dándole descanso y municiones, Fago fue hecho sargento, sin pasar por la jerarquía de cabo. Así se lo notificó el coronel, elogiándole por su valerosa conducta. Todo el día 13 se ocuparon en preparar un nuevo combate, presumiendo ser atacados por Arquijas. Cortaron algunos árboles de la orilla izquierda, y destruyeron luego el puente de madera. Los heridos fueron llevados a Orbiso, donde estaba el Cuartel Real, que por disposición de Zumalacárregui debía replegarse, para mayor seguridad, a San Vicente de Arana, desde donde podría pasar fácilmente, franqueando los Altos de Encía, a tierra de Álava. Tres batallones fueron situados en las alturas que dominan a Zúñiga, plantadas de olivos, y las restantes fuerzas las escalonó en las posiciones convenientes, esperando el ataque de Córdoba. No tardó Fago en hacer estudio del terreno, y conceptuó seguro que los cristinos habrían de atacar por un flanco o por otro, o por los dos a la vez.

Sin duda una división pasaría el Ega por Acedo, a fin de embestir por el valle de Lana. Otro cuerpo de ejército podría presentarse por el valle de Santa Cruz. Quizás las dos operaciones se verificarían simultáneamente, en cuyo caso Córdoba y Oraa tenían que dividir su ejército en tres partes. Pensó el novel sargento que el General, obligado a la adivinación de estos movimientos, sabría ya a qué atenerse. "Y si el General no lo adivina, lo adivinaré yo -se dijo, olfateando el aire como un sabueso que rastrea la caza-. Vendrán por un lado y por otro. Como no se prevenga D. Tomás para este triple ataque, estamos perdidos". El 14 por la tarde, hallándose con su batallón en un olivar próximo a Zúñiga, vio venir al General con su escolta, inspeccionando las (p.3885) posiciones y enterándose de que sus órdenes estaban bien cumplidas. El coronel del 5.º le salió al encuentro, y hablaron un rato, denotando en su actitud perfecta satisfacción del estado de las cosas. Zumalacárregui, que todo lo veía, vio también a Fago, cuando éste le hizo el saludo militar; paró su caballo diciendo: "Ya sé, ya sé que tenemos un soldado más, excelente, bueno entre los buenos. Adelante, Sr. Fago, y no desmayar". Y siguió su camino.

El capellán sargento se quedó meditando: en la mirada del General hubo de reconocer sus propias ideas, por virtud de una transfusión milagrosa, y se dijo: "Todo lo que yo pienso, lo piensa él; pero lo piensa después que yo.. Está convencido de que nos atacarán por el frente y por las dos alas, y ha tomado sus medidas para esterilizar la combinación. El escalonar los batallones a lo largo de este camino demuestra una gran pericia; las posiciones son acertadísimas para acudir a una parte u otra con presteza y seguridad. Todo va bien, como a mí se me ocurre, como debe ser, como es, porque o se tiene lógica o no se tiene. Yo la tengo, y acierto siempre.. Y como acierto siempre, Sr. D. Tomás de mi alma (decía esto viéndole perderse con su escolta tras un grupo de olivos) , debo manifestar a vuecencia que yo no me asusto de que pasen el Ega por la ermita de Nuestra Señora de Arquijas: al contrario, que vengan, que vengan pronto a esta orilla, donde hemos tomado posiciones inexpugnables. Y si mi jefe no lo permite, añadiré que yo no habría mandado cortar el puente. El río es fácil de vadear por esa parte. El puente habría sido para ellos una facilidad; la facilidad trae la confianza, y la confianza es la perdición cuando se está en una puerta que conduce a un calabozo. Trampa será para ellos este cerco de montañas. Mientras más pronto entren, más pronto conocerán que no pueden salir.

"Y ahora, se me ocurre meterme en el pensamiento del Sr. de Córdoba. Si yo mandara las fuerzas cristinas, renunciaría al paso del Ega por Arquijas. Yo no combato nunca donde le conviene al enemigo, sino donde (p.3886) me conviene a mí. Pero el espíritu de imitación tiene tal fuerza, que el hombre de guerra no puede sustraerse a la atracción que ejercen sobre él los actos de su contrario. ¿Vas tú por allí? Pues yo detrás. Donde tú estás ahora, estaré yo mañana, y he de ir por el camino que tú recorriste.. Pues no, señor.. Iré por donde menos pienses tú que debo ir. Yo Córdoba, después de amagar por Arquijas, llevaría durante la noche todo mi ejército a Campezu, y desconcertaría el plan de Zumalacárregui, es decir, el mío, porque yo lo he pensado, y él conmigo.. Pero para este caso hay también previsiones, y yo vencería, obteniendo con mi victoria todos los cañones de batalla que trae Córdoba; y reforzado mi ejército y cubierto de gloria, franquearía sin pérdida de tiempo la Sonsierra, caería sobre la Guardia, y luego sobre Haro y Miranda de Ebro. Pasado el Ebro, se salva Pancorbo, y ya estamos en Burgos..

-Mi primero -le dijo el furriel despertándole bruscamente de su espléndido sueño militar-, para el rancho de hoy me han dado una cosa que llaman patatas. Mire, mire: son como piedras. ¿Esto se come?

-¡Qué bruto! Es una comida excelente. ¿De dónde eres tú?

-Mi primero, yo soy de Sansoaín, orilla de Lumbier. En mi pueblo no comen esto las personas, sino las monjas por penitencia, según dicen, y los marranos, con perdón.

-Pues en el mío y en todos se cultivan las patatas y se comen, y saben tan ricas. Se introdujo en España este comestible cuando la guerra del francés. Muchos no querían comerlo por ser fruto traído de Francia; pero ya vamos entrando con él, que para el buen comer no hay fronteras.

-Mi primero, oí que comiendo estas pelotas sacadas de la tierra, se pierde la buena sangre, y nos volvemos todos gabachos o ingleses de la parte de mar afuera, diendo para La Habana. Yo no entiendo; pero le diré que las probé y me supieron al jabón que traen de Tafalla y Artajona. Si es para limpiar tripas, bueno va. Pero no me digan que esto cría sangre.

-Échales vino encima y verás.

-Con el vino solo me apaño, y estas pelotas que las coman (p.3887) los guiris, para que revienten de una vez.

-Ponlas y calla, y el que no las quiera que las deje. Si no tenemos bastante vino, yo lo compro de mi bolsillo: ya sabes que no me falta un duro para obsequiar a la sección. Pídele cuatro o seis Pintas al Riquitrún, y tenlas aquí antes de que toquen a rancho.

-Mi primero, por si no lo sabe, pongo en su conocimiento que el Riquitrún es muy malo, y siempre nos lo da con agua. Ese tunante ha sido sacristán, y esto basta para que no venda vino de ley. De usted se reía esta mañana, diciendo que en Oñate le ayudó la misa y que se equivocó usted tres veces, trabucando los latines, poniendo el cáliz donde no debía ponerlo, y haciendo muchas morisquetas.

-Miente el bellaco -replicó el capellán, pálido de ira-. Yo no me equivoco en la misa ni en nada. Y si vuelven a decirme tal injuria, el sacristán y tú sabréis quién es José Fago".

Al día siguiente, 15, atacaron los cristinos por Arquijas. Vadearon el río; se batían en las dos orillas bravamente, con mucha menos tropa de la que presentaron en Mendaza el día 12. No había duda de que aparecerían por Santa Cruz o por el valle de Lana. A las dos de la tarde se despejó la incógnita: Oraa se apoderaba de la Peña de la Gallina, y contra él fueron cinco batallones mandados por Villarreal e Iturralde. Zumalacárregui estaba en el camino que va de Zúñiga a Orbiso, en lugar culminante, y como adivinaba un tercer ataque por su derecha, tenía dispuestos cuatro batallones. Sereno y previsor, con su ejército y el del enemigo metidos dentro de la cabeza, viendo y sintiendo la totalidad del terreno con sus varios accidentes y distancias, aguardaba el desarrollo de la acción con la tranquilidad del maestro que domina su oficio. Todo en aquel día feliz marchaba como el programa de una función histriónica, y los distintos papeles eran desempeñados con puntual exactitud, no sólo por parte de los suyos, sino de los contrarios. El enemigo hacía lo previsto, lo calculado, sin ninguna iniciativa nueva, sin ninguna sorpresa o improvisación que desconcertara el plan general. Éste, (p.3888) por su sencillez lógica, parecía la página más elemental de un tratado de estrategia.

Los cinco batallones de la izquierda realista, el 5.º entre ellos, atacaron la división de Oraa, sin darle tiempo a descansar de su fatigosa marcha. Iguales eran las fuerzas por una y otra parte; en bravura fuera difícil hallar diferencia. La que resultó a la caída de la tarde tuvo por causa la ocupación de mejores posiciones por los facciosos, y el desaliento de los cristinos al enterarse de que las tropas que rodearon el Ega por Arquijas volvían a pasar a la orilla derecha y se retiraban hacia el caserío de Acedo. Replegose Oraa a su primera posición de la Peña de la Gallina; los carlistas, sintiéndose con indudable ventaja, le acosaron; Iturralde quiso reponer su fama de la pérdida lamentable del día 12, y como hallara en los cristinos pasividad heroica y resistencia formidable, apretó los resortes de su máquina; puso en el último grado de tensión el vigor navarro, y, perdiendo gente, arrebató muchas vidas al enemigo. Toda la tarde combatió Fago con impávida constancia, comunicando su valor sereno a los hombres que estaban a sus órdenes, haciéndoles audaces y temerarios, al mismo tiempo que prudentes y astutos. Ya se venía la noche encima, cuando medio batallón de los de Oraa, revolviéndose desesperado, como el león herido, acometió con zarpazo furibundo al 5.º de Navarra, que fieramente le hostigaba. Trabose lucha a la bayoneta; corrió la sangre; cayó un frente de carlistas de más de veinte hombres, como la mies rápidamente segada por la hoz.

Pero aún había navarros en gran número para vengar a sus compañeros, y multitud de cristinos cayeron acuchillados sin piedad. Fago iba delante, pues había llegado el momento del ardor fogoso, de la embestida frenética con uñas y dientes. En el ardor de la refriega, y en una de esas pausas de segundos que median entre los golpes, vio entre los enemigos que avanzaban una figura extraordinariamente terrible, un hombre de cabellos blancos, corpulento.. Desde lejos le miraba, y parecía dirigirle la afilada punta (p.3889) de la bayoneta al pecho o al estómago.. El capellán se vio acometido de un miedo súbito: su consternación le privó como por ensalmo de toda su energía militar, arrancándole su conciencia de soldado. Aquel hombre, más bien irritada fiera que contra él venía, era Ulibarri, el propio D. Adrián Ulibarri; no podía dudarlo: le vio como a diez varas; sus facciones no mentían, no podían mentir, ni había confusión posible con otra persona.. En mucho menos tiempo del que se emplea en referirlo, el fantasma, o lo que fuera, estuvo a dos pasos.. Fago reconoció la voz, la mirada: era él.. Su terror fue inmenso.. se dejaba matar. Pero cuando sólo un palmo distaba de su vientre la bayoneta del furibundo cristino, dispararon contra éste los navarros dos o tres tiros que le hirieron gravemente. Cayó Ulibarri, y se volvió a levantar. Fago vio en sus ojos moribundos el odio y la ferocidad: una mano de tigre le agarró convulsiva el cuello; una voz le lanzó el mayor insulto que boca humana puede proferir.. Recobró el capellán súbitamente su personalidad corajuda; dio un paso atrás, requiriendo su fusil armado de bayoneta, y se hartó de clavarla en el cuerpo de su enemigo.

 

Ep-21-XVII -

Hecho esto, salió corriendo por encima del cadáver, impulsado de un instinto de fuga. Corrió hacia las líneas enemigas; no iba solo. Sus compañeros le agarraron; viose envuelto por los suyos, que retrocedían.. Sin conciencia, de sus actos, anduvo después largo trecho por entre los combatientes, pisando muertos y heridos, oyendo voces que ignoraba si eran de carlistas o de liberales, y, por último, fue a caer sin conocimiento al pie de un olivo. Nunca supo lo que duró su espasmo; al recobrarse de él, viose en completa obscuridad, pues la noche había cerrado ya. Las voces de sus compañeros sonaban cerca; distinguió algunas que le eran familiares. Dirigiose allá casi a tientas, porque apenas veía. "¿Es noche oscura -pensaba- o estoy yo ciego?" Miró al cielo, y vio algunas estrellas; luego empezó a distinguir los accidentes del terreno, y movibles bultos, pelotones de hombres que se (p.3890) alejaban.

Ya se consideraba próximo al sitio donde creía encontrar a los de su batallón, cuando se hizo cargo de que no tenía fusil. Trató de volver al pie del olivo donde había caído como desmayado, mas no acertó a encontrarlo. Los árboles salían a su encuentro, como diciéndole: "Yo soy, yo soy el olivo". Pero luego resultaba que no eran. Determinose a seguir sin fusil, y tampoco pudo reconocer la dirección que antes había tomado. Ni las voces se oían ya, ni los bultos informes se veían tampoco. Aquí y allá tropezaba con muertos. ¿Eran cristinos o carlistas? Por las boinas o morriones los determinaba fácilmente. Miró al cielo, buscando la Osa Mayor para orientarse; pero ya no se veían las estrellas, y la tierra se iba envolviendo en una niebla blanquecina, cuyos vellones espesos venían de un punto que el aturdido capellán no pudo discernir si era el Norte o el Sur. Al fin, plantándose y llamando a sí toda su inteligencia, ansioso de encontrar una idea meteorológica, pudo hacer este razonamiento: "De allí viene la niebla, pues por allí está el río".

Anduvo presuroso en la dirección que estimaba contraria al curso del Ega. La niebla parecía perseguirle, y cuanto más andaba, más envuelto se veía en las masas lechosas. Ningún ruido turbaba la lúgubre quietud del ambiente. Los olivos iban a su encuentro; algunos troncos le cortaban el paso con brutal choque, sacudiéndole formidable testarazo; otros huían deslizándose por su flanco, y le azotaban el rostro con sus ramas mojadas. La tierra le abría zanjas en que se hundía, o le presentaba parapetos para hacerle caer de rodillas. Tropezó en un tronco, y al poner las manos en tierra tocó ropas, cabellos.. Era un cadáver. "¿Será éste? -pensó el infeliz capellán poseído nuevamente de glacial terror-. ¿Habré venido a parar junto al cuerpo de Ulibarri, a quien ensarté no sé cuántas veces con mi bayoneta?" Reconocido el muerto, vio que tenía barbas y casco. No era el alcalde de Villafranca.. Más allá encontró un caballo; después otros muertos, y un fusil, que tomó. Era un arma (p.3891) cristina.

Siguió adelante, sin saber ya por dónde iba, pues lo desigual del terreno obligábale a variar de dirección a cada instante. "Paréceme -se dijo echándose fatigado en el suelo-, que me encuentro en el campo de batalla de hoy, en el paraje donde rechazamos el ataque de los cristinos, a arma blanca, donde vi a Ulibarri vivo.. No, no: esto no puede ser, porque sería un milagro.. ¡Milagro! ¿Y quién me asegura que Dios no haya querido sacar de la tierra al buen Don Adrián, y darle realidad o apariencias de vida para confundir con una imagen terrorífica mi estúpida arrogancia militar, para despertar mi conciencia de sacerdote, y enseñarme que las manos que cogen la Hostia no deben derramar sangre humana? ¿Será esto? Ejemplos hay de apariciones sobrenaturales dispuestas por Dios para expresar a un alma extraviada la divina voluntad. Si Dios puede hacer que tomen forma corpórea los fenecidos para revelar la justicia y la verdad a los vivientes, ¿por qué no admitir, desde luego, el milagro de la presencia de aquel buen hombre en el campo de batalla? No hay que decirme que pudo ser el que maté persona que al muerto de Falces se pareciese. No era semejanza, era identidad: el que vi, el que maté, era el alcalde de Villafranca. Aún le estoy viendo; aún veo la blancura de sus cabellos, el ardor de su rostro; veo sus ojos iracundos que me traspasaban, que me daban más miedo que todas las bayonetas cristinas.. Era él, era él. No es aquella imagen obra de mis sentidos, que la tomaron de la conciencia alborotada: era efectiva, real, y esta realidad sólo Dios pudo disponerla. Creo en los milagros; creo que he visto al padre de Saloma, que le he matado, que por aquí debe de estar su cadáver".

Dio algunos pasos; anduvo un buen trecho a gatas, abandonando el fusil que poco antes cogiera, y luego se echó de nuevo en tierra, asaltado de ideas turbulentas que contradecían las ideas anteriores. "¿Y quién mi dice que fuera real la muerte de Don Adrián en Falces? ¿Quién me asegura que lo que vi en aquella tristísima noche y en (p.3892) aquella alborada sangrienta no fue el milagro verdadero? Bien pudo ser que mi conciencia y mis sentidos forjaran, por disposición del Cielo, el suplicio del hombre que ofendí; bien pudo ser que Dios me pusiera ante los ojos mi ignominia en aquella forma. Si, en efecto, Ulibarri no pereció en Falces, nada tiene de absurdo que se me presentara en las filas cristinas, sin necesidad de milagro.. ¡Ay!, en todo caso mi conciencia se alborota, estalla, ahogándome toda el alma. Milagroso o no, el hombre que vi y que maté en un momento de furor instintivo, me reveló con su presencia estoy nuevamente encenagado en el mal, que escarnezco la sagrada Orden, cogiendo en mis manos un arma y matando sin piedad cristianos con ella.. ¡Si al menos fuesen moros!.. Pero tampoco.. ni moros ni nada.. Que los maten los militares, si necesario es para el cumplimiento de la ley de Dios y el triunfo del Evangelio.. ¡Pero yo, yo matar!.. Reventé a Ulibarri o a su imagen, por la ley física que nos mueve a defendernos cuando nos atacan.. Es uno hombre sin poderlo remediar. Un santo haría lo mismo.. Estalla el coraje cuando menos se piensa.. y al recobrarnos de la horrible locura, ni aun sabemos a ciencia cierta lo que hemos hecho. Llega un momento en que al hombre civilizado se le cae la ropa, y aparece el salvaje. Luego nos da vergüenza de vernos desnudos, y volvemos a encapillarnos la levita, la sotana, o lo que sea..".

Corrió luego desaforadamente, gritando como un loco: "Estoy en pecado mortal.. Piedad, Señor, piedad.. En mí llevo el infierno, la guerra; mis planes estratégicos son los caminos de Satanás.. mi régimen de movilización de tropas, idas y venidas de demonios.. ¡Piedad, Señor, piedad!..".

Oyó cantar un gallo, por donde vino a conocer que eran las dos de la mañana, hora en que habitualmente deja oír su voz el reloj de la noche. Aventurose en la dirección del canto, creyendo encontrar un caserío; pero la niebla era ya tan densa, que no sabía por dónde iba. Oyendo después que el gallo cantaba a su espalda, volvió hacia (p.3893) atrás, cada vez más perdido en el seno de aquella opacidad algodonácea que envolvía la naturaleza como un sudario. Había dejado de tropezar con olivos, y de pronto se presentó un escuadrón de ellos, plantados con orden y estorbándole el paso.. Vino luego un parral, cuyas cepas a cada instante se le enredaban en los pies. Eran garras que le cogían, y horquillas que le enganchaban. El hombre volvió a arrojarse en tierra, exánime, más afligido aún de la negra desesperación que del cansancio. Lágrimas brotaron de sus ojos. No podía consolarse de haber dado muerte al que en rigor de justicia debió ser, antes, y después, y siempre, su matador.. No con lloros y suspiros, ni con la pena ardiente, ni con el razonar febril, podía desahogar su alma, ni aliviarla de aquella colosal pesadumbre. Pasó algún tiempo en tan triste situación, y al fin amaneció: triste claridad se manifestaba al través de aquel pesado velo, más denso al avanzar el día, más lúgubre blanqueado por la luz. A veinte pasos no se distinguían los objetos: árboles y peñas desaparecían como tras una cortina. Los ojos llevaban consigo aquella ceguera de las cosas; el circuito blanco se movía con el espectador.

No hacía media hora que era día, cuando sintió el capellán voces humanas. ¿Por qué parte? No podía precisarlo. Tan pronto sonaban aquellos ruidos por su derecha como por su izquierda. O había gente por todas partes, o la niebla jugaba con el sonido, echándolo de un lado para otro. Eran ecos extraños de voces roncas de mujeres, como disputando con voces más ásperas aún de hombres. Por un momento creyó escuchar la dureza del vascuence. Pero no: era castellano, tirando un poco a baturro. Creyendo reconocer voces de compañeros de la facción, anduvo en seguimiento del ruido; se equivocó de rumbo: llamó; le contestaron, y, por fin, encontrose junto a un grupo de personas diversas, sentadas en el suelo. Habían encendido una hoguera para guisar algún comistrajo y calentarse. Algunos dormían: el aspecto de todos era de extraordinario aburrimiento y fatiga. No bien (p.3894) apareció junto a ellos el clérigo aragonés, saliendo como espectro de los blancos vellones de la niebla, fue reconocido por una mujer del grupo, que asustada dijo: "No es nadie. Creímos que venían carlistas. Es el clérigo de Villafranca vestido de paisano, y sin armas.. ¿Qué le pasa, Padrico? ¿Está su merced en servicio militar, o sigue de capellán?.. ¿Vienen más facciosos con usted? Nosotros somos gente de paz.

-Y vendemos aguardiente, -dijo un vejete, señalando el borrico atado al árbol más próximo.

-Con esta condenada niebla nos hemos perdido -agregó otra mujerona que atizaba la lumbre-, y aguardamos a que abra para seguir a nuestro ejército.

-Según eso -dijo Fago, echándose en el suelo, gozoso del calor y de la compañía-, estoy en el campo cristino.

-¿Viene usted del campo faccioso?

-Sí: ayer tarde me separé de mis compañeros del 5.º de Navarra, y no he podido reunirme con ellos. Cegado por la niebla, he andado a ratos toda la noche, y en este momento ignoro dónde estoy.

-A poca distancia de Santa Cruz de Campezu.. Mucho tiene que andar para juntarse con los suyos, que deben de estar en Zúñiga.. Tómelo con calma; y para recobrarse del cansancio, eche un trago de vino, y luego probará de estas pobres sopas. Aquí somos todos de paz, y estamos a ganar un pedazo de pan, con remuchísimo patriotismo.. Yo he servido en Fusileros de San Fernando, con D. Carlos España.. Derrotamos al Francés en Arapiles.. ¿Sabe usted lo que fue Arapiles?

-¿Pues no he de saberlo?.. Batalla ganada por lord Wellington junto a Salamanca.. Y a propósito: no sé aún el resultado de la acción de ayer entre Arquijas y Zúñiga.

-Por el cuento, parece que la hemos perdido.

-Quita allá -dijo Saloma-. ¿Tú qué entiendes? El retirarse Córdoba es engaño, para cogerlos luego por allá.. qué sé yo. Nosotros nada sabemos. Córdoba sabe más que el Tío Zamarra, y por un lado o por otro le tiene que coger.. y como le coja, se acabaron los asolutos.. ¿Qué les quedará si pierden ese General? Pondrán al frente de las tropas a (p.3895) un clérigo de misa y trabuco.. o el mismico D. Isidro tomará las riendas, como quien dice, el rosario".

 

Ep-21-XVIII -

En el abatimiento y confusión de su espíritu no mostraba Fago gran deseo de conocer el resultado de los combates del día anterior. Batallas más terribles, libradas en el campo oscuro de su conciencia, secuestraban su atención, y compartida ésta entre el conflicto propio y los hechos que el anciano cantinero refería, apenas pudo enterarse de la victoria facciosa, o se enteró de un modo incompleto, recogiendo sólo retazos, noticias sueltas. Córdoba se había retirado inopinadamente de Arquijas. Oraa fue rechazado en Lana, y Gurrea, que intentó atacar por la derecha, había llegado tarde. En retirada quedaron, pues, al anochecer los cristinos, y aún no se sabía por dónde andaban. Prisioneros de la niebla, los dos ejércitos aguardaban que el sol les libertase para volver a combatir en las mismas posiciones, o en otras.

«¿Qué le parece? -le preguntó el vejete-. ¿Pelearán en las mismas posiciones?.. ¿Qué piensa, buen hombre?.. ¿O es que, por no entenderlo, no piensa nada?

-No pienso, no se me ocurre nada -dijo Fago demostrando en el mirar y en el gesto extraordinaria confusión-. ¿Qué entiendo yo de posiciones?

-Es usted sargento, ¡contro!

-Soy un pobre cura que se ha visto obligado a.. no sé lo que digo.. Dadme un poco de vino para que pueda coordinar las ideas.

-Bien se ve que le han engañado esos puercos -dijo Saloma alargándole el jarro-. No hay más que verle para saber que es usted un mosén muy cuitadico, y que no sirve para manejar el chopo. Váyase, váyase pronto a coger el cáliz, para que Su Divina Majestad le perdone el meterse en estas jerarquías».

Y otra mujer saltó diciendo: «En la cara se le conoce que es cobarde.. ¿Qué le pasó, mosén?.. ¿que al oír los primeros tiricos le entró lo que los vizcaínos llaman bildurra, y se le movieron las tripas?»

La actitud silenciosa y sombría de Fago confirmó a la baturra en su creencia, y por caridad, se apresuró a darle participación en la comida, que ya había (p.3896) sido apartada del fuego, y repartidas las cucharas, comieron todos de la misma cazuela en que las sopas habían hervido: No estará de más representar con cuatro perfiles a las personas que componían la cuadrilla parasitaria del ejército cristino. Saloma ya es conocida; la otra mujer tenía por apodo la Maja de la seda, y llevaba muchos años de ejercer el comercio ambulante, rodando por Rioja y Cinco Villas. Su patria era el Bocal; sus ojos bizcos fulguraban picardía y malas artes; su cuerpo igualaba en flexibilidad al de una lagartija. Comúnmente la llamaban Seda, y se titulaba esposa de otro punto de la partida, por mal nombre el tonto de la Uva, o simplemente Uva, de rostro atezado y cuerpo contrahecho. Era del Valle de Arán, y se hacía pasar por francés, hablando a veces un patois de su invención. El vejete, que ostentaba el timbre glorioso de haberle cosido a Wellington una bota, la víspera de Arapiles, procedía también del Bocal de Aragón, y le llamaban el Tío Concejil. Ganaba dinero con su mercadería ambulante, era consecuente en su filiación liberal, y había sido fiel parásito de Sarsfield, de Quesada, después de Rodil, y últimamente de D. Francisco, que era su amigo. En Puente la Reina, el año 24, le había dado Mina la mano, cuando le llevó la noticia de que los realistas, escapados de Cirauqui al anochecer, habían llegado a Oteiza a las dos de la madrugada. Otros dos hombres había en la cuadrilla, que eran como bestias de Uva; cargaban enormes mochilas parecidas a cuévanos, repletas de tabaco.

Saloma era entre los parásitos como una huésped: daba un tanto al día por participar de su comida, y también comerciaba en pequeña escala. Conocía por sus nombres y apellidos a un centenar de soldados cristinos de todas armas; mas no se crea que andaba entre ellos con malos fines: les trataba, les tenía ley, se interesaba en sus triunfos, dábales alientos con palabras expresivas; pero se mantenía fiel al granadero Manuel Díaz, natural de Herramélluri, entre Haro y Santo Domingo de la Calzada; mocetón de buen ver, que más pronto (p.3897) tomaba las mozas que las trincheras de la facción. No era esta cuadrilla la única que seguía las legiones de la Reina; había otras, y algunas promiscuaban, sirviendo a carlistas y constitucionales alternativamente, según les convenía.

A mitad de la comida, se arrancó Saloma con este grave aforismo: «Un aragonés no puede ser cobarde, aunque sea clérigo, señor de Fago.. Esto lo digo yo que soy de Borja..

-Es verdad -replicó el capellán haciendo honor a las calientes sopas-. Un aragonés es.. un aragonés.

-Y está dicho todo. El día que se desbarate España, para volver a jacerla tendrán que poner por pedernal del cimiento los corazones de Aragón.

-Y que lo digas. ¿No piensa lo mesmo el señor cura?

-Lo mismo pienso, y en verdad os aseguro que deshonro a mi tierra, porque soy cobarde. Me creí valiente.. me engañé a mí mismo, me engañaron diciéndome que era yo muy entero.

-Y en cuanto oyó los primeros tiros..

-No, no fue a los primeros tiros, sino a los últimos.

-Eso sí que es raro -dijo Saloma-. Pues mire, Padrico, ándese con cuidado, que si le cogen los faiciosos, le afusilan por desertor, y si le pescan los cristinos, no lo pasará bien.. Ya se está usted quitando las ensinias de sargento. Como no tiene uniforme, no le estorba el chaquetón; pero algo debe disfrazarse, que aunque sea falso, a veces no parece que lo es, y hasta podrían tomarle por un valiente triste, quiere decirse, aflegidico por mor de amores o qué sé yo qué».

Tal era el desaliento de Fago y tan aplanante su pasividad, que no hizo el menor movimiento cuando Saloma descosió con sus puercas uñas las insignias que en las mangas llevaba.

-«Y ahora, si no quiere que sospechen, quédese con nosotros -agregó la baturra-, y aquí comerá de lo que haiga. Si no tiene dinero para el gasto, no le importe, que a mí no me falta un duro para los amigos, y más si son de la tierra.. Donde yo estoy, está Aragón.. Conque..».

De tal modo sentía el clérigo deshecha y caída su voluntad, que nada supo contestar a estas razones, y a todo asintió, agradeciendo al propio tiempo (p.3898) el socorro de comida y fuego que a los buenos parásitos debía. Pensando en aquella inesperada situación a que le había traído su destino, sorprendió y reconoció en su alma una glacial indiferencia política. Lo mismo le importaba hallarse entre liberales que entre facciosos. Empequeñecidos ambos bandos, eran de la misma talla mezquina ante la magnitud del tremendo conflicto que él llevaba en su alma. ¿Ni cómo podía ser de Dios uno de los ejércitos, y el otro no? Dios estaba en todos y en ninguno, y los hombres no se podían diferenciar ante Dios más que por sus conciencias. Pero estos razonamientos y otros no podía calmar la suya, ni ver nuevos horizontes en su vida ulterior. ¿Qué haría? ¿Adónde trasladarse, qué partido tomar, y qué conducta preferir, y a qué aferrarse?

Rasgó el sol con punzantes rayos la niebla, y se aclaró un espacio que permitía ver los objetos a distancia de tiro de fusil. Pero luego cerrose de nuevo la espesa cortina, y a oscuras quedáronse otra vez dentro de aquella ceguera blanca, que era como el ver que no se veía nada. Oíanse, no obstante, tambores y cornetas. Los batallones más próximos marchaban ya, sin que se pudiera saber adónde. Uva, que había ido a explorar, volvió diciendo: «San Fernando y la caballería de López vuelven a Mendaza. Los demás, sabe Dios por dónde andan.

-¿Y ellos?

-La facción, dicen que va hacia la Amézcoa; pero no es más que un decir».

Las diez serían cuando acabó de deshilacharse la niebla, y la cuadrilla se puso en marcha, llevando el burro por delante: Fago se dejó llevar; no tenía voluntad. Vio soldados cristinos en marcha, caballos, acémilas; vio a Saloma hablando con sus amigos y conocimientos; vio un capellán en mula, en quien reconoció a un antiguo colegial de Vergara. Afortunadamente no fue conocido. Uva se emparejó con él, y quiso distraerle con su charlar festivo; pero el aragonés, atacado de un mental marasmo, parecido a la imbecilidad, no acertaba en las contestaciones, y de rato en rato decía: «Amigo Uva, ¿a dónde vamos? Yo quisiera ir a (p.3899) Veruela.

-No creo que vaigamos tan lejos. Pero usted, mosén, si quiere, por Los Arcos y Viana se puede pasar a Logroño, y de allí, caminito arriba, hasta Tarazona.. En el coche de San Francisco, cinco días o seis».

Rendido de sueño, el infortunado capellán, aprovechando el descanso de la cuadrilla en un humilladero que les ofrecía comodidad, se tumbó en el rincón más abrigado, y mal envuelto en pedazos de manta que pusieron a su disposición las baturras, se durmió profundamente. Soñó primero mil disparates inconexos: que Uva estaba jugando a la pelota con Zumalacárregui; que, Saloma era la Saloma de Ulibarri, transfigurada físicamente; que Seda iba del brazo del General Córdoba por la calle principal de Ejea de los Caballeros, y, por último, su cerebro forjó una serie de imágenes y hechos, combinados con relativa lógica, imitando la realidad en todo lo que los sueños imitarla pueden. Viose en manos de los monjes de Veruela, que de nuevo le rescataban del Infierno, entregándole a Dios.. Otra vez se veía, cubierto del traje eclesiástico, y pasaba de Veruela a un lugar sin nombre, con sus casas cimentadas en escalones sobre altísimas peñas. En el pico más alto estaba la iglesia, como un nido de cuervos, apoyando sus contrafuertes en las grietas musgosas de la roca. El sueño le representó después diciendo misa en la iglesia roquera, delante de un grupo de fieles vestidos de negro, con cirios.. No tardó en cambiar la decoración, y viose en otra iglesia pequeñita y oscura. También en ella celebraba, y en el momento de salir revestido con casulla blanca, por ser la fiesta del papa San Gregorio, oyó tiros cercanos, gran tumulto de batalla.

Los cristinos cercaban el pueblo; ya eran dueños de las casas exteriores, y seguían adelante, destruyendo todo lo que encontraban al paso. Mas él, impávido, apartando su mente de todo lo que fuese guerra y matanza entre cristianos, empezó su misa. La decía despacio, muy despacio, recreándose en las bellezas del simbolismo litúrgico. Pero cuando llegaba a la consagración, los tiros sonaron en los propios muros (p.3900) del templo. El pueblo salió despavorido: mujeres y hombres acudían a la defensa armados de fusiles, palos o esgrimiendo cirios, blandones, incensarios y lo primero que encontraban. El acólito abandonó el altar, y de la caja del púlpito sacó una escopeta. El oficiante sintió el demonio de la guerra en su alma, dejó el cáliz sobre el ara, y sin pensar en quitarse las sagradas ropas, pues el aprieto del ataque no le daba tiempo para ello, corrió a la ventana, por donde entraba, con el grandísimo estruendo, humo y polvo de un batallar furioso. Alguien, no supo quién, puso en sus manos un fusil. Cogiolo, y saliendo intrépido a la ventana, echóselo a la cara. Los cristinos subían con escalas. Les recibió a tiros, acertando en todos. Cada disparo era una muerte. Mientras disparaba un fusil, le cargaban otro y otro. Llovían balas contra él; pero todas se estrellaban en su casulla como en una coraza milagrosa.. Con gritos de coraje alentaba a los suyos, y con horribles expresiones blasfemantes denostaba a los enemigos que asaltaban la iglesia. Tantos mató, que caían en racimos al pie del muro. Y él indemne, viva imagen del dios Marte, vestido de alba y casulla, mostrando un valor heroico y una pericia no inferior a su bravura. No contento con rechazar a los que osaron meterse por la ventana, salió al frente de su cuadrilla por la puerta lateral, y persiguió al enemigo en retirada, acuchillándolo sin piedad, machacando cráneos, rasgando vientres, cercenando piernas y brazos. En fin, que a poco de emprender esta feroz batalla no quedaba un enemigo para contarlo. Transcurrió un lapso de tiempo, que apreciar no podía; mas al término de él, continuaba tan tranquilo su misa, como si nada hubiese pasado. Su casulla, que era blanca al empezar, se había vuelto roja de la sangre de la batalla, y la festividad, que antes era de confesores, después lo fue de mártires. El vino de la consagración le supo a pólvora; el acólito, en vez de campanilla, tocaba un tambor.. «¡Cuánto disparate, y qué sueño tan absurdo e irreverente!», dijo el capellán despertando a los tirones de pies que (p.3901) le daba Uva.

«Padrico, que nos vamos. Levántese si no quiere que le dejemos aquí.

-¿En dónde estamos? ¿Qué pueblo es éste?

-El pueblo es Mirafuentes. Esto se llama el Cristo de la Caña.. Volvemos a Los Arcos, amiguito, a repostarnos de municiones para emprenderla otra vez contra esos pillos, que no pelean; lo que hacen es escurrirse como culebras cuando les tenemos cogidos.. Dese prisa, si no quiere quedarse».

En marcha ya, la mente del tránsfuga, que con el sueño se había despejado considerablemente, pudo hacer apreciaciones razonables de su verdadera situación, y la voluntad, libre ya del horrible desconcierto de la noche anterior, supo determinar algo conforme a lógica y al sentido común. «No se me había ocurrido hasta ahora que debo presentarme al Sr. Arespacochaga, mi protector y amigo, por quien he venido a estas endemoniadas aventuras. Debo manifestarle el estado de mi conciencia, mis horribles dudas, el espanto que me produjo la visión de Ulibarri, el desaliento que ahora me invade, y todo, todo, para que lo sepa y decida. Él me trajo; él dispondrá de mí».

«Amigos míos -dijo a los cantineros, parándose en mitad del camino-, cuando nos encontramos, la luz de mi razón hallábase apagada. Ya se ha encendido: ya veo claro. Agradeciendo a ustedes la caridad que me han hecho, me veo precisado a dejarles. Tengo que ir al Cuartel Real de Carlos V».

Diéronle medio pan y un palo, y despidiéndose afablemente tiró hacia el Norte, camino de Mendaza y del puente de Arquijas.

 

Ep-21-XIX -

Toda aquella tarde anduvo sin encontrar tropas. Las de Córdoba fueron hacia el Sur, y la división de Oraa habíase retirado por la estrechura de San Gregorio. Encontró, sí, gentes dispersas, que corrían a recobrar los hogares abandonados; rebaños fugitivos, y, de trecho en trecho, caballos muertos, despojados ya de sus arzones militares; algunos cadáveres de cristinos y facciosos, que nadie se había cuidado de enterrar, y multitud de objetos de vestuario y armamento, despojos tristísimos de la guerra. Ignorante de la verdadera residencia del (p.3902) Cuartel Real, confiaba que algún campesino adicto a la causa, y por allí casi todos lo eran, se lo dijese; mas no quiso formular su pregunta hasta no hallarse más cerca del terreno dominado por realistas. Mas no le habría gustado encontrar al ejército, y si pudiera meterse en el Cuartel Real sin pasar por entre los batallones de Zumalacárregui, se creería dichoso.

Por la noche pidió albergue en el primer caserío que encontró, y allí le dieron noticias contradictorias respecto al Cuartel Real: que había pasado a tierra de Álava, que iba hacia el Baztán, que en la Amézcoa.. Confiaba que a la siguiente mañana no faltarían noticias ciertas, y se durmió sosegado, después de cenar habas mal cocidas y un poco de leche de ovejas. Lo que trajo el día subsiguiente no fue la noticia fidedigna que Fago deseaba, sino una nevada formidable. Amaneció todo el país cubierto de nieve, borrados los caminos, el horizonte ceñudo, el cielo arrojando copos. Era, pues, el tránsfuga prisionero de la Naturaleza, como la noche anterior, y toda su voluntad resucitada no podía con el tremendo obstáculo de la nieve y del frío. Resolvió esperar, toda vez que sus patronos, con gallarda nobleza, le ofrecieron hospitalidad por todo el tiempo que quisiese. No se les ocultaba, juzgando por el habla, que era persona principal, quizás de alta categoría, y le escuchaban con respeto y se desvivían por agasajarle. «Señor -le dijo el anciano, jefe de la familia, compuesta de viejas, muchachas y niños, pues todos los mozos estaban en la facción-, vocencia me dispensará si le digo que le hemos conocido, y que no tiene por qué ocultarse de nosotros. Aquí somos fieles a la causa, y puede estar tranquilo, pues. Sabemos que vocencia eminentísima es ese príncipe, primo hermano de la sacra católica real Majestad; ese que le nombran D. Sebastián, D. Grabiel, o no sé cómo, y que anda por estos lugares desaminando pueblos al ojeto de ver dónde se pone una grande fortaleza o laberiento de trincheras que piensan hacer, para que se apoyen las tropas, y den las (p.3903) batallas en regla. Aquí está vocencia seguro, y puede sacar los pinceles y compases para pintar la tierra y montes y honduras radicantes arriba y abajo. Yo también he sido militar, del 1.º de Zapadores: me encontré en Zaragoza con el comandante de Ingenieros Sr. Sangenís, y sé lo que son escarpas y contraescarpas, líneas quebradas, y obras de tierra y fajina. De modo que aunque estoy algo mal de la vista, y por ello gasto antiparras, bien podré ayudarle, y conmigo las muchachas, que todas se despepitan por servir a la real persona».

Respondió Fago que él no era príncipe ni magnate, sino un pobre capellán del Cuartel Real, que se había extraviado en la acción de Arquijas, y deseaba volver a reunirse con los suyos. No se dio por convencido el viejo, y continuaba mirándole con las antiparras de redondos vidrios, montados en gruesa armadura de cuerno.

«Pues diré a vocencia que, para mí, el Cuartel Real está ya sobre Salvatierra, y las tropas van a forzar el paso de Pancorbo para plantamos en Burgos en menos que canta un gallo».

Las viejas tomaron parte en la conversación, y propusieron a Fago darle un balandrán de cura que cogido habían en el campo de batalla. No le pareció mal este ofrecimiento, y aún le pareció mejor al ver la prenda de ropa enteramente ajustada a su talla y cuerpo, y tan buena que revelaba ser de canónigo. Aceptada desde luego, se la puso para abrigarse: el frío era intenso; seguía nevando, y no había que pensar en salir tan pronto. Los pastores que en cabañas próximas recogían su ganado, aseguraban que el Rey con toda su Corte estaba en la Amézcoa Baja, y también el ejército, y que hasta pasada Navidad no habría operaciones, por causa del mal tiempo. El viejo de las antiparras no se separaba de su huésped, tratando de hacerle menos aburridas las horas con su charlar continuo de la guerra, entreverado de anécdotas navarras, y de noticias referentes a linajes, familias y personas: de todo ello coligió que había tenido posición y hacienda muy superiores a la pobreza en que a la sazón vivía. Era ribereño, de Murillo (p.3904) el Cuende, y se llamaba Fulgencio Pitillas. Comprometido en las campañas realistas del 22 y 28, Mina le había quemado sus casas y graneros, y quitádole los ganados. Todo lo perdió por defender una idea; pero no le importaba con tal de ver la idea victoriosa. ¿Qué valían unos cuantos carneros y algunos sacos de trigo en comparanza de la religión católica y del trono legítimo? Dios sobre todo.

Oía esto con indiferencia el buen Fago hasta que de concepto en concepto, picando el Sr. de Pitillas en uno y otro asunto, vino a resultar inopinadamente que había conocido a D. Adrián Ulibarri. De tal modo se desconcertó el capellán al oír nombrar a la víctima de Falces, que en un punto estuvo que apretase a correr, poseído de un pánico semejante al que sintió en la batalla de Arquijas. Como el buen Pitillas era tan cegato que no veía tres sobre un burro, no advirtió la turbación y palidez del otro, y siguió diciendo que en sus buenos tiempos había tratado íntimamente a Ulibarri, y que la difunta de éste, doña Saturnina Dorronsoro, y la difunta de Pitillas, doña Manuela Mendívil, eran primas segundas. Agregó que había sabido el fusilamiento de D. Adrián, pena que le estaba bien merecida, por meterse a dar soplo a los cristinos de los movimientos de los leales; cosa fea, porque el buen navarro debía pertenecer en cuerpo y alma a la causa disoluta. Titubeó Fago entre nombrar a Saloma o callar este nombre, que removía en su alma heces amarguísimas; pero su ardiente curiosidad pudo más que su miedo, y Pitillas, contestando a la tímida pregunta, dijo: «Esa desgraciada, que conocía muy bien el genio que gastaba su padre, no se atrevió a presentarse a él después del estropicio, y ahora..

-¿Ahora qué?

-Dicen que dicen.. Yo no gusto de conversaciones, y mejor es que me calle.

-¿Luego vive?

-¿Que si vive? Ahora la tiene usted de ama de cura.

-¡Jesús mío!

-Dicen que dicen.. yo no digo nada.. Volviose con el mismo que la perdió; éste, que es un gran tunante, para esconder sus pecados debajo de la religión, se hizo cura, y (p.3905) ella..

-Eso no es verdad, Sr. Pitillas, -afirmó el capellán con acento tan distinto del que comúnmente usaba, que el viejo se desconcertó.

-Yo no lo he inventado.

-Pues es falso, y quien lo haya dicho, miente como un bellaco.

-Así será, pues vocencia lo asegura. De que lo dicen respondo. Ahora, que sea o no verídica, no sé.. Yo he creído que ella y él no se han metido en nuestra religión santísima, sino en otra de esas en que hay clérigas, quiero decir, donde los curas son al modo de matrimonios casados, y cada canónigo tiene su sacerdotisa para que le cosa la ropa.. Eso pienso; no sé.

-¿Y dónde están?

-Que me condene si lo sé. Pero aquí viene este Fermín Iralde, que debe de saberlo, porque una noche contó que había visto a la Saloma tocando las campanas en la iglesia de un lugar, de cuyo nombre no me acuerdo».

Llegose al grupo un pastor cojitranco, con peales y zahones, hirsuto, de color gitanesco. Interrogado por Pitillas, dijo que Saloma era ama de un cura que peleaba en la facción.

«¿Y se llama..?

-No lo sé.. Sólo sé que es aragonés, y que está en el 5.º de Navarra.

-Eso no es verdad. Y ese clérigo, antes de meterse a soldado, ¿era quizás párroco de algún pueblo?

-Capellán del Cuartel Real.

-¿Y es el mismo que..?

-No, señor; es otro.

-Mentira, más mentira todavía. ¿De dónde habéis sacado esas fábulas indecentes?.. Otra cosa. ¿Y dónde decís que habéis visto a Saloma Ulibarri tocando las campanas?

-Repicando.. cuando entraba en el pueblo Su Majestad D. Carlos Isidro. La vio un pastor que se llama Orden.

-¿Dónde? ¿Qué pueblo era ése?

-Aranarache, en la Amézcoa Baja.

-También lo niego. Yo sostengo que es falso de toda falsedad, y a ver quién es el guapo que me desmiente. Sois unos zopencos; hacéis mal en tomar en boca a personas honradas, que ni han escandalizado ni escandalizarán jamás. Saloma no es ama de cura, ni clériga, ni nada de eso, y al que lo diga le enseñaré yo el respeto que se debe a la mujer virtuosa: dondequiera que ahora resida, llorará la muerte de su padre y sus propias culpas. Para mí está o debe estar en (p.3906) algún recogimiento, casa de religión o cosa así.

-No se incomode vocencia -le dijo Pitillas tirándole del balandrán, pues Fago se había puesto en pie y accionaba enérgicamente con el garrote-. ¿A nosotros qué nos va ni qué nos viene en esto?

-Nos va y nos viene, señor mío, que no debemos dar curso a la calumnia, sino cortarla dondequiera que la encontremos. Yo salgo a la defensa de toda persona calumniada, ahora y siempre.

-Bueno, señor. Hágase cargo de que no hemos dicho nada, y vámonos a comer, que ya es hora».

Comió Fago de mal talante, y a cuanto le decían sus patronos contestaba tan sólo con monosílabos incoherentes. Por la tarde, con gran sorpresa de toda la familia pitillesca, afirmó que no podía detenerse; y resistiendo a los halagos de aquella gente infeliz, se despidió, ávido de lanzarse a los caminos, de agitarse y correr, movido sin duda de la necesidad de ejercicio físico, o quizás de una impaciencia que ni él mismo sabía si era caballeresco-militar, caballeresco-religiosa o caballeresco.. ¿qué, Señor? El tiempo y los hechos lo dirían.

No acobardado del mal cariz del cielo, ni de la nieve que en espesa capa cubría la tierra, marchó resueltamente hacia el Norte en busca del paso del Ega más próximo, que era el de Acedo. Escasos dineros llevaba: dos pesetas columnarias y una regular porción de cuartos. Sus víveres eran un pan con chorizo entre la miga, que al salir le dieron los Pitillas; su compañía, sus pensamientos y el garrote. No llevaba media hora de marcha, cuando empezó a ser atormentado por una idea, y ésta no le abandonó hasta el fin de la jornada. Era como un compañero de viaje que al compás de los pasos, y convirtiendo en voz humana el singular crujido de la nieve bajo los pies, le hablase al oído. ¿Qué decía? Pues que en el bolsillo del balandrán que puesto llevaba, generosa ofrenda de los Pitillas, había, cuando se lo dieron, una carta olvidada. Recordaba que en el momento de tomar la prenda de ropa de manos de la vieja había registrado los bolsillos, encontrando en ellos un pedazo de yesca, dos (p.3907) cuartos y un papel escrito. Rompió el papel la anciana, sin que a él se le ocurriese impedirlo, por no sospechar que pudiera ser interesante. Pues bien, al ponerse en camino dio en pensar que el papelejo era una carta de la persona cuyo nombre, pronunciado inopinadamente aquella mañana, había removido su ser todo. La hija de Ulibarri escribía muy mal, y firmaba sólo con la sílaba Mé, abreviatura de Salomé, con que de niña la nombraba su abuela. «Parece que es esto obra del demonio -pensaba-. Ahora veo los pedazos del papelejo, rotos y echados al viento por señá Martina, y creo recordar, creo recordar.. como no sea esto una artimaña del espíritu maligno.. creo recordar que en uno de aquellos pedacitos, que volaba delante de mis ojos, estaba escrito: Mé.. Y yo digo: ¿esto del creer recordar, es como recordar verdaderamente? Si vi pasar la palabra Mé por el aire, ¿cómo no me causó la impresión que ahora me causa el querer recordarlo? Luego no hubo tal palabra.. ¿Y no podría suceder que viera la sílaba sin darme cuenta de lo que significaba?..».

Por todo el camino, sobre la blancura inmaculada de la nieve, fue viendo algo como huellas de una cabra, un signo que evidentemente decía: Mé, Mé, Mé..

 

Ep-21-XX -

La noche le cogió en el arrabal de Acedo: pidió y le cedieron albergue en una choza humilde, y a la mañana siguiente, muy temprano, se agregó a una cuadrilla de campesinos que le llevaron en borrico unas cuatro leguas. El tiempo había mejorado; pero al deshacerse la nieve, los caminos y senderos se ponían intransitables. Sin desmayar por esto, el peregrino seguía, y a medida que se aproximaba a las alturas de la Amézcoa, iba encontrando gente que iba o venía, caballerías cargadas de provisiones, y alguna descubierta de soldados a pie o a caballo. En Galbarra encontró a dos conocidos: el uno, aragonés; el otro, navarro, y por ellos se informó de las posiciones de la tropa, sin dar a entender que deseaba conocerlas para evitar su encuentro. Agregaron que el Cuartel Real estaba en Artaza, y que allí (p.3908) permanecería cuando el ejército saliese a operaciones, pasada la fiesta de Navidad. Con estas noticias determinó emprender un largo rodeo, a fin de meterse en Artaza sin pasar por los pueblos donde acampaban las tropas de Zumalacárregui. Esto le ocasionó una tardanza de tres días, durante los cuales iba viendo el Mé, Mé, ya representado por la huella de cabras, ya por letreros diferentes, trazados con negro en esquinazos de iglesias o en tapiales de caserones.

Llegó a Artaza de noche. El pueblo dormía; los centinelas obligáronle a esperar el día para entrar en las calles, y arrimose a un vivac, donde encontró conocidos y amigos, entre ellos uno del propio Oñate. Éste le notificó que se le tenía por muerto en la batalla de Arquijas, y que el Sr. Arespacochaga había mandado echarle responsos. Hablando de operaciones, díjole el mismo que pasada Navidad se emprendería la guerra por la parte de Guipúzcoa, donde andaban muy envalentonadas las divisiones de Espartero y Jáuregui.

No sentía Fago ningún interés por estas noticias de guerra; pero se guardó de dar a conocer su desencanto. Tales confianzas no podía tenerlas más que con su protector y amigo, el Sr. Arespacochaga, ante quien se presentó por la mañana, no causándole menos impresión que si fuese alma del otro mundo. Era el tal cortesano de D. Carlos persona de muy cortas luces, ambicioso forrado en beato, de ideas comunes y palabras rebuscadas y ampulosas. Su edad no pasaba de los cincuenta años; era de buenas carnes, de rostro frío y redondo, afeitado; facciones que podrían llamarse eclesiásticas, con la salvedad de que carecían de toda expresión mística. Su mirada se esforzaba en ser aguda y luminosa; pero no lograba la vanidad lo que sólo es privilegio de la inteligencia: resultaba un mirar de desconfianza oficinesca, o de comerciante en mercedes palatinas. Usaba en el trato social tosecillas, pausas, caídas de ojos y otros medios auxiliares de expresión que conceptuaba indicadores de pensamientos recónditos: realmente eran un juego que respondía a la vaciedad de su (p.3909) inteligencia. Y como había otros más negados que él, para éstos tenía un repertorio de frases comunes, adquiridas en lecturas o cosechadas en el trato de otros prohombres burocráticos, las cuales le servían para deslumbrar a la muchedumbre de casacón y sombrero de tres picos, que es sin duda la más fina y selecta variedad en la familia extensísima del humano vulgo.

Pues bien: serían las nueve de la mañana cuando el asendereado presbítero se presentó al Sr. Arespacochaga, el cual habría desmentido su carácter si no le recibiera con toda la gravedad que gastar solía, así en los actos ordinarios como en los más solemnes de la vida. A poco de entrar Fago, sirvieron a los dos el chocolate. Su Excelencia oyó, frunciendo el ceño, las explicaciones que el capellán le diera de su desaliento militar, de aquella inesperada fuga, que parecía una deserción, pues no estando herido debió incorporarse inmediatamente al 5.º de Navarra. «Con estas cosas, Sr. de Fago, y estas rarezas de su carácter -dijo el Consejero de Castilla-, me ha puesto usted en ridículo, pues yo le aseguré al señor General en jefe que usted era un gran soldado y un sagaz estratégico: así me lo manifestaron personas que le conocen desde su juventud. Y ahora pregunto: ¿usted sirve o no sirve para las armas? Porque si en el terreno militar no ha de hacer nada en gloria y provecho de nuestro augusto Soberano, lo mejor será que vuelva a ponerse la sobrepelliz y procure sernos útil en la esfera eclesiástica..

-Señor -replicó Fago con efusión humilde-, yo no sirvo: ni en una ni en otra esfera podré hacer nada de mediano provecho.

-Pues entonces, ¿a qué aspira usted?

-Aspiro a encerrarme en un recogimiento, y a dar de mano a todas estas contiendas, así políticas como militares, pues unas y otras las creo de una vanidad absoluta.

-Hubiera usted empezado por manifestarme esas ideas egoístas -dijo el Consejero sin mirarle-, y yo no le habría sacado de Oñate. Le tuve por un gran hallazgo, como hombre de inteligencia; después salimos con que era usted hombre de acción, y, a (p.3910) la primera prueba, nos resulta fallido.. Hábleme con franqueza: ¿es que le falta a usted la primera condición de todo militar, el valor?

-De sobra he tenido esa cualidad en algunos momentos; en otros, la verdad, me ha faltado.

-Pero yo pregunto: ¿el valor personal, el arrojo del soldado, son indispensables en quien, como usted, según repetidas veces me han dicho, descuella por el sentido estratégico y las combinaciones?

-El valor personal es necesario siempre. Sin él todas las aptitudes guerreras no sirven para nada.

-Hombre, hombre.. no estamos conformes.. Y yo pregunto: ¿cree usted poseer la ciencia estratégica, ese don innato, ese..?

-Francamente, señor, creí poseerla: en mi obcecación y soberbia llegué a imaginar que los pensamientos del General en jefe no eran más que una reproducción de mis propios pensamientos; pero ya me he curado de esa presunción ridícula.. Yo no sé nada; yo no sirvo para nada.

-Hombre, hombre.. Pues estamos bien. Me deja usted lucido.. Aquí nos desvivimos por traer a la causa todos los elementos útiles, así religiosos como políticos y militares; descubro a Fago; creo haber hecho una adquisición, y ahora, usted mismo, con esa santa pachorra, me dice: «Señor, soy un necio» lo que significa que más necio fui yo al considerarle discreto».

Al llegar a este punto, el Sr. Arespacochaga, apurado el chocolate y bebida con gran fruición el agua, empezó a medir la estancia, las manos a la espalda, jugando con los faldones de su larga levita. Fago continuaba sentado, y aún mojaba bizcochitos en el soconusco.

«No, no, señor mío -prosiguió el cortesano, alardeando de penetración y agudeza-; aquí hay algo que usted no quiere decir, algo que se propone ocultarme con esos artificios de su ineptitud, de su supuesta cobardía, etcétera. Aquí hay algo, y yo, que veo mosquitos en el horizonte, veo el oculto pensamiento de usted, y le demostraré ahora mismo que a todos engañará, pero a mí no.

-Ni a usted ni a nadie -dijo el capellán mirando fijamente al Consejero, el cual se (p.3911) paró ante él, y puso entre ambos una silla, en cuyo respaldo reforzaba con golpes sus severas palabras.

-Toda esa historia que usted me cuenta es una fábula grosera con que quiere ocultarme sus recientes inclinaciones al cristinismo, al liberalismo, al bando infame contra el cual peleamos.. ¡Ah!, es esto, y no puede ser otra cosa.. ¿Por qué no lo dice usted claro?

-Ni claro ni oscuro puedo decirlo, porque no es verdad. Grandes turbaciones he sentido; pero eso.. líbreme Dios. ¡Yo cristino, yo liberal! Sr. D. Fructuoso, es usted conmigo injusto, cruel, despiadado.

-¿Me negará usted que estuvo en el campo de Córdoba en la mañana siguiente al combate de Arquijas?

-Estuve, sí, señor, porque me perdí.. porque..

Ep-21-Se perdió usted.. y tan perdido.. Ya lo veo.

-Si yo me hubiera pasado al cristinismo, no estaría en este momento donde estoy..

-Es que.. bien podría suceder que acá se nos viniera con fines de espionaje.. Valor se necesita para ello.. De su conducta, señor capellán, deduzco que usted podrá ser todo lo que se quiera, pero cobarde no es.

-Sí que lo soy, Sr. D. Fructuoso -dijo el otro poniéndose en pie-, pues usted me injuria gravemente, usted me llama espía, y yo.. lo aguanto; yo.. continúo respetando al que ha sido mi protector y mi amigo».

Viendo pasear al Consejero con las manos en los faldones, Fago se sintió acometido de un vivísimo impulso: coger a su protector y tirarle por la ventana.

«Permítame usted que me retire -le dijo, temiendo que su sangre impetuosa le lanzara bruscamente a una brutal acción.

-¡Ah! no.. ¿Cree usted que he concluido? ¿Cree que renuncio a obtener las explicaciones que estimo pertinentes?

-¿Explicaciones? Ya las he dado todas.

-Ahora lo veremos. Siéntese usted.. Considere que, si se me alborota, me será fácil mandarle preso.. y un consejo de guerra decidirá si el curita Fago es simplemente un desertor medroso, o un valiente vendido, a los enemigos de la Fe.

-Mándeme, si gusta, al consejo de guerra, pues nada temo, ni me importa. Que me juzguen como quieran.

-Le digo a usted que se (p.3912) siente, y oiga.

-Oigo sentado..

-Pues.. yo pregunto al capellán Fago: ¿quién es una mujer, una mujer digo, que la víspera de la batalla de Arquijas, se presentó en el Cuartel Real pidiendo noticias de usted?

-¿De mí?.. ¿Una mujer? Lo ignoro -replicó el capellán palideciendo.

-Y bien se comprendía que no preguntaba la tal por un desconocido. Su lenguaje y el interés de sus interrogaciones demostraban confianza y antiguo conocimiento con el señor capellán.

-¿La vio usted? -dijo Fago con apagada voz, tragando saliva-. ¿Qué señas tenía?

-Alta, buena presencia, ojerosa.. vestida de negro.

-¿Edad?

-Como unos veinticinco años.. quizás menos».

Y creyendo ver en la intensísima palidez del clérigo indicio seguro de culpa, prosiguió con hueca severidad: «Le vende a usted su turbación, y todo lo que diga no le servirá más que para enredarse en sus propias mentiras.

-Yo no miento.. Por las señas, esa mujer es la hija de Ulibarri.

-¿Y cuándo hizo usted conocimiento con ella?

-¡Ah!, es cosa muy antigua, anterior a la época en que abracé el estado eclesiástico.

-¿Y qué clase de relaciones..? ¿Se puede saber..?

-Se puede saber; pero no se sabe, porque yo no he de decirlo, ni a usted le importa nada ese asunto, enteramente personal y que nada tiene que ver con la guerra.

-¿Que nada tiene que ver con la guerra? Muy pronto lo dice.

-Lo digo y lo sostengo, sin más explicaciones».

La actitud resuelta y valiente del aragonés desconcertó al Sr. Arespacochaga, que se pasaba la mano por la frente, anunciando con este movimiento la pronta emisión de una idea luminosa.

«Si no se tratara más que de los grandísimos pecados mortales cometidos por usted en su vida de seglar licencioso, nada tendría que decir. Debo creer que usted limpió su conciencia de aquellos crímenes contra la ley de Dios, y que fue absuelto en el tribunal de la Penitencia. Pero no se trata de eso. La mujer de quien hablamos no es, no puede ser extraña a la deserción de usted, ni a su visita al campamento enemigo.

-¡Qué absurdo! Pruébemelo usted.

-A eso voy. (p.3913) Dos días antes de aquel en que se presentó en Orbiso la señora esa, se recibió una carta dirigida al capellán D. José Fago.

-¿Y la abrió usted?

-Naturalmente. Su Majestad me ha encargado del servicio de correos y policía. El estado de guerra me autoriza a leer todas las cartas, y mayormente la de mis subalternos. Usted es mi capellán; pero aunque no lo fuera.. aunque no lo fuera.. La carta, muy mal escrita, le decía a usted que saliera al anochecer a la primera venta que hay en el camino de Antoñana, Parador del Manco se llama, donde la firmante le esperaba para hablarle de un asunto.

-¿Y firmaba..?

-Firmaba Mé.

 

Ep-21-XXI -

-Es ella, es ella -dijo Fago poseído de febril inquietud, levantándose para espaciar su espíritu y respirar fuerte-. Pero, pero..

-¿Pero qué?.. No sabe usted por dónde salir.

-¿La carta..?

-La mandé a su destino, y por mis vigilantes supe que el señor capellán acudió a la cita.

-Eso no es verdad, como no lo es que yo recibiera tal carta: se lo juro. Tiene usted un servicio de espías detestable. Le han engañado, señor mío.

-Para que vea usted que soy leal y que no quiero cogerle en una trampa -manifestó el Consejero empleando toda su gravedad-, le diré que mis informes sobre el particular no son de los que alejan toda duda. Al punto de cita acudió un hombre de balandrán. No me han asegurado que fuese usted. Bien pudo suceder que la señora Mé citara a varios clérigos para celebrar algún concilio, o junta de rabadanes».

Esta broma no le pareció bien a Fago, que sentándose otra vez dio un golpe en la silla que les separaba, diciendo: «La señora Mé no tiene por qué celebrar concilios, ni es persona capaz de andar en tratos de mala ley, en enredos políticos o militares.

-¿Qué no? ¿Se atreve usted a decir que no? Pues sepa que esa señora pasó la noche del 14 al 15 de Diciembre en el alojamiento de los ayudantes del General; sepa usted que algunos días antes, el 10 o el 11, estuvo en Los Arcos en compañía del capellán de Gerona, con quien parece ha vivido o vive en gran intimidad. Es indudable que ha (p.3914) pasado de un campamento a otro trayendo y llevando recados. Hay sospechas de que para sus espionajes se disfraza de monja, en compañía de otra mujer, figurando que pertenecen a la Comunidad de Dominicas de Los Arcos, desalojadas por los cristinos.. ¿Qué tiene usted que decir? ¿Por qué me pone esa cara de estupor y atontamiento?

-Pongo esta cara porque realmente me siento atontado y estúpido. Paréceme que sueño; que oigo contar cuentos de duendes y trasgos. Yo me vuelvo loco, Sr. Arespacochaga, y no sé si creer o no creer lo que escucho.

-Pues yo, en mi sano juicio, sostengo que esa señora, disfrazada de monja, se ha visto con usted el día antes de Mendaza, quizás el mismo día, y le ha inducido a llevar proposiciones de componenda, quizás de traición al General D. Luis Fernández de Córdoba. Y usted ha visto a Córdoba, no me lo niegue, y usted, antes de venir aquí, ha llevado a Zumalacárregui algún mensaje del jefe cristino, y usted..

-Señor mío -dijo el capellán con acento solemne, dueño de sí, no turbado ni balbuciente, sino con la energía y el aplomo de quien expresa la verdad, y pone la verdad sobre todas las cosas, sin exceptuar la vida-; yo, José Fago, por la Orden sagrada que recibí, ante Dios que ha de juzgarme, ante los hombres a quienes entrego mi vida, juro que estoy inocente de todo delito de traición y espionaje, que no he visto a Córdoba ni a Zumalacárregui, que no he visto a esa mujer a quien suponen ocupada en traer y llevar recados de uno a otro campamento, que todo lo que usted me cuenta es absolutamente desconocido para mí. Y si no es verdad lo que juro, que me mate Dios ahora mismo, y mande mi alma a los infiernos; y si usted no me cree, disponga que me lleven ante un consejo de guerra y me fusilen inmediatamente, pues para nada quiero una vida calumniada. Honrado soy en mi conciencia, y me basta; por eso no temo la muerte; casi la deseo, y matándome se me da la gloria del martirio, que apetezco, que ambiciono».

Esta vez fue Arespacochaga quien palideció, afectado por la actitud (p.3915) arrogantísima del capellán, por su voz entera y vibrante, por el fuego de sus ojos.

«¿Me cree usted o no me cree? -añadió Fago, dando un paso hacia él».

No quiso el Consejero dar su brazo a torcer tan pronto ni declarar el efecto que la solemne manifestación del aragonés le había producido. Dominando su turbación, echó mano de su gravedad, del recurso de las medias palabras que nada dicen, y parecen revelar pensamientos hondos.. «Tengamos calma.. Yo opino.. ¿Cree usted que a mí se me engaña.. que no sé distinguir?.. Poco a poco. Ya sabe que le aprecio, que le he protegido, que mi mayor gozo es verle triunfante de la calumnia..

-¿Me cree usted, sí o no?

-Calma, señor capellán.. Puede que de esta conferencia salga la certidumbre de que no es usted traidor.. Yo la deseo.. estoy dispuesto a admitir todas las explicaciones razonables.

-Y hay más -declaró Fago con enérgica resolución y acento firmísimo-: creo que todo eso que a usted le cuentan sus espías y polizontes, es falso. Unos por congraciarse con sus jefes y aparentar servicios ilusorios, otros por la recompensa pecuniaria que se les da, le traen a usted mil embustes y enredos.. No hay, no hay, no puede haber tales tratos entre el ejército de la legitimidad y el ejército impío; yo lo niego: le engañan a usted, abusan de su credulidad, Sr. D. Fructuoso.

-¡Carape!.. ahora sí que tengo a usted por un inocente, digno de que le entierren con palma -replicó el Consejero alardeando de hombre agudo, sabedor de secretos gravísimos-. Admito.. ya ve usted si le considero.. admito que mi capellán no tenga parte alguna en esos enjuagues y componendas.. Las manifestaciones que usted acaba de hacerme serían una hipocresía monstruosa si no fuesen verdaderas. Admito su inocencia, Sr. Fago; pero dudar de que existen proyectos contrarios a las grandiosas aspiraciones de nuestro Rey augusto.. ¡ah!.. eso no, eso no puedo dudarlo; porque en mi mano tengo más de un hilo, que me traerá el ovillo de esta indigna conjura. Todos los servidores de Su Majestad no tienen el mismo grado de fe y entusiasmo. No (p.3916) diré que nos vendan al enemigo, eso no.. Pero algunos, o por falta de convicción o por exceso de soberbia, buscan la alianza con determinados personajes cristinos, proponiéndoles concesiones políticas, señor mío; ofreciendo cosas tan absurdas como el otorgamiento de una Constitución prudente, y libertades que no están ni pueden estar en nuestro programa, porque son contrarias al dogma religioso.. Total: que se quiere acelerar el triunfo de la causa, por medio de un arreglo en el cual quedarían por el suelo las sagradas prerrogativas de nuestro Soberano.. Y yo pregunto: ¿triunfar de ese modo es verdadero triunfo?»

Fago no chistó. Las ideas expresadas por su patrono eran de tal extrañeza y novedad, que no podía, sin mayor detenimiento, admitirlas ni rechazarlas.

«No hablo de traición, no -dijo el Consejero en el tono de quien no quiere manifestar más que una parte de lo que sabe-, porque si ha llegado la hora de las intrigas, no ha llegado, ni quizás llegue, la hora de las traiciones. ¿Me entiende usted? Yo pregunto: ¿las operaciones de nuestro ejército obedecen a un plan conveniente y práctico? Yo creo que no. No se necesita ser estratégico de profesión para comprender que, derrotada la impiedad en Arquijas, nuestros soldados vencedores debieron perseguirla en el camino de Los Arcos, batirla aquí y en Viana, y después acometer sin miedo el paso del Ebro por Logroño, o por Cenicero, si el paso de Cenicero se creía más seguro. ¿Usted qué opina?

-Que por Cenicero.

-Y cuando todos creíamos que Zumalacárregui operaría sobre Los Arcos, nos hablan de una expedicioncita a Guipúzcoa. ¿Para qué? Para coger moscas, para perseguir a las columnas de Espartero, Jáuregui y Carratalá. ¿Usted no piensa como yo que esto es un disparate, y si no un disparate militar, una.. ¿cómo diré? un pretexto para ganar tiempo, hasta que se pueda llegar a la pastelada política con Mina o con Córdoba?» Y viendo que Fago, la mirada fija tenazmente en el suelo, no decía nada, le incitó con instancias a manifestar su (p.3917) opinión.

«Creo -dijo al fin el capellán-, y ésta no es opinión técnica, sino de sentido común; creo que no estamos aún en disposición de pasar el Ebro. En Arquijas, según tengo entendido, no se cogió al enemigo ninguna pieza de artillería.

-Ta, ta, ta.. siempre el mismo cuento. A eso replico que si no las tomaron, fue porque no quisieron. Mis noticias son que el 5.º de Navarra tuvo los cañones cristinos poco menos que entre las manos.

-Eso no es verdad: lo niego como testigo que fui.

-Los batallones que mandaba Villarreal también pudieron ganar algunas piezas, y no las ganaron.

-Lo dudo».

Callaron ambos, y mientras el Consejero se paseaba, Fago retrotraía su imaginación al día y campo de la refriega de Arquijas, buscando en sus recuerdos la certeza o falsedad de lo que su patrono afirmaba. Nunca había tenido Fago muy alta idea de las dotes intelectuales del Sr. D. Fructuoso, y en aquella ocasión no encontró motivos para rectificar su criterio sobre este punto. Tiempo es de decir que se hallaban en una estancia grandísima de superficie, mas tan baja de techo, que parecía un pajar; indigno alojamiento de funciones políticas y burocráticas, que constituían algo semejante a un Ministerio de nuestros días. El piso de madera ofrecía ondulaciones como las del mar; desnudas de todo adorno estaban las paredes y los muebles eran dos papeleras desvencijadas y una mesa, que más bien parecía mostrador, atestadas de legajos. En una habitación próxima, abuhardillada y polvorienta, trabajaba el individuo que era como la representación sintética de todo el personal del departamento, un pobre chico, acólito en Oñate, donde le ayudaba las misas a Fago, en campaña escribiente, secretario y ayuda de cámara del señor Consejero. Lo mismo le limpiaba las botas que extendía la minuta de un Real decreto. Natural era que viviese con tales estrecheces y privaciones una Corte ambulante, más rica en entusiasmo y fe que en materiales recursos, y en la cual las dependencias de un gobierno embrionario funcionaban (p.3918) difícilmente, corriendo de un pueblo a otro con los archivos en una galera, los tinteros vacíos, y las cabezas más llenas de esperanzas que de sólidas ideas.

En pueblos tan pobres como Artaza, gracias que pudiera alojarse con relativo decoro la Católica Majestad, ocupando los cómodos aposentos de la casa del cura. Los del séquito, reducido en aquel tiempo, por consejo de Zumalacárregui, al personal absolutamente indispensable para el Real servicio, se aposentaban donde podían, no desdeñando los desvanes, graneros y cuadras, cuando no se encontraba cosa mejor. Cien hombres escogidos daban escolta al Cuartel Real, y solían dormir en la sacristía o dependencias de la iglesia, o en la sala del Ayuntamiento, teniendo por cama común el suelo duro y frío. La suerte era que ninguno se quejaba: no hay colchón como la fe.

Antes de proseguir hablando, reconoció el Consejero las dos puertas de la habitación, cerrándolas después cuidadosamente, y ni aun así dio a su voz toda la sonoridad que acostumbraba.

«Dejando a un lado si pudimos o no pudimos tomar piezas, ello es, amigo Fago, que esta desviación de las operaciones hacia Guipúzcoa es un gran desatino. Todas las personas entendidas en asuntos militares lo censuran: el Rey.. y le advierto a usted que nuestro augusto Soberano posee un gran conocimiento de las cosas militares.. el Rey, digo, no parece muy satisfecho de las disposiciones tomadas últimamente por su Generalísimo. Claro que esto no puede decirse, y yo se lo digo a usted con la mayor reserva..

-Y con toda reserva, pregunto yo: ¿acaso Su Majestad piensa cambiar de General en jefe?»

Al oír esto, volvió D. Fructuoso al examen y revisión de puertas, y con la certidumbre de que nadie le oía, dijo: «Aquí, en confianza, amigo Fago, estamos preparando un Real decreto, por el cual Su Majestad, inflamado en intenso fervor religioso, elige por Generalísima de sus ejércitos..

-¿A una mujer?

-A la Purísima Concepción, y se pone bajo el amparo de la excelsa Señora, para que dé la (p.3919) victoria a las armas que se esgrimen en defensa de la fe de nuestros padres.

-¡Oh!.. me parece muy bien. Es una nueva muestra de la piedad de este excelso Príncipe.. Pero la Virgen no ha de ponerse al frente de las tropas.. creo yo, y siempre ha de haber un hombre que desempeñe las funciones del orden práctico y material, en el bien entendido de que si esas funciones no son desempeñadas con criterio y rectitud, de poco valdría, ¡ay!, la tutelar protección de la Reina de los Cielos».

 

Ep-21-XXII -

Tras una pausa en que uno y otro parecían embebecidos en hondísimas meditaciones, prosiguió Fago: «Lo que pregunto a usted es si piensa Su Majestad variar de Generalísimo.. terrestre.

-No creo que, por ahora, de eso se trate. Su Majestad, mientras los acontecimientos no prueben que Zumalacárregui va por mal camino, no puede retirar a éste su confianza. El Señor es hombre de gran prudencia y tacto, y toma sus resoluciones después de bien meditadas..

-¿Hay acaso en el Cuartel Real personas que hayan demostrado o demuestren aptitudes excepcionales para el gobierno de un ejército?

-Acá para inter nos, amigo Fago, la organización de tropas y el llevarlas al combate y a la victoria, previo estudio del terreno en que han de pelear, me parece a mí que no es ciencia tan sublime como algunos creen. Vea usted lo que han tenido de Aníbales o Pompeyos nuestros Generales más afamados. Y no quiero hablarle a usted de los guerrilleros. La mayor parte de ellos ladran.. Para mí es cuestión de sentido común y un poco de sangre fría, ni más ni menos. En el Cuartel Real tenemos sujetos de gran conocimiento en estos asuntos, algunos del orden civil.

Cuando el Soberano nos hace el honor de reunirnos en su tertulia, hablamos, discutimos, y haciendo la crítica menuda de las marchas y disposiciones del General, unas veces nos parecen bien, y otras.. ¡qué quiere usted que le diga!.. nos parecen medianas.

-¿Y al consejo áulico de Su Majestad no asisten militares? La opinión de éstos me parece muy digna de tomarse en cuenta, y no es esto (p.3920) despreciar el criterio de los señores del orden civil.

-¿Militares dice usted? Su Majestad tiene a su disposición a más de cuatro que se distinguieron en la guerra de la Independencia y en la campaña realista; hombres de conocimientos, de práctica en la manipulación de tropas, y señalados además por la firmeza y fervor de sus creencias religiosas. Sin ir más lejos, aquí está el Sr. González Moreno, de quien debemos esperar días gloriosos para la causa; persona muy sensata, muy grave, de las que a mí me gustan.. ¡pocas palabras, ¿me entiende usted?, una seguridad en el juicio, una entereza en el carácter..! Tenga usted por cierto que con ése no juegan los caballeros constitucionales y masónicos.

-Y ese Sr. González.. ¿quién es? Perdone usted mi ignorancia. ¿Con qué hazañas, o siquiera hechos de algún viso, ha ilustrado su nombre?

-Por Dios, amigo Fago, ¿de qué dehesa sale usted? ¿Es de veras que no ha oído nombrar al Sr. González Moreno, el afamado Gobernador militar de Málaga, que en los últimos años de D. Fernando VII descubrió y aniquiló la conspiración de Torrijos y otros corifeos del democratismo, atrayéndolos de Gibraltar a Málaga, y..?

-Ya, ya sé.. Si he de hablar con franqueza, Sr. D. Fructuoso de mi alma, esa página histórica no resulta muy gloriosa que digamos.. expreso lo que siento.. y bien mirado ello es un acto político más que militar.

-Yo le aseguro a usted -afirmó el Consejero enfáticamente-, y puedo probarlo, que el Sr. González Moreno posee en grado altísimo talentos militares, con los cuales emulará, Deo volente, a los caudillos más insignes».

Con estas salidas de tono, expresadas en el lenguaje oficinesco que tan bien manejaba, solía tapar D. Fructuoso las bocas de diversos personajes, amigos o rivales suyos, con quienes comúnmente departía, y que si no le eran inferiores en cacumen, no le llegaban al zancajo en la emisión de conceptos graves, de fácil sonsonete persuasivo. Fingió Fago que se convencía aceptando al Sr. Moreno por un segundo Napoleón, se permitió poner (p.3921) en duda la ciencia militar de los que sahumaban con vano incienso la persona del llamado Rey legítimo.

«Dejemos este asunto del cambio de General -dijo luego D. Fructuoso desarrugando el ceño-, a la autoridad augusta del Soberano, y ocupémonos en lo que es de nuestra humilde incumbencia. Encargado estoy de velar por la seguridad de esta gloriosa Monarquía; a mí me compete el acechar a los enemigos, el buscarles las vueltas y atajarles los pasos. Creo haber, adquirido noticias de grandísimo precio para desbaratar las intrigas de los constitucionales; pero la red es tan espesa, amigo mío, que aún me falta coger muchos de sus hilos. Los que andan sueltos por ahí espero atraparlos con la ayuda de usted.

-¡Yo! ¿Qué puedo hacer yo, triste de mí?

-Mucho, amigo Fago, mucho. Las dudas que acerca de su lealtad me asaltaron al verle hoy, se han disipado. Creo en su inocencia. Para creer en su adhesión incondicional a la causa, necesito que me preste usted un servicio.. ¡ah!, un servicio que no vacilo en llamar eminente.

-Dígamelo pronto, y si es cosa que puedo y sé..

-¿Que si puede y sabe? No se le exige ciencia militar ni teología dogmática. Ésta no es empresa de guerrero ni de sacerdote.

-¿Pues de qué?

-De hombre.. simplemente de hombre, Sr. Fago. La causa exige de usted en estos momentos que deje a un lado las aptitudes militares, si es que las tiene, y las disposiciones evangélicas, para no ser más que el José Fago vulgar, el de marras.

-No entiendo, Sr. D. Fructuoso; explíquemelo mejor.

-Más claro: necesito que vaya usted en seguimiento de esa mujer, que la rastree, que la persiga, que la encuentre y me la traiga.

-¿Ésa..?

-Esa Mé.. o como quiera que se llame. No se haga usted el tonto. Yo le señalaré un itinerario seguro para encontrarla. Verá usted como no falla, y cobraremos esa hermosa pieza, ya se disfrace de monja dominica, ya de aldeana rústica o ama de cría. Para ganar su confianza y apoderarse de sus secretos empleará usted los medios que crea eficaces, cualesquiera que sean, pues la santidad del fin todo lo justifica y (p.3922) ennoblece. Quiero decir que no sea usted remilgado, pues ésa debe de ser pájara de cuenta.. en fin, ¿qué he de decirle, si usted mejor que yo la conoce?

-Sr. D. Fructuoso de mi alma -dijo el capellán con gran consternación, palideciendo-. Yo no puedo desempeñar esa comisión.. yo no quiero ni debo ver a esa mujer, a quien conocí y traté más de lo conveniente, en mis tiempos de seglar desalmado y libertino. Mi conciencia me prohíbe avivar el fuego que sofoqué para bien de mi alma.. No me lance usted a ese peligro, por Dios; se lo ruego..

-¡Hombre, qué ridículos escrúpulos!.. Yo no le digo a usted que caiga nuevamente en el pecado, ni de eso se trata. Ya sé que habló con un sacerdote. Pero la causa es la causa, y no se la puede servir eficazmente sin algún sacrificio.. No pido el sacrificio de la conciencia; basta con el de los actos, basta con una apariencia de.. Poniéndome en su caso, entiendo que no me sería difícil conquistar o reconquistar la voluntad de esa hembra, conservando mi conciencia en paz, y ofreciendo a Dios la pureza de mis intenciones y el servicio que presto a la fe, como garantía de la nulidad de algún pecadillo formal que pudiera cometer.. formal digo, de forma, per accidens.. usted me entiende.

-Dispénseme usted -dijo Fago con grandísima turbación, la frente empapada en sudor frío-; pero yo no puedo, no me determino.. Me entra el pánico, señor; ese pánico que me hizo correr en el campo de batalla. No soy dueño de mí, no tengo voluntad.

-Bueno, bueno: tranquílicese, amigo Don José.. y piense con calma lo que le propongo, para que pueda darme de hoy a mañana su conformidad».

Trémulo y desconcertado, el capellán se levantó, tendiendo su mano a D. Fructuoso. Quería marcharse, huir, correr. Sentía las ansias del pánico, y no se conceptuaba seguro hasta no poner la mayor distancia posible entre su persona y la del grave Consejero, que era en aquel instante su demonio tentador. Aún quiso éste retenerle, estrechando sus manos abrasadas; pero Fago no podía más, no. Si no escapaba (p.3923) pronto, su temblor se convertiría en ataque epiléptico. Despidiose con palabras balbucientes, y salió de estampía, tropezando en los muebles, haciendo retemblar las hojas de la puerta.

Largo rato vagó por el pueblo, recorriendo de punta a punta su calle única, empinada y fangosa, sin que con el desgaste de la energía muscular se calmase la vivísima agitación que le dominaba. Encontrose uno, dos amigos, y hablando con ellos de cosas en que fijar no podía ni el oído ni la atención, sintió un frío muy intenso, que le hacía dar diente con diente; después un calor que le abrasaba el rostro. Uno de aquellos señores, contador de la Real Intendencia, tomándole el pulso le dijo: «Querido D. José, está usted malo, muy malo; lo mejor que puede hacer es meterse en la cama, si es que la tiene, que en este condenado pueblo no podemos revolvemos los que componemos la Corte. A mí me tiene usted en un pajar, y gracias que me ha tocado una patrona con buenos colchones.. Si quiere, y no ha encontrado aún alojamiento, véngase conmigo».

Tan malo se encontraba el buen capellán, que no recordó el ofrecimiento que D. Fructuoso le había hecho de su casa ministerial, y aceptó la invitación del otro sujeto, mejor dicho, se dejó conducir de él. En un camaranchón le metieron, y en el suelo le acostaron, sobre un mediano colchón, con abrigo de mantas y un grueso capote de su amigo. El resto del día y toda la noche pasó con calentura intensísima, inquietud y delirio; al día siguiente parecía mejorado; al tercero dijo el médico que se moría; al cuarto faltó poco para que le dieran el Viático. Una mejoría repentina hizo concebir esperanzas, y al octavo se le declaró fuera de peligro; pero su convalecencia había de ser larga. ¿Cuál era su enfermedad? Tabardillo, fiebre nerviosa, no sé qué. Ni él ni tampoco el médico lo sabían. Lo cierto fue que después de los crueles días de gravedad, se quedó aplanadísimo, como atontado, y sin ganas de vivir. Indiferente a todo, se pasaba los días mirando al techo, bostezando a ratos, y tarareando una monótona canción de los tiempos (p.3924) juveniles, que revivió en su memoria en los críticos días de ardorosa fiebre. Su amigo trataba de distraerle, y le proporcionaba buenos alimentos y aun golosinas para despertarle el apetito; mas nada conseguía. Ni aun el Sr. Arespacochaga, con su conversación grave y sus frases en estilo de cancillería, lograba sacarle de aquel estado de atónica tristeza. Pasó la Navidad, pasó el día de Año Nuevo (1835) , y hasta la Epifanía no empezó el hombre a entrar en caja.

Por fin, gracias a Dios, dejó el camastro, y empezando a tomar alimento, recobraba las fuerzas del cuerpo y el vigor del espíritu. Aun después de restablecido conservaba la costumbre de permanecer largo rato mirando al techo, y era que como la estancia no tenía vistas al campo ni a la calle, sino tan sólo a un sombrío corral, el techo hacía las veces de horizonte, y en él vislumbraba el convaleciente las extrañas cosas que, en las vagas lejanías de la naturaleza, recrean nuestra alma más que nuestros ojos.

«Ea, ya estamos bien -dijo Arespacochaga, entrando a verle un día de Enero-. Basta ya de hacer el niño mimoso y el enfermito remolón. A la calle, al campo, y a defender la causa, que para eso vivimos todos. Conviene enterarle de lo ocurrido en este paréntesis de su enfermedad. ¿Qué dice?.. ¿que no le importa nada?

-No he dicho tal cosa. Ya sé que nuestro ejército opera en Guipúzcoa.

-Y yo puedo darle a usted noticia de acciones perdidas, de acciones ganadas. La fortuna se muestra ahora variable, caprichosa.. Efectos, digo yo, de que no hay plan, o de que el plan obedece a móviles que no son militares. Verá usted. En Villarreal de Zumárraga, doloroso es confesarlo, recibió nuestra gente una soberana paliza: las cosas claras. ¿A quién se le ocurre presentar batalla con cuatro mil hombres a las fuerzas dobles o triples de Espartero y Carratalá?.. Este buen señor, este D. Tomás de mis pecados, dicho sea entre nosotros con la mayor reserva, paréceme a mí que ha perdido los papeles. Verdad que se desquitó en Ormáiztegui, por aquello de que es su (p.3925) pueblo natal, y no quiere hacer mal papel ante sus convecinos. En Ormáiztegui, hay que decirlo, quedamos bien, gracias al arrojo de Iturralde y a la pericia de Gómez. Los cristinos salieron con las manos en la cabeza, y a estas horas no se sabe dónde han ido a componerse la descalabradura.. ¿Qué me dice usted de todo esto? Parece que le conmueve poco.. Veremos si otro asunto le interesa más. Ha de saber el amigo Fago que, en vista de las repugnancias que me manifestó el día de su llegada, he pensado en encargar a otra persona la delicada comisión.. ¿Qué, no se acuerda?.. ¿Nos hemos quedado sin memoria? ¿Qué significa esa cara de sorpresa y estupefacción?.. Más bien creía yo que durante su enfermedad no ha pensado en otra cosa, y que la fiebre le ha tenido en constante lucha con la imagen de..

-Con la imagen.. ¿de quién?

-Ello es que la noche en que el pobre Fago estuvo peor, vine aquí.. Usted deliraba, y no decía más que Mé, Mé, Mé..

-¿Mé, decía? Pues mire usted, D. Fructuoso, bien pude pronunciar esa sílaba, porque, en efecto, soñé que la hija de Ulibarri estaba en Zumárraga hablando con nuestro General.

-La mitad de su sueño es cierta; la otra mitad, mentira. En Zumárraga estuvo: noticias fidedignas tengo de ello. Pero no me consta que Zumalacárregui le hiciera el honor de admitirla a conferenciar.. He sabido también que pasó por Ormáiztegui.. Dos días antes la vieron en Elorrio, donde acampaba Espartero: iba la señora en compañía de un capellán que sirve a los constitucionales, tan pronto en el cuartel de Córdoba como en el de Espartero.

-Paréceme que usted, Sr. D. Fructuoso, sueña más que yo.

-Ya lo veremos. Los sueños no son absolutamente obra de un cerebro desconcertado; los sueños nos ofrecen, en multitud de casos, maravillosas conexiones con la realidad. La Historia sagrada y profana nos dice que por el conducto del sueño se han revelado a ciertos y determinados hombres verdades como puños. Dígame usted, puesto que la vio en Zumárraga: ¿cómo iba vestida?

-De monja.

-¿Lo ve (p.3926) usted?.. Y digan que los sueños son burla de los sentidos. Monja, sí, señor; vestidita de monja, lo que no quiere decir que lo sea. El traje es un artificio o salvoconducto para la conspiración que se trae esa señora, correveidile de una taifa de capellanes masónicos y de carlistas vendidos a la nefanda Constitución. Y no va sola..

-En efecto, no va sola.

-La ha visto usted en compañía de un hato de religiosas expulsadas de Los Arcos, y que andan buscando un convento desmantelado donde meterse.

 

Ep-21-XXIII -

-Es cierto -prosiguió el capellán-. En lo que no estamos conformes es en que la hija de Ulibarri sea falsa monja. Mis noticias son que ha profesado.

-¿Y por dónde, por quién ha recibido usted esa información?

-Por nadie, señor -dijo Fago con desprecio de sí mismo, paseándose-. No sé nada: es que lo pienso, lo he soñado.. No me haga usted caso. Estoy demente.

-No es eso locura. Mi buen capellán fluctúa tristemente entre lo que le pinta su imaginación y lo que por mi boca le dice la realidad. Procure usted concertar su sueño con mis informes; ver si acierta el delirio, que bien podría ser, o si yo me equivoco, lo que no es improbable. Intente salir de su horrible duda, aceptando la comisión que le propuse.

-¿Pero no dice usted que ha encargado a otro?..

-Aún no ha salido y puedo darle contraorden.

-Y ese otro, ¿quién es?

-Un hombre muy listo, muy despierto, buena estampa, aficionadillo a las aventuras.

-¿Militar?.. ¿No?.. ¿Acaso pertenece también al estado eclesiástico?

-Casi no. No ha recibido más que la primera tonsura, y parece inclinado a seguir carrera muy distinta. La Intendencia y la Política le arrastran. Escribe como un águila cuanto sea menester en defensa de la causa, y demuestra extraordinaria agudeza y olfato para penetrar el sentido de los acontecimientos.

-¿Aragonés?

-De las Cinco Villas.

-No me diga usted más. Es Mariano Zapico.. ¡Bah! ¡Ya un tonto semejante encarga usted misión tan delicada! Volverá trayéndole a usted sinfín de enredos.

-No, no: tiene que traerme a la monja (p.3927) verdadera o apócrifa.

-Yo creo que es auténtica.. Si quiere usted saber la verdad, no ponga ese fino trabajo en manos tan toscas como las de Zapico.

-En las de usted quise ponerle -afirmó D. Fructuoso con viveza, creyendo fundadamente que ya le tenía cogido.

-Pues venga a las mías, ¡carambo!.. venga -dijo el capellán levantándose y dando dos briosas patadas que hicieron estremecer el frágil suelo del desván-. Yo desempeñaré esa comisión, pues ya veo que no sirvo para otra. Soy un desgraciado que todo lo ambiciona y nada realiza. Me falló la guerra, no sé si me fallará la religión. Mi voluntad, que otras veces se ha lanzado a las acciones briosas, movida de una gran idea, ahora se lanza movida de un instinto. Mi destino así lo quiere. No sé en dónde me meto. Dios sabrá por dónde salgo».

Frotábase las manos el Consejero, y para animarle más en su propósito le dijo estas sesudas expresiones: «No estoy conforme, amigo Fago, en que dé usted por muertas sus ambiciones militares, ni las ambiciones, propósitos más bien, del orden religioso. Para abrir camino a un hombre que, como el capellán Fago, posee inteligencia no común, no han de faltarle buenos padrinos. Aquí estoy yo, para declarar solemnemente que si me desempeña esta comisión como espero, quedo obligado a proporcionar a usted el mando de una columna volante de doscientos hombres. Quien puede disponerlo, lo dispondrá. Y en el caso de que mi buen capellán se decida por la religión, me obligo a premiar sus servicios, el día del triunfo, con una buena canonjía, o un arciprestazgo de los mejores».

No se mostró el aragonés muy entusiasmado con estos ofrecimientos, y atento no más que a disponerse para la misión que se le encomendaba, pidió a D. Fructuoso dos onzas, con lo cual creía tener lo necesario para su viaje. Díjole el Consejero que aguardase hasta el día siguiente, porque la Real Intendencia estaba a la cuarta pregunta, y para proveerle de los fondos necesarios, era preciso retirarlos de otras obligaciones. Tenía que conferenciar con el mayordomo de (p.3928) Palacio, con el superintendente, con el Colector de Rentas, y con media docena más de figurones y ministriles que a la sazón se alojaban, rodeados de papelotes, en las míseras casas, graneros o zahúrdas de Aranarache.

Al día siguiente, puestas en manos del capellán las dos peluconas, quiso D. Fructuoso darle instrucciones y marcarle un itinerario, conforme a los datos que de sus golillas y soplones había recibido; pero Fago no admitió que en aquel punto se le dirigiera. «¿Qué quiere usted? ¿Que yo busque a Saloma, que la encuentre, que la coja y me la traiga? Pues déjeme a mí la disposición de los pasos que tengo que dar para obtener este resultado. Y si lo obtengo, no me pregunte el cómo, el cuándo ni el dónde. Yo me entrego a mi instinto, en la confianza que éste sea más afortunado que lo fueron mis altas, mis nobles ideas. Adiós.

-Guíele Dios y acompáñele la Virgen bendita.

-No creo que la Generalísima intervenga para nada en esto.

-Debo decirle, amigo Fago, que no tenga escrúpulos por tratarse de emprender la captura moral y física de persona perteneciente a una Orden religiosa. Eso no; convénzase de que no es monja: si viste el santo hábito, es como disfraz de sus pérfidas maquinaciones. No haya, pues, escrúpulos; no haya, pues, el temor de ofender a Dios.. Dios está con nosotros.

-¡Ah.. Dios..! No llevo el propósito de ofenderle.. Quizás me resulte que podré servirle, arrancando al demonio un alma hermosa, extraviada. Aún espero realizar una acción grande y bella. Puede que tras de este instinto surja un esfuerzo brioso de la voluntad. No lo sé. Me dejo llevar del instinto, que a veces nos guía mejor que la razón.. Adiós otra vez».

Y salió en aquel mismo instante, solo, vestido de aldeano, y se perdió en las veredas fragosas que conducen a Maestu. ¿A dónde iba? Realmente no lo sabía, y al tomar aquella dirección, como habría tomado otra cualquiera, no hizo más que entregarse al ciego Acaso, saboreando el goce de prever lo que le deparase, como saborean los jugadores las presunciones y corazonadas (p.3929) que preceden al manejo de los naipes.

Hasta la noche, después de descabezar un sueño en la venta de Eulate, no surgieron en su mente determinaciones claras del camino que debía tomar. «Me voy a Estella -se dijo-. No sé por qué imagino que no he de perder el tiempo». Nada le ocurrió al segundo día que merezca mención; pero al tercero, caminando hacia Zúñiga, sorprendiéronle unos aldeanos con la noticia de que el ejército carlista iba sobre la Berrueza para dar batalla al General Lorenzo, sucesor de Córdoba en el mando de la división. Esto le movió a cambiar de ruta, pues no gustaba de encontrarse con sus compañeros de armas en los días de Mendaza y Arquijas. Nada temía de Zumalacárregui, porque le constaba que se le habían escrito expresivas cartas dándole explicaciones de la desaparición del sargento Fago en la batalla del 12 de Diciembre. En el amañado relato, se suponía que recibió una herida en el cráneo; que se extravió en las obscuridades de la niebla; que fue a parar cerca de Estella, donde cayó gravemente enfermo, con afección a la vista. Se decía también que habiéndose presentado, ya restablecido, en el Cuartel Real, el Sr. Arespacochaga le había encargado el importantísimo servicio de organizar, entre el clero regular navarro, colectas para las atenciones de la guerra. A pesar de que estas testimoniales del Cuartel Real le aseguraban contra todo castigo, no sentía maldita gana de verse en presencia de Zumalacárregui, ni de Iturralde, ni del coronel del 5.º de Navarra. Torció, pues, su derrotero, discurriendo qué haría para no infundir sospechas en el campo cristino, hacia el cual resueltamente se encaminaba.

No lejos de Genevilla, donde se tomó un día de descanso, dijéronle unos pastores que en el propio Arquijas, lugar sin duda predestinado para batallas, se había dado una de las más sangrientas entre las tropas de D. Tomás y las de Lorenzo. Unos y otros tuvieron muchas bajas; pero la victoria fue de la facción. Seguidamente, Zumalacárregui atacaría la guarnición de Los Arcos, para lo cual había (p.3930) mandado que le llevaran de la sierra de Urbasa un cañón muy grande llamado el Abuelo y los dos obuses que el artillero Sr. Reina le había fabricado con chocolateras, almireces y badilas. Invitáronle aquellos infelices a recogerse y pasar la noche en una cabaña que a tiro de piedra se veía, y el capellán aceptó gozoso, por la confianza que los tales les inspiraban, como gente hospitalaria y sencilla. En la cabaña le dio modesto albergue una mujer tuerta, afable, que al punto preparó para todos la cena, consistente en sopas con grasa de cabrito, y luego castañas cocidas con leche. Encima de esto echaron el cuartillejo de vino, con lo cual rompieron todas las lenguas en un despotrique animadísimo sobre lo bien que iba el negocio de la guerra en Navarra y Guipúzcoa, y los malos ratos y berrinches que estaba pasando el Sr. de Mina, por no poder hacer nada de provecho contra la facción. «La semana pasada -dijo uno de los pastores-, le vi en Puente la Reina. ¡Ay, qué malo está el pobre! ¡Ojos que te vieron en la otra guerra y que te ven hoy! Antes tan gallardo, ahora como una horquilla; ayer daba miedo su cara, y hoy da compasión. Monta en una mula blanca, y lleva en su Estado Mayor dos señoras muy guapas. No se rían: son dos burras de leche.. no toma más alimento el pobre que la leche de borrica.

-¿El pobre? -dijo otro-. Pues no paíce sino que bebe vino de los infiernos, según es de sanguinario y afusilador. Está dado a los demonios porque no gana, y la corajina la desfoga en el cuitado que cae en manos de su tropa».

Sosteniéndoles gallardamente la conversación, aguardaba el capellán coyuntura favorable para hacerles una pregunta de interés, y hallada por fin la oportunidad, les dijo: «¿Podríais vosotros darme alguna noticia de las monjas dominicas de Los Arcos, que por ruina del convento quedaron desalojadas, y anduvieron después por estas tierras, sin encontrar, ¡las pobres!, un rincón sagrado en que guarecerse?

-¡Anda, anda, señor; si todas las que corrían por aquí -dijo la tuerta-, eran monjas de engañifa!.. ¡Pues no han (p.3931) dado poco que hablar las tales! Entre ellas venía una frescachona y muy dispuesta que la llamaban Doña Bernardina, de la cual dicen que era un mozo vestido de mujer.

-Y con ésa -dijo Fago prontamente- iba otra más guapa todavía, alta, morena, ojos negros..

-Sí, señor. Bien se conoce que la ha visto.

-Moza efectiva, no marimacho; pero que no es monja más que por el traje.

-Todo es como lo pinta, señor. ¿Lo ha visto?

-¿Sabes el nombre de ésa?

-No sabemos sino que le afusilaron el padre.

-¿Por qué?

-Por capitán de bandoleros.

-Eso no es verdad. Decidme otra cosa. ¿Las dos monjas franqueaban libremente las líneas facciosas?

-Sí, señor; porque como iban pidiendo limosna, so color de la santa religión, mandó el buen General que no les hicieran daño. Pero en la partida de Lucus se descubrió el enredo de esas bribonas, y las desnudaron para emplumarlas y no sé qué.. resultando que, vistas sin ropa, las dos eran hembras.

-¡Caramba!.. ¿Y esos miserables se atreverían..?

-Señor, el soldado no repara.. por eso es soldado; que si reparara, no lo sería».

Después de apoyar esta sentencia con conceptos que en distinta forma venían a decir lo mismo, otro de los pastores aseguró que salvó a las monjas de un agravio seguro la repentina llegada de la columna cristina del General Méndez Vigo. Batido rápidamente Lucus y dispersa su gente, las tropas de Mina les quitaron seis caballos y las dos monjas.

-Que llevarían inmediatamente a Pamplona.

-A dónde las llevaron, no sabemos, ni lo que hicieron con ellas, tampoco; mas pa mí tengo que no harían nada bueno.

-Horrible cosa es la guerra, que no respeta la vida del hombre, ni el honor de la mujer.

-¿Y ellas -dijo la tuerta con avinagrada voz y gesto-, por qué van a buscarlo? ¿Qué tienen que hacer las mujeres allí donde deben estar solos los hombres en su obligación? La enagua en casa, y en la calle y en la heredad el calzón. Luego no se quejen de que las afusilen.. Bien afusiladas están».

Nadie se atrevió a replicar a tan sabios conceptos. Fago, taciturno, se retiró al (p.3932) humildísimo lecho que le habían preparado, y a la mañana siguiente muy temprano partió, andando largo trecho con los pastores. En Narcués encontraron un convoy faccioso de heridos de la tercera acción de Arquijas, que iba hacia la Amézcoa, custodiado por alaveses, entre los cuales Fago apenas tenía conocimientos. Lejos de intentar escabullirse, su generoso corazón le impulsó a llegarse a los carros, en la parada que hicieron para proveerse de agua fresca, y ofreciéndose a prestar cualquier auxilio que fuese necesario, examinó a los heridos, buscando semblantes de amigos y compañeros. A no pocos reconoció; muy viva fue su pena al ver entre ellos al grande, al gigantesco Gorria en lastimoso estado, con un balazo en el hombro derecho y otro en el muslo. El poderoso atleta sufría con cristiana entereza el dolor de su carne, y estrechando la mano del amigo, díjole que no sentía morirse más que por no ver triunfante la causa del Rey católico. En cuatro palabras le dio idea de la acción librada frente al Ega, la más encarnizada y mortal de aquella campaña. «Perdidas muchas almas; pero ganadas y bien ganadas las posiciones. Ahora, a Los Arcos».

Aprovechando el alto, fueron curados los que más necesidad tenían de emplastos y vendajes; dieron alimento a los que lo pidieron; agua y vino a los sedientos, que eran los más; a todos frases de consuelo y esperanza. En los carros que iban a la zaga se habían muerto dos antes de llegar a Narcués. Ayudó Fago a poner los cadáveres en tierra, y hallándose en este trajín, vio dos monjas dominicas que prestaban servicio sanitario en la galera próxima. Al llegarse a ellas con viva curiosidad, una de las dos, joven y agraciada, le miró atentamente. El capellán no desconocía, no, aquel rostro que, a pesar de las tocas y de la monjil compostura, no había dejado de ser vivaracho. Ella fue la que primero se arrancó a hablarle: «José Fago, ¿crees que no te conozco? En tres años, poco has cambiado. ¿No sabes quién soy?

-Oh, sí -replicó el capellán con alegría, súbitamente (p.3933) iluminada su memoria-. Eres.. el nombre no lo recuerdo.. la hija de D. Valentín Ulibarri, de Villafranca de Navarra, prima hermana de..

-Soy Pilar Ulibarri. Cuando yo profesé, tú eras un perdido. Luego te hiciste sacerdote.. ¿Qué clase de sacerdote eres? ¿Eres bueno o un demonio coronado?

-No hables así, Pilar. El pasado es negro, todo miseria, ruinas, muerte, sangre. Hemos nacido en días trágicos. De tu familia nada queda. Murió tu padre; pereció a manos de la venganza militar tu tío D. Adrián. Dime, dímelo pronto: ¿has visto a Saloma?

-Sí.

-¿Vive?

-No sé. No debieras pensar en ella más que para pedir a Dios que la conforte en su desgracia, y que la aparte de los caminos del mal. ¿Para qué preguntas por mi prima con ese afán? ¡Ay, José Fago, tú no perteneces a Dios; perteneces al demonio!

-Sólo Dios me posee -replicó el clérigo con vivo afán-. Por Él te pido que no me ocultes lo que sepas de tu prima.

-Sabrás que al tener conocimiento de la muerte de su padre, vino a mi convento.. Quería entrar en religión.

-¿Dónde estaba, qué hacía cuando mataron al alcalde?

-Estaba en tierra de Álava: no sé más.. La recibimos, la consolamos. Al poco tiempo nos vimos arrojadas de nuestro convento por las tropas que defienden el ateísmo, y salimos, nos desbandamos: unas hermanas fueron por este lado, otras por aquél. Estuvo mi prima en mi compañía una semana. Después.. Pero no te digo más, no quiero ni debo. Un interés mundano es el que te mueve a preguntarme por esa desgraciada.. No me lo niegues. Tú eres malo, tan malo ahora como entonces, y estás profanando la Orden que recibiste, y ultrajando con tu conducta y con tus pensamientos al Señor nuestro Dios.. No te digo nada, no me preguntes nada, y déjame.. En tus ojos conozco la maldad de tus intenciones. Vete; apártate, monstruo».

Y uniendo la viveza de la acción al vigor de la palabra huyó de aquel sitio antes que el desconcertado capellán pudiese contestar a sus airadas y despreciativas razones.

 

Ep-21-XXIV -

No dándose por vencido el aragonés, pidió permiso al jefe del (p.3934) convoy para agregarse a él, decidido a poner sitio en regla a la fiereza de la monjita. Siguieron todo aquel día por sendas y vericuetos, y en el descanso de los carros a la caída de la tarde, hallándose junto a Gorria, que se agravaba de un modo alarmante, vio a las dos monjas en los carros delanteros, y platicando con ellas a Mariano Zapico, el veedor o contadorcillo del Cuartel Real, que D. Fructuoso le había designado como competidor suyo en la comisión de atrapar a la volandera Mé.

«Este mentecato -se dijo-, practica el espionaje por su cuenta, y sabrá congraciarse con el Consejero, llevándole mil enredos y fábulas novelescas. Veo que asedia a la monjita Ulibarri. Trabajo le mando: es una fierecilla. Cuando vivía en el siglo, sus padres no podían aguantarla: le conocí lo menos doce novios; con todos reñía, y les hacía reñir unos contra otros; traía revuelto al pueblo, y por causa de ella llovían puñaladas. De pronto le dio la ventolera por la religión.. El fuego de su alma apasionada escapábase por aquel registro. Sus padres vieron el cielo abierto cuando la chiquilla manifestó tal vocación, y acelerando los preparativos por temor de que se arrepintiera, metiéronla en las dominicas de Los Arcos.. Es organista y cantora. Sigámosla hasta que cante.. que al fin cantará».

Poco después de anochecido, dio parte el médico de que a Gorria se le podían contar los momentos que le quedaban de vida. Acudió Fago junto a su amigo, y le halló con conocimiento, aunque por minutos se le nublaba. «Buen Gorria, ¿qué es eso?

-Nada, que me muero.. No puedo más.. Como soy tan grandón, la muerte tiene que tirar mucho para llevarme.. Por eso me duele..

-Ánimo; ¿quieres beber vino?

-Hombre, sí.. y muérame pronto con este bendito trago.

-A hombres de tu temple no se les entretiene con vanas palabras. ¿Llega el momento de pasar de esta vida perversa a la vida inmortal? Pues a morir con entereza de soldado cristiano, valiente en los combates, más valiente aún en este trance último.

-¡A morir, valientes..! ¡Viva Carlos V, viva Dios!

-¿Tienes (p.3935) algo que disponer? ¿Tu conciencia tiene algún pecado de que descargarse? Dímelo, y ten confianza en Dios.

-Si no es pecado el guerrear y desearle al enemigo todos los males, ningún pecado tengo, señor de Fago; pues ni mentira, ni estropicio, ni nada de mujeres encuentro en mi conciencia, por más que en ella rebusco. Y si algo hay de que no me acuerdo, perdónemelo Dios y lléveme a su santo seno.. Soy soldado de la religión.. Muero peleando contra los ateístas.. Señor mío Jesucristo..».

Siguió rezando entre dientes, mientras Fago con entera voz le encomendaba. Aprovechando un momento lúcido, le preguntó si tenía algo que disponer tocante a intereses. La respuesta fue breve: «No tengo más bienes que el prado de Urrestillo, cerca de Azpeitia, y un huerto con doce manzanos y un peral. Quiero que sea para Dominica, la hermana de mi difunta, que tiene seis hijos. El dinero que llevo sobre mí.. aquí está.. Cójalo para que mande que me apliquen una misa.. Ya no hay más bienes.. digo, sí, mi cuerpo: este cuerpo que vale por dos, se lo dejo a la tierra.. Enterrado en mi huerto.. ¡qué rico abono para los manzanos!.. Mi alma para Dios.. y vámonos al cielo.. ¿Los que pelean y matan entran en el reino de Dios? Yo he matado ayer más de veinte cristinos. ¿Ellos y yo entraremos juntos en la gloria eterna, o es que los cristinos que luchan por el ateísmo no pueden entrar?.. Dígamelo».

Fago se apresuró a tranquilizarle sobre este delicado punto, diciéndole que todos los que sucumbían con honor defendiendo la idea que a la guerra les llevaba, eran acogidos en el seno de nuestro Padre. Los directores de esta matanza eran los responsables, y entre ellos, Dios escogería los suyos.. Poco más habló el pobre Gorria, y todo lo restante lo dijo el capellán con ardiente y patético estilo, exhortándole a fijar sus últimos pensamientos en la misericordia divina, y a desprenderse de los intereses y miras terrenales, sin exceptuar los de la causa, pues ésta, como todo, debía ser comprendida entre las pequeñeces despreciables que abandonamos en el umbral de (p.3936) la otra vida. El capellán de la ambulancia, Sr. Elío, viejo muy dispuesto, cojo de un balazo que recibió capitaneando una partidita en los comienzos de la guerra, dio la Extremaunción a Gorria, y el convoy siguió su marcha. En camino, a las tres de la tarde, entregó su alma el valiente soldado.

Dejaron el cuerpo en la primera parada, y adelante. Por la noche intentó Fago nuevamente hablar con la monjita Pilar Ulibarri; pero ésta y su compañera se resistieron a oírle. Al detenerse en Antoñana, el jefe del convoy, sin duda a excitación de las dominicas, le ordenó despótica y groseramente que no siguiese unido a la ambulancia, amenazándole, en caso de desobediencia, con la aplicación inmediata de cincuenta palos. Devoraba su ira, por no poder castigar tanta insolencia con un número de bofetadas igual al de palos con que se le amenazaba, y vio partir el convoy, creyendo al fin que sería quizás providencial aquel desgraciado suceso. En su ardiente imaginación, fomentaba la idea de que le convenía dirección distinta para llegar al fin propuesto.

Toda la noche anduvo por desolados campos, sin dirección fija, adoptando el acaso por guía único de su andar vagabundo, y creyendo que los senderos desconocidos suelen conducimos a donde deseamos. Renegaba de la previsión, del método, de todo el fárrago de prescripciones por que se guían los hombres, y que comúnmente resultan de menor eficacia que los dictados de la fatalidad. Somos unos seres infelices que creemos saber algo y no sabemos nada, que inventamos reglas y principios para engañar nuestra impotencia; vivimos a merced de la Naturaleza y de las misteriosas combinaciones del tiempo y el espacio. Iba, pues, entregado a lo que el espacio y el tiempo, ministros de Dios, quisieran disponer en su tiránico dominio.

A la madrugada, cuando se aproximaba a un pueblo que creyó sería Contrasta, sin estar seguro de ello, pues una vaga niebla envolvía la torre y caseríos circundantes, se vio sorprendido por fuerzas de caballería que le dieron el alto. Eran cristinos, tropa ligera, (p.3937) armados de carabinas. Quiso el capellán escabullirse saltando una pared cercana; pero le apuntaron, se vio cazado como un conejo, y no tuvo más remedio que entregarse. Interrogado por el jefe de la fuerza, respondió que era hombre pacífico, del estado eclesiástico; le registraron; pero aunque nada se le encontró que le comprometiera, no pudo evitar la nota de sospechoso, y se le llevaron entre los caballos, con la amenaza de dejarle seco si intentaba la fuga. Aun en tan desdichado trance continuaba firme en la devoción del acaso, y se decía: «¿Quién sabe si este cautiverio será provechoso, y me llevará al fin que persigo? Todo puede ser. No preveamos nada: esperémoslo todo del arreglo y disposición que las cosas se dan a sí mismas».

En el pueblo próximo, que no era Contrasta, sino Larraona, entregáronle como prisionero a una columna de la división de Aldama, y a los dos días de marcha fatigosa entró en Estella, y fue encerrado en la cárcel de esta ciudad, donde prisioneros y criminales padecían juntos la reclusión estrecha y la miseria nauseabunda. Por los cuadros lastimosos, por las caras de torturante aflicción que vio al entrar allí a media noche, hubo de comprender que le esperaba una vida de perros, si no venían en su auxilio las personas que en la ciudad conocía, o algún oficial de la guarnición cristina, aragonés, de los muchos con quienes en tiempos mejores había tenido amistad. Por de pronto, si vio caras conocidas entre los presos, no eran éstos de calidad, y ningún amparo ni protección podía esperar de los que compartían su infortunio. Dedicose el primer día al solapado examen del local, por ver si había facilidades de escapatoria; pero sus observaciones no fueron optimistas. En cambio, si resultaba cierta la noticia de que les sacaban a trabajar en las fortificaciones de la plaza, bien podía suceder que, puestos de acuerdo los más animosos, lograsen la libertad. Fijo en esta idea, empezó a tantear a sus compañeros, trabando conversación y explorando los caracteres, sin más objeto que escoger entre ellos los de mayor coraje y (p.3938) decisión.

En efecto, a la mañana siguiente, unos treinta fueron a trabajar en las obras de fortificación que activamente se hacían más allá del santuario de Nuestra Señora del Puy. Al menos, trabajando en campo libre hacían ejercicio, respiraban aire puro, se ponían en contacto con soldados de la guarnición, y al paso por la ciudad podían descubrir entre el vecindario caras amigas. Desgraciadamente para Fago, si vio los primeros días algún rostro que le recordaba antiguos conocimientos, nadie reparó en él. Diez días mortales se pasaron en triste ansiedad, sin que una voz amiga sonara en su oído, sin que una mano protectora le amparase. El desaliento le consumía; la esperanza le abandonaba; castigábale Dios por su pagana devoción del acaso, y éste, el ciego ordenador de las cosas, también le tenía en olvido y menosprecio, manteniéndole en la triste monotonía de los sucesos metódicos y regulares, sin ninguna sorpresa, sin ninguno de esos golpes teatrales que varían favorable o adversamente el curso tedioso de una vida esclava.

Y en tanto, nadie le decía por qué estaba cautivo, ni se le interrogaba, ni se le sometía a procedimientos judiciales o de consejo de guerra. Le habían detenido porque sí, y porque sí le tendrían preso hasta la consumación de los siglos. En los días de aquella lúgubre existencia, enterose de la expugnación de Los Arcos por Zumalacárregui, y del asedio del fuerte de Echarri-Aranaz, que los cristinos reseñaban a su manera. Poco le importaba todo esto, y lo mismo le daba que triunfase Juan o Pedro: más que el trono de las Españas, le interesaba su propia libertad.

Terminadas las trincheras del Puy, les llevaron al otro lado del río, junto a San Pedro la Rúa, la interesantísima iglesia románica. En las alturas que la dominan, y en las ruinas próximas de un excelso monasterio, se trabajaba para fortificar la ciudad, cuya situación, dentro de un círculo de elevados montes, era en extremo peligrosa para la guarnición, si ésta no se posesionaba fácilmente de todas las alturas. Otros diez días transcurrieron sin que el (p.3939) pobre Fago viese alterada la acompasada tristeza de su existencia; la evasión no se le presentaba fácil ni aun posible, por la vigilancia que se ejercía sobre los presos. Ya iba transcurrido cerca de un mes de aquella muerte lenta, cuando el acaso le hizo una mueca que le pareció precursora de acontecimientos extraordinarios, y, por consiguiente, favorables. He aquí el suceso: un cabo de Gerona que le había mostrado benevolencia, y benevolencia quería decir menos crueldad y grosería de lo que se acostumbraba, le entregó, a la conclusión del trabajo, un lío conteniendo dos panes, media docena de chorizos, cuatro manzanas y algunos cigarros, todo envuelto dentro de una servilleta sucia. El obsequio, que en tales circunstancias era de una extraordinaria magnificencia, procedía, según el cabo, de una señora que se interesaba por el pobre capellán prisionero. ¿Cómo se llamaba? El mensajero no lo sabía. ¿Qué señas tenía? Alta, morena, guapetona. No necesitó más Fago para creer que era la hija de Ulibarri quien le favorecía, y extrañaba que no acompañase al regalito una carta en que se le ofreciera la libertad, o se le propusieran los medios de conseguirla. Todo el día, loco de júbilo, se lo pasó pensando en ella, y su imaginación soñadora veía llegar por momentos segundo mensaje con esquela o recado entablando comunicación para tratar de libertarle. La esclavitud le había entontecido; pensaba y sentía como un niño, y creía verosímiles y probables los más absurdos delirios de la mente. Su desilusión fue grande al siguiente día, cuando por referencias del propio cabo y de otro soldado de Gerona, vino a cerciorarse de que la señora a quien debía el obsequio no era otra que Saloma la baturra. La cuadrilla del Tío Concejil había entrado en Estella cuatro días antes, arrimada a la división de Gurrea.

En su desaliento, pensó el capellán con seguro juicio que, pues no le salían amigos de valía por ninguna parte, era forzoso buscar el arrimo y calor de los seres humildes que se habían acordado de favorecerle en su desventura. Mandó un (p.3940) recado a Saloma la baturra para que a verle fuera, y una tarde, hallándose en las obras del puente de Azucareros, se le presentó Uva saludándole afectuoso en nombre de toda la cuadrilla. Las señoras no iban por no dar que hablar. La visita fue de grandísimo consuelo para Fago, y los conceptos que de boca del cantinero oyó, resucitaron en el alma del prisionero las muertas esperanzas.

«El día que entramos -dijo Uva-, le vimos a usted trabajando en San Pedro. Pero no quisimos decirle nada por no llamar la atención.. que nosotros tenemos que andar con mucho ten con ten, para que nos consientan nuestro tráfico.. Sepa el señor capellán que en la guarnición hay algunos jefes aragoneses, y entre ellos uno que.. Tengo por cierto que ha de conocerle a usted, porque es de la Canal de Verdún, o de junto a Tiermas.

-¿Cómo se llama?

-Don Rodrigo de Arbués.. alto, seco.. Paréceme que es comandante o teniente coronel.. No estoy seguro.

-¡Loado sea Dios! -dijo Fago tan conmovido, que poco le faltó para echarse a llorar..-. Es mi primo, primo segundo mío, y amigo cariñoso desde la infancia. En la edad feliz, de los veinte a los veinticinco, hemos hecho juntos bastantes diabluras.. Por lo que más quieras en el mundo, Uva de mi alma, hazme el favor, hazme la caridad de ir en su busca ahora mismo, y decirle dónde estoy y el mísero estado en que me encuentro».

Prestose el buen hombre a desempeñar la caritativa comisión, y dos horas después tenía Fago el indecible consuelo de verse estrechado en los brazos de su amigo y pariente D. Rodrigo de Arbués.

 

Ep-21-XXV -

«Chiquio, el demonio que te conozca. Eres el cadáver de ti mismo -le dijo con noble y cordial efusión-. ¿Cómo has llegado a ponerte tan flaco y amarillo? ¿Dónde y cómo caíste prisionero? ¿Qué ha sido de ti desde que fuiste a Oñate?..».

Al cúmulo de preguntas que le hizo, no pudo contestar Fago más que con expresiones de alegría y reconocimiento; pero repuesto de la alegría que el feliz encuentro le produjo, emprendió el completo relato de sus desventuras, cuidando de (p.3941) emplear cierto método histórico, para que Arbués pudiese formar juicio, y resolver algo que condujese a la terminación de aquel horrible cautiverio. Hablaron toda la tarde; la situación del prisionero cambió radicalmente, y el jefe de la prisión le mostró gran benevolencia; la esperanza brillaba en los espacios, y sonreía en el alma del pobre capellán. Despidiose Arbués diciéndole que estuviese tranquilo; él hablaría con su Coronel, jefe de la plaza, que le estimaba mucho, y pronto se resolvería lo más conveniente (estilo militar) .

Al siguiente día por la tarde, oyó Fago de su primo esta extraña proposición:

«Chiquio, darte la libertad de buenas a primeras, sin trámite de la Auditoría militar, paréceme difícil; proporcionarte la evasión, no es imposible, ni aun difícil; pero el Coronel no quiere gastar esas bromas. Teme que aproveches tu libertad para volverte a la facción y pelear contra nosotros. Si nos das una garantía de que no harás armas contra la Reina, se buscará un medio de que seas libre mañana mismo.

-¿Y qué garantía he de dar más que mi palabra de honor?

-No nos basta; digo, a mí sí; pero el Coronel es un poco testarudo, y muy ordenancista.

-Pues mi palabra de sacerdote.

-Las palabras de sacerdote no valen en el fuero militar. Necesitamos una garantía positiva, eficaz.

-¿De que no haré armas contra los liberales?

-Eso.

-¿Y cómo doy esa garantía?

-De un modo muy fácil y muy claro. Nos convenceremos de que no harás armas contra nosotros, cuando te veamos batiéndote a nuestro lado y contra ellos.

-¡Contra los carlistas!.. ¿Y no hay otra manera de alcanzar mi libertad?

-No hay otra.

Pues, chiquio, mi libertad vale una misa. Acepto. Soy tuyo, soy vuestro».

Siguieron hablando, y Arbués le aseguró que había tenido noticias de sus proezas en el otro campo. Se decía que gozaba entre los facciosos fama de gran estratégico, y que Zumalacárregui no tomaba ninguna determinación sin consultarle. Riendo contestó Fago que no hubo tales hazañas, y que Don Tomás no le había (p.3942) consultado jamás sus planes de guerra. Confirmó después su escepticismo en cosas de política militar, manifestándose igualmente desdeñoso de las ideas y móviles de uno y otro bando; y por último, apuntó la idea de que facciosos y constitucionales andaban en tratos para amasar un soberano pastel, que sería la paz mentirosa por unos cuantos años. A esto replicó Arbués, hablándole al oído: «Antes de que termine este año de 1835, nos abrazaremos los dos ejércitos».

Desde aquel día, se le llevó el primo a su alojamiento, y pudo recorrer libremente la ciudad, hablar con todo el mundo, renovar antiguas relaciones. Saboreaba la libertad con inefables goces; todo le parecía bello, el caserío y sus habitantes, hermosas las iglesias, la campiña risueña, esmaltada de ricos colores. Comúnmente se metía en el vetusto San Miguel, en San Pedro o en la Virgen del Puy, y se pasaba largas horas en fervoroso rezo, renegando de su pasada devoción del acaso. Dios lo gobierna todo, y procede con una lógica insondable, desconocida para nuestras pobres inteligencias. A Dios debemos acudir siempre en nuestras necesidades; a Dios debía la libertad; la mano omnipotente le señalaba el campo cristino. Acordándose de la misión que le había dado el Sr. Arespacochaga, vio en este señor a uno de los mayores mentecatos que andaban por el mundo, y resolvió proseguir por cuenta propia la cacería de Saloma, sin cuidarse poco ni mucho de las impertinencias policiacas del Cuartel Real. Ningún nuevo indicio del paradero de la hija de Ulibarri encontró en Estella, y sólo podía consignar corazonadas, inexplicables fenómenos del espíritu, que dominaban su voluntad y la llevaban a extraños desvaríos. Una tarde, volviendo de San Pedro, vio un rebaño de ovejas, que entraba en la ciudad bajando del Santo Sepulcro. Acosadas las reses por el pastor, corrían balando. Fago las oyó decir Mé, Mé, y esta sílaba, claramente expresada por los animalitos, impresionó su cerebro, y lo llenó de intensa melancolía. Siguiendo al rebaño por la calle de Santiago la Nueva, oía la repetición del (p.3943) nombre: los corderos lo decían con infantil lloriqueo; las madres con familiaridad gangosa. Hasta las personas que el ganado veían pasar pronunciaban, en el sentir de Fago, el quejumbroso Mé, y él también se puso a gritar lo mismo, corriendo al lado del pastor, y ayudando a éste a recoger las reses que se desviaban de la línea recta.

Siguió la manada hacia las alturas del Puy, y ya cerca del santuario, vio Fago dos monjas dominicas. Corrió tras ellas; tropezando en un pedrusco, cayó cuan largo era, y el rebaño le pasó por encima, llenándole de tierra y basura. Alguien le dio la mano para levantarse, y un ratito tardó en volver de su turbación y recobrar la vista; el polvo le cegaba, la violencia de la caída le trastornaba el magín.. Vio el rebaño metiéndose en un olivar cercano; las monjas entraban en el Puy. Quitándose el polvo, corrió a la iglesia; pero las religiosas no estaban allí. El sacristán, a quien preguntó, díjole que allí no habían entrado monjas, sino dos clérigos menores, deudos de la casa, y que bien pudo suceder que, si el señor no tenía buena vista, hubiese tomado por monjas a los clérigos, que eran pequeñitos de cuerpo y de rostros aniñados. No se convenció el capellán, y se obstinaba en que eran religiosas dominicas, a lo que respondió el acólito que en el pueblo había benitas, clarisas y recoletas, todas en clausura rigurosa, y que no encontraría dominicas aunque diera por ellas un ojo de la cara.

Aquella noche refugió su aventura al amigo Arbués, fiel depositario de su confianza; y sacado a relucir el negocio de Saloma, díjole el comandante que corrieron voces de que había reanudado amorosos tratos con la hija de Ulibarri. Le habían visto con ella una noche en el parador del Manco, junto a Antoñana. También oyó decir Arbués que Saloma andaba de ama de un capellán cristino que sirvió en la división de Córdoba. Muerto el tal de una bala perdida que le cogió en Mendaza, la viuda, si así puede decirse, se había refugiado en un pueblo de la Amézcoa, donde criaba un niño del alcalde. Denegó el capellán la parte (p.3944) que le correspondía en estas historias, y puso en cuarentena lo demás, aguardando la ocasión de comprobarlo por sí mismo con ayuda de Dios.

En estas cosas se pasó todo Febrero. Las operaciones militares eran a la sazón en el Baztán. Decíase que la guarnición de Elizondo, incorporada a las tropas de Lorenzo, partiría.. quién sabe para dónde. Transcurrieron muchos días sin saberse nada concreto; días de expectación, que por lo común engendran el desaliento. Mina inspiraba poca confianza por causa de su enfermiza vejez: notaban todos la desproporción entre sus arrogantes proyectos y la ineficacia de los resultados que obtenía, que eran medianos, malos más bien. Zumalacárregui, dotado de una movilidad prodigiosa, tan pronto se le aparecía junto al Pirineo como en la frontera de Álava. Con rapidez más propia de aves que de hombres se presentaba en la Ribera cuando le perseguían en la Borunda. El ejército de la Reina, más numeroso que el carlista, érale inferior en agilidad, quizás por su mayor fuerza y extensión. Faltábale una cabeza superior, un pastor de tropas que supiera conducirle por los laberintos de aquella fortaleza ingente, Navarra, construida por Dios para la guerra civil. La cabeza no parecía: el Gobierno de Madrid seguía buscándola, y ya se indicaba al Ministro de la Guerra, General D. Jerónimo Valdés. De todo hablaban en las aburridas tertulias de la guarnición, y no había nadie que no deseara combates rudos y decisivos. Las noticias de las acciones parciales llegaban un día y otro, desfiguradas en su paso al través del país en guerra. El ataque y gloriosa defensa del fuerte de Echarri Aranaz se comentaba como una de las páginas más gloriosas de la milicia cristina; los combates de Fuenmayor y Ulzama, como una prueba más de las innegables dotes estratégicas del General de D. Carlos. Súpose también que éste había creado el batallón de la Legitimidad, que con el de Guías agrandaba y fortalecía su ejército. Por fin, era común creencia que la facción no pasaría jamás el Ebro, que Zumalacárregui había (p.3945) pedido 400.000 cartuchos y 100.000 pesos para extender operaciones a los llanos de Castilla, y como el pretendiente no podía darle ni municiones ni dinero en tal cantidad, porque no tenía de dónde sacarlo, contaban todos con el desfallecimiento de la causa, para dar al traste con ella, si antes no apencaba con el arreglo que se le proponía. Andaba en estos cabildeos D. Miguel Zumalacárregui, regente de la Audiencia de Burgos y afecto a la Reina. Cartas afectuosas se cruzaron entre los dos hermanos, llevadas y traídas por los oficiales cristinos Vidondo y Eraso. De todo esto se hablaba, así como de la próxima intervención de los ingleses para dar a la guerra un carácter más humano, estableciendo el canje de prisioneros y otras prácticas de la guerra, tal como hacerla sabían las naciones más civilizadas.

Por fin, la guarnición de Estella se incorporó a la división del General Lorenzo, saliendo para Campezu. Habían prometido a Fago darle el mando de una de las columnas volantes que el ejército cristino organizaba para hostigar y distraer las fuerzas facciosas; pero surgieron dudas y vacilaciones sobre el particular, y el hombre fue agregado a las dos compañías que mandaba su pariente. En verdad que no le importaba: prefería una posición modesta, no creyéndose llamado en aquella ocasión a grandes heroicidades. En Campezu acamparon ocho días aguardando a Lorenzo, y allí supieron que ya no les mandaba Mina, sino Valdés, y que éste llegaría muy pronto de Madrid. De Campezu fueron a Vitoria, lo que agradó extraordinariamente al capellán, porque sus corazonadas le indicaron la capital de Álava como punto en que forzosamente había de adquirir noticias de la persona cuyo hallazgo deseaba. Nada encontró, ni siquiera indicios, como no fuera la singular sílaba Mé, trazada con brochazos de pintura en un muro de los Arquillos.. También la vio en un tinglado, al parecer fragua, por bajo de Santa María. Pero ello no podía ser obra del demonio. La inscripción quería decir: Matías Emparán..

Llegado Valdés, se habló de su (p.3946) plan de campaña, el cual a todos parecía grande y sintético, propio de un potente cerebro militar. Consistía en ocupar con veinticinco mil hombres la Amézcoa Alta, el nido donde Zumalacárregui criaba sus feroces polluelos, y donde fraguaba sus tremendas maquinaciones y rápidas acometidas. Técnicamente, el plan era hermoso, y Fago lo tuvo por obra de una capacidad de primer orden. Faltaba la ejecución, que en esto de planes estratégicos el concepto teórico carece de valor, mientras no le acompaña la clara percepción de las medidas que han de hacerlo efectivo.

«Deseo vivamente ver cómo este señor acomete tal empresa -decía el capellán a su pariente, sintiéndose otra vez tocado de la monomanía estratégica-. ¡Ocupar la Amézcoa Alta! ¿Se cuenta con que el otro no la ocupará antes? ¿Dispone el Sr. Valdés de medios para obrar con rapidez, poniendo entre el pensamiento y la ejecución el menor tiempo posible? Cierto que veinticinco mil hombres son muchos hombres, ¡carambo!, para estas guerras. Y si llevan bastante artillería de montaña, y se escalonan bien las fuerzas, de modo que no se apelmacen en corto espacio y puedan operar con desahogo; si se fortifican tres o cuatro puntos que yo me sé, y se marcan bien las líneas en que ha de operar cada división, designándoles las respectivas convergencias; si no hay atropello ni desorden; si las provisiones no faltan en tiempo y lugar oportunos; si se señalan los puntos de retirada de cada cuerpo, y el punto del máximo avance; si los que mandan las divisiones se atienen escrupulosamente a lo que se les ordene; si la cabeza principal no pierde la serenidad, y sabe lo que son y lo que representan veinticinco mil soldados bajo una sola mano, veo un éxito, querido Rodrigo; veo una victoria grande y quizás decisiva. Para frustrar este plan grandioso, necesita D. Tomás discurrir alguna diablura, y bien podría ser que la discurriese. Le conozco, es tremendo: nada se le escapa, y contra la lógica de los demás, tiene él la suya, que es la lógica madre. Digo yo: ¿se puede descomponer con (p.3947) diez mil hombres este plan de ocupar la Amézcoa con veinticinco mil? ¡Se puede, ya lo creo que se puede! El cómo, yo lo sé, yo lo veo; tú también lo verás, pues este sentido estratégico es ni más ni menos que el sentido común; pero tanto tú como yo nos guardaremos de manifestar estas ideas teóricas, para que no nos tengan por soberbios o presumidos». Díjole Arbués que él no sabía más que batirse donde le mandaban, y que rara vez se le ocurrían pensamientos referentes a organización y unidad de mando. Veía la guerra en la táctica menuda; no le cabían en la cabeza más que sus dos compañías, y aun de ellas le sobraban unas cuantas docenas de soldados.

 

Ep-21-XXVI -

Llegaban a Vitoria constantemente tropas y más tropas: unas venían de Miranda de Ebro y Rioja; otras de Guipúzcoa, fatigadas, mal vestidas, conservando intacta la moral, mas un tanto quebrantada la fe. Desplegaba Valdés en su palacio toda la actividad oficinesca que la previa organización de la campaña, en lo militar, en lo administrativo y sanitario, requería. Adiestrado en las guerras de América, no ignoraba lo que traía entre manos. Era hombre modestísimo, afable, de bastante edad, espíritu fuerte, cuerpo flaco y mísero: vestido de paisano, habría pasado por clérigo; de uniforme, representaba la persona venerable de un honrado capellán. Oyó contar Fago que Valdés, al llegar a Vitoria con su nombramiento de General en jefe del ejército del Norte, no llevaba séquito ni escolta; no llevaba equipaje ni dinero, ni aun siquiera sombrero militar: a tal punto llegaba el menosprecio de toda ostentación y boato en su propia persona. Comía lo que querían darle; aceptaba de los Generales a sus órdenes prendas de vestir, y tenía su administración personal en manos de un fiel asistente. Y al propio tiempo, sabía infundir a todo el mundo respeto: los soldados le querían, los jefes le veneraban. Era un buen padre de su ejército. «Para ser completo -pensaba Fago-, sepamos si conducirá a sus hijos a una victoria eficaz, resistiendo firme y pegando fuerte».

No duraron los (p.3948) preparativos más de veinte días: transcurridos éstos, empezaron a salir fuerzas en dirección de la sierra de Andía. Llevaban piezas de montaña, abundantes víveres, municiones y todo lo necesario. Las tropas de Lorenzo, procedentes de Los Arcos, y las de Méndez Vigo, viniendo de Pamplona, marchaban también hacia la Amézcoa. Ocupada ésta por fuerza numerosa, ¿qué remedio tenía D. Tomás más que correr hacia la frontera de Francia? Tan seguro se creía esto, que se habían dado a las autoridades francesas los necesarios avisos para el desarme e internación de las bandas carlistas vencidas. Tanta confianza, en cosas de guerra, no parecía el colmo de la prudencia. Pero, en fin, con estas seguridades, las tropas iban a sus posiciones muy animadas, y con ganitas de pelear.

Destinaron a Fago al Provincial de Toro, que mandaba Barrenechea, jefe instruido y de grande arrojo; Arbués le afilió en una de las dos compañías que mandaba, nombrándole cabo. Llevaba el capellán uniforme completo, excelente fusil y su cartuchera bien provista. No tardó en sentir nuevamente ímpetus guerreros, influencia natural del medio, del compañerismo, de la emulación.

La marcha no fue penosa, y tardaron tres días en llegar a Contrasta. De allí empezaron a franquear las alturas, penetrando por bosques espesos, bordeando abismos, escalando peñas. En los míseros pueblos, esquilmados ya por los carlistas, no encontraban reses, ni alimento de ninguna clase; dormían al fresco en campamentos dispuestos con arte. El jefe de la columna, Barón del Solar de Espinosa, era un militar que sabía su oficio; y del General de la división, Don Luis de Córdoba, nada hay que decir, pues harto se conocen sus altas dotes militares, que más tarde había de enaltecer en la grandiosa jornada de Mendigorría.

Delante de esta división iban otras, trepando a las fragosas alturas, que hallaban absolutamente limpias de facciosos. Esto alegraba a los poco entendidos. Zumalacárregui abandonaba las altas posiciones. Una de dos: o retrocedía hacia la (p.3949) frontera de Francia, o se situaba en la Amézcoa Baja, donde su posición era desventajosa, endemoniada. Así razonaban los que, como el bueno de Arbués y otros, no poseían el don estratégico. Pero Fago, viendo que D. Tomás abandonaba por completo las alturas, dejando a Valdés internarse y perderse en ellas, empezó a entrever el plan del jefe carlista, el cual no podía ser otro que esperar en la Amézcoa Baja, hasta el momento preciso en que Valdés se hiciera un lío en la espesura de los bosques y en los picachos inaccesibles de la sierra, viéndose obligado a situar sus batallones en una línea extensísima, donde gran parte de la fuerza no podía revolverse, ni acudir aquí o allá, conforme a las exigencias de la lucha.

Interrogado por su pariente, que aún no se apeaba de su optimismo, le dijo Fago: «Chiquio, convéncete de que esto va mal. El plan de ocupar la Amézcoa fue bueno, mientras otra cabeza no discurrió uno mejor. Zumalacárregui, que sabe mucho, pero mucho, nos deja meter nuestros veinticinco batallones en la sierra, y él acampa tan tranquilo en los pueblos de abajo, confiado en que pasaremos el tiempo mirando a las estrellas, pues la mayor parte de las tropas que van peñas arriba, no pueden hacer otra cosa. Verás cómo no pasa de mañana sin atacarnos por la retaguardia. A esta división le tocará aguantar la embestida, para lo cual tendremos que cambiar de frente. Y todo ese ejército que anda a gatas por los montes, ¿de qué nos sirve? ¿Cómo vendrá a auxiliarnos si no puede moverse con agilidad en estas intrincadas espesuras? Los grandes ejércitos son para operar en el llano. La guerra de montaña tiene su táctica especial, que en este caso no he visto aplicada».

Puntualmente se ajustaron los hechos a lo que el capellán pensaba. Al día siguiente por la tarde fueron atacados por cuatro batallones carlistas en las inmediaciones de Artaza. Los cristinos se batieron con bravura, y a fuerza de constancia conservaban al anochecer sus posiciones. El terreno no les favorecía: era estrecho, (p.3950) limitado aquí por picachos inaccesibles, allá por cortaduras y barranqueras, en cuyo fondo mugían torrentes. Pelear en tal sitio era la mejor prueba a que puede someterse el valor y la tenacidad de un ejército: lo que hicieron los constitucionales en aquel día supera con mucho a cuantas proezas pudieran imaginarse. Y para que la prueba fuese más terrible, pasaron toda la noche en la angustiosa expectación de ser atacados con mayores fuerzas al día siguiente. ¿Qué harían?, ¿continuar avanzando hacia la sierra? Esto era peligrosísimo, porque al avanzar empujarían hacia el Norte a los demás batallones, y en este caso, marchando siempre hacia arriba, la salida tenía que ser por los valles de la vertiente del Cantábrico o por la frontera pirenaica. El retroceso era también difícil, porque si los realistas, como parecía seguro, se situaban en el portillo de Artaza, podrían, no ya embestir, sino fusilar a los batallones, atacándolos uno por uno. Fago explicó a su primo la situación con un ejemplo.. «Figúrate -le dijo- que nuestros veinticinco batallones son veinticinco barcos, y que nos hemos metido en un canal o bahía larga y estrecha. Esta división es el navío de retaguardia. En la boca del canal nos atacan buques enemigos. Si salimos, mal; si entramos, hemos de navegar empujándonos unos a otros hasta salir por el opuesto extremo del canal. Si nos retiramos por donde hemos venido, a medida que vayan saliendo barcos, el enemigo los irá cazando a su gusto y abrasándolos sin piedad. ¿Lo comprendes ahora?

-Sí: la dificultad y el error están en que, a lo largo de la sierra, nuestros batallones no pueden desplegarse en un extenso frente de combate. Tienen que ir enfilados, con un frente estrechísimo, unos tras otros».

Y no sólo les afligió el desaliento durante la noche, sino también la sed. En aquellas alturas no había agua. Un chusco dijo que tenían que contentarse con beberla por las orejas, porque oían ruidos de espumosos torrentes bajo sus pies, a profundidades a que sólo con el pensamiento, no con la mirada, podían llegar. Reforzada la columna (p.3951) durante la noche con el batallón más próximo, preparáronse para la pelea del siguiente 22 de Abril, que debía de ser, y fue realmente, una página épica. Los carlistas embistieron muy temprano; sus guerrillas habían trepado a alturas donde era increíble que pudiesen hombres mantenerse y pelear, no convirtiéndose en gatos o ardillas. En las espesuras cercanas y en los picachos del otro lado de la barranquera, los fogonazos simulaban el incendio del bosque. Sin la artillería de montaña, manejada con toda la pericia del mundo, la retaguardia cristina habría perecido en la puerta de la ratonera. Al mediodía, Valdés y Córdoba acordaron descender, arrostrando las desventajas de la posición, y el 5.º de Ligeros fue el primero que se lanzó impávido por el desfiladero de Artaza, hostilizado por un lado y por otro.. El Provincial de Toro y otros cuerpos siguiéronle con el mismo brío. Los carlistas, rechazados en una vuelta del camino, se escabullían por aquellas angosturas para reaparecer luego más abajo, encastillados entre peñas. Caían soldados de la Reina sin cesar; los jefes de los cuerpos combatían en primera línea. Córdoba y el Barón del Solar defendían sus vidas como el último de los soldados. De este modo, y perdiendo mucha gente, llegaron con extraordinaria gallardía al pueblo de Barindano, que encontraron desierto. Allí ya podían respirar, poner en orden los desconcertados batallones, y atender a los heridos que habían podido recoger. Perdieron carros de municiones y víveres; perdieron muchas vidas. Ya no había más plan que emprender la retirada hacia Estella con todo el arte posible.

Y durante la noche, la retaguardia, que por el cambio de frente había llegado a ser vanguardia del ejército de la Reina, desde Barindano seguía viendo nutrido fuego en el desfiladero de Artaza, señal de que las demás divisiones descendían del laberinto con las mismas dificultades. A media noche cesó el fuego, porque a los carlistas se les habían acabado las municiones, y se replegaban hacia Aranarache y Contrasta.

Lo peor de aquella (p.3952) tremenda jornada era que los cristinos no encontraban ningún apoyo en el país: el vecindario huía de los pueblos, poniéndose al amparo de la facción; a ningún precio se encontraban aldeanos ni pastores que quisieran practicar el espionaje; la ignorancia de los movimientos del enemigo y de los puntos en que pernoctaba eran motivo de grande confusión para los Generales; nadie sabía nada; había que esperar los hechos, subordinando todo plan a lo que resultara de los del enemigo, por lo cual el verdadero director de la campaña era Zumalacárregui como jefe de su ejército, dueño absoluto del país en que operaba y de todo el paisanaje navarro.

La mañana del 23 se empleó en organizar la retirada a Estella. La vanguardia debía marchar aquel mismo día hacia Abarzuza. Era probable que los carlistas, repuestos del cansancio, y provistos de víveres, atacarían por Arlabia o Echevarri. Manteníase aún bravo y arrogante el ejército cristino, confiando siempre en sus jefes. También él tenía fe en su causa, aunque no la mostrara por modo tan vehemente e infantil como su hermano el faccioso. Se había hecho a la desgracia, soportaba resignado la enemiga y desafecto del país, y sobre esta desventaja hacía recaer la culpa de su vencimiento en aquella jornada.

La última división que quedaba en la cumbre emprendió el descenso por el desfiladero de Goyano, que ofrecía la ventaja sobre el de Artaza de tener una cumbre accesible. Apoderándose de ella, la retirada podía efectuarse en buenas condiciones. Quiso tomar Zumalacárregui la eminencia; pero Valdés, con Aldama y Seoane, anduvieron más listos, y con supremo esfuerzo lograron emplazar en lo más alto dos obuses; hazaña de gigantes que no se creyera, si no se la viese con tanta prontitud realizada. No tuvieron los carlistas más remedio que abandonar las posiciones. Zumalacárregui, que personalmente les mandaba, viendo el desaliento de su tropa, les dijo: «Mejor: dejémosles que bajen, que allá tenemos otra angostura en que les sacudiremos con más comodidad».

En efecto, al (p.3953) descender de Goyano por pendientes llenas de cadáveres, hubieron de sufrir otro ataque en el camino de Abarzuza, en una vuelta del río Urederra. Zumalacárregui reapareció en una altura formidable, donde les hizo más bajas, cogió algunos prisioneros y dos carros. Al anochecer, entraban Seoane y Aldama en Abarzuza con sus tropas más que diezmadas, muertas de fatiga, de hambre y sed. Y lo peor era que al día siguiente tendrían que sostener nuevos encuentros, pues el carlista no cejaba; quería recoger todas las ventajas de su victoria, y acosar hasta en su último refugio a las heroicas cuanto desgraciadas tropas de la Reina.

Dos días después entraban en Estella los veinticinco batallones, sin convencerse aún de que había llevado la peor parte la causa que defendían; tristes y fatigados, pero sin dar su brazo a torcer; seguros de poder repetir la hazaña, si sus jefes, con error o sin él, les llevaban a un nuevo combate. La tenacidad, la gallardía caballeresca, componen toda la historia de una raza que, al inclinarse para caer en tierra, ya está pensando en cómo ha de levantarse.

 

Ep-21-XXVII -

No extrañó al comandante Arbués perder de vista a su primo el capellán durante la acción de Artaza. En la confusión de la pelea en retirada, cada cual atiende a sí propio y a su obligación y defensa, sin parar mientes en los demás. En Abarzuza no pareció tampoco el aragonés; pero aún esperaba suprimo encontrarle en Estella, pues nadie le había visto caer muerto ni herido, y las últimas noticias de él eran que se batía heroicamente. Bien pudo quedar rezagado, agregarse a la división de Méndez Vigo, o caer prisionero en los combates que ésta sostuvo. Desgraciadamente, fueron inútiles todas las investigaciones que hizo Arbués en Estella, cuando ya descansaban allí del trágico duelo los soldados de la Reina. Nadie pudo dar noticia cierta del pobre capellán. ¿Debía contársele entre los muertos o entre los prisioneros? Lo probable, según Arbués, era que se hubiera dejado matar antes que rendirse, conforme a su temple de aragonés legítimo.

En tanto Zumalacárregui se (p.3954) había ido a Asarta, donde quiso disimular la falta de cartuchos con una orden del día en que daba ocho de descanso a sus valientes tropas. Comunicada al Rey su carencia de municiones, el Cuartel Real, que estaba en Segura, se conmovió con la triste noticia. La Real Hacienda acudió con arbitrios mil al remedio de tan gran daño; se organizó de prisa y corriendo un activo contrabando para traer de Francia el pan de la guerra, y se enviaron comisionados a los que lo amasaban en diferentes puntos del Baztán, para que activasen todo lo posible la fabricación. Gracias a estas medidas pudo Zumalacárregui tener provisión bastante para lanzarse a nuevo combate antes de la semana, engañando una vez más a los cristinos, pues nunca pensó en que sus tropas estuvieran tanto tiempo en la ociosidad. Si no reanudó las operaciones antes de los ocho días, no fue por falta de ganas, ni porque careciera de planes bien determinados, sino porque la Majestad de Carlos V le ordenó que permaneciese en Asarta hasta recibir la visita de los enviados del Gobierno de Inglaterra, lord Elliot y sir Gurwood, para proponer a uno y otro ejército un convenio que diese a la guerra carácter humanitario, poniendo fin a las sangrientas represalias.

Ya D. Carlos había recibido a los ingleses, que eran personas distinguidísimas, ambos conocedores de España; y mostrándose dispuesto a entrar por el aro de la benignidad y templanza, nada quiso resolver sin el parecer de su General en jefe. Éste recibió a los extranjeros con la cortesía concisa y un tanto seca que gastar solía. Los de Albión, que también eran secos y lacónicos, simpatizaron extraordinariamente con el caudillo del absolutismo; conferenciaron; admitió Zumalacárregui lo que se le propuso, que en rigor de verdad significaba el reconocimiento de beligerancia por las Potencias, y acordadas las bases de arreglo, D. Tomás convidó a los ingleses a compartir con él un modesto cocido, que era su habitual sustento en campaña.

Aceptaron gustosos los comisionados; trincaron del buen vinito (p.3955) navarro, sin cortedad de genio, y fuéronse luego camino de Logroño, donde les recibió Córdoba, por delegación del General Valdés. Nueva conferencia, acuerdo por entrambas partes. No consta que hubiera cocido y vino riojano; pero sí que los emisarios de Inglaterra partieron muy satisfechos de la politesse de Córdoba, que además de experto General era un fino diplomático. Puesto en vigor a los pocos días el convenio Elliot, ya no se fusilaba sin piedad a los infelices prisioneros. Este espantoso resorte de guerra, propio de hordas salvajes, quedaba totalmente abolido en los ejércitos que guerreaban en el Norte; se establecían reglas clarísimas para el canje de oficiales y soldados, conforme a las prácticas militares de todas las naciones del mundo. Por desgracia nuestra y baldón de España, otros caudillos carlistas y liberales de gran renombre, en las asperezas del Maestrazgo o en la montaña de Cataluña, habían de olvidar pronto los procederes humanitarios, derramando a torrentes la sangre cristiana y escarneciendo con sus crueldades los ideales que decían defender: el honor patrio, la religión, la fe.

Reanudadas las operaciones, Zumalacárregui mandó a Gómez a Vizcaya, donde se unió al guerrillero Sarasa, y juntos atacaron a Guernica. Los Generales Iriarte y Espartero salieron mal librados. No bien se enteró de la toma de Guernica, D. Tomás fue contra Treviño, plaza fortificada, y la sitió en las mismas barbas de Valdés, y la tomó a las cuarenta y ocho horas, cogiendo prisioneros a los seiscientos hombres de la guarnición, y arramblando con los cañones. Cuando Valdés acudió al socorro de Treviño con las tropas de Estella ya era tarde. La plaza estaba desmantelada, y los carlistas vencedores en la Berrueza. Antes de que Valdés determinara qué camino seguir, Zumalacárregui, sabedor de la evacuación de Estella, se dirigió a esta ciudad, y en ella hizo su entrada triunfal, aclamado con entusiasta delirio por los habitantes, en su gran mayoría frenéticos sectarios del Pretendiente. Hombres y mujeres rodeaban a la tropa (p.3956) realista, saludándola con ardientes demostraciones, cantos guerreros y populares. Las coplas sonaron todo el día por calles y plazuelas, y el famoso estribillo Ay, ay, ay, Motilá, pasaba de las bocas de los ancianos a las de las mujeres, y por fin a las de los chiquillos.. ¡Gran día de expansión febril y de entusiasmo loco fue aquél para los soldados de Zumalacárregui! La pintoresca ciudad ardía en regocijo y triunfal estruendo; las campanas de sus iglesias románicas, de venerable antigüedad, no cesaban de voltear con alegres repiques; aquí y allí convites parciales a la intemperie, mesas en medio de la calle, libaciones copiosas, alegría, seguridad del triunfo de la Fe.

Mas no era Zumalacárregui hombre que permitiera a sus tropas adormecerse en el triunfo, ni perder su fiereza en las fiestas obsequiosas y en los enervantes descansos. Sabedor de que partían de Pamplona tres mil infantes y trescientos caballos, salió de Estella para cortarles el paso. Le había dado en la nariz que la tal columna iba en auxilio de algún convoy salido de la Ribera, y no se contentaba con menos que con batir la columna y apoderarse del convoy. Con celeridad pasmosa se plantó en Puente la Reina, y de allí, con dos batallones y toda su caballería, ocupó las alturas del Perdón. Al propio tiempo esparcía una nube de espías por todos los pueblos y caminos circundantes, y preparó el golpe antes de que los cristinos sospecharan el mal encuentro que en su marcha les esperaba. Pelearon unos y otros con gran bizarría casi a la vista de Pamplona. Ganó Zumalacárregui, si se mira tan sólo a la conquista de la posición y a los cien prisioneros que hizo; pero la jornada le fue desfavorable en otro respecto, porque perdió al jefe y organizador de su caballería, D. Carlos O'Donnell. Viéndole moribundo, dijo: «Pérdida irreparable. Valía él mucho más que todo lo que hemos ganado en este encuentro».

Mientras esto ocurría en el Perdón, en Velate las columnas facciosas de Elío y Sagastibelza atacaban a Oraa, el cual se retiraba con pérdidas. Con esto, y con la (p.3957) evacuación por los cristinos de tantas plazas de segundo orden fortificadas, Navarra, a excepción de Pamplona y de los pueblos de la Ribera, era ya totalmente del dominio carlista, comprendiendo la línea de la frontera hasta el mismísimo Irún. ¿Qué faltaba? Tomar a San Sebastián y a Pamplona. Mas para esto urgía ganar antes a Vitoria, y la llave de Vitoria eran las plazas fortificadas de Villafranca, Vergara y Tolosa, en Guipúzcoa. Pensado y hecho: ya le tenéis en marcha, trasladando de un punto a otro sus masas de hombres con presteza increíble. En aquella expedición debía tropezar con Jáuregui, con Iriarte y con Espartero, que ya ilustraba su nombre con gallardas valentías, y ganaba el aplauso y la admiración de las muchedumbres.

En el asedio de Villafranca hubo de sufrir Zumalacárregui desfallecimientos de sus tropas; pero su energía supo trocar el desánimo en loco frenesí de combate. Acude Espartero desde Durango en auxilio de la plaza guipuzcoana; sábelo Zumalacárregui, y con la celeridad del rayo, corren sus batallones a cortarle el camino. Trábase furioso combate en Descarga; Espartero se ve obligado a retroceder; vuelven los vencedores de Descarga sobre Villafranca; el asedio es formidable, épico; los cristinos rinden las armas en condiciones honrosas; la facción gana en aquel día una posición importantísima, mil quinientos fusiles y víveres abundantes. Y velozmente, siguiendo la acción a la idea, como el disparo al requerimiento del gatillo, Eraso cala sobre Éibar, Gómez sobre Tolosa. Y cuando el mismo Zumalacárregui disponíase a tomar a Vergara, recibe un apremiante aviso de D. Carlos llamándole a su Cuartel Real de Segura.

Como jarro de agua fría cayó este aviso sobre la ardiente voluntad del caudillo guipuzcoano, y de malísimo talante se puso en marcha hacia Segura, pasando por Ormáiztegui, su pueblo natal, donde sus paisanos y amigos le acogieron llorando de entusiasmo y cariño, apenados de ver cómo se acentuaba en su rostro la tristeza, que atribuían a la falta de salud, efecto (p.3958) del desmedido trabajo. Los laureles ganados en tan corto tiempo, las ventajas adquiridas en la conquista del suelo español para la Monarquía absoluta, más parecían entristecer que alegrar al héroe de aquella campaña. Su mirada penetrante se fijaba con mayor tenacidad en el suelo, y su cuerpo se encorvaba hacia la tierra, cediendo más al peso de las aprensiones y cuidados que al de las triunfales coronas que su frente ceñía. En Segura fue recibido afablemente por D. Carlos, que se mostró benévolo y agradecido, estimando mucho el ánimo, la perseverancia y abnegación que en el mando del ejército desplegaba. Abrevió el caudillo su visita cuanto pudo, no sólo por la prisa de expugnar a Vergara, sino porque le asfixiaba la atmósfera, el tufo de camarilla; y aunque ninguno de los corifeos del Cuartel Real le mostraba desafecto, no ignoraba que en la tertulia del Rey y en los corrillos de toda aquella caterva de vagos y aduladores se le iba formando una opinión adversa, regateándole sus méritos o servicios, censurando sus actos. Las victorias que uno y otro día alcanzaba la facción se atribuían al valor de las tropas realistas y al desmayo y falta de fe de las de la Reina. Indudablemente Zumalacárregui, según los habladores y comentaristas del Cuartel Real, había hecho bastante, quizás mucho; pero sin duda pudo hacer más, y seguramente otro General se habría plantado ya en tierra de Castilla, abriendo al Rey legítimo el camino de Madrid. Los estratégicos de gabinete, o de corrillos callejeros, hormigueaban en la Corte trashumante, y los últimos covachuelistas y acólitos se permitían planes de guerra. Ganaba terreno la opinión de que el propio Rey debía ponerse al frente del ejército y dirigir por sí mismo las operaciones, en la seguridad de que el Espíritu Santo, como a predilecto de Dios, le asistiría con luces de ciencia militar, concediéndole los laureles de Pelayo, los Alfonsos y el Cid.

Sabía todo esto Zumalacárregui, y lo sufría con cristiana paciencia, sin desmayar en el cumplimiento de sus deberes. Su honradez era tan grande como su (p.3959) talento militar. Al Rey que proclamó, a la idea monárquica pura pertenecía, y ajustando su conducta a un proceder de línea recta, por nada del mundo de ella se desviaba. A esta excelsa cualidad unía otra, la de no tener ambición política, virtud rara en los militares de su tiempo, de uno y otro bando. Realzada con tan hermosa modestia su figura guerrera, el hijo de Ormáiztegui obscurece a todos sus contemporáneos ilustres y a cuantos en el gobierno de las armas, así como liberales, le sucedieron.

Expugnó, pues, a Vergara, cuya guarnición, tras una débil resistencia, capituló quedando prisionera, y el vencedor penetró en la plaza con gloria, pero sin salud. El mal que padecía y con el cual luchaba de continuo su voluntad pudo más que ésta al fin, obligándola a rendirse. Tres días pasó en cama con horrible sufrimiento, quejándose poco, y empleando los cortos instantes de alivio en completar sus disposiciones militares. En medio de las tristezas de su estado, no dejaba de llegar hasta él el rumor de las envidias del Cuartel Real, y en un acceso de negra melancolía, complicada con dolores físicos, escribió su dimisión y se la mandó al Rey. No quiso admitirla D. Carlos, y para darle testimonio de su Real aprecio, fue a Vergara al siguiente día. Algo mejorado de su enfermedad, salió Zumalacárregui a recibirle, a caballo, con su Estado Mayor, y Rey y General atravesaron la ciudad con aclamaciones del pueblo y tropa, entre el estruendo de las campanas echadas a vuelo y de las salvas de artillería.

Las conferencias de aquellos, días entre el Rey D. Carlos y el más ilustre de sus súbditos provocaron acontecimientos en los que no es difícil ver la desviación de la línea de prosperidades marcada por el destino desde que un distinguido coronel, avecindado en Pamplona en situación de retiro, cogió en sus manos las partidas indisciplinadas de Navarra y Guipúzcoa, y con ellas hizo un ejército. ¡Qué diferencia de tiempos y personas entre aquel día, 20 de Octubre de 1833, en que el coronel D. Tomás Zumalacárregui salía por la puerta del Carmen, vestido de uniforme, y al pasar junto a (p.3960) los centinelas se alzaba el embozo de su capote gris, como deseando no ser conocido! Siguió a buen paso por la carretera, pasó el puente sobre el Arga, y al llegar como a distancia de tiro de cañón, le salió al encuentro un hombre, que tenía del diestro un caballo. Montó en él el militar, y a buen trote tomó la dirección de la Berrueza. La causa de D. Carlos tuvo aquel día lo que le faltaba: una cabeza. Luego veremos cómo y cuándo esta grande y noble cabeza se perdió para siempre.

 

Ep-21-XXVIII -

¡Desde aquel otoño de 1833 hasta la primavera del 35, cuántas páginas de patética historia, cuántos hechos brillantes o bárbaros, cuántos esfuerzos de sublimidad heroica, de honrada abnegación o de fanatismo delirante! En tan breve tiempo crece y se complementa una figura militar, que sería muy grande si no la hubiera criado a sus pechos la odiosa guerra civil. Y en la precisa oportunidad histórica, el destino dispone la integración de la figura del insigne guerrero, agregando a sus coronas de laurel la de abrojos que para él había de tejer puntualmente la envidia; que sin esto la figura no podía ser completa. Aproximábase a su ocaso, con todos los sacramentos, la gloria que enaltece, la ingratitud que roe, el público aplauso que empuja hacia arriba, la envidia que tira de los pies para hacer bajar al sujeto, y poner su cabeza al nivel de las pelonas de la muchedumbre.

Reservadísimas eran las conferencias entre D. Carlos y su General, y cuando se celebraba consejo, al que asistían, además de Zumalacárregui, los llamados ministros, no se revelaban al público ni las discusiones ni los acuerdos. Pero algo trascendía siempre, como es natural, mayormente entre españoles, raza inepta para guardar secretos; y en los corrillos de la plaza, en las dos boticas, en los pórticos de la Casa Consistorial y en todos los demás mentideros de la ilustre villa, se hablaba de los grandiosos planes que de aquellas encerronas habían de salir muy pronto. No será preciso advertir que el Sr. D. Fructuoso de Arespacochaga y Vidondo, natural de (p.3961) Vergara, unido al vecindario por vínculos de sangre y por multitud de conocimientos, no podía salir a la calle sin que le acometiera la caterva de impertinentes curiosos. En las galerías del Seminario Real y Patriótico le asaltaron una tarde las turbas, pidiéndole los secretos o la vida, y él, ante el número y poder de los asaltantes, no tuvo más remedio que rendirse, dando noticias incompletas. Juntose después al capellán Ibarburu, y se fueron a la sala de Capítulo de San Pedro de Ariznoa. En grata tertulia con el Párroco y dos racioneros de los más significados, dejó salir por su boca D. Fructuoso cuanto tenía en el buche.

«Pero, en fin -preguntó Ibarburu con viva impaciencia-, ¿dimite o no dimite?

-¡Qué ha de dimitir! ¿Cree usted que brevas como el Generalato de tan grandes huestes se sueltan por una cuestión de amor propio?

-¿Y su enfermedad -dijo el Párroco no sin malicia-, es real, o un nuevo ardid estratégico y político?

-Es real. Padece de la orina. Bien se le conoce en la cara ese alifafe.. Figúrome que exagera un poquito, con la intención marrullera de que Su Majestad, que le aprecia verdaderamente, ceda en sus resoluciones por no contrariarle.

-Pero a buena parte va -observó uno de los racioneros, que por su gordura no cabía en ningún sillón y tenía que mantenerse en pie-. Tenemos un Rey que por su carácter entero, así como por su religiosidad, merecería gobernar todita la Europa.

-La cuestión es la siguiente -dijo Arespacochaga, a quien faltaba poco para reventar como una bomba, de la satisfacción que el dar noticias auténticas le causaba-; varias casas holandesas han ofrecido a Su Majestad un empréstito de consideración tan pronto como caiga en nuestro poder una plaza de importancia.. Quien dice plaza de importancia dice Bilbao, que además es villa de gran riqueza, y podría damos un botín cuantiosísimo, señores. En fin, repetiré textualmente las palabras de Su Majestad, que oí de sus augustos labios: «He decidido que tan pronto como te restablezcas y te halles en disposición de poder montar a caballo, te dirijas a (p.3962) Bilbao».

-Textual, ¿eh?

-Y él.. naturalmente, ¡cómo había de atreverse a contradecir el soberano mandato!

-Hizo protestas de sumisión, obediencia y lealtad.. ¡Qué menos, señores! Pero a renglón seguido, con muchísimo respeto, hubo de presentar su opinión contraria a la del Rey, y a la de todos los dignatarios, así civiles como militares, que teníamos voz y voto en el consejo. Allí nos hablé de los inconvenientes y peligros que a su juicio ofrece el asedio de Bilbao, y de la facilidad con que podría tomar a Miranda y Vitoria. Ganadas estas dos plazas, la invasión de Castilla será cosa de un par de semanitas.

-No estoy conforme -dijo el Párroco gravemente, tomando y ofreciendo de su rapé oloroso-. En las cosas de guerra se prefiere siempre lo fácil a lo difícil. Si ese criterio prevalece, que nos den el mando a los curas, y pónganse los militares a rezar.

-Justo.. ésa es mi opinión y la de todo el que discurra con buena lógica -afirmó Arespacochaga-. Acométanse las cosas difíciles, que las fáciles, las de cuesta abajo, por sí solas se resolverán luego. Pues bien, señores: a mí me tocó la honra de concretar la cuestión en el consejo. Su Majestad tuvo la dignación de pedir mi dictamen, y yo.. respetando las razones estratégicas que expuesto había mi señor D. Tomás, llevé el problema al terreno político, alegando altas razones, de más peso que las razones militares, y mirando al decoro y dignidad del Trono. Palabras mías textuales: «¿Tiene el General D. Tomás Zumalacárregui fuerzas para tomar a Bilbao? Si considera que no las tiene, nada digo. Pero si cree, como creen conmigo otros príncipes de la Milicia, a cuya autorizada opinión me remito, que tiene fuerzas sobradas para tal empresa, no debe hablarse una palabra más del asunto. Pues el Rey quiere que se tome a Bilbao, esto basta para que se intente la empresa, no siendo, como no es, imposible».

-Bien, admirable.. ¿y qué contestó?

-Por de pronto, ni una palabra. Parecía desconcertado. Su rostro de color de cera permaneció inalterable. El Rey, mientras yo peroraba, no quitó (p.3963) de mí sus ojos, asintiendo con fuertes cabezadas. Zumalacárregui, apremiado por Su Majestad para que concretase si era posible o no tomar la plaza, no se atrevió a negar que poseía fuerza bastante para tal fin. Allí nos habló de que las dificultades podrían sobrevenir después. Pero no nos convencimos, ni Su Majestad tampoco. En fin, señores, el consejo acordó el ataque a Bilbao.. y mande quien mande las operaciones, Bilbao será nuestro antes de quince días.

-¡Mande quien mande! -repitió Ibarburu-. ¿Luego cree usted probable que dimita?

-Sí; pero también creo que no se le admitirá la dimisión. Si se le aceptara, no faltaría un General de grandes miras y conocimiento que llevara nuestros batallones a este gran triunfo, y así lo llamo porque Bilbao carlista es el empréstito holandés, y con dinero, que es lo único que nos falta, haremos un caminito seguro y breve por donde las Reinas de Madrid se vayan a Francia, y nosotros a la Villa y Corte».

Siguieron haciendo caminitos y cuentas galanas hasta que les sirvieron el chocolate con que el Capítulo les obsequiaba, y tomado éste, Ibarburu se fue solo a la calle, taciturno y caviloso. No sabía a qué carta quedarse, ni a qué santo encomendar el logro de sus desmedidas ambiciones. ¿De qué le valía adular a Zumalacárregui si éste dimitía? Y si no dimitía, ¿qué eficacia tendrían sus adulaciones a González Moreno y Arespacochaga? Su instinto cortesano, afinado por la ilusión de la mitra que quería ponerse en la cabeza, le guió hacia el alojamiento de D. Tomás, que era el palacio de los Elóseguis, amigos suyos; y en el portal salió a su encuentro Celestino Elósegui, a quien con viva ansiedad preguntó: «¿Dimite o no dimite?»

Llevole adentro y arriba, y tuvo la suerte de sorprender al General en uno de esos instantes en que la espontaneidad no puede contenerse, y en que se manifiestan sin rebozo los sentimientos que llenan el corazón. Acompañaban a D. Tomás su amigo íntimo D. Juan Francisco de Alzaa y el dueño de la casa, D. Matías Elosegui. Quitándose el capote y arrojándolo sobre una silla, (p.3964) como si con él arrojara la investidura de General en jefe, dio una patada y dijo con rabia: «Esto es inaguantable.. Ya lo presentía yo.. ¡Tener que ejecutar proyectos que juzgo disparatados en el estado actual de cosas!» Sin hacer gran caso de lo que tímidamente le dijo D. Matías para calmar su irritación, dejose caer en un sofá con notorio desaliento, y expresó con estas graves palabras la grande agitación de su noble espíritu: «Dejo a la enfermedad o a una bala enemiga el cuidado de sacarme de esta situación».

Oído esto, se arrancó Ibarburu con un encomiástico discurso, pronunciado con cierto énfasis político: «Mi General, quien ha conquistado los lauros que enaltecen el nombre glorioso de Zumalacárregui, ese nombre escrito ya con letras de oro en el libro de la Historia, nada debe temer. Donde vaya Zumalacárregui irá la victoria. Nuestro Rey reina por el esfuerzo de este gran caudillo, y por el camino de Bilbao, lo mismo que por el de Vitoria, con la ayuda de Dios nuestro Padre, y de la Reina de los Cielos María Santísima, las tropas que con sabia mano rige vuecencia llevarán a la Corte de las Españas al representante de la Monarquía legítima y de los derechos de la Religión».

Con una mirada benévola y dos o tres monosílabos de modestia, rechazando honores tan desmedidos, disimuló Zumalacárregui el desprecio que le merecían las gárrulas demostraciones del capellán de su ejército. Entró a este punto el médico, y el General se fue con él a su habitación.

Contento de sí mismo y del buen golpe que había dado, Ibarburu salió en busca de otros capellanes y militronches amigos suyos, para dar un paseo y poder contar cuanto sabía; noticias bebidas en los propios manantiales de información. Toda la tarde estuvo despotricando: en la conversación deambulatoria, el optimismo embriagaba las almas de los pobres ojalateros, pues cuál más, cuál menos, todos tenían sus esperanzas de medro en diferentes carreras y profesiones. Al regresar a sus hogares, donde les esperaba la menestra de borrajas, la sopita, el huevo pasado, et (p.3965) reliqua, se mecían en dulcísimas ilusiones. Éste veía las insignias de coronel, aquél la congrua eclesiástica, el uno la judicial toga, el otro la mitra, y todos estos símbolos de autoridad y posición se les representaban en forma extrañísima, bombas y granadas cayendo sobre la infeliz Bilbao.

A la siguiente mañana, y cuando el señor capellán a partir se disponía con el ejército por el camino de Durango, le anunció su patrón una visita, advirtiéndole al propio tiempo que no la recibiera porque debía de ser enfadosa.

«¿Quién es?

-Señor, dos ermitaños que piden limosna; pretenden ver a usted para que les libre de no sé qué pena que se les ha impuesto por espías».

Bajó presuroso el Sr. Ibarburu, y con indecible sorpresa reconoció en uno de los dos infelices que a implorar venían su protección, al mismísimo D. José Fago, ex-capellán, ex-sargento, santo en ciernes por temporadas, gran estratégico en ocasiones, y notado siempre por su falta de seso y sobra de ambiciones desapoderadas. Vestía el desdichado aragonés un balandrán deslucido y roto, ceñido a la cintura por cuerda de esparto; calzaba alpargatas; habíale crecido la barba y cabello, y su aspecto semisalvaje inspiraba más compasión que miedo.

«Amigo mío, ¿qué es esto? -le dijo Ibarburu con estupor no exento de severidad-. ¿Qué le pasa a usted? Nos dijeron que se había dejado seducir por la impiedad cristina.. yo no lo creí. Luego se corrió la voz de que había perecido en la tremenda degollina de la Amézcoa.. ¿Qué significa esa facha miserable, y quién es este hombre que le acompaña?

-Mi facha significa el desengaño de todas las cosas, el hastío del mundo y el gusto de la soledad.. Y este que me acompaña es el santo ermitaño Borra, que tenía su cabaña en el monte Murumendi, y fue días hace inicuamente expulsado de ella por los soldados de la facción, y luego él y yo perseguidos y amenazados de no sé qué horrendos castigos, por lo que llaman delito de vagancia y espionaje.

-Señor capellán -dijo el otro con grave acento-: yo, Simeón Borra, vivía en Murumendi lejos de (p.3966) todo comercio con el mundo, consagrado a la oración y abominando de las opiniones que hacen fieras a los hombres y les llevan a guerrear. Con nadie me metía ni nunca hice daño a nadie. Vivía de lo que me querían dar y del fruto de una huertecilla. Este amigo vino a pedirme consejo para conseguir la paz de su alma: contome su historia; pidiome luego que le admitiese en mi compañía, y a ello me resistí: no quiero formar comunidad. Estableciose por mi advertencia en un sitio cercano a mi choza; labró la suya, y vivíamos como a dos tiros de fusil..

-Y cuando más seguros nos creemos -prosiguió Fago-, una columna facciosa nos destruye las casas; se nos acusa de espionaje; se nos amarra y nos traen aquí, donde hallamos un señor Mayor de plaza, hombre caritativo, el cual nos libra de la muerte y promete ponernos en libertad si hay alguien en el ejército que garantice que no somos rateros ni traidores».

Uno de los militares que les acompañaban manifestó que el menor castigo que podía imponérseles por espionaje era cortarles las orejas.

«A mí no puede ser, ¡carambo! -afirmó Borra apartando las guedejas que caían sobre sus sienes-, porque ya me las cortó el tunante de Mina el año 22, y no porque yo cometiese delito alguno, sino por crueldad sanguinaria.. De modo que si alguna pena me aplican, sea la de muerte, y pronto, que nada le importa a quien aprecia la vida en menos que un cabello.

-Lo mismo digo -afirmó Fago-. Que me maten si quieren, si no han de darme la libertad».

Los militares, que atraídos de la curiosidad formaban corrillo en torno de los dos infelices, más se inclinaban a la burla compasiva que a la severidad. Ibarburu, profundamente apenado del lastimoso sino del que fue su amigo, y a quien verdaderamente apreciaba, le cogió de la mano, como si resueltamente bajo su amparo le tomase, y con acento firme dijo al militar que les acompañaba: «Bajo mi responsabilidad, amigo Zuazo, deje usted libres a estos hombres, pues a entrambos les tengo por tontos, que es lo mismo que decir inocentes. Váyanse a donde quieran, a (p.3967) hacer vida boba, que también podría ser vida regalona. Ea, despejen, que tenemos que marchar a Durango.. Usted, señor santo Borrajo, o como quiera que se llame, puede ir a donde quiera, y volverse a su monte o al mismo infierno; pero lo que es a éste no le suelto. Amigo Fago, no puedo consentir que un hombre de su inteligencia y carácter se deje inducir a la extravagancia que revelan su traje y modos.. no, no, no lo consiento, y si no de grado, por fuerza se viene usted con nosotros. Eh, amigo Zuazo, me le lleva usted por delante, entre bayonetas. Yo hablaré al Coronel, y respondo de que ordenará lo que digo.. Adelante, entre bayonetas. Éste no puede ser libre; éste me pertenece: quiero salvarle de su propia insanidad, de su propia tristeza.. En marcha.. D. José Fago, es usted prisionero de su amigo el capellán Ibarburu. No haga resistencia, o el Coronel mandará que le apliquen cincuenta palos».

 

Ep-21-XXIX -

Contento como unas pascuas se fue Borra, y en verdad que no le penaba ir solo, pues la soledad era su mejor amigo. Fago, secuestrado por el capellán con cariñosa tiranía, no tuvo más remedio que dejarse conducir en la ambulancia sanitaria; y cuando ya marchaban a media legua de la villa, caminito de Elorrio, aproximó Ibarburu su mula al pelotón que le conducía, y hablaron un rato, el uno a pie, a caballo el otro.

«Agradezco mucho a usted su buena voluntad; pero, créame.. mejor servicio me haría dejándome zambullir en la soledad y apartarme de todos estos belenes.

-Déjele, déjese llevar, y no sea usted obstinado y majadero. ¿Qué sabe usted lo que dice? En la primer parada que hagamos me contará el cómo y cuándo de haber venido a la desolación de esa vida, y hablaremos del modo de restaurarle a su estado decoroso.. Y aprovecharé el descanso de esta noche para proveerle de ropa, y vestirle con la decencia que le corresponde. Somos de la misma estatura y carnes, y mi ropa le vendrá como suya».

En la primera parada, arrimaditos a una venta próxima al camino, en la cual comieron y refrescaron, Fago contó a su amigo (p.3968) todos los inauditos accidentes de su vida, desde el punto y hora en que dejaron de verse, en Diciembre del año anterior. Oyó Ibarburu el relato, como un confesor que no quiere perder sílaba, atento a los íntimos pormenores de conciencia, para formar cabal juicio del estado moral del penitente; y al llegar al caso de la defección de Fago y de su ingreso en las filas cristinas; al oírle que por ganar la libertad había vendido sus convicciones realistas, combatiendo por Isabelita II en las jornadas sangrientas de la Amézcoa, se mostró tan irritado y severo, que poco faltó para que terminase allí la confesión, y con ella la amistad de los dos capellanes.

Pero Fago, con su noble sinceridad, ganó el corazón de Ibarburu. Todo lo refería lealmente, sin atenuar sus culpas ni empequeñecer su mérito donde lo hubiera. No ocultó que el principal fin de todos sus actos en aquella parte de la campaña, era perseguir y cazar a la descarriada Saloma. Los diversos episodios y peripecias, las vivísimas esperanzas y desengaños tristes de esta cacería fueron tales, que creyó perder la razón. Saloma, como fantasma vano, en todas partes se presentaba, y en los aires se desvanecía cuando las manos se alargaban para cogerla. Rezagado en las angosturas de Artaza tuvo que esconderse en unos breñales para no caer prisionero de los realistas, que le habrían fusilado sin piedad. Huyó después montes arriba, repugnando el seguir en filas liberales, y con asco también de las facciosas; vagó tres o cuatro días, precedido del fantasma, hasta que Dios quiso desengañarle de aquel vano error, iluminando su entendimiento con ideas claras. La torpeza y sinrazón de aquel empeño se posesionaron de su espíritu, y unido a ello el hastío de la humanidad, sintió la querencia hondísima de la vida ascética. Andando, andando, sin pensar a dónde iba, llevado más bien de la fatal dirección mecánica de sus pasos, fue a parar al monte Murumendi, y allí se acordó del solitario Borra. Llegose a la cabaña, hablaron.. Lo demás ya lo había oído Ibarburu de los propios labios del (p.3969) anacoreta.

«Todo sea por Dios -dijo entre suspiros el capellán guipuzcoano al ponerse de nuevo en camino-. Dele usted gracias por haber caído en mis manos; que si se quedara entregado a sus desvaríos, no tardaría en volverse loco. Ahora, calma y completa sumisión a lo que yo le ordene: soy su amigo, su protector y su médico. Prescribo, como remedio salvador, que prepare usted su espíritu y su voluntad para volver lo más pronto posible al estado eclesiástico. Todo lo que sea del orden de guerras y política, y el capitulito ese de la persecución de féminas, debe pasar a la historia. Basta de locuras. Sea usted sacerdote, y no eche el pie fuera de la sábana de una modesta posición eclesiástica.. Adelante: va usted preso. Esta noche le vestiré, y ahora voy a decir que le dejen ir en un carro de sanidad para que no se fatigue».

A todo se prestó el aragonés, que había vuelto a ser pasivo, abdicando su voluntad en las voluntades ajenas, y sintiendo de nuevo la devoción del acaso. Siguieron andando todo aquel día y el siguiente. Por referencias supieron que Zumalacárregui no había tenido que expugnar a Durango por encontrar evacuada esta villa. Mas no queriendo emprender operación tan comprometida como el sitio de Bilbao, dejando una considerable fuerza cristina en la fortificada villa de Ochandiano, que domina el llano de Álava, resolvió acudir allá rápidamente. Dicho y hecho: embistió el pueblo y la torre que lo defendía; a los dos días se rindió la guarnición. Contemplando Zumalacárregui desde las alturas de Ochandiano el llano de Álava, en cuyas lejanías se distinguen las torres de Vitoria, sintiose encariñado con su pensamiento militar, de cuya ejecución le desviaba la obcecada terquedad de D. Carlos. Aún esperaba convencer a éste. Procurándose un excelente guía de ligeros pies, envió a Vergara un breve mensaje, que decía: «Ochandiano está en nuestro poder. Desde aquí contemplo el camino que tendremos que recorrer para proclamar a Vuestra Majestad en Vitoria, mañana, si (p.3970) Vuestra Majestad me autoriza para desistir de sitiar a Bilbao».

En Durango recibió por respuesta una lacónica pregunta: «¿Se puede tomar a Bilbao?»

Estrujando en su nerviosa mano el papel, Zumalacárregui exclamó: «¡Como poderse tomar, sí!.. Después, Dios dirá».

Los pocos días transcurridos desde la presentación en Vergara del capellán aragonés convertido en salvaje anacoreta, bastaron a Ibarburu para transformarle. Le afeitaron y vistieron, y con esto y el buen alimento parecía otro hombre, el mismo de antaño, sólo que más enflaquecido y mustio. Al propio tiempo, ganó bastante en serenidad de espíritu y claridad del entendimiento, y parecía dispuesto a seguir las prescripciones de Ibarburu, encerrándose en la modestia de una vida eclesiástica rutinaria y sin pretensiones. Se le declaró libre de toda pena, atendiendo a que había sido hecho prisionero por los cristinos, y Z que éstos le obligaron a combatir en sus filas so pena de la vida. Habiendo llegado a los propios oídos de Zumalacárregui estas amañadas historias, demostró interés por el desdichado capellán, y deseó verle.

La noche antes de la salida de Durango para Bilbao presentose Ibarburu con su amigo en el alojamiento del General, que era la casa-palacio de los Emparanes, y después de una breve antesala, fueron admitidos a la presencia de D. Tomás. De tal modo se pintaba la tristeza en el semblante de éste, que causaba lastimoso respeto a los que le veían. Sin duda la causa de ello era, además de la dolencia penosa, la inmensa tribulación de haber visto morir frente a Ochandiano a su entrañable amigo D. Juan Francisco Alzaa, antiguo jefe de los voluntarios de Oñate.

Sintiose Fago cohibido en presencia del General, cuya figura militar y política ante sus ojos se agigantaba. Nunca le había visto tan soberanamente investido de la majestad que dan el talento superior y la honradez sin tacha. Poco le faltó al capellán, en su profunda emoción, para arrodillarse delante del caudillo y mostrarle un acatamiento incondicional, pidiéndole perdón por haber hecho (p.3971) armas contra él. Casi con lágrimas en los ojos, hizo ademán de besarle la mano, y lo habría hecho si el otro se lo permitiera.

«¿Qué cuenta usted, buen Fago? -le dijo el General con melancólica benevolencia-. ¡Ah!.. ¿Sabe usted que el famoso cañón que me trajo usted de Ondárroa nos ha prestado grandes servicios? Pero en Villafranca, el pobre Abuelo, cascado ya y medio chocho, se nos quedó inútil. Bastante ha servido el infeliz.. Todo pasa, todo se gasta y todo se concluye.

-General -replicó el capellán con voz temblorosa-, mi mayor pena es que, por mi incapacidad, no pueda yo prestarle algún servicio con la firme resolución que vuecencia merece.

-Todavía, ¡quién sabe!

-Ya no, ya no.. Soy hombre muerto».

Y en aquel mismo instante sintió Fago en su espíritu el fenómeno extraño que en ocasiones diferentes había sentido: la transfusión de su pensamiento en el del insigne guerrero, es decir, que sus ideas se anticipaban a las de éste, o que concordaban milagrosamente en dos cerebros distintos.

«Mi General -dijo después de una pausa-, permítame que le felicite por sus triunfos, que la historia ha de consignar. Permítame exponer con sinceridad una idea que tengo aquí.. Será temeridad que yo la exprese, será tal vez descortesía.. Vuecencia estima que es un desatino la expugnación de Bilbao; vuecencia, esclavo de su deber, obedece órdenes disparatadas del Rey..

-¡Eh, cuidado! No puede hablarse así de nuestro Soberano.. Eso no es cierto, amigo Fago.

-Tenga vuecencia la dignación de oír todos los dislates que se me ocurren. Vuecencia no debe obedecer.. debe presentar la dimisión resueltamente, y que venga otro a ejecutar los propósitos que concibe el cerebro vacío de los que rodean a nuestro buen Rey.. Si esto que digo merece castigo, mande vuecencia que me den veinticinco, cincuenta palos, y yo resignado los recibiré. Pero déjeme decir todo lo que pienso: se acerca el término fatal de su carrera gloriosa. ¿Cómo lo sé? No sé cómo lo sé; pero muy claro lo veo, y vuecencia lo ve lo mismo que yo.

-Sólo Dios sabe lo que puede suceder (p.3972) -dijo Zumalacárregui queriendo sonreír, y sin poder conseguirlo».

Y el otro terminó: «Vuecencia lo sabe y yo también.. El héroe de esta guerra, el restaurador de la Monarquía legítima.. no tomará a Bilbao.. El porqué.. él lo sabe.. y yo también.

-Mucho saber es ése, amigo Fago -indicó Zumalacárregui sonriendo al fin de veras-. Yo no soy profeta; por lo visto usted lo es.

-Vámonos, vámonos -dijo Ibarburu con gran zozobra, tomando del brazo a su amigo para cortar conversación que tenía por impertinente-. Basta de profecías.. Estamos molestando al señor General..

-¡Oh, no!.. Pueden quedarse..».

Algo más quiso decir Fago; pero el otro, azarado y algo colérico, se despidió brevemente por los dos, y salió, llevándose a su amigo casi a rastras. Al tomar aliento en la escalera, le reprendió con aspereza, como a un niño mal criado que acaba de hacer una tontería.

«¿Pero hombre, está en su juicio?.. ¡Qué rato me ha hecho usted pasar!.. Al demonio se le ocurre, ¡carape!.. decirle al General que no tomaremos.. que no tom (p.3973) artillería facciosa, la empobrecía más la carencia de municiones, pues para los dos morteros sólo había treinta y seis bombas. Con tan reducidos elementos iba a emprender Zumalacárregui el sitio de una plaza defendida por cuatro mil hombres de tropas regulares, mandados por el valiente General, Conde de Mirasol, y unos dos mil urbanos; tropa y voluntarios igualmente enardecidos en la fe de la causa que defendían, pues ya desde los comienzos de la guerra dominaba en el vecindario de la capital de Vizcaya la opinión liberal, como contrafuerte de la opinión carlista, dominante con absoluto imperio en los campos. Si tenaces eran los habitantes de las villas y anteiglesias en su afecto a D. Carlos, no lo eran menos los bilbaínos en su devoción a los principios representados por Isabel II. Al ardiente arrojo, a la terquedad ciega de los unos, respondían los otros con iguales o mayores demostraciones de constancia y bravura. ¡Qué tiempos, qué hombres! Da dolor ver tanta energía empleada en la guerra de hermanos. Y cuando la raza no se ha extinguido peleando consigo misma es porque no puede extinguirse.

Cincuenta piezas, de las cuales la mitad eran de grueso calibre, tenía Bilbao, emplazadas en los fuertes y reductos construidos en todo lo largo del circuito. Las municiones no faltaban. Víveres tampoco, ni faltarían si el asedio no se prolongaba.

Lo primero que hizo Zumalacárregui fue situar sus batallones en los puntos convenientes para circunvalar la plaza, estableciendo un bloqueo eficaz que impidiera la entrada de provisiones de boca. Sólo por la ría no pudo cortar la comunicación, porque a ello se opusieron los comandantes de los dos buques de guerra, uno inglés, francés el otro, fondeados entre Deusto y San Agustín. Hecho esto, dispuso levantar frente al santuario de Nuestra Señora de Begoña tres baterías, donde colocó sus cañones y obuses. Inmediatamente rompieron fuego contra los fuertes de la plaza. Desde San Agustín, cabecera de la línea de defensa sobre la ría, hasta Miraflores se habían levantando seis (p.3974) fuertes enlazados entre sí por paredones y otras obras de defensa. El ataque por esta parte era temerario, así como por el extremo opuesto, los fuertes de Miraflores. El punto más débil era Begoña, el Campo Santo, la batería del Emparrado, el espaldón de tablas que protegía el camino cubierto de Santo Domingo, la batería y línea construida con barricas y sacas de lana junto al Circo. De este grupo de defensas partía el camino de Begoña hasta el santuario del mismo nombre, junto al cual estaba la Rectoral, donde Zumalacárregui se alojaba. No lejos de allí, como a cien pasos de la iglesia, se alzaba el llamado Palacio, grande y macizo, y a poca distancia la casa llamada de Landacoeche. Entre estos tres edificios, la iglesia, el palacio y la casa, había emplazado Zumalacárregui un mortero, y junto a Landacoeche un obús; más a la derecha, la batería con las piezas de menor calibre.

Los dos capellanes, Ibarburu y Fago, movidos de ardiente curiosidad, subieron a los altos de Artagán, y de allí dominaron todo el panorama de la villa, que parecía sepultada en el fondo de un pozo. Vieron a su derecha la mole de San Agustín y la casa de Quintana; enfrente todas las obras de Mallona, y a la izquierda los fuertes de Solocoeche y Larrinaga.

«¿Qué le parece a usted, amigo Fago? -dijo Ibarburu con desfallecimiento-. ¿Tomaremos esto? Antójaseme que es hueso muy duro para que podamos roerlo.

-Y tan duro.. Fíjese usted además en los fuertes de la otra orilla, del lado de Abando.. No se concibe mayor obcecación que la de esos señores áulicos, que han puesto la causa al borde de este abismo. Ya verán, ya verán lo que es bueno.

-¿Y no sería conveniente renunciar a batir los fuertes, y entretenernos en arrojar bombas y granadas sobre el caserío, para que se produjeran incendios y ruinas? De este modo el vecindario, lleno de terror, impondría la rendición.

Esa barbarie no es militar, ni tampoco política, Sr. de Ibarburu, y pongo mi cabeza a que Zumalacárregui no ha de darle a usted gusto».

Siguieron observando toda (p.3975) la mañana. Los sitiadores atizaban candela; pero la plaza les contestaba con brío, y pasó el día sin que se viese resultado favorable a la santa causa. Bilbao continuaba impávido, deseando función más brillante y decisiva.

«Es seguro -dijo Ibarburu al bajar de Artagán-, que mañana dispondrá D. Tomás el asalto de San Agustín.

D. Tomás -replicó Fago secamente-, no puede cometer el desatino de asaltar San Agustín, hasta no batir los fuertes de Mallona, y apagarles parte de sus fuegos, si no todos.

-Me parece que usted entiende poco de asaltos de fortalezas.

Y usted menos.

-¿Desconfía usted de la bravura de nuestros batallones?

-No.. pero tampoco creo que sean paja los batallones de Trujillo y Compostela, que defienden los fuertes de Mallona.

-Entonces, ¿qué cree usted, gran táctico?

-Creo que mañana castigará D. Tomás los fuertes del Emparrado y del Circo, y luego quizás lance sus batallones al asalto.

-¿Contra San Agustín?

-No, hombre; contra Mallona, que es la parte más débil; y conquistada ésta, desde allí intimará la rendición a la plaza, la cual, seguramente, contestará que no se rinde.

-¿Usted qué sabe?

-Lo sé.

-¿Tan poco puede D. Tomás?

-Puede; pero no tanto como Dios.

-Ya sale usted con Dios.. ¡Bah!.. Es irreverencia pensar que Dios puede estar en contra nuestra.

-Lo está».

Parose Ibarburu para mirarle con enojo despreciativo, y sin decir nada más bajaron hacia Begoña.

El Sr. Mendigaña, pagador del Ejército, a quien hallaron muy cabizbajo junto a la casa de Landacoeche, les dijo que el General no estaba bien de salud, y se había retirado a su alojamiento, donde daba las órdenes que se habían de ejecutar antes del amanecer del día siguiente. Pero aunque manifestara el propósito de recogerse pronto, lo mismo Mendigaña que el intendente Sr. Lázaro, que sus hábitos conocían, aseguraron que pasaría toda la noche discurriendo arbitrios y combinaciones para la decisiva jornada próxima.

Ibarburu retirose a su alojamiento, en una casa del camino de Lezama, y durmió como un santo. El capellán aragonés se pasó (p.3976) en claro la noche, que era hermosísima, revolviendo en su mente los probables episodios del sitio. Grabada en su memoria tenía la configuración de la villa en la hondura, los montes que la rodeaban, sus líneas de defensa. Todo lo veía como si delante tuviera un bien detallado plano. Veía el entusiasmo de los bilbaínos, sus vehementísimos anhelos de rechazar cuantos asaltos diesen los de arriba con todo el coraje del mundo. No eran ellos menos corajudos y tercos: eran del propio pedernal que sirvió de componente a toda la raza. La contienda sería por de pronto reñidísima. ¡Sabe Dios qué sucedería después, cuando no tuviera la facción un grande ingenio militar que la dirigiese!.. Llegose hasta Begoña; vio luz en la habitación del General, y estuvo contemplando el cuadro de claridad un buen espacio de tiempo. Allí pensaba el grande hombre. Lo mismo que él pensaba fuera, a la luz de las estrellas, el hombre pequeño e insignificante, a quien todos tenían por tonto o lunático.

Al amanecer agregose a unos amigos que estaban tomando la mañana, y departió con ellos. Dijéronle que algunos batallones se preparaban para el asalto. Había, pues, confianza en que pronto les abrirían camino los morteros y obuses que sostuvieron el fuego el día anterior. Después se encontró a Ibarburu, que salía de su alojamiento, radiante de ilusiones. Dos oficiales que con él venían manifestaron la convicción de que antes de tres días almorzarían en Bidebarrieta. A las ocho, próximamente, llegáronse los dos capellanes al alojamiento de Zumalacárregui, y le vieron salir, seguido de sus ayudantes y llevando a su izquierda a Mendigaña. Aproximándose al grupo todo lo que la etiqueta les permitía, oyeron decir a D. Tomás: «No he pegado los ojos en toda la noche». Su mirada era febril, lívido el color de su rostro; su tristeza se disimulaba con la animación que quiso dar a sus palabras. Saludó sonriendo: más encorvado aún que de costumbre, se dirigió al Palacio, desde cuyas ventanas observar solía con su anteojo las posiciones enemigas.

Rompiose (p.3977) el fuego. De abajo respondían con cañonazos y algunos, pocos, disparos de fusilería. Los curiosos se guarecieron tras de la iglesia, y no había pasado un cuarto de hora cuando les sobrecogió un rebullicio de gente, saliendo del Palacio. Algo había ocurrido que era motivo de grande alarma. «¿Qué hay, qué pasa?», preguntaron; y nadie supo nada hasta que salió el cura de Begoña, pálido y descompuesto, y dijo: «Herido el General.. poca cosa..».

Y luego apareció Mendigaña con ampliaciones balbucientes de la noticia.. «No es nada, no hay que asustarse.. una rozadura..».

Todo esto pasaba en menos tiempo del que en referirlo se emplea. Vieron bajar a Zumalacárregui por su pie, no más pálido que cuando subió. «Creo que no es nada», dijo a los que con grande azoramiento y ansiedad le rodearon. Pero al decirlo dio un paso en falso.. cojeaba del pie derecho. Dos pasos más, y ya no pudo andar. Entre Fago y otro le llevaron a su alojamiento en volandas, y él seguía diciendo: «No es nada.. no es nada..».

 

Ep-21-XXXI -

El ayudante Plaza explicó lo sucedido, que fue.. de la manera más tonta que puede imaginarse. El General observaba con su anteojo los fuertes enemigos. Algo hubo de ver que le inspiró una resolución súbita.. Vuélvese para ordenar a su ayudante que mande avanzar inmediatamente el mortero emplazado entre el palacio y la iglesia, y en el momento en que lo dice, una bala de fusil rebota en el hierro del balcón y le hiere en la pierna, por bajo de la rodilla. No dijo más que.. «Vamos, ya está aquí..».

Por momentos se confirmaba la noticia de que la herida no era de gravedad.. cuestión de media semana. El fuego seguía: a las once acudió Eraso. Poco después se dijo que Zumalacárregui resignaba el mando en su Lugarteniente; por todo el ejército corrió la triste noticia, y los cañones enmudecieron durante un rato.

«Yo sé -dijo a Fago un oficial de Guías, que se mostró afligidísimo, y no lloraba por creer que las lágrimas deshonran el uniforme-, yo sé quién ha disparado el tiro infame, aleve, diabólico, que ha (p.3978) herido a nuestro General. Ha sido un soldado de Compostela, un bribón ferrolano, que tiene la más asombrosa puntería que puede imaginarse. Ya sabe usted que algunos gallegos aborrecen a D. Tomás por los tremendos castigos que aplicó en el Ferrol, en sus tiempos de coronel, para exterminar a los bandidos que infestaban aquella tierra. Llámase este asesino tirador Juan Bouzas, y me consta que juró quitarle la vida al General si ponía sitio a Bilbao.

-¿Y cómo sabe usted eso, amigo Elizalde?

-Lo sé por una prójima que al gallego conoce, amiga de un capellán aragonés que sirvió con nosotros hasta lo de Arquijas.

-Ese capellán -dijo Fago con sobresalto, deseando echar a correr-, no es el que usted cree, ni ha tenido nada que ver con.. con la.. Ese aragonés, señor mío, no existe, no ha existido nunca.. yo lo aseguro. Los que hablan de él no saben lo que dicen.. Quédese usted con Dios».

Salió de estampía, y de la arrancada se alejó más de una legua sin fijarse en la dirección que llevaba. Hasta más de mediodía estuvo dando vueltas por el campo, en lugares donde nada se veía del terrible asedio de la villa, y sólo se oía el lejano zumbar de los cañonazos. Las dos eran ya cuando vio que por el camino adelante venían tropas, en número de cincuenta hombres, y bastantes paisanos. No tardó en reconocer a los granaderos de Zumalacárregui, y cuando se aproximaban pudo ver que en el centro del pelotón transportaban una camilla. Al punto comprendió que la herida de D. Tomás se había agravado, y que le llevaban al Cuartel Real, a que le vieran y curaran los médicos del Rey. Ni lo uno ni lo otro era verdad, pues la herida se seguía considerando poco menos que leve, y conducían al General a Cegama, residencia de sus hermanos, no de su mujer y niñas, que vivían en Francia.

Incorporose al convoy, movido de una adhesión ardiente al mártir glorioso de su deber, y en la primera parada suplicó a los granaderos que le permitieran cargar la camilla; mas no quisieron aquellos valientes ceder a ningún nacido el honor de (p.3979) transportar carga tan preciosa. A medida que avanzaba el convoy, se iban quedando atrás los paisanos y mujeres que lo acompañaban; agregáronse otros que salían de los pueblos, y al enterarse de la triste noticia, prorrumpían en exclamaciones de dolor. Profundamente turbado el espíritu del capellán, se apropiaba toda la pena que en los semblantes vela, y juntábala con la suya. No tenía consuelo; el corazón, rebosando amargura le anunciaba infortunios terribles, los cuales no se referían exclusivamente a los demás, ni al General herido, sino a todos: a la Causa, al país, a él mismo, al pobre capellán que se creía responsable, sin saber por qué, de las catástrofes que al mundo amenazaban. A su tristeza se mezclaba el terror, una ansiedad semejante a la que le acometió en el campo de Arquijas.

Obedeciendo a un instintivo impulso, reconocía los rostros de todas las mujeres que salían al camino. Las había feas, las había hermosas, algunas de atlética estatura, como la Ignacia de Elosua; otras contrahechas y desmedradas. Pero todas eran quienes eran quienes eran, y nada más. Al propio tiempo que estas extrañas cosas sentía, no podía pensar que fuese leve la herida del General, como todos aseguraban. Teníala por gravísima, mortal, y cuando Zumalacárregui, en la parada de Zornoza, le llamó a su lado y, ofreciéndole un cigarrillo, le dirigió palabras afectuosas, le miraba como a un muerto que hablase.. La idea de que el General sería pronto cadáver, si ya no lo era, se aferraba a su mente, sin que ninguna consideración pudiera desecharla.

«¿Y cómo se encuentra vuecencia? -le preguntó, intentando poner en su rostro una confianza que no tenía.

-Así, así.. -le contestó Zumalacárregui no más triste que antes de la desgracia-. Los dolores de la pierna se me han calmado con la untura que me puso este señor médico que me acompaña. Más me molesta mi enfermedad que la herida, y creo que, aun sin este accidente, habría tenido que dejar el mando para atender a mi salud.

-La salud es lo primero -dijo Fago-, y que busque la (p.3980) Causa otros Generales. En el grado de robustez en que, por obra y gracia de vuecencia, está la Causa, ya puede andar sola.. Vengan otras cabezas, y Dios dispondrá lo que nos convenga a todos».

Tirando con fuerza la colilla, Zumalacárregui dio orden de seguir. Y a los pocos pasos entabló Fago conversación con fray Cirilo de Pamplona, hombre muy apersonado, como de cuarenta años, que no gastaba hábito, sino la usual vestimenta de los capellanes. Era pariente de la esposa del General, y sobre éste tenía gran ascendiente. Hallábase con Eraso en Bolueta cuando tuvo noticia del suceso, y acudió al instante, determinando acompañarle hasta el propio Cegama. Charlando con el aragonés, mostrose confiado en la pronta curación del General, sobre todo si éste seguía el consejo que le había dado, y era llamar sin pérdida de tiempo a un curandero del país, nombrado Petriquillo, hombre muy práctico en sanar heridas y en entablillar miembros rotos. El tal vivía en Hermúa, y ya se le había mandado un emisario para que saliese al camino, al paso del enfermo. Más confianza que en los médicos tenía fray Cirilo en aquel practicón sin estudios que de continuo realizaba curas maravillosas, empleando los ungüentos y pócimas que, con yerbas de su conocimiento, él mismo confeccionaba. A todo asintió Fago, por urbanidad, pues creía firmemente que los enfermos se pierden o se salvan por sentencia superior, sin que pueda la ciencia humana precipitar ni atajar la muerte.

Llegaron de noche a Durango, y no bien paró el convoy en el palacio de los Emparanes, llegó un mensajero del Rey, diciendo fuese el médico Sr. González Grediaga a informar a Su Majestad del estado del herido. La visita del Soberano se fijó para la siguiente mañana, a fin de que el General descansase toda la noche. Acudieron no pocos personajes de la Corte trashumante a visitar a D. Tomás; pero éste no quiso recibir a nadie. En los arcos de Santa María y en el paseo de la Olmeda hubo hasta hora muy avanzada de la noche corrillos, donde se comentaba con ansiedad el triste accidente. (p.3981) Los más lo creían adverso, algunos favorable, y no faltó persona bien informada que aseguró no mandaría el General Eraso las Reales tropas por mucho tiempo, pues ya era seguro que sería nombrado González Moreno, de quien se esperaba la toma de Bilbao en un abrir y cerrar de ojos.

Tan a disgusto se encontraba Fago en la llamada Corte, y tan malas tripas le hacía el encuentro probable con D. Fructuoso, que se fue a dormir a Abadiano, para incorporarse a la mañana siguiente al convoy, que por aquel pueblo tenía que pasar. D. Carlos visitó a su General muy temprano. Cuentan que le reconvino cariñosamente por exponer al peligro vida tan preciosa. Y el herido contestó: «Señor, sin exponerse, nada se adelanta.. Bastante he vivido ya.. En esta guerra tan desigual y destructora, por necesidad hemos de morir cuantos la hemos comenzado».

Sin penetrarse bien de la profunda tristeza de estas palabras, ni del sentido pesimista que contenían respecto al curso futuro de la guerra, D. Carlos quitó a la herida de su General toda importancia. Los médicos González Grediaga y Gelos le habían asegurado que dentro de quince días podría volver a campaña. Movió la cabeza en señal de duda Zumalacárregui, y no quiso contradecir los felices augurios de su Señor y Rey. Éste le incitó a quedarse en Durango, donde le asistirían los facultativos de la Casa Real, y se le prodigarían exquisitos cuidados. Pero el herido se defendió con tenacidad de la obsequiosa protección de Carlos V, insistiendo en que le llevaran al retiro y quietud de Cegama. Fácil es al historiador penetrar en la mente del héroe, y ver en ella su repugnancia de la Corte, y su aborrecimiento de los intrigantes que en ella bullían. Despidiéronse sin que mediara ninguna observación acerca del sitio de Bilbao, ni de las dificultades que ofrecía la desdichada operación impuesta por los conspicuos del Cuartel Real. Ya no volverían a verse más en este mundo D. Carlos y Zumalacárregui, representación viva del absolutismo el uno, representación el otro de la formidable (p.3982) fuerza nacional que lo amaba y lo defendía. La idea y el brazo se separaban para siempre. En su respetuosa despedida, el gran caudillo parecía decir: «Ahí queda eso, Señor. El que tanto ha hecho por Vuestra Majestad, no puede hacer más».

Y no bien salió D. Carlos del alojamiento, se dieron órdenes para continuar el transporte de la camilla. Contento iba el General al partir de Durango, y al perder de vista las enfatuadas figuras de los cortesanos que acudieron a despedirle. Su amigo Mendigaña, pagador del ejército, le había dado treinta onzas a cuenta de las pagas atrasadas, y con ellas obsequió espléndidamente durante el camino a los granaderos que le conducían. Anhelaba llegar pronto a Cegama, donde le esperaban deudos y amigos cariñosos; perder de vista el ejército; descansar de la continua brega; olvidar sus propios esfuerzos físicos y espirituales, y la ingratitud, irrisorio galardón de tanta inteligencia y desinterés.

Impaciente, daba órdenes para que los granaderos se remudaran, a fin de acelerar el viaje, que era penoso a causa del calor y la distancia. Fumaba cigarrillos uno tras otro; en las cortas paradas hablaba con Capapé, su fiel amigo; con fray Cirilo; con los médicos, que le renovaban el emplasto para atenuar sus dolores, y con el curandero Petriquillo, que le auguraba sanarle en cuatro días por procedimientos de él solo conocidos. Agregándose al convoy en Abadiano, Fago marchó a retaguardia con la gente menuda, alejado de la camilla por virtud de una timidez aplanante, tristísima. No gustaba de ver de cerca al héroe. El sentimiento de emulación que llenaba su alma en los primeros días de conocerle y tratarle, trocábase ya en suprema piedad, y en adoración de las virtudes y méritos grandes del caudillo, méritos y virtudes que comprendía como nadie; y si antes tuvo la pretensión de penetrar en su mente, adivinándole las ideas militares o anticipándose a ellas, ahora creía también en la transfusión de su espíritu en el de Zumalacárregui, y viviendo dentro de él se recreaba (p.3983) en la placidez de una conciencia limpia, en la entereza de un morir cristiano, sereno, con la satisfacción de haber desempeñado un papel histórico agradable a Dios, y de resignar su poderío terrestre en medio de la paz religiosa y de los consuelos de la fe.

Meditaba en esto el buen capellán, siguiendo al convoy, y se decía: «Morirá, morirá, sin duda. Es ley que tiene que cumplirse. Este endiablado Petriquillo paréceme instrumento de la fatalidad.. Y yo me pregunto: ¿Qué pasaría si este hombre extraordinario no se muriera? Si yo me engañara y D. Tomás curase, ¿qué resultaría del quebrantamiento de la lógica histórica? Porque su morir es lógico, es bello además, inmensamente humano y divino, consorcio de lo divino con lo humano. Si el General viviera, veríamos una falta de armonía en las cosas.. No, no: debe morir, morirá. Allá se las compongan la ciencia y el charlatanismo para llegar a este resultado preciso.. Yo no dudo, no puedo dudarlo. Dios me ha enseñado a conocer las oportunidades de la Historia, y cuándo es bueno que ocurra lo malo».

 

Ep-21-XXXII -

Penoso fue para el herido el largo trayecto de Durango a Cegama, por Elgueta, Vergara y Zumárraga, en día caluroso y seco. Remudándose con frecuencia los granaderos que transportaban la camilla, pudieron llegar al término del viaje ya entrada la noche. Si triste fue todo el camino, el paso por el valle del Oria, desde Segura para arriba, en la obscuridad, llevó a su mayor grado la tristeza de aquella que parecía procesión del Santo Entierro. Delante iban soldados con hachas de viento, alumbrando el camino. Nadie hablaba; el cansancio sellaba todas las bocas. Música de la fúnebre comitiva era el murmullo del río, que en aquella parte alta del valle donde nace, más bien es torrente. Venía bastante crecido, y sus saltos y cascadas espumosas resonaban con mugido profundo en el silencio de la noche. De Cegama bajaron hasta Segura, al encuentro del convoy, personas de la familia, el cura, muchos vecinos del pueblo, precedidos de faroles. Las movibles luces tan pronto (p.3984) iluminaban a las personas como las dejaban en tinieblas. En la sombra no eran los rostros más tristes que en la claridad, pues nadie sonreía.

Entró por fin el convoy en el pueblo, atravesando la calle que conduce a la plaza de la iglesia, y deteniéndose frente a ésta, en una calle pendiente y corta que parte de la esquina de la Casa Consistorial. Al extremo de dicha calle, que más bien es irregular plazuela, se alzaba la vivienda de la familia de Zumalacárregui, donde el General quería encontrar el reposo de su espíritu, el alivio de sus dolencias crónicas, y la curación de su herida. ¿Qué menos podía ambicionar quien tanto había hecho con notoria generosidad y desinterés? Pero no es cosa segura que los triunfos militares y políticos sean recompensados por Dios con los bienes terrenos, el mayor de los cuales es la salud. Por esto, el General, que también era un gran filósofo cristiano, no contaba con ninguna recompensa, y esperaba que cumpliera Dios su voluntad como quisiese.

A poco de entrar en la casa la camilla fueron alojados los granaderos en el Ayuntamiento; los vecinos se metieron en sus hogares, y todo quedó en silencio y en sombría soledad. A Fago le brindaron aposento y cena los granaderos. Durmió toda la noche, y muy de mañana salió a reconocer el pueblo, empezando por la parroquial iglesia de San Martín, hermosa y grande como todas las de Guipúzcoa, pero de escaso interés artístico. Encajonado entre montes altísimos, al pie de la sierra que divide las aguas de Navarra de las del país vasco, el pueblo carece de horizontes. Fago lo vio encapuchado en nieblas; la humedad se mascaba; el frío penetraba los huesos. Entre Bilbao y Cegama, la diferencia de altitud determinaba temperaturas muy diferentes. Venían del riguroso verano a un otoño lacrimoso y desapacible.

Cuando el sol empezaba a calentar el suelo, disipando la neblina, el capellán, que ya había recorrido las cortas calles y callejas de Cegama, fue a casa del General para enterarse de cómo había pasado la noche. Desde la plaza de la (p.3985) iglesia, salvando un puentecillo sobre espumoso torrente que iba a aumentar las aguas del Oria, llegó a una elevada plazoleta, en la cual vio un caserón con ángulos de sillería almohadillada y ventanales de piedra, el cual bien podía pasar por palacio, conforme al tipo de construcciones de Guipúzcoa. En la puerta había guardia de granaderos; algunas personas del pueblo, gozosas, decían que el General había pasado buena noche, y que estaba tranquilo y contento. Anhelando más concretas noticias, entró Fago en el portal, cuadra enorme, empedrada, con unas grandes pesas colgantes en el testero de la izquierda. Allí había más gente, sentada en bancos o en troncos de castaño; caras conocidas: el Sr. Capapé, el ayudante Vargas, herido, que se unió al convoy en Segura, y andaba con muletas; caras desconocidas: el alcalde del pueblo y vecinos pudientes, algunos con sombrero de copa forrado de hule.

Del grandísimo portal partía la escalera, de piedra el primer tramo, lo demás de nogal venerable, casi negro ya, los peldaños desnivelados y lustrosos, crujientes bajo los pies de los que subían y bajaban. No atreviéndose Fago a subir, se contentó con preguntar a todos los que conocía. Las buenas noticias se confirmaban. Era cosa de pocos días, y antes de quince podía el General volver a montar a caballo. Fray Cirilo de Pamplona y el curandero Petriquillo, hombre menudo, inquieto, hablador, con la cabeza tan calva y negruzca que parecía una calabaza de peregrino, eran los más optimistas. En las caras de los médicos Boluqui y Gelos, a quienes vio bajar poco antes de mediodía, observó el capellán mayor reserva e inquietud. Y nada más digno de contarse le ocurrió aquel día, como no sea que hizo amistad con el cura, el cual le enseñó toda la iglesia, la sacristía, vasos y ornamentos, y las habitaciones altas, de donde se dominaba la villa y sus arrabales.

Pasaron días, y la vida del aragonés compartíase entre un largo plantón en el portal de la casa de Zumalacárregui, por saber noticias, y un vago pasear por el pueblo. Al aproximarse a la (p.3986) residencia del General, solía detenerse en el puentecillo que salva el afluente del Oria, un riachuelo torrencial, que al pie de los muros de la cercana huerta se remansa, y sirve de lavadero a todas las mujeres de aquel barrio. Apoyando los codos en el pretil del puente, se pasaba allí el hombre largos ratos, viendo a las mujeres con media pierna dentro del agua, golpeando la ropa, y charlando en su jerga vascuence, de la cual no entendía una palabra.

A los tres días de esta vida se sintió enfermo, con mal semejante al que había tenido en Aranarache. Era reproducción de la fiebre nerviosa, un acceso leve quizás, y para reponerse admitió la hospitalidad con que le brindó el sacristán de San Martín. En casa de éste le dieron una regular estancia, y cama muy buena, donde pasó tres días, curándose sólo con agua azucarada y algún caldo. Cuando le pareció que podía darse de alta, echose a la calle; pero apenas se podía mover, y agarrándose a las paredes fue a informarse de cómo iba la herida del General. Dijéronle que las opiniones de la Facultad estaban divididas. Quién creía que la herida se enconaba, y que el enfermo estaba peor de su mal crónico; quién que la inflamación de la pierna sería pasajera, y que se resolvería favorablemente en cuanto extrajeran la bala. En esto, díjole Capapé que, habiendo dado cuenta al General de que el capellán Fago permanecía en Cegama, había manifestado deseos de verle, y no necesitó más el buen aragonés para pedir que le proporcionaran la dicha de ofrecer sus respetos al héroe y mártir. Aún tuvo que aguardar un ratito, que un siglo le pareció.

Salieron varias personas, entre ellas el cura; poco después el mismo Capapé le invitó a subir. En lo alto de la escalera recibiole una señora menudita y ligera que andaba por aquellos pavimentos lustrosos sin que se le sintieran los pasos. Era la hermana del General; sonrió al verle; le hizo pasar a una sala muy limpia y ordenada; esperó el capellán un rato, en compañía de un niño de unos doce años, sobrino de D. Tomás, y una niña de menos edad, con quienes habló, (p.3987) observando en sus rostros agraciados el aire de familia. Luego la misma señora de los pasos ligeros le llevó, por un corredor que rodeaba la escalera, a una habitación de mediano tamaño, con ventana a la huerta y al torrente donde lavaban las mujeres. En el ángulo interno de dicho aposento estaba la cama, y en ella el General, sentado, descansando el busto y cabeza sobre un rimero de almohadas. Afectó penosamente a Fago la demacración de su rostro, la lividez de las ojeras, el afilamiento de la nariz. No obstante, en medio de sus torturas, el General se había hecho afeitar; bajo la amarilla piel se le marcaba el afilado hueso maxilar, como cuchillo envuelto en una funda. A los pies de la cama había un arcón de nogal, mueble muy común en las casas de aldea. Tenía el enfermo a su derecha la pared, a su izquierda, una mesilla sobre la cual colgaban, junto a una pilita de plata repujada, algunas imágenes sujetas al clavo con lazos de seda. Sobre la cabecera de la cama, casi tocando con los pies la cabeza de Zumalacárregui, había un crucifijo, y enfrente, entre la ventana y el ángulo externo, un Niño Jesús, de tamaño poco menos del natural, sobre un altarito, y bajo dosel de raso violeta bordado con lentejuelas de plata. Lo demás de la pieza era insignificante.

Sentose Fago en el arcón, a los pies de la cama, y tanta timidez y cortedad sentía, que apenas osó decir al General cosa alguna, fuera de las palabras elementales referentes a la salud, mejor dicho, a la enfermedad. Se sentía sobrecogido por la solemnidad misteriosa de la estancia, que le parecía santuario, y el enfermo un ser de algún reino inmediato a los cielos, ya que no de los cielos mismos. Ni podía acostumbrarse a ver en él al guerrero.. No era, no, el bravo caudillo que discurría las admirables suertes estratégicas: era un santo consumido en la devoción y en las penitencias. Su palabra, ya cavernosa, llegaba a los oídos de Fago con un son remoto, como ahilado por la distancia.

«Los médicos -dijo- me aseguran que voy bien. Pero yo (p.3988) no acabo de creerles, amigo Fago. Y usted, ¿qué tal se encuentra? Me han dicho que ha estado usted malucho. Quizás no le siente este clima. A mí me gusta. Detesto el calor; me he criado en la humedad y en el frío de los montes de Guipúzcoa, y prefiero esta tierra, no sólo para vivir, sino para morirme.

-Yo también -afirmó el capellán Fago con arranque espontáneo-. Crea vuecencia que me gustaría morirme aquí mejor que en otra parte..

-¡Hombre, qué quiere usted que le diga! Murámonos donde Dios lo disponga. Lo mismo da.

-En los tiempos que corren -dijo Fago contagiado de la intensísima melancolía del General-, tiempos de guerra y matanzas, en que vemos despreciada la vida de los hombres, nos morimos aquí o allá como si nos bebiéramos un vaso de agua.. y nos quedamos tan frescos.

-Dice usted bien: la guerra es una gran escuela de resignación. Pero tal como la hemos hecho nosotros, y como la harán los que me sucedan a mí, no hay naturaleza que la resista. El que no muera de una bala, morirá de cansancio, o de los disgustos que se ocasionan..

-La guerra, digo yo, deben hacerla en primera línea aquellos a quienes directamente interesa.. Verdad que si tuvieran que hacerla ellos, quizás no habría guerras, y los pueblos no se enterarían de que existen estas o las otras causas por las cuales es preciso morir».

Al oír esto, Zumalacárregui permaneció un instante silencioso mirando al techo.

«Pienso yo, mi General, que nos afanamos más de la cuenta por las que llaman causas, y que entre éstas, aun las que parecen más contradictorias, no hay diferencias tan grandes como grandes son y profundos los ríos de sangre que las separan..».

Tampoco a esto contestó nada el General. Dio un cigarro a su amigo; encendieron ambos en una estufilla colocada en la mesa próxima a la cama, y al poco rato el herido reanudó la conversación, desviándola del terreno resbaladizo a que Fago quería llevarla.

«Yo le alabo a usted, señor capellán, el gusto de preferir la religión a la guerra. Al saber que tomaba asco a las cosas militares, (p.3989) me confirmé en la buena opinión que de usted tenía. Siempre me pareció usted un hombre de superior entendimiento, apto para todo.

-Vuecencia me favorece demasiado. No soy apto para nada.

-Me gusta la modestia, pero no tanta.. Digo que ha hecho bien en volver a su vocación antigua, que es la verdadera. Y aunque usted posee dotes militares, bien lo he conocido, ha hecho bien en quitarse de esos afanes y de esos peligros, casi siempre mal recompensados. Vuélvase a su estado religioso, que allí encontrará el premio. Los méritos de guerra, por grandes que sean, no tienen recompensa ni aquí.. ni allá.

-Lo mismo creo, mi General.. Y aquí me tiene usted sin vocación ninguna, pues todas las he perdido, y con toda verdad le digo que no sé adónde han ido a parar. No tengo más que un deseo: el descanso. Y vuecencia me dirá: «¿Cómo puede estar cansado quien nada ha hecho?» Respondo que se cansa uno del tráfago del pensamiento tanto como de las acciones repetidas, obra del cuerpo y la voluntad. Se cansa uno de pensar lo que no hace, como se cansa de hacer las cosas pensadas por sí mismo o por otros. Yo soy hombre concluido. En cortos años, mi vida ha sido muy larga.

-No esté usted tan descontento de sí mismo -le dijo D. Tomás revolviéndose con trabajo en su lecho-. Serénese, y la vida le abrirá nuevos horizontes. Es usted joven: la religión le dará los alientos que hoy no tiene».

Creyó notar Fago que el General sentía vivos dolores, y que los disimulaba por atender a la visita. Se levantó para retirarse.

«Mi General -le dijo-, vuecencia necesita descansar, y estoy molestándole.

-Hombre, no.. No tenga usted prisa.. Estos malditos dolores no me dejan, no me dejan.. ¡Qué le hemos de hacer!.. Sufriremos todo lo que podamos. Ahora dicen esos señores que será preciso extraerme la bala, y que cuando la saquen me pondré bien. Allá veremos. Les he dicho que corten y rajen cuando quieran..

-Mi General -añadió Fago, viendo entrar a la señora de los pasos ligeros-, estoy molestando a vuecencia.. Me (p.3990) retiro.. Quiera Dios darle el alivio que merece.

-Bueno, amigo Fago: si desea marcharse, no le retengo más. Usted.. me parece.. también debe cuidarse.

-¡Mi vida es tan poco útil!.. No digo naciones ni partidos; pero ni aun familia, ni persona alguna dependen de mí.

-¿Es usted solo?

-Tan solo, que no teniendo más que a mí mismo, paréceme que tengo mucho.

-Hay que cuidarse.. conservar la vida todo lo que se pueda.. Adiós, amigo Fago.

-Mi General, adiós.

-Y ya charlaremos otro poco.. sabe Dios dónde y cuándo.. Adiós.

-Adiós».

 

Ep-21-XXXIII -

Salió de la triste estancia el capellán con tan grande angustia en el alma, que no se fijó en ninguna de las personas que al paso, en la escalera y portal, iba encontrando. Muchos le preguntaban: «¿Cómo está el General?» Y él respondía maquinalmente: «Bien.. está muy bien». Por todo el camino hasta su casa, que era la del sacristán, fue diciendo lo mismo: bien.. está bien, aunque nadie se lo preguntara; y al llegar al cuarto en que dormía, se arrojó sobre el lecho boca abajo, y estuvo llorando toda la tarde. Por la noche le entró fiebre, temblores convulsivos, y una ansiedad que se expresaba en su mente con la idea o imagen de ver ante sí un grande, negro, insondable abismo que le atraía. Nada dijo a su generoso huésped, ni se quejó de mal alguno. No quería más que estar solo.. Por alimento no apetecía más que agua y mendrugos de pan.

Zumalacárregui pasó la noche con horribles sufrimientos, fiebre y delirio. Soñaba con Bilbao; todo su afán era que el General Eraso no cumpliera fielmente lo estipulado con los comandantes de los barcos extranjeros, acerca de las condiciones en que se verificaría el bloqueo por la parte de la ría. Sobre esto versaba su desvarío, demostrando la gravedad que en su conciencia tenía aquel asunto de carácter internacional.

Los cuatro ayudantes, el fraile, el cura, Capapé, Vargas, la familia y amigos, estuvieron en la sala hasta más de media noche, en ansiosa expectativa. Petriquillo ya no parecía por allí; los médicos acordaron extraer la bala a la mañana (p.3991) siguiente muy temprano. ¡Lástima no haberlo hecho en cuanto el herido llegó a Cegama! La fatalidad inspiró a Zumalacárregui y a su pariente una ciega confianza en el curandero. Los físicos le echaban la culpa a él, y él a los físicos. A todos sin duda alcanzaba la responsabilidad de la agravación del enfermo en la noche del 23 al 24 de Junio.

No bien amaneció el día de San Juan, los señores Grediaga y Gelos extrajeron la bala, haciendo gran carnicería en la pierna del héroe. Terminada la cruel operación con relativa felicidad, creyose conjurado el peligro, y el contento llenó la casa, y prontamente cundió por todo el pueblo. Puesta la bala en una bandeja, la fueron mostrando de casa en casa. Fray Cirilo propuso enviarla a D. Carlos, como presente histórico que Su Majestad tendría en gran aprecio. Pero, ¡ay!, estas alegrías duraron poco. No eran las ocho cuando el héroe fue atacado de un temblor convulsivo. Acudieron los médicos, la familia. Con medias palabras, pues enteras difícilmente podía pronunciarlas, D. Tomás, conservando su entereza moral, les dijo que se moría, y ordenó se hiciese pronto, pronto, lo conveniente al caso (fórmula militar) .

Lo primero fue la asistencia religiosa. El Párroco recibió la breve confesión, y sin pérdida de tiempo entró el escribano, que consternado y lloroso, como todos los demás, se limitó a preguntar al moribundo: «Señor D. Tomás, ¿qué deja usted, y cuál es su última voluntad?» Con la apagada voz que le quedaba, respondió el General: «Dejo mi mujer y tres hijos, únicos bienes que poseo. Nada más tengo que poder dejar». En tan aflictivas circunstancias, pudieron apreciar los que tal frase oyeron la soberana modestia del héroe, mas no el profundo humorismo con que había expresado su pensamiento. Daba prisa él mismo, sintiendo que se le concluía la vida, y con la resolución que empleaba para ordenar los movimientos de una batalla, mandó que le llevasen el Viático. Los médicos opinaron que se le debía obedecer inmediatamente.

Púsose en movimiento el clero de la (p.3992) parroquia. Pueblo y granaderos acudieron en masa. Fue solemne y patético el acto. Crujían las viejas tablas de la escalera y de las habitaciones altas al peso de las muchas personas que subieron: señores y aldeanos, curas y militares. Cuando el General recibió a Dios, diríase que la impaciente vida se le mantenía suspensa, en espera de un acto que las creencias del moribundo hacían inexcusable. No bien terminó el sacerdote las preces, acabó de apagarse el conocimiento del General. Su hermano político, juntando cara con cara, le llamó. En sílabas ininteligibles articularon los labios del moribundo la respuesta que, por venir de tan lejos, ya no podía ser entendida. Capapé, llorando como un niño, le besaba las manos. El fraile y la señora de los pasos ligeros rezaban y lloraban de rodillas. A las diez y media dejó de existir el grande hombre. Alma y brazo de la Monarquía absoluta, la Causa que por él y con él vivió, con él moría. Aunque el ideal carlista no haya adquirido el santo reposo, enterrado fue con los huesos de Zumalacárregui bajo las losas de la iglesia parroquial de Cegama.. Es que algunos muertos descansan, y otros no.

Honda consternación, duelo inmenso produjo en la humilde villa el doloroso acontecimiento, cuyo alcance político y social comprendían pocos, quizás ninguno, en el pacífico vecindario. Veían desaparecer al más afortunado caudillo de la Causa; pero no dudaban que ésta, con la ayuda de Dios, encontraría herederos de las aptitudes militares del grande hombre. Otros lloraban al amigo, al jefe queridísimo, que terminaba su vida de increíbles proezas, de trabajos hercúleos, con la dulce tranquilidad de un santo. Caudillo de un poderoso ejército, apóstol de una causa formidable, moría en absoluta pobreza, y hasta le faltaba ropa militar con que pudieran amortajarle conforme a su categoría. De lo que a cuenta de sus pagas le dio Mendigaña al salir de Bilbao, poco se encontró en sus bolsillos: casi todo lo había empleado en gratificar y obsequiar a los granaderos que le transportaron en hombros desde la plaza en mal hora sitiada.

Fueron (p.3993) panegiristas del insigne muerto en aquel triste día de San Juan, todos los que en vida le habían amado: los cuatro ayudantes, el fraile Cirilo, Capapé, la hermana, el cuñado y sobrinos. El único de los buenos amigos que nada dijo ni pudo decir fue el buen capellán aragonés José Fago. Todas sus ideas y apreciaciones sobre la vida y muerte del insigne pastor de tropas se las reservaba para mejor ocasión. ¿Qué le había ocurrido? Pues nada. Al mediodía del mismo aciago 24, el sacristán, extrañando no verle, entró en el cuarto donde dormía, y le encontró inmóvil sobre la cama, boca abajo. Por más que le llamaba, añadiendo a la palabra tirones de orejas y estrujones en los brazos, el capellán no daba acuerdo de sí. ¿Qué había de dar si estaba muerto?..

Más muerto que su abuelo. Corrió el sacristán a contar al cura la inopinada desgracia, y ambos la comentaron con grande sorpresa y aspavientos de aflicción.

Sentía el cura de todas veras que el capellán hubiese muerto sin los auxilios espirituales; mas no teniendo remedio el caso, no había que pensar más en ello, y lo único procedente era enterrarle y encomendar a Dios su alma. «Dios sabrá lo que le conviene», dijo el cura; y el sacristán: «Sr. D. Florencio, la muerte de este hombre es cosa de grande confusión. No sabemos qué enfermedad padecía, aunque para mí era un mal de la cabeza. No regía bien de las entendederas. Decía cosas muy raras, y peores eran las que se callaba. Anoche, cuando se acostó, fui a verle: «¿Qué se le ofrece, señor?» Y me contestó: «Un vasito de agua». Luego no decía más que «nos morimos, nos morimos», y dale con que nos morimos.

-Puesto que tu huésped enfermo -le dijo el cura-, tan a poca costa te ha salido por alimento y botica, encomiéndale a Dios fervorosamente: si fue bueno, porque fue bueno; si fue malo, porque fue malo. Con nuestras oraciones y nuestros sufragios cumplimos, y a Dios toca darle su merecido».

Oídas estas graves razones, ya no pensó el sacristán más que en enterrar a su difunto, y ello se hizo el 25 por la mañana, poco antes del entierro y (p.3994) funerales de Zumalacárregui. A éste le vistieron de frac, por no tener uniforme de General. Asistió todo el pueblo con profunda desolación.

Cuando le sacaron de la casa para llevarle a la iglesia en hombros de los fieles granaderos, se produjo en la multitud un silencio grave. No se oía ni el bullicio de los pájaros en los árboles de la huerta próxima y en las márgenes del torrente. Casi todas las mujeres que lavaban, los pies en el río, suspendieron su tarea. Unas rezaban, otras seguían con curiosa mirada el tristísimo cortejo. Digo casi todas, porque una de ellas, la más joven quizás, alta, morena, ojerosa, se mostró insensible al duelo general, y mirando al agua enturbiada por el jabón, dijo con cruel entereza: «Bien muerto está.. Mandó fusilar a mi padre».

 

FIN DE ZUMALACÁRREGUI

 

 

&

(EPISODIO 22)

MENDIZÁBAL

 

Ep-22-I -

Al anochecer de aquel día, el no sé cuántos de Septiembre del año 35 (siglo XIX) , llegó puntual al parador de no sé qué, calle de Alcalá, entre la Academia y las Monjas Vallecas, la diligencia, galerón o quebrantahuesos ordinario de Zaragoza, que traía los viajeros de Francia por la vía de Olorón y Canfranc, único portillo que dejaban libre en aquellos tristes días los porteros del Pirineo, vulgo facciosos.

No bien pararon las ruedas del polvoriento armatoste, fue cercado de gentes diversas: por una parte, familia o amigos de los pasajeros; por otra, intrusos, ganchos o buscones enviados por fondas y posadas. Con este contingente y los viajeros que iban bajando perezosos, según les permitían sus remos entumecidos, se formó al instante un apelmazado y bullicioso grupo. Produjéronse rumores diferentes: aquí salutaciones cariñosas; allí el restallido del besuqueo y los palmetazos del abrazarse; acullá ofertas importunas de pupilajes cómodos y baratos. Entre tantos viajeros, sólo uno no tenía quien le esperase: nadie se cuidaba de él ni le decía por ahí te pudras, como no fueran los moscones de las casas de huéspedes. Era el tal un joven de facciones finas y aristocráticas, ojos garzos, bigotillo (p.3995) nuevo, melena rizosa y negra, que sería bonita cuando en ella entrara el peine y se limpiara del polvo del camino. Su talle sería sin duda airoso cuando cambiara el anticuado y sucio vestidito de mahón por otro limpio, de mejor corte. En lo más claro del grupo quedose como atontado palomino, contemplando el bullanguero tropel de gente descuidada y ociosa que por la calle a tales horas discurría. ¡Pobrecillo! Solo y sin maestro ni amigo a quien arrimarse, se lanzaba en aquel confuso laberinto; sin duda entraba gozoso y valiente, con la generosa ansiedad del mozuelo de veinte años a quien ha quitado el sueño y las ganas de comer, en las aburridas soledades de la aldea, la visión de la Corte y de sus placeres y grandezas, tal y como las aprecian desde lejos los que empiezan a vivir, los que se hallan en pleno retoñar de ideas tempranas, producto fresco de las primeras lecturas, de las primeras pasiones, de la ambición primera, que tanto se parece a la tontería.

Embobado, como digo, estaba el hombre, contemplando el ir y venir de vagos bien vestidos, cuando le hizo volver en sí una voz bronca y desapacible que en el corro gritaba: «¡D. Fernando Calpena! ¿Quién es Don Fernando Calpena?».

-No vocee usted tanto, que soy yo -dijo el mancebo, un tanto asustadico-. ¿Qué se le ofrece?

-Véngase conmigo, señor -replicó el otro, como sin ganas de entrar en explicaciones-. Tengo el encargo de llevar a usted a una casa de huéspedes.

-¿Encargo?, ¿de quién?.. ¿Se puede saber?

-Del Sr. D. Manuel, el segundo jefe de la Superintendencia.

-¿D. Manuel?.. A fe que no le conozco.

Recordando haber oído ponderar lo que abundan en Madrid los ladrones, pícaros y toda la caterva de gente perdida y maleante, tuvo Fernandito algo de miedo, y miró con recelo al que parecía, si no protector, mensajero de desconocidas influencias tutelares; y en verdad que el pelaje, la carátula y el vocerrón de aquel sujeto no eran para infundir tranquilidad. El desconocido distinguiríase entre mil por la pátina de su cara sudosa, afeitada de ocho (p.3996) días; por los ojos ribeteados de bermellón; por la boca desmedida y los labios con hemorroides; por los ojos de carnero moribundo; por la ropa, que habría sido decente en otro cuerpo y en remotas edades; por el sombrero de copa, que su oficio le obligaba a usar, y era de catorce modas atrasado. Rasgo final: usaba bastón de nudos con gruesa cachiporra.

«¿Y el equipaje del señor?..».

-Ya lo han bajado.. Vea usted aquel baúl largo, forrado de cabra.. así, con poco pelo.. No podremos llevarlo hasta que no me lo despachen los de la Aduana.

-¡Los de la Aduana! -exclamó con visible desdén el de la cachiporra-. ¡Pues no faltaría más sino que abrieran el cofre del señor!.. Traigo bula para que den paso franco a todo.

Y al punto se metió por lo más apretado del grupo, repartiendo codazos a un lado y otro; llegándose al de la Aduana, le dijo no sé qué frasecillas enigmáticas, y no fue preciso más para que el equipaje del Sr. De Calpena quedase libre y exento de toda impertinencia fiscal. Un momento después Don Fernando y su acompañante, precedidos de un mozo de cuerda con el baúl a cuestas, se alejaban del parador calle abajo.

«Estamos a cuatro pasos del domicilio, señor. Esta calle por donde ahora entramos es la Angosta de Peligros.. Aquella de enfrente es Ancha de lo mismo, a saber: de los peligros. Váyase enterando si, como parece, es esta la primera vez que viene a los Madriles».

-Es la primera vez.. Por más que rebusco en mi memoria -dijo el D. Fernando caviloso y otra vez inquieto-, no caigo en quién pueda ser ese D. Manuel que ha dado a usted el encargo de recibirme y alojarme.

-D. Manuel de Azara.

-¿De Azara?.. Ese apellido me suena, sí, me suena.. pero.. vamos, que no le conozco ni le he visto en mi vida, así Dios me la conserve. Y usted.. ¿tendría la bondad de decirme su gracia?

-Mi gracia, como quien dice, mi nombre, es Filiberto Muñoz. Aunque nací en Consuegra, soy orundio de Extremadura, y..

-O me equivoco mucho, o es usted de la policía.

-En ella serví durante los tres años; pero en la ominosa década, (p.3997) como decimos por acá, quedé cesante, y tuve que arrimarme a los teatros y a la compañía de Luna para poder vivir malamente. El 33, no quería reconocer el Gobierno la tropelía que se había hecho conmigo; pero fui repuesto, gracias a que me agarré a los faldones de mi paisano D. Manuel José Quintana, de cuyos padres el mío.. mi padre quiero decir.. era muy amigo.. o más claro, que le castraba los cochinos, con perdón de usía.. Ea, ya entramos en la calle de Caballero de Gracia, donde está su alojamiento. Por aquí, señor. Es aquella casa donde está el reverbero.. dos puertas más allá del quitamanchas. Ya estamos. El portal es antiguo; pero muy decente, y en él no está permitido hacer aguas, porque en el principal vive el dueño, que es un señor consejero, pariente del señor subdelegado, ya sabe.. Olózaga.

Subieron al segundo piso y penetraron en la casa, que era de las llamadas de huéspedes, decentísima, lo mejor del ramo, pues en ella no se entraba más que por recomendación, y rara vez pasaba de cuatro el número de los favorecidos. Recibioles afablemente el dueño, que ya esperaba al señor de Calpena, y le llevó derechamente a la habitación que preparada para él tenía. Hallose el joven en un gabinete muy lindo, en aquellos tiempos casi lujoso, con alcoba estucada, buenos muebles.. Vamos, que creía ser víctima de un error; que le habían tomado por otro; que aquel hospedaje y el servicio del polizonte y todo lo que le ocurría, no era por él ni para él. Pero mientras el error durara, juzgaba práctico aprovecharse. Adelante, pues, con la aventura: siguiera el quid pro quo, que tiempo habría de que el acaso o la realidad lo deshicieran.

Mostrole el patrón todas las partes del aposento, diciéndole: «Tengo mi casa montada a la inglesa, conforme a los últimos adelantos. Vea usted.. cordón para tirar de la campanilla; lavabo con su cubo, jofaina y demás; alfombrita delante de la cama; percha con su cortina para resguardar del polvo la ropa.. en fin, progreso, finura. Y como punto céntrico, no hallará usted nada mejor que esta (p.3998) casa. Aquí está usted cerca de todo. Dos pasos más arriba, la Red de San Luis, con tanto comercio. En la calle de atrás, la fonda de Genieys; más abajo el Carmen Descalzo, donde tiene usted misa a todas horas. En la calle de Alcalá, que es a dos pasos, las Señoras Calatravas, las Señoras Vallecas, la Embajada inglesa.. En fin, cerca tenemos también las Niñas de Leganés.. la casa de las Siete chimeneas, que por mi cuenta son ocho, y cuanto bueno hay en Madrid.. Para que nada falte, en esta misma calle tiene usted la casa de baños de Monier, que es, según dicen, de las mejores de Europa, como que en ella, por seis reales, puede un cristiano lavarse.. de cuerpo entero».

Encantado de su vivienda y de su barrio estaba el buen D. Fernando, y aunque ignoraba de dónde y de quién le venían tantas dichas, iba muy a gusto en el machito, y no pensaba más que en arrear en él mientras durase la ganga. Por de pronto, urgía pagar al mozo; y en cuanto al desconocido que salió a encontrarle, no parecía hombre que desdeñara una gratificación si delicadamente se le ofrecía. De ambas cosas habló D. Fernando a su hospedero, el cual, con aires de gran señor, le contestó que todo estaba pagado, y que el Sr. de Calpena no tenía que ocuparse de nada, como no fuera de pedir por aquella boca cuanto le dictasen su necesidad y sus antojos.

«Pues, señor -dijo para sí el mancebo, después de dar las gracias-, sin duda estoy soñando, o me equivoqué de camino y en vez de ir a Madrid, me he metido en Jauja. Porque esto de que le reciban a uno desconocidos emisarios del diablo o de las mismísimas hadas, y le saquen el equipaje sin registrar, y le traigan a este lindo aposento, y no cobren nada, y desaparezcan por escotillón mozos y servidores cuando uno echa mano al bolsillo para darles la propina.. esto, vamos, esto que a mí me pasa, no le ha pasado a ningún nacido en sus primeros pasos por una capital grande o chica. Aquí hay algo, y vuelvo a temer que, tras de tantas venturas, venga una triste y quizás trágica sorpresa. Mucho ojo, Fernando, y trata de (p.3999) sondear al patrón, que tal vez posea la clave del acertijo».

«Siento mucho -dijo en voz alta, sentándose en la butaca y observando a su patrón de los pies a la cabeza-, que haya usted dejado marchar a ese hombre sin que yo le dé una gratificación por haberme traído aquí».

-Déjele usted, que ya, ya se la darán, y más de lo que merece.

-¿Pero quién, por Cristo?.. ¿Por quién vengo yo aquí? ¿En qué manos estoy?

-En buenas manos, caballero -afirmó el patrón con sonrisa tan benévola y franca, que el desconcertado joven no tuvo más remedio que creerle.

-Ese sujeto, ¿es de la policía?

-Sí, señor.

-¿Y por mandato de quién sale a mi encuentro la policía?

-No sé, señor.. Yo que usted, francamente, me cuidaría de coger la fruta que me cae entre las manos, sin meterme en averiguar quién plantó el árbol que la da tan rica.

Calló D. Fernando, sin dejar de mirar a su aposentador como se mira un jeroglífico.

«Ese hombre se llama Muñoz..».

-Y por mal nombre Edipo, porque fue, según dicen, del teatro..

-Pues, la verdad, me disgusta que se haya ido sin que yo le dé siquiera las gracias, sin obtener de él una explicación de este misterio.. ¿Quién le mandó?.. ¿Cómo sabía mi llegada, mi nombre?

-Él lo explicará cuando vuelva, señor..

-Al menos, me dirá usted, como dueño de la casa, qué tengo que pagarle por este cuarto -añadió Calpena impaciente y un tanto nervioso-. Podría ser que el precio fuese superior a mis recursos, y tuviera yo que buscar alojamiento más arreglado.

-Si por más arreglado entiende más barato, caballero, no lo encontrará ni en los cuernos de la luna, que el colmo de la baratura es el no pagar nada. Quiero decir que..

-¿Pero quién, Señor?.. Esto me vuelve loco.. ¿Se ríe usted? O juega conmigo, o aquí hay gato encerrado.

-¡Encerrado.. aquí! Yo le juro al señor que el único que tenemos en casa, y se llama Zumalacárregui, es un gato de buena crianza, que no se mete a deshora en las habitaciones de mis huéspedes.

-Ya que no otra cosa -indicó D. Fernando, rindiéndose a la bondad marrullera del patrón-, dígame usted su (p.4000) gracia, y..

-Mi gracia es Mendizábal..

Al oír este nombre se le crisparon los nervios al joven forastero, que se puso en pie, acercándose al dueño de la casa para verle mejor y examinarle. Era este de espigada estatura, representando cincuenta años, de rostro agradable, con patillitas, corbatín, el cuerpo enfundado en un levitón alto de cuello y larguirucho de faldones. Al verle reír, entró más en cuidado Calpena, y se aumentaron las confusiones que desde su novelesca entrada en la Villa del Oso embargaban su espíritu.

«Me río porque.. verá usted -dijo el patrón-. No es que yo me llame propiamente Mendizábal. Mi apellido es Méndez. Pero como el Sr. D. Juan Álvarez y Méndez, el grande hombre que ha venido de las Inglaterras a meternos en cintura y a salvar al país, se ha variado el nombre, poniéndose Mendizábal, que tan bien suena, yo..».

-Usted, por no ser menos.. ya.

-Y digo más: bien podría resultar que D. Juan de Dios Álvarez y un servidor de usted fuéramos parientes, pues Méndez somos los dos: él hijo de Cádiz, yo, de San Roque, frente a Gibraltar. ¿Quién me asegura que no seamos ramas del mismo tronco? Porque eso que cuentan de que el Sr. Álvarez y Méndez no viene de casta de cristianos viejos, es calumnia, señor; cosas que inventa la maldad del absolutismo para rebajar a los patriotas.. En fin, que como mis compañeros de oficina ven en mí a un partidario furibundo del señor Ministro nuevo, me han puesto el remoquete de Mendizábal, y así me dejo llamar, y me río.. me río..

 

Ep-22-II -

-Según eso, es usted empleado.

-Para todo lo que el señor guste mandarme, me tiene de portero en el Ministerio de Hacienda. Miliciano nacional de artillería en el glorioso trienio, fui colocado por el señor Feliu. Quedé cesante el 23. Diez años después me repuso el Sr. D. Francisco Javier de Burgos, que entró en Fomento el 21 de Octubre del 33. En 7 de Febrero del año siguiente pasé a Hacienda con el Sr. D. José de Imaz; me conservó en mi puesto el señor Conde de Toreno, que entro el 15 de Junio, y allí me tiene usted.. (p.4001) Pero estoy entreteniendo al señor más de lo regular, sin pensar que se aproxima la hora de la cena. Antes querrá quitarse el polvo del camino y lavarse cara y manos. Voy por agua, pues creo que tenemos el jarro vacío.. Efectivamente.. ¡Y tanto que les encargué..! ¡Cayetana!.. ¡Delfina!

Salió presuroso, llamando a su esposa e hija, y a poco se presentaron estas con el agua y toallas limpias. Era la patrona regordeta y vivaracha, bastante más joven que su marido; mala dentadura, pecho vacuno, que el corsé levantaba a las alturas de la garganta; el habla gallega, manos de cocinera. La niña, tímida y rubicunda, habría sido muy bonita si no torciera terriblemente los ojos. Precedíalas el risueño padre, que, al presentar a la familia, volvió a soltar la vena de su verbosidad.

El Sr. D. Fernando traería, según él, buen apetito. Pronto se le serviría la cena.. Casa más sosegada no se encontraba en todo Madrid, y como no admitían sino huéspedes recomendados, nunca tenían más de cinco o seis, y a la sazón, por ser verano, tan sólo dos, sin contar al Sr. D. Fernando, los cuales eran personas de mucho asiento y formalidad. A la hora de la cena les conocería el nuevo huésped, y trabaría con uno y otro sujeto relaciones cordiales.. Dejáronle al fin para que se lavase, y despojado de su trajecito de mahón, se ocupó el huésped en sacar del baúl la única ropita decente que traía, y camisa y corbata, para vestirse con toda la decencia compatible con su escaso peculio. Durante las operaciones de lavoteo y vestimenta, no cesaba de pensar en la ventura inesperada y misteriosa con que entraba en Madrid, y entre otras cosas que habrían revelado su confusión si las pasara del pensamiento a los labios, se dijo: «Es mucho cuento este. Se empeña uno en ser clásico, y he aquí que el romanticismo le persigue, le acosa. Desea uno mantenerse en la regularidad, dentro del círculo de las cosas previstas y ordenadas, y todo se le vuelve sorpresa, accidentes de poema o novelón a la moda, enredo, arcano, qué será, y manos ocultas de deidades incógnitas, (p.4002) que yo no creí existiesen más que en ciertos libros de gusto dudoso.. Pues, señor, veamos en qué para esto, y Dios quiera que pare en bien. No las tengo todas conmigo, ni me resuelvo a entregarme a esta felicidad que me sale al encuentro abriéndome los brazos, pues suelen los salteadores de caminos disfrazarse de personas decentes y benéficas para sorprender mejor a los viajeros. Vigilemos, vivamos alerta..».

Cenando migas excelentes con uvas de albillo, peces del Jarama fritos, y chuletas a la papillote, hizo conocimiento con los dos huéspedes que la suerte le deparaba por compañeros de vivienda, y en verdad que tal conocimiento fue un nuevo halago de la escondida divinidad que tan visiblemente le protegía, porque ambos eran agradabilísimos, instruidos, graves y de perfecta educación. El uno frisaba en los cincuenta años, y en las primeras frases del coloquio se declaró manchego y patriota. Su locuacidad no molestaba; antes bien, instruía deleitando, porque narraba los sucesos y exponía las opiniones con singular donaire y una prolijidad pintoresca. Debía de tener muchas y buenas amistades con personas en aquel tiempo de gran viso, porque al nombrarlas empleaba casi siempre formas familiares.

Cuando Delfinita le servía las truchas, volviose a ella con viveza, diciéndole: «No me han enterado ustedes de que hoy estuvo aquí Salustiano dos veces».

-¡Ah!, sí.. no me acordaba.. -replicó la niña de la casa-. ¡Y que no se puso poco enojado la segunda vez, porque usted no estaba!

-¡Si ya le he visto, criatura! Por fin dio conmigo en el Café Nuevo, donde me había citado mi tocayo Nicomedes para leerme dos artículos de filosofía, una comedia en verso y un proyecto de Constitución..

-Dispénseme -dijo Calpena, que pronto empezó a tomar confianza-: ese Salustiano, ¿es Olózaga?

-El mismo. Le nombran Gobernador de Madrid..

-Subdelegado -apuntó el otro huésped, de quien se hablará después-, que así se llaman ahora.

-Tanto monta, amigo Hillo.. La denominación que se adoptará como definitiva (p.4003) es la de jefes políticos. Por de pronto, empleemos la acepción que más fácilmente comprende el pueblo: gobernadores.. Pues pretende Salustiano llevarme de secretario; pero.. no en mis días. Mientras yo no vea clara la situación, mientras no vea un Gabinete decidido a marchar adelante, siempre adelante, enarbolando resueltamente la bandera del progreso, no me cogen, no me cogen.. Nicomedes piensa lo mismo..

-Oí decir esta tarde en el despacho de los Toros -indicó tímidamente el segundo huésped-, que sería secretario ese joven, tocayo de usted, que acaba de citar.. Pastor.

-Atrasados están de noticias en el despacho de Toros, mi querido Hillo. Será secretario del Gobierno de Madrid mi amigo Manolo Bretón.

-¿El poeta.. el autor de Marcela? -preguntó Calpena con vivo interés.

-El mismo. Y añadiré que a mí me lo debe -afirmó con cierta fatuidad de buen tono el que llamamos primer huésped, y ahora Don Nicomedes. Conviene declarar, ante todo, que no es Pastor Díaz. El huésped de la casa de Méndez no ha pasado a la historia, aunque en verdad lo merecía, por la agudeza de su entendimiento y la variedad de sus estudios. Menos años contaba entonces el Nicomedes que después adquirió celebridad como político y publicista: ambos se hallaban ligados por estrecha y cordial amistad. El más joven hizo carrera literaria y política; el más viejo se fue a la Habana en tiempo del general Tacón, y murió de mala manera bajo el mando de Roncali. Apenas ha dejado rastro de sí, como no sea el descubierto con no poca diligencia por el que esto refiere; rastro apenas visible, apenas perceptible en el campo de la historia anónima, es decir, de aquella historia que podría y debería escribirse sin personajes, sin figuras célebres, con los solos elementos del protagonista elemental, que es el macizo y santo pueblo, la raza, el Fulano colectivo.

Bueno. Diré algo ahora del segundo huésped, clérigo enjuto y amable, que entraba siempre en el comedor tarareando, y a veces tocando las castañuelas con los (p.4004) dedos, lo que no quiere decir que fuera un sacerdote casquivano, de estos que no saben llevar con decoro el sagrado hábito que visten. La jovialidad del bonísimo D. Pedro Hillo, natural de Toro, era enteramente superficial, y a poco que se le tratara, se le veían las tristezas y el amargo desdén que le andaba por dentro del alma, como una procesión interminable. Por lo demás, no se ha conocido hombre de costumbres más puras ni en la clase eclesiástica ni en la civil; hombre que, si no derramaba el bien a manos llenas, era porque no se lo permitía su mediano pasar, cercano a la pobreza; incapaz de ofender a nadie de palabra ni de obra; comedido en su trato; puntual en sus obligaciones; religioso de verdad, sin aspavientos. No tenía más falta, si falta es, que gustar locamente de las funciones de toros. Su principal ciencia, entre las poquitas que atesoraba, era el entender del arte del toreo y mostrar profundo conocimiento de sus reglas, de su historia, y poder dar sobre tales materias opiniones que los devotos del cuerno oían como la palabra divina. Pero dígase en honor de D. Pedro Hillo que, lejos de la intimidad con otros taurófilos, no alardeaba de su conocimiento, ni usaba nunca los groseros terminachos que suelen ser lenguaje propio de esta singular afición. Como se disimula un ridículo vicio, disimulaba el buen curita su autoridad en materia de quiebros, pases y estocadas.

Y para que se vea un ejemplo más de las complejidades del humano espíritu, sépase que a este saber de cosas triviales unía Don Pedro de otro de más sustancia. Era un apreciable retórico, de la escuela de Luzán y Hermosilla; había practicado durante más de veinte años el magisterio del arte de hablar bien en prosa y verso, y orgulloso de estos conocimientos, trataba de lucirlos siempre que podía.

Se ignora por qué dejó el bueno de Hillo, primero su cátedra del Colegio Mayor de Zamora, después el cargo de preceptor de los niños del señor Duque de Peñaranda de Bracamonte. Lo que sí se ha podido averiguar es que en Septiembre de 1836 pretendía una cátedra de la Universidad (p.4005) Complutense, y que en aquella fecha llevaba año y medio de inútiles pasos y gestiones sin obtener más que buenas palabras. Eso sí: ni se cansaba de pretender, ni los desaires y aplazamientos marchitaban sus ilusiones, ni le rendía el fatigoso y tristísimo vuelva usted mañana.

Dígase también, para completar la figura, que D. Pedro profesaba o fingía, en política, un escepticismo inalterable, rara condición en aquellos tiempos de lucha. Conocimiento y amistad tenía con personas de una y otra bandera; pero de nada le valían, sin duda por causa de su timidez, o por la vaguedad de sus opiniones, que tal vez le hacía sospechoso a tirios y troyanos. Los patriotas le miraban con recelo creyéndole arrimado al carlismo, y la gente templada le tenía por afecto a las logias. Por esto decía él, empleando la palabra griega que significa moraleja: «Epimicion: quien navega entre dos aguas, no llega nunca a una cátedra».

El primer huésped, D. Nicomedes Iglesias también pretendía; mas no era fácil traslucir el objeto de sus desatentadas ambiciones. Cosa extraña: Hillo hablaba poco, y sus propósitos y deseos se traslucían a las primeras palabras. Por los codos hablaba Iglesias y después de oírle perorar tres horas con gracia y facundia prodigiosa, nadie sabía lo que pensaba, ni qué planes o enredos se traía. No disimulaba el radicalismo de sus ideas, el cual no era obstáculo para que cultivase el trato de casi todas las notabilidades de aquella turbulenta generación, siendo su mayor intimidad con los exaltados. Toda la tarde estaba fuera de casa, menos cuando daba cita en ella a un par de compinches, pasándose las horas muertas de conciliábulo a puerta cerrada. Después de cenar se echaba invariablemente a la calle, y no volvía hasta la madrugada; levantábase a la hora de comer, y al encontrarse en la mesa con su amigo D. Pedro, bromeaban un rato. El presbítero tenía siempre algo que decir de las nocturnidades de su compañero; pero sin traspasar nunca los límites de una discreta confianza inofensiva: «¿Qué hay por la casa de Tepa?.. (p.4006) Anoche, amigo Nicomedes, debieron ustedes tratar de ir disolviendo juntitas, para que no se enfade D. Juan de Dios Álvarez.. Mucho tuvieron que discutir anoche los del rito escocés, porque entró usted cerca de las cuatro.. ¿Y qué se sabe del ínclito Aviraneta? ¿Le sueltan, o le hacen ministro, o le ahorcan?».

Contestaba el otro a estas pullas inocentes con gracia y mesura, sin soltar prenda, ni clarearse más de lo que le convenía. Desde la primera cena simpatizó Calpena con sus dos compañeros de casa, y singularmente con el clérigo Hillo. El agrado que la conversación de este le causaba aumentó tan rápidamente, que al segundo día eran amigos, y ambos creían que su trato databa de larga fecha. Verdad que los dos eran clásicos en lo literario, templados o neutrales en lo político, de pacífico y blando genio, amantes de la regularidad y del vivir manso, sin emociones; semejanza que un atento observador habría podido apreciar, no obstante las diferencias que la edad marcaba en uno y otro. Había, sin embargo, momentos en que Calpena se expresaba como un viejo, y D. Pedro como un muchacho.

El segundo día de hospedaje, desayunándose juntos, hablaron de política, que era en aquel tiempo la usual, la obligada comidilla, lo mismo al almuerzo que a la cena. «¿Qué le parece a usted, amigo D. Fernando? -dijo Hillo-. ¿Nos cumplirá ese Sr. Mendizábal todo lo que nos ha prometido? Porque ya ve usted si ha venido con ínfulas. Que acabará la guerra carlista en seis meses, y que para entonces no veremos un faccioso ni buscándolo con candil. Que pondrá término a la anarquía, cortando el revesino a todas las juntas. Que arreglará la Hacienda, y pronto rebosarán las arcas del Tesoro. Que hará de la España una nación tan grande y poderosa como la Inglaterra, y seremos todos felices y nos atracaremos de libertad y orden, de pan y trabajo, de buenas leyes, justicia, religión, libertad de imprenta, luces, ciencia, y, en fin, de todo aquello que ahora no comemos ni hemos comido nunca».

 

Ep-22-III -

-Yo, amigo Hillo, no (p.4007) entiendo este endiablado Madrid, ni puedo darle a usted una opinión sobre lo que me pregunta. Aún no he tomado tierra. Ahora vengo de Francia, y allí, puedo asegurarlo, los españoles que he conocido se hacen lenguas del Sr. Mendizábal, y ven en él a un hombre extraordinario, providencial, que ha de regenerar la España.

-¡Viene usted de Francia! -exclamó Hillo picado de curiosidad ardiente-. Y en Francia ha dejado a sus padres..

-Yo no tengo padres. No los he conocido nunca.

-Entonces tendrá usted tíos.

-Tampoco. Yo me crié en Vera, en casa de un sacerdote, que murió hace tres años. Sus hermanos me mandaron a París, a una casa de comercio. Un año he vivido en la capital de Francia. Después pasé a Olorón..

-Pero es usted español, seguramente.

-Creo que sí.. digo, sí: español soy.

-Habla usted nuestra lengua con gran corrección.

-Lo mismo hablo el francés.

Más avivada a cada momento la curiosidad del buen clérigo, arreció en sus preguntas: «Y dígame, si no hay inconveniente en que yo lo sepa: ¿viene usted a estudiar una carrera, o a ocupar una placita en nuestra administración?».

-Vengo a buscarme una manera de vivir honrada y modesta.

-¿Tiene usted aquí familia, parientes, amigos..?

-No lo sé.. Creo que no.. creo que sí.

-Traerá usted cartas de recomendación.

-No, señor.. Mis tíos (y llamo tíos al hermano y parientes del cura de Vera, en cuya casa me he criado) enviáronme a Madrid, sin decirme más que lo que va usted a oír: «Anda, hijo, que aquí no saldrás nunca de la pobreza oscura, y allá.. allá puedes encontrar protecciones donde y cuando menos lo pienses». Me hicieron el equipaje con la poca ropa que tenía, me costearon el viaje, diéronme algo para los primeros días, y aquí me tiene usted..

-Esperándolo todo de la suerte, de lo desconocido.. ¡Ah, señor de Calpena, usted pitará! No le faltarán contratiempos, afanes; pero no es usted, me parece, de los que se ahogan en este piélago. Y dígame otra cosa: ¿ese buen párroco de Vera..?

-Un gran humanista, señor, más versado en los clásicos (p.4008) latinos y griegos que en Teología y Cánones.

-Bien se le conoce a usted, en su manera de expresarse, la sabia mano que le ha pulimentado.

-Sabía mucho mi padrino -dijo D. Fernando con tristeza-; y aunque él se esforzó en darme todo su saber, yo no he tomado sino parte mínima.

-¿Modestia tenemos? Pues a mí me da en la nariz, Sr. D. Fernandito, que usted ha de ser un grande hombre. Este tarambana de Nicomedes me aseguraba ayer que el porvenir será de los románticos, así en literatura como en política. Yo sostengo lo contrario. La sociedad se va hartando de contorsiones y de hipérboles, y el clasicismo, la corrección, la serenidad, la devoción de las buenas reglas, han de gobernar el mundo. ¿No cree usted lo mismo?

D. Fernando, profundamente abstraído, fijaba sus ojos en el ya vacío pocillo de chocolate.

«Yo no puedo tener opinión, no acierto aún a formar juicio de nada -murmuré al fin-: soy un chiquillo».

-Pues lo dicho.. No sé por qué me figuro que entrará usted en esta diabólica villa con pie derecho. En todas las cosas y casos de la vida.. esto es observación mía, que no me falla.. los primeros pasos dan la norma de la suerte total.

-Pues si es así, amigo Hillo -dijo Calpena, revelando en su agraciado rostro más confusión que alegría-, yo he de ser el niño mimado de la fortuna, porque en mis primeros pasos en Madrid no piso más que flores.

-Bien, hombre, bien: hay hombres predestinados a la dicha, como los hay al sufrimiento, y de estos, alguno conozco yo, sí, señor, y más de lo que quisiera.. Y puedo asegurarle que no siento envidia de usted, siendo, como soy, desgraciado a nativitate. Créame: el suelo que yo piso es todo abrojos y guijarros cortantes.. Pero ando.. ando siempre, y adelante. Lo repito: no soy envidioso, y cuando veo a un hombre con suerte, me alegro, le doy mis plácemes, y digo: «Bendito sea Dios que, por hacer de todo, también hace seres felices».

-No estoy yo seguro de serlo, ni me fío de estas venturas, que bien podrían ser engañosas, traicioneras.

-No digo que no.. Pero cuando viene la dicha, hay que tomarla (p.4009) sin remilgos. La Fortuna, deidad caprichuda, descaradota, se muestra más liberal con los que no se asustan de sus favores. Los modestos y encogiditos no le entran por el ojo derecho. Sea usted arrogante, acometedor; confíe en sí mismo y en su estrella; láncese sin miedo, arrancando, a toda clase de empresas, ya políticas, ya literarias, ya mercantiles, que de fijo en todas alcanzará la meta. Ejemplos, aunque no muchos, tiene usted aquí de hombres privilegiados, que nacieron en la mayor humildad, y luego mansamente, sin hacer nada por sí, se ven levantados del polvo, y conducidos por manos de ángeles a los cielos de la prosperidad y de la gloria. Vea usted a este señor Mendizábal, que se nos ha entrado por las puertas de España. Le encargaron a Inglaterra para Ministro de Hacienda, como se encargan los niños a París, y por llegar, con la sola fuerza de su desahogo, que se impone a todo el mundo, se ha calzado la Presidencia del Consejo y cuatro Ministerios. ¿Y quién es Mendizábal? Un hombre sin estudios, que no aprendió más que a leer y escribir, y algo de cuentas. ¿Pues qué es esto más que suerte? Y los afortunados ¿qué son sino hombres que se pasan el mundo por debajo de la pata, y han tirado la modestia y los miramientos, como se tira la careta de trapo que molesta y acalora el rostro?

-No estamos conformes -dijo D. Fernando, más comedido en sus pocos años que el viejo Hillo-, en esa manera de apreciar las causas del éxito en la vida pública. Además, no admito que el Sr. Mendizábal sea hombre tan ignorante, ni que carezca de autoridad para desempeñar uno, dos o media docena de Ministerios. Cierto que no sabe latín; pero es muy práctico en asuntos mercantiles. Dígame usted, con la mano puesta en el corazón, si cree que para gobernar a los pueblos es indispensable tratar de tú a Horacio y Virgilio.

-¡Qué sé yo!.. Una pasadita de Cicerón no les viene mal a los señores que andan en la política. Pero, en fin, concedo..

-Preveo el argumento que usted va a emplear ahora mismo, y me anticipo a refutarlo.

-Bien, hombre, bien - (p.4010) dijo gozoso D. Pedro, sintiéndose maestro de Humanidades-. Ha empleado usted con verdadera elegancia una forma de raciocinio que los retóricos llamamos prolepsis.. Eso es: anticiparse a la objeción, prevenir los argumentos del contrario, refutarlos antes que los emita..

-Justamente; y usted ahora, con maestría indudable, ha empleado la expolición o amplificación..

-Que también llamamos conmoración.. ¿no es eso?

-Y que cuando degenera en abuso se denomina tautología y perisología.. Volviendo a mi prolepsis, prosigo. Usted me dirá que, si no es necesario saber latín para regir a las naciones, tampoco estriba la conciencia de gobierno en el arte o manejo de los negocios mercantiles; es decir, que si mal nos gobiernan los humanistas, no lo harán mejor los comerciantes.

-Efectivamente.

-A eso respondo que el Sr. Mendizábal no es un simple mercader, de esos que compran y venden géneros: es, si se me permite decirlo así, comerciante político, y no me busque usted en este concepto la anfibología, que no la hay. Comerciante político quiere decir: el que entiende de manejar el crédito de los países y distribuir su Hacienda, de imponer y recaudar tributos..

-El Sr. Mendizábal era el año 23 un traficante gaditano; menos aún, dependiente en la casa del Sr. Bertrán de Lis, y se metió a contratista de las provisiones del Ejército, con lo cual hizo su pacotilla en pocos años.

-Sus opiniones avanzadas y la viveza de su genio, le arrastraron a la empresa de abastecer al Ejército y Marina en condiciones tales, que su servicio fue, más que negocio, un caso de abnegación y patriotismo. Todavía no se han liquidado aquellas cuentas, y las ganancias de D. Juan de Dios, si las tuvo, están aún en poder de la nación.

-Porque usted lo dice lo creo.. Persona de mi mayor confianza me ha contado a mí que Mendizábal, allá por el año 20, era en Cádiz un muchachón alborotado, bullanguero, de una intrepidez loca para las aventuras políticas. Él y otros tales no hacían más que conspirar en logias y cuarteles para que volviese la Constitución del 12, (p.4011) y destronar al Rey o convertirlo en un monigote.

-Es verdad.

-Y que trabajó por la bandera que defendían Riego, Arco, Agüero, Quiroga..

-También es cierto. Todas aquellas trapisondas salían de la Masonería, que ahora es una vieja pintada, y entonces era una mocetona llena de vida y seducciones, con las cuales enloquecía a la juventud.

-No me disgusta la imagen, señor mío. Adelante.

-En Cádiz existía lo que llamaban el Soberano Capítulo y el Sublime Taller, y qué sé yo qué. De estos talleres y capítulos salían las conspiraciones para sublevar el Ejército y derrocar la tiranía; de allí las trifulcas, las asonadas, los ríos de sangre.. Mendizábal era masón, que en aquel tiempo era lo mismo que decir político. Si quiere usted más noticias, pídaselas a D. Arturo Alcalá Galiano, que anduvo con él en aquellos trotes; al Sr. Istúriz, a D. Vicente Bertrán de Lis..

-De donde se deduce, amigo Calpena -dijo el clérigo suspirando fuerte-, que el que pretenda en estos tiempos ser algo o conseguir alguna ventaja, aunque esta le corresponda de justicia, y lo intente sin agarrarse previamente a los faldones o a las faldas de esa gran púa de la Masonería, es un simple o un loco.

-No diré yo tanto. Las cosas son como son.

-Tenga usted presente que hay logias liberales y logias absolutistas. Las primeras conspiran; las segundas también. Unas y otras introducen individuos suyos en la contraria, fingiéndose amigos, para sorprender secretos.

-Sí, sí; y se pelean en las tinieblas de los ritos nefandos. De las unas salen los ejércitos sediciosos, que todo lo destruyen y profanan; de las otras los tribunales sanguinarios que levantan la horca. Así vive España.. hoy te fusilo, mañana te ahorco. (p.4012)

-Y vea usted. Si el 24 hubiera sufrido D. Juan de Dios la suerte de su compinche Riego, hoy no tendríamos la dicha de que ese señor nos arreglara la Hacienda y nos hiciera juiciosos y ricos.

-Porque escapó a Inglaterra.

-Le llamaba la banca más que la política.

-Se estableció en un país grande y libre, donde forzosamente había de aprender (p.4013) muchas cosas sólo con tener ojos y ver, sólo con tener oídos y oír.

-Sí, porque en los libros me parece que poco aprende su ídolo de usted. Le llamo así porque veo, amigo Calpena, que es usted de los devotos furibundos del hombre nuevo, y que conoce su vida y milagros, entendiendo por milagro lo que dicen ha hecho en Portugal.

-Algo sé del Sr. Mendizábal.. Más de lo que usted piensa.

-¿Andan por el extranjero biografías del grande hombre?

-No he leído ninguna.

-¿Pues quién se lo ha contado?

-Él mismo.

-¡Le conoce usted.. le trata!

Al ver en el rostro de Calpena la sonrisa plácida y el movimiento afirmativo con que a su pregunta respondía, Hillo se quedó suspenso de estupor, de admiración.. No daba crédito a tan inaudito caso de precocidad. ¡Tan joven, y haber tratado a Mendizábal, charlar con él, quizás poseer su confianza! Desde aquel momento vio el clérigo en su amiguito un ser extraordinario, misterioso. Aumentaban su fascinación la procedencia extranjera del joven; el no saberse quién era; la atención y exquisitos cuidados que le prodigaban los patrones, recatando sigilosamente el nombre de las personas que habían recomendado al nuevo huésped; la educación exquisita de este; su aire, belleza y modales aristocráticos.. y, sobre todo, haber tratado a Mendizábal, y oír de él mismo la narración de episodios históricos y lances personales. D. Pedro se levantó de su asiento impulsado de la sorpresa, que como un resorte le movía, y dio pasos desordenados, repitiendo: «¡Le conoce, le ha tratado!.. Dígame, cuénteme: no deje que me abrase la curiosidad».

 

Ep-22-IV -

-Allá voy -dijo Calpena indicando a su amigo que se sentara-. Paréceme haber contado a usted que los hermanos de mi padrino me mandaron a París a instruirme en el comercio y la banca. Empecé a trabajar, digo, a aprender, en la casa de comisión de Reischoffen y Bloss, alsacianos, donde sólo estuve tres meses, pasando después a la célebre casa de banca de Ardoin, que opera por millones de millones, y hace empréstitos a las naciones apuradas, negociando con los (p.4014) Estados y con los Reyes, con los Gobiernos y hasta con las revoluciones. En fin, esto es largo de contar. Allí estaba yo muy bien. Llevaba toda la correspondencia de la América española; me daban regular sueldo, y el principal me distinguía y me trataba con mucho miramiento. Un día de Febrero vimos entrar a un señor alto y bien parecido, de ojos negros, cabello rizado, patillas cortas, muy elegante y pulcro. Al punto corrió la voz entre los dependientes: «Es Mendizábal, el gran Mendizábal, el restaurador de la Monarquía legítima en Portugal..». Entró en el despacho del Barón, nuestro jefe, y a la media hora este me llamó..

-Para presentarle al Sr. D. Juan de Dios.

-No, señor; para mandarme que le acompañara por las calles de París, que yo conocía perfectamente, y el Sr. Mendizábal no. Tenía que ir a la casa Erlanger, Rue Drouot, muy cerca de la nuestra, Chaussée d'Antin. Cojo mi sombrero, y me pongo a la disposición del hombre grande, en cuya compañía salí muy orgulloso. Por la calle me hizo mil preguntas: quién era yo, cómo se llamaban mis padres, cuánto tiempo llevaba de residencia en París y de aprendizaje en casa de Ardoin. Yo le contesté como pude, y al llegar a las oficinas de Erlanger me mandó esperar para que le condujese a otra parte.

-Nada, que le cayó usted en gracia -dijo Hillo restregándose las manos-. Así se empieza, así.

-Al salir de la visita me preguntó si sabía yo cuál era la mejor casa de París en guantes y perfumería, y le indiqué Damiani, en el bulevar Saint-Denis. Tomó el hombre un coche de alquiler, que allí llaman fiacres, y fuimos de compras. Debo decirle a usted que es algo presumido, y que gusta de acicalarse y lucir su buena figura. De la guantería fuimos a comprar un maletín de mano para viaje, con muchos compartimientos y algún secreto para papeles reservados. Compró también un calzador, tirantes y algunas otras baratijas que no recuerdo. Dejome en mi escritorio, y él se fue a su hotel, en la Rue de l'Arcade, mostrándose en la despedida tan fino y al propio tiempo tan llano, que yo estaba (p.4015) encantado. Díjome que, siempre que no le convidasen, comería en el Palais Royal, en casa de Very, y se dignó invitarme, excusándome yo todo turbado y confuso.

-Esto se llama caer de pie, amigo mío, o nacer en Jueves Santo. Siga usted, que me parece que aún falta algo.

-Verá usted. A los dos días mandó un recado a mi principal, pidiéndole un buen amanuense español que escribiese corrido, con buena letra y mejor criterio. El Barón me eligió a mí, y aquí me tiene usted, encerrado con el Sr. Mendizábal en una cómoda estancia del hotel Meurice, los dos frente a frente, con una mesa por medio, él dictando y yo escribiendo. Hombre más incansable no he visto en mi vida. Cinco horas me tuvo con la pluma en la mano. Dictó una larguísima carta a Martínez de la Rosa, otra al Conde de Toreno, y dos o tres a personas para mí desconocidas. Él estaba en bata, una bata elegantísima, y zapatillas de terciopelo, con las que lucía su pie pequeño, que parece de mujer. Casi era preciso escribir taquigrafía para poder seguirle. Expresaba su pensamiento con rapidez; rectificaba pocas veces; no se paraba en el estilo; iba derecho al asunto y a la idea, sin cuidarse de la forma. Mandome volver al día siguiente, y me dictó tres o cuatro decretos, uno de ellos suprimiendo las órdenes religiosas y haciendo tabla rasa de todos los frailes, monjas, clérigos y beatas que hay en estos reinos, estableciendo la reversión de todos los bienes al Estado para venderlos.. y ¡qué sé yo!

-¡María Santísima! Pero eso sería broma.

-¿Broma? Ya verá usted las que gasta ese sujeto. No habíamos concluido aquella degollina de frailes y la repartición de sus riquezas, cuando entró un señor inglés, que debía de ser diplomático, pariente, sobrino, hijo quizás del embajador en Madrid, que no sé cómo se llama.

-Mister o sir Jorge Williers. Adelante.

-Y hablaron en inglés, y no entendí una palabra.. Bueno: pues en esto son anunciados tres españoles, y D. Juan les manda pasar. ¡Ay, qué alegría, qué abrazos, qué maravillas, hablando todos a un tiempo! Evocaban recuerdos de la (p.4016) juventud, alababan lo pasado, denigraban lo presente con saña y cuchufletas.. La conversación fue continuada en castellano, después de hacer Mendizábal con gran ceremonia la presentación del inglés a los españoles, y viceversa. Pregunté al Sr. D. Juan si debía retirarme, y me mandó que me quedara, lo que me supo muy bien. ¡Qué gusto estar mano a mano con aquellos señorones, calladito, oyendo todo lo que decían, que era sabroso, picante y muy instructivo, pues yo poco o nada sabía de España! Mandó D. Juan al mozo que sirviese vino de Porto, y con esto las lenguas se soltaron aún más de lo que estaban.

-Recordará usted los nombres de esos tres españoles, que de fijo hablarían pestes de su patria.

-Los nombres no los recuerdo; las caras, sí: de seguro son personajes de acá, y puede que alguno esté hoy en candelero. El uno puso de vuelta y media a ese Martínez de la Rosa; el otro no dejó hueso sano al Conde de Toreno, que entonces era Ministro, y el tercero le hincó el diente venenoso a la Reina Cristina y a su marido D. Fernando Muñoz.

-¡Lástima que usted no se fijara en los nombres!

-Continúo. Pues hablando, hablando de lo revuelto que está todo, de lo mal que gobiernan los que gobiernan, de las cosas gordas que se preparan, la conversación recayó en los asuntos de Portugal, y uno de ellos dijo que en Lisboa había salido un folleto poniendo de oro y azul a Mendizábal, y negando que tuviera arte ni parte en la restauración de Doña María de la Gloria. Armose entonces gran tremolina. D. Juan Álvarez daba golpes en el brazo del sillón, acusando de envidiosos y calumniadores a algunos españoles residentes en Portugal; indignose el inglés, echando venablos en su lengua, y los otros atribuían todo a intrigas de los moderados (no sé qué gente es esta que aquí llaman moderados) , por arrojar lodo a la figura del grande hombre que se indicaba ya como el único que podía enderezar al país. No sé cuál de ellos manifestó no estar al corriente de lo de Portugal, por haber vivido fuera de la península durante los (p.4017) años de aquellas tremolinas.. (paréceme que el tal es militar y de los que aquí llaman ayacuchos) , y entonces D. Juan Álvarez, a instancias de todos, refirió puntualmente las grandes empresas a que prestó su auxilio.

-Y se despacharía a su gusto, abultando los peligros, y presentándose como enviado de la Providencia divina.

-Sólo puedo asegurarle a usted que en lo que relató se ve la verdad, así como una energía pasmosa, fecundidad de arbitrios, recursos ingeniosos, entusiasmo para encender más la voluntad, maña para suplir a la fuerza. Lo que sí me pareció notar es que el buen señor se regodea contando sus empresas: gusta de hablar de sí mismo y de hacer ver que sin él no se hubiera hecho nada, lo que en muchos casos parecía verdad.

-Psh.., todo se redujo a proporcionar a D. Pedro un empréstito.. Sin dinero no se hacen revoluciones. Mendizábal, por su metimiento en las casas mercantiles de Londres, fácilmente levantaba fondos para quitar y poner reyes. Si para echar a los reyes se necesita dinero, el volver a traerlos cuesta mucho más. No anda sin unto el carro de las restauraciones.

-Perdone usted. Mendizábal hizo bastante más que proporcionar a D. Pedro los cuartejos que necesitaba. Ya comprende usted que mientras el grande hombre refería sus hazañas, yo ni le quitaba ojo ni perdía sílaba. Todo lo oí, y se me ha quedado bien presente.. Hizo verdaderos prodigios, y se mostró gran financiero, gran político, y hasta gran militar, con unas facultades de organización que ya las quisieran más de cuatro.. D. Pedro y su hija se habían refugiado en las islas Terceras, y allí pasaban su triste vida mirando al Cielo, esperando su salvación de la Providencia. Pero esta no les hacía maldito caso, y los ingleses, a quienes el buen Emperador brasileño pedía recursos, no soltaban ni un chelín. En una de sus excursiones a Londres, el aburrido D. Pedro y Mendizábal se conocieron. Don Juan le dio alientos; le indujo a perseverar en su empresa, minando la tierra para procurarse hombres y pecunia, ambas cosas necesarias para conquistar reinos, (p.4018) y empezó por facilitarle un empréstito de la casa Ardoin, mi casa, señor Hillo, la casa donde fui triste aprendiz con ciento cincuenta francos de sueldo al mes.. Cien mil libras esterlinas entraron en el bolsillo de D. Pedro, y con ellas renació la esperanza de sentar en el Trono a la niña. El hombre se metió de hoz y de coz en la causa portuguesa, y no habría hecho más si Doña María de la Gloria fuera su propia hija.

-Bien, bien: así han de ser los hombres.

-En un santiamén compró dos fragatas por cuenta de la Regencia, que tal era el Gobierno constituido por D. Pedro en la capital de las Terceras. Advierta usted que en estas compras empleaba sus recursos, sin más garantía que una palabra del Emperador. Adquiridos los barcos, agenció en la City más dinero, más, y en seguida, a buscar hombres, soldados. Mientras en las Terceras se organizaban unos seis mil, en Plymouth, puerto de Inglaterra, se alistaban más. Mendizábal, que en todos estos asuntos ponía siempre una vehemencia y un ardor increíbles, y así lo declara él mismo, no tenía sosiego.. Creo yo que las empresas políticas le seducen, le enloquecen; pone en ellas toda su alma y una actividad febril.. El hombre se multiplicaba. Sus propios asuntos perdían para él todo interés. No vivía más que para la Monarquía liberal portuguesa. Él mismo lo dice: «Cuando se le enciende el patriotismo no vive, no desmaya hasta conseguir lo que se propone». Cien vidas propias daría él por exterminar a los sectarios del usurpador absolutista D. Miguel, que es allí lo mismo que aquí nuestro D. Carlos María Isidro.. No contento con los alistamientos que había hecho en Inglaterra con ayuda del Duque de Palmela, se planta en Bélgica, y en cuatro días, auxiliado por su amigo el general Van Halen, busca y encuentra, organiza y equipa un regimiento de mil flamencos con sus jefes y todo.. En Ostende les embarcaron en un buque de vapor fletado en Londres, y reunidos en Plymouth con los ingleses y portugueses, zarpó la expedición contra Oporto, mandada por el mismo D. Pedro. (p.4019) Dominaban en Oporto los liberales, por lo que no le fue difícil al padre de Doña María la ocupación de aquella capital. Pero el D. Miguel acudió con mucha tropa, puso cerco a la plaza, y si bien no pudo entrar en ella, tampoco los mariistas podían salir. Allí hubiera sucumbido D. Pedro, si Mendizábal, desde Londres, no le animara a la resistencia ofreciéndole nuevos auxilios. ¿Qué hizo el hombre? Pues buscar más dinero; reunir más soldados; formar al propio tiempo una escuadra, cuyo mando se ofreció al célebre almirante inglés Napier. Escuadra y segundo ejército debían operar en los Algarbes, para sublevar en pro de la Reina a las poblaciones del Sur, y atacar por retaguardia el ejército miguelista. Todo se hizo tal y como lo había dispuesto D. Juan.. La segunda expedición se dirige a Oporto, donde refuerza a los combatientes asediados por D. Miguel; después parten dos mil hombres a los Algarbes, desembarcando felizmente. Allí se pasan a los liberales algunas tropas del absolutismo: entre todas invaden el Alentejo. La escuadra mandada por Napier desbarata la miguelista en el Cabo de San Vicente; D. Pedro sale de Oporto y bate a D. Miguel. Replegándose a Lisboa, recibe éste otro achuchón tremendo de las tropas liberales, y ya tenemos al Emperador entrando triunfante en su capital, a la niña Doña María de Braganza en el Trono, y al D. Miguel escapando para el extranjero como alma que lleva el diablo.

-Y hecho todo eso, que si es como usted lo cuenta, no dudo en calificarlo de maravilloso, el D. Juan Álvarez se volvió a su escritorio de Londres tan fresco, a contar millones, calcular empréstitos, extender letras de cambio, mirando dónde salta otra reina que socorrer, y otro usurpador malsín a quien poner en la puerta.

-Que no faltan, como usted ve.

-Pero Portugal es chico: puedo compararle a un juguete, para estas cosas de revoluciones y quita y pon de tronos. Ahora veremos cómo se las arregla aquí el gaditano; aquí, donde salimos de una zaragata para entrar en otra, donde nos peleamos por los derechos a la (p.4020) Corona, por las Juntas, por la Milicia Urbana, por una letra de más o de menos en la Constitución, y por lo que dicen o dejaron de decir Juan y Manuela. Vamos a ver a los hombres guapos; a los salvadores de sociedades; a los que sacan el dinero de debajo de las piedras para equipar soldados; a los genios, como ahora se dice; a los que calman las olas revolucionarias con el quos ego.. del amigo Neptuno.

-Adelante: va muy bien. Está usted empleando una forma de ironía muy bella. Es lo que llamamos cleuasmo.

-Dispense usted. Esta forma irónica se llama carienteísmo. Consiste, y bien lo recordará usted; consiste..

-Sea lo que fuere, amigo Hillo, mi parecer es que Mendizábal no ha venido aquí por ambición, sino por patriotismo. Oí contar que se hallaba muy tranquilo en Londres cuando recibió el nombramiento de Ministro de Hacienda, que le dejó estupefacto.

-Y estupefacto se ha venido aquí por Portugal; y en cuanto llegó a Badajoz, empezó a largar decretos.. Bueno: le concedo a usted que esto sea patriotismo; pero es un patriotismo.. romántico, y lo romántico sepa usted que a mí no me gusta. En literatura me apesta, y a ese francés que llaman Víctor Hugo le mandaría yo cortar el pescuezo: en política tengo por más funesto aún el romanticismo.

-Puede que esté usted en lo cierto; pero el Sr. Mendizábal es ante todo hacendista, y en esto no creo yo que quepan romanticismos. Los números ¡ay!, los números, amigo mío, son clásicos.

-Allá lo veremos; y pues ya tenemos al hombre con las manos en la masa, pronto hemos de saber si yo me equivoco o se equivoca usted.

-Yo no profetizo: yo espero, y..

-¿Cree usted firmemente que D. Juan Álvarez enderezará esta desquiciada nación?

-No lo aseguro; pero confío en que lo hará.

-Pues yo no.

-¿En qué se funda?

-No dudo que le sobren buena intención, voluntad firme, actividad, talento; pero..

-¿Pero qué?

-Que con sus buenas cualidades incurrirá en el defecto de todos los ilustres señores que nos vienen gobernando de mucho tiempo acá. Talento no les falta, buena voluntad tampoco. (p.4021) Y fracasan, no obstante, y continuarán fracasando unos tras otros. Es cuestión de fatalidad en esta maldita raza. Se anulan, se estrellan, no por lo que hacen, sino por lo que dejan de hacer. En fin, amiguito, nuestros mandarines se parecen a los toreros medianos: ¿sabe usted en qué? Pues en que no rematan..

-¿Qué significa eso?

-No se ría usted del toreo, arte que me precio de conocer, aunque no prácticamente. Y sepa usted, niño ilustrado, que hay reglas comunes a todas las artes.. De mi conocimiento saco la afirmación de que nuestros ministriles no rematan la suerte.

-¿Y cree usted que Mendizábal..?

-Hará lo que todos. Empezará con mucho coraje, y un trasteo de primer orden.. pero se quedará a media suerte. Usted lo ha de ver.. Que no remata, hombre, que no remata.. Y créame usted a mí: mientras no venga uno que remate, no hemos adelantado nada. (p.4022)

 

Ep-22-V -

Alejose hacia su cuarto, accionando festivamente, y en dirección al suyo iba también Calpena, cuando le detuvo el patrón señor Méndez, y le dijo entre risueño y respetuoso:

«Ahí tiene usted el sastre».

-¿Qué sastre?

-Pues el cortador mayor del Sr. Utrilla, que viene a tomarle medida. Le mandé pasar a la sala, donde espera hace un cuarto de hora.

-Ese señor se equivoca. Yo no he llamado a ningún sastre.

-Aunque no le haya usted llamado, él viene, y cuando viene, él sabrá por qué. Déjese tomar medida, y que le hagan cuanta ropita necesite para ponerse bien guapo.

-¿Pero está usted loco?.. ¿No hay más que encargar ropa? Y luego.. Sr. Méndez.. luego vienen las cuentas, ¿y qué hacemos? ¿Soy acaso un Sr. Mendizábal, que con cuatro rasgos de pluma fabrica millones?

-Las cuentas no son cuenta de usted, sino de quien las pague. Entre el señor en su cuarto, y escoja las telas, y déjese que le midan el cuerpo a lo largo y a lo ancho..

-Que pase ese hombre -dijo Calpena prestándose a todo, con la esperanza de salir de la confusión en que, desde su venturosa llegada a Madrid, vivía.

En presencia (p.4023) del oficial, hombre finísimo, colorado y regordete, que iba cargado de muestras de diferentes paños, D. Fernando no pudo resistir a la fascinación que ejercía sobre él, joven y gallardo, la idea de vestirse elegantemente. Ante todo quiso saber cómo y por qué los afamados sastres acudían en busca de parroquia sin que nadie les llamase; pero sus interrogaciones prolijas y capciosas no lograron aclarar el enigma. «Mi principal, el señor Utrilla -le dijo aquel relamido sujeto-, me ha mandado acá con muestras y encargo de tomar a usted medida para diferentes piezas. Hubiera venido él en persona con mucho gusto; pero está malo de un pie, y hoy no puede salir de casa. De quién ha recibido las órdenes para estas hechuras, yo no lo sé, señor mío, ni es cosa que me corresponde averiguar».

-Pues yo -afirmó Calpena-, no me dejo medir el cuerpo mientras no sepa.. ¿Será tal vez alguna broma impertinente?

-Eso, de ningún modo.. Utrilla no se presta a tales bromas.. Crea usted que, cuando me ha mandado aquí, es porque ha recibido órdenes de personas que saben el cómo y por qué de lo que encargan. Con que.. tomemos esos puntos, y no piense usted en nada más que en vestirse como le corresponde.

-Accedo, sí, señor -replicó D. Fernando en el tono de quien se presta a seguir un bromazo de buen género, y seducido además por la idea de ver realizada su ilusión juvenil de vestir buena ropa-. ¿Sabe usted el cuento del perrito y del trasquilador?

-Sí, señor -dijo el otro, ayudándole a quitarse levita y chaleco-. Es un cuento viejísimo..

-Pues ahora mida usted todo lo que quiera, y hágame todas las prendas de vestir que haya dispuesto.. el amo del perrito.

-Me han dicho que dos levitas, fraques, un traje de mañana.. cuatro pares de pantalones variados.

-Ande usted, maestro.. Y si quiere dejarle borlita en el rabo, déjesela usted.

-La ropa más precisa para un joven introducido en sociedad. ¿Qué menos? ¡Ah!, me olvidaba. También le haremos capa de sedán finísimo, con forros de piel de chinchilla.

-Me parece muy bien.. (p.4024) ¿Y las levitas, cómo han de ser?

-El Sr. de Utrilla acaba de llegar de Londres.. Precisamente al bajar de la diligencia se estropeó el pie. Pues ha traído las últimas novedades que se han puesto al uso en aquella capital. Las levitas son ahora cortas y de poco vuelo en los faldones; pero siguen muy entalladas, marcando bien la cintura. Las que ha traído el Sr. Mendizábal, y que tanto llaman la atención, son ya antiguas, y en Londres no las usan más que los lores, que es como si dijéramos los señores próceres protestantes, que tienen asiento en lo que llaman Parlamento inglés, o sea en las Cortes liberales de allá.

-Hombre, bien.. ¿Con que entalladas y de faldón corto?

-Menos largo que el año pasado -dijo el sastre, tomando y anotando las medidas con singular presteza-. Los cuellos son ahora más largos, y bien caídos sobre los hombros; los botones grandes.. Haremos una de las levitas, si a usted le parece, con cordones a la húngara..

-Perfectamente. Despáchese usted a su gusto.. ¿Y los paños?

-Fíjese usted en este color verde obscuro, que es la gran novedad que ha traído Utrilla. Se llama Lord Grey, y es el gran furor en Londres.

-Pues hagamos furor aquí.. Pero las dos levitas no serán iguales.

-Haremos azul gendarme, Conde Orsay, la de cordones. ¿Qué le parece?

-Acertadísimo.. ¿Y cuándo podré estrenar?

-Lo activaremos todo lo posible.. Tenemos mucho trabajo, y velamos para servir a tantísima parroquia.

-Pero no me dejarán ustedes para lo último, como parroquiano pobre..

-Será usted de los primeros.. Y que tiene un talle de primer orden, y una forma de cuerpo que no hay más que pedir. Le caerá a usted la ropa que ni pintada.

-Y en fraques, ¿qué se lleva?

-Los fraques son ahora sin cartera; faldones nada de anchos, y los cuellos de la misma forma que las levitas. El Sr. Mendizábal los trae negros, verdaderamente fachonables por el corte y lo bien sentados.

-¿Y el mío será también negro?

-No, señor: a usted, por la edad, le corresponde.. café claro.

-¡Magnífico!.. Y en pantalones ¿qué tenemos?

-Sigue la moda (p.4025) de las telas escocesas; pero sin exagerar el tamaño de los cuadros. Haremos a usted dos patencur, y dos más ligeritos: uno negro para entierros, y otro claro. Se llevan estrechos, sin tocar en el extremo. Chalecos, se le harán a usted seis: dos de seda en claro, uno en obscuro, dos piqué y uno escocés.

-¡Maravilloso! Y en tanto que me confeccionan todo eso, me estaré en casa, escondidito, leyendo Las mil y una noches, única lectura a que debo aplicarme ahora para hacerme a estas sorpresas.. Adiós, maestro.. Y que se esmeren en el corte.. ¿Cuándo probamos? Estoy aquí a su disposición todo el día. ¿Pues cómo voy a salir a la calle con estos adefesios de ropa que he traído de mi pueblo?.. Vaya con Dios.. y no me olvide, maestro.

Retirose el sastre, y D. Pedro Hillo, que acechaba en la puerta aguardando que el joven estuviese solo, entró de rondón con los brazos abiertos, diciendo muy gozoso: «Pero, niño, ¡le regalan ropa elegante, y todavía gruñe! Rarísimos son en el Universo estos fenómenos de salirle a uno sastres ex-machina, que le miden, le cortan, le cosen, y después no cobran. Casos tales acaecen sólo de siglo en siglo, y hay que saber aprovecharlos. ¡Oh fortunate nate! Yo, que para hacerme una sotana tengo que ahorrar seis meses en la comida, le declaro a usted simple de solemnidad si no acepta calladito esas mercedes anónimas. Por la sagrada orden que profeso, declaro también que a mí no me ha pasado jamás cosa semejante, y que las deidades misteriosas y las manos ocultas no han existido para mí. A usted me arrimo, por si se me pega algo y halla en su ventura mi desventura algún remedio. Ya, ya sé.. me lo ha dicho Méndez, que anoche recibió usted un abultado pliego. Abrió, ¿y qué era? Billetes para los teatros del Príncipe y la Cruz. Dígame: ¿no ha recibido también para los Toros?».

-Todavía no -dijo Calpena sonriente-; pero por lo que voy viendo, ya no dudo que los tendré la víspera de la primera corrida. Y como de los teatros mandan dos, para que vaya con algún amigo, iremos juntos a la plaza.

-Ya le mandarán también, (p.4026) cuando empiece el tiempo de las máscaras, para los bailes de Trastamara y del Café de Solís. Pero a eso no podré acompañarle.. Le daré consejos, porque de fijo han de salirle aventuras y le acosarán mascaritas..

-Ya adivino sus consejos.

-¿A que no?

-Que remate la suerte.

-No, no es eso, sino todo lo contrario. Que se prevenga contra las celadas que pudieran tenderse a su voluntad honesta, virginal. Este Madrid es muy malo. No se fíe usted de las caras tapadas.

-De las manos ocultas debo fiarme, según dice.

-No es lo mismo. Esa mano desconocida le viste a usted, le da de comer, atiende a sus necesidades. Las caritas encapuchadas podrían hacer lo contrario: desnudarle, quitarle el pan de la boca y reducirle a la ruina y la miseria. Existirán tal vez, ¿quién asegura que no?, manos escondidas que quieran perderle, como las hay que trabajan por su bien. Lo primero que usted debe hacer es averiguar en qué cielo habita esa deidad misteriosa, para poder rezarle y pedirle lo que le convenga.

-¿Qué le pediría usted para mí si estuviese en mi lugar?

-Lo primero, un destino de Hacienda o de lo Interior con doce mil realetes.. Y puesto a pedir, yo que usted pediría también la cátedra de Alcalá para un amigo.

-Para usted eso y mucho más.

-Las manos mágicas deben extender sus caricias a los buenos amigos. A Roma con Santiago he revuelto yo para conseguir esa humilde plaza, y aquí me tiene usted esperando a que San Juan baje el dedo. Si hubiera para mí una mano oculta, esa mano, en medio de las tinieblas de lo incógnito, me daría una bofetada. Estoy dejado de la mano de Dios, por lo que voy creyendo que Dios está en todas partes menos en las oficinas, y que, si acaso está, no tiene en ellas la mano, sino el pie.

-No hay que desmayar. Hagamos un trato. Búsqueme usted a la persona que ha mandado a Utrilla tomarme medidas, y si me la encuentra, prometo a usted solemnemente que el primer favor que pediré a mi desconocida providencia es esa colocación que usted desea.. esto en el caso de que nos resulte influyente.

-¡Influyente!.. (p.4027) ¡Por Dios, D. Fernandito, no me venga usted con inocencias! Esa persona desconocida tiene que ser muy alta, pero muy alta.

-¿En qué lo conoce?

-A ver.. pronto, enséñeme usted la carta en que venían las localidades de teatro.

-No es carta.. Es un pliego cerrado con obleas.. Aquí lo tiene usted.

-A ver, a ver.. ¡San Canuto, qué papel más fino!.. Este papel, puede usted asegurarlo, no se encuentra en ninguna tienda de Madrid.. ¿Y la letra del sobre?.. ¡Ay qué letra, San Bartolomé! ¿Es de mujer? ¿Es de hombre?.. Sr. D. Fernando, no se asuste de lo que voy a decirle. La mano que ha escrito esto es de sangre real.

-¡Atiza!

-¡De sangre real!.. Y si no, al tiempo.. ¡Ay, Sr. D. Fernandito de mi alma, allá va una profecía! Déjeme usted ser profeta, y adivino, y augur, y brujo, si usted quiere. Antes de cuatro días recibe usted, como llovido del cielo, el nombramiento.. de..

-¿De qué?

-Vamos.. de Caballerizo Mayor del Reino, digo, de Palacio.. Y si no es esto, será de otra cosa de mucha categoría.

Rompió a reír Calpena, y dijo a su amigote:

«Pero, Sr. D. Pedro, ¿somos clásicos o no somos clásicos?».

-Sí, sí, tiene usted razón: no desvariemos, ilustre joven; pero por de pronto, yo, el más desgraciado de los nacidos, quiero hacer constar que anhelo ser su amigo de usted. Sí, sí: seamos amigos; déjeme usted arrimarme al ser más afortunado, más resplandeciente de felicidad que he visto en mi vida. Es usted el sol, y yo me muero de frío.

-Bueno, seamos amigos -replicó D. Fernando, no sin cierta emoción-. Y pues el día está hermosísimo, vámonos de paseo, y le contaré a usted muchas cosas que ignora, y que quizás le hagan rectificar sus juicios acerca de mí como depositario de la dicha terrestre. Diré a usted quién soy, de dónde vengo, por qué estoy en Madrid..

-Todo eso me interesa extraordinariamente.. Ya me lo contará usted otro día; hoy no puede ser.. Ni usted ni yo debemos salir hoy. Nos estaremos aquí toda la mañana acechando a Iglesias.

-¿Pero Iglesias no duerme aún?

-Aún estaría en el primer sueño, o empezando (p.4028) el segundo, si no hubieran venido a despertarle muy temprano, serían las siete, dos de sus amigotes. Sin duda ocurren cosas gravísimas. ¿Y sabe usted quiénes son esos dos que entraron, y, tirándole de una pata, le sacaron de la cama? Pues yo tampoco lo sé a punto fijo, porque soy poco fuerte en fisonomías. Uno de ellos me parece que es el Conde de las Navas; el otro tan pronto me parece Fermín Caballero, como Seoane.. De que son pájaros gordos del jacobinismo, no tengo duda..

-¿Y a nosotros qué nos importa?

-A usted, hombre feliz por obra y gracia de la Providencia enmascarada, nada le altera. ¿Ha leído usted El Español de hoy?.. ¿A que no?.. ¿A que tampoco ha leído El Mensajero ni El Eco del Comercio? En mi cuarto los tengo. Vienen los tres diarios echando bombas, cada uno según el son a que baila. Yo me alegro, para que se arme de una vez. Esta visita de los compinches de Iglesias tan a deshora, significa que anoche hubo gran trapatiesta en la casa de Tepa, entiéndase logia, y en los cafés donde bulle la patriotería. Parece que las Juntas no quieren disolverse, las de Andalucía sobre todo, y he aquí al Sr. Mendizábal en un brete, porque nos ofreció poner fin a esta horrible anarquía, y en los primeros días creímos que lo lograba. Pero aquí, para que usted se vaya enterando, tanto puede la envidia de los propios, como la mala voluntad de los extraños; o en otros términos, que los amigos, o sea el agua mansa, son más de temer que los enemigos. ¿No lo entiende? Pues quiere decir que los estatuistas templados caídos del poder con Toreno, se introducen en los conciliábulos de los patriotas, fingiéndose más exaltados que estos, para sembrar cizaña, y al propio tiempo los libres que aún no tienen empleo se van a las sacristías del otro bando y atizan candela, para que los diarios de la moderación se desborden y se encienda más el furor de las Juntas. Estas nos ofrecen un espectáculo delicioso. Una pide que se restablezca la Constitución del 12; otra que se modifique el Estatuto, y entre todas arman una infernal algarabía. El (p.4029) señor Mendizábal pretende gobernar en medio de esta jaula de locos furiosos. Manda tropas contra las Juntas, y los soldados se pasan a la patriotería.. Y los carlistas, en tanto, bañándose en agua rosada, preparándose para venir hacia acá, porque Córdoba no les ataca mientras no le manden refuerzos.. Estamos en una balsa de aceite.. hirviendo. ¡Qué gratitud debemos al Señor Omnipotente por habernos hecho españoles! Porque si nos hubiera hecho ingleses o austríacos o rusos, ahora estaríamos aburridísimos, privados de admirar esta entretenida función de fuegos artificiales.

-¿Y esos que están en el cuarto de Iglesias..?

-Son patriotas furibundos.. de buena fe; de los que creen que con degollar frailes, azotar monjas y hablar pestes de todos los ministros, se arregla la nación. Sin quererlo, les preparan la suerte a los moderados. Algunos creen en Mendizábal, y otros le repudian porque no va por calles y plazuelas perorando, con un pendón en la mano.. A todos tiene que contestar el señor de las largas levitas. Trabajo le mando.. Si quiere usted que olfateemos lo que traman los compinches de Iglesias, vámonos a mi cuarto, donde al paso que usted lee El Español y El Eco, yo me daré mis mañas para pescar al oído alguna palabreja.. Véngase usted para acá.

Fuéronse de puntillas al cuarto de D. Pedro, y desde él oyeron gran batahola en el de Iglesias; y no pudiendo este resistir el fuerte estímulo de su curiosidad, se coló en la caverna de los conjurados, pretextando recoger un tomo de las Palabras de un creyente, de Lamennais, que había prestado a su amigo. No tardó en volver risueño con el libro, y con preciosas noticias de la conspiración, que resultaba la más inocente que en cerebros revolucionarios pudiera caber.

«Nuestro gozo en un pozo, amigo Calpena. No tratan de ahorcar a medio mundo, ni de sublevar la tropa, ni de meter más fuego a las Juntas. Las Juntas y toda esa marimorena les importa tanto a esos ángeles de Dios como las coplas de Calaínos. Lo que les trae tan levantiscos es que las elecciones para el Estamento (p.4030) están próximas, y ellos, cosa muy natural, quieren ser procuradores. Mendizábal conferenció anoche con Caballero, y parece que le asegura la elección por Cuenca. Los otros dos, y alguno más que vendrá después, andan a la husma de las procuras, y quieren estar bien con Mendizábal y con el Ministro de la Gobernación, D. Martín de los Heros. Vea usted el secreto de estos aquelarres misteriosos».

-¿Será posible, amigo Hillo, que yo, provinciano y desconocedor del mundo y de Madrid, tenga más malicia, más trastienda que usted, que lleva ya no sé cuántos años de andar en este terreno? Dígolo porque me figuro que Iglesias y sus amigotes le han engañado como a un chino. Al verse sorprendidos por la brusca entrada de usted en el escondrijo, han variado de conversación.

-Por San Félix de Cantalicio, pienso que está usted en lo cierto.. Me han dado el trapo. Soy toro noble.

Aún no había concluido la frase, cuando entró Iglesias resueltamente en el cuarto de Hillo, y llegándose a D. Fernando con resuelto ademán y sonrisa un tanto maliciosa, como de hombre muy corrido para quien no hay nada secreto, le dijo:

«Ya sabemos, amigo Calpena, que ha traído usted de Francia un voluminoso paquete de papeles para el Sr. Mendizábal».

Quedose un tanto suspenso el joven, y no supo qué responder.

 

Ep-22-VI -

«Le entregaron a usted ese paquete en Olorón. Lo había traído de Burdeos una señora.. No.. no se ponga usted colorado, después de haberse puesto pálido. No se trata de ningún delito. Le dan a usted un encargo, y usted lo cumple puntualmente. No pretendo yo.. pues no faltaba más.. que usted me revele cosas sobre las cuales debe guardar secreto. No, no, señor. Lo que sí puedo decirle es que el sujeto que debía recoger ese paquete o caja de manos de usted, para entregarlo al señor Ministro, ya no vendrá a desempeñar esa comisión, porque anoche le han preso, y se halla incomunicado en el Saladero».

Perplejo un buen rato quedó Calpena ante la osada interpelación de Nicomedes, que con brusquedad tan impertinente quería producir (p.4031) efecto y ver confirmados sus informes en el rostro del simpático mozo; pero rehecho este prontamente del estupor, le contestó con tanta dignidad como cortesía: «Nuestra amistad, señor de Iglesias, que yo estimo mucho, no es tan antigua que a mí me permita informarle de si traigo o no encargos para determinadas personas, ni a usted preguntármelo en forma afirmativa, la cual revela una confianza un poquito prematura. Va usted demasiado a prisa, amigo D. Nicomedes. Cuatro días hace que nos conocemos».

-Sentiría, Sr. Calpena, que usted interpretase mal lo que acabo de indicarle -dijo el otro, recogiendo velas-. No pretendo que usted me revele el secreto de los encarguitos que le han confiado, ni eso a mí me importa. Creí yo que nuestra amistad, con ser de cuatro días, es ya bastante firme para que yo pueda tomarme la confianza de prevenirle contra ciertos peligros.. Porque usted es un joven tan honrado como inexperto, y podría, con el candor propio de los pocos años, prestarse a ciertos mensajes, de cuya gravedad no tiene la menor idea.

-Se me figura, amigo Iglesias, que la calentura patriótica que usted padece le hace ver peligros y misterios en los actos más sencillos.

-No sabe usted dónde está, y yo tendría mucho gusto, si no se empeña en creer demasiado fresca nuestra amistad; tendría yo sumo placer, digo, en iniciarle en la vida política, puesto que a ella piensa, según veo, dedicarse.

-No he pensado en tal cosa. La vida política no se ha hecho para mí.

-El señor -dijo Hillo con cierta timidez-, es de los que se lo encuentran todo hecho, y no necesita de que nadie le inicie, pues tiene mentores y padrinos, en la sombra, que no le permitirían dar un mal paso.

-Si hace usted caso de este clérigo -dijo Iglesias con humorismo-, el sotana más honrado del mundo, pero al propio tiempo el más candoroso, está usted perdido, Calpena. Haga usted caso de mí, y déjese llevar. En la sombra no hay mentores ni garambainas. Todo eso es romanticismo de clase averiada.. Vamos a cuentas. Lo primero, perdóneme si le (p.4032) hablé con cierta impertinencia del encargo que trae..

-Yo no he traído papeles para el Sr. Mendizábal -replicó D. Fernando-, ni me habían de escoger a mí para tales mensajes.

-No abre usted la boca sin que nos dé una nueva prueba de su inexperiencia candorosa.. Puesto que aquí todos somos amigos, déjeme usted que hable y le ponga al tanto de la situación.. Y antes me permitirá que le presente a dos amigos, que espero lo serán de usted en cuanto les conozca.

Cuando esto decía, dejáronse ver en la puerta dos sujetos, que eran los de la encerrona con Iglesias, ambos como de treinta a cuarenta años, y al entrar revelaron por su soltura y buenos modos ser de lo más selecto entre la juventud intelectual de aquellos tiempos. Bien supo Iglesias, al presentarles, realzar sus nombres: «Mi amigo Joaquín María López.. mi amigo Fermín Caballero».

Era este de color moreno; facciones bastas y rudas, del tipo castellano, común en campo más que en ciudades; bigote negro con mosca; cabello encrespado, que parecía un escobillón; complexión dura; el habla ruda y clásica, de perfectísima construcción castiza. El otro revelaba su estirpe levantina en la finura del cutis y la viveza del mirar, en la vehemencia de la expresión, y en la flexibilidad y gracia. Recibiolos Calpena con franca urbanidad, y se sentaron todos, teniendo uno de ellos que hacer sofá de la cama de Hillo, y este no cabía en sí de gozo viendo tan honrada su pobre mansión.

«Trasladamos el Sublime Taller desde los alcázares de Iglesias a las góticas arcadas de Hillo.. -dijo con gracia López-. La Iglesia nos ampara, nos acoge en su santo regazo».

-La Iglesia -replicó Hillo, sentándose en un cofre-, oye y calla, mas no otorga. En el regazo de la Iglesia no entran más que los arrepentidos.

-Amén -dijo Caballero-, y expliquemos en pocas palabras la llaneza con que asaltamos la morada de estos buenos señores.

-El caso es el siguiente.. Permíteme -indicó Nicomedes, que no gustaba de que otros dijesen lo que él podía decir-. Sabemos que el Gobierno por una parte, la Reina por otra, (p.4033) despachan agentes al campo y corte de Don Carlos, a los cuales encargan que se finjan rabiosos absolutistas para ganar la confianza de los íntimos del Pretendiente. El objeto es introducir allí la discordia y acabar con el absolutismo por su propia descomposición. Al propio tiempo, los facciosos tienen aquí infinitos emisarios que hacen el propio juego, de lo cual resulta, señores, un tan espantoso lío, que ni aquí ni allí nos entendemos, y no sabemos ya cuáles son los adeptos legítimos y cuáles los apócrifos..

-Pero hay otra cosa peor -interrumpió López, que, como buen orador, gustaba de expresar por sí las ideas de los demás-; hay otra cosa. Hierven discordias mil en la corte del Pretendiente, por ser muchos los carlistas de viso que desean la transacción, siempre que el Gobierno liberal les reconozca grados, emolumentos y honores.

-Andan estos -prosiguió Caballero, que hablaba poco y bien-, en continuo teje-maneje de Oñate a la Granja y de la Granja a Oñate, zurciendo voluntades y buscando la reconciliación de antiguos comilitones, ahora desavenidos; y como, si lograran su objeto, habrían de sobrevenir grandes males a la Nación, nosotros, que miramos por la permanencia del sistema representativo, haremos cuanto esté de nuestra parte porque todas esas artimañas resulten fallidas.

-Y además.. hay -apuntó Nicomedes- una tenebrosa y hasta hoy indescifrable conjura de la infanta Carlota..

-Señores -declaró D. Pedro, poniéndose en pie-, la Iglesia, como dueña del local en el cual, por su tolerancia, que no por su gusto, se celebra esta nefanda reunión, recomienda a los señores preopinantes que no hablen de las reales personas.

-Tiene razón nuestro noble castellano -dijo López con sorna-. No nombraremos a ninguna persona real; pero podemos designar por su nombre griego al que lo recibió y adoptó conforme a rito, cuando y donde todos sabemos. Hablaremos, pues, de Dracón.

-¡Alto! -gritó Hillo poniéndose en pie-, porque el designado con notoria irreverencia con ese nombre, que huele a chamusquina masónica, (p.4034) es S. A. el infante D. Francisco. Al menos yo lo he oído así, y no permito, señores, no permito..

-Bueno, bueno -dijo Caballero-: no lastimemos los sentimientos religiosos y monárquicos con tanta sinceridad manifestados por este buen señor. A Dracón todos le conocemos, y no hay que hacer misterio de él ni de su nombre de batalla. Creo que se exagera la importancia del tal: de mí sé decir que no creo que exista plan ninguno verosímil fundado en la personalidad del Infante.

-Poco a poco -apuntó Nicomedes-. Fermín, a ti te consta que sí lo hay.

-No.. lo que me consta es que algunos cándidos han echado a volar ese nombre, denigrándolo con la suposición de que teníamos en la persona que lo lleva un nuevo Pretendiente. Y esto es absurdo; esto no cabe en cabeza humana, ni aun en la de un español de 1835, que es la cabeza que nos ofrece la historia como más destornillada.

-Y, sin embargo, hay quien lo dice.

-Y quien lo cree, y lo sostiene como cosa muy práctica.

-Y no falta quien asegure que es la única salvación del país.

-Señores, son muchas salvaciones para un solo país.. Salvadora la Reina Cristina, salvador D. Carlos, salvador Mendizábal, y ahora también D. Francisco nos quiere salvar.. Vamos, con tantas salvaciones, España va al abismo.

-Señores, no desvariemos -indicó Hillo-. El señor infante D. Francisco, que es persona discreta, no ha puesto sus ojos en el Trono.. Se contentará por hoy con sentarse en el Estamento de Próceres.

-Pretensión contraria a las leyes, tras de la cual hemos de ver y vemos una ambición política muy sospechosa, señores, muy sospechosa.

-No exageremos.. Cuando más, cuando más, Dracón aspira a la Regencia..

-¡Otra te pego!..

-Señores conferenciantes -dijo Hillo con festiva severidad-, que no permito, que no puedo consentir afirmaciones tan contrarias al decoro de la Real Familia.. Si siguen sus señorías por ese camino, mandaré que les lleven al corral.

-¿Somos gallinas?

-Toros de sentido.. de excesivo sentido, maliciosos, imposibles para la brega, por lo cual creo que (p.4035) no puede acabar bien la elocuente corrida que estamos celebrando.

-¡Ja, ja, ja!.. Muy bien. En fin, concretemos: seamos explícitos y lacónicos, porque este joven (por Calpena) dirá, y con razón, que le estamos embromando. ¿Verdad, señor Calpena, que no entiende usted qué relación puede existir entre su persona y estas cosas desordenadas que acaba de oír?

-En efecto: no se me alcanza qué concomitancia pueda tener mi humilde persona con esos agentes reservados, con esas intrigas, con el Sr. Dracón y demás..

-Hemos sabido -dijo Nicomedes con campanuda solemnidad-, que de Francia se remitió un paquete de interesantes papeles a Madrid.. No vaya usted a creer que intentamos sustraer ese tesoro, y apropiárnoslo por medios contrarios a la hidalguía. En poder de usted se halla todavía el encargo. La persona que debía recogerlo ha sido presa, y probablemente no saldrá pronto de la cárcel. Es muy posible que alguien intente apoderarse del paquete, diciendo a usted que viene de parte de su legítimo dueño. Yo le suplico, señor D. Fernando, que no lo suelte, aunque los que vengan a pedirlo le presenten esquela del mismo Sr. D. Eugenio Aviraneta, a quien viene dirigido, porque tanto el recado como la esquela serán falsos de toda falsedad.

-Pues correspondo a su franqueza -dijo D. Fernando, a quien todos oían con vivísima atención-, que no traigo yo encargo ni cosa alguna para ese señor que acaba de nombrar; y si algo hay en mi baúl, que me confiaron en la frontera personas de toda mi confianza, y que no conspiran ni han conspirado nunca, lo entregaré a quien venga a reclamarlo, siempre que acredite, por usual conocimiento, ser la persona a quien viene rotulado.

-Pues aún me resta decir algo para que vean todos mi sinceridad y nobleza. Antes dije a usted que el paquete venía dirigido a Mendizábal; pero esto lo hice sin más objeto que desconcertarle a usted, con la idea de que su turbación le arrastrase a revelarme algo que yo quería saber: lo que usted trae no viene dirigido a Mendizábal, ni tiene nada que ver directamente con (p.4036) nuestro célebre gaditano. Pero personas muy altas, muy altas, fijese bien en lo que afirmo, pudieran tener noticia de que el señor Calpena es portador de papeles graves, y en este caso no dejarían de intentar por todos los medios apoderarse de ellos.

-En vez de aumentar la confusión de este excelente joven -indicó Caballero-, procuremos disiparla, amigo Nicomedes, y al propio tiempo, convenzámosle de que no pretendemos apoderamos de secretos que no se nos quieren confiar.

-Justamente -dijo López-, y empecemos por declarar que ignoramos, o por lo menos, que no sabemos con exactitud qué documentos se han confiado a su discreción. Puede ser algo que exclusivamente interese a la Familia Real; puede ser del común interés de los partidos militantes. Me inclino a creer esto. El propio Aviraneta no sabe lo que es, o no quiere decírnoslo.

-No lo sabe -afirmó Iglesias-. Así me lo aseguró ayer, y debemos creerlo.

-Hame dado en la nariz -dijo Caballero-, que lo que han remitido a D. Eugenio es todo el fárrago de papeles concernientes a la Confederación isabelina, de infausta memoria. Él mismo se lo llevó a Francia no sé con qué objeto, y de allá se lo remiten para que lo utilice aquí en contra nuestra, y en pro de los Torenos y Martínez.. Yo, señores míos, me fío poco de Aviraneta, y no quisiera que mis amigos tuvieran interés por nada que al infatigable conspirador se refiera.. Fíjese usted, Sr. Calpena, en lo que voy a decirle, para que no se embrollen sus ideas con la extraordinaria confusión que ha de resultarle de lo que decimos. Los estatuistas nos acusan de haber preparado, dispuesto, organizado, en una palabra, el degüello de los frailes, el asesinato de Canterac y otros abominables hechos de que usted tendrá conocimiento. Se nos quiere denigrar, inutilizar para la gobernación del Reino. Si hay responsabilidad, no pueden ellos eludirla, pues en los terribles días de Julio del año pasado era Presidente del Consejo el Sr. Martínez de la Rosa; Ministro de la Gobernación el Sr. Moscoso, y Corregidor de Madrid el señor Marqués de Falces. (p.4037) ¿Sabéis lo que, en mi presunción, contiene la estafeta que ha traído el Sr. Calpena? Pues el plan de Constitución que hicimos Olavarría y yo; la exposición dirigida a S. M. por Flórez Estrada, condenando el Estatuto; el proyecto de asonada general; el plan de Ministerio, presidido por Pérez de Castro; los compromisos contraídos por Palafox y Calvo de Rozas, con el nombre de trabajos militares, y, por último, el informe de la Comisión que nombramos para proponer al Gobierno el mejor sistema de extinción de frailes. Todo eso y algo más había. Aviraneta, como iniciador de la Isabelina, arrambló con el archivo cuando la persecución de la policía le obligó a emigrar a Francia. ¿Trataría de hacer algún negocio con Luis Felipe? ¿Habrá entrado en contubernios con D. Carlos? Yo no lo sé.. Ya os he dicho que no me fío de ese hombre, y que de su refinada astucia y doblez lo temo todo. Vosotros creéis en Aviraneta; yo no. Para mí es un monstruoso talento, el más sutil y agudo para la intriga. El año pasado conspiraba o aparentaba conspirar con nosotros. Este año trabaja secretamente por los enemigos del progreso. Vosotros creéis en sus alardes de patriotismo revolucionario; yo no. Vosotros confiáis en su lealtad; yo desconfío hasta de su sombra. Si le ayudáis, ayudáis al desprestigio de Palafox, de D. Jerónimo Valdés, de San Miguel, de los patriotas Quiroga y Palarea, de Salustiano, del propio Mendizábal, pues ya sabéis que D. Juan Álvarez comunicó desde Londres su propósito de constituir allí un Círculo isabelino, y de facilitar fondos para la causa, y en esfera más modesta ayudáis también a vuestro propio vilipendio y al mío..

-Fermín, Fermín -dijo Iglesias, apretando los puños, encendido el rostro-: tú siempre pesimista, tú siempre malévolo y suspicaz, desconfiando de los hombres más adictos a la idea, de los que han sabido padecer por ella persecuciones horribles.

-Y tú, Nicomedes, siempre iluso y confiado, pobre enfermo de la calentura patriótica, ni aprendes nada de la experiencia, ni atiendes a las lecciones del tiempo. (p.4038) Tanto a ti, pobre Iglesias, como a ti, Joaquín, almas crédulas, espíritus generosos, os digo que desconfiéis de Aviraneta, que no le ayudéis en sus maquinaciones, que le dejéis solo en la febril inquietud de su conspirar instintivo, genial, por amor al arte, por ley de su naturaleza.

Y cambiando bruscamente al tono familiar, antes que sus atontados amigos pudieran replicarle, se levantó y formuló la despedida en estos términos: «Ya he sermoneado bastante, y ahora me voy, que tengo que trabajar. Holgazanes, quedaos con Dios».

-Fermín, aguarda, siéntate.. que aún tenemos mucho que hablar.

-¡Hablar! La maldita palabra. Es la sarna del país. España llegará al fin del siglo sin haber hecho nada más que rascarse, es decir, hablar.. Quedaos con Dios.. Y usted, Sr. de Calpena, al aceptarme por su amigo, me va a permitir que le dé un consejo. Es usted muy joven; yo tengo treinta y seis años y alguna experiencia. No haga caso de estos pobres orates. Si quiere usted seguir el consejo de un patriota honrado, que no padece la famosa calentura, y profesa sus ideas con fría convicción, no sirva usted de correo a los conspiradores de oficio. Y pues le han cogido de sorpresa, encargándole comisiones que no habría aceptado con conocimiento, vénguese por el método inquisitorial.. En vez de entregar los papeles al Sr. de Aviraneta, arrójelos a las llamas. Ganará usted mucho en tranquilidad de conciencia.

-¡Quemarlos! ¡Eso no! -gritó Iglesias.

-Créame a mí..

-No le crea, no, Fernando. Es de Cuenca, que es como decir leñador y carbonero..

-Carbón, sí; carbón haría yo de todo ese fárrago de sandeces -dijo Caballero con arrogancia, enarbolando su bastón-. Nuestro pasado político, amigos revolucionarios, debe ir al fuego.. Quemad la broza, que las ideas, no temáis.. esas no arden.

Y encasquetándose el sombrero, que era de los voluminosos que entonces se usaban, salió del cuarto y de la casa con resuelto y presuroso andar.

 

Ep-22-VII -

Aunque desconcertados por la enérgica manifestación de Caballero, que al fin hubo de (p.4039) condenar las bajas intrigas, no cejaron Iglesias y López en su propósito de catequizar al joven Calpena. Aún insistió D. Joaquín en que entregase el lío a D. Eugenio Aviraneta, sin pensar en hacerlo cisco, como le aconsejara Fermín con implacable rigor; y más atrevido Iglesias, propuso al joven, no que pusiese en sus manos lo que era objeto de tantas cavilaciones, sino que permitiera ver su contenido, prometiendo ambos guardar profundo secreto sobre lo poquito que examinar pudiesen. Negose resueltamente D. Fernando, y ellos invocaron los principios liberales que sin duda el joven profesaba; los grandes intereses del pueblo, al cual todos pertenecían; y añadiendo a los halagos las promesas, ofrecieron traerle antes de tres días una credencial de ocho mil reales en cualquier Ministerio, si a satisfacer su ardiente curiosidad se prestaba. Pero ni las demostraciones de amistad, ni las ofertas de colocación, quebrantaron la delicada entereza de D. Fernando, el cual decididamente, con frase categórica y un tanto áspera, les quitó toda esperanza, alentándole en esto su amigo Hillo con muecas y manotadas expresivas. Replegáronse de mal talante los patriotas al cuarto de Iglesias, y lo primero que hizo D. Fernando al entrar en el suyo fue guardar bajo llave, en los seguros cajones de una cómoda, el contenido de su baúl, o aquella parte que convenía poner a cubierto de cualquier sorpresa.

«Hace usted bien -le decía Hillo gozoso-, porque estos libres, como ellos se llaman, no se paran en pelillos. Fuera del patriotismo, son honrados, y por nada del mundo le quitarían a usted un botón ni un cigarro de papel. Pero en mediando lo que ellos llaman el interés de la Confederación o de la libertad, aunque esta sea tan desacreditada como la de la imprenta; como se trate de arma política con que puedan descabellar al contrario y arrastrarle por el redondel, se ciegan, y de noblotes y decentes se convierten en los primeros badulaques del mundo».

De acuerdo en esto como en todo, pues los lazos de su amistad se apretaban más cada hora, salieron a dar un paseo (p.4040) antes de comer.

«¡Qué hermoso apóstrofe el de Caballero! -decía, calle abajo, hacia la de Alcalá, el buen clérigo Hillo-. Mejor será llamarlo conminación o deprecación..».

-Llamémoslo corrección fraterna, que así deben nombrarse los hijos de tal padre. Me ha gustado D. Fermín. ¿Sabe usted que los otros parecen locos?

-Y no es lo peor que lo parezcan, sino que lo sean, y que nos comuniquen a nosotros su locura. Yo siento un gran desorden en mi cabeza.

-Y yo. Le aseguro a usted que me falta poco para ponerme a gritar en medio de la calle. ¿Con que es verdad que he conspirado sin saberlo? ¿Con que es verdad que traigo papeles que comprometen a la Real Familia.. o a los reales masones, o a los isabelinos, o al demonio coronado? Y ahora consulto yo con usted una sospecha grave: ¿tendrá alguna relación este enredo con los favores que recibo de mano desconocida?.. Esa personalidad misteriosa que en las tinieblas me protege, ¿tendrá algo que ver con.. con no sé qué?.. Yo desvarío, se embarullan mis ideas. ¿Me encontraré envuelto, sin culpa ninguna, en alguna endemoniada intriga? Dígame su franca opinión.. Usted es hombre de mundo, y conoce esta sociedad y estos manejos de la política. Yo soy un inocente: vengo de un pueblo fronterizo y de una ciudad extranjera, donde he vivido amarrado a un bufete de comerciante.. Yo no sé nada de esto. Ilumíneme usted; indíqueme si debo hacer algo, o no hacer nada y dejar correr los acontecimientos..

-Pues, mi amigo D. Fernando, creo, y no hay que asustarse, que se halla usted metido de hoz y coz en un lío estupendo.. Dígame ante todo: ¿es cierto que trae usted esa caja?

-Sí, señor; a usted puedo decírselo. Traigo un paquete bastante pesado y voluminoso. Me lo dio una señora que en Olorón visitaba mucho a los hermanos de mi padrino.. Díjome que se presentaría a recibir el encargo la persona a quien viene rotulado, y es también una señora, y se llama Doña Jacoba Zahón.

-Eso de Zahón me huele a masonería. Y la señora que lo entregó a usted, ¿quién es?

-Allí la llamaban la Marquesa, y decían de (p.4041) ella que politiqueaba, que sostenía larga correspondencia, y que en Tours y en Burdeos estuvo en relaciones íntimas con algunos emigrados liberales.

-¡Ah.. por San Benito de Palermo!.. Ya veo, ya veo claro.. digo, no, no veo más que obscuridades y fantasmas.. Señora allá que manda, señora aquí que recibe.. Aviraneta.. La Confederación isabelina.. el degüello de regulares.. Mendizábal.. Usted recibido y aposentado en Madrid por personas desconocidas que no dan la cara.. usted vestido por Utrilla.. usted obsequiado con billetes de teatro y con otros regalitos que no habrá querido decirme.. ¡Ay! D. Fernando de mi alma, como mi religión me ordena no creer en brujas, y mi experiencia me permite creer en enjuagues masónicos, yo le veo a usted tocado de locura, y me vuelvo loco también, porque no entiendo una palabra de este intrincado negocio.

-¡Y luego decimos que somos clásicos!

-¡Clásicos! Eso quisiéramos. El mundo está tocado de insana demencia.. Ya no pasan las cosas como antes, con aquella pausa y regularidad de otros tiempos; todo está trastornado; reina la sorpresa, mangonea el acaso, y los acontecimientos se suceden sin ninguna lógica. Ya no hay reglas, mi querido D. Fernandito. Esto es el caos, la barbarie, la anarquía de las almas. Corre un viento de desorden, y en la naturaleza no hay aquella serenidad, aquella calma majestuosa.. ¿Digo mal?

-Dice usted muy bien. Yo me noto lanzado en este vértigo, en este espantoso remolino.

-Todo por ese maldito.. Hasta me repugna pronunciar su nombre.

-Ese maldito.. ¿qué?

-¿Sabe usted, Fernando Calpena -dijo el clérigo con solemne gravedad, parándose en firme-, quién tiene la culpa de esta locura que nos saca de quicio, de esta llamarada que nos abrasa el rostro, de esta comezón que nos hace bailar la tarántula?

-¿Quién tiene la culpa?..

-¡Qué! ¿No lo acierta? Pues tienen la culpa Víctor Hugo y Dumas, esos dos infames progenitores del romanticismo.. ¡El romanticismo! Ese es el remolino, ese es el vértigo, esa es la locura..

-D. Pedro -dijo Calpena, sin encontrar (p.4042) pertinente lo que afirmaba su amigo-, ¿qué tiene que ver..? ¡Dumas, Víctor Hugo!.. son dos grandes poetas..

-Que han desatado las tempestades en nuestra literatura, y tras el desquiciamiento de la literatura, ha venido el de la política, y luego el de la vida toda.. Yo, a esos dos, les mandaría cortar la cabeza, sin cargo alguno de conciencia, como a malhechores del género humano, y me quedaría tan fresco.. ¿No ve usted que ya no hay orden ni reglas en el curso de los hechos que constituyen la vida? ¿No ve usted que ya todo es exaltación, misterio, fantasmas, lo desconocido, lo imponderable?.. Pues espérese usted un poco, que ya empezarán los espectros, las tumbas, los cipreses funerarios.. En fin, vámonos a comer, que yo, la verdad sobre todo, tengo ya ganas. Y esta tarde nos iremos a dar un largo paseo por las afueras, para que usted me cumpla su promesa de contarme algo de su vida, y del cómo y el por qué de haber venido a este maldito Madrid.

-Volvámonos a casa -dijo Calpena sobresaltado, pues temía un golpetazo repentino de la suerte, como contrapeso de tantas venturas-, y veremos cuál es la sorpresa de esta tarde.

-¡Qué!.. ¿Teme que venga de sopetón la mala?.. Deseche usted ese recelo, porque si viniera la mala, caería sobre mí. Quiero decir que aquí está Pedro Hillo para recogerla, pues yo seré su pararrayos, Sr. D. Fernandito. No dude que si salta la chispa caerá sobre este cura.. y usted libre, usted siempre feliz.. Si no, al tiempo.

Sorpresa hubo, en efecto; mas no desagradable, como Calpena temía. Al entrar le dio Méndez un paquetito que acababan de traer. Pálido y ceñudo, el joven no se atrevía a cogerlo. Hízolo Hillo, tomó el peso, y se echó a reír diciendo: «Que me excomulguen si esto no es dinero contante y sonante».

El paquetito era como una carta muy abultada, o como un libro de poco volumen, esmeradamente envuelto en papel superior, cerrado con lacres. Estos no tenían sello con letras o escudo. Antes de abrirlo, preguntó D. Fernando a Méndez quién lo había traído. (p.4043)

«Ha sido el mismo señor, ese que llaman Edipo».

-No puede ser más clásico -observó Don Pedro-. A ver, a ver.. abra usted.

-Podría usted haberle dicho que se esperara. Yo le habría interrogado.. En fin, veamos qué es esto.

Metiose en su cuarto con Hillo, y en pocos segundos quedó aquel nuevo enigma descifrado a medias, pues si debajo del envoltorio apareció una elegantísima y perfumada cartera de piel, con un cartoncillo en el cual resplandecían ocho medias onzas prendidas con cruce de seda encarnada, no se encontró papel escrito, ni tarjeta, ni cifra por donde la procedencia pudiera ser conocida.

«Muy bien -dijo el presbítero restregándose furiosamente las manos-. Eso no podía faltar.. Aparece la lógica en medio de este barullo romántico.. Le mandan a usted dinero para el bolsillo, pues un joven vestido por Utrilla, un caballero que ocupará altas posiciones, que figurará entre los más elegantes de Madrid, no es bien que ande sin pólvora.. Ea, no se devane ahora los sesos.. Ya parecerá, Señor, ya parecerá el donante. Vámonos al comedor, que con estas sorpresas se me aguza el apetito».

Comieron solos, porque Iglesias, convidado por López, se había ido a la fonda de Genieys; D. Fernando hablaba poco; a Hillo se le despertó la locuacidad con tanta fuerza como el apetito, y trataba de apartar al joven Calpena de la sombría cavilación en que había caído.. «Antes dije a usted que estábamos locos, y ahora añado que bendita sea la locura si viene siempre así. Mientras lluevan medias onzas, ora sean pasta, ora transformadas en cosas de diferente utilidad, no llore usted, joven. Si luego nos cae alguna rueda de molino, tiempo habrá de lamentarlo. Y hablo en plural, porque si mi delicadeza no me permite participar de los beneficios exclusivamente destinados a usted, deseo y quiero ser partícipe de los males, cuando Dios se fuere servido de enviarlos. Con que reposemos un rato la comida, y luego nos iremos a estirar las piernas al Retiro».

Hiciéronlo así, y descansando de su caminata a la sombra de unos copudos negrillos, en sitio sosegado, (p.4044) allá por el Baño de la Elefanta, D. Fernando se franqueó con su amigo, ofreciéndole los datos biográficos que anhelaba conocer, como clave o guía para descubrir la misteriosa mano.

«Los primeros recuerdos de mi infancia -contestó Calpena-, se refieren a Vera, y a la casa del cura de aquel pueblo. Pero yo nací y fui bautizado en Urdax, no constando en la partida más que el nombre de mi madre, Basilisa Calpena. Ni la conocí nunca, ni he sabido de ella, pues la mujer que me crió se llamaba Ignacia, natural de Zugarramundi, habitante en Vera, en una casita próxima a la del cura. No tenía yo dos años, cuando este me llevó consigo, y ya no me separé de él hasta su muerte, ocurrida el año 32. Llamábale yo padrino, y él a mí ahijado y a veces hijo. Era el hombre más excelente que usted puede imaginar, sin tacha como sacerdote, verdadero pastor de sus feligreses; tan caritativo, que todo lo suyo era de los pobres; entendido en mil cosas, principalmente en agricultura, en astronomía empírica y en humanidades; gran latino, tan modesto en sus hábitos, y tan apegado a la humilde iglesia en que desempeñaba su ministerio, que rechazó la oferta de una capellanía de Roncesvalles y del deanato de Pamplona. Para mí, D. Narciso Vidaurre, que así se llamaba, era la primera persona del mundo, y en él se condensaron siempre todos mis afectos de familia, pues él era para mí como padre y maestro. Si no me había dado la vida, me dio la crianza, la educación, y me enseñó a ser hombre, infundiéndome la dignidad, la confianza en mí mismo, y preparándome para los mil trabajos de la vida. Desde niño me enseñó todo lo concerniente, en lo moral y en lo social, a personas principales.. quiero decir que me crió para señor, no para sirviente ni para la vida oscura y zafia del campo. Aunque no con puntualidad, D. Narciso recibía cantidades para mi sostenimiento, educación y demás. Él venía unas veces de Madrid, otras de Burdeos o París. De esto me enteré yo en mi niñez; pero él nunca me dijo nada, y aunque a veces aludía vagamente a mis (p.4045) padres, dándome a entender que existían, y que yo podría conocerles andando el tiempo, jamás me habló concretamente de asunto tan delicado. Sin duda, no se creía con facultades para hacerme tal revelación; o tal vez aguardaba a que yo cumpliese determinada edad. No sé, no sé, amigo Hillo.. Mis confusiones son ahora las mismas que hace algunos años. Quizás, si mi padrino viviera, ya habría cesado mi ignorancia de cosa tan importante; quizás..».

-Permítame.. Entre paréntesis.. -dijo D. Pedro, que ponía profunda atención en el relato-. Una pregunta: ¿en aquel tiempo recibía usted también favorcitos misteriosos de la mano oculta?

-En tiempo de mi padrino, jamás. En París, una vez sola. Ya llegará oportunidad de contarlo.. Seguiré con método.

-Permítame otra pregunta: ¿ese señor murió de repente?

-Sí.. de un ataque apoplético. No le dio tiempo a nada.

-Claro.. si hubiese tenido tiempo, lo natural y lógico era llamarle a usted.. decirle: «Hijo mío, tal y tal..».

-Su muerte fue para mí un golpe tremendo. Parecíame que se acababa el mundo, la humanidad; que yo me veía condenado a soledad eterna, a un desamparo tristísimo.. Aquel santo hombre era para mí la única y total familia, el maestro, el amigo, el inspirador de todos mis pensamientos, guía de todos mis actos.. Dejome un horrible vacío..

-Dispense.. Otra pregunta: ¿no tenía el buen D. Narciso, como es uso y costumbre en la clase de curas, alguna familia de sobrinas, amas?.. ¿o es que vivía enteramente solo?

-Tenía una hermana más vieja que él, Doña María del Socorro, que le llevó tres años por delante en el morir; buena señora, aunque algo regañona y descontentadiza, y un hermano que no vivía en Vera.. Muerta Doña María, siguieron gobernando la casa una sobrina, que al poco tiempo casó con uno de Fuenterrabía, y dos antiguas criadas de la familia, que aún sirven al sucesor en el curato, un sobrino segundo, llamado Avelino, buen muchacho, pero que no es ni la sombra de su tío.. No nacerá otro D. Narciso Vidaurre, el santo, el justo, el sabio, el discreto, (p.4046) el..

 

Ep-22-VIII -

Nueva interpelación de D. Pedro, que impaciente quería profundizar en el hermoso asunto, para llegar pronto a la verdad. «Perdóneme otra vez, Fernandito, si le interrumpo. ¿Ese señor cura no se señaló, como todo el clero navarro, por la adhesión a las ideas y a la persona de D. Carlos María Isidro?».

-Verá usted.. Mi padrino, hombre de acendrada religión, manifestaba despego a los revolucionarios y jacobinos.. Del 14 al 20 simpatizó con los realistas, por lo cual le tuvieron entre ojos las autoridades de los tres años. Poco antes de la entrada de Angulema, tuvimos que salir de Vera y refugiarnos en Cambo. Pero a principios del 24 ya estaba mi padrino en su parroquia, y entonces le ofrecieron la canonjía de Pamplona, que rehusó. Desde el 24 hasta la muerte del Rey, se abstuvo de manifestar con demasiada viveza sus sentimientos realistas. Debo decir también que el buen señor tenía relaciones con personas del bando liberal. Era muy amigo del general Mina..

-¡De D. Francisco Espoz y Mina!

-Hacia el 22, comía en la Rectoral siempre que pasaba por Vera.. También tenía D. Narciso gran confianza con Eraso, el segundo de Zumalacárregui, y aun con este, en época anterior al carlismo, cuando Don Tomás era coronel de ejército. Sí, señor.. ¡Pues tengo tan presente a Mina.. le vi tantas veces en mi casa!

-¿Y con usted se mostraba cariñoso?..

-Como que monté a caballo más de una vez en sus rodillas. Me quería mucho.. me llamaba petit caporal y no sé qué.. Ahora que recuerdo: también nos visitó alguna vez el Conde de España.

-¿Y en las rodillas de ese también montaba usted?

-Creo que no. La época es más remota, y apenas me acuerdo.

-¿Y entre tantos generales no iban alguna vez generalas?.. ¿No recuerda haber visto en la casa del cura duquesas o princesas..?

-Personas de tanta categoría.. no sé.. como no fueran disfrazadas.

-Adelante. Murió el señor Cura, sin poder decir oste ni moste.. y luego..

-El hermano de D. Narciso vivía en Urdax, dedicado al tráfico de maderas. Este señor se (p.4047) encargó de mí. Honrado y cabal, no se parece nada a su difunto hermano: carece de instrucción, y es seco, adusto, sin delicadeza. Lo primero que hizo conmigo fue mandarme a Olorón para que siguiera mis estudios en un colegio. Allí viví unos meses en casa de un tal Maturana, habilísimo mecánico y armero, algo pariente y amigo íntimo de los Vidaurres. De pronto recibí órdenes de trasladarme a París a aprender prácticamente el comercio, pues al comercio quería dedicarme. Me mandaban acá y allá, sin darme explicaciones, y si alguna observación hacía yo, me respondían simplemente: «Manda quien manda».

-Ya me habló usted de su viaje a París para entrar en la casa de Banca donde conoció a Mendizábal; dígame ahora cómo se le manifestó la mano oculta en aquella ciudad.

-Yo vivía con otro chico guipuzcoano, compañero mío de escritorio, en una modesta pensión del faubourg Poissonière. Un día me encontré en la mesa de mi cuarto una carta dirigida a mí. Dentro de ella había dos billetes de la Banque de France, que allí circulan como metálico. Total: doscientos francos, que me vinieron muy bien. No pude averiguar quién me había llevado la carta: ni en la casa ni en mi oficina supieron darme ninguna razón. Pero aquella vez el dinero no venía solo, sino con una cartita muy lacónica en que se me mandaba oír misa, al día siguiente, a las nueve en punto, en la iglesia de Notre Dame des Victoires. Naturalmente, fui, y nada me sucedió, es decir, nadie se me acercó a hablarme, como esperábamos mi compañero y yo, que creímos se trataba de una aventura vulgar.

-Si usted no vio a nadie, sin duda alguien a usted le vería.. ¿Era ya en el reinado de Luis Felipe?

-Sí, señor. De repente, con la misma brusquedad con que fui enviado a París, llamáronme a Olorón, y allí estaba cuando se nos presentó Faustino Vidaurre, al parecer para tratar de negocios.. Noté yo que él y Felipe Maturana se decían algo referente a mí, recatándose de que yo lo entendiera. Una mañana me notificaron que vendría pronto a Madrid, donde se me daría (p.4048) un destino en las oficinas del Gobierno, con sueldo bastante para vivir decentemente en esta capital. Yo me alegré, porque allí no hacía nada, y la holganza monótona de aquel pueblo me enfadaba, me ponía enfermo.. Vi los cielos abiertos; me aventuré a pedir alguna explicación al hermano de mi padrino; pero no me dijo más que la frase sacramental: «Quien manda, manda». Y Maturana agregó: «Llevarás tu viaje pagado, y algo para que puedas vivir un par de meses en un alojamiento arregladito. Ya puedes empaquetar tu ropa y tus libros..». Y como yo expresase alguna inquietud acerca de mis primeros pasos en esta villa, no teniendo aquí conocimientos ni trayendo carta de recomendación, Faustino me dijo: «Anda, anda, hijo, y no temas nada, que ya tendrás quien te ampare y mire por ti. Vete descuidado, que nada te faltará.. Y no te mandamos tan desprovisto de apoyos y recomendaciones, pues además de los que allí te saldrán donde y cuando menos lo pienses, en Madrid tienes a nuestro primo Carlos Maturana, diamantista que fue de la Real Casa, y hoy comerciante en piedras preciosas. Ya le hemos escrito para que te preste algún socorro, si por acaso lo necesitares. Pero no esperes encontrarle en la Corte hasta los últimos de Septiembre, porque ahora está viajando por el Norte de Italia, y tardará un mes lo menos en llegar a Madrid. Vive en la plaza de la Armería junto a Palacio». Llegó el día de mi partida, y me despidieron muy conmovidos, como si no pensaran volver a verme. Tanto Maturana como Faustino y las mujeres de ambos, me dirigieron el último saludo con una extrañísima gravedad.. vamos, con algo como demostración de respeto.. No sé si me explico..

-Comprendido, comprendido.. Es muy natural.. ¿Y..?

-Ya, a eso voy. Dos días antes de mi salida de Olorón, se llegó por allí una señora muy estirada, con muchos moños grises alrededor de la cabeza, sombrero con cintas y encajes. Hablé con ella dos o tres veces, asombrándome de su instrucción, de su finura, de su conocimiento de la política, así (p.4049) francesa como española. La esposa de Maturana, persona también de excelente educación, francesa, hija de un librero de Foix, celebraba frecuentes encerronas con la dama desconocida. A esta la llamaban Madame Aline. (p.4050)

-¿Francesa?

-Pues mire usted que no lo sé.. Habla correctísimamente el español, aunque con un ligero acento.. no sé, me pareció catalán. Pues bien: esta señora fue la que me dio el encargo que tan soliviantados trae a nuestros patriotas. Tanto ella como Maturana me encargaron tuviese mucho cuidado de no entregar el paquete más que a la persona a quien viene dirigido. «Será muy difícil -me dijo madame Aline- que haya equivocación ni suplantación, si usted se fija bien en las señas que le doy. La señora en cuyas manos pondrá usted la cajita es jorobada».

-¡Lo ve usted! -exclamó Hillo, dándose un fuerte palmetazo en la rodilla-. ¿Ve usted cómo acertaba yo cuando hablé del torbellino romántico? En el romanticismo desempeñan siempre un papel culminante los jorobados, o siquiera cargados de espalda, los tuertos, patizambos, y en general toda persona que tenga alguna deformidad visible. También figuran en él los tísicos, los locos y los que padecen ictericia.

-Jorobada -me dijo-, de sesenta años, y algo impedida de la pierna derecha.

-Bueno, bueno, bueno.. Lo que digo: en pleno romanticismo. ¿Y qué nos importa? Mejor, más divertido: no nos faltarán emociones, sorpresas y.. corcovas.. ¡Ay! Fernandito de mi alma, me equivocaré mucho si de todo esto no resulta una anagnórisis felicísima.. Nada, nada, no hay que temer nada malo, sino una verdadera irrupción de bienes. Yo estoy contento, no sé qué me pasa. El bien ajeno no me produce envidia, sino una exaltación de cariño y entusiasmo por la persona favorecida. Así es que estallo de satisfacción, y me parece que esta noche he de atacar la cena con un apetito fenomenal. Adelante. ¿Falta algo?

-Sí señor: falta que usted conozca la clase de educación que me dio mi padrino; los sentimientos con que (p.4051) fortaleció mi conciencia; las ideas con que fue labrando mi criterio.. Desde muy niño me acostumbro a mirar la moral excesivamente severa como base de una vida ejemplar. La moral rígida, según él, es un deber que impone la fe, y al propio tiempo una indudable ventaja para la vida. Me enseñó a abominar de la mentira, siendo en esto tan extremoso, que ni aun me permitía los embustes inocentes que son el encanto principal de la infancia. De amor al prójimo, de caridad y abnegación, no hablemos, pues esto, con sólo su ejemplo, diariamente me lo enseñaba. Ponía un cuidado exquisito en que yo aprendiese desde muy niño a refrenar los deseos violentos, a no apetecer cosa alguna con demasiado ardor, a poner freno a las pasiones. Ya he dicho a usted que era un humanista de primer orden, y clásico ferviente, resultando armonía perfecta entre su gusto artístico y todos los actos de la vida, que iban siempre a compás, como sus pensamientos. De los modernos autores, Moratín era su ídolo. Se carteaba con él y con el abate Melon, y se sabía de memoria todas las poesías serias y festivas de D. Leandro, así como sus traducciones de Horacio. ¡Cuántas veces le oí declamar con grave entonación aquel pasaje!:

¿De cuál varón o semidiós el canto

previenes, alma Clío,

en corva lira o flauta resonante?

La sátira «¿Quieres casarte, Andrés?» la repetía enterita, sin el menor tropiezo. Explicándome las bellezas de estas composiciones, me hacía ver cómo la poesía, para ser de buena ley, debe subordinar la inspiración al buen gusto y a la regularidad. Mas no quería que fuese yo poeta, y una vez que me sorprendió haciendo versos, me los puso en solfa, incitándome a que, en vez de expresar mis pensamientos con música y medida, cultivara la buena prosa, que, sin duda podía ofrecerme ancho campo al empleo de la inteligencia, así en la oratoria política, como en la forense, en la historia, en la filosofía, y en todas las artes liberales. Por Cicerón tuvo verdadera idolatría, y decía que era lástima fuese gentil un hombre que expresaba las ideas con tal (p.4052) perfección, dando al raciocinio la palabra más propia y más enérgica. Repetía la memoria pasajes del gran orador y filósofo; me los explicaba; me hacía ver su concisa elocuencia, la propiedad, el empleo exacto de las voces..

-Repetiría aquel pasaje: Nihil agis, nihil moliris, nihil cogitas..

-Quod ego, non modo non audiam, sed etiam non videam..

-Ejemplo admirable de lo que llamamos climax..

-Como usted comprende, me enseñó el latín a machamartillo, porque, según él, es el latín la madre de todas las enseñanzas, y única escuela segura del buen gusto. El latín, decía, no sólo hace hombres eruditos, sino buenos ciudadanos, personas sociables, finas y amenas.. Por último, para que usted se haga cargo de cómo formó mi carácter aquel gran maestro, recordaré las máximas que con tenacidad me iba claveteando, como si dijéramos, en la cabeza, y así verá el contraste que forma aquella enseñanza teórica con lo que después me ha traído la realidad. «Ajusta siempre tus acciones -me decía- a un plan lógico, dentro de la más estricta moralidad, y no te separes de él por nada ni por nadie. Puede que este sistema te ocasione alguna desazón pasajera; pero a la larga apreciarás y saborearás sus hermosos resultados.. No confíes nunca en lo imprevisto; no esperes nada del acaso, y que tu conducta sea siempre lo que debe ser, lo previsto, lo estudiado, y en modo alguno dependa del qué será.. No aceptes jamás cosa alguna que no sepas de dónde viene, ni te fíes de prosperidades fantásticas, que suelen volverse infortunios reales.. Lábrate la dicha con tu trabajo, acostúmbrate a que tu bienestar sea obra de ti mismo, y no esperes nunca favores llovidos del cielo.. No contraigas deudas, ni aun por mínima cantidad, y advierte que es preferible pedir una limosna a cargarte de obligaciones.. Ama la regularidad, el orden, pues si no hay arte posible sin reglas, también está sujeto a cánones invariables el arte de la vida.. Considera que lo que no hayas adquirido por ti mismo no es tuyo, sino ajeno, que si aceptas beneficios que no has ganado con tu (p.4053) esfuerzo, te verás ligado por la gratitud, y la gratitud puede torcer tu voluntad, y apartarte de la senda del deber rígido y estrictamente moral.. En lo tocante a opiniones políticas, mantente siempre en el fiel de la balanza, y cualquiera que sea la bandería a que te veas afiliado, no hagas un dogma cerrado de tus creencias, ni niegues a la creencia de los demás el respeto que merece.. Nunca te acalores en la vida pública ni en la privada; no seas fogoso en tus pasiones, que eso es vicio romántico, de que debes huir como de la peste; mantente siempre templado, dueño de ti, sereno y en disposición de sortear las vehemencias ajenas. Así dominarás, sin ser nunca dominado, porque el fiero se entrega al fin, y se rinde al flemático.. En todos los negocios preséntate siempre de buena fe, situándote en posición derecha, frente a las intenciones del que ha de tratar contigo..».

-Pues esta máxima -dijo Hillo gozoso- corresponde a una de las principales reglas del toreo, que llamamos situarse en la rectitud.. Adelante.

-Con que ya ve, Sr. D. Pedro, cómo no corresponde la palpitante realidad a la norma de conducta que mi preceptor me enseñaba; y aquí me tiene usted sin voluntad propia, sometido a misteriosas manos que me gobiernan.. Lo desconocido me rige, la imprevisión me guía.. Estoy amenazado del descrédito de toda la doctrina que aprendí, y no veo manera de aplicar ninguna regla, porque todas están por el suelo, pisoteadas por el acaso, a quien pertenezco sin poder evitarlo.

-No es el acaso: es el supremo designio, hijo mío. Pero no te apures -dijo D. Pedro, empezando a tutearle sin darse cuenta de ello, por una efusión de cariño que rápidamente invadía su corazón-. Considera que sobre todas las reglas está la realidad de la vida, y que no podemos desviar los acontecimientos de su natural curso, trazado por Dios. Tu padrino debió tener en cuenta el misterio de tu origen, antes de recomendarte que abominaras de lo desconocido. ¿Por qué no te reveló lo que sin duda sabía? O es que no sabía nada. De todos modos, hijo mío, tu existencia (p.4054) se balancea en el misterio, y el misterio ha de rodearte, y lo imprevisto te rondará por mucho tiempo, pese a toda la ciencia y a toda la bondad de ese D. Narciso Vidaurre.. ¿Qué resulta? Que tu padrino te quiso criar para lo clásico, sin considerar que eres romántico inconsciente, esto es, que a pesar tuyo el romanticismo te coge en su remolino furioso.. Dispénsame que te tutee: siento hacia ti un profundo afecto. Te miro como un hijo; más propio será decir como hermano. Quiero compartir tus desventuras.. cuando lleguen.. Seamos románticos; aceptemos la realidad, y pues esta es ahora tan buena, no le busques tres pies al gato, y date por muy contento con los bienes que llovidos caen sobre ti. Después vendrá la anagnórisis, y volveremos a lo clásico, al triunfo, a la apoteosis, que será coronamiento de tu destino. Sí, querido Fernando. Tu porvenir es hermoso; tú eres lo que no pareces.. Serás grande, poderoso.. Alégrate. Seremos amigos, grandes amigos; seremos hermanos. Y ahora, chiquillo, pues cae la tarde, vámonos despacito hacia nuestra vivienda, que la hora de la cena se aproxima, y yo, la verdad, con todo eso que me has contado, siento que se me avivan de un modo horroroso las ganitas de comer.

 

Ep-22-IX -

Era verdad que D. Pedro se sentía inflamado de un cariño sincero hacia el joven Calpena, afecto absolutamente desinteresado, pues no se arrimaba a su amigo con intenciones de parasitismo, viéndole en camino de doradas grandezas, sino que anhelaba guiarle por los senderos peligrosos que probablemente se abrirían ante él; aconsejarle, dirigirle, evitarle todos los escollos, para que gozase libre y desembarazadamente de los bienes que el cielo le deparaba.

No tardó Utrilla en rematar algunas, si no todas las piezas de ropa de que había tomado medidas. Dos pantalones, dos chalecos y una levita fueron entregados a los tres días de la prueba, y la terminación de lo demás se anunció para la semana próxima. Empezó por fin D. Fernando a ponerse guapo y elegante, lo que con tal ropa, y los aditamentos de (p.4055) corbata, calzado, peluquería, etc., era cosa muy fácil en un joven a quien dotó la Naturaleza de airosa figura, hermoso rostro y modales finísimos a nativitate. Hillo le contemplaba embobado, viendo en él un perfecto tipo de raza aristocrática. El propio Duque de Osuna, D. Pedro Téllez Girón, no le aventajara, ni los agregados de la Embajada inglesa.

Desde que tuvo ropa fue incitado por su amigo a frecuentar los teatros. Hillo no le acompañaba por causa de su ministerio sacerdotal. Fea cosa era ir a los Toros; pero más disculpable para un clérigo que el teatro, por celebrarse las corridas en pleno día y no ser preciso en ellas descubrirse la cabeza, exponiendo a la befa popular la ungida corona. Con todo, buenas ganas tenía de colarse una noche en la cazuela, disfrazado, para ver en el patio a Fernandito, y sorprender el efecto que causaba en la concurrencia. Contentábase con verle vestirse y acicalarse, y poner en sus manos el sombrero y bastón cuando salía. Aunque el niño volviese tarde, D. Pedro no se acostaba hasta que le veía entrar, y allí eran sus preguntas: «Qué tal, hijo, ¿te has divertido mucho? ¿Has dado golpe? Apuesto a que todos los lentes, y esos anteojos que llaman gemelos, se han dirigido a tu gallarda persona».

En el Príncipe daban Norma, cantada por la Sra. Oreiro de Lema y el Sr. Unanúe. En la Cruz, La joven Reina Cristina de Suecia, traducida del francés. Así de las obras como de la ejecución, pedía el clérigo a su amigo noticias prolijas, y el chico se las daba, advirtiendo la absoluta ignorancia teatral del buen señor, que no había visto nunca más pieza que El mágico de Astrakán, allá en Zamora, siendo él una criatura.

Menudeaba Calpena sus asistencias al Príncipe y viéndole tan aficionado, decía D. Pedro: «¡Cómo se conoce que nos salen novias a docenas!.. La suerte es que este chico se pasa de prudente y avisado, y no le atrapará ninguna de esas culebronas que..».

Dígase, para explicar la confusión que seguía presidiendo los destinos de D. Fernando Calpena, que a fines de Septiembre nadie había (p.4056) ido a recoger el misterioso encargo traído de Olorón; que una tarde llegó carta anónima, no llevada por Edipo, sino por persona desconocida que la dejó en la puerta, y que algunas noches, al volver Fernando del teatro, creía que le seguían dos personas buscándole las vueltas y espiándole los pasos. La carta no traída dinero: estaba escrita por mano nada premiosa, menudito el trazo, la gramática bastante correcta, y sólo contenía lacónicas advertencias y admoniciones cariñosas: «Mira, niño: los guantes amarillos son de más distinción que los blancos.. También te digo que no es del mejor tono aplaudir en el teatro tan estrepitosamente, sobre todo a medianos artistas.. Por más que tú creas otra cosa, a juzgar por tu entusiasmo, la Ridaura no hace nada de particular en su parte de Adalgisa.. Oye, niño: que vayas a misa al Carmen Descalzo, a las nueve en punto, y procura no estar en la iglesia tan distraído. A la iglesia no se va a mirar a las muchachas, sino a rezar con devoción.. -P. D. Cuando se te acabe el dinero, te pones en misa la corbata escocesa, usando la negra para anunciar que lo has recibido».

«Observaciones son estas -decía Hillo radiante de satisfacción- atinadísimas. Mi leal opinión es que no debes ponerte la corbata escocesa sino cuando tengas verdadera necesidad de nuevas remesas de metálico. No hay que abusar, hijo».

La gran sorpresa cayó, como chispa del cielo, una tarde, al volver Méndez de su oficina. Traía un pliego de oficio dirigido a Calpena, y al ponerlo en sus manos, le dijo: «Esta comunicación fue entregada al portero mayor para que indagara las señas. Corrió entre nosotros de mano en mano, hasta que vi el nombre.. ¡Qué casualidad! '¡Pero si le tengo en mi casa!'. Ábralo usted pronto, que, si no me engaño, es nombramiento».

Calpena se quedó frío de estupor. D. Pedro, como el que sueña despierto, exclamó: «¡Credencial! Será cuando menos de Administrador de Tercias Reales, o de Colector del Noveno y Medias Annatas».

Abierto el pliego, resultó contener un nombramiento de Oficial de la (p.4057) Secretaría de Hacienda, con doce mil reales: firmaba Mendizábal. Un tanto desconcertó a Hillo el ver que la nueva dádiva, parabólicamente arrojada por la mano oculta sobre aquel venturoso mortal, no correspondía, con ser grande, a las hipérboles que soñara la desbocada fantasía del clérigo. Pero reflexionando en ello, no tardó en conformarse y dijo: «Para hacer boca no está mal. Pocos serán los que empiecen así. Papilla de doce mil reales no se da ni a los hijos de los Ministros. Y aquí estoy yo, pretendiendo hace catorce años una triste cátedra con seis mil, sin que hasta la presente.. Pero no importa.. Con que, hijo, alégrate y toca las castañuelas, que por lo que veo, el mundo es tuyo. Oye: que no pasen dos días sin ir a tomar posesión y a darle las gracias al señor de Mendizábal».

Ni contento ni triste, sino fluctuando entre sus sombrías inquietudes y el gozo retozón de su vanidad halagada, Calpena contestó que no pondría los pies en el Ministerio sin dar antes un paso que su decoro exigía y su ardiente curiosidad reclamaba. Empleó la mañana siguiente en la diligencia de buscar al llamado Edipo, lo que no le fue difícil recorriendo oficinas y retenes policiacos; pero el tal no le dio ninguna luz. No era más que un simple intromedario: llevaba los mensajes sin conocimiento de su procedencia; le llegaban de segunda mano, o sea por órdenes de su inmediato jefe, el Sr. D. Manuel de Azara. Sin pérdida de tiempo echose D. Fernando a buscar a este; solicitó audiencia, que le fue concedida, después de largos plantones, al anochecer del día siguiente, y encontrose frente a un hombre extraordinariamente calvo y con el bigote teñido, que le escuchó benévolo y un tanto malicioso; pero sin dar lumbres. Aseguró que de la credencial no tenía la menor noticia, y que de la remesa de encarguitos, así como de la preparación de aposento, no podía revelar cosa alguna por habérsele impuesto reserva bajo pérdida de destino.. «Y francamente -dijo al terminar-, no hay más remedio que defender la plaza como se pueda, mayormente cuando a uno le tienen (p.4058) entre ojos por ser criado a los pechos de D. Tadeo Ignacio Gil.. Gracias que Olózaga me considera y está contento de mí.. En una palabra, caballerito, no me pregunte usted nada, porque no he de responderle. Precisamente el señor Subdelegado me estima, como he dicho, porque no hay quien me iguale en el don de silencio. Y si me permite usted darle un consejo, le diré que aprenda cosa tan fácil, poniéndose a ello, como es el callar. Lo difícil, señor mío, es callarse cuando a uno le pegan; pero callarse cuando le miman y regalan.. ¡qué cosa más fácil! Créame a mí: déjese llevar, déjese querer..».

No muy satisfecho, aunque resignado con la cómoda filosofía del polizonte, se volvió a su casa D. Fernando, y antes de poder contar a Hillo la reciente entrevista, recibieron ambos una nueva sorpresa: carta del misterioso corresponsal, que decía:

«Tontín, aunque Mendizábal recuerda al jovenzuelo que le sirvió de amanuense en el hotel Meurice, en París, no le hables de tal cosa cuando le veas, que le verás. No le pidas audiencia para darle las gracias: él te llamará. Adúlale un poquito, que le gusta, y si trabajases algún día en su despacho particular, no te muestres cansado, aunque te tenga diez o doce horas con la pluma en la mano, que le entusiasman los incansables, como él.

»No faltes el sábado, en el Príncipe, al estreno de Los hijos de Eduardo, traducido de Delavigne por el tuerto Bretón. Dicen que es cosa buena. Y si repiten el Don Álvaro, de Angelito Saavedra, no dejes de ir a verlo. Ya sé que el viernes pasado estuviste en el cuarto de Florencio Romea, donde conociste a Ventura de la Vega. Ándate con tiento en frecuentar cuartos de cómicos: fácilmente pasarás de los cuartos de ellos a los de ellas.. y esto no me gusta.

»Con perdón del Sr. Utrilla, la levita verde no te ha quedado bien. Hace unas arruguitas en la espalda, que no aumentarán la fama del primer sastre de Madrid. Que te la vea puesta, y mándasela después para que te la arregle. De paso te encargas un surtout color barquillo, y que te lo hagan pronto, que las noches ya (p.4059) refrescan; pero no tanto que te pidan capa.. Los mejores guantes son los de Dubosc, y las mejores camisas las de Fernández, calle del Príncipe. El reloj que tienes, regalo de tu padrino, está pidiendo sucesor. Además de que es feísimo, se atrasa que es un gusto, y así llegas tarde a todas partes. Ya veremos de darle jubilación. Pero no lo vendas ni lo des a nadie: guárdalo siempre como recuerdo de cuando D. Narciso te tiraba de las orejas por no saber los latinajos.

»Bobillo, no te entretengas más de una hora en el Café Nuevo, y mira con quién te juntas, y a qué tertulias te arrimas. Cuidadito con Larra, que tiene más talento que pesa; pero es mordaz y malicioso. Si vuelves al Parnasillo, busca la amistad de Roca de Togores, de Juanito Pezuela y de Donoso Cortés.. Con Espronceda y otros tan arrebatados, buenos días y buenas noches, y nada de intimidades.. Suscríbete a La Abeja, lee El Español, y hazle la cruz a El Eco del Comercio.

»Adiós. El domingo, a misa de once, en las Niñas de Leganés».

Suspiró Calpena al acabar la lectura, y D. Pedro, echando lumbre por los ojos, dijo: «Ya no me queda duda de que es una dama. ¡Y qué cariñosa ternura, qué purísimo y entrañable afecto!..».

-Lo que yo creo -observó el joven- es que vivo espiado dentro y fuera de casa, pues la desconocida persona que me escribe sabe todos mis pasos, observa las arrugas de mi ropa, y se entera de cuándo se me atrasa el reloj.

-¿Y qué te importa, tontín? ¿Qué mayor dicha para un joven honesto que tener quien así cariñosamente le vigile, designándole los buenos caminos y apartándole de los atajos peligrosos? Ahora no hay que pensar sino en presentarte en el Ministerio, tomar posesión y ponerte al habla con el grande hombre, con ese gaditano londonense, negociante antes que político, a quien yo tenía entre ojos; pero me va gustando, ya me va gustando. Al darte la credencial demuestra que no es rana.. Ya ha olido el hombre que tú vas para personaje; que cuando tengas la edad serás Procurador, Prócer o lo que te dé la real gana, y el muy (p.4060) tuno quiere atraerte con tiempo, llevarte a su lado, hacerte de su partido..

Meditabundo, Calpena no siguió a D. Pedro en sus apreciaciones optimistas. Casi toda la noche la pasó en vela, asaltado de una fiebre inquisitiva, revolviendo en su mente los claros recuerdos de su niñez, busca por allí, husmea por allá, evocando memorias de rostros, frases o reticencias de D. Narciso, o de alguien de su familia; mas en ningún repliegue del pasado vislumbró hilo que le guiara por aquel laberinto en cuyo seno misterioso se ocultaba la verdad. Tampoco Hillo durmió aquella noche con el dulce sueño que su pura conciencia ordinariamente le permitía. Viva excitación cerebral le tuvo en vela, y allí era el lanzarse a un desenfrenado juego de acertijos, admitiendo y desechando hipótesis. «Esto no lo hace más que una madre -se decía-. Y que esa madre es persona de alta posición, no puede menos de admitirse. Bien claro está: riquezas hay; nobleza también. No me falta más que el nombre para llegar a la completa solución del enigma. Luego viene el otro problema: el papá. Por San Dionisio Areopagita, esta sí que es gorda. ¡Dios mío, el padre..! No sé por qué me ha dado en la nariz tufo de sangre real.. Sí, sí. Tiene mi Fernandito en toda su persona un sello de majestad, de grandeza de estirpe, que no deja ninguna duda, no señor.. Por la fisonomía, nada saco en limpio.. Como narigudo, no lo es; ni tiene el labio inferior echado para afuera.. Por tanto, no parece..».

Dormido al fin, soñó con las más estrafalarias anagnórisis que es posible imaginar, y al amanecer despertó sobresaltado con una idea, que en su cerebro como ladrón furtivamente se introdujo, hallándose en ese estado neblinoso que separa el dormir del velar. «Ya, ya lo acerté -dijo a media voz incorporándose en la cama-. Es.. de Napoleón y de.. No será difícil descubrir una Duquesa o Marquesa que..».

Media hora después, camino del Carmen Descalzo, donde celebraba, volvía en sí de aquella aberración, razonando de este modo: «No.. porque, bien mirado, no tiene el tipo de los (p.4061) Bonapartes.. digo, me parece a mí. Yo no he visto a ningún Bonaparte, como no sea en estampa, porque a Napoleón I, por más que corrimos tras él los muchachos, el día siguiente de la batalla de Astorga, no alcanzamos a verle.. no vimos más que un bulto.. el bulto de un jinete, a lo lejos, por el camino de Otero.. Al Rey Botellas tampoco le eché la vista encima.. Sólo por las pinturas se hace uno cargo de la fisonomía de aquellos señores.. No, no, esto es un delirio. Ni aun quitándole el bigote al niño, y engordándole mentalmente, encontraríamos el aire de familia.. ¡Qué demonio!.. esperemos, y Dios lo dirá».

 

Ep-22-X -

Uno de los primeros días de Octubre, a los veinte próximamente de su llegada a la Corte, inauguró Calpena su vida burocrática, presentando su credencial en la Secretaría de Hacienda (plazuela de Ministerios) , y tomando posesión de su destino. Tocole de jefe de Sección o Mesa, un D. Eduardo Oliván e Iznardi (no tenía nada que ver con D. Alejandro Oliván, entonces redactor de La Abeja, ni con D. Ángel Iznardi, redactor de El Eco del Comercio) . Hechura de D. Luis López Ballesteros, respetado por Cea Bermúdez, y por Toreno, bien agarrado en todos los Gabinetes por sus excelentes relaciones, era un señor bueno como el pan, sencillo como una codorniz, afable, angosto de cerebro, y tan ancho de conciencia burocrática, que en ella cabía, y aun sobraba conciencia, la libertad anchurosísima de sus subordinados. Su llaneza patriarcal parecía olvidar las jerarquías, alternando amigable y democráticamente con los inferiores en la tarea deliciosa de leer El Español, El Eco y La Abeja, fumar cigarrillos, repetir y comentar todo lo que en Madrid se hablaba de política y literatura, echando de vez en cuando una plumada a los expedientes, por vía de distracción, y sin suspender la grata tertulia. Cada cual salía y entraba en aquella bendita oficina a la hora que mejor le cuadraba. Eran cinco los funcionarios, con Calpena seis, repartidos en tres mesas, con la del jefe cuatro, de (p.4062) distinta hechura y edad, si bien todas representaban una antigüedad venerable. Dígase que la tinta era excelente, hecha en la casa; las plumas de ave; los tinteros de cobre, y que sobre las bayetas verdes y los mugrientos hules se extendían los negros polvos de secar, formando en algunos sitios verdaderos arenales. Inauguraba el bueno de Oliván su trabajo cortando plumas, en lo que ponía exquisito cuidado y habilidad, pues su gala era esto y la rúbrica que echaba en las firmas, no menos rasgueada y pintoresca que la de un escribano. Mientras duraba el corte hablaba con los madrugadores, o sea los que recalaban por allí de diez y media a once; les refería incidentes o sucedidos de su familia, gracias y travesuras de sus niños; les oía contar algo de Teatro y Toros, alguna mujeril aventura, y así se pasaba el tiempo hasta las doce, hora en que le traían a Don Eduardo su almuerzo. Sobre las bayetas arenosas extendía una servilleta, y se comía su tortilla de patatas y su chuletita de ternera. Salían y entraban los mozos de café con servicios para el jefe y algunos subalternos, y en tanto, el que no tomaba café, hacía caricaturas; otro escribía versos, y el de la última mesa las cartas a su novia. Luego se trabajaba un poquito, mientras uno leía en voz alta El Español, para que los demás se enterasen. El jefe solía pasarse a la Sección próxima, donde había otro jefe que veía largo en política, y anunciaba con seguro vaticinio todo lo que iba a pasar. Más tarde descansaban, fumando un cigarrillo. D. Eduardo recibía cortésmente a las personas que acudían al despacho de algún asunto, y para hacerles ver la actividad que allí se desplegaba, les ponía ante los ojos rimeros de papeles que debían pasar pronto a la Sección correspondiente, y otros rimeros de papeles que acababan de llegar, después de lo cual les prometía no detener los expedientes más que el tiempo necesario para el concienzudo examen de los mismos. Luego se limpiaba el sudor de la calva, y contaba a sus subalternos lo que el otro jefe de Sección le había dicho: que todo iba muy bien; que (p.4063) la quinta de cien mil hombres daría un resultado maravilloso, y que no había duda de que Istúriz y Galiano apoyarían incondicionalmente al Sr. Mendizábal en el Estamento próximo. No se podían dar las mismas seguridades de López y Caballero, y Toreno y Martínez de la Rosa no saldrían de su pasito moderado. Había, pues, situación Mendizábal para un rato, y se verían realizadas las reformas que el grande hombre había prometido en su famosa exposición a la Reina. Pero la noticia culminante era que la Milicia urbana se reorganizaría, tomando el nombre sonoro y magnífico de Guardia Nacional. «Todo será a estilo de Francia -concluía D. Eduardo-; y lo mejor es que a los milicianos de Madrid y su provincia se nos da carácter de ejército regular, formando con nosotros una división mandada por un Jefe superior, y bajo la inspección de un General.. Por eso ha dicho San Miguel que seremos el ángel custodio de las instituciones».

No siempre hablaba de lo mismo, aunque era muy dado a la repetición de conceptos, vicio que los retóricos llaman batología. «¿No saben? Se suprimen las cartas de seguridad, esa rémora, señores, para la gente honrada que tiene que viajar de un punto a otro. Yo soy partidario de que se corten abusos. Los que han viajado por el extranjero nos dicen que estamos en el siglo XV, y francamente, yo quiero pertenecer a mi siglo.. Seamos todos de nuestro siglo, entrando por el aro de las grandes reformas.. Otra de las buenas noticias es que se suprimen las pruebas de nobleza para ingresar en los establecimientos científicos, ora civiles, ora militares.. Realmente, semejante ranciedad era un resabio de la Edad Media. Ábrase la enseñanza para todo el mundo y dese al mérito ancho campo. ¡Abajo la Edad Media!.. Créanlo ustedes, en este particular estoy de acuerdo con Caballero y los de El Eco; nada más que en este particular, pues opino, como él, que la demo.. cracia, así se dice, la democracia exige que el pueblo se ilustre. Yo soy partidario de la ilustración del pueblo, como soy partidario de que el pueblo sea moral, y de que (p.4064) los empleados trabajen.. Mi sistema es: pocos empleados, pocos, pero bien pagados».

Dichas estas cosas, y otras de igual transcendencia y filosofía, el jefe bromeaba un poco con sus subordinados: con éste por si la novia le daba calabazas; con aquél por si era alabardero en los teatros; con el otro por si le sudaban tanto las manos, que toda la arenilla se le quedaba pegada en ellas, y obligaba a la casa a frecuentes reposiciones de aquel material. Luego les recomendaba benévola y paternalmente que no dejasen el papelorio esparcido sobre las mesas, y él mismo daba el ejemplo recogiendo legajos y metiéndolos en una alacena donde tenía botellas vacías o medio llenas, el Diccionario geográfico de Miñano, confundidos sus tomos con los de novelas y viajes, entre estos el de Enrique Walson al país de las Monas. «Yo soy partidario -decía-, de que haya orden en las oficinas, para que el trabajo se haga como Dios manda, y cada cual encuentre lo que necesita para el pronto despacho de los asuntos..». Con esto se aproximaba la hora feliz de poner punto en las faenas del día: los sombreros parecían alegrarse en lo alto de las perchas, viendo próximo el instante de que sus dueños lo cogieran para echarse a la calle. «Vaya, ya es hora, ciudadanos -decía D. Eduardo, atusándose los mechones laterales, y cubriéndose con pausa y solemnidad, como si su calva fuese una cosa sagrada que reclamaba el respeto de la protección sombreril-. Me parece que hemos trabajado bastante. Hasta mañana».

Si la tarde era plácida, se iban de paseo, y si lloviznaba o hacía frío, al café, donde con charla sabrosa de literatura, de política o de cosas mundanas, reducían a polvo el tiempo hasta la hora de cenar. Que Calpena se aburría en la oficina, no hay para qué decirlo. Desde su iniciación burocrática no había hecho más que extender algunos oficios y copiar dos o tres estados de recaudaciones. El jefe le consideraba, presumiendo en él una superioridad aún no bien manifiesta, pero que lo sería pronto; y los compañeros le (p.4065) mostraron afecto y fraternidad, más admirados que envidiosos de su buena ropa. Ya era cosa corriente en las oficinas ver entrar niños bonitos, con sueldos desmesurados, y que no iban más que a cobrar y a distraerse un rato; hijos o sobrinos de personajes, que de este modo arrimaban una o más bocas de la familia a las (1) ubres del presupuesto. Los empleados, que lo eran por oficio y medio de vivir, se habían acostumbrado a la irrupción de señoritos, y alternaban gozosos con ellos, esperando hacer amistades que en su día valieran para el ascenso, o para la reposición en caso de cesantía. En la Sección de Calpena todos los funcionarios eran de peor pelaje que él: alguno pasaba de los cincuenta años y sólo disfrutaba ocho mil reales, vestía ropa vuelta del revés y apenas paseaba, por no romper botas; otros conservaban aún trajes provincianos, estirándolos cuanto podían, y no faltaba quien vistiese regularmente por el sistema económico de no pagar al sastre. Sobre todos descollaba Calpena, no sólo por su elegancia y buena figura, sino por su saber de cosas extranjeras, y su rumbosa generosidad en el pago de cafés y refrescos después de la oficina. Con uno de sus colegas, extremeño, envejecido prematuramente y seco como un esparto, habitante en una casa de huéspedes de ínfima categoría, parroquiano fósil de diferentes cafés, hizo amistades, seducido por la sabrosa erudición que ostentaba en cosas y personas de Madrid. Muchas tardes iba con él al Nuevo, y se le pasaban mansamente las horas oyéndole contar anécdotas que parecían mentira siendo verdades, y embustes que resultaban perfecto simulacro de la verdad. Por Serrano (que así se llamaba) supo Calpena que su jefe, D. Eduardo Oliván, era un hombre desgraciadísimo en su vida doméstica, aunque no conocía, o aparentaba no conocer su propia desgracia. La paz que en su hogar reinaba era la proyección de su mansedumbre, virtud con la cual adquirido había una triste celebridad. Ponderó Serrano la seductora hermosura de la mujer del jefe, (p.4066) y algo dijo también de su familia, muy conocida en Madrid. Se la veía muy a menudo en teatros y paseos, fingiendo una posición que no tenía, alternando con personas cuya riqueza consistía en bienes raíces, o en rentas que estaban a la vista de todo el mundo. Las de aquella buena señora eran un tanto enigmáticas. «Si quiere usted más detalles, pídaselos al hoy General en Jefe del ejercito del Norte, D. Luis Fernández de Córdoba. Los sucesores de este son de menor categoría militar y civil. El último que ha caído en las redes de nuestra jefa es ese capitán de artillería.. Escosura, Patricio de la Escosura.. ¿No le conoce usted? De seguro que sí. En el Príncipe le tiene usted todas las noches. Es el que retrató Bretón en el D. Martín de la Marcela».

-No sabía que los tres amantes de Marcela fueran retratos.

-Bien se ve que no está usted aún familiarizado con nuestra sociedad.. Pues el Don Amadeo es Pezuela, y el D. Agapito el chico de Clemencín.

 

Ep-22-XI -

-Una de estas noches, amigo Serrano -dijo D. Fernando-, va usted a venir conmigo al Príncipe, para que me diga los nombres de todas las señoras que veamos en los palcos. En el tiempo que llevo aquí, he hecho algunas amistades, pocas; hace unas noches me llevaron al cuarto de Florencio Romea; en el teatro he conocido a Ventura de la Vega y a Mesonero Romanos. El señor a quien debo este conocimiento me le presentó días pasados en la calle de Alcalá mi compañero de casa D. Nicomedes Iglesias. ¿Le trata usted?

-¿Cómo no?.. Iglesias.. hombre de mucho talento, de gran porvenir..

-Pues me presentó a ese.. ¿cómo se llama? Alonso.. Juan Bautista Alonso, con quien me encontré después una noche en la segunda fila de lunetas, y charlamos algo de literatura. Por él he conocido a Vega, he hablado con Larra, y he saludado a Espronceda en el café Nuevo y en el Parnasillo..

-Alonso es poeta y un buen periodista.. chico que vale. Será ministro.. ¿Y no ha querido catequizarle a usted para la sociedad Los Numantinos?

-A mí no.. Ni yo gusto de meterme en esas cosas, ni la vida (p.4067) política me seduce.

-A mí.. sí.. pero no puedo consagrarme a ella, por..

Acometido de una tos violentísima, parecía que se ahogaba. Amoratado y convulso, faltábale poco para echar los bofes y escupir el alma. «Con esta maldita tos -dijo cuando se fue sosegando, y se limpiaba de babas, mocos y lágrimas el encendido rostro-, ¿cómo quiere usted que sea uno político y orador?.. Mi naturaleza es émula de mi bolsillo en el agotamiento, en la extenuación.. No me forjo ilusiones de vivir el año que viene: estoy tísico pasado».

Trató de consolarle Calpena, con más lástima que convencimiento, porque en verdad la flaqueza y el color cadavérico de su amigo invitaban a entonar el responso. No espantado de la muerte, o echándoselas de valiente, hablaba Serrano de su próximo fin con entereza estoica un poquito afectada. Era moda entonces morirse en la flor de la edad, tomando posturas de fúnebre elegancia. Habíamos convenido en que seríamos más bellos cuanto más demacrados, y entre las distintas vanidades de aquel tiempo no era la más floja la de un fallecimiento poético, seguido de inhumación al pie de un ciprés de verdinegro y puntiagudo ramaje. «Estos pobres huesos -prosiguió Serrano- están pidiendo la mortaja. Le diré a usted, en confianza, que es de tanto sufrir y de tanto gozar.. Mi vida, si yo la contara, sería la más interesante de las novelas. Mis años, por el mucho y precipitado vivir, parecen siglos.. ¡Y que llegue uno al borde de la tumba con ocho mil reales!.. En fin, doblemos la hoja triste.. ¿Me decía usted que desea ir conmigo al teatro para que le dé a conocer a todo el personal masculino y femenino que veamos en palcos y butacas? No podía usted encontrar, ni buscándola con candil, persona más para el caso, porque como de algún tiempo acá no tengo nada que hacer (en la oficina ya ve lo que trabajamos) , me dedico a conocer de visu a todo el mundo y a la averiguación de vidas ajenas.. Soy un Plutarco para esto de las vidas, y las hago también paralelas. Sabrá usted los nombres y las historias, amigo mío, que aquí no hay (p.4068) nadie que no tenga su historia.. y las hay de oro. ¡Con decirle a usted que la de nuestro esclarecido jefe es de las más inocentes..!».

-¡Caramba!

-¿Y lo duda? ¿De qué dehesa viene usted?

-¿Dónde hay más historias, en las clases altas o en las medias?

-En todas; pero las de las altas son más bonitas, más profundamente depravadas. Yo las conozco al dedillo, y en pocas noches le daré la instrucción suficiente para que no pase por cándido el día que se introduzca en la sociedad.

-¿Pero no se exime nadie, galán ni dama, del oprobio de esas historias? ¡Por Dios, Serrano..!

-Nadie.. Todo el mundo tiene historia. Por lo común no hay persona bien vestida que no lleve consigo su misterio: este misterio es algo que no debe saberse, y, sin embargo, se sabe, porque fíjese usted.. Nada es aquí tan público como las cosas secretas.. En fin, por tener todo el mundo historia, hasta usted la tiene, usted, querido Calpena, que acaba de llegar a Madrid; y antes de dar los primeros pasos en las tablas del teatro social, ya nos indica que trae buen papel en la comedia.

-¡Yo! -exclamó Calpena palideciendo-. ¡Pobre de mí! ¡Si no soy nadie!

-Los que empiezan no siendo nada, suelen acabar siéndolo todo.

-Bueno. Pues si alrededor mío hay una historia y usted la sabe, amigo Serrano, ¿tendría inconveniente en contármela?

-Inconveniente, ninguno.. pero la tos.. ya ve.. no puedo hablar.. me ahogo..

Aguardó Calpena a que el golpe de tos se calmase, y cuando hubo pasado, aún tuvo que esperar más tiempo, porque el infeliz tísico se quedó un rato sin respiración, los ojos inyectados, la frente sudorosa, las manos trémulas..

-Pues sí.. esta maldita tos no me deja vivir.. Si yo no tosiera, sería orador, créame usted.. Pues no hay que tomar a mala parte esto de las historias. ¡Tan joven y ya protagonista! Si he de ser franco, no puedo aún decir a usted cosas concretas..

-¿Pues no asegura que lo sabe todo?

-Todo no. Es muy pronto todavía, y aún son pocas las personas que se han fijado en el joven Calpena.. Lo que yo he oído no es ofensivo para usted, ni mucho menos.

-Sea lo que (p.4069) quiera, debo saberlo.

-La tos otra vez.. Me ahogo..

-¡Demonio! ¿Por qué no toma usted pastillas? Yo se las traeré de la botica más próxima.

-No.. gracias.. Es inútil. Las he tomado de todas clases, sin sentir el menor alivio.

-Ya pasa.. ya puede hablar.

-La verdad, amigo mío, a usted se le tiene en estudio. Sólo he oído formular preguntas, aventurar alguna hipótesis.. Conjeturas, presunciones.. qué será, qué no será..

-¿Nada más que eso? Pues soy, respecto a mí, el primero de los curiosos investigadores, y yo pregunto también: «¿quién soy?.. Calpena ¿quién eres?».

-¿Pero usted no lo sabe?..

Comprendiendo que había ido demasiado lejos en la expresión de sus dudas, D. Fernando se enmendó diciendo: «Sé quién soy; pero en la vida de todo hombre, por clara que aparezca, hay siempre incógnitas que resolver».

-¿De modo que no sabe usted todo lo que le concierne?

-Hombre, todo, todo precisamente, no.

-Pero sí sabrá quién le recomendó para la plaza que hoy ocupa en el Ministerio.

-Juro a usted que lo ignoro.

-Las recomendaciones toman en este país giros muy extraños, y ofrecen a veces concomitancias increíbles. A mí, para que me dieran la plaza mísera que tengo, me recomendó la persona más opuesta a mis ideas, D. Antonio Zarco del Valle, a quien interesé por el ama de cría de uno de sus niños. Por un empleado del personal he sabido que en el libro donde constan los padrinos de cada empleado, figura usted como hechura y ahijado del propio Mendizábal, lo que nadie extrañará, porque bien podría el Ministro ser amigo, deudo de su familia de usted.

-No lo es. Ese señor no tiene ningún motivo para interesarse por mí.

-En tal caso habrá recibido cartas expresivas de personas a quienes no puede negar un favor de esta clase. Por indiscreción de un amigo de la secretaría particular, puedo.. no afirmar, ¡cuidado!, sino sospechar.. con vehementes indicios de acierto..

Sobresaltado y ansioso, aguardaba el otro la terminación del concepto. Un amago de tos determinó pausa expectante, que a Calpena le pareció un (p.4070) siglo. Por dicha, no fue más que amago, y Serrano pudo decir claramente: «Si se empeña usted en oírme lo que sabe.. ¡vaya si lo sabe!.. le diré que debe su plaza a la Duquesa de Berry..».

Pausa.. Sólo se oía el áspero ronquido que salía del pecho de Serrano. El estupor de Calpena acabó por resolverse en una risa nerviosa, que lo mismo podía ser de regocijo que de burla.

«¡La Duquesa de Berry!.. ¿Está usted loco? ¿La esposa del Príncipe asesinado a la salida de la Ópera, hijo de Carlos X..?».

-Justo.. Carolina de Nápoles, hermana de nuestra Reina Gobernadora Doña María Cristina.

-¿Y esa señora es la que figura como..?

-No figura en el libro de recomendaciones; pero por referencias, por indicios de secretaría, sé yo..

-¡Locura, delirio! -exclamó Calpena levantándose, como hombre que quiere poner fin por la ausencia a una conversación enfadosa.

-Si usted me probara eso.. -indicó Fernando, fingiendo indiferencia.

-¿Prueba?.. ¡Oh!.. Me remito al gran demostrador de verdades, el tiempo..

-Pero ¿cómo es posible..? ¿Qué tiene que ver mi humilde persona con esa princesa..?

Serrano alzó los hombros, quiso decir algo; pero, ahogándose, no hizo más que balbucir: «No puedo. La tos, la tos..».

 

Ep-22-XII -

La placentera holganza en que vivían los individuos de la sección o mesa de que era jefe el Sr. D. Eduardo Oliván e Iznardi tuvo su término, que si no hay mal que cien años dure, tampoco los bienes suelen ser duraderos, y el motivo de tan brusca alteración, que produjo enorme desquiciamiento en la anecdótica parsimonia del jefe, no fue otro que el haberse manifestado en aquella esfera administrativa el impulso de actividad que imprimió Mendizábal a los asuntos de su Ministerio, cuando se desembarazó de las graves cuestiones políticas a que en los primeros días tuvo que atender. Desempeñando interinamente, además de la cartera de Hacienda, con la Presidencia, las de Guerra, Marina y Estado, hubo de promiscuar en el despacho de mil negocios diferentes. Por milagro de Dios no se volvió loco el bueno de (p.4071) D. Juan Álvarez, que materia ofrecía cualquiera de aquellas oficinas para trastornar el seso del más pintado en tiempos tan revueltos. Confiado ya en dominar la espantosa anarquía de las Juntas que convertían el Reino en una inmensa jaula de locos; seguro ya del éxito de la quinta de cien mil hombres, arriesgado acto de Gobierno que revelaba iniciativa poderosa y voluntad de acero, se metió en su casa propia, Hacienda, y empezó a remover y sacudir, con mano de atleta, las mohosas inercias de la administración heredada de Fernando VII. ¡Lástima que no lo hiciera con más pulso, para que las ruinas y los escombros no embarazaran la obra nueva! Construía con el hacha.. Aunque no carecía de habilidad, no pudo evitar el cortarse las manos con la herramienta que tan presuroso manejaba.

Pues, señor.. obligado el pobre D. Eduardo a andar de coronilla, no sabía lo que le pasaba, ni a qué santo encomendarse. En toda su vida burocrática, que con intercadencias databa de los tiempos de Ballesteros, no había visto desencadenarse sobre aquella plácida esfera un ciclón tan duro. No hacía más que ir de una mesa a otra, limpiarse con fuertes restregones el sudor de la calva, dar resoplidos, subirse el pantalón, que con tantas ansiedades se le caía. Y una mañana, medio loco ya, o loco entero, gritaba en medio de la oficina: «Pero este buen señor nos trata como si fuéramos dependientes de comercio. La dignidad del funcionario público no consiente estos excesos de trabajo, pues ni tiempo le dejan a uno para almorzar, ni para dar un mero paseo, ni para encender un mero cigarrillo.. Cinco intendencias me ha señalado hoy para el envío de circulares con las instrucciones reservadas y las nuevas tarifas. Pues para despachar esto, excelentísimo señor, necesito aumento de personal, necesito catorce oficiales y ocho auxiliares, y aun así, no podríamos concluirlo dentro de las horas reglamentarias, que son de diez a cuatro.. Sería justo además que al exceso de ocupación correspondiera doble paga mientras durase este ajetreo. Soy partidario de que (p.4072) a los empleados se les remunere bien, pues de otro modo la buena administración no es más que un mito, un verdadero mito».

Y aquella misma tarde, en el colmo ya del mal humor, que expresaba alargando los morros, entró en la Sección próxima, diciendo: «Pido al señor Ministro aumento de personal, ¿y qué hace? Nada: que aún le parece mucho lo que tengo, y me pide dos chicos que escriban bien y sepan llevar correspondencia. Estamos lucidos, como hay Dios.. Ea, Sr. Calpena, pase usted a la secretaría particular del señor Ministro; y usted, Serrano.. Pero no.. aguardaremos a ver si se contenta con uno.. quédese usted.. Esto es insufrible. Yo digo que envidio a los presidiarios..».

Pasó Calpena a donde se le mandaba, y fue introducido en una habitación pequeña con luces al patio medianero, en la cual había dos mesas y un solo empleado, viejo, que escribía con la cara tocando al papel. Un estrecho pasillo comunicaba la tal pieza con el despacho del Ministro. Allí esperó órdenes. Alzó el viejo la cabeza, y levantándose las antiparras a la frente, le miró, hizo un saludo monosilábico, volvió a bajar los vidrios, y dejó nuevamente caer sobre el papel su rostro. Creeríase que no escribía con la pluma, sino con la nariz.. Sonó la campanilla. Levantose el vejete de un brinco, murmurando: «Su Excelencia llama». Viéndole desaparecer por el pasillo, advirtió Calpena que cojeaba. Un instante después volvió con varias cartas en la mano, y dijo lacónicamente a su compañero: «Que pase usted».

Grande fue la emoción del joven al atravesar el pasillo, al levantar la cortina y ver el hueco de la estancia.. a Mendizábal no le veía. Quedose en la puerta hasta oír la palabra adelante, dicha con enérgica entonación. Estaba el grande hombre sentado, y se inclinaba para sacar papeles de la gaveta más baja de su mesa ministerial. Al incorporarse, presentó a la admiración y al respeto de Calpena su hermoso busto, el rostro grave de correctísimas facciones, el rizado cabello, las patillas tan bien encajadas en los cuellos blancos, y estos en el lioso (p.4073) tafetán de la negra corbata reluciente, las altas solapas de la levita, y por fin, al ponerse en pie, esta en toda su longitud, ceñida y al propio tiempo holgada.

Calpena permaneció inmóvil y mudo, estatua de la cortedad respetuosa. Mendizábal le miró.. En la extrañísima situación de espíritu en que el buen chico se encontraba hubo de creer que su jefe le miraba con picardía. Pero es casi seguro que era pura aprensión; al menos, así lo creyó después. Contra lo que pensaba, ni le preguntó el Ministro su nombre, sin duda porque lo sabía, ni sostuvo con él diálogo de introducción. Entre personaje tan elevado y un pobre subalterno de ínfima categoría, no podían mediar más palabras que las naturales entre el señor y el criado que le sirve. Estas fueron corteses, ceñidas al asunto, y sin fraseología ociosa: «Tiene usted hermosa letra, y buen criterio para contestar por sí mismo las cartas, con una simple indicación mía». (p.4074)

El joven se inclinó. Cuando D. Juan de Dios avanzó hacia él, ostentando la gallardía total de su persona, su alta estatura, Calpena, que ya había admirado el busto, admiró también el pantalón, de corte perfecto, como de sastrería londonense, y el pie pequeño, calzado con zapato bajo sujeto en el empeine con un lazo de cintas negras.

«Contésteme usted, por de pronto -prosiguió Su Excelencia-, estas tres cartas. La más urgente y delicada es..».

No encontrando la que llamó delicada y urgente, la buscó en la mesa, después en el bolsillo interior de la levita, y como allí no pareciera, manifestó disgusto. «Está bueno. Pues me la he dejado en casa.. Pero no importa. Escríbame usted la contestación, que es sencillísima.. del tenor siguiente: 'Serenísima Señora Duquesa de Berry. Señora: Tengo el gusto de manifestar a Vuestra Alteza que obediente a sus ruegos.. que son órdenes para mí..'. Ya usted comprende.. una fórmula de gran respeto.. 'que obediente.. y tal.. me he apresurado a complacer, y tal, a Vuestra Alteza Serenísima en la petición con que se ha dignado honrarme.. y tal..'. Nada más.. (p.4075) Ah, sí.. 'Debo manifestar a Vuestra Alteza Serenísima que el joven..'. No, nada de joven.. 'Que la persona.. y tal, que se digna recomendarme es..'. No, no.. 'He tomado informes, y puedo asegurar a Vuestra Alteza que el sujeto, etcétera.. es digno de la protección de persona tan elevada..'. Así, poco más o menos. Vea usted cómo sale del paso. Puede tomar nota».

-No necesito tomar nota. Recuerdo perfectamente las indicaciones de Vuecencia.

-Mejor. Así me gustan a mí los hombres, vivos de memoria.. Pues escríbame la carta al momento y tráigamela para firmarla.

Hizo Calpena la reverencia, se fue a su oficina y mesa, y tanteando la difícil materia epistolar en un borrador, escribió la carta, esmerándose en los trazos de su hermosa letra, y la llevó al Ministro. Este había pasado al salón próximo, donde tenía como unas veinte visitas, y mientras Calpena esperaba, entró también su compañero, el viejo de las antiparras, que por primera vez le dirigió la palabra en forma afectuosa. «Ahora tiene para rato -dijo, refiriéndose al Ministro-. Le traen loco con esto de las elecciones. Para cada puesto del Estamento hay setenta candidatos..».

-Ya, ya..

-¿Y usted, Sr. Calpena, se presenta para Procurador?

-¡Yo! ¡Procurador yo! -exclamó Fernando con asombro, casi con miedo.

-¿No? Pues yo no lo he inventado. En la casa se ha dicho.. y hasta me parece que oí nombrar la provincia..

-Creo que está usted equivocado..

-Podrá ser.. ¡Pero cuando lo dicen por algo será! Vea el Sr. Calpena como de mí no se dice nada.

-¿Qué sueldo tiene usted?

-¿Yo? Diez mil, y para eso llevo veintidós años en el ramo. He pasado por catorce intendencias, he sufrido siete cesantías, y todas las trifulcas que hemos tenido aquí desde el año 14 me han cogido de medio a medio. En una me dejaron cojo los liberales, en otra me abrieron la cabeza los realistas, en esta me apalearon los exaltados, en aquella me despojaron los apostólicos de todo cuanto tenía. Vive uno por casualidad en esta tierra, y, sin embargo, la quiere uno.. pues, como se quiere a una mala madre.. (p.4076) Yo soy gaditano, o lo que es lo mismo, de Chiclana, y por tener algún parentesco lejano con los Méndez y amistad con los Bertrán de Lis, no me ve usted pidiendo limosna. Soy muy corto. Aquí sólo hacen carrera los parlanchines, y yo, aunque andaluz, me callo muy buenas cosas y no tengo el despotrique que ahora se usa. Sea usted bullanguero, piense como un topo y charle como una cotorra, y verá cómo se le abren todos los caminos.. Lo mejor es que siempre será lo mismo, y no veo yo mejores días para la España. Este grande hombre, que ha venido como el Mesías, trae mucha sal en la mollera, y el firme propósito de hacer aquí una regeneración.. vamos, para que nos envidien todas las naciones. Pues verá usted cómo no hace nada. ¿Por qué? Porque no le dejan.. Ya le están armando la zancadilla. Crea usted que antes que tenga tiempo de cumplir lo que ha ofrecido, se le meriendan.. Ya empiezan a decir si en Palacio gusta o no gusta. Y es la de siempre: Palacio..

En este punto entró Mendizábal acompañado de un sujeto con quien hablaba vivamente y en tono áspero.

«Esto no puede ser.. Yo he dicho a todos los Subdelegados que dejen votar libremente, y que no intervengan en las elecciones. Claro es que siempre tiene el Gobierno la influencia moral. Pero en Cádiz no puedo hacer nada. Galiano y el amigo Istúriz son los que manejan el tinglado de la elección. Por cierto que Istúriz quiere traer algunos que no conoce nadie. ¿Quién es ese Luis González?».

-Es un chico muy despierto, buen periodista, orador fogoso. No creo que salga por esta vez.

-Pues si en Cádiz no logra usted meter a su patrocinado, intente algo en Sevilla. Pero tampoco podrá ser. Ya tengo noticia de los candidatos probables.. No les conozco. Hablan con gran encomio de un tal Cortina.. Y ese Pacheco, ¿quién es?

-Un escritor notabilísimo: le tengo en mi periódico.

-Bueno, bueno. Tráiganme gente de mérito, segura en sus principios, y que no se asuste de la libertad.. Pues decía que procure usted entenderse con los sevillanos. Yo no puedo hacer nada, amigo mío, (p.4077) absolutamente nada.

-Mi patrocinado es aquel joven que usted mismo ha elogiado con tanta justicia, por su actividad, por su inteligencia, en la Secretaría de Marina.

-Montes de Oca, sí.. excelente sujeto. Tendría yo mucho gusto en traerle al Estamento.. Pero no soy yo quien elige: es el Pueblo. Vea usted a los gaditanos; entiéndase con Istúriz, que, por lo visto, no se para en barras, y..

Una mirada que dirigió el Ministro a los dos empleados de su secretaría particular bastó para que estos se retirasen.

«¿Quién es ése..?» preguntó Calpena a su compañero, a lo largo del pasillo.

-Este es Borrego.. Andrés Borrego, el que escribe El Español. Dejemos a estos compadres que manipulen a su gusto las nuevas Cortes, y aguardemos aquí, charlando, a que D. Juan nos llame. Como le decía a usted.. ya le están minando el terreno a mi paisano; y aunque vale mucho, no le salvarán su talento y buena intención, y si le salvaran, creería yo en lo que no creo: en mi propio nombre.

-¿Cómo se llama usted?

-Me llamo Milagro -dijo el vejete sonriendo-, José del Milagro. Ya ve usted si es alegórico mi apellido, pues verdaderamente no hay mayor prodigio que vivir un hombre entre tantas desventuras, cesante cuando no perseguido, y andando para atrás en mi carrera como los cangrejos, pues yo empecé a servir con el Sr. Urquijo y el Sr. Cabarrús.. Vengo de Carlos IV, pasando por Pepe Botellas.. y en los tres llamados años, llegué a tener catorce mil, gracias al Sr. Garelly. A la muerte del Rey, conseguí por el señor Seoane esta placita.. Y usted dirá que el mayor milagro mío es mantener, con tan poco sueldo, mujer, suegra y cinco criaturas.. Hay Providencia. Yo me defiendo con las traducciones; traduciendo a destajo, visto y calzo a la familia. Y ha de saber usted que entre tantos males, Dios me ha dado una hija que es un ángel. Diez y seis años cumplirá el 14 de Noviembre. Rafaela se llama: me la sacó de pila mi amigo Rafael del Riego, hallándose de guarnición en la Isla. Pues la he enseñado el francés, y me ayuda. Como me estoy (p.4078) quedando ciego del mucho trabajar, ella sola, solita, se ha traducido más de la mitad del Buffon.. A más de esto, tengo el recurso de llevar la correspondencia en algunas casas de comercio, y principalmente en la de doña Jacoba..

Este nombre hirió con súbito rayo la mente de Calpena, y pidiendo más explicaciones, oyó de boca de Milagro las siguientes: «Doña Jacoba Zahón, que compra y vende piedras preciosas.. Calle de Milaneses.. Yo le escribo las cartas y le pongo sus cuentas en orden..».

Campanillazo. Su Excelencia llamaba, y acudieron ambos presurosos. Pidió las cartas escritas; sonrió; leyó detenidamente la de la Duquesa de Berry, y sin mirar a Calpena, le dijo: «Está muy bien». Después, abrumado de quehaceres, y no sabiendo a cuál acudir primero, dio estas atropelladas órdenes: «Usted, Milagro, ponga una carta a Alcalá Galiano, citándole para esta noche aquí.. Y otra, lo mismo, a Saavedra (D. Ángel) . Usted, Calpena, escriba una a la Duquesa de Almodóvar, diciéndole que no puedo ir a comer, y tráiganmelas para firmar.. ¡Ah!, espere usted: otra a Sir George Williers, Embajador de Inglaterra: Que mis ocupaciones no me permitieron ir anoche a casa de Van-Halen, como le prometí; que si tiene esta noche libre, se venga por aquí a las once.. Usted, Milagro, en una carta breve, cíteme a Olózaga para las doce, y también a.. No, no, nadie más».

En aquel momento anunció el portero: «El Sr. D. Fernando Muñoz..».

-Que pase inmediatamente..

Retiráronse los secretarios, y por el pasillo cuchicheaban: «Muñoz.. es la primera vez que viene aquí.. Muñoz.. el marido del Ama..».

 

Ep-22-XIII -

Al quedarse solo, Mendizábal escribió una carta de cuatro pliegos a Córdoba, General en Jefe del ejército del Norte. Con nerviosa mano, sin cuidarse de la estructura gramatical, trazaba los conceptos, en algunos puntos ampulosos, pedestres en otros, fiel imagen de su pensamiento, que empezaba a ser desordenado y vacilante por el cansancio de la tremenda lucha. Anhelaba mostrarse amigo del que en su mano tenía la mayor fuerza (p.4079) existente en España, estar en su gracia, pues tomado el pulso al país y a la raza, si mucho temía D. Juan del paisanaje de levita y chaqueta, más temía de la tropa.. Aunque aplicar quiso toda su atención a la escritura, no lo lograba: el pensamiento se dividía, fluctuaba, y dejando a la pluma formular con incorrecta sintaxis los conceptos epistolares, se escabullía por otros espacios. Trajo el ministro a su imaginación la historia de los últimos años, desde el 14, y veía las trifulcas, los sangrientos y bárbaros motines, las sediciones militares, siniestro brazo de la idea disolvente, ya se llamase liberal, ya realista.. Con estas imágenes se confundía en su mente otra, que como un espectro familiar de continuo se le presentaba. Era su promesa de terminar la guerra civil en seis meses. ¡Lucido quedaría si no la cumplía; si el ejército cristino, reforzado pronto con los cien mil hombres de la quinta, no lograba sofocar la facción y restablecer la anhelada paz! Su ensueño era Córdoba, el caudillo denodado y caballeresco, y en medio de aquel trajín electoral, anuncio de las trapisondas parlamentarias y políticas que habían de sobrevenir con la apertura de los Estamentos, volvía D. Juan Álvarez sus inquietos ojos al Norte, mirando a lo que era su temor y su esperanza. Si el General no le ayudaba, su empresa de salvación nacional fallaría sin remedio. Y para que Córdoba coadyuvase a la gran obra, era preciso que venciera, o por lo menos que con rudos achuchones quebrantase a los carlistas; y para esto era indispensable enviarle recursos en hombres y dinero. La carta, en su difuso estilo, plagada de noticias de acá y de allá, de referencias diplomáticas y de rumores de intrigas, vino a parar en positivas promesas. «Dentro de quince días le mandaré a usted millón y medio. El mes próximo podré mandarle otro tanto, y si puedo más, más». Hablábale de remesas de vestuario y calzado, de arreglo de hospitales. Exponía también planes estratégicos que a él se le ocurrían. «Respetando su iniciativa, le diré que si usted lograra ocupar el Baztán con quince mil (p.4080) hombres, podría atacar a los facciosos por retaguardia.. Eso usted verá..».

Concluía ofreciendo remesarle nueve millones antes de tres meses, y manifestaba viva intranquilidad por la lentitud de las operaciones. Aplicando a todo su febril genio de travesura y arbitrismo, habría querido que Córdoba moviese en tres días su grande ejército, que desalojase a los carlistas de sus formidables posiciones, que los arrollase, que los deshiciese, dispersando a unos, matando a los más, y cogiendo prisionero a Don Carlos con toda su trashumante Corte. ¡Qué hermoso sería esto, y con cuánto desahogo podría dedicarse entonces el Presidente a la reforma del país, que era su ilusión, su sueño!.. Pero ¡ay!, al llegar a este punto, cruelísima duda le asaltaba. Si Córdoba obtenía una victoria rápida y decisiva, cortándole de una vez a la hidra todas sus patas y aplastándole la cabeza, Córdoba y no otro había de emprender y realizar la salvación de la infeliz patria. Buen tonto sería, juzgando el caso con el criterio genuinamente español, si siendo él el vencedor guerrero, dejaba a otro la gloria de la campaña política. Lógico era, no obstante, que el militar allanara el camino, y que el civil marchase por él desembarazadamente hacia la victoria política y social. Pero aunque poco ducho aún en artes de gobierno, D. Juan de Dios conocía la historia, más por lo que había visto que por lo que había leído, y no ignoraba que, en nuestra tierra de garbanzos y pronunciamientos, el guerrero victorioso es el único salvador posible en todos los órdenes.

Terminada la carta, vagó su mente en aquel meditar triste. ¿Quién salva, quién no salva? ¿Sería un error suyo gravísimo haberse creído capaz de fundar una nación grande y rica sobre las ruinas de las facciones deshechas y de las banderías sojuzgadas? De Londres había salido con esta ilusión; con ella entró en Madrid. Sus entrevistas con la Reina Gobernadora la confirmaron. El entusiasmo patriótico, la fe en sí mismo y en la eficacia de sus manejos se avivaron cuando Su Majestad le encargó del teje-maneje (p.4081) gubernamental. Ya tenía la máquina en su mano. Ya era dueño de sus iniciativas. ¿No podría desarrollar libremente sus ideas, aplicar su voluntad potente a la grande obra?

Las cosas, y más que las cosas las personas, enfriaron su entusiasmo al mes de gobierno. Cierto que le ayudaba la opinión vocinglera; pero las principales figuras políticas no hacían nada en su favor. Los adictos de fila pedían destinos y actas, y esperaban que el jefe lo diera todo hecho. Los contrarios aparentaban una calma prudente, tras de la cual D. Juan de Dios creía sentir el sordo roer de las conspiraciones. Aún no había perdido la confianza en sí mismo; seguía creyendo en su papel providencial; pero ya le anunciaba el corazón que la empresa no era coser y cantar, y que tendría que tragar mucha quina antes de rematarla dignamente.

Conferenció con Galiano, a la hora convenida, sobre asuntos electorales; con Saavedra, sobre la probable benevolencia de los moderados Toreno y Martínez de la Rosa; con Olózaga, para ver de que las sociedades secretas hiciesen entender a las Juntas que había llegado la hora de poner fin a la bullanga, pues en Palacio comenzaban los infalibles síntomas de desconfianza y miedo. De esto le había hablado aquella misma tarde D. Fernando Muñoz, dándole una prueba de verdadero aprecio. Y, francamente, no había que esperar ninguna ventaja política, mientras no se diese a toda la gente de allá, real o morganática, una plácida confianza y un sueño tranquilo. Con Williers habló de asuntos diplomáticos y de eso que tiempo ha viene siendo la constante pesadilla de los pueblos débiles: la actitud de Inglaterra. Mendizábal era muy afecto al leopardo, y esperaba un apoyo más positivo que el de la prometida legión. El astuto representante de la Gran Bretaña repitió a nuestro Ministro sus recomendaciones de siempre: refrenar la anarquía, no temer la libertad practicada dentro de las leyes, poner en funciones regulares el Parlamento, acudir a la guerra con toda clase de recursos, y trazar las grandes líneas del porvenir (p.4082) efectuando la venta inmediata de toda la propiedad territorial de las Órdenes religiosas.

Cerca de la una, Mendizábal se quedó solo; mas no se resolvió a retirarse a su casa, porque el aposento ministerial le retenía, le agasajaba; temía dejarse allí las ideas si se iba, y con sus ideas la ilusión risueña y querida de salvar al país y hacerlo dichoso. No menos de media hora estuvo paseándose de un ángulo a otro, a la luz ya mortecina de los quinqués, entre los retratos de personas reales o de eminencias políticas: la Reina Amelia, clorótica y triste; Fernando, sanguíneo y echando a borbotones la perfidia por sus ojos de fuego, el sarcasmo por su belfo labio.. más allá, personajes de peluca que habían gobernado la Hacienda y la Marina: Patiño, Ensenada; en un ángulo Riperdá, con su risa ladina; en otro Macanaz, con su hermosa cabeza poblada de ricitos.

Cansado de pasearse, Mendizábal sacó de su pupitre varios papeles, cartas que aún no había leído, de esas cuyo escaso interés se adivina por el sobrescrito, y que se dejan sin abrir por no desperdigar la atención; otras de letra bien conocida, que, positivamente, no eran de asuntos ministeriales, más bien pretensiones ridículas, jaquecas, extravagancias, anónimos quizás, llenos de injurias repugnantes, o denunciando algún proyecto terrorífico de las logias masónicas.

Era hombre D. Juan que a lo mejor transportaba toda su atención de lo grave a lo menudo, como espíritu aventurero, que gozara en suponer la existencia de cosas grandes, escondidas de un modo carnavalesco detrás de cualquier insignificancia. Su imaginación le llevaba a la puerilidad. Creía fácilmente en las posibles emergencias de sucesos importantísimos, efecto enorme engendrado por la menor cantidad posible de causa. No estaba exento su espíritu de superstición: esperaba bienes repentinos, no anunciados por la lógica; temía desventuras abrumadoras, caídas como el rayo, sin el antecedente natural de errores determinantes.

En aquella hora de calma y soledad, aplicando a los objetos secundarios (p.4083) más bien la curiosidad que la atención, fijose primero D. Juan en una cuenta de zapatero; después pasó la vista por un plan en que anónimo arbitrista ofrecía saldar toda la Deuda de España con una simple combinación de cifras; leyó en seguida una carta procedente de Londres, escrita en español de colegio inglés. En la primera carilla, una mano trémula había trazado quejas melancólicas, reproches agridulces; en la segunda, se lamentaba de un olvido semejante, de abandono; en la tercera, formulaba con indecisa escritura una protesta de firme constancia a prueba de desdenes, y en la última, pedía dinero. En la postdata suplicaba se le mandase inmediatamente orden contra la casa Tal.. Esta epístola y los documentos anteriores fueron a parar, en pedazos, a la cesta de los papeles inútiles. Cogió luego otra carta, cuyo sobrescrito era un puro adefesio, y abierta, leyó con no poca dificultad: «Señor D. Juan excelentísimo: Por encargo de la señora Doña Jacoba Zahón, que permanece enferma en cama, le digo cómo la ropa de la niña importa mil setecientos y veinte y dos reales efectivos, que hará el favor de remitir a la mayor brevedad, para atender a las urgencias. Pues ha de saber que se debe lo del maestro de piano y baile viceversa, con lo demás que había pendiente del coste del mes pasado inclusive, y son por junto naturalmente trescientos y doce reales netos, con lo de medicinas trescientos ochenta y ocho. Doña Jacoba espera le suministre pronto la suma total de los expresados líquidos reales de vellón, como débitos naturales, y me encarga conjuntamente le diga que le besa las manos, y que tendrá el honor de visitarle en cuanto se alivie de sus reumas achacosos. Dios guarde a usted, excelentísimo, años muchos, y mande a su servidor, que lo es -Cayetano Lopresti».

Suspirando fuerte, señal inequívoca de lo desagradable del asunto, cogió la pizarrita en que anotar solía las obligaciones perentorias del día siguiente, ya fuesen políticas, ya del orden familiar y privado. Media pizarra estaba escrita ya con diversos recordatorios de varia importancia: (p.4084) «circular intendencias.. ver Argüelles, proyecto electoral.. recuento de frailes.. relaciones de monjas.. escribir Duque de Broglie..». Con mano enérgica, fruncido el ceño, apuntó debajo: «Asunto Negretti.. Din. jor. (que quería decir: mandar dinero a la jorobada) ».

Guardó unos pasteles en las gavetas; recogió otros, metiéndoselos en el bolsillo; tiró de la campanilla. El sonido lejano de esta produjo la aparición de un portero que surgió de entre los pliegues de la cortina. «Mi capa.. el coche» dijo Su Excelencia dando pataditas en la alfombra, que aún era de verano. Se le habían enfriado los pies, calzados con zapatito mujeril.

Y con esto se fue Mendizábal a su casa de la calle de San Miguel. Durmió mal. Volteaba el cuerpo entre las sábanas, y en su cerebro enardecido por el trabajo se torcían las ideas y se enlazaban como queriendo formar una trenza: «Ley electoral.. ¡Pobre Negretti!.. La guerra.. ¡Pero esa niña, esa fastidiosa niña.. esa guerra, esa maldita guerra!..».

 

Ep-22-XIV -

También el bueno de Calpena durmió mal, a causa de los sobresaltos de su amor propio, que aquella noche, al volver de la oficina, había sufrido nuevos golpes. La última carta de la mano oculta revelaba un espionaje fastidiosísimo. Era en verdad humillante no poder dar paso alguno de que no tuviera conocimiento la persona que le protegía. Cierto que agradecía la protección; pero habríala estimado más, si no significara para él la pérdida de toda la libertad. Al día siguiente, el anónimo corresponsal mostró detallado conocimiento de cuanto al señorito le había ocurrido en la oficina: le reprendió por la compañía del tísico Serrano; le incitaba a frecuentar menos los cafés y más la sociedad, pues en aquellos adquiriría hábito de grosería y desparpajo, y aprendería en ésta la finura y distinción de un perfecto caballero.

«Hijo mío -decíale D. Pedro, resueltamente conforme con las opiniones de la incógnita-, no te importe esa vigilancia, que puede ser algo molesta, pero que sin duda te apartará de muchos peligros. Frecuenta la sociedad, pues ya tienes (p.4085) relaciones que te introduzcan en casas decentes, donde hallarás exquisito trato, buen comer y placeres honestos. En fin, te conviene mejorar el terreno. Es la única manera de irnos librando de este maldito romanticismo que pretende volvernos locos. No desobedezcas a quien quiere llevarte a la regularidad, a la buena escuela de tu padrino D. Narciso».

-Pues le diré a usted con franqueza, mi querido Hillo: la falta de libertad que me resulta de esta subordinación cargantísima a un poder misterioso, a un poder benéfico, lo reconozco, pero enteramente inquisitorial, a estilo veneciano, produce en mí un vivo anhelo de evadirme de tan enojosa tutela. No sabe usted cuánto deseo hacer algo que resulte ignorado por mi anónimo gobernante. ¿Por ventura, el servicio de policía que ha organizado para vigilarme ha de ser tan perfecto que no pueda yo burlarlo, siquiera para probar la habilidad con que lo burlo? En la oficina hay ojos que me observan; aquí, en casa, no digamos; en la calle, en el café, en los teatros, en las casas que visito, ya sabe usted lo que pasa. No respiro sin que allí lo sepan. Pues yo quisiera respirar a mis anchas, y decir: «te fastidias, que no lo sabes».

En el curso de Octubre fue introducido el venturoso mancebo por Mesonero Romanos en casa del médico Rivas, padre de tres niñas preciosas, muy saladas: Marianita, Mariquita y Juanita, conocidas en el mundo poético por Laura, Silvia y Rosaura, con que las designaban sus novios o pretendientes (en aquel tiempo se solían llaman amantes) , que eran poetas de lo más granadito entonces. Las chicas, eso sí, descollaban por su picante belleza, así como por su ingenio; una de ellas también versificaba, otra pintaba, y las tres hacían en el canto y baile angélicos primores.

Recibido en palmitas fue Calpena en la casa del ilustre médico, y a la segunda noche echó de ver que la mayor de las niñas le gustaba extraordinariamente. A la noche tercera hubo de entender que era correspondido: a las miradas flamígeras siguió el tiroteo de florecillas verbales, y alguna breve y ardorosa (p.4086) promesa. Al fin de la semana, ya corría de sala en sala la opinión de que eran novios. Pero ¡ay!, el domingo recibió Calpena la carta anónima con el siguiente réspice: «Niño, me desagradan lo que no puedes figurarte tus revoloteos con la chica mayor del cirujano Rivas. Simple, ¿en qué estás pensando? ¿Sabes que haces un papel ridículo? Si estás ciego, caiga de tus ojos la venda. No digo que Silvia y sus hermanas no sean honestas: lo son. Pero ya en el nido de sus tiernos corazones ha batido sus alitas otro amor..».

-¡Oh, qué figura tan linda! En el nido de sus tiernos.. Adelante. Sigue leyendo.

Y Calpena, dándose a los demonios, continuaba la lectura: «Las tres tienen sus adoradores. Mesonero es el zagal de la tercera pastorcita, la linda Rosaura. En los altares de la segunda, Silvia bella, quema el incienso de su inspiración socarrona Bretón de los Herreros. Y, por último, escucha y tiembla.. Ventura de la Vega, tu amigo, ese que te recita sus versos en el café para que convides a toda la partida, es el dichoso amante de Laura; la misma noche que os cantó la niña el aria de Elisabeth, del maestro Caraffa, quedó concertado entre Ventura y los padres encender pronto la antorcha de Himeneo.. Con que ya ves..».

-¡Qué elegancia de estilo: encender la antorcha!..

Concluía la carta con observaciones de otro orden, y la noticia de que ya se habían dado los pasos para redimirle de la quinta de cien mil hombres, mediante el pago de cuatro mil reales. En la del siguiente día se le ordenaba que no volviese a la tertulia del cirujano; que no pensara más en la bella Laura, y que procurase meter la cabeza, pues relaciones iba ganando para ello, en casas de más categoría, en los dorados salones aristocráticos. «Mira, tontín: Roca de Togores, que es un chico muy introducido, puede llevarte a casa de Campo-Alange, y el almibarado Clemencín (llamémosle D. Agapito) a casa de Castro-Terreño».

-Ya ves -decía Hillo cayéndosele la baba- con qué seguro dedo te marca tus altos destinos. Pero, tontín, digo yo ahora, ¿cómo has podido figurarte que te íbamos a (p.4087) permitir entroncar con la hija de un cirujano? ¡D. Fernando Calpena unido en desigual coyunda con una simple Laura, sin más títulos que los ovillejos que le endilgan poetas chirles!.. No, hijo, tú no puedes encender la antorcha sino con damas de otro cuño; y aunque pienso que no habrá en Madrid las hijas de duques o archiduques que te corresponden, sigue por de pronto el consejo que te da quien darlo puede, y mete la cabeza en las áureas viviendas de los Abrantes y Veraguas, de los Oñates y Medinacelis.

Refunfuñando, Fernandito concluía por someterse a todo, y a fines de Octubre le introdujo un amigo (no se sabe fijamente si fue Ros de Olano o Miguel de los Santos Álvarez) en las casas de Almodóvar y de Campo-Alange. En la primera de estas mansiones conoció a una beldad fría y correcta, hija de un aristócrata, que era al propio tiempo general poco afortunado, la cual cautivaba a cuantos la veían, no sólo por su marmórea belleza, exenta, eso sí, de toda gracia, sino por su ingenio. Educada en Francia, se traía lecturas varias y admiración muy redicha por Chateaubriand, De Jouy y otros coetáneos, siendo también algo versada en Racine, Marmontel y Madama Genlis.

Con ella platicaba Calpena: notaba este que su conversación y figura eran del agrado de la marmórea, de lo cual vino que él también se sintiese cautivado por la linda estatua, y aun que se lo hiciese comprender en delicadas perífrasis. La oculta mano escribió: «Bien, bien, caballerito: ese es el camino. Recomiendo, no obstante, moderación, pausa, fino pulso, y no lanzarse con demasiados ímpetus por un terreno que, a tus inexpertos ojos, parecerá llano, y no lo es. En él hay asperezas y obstáculos enormes, que tú no ves, pobre niño. Habrás notado que nuestra sociedad es la más democrática del mundo, y que en las casas más linajudas no se niega el pase a ninguna persona bien vestida. Para recibirle y agasajarle, a nadie se le pregunta quién es, ni de dónde viene, ni a dónde va. Yo creo que tanta franqueza no conduce a nada bueno. Por (p.4088) más que sólo sea aparente, esa igualdad significa que nuestra aristocracia pierde el sentido de su misión y no sabe conservar el orgullo castizo, el cual sería un baluarte contra las confusiones que se anuncian, y que traerán un desquiciamiento social. Perdona mi pedantería».

-¡Por San Cucufate!, no es pedantería -exclamó D. Pedro palmoteando-, sino profundísima filosofía de la historia. Sigue.

-«Esa igualdad es un mal síntoma, y nada más por ahora; una forma de cortesía tolerante.. En el fondo, en los hechos, no hay tal igualdad. Por eso, al notar muchos que te aproximas a la marmórea, empiezan a preguntar: ese Calpena, ¿quién es? ¿De dónde ha salido ese barbilindo?.. Y ya verás, ya verás cómo empiezan pronto los desdenes, las envidias.. Para que nada de esto ocurriese y tus caminos fuesen llanos, sería preciso que en aquella misma esfera hubiese personas que evidentemente te protegieran, que respondiendo de ti, dijesen a quien deben decirlo: ese pobrete es digno de la niña, y cuando sea preciso demostrarlo se demostrará. Si ahora te digo que la estatua erudita, lectora de Chateaubriand y aun de Destut-Tracy, heredará tres millones y medio, no lo hago porque veas en la riqueza un incentivo a tu inclinación, no Ese Don Nadie no busca un enlace de conveniencia, ni necesita los millones ajenos, porque es de los que, por su gran mérito, pueden permitirse la libertad de ser pobres».

-¡María Santísima, qué frase!.. Adelante.

-«De ser pobres.. Te hablo de la presunta riqueza de la niña de mármol, para que sepas que tu marcha por ese camino ha de ser muy disputada. Pero no te acobardes. Sobre que tú no sabes si tendrás aún medios de apedrear con doblones a los que ahora hablan de tu nulidad y pobreza, sigue adelante, y no veas en la preciosa damisela más que su educación cristiana, la hidalguía de su familia y de su nombre, su honestidad, su talento instruidito, sus condiciones, en fin, de grandísimo precio, y las virtudes y méritos de sus padres, pues aunque el pobre General nunca ha sabido mandar cuatro soldados, eso no quita (p.4089) para que sea excelente persona, muy atenta a sus intereses; y en cuanto a su madre, bien sabes que no hay en Madrid quien la aventaje en nobleza y virtudes.. No escribo más. Me duele la cabeza. ¿Pero qué importa si el espíritu está gozoso?».

Mucho dio que pensar a Calpena el contenido de esta carta, y tanto se entusiasmó Don Pedro oyéndola leer, que casi casi se le saltaron las lágrimas. «¿Ves, ves -le dijo- cómo yo tenía razón? Y que ha de ser una mujer de inaudito mérito esa marmórea chica. ¡Vaya que leer a Destut-Tracy!.. ¡Y qué guapa será!.. Hombre de Dios, un día iremos de paseo al Prado, a ver si la encontramos para que me la enseñes. Ya me figuro su belleza, su dignidad, su mirar grave, como de la diosa Minerva, su andar majestuoso. Bien, hijo, bien. Ese es el camino, ése.. Y ya sabes, dejaré de ser tu amigo y mentor.. si.. Ya sabes mi tema: hay que rematar la suerte».

En tanto, Calpena continuaba prestando su servicio de secretario particular del primer Ministro, muy a gusto de este, al parecer, pues cada día le fiaba epístolas de mayor delicadeza, aun aquellas que contenían algún secretillo político, o en que desahogaba en la confianza de un buen amigo el recelo que en él iban despertando las dificultades de su magna empresa.

Por aquellos días ya no iba Fernandito a los cafés, y esquivaba todo lo posible la sociedad del tísico Serrano, cuyo pesimismo había llegado a serle odioso. Dos veces fueron juntos al teatro. Dábale Serrano los nombres de todas las personas que en palcos y butacas veían, sin que de esto pudiese sacar ninguna luz el aburrido joven. Y como a cada nombre que el tísico decía agregaba comentarios injuriosos, pues para él no había mujer honrada, ni madre que no vendiese a sus hijas, ni esposa que no imitara la conducta aleve de la señora de Oliván, Calpena no quiso más tal compañía, ni aquella erudición tan mentirosa como terrible.

Con Milagro, su compañero de secretaría, sí que hizo buenas migas Calpena, y en los cortos ratos libres platicaban de política o literatura contemporánea, que el viejo conocía medianamente, o (p.4090) bien de cosas familiares y domésticas. Todo franqueza y espontaneidad comunicativa, Milagro contaba los refunfuños y genialidades de su mujer, las bataholas de sus chiquillos menores, y las gracias habilidosas de sus dos niñas. «Es ridículo -decía- que a una persona como usted, introducida en la mejor sociedad, le invite yo a venir a pasar un rato en mi humilde casa, donde todo es pobreza.. también alegría, eso sí.. Pero yo creo que habría de gustarle oír tocar el arpa a mi hija María Luisa, discípula de Fagoaga, gran discípula, para que usted lo sepa.. y el instrumento es de lo mejor que ha fabricado D. Tiburcio Martín, plazuela de Matute.. Ni le desagradaría a usted echar un parrafito con mi hija segunda, Rafaela, que sabe francés y me ayuda a traducir Mujeres célebres. Lee todo lo que cae en sus manos, y ahora está agarrada noche y día a la Corina de Madama Stäel.. Y en casa puede usted ver a una notabilidad, un chico poeta de mi pueblo, Chiclana, que aunque soldado de la última quinta, hace versos como los ángeles; sólo que es tan corto de genio y tan para poco, que cuesta Dios y ayuda hacerle leer lo que escribe. Se llama Antonio Gutiérrez, y ha compuesto un dramita que titula El Trovador o cosa así, y en casa nos ha parecido tan bueno, que yo mismo se lo he llevado a Guzmán para que lo lea, a ver si a él o a Carlos Latorre les da la ventolera de representarlo. Otro chicarrón va por allí, Pepe Díaz, que también hipa por la poesía y el teatro. No les falta más que apoyo, protección, y aquí, ya se sabe, no la hay más que para los necios enfatuados. Yo les digo: «Hijos míos, no os acobardéis, que a falta de otros protectores, aquí me tenéis a mí.. ¡Milagro será que no os saque adelante Milagro!.. je, je..».

Cortés y agradecido Calpena, declaró que con mucho gusto aceptaría la invitación, visitándole una de las noches que tuviera libres. Al mismo tiempo recordó el conocimiento de Milagro con Doña Jacoba Zahón, añadiendo que para esta señora había traído de Francia un encargo que aún se hallaba en su poder. Por voluntad expresa del (p.4091) remitente, no lo entregaría más que a la misma persona a quien venía destinado, y esta debía presentarse a recogerlo.

«Seguramente -dijo Milagro- es una caja de pedrerías.. ¿Por qué se asombra usted? La Zahón comercia en diamantes y perlas. La casa es muy conocida: Zahón y Negretti, calle de Milaneses. Hoy, por muerte de Zahón, se ha quedado al frente la viuda, para quien algunas noches trabajo, escribiéndole la correspondencia y poniéndole las cuentas en orden».

-No puede ser caja de piedras preciosas lo que traje y aún conservo -observó Calpena-, pues no habían de tardar tanto en recoger cosa de valor grande. ¿Acaso comercia esa señora en pedrería falsa?

-No, señor.. Todo lo que compra y vende es de la mejor ley. Si no ha pasado Doña Jacoba a recoger su encargo, será porque ha estado enferma, o porque no tiene noticia exacta de la persona que lo ha traído.

-Debe de tenerla, porque al día siguiente de mi llegada, escribí a Olorón dando cuenta de mi domicilio. Por cierto que me dijeron que esa señora es jorobada.

-Cargadita de espaldas.. Yo le hablaré del caso, y nos iremos a su casa si ella no puede salir. Verá usted una mujer lista y estrafalaria, genio desigual, mañas de urraca, agudezas de lince, toda uñas, toda desconfianza..

-Pues yo había creído que el paquete que traigo es de cartas o papeles políticos. Dígame usted.. aquí en confianza, ¿esa señora conspira?

-¡Conspirar la Zahón..! -dijo Milagro perplejo-. No.., que yo sepa, no.. ¡Conspirar..! Para la Zahón no hay más política que ganar dinero, engañar a quien puede, y despojar a los infelices que caen en sus garras.

-Ello será como usted lo dice; pero yo puedo asegurarle que un compañero mío de hospedaje, que anda en las logias de la casa de Tepa, supo, a los pocos días de mi llegada a Madrid, que yo había traído ese encargo, y tanto él como sus amigos López y Caballero creían, y así me lo dijeron, que el paquete era de papeles políticos y venía destinado al eterno conspirador D. Eugenio Aviraneta.

-Observe usted, amigo Calpena, que los patriotas, de tanto andar al obscuro (p.4092) en logias y sublimes talleres soterráneos, ven visiones, y como la policía de aquí vive también palpando tinieblas, entre unos y otros le arman a usted unos enredos que le vuelven loco. El año del fusilamiento de Torrijos vine yo de Sevilla a Madrid en galera, y no acelerada, con mi familia, pasando los mayores trabajos que usted puede imaginar. Diéronme allí un encargo para la señora de D. Vicente González Arnao, el amigo de Moratín, la cual era muy obesa y padecía de estreñimiento. Por esto comprenderá usted que el encargo era una lavativa, gran pieza, modelo recién enviado de Inglaterra. Pues no puede usted figurarse la que se armó con el dichoso instrumento, en cuanto me lo descubrieron los de la policía. No le digo a usted más sino que me costó la broma cuatro meses de cárcel, y mi mujer y mis hijos no se murieron de hambre porque les recogió un pariente de Bertrán de Lis..

-¿Y la señora de Arnao..?

-Reventó.. naturalmente.. Su muerte debió ser un nuevo cargo para la Superintendencia de Policía, como verdadero asesinato.. político.

Campanillazo.. Acudió Milagro presuroso al llamamiento del señor Ministro.

 

Ep-22-XV -

A los pocos momentos de quedarse solo Calpena en el despacho, entró Iglesias por la puerta interior, que comunicaba con la Secretaría. «En nombrando al ruin de Roma.. No hace diez minutos, querido Nicomedes, que le recordábamos a usted».

-No sería para hablar mal.

-De ningún modo. Al contrario..

-Hace un siglo que no nos vemos, amigo Calpena. Ayer y hoy no he comido en casa. Tenemos usted y yo las horas encontradas, y lo siento, porque en estas circunstancias me conviene verle a usted con frecuencia. Por eso he venido.

-Estoy a sus órdenes.

-Ya sé -dijo Nicomedes dejando sobre la mesa su sombrero, que era de última moda, cilíndrico, enorme, un soberbio tubo de chimenea con alas planas-, ya sé que el Presidente le quiere a usted mucho.. Eso se llama caer de pie. Usted es de los que se lo encuentran todo hecho. Bien haya quien tiene el padre alcalde.. Pues yo, contando con (p.4093) su amabilidad, venía..

-Siéntese el buen Iglesias, y dígame en qué puedo servirle.

Sentose Nicomedes, y pasándose la mano por las melenas, que eran largas y copudas, parecía inquieto, caviloso, extenuado por el insomnio y las ansiedades de la ambición.

«Quisiera que el simpático Calpena, sin faltar lo más mínimo a la reserva que le impone su cargo en la Secretaría particular.. ¡cuidado, que no trato de poner a prueba su discreción..!, pues quisiera que usted me dijese si ha escrito a D. Juan Álvarez en favor mío..».

-¿Quién? Supongo que será recomendación para las elecciones.

-Justo. Pues se comprometió a escribir al Presidente, recomendándome con toda eficacia, imponiéndome más bien, quien menos puede usted figurarse.

-¿Caballero, Trueba y Cossío?

-Esos son amigos míos, y bastante tienen con manipular su elección, el uno en Cuenca, el otro en Santander. A mí me habían prometido incluirme en la candidatura de Murcia. Quiroga me aseguró que allí me votarían hasta las piedras. Luego resulta que no las piedras, sino los electores, votan a Escalante. Al fin, me refugié en Villafranca del Bierzo, donde tengo algunos elementos.

-Por ese lado, Argüelles influye, también D. Martín..

-No cuento con esos.. Ofreció apoyarme.. vuelvo a decirlo, quien menos puede sospechar.. En este juego de la política, los extremos se tocan. Pues me apadrina D. Francisco Martínez de la Rosa, es decir, prometió hacerlo.. en virtud de concesiones mutuas que acordamos en Tepa, interviniendo por los moderados Ramón Narváez; por nosotros, mi amigo Palarea.

-Ya.. comprendo.. Y usted quiere saber si Martínez de la Rosa ha escrito.. Lo ignoro: si algo supiera se lo diría, pues en ello no veo deslealtad. Por mi mano no ha pasado carta de D. Francisco; y si D. Juan la ha recibido, habrala contestado por sí propio.

-¿Y su compañero de usted, ese viejo cegato..?

-No sé nada. Es hombre muy reservado.

-Bueno: desde ayer sospecho que esos malditos anilleros nos engañan. Siempre han sido lo mismo. Cuando están fuera del poder, nos buscan, (p.4094) nos agasajan, se arriman a la exaltación.. Otra cosa: ¿No recuerda usted si entre las recomendaciones de candidatos, que hace diariamente este buen señor a Don Martín de los Heros, ha ido mi nombre?

-Tampoco lo recuerdo.

-Voy creyendo que Heros me engaña también. No puede esperarse otra cosa de quien no tiene iniciativa ni criterio para nada. Tanto a él como a Becerra les trata este señor como a criados.

-Pues mire usted -indicó Calpena esforzándose en hacer memoria-, yo tengo idea de haber visto el nombre de usted en alguna de las cartas que me ha dado D. Juan para contestarlas..

-A ver si recuerda, hombre, a ver si recuerda.. -dijo Iglesias aproximando su silla para poder hablar en voz más queda-. ¿Sería en una carta de D. Fernando Muñoz?..

-¿El marido de la Reina? No.. D. Fernando estuvo aquí una noche, y habló con el Presidente, lo que no tiene nada de particular, y por eso puedo decirlo.

-¿Y no ha pasado por aquí una carta de D. Juan Muñoz, Padre jesuita, hermano de D. Fernando? Me consta que le suplicó se interesase en favor mío la persona que le salvó la vida en el colegio de San Isidro el día del degüello, en Julio de 1834.

-Tampoco he visto carta alguna de ese señor jesuita.

-Pues no dudo que su hermano habrá dicho algo a Mendizábal. Sepa usted que en Palacio, de tiempo en tiempo, echan una mirada a la exaltación, y nos halagan para que no extrememos la guerra. Decididamente hemos vuelto la espalda al señor Dracón, que no nos sirve para nada. Ya sabe usted que en el actual momento histórico Doña Carlota y su hermana están a matar.

-No sabía.. La verdad, me fijo poco en intrigas palatinas. Creo que mucho de lo que se cuenta es falso, embustes fraguados a gusto del que los pone en circulación.

-Lo que digo es el Evangelio. Están a matar.. Nosotros hemos abandonado a la Carlota, y apoyando por el momento a Cristina, trabajamos en el extranjero para evitar la protección que dan a D. Carlos los legitimistas y vendeanos. Mendizábal hace la misma política: no me dirá usted que no escribe cartas (p.4095) a la hermana de estas señoras, Carolina, Duquesa de Berry.

-Nada sé, amigo mío -declaró Calpena, comprendiendo al fin que debía refugiarse en la discreción, y evitar revelaciones inconvenientes.

-Pues bien: decidido a minar la tierra para ocupar el lugar que me corresponde en el Estamento, y viéndome abandonado por algunos amigos, vendido por otros, por ninguno apoyado resueltamente, he pegado un brinco horroroso, solicitando el apoyo de un legitimista francés de gran empuje, para que recabe de la Duquesa de Berry una expresiva recomendación..

-Y ese legitimista es el señor Conde de la Pommeraye, ayudante que fue del Duque de Angulema. Ha escrito a Mendizábal; pero no hace referencia a la de Berry, y se limita a dar las gracias por el reconocimiento que se le ha hecho de varias cruces concedidas el año 23, asunto que quedó suspenso por error, o por olvido de ciertos trámites..

-Me consta que a la de Berry debe el de la Pommeraye que le hayan reconocido dos cruces pensionadas. Lo sé: es amigo de mi familia. Mi tío Andrés le salvó la vida en el ataque y toma de Pasajes.. Por lo visto, usted no puede o no quiere darme ninguna luz. Cada día me afirmo más en la idea de que todos me abandonan, de que nadie se interesa por mí.. ¡Y esto le pasa al hombre que ha consagrado toda su inteligencia, su vida toda, a la idea revolucionaria, a la redención de este pueblo.. ¡Mátese usted, reviéntese, padezca hambres y persecuciones por la regeneración de un país, por ennoblecerle, por desasnarle, por sacarle de las uñas de la feroz tiranía.. y cuando cree recibir el premio de su servicio, cuando usted humildemente dice a ese país: «Dame tu representación, dame tus poderes, pues quiero desgañitarme en tu defensa», vese usted desatendido, menospreciado, tratado como un loco.. ¡Oh, esto no puede ser, esto clama al cielo!

Dio un porrazo en la mesa el iracundo Nicomedes, y se levantó, irguiéndose con fiera majestad y sacudiendo la melena. Quiso calmarle D. Fernando con frases de esperanza: «No desmaye usted tan pronto. Si no es (p.4096) ahora, otra vez será».

-Lo mismo me dijeron en las primeras Cortes del Estatuto.. No, no he nacido yo para vestir imágenes.. ni aun la imagen de la Libertad. No, ya no espero nada.. La culpa tiene quien se desvive por sus ideas, olvidando que ha nacido en la tierra de la ingratitud.. Créame usted, los carlistas lo entienden. Van tras de su objeto espada en mano; persiguen la realidad a sangre y fuego. Esos no se andan con remilgos, ni fían su éxito a las amistades, ni a los hinchados discursos, ni a recomendaciones impertinentes. ¡Hierro, y nada más que hierro!.. Mientras nosotros no hagamos lo mismo, no iremos a ninguna parte.

Y cogiendo el enorme sombrero con tanta violencia, que a punto estuvo de romperle el ala (¡lástima grande, pues lo había comprado aquel día!) , se lo encasquetó sobre la melena, diciendo: «Yo le aseguro a usted, querido Fernando, que me la pagan.. ¡vaya si me la pagan!..».

Despidiéndole en la puerta, tuvo Calpena una idea feliz: «¿Por qué no se decide usted a hablar con el propio Mendizábal? El llanto sobre el difunto. Pídale usted audiencia ahora mismo».

-Ya hemos hablado.. Me recibirá muy atento. A buenas palabras no le gana nadie. Pero todo se queda en agua de cerrajas.. Déjele usted.. déjele. Fracasará por no rodearse de los verdaderos patriotas.. Morirá a manos de los santones.. ¡Que muera, que se hunda!..

En aquel punto entró Milagro con un puñado de cartas, y preguntándole Calpena si el Presidente estaba solo, dijo que en aquel momento acababan de entrar D. Agustín Argüelles y D. Ramón de Calatrava.

«Ahí tiene a todo el santonismo -dijo Iglesias con sarcasmo-. Vienen a tomarle medida del féretro.. y a cortarle los pies bonitos para que quepa.. Es muy grandón D. Juan Álvarez Mendizábal.. Pero quizás lo que le sobra no es por abajo, sino por arriba.. Señores, conservarse».

No pudieron entretenerse los dos amigos en conversaciones, porque al punto se enfrascaron en el trabajo, que no era flojo aquel día. Milagro dio a su compañero algunas cartas, indicándole el sentido de la contestación, y (p.4097) al instante humilló su flácido rostro, paseando la punta de la nariz sobre el papel, al propio tiempo que la pluma. Contestó Calpena varias cartas de pura cortesía, de esas que no dicen nada y formulan vagas promesas, con arreglo al patrón usual en las secretarías familiares de los señores Ministros. Toda la tarde se la pasó el de Hacienda en conciliábulos con prohombres, en firmar asuntos importantísimos de Deuda, de Aduanas, algunos nombramientos, y en repasar el proyecto de discurso que había de leer la Reina en la próxima apertura de los Estamentos. A última hora llamó a Milagro. Dejando a un lado la política y apartando de sí todo el papelorio que delante tenía, se dispuso a despachar un asunto privado, que sin duda le causaba inquietud y fastidio, a juzgar por el tono con que dijo a su escribiente: «Otra vez esa pejiguera. Oiga, señor Milagro: mañana me hará usted el mismo favor del mes pasado».

-A las órdenes de Vuecencia.

-Nada: que esa maldita jorobada, que Dios confunda, ha vuelto a pedirme dinero. Y no tengo más remedio que mandárselo, aunque voy pensando que hay en esto mucho de socaliña.. ¡Pobre Negretti! Como usted la conoce y trabaja en su casa, me hará el obsequio de llevarle esta cantidad que me pide.. Vea usted qué letra y qué estilo.. Cuide de hacerle firmar el recibo en la misma forma de la otra vez.. «He recibido del Sr. Tal.. testamentario del Sr. Negretti.. la cantidad de tal, importe de alimentos y demás de..».

-Descuide Vuecencia..

-Es un asunto que me desagrada, y en la posición que ahora ocupo, francamente, no me convienen estos tratos, aunque, bien mirada, la cosa es sencillísima, y nada tiene de particular.. Usted, como buen gaditano, conocería al pobre Negretti.

-Sí, señor.. Tratante en pedrerías y en metales preciosos. Si no recuerdo mal, era corso.

-No: hijo de padre corso. Oiría usted contar que en uno de sus viajes a Inglaterra conoció a la Montefiori. ¿Sabe usted quién era? Una mujer de historia, muy guapa, francesa o italiana, no lo sé a punto fijo, ni creo que lo supo nadie.

-Algo me (p.4098) contaron..

-A lo tonto, a lo tonto, empezando por galanteos de esos que allí, como en París, son la aventura de un día, o de una semana, sin consecuencias, Negretti se enamoró perdidamente de aquella prójima.. Y a tanto llegó la ceguera del hombre, que se casó con ella. Crea usted que el día que me lo dijo, por poco le mato. De nada valieron los consejos, las exhortaciones de sus buenos amigos. Jenaro sentía el vértigo, y se arrojó a la sima.

-Ya, ya recuerdo la historia.. Su mujer murió.

-Asesinada, al salir de un baile en Vauxhall, un sitio que hay en Londres, a donde concurre todo el mujerío.. ya me entiende usted..

-Comprendo.. mujeres guapas.. pues.. Esa señora dejó una niña.

-Que recogió Negretti, poniéndola en casa de los Montefioris de Halton Garden, una calle de Londres donde está todo el comercio de pedrería. A la muerte de Jenaro, la niña, por disposición testamentaria de este, fue puesta al cuidado del Montefiori de Mallorca, y luego de Zahón y Negretti.

-Y ha quedado al fin bajo el poder de Doña Jacoba, donde ahora se halla. La conozco, señor.

-¿Qué tal es la chica? No la he visto desde que tenía tres años.

-Señor -respondió Milagro dando un suspiro-, Aurorita es preciosa..

-Sale a su madre, que era una divinidad -dijo el gran Mendizábal. Y se le encandilaron los ojos cuando repitió-: Es preciosa la niña..

-Pero muy revoltosa, señor.. el carácter más desconcertado que Vuecencia puede imaginar.

-Tiene a quien salir.. Pues bien, Negretti dejó en mi poder todo su dinero.. No crea usted, pasa de un millón de reales lo que tenía, y con su fortuna me dejó el encargo de atender a la chiquilla durante su menor edad.. Ello es enojoso, mayormente hallándose la joven en poder de los Zahones, de quienes tengo malas noticias.

-Puedo asegurar a Vuecencia que la niña de Negretti está muy mal educada y tiene los demonios en el cuerpo; pero merece vivir en mejor compañía, y yo sé que no ha de faltar quien la cuide, con el emolumento que percibe la urraca de Doña Jacoba.

-Autorizado estoy -indicó D. Juan Álvarez, (p.4099) distrayéndose ya de aquel asunto y empezando a pensar en cosas de más importancia-, para confiarla a otras personas de la familia; y si averiguar pudiera dónde ha ido a parar Ildefonso Negretti, que se estableció en Bayona, también en joyería, allá por el año 26, de seguro.. En fin, señor Milagro, quedamos en que llevará usted a esa señora.. Vea la nota, y aquí tiene el dinero.. Cuidado con el recibo en regla.. Y pueden ustedes retirarse.. Yo me voy también, que hoy ha sido día de prueba.

 

Ep-22-XVI -

Acompañado de su amigo y mentor D. Pedro Hillo, fue Calpena a las últimas funciones de Toros, y a la apertura de los Estamentos, que se efectuó a mitad de Noviembre con la solemnidad de costumbre, asistiendo la Reina Gobernadora. En la Plaza admiraron la pericia del afamado matador Francisco Montes, y el arrojo y gallardía de D. Rafael Pérez de Guzmán, oficial del Ejército, de la noble casa de Villamanrique, que había cambiado los laureles militares por las palmas toreras, y la espada por el estoque. Tomó la alternativa en Madrid en Junio del 31, y desde entonces fue la más grande notabilidad del arte en aquella década, después del maestro Montes. Con estos compartía el favor del público Roque Miranda, muy inferior a Montes y a D. Rafael en la suerte de matar, pero gran banderillero, capaz de poner pares en los cuernos de la luna.

Ya se comprende que con la compañía de Hillo en el fiero espectáculo aprendió Calpena, no sólo los terminachos, sino las reglas del toreo, adquiriendo el placer de la lidia. Algunas tardes convidó también a Milagro, grande y antiguo aficionado, sólo que la cortedad de su vista no le permitía enterarse bien de lo que pasaba. Hiciéronse amigos Hillo y D. José, y su amistad se consolidaba, lo mismo por la comunidad de afición que por la diferencia de criterio en el juicio de las suertes. Si coincidiendo, simpatizaban, disputando como energúmenos simpatizaban y se querían más. Entre los dos sentábase Calpena en el tendido, y a menudo tenía que intervenir para aplacar sus bulliciosos ardores de (p.4100) controversia. Era Hillo devotísimo adepto de la escuela rondeña, y el otro de la sevillana; enaltecía el clérigo el arte propiamente dicho, la destreza en el engaño, la burla ingeniosa del peligro, la distinción, la postura, la gallardía de la figura toreril delante de la fiera; encomiaba Milagro el valor, la brutal acometividad sin remilgos, mirando más a la eficacia de la suerte que al afán de pintarla y hacer arrumacos. Eran, pues, el uno clásico, romántico el otro. Disputaba Milagro por temperamento bullanguero y por llevar la contraria. Hillo, firme en el dogma rondeño, lo sostenía con seriedad, digna de una tesis escolástica. Tan pronto se arrancaba Milagro a sostener que D. Rafael era un chambón, que debía su boga a ser de la Grandeza, como le defendía resueltamente por su coraje ciego y sin arte. Consideraba a Montes por paisano, pues ambos eran de Chiclana; pero a lo mejor se complacía en llamarle gandul o figurero.

«Pero usted, señor alma de cántaro -le decía Hillo sin poder contener su enojo-, ¿se ha enterado de lo que ha hecho ese tío en el segundo toro? Sin duda tiene usted telarañas en los ojos cuando no ha visto ese sublime arte del engaño, cuando no ha visto con qué salero se lo pasó a la fiera por delante de la cara para componerla, para quitarle los resabios adquiridos durante la lidia, para igualarle.. ¿O es que usted no sabe lo que es igualar al toro?.. ¿Sabe acaso distinguir los pases? Para usted es lo mismo el natural que el redondo, el cambiado y el de pecho».

-Lo que le digo a zumercé -afirmó Milagro al concluir la lidia del tercero-, es que este pase de pecho de D. Rafael no lo hace mejor el Verbo Divino.

-¡Pero si ha sido una gran patochada! ¡Usted no lo entiende! ¡Si no estaba perfilado D. Rafael cuando se le vino el toro encima, y en vez de adelantar el brazo de la muleta hacia el terreno de afuera en la rectitud del toro, lo que hizo fue..!

-Usted sí que no lo entiende. D. Rafael no movió los pies..

-¡Pero si parecía un bailarín!

-Le digo a usted que no. Me han salido los dientes viendo matar toros. D. (p.4101) Rafael se estuvo quieto hasta que llegó la res a jurisdicción.

-¡Pero si no llegó a jurisdicción..! ¡Por San Cornelio, que no!.. Y el animal no tomó el engaño; y D. Rafael, con más coraje que conocimiento, en vez de darle salida por la derecha, se la dio por la izquierda, y no supo empaparle. Total, que cuando la res dio el hachazo..

-No hubo tal hachazo.

-Le digo a usted que sí..

-Pues, hijo, si Su Reverencia entiende de decir misa como de toros, lucida está la santa Iglesia.

-Quien no entiende una palotada sois vos.

-Paz, paz -les decía Calpena-. No se peleen por un golletazo de más o de menos. Tan difícil es matar bien un toro como gobernar a un país. Tanto mérito tiene el que se pone entre los cuernos de una fiera, como el que se cuadra ante las astas de una nación querenciosa. No disputemos, y aplaudamos a todos.

Salían tan amigos, y hablando de política, el clérigo y el funcionario confundían sus respectivos criterios en un escepticismo zumbón. Fueron también, como se ha dicho, a la apertura de las Cortes, en el Estamento de Procuradores, que tenía por alojamiento provisional la iglesia de Clérigos menores, (Carrera de San Jerónimo) , convertida en redondel parlamentario. Aunque el día no era apacible, la multitud se agolpaba en las calles por ver a la Reina y su Corte, y por admirar el lujo de corceles empenachados, los lacayos y cocheros a la Federica, las carrozas de concha y marfil, y todo el elegante barroquismo que constituye el ceremonial palatino de calle. La hermosura de la Reina, su gracia y gentileza eran tales, que ante la realidad se achicaban las hipérboles que a su paso se oían. Vestía de negro. Su peinado de tres potencias, con la real diadema y el velo blanco que graciosamente le caía sobre los hombros; la pedrería que al cuello y entre los graciosos moños de su pelo ostentaba; la majestad de su rostro; la sonrisa hechicera con que agraciaba al pueblo dirigiendo sus miradas a un lado y otro, formaban un conjunto que difícilmente olvidaba el que una vez tenía la suerte de verlo. Contaba poco más de (p.4102) veintiocho años, y ya su nombre había fatigado a la Historia, por las circunstancias de su casamiento, de su corta vida matrimonial, de su viudez prematura, que puso en sus manos las riendas de una nación desbocada. Del bien y del mal que hizo se hablará en mejor ocasión. Por ahora se dice tan sólo que aquel día de Noviembre, camino de la ceremoniosa apertura, estaba guapísima. Era, sin disputa, la más salada de las reinas. Su venida fue un feliz suceso para España, y su belleza el resorte político a que debieron sus principales éxitos la Libertad y la Monarquía. Su gracia sonriente enloqueció a los españoles; muchos patriotas furibundos, a quienes las malas artes de Fernando habían hecho irreconciliables, desarrugaron el ceño. Antes de tener enemigos encarnizados, tuvo partidarios frenéticos. Difícilmente se encontrará en la Historia una Reina a la cual se hayan dedicado más versos: verdad que no todos los que se arrojaban a su paso para alfombrarle el camino eran inspirados. Lo que llamamos ángel teníalo Cristina en mayor grado que otras prendas eminentes de la realeza, y todos hallaban en ella un hechizo singular, un don sugestivo que encadenaba los ánimos. Por eso Quintana, afectando la confusión lírica, le decía:

«¿Quién te dio ese poder?.. ¿De quién hubiste

La magia celestial?».

Y otro no menos famoso poeta, la saludaba de este modo:

«¡Cuán hermosa! ¡Sus ojos celestiales

Cuán apacibles miran!

Ved en su frente pura

La majestad grabada y la dulzura;

Mirad en su mejilla

La rosa del pudor encantadora.

Al Consorte Real, que en ella adora

No menos la virtud que la hermosura,

Ved ¡cuán tierno sonríe

Su labio de coral!..».

Y fue tal la prodigalidad de epítetos dulzones, angélica, divina, divinal, dulce, amorosa, celeste, etc., que la lengua se nos hizo empalagosa, y de ahí vino que por devolverle su tonicidad y fuerza la amargaran demasiado los románticos con sus acíbares, adelfas y cicutas.

En otro orden hubo de manifestarse el mismo fenómeno de reacción. Es indudable que muchos se fueron al campo realista, no tanto (p.4103) por convencimiento, como porque estaban hastiados y apestados de tanta angélica Isabel, de tanta celestial Cristina; protestaban de la virilidad contra el feminismo.

Las tres serían cuando entraba la Reina en el Estamento, y si en el tránsito por las calles y Puerta del Sol los vivas no cesaban, ni las encantadoras sonrisas de la dama hermosísima, en la casa parlamentaria los aplausos y vítores fueron delirantes. Aclamando a la Gobernadora, se rendía tributo a la hermosura y a la ley, a la vida nueva, a la esperanza de un porvenir dichoso. El símbolo era tan bello, que encendía el fuego de la fe con más eficacia que las ideas. No es extraño, pues, que el historiador, o más bien el filósofo de la Historia, se preguntara: «¿Hasta qué punto y en qué medida influyó en la suerte de España el dulce mirar de aquella Reina?». Y un faccioso del orden civil, aficionado a las grandes síntesis, consolaba a D. Carlos, años adelante, en las soledades de Bourges: «No hay que culpar a nadie, señor, pues así lo ha dispuesto el que hace las criaturas. Todo habría pasado de distinta manera, si la augusta cuñada de Vuestra Majestad hubiera sido bizca».

Nuestro amigo Calpena, colocado entre los suyos D. Pedro Hillo y D. José del Milagro, vio desde una tribuna a la hermosa Reina, y la oyó leer el discurso. Era la primera vez que la veía, y maravillado de tanta majestad y gentileza, sus ojos no se saciaban de contemplarla. Milagro, renegando de su menguada vista, no hacía más que preguntar a Hillo: «¿Y dónde está Argüelles?.. ¿Y Saavedra?.. ¿Y los primerizos Pacheco y Donoso Cortés?». Poco fuerte en el conocimiento de personas, Hillo las iba señalando a capricho, y a Pita Pizarro le llamaba Conde de las Navas, y a D. Antonio González le confundía con D. José Landero y Corchado.

«Ahí tiene usted al Sr. D. Juan Álvarez y Méndez, tan orgulloso que parece el czar de Moscovia.. -dijo D. Pedro cuando ya se retiraba Su Majestad-. Con su pelito rizado y su fraque de última moda, es el más guapo de los que se sientan en el banco negro. (p.4104)

-Ya, ya le veo -manifestó Milagro, que no veía nada-. Está arrogantísimo mi jefe.. Ese, ese es el que os ha de poner a todos las peras a cuarto. Ya veréis cómo las gasta.

-Me parece a mí -dijo Hillo-, que trae buenos planes; pero no el trasteo que se necesita para ejecutarlos.

-Trasteo le sobra.

-Le falta mano izquierda.

-¡Qué ha de faltarle, hombre!

-No sabe manejar el engaño. Hay aquí ganado de mucho sentido, voluntarioso, que hace por los Ministros, y no para hasta que los engancha. ¡Pobre D. Juan!.. Él ha venido por palmas, y le van a dar..

-¿Qué..?, ¿qué le van a dar?.. -dijo Milagro, empezando a amoscarse.

-Nada, hombre: no se sulfure. De toros entiende usted poco; pero de este tinglado ni una patata.

-Quien no lo entiende es Su Señoría. Me han salido los dientes viendo Cortes..

-¿En dónde, alma de Dios?

-En Cádiz.. en San Felipe Neri.

-Ese santo no es de mi devoción.

-De la mía sí. En mi iglesia adoramos a los patriotas y abominamos de la clerigalla.

-Paz, caballeros -dijo Calpena con gracia-. No me riñan aquí o a los dos les mando a la calle.

-Es broma.

-Jugamos, nos divertimos.

En esto salían ya de la tribuna, y empezaba el penoso descenso entre un gentío bullicioso, mareante, compuesto en su mayoría de señoras charlatanas y fastidiosas, a quienes todo el espacio de pasillos y escaleras les parecía poco para sus faldamentas, chales y cintajos. Cerca ya de la salida, tropezaron con Edipo, el polizonte, y Calpena, que ya estaba familiarizado con su presencia en calles, cafés y teatros, le dijo, permitiéndose tutearle: «Sí, aquí estoy.. No me escapo, hombre.. Puedes apuntar, por si no lo sabes, que esta mañana estuve con Iglesias en el café de Solís, y que hablamos de la inmortalidad del cangrejo y de la absoluta impertinencia de los empleados de la policía».

-No voy contra usted, Sr. D. Fernandito -replicó el corchete risueño y humilde-. Viva usted mil años, para que proteja a los pobres el día que venga alguna tremolina.

-¡Lo que es a ti..! ¿A que no me aciertas dónde estuve hoy cuando salí del (p.4105) café de Solís?

-En la corbatería de Aguayo.

-¿Y antes de ir al café?

-En la peluquería de Cortina.

-Maldito seas, y quiera Dios que te pase lo que al Rey de teatro que te ha dado su nombre.

-Era un Rey que padecía de la vista.

-Ciego te vea yo.. Bueno. Pues si me aciertas a dónde iré esta tarde, te regalo una docena de puros.

-¿De veras? Pues ya puede ir por ellos. Tráigamelos escogidos, de la fábrica de Sevilla, de a tres cuartos pieza.

-Antes adivíneme lo que haré esta tarde.

-No necesito adivinarlo, porque lo sé, y usted no.

-¿Y cómo es eso de ignorar a dónde voy, teniendo el propósito de ir a una parte?

-Muy sencillo. Puede que usted tenga la intención de emplear la tarde en picos pardos, y puede que haya hablado de eso con Iglesias, que es muy aficionado a las madamas. Pero aunque el Sr. D. Fernando tenga esos planes, no irá a donde piensa, sino a donde yo sé.

-Explícame eso, Edipo maldito, o aquí perece un Rey de Tebas.

-Pues.. esta mañana, mientras el señor andaba de ceca en meca.. fue a buscarle a su casa, tres veces, D. Carlos Maturana. Me le encontré en la calle de Peligros, y me ha dicho que tiene precisión de cazarle a usted hoy, y que le cazará, aunque sea con perros.

-¿A mí?.. ¡Maturana! Sí, sí, es el pariente de mis amigos de Olorón, a quien me recomendaron. No le he visto aún, porque estaba ausente de Madrid cuando yo llegué.

-Ayer regresó de sus viajes por Italia y Suiza. Traerá relojes y abanicos.. En fin, no sé.. El motivo de buscarle con tanta prisa es porque usted trajo un encargo para la Zahón.

-El cual aún está en mi poder, porque esa señora, que me han dicho es muy cargada de espaldas, no ha ido a recogerlo.

-Pero va de orden suya el Sr. Maturana, no sólo por el gusto de verle a usted, sino por llevarle a la calle de Milaneses, donde le espera con la cajita Doña Jacoba, que no puede salir. Y como el encarguito será de valor, no tiene el Sr. D. Fernando más remedio que hacer la entrega por sí mismo, y fastidiarse, y echar la tarde a perros.

-Eso no.. Con entregar la caja, pedir recibo, tomarlo..

-Puede que le (p.4106) entretengan a usted más de lo que piensa las joyas que hay en la casa.

-No soy aficionado..

-Eso se verá.. cuando lo vea.. Hay brillantes, perlas, corales, de los que pintan los poetas..

Y sin decir más, dio dos palmadas a Don Fernando, despidiéndose con palabras de premura: «Con Dios.. Hago falta dentro.. Mucha gente, y alguna no de lo mejor».

Reuniose Calpena con sus amigos, que en la puerta hablaban con dos sargentos de la Guardia Real, conocidos de Milagro, y se fueron hacia la calle de Alcalá, rumbo al Caballero de Gracia.

 

Ep-22-XVII -

Exactísimos eran los informes de Edipo, y cuando llegó D. Fernando a su casa, díjole la chica de la patrona, al abrirle la puerta, que un señor que había estado tres veces por la mañana, le aguardaba sentadito en la sala, al parecer dispuesto a no moverse de allí mientras no lograra su objeto. Minutos después hallábase Calpena frente a un sujeto como de sesenta años, acartonado y pequeñito, que llevaba muy bien su edad; mejor afeitado que vestido, pues su levita era de las contemporáneas de la paz de Basilea; el pelo entrecano y nada corto, con ricitos en las sienes, y un mechón largo cayendo hacia el cogote, como si aún no se hubiese acostumbrado a prescindir del coleto; los ojos reforzados con antiparras de cristales azules montados en plata; el perfil volteriano, el habla cascada y lenta.

«¿Con que es usted..? Bien, hijo, bien. Pues me escribió mi sobrino Felipe; pero hasta ayer no he llegado de mis correrías por el extranjero.. Aquí me tiene el Sr. D. Fernando a su disposición. La verdad, poco puede hacer por usted este pobre viejo, pues desde que salí de Palacio.. ya sabe usted que era yo primer diamantista de Su Majestad.. llevo una vida.. Sentémonos, si usted quiere.. Pues perdí aquella plaza, después de treinta años de honrados servicios.. y no he tenido más remedio que buscar en el comercio un modesto pasar.. Ello fue.. no sé si estará usted enterado.. por malquerencia de esa farolona de la Carlota.. la mujer del Don Francisco.. otro que tal.. En fin, más vale no hablar.. Y usted, (p.4107) ¿qué me cuenta? ¿Qué tal le va por Madrid? ¿Ha conseguido que le coloquen? Ay, señor mío, esto está perdido con tantas libertades, y la dichosa Pragmática Sanción, que fue la manzana de la discordia.. Al Rey le mataron a disgustos, puede usted creerlo.. Y a mí.. toda la inquina que me tomaron fue por la amistad que me tenía el Príncipe de la Paz primero, y después el señor Duque de Alagón.. No sé si sabrá usted que D. Pedro Labrador me llevó consigo al Congreso de Viena; sí señor.. Pero estas son historias marchitas, y usted es joven, vive en lo presente, y le aburrirá esta manía que tenemos los viejos de revolver la hoja seca del pasado.. En fin, vamos al asunto».

-Ello es que yo -dijo Calpena un tanto impaciente por despachar pronto- no he podido entregar..

-Ha hecho usted perfectamente. Encargos de cierta naturaleza no deben entregarse sino en la propia mano de la persona a quien van dirigidos. La mayor parte del contenido de la cajita que confió a usted Aline es para mí; el resto, para Jacoba. Esta se halla enferma con un dolor tan fuerte en la cadera, que no puede moverse.

-Iré yo a su casa, si a usted le parece bien.

-Tan bien me parece, que traigo esta comisión, con la cual mato dos pájaros de un tiro. Cumplo con Felipe, ofreciendo a usted mis servicios, y cumplo con Jacoba, llevándole el encargo, y el portador y todo, para que llegue más seguro.

Deseando abreviar, Calpena sacó la cajita, y propuso al Sr. de Maturana marchar sin pérdida de tiempo. No deseaba otra cosa el antiguo diamantista, y se echaron a la calle, no sin que en el portal recomendase D. Carlos a su acompañante que tuviera mucho cuidado con lo que llevaba, pues Madrid estaba infestado de rateros, y al menor descuido le dejarían con las manos limpias. Procuró Calpena tranquilizarle, y asegurando bien el bulto bajo el brazo derecho, avivó el paso. Poco hablaron por el camino, y en cinco minutos se plantaron en la calle de Milaneses. «Amiguito, vaya un paso que tiene usted -dijo el vejete, fatigadísimo, al entrar en el portal-. Ya se ve.. un (p.4108) paso de veinticinco años. Subamos ahora despacito, que por aquí no hay peligro y no vamos a apagar ningún fuego. Esta maldita escalera no tiene pasamanos, y usted me ha de permitir que le coja del brazo. Pásmese usted. En esta casa..».

Se paró en el rellano, donde apenas cabían los dos. La escalera, que arrancaba casi en la misma puerta de la calle, ascendía obscura, desigual, angulosa, como los senderos de la traición, y sus escalones patizambos ofrecían al confiado pie celadas espantosas.

«En esta casa.. no, en la de al lado, trabajamos juntos, cosa de un mes, Leandro Moratín y yo. Y enfrente, en el que entonces era número 14 de la manzana 71, tuve yo el gusto de cobrar el primer dinero que gané en mi vida. Fue por unas arracadas que hicimos para la infanta doña María Josefa, el año 90.. Ea, cinco escalones más y llegamos».

Tiró Maturana de la campanilla, y al poco rato rechinó la tapa de la mirilla con cruz de hierro. Vio Calpena unos ojos; el viejo no dijo más que «yo», después de lo cual empezó a sonar un claqueteo de cerrojos, al que siguieron vueltas de una llave, luego roce de cadenas, el caer de una barra, y aun después de todo este estruendo carcelario la puerta tardó un ratito en abrirse. ¿Era un hombre el que abría, era una mujer? Fernando no se enteró, porque si el aspecto podía pasar por varonil en la penumbra del pasillo, femenina era la voz que dijo: «D. Carlos, no le esperaba tan pronto. La señora duerme, y yo estaba en la cocina echándome unas piezas a la chaqueta.. Pasen, pasen. ¿Despierto a Doña Jacoba?».

-No, déjala que descanse. Aguardaremos. ¿Y Aurorita, qué hace?

Replicó el mancebo (pues hombre era por la facha, aunque la voz de tiple lo contrario declarase) , que la tal Aurorita había salido de paseo con la señora y niñas de Milagro, y con otras cuyo nombre no recordaba, hermanas de un sargento de la Guardia Real; y en tanto, abría la puerta de la sala, que más bien era tienda, por las dos mesas, con trazas de mostradores, que en ella había, y los armarios de forma pesada y robusta, cerrados con (p.4109) fuertes herrajes, guardando con avaricia sigilosa tesoros o secretos. Dos o tres sillones de vaqueta, de un uso secular, claveteados y lustrosos, y un par de sillas, eran los únicos muebles que en tan extraña sala brindaban comodidad al visitante. Acomodose Maturana en un sillón, y Calpena en una silla, dejando al fin sobre la mesa su enojosa carga, y aguardaron silenciosos, hasta que el diamantista, sacando su tabaquera de concha, tomó un polvito, después de ofrecer al joven, que hubo de excusarse graciosamente. La conversación se reanudó en el mismo punto en que había quedado al subir la escalera. «La buena señora -dijo Maturana oliendo el rapé con la mayor finura y encandilando los ojuelos-, se empeñó en que todo había de ser zafiros.. y mi padre y mis tíos estuvieron tres meses y medio buscándolos de gran tamaño.. Y que escaseaban en aquel tiempo los zafiros y se pagaban bien, como ahora las esmeraldas».

-Escasean las esmeraldas.. ya -dijo Calpena, sólo porque la cortesía le obligaba a decir algo.

-Se han pagado en los últimos años a doce y catorce duros quilate, las de buen tamaño.. ya ve usted. Algo bajaron de precio cuando D. Pedro de Portugal vendió su soberbia colección, en los apuros de la Regencia en la Islas Terceras.. Y a propósito.. Este recuerdo de D. Pedro y Doña María de la Gloria (que por cierto ha recuperado parte de las esmeraldas y aguamarinas de la Corona de Portugal) ; este recuerdo, digo, me trae a la memoria al Sr. de Mendizábal.. ¿Es cierto que usted..? Si es impertinente mi pregunta, no digo nada.

-Hable usted.

-Es que.. me habían asegurado que es usted el ídolo del señor Ministro; el niño mimado, vamos..

Apresurábase D. Fernando a desmentir tan absurda especie, que no por primera vez oía, y cuyo origen atribuyó a las hablillas y murmuraciones oficinescas, cuando sintieron ruido y voces en las habitaciones inmediatas. Maturana se acercó a la puerta, y entreabriéndola, dijo: «¿Qué es eso, Lopresti? ¿Se levanta la señora?». Y la voz de tiple contestó desde dentro: «Allá va..». Momentos después, (p.4110) entraba en la sala Doña Jacoba Zahón, apoyada por la izquierda en el fámulo, por la derecha en un grueso bastón, y con difícil paso, marcado por lamentos y suspiros, llegó hasta soltar sobre un sillón la dolorosa carga de su cuerpo. Antes de saludar a Calpena, despidió al de la voz aguda con expresiones displicentes de ama de casa que gasta mal genio: «Entretente ahora con tus costuras, y olvídate de tus obligaciones, como ayer, que nos diste de cenar a las nueve de la noche.. ¡Ah, si yo recobrara mi salud y pudiera estar en todo, cómo te haría andar derecho!.. Anda.. holgazán, lávame los pañuelos.. A las seis, el vinito con la medicina..».

Volvió después su rostro hacia Calpena, y le saludó con graciosa sonrisa, mostrando al joven su senil y enfermiza hermosura, que enormemente contrastaba con su desgraciado cuerpo. Ofrecía su cabeza un exactísimo parecido con la de María Antonieta; mas por el color exangüe y la extremada delgadez del interesante rostro era la cabeza de la infeliz Reina después de cortada, tal como nos la ha transmitido la auténtica mascarilla de cera existente en un célebre Museo. D. Fernando sintió frío al contemplar aquel rostro tan fino y transparente, de un perfil distinguidísimo, apagados los ojos, lívido el labio, mostrando una dentadura en buena conservación. El cabello era gris, y para que resultara mayor la terrible semejanza con la decapitada Reina, se sujetaba dentro de una escofieta blanca. El cuerpo no debiera llamarse feo, sino monstruoso: cada hombro a diferente altura, corvo el espinazo. Se envolvía en una cachemira muy usada, bajo la cual aparecían la falda de estameña obscura, y los zapatos de paño, holgadísimos, pertenecientes sin duda a su difunto esposo. A la cara correspondían las manos, también de cera, finísimas, bien marcadas las falanges bajo una piel sedosa, las uñas no muy cortas, pero limpias: lucía en sus dedos una sortija negra, con un hermosísimo ópalo de fuego de gran tamaño.

«Usted me dispensará, Sr. Calpena -dijo con voz dulce, musical, que casi daba tonos de italiano (p.4111) al español correctísimo que hablaba-, que haya tardado tanto en avisarle.. Que hoy, que mañana.. Pero la carta de Aline llegó cuando yo me hallaba en lo peor del ataque. Esta maldita ciática me tenía en un grito. Y el año pasado las paletillas.. después todo el esqueleto.. Ay, si le dijeran a usted, Sr. de Calpena, que yo he sido una mujer esbeltísima, se echaría a reír.. Vea usted los estragos del reuma en estos pobres huesos.. Pues sí, Aline me decía.. Y ayer el amigo Maturana, al llegar de su viaje, me decía.. En fin, que celebro infinito ver a usted en mi casa, y le agradezco la atención de traerme por su propia mano la caja».

Por iniciativa de Maturana, se procedió a la apertura del paquete, rompiendo los hilos que sujetaban el papel que lo envolvía. En tanto Jacoba continuaba: «Por el amigo Milagro he tenido noticias de usted, y sé que está en gran predicamento con el Sr. de Mendizábal.. No, no lo niegue. Ya sé que es usted la misma modestia.. Pues el señor D. Juan, en la posición que hoy ocupa, no se acordará de mí. ¡Cuántas veces le vi en mi tienda, calle de la Verónica, esquina a la de la Carne, donde estuvimos tres años antes de pasar a la calle Ancha! Era entonces un muchachón de lo más alborotado que puede usted imaginarse, un busca-ruidos, un métome en todo; ayudaba a los patriotas levantiscos que armaban un tumulto a cada triquitraque. Bien me acuerdo, bien. Juanito Álvarez hizo la contrata de víveres el año 23, cuando tuvimos allí prisionero al Rey. ¡El Rey! ¡Ah!.. me parece que le estoy viendo, con su traje de mahón, asomado a los balcones de la Aduana, mirando al mar con un anteojo muy largo, en espera de barcos franceses o ingleses que vinieran a liberarle.. Mendizábal empezaba entonces sus negocios en gran escala, y, si no recuerdo mal, algo traficó en pedrería con Londres y Amsterdam. Por si había conspirado o no había conspirado, le condenaron a muerte, y salió de Cádiz escapado para no volver más.. Ya, ya se acordará él de los Zahones, y de los refresquitos de sangría que le hacíamos en casa, cuando volvía de (p.4112) Rota con Jenaro Negretti. En Rota tenían ambos sus novias, las de Urtus, dos hermanas lindísimas. La una murió de calenturas, y la otra casó con un hermano de este, Cayetano Lopresti, maltés, que está en mi servicio desde el año 25.. ¡Cómo se pasa el tiempo! ¡Ay, D. Carlos!, ¿qué me dice usted de este correr de los años? El 23, cuando fue a Cádiz con la Corte, usaba usted todavía coleta, y los chicos de la calle le hacían burla.. ¿se acuerda?».

Más atento a lo que iba sacando del cajoncillo que a las tristes remembranzas de su amiga, Maturana no contestó. Fijose también Doña Jacoba en lo que el viejo ponía con religioso respeto sobre la mesa, y alargó su mano para cogerlo y examinarlo.

«Ya.. -dijo-, las peinas que tanto ponderaba Aline.. El carey es finísimo; los diamantes valen poco.. Andanada de veinticinco. Viene bien para completarle a la de Castrojeriz las arracadas que quiere tomar, rostrillo y cinturón para la Virgen de Valvanera».

-¿Tiene bastante ya? -preguntó maquinalmente Maturana, mirando con lente un joyel montado en plata.

-Tiene.. ¡Oh, sí!.. con lo que le vendió la Concha Rodríguez y este, habrá bastante.

-Si no.. Yo he traído como unos veinte diamantes de desecho.. muy propios para Vírgenes y Niños Jesús.. Vea usted, Jacoba, vea qué hallazgo..

-¿Qué?.. ¿qué es eso?

-Esto es un joyel de los que se usaban en los peinados Pompadour, convertido en alfiler de pecho con poco arte: conozco esta prenda como a mis propios dedos. No me equivoco, no: es la misma. Esmeralda hialina del Perú, superior, con cerco de brillantes en plata. Catorce brillantes, dos de ellos de bajo color, y otro con pelo.. Es la misma joya, la que perteneció, con otras del propio estilo, a la Vallabriga, la esposa del Infante D. Luis.. Todo se vendió en París el año 8; luego hubo algún descabalo, porque Montefiori cedió en Metz los pendientes de este mismo juego.. Juraría que este joyel lo compró el corredor de Aline en Alsacia: los judíos alsacianos poseían mucha piedra procedente de España, no sólo de la Grandeza, sino de la de (p.4113) Godoy y Pepita Tudó.

-Es muy lindo.. Lástima no tener las otras piezas -dijo la Zahón, examinándolo sin lente, con ojo muy perito-. Esto viene para usted. Para mí ha de haber un saquito con varias piedras sueltas: venturinas, turquesas, algunos brillantes..

-Aquí lo tiene usted -indicó Maturana, vaciando el saquito en la palma de su mano-. ¡Caramba, qué hermoso brillante!.. Talla de Amsterdam, sesenta y cuatro facetas.. Vea usted qué tabla y qué culata.. Este otro amarillea un poco. No daría yo por el quilate de este ni tampoco cincuenta duros.. Las turquesas me gustan, y si usted quiere me quedo con ellas. Tengo yo dos hermanas de estas, tan hermanas, que no dudo en asegurar que proceden de Venecia, como las mías, y que pertenecieron a una dama italiana, no me acuerdo el nombre, de la cual se dijo si tuvo o no tuvo que ver con Massena.. Estas rosas valen poco.. Todo es género corriente recogido en el Bearnés y Languedoc..

Pasando de la mano del viejo a la de doña Jacoba, esta lo examinó fríamente, diciendo: «El brillante bueno no tendrá menos de cinco quilates y tres cuartos».

-Lo tomará la de Gravelinas, que ya reúne seis iguales, con el último que yo le vendí.

-No quiero nada con la Duquesa, que aún me debe la mitad del collar de perlas. Lo reservo para un parroquiano que sabe apreciar el artículo, y es caprichoso, espléndido..

-Ya sé quién es. Mucho ojo, amiga Jacoba. No cuente usted con las esplendideces de los que tienen su fortuna en América, en negros y caña de azúcar. A lo mejor, saldrán estos señores exaltados con la supresión de la esclavitud, y la plumada de un ministrillo dejará en cueros a más de cuatro que apalean las onzas.. Y usted, Sr. Calpena, ¿se aburre viéndonos examinar estas baratijas?

-¡Oh!.. es muy bonito -dijo Fernando-; ¡pero cuántos años de revolver piedras entre los dedos para llegar a adquirir esa práctica, ese conocimiento..!

-La costumbre.. -indicó la Zahón-. Desde muy niña ando yo en este comercio.. y créalo usted, si dejara de ver piedras y de sobarlas y de (p.4114) jugar con ellas, me moriría de fastidio. Ya mis dedos las conocen solos, y casi no necesito mirarlas para saber lo que valen.

-Yo también, desde que me destetaron, Sr. D. Fernando, o poco después, manejo estos pedazos de vidrio.

-Para mí, lo parecen.

-Y lo son: vidrio fabricado por la Naturaleza en el horno de los siglos.. ¡Ah!.. ¡oh!, atención. Aquí viene lo bueno.

Al decir esto, sacaba un objeto estrecho, largo como de una cuarta, envuelto en finísimas túnicas de papel de seda. Era un abanico, obra estupenda del arte francés del siglo pasado. Desplegando cuidadosamente el varillaje de calado nácar, obra de mágicos cinceles, y el país pintado en cabritilla, ideal escena de marquesas pastoreando en jardín de amor, entre sátiros, pierrotes y caballeros con pelliza, Maturana lo mostró abierto, sutilmente cogido por el clavillo de oro, a los asombrados ojos de Doña Jacoba y Calpena, quienes se maravillaron de obra tan bella y sutil.

«Esta es una de las piezas más admirables que existen en el mundo, en el ramo de abaniquería -dijo el diamantista, ronco de entusiasmo y del gozo que le producía el arrobamiento de los dos espectadores-. Fíjense en esas varillas, que parecen hechura de los ángeles, y no tienen el menor desperfecto; fíjense en la pintura, en esas caras, en los ropajes y en el paisaje del fondo.. observen las ovejitas, que no parece sino que oye uno sus balidos.. Pues si notable es esta pieza por su arte, no lo es menos por su historia, que voy a contar».

Envolvió de nuevo el abanico en sus fundas finísimas de papel, y poniéndolo sobre la mesa, protegido por su mano izquierda, se lanzó con vuelo atrevido a los espacios de la Historia.

 

Ep-22-XVIII -

«Hiciéronlo Lancret y Lefebvre para la Reina María Leczinska, por encargo de Su Majestad Luis XV, y naturalmente, apenas concluido, Madame de Pompadour se dio sus mañas para apropiárselo. En el zócalo de la columnita que habrán ustedes visto en el país, a la derecha, pusieron los artistas la divisa de la cortesana, que dice: virtus in arduis. A la muerte de esta señora, pasó el (p.4115) abanico por sucesivas ventas a la Marquesa de Maurepas, y luego se nos pierde en el laberinto de la Revolución francesa, hasta que reaparece en Coblentza, donde lo compra un mercader italiano y lo lleva a Nápoles. Qué vueltas dio por los aires de mano en mano hasta venir a las del Príncipe de la Paz en 1805, yo no lo sé, ni creo que nadie lo pueda averiguar. Lo que afirmo es que lo usó Su Majestad la Reina María Luisa. El año 8, por Marzo, hallándose la Real Familia en Aranjuez, se perdió uno de los diamantes del clavillo, y por conducto del señor Príncipe de la Paz, vino el abanico a mis manos para la reparación consiguiente. Entonces ¡ay!, lo vi por primera vez, y quedé prendado de su mérito. A los pocos días de tenerlo en mi taller, lo entregué compuesto a Su Alteza; mas la Providencia no favoreció al pobre abanico, pues antes de que el Príncipe pudiera devolverlo a la Reina, sobrevinieron los terribles sucesos del día de San José. A Godoy por poco le matan. Los amotinados saquearon el Palacio y pegaron fuego a los muebles.. ¡qué dolor! Era de temer que el precioso objeto fuese a parar a manos viles, a personas ignorantes que desconociesen su valor.. Pues no, señor. A fin del mismo año de 1808 reaparece en poder del mariscal Soult, hombre inteligente, soldado artista, que lo estima como merece, y se lo regala a Napoleón en Enero del año siguiente. Enviado a Josefina con otros obsequios, esta lo regala a su hija Hortensia, Reina de Holanda, que lo lució en una ceremonia, a la cual dicen que fue a regañadientes: el bodorrio del Emperador con la Archiduquesa de Austria. Después de Waterloo, todo fue peripecias y saltos terribles para el señor abanico, que tuvo en poco tiempo distintos dueños. Primero, un anticuario holandés, que lo vende a la princesa Stolbey, fallecida en Baviera el año 20; segundo, el príncipe Carlos de Baviera, emparentado con Eugenio Beauharnais; tercero, otro anticuario, de Nancy, que lo lleva a París, lo hace restaurar, y consigue venderlo a precio exorbitante a un desconocido, que obsequia con él a Mademoiselle (p.4116) Mars en una representación de no sé qué tragedia.. No sé si sabrán ustedes que la célebre actriz es muy aficionada a los brillantes, y tenía colección de ellos por valor de ochocientos mil francos; no sé si sabrán también que el año 27 le hicieron un robo de alhajas, valor de trescientos mil francos. ¡Pues no ha metido poca bulla ese proceso, que creo no ha terminado todavía! Parecieron los ladrones; pero las piedras no. Pues bien: deseando esa señora reponer los brillantes que le quitaron y no disponiendo de dinero suficiente, hizo varios cambalaches con Bertín y con los hermanos Rosenthal, sucesores del famoso Bœhmer, y en uno de estos cambalaches sale otra vez al mercado el famoso abaniquito. Desde entonces puse yo en él los cinco sentidos, deseoso de comprarlo: ha pasado por manos de diversos marchantes; fue a tomar aires por Alemania y Suecia; en cuatro años ha pertenecido a un Poniatowsky, a una gran Duquesa de Hesse y a un coleccionista que vive en la Selva Negra, el cual murió el año pasado, y su heredero, que era el santísimo Hospital de Tréveris, hizo almoneda de todo. Vuelve mi abanico volando al mercado, y en Lyón se posa en casa de mi amigo Jobard. Trato de cazarle allí, y Jobard, que es de los que persiguen gangas, me toma a mí por un inocente y quiere explotarme. Finjo desistir del empeño, y me marcho tras de otros asuntos; pero sabiendo de buena tinta que el marchante lionés se tambalea, doy el encargo al amigo Montefiori, de Burdeos, para que esté a la mira y aproveche la ocasión.. La ocasión llegó, y hace tres meses fue adquirida, por cuenta mía, la famosa prenda por la mitad de lo que le costó al adorador de Mademoiselle Mars..

-De lo que usted nos ha contado, por cierto muy bien -dijo Calpena, que había oído con deleite-, se saca la consecuencia de que hay objetos inanimados, cuya historia es más interesante que la de muchas personas.

-Eso, admitiendo que sean verdad todas esas traídas y llevadas del abanico -observó la Zahón, escéptica, desdeñosa, pues no le gustaba que su colega supiese más que ella en tales (p.4117) materias-. No se fíe, D. Fernando, que este Maturana le compone su historia a cada pieza que vende, forma especial suya de hacer el artículo.

-En esto -dijo Maturana riendo-, me ganaba su marido de usted, Jacoba. Recuerdo que tuvo una pareja de diamantes, que había sido del Tamerlán, después de Antonio Pérez, y últimamente de Godoy.. Ya se sabe: todas las joyas de precio que han salido a la venta del año 8 acá, se le han colgado al pobre D. Manuel.

-Pues ese abanico -afirmó la Zahón displicente y maligna, entornando los ojos- no se vende en España, tal como están hoy las cosas, aunque lo adornen con más historias que tiene el Cid.

-Este abanico -replicó Maturana, acariciando la joya-, lo vendo yo en España, y al precio que me dé la gana, señora Doña Jacoba, aunque usted no quiera.. ¿Cree usted que voy a ofrecérselo a esos pelagatos del Estatuto, o a las señoras de los patriotas, que apenas tienen para poner un cocido?

-Pues a la Grandeza la verá usted completamente acoquinada con estas revoluciones y estas guerras malditas. ¿Dinero? Poco hay, o es que no quieren gastarlo. ¿Gusto? Ya sabe usted que aquí no privan más que las apariencias baratas.. Vaya, D. Carlos, no ande con misterios, y díganos que piensa encajarle su abanico a la Reina Gobernadora.

-¡Oh!, no hay otra mujer en el mundo -observó Calpena con entusiasmo- que sea digna de tal joya.

-Eso sí.. Sabe apreciar lo bueno. Pero yo pongo mi cabeza a que si D. Carlos le propone el abanico, ofrecerá por él una miseria.

-Su Majestad es artista, y además espléndida, generosa..

-¡A quién se lo cuenta!.. ¡Ay, ay! Lo fue, sí, señor -dijo la Zahón amargando el concepto con quejidos-. Lo fue.. ¡Dios me favorezca, ay!.. pero desde que ha empezado a soltar hijos, se ha vuelto muy roñosa.

-¡Si no ha tenido más que uno!

-Y lo que ha de venir.. ¡ay! Está ya de cinco meses, ¡ay!.. Dos años de casada lleva por lo secreto, según dicen, y al paso que va, no habrá bastantes rentas para el familión que nos traerá esa señora.. ¡Y ese Don Carlos, bobalicón, todavía piensa que le va a (p.4118) comprar.. ese juguete!

-Este juguete, y cuanto yo quiera -afirmó el diamantista con seguridad burlona, casi insolente-, me lo comprará la Reina, y me lo pagará como a mí me convenga.

-Ciertamente -dijo Fernando-. La Reina está obligada a proteger las artes.. y es su deber formar colecciones, que luego pasan a los Museos.

Era la Zahón envidiosa, y su egoísmo comercial no toleraba que otro del gremio, aun siendo amigo suyo, hiciese mejor negocio que ella. La seguridad que mostró Maturana de vender en Palacio con ventajas grandes, la sacó de quicio; exacerbados sus dolores por la emulación mercantil, empezó a dar chillidos, y entre ellos iba soltando estas palabras:

«No, no.. no puede ser.. Maturana loco.. Reina no compra, Reina guarda dinero».

-Si María Cristina guarda el dinero -afirmó Maturana frío y cruel, pues cuando se proponía humillar a su rival no conocía la compasión-, lo sacará de las arcas para dármelo a mí.. Su Majestad me comprará todos los objetos y joyas de mérito que yo le lleve, y a usted no le comprará nada.. a usted nada.. a mí todo.

-Bruto.. majadero y vanidoso.. ¡Ay, me muero!.. Este dolor para usted.. para usted debiera ser.

-Gracias.. no me conviene el artículo.

-¡Vaya con D. Carlos!.. Ahora sale con que tiene vara alta en Palacio.. con que le ha caído en gracia a la Reina.. ¡Ja, ja!.. ¡Ay, ay!.. Me río llorando, ¡ay de mí! ¡Bien por el nuevo favorito!

-Favorito soy.. en mi ramo, se entiende. Y la Reina Gobernadora me favorece, porque me necesita..

-¡Le necesita!.. Buenos estamos. ¿Cree usted que la Señora piensa encargarle arreglos y composturas? ¡Si la moda reinante es volver a lo antiguo!

-La Reina no me ha llamado para ninguna chapuza.

-¿Luego Su Majestad le ha llamado a usted? -preguntó Calpena, mientras Doña Jacoba, estupefacta, no sabía qué decir.

-Sí, señor, he tenido esa honra. ¿No llamó a Mendizábal para arreglar la Hacienda y salvar el país? Pues a mí, que en mi ramo soy tanto o más que Mendizábal en el suyo, me llama también la Corona.. para fines no menos altos.

- (p.4119) ¿Y qué tiene que ver nuestro ramo, la joyería, con nada de lo que está pasando en España?

-¿Qué tiene que ver..? Llega un momento, en las peripecias de un reinado, en que el arte del diamantista puede auxiliar poderosamente a la Monarquía.

-¡Ay, ay!.. Este hombre quiere volvernos locos.. D. Fernando, no le haga usted caso.. Se burla de mí, y quiere ponerme peor haciéndome reír.

-Ríase usted o llore todo lo que quiera.

-No lloro, no, ni me río -indicó la Zahón altanera y burlona-. Estoy indignada por la falta de respeto con que habla usted de la Reina. ¡Pues no dice que le ha llamado!

-Seis veces han llegado a mi casa criados palaciegos preguntando cuándo venía del extranjero el Sr. Maturana.. y el Intendente ha estado a verme hoy.. No, si no he de decir para qué me quiere Su Majestad. A su tiempo se sabrá.

-Ya.. Es que quiere encargar una corona morga.. nática, o como se diga, para el Muñoz -dijo la Zahón venenosa, echando por los ojos toda su envidia, mezclada con su agudo sufrimiento-. Me voy a poner muy mala.. Ya lo estoy. Este hombre me irrita.. Me cuenta cosas que no me importan.. Me ahogo.. ¡Lopresti.. condenado Lopresti.. que me muero!.. ¡La taza de vino, los polvos, esos polvos.. Lopresti!

Entró al fin el fámulo, avisado por los gritos de su ama, y le dio a beber una pócima de vino y caldo, en la cual vertió el contenido de una papeleta de farmacia.

«¡Qué amargo está!.. ¡No lo has revuelto, condenado! -dijo la señora bebiendo a sorbos-. Ahora te traes una luz: ya no se ve.. ¿Y ha sacado las perlas que vienen para mí, D. Carlos?».

-Aquí están.. Que traigan luz. Quiero verlas.

Traída la luz, examinó Maturana las perlas, y debió encontrarlas excelentes, porque al punto formuló esta proposición:

«Al precio que usted sabe, Jacoba, me quedo con ellas.. Vaya, para que usted no chille, en esta partida llego hasta los cuarenta y dos por quilate».

-Para usted estaban.

-Tiene usted mucho género, Jacoba, género superior, y no sé cómo va a salir de él.

-Mejor.. Ea, no empiece a camelarme, que no las cedo.

-¿A ningún (p.4120) precio?

-A ningún precio. Quiero reunir más.

-Y va de historias.. Estas perlas que le manda a usted Aline, parécenme.. no puedo asegurarlo.. pero me da en la nariz que son las de la Princesa de Beira. Tantas ganas tiene la buena señora de ser reina, que vende sus perlas para comprar pólvora y cartuchos.

-Podrá ser.. A usted le llaman las reinas que gobiernan, y a mí quizá me llamen.. y me necesiten.. las destronadas.

Dijo esto la Zahón sólo con el objeto de poner en confusión a su amigo y desorientarle. Seguía D. Carlos la broma, sin conseguir sofocar con su donaire el humorismo maleante de la vieja, cuando esta saltó de improviso con un recurso que a las mientes le vino en lo mejor de su charla, y era recurso de ley, fundado en algo verídico, ignorado del astuto D. Carlos.

«Amigo Maturana, no le he dicho lo mejor: me ha escrito Mendizábal.. ¡Vaya una cara que pone usted!.. Sí, señor, me carteo con el Ministro. Y si no lo cree, aquí está su secretario particular, que no me dejará por mentirosa..».

-No sé.. -balbució Calpena-. Sin duda es cierto.. Creo haber oído algo al amigo Milagro.

-A Su Excelencia le da por las botonaduras llamativas -dijo Maturana mirando fijamente a su colega, no sin malicia-. Pero ya caigo: si el Ministro se cartea con usted, será porque quiere consultarla sobre ese plan de vender los bienes de los frailes.

Y volviéndose hacia Calpena, le preguntó: «Joven, ¿y será cierto que vende también las alhajas de los santos, y la plata y oro de las catedrales?.. Porque con tal medida, si a ella se resuelve, sí que podría sacar de apuros a la Tesorería».

-No he oído nada de eso -replicó D. Fernando-. Parece que se venderán todos los bienes raíces del Clero, y además las campanas.

-Que son los bienes aéreos.. ¡Buena se va a armar! ¡Será sonada! Créame usted, Jacoba: si no trasladamos nuestro negocio al extranjero, estamos perdidos.

-Yo no: con el arreglo que nos hará ese señor Ministro, verá usted prosperar la nación. Usted no es partidario de Mendizábal.

-Yo creo que vale.. sí vale. Pero fracasará.

-Dios quiera que no.. Voy a (p.4121) entrar en negociaciones con él para un asunto.. Y el Sr. Calpena, que, según nos dijeron, es el amigo íntimo del gran Ministro, ¿me hará el favor de interceder por mí?

-¿Negocitos con Mendizábal? -murmuró D. Carlos.

-Señor mío, si a usted le necesitan las reinas, a mí me necesitan los Ministros, que en realidad son los que gobiernan.. Sr. Calpena, usted es muy amable, y tomará mi asunto con interés.

Excusose el joven con finura y modestia, alegando que no tenía amistad con el Ministro, ni podía permitirse recomendarle asuntos de ninguna clase; mas no se dio por convencida la Zahón, y elogiando la delicadeza del joven, y echándole mucho incienso dijo: «Es natural que usted se exprese de ese modo. Pero yo sé que D. Juan Álvarez le quiere a usted mucho y le protege, y le hará procurador.. Los motivos de esta protección quizás usted mismo no los sepa.. Yo tampoco; la verdad, no sé nada: sólo sé que.. En fin, Aline me ha dicho que es usted un joven de gran mérito.. No hay que ruborizarse.. Por todas esas razones, y otras que callo, yo quisiera, Sr. D. Fernando, que esta noche cenara usted con nosotros..».

Antes que el invitado pudiese formular sus excusas, se metió por medio D. Carlos, diciendo muy gozoso: «Aceptará, ya lo creo, y yo también. Quiero decir, que si el señor cena con ustedes, me convido..».

-Lo siento mucho -dijo Calpena-. Otra noche, señora mía, tendré mucho gusto.. Esta noche no puedo.. créame usted que no puedo.

-Ya se ve.. Es verdadero sacrificio sentarse a nuestra pobre mesa, acostumbrado usted a los convites de las grandes casas.

-No nos tratarán mal aquí, Sr. D. Fernando -dijo D. Carlos-; y si Lopresti tuviera tiempo de poner esta noche el pescado en tomatada maltesa..

-Hay tiempo.. ¡Lopresti!

Repetía sus excusas D. Fernando, cuando llamaron a la puerta. El maltés acudió. Eran campanillazos, golpes repetidos, dados al parecer con el puño de un bastón, y luego voces femeninas, la del sirviente y la de otra persona, riñendo, disputando. «Es ese torbellino -dijo Doña Jacoba-. Aura, hija mía, ¿por qué (p.4122) alborotas? Mira que hay visita.. pasa.. ven».

 

Ep-22-XIX -

En el mismo instante vio D. Fernando, en el hueco de la puerta, una mujer, una joven, que más que persona humana le pareció divinidad bajada del cielo. ¿La había visto antes alguna vez? Creía que sí, creía que no. ¿Y cómo había vivido tanto tiempo sin verla? ¿Y qué habría sido de él, si por torpeza de su destino no la hubiese visto cuando la veía? Esto pensaba en la perplejidad casi estúpida de que fue acometido su espíritu ante aquella visión celeste. La que respondía por Aura se quedó también suspensa, y pensaba que no veía por primera vez al sujeto, cuyo nombre pronunció la Zahón presentándole.

«Vete adentro: deja la mantilla; deja la sombrilla con que has apaleado al pobre Lopresti, y vuélvete acá.. -le dijo la señora-. No hagas la de otras veces, que tengo que ir a buscarte. Ya ves que no puedo moverme».

Fuese la joven, y tal era su turbación, que ni acertó a saludar con una ligera inclinación de cabeza a la persona que acababa de serle presentada. «¡Qué estúpida soy -se decía, corriendo hacia su cuarto-, y qué grosera y qué desmañada! No he sabido saludarle.. Verdad que él no me saludó tampoco, y se quedó como un santirulico que está en oración.. ¿Cómo ha dicho Jacoba que se llama? Pues ya no me acuerdo.. Yo le conozco.. No, no le he visto nunca: no hay más sino que yo sabía que le vería pronto.. ¡Y ahora qué vergüenza me da de volver!.. No vuelvo.. ¡Pero si tardo, y el hombre se cansa, y se va, y no vuelve más, y no le encuentro en ninguna parte..!».

En tanto Calpena, mal repuesto de su trastorno, apenas podía enterarse de lo que Maturana y la Zahón le decían. Miraba para dentro de sí: en su mente había quedado impresa la imagen fugitiva.. ¡Qué ojos, qué boca, qué talle! Quería recordar pormenores; cómo eran estas o aquellas facciones, y no podía. La imagen se borraba con el análisis; llegó un instante en que sólo quedaba de ella una vaguedad, un rastro, algo como una herida, o como una sombra que doliera. Pero de improviso volvió a presentarse ante los (p.4123) turbados ojos de Calpena, no precedida de ningún rumor de pasos ni de voz alguna. Entró como fantasma, trayendo consigo una luz ideal, y para mayor asombro y arrobamiento de D. Fernando, se presentaba risueña, mostrando unos dientes dignos de morder un cachete al Padre Eterno. Así lo pensó Calpena, que también se sonrió al verla, y salió como a recibirla, brindándole un asiento..

«No me siento; gracias» -dijo Aura, y pasó.. Fue a recoger algo al otro lado de la pieza. Cuando regresaba con una cestilla de labores, recibió de lleno el galán todo el brillo, toda la expresión, toda la intensísima divinidad de los ojos negros de la damisela. El infeliz no dijo nada, miró a la mesa, y cogiendo la silla que cerca tenía, dio un golpecito en el suelo, diciendo o pensando así: «¡Qué rayo de Dios!.. Tempestad, locura.. Si esta mujer no me quiere, me mato.. vaya si me mato. No puedo vivir».

-Aura -dijo Doña Jacoba dándole un manojo de llaves-. Saca de aquel armario la cajita de perlas, y dásela a D. Carlos para que me haga el apartado..

Y mientras Aura traía las perlas, Calpena se decía: «Esto es sueño. Tal mujer no existe. Es la que traigo en mi imaginación desde qué sé yo cuándo.. Lo que ahora me pasa es como el morir, como el nacer. No sé si muero o nazco.. ¡Vaya una mano! Si me diera una bofetada, vería yo a Dios en su trono.. ¡Y qué cuerpo, qué flexibilidad, qué gallardía! Ese traje que antes me pareció verde, ahora es azul, obscurito como un cielo sin luna, y esas motitas son como estrellas, que en los pliegues se esconden, se apagan.. El espacio entre el borde del vestido y el suelo parece, cuando anda, un espacio que ríe, una boca que habla.. No sé.. estoy loco.. Si la jorobada no repite su invitación, me convido yo mismo. Si me apalean para que me vaya, no me voy».

-Oye, mujer -dijo Doña Jacoba poniendo las perlas sobre un tablero con bordes y forrado de bayeta, previamente colocado ante sí por D. Carlos-, ¿cómo es que no subieron tus amigas las de Milagro?

-Me dejaron en la puerta. Era tarde, y como las de Fonsagrada tenían (p.4124) prisa..

-¿Iban con ellas los dos chicos de la Guardia Real?

-Sí.. y también tenían prisa. Les han mandado recogerse temprano en el cuartel. Parece que hay run-run de revolución.

-Todos los días dicen lo mismo, y nunca pasa nada. ¿No sabes, Aura? He invitado a cenar a este Sr. Calpena, y no quiere, digo, no puede.. Convéncele tú.

-¿Y qué caso ha de hacer de mí? -dijo Aura queriendo mirarle y sin poder levantar los ojos-. Estará invitado en otra parte.. comprometido en casas ricas..

-Si mil compromisos tuviera -manifestó Calpena haciendo por tragarse el nudo que tenía en la garganta-, los dejaría todos por la satisfacción, por el honor, por el placer de pasar algunas horas en tan amable compañía.

-Gracias -dijo Aura, echándole toda la mirada y clavándosela con ímpetu, hasta con ensañamiento.

Y la voz de Aura al decir gracias, o al decir otra cosa cualquiera, se le metía a Fernando dentro del sentido como una lanceta, y le inoculaba un goce inefable, una turbación honda, ganas de dar gritos y de tirarse al suelo.. «¿En qué consistirá -pensaba-, que me parece que la he conocido toda mi vida? Si me equivoco respecto a esta mujer; si no es la que yo soñé, la que ha venido al mundo para mí, que me parta un rayo, o que me asesinen esta noche al volver de una esquina. ¡Esta mujer para otro! No puede ser.. Quien me lo diga miente.. y si yo lo dudara o lo temiera, estaría loco».

Mientras doña Jacoba daba órdenes a Lopresti, Aura y Fernando cambiaron palabras insignificantes, sentados uno frente a otro, en el lado de la mesa o mostrador opuesto al que ocupaba D. Carlos. Entre este y la pareja estaba la luz, con enorme pantalla verde.

«¿También usted, señorita, entiende de pedrerías, y sabe distinguir los brillantes legítimos de los falsos?».

-No sé nada.. Para mí como si fueran cuentas de vidrio. No entiendo nada de esto. Y usted, ¿sabe..?

-Yo no.. -dijo Calpena sintiendo un impulso violentísimo de manifestarse-. No sé más sino que.. No crea usted que voy a llamarla piedra preciosa, diamante, perla o cosa tal.. Eso es no decir nada. Lo (p.4125) que digo.. Digo que cuando la vi a usted entrar.. creí que no era usted persona de este mundo.

-¿Pues de qué mundo?

-Del otro, del Cielo..

-¿Pero usted cree que si yo hubiera estado en el Cielo iba a dejarme caer aquí? ¡Qué tontería!

-No haga usted caso -dijo la Zahón-. Esta niña es una revoltosa sin juicio. Ya es tiempo de que vaya sentando la cabeza.

-Soy muy mal criada -afirmó Aura con graciosa ingenuidad, sin el menor dejo de falsa modestia-. Vamos, que no tengo educación.. No he tenido quien me eduque ni quien me enseñe nada.. Y ahora trato de educarme yo misma; pero, la verdad, no sé por dónde empezar.

-¡Qué deliciosa modestia!

-¡Modesta yo! No, señor: ya verá usted cómo no lo soy. Algún mérito me parece a mí que tengo, y como lo sé, lo digo.

-La sinceridad es la primera de las virtudes -afirmó Calpena fascinado por los ojos negros de Aura, que no podían ser contemplados de cerca. La ardiente admiración del joven veía en ellos tan pronto una inmensidad de dulzura que atraía, como una inmensidad de peligro que rechazaba. Dulzura o peligro, el hombre sentía un irresistible impulso de comérselos, de apropiarse toda su luz, toda su pasión. ¡Y qué perfecta armonía entre los ojos y lo demás del rostro, en el cual sólo se veían perfecciones! El color era moreno suave, blancura encendida más bien, como si en sus mejillas se reflejasen llamaradas lejanas.. La frente dominaba tan hermoso conjunto con su pureza de alabastro caldeado.

«Déjeme usted que admire -dijo Calpena en tono y actitud de devoción- esas cejas divinas, esas pestañas que hablan y esos labios que miran.. No sé lo que digo».

-Diga usted de una vez que soy muy bella.. ¿Por qué no se ha de decir lo que es verdad? Ya ve usted cómo no conozco la modestia. El ser bonita no tiene ningún mérito, porque así ha nacido una..

-Aura, por Dios, no tontees.. -indicó Doña Jacoba levantándose con gran esfuerzo-. Voy a ver qué hace ese pelmazo.

-¿Quieres que vaya contigo?

-No, hija: quédate aquí acompañando a estos señores.. Puedo andar (p.4126) sola.

Ponía D. Carlos toda su atención en las perlas que examinaba cuidadosamente, y luego las distribuía entres grupos. Aura y Fernando se creían solos.

«¿Qué? -dijo ella viendo al galán suspenso y como asustado-; ¿se enfada usted porque yo misma me alabo y digo que soy hermosa?».

-No; la sinceridad.. Todo en usted es extraordinario, inaudito, sin igual.

-No me haga usted caso. Soy muy mal educada.. La buena educación pide que cuando una se siente discreta diga: «soy tonta», y que cuando somos bonitas, sostengamos que no valemos nada.

-No es eso buena educación: es gazmoñería, y falsa humildad, máscara de la soberbia.

-A mí me han hecho creer que la verdadera finura consiste en rebajarse y elogiar a los demás.

-¿Aunque no se sienta el elogio?

-¡Ah!, no: eso sí que no puedo hacerlo yo. Por nada del mundo le diría yo a usted, por ejemplo, que me agrada, si no lo sintiera.

-Luego usted me dice que no le soy desagradable.

-Yo no pensaba decírselo.. Si lo he dicho sin querer, dicho se queda.

Se le encendieron las mejillas, y después de una pausa, en que Fernando, absorto, no sabía qué expresar, rectificó la joven su atrevido concepto: «La culpa tiene usted por hacerme caso y darme conversación. Se me escapan las tonterías cuando menos lo pienso. Bien dice Jacoba que no tengo vergüenza..».

-Eso no es verdad.

-Quiero decir que soy muy descarada.. Y no sabe usted los disgustos que he tenido en Madrid por esta mala costumbre mía de decir todo lo que siento. Mis amigas me critican, y algunas se han negado a salir de paseo conmigo. Otras, en cuanto me han oído hablar dos veces, se han resistido a recibirme en su casa. Vamos, que me tienen por una salvaje, y lo soy, aunque lo disimulo vistiéndome, ya usted ve, como las mujeres civilizadas.. Eso lo sabe una sin que se lo enseñen.. Pero.. mire usted qué cosas tan raras me pasan a mí: esta noche es la primera vez que siento pena de ser como soy. Al decirle lo que le dije, ¡me subió un calor a la cara..! Me figuré que usted se enfadaba conmigo, que me iba a querer mal por (p.4127) mi desvergüenza..

-No, no, eso no. Es sinceridad, y yo la admiro y la aplaudo.. ¿Pero por qué no hemos de ser todos así? ¿Qué educación es esta que nos impone la mentira en todos los actos?

-Pues ahora me confunde usted más -dijo Aura con una ingenuidad y una sencillez que acabaron de enloquecer a Calpena-. Porque yo empezaba a querer educarme procurando hacerme la vergonzosa, y usted sale ahora diciéndome que cuanto más desvergonzada mejor.

-No, cuanto más sincera.. Lo que usted debe hacer es no empeñarse en cosa tan difícil como la educación por sí misma. No acertaría usted. Lo mejor es que confíe ese cuidado a otra persona: a mí, por ejemplo.

-¿Pero cómo me va usted a educar, si no está siempre conmigo?

-¡Oh!.. eso se arreglaría de un modo muy fácil..

-¿Cómo?

-Estando..

-¿Siempre conmigo? Pues le juro a usted que no me disgustaría. En decir esto no veo yo que haya maldad.

-Ninguna..

Al llegar a este punto, miráronse los dos largo rato sin pronunciar palabra. ¿Les estorbaba el viejo diamantista, aunque sólo en presencia corporal, por tener todo su espíritu aplicado al examen y selección de perlas? Calpena, perdidamente enamorado de aquella mujer con súbito incendio pavoroso, pensaba en el singular caso, en la inaudita sorpresa que le ofrecía su destino. Era en verdad estupendo que siendo él un misterio vivo, y encontrándose en el mundo, en su florida edad, rodeado de sombras, le saliese al paso, en aquella ocasión suprema de su amor primero (el cual, por la fuerza con que venía, debía de ser único) , un enigma tan extraño como el suyo propio. «Ya sospechaba yo -se dijo- la existencia de esta mujer tan hechicera y seductora; ya me anunciaba el corazón que en nuestras sociedades puede encontrarse un ser tan bello, tan ingenuo, en toda la hermosura libre y silvestre de quien no ha pasado por los absurdos tamices de la educación corriente. Esta mujer superior, este admirable pedazo de la Divinidad, aunque sin pulimento, para mí estaba guardada; para mí, que he venido al mundo en algún torbellino de las pasiones (p.4128) humanas, y tengo por ley de mi destino la misión ¿por qué no ha de ser misión?, de venir a chocar con otro misterio como el mío, con otro enigma, y fundirnos misterio con misterio, y..». De buena gana habría roto el silencio soltándole estas preguntas, expresión de la ansiedad de un amor investigador, receloso, policiaco: «¿Quién eres tú?.. ¿De dónde has salido tú?.. ¿Quiénes son tus padres?.. ¿Por qué estás en esta casa?».

El silencio fue interrumpido por Maturana, que, mostrando entre sus dedos una gruesa y hermosa perla, se volvió a los que ya es forzoso llamar amantes, y en tono grave les dijo: «¡Qué hermosura, qué redondez, qué oriente!.. ¡Y que este prodigio de la Naturaleza haya salido de los profundos abismos de la mar!.. ¡Y que esto sea, como dicen, una enfermedad de la ostra.. un tumor, según otros, producto de la baba con que el pobre animal se cura de los golpes que le dan los crustáceos! ¡Y cosa de tanto valor no es, en su origen, más que una baba!.. ¡Misterios de la vida, del tiempo!..».

 

Ep-22-XX -

No se manifestaba en la mesa la sordidez de Jacoba Zahón, como vulgarmente creían vecinos chismosos, y amigos desconocedores de las interioridades de la casa. Del trato comercial procedía su fama de avaricia, y cuanto se dijese en este terreno era poco, pues no ha venido al mundo persona que con más cruel ahínco defendiera el ochavo. Los del gremio la temían; gimieron siempre los parroquianos entre sus uñas rapaces; en tratándose de negocio pingüe, no reparaba en medios, ni había para ella compañerismo, ni delicadeza, ni caridad. Reproducíanse en ella todas las cualidades de su marido, Bartolomé Zahón, a quien llegó a sobrepujar en la frialdad de cálculo, en la codicia desmedida y en la dureza de las condiciones de venta o empeño, aprovechando siempre, sin miramiento alguno, las ocasiones ventajosas. No perdonaba; hacía cumplir los contratos, implacable sacerdotisa de la letra, y al propio tiempo los cumplía fielmente por su parte. Jamás la cogió nadie en renuncio legal; jamás tuvo que ver con la justicia (p.4129) humana. Vivía, pues, dentro de la estricta honradez social, del respeto de las leyes y costumbres. No tomó nunca nada que en rigor de derecho no fuera suyo, ni dio a nadie parte mínima de su legal pertenencia. Con tal modo de ser, se fue labrando su fama de miseria, fundadísima en todo, menos en los cuentos que corrían acerca de la mala vida que se daba. Como en su casa entraban pocas personas, y las amistades y relaciones no pasaban de un círculo estrecho, pocos sabían que la mesa de Jacoba no era escasa, que a veces era espléndida, y que si ocurría tener que obsequiar a alguien, lo hacía con decente abundancia y hasta con ostentación. Así queda explicado que la cena de aquella célebre noche fuera excelente, y que Calpena la encontrase muy superior a lo que había imaginado. Añádase que Lopresti era un hábil cocinero, que guisaba a la italiana y a la francesa, y poseía el secreto de algunos platos sabrosísimos a estilo de La Valette y de Cagliari.

Por milagro de Dios, Jacoba se sintió, después de anochecer, muy mejorada de los horrendos dolores que le habían retorcido el cuerpo, y gozosa, renqueando de aquí para allí con el apoyo de su bastón, iba del comedor a la cocina, o al revés; sacaba de los armarios una mantelería riquísima (que había ido a parar allí sabe Dios cómo) ; exhumaba vajilla fina, alguna hermosa pieza de plata repujada, y en fin, lo disponía todo para lucimiento de su casa y satisfacción de su amor propio. Digase también que Jacoba Zahón, fuera de los asuntos mercantiles, era bastante agradable, de mucho mundo, conocedora de los usos que constituyen la etiqueta, de hablar ameno y correctísimo. Pero estas cualidades, junto al mostrador, trocábanse en una ferocidad egoísta que ponía los pelos de punta al infeliz que trataba con ella. En esto seguía las tradiciones de su familia: no hacía más que manifestarse en toda la plenitud de su ser, heredado de otros seres, consecuente con lo que los Zahones llevaron siempre en la masa de la sangre. Malta en tiempos remotos; después Mallorca, Gibraltar, Sevilla, y desde mediados del (p.4130) siglo pasado, Cádiz, Córdoba y Madrid, fueron campo donde esta planta Zahónica creció con varia lozanía. Algunos se enriquecieron; otros trabajaron con mediano fruto, y los últimos tuvieron no pocos reveses, que remedió el tino económico de Bartolomé Zahón, y las dotes rapaces de su mujer. En la época en que encontramos a esta señora, toda estevadita, patizamba, y hecha una calamidad, la casa no era más que sucursal de la establecida recientemente en Córdoba por Laureano Zahón, hijo único de Doña Jacoba y su heredero. En Córdoba se había montado un taller, y allí se acumulaba la pedrería más usual conforme a las exigencias de una industria y comercio bastante activos. En Madrid sólo quedaba la compra y venta, la red tendida para recoger gangas, todo el género vagabundo que siempre fluctúa en grandes poblaciones; quedaban también valiosos préstamos con prenda, que Doña Jacoba sabía hacer como nadie, a cencerros tapados, sin pagar contribución de prestamista.

Por causa de los achaques de su madre, el Zahón de Córdoba tiraba a suprimir completamente la casa de Madrid, llevándose todo allá, y así lo había convenido con Doña Jacoba; pero dificultaba la traslación la plaga de bandidos y ladrones que había por entonces en Sierra Morena, sin que justicia, ni policía, ni aun el ejército pudiesen con ellos. El envío de alhajas se hacía muy lentamente, aprovechando coyunturas favorables que no se presentaban todos los días. Además, Doña Jacoba, por ley de inercia, lo dificultaba también. El hábito de traficar, de allegar dinero, podía más que todos los planos dictados por la razón: sin darse cuenta de ello, dilataba las remesas, y cuando se proponía no hacer más negocios, se le entraban por la puerta gangas increíbles.. En fin, que la codicia y la costumbre daban un carácter de sólida petrificación al establecimiento de la calle de Milaneses.

De las relaciones de la Zahón con Maturana conviene dar alguna noticia. Ya se ha visto que era D. Carlos el primer perito y tasador de pedrerías que por aquel tiempo había en España. (p.4131) Criado en los talleres del gran Martínez, y trabajando de continuo para Palacio y la Grandeza, su práctica era al fin tan notoria como había sido su habilidad. Sus viajes frecuentes le afinaron el gusto; el trato mercantil y el roce social hicieron de él un hombre en quien la urbanidad no desmerecía de la inteligencia. Exonerado de su cargo de diamantista de Palacio, a la vuelta del Rey, sin otro motivo aparente que la protección que le dispensara el Príncipe de la Paz, hubo de lanzarse al comercio con buena suerte: del 15 al 35 habla reunido un buen capital. No tenía taller, ni tienda, ni le hacían falta para nada, pues procuraba colocar prontamente el género, y remitía sus dineros a París, a la casa del Sr. Aguado, Marqués de las Marismas, de su absoluta confianza.

En tiempos bastante lejanos, cuando a Jacoba no le habían salido las corcovas que agobiaban su cuerpo y afligían su existencia, y cuando Maturana, aunque de cuerpo chico, era un hombre de alientos, no exento de gracia, corrieron voces de si se entendía o no se entendía con la mujer de Bartolomé Zahón; pero todo ello fue malicia, malquerencia de compañeros envidiosos. Siempre entró D. Carlos en casa de sus amigos con la mayor limpieza de intenciones, y si allí permanecía largo tiempo, era por menesteres periciales y mercantiles. Vivía el diamantista honradamente con su mujer, que nunca salió de Madrid, y tenía dos hijas, casada la una con un teniente de la Guardia, y otra con un capitán de lanceros.

Mirábale siempre Jacoba como un buen amigo, con quien se asociaba en cualquier negocio que uno solo no pudiera emprender. La opinión de Maturana en asuntos de pedrería era para ella cosa sagrada, y la confianza entre los dos, comercialmente hablando, no se alteró jamás. Verdad que Jacoba, como hembra envidiosa, de un egoísmo implacable, no podía ocultar su rabia cuando Maturana hacía un buen negocio en que ella no llevara parte, y le contradecía, le hostilizaba por todos los medios, vengándose de su suerte con burlas y recriminaciones. Pero esto no (p.4132) estorbaba para la confianza, que era incondicional, absoluta. La Zahón le entregaba sin ningún recelo sus llaves; y él, en justa correspondencia de esta fe ciega, le dejaba en depósito, cuando se iba al extranjero, cosas de grandísimo valor. En suma, socios alguna vez, rivales otras, amigos siempre.

Sentáronse a la mesa las dos damas y sus dos invitados a punto de las nueve. Todo estaba muy bien dispuesto, aunque con un poquito de precipitación. Pudo admirar Calpena piezas hermosísimas de porcelana y de plata antigua; todo era heterogéneo, revelando, más que la casa del rico, la del comerciante o el coleccionista. Uno de los candelabros de dos velas con guardabrisas, era evidentemente de iglesia, y había servido en mejores días para alumbrar el Santísimo; el otro de estrado de casa grande; y por este estilo variaban las formas y abolengo de cuanto allí se ostentaba. De lo que cenaron, nada había que decir, como no fuera para elogiarlo sin reservas. Todo era bueno, con tendencias a la condimentación italiana, y revelaba la mano culinaria del atiplado maltés. La mujer, vecina del tercero, que servía, hízolo con destreza, y Jacoba no tuvo que reprenderla más que dos veces.. por no perder la costumbre.

Obtenida venia de sus huéspedes para no cambiar de vestido, la Zahón ostentaba en la cabecera de la mesa su cara austriaca, su escofieta, sus jorobas y los trapos con que las envolvía. A su derecha se sentaba Don Fernando, a su izquierda Maturana, Aura enfrente. No apartaba los ojos, y menos el pensamiento, de la hermosa doncella el enamorado Calpena, y pudo observar que en el comer no revelaba salvajismo ni desconocimiento de los hábitos sociales, sino todo lo contrario: «Ella será salvaje en sus afectos, de inteligencia inculta; pero en sociedad sabe lo suficiente para dar relieve a sus extraordinarias gracias naturales.. ¡Qué mujer, Dios mío! ¿Pero de dónde ha salido este sol que viene a alumbrar mi vida?.. Ahora veo cuanto hay en el Universo.. antes creía ver, y no veía nada».

Entabló Maturana la conversación hablando (p.4133) de perlas. «Ya le dejo a usted los tres apartados, a saber: primera calidad, en elencos y avemarías; segunda calidad, en aljófares, timpanías y berruecos, y, por último, género muerto. Otro día que venga yo a buena hora pesaremos todo lo selecto, formando igualdades. En el primer apartado tiene usted un par de perlas de perfecta redondez y oriente superior, que juntas no pesan menos de 27 quilates. Sé quién daría por ellas 350 duros. Las muertas, si usted quiere, me las llevaré a París, donde conozco un platero que ha descubierto la manera de devolverles la irisación por una alquimia secreta, en la cual entran, según dicen, 83 drogas. Entre las avemarías de segunda, veo una tandita de iguales, lindísimas, que, si no estoy equivocado, son las del medio collar que le cedió a usted Negretti, el papá de Aurorita».

De esto tomó pie D. Fernando para llevar la conversación a la familia de Aura, anhelando explorar aquel interesante mundo desconocido. Algo descubrió de lo que deseaba, y otras cosas quedaron en el misterio. Con mucha gracia describió la joven algunos pasajes de su infancia; y respecto a su nacionalidad, que fue motivo en la mesa de grandes controversias, dijo lo siguiente: «Verá usted, D. Fernando, el surtido de sangres que llevo en mis venas. Mi padre era hijo de un corso y de una española, la cual, mi abuela, era hija de portugués, y catalana. ¿Qué tal? Pues voy ahora con mi madre. Verá usted qué lío. Mi madre era hija de un francés y de una griega, y no había nacido en ningún país, sino en medio de la mar, viniendo sus padres de Salónica, donde tenían comercio de oro y plata. Yo nací en un pueblo cerca de Londres, que lo llaman Rochester, y a los tres años me llevaron a Mallorca. De niña hablaba inglés; pero luego se me olvidó, y sólo recuerdo algunas palabras. De Mallorca pasé a La Valette, en Malta, donde hablé italiano, y volví a saber un, poquito de inglés. A los diez años, vuelta a Mallorca, después a Cádiz, y de Cádiz a Madrid, donde me parece que estoy ahora, aunque no lo aseguro: tengo mis dudas de (p.4134) que esté yo ahora donde ustedes me ven.. si es que me ven, que también lo dudo..

-No le haga usted caso, señor Calpena -indicó la Zahón benévola-. Todo el día la tiene usted pensando y diciendo estas extravagancias. Es un genio inflamado, y tan desigual, que si le da por reír y alegrarse, nos atruena la casa con sus gorjeos; y si le da por las tristezas y por lo fúnebre, nos pone a todos con el corazón en un puño. Trabaja como nadie, y hace mil primores cuando le da la ventolera; y cuando se pone a ser holgazana, no hay quien la aventaje. No es constante más que en dos cosas: limpieza, así de su persona como de cuanto cae bajo su mano, y caridad. No deje usted en su poder cosa de valor, porque, de seguro, se la da al primero que se la pide.. hablo de cosas metálicas o comestibles, ¿me entiende usted?

-Sí, señora: entiendo perfectamente.

-Oiga usted más: rarísima vez coge en su mano un libro aunque aquí no faltan.. La hemos puesto maestro de piano y canto, y de baile. ¿Querrá usted creer que toca lindamente y que baila con toda la gracia de Dios?

-Lo creeré si nos da esta noche una muestra de sus habilidades, en el piano y canto sobre todo, pues la danza es más bien para lucida en sociedad.

-¿Y si no, no lo cree? Pues no toco -dijo Aura-. Tiene que creerlo antes. En estas cosas en necesaria la fe.

-Bueno, pues la tengo.. Sin oírla cantar, ya estoy proclamando que se deja usted tamañita a la Todi.

-Eso es burla. No tanto, señor mío. Pero no vaya a creer que salgo ahora con modestias ridículas. Sepa usted que canto muy bien. Digo, muy bien no; me quedo en el bien a secas. Ni me quito ni me pongo nada.. Pero no cantaré esta noche.. digo, sí cantaré, con tal que D. Carlos me prometa no dormirse.

-Lo prometo.. -dijo Maturana-, sin responder, hija mía, sin responder de nada.

-Yo emprendería la completa educación de Aura -dijo Jacoba, que no sabía cómo llegar al asunto que era su objeto principal aquella noche- si me dieran medios suficientes para ello. Y no es que la niña carezca de patrimonio, pues lo tiene sobrado: sólo que está en (p.4135) manos que lo escatiman, que lo tasan en demasía, como si desconfiaran de mí.. Sr. D. Fernando, yo espero de usted un favor muy señalado. Me consta su amistad con nuestro gran Ministro, el Sr. Mendizábal; sé que Su Excelencia..

-Señora, ya dije.. -interrumpió D. Fernando lleno de confusión-. El señor Ministro me trata como a todos sus subordinados, con cortesía.. y nada más.

-A un lado las modestias, caballerito -añadió la diamantista-, y no me salga usted con negativas, que sólo sirven para demostrarnos su delicadeza.. Pues sí señor: espero de usted una prueba de amistad hacia mí y de interés por Aura. ¿No adivina lo que quiero? Que usted me ponga en comunicación con su jefe, y si es posible, y quiere extremar el favor, que antes de llevarme a la audiencia, le hable de mí, pues me figuro que el Sr. Mendizábal tiene de esta servidora una idea equivocada. Sin duda le han llevado algún cuento.. En fin, yo quiero ver a Su Excelencia, deseo hablarle, y que usted tome mi empeño como cosa propia..

Interesado en el asunto, por tratarse de la mujer que le fascinaba, Calpena quiso saber más, y descubrir qué relación podía existir entre la hermosa hija de Negretti, nieta de tan distintos abuelos, y el gran Mendizábal, relación cuyo simple anuncio le sorprendía y anonadaba. ¿Qué era, Santo Dios? Sólo por tirarle de la lengua a la Zahón y adquirir mayor conocimiento, cedió en aquel punto de sus supuestas confianzas con el Ministro, y ni afirmaba ni negaba, dando a entender que favorecería las pretensiones de la jorobada, siempre que se le diese alguna explicación de ellas. Por este medio sutil pudo averiguar que D. Juan Álvarez era testamentario de Jenaro Negretti y depositario de su fortuna, con algo más de lo que referido queda.

No se paraba en barras la codiciosa diamantista, y desde que Mendizábal vino a España y se puso a ministro, acarició la idea de que debía transferirle a ella las facultades que le otorgaba el testamento de Negretti. ¡Cosa más natural! Pues ¿cómo podía administrar holgadamente los bienes de la niña, un hombre abrumado de (p.4136) quehaceres políticos, con tantas cosas dentro de la cabeza? ¡Que la Hacienda, que el empréstito, que las juntas, que el Estatuto, que los frailes..! Imposible atender a todo, Señor. De su peso se caía que debía entenderse con la Zahón, y pedirle por favor que se encargarse de la tutela y gobierno de bienes de Aurora Negretti, pues algo habría en el testamento que tal abrogación consintiera. No se le apartaba del magín esta temeraria idea, y si el horrible acceso reumático que en aquellos meses sufría no la imposibilitara totalmente, ya se habría presentado a D. Juan de Dios, a fin de proponerle lo que para él era un alivio y para ella una carga muy de su gusto. Bien clara está la razón de que, suponiendo al Don Fernando cordialmente ligado a Su Excelencia, le recibiera con finuras y agasajos, y echara la casa por la ventana en aquel desusado convite.

En los postres sirvieron curaçao, que era quizás la única pasión o debilidad del viejo Maturana. Aquel dulce licor le hacía desmentir muy de tarde en tarde sus hábitos de formalidad y grave continencia. Siempre que allí comía o cenaba, Jacoba, por hacerle rabiar, aseguraba no tener curaçao; por fin, después de mucho trasteo, hacía traer la bebida y le daba un poquito, cuatro lágrimas, y así se divertía con él, vengándose de alguna trastadilla que en los negocios le había jugado. Pero aquella noche, antes de que la señora empezase el sainete, le convidó Aura, y sacando del aparador la botella, le sirvió cuanto él quiso, y después a Fernando. Mientras D. Carlos paladeaba con embeleso los primeros sorbitos y Jacoba le afeaba su vicio con afectado enojo, Calpena charló brevemente con Aura, cuando esta a su asiento volvía. Doña Jacoba no reparaba en ello, o se hacía la distraída, que también pudo ser, y Maturana se halló bien pronto bajo la influencia embelesadora del rico néctar.

«¿Y qué?, ¿canta usted o no?».

-No.. me temo que D. Carlos no se duerma si canto. Pero si usted se empeña en ello..

-Deseo que usted cante.. Si hablando es su voz tan divina, ¿qué será..?

-¿Cantando? Pues más divina (p.4137) todavía.. Bueno; pero conste que, si usted me manda cantar, hace una gran tontería.

-¿Qué está usted diciendo?

-Que hay otra cosa mejor que el canto mío.

-¿Qué..?, ¡por Dios!

-Hablar.. que hablemos.

-Chist.. silencio.

 

Ep-22-XXI -

Entró en aquel punto Milagro, que venía sin más objeto que hacer asientos de facturas atrasadas, y se asombró no poco de ver aquel aparato de festín, y a Calpena en la mesa. Pero como en aquella casa todo era raro, y pasaban las cosas en contra de lo usual y corriente, se guardó su sorpresa y no dijo nada. Pareció que a Fernando contrariaba la importuna visita de su compañero de oficina; pero Aura, más lista que la pólvora, se apresuró a tranquilizarle, diciéndole: «Este infeliz es lo mismo que nadie, y además, también se pirra por el curaçao. Le ofreceré una copita, ¿sí?».

En esto propuso la señora pasar a la sala, y allá se fueron todos con la botella por delante. Poseídos Aura y Calpena de una audacia loca, cuyo móvil psicológico no se explicaban ni había para qué, se arrimaron al extremo de uno de los mostradores, en el sitio menos alumbrado por la lámpara, y a la mayor distancia posible de los bebedores de curaçao. Doña Jacoba hizo plantar su sillón junto a estos, sin perder de vista a la juventud, con quien desde su asiento a ratos hablaba, y ordenó a Lopresti que pusiese luz en el gabinete próximo, y velas en el piano, abriendo de par en par la comunicación de esta pieza, la única bonita de la casa, con la sala o tienda. Milagro y Maturana rompieron, con los primeros tragos, a hablar de política, metiendo en ella su cucharada la Zahón, con ardientes alabanzas del primer Ministro, salvador del desdichado Reino, remedio de todos nuestros males. Y conforme aumentaban las ingestiones de bebida, la imaginación de Maturana se lanzaba intrépida al simbolismo: «Reina Cristina es la Peregrina entre las perlas, y Méndez el Gran Mogol entre los diamantes. Carlos V es el diamante falso, el strass.. tras, tras.. Jacoba el Ojo de Gato, tallado en cabujón.. y tú, Milagro, eres la Montaña de Luz.. sólo que todavía no te (p.4138) han tallado, hijo.. estás en bruto..».

Con sólo probar el delicioso licor, se le quitaban al buen Milagro diez años de vida; y a medida que iba apurando el vasito, presentaba síntomas diversos de exaltación cerebral. Al tercer trago le atacaba infaliblemente una sensibilidad lacrimosa, con recuerdos tiernísimos de su familia e invocaciones a la santa pobreza, a la caridad sublime, a los más altos y puros ideales. Hacia el cuarto o quinto sorbo se le iniciaba la tendencia a expresarse en forma poética, reverdeciendo las aficiones de su edad juvenil, en la cual más le gustaba hacer versos que comer, y era un adepto fidelísimo de la retórica que entonces se gastaba. «¡Ah! -decía con trémula voz, mirando al vaso-: ¡la Reina.. angélica Cristina, pía matrona!.. Desde que vino de Parténope, vimos abierto el Empíreo los buenos españoles.. Cuando contemplo este doméstico regocijo.. ¡ah!, viene a mi mente la imagen de mis pobres niños, de mi dulce esposa, alma virtud.. ¿Qué será de vosotros, oh dulces exuviæ, el día en que fiera Parca me corte el hilo?.. Mendizábal tonante, aplaca el furor de Mavorte.. La oliva sucede al laurel.. somos felices.. Vuelve el reino de Ceres prolífica.. Comeréis, hijos míos, blancos panes y bizcochos duros..».

Doña Jacoba, sin catarlo, era atacada de somnolencia, que procuraba vencer. En tanto, recogía cuidadosa la caja de las perlas, acomodando en ella los paquetitos que contenían las divisiones hechas por Maturana. Esto no le estorbaba para dirigir a la gallarda pareja estas insinuaciones: «Sr. Calpena, cuéntenos usted algo de política.. Aura, ¿por qué no cantas?».

Aprovechaban ellos las distracciones y cabezadas de la señora para entregarse con efusión al ardiente coloquio que enlazaba sus almas, en cláusulas cortas, balbucientes: «¿Me había usted visto alguna vez?».

-No, no.. La impresión de usted en mi espíritu es antigua, eso sí.. Cuando la vi entrar por esa puerta, creí recobrar algo que se me había perdido..

-¡Qué cosa más rara!.. Esta noche, cuando subía yo la escalera, sentí miedo, alegría y qué sé yo qué.. No (p.4139) podía respirar.. por poco me caigo.

-¿Y por qué pegaba usted a Lopresti?

-Es juego. Suelo darle así, con la sombrilla. A él le gusta, y conozco yo que está de mal humor cuando no le pego. Es un perro fiel, y me quiere con delirio. Esta tarde, al entrar, me dijo: «La está esperando a usted un caballero muy guapo, de parte de su tío el Sr. Mendizábal». Ya ve usted cuánto desatino. Me eché a reír.. y le casqué más fuerte que otros días. ¿Oye usted? Jacoba me dice que cante.. ¿Qué debo hacer?

-Obedecerla, creo yo.

-Lo que agrade a usted haré, y nada más. ¡Qué extraño es lo que me pasa! Hasta esta noche me ha costado siempre mucho trabajo someterme a la voluntad de los demás. He sido voluntariosa, díscola, rebelde.. Pues ahora creo que si alguien me pegase, me alegraría, y mi mayor gusto sería obedecer, ser mandada.

-¿Y si yo me tomase la libertad de decirle: «Aura, haga usted esto; Aura, sería yo muy feliz si usted..»?

-¿Si yo qué..? Había de mandarme cosas buenas, las que ahora me parecen buenas.. Y también, también yo mandaría un poquito, que es muy grato para una mujer verse obedecida. Obediencia y mandato, pienso yo que deben ir juntos.

-Servidumbre y tiranía en una sola persona, en dos quiero decir -indicó Calpena enteramente trastornado-. El amor nos hace dueños y esclavos de la persona amada.. Aura, esta noche, después que yo me retire.. y mañana, mañana, ¿se acordará usted de mí?

-Se lo diré cuando vuelva.

-Según eso, ¿he de volver?..

Al llegar aquí sintió Calpena que se ponía tonto. A su primera audacia sucedió una timidez aplanante, y no encontraba fórmula adecuada para la expresión de sus afectos. Pero de súbito, en la tremenda revolución de su alma, vino el golpe de osadía, y poco faltó para que diese un grito, dejando salir, sin ningún recato ni miramiento, las llamaradas que le abrasaban. Con su mirar frío le contuvo la Zahón.. Poco después le hizo Aura una pregunta insignificante: «¿Cómo es su segundo apellido?». Y él replicó: «Igual que el primero.. Aura, nos conviene que usted cante un (p.4140) poquito, y es de todo punto indispensable que, cuando usted pase al gabinete ese del piano, pase yo también y estos se queden aquí».

Pronto lo arregló Aura dirigiéndose a la próxima estancia y ordenando a Fernando, desde la puerta, que tuviese la bondad de volverle la hoja, pues no daba pie con bola sin mirar al papel.. Y ya están allá; ya desliza Aura sus lindísimos dedos sobre las teclas; él a su lado, sin entender la escritura musical, hace como que atiende al papel, mira embelesado a la divina cantora, y más embelesado aún, o transportado al séptimo cielo, la oye. Canta ella el aria de Semíramis, Bel raggio lusinghier, y después una canzoneta napolitana.

Duda Calpena si vive o muere, si duerme o vela. La voz de Aura le penetra en el sentido como un himno de deidades lejanas, desconocidas, apenas visibles en su envoltura de blancos cendales. A ratos siente como un súbito rayo que le hiere, que le destroza, que le arrojaría exánime al suelo, si un poderoso estímulo de su voluntad no le contuviera. Desea que calle Aura; desea cogerla y llevársela consigo en aquel mismo instante, como el hecho más natural del mundo. A su timidez sucede una arrogancia que nada respeta, una prepotencia que todo lo allana. Se siente capaz de saltar por encima de los obstáculos más imponentes, y de atravesar con su hermosa conquista por entre las multitudes, que a sus ojos se empequeñecen ya, y sólo se compone de figurillas despreciables, microscópicas.. Aura sola es toda la vida, Aura toda la ley, Aura el Universo físico y moral, Aura cuanto existe de Dios abajo.

En uno de los que podríamos llamar entreactos, el ardoroso galán, revolviendo papeles de música, como para escoger, le dijo: «Aura, cuando entraste esta noche y nos vimos, ¿no comprendiste que te adoraba?». Acalorada por la turbación que al rostro en centellas le subía, Aura se abanicó con una pieza de música. No se hizo cargo el joven de que la había tuteado, y ella, sin parar mientes en la forma familiar usada por primera vez, pasó maquinalmente sus dedos por las teclas. «El piano me (p.4141) responde por ti, Aura -prosiguió D. Fernando-; el piano me dice que tú también me quieres, que no me dejarás morir de desesperación.. Un instante ha bastado para hacerme pasar de una vida a otra vida, de la vida muerta a la vida viva.. Si es verdad esto que pienso, no necesitas decírmelo. Me lo confirmarás callando..».

-Si callo, y tú lo dices todo.. verá Jacoba que.. que tú me quieres, que me estás enamorando; y si hemos de hacerle creer que yo no te quiero, porque así nos convenga.. mejor será, tontín, que hable, y que me ría ¿sí?.. como hacen las muchachas que coquetean..

-Conviene que cantes otro poquito.. Dos palabras antes del canto: Hagamos de nuestros corazones un mundo aparte, sólo para nosotros..

-Mundo aparte.. -murmuró Aura con firme acento, arrojando sobre los ojos de su amante toda la luz y el fuego de los suyos-. En un momento hago yo toditos los mundos que quiera.

-Aura, no hables más o me muero.. -dijo Calpena casi delirante, violentándose para no gritar-, y si no me muero, te arrebato ahora mismo de esta casa y te llevo a la mía.. Canta por Dios, canta un poquito.

-Y tú te callas.. Después hablaremos.

-Un momento.. ¿Dónde, cómo?

-Luego te lo diré.. Silencio ahora.

Mientras cantaba con sublime expresión un trozo de la Medea de Cherubini, Jacoba y sus dos amigos, en la otra estancia, hablaban con elogio del joven Calpena. Propiamente, la Zahón lo decía todo, y ellos, bajo la influencia del dulce elixir que alegraba sus gastados cerebros, apoyaban con fáciles exclamaciones y con expansivos movimientos de cabeza las palabras de la diamantista. Maturana se había encerrado en los monosílabos; Milagro, por el contrario, se lanzaba a la verbosidad más desenvuelta; Doña Jacoba tuvo que cogerle por un brazo, obligándole a recobrar su asiento a contestar formalmente a lo que tres o cuatro veces le había preguntado sin obtener respuesta. «No vuelvo a admitirle a usted en mi casa -le dijo- si no me contesta con claridad. A ver: si usted lo sabe, me lo tiene que decir.. No valen misterios (p.4142) conmigo».

-Señora mía -respondió D. José plantándose la mano abierta sobre el pecho-. Por el nombre que llevo, nombre ilustre si los hay; por la salud de mis hijos, por el amor purísimo de mi esposa, digo y juro que este mozo gallardo es hijo del mismísimo D. Juan Álvarez Mendizábal, mi augusto jefe.

-Me lo figuraba -dijo Doña Jacoba con mirada resplandeciente-. Pero me falta saber otra cosa.. ¿Y la madre?.. ¿quién es la madre?

-¡La madre!.. ¡la madre!.. -murmuró Milagro como en grande confusión, pasándose la mano por el cráneo.

-Sí, hombre.. ¿quién es la madre?

-¡La mamá!.. ¡Ah!, ya recuerdo.. Con el maldito néctar se le va a uno la memoria.. Pues la madre.. silencio, que no nos oiga nadie.. es.. ¡una reina!

-¡Una reina! -exclamó D. Carlos con espantados ojos.

-Chitón.. Es un secreto.. Y créanme a mí.. peligran las cabezas de los insensatos que lo divulguen.. -dijo Milagro puesto en pie, aplicando su dedo índice a los morros alargados-. ¡Una reina!.. Chist.. Aunque me amenacen de muerte, no saldrá de mi humilde labio el nombre del Reino en que reside la señora reina que..

 

Ep-22-XXII -

Todos los biógrafos del insigne Milagro están acordes en afirmar que al salir este de casa de la Zahón para dirigirse con inseguro paso a la suya, quitose el sombrero y con él se abanicó, ávido de frescura y de bañar en aire limpio sus sienes abrasadas, su cráneo sudoroso. Y añaden que con el aire y el ejercicio se le aclararon de tal modo las entendederas, que al atravesar la plazuela de Provincia, camino de la Concepción Jerónima, donde vivía, empezó a sentir en su conciencia la garrafal tontería que a propósito del señorito Calpena se había dejado decir, bajo la acción tóxica del nunca bastante maldecido curaçao.. «¿Pero he dicho yo esa barbaridad, Señor? -pensaba, parándose y mirando al cielo-. ¿Lo habré soñado?.. No, no; lo he dicho.. aún me parece que estoy oyendo cuando solté el trueno gordo, cuando afirmé que Mendizábal.. ¡Jesús!.. y nada menos que una reina.. Vamos, que me daría una tremenda bofetada en castigo de (p.4143) tanta necedad, de tanta estupidez.. ¡Una reina.. Mendizábal!.. ¡Válgame Jesús bendito! ¡Que un hombre formal como tú, oh Milagro, haya repetido, dándolo por cosa verídica, esos ridículos dicharachos con que se mata el tiempo en las oficinas!.. Pues digo, si el señor Ministro se entera de que yo.. ¡Válgame mi santo Patriarca..!». Al pensar esto, se le erizaron sobre el cráneo los escasos cabellos que poseía.. Consternado, intentó volver a la calle de Milaneses para desdecirse de todos aquellos embustes que no eran más que cháchara insubstancial de gente ociosa y frívola; pero no se determinó a desandar el camino, juzgando muy oportunamente que peor era meneallo. Siguió, pues, hacia su vivienda, haciendo propósito de rectificar serenamente, en noches sucesivas, los groseros dislates de aquella noche, y se recogió taciturno, caviloso. Su mujer le sintió desvelado, dando suspiros y pronunciando monosílabos con que a sí propio se ponía de oro y azul. ¡Infeliz Milagro!

Embebidos en su amorosa charla, los amantes no repararon en la salida de D. José, que les dijo «¡adiós!» desde la puerta del gabinete; ni se cuidaban de ser vistos u oídos por Doña Jacoba, que hablando permanecía con el diamantista, entre cabezadas. Habían alzado, sin darse de ello cuenta, una valla anchísima entre su pasión y el mundo, y nada temían; la pasión crecía por momentos, como una enfermedad fulminante, y a las pocas horas de iniciada, ya no cabía dentro de la reducida esfera del secreto: se salía, se ensanchaba, quería ser patente a los ojos extraños, o por lo menos no temía ser lo bastante poderosa en sí para afrontar la opinión y cuantos obstáculos esta le ofreciera. Mejor que el narrador lo expresaban ellos mismos: «Antes de verte, antes de esta noche bonita -decía Aura-, yo, sin saber por qué, tenía la seguridad de que no estaba sola en el mundo. Cuando te vi, se me quitó de encima del alma el peso terrible de mi soledad». Y él: «¡De ayer a hoy, qué abismo! Ayer iba tras de tu sombra; hoy te poseo.. Había de llegar, puesto que hay Dios, este divino abrazo de (p.4144) nuestras almas». Y por aquí seguían, en un vértigo de fogoso idealismo, locos, ávidos de amplificar cada concepto con otro más apasionado y sutil.

Viendo que Maturana se ponía en pie, Calpena hizo lo mismo, y dijo a su amante, consternado: «Horror de los horrores. D. Carlos se despide. También yo tendré que retirarme..».

-Mañana volveremos a vemos.. lo más temprano posible.

-¡Mañana!, es muy lejano eso..

La mujer, en lances de pasión, posee más iniciativa y más arbitrios que el hombre. En voz muy baja propuso Aura algo que Calpena oyó con alegría. Cuchichearon.. Despidiéronse luego en alta voz. Al poco rato, Doña Jacoba le daba al Sr. D. Fernando la venia para retirarse, y con afectuosos apretones de manos le ofrecía su casa, y le rogaba que viniese a honrarla con toda la frecuencia que le permitieran sus obligaciones al lado del señor Ministro. Juntos salieron el joven y Maturana; separáronse en la esquina de la calle de Santiago; vivía el diamantista en una de las casitas del Patrimonio, plaza de la Armería, junto a la casa de Pajes.

Consta en las monografías del buen Maturana que en el trayecto hasta su domicilio se agarró más de una vez a las paredes para no medir el suelo; y algún biógrafo añade que hubo de subir a gatas la corta escalera de su casa, y que se acostó al instante, muy arrepentido de sus recientes abusivas relaciones con el curaçao. «No está bien, no está bien -decía, desnudándose al revés, quitándose las botas antes que el sombrero, y las medias antes que la corbata-. Un artífice, un tasador no debe.. no, señor.. Es muy expuesto..». Felizmente, era en él añeja costumbre no aceptar invitación o cena o merienda cuando llevaba en su cartera piedras de valor. Aquella noche no llevaba nada. Tardó en dormirse, y daba vueltas en su abrasado cerebro a las ideas sugeridas por Milagro: «¡Vaya con D. Juan Álvarez!.. No hay grande hombre que no tenga sus enredos.. Ya, ya se ve claro por qué arrambla todos los bienes del clero, que no es flojo botín. Naturalmente, ese dineral lo quiere para sí. (p.4145) Parece tonto, y pide para las ánimas.. ¡Tremendas hormigas nos trae Dios acá! Bueno, hombre, bueno: cójase usted media España, y constituya un reino para el niño, para ese hijo de reina.. Y ya veo a dónde va a parar con eso de coger todas las campanas de las iglesias y monasterios. Hará un palacio de bronce, todo de bronce, en el que las pisadas de los que entran y salen suenen como campanadas.. ¡Ji, ji!.. ¡Qué extraño!.. el palacio del sonido.. tin, tan.. Otra: lo mejor sería que afanase las innumerables alhajas de las Santísimas Vírgenes y toda la plata y oro de las reverendas catedrales, echándolo al mercado.. ¡Por Belcebú, qué negocio, qué pujas!.. No quiero pensarlo. De Londres, de Amsterdam y de Francfort vendrá la nube de marchantes.. Mucho ojo, Maturana.. ¡Por San Carojulián bendito, no te descuides!.. Y tiene que venir, tiene que sacarse a subasta. Porque todo, digo yo, no ha de ser para el niño..».

El niño, el hijo de la reina, se paseaba en la inmediata calle de Santiago. Aura le había dicho: «Mi habitación corresponde al último de los tres balcones por la otra calle. Cuando Jacoba duerma, me asomaré». El hombre hacía su centinela entre las esquinas del Bonetillo y de Mesón de Paños, temeroso de perder, si se alejaba, el sublime momento en que su amada en el balcón apareciese. La noche era obscura; dieron las doce en el reloj de Palacio; no se veía por allí más gente que las pocas mujeres que entraban por el Bonetillo y se deslizaban calle abajo, y algún hombre que en la misma dirección iba, o hacia las tabernas de la plaza de Herradores. El sereno se hacía presente por la luz de su farolillo, allá junto a los altos muros de San Felipe Neri.

Media hora pasó Calpena en gran ansiedad, recelando que Doña Jacoba, enterada del propósito de los amantes, lo estorbase encerrando a la dama o conminándola con algún castigo. Paseo arriba, paseo abajo, sin quitar ojo del balcón, pensaba en aquella su mudanza súbita, tan semejante a la explosión de un volcán. Toda su vida era nueva; todas sus ideas habían cambiado, (p.4146) dispersándose las de ayer y entrando con empuje dominante las de hoy. Ningún sentimiento de los de ayer, refiérase a la política, a los amigos, a la sociedad, en él persistía. De aquel espacio luminoso, donde flotaba la ideal imagen de Aura, venían nuevos conceptos de todas las cosas. Impaciente por la tardanza de ella, ni por un momento pensó que pudiera burlarle: tenía confianza absoluta en su firmeza y lealtad. Tampoco le amargó la sospecha de que Aura hubiese conocido el amor antes de conocerle a él. Era mujer nueva, como la esposa de Adán. Dios les había criado destinándoles el uno al otro, y no estaba en el orden del universo que hubiesen precedido al feliz hallazgo otros encuentros, ni aun siquiera fortuitos y sin importancia. Tal era su ardor ciego y entusiasta, tal su fe en aquella felicísima obra de integración, dispuesta por el destino de ambos.

Al fin.. oyó ruido en el balcón, y apareciose en él una forma blanca. Era principal el cuarto, y la distancia entre el balcón y la calle como de cuatro varas. Arrimose el galán a la pared, y Aura echaba medio cuerpo fuera del antepecho, doblándose como un junco, para que el espacio entre las enamoradas voces fuese lo más corto posible. Explicó primero su tardanza, motivada por lo que Jacoba tardara en dormirse, a causa de sus dolores, siendo preciso darle friegas y ponerle bayetas calientes. Ya parecía dormida, y Lopresti, fiel esclavo, quedaba encargado de la centinela, para avisar en caso de que la enferma remusgara. Recayó luego la conversación en un punto interesantísimo: «¿Tú quién eres? Conozco en ti al hombre que quiero, y me basta. Pero deseo saber quién eres para los demás. Lo mismo me da que seas noble, que seas plebeyo, que seas mucho, que no seas nada, pues siendo para mí el único, me basta.. ¿Te enteras bien de lo que te pregunto?».

-Sí, vida y gloria mía.. Yo no soy nadie. Ignoro quiénes son mis padres. Vivo de la protección misteriosa de una persona desconocida, por quien estoy en Madrid, por quien disfruto ese destinillo, y (p.4147) no sé más. ¿Verdad que es raro?

Contó en seguida concisamente su vida toda: su crianza en Vera, lo del padrino, la estancia en París, la traslación a Madrid y todo lo demás que ya se sabe, poniendo en su relato tal sinceridad y sencillez, que Aura se embelesaba oyéndole; y si no estuviera enamorada hasta la médula, es de creer que sólo con aquella historia tan poética y linda se prendaría locamente del pobre desheredado. Refirió ella que no había conocido a su padre ni a su madre: habíanla criado parientes egoístas que jamás la demostraron vivo afecto. Creíase sola en el mundo, hasta que Dios le deparó el compañero de su existencia, su salvador, su única familia. ¡Qué hermosura ser los dos solos en sí, reconocerse en medio de los espacios de la vida, como pajarito y pajarita que se encuentran en la espesura de la selva, y, saludándose con sus piquitos, se unen para siempre! No faltaba sino que se declararan libres, sin más obligaciones que las que cada uno para con el otro había contraído, por vía de unión divina, como si Dios les echara un lazo y les dijera lo que dicen los curas cuando casan. De pronto, Aura tuvo una idea, y la expresó al instante con infantil candidez: «¿No sabes?.. Como aún no hemos tenido tiempo de decirnos todas las cosas, no te has enterado de que yo soy rica. Sí, hijo, sí. ¿Pensabas que éramos nosotros unos pobrecitos, dejados de la mano de Dios? Mi padre, Jenaro Negretti, dejó mucho dinero. Lo tiene guardado el Sr. de Mendizábal, que es quien le da a Jacoba para mis gastos.. Con que ya ves. No hay que apurarse.. Estamos en grande, y seremos los reyes del mundo».

-Pues yo -dijo el amante con tristeza- soy pobre: nada tengo; pero no me faltan alientos, ni tampoco, creo yo, disposiciones para trabajar.. También te digo una cosa, Aura: bien podría suceder que de la noche a la mañana recibiera yo, como caída del cielo, una fortuna grande.. Se han dado casos: yo he leído de algunos casos..

-Pues si sale lo que esperas, ¡oh Dios mío, cuánta felicidad!.. Eso sería lo más lindo del mundo. Resultaríamos en posesión de unos (p.4148) dinerales que no nos harían maldita falta.. Si quieres que te diga la verdad, a mí no me hace dichosa el dinero, ni creo que sirvan las riquezas más que para disgustos. Con poseerte a ti me basta; y si mañana viniera el señor Mendizábal y me dijera: «niña, no tienes ni un maravedí», yo me quedaría tan fresca. ¿Y tú?

-Pienso como tú piensas, y siento todo lo que tú sientes.. Quien nos ha puesto hoy el uno junto al otro, se cuidaría de darnos lo necesario, si por nuestra parte no lo tuviéramos. Es hermosísimo, sí, lanzarse a la vida sin más alas que las inmensas del amor. Somos jóvenes, nos adoramos.. Esto es la suma dicha. ¡Qué bueno es Dios!, ¡y la Naturaleza qué hermosa!, ¡y nosotros, qué bien hicimos en nacer!.. Si tú o yo nos hubiéramos quedado por allá, ¡qué insigne tontería habríamos hecho!

-Es verdad; porque no naciendo, ¿cómo podría yo quererte con toda mi alma?

-Oye otra cosa, vida mía.. Si te parece, nos casaremos pronto, muy pronto.

-Sí, sí -dijo Aura con tan vivo movimiento de inclinación, que pareció querer arrojarse a la calle-. ¿Cuándo?

-Pronto. Mañana..

-¿Mañana?.. ¿Y hoy por qué no?.. ¡Pero qué tonta soy! Eso no puede determinarse así en días, en horas. Tengamos paciencia y formalidad. Lo que acabo de decir es muy desvergonzado. ¿Me lo perdonas?

-Pues si el hoy te parece demasiado presuroso, diré: ahora mismo.

-Quita allá, hombre.. ¿Acaso el casarse es cosa de un soplo? No, niño mío, no seas tan arrebatado. Ten juicio. Pues apenas hay que preparar cosas: ropa, papeles, y, ante todo, casa.

-¡Casa! Tenemos el mundo por nuestro.. Dime -añadió el galán, casi loco ya, señalando hacia la bóveda celeste-, ¿te gusta ese techo?

-Es precioso.. Pero ahora, desde que te quiero, todo me parece cielo, y la obscuridad claridad, y la noche tan bonita como el día, casi más, y Jacoba me parece amable, y todas las personas muy buenas.. Pero tengamos calma, y esperemos.

-Sí, esperemos. ¿Qué nos importa retrasar la felicidad, si la tenemos segura, si es nuestra ya?

Asaltado de una idea triste, cosa (p.4149) natural en aquella irradiación de ventura, Calpena no vaciló en expresarla: «Dime, amor mío, si Jacoba, que me parece persona egoísta.. no sé en qué me fundo; pero me lo parece..».

-Y lo es: tú tienes mucho talento y todo lo aciertas. Sigue.

-Pues si Jacoba, y lo mismo podría decir de otro cualquier pariente tuyo, se opusiese, por móviles de interés, a que nosotros nos amáramos: no, no, a eso no pueden oponerse.. quiero decir, que se opongan a que nos casemos..

-Eso no puede ser.. porque nosotros saltaríamos por encima de todas sus artimañas, y pisoteándoles nos juntaríamos y nos casaríamos, ¿sí?

-Pero suponte tú que contra toda nuestra buena voluntad y contra las energías de nuestra pasión, lograran separarnos, imposibilitarnos materialmente de..

-No, no puede ser, no será -dijo la enamorada con expresión de voluntad tenacísima-. ¡Pues si Jacoba fuera tan mala que..! No, no quiero pensarlo.

-¿Qué harías?

Aura se irguió, y apretando en su nervioso puño, con fuerza de mujer furiosa, el hierro del balcón, dijo: «¡La mataría!».

-No, no tendrías que tomarte ese trabajo, mi bien, mi vida, mi encanto, porque antes la habría matado yo.

-Y luego iríamos juntos al presidio, ¿sí?

-No pensemos en eso, que no ha de suceder. Yo digo: ¡qué más querrá Jacoba..!

-Claro: ¡qué más querrá ella! No te creas, Jacoba es buena, siempre que no la arrastra a la maldad la infame codicia. Por un brillante de buenas aguas, o por una docena de turquesas de roca vieja, sería capaz de sacrificar a su padre.

A todas estas se les iba pasando la noche. Las primeras claridades del alba trajeron a la calle alguna gente de los mercados próximos, y el sereno pasó varias veces, dirigiendo a Calpena miradas recelosas. Aquí y allá sonaban porrazos; los gallos del comercio de aves en la calle de la Caza cantaban anunciando el día. Sobre esto llamó Calpena la atención de Aura, indicándole con pena que ya era hora de retirarse.

«¿Qué prisa todavía?.. Esos pobres gallos enjaulados están tan aburridos por la falta de libertad, que anuncian la aurora (p.4150) antes de tiempo».

-Ya es de día.. ¿No lo ves?

-¿Y qué? Mejor. Así podremos vernos las caras.

De improviso se abrió una de las puertas del piso bajo de la casa, y Calpena se vio sorprendido por un mozo, soñoliento, que salía con una escoba. Luego se abrieron dos puertas más: una cacharrería y un despacho de huevos. Imposible seguir más tiempo allí. Los hados fieros ordenaban la suspensión del coloquio dulcísimo, y que los amantes guardasen la ley del recato ante el público, pues cada cosa tiene su ocasión y lugar propios. ¡Bonita idea tendría de la señorita de Negretti el vecindario de Milaneses si la veía colgada al balcón, al amanecer de Dios, picoteando con su novio! Antes que ella comprendió él la inconveniencia de prolongar la alborada de amor, y así se lo dijo. Convenidos el cómo y cuándo de verse en el curso del día, Calpena se arrancó con esfuerzo del celestial muro. El día se recreaba iluminando con sus primeras claridades la ideal belleza de Aura, quien no se apartó del balcón hasta que hubo recibido el último saludo de D. Fernando. Se fue y volvió el galán como unas tres o cuatro veces, jugando al escondite en la esquina de la calle Mayor, hasta que al fin, siendo preciso poner término al juego.. se arrancó de veras.

 

Ep-22-XXIII -

Más que inquieto, lleno de zozobra por la desusada tardanza de Fernandito, le esperó levantado su amigo D. Pedro, y al verle entrar, conoció por su rostro encendido, por el febril centelleo de su mirada, que algo muy grave le había ocurrido aquella noche. Interrogole dulcemente, y no obtuvo respuesta categórica.

«Luego me lo contarás -dijo Hillo-, que ya es hora de que me vaya a decir mi misa. Me has tenido toda la noche en vela. Como no es tu costumbre trasnochar, me alarmé. ¿Has estado en alguna logia? ¿Se trata de algún mal paso, de algún lance?.. Pero no quiero molestarte ahora. No me cuentes nada, y descansa, pobrecito, que estarás muerto de sueño. Yo me voy al Carmen.. Duerme todo el día si quieres, y a la tardecita me contarás..».

Se fue D. Pedro a celebrar, y al (p.4151) regreso de la iglesia, Calpena dormía. Acercose a su lecho el presbítero, y le vio dormidito como un ángel, con ese leve sonreír que indica un venturoso sueño. A la hora de comer quiso Doña Cayetana despertarle; pero se opuso Hillo diciendo: «No, no, pobre hijo; dejarle que duerma: sabe Dios lo molido y ajetreado que estará ese bendito cuerpo. Guárdesele la comida». Salió después a una diligencia que le entretuvo dos horas, y al volver a casa díjole Delfinita que D. Fernando había comido presuroso y sin enterarse de lo que metía por la boca; que no respondía a lo que se le preguntaba, como si se hubiese dejado en otra parte el pensamiento y la palabra. Y lo más singular fue que, sin probar el postre, que era miel de la Alcarria y queso de Villalón, había cogido el sombrero y echádose a la calle con tanta prisa como si le llamaran a apagar un fuego. ¡Cosa más rara! Indudablemente ocurrían sucesos inauditos. ¿Sería, por fin, la estupenda anagnórisis que Hillo por momentos esperaba? Entregándose a sutiles cavilaciones y al trabajo de adivinar, esperó el clérigo la vuelta de su amigo; pero tuvo el acierto de esperarle sentado, porque Calpena no entró en casa hasta la mañana del siguiente día.

Ya no pudo Hillo aguantar más los ardientes picores de la curiosidad, y tomando una actitud serena, le dijo: «Hoy sí que no te me escapas sin contármelo todo». Calpena, confuso, no sabía por dónde empezar. Hillo cortó la solemne pausa diciendo ¡Habla!, con el acento con que esta palabra se pronuncia en las tragedias de secano.

«Pues.. nada».

-¿Cómo nada? ¿Es acaso alguna intriga política?

-No señor.

-Pues yo sé que en el Ministerio no se vela.. Vamos, será cuestión de amoríos..

-Tampoco; porque los amoríos son cosa frívola y pasajera, y esto no.

-Amor entonces -dijo Hillo con benevolencia, y terminó la expresión de su idea con una nota humorística-: ¿Con que amor tenemos? Bueno: con tal que sea clásico..

-¿Y qué entiende usted por amor clásico?

-El que se contiene dentro de los límites de la (p.4152) conveniencia y de la regularidad; el que no es motivo de escándalo, sino ejemplo de buenas costumbres; el que no es furor insano, sino afecto plácido y limpio; el que tiene por norte la familia y por cebo una relación casta, con el consentimiento de los padres..

-Yo no tengo padres.

-Di que no los conoces. Mientras te llega la anagnórisis, tu padre soy yo: yo miro por ti, y te guío en el camino de la vida.

-Me temo, querido Hillo, que después del paso que he dado, tenga yo que arreglármelas solo para seguir andando.. En fin, puesto que usted habla de amor clásico, diré a usted que el mío, como águila a quien quisieran encerrar dentro de un huevo de paloma, ha roto los moldes, ha roto el viejo y podrido cascarón del clasicismo.

-No te conozco -dijo D. Pedro con sobresalto-. ¿Eres tú el joven Calpena?

-No señor.. El joven Calpena que usted conoció, se ha transformado radicalmente en días, en horas. Cuando menos uno lo piensa, sobreviene la crisis capital de la vida..

-Hombre, eso es gravísimo. ¿Y quién es ella? ¿Acaso la niña que llamamos marmórea?.. ¿Dices que no? ¿Pues de quién se trata? ¿No puedo saberlo? Sea quien fuere podré darte una opinión franca, un buen consejo.

-Me hallo en una situación tal, que toda opinión que no sea la mía me hará el efecto de una enemistad irreconciliable; y en cuanto a los consejos, debe usted esperar a que yo se los pida.

-Arrogantillo estás. Por lo que dices, voy entendiendo que tus amores son de esos que llaman, que llaman.. no sé.. esta clase de bregas son para mí desconocidas. Pero ello debe de ser cosa vergonzosa, una pasión de estas que nos ha traído el romanticismo, y que suelen acabar con descabello de media humanidad.

Interrumpió el diálogo la llegada de una carta. Era de la mano oculta, que no había escrito en toda la semana. A Fernando le dio un vuelco el corazón, y barruntando que el contenido de la epístola heriría su vidriosa sensibilidad, rogó al clérigo que la leyese. Él oiría, procurando enterarse, pues su espíritu, en aquellos días de ansias y delirio, no acudía fácilmente al (p.4153) reclamo de la realidad próxima. Después de suspirar fuerte, D. Pedro leyó:

«¿Con que tenemos al niño enamorado? Ya me esperaba yo ese sarampión, que rara vez falla a los veintidós años. Paciencia, y pues no hay más remedio que pasarlo, no lo combatamos, y pónganse los medios para que brote bien.. Tontín, se te tolera esa pasioncilla juvenil, que es el paso de la adolescencia a la madurez de la vida. Los hombres conceptúan eso necesario, inevitable; tales turbonadas, dicen, son necesarias, hasta convenientes. Sea: con pena lo admito, y te suplico que acabes cuanto antes, no sea que la enfermedad se meta demasiado en lo hondo. No tengo tranquilidad hasta que sepa el radical fin de esa novelesca aventurilla, y no dudes que he de saberlo, como supe lo del banquete que te dio la Zahón, como tengo noticias del desenfado con que te pones a pelar la pava con la chiquilla de Negretti. También sé que es muy linda. No te acusaré de mal gusto, no; y como te tengo por hombre perspicaz y conocedor del género, presumo que en tus largos plantones al pie del balcón habrás tenido tiempo de comprender que la niña es diamante falso. ¡Ah, tontín!, la pedrería fina es muy escasa, y no se encuentra en la primera cena a que nos convidan..».

Al llegar a esto, Calpena no pudo contener el dolor, la ira que estas apreciaciones le produjeron, y estalló diciendo: «Eso es sencillamente infame.. Dígalo quien lo dijere, es inicuo, ultrajante. No debo hacer caso de la opinión de persona anónima, que no puede sentir la verdad, como la siento yo.. Y juro que no habrá voluntad que me tuerza, ni razón humana que me persuada de que esto no es para mí el supremo bien, el único bien posible».

-Espérate un poquito y déjame acabar. Sigo: «Como para estas aventurillas, que mejor será llamar calaveradas, se necesita dinero, te mandaré mañana seis onzas. Más, mucho más recibirás; pero entiende que este dinerito no debe servir para prolongar la enfermedad, sino para ponerle término.. Y no te digo más por hoy».

«¡No puedo, no puedo -exclamó Calpena dando vueltas por la habitación (p.4154) como un loco- sufrir por más tiempo esta tutela anónima!.. Y estas burlas, este desconocimiento de la verdad, me lastiman, me hieren más que si me asestaran cien puñaladas.. ¡Oh, cuánto diera yo por conocer a la persona que me escribe, y poder decirle lo que siento..! No, no dudo que esa persona se interesa por mí, que me ama. También la quiero yo sin conocerla. Pues bien: yo la convencería.. ¿Cómo no había de convencerla, si yo lo estoy firmemente, si llevo dentro de mi alma, no sólo todo el amor, sino toda la lógica del mundo?..».

-Hijo mío -le dijo Hillo con expresivo afecto-, lo que la señora incógnita te escribe es el puro Evangelio. Considera tú ese amor como una aventurilla pasajera.. cosas de muchachos, ejercicio vital.. y.. dale ya puntillazo..

Le miró Calpena, plantándose ante él desdeñoso, altanero, y con grave entereza contestó:

«Soy un hombre; tengo un alma que es mía, una inteligencia que me pertenece, y con ellas siento y juzgo lo que me incumbe. Ni de usted ni de esa desconocida persona admito lecciones, ni soy un niño para recibirlas en esa forma. Quien nunca ha tenido familia, bien puede declararse independiente como lo hago yo ahora. La soledad en que he vivido me ha enseñado a gobernarme por mí mismo. Soy libre, Sr. D. Pedro; a nadie me someto. Los que me protegen por motivos que aún están rodeados de obscuridad, que den la cara, y entonces hablaremos. Si conseguimos entendemos, bien, y si no, lo mismo. No altero mis propósitos, no me someto, no me rindo».

Sin dejar de admirar esta noble gallardía, trató Hillo de reducirle a la obediencia ciega de la deidad velada, pues así también solía llamarla, no sabiendo qué nombre darle, y el primer argumento que empleó fue que le convenía dicha sumisión para no comprometer su brillante porvenir.

Echándose a reír, le contestó D. Fernando que él no contaba con más porvenir que el que por sí mismo se labrase, pues todo lo demás era fantasmagorías y sueños; y en último caso, que no sacrificaría a ninguna consideración, (p.4155) ni a interés alguno por grande que fuese, la pasión que colmaba todos los anhelos de su existencia. Y como Don Pedro insistiese en que la aventura no merecía nombre de pasión seria, y que debía ponerle punto final, replicole el joven con flema: «No puede ser, mi querido Hillo. En esto he querido aplicarme fielmente el precepto fundamental de su filosofía práctica.. Para que no diga usted que fracaso como todos los españoles que emprenden algo, me propongo rematar la suerte».

-¡Ah!, pillo.. ¿De modo que te casas..?

-Tal creo.. Esto no es aventura.. para que vaya usted enterándose.

-Estás perdido, perdido sin remedio.. Un joven llamado a.. qué sé yo.. llamado a grandes destinos.. ¡Por Dios, Fernandito de mi vida, mira bien lo que haces!.. Y a mí que me parecían poco para ti todas las duquesas y princesas que andan por esas cortes.

-Yo soy pueblo, pueblo nací y pueblo me encuentro ahora. ¡Ay!, amigo Hillo, me acuerdo de mi cuna. Era de mimbres, y estaba rota y medio deshecha. Yo ensanchaba los agujeros con mis manecitas, y me echaba fuera para jugar con un perro y dos cabras que había en la pobrísima estancia donde me criaron.. ¡Y ahora me habla usted de duquesas y princesas! A usted le ciega, o más bien le enloquece su bondad.. Yo no soy lo que era. He dado un gran vuelco: mis ideas son otras. No tengo ya más que una ambición, y a satisfacerla se encaminan todas las potencias de mi alma. Me crió aquel bendito en la templanza, en la regularidad, en el justo medio de todas las cosas. Pues ya no quiero justo medio; ya me solicitan las situaciones extremadas.. Quiero exceso de vida, energías poderosas, mucho gozar o mucho sufrir, luchar, hacer cara a los grandes desastres si vienen, hartarme de felicidad si Dios me la depara. No quiero andar por caminos trazados, ni que me cuenten los pasos que doy, ni que me lleven con andadores, ni que me muevan con hilitos, como si fuera yo figura de titiritero. No, no: de un salto me he echado fuera del retablo, y entro en el mundo yo solo. El mundo es grande. Un sentimiento, grande (p.4156) también, llevo yo conmigo. ¿Hay espacio? Sí. ¿Tengo yo alas? Sí. Pues a volar.

Y cogiendo el sombrero, se fue a la calle, sin añadir una palabra, dejando a su excelente amigo todo confuso y turulato, con las manos en la cabeza, desahogando con patéticas exclamaciones la turbación de su espíritu: «¡Señor, devuelve el seso a este noble chico, digno de mejor suerte.. le he tomado tanto cariño, que sus asuntos me interesan más que los propios!.. ¡Señor, descúbreme el misterio de Calpena; dame a conocer la mascarita esa que le protege y le dirige! Que yo la descubra, para llegarme a esa divina tutora y decirle que se declare, que se quite la careta, único medio de que nuestro Fernandito entre en razón. Tutora he dicho, pero mejor será decir madre.. En su estilo se ve la delicadeza, la gracia, y un cariño intensísimo. Es madre, y además dama ilustre. Su estilo lo revela, esa discreción de alto tono, esa exquisita habilidad para ocultarse.. ¡Dios mío, santo Apóstol bendito mi patrono, santa Virgen, y vosotros, santos, santos todos de la Corte Celestial, despejadme esa incógnita, pues creo que entre ella y yo, puestos al habla, salvaríamos a este alucinado chico de la perdición, de la ignominia, de la muerte!».

Su generoso anhelo sugirió al buen presbítero una idea, un plan, y propósito firmísimo de empezar a realizarlo aquella misma tarde. «Voy a minar la tierra para desvelar a esa velada. Dios me abrirá camino; Dios iluminará las obscuridades que encontraré en los comienzos de mi trabajo. A esta investigación consagraré mi tiempo, pues ya no me importa que me den ni que me quiten la cátedra que me corresponde.. Y ahora digo yo: ¿por dónde empiezo?.. A ver, Pedro, discurre un poco, afina la suerte.. Por de pronto, si a ese loquinario le da la ventolera de desdeñar las cartas de su protectora, yo las recogeré cuando vengan, las leeré y las tendré bien guardaditas hasta que a él se le caiga de los ojos la venda. Y si envía dinero, como anuncia, yo lo guardaré también para írselo dando conforme a sus necesidades, que ahora presumo han de ser (p.4157) muchas.. Esto lo primero; después..».

Dándose un golpe en la frente, lanzó una exclamación de alegría: «Eureka, ya sé cuál es el primer paso que tengo que dar: ir a la casa de esa mozuela de quien se ha enamorado, y verla y hablar con su familia, para lo cual me valdré o del compañero de oficina de Calpena, Sr. Milagro, o del Sr. Maturana, el diamantista que vino a buscarle y se le llevó, con la cajita de Olorón bajo el brazo, en aquel aciago día.. Perfectamente: ya tengo mi base de operaciones.. Luego trataré de averiguar por qué medios, por qué espionaje pasan a conocimiento de la velada todos los actos de Fernandito, cuantos pasos da en este Madrid tan grande. Pondreme, pues, en relación con los acechadores o centinelas que tiene esa señora. Sepa ella que yo quiero ser también su misterioso vigía, y que ninguno habrá más diligente ni más desinteresado que yo.. Procuraré además el trato y conocimiento de todos los amigos de Calpena: ese empleado tísico, ese Larra, ese Ros de Olano, ese Pezuela, ese Veguita.. Ellos quizás me den alguna luz.. Y si pudiera colarme en los dorados palacios donde el señorito fue introducido no hace mucho, también me colaría.. sí señor.. dispuesto estoy a todo, hasta a disfrazarme.. Sí, sí, Sr. D. Fernando Calpena: usted no se ríe de mí; usted no se emancipa, no, mientras esté aquí su viejo amigo, este pobre clérigo, que beberá los vientos por evitar que un mozo de tales prendas, que evidentemente lleva sangre de reyes.. ¡lo dicho, dicho!.. sangre de reyes, caiga en los abismos del amor enfermizo y de la calentura romántica».

 

Ep-22-XXIV -

No constan los días que empleó el buen Hillo en su investigación preliminar; sólo se sabe que no fueron pocos, y que al cabo de una semana conocía algo y aun algos de la familia Zahón, y había hablado largamente con Milagro y Maturana, los cuales, lejos de aclarar el enigma principal, lo que hicieron fue añadirle nuevas obscuridades.. Sin desmayar ni un punto en sus tareas policiacas, trató de hacer cantar a Méndez; mas toda tentativa cerca del estirado patrón resultó inútil, (p.4158) bien porque nada de lo substancial sabía, bien porque quisiera echárselas de discreto, contraviniendo el tradicional tipo de los pupileros y fondistas. Cuando se veía el hombre muy estrechado por la apremiante argumentación de D. Pedro, no se le ocurría más que remitirle a Edipo y al Sr. de Azara. Salía D. Pedro al ojeo del polizonte, conseguía echarle la zarpa, le interrogaba, y el feo Edipo le decía: «Sr. de Hillo, estoy muy a gusto en mi colocación y no quiero perderla. Tengo seis criaturas, que son, vamos al decir, seis candados que cierran mi boca. Si por contestar a sus preguntas me dejan cesante, no será usted quien me coloque. Con que déjeme en paz y llame a otra puerta». Y D. Manuel de Azara, hombre más avinagrado y de mejores despachaderas que Dios ha echado al mundo, le recibía, después de plantones de tres horas, para decirle que se metiera en sus asuntos y dejara los ajenos. Ni un indicio, ni una ráfaga de luz, ni un vocablo indiscreto.

Acudió después mi hombre al tísico Serrano, que llenándole la cabeza de mentiras y encaminándole por una pista falsa, le hizo perder el tiempo y la paciencia; y tantea aquí, tantea allá, se refugió en la amistad y en los grandes conocimientos sociales de su compañero de casa, Nicomedes Iglesias. Si al principio pareció que el politicastro tomaba el asunto con interés, pronto dejó de hacerlo; tan sorbido le tenían el seso los negocios políticos, el interés de las sesiones y el periodiquillo que había fundado en unión de su amigote reciente, Luis González o Luis Brabo, que de ambos modos respondía, en el cual papelejo apoyaban al grupito de oposición parlamentaria que formaron en Procuradores Caballero, López y el Conde de las Navas. Si el hombre no estaba demente, le faltaba poco; su cortante lengua no desmayaba un instante durante el día, ni su enconada pluma por la noche. Competía con él en acrimonia y acometividad el tal Brabo, andaluz, delgadito, aguileño, más vivo que la pólvora, cortado para la política del ruido y para soliviantar con gracia a las (p.4159) multitudes. Meses después, Brabo escribía en papeles moderados; Iglesias extremaba sus ideas revolucionarias en los del bando liberal; su consecuencia, que era una forma de su orgullo, le valía persecuciones y desdenes. Pero en Diciembre del 35 todavía se le contaba entre los hombres de porvenir, aunque su irritación por no haber entrado en el Estamento le creaba enemigos, alejándole de la meta de su ambición.

Mientras Hillo con tan poca fortuna emprendía la reconquista de Calpena, este se transformaba, haciéndose huraño, apartándose de sus primeras amistades para contraer otras nuevas con personas bien distintas de los literatos del Parnasillo y de los concurrentes a tertulias de tono. Abandonó en absoluto la sociedad elegante, y no volvió a parecer por la casa aristocrática, donde se entristecían por su ausencia las bellezas más o menos marmóreas. Cultivaba la amistad de los oficiales de la Guardia y de Infantería, yernos de Maturana, y conoció a los de Fonsagrada, la familia que más trato tenía con la Zahón. Algunas tardes paseaba con el soldadito chiclanero y poeta, amigo de Milagro, Antonio García, autor imberbe de un drama caballeresco que tenían en su poder los cómicos del Príncipe.

Contra lo que Fernando temía, Doña Jacoba no se opuso a sus amores con Aura; casi los alentaba y protegía, pero encerrándolos dentro de la esfera de castas relaciones con buen fin, y sometiendo la fogosa pasión de ambos amantes a las reglas caseras que para tales casos se usan, y que en aquel tiempo eran de una simplicidad enfadosa. Hacía esto la Zahón, más que por sentimiento, por cálculo, mirando a su propio interés antes que al de la joven puesta a su custodia. Era ante todo traficante, se había criado en el compra y vende; todas sus canas, que eran muchas, y las jorobas que en su esqueleto se formaban, le habían salido en el continuo y anheloso estudio de la ganancia fácil. Por lo demás, su moral era tan ancha como las mangas del vestido que el reuma le obligaba a usar, y sus creencias religiosas, tibias como las aguas con que se (p.4160) lavaba. La moral de los contratos de cosas, interpretada a su manera, érale muy conocida y familiar; la otra, la tocante al honor y al recato, sólo existía en su conciencia con formas desleídas.

Sujetó, pues, a los amantes a un régimen de apariencias estrictamente morales, prohibiendo en absoluto las entrevistas de calle y balcón, y permitiéndoles hablarse a horas fijas en su casa y en su presencia. Con esto cumplía, y sentaba sobre bases decorosas su bien planeado negocio. Muy mal sabían a Fernando y a su dama esta reglamentación de colegio y este régimen de insulso noviazgo, aplicado a una pasión tan flamígera; pero lo soportaban en espera de los arranques de su albedrío, planeando también algo, que muy calladito tenían, y desquitándose por el pronto con el carteo constante y clandestino de que era mediador el cuitado Lopresti. Con los Fonsagradas se les permitía salir alguna vez de paseo, bien vigiladitos, no pudiendo campar libremente ni a la ida ni a la vuelta, ni extraviarse en las arboledas de la Florida, ni jugar a la gallina ciega. Estaba, pues, Calpena hecho un novio clásico, contra lo que su temperamento y sus altas ideas le dictaban; pero se sometía o afectaba someterse, con la esperanza de que no había de durar mucho la insípida comedia. Por aquellos días iba al Ministerio nada más que el tiempo preciso para no caer en falta, y a veces dejaba de asistir pretextando enfermedades. Rara vez le llamaba ya el Ministro a su despacho para encargarle contestaciones de cartas. Hacíalo siempre dando las instrucciones a Milagro, el cual repartía la tarea y vigilaba la de su compañero, llevándolo todo a la firma.

Hacia el 20 de Diciembre, poco antes de la célebre discusión del voto de confianza, en días en que Mendizábal estaba gozoso, como hombre que vislumbra el éxito y ve próxima la realización de sus ideas, llamó a Milagro y le hizo sentar frente a sí en la mesa de su despacho. Habíale tomado afición por la donosa vaguedad que sabía emplear en la redacción de cartas de pura fórmula, en que no se dice nada, y por el estilo cortesano y (p.4161) elegante en que envolvía el perdone usted por Dios, receta contra los pedigüeños de gollerías.

«Ante todo -dijo Mendizábal con aquella presteza nerviosa que ponía en su trabajo-, póngame usted ahora mismo, pero ahora mismo, una carta a D. Martín, diciéndole que detenga el nombramiento de Catedrático de Retórica de un clérigo que se D. Pedro Hillo, en favor del cual le escribimos no sé cuándo..».

-Anteayer.

-Me había recomendado a este sujeto Musso y Valiente, si no recuerdo mal.

-Sí, señor; y antes D. Manuel José Quintana..

-Y creo que también Juan Nicasio Gallego.. en fin, medio mundo. Tanto me han mareado, que me decidí a recomendarle a Heros. Pero después he sabido algo que me pone en guardia.. Francamente, yo hago todo el bien que puedo; pero en este puesto, y rodeado de dificultades, no creo estar en el caso de favorecer a mis enemigos. Dígame, ¿conoce usted a ese Hillo?

-Sí, señor: vive con mi compañero de oficina, Calpena, y hemos ido juntos al café y a los Toros. Es muy entendido en tauromaquia.

-¡Qué atrocidad!.. cura, torero y retórico.. No he visto jamás una ensalada semejante.. Ello es que ese sujeto ha dado en perseguirme.. Aquí viene todos los días a pedirme audiencia. Como ahora no estoy para perder el tiempo, no se la he concedido. Pero el hombre ha dado en acecharme cuando entro en mi casa y cuando salgo. Todas las mañanas tira de la campanilla tres o cuatro veces. En la escalera, hoy, bajando yo con Cano Manuel y con Olózaga, me le encontré.. Demudado, la voz temblona, me habló.. La verdad, no me enteré bien de lo que dijo.. Que no quería hablarme de la cátedra.. que se había hecho campeón de una causa de moralidad, de justicia.. que era preciso descorrer el velo.. Esto del velo lo repitió no sé cuántas veces.. En fin, me dio lástima. Paréceme que el tal presbítero no tiene la cabeza buena. Yo me zafé como pude, y luego me dijo Olózaga: «¿Sabe usted, D. Juan, que este pajarraco de sotana es de los que hacen correr por ahí historias denigrantes en que mezclan, sin ningún miramiento y (p.4162) quizás con aviesa intención, el nombre de usted?.. -¿Qué me cuenta, Salustiano? ¡Mi nombre..! -Sí, señor: quieren minarle a usted el terreno, echando a volar especies absurdas, actos o relaciones de la vida privada».

Al oír esto, palideció el buen Milagro, y contestando a su jefe con un monosílabo que expresaba tanta sorpresa como indignación, hizo solemne voto mental de no volver a probar el curaçao en lo que le quedara de vida.

«No es la primera vez -continuó Su Excelencia- que llegan a mí rumores de esta naturaleza, unos verdaderos, referentes a los hechos y casos que no tienen nada de ignominiosos, otros absurdos y sin ningún fundamento, y otros van derechos contra mi reputación, contra mi prestigio. Nada de esto me sorprende ni me arredra: sé que en mi posición, y entre españoles, no puedo esperar más que una guerra en la cual se emplean todas las armas, sin desdeñar las más viles. Con que ya sabe usted: lo primero me escribe esa carta. Que detenga el nombramiento para la cátedra de Alcalá. Ese Sr. Hillo tiene todas las trazas de un perturbado».

-No creo tal, señor -dijo Milagro-. Quizás oiría el Sr. Hillo algún disparate de esos que hace correr la gente mal intencionada, y el pobre señor lo habrá repetido.. Y también puede ser que soltara la especie hallándose en ese estado de atontamiento que produce el.. la..

-Pero qué.. ¿es bebedor?

-No sé.. creo que.. Una noche, estando varios amigos en el café con Maturana, el diamantista, este pidió curaçao y quiso que yo le acompañara; pero como no pruebo nunca ninguna clase de bebida, me resistí, dándole las gracias. Hillo bebió y se puso perdido. Salió diciendo cada desatino.. ¡Pero después, cuando el aire de la calle le serenó, se desdijo de todo, y hasta lloraba el pobre recordando las borricadas que habían salido de su boca! No es mal hombre: el Sr. Olózaga me dispense; que si algo contra la respetabilidad de Vuecencia ha dicho ese clérigo, no ha sido con mala idea..

-Bueno -dijo Mendizábal, cuya atención, queriendo abarcar mucho de una vez, se detenía poco (p.4163) en un asunto-. Escríbame usted la carta a Argüelles, incluyendo esta minuta de los principales puntos de Hacienda que debe tener presentes al defender el voto de confianza. Luego carta citando a Istúriz y a D. Antonio González, para que nos pongamos de acuerdo sobre el orden y método de discusión..

Despedido el secretario familiar, entraron los que iban a la firma, y Su Excelencia trabajó con ellos el resto de la tarde. Dos días después empezó en el Estatuto la gran tremolina parlamentaria del voto de confianza, en que Mendizábal, blasonando de atrevido gobernante, pidió a los Estamentos poder y autoridad para disponer de las rentas públicas, con el desembarazo que exigían las críticas circunstancias por que atravesaba la Nación.

Ya en aquellos debates empezó a torcerse la buena estrella del reformador, que hasta entonces no había visto más que satisfacciones, bienandanzas y popularidad. Los patriotas extremaron su oposición; los llamados moderados llenaban sus discursos de reticencias maliciosas, chispazos que levantaban llamaradas y humareda en la opinión neutral; y los amigos de Mendizábal, que hasta entonces le habían defendido con ardor, empezaban a sentir ese frío triste, que es síntoma de ver con malos ojos el bien ajeno. Algunos continuaban apoyándole, porque estaban ligados por la gratitud; otros hacían de ésta tabla rasa, y empezaban a mostrarse temerosos de que D. Juan de Dios realizase lo que había ofrecido. Entre políticos, el fracaso de los grandes halaga a los pequeños. La masa total no se entusiasma con el éxito si este lo representa un hombre. La vulgaridad colectiva tiende siempre a conservar el nivel.

Empezaron, pues, las inquietudes, las comezones, las ganitas de jarana, y la curiosidad sabrosa de ver al jefe embarullado y sin saber por dónde salir. Claro que los más votaban como carneros; pero otros se hicieron los bobos, afectando escrúpulos de rigidez constitucional. A estos llamaban santones.

 

Ep-22-XXV -

Aburrido y desalentado, vio D. Pedro Hillo entrar el año 36, a quien, desde el (p.4164) primer día de su Enero, diputó tan calamitoso y funesto como su antecesor el maldito 35, que todo se pasó en guerras, disturbios y trapisondas. Nada había podido adelantar en la noble misión que se había impuesto, y el problema que desentrañar quería presentábasele cada día más obscuro y embrollado. Para colmo de amargura, Calpena no le refería cosa alguna de su vida y planes; apenas pasaba con él breves ratos a las horas de comida y cena, y luego a sumergirse volvía en la tenebrosa cisterna del vicio y la deshonra, pues no otra cosa significaba para D. Pedro la casa de la Zahón. Para mayor desdicha, tuvo el buen presbítero el disgusto de saber, por un amigo de lo Interior, que hallándose extendido su nombramiento para la cátedra, Don Martín de los Heros le había dado carpetazo por indicación del Presidente del Consejo. Esto le llevó a una tristeza profunda, y no veía más que ocultos enemigos y persecuciones misteriosas.. ¡Misterio por todas partes, romanticismo y sombras espectrales! Lo único que alegraba su espíritu era las cartas de la incógnita que, autorizado por Calpena, leía y guardaba. En todas ellas latía la tristeza y el intenso cariño de quien las redactaba. Véase un ejemplo: «Aunque diariamente recibo pruebas del olvido en que me tienes, no puedo acostumbrarme a tu desobediencia. Te mandé que fueras a la misa de once en el Carmen, y no fuiste ni a esa ni a ninguna, pasándote toda la mañana en casa de la diamantista. Te encargué la asistencia al Estamento para que oyeras y gozaras la discusión del voto de confianza, y tampoco pareciste por allí. Ni en el Casón de los Próceres se te ha visto tampoco, por más que te recomiendo concurrir a menudo, para que habitúes el oído a las buenas formas oratorias, para que tomes gusto a la política seria y veas de cerca a los hombres eminentes que han de gobernarnos ahora y después, los cuales serán malos, si quieres, pero con ellos tenemos que apencar, porque no hay otros».

»Te veo adquiriendo hábitos groseros: te has hecho huraño, desagradecido, siempre devorado (p.4165) por insana inquietud, presuroso en todas partes; te veo encenagado en una pasión loca, impropia de toda persona regular; no haces caso de nada, no miras a tu porvenir, no correspondes a la ternura de quien por ti se interesa y quiere dirigirte, sin que mueva tu voluntad el considerar lo que esta protección reservada cuesta y supone, ni las amarguras y sufrimientos que hay bajo de ella».

Al terminar este pasaje, tuvo Hillo que suspender la lectura para limpiarse los lagrimones que por sus mejillas resbalaban. Luego siguió leyendo: «Y no paran aquí los estragos de tu devaneo amoroso, pues no sólo te muestras ingrato conmigo, sino con ese buen sacerdote, tu compañero de casa, que tanto interés demuestra por ti. Le desdeñas, evitas su compañía porque quiere apartarte, como yo, del despeñadero a que corres. Has delegado en él la lectura de mis cartas y la custodia de tu dinero, prueba de confianza que me agradaría si no significara indolencia y criminal olvido de tus obligaciones. El pobre Sr. de Hillo, por salvarte y correr tras de tus errores, ganoso de corregirlos, ha dado un mal paso. De los males que se le ocasionen eres tú responsable. Verdad que en su generoso afán, incurrió el cleriguito en la tontería de pretender descubrirme y desenmascararme, y esto forzosamente había de producirle algún desavío, porque nosotras las esfinges solemos dar un zarpazo al que intenta descifrar el enigma que encerramos. Buscando indicios aquí y allá, interrogando a gentes diversas, el Sr. D. Pedro ha oído enormes disparates, y cometido después la grave indiscreción de repetirlos. Algunas de las absurdas hablillas que tu amigo recogió en los cafés o en medio de la calle, afectaban al señor Presidente del Consejo, y eran escandalosa infracción del respeto que se debe a la vida privada. Alguien se enteró de ello, y fue con el cuento al Sr. D. Juan de Dios (a quien solemos llamar Juan y Medio por su gigantesca estatura) , y he aquí que el grande hombre se amosca, demostrando cierta pequeñez de espíritu, pues lo que de él dijo nuestro capellán (p.4166) no merecía más que olvido y menosprecio: tan necia y ridícula era la invención. ¡Pobre Hillo! Acordado ya su nombramiento para la cátedra que pretende, el Sr. Mendizábal ordenó que se anulara. Paréceme este rigor poco digno de un hombre que se nos ha venido acá con la pretensión de traernos el reinado de la libertad, de la justicia y del orden social, y así pienso decírselo. Perdóneme el Sr. D. Juan y Medio; pero me parece que ha obrado como un santón cualquiera, de esos que ahora le están armando la zancadilla. El motivo de estas pequeñeces es que el grande hombre considera la popularidad como el principal fundamento de su fuerza, y le saca de quicio todo lo que puede mermar o poner en peligro ese fantástico y vano poder. ¡Qué error! Fíjate en esto para que vayas aprendiendo. La fuerza la da el buen gobernar, el cumplimiento de lo que se ha ofrecido, la energía, la rectitud; de todo esto sale al fin el aura popular. Pero pretender el calor de la opinión cuando no se hace nada, o se hacen las cosas a medias, es grande ceguedad. De este mal mueren todos nuestros políticos.. La confianza en un prestigio ilusorio perderá a este buen señor, que podría indudablemente regenerar el país si se cuidara menos de aspirar el incienso que le echan sus aduladores y paniaguados. Buenas ideas trae, grandiosos planes ha concebido; pero difícilmente logrará realizarlos, porque, como dice tu amigo, no sabrá rematar la suerte».

Sonriendo pensativo, guardó la carta Don Pedro en la gaveta donde metódicamente las iba poniendo, para dar cuenta a Calpena como secretario fiel. Desconcertado por su fracaso, permaneció unos días en situación expectante, soñando con inesperadas sorpresas de la Providencia Divina, hasta que llegó otra carta de la incógnita, con la particularidad de que no iba dirigida a Fernando, sino a él, al propio D. Pedro Hillo, presbítero. Con vivísima emoción se encerró en su cuarto, recatando el papel cual tímido enamorado que recibe la primera esquela de la niña que adora, y leyó lo siguiente: «Sr. de Hillo: Me dirijo a usted como (p.4167) al único leal amigo del descarriado Fernando, para suplicarle con efusión del alma que, mientras yo trato de cortar el vuelo de esa criatura por los espacios tempestuosos del romanticismo, intente usted poner estorbos a su temeraria iniciativa, y desbaratar sus planes, aunque para ello tenga que valerse de las artes del disimulo, y poner en juego resortes que, si bien algo violentos, no son ilícitos tratándose de tan generoso y noble fin. Indudablemente, Fernandito y su desatinada novia traman alguna travesura, que me temo sea de gravísimas consecuencias. Sé que ese insensato ha comprado armas: dos pistolas, espada, navajas grandísimas. Me permito encargar a usted que si el chico ha llevado las armas a su casa, procure quitárselas sin miramiento alguno, y esconderlas donde no las pueda recobrar; le recomiendo además que le prive de dinero, dejándole sólo lo más preciso. Todo lo que enviaré estos días, en la forma acostumbrada, hágame el favor de recogerlo sin darle de ello noticia, y resérvelo para los gastos que ocasionen las diligencias que hará usted, conforme yo le vaya indicando, a medida que reciba más noticias de lo que traman esos pillos.

»Igualmente le invito, afrontando las objeciones que ha de hacerme su delicadeza, a emplear en sus atenciones propias la parte que estime conveniente del dinero de Fernando. No me venga usted con remilgos. Le nombro capellán, o si se quiere, ayo de ese inexperto joven, y es muy justo que perciba los emolumentos que de ley le corresponden. Déjese usted de cátedras y de más correrías por los Ministerios pretendiendo una plaza que ya no le hace falta para nada. Me figuro que sus posibles se van agotando con tan ineficaz y largo pretender, y espero que sin reparo alguno acepte usted lo que con todo el respeto debido le ofrezco. ¿Qué sería de usted si no aceptara? ¿De qué vivirá si, como es muy probable, no le dan la dichosa cátedra? Usted no es hombre capaz de hacer el parásito; usted no se humillará a postulaciones impropias de su severa dignidad. ¿Qué remedio tiene mi buen cleriguito (p.4168) más que dejarse querer, y admitir lo que nunca será proporcionado al gran servicio que prestará a ese pobre niño? Además, ni tiene usted carácter para instruir muchachos, ni podrá nunca acomodar su condición amable a tan ingrata tarea. Si me promete no enfadarse, le diré una cosa: no está mi señor D. Pedro muy versado en letras humanas, y apenas conserva en la memoria unas cuantas reglas de retórica anticuada y fiambre, y ejemplos sueltos de prosa y poesía, que ya están mandados recoger. ¿Ni cómo podía ser de otro modo, si usted no coge un libro a ninguna hora del día, y no hace más que hablar de política y toreo, y bromear con Nicomedes? El baúl de libros que trajo de Zamora, lo tiene usted lleno de polvo y telarañas. No ha sacado usted más que un par de cuadernos del Almacén de frutos literarios, de Burgos, y el primer tomo (A B) del Diccionario de Autoridades.. pero no lo sacó para leerlo, sino para recalzar el colchón de su cama que se le hundía por los pies.. Quedamos en que no más retórica, no más echar los bofes detrás de una cátedra que desempeñará mejor otro cualquiera. Desde hoy se consagra usted a Fernando, a salvarle del deshonor, a traerle al camino de la honestidad, de la obediencia a los superiores. Es usted, con menos humanidades, pero no con menor abnegación y cariño, el sucesor del benditísimo párroco de Vera, D. Narciso Vidaurre. No me replique, Sr. Hillo, ni me ponga esa cara compungida. Cállese usted y obedezca».

Mediano rato estuvo D. Pedro sobrecogido de la fuerte emoción, que hubo de manifestarse en lágrimas y suspiros. Estimando la confianza que en él ponía la divina incógnita, más que la oferta de recursos materiales, decidió aceptar oficialmente el cargo que ya por su voluntad oficiosa desempeñaba, y consideró que rechazar el estipendio sería insigne ingratitud y gazmoñería. Era una salvación milagrosa, pues ya se le acababan a toda prisa los dineros, sin que de ninguna parte pudieran venirle rentas ni gajes, como no fuesen los de la misa que diariamente celebraba. Precisamente había (p.4169) pensado días antes que si no malbarataba todos sus libros, no tendría con qué pagar la casa.

Contento y animoso, sintiendo duplicado el interés por Fernandito y el respeto y admiración de la oculta deidad, dedicó toda su energía a desempeñar la misión que aquella con suprema autoridad le había conferido. Registrado el cuarto de Calpena, no encontraron armas. Recelando que las tuviera en la cómoda guardadas con llave, pensó en proveerse de ganzúa para sustraerlas, pues la incógnita le había mandado que no se parase en pelillos. Pero en esto llegó nueva carta, que decía:

«No busque más las armas, señor presbítero, porque las tiene en casa de un amigote con quien ahora intima mucho: Patricio de la Escosura, el artillerito ese a quien suponen, y debemos creerlo, la última mosca cogida en las redes de esa araña de la Oliván. Escosura y otro joven llamado Miguel de los Santos (no me acuerdo del apellido) , son ahora los inseparables de Fernando: me figuro que este último le acompañará alguna vez a casa de la Zahón. Según mis noticias, es un truhán de primera, que de todo saca partido para divertirse. Vive en la calle de la Gorguera. Suele andar con uno de los chicos de Madrazo, Perico, a quien apenas apunta el bozo, pero que ya es poeta y prosista. Todos estos niños y otros se traen unas ideas sentimentales que creo yo harán más estragos que los devaneos fúnebres, incendiarios y sanguinolentos del romanticismo. Busque a ese Miguelito de los Santos y hágase su amigo.

»Y vamos a lo principal. Esté usted preparado para un viaje, ¡oh pacientísimo señor D. Pedro!, y perdone que le haga andar de coronilla. Dentro de unos días, quizás mañana o pasado, será Fernando trasladado a una Intendencia de provincia, probablemente a Cádiz o Barcelona, lejos, lejos. Se le destina a las nuevas oficinas que se crean para la redención de censos y la venta de bienes del clero. No creo que se rebele contra las órdenes del Ministro, negándose a salir. Si así lo hiciera, será preciso recurrir a otros medios. Pero no es probable que llegue a tanto su (p.4170) rebeldía.. Oiga usted lo que tiene que hacer. En cuanto él reciba su nuevo nombramiento, que irá acompañado de una orden para salir en posta, usted le incita a no dilatar la partida, le dispone coche, se brinda a acompañarle, le dice que volverán pronto; pero la vuelta de ustedes será la del humo; y una vez allá, trínquemele bien. Si logramos apartarle de su infierno siquiera cuatro o cinco meses, estamos salvados, mi buen amigo y coadjutor.

»Otra cosa tengo que advertirle. Debe usted, desde que disponga el viaje, abandonar el traje eclesiástico y vestirse de corto. Hasta creo que le sentará bien la ropa de hombre, digo, de paisano.. tampoco es esto; vamos, de seglar. Como los vientos que hoy corren en España no son muy favorables a las personas eclesiásticas, por la guerra que estas hacen al Gobierno, unos con las armas en la mano, otros con sermones y escritos virulentos, no le conviene a nuestro cleriguito echarse con sotana y balandrán por esos mundos. Tenga presente que dentro de quince días, lo más, saldrá el decreto en que se ordena limpiar a los frailes el comedero, y ya verá usted la tremolina que se arma.. Con que cuidado: fíjese bien en lo que me permito indicarle, y procure cumplirlo, sin nuevos intentos de descubrirme, porque si llega a mis oídos el mascarita te conozco, no hemos hecho nada. Yo me quedo donde estoy; Fernando, en su laberinto de perdición, y usted en su páramo de cazador de cátedras. Adiós».

 

Ep-22-XXVI -

Jurando in mente hacer todo lo que le mandaba la que tenía ya por autoridad suprema y tirana indiscutible, se fue Hillo al Estamento de Procuradores, donde le había citado Iglesias para presentarle a D. Agustín Argüelles. Habían concertado destruir, por mediación del que llamaban Divino, la mala impresión de Mendizábal con respecto a Don Pedro, haciéndole ver que ni era loco ni había sido difamador de Su Excelencia, pues si bien dijo en cierta desgraciada ocasión cuatro palabrejas inconvenientes, hízolo con el noble fin de condenarlas. Menos le importaba la cátedra, con importarle mucho, (p.4171) que la opinión que el señor Ministro formase de él; y hasta que no lograse rectificar aquel temerario juicio, no tenía tranquilidad. Mas desde el momento en que aceptaba el cargo que la divinidad incógnita le había conferido, ya la suspirada cátedra y los Ministros que la concedían, y todo el Gobierno, y lo que Mendizábal pensara de clérigos locos o calumniadores, le importaba un bledo. Iba, pues, con ánimo de decir a Iglesias: «Amigo mío, no haga usted nada, ni se tome el trabajo de presentarme a estos señores, pues renuncio a la mano de doña Leonor, y es muy probable que me vaya a mi pueblo, a cavar».

En los pasillos del Estamento había tanta gente, que le fue muy difícil cazar a Nicomedes. La sesión era interesantísima: se discutía el voto de confianza. Anduvo de aquí para allá, saludando a los que encontró conocidos, y uno de estos le dijo que Iglesias estaba en la tribuna oyendo hablar a Toreno. Hablaría después Mendizábal, y se procedería inmediatamente a la votación. Arrimose Hillo a una de las puertas laterales, donde había una gran masa de intrusos aplicando la oreja al rumor oratorio, y oyó algunas palabras del Conde, pocas y desvanecidas por la distancia. El local era malísimo: el salón de sesiones una iglesia secularizada. Para formar los pasillos circundantes se habían derribado tabiques de la sacristía, aprovechando con fáciles chapuzas la parte de capillas y salas interiores que destruyó el incendio de 1823. Buscó Hillo mejor sitio de escucha por otro lado, y al fin, agazapándose en un rincón de lo que fue camarín de la Virgen, y que caía detrás de la Presidencia, pudo ver y oír algo. Por entre una crestería de cabezas distinguió a lo lejos la del Sr. Mendizábal y parte de su busto. Acababa de levantarse, y hablaba premioso, mirando, ya al pupitre, ya a los señores de enfrente. Por su gigantesca estatura descollaba D. Juan entre aquel cúmulo de hombres chicos y medianos. A su corpulencia no correspondía su voz, parda y cavernosa, ni menos su oratoria, que en las cuestiones de Hacienda era muy árida, y en (p.4172) las políticas elevábase tan sólo por la energía que le prestaba su convicción y los tonos dulces que le daba la sinceridad. Estirando mucho el pescuezo por entre brazos y cabezas de curiosos que bloqueaban la puerta, pudo pescar Hillo alguna que otra frase: «..Pues habiendo tenido la suerte de negociar un empréstito para una nación vecina a 74 por 100, cuando Don Miguel..». Y después: «Se ha dicho aquí si el Gobierno, en virtud del artículo 3.º..». Siguió un concepto ininteligible, y luego: «Pero, señores, un Gobierno que no quiere apelar a poner una contribución extraordinaria, ¿cómo es posible que..?». Retirose Don Pedro aburridísimo, viendo que nada en limpio sacaba, y esperó paseándose, leyendo la orden del día puesta en una tablilla, o los partes de la guerra, que siempre decían lo mismo. Por fin, comenzada la votación, los parroquianos de tribunas descendían a los salones bajos y pasillos. Los Procuradores, conforme votaban, iban apareciendo por las puertas del salón de sesiones, y el tumulto crecía, la atmósfera era espesa y cálida, y el ruido bastante a marear la cabeza más firme.

Apareciósele Nicomedes, sofocadísimo, echando lumbre por los ojos, entre un pelotón de periodistas, y desde lejos le intimó en esta forma: «¡Eh, clérigo.. en qué mal día viene! Imposible hacer nada hoy. Ya ve su merced el jaleo que hay aquí». En pocas palabras le informó D. Pedro de que no venía más que a retirar todo lo actuado, y a manifestar a su amigo que ya no quería más recomendaciones ni molestar a nadie. Sin hacer caso de lo que decía el presbítero, prorrumpió Iglesias en ruidosas exclamaciones, a las que siguieron cláusulas narrativas, en pintoresco y familiar lenguaje: «¡Válgame Dios, qué discurso nos ha largado el camello! Lo que me hace más gracia es el tonillo sentencioso que toma para decir las mayores simplezas».

Apretose el corrillo alrededor de Iglesias (metiéndose en él D. Pedro con empuje de codos) , y uno de los jovenzuelos más avispados que en el cotarro bullían, se echó a reír diciendo: «¿Pero ustedes le (p.4173) oyeron los latines con que hoy nos ha obsequiado?.. Mutatas mutandas.. Es divino este señor».

-Él no sabrá de citas históricas, como dijo ayer.. pero lo que es gramática..

-Esto del voto de confianza -manifestó con saña Nicomedes- resulta lo que digo en mi artículo de esta mañana: un cubilete de charlatán.

-Como que todo esto no es más que un tapujo de los agios y embrollos que este D. Juan y Medio se trae.

-Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno -dijo uno de los presentes, mozo espigadillo, de grandísimos ojos negros, que relampagueaban en su rostro expresivo, con una seriedad que por ser tan seria resultaba extraordinariamente burlona.

-Eso mismo digo yo -indicó Hillo tímidamente-. Bueno, bueno, superior.

-Mi queridísimo amigo Miguel Álvarez -dijo Iglesias, presentándole.

Diéronse las manos, y D. Pedro se mostró muy afectuoso, pues aquel encuentro y presentación colmaban sus deseos, y se permitió decir al joven Álvarez que ya le conocía de nombre por sus galanas poesías, por sus artículos y discursos..

«Discursos no -replicó el otro con gravedad socarrona-, porque todavía no los he pronunciado. Los tengo, sí, aquí en mi mente, y no los cambio por los de Cicerón. Pero todavía están inéditos, Padre.. Yo también tenía vivos deseos de conocerle a usted personalmente.. que de fama ¿quién no le conoce? Mi amigo Fernando Calpena me ha hablado mucho de usted.. Sé que es un profundo humanista, y que distrae sus ocios en la afición taurina.. Yo soy amantísimo de los Toros».

-Lo que tú eres, bien lo veo -dijo Hillo para su sotana-: un guasón de primera.

Y siguieron charlando, mientras Iglesias, con hueca voz ponderativa, encomiaba el discurso pronunciado en la primera parte de la sesión por D. Agustín Argüelles, a quien se seguía llamando el Divino, si bien no aplicaban todos este lisonjero mote en sentido recto. «¡Señores, vaya un discurso el de Don Agustín! Es de los mejores, de los más elocuentes que ha pronunciado en su larga vida parlamentaria. Si el camello hablara así, ¿quién le aguantaba?».

Y deteniendo a un (p.4174) joven espigado, pulcro, bien afeitadito, vestido con esmero y elegancia, que de un cercano grupo se desprendía, le dijo: «Querido Juan, ven acá. ¿Qué te ha parecido el discurso de la divinidad?».

-Verdadera divinidad tutelar es D. Agustín para ese buen señor. ¿Qué sería de Mendizábal sin esta defensa, sin este escudo, sin esta protección?

-Sería lo que la yedra, cuando muere el tronco del olmo a que se agarra -dijo uno de los que se adherían a Iglesias-. A ver, Sr. D. Juan Donoso, usted que lo entiende, ¿qué opinión ha formado del discurso de Don Agustín?

-Admirable como forma -declaró con aire de suficiencia el que llamaban Donoso, joven extremeño que iba para notabilidad literaria y política-, poco sólido como aparato dialéctico. Me recuerda la oración Pro lege manilia. Fáltale la primera condición de toda pieza oratoria, el convencimiento. Se ve que no cree en la leyenda de este buen señor, ni en sus planes, ni ve nada dentro del artificio del voto de confianza. Le defiende porque no es decoroso despedirle cuando hace tan poco tiempo que nos le han traído con tanta parambomba. Para mí esto es claro. El generoso D. Agustín, empleando excesivamente la argumentación extra causam, ha sabido cubrir con la púrpura de su elocuencia esta olla vacía..

Alejose llamado desde el cercano grupo, y dejó el puesto a otro de los amigos de Iglesias, al inquieto y vivaracho González, el cual, antes de que le preguntaran, se metió en el corrillo diciendo: «Caballeros, para mí, este buen D. Agustín chochea..».

Prodújose después de esto un silencio repentino, porque apareció el propio Argüelles, viniendo del salón hacia la sala donde despachaban y recibían los Ministros (que era parte del refectorio del transformado convento; en la otra parte se reunían las juntas de comisiones) . Pero acosado por los felicitantes y aduladores, el buen señor no podía dar un paso. «Bien, D. Agustín, sublime.. Como siempre, el Demóstenes español». Y él, con bondades y modestias, de esas que se usan en la política, desplegando todo aquel sonreír dulce y un (p.4175) poquito clerical, que caracterizaba su rostro austero, respondía: «He salido del paso como he podido.. No tenía más remedio que defender el voto de confianza, que es un resorte político y parlamentario muy recomendable en ocasiones como la presente.. No sé de qué se maravillan estos señores moderados; si en el Parlamento inglés estamos viendo todos los días esta clase de concesiones amplias a la iniciativa gubernamental.. Creo haber puesto la cuestión en su verdadero terreno.. Ya se le habrá pasado el susto al pobre Mendizábal..».

-Sr. D. Agustín -le dijo Iglesias con toda la franqueza compatible con el respeto-, es usted el hombre de más abnegación que existe en el mundo. Yo creí que ciertas virtudes eran incompatibles con la política; pero ya veo que no, ya veo que no.

-¿Por qué dice usted eso? -preguntó el Patriarca de la libertad, más risueño que sorprendido-. He cumplido con mi deber.. Están ustedes soñando si creen..

-No les ha parecido ésta buena ocasión para derribar el falso ídolo.

-Aquí no somos idólatras, amigo Iglesias: aquí no hay más que hombres de buena voluntad que trabajan por la libertad y el bien del país, cada cual según lo que puede y sabe..

Y acosado por la turba de felicitantes, siguió de grupo en grupo, perdiéndose entre el gentío. Trueba y Cossío, secretario de la Cámara, pasó saludando risueño; mas no quiso dar su opinión. En un grupo de ministeriales, de los empedernidos, claveteados de optimismo, decían: «Argüelles, haciendo equilibrios; Toreno velado, avieso, dejando traslucir, hoy más que nunca, su mala intención; Mendizábal admirable, diciendo claramente lo que debe decir y callándose lo que le conviene reservar».

-Esta es la verdadera elocuencia parlamentaria, a la inglesa.. Lo que yo digo: el Parlamento no es una academia. Aquí se viene a ilustrar las cuestiones.

Y más allá: «Esto es una farsa. Lo que se quiere es desacreditar la representación nacional.. poner en un conflicto a la Corona..».

-Y el desquiciarlo y revolverlo todo, ya está visto, para traernos el reinado de la plebe..

-Que (p.4176) sigan así las cosas, y pronto tendremos que no hay más que dos partidos: la camisa sucia y la camisa limpia.

-Se ve venir el imperio de las chaquetas. Las levitas van a menos.

-No así las de D. Juan y Medio, que cada día son más largas.

Salió al fin del tumulto D. Pedro acompañando al joven Álvarez, y como este dijera que iba al café del Príncipe, vulgo Parnasillo, se pegó a él, pretextando quehaceres en la misma calle, con la plausible intención de sonsacarle lo que supiera referente a Fernando. En la Carrera encontraron a Pepe Díaz, y estando con él de conversación, llegaron por la calle del Lobo otros dos, que Hillo no conocía. Eran Segovia y Juan Bautista Alonso, que traía bajo el brazo un rimero de poesías. Nada más frecuente entonces que ver a los mozalbetes por la calle cargados de paquetes de versos, como si vinieran de compras.

«Oye, tú -dijo Segovia a Miguel de los Santos cogiéndole de las solapas-, he visto a ese chico que me recomendaste, ese Eugenio..».

-Hombre, sí.. excelente chico. ¡Qué simpático, qué modesto! Por cierto que no acabo de aprender su nombre.

-Ni yo. Espérate a ver si me acuerdo..

-Yo me acuerdo, yo -dijo Díaz rascándose la frente-. Un apellido endemoniado.., así como..

-Es hijo de un alemán -indicó Alonso-. Le conozco, sí.. Su padre le ha hecho un flaco servicio llamándose como se llama.

-Ya me acuerdo.. Arzen.. Arzin..

-Arzembuch, escrito con H y con n.

-Justo, así es -añadió Segovia-. Pues, como te digo, el pobre muchacho no sabía qué hacer conmigo. Me llevó a su casa y me enseñó una obra.. ¡Vaya una obra!

-¿En prosa o en verso?

-¿Pero qué dices ahí?.. ¡Si era una mesa!

-¡Una mesa! Verdad que es carpintero antes que poeta.

-Si a la caoba llamas tú poesía, la mesa es una obra en verso.

-¿Y esa mesa no tenía cajón?

-Hombre, sí; y del cajón sacó cuatro tragedias y dos comedias del teatro antiguo barnizadas por él.. Los empeños de un acaso y La confusión de un jardín.

-Ya caigo -dijo Alonso-: es el autor de aquella famosa Restauración de Madrid silbada horrorosamente en la Cruz hace (p.4177) dos o tres años.

-¡Pobre Eugenio! -exclamó Díaz-, es tan tímido, tan para poco, que no saldrá adelante, valiendo mucho y sabiendo lo que sabe.

-Pues veréis: entre las tragedias que sacó del cajón de la mesa, había un drama, los dos primeros actos de un drama..

-Los amantes de Teruel.. ¿te los leyó?

-Empezaba yo a leer, cuando entró ese loquinario, ese Calpena, y.. Él fue quien leyó, ¡pero con una entonación, chico..!, vamos, tan bien leía, que si nos encantó la obra, no nos maravilló menos el intérprete.

-Ya le he dicho -indicó Alonso- que debe dedicarse al teatro, a la escena. Sería un gran actor.

-¿Y dónde dejasteis a Calpena? -preguntó Álvarez.

-Con Eugenio ha ido al Príncipe, a ver el ensayo del Antony.

-Pues allá me voy.. ¿Vamos?

Excusáronse Alonso y Díaz por tener quehaceres, que debían de ser poéticos; pero Segovia se agarró del brazo de Álvarez, con ánimo de acompañarle. Calle abajo se fueron dos, y los otros, con el pegadizo D. Pedro, se metieron por la del Lobo. Por cierto que el buen presbítero, ya en la pista de su D. Fernando, si por una parte se hallaba satisfecho de haber encontrado en Miguel de los Santos un diligente y afectuoso auxiliar de su campaña, por otra se sentía contrariado de tener que abandonar el campo, cuando tan favorables circunstancias aquella tarde le ofrecía el acaso, o la Divina Providencia. Al despedirse de Álvarez en la puerta del teatro por la calle del Lobo, le dijo apenadísimo: «No saben cuánto siento no poder colarme con ustedes en el ensayo. Me gusta extraordinariamente ver ensayar.. ¿Pero cómo entro vestido de cura? No puede ser. Otra vez será».

Y se fue triste y cabizbajo, diciendo a las baldosas de la calle: «Razón tiene la señora incógnita al recomendarme que para andar en estos trotes me vista de seglar.. No más hábitos. Por San Juan Capistrano, mañana mismo los ahorco».

 

Ep-22-XXVII -

Salió D. Fernando Calpena del ensayo de Antony con un grave aumento de la locura que ya por sus exaltados amores padecía, y al despedirse de su amigo Juan Eugenio en la esquina de la (p.4178) calle de las Huertas, le dijo que ni se había escrito ni se volvería a escribir un drama tan excelente, verdadero Evangelio de los desheredados a quienes oprime la balumba del artificio social. El carpintero-poeta, cuya mente conservaba un excelso reposo, no expresó nada en contra de tan radical opinión; pero algo tenía que decir, sin duda, sólo que se lo reservaba para más adelante, cuando los años y la experiencia le dieran la autoridad de que entonces carecía. No hizo más que mirar a su amigo con aquella expresión de intensísima agudeza que conservó hasta su vejez, y apretarle las manos. Al separarse le dijo: «Tendré copiado el acto tercero el sábado, y en seguida podrás leerlo. Aparece Isabel en la primera escena, vestida para la boda.. luego entra D. Rodrigo.. En fin, ya lo verás. Adiós». Y echó a correr hacia su casa, con pasito corto y vivaracho. Era pequeñín, todo nervios, con una cara ratonil, graciosa y llena de inteligencia, unos ojuelos que despedían lumbre, y una boca como la de los ángeles feos, que también los hay, según dicen. Calpena le miró alejarse, y, melancólico se decía: «¿Por qué Dios no me dio a mí su talento?.. Bien podía habérmelo dado, sin quitárselo a él.. bien podía..».

La transformación moral del enamorado joven se traslucía claramente en lo físico: había enflaquecido; sus ojos, que antes eran hermosos y alegres, brillaban después de la crisis con mayor hermosura, y su alegría era extraña combinación de zozobra y delirio. Hablaba con más viveza, amontonando ideas sobre ideas, empleando con frecuencia imágenes felices. Vestía con elegante descuido, olvidado ya del atildamiento presuntuoso que hacía de él un perfecto estatuista en capullo. Dejaba crecer la negra melena y la mantenía crespa, indómita, dando a los rizos y mechones libertad para estirarse o encogerse como quisieran. Había llegado a adquirir, con estas y otras costumbres nuevas, un sello propio, personal, que le distinguía y señalaba entre sus amigos. Estos eran cada día en mayor número desde que se lanzó a la independencia, (p.4179) y los tomaba conforme le iban saliendo, aristócratas o plebeyos: se mezclaba en la turbamulta humana con indecible gozo, ávido de vivir, de ver, de apreciar y discernir, de ejercitar, en fin, toda la energía intelectual y moral que a raudales brotaba de todas las honduras de su alma renovada.

Hizo en aquellos días conocimiento con los Madrazos, Federico y Perico, el uno precoz artista, el otro escritor y poeta, ambos excelentes muchachos, entusiastas, locos por el arte y la belleza; con Ochoa, inseparable de aquellos y co-fundador de El Artista, para el cual unos escribían y otros dibujaban; con Villalta, con Trueba y Cossío, político audacísimo al par que escritor bilingüe, pues lo mismo escribía en inglés que en español; con Dionisio Alcalá Galiano, hijo de D. Antonio, uno de los jóvenes más despiertos y más inteligentes de aquel tiempo; con Revilla, Gonzalo Morón, Larrañaga y otros que en la literatura, en la crítica y en la política empezaban a bullir; con ambos Escosuras, con ambos Romeas, con Guzmán y Latorre; y al propio tiempo intimó más con Espronceda, Mesonero, Roca de Togores, Ventura, y otros que ya conocía. Aquella juventud, en medio de la generación turbulenta, camorrista y sanguinaria a que pertenecía, era como un rosal cuajado de flores en medio de un campo de cardos borriqueros, la esperanza en medio de la desesperación, la belleza y los aromas haciendo tolerable la fealdad maloliente de la España de 1836.

Más firme cada día en la fe de sus amores, veía Calpena en Aura algo más que una mujer bella, veía la mujer misma, con todas las cualidades propias del sexo en grado superior. Por perfecta la tenía desde la punta del pie a la última mata del cabello; perfecta era también en su inteligencia, que exhalaba rayos; en su voluntad ardorosa, rebelde a los términos medios; en sus caprichos, que escondían una profunda psicología; en todo, Señor, en todo, pues si Aura reía, toda la Naturaleza se alegraba con ella, y si lloraba, Cielo y Tierra se cubrían de tristeza.

Pues, señor: bastantes días habían pasado (p.4180) desde el ensayo del Antony; bastantes, sí, porque ya se había estrenado el revolucionario drama de Dumas, cuando ocurrió lo que ahora se referirá. Ello fue al principiar Febrero, pasadas las tremolinas parlamentarias de fin de Enero, cuando se discutió la ley electoral y derrotaron al Gobierno, y el señor de Mendizábal, entre la espada y la pared, no tuvo más remedio que disolver los Estamentos y convocar nuevas Cortes. Y como el diablo, cuando no tiene que hacer, se entretiene en coger moscas, D. Juan de Dios, libre de la fatiga del Parlamento, que tan agobiado le traía, se dedicó a remover el personal de su Ministerio: todo era traslaciones, cesantías, empleados que venían no se sabe de dónde; otros que se iban a sus casas a mascar el vacío, como dijo un cesante de aquel tiempo.. En fin, que una tarde, hallándose Calpena en su oficina aburridísimo, esperando ansioso la hora, antes que esta llegó un antipático, maldecido papel.. ¡Ay!, era nada menos que su traslación a Cádiz, a las secciones recientemente creadas para la Liquidación de Créditos. El efecto que esto le hizo fue deplorable: vio en ello la malquerencia de un oculto enemigo, y echaba pestes contra los malos Gobiernos y contra el propio D. Juan de Dios, a quien desde aquel día retiró su admiración y cariño.

En aquel estado de amargura y rabia le encontró Hillo una mañana, cuando de vuelta de misa disponíase a endilgar la ropa corta para echarse a la calle.

«¡Pero, chico -le dijo-, si estás de enhorabuena! Vas a Cádiz, la cuna de nuestras libertades, como decís los patriotas, y allí vivirás como un príncipe, y harás conquistas, y beberás la rica manzanilla, y tienes ancho campo para conspirar con los Riegos de ogaño por la Constitución del 12».

-Ni usted sabe lo que se dice, ni yo voy a Cádiz -replicó Fernando de malísimo talante-. Pensaré de hoy a mañana lo que debo hacer, y se lo diré a usted.. Veo la mano, sí; veo la mano que en las tinieblas me ha descargado este golpe de maza.. Pero no caeré, no: si creen que voy a desplomarme, a rendirme y a pedir (p.4181) perdón, se equivocan. Abur.

Se marchó con esta seca despedida, y Don Pedro no volvió a verle hasta el día siguiente. No pocas noches dormía fuera de casa. Leyendo dramas o charlando de literatura en casa de algún amigo, se le pasaban las horas insensiblemente, y sorprendido por la aurora en esta febril tarea, se quedaba dormidito en un sofá o en el santo suelo, ya en el hospedaje de Álvarez, ya en el de Pepe Díaz. También D. Pedro andaba un poco salido: entre diez y once de la mañana se vestía de paisano y se lanzaba a divagar callejero; por tarde y noche frecuentaba los cafés, y hacía en unos y otros diversas amistades. En el de Solís encontró a Calpena con un chicarrón que iba cargado de dramas: le vio desde lejos, se acercó en el momento en que salía, le fue siguiendo, y, por fin, le dio alcance en la calle del Turco.

«Voy contigo -le dijo poniendo en práctica las instrucciones últimamente recibidas-. Tenemos que hablar. ¿No sabes lo que ocurre? Pues que mañana nos largamos».

-¿A dónde, mi reverendo amigo y capellán?

-A Cádiz: tengo yo también allí un asuntillo. ¡Qué oportunidad!, me acompañas y te acompaño.

-Irá usted solo. Mejor va uno solo que mal acompañado. Yo, Sr. D. Pedro Hillo, no salgo de Madrid.. Y no me ponga usted la cara fosca y patibularia, porque como no es usted mi padre, ni mi tío, ni menos mi abuelo, y tan sólo es un amigo muy apreciable, yo no estoy en el caso de que usted me riña.

-Hombre, reñirte no -repuso Hillo con mansedumbre-. Somos tan sólo amigos, dices bien, y ninguna autoridad tengo sobre ti, como no sea la que me dan los años. ¡Triste autoridad!.. Bueno, bueno: no quieres ir a Cádiz. Ergo, ¿renuncias a tu destino?

-Renuncio, sin ergo; presento la dimisión.. le digo al Sr. Mendizábal que vaya él si quiere..

-Pues, hijo, siento hacerte una observación que te va a saber muy mal.. pero qué remedio, es mi deber hacértela, para que medites el caso, y resuelvas tu libérrima voluntad.. Ya leo en tu cara que lo has adivinado. Palideces..

-Palidezco de verle a usted tan meticuloso, empleando rodeos y perífrasis (p.4182) para decirme algo que podrá ser amargo y triste, pero que no me anonada, no señor, no me anonada..

-¿Sabes..?

-Y si no sé, sospecho.. Vaya, suélteme usted pronto el rayo.

El bigardón que llevaba a cuestas mediano fardo de dramas y tragedias en cuatro y cinco actos, con prólogo y epílogo, comprendiendo que trataban de asunto delicado, se largó, dejándoles en su grave contienda en medio de la calle.

«Pues lo que debía suceder ha sucedido. La deidad próvida, la dulce enmascarada, nuestra grande amiga, nuestra..».

-Hombre, acabe usted de una vez. Total, que se ha incomodado porque no quiero ir a Cádiz. ¿Y cómo sabe mi resolución?

-No la sabe, la teme, y dice en su última carta que si no vas no cuentes más con ella.

-Creo -dijo Calpena con gravedad- que no falto a la gratitud respondiendo que no acepto la protección en esa forma despótica, altanera. Se obedece ciegamente a una madre, a un padre, aun cuando la obediencia nos destroce el corazón; pero ¿quién puede exigir que sacrifiquemos la libertad, dignidad, vida, a los caprichos de un fantasma? ¿Que no es fantasma dice usted? Pues que se quite la gasa, el capuchón.. Abandonado estuve, abandonado estoy.. ¿Qué me ha dado el fantasma? ¿Me ha dado un nombre? ¿Me ha dado algo más que algunos trajes y algún dinero? ¡Y a cambio de estos beneficios, pide que me convierta en un párvulo sin voluntad, sin iniciativa para nada! Amigo Hillo, antes que el bienestar adquirido con una pasividad humillante, pueril, ridícula, quiero una pobreza con dignidad.. No, no entra en mis ideas vivir de lo que se me arroja en mitad de la calle; soy joven, no me falta inteligencia: quiero vivir por mí y para mí..

-Todo eso está muy bien -dijo el clérigo-. Quieres trabajar, lucir tus facultades. ¡Magnífico! Pero, tonto, si con la protección del fantasma lo harás mejor que solo y abandonado. ¿A qué luchar desesperadamente para sucumbir..? En cambio, con la base de tu destinito..

-No sea usted inocente, D. Pedro. ¡El destinito!, ¡vivir amarrado al pesebre de la administración! (p.4183) ¿Pero no comprende usted que el que una vez prueba las facilidades de ese pesebre, ya está enviciado para toda la vida, ya no se pertenece, ya es una máquina que los ministros paran o echan a andar, según les acomoda? No, no me digan que sea máquina.. En los empleos tiene usted la explicación de la inercia nacional, de esta parálisis, que se traduce luego en ignorancia, en envidia, en pobreza..

-Muy bonito como teoría.. pero..

-De esto hablamos anoche largamente Larra y yo, y renegamos de los empleos, que son como el opio o el hastchís (2) para esta nación viciosa, indolente. Por mi parte, digo que antes comerán en un mismo plato constitucionales y facciosos, antes se volverán chaquetas las levitas de D. Juan Álvarez, que yo resignarme a ser toda mi vida funcionario público.

-Has empleado lindamente la figura que llamamos imposible o adynaton.

-Déjese ya de retóricas, D. Pedro. ¿Cree usted que están los tiempos para retóricas? Eso pasó. Aquí vendrá un desquiciamiento si no vienen nuevas ideas, aire nuevo, a regenerarnos..

Y abriendo los brazos en plena calle, parados uno frente a otro, dijo a su amigo: «Déjeme usted ser libre, déjeme usted probar mis fuerzas.. No quiero protección anónima. Si conoce usted a la divinidad encapuchada, dígale que quiero pertenecerme, pensar por mí mismo y poner en ejecución lo que pienso.. ¿Que me estrello?, bueno: Pues estrellado y con media vida, podré decir: '¡Viva la independencia! ¡Viva la dignidad humana!'».

 

Ep-22-XXVIII -

Separáronse. A los pocos días se despidió Calpena de la casa de Méndez, porque en su nueva vida independiente, abandonado de la invisible protección, necesitaba aposentarse con mayor economía. Tanto Méndez como su hija y esposa con lágrimas en los ojos viéronle salir, y le abrumaron con amabilidades quejumbrosas, mostrando lástima de su partida, por un punto de quijotismo, como decía el patrón, el cual añadió a esta frase sanos consejos y exhortaciones atinadísimas. «¡Vaya que dejar un empleo tan bueno por no ir a Cádiz!» - (p.4184) clamaba Doña Cayetana, oprimiéndose el pecho, que rebotaba contra la garganta. «Y ¿por qué no han de dejarle aquí? -decía Delfinita bizcando más el ojo-. También es tema querer echarle de Madrid.. Todo por una mala novia..».

En fin, que el hombre se fue. Hillo no se hallaba en casa cuando estas patéticas escenas ocurrían. Y por cierto que andaba el tal curita hecho un paseante en corte, vestidito de seglar, con bastón y sombrero de copa, todo el santo día de mazo en calabazo, y no ciertamente en las mejores compañías. Muchos, ignorantes de los móviles de su conducta, le tenían por echado a perder; otros sospechaban que los jacobinos y masones le habían seducido, atrayéndole a sus conciliábulos obscuros. Su buen nombre eclesiástico no ganaba nada con esto; pero a él le importaba ya una higa la opinión clerical, y todo lo que no fuera el honrado objeto de sus trabajos y pesquisas.

Como Calpena no ocultaba su domicilio, calle de las Urosas, allá se iba D. Pedro a diferentes horas, sin dar a sus visitas apariencias de persecución o de fisgoneo policiaco. Siempre buscaba un pretexto, comúnmente literario, y hasta llegó a fingir que escribía un Florilegio de refranes, y que necesitaba compulsar textos muertos y vivos. Igualmente iba en busca de Miguel de los Santos; pero siempre con mala suerte: no se podía hacer carrera de aquel chico, dotado de excelsas cualidades, que desvirtuaba con su pereza. «Miguelito -le decía Hillo, que al poco tiempo de amistad ya le tuteaba-, tú vales mucho y no serás nunca nada». Acontecía no pocas veces que iba a buscarle a las nueve de la mañana y le encontraba en el primer sueño. Algunos días tomaba el desayuno a las cinco de la tarde. Con semejante vida, ¿qué había de hacer el hombre, ni de qué le valía su grande ingenio? No concluyó jamás nada de lo que empezaba. De sus propias obras se aburría, a fuerza de admirar las ajenas; amaba a sus amigos entrañablemente; de sí mismo no hacía ningún caso.

Lo que a Hillo mayormente le incomodaba era no encontrar en él eficaz ayuda (p.4185) para traer a Fernando al buen camino, y siempre que de esto le hablaba, salía el bueno de Miguelito con unas filosofías que dejaban helado al pobre D. Pedro. Quería este aplicar a todo los principios que establecen el gobierno de los individuos por la familia, y de la familia por el Estado, organizando una especie de colegio universal, y Álvarez profesaba un donoso fatalismo con profundas raíces en su mente. Sacaba de quicio al buen capellán el humorismo con que Miguel de los Santos trataba las cosas más graves; aquella pachorra, aquel mirar tierno con que afirmaba el imperio absoluto, soberano, de la fatalidad. Todo pasa como debe pasar, y es inútil y ridículo pretender desviar personas y cosas del camino que les imprime la escondida fuerza que todo lo gobierna. De esto resulta que no debemos tomar a pechos ningún humano incidente. Desgracia y ventura no son más que términos de relación, convencionalismos. Así como no podemos influir en los fenómenos meteorológicos, nos está vedado el oponernos al fenómeno histórico, afecte a las naciones, afecte a los individuos.. Lo único que sacó en limpio D. Pedro fue alguna que otra noticia íntima referente a los amores de Calpena. La Zahón, que ya venía algo esquinada, sin que se sepa por qué, vio con malos ojos la renuncia que hizo Fernando de su destino: si primero le había tenido por príncipe con disfraz, luego le tuvo por un ladino pelagatos, que husmeaba la dote de Aura; y deseando poner punto en tales relaciones, empezó por limitar las entrevistas de los novios y dificultar el carteo. De todo esto resultaba la espantosa murria de Calpena en aquellos días. Su exaltada mente le sugería sin duda proyectos audaces, caballerescos, traduciendo a la realidad el peregrino enredo de los dramas románticos. «¿Querrá usted creer -dijo Álvarez- que a nuestro amigo se le ha ocurrido aplicar al caso de la calle de Milaneses el procedimiento del narcótico? Sí.. dar a la señorita un bebedizo para que se quede tiesa y fría, simulando la muerte.. Vamos, como en Romeo y Julieta y en Catalina (p.4186) Howard, y luego cargar con la difunta, que no es difunta más que de mentirijillas, y.. ya supondrá usted lo demás. De las distintas clases de raptos, pienso que no se le ha quedado ninguna por estudiar.. y ya verá usted cómo sale por algún registro inesperado, teatral, y a todos nos deja con la boca abierta».

Y mientras Miguelito poníale ante los ojos estas probables contingencias de trágicos lances, la invisible tutora le empujaba cada día con más apremio hacia el remolino que la voluntad y la pasión de Calpena iban formando. En una de las últimas comunicaciones de la velada, le decía entre otras cosas: «Por Dios, no olvide usted lo que tanto le he recomendado: que le siga a esa zahúrda donde vive, que procure por cualquier treta ingeniosa introducirse en ella. Cuide usted de que nadie le falte, pues su abandono no es más que aparente. Sin que él pueda sospecharlo, páguele usted su hospedaje, y encargue a los dueños de la casa que finjan el mal humor de todo patrón que no cobra.. Y otra cosa espero de su hidalga cooperación. Sé que se junta de noche con los patriotas exaltados, que asiste a sus nefandas logias y a sus ritos extravagantes. Sin duda, al verse solo y perdido, trata de reformar el mundo, armándonos aquí otra revolución como la francesa, con su convención, guillotina y todo.. Pues es preciso, mi querido amigo y capellán, que usted se meta también en esas logias y cavernas endemoniadas. ¿Qué le importa a usted, si su masonismo es fingido y conserva en su conciencia el amor de la verdad y el desprecio de tales majaderías? Métase usted en la boca del lobo, sin rebozo alguno ni temor de que le crean jacobino. Nada debe usted recelar, pues aquí estoy yo para sacarle de cualquier mal paso. Adelante, y no vacile en hacernos esta grande y noble caridad. A nadie tiene usted que dar cuenta más que a Dios y a mí, y Dios sabe la rectitud con que procede mi buen capellán, penetrando en los antros donde se forjan las revoluciones y el ateísmo. De allí saldrá usted como entre, y si consigue sacarme de ese y otros peores (p.4187) infiernos a esa querida alma extraviada, tendrá usted dos recompensas: la temporal y la eterna».

«Bueno, señor, bueno», murmuraba D. Pedro, cayendo en profundas meditaciones. Y al día siguiente le decía la incógnita: «No sólo le seguirá usted a todos los sitios a donde le lleve su reciente amistad con los patriotas furibundos, sino que debe penetrar en casa de la Zahón. Dos días llevo pensando en el medio mejor para realizar este metimiento, y creo haber encontrado uno magnífico, superior. Verá usted: la Zahón es socia, compinche o comadre de Maturana, el diamantista. Maturana, corredor y traficante de alhajas y obras de arte en toda Europa, gran perito, gran joyero, gran chalán, posee un abanico magnífico, que ha pertenecido a la Pompadour, a la Emperatriz Josefina, a Pepita Tudó, a la Reina Hortensia, a Mademoiselle Mars y a otras personas que no han adquirido celebridad. Es pieza de gran valor histórico y artístico, y con él pensó Maturana hacer un buen negocio, ofreciendo su compra a la Reina Cristina. Pero Su Majestad, que ahora está por lo positivo y prefiere emplear su dinero en salinas, en minas, en empresas de utilidad, le ha ofrecido muy poco dinero, con lo cual ha estado el hombre fuera de sí, tirándose de los pelos. Por fin, creo que se entendió con la Zahón: han hecho un cambalache, dándole él su abanico a cambio de una colección de perlas. Hállase, pues, hoy la hermosa obra de arte en manos de la jorobada. Nada tiene de particular que el Sr. de Hillo, variándose el nombre y fingiendo el empaque de un señor aficionado a lo antiguo, se presente en la joyería de la calle de Milaneses, y pida que se le muestre el abanico para comprarlo. Usted lo ve, lo examina por un lado y otro, mira bien el país, el varillaje, el clavillo, diciendo algo que revele al conocedor de estas cosas; elogia la perfección del trabajo de Lefebvre y el mérito de Lancret, pintor de la cabritilla..».

Traía después de esto la carta una prolija descripción del país, dando noticia de todas las figuras, de sus trajes, etc., y concluía: «Para que no (p.4188) se maraville mi Sr. D. Pedro de que tan bien conozca yo el abanico, le diré que lo he tenido en mi mano más de una vez, y lo he mirado y remirado.. Vaya, lo diré todo: esa artística joya ha sido mía. La poseí dos años, sin que nadie lo supiera.. Es decir, alguien lo supo; pero no Maturana.. Una vez que usted la vea bien, pide precio, y cualquiera que sea, se descuelga con la muletilla de que le parece caro, y ofrece pensarlo. Después se hace mostrar perlas y diamantes, lo ve todo, y se retira diciendo que volverá. Al día siguiente vuelve, y manifiesta resueltamente y sin rodeos a la Zahón que le compra el abanico al precio propuesto, siempre que ella se comprometa a romper de una manera radical las relaciones de Fernando con la chiquilla de Negretti. Esta manera radical no puede ser otra que sacar de Madrid a esa loquinaria y llevársela a Córdoba o Cádiz, donde también tienen casa de comercio; pero de tal modo y con tal sigilo efectuada la salida, que no pueda Fernando saber a dónde se la llevan, ni, por tanto, pensar en seguirla. ¿Qué le parece, mi bondadoso capellán, este pensamiento mío? Si lo estima feliz, mañana, cuando salga la primera vez de su casa, sobre las diez, póngase el sombrero bien terciado al lado derecho, de modo que le caiga sobre la ceja.. Si lo encuentra mal, colóquese el susodicho aparato tapa-cabezas en forma rectilínea, bien aplomado, el ala todo lo horizontal que sea posible».

Salió Hillo al siguiente día con el sombrero bien derecho. Conceptuaba peligroso y contraproducente el recurso del abanico para avistarse con la Zahón; discurría que siendo ésta mujer avariciosa, y además muy ladina, si se le ofrecía dinero por el quebrantamiento de relaciones, vería en esta oferta el reclamo de gentes poderosas. Era, pues, lógico que, encendida su ambición, pensara en afianzar las relaciones de los dos amantes antes que en destruirlas, o bien pediría más, mucho más que el precio relativamente corto del histórico abanico. «Por esta vez -se decía Hillo-, no ha sido usted, mi señora incógnita, tan lista y (p.4189) perspicaz como de costumbre; y permítame que se lo exprese con el pensamiento, ya que de otro modo no pueda expresárselo.. ¡En buena nos metíamos si esa mercachifle astuta llegara a entender que es Fernandito en el orden social persona muy distinta de lo que parece! Déjeme usted a mí, señora invisible, que ya me arreglaré yo para llegar al fin que todos deseamos».

En efecto, tomadas de un platero de la Concepción Jerónima, amigo suyo, dos lecciones de arte del diamantista, y aprendidos cuatro terminachos, se fue a casa de la Zahón, y trató con ella, arrancándose a comprarle unos aljófares y media docena de rosas, todo ello de poco valor. En su segunda visita le habló del asunto con habilidad, enjaretando embustes muy sutiles, para llevar al ánimo de la corcovada sentimientos contrarios a los fines de Calpena. Harta ya Jacoba de un noviazgo que ninguna ventaja le traía, acabó de abominar de él con las tremendas cosas que D. Pedro le dijo, y se propuso tomar sin pérdida de momento las medidas necesarias para mandar a paseo al joven romántico, y quitarle de la cabeza a la niña su desatinada pasión. Todo lo temía ya. Calpena, si le dejaban, consumaría el rapto de su Julieta con todo el salero, con toda la audacia de que ofrecían ejemplos mil las obras poéticas de aquel tiempo. Urgían, pues, resoluciones eficaces, perentorias; despedir a D. Fernando y empaquetar a la chiquilla para Córdoba.

Un poquitín alborotada quedó la conciencia del buen presbítero después de su última conferencia con Jacoba, porque, en verdad, las atrocidades que allí soltó traspasaban quizás la medida de la intriga inocente. «¡Qué pensaría Fernando de mí -se dijo, andando taciturno hacia su casa- si supiera que le he presentado como un desalmado hipócrita.. si supiera ¡ay!, que le supuse en connivencia con Luis Candelas, y otros eminentísimos ladrones!.. Pero la buena voluntad me absuelve de esta triquiñuela, y Dios, que ve los corazones, sabe que en el mío no hay más que amor al bien, deseo de impedir el extravío de un ilustre caballero, llamado a los (p.4190) grandes destinos.. Creo que no sólo Dios, sino el mismo Fernando me absolverá cuando le haya pasado esta calentura.. ¡Ah, y entonces los dos nos reiremos de los disparates, de las abominaciones que dije!..».

Y a la mañana siguiente le escribía la velada: «Antes de enterarme, por lo que me manifestó quien pudo observarlo, de la postura recta de su sombrero, Sr. de Hillo, señal de su desconformidad con lo que le propuse, ya había yo reconocido que anduve muy descaminada en aquel plan de comprar con el precio del abanico la liberación de Fernando. ¡Qué despropósito! ¡Cuánto me alegro de que usted opinara de distinto modo, según declaró su góndola!.. Es que con el cavilar continuo, mi cabeza se pone a veces perdida, señor capellán, y si dormitó el buen Homero, como dicen ustedes los retóricos, ¿qué extraño es que no sólo dormite yo, sino que sueñe disparates? Despejada mi razón, he visto claro que si la diamantista huele dinero, estamos perdidos. Usted seguramente habrá imaginado y puesto en ejecución otros artificios por llegar al fin que anhelamos. Eso no quita que yo desee adquirir el abanico, y lo adquiriré, Dios mediante, cuando salgamos de este atolladero. No quiero que aquella preciosidad, que ya estuvo en mis manos, vaya a parar a otras, ni aun a las de la misma Reina. En este anhelo mío se manifiesta la mujer más de lo que yo quisiera, y quizás me vea usted frívola, caprichosa.. Perdóneme, y cierro este paréntesis para decirle que no desmaye, que veo cercano el peligro. Si Fernando consigue apoderarse de Aura y desaparece, cualquiera les coge después.. ¡Y si contrariados en sus amores, enloquecidos por la pasión, resuelven suicidarse juntos..! ¡Dios mío, qué horror! Crea usted que esta idea me persigue desde anoche.. No duermo nada pensando en los distintos procedimientos de matarse que inventa el romanticismo, y que los malditos poetas han puesto de moda, infundiéndolos a la juventud exaltada, con el continuo ejemplo de dramas y novelas.. Estemos alerta.. y si hay vislumbres de suicidio mutuo, (p.4191) entonces, ¡ah!, entonces no hay más remedio que transigir.. Todo, todo, antes que ver morir a Fernando.. Eso no, eso no.. repito que eso no.. Concluyo, mi señor capellán, advirtiéndole que en la logia de la plazuela del Carmen andan ahora en grandes peloteras. Los libres se desatan, y en su delirio, en la fiebre del motín y de la bullanga, ayudan a los estatuistas a derribar a Mendizábal.. Los de la moderación, que se traen ahora un cierto tacto de codos con el absolutismo, se proponen no dar tiempo a Don Juan y Medio para la realización de su plan de reformas. Tiran a impedir que decrete la supresión de monacales y la venta de sus bienes, porque calculan que con los recursos de la enajenación se haría fuerte el hombre, rodeándose de un baluarte de plata y oro.. ¡Y esos badulaques, esos patriotas exaltados no ven que son instrumento de los que abominan de la Libertad! ¡Siempre lo mismo!.. Con que ya sabe: métase allá, y no vacile en ponerse al lado de los que alboroten en pro de Mendizábal. No nos conviene que caiga tan pronto D. Juan: lo necesitaremos más adelante, quizás muy pronto. Adiós, señor capellán; en sus oraciones no deje de encomendarme a Dios».

 

Ep-22-XXIX -

Según atestiguan personas coetáneas de la Zahón, tanto se afectó esta con las inquietudes y cavilaciones de aquellos días, que se le disminuyeron las jorobas, y la exaltación de su espíritu fue parte a mermar las graves pesadumbres de su cuerpo. Pero como otros autores afirman lo contrario, manifestando que las corcovas, y con ellas el dolor y tirantez de músculos, aumentaron horrorosamente, el narrador de estos sucesos cree obrar con prudencia quedándose en el justo medio entre tan opuestas aseveraciones, y así declara y establece que las protuberancias, los sufrimientos físicos y morales y el avinagrado genio de Jacoba Zahón, eran los mismos que en los días aquellos del convite que abrió a Calpena las puertas de la casa.

Un día entero estuvo la diamantista rumiando una solución pronta y eficaz: escribió a su hijo, residente en Córdoba, (p.4192) ordenándole que viniese en su ayuda. Era urgente apartar de la familia al exaltado joven, a quien recibió y agasajó suponiendo en él secretos enlaces con damas poderosas y con ministros y personajes de gran viso. ¡Buen chasco le había dado el tal Fernandito, que resultaba un triste y desamparado poeta, uno de tantos pelagatos del romanticismo, sin más fortuna que su melena y su enfática misantropía! Y lo mismo pensaba seguramente el Sr. de Mendizábal, que habiendole sin duda colocado por intrigas de las logias, acababa de ponerle de patitas en la calle. Vivía el tal miserablemente en un cuchitril de la calle de las Urosas, entre ratones, poetas, comicastros, y quizás mujeres de mala estofa, y todo en él, su traza y su fraseología, revelaba un presumido sin substancia, abandonado de Dios y de los hombres. ¡Fuera, pues; fuera D. Fernando.. que no era bien comprometer el grandioso porvenir de la niña, ni arrojar a puercos las margaritas de la herencia de Negretti! Maturana, y otras personas a quien consultó, opinaban del propio modo. ¡Fuera niños románticos, que no traían consigo más que desvaríos, barullo, hambre!

Aunque hacía días que la Zahón se esmeraba en manifestar al joven, ya con miradas desapacibles, ya con palabras ásperas, el desprecio que hacia él sentía, no le pareció bastante decisiva esta forma de romper amistades, y una tarde le espetó, con seca y rotunda frase, la orden de poner fin al visiteo: «La familia meditaba otros planes con respecto a Aurora; la familia tenía sobre sí la responsabilidad del porvenir de la huérfana de Negretti; la familia no necesitaba explicar a nadie el motivo de sus resoluciones; la familia..».

-La familia de Aura soy yo -dijo Fernando con noble ademán y firme convicción; y dicho esto se marchó altanero, no ciertamente como salen los que no piensan volver.

Pero a Jacoba se le figuró, en su desconocimiento de las humanas pasiones, que Fernando salía de su casa corrido, como si todas aquellas razones de la familia (y vuelta con la familia) hubieran convencido al romántico de la (p.4193) vanidad de sus pretensiones. Creyéndose, pues, victoriosa, ya no le faltaba más que llamar a la tontuela y echarle la rociada que preparado había para aterrarla y reducirla: «Aura, ven acá, Aura: ¿en dónde te metes que no acudes cuando te llamo? Ves que estoy baldadita, que no puedo moverme, y no vienes..».

Por fin apareció en la puerta, como alma del otro mundo, vaga en la forma, insensible el paso, la imagen de Aura, toda palidez en el rostro, en los ojos toda fuego, el pelo sencillamente recogido más que peinado; y antes que hablase la jorobada, le dijo con voz que parecía salir de algún hueco misterioso bajo el suelo de la habitación: «Mi familia es él..».

-¿Has oído lo que le dije, niña?

-Mi familia es él.. yo no tengo más familia que él.

-Vete a tu cuarto, simple, y a la noche hablaremos, que ahora espero visita y no me conviene incomodarme.. Si quieres tocar y cantar, puedes hacerlo; pero cierra la puerta.

Desapareció Aura, y al poco rato llenaba toda la casa su voz tiernísima cantando Assisa al pie d'un salice. Entraron dos marchantes, y allá se entretuvieron largo rato con Doña Jacoba examinando piedras, dándose recíprocamente la jaqueca con el regateo de quilates y precios. Fuéronse ya muy tarde, llevándose aljófar, media docena de esmeraldas de las llamadas aguamarinas, y aflojaron dinero: oro, plata. Arrastrando su cuerpo, más bien que llevada por él, llegose la Zahón a los armarios, guardó preciosos objetos, estuvo mediano rato dando vueltas y más vueltas de llaves, y con la misma lentitud pudo ganar el sillón, donde se apoltronó, hasta que Lopresti fue a anunciarle la cena. En el comedor la aguardaba una sopita de sémola y un plato de pescado frito. Viendo que Aura no acudía a la cena y que su cubierto continuaba baldío, la señora dijo al maltés: «¿Y la niña?.. Ya: ¿no quiere cenar su alteza?.. Pues déjala, no la llames otra vez. Que coma música.. Me importan poco sus rabietas.. Era ya loca, y el maldito romanticismo me la ha trastornado más de lo que estaba. ¡Grande error ha sido! Pero se (p.4194) irá curando.. ¡Qué remedio tiene más que someterse!.. Con ayuda del tiempo y de la ausencia, me prometo ponerla como un guante. No me dé Dios más trabajo que este..».

A poco de cenar la llamó. Continuaba la joven en el mismo desgaire, mal peinada, mal vestida, con un lindísimo deshabillé que marcaba sus incomparables líneas corporales, hermosísima, toda blancura en traje, cara y manos, toda tinieblas en el pelo y en los ojos.. el andar ligero, la mirada grave, pasiva, calmosa, fría como una espada cuando la clavaba en la Zahón.

«Siéntate a mi lado, hija mía -le dijo la corcovada, arrimando la silla más próxima-, y óyeme.. ¿Qué? ¿No me has oído?.. ¿Por qué estás ahí parada, inmóvil..? ¿Cómo quieres que hablemos con la mesa de por medio? Acércate más.. Bueno hija, te empeñas en hacer la fantasma y nada tengo que decirte. Tú te cansarás.. De verte así, tan callada, me entra sueño.. y sueño me da también esa quietud con que me miras.. En fin, si no quieres hablar, tendrás que oírme, porque no dormiría yo tranquila esta noche si no te dijese que ese falso duque y trovador de filfa no entra más en mi casa. Nos hemos equivocado, hemos estado en Babia. Acabarás por convencerte de dos cosas; digo, de tres; de tres, hija mía. La primera es que nada de lo que yo disponga puede ser contrario a tu felicidad: con razón se ha dicho 'quien bien te quiere.. etcétera'. La segunda, que te conviene, por tu salud corporal y del alma.. te conviene, repito, tomar aires, salir de Madrid.. y para esto, niña, para llevarte y cuidar de ti, viene mi hijo.. le espero mañana.. Y la tercera cosa es que encontrarás, no a docenas, sino a miles, galanes de más mérito y de más enjundia que ese tontaina de Fernandito, que no es más que un pobre pájaro aburrido, tan vacío de mollera como de bolsa.. ¿No respondes? ¿Te vas convenciendo?.. Parece que te has vuelto tonta.. Aura, por Dios, da sueño mirarte..».

Sin responder nada, Aura se fue con lento paso, y Jacoba permaneció un instante con los ojos fijos en la puerta por donde se había ido. Puso (p.4195) atención después, aplicando la oreja.. pero nada oyó: ni ruido de pisadas, ni llanto, ni voz alguna.

«Cayetano -dijo después la señora, apartando de Aura su atención-, tráeme eso, y acerca más la luz».

Púsole delante Lopresti el tintero de cobre con polvorera y la negra carpeta sebosa donde la señora escribía. De ella sacó la jorobada un pliego de buen papel, escrito ya en dos y media de sus carillas, y aproximado el quinqué y bien atizada la mecha, continuó su obra interrumpida, trazando con lentitud y vacilante pulso los caracteres, hasta que llegó al fin, y puso la firma y rúbrica. Leyó cuidadosamente toda la carta, salpicando las comas donde le parecía, arreglando algún trazo de letra torcido, o haciendo leves enmiendas que no afearan la escritura, y bien regado el papel de polvos abundantes, se entretuvo en doblarlo y cerrarlo con prolijo esmero, y extendió al fin despacio, letra por letra, el sobrescrito: Excelentísimo Sr. D. Juan Álvarez de Mendizábal, Ministro.

Muy satisfecha debió de quedar de su obra, porque sus ojos se animaban, sus labios se movían, hablando para sí, silenciosos, y acariciaba la carta entre sus finísimos y blancos dedos.. Pasado un rato de meditación, intentó ponerse en movimiento. «Lopresti, ven, que no puedo levantarme, ¡ay, ay, ay! Cógeme por la cintura.. con cuidadito.. ¿Y esa?».

-En su cuarto..

-Déjala.. Se pasará toda la noche lloriqueando, y mañana estará más tranquila.. Que llueva, que llueva.. para que el alma se descargue de nubarrones.. Vete a ver si duerme.

-Me parece que sí.. No siento nada -dijo el maltés, volviendo de su inspección, que sólo duró un par de minutos.

-Pues vamos.. sostenme bien, que me caigo.. ¿Has cerrado todo.. has apagado la lumbre?.. En seguida que yo me acueste.. ya sabes, te traes aquí una manta, y te acuestas en el sofá de paja, para que estés toda la noche al cuidado. Deja encendida la luz.. Como tienes el sueño ligero, no se moverá un ratón en la casa sin que tú lo sientas.. Clavadas como están las maderas de todos los balcones, me parece que tenemos completa seguridad.. (p.4196) Yo me caigo de sueño..

Dejola el buen Cayetano en su alcoba, donde se acostó vestida, bien cubierta de mantas. Una candelilla de aceite dentro de un vaso le daba la claridad suficiente para no estar en tinieblas. Entre la lana obscura, lucía el lívido rostro de María Antonieta guillotinada, y no viéndose configuración de cuerpo, sino un informe bulto, podía creerse que Doña Jacoba no era más que una cabeza colocada al azar sobre montones de trapos.

Transcurrió más de una hora sin que Lopresti, tumbado en el sofá del comedor, conforme a las órdenes de su señora, observase novedad en la casa, ni oyese ruido alguno. Los de la calle, sonar de relojes distantes, pasos de transeúntes, rumor de alguna pendencia, rodar de carros, quedábanse fuera, y no había para qué poner atención en ellos. A las once y media comenzó el roncar suave de la Zahón, que luego fue en aumento, con notas aflautadas y acordes graves, que infundirían pavor a quien no estuviese acostumbrado a oírlos. Lopresti se adormiló un rato, al son de aquella tan conocida música; pero le despertó algo que no era ruido.. un presentimiento no más, tal vez una idea.

Dudó un momento si le engañaban sus ojos, o si era, en efecto, la propia persona de Aura aquella imagen que vela, avanzando cautelosa, deslizándose ante la pared del comedor como proyección de linterna mágica. La mesa interpuesta impedíale ver la mitad inferior de la figura.. Traía una luz en la mano izquierda, y con la otra apretaba contra el pecho un objeto que no se distinguía fácilmente.. ¡Vaya si era Aura! ¿Pues quién podía ser más que ella? «Esta madamita está loca o es sonámbula», pensó el maltés. Pero esta última presunción no se confirmó, porque la joven fijó en Lopresti su ardiente mirada, y luego se fue hacia él indecisa, andando y deteniéndose por segundos. A medida que se acercaba, iba perdiendo aquel aspecto de Lady Macbeth con que se apareció a los encandilados ojos del fámulo. Dejó sobre la mesa la luz que traía, y miró espantada a la puerta por donde los furibundos ronquidos de la Zahón (p.4197) llegaban al comedor. Eran el propio ser de la diamantista manifiesto en el sonido.

Lo primero que hizo Lopresti al tener a la señora al alcance de sus manos fue tratar de quitarle de la mano derecha un largo y afilado cuchillo que con ella vigorosamente empuñaba: era el cuchillo de la cocina. «Déjame, déjame, Cayetano.. -dijo Aura con voz ahogada, defendiendo el arma con toda la fuerza que desplegar podía-. Esta noche la mato, la mato.. Déjame».

Al pronunciar el último déjame, ya Lopresti le había quitado el cuchillo. Aura se sentó, y poniendo los codos sobre la mesa y la cara entre las palmas de las manos, rompió a llorar.

«Eso de matar es cosa mala, señora doña Aurorita; cosa mala casi siempre, y, en todo caso, no es obra para mujeres».

-Sí que la mato -reiteró Aura, pasando bruscamente de la sensibilidad al insano furor homicida-. Dame el cuchillo, Cayetano; dámelo, y verás.. ¿Para qué vive ese monstruo, ni qué falta hace en el mundo? Es un bien que yo le quite la vida, que para nada sirve. ¿No quiere ella matarme a mí? Pues véala yo muerta antes de morirme.

-No, no -dijo Lopresti escondiendo el cuchillo-: el matar es cosa fea y sucia. Se manchará de sangre la señorita, y esas manchas de sangre no se las quitará nunca, por más que se lave..

Vuelta a la llorera y a la aflicción intensísima. «Mira tú, Cayetano: cuando hice intención de matarla y fui por el cuchillo, estaba yo tan decidida, que ya me parecía ver a Jacoba delante de mí, expirando.. sin derramar sangre, porque no la tiene.. Yo la mataba de un golpe, así.. y le decía: 'Villana mujer, ¿por qué quieres asesinar mi alma, matarnos a los dos de pena, de desesperación? Pues muérete ahora rabiando, y vete a donde puedas desplegar toda tu infamia, toda tu avaricia, toda tu maldad hipócrita: al Infierno..'».

Al decir esto, Aura apretaba los dientes; sus ojos despedían llamas, y accionaba fieramente con el puño cerrado. Los ronquidos de Jacoba eran en aquel instante de una intensidad aterradora.

«Y al entrar aquí -prosiguió la Negretti- pensaba yo que me sería muy difícil (p.4198) rematarla.. ¿Quién hace pasar de la vida a la muerte todo aquel cuerpo lleno de jorobas? Sería preciso un hacha, ¿verdad, Cayetano..? Porque nada adelantábamos con querer darle en el corazón, porque no lo tiene.. Sólo conseguiría yo matarle una o dos jorobas.. ¡y ella siempre viva!.. Es muy grande esa mujer.. Hay en ella mujeres muchas, una dentro de otra, y todas malas, muy malas, a cual peor.. Matas una, y siempre queda mujer, o demonio, para martirizarme y volverme loca.. Sí, sí, tienes razón: mejor es que no la mate.. ¿A qué, si ha de morirse pronto?.. Le haremos un buen entierro, Cayetano, y le meteremos en la caja todos sus diamantes, perlas y rubíes para que se vaya contenta».

-Eso no, carambito.. Quédense las piedras acá.. En la otra vida no sirven más que para hacer peso en el que las lleva y no dejar que se salve..

-Esta no se salva ni con peso ni sin él.. En el Infierno le recamarán el cuerpo con carbones encendidos, y le darán a comer esmeraldas fundidas, calentitas, y por cada ojo le meterán brillantes tallados en pico..

Con esto se iba tranquilizando la pobre Aura, y empezaba a sentir calmado el horrendo desvarío, repercusión insana del amor en su caldeado cerebro. Pasábase la mano por su frente ardorosa y por toda la cabeza, sentándose el pelo, y con aquellos pases diríase que se suavizaba su furia y se dispersaban las ideas de exterminio.

«¿Pero quién es esta mujer maldita -dijo en tono más humano-, para querer tiranizarme a mí, para imponerme su voluntad? ¡Si yo no tengo por qué obedecerla, si no es madre, ni tía siquiera, ni nada! Bueno que su marido, si viviera, me mandase.. Pero esta, este galápago codicioso, ¿por qué se mete a decidir de mi suerte? ¿Qué razón hay para que no la decida yo misma?.. ¡Ah, qué desgraciada soy, y qué bien haría Dios en quitarme la vida esta noche, a mí y a Fernando juntos, pues ni morirme.. mira tú, ni morirme quiero sin él!..».

Rompió en lágrimas amargas, y Lopresti, en el colmo de la compasión, no acertaba a darle consuelo. «Sí, sí -dijo Aura bebiéndose su llanto-, (p.4199) mañana moriremos los dos.. Lo hemos decidido y lo haremos.. Cuando es imposible la vida juntos, el morir unidos es un bien, un gozo.. Nuestras almas subirán abrazadas al cielo, y abrazadas estarán por toda la eternidad.. Mañana, mañana mismo; ni un día más..».

-¡Morirse, matarse.. cosa fea! -exclamó el maltés con el más agudo registro de su voz mujeril-. Mala es esta vida; pero.. ¿y si la otra es peor? Nadie ha vuelto para decirlo.. Verdaderamente que hay vidas aquí tan arrastradas, que le dan a uno ganas de arrojárselas a la muerte.. Pero usted, señorita Aura, y el Sr. D. Fernando, no están de muerte.. todavía.. ¡Pues si yo fuera él, si yo fuera usted, cualquier día me mataba! ¡Él tan guapo, usted tan hermosa..! ¡Ay, quién fuera ustedes!..

Y pasando de la compasión de sí mismo a la suprema piedad por los dos amantes, arrimó más su silla a la de Aurora, bajó la voz todo lo que permitía el estruendo de los ronquidos del ama, y dijo: «A la niña le pasan estas amarguras porque quiere. Cierto que Doña Jacoba no debe imperar en usted. Manda porque la dejan. La autoridad no la tiene ella, la tiene otro que está más arriba, mucho más arriba.. En fin, mi Doña Aurorita saldría del despotismo de este coco si hiciera caso de mí.. Usted no discurre, señorita; yo sí.. Usted no tiene más que amor, amor y venga más amor, y yo calculo..».

-¿Qué calculas tú?.. ¿Piensas lo que a mí pueda interesarme? -preguntó Aurora tardando mucho en comprender la idea del maltés.

-Ayer tarde, cuando usted se emperró a llorar, después de lo que la señora le dijo, yo, desde aquel rincón, le hacía a usted señas para que no se apurase.. y tuviera calma y hablara conmigo. Yo calculaba.. Porque no ha de ser todo amor.. es preciso cálculo, señorita, cálculo.

-Que me muera ahora mismo si te entiendo.

-Quise entrar en su cuarto con el aquel de llevarle una taza de tila; pero la niña se había encerrado por dentro, y, naturalmente, no entré.. Pues si me hubiera dejado entrar, le hubiera dicho lo que yo calculaba, lo que voy a decirle ahora para que se sosiegue y tenga esperanza de (p.4200) salvación.. ¡Qué! ¿Por qué me come con los ojos?.. Ahora se lo digo; pero prométame antes hacer lo que yo aconseje..

Diciendo esto, le acercaba el tintero y le ponía delante la carpeta en que había escrito la Zahón: «Tonto, más que tonto. ¿Me mandas que le escriba? Si ya lo hice esta tarde, diciéndole que sí, que nos mataríamos, que preparase todo.. ¿No llevaste la carta?».

-Chitón.. aquí no se habla.. Ha prometido la señorita hacer lo que yo mande. En guardia. Aquí tiene papel, pluma.. Cójala y escriba lo que yo le diga.

-¿Pero a quién?..

-Ponga.. clarito.. con buena letra: Señor D. Juan Álvarez Mendizábal..

Absorta le miró Aura, posesionándose en un instante de las ideas que bullían en el cerebro del maltés, y lanzó una exclamación de gozo, como el que, perdido en tenebrosa noche, ve de súbito la luz que ha de guiarle.

«¡Qué gran idea, Cayetano!.. ¡qué gran idea! ¿Lo has cavilado tú?.. ¿Por qué no me lo habías dicho?».

-Si los enamorados, en vez de pensar en la muerte, calcularan.. Pero ¿qué han de calcular, si están locos?..

-Es verdad. ¡Qué gran idea! ¡Dios mío, qué alegría, qué esperanza!.. ¿A quién he de pedir amparo más que al grande amigo de mi padre.. al que..?

-Doña Jacoba le ha escrito también esta noche.

-¿Qué me cuentas?

-No importa. Puede que el Excelentísimo reciba la carta de usted antes que la de ella. Eso es cosa mía. El coco manda su carta por Milagro. La de la señorita la mandaré yo por Méndez, mi amigo Méndez, portero en Hacienda. Vamos, vamos, no perder tiempo.

-¿Y qué le digo?.. Cayetano, yo que acabo de estar loca, que casi lo estoy todavía, no acierto a discurrir nada.

-Ponga.. Señor, o Excelentísimo señor: soy la hija de Jenaro Negretti.. Así, empezar con un golpe bueno: soy la hija de Negretti, y..

-Y..

-Y.. ahora vaya poniendo todito lo que le pasa.

Meditó la huérfana un rato, mordiendo las barbas de la pluma, y no tardó en sentir la inundación de ideas en su cerebro, de que eran señal segura la coloración de sus mejillas y el júbilo que flameaba en sus hermosísimos ojos..

«Ya, ya.. (p.4201) No necesitas dictarme, Cayetano. Ya calculo.. ya sé lo que tengo que decir».

Y escribió con más inspiración que soltura, sin quitar los ojos del papel, haciendo con sus labios unos hociquitos muy monos.

 

Ep-22-XXX -

No se abatía con los reveses el animoso espíritu de D. Juan Álvarez, ni por un tropiezo parlamentario, o por la defección de media docena de amigos a quienes tuvo por incondicionales, dejaba de creer que su buena estrella triunfaría de todo, llevándole al cumplimiento de las promesas hechas a la Nación. La confianza en sí mismo no le abandonaba nunca. Formábanla el conocimiento de las energías que atesoraba su voluntad, y los recuerdos de sus éxitos anteriores, todo ello amalgamado con un poquito de soberbia. En su gigantesca estatura, que dominaba los cuerpecillos de sus compañeros de Estatuto, como el alto ciprés a los helechos humildes, veía un simbolismo de la supremacía de su voluntad. Fe ciega tenía en su entendimiento, más fecundo en recursos sagaces, en mañosos ardides que en concepciones hondas. Verdad que la política de entonces, como la de ahora, no era terreno propio para lucir las supremas dotes de la inteligencia: era un arte de triquiñuelas y de marrullerías. En la oposición sí desplegaban los políticos una ideación fastuosa, con carácter teórico, que deslumbraba a los papanatas del partido y a la parte de opinión neutral que toma en serio las batallas oratorias, comúnmente sin sacar nada en limpio de ellas; pero gobernando no eran más que unos pobres caciques, unos manipuladores más o menos hábiles del teclado de la cosa pública, en pro de intereses siempre inferiores a los supremos de la Nación.

Cierto que Mendizábal tuvo alguna idea grande, y que su ambición, en vez de limitarse, como la de otros, a prolongar todo lo posible las maniobras caciquiles, picaba en los altos fines nacionales; pero no le asistió la inteligencia en proporción de la magnitud de su deseo. Buena es la fecundidad en arbitrios, buenos el ingenio y la travesura; pero el perfecto hombre de Estado, rara (p.4202) avis, debe unir a tales dotes otras de carácter sintético. La vista de Mendizábal solía percibir los remotos ideales; pero no discernía bien el camino para llegar a ellos, no poseía la completa y audaz visión del hombre de Estado, el cual necesita saber mirar, sin cegarse, lo mismo al sol que al polvo.

Las trapatiestas parlamentarias de la ley electoral, que terminaron con la derrota de D. Juan de Dios, y el compromiso de proponer a la Reina la disolución de los Estamentos, quebrantaron los ánimos del primer Ministro. Verdad que la batalla había sido ruda. La cuestión electoral fue entregada sin detenido estudio a las iniciativas de una ponencia, compuesta de cinco procuradores mal elegidos. Todo era desconcierto, imprevisión, ignorancia de los métodos de gobernar. Salió, pues un grande cien-pies, que veían con gozo los moderados. En el partido de Mendizábal no faltaba gente práctica; pero no supo o no quiso prestarle ayuda, ilustrándole en el procedimiento parlamentario para sacar adelante las leyes, y el hombre pasó las de Caín en una mortal semana de estériles y rencorosos debates. Sobre si la elección debía ser directa o indirecta, por provincias o por distritos, sobre si se daría o no voto a las capacidades, estuvieron aquellos hombres, como locos, agotando toda la retórica insubstancial que viene siendo la función abusiva de los cerebros políticos, y ha concluido por esterilizarlos.

No tuvo más remedio el Jefe del Gabinete, al término de esta desdichada campaña, que disolver los Estamentos. La Reina no le puso obstáculos, y Próceres y Procuradores fueron mandados a sus casas. En la brega perdió D. Juan y Medio la amistad de sus dos más ardientes defensores, Istúriz y Alcalá Galiano, en quienes ya, desde Diciembre, se columbraban las ganitas de formar rancho aparte; juego escénico que ha llegado a constituir el resorte más rutinario y más amanerado de nuestra fastidiosa comedia política. Aunque a Mendizábal le llegó al alma esta defección, no por eso se acobardó, y aún soñaba con que el nuevo (p.4203) Estamento le proporcionara medios eficaces de realizar sus grandes propósitos. Pero si no desmayaba en sus alientos y ambiciones, físicamente se sentía fatigado, pues la tarea de los últimos días de Enero y de los comienzos de Febrero fue para rendir a un gigante. Bien se le traslucía el cansancio en la palidez del rostro, y también en la inclinación de su cuerpo, ya no tan espigado como cuando nos vino de Inglaterra radiante de esperanzas. El buen señor propendía más a la meditación; gustaba de la soledad, donde pudiese ahondar en los graves problemas que la realización le ofrecía; mostraba menos confianza en las personas circunstantes, y un poquito de asco de la adulación, de aquel incienso continuo con que algunos se recomendaban a su benevolencia. En tal situación moral y física le encontramos una noche en su despacho, a hora muy alta de la noche, engolfado en diversos asuntos apremiantes, queriendo resolverlos todos, y aplicando desordenadamente su atención a este y al otro con voluble inquietud. Había comido en casa de Seoane, retirándose después a su Ministerio con varios amigos, a quienes despidió para poder trabajar. Deslizábase el tiempo entre la actividad febril y súbitas caídas en la sima de la meditación. Escribía, soltaba la pluma, revolvía papeles. Su pensamiento iba de un asunto a otro, ondulante, vagabundo, como mariposa que no sabe en qué flor quedarse. A lo mejor se posaba en una idea y en ella permanecía, perdiéndose en un discurrir opaco, dulce imaginar que casi tocaba en la somnolencia.

«Este Córdoba.. este Córdoba.. -decía entre dientes escribiendo al General en jefe del ejército del Norte-. ¿Será cierto que es la clave de la situación? ¿Será cierto que vivimos en el Gobierno porque nos tolera, y que moriremos cuando se canse de vernos vivos?». Y luego escribía, interrumpiéndose a menudo para pensar los conceptos, cosa nueva en él, pues comúnmente enjaretaba un largo escrito, como el buen nadador que aguanta mucho tiempo en las profundidades sin tomar aliento. Antes (p.4204) de terminar la carta al General, la dejó para leer párrafos de otras ya leídas, que quería recordar.. Y de pronto contemplaba con vago mirar un montoncito de cartas que aún no habían sido abiertas: las removía, se fijaba en los sobrescritos.. Apareció de pronto un portero con dos más, y al poco rato volvió con otra carta que dejó sobre la mesa, sin que el señor Ministro se dignara mirarla.

Cerrando por fin los pliegos para Córdoba, cayó la mente de D. Juan en un sombrío bache de ideas que le tuvieron suspenso, fija la vista en los diferentes papeles que en la mesa había, sin ver nada. He aquí lo que pensaba: «Olózaga acaba de decírmelo, y no me decido a creerlo.. En Palacio están hartos de mí.. estoy caído ya.. Gobierno aún porque no han encontrado el modo, decoroso para ellos, de ponerme en la calle.. Esto no puede ser. Olózaga es muy mal pensado, y tiene en la masa de la sangre el odio a los Borbones.. La Reina me ha recibido hoy con visibles muestras de aprecio.. ¿Pero quién se fía..? Será o no será sincera.. ¡Dichosos reyes!.. y nosotros medio locos aquí por defenderles, por sostenerles en el trono; nosotros muriendo para que ellos vivan.. No, no es verdad que esté acordada mi caída, ni mi sustitución por Córdoba o Martínez de la Rosa. Creo en la lealtad de Córdoba.. que en su última carta, concretándose a cosas militares, nada me dice de política.. En Martínez lo creo.. de Toreno todo lo temo; los fabricantes del Estatuto se mueren de tristeza lejos del poder.. Los señoritos esos de la suprema inteligencia no acaban de persuadirse de que el país no existe exclusivamente para ellos.. El país, señores del Anillo, no es un fraque hecho a vuestra medida.. el país..». Estimulado al trabajo por un aguijonazo de su voluntad, pasó la vista por otra carta, y quiso contestarla; pero no tardó en distraerse de nuevo, pensando: «Debe de estar en lo cierto Olózaga.. Como que me lo ha dicho también Seoane.. El Sr. D. Fernando Muñoz, a quien Romero Alpuente llama con mucha gracia Fernando Octavo, no se recata para hablar pestes de mí: me llama déspota, (p.4205) y a Castroterreño le dijo que yo soy un Calígula.. ¡Calígula!.. Este buen señor sabe menos de historia que yo. ¡Llamarme Calígula porque me apoyo en la voluntad del pueblo, porque me inflama el amor del pueblo, porque con y para el pueblo me propongo llevar hasta el fin mis planes..! Aguárdese usted un poco, Sr. Muñoz, buen caballero y amigo mío. Gusta usted, según dicen, de acercarse a los corrillos de las tertulias aristocráticas y palatinas, y aplicar el oído y enterarse de lo que charlan, para dar traslado al Ama, como usted dice.. Pues lléguese usted aquí y óigame esto que el Ama debe saber.. Juan Álvarez Mendizábal ha caído en desgracia porque no quiere la cooperación francesa para terminar la guerra, porque no accede ni accederá a que Palacio nos traiga acá otro Duque de Angulema, que es lo que allí pretenden..». Rápidamente giraba de un punto a otro su pensamiento.. La memoria le punzaba, haciendo dar a su atención un salto atrás. «Se me olvidó decir a Córdoba que no deje de poner diez mil bayonetas en el Baztán.. explicarle los motivos por que prefiero la intervención inglesa a la francesa..». Y no tardó en enlazar esta idea con otra: «Williers me apoya, Williers no me falta. Bien claro me lo dijo anoche, añadiendo que no recele de Córdoba. Él y Córdoba son uña y carne. Se escriben todos los días.. Pero me decía en París mi amigo Maury, el poeta, que no me fíe nunca de los diplomáticos. Esta noche, charlando en casa de Seoane, dijo aquel joven, secretario que fue de Ofalia, no recuerdo su nombre.. dijo que Williers juega con dos cartas.. Yo no hice caso.. Confío en Williers. Su apoyo es sincero. ¡Que no tenga uno, en esta posición, un lente milagroso para ver las almas, para ver el pensamiento de los que nos hablan!».

Y divagando siempre, encontrose frente al Ama, y le dijo: «Señora Ama, para que Vuestra Majestad se ahorre el pretexto de que no hago nada, voy a demostrar ahora que no quiero que la posteridad ignore quién ha sido Mendizábal.. Todo lo paso, menos que los niños de las escuelas, (p.4206) dentro de cincuenta años, pregunten: «¿Quién fue ese Mendizábal?..». Buscó en la mesa un papel que le habían traído poco antes para que lo examinara, por si deseaba corregir algo en él, y no hallándolo tan fácilmente como creía, se impacientó. «..Es mucho cuento.. ¡Si lo tuve en mi mano hace dos minutos..! ¡Ah, no me negará la señora Reina que está influida por el Embajador de Francia..! Menudean las cartas del hijo de Igualdad.. ¡Francia, Francia! De allí ha venido siempre la perdición de nuestros Reyes borbónicos.. ¡Francia..! ¿Pero dónde lo he puesto, Señor..?, y de los de acá, Martínez es el inspirador de Vuestra Majestad. Reconozco realmente que Martínez es un hombre honrado.. pero.. padre del Estatuto, le molesta que mi personalidad anule su personalidad.. Yo no he fabricado Estatutos, pero sé hacer países.. yo no soy poeta; pero soy hacendista, y en este momento voy a cantar una oda, que no le cabe en la cabeza al Sr. Martínez.. porque yo, Sr. Martínez, no sabré latín, pero sé.. ¡Ah!, aquí está.. ¿Pero dónde te habías metido, papel? ¿Quién te puso en este montoncito de las cartas de mujeres?..».

Fijó su atención en el largo escrito, y leyó cuidadosamente, recreándose en cada párrafo, en cada palabra, en cada letra. El preámbulo era frío, despiadado, cruel. El artículo 1.º, semejante a una inmensa hoz, decía con aterrador laconismo: «Quedan suprimidos todos los Monasterios, Conventos, Colegios, Congregaciones y demás casas de Comunidad o de instituto religioso de varones, inclusas las de clérigos regulares y las de las cuatro ordenes militares existentes en la Península, islas adyacentes y posesiones de España en África..».

Continuando la detenida lectura, algo hubo de encontrar en el artículo 5.º que no le gustaba. Trazó la enmienda entre líneas, y después de borrar y escribir de nuevo al margen, tiró de la campanilla. A poco de penetrar el portero y de recibir una breve orden del Ministro, presentose un señor de mezquina estatura, con anteojos de oro sobre el huesudo caballete de su nariz de trompa; traía en la mano un (p.4207) papel semejante al que D. Juan de Dios acababa de leer.

«Mire usted, Sánchez -le dijo el Ministro dándole el decreto-, hay que modificar la disposición referente a los conventos de monjas que deben quedar. No están claras las atribuciones de las Juntas que han de determinar el número de religiosas.. Prevengamos las malas interpretaciones, los abusos. Vea usted cómo he redactado el párrafo segundo del artículo 5.º.. Ponerlo todo en limpio y que lo vea Argüelles.. Ese otro decreto (el que Sánchez le traía recién copiado) , no necesita más enmienda. Perfectamente claro y preciso..». Recreose también en su texto, fríamente ejecutivo, revolucionario. Como quien no rompe un plato, el artículo 1.º decía: «Quedan declarados en venta, desde ahora, todos los bienes raíces de cualquier clase que hubiesen pertenecido a las Comunidades y Corporaciones religiosas extinguidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la nación por cualquier título o motivo, y también los que en adelante lo fueren, desde el acto de su adjudicación».

«¿No tenemos ya nada que corregir aquí?» -preguntó el de la aventajada nariz.

-Absolutamente nada.

-¿De modo que..?

-A la Gaceta con él..

-¡A la Gaceta! -replicó el funcionario, recogiendo de manos de su jefe el terrible documento.

-Daremos el otro dentro de unos días.. Me lo trae usted mañana, puesto en limpio.. Y ahora.. Media noche ya.. pueden ustedes retirarse.. Yo me quedaré un rato más examinando esta correspondencia.. Que se aguarde Milagro.

Volvió a quedarse solo; y tan grande excitación sentía, que tuvo que espaciar sus ideas y sacudir sus nervios, paseándose de largo a largo en la vasta pieza. «¡Para que digan que no hago nada!.. ¡Qué revolución, qué colosal sacudimiento!.. Entrego a la clase media.. cuatro mil millones.. ¿qué digo?, más, mucho más». Volvió a la mesa, y rápidamente trazó algunos números.. «Seis, siete mil millones, y aún me quedo corto..». Mirando al espacio, quedose como en un embeleso dulce o embriaguez financiera.. Su mente se lanzaba a las presunciones del (p.4208) porvenir, nadando en un océano tan revuelto como profundo, con olas de cifras cada vez más hinchadas..

 

Ep-22-XXXI -

Otra vez en su mesa el Sr. D. Juan, incansable, desvelado.. Adquirida la costumbre de trasnochar, no le apuntaba el sueño hasta la madrugada. En las altas horas de la noche sentía sus facultades más claras, su ingenio más agudo, y extraordinariamente aumentada su fecundidad de recursos expeditivos, de mañosas tretas, para escamotear las dificultades antes que para vencerlas.

«Que venga Milagro»; y al punto se presentó el buen D. José con varias cartas a la firma. Firmó Mendizábal, y entregó cuatro más que requerían contestación. Eran todas referentes a negocios electorales. Este pedía la procuración para sí; aquel para su pariente o amigo. Quién solicitaba humildemente; quién reclamaba con soberbia mal envuelta en cortesía, alegando servicios a la Libertad y una larga historia bullanguera. A unos se les contestaba con el perdone, hermano; a otros se ofrecían esperanzas bien rebozaditas, y ciertos y determinados nombres sacaban tajada, seguridades de éxito.

«Oiga usted, Milagro -dijo Su Excelencia cuando ya el funcionario se retiraba-, hágame el favor de manifestar a su amiga de usted, a esa cansada Zahón, que no puede ser y que no puede ser.. En una larga carta muy difusa, que no he podido leer entera.. me pide un desatino tal, que le contestaría con un puntapié si estuviera yo en otra posición.. Pero diga usted, ¿es loca esa mujer?».

-Me parece que sí.. Abusa horrorosamente del curaçao.

-Ya.. Pues le dice usted que no me maree más.. No le contesto por escrito porque tendría que tratarla con dureza.. y puede añadir que ya sé el paradero del tío de Aurorita, Ildefonso Negretti, y que le escribiré un día de estos para que venga a hacerse cargo de su sobrina. No quiero que esa pobre niña permanezca más tiempo en poder de la Zahón.. ¿Y qué?.. No sé quién me ha dicho que es hermosa.

-Hermosa es poco decir; es divina, señor.. pero tan romántica, que no hay quien pueda con ella. Mejor estará con su tío que con (p.4209) Doña Jacoba.

Otra vez solo, engolfado el pensamiento en el maremágnum político: «Traeré un Estamento a mi gusto.. La ingratitud de Galiano, la envidia de Istúriz no prevalecerán.. Yo no miro más que a la libertad, que deseo afianzar; a la guerra, que quiero concluir a todo trance; al país, a esta infeliz patria devorada por las malas pasiones, por tantos odios.. pobre, sumida en la ignorancia.. ¡Triste herencia la del tal D. Fernando VII! Si este señor hubiera sido de otra condición, ¡qué bien estaríamos!.. Quizás podría yo ahora desarrollar tranquilamente mi pensamiento, madurarlo bien.. Con estas prisas, allá va todo como Dios quiere.. ¡Qué lástima, Señor, qué lástima!.. Porque tiene razón Caballero. ¡Cuánto mejor, en política y economía, repartir al pueblo esta masa de bienes en vez de sacarlos al mercado! ¿La parte de deuda que se amortiza vale más o vale menos que los intereses territoriales que podrían crearse con ese reparto, hecho juiciosamente? ¿Es preferible el crédito circunstancial, para encontrar quien preste, a las ventajas futuras de la buena distribución del terreno?.. ¿Y qué decir de los abusos que en las subastas pueden cometerse?.. Resultará que los caciques de los pueblos, la clase bursátil, los que poseen ya una mediana fortuna, adquirirán bienes considerables pagándolos a largos plazos con el mismo producto de las tierras.. Y en tanto el pueblo agricultor y laborioso no podrá adquirir propiedad.. ¡Si lo he pensado, Señor, si lo he pensado!.. ¡Pero no le dan a uno tiempo para nada!.. ¡Esta política, esta vida..! No es posible, no es posible. Que venga aquí el Sursum corda, y se volverá para arriba, para el Cielo, sin haber hecho nada. ¡Vivir al día, defenderse hoy de las asechanzas de mañana, temblando siempre, sin hora segura.. y tener que sufrir una descarga cerrada de discursos..! ¡Las dichosas polémicas, los malditos abogados..! Y menos mal si uno contara con tener bien cubiertas las espaldas.. ¡Pero si Palacio le pone a usted en la calle el mejor día, como a un criado..! ¡Ah! Con esta inseguridad, con esta (p.4210) zozobra, ¿qué planes, ni qué reformas, ni qué soluciones grandes son posibles? Esto es un vértigo, dar quiebros al enemigo, agarrar el poder con las dos manos, sujetarlo además con los dientes para que los de allá no nos lo quiten.. No puede ser, no puede ser.. Pero Mendizábal no se va sin realizar algo, ya que no toda la grande obra, y le dice al país: te he quitado treinta y seis mil frailes y diez y siete mil monjas; te doy cuatro mil millones, seis mil, para que empieces a formar un conglomerado social fuerte y poderoso.. De mogollón lo hago.. No me dan tiempo para más. Luego, Dios dirá..».

Cambio repentino de ideas: «Se me olvidaba.. Tengo que decir a Córdoba que irá la remesa de zapatos la semana que viene.. y dos millones en metálico. Lo apuntaré en la pizarra, para que no se escape de la memoria.. ¡Ya se ve.. con tal diversidad de asuntos!.. ¡Pero este Córdoba!.. El eterno enigma: si la Reina le llama para que forme Ministerio, como cuentan por ahí, tratará de enjaretar una situación mixta, combinando las fuerzas moderadas con las liberales.. En este caso, yo le ayudaría.. ¡Pero si no puede ser; si es todo un puro embuste de los periódicos, y de esa turbamulta de desocupados que hormiguean en este pueblo chismoso y novelero! Córdoba me dice que no se cuente con él para nada que sea política.. Y en su alocución al Ejército, bien claro lo expresa.. Va uno haciéndose, insensiblemente, a no creer nada, a considerar toda palabra de hombre.. o mujer, como un ruido del viento, como el gotear de la lluvia.. Veremos grandes cosas. El nuevo Estamento nos traerá batallas formidables. ¡Hablar, hablar y siempre hablar! Señor, en aquel Parlamento inglés es otra cosa: discuten y votan el mensaje en un día. Son mal mirados los oradores galanos que van a lucirse, y los abogados indigestos y sofísticos.. Debo decir también a Córdoba que corre una especie saladísima: los Grandes de España le proponen para formar Gabinete.. ¿Quién meterá a los Grandes en camisa de once varas?.. ¡Ah! También le contaré lo que anda diciendo (p.4211) por ahí D. Fernando octavo.. que la Corte se trasladará a Burgos, para estar más cerca del Ejército.. ¡Qué tontería!.. No creo que el Ama participe del cerval miedo de sus cortesanos». (Nuevo trazado taquigráfico en la pizarra) .

Puso la mano sobre un montoncillo de cartas, algunas de las cuales aún no estaban abiertas. Diríase que una de ellas se pegó a sus dedos. La cogió maquinalmente, y empezó a leer por el medio: «¡Bueno está!.. (soltando la carta con desdén) . Las Navas se me incomoda. Otro que se tuerce.. ¡Como si yo pudiese hacer Procuradores a todos los amigos de mis amigos..! Y aquí otra y otra carta pidiéndome destinos, contadurías, administraciones, secretarías, intendencias, y.. ¿Pero de dónde, señores y amigos, de dónde voy yo a sacar tantas plazas?.. ¿Y este que se me atufa porque no le he dado privilegio en el asunto de las campanas?.. No faltaba más. Bastante tengo con los azogues, que me darán no poca guerra cuando se abra el Estamento.. ¡Dichosas campanas, azogues malditos!.. Pero estos señores no ven en el Estado más que una vaca muy gorda y muy lechera, a cuyas ubres es ley que se agarren todos los ambiciosos, todos los glotones, todos los hambrientos.. ¿A ver esta otra carta? Ya conozco la letra.. ¡Pobre Duquesa de Berry! También esta se ha echado marido morganático, y hoy es Condesa de Lucchesi Pella. Por andar menos lista que otras, ha perdido la tutela del chiquillo.. el Delfín.. A ver qué me cuenta. (Lee por el final.) Lo de siempre: sus hermanas no le hacen caso.. la vituperan por la campaña desastrosa de la Vendée.. (Se ríe.) Y no le perdonarán, no, el famoso episodio de la chimenea.. (Leyendo por el centro.) Me da las gracias por haber admitido en el Ejército español al hermano de su esposo, el oficial napolitano Lucchesi, que recomendé a Córdoba.. ¿Y qué más? Vaya, vaya con las princesas destronadas.. parece que les hizo la boca un fraile. Ahora pide que admitamos a otro hermanito, subteniente.. ¿Por qué no les coloca en las tropas carlistas? ¡Ah, es que allí las pagas son (p.4212) en papel, en ilusiones!.. Verdad que las pagas de acá.. también andan como Dios quiere».

Puesta a un lado la carta, trazó con rápida mano nuevas apuntaciones en la pizarrita, y luego extendió las demás epístolas sobre la mesa formando abanico.. Entre los sobrescritos, de muy diversa escritura, vio uno que no se le despintaba. Sonriendo se dijo: «Quien no te conoce, que te lea», y la sacó del semicírculo con ánimo de someterla a cuarentena rigurosa. «Pues sí, debo leerla -pensó variando inmediatamente de propósito, en la versatilidad de su espíritu inquieto-; veamos qué cuenta». Era una de tantas comunicaciones de los secretos agentes que el Gobierno tenía en la frontera. Diariamente llegaban dos o tres por diferentes conductos, y la que a la sazón leía Su Excelencia era remitida por una tal Madame Aline, de fantasía tan novelesca y de tan extremado celo en el desempeño de su misión, que cuando no había sucesos graves que referir, los sacaba de su cabeza; y si escaseaban las maquinaciones, o no sabía la verdad de ellas, ponía en el telar los productos más inspirados de su numen. Engañado varias veces por los cuentos de esta poetisa del espionaje, Mendizábal le había tomado ojeriza, y aguardaba coyuntura para suspenderla del cargo; si ya no lo había hecho era por consideración a nuestro Embajador en París, que aún creía en ella y se fiaba de sus embustes.

«Ya te veo. (Leyendo.) La historia de siempre.. Que los carlistas han recibido proposiciones de la Reina.. Que han llegado a Oñate dos clérigos emisarios de Palacio.. los cuales se entienden con otro clérigo de Madrid para poner en autos a Doña Cristina de los deseos y opiniones de D. Carlos.. Que los agentes de Aviraneta en Olorón han entrado también en negociaciones con los facciosos, ofreciéndoles un levantamiento en Madrid. Que al propio tiempo los realistas franceses se proponen armarla, si Thiers se decidiera al fin por la intervención. Que la frontera está infestada de frailes trashumantes y perdidizos, que huyen de las degollinas de Zaragoza, y (p.4213) muchos de ellos, transfigurados de la noche a la mañana, se afilian en el ejército de Gómez o de Villarreal.. Que Zaratiegui y otros andan a la greña con los palaciegos y toda la ojalatería de Oñate, y que de tantos piques y desazones tiene la culpa el carácter despótico y entrometido de la Princesa de Beira, que de continuo pasa y repasa la frontera, acompañada de Monsieur Saint-Silvain, o sola, con dos pastores: las autoridades francesas no la molestan.. Que D. Carlos se propone formar Corte y Ministerio de verdad, y que para presidir el Gabinete faccioso ha venido de Londres D. Juan Bautista Erro. Por el Ministerio de Gracia y Justicia andan a la greña el Obispo de León y Don Wenceslao Sierra.. El confesor del Rey, D. Juan Echevarría, gobierna interinamente el ramo de Guerra. En medio de este grande aparato político, en la Corte apenas tienen qué comer. D. Carlos y sus allegados van viviendo con castañas y leche.. Las borrajas son el plato de cada día, y el cocinero de Palacio discurre los diferentes modos de poner las alubias.. Por referencia de un ayuda de cámara del Rey, que despidieron por haberle pegado una tremenda bofetada al gentil-hombre de servicio, sabe la manifestante que D. Carlos se casará en secreto con la Princesa de Beira.. Esta había comprado en Olorón varios objetos de bisutería falsos para su dueño y señor, y había vendido dos docenas de perlas magníficas, para adquirir con el producto de ellas fusiles.. También gestionaba que le vendieran dos obuses, ofreciendo unas arracadas que posee.. La comunicante las ha visto, y no duda que Su Alteza encontrará quien por ellas le facilite un par de cañones.. Que los realistas habían logrado entenderse con Aviraneta, ofreciéndole la Superintendencia de policía para cuando triunfara D. Carlos.. y que últimamente se le habían enviado desde Francia papeles que comprometían al Sr. Mendizábal, y al Sr. Caballero, y al señor Duque de Zaragoza, documentos que se publicarían en El Jorobado para armar gran escándalo..

Aturdido ya, la cabeza mareada (p.4214) con este aluvión de noticias, que no eran en su mayor parte más que repetición de anteriores informes, D. Juan echó a un lado la carta sin acabar de leerla. Por natural encadenamiento de ideas, la mención de El Jorobado, papel violentísimo, le llevó a pensar en El Mensajero, que también había comenzado a atacarle, y en El Eco del Comercio, que ya cerdeaba.. «No es bueno que la prensa abuse de la libertad -se dijo mal humorado-. A bien que con El Liberal, que fundaremos nosotros, zurraremos de firme a los que se vengan con injurias y enredos.. ¡Lástima que no encontremos muchachos despabilados de estos que salen ahora con la fiebre del romanticismo!.. Me dice Palarea que casi todos los que valen están ya colocados en papeles enemigos.. ¡Colocados!.. me río yo de esto. Ya vendrán, ya vendrán al reclamo..».

Apuntó algo en su pizarra, pertinente a prensa y al nuevo periódico, y fijándose en otra carta, cuya letra menudita y elegante conocía, la leyó al punto: «Pepe no escribe a usted porque está consagrado hoy en cuerpo y alma a la limpieza de sus panoplias y a la colocación de las espadas del siglo XVII, que ayer adquirió. A su gloriosa ferretería se han añadido unas espuelas, que diz pertenecieron a Íñigo Arista; el almirez que a Doña Blanca de Borbón le servía para llamar a sus servidores en la torre de Sigüenza, y otras quincallas magníficas.. En nombre de Pepe, y en el mío, le invito a usted a comer, mañana viernes. Por Dios, no falte, mi buen Don Juan, que tenemos mucho que hablar, y he de contarle cosas muy tristes, ¡ay!.. Si le sobran a usted campanas, mande hacer rogativas porque recobre el juicio su consecuente amiga-Pilar.»

«¡Pobrecilla.. -pensó el grande hombre, soltando la carta-, sí que es desgraciada!.. ¡Qué mundo, qué cosas!..». Y con mental propósito de aceptar el grato convite, pasó a otro asunto.. algo de elecciones, de una probable conferencia con Williers. Mas no tardó en distraerle otro sobrescrito que en la rueda de cartas lucía con gruesos y algo torcidos caracteres. Dijérase que aquella (p.4215) desconocida escritura le miraba y atraerle quería, pues los ojos de D. Juan se habían como enganchado varias veces en sus letras. Habíalas visto ya y hecho intención de abrir y leer.. Por fin, salpicado de curiosidad, se apresuró a satisfacerla. La carta, después del nombre y la fórmula de respeto, empezaba con esta frase: «Soy la hija de Jenaro Negretti..». Era bastante larga. Leídos los dos primeros párrafos, no encontró, sin duda, el Ministro interés bastante intenso en la lectura, y su mente fugaz corrió otra vez hacia la idea política. «¡Ah, me olvidaba.. (modulando entre dientes) , de la ley de mayorazgos! ¡Qué cabeza la mía! Prometió Argüelles traérmela hoy, y yo, tan torpe, que no se lo recordé esta tarde.. (Rápida anotación en la pizarra.) Mañana me explicará D. Agustín su protección a la revista El Mensajero, que publica contra mí artículos que se atribuyen a Galiano.. ¡Qué amigos, Señor!.. He de procurar atraer para el nuevo periódico, a las primeras plumas.. Ese Espronceda, ese Larra.. Todos ellos, según dicen, viven miserablemente. Pues demos a Espronceda y a otros poetas destinos adecuados a su mérito: las secretarías de las subdelegaciones, plazas en las Bibliotecas, si queda alguna.. Dígase lo que se quiera, la prensa no vive sólo de libertad..». Cayó en profunda meditación, cogiéndose la barbilla con las puntas de los dedos. Dio después un palmetazo sobre la mesa, y formuló en su mente graves acusaciones contra sí mismo: «Hubiera yo podido impedir los sangrientos sucesos de Barcelona, que me han perjudicado enormemente.. ¿En qué estabas pensando, Juan, cuando le diste al D. Eugenio Aviraneta la carta para el general Mina? Tenemos cuartos de hora funestísimos, mortales.. En un instante se compromete una posición; una idea mala y extraviada esteriliza miles de ideas grandiosas, fecundas..». Se pasó la mano por la frente. Su cansancio era muy grande. Pensó en los pobres empleados que por la índole de su cargo tenían que permanecer en las oficinas a horas tan absurdas, mientras el Ministro no se (p.4216) retirase.

Campanillazo.. «Que venga el Sr. Milagro. Mi capa, el coche..».

Cayéndose de sueño, recibió Milagro las últimas órdenes de Su Excelencia para el siguiente día. «Estas cartas me las contestará usted a primera hora; las demás no son tan urgentes. Es muy tarde. Estarán ustedes rendidos. Hasta mañana.. ¡Ah! Milagro, un momento: no me olvide lo de la Zahón.. Que no puede ser.. que.. En fin, mejor será ponerle una carta. Recuérdemelo usted mañana».

Y por engarce de ideas, ya cuando el portero le estaba poniendo la capa, volvió presuroso hacia la mesa por recoger algo que quería llevarse a su casa. «Soy la hija de Jenaro Negretti..». Este párrafo inicial de la dolorida carta le andaba por el cerebro, disputando el sitio a pensamientos de mayor bulto y gravedad. Fuese a su casa el grande hombre, soñoliento ya, revolviendo todo el fárrago de aquella noche: Córdoba.. Galiano.. Palacio.. Ley de Mayorazgos.. campanas.. Aviraneta.. prensa.. frailes.. chiquilla de Negretti..

 

Ep-22-XXXII -

La desconsoladora respuesta que dio el señor Ministro a la carta de la codiciosa diamantista puso a esta en formidable, épica irritación. En tres días no le sacaron del cuerpo más que palabras airadas y monosílabos rencorosos; en sus manos escribió, con sus propias uñas, cifra lastimosa del despecho que la dominaba, y los marchantes o compradores que por allí asomaron salieron o desollados vivos o llamándose a engaño, con pocas ganas de volver. En la comida decretó parvedades de la escuela del licenciado Cabra; y tales fueron, que Aurora y Lopresti se habrían quedado en los huesos si no tuvieran la precaución de reservar en sus respectivos escondrijos pedazos de pan y otras cosillas de comer. Sentía la maldita Zahón odio a toda criatura humana, y a las que más próximas tenía, hacíalas responsables de la bofetada que le diera el ministrillo gaditano, aquel que conoció con manguitos y la pluma en la oreja, en la casa de los Méndez, allá por los años 97 y 98 del siglo pasado. Porque el hombre de las levitas, el verdugo de frailes y monjas, el (p.4217) secuestrador de campanas, no se contentaba con tomar a chacota la proposición de constituirse en administradora de la huérfana de Negretti (con lo cual aliviaba al señor Ministro de sus cuidados) , sino que la relevaba ignominiosamente del cargo honrosísimo de custodiar y dar alimento y educación a la niña, confiriendo estas funciones a Ildefonso Negretti, hermano de Jenaro.

No obstante su fiereza y despecho, pasados tres días de crisis, juzgó prudente disimular la grave herida de su amor propio, y astuta y cautelosa reservó de la familia y de los amigos la dura respuesta de D. Juan Álvarez. Ni se le pasaba por la imaginación oponer resistencia a las disposiciones de este, pues su naturaleza medrosa, calculista, alma de mercader en pedrería, repugnaba el giro dramático en los actos de la vida y todo lo que fuese ruidoso y violento. Encerrose, pues, en una resignación torva, como gato a quien le han cortado las uñas; esperó los acontecimientos envolviéndose en sus corcovas con cierta dignidad, quejándose del reuma con más fuertes alaridos, elevando el precio del quilate en los brillantes de talla superior, y extremando los rigores con que celaba a la doncella puesta a su cuidado.

Aumentó su tristeza en aquellos días la demora de su hijo Laureano Zahón. Había salido éste de Córdoba hacia Sierra Morena; pero tales historias en el camino le contaron de los bandidos que la infestaban, que tomó ascos al paso de Despeñaperros y se volvió para su casa, con idea de esperar a que saliese tropa para venir con ella. Tal contrariedad no tuvo poca parte en la prudencia que desplegó la Zahón después de su fracaso. Con Aura era toda sequedad y desabrimiento; no le permitía apartarse de su lado y de su vista; no creyendo bien guardada la casa con la fidelidad de Lopresti, se procuró dos cancerberos más: una tal Verónica, asistenta para centinela de día, y para vigilante nocturno, Severo Meca, dependiente de Maturana, hombre a prueba de sobornos, incorruptible, probado en veinte años de manejo de alhajas. Con tal guardia, y (p.4218) el examen y reparación que mandó hacer de todas las llaves, cerrojos y cerraduras, se creía libre de un atropello.

Inopinadamente se presentó Hillo a comprar otra partida de aljófar, que regateó, poniéndose muy pesado, para encubrir con el negocio su espionaje, y haciéndose mostrar el abanico, pidió precio, que la Zahón fijó en setecientos y cincuenta duros, ni un maravedí menos. No le fue difícil al presbítero llevar la conversación comercial al terreno doméstico, y se enteró de la situación, por referencia espontánea de la despechada Doña Jacoba. «No sabe usted bien -decía, poniendo los ojos en blanco- cuánto me agrada la resolución del caballero ese de las campanas, que por lo visto tiene tiempo sobrado para atender a todo. Él sabrá lo que hace. No estoy yo para cuidar niñas, y menos a esta diablesca dislocada, sin respeto a nadie, ni a mí misma. Mentira me parece que ha de venir su tío y ha de quitarme este cuidado, pues aunque tengo costumbre de guardar cosas de precio y de asegurarlas contra ladrones, no sé cómo se custodian estas joyas que andan y enredan, que discurren todo lo malo; joyas que es forzoso clavar en los estuches para que no se escapen de ellos.. También le digo a usted, Sr. de Timoneda (con este falso nombre había ocultado Hillo su personalidad) , que si deseo perderla de vista, no deseo menos conservarla, mientras esté aquí, libre de todo detrimento. Quiero que su nuevo guardián la reciba en situación de honestidad material, aunque mentalmente la haya perdido. Cuando esté fuera de mi casa, que haga lo que quiera, que se deshonre; pero aquí no.. Esto es un sagrario, Sr. de Timoneda; aquí viven y han vivido siempre el recato, la virtud. De esta casa, no ha salido jamás una piedra falsa.. ¿Cómo había yo de consentir que ahora saliera?».

Alabó mucho el disfrazado clérigo estos alardes, y se permitió aconsejar a Jacoba que, lejos de estorbar, favoreciese el traspaso de aquella joven al tío carnal, pues la tal niña le daría disgustos muy gordos si no la echaban pronto de Madrid. Y añadió a esto tales observaciones y (p.4219) noticias, que la jorobada, fácil al miedo, no necesitó más para verse rodeada de catástrofes. Dos veces más, en diferentes días, volvió D. Pedro, regateando el abanico y haciéndose mostrar unos topacios, que no compró; y con esto finalizaron sus averiguaciones en la caverna de la Zahón, pues ya había adquirido los datos y conocimientos más importantes: Aura delirante de amor; extremadas las precauciones para evitar que se vieran los amantes, y, por fin, próximo el arribo del tío carnal para cargar con la romántica niña y llevársela a los quintos infiernos. Cuando esto fuera un hecho positivo, sólo restaba impedir que Calpena descubriese a dónde había ido a parar la cabra loca; y establecida la radical separación, no era ya difícil traer al buen camino al descarriado joven. A este le visitaba diariamente, guardándose bien de contarle sus tratos y contubernios con la diamantista; lo que no impidió que Calpena los supiera por aviso de Aura, atisbadora infatigable de quién entraba y salía en la casa.

No pareciéndole aún bastante inquisitorial la incomunicación entre los tórtolos, sometió Jacoba a escrupuloso registro al menguado Lopresti, guardando bajo llave papeles, pluma y tinta: por su gusto habría borrado de las costumbres humanas, como ocasionado a la desobediencia, el arte de la escritura. No creyendo eficaces estos rigores, y desconfiada del maltés, determinó asimismo la señora que no pusiera los pies en la calle mientras tal situación durase, y los recados los hacía Meca, el bárbaro y frío Meca, incapaz de aliviar una pena de amor, aunque le dieran un brillante de talla superior por cada lágrima que evitase. Ya se sabrá la causa de esta insensibilidad. El último mensaje que llevar pudo Lopresti a los portales de Santa Cruz, donde Calpena aguardaba la cartita, fue verbal y nada satisfactorio: «Sr. D. Fernando -le dijo, afilando la voz más que de costumbre por la fuerza de su congoja-, ni traigo carta, ni la traeré más: válgame la Virgen. Estamos dejados de la mano de Dios. La señora me ha registrado al salir, (p.4220) todo, señor, como si fuera yo una mujer.. ¡Qué vergüenza me ha hecho pasar, ay! Y no es lo peor que me meta las manos por entre la ropa, haciéndome cosquillas, sino que ya no me deja salir de casa. ¡Preso yo también, sin comerlo ni beberlo!.. preso de desconfianza, porque hago este favor a dos que se quieren.. Es mi gusto, señor; es mi único gusto servir a los amantes finos.. Salgo esta tarde porque voy por la medicina, aquí, calle Imperial.. ¡Ay! Dios mío, que no se le volviera solimán.. y ya me despido de la bendita calle, porque desde esta noche hace los recados ese Meca, montador que fue de la familia, montador de piedras finas, y hoy vive de la tasa y fiel contraste.. Pues verá: la señorita, que, como enamorada, discurre más que cien doctores, me encarga diga a usted que esta noche le escribirá. Tiene papel y lápiz, que le he dado yo.. Para mandar a su amador la carta ha inventado una graciosa treta.. Ahora tenemos allí todas las noches a D. José del Milagro. Entra.. deja su sombrero en la percha.. En el forro del sombrero pondremos el papelito. ¿Qué le parece? Lo que no inventa el amor, ni Dios lo inventa.. Pues lo que falta es que usted se haga el encontradizo con Milagro, cuando este salga de casa; que le convide; que le entretenga hasta sacarle el embuchado; que mañana le vuelva a convidar y a entretenerle para que lleve la respuesta del mismo modo, y arreglárselas como pueda para seguir trayendo y llevando papeles ensombrerados cada lunes y cada martes.. Con que ya lo sabe. Prevenido, señor.. ¡Ojo al casquete!.. Adiós, D. Fernandito de mi alma; no puedo entretenerme más.. Si tardo, me mata».

Véase aquí cómo fue conductor inocente de la amorosa correspondencia el tubo grasiento y anticuado que cubría la venerable cabeza del buen Milagro. No le fue difícil a Calpena echarle la zarpa, acechándole a la salida de Milaneses, y le convidó a cenar (felizmente, por ser domingo, no tenía que ir a la Secretaría de Hacienda) , y hablaron cuanto les dio la gana. Concluyó Fernando por fingirse delicado de salud, y suplicar a su amigo que le (p.4221) hiciese diariamente compañía en los ratos libres, pues de ello recibiría gran consuelo. Hubo de manifestar sentimientos contrarios a los que llenaban su alma; hizo el papel de que le pesaba haber abandonado su destino; mostrose arrepentido de sus amores, sobre los que hacía recaer toda la culpa de tantos infortunios, y pedía consejo a su buen amigo sobre la conducta más propia y eficaz para volver a la gracia de Su Excelencia. Con gran júbilo le oyó Milagro, que de veras le apreciaba, y prometió visitarle en el rato libre, entre la contabilidad de la Zahón y el trabajo nocturno de la oficina.

Con tal ardid tuvo Calpena carta fresca todas las noches. No eran palabras amorosas lo que Milagro llevaba y traía en su sombrero; era fuego, llamas cogidas a puñados del mismo sol. Véase la muestra:

«De Fernando a Aura.-Si hallamos libre el camino del cielo, al cielo. Si no hay otro camino que el del abismo, al abismo.. Todo antes que arrastrar esta oprobiosa cadena del presidio social; todo antes que sufrir el ultrajante despotismo de los cabos de vara que, con el nombre de autoridades, civil, doméstica y política, cobran el barato en este patio inmundo. Huyamos de ellos. Busquemos el aire libre, lejos del aliento infecto de los cabos de vara. Sobre todas las leyes, prevalece el amor, ley suprema, porque él es la creación, el principio de las cosas».

«De Aura a Fernando.-Cariño, ¿verdad que me sacarás pronto de este encierro? Con esta esperanza vivo. Cuento las horas que me faltan para el momento dichoso en que dejaré de ver el rostro patibulario de Jacoba Zahón. ¿Cómo no odiarla, si me priva de verte? Si ella me asesina, ¿cómo no desear que se la trague el infierno, como se tragó Jonás a la ballena?.. digo, no: fue la ballena quien se tragó a Jonás, y no pudo digerirlo. Tampoco el infierno digerirá a Jacoba, y tendría que vomitarla con todas sus preciosas.. Es la una de la noche: la bestia monstruosa duerme; yo velo. El amor siempre alerta. ¿Cuándo nos echamos a volar? Quiero ser pájaro y mirar desde lo alto de una ramita a estos pobres caracoles, (p.4222) que nos quieren llevar a su paso.. Una de estas noches mi desesperación me inspiró la idea de matar a Jacoba.. Estuve loca un ratito.. ¿Verdad que me librarás pronto? ¿Verdad que si no nos dejan vivir nos mataremos? Sin ti, no quiero la vida ni la muerte. ¿Qué sería de mí solita dentro de la sepultura?.. Voy a decirte una cosa que no sabes.. Te adoro.. Tonto, no te rías.. Me estoy muriendo por vivir..».

«De él a ella.-Duerme tranquila; yo velaré, velaré siempre. El sueño no quiere amistades conmigo. Si tu cárcel fuera de diamantes y la custodiaran todos los ejércitos del mundo, de ella te sacaría yo.. Si Jacoba fuera la hidra de seis cabezas, yo se las cortaría todas.. Nunca me tuve por héroe. Ahora lo seré, porque te amo. El amor me hace indómito; el amor me hace invulnerable. Si fuese preciso ir hasta el crimen, hasta el crimen iré.. Ser tú mía, ser yo tuyo, es hablar con vaguedad: somos un solo ser.. ¿No sientes un solo ser en nosotros? No estamos separados, sino divididos; cada mitad en diferente esclavitud. Pronto estará todo el ser integrado en la libertad. Pronto te fijaré el día y hora en que debe terminar esta doble agonía. Será sin bullicio, sin aparato; será la suma sencillez.. No puedo más. Bendiga Dios el divino fieltro en que irá esta carta. Adiós».

«De ella a él.-Poquito me faltó para besar el fieltro sublime cuando de él saqué la luz de mi vida. Pero no lo besé.. No hice más que acariciarlo.. Pronto, sí, mi bien, que sea pronto. Estoy alegre, porque tú me lo mandas. Jacoba despide de sus ojos un veneno verde, como el rayo de las esmeraldas. Pero ya no le tengo miedo: confío en mi caballero, a quien amo, a quien pertenezco por toda esta vida fugaz y por la eterna..».

En este tono se escribían siempre. Arrebatado el espíritu de Calpena a las altas cimas de la idealidad, no conocía freno. Tan profunda era su transformación, que hasta se olvidaba de cómo fue, y de lo que había sentido y pensado bajo la férula del buen D. Narciso Vidaurre. Aquella serenidad del alma, aquel justo medio en que blandamente se mecía su voluntad, ¿dónde estaba? (p.4223) ¿Dónde la placidez clásica, el amor de las reglas, el gusto de lo incoloro, del vivir cómodo y bien repartido en casillas metódicas? Todo aquel mundo blancucho y opalino se había resuelto en un orden de sentimientos y de ideas que le asemejaba al famoso héroe de Dumas, Antony. Como este, se había erigido en desheredado, y con los fueros de tal, en aborrecedor de toda la sociedad; como este, no vivía más que para un amor frenético, dispuesto a consumar, por la satisfacción de sus anhelos, las violencias y tropelías más abominables.

 

Ep-22-XXXIII -

¡Quién le había de decir a Fernando Calpena, cuando con un amigo vio representar el Antony en la Porte Saint-Martin, que aquel drama, que entonces le pareció afectado, mentiroso, uno de tantos artificios con que los dramaturgos amañados satisfacen el convencionalismo teatral, había de ajustarse, traducido al castellano, a la realidad de su pensamiento! El drama de Dumas, y el de Calpena, drama real, no se parecían en el asunto, aunque sí mucho en la enfática desesperación del héroe, no bien motivada, y en el ardor de su lenguaje. El odio a la sociedad no era en él más que una repercusión hueca del criollo de Dumas. En política había extremado bruscamente sus opiniones, simpatizando con los revolucionarios más ciegos y brutales. Para D. Fernando no tenían derecho a la permanencia ni el Gobierno aquel, ni otro semejante, ni el Trono mismo. La Familia Real, de cuyo seno había nacido una espantosa guerra, que llevaba trazas de no concluir nunca, tampoco debía continuar ligada a la suerte del país. Las disensiones entre los hijos de Carlos IV habían convertido a España en una inmensa jaula de locos furiosos. Por averiguar si debía reinar hembra o varón, se vertían ríos de sangre.. Y no pareciéndoles bastante sangría a nuestros prohombres, todavía andaban a trastazos por si repartían las mercedes del presupuesto los negros o los blancos, los amarillos o los rojos. El propio Mendizábal, a quien siempre vio Calpena descollando sobre la turbamulta política, se había (p.4224) empequeñecido a sus ojos: ya no era el grande hombre que debía salvar y refundir la nación. Malogrados sus propósitos por falta de constancia o malicia para llevarlos a la realidad, resultaba perfectamente sentencioso y oportuno aplicado a él, como a todos los del oficio, el dicho de Hillo: No remata la suerte.

Por otra parte, si el conocimiento de las conexiones jurídicas de Mendizábal con Aura le indujo a mirar al ilustre gaditano con simpatía, cuando supo que a la carta de la joven había respondido verbalmente, por mediación de Milagro, sin darle más consuelo de su esclavitud que la promesa de mudarla de cárcel, sacándola de las cadenas de Zahón para ponerla en las de Negretti, la simpatía hubo de trocarse en ojeriza y mala voluntad. Hallándose obligado a mirar por la huérfana, debió D. Juan atender en otra forma a su angustiosa solicitud. Ni de tutor ni de caballero era esta fría respuesta: «Diga usted a esa señorita que estoy atareadísimo y no puedo ocuparme de ella todo lo que quisiera. He escrito a Ildefonso Negretti para que vengan a recogerla. Yo hablaré con él y le recomendaré que la cuide mucho y procure perfeccionar su educación».

«Pues yo le aseguro a usted, Sr. D. Juan Álvarez -decía Calpena in mente, paseándose solo por las calles- que cuando venga el tan cacareado tío carnal para hacerse cargo de mi Aura, no la encontrará. Aura me pertenece, y todos los Negrettis del mundo, auxiliados por todos los Álvarez gaditanos, que no saben rematar la suerte, no me la quitarán. Ahora veremos quién puede más: si Vuecencia con sus altanerías de Ministro y jefe de partido, o yo solito, inerme, sin más fuerza que la que me da la ley de amor.. Ley es esta que no entiende ningún político, ni Vuecencia tampoco.. Creerá que es como la Ley de amortización de la Deuda, o la de Redención de censos, imposiciones y cargas.. Y no necesito extremar las conjeturas, señor D. Juan y Medio, para ver segunda intención en su proyecto de poner a la huérfana en manos de un Negretti, que seguramente será sumiso ejecutor de los deseos de un amigo poderoso. (p.4225) ¿Tendremos aquí una comedia en que le toque a Vuecencia el papel de tutor, de ese anciano verde, siempre chasqueado? ¿Le seducen a Su Excelencia los viejos de Moratín? Pues tampoco ha de valerle el hacer el D. Diego, aun cuando tomara las precauciones para asegurar un desenlace contrario al de El sí de las niñas, porque aquí estoy yo para llevar las cosas a su término natural. Y si para esto tuviera yo que pegarle a Vuecencia un tiro, se lo pegaría, como a Negretti, si este me contrariara con malevolencia.. Por mi Aura, voy yo a las grandes y nobles virtudes, como a las más negras demostraciones de la maldad; por mi Aura, escalo yo el cielo o me precipito en los abismos. Nada tiene valor para mí; cuanto hay en el universo se cifra en ella. Póngame usted entre Aura y mi voluntad todas las llamadas leyes morales y sociales, y salto por encima de ellas; y si quieren que pase sin saltar, pasaré, y pisaré, y si pongo el pie sobre alguien que reviente con mi peso, quéjese al diablo, porque Dios no ha de oírle».

Entró en casa de Hillo, con quien hablar quería. D. Pedro le esperaba: encerráronse en el cuarto de este. «Tu puntualidad en acudir a la cita me demuestra que el caso es urgente. Necesitas dinero: ayer no pude dártelo; hoy te lo daré, pero no sin condiciones».

Adivinando las terribles condiciones que su amigo, cruel usurero en aquel caso, le impondría, Calpena sintió frío glacial en el corazón, y en la boca todo el acíbar que suele ser producto natural de la carencia de dinero. «Te daré lo que necesites -prosiguió Hillo con severidad noble-; pero has de darme garantías, seguridades de que ha de ser empleado dignamente. Esas órdenes tengo».

-Pero usted -dijo Calpena con voz cavernosa- entiende por empleo digno lo que para mí es el fin más alto que se puede imaginar. No nos entendemos.

-No nos entendemos.. Yo tengo órdenes que he de cumplir estrictamente. Para lanzarte sin freno a la perdición, necesitas oro. Es natural: sin dinero no se puede realizar el bien.. ni el mal. Para el bien tendrás lo que quieras, Fernando: demuéstrame que quieres el bien, (p.4226) abandona tus locos devaneos, y partiendo los dos de Madrid esta misma noche..

Calpena se levantó del asiento sin decir más que: «Guarde usted su dinero.. Me voy».

-Oye.. no seas tan vivo de genio. No hago más que cumplir las órdenes que recibo.. Muy dañado estás, hijo mío, cuando así me vuelves la espalda; a mí, que te quiero como a un hermano.. No, no eres digno de esta hermosa fraternidad, ni tampoco, lo digo muy alto, ni tampoco eres digno de la piedad suprema, del cariño lejano, escondido, para que sea más bello, de la persona que..

Ahogado por la emoción, Hillo no pudo continuar, y se llevó ambas manos a los ojos..

«Para que yo venere a esa persona como ella se merece sin duda -dijo Calpena en grave desconcierto-, es preciso que.. se necesita que.. Yo la adoraré si la conozco, lo primero.. Encubierta, y oponiéndose a la felicidad de mi vida, no puedo, no puedo quererla».

Hillo le cogió de una mano, no secas aún sus lágrimas, y en grave tono le dijo: «Te doy mi palabra de que si haces lo que dije.. Renunciar radicalmente a ese devaneo, impropio de tu condición, y partir conmigo de Madrid esta misma noche sin ver a nadie.. la deidad invisible dejará de serlo.. así lo declara y promete en su última carta.. Se nos revelará.. pero es condición previa que tú.. ya sabes..».

El rostro de Calpena se volvió de mármol; sus manos quedáronse heladas; sus miradas perdieron toda luz. Miró al clérigo con estupidez; hízole repetir la proposición. Repetida por Hillo, este añadió hasta tres veces: «¿Te conviene el trato?».

De súbito fue acometido Fernando de un frenesí nervioso; cayó en un sillón, mordiose los puños, contrajo todo su cuerpo, y clavando las uñas en el brazo del sillón, prorrumpió en gritos dolorosos: «No quiero.. no quiero.. Me ofrecen un nombre a cambio de la vida. No, no.. No me hacen falta parientes; no necesito familia.. Que se vayan, que me dejen. Solo viví, solo estoy.. solo moriré.. moriremos.. ¡No quiero, no quiero!».

Cogida en las convulsas manos la cabeza, como si quisiera arrancársela, (p.4227) no dijo una palabra más. D. Pedro no le veía el rostro.

«Serénate -le dijo, tocando suavemente sus cabellos, cuyos rizos desordenados por entre los dedos salían-. Te doy tiempo para pensarlo. La cosa es grave.. no te precipites a resolver, así.. airadamente».

-¡Si está resuelto -dijo el desesperado joven, incorporándose-, si no puede ser!.. ¡Si es como si me mataran!.. Y francamente, no me dejo matar.. no me conviene morir todavía.

Y puesto en pie, cogió el sombrero con gallardo ademán, mostrando en acto tan sencillo la firmeza de su resolución. Las últimas palabras de aquella breve conferencia fueron: «Me equivoqué al pensar que usted podía darme.. eso. Error grave fue pedirlo. ¡Qué bochorno!.. ¡pedir lo que no es nuestro, lo que me darían, no por favorecerme, sino por comprarme! Dígale usted a quien sea, que no me vendo. El alma no se vende. ¿Por qué no la adquirió, en tiempos en que fácilmente pudo hacerlo? ¡Y ahora quiere quitármela, comprármela..! Aunque yo quisiera venderme, amigo Hillo, no podría.. no me pertenezco.. Y para concluir, guárdese usted su dinero, o devuélvalo a quien se lo ha dado. Para mí no ha de ser. Lo que yo necesito con urgencia, lo buscaré como pueda». (p.4228)

-Aguárdate.. hablemos otro poco.

-Usted puede perder el tiempo, yo no.. Es inútil.. Si cierra la puerta me descolgaré por el balcón.. Quédese con Dios.. No intente seguirme.. corro yo más que usted. Adiós.

Y con la presteza que estas palabras indicaban salió de la casa, dejando a Hillo confuso y atribulado. Hubo de pasar un mediano rato antes que el buen clérigo pudiera sacar del desorden de su mente una idea clara y ver el derrotero más conveniente. «No me queda duda, va a la desesperación.. Loco de amor y sin dinero, algo hará que nos dé mucho que sentir.. ¿Iré tras él? ¿Pero quién le caza? No, no, Pedro Hillo.. no te metas en cacerías peligrosas. Yo cumplo dando la voz de alarma, como me ordenan. Ha llegado el momento crítico, el momento del peligro supremo, que (p.4229) obliga a emplear el recurso final, lo que los médicos llaman el remedio heroico. Me han mandado que avise cuando estalle la crisis de locura, y aviso.. Pedro Hillo cumple siempre con su deber; es hombre que sabe rematar la suerte».

Escribió una breve carta, y al punto salió para entregarla al Sr. Edipo, que en determinada calle estaba de servicio. Hecho esto, se fue al club de la casa de Tepa, donde había quedado pendiente de la noche anterior una furiosa disputa, cuyo desenlace quería conocer. Allá fue a parar también Calpena, sin más objeto que matar el tiempo hasta media noche, y ver a un amigo que le había ofrecido facilitarle algún dinero. Ya se comprende que este amigo no era poeta.

Por obra y gracia de la armonía resultante entre la exaltación de su espíritu y la atmósfera jacobina que en Tepa reinaba aquella noche, Calpena se lanzó, sin proponérselo, a la oratoria furibunda, notas estridentes de rabia política con juicios abominables de cosas y personas. Sus palabras eran materia inflamable arrojadas varonilmente en aquel rescoldo de pasiones. De una parte le aplaudían con rabia; de otra le vituperaban. Entre D. Pedro Hillo y otro señor tuvieron que cogerle por un brazo y bajarle casi a rastras de la tribuna. Parecía loco furioso, y su rostro echaba llamas. Después, entre el tumulto que en torno del joven se formó, Hillo le perdió de vista. Cuatro amigos le sacaron a la calle para que con el fresco de la noche se le despejara la cabeza. Fueron a un café, pasearon hasta las doce, hora en que Fernando se encaminó a su casa con el amigo que le había facilitado la cuarta parte del dinero que creía necesitar.

Solo al fin en su cuarto y no teniendo nada que hacer, sentose en la cama y se zambulló en el mar sin fondo de sus pensamientos. «Con poco dinero, pero con dinero al fin, mañana será. No varío mi plan, ni tengo que modificar las instrucciones que Aura habrá recogido esta noche en el sombrero de Milagro. ¡Mañana..! Y a pedir de boca saldrá, pues previsto está todo, y bien determinada la manera de sortear cualquier (p.4230) peligro.. Mañana, en pleno día, cuando menos lo pienses, cuando nada temas, maldita Jacoba, soltarás tu presa.. Y viviremos los que debemos vivir, y rabiarán los que deban rabiar.. y el que quiera reventar de ira, que reviente.. Mi gusto es pisotear a la Zahón; al Sr. Mendizábal no.. está próximo a una caída ignominiosa. En Palacio le tienen ya bien preparada la zancadilla con Istúriz y Saavedra.. ¡Los dichosos políticos! No vendría mal una degollina de próceres y patriotas, como la que se ha hecho de frailes.. Pues sí, Sr. de Mendizábal, bastante tiene Vuecencia con la que le están armando. Hillo diría que ya se oye el cencerro del cabestro que viene para conducirle al corral. Y Vuecencia matará los ocios del corral con la educación de doncellas.. A Hillo no le deseo mal alguno.. ¡Ojalá le hicieran obispo! Bien se lo merece el pobre por su mansedumbre y buenas intenciones.. Y en cuanto a Milagro, nuestra gratitud no se contenta con menos que con nombrarle Ministro de Hacienda.. Y a Lopresti, ¿cómo le recompensaremos sus servicios?.. Es facilísimo: pinche mayor de Palacio, y además director de la Real Capilla; cocinero y tiple de S. M.. De todos nos despedimos, porque espero que no hemos de tener el gusto de ver rostros conocidos en mucho tiempo.. Y que nos persigan, que nos busquen, que nos cojan ahora.. El vuelo será alto.. y luego, nuestra cueva de amor tan profunda, que a ella no llegará ni la mirada de cernícalo de la Zahón, ni el olfato de Edipo..».

Por este derrumbadero vertiginoso iban sus pensamientos, cuando llamaron con fuerte campanillazo y golpes a la puerta de la casa. Sorprendido del ruido, y alarmado también, pues en su estado nervioso el vuelo de una mosca le hacía estremecer, salió Calpena a punto que alguien abría; y vio que avanzaban hacia la puerta de su habitación dos hombres de mala facha, los cuales con formas rudas y descorteses, previa indagación de la personalidad, le ordenaron que se dispusiese a salir en su grata compañía. «¿Pero a dónde?..».

-A la cárcel -dijo el más feo y bruto de la pareja, a punto (p.4231) que comparecían otros dos, de uniforme, pues eran salvaguardias de la Subdelegación.

Lo primero que se le ocurrió a Calpena fue coger una silla, con intento de estrellarla sobre la cabeza del más próximo. Pero pronto se abalanzaron los esbirros a trincarle del brazo, y privado de todo movimiento, no tuvo más remedio que entregarse, maldiciendo con terrible exclamación su fiero destino. Salieron en paños menores los patrones y algunos huéspedes a lamentar el triste suceso; y mientras uno se indignaba, y le consolaba otro con frase vulgar, asegurando que todo era equivocación, los polizontes registraban la cómoda y mesa, para llevarse cuantos papeles encontraran pertenecientes al presunto criminal político.

Bajando entre tales sayones, taciturno, mas no resignado, devorando la angustia y terror de su alma, D. Fernando empezó a ver claro en aquella inopinada prisión, y se dijo: «Es ella, es la mano oculta quien me lleva a la cárcel».

De la calle de las Urosas al Saladero había mucho que andar. Por el camino vio dos traíllas de presos. Sin duda, el medroso Gobierno, acosado de conspiradores, viendo por todas partes misteriosos enemigos que le acechaban en la obscuridad de las logias, o le provocaban en el público escándalo de los cafés, había mandado echar la red. Cuando metieron al desdichado Calpena en el patio donde debía empezar la expiación de sus nefandos delitos, ya había llegado la primera cuerda, en la cual vio personas de aspecto decente. Al poco rato entraron dos racimos más, ¿y cuál no sería la sorpresa de D. Fernando al vislumbrar en uno de ellos nada menos que la venerada, inofensiva persona de D. Pedro Hillo?

En cuanto pudieron reconocerse, a la luz de los farolillos que alumbraban los tristes grupos, corrieron el uno hacia el otro y se dieron los brazos.

«Tu quoque.. ¡También usted, D. Pedro!» dijo Calpena con el gozo amargo de la venganza.

-También -replicó Hillo con voz opaca, casi lloroso-. Y verdad que por más que me devano los sesos, no acierto a explicarme.. De la cama me sacaron estos (p.4232) verdugos. Comprendo que a ti.. ¡A ti sí!.. Era necesidad ponerte a la sombra.

-Yo no conspiro.

-Conspiras contra ti mismo. Yo, ni contra mí ni contra nadie.. No he hecho más que hablar mal de Mendizábal.. y eso no mucho.

-No es Mendizábal, no, quien ha tenido la humorada de juntarnos aquí: es la mano oculta.. ¿Tan candoroso es mi buen clérigo que no lo ve?

-¡Fernando!

-¡La invisible deidad, la tutelar, la próvida mascarita!.. ¡Ah!, no se quiere que el niño esté solo.. Se teme su desesperación, se teme su rabia..

Enorme distensión de músculos en ojos y boca declaraba el estupor del buen presbítero.

«No está mal esto. ¿Verdad que no está mal?.. Para que diga usted ahora que no remata..».

-¡Vaya si remata..!

 

FIN DE MENDIZÁBAL

 

 

&

(EPISODIO 23)

DE OÑATE A LA GRANJA

 

Ep-23-I -

Debemos dar crédito a los cronistas que consignan el extremado aburrimiento de los reos políticos, D. Fernando Calpena y D. Pedro Hillo en sus primeros días de cárcel. Y que los subsiguientes también fueron días muy tristes, no debe dudarse, si hemos de suplir con la buena lógica la falta de históricas referencias. Instaláronse en una habitación de pago, de las destinadas a los presos que disponían de dinero, y se pasaban todo el día tumbados en sus camastros, charlando si se les ocurría algo que decir, o si juzgaban prudente decirse lo que pensaban, y cuando no, mirábanse taciturnos. El aposento, con ventana enrejada al primer patio, no hubiera sido más desapacible y feo si de intento lo construyeran para hacer aborrecible la vida al infeliz que morara en él. Componíase el mueblaje de dos camas jorobadas, de una mesa que bailaba en cuanto se ponía un dedo sobre ella, de una jofaina y jarro en armadura de pino sin pintar, de cuatro sillas de paja y una percha con garfios como los de las carnicerías, clavada torcidamente en la pared. Depositario Hillo de los dineros de la incógnita, podían permitirse aquel lujo, propio de conspiradores, que les apartaba de la ingrata compañía de ladrones y asesinos. Otros presos políticos (p.4233) habíanse aposentado en iguales estancias del departamento de pago; en ellas han comido el pan del cautiverio, generación tras generación, innumerables héroes de los clubs y del periodismo, que desde tales cavernas se han abierto paso, ya por los aires, ya por bajo tierra, hacia las cómodas salas del Estado.

Días tardó el Sr. de Hillo en salir de su cavilación silenciosa; no estaba conforme, ni mucho menos, con el papel que forzosamente se le hacía representar en aquella comedia lúgubre, y una noche, después de cenar malamente, quiso romper ya el freno de la reserva o cortedad que le impedía dar suelta a las turbaciones de su alma; mas no encontrando la formulilla propia para empezar, se arrancó con unos versos de D. Francisco Javier de Burgos, a quien tenía por el primer poeta del siglo, y en tono altisonante recitó:

De cera en alas se levanta, Julio,

Quien competir con Píndaro ambicione;

Ícaro nuevo, para dar al claro

Piélago nombre..

"No me recite versos clásicos, D. Pedro -le dijo Calpena-, si no quiere que yo vomite lo que cené.. ¡Vaya con lo que sale ahora!

-O al púgil claro que la elea palma

Al Cielo eleva, o rápidos bridones

Inmortalice..

-Que se calle usted, hombre, o allá le tiro una bota.

-Ya no me acordaba de que nos hemos hecho románticos. Así estamos. Hemos caído, nuevos Ícaros, derretidas las alitas de cera, y nos hemos roto el espinazo..

-Y no en un claro mar, sino en esta cárcel nauseabunda, ha venido usted a purgar el pecado de meterse a redentor.. Yo me alegro; créalo, me alegro como si me hubiera caído la lotería.. Porque todo lo que le pase se lo tiene usted bien merecido.

-Es verdad; lo reconozco. Y con toda la honradez de mi carácter, declaro que la conducta de la señora invisible con este su humilde servidor, es la conducta de un sátrapa de Oriente.

-¿Lo ves, clérigo, lo ves? -dijo riendo Calpena, que empezó a tutearle con familiaridad desdeñosa-. ¿No me oíste protestar del despotismo de la velada?.. Ahora que sientes el palo sobre ti, lo reconoces..

-Ahora sí, pues si considero natural que la (p.4234) señora incógnita desee que una persona grave y sesuda custodie al niño en este encierro donde ha sido forzoso meterle, no me parece bien que arroje sobre mí el vilipendio de la prisión, sin acordarse de que soy sacerdote, aunque indigno..

-Las incógnitas, mi querido clérigo, suelen ser desmemoriadas. Esta que ahora nos ha metido en el estaribel, no se para en pelillos; va a su objeto, caiga el que caiga. A los que se prestan a servirla, les convierte pronto en esclavos.

-Bien sabe Dios -dijo D. Pedro suspirando-, que me metí en este negocio de tu corrección con alma y vida, llevado de un sentimiento fraternal.. Ningún sacrificio me parecía bastante. Olvidé hasta mi dignidad, vistiéndome de seglar y metiéndome en los clubs, donde he contrariado mis gustos y perdido el estómago, oyendo de ciega plebe el vocear insano.. Por amor al bien y a ti, por respeto de esa señora deidad, hice mil desatinos y ridiculeces. ¿Merecía yo que se arrastrara por la inmundicia de una cárcel la sagrada orden que profeso? Dime tú ahora con qué cara me presento yo en una iglesia pidiendo misa. ¿Más qué digo, si a estas horas ya me habrá retirado el diocesano las licencias? Verdad que yo ahorqué los hábitos; pero me proponía volver a ponérmelos cuando lograra mi santo propósito de echarte el lazo y traerte a la virtud y a la honestidad. ¿Y ahora, quién me quitará la tacha de clerizonte renegado? ¡Preso por conspiración jacobina, envilecido mi nombre, pues aunque todo resulte de mentirijillas, a la opinión no le consta, en lo que me queda de vida ¡ay! he de pasar por un sacrílego, por uno de esos desdichados monstruos, como el organista de Vitoria en Zaragoza, el infame Fr. Crisóstomo de Caspe, que de fraile se trocó en masón, y de revolucionario en asesino!

-Yo creo -indicó Fernando con sorna-, que la señora maga, si ha tenido poder para meternos en chirona con tanto salero, lo tendrá para darte a ti ¡oh venerable capellán! la reparación que te debe. ¿No dices que todo esto es pura comedia? Pues luego se te darán satisfacciones: resultará que te han preso por (p.4235) equivocación, que eres un sacerdote ejemplar, un santo misionero que ibas a las logias a predicar el amor al despotismo y la mansedumbre de los carneros de Dios.. Como esta es luz, ten por cierto que la invisible no se quedará corta en la compensación. Para mí, en cuanto suban los nuestros, digo, los de ella, te largan una mitra, clérigo, una mitra, y no veo que se puedan tasar en menos los sofocones que te han dado.

-¡Mitra! No te burles.

-Bien te la has ganado, hijo: ya estoy viendo a Tu Ilustrísima echando bendiciones. Por de pronto, para quitarte el amargor de la cárcel, te tendrán dispuesta una canonjía.. eso seguro, como si lo viera.. A estas horas tendrá firmado el nombramiento el señor Álvarez Becerra..

¿Crees tú..? Hombre, no puede ser.. Pues mira, en justicia.. No es que yo lo pretenda, que soy, como sabes, desinteresado hasta la pazguatería.. Pero..

-Pero tú debes renunciarlo; debes mantenerte en tu forzado papel de presbítero de armas tomar, y rebelarte ahora contra la incógnita y contra todos los poderosos que nos oprimen.. Pásate a mi partido; unámonos contra ese poder oculto que nos trata como a parias; persigámosle hasta dar con él, y asaltemos esa Bastilla hasta no dejar piedra sobre piedra.

-Fernando, no disparates más, o quien tira la bota soy yo, y te rompo con ella las narices.

-Ahora pienso, mi buen clerizonte, que, en efecto, desvarío, porque la estoy llamando incógnita, y para ti no debe de serlo ya.. para ti, afortunado mortal eclesiástico, se ha quitado la careta..

-¡Por San Blas, por San Críspulo, tanto la conozco como a mi tatarabuela! No, hijo, no se ha quitado la careta: lo que hizo aquel día fue señalarme los medios perentorios de comunicación con su escondidísima y siempre encapuchada persona, y por tal medio pude participarle lo emperrado que estabas en el mal, para que tomara, si quería, las medidas heroicas.. que.. ya sabes.. ¡Cuán lejos estaba yo que de la tal medicina heroica me había de tocar a mí esta toma, más amarga que la hiel!..

-¿Y en los días que llevamos en este infierno, no has recibido (p.4236) la cartita de letra menuda?".

D. Pedro, clavados en el techo los aburridos ojos, denegó con la cabeza; y como el otro insistiese, denegó también con los pies, y por fin, con la boca.

"Puedes creer que no ha venido carta. Lo que trajo ayer Edipo fue recado verbal, que me dio en el rastrillo. No hizo más que preguntarme si estábamos bien asistidos y si necesitábamos algo: ropa, dinero y comida buena. Yo contesté que todo lo comprendido en estos tres sustantivos nos vendrá muy bien, mientras no nos devuelvan la preciosa libertad.

-¡De modo -dijo Calpena echando por delante de la frase un sonoro y descarado terno-, que no sabemos cuándo nos sacarán de aquí! Esto es horrible, criminal. Si en España hubiera justicia, ya veríamos en qué paraban estas bromas horripilantes. Alguien había de sentirlo.. Y ahora ¿a quién, a quién, San Cacaseno bendito, hemos de endilgar nuestros chillidos de rabia y desesperación? ¿Es esto un país civilizado? ¿Así se prende a las personas; así se priva de libertad a un ciudadano, aunque sea enchiquerándole en calabozo de preferencia y pagándole la bazofia? También a los que están en capilla se les da de comer cuanto piden. ¡Qué sarcasmo! ¡Qué indigna y cruel farsa!.. Ya ves que no ha parecido por aquí ningún cuervo jurídico a tomarnos declaración. ¿Y aquellas terribles conjuras en que estábamos metidos? ¿Y los delitos de lesa majestad, dónde están? Un país que tal consiente, merece ser gobernado por mi jefe de oficina, el patriarca de los mansos, D. Eduardo Oliván e Iznardi".

No dijo más, y se volvió hacia la pared, donde se proyectaba su sombra, a la macilenta luz del quinqué. La situación psicológica del antes protegido y después encarcelado mozo no era fácilmente apreciable y definible a los pocos días del encierro. La primera noche de prisión fue terrible: acometido Calpena de violentísimo frenesí, no cesaba de blasfemar, clavados los dedos en el cráneo; y se arrancaba los cabellos mostrando su ira en formas destempladas y tremebundas. Trabajillo le costó a D. Pedro contenerle: si no es por él, (p.4237) sabe Dios lo que habría ocurrido, y a qué extremos de furor y barbarie hubiera llegado el pobre Fernandito. Vino al siguiente día la sedación, y lentamente fue cayendo el preso en un estoicismo melancólico. Su pensamiento tejía sin término el monólogo doliente, inacabable: "¿Qué habrá sido de Aura? ¿Qué pensará de mí? ¿Sabe acaso que estoy preso?". Conocedor del temple arrebatado y de la fogosa fantasía de su dama, no podía menos de temer los efectos de la desesperación. Aura tenía instintos trágicos: misteriosas querencias la llamaban a los desenlaces fatalistas, puestos en moda por la literatura.. La casa, la infernal cueva de la Zahón no se apartaba de su mente. ¿Habría llegado el tío carnal para llevarse a la infeliz huérfana? Y esta, ¿se habría dejado conducir sin oponer siquiera resistencia pasiva, que es la fuerza de los débiles? Sin duda pasaban o habían pasado tremendas cosas, y el no saberlas le abrumaba más que le abrumaría el conocimiento de las mayores desdichas. "Es seguro -pensaba entre pensamientos mil-, que esta farsa de mi prisión concluirá cuando esté conseguido el objeto; cuando Aura, si es que aún vive, haya salido de Madrid.. Habrán tomado precauciones para que yo ignore el punto a donde se la llevan, y quizás me tengan aquí más tiempo, pues transcurriendo días entre su partida y mi libertad, me será más difícil averiguar a dónde tengo que dirigirme para encontrarla.. O quizás confían en la acción del tiempo, en mi cansancio. Esperan que me dé por vencido, que desmaye mi voluntad.. ¡En qué error están, Dios mío! Mi voluntad con el castigo se crece.. Como ignoro a quién debo la vida, digo que mi padre es el No importa, y mi madre el Más vale así".

El tiempo, que en aquel cautiverio tristísimo centuplicaba su extensión, le llevó a donde menos podía pensar. Es el tiempo un Océano de aguas hondas y corrientes insensibles, que lleva los objetos flotantes a playas desconocidas y los arroja donde menos se piensa. Si en las primeras horas de su encierro, veía Calpena en la desconocida gobernadora de (p.4238) su vida un tirano insoportable, lentamente fueron ganando otras ideas el campo de su turbado espíritu. Sin dejar de creerse víctima, sin que se amenguaran los dolores del tremendo garrotazo que había recibido, la figura ideal de la persona designada con el vago nombre de mano oculta, fue perdiendo aquel aspecto de deidad inexorable con que se la representaba su imaginación.. Como se manifiestan indecisas por Oriente las primeras luces del alba, apuntaron en el alma de Fernando sentimientos más benignos respecto a la desconocida. Y aumentada de hora en hora la intensidad de estos sentimientos, se modificó su criterio en aquel punto, llegando a ver en el acto de la prisión algo que podía ser comparado a los procedimientos de la cirugía, la crueldad y la piedad juntas. La tiranía no podía negarse; pero ¿cómo dudar que el móvil de ella era un sentimiento tutelar, intensísimo?.. Determinaron estas razones el ansia vivísima de descubrir a la invisible y arrancarla el velo, para comunicarse con ella, en la esperanza de llegar a la paz, conciliando las ideas de una y otro. Tal idea fue la verdadera medicina de su grave turbación, y acariciándola y fomentándola en su alma, llegó a soportar resignado la sombría tristeza de la clausura. La idea de que se restableciese pronto la comunicación con el mundo, donde había dejado sus afectos más vivos, le alentaba, y deseando diariamente el mañana, esperándolo con fe, parecía que las horas eran menos pesadas, menos lentas. Viniera pronto noticia del exterior, aunque fuese mala; viniera pronto carta, papel o cifra que revelasen el negro misterio de lo sucedido en los días de cautividad. Que alguna voz sonara en aquella sepulcral caverna, aunque fuese la fingida voz de la mascarita, de la piadosa tirana.

No estaba menos inquieto Hillo por la tardanza de algún papel con explicaciones que confirmaran el carácter inofensivo de aquel bromazo, pues recelaba verse empapelado para toda su vida, y metido en deshonrosos líos policíacos o judiciales. Por fin, en la mañanita que siguió al (p.4239) coloquio que referido queda, fue llamado al despacho del sotaalcaide el Sr. D. Pedro, y allí recibió de manos del Sr. Edipo un voluminoso pliego. ¡Hosanna!.. La conocida letra del sobrescrito le colmó de júbilo. Para mayor satisfacción, Fernando, que había pasado la noche en vela, dormía como un tronco, y así pudo el buen clérigo entregarse a sus anchas a la lectura, reservándose el dar cuenta o no a su amiguito del contenido de la carta, según fueran comunicables o secretas las instrucciones que contenía.

 

Ep-23-II -

"¿Con qué palabras, mi buen Hillo -leyó este-, pediré a usted perdón por el ultraje que de esta pecadora por caminos tan ocultos ha recibido? No hay términos para expresar mi pena, como no puede haberlos para la expresión de su inaudita paciencia y bondad. Porque no sólo ha sabido usted sufrir a Fernando en su demencia, sino que me sufre a mí en esta locura que padezco, y que voy soportando con ayuda de las almas caritativas, como el Sr. D. Pedro Hillo.. Sí, mi excelso amigo y capellán: obra mía y de mis artes infernales es el paso audacísimo, la temeraria estrategia de su detención y encierro. ¿Verdad que usted aguanta ese atropello y esos sonrojos por amor al prójimo, por amor a Fernando? ¿Verdad que usted, como buen sacerdote, sabe padecer por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Verdad que en su conciencia siente el gozo del bien obrar, y desprecia las opiniones humanas? Me consuelo pensando que tales son sus sentimientos, caro señor mío, y si me equivoco, que Dios me confunda. Las atrocidades que la demencia de Fernando proyectaba, yo no podía impedirlas sino encerrándole en una cárcel, único sitio de donde no se sale a voluntad. Yo no podía dejarle solo en ese antro sombrío; su desesperación y su abatimiento me daban más miedo que sus ignominiosos amores. ¿A qué persona en el mundo, como no fuera usted, podía yo confiar su custodia en tan peregrinas y nunca vistas circunstancias? ¡Qué hacer, Dios mío! Calcule usted mi ansiedad y discúlpeme. 'A Roma por todo -me dije-, y que Dios y el Sr. de Hillo me (p.4240) perdonen', ¿Hice mal?.. Aún no he podido determinarlo en mi conciencia: sólo sé que no podía hacer otra cosa.

"Pues bien: dicho lo más amargo, voy a manifestar lo que estimo triaca de tanto veneno. ¿Soy mala, señor mío? Quizás lo haya usted pensado así. ¿Podré algún día destruir esa desfavorable opinión, apartando de mi pobre cabeza las maldiciones que arrojado habrá sobre ella la indignación de mi noble víctima? Lo veremos. Por de pronto, sepa el Sr. D. Pedro que sobre su respetable persona no recaerá ningún oprobio por esta prisión; sepa que su nombre figura en los registros de la cárcel de tal modo desfigurado, que no le conoce ni el cura que se lo dio en el bautismo; sepa que saldrá sin mácula de ese muladar, y que sus delitos políticos se cargarán a cualquiera de los cándidos masones comprendidos en la última redada. No quedará rastro, Sr. de Hillo, ni nadie ha de vituperarle. Sólo me resta decirle que, siendo de estricta justicia que mi víctima tenga la compensación que por su extraordinario desinterés le corresponde, le doy a escoger entre los dos métodos o caminos para alcanzarla. ¿Se decide por colgar el manteo, renunciando a la ventaja que pueda ofrecerle su carácter eclesiástico? Pues no vacile en secularizarse, y junto a Fernando tendrá usted siempre una posición, no digo de tutor, sino de amigo, de esos amigos que igualan a los hermanos más cariñosos. ¿Que no quiere usted renunciar a la carrera sacerdotal? Muy bien: pues yo le garantizo que tendrá la que más le acomode, y ya puede ir pensándolo mientras llega la anhelada libertad.. Por hoy, mi buen presbítero, le recomiendo otra pequeña dosis, o toma, como usted quiera, de aquel precioso elixir que llamamos paciencia, y que corre en el mundo con la bien acreditada marca de Job. Entre paréntesis, hay marcas mejores, aunque no son del dominio público. Yo las conozco.. y las uso, ¡ay!".

Al llegar a este punto, tuvo Hillo que suspender la lectura para respirar. Sentimientos diversos agobiaban su espíritu y oprimían su corazón. "¡Extraordinaria (p.4241) mujer! -pensaba-. ¡Cuánto sabe!.. Que quieras que no, Pedro Hillo, perteneces a ella en cuerpo y alma. Con su garra enguantada te tiene cogido.. ya no escapas, no. Si Dios así lo quiere, adelante. Sigamos la lectura.

"Ya estoy viendo la cara que me pone mi bendito D. Pedro al llegar a este párrafo de mi carta. 'Pero esta mujer estrafalaria, ¿hasta cuándo nos va a tener encerrados aquí?.. ¿Me ha tomado a mí por instrumento de sus artimañas y enredos?.. ¡Vive Dios, que ya se me está subiendo a la coronilla el tal Fernandito! ¿Qué tengo yo que ver con que se le lleven los demonios o los Zahones y Negrettis, que es lo mismo? ¿Ni qué me va ni qué me viene a mí con que esta dama incógnita quiera o no quiera resguardar al niño y apartarle de la perdición? ¿Por qué no lo hace ella? ¿Por qué no le llama a su lado?..'. Esto dice usted, y yo respondo: 'Espérese un poco carísimo maestro y capellán. Usted es muy bueno, y no se me enfadará si le digo que puesto ya en el camino del sacrificio y la abnegación, no hay más remedio que recorrerlo hasta el fin. Todavía, siento decírselo, tienen ustedes Saladero para un rato, más claro, para unos días. ¿Qué significa esa corta esclavitud si la comparamos con la de los infelices magnates que estuvieron encerraditos en la Bastilla veinte y treinta años? ¿Y los que en otras prisiones o fortalezas, sin más culpa que la de usted en este caso, entraron jóvenes, rebosando vida, y salieron encorvados y llenos de canas? Hay que conformarse, y esperar días, Sr. D. Pedro, porque usted imagínese si suelto a Fernando hoy o mañana, poco habremos adelantado, encontrándonos ante los mismos peligros y cuidados graves de aquella tristísima noche'.

"Si son ciertas, como creo, las noticias que me traen, hoy o mañana debe partir con su tío Negretti, a quien la endosa Mendizábal, la muñeca romántica por quien ha enloquecido el niño. Pásmese usted, D. Pedro: en su desesperación, creyéndose abandonada de su amante, hizo el paripé de querer quitarse la vida. Bajo la almohada le encontraron un cuchillo carnicero. Han tenido que ponerle (p.4242) centinelas de vista.. En fin, que se la llevan con mil demonios, no sé aún a dónde. Creo que al Norte. Me dicen que ese Negretti es hoy armero de D. Carlos, contratista de cartuchos, y fundidor de cañones para la Causa. Nada de esto me importa: que le hagan a D. Carlos cien mil piezas de artillería, con tal que me tengan por allá a esa calamidad de niña hasta el día del Juicio.. Ahora conviene que el prisionero no esté libre hasta que le pase la calentura. Podría volver a las andadas; podría antojársele correr tras ella. No, no: que no sepa dónde está. De eso nos cuidaremos oportunamente.. Entre paréntesis, señor cura: tengo que decirle que he comprado el famoso abanico que vio usted en casa de la Zahón. Era gusto mío, capricho, disculpable vanidad. Fue allá una persona de toda mi confianza, que conoce la joya, y se hizo trato por ochocientos duros. Ya lo tengo en mi poder. Es cosa lindísima, de gran mérito: me paso algunos ratos contemplándolo. Cuando usted salga, me hará el favor de volver allá, y comprará unas perlas que necesito, ya le diré cuántas, para emparejar con otras que poseo.. También quiero unos brillantes superiores. Le preparo una sorpresa a Fernando para cuando sea bueno, y se nos entregue arrepentido y bien curado de su demencia. Pero es prematuro hablar de esto.

"Repito, mi querido capellán, que deseche todo recelo, pues no figurará usted ni como conspirador, ni como clerizonte renegado.. Las buenas disposiciones de la policía las habrá comprendido usted por el hecho de no haberle registrado ni retenido sus papeles. Bien guardaditas habrán quedado allá mis cartas y el aljófar comprado a la Zahón. Y si se pierde, que se pierda. Volverá usted a casa de Méndez con la verídica historia de que ha estado ausente por una misión electoral que le confió el Gobierno.. o misión eclesiástica, lo mismo da..".

Hillo tomó segunda vez aliento, y se dijo: "¡Pero qué enredadora es esta madama oculta, y qué cosas discurre! Verdad que arma sus tramoyas con suma gracia, movida de un elevado y nobilísimo sentimiento. No hay más (p.4243) remedio que bajar la cabeza, y decir a todo amén. Adelante, y déjeme yo querer hasta que vea en qué paran estas misas". La carta concluía con varias advertencias:

"Si tiene usted algo que decirme, escríbalo y dé la carta a Edipo. Pero mucho cuidado, amigo mío: este recurso no debe usted emplearlo sino en caso urgentísimo y perentorio. No siendo así, vale más que se guarde sus pensamientos para mejor ocasión. Acompañan a esta tres pliegos, que son para Fernando. Ya sé que la estancia de pago en que viven ustedes no es de las peores.. ¿Y qué tal les dan de comer? Supongo que será malísimamente. Veré si puedo mandarles algo superior.. Adiós, mi buen amigo y capellán. Que Dios le asista en su santa obra; que vigile usted la salud, la vida, el honor de esa criatura, no por demente menos adorada.. Adiós".

Por los tres pliegos escritos a Calpena pasó rápidamente su vista D. Pedro, y aguardó a que despertara para entregárselos. Dormía el joven profundamente: en su rostro demacrado advertíanse huellas de los pasados insomnios, de la cólera y tribulación de aquellos días. Contemplole el clérigo con entrañable piedad, creyéndole digno de los extremados sacrificios que por él se hacían. En la sangre juvenil, en los hervores de la imaginación, en la misma inteligencia soberana de Fernando, hallaba disculpa de su desvarío, que esperaba sería sofocado pronto por las hermosas prendas de su alma. "Todo te lo mereces, hijo -decía-, y andaremos de cabeza hasta llevarte a puerto seguro.. Y que no es floja tarea.. Tantæ molis erat..".

En esto despertó Calpena desperezándose, y al verle abrir los ojos, le dijo Hillo con risueño semblante: "¡Lo que te has perdido, hombre, por dormilón!..

-¿Qué hay.. clérigo maldito? ¿Ha llegado carta?

-¡Qué carta, ni qué niño muerto! ¡Si ha estado aquí la señora deidad, y te miró dormidito..!

-¡Aquí!.. No fuera malo. Pues mira tú: yo soñé que venía, que entraba la máscara, con su careta puesta.. y..

-¿Y qué? ¿No te enteraste de que dejaba para ti estos tres pliegos?

-¡Me ha escrito!.. A ver -gritó (p.4244) Calpena, arrojándose del lecho-. ¿Quién lo ha traído? ¿Qué dice? ¿Y a ti no te escribe? ¿Hasta cuándo nos va a tener en este panteón?

-En esta cripta funeraria estaremos hasta que a Su Señoría le dé la gana. Somos románticos, y la nueva escuela manda que nos tengamos por felices en la tumba, máxime si hay ciprés. Quédanos el recurso de tomar un filtro narcotizante que nos haga parecer difuntos, para que nos lleven a enterrar, y así salimos.. Luego le damos una bofetada al sepulturero y pegamos un brinco.. Toma, entérate..

 

Ep-23-III -

"¡Buena la has hecho, niño; buena la has hecho! -leyó Fernando medio vestido y sentado en la cama-. No te faltaba más que ser preso por masón y revolucionario, por vociferar en los clubs como el último de los patriotas hambrones. ¿Te parece que está eso bien? Ya ves, ya ves a dónde conducen las fogosidades políticas, ¡oh mancebo inexperto y desatinado! ¿Creías tú, nuevo Mirabeau, o Danton en ciernes, que ibas a traernos con un gesto una revolucioncita a la francesa, con degollina, Convención y su poquito de derechos del hombre? Vamos, tal vez piensas que el Trono de la angélica Isabelita se tambalea con el aire que hacen tus discursos. ¿Crees que halagando las orejas de los patrioteros, milicianos y demás alimañas libres, se puede alcanzar otra cosa que vilipendio, cárcel y coscorrones? Todo te lo tienes muy bien merecido. ¡Vaya que hablar horrores del paternal Gobierno que nos rige, y confundir en un mismo anatema al Gabinete Toreno, al Gabinete Martínez, al Gabinete Cea, y a todos los gabinetes y camarines que hemos tenido desde que Dios llamó a su seno al angélico Fernando! Ahora te fastidias, y si esperas que yo te saque, estás en grave error, pues quiero que recibas el duro pago de tus delitos contra la patria, contra el orden santísimo, contra la religión pública, y la libertad de nuestros mayores. De todos esos sagrados objetos hiciste escarnio, y es justo que caiga sobre tu cabeza democratista la cortante espada de la ley. No, no te saco: podría hacerlo con una palabra, y lo que siento (p.4245) es que no haya en esa Bastilla mazmorras muy obscuritas y muy románticas donde no veas la luz del día, y sayones que te atormenten, y un fiero alcaide que te ponga a pan y agua hasta que te quedes diáfano, transparente, con la melena larga como esclavina, bien enjutito y en los puros huesos, conforme al ritual de la escuela.. Para que tus ensueños sean reales, quiera Dios que te visiten espectros, que te rodeen telarañas, que tengas por ropita un sudario y un capuz, que oigas responsos y Dies iræ, que a las rejas de tu cárcel se asomen los simpáticos murciélagos, y por las grietas del suelo penetren los diligentes ratones para cantarte la pitita y el trágala, únicas trovas que cuadran a la insulsa canturria de tu romanticismo. Dime una cosa, niño: ¿qué pensarán de esto Víctor Hugo y Dumas? Llámalos para que vayan en tu ayuda. ¿Y Robespierre, Saint-Just y Vergniaud, los románticos de la política, qué hacen que no te sacan? Buena es la cárcel, buena, buena, buena.. como diría tu amigo Miguelito, porque en ella han tenido fin las inauditas aventuras de nuestro inflamado caballero".

-Puedes creer, amigo Hillo -dijo Fernando, sonriendo por primera vez desde que estaba en la cárcel-, que me gusta esta señora, quien quiera que sea, por el donaire que pone en sus burlas despiadadas. ¿Y sostiene que esto es cariño? No diré que no. Sigamos leyendo, que el cartapacio parece que trae miga.

"Soy justa; pero no soy inhumana: no he de acortar el castigo que mereces; pero quiero y debo hacértelo menos penoso, proporcionándote algún esparcimiento en tus horas tristes. Te contaré diversas cosas buenas y malas que van ocurriendo en Madrid durante tu prisión, para que la soledad no te abrume; para que tus ideas se acompañen de otras ideas, enviadas a tu calabozo por el mundo de fuera, a que ahora no perteneces. La noticia, dulce amiga del hombre, te visitará y te consolará.

"¡Lo que te has perdido, badulaque, por meterte a politiquear en tonto! Si hubieras seguido formal y obediente, habrías asistido al estreno de El trovador en el Príncipe. ¡Qué bonito (p.4246) drama, qué versos primorosos! Pocas veces ha estado nuestro gran coliseo tan brillante como aquella noche.. ¡Qué selecto gentío, qué lujo, qué elegancia! La obra es de esas que hacen llorar en algunos pasajes, y en otros encienden el entusiasmo. Quizás tú la conozcas; el autor es un jovencito de Chiclana que andaba contigo y con Miguel de los Santos. Cuentan que la presentó a Grimaldi hace unos meses, y que este la estimó en poco, determinando que fuese estrenada en la Cruz. Carlos Latorre fue el primero que vio en El trovador, por la lectura, una obra de éxito probable, y algo de esto hubo de olfatear Guzmán, porque la escogió para su beneficio. La primera escena, en prosa, pasó bien; las siguientes en verso gustaron: todo el acto fue bien acogido; el segundo, con las escenas de la gitana, cautivó al público; el tercero le entusiasmó, y el cuarto le arrebató. Me parece a mí que este drama esconde una médula revolucionaria dentro de la vestidura caballeresca: en él se enaltece al pueblo, al hombre desamparado, de obscuro abolengo, formado y robustecido en la soledad; hijo, en fin, de sus obras; y salen mal libradas las clases superiores, presentadas como egoístas, tiránicas, sin ley ni humanidad. ¡Vaya con lo que sacan ahora estos niños nuevos! El hecho que constituye la patética emoción del final de la obra, aquello de resultar hermanos los dos rivales, también tiene su miga: no es otra cosa que el principio de igualdad, proclamado en forma dramática. Bueno, bueno. Si he de manifestar lo que pienso, no creo en la igualdad, digan lo que quieran poetas y filósofos. La prosa y el verso nos hablarán de igualdad sin lograr convencerme.. Pero ello no quita que en el fingido mundo del teatro admitamos todas las ideas cuando el artificio que las expone es de buena ley: por eso aplaudimos a rabiar a ese inspirado chico, después de haber mojado los pañuelos con nuestras lágrimas.. Cree que en uno de los mejores pasajes me acordé de ti. Al Trovador me le tienen encerradito en una torre, y allí coge el laúd y se pone a cantar. ¡Pobrecito! Y esto lo (p.4247) hace cuando ya le tienen en capilla y andan pidiendo por su alma los agonizantes. Pensaba yo si tendrás ahí guitarra o bandurria con que acompañar las trovas que eches al viento por la reja, y si habrá por la calle alguna naranjera que te oiga, y, compadecida, riegue con sus lágrimas el feo muro de tu cárcel.. Por fortuna, no estás condenado a muerte, aunque por menos de lo que tú haces le cortaron la cabeza al sin ventura Manrique.. En fin, que El trovador gustó de veras, y no contento el público con aplaudir frenéticamente al autor, pidió que compareciese en las tablas. ¡Ay, qué paso y cuánto siento que no lo hubieras visto! ¡Cómo salió allí el pobre hijo, casi arrastrado por la Concha Rodríguez! Es una criatura; cayó soldado en la quinta de 100.000 hombres, y se hallaba de guarnición en Leganés, de donde ha venido a gozar este ruidoso triunfo.. ¡Cómo estaría aquella pobre alma! digo yo. No sé si tiene madre.. Cuentan que en el teatro estaba vestidito de soldado, y que para salir a las tablas le quitaron el uniforme y le pusieron una levita de Ventura de la Vega. Esto me parece una tontería. Véase cómo los partidarios de la igualdad la contradicen en los actos corrientes de la vida. ¿Por qué no salió el hijo del pueblo con su verdadero traje a recibir el homenaje de las clases altas? ¿A qué esa levita, que es una nueva y postiza ficción? En fin, no hagas caso; no sé lo que digo. Continúo no creyendo en la igualdad.

"Me han dicho que en los pasillos no se hablaba más que del drama, y de los alientos que se trae este chico. Todo era elogios, congratulaciones, calor de simpatía, y esperanzas risueñas de días luminosos para la literatura. Pero no faltaban ratoncillos que entre los grupos se deslizaran, hincando el envidioso diente. Para que fuese completo y redondo el éxito de El trovador, los roedores, mordiendo el laurel, lo hicieron más fragante. Uno de los que morían, sotto voce, era ese amigo tuyo y compañero de oficina, que está tísico pasado. Para él no hay nada bello, como nada hay puro ni honrado. Quisieran estos que el Universo se volviese (p.4248) tísico, como ellos; que el sol enflaqueciera, y escupiese con horribles toses la pálida luna. Ahora me acuerdo: se llama Serrano. ¿No sabes? De ti cuenta horrores. Tan pronto dice que eres pariente del verdugo, como que desciendes del moro Muza, y que fue tu nodriza una princesa del Congo. Asegura que estás preso por haber hociqueado en un complot para asesinar a Mendizábal.. ¡Ya ves qué desatinos! Lo gracioso es que él habla de su jefe peor que tú, y está libre. Ha dicho que D. Juan y Medio lleva señoras a su despacho ministerial, por las noches, y que allí trincan y retozan, derrochando el champagne. ¡Qué infamia! ¡Dios mío, en qué repugnante atmósfera de hablillas indecentes viven nuestros pobres políticos! ¡Con qué armas tan viles les atacan! No sé cómo hay quien se resigne a ser hombre público en este país. Ya ves la que le armaron al pobre Toreno el año pasado con la hermosa gallega, cuyos favores le disputaban él y el Embajador de Inglaterra, Williers.. Como que este asunto, y los catálogos que armaron las lenguas viperinas, contribuyeron no poco a que el Conde saliese del Ministerio. La chismografía se ha tomado en esta desdichada tierra las atribuciones que en otros países corresponden a la opinión. Y que la manejan bien los españoles. Esto y las guerrillas, son las dos manifestaciones más poderosas del genio nacional.

"Quiero hablarte de Mendizábal, para que veas la injusticia con que le has denigrado en logias y cafés. El hombre está ya con un pie fuera del poder, aunque crea o aparente creer otra cosa. Es indudable que Palacio le ha hecho la cruz, y que se aguarda la apertura del nuevo Estamento para que el puntapié sea parlamentario, parodiando ridículamente la política inglesa. Está el buen señor tan ciego, tan penetrado del carácter providencial de su papel político, que no hace caso de las advertencias de los amigos más leales. Con todo, creo que la procesión le anda por dentro. Su amor propio no le permite declararse vencido, fracasado (¡como todos, niño, como todos!) ; pero en su forro interno, como (p.4249) dice mi peluquero, se siente enfermo del mal político más grave: del desafecto de Palacio. ¡Abajo, pues, y otra vez será! Esto le decimos, y su cara se pone sombría. Es realmente hombre de gran mérito por sus cualidades morales, que no abundan en la gente política de acá. Quiere hacer el bien; su ambición es espiritual; anhela que perpetúen su nombre los bronces de la Historia.. Cree, tal vez, que lo de los frailes le valdrá una estatua. Podrá ser; pero por de pronto, su ambición de gloria estorba a otras ambiciones menos desinteresadas, y es forzoso quitarle de en medio. La prensa se ha desatado en denigrarle. En los corrillos se pondera su ignorancia, su falta de lecturas, como si nuestros políticos fueran prodigios de ciencia y erudición. Salvo dos o tres, la turbamulta no es más que un cúmulo de ignorancia; el craso de todas las cosas, envuelto en una cascarita de latín, y con tropezones de abogacía indigesta.

"Si es injusto tildarle de ignorante, aquí donde hay Ministros que creen que la Habana es camino para Filipinas, la injusticia sube de punto cuando le tachan de interesado, de poco escrupuloso en la administración de los dineros del pro-común. Tal juicio es absurdo, villano: no ha gobernado a España hombre más puro, menos picado de la codicia. En él la pasión patriótica es una verdad, no un papel, como los que otros desempeñan, mejor o peor aprendido. Por venir a salvarnos, por la ilusión de implantar en su país ideas nuevas, este hombre, este niño grande, tiró una fortuna por la ventana. De aquellas ideas sólo ha podido realizar una pequeña parte. Lo demás.. no le han dejado ni siquiera planearlo. Le tiran de los pies, de las manos, del cabello, de los faldones, y le imposibilitan todo movimiento. Lo que le falta a D. Juan de Dios no es entusiasmo ni voluntad recta: fáltale coordinación en las ideas, madurez, método. Quiere hacer muchas cosas a la vez; se encariña demasiado con sus proyectos, y en su viva imaginación llega a persuadirse de que es un hecho consumado lo que no es más que deseo ardiente. No (p.4250) conoce bien el personal político, ni tampoco el país que gobierna. Ha vivido largo tiempo fuera de España, medio seguro para equivocarse respecto a cosas y personas de acá. El hombre de Estado se forma en la realidad, en los negocios públicos, en los escalones bajos de la administración.. No se gobierna con éxito a un país con los resortes del instinto, de las corazonadas, de los golpes de audacia, de los ensayos atrevidos. Se necesitan otras dotes que da la práctica, y que, unidas al entendimiento, producen el perfecto gobernante. Aquí no hay nadie que valga dos cuartos. Todos son unos intrigantes en la oposición y unos caciquillos en el poder".

-Para, hombre, para -dijo el clérigo echándose atrás en la silla, para poder expresar más vivamente su entusiasmo-, y déjame que estático admire ese talento sin par.. ¿Pero quien esto escribe es una mujer o un monstruo compuesto de los siete sabios de Grecia? ¿Has visto, has conocido quien con más arte y donosura exprese la triste realidad de nuestras pequeñeces políticas?.. No, nuestra incógnita no es una dama. Estamos en grave error.. es Séneca redivivo, quizás con faldas.. ¿Y tú, gaznápiro, no te admiras, no te deleitas, no pierdes el sentido ante los esplendores de ese entendimiento, y ante las gallardías de esa pluma, que sí, sí.. es de mujer, ahora lo veo, por el claro análisis, por la gotita maliciosa que pone en sus conceptos? Créelo, este amarguillo me sabe a gloria. Sigue, hijo, sigue, que esto es oro molido.

 

Ep-23-IV -

-Pues si me tomas juramento -dijo Calpena-, declaro que estoy pasando un rato delicioso con lo que se ha servido escribir para nuestro recreo la señora tirana. Quien esto escribe es persona corrida, que ha visto mucho mundo, y adquirido en él fino trato de gentes. Sigo: 'Como en la cárcel no tendrás periódicos, yo me encargaré de contarte lo que dicen, y bien puedes agradecérmelo, que no es tarea fácil ni breve echarse al coleto todo este fárrago. Fuera de La Abeja, que en extremo me agrada, todo el periodismo me resulta enfadoso, (p.4251) indigesto y de escasa sustancia.. Se escribe para los sectarios, no para la gente pacífica y neutral. Me encantan, eso sí, las letrillas políticas de Bretón, poniendo en solfa los acontecimientos de la semana con donaire decoroso, sin tocar jamás en la grosería, empleando extraños ritmos y consonantes endiablados, de extraordinario efecto cómico. Se pegan al oído ferozmente estas coplas; hace tres días que no ceso de repetir:

Así, beodo como un atún,

Marat hablaba del pro-común.

¡Trun, trun, trun!..

"No puedo resistir los artículos que llaman serios, escritos por jóvenes ilustrados. No negaré su mérito; pero que los lea quien quiera. Han tomado ahora la muletilla del espíritu del siglo, y a todo sacan el argumento espirituoso. Los del grupo templado encuentran anárquico cuanto dicen y hacen los de enfrente, y los libres denigran a los otros, echándoles en cara el despotismo, el obscurantismo, las ideas retrógradas y otras cosas muy malas. El Jorobado ha roto el freno, y no respeta ya ni la vida privada: a tal extremo llegan su desvergüenza y procacidad. El Eco del Comercio, con buenas formas, reparte navajazos a diestro y siniestro, y sus biografías continúan dando disgustos. El lance entre el general Bretón y Fermín Caballero, no ha curado a este de sus mañas: continúa mordaz, agresivo, y no dice cosa alguna sin intención aviesa. Un artículo de la semana pasada parece que dará lugar a la dimisión de Córdova, lo que algunos estiman como la única calamidad que faltaba para consumar la perdición del país. Háblase de un nuevo periódico que fundará Carnerero, y que será agridulce, como todos los suyos; pastelero y anfibio, sin contentar a nadie. En la Revista Española, Mensajero de las Cortes, continúa el anónimo articulista sacudiendo zurriagazos a Mendizábal. Parece que es Galiano el autor de estas fraternas. ¡Y eran íntimos amigos! No en vano dice Martínez de la Rosa, en las tertulias a que asiste, que vivimos en el caos, y propone como único remedio que traigamos, aunque sea embotellado, el espíritu del siglo. Que (p.4252) lo traigan, y en barricas el justo medio.

"Aumentan las desazones por la censura de la prensa. Quién afirma que de todo este caos tienen la culpa los censores del Gobierno, que no cortan y rajan todo lo que deberían; quién abomina del demasiado rigor, pidiendo que se permita mayor desenfreno, para que la libertad, así dicen, cure y cicatrice las mismas heridas que abre; más claro, que el palo de la libertad es un palo medicinal como la quina, el regaliz y la cuasia. A los censores les juzga la opinión, mejor será decir la chismografía, con variados criterios: a unos, como Ángel Fernández de los Ríos, Lorenzo Feijoo y Miguel Vitoria, les ponen en el cuerno de la luna, por su tolerancia, por no prestarse a los rigores extremados, y dejar correr algunos escritos de solapada oposición. En cambio, ponen cual no digan dueñas a D. Juan Nicasio Gallego, a D. Jerónimo de la Escosura y a Cipriano Clemencín, a quienes llaman los inquisidores de la prensa. Estos son los que aprietan las clavijas. Les acusan de que, por conservar sus puestos, han hecho escarnio de la sacrosanta libertad de la imprenta, contraviniendo.. el espíritu del siglo. Me consta que a D. Juan Nicasio le tiene sin cuidado todo lo que de él se dice. Por nada se altera, y continúa muy amigo de todo el mundo, con aquella imperturbable pachorra y aquel cinismo de buen tono. Es un Diógenes ordenado in sacris, que ha tomado la vida por el lado práctico, aprovechando las bonanzas que nos ofrece, y presentando a las tempestades el murallón de una filosofía pasiva, de que son emblema su corpulencia, su sonrisa bonachona y sus epigramas flemáticos. Como aquí los literatos y poetas no pueden vivir de la pluma, porque todos los españoles leen los libros prestados, y las ediciones se hacen cortitas, para regalar, este, como los más, vive al amparo del gran Mecenas de ogaño, que es el Gobierno. Habrás observado que todas las obras maestras de nuestros tiempos están escritas en papel de oficio, y con la excelente tinta de las oficinas. Pero hay alguno a quien no le sale la cuenta, pues a (p.4253) Ventura de la Vega acaban de limpiarle el comedero en Lo Interior, por si escribió o dijo no sé qué. Hoy tienen que tener cuidado esos señoritos con el chiste, y ponerse el bozal para ir de café en café. A Espronceda le solicitan para el nuevo periódico que van a publicar los allegados de Mendizábal (El Liberal creo que se llamará) ; pero se resiste: está preparando un folleto que arde. Cuentan también con Larra; pero éste se arrima a los moderados, y ahora proyecta su viaje a París para sacudirse las murrias. Es de los que no caben aquí, según dice, y tiene razón. Yo sé de otras personas, no ciertamente del gremio literario ni político, que se hallan en el mismo caso. No caben, no encajan, y sin embargo, aquí envejecen, porque a ello les obligan afecciones sagradas o deberes que cumplir. Inteligente paca, como dice mi peluquero.

"Ea, niño, que me canso. Tres pliegos llevo escritos, y me parece que es bastante por hoy. Mi objeto no es otro que crearte con esta dulce conversación escrita una atmósfera plácida, que sirva de lenitivo a tu alma enferma. De este modo te voy infiltrando las ideas sanas, te adormezco en el justo medio, calmo tus locas ansiedades, te reconcilio con el mundo en que estás destinado a vivir, y voy poquito a poco restableciendo en ti el equilibrio de humores, y templando, hasta ponerlas en el son debido, las harto tirantes o harto flojas cuerdas de tus nervios. Ya no escribo más, que también yo necesito equilibrio. Otro día continuaré.. Espero salvarte. Aún no has comprendido bien de cuánto es capaz una.. Chitón".

Quedáronse ambos meditabundos, ensimismados, y comentaron luego la sabrosa carta, leída segunda vez por Hillo. Dos días después la incógnita escribía: "¿No sabes? La belleza marmórea tiene otro novio, Ramón Narváez, no sé si te acordarás, coronel de ejército, cara dura, dejo andaluz, carácter de hierro, más propio para manejar soldados y ganar plazas que para la expugnación de mujeres. Me consta que a la familia de ella agradan estas relaciones, porque el mozo, según dicen, va para general: tales (p.4254) condiciones ha demostrado, y fiereza tanta contra los anárquicos de aquí y los serviles de allá. Pero como sale dentro de unos días para el Norte a mandar el Infante, es fácil que sea sustituido por otro, quizás perteneciente a la clase civil, a esa echadura de abogados habladores que la Nación empolla para sacar ministros. Así andará ello. Todos estos niños zangolotinos que hablan de Benjamín Constant, de Thiers y Guizot, del Parlamento inglés y del bill de indemnidad, me apestan. La petulancia militar, con ser grande, ofende menos que la de los juristas, por lo que voy sospechando y temiéndome que los generales han de ser los principales mangoneadores políticos, cuando lleguemos a la paz. ¿Qué te parece esta observación? En tiempos de guerra mandan los civiles; en tiempos de paz mandarán los espadones.. no será floja empolladura la que nos dejará la guerra civil..

"Me dicen que en el Prado empieza el calorcillo primaveral. El tiempo delicioso favorece la aparición de esas humanas flores que se llaman María Cimera, las dos Malpicas, Pepa Parsent y Encarnación Camarasa. ¿Qué piensas de esto, niño? ¿Has perdido de tal modo el gusto y las aficiones de caballero, que no anhelas la libertad para rendir homenaje a la belleza noble y honrada? ¿No te acuerdas ya de las ilustres casas que no necesito nombrar? ¿No conociste allí damas finísimas, cuya conversación tan sólo, honesta y graciosa, te enseñaba las buenas formas, te sugería pensamientos felices, y educaba tu voluntad y tu inteligencia para un porvenir noble y hasta glorioso? ¿No se te ha pasado por las mientes, loco de remate, que podrías hallar, andando el tiempo, y prosiguiendo en el seguro camino que se te trazó, una compañera de tu vida tan bella, tan virtuosa y distinguida como la que hoy es marquesa de Selva-Alegre? ¿Ya no tienes aspiraciones hidalgas? ¿Te has encariñado tanto con las violencias, con el colorido chillón, con la nota discordante, con el contraste duro, que eres ya insensible al buen tono, a la gracia, a la armonía? No, no puedo creerlo.. De fijo sientes ya en tu alma la (p.4255) reversión a los pasados gustos. ¿Verdad que deseas ver el Prado por abril de flores lleno? La novedad de este año es que se presentarán tres pimpollos, recién salidos del colegio; tres chiquillas monísimas. ¿No aciertas? Son las de Oñate: Juliana, Matilde y Carolina.. Rabia, que ninguna ha de ser para ti; y si ante ellas te presentaras, con tu aire jacobino, y esos modales anárquicos que has adquirido ahora, las pobres niñas se asustarían, y echarían a correr chillando: 'que se lleven de aquí a este pillo, y le vuelvan a meter en la cárcel'. Ya ves, ya ves a lo que has venido a parar.. Me figuro que arrugas el ceño por esta fuerte peluca que te estoy echando, y casi, casi sientes impulsos de estrujar la carta y arrojarla sin concluir su lectura. Pues no señor: aguántese usted y lea hasta el fin, que aún falta lo mejor.

"Corren voces de que dimite Córdova. Se comprende que el hombre esté volado. Aquí se le censura porque no da una batalla por la mañana y otra por la tarde, creyendo que el dar batallas es tan fácil en el campo como en las mesas de los cafés. Y al paso que se hace una crítica estúpida de las operaciones militares, no se le mandan al General los recursos que solicita. Con un ejército descalzo, mal comido, y sin pagas, quieren campañas victoriosas. Oyes en un café a cada instante esta opinión impertinente: '¿Por qué no se ocupa el Baztán?.. ¿Por qué no se fortifican los pueblos de la orilla derecha del Arga?..'. 'Sí, hombre, les diría yo: vayan ustedes a posesionarse del Baztán, a ver si ello es tan divertido como hacer carambolas en el billar'. Yo mandaría al Norte a los carambolistas de Madrid y a los vagos que por matar el aburrimiento se dedican a la estrategia.. A todos les pondría el chopo en la mano y les diría: 'Hijos míos, id a la guerra y desfogad vuestro bélico ardor, y no volváis sino trayendo la cabeza del último faccioso..'. La prensa no hace más que denigrar al General en jefe. El Jorobado le llena de injurias; el Eco le mortifica con malignas reticencias. Los demás, o le defienden tibiamente, o callan hipócritas, haciendo más daño con su silencio que los otros con su (p.4256) procacidad. Esto es indigno: toda injusticia me subleva, y si en mi mano tuviera yo los rayos, como dicen que los tenía Júpiter, no haría más que repartirlos a diestro y siniestro, aniquilando tontos y malvados.

"¿No piensas tú como yo, pobre iluso?.. ¿No ves en Córdova la gran figura militar y política? ¿Has pensado alguna vez en ese hombre, que no nos merecemos, no, que se sale del cuadro de nuestras mezquindades y pequeñeces? Aquí somos miniaturas; él retrato de gran talla. ¿No lo ves así? ¿Por ventura tu inteligencia no se recrea en estos ejemplos vivos? ¿Los hombres culminantes que sobresalen en este hormiguero, no te cautivan ya, despertando en ti la admiración, ya que no el deseo de imitarlos? Medita un poco; y si tus devaneos no te han privado de la facultad de discernir, verás en Córdova la representación más alta de la inteligencia y la voluntad en tres órdenes distintos, el militar, el político y el diplomático. De ese ilustre soldado digo lo que ya te indiqué a propósito de Larra: es de los que no caben aquí. Se me ocurre una comparación, que me parece que no es mía: es de algún poeta, no sé cual.. en fin, puede que sea mía, y allá va. Córdova es un roble plantado en un tiesto. El árbol crece.. Naturalmente el tiesto se rompe..".

-Quien esto escribe -dijo Calpena con gravedad, suspendiendo la lectura-, no es mujer.. No veo aquí a la mujer.

-Pues yo -replicó Hillo, no menos grave y caviloso que su amigo-, te aseguro que ahora.. en este pasaje.. se me representa más mujer que nunca. Sigue, sigue.

 

Ep-23-V -

"No pretendo echármelas de Plutarco.. Esto sería ridículo. ¿Y qué podré decirte yo que tú no sepas? Si sigo hablándote de Córdova y haciendo la debida justicia a sus altas prendas, quizás me digas tú: '¿Para qué se me ponen ante la vista ejemplos que no he de poder seguir? Yo no soy militar'. En efecto, militar no eres, porque.. no es ocasión aún de que sepas este por qué: a su tiempo lo sabrás. ¿Acaso no se abren a tu inteligencia otros caminos que el de la milicia? La Política y la Diplomacia ofrecen ancho campo al talento, si es asistido (p.4257) de dos cualidades preciosas: la honradez y la independencia. No me digas que hace falta el paso por las Universidades. Eso sí que no: detesto a los leguleyos. Lo que hace falta es el paso por los libros, y esa Facultad, todo chico aplicado y con posibles la tiene en su casa. Te pongo ante los ojos el ejemplo de Córdova, para que veas que los grandes hombres que descuellan en la humanidad se lo deben todo a sí propios, y son hechura de su mismo espíritu. La desgracia de este hombre es haber nacido aquí. En el suelo ancho y fecundo de otro país, habría sido árbol corpulento. Bonaparte y él se parecen como dos gotas de agua. El hecho heroico de la Cortadura es hermano gemelo del estreno de Bonaparte en Tolón. El 7 de Julio debía ser otra página como la de Brumario en las calles de París: si no lo fue, no le culpemos a él, sino a la estrechez de tierra en el maldito tiesto. Mendigorría es otro Marengo: si no concluyó la guerra después de aquel brillante hecho de armas, fue por la misma causa.. el tiesto, niño, el tiesto.. Como diplomático, Berlín, París y Lisboa le conocen. Sus escritos de cancillería, como sus proclamas militares, son un modelo, aquellos de precisión y sagacidad, estas de calurosa elocuencia.. ¿Y dónde me dejas al político? Observa cómo, aplacados los ardores liberales de la juventud, vino a profesar y sostener el realismo en su noble pureza. Este no es de los que se encastillan en las ideas de la primera edad, quedándose para toda la vida, como unos bobos, en Las ruinas de Palmira; este es de los que aprenden a vivir en la realidad, en los hechos. La Monarquía tradicional tuvo y tiene en él un acérrimo defensor; pero no quiere el brutal absolutismo, con su siniestro cortejo de verdugos e inquisidores, como lo soñaron D. Víctor Saiz y Calomarde, no. Ya sabrás que declaró la guerra al sistema de Purificación y a las Comisiones Militares hasta acabar con tanta barbarie.. Es liberal sin morrión, monárquico sin cogulla. Cree que el despotismo mata a los pueblos por parálisis, como el estado continuo de revolución los mata.. por el mal de (p.4258) San Vito".

No pudo refrenar Calpena el comentario que de la mente al labio le salía, y dijo, apartando los ojos de la carta: "Lo que noto yo aquí es una gran incongruencia. ¿A qué viene este panegírico del general Córdova? En ninguna de sus cartas se ha dedicado mi señora incógnita a trazar vidas plutarquinas. Casi siempre trata con dureza o con desdén a los contemporáneos célebres. Las únicas excepciones son Mendizábal y D. Luis Fernández de Córdova; pero a este me le pone por encima de todos.. sin venir a cuento.. digo sin venir a cuento, mi querido Hillo, porque yo y mi prisión, y los motivos de ella, ¿qué relación pueden tener?..

-Hijo, la relación quizás no la veamos nosotros; pero que alguna hay, aunque escondida, no lo dudes. Adelante.

-Sigo: 'Te he pintado la figura, antes de decirte que corre por ahí muy válida la idea de investir a Córdova de las facultades de dictador, para salir del atolladero en que estamos metidos. Asumiría las atribuciones de General en jefe del Ejército y de Presidente del Consejo de Ministros; la Corte se trasladaría a Burgos, y los Estamentos.. probablemente a esas logias legales y públicas se les echaría la llave hasta que la guerra quedase definitivamente concluida. ¿Sabes quién ha lanzado esa idea, quién la patrocina y está catequizando a Córdova para que se deje querer? Pues Serafín Estébanez Calderón, auditor en Logroño. No te acordarás: es un malagueño muy despabilado a quien has visto en casa de Puñonrostro..'.

-¿Pero yo, por vida de Quinto Curcio y de las once mil vírgenes -dijo Calpena en la mayor confusión-, qué tengo que ver con todo esto?".

Hillo meditaba, la barba apoyada en los dedos, la vista fija en el tapete mugriento y agujereado de la mesa.

"¿Qué piensas, clérigo?

-No, hijo, no pienso nada; no digo nada. Pero en tanto que se nos descubre el hondo pensamiento de la autora de ese escrito apologético, hagamos nuestras sus ideas, participemos de su ardiente devoción del afortunado caudillo. Aquí estamos para la obediencia, y no hemos de tocar nosotros el pandero, (p.4259) sino ella.. Y a fe que está en buenas manos. A ver, ¿qué más dice?

-Pues sigue el panegírico del santo. 'Córdova tiene todas las cualidades de César.. Es guerrero y político.. Si él no hace de esta tribu de alborotadores una nación, perdamos la esperanza de redimirnos. Mendizábal ha fracasado, porque no ha sabido rematar la suerte.. Córdova la rematará.. Es el hombre único.. Esperar nuestra salvación del Estatuto o de la Constitución del 12, es vivir en el reino de las pamplinas.. Córdova es el Bonaparte sin ambición, bello ideal de los dictadores.. Una espada que piense: esto es lo que nos hace falta..'.

-¿Y no dice más?

-Dice también que me pone ante los ojos esta noble figura militar y política, para que me familiarice con la grandeza del personaje, aprendiendo en él a juntar la gallardía caballeresca con los primores intelectuales. La caballería, aun con un poquito de romanticismo, encaja, creo yo, dentro de la perfecta disciplina social..

-Ya, ya voy viendo algo..

-Pues yo no veo nada..

-¿Y qué más dice?

-Nada más".

Miráronse los dos largo rato, como si cada cual quisiera leer en la cara del otro un pensamiento, una conjetura, una sospecha.. Suspiraron luego casi al unísono, y algo se dijeron, sin que ninguno diera a conocer lo que pensaba.

"Fernandito -indicó Hillo, poniendo término a sus cavilaciones-, ¿no te parece que debemos pedir que nos den de comer? Porque con estas cosas de dictaduras, y de generales de la cepa de los Césares y Bonapartes, se le despierta a uno el apetito de un modo horroroso.

-Soy de la misma opinión, clérigo insigne, y comeré lo que nos traigan, aunque sean los hígados de Chaperón, conservados en vinagre".

El señorito se encontraba en un estado de ánimo favorable a las picantes bromas. Mientras comían un cocido de caldo flaco y de garbanzo duro, dijo a su mentor y capellán: "En vez de dedicarse con tanto ahínco a la literatura plutarquina, podía decirnos cuándo piensa sacarnos de aquí. Si esto es una humorada, que venga Dios y me diga si no es ya insostenible.

-Dame tu palabra de que (p.4260) irás conmigo a donde yo te lleve, y mañana mismo estamos en la calle.

-No puedo dar esa palabra, y si la diera no la cumpliría. Mi voluntad es libre, ya que mi cuerpo no lo es hoy, por causa de un bárbaro atropello.. Pero esto no puede durar, y si durara, sería preciso creer que la justicia es aquí un nombre vano.

-¡Y tan vano!

-Y la política una farsa.

-Un sainete que hace llorar a algunos.

-Y la policía un hato de bandoleros, vendidos a la intriga o a la venganza.. Bien, Señor: murámonos aquí.

-Morirnos no, porque todo es broma, y por mi cuenta, no han de pasar las semanas de Daniel sin que se nos eche, por no resultar nada contra nuestras honradas personas".

Fernando no dijo más. Antes de concluir de comer abandonó la mesa, y se puso a medir con febril paseo la habitación, así a lo largo como a lo ancho. Luego, a media tarde, propuso que dieran una vuelta por los patios. Esto no le hacía maldita gracia a D. Pedro, temeroso de ser visto de la canalla, y con prudentes razones intentó quitárselo de la cabeza. Mas tanto machacó el joven prisionero, que no pudo disuadirle su amigo del propósito de salir. Verdaderamente, tal vida de quietud no era para llegar a viejo. Deseaba moverse, estirar las piernas, respirar otro aire, aunque no fuera menos infecto que el de su cuarto; y como no le importaba nada codearse con la chusma del patio, bajó a dar una vuelta por aquella triste región. D. Pedro no quiso acompañarle, y se quedó en el corredor alto, paseando en corto, sin alejarse de la puerta de su madriguera, para escabullirse dentro en caso de sentir pasos de carceleros o visitantes.

Vio Calpena en el patio diferentes tipos de presos y detenidos, algunos chicos vagabundos, y un cabo que cuidaba del orden en el departamento. Cuatro hombres de aspecto mísero, las carnes bronceadas del sol, los vestidos hechos jirones, robustos, con calañés terciado sobre la oreja, eran los únicos que tenían aspecto de criminales. Hallábanse sentados en ruedo, jugando con piedrecillas blancas y negras sobre un tablero trazado con carbón, y no apartaban de su (p.4261) juego la mirada más que para fijarla en el cabo, que iba de un lado a otro, las manos a la espalda, y a ratos se aproximaba familiarmente a un grupo de presos pacíficos, que parecían gente habituada a tal vida y a tal sociedad. El tono de su conversación, su aire y modos reposados eran como de quien no siente la menor extrañeza de hallarse donde se halla. Miroles Calpena, y ellos le miraron, sin denotar curiosidad ni interés alguno. Algo les dijo el cabo, y siguieron charlando de cosas que debían de ser amenas, plácidas, quizás de lo buena que es la vida y de lo acertado que estuvo Dios al criar al hombre, y este al hacer las leyes y las cárceles.

Después de pasear un rato, se fijó Calpena en tres individuos que permanecían inmóviles, arrimados a la pared junto al portalón cerrado del segundo patio, que ya en aquel tiempo se llamaba de los micos. Eran jóvenes, mal vestidos; el uno parecía no tener camisa, y se había levantado el cuello del levitín para disimularlo; otro llevaba por sombrero una gorra como las de cuartel, y el tercero botas de montar, zamarra muy ceñida con cordones, y un sombrero de ala ancha. Observó Fernando que ninguno de los tres le quitaba los ojos desde que le vieron, y le seguían con la vista por dondequiera que fuese, demostrando, no sólo que le conocían, sino que algo y aun algos tenían que decir de él. No era ciertamente hostil ni burlona la mirada de los tres desconocidos, por lo cual se le despertó a Calpena la curiosidad, y después las ganas de entrar en coloquio con ellos. Encendió un cigarro, y este fue el incidente feliz que determinó la aproximación. Destacose del grupo el de la gorra de cuartel, y con donaire campechano pidió a Fernando candela; diósela este, y al devolver el otro el cigarro, todo con los mejores modos, le dijo: "Sr. de Calpena, muchas gracias, y que no sea esta la última vez que tengamos el gusto de verle por este patio.

-¿Me conoce usted? -dijo Fernando vivamente-. Pues yo a usted.. no recuerdo.

-Zoilo Rufete.. No se acordará. Soy hermano de un valiente militar perseguido por sus opiniones libres.

-En (p.4262) efecto: ese nombre..

-Nos conocemos de la logia, Sr. de Calpena; sólo que está usted trascordado.. En una misma noche hablamos los dos, y fuimos aplaudidos bárbaramente.

-Ya, ya voy haciendo memoria.

-Usted habló de la responsabilidad ministerial, y de la manera de hacerla cumplir; yo de la intervención extranjera, sosteniendo que los españoles nos bastamos y nos sobramos para defender la libertad contra todos los déspotas de la Europa y del Asia.. Después me metí con los frailes, y probé que entre ellos y los palaciegos nos han traído la guerra civil..

-Es verdad, sí.. ¿Y qué hacemos por aquí?

-Pues esperar.. Creen que por prendernos adelantan algo.. Yo me río de las prisiones.. ¿Qué es ello? Maquiavelismo.. y si me apuran, miedo.. Es la cuarta vez que me traen aquí, y aquellos dos compañeros llevan ya nueve encerronas.. Si patriotas entramos, más patriotas salimos. Hoy más libres que ayer, y mañana más que hoy. ¿No piensa usted lo mismo?

-Exactamente lo mismo. Y dígame, ¿nos soltarán pronto? Porque la verdad, este es un bromazo..

-No creo que nos suelten hasta que se abran los Estamentos. Están locos.. Créame usted, amigo Calpena: prenden a treinta o cuarenta por aquello de que vea Palacio que miran por el orden, y mientras usted y yo, y otros mártires del despotismo, nos aburrimos en este pandemonio, cientos y miles de compañeros trabajan fuera de aquí por la causa del pueblo, sin meter bulla. Yo soy de los que dicen: revolución, revolución, y siempre revolución.

-Siempre, siempre. Vengan terremotos, y encima.. el diluvio.

-Lo que es ahora no tardará en estallar el trueno gordo. ¿Y qué me dice de la guarnición? ¿La tenemos ya bien catequizada?..

-¿Sé yo acaso..?

-¿Que no sabe..? ¡Bah, Sr. Calpena, misterios conmigo! Si aquí todos somos unos.. todos apóstoles de la revolución, y cada uno trabaja en su terreno".

Comprendiendo que aquel tipo le tomaba por un conspirador de oficio, Fernando siguió la broma: de algún modo le convenía justificar ante el vulgo su (p.4263) permanencia en la cárcel. Prisión por patriotismo, antes enaltecía que deshonraba.

"Pues sí -dijo tomando el tonillo y los aires de un perfecto muñidor de motines-, el Ejército es nuestro.

-Ya lo sabía yo.. ¿Pues por qué está usted aquí sino por ser el que pone los puntos a la Guardia Real?.. Yo se los pongo a la Milicia, y puedo asegurarle que toda ella respira por la santísima libertad..

-Así tiene que ser.. ¡Buena se armará!

-¿De modo que la Guardia..?

-Como un solo hombre.

-Chitón.. El cabo viene para acá. Disimulemos. Si tiene usted cigarrillos, Sr. de Calpena, le agradeceríamos que nos prestase media docena. Andamos mal de tabaco.

-Tome usted.. Coja más. Arriba tengo para muchos días.

-Basta con diez. Muchísimas gracias. Esta tarde han de traernos tabaco, y yo pondré a su disposición buenos puros.. El cabo nos mira.. Me temo que me diga algo con la vara.. Disimulemos.. Es muy bruto ese cabo. Ha sido lego de convento y voluntario realista.

-Yo me vuelvo a mi cuarto.

-Usted allá y nosotros aquí.. Meditemos.. el triunfo es cosa de días. Bájese acá mañana, y hablaremos: tenemos mucho que hablar.. Conviene que nos pongamos de acuerdo..

-Enteramente de acuerdo..

-Sobre este y el otro punto.. ¿Usted qué opina? ¿Constitución del 12?

-Hombre, pues claro está..

-No deje de correrse al patio mañana.. antes de la comida, de diez a once. A esa hora tenemos un cabo muy bueno: Francisco, de apodo Resplandor, uno que estuvo con Porlier.. Podremos hablar.. Mi compañero Canencia desea echar con usted un parrafito, para quedar también de acuerdo..

-¿Quién es Canencia?

-El del sombrero ancho y botas. Ahora nos mira y se sonríe. Ha llegado hace días de Zaragoza. Ese es un lince para los de Artillería. Les tiene sorbido el seso.

-¿Y el otro quién es?

-¿Pero no le conoce? Si es Fonsagrada, primo hermano de los amigos de usted.

-¿Los Fonsagradas.. dos mocetones muy guapos, sargentos de la Guardia?

-Cabal. Este chico vale más que pesa. Tiene minada la Caballería por dentro, por donde no se ve.. como la (p.4264) carcoma.

-Conozco a sus primos.

-Eleuterio, el mayor, estuvo ayer a vernos.. y hablamos de usted.. y encargó a Zacarías.. así se llama este.. que le diese a usted memorias, y..

-¿Y qué más?

-¡Oído!.. que viene el cabo.. Compañero Calpena, hasta mañana.

-Hasta mañana, compañero Rufete".

 

Ep-23-VI -

Subió Calpena a su cuarto, muy dichoso de haber hecho aquel conocimiento, no sólo porque rompía el monótono y acompasado tedio de la vida carcelaria, sino porque del trato de aquella desdichada hez de la plebe turbulenta, esperaba obtener noticias de sucesos exteriores para él muy interesantes. Encontró a Hillo muy embebecido en la lectura de un librote que el segundo alcaide le había prestado, y era nada menos que la Vida de Carlos XII de Suecia, del amigo Voltaire.

"¿No sabes, clérigo -le dijo gozoso-, lo que me pasa? Pues sin sospecharlo, ni tener de ello la menor noticia, he sido un conspirador terrible.. Mi especialidad es seducir a los cabos y sargentos de la Guardia Real, encariñándoles con la libertad y con el venerando código del 12.

-Hijo, de algún modo se ha de justificar tu prisión. ¿Y de mí qué se dice?

-¿De ti? Que armabas un complot tremebundo para implantar una republiquita a estilo ateniense.. poniendo de protector o de tirano democrático..

-¿A quién?

-Al espejo de los caballeros, general Córdova..

-Pues mira, no estaría mal.. Me satisface haber tenido esa idea -dijo Hillo siguiendo la broma-. Pero en mi calidad de eclesiástico, más cuerdo sería proponer para cabeza de esa república a Fray Cirilo de Alameda y Brea.

-¡Si ese está con D. Carlos..!

-Pues entonces.. crearíamos una Tetrarquía que representara los cuatro brazos, o las cuatro patas del cuerpo social. Yo por el Clero; tú por la Aristocracia; por el Ejército pondríamos a Rufete, y por el Pueblo al gran Aviraneta".

Toda la tarde la entretuvieron con estas bromas. Durmió Calpena intranquilo, y al despertar sobresaltado, no se apartaba de su mente la imagen de los dos Fonsagradas, a quienes conocía por las relaciones de aquella (p.4265) familia con la Zahón. El más joven de ellos era novio de una de las chicas de Milagro. Lo que le turbaba el sueño era que Eleuterio, el mayor de los dos hermanos sargentos, le hubiese mandado memorias con aquellos perdidos del patio. Y según el dicho de Rufete, habían hablado largamente de él. ¿Qué dirían, santo Dios; qué dirían de Aura? Ansioso esperaba el día siguiente para entrar en palique con los tres presos, en quienes vio acabados tipos de jamancios, o sea la variedad política y revolucionaria de los que conspiraban por hambre, metiéndose en mil trapisondas con la mira de pescar algo de lo que repartían las logias en vísperas de motín.

Por la mañana, al salir a dar una vuelta por el pasillo, se encontró a Iglesias, que al cuarto de un preso de pago se dirigía, y hablaron, no maravillándose Nicomedes de verle en tal sitio. "No todos los corifeos de la Libertad -le dijo con cierta vanagloria-, hemos disfrutado las delicias de un cuchitril de pago.. Las dos temporaditas de prisión política que tengo en mi hoja de servicios, amigo Calpena, me las cargué en el patio y cuadra correspondiente, en amigable cohabitación con barateros y asesinos.. Usted es de los privilegiados de la fortuna. También en esta región del martirio patriótico, hay aristocracia, jerarquías..

-Dígame, querido Iglesias, ¿cuándo se arma? ¿Ha caído Mendizábal.. se ha sublevado el Ejército, al grito mágico.. de.. vamos, a cualquier grito mágico?

-La cosa está muy madura.. No puedo decir más.

-¿También ahora secretos..? ¡Amigo Nicomedes, si me parece que estoy en la logia! Baja uno a ese inmundo patio, y en cada tipo de calañés y zamarra le sale un compañero.

-Naturalmente, la masonería tiene en la cárcel sus ramificaciones. Aquí se conspira lo mismo que en cualquier otra parte. Comandante he conocido yo aquí, que nos delató porque no quisimos hacerle Venerable; y entre los cabos hay muchos que hasta hace poco cobraban la peseta diaria que se daba por ciertos trabajos. En los días que estuvo aquí D. Eugenio Aviraneta, el primer genio del mundo en el (p.4266) conspirar, era este el centro de todos los Orientes, grandes y chicos, y aquí venían comunicaciones cifradas de los institutos armados, de las cancillerías extranjeras, y hasta de los ministros.. En fin, no puedo decir más. Paciencia, amigo, que pronto, muy pronto ha de cambiar la faz de la Nación..

-¡Qué gusto! Dígame: será cosa tremenda, desquiciamiento total, confusión, ruinas..

-Poco a poco, amigo mío: los que hoy somos corifeos de la Libertad, nos creemos llamados a gobernar a la Nación, no a destruirla. Trabajamos contra los malos gobiernos, contra las instituciones opresoras; pero queremos el bien del país.

-Yo también.. pero el bien del país exige un cataclismo.

-Lo habrá, hijo, lo habrá.. cataclismo prudente, en beneficio de la Libertad y de los libres.. Paciencia, calma, patriotismo.

-Sea como fuere.. ¿será pronto?

-¡Oh, eso sí! No puedo decir más. Y usted, mártir ahora de la causa, esté muy orgulloso y alégrese de su suerte, esperando el día del triunfo.. Pero no me pregunte cuándo será, pues si yo lo supiera, no se lo diría.. Adiós, adiós. Mi enhorabuena".

Y se metió en el cuarto, donde sufría larga y enfadosa detención, según Calpena supo luego, un tal Civit, compinche en otros días de Aviraneta, y que después se lanzó a trabajar por cuenta propia. Jamás salía de su cuarto. El cabo que servía a los de preferencia, contó a Fernando que el Sr. Civit se pasaba todo el día y parte de la noche escribiendo. ¿Qué hacía? ¿Fabricaba constituciones, formaba listas de proscripción o listines de empleados nuevos? Nunca se supo.

A la hora señalada por Rufete bajó Fernando al patio, y si él fue puntual, más lo fueron los otros: en el mismo sitio del primer conocimiento les encontró, y apenas le vieron, abalanzáronse a recibirle, alentados por la presencia del más benigno de los cabos, el tal Resplandor, hechura de la Masonería del año 20.

El jaquetón de sombrero ancho y botas, con patillitas de boca e jacha, quiso distinguirse por lo cariñoso y expresivo. Saludó con acento andaluz, que a Calpena le pareció afectado y mentiroso. (p.4267) En efecto: el señor Canencia, vástago de una dinastía de conspiradores que venía alborotando desde la francesada, era un andaluz muy crúo, natural.. de Candelario. Pero habiendo rodado por Sevilla y Cádiz, algo también por Melilla, adoptó la pronunciación de aquellas tierras, por creerla más en armonía con sus pensamientos audaces, revoltosos y su natural pendenciero. Ceceaba por presunción de guapeza; su andalucismo era más de cuarteles madrileños que de sevillanos bodegones. Lo mismo servía para enseñar a los pobres pistolos la buena doctrina constituyente, que para dirimir las contiendas de juego, mojando en el primero que se le ponía por delante. Pero si le apuraban a reñir de verdad, y se encontraba frente a un rival poeroso, se llenaba de prudencia, y decía: No quiero espuntar la navaja en er güeso de un amigo. Era el abanderado de todos los motines, y el que más bulla metía, el más arrastrado y avieso si en el motín corría sangre; desplegaba un valor heroico siempre que en la asonada hubiese tropa fraternizando con el pueblo. En un tiempo en que las cartas motinescas venían mal dadas, metiose a contrabandista, allá por Huelva; pero le salió mal la cuenta, y el bromazo le costó dos años de andar en malos pasos, con calcetas de Vizcaya, que pesan como un demonio.

Pues señor, después del primer despotrique de Canencia, que se declaró comilitón de D. Fernando en la obra grande de exterminar el despotismo, tomó la palabra Fonsagrada, el que para ocultar la falta de camisa o por defenderse del frío, llevaba subido el cuello del levitín, con todos los botones prendidos, y además refuerzo de alfileres allí donde los botones faltaban. El paño que de sobra lucía en su pescuezo escaseaba en los codos, no siendo estas las únicas claraboyas por donde se le ventilaba la carne. Cubría su cabeza con una elegante cachucha, prenda nuevecita, que formaba vivo contraste con las demás de su atavío.

"Pues sí, Sr. de Calpena, ayer cuando le vimos a usted nos dieron ganas de hablarle; pero la verdad, yo no me atrevía.. (p.4268) Ahora que estamos juntos, congratulémonos de fraternizar aquí, y bendito sea este martirio, pues por él la igualdad.. es un hecho. Henos aquí confundidos sufriendo la misma pena, usted, aristócrata, y nosotros, que nos orgullecemos de ser pueblo.

-Hoy más pueblo que ayer, y mañana más pueblo que hoy -dijo otro, no consta cuál.

-Las masas no son tales masas sino cuando en ellas se mezclan las clases todas.. Hermanados grandes y chicos en una masa, la revolución.. es un hecho. Pues a lo que iba, Sr. de Calpena: mi primo Eleuterio le conoce a usted mucho, y antier me dio memorias para usted.

-Siento no haberle visto. Quizás me diera noticias de personas que me interesan, y de las cuales nada he sabido desde que esta pillería del Gobierno me prendió.

-Es un hecho -dijo Rufete-, que el Gobierno, por venganza, le ha desterrado a la novia. Lo mismo hicieron conmigo el año 34. Maquiavelismo.. pero no les vale, no les vale.

-No les vale -repitió Calpena-, porque yo, en cuanto me suelten, revolveré toda la tierra hasta encontrarla.. ¿Ha dicho Eleuterio si mi novia vive, si se la llevó aquel tío que ahora cuida de ella, por disposición de Mendizábal?

-Pero, señor, ¿hasta en eso se meten los ministros?.. ¿En quitarle a uno su jembra?

-Sí señor: vive y está buena; sólo que un poco desmejorada. Ya van en camino de..

-¿De dónde?

-Pues mire que no me acuerdo. Pero es cosa de las provincias, allá por donde anda el Pretendiente con toda su facción.

-¿Será Fuenterrabía, Tolosa..?

-Me parece que no.. Yo se lo preguntaré a mi primo cuando vuelva. Mi familia lo sabe todo por Lopresti, a quien despidió la Jacoba, y en casa le tenemos".

Tal impresión causaron a Calpena estas noticias rápidamente comunicadas, que disimular no pudo su alegría. Maquinalmente estrechó las manos de los tres conspiradores, los cuales atribuyeron demostración tan cariñosa al entusiasmo de sectario, a una viva efusión de fraternidad. Contestaron unánimes con igual calor, diciendo el que ceceaba, en confianzudo y jovial estilo: "Zeñó Carpena, España pa loj (p.4269) españole. Diaquí a poco naide noz toze. Cuente zumerzé con ezte amigo pa cualziquiera coza de poer.

-¿Creen ustedes que estallará pronto el trueno gordo?

-Ya se le oye retumbando lejos; ya viene la tormenta -aseguró Rufete.

-Y cuando triunfemos -afirmó Fonsagrada asegurando los alfileres que cerraban su ropa-, podrá uno comer como buen ciudadano, y vestirse, y apalear a toda la canalla que nos ha quitado la libertad.. Ya verán esos maquiavélicos lo que es el pueblo, y la soberanía de nuestra masa.

-Amigos, adiós -dijo Fernando, deseoso de perderles de vista-. Bajaré mañana para que me den más noticias, pues Eleuterio volverá.

-Para servirle, D. Fernando".

Pretextando ocupaciones, se alejó Calpena del patio, y la expansión de su alegría le llevaba por aquellas escaleras arriba como un pájaro. ¡Aura vivía! ¿Qué más podía desear por el momento el desconsolado amante? Aura vivía; el mundo recobraba su placidez luminosa; el sol alumbraba placentero, y la cárcel misma era un lugar risueño y hermoso. Renovadas en él con súbito incendio las energías de su pasión, comprimidas, que no sofocadas, por el cautiverio, pensó que ante el hecho de existir Aurora, carecía de importancia su salida de Madrid bajo el poder del tío carnal. Ya la buscaría y la encontraría su fiel amante, aunque España fuese diez veces mayor de lo que es.. ¡Aura no había sido víctima de su desesperación!.. La catástrofe romántica, ya con puñal, ya con braserillo de carbón o con veneno, aquel espectro que había sido espanto del galán en sus noches de insomnio, ya no era más que un temor disipado. Aura vivía; y en camino para su destierro, se confortaba con la seguridad de que volaría tras ella su caballero libertador. ¡Bonita empresa, singular aventura se preparaba, digna de los Amadises y Esplandianes, por donde había de resultar que las hermosuras morales de la edad de la caballería, en la nuestra prosaica y materialista gallardamente se renovaban!

Tan alegre entró en su cuarto, y con tal brillo de los negros ojos, que Hillo (p.4270) entendió que algún feliz encuentro habla tenido en el patio. Y al verse abrazado por su amigo, no pudo menos de interrogarle inquieto.

"Estamos de enhorabuena, mi querido clérigo. ¿No adivinas por qué? Porque se armará pronto.. La cosa está madura. La Milicia como un solo hombre, el Ejército como un hombre solo.

-¡Que nos coja confesados, hijo!

-No, que nos coja libres.. y si no, caerán los muros de esta infame Bastilla. El rugido popular ya se oye, clérigo mío; la indignación de la masa ya pronto estallará..

-¿Quién te ha llenado la cabeza, ¡oh joven inexperto! de ese viento malsano?

-¿Pero no sabes? La masonería invade el Saladero; se mete aquí con los presos políticos, y hace prosélitos de los cabos de vara.. Y ahora, ¿no te parece que debes pedir a nuestra incógnita que nos saque pronto de este infierno? Si sigo aquí, conspiro, te lo anuncio; haré la propaganda del degüello de ministros, y créeme que hay en esos patios gente abonada para merendarse un par de Ministerios, y los dos Estamentos si fuese menester".

Perplejo y un tanto temeroso, cerró Hillo pausadamente el libro de Voltaire, y fijó la atención y los ojos en su amigo: "Sí, sí, Fernando -dijo tras breve pausa-. Paréceme que ya para bromazo basta. ¿Qué hacemos aquí? Y si esto es un hervidero de conspiraciones, como dices, podría resultar que algún pillo nos comprometiera, y que la humorada se convirtiese en chanza pesadísima.

-Que yo he de conspirar, liándome con los patriotas calzados y con los jacobinos descalzos que he tenido el honor de conocer aquí, no lo dudes. Entré inocente de toda culpa política, y saldré para el motín o para la horca.

-¿Y qué quieres que haga yo, Fernandito de mi alma -dijo Hillo cruzándose de brazos-, si la mascarita no resuelve nuestra libertad, y da en guardarnos aquí hasta que nos convirtamos en cecina o bacalao? Y me inquieta que van ya cuatro días sin que el Sr. Edipo nos traiga algún consuelo. Desde que recibimos el refuerzo de lengua ahumada, dátiles de Berbería y vinito blanco, no ha vuelto el tal a (p.4271) parecer. Y yo digo: ¿si se habrán olvidado de nosotros, y acabaremos por ser empapelados inicuamente?".

Breve rato permanecieron los dos mirándose. Lo que con sus ojos se decían no es para traducido en palabras. Con ellas, y bien expresivas, manifestó Calpena que él discurriría con sus amigos del patio alguna sutil tramoya para escaparse. Hillo, caviloso y triste, no supo qué responderle, ni tuvo ánimos para contradecirle.

Transcurrieron tres días, en los cuales llegaron a Calpena, por el mismo Eleuterio Fonsagrada, nuevas importantísimas. Primero: que Aura iba camino de las Provincias Vascongadas con su tío el Sr. Negretti, y que entrarían en Francia por Canfranc, para tomar luego la frontera. El Sr. Negretti era contratista y constructor de armas de fuego en el campo carlista. Agregó a estas nuevas el sargento que Palacio preparaba un cambio político, dando el pasaporte a Mendizábal y sustituyéndole con Istúriz; que al reunirse los nuevos Estamentos, Procuradores y Próceres se tirarían los trastos a la cabeza; que Lopresti contaba mil donaires del furor de la Zahón, y de las dramáticas, ruidosas escenas que presenció la casa y gozó el vecindario al partir la bella Aurorita, desolada y fuera de sí.

Con estos interesantes informes coincidió carta de la incógnita, que llegó inopinadamente cuando los presos comían. ¡Ay, era muy triste; revelaba inquietudes, aprensiones, amargura y desaliento!

 

Ep-23-VII -

"Estoy enferma -decía la carta-. He pasado unos días crueles, privada del placer de escribir a mis buenos amigos. Ya estoy mejor; pero no ha sido, no, mal de mimo, que tan fácilmente padecemos las señoras. Aquí han creído que me moría. Gracias a Dios, de esta me parece que no caigo. Y no me mortificaban poco en mi enfermedad la idea y la imagen de mis prisioneritos. '¡Buena la hemos hecho! -me decía yo, en mis horas de febril insomnio-. Si ahora me muero, ¿qué va a ser de mis pobres conspiradores, Dios mío? ¿Quién les amparará, quién cuidará de ponerles en la calle?..'. Hijos míos, dad (p.4272) gracias a Dios por mi mejoría, que si llegáis a perderme, trabajillo os habría costado deshacer el bromazo y recobrar vuestra preciosa libertad.

"Al volver en mí, no ceso de pensar en vosotros.. Mi soledad, mi tristeza, el miedo a la muerte, cuya descarnada mano he visto tan próxima, me han sugerido la idea de que debo dar por terminada la encerrona de mi capellán y de su amiguito. El primer objeto que se quería lograr con este ingenioso golpe de mano, bien cumplido está. El objeto segundo, que era extinguir la demencia en el turbado cerebro de mi Sr. D. Fernandito, no sé si lo hemos conseguido. Presumo que no. Se hace lo que se puede: no debemos ir más adelante, so pena de incurrir en crueldad y despotismo. Dispongo, pues, ¡oh capellán mío, y tú, incauto jovenzuelo! que se os abran prontito las puertas de esa mansión de tristeza. Tendreislo entendido, y os cuidaréis de tomar las medidas conducentes a vuestra próxima libertad".

-¡Oh, bien, bien, y viva la incógnita! -exclamó Calpena batiendo palmas-. Ya somos libres. Clérigo, abrázame.

-Despacito: veamos lo que dice después.. Prosigo. "Escribo a los dos, porque deseo abreviar, y porque no hay nada que Mentor deba reservar de su extraviado Telémaco. Con los dos hablo a la vez. Estenme atentos. Si después de esta reclusión, que ha sido barrera contra los malos deseos, castigo de la temeridad, y garantía del honor, no se da Fernando por limpio y curado de su mal de aventuras deshonrosas, entiendo que es locura proseguir mi empresa. No puedo más. Hice cuanto de mí dependía para levantar un valladar entre su presente ignominioso y el brillante porvenir que he soñado para él. Le he brindado con la paz, le exigí sumisión. ¿Quiere someterse y poner su existencia totalmente en mis manos? Me dará con esto la más grande alegría de mi vida. ¿No se somete, no se da por vencido, no quiere la paz que le ofrezco, y que para él representa el bienestar, la posición, el honor y la regularidad de la vida? Pues yo lloraré sobre su ingratitud; a mí, entonces, me (p.4273) corresponderá darme por vencida. Llena el alma de dolor, renuncio a proseguir esta ruda batalla".

La emoción que el clérigo sentía le cortó la lectura. "Fernando, Fernando, hijo mío: ¿este noble lenguaje no hará profundo surco en tu alma? ¿Eres capaz de rebelarte aún?.. ¿No ves cuán grande es su pena, al suponerte contumaz?..

-Sigue -dijo Fernando, que ávido de mayor conocimiento, leía por encima del hombro de su amigo-. Aún falta lo principal.

-A ello voy: "En la puerta de la cárcel, la voz amiga, la voz tutelar dice a Fernando: 'Te ofrezco el destino de Cádiz, adonde partirás con tu mentor y capellán sin pérdida de tiempo'. ¿No quieres? Pues no volverás a saber de mí. Y por mi parte procuraré que a mí no lleguen noticias tuyas. Uno a otro nos extenderemos la partida de defunción.. No están los tiempos para vivir en plena zozobra, añadiendo por nuestra voluntad nuevas tristezas a las que ya nos rodean, y que pertenecen a la vida común, al conjunto de males colectivos. La disminución de nuestros sinsabores bien merece la pérdida de un afecto, aunque al arrancarlo nos duela. Con que ya sabes. Libertad.. Decide ahora de tu suerte".

Quedose Fernando pensativo, dejando vagar sus ideas por el insondable espacio que las últimas frases de la carta abrían ante él. Hillo le sacó de su abstracción con severo lenguaje: "Ya sabes: a Cádiz conmigo o solito al Infierno.

-Salgamos, salgamos pronto de aquí -dijo Calpena, paseándose inquieto, con las manos en los bolsillos-. Dentro de esta cisterna, es imposible el discernimiento.. Salgamos, y al respirar el aire libre decidiré".

Comprendiendo el presbítero que la resolución de la incógnita había hecho profunda impresión en su amigo, no quiso desvirtuarla con razonamientos y nuevas admoniciones. Mejor era dejarle solo con su conciencia, en la cual la verdad iba labrando el hondo surco. Después de la enseñanza y severo castigo de aquel encierro; ausente ya la que había sido causa de su locura, ¿no era razonable esperar que el joven adquiriese la serenidad suficiente para medir y pesar el pro y el (p.4274) contra de las acciones humanas?.. Confiado en una victoria decisiva, Hillo recreaba su espíritu en la esperanza de libertad; mas no se veía totalmente libre de zozobra con las seguridades de que no sufriría menoscabo en su dignidad ni en su reputación. Por cierto que en la carta recibida en la cárcel el penúltimo día (en ocasión que Calpena rondaba por el patio) , iba un pliego reservado para D. Pedro, en el cual se le daban nuevas instrucciones, previendo todo lo que pudiera ocurrir. Si Fernando, sometido incondicionalmente, aceptaba el destino de Cádiz, las cosas marcharían sin ningún tropiezo, y la situación de Hillo sería la de mentor o caballero de compañía, liberalmente remunerado. En caso de rebeldía, la señora no pensaba desentenderse ni abandonarle, como le había dicho, empleando una ficción argumental, de la que esperaba gran efecto sedativo. A donde quiera que fuese el descarriado joven, le seguiría el pensamiento y la acción tutelar de la deidad misteriosa que le protegía. Pero no atreviéndose a comprometer en empresas tan arriesgadas a su bondadoso capellán, se manifestaba dispuesta a desprenderse del incógnito, para él solamente, en plazo no lejano. La señora y el buen D. Pedro celebrarían una conferencia, en la cual la primera le entregaría la llave de su confianza, el segundo prometería solemnemente guardar sobre cuanto oyese reserva absoluta, y entre los dos determinarían los planes más convenientes para ulteriores campañas.

Muy bien le parecieron a D. Pedro estas resoluciones, sobre todo la de arrojar la careta, enseñando el rostro verdadero, pues la lealtad y abnegación que él en tan delicado asunto mostraba, bien merecían la supresión del disfraz. Otra cosa sería ya denigrante para él, ofensiva de su decoro. Tanto se penetró de esta idea el buen presbítero, que hizo firme propósito de renunciar el cargo si la señora no le daba prueba palmaria de su confianza abandonando el misterioso disfraz. Pareciole asimismo muy conveniente y grato lo del viajecito a Cádiz y el establecerse en (p.4275) aquella ciudad, pues no del todo tranquilo respecto al efecto moral de su prisión, deseaba perder de vista a Madrid y a sus conocimientos de acá. Así nadie le haría preguntas impertinentes acerca de su cautiverio por motivos políticos, ni tendría que dar explicaciones del error de la policía, de la torpeza del Gobierno.. Sí, sí, a Cádiz; lejos, lejos, pues lo de la prisión, peor era meneallo.

Subió Calpena del patio, muy excitado, con informes fresquecitos; pero se guardó bien de comunicárselos a su mentor. Pusiéronse a tratar de varios asuntos relacionados con su próxima libertad, y lo primero que dijo Hillo fue que ni él volvería a la casa de Méndez ni Calpena a la calle de las Urosas, debiendo ambos instalarse juntos en una fonda, de donde partirían para Cádiz lo más pronto posible. Convino en ello Fernando, y eligió la fonda de Genieys. Designó esta casa, como hubiera designado la Posada del Peine o el Parador de los Huevos, porque de nada podía enterarse: tan violenta era la tempestad que desató en su cerebro el reciente coloquio con Eleuterio Fonsagrada. Estupendas noticias le dio este del martirio de Aura, y de los dramáticos resortes que fue necesario emplear para llevársela, pues hasta hubo intervención de la policía, y qué sé yo qué.. Con esto, recayó Calpena en la gravísima dolencia de sus amores furibundos, se encendió en su cerebro un hirviente volcán de ideas peregrinas, y en su voluntad resurgieron los estímulos más osados y caballerescos.

Llegó por fin el ansiado día de libertad, que les fue notificada sin explicación del motivo por qué entraron y por qué salían, ni de los términos del sobreseimiento. Entregaron a Calpena un papel, y a Hillo otro papel, en el cual se le llamaba D. Pedro Timoneda; y si esta burla de las leyes fue del agrado de ambos, no dejaba de inspirarles profundo desprecio del poder público. Aunque vestido de seglar, no gustaba Hillo de recorrer la calle en pleno día, y mandó traer un coche simón donde metieron su escasa impedimenta, y se fueron a la fonda simulando que venían de (p.4276) Leganés.

Las mejores habitaciones de Genieys, calle de las Infantas, estaban ocupadas por el célebre banquero D. Alejandro Aguado, que había llegado de París dos días antes. Viajaba este prócer de la alta banca con gran aparato, en sillas de postas de su propiedad, y acotaba para sí, su familia y servidumbre la mejor parte de la única fonda decente que había en Madrid. Los dos licenciados del Saladero tuvieron que acomodarse en una celda interior, obscura, con vistas al húmedo patio donde los cocineros desplumaban las aves y arrojaban los desperdicios de la cocina. Poco grata era tal residencia, y clamaron por otra mejor; mas el encargado, un italiano injerto en catalán, les notificó que no podía mejorarles de cuarto hasta que saliera para Andalucía el Sr. Banquero, añadiendo por vía de consuelo que en otras ocasiones había este señor tomado mayor espacio. El año 29, cuando vino con Rossini, los huéspedes habituales de la casa habían tenido que dormir en los pasillos.

Instalados al fin de mala manera, se descolgó por allí Fonsagrada, que había convenido con Fernando en verse aquella misma noche. No le hizo gracia a D. Pedro tal visita, temeroso de las trapisondas de marras, y mayor fue su disgusto cuando Fernando le anunció la presentación del capellán del segundo regimiento de la Guardia, D. Víctor Ibraim y Coronel, que deseaba reanudar una amistad antigua. A Ibraim le conocía D. Pedro de la sacristía del Carmen Descalzo, donde ambos celebraban años atrás, y nunca hicieron buenas migas, por ser de encontrada índole y gustos diferentes. A Hillo le cargaba el tal clérigo por andaluz, por charlatán, entrometido y farfantón.

Pues, señor, cenaron los tres (convidado Fonsagrada por Calpena) , y cuando estaban en las almendras y pasas, vieron entrar en el comedor, metiendo bulla y bastoneando fuerte, en traje de paisano, al tal D. Víctor Ibraim, que se fue derecho a Hillo, y previo palmoteo en los hombros, le dijo: Grasiaj a Dios, amigo Jiyo, que noj echamo la vista ensima. Y al punto pegada la hebra, por cada palabra de D. (p.4277) Pedro pronunciaba doscientas el otro: era una taravilla seseosa que agradaba un rato, y después aburría. De pronto, el señorito Calpena, con la incumbencia de tener que proveerse de tabaco, guantes y otras cosillas, salió a la calle con Fonsagrada, dejando a su amigo en las astas del toro. ¡Bonita noche le esperaba al pobre clérigo, aguantando el jeringazo continuo de la charla de Ibraim, que hablaba de lo propio y lo ajeno, sin medida ni pausas, eliminando las zedas de su pronunciación, y usando voquibles gigantescos! Pero lo que le requemaba a D. Pedro era que el pillo de Calpena, confabulado quizás con Fonsagrada, le había traído al castrense para que estuviese al quite, entreteniendo a Mentor con su capote, mientras Telémaco hacía un quiebro, y tomaba bonitamente el olivo. "¡A dónde habrá ido ese tunante!.. -pensaba el capellán, sin sosiego, oyendo a Ibraim como se oye el zumbido de un abejón-. ¡Y a qué horas volverá..!".

 

Ep-23-VIII -

¿Y qué le decía el castrense andaluz? Nada que pudiese interesarle. Empezó declarándose liberal, atribuyendo el radicalismo de sus ideas a la influencia de las clases y oficialidad del ilustrado regimiento de la Guardia en que servía. Refractario al despotismo, Ibraim sostenía que la Iglesia de Cristo y la Libertad podían comer en un mismo plato. El clero regular no servía más que para desacreditar con su holganza la santa religión. Con el clero parroquial, el catedral y el castrense bastaba para esplendor de la Iglesia, y conservar la pureza del dogma. Por no enredarse en disputas que excitarían más la verbosidad del capellán, Hillo daba su asentimiento a las estolideces que oía. Y algo dijo el otro después que le cargó soberanamente, por ejemplo: que entre los clérigos amigos de ambos criticaban a Hillo por meterse en belenes revolucionarios, arrimándose a las logias; y aunque su prisión había sido, según se contaba, un error de la policía, no le hacía favor el paso por el Saladero. Por lo demás, le veía con gusto entre los pocos eclesiásticos que hacían ascos a la facción, y se (p.4278) agarraban a las falditas de la angélica Isabé, pues el carlismo no habla de triunfar, y el porvenir era de los de acá, conforme al ejpíritu der siglo. Él iba siempre con er siglo, y por ver en su compañero iguales ideas, simpatisaban. Debía D. Pedro mirar con desprecio las murmuraciones obscurantistas y seguir adelante, procurando ingresar en el cuerpo castrense, pues convenía formar un plantel de capellanes, gente güena, que diera la norma del futuro personal eclesiástico; y si venía una ley (que sí vendría) , abriéndole el caminito de los cabildos catedrales, como descanso y premio del militar servicio, la carrera de tropa era una bendisión. Cierto que la vida de campaña tenía sus trabajos y penalidades; pero todo se compensaba con lo divertido de andar entre gente ilustrada y de humor alegre, y con lo que uno se solasa cuando le toca la sircustansia de un buen alojamiento.

Seguía Hillo dando a todo su aquiescencia, por ver si paraba un poco el molinillo de la palabra de Ibraim; pero ni por esas. Mientras más conforme aparecía D. Pedro, el otro apretaba más en su despotrique, y, por fin, se metió en la política palpitante. A Mendizábal no le podía ver, aunque eran casi paisanos (D. Víctor había visto la luz en Coria del Río, a la verita e Seviya) . Mil ejemplos podría citar el clérigo hablador del detestable Gobierno de D. Juan y Medio; pero como para muestra bastaba un botón, denunciarla la incapacidad del Ministro con este solo caso. A poco de sentarse en la poltrona el gaditano, llegó él (Ibraim) de la propia Sevilla con buenas recomendaciones. No pretendía cosa mayor: el arcedianato de Morón o la Rectoral de Osuna. Trabajó el asunto; ayudáronle los Procuradores sevillanos Don Juan Morales Díez de la Cortina y D. Francisco Javier Osuna. Pero cuando ya creía tener bien trincado lo de Morón, quedose como er gayo der mismo, sin pluma y cacareando, porque el arrastrao D. Juan dio la plaza a un pariente suyo, un tal Méndez, de Chiclana, que en su vida las había visto más gordas, pues ni latín sabía, y se pasaba el tiempo (p.4279) derribando vacas. Gestionó luego D. Víctor lo de Osuna, y quedose también per istam. Se lo llevó uno que en sus sermones llamaba a los liberales loj alurnoj e Lusifé. Así estaba todo.. lo mismo que en tiempo de Calomarde. ¡Y para esto traían de Londón un ministro santiguaor que iba a poné la justisia!.. Gracias que el pobre clérigo andaluz, después de aquer feo que le hiso el Ministro, pudo encontrar alguna protección en su paisano Joaquín Francisco Pacheco, que le metió en lo castrense con no poco trabajo.

Deseaba, pues, ardientemente el rencoroso Ibraim que cayese y reventara pronto ese tío campanero, que no era más que un jormiguiya, mucho moverse, mucho proyectar de fantasía, y poco chapitel. Y seguramente, sus días estaban contados: abierto el nuevo Estamento, se armaría la gran saragata, y adiós mi D. Juan para toda la vida. No recataba el castrense sus instintos revolucionarios, diciendo: Debemo poné en la caye a ese sopenco, y hasé un Ministerio de libres, con Argüeyes a la cabesa. También con esto hubo de manifestarse conforme D Pedro, dispuesto a decir amén a las mayores atrocidades; y no pudiendo aguantar más, indicó con bostezos y pestañeo sus ganas de dormir, por ver si Ibraim se najaba. Lo que este hizo fue invitarle a ir un ratito al café, con lo cual vio el cielo abierto D. Pedro, porque negándose cortésmente a gandulear tan a deshora, el otro, que debía de ser un gandul de primera, se marcharía solo. Pero no quiso Dios que tan a gusto de Hillo pasaran las cosas, porque Ibraim, lejos de parecer contrariado por la negativa de su colega, se mostró muy satisfecho, y dijo que mejor y más desahogaos estarían allí. Al punto tiró de la campanilla, y al mozo que vino le mandó traer copas y cigarros.

En vista de esto, no le quedaban a Hillo más que dos partidos que tomar: o coger una silla y estampársela en la cabeza al enfadoso castrense, o resignarse y hacer cuenta de que Dios le aceptaría sufrimiento tan grande en descargo de sus culpas. Prefirió este último partido, y se recargó de paciencia, (p.4280) invocando mentalmente la Misericordia divina. "Laj onse -dijo Ibraim mirando su reloj-. ¡Qué temprano!".

Era el castrense un mocetón como un castillo, bien plantado, esbelto, de poco más de treinta años, morena y agitanada la tez, los ojos negros, desmesurados, que habrían podido surtir dos caras, sobrando todavía un poco de ojos; temple sanguíneo muy acentuado; el testuz con remolinos de pelo que el corte frecuente hacía más ásperos; el morrillo formidable, bocado exquisito si cae en manos de antropófagos; no grande ni fea la pezuña, la mano fuerte, el entrecejo tenebroso por la enorme cantidad de ceja, la fisonomía poco atractiva, el aire total como de contrabandista o mayoral de diligencias. Hombre de poquísimas letras, fue metido en la carrera eclesiástica por no servir para otra cosa. De muchacho, era el primer gallina del pueblo, y jamás se querelló con nadie; ni siquiera era fachendoso. Tenía su fuerza en la palabra, en el hablar sin término, almacenando con prodigiosa retentiva todos los chismes de cuatro leguas a la redonda. Se hizo cura sin esfuerzo, no viendo en las pasiones obstáculo grande para tal carrera. Luego fue adquiriendo vicios con el contagio de la vida de tropa. Midiéndolo por el nivel medio moral que comúnmente usamos, no fue un mal sacerdote antes de ser castrense, y hasta llegaron a contarse de él actos de virtud de los más vulgares. Para el púlpito no servía por su mala pronunciación y su falta de luces; para el confesonario, tal cual; era largo en las misas, y algún malicioso dijo que por el afán de hablar, añadía latines de su cosecha al formulario litúrgico. En funciones de ceremonia lucía por su gallarda estatura, y como siempre tuvo sonora y vibrante voz, aunque poco afinada, cantando la Epístola era un hermoso becerro con dalmática.

No le clasificó entre los rumiantes el bueno de Hillo, que la noche aquella, tediosa cual ninguna, hubo de hacer en su mente, para encontrar el símil de Ibraim, una chabacana combinación zoológica, fundiendo en una pieza el atún de las almadrabas de Huelva y (p.4281) la cotorra de las selvas africanas.

Las once y media, y Fernando no parecía.. En el hueco que la ausencia de Telémaco dejaba en el espíritu del triste Mentor, Ibraim arrojaba sin cesar conceptos incoherentes, sin conseguir llenarlo. Entre los diversos temas que iba tomando y dejando al compás de los sorbos de ron, nada le cargó tanto a Hillo como el impertinente y avieso comentario que de la conducta de Fernando hizo. Notó D. Pedro que su hablador colega quería fisgonear, enterarse de lo que no sabía, adoptando el desleal sistema de las preguntas capciosas, y de soltar mentiras para sorprender verdades. Pero a buena parte iba: Hillo sólo contestaba con vagas expresiones. Entre otras chismografías, Ibraim soltó la especie de que a Calpena no le habían preso por conspirador, sino porque se había metido a enamorar a la hija de Mendizábal. Echose a reír el otro clérigo, sin ganas, por dar tono de burla a su respuesta, y el andaluz insistió en que lo había oído, apelando al testimonio de personas conocidas de entrambos. "La chica e Mendisába, hombre; una hija de extranjis, cuarterona de inglesa, que estaba en poer de una tal que yaman la Sayona, prendera o marchanta de piedras.. El Gobierno ha tenido que escondé a la chavala y prendé a Carpena. Ya ve en qué se ocupa mi D. Juan". Negó todo esto resueltamente D. Pedro, calificándolo de absurdo y ridículo; el otro, deseoso de inquirir el origen de D. Fernando, afirmó que alguien le tenía por nacido de altas personas. Hizo Hillo el papel de quien guarda un secreto, y no sabiendo nada, puso en mayor curiosidad a Ibraim, que terminó aquel tratado asegurando que él lo averiguaría.

Al filo de las doce se descolgó Calpena en la fonda, mostrando en su rostro aburrimiento y fatiga, como quien ha pasado las horas en pasos e indagaciones ineficaces. Hillo no le pidió cuentas de su tardanza, conociéndole en el rostro que no estaba en disposición de darlas. Lo que dio fue un gran bufido a Ibraim, que a tales horas aún intentaba pegar la hebra. Tocando retreta, se despidió el (p.4282) hablador hasta el día siguiente.

Acostáronse Mentor y Telémaco sin pedirse ni darse explicaciones de nada, y D. Pedro se pasó parte de la noche revolviendo en su mente nuevas inquietudes por la situación que se presentaba. Pensaba que no pasaría el día venidero sin que el Sr. Edipo recalase con una carta substanciosa, y trajese, amén de instrucciones, los fondos necesarios para el viaje a Cádiz, si en efecto lo había; y anticipándose a lo que el papel dijera, fabricaba el capellán con loca fantasía estupendos castillos. Pero ¡ay! la anhelada carta no vino al siguiente día, ni al otro, ni al otro, lo que, unido a que Calpena salía y entraba sin dar cuenta de sus actos, puso al clérigo en un estado de nerviosa ansiedad, semejante a la pasión de ánimo. Al cuarto día el hombre no vivía; perdió el apetito, el sueño; fue atacado de una especie de histerismo, que llevaba trazas de trocarse en locura. ¿Por qué callaba la señora cuando más falta hacían su voz y su autoridad? Tan pronto a enfermedad lo atribuía, tan pronto a muerte; y hasta llegó a imaginar que en todo aquello no había más que una refinada burla, de que él era la primera víctima. La tutelar deidad desaparecía entre nubes cuando llegaba la ocasión de cumplir el compromiso de desenmascararse. ¿Acaso la autora de las donosísimas y tiernas cartas era una guasona de primera, que se había divertido con él metiéndole en la cárcel, ofreciéndole canonjías y volviéndole más loco que lo estaban los orates de todos los manicomios del Reino? Esto no podía ser, no, no.. la protección a Fernando bien efectiva era, con el dinerito por delante, y en ello no cabían chanzas ni sainetes. Y ¿a quién, Por San Caralampio bendito, a quién dirigirse para salir de la horrible duda? ¿Qué camino tomar para llegarse hasta la incógnita y decirle: "Pues usted no se descubre, aquí vengo yo a descubrirla, que ya no puedo más, que estoy loco, que me muero de congoja, de confusión; me muero del mal de ignorancia, el peor de los males"? No sabiendo qué hacer, echose por las calles en averiguación de qué señoras de la (p.4283) aristocracia se habían muerto en aquellos días o estaban in articulo mortis.

Qué tal sería su trastorno, que hasta llegó a encontrar grata la compañía de Ibraim, y se aventuró a confiarle algo de sus cuitas, recibiendo de él consuelos y esperanzas, con la oferta de ayuda fraternal en el trabajo indagatorio. Ya Calpena le había dicho resueltamente que no contara con él para el viaje a Cádiz; y reiterándole su amistad franca y leal, le anunciaba que muy pronto habrían de separarse. Patético y grave estaba D. Fernando; D. Pedro acongojado y lívido, como si le acosaran espectros. El primero dábase por totalmente abandonado de la divinidad tutelar, el segundo por perdido en abismos de confusión y descrédito. No era fácil determinar si el eclipse de la incógnita causaba gozo a Calpena, pues a veces así lo parecía; pero de improviso se le veía meditabundo y apenado, como el que ha perdido una ilusión o un bien positivo. Por otra parte, de las averiguaciones de Mentor burlábase Telémaco, juzgándolas inútiles, y este a su vez, indagaba con febril actividad cosas de índole diversa. Tan loco estaba Juan como Pedro: D. Víctor mediaba entre ellos, queriendo conciliar sus respectivas locuras; mas con tan poco arte, que sólo consiguió aburrirles y embarullarles más de lo que estaban.

Y de las primeras requisitorias tocantes a la probable enfermedad o muerte de alguna señorona aristocrática, ¿qué había resultado? Nada. Atribuyéndolo D. Pedro a que hacía sus pesquisas en un menguado círculo social, resolvió subir a más altas esferas. No estaban a su alcance más que las políticas, y a ellas se dirigió con ánimo resuelto y las entendederas bien aguzadas.

 

Ep-23-IX -

Para ver gente buena, de esa que con un codo toca al pueblo, y con otro a la aristocracia, ningún sitio como el Estamento de Procuradores, que en aquellos días inauguraba la nueva legislatura, con Real discurso y todo el ceremonial de rúbrica. Según el famoso dicho de Larra, no se abría el Estamento; quien se abría era el Sr. D. Juan Álvarez Mendizábal, elegido por diez provincias.. La (p.4284) política entraba en honda crisis, resuelto Palacio a cambiar de Gobierno, y siendo el Parlamento, como era, no más que una sombra de régimen, tapadera de la arbitrariedad, del capricho y de las veleidades cortesanas. Bastó, pues, que tres hombres de fama, un gran orador, un político hábil y un eximio poeta, marcasen un magistral cambiazo, y se apartaran de Mendizábal declarándose devotos ardientes del justo medio, que por entonces, como en todo el reinado siguiente, era el barro de que se echaba mano para la fabricación de ministros; bastó, digo, que aquellos tres señores se lanzaran al campo moderado, para que los liberales se vieran mandados a sus casas, y el poder pasase a los otros, a los de la suprema inteligencia y finas artes de gobierno. ¿Quiénes eran los tres? Alcalá Galiano, Istúriz, el Duque de Rivas. Este fue a la conjuración llevado por amistades más fuertes que sus convencimientos políticos, de ningún modo por ambición, pues un hombre que había hecho el Don Álvaro, bien podía conformarse con un papel incoloro y secundario en aquel teatro todo mentira y rencores. Los otros dos eran ambiciosos, con motivos para serlo, y su presente y su porvenir estaban dentro del escenario político.

La batalla política, dada en el terreno del mensaje, como ordenan la lógica y la costumbre, era de esas que, repetidas hasta la saciedad en nuestra historia parlamentaria, siempre con los mismos tonos y peripecias, resultan, vistas a estas alturas, absolutamente insípidas y sin ningún interés. Batallas son estas que, por el ruido que en ellas se hace, parece que entrañan alguna trascendencia; en realidad no interesan más que a las cuadrillas de desocupados que esperan destinos, o temen perder los que poseen. En estos oleajes, comúnmente todo es espuma; en el de Abril de 1836, apuraban los oradores un asunto ya resuelto por el poder Real. Pero se creía necesario un simulacro de parlamentarismo, por aquello de que era fashionable vestir a la inglesa, imitando los debates políticos, como se imitaban los fraques.

"¿Qué hay por aquí?" -dijo Hillo, que (p.4285) con Ibraim, los dos vestidos de seglares, sin collarín ni ningún signo eclesiástico, brujuleaba por los pasillos del Estamento, llenos de gente inquieta, bulliciosa. Y enterado por Iglesias, que le salió al encuentro, de que Istúriz y Mendizábal se liaban en agrias disputas por un estira y afloja de conducta o principios.. palabras, hojarasca, juguetería política de muchachos grandes, expresó con buen sentido esta opinión sintética: "¡Qué gana de perder tiempo y saliva! ¿A qué disputar un poder que ya se sabe está destinado a la moderación? Yo que el Sr. D. Juan, no me prestaría a esta farsa, y cogiendo mi sombrero, les diría a los procuradores: 'Compadres: ya sé que estoy de más aquí. Ahí tienen ustedes el poder, las carteras, y las actas y credenciales, que yo me voy al corral por mi pie, antes que me arrastren las mulillas'. Y a la señora Reina le diría: 'Señora: para quitamos los collares y ponerlos en otros pescuezos, no es preciso que estemos aquí, como rabaneras, días y más días, apurando el vocablo. Si la opinión no tiene influencia efectiva, ¿a qué fingirla con nuestros deslavazados, interminables despotriques? Hoy decimos lo mismo que ayer, y mañana eructaremos lo de hoy. Con que.. ahí tiene Vuestra Majestad la confianza que me dio. Puesto que ha resuelto quitármela, se la devuelvo, y así le ahorro el disgusto de despedirme como a un criado. Yo soy un hombre serio y formal, que amo a mi patria. No he logrado hacerla feliz, como me propuse y prometí. Mi voluntad ha podido menos que las intrigas y obstáculos con que desde el primer día han embarazado mi camino los políticos de profesión, y las camarillas parlamentarias y palaciegas. Si no hice más fue porque no me dejaron.. De todo se le echa la culpa al pueblo. El pueblo es el gato, el pueblo es el niño mal criado, mocoso y llorón que trastorna la casa. Pues si quieren que el pueblo aprenda a desempeñar su papel político, enséñenle los de arriba con el exacto y honrado cumplimiento del suyo. Con que.. a los Reales pies, etcétera, que yo me voy a mi casa, (p.4286) de donde veré pasar las revoluciones..'. Esto diría yo a ser D. Juan de Dios, y me marcharía cantando bajito, dejando a los Istúriz y Galianos desenvolverse como pudieran, bajo los auspicios de Doña María Cristina y de sus tertuliantes del Pardo y la Granja. Caballeros..".

No parecieron mal a los circunstantes estas ideas, y alguno, al comentarlas, extremó la amargura y escepticismo que revelaban. En aquellos días, la opinión de la gente que politiqueaba y de los ciudadanos pacíficos empezó a mostrarse favorable a Mendizábal. Todo el mundo veía el juego que se traían palaciegos y estatuistas para plantarle en la calle, sustituyéndole con el que había sido su amigo íntimo, D. Javier Istúriz. Hasta Nicomedes Iglesias, que meses antes echaba de su boca sapos y culebras contra el buen gaditano, reconocía la injusticia con que se le trataba, y casi casi se inclinaba a defenderle. Verdad que no era todo generosidad en esta conducta, pues el infatigable pretendiente, desairado por tercera vez en las elecciones, había adquirido pruebas de que no fue Mendizábal el causante de su desventura. Le constaba de un modo indudable que el Ministro, ocho días antes de la elección, había querido sacarle por los cabellos en la provincia de Gerona; pero le marró la suerte, por confabulación de intrigas entre moderados y patriotas catalanes. Viéndose nuevamente detenido en el camino de su ambición, se tragó sus hieles, deplorando la doblez de algunos amigos, que habían trabajado en contra suya, y empezó a sentirse minado por el desaliento y la falta de fe. Pues no se le daba el honroso puesto que en la política creía merecer, lo asaltaría. Cuando no se puede avanzar ordenadamente con la ley, se avanza saltando con los motines, y pues se le marchitaban los ideales, daría un sesgo positivista a sus aspiraciones.. ¿Con qué bandera conspiraría? He aquí el problema. Su despecho, a vueltas de largos insomnios y cálculos, le sugirió que la bandera que resueltamente debía seguir era la del Éxito. ¡Unirse a los que podían y debían triunfar! ¿Quiénes eran (p.4287) estos? Nadie sabría determinarlo hasta la solución de la crisis.

En esta situación de ánimo, su olfato finísimo le permitió apreciar que Mendizábal, caído tan a destiempo, víctima de sus propios amigos y de adversarios envidiosos, quedaría con fuerza moral no menos grande que la que tuvo al venir de Londres. En cambio, Istúriz y comparsa, al remontarse en la cucaña, empujados por Palacio, triunfaban en pleno estado de debilidad. "Los vencedores -se dijo Iglesias-, son gente muerta: en cambio, el vencido vivirá". De aquí que se inclinara a formar en el partido del Ministro desairado y aparentemente maltrecho. Pensaba que D. Juan de Dios se lanzaría con resolución a la política de venganza, que soplando el cuerno revolucionario haría revivir su popularidad, para con ella, y los jirones que aún le restaban de sus desgarrados planes, causar terror y desconcierto en los estatuistas de viejo y nuevo cuño. El hombre de mañana era precisamente el Ministro despedido y vilipendiado de hoy. Así lo presagiaba el instinto de Iglesias, y con esta presunción bastábale para saber a qué faldones agarrarse debía. "Me voy con todo el que apunte alto y sepa hacer blanco seguro -se decía-. ¿Qué bandera? Supongo que D. Juan tremolará la Constitución del 12, para decirle a Palacio que al que no quiere caldo, taza y media. Presumo que nos apoyaremos en el elemento popular, la Milicia Urbana. ¡Ay del que toque a la Milicia!".

Revolviendo en su mente estas ideas, preparaba su probable, casi segura reconciliación con D. Juan Álvarez, hablando de él, en aquellas críticas circunstancias, con una benevolencia compasiva, que sería precursora de las alabanzas una vez que el largo cuerpo del gaditano acabase de caer al suelo. "Sí, hay que reconocer que lo que se hace con este hombre es inicuo -decía en un apretado corrillo en que estaban Trueba y Cossío, Donoso y otros muchachos inteligentes-. Nadie le ha combatido como yo, cuando le he visto metido en transacciones peligrosas con el enemigo.. Pero ahora que se le quiere atropellar.. ahora, (p.4288) ¡oh! nosotros, los patriotas de toda la vida, no tenemos vergüenza si no nos ponemos a su lado". Olózaga, que en aquellos días hizo su estreno parlamentario, sentando plaza de ordador de primer orden, sostenía lo mismo que Iglesias, aunque con menos ardor, porque su posición le imponía otros miramientos. López y Caballero aspiraban a formar grupito aparte, y los santones, con Argüelles a la cabeza, se mostraban fríos en la defensa de Mendizábal, cual si desearan su anulación, antes que pudiese adquirir la jefatura indiscutible del poderoso bando popular.

Indiferente a la marejada política; poco atento al drama de la sesión, en que unos y otros se peleaban por interpretaciones de conceptos, de poco valor práctico, D. Pedro Hillo practicaba en aquel laberinto sus extrañas diligencias. Alguien encontró que podía darle luz: parásitos de las casas grandes; periodistas que democratizaban en las redacciones o en las logias, después de haber asistido a prima noche, vestiditos de fraque, a comidas aristocráticas; Procuradores noveles, fruto elegante del nepotismo moderado, que alternaban con lo más florido de Madrid. No tuvo que hacer D. Pedro flojas combinaciones dialécticas para formular sus interrogatorios con la debida discreción, y al fin ¿qué sacó en limpio? Véanse por la muestra los informes que adquirió del mundo elegante: La Condesa de S. A., una de las más bellas Montúfares, padecía de horroroso dolor de muelas, que privaba a los amigos del placer de admirar su hermosura. La Marquesa de B., ya en meses mayores, no se presentaba en sociedad; se sentía horriblemente molesta. La Duquesa viuda de H. iba saliendo de su pulmonía, que ofrecía cuidado por la edad de la señora: ochenta y cinco años. La Marquesita de A., la menor de tres hermanas célebres por su gracia y hermosura, estaba en cama, de sobreparto; pero iba bien: contaba veintitrés años y meses.

No satisfacían al buen clérigo estas gacetillas de sociedad, y en el ardor de su mente empezó a sospechar que quizás era error suponer a la incógnita (p.4289) perteneciente a la clase más alta de la sociedad. ¿Sería de familia de comerciantes acaudalados, de banqueros o asentistas? ¿Sería..? El hombre se volvía loco, y cada vez se ennegrecían más los horizontes que le cercaban, pues también fueron infructuosos los pasos que dio para buscar a Edipo. Este había sido destinado a una sección de vigilancia en pueblos cercanos a Madrid, y se ignoraba cuándo volvería. Mas no vencido Hillo con estas contrariedades, siguió metiendo el cuezo en los Estamentos, aficionándose más al de Próceres. Una tarde fue sorprendido por la candente noticia de que Mendizábal e Istúriz se desafiaban. ¡Y habían sido Pílades y Orestes, camaradas en la adversidad, amigos en la próspera fortuna! Istúriz dijo al primer Ministro, en un arranque de franqueza oratoria, que no desempeñaba su destino con dignidad. Sensación, réplicas airadas de banco a banco, tumulto.. Todo esto se lo contó a D. Pedro, Luis González, y luego vino Ibraim a confirmarlo, dándole las proporciones que el asunto tomó en cuanto lo cogieron de su cuenta las lenguas de la populachería. Corrieron ambos al otro Estamento, donde ya era público y notorio que Mendizábal había designado a Seoane para que le apadrinara, pues estaba decidido a lavar la afrenta. Istúriz, a las primeras de cambio, se negó a dar satisfacciones, nombrando su representante al Conde de las Navas. Este y Seoane trataron de arreglarlo. A eso de las diez, hallándose los dos clérigos en el café de Solís, agregados a una bulliciosa partida de periodistas, poetas y funcionarios públicos, supieron que no había componenda; que los dos insignes rivales se batirían a pistola, a las seis de la mañana siguiente, en una posesión del Señor de la Coreja, más allá del puente de Segovia; que el Ministro estaba a la sazón en su despacho arreglando papeles, y dictando las disposiciones que el caso exigía: testamento político, testamento privado quizás; que las pistolas con que se habían de fusilar eran de D. Andrés Borrego, armas construidas ex-profeso para lances de honor; que aún estaban discutiendo Navas (p.4290) y Seoane si la tragedia sería a veinte o a treinta pasos; que en las logias, los patriotas alborotados declaraban que armarían gran tremolina si el duelo resultaba una tramoya moderada para asesinar al Ministro, venganza de los frailes, o represalias del servilismo.. con otras particularidades, y los mil fantásticos comentos que había de producir un caso tan emocional en aquella situación ya bastante dramatizada por las trifulcas políticas y militares. Para que el romanticismo, ya bien manifiesto en la Guerra civil, se extendiese a todos los órdenes, como un contagio epidémico, hasta los Ministros Presidentes iban al terreno, pistola en mano, con ánimo caballeresco, para castigar los desmanes de la oposición. En los campos del Norte, la cuestión dinástica se sometía al juicio de Dios. Los políticos, ciegos, medio locos ya, no pudiendo entenderse con la palabra que de todas las bocas afluía sin tasa, apelaban a la pólvora.

 

Ep-23-X -

Despidiose Hillo de la sabrosa tertulia y del bruto de Ibraim, que aún permaneció en el café con otros zánganos, para irse desde allí sabe Dios a qué lugares vitandos y pecaminosos. Alguno de aquellos perdidos propuso a D. Pedro una bonita excursión matinal: largarse todos temprano al sitio del lance, ya que no para presenciarlo, pues esto era difícil, para estar a la mira, oír los disparos, ver llegar y partir a los duelistas y a los padrinos, enterarse pronto del desenlace, y acompañar el cadáver si del encuentro resultaba, que todo podía ser.. y hasta resultar podía que los dos contendientes quedaran patas arriba.

No quiso ser de la partida D. Pedro, conformándose con que le contasen al otro día lo que diera de sí el tremendo lance; y se fue a coger la almohada, ávido de soltar sobre ella la balumba de sus graves pensamientos. Quiso su mala suerte que aquella noche no pareciese por la fonda el D. Fernando, lo que puso a su mentor en grande intranquilidad, privándole del sueño. Presumió que andaría de francachela con los chicos de la Guardia, por entonces su sociedad favorita, y que no dejaría de acudir con ellos o con otros, por la mañana, a (p.4291) las inmediaciones del lugar del desafío, para curiosear y traerse a Madrid las primicias informativas del extraordinario suceso, que lo mismo podía concluir en urbana comedia que en tragedia lastimosa. Véase por dónde tuvieron los propósitos de Hillo mudanza total; y no habiendo querido ir a la feria del duelo, allá fue, y no de los últimos, con esperanza de encontrar a su Telémaco y echarle el lazo.

No habiendo pegado los ojos en toda la noche, era su cerebro un horno, sus ideas lúgubres, de una melancolía intensa, como si en el alma se le fuera metiendo el romanticismo de la clase nocturna y sepulcral, ese que huele a tierra de osarios y a siemprevivas putrefactas. Caminito de la puente segoviana iba el hombre muy cabizbajo, revolviendo en su magín el grave conflicto que le abrumaba: la desaparición o eclipse inexplicable de la dama incógnita; el tenebroso porvenir del infeliz joven a quien amaba como a hermano, o como a muchos hermanos juntos, y su propia situación, que veía ya comprometida para siempre, por aquel enredo de comedia de máscaras en que tan mansamente y sin pensarlo se había metido. Recorrió todo el trayecto sin darse cuenta de su longitud, y hasta más allá del puente no empezó a volver en sí, fijándose en las personas que encontraba, algunas de las cuales venían ya de la feria. En un grupo de muchachos alegres vio a Miguel de los Santos, y le paró para preguntarle el resultado del lance. Afectado de negro pesimismo, creía D. Pedro que de los dos combatientes no habían quedado más que los rabos, y su sorpresa fue grande cuando el guasón y maleante Miguelito le dijo que los curiosos volvían chasqueados, pidiendo que les devolviesen el dinero. "Luego, ¿no ha corrido la sangre?" dijo Hillo; a lo que contestó Álvarez que no, que lo que había corrido era bilis. "Ha sido un duelo a primera bilis, y ya está el honor satisfecho". Siguieron los jóvenes su camino y D. Pedro el suyo, sin ver a Fernando ni encontrar a nadie que de él le diera razón. Luis Brabo le contó que los duelistas habían cambiado un par de tiros a veinte pasos, sin (p.4292) tocarse; antes de repetir, Istúriz dio satisfacción, y todo quedó terminado, sin que fuese preciso usar el esparadrapo y tafetán. "Los dos se han conducido con dignidad y valor. Total, nada. Un escándalo más; un nuevo motivo para que este D. Juan Álvarez se vaya pronto a su casa, y nos deje el campo libre". Cuando esto dijo, pasaron los coches que conducían a los rivales, que acababan de recobrar el honor. El postrero, en que iba Istúriz con Las Navas, paró, por indicación de este, para recoger a González Brabo, quien se despidió del presbítero, dejándole en mitad de la carretera. No había concluido de saludar a los del coche, cuando se llegó a él un hombracho formidable, los zapatos y el pantalón blanqueados por el polvo: era Ibraim, que en tal facha, encendido el rostro por las múltiples mañanas que había tomado, parecía más bárbaro que nunca. Apartándose de un grupo que venía del anfiteatro del suceso (de este modo expresaba el capellán andaluz la proximidad del lugar dramático) , se mostró gozoso de encontrar a Hillo. "¿No sigue usted con sus amigos?" le dijo D. Pedro; y él respondió: "No: son unos locos que le comprometen a uno. Me quedo con usté, selebrando el encuentro; tengo que hablarle".

-¿A mí?

-A usté. ¿Quié que entremoj antej en un merendero a tomá la mañana?

-Hombre, yo no tomo mañanas ni tardes. Tómelas usted si quiere, aunque me parece que ya las tiene en el cuerpo. ¿Ha visto a Fernando?

-No, señó.. Der propio señorito hamos de platicá.

Fue todo oídos D. Pedro, sobresaltado por el tonillo misterioso que en sus palabras el otro ponía, y no tardó en escuchar de los labios gitanescos una interesantísima declaración. D. Víctor Ibraim, la noche anterior, después de las horas pasadas en el café, había tenido ocasión de ver absolutamente disipadas las tinieblas que rodeaban la persona de Calpena, su origen, sus padres.. en fin, ya no había enigma. Todo estaba descubierto y tan claro como la luz del sol. En su estupor, no pudo articular palabra D. Pedro, y a la terrible sorpresa siguieron ansiosas dudas. O Ibraim se (p.4293) chanceaba, o alguien le había llenado la cabeza de mentiras. Hubo de insistir en sus terminantes afirmaciones el capellán de tropa, entrando en la explicación del cómo y cuándo de su portentoso descubrimiento. "¿De modo -dijo Hillo-, que ya sabemos quién es la incógnita dama.. que..?".

Preparábase el buen presbítero a oír un retumbante título de princesa o duquesa, y notó con disgusto que su amigo retardaba la declaración final, poniendo una cara burlona y guiñando los ojazos del modo más impertinente. Exasperado Hillo de tal falta de respeto, le incitó a expresarse claro, pronto, y con la formalidad que el caso requería, pues la cuestión de parentescos y filiaciones de personas ilustres no era para tratada como los chismes de café. El demonio del clérigo gitano, mientras más serio se ponía su colega, más tentado parecía de la risa.

"La madre.. la madre.. ¡una gran señora!.. -dijo D. Pedro, cuya curiosidad se iba convirtiendo en coraje.

-Compañero, si ej usté un simple.. si no hay tal gran señora, ni prinsesa, ni archipámpana.. si es una grandísima coima..".

D. Pedro sintió que toda su sangre se le agolpaba en la cabeza.. se le nublaron los ojos.. se agarró a un árbol. Y el otro, con fiera boca y alma llena de vileza, continuó su terrible información. La madre de Calpena era mujer de historia, que había ganado mucho dinero con tratos nefandos, de esos que la sociedad consiente por una inexplicable aberración de la moral pública. Su casa era muy conocida en Madrid. Pronunció Ibraim el nombre, que aquí no se estampa. "La..". Para D. Pedro fue el tal nombre como si le entrara un rayo por el oído. ¿Pero cómo, cómo había podido averiguar..? No, no tenía ni visos lejanos de verosimilitud tal infamia. La señora invisible revelaba en sus cartas una cultura que no podía existir en ninguna hembra de tal estofa.. ¡No podía ser.. no, mil veces no! A esto replicó Ibraim que la persona que había dado el ser a D. Fernando Calpena, aunque de origen humilde y viviendo en la degradación de su comercio vil, era mujer de (p.4294) excepcionales dotes, de un talento superior no cultivado, y si no sabía escribir como los primeros literatos, secretarios tenía que le llevaban la correspondencia, distinguiéndose uno, el íntimo, el favorito, que era un célebre poeta..

Por un momento flaqueó la sólida convicción de Hillo; pero se rehízo al punto, diciendo con gran entereza: "Repito que no puede ser. Lo niego rotundamente. Aunque admitiéramos el engaño del estilo, hay algo en las cartas en que no cabe artificio ni fingimiento, y es la nobleza.. eso que da el nacimiento, la clase.. No: repito que es un execrable embuste, y extraño mucho que un sacerdote, un caballero se preste a propalarlo". Sin hacer caso de este arañazo, Ibraim prosiguió con fría crueldad, rebatiendo el argumento de la nobleza, y oponiendo a las razones de su amigo otras que le desconcertaron. "Además, nuestra buena incógnita es persona de posición, de riqueza" -dijo D. Pedro creyéndose seguro en este terreno lógico. Pero el otro paró el golpe afirmando que la tal poseía un capitalito, que dedicaba en parte, tocada ya de arrepentimiento, a obras de caridad, y a sostener parientes pobres.

"No puede ser.. Esto es una farsa injuriosa, una burla sangrienta -gritó Hillo en tal exaltación, que su amigo hubo de retirarse cauteloso-. Si usted, Sr. D. Ibraim o don Diablo, no quiere que yo le tenga por un embustero, ahora mismo, sin perder un minuto, lléveme a la vivienda de esa mujer: quiero verla, quiero hablarla, quiero conocer por ella misma el oprobio del desgraciado Fernando, a quien miro como hermano querido.. En otras circunstancias, habría creído deshonrarme entrando en esa casa, a donde usted me llevará; pero ahora más puede mi ansiedad que mis escrúpulos, y voy, sí señor, pero ahora mismo.. Vamos".

Y viendo que el otro vacilaba, se exaltó más, y cogiéndole por un brazo quiso arrastrarle hacia el puente. "No, si no tiene usted más remedio que llevarme. Quiero ir, quiero ver a esa persona, sea quien fuere, y aunque sus vicios sean tales que desaten el Infierno en derredor suyo, la he de ver, por San Judas Tadeo.. ¿Pues (p.4295) qué, se dicen cosas de tal ignominia, sin probarlas al instante?

-Se probará, señó Jiyo, se probará -replicaba el otro, acoquinado, tratando de tomarlo a risa, y luchando con las contracciones de su rostro, que se le alargaba-. Si quiere usté que vayamoj iremo; pero sepa que la tal está de cuerpo presente. Ha fallesido anoche".

Agregó a esto que le habían llamado sus amigos para prestar a una señora moribunda los auxilios espirituales; pero la muerte le había cogido la delantera. Subió a la casa, cuyas señas indicó. La difunta no se había enfriado aún. Las personas de ambos sexos que en la cámara mortuoria estaban, algunas de las cuales éranle a Ibraim bien conocidas, le contaron la historia. Cierto que no habían nombrado a Calpena; pero todas las referencias que del hijo de la muerta daban aquellas bocas deshonradas, concordaban con el individuo, circunstancias y calidades del D. Fernando. Al llegar a este punto, se rehízo D. Pedro, y vio que se desmoronaba el edificio lógico fabricado con podridos materiales por D. Víctor; pero su curiosidad seguía siendo ardorosa, y le incitó a seguir narrando, a referir textualmente lo que en aquel lugar nefando y fúnebre le dijeron, las cosas y objetos que allí vio, todo, en fin, cuanto pudiera esclarecer el tremendo enigma, más inescrutable ahora, representado por una esfinge muerta.

Contó Ibraim lo que su frágil memoria recordaba, y lo refería mal, con torpeza y desorden. Las personas que rodeaban el cadáver de la prójima revelaban sentimiento de su muerte, y ponderaron sus buenas prendas y excelente corazón, que algo bueno puede existir en los seres más envilecidos. Mujeres eran cuatro; hombres, tres: una de aquellas debía de ser parienta de la difunta, pues tenía las llaves de las cómodas y alacenas donde guardaba sus riquezas la que no había de disfrutarlas ya. A eso de las dos de la madrugada empezaron a sacar cosas, para hacer examen y aproximada valoración de todo. ¡Dios, lo que allí sacaron!.. encajes, aderezos, tabaqueras, abanicos, joyas diversas, pedrería suelta, grandes cantidades de (p.4296) esas perlitas que llaman arjofa, y cartuchitos de onzas y ochentines. La mujer que parecía parienta, otra más joven que no cesaba de llorar por la muerta, y un señor de mediana edad, muy calvo, efectuaron el rápido escrutinio, alumbrados por una vela que hubo de mantener en sus manos el Sr. de Ibraim, quien más ganas tenía de largarse a la calle que de hacer el desairado papel de candelero. Entre tanto, las otras dos individuas, y los dos amigos de Ibraim (uno de ellos oficial de la Guardia) , que le habían llevado a presenciar escenas tan desagradables, ocupábanse en amortajar a la que pronto había de vestirse de tierra y gusanos. Una de ellas dijo, besando el cadáver: "¡Pobre tal.. parece que estás viva!

-¡Quién sabe si lo estaría! -dijo Hillo que echaba chispas de puro nervioso-. Otra cosa: Y ese señor calvo, ¿no sabe usted cómo se llama?". Respondió D. Víctor que no había oído su nombre; mas por algo que habló el tal con las mujeronas, dio a conocer que era de la policía. "Bien. Pues ahora, procure usted recordar qué objetos vio en aquel escrutinio, a la luz del candelero que usted mantenía. ¿Vio retratos de familia, alhajas de precio..? ¿Y no había paquetes de cartas?". Contestó Ibraim que había visto sacar, ya de estuches primorosos, ya de envoltorios de papel, cosas lindísimas: un retrato de militar, joyeles de diamantes, hilos de perlas, y un abanico que los presentes alabaron como la mejor y más rara pieza que había en el mundo, tanto por su antigüedad como por su belleza.

La cara de Hillo parecía de cera; apenas respiraba. Pidió la descripción del abanico, y el otro, rascándose la cabeza y plegando los ojos, como si aquel juego muscular le sirviese para atizar el mortecino rescoldo de su memoria, refirió que la joya había sido adquirida poco antes por la difunta, a un alto precio. De la cifra no se acordaba. "¿Y el vendedor?". Creía recordar Ibraim que más bien habían hablado de vendedora; pero el nombre, si es que lo dijeron, no se le quedó presente. En cuanto al abanico, era en verdad cosa linda.. varillaje de nácar caladito con (p.4297) mucho primor, y las figuras de señorío a lo pastoril, con sus borreguitos correspondientes. En fin, pintura más bonita no se podía ver. "¿Y no reparó usted si al extremo de la derecha, en la base de una columna decorativa -dijo Hillo, poniendo toda su alma en la pregunta-, había..? me refiero al país del abanico..

-Comprendido.

-¿No reparó si en ese basamento.. a la derecha, junto a una pastora con peluca muy alta, había un letrero en latín, una divisa heráldica, que dice..?

-¿Qué dise?

-Virtus in arduis".

Tenía D. Víctor idea de haber visto unas letras, así como imitando inscripción en piedra jaspe, al modo de los epitafios.. pero no se fijó en si expresaban aquellos u otros latines.

Oído esto, fue acometido el buen Hillo de un temblor epiléptico, y montando después en cólera, se fue derecho a Ibraim, le agarró de las solapas, y con tremebunda voz, acompañada de ademanes descompuestos, le soltó esta andanada: "Usted me engaña, usted se ha propuesto burlarme y escarnecerme, usted es un vil. Hasta aquí he podido oírle con paciencia; pero ya no sufro más, y le digo a usted que esas historias que me cuenta son fábulas de su grosera invención.. ¡Yo, yo lo digo, y lo sostengo en el terreno que usted quiera!".

Desprendió el otro con no pequeño esfuerzo sus solapas de la furibunda garra de Hillo, y de un brinco se puso a seis pasos; de otro brinco a una distancia considerable, que bien querría fuese de un par de leguas. Con atropelladas frases protestó de su veracidad, presa de un terror convulsivo que la espantosa ira del buen D. Pedro justificaba. Corrió este en seguimiento del andaluz, enarbolando el palo, y aterrándole más con estas roncas expresiones: "Sepa usted, mal caballero, que aquí está Pedro Hillo, el hombre pacífico y apocado, ahora dispuesto a volver por el decoro de una ilustre dama entre las más ilustres, y a no permitir que ese decoro sufra la menor mancilla en boca de quien ha intentado confundir su persona con la de una miserable cortesana. Ahora mismo se desdice usted de los embustes que ha (p.4298) contado, o de lo contrario, no volveremos los dos a Madrid: volverá uno solo".

Echó a correr Ibraim, que era el primer gallina del mundo, con toda su estampa de perdona-vidas, y no hacía más que decir: "¿Se ha güerto loco?.. ¡Señó Jiyo.. por lo clavoj é Cristo!

-¡No hay clavos que valgan! -gritaba Don Pedro, que invadido se sintió inopinadamente de un ardor caballeresco, el cual en un punto hizo gran revolución en su alma-. No habla el sacerdote, no habla el amigo: habla el caballero, y sostiene que no debe consentir el ultraje que un deslenguado infiere a la madre de Calpena, a la señora entre todas las señoras del orbe, a la dama nobilísima..".

El otro, con más miedo que vergüenza, no hacía más que escurrir el bulto, tratando de calmar a Hillo con expresiones conciliadoras. Había referido hechos presenciados por él. No respondía de que fuesen una misma cosa lo que él había visto y oído y la historia de Calpena. Podía ser, podía no ser. Averiguáralo D. Pedro si quería.. Esto dijo en cortadas frases, temblando, casi lloroso, mientras su colega, cuya mansedumbre se había trocado en bravura, trataba de cogerle las vueltas y cortarle el paso. Habíanse metido en terrenos sembrados entre tapiales y casuchas, que debían de ser guarida de gitanos. Don Pedro gritaba: "¡Estamos solos.. en el campo estamos, campo del honor!.. ¡Yo te reto, Ibraim!.. ¡No traemos armas!.. ¡Oh, quién tuviera las que han usado hoy esos duelistas de engañifa!.. Pero si no hay armas cortantes ni de fuego, tenemos bastones.. ¡Dame satisfacción, menguado Ibraim, o te verás conmigo en duelo leal.. en lid de caballeros.. aquí mismo, sin que nadie lo pueda evitar!

-Satisfasión, Jiyo, satisfasión -decía el clérigo de tropa, siempre a distancia.

-Pero no corras; mala bestia. Ten valor para sostener tus infamias.. Y si no quieres admitir el duelo; si como caballero no sabes responder de lo que has dicho, estoy decidido a apalearte.. ¡So embustero! ¡Ven acá! ¿Para qué quieres ese corpacho, y ese trapío, y ese testuz, y esos (p.4299) remos?..".

Despavorido, y sin malditas ganas de aceptar el caballeresco juicio de Dios que el otro le proponía, D. Víctor no pensó más que en ponerse en salvo, y recogiéndose los largos faldones, apretó a correr con toda la ligereza de piernas que le permitía su robusta humanidad, de libras. Sin volver atrás la vista, brincó entre zarzales, franqueó zanjas de inmundicia, y hasta que no se puso a larga distancia, no tomó resuello. D. Pedro le persiguió furibundo, esgrimiendo el palo, hasta que rendida del colosal esfuerzo su máquina respiratoria, cayó en tierra como un tronco, rezongando: "Canalla, me la pagarás.. ¡Decir que es tal!.. ¡Difamar a mi señora!.. O te desdices, o..".

 

Ep-23-XI -

No pudo apreciar el desdichado presbítero el tiempo que tendido estuvo en aquel terreno, más parecido a muladar que a campo de sembradura. Harapientas mujeres le ayudaron a levantarse, y le limpiaron parte mínima del polvo y basura que decoraba su ropa negra. Apenas podía moverse de dolores agudísimos en todo el cuerpo; tardó un rato en recobrar el sentido de su situación, y en traer a su mente claras imágenes de lo que había hecho y dicho. Dudaba de la realidad de la escena que le reproducía su turbada memoria, y cuando trató de dar las gracias a las tarascas que le socorrían, su lengua torpe no acertaba a formular sus pensamientos. Sentáronle sobre una piedra para descansar; pidió agua; se la dieron, y reponiéndose poco a poco, se determinó al fin a emprender la marcha hacia el puente y calle de Segovia. "No quisiera topar con Ibraim, porque si le veo, me volverá la rabia.. ¡Dios mío! ¿cómo he podido olvidar que soy sacerdote?.. ¿Será cierto que hice y dije todo lo que me va repitiendo la memoria? ¿Y qué fue? Que perdí el sentido, que al oír los disparates de ese bruto me volví caballero.. ¿Puede uno volverse caballero en momentos dados, aun siendo sacerdote? Se conoce que sí. He faltado a la moderación, a la humildad, a la paciencia que me impone el Sacramento; he faltado, y tendré que expiar mi culpa.. Es que de algún tiempo acá, (p.4300) desde que la desconocida mamá de Calpena me fue metiendo con suavidad en este berenjenal romántico, no me conozco; no soy el Pedro Hillo de antes, de tantos años pacíficos y obscuros dentro de la paz sacerdotal.. me he convertido insensiblemente en otro ser, menos de Dios y más del siglo.. Cuando he soportado que me encarcelaran, como un caso natural, ¿qué me queda ya que ver ni que sentir?.. Soy hombre, sí; soy caballero, y no consiento que la llamen coima.. Al que me lo diga, le enseñaré yo quién es Señó Jiyo, como dice ese bestia.. No quiero, no quiero la deshonra de Fernando, a quien amo con todo mi corazón, y no le amaría más si le hubiera yo engendrado".

En todo el trayecto hasta su casa, que fue lento y penoso, sus ideas sufrían una oscilación de balanza puesta en el fiel y empujada arriba y abajo por manos invisibles. Ya creía que lo dicho por Ibraim era falso, un embuste, una historia equivocada; ya veía en ello una verdad aterradora; y cuando esta idea de la posible veracidad del odioso cuento se clavaba en su magín, le entraba de nuevo la furia, y ganas de emprenderla a bastonazos con el primerito que encontrase.. "¡Vaya, que si es verdad..! El polizonte, el abanico.. el misterioso resplandor testifical que irradian de sí las cosas verdaderas..". Así pensaba un largo rato, y luego daba en creer que todo era mentira. "No puede ser.. no, no. No se finge la nobleza; no hay arte que lleve el engaño a tal extremo de perfección". Había olvidado las señas de la casa mortuoria que le diera D. Víctor; dudaba si había dicho Fuencarral o Arenal: era cosa acabada en al. Por San Hermógenes bendito, debía buscar a Ibraim, pedirle perdón de las injurias, y recoger de su boca la exacta dirección de la difunta incógnita. ¿Pero qué noticias iba a pedirle a una pobre muerta? ¿Y quién le aseguraba que los adláteres, el de la policía, las mujeres malas, no tirarían a sostenerle en el engaño, a embarullarle más, y acabar de volverle loco?

Con estas dudas angustiosas llegó a Genieys, y agotadas sus fuerzas se arrojó en el lecho; no tenía ganas (p.4301) de comer: ningún alimento pasaría por su abrasado, seco y amarguísimo gaznate. No quería más que dormir, olvidar..

Calpena, que, según le dijo el mozo, había ido a las siete, marchándose después de tomar un copioso desayuno, volvió a casa por la tarde, y le acompañó largas horas. A ratos lloraba el buen presbítero, sin que su amigo obtuviese de él explicaciones sobre los motivos de su pena. A los dos días recobraba la tranquilidad externa; pero su cabeza sufría extraños accidentes, pérdida repentina de la memoria, seguida del fenómeno contrario, esto es, extraordinaria viveza de los recuerdos. Fue Iglesias a visitarle, y se alarmó del lastimoso estado cerebral de su amigo; y como notara que no se le atendía en la fonda con el esmero que su delicada salud requería, propuso llevársele otra vez a la casa de Méndez, lo que realizó aquella misma noche sin aguardar a que el enfermo lo decidiera. Pagada la fonda con los cortos dineros que a Hillo le quedaban, fue trasladado a su antiguo hospedaje, adonde le siguió también Calpena.

"Amigo Nicomedes -le dijo D. Pedro una noche, hallándose solos, el clérigo en su lecho, el otro sentado, leyéndole periódicos-. Si usted no se enfada, le diré que no me interesa nada de eso que cuentan los papeles. Ahórrese el trabajo de leer en alta voz, y lea para sí, que yo me estaré aquí calladito, pensando en mis cosas.

-Precisamente, amigo Hillo, leo en alta voz para distraerle de esos pensamientos que le traen tan extenuado. Es preciso que usted se ponga en cura resueltamente.

-A eso voy, y de eso trato. Esta noche pensaba pedirle a usted un favor, en asunto pertinente a mi salud.

-Dígalo pronto, y si es cosa que está en mis facultades, delo por hecho.

-Pues usted, hombre de relaciones, conocerá a los señores de la Junta de Beneficencia. ¿No son estos los que han de dar licencia para entrar en las casas de orates?

-Seguramente. ¿Tiene usted que visitar a algún pariente o amigo que esté encerrado en el Nuncio de Toledo, o en Zaragoza?

-Pregunto si hay que dirigirse a esos señores solicitando el (p.4302) ingreso de un enfermo de enajenación.

-En efecto: los individuos de la Junta, previo informe de profesores de Medicina, dan la cédula de ingreso.

-Pues consígame al instante una cédula.

-¿Tiene usted pariente o amigo que se halle en ese triste caso?

-Tengo un amigo íntimo, sí señor; tan íntimo, que usa mi nombre y apellido. El loco que deseo encerrar soy yo mismo, caro D. Nicomedes, y dese usted prisa, porque los dineros se me acaban; yo no tengo ya posibles ni de dónde me vengan.. y como me siento rematado, en ninguna parte estaré mejor que en el Nuncio de Toledo".

Trató el bueno de Iglesias de apartarle de sus melancolías con festivas bromas; pero Hillo se confirmó más en ellas, añadiendo estas alarmantes expresiones:

"Sí, lo digo a boca llena: estoy más perdido que D. Quijote, y que cuantos locos hicieron disparates y simplezas en el mundo. Figúrese usted si lo sabré yo, que a todas horas no hago más que contemplar el barullo de mis ideas, los extraños sentimientos de que me veo acometido. Yo mismo he llegado a tomarme miedo, y quiero que me encierren, sí, señor, que me encierren y me aíslen..

-D. Pedro, ningún loco discurre así sobre su propio desvarío. Pues no me lo diga mucho, porque doy en sospechar si estaré yo también trastornado.

-Cuidado, amigo, que así empecé yo -dijo D. Pedro incorporándose en el lecho bruscamente, y mirando a su amigo con refulgentes ojos-. Y no crea que soy tan pacífico; no se fíe usted de mi natural tranquilidad y manso.. no, no, no se fíe. Que también me dan terribles arrechuchos, y se me mete en el magín la convicción de que no soy sacerdote, sino caballero, desfacedor de agravios, como quien dice; y cuando me da esa tremolina, hago y digo atrocidades sin número. Desafío a todo el que se me pone por delante, y me siento con ánimo de comerme a bocados al que no diga y confiese..".

Oyendo esto, y viendo cómo braceaba el clérigo al decirlo, Iglesias tuvo miedo y retiró hacia atrás la silla en que se sentaba.

"Confío en que su amistad y sentimientos humanitarios -agregó (p.4303) Hillo, calmada su excitación-, le inducirán a dar los pasos convenientes para meterme en el Nuncio, antes hoy que mañana. Temo empeorar, ponerme más perdido.. ¿Con que lo toma como cosa suya? Crea usted que se lo agradezco, y desde mi encierro pediré al Señor que no siga usted mi camino.

-Hombre, no.. allá me espere usted largo tiempo -dijo Nicomedes tomándolo a broma; pero con la pulga en el oído, más inquieto de lo que parecía".

Viéndole tranquilo, Iglesias le manifestó que él se sentía también un poco trastornado por la maldita política. No sabía ya qué camino tomar, ni a qué aldabas agarrarse, porque ni los caminos conocidos ya le llevaban a ninguna parte, ni las aldabas, repicadas con furor, le abrían ninguna puerta. Su juego de acogerse a Mendizábal, casi en el suelo ya, no parecía resultarle eficaz, porque D. Juan de Dios, en su orgullo, acababa de manifestar el deseo de caer solo, sin solicitar colchones ni paracaídas del partido en que militaba. No quería que los santones le echaran una mano, ni que le recibieran en las suyas las sociedades secretas. "¿Sabe usted, amigo D. Pedro, lo que ha dicho hoy en los pasillos del Casón? Yo mismo se lo oí. 'Me voy a una casita que tengo a noventa millas de Londres, y allí me estaré con mi familia, viendo la marcha de las cosas de este país..' Y luego en otro corrillo le dijo al propio Argüelles: 'Sé vivir con ochocientos reales mensuales en Londres, con mi familia, y vivir feliz. Traje mucho, y nada me llevo. Que ustedes se diviertan'.

-Gran filosofía es esa. El Sr. D. Juan Álvarez merece toda mi admiración.

-Se retira.. al menos así lo asegura. Y henos aquí abandonados, los que no hemos querido hacer causa común con el santonismo.

-De modo que ahora se encuentra usted como el alma de Garibay -dijo D. Pedro con una risa atronadora que puso muy en cuidado a su compañero de casa-. Pues decídase de una vez, Iglesias, y véngase conmigo.

-¿A dónde?

-Al Nuncio de Toledo. Allá estaremos tan ricamente, y nos contaremos uno a otro nuestras cuitas: yo le diré por qué peno, y usted (p.4304) me hará la historia de sus desairadas tentativas. Créame no se puede luchar con el destino, y el mío, como el de usted, es no llegar nunca.. Hemos nacido con desgracia: la obstinación en esta desigual batalla nos ha trastornado la cabeza. Aún estamos a tiempo, Sr. D. Nicomedes; vámonos, encerrémonos antes de que salgamos por las calles tirando piedras. Corremos el peligro de hacer una barbaridad inesperadamente, y si no coincidimos en la ocasión de hacerla, es fácil que nos enchiqueren por separado, a mí en una parte, a usted en otra, y en este caso no hallaremos en la compañía el consuelo que deseamos".

Al siguiente día repitió Hillo su cantilena del Nuncio de Toledo, ya con verdadera reiteración monomaníaca, lo que puso en mayores cuidados a Iglesias. Conceptuando peligroso contrariarle, le aseguró que ya había pedido la recomendación para ingresar los dos en cualquier casa de orates; y a este propósito dijo D. Pedro cosas tan oportunas y juiciosas, que Nicomedes hubo de enmendar su opinión respecto a él, teniéndole por la misma cordura.

"A usted y a mí, Sr. de Iglesias, nos pasan tantas desventuras por habernos salido de nuestra jurisdicción, del terreno en que por nacimiento, por naturales gustos y por ley del tiempo y de la vida debimos permanecer. En vez de mantenernos en jurisdicción, nos hemos ido por los cerros de Úbeda, y hemos aquí desorientados, huidos, en una palabra, sin saber qué rumbo tomar, pues ya no hay fin seguro para nosotros, como no sea el de la perdición. Yo, presbítero, me salí de mi terreno, arrastrado por un noble afán del bien, eso sí; y aquí me tiene usted castigado por Dios, que no ha visto con buenos ojos el abandono de mis deberes eclesiásticos, por meterme en caballerías impropias de la milicia cristiana a que pertenezco. Verdad que mi conciencia no me arguye ningún pecado grave; pero en religión, como en moral, no sólo es menester ser bueno, sino parecerlo, y yo no parezco un buen sacerdote. La nobleza de los fines que me arrastraron a esta vida de sobresalto, no me exime de (p.4305) responsabilidad ante el clero; no señor, no me exime, y hoy todo mi afán es volver humilde y sumiso al rebaño eclesiástico, prosternarme ante el Sacramento y elevar a Dios mi alma, haciéndome digno de celebrar nuevamente el Santo Sacrificio.. Pues expresada mi situación, voy a la de usted, que estimo muy semejante a la mía, aunque a primera vista no lo parezca. Por lanzarse a este vértigo de la política, donde esperaba satisfacer legítimas ambiciones, abandonó usted el bienestar y la paz rústica de su casa manchega; dio usted de lado a sus padres y hermanos, y trocó la tranquilidad obscura y modesta por los afanes ruidosos. Reconozco que sus aspiraciones eran rectas y nobles: servir al país, ilustrarle; aspiraba usted a manifestar en las Cortes sus ideas y el fruto de sus estudios a desempeñar un Ministerio, cosas muy santas y muy buenas.. Empezó mi hombre su campaña con entusiasmo y brío, metiéndose en todo, huroneando en el periodismo, cultivando amistades; sin sentirlo se fue metiendo en intrigas de mala ley, porque es la política un terreno movedizo y desigual, y andando por ella, ya se pone el pie en firme, ya se hunde en ciénagas malsanas. Cuando ha querido recordar, ya estaba el hombre metido hasta el cuello. Quizás por su misma inquietud, por el afán de llegar pronto, se ha perdido en estos laberintos, y ahora los esfuerzos para salir le meten en mayor confusión y en más cenagosos atolladeros.. Trajo usted con sus aspiraciones legítimas una dosis no corta de soberbia, amigo mío, y por querer sentar plaza en los altos puestos, como a su parecer le correspondía, despreció los secundarios que se le ofrecieron, y ahora se dará con un canto en los pechos si obtener puede un destinillo de tercero o cuarto orden. No ha sabido usted esperar; ha olvidado aquel sabio precepto que se atribuye al último Rey: vísteme despacio, que estoy de prisa; y por vestirse atropelladamente se ha puesto el chaleco donde debió estar la camisa, y la camisa en la cabeza a guisa de turbante. Está usted hecho un mamarracho".

Sonreía Iglesias oyendo (p.4306) este retrato, en el cual vio la destreza del pintor, y alentándole a seguir, continuó el clérigo de este modo: "Compare usted esta tracamundana en que ahora se encuentra, abandonado de sus amigos, y sin saber a qué santos o santones encomendarse, con la paz y la dulce mediócritas de su casa. En su querido Daimiel dejó usted padres y hermanos labradores; su hacienda bastaba para sostén de la familia, y con el trabajo de todos podía ser aumentada. Vino y pan abundantes, caza de lagunas, caza de jarales le sustentaban, ofreciéndole los esparcimientos y el saludable ejercicio del campo. Todo lo dejó usted por venir a quitarle motas a D. Martín de los Heros, o a ver escupir por el colmillo a Ramoncito Narváez. De estos esperaba usted la ínsula que ambicionó su compatriota Sancho Panza, y la ínsula no parece, y D. Martín, D. Juan de Dios, D. Salustiano, D. Javier, D. Francisco y D. Fermín no hacen más que marearle y traerle de Herodes a Pilatos con una soga al pescuezo. Y en tanto su familia, según usted mismo me ha contado, yo no lo invento, se ha cargado de deudas para sostenerle aquí, siempre en espera de que llegue carta con la feliz nueva de que el señorito es Procurador, Ministro o por lo menos Director de Rentas, y lo que llega es la requisitoria angustiosa del madrileño, pidiendo más dinero, más, porque la vida de la corte es cara, y no se pescan truchas a bragas enjutas; que si buena cartera se ha de ganar, buenos cuartos le cuestan las apariencias y ostentaciones que trae consigo la posición política. Total, que los viejos no saben ya qué hacer para el sostenimiento en Madrid del hijo que va para gobernador, y ya no tienen tierras que empeñar, ni granos que vender, ni tinajas de vino que malbaratar, y su único recurso será desprenderse de la camisa que llevan puesta para atender al grande hombre. ¿Es esto cierto, sí o no? ¿No estaría usted mejor allá, muy tranquilito en su labranza, comiendo buenas sopas de ajo y suculentas migas, harto más sabrosas ¡ay! que los bodrios indecentes que le da Genieys cuando usted convida o (p.4307) le convidan sus amigotes? Allá no le dirían que es un Mirabeau en agraz, ni que tiene el cuerpo lleno de espíritu del siglo, ni le meterían en la cabeza tanto viento y hojarasca; pero viviría usted en paz con Dios y con los hombres, y sería usted un hijo ejemplar y un buen padre de familia.. pues usted me ha contado, yo no lo invento, que le tenían preparado el ayuntarle.. repito que no lo invento.. con una hija de ricos labradores, alta de pechos y ademán brioso, como Dulcinea; y usted despreció el partido, porque la lozana joven comía cebolla cruda.. ¡vaya una tontería!.. Y no es sino que al niño se le metió en la cabeza que aquí estaban las hijas de duques y marqueses esperándole para darle su blanca mano, y ambicionaba el trato social muy fino, las etiquetas y bobadas cortesanas.. Confiésemelo: ¿era como lo digo?.. Pues la moza de allá se casó con otro, y ha parido dos hijos ya, como terneros.. yo no lo invento, y es feliz, y usted anda por aquí con la cabeza a pájaros, buscando un acomodo que no encuentra, ni en lo social, ni en lo político, ni en nada, ea. De buena gana, si pudiera volver los hechos al punto de lo pasado, y desandarlo todo, renegaría el buen Iglesias de su vida de estos años, amando lo que despreció, y amparándose a lo que antes tan mal le parecía. Hoy le viniera bien poder cambiar la fragancia de droguería que usan estas damiselas enfermizas, como disimulo de las pestilencias de la civilización, por aquel tufillo de cebolla, compañero de la salud del alma y del cuerpo. ¿Verdad que desharía usted la tela del tiempo, amigo Nicomedes, y la volvería a tejer con la urdimbre aquella.. y con la labradora de la Mancha?".

 

Ep-23-XII -

Iglesias se reía, ocultando con el humorismo su tristeza. "¿No nos vendría bien a los dos -prosiguió el presbítero-, volver a nuestra jurisdicción, yo a mi clerecía y al humilde magisterio de retórica, usted a la paz de su Daimiel? Diría usted con el gran poeta:

¡Oh campo, oh monte, oh río,

oh secreto seguro deleitoso!

Roto casi el navío,

a vuestro almo reposo

huyo de aqueste mar (p.4308) tempestuoso.

Y a mí me tocaría decir con el mismo poeta, volviendo la espalda al tráfago social:

No condeno del mundo

la máquina, pues es de Dios hechura:

en sus abusos fundo

la presente escritura,

cuya verdad el campo me asegura".

Interrumpió esta grata y al propio tiempo triste conferencia, la llegada de una esquela para D. Pedro, la cual bruscamente llevó la atención de entrambos a negocio de mayor interés. La letra del sobrescrito revelaba la mano de Calpena. Hillo se puso de veinticinco colores previendo una nueva desdicha que llorar, y rogó a Nicomedes que leyese, pues él sentía gran debilidad de vista y de cerebro. Iglesias leyó: "Amado clérigo, mi dulce amigo, perdóname si me ausento sin despedirme. La despedida sería harto penosa, y en ella, si mi locura se viera combatida por tu razón, todos los esfuerzos de esta serían inútiles, y prefiero que mi desobediencia no vaya precedida de una discusión inútil. Me voy. ¿A dónde? Ya te lo diré. He averiguado dónde está el único fin de mi vida, y tras ese fin sin fin corre mi destino ciego.. Nunca te olvida tu -Fernando".

"Y con su poquito de culteranismo -dijo Iglesias dejando la carta sobre la mesa-. Ese chico está más trastornado que nosotros.

-¡El romanticismo, el gran monstruo, es la tromba que a todos nos arrastra! -exclamó D. Pedro dando un gran suspiro-. Bien, hijo, bien: la noticia no me coge de nuevas. Me lo temía. El destino sobre todo.. Arrojémonos a los profundos abismos, pues así lo quiere Dios.. Dios, sí, que obra suya es el romanticismo, como lo es la vida clásica.. Bien, hijo, bien: vete en busca de tu ídolo, y que Dios te ampare y te guíe por ese despeñadero. Y bien mirado, si eres nacido de esa, vale más que huyas y desaparezcas.. Deshonra por deshonra, no sé con cuál me quede.. Pero si me engañó el maldito gitano, si no es esa, sino aquella.. Dios decidirá de tu suerte y de la mía. Venga la luz, y cualquiera forma que traiga la verdad, admitámosla y acatémosla".

Poco después manifestó deseos de vestirse y echarse a la calle: sentía vivas ganas de dar un (p.4309) paseo. No se brindó Nicomedes a acompañarle, porque tenía que acudir al trajín político, ver a Salustiano, recorrer tres o cuatro redacciones, los dos Estamentos y otros lugares donde hervía la actualidad, y había que comerla calentita. Era hombre que cuando estaba dos horas sin politiquear no vivía, le faltaba el aire respirable: tan profundamente metido en el alma tenía el nefando vicio. Se fue, mientras el otro se vestía presuroso, ávido de rodar por esos mundos en busca de la puerta de su porvenir, que ni cerrada ni abierta encontraba ya. Ocurrió en aquellos días la caída de Mendizábal, suceso que no se efectuó sin estruendo. Aunque en Palacio le tenían sentenciado desde Marzo, y estaba hecha ya la cama para Istúriz, se esperó una coyuntura decorosa, la propuesta de nombramientos militares para las Inspecciones de Milicias, Infantería y Artillería. Desconforme Su Majestad con los Ministros, puso a estos en el caso ineludible de presentar sus dimisiones. Mendizábal soltó la caña del timón, que había tenido en su mano durante siete meses, y empuñola Istúriz, cuya vida ministerial había de ser aún más corta.

Así hemos venido todo el siglo, navegando con sinnúmero de patrones, y así ha corrido el barco por un mar siempre proceloso, a punto de estrellarse más de una vez; anegado siempre, rara vez con bonanzas, y corriendo iguales peligros con tiempo duro y en las calmas chichas. Es una nave esta que por su mala construcción no va nunca a donde debe ir: los remiendos de velamen y de toda la obra muerta y viva de costados no mejoran sus condiciones marineras, pues el defecto capital está en la quilla, y mientras no se emprenda la reforma por lo hondo, construyendo de nuevo todo el casco, no hay esperanzas de próspera navegación. Las cuadrillas de tripulantes que en ella entran y salen se ocupan más del repuesto de víveres que del buen orden y acierto en las maniobras. Muchos pasan el viaje tumbados a la bartola, y otros se cuidan, más que del aparejo, de quitar y poner lindas banderas. Son, digan lo que quieran, inexpertos (p.4310) marinos: valiera más que se emborracharan, como los ingleses, y que borrachos perdidos supieran dirigir la embarcación. Los más se marean, y la horrorosa molestia del mar la combaten comiendo; algunos, desde la borda, se entretienen en pescar. Todos hablan sin término, en la falsa creencia de que la palabra es viento que hace andar la nave. Esta obedece tan mal, que a las veces el timonel quiere hacerla virar a babor y la condenada se va sobre estribor. De donde resulta ¡ay! que la dejan ir a donde las olas, el viento y los discursos quieren llevarla.

Aquella noche hubo en los clubs grande algarada. En el Estamento mismo, no faltó quien propusiera destronar a la Reina sin pérdida de tiempo, y crear una Regencia de otro sexo. Las logias ardían; los círculos de la Milicia Nacional eran verdaderos volcanes; el nuevo Gobierno, apoyado en la guarnición, tomó sus medidas para reprimir cualquier algarada, y preparaba el decreto para disolver las Cortes, elegidas el mes anterior. ¡Y hasta otra!

En casa de Seoane, a donde fue Nicomedes por la noche, vio este a Mendizábal, que recibía parabienes por su caída. La adulación de unos, la cariñosa amistad de otros, quería pintarle su muerte como su mejor vida, su batacazo político como un éxito evidente. Iglesias no vaciló en felicitarle también, augurándole una resurrección como la del Fénix; pero el despedido Ministro no daba gran valor a estos consuelos, y se aferraba más a la idea de abandonar un terreno en el cual no sabía moverse con desembarazo. Entre otras cosas, dijo estas palabras, que como textuales se copian aquí: "Yo no soy hombre de partido; la prueba es que el que se decía mi partido me ha abandonado: ¿y por qué? Porque he sido y soy y seré independiente: esta es mi gloria".

Y en un grupo que se formó después, agregándose varias señoras, repitió el grande hombre lo de los ochocientos reales que le bastaban para vivir con su familia en el cottage que poseía a noventa millas de Londres. También dijo esto, que es histórico y consta como en escritura: "Si tuve ambición de ser (p.4311) Ministro, ya lo fuí; y si hacemos el inventario, me parece que estamos mejor que lo estábamos cuando me hice cargo, en Septiembre. Conmigo traje mucho; conmigo no llevaré nada más que ojos para llorar la desgracia de mi inocente familia, a quien por la cuarta vez he arrebatado cuanto le pertenecía. Mis enemigos me llaman honrado y patriota, y esto no es flojo consuelo. Conserve yo tales motes, y todo lo demás nada me importa".

Hablando con el propio Nicomedes y con Olózaga, que vaticinaban una trifulca próxima, y con ella la segura rehabilitación del partido de Mendizábal y su nuevo llamamiento al poder, se mostró escéptico, desilusionado, sin entusiasmo por los pronunciamientos y sediciones, y sin malditas ganas de volver a empuñar el timón de bajel tan desconcertado y peligroso. "Siempre que mi patria me llamó -dijo, y esto es también textual-, me encontró. Nada quise, nada recibí, nada recibiré. Tengo parientes aptos para los empleos públicos: no los han obtenido; y para que no me llamen descastado, les formé un capital de mi pensión por lo que me pedían. En mi retiro, en mi rincón seré siempre feliz, y podré decir: Hice lo que pude, lo que debí; nada le he costado a mi patria".

A la una próximamente se retiró a su casa, cuya escalera subió meditabundo, triste. Su amor propio se resentía de la conmoción del porrazo. Creíase capaz aún de grandes cosas, y el no poder realizarlas, ni siquiera emprenderlas, le inspiraba coraje de sí mismo y lástima de la nación que tal hombre se perdía. Reconociendo sus errores, sus inexperiencias, de unos y otras se lamentaba en el sombrío examen de su caída. ¡Oh, si se pudiera empezar de nuevo!.. Pensando en su fama, en la gloria que ambicionaba, no vio muy claro su nombre en las doradas páginas de la Historia. Pensó también en las calumnias con que le había obsequiado el vano vulgo antes de su fracaso, y se dijo: "A estas horas no habrá un solo español que crea que entro en mi casa con las manos absolutamente limpias.. Por Dios que tan limpias las (p.4312) habrá, pero más no". Al verle salir de casa de Seoane, Joaquín María López había hecho con cuatro palabras el exacto retrato del Ministro de la Desamortización: "Alma candorosa y apasionada, cabeza fecunda en recursos, corazón a la vez de héroe y de niño".

Traspasada la puerta de su morada, recibió, como una onda salutífera, el embate de calor doméstico. Niños, mujeres, salían a su encuentro, personas queridas, deudos y parientes. Entre la turbamulta distinguió una modesta figura, un anciano, que en último término permanecía, medroso de avanzar a saludarle: era Milagro. Al reconocerle, no sin dificultad, pues no había exceso de luz en el recibimiento, D. Juan de Dios expresó contrariedad y lástima.. "¡Por Dios, Milagro, usted aquí todavía! Cuando le dije que se pasara por mi casa esta noche y me aguardase en ella, no contaba con esta inesperada cena en casa de Seoane. Dispénseme, amigo mío. Le he dado a usted un plantón horroroso.

-No importa, señor -dijo Milagro humilde y atento-. Mucho gusto en servirle.

-¿Desde qué hora está usted aquí?

Desde las ocho, señor.

-¡Y es la una! Carambo.. Dispénseme.

-No importa, señor..

-Carambo, es usted el empleado no importa.

-Dice bien vuecencia: ese es mi lema.. Las infinitas cesantías que he padecido me han obligado a adoptar esa fórmula de resignación.

-Pues ahora.. Cuando las barbas de tu vecino veas arder..

-Sí, señor: ya.. ya he puesto las mías de remojo.

-Será Ministro de mi ramo el Sr. Aguirre Solarte, buena persona.. Agárrese usted como pueda.. Bueno, pues no quiero detenerle más. Un momento, Sr. Milagro".

Hízole pasar a su despacho, y en pie los dos, el caído Ministro dijo al vacilante funcionario: "Pues le he mandado venir a usted porque pienso utilizar sus servicios en trabajos que preparo para la defensa de mi gestión ministerial, si, como presumo, soy atacado y acusado con mala fe.. Y por de pronto, antes de encargarle las copias de estados y documentos que tengo ya en casa, me hará usted un favor de otra índole.

-Vuecencia me tiene a su disposición (p.4313) para todo.

-¿Conoce usted a ese Maturana, diamantista que fue de Palacio?..

-Es grande amigo mío.

-Perito en alhajas, tasador, comerciante..

-Y hombre de gran conocimiento en todo lo concerniente a pedrería y metales preciosos.. muy relacionado con la Grandeza, con los marchantes extranjeros.. Trabajó treinta y tantos años para la Casa Real.

-Y le despidieron el año 14 por afrancesado, por amigo de Godoy.. no sé por qué ni me importa. Vamos al caso. Puesto que es tan amigo de usted, búsquele mañana mismo. Le dice usted que Mendizábal desea hablarle.. tener con él una conferencia..".

Dicho esto, el ex-Ministro permaneció un momento taciturno, fija la mirada en el suelo, oprimiéndose con dos dedos el labio inferior..

"Conferencia, sí.. que hablaremos detenidamente de un asunto..

-Bien, señor. Mañana, de nueve a diez, estaré en su casa.

-Y si accede, como creo, me le trae usted.. No saldré de aquí hasta las doce".

Con esto quedó despachado el buen Don José. Al despedirle, D. Juan Álvarez Mendizábal le vio con pena salir.. Era el Ministerio, la poltrona, la oficina, el diario trajín político, que cesaban, se perdían en una triste lontananza absorbidos por el pasado. Suspiró D. Juan.. ¡Carambo, qué importaba! Mejor: salía del país y entraba en la familia.

 

Ep-23-XIII -

Ya cargaba D. Javier Istúriz, en medio de un gran barullo, la cruz de la Presidencia Ministerial, llevando por Cirineos a Don Ángel de Saavedra y a D. Antonio Alcalá Galiano, cuando el gran Nicomedes Iglesias, que ningún sendero veía para sus ambiciones fuera de la travesura revolucionaria, extremaba la oposición al Gobierno en la prensa y en las logias, con la añadidura de su hablar malévolo en cafés y tertulias, que era la peor y más terrible arma. Una tarde del florido Mayo le encontramos en Solís, perorando con todo el veneno del mundo, en la mesa del rincón, al frente de una pandilla de desocupados, de los que matan las horas arreglando el país entre terrones de azúcar y copitas de aguardiente. Asistían al sacro colegio, entre otros puntos, (p.4314) Eleuterio Fonsagrada, un amigote suyo sargento de la Guardia Real, cuyo nombre no hace al caso, y el tísico Serrano, que amenazado de cesantía, llamaba a Cachán con dos tejas. Menos pesimista en lo tocante a su enfermedad, porque los aires primaverales le habían remendado el destruido pecho, se forjaba la ilusión de seguir viviendo; pretendía nada menos que ascender, tener dinero, darse buena vida; y si esto no podía ser, vinieran pronto las catástrofes a hacer tabla rasa de todo. Que su cadáver y el del país, su pobreza y la de la nación, tuvieran una sola inmensísima tumba. Los tiros de aquel destacamento de patriotas, después de hacer gran destrozo en las cabezas ministeriales, apuntaban a más altas cabezas.

"Me parece -dijo Iglesias, medio ronco ya de tanto vociferar-, que esa buena señora tendrá que volverse pronto a su pueblo, a esa Parténope con que nos han mareado los poetas.

-En ese caso -indicó Serrano, más ronco todavía que su compañero-, ¿conservaremos la Regencia una, o estableceremos la trina?

-Tan torcidas pueden venir las cosas -afirmó Iglesias dando a sus palabras una intención profética y misteriosa-, que ni Regencia necesitemos. ¿Quién sabe lo que puede sobrevenir? Tales disparates hacen en Palacio y tan ciegos están allí, que los cálculos y previsiones de los más expertos fallan.. Esto es ya una casa de locos. ¿A dónde vamos? La honda no sabe a dónde irá a parar la piedra.

-Pues todavía falta lo mejor. Resueltamente deja el mando del Norte el general Córdova -dijo Fonsagrada-. ¿A quién nombrarán?

-A cualquiera -indicó Iglesias-. Para lo que ha de hacer, lo mismo da Pedro que Juan. Esta guerra no se acaba ya por los procedimientos comunes. Puesto que no tenemos un Hoche..".

El auditorio se quedó suspenso: ninguno de los presentes sabía quién era Hoche..

"Mientras no se haga un escarmiento como el de la Vendée, nada se conseguirá por las armas. Tendrán que partir a España en dos reinos, quedando para los liberales, o sea para la angélica, los estados de Getafe y Alcorcón.

-Madrid -dijo Serrano con (p.4315) humorismo catarral, echando luengas babas-, se constituirá en República de Capricornio, bajo la presidencia de mi coronado jefe D. Eduardo de Oliván e Iznardi..

-¿Y ese, no quedará cesante?

-¡Hombre! ¡Qué cosas tiene Iglesias! ¡Cesante el esposo putativo de la de Oliván! Buena se armaba; sí señor, buena, buena, como dice Miguelito. Esa, sin ser de Parténope, tiene más poder que la señora de Muñoz, y como se le atufaran las narices, como le dejaran cesante a su Eduardito, crujía el Estatuto y se tambaleaba el trono angélico.. Ya lo verán ustedes: no pasan tres días sin que el Sr. Aguirre Solarte le dé un ascenso al primer manso de Madrid. Ya sabrá ella manejar el tinglado. No hay cambio de situación sin que Eduardito dé un paso adelante en su carrera. Tiene la Historia Contemporánea claramente escrita en su cabeza, como los ciervos llevan la cifra de su edad en cada rama.. pues..".

Echose a reír la pandilla, y Nicomedes afirmó que los tiempos eran desastrosos, que todo anunciaba próximos cataclismos. "Lo que ocurre en todos los órdenes contradice la verdad y la lógica. La realidad es más peregrina que las invenciones de los poetas. (p.4316)

Trocádose han las cosas de manera

que nos parece fábula la Historia.

-Pues espérense ustedes un poco -dijo el de la Guardia, no Fonsagrada, sino el otro cuyo nombre no hace al caso-, que ahora va a venir lo más gordo.

-¿Qué? -preguntaron todos ávidos de mayores desatinos, de mayores calamidades públicas y privadas.

-Pues que se están preparando los datos para demostrar que la señora Doña Cristina.. chitón, que esto es muy delicado.. que la señora Doña Cristina, no contenta con los dinerales que le dejó Narizotas, y queriendo meterse en mayores negocios de minas de carbón y saneamiento de marismas, ha hecho pacotilla de todas las alhajas de la Corona, para venderlas. Y que no era floja cantidad de pedrerías la que guardaban en Palacio los Reyes, desde el que rabió: cientos de miles de diamantes, cientos de miles de esmeraldas, celemines de (p.4317) perlas, entre las cuales había una grandísima, que Felipe IV llevaba en el sombrero, y había costado una fortuna.

-Algo de eso oímos anoche en Tepa -dijo otro, anónimo también, pues el mismo Iglesias no sabía cómo se llamaba, ex-ejecutor de apremios, encausado tres veces-. Y a lo que parece, el Sr. Aguado, D. Alejandrón, no ha venido a otra cosa que al negocio ese de las alhajas.

-Se asegura que el tal Aguado viene a establecer, con dinero de la Reina, una línea de barcos de humo, digo, de vapor.

-Pues yo, francamente -declaró Iglesias, alardeando siempre de autoridad-, sin defender a Doña Cristina del cargo de allegadora, sostengo que eso de las alhajas es paparrucha. ¡Si todo el tesoro de Palacio se lo llevó Murat!

-Así lo han dicho para despistar a los incautos. Murat afanó lo que pudo; pero se dejó lo mejor. En fin, ustedes lo verán.

-¿Y podrá probarse..?

-En ello andan. No están los palillos en malas manos.

Presentose en esto D. José del Milagro con cara tan mustia, que daba lástima verle. Al llegar a la mesa, dejó sobre ella un fajo de papelotes que bajo el brazo traía, y se limpió fatigado el sudor de la calva.

-¿Qué traes, Milagrito? -le dijo uno de los tertulios, que con él tenía confianza-. ¿Por qué tan patibulario?

-No es preciso que nos lo cuente -indicó Nicomedes-, pues el pobre trae escrita en su cara la sentencia fatal.

-¡Cesante! -exclamó Serrano, lívido, esputando.

-Hoy, señores, hoy -manifestó Milagro lúgubremente-, al llegar a mi oficina.. ya me lo anunciaba el corazón.. me encontré el jicarazo. Ese perro de Aguirre Solarte declara en este papelejo inmundo que el Estado no necesita de mis servicios.. ¿Saben ustedes a quién le dan el triste hueso que yo roía? Pues al niño mayor de Oliván. ¡Válgame Dios, qué familia esa!

-Si apenas le apunta el bozo.

-Pero le apuntan los botones en la frente -dijo Serrano.

-¡Luego se espantarán de que haya revoluciones!

-Y de que arda Madrid.

-Y de que reviente España como un polvorín, harta de estas vergüenzas y de tanta injusticia.

-Pueden creerlo -agregó otro, que no (p.4318) bajaba el embozo de la capa, muerto de frío en pleno Mayo-, la Milicia está que trina.

-La desarmarán, hombre -dijo Iglesias con amargura pesimista-. Si ya hemos visto para lo que sirve la Milicia: para formar en las Minervas y hacer tonterías.

-¡Desarmarla!.. ¿A que no se atreven?

-¡Pues no se han de atrever! Y el día en que toquen a desarmar, veremos a los bravos milicianos escondiéndose en las carboneras de sus cocinas o entre las faldas de sus mujeres.. Ya pasaron los tiempos de la vergüenza miliciana. Ya no hay un D. Benigno Cordero, comerciante de encajes, que con un puñado de valientes sacuda el polvo a toda una Guardia Real en el Arco de Boteros.

-Poco a poco -dijo el sargento incógnito-, no se permiten alusiones maquiavélicas.. La Guardia de hoy no es como la de ayer, órgano del despotismo. Hoy la Guardia es o será órgano del pueblo..

-De Móstoles querrá usted decir.

-Digo y repito que el Segundo Regimiento, por lo menos, no rendirá parias al absolutismo.

-¡Hombre, parias..!

-En el Segundo Regimiento, que es el más ilustrado, reina un espíritu..

-¿Cómo es ese espíritu? -dijo Serrano-. No será el espíritu del siglo, que ese lo tienen cogido los moderados.

-Un espíritu.. muy bueno.

-Entonces será el de vino, que es el mejor que se conoce".

Como recayese otra vez la conversación en lo de las alhajas de la Corona, tomó la palabra Milagro para expresar una opinión, según dijo, de autoridad irrebatible. La señora era inocente de la sustracción y venta de pedrerías de Palacio, y las acusaciones que en tal sentido se le hacían enteramente gratuitas y mentirosas. ¿Quién probaba esto? Quien tenía medios sobrados de conocimiento para demostrar que el verdadero y único afanador de aquellos tesoros fue el Sr. D. Joaquín Murat, General de mamelucos y después Rey de Nápoles. Y por de pronto no decía más, aunque algo más sabía: la discreción, la confianza que en él habían puesto personas ilustres, le vedaban entrar en pormenores de asunto tan delicado.

"¿Es cierto, Milagrito -le preguntó el que más familiarmente le trataba-, que (p.4319) le estás ayudando a D. Juan y Medio a escribir la defensa de los planes que no realizó?

-Yo no pico tan alto. El Sr. Mendizábal me ha encargado ciertos trabajillos; pero yo no le escribo su Defensa: en todo caso, lo que haré será ponerla en limpio.. Y ya que hablamos de D. Juan de Dios, diré a usted que la mayor de las infamias es sostener y propalar, como hacen por ahí más de cuatro deslenguados, que el Sr. ex-Ministro ha movido este zafarrancho de las alhajas palatinas para vengarse de quien tan sin razón le ha despedido del Gobierno..

-Pues la cosa es muy lógica -apuntó Iglesias-: D. Juan debe tomar el desquite.. Yo en su lugar..

-Usted en su lugar no lo haría, Sr. D. Nicomedes -afirmó Milagro con gran entereza, dando porrazos sobre el papelorio que tenía en la mesa-; porque es usted caballero, ni más ni menos que D. Juan Álvarez Mendizábal, y aquí estoy yo para sostener, como lo sostengo, que D. Juan Álvarez no es el que ha levantado esta polvareda contra la Gobernadora, sino el que se propone arrojar sobre el susodicho polvo un gran jarro de agua. Sí, señores y amigos: ese grande hombre, esa alma nobilísima, le dirá pronto a Su Majestad: 'No te apures, hija, que yo, yo, el caído, el despedido, me dispongo a demostrar al mundo que no tienes arte ni parte en esa distracción de las piedras finas de tus mayores. Estate descuidada, que yo pago de este modo los agravios que recibo. Yo, Juan Álvarez y Méndez, caballero que tiene la verdad por Dulcinea, yo, yo.. yo lo demostraré'".

Decía esto Milagro con grande vehemencia, dándose un fuerte golpe en la caja del pecho cada vez que pronunciaba un yo. Después le ofrecieron un vaso de agua, y apagó, bebiéndolo sin respirar, el volcán de indignación que en su seno ardía.

"No me parece inverosímil -dijo Iglesias- lo que Milagro nos cuenta. Mendizábal será lo que se quiera: un loco, un arbitrista, un hombre de triquiñuelas y de golpes de efecto.. pero le tengo por la persona más decente que ha calentado una poltrona ministerial.. Por lo que usted nos dice, amigo D. José, D. Juan le (p.4320) amparará en su cesantía encargándole trabajillos..

-Espero que Su Excelencia no me abandonará. Con eso y mis traducciones daré de comer al ganado de casa. Vean lo que acaba de entregarme el editor D. Tomás Jordán para que se lo traduzca: El último Abencerraje y las Cartas persianas. También llevo números de El almacén universal, para traducir articulitos de relleno, que me toma el amigo Mesonero para su Semanario, sin perjuicio de las leyendas caballerescas que pienso escribir para el mismo, género que gusta mucho. Ya tengo los Infantes de Lara y La peña de los Enamorados.. Haré tres o cuatro docenas; todo de asunto español, romántico, pero con buen fin.

-Sí -dijo Serrano-: todo torreones, reinas enamoradas, alguno que otro moro, y luego el indispensable laúd, que lo lleva y lo tañe un individuo que en los grabados nos pintan con medias muy ceñidas y unos zapatos de larguísima punta.. Señores, yo pregunto cómo se podía andar por los caminos con semejante calzado..".

En las convulsiones de la tos que le ahogaba, seguía diciendo: "Me pongo furioso, furioso.. cuando me quieren hacer creer que hubo hombres.. ¡qué barbaridad!.. hombres que andaban en tal facha por los caminos.. Mentira, mentira todo.. Me ahogo.. ¡y con laúd a cuestas!..

-Pero, Serranito -le dijo Iglesias, zumbón-, ¿qué nos importa que en la Edad Media usaran, para andar de viaje, zapatillas puntiagudas? ¿O es usted de los que no creen en los siglos medios? Pues mire, aquí viene Ibraim, morisco auténtico, trasconejado.. (p.4321)

-Es un caso de metempsicosis, como dice Juanito Donoso.

-Creo yo que este era uno de los que acarreaban ladrillo para la construcción de la Giralda.

-Hombre, no: era la acémila que llevaba los trastos de San Fernando y el cofre de Doña Berenguela, cuando iban de viaje.. Chitón, que ya le tenemos encima".

 

Ep-23-XIV -

Acercábase Ibraim a la mesa, diciendo: "Cabayeros..", y al instante empezaban todos a divertirse con su credulidad y falta de seso, encajándole bolas terribles, que ningún estómago, como no (p.4322) fuera el del proceroso castrense, habría podido digerir. Muestra de paparruchas: Aquella misma tarde había junta de rabadanes de la Milicia para acordar el momento preciso de echarse a la calle toda la fuerza popular, proclamando la Niña bonita, o sea la Constitución del 12, el mejor de los códigos.. Ya estaban de acuerdo Quesada, Van Halen, Rodil, el Duque de Almodóvar, el de Ahumada y otros Generales para secundar el movimiento, fraternizando tropa y milicianos.. Se le daría el canuto a Doña María Cristina, constituyendo, no Regencia triple, sino Directorio, formado por D. Evaristo San Miguel, Palafox y el divino Argüelles. Luego sería nombrado Palafox Primer Cónsul.. Del general Córdova decíase que se había pasado a D. Carlos con parte de su Estado Mayor. Olózaga formaría el primer Ministerio del Directorio, con D. Eduardo Oliván de Ministro de Hacienda, y el Infante D. Francisco, de Marina.. La Guardia Real se llamaría en lo sucesivo la Guardia amarilla, uniformándose de este color.. Y el rudo capellán tragaba, tragaba, salvo en los casos de excesiva magnitud del notición que se le quería injerir. Después él, llevando la información a otros círculos, lo trabucaba todo, y hacía unos pistos que corrían por Madrid y llenaban de confusión a los ciudadanos pacíficos. En el fondo no era mal hombre; a su amigo D. Pedro no le guardaba rencor por la violenta escena y acometida de marras. Siempre que iba a la mesa de Solís preguntaba a Iglesias con vivo interés por el señor de Jiyo.

Este no parecía ya por los cafés; pasaba el tiempo en casa, revisando las cartas de la incógnita, y poniéndolas por orden de fechas en paquetitos cruzados con balduque, o bien se iba despacio, solito, por las afueras, meditando en su triste suerte. Sus noches eran casi siempre malas, y las pasaba de claro en claro, sin poder conciliar el sueño. Padecía de un mal que tiene su denominación retórica, como achaque de poetas y de los héroes trágicos y épicos, y consiste en la presencia de personajes imaginarios que hablan, sombras de entes que han (p.4323) existido, y que vuelven a este mundo a manifestar algo de interés para los vivos. A tal forma de personificación llaman los eruditos idolopeya. Comúnmente, a D. Pedro se le aparecía la incógnita en forma cadavérica, que dejaba entrever su hermosura, y se ponía a decirle cosas.. "Me he muerto.. ¿No ves que soy difunta?.. ¡En buena te he metido, pobre capellán de secano!.. Bien hubiera querido evitarlo; pero como me morí tan de repente.. ya ves.. No puede una dejar de morirse cuando Dios lo dispone.. Hice un gran esfuerzo por vivir un poco más, anhelando decirte lo que debía, y librar tu alma de tan grande zozobra, pobre clérigo; pero no pude.. y me morí pensando en ti y en él.. ¡Pobre Fernando!, ¿qué hará?.. Me maldice.. Mi alma no halla la paz; la muerte no me ha dado el descanso.. Horrible pena, ansiedad sin nombre me hacen insensible a las llamas del Purgatorio. No me duelen las quemaduras: me duele la conciencia.. Pedro Hillo, perdóname..". Recitado este parlamento u otro no menos espeluznante, la sombra se iba por donde había venido, y D. Pedro se cubría la cabeza con la sábana, tratando de evitar la repetición de la idolopeya.

Por fin ¡alabado sea Dios! cuando él menos lo pensaba, tuvieron término feliz las angustias del bendito sacerdote, víctima de su inmensa bondad. La misma tarde en que ocurría la escena de café que poco antes se ha referido, quiso espaciar su ánimo Don Pedro, y tiró hacia el Campo de Guardias, en cuya aridez esteparia estuvo dando vueltas y más vueltas como una media hora, deletreando los cardos y yerbecillas petisecas del suelo, hasta que sintió un deseo, una indefinible comezón de volverse a Madrid y a su casa. Ya caía la tarde cuando entraba por la Puerta de Fuencarral. En la calle del mismo nombre detúvose para comprar papel de cartas, pues tenía propósito de reanudar la comunicación epistolar con los parientes que le quedaban en Zamora; compró asimismo una cajita de obleas, y avivó después el paso hacia su domicilio, pensando en que para distraerse y evitar las idolopeyas se pasaría la (p.4324) mayor parte de la noche escribiendo.

Pues, señor: llega mi hombre a la casa de Méndez, y al abrirle la puerta, Delfinita le da el jicarazo: "¡Vaya unas horas de venir! Aquí ha tenido usted una señora esperándole toda la tarde".

El estupor de D. Pedro fue tal, que se le atragantó la palabra. Creía soñar. Añadió la chica nuevas explicaciones, conduciéndole a su cuarto, pues el pobre clérigo no sabía por dónde andaba y se daba de hocicos contra las paredes.

"¡Una señora!.. ¿De qué clase?.. ¿Gran señora.. mujer.. criada?

-Bien vestida.. muy decente. Madre dice que parece criada de personas muy principales. Cansada de esperar se ha ido, dejando una carta. Mañana volverá por la contestación.

-¡Una carta!.. Delfinita de mi alma, no bromees.. Por Dios, una luz.. ¿Dónde está esa carta?.. yo no la veo.. no veo..

Entró en el cuarto Doña Cayetana, con el quinqué encendido. Fiat lux. ¡Dios poderoso! Cuando D. Pedro cogió con mano trémula la carta y vio en el sobrescrito la tan conocida y deseada letra de la incógnita, a punto estuvo de perder el conocimiento. Se dejó caer en una silla. En sus oídos zumbaba la campana gorda de Toledo. "Hijo, no se asuste.. -le dijo la patrona-. Le daré una tacita de caldo".

Por señas, pues hablar no podía, díjoles D. Pedro que no quería caldo, sino que le dejaran solo con su carta, con su quinqué encendido, con su sensación hondísima de terror, de júbilo, no sabía de qué.. Salieron las hembras, y lo primero que hizo el hombre, la carta sin abrir en su mano fría, fue recoger su espíritu y dar gracias a Dios.. Era su letra, su letra, aunque un poco insegura; era ella misma, la divinidad, que o no se había muerto o resucitaba en forma epistolar.. ¡Ay! ¡ay!.. ¿qué sería, qué diría.. qué..? Veámoslo.

"Sr. D. Pedro, mi grande y fiel amigo: No me he muerto, no.. Pero si así lo ha creído usted, ¡qué poco ¡Jesús mío! ha faltado para que acierte!.. He pisado el negro umbral; he visto la inmensidad eterna.. Dios no me dejó dar el último paso, y quiso que atrás me volviera: me mandó vivir algo más, no sé cuánto.. presumo que no será mucho.. (p.4325) Me sacramentaron.. por muerta me tuvieron. No duró menos de tres horas aquel simulacro de muerte. Sospecho que me amortajaron.. Volví a este mundo: me encontré de súbito en la compañía de mis penas, por lo que conocí que vivía..

"Notará usted que mi pulso flaquea. Con gran esfuerzo puedo escribir esta, que no será larga, no. Diré no más que lo muy preciso.. Manifestado el motivo de mi largo silencio, no necesitaría pedir a usted perdón. No obstante, lo pido. Considero lo que habrá sufrido usted, pobrecito capellán mío, y el sobresalto, la incertidumbre de su alma generosa. Creo yo que me han vuelto a la vida mi ansiedad, el deseo ardiente de hablar con usted, de hablar de Fernando, de proseguir mirando por él y luchando por recobrarle. ¿Le recobraremos? ¡Ay, mi pena es muy honda!.. Pienso que ya no le veré más, que ha huido de nosotros para siempre, que se va, que se nos pierde en el torbellino de sus pasiones exaltadas.. Quizás tengo yo la culpa, y esto me quita todo consuelo. Quizás mi intransigencia y excesivo rigor le alejan de mí.. y no puedo, no puedo resignarme a ello.. Al borde del sepulcro, sintiéndome ligada a la vida por un solo pensamiento, vi claramente mi error, y juré enmendarlo en cuanto pudiera. Transijo.. cedo.. cedemos y transigimos, señor capellán. ¡Deshonor, rebajamiento, palabras vanas! Lo que importa es que Fernando viva; que esté, ya que no conmigo, cerca de mí; que yo le sienta próximo; que pueda dirigirle; que yo alimente mi cariño diciéndole lo que se me ocurra, aunque él no me haga caso. Comprenderá usted, Sr. D. Pedro, la formidable razón de este anhelo mío. Nunca quise expresar mis sentimientos con explícita frase: dejándolos velados, como mi persona, me parecía que eran más míos.. no sé si me explico bien. Pero ya no, ya no más misterios inútiles.. ya me estorba la discreción, la delicadeza me es odiosa. Aunque la perspicacia de usted me ha cogido la delantera, yo quiero decirle lo que ya sabe, y así mi pobre alma se descarga de un insoportable peso. Fernando es mi (p.4326) hijo.. Y esto que escribo quisiera que él lo leyese, y a él mismo se lo escribiría gozosa, añadiendo: 'Hijo de mi alma, perdóname. Reconozco tu independencia; acato tu libre albedrío. Tus amores no me gustan, pero los respeto. Acabemos esta horrenda lucha. Dime tus condiciones, y nos entenderemos'.

"¿Qué le parece a usted, mi buen amigo? No estoy para más luchas. Viviré corto tiempo. Depongo mi orgullo, ridiculeces, artificios de clase y de nacimiento, cuyo valor es nulo ante la Naturaleza, ante los afectos elementales. Me resta poca vida. En esta poca vida quiero tener un día, un solo día inefable: aquel en que yo pueda decir a mi Fernando lo que soy para él. Su corazón es noble. Tiene a quien salir. Confío que él hará muy dulce y bello ese día, ese gran día, después del cual pocos han de quedarme. (p.4327)

"¿Y dónde está? ¿A dónde ha ido a parar esa criatura, arrastrada de su vértigo y demencia? Mis noticias son vagas, incompletas; no me fío: no me inspiran los informadores que ahora me sirven la confianza de los que en otros días me comunicaban hasta el respirar de mi querido Fernando.. Lo que sí tengo por indudable es que partió de Madrid el día 14 en la diligencia de Valladolid y Burgos. Antes de salir de aquí escribió a su amigote Escosura, que ha vuelto al servicio activo en el ejército de Córdova. Debo rectificar lo que dije en nuestra anterior campaña, respecto al oficialete de Artillería, y al apoyo y protección que daba a las locuras de Fernando. Un error de información me hizo atribuir a D. Patricio la culpa de otro tarambana, amigo de los dos, y no menos desordenado en su vida. Espronceda, el poeta de las pasiones violentas, de los ayes de desesperación, cantor de piratas, corsarios y ladrones, fue quien alentó a Fernando a la rebeldía, enseñándole la teoría y práctica de los raptos de muchachas. El que de niño ya conspiraba, fundando los Numantinos, sociedad de jacobinismo infantil; el que en unión de otros chicuelos mal educados escandalizó a Madrid con la llamada (p.4328) Partida del Trueno, que se divertía en apalear, romper cristales y cometer mil desafueros, no podía inspirar cosa buena a ese ángel echado a perder. ¡Con tal maestro, qué había de hacer Fernando!

"Me consta de un modo indudable que Espronceda le ha incitado a correr tras de la chica de Negretti, calentándole los cascos con la poética al uso, que es en aquellas cabezas destornilladas lo que los libros de caballerías en la del pobre D. Quijote. Esto de romper todo vínculo social; esto de despreciar toda conveniencia por satisfacer anhelos del alma soñadora; esto de querer traernos a la vida presente los hechos de generaciones medio salvajes, falaz armazón de dramas y poemas; esto de tomar en serio los delirios de los poetas del día para quienes la vida no es más que una visión de lo pasado, es muy del carácter de Espronceda, a quien yo metería de buena gana en una casa de orates. Su simpatía por Fernando se funda en la comunidad de errores, pues también Espronceda está enfermo de pasión insana, y corre tras de una Aura que conoció en Lisboa cuando estuvo emigrado. Por último, mi Sr. D. Pedro, el endiablado cantor de aventureros, cosacos y otras gentes de mal vivir, ha facilitado a Fernando su viaje al Norte, poniéndole en relaciones con un sujeto de historia, que va también hacia allá con fines que ignoro, aunque me da en la nariz que son políticos. Es el tal un sujeto llamado Rapella, natural de Palermo, que hace años andaba por Argel, ejerciendo la medicina; casó allá con una española; vino a Madrid, donde se estableció como cambiante, logrando injerirse en Palacio y ser honrado por Su Majestad con diferentes comisiones, entre ellas la de traer y llevar recados a Nápoles. Él fue quien acompañó a la princesa que vino a casarse con D. Sebastián. Pero en lo que más se ha lucido el hombre ha sido en tender hábilmente los hilos de la intriga que ha dado en tierra con nuestro bonísimo Mendizábal. El siciliano servía de correo de gabinete entre Istúriz y la Reina, y todas las noches iba al Pardo secretamente, no siempre solo, pues el (p.4329) mismo Istúriz u otros le acompañaron más de una vez. El viaje de este pájaro al Norte paréceme a mí que significa una nueva y desesperada tentativa para el arreglo con D. Carlos, mediante un convenio de familia o pastel dinástico, que aún no ha sido puesto al horno y ya huele a quemado. Allá veremos.

"Pues bien, mi querido y respetable Hillo: en compañía de ese intrigante y correveidile salió Fernando de Madrid. Como Rapella lleva salvo-conducto, podrán penetrar en el campo faccioso, en el campo cristino, y donde quieran. ¡Qué cosas vemos en nuestra bendita nación! Ignoro si ese descarriado hijo intimará verdaderamente con su acompañante: me figuro que no, por más que cerca de él desempeña las funciones de secretario, o quizás las de escudero. Esto me enloquece.. ¿Y aún no abrirá los ojos nuestro pobre Telémaco?

"Ya no puedo más. El esfuerzo que he tenido que hacer para escribir esta, sólo Dios lo sabe. Pero mi voluntad se sobrepone a mi extremada languidez. Después de esta valentía, estoy más sosegada. No, ya no le impulsaré a usted a nuevas aventuras, mi pobre Hillo; ya no comprometeré más su buen nombre, su decoro. Han cambiado las cosas. Transigimos, y ya no es ocasión de decir a nuestro Mentor que se lance por senderos tenebrosos tras de su discípulo. Basta, basta de locuras. Pero si no hemos de perseguirle, pensaremos en averiguar su paradero, para que usted, con su dulce voz de amigo le diga: 'Ven, hijo, ven: todo se te perdona y todo se te permite'. Y como esto hemos de concertarlo juntos, se acabó el incógnito: me quito la careta. La invisible, la escondida tutora se revela por fin. El misterio es ya imposible. Mi revelación, eso sí, permanecerá como un hecho absolutamente reservado, secreta inteligencia entre usted y yo; no necesito de su juramento para saber que puedo contar con su incondicional lealtad en este punto.

"La persona que lleva esta carta es de mi confianza. Me traerá esta noche su respuesta; todo lo que usted quiera escribirme. Presumo no serán pocas las cosillas que tiene que (p.4330) contarme. No haga usted preguntas de ninguna clase a la intermediaria, porque es la discreción misma, y ya sabe que su única misión es llevar y traer los recados que se le confíen. Por ella sabrá usted el día y ocasión en que ha de verme para que hablemos y dispongamos todo lo que nos dé la gana. Sólo espero a reponerme un poco, dos o tres días no más. Me siento muy fatigada; vivo de milagro.. Que me escriba, señor capellán; que me diga usted muchas cosas, muchas, aunque sea para reñirme. Adiós, hasta luego".

Leyó de nuevo la carta D. Pedro, más que gozoso alborozado; y aunque la carta no aclaraba por completo las dudas respecto a la condición social de la mascarita, la promesa que esta le hacía de quitarse el velo, que así ocultaba su rostro como su personalidad, motivo era de satisfacción y júbilo. Sin acordarse de comer ni parar mientes en que para este fin capital le había ya llamado dos veces Delfinita, no pensó más que en escribir a la velada, pareciéndole poco el papel que al volver a casa se le había ocurrido comprar. "¡Vaya, que no ha sido esta mala corazonada! -se decía sonriente, preparándose de tintero y pluma-. ¿Por qué me dio aquel súpito de comprar papel?.. ¿Por escribir a los primos? No, no, no era esto: tres veces les he escrito, y no me han contestado esos tunantes.. Fue que yo barruntaba.. Lo presentía dudándolo; lo creía temeroso de equivocarme.. ¿Qué voz secreta me dijo en la calle de Fuencarral que esta noche necesitaría escribir?.. ¿Qué travieso geniecillo..? ¡Oh, no hablemos de geniecillos los que creemos en el Espíritu Santo!".

 

Ep-23-XV -

Es ahora forzoso que así el que lee como el que escribe corran en seguimiento del llamado Rapella con toda la celeridad que los medios de locomoción de aquellos calamitosos tiempos permitan. Ello es que como el tal siciliano, argelino, o lo que fuese, y las personas que le acompañan hacia el Norte nos han tomado la delantera en estos endiablados caminos, no hallaremos galeras bastante veloces ni postas bastante rápidas para darles alcance, como es nuestro (p.4331) deseo, en los llanos de Castilla. ¡Y gracias que a todo tirar y a todo correr, reventando un pobre rucio con alas, degenerada descendencia del Pegaso, podemos cazarles en un poblado llamado Gamarra, radicante a corta distancia, por el Norte, de la nobilísima ciudad de Vitoria! Gran dicha fue para los que les perseguíamos que en aquel lugar se detuviesen los viajeros, pues de continuar su camino con la atroz arrancada que traían de Madrid, no les cogiéramos en toda la vida. Recorrido en diligencia el largo trayecto desde Madrid a Burgos, siguieron hasta Miranda en postas que pudieron conseguir con gran dispendio; de allí en carromato hasta la Puebla de Arganzón, donde alquilaron caballerías para llegar a Vitoria, y sin entrar en la ciudad, escabulléndose por las Brígidas y todo el contorno de Poniente, fueron a coger el camino de Bilbao, hasta dar con sus molidos huesos en Gamarra Mayor. Detuviéronse allí con el doble objeto de tomar algún descanso y de procurarse medios de proseguir su caminata, la cual no podía ser ni cómoda ni divertida, metiéndose, como era su propósito, en un país en armas, en el cráter mismo de la espantosa guerra civil.

El parador propiamente dicho hallábase ocupado en aquellos días por portugueses de la legión mandada por D'Antas; los viajeros hubieron de albergarse en una casa próxima, casi llena también de soldados lusitanos y españoles, con mayor número de caballerías que de personas. Instalados sin ninguna comodidad, el furibundo apetito les sazonaba la mala comida, y el cansancio les hacía llevaderas las fementidas camas. Allí se les dijo que el país venía padeciendo desde el año 34 la continua invasión militar, alternando facciosos con isabelinos. Toda la Llanada estaba perdida, la labranza muerta, los ganados dispersos; el invierno había sido muy crudo; el deshielo de las grandes nevadas aumentaba extraordinariamente el caudal de los ríos, y al humilde Zadorra se le habían hinchado de tal modo las narices, que ningún cristiano se atreviera con él para vadearlo. Corría ya la segunda quincena de (p.4332) Mayo, y aún había copiosa nieve en los altos de San Adrián y la Borunda.

De tres personas no más constaba la caravana que hemos venido persiguiendo, y era jefe o capitán de ella un sujeto espigado y enjuto, en quien podría verse la reproducción exacta de D. Quijote, quitando a este diez años, dándole un poco más de carnes, y una ligera mano de belleza y frescura en el rostro. Pero si en la figura recordaba al hidalgo cervantino, en la palabra, dulcificada por el acento italiano, se perdía toda semejanza, y más aún en la expresión y modales, pues aunque de perfecta educación y notable finura, el personaje poseía todas estas prendas sin entonarlas con la gravedad ceremoniosa del gran caballero de la Mancha. El primer rasgo de carácter que sorprendía el observador en el aventurero Aníbal Rapella, al echarle la vista encima en su alojamiento de Gamarra Mayor, era la presunción, el cuidado de su persona. Llevaba infaliblemente consigo una cajita con los avíos y menjurjes de la decoración capilar y facial, y ya le cogiera la mañana navegando con mal tiempo en un falucho entre África y Europa, ya en la breve parada de diligencia o carromato, rodando por inhospitalarias tierras, nunca dejaba de consagrar a su toalleta una horita larga, cuando menos media hora, en casos de premura. A esta devoción del buen ver unía el siciliano el orgullo de una salud de hierro, de la que hacía continuo alarde, y el apostolado de ciertos preceptos higiénicos que entonces ofrecían novedad. Así, en aquella fría mañana de Mayo, entre siete y ocho, le vemos en mangas de camisa, al aire libre, lavoteándose con agua fría en un artesón que pudo procurarse. Y entre la admiración y risa de los que le contemplaban, sostenía, tiritando, que aquello era el puntal de la vida. Lo que hizo después, metido en su aposento, cuya puerta no se cerraba y cuya ventana tenía los cristales rotos, debió de ser largo y prolijo, porque el hombre quedó fresco, refulgente, afeitado con gran esmero, limpio y oloroso; su largo bigote relucía totalmente negro, y en la ropa no se veía una (p.4333) mota. Aún no había terminado, cuando se le presentó el que llamaremos segundo de la caravana, español y navarro, natural de Ablitas, que sólo se parecía al escudero de D. Quijote en llamarse Sancho (de apellido, no de nombre: Ecequiel Sancho) , sujeto de mediana estatura y complexión recia, amarilla la tez, ojos verdosos, y el pelo en escobillón. Habíale mandado el señor con un recado que, por la razón que traía, debió de resultar infructuoso.

"No está el brigadier. Después de recorrer una por una las casas del pueblo, me ha dicho persona verídica que la brigada que manda ese señor no está ya en el ejército del Norte, sino en el de Aragón.

-La brigada podrá estar en otra parte; pero Narváez puede haber quedado mandando otra división. Al menos así se decía en Madrid.

-En Madrid dirán lo que quieran; pero el Sr. D. Ramón María Narváez no está aquí, porque está en Aragón, a no ser que pueda un hombre estar mismamente en dos partes del mundo, Aragón y la Llanada de Álava.

-¡Cuerpo de tal, sí!.. como tú, que estás al propio tiempo aquí y en Babia.. ¿Quién te ha dado esos informes?

-Un señor coronel a quien conozco desde que él tenía diez años. Serví en su casa: su madre gran señora; sus hermanos guapísimos. Como hijos de militar, arrimados a la milicia.. La señora me regañaba porque en los ratos libres nos poníamos todos, niños y criados, a jugar a los soldaditos. A este le quise más que a ninguno, y el día que salí de la casa lloraba el pobrecico.. yo también lloré, porque le quería. Era un ángel.. La señora nos hacía rezar el rosario de rodillas, y él se ponía junto a mí, haciéndome garatusas.. Pues como iba contando, todos los hermanos siguieron la carrera militar.. este..

-¿Quién es?.. ¡Acaba de una vez, condenado! -exclamó Rapella dando una patada-. Aburres al Verbo Divino con tus historias.

-A eso iba.

-Quién es, te pregunto.

-D. Leopoldo O'Donnell.

-Acabáramos.

-Decía que todos los hermanos, respirando como la madre por el absolutismo, se han ido a la facción; este es el único que ha dicho: "¡Pues libertad, (p.4334) ea!", y ahí le tiene usted con veintiséis años y ya coronel, propuesto para brigadier. ¡Me da un gozo cuando le veo!.. Oiga usted: a los once años ingresó en el Imperial Alejandro; a los quince era la misma formalidad, tan gallardo con su uniformito..

-Basta.. ¡Si no quiero cuentos, Sancho; si me apestan tus historias! ¿Dónde y cuándo has visto a O'Donnell? Te advierto que es amigo mío; luego nos hemos de ver, y si me cuentas algún embuste o le has contado a él alguna inconveniencia, ten por seguro que lo he de saber.

-Le encontré no hace un cuarto de hora, cuando volvía yo para acá, después de despernarme por todo el pueblo. Salía de su hospedaje, dos casas más arriba, con cuatro oficiales de su regimiento..

-¿Manda Gerona?

-Gerona, sí señor. Por cierto que el año 34, siendo Leopoldito segundo comandante de la Guardia..

-¡Que no quiero historias, que no quiero historias! -gritó Rapella fuera de sí, esgrimiendo unas pinzas con que se arrancaba algunos pelos que asomaban en su nariz-. Adelante.. A lo que te pregunto.

-Pues iba diciendo que en cuanto le vi, me fui derecho a él.. ¡Qué sorpresa, qué alegría! Claro que me reconoció, y dijo: "¡Sancho!", así, con.. con confianza.. y yo dije: "Niño mío, mi D. Leopoldito.." así, con.. con tristeza, porque me acordaba de aquellos tiempos felices, que ya no volverán.. Me acordaba de cuando su mamá, aquella respetabilísima y santa señora..

-Sancho, que te pego.

-Voy.. voy.. Pues hablamos un ratito.. le dije que venía al servicio de un señor diplomático..

-Muy bien.

-Y él se admiró.. y luego.. nada.. Notando yo que quería seguir hablando con sus compañeros, de cosas del servicio, me despedí, y cuando le besaba la mano tuve el buen acuerdo de preguntar por el señor brigadier Narváez, y me dijo lo que consta.

-Vamos, hombre, gracias a Dios que dejas a un lado la paja y vienes al grano. Pues mira, Sancho, corre al instante en seguimiento del coronel de Gerona, y el mismo recado que te di para Narváez se lo encajas a él. ¿Has perdido la boleta con mi nombre?.. Ahí la tienes: bien.. Pues vas, le sueltas la boleta y le (p.4335) dices que deseo hablarle; que me señale, hora y sitio.. ¿estás? Corre, Sancho amigo, que necesitamos ganar horas, minutos..".

Salió Sancho presuroso, y el Sr. Rapella, abreviando los últimos trámites de su complejo tocador, dio golpes con los nudillos en una puerta próxima, diciendo a gritos: "Fernando, hijo, ¿duermes todavía?". Como no recibiera contestación, empujó las mal ajustadas tablas que componían la puerta, y penetró en un camaranchón que recibía la claridad de un tragaluz del tamaño de medio pliego de papel. Allí, entre arcones cubiertos de polvo, sacos de paja y viejos instrumentos de labranza, yacía durmiendo bajo una manta, Fernando Calpena, el cual, si despertó a las voces que daba su amigo, hubo de tardar algún tiempo en vencer el embrutecimiento que un profundo dormir en cuerpo tan cansando producía. Viéndole desperezarse, Rapella le dijo: "Levántate pronto, y vístete y arréglate. ¿Conoces tú a O'Donnell?

-¿Enrique?

-No: Leopoldo.

-No le conozco. A su hermano sí: en Madrid le dejamos.

-Porque verás: tropezamos con un grave inconveniente. Mi íntimo amigo Ramón Narváez, con quien yo contaba para que nos proporcionase caballos, no está ya en este ejército. Yo, la verdad, aunque traigo carta para Córdova, no me atrevo a presentarme en el Cuartel General en estas circunstancias.. En el momento de iniciarse un movimiento de avance hacia las líneas de Arlabán, no me parece oportuno dar a conocer que vamos al Cuartel de D. Carlos.

-Sí: podrían creer que llevábamos noticias de los movimientos del ejército cristino -dijo Calpena sacudiendo la pereza-. ¿Y en efecto, se mueve Córdova?.. Yo creí que soñaba, oyendo desde antes del alba cornetas y tambores.. Soñé, ¡qué desatino! que debajo de mi jergón se estaba dando la batalla de Bailén, y que no la ganaba Castaños, sino Mendizábal. Ya ve usted qué desatino..

-Intentaré entenderme con O'Donnell: le trato poco; es muy frío; parece un reverendo inglés. ¿Y a quién conoces tú en el ejército?

-A muchos. Pero con encontrar a Patricio (p.4336) de la Escosura, tendremos lo que queramos.

-Facilillo es hoy cogerle. ¡mali pri mia! -dijo Rapella, lanzando una exclamación siciliana-. Ya siento que no entráramos en Vitoria.

-Si el ejército se pone en marcha, será como buscar una aguja en un pajar. ¡Fuera pereza!.. ¡Ah! También conozco a Juanito Pezuela y a Ros de Olano.

-Pues anda, hijo, anda, y mientras tú brujuleas por un lado, yo procuraré conquistar la fría voluntad del coronel de Gerona, y buscaré a Malibrán, grande amigo mío, y a Pepe Concha. También está en el Cuartel Real Mariano Girón, el hermano del Duque de Osuna; a los dos les trato.. Pero no es prudente que nos vayamos tan a fondo. Procurémonos tres caballerías, aunque sean de desecho, y escapemos hoy mismo por el camino de Villarreal, donde, según lo que allí nos digan, tomaremos la dirección más expedita para colarnos pronto en la mismísima Corte del señor Pretendiente.

 

Ep-23-XVI -

Arreglose Fernando a toda prisa, chapuzándose en agua fría, que el mismo Rapella con todo su empaque, le trajo en un cubo, y al cuarto de hora ya corrían los dos por las calles del pueblo, inquiriendo y tomando lenguas en busca de estos o los otros amigos. El D. Leopoldo recibió al italiano en medio de la calle con glacial cortesía, y a las primeras de cambio, hubo de oponer a su pretensión reparos y dificultades que equivalían a una cortante negativa. Así lo comprendió el otro, y como hombre agudísimo, de larga vista social, no insistió, absteniéndose al propio tiempo de preguntar cosa alguna que trascendiese a movimientos de tropas. Con astuta diplomacia, no ocultó al coronel que llevaba al Cuartel de D. Carlos una misión reservada cerca del Infante Don Sebastián Gabriel: "Arreglos de familia, ciertas negociaciones, ¿me entiende usted? para las cuales llevo poderes de Su Majestad el Rey de las Dos Sicilias, de la Princesa Carolina.. y de otras elevadísimas personas.. asunto que, si bien de carácter doméstico, podría influir grandemente en la cosa pública, en la guerra, en la paz..". Oyó estas historias D. (p.4337) Leopoldo con flemática atención, sin demostrar un interés muy vivo en tales componendas. Era un chicarrón de alta estatura y de cabellos de oro, bigote escaso, azules ojos de mirar sereno y dulce; fisonomía impasible, estatuaria, a prueba de emociones; para todos los casos, alegres o adversos, tenía la misma sonrisa tenue, delicada, como de finísima burla a estilo anglosajón. Despidiose, al fin, cortésmente del estirado Rapella, dejándole en extremo descorazonado. ¡Ah, si estuviera allí Narváez, aquel temperamento ardiente, imperioso, altanero, gran servidor de sus amigos! Para las situaciones de grande apremio, había puesto Dios en el mundo a los andaluces, con toda la vehemencia de sus afectos y todo el fuego de su torera sangre.

Más suerte tuvo D. Fernando, que a fuerza de huronear, metiéndose en los grupos de oficiales que a lo largo de la carretera encontraba, dio al fin con Ros de Olano, que a caballo venía con Pepe Cotoner. Grande y placentera fue la sorpresa de los simpáticos jóvenes al encontrarse en el propio teatro de la guerra a un disperso amigo de Madrid, con quien habían alternado en los dorados salones, como solía decirse. Los interrogatorios fueron festivos y breves por una y otra parte, pues no era ocasión de entretenerse en extensos relatos. Formuló Calpena la pretensión suya y de su compañero Rapella, a quien de nombre conocían los otros por la fama de su metimiento en Palacio, y no respondieron dando esperanzas de una fácil solución. Cuando les notificó que iban al Cuartel de D. Carlos, mostraron inquietud y asombro; pero Fernando se apresuró a quitar por su parte todo matiz político a tan desatinado viaje, diciéndoles: "El objeto de mi compañero es un asunto de la Familia Real, cosas del Rey de Nápoles y del Infante D. Sebastián; el objeto mío es apoderarme, por la fuerza o por la astucia, como pueda, de una mujer, de mi novia, que me ha sido robada infamemente. Es huérfana, señores: ¡cuidado!; se la disputo a un tutor, como en las comedias que ya están pasadas de moda". Acogida fue tal revelación (p.4338) con grandes risotadas, y para predisponerles más a su favor, encareció Calpena los peligros el dramático misterio de la aventura que emprendía sin auxilio de nadie, y en la cual, puesta resueltamente toda su voluntad, no veía más que dos términos: la victoria o la muerte. Imaginaciones lozanas, espíritus juveniles y entusiastas, que adoraban el bien y la belleza, Ros y Cotoner manifestaron a Fernando una simpatía ardorosa, y a este, que no a otro resorte, debieron los expedicionarios la solución de la dificultad en que les puso la ausencia del brigadier D. Ramón Narváez.

A la hora y media de este coloquio de Calpena con sus amigos en medio del camino, él a pie, los otros a caballo, recibieron los viajeros dos magníficos jamelgos cojitrancos y un mulo lleno de mataduras, que les parecieron bajados del cielo, y las más gallardas cabalgaduras que habían visto en su vida. No quisieron entretenerse allí, temerosos de que se las quitaran, y tomando a toda prisa un par de bocados y algunos tragos de vino, picaron espuela por el camino de Villarreal; Rapella y Fernando caballeros en los rocines; Sancho, con las maletas en el matalón.

Mientras estuvieron a la vista del pueblo no iban muy tranquilos, y arrimaban espuela y látigo a las caballerías para ponerse pronto a la mayor distancia; después aflojaron, porque harto les significaban las pobres bestias que por su edad y achaques no estaban ellas para largos trotes. En todo el día, nada les aconteció digno de referirse. A la caída de la tarde, merendaron de los abastecimientos que el precavido Sancho había cuidado de recoger en el parador, y a eso de las siete les dieron el alto las avanzadas carlistas. Como iban con toda seguridad, pues Rapella llevaba pasaportes y salvo-conductos expedidos por quien podía hacerlo, y además cartas para Villarreal, Guergué y otros a quienes personalmente conocía, nadie les molestó, y siguiendo hacia el interior del Estado faccioso, franquearon, con ayuda de un guía del país, un alto monte hasta dar en un caserío próximo a Arechavaleta, donde se aposentaron y durmieron unas tres (p.4339) horas. Al siguiente día continuaron su marcha por laderas pobladas de bosque, hasta salvarla divisoria entre los ríos Deva y Aránzazu por Beloña, y a media tarde vieron bajo sus pies las torres y chapiteles de la noble Oñate, en la cual hicieron su triunfal entrada a punto de las seis.

Como a tal hora volvían a sus viviendas innumerables paseantes, la entrada de los tres viajeros en la capital del absolutismo por la calle Zarra fue objeto de gran curiosidad y sensación. Los grupos de clérigos y señorones se paraban a contemplarles; los chiquillos corrían tras ellos; en ventanas y balcones asomaban las mujeres sus lindas caras. El tipo de caballero noble que a Rapella distinguía, la juvenil elegancia de Calpena, motivo fueron de comentarios, que corrían de boca en boca con la rápida transmisión propia del ambiente social de un pueblo aislado en que moran la ambición y la ansiedad. Favorables a los viajeros eran las opiniones que a su vista se formulaban aquí y allá, y el que menos les tenía por aristócratas castellanos o andaluces que venían a rendir pleito homenaje a la Majestad del Rey legítimo. Los más avisados creyéronles extranjeros, plenipotenciarios de alguna de las cortes del Norte, que llegaban con mensajes y quizás con dinero. "Para mí -decía apoyándose en su bastón de puño de oro el señor D. Francisco Bruno Esteban, canónigo dignidad de Osma y Teniente Vicario general castrense-, vienen de parte del Rey de Prusia, y traerán un par de millones cuando menos, que de este envío y de tal plenipotencia hubo noticias no hace dos semanas.

-No hay nada de millones ni de prusianos -afirmó el Ordenador, jefe de la Hacienda militar y civil, Sr. Labandero-. Si acaso, traerán buenas palabras.. Me da en la nariz que son de la familia del entusiasta, del generoso conde Roberto de Custine. ¿No notan ustedes el tipo de caballeros a la antigua?

-Ya lo hemos notado -dijo el orondo Don Tiburcio Eguiluz, Superintendente General de Vigilancia Pública-. Para mí, no es otro que el vizconde de la Rochefoucauld (p.4340) Jaquelin.

-Hombre, me parece que está usted soñando, Sr. D. Tiburcio.

-Ya veremos quién sueña..".

Por indicación de Sancho, que conocía la localidad, apeáronse junto al Ayuntamiento, a la entrada de la calle Barria, frente a la iglesia de San Miguel, la mayor y principal del pueblo. Allí les era fácil tomar lenguas de la mejor posada para los señores y de un parador para las caballerías. Viéronse al punto rodeados de diversa gente. Militares, paisanos, viejos, chiquillos y algunos clerizontes, se abalanzaban a ellos deseosos de servirles con la tradicional afabilidad vascongada. Sin que lo preguntaran, se les indicó el palacio de Artazcos, residencia de Su Majestad, quien aquel día se encontraba en Elorrio. Al oír esto, mostrose Rapella muy contrariado; pero habiéndole dicho los circunstantes que Su Alteza el Infante D. Sebastián permanecía en la villa y que residía en la Universidad, exclamó gozoso y enfático el siciliano: "No podía Su Alteza, mi grande amigo, albergarse más que en el propio templo de la sabiduría".

Resolvió entonces entrar en una tienda de licores y pasteles que vio en el costado de la plaza, sin que le moviera otro propósito que librarse del enjambre de curiosos impertinentes y de chiquillos pegajosos, y allá se colaron también dos señores capellanes, extremando su cortesía. "El mayor obsequio que pueden hacerme los que tan atentos se muestran, es llevar al Serenísimo señor Infante un aviso de mi parte. Basta con decirle que ha llegado su amigo Rapella y que desea pasar a ver a Su Alteza en cuanto este se digne señalar hora para recibirle". No habían transcurrido quince minutos cuando a sus oídos llegaba esta grata respuesta: "Su Alteza acaba de entrar de paseo, y dice que le espera a usted ahora mismo".

-Ya sabía yo -dijo reventando de satisfacción el siciliano y dándose un tono tremendo entre aquella gente-, ya sabía yo que me recibiría sin pérdida de tiempo. Tú, Fernando, espérame aquí. Si Su Alteza me convida a cenar, como espero, te mandaré recado. Entre tanto, busca por ahí, en lugar céntrico, un (p.4341) buen alojamiento para los tres".

Y partió al instante con un capellán por cada lado y detrás un reguero de gente diversa. En la puerta de la repostería dieron a Calpena razón de un alojamiento próximo, añadiendo que tenían que resignarse a vivir con alguna estrechez por estar Oñate lleno de gente forastera, con tanto empleado y tanto señor de oficina. Más que en la comodidad del pupilaje, el pensamiento de Calpena se fijaba tenaz en el capital asunto que embargaba su ánimo, y al punto empezó a formular preguntas: "¿Conocen ustedes a un señor D. Ildefonso Negretti, que ha venido a la contrata de armas y municiones?

-¿Cómo dice usted..? ¿Negretti? El nombre no me suena. ¡Vienen tantos, unos a proponer pólvoras, otros armas, otros provisiones de boca! ¿Es por casualidad francés?

-No, pero quizás lo parezca. Ha venido con él una sobrina, hermosa joven, morena.

-Ya sé quién es: bajito, la ceja corrida; mira un poco torcido. Trae consigo una vieja y una señorita que parece tísica.

-¡Tísica! No puede ser, a menos que.. -dijo Fernando en la mayor confusión-. A ver, denme las señas de esa enferma. Puede una salud robusta desmejorarse rápidamente con los malos tratos.

-Una damita flaca -dijéronle en vasco mal castellanizado-, con el pelo de color de cola de buey.

-No, no es esa.. En fin: llévenme, si gustan, al alojamiento que crean mejor, y ya emprenderé mis indagaciones con toda calma".

Dos angelones como de doce a catorce años, guapines, rubios, cuyos rostros infantiles mostraban ya la seriedad y aplomo de la raza, le guiaron a la posada, de la cual era patrona la madre de uno de ellos, el más tierno, de aficiones militares, según contó a Calpena. El otro, en quien ya la voz llueca manifestaba el paso de niño a hombre, estudiaba para cura, y por de pronto, aprendía música con su padre, organista de la Iglesia Mayor, y cantaba con él en las funciones. Hallábase la hospedería en una calle estrecha que pone en comunicación la Barria con la de Santa María, y sale frente al torreón viejo del palaciote de Artazcos, morada del Rey (p.4342) absoluto. Buena era ciertamente la tal casa; mas en días de tanta aglomeración resultaba estrecha, incómoda, y los huéspedes vivían en ella como sardinas en banasta, acomodándose cuatro en estancias donde tres no habrían tenido suficiente holgura. A Calpena le metieron en una alcoba donde moraban dos señores: un capellán nombrado Ibarburu, que del servicio castrense pasó a desempeñar la secretaría del Despacho de Gracia y Justicia, y un teniente coronel, impedido de una mano, que prestaba servicio burocrático en la Junta Provisional Consultiva de Guerra; llamábase Cerio, y era hombre muy vehemente, la pura pólvora, de un optimismo delirante. Con ambos trabó conversación y amistad Calpena en cuanto se instaló, y en la cena, servida a punto de las ocho, con lentitud y apreturas, por ser corta la mesa para veinte que a ella se sentaban, oyó mil noticiones y el animadísimo platicar de toda aquella gente. Entre los comensales descollaba como número uno de los habladores el tal D. Ceferino Ibarburu, y metían bastante bulla D. Teodoro Gelos, médico de cámara, vocal de la Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía del Ejército; D. Juan Francisco de Ochoa, Intendente, y el Sr. Sureda, Gentil-hombre de Palacio.

"¡Menuda paliza se habrán llevado a estas horas! -dijo Cerio, el incorregible soñador de triunfos-. Y si no se la han ganado todavía, se la ganarán mañana.

-¡Vaya con las gracias que quiere hacer el sr. de Córdova! -dijo Ibarburu-. ¿Pues no se le ocurre al niño querer tomar las alturas de Arlabán?".

Una carcajada burlona corrió de boca en boca por toda la mesa, y el Sr. Gelos, que se preciaba de táctico, aseguró que las alturas de Arlabán no las tomarían los cristinos ni con doscientos mil hombres. "La desgracia que tuvimos en Enero en aquellas posiciones, cuando las ocupó Narváez, fue por sorpresa..

-Como que entonces no nos cuidábamos de aquella posición -indicó el Intendente-, y ahora la hemos fortificado. Es un hueso muy duro, donde se dejarán los dientes esos señores si intentan (p.4343) roerlo.

-Pero hablamos aquí sin conocimiento de causa -dijo Ibarburu emprendiéndola con las habichuelas-. ¿Quién asegura que los cristinos van contra Arlabán? Entiendo que el objeto de Cordovita es una simple demostración militar hacia la Borunda. Este caballero (señalando a Calpena) , que acaba de llegar de Vitoria, nos dirá si las tropas enemigas se dirigían hacia la Barranca o hacia las lomas de San Adrián".

Declaró Fernando que a su paso por Vitoria, él y sus compañeros de viaje habían notado movimiento de tropas, sin poder precisar qué posiciones tomaban los cristinos ni a qué lugares, para él desconocidos, se dirigían.

"¿Pero el señor viene de Castilla? -dijo el Gentil-hombre Sureda mirándole con su lente, pues era algo cegato, de formas corteses y un tanto atildadas, calvo, muy limpio, prototipo de figura palatina para desempeñar un papel decorativo junto a los candelabros y mesas barrocas-. Yo entendí que estos señores diplomáticos venían de Francia, y me dijeron que traían la estafeta de Viena y Berlín. Dispense usted. No es que yo pretenda saber cuál es su misión. Ya sé que el otro señor ha sido invitado por Su Alteza.

-Es, según oí -apuntó Ibarburu-, napolitano, persona ilustradísima, que en Madrid ayudaba al señor Infante en sus investigaciones arqueológicas".

A todo asintió Calpena con medias palabras. De pronto, el médico Gelos, con notoria grosería, se dejó decir: "¿Y qué..? ¿Nos traen ustedes conquibus? Porque para palabras bonitas, excusaban de venir.. Dispense.. aquí somos muy francotes. Hace tiempo nos están mareando con el emprestito de Turín, que hoy que mañana.. Pero el tiempo pasa, y la mosca no parece. Cuando vuelva usted a las Cortes de Europa, señor mío, bien puede decir a esos caballeros que ya basta de protección platónica; que aquí luchamos por la causa de todas las Potencias, por los Tronos legítimos, contra las revoluciones y el jacobinismo, y que deben ayudar a nuestro excelso Rey, no con metáforas floridas, sino con metálicas razones.. por cuanto vos contribuisteis.. pues así (p.4344) venceremos más pronto.. Digo más pronto, porque de todos modos, tarde o temprano, la victoria es segura. Está decretada por el Altísimo, y a donde no lleguen las valientes tropas de Su Majestad, llegará la intercesión de nuestra Generalísima invencible, la Virgen de los Dolores".

 

Ep-23-XVII -

De aquel inoportuno y desconsiderado Gelos se contaba que había sido barbero, luego maestro de cirugía menor, pasando a titularse Doctor en Medicina por una serie de transiciones lentas. No carecía de habilidad empírica; teníale el Rey por un sabio, y puso en sus manos la asistencia de los heridos de su ejército: fue de los enviados desde Durango a la cura de Zumalacárregui, que resultó indocta, tardía, funesta. Distinguíase Gelos en el Real de D. Carlos por sus opiniones intransigentes; militaba con rabioso entusiasmo en el partido zaguero, arrimado a las violencias absolutistas, a la cacería y exterminio de liberales, partido en quien la barbarie no era inferior a la candidez. Llamábanse los tales netos, puros, y su ridículo y brutal fanatismo ocasionó el menoscabo y vuelco de la Causa, como diría el historiador Mor de Fuentes. Entre los netos y las principales figuras del ejército Real latía una guerra honda, que se manifestaba en la superficie con el tiroteo continuo de acusaciones solapadas. Los valientes jefes de división, sucesores de Zumalacárregui, detestaban a la camarilla, haciéndola responsable de todas las desdichas. En cambio, los puros, en cuyo negro enjambre descollaba la frailuna personalidad de D. Juan Echevarría, tenían por traidores a Villarreal, Gómez, Zaratiegui, soldados valientes que habían ganado palmo a palmo el terreno donde Carlos V pretendía establecer un ridículo simulacro de organización política y administrativa. Era un Estado de papel, compuesto de denominaciones enfáticas, burocracia sin materia administrable, palaciegos sin palacio, intendencias sin dinero, ministros con las carteras y las cabezas totalmente vacías.

En la posada de Iriarte, que así llamaban al hospedaje de Calpena, marcábanse (p.4345) claramente los dos partidos, pues si Gelos y Ochoa se preciaban de facciosos a machamartillo, Sureda, Cerio, el mismo Ibarburu y la mayoría de los demás huéspedes no veían con buenos ojos la insolente preponderancia clerical; reconocían la lealtad y bravura de los militares, y mostrándose devotos de la Virgen, y asistiendo con edificación a todas las funciones de iglesia a que les llevaba la santurrona piedad del Rey, fiaban, más que en los rezos y letanías, en el poder de las armas, en el eficaz aprovisionamiento de las tropas, en la política seria, dirigida con templanza y arte mundano. A menudo, en las conversaciones de la mesa salían a relucir estas diferencias, atemperándose los disputadores al tono forzosamente grave y al matiz opaco de aquella sociedad, donde eran mal mirados los que hablaban demasiado fuerte, y tachados de masones los que proferían palabrotas picantes.

"Si el Sr. Gelos me lo permite -dijo con exquisita finura el palaciego Sureda, echando vinagre en su plato de judías verdes-, indicaré que de los empréstitos y de levantar fondos en el extranjero se cuidará nuestro gran Ministro D. Juan Bautista Erro, que para algo le ha traído de Londres Su Majestad.

-Me aseguró ayer el señor Obispo de León -manifestó Ibarburu, impaciente ya por meter su cucharada-, que el Ministro trae planes sublimes. Su Ilustrísima y D. Juan vinieron juntos hasta la frontera.. Es indudable que al salir de Londres dejó el Sr. Erro ultimado un empréstito de algunos milloncitos de libras esterlinas, vulgo monedas de oro de a cinco pesos. No nos saldrá éste grilla, como les salió a los cristinos el tal D. Juan Mendizábal, que se vino también de Londres con mucho viento en la cabeza, y luego.. ¿qué? Miseria, el inicuo despojo del clero regular, que es un robo, señores; es como sacarle a uno el reloj del bolsillo..

-Yo me alegro, sí señor, me alegro -dijo el Sr. Gelos, congestionado de tanto comer, y aflojándose el dogal que la servilleta le hacía en el cuello-. Ese escandaloso robo será la mecha que ponga fuego a la mina. Los cristinos, (p.4346) en su satánica demencia, desafían a Dios.. ¡le meten la mano en el bolsillo a Dios, señores, para quitarle lo que pertenece a la santa Iglesia!.. Me alegro, sí, me alegro, para que vean, para que aprendan los que aún no están convencidos.. Hablando de esto, decíame esta tarde el señor Echevarría: es lo único que faltaba para que Dios y la Virgen Santísima estuviesen de nuestra parte.. Pues qué, todos esos caudales, ¿de quién son sino de nuestra Generala? La piedad se los dio, el Infierno se los quita. Bien, bien: esto nos favorece. ¡Imagínense ustedes la cólera de Dios cuando haya visto!.. ¡Están locos, locos!.. y nosotros más locos todavía, si no nos aprovechamos de estos desaciertos del masonismo, abandonando los enjuagues y paños calientes, para marchar decididos al exterminio de la impiedad, de la revolución.

-Muy bien: así habla un devoto fiel de la Religión y el Trono -dijo, al extremo de la mesa, uno que se ocupaba en partir nueces para sí y los inmediatos, y era un antiguo guerrillero cojo, empleado en la Superintendencia de Vigilancia Pública.

-Yo no me meto en dibujos -declaró Cerio, comiendo también nueces, único postre que había-, ni entiendo de si se deben llevar las cosas por lo blando o por lo duro. No pienso más que en el pie de paliza que a estas horas habrá dado Villarreal a Cordovita.

-¿Pero se ha roto el fuego ya? No hemos oído tiros.

-Yo, sí. Esta tarde, viniendo de paseo por el camino de Aránzazu, oíamos un espantoso tiroteo. Y unos viejos que bajaban del monte nos dijeron que ayer rompió el fuego la división de Espartero contra el castillo de Guevara, y que a la primera embestida quedaron patas arriba como unos dos mil cristinos; que uno de los muertos es O'Donnell, coronel del regimiento de Gerona, del cual sólo han quedado doce hombres.

-Me parece, Sr. D. Matías, que no está usted bueno.

-Hombre, quién sabe, quién sabe.. ¿Y dice usted que unos viejos que venían..?

-De San Adrián, a donde fueron a retirar cuatro vacas. Pues sí: Ribero, con su división, atacó por Zuazo de (p.4347) Salvatierra, y toda la caballería que llevaba se precipitó en un barranco, donde ya pueden ustedes figurarse cómo quedaría. Desde aquí estoy viendo yo el montón de huesos de hombres y caballos.

-¡Bonito montón! también nosotros lo vemos, amigo Urra.

-No reírse, señores, no reírse -dijo con gravedad el intendente Sr. Ochoa-, que bien puede ser verdad lo que nos cuenta el amigo Urra.

-Y aún se ha dicho más -prosiguió Don Matías-. Unas mujeres que venían de Ulibarri Gamboa contaron que reventó un cañón y mató a Córdova, entrándole un casco por semejante parte, con perdón..

-También cae dentro de la jurisdicción de lo posible -dijo D. Teodoro Gelos-; pero hasta que no venga el parte, pongamos en cuarentena rigurosa todos esos barrancos llenos de caballería muerta, y esos cañones que se hacen añicos tan oportunamente.. Como yo soy de los que creen en la Providencia.. ¡y lo digo muy alto!.. en la justicia divina.. no me río de esas noticias.. las oigo y espero".

El tal D. Matías Urra, infeliz veterano del absolutismo, había comenzado su carrera gloriosa en la Regencia de Urgel y en el servicio privado del Barón de Eroles. Emigrado a Francia, volvió a su tierra en calidad de ayuda de cámara del Conde Penne de Villemur, el cual le tomó grande afición por su lealtad y esmero en el servicio. Deseando asegurarle un porvenir decoroso, le colocó, siendo Ministro de la Guerra de D. Carlos, en una humilde posición de Provisiones Militares. Poco después, el Sr. Arias Teijeiro, prendado de su fidelidad, se le llevó a Gracia y Justicia como auxiliar de Secretaría, cargo puramente nominal, pues le ocupaban en diversos menesteres; tan pronto se le veía en Correos, como en la Comisaría de Vigilancia, siempre leal, atento a lo que se le ordenaba, celosísimo por la causa del Rey y la Religión. Queríale todo el mundo en la llamada Corte, y no por humildes eran menos apreciados sus servicios. Hombre sencillísimo, sin pretensiones, con tanta fe en la Causa como en Dios, distinguíase por su actividad en la transmisión (p.4348) de todas las gratas mentiras que eran el consuelo de la ojalatería facciosa. No tenía familia, ni más amor que el Rey, por quien habría dado cien veces su inútil vida. A más de poner en circulación mañana y tarde las nuevas fresquecitas de descalabros cristinos, del pánico que reinaba en Madrid, de la figura de la Gobernadora, se había constituido en avisador de todos los triduos, novenas, funciones mayores, rosarios y demás religiosos actos que en las iglesias y oratorios de Oñate se celebraban, para edificación de las almas y alimento de las esperanzas políticas. El bueno de Urra informaba puntualmente, preguntáranle o no; y dotado de actividad prodigiosa, iba de casa en casa anunciando: "esta noche Desagravios en San Miguel; mañana trisagio en las Franciscanas; en Santa Marina completas y salve, y en Bidaurreta manifiesto y sermón del Padre Prepósito de San Agustín..".

Continuó picando la conversación en el candente asunto de la embestida de los cristinos a las posiciones de Arlabán, que unos tenían por cierto y otros no, y al fin, hartos de judías, huevos cocidos, pescado en salmuera y nueces, empezaron a desfilar: los más impacientes y activos resolvieron no acostarse sin ver confirmadas o desmentidas las noticias guerreras que corrían, y para esto no había cosa mejor que dirigirse a los centros, donde seguramente habrían llegado partes. "Yo me voy a Guerra -dijo uno-, que algo sabrán allí". "Y yo a Palacio -declaró Sureda-; entro de guardia esta noche". "Pues yo -manifestó Ibarburu con retintín-, me voy a Gracia y Justicia, donde tenemos multitud de asuntos al despacho, y francamente, ni el Sr. Arias Teijeiro ni yo gustamos de que se aglomeren los negocios". Gelos se fue a la tertulia del Sr. Echevarría, al extremo de calle Barria, y Matías Urra no se acostaba sin meter sus narices en la botica, primero, y después en casa del señor Vicario, su grande amigo.

Retirose Calpena contento a su dormitorio, porque el trato de aquellos señores, en general afables y comunicativos, dábale esperanzas del pronto esclarecimiento de su (p.4349) magno asunto, y fijándose especialmente en Urra, en quien vio un eficaz correveidile, sabedor de cuanto en el pueblo ocurría, se propuso utilizar con maña su oficiosa complacencia. Rendido de sueño, se acostó pensando que tal vez estaba muy cerca de Aura. Bien podía ser que la enamorada doncella se encontrase a la otra parte de aquel tabique o pared a que su lecho tocaba.. Bien podía ser, Señor; y si no era tanta la proximidad, en otro cualquier sitio de la población o de los caseríos del valle se encontraría. Ya la estaba viendo; la sentía respirar, la alcanzaba con su mano.. Quedose dormido con esta idea, y toda la noche se la pasó en un sueño, del cual le sacó Rapella muy de mañana tirándole de una oreja. "Levántate -le dijo-, que es tarde y tenemos que hablar. Su Alteza me hizo el honor de invitarme a su mesa. Llegué muy tarde a la posada. Quisieron acomodarme aquí, en catre de tijera; pero yo, por estar solo, he preferido un camaranchón alto donde guardan las ristras de cebollas.. Para poder uno arreglarse y hacerse la toilette, es indispensable una habitación independiente, por pequeña y mala que sea".

Notó Fernando, incorporándose para vestirse, que su amigo y jefe estaba ya perfectamente revocado en rostro, cabellera y bigotes, bien cepillado de ropa, limpio y oloroso. Se había sentado a los pies de la cama, por no hallar silla disponible. Ibarburu, en planta desde el amanecer, tomaba su chocolate en el comedor próximo. Cerio dormía entapujado con la sábana, y roncaba.

"¿Y qué tal? -le preguntó Calpena saltando del lecho-. ¿Cómo andamos de negociaciones?

-Chitón. Vístete, arréglate, y en la calle hablaremos. Yo me bajo, que tengo que dar órdenes a Sancho. Te espero en el pórtico de la iglesia. Ponte tu mejor ropa: vas a venir conmigo a ver al Infante, que desea conocerte".

Antes de veinte minutos se reunían Rapella y Fernando en el pórtico de San Miguel y lo primero que hicieron fue entrar a oír misa. "Aquí, amigo mío -dijo el siciliano-, hay que atemperarse a las costumbres y a la atmósfera (p.4350) levítica del pueblo. Oigamos misa devotamente, y si cuadra oír dos, no será malo".

¡Miren qué casualidad! Por entrar en la iglesia, se les apareció Urra ofreciéndoles el agua bendita. Calpena se alegró de verle, y afectuosamente le preguntó: "¿Se alcanza esta, amigo D. Matías?

-Ya no.. -respondió el vejete, deshaciéndose en amabilidad-. Pero entren los señores en la capilla del Sagrario y aguarden un poquito, que va a salir la del señor Padre Prepósito".

Oyeron su misa con gran recogimiento, y a la salida volvieron a encontrarse a Urra, que les embistió amabilísimo: "¿No se quedan los señores a misa mayor?

-Hoy no podemos -dijo Rapella-. Nos aguarda el Infante, y quizás tengamos que ir antes de mediodía a Elorrio a presentarnos a Su Majestad.

-Su Majestad viene esta tarde. Por si no lo sabían, lo advierto a los señores. También les digo que para confesar, la mejor hora es entre nueve y diez. Ahora, ya ven los señores cómo están estos confesonarios. Hoy se nos ha venido junta toda la oficialidad de Artillería, que comulgará después en la tercera misa del Sagrario.. Hasta más ver. Al señor Infante le hallarán ahora en misa".

Salieron, y por hacer tiempo hasta la hora de visitar al Infante y poder charlar a gusto, fuéronse a recorrer el pueblo, que en su pequeñez ofrece bastante interés, por la grandeza y hermosura de sus edificios públicos y particulares. Pasaron por delante de Palacio, subieron por la calle de Santa María hasta el camino de Legaspia, donde echaron un vistazo al convento de Bidaurreta, contemporáneo de Doña Juana la Loca; bajáronse luego hacia San Antón, y cortando las calles Zarra y su paralela Ikasola Kalea, fueron a parar junto al río, no lejos del gallardísimo edificio de la Universidad. En el curso de este largo paseo, sin que nadie pudiera oírle, Rapella expresó a su compañero la pena que sentía por el resultado escaso, más bien nulo, que en la primera entrevista con el Infante habían tenido sus negociaciones. "Has de saber, y esto es reservadísimo, Fernando, que el tal Don (p.4351) Sebastián no se da a partido. Creían allá que con ofrecerle dignidades y honores se le ganaba, y todos nos hemos equivocado de medio a medio. Y no son flojas prebendas las que desprecia o afecta despreciar: Capitán general del ejército español, reposición en el Priorato de San Juan de Jerusalén, categoría de Infante de España con renta fija de medio millón de reales, cesión del Real Sitio de Aranjuez para su residencia y acomodo de museos y colecciones, con la Flamenca y demás.. Ya se ve: ha jurado odio eterno a la Reina Gobernadora, y estos rencores personales son difíciles de reducir. Los que tratábamos al Infante en Madrid por los años del 31 al 33, le teníamos por inclinado al liberalismo templado. Yo frecuentaba su cuarto, con Martínez de la Rosa, con el matemático Vallejo y el humanista Tordera. Veíamos que la ilustración y el trato de los sabios podían en el Príncipe más que la tradicional intransigencia borbónica. Créelo, resplandecía el espíritu del siglo en derredor suyo, y poco adelantaba su madre, la Princesa de Beira, queriendo rodearle de tinieblas.. Juró a Isabel, como sabes; todos le teníamos por un decidido campeón de la angélica reina, cuando de la noche a la mañana, por piques o disensiones que permanecen veladas en el arcano de la intimidad doméstica, se nos tuerce el buen Infante, prendándose locamente de las ideas absolutistas.. Para mí, y esto es reservado, Fernando, reservadísimo, para mí el cambiazo de este caballero ilustre data de los días que precedieron al casamiento secreto de la Reina con Muñoz. No vio D. Sebastián en los preliminares de este suceso toda la dignidad, todo el decoro que debe acompañar a los actos, a las pasiones mismas de las testas coronadas, y..

-Oí contar.. estas son hablillas de logias y clubs, que quizás no tengan fundamento.. pues oí decir que el Serenísimo D. Sebastián, príncipe ilustrado, artista, matemático, políglota, reúne a estas prendas una mediana ambición.. lo que no tiene nada de particular, pues quien mucho vale, mucho alienta.. y debemos presumir (p.4352) que su ambición no se limitaría a los honores del Infantazgo.. soñaba con la Regencia.

-¡Qué disparate! Nunca le pasó a D. Sebastián por la cabeza tal pensamiento.

-Perdone usted.. debieron pasarle ese y otros, si no cuando la muerte del Rey, algún tiempo después.. ¿me entiende usted?.. Al tener noticia del noviazgo, llamémoslo así, de la Reina con Muñoz..

-El Infante se puso furioso..

-O se alegró.. lo humano es que se alegrara, porque el matrimonio morganático, en rigor de ley, debía inutilizar a Doña Cristina para la Regencia.

-Patraña..

-O realidad. Yo me agarro a la filosofía de la historia, y reconstruyo con elementos humanos un personaje obscuro. El Príncipe se alegró, diciendo para su sayo: Reina casada, Regenta eliminada. Pero la Gobernadora fue más lista; no declaró oficialmente sus nupcias; se entendió con Roma.. manda sus hijos a criar al campo. Ni siquiera figuran sus alumbramientos en el registro de la Facultad de Palacio. En la Gaceta, y dentro de las leyes del reino, es tan viuda de Fernando VII como lo era el 30 de Septiembre de 1833, a las veinticuatro horas de expirar el padre de Isabel II. De modo que su amigo de usted se vio totalmente chasqueado, y es cosa muy natural y muy humana, que cae también dentro de la filosofía de la historia, que un Príncipe, en tal situación de amargura y desengaño, se encariñe con el absolutismo y se lance a pelear por él.

-No conoces a Su Alteza, carísimo, como le conozco yo, ni estás al tanto de los acontecimientos. Déjame que te explique..

-¿Para qué? Doy por verídico lo que usted piensa y quiere contarme, y retiro mi hipótesis, querido Rapella.. no es más que una hipótesis. ¿Qué nos importa, ni qué le importa a nadie que D. Sebastián ambicionara la Regencia? ¡Si no se la han de dar, ni a nosotros han de darnos nada tampoco por averiguarlo!.. Y a propósito, me ha dicho usted que me lleva a presencia de ese señor Serenísimo, y a eso, ilustre Rapella, tengo que oponer una resistencia heroica, porque yo no he venido aquí a ver príncipes más o (p.4353) menos serenos, ni a ocuparme de nada que no sea el interés grande, para mí inmenso, que me ha traído a estas tierras. ¿Qué trato hicimos en Madrid cuando nos reunimos para emprender este viaje? Pues se convino en que yo no le estorbaría a usted en sus negociaciones, y que usted me ayudaría en las mías todo lo que pudiese. ¿Fue eso lo tratado?

 

Ep-23-XVIII -

-Eso fue lo convenido y lo cumplo lealmente -prosiguió el siciliano-. ¡Que si te ayudo! ¿Y si yo te dijera que ya no estoy tan ignorante como tú de la presa que perseguimos?

-¿Sabe usted algo? Por Dios, dígamelo, dígamelo pronto.

-Calma, que estas cosas son delicadas.. Déjalo, déjalo de mi cuenta.. ¿Pero tú sabes con quién hablas? ¿Te has enterado de que tu amigo Rapella es perro viejo en aventuras de amor? ¿Sabes que tiene sobre su conciencia de galán empecatado media docena de duelos con maridos celosos, burlas sin fin de padres severos o tutores ruines, y como unos diez raptos, dos de los cuales han sido del género novelesco, con escalamiento nocturno, incendio, pistoletazo y fuga a uña de caballo con la hembra a la grupa?

-Eso habrá sido en Sicilia, donde la vida romántica es cosa corriente.

-Eso ha sido en Italia, en España, también en Argel, con la circunstancia agravante del uso de cimitarra y del trato con eunucos y demás gentuza de serrallo. El caso tuyo es una simpleza, una comedia de principiante. Yo te respondo de que antes de tres días, si andan por aquí el tío de su sobrina y la sobrina de su tío, les encontramos, les sorprendemos y cargamos con la niña en pleno Estado absolutista y patriarcal, burlando tíos, clérigos, monjas, alcaldes, justicias, pues en ninguna parte son más fáciles las burlas que en estas sociedades rigoristas, donde se alambica la moral y se extreman las precauciones.. ¿Me aseguras tú que la niña desea que la robes, que preferirá escaparse contigo a permanecer bajo el poder de su guardián? ¿Estás seguro de eso?

-Como de mi propia vida.

-¿Es ella valiente, de estas que corren tras el amor, como la mariposa tras de la luz, y que (p.4354) prefieren la quemadura y la muerte al aburrimiento de una vida regular?

-Es animosa, corazón grande, imaginación viva.

-Conozco el género. Pierde cuidado, niño.

-Pero dígame si ha podido averiguar..

-Cállate ahora. Pon tu asunto en mis manos.

-No puedo traspasar mi iniciativa. Si no me dice usted pronto lo que sepa, no le acompaño a la visita del Infante.

-Pues tú te lo pierdes, carísimo; porque si no me acompañas a la visita no te diré nada, y tardarás sabe Dios cuánto tiempo en averiguar lo que quizás sepamos dentro de media hora".

Calpena se paró en mitad de la calle para mirar fijamente la cara del italiano, que resplandecía de malicia, de doblez; cara de intrigante de oficio, curtido en enredos políticos de camarilla y en tramoyas mujeriles y palaciegas. Su fino sonreír dejaba entrever a Fernando un mundo de historias y una rutinaria destreza en artes que no se practican a la luz del día. Por un momento sintió desprecio del italiano, después miedo. Comprendiendo al fin la inconveniencia de huir de su lado en tal ocasión y en circunstancias tales, determinó seguir el impulso adquirido, hasta ver en qué paraban aquellos misterios. "Pero yo quiero que me diga usted con sinceridad: ¿qué tengo yo que pintar en el palacio de Su Alteza, ni en que bodegón hemos comido juntos ese señor y yo?

-Es sencillísimo. Su Alteza me preguntó: 'y ese joven que ha venido contigo, ¿quién es?'. Contesté la verdad: que eres un chico de gran familia, instruidísimo, de una educación perfecta, así en lo moral como en lo intelectual.. que posees el latín como Tito Livio y Cicerón, y eres consumado humanista..

-Eh.. ¿qué bromas son ésas? Me ha puesto usted en ridículo.

-Que sabes también el griego..

-Hombre, no.

-Algo de griego, le dije.. que posees vastísimo conocimientos en Historia y Arqueología.

-¡Ya escampa!

-Hijo mío, la verdad es una diosa muy bonita, que reside en el cielo, y como allá la obligan a estar siempre en cueros, nunca desciende a nuestra pobre Tierra.. es muy vergonzosa. Adorámosla como ideal; pero..

-Pero la (p.4355) realidad nos impone la idolatría del mentir, ¿no es eso?

-Sí, porque siendo mentiroso cuanto nos rodea, si blasonamos de verdaderos, o nos encierran por locos o nos apalean a cada triquitraque. Falso es todo lo que ves, carísimo, y en esta Corte diminuta no hallarás más verdad que en la grande de Madrid; farsa es la religiosidad de la mayoría de estos cortesanos; hipócrita la creencia en el derecho divino de este pobre Rey de comedia; engañoso el entusiasmo de los que mangonean en el ejército y en las oficinas. Sólo es verídico el pueblo en su ignorancia y candidez; por eso es el burro de las cargas. Él lo hace todo: él pelea, él paga los gastos de la campaña, él muere, él se pudre en la miseria, para que estos fantasmones vivan y satisfagan sus apetitos de mando y riquezas. No imitemos al pueblo, el gran inocente, el eterno bobo del mundo civilizado, el polichinela sobre cuya joroba recaen todos los palos. Y pues hemos de comer y de vivir y abrirnos paso en el tumulto de esta mascarada, pongámonos la careta. Dime, simple, ¿piensas que la empresa de arrebatar a la mujer que amas es realizable con los procederes de la verdad?

-Eso no..

-Pues entonces déjate conducir. Silencio y entremos a saludar al Infante".

A este punto llegaban ante el grandioso edificio de la Universidad, fundación del oñatiense D. Rodrigo de Mercado, obispo de Ávila. Calpena se detuvo a contemplar la mole gallarda, la elegancia de sus contrafuertes, exornados de exquisita labor plateresca. La acción del tiempo y de la humedad, desgastando aquella hermosa pieza arquitectónica, dábale una pátina musgosa, y espiritualizaba la morbidez pagana de sus líneas. En el portalón había guardia, por estar destinado el edificio, en aquel lastimoso imperio de Marte, a cuartel y oficinas militares. Soldados, oficiales de diversa graduación sin más distintivo que la espada, entraban y salían, y no faltaban los grupos de mujeres y chicos que acuden al reclamo de la milicia activa. En dos de las crujías del claustro bajo, divididas por endebles tabiques, se habían instalado dependencias, (p.4356) designadas sobre las puertas con toscos letreros.

En el claustro alto veíanse también rótulos indicadores de los diferentes ramos del organismo militar, a excepción de la crujía de Poniente, separada de las demás por una cancela provisional, con mampara. Por allí se entraba a la rectoral y biblioteca, y a la residencia del Príncipe. Un portero anciano, con casaca amarilla, les introdujo al instante en la biblioteca, donde comúnmente recibía Su Alteza las visitas. Era D. Sebastián de estatura mediana, tirando a corta, de pocas carnes, el rostro grave y desapacible, con un poco de estrabismo en los ojos, bien afeitado, el cabello compuesto al uso con un poquito de melena ahuecada sobre las orejas, y la raya al lado izquierdo del cráneo. Si vulgarísimo era por su figura, no así por sus modales, de exquisita distinción: digno sin altanería, accesible, cariñoso, conservando siempre la superior postura. Sabía ser Infante de España; sabía sostener su papel de ilustrado, peregrino papel en príncipes, y aun engalanarse con la flor de la modestia, que tan difícilmente se cría en la seca atmósfera de la adulación. Muy grata fue para Calpena la amabilidad con que don Sebastián Gabriel le recibió. Aunque Su Alteza disponía de poco tiempo, les mandó sentarse junto a una mesa atestada de mapas y librotes voluminosos. "Ya me ha dicho Rapella lo mucho que usted vale. Siento que su venida a esta ciudad haya sido en ocasión tan impropia para platicar de cosas de arte, lenguas y literatura. También yo tengo mis aficiones; pero la guerra ¡ay! y esta situación de continua inestabilidad, me privan de consagrarme a mis estudios favoritos. Confío en que vendrán tiempos mejores; ya iremos a Madrid, y allí, con toda calma.. ¿Verdad, amigo Rapella, que iremos pronto a Madrid? ¿Qué piensa usted?

-Señor -dijo el siciliano inclinándose respetuoso-, puesto que Vuestra Alteza anhela volver allá, sólo debo manifestarle que Madrid echa siempre de menos al mantenedor entusiasta de las artes y las letras.

-El Sr. Calpena -indicó el Príncipe con gracia- no cree que vayamos (p.4357) pronto a Madrid; estima en poco la causa que aquí defendemos. Se lo conozco en la cara. Naturalmente, tiene sus ideas, sus preocupaciones; trae todo el barullo liberal metido en la cabeza.

-Señor -replicó Fernando con firmeza-, puedo asegurar a Su Alteza que más de una vez, no sólo aquí, sino en Madrid, he considerado posible y probable que la causa, por una serie de victorias decisivas, vea pronto expedito el camino de la capital de la Nación.

-De eso se trata.. -dijo el Príncipe con orgullo, y variando al instante de tema, por ser muy de personas reales el hacer grata la conversación cambiándola oportunamente, prosiguió así-: Ya sé que es usted un gran latino.

-Señor, Rapella me quiere tanto, que abulta espantosamente mis pobres méritos.

-Yo también he tenido mis aficiones latinas, y cuando disponía de tiempo y de tranquilidad, los clásicos eran mi delicia. No crea usted, también me permití ciertos atrevimientos; traduje la elegía de Propercio Ad amicum..

-Sí, sí.. la conozco. Es una en que se queja de que le han robado a su amada, y llora y se desespera. Si no recuerdo mal, empieza así:

Eripitur nobis jam pridem cara puella.

-Justo; y luego dice:

Et tu me lacrymas fundere, amice, vetas..

-¡Ah, Propercio me encanta! También yo, con la presunción, con la audacia que dan los quince años, me metí a traductor.. Sí señor: traduje en verso libre la elegía Hora mortis incerta.

-¡Oh, sí! -exclamó D. Sebastián con júbilo-. Es preciosísima. Comienza:

At vos incertam mortales funeris horam

Quæritis, et qua sit mors aditura via..".

Aún repitió media docena más de versos, gozoso de mostrar su buena memoria, y después, cambiando el tono entusiasta por el quejumbroso, continuó: "Ya ve usted si es triste abandonar los ocios dulcísimos de la buena literatura por esta actividad ansiosa, a que obligan los asuntos de un Estado incipiente, de un Estado en el cual tenemos que crearlo todo, y por el estruendo de la guerra, que siempre es cruel y bárbara aunque sea gloriosa.. Desde que llegué a este país, no he podido abrir un libro de los que han sido, (p.4358) en épocas más bonancibles, mi mayor deleite. Encargado por Su Majestad de organizar las Maestranzas de Artillería y de Ingenieros, y de atender a las mil dificultades que ocurren a cada paso por falta de utensilios, de material, de personal idóneo, me paso la vida en un trabajo azaroso, no siempre coronado por el éxito. Verdad que me ayudan hombres inteligentísimos; pero el entendimiento nos da ideas, no la materia para traducirlas en hechos. Hemos podido, a fuerza de tenacidad y de maña, establecer la fabricación de cureñas y montajes; hemos fundido algunas piezas.. En fin, no estoy quejoso, y la historia dirá con qué pobres elementos hemos realizado trabajos tan difíciles. Asombra el considerar lo que pueden la inteligencia y la fe, ¿por qué no decirlo? la fe de estos dignísimos oficiales, ayudada por la terquedad vizcaína. Con la fe hemos hecho algo que si no es mover las montañas, se le parece mucho.

-Y entiendo -agregó Rapella con oficiosidad-, que en los proyectiles de obuses no tiene este ejército nada que envidiar al cristino.

-Algo hemos adelantado, gracias a las nuevas máquinas que nos ha traído Negretti..".

Lo que siguió no pudo oírlo Calpena; fue un murmullo, dominado por la sonora y vibrante voz, que aun después de salir de los labios del Príncipe continuaba sonando con estruendo: ¡Negretti! Era como un trueno.. Tal fue la impresión recibida, que el joven no paró mientes en que proseguían conversando el Infante y Rapella. ¿De qué hablaban?.. No lo sabía, ni se curaba más que de aquel Negretti que en sus oídos retumbaba.

"¿Es usted aficionado a estas materias, a la balística, a la fundición de metales?

-Sí, señor -replicó el joven impulsado de su gozo ardiente y del deseo de seguir tratando aquel tema antes de que Su Alteza pasase a otro-. Soy muy aficionado".

Turbose un instante. Comprendiendo al punto que un mentir descarado podría infundir sospechas, se apresuró a ponerse en la rectitud, como diría Hillo.

"Dispense Vuestra Alteza mi distracción.. quise decir: aficionado a (p.4359) Propercio".

En efecto: nada más imprudente que mostrar interés y conocimiento en las materias científicas de la Maestranza. Sobre que todo engaño de esta naturaleza sería pronto descubierto, aconsejaba la más vulgar discreción aparecer indiferente a tales trabajos, que sin duda se hacían con cuidadosa reserva, recatándolos de la mirada de gentes extrañas y forasteras.

"Soy enteramente lego, señor -repitió Fernando-, en cosas de milicia y de ciencia militar".

Y Rapella con seguro instinto acudió a reforzar esta idea, diciendo: "Tenemos aquí a un hombre que desde niño ha ejercitado sus facultades en los estudios históricos y literarios, y fuera de ellos es un ángel de inocencia. Me permitiré hacer una observación. Su carácter altivo y la independencia de que goza son causa de que no haya ocupado aún en la esfera escolástica del Reino la posición que le corresponde.. Sí, sí, querido Calpena, hago traición a tu modestia, manifestando a Su Alteza que acaricias la ilusión de desempeñar en este apartado pueblo, tan propicio al estudio, el noble ministerio de la enseñanza.. No te atreves a decirlo; pero yo sé que ésa es tu idea.. Te encanta este honrado país, te empujan hacia acá tus hábitos metódicos, tu carácter apacible; te solicita desde aquí ¿por qué no decirlo de una vez? la atracción que ejercen sobre tu espíritu las ideas de estos ilustres señores y el régimen absoluto. Conocedor de tus pensamientos, porque poseo tu confianza, quiero ser tu órgano de expresión; la facultad de la franqueza que te falta, yo la suplo con mi atrevimiento.. Sí, sí, Serenísimo Señor, este joven sería feliz consagrando su vida y su talento a las tareas de la enseñanza en cualquier localidad de la nueva Monarquía.. Pues él no lo dice, lo digo yo, que le quiero como a un hermano, y no deseo más que su bien".

Si a las primeras palabras del siciliano, Calpena vacilaba entre el asombro y la ira, por tan audaz mentir, antes de que Rapella terminase, ya pudo ver Fernando que aquel giro no era descabellado, y podía servir a la buena terminación de su asunto. Con la mirada y una (p.4360) leve sonrisa, prestó asentimiento a la declaración de su amigo, que obtuvo del Infante esta velada respuesta: "Mucho me congratulo de las felices disposiciones y de los deseos de este joven, y por mi parte no he de oponerme a que los realice. Pero le advierto que no soy yo quien ha de decidirlo, pues ello incumbe al señor Obispo de León, encargado de la Enseñanza. Para ejercer el profesorado en esta Universidad, la ley exige condiciones que sin duda podrá llenar cumplidamente el Sr. Calpena, aptitudes y conocimientos bien probados, pruebas también de piedad y de pureza de costumbres. Toda precaución es poca en las circunstancias de un Estado nuevo que quiere ser de todo en todo contrario al Estado caduco y corrompido que tenemos enfrente, y por eso se han establecido los ejercicios de reválida".

Diciendo esto, Su Alteza se levantó, señal de haber terminado la visita.

"Dispénsenme -les dijo alargándoles la mano, que Rapella besó-. Hoy es día de acontecimientos graves. Es seguro que han atacado nuestras posiciones por San Adrián. Desde muy temprano se oye tiroteo muy vivo..".

Y no acababa de decirlo cuando entraron presurosos dos señores, uno de ellos Cerio, el otro un ayudante de González Moreno: traían noticias, que comunicaron a Su Alteza sin que Rapella y su amigo pudieran enterarse. Las noticias no debían de ser muy buenas, a juzgar por la cara que puso D. Sebastián al oírles. Volviose luego a los visitantes, con cierta premura, como queriendo significarles de una manera delicada que tomaran la puerta.

"No debemos entretener más tiempo a Vuestra Alteza -dijo Rapella. Y el Príncipe:

-Nos veremos otra vez.. Ya sabe el señor.. Reválida para la incorporación de grados, pruebas de piedad.. juramento de defender el misterio de la Inmaculada Concepción, de condenar la impía doctrina del regicidio, la absurda soberanía del pueblo, el filosofismo anárquico.. juramento de no pertenecer ni haber pertenecido a ninguna sociedad secreta.. en fin, vea la Gaceta, decreto del 9 de Abril.. Adiós, (p.4361) señores..".

 

Ep-23-XIX -

Observaron al salir a la calle grupos de presurosa gente que iba de una parte a otra. Por las palabras sueltas que oían, coligieron que no lejos de Oñate, en las alturas que dominan el valle de Aránzazu, se estaban batiendo cristinos y facciosos. En la plaza eran más compactos los grupos, y de ellos se destacaban clérigos y militares que acudían a Palacio y a la Universidad en busca de noticias. No querían hablar Rapella y Fernando de lo que les incumbía hasta no encontrar un sitio solitario; con feliz acuerdo metiéronse en la iglesia, donde había terminado el culto de la mañana, y recorriéndola, como que admiraban los retablos, la espaciosa nave y la capilla en que reposan los restos del fundador de la Universidad, sin más testigos que algunas señoras y ancianos entregados a sus rezos y meditaciones, charlaron cuanto quisieron, sotto voce, cuidando de disimular al paso de algún sacristán o clérigo rezagado.

"A lo que parece, se están batiendo ahí arriba -dijo Rapella-. ¡Qué bien me vendría que se llevaran estos caballeros una paliza fenomenal! Confío mucho en Córdova y su gente.

-Yo también. ¡Pero si les pegan y se ven obligados a salir de Oñate..!

-Mejor. Derrotados y fugitivos entrarán en negociaciones más fácilmente que envalentonados y triunfantes. ¡Duro en ellos!

-Pues si en mi mano estuviera, yo detendría en este momento la espada de Córdova. Me conviene el statu quo para las averiguaciones que pienso emprender esta tarde misma: si está Negretti aquí; si le acompañan su mujer y su sobrina; si no le acompañan; si ha dejado la familia en otra parte; si ha depositado a la sobrina en algún convento..

-Calla, hombre, calla. ¡Si te enterarás al fin de quien es Rapella!.. ¡Si cuando tú vas a un punto ya estoy yo de vuelta! Todo eso que quieres saber, ya lo sé yo.. ¿Por quién me tomas? ¡A fe que tengo bonito genio para estar tanto tiempo ignorante de lo que interesa a mis amigos!".

La aproximación de un sacerdote que se detuvo en medio de la nave mirándoles atentamente, les obligó a callar.

"¿Quieres saberlo? -prosiguió el (p.4362) siciliano, libre ya del importuno clérigo-. Pues déjame terminar lo que diciendo venía. Para tu asunto es indiferente que evacuen o no evacuen la gloriosa villa de Oñate, porque.. vamos, aplacaré tu curiosidad: Negretti está aquí; tu niña, no.. Ya te contaré cómo lo supe.

-Cuéntemelo usted ahora.

-Silencio, que nos mira aquel tío gordo que parece un fraile vestido de paisano. Conviene que nos arrodillemos y hagamos como que rezamos un poco.. Mucho cuidado con esta gente.

-No me tenga usted en esta ansiedad -dijo Fernando de rodillas, persignándose.

-Repito que para tu asunto es indiferente -prosiguió Rapella dándose golpes de pecho-, y para el mío de gran interés que les arreen a estos caballeros una paliza muy gorda. No encuentro en D. Sebastián las blanduras que yo creía: la amistad y el cariño que en Madrid me manifestaba se recatan ahora, se revisten, como si dijéramos, de una capa de desconfianza. Su ambición, que es grande y legítima, no se rinde a los reclamos de allá mientras de este lado tenga flores el árbol de la esperanza. Venga un cierzo que arranque toda la flor del árbol, y la ambición del Príncipe no será tan arisca.. Pero yo no he venido aquí a negociar sólo con D. Sebastián Gabriel. Traigo otro grande embuchado para su tío, el Rey absolutísimo, de quien no sacaré jugo mientras esté boyante y entero. Pero si sufre un descalabro y le cojo por ahí, con las manos en la cabeza, entre el barullo de sus soldados fugitivos, cree que se le aplacarán los humos. La Santísima Virgen, su inspiradora y Generala, ha de aconsejarle que me oiga, y que acceda a lo que le propondré.. Esto es más que reservado, y no esperes que te lo diga.

-Ni me importa saberlo. Lo que ha de decirme usted pronto..

-Voy.. Pues supe que Negretti está en la Maestranza por el Sr. Roa, secretario de Su Alteza, con quien hablé anoche más de una hora de cosas de Madrid, de Oñate y de medio mundo. Aquí, sobre todo, hay materia larga para la historia y la chismografía. Dos partidos que se aborrecen cordialmente, que sin cesar se vituperan, se calumnian, (p.4363) tirándose al degüello, minan el suelo del flamante Estado absolutista, y el mejor día vendrá el terremoto que todo lo convierta en ruinas. Pero vuelvo a tu asunto.

-Por Dios, sí.. me tiene usted en ascuas. ¿De modo que el Sr. Negretti está en la Maestranza?

-Y la Maestranza en la planta baja de la Universidad. Hemos pasado junto a esta oficina cuando subíamos a ver al Infante.

-¡Ay! ya me lo dijo el corazón.. Allí trabaja Negretti, allí estudia. ¿Acaso vive allí?

-Eso no lo sé. Lo que sí puedo asegurarte es que tu niña no está en Oñate. No se separa de ella la mujer de Negretti, que es una vascongada como un castillo. Hasta hace unos días hallábanse en Durango; pero tu Aura se puso malucha, calenturas leves, anginas, no sé qué, y su tía se la llevó a un pueblo de la costa.

-¿Cuál? ¿Qué pueblo es ese?

-El nombre no me lo dijo Roa; pero lo sabremos, descuida.

-Salgamos de aquí. Me ahogo en esta iglesia".

Echaron un vistazo al claustro y salieron por él a la calle, Rapella deseando noticias; Fernando ávido de aire, de ver cielo y luz. La opresión de su pecho no le dejaba respirar. Halláronse en aquella parte de la plaza donde está cubierto el río, el cual corre un buen trecho por cauce abovedado, metiéndose por debajo del claustro de la parroquia. En los pórticos de esta, y en el ángulo que forma con la mole del claustro, hallaron mucha gente, grupos en que se condensaba la ansiedad, la avidez de noticias. Allí, mirando a Palacio, residencia del Rey (en aquel día ausente) , mirando al Ayuntamiento, donde estaban el Principal, el Estado Mayor y además la oficina del llamado Ministerio Universal, los pobres ojalateros ponían su alma en el suceso del día. En el centro del más nutrido grupo un clérigo alto y bastote exclamaba, abriendo los brazos: "¡Si no puede ser, Señor, si no puede ser! Conozco aquel terreno palmo a palmo. Conozco las fortificaciones de Arlabán como si las hubiera parido, y declaro que son intomables.

-Eso mismo sostengo yo -dijo otro en quien reconoció Calpena a uno de los huéspedes de su posada-. (p.4364) Si la acción ha sido en Salvatierra, ¿cómo es posible que los nuestros hayan dejado desamparado San Adrián?.. No puede ser, no puede ser.

-Para mí -apuntó un tercero, que era el mismísimo Sr. Modet, personaje en otros días de gran valimiento, entonces en desgracia-, de lo que ha tratado Córdova es de apoderarse del castillo de Guevara. Por aquella parte sonaba el gran cañoneo. Llevaban tren de batir.

-¡Pero si acaban de decirnos.. y esto es para volverse uno loco.. que Espartero marchaba a las diez de Salvatierra hacia acá, como en dirección de Elguea! No puede ser, no puede ser".

Y con el no puede ser lo arreglaban todo. Metiéndose Rapella en el grupo con la oficiosidad urbana que sabía gastar como nadie, les dijo: "Permítanme una observación, señores.. y esto no es discurrir por conjeturas; es fijar los hechos, hechos indudables que yo he visto. Vengo de los altos de Aloña, y puedo asegurar que se distinguen perfectamente los batallones de Su Majestad corriéndose desde San Adrián hacia Poniente. ¿No es lógico ver en este hecho una hábil estratagema de Villarreal para caer sobre la retaguardia del enemigo y destrozarla?

-Cabalmente: tal era mi idea -dijo muy orgulloso el clérigo, que no era otro que el propio Echevarría, alma del partido neto-. Y si Villarreal no ha hecho eso, ¿de qué nos sirve? ¿De qué le ha servido la escuela de D. Tomás? No basta decir: 'Me bato, soy valiente'. Un general en jefe es una cabeza, señores, una cabeza que a cada momento debe inventar algún ardid para engañar al enemigo".

Y un señorete pequeñín, agobiado bajo el peso de un disforme sombrero de copa, sujeto de circunstancias que desempeñaba en Gracia y Justicia el negociado de Títulos del Reino, expresó con biliosa amargura una triste opinión: "¡Pero si aquí no tenemos cabezas, en lo militar se entiende!.. ¡Si las que parecen llenas las guardamos en casa para simiente, y mandamos a la guerra las vacías!

-Prudencia, amigo Barbáchano, y vámonos en busca de la puchera, que es hora. Esta tarde sabremos la verdad, y Dios y (p.4365) la Virgen nos la deparen buena".

Saludáronse, y disuelto el grupo, Rapella y Fernando se fueron a comer a la posada. En la mesa no se hablaba más que del militar suceso, que cada cual arreglaba a su gusto, tirando siempre a la favorable. El bueno de Urra llegó hasta el delirio. "Puedo asegurar como si lo hubiera visto, señores, que esta mañana, a eso de las ocho, Espartero iba en desorden hacia Ulibarri Gamboa, perseguido por Simón de la Torre.. Y me consta también, ¡oído! me consta, que el Requeté embistió sólo a cuatro batallones, matando todo lo que quiso, y que quedó sobre el campo un O'Donnell, coronel de Gerona, y la flor de la oficialidad cristina..".

No producían los optimismos de Urra, expresados con vivísima fe, el entusiasmo de otros días, pues por entre las encontradas noticias y opiniones flotaba en el espíritu de todos una sombra negra, el presentimiento de un revés, cuya importancia no podía calcularse aún. Gelos, bilioso y cejijunto, había perdido el apetito, mostraba desconfianza de Villarreal, y no se recataba de sostener que fue gran disparate quitar el mando a Eguía, cuyo único defecto era el carácter arrebatado, las palabras violentas. ¡Caramelos! que blasfemase alguna vez, bregando con soldados, no quería decir que fuese descreído. Al contrario, era hombre muy pío, soldado de Dios, incapaz de transigir con la revolución usurpadora. De otros no se podía decir lo mismo, y.. más valía callar.

Hizo gala el Sr. Rapella, en todo el curso de la comida, de su exquisita urbanidad, y para cada uno de los comensales tuvo una frase grata. Manifestó que se abstenía delicadamente, porque así se lo ordenaba su carácter diplomático, de expresar opiniones de política interior y del giro de la campaña, aunque hacía votos porque el Altísimo bendijera las armas de Carlos V. Buscó y halló coyuntura para deslizar en la conversación algunas ideas que enaltecieran su personalidad a los ojos de aquellos inocentes funcionarios de un reino ilusorio. Véase la muestra: "Créanlo ustedes: en el extranjero, todas las miradas están fijas en este (p.4366) naciente Reino.. Si algo vale mi opinión, no esperen ustedes gran cosa de Roma. ¡Roma, señores..! la conozco bien.. Roma es Roma, la cabeza del orbe católico.. pero por lo mismo, por su misión universal y divina, no puede volver la espalda resueltamente a un Estado establecido.. ¿De Viena y Berlín qué he de decirles? Es un asunto este del cual me permitirán que no diga nada. Turín y Nápoles son amigos leales, y harán todo lo que puedan.. Pero con quien hay que tener mucho cuidado es con Londres, con ese Saint James astuto, cuyo poder en el concierto europeo es indudable. Ya sabrán ustedes que a Canning le ha sabido mal el decreto de Su Majestad Católica contra los extranjeros que sirven en el ejército cristino. Este decreto inhumano no puede ser grato a la Inglaterra; esperamos que el rey D Carlos acuerde su revocación; de eso se trata.. Su Majestad, que es un entendimiento luminoso, se hará cargo de las razones que se le exponen".

Y cuando le incitaban a ser más explícito, más se complacía en dejarles a media miel. Urra y los dos que a su lado machacaban nueces, le oían con la boca abierta. Gelos, que siempre desentonaba, salió por este registro: "Demos un par de golpes buenos con las armas; inspire la Virgen a nuestros caudillos; únase la espada de San Miguel a la de estos valientes, y me río yo de Vienas y Berlines, y de todas esas Cortes que tan mal nos agradecen la gran obra, emprendida por nuestro Rey, de aplastar la serpiente de la revolución europea. Porque aquí, para que usted lo sepa y pueda decirlo por esos mundos, estamos combatiendo contra el filosofismo, y una de dos: o perecemos todos, o el filosofismo y el ateísmo no levantan más la cabeza.

-¿Y tendremos el gusto de verle a usted muchos días en Oñate, Sr. de Rapella? -le preguntó Sureda rivalizando en finura con el siciliano.

-¡Ah, oh..! No depende de mí el permanecer mucho tiempo en residencia tan grata.. Si Su Majestad viene esta tarde, y tengo mañana el honor de ser recibido.. no sé.. tal vez.. Mejor que nadie comprende usted que no puedo precisar si Su (p.4367) Majestad me retendrá algunos días, o se servirá despedirme mañana mismo".

Una voz tonante gritó en la puerta del comedor: "Señores, Su Majestad el Rey entra en Oñate. Ya viene como a dos tiros de fusil de Golibán".

Tumulto, levantamiento general, golpeteo de innumerables patas de silla: "¡A esperar al Rey, a recibir y aclamar al Soberano!", gritaron a una, y el comedor se quedó vacío, el no muy limpio mantel, lleno de migas y cáscaras de nueces. El pájaro del reloj, asomándose a la ventanita y haciendo sus cortesías, cantó las dos.

 

Ep-23-XX -

El esquilón de la ermita del Santo Cristo, situada al extremo del pueblo por el camino de San Prudencio, fue el primer bronce que anunció la llegada del Rey, y bien pronto a su alegre clamor se unieron las campanas de la parroquia de San Miguel, de las monjitas de Santa Ana y de los frailes de Bidaurreta, de San Antón y Santa Marina. La gente corría presurosa hacia la plaza y calle Zarra, por donde necesariamente había de entrar, y aunque le estaban viendo de continuo, ni de verle ni de aclamarle se cansaban los buenos oñatienses, que tenían la dicha, la gloria más bien, de ser convecinos del representante del Trono legítimo y de la santa Religión. Le querían de veras, sin conocerle más que como se conoce a las imágenes de iglesia, que no hablan ni se mueven, pues si hablasen, quizás muchas de ellas no tendrían tantos devotos.

Allá corrieron también Rapella y Fernando, metiéndose entre el gentío que aguardaba en la plaza el paso del Rey de Oñate, y, colocados en el mejor sitio, viéronle pasar caballero en un alazán de mediano pelo, llevando a su derecha al Infante D. Sebastián, que había salido a encontrarle; a su izquierda a González Moreno; detrás la turbamulta del Estado Mayor: ayudantes, Asesor general, Mayordomo de Palacio, y otros que iban vestidos de paisano con sombrero de copa. D. Carlos vestía de Capitán general, con sombrero de tres picos, sin más insignia que la cruz de Carlos III. Era el único faccioso que por razón de su alta categoría no usaba boina. Aclamado por el (p.4368) pueblo con gritos castellanos y vascuences, que se mezclaban formando una algarabía discorde, saludaba con la afabilidad fría y austera que contribuía no poco a fortalecer su prestigio ante aquella raza creyente, grave. Al satisfacer su curiosidad, tuvo también Fernando la satisfacción de que el personaje resultara como él se lo figuraba; que es un gusto sorprender en la realidad un reflejo de nuestras ideas. Vio, pues, Calpena en la encarnación del absolutismo el tipo que se había forjado en su mente; la cara de Fernando VII con menos nariz, más quijada, el labio grueso, bigote y patillas cortas, la mirada fría y obscura, de las que no penetran ni alumbran, señal de entendimientos apagados. Bien podía expresar la mandíbula del Rey, más larga que saliente, la terquedad, que hacía las veces de voluntad firme, y su mirar vago el fatalismo religioso, que ocupaba el lugar de las ideas. La prolongación del maxilar hacía muy desapacible el soberano rostro, sin llegar a la fealdad que al de su hermano daba la trompa que tenía por nariz. Uno y otro eran diestros jinetes; se asemejaban asimismo en la desmedida soberbia y en la contumacia de sus creencias acerca del derecho divino, como enviados al mundo para oprimir a estos desgraciados pueblos.

Hizo Calpena mental paralelo entre su tocayo Narizotas y el llamado Pretendiente, llegando a la conclusión triste de que si hubiera un infierno especial para los reyes, en el más calentito rescoldo de este tártaro regio debían purgar sus pecados contra la humanidad estos dos señores, que simbolizando la misma idea, por la supuesta ley de sus derechos mataron o dejaron matar tal número de españoles, que con los huesos de aquellos nobles muertos, víctimas unos de su ciego fanatismo, inmolados otros por el deber o en matanzas y represalias feroces, se podría formar una pira tan alta como el Moncayo. En todos los países, la fuerza de una idea o la ambición de un hombre han determinado enormes sacrificios de la vida de nuestros semejantes; pero nunca, ni aun en las fieras dictaduras de América, (p.4369) se han visto la guerra y la política tan odiosa y estúpidamente confabuladas con la muerte. La historia de las persecuciones del 14 al 20, de la reacción del 24, de las campañas apostólicas y realistas, así como del recíproco exterminio de españoles en la guerra dinástica hasta el Convenio de Vergara, causan dolor y espanto, por el contraste que ofrece la grandeza de tan extraordinario derroche de vidas con la pequeñez de las personas en cuyo nombre moría o se dejaba matar ciegamente lo más florido de la nación.

Considerados en lo moral, grande era la diferencia entre Fernando y Carlos, pues la bajeza y sentimientos innobles de aquel no tuvieron imitación en su hermano, varón puro y honrado, con toda la probidad posible dentro de aquella artificial realeza y de la superstición de soberanía providencial. Trasladados los dos a la vida privada, donde no pudieran llamarnos vasallos ni suponerse reyes cogiditos de la mano de Dios, Fernando hubiera sido siempre un mal hombre; D. Carlos un hombre de bien, sin pena ni gloria. En inteligencia, allá se iban, ganando Fernando a su hermano, si no en ideas propiamente tales, en marrullerías y artes de la vida práctica. Las ideas de Don Carlos eran pocas, tenaces, agarradas al magín duro, como el molusco a la roca, con el conglutinante del formulismo religioso, que en su espíritu tenía todo el vigor de la fe. De la piedad de Fernando no había mucho que fiar, como fundada en su propia conveniencia; la de D. Carlos se manifestaba en santurronerías sin substancia, propias de viejas histéricas, más que en actos de elevado cristianismo. En sus reveses políticos, no supo Fernando conservarse tan entero como cuando ejercía de tiranuelo, comiéndose los niños crudos; D. Carlos mantuvo su dignidad en el ostracismo y en la mala ventura, y acabó sus días amado de los que le habían servido. Fernando se compuso de manera que, al morir, los enemigos le aborrecían tanto como le despreciaban los amigos.

Entró el Rey en Palacio, la casa-solar de los Artazcos, en la plaza, haciendo esquina con la (p.4370) calle de Santa María, no lejos del trinquete o juego de pelota. Era un bello edificio señorial, del mejor estilo del país, con airosos contrafuertes terminados en pináculos. Allí le esperaban D. Juan Bautista Erro y el improvisado personal de dignatarios políticos y palatinos. El gentío continuaba dando vivas a la Religión, al Ejército y al Rey; pero este no se asomó al balcón, sin duda que graves asuntos le solicitaron desde el instante de su llegada. Vio Calpena que no cesaba de entrar y salir gente de viso, presurosa, y en la calle se acentuaba la ansiedad por las noticias de Arlabán. A media tarde, las impresiones no eran ya muy optimistas, salvo en aquellos que no se convencían nunca, resistiendo heroicos a toda realidad desfavorable.

Salió de Palacio D. Juan Bautista Erro con cara mustia, incapaz de disimular las malas nuevas que traía, y al punto fue rodeado por los curiosos. Calpena se introdujo lo más cerca posible, y le oyó decir: "Nada, señores, no hay que apurarse, pues no se acaba el mundo por un revés pasajero. La acción sigue, y esperamos que Villarreal tome el desquite mañana mismo". Y se abrió paso con esfuerzo de sus brazos vigorosos. Calpena le observó bien, admirando su alta estatura, no inferior a la de Mendizábal; como éste bien parecido, de edad poco más o menos la misma, vestido con cierto esmero inglés. Como los liberales a D. Juan Álvarez, los facciosos habían traído de Londres al Sr. Erro, movidos de su fama de gran rentista, y entró el hombre en el Real de D. Carlos prometiendo atar los perros con longanizas, terminar la guerra en seis meses, como el otro, y sacar dinero de debajo de las piedras. Luego resultó que todo era ensueños, cuentas galanas, humo.. Acompañado de su secretario el capellán Ibarburu, salió también el Sr. Arias Teijeiro, hombre vulgar y antipático, que improvisándose faccioso después de haber jurado a Isabel y hecho en Madrid aspavientos de liberalismo, había ganado el corazón de D. Carlos y era en su Corte uno de los más furibundos ojalateros. Descollaba por querer (p.4371) meter en todo el formalismo burocrático, por el flujo de dar y quitar empleos, y fue una de las más inútiles y maléficas yerbas que crecían en el campo de la facción, estorbando allí donde no podían hacer daño. Pasó muy estirado y cejijunto entre la multitud, negándose a satisfacer la natural ansia de los vasallos del Pretendiente; pero menos discreto Ibarburu, que en ningún caso desmentía su índole locuaz, formó corro al instante para decir ore rotundo: "Señores, hay que tener calma y no ver un descalabro en lo que es pura y simplemente.. una fase, una peripecia de la acción, que no ha terminado todavía. Ya vendrá esta noche el conocimiento total de la batalla, que ha sido, que es, mejor dicho, empeñadísima, desarrollándose en una extensión de muchas leguas. Lo que puedo asegurar, pues de ello se tiene noticia exacta, es que las bajas de los cristinos han sido horrorosas.. horrorosas.

-¡Horrorosas! -repitieron los del corrillo, y la palabra resonó extendiéndose y atenuándose con la distancia, como la onda en la superficie del agua.

-Tengamos calma; confiemos en la pericia de nuestros generales.. y sobre todo, hay que confiar siempre en la protección del Cielo, que no nos abandona, que no puede abandonarnos, porque somos la fe, la razón, el derecho, la justicia, la honradez.. ¡Pues estaría bueno que el Cielo, la suma Sabiduría, diera la victoria al filosofismo, a la usurpación, a las ateas discordias!.. No puede ser. Repitamos todos que no puede ser".

Y se conformaron por el pronto, repitiendo como papagayos que no podía ser y que no podía ser. Otro de los que abandonaron a media tarde la regia morada fue D. Rafael Maroto, figura de primera magnitud en el carlismo, que abrazó con ardor desde los primeros días del cisma dinástico. Había ingresado en la facción con el grado de Teniente General; gozaba fama de ilustración, de práctica guerrera; pero la inquina que cordialmente le profesaba González Moreno, el brazo derecho y el seso militar de D. Carlos, no le había permitido lucir, como pudiera, sus excelsas cualidades. La (p.4372) malquerencia entre Maroto y González Moreno era vieja en el estadillo absolutista, y en su cuenta se podían cargar casi todos los atascos y tropiezos de la Causa. Uno y otro tenían sus pandillitas o taifas que fomentaban aquella discordia, lanzándose fieros dardos de calumnia y dicterios crueles; pero Moreno llevaba la inmensa ventaja de haberle ganado al otro la delantera en la confianza lela del Rey, quien no respiraba sin previa consulta con su jefe de Estado Mayor. Ni la paliza que el tal Moreno se ganó en Mendigorría, ni otros muchos descalabros que en acciones parciales sufrió, ni los odios que despertaba en el ejército, movieron a D. Carlos a retirarle su gracia. No tiene esto más explicación que la recóndita simpatía o afinidad que establece la Naturaleza entre dos grandes ineptitudes, como entre dos inteligencias superiores. La nulidad de Moreno y la de D. Carlos se compenetraban. Uno y otro, formando una sola ceguera, desconocieron a Zumalacárregui; metiéronle en aquel desastroso empeño de Bilbao, donde perdió la vida el primero y único capitán del absolutismo. La página histórica que ha dado más celebridad a González Moreno fue la trampa que armó a Torrijos en Málaga para fusilarle impía y cobardemente con sus desgraciados compañeros. Si D. Carlos no veía estos borrones, ¿qué había de ver el pobre señor?

Pues salió, como se cuenta, el Sr. Maroto de la real audiencia y del consejo, presidido por Su Majestad, que acababa de celebrar la Junta Provisional Consultiva de Guerra (que tales retumbancias denominativas eran alegría y entretenimiento del flamante Estado) , y le rodearon al punto amigos y prosélitos, ávidos de oír su parecer: "¿Y qué han acordado ustedes? ¿Se puede saber? -le preguntó el Sr. Ochoa, Intendente general.

-¡Hombre, qué pregunta!.. Están ustedes en Babia -replicó Maroto, que era de boca un poco libre-. Naturalmente, hemos acordado que somos todos unos imbéciles. Siempre que nos reunimos acordamos lo mismo.

-Y de Arlabán ¿qué?".

Soltó D. Rafael Maroto dos o tres voquibles muy de (p.4373) tierra castellana, con lo cual, si no esclarecía el asunto, expresaba su indignación. Tenía fama de mal hablado el General, costumbre muy conforme con la rudeza militar y con el ajetreo de mandar tropa. Don Carlos no le perdonó nunca que en una ocasión de gran aprieto, atravesando los dos de incógnito una fragosa sierra en Portugal, largase en su presencia una señora interjección, tan rotunda como expresiva, que hirió las timoratas orejas del protegido de la Virgen. Y tan no se lo perdonó, que desde entonces hubo de caer Maroto en desgracia; mas no le sirvió de lección, porque rara vez hablaba sin remachar su discurso con aquellos clavos de acero de la elocuencia familiar española.

"¿De Arlabán, qué quieren que diga? ¡porra! No podía suceder más que lo que ha sucedido. ¿Qué se puede esperar, ¡porra! de la dirección que da a la guerra ese rocín? ¡Porra!

-Pero si dicen que la acción no ha concluido, que todavía..

-Que todavía falta..

-Sí, falta la más negra, ¡porra, contraporra!

-Ha sido una peripecia.

-Sí, sí, buena peripecia nos dé Dios ¡porra! Ha sido.. aquí en secreto, aquí en gran confianza, una paliza tremenda, una carrera en pelo como la de Mendigorría.. ¡Si no podía ser de otra manera!.. si lo vengo diciendo..

-Pero todavía.. podría ser que nos rehiciéramos.

-Sí, sí; para rehacernos está el tiempo. Lo que pueden ustedes rehacer es la maleta, ¡porra! porque o yo me engaño mucho, o esta noche se plantan aquí.

-¿Quién?

-Córdova.. Espartero.. qué sé yo".

Y se fue a su alojamiento, seguido de su comparsa que aún no se cansaba de oírle. Era D. Rafael Maroto de buena presencia, gallardo, casi atildado, de palabra expresiva y amena conversación, en la que no era fácil separar la frase feliz del abusivo adorno de porras y contra-porras.

 

Ep-23-XXI -

Avanzada la tarde, se fue generalizando en el pueblo la triste idea de la necesidad de la evacuación. Con un movimiento admirable, nuevo testimonio de las grandes dotes tácticas del insigne Córdova, secundadas por los generales de división Espartero y Ribero, el ejército (p.4374) cristino habíase posesionado con relativa facilidad de las formidables alturas del puerto de Arlabán, y era dueño de las sierras de Elguea y del monte de San Adrián, que cae sobre Aránzazu. Desde las lomas que cercan a Oñate, así como de las torres de las iglesias y de los tejados de algunas casas, se veía perfectamente esta posición, ocupada ya por las tropas de la Reina. A poco que estas se dejaron caer, ¡adiós Corte de Carlos V, adiós capital del flamante Estado absolutamente absoluto! Y no había tiempo que perder. Antes de media noche era forzoso que escapasen del pueblo, en busca de lugar seguro, el Rey con toda su alta y baja servidumbre, el Ministerio Universal con sus dependencias, las secretarías llamadas Ministerios con sus respectivas cáfilas de empleados, el Estado Mayor, todos los ramos y ramilletes de Guerra, la Superintendencia de Vigilancia Pública, la Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía, las diferentes Intendencias, Contadurías y Pagadurías, la Maestranza, etcétera, etc.. con todo el papelorio, que en el poco tiempo de existencia formaba ya una costra formidable, y el balduque, los tinteros, las obleas, los polvos de secar, y todo, Señor, todo, pues con ser aquello un Reino en miniatura, abultaba ya casi tanto como la mitad o los dos tercios de un reino grande.

Y si no era floja impedimenta la caravana eclesiástica que llevaban por do quiera, capellanes sinnúmero, familiares del Obispo de León y de otros reverendos, confesores, ministros de la Generalísima, la caterva militar y palatina la superaba, pues había Guardias de honor de infantería y caballería para la Real persona, y un cuerpecito de Guardias de Corps, que no tenía más objeto que custodiar y hacer los honores debidos al estandarte de la Virgen de los Dolores, que D. Carlos llevaba por delante en sus frecuentes correrías de soberano caracol, siempre con el trono a cuestas.. No se veían más que señores que desalados corrían a las oficinas, a empaquetar legajos, y después a sus casas, con medio palmo de lengua fuera, a guardar (p.4375) las casacas, el que las tenía, y los trapitos de ceremonia.

"He de intentar colarme en Palacio, ofreciendo mis servicios al Infante -dijo Rapella a su amigo, contemplando el inmenso trasiego de gente presurosa entre Artazcos y el Principal-. Y como estamos en peligro de quedarnos sin caballerías, porque los prófugos echarán mano de todas las que hay en el pueblo, conviene que mientras yo busco por aquí quien me introduzca, vayas tú a prevenir a Sancho para que dé un pienso a nuestros animales, y ensille y disponga todo, que el golpe bueno es salir antes que nadie, y agregarnos por el camino a la comitiva del Rey o de D. Sebastián".

Cuando esto decía vieron salir de palacio un grupo, en el cual el siciliano reconoció a su amigo Roa, secretario del Infante, y se fue derecho a él. Era un señor de hermosa presencia, mejor vestido que el Príncipe su amo, y de trato afable y meloso. Hablaban rápidamente de lo difícil que era en momentos tan críticos obtener audiencia del Rey o del Infante, cuando se aproximaron otras personas que azoradas y medrosas hablaban de preparativos de marcha. Del Ayuntamiento salió un nuevo grupo. El Sr. Roa, que continuaba en medio de la calle charlando con Rapella y Fernando, dijo: "¿No me preguntaba usted anoche por Negretti, el mecánico de la Maestranza? Aquí viene. Fíjense: es aquel de alta estatura, moreno, con boina azul y chaquetón de pana". No necesitó más Calpena para poner toda su vista y toda su alma en el pelotón que del Ayuntamiento acababa de salir. Las señas que daba Roa no permitían confusión, pues Negretti descollaba en el grupo con su gallardía escueta de ciprés, alto, derecho y obscuro. Calpena le miró; en aquel punto desaparecieron de su mente la Corte, Oñate, Rapella, el carlismo y cuanto le rodeaba. No vio más que al hombre corpulento, fornido, de morena tez; no vio más que el rostro meridional, tostado, casi ennegrecido por el cálido resplandor de la fragua. Representaba unos cuarenta y cinco años; era su cuerpo de Hércules, su hermosa cara, de matiz pizarroso en la piel del (p.4376) bigote y barba, afeitados con esmero; la expresión grave, los ojos dulces. Sus facciones delataban la raza, la incomparable estirpe de que era ejemplar perfecto la hermosísima Aurora. Por todo esto y por otros sentimientos que de súbito asaltaron a Calpena, el Negretti que de lejos veía le fue simpático. Fijose más en él, aproximándose, y Negretti también le miraba. Como si esta mirada fuese chispa eléctrica, sintió el joven un terrible sacudimiento dentro de sí, y sin encomendarse a Dios ni al diablo, movido de irresistible impulso, se fue derecho a él y, descubriéndose cortésmente, le dijo: "Es usted el señor Negretti..

-Servidor -replicó el atleta llevándose la mano a la boina con militar saludo-. Y usted es el Sr. de Calpena. Le he conocido no sé en qué, pues es la primera vez que tengo el gusto de verle.. Corazonada.. En la manera de mirarme usted le he conocido. Y como el Sr. Roa me dijo esta mañana que dos caballeros de Madrid preguntaban con interés por mí y por mi sobrina..

-¡Aura! -exclamó Calpena tan turbado que no sabía por dónde empezar-. Aurora..

-Sí, ya sé, ya sé.. Hace usted bien en hablar conmigo, y en venir a nosotros por el camino derecho, porque yo no me como la gente; soy hombre razonable y sé ponerme en lo natural. Venga usted conmigo si quiere que hablemos un rato, que el tiempo apremia, y tengo que prepararme.

-Ya sé que la familia -dijo Calpena empezando a recobrar el aliento-, está en un pueblo de la costa.

-Sí señor.. Como siempre me pongo en lo mejor, ese es mi natural, le supongo a usted con intenciones honradas y de caballero. Dígolo, porque si viniera con propósito de burlarme y de hacernos algún paso de comedia, ya puede volverse por donde ha venido, porque soy hombre que no se deja embromar. En el poco tiempo que lleva Aurora al lado nuestro, le hemos tomado mi mujer y yo gran cariño. La queremos ya como si fuera nuestra hija..".

Algo quiso decir Fernando; pero Negretti le tapó la boca con un gesto, queriendo abreviar, y prosiguió: "Ya sabemos la historia. Con lágrimas y suspiros (p.4377) nos ha contado la niña que le quiere a usted; que no puede querer a otro.. Está bien, muy bien.. Ahora, en pocas palabras, señor mío, le manifestaré mi opinión. Si yo llego a entender que es usted digno de ella, no me opongo, ni Prudencia, mi esposa, se opondrá tampoco. Demuéstreme el Sr. Calpena que es un joven de familia cristiana y limpia; vea yo que por su honradez, por su seriedad, por sus circunstancias, es merecedor de tal joya, y ya estamos en vías de acomodarnos. Si me sale con la gaita de que es poeta o de estos que no tienen más oficio que escribir en papeles, no hemos hecho nada, señor. Curaremos a la niña de su mal de amores, lo que podrá ser difícil, pero no imposible, y a Rey muerto, Rey puesto".

Nuevamente quiso hablar Calpena; pero el otro le cortó por segunda vez la palabra con estas: "Poetas y emborronadores de papel no queremos en casa. ¿Es usted por casualidad propietario?

-No señor.

-¿Es usted abogado? ¿Tiene alguna carrera?

-No señor.

-Empleado quizás..

-Lo he sido. Puedo volver a serlo.

-Los empleados tampoco nos gustan. Pero, en fin, ya que no tiene usted carrera, de algo sabrá, siquiera sea un oficio.. Me consta, por lo que relata la niña, que en Madrid pasaba usted por hombre de gran inteligencia.. y no sé por qué se me figura que en esto no va Aurorita descaminada. La cara del Sr. Calpena, sus ojos, me revelan entendimiento..

-No creo carecer de facultades para cualquier profesión u oficio a que me dedique.

-¿Sabe usted matemáticas?

-Muy poco.

-¿Latín?

-Eso sí.. y humanidades.

-Algo es algo.. En fin, señor mío, le acojo con benevolencia; pero no le abro mis brazos todavía; le mantengo a distancia. Ya ve que no soy tirano, y si usted ha venido con la idea de representar aquí un paso de teatro quitándome a la niña con burla o con violencia, no es flojo el chasco que se lleva.

-No vacilo en confesar a usted -dijo Calpena en un arranque de sinceridad- que he venido con esas ideas; pero la presencia de usted, sus palabras, su persona misma y modo de ser me han desconcertado radicalmente.. (p.4378) Hállome aturdido, sin saber qué pensar ni qué decir.. Pero desde luego le aseguro, señor mío, que por nada del mundo he de renunciar al amor de Aura, y que hacia ella he de ir por el camino que crea más corto. Si este es el camino de la paz, mejor; por él iré.

-Está bien; pero debo asegurarle a mi vez que no hay para llegar a ella más que un camino, y en este camino estoy yo, Ildefonso Negretti; está también mi esposa. Ya ve que soy benévolo, que le hablo con lealtad, y de mi lealtad quiero darle aún mayor prueba diciéndole que Aurora reside con mi mujer en la villa de Bermeo; la he mandado a un puerto de mar, no sólo por ser aquel uno de los lugares más tranquilos dentro del país en guerra, sino porque espero que los aires de la costa han de probar bien a su salud, bastante delicada desde que salimos de Madrid. Viven mi mujer y mi sobrina en Bermeo, Barrencalle, núm. 2. Le digo a usted la dirección de mi casa para que vea que no le temo, que confío en que ha de responder con su lealtad a la mía.

-Barrencalle, 2 -repitió Fernando, que habría querido ir allá de un vuelo.

-No le doy las señas para que vaya allá, sino para que sabiéndolas se abstenga de ir, entendiendo que no es mi gusto que vaya, ¿estamos? No me alborote usted a la niña, ni me le encienda la imaginación, que con un soplo, como usted sabe, se convierte de rescoldo suave en horno de ferrería; no me trastorne aquella pobre alma, que fácilmente salta del sueño al delirio y de la ilusión a la locura, ni me dispare aquellos nervios que mi mujer y yo, a fuerza de dulzura y paciencia, hemos conseguido contener y amansar. No, no. Tengamos la fiesta en paz. Si se planta el novio en Bermeo sin mi permiso, fíjese bien, sin mi permiso, pues hablo como padre de Aurora, perdemos las amistades y no hay nada de lo dicho. Por lo que valga, sepa que en la casa de allá no están las mujeres solas; en ella viven también dos fieras en figura de hombres: mi cuñado Hilario, capitán de barco, y un primo suyo, que también es de mar; excelentes personas, bravos y fieles, que no han de consentir (p.4379) ningún desmán en aquella honrada vivienda".

Por tercera vez quiso Calpena decir algo; pero el hercúleo Negretti, que tenía prisa, no le dejó tomar resuello: "Aguárdese un poco, y concluimos. Ya he dicho antes que no soy tirano, y que acostumbro a ponerme en lo natural. Sé lo que son jóvenes; yo he sido algo joven, yo también he probado el amor, y no desconozco lo que puede en nuestra alma. Sabedor de todo esto, y siendo además hombre honrado y buen cristiano, le digo al Sr. D. Fernando que no me opongo, no señor, no me opongo a que ame a la niña, ni a que se case con ella. Pero he de advertirle que perlas como esta sobrina no están ahí para el primero que llega. Sobre lo que ella vale, está lo que posee, lo que ganó honradamente mi pobre hermano Jenaro, y si todo eso, la niña y su capital, han de ser para usted, no es mucho pedir que me demuestre ser merecedor de bienes tan grandes. ¿Es esto claro, es esto real, es esto noble?

-Sí, sí, sí -afirmó Calpena con efusión estrechándole la mano-. En un momento me ha conquistado usted, me ha hecho suyo, que es el verdadero camino, bien lo veo, para ser de ella.

-Pues no necesitamos hablar más por ahora. Antes de ir a Bermeo irá usted a donde yo esté.. y estaré con la Corte, pues no puedo apartarme del servicio de Maestranza en el Real de D. Carlos. Hable usted conmigo, entendiendo que para ganar aquella plaza, tiene que ganar antes los baluartes que la rodean y defienden, y esos baluartes véalos en mí. Yo soy la muralla. Póngame usted sitio, y por los medios que emplee para conquistarme, sabré yo si debo o no debo rendirme. Por de pronto escribiré a la niña, diciéndole que he visto a su galán, para que esté tranquila.. Con que..

-¿Pero qué, nos separamos ya? -dijo Fernando con ansiedad, sintiendo que el tal Negretti se le metía en el corazón.

-Sí señor. Yo tengo que preparar la salida del material, salvo lo que por su peso es forzoso dejar aquí. Me parece que ya hemos parlado todo lo substancial. Ya sabe dónde me encontrará.

-Pues separémonos; pero no sin decirle que, contra lo que (p.4380) esperaba, hallo en usted la suma lealtad y la hombría de bien más pura. Yo me lo figuraba un monstruo, un tirano, el mayor y más fiero enemigo de mi persona y de mi felicidad; pero ya veo..

-Adiós, adiós.. Me esperan. Vea usted; allí me están llamando.. Hasta que nos veamos; lo dicho, dicho.. Adiós".

Y se metió corriendo en la Universidad, donde multitud de personas, unas de tipo militar, otras de obreros, le aguardaban inquietas. Calpena le seguía con sus ojos. ¡Y cuán solo y triste se quedó al verle desaparecer! En aquel momento ya obscurecía.. Lloviznaba.. ¡Qué triste anochecer!

 

Ep-23-XXII -

Como chorro de agua fría derramado en un brasero, fue la presencia y dichos de Negretti en el espíritu de Calpena, que vio de súbito convertido en cenizas mojadas todo aquel fuego que encendía su voluntad; y el drama romántico que el niño se traía, con violencias y fuertes emociones, con su rapto correspondiente, quizás con cuchilladas y tiros, se trocó en comedia casera. Verdad que esta era de las buenas, de las mejores, según se anunciaba; mas, por el pronto, hubo desilusión, enfriamiento repentino, caída de las alturas, y esto siempre duele. Un rato estuvo el joven como atontado: casi, casi llegó a parecerle fantástica la aparición de Negretti, y sus palabras fingimiento del propio tímpano que las oyera. Por real lo tuvo reflexionando en ello, y reconoció gozoso que el tío de su amada era una gran persona, sus palabras sinceras y honradas, en armonía perfecta con la noble expresión de su rostro. ¡Vaya con los cambiazos del destino! ¡El enemigo, el tirano, el ogro, convertíase, como por magia, en un ser bondadoso, de ideas severas, eso sí, pero sanas! ¡Y con qué firmeza de padre tutelar le había planteado la cuestión de sus relaciones con Aura! ¡Con qué gracia y donosura había desbaratado el romántico artificio, como Don Quijote, acuchillando el retablo de maese Pedro! ¡Y cuán hábilmente, entre las ruinas del cartón pintado, había puesto el cimiento angular de la vida razonable, discreta, lógica, como Dios y la ley (p.4381) quieren y formulan! Era el tal D. Ildefonso todo un hombre, y no había más remedio que bajar la cabeza ante su voluntad, juntamente rigorista y protectora, aceptando los procedimientos pacíficos que proponía, los cuales significaban decencia, lógica y facilidad.

Dio vueltas Fernando por frente a la Universidad, sin hacerse cargo de lo que a su alrededor ocurría; tan metido estaba dentro de sí. Pasado un rato, y obligado por la llovizna a guarecerse bajo un alero, empezó a ver lo inmediato y circunstancial. "¿Qué tenía yo que hacer, Señor? -se dijo-. ¡Ah! ya me acuerdo: me mandó ese que buscase a Sancho y le mandara preparar las caballerías". Hallábase al decir esto entre la Universidad y el edificio destinado a hospital. A dos pasos de allí, en lkasola kalea, estaba el parador donde a la sazón debía de encontrarse Sancho; pero no acertaba con él: la noche se había echado encima, obscurísima, y la gente afanosa que por todas partes bullía le estorbaba el paso. En la puerta posterior de la Universidad había lo menos diez carros cargando pesados objetos, y en la Caridad, por un portalón de la huerta, sacaban enfermos en camillas. El tumulto era grande; alumbraban estas operaciones farolillos mustios, y el vocerío en vascuence o mal castellano mareaba la cabeza más firme.

Trató Calpena de abrirse paso hacia el parador, y preguntando a este y al otro pudo enterarse de que los jamelgos del Sr. Sancho habían sido embargados para el transporte de los heridos que bajaban de San Adrián. Pensó dar conocimiento al gran Rapella de estas novedades, que sin duda imposibilitarían la partida; ¿pero dónde demonios estaba el siciliano? Desde que se le apareció Negretti en la plaza, habíale perdido de vista. Si había logrado meterse en Palacio, y se agregaba a la comitiva de D. Sebastián, ¿cómo se las compondrían Sancho y Calpena para seguirle, no disponiendo de caballos? En fin, Dios diría. Llenose de paciencia el aburrido joven y continuó buscando al escudero. De pronto, vio que los hombres y mujeres que antes se agolpaban junto a la Universidad, (p.4382) corrían hacia la plaza gritando: "¡Ya vienen, ya vienen!..". Pudo creer el forastero por un momento que los que venían eran los cristinos victoriosos, posesionándose, con la brutalidad del vencedor, de la villa y Corte indefensas. Pero no; los que venían eran dos batallones facciosos, el Requeté y el 2.º de Guipúzcoa, que se retiraban con mediano orden delante del enemigo, trayendo muchos heridos, hambre, cansancio, ira, y la tristeza del vencimiento. Bajaban por el camino de Aránzazu, rotas las filas, presurosos. Calpena les vio entrar en el pueblo por la calle de Santa María: ante el Palacio del Rey, dieron algunos vivas con voz apagada y ronca, y pararon luego en la plaza, en medio de una gran confusión. Oyó los gritos de los jefes, queriendo ordenar las secciones, para repartirles pan y vino, y en tanto las mujeres se abalanzaban llorosas a los carros del 2.º de Guipúzcoa, reconociendo a los heridos, llamándoles por sus nombres, reconociendo también a los vivos y abrazándoles, si les encontraban. Era un lastimoso espectáculo que oprimía el corazón, tanto dolor de una parte, de otra tanta abnegación y entereza, y afligía considerar el enorme, inútil sacrificio que todas aquellas penas y virtudes representaban.

En los balcones de Artazcos se veían luces. Quién decía que Carlos V estaba cenando sus alubias y su sopita de ajo con un poco de vino, para emprender la marcha inmediatamente hacia San Prudencio; quién que había cenado y estaba rezando el rosario con su alta y baja servidumbre y los señores Ministros; y esto lo decían con veneración, con el interés que inspira la persona más amada. En aquel barullo acertó Calpena a encontrar al chicuelo organista que le había guiado a la casa de huéspedes el día anterior, y le cogió del brazo, preguntándole: "¿Has visto, por casualidad, al señor diplomático que ayer llegó conmigo?". Replicó el chico negativamente, y al punto agregose otro bigardón afirmando que el caballero flaco había salido de Palacio con el Sr. Urra y el Sr. Echevarría, dirigiéndose al Ayuntamiento, donde se disponían caballos (p.4383) y coches para el séquito del Rey. De Sancho dijeron que creían haberle visto en la Caridad ayudando a la saca de los enfermos que debían marchar, y allá corrió Fernando con el organista, que oficioso se prestó a ser su escudero.

Nuevamente fue acometido Calpena, en ocasión de tanto apuro, del recuerdo de Negretti: "¡Qué bueno sería -pensaba- que nos encontrásemos ahora y lograra yo que me llevase consigo en los carros de la Maestranza!". Con estas ideas se entremezcló la consideración del cambiazo súbito que le marcaba su destino, y al decir Destino daba este nombre indebidamente al soberano gobierno de Dios, que dispone a veces, según su alta voluntad, todo lo contrario de lo que propone nuestra pequeñez ignorante y ciega. Bastaron unos minutos de coloquio con persona que trataba por primera vez, para ver alterado totalmente el rumbo de sus caminos, vueltas del revés sus ideas, y en la esfera de su voluntad sustituidas unas energías por otras. ¡Cuán lejos estaba el soñador Fernando de que su destino, Dios mejor dicho, le preparaba desviaciones más radicales y sorprendentes!

Entró con su ayudante en el patio grande de la Caridad, donde vieron algunos enfermos medianamente acondicionados en camillas para partir con la Corte. Eran soldados, oficiales, paisanos, víctimas de la guerra dinástica. Familia o amigos cuidaban de su transporte, y no había ya más dificultad que encontrar músculos vigorosos que cargaran las camillas por lo menos hasta San Prudencio. Los que se hallaban en mejor disposición se acomodaron en los carros de la Maestranza, entre bombas, cartuchería y maquinaria, y algunos fueron llevados a la plaza para agregarse a la impedimenta del Requeté o del 2.º de Guipúzcoa. Recorrieron todo el patio en busca de Sancho, y en una de estas vueltas Calpena se sintió cogido de la esclavina de su abrigo; volviose, y vio a una mujer lacrimosa que, cruzadas las manos y mirándole con vivísima ansiedad de postulante, como los que apremiados por la miseria imploran la (p.4384) caridad pública, le dijo: "Señor mío, caballero.. no me negará usted que lo es, porque el que ha nacido caballero no lo puede negar.. Si es usted tan noble y piadoso como me ha parecido, me atrevo a pedirle que ampare a una familia desgraciada..".

Hizo ademán Calpena de sacar limosna, y ella, retirando su mano, prosiguió: "No, no; la caridad que pido no es esa; pido su auxilio para salir de aquí, para proteger la vida de mi padre..

-Señora -dijo Fernando cortés y compasivo-, mucho siento no poder ampararla.. Soy forastero, no conozco a nadie, y busco también quien me facilite la salida. Perdóneme usted.. no puedo..".

Se alejó; pero no había dado diez pasos cuando sintió en su corazón el golpetazo de la piedad, en su garganta el ahogo de la conciencia que se rebela contra el egoísmo, y volvió hacia la mujer, que arrimada al muro, lloraba sin consuelo. "Bueno -le dijo-, veamos en qué puedo servirla. No llore y explíqueme.. Difícilmente podré yo..

-No me equivoqué -replicó ella-, al pensar que es usted persona hidalga. Entre tantos indiferentes o despiadados, sólo en usted, cuando le vi pasar, vi la esperanza.

-¿Pero qué puedo hacer? Soy forastero..

-Yo también. Tanto usted como yo somos aquí gente extraña, enemiga quizás al sentir de ellos.. Bien se ve que no es usted de esta tierra..

-En efecto.

-Ni faccioso quizás. ¿Y qué? También hay en la facción caballeros, y usted lo es.

-De tal me precio.. Pero.. dígame.. Lo primero: ¿quién es usted, qué clase de socorro desea?

-Ya sabrá quien soy, quiénes somos, pues conmigo está mi hermanita, más pequeña que yo. Por el momento, y en este grave apuro, sólo digo que tenemos aquí a nuestro padre enfermo, y queremos llevárnosle, huir, escapar de esta casa y de este pueblo. La vida de mi padre corre peligro.. Moriremos nosotros con él antes que abandonarle.. ¿Podremos salir aprovechando esta desbandada?

-Perdóneme.. No acabo de enterarme. Su padre de usted ¿dónde esta?

-Arriba..

-¿Quién es?

-D. Alonso de Castro-Amézaga, persona de gran posición y nobleza, natural de La Guardia, prisionero, (p.4385) enfermo, condenado a muerte un día, y al siguiente indultado por la piedad de Carlos V; aborrecido del pueblo oñatiense, y de las tropas y servidores de este Rey, de quien no quiero decir nada malo. Observe usted que no digo nada malo".

Lo que observó Calpena, en ocasión que los farolillos movibles alumbraban el rostro de la pobre señora, fue que a esta le cuadraba más bien la denominación de moza o señorita. A obscuras y desfigurada por el llanto, habíala creído mujer del pueblo, joven.

"Soy una persona decente -dijo la llorona, comprendiendo que Calpena rectificaba su primer juicio-. Aunque me ve usted en este abandono de vestir, motivado por los trabajos que nos impone nuestra desgracia, mi hermana y yo somos dos señoritas de una familia rica y noble. Cómo hemos venido aquí, cómo nos encontramos prisioneras con mi padre, secuestradas propiamente por nuestro amor filial, sin amparo, sin consuelo, es cosa muy larga de contar. ¿Será usted bastante discreto para no pedirme ahora más explicaciones, y bastante generoso para prestarme, como caballero, antes que se las dé, su apoyo y protección?

-Sí, sí.. Veamos.

-No tardará usted en conocer por qué circunstancias y casos tan peregrinos se encuentran aquí dos damitas muy principales al cuidado de un noble señor a quien sus entusiasmos locos han traído a esta terrible situación.

-Ya voy comprendiendo.. Pues apela usted a mi caballerosidad, yo le aseguro que no ha llamado a la puerta del egoísmo.. Señora, en lo que de mí dependa.. Y ahora, ya que me ha dicho usted el nombre de su desgraciado padre, dígame el suyo.

-¿El mío? Me llamo Demetria.. Mi hermana es Gracia, y sólo tiene catorce años. Yo he cumplido veinte.

-¡Veinte años! -exclamó Calpena-, ¡y a los veinte años, en posición decente, encontrarse aquí.. así..!".

Por un momento dudó Fernando. Pero en aquel punto pasó un fraile que llevaba farol; a la luz de este vio el rostro de la que se había llamado damita, en el cual efectivamente se revelaban, sin que pudiera decir cómo, la principalidad y la buena (p.4386) educación. ¿Era bella? A la fugaz claridad del farol pareciole insignificante. Pero acertó a pasar otra linterna, y la luz de esta pintó la cara de Demetria con formas y matices que se aproximaban a una mediana hermosura.

"Quedamos en que Dios me ha deparado un caballero. Se lo pedí con toda el alma -declaró la joven mostrando su espíritu, gallardo y animoso, ya que no su semblante, que continuaba desvanecido en la penumbra-. Vamos, suba usted conmigo.

-Si el caballero que Dios concede a usted soy yo, señora -dijo Calpena con no menos gallardía-, sepa que cuando se trata de amparar al desvalido no conozco el miedo. Adelante, pues, y Dios sea con nosotros".

 

Ep-23-XXIII -

Subieron a punto que bajaban hombres y mujeres; pero nadie reparó en ellos: cada cual iba derecho a su asunto sin cuidarse del prójimo. En un cuarto mísero, lleno de trastos, el primero que a mano derecha se encontraba, entraron Demetria y su protector, seguidos del chicuelo organista, a quien Fernando mandó retirarse. En la galería había luz: abriendo la puerta de la estancia se podía ver a medias el interior de esta. Demetria entró dando albricias: "Ya tenemos quien nos salve. Nuestro salvador aquí está: no le conozco; pero no importa. Dios me le ha deparado". No distinguía Calpena la figura del D. Alonso, que yacía taciturno sobre un montón de esteras liadas. Destacose la figura de Gracia, delicada, esbeltísima, bañado también en lágrimas el rostro, y saliendo a la puerta, expresó su turbación en estos términos: "¿Y el señor sabe quiénes somos?.. ¿Le has dicho..?".

-En este cuarto -dijo la hermana mayor-, dormíamos nosotras. Cuando se empezó a decir que la Corte evacuaba la ciudad, no pensamos más que en la manera más fácil y pronta de escapar de aquí. Felizmente, señor.. Pero no estará de más que me diga usted su nombre, y así nos entenderemos mejor.. Pues sí, Sr. D. Fernando.. felizmente, los celadores y enfermeros no hicieron ningún caso de mi padre, y cuando empezaban a sacar heridos, echáronle de la cama y de la sala..

-Como a un perro - (p.4387) añadió la otra niña con rabiosa aflicción.

-¿Qué hacemos ahora? Incapaces nosotras de determinar nada, nos entregamos a la voluntad y a la iniciativa de usted.

-¿Hay algún peligro en que su señor padre salga públicamente.. por entre el vecindario?

-Sí, señor: lo hay, puede haberlo.. porque.. verá usted..".

En esto llegó arriba presuroso el organista con la nueva feliz de que el señor Sancho había parecido y estaba en el patio. Rogó Calpena a las niñas que aguardasen un momento mientras bajaba en busca de quien podía prestarle eficaz ayuda en aquel empeño. Presurosa salió Demetria a la escalera para decirle: "Por Dios, no tarde usted mucho. Si usted no volviera o tardara, nos moriríamos de pena.

-Esté tranquila. Volveré al instante.

-¿Cómo demostrarle que no es conveniente exponer a mi padre a que le vean paisanos y soldados de Oñate en las calles del pueblo? Necesitaría contar a usted una parte larguísima de esta triste historia para que lo comprendiese bien. Pero usted, sin explicaciones, me creerá.. me creerá sin pruebas. ¿Verdad, Sr. D. Fernando?

-Creo.. sí.. -afirmó Calpena; y al decirlo, mirándola de abajo arriba, pues ella se paraba en los escalones más altos y él descendía lentamente, vio en sus ojos algo que le infundía ciega fe. Demetria, bien lo observó entonces, era de estatura más que mediana, esbelta y de admirable conformación de cuerpo y talle.

En los últimos peldaños de la escalera le cogió Sancho, endilgándole apremiantes órdenes de su señor: "D. Aníbal se va con el Infante. Me dice que a usted le acomodará en un birlocho de los señores eclesiásticos, donde irán apretaditos, y a mí en una mula de los mismos, a la grupa del fraile de menos libras. Me dice que..

-¿Más todavía?

-Que recojamos del alojamiento sus pistolas, el abrigo de monte, la gorra de ídem, y las demás prendas que allí tienen los señores, y que con todas estas cosas y nuestras personas nos dejemos caer por el Ayuntamiento, donde él se encuentra con el Sr. Erro y otros principales de acá".

No necesitó Calpena saber más para concebir con rápido (p.4388) pensamiento un plan y ponerlo en ejecución con voluntad decidida, en la cual no cabían dudas ni vacilaciones. "Aguárdame aquí: tardaré un cuarto de hora todo lo más. Si no te encuentro cuando vuelva, Sancho, te aseguro que me la pagas. Obedéceme, o sabrás quién soy. Aquí.. no te muevas.. te necesito. Un cuarto de hora..". Corrió a la calle; veinte minutos después hallábase de vuelta, trayendo las pistolas y dos capotones de viaje, uno de los cuales a Rapella pertenecía. El motivo de haber tardado un poco más de lo presupuesto fue que al salir de casa de Iriarte, recogidos los bártulos y pagado el hospedaje, encontró interceptado el paso por la comitiva del Rey. Iba Carlos V en su coche, tirado por tres poderosas mulas. Aun en tan desairada y triste ocasión, el pueblo le aclamaba, adorando más bien la idea que la persona, a la cual no veía. Con lentitud atravesó el carruaje la plaza, llena de tropa, y entró en la calle Zarra, seguido de otros coches y de innumerables jinetes, entre los cuales descollaba por su militar arrogancia la guardia de honor del estandarte de la Generalísima. Lloviznaba otra vez, y las mujeres se echaban una enagua por la cabeza: los soldados aguantaban impávidos la lluvia como poco antes habían resistido las balas. El tambor sonaba en las calles lejanas, aproximándose por esta parte, alejándose y perdiéndose por la otra. En los corrillos que a su paso encontraba, oyó Calpena un alarmante rumor. Venían, venían los cristinos por San Adrián abajo.. ya estaban cerca de Aránzazu.. Antes de amanecer ocuparían la ciudad.. ¡Pobre Oñate, pobres casas, infelices mujeres!

"¿Y la caja del señor y el estuche, afeites y pinturas del señor D. Aníbal?.. -preguntó Sancho, quedándose como en éxtasis.

-Sube conmigo, y cállate la boca -dijo Calpena entregándole todo lo que había traído, menos las pistolas-. El estuche se lo he mandado al Ayuntamiento con la criada de Iriarte. A nosotros no nos hace falta, porque no nos pintamos. Lo que pudiéramos necesitar, aquí lo tengo ya. Vamos, arriba pronto".

Demetria le salió al (p.4389) encuentro gozosa, cruzando las manos como quien da gracias a Dios. Ya estaba medio muerta de ansiedad, sospechando que su protector no volvería.

"Me detuve, señora doña Demetria, viendo pasar al Rey, que ya va camino de San Prudencio y Vergara.. Y dicen por ahí que vienen tropas de Oraa a ocupar el pueblo. ¿Esto nos favorece o nos perjudica?

-¡Nos favorece! -exclamó la joven volviendo a cruzar las manos y elevándolas al cielo-. ¡Dios mío, si fuera verdad..! Pero no perdamos tiempo, Sr. D. Fernando.. ¿Qué tal está de gente la calle?

-Por aquí escasea ya; en la plaza un gentío inmenso.. Vea usted este abrigo largo. Se lo pondremos a su señor padre. Es de un amigo mío que se va con la Corte.

-¿Qué trae ahí? pistolas.. ¡Ah! Parece que ha leído usted mis pensamientos, señor de Calpena, o que viene inspirado por Dios. Ya pensé yo que debía usted llevar armas por lo que pueda ocurrir.

-Nos defenderemos si es preciso. ¿Hay alguien aquí que nos estorbe la salida?

-Puede ser.. no sé. En la confusión de este momento angustioso para el pueblo, saldremos, o intentaremos salir después de encomendarnos a Dios fervorosamente".

Entró Calpena en la estancia precedido por Demetria y seguido de Sancho. En el suelo había un farol. D. Alonso se había puesto en pie; miraba con espantados ojos a los dos hombres. Era un señor de tipo militar, grave, hermoso, tan horriblemente demacrado, que representaba sesenta años no contando más que cuarenta y siete.

"Son amigos -le dijo Demetria acariciándole-, amigos de los buenos, que nos acompañarán fuera de aquí hasta donde queramos; hasta nuestra casa. ¿Verdad, señores, que nos acompañarán?

-Amigos -balbució el enfermo con torpísima voz, sin quitar de ellos sus atónitos ojos-. ¿De qué tierra..?

-De la nuestra, de allá.. Vamos, vamos pronto. Póngase el abriguito que le ha traído este buen señor, y arrópese bien, y cálese la capucha, que hace mucho frío.. Así, así.. ¿Ve qué bien está?".

Calpena se ciñó el cinto de las pistolas. En aquel momento entró una vieja, que presurosa recogió (p.4390) del suelo el farol, diciendo en voz muy baja: "Ocasión como esta para salir, en toda la noche hallarán. ¡Ánimo y afuera! Abierto todo.. Corpas y Berastegui han ido corriendo a la plaza.

-Este buen señor -indicó Calpena viendo que D. Alonso se movía con notoria dificultad-, ¿está paralítico?

-Le llevaremos entre todos -dijo la niña mayor, angustiada.

-Sancho -ordenó D. Fernando a su escudero en tono que no admitía réplica-, tú que eres fuerte, cógele en brazos. Afuera todo el mundo.. Demetria, agárrese usted de mi abrigo por este lado.. Gracia, por la izquierda. Déjenme los brazos libres.. Buena mujer, haga el favor de llevar este lío de ropa, que es mucho peso para la niña. Yo, con mis dos mujeres, delante; sígueme tú, Sancho, con el señor a cuestas.. Vamos. Derechos a la salida por la puerta principal. Y luego todo el mundo a la derecha lo más vivamente posible hasta coger el puente y ponernos al otro lado del río. ¡Dios sea con nosotros! Saldremos sin tropiezo, y al que quiera detenemos no le doy tiempo a respirar".

Salieron en el orden dispuesto, con vivo paso, sin mirar a nadie. Por fortuna, en el patio había poca gente. Sentía Fernando el temblor de las dos muchachas, cada una por un lado, y su ardimiento varonil se centuplicaba entre aquellos dos miedos femeninos.. Todo fue muy bien hasta que, franqueada la puerta y torciendo hacia el río, pasaban frente a la Universidad. Dos galeras paradas en medio de la calle obligáronles a un largo rodeo, y en esto se les plantaron delante dos hombres, con boina blanca (chapelchuris) , que parecían servidores de alguna ambulancia: "Eh, ¿qué es eso, a dónde van estos pájaros?.. Atrás -dijo uno de ellos revelando en la pureza del habla que no era vascongado. Sin contestarle, Calpena le dio un empujón, diciendo a su escudero: "¡Vivo, Sancho, vivo!".

-¡Atrás! ¿quién es usted? -gritó el otro chapelchuri, cortándole el paso.

Fernando le apuntó a la cara diciendo: "¿Que quién soy? Vas a verlo. Un hombre que te dejará seco ahora mismo, si le estorbas el paso..".

Y como los otros retrocedieron, (p.4391) más sorprendidos que atemorizados, añadió en el mismo tono: "Animales, ¿no veis que acompaño a dos señoras? ¿De qué tierra sois, que no respetáis a las damas?..

-Semos de Cascante. ¿Y qué?

-Pues yo soy de Cascón. ¡Paso! No somos ladrones.. No nos llevamos nada que no sea nuestro.

-Pensemos que venían de la cárcel.

-Abur, amigos.. -dijo Calpena avivando el paso, siempre con la impedimenta de las dos aterradas niñas a un lado y otro-. El que quiera media onza, venga por ella; el que quiera una bala, también..".

Y diciéndolo llegaron al puente, y pasáronlo a escape, sin mirar atrás. Las señoritas, adquiriendo por el miedo mismo súbita ligereza, no corrían, volaban, y Fernando con ellas. Sancho, con supremo esfuerzo de sus aceradas piernas, se puso prontamente a mayor distancia. La vieja que cargaba el lío de ropa fue la más rezagada; pero llegó la pobre, renqueando, sin tropiezo alguno.

"Si esos brutos -dijo Calpena cuando pudieron tomar aliento-, vienen acá, que escojan entre una buena recompensa por ayudarnos y un par de tiros bien certeros por perseguirnos.

-Señor, no hay que temer -dijo sofocado el escudero, dejando en el suelo a D. Alonso-. Esos mostrencos son de Cascante, media legua de mi pueblo, que es Ablitas. Les conozco: están en la facción por compromiso. Son de los que llaman pasados, y sirven por los nueve cuartos. Si vienen, con una buena propina le servirán a usted de cabeza.

-No, no; más vale que no vengan. No quiero nada de Oñate, y menos de chaquelchuris o chapeles del infierno. Alejémonos un poco más, y luego tomaremos algún descanso. Ánimo, señoras, que ya estamos fuera. Y tú, Sancho, imita, hasta donde puedas, al bravo Esain, el burro de D. Carlos. Sólo que nuestro pobre D. Alonso pesa menos que el Rey absoluto. Adelante. Esta buena señora hará el favor de llevar su carga un poquito mas lejos. Allí se ve una luz. ¿Qué es aquello? ¿Hacia dónde vamos?

-Es la ermita del Santo Ángel de la Guardia -indicó la vieja.

-Él nos favorezca y nos acompañe -dijo Demetria más (p.4392) animosa, haciendo la señal de la cruz.

-El Sr. Echevarría ha mandado que se alumbre la imagen toda la noche.

-¡Qué previsión la del señor confesor del Rey! esa luz piadosa nos guía en esta obscuridad -dijo Calpena-. Creo que nadie nos sigue.. ¡Eh! Sancho, párate un poco. Cruzamos un camino. ¿Hacia dónde se va por aquí?

-Tirando a la izquierda, vamos a Lamiátegui.

-¿Es camino contrario al que lleva la Corte?

-Sí, señor; podremos, faldeando el monte Aloña, subirnos hacia Aránzazu..

-Eso, eso -dijo Demetria prontamente-. Aránzazu.. Aránzazu es nuestro camino..".

 

Ep-23-XXIV -

Dispuso el jefe de la expedición dirigirse al barrio de Lamiátegui, donde se procurarían medios para alejarse de la villa con más presteza y comodidad. Continuaron su marcha silenciosos, y llegado que hubieron cerca de las primeras casas de la anteiglesia, arrimáronse a un humilladero que les pareció lugar muy apropiado para descansar y orientarse. Puesto en pie D. Alonso, sostenido por sus dos hijas, mirábales a todos uno por uno con ojos de sorpresa y terror. "¿Dónde está Oñate? -preguntó con ronca voz y mayor espanto en su mirada".

Los cuatro a un tiempo señalaron hacia donde se veían las mortecinas luces de la villa entre montes y espesuras borrosas.. y le hicieron notar el triste son de tambores que hacia aquella parte se oía. Encarose D. Alonso, erguido y fiero, con el espacio obscuro salpicado de luces, y cual si estuviera delante de una persona, blandió su bastón, exclamando: "¡Ca.. nallas, lad..!". No pudo concluir: su lengua era como un trapo, y sus esfuerzos por hacerla funcionar no producían más que sordos mugidos. Volvió a gritar: "¡Ca.. nallas! y lo que no pudo decir con la boca, decíalo con el bastón, pues más de cinco minutos estuvo apaleando la atmósfera, hasta que sus hijas, haciéndole sentar en el sitio que escogieron como menos incómodo, trataron de sosegarle con palabras cariñosas

"Sí, sí -dijo Demetria mirando a la villa e increpándola con más amargura que furor-: te hemos maldecido, Oñate; hemos llorado (p.4393) sobre ti más de lo que pudieran llorar por sus pecados todas las generaciones que en ti han vivido. Si logramos perderte de vista para siempre, sólo te decimos: Oñate, quédate con Dios".

En tanto Calpena daba estas órdenes a Sancho, acompañadas del dinero preciso: "Necesitamos a todo trance víveres y un carro del país. Este pobre señor no puede moverse; ya lo ves. En caballería, si alguna se encontrara, tampoco podríamos llevarle. Busca por las casas de Lamiátegui un carro de bueyes, y lo tratas sin reparar en precio. De paso que haces esta diligencia, te traes la comida que encuentres, y un par de botellas de vino, todo bien acondicionado en una cesta. ¡Figúrate qué noche nos espera si nos lanzamos por esos caminos llevando a cuestas a D. Alonso, con estas pobres niñas hambrientas y nosotros desfallecidos! Si tuviéramos la (1) suerte de que bajaran tropas cristinas a ocupar a Oñate, menos mal. Pero me temo que no nos caerá esa breva.. Anda, hijo, no perdamos tiempo. Toma más dinero si quieres, y tráeme lo que te digo.

-Un carro si lo hay, que no lo habrá.. y víveres si los encuentro, que los encontraré.. pero no querrán dármelos. Bueno.

-Anda, y no seas agorero.. Ya oíste que las señoritas quieren llegar hasta Aránzazu. Tratas el carro; si te preguntan qué clase de pasajeros han de ocuparlo, dices que peregrinos.. que un enfermo.. que un monje.. en fin, di lo que quieras. A tu talento y agudeza lo fío.. Vete volando".

Partió el escudero con más diligencia que confianza, desesperanzado de hallar lo que deseaban los fugitivos, y estos aguardaron su vuelta sentados al abrigo del humilladero. D. Alonso, arropado por la vieja, reclinó su cabeza sobre el hombro de Gracia, que le mimaba y arrullaba como a un niño. A la izquierda de este grupo, Demetria y Fernando permanecían en silencio, hasta que la joven lo rompió con estas o parecidas expresiones: "Aprovecho este descanso, señor mío, para dar a usted noticia de las infelices personas a quienes concede hidalgamente su protección sin conocerlas. Si en todo caso merecería usted nuestra (p.4394) gratitud, amparándonos sin conocernos merece reconocimiento más grande, de esos que nunca pueden extinguirse. Sabrá usted, ante todo, que somos de La Guardia, villa de Álava, tan famosa por su antigüedad como por la riqueza que le dan sus campos de viñedo y sembradura; sepa también que mi padre, a quien ve usted en estado tan lastimoso es uno de los señores de más ilustre abolengo en el país, y que a su nobleza corresponde un rico mayorazgo, que se extiende por las mejores tierras de Paganos y El Ciego. No estará de más decirle también que en nuestra familia no sólo es tradicional la nobleza, sino la virtud, y que tuvimos y conservamos, y Dios quiera que siempre nos dure, el respeto y el amor de nuestros deudos y convecinos. Perdió mi padre a su esposa, nuestra querida madre, el año 33, y fue tan extremado nuestro duelo que no creíamos que el tiempo nos pudiera consolar de aquella desgracia, porque.. ¡ay! no tiene usted idea de lo que valía mi madre, en quien la virtud y la suma discreción se juntaban, persona única, sin semejante, y tan hermosa además, para que nada le faltara, que a nosotras nos parecía tener en casa a la Virgen Santísima, así como veíamos en mi padre al primer caballero del mundo. Sólo me falta decirle, para darle a conocer la familia, que mis padres no tuvieron hijos varones, y que su única descendencia son estas dos pobres niñas, mujer y niña más bien, que hoy tiene usted bajo su amparo".

Fernando la oía con toda su alma, y ella, tomado aliento, prosiguió así: "La ocupación constante de mi padre, desde los tiempos que yo puedo recordar, fue siempre el gobierno de su casa y hacienda, la dirección de la labranza, en que empleaba, y empleamos aún, muchos caseros y servidores, el cuidado de los lagares y bodegas, de donde salen los más afamados, los más ricos vinos de aquella tierra. Distracción única o descanso de sus quehaceres era la caza, por la que tenía verdadero delirio. Su colección de escopetas y otros arreos era la envidia de todos los aficionados de la villa, y sus perros no conocían rivales. Salía mi (p.4395) buen padre con sus amigos, y se pasaba días enteros en aquel ejercicio saludable, del cual volvía siempre gozoso, pensando en nuevas campañas contra los pobres conejos o contra las perdices que en la Sonsierra tanto abundan. La vida, como usted ve, no podía ser más placentera en mi casa; los días se sucedían felices, empleados unos tras otros en el trabajo productivo y sin afanes, como de familia rica a quien todo le sobra, en socorrer a los necesitados, y en los deberes religiosos, que entre nosotros se han cumplido siempre con puntualidad y hasta con rigidez. Toda esta paz la trastornó la muerte de mi madre, ocurrida el 29 de Septiembre del 33, de una enfermedad que empezó sin inspirar cuidado, hasta que hubo de complicarse con un fuerte mal de corazón; y acometida de síncopes, en uno de ellos se nos quedó, y la perdimos, y Dios se llevó ¡ay! en un momento toda la felicidad de mi casa. Fíjese usted, señor, en la coincidencia de que perdimos a mi madre el día mismo del fallecimiento del rey D. Fernando VII, a quien tengo por causante de los males que nos ocurren, no sólo a nosotras, sino a toda España; hombre funesto, del cual no puedo decir, por estar en el otro mundo, sino que le perdone Dios el mal que ha hecho.. Si se cansa usted de oírme, callaré, Sr. D. Fernando.

-No, hija mía, no; estoy encantado. Siga usted. Ya noté la coincidencia al oír la fecha. Con efecto: ese tiranuelo ha dejado a su patria una herencia lamentable, la espantosa guerra, estas discordias que hacen y harán de España por mucho tiempo un inmenso manicomio suelto. A ver: dígame ahora cómo pudo influir la muerte del Rey en las desventuras de su familia.

-Pues como ha influido en las de toda la Nación, no sólo la muerte, sino la vida de aquel Rey que no supo gobernar en paz en sus Estados, teniendo, como tuvo, medios de sobra para hacerlo, sólo con apoyarse en el cariño que le tenían los pueblos cuando vino de Francia. ¿Es esto un disparate?

-¿Qué ha de ser, Demetria? No es sino una observación muy atinada, que revela su buen juicio (p.4396) y superior talento. Adelante. La muerte del Rey desató el Infierno, y su padre de usted, que hasta entonces había sido un señor muy pacífico, atentó a sus intereses, se dejó tentar de uno de los partidos, de una de las banderías en que se dividió la Nación.. ¿Es esto?

-Parece que me adivina usted. Es eso mismo, Sr. D. Fernando. Mi padre, que jamás había parado mientes en la política, pues ni aun el año 20, según oí contar, tomó partido por nadie, en cuanto se quedó viudo, por influencia quizás de la soledad y tristeza, varió completamente de costumbres y aficiones, desviándose hasta de su placer favorito, la caza. En aquellos días, La Guardia era un torbellino de pasiones y entusiasmos por esta o la otra causa, por estos o los otros derechos malditos, y mi padre fue arrastrado en aquellos oleajes, alzando bandera por la Reina niña con tanta fe, con tanto calor, que nos puso en gran desasosiego a mi hermana y a mí.. porque ha de saber usted que en la villa andaban a tiros cada lunes y cada martes por un Quítame allá un Carlos o un Ponme acá una Isabel. ¡No puede usted figurarse qué alborotos, qué trapisondas, qué sustos..! Siempre había sido mi padre aficionado a las buenas lecturas, y por las noches, en las veladas de invierno, se recreaba en su escogida biblioteca, y a mi madre y a nosotras nos leía pasajes entretenidos de viajes, novelas, o de historias muy interesantes. Pero desde que le tocó la demencia política, ¿usted sabe los libros y papeles que entraban en casa? Tres veces por semana nos traía el bagajero de Vitoria un fajo así, de folletos y periódicos, todos echando chispas, vomitando veneno. Y con los papelotes chicos venían después carros cargados de Enciclopedias, de obras como misales, que trataban de libertad y cortes, de revoluciones y demonios coronados. En fin, que mi padre se pasaba los días y las noches devorando todo aquel fárrago, o discutiendo de política con los amigos que iban a darle tertulia, y de tanto leer y de tanto pensar en aquellos maldecidos negocios, se fue poniendo como Don Quijote con los (p.4397) libros de caballería, enteramente perdido de la cabeza, sin hablar de cosa alguna que no fuera aquel cansado tema, y llegando hasta creer que Dios le mandaba realizar no sé qué hazañas fabulosas, por las cuales reinaría en España y en todo el mundo la Dulcinea que adoraba.. Advierta usted que la Dulcinea de mi buen padre era la Libertad, esa señora hermosísima, según dicen, pero que a mí me parece tan imaginaria como la del Toboso; vamos, que no existe más que en la voluntad de los caballeros que la han tomado por divisa y bandera de sus aventuras.

(Pausa. Fernando reía) .

-Pero qué, ¿se ríe usted?

-Sí señora: tiene usted muchísima gracia. Adelante.

-Pues a tal extremo llegó su desatino, que abandonó por completo los asuntos de su casa, y la labranza, y las bodegas, y tuve yo que entrar a gobernarlo todo, lo que no me fue difícil, por los ejemplos que había visto en mi madre y en él. Me puse al frente de la casa; me entendí con los caseros, pastores y criados, y gracias a esto se pudo evitar el trastorno grande que se nos venía encima. Mi padre, erre que erre en su política, soñando despierto, inventando constituciones, leyes, y echando discursos de Cortes y embajadas. Mi hermana y yo, asistidas de un tío de mi madre, cura párroco del pueblo, ideamos quemarle un día todos los libros y papeles, y tapiarle la puerta de su librería; pero no nos atrevimos, temiendo que con esto se entristeciera demasiado y cayese en locuras más peligrosas. Estalló luego la guerra civil, y no quiero decirle a usted cómo se ponía cuando le contaban las batallas y encuentros de cristinos y facciosos.. Nuestra pobre villa fue de las primeras que sufrieron la calamidad de la guerra. Un día se nos entraban allí los liberales, otro los carlistas. Tan pronto estábamos bajo el poder de Córdova o Rodil como bajo el de Zumalacárregui, y en uno y otro poder las bodegas y los graneros pagaban el gasto. ¡Qué días, señor, qué meses angustiosos! Felizmente, llevamos algún tiempo bajo la dominación cristina, y ojalá no tuviéramos allí más peripecias.

-Hasta ahora -dijo (p.4398) Fernando-, no veo en el buen D. Alonso más que un entusiasmo platónico. Sin duda se lanzó después a empresas de acción..

-¡Ay, cómo lo acierta usted!.. Pues sí, sin decirnos nada, antes bien, llevando sus propósitos con gran reserva, organizó una partida volante en la cual entraron algunos caseros de nuestras tierras, y dos o tres cabezas ligeras de la villa, gente toda muy al caso para cualquier barbaridad: valientes, cazadores que conocían palmo a palmo toda la Sonsierra. Una mañana, callandito, salieron por la puerta del corral, y ya tiene usted a mi padre dispuesto a romper una lanza por Isabel II, y a comerse crudos a todos los malandrines del otro bando.

-Ya.. y le derrotaron, y..

¡Quia! Espérese un poco.. Ahora no ha sido usted muy buen adivino. Lo que hizo fue dar un palizón tremendo a la partida de un guerrillero que llaman Lucus, matándole seis hombres y cogiéndole no sé cuántos prisioneros.. A los dos días se batió con la vanguardia de no sé qué tropa carlista, y también les dio un revolcón muy grande..

-¡Vamos!

-¡Como que Oraa le felicitó delante de las tropas, y Córdova le dio una cruz! ¡Vaya! ¿Pues usted qué se creía? Siguió guerreando por esos montes, sacudiendo de firme a las partidas que encontraba, hasta que le hirieron en la cabeza y volvió a casa muy alicaído. Sus compañeros de hazañas se dispersaron, no quedándole más que dos: un tal Polación y José Díaz, que le llevaron a La Guardia. Desde entonces se nos volvió taciturno, desconfiado, de genio regañón; y aunque curó de su herida, quedó muy propenso a padecer desvaríos, a veces accesos de furor. Tomamos cuantas precauciones puede usted imaginar para retenerle y apartarle de aventuras tan peligrosas, hasta que llegó un día funestísimo en que se alborotó la villa por una cuestión entre alojados del general Oraa y algunos vecinos del pueblo. Hubo tiros, sustos, carreras, un infernal barullo. En esta confusión, mi desgraciado padre saltó por la ventana de la bodega; uniéronsele (2) dos de su anterior partida, el tal José Díaz y otro muy pendenciero a (p.4399) quien llaman Puche, escaparon a la sierra los tres solitos, a caballo, y de allí se fueron al Cuartel General de Córdova. Sin duda esperaban encontrar otros desalmados que se les agregaran; tal vez soñaban que el Jefe del ejército les daría soldados, para con ellos y el ardimiento que los tres llevaban en su alma, conquistar medio mundo. Ante esta nueva desdicha no pude contenerme; no vi más solución que correr yo misma en busca de mi padre, y traérmele. Mi genio es vivo, mis resoluciones prontas. Cuando se me ocurre una idea que creo salvadora, me persuado de que Dios la inspira. Pensado y hecho. Mandé preparar un coche.. Mi hermana no quiso separarse de mí, y abrazándose a mi cuello, me pidió llorando que fuésemos juntas; cedí.. salimos una tarde acompañadas de dos criados de casa, de mi absoluta confianza, y a todo escape nos dirigimos a Vitoria. Mi pensamiento era suplicar al General que ordenase a mi padre la vuelta a La Guardia, negándole todo auxilio de guerra.. No creía yo difícil obtener esto. En Vitoria contábamos con la ayuda de familias que nos aprecian.. Todo lo vi fácil, todo realizado prontamente, conforme a mi deseo.. Iba, pues, alentada por el amor filial, por el recuerdo de mi madre, por la satisfacción de ver representados en mí los sentimientos de la familia, el honor y la respetabilidad de nuestro nombre, y no bien llegamos a Vitoria..".

Aquí fue interrumpida la historia por la llegada de Sancho.

 

Ep-23-XXV -

El cual con cara gozosa dio cuenta de haber reunido algunas vituallas, que fue sacando ordenadamente de una cesta: "Cuatro quesitos, dos botellas de vino, tres panes de a dos libras, docena y media de sardinas saladas, que, si a usted les parece, las tiraremos, pues esta no es buena comida para señores, y menos en viaje.. cuatro bizcochos de Oñate más viejos que mi abuelo.. pero, en fin, valen, y nueces. Ya ve usted cuántas. Las he probado, y más de la mitad salen fallidas. Del carro le diré que al fin encontré uno pequeño; pero quieren, por la subida hasta Aránzazu, onza y media, y además que el señor responda de (p.4400) la pareja, abonando su valor, si la secuestran carlistas o isabelinos. Esto es un abuso..

-Mayor abuso es que nos quedemos aquí toda la noche, o que tengamos que subir a pie, llevando en brazos al Sr. D. Alonso. Anda y cierra trato en seguida, por lo que quieran, y venga pronto.. Cuídate de que le unten bien los ejes para que no chille, pues no tiene gracia ir cantando por esos valles.. y haces que pongan un buen fondo de yerba seca, para que podamos llevar al enfermo acostado. Supongo que el carro tendrá toldo. Si no, que se lo pongan, y si no quieren ponérselo, no por eso deje de venir, que a mal tiempo, buena cara.. Si de paso encuentras algo más de bucólica, venga, cueste lo que cueste. Deja aquí la cesta, y llévate las sardinas para tirarlas, si no quieres comértelas. No te entretengas, que es tarde".

En el tiempo que duró la segunda ausencia del buen Sancho, siguió la damisela su interesante relación. En Vitoria no hallaron a su padre; el General en jefe, a quien se presentó Demetria, le dijo que el Sr. de Castro campaba por sus respetos sin sujeción a ninguna disciplina, y que le mandaría preso y bien custodiado a su pueblo si se le traían. De las familias que en la ciudad conocía sólo encontró a dos señoras de Armendáriz, viejas, y a otro vejestorio incapaz, el Conde de Samaniego, arqueólogo y numismático, por el cual supo que D. Alonso había ido hacia Salvatierra, ganoso de gloria. Corrieron allá las dos muchachas, a quienes el cariño filial daba extraordinario valor y alientos. En Salvatierra les dijo persona bien informada que el incansable paladín cristino, con sus dos compañeros y otros tres que se le agregaron, había partido hacia Galarreta, lugar que se halla en la falda de una sierra muy áspera, y a la cual no podía subir el coche, por la ruindad de aquellos pedregosos caminos. Viéronse allí abandonadas de Dios y de los hombres; mas ni en tan terrible desamparo se abatió el corazón de la animosa doncella, que resolvió seguir adelante en su empresa nobilísima, desafiando todas las inclemencias y obstáculos que la Naturaleza y la (p.4401) Humanidad le ofrecían. Gracia, agobiada de cansancio, no hacía más que llorar; Demetria, ya que no acobardada, afligida de la tribulación de su hermanita, llegó a sentir vacilación y dudas: uno de los criados aconsejó la retirada, el otro, seguir adelante. Hallábanse en estas angustiosas deliberaciones, cuando unos soldados trajeron la noticia de que el Sr. D. Alonso y su gente habían tenido un desgraciado encuentro con facciosos en el Puerto de Arrida, con pérdida de los dos tercios de su cuadrilla, o sea cuatro hombres, quedando el jefe desmontado y gravemente herido sobre el campo, mas no prisionero, porque pudo ir por su pie a una venta próxima, donde le ampararon, y allí le habían dejado ellos, tendido en un pajar, con la cabeza vendada, y hecho todo una lástima.

No necesitó saber más la temeraria joven para decidirse, y allá se fueron los cuatro monte arriba, encomendándose a Dios y a la Virgen, único amparo que podían esperar en aquellas soledades. Ni los temores de encontrar facciosos arredraban a Demetria, pues creía, juzgando la voluntad de los demás por la suya generosa, que con exponerles el objeto de su peregrinación, no sólo no recibiría de ellos ningún daño, sino que quizás la favorecerían. Después de un fatigoso caminar toda la noche y parte de la mañana, llegaron a la venta de Arrida, donde les esperaban nuevo desengaño y tribulaciones mayores que las pasadas. A media noche había pasado por allí una avanzada carlista, y descubierto D. Alonso, por los gritos que daba en su desbordada locura, se le llevaron prisionero a Oñate: de sus dos comilitones, el uno logró escapar saliéndose al tejado; el otro, prisionero iba también con su señor.

Ya en este punto las cosas, y presentando tan mal cariz la continuación del viaje, que exigía penetrar resueltamente en el terreno de la facción, los dos criados votaron por el retroceso. Gracia lloraba, asegurando que no se separaría de su hermanita, y esta declaró que aunque supiera que en ello se jugaba la vida, había de intentar rescatar a su padre de las (p.4402) autoridades facciosas, presentándose a cabecillas o generales, al Rey mismo si necesario fuese. Dijo a sus criados que se volvieran si tenían miedo, y ellos ¿qué habían de hacer más que seguirlas hasta el fin del mundo? Adelante, pues. No habían andado media legua, cuando encontraron al compañero de Don Alonso que había logrado escapar de la venta, el cual venía tan azorado y temeroso que daba compasión verle; además, herido, con un brazo atravesado por bala de fusil, desangrándose. Contó el infeliz peripecias que partían el corazón: el Sr. D. Alonso estaba completamente ido del cerebro. Su tema no era ya combatir en el campo, donde creía haber alcanzado tantas victorias. Precisamente, cuando le sorprendió la avanzada que le deshizo, dejándole tendido en un zarzal, iba con una idea desatinada, que sus amigos no podían quitarle de la cabeza. Se proponía presentarse a Don Carlos y retarle a desafío para decidir en juicio de Dios, peleando con toda lealtad, la grave cuestión que motivaba la guerra. De este modo, según él discurría con su trastornado entendimiento, se pondrían en claro los disputados derechos al Trono de España. El duelo había de ser a muerte, en campo abierto, a caballo los dos paladines, delante de los testigos que una y otra parte designaran. Todo esto lo decía con gritos desaforados, y cuando se hallaba en el pajar, los facciosos que entraron en la venta no le habrían descubierto, a no ser por las tremendas voces que daba proponiendo a D. Carlos, como si delante le tuviera, el singular combate en que había de decidirse la suerte de España. Terminó su relato Puche, que este era su nombre, diciendo que ya no podía resistir ni el dolor de sus heridas ni el hambre y sed que le devoraban, por lo cual no podía volverse en compañía de las señoritas. Buscaba una cabaña de pastores en que guarecerse, para sanar o morirse. D. Alonso, con José Díaz, que también iba prisionero, debía de estar ya más abajo de Aránzazu, camino de Oñate. Demetria socorrió al desgraciado Puche con dinero, y siguieron adelante, siempre con la (p.4403) idea consoladora de que Dios en trance tan terrible no les abandonaría.

En este punto de la historia, llegó Sancho con cuatro bizcochones más y unas ciruelas pasas, y tras él vino el carro, que Fernando y Demetria vieron con grande alegría, como si les mandara el cielo un barco encantado, o el mágico clavileño de Don Quijote. Sin perder tiempo acomodaron a D. Alonso sobre la yerba olorosa y le cubrieron con el capote de Rapella, poniéndole por almohada el lío de ropa: el pobre señor dejábase tratar como cuerpo muerto; les miraba atónito y no profería una palabra. Tratose luego de si Sancho les acompañaba o no, y las razones que dio este a Fernando le convencieron de que debía volverse a Oñate y partir en pos de su amo. Urgía dar al siciliano alguna explicación de aquellos inesperados sucesos, y del secuestro de su gabán. Seguramente lo aprobaría, pues era hombre que se pirraba por las aventuras, por todo lo que fuera intervención de lo inesperado y sorprendente en las cosas de la vida. Entregó Fernando al escudero un bolsillo con onzas, propiedad de D. Aníbal, cogiendo algunas para agregarlas a lo suyo, por si le hacían falta en aquella empresa, y le despidió con estas razones: "Le dices que yo, de hoy a mañana, en cuanto deje a esta desgraciada familia en lugar seguro, de donde pueda volver a su casa, no pararé hasta reunirme con él y con la Corte y séquito del señor Pretendiente".

Saludó Sancho a las señoritas, deseándoles un buen viaje y el feliz cumplimiento de sus deseos, y despidiose también la vieja con expresiones de cariño; Demetria y Gracia subieron al carro, y este emprendió su marcha lenta y sin chillidos por las cuestas de Aloña. Lo primero que hizo Calpena fue invitar a las niñas a una frugal cena, y ellas, que con las esperanzas se veían ya menos agobiadas de su tristeza, no se hicieron de rogar; partido el pan, dieron a su libertador una rebanada y medio quesito, pues a él tampoco le venía mal hacer por la vida. Comiendo se arrimó al boyero para trabar conversación con él y sondearle, pues de su lealtad y buena (p.4404) disposición dependía el éxito del viaje. Era un vejete forzudo y de pocas palabras, que hablaba medianamente el castellano; llamábase Gainza y no parecía mal hombre; comentando la guerra, expresó la idea de que el país estaba ya harto de tanta trapisonda, esquilmado por las sacas continuas de mozos, forrajes, pan y contribuciones. Lo que el país ansiaba era: o que D. Carlos se sentase en el Trono de todo el Reino, o que se entendiese con su cuñada para reinar los dos apareados. No desagradó a Fernando esta actitud, y sin mostrarse amigo ni enemigo de la Causa, le recomendó que llevase su carro por los caminos que creyera menos frecuentados de tropas, así facciosas como cristinas, añadiendo que le recompensaría con toda largueza si lograba llevar salvas hasta la sierra a las dos niñas y a su padre enfermo, el cual era un señor muy pudiente que había venido a Oñate enviado por el Rey de Francia para tratar con D. Carlos de asuntos católicos, y habiendo cogido un aire de perlesía, iba en busca de unos afamados médicos de Vitoria que curaban este mal con aguas frías y calientes. A esto dijo Gainza, picando sus bueyes, que él había oído algo de curar el paralís con chorros físicos y destemplados.

"¿Querrá usted creer, D. Fernando -dijo Demetria a su caballero de a pie, cuando este acomodó su paso al del carro, apoyando la mano en el tablón zaguero-; querrá usted creer que esto poquito que hemos cenado nos ha sabido a gloria? Hacía tiempo que no conocíamos lo que era apetito, substancia ni sabor de nada. Comíamos amargura y bebíamos nuestras lágrimas.

-Los quesitos son muy buenos, ¿verdad, D. Fernando? -dijo Gracia-. Y los bizcochos, aunque saben a viejo, no están mal.. Lo peor es que las hormigas se me suben por la cara y quieren comerme a mí.

-Ahora que están ustedes tranquilas, todo les sabe bien..

-¡Ay! ¿Ya cree usted que no debemos temer nada? Muy pronto lo dice, D. Fernando. Yo no estoy tranquila. Lo dice usted por animarnos, y nosotros se lo agradecemos mucho.. Mi hermana y yo, mientras usted (p.4405) hablaba con el viejo del carro, decíamos que si no es por usted no salimos nunca de aquel infierno.. Verdaderamente, señor, no vale con decirle que nuestra gratitud será eterna, pues ni con eternidades se paga este inmenso beneficio.

-¡Oh, por Dios, no dé usted valor a un acto tan sencillo, tan elemental..! El cumplimiento de un deber no merece alabanzas.

-Ahora se hace usted el chiquito.. No, no, que bien grande se nos ha mostrado. ¡Sabe Dios lo que significa para usted el sacrificio de su tiempo; sabe Dios los perjuicios que le traerá su buena obra! ¿Y quién me asegura que no le llamaban a usted a otra parte, esta noche misma, afecciones, compromisos sagrados, qué sé yo..?

-¡Oh, para todo hay tiempo! Lo principal, que era sacarlas a ustedes de su cautiverio, ya está hecho. Pero aún falta un poquito, Demetria. Veremos si de aquí al día..

-No me asuste usted. ¿Nos abandonará Dios después de habernos amparado? No, no lo creo. El corazón me dice que triunfaremos, gracias a usted, a su firme voluntad y corazón valiente.

-¡Ay! -dijo Gracia temerosa, sacando la cabeza fuera del toldo para observar el país que atravesaban-. Me parece que fue aquí..

-No, mujer, fue más arriba, mucho más arriba.. No me lo recuerdes, que pierdo otra vez los ánimos y se me renueva el terror de aquella noche..

-¿Qué..? ¿Les pasó algo en estas soledades cuando bajaban hacia Oñate?

-¡Ay, si aún no le he contado todo! ¡Si nos han pasado cosas terribles, Sr. D. Fernando! Aún no sabe usted lo mejor, digo, lo peor de aquel tristísimo caminar en busca de mi padre.. No, no fue por aquí Gracia; fue en un lugar muy feo y desolado, donde hay cavernas y abismos espantosos.. ¿En qué quedamos de mi relación?

-Cuando se encontraron con Puche, y le socorrió usted..

 

Ep-23-XXVI -

-Y seguimos, sí.. Pues ahora es cuando empiezan los grandes desastres. Poco después de medio día, tuvimos un encuentro con soldados facciosos, que nos dieron el alto. Afortunadamente, el teniente que les mandaba, alto, delgadito, era todo un caballero; yo me arrodillé delante (p.4406) de él, y le pedí por Dios que no nos mataran, contándole después lo mejor que pude el objeto de nuestro viaje. El hombre se portó hidalgamente. Siento no recordar su nombre, pues si al fin nos salvamos, quisiera expresarle mi gratitud. Tratonos con miramiento; nos dio agua, pues ya estábamos muertas de sed, y no contento con esto, nos acompañó un buen trecho, diciéndonos palabras consoladoras.. Pero ¡ay! algunas horas después, ya cerrada la noche, que era de las más obscuras, nos salen unos tíos, ¡ay, qué gente, Sr. D. Fernando, qué modales, qué voces, qué aspecto más de bandoleros que de tropa regular! A lo primero que dije, tratando de interesarles en favor mío, contestaron con injurias soeces. Uno de mis criados no supo contener su coraje; pero antes de que pudiera hacer uso de las pistolas que llevaba, le dispararon un tiro de fusil, que por fortuna no le ocasionó más que una herida leve en el brazo. Nosotras nos pusimos a chillar pidiendo misericordia, y el jefe, o más bien capitán de ladrones, ordenó que no se nos hiciera daño alguno, siempre que los dos hombres entregaran sus armas y se dieran prisioneros. Ofuscada yo, vacilante, aturdida, creí que las mejores razones para convencer a aquellos cafres eran las onzas de oro, y saqué una culebrina que llevaba en el pecho. Nunca tal hiciera, pues sin aguardar a que yo les diese lo que me parecía sobrado para comprar su benevolencia y el paso franco que deseábamos, me quitaron todo el dinero, y nos llevaron presas.. ¡Ay, qué paso, señor mío, qué horas de angustia por aquellos senderos pavorosos, entre bayonetas y trabucos, como criminales.. las personas honradas y buenas conducidas ignominiosamente por los salteadores de caminos!.. Mi hermana y yo, enlazaditas del brazo, obligadas a llevar el paso presuroso de aquellas bestias con humana figura, rezábamos; todo el camino lo pasamos rezando, hasta que al amanecer de Dios, amanecer más triste que la más negra noche, entrábamos por la plaza de Oñate, y caíamos muertas de cansancio en las baldosas de la casa de Ayuntamiento, en una (p.4407) cuadra lóbrega, donde nos encerraron como a fieras dañinas.. ¡Ay, no puedo seguir contando, porque se me nubla la esperanza, la alegría de esta escapatoria!.. Luego seguiré.. ¿En dónde estamos? ¿Hemos avanzado mucho? ¿Traspasaremos la cordillera antes de rayar el día?.. ¿No nos saldrá otra partidita de realistas salteadores?..".

Agotó Fernando los recursos de su palabra para darle alientos y desvanecer sus inquietudes, demostrándole, hasta donde esto demostrarse puede, que así como los males vienen siempre encadenados, tirando unos de otros, al iniciarse el bien vienen asimismo de reata y en creciente progresión los sucesos favorables. La ley de este fenómeno se esconde a nuestra penetración; pero su existencia misteriosa revélase a todo el que sabe vivir por duplicado, esto es: viviendo y observando la vida.. En esto la pobre Gracia, rindiendo al cansancio su endeble naturaleza, se quedó dormidita, reclinada junto al cuerpo de su padre, que reposaba en un tranquilo sueño. Manteníase Demetria muy despabilada, insensible a la fatiga, atenta a los accidentes del país agreste, a los ruidos próximos y luces lejanas, y por más que Fernando al descanso la incitaba, no pudo obtener que se reclinara para descabezar un sueñecito. Transcurrido un rato sin que ninguno de los dos hablase, dijo Demetria: "Voy completamente entumecida, y no puedo entrar en calor. Si a usted le parece, bajaré; necesito ejercicio". Parado un momento el carro, se apeó de un brinco la viajera, y siguieron ella y Fernando a pie larguísimo trecho, a ratos delante de los bueyes, a ratos detrás.

"¿De modo que los cuatro quedaron presos en el Ayuntamiento? -preguntó Calpena deseando conocer todas las desventuras de sus protegidas.

-No señor; a mi hermana y a mí nos llevaron en seguida a la Caridad, por no haber en Oñate cárcel de mujeres, y nos pusieron en aquel cuartito donde usted nos ha visto. Los dos criados quedaron allá. El paso de nuestra separación fue por demás doloroso, como comprenderá usted; al vernos apartadas de (p.4408) nuestros leales servidores, el cielo se nos caía encima. Florencio y Sabas fueron conducidos al día siguiente a Tolosa, donde los carlistas organizan un batallón con los penados, prófugos y toda la gente advenediza que cae en su poder, así extranjeros como castellanos, sin diferencias de edades ni talla. Eso he podido averiguar, pues a mis dos servidores nos les he vuelto a ver ni he sabido nada de ellos.. ¿Ve usted cuánta desdicha? ¿No era esto para desesperarse y desear la muerte? ¡Y con tantos golpes, nosotras siempre confiadas en Dios, sacando de nuestra propia tribulación energía para salvarnos y salvar a nuestro infeliz padre! Cualquiera se habría rendido a la adversidad, viéndose como yo me veía, presa y sin ningún amparo, en pueblo desconocido, donde todos eran enemigos, y nos habían tomado por mujeres malas, de esas que merodean en los ejércitos de uno otro bando. ¿Cómo disipar esta mala idea? ¿Cómo hacerles comprender quiénes éramos y quién era mi padre? ¿Creerá usted que pasaron dos días sin tener conocimiento de la suerte del infeliz prisionero, casi convencidas ya de que nos le habían fusilado?

-Es verdaderamente horrible -dijo Fernando con inmensa compasión-. ¿Pero no contaba usted con algún conocimiento, con relaciones en ese maldito pueblo?

-Verá usted: En aquel conflicto, teníamos puesta toda nuestra esperanza en un señor, que sabíamos ocupaba en la Corte de este Rey una elevada posición: D. Fructuoso Arespacochaga.. ¿Le conoce usted?

-No señora. Entre las personas que he visto aquí no recuerdo a ese sujeto.

-¡Cómo le había de ver, si no está! Pues mis carceleros, gente mala y suspicaz, después de un día de lucha, me permitieron escribir a D. Fructuoso. Es el tal de Vergara, si mal no recuerdo; solía pasar temporadas en La Guardia, donde tenía intereses; mi padre y él se hicieron muy amigos, y juntos iban de caza. Creía yo que con decirle mi nombre y el de mi padre bastaba para que tuvieran término pronto y feliz las calamidades que nos afligían. La ansiedad con que (p.4409) esperábamos la vuelta del que llevó la carta ya puede usted fígurársela. Cada vez que sentíamos pasos en la escalera creíamos que subía D. Fructuoso. ¡Ay, qué dolor, qué abatimiento cuando nos llevaron la noticia de que le habían mandado a Viena o qué sé yo a dónde, con una misión diplomática!.. ¿Le parece a usted?.. ¡Misión diplomática! Hasta los gatos quieren zapatos.

-Pero, por Dios, ¿no quedaba en Oñate alguien de la familia de ese D. Fructuoso?

-Sí, señor.. por lo cual verá usted que no estábamos enteramente dejadas de la mano de Dios. Mi carta fue a parar a manos de un Sr. Ibarburu..

-¿Clérigo?..

-Y empleado en lo que llaman aquí el ramo de.. no sé qué.

-De Gracia y Justicia.. Le conozco: hemos sido compañeros de vivienda. Es un capellán joven, con gafas, hablador, bastante fatuo.

-El mismo, sí señor: muy redicho, de una amabilidad empalagosa, de estos que se oyen y se felicitan cuando hablan.. Pues fue el capellán a vernos, y nos dijo que, encargado por D. Fructuoso de todos los asuntos de este, deseaba servirnos en lo que de él dependiera, siempre que no le pidiésemos cosa alguna en detrimento de la santísima causa que defendía. Con todas estas rimbombancias y otras que no recuerdo nos hablaba el señor aquel, más fino que cariñoso, dejando entrever su egoísmo en sus actos de cortesía.

-No sé qué es peor, Demetria -dijo Fernando nervioso-, si tratar con bandidos o con fatuos, intrigantes, como ese clérigo.

-¡Ay! no diga usted eso, no: que el señor capellán, con toda su vanidad seca, nos sirvió. Gracias a él logramos ver a mi padre, tenerle a nuestro lado. Pudo hacer más de lo que hizo; pero hizo bastante: por mediación de él, Dios, si no puso fin a nuestras desgracias, las alivió, quitándoles crudeza. ¡Ay, sí! Mucho tenemos que agradecer al señor Ibarburu, por cuyo valimiento en la Corte alcancé la altísima honra ¡pásmese usted! de ser recibida en audiencia por Su Majestad el Rey D. Carlos V.. ¿Qué? ¿se ríe usted?.. ¡Pero si las cosas que nos han pasado, todo en el breve término de dos (p.4410) semanas, pues no ha transcurrido más tiempo desde que salimos de casa, son tales, que con ellas se podría escribir un libro!.. Sucesos tristes, tristísimos, enlazados y contrapuestos con lances graciosos; horrores y tragedias por un lado; mil ridiculeces por otro: todo esto ha sido mi vida en tan breve tiempo. A usted le habrá pasado, leyendo libros de entretenimiento, que todo le parece mentira, exageración de los que escriben tales obras; y recreándose en aquellos lances tan bien urdidos, no les da crédito.. Yo he pensado lo mismo; pero ya no, ya no; creeré cuanto lea, y aún me parecerá pálido todo el cúmulo de desdichas y calamidades entretejidas que a veces nos ponen, para cautivar nuestra atención y hacernos sufrir y gozar, los autores de novelas. No, no: ya sé yo que la vida sabe más que los autores, y lo inventa mejor, y más doloroso, más intrincado, y con más sorpresas y novedades.

-Muy bien. La realidad tiene más talento que los poetas.

-Y más.. ¿cómo dicen?

-Más inspiración".

Oyeron voces, y la inquietud les cortó el sabroso diálogo. Pero los que venían eran gente de paz: dos muchachos y una vieja que bajaban con leña. Interrogados en vascuence por Gainza acerca del avance de las tropas de Córdova, respondieron los leñadores que no habían visto sombra de cristinos en aquellas cañadas. Por referencia de unos carboneros sabían que más arriba de Aránzazu, como a dos tiros de fusil, la partida carlista de Basurde se había tiroteado al anochecer con las avanzadas de Espartero, teniendo la partida que correrse hacia la sierra de Elguea. Y nada más. Buenas noches.

"Verá usted -dijo Demetria a Fernando-, cómo no nos amanece sin algún mal encuentro, que sería la segunda parte de aquel famoso que le he contado a usted. Si Dios dispone que cuando creemos tocar la salvación, perezcamos, cúmplase su santa voluntad".

Para despejar de temores aquel noble espíritu, Calpena se mostró alegre, confiado, asegurando que el reciente triunfo de Córdova habría limpiado de facciosos el país que recorrían. Como soplaba un airecillo (p.4411) picante, y andado había ya más de un cuarto de legua a pie por suelo tan desigual, Demetria volvió al carro, encontrando a su hermana como un tronco, y a su padre despierto. Ocasión era, pues, de darle algún alimento. Fernando mandó parar. Incorporaron al enfermo; diéronle pedacitos de pan, queso y bizcocho, que comió con ansia, y encima traguitos de vino. Dejábase manejar D. Alonso sin oponer resistencia a nada de lo que con él hacían, como hombre que ya hubiera entregado a la Muerte la mayor parte de su ser, y paladeando el vino que su hija en un vaso le ponía en los labios, decía cada vez que tomaba resuello: "¡A casa!

-Sí, padrecito querido, a casa.. Me parece que ya es tiempo. ¡Ay, casa querida! Ahora.. a dormir otro poquitín".

Y tendido nuevamente en su lecho de yerba, zarandeado por los traqueteos del vehículo, siguió repitiendo: "¡A casa!..". No decía más, ni sabía decir otra cosa, porque la parálisis le iba quitando gradualmente, por zonas, sus energías y facultades, ideas, memoria, palabras; de estas quedábanle ya muy pocas. Observando que a cada instante ladeaba la cabeza a una parte y otra, y que se llevaba al pecho la única mano de que disponía, su hija, inquieta, le preguntó si sentía alguna molestia o dolor. Él denegó con la cabeza, respondiendo tan sólo: "A casa..". Luego pareció más sosegado; cerró los ojos. "Duérmase, padrecito, descanse. Ya somos felices.. ya hemos salido de aquel purgatorio". Inmóvil, aletargado, aún dijo tres veces: "¡A casa!".

 

Ep-23-XXVII -

Condolíase Demetria de que su caballero salvador tuviese que echarse a pechos, a pie, los empinados y ásperos vericuetos por donde iban, sin tomarse ningún descanso ni dormir siquiera un par de horas; pero Fernando le aseguró estar muy acostumbrado a pasar malos días y peores noches, encareciendo la urgencia de ganar tiempo y zafarse pronto de la peligrosa divisoria entre la España de D. Carlos y la de Isabel. Reanudó entonces Demetria la historia de sus dos semanas, refiriendo que la causa de que el Sr. (p.4412) Ibarburu no pudiese resolver el conflicto de la familia de Castro fue una inesperada complicación, que parecía obra del mismo demonio. Por aquellos días fue descubierto un complot para matar a D. Carlos. Un desalmado catalán que había pertenecido a la Compañía de Jesús, de la cual le expulsaron en 1819, que después sirvió en el ejército carlista, y fue condenado a muerte por intento de vender al enemigo una compañía, logrando salvar la pelleja con una audaz escapatoria, entró en Guipúzcoa por Alsasua, con dos mujeres jóvenes que vendían baratijas. Proponíase quitar de en medio a D. Carlos. Delatado y cogido cerca de Oñate, le llevaron codo con codo a la cárcel de Vergara, y se empezó a formar una causa en que los señores del Consejo de Guerra quisieron sin duda lucirse, complicando en ella a toda persona desconocida que a la sazón aportara por allí. La coincidencia diabólica de que el presunto asesino se llamase Juan Díaz, y José Díaz el compañero de D. Alonso; la también endiablada circunstancia de que este, en su triste locura, no hablase más que de resolver la cuestión dinástica, cuerpo a cuerpo, entre él y D. Carlos, en el campo del honor, fue parte a que metieran al pobre D. Alonso y al cuitado de Díaz en aquel embrollo, no pudiendo eximirse de culpabilidad las pobres niñas, como hijas del Castro, según declaración propia, y sobrinas, según indicios, del Díaz. Gracias que el Sr. Ibarburu, única persona que las amparaba, no creía en tal complicidad, y cediendo a los ruegos de la valerosa joven, gestionó que D. Carlos la concediese el honor de recibirla en audiencia.

Dos días fueron empleados en este negocio, desplegando Ibarburu toda la solicitud que su egoísmo le permitía. Aconsejó a Demetria que tanto ella como su hermana confesasen y comulgasen en la capilla de la Caridad, pues les convenía dar público testimonio de su catolicismo y devoción, encomendándose además a la Virgen de los Dolores, abogada de los que sufren persecución de la justicia, patrona santísima de la Causa y Generala de (p.4413) sus ejércitos. Insistía Ibarburu en recomendar esta demostración religiosa, porque Su Majestad, monarca muy atento a las conciencias de sus vasallos, se enteraba de quien cumplía y quién no cumplía con Dios en el naciente Reino. Gozosas se apresuraron las dos niñas a seguir el consejo del capellán, en lo cual satisfacían un deseo vivísimo de sus piadosos corazones, y al día siguiente fue Demetria a la audiencia, el alma llena de zozobra, avergonzada del deterioro en que se hallaba su traje, sin recursos para vestirse como le correspondía por su posición. A pesar de esto, rechazó la oferta que le hizo una señora presa de facilitarle un vestido de merino azul, pues prefería ir mal a ponerse ropa prestada. "¡Ay, qué cosas, qué incidentes, Sr. D. Fernando! La pobre señora se empeñó en peinarme a la moda y en ponerme sus peinetas, y no sabe usted el trabajo que me costó evitarlo sin que se ofendiera".

Recibió D. Carlos a Demetria momentos antes de salir para Elorrio. Hallábanse junto a él en la Real Cámara (una sala destartalada, muy fea, con cortinas amarillas y unos cuadros grandes de pasajes de la Biblia) , dos señores muy estirados, uno de los cuales entendió Demetria que era el señor Erro; el otro, eclesiástico rudo y agreste, como un tronco sin descortezar, debía de ser el Sr. Echevarría; mal gesto, ojos suspicaces. Más que su turbación pudo en el ánimo de Demetria el grave anhelo que llevaba a las gradas del Trono, el martirio de su padre inocente, y arrodillándose delante de la pretendida Realeza, expuso con claridad y modestia su cuita. D. Carlos, en pie, la mandó levantarse, dándole a besar su Real mano, y se mostró benigno, sin abandonar la tiesura y frialdad de rostro estatuario que le caracterizaban. Hombre de buenos sentimientos en lo que no tocara a sus derechos y pretensiones, los manifestaba con austeridad, parco en palabras cariñosas: "Ya se dispuso -dijo-, la suspensión de la sentencia, y hoy he mandado que el preso sea trasladado de la Cárcel a la Caridad, donde podrán cuidarle sus hijas. Su estado mental (p.4414) exige asistencia médica.. Pero no estará libre de responsabilidad hasta que informen los facultativos acerca de si es o no fingida su locura, que todo puede ser..". Atreviose la joven a exponer tímidamente una opinión respecto al carácter de su padre, refractario a la mentira. Pero Carlos V, oyéndola con benevolencia, agregó que no insistiera sobre aquel punto, pues harto había conseguido, y, ante todo, él tenía que cuidar de que se cumplieran las leyes. En esto de cumplir las leyes puso un acento de convicción honrada, candorosa, señal de que estaba el buen señor con las leyes como chiquillo con zapatos nuevos, cosa muy natural en estos reinados de creación repentina. Y no hubo más: salió Demetria, si no enteramente satisfecha, consolada en su grande aflicción. Aquella misma tarde tuvieron las niñas de Castro el inmenso gozo de abrazar a su padre.

"Pero ¡ay! Sr. D. Fernando: nuestro gozo fue muy incompleto, muy amargado por la realidad, pues aquel hombre que estrechábamos en nuestros brazos, que besábamos con delirio, no era ya más que una sombra de nuestro padre. Un ataque de perlesía que en la prisión le dio, no sabemos en qué fecha, le tenía como usted le ve, sin vida más que en la mitad de su cuerpo, y esa tan débil y mermada, que tememos llegue a extinguirse cuando menos se piense: la inteligencia limitada a un corto espacio de ideas; estas muy apagadas; la palabra balbuciente, reducida a unos cuantos términos que repite sin cesar. ¡Dios mío, qué lastimoso cuadro! ¿Y será posible que Dios nos conceda, siquiera como compensación de tan atroz martirio, que logremos con nuestros cuidados, ya que no volverle la salud y la vida, al menos mejorarle, conservarle algún tiempo para nosotras, para su familia y para sus amigos?

-Sí, Demetria -afirmó Fernando sin creer lo que decía-: el hogar propio, el ambiente doméstico, hacen prodigios en estas dolencias. Tenga usted esperanza, convénzase de que Dios le ha de conceder al fin muchos bienes en desquite de tantos males.. que parecen injustos, arrojados sobre estas cabezas (p.4415) inocentes.. Dígame usted otra cosa: ¿y Díaz?

-A ese infeliz no le han soltado. En la cárcel está, según dicen, a las resultas, y sabe Dios hasta cuándo durará su martirio.

-Con tiempo y buenas relaciones, créalo usted, gestionaremos para que le den libertad.. Supongo, Demetria, que con el último pasaje de su historia ha puesto usted punto final a sus desdichas..

-¡Oh, no, todavía hay más, mucho más! No sigo por no cansarle, que esto ha de agobiar el espíritu del que lo oye, como agobia el de quien lo recuerda. No me pida usted más tristezas.. Procuremos confortar nuestras almas con la esperanza; olvidemos.. miremos al mañana, pensando que el mañana será hermoso.. ¿Qué hora es?

-La una.

-¡Oh!, pronto será de día.. En esta temporada tristísima, he aprendido, con ayuda de los insomnios, a leer en el cielo la hora en que principia el día. A las tres y media ya clarea el horizonte; a las dos cantarán los gallitos, y luego de tres a cuatro. Por aquí no hay gallitos que le digan a una la hora.

-Más adelante los oiremos; descuide usted. Paréceme, Demetria, que tiene usted un sueño que no se lo merece. Recline la cabeza en el toldo, y duerma un poquito. Yo voy al cuidado de todo.

-Sí que intentaré descabezar un sueñecito; pero si canta algún gallo, despiérteme: quiero oírlo.

-Bueno, bueno; a dormir hasta que cante el gallo".

Durmiose Demetria profundamente, y a la media hora despertó Gracia sobresaltada. Creyó Fernando que la oía llorar, que la oía quejarse. Acercose. "Gracia, ¿qué ocurre, qué le pasa a usted?

-¿Dónde está mi hermana? -dijo la pequeña con gran azoramiento y aflicción-. Padre está muy malo.. ¿En dónde está mi padre?

-Pero si ahí le tiene usted dormidito, y tan sosegado.

-No.. le toco y no le siento.. Yo he visto a mi padre muy malo, yo le he sentido decirnos adiós.

-Vamos, un mal sueño, Gracia, una pesadilla. Dormía usted con una postura muy molesta".

Despertó a las voces la otra hermana, y con aquel terror que la costumbre de sus desventuras solía dar a su acento en ocasiones críticas, preguntó qué ocurría: (p.4416) ¿Venían ladrones, partida volante, carceleros del Rey?

"Padre está muy malo -dijo Gracia llorando-. He visto que está muy malo.. Yo me creía dormida; yo no sé si estaba despierta.. pero padre no puede mirarnos ya..

-¿Cómo habías de ver en esta obscuridad? Por Dios, me pones en zozobra -dijo Demetria, acudiendo a examinar al enfermo y acariciándole el rostro. En esto D. Alonso movió ligeramente la cabeza, y sin abrir los ojos pronunció bien claro y distinto su invariable tema: '¡A casa!'.

-¿Ves, Gracia, cómo no hay ninguna novedad? Pero no estoy tranquila, no sé por qué.. Paréceme que se enfría un poco. Arropémosle mejor. Quítate de ahí, Gracia, pásate a este lado.. ¡Ay! con estos balances, no podemos. Fernando, hágame el favor de mandar parar un momento.. Yo me paso ahí, me siento en la delantera, de modo que pueda poner sobre mí la cabeza de padre.. Pásate tú aquí.. ¡Ay, canta un gallito!.. Don Fernando, ¿lo ha oído usted?.. ¡Que me gusta!.. Son las dos".

 

Ep-23-XXVIII -

Colocáronse las dos señoritas en la disposición ordenada por Demetria, y emprendida de nuevo la marcha, no recobró la valerosa doncella su tranquilidad. Oía la respiración de su padre más bronca que de ordinario, como si sufriera presión muy fuerte o cerramiento de la garganta. "¡A casa, sí, a casita!" -le dijo, para animarle; y no obteniendo contestación, añadió: "Padrecito, le vamos a dar una sopita en vino; mandaré parar para que la tome con descanso.. ¿Quiere que le incorporemos? Se aburre, ¿no es verdad? de tanto tiempo tendido a lo largo. ¿Se atrevería mi padrecito a fumarse un cigarro, que le encendería este caballero que nos acompaña, que nos guía, que nos ha sacado de la cautividad de Oñate?". D. Alonso no se movía ni daba acuerdo de sí. Esperó Demetria un ratito más, y de pronto se oyó como un gran suspiro, que al salir a los labios permitió la articulación tenue del invariable "a casa".

En los breves ratos en que la atención de Calpena quedaba libre del cuidado de las simpáticas niñas y de su infeliz padre, se abstraía, metiéndose en la contemplación (p.4417) de sus propias tristezas. Veía la gallarda figura de Negretti; oía su palabra severa y franca; las calles y casas de Bermeo tomaban apariencias de realidad en su mente, y allá, en los cantiles batidos por el oleaje cantábrico, se le representaba de continuo la persona de Aura, melancólica, como imagen de la Poesía osiánica, que une sus lamentos al mugido de las tempestades. Guardada en su alma, como en el sagrario la custodia, la pasión de Aura, le tributaba culto respetuoso y mudo, anhelando acercarse pronto al objeto de su devoción, y verlo y adorarlo, aunque se interpusieran cristales tan opacos como el Sr. Negretti y su esposa Doña Prudencia. En esto pensaba, cuando sintió rebullicio en el carro. Gracia chillaba, Demetria dijo con voz angustiosa: "D. Fernando, por Dios, venga usted..".

Parados los bueyes, Calpena subió; mas en la obscuridad no pudo hacerse cargo de nada. Demetria decía que el enfermo había perdido el habla en absoluto, pues notó en él esfuerzos inútiles para articular alguna palabra. Gracia, besando el frío rostro de D. Alonso, decía: "Yo te aseguro que así, puestas cara con cara, le oí decir: 'a casa'"; pero tan bajito lo dijo, que nadie más que yo pudo oírlo.

"Mi padre está muy malo, mi padre se muere -dijo Demetria con la entereza que le daba el hábito del infortunio-. D. Fernando, haga usted el favor, tómele el pulso; yo no se lo encuentro. ¡Dios mío, esta obscuridad! ¿En dónde estamos? ¿Hay cerca de aquí alguna casa donde puedan prestarnos socorro?".

Buscó Fernando inútilmente señales de vida en las dos manos del Sr. de Castro, y no las encontró. En sus sienes no percibió ni un vago latido. "¿Y el corazón? -dijo ansiosa la hija mayor". -Pensó el joven engañarla; pero ¿a qué tales supercherías en situación como aquella, excepcional, de las que reclaman verdad y valor? Los consuelos caritativos habían de ser tan poco duraderos, que valía más afrontar la dolorosa certidumbre. "Pues.. el corazón.. la verdad, no lo siento.. ¡Carretero! ¿Dónde estamos? ¿Hemos pasado de Aránzazu?".

Dijo el guipuzcoano que el (p.4418) Monasterio quedaba allá, a la izquierda, pues había tomado por un atajo para cortar camino y evitar el paso por lugares poblados..

-¿No hay allí monjes?

-¡Qué ha de haber, señor! No hay más que ruinas. Hace dos años, el general Rodil, cuando vino a Oñate con tantos miles de hombres, cogió presos a los frailes y mandó pegar fuego al convento. Yo le vi arder por los cuatro costados".

Diciendo esto, oyose el canto de un gallo hacia la parte donde el carretero señalaba las ruinas.

"Pero ahí vive gente.. Oiga usted.. canta un gallo.. y otro.

-Sí señor, gente hay: pastores y carboneros miserables de estos montes, que en las ruinas han hecho sus albergues al amparo de los muros que quedan, y aprovechando las bóvedas que no se han caído".

Como añadiese que en un par de leguas a la redonda no había pueblo, ni aldea, ni más viviendas que las de los infelices que se aposentaban en Aránzazu, mandó Calpena guiar hasta el destruido convento. La noche cerrada, el húmedo frío, la aflictiva situación de los viajeros, con la inmensidad obscura delante de sí y la muerte entre sus brazos, eran para humillar los ánimos más valerosos. Acertado fue dirigirse en busca de seres humanos, aunque estos fueran los más pobres y humildes: alguna puerta hospitalaria se les abriría; verían rostros compasivos.. En aquel trayecto, más que ninguno lento y fatigante, pues el carro no pudo descender sino dando un largo rodeo por sendas inverosímiles, las niñas lloraban silenciosas, encalmadas en la hondura de su pena con resignación sublime. Si Gracia manifestó esperanzas, Demetria no, afirmándose en la seguridad de que Dios les mandaba apurar hasta el fin las amargas heces del cáliz. Fernando no les decía nada. ¡Ni qué había de decirles! Aseguró Gainza, cuando ya estaban cerca, que los habitantes de las ruinas abandonaban sus madrigueras antes del día para ir al trabajo. Por fin detúvose el carro ante la masa negra del incendiado monasterio: no se sentía ruido alguno que anunciase la proximidad de seres vivos, como no fuese el cantar de gallo, que resonaba (p.4419) dentro de los muros. El único consuelo que Calpena pudo dar a las pobres niñas fue anunciarles el día, y como si quisiera apresurar el amanecer con su deseo, aseguro que se iniciaba por Oriente la dulce claridad del alba.

Gainza y D. Fernando dieron fuertísimos golpes en el portalón que delante tenían, sin que nadie respondiera, ni se oyese rumor alguno. La parada junto a las ruinas en espera de alma cristiana a quien pedir socorro, fue un siglo para el caballero y las dos damitas. Estas rezaban atribuladas, y con más dolor que miedo contemplaban el misterio inmenso de la muerte, explorando con los ojos del espíritu los espacios que tras ese misterio señala la convicción.. Por fin, al apremiante llamar de los viajeros, respondió una voz cascada y lúgubre. Poco después se abrió la puerta. Dirigiose Calpena al que abría, anciano de alta estatura, venerable, hermoso, vestido con pobreza, pero sin andrajos, y en pocas palabras elocuentes le informó del doloroso caso que motivaba la petición de auxilio tan a deshora. El viejo entendía el castellano, pero no lo hablaba. Ayudado por el carretero, logró que se enterara Fernando de estas sinceras manifestaciones: él era muy pobre, y no podía ofrecer a los viajeros más que un rincón del claustro en que con vigas medio quemadas y pedazos de cascote se había compuesto un humildísimo albergue donde vivía con su mujer. Pero en el mismo claustro había viviendas mejores, y hasta cómodas, habitadas por familias menos pobres que el que hablaba, y allí seguramente podrían encontrar los señores su remedio. En esto apareció una mujer con un farol, que no fue poca suerte para Calpena, pues no sabía por dónde andaba en aquella lobreguez, y tras la mujer presentose un hombre, no tan viejo como el anterior, con un capote por la cabeza, figura que al pronto imponía miedo. Lo mismo que había dicho antes, repitiolo el joven con mayor vehemencia, y no tardó en oír palabras de consuelo. Ofreciéronle aquellos desdichados cuanto tenían, y le mostraron su casita, hábilmente construida en el coro (p.4420) bajo de la iglesia, la única parte del edificio totalmente respetada por la catástrofe. Al punto salió Fernando a comunicar a las pobres viajeras su hallazgo y el plan que imaginó rápidamente ante los apuros de aquel caso inaudito. "Demetria, lo más urgente es que ustedes entren, y descansen y se repongan de tanta ansiedad y pena tan grande. Hay aquí gentes bondadosas, caritativas, que no desean mas que amparar a los desgraciados. Adentro pues, y mientras ustedes se tranquilizan, estos buenos amigos y yo veremos qué remedios debemos aplicar a D. Alonso".

Oyó esto Demetria con el respeto que su favorecedor le merecía; mas no hizo ademán de moverse del lado de D. Alonso, pues aunque tenía el convencimiento de que era cadáver, hay lazos que ni en las ocasiones de necesidad suma pueden romperse fácilmente. "No quisiéramos separarnos de nuestro pobre padre; pero pues usted lo cree preciso, y así nos lo manda, obedecemos, que aquí no hay más voluntad que la de nuestro salvador". A pesar de esta demostración, costó trabajo sacarlas del carro. Abrazadas al inanimado cuerpo, no se hartaban de besarle. "Vamos. Yo acompaño a ustedes, y luego me vuelvo aquí" -dijo Fernando por decir algo; que en tal situación no hay frase que sea oportuna, ni consuelo que no resulte una tontería. Gracia se desmayó al bajar, y en brazos hubo de llevarla Gainza; Demetria, agarrándose con mano convulsa al abrigo de su libertador, y apretándose el pañuelo contra la boca, le seguía con paso lento. De este modo entraron en el claustro, y precedidos de la mujer que alumbraba, llegaron a la vivienda labrada en el coro, la cual en su pobreza, no carecía de acomodo. Los vetustos muebles revelaban en sus remiendos y composturas una mano habilidosa.

Lo primero que hizo Demetria al entrar en aquel tugurio, fue ponerse a rezar de rodillas sobre un ruedo de estera, y lo mismo hizo Gracia, cuando volvió de su desvanecimiento. "Sí, sí -les dijo Calpena-, recen un ratito. Aunque no lo parece, aquí están en la iglesia. Vean estos machones de sillería (p.4421) gótica. Por allí aparecen los pies de un santo, y en aquella otra parte asoma una cabeza con nimbo". En esto salieron de un cuchitril próximo dos preciosas chicuelas que se brindaron a servir a las señoritas en todo lo que se les mandase. Llegaron luego otros vecinos, un matrimonio joven, dos viejas muy despabiladas, y todos se mostraron sinceramente caritativos, misericordiosos.

Cuando ya aclaraba el día, salió Fernando acompañado del dueño de la covacha, hombre obsequioso, alavés fronterizo de Burgos, que hablaba perfectamente el castellano, y mostraba conocimiento práctico de mil cosas diversas. Examinaron el cuerpo del infeliz D. Alonso; reuniose allí todo el vecindario con el propio objeto; de la inspección de unos y otros resultó la tristísima verdad de que el señor estaba muerto, y la opinión de que el fallecimiento había ocurrido dos o tres horas antes. Sin ninguna duda respecto a la muerte, lo primero en que pensó Fernando fue en disponer que se diese a las niñas algún alimento, y ofreciendo recompensar con largueza los servicios que en tan crítica situación se les prestaran, mandó a sus aposentadores encender lumbre y preparar lo que tuviesen, con la mayor prontitud posible. Entró de nuevo en la casucha, donde pensaba que era indispensable su presencia. Aunque Demetria, perdida toda esperanza, se abrazaba a la resignación, le miró a la cara, atenta a las impresiones de él para modificar o sostener las suyas. Pero el rostro del caballero sólo expresaba un dolor calmoso. "No necesita usted decirnos que somos huérfanas.. Ya lo sabemos.. Pero aunque lo sepamos y usted nos lo diga, yo lo dudo.. no puedo creerlo.. no, no es verdad: mi padre vive". Y se lanzó como una loca fuera del cuarto, antes que pudieran sujetarla. Juzgó Calpena inconveniente que por sí misma se cerciorase de la tremenda verdad, y corrió tras ella; no quería llevarla, y la llevó, sintiéndose sin autoridad para impedir escena tan aflictiva. Tuvo ánimo Demetria para examinar el rostro del que fue D. Alonso, para besarle una y mil veces cara y (p.4422) manos, y no perdió el conocimiento ni la firmeza de su alma, hecha sin duda para los grandes empeños de la vida. Con dificultad apartáronla del carro, que había venido a ser lecho fúnebre, y volvió por su pie al mísero albergue donde había dejado a su hermana, vencida del dolor.. "Somos huérfanas -le dijo, abrazándose las dos estrechamente-; somos huérfanas, Dios no ha querido que entremos en casa con nuestro padre".

Ninguno de los presentes dejó de poner de su parte cuanto le inspiraba la compasión para calmar tanta pena. Palabras tiernas, ofrecimientos de proporcionar a las señoritas descanso, comodidad, alguna distracción, todo lo agotaron aquellos infelices. Reunido lo mejor de cada casa, arreglaron dos camas bastante bien apañaditas para que las huérfanas descansen. "Al entrar aquí -le dijo Fernando a Demetria-, aseguró usted que me obedecería. ¿No fue así? Pues bien, empiezo a usar la autoridad que se ha dignado darme, y con ella dispongo que no se ocupen ustedes más que de reparar sus fuerzas en la medida que sea posible. Yo me encargo de todo, y sabré cumplir cuanto me ordenan la ley de Dios y la conciencia de mi deber.

-Sé que mejor que nosotras mismas sabrá usted disponer lo que aún falta. No es fácil que descansemos; sí lo es que tengamos confianza plena en la disposición, en la inagotable caridad de nuestro salvador.

-No merezco ese nombre. Soy su criado: en esta ocasión me glorío de serlo, y en ello tengo mucha honra.

-Criado, nunca. Mirándole como amigo, como protector de mi familia en tan terrible ocasión, estas pobres huérfanas ruegan a usted que se sirva dar cumplimiento a las resoluciones que voy a manifestarle. Dios ha querido afligirnos hasta el extremo de arrebatarnos la vida de nuestro padre en lugar tan desamparado. Ni hemos podido disponer de un médico que le asistiera moribundo, ni, muerto, podemos tributar a sus pobres restos la asistencia religiosa. No hay aquí, ni en los contornos, sacerdote alguno, y mi buen padre ha de ser sepultado sin las oraciones de la Iglesia, (p.4423) que no faltan al último de los mendigos. Imposible también llevarle con nosotras, por la larga distancia y por dificultades materiales superiores a nuestro deseo. Por tanto, es nuestra voluntad que se dé tierra a mi padre a la hora que usted disponga y en el lugar que designe, que bien podrá ser la cripta o panteón de los frailes de este monasterio. Bien señalado por usted el lugar de la sepultura, nosotras nos cuidaremos, en el plazo consentido por las leyes, de trasladar estos queridos restos al enterramiento de la familia en La Guardia. Asimismo hacemos voto solemne de socorrer a las humildes personas que nos han dado asilo y amparo en trance tan horrible. Dios ha querido que nuestro padre, en vida poderoso y rico, haya terminado sus días en medio de los seres más pobres, entre los pequeños, entre los desgraciados; que en su muerte no reciba honores mundanos ni religiosos; que su sepultura sea la misma humildad, la suma pobreza. Así acaban las grandezas humanas, y con estas lecciones nos dice el Señor que no somos nada. Pues bien: no por vanidad, sino por efusión de nuestras almas, mi hermana y yo ofrecemos que si llegamos a La Guardia con vida y salud, estos pobres, a cuya cristiandad confiamos el cuerpo de nuestro padre, serán socorridos en lo que les reste de vida. El que hoy viva de limosna, no tendrá que pedirla más. Nosotras les agregamos a nuestra familia, y cuidaremos de que tengan pan y vivienda segura. Estos son los honores fúnebres que las pobres huérfanas tributan al noble caballero cristiano D. Alonso de Castro-Amézaga".

 

Ep-23-XXIX -

Oyeron todos los presentes con emoción muy viva las sentidas demostraciones de la infeliz doncella, y D. Fernando se cuidó de rodear a las que llamaba sus amas de las comodidades posibles en la morada de los Peciñas, que este era el nombre de los carboneros dueños de aquel escondrijo. Confinándolas dentro de él, sin permitirles salir, para obligarlas más al reposo, se ocupó en disponer, de acuerdo con los habitantes de las ruinas, el sepelio de D. Alonso, el cual (p.4424) se efectuó por la tarde en la cripta que bajo la iglesia servía de enterramiento a los franciscanos. En espíritu asistieron Demetria y Gracia a estos actos, tan penetrados de ellos como si los vieran con sus ojos, y tan confiadas en Don Fernando para tan tristes diligencias como en persona de la familia. Por la noche les fue servida una pobre cena; tratando de la continuación del viaje, manifestó Demetria que por su gusto se detendría un día más en las ruinas, como un tributo de presencia a las caras cenizas de D. Alonso, y el caballero lo aprobó sin reparo, pues así era mayor el descanso de las huérfanas. Dos días pasaron allí, y a la segunda noche se dispuso todo para continuar de madrugada. Gainza recibió de Calpena aumento de lo estipulado, comprometiéndose a llevarles hasta el primer puesto de tropas cristinas. La despedida fue tiernísima, y los pobres habitantes de los tugurios les vieron partir con duelo y emoción. A Gracia la venció la pena; a Demetria no, porque los repetidos sufrimientos habíanla enseñado a soportar con cristiana entereza los males que humanamente no tenían remedio.

Despejose el cielo a poco de amanecer, anunciándoles un buen día de viaje. Instaba Demetria a su caballero libertador a que entrase también en el carro; pero él no quiso, por ser más propio y galante ir fuera, y por no mermar el espacio que las niñas necesitaban para su comodidad. Suponiendo que toda la cordillera estaría ocupada por soldados de Isabel II, deliberaron acerca del camino más corto para ponerse en salvo, y como opinase el boyero que debían picar hacia la venta de Arrida, se acordó tomar aquella dirección, aunque el nombre de la maldita venta fue un mal presagio para las huérfanas, que no podían olvidar las tristísimas ocurrencias de su viaje de ida. Transcurrió toda la mañana sin ninguna novedad. Admiraban los grandiosos espectáculos que a una parte y otra les ofrecía la ingente cordillera, los inaccesibles picachos, los abismos insondables. El sendero se escurría tímidamente al pie de las eminencias y al borde de las simas, (p.4425) evitando el caer en estas, deslizándose como reptil por las angosturas. Gracias al conocimiento de Gainza y a la pausa cautelosa con que andaban los bueyes, pudieron franquear los peligros de la montaña sin perecer en ellos.

Hacia el mediodía hicieron alto en un abrigo para comer del repuesto que les habían dado los pobres, y emprendida la marcha charlaron de diferentes cosas. No queriendo Demetria volver sobre las desdichas pasadas, por no entristecer su espíritu más de lo que estaba, dijo a su libertador: "Cuando nos hallemos completamente tranquilas contaré a usted la última parte de nuestro cautiverio, que es la peor y más dolorosa. Bástele ahora saber que, cuando mi padre fue conducido desde su prisión a la Caridad, quisieron matarle en medio de la calle. Pueblo y soldadesca le acosaban maldiciéndole.. Y después, en la Caridad, ¡ay!.. Los dos últimos días fueron terribles. En la propia sala de los enfermos, un herido gravísimo, delirante, saltó furioso de su lecho para lanzarse sobre mi padre.. No teniendo armas para herirle, le mordió.. ¡Dios mío, qué terrible escena!.. Un Sr. Corpas, guardián o administrador de la casa, nos trataba con grosería y crueldad. Decíanos a cada instante que a mi padre no le valdría su fingida locura para librarse de un tremendo castigo por desafiar al Rey, y qué sé yo.. No, no quiero recordarlo. Hay penas que con gozo conservamos en nuestra memoria; otras piden olvido, olvido".

En estas y otras conversaciones llegaron a un punto desde donde divisaban inmenso horizonte. Comenzaba el descenso, y a las plantas de los viajeros se desarrollaban en inmenso paisaje los rápidos declives, las corrientes y barranqueras que caían hacia el Sur en busca del cauce del Zadorra. De pronto paró el carro, y Gainza dijo a Calpena: "Señor, por aquella loma.. mire, por aquí, enfilando estas encinas.. vienen hombres armados.

-¿Distingue usted desde aquí si son cristinos o facciosos?".

Mientras las dos niñas, muertas de miedo, se encomendaban a la Misericordia Divina, Fernando y el (p.4426) boyero se apartaron un poco para explorar el peligro, y, en efecto, vieron unos seis hombres, con escopetas, que avanzaban subiendo, como a distancia de tiro de fusil. "Parécenme facciosos -dijo Calpena-. Sean lo que fueren, adelante, y no entiendan que les tenemos miedo". Tranquilizó como pudo a las damas, y siguieron. En las revueltas del camino, los escopeteros desaparecían y volvían a presentarse, cada vez más cerca. Por último, cuando estuvieron al habla se adelantó Fernando, viendo que también del grupo se destacaba uno, al modo de parlamentario.

Las primeras palabras fueron: "¡Alto. Viva Carlos V!". Y Fernando respondió: "Viva quien usted quiera; pero no nos estorbe el paso, que nosotros somos gente de paz.. Vean ustedes: dos señoras y yo que las acompaño. Vamos a Salvatierra para asuntos de familia. Si cobra usted peaje, porque así se lo ordenan, estoy dispuesto a pagarlo. Pero no me pida que detenga mi viaje, porque esto no puede ser.

-Ya, ya veo las mujeres -dijo el escopetero, un mocetón guapo, de marcial apostura, que por el habla parecía vasco-. No estorbo el viaje, no molestaré a las señoras ni tampoco al caballero. Pero necesitamos los bueyes. Vengan pronto los bueyes".

Puso el grito en el cielo el dueño de los pacíficos animales, soltando una retahíla en vascuence, colérico y fuera de sí, y el otro le contestó lo mismo. El gurri gurri llegó a tomar tonos tan violentos, que poco faltó para que vinieran a las manos. Y mientras Gracia y Demetria chillaban: "sí, sí, que se lleven los bueyes.. seguiremos a pie; D. Fernando, diga usted que sí". Calpena contestó a la intimación que no podía dar la pareja porque no era suya; que daría, en todo caso, una cantidad por peaje, siempre que no se les molestara más, y se retirara la fuerza que a corta distancia permanecía arma al brazo, en actitud no muy tranquilizadora. Y el bárbaro insistía: "Los bueyes, vengan pronto los bueyes", haciendo ademán de desuncirlos para llevárselos. En esto se oyeron disparos a la parte de una profunda encañada que desde allí no se veía, (p.4427) por interponerse formidables peñas, y lo mismo fue oírlos, que se demudó el que parecía capitán de aquellos desalmados. Miró hacia donde estaban los suyos; les gritó en vascuence; los de abajo, antes de contestarle, apretaron a correr, no sin dirigir miradas de zozobra hacia la encañada por donde sonaron los tiros. Uno de ellos, más valeroso que sus compañeros, les abandonó en la veloz fuga y subió como en ayuda del jefe. Este vociferaba, incitándole a correr más ligero, y luego se volvía para repetir nervioso y hostil su intimación: "¡Los bueyes, pronto, los bueyes!". Ciego de coraje ya, Calpena requirió su pistola y le soltó un tiro a boca de jarro, sin darle tiempo a hacer uso del fusil; vaciló el escopetero, braceando y echando maldiciones por aquella boca, y Gainza, más pronto que el rayo, le quitó el arma, y empuñándola vigorosamente por el cañón le estampó la culata sobre el cráneo con tan rápido acierto, que el hombre cayó como tronco al borde del camino. Y mientras el boyero con ferocidad trataba de rematarle, Fernando gritaba al otro: "Ven, ven pronto tú también, canalla; aquí te espero".

Debió el segundo escopetero comprender con seguro instinto que venían mal dadas, y que estaba expuesto a caer en peores peligros si no escurría el bulto, porque apretó a correr como un gamo en demanda de sus compañeros. Estos se detuvieron en un cerro frontero al camino, separado de este por profundo barranco, y al amparo de las peñas hicieron una descarga cerrada, último escarceo de su frustrada escaramuza. El boyero seguía machacando al otro con la escopeta y con piedras de gran calibre. Hasta que corrió D. Fernando a comunicar su victoria a las dos niñas, que de rodillas en el carro llamaban en su ayuda a todas las Vírgenes y Santos de la corte celestial, no se hizo cargo de que estaba herido. En la descarga que hicieron aquellos tunantes, le habían metido una bala en la pierna derecha.

"Ya no hay miedo; nos hemos salvado.. Gracias a Dios y a que está próximo un destacamento de tropas, hemos puesto en fuga a esos (p.4428) bribones. Si nos cogen solos, nos quedamos sin bueyes.. Gainza, adelante.. vámonos. Por aquí, a la revuelta, vienen cristinos.. ¡Viva Isabel II!.. Avancemos un poco para encontrarles pronto.. ¡Ay! me han herido esos perros..

-¡Herido! ¡Jesús me valga! -exclamó Gracia.

-¡Herido! ¡Santo Dios, qué desdicha!..".

Y las dos quisieron echarse del carro.

"¡Si no ha sido nada!.. ¿A ver?.. Aquí, más abajo de la rodilla. Me duele y no me duele.. No, no bajen ustedes que seguimos.. No es nada; ya ven, puedo andar..".

Y antes de que el armatoste anduviera veinte varas, cojeaba Fernando horriblemente.

"No puedo, no puedo andar -dijo-. Pero no es nada, nada; no hay que asustarse, niñas.. Para, para, que voy a subir".

 

Ep-23-XXX -

A los cinco minutos encontraron la tropa isabelina, mandada por un capitán, que fue como ver abiertas las puertas del Cielo. En un instante, cambiadas rápidamente las informaciones de unos y otros, tuvieron todos noticia exacta de lo ocurrido, y el capitán felicitó a D. Fernando por su comportamiento en el lance con el jefe de la partida. "Ha sido terrible -dijo Demetria-; nuestro caballero se portó como un héroe.

-No haga usted caso; salimos del conflicto como pudimos, por pura chiripa.. Hay cuartos de hora felices, como los hay desgraciados, y este mío no ha sido de los mejores, porque me atizaron una bala.. aquí.. en esta pierna.

-No hay que apurarse -dijo el capitán-; le curaremos para que continúe su viaje sin molestia. Aquí tengo un muchacho que le hará a usted la primera cura".

Era el capitán un mozo de lo más vivo y simpático que se pudiera imaginar, mediana estatura, rostro agraciadísimo y sonriente, edad poco más o menos la de Calpena. Este no cesaba de mirarle queriendo reconocerle: "Sí, sí -dijo acudiendo a la memoria del otro para avivar la suya-; yo le conozco a usted, mi capitán, yo le he visto, yo le he hablado, pero no puedo recordar..

-Eso mismo pensaba yo en este momento.

-Usted es..

-Francisco Serrano Domínguez, para servir a usted y a estas señoritas.. Nos hemos visto no hace mucho, allá por Febrero (p.4429) debió de ser, en casa de mi madre, en Madrid. Mi madre tiene una tertulia a que concurren personas muy distinguidas, y usted fue una noche llevado por Miguel de los Santos.

-¡Oh, sí, ya!.. ¡Pues poco que hablamos aquella noche! Fernando Calpena, para servirle. Deme usted esos cinco, Sr. Serrano, y hágame el favor de mandar a su médico, o al albéitar si lo trae, que me mire esta pierna y me ponga algo que aplaque los dolores que empiezo a sentir.

-Al momento. Esperad un poco".

Y cuando le vieron alejarse, las dos niñas, consternadas, trataron de curar a su libertador. Mientras Gracia cortaba el pantalón hasta descubrir el sitio del balazo, Demetria reunía todos los pañuelos que llevaban para improvisar un vendaje conveniente. Volvió a la sazón Serrano muy satisfecho: venía de ver el cadáver del escopetero, y dijo a Calpena: "No sabe usted bien el servicio que nos ha hecho librándonos de ese bandido, el más malo, el más sagaz de cuantos andan por aquí. Merece usted que se le proponga para una cruz.

-Pues si buena cruz hemos ganado, buen balazo nos cuesta.

-Eso no vale nada. Yo llevo ya cinco en diferentes partes de mi cuerpo, y ya ve usted.. Con suerte, siempre con suerte. A ver, Roldán, ven acá; examina esta herida y dinos que no es de cuidado. ¡Ay de ti si te equivocas! Luego le curas de primera intención para que pueda llegar a Salvatierra, donde hallará médicos de sobra".

El llamado Roldán, que era un sargento practicante, dijo que estaba dentro la bala, y que no le parecía la herida peligrosa, por no interesar la rodilla. Si el señor no sentía dolores muy vivos, era que la bala no había tocado el hueso. No cuadraba más tratamiento que vendarle, aplicada una unturilla que ellos traían, y después que cuidara el herido de evitar todo movimiento.

"Pues me divierto -dijo Fernando-. Ya no puedo andar. Pero, en fin, sea lo que Dios quiera, y cúmplase el destino que está marcado a cada criatura".

Y mientras Roldán, asistido de las dos doncellas, le curaba, Serrano le informó de la gran victoria que habían alcanzado días (p.4430) antes con la ocupación de San Adrián, añadiendo que no bajaron a Oñate porque el General no lo estimaba práctico ni provechoso, y prefería conservar aquellas posiciones y tener asegurada la comunicación con Vitoria y Alsasua. Hablando de sus propios servicios en la campaña, declaró Serrano que se sentía con alientos para tomar parte en mil y un combates y avanzar en su carrera. No conocía el miedo; confiaba salir salvo de todos los encuentros; le enardecía el ruido de los combates, le embriagaba el olor de la pólvora. Había venido días antes del ejército de Aragón, donde servía a las órdenes de Palarea, y aunque sus deseos eran permanecer en el Norte, porque allí se presentaban más ocasiones de lucimiento militar que en ningún otro campo, pronto tendría que marchar a Barcelona, donde le reclamaba por ayudante su padre, el Mariscal de Campo Serrano y Cuenca. Allá no faltarían quizás ocasiones de entrar en fuego, que era su delicia; y bien seguro de que las balas no le tocaban, permitíase jugar al heroísmo, en lo que no había ningún mérito.

"¡Qué gracioso es este capitán, y qué buen genio el suyo para la guerra! -dijo Demetria cuando se quedaron solos.

-¡Y qué guapo es, y qué ojos tan pillines los suyos! -observó Gracia".

Convencido el jefe de la fuerza cristina de que no podía dar alcance a la partida facciosa, resolvió volver a Salvatierra. Los soldados se entretuvieron en arrojar al fondo del barranco el cadáver del jefe de los escopeteros, al cual llamaban Basurde, que es Jabalí en lengua eúskara. Para los viajeros fue motivo de alegría que Serrano no continuase la persecución, porque así tendrían custodia militar hasta Salvatierra, con lo que podían darse por definitivamente salvados y libres de todo peligro. Marcharon, pues, hacia abajo, precedidos de un coro de soldados que alegremente cantaban, llevando al estribo al capitán, que obsequioso daba conversación a las damas. La tristeza de éstas era honda, no sólo por haberse dejado en Aránzazu la mitad de su alma, sino por aquel funesto accidente de la herida de Calpena, que les (p.4431) aguaba el contento de su salvación. Toda aquella tarde la pasaron bien: a Fernando le molestaba poco la pierna agujereada; los tres comieron algo de los fiambres exquisitos que Serrano les dio, y bebieron en vaso de metal un poquito de ron, mezclado con agua de los cristalinos manantiales que encontraban al paso.

Sobre las diez de la noche llegaron a Salvatierra: Calpena iba intranquilo, un poco febril, empezando a sentir molestia en su herida. No quisieron las niñas aceptar el estrecho alojamiento que Serrano les ofreció, prefiriendo aguardar dentro del carro el próximo día. Ya Demetria no temía nada: en Salvatierra encontraría conocimientos, recursos para trasladarse a su casa con toda comodidad. Su mayor pena era la incertidumbre respecto al estado de su libertador, que no le parecía favorable, a pesar de los esfuerzos con que él disimulaba los agudos dolores que hacia media noche le atormentaron. Apenas despuntó el día, partió la joven, acompañada de Gainza, en busca de los señores que allí conocía, y no tardó en volver gozosa con un séquito de cuatro personas, que no deseaban más que ocasiones de servirla. Supo entonces que dos días antes habían pasado por allí, camino de San Adrián, tres criados de la casa y varios deudos y amigos, desalados, buscando a las señoritas y al señor D. Alonso. Habíanse repartido por diferentes senderos, y alguno de ellos no pensaba parar hasta Oñate.

No quiso la valerosa y avisada joven perder el tiempo en inútiles referencias, y dada cuenta de la pérdida lastimosa de su buen padre, requirió a los Sres. de Guinea (que tal era el nombre de aquellos sujetos, acomodado labrador el uno, el otro extractor de maderas) , para que le proporcionasen inmediatamente: primero, el mejor médico que hubiese en la villa; después un buen coche, y si no lo había, una cómoda galera para continuar el viaje; todo ello acompañado del dinero que las ricas huérfanas necesitaban hasta llegar a La Guardia. Esta última petición fue prontamente y con creces satisfecha. Facilísimo estimaron (p.4432) también lo del médico, pues había físicos de tropa excelentes, y en cuanto a vehículo, que era lo difícil, ofrecieron revolver el pueblo y sus alrededores hasta lograr lo que la señorita deseaba.

"Oiga usted, Demetria -dijo Fernando cuando los tres se quedaron nuevamente solos-. De mí no hay para qué ocuparse ya. Puesto que se encuentran ustedes en lugar seguro, donde les sobran medios para volver a su casa sin ningún peligro, deben ustedes partir sin pérdida de tiempo, y dejarme aquí, que ya me arreglaré yo con mis amigos del ejército, para que me proporcionen un alojamiento donde me cure de este maldito balazo que ha venido a trastornar todos mis planes.

-Al pedirme que le abandonemos -replicó Demetria con gravedad-, hallándose enfermo, y enfermo por nosotras, pues recibió la herida en nuestra defensa, me pide usted la cosa más contraria a los sentimientos de mi hermana y míos.. ¡Abandonarle, habiendo recibido de usted la salvación, la vida!.. porque allí nos habríamos muerto de terror, si usted no nos saca.. No, D. Fernando, lo que usted propone no puede ser: o lo ha dicho por probarnos, o le trastorna el delirio, en cuyo caso, estando usted peor, no seríamos quien somos si le abandonásemos. Quiero demostrarle que en mi raza no existe ni puede existir la ingratitud.

-Nada de lo que usted dice me sorprende, pues en el corto tiempo de nuestro trato, he podido conocer cuánta bondad y nobleza atesora su alma. Pero yo debo advertirle que me precisa seguir rumbo distinto del que usted lleva. Me llaman a otra parte deberes sagrados, afecciones tan hondas, tan estimulantes como las que la llaman a usted a su casa. Póngase en lo razonable y..

-Me pongo en la razón misma, y le contesto que cuando esté bueno tomará el rumbo que quiera; pero ¿a dónde va en tal estado el pobrecito D. Fernando, cojo, sin poderse valer? Si le dejamos a usted, de aquí no podrá moverse en algún tiempo, que esa cura es lenta, si ha de hacerse bien y sin complicaciones.. Y no hablemos más por ahora, que ya viene el buen Guinea con un (p.4433) señor que debe de ser el médico militar. De lo que diga depende lo que resolvamos, lo que yo resuelva, pues ahora se han trocado los papeles, amiguito. Ya no es usted el jefe de la expedición. Yo he tomado el mando, y a usted toca obedecerme".

Minucioso fue el examen facultativo. Demetria y el físico sostuvieron breve diálogo:

"¿La bala?

-Evidentemente no está dentro. En la región superior de la pantorrilla se ve el rasgón de la salida.

-¿Es grave la herida?

-No, no. La gravedad resultaría si el señor no se sometiese a un absoluto reposo.

-¿Cuánto tiempo?

-Un mes.

-Bien. ¿Y qué hay que hacer ahora?

-Aplicarle un vendaje que yo prepararé; renovar cada seis horas la planchuela de Bálsamo Samaritano. Permanecer acostado y con buen abrigo en todo el cuerpo.

-Perfectamente. ¿Puede el herido hacer un viaje, en coche, con toda comodidad?

-Sin duda, observando lo que prescribo: la renovación de la planchuela, el abrigo y la quietud posible dentro de un coche o galera bien acondicionada, que vaya al paso".

No se habló más. Hizo el médico la cura, y proveyó a Demetria de bálsamo para tres días. Al ver partir al físico, Gracia rompió en joviales demostraciones de afecto hacia su libertador, diciéndole: "Ahora, Sr. D. Fernandito, se ha fastidiado usted, y no tiene más remedio que ser nuestro prisionero.

-Nos le llevamos encantado -dijo Demetria, que en aquel punto recibió la noticia de tener dispuesta una hermosa galera-; encantadito en una jaula, como llevaron a D. Quijote a su pueblo.

-¿Pero de veras -dijo Fernando con extrañeza matizada de susto-, me llevan ustedes a La Guardia?

-¡Pues estaría bueno que no! ¿Al hombre que nos ha salvado la vida, habíamos de dejarle en manos mercenarias, en un pueblo como este, donde los accidentes de la guerra podrían ponerle en la necesidad de huir con su patita coja? No señor; por ley de Dios estamos obligadas a pagar a usted sus beneficios, si no en la misma moneda, porque no la tenemos, en otra de un valor aproximado. A nuestra casa se viene usted calladito, y no (p.4434) se moverá de ella hasta que recobre la salud. Sano y bueno nos envió Dios el caballero que le pedíamos; sano y bueno deseamos devolvérselo. Y no hay más que hablar ni que discutir. Yo sé lo que dispongo; ya que no otras cualidades, tengo la de hacerme cargo fácilmente de mis obligaciones. Ahora el Sr. D. Fernando calla y obedece, que bien sumisas y obedientes hemos sido nosotras cuando era él quien mandaba".

Algo contestó Calpena; pero sus razonamientos resultaban débiles ante la poderosa dialéctica de la huérfana de Castro. ¿A dónde iba, herido y expuesto a una inflamación de consecuencias mortales? Obligado al reposo, ¿dónde estaría como bajo la tutela y cuidado de las personas que le debían eterna gratitud? El destino, Dios, mejor dicho, le presentaba su abrumadora sentencia revestida de una lógica soberana, y torciéndole sus caminos, mientras él lanzaba todo su espíritu con irresistible querencia hacia el Norte, le decía: "¿Al Norte? pues yo mando que al Sur, y al Sur has de ir por el derecho carril que te trazo". Conformábase el hombre, no sin interiores refunfuños, y pensaba que, si no el corazón, la pierna derecha había de agradecer aquel mandato inflexible de la Divina Voluntad.

Mientras Demetria, con actividad prodigiosa en que revelaba sus dotes de gobierno, preparaba el viaje, arreglando el interior de la galera con los mayores refinamientos de comodidad, el pobre cojo, viéndola ir y venir tan dispuesta, no pudo menos de admirar en ella un raro prodigio de la voluntad humana. Al propio tiempo creía que si la discreción se encarnara en algún ser de los que andan por la tierra, no podía tomar otro cuerpo que el de la doncella mayor de Castro. Desde que llegó a Salvatierra se había transformado; ya su mirada no expresaba el sobresalto y la fatiga; ya despedían sus ojos el rayo que determina la acción; ya no era la mujercita encogida y trémula de la Caridad de Oñate; era la señora que campaba y disponía, con medios para ello, en su terreno propio; su mal vestir no desvirtuaba la gallardía de su cuerpo, reflejo (p.4435) de la resolución y aplomo de su alma. Más agraciada que bella, sin ser una hermosura lo parecía casi siempre, sobre todo cuando daba órdenes a los inferiores, cuando expresaba su pensamiento con aquella sencillez persuasiva que no admitía controversia. Su frente serena y pura, su boca un poco grande, pero fresca y llena de gracias, componían admirablemente su rostro. El cabello advirtió Calpena que era castaño, abundantísimo; no pudiendo en aquel trajín peinarse a su gusto, se lo arreglaba de cualquier modo, cruzándose en derredor de la cabeza, a la buena de Dios, las apretadas trenzas. Gracia era más bonita; temple delicado, de esos que son infantiles aun después de pasada la tierna edad; quejumbrosa, paliducha, un poco lánguida, las manos no pequeñas, el cuerpo escueto, el cabello del propio color castaño, mas no tan fuerte como el de su hermana, blanca la dentadura, pero de un conjunto menos simétrico, la mirada dulce, amorosa, pasiva..

 

Ep-23-XXXI -

"Por lo que veo -se decía Fernando haciendo análisis de su propia existencia-, mi destino es sucumbir siempre a las tiranías cariñosas. Quiero tener acción propia y no puedo.. Pero ya la tendré, que esto no ha de durar. Un mes ha dicho el físico. Pues no está mal que me cure y recobre el uso de mis dos piernas.. Porque, lo que dice Demetria: ¿a dónde demonios voy así? Estoy inútil, estoy inválido.. ¡Pícaro destino!.. ¡Imposibilitarme cuando más necesito de toda mi energía, de mi fuerza corporal!.. A estas horas el Sr. Negretti habrá escrito a Aura diciéndole que me ha visto.. ¿Y qué pensará Aura de mí si transcurre mucho tiempo sin noticias..? En la primera parada que hagamos escribiré a D. Ildefonso.. Pero sabe Dios si recibirá la carta.. Dudo que haya correos regulares entre este país y la Corte trashumante.. Veremos, me informaré. Y adelante, cúmplase el destino.. Nuestras pobres vidas obedecen a un gobierno superior y como dice Miguel de los Santos, nada podemos contra la soberana disposición que nos arroja al Sur como pelota cuando queremos ir al (p.4436) Norte.. ¡Felices los pájaros, que van a donde quieren..!".

No eran aún las diez, cuando ya Demetria había dispuesto con primor minucioso la galera destinada a Fernando. Excelentes colchones y almohadas, mantas de abrigo, cortinas que por ambas bocas del toldo resguardaran del frío el interior, nada faltaba. Mirando también a la decencia, determinó que el herido fuese solo en la galera mayor, arreglándose las dos hermanas en otra más pequeña, tampoco desprovista de comodidades. En la pequeña metieron varias cestas con víveres y bebidas, lo mejor que se pudo encontrar en el pueblo. Como tenía la mayorazga barro a mano, de nada quiso privarse, y el viaje había de ser como a personas tan principales correspondía. Pensó tomar dos mozos de la servidumbre del Sr. Guinea, que les acompañarían en todo el camino: uno para que fuese al cuidado de D. Fernando en el primer vehículo, y otro al de ellas en el segundo; pero poco antes de partir presentose uno de los criados de Castro que habían salido a buscarlas, de lo que se alegraron y se entristecieron las dos niñas, porque el gozo de verle se amargaba con la pena de notificarle la pérdida del amo y señor de todos, D. Alonso. Lloraron un poquito las huérfanas y su servidor, que se llamaba Bernardo, mozo muy despierto que valía por dos, y no faltando ya nada, dio la señora orden de partir. Despidiose el carretero de Lamiátegui, no sin que mediara una breve querella entre Fernando y Demetria sobre cuál de los dos le pagaba. Pero la de Castro cedió sin mostrarse obstinada, dejando al caballero todo el goce de su delicadeza. Bueyes tiraban de las galeras, por no haber animales de paso más vivo, lo que en realidad no era desventajoso, porque con el lento andar de los rumiantes iba más reposado el herido, y lo que perdían en tiempo ganaríanlo en comodidad. Salió Serrano a despedirles, acompañado de otro oficial, como él guapín, simpático, con ricitos sobre la blanca frente, y al presentarle añadió: "Dice Alaminos (tal era el nombre del camarada) que han venido al Cuartel General (p.4437) cartas para usted, Sr. Calpena.

-Venían dirigidas a Fernando de Córdova, el hermano del General en jefe. Pero ha salido para Madrid, y las ha dejado no sé si a Echagüe o a Pepe Concha, para que las entregaran a usted si venía por aquí. Ayer hablaban de esto.

-¿Es cierto que el General ha ido a Madrid?

-Sí señor; ayer ha salido de Vitoria con su hermano y sus ayudantes, Casasola, Mariano Girón y el príncipe de Anglona. Pero volverá pronto. Ya digo: Fernando Córdova habló delante de mí a Pepe Concha de dejarle las cartas que recibió para usted; pero como luego se trató de si Concha iba también a Madrid o se quedaba, me parece que debe de tenerlas Echagüe, porque le oí que se ofreció a desempeñar este encargo.

-Echagüe manda los chapelgorris.

-Justamente; y hoy está en la división de Espartero. Ayer le vi en Vitoria, donde permanecerá unos días restableciéndose de sus heridas.

-Pues tanto al Sr. Serrano como al Sr. Alaminos -dijo Demetria-, les suplico yo que cuiden de que esas cartas no se extravíen.

-¡Oh! sí, yo averiguaré quién las tiene..

-Y yo.

-Y lo demás es muy fácil. Que envíen las cartas a La Guardia, a casa de esta servidora de ustedes.

-Allá irán. Queda de nuestra cuenta. Cumpliremos, señora.

-Y nos reiteramos humildes súbditos.., a los reales pies de Vuestra Majestad..".

Con esto apretáronse todos las manos, picaron los mayorales, y las galeras emprendieron su marcha pausada por la calle principal del pueblo, hasta salir al camino que atraviesa el ameno valle del Zadorra. No habían traspasado aún las últimas casas, cuando se les agregaron otra vez Serrano y Alaminos a caballo, y fueron dando parola a las niñas larguísimo trecho. Nada les ocurrió en el resto del día, transcurrido felizmente, ni en el curso del viaje sobrevino ningún accidente desgraciado. Todo era, pues, bonanza, y por añadidura, el tiempo primaveral les favorecía grandemente. Sin detenerse en Vitoria más que para dar corto descanso a los bueyes, continuaron en dirección del Condado de Treviño, y cuanto más avanzaban (p.4438) hacia el Sur, más risueño se les presentaba el paisaje y más lisonjero todo. Al aproximarse a Peñacerrada, empezaron a encontrar las huérfanas personas conocidas: aquí pastores de la casa de Castro; allá, campesinas y labriegos, algún cura; de todos recibían noticias de la ansiedad que reinaba por la ausencia de las niñas, y a todos las daban de sus trabajos y penalidades, así como de la muerte de D. Alonso. Menos de dos días duró el plácido viaje, pues habiendo salido de Salvatierra un sábado antes de mediodía, pasaban la sierra de Toloño al amanecer del lunes, y entraban en la feraz campiña de Paganos a punto de las ocho. Allí fueron tantos los encuentros de amigos y deudos, servidores, aldeanos, diversa gente del pueblo campestre, que hubieron de parar las galeras para dar espacio y tiempo a tanto saludo, a tantos plácemes y pésames, al incansable besuqueo en las manos de las dos señoritas, que lloraban de gratitud y emoción.

El mozo que iba al servicio de D. Fernando, sin apartarse de su lado, le dijo: "¿Ve usted este término con tantisma viña, que parece la gloria de Dios? ¿Ve usted aquellos trigos en que ahora juega el viento, y ya los pone verdes, ya amarillos? ¿Ve usted aquel prado y aquel monte con tantas ovejas? Pues todo es de las señoritas.. Sí, señor; son más ricas que el Putosín, y a cuenta que ahora no han de faltarles novios".

Admiró Fernando la belleza de los campos feraces, inundados de sol, y celebró mucho, en su mente, que todo aquello perteneciese a quien por sus altas prendas merecía cuantos bienes hay en la tierra. Y no pudieron recrearse sus ojos en tanta belleza, porque sentía en su pierna herida tirantez horrible, y de rato en rato punzadas acerbas, que acrecían con el afán de disimularlas para que no se alarmasen sus bienhechoras. Con esto y con la pena de verse extraviado de su natural camino, su alma sobrenadaba en ondas melancólicas. Verdaderamente, era un prisionero que ya podía dar gracias a Dios por haber caído en tales manos: admiraba a sus tiranas; teníalas por (p.4439) hermosa hechura de Dios; pero no concluía de conformarse con aquel giro que a sus planes daba el destino.. ¡Todo por una bala miserable! Si él estuviera bueno, ya habría revuelto toda Guipúzcoa, Vizcaya entera, en busca del bien de su vida.. Pero ¿qué había de hacer? Paciencia. Dios manda, y en su nombre, en tal ocasión, las niñas de Castro-Amézaga. Contrariado y triste ¡ay! no podía menos de bendecirlas.

A la salida de Paganos llegose al convoy un anciano cura, que venía por la carretera adelante con balandrán y gorro negro, bastoneando fuerte. Era un gozo verle dar abrazos y besos a Demetria y Gracia, como si quisiera comérselas: tan grande cariño les tenía el pobre viejo. Ya se sabía en La Guardia, por un propio que mandaron de Peñacerrada, el gran acontecimiento de la vuelta de las niñas, salvadas milagrosamente por un cristiano, noble y animoso caballero; sabíase también el desgraciado fin de D. Alonso a mitad del camino de salvación, y uno y otro suceso fue motivo para que el bendito cura estuviera unos diez minutos empapando en lágrimas su luengo pañuelo de yerbas. "¡Ay, hijas, qué días hemos pasado, sin saber de vosotras, maldiciendo la hora en que tuvisteis la temeridad increíble de lanzaros por esos mundos en busca del pobre Alonso; pidiendo a Dios que no os perdierais, que no os mataran, que volvieseis sanas y salvas a vuestra casita, y a los brazos amantes de este viejo que os adora, y al pueblo que también os quiere y os estima como a hijas predilectas!.. Pero ya estáis aquí. ¡La Virgen Santísima, a quien después de vuestra partida rezamos todas las tardes Salve solemne, no nos ha concedido todo lo que le pedíamos, puesto que no traéis a vuestro padre; pero nos ha concedido mucho, sí, re-mucho (vuelta a los besos y a la emisión de lágrimas y babas) , porque os ha traído a vosotras, cielos míos, perlas de la casa y del mundo!".

Informado por las niñas de que su generoso salvador, instrumento en aquel caso de la Divina Voluntad, era el viajero ocupante del otro carro; sabedor asimismo de que la herida que (p.4440) le postraba había sido alcanzada en terrible lid por defenderlas, corrió allá entusiasmado el buen cura, y quitándose el gorro, húmedo aún el rostro del llanto que vertía, le dijo: "Señor mío, este pobre viejo desea el honor de estrechar la mano del noble caballero a quien debemos el rescate de estos ángeles. No sabe usted el bien que ha hecho, señor. Dios se lo premiará como mejor le convenga.. Aquí me tiene usted a su servicio, aunque nada valgo.. José María de Navarridas, cura párroco de Santa María.. tío carnal de la madre de estas dos perlas.. ¡Bendito sea mil veces el que nos ha devuelto nuestro tesoro, y corónele Dios de gloria, rodéele de bienaventuranzas por su obra hermosísima!".

Respondió Calpena mostrándose avergonzado de tales elogios, a lo que dijo el párroco con muy buen juicio que la modestia siempre ha sido inseparable del verdadero mérito. Cuando se ponían de nuevo en marcha, llegaron dos mujeres que hartaron también de besos a las niñas, y D. José María, por no recargar la segunda galera, se subió a la de D. Fernando, diciendo a voces: "Chicas, yo me subo aquí a dar palique a este caballero, que parece va un poco triste. Seguid vosotras con esas".

Y después de informarse de las circunstancias y proceso de la herida, y de aventurar un favorable pronóstico, asegurando que sólo con el buen trato, la dulce quietud y el rico vinito de la tierra se curaría en un periquete, repitió la cantilena del criado: "¿Ve usted esta inmensa campiña?.. ¡Qué hermoso viñedo, qué gloria de Dios! ¿Ve usted aquellos trigos que parecen un mar con sus olas y su vaivén? Pues todo es de estos ángeles.. ¡Pobre Alonso! Ya venía el infeliz tan trastornado, que no podía parar en bien.. ¿Le parece a usted? ¡Desafiar a Carlos V!.. Luego la temeridad de estas muchachas.. ¡Lo que bregué con Demetria para quitarle de la cabeza la idea de ese viaje! 'Pero, tío, si no vamos más que hasta Salvatierra, donde de fijo le encontraremos'. Y ya ve usted.. Lo que pasa.. que un poquito más allá, que otro poquito.. y a Oñate. ¡Jesús mío, nada (p.4441) menos que a Oñate se fueron, como unas bobas!.. Pues si Dios no les depara esta buena alma, este brazo valeroso, no sé qué habría sido de mis pobres ángeles.. ¡Ay, chiquillas, de buena habéis escapado! Bien os lo dije cuando salisteis: 'Demetria, mira lo que haces'. Pero ya habrá usted conocido que esta niña mayor es una voluntad de hierro, dispuesta como ella sola, tenaz en sus empeños, y cuando dice 'por aquí voy', ya pueden todos echarse a temblar".

No habían andado quince minutos, cuando aparecieron nuevos amigos, el cirujano D. Segundo Crispijana, dos señores de capa, mujeres, y detrás medio pueblo. Omítense por fastidiosas las escenas de besuqueo y lágrimas. El D. Segundo, señorete de rebajada estatura, cara redonda con sotabarba, la nariz decorada con dos verrugas, los ojuelos muy perspicaces, edad como de sesenta años bien llevados, se llegó a la galera de Fernando, después del saludo a las señoras, y empezó a funcionar facultativamente a la primera insinuación. "Eso no es nada. En cuanto lleguemos se dará un vistazo.. Cuestión de un poco de reposo.. ¿Y qué, duele? Tirantez de la piel, afectando hasta los músculos del tobillo.. Perfectamente. ¿Qué médico le vio a usted en Salvatierra? ¿Aseguró que había salido la bala?.. Eso lo veremos.. calma.. lo veremos.. ¿Con que.. duele?

-Sí, señor; no puedo ocultarlo ya.. Me duele ¡ay! horrorosamente.

-Pues no lo disimule, caray.. Chille todo lo que le salga de dentro.

-No señor, no chillo.. le aseguro a usted que no chillo.. Sé sufrir; sé comerme mis dolores.. No quiero que las señoritas se alarmen.. se disgusten.

-Ya estamos en casa. Vea usted la ilustre villa de La Guardia".

Mirando por la delantera, vio Fernando una ciudad medieval, en lo alto de una escueta colina elíptica, rodeada de almenados muros con gallardos torreones. De entre aquella cintura de piedra se destacaba el caserío en agrupación cónica, con el remate de un castillo, torres, esbeltos campanarios, techumbres de peregrina forma. La vista de la ciudad fantástica, que surgía del suelo más bien como un hermoso embuste (p.4442) de la Leyenda o del Teatro que como una verdad de la Historia, embelesó los sentidos del pobre viajero, amortiguando por un instante sus dolores".

 

Ep-23-XXXII -

Entraron por la puerta de Paganos, al Oeste de la población, con lento andar por causa de la pendiente y del gentío que en torno a las galeras se agolpaba, y dieron fondo, no lejos de la puerta, en la señorial casa de Castro-Amézaga, la cual con sus anejos le pareció a Fernando tan grande como una mediana ciudad. Al gran patio principal, en cuyo fondo arrancaba la escalera, acudieron diferentes personas, muchedumbre de criadas, familias pobres, familias ricas, que aguardaban a las viajeras: los unos, para darles el parabién y el pésame, las otras, para besuquearlas; y en medio del tumulto salieron también tres, cuatro, seis o más perros de diferentes castas, cazadores los más, que armaron terrible algazara de ladridos, brincos y demostraciones de alegría. Para todos tuvieron caricias las huérfanas llorosas, principalmente para dos magníficos galgos, favoritos de D. Alonso, los cuales no las dejaban dar un paso, echándoles sus patas al pecho y lamiéndoles las manos.

Todo esto lo vio Fernando, mientras le bajaban en volandas de la galera, pues él no podía moverse, y le subían cuidadosamente dos robustos criados, bajo la inspección del señor cura, que puso sus cinco sentidos en tan delicada operación. Sin duda porque su estado febril le agrandaba los objetos, a Calpena se le representaba la casa con dimensiones colosales, como de castillo o alcázar de reyes; los corredores que daban vuelta al primer patio, en forma claustral, no se acababan nunca; las habitaciones por donde le pasaron eran inmensas cuadras de elevado techo; todo grandísimo, todo limpio y respirando bienestar y opulencia; mucho nogal obscuro y brillante; los pisos de baldosines rojos bien bruñidos; las paredes, o blancas como la pura cal, o pintadas con festones y guirnaldas al temple; aquí cortinas de damasco; allá muselinas tiesas; severa elegancia, riqueza de pueblo y acumulación de cosas pasadas, (p.4443) con escasas novedades y desprecio de las modas.

Lo primero de que se ocupó la familia fue de preparar el lecho en que debía descansar el herido, en uno de los más claros y hermosos aposentos de la casa. Era el tal mueble imitación de un navío de tres puentes, el Santísima Trinidad de los lechos, con cabeceras de nogal, popa y proa, en las cuales el tallado adorno de patos o cisnes completaba la semejanza con los artefactos destinados a la navegación. Bien abarrotada de mullidos colchones y con su cobertor de damasco rojo, era una cama olímpica. No bien acostaron a D. Fernando y repararon sus fuerzas con caldo y vino, le tomó de su cuenta el Sr. Crispijana, que por orden expresa de las señoritas querían proceder sin pérdida de tiempo al examen y cura de la herida. Poseía D. Segundo gran conocimiento y práctica en achaques de traumatismo, y no tardó en dominar con ojo certero el caso que allí se le presentaba. Positivamente, la bala no había quedado dentro: en el lado interno de la pierna se veía el punto de salida más grande que el de entrada, mediando un conducto bastante extenso, sin tocar el hueso. La articulación estaba completamente indemne. Las molestias que sentía D. Fernando y las que sentirían después, eran motivadas por el flemón que se le formaba, complicación harto frecuente en esta clase de heridas. El caso, sencillísimo, no ofrecía peligro alguno, y D. Segundo lo había tratado mil veces con feliz éxito en su vida profesional. El tratamiento que comúnmente practicaba era el de las incisiones o desbridamientos, si el flemón venía difuso, sistema que le había enseñado su maestro el afanado cirujano de Torrecilla D. Ángel Asuero. Por de pronto, quietud y cataplasmas.

Descansó Calpena sus huesos en aquel lecho magnífico, mas no pudo conciliar un sueño reparador, porque la agudeza de sus dolores no le dejaba dormir sino a ratitos; por la noche tuvo fiebre intensa; su turbado cerebro se atormentaba con la idea de reposar en un panteón de damasco encarnado. La profusión de esta rica tela en colcha, almohadones y cortinas le (p.4444) colmaba de inquietud y ansiedad. En la estancia había dos o tres arcas de nogal, sillones de vaqueta claveteados, y un cuadro de San Francisco en éxtasis que le infundía pavor.. reinaba en la casa silencio sepulcral, turbado tan sólo por lejanos ladridos de perros. Por la mañana, el criado que entró a llevarle el desayuno le enteró de que allí se comía cinco veces al día, empezando por el chocolate, acompañado de bollitos hechos en casa y de fruta de sartén. No tardó en presentarse Gracia, a quien Calpena encontró completamente transformada, vestidita según su clase, muy graciosa y elegante dentro de la modestia campesina y de los rigores del luto. Iba la niña dispuesta a estar en su compañía todo el tiempo que fuese menester, sin molestarle: le daría conversación si esta le agradaba, y le leería si la lectura no le causaba enojos. En la casa había muchos y buenos libros.

Agradecido a tantas bondades, Fernando preguntó por Demetria, de la cual dijo su hermana que vendría a visitar al enfermo cuando le diesen respiro las distintas tareas que embargaban absolutamente su persona durante la mañana, pues todo el trajín de casa tan grande estaba debajo de su jurisdicción y cuidado. Entretanto, Gracia abrió las maderas de la ventana que caía frente al lecho por la fachada Sur de la casa, y Don Fernando pudo admirar el grandioso paisaje de la sierra de Cameros por aquella parte. El sol, que inundaba montes y llanuras, penetró también en la estancia, rehaciendo el abatido ánimo del enfermo, quien no pudo menos de ver en Gracia un ángel que le llevaba la luz y la vida.

Entre la lectura y la conversación, Fernando optó por esta, gozando extraordinariamente con lo que la niña le contaba del pueblo y de la familia. Como durante la ausencia de las huérfanas no iban los trabajos de labranza y gobierno doméstico con la debida regularidad, y estaban las cuentas atrasadas y muchas cosas sin hacer, Demetria daba ejemplo con su diligencia y actividad al escuadrón de servidores de ambos sexos. En planta desde antes de amanecer, y consagrada la primera (p.4445) hora de la mañana al aseo de su persona, recorrió luego las varias dependencias de la casa, dando sus disposiciones y previniendo las diversas faenas del día. Esto lo hacía la niña mayor desde que, por muerte de su madre, se hizo cargo de las llaves y tomó el mando doméstico, en el cual no mostraba menos desenvoltura y facultades que aquella. La dolencia del padre la obligó a dar extensión a su autoridad; no tuvo más remedio que encargarse de dirigir y administrar la labranza, de atender a los ganados, al laboreo de montes, explotación de leñas, y todas las demás faenas que abarcaba la extensa propiedad del opulento mayorazgo. La cooperación de servidores y mayordomos antiguos le facilitó los conocimientos necesarios para el manejo de tan grandes intereses, y a los pocos meses de tener bajo su mano la cuantiosa hacienda de Castro-Amézaga, ya sabía más que todos. Habíala dotado Dios de un sentido práctico que ya lo quisieran muchos hombres para sí, y de la facultad de ver claro y pronto en los asuntos más complejos. Era un portento Demetria, y a todo atender sabía sin embarullarse, siendo tal su método, que siempre le sobraba algún ratito para labores y cuidados que más pertenecían a la presunción que a la utilidad. Todo esto lo explicaba Gracia con ingenua admiración de su hermanita, declarándose incapaz de imitarla, y desprovista de aquel saber práctico hasta cierto punto vulgar. Fernando se deleitaba oyéndola, pues aunque había estimado a Demetria como una hembra superior, nunca pensó que sus méritos y aptitudes llegaran a un grado tan excelso.

"Mi hermana -prosiguió la niña en su relato-, tiene el don de hacerlo todo bien y pronto, sin ruido. A sus órdenes, los mozos y criadas parece que tienen cuatro manos en vez de dos, y entre tanto trajín, no oirá usted una voz más alta que otra. Grandes y chicos en su obligación, y adelante. Hoy es día de los de más faena: tenemos amasijo y horno, porque en casa se hace todas las semanas el pan para los pastores y para los trabajadores del campo. Se les reparte en hogazas de cinco (p.4446) libras.. En el patio grande, donde está el horno, había usted de ver a mi hermana al amanecer de Dios, mirando si miden bien las cantidades de harina y moyuelo, inspeccionando a los amasadores, y vigilando las cochuras. Luego viene el reparto de hogazas: primero los pastores; siguen los peones de Paganos, y después los de Samaniego. Mi hermana les lleva sus cuentas de pan, y de las ollas de habas que se les van entregando. Y al mismo tiempo que hace todo esto, la tiene usted disponiendo lo de cocina y despensa, dando las órdenes para lo que hemos de comer cada día, y para el sustento del sinnúmero de criados de esta casa. Más tarde la verá usted atareada con lo de bodegas: el vino que sale, el que hay que mandar a los alambiques porque se ha torcido; ordenar las cuentas de los marchantes, que unos pagan al contado, otros conforme van cobrando por los pueblos; ver si se necesitan cubas nuevas o adobar las antiguas; oír a los campesinos que calculan si la cosecha del año será tanto más cuanto, y si se necesitarán más o menos cubas.. Pues las cuentas del trigo que sale de nuestros graneros, por ventas, del que se lleva al molino para el gasto de casa, de la cebada que consumen nuestras mulas y del sobrante que vendemos, la obliga a llenar de números unos grandes librotes. Por la noche vienen los arrendatarios, los caseros, y la enteran de cómo está el campo. Se decide entre ellos y el ama si es conveniente un riego más en las huertas, si tal o cual tierra necesita otra cava, si se dejan descansar estos tableros o los otros, si sembramos garbanzos o habas, o si metemos o no metemos el ganado en tal pieza para que estercole.. Pues no le quiero decir a usted cuando vienen las grandes labores, la siega, la vendimia, o la trasquila de las ovejas.. Entonces mi hermana se multiplica; tan engolfada la ve usted en su trabajo, que de nadie hace caso, y no hay que hablarle más que de fanegas de trigo, de cubas de mosto o de vellones de lana..".

Interrumpió en este punto el poema doméstico trazado por Gracia la entrada de (p.4447) la heroína, en quien vio Fernando una transformación radical. Entre la muchacha encogidita, de dudosa hermosura, desfigurada por el miedo, la angustia y el mal vestir, a la mujer gallardísima, en quien la serenidad era una gracia más y la confianza en sí misma una real belleza, belleza y gracia que a las de su rostro se añadían para darle una armonía seductora, había tanta diferencia como de la obscura noche al día claro. Vestía Demetria de luto, sin afectación de elegancia, sencillísimo traje casero, y con el blanco delantal, que al modo de escapulario le caía desde el pecho hasta los pies, habría parecido una guapa monjita si no tuviera lo que es raro ver en monjas: talle, cintura y formas corporales superiores. Reparó Calpena en el donaire con que se peinaba, recogiendo sus trenzas copiosas en copete de tres potencias; reparó también su limpieza ideal, su aire señoril, la gravedad y el reposo que se pintaban en su frente marmórea, la penetración de su mirada, al propio tiempo dulce y picaresca sin malicia, la frescura de su boca grande; todo, Señor, todo lo reparó, y porque nada se le quedara, fijose en los manojos de llaves de diversos tamaños que pendían de su cintura.

"Aquí estábamos hablando horrores de usted, Demetria -le dijo Fernando, mientras observaba lo que se indica-. Ya sé que está usted muy atareada, que no tiene un momento de reposo.

-¡Ay, D. Fernando!.. lo corriente, lo de todos los días, y nada más. Parece que no, y cuando falto de aquí no van las cosas como debieran. Por esto ha de dispensarme que no le acompañe. Gracia, que no tiene nada que hacer, se encarga de entretenerle para que no se aburra. ¡Ay, si supiera usted qué pena me da verle así!.. ¡Y que eso le haya pasado por nosotras!.. ¡Que se vea usted privado de acudir a sus negocios! En fin, Dios lo ha querido así.. no hay más remedio que conformarse.. Pero me ha dicho D. Segundo que la herida es leve; que todo se reduce a que se resigne usted a ser nuestro prisionero unos cuantos días, quizás mes y medio.

-¡Bendita cárcel y benditas carceleras! -exclamó (p.4448) Fernando con tanta admiración hacia las niñas como agradecimiento a sus bondades-. Lo que usted dice: Dios lo ha querido así. Sea lo que Dios quiere.

-Pensemos en que lo bueno y lo malo que nos envía es lo que nos conviene.

-Justo.. Y vivamos siempre contentos, sin incomodarnos por nada de lo que nos pasa.

-Salvo alguna vez que otra. Mire usted: aquí donde usted me ve, hoy tengo mal humor, estoy enojada..

-¿Por qué, Demetria? ¿qué le pasa a usted?

-Que en el tiempo que hemos estado fuera se me han muerto tres gallinas.. ¡Mire usted qué contratiempo!..

-Sí que lo es.. Pues mire usted, lo siento yo también.

-Las tres más bonitas, las más ponedoras que tenía.

-¡Qué lástima!

-No, no se ría.. A pesar de estas bajas comerá usted huevos bien frescos. No hay que apurarse.. Pero me estoy entreteniendo aquí como una tonta. Dispénseme, D. Fernando. Hasta ahora".

Viéndola salir tan dispuesta, tan dueña de sí y en pleno dominio de su misión doméstica y social, cayó Fernando en tristes meditaciones, y después de reconocer cuán grandes prodigios hace la Naturaleza, dio en considerar los contrastes que la fecundidad de esa universal madre nos ofrece. "¡Espantosa desigualdad! -se dijo-. Veo a esta mujer tan útil, tan activa, repartiendo alegrías en torno suyo y aumentando el bienestar humano. Luego miro para dentro de mí y observo mi inutilidad, mi insuficiencia. Necesito de estos ejemplos para cerciorarme de que no sirvo para nada, de que no soy nada, de que mi existencia es absolutamente estéril.. al menos hasta ahora.. He aquí un hombre sin carrera, sin profesión, que no sabe cómo vive hoy ni cómo vivirá mañana.. un hombre que todo lo espera del acaso, que apoya sus cálculos en lo desconocido.. un hombre que desconoce el trabajo, y que no da señales de vida en la sociedad más que para perturbarla".

 

Ep-23-XXXIII -

Acrecieron las molestias del herido en los días subsiguientes, manifestándose fiebre intensa y aumento de la hinchazón, que hacia la región femoral se corría. Noches malísimas pasó, y sus ánimos (p.4449) se abatieron grandemente. A la semana de estar allí, habiéndose iniciado la supuración, practicó el cirujano los desbridamientos con tanta habilidad y destreza, que el enfermo no tardó en sentir alivio. Como entonces no se usaban anestésicos, hubo de soportar Fernando el acerbo dolor que con sus cuchilladas le producía D. Segundo; pero trincaba bien los dientes y no exhalaba una queja, como varón cristiano y animoso.

Durante aquella semana tristísima, tuvo horas de verdadero aniquilamiento, en las cuales no era un ser de este mundo, sino un soñador, un delirante que moraba en negros y lejanos espacios. Apenas podía fijar la atención en lo que su ángel guardián, la encantadora Gracia, le contaba. Demetria subía todos los días a verle; pero sólo permanecía breves instantes, por causa de sus quehaceres. En cambio le acompañaba el buen D. José María de Navarridas, que se había instalado en la casa de Castro con su hermana Doña María Tirgo. El motivo de este traslado de vivienda lo supo Fernando cuando se serenaron sus espíritus con la mejoría de la pierna. Fue que al llegar las niñas con su caballero libertador, surgieron en la familia dudas acerca de la conveniencia de aposentarle en la propia casa. Al discutirse punto tan delicado, los tíos plantearon la cuestión en estos términos: dos niñas solas, solteras, hospedan en su morada a un caballero joven, soltero también.. Esto podía dar lugar a necias interpretaciones en el pueblo, aunque la fama de discreción, pureza y honestidad de las huérfanas sería de fijo un valladar contra la suspicacia maliciosa. La respetabilidad de la casa era reconocida y acatada por todo el vecindario; mas no convenía exponerla a menoscabo, siquiera este fuese por una inocente contravención de las reglas sociales. Demetria manifestó con firmeza que la gratitud exigía que las dos hermanas cuidasen por sí mismas al que había contraído tan grave dolencia por defenderlas y salvarlas; que ella, firme en su conciencia, tan segura de su honradez como de que la opinión del pueblo ni un momento se pronunciaría en (p.4450) contra suya, no estimaba indecoroso alojar al herido en su propia casa; pero si sus buenos tíos opinaban de otro modo, ella se sometería gustosa a lo que resolviesen. La hermana del párroco, Doña María Navarridas, viuda, designada comúnmente con el apellido de su difunto esposo (Tirgo) , señora excelente, bondadosa, discreta, algo cominera, bonita en su vejez como una Santa Ana, opinó que no desmerecía la demostración de agradecimiento llevándose a D. Fernando a la casa del cura, donde estaría como en la gloria. Reconociendo lo acertado de estas razones, en principio, Demetria les opuso un argumento que echó por tierra la firme dialéctica de los tíos venerables. "Efectivamente -dijo-, D. Fernando estará muy bien en la rectoral, asistido con esmero, ¿quién lo duda? pero como tendrá tan cerca las campanas de la parroquia, y estas no cesan de tocar a todas las horas del día y de echar al viento repiques estrepitosos, el pobrecito no podrá descansar ni un momento. ¡Buena le espera con aquel toca-que-toca continuo en los mismos oídos!

-Tiene razón la chica -dijo D. José María, dándose una fuerte palmada en la rodilla y levantándose airoso-. Ea, ya tengo la solución.. Puesto que Demetria, con su raro entendimiento, nos ha hecho ver esa gravísima contra de las campanas, no irá, no, el enfermo a donde carecería de la tranquilidad y silencio que exige su estado, y para obviar el inconveniente de que se trata, yo y tú, María, nos venimos a vivir aquí, mientras aquí more el caballero a quien todos debemos eterna gratitud. De este modo, con nuestra garantía ante el pueblo, no hay, no puede haber ni asomos de duda en lo que toca al buen parecer, al decoro de las niñas". Pareciole muy bien a Doña María Tirgo esta fórmula, que ponía en salvo las conveniencias sociales, y aquella misma tarde se mudaron, con grandísima complacencia de las huérfanas, que así gozaban de la continua presencia de sus amados tíos.

A la guardia que hacía Gracia en el cuarto del enfermo, se agregó desde el (p.4451) segundo día el bondadoso párroco, que sabía distraer a Calpena sin molestarle con habladurías importunas. ¡Y con qué esmero, con qué solicitud y cariño le cuidaban todos! No harían más por un hermano querido ni por su propio padre. ¡Vaya unos calditos substanciosos que le daban! ¡Y qué vinitos puros, confortativos, de antiguas cosechas, elegidos con esmero por el propio D. José María en las ricas bodegas de Castro! Como durante las dos semanas primeras de su encantamento la inapetencia de Fernando era absoluta, Demetria y Doña María Tirgo, maestra en artes culinarias, no hacían más que discurrir platitos substanciosos, agradables y que no cargasen el estómago, a ver si así le devolvían las ganas de comer. La impresión del joven era estar encantado en el más bello alcázar de Jauja y servido por hadas o serafines. A la hermana mayor la veía poco, mejor dicho, no la veía lo bastante para darle gracias por tan delicadas atenciones, y como se quejara de ello un día, Navarridas le dijo: "A Demetria hemos de dejarla en sus ocupaciones de gobierno. Es una niña esa que tiene dentro de sí todos los dones del Espíritu Santo. Para mí está de non en el mundo: yo no he visto otro caso, ni creo que lo haya. Por más que usted discurra no hallará una virtud que ella no posea ni un mérito que no sea suyo".

Así lo reconoció Calpena, y no habían pasado diez minutos, cuando entraba Demetria con un pliego en la mano, el cual mostró al enfermo desde la puerta, diciéndole: "¿Se acuerda, D. Fernando, de que los oficiales Serrano y Alaminos nos dijeron que habían llegado al Cuartel General cartas para usted? Pues temiéndome yo que aquellos loquinarios no se cuidarían del encargo que les hicimos, mandé un propio a Vitoria por las cartas, y aquí las tiene usted".

Algo se afectó Fernando al ver las cartas, que seguramente eran de Madrid: el sobrescrito era letra de Hillo. "Gracia, si me hiciera el favor de abrirlas.. o usted, Sr. D. José María, y decirme dónde están fechadas y quién las firma. Supongo que serán largas, y no tengo ahora la (p.4452) cabeza en disposición de leer mucho".

Abiertas las cartas por el señor cura, este leyó en una: La Granja, 30 de Mayo; y en otra: La Granja, 8 de Junio. La firma en ambas decía: "Tu cariñoso amigo y capellán- Pedro Hillo".

Guardó el enfermo bajo su almohada las cartas con intención de irlas leyendo a ratos, y no cesaba de pensar a qué habría ido a La Granja el bueno de Hillo. Un parrafito ahora, otro después, llegó al total conocimiento del contenido de ambas epístolas. La síntesis de ello era que la señora incógnita, a la sazón residente en San Ildefonso, había llamado al clérigo para conferenciar con él. No decía claramente si la dama se había descubierto o no; pero de algunas expresiones de D. Pedro se desprendía que entre el Mentor y la deidad no había ya ningún velo. Lo que mayormente sorprendió a Calpena, causándole alegría, era que la incógnita tirana se inclinaba a la transacción. Por conducto de Hillo incitábale a declarar su paradero, ofreciéndole respetarle en sus amores, y repitiendo una de las fórmulas de avenencia empleadas por la misteriosa entidad en sus cartas de Madrid: "Tus amores no me gustan; pero acato los hechos consumados". Ignorante de su residencia, dirigía las cartas a los amigos de él en el Cuartel general, con la esperanza de que a sus manos llegasen, y por duplicado las enviaba también a personas conocidas del interior de Guipúzcoa y Vizcaya, entre ellas, al propio D. Juan Bautista Erro, Ministro universal de D. Carlos. Por uno u otro conducto esperaba establecer la comunicación. Insistía D. Pedro con verdadera pesadez en que Fernando, si recibía las cartas, le escribiese al punto a La Granja, declarando su residencia (con señas bien explícitas) , a fin de poder remitirle con toda prontitud el dinero que necesitase y nuevas expresiones de la tolerancia de la incógnita en la delicada cuestión de amores. Por un lado, se alegraba Calpena de estas noticias; por otro, se entristecía, pues continuaba bajo el despótico poder de persona desconocida, y aunque algo se iba transparentando el carácter de tal despotismo, quería (p.4453) el joven mayor esclarecimiento de aquella obscura faz de su vida. Por de pronto, era gran ventaja que no existiese ya la formidable oposición al inquebrantable propósito de recobrar a Aura y hacerla suya, el cual llenaba su corazón y su voluntad, sin que lo amenguara lo más mínimo su encantamento en la dorada Jauja.

Cuando pudo manejar la pluma sirviole Gracia los avíos necesarios, y escribió a Hillo notificándole simplemente dónde se encontraba, sin más explicaciones. Al propio tiempo escribió también a Negretti, dándole conocimiento del accidente que le imposibilitaba de ir a tratar con él de sus honrados fines, y dirigió la carta a Durango, donde le dijeron que a la sazón residían D. Carlos y D. Sebastián.

Aunque la mejoría era franca a fines de Junio, todavía tenía para un rato, pues persistía algo de inflamación, que exigió nuevo desbridamiento. A principios de Julio empezó a recobrar el apetito y a reponerse de su grande extenuación. El pobrecillo, con tan larga inmovilidad, y con las intensas fiebres y dolorosos insomnios que sufrido había, estaba en los puros huesos: su cara era toda ojos, y en estos todo espíritu. Al recobrar las ganitas de comer, extremaron Demetria y Doña María Tirgo sus habilidades culinarias para ofrecerle sabrosos manjares en cantidad discreta. En cada una de las cinco comidas que se hacían en aquella Jauja, preparaba Demetria alguna sorpresa para su enfermo. No hay que hablar de la abundancia, que en tal casa era como un continuo chorro vivificante de los múltiples dones de la Naturaleza. Allí, las carnes suculentas de cabrito y carnero; allí, la caza de monte y la pesca de río; allí, las riquísimas verduras y las frutas tempranas; allí, los sabrosos esquilmos del cerdo; allí, la miel, la monjil repostería, formaban como una caudalosa corriente entre la Naturaleza y el estómago, entre el divino crear y el humano digerir, corriente que por la variedad de sus dones no permitía el cansancio. Bien decía D. José María, paladeando su vinito: "En esta tierra de bendición, Sr. D. Fernando, el (p.4454) que se muere es porque quiere". Empezaban a hacer por la vida a las siete de la mañana, con el rico soconusco de la tarea que labraba en casa el mejor chocolatero de la villa, y lo acompañaban de unos bollos en que lucían su primor Doña María Tirgo y las cocineras de ambas familias. A las nueve se servía la sopita de ajo con chorizo, infalible tentempié en aquella hora, y ya estaban todos como un reloj hasta las doce en punto, en que se servía la comida con todo el ceremonial de rúbrica. Rompía plaza la sopa dorada, de pan, bastante a matar el hambre de los menos favorecidos por la fortuna, y luego entraba el cocido.. ¡Compadre, vaya un cocido! La carne de cebón y los aditamentos cerdosos dábanle poder para resucitar un muerto; tras él llegaba la verdura exquisita, con su indispensable oreja, y ainda mais, morcilla. De principio, entraban los pollos asados bien doraditos, tiernos, o los barbos del río, o la enroscada anguila; y de postre, el dulce de cabello (también hecho en casa o mandado por las monjas) , el mostillo, las nueces, el queso (también de casa) , la miel, el sinfín de frutas espléndidas que recreaban el gusto, la vista y el olfato.. y, por último, la indispensable copita de anís. A las cuatro sentíanse ya desfallecidos, y por vía de sostén tomaban otra vez chocolate con los correspondientes bollitos. Gracias a esto podían tirar hasta la cena, a las ocho en punto, empezando por la ensalada cruda, como aperitivo, siguiendo las sopas de ajo con chorizo, los huevos pasados; luego la chuletilla de cordero, la trucha frita, el plato de guisantes, judías verdes o tirabeques, y, por fin, la compota.. esta no podía faltar, como tampoco un plato de leche, sin contar la interminable tanda de golosinas.. y otra vez la copita de anís, que tan bien ayuda la digestión..

A Fernando servíanle en su cuarto, en una mesita con mantelería limpia como el oro, que junto a su cama ponían, y así estuvo comiendo hasta muy avanzado Julio, en que D. Segundo le permitía levantarse algunos ratos; pero sin andar ni moverse del aposento. Con el trato continuo, Gracia, que le (p.4455) acompañaba y le servía gozosa, tomó la confianza de tutearle. Comúnmente le llevaba noticias de las cositas buenas que su hermana y la tía estaban haciendo para él. "Hoy te van a poner unos pescaditos al horno, que te vas a chupar los dedos". Otra vez entraba con un par de palomos muertos: "¿Ves esto? -le decía-: pues te los van a poner con arroz. Toca, mira qué pechugas..". O bien entraba con cestas de frutas riquísimas, acabadas de traer de las huertas de Paganos, peras de a cuarterón, manzanas fragantes, cerezas gordas, y se las mostraba, enardeciendo su abundancia y hermosura. "De todo has de probar hoy, Fernandito. Demetria ha dicho que te haga comer un poquito de cada cosa, para que veas todo lo bueno que crían nuestras tierras.

-Sí, hija mía, sí -respondía Fernando, no tan alegre como debiera-: ya veo, ya veo que Dios os ha dado muchos, muchísimos bienes; pero con ser tantos, no llegan a lo que vosotras merecéis".

 

Ep-23-XXXIV -

Un mes largo tardó en llegar nueva carta de Hillo, sin duda porque los correos en tiempo tan desdichado no iban y venían con la debida regularidad. Manifestaba el buen capellán inquietud por no haber dado Fernando en su breve carta las explicaciones que se le pidieron. ¿Qué casa era aquella donde moraba? ¿Por qué decía que no podría salir en dos meses? ¿Acaso estaba enfermo, herido? ¿Entre qué gentes o con qué familia vivía? De todo esto se esperaban pronto informes detallados. Por el pronto se le remitían 20 onzas por un oficial de Ingenieros que iba a Vitoria. Cuidárase él de recogerlas en dicho pueblo por persona de confianza. Aguardó Fernando a recibir el dinero para contestar, y en esto se pasaron otros quince días, pues el propio que se envió tras el oficial portador de las onzas, no dio con él sino después de muchas vueltas de una parte a otra. En Agosto se recibió nueva epístola de Hillo, en ocasión que Fernando, convaleciente ya, había dejado el lecho y podía pasearse por la habitación agarrado al brazo de Gracia o al de D. José María. Continuaba el buen (p.4456) Mentor en la Granja, y hablando en nombre y por encargo de la próvida divinidad, anunciaba a Telémaco que esta le escribiría directamente de asuntos interesantísimos. De quien Fernando no tuvo carta ni noticia, fue de Negretti, lo que le causaba grande zozobra. ¡Qué habría ocurrido, Santo Dios! No veía las santas horas de recobrar su salud para correr hacia el país vasco, pues tanto tiempo sin saber de Aura en extremo le afligía. Su encantamiento le pesaba, era ya una monótona esclavitud; deseaba que el día último de su prisión llegase, sin dejar por esto de rendir a la gran Demetria, su nueva tirana, los homenajes que por su virtud, su gracia y adorables prendas merecía.

Avanzado Agosto, llegó carta de la incógnita, que no contenía revelación alguna de lo que Fernando quería saber. Era el mismo estilo de antes, la misma voz dulce y un tanto burlona debajo de la careta. Le expresaba cariñosamente la idea de transacción; le permitía encenderse y achicharrarse en el amor de Aura; llevaba con paciencia hasta que la hiciera su esposa; rogábale que no dilatase su vuelta a Madrid, donde se le arreglaría una posición en armonía con sus méritos, abriéndole camino brillante en la política; para hacerle el paladar a los sainetes (en el doble sentido de esta palabra) de la vida pública, le refería sucesos graves ocurridos en la Villa y Corte por aquellos días, y presagiaba que en San Ildefonso no irían las cosas por los caminos derechos. Una carta de Hillo, dos o tres días después, terminaba con un alarmante párrafo: "En este momento me dicen que se ha sublevado la Guardia Real, de guarnición en este Real Sitio, y que los sargentos se dirigen a Palacio a pedir a Su Majestad que restablezca, proclame y jure la Constitución del 12.. ¡Dios nos tenga de su mano!".

El mismo día en que tales nuevas recibía D. Fernando, y más aún al siguiente, corrieron por el pueblo rumores de serios trastornos políticos en Madrid y en la Granja. Los amigos de la casa de Castro, sabedores de que el huésped de ella se carteaba con personajes del Real Sitio, acudieron allá por noticias (p.4457) frescas. ¡Válgame Dios, qué especiotas corrían de boca en boca entre el vecindario! Al coronel que allí mandaba la fuerza cristina dijéronle que los sargentos habían atropellado a la Reina, llevándola presa al cuartel, porque se negaba a jurar la Niña bonita. En Madrid, los milicianos sublevados habían cometido mil tropelías, asesinando generales y ministros. Total: que se venía encima una revolución tan terrible y sangrienta como la francesa.

Mostroles D. Fernando el conciso párrafo del clérigo; pero bien pronto pudo satisfacer la curiosidad de sus convecinos, porque recibió segunda carta de la incógnita, en que le refería con preciosos pormenores la inaudita trapisonda de la Granja, como persona que todo lo presenciara. Era, pues, aquel relato la misma verdad, una página histórica, fresca, real, viva. "Nada, señores -dijo Don Fernando a los notables del pueblo que invadieron su cuarto en busca de noticias-, no ha ocurrido nada: ello ha sido un nuevo trámite de la revolución española que venimos elaborando entre todos desde el año 12. El caso es sencillísimo, propiamente español, producto de casos anteriores, engendro de nuestro carácter. La novedad bien a la vista está: lo que otras veces han hecho los oficiales de mediana y alta graduación, lo han hecho ahora los sargentos de la Guardia Real. Es la obra del pueblo, el cual, entre nosotros, no sabe actuar por sí, y se infiltra en las clases militares para dar forma, realidad tangible a sus ideas. Cómo ha podido suceder que el espíritu popular, encarnado en la humanidad de cuatro sargentos, haya sabido burlar la vigilancia de los guardianes de la Corte y sobreponerse a toda disciplina hasta llegar a la Reina; cómo han tenido los tales sargentos energía y discreción bastantes, pues todo se necesita, para imponer a la gobernadora nada menos que el cambio de Constitución, es cosa muy compleja, de la cual no he podido aún hacerme cargo. La carta que he recibido es extensísima; ya ven: seis pliegos de letra menuda. He pasado la vista rápidamente por algunos párrafos; (p.4458) cuando despacio la lea y la relea, daré a ustedes noticia circunstanciada del suceso tal como me lo cuenta, con pelos y señales, un testigo presencial".

Los comentarios que hicieron el Coronel, el Alcalde y otras personas de viso que visitaban al huésped de Castro, eran muy pesimistas. Vista la trifulca de la Granja desde tan lejos, resultaba la impresión de que el mundo se venía abajo; de que España se acababa, con aquel vilipendio de la autoridad real, pisoteada por cuatro sargentos que probablemente estarían borrachos. A esto dijo Calpena que no traería el tal suceso revolucionario más catástrofes que las usuales y corrientes: el cambio de empleados, el desconcierto de todo, la continuación de la guerra. Era la enfermedad general, ya crónica, que se agravaba. Mas no por ello moría el enfermo: España tenía fibra y agallas para resistir tanta calamidad; su sobriedad de mendigo le garantizaba la existencia; su pasividad fatalista le permitía seguir arrastrándose y dando tumbos, hasta que vinieran hombres y tiempos mejores, los cuales.. ¡ay! también podría suceder que no vinieran. En esto llegaban diariamente a La Guardia pormenores de lo ocurrido y papeles que lo traían todo muy bien parlado. Pero nada era tan sincero, tan profundamente humano y vivo como el cuadro descrito con femenino análisis y observación exquisita por la señora incógnita, el cual no cabe en estas páginas por su excesiva extensión. Podrá leerlo en otras quien tenga en igual grado la curiosidad y la paciencia.

Entró Demetria a ver a D. Fernando, aplaudiendo la gallardía con que se determinaba a dar solito algunos pasos con la ayuda de su bastón, y le dijo gozosa: "Por dos motivos estoy alegre hoy: el primero es que me ha dicho D. Segundo que pronto será usted dado de alta. ¡Cuánto ha pasado, pobrecito, en esta esclavitud! Ya sé lo que me dirá: que le hemos tratado muy bien. ¡Pues no faltaba otra cosa! Eso del buen trato no hay que decirlo, porque es verdad y porque no tiene ningún mérito: el cumplimiento de un deber, sin hacer nada extraordinario, no (p.4459) merece elogios.

-¿Y el otro motivo de alegría se puede saber?

-Que han vuelto los dos criados que fueron con nosotras a Oñate, y quedaron presos en la cárcel cuando a nosotras nos llevaron a la Caridad. ¡Pobrecillos, qué gozo he tenido al verles! Les llevaron a Vergara; después a Tolosa; de allí pudieron escaparse a Francia, donde se embarcaron para Santoña.. Ya no pueden tardar los que fueron a llevar nuestra ofrenda a los infelices que nos dieron socorro en las ruinas de Aránzazu.. De quien no hemos tenido noticia es del pobre Díaz. ¿Qué habrá sido de él? ¿Le habrán matado; estará preso aún?

-Escribiremos a mi amigo el Sr. Rapella, para que gestione la libertad de Díaz mientras llega la ocasión de que pueda hacerlo yo mismo. En cuanto me asegure en la convalecencia, señora castellana de este noble castillo, me voy a Guipúzcoa y Vizcaya.

-Ya sé, ya sé que en Bermeo está su novia. Me lo ha contado el tío, con quien tiene usted sus confianzas -dijo Demetria con toda la serenidad del mundo-. Permita Dios que se le allanen a usted todos los caminos; que llegue a donde quiere llegar.. y encuentre a su novia buena de salud, firme de voluntad, siempre amante y fiel.. Quiera Dios que esa señora nos perdone este secuestro de su galán; que no haya sufrido con harta crudeza el mal de impaciencia; que sepa ser constante en los afectos fuerte en la adversidad.. Porque fíjese usted bien, fuerte en las bienandanzas lo es cualquiera; pero fuerte en el infortunio, en las largas ausencias, eso ya es harina de otro costal, eso sí que es mérito, Sr. D. Fernando.. Ea, no quiero cansarle; me llaman abajo para medir la hornada de mañana. Hasta ahora..".

Y dio media vuelta para marcharse.

"Eh.. señora castellana, no sea usted tan ejecutiva. Con sus hornadas y sus continuos quehaceres, ha olvidado usted mis encargos. Le he pedido que mande venir sastre o costurera que me haga la ropa que necesito.. ¿O es que he de marcharme así, como un triste estudiante que no lleva más que lo puesto?

-Ya he mandado recado a quien le hará la ropita.. El (p.4460) ejecutivo es usted, que no quiere más sino que le sirvan geniecillos, hadas y qué sé yo.. Eso; lo de los cuentos de niños: dar una patadita, y ya está aquí el duende que dice: "Pide por esa boca".

-Aquí no hay más hada, ni más duende, ni más genio que usted.. Genio, sí, y noto que lo va echando malo. De ayer a hoy me ha reñido usted tres veces.

-Sí, señor, y le riño la cuarta.. por impaciente.. No parece sino que le tratamos tan mal aquí. Pues sepa usted, señor fuguilla, que la opinión de D. Segundo es que aún debe estarse quietecito otro mes, pues si se lanza por esos caminos a caballo o en una carreta, está muy expuesto a una recaída, sí señor, y a que empeore la pierna, sí señor, y la otra pierna, y la cabeza.. sí señor.. Ea, ya no riño más; y aunque usted no quiera, me voy".

Quedose Calpena meditabundo, pensando en su partida, que con ardor deseaba, aunque presumía que no podría efectuarla sin pesadumbre. Por su mente fecundísima pasó una idea. ¡Vaya una idea! La formulaba de este modo: "Quisiera tener un amigo muy íntimo, uno de esos amigos que son como hermanos, uno de esos amigos a quienes amamos entrañablemente.. Y mi mayor gozo sería que este amigo se hiciera amar de Demetria y que él la amase a ella, cosa en verdad facilísima. ¡Qué gusto verles casados, ver a mi amigo compartiendo con ella el gobierno de esta gran casa!.. ¡Ah, se me olvidaba! es preciso, indispensable, que el amigo tenga patrimonio para poder realizar decorosamente la feliz coyunda.. ¿Pero dónde voy yo a buscar este amigo, dónde? Si al menos tuviera yo familia, quizás lo encontraría entre mis parientes.. ¡Vaya con el tesoro que se llevaba el tal!.. Pues he de buscarlo en cuanto me vea libre, he de buscarlo, sí.. Feliz yo que ya tengo resuelto el problema de amor; que no sé, ni quiero, ni puedo desviarme de la línea trazada por mi destino. Al extremo de acá de esta línea, estoy yo; al otro extremo la verdadera castellana de los alcázares del Cielo, Aura divina, Aura humana, Aura total. Hacia ella me voy pronto, y por el camino, por todos mis caminos, (p.4461) buscaré el amigo, el hermano que necesito para Demetria..

Esto pensó, y solicitado luego de la curiosidad, se puso a leer la extensísima carta, que contenía una prolija narración política, páginas llenas de vida y color. Atenta a la variedad, como grande artista, entreveraba los relatos de motines y trastornos con párrafos cariñosos, íntimos, o apreciaciones burlescas de la corte y de la sociedad que la rodeaba.. Volvía luego a la pintura de escenas, ora cuartelescas, ora palatinas, conjunción absurda de la grosería popular y del regio orgullo, en aquel caso desvirtuado por el miedo y la debilidad. Por transiciones bruscas, la emprendía después con su protegido, riñéndole amorosa, señalándole los caminos para recobrar su gracia; consintiéndole sus locuras, siempre que no rebasaran de cierta medida prudencial; y, entre otros conceptos tan delicados como ingeniosos, le decía: "Esa casa donde estás, ¿qué casa es?.. ¿Con quién vives? ¿Has encontrado a tu Aura? ¿La tienes contigo?.. No; si no te riño. Quiérela: te lo permito.. ¡Viva D. Fernando y viva con su pepita, digo, con su Aurita!.. Pero has de contármelo todo; no me ocultes por modestia lo bueno que haces, ni por miedo a mi severidad me ocultes lo malo.. ¡Dichosa severidad! Cansada del sinnúmero de medicinas que he tomado para calmar mis penas, probé la indulgencia, y no me va mal con esta droga.. Tontín, ¿no sabes? Entre el bueno de Hillo y yo hemos descubierto a una pobre señora que te quiere con delirio, sin haberte tratado nunca, y esto es lo más raro. ¡Lo que te pierdes! Pues te diré: esa tu enamorada no te ha visto de cerca más que una vez, ¡y tan de cerca! De esto hace hoy, fíjate en la fecha de mi carta, veintitrés años justos y cabales.. Rabia, que no te digo más".

 

FIN DE OÑATE A LA GRANJA

 

 

&

(EPISODIO 24)

LUCHANA

 

Ep-1-I -

"En mi carta de ayer -decía la señora incógnita con fecha 14 de Agosto- te referí que nuestro buen Hillo me mandó recado al mediodía, recomendándome que no saliese a paseo por el pueblo, ni aun por (p.4462) los jardines, porque corrían voces de que los soldados y clases del Cuarto de la Guardia, los de la Real Provincial y los granaderos de a caballo, andaban soliviantados, y se temía que nos dieran un día de jarana, cuando no de luto y desórdenes sangrientos. Naturalmente, hice todo lo contrario de lo que nuestro sabio Mentor con notoria prudencia me aconsejaba: salí de paseo con dos amigos, señora y caballero, prolongándose la caminata más que de costumbre, y no exagero si te digo que anduvimos cerca de un cuarto de legua por el camino de Balsaín; luego atravesamos todo el pueblo, llegando hasta más allá del Pajarón, y nos volvimos a casita con un si es no es de desconsuelo, pues no vimos turbas sediciosas, ni soldadesca desenfrenada, ni cosa alguna fuera de lo vulgar y corriente. El drama callejero, género histórico en España, que deseábamos ver no sin sobresalto en nuestra viva curiosidad, permanecía entre bastidores, en ensayo tal vez. Sus autores, temerosos de una silba, no se atrevían a mandar alzar el telón.

"Por mi parte, te aseguro que no sentía miedo; mis acompañantes sí: sólo con la idea de que la revolución anunciada no pasase de comedia, se atrevían a presenciarla. Y comedia tenía que ser en la presunción de todos, pues de los jefes, del Comandante general del Real Sitio, Conde de San Román, nada debía temerse, conocida de todo el mundo su adhesión a la Reina y a Istúriz; de los jefes tampoco, que eran lo mejor de cada casa. Las clases y tropa no son capaces de escribir por sí solas una página de la Historia de España, y el día en que la escribieran, ¡ay!, veríamos, a más de la mala gramática de hoy, una ortografía detestable.

"Al pasar por el teatro nos hizo reír el título de la comedia anunciada: A las diez de la noche, o los síntomas de una conjuración. En las puertas del Café del teatro vimos paisanos y sargentos en grupos muy animados, y por las palabras sueltas que al paso hirieron nuestros oídos, comprendimos que hablaban de política. Luego nos dijo Pepito Urbistondo, a quien (p.4463) encontramos junto a la Comandancia, que las clases de toda la guarnición estaban incomodadas porque el General había prohibido, bajo graves penas, cantar canciones patrióticas, y mandado que las bandas y músicas no tocasen otras marchas que las de ordenanza. A este Pepe Urbistondo no le conoces: ha venido no hace un mes del ejército de Aragón; es valiente y audaz en la guerra; en los saraos de Madrid el primero y más arrojado bailarín de gavotas y mazurcas; buen chico, sólo que tartamudea un poco, y empalaga un mucho con sus alardes de finura, a veces sin venir a cuento. Hoy le tienes aquí de ayudante de San Román, y es el que anima con sus donaires los corros que diariamente, mañana y tarde, se forman en las Tres Gracias o en Andrómeda.. Pues sigo diciéndote que la noticia comunicada por Pepito del mal humor de los señores cabos y sargentos, no nos causó grande inquietud. Pero luego nos encontramos al canónigo de la Colegiata, D. Blas de Torres, que nos puso en cuidado refiriéndonos lo que había ocurrido momentos antes, en el acto de la lista. Después de la música, y cuando ya la tropa formaba para volver al cuartel, el tambor mayor mandó a la banda tocar la marcha granadera. Obedecieron los tambores; pero no los pífanos, que salieron por el himno de Riego, resultando un guirigay de mil demonios, efecto de la discordancia entre músicas tan diferentes. El Comandante, volado, mandó callar la banda, y la tropa se dirigió al cuartel al son de sus propias pisadas. La vimos pasar. Era una escena triste, lúgubre. No sé por qué me impresionó aquel marchar de los soldados sin ningún son de música o ruido militar. Me fijé en las caras de muchos, y no eran, no, las habituales caras de soldados españoles, siempre alegres. Cuando entrábamos en casa de mis amigos, volvimos a encontrar a Urbistondo, y nos dijo que, al llegar al cuartel, el Comandante había mandado arrestar a toda la banda; que al tambor mayor, a quien se atribuía connivencia con los desentonados pífanos, le habían metido en un calabozo. La (p.4464) oficialidad recibió orden de permanecer en el cuartel toda la noche, y se prohibió que salieran los sargentos. Cuando nos daba Pepito estos informes, ya casi anochecía; los paseantes de los jardines volvían presurosos a sus casas; notábase en algunos aprensión, recelo; de la sierra bajaba un airecillo sutil, que nos hacía echar de menos los abrigos. Yo mandé a casa por el mío: la persona que me lo trajo, traía también un billete en que se me instaba, mejor dicho, en que se me hacía el honor de llamarme a Palacio.. Yo tiritaba; me había enfriado un poco al volver de paseo: creo que contribuyó a ello el ver aquellos soldados tan tristes, marchando sin tambores ni cornetas.. Aplacé la visita a Palacio para después de comer; pero luego vino un recadito más apremiante, verbal, y tomando el brazo del digno caballero que lo había llevado, me fui allá. Quién me llamó de Palacio, no puedo decírtelo, niño, ni hay para qué.

"Creí encontrar alarma en la morada Real, pero me equivoqué.. ¡en tantas cosas nos equivocamos! Sabían todo lo ocurrido en el cuartel del Pajarón y en la lista; tenían noticia de la descompuesta actitud de los sargentos en el Café del Teatro, donde suelen reunirse; de la llegada de paisanos de Madrid, siniestros pajarracos que anuncian las tempestades políticas; mas no por eso habían perdido la tranquilidad y confianza. No debo ocultarte que yo había recibido de la Villa y Corte informes preciosos de lo que piensan y dicen ciertas personas de las que influyen en la cosa pública, lo mismo cuando están en candelero que cuando están caídas. Alguien se enteró de que yo tenía tales referencias y quiso oírlas de mis propios labios. De lo que yo sabía, comuniqué lo que estimaba prudente y oportuno en las circunstancias actuales, lo que a mi parecer podría ser de utilidad y enseñanza para la persona que me interrogaba; lo demás me lo callé. ¿No te parece que hice bien? Ya veo que afirmas. Me gusta que opines en todo como yo.

"Pues verás: pasé un rato muy agradable con las niñas cuando las acostaban. La Reinita Isabel discurre como una (p.4465) mujercita; Luisa Fernanda le gana en formalidad. Es grave la pequeñuela, y en su corta edad parece sentir y comprender ya que tanto ella como su hermanita son personajes históricos, y que están llamadas a desempeñar primeros papeles en la escena del mundo. Isabel despunta por su inteligencia: cuentan de ella salidas y réplicas verdaderamente prodigiosas. Ya conoce por sus nombres a todos los palaciegos y a muchos generales; distingue los cuerpos y armas del ejército por los uniformes, y los grados y empleos de los oficiales por los galones y charreteras. La cronología de los Reyes, desde los Católicos para acá la sabe de corrido, y en etiqueta suele dar opiniones saladísimas, que revelan su agudeza y disposición. Es muy juguetona, demasiado, según dicen algunos, para Reina. Pero esto es una tontería, porque los niños ¿qué han de hacer más que enredar? Nuestra angélica Isabel, a quien aclaman pueblo y ejército como la esperanza de la patria, se iría gustosa, si la dejaran, a jugar a la calle con las chiquillas pobres. Dios la bendiga. Si esa guerra tiene el término que deseamos y el D. Carlos se queda como el gallo de Morón, veremos a Isabel en el Trono, digo, la verás tú, que yo no pienso vivir tanto.

"No sé por qué me figuro que la juguetona y despabilada Isabel ha de ser una gran Reina, como la primera de su nombre. El toque está en que sepan rodearla, en sus primeros años de reinado, de personas buenas, de severo trato y rectitud, de conocimiento en los negocios de Estado, pues no siendo así, ¿qué ha de hacer la pobre niña? Ni con las dotes más excelsas que Dios pone en la voluntad y en la inteligencia de sus criaturas, podría desenvolverse Isabelita en medio del desconcierto de un país que todavía anda buscando la mejor de las Constituciones posibles, y que no parece dispuesto a dejarse gobernar con sosiego hasta que no la encuentre; de un país que todavía emplea como principal resorte político el entusiasmo, cosa muy buena para hacer revoluciones cuando estas vienen a cuento, mas no para gobernar a los pueblos.. (p.4466) En fin, no quiero que me llames fastidiosa, y suspendo aquí mis acerbos juicios acerca de un país que todavía ha de tardar siglos en curarse de sus hábitos sentimentales.. Con que ya ves lo que le espera a la pobre niña, mayormente si la dejan sola y no cuidan de poner a su lado quien la guíe y aconseje. Quiera Dios que mis recelos sean infundados, y que Isabel reine sin tropiezos, y haga feliz, poderosa y rica a esta pobrecita nación. Yo no he de ver su reinado, y si es próspero y grande, eso me pierdo. Lo que en la Historia resulte de la preciosa niña, a quien he dado tantos besos esta noche, tú me lo contarás cuando nos veamos en el otro mundo.

"Bueno: pues sabrás que al salir del cuarto de las niñas, me dieron la noticia de que cuatro compañías de la Guardia Real Provincial, alojadas en el Pajarón, se habían sublevado. Me lo dijo una dama en quien el ingenio corre parejas con la edad (uno y otra son grandes) , y sin duda porque su conocimiento práctico de la historia del siglo la familiariza con los motines, no acompañó la noticia de demostraciones de sobresalto. Ya no era joven cuando el tumulto de Aranjuez, en Marzo del año 8, que presenció y refiere con todos sus pelos y señales. ¡Con que figúrate si habiendo visto desde la barrera aquella función y todas las que han venido después, estará curada de espanto la pobre señora! 'No se asuste usted -me dijo-. No será de cuidado: todo quedará reducido a que nos machaquen los oídos con el himno, y a que pidan quitar el Estatuto u otra majadería semejante. Yo, a ser la Reina, no vacilaría en variar el nombre de la primera ley del Estado, pues esto ni da ni quita poder.. Estos pobres liberales son unas criaturas que se pasan la vida mudando motes y letreros, sin reparar en que varían los nombres, y las cosas son siempre las mismas. Ahora les da por jugar a las Constitucioncitas.. ¡qué inocentes!.. Yo me río.. En fin, veremos en qué para esto. No le arriendo la ganancia al amigo Istúriz'.

"Respondile que no podía yo participar de su tranquilidad, y hallándome bastante desfallecida y con un poquito de (p.4467) susto en mi pobre espíritu, le rogué que mandase me dieran una taza de caldo. 'Pediré otra para mí, y además dos copitas de Jerez con sus bizcochos correspondientes, porque, amiga mía, no puedo avenirme a esta novísima costumbre de comer a las tres y cenar a las once de la noche.. costumbres napolitanas deben de ser éstas.. Y además, como podría suceder que en noche de revolución no haya la debida puntualidad en la hora de la cena, bueno es que nos preparemos para los ayunos que nos depare Dios de aquí a mañana. Y si a usted le parece, mandaremos que nos sirvan algún fiambre o una perita en dulce..'.

"A todas estas, notamos entrada y salida de militares, vimos caras de sobresalto; mas ningún rumor desusado se oía por la parte del pueblo. Cuando mi amiga y yo estábamos en el comedor chico haciendo por la vida, nos dijo el mayordomo de semana, todo trémulo y asustadico, que se había cerrado la puerta de hierro que comunica con la población, trayendo las llaves a Palacio; pero se temía que los sublevados de fuera violentarían la puerta de la verja con ayuda de los sublevados de dentro. '¡Los de dentro! -exclamó mi amiga-. ¿Según eso, los del Cuarto Regimiento también..? Era natural. Ya lo tendrían bien amasado entre todos'. Añadió el informante que el jefe de Provinciales y parte de la oficialidad trataban de contener el movimiento con exhortaciones y buenos consejos; pero se dudaba que lo consiguiesen. Aún quedaba la esperanza de que los Guardias de Corps se mantuviesen fieles a la disciplina, y en este caso, andarían a tiros unos contra otros. A esto, dijimos las dos señoras que no, no.. de ninguna manera.. nada de tiros ni matarse, no, no.. Que se avinieran todos, y a la buena de Dios; que si ello quedaba en un cambio de Gobierno, con himno a pasto, proclamas, entusiasmo y un gracioso cubileteo de Constituciones, nos dábamos por satisfechas.. Sobre todo, lo que hubiera de venir, viniera pronto, para poder cenar, aunque fuese un poquito tarde, y dormir tranquilamente.

"Al volver a la antecámara, ya (p.4468) sentimos extraordinario ruido al exterior, y en Palacio turbación, perplejidad, azoramiento, miedo".

 

Ep-1-II -

"Por aquí, por aquí -nos dijeron señalando las salas cuyos balcones dan a la plazuela llamada la Cacharrería, y allá nos fuimos mi amiga y yo, deseosas de ver y gozar las escenas que se preparaban, presumiendo, no sé por qué, que estas no habían de ser tumultuosas, ni menos sangrientas. Sonaron algunos tiros ¡ay qué miedo!; advirtieron por allí que eran disparados al aire, más en son de fiesta que de hostilidad, y el murmullo de voces que subía de la plazoleta no parecía en verdad resuello de revolución, sino más bien algo del ¡ah, ah! con que en los teatros imitan torpemente el bramido de las multitudes furiosas. La noche no era muy clara. Desde los balcones, atisbando tras de los cristales, distinguíamos el hormigueo de bultos obscuros moviéndose sin cesar, brillo fugaz de objetos metálicos, bayonetas, cañones de fusil, chapas de morriones, charreteras. Se intentaba, sin duda, la formación ordenada, y no era fácil lograr tal intento. En los vivas, que a poco de llegar los sublevados a la plazuela empezaron a oírse, alternaba la Reina con la Libertad, uno y otro grito proferidos con igual ardor, de lo que deducíamos que nuestras vidas, así como las de las Reinas, no corrían peligro alguno. Revolución que aclama a las personas que encarnan la autoridad, no viene con mal vino. 'Puede que ahora -observó mi amiga- salgan esos infelices con que han armado toda esta tremolina para pedir aumento de paga, lo que me parece muy justo, porque ya sabrá usted que ya no les dan más que nueve cuartos, de los cuales ocho son para el rancho. Reconozcamos que el soldado español es la virtud misma, pues por un cuarto diario consagra a la patria su existencia, por un cuarto se somete a los rigores de la disciplina, por un cuarto nos custodia y nos defiende hasta dejarse matar. No creo que en ningún país exista abnegación más barata. Pero ya verá usted cómo estos desdichados vienen pidiendo algo que no les importa, algo que no ha (p.4469) de remediar su pobreza. Verá usted cómo se descuelgan reclamando más libertad.. libertad que no ha de hacerles a ellos más libres, ni tampoco menos pobres. Alguno habrá quizás entre ellos que crea que la Constitución del 12 les va a dar cuarto y medio'.

"Otra dama que se nos agregó, esposa de un General que ha hecho su brillante carrera hollando alfombras palatinas (no te digo su nombre: es feíta la pobre; tan poco agraciada, que todo el mundo cree que tiene talento.. y el mundo se equivoca) , nos aseguró que el escándalo que presenciábamos era obra del masonismo; que los soldados de la Guardia no entendían de Constituciones, ni sabían si la libertad se comía con cuchara o con tenedor, y que se sublevaban porque las logias les habían repartido dinero. Cuatro días antes habían llegado de Madrid doce mil duros.. Mi amiga la interrumpió para decirle que no creía en esos viajes de las talegas. Yo fui de la misma opinión. Pero ella insistió, asegurando lo de los miles como si los hubiera contado. Lo sabía por la doncella de una camarista, que tenía un novio cabo de Provinciales. El domingo anterior habían salido de paseo, y él la convidó a merendar en la Boca del Asno, y le mostró piezas columnarias, de esas que tienen dos globos y el letrero que dice más allá.. Dijo a esto mi amiga, revistiendo su socarronería de exquisitas formas, que con tales señas no podía ponerse en duda la venalidad de los sargentos sediciosos, y yo me vi precisada a expresar la misma opinión, añadiendo que en ningún caso es conveniente que las logias tengan dinero. Las tres hubimos de maravillarnos de que, poseyendo el Rey y la Grandeza los mayores caudales de la Nación, sean todas las revoluciones contrarias a la Monarquía y a la Aristocracia. Por fuerza tiene que haber gran cantidad de moneda oculta, repartida en muchos poquitos entre la masa enorme de gentes ordinarias, obscuras y aun descamisadas que hormiguean en ciudades y aldeas.

"Bruscamente apartaron nuestra atención de estas filosofías a lo mujeril, el aumento de ruido en la (p.4470) plaza y en la entrada de Palacio, la estrepitosa sonoridad del himno de Riego, cantado por mil voces, y el movimiento que advertimos hacia la escalera principal. Pronto vimos que subían los jefes de las compañías sublevadas. San Román y el Duque de Alagón salieron a recibirles. No olvidaré nunca el breve, picante diálogo entre los generales palatinos y los jefes que tan desairado papel representaban en aquella comedia. '¡Pero ustedes..!'. '¡Mi General, nosotros..!', y no decían más. Escribían un poquito de historia con estas palabras premiosas, acompañadas de un expresivo encoger de hombros. Uno de ellos pudo al fin explicarse con más claras razones: 'Nosotros no nos sublevamos.. los sargentos de todos los cuerpos son los que se sublevan.. ¿Qué habíamos de hacer? Hemos tenido que seguirles para evitar el derramamiento de sangre'. Y Alagón repetía: '¡Pero ustedes!..'. 'Mi General -se aventuró a decir el comandante de Provinciales-, creemos que dejándonos llevar de esta corriente irresistible, prestaremos un servicio a la Reina.. Sin nosotros, sabe Dios a dónde llegaría el movimiento..'.

"San Román, pálido, dando pataditas, estampa viva del azoramiento y la perplejidad, creyendo que era su deber incomodarse para decir las cosas más sencillas, desplegó toda su cólera en estas palabras: 'Pues ahora van ustedes a manifestar a la Reina.. eso, eso.. a explicarle las causas del escándalo.. y eso.. eso.. que ustedes se han dejado llevar, se han dejado traer, para evitar mayores males.. y eso.. el derramamiento de sangre'.

"Más sereno Alagón, como hombre de trastienda y con más conchas que un galápago, les invitó a pasar a la presencia de Su Majestad, con el fin de darle conocimiento de lo ocurrido y de reiterarle su firme lealtad y adhesión. Adentro fueron todos, y los de fuera seguían desgañitándose con el himno, cual si lo hubieran aprendido en viernes. Poco duró la conferencia de los jefes con la Gobernadora. Al verles salir, acompañados de un Conde y un Duque, no pudimos menos de observar que si ridícula era la situación de la oficialidad dejándose (p.4471) mover de la indisciplina de los inferiores, más ridículamente desprestigiados resultaban los generales, cuyo papel quedaba reducido al de introductores de las embajadas que los sediciosos enviaban a la Reina.

"'Que suba una comisión, una comisión de las clases.. -decía San Román-: veremos qué piden.. Que suban seis'. Opinó Alagón que era excesivo este número. Bastaba, según él, que subieran uno de Provinciales y otro de la Guardia.. todo lo más tres: un tercero por los granaderos de Caballería.. En esto reclamaron a mi amiga de parte de la Reina. A mí se me llamó poco después, y entré con otras dos señoras en el comedor pequeño, donde estaba Su Majestad disponiéndose a cenar antes de recibir a la comisión de los amotinados. No podía disimular la ilustre señora su turbación, su miedo ante aquel problema que el pueblo le planteaba, y que tenía que resolver pronto y con entereza, sin que la ayudaran ministros ni próceres. Creo que desde las tremendas noches de Septiembre del 32, en aquel mismo palacio, cuando se vio sola junto al Rey moribundo, y enfrente la intriga de los apostólicos, no se ha visto Doña María Cristina en trance tan apretado como el de Agosto del año que corre. Quería comer, y lo dejaba por hablar y hacer preguntas atropelladas; queriendo decir algo importante, interrumpía los conceptos para comer precipitadamente sin saber lo que comía. Probó de una sopa, picó de un asado, tomaba la cuchara cuando debía coger el tenedor.. Y en su exquisita amabilidad y hábito de corte, para todos tuvo una palabra grata, equivocando personas y nombres: eso ni qué decir tiene. Advertí su rostro un poco arrebatado; a cada instante se pasaba la mano por la frente.. ¡y qué frente aquella más bonita!.. o miraba en derredor, fijándose, más que en las personas, en los huecos que estas dejaban al moverse. ¿Qué buscaba? Sin duda lo que no tenía ni podía tener: un hombre, un Rey.

"Vestía la Reina de blanco con sencillez soberana. Ordinariamente Su Majestad come muy bien. Aquella noche, un tanto tempestuosa para la Corona, la (p.4472) inapetencia, la nerviosa ansiedad del primer tripulante del bajel del Estado, revelaban que no era insensible al malestar del mareo. Verdad que los tumbos del barquito eran horrorosos: la caña del timón había venido a ser irrisoria, como la que le pusieron a Cristo en su santa mano. Tan turbada estaba la Señora, que nos preguntó muy sorprendida que por qué no cenábamos, sin reparar que no cenábamos porque no nos servían. La servían a ella sola. Pronto echó de ver su inadvertencia, lo que fue causa de endulzar con un poco de risa forzada los amargores de la situación. Algo dijo la Reina, no lo entendí bien, de que luego cenaríamos chicos y grandes con formalidad, si la revolución nos dejaba llegar a media noche con vida; y de aquí tomaron pie los presentes para bromear un poco, mientras seguía por dentro de cada uno la tumultuosa procesión. Ni aun en aquel caso se eclipsaba la sonrisa ideal de María Cristina; sonrisa que era como un astro siempre luminoso en medio de tales tristezas. Los hoyuelos lindísimos de su cara, el repliegue de aquella boca, no tienen semejante, ni creo exista en humanos rostros un anzuelo tan bien cebado para pescar corazones. Cuantos españoles han visto a esta Reina se sienten dominados por su atractiva belleza. Es, creo yo, entre todas las testas coronadas, la única que posee el secreto del estilo gracioso, con preferencia al grave, para la expresión de la majestad.

"Como anunciara el Duque que los sublevados habían elegido ya su comisión, y que esta esperaba la venia de la Soberana para presentarse a ella, se discutió en qué departamento de Palacio se recibiría tan singular embajada. No por humillar a los sargentos, sino por alejarse lo más posible de las estancias donde se sentía el temeroso bullicio militar y el insufrible sonsonete del himno, dispuso la Reina recibir a la comisión en una de las salas del archivo, que están en la parte del Norte, lo más desamparado, triste y recogido de la casa. Te daré una idea de la estancia en que se efectuó el imponente careo entre pueblo y Rey, que, según dicen, (p.4473) ha de cambiar la faz del país.. (Puede que varíe la cara nacional; el alma poco variará..) Es el archivo una pieza larguísima, como de doce varas, con la mitad de anchura, rodeada toda de armarios de madera rotulados, que supongo estarán llenos de papeles del Patrimonio, los cuales tengo para mí que no servirán para nada. El cielo raso del techo se ha caído en algunas partes, mostrando la armadura y tillado; el suelo está cubierto por esteras de las más ordinarias. Los muebles son una mesa de nogal y otra de mármol, arrimada a un lado como un trasto que estorbaba en otra parte y lo han metido allí, donde también estorba. Elegida esta pieza para parlamentar la Corona y la Revolución, llevaron un sitial para la Reina, dos grandes candelabros con bujías, y creo que nada más. Pusieron guardias de Alabarderos en todo el trayecto desde la escalera hasta el archivo; en la puerta de este dos guardias de Corps, y un número grande de ellos en la pieza inmediata. Preparado todo, se dijo a la plebe armada que podía pasar.

"Formaban la diputación de los sublevados dos sargentos. El soldado que entró con ellos creímos que venía representando la clase de tropa; después supimos que, movido de la curiosidad, la cual debía de ser en él tan grande como su frescura, se había colado, agregándose a los sargentos sin que nadie le dijera nada. Así andaban las cosas aquella noche. En la escalera les recibieron el Duque de Alagón y el general San Román, que después de mandarles dejar las armas, les echaron la correspondiente exhortación a la prudencia, no como autoridades inflexibles, sino como compañeros, pues se había borrado toda jerarquía, aunque los signos de estas permanecieran adornando las personas, sin más valor que el que podrían tener los botones y ojales de la ropa. Dijéronles que miraran bien lo que decían ante la augusta persona de la Reina; que doblaran ante ella la rodilla y le besaran la mano respetuosamente, y que si Su Majestad, siempre bondadosa, les recomendaba que se retiraran a sus cuarteles, lo hicieran (p.4474) calladitos y sin ningún alboroto. A esto dijo uno de los sargentos con bastante firmeza: 'Mi General, si no hemos de poder manifestar a la Señora las causas de esta revolución y lo que pide España, excusado es que entremos'. A este golpetazo de lógica, nada pudo contestar el jefe de la guarnición. El Duque añadió: 'Sí, sí, entrad.. Su Majestad quiere veros y que le digáis las razones de haber dado vosotros este paso, sin que nadie os lo mandara.. Entraréis; ¡pero cuidado, cuidado..! No nos deis una noche de vergüenza, ni nos pongáis en el caso de..'. Lo demás no se oía.. Precedidos de los generales, acompañados, escoltados más bien por los jefes de Provinciales y de la Guardia, avanzaron de sala en sala los dos sargentos y el soldado intruso. El nombre de este no lo supimos; los de los sargentos nos los dijeron ellos mismos a la salida: el uno se llama Alejandro Gómez y tiene veintidós años; el otro Juan Lucas y dos años más de edad. Ya ves qué pronto y con qué poco trabajo han entrado en la Historia estos dos caballeros: ¡Alejandro Gómez, Juan Lucas! ¿Qué significa esto?, te pregunto yo. ¿Cómo se entra en la Historia? Y tú me responderás que en la Historia, como en todas partes donde hay puertas, gateras o ventanillos, se entra.. entrando".

 

Ep-1-III -

"Cuando llegaron a lo que en aquel caso era sala de embajadores, los tres emisarios de la Revolución iban tan azorados y temerosos, que se habrían alegrado, creo yo, de que les mandaran volver a la plazuela. El lujo de Palacio, para ellos sorprendente, desconocido; las personas graves, de alta representación social, que a su paso veían; la idea de encontrarse pronto frente a la Majestad representada en la hermosa Reina, toda gentileza, elegancia, superioridad por dondequiera que se la mirase, les abrumaba, les hacía temblar como reos míseros. Te aseguro que el soldado tenía cara de tonto; pero que no lo era, bien lo probaba su audacia. Y no hubo entre los palaciegos que les recibían o entre los jefes que les acompañaban uno a quien se le ocurriera decir: 'Pero tú, soldadillo, ¿qué tienes que (p.4475) hacer aquí? ¿Quién te ha llamado, quién te ha dado poderes para llegar en comisión nada menos que al pie del Trono?'. Esto te probará cuán azorados andaban aquella noche los grandes y los medianos. La ola que subió tan súbitamente les privaba de todo sentido.

"De los sargentos, el Gómez era sin duda el más despabilado: arrogante muchacho, de color moreno encendido, vivos los ojos. Lucas parecía menos listo. Miraba al suelo: su papel político le agobiaba como un remordimiento. Por fin, entraron en el archivo silenciosos. Y al ver a la Reina, rodeada de tantas personas de categoría y de la alta servidumbre, quedáronse como encandilados, tan cohibidos los pobres, que sus jefes tuvieron que cogerles del brazo para hacerles avanzar a lo largo de la sala. Detrás y a los lados del sillón regio estaban el Sr. Barrio Ayuso, Ministro de Gracia y Justicia; el Marqués de Cerralbo, el Alcalde de La Granja, Sr. Ayzaga, y varias damas. San Román y Alagón se situaron a derecha e izquierda de Su Majestad. Hincaron la rodilla los tres representantes de la Revolución y besaron la mano de la Gobernadora, que desde aquel instante pareció recobrar su serenidad. Abriendo camino a las explicaciones, la Reina les electrizó con la sonrisa primero, y después con estas cariñosas palabras: 'Hijos míos, ¿qué tenéis?, ¿qué queréis?, ¿qué os sucede?..'. La contestación de ellos tardó un mediano rato, que a todos pareció larguísimo. Los sargentos se miraban uno a otro, como diciéndose: 'Habla tú'; pero ninguno de los dos rompía. Tuvo la Reina que repetir su pregunta, y al fin, el comandante de Provinciales mandó al Gómez con gesto imperioso que contestase. En voz muy baja, balbuciente, rectificándose a cada sílaba, dijo el sargento algo muy extraño, que no parecía tener congruencia con la pregunta. Interpretando las cortadas expresiones del joven militar, como se interpreta una borrosa inscripción, o como se lee una carta rota, cuyos pedazos no están completos, resultaba poco más o menos el siguiente concepto: 'Señora, lo que (p.4476) nosotros pedimos a Vuestra Majestad es que conceda a la Nación aquello.. aquello por que nos hemos batido en el Norte durante tres años, aquello por que han perecido la mayor parte de nuestros compañeros'.

"La Reina interpretó al instante en el sentido más conforme con sus ideas las inciertas demostraciones del militar, que, en su rudeza, quería ser delicado evitando la palabra poco grata a los Reyes, y el pobrecillo no tenía bastante dominio del lenguaje para poder emplear eufemismos hipócritas. Pues bien: la señora Reina se aprovechó de la turbación del soldado para sostener que aquello era ni más ni menos que los legítimos derechos de su hija la Reina de las Españas Doña Isabel II.

"Vimos entonces en el rostro del sargento la rápida iluminación que da el hallazgo del concepto apropiado a las ideas que se quieren expresar. 'Sí, Señora -dijo-: nos hemos batido por los legítimos derechos de nuestra Reina; pero también creíamos que peleábamos por la Libertad'. Viendo la Gobernadora que no le valía la evasiva, extremó su bondad para decir: 'Sí, hijos míos: por la Libertad, por la Libertad'. Animándose Gómez con su primer éxito, se atrevió a responder: 'De la Libertad se habla mucho; pero no veo yo que la tengamos'. Expresó entonces la Reina una idea de las que más han usado y manoseado los estatuistas: Libertad es que tengan fuerza las leyes; que se respete y obedezca a las autoridades constituidas. Al oír esto, despabilose súbitamente el sargento, y en tono decidido, dueño ya de su palabra y de su asunto, salió con esta retahíla que habría sido fácil ajustar a la música del himno famoso: 'Entonces, Señora, no será Libertad el oponerse a la voluntad de todas las provincias para que se ponga la Constitución; no será Libertad el desarme de la Milicia Nacional en todos los puntos donde está pronunciada; ni la persecución de liberales, como está sucediendo hoy mismo en Madrid; ni será tampoco Libertad el que vayan al Norte comisionados a proponer arreglos y tratos con los facciosos para concluir la guerra'.

"Iba tomando un (p.4477) carácter poco grato la conferencia, que casi picaba en disputa, y la Reina, un tanto nerviosa, la exacerbó asegurando que lo dicho por Gómez no tenía nada que ver con la dichosa Libertad, y que por su parte desconocía las persecuciones de liberales y los pronunciamientos de la Milicia Nacional. Ya notaban todos que el sargentito no se mordía la lengua. San Román estaba de veinticinco colores, y Alagón de uno solo: su palidez era intensa, su silencio absoluto. Gómez no perdía ripio: allí fue contando por los dedos las capitales pronunciadas, particularizando a Zaragoza, y, por último, se dejó decir que si Su Majestad no sabía lo que pasaba en el Reino, era porque le ocultaban la verdad. ¡Amigo, esta fue la gorda! Sonó un murmullo en toda la sala. La Reina dejó de sonreír; el ilustre concurso estimaba irreverente y absurda la conferencia, que únicamente el miedo podía consentir. ¿Y quién era el guapo que la suspendía? ¿Quién mandaba a los sargentos retirarse con las compañías al cuartel? No había más remedio que hacer de tripas corazón. Los sublevados tenían la fuerza: cuanto miraban delante de ellos no era más que una debilidad ostentosa. Creciéndose más a cada instante, el sargento de veintidós años declaró respetuosamente, en nombre de sus compañeros, y juzgándose intérprete de miles y aun de millones de españoles, que para devolver la tranquilidad a España y evitar el derramamiento de sangre, se hacía indispensable que Su Majestad mandase publicar el Código constitucional del 12, pues no era otro el motivo de la insurrección.

"Tragando un poquito de saliva, quiso probar la Gobernadora los efectos de su graciosa sonrisa para reducir y aniquilar a su contrario, el cual, si nada representaba por sí, por la masa humana que tenía detrás adquiría proporciones gigantescas. '¿Pero tú conoces la Constitución del 12? ¿La has leído?' le dijo; y él contestó impávido que en ella había aprendido a leer. Prodújose en todos los presentes un movimiento de sorpresa, de hilaridad, y la Reina mandó traer el libro de la (p.4478) Constitución. No fue preciso salir de la estancia, pues ya lo tenían allí preparado. El Sr. Barrio Ayuso, Ministro de Gracia y Justicia, era de los que creían que aquella grave situación se dominaba con triquiñuelas, y entre él y la Reina habían armado una: la oportunidad de ponerla en práctica no tardó en llegar. Abrió María Cristina el venerable librote, y leyó el art. 192, que previene han de ser tres o cinco los Regentes. '¡Según eso -exclamó Su Majestad-, sois vosotros lo que queréis traer a Don Carlos al Trono! (Asombro e indignación de los sublevados.) Sí, vosotros, pues por esta Constitución no puedo ser yo la Regente del Reino ni tutora de mis hijas, y eso por vosotros, que tantas pruebas me habéis dado de adhesión'.

"El efecto de este argumento fue desastroso en los inocentes revolucionarios, y las caras de triunfo que ponían los palaciegos al oír a su Señora acabaron de desconcertarles. Miráronse por segunda vez uno y otro sargento, como diciéndose: 'ahora sí que estamos lucidos', y el Sr. Barrio Ayuso, reventando de vanagloria por el éxito de su pasmosa zancadilla, reforzó las palabras de la Soberana con otras hinchadas y obscuras, de jurisprudencia constituyente, con las cuales creía llevar a su último extremo la confusión y apabullo de los sublevados. El Alcalde, Sr. Ayzaga, que en el curso de la conferencia había demostrado su parcialidad, apoyando con mímica expresiva cuanto decía una de las partes, y poniendo morros de burla y menosprecio siempre que hablaba Gómez, se creció con el triunfo de la Reina, y quiso acabar de hundir a la desdichada comisión, interrogando al pobrecito soldado que en ella desempeñaba un papel mudo, pues aún no se le había oído el metal de voz.. 'Y tú, vamos a ver -le preguntó, entre las risas de los circunstantes-, ¿qué razones tienes para querer la Constitución del 12?'. Como el soldado, estupefacto y hecho un poste, no contestara, repitió el otro la carga. 'Te pregunto, fíjate bien, que por qué te gusta a ti la Constitución'. El soldado miró al techo, como los chicos que no se saben la lección, y (p.4479) respondió al fin con no poco trabajo: "La quiero, la queremos.. porque es mejor'.

"Ya iba picando en sainete la histórica escena: la inocencia del soldadillo había puesto fin a toda seriedad, y de ello se aprovechó el Alcalde para estrecharle y confundir más a sus compañeros de armas. 'Pero, hombre, explícate mejor: di a Su Majestad en qué te fundas para creer que esa Constitución que ahora defiendes es mejor que otra cualquiera'. Tanto le apremiaron, que el pobre chico se arrancó con sus razones. 'Pues yo no sé.. lo que sé es que el año 20, en mi pueblo, que es la Coruña, para servirles, estaba libre la sal (Risas) y libre el tabaco'.

"Y con estas candideces se regocijaban más los primates allí congregados sin acordarse de que a pocos pasos de la estancia real, donde tales simplezas oían, se apiñaba inquieta y displicente una muchedumbre armada que pedía la Constitución del 12, sin que ninguno de los sediciosos supiera justificar su deseo con razones de más substancia que aquella expresada por el soldado: que era mejor.

"Explícame esto, tú que sabes tanto. ¿Cómo se forma el sentimiento popular, casi siempre irresistible? ¿Quién enseña a las multitudes a querer ardientemente una cosa, sin saber decir por qué la quieren? ¿Cómo es que la sinrazón popular, cuando es persistente y honda, tiene siempre razón? Explícamelo tú, que sabes de estas cosas.. Pero no: ahora no me expliques nada, porque no tendría yo cabeza para enterarme de tu sabiduría, como no la tengo, ni ojos, ni tampoco mano, para seguir escribiendo. El sueño me rinde. No puedo más. Me permitirás que termine aquí esta carta, y no me reñirás por suspenderla en lo más interesante. Mañana seguiré, tontín; mejor dicho, empezaré otra, pues esta quiero que salga en el correo que parte del Real Sitio al amanecer. Mas no la terminaré sin decirte que en la presente confirmo y ratifico cuanto en otras te manifesté respecto a mi tolerancia y deseos de transacción. No sólo no pongo ya el veto a tu frenesí amoroso, sino que para evitar mayores males te incito a que vayas (p.4480) en seguimiento de tu Aura. Sí, niño, sí: ¿tú lo quieres?, pues sea. Como reventarías si no la encontraras y la hicieras tuya, tómala, te lo permito. Quiero que despejes esa incógnita de tu destino. Si he de decirte la verdad, ya me va interesando también a mí esa pobre joven, tan traída y llevada por parientes y tutores, oprimida y explotada por gentes mercenarias. Es muy triste no tener padres, ¿verdad? Mira tú, por esto sólo, por ser huérfana tu novia, he principiado yo a encariñarme con ella. Y es de poco tiempo acá la transformación de mis sentimientos con respecto a tu Aura. Debo esta mudanza a la señora de que te hablé.. ¿ya no te acuerdas?, la que te ha visto y no te ha visto; la que te conoce y no te conoce, la que.. Vamos, niño, tengo mucho sueño. Hasta mañana".

 

Ep-1-IV -

"¿En qué habíamos quedado? -decía la dama invisible en su carta del 15 de Agosto-. ¡Ah!, ya recuerdo. Quedaron cual atontados palominos los tres individuos que representaban a la Revolución. El Gómez, no obstante, se rehízo y sacó de su cacumen un argumento que revelaba mayor agudeza de la que esperaban Reina y cortesanos. Asimilándose con rápido instinto las marrullerías del Ministro allí presente, propuso que se mandase publicar la Constitución con la cláusula de que quedase en vigor toda ella, menos el artículo referente a la Regencia. A esto replicaron que no era posible extender el decreto sin que se reuniera el Ministerio para refrendarlo. Ante obstáculo tan insuperable, la única solución era que los sublevados se fueran calladitos al cuartel, con el mayor orden, satisfechos con la promesa que les hacía la Señora de presentar en la próxima reunión de Cortes un proyecto de Constitución, que había de ser muy buena, mejor todavía que la de Cádiz.

"Conformes en ello los tres militares, dudaban que sus compañeros se aplacaran con tal expediente, y no querían volver a la plazuela temerosos de ser mal recibidos. Entablose una discusión larguísima y fastidiosa entre el Ministro, el Alcalde, Alagón y San Román de una parte, y de otra, el sargento (p.4481) Gómez, pues Lucas no hacía más que asentir con cabezadas a cuanto el otro decía, y el soldadillo había renunciado cuerdamente al uso de la palabra.. Por último, los señores primates, maestros en pastelería sublime, que era su única ciencia, discurrieron amansar la fiera con una Real orden en que la Gobernadora manifestaba al general San Román su voluntad de adoptar nueva Constitución con el concurso de las Cortes. Allí mismo la redactaron, y a los sargentos, crédulos y respetuosos, no les pareció mal. Así lo manifestó Gómez, añadiendo la duda de que con tal emoliente se diesen por satisfechos los sublevados. Pronto lo sabrían, pues con la venia de Su Majestad bajaban a manifestar a sus compañeros el resultado de la junta, en la que se habían empleado tres horas: ya era más de la una cuando salieron a la Cacharrería, donde impacientes aguardaban pueblo y tropa, roncos ya de cantar el himno. Al punto, según oí contar, fueron rodeados de sargentos y oficiales que ansiosos les preguntaban si traían ya el decretito firmado por el Ama. La noticia de que no traían más que una Real orden dilatoria, les sacó de quicio. San Román mandó dar un toque de atención, y obtenido el silencio preparose a leer el papel mojado, empleando antes como vendaje el recurso de los vivas. ¡Viva la Reina! ¡Viva la guarnición de La Granja! ¡Vivan los vencedores de Mendigorría! Las contestaciones fueron calurosas, y el General creyó dominar la situación. Arrancose a leer, y no bien hubo llegado a la mitad del documento, oyó un murmullo, y luego el grito de ¡Fuera!, ¡fuera! En fin, que el hombre no tuvo más remedio que guardar su papelito; y como sonaran disparos al aire, dio media vuelta y se metió en Palacio.

"Todo lo que fuera ocurría repercutió bien pronto en las apartadas estancias donde aguardaba María Cristina, desesperanzada ya de que el conflicto se arreglase fácilmente con arbitrios engañosos y evasivas oficinescas. Sin ejército ni Gobierno que apoyaran su dignidad y sus prerrogativas, no tuvo más remedio que darse (p.4482) por vencida, y contestando con desdeñoso gesto a los palaciegos que aún veían términos de acomodo, ordenó que volviese a subir la comisión de sublevados. Sin duda pensaba que los primates que en tal trance la habían puesto con su abandono y desgobierno, merecían la bofetada que el pueblo les daba con la blanca y blanda mano de su hermosa Reina. Adelante, pues, con el pueblo, que era en suma el burro de las cargas, el sostén de cuanto allí existía, el defensor de los derechos dinásticos, el único guerrero que guerreaba, el único político que dirigía, con rudeza y desatino, eso sí, pero con fuerza. ¡Viva la fuerza, sea la que fuere!, debió de decir para sus adentros la graciosa dama, que plebe y Trono no habían de reñir por una Constitución de más o de menos.

"Aquí lo tienes ya bien explicado todo. Subieron los sargentos, cerca ya de las dos de la madrugada, y manifestado por ellos que la guarnición no se satisfacía con la Real orden, se pensó en extender el decreto. El Alcalde, Sr. Ayzaga, que no cabía en sí de mal humor y despecho, fue encargado por la Reina de redactarlo. Nada de esto presencié yo: me lo contó mi amiga en la antecámara, donde nos habíamos refugiado, rendidas de fatiga y de hambre, todas las personas que ya no tenían alientos para presenciar la fastidiosa escena histórica. Considerábamos que la página era interesante; pero ya nos aburría y deseábamos volver la hoja.

"Allí nos dio un poco de parola D. Fernando Muñoz, que se mostró indignado, primero contra la Guardia, después contra el Gobierno, por no haber previsto suceso tan escandaloso. Ya él se había quejado de que la guarnición del Real Sitio era escasa, y hecho ver al Ministro que estaba maleada por las logias: a esto nos permitimos oponer una observación que me parece irrebatible. Si hubieran mandado más tropa al Real Sitio, la Revolución se habría hecho quizás con mayor escándalo y transgresión más violenta de la disciplina. Después de todo, no habían pasado las cosas tan mal: '¡Ay, mi señor D. Fernando! -le dijo mi amiga, (p.4483) demostrando su profundo conocimiento de España y de los españoles-, dé usted gracias a Dios por haber tenido aquí tan sólo a la Guardia Real, que con otros cuerpos, más tocados del maleficio revolucionario, no sabemos lo que habría ocurrido. Lo que había de acontecer, acontece con el menor daño posible. Y si no, vea usted cómo está Madrid, enteramente entregado a la anarquía. Barricadas, tumultos, muertes, atropellos. Pues aquí, donde parece que se desenlaza el drama, todo queda reducido a una revolución di camera, ni más ni menos. Con una escenita de ópera cómica, hemos transformado la política, nos hemos divertido un poco con las gansadas del soldado intruso, y hemos visto que la Monarquía no ha perdido el respeto del Ejército. ¡Ay de nosotros, el día en que ese respeto falte!'. No se dio a partido tu tocayo con estas razones, y agregó que la revolución di camera no podía formar estado, como hecha por sorpresa, violentando el ánimo de la Señora; que nada adelantarían los sublevados del Real Sitio si en Madrid se mantenía el Gobierno en sus trece. Órdenes se habían dado ya para que resistiera Quesada a todo trance el empuje de las turbas, ya fueran de milicianos, ya de plebe turbulenta, y Quesada era hombre con quien no se jugaba. Ya le conocían los patriotas: de él se esperaba el triunfo de la legalidad, de los buenos principios de gobierno. Si el pueblo quería nueva Constitución, manifestáralo por las vías derechas, por sus representantes naturales. Tanto mi amiga como yo creímos oportuno expresar nuestra conformidad con estas rutinas, puesto que de rutinas vivimos todos, cada cual en su esfera, y los Reyes más que nadie.

"Las tres eran ya cuando firmó Doña María Cristina el decreto mandando promulgar el divino Código, y se retiró a sus habitaciones, dándonos las buenas noches con amable sonrisa. Llegó la hora de que celebráramos la feliz terminación del conflicto, comiendo alguna cosa, y así lo hicimos. Mi amiga me ofreció aposentarme, pues no era prudente que saliéramos tan a deshora los que (p.4484) vivíamos fuera de Palacio. A las cuatro todo estaba en silencio, y la tropa se había retirado a sus cuarteles. Contáronnos al siguiente día que al bajar de nuevo San Román con el decreto, los sublevados prorrumpieron en vivas y mueras, estos últimos dirigidos principalmente contra la camarilla, sin mencionar a nadie. Algunos dudaban que fuese auténtica la firma de la Gobernadora; pero les tranquilizó sobre este punto un tal Higinio García, escribiente de San Román, el cual dio fe de que no había engañifa en la firma y rúbrica de Su Majestad. Agregose Higinio a los sublevados. Resultó que también era sargento, y desde aquella ocasión ha continuado funcionando como uno de tantos cabezas de motín. Me dicen que fue con veinte soldados y un oficial a Segovia para hacer allí el pronunciamiento. Todos estos trámites son fastidiosos, ¿verdad? Las juntas, la proclamación, los actos de entusiasmo con lápida de mal pintado lienzo; la continua y mareante cancamurria del himno, quizás con alguna estrofa y estribillo nuevos, debidos al numen de cualquier patriota versificador; los abrazos en medio de la calle; las congratulaciones de los ilusos que creen entramos en una era de felicidad: todo esto aburre, y si pudiéramos escondernos en el último rincón de España para no verlo ni oírlo, ¡qué bien estaríamos!

"Consecuencia de aquella mala noche en Palacio, viendo cómo se escribe, mejor dicho, cómo se hace la historia, fue un dolor de cabeza que ayer y hoy me ha retenido en casa sin poder dar mi paseo de costumbre. Desde mi balcón vi anteayer la jura en la plaza, con asistencia de toda la guarnición de gran gala, y mucho paisanaje, prodigando unos y otros, pueblo y tropa, las demostraciones de júbilo. Creo yo que la política no se hace con sentimientos, sino con virtudes, y como no tenemos estas, poco adelantamos. El acto de la jura fue muy vistoso, con profusión de damasco rojo y amarillo en el adorno del tablado que se armó frente al Ayuntamiento. En esto llevamos ventaja a Madrid, donde no se ven más que percales indecentes para festejar (p.4485) los grandes sucesos. Tocó la música el himno, por variar, y los vivas atronaron el espacio cuando se descubrió la lápida, en cuya pintura puso sus cinco sentidos un tal Monje, encargado en el teatro de aviar las luces y de embadurnar los telones. Esmerose el hombre en la artística obra, poniéndole unos veteados que imitan mármoles con gran propiedad; en la línea inferior hay un león amarillo muy incomodado, con una garra en la bandera española, otra en una rama de laurel, y la feroz vista clavada en el libro de la Constitución, como si lo estuviera leyendo y enterándose bien de lo que dice para contárselo a la leona. En medio campean las letras '¡Viva Isabel II y la Constitución!'. ¡Con qué gana daban los vivas y con qué ardor eran contestados por la multitud! Gritaban hasta los chiquillos, y las nodrizas, y las criadas de servir. ¿Qué pensarán de todo esto? Allí queda la lápida, que ya hoy empieza a tener buches, y se ven hincharse y deprimirse con el viento los mármoles que en ella figuró el artista. Pronto las lluvias otoñales la pondrán hecha una sopa, y el león se convertirá en perro de aguas, y el libro de la Constitución quedará totalmente inservible. Durante el invierno colgarán jirones descoloridos, y quizás encuentren abrigo los pobres pájaros bajo el lienzo roto, y allí fabricarán sus industriosos nidos, para que no pueda decirse que todo aquel aparato es enteramente inútil.

"Tu amigo Hillo fue ayer a Madrid, por acuerdo mío, con objeto de agenciar algo que a ti se refiere. No te digo lo que es, ni hay para qué decirlo por ahora. Desde allá te escribirá tu Mentor, que no desea otra cosa que servirte y hacerte grata la vida. Por su gusto iría contigo; pero yo no le dejo por ahora. Tu carta última me informa de que estás bien de la herida, y de que esta no inspiró nunca ningún cuidado; dices que te asisten los mismos ángeles.. Necesito más pormenores. Cuéntale a D. Pedro lo que él y yo ignoramos, pues no ha de faltarte tiempo para escribir, a no ser que con tantos mimos y con ese sibaritismo en que vives se te haya embotado la voluntad.

"Quedamos (p.4486) en que te traes a tu Aura. Falta sólo que te la den. Como eres tan poco comunicativo, no sé si te agradaría que alguien hablase de este asunto al Sr. Mendizábal. Explícate, hombre; habla: pide por esa boca. ¿También te enfadas porque cambio ahora los papeles, trocándome de tirana en sierva? ¡Si ahora eres tú el tiranuelo!

"Ya principian a decir que Córdoba no vuelve al Norte. Cualquiera que sea su sucesor, llámese Oraa, Rodil o Espartero, tendrás una eficaz recomendación para que te den todo el auxilio que necesites en tus románticas empresas. No te maravilles de esto: vivimos en el país de las recomendaciones y del favor personal. La amistad es aquí la suprema razón de la existencia, así en lo grande como en lo pequeño, así en lo individual como en lo colectivo.. Y este descubrimiento, ¿no vale nada? Es verdad, ¿sí o no? ¿Qué tienes que decir?".

 

Ep-1-V -

Conforme leía, Calpena daba cuenta a los visitantes de la casa de Castro de lo substancial de estas cartas, o sea de aquella parte que era o había de ser histórica. Reuníanse allí por la noche media docena de personas de lo más granadito del pueblo, y charlaban de política, inclinándose los más a los temperamentos medios o incoloros. El general lamento era que España tenía todo lo bueno que Dios crió, menos gobernantes que supieran su obligación, resultando que con unos y otros siempre estábamos lo mismo. Alguno de los tertulianos respiraba por el régimen absoluto, pero en la forma antigua, patriarcal, no con las ferocidades que se traían los adeptos de Don Carlos, y dos tan sólo, menos aún, uno y medio casi, eran resueltamente liberales, también con mesura y templanza, renegando del faroleo continuo de la Milicia nacional y de los desafueros de las logias. Excusado es decir que todos los concurrentes a la plácida reunión poseían bienes raíces, y aun adquirirían muchos más cuando pasara el escrúpulo de comprar las fincas de los conventos. Aburríase Fernando en la tal tertulia de medias tintas, de una opacidad tristísima en las ideas, y si no estuvieran allí Demetria (p.4487) y Gracia, le sería intolerable la sociedad de aquellos señores tan bien entonados. Más grato que la tertulia había venido a ser para él rezar el rosario con las niñas, Doña María Tirgo, D. José y la servidumbre. Rezando, su mente vagaba por ideales esferas, donde veía resplandores místicos o profanos, a veces filosóficos, y hermosas imágenes, todo más bello que las opiniones grises y deslucidas de los notables de La Guardia.

Pasada la Virgen de Agosto (fecha de la fiesta y feria del pueblo, que aquel año, por motivo de la guerra, fue de muy escaso lucimiento) , pudo Calpena salir a la calle, cojeando un poco. D. José María le acompañaba casi siempre, y le mostraba lo notable de la villa, dándole frecuentes descansos, ora en la botica de Montenegro, ora en la tienda de Sacristán, para concluir en la iglesia, en la cual le fue enseñando todo lo que en ella había: altares, cuadros, sepulcros, ropas y vasos sagrados. Tan minuciosa prolijidad empleaba en la descripción y en la historia de cada objeto, que fueron precisas cinco largas tardes para que D. Fernando se enterase de todo. Ni en la Catedral de Toledo ni en San Pedro de Roma tardara más un cicerone de conciencia en mostrar antiguas riquezas. Y eso que las obras de arte de la parroquia de La Guardia no eran cosa del otro jueves. La última tarde, cuando Calpena no ignoraba ningún detalle cronológico ni artístico, y conocía los santos de todos los altares como a personas de su intimidad, le metió D. José en la sacristía, y obsequiándole con vino blanco y bizcochos, se dispuso a comunicarle cosas de la mayor importancia.

"Aquí solitos, Sr. D. Fernando -le dijo, sentados ambos en viejísimos sillones de cuero-, quiero poner en su conocimiento un delicado asunto referente a la casa de Castro, y no sólo me mueve a ello el deseo, casi estoy por decir la obligación, de enterarle de tal asunto, sino mi propósito.. yo soy así.. mi propósito de consultarle acerca del mismo".

-¿De qué se trata, Sr. D. José María? -dijo Calpena, comenzando a asustarse por el tonillo misterioso que tomaba el clérigo-. (p.4488) ¿Qué ocurre?

-No ocurre nada de particular, señor mío -replicó Navarridas aproximando más su sillón-: el caso es sencillísimo, aunque nuevo en esta juvenil generación de la familia de Castro. Tratamos de casar a Demetria.

-¡Ah!.. no creía, no sabía.. no sospechaba -dijo balbuciente el joven, mirando a un lienzo antiquísimo, colgado en la pared frontera, y en el cual, entre las negruras del óleo secular, se distinguía la cara de un santo de sexo indefinido-. Es muy natural.. sí, señor.. casar a Demetria.

-Ya ve usted. Mi hermana y yo venimos poniendo en ello de un mes acá nuestros cinco sentidos, que son diez sentidos.. La chica anda ya en los veintiún años. Es, como usted sabe, una rica mayorazga, la más rica de este término. Conviene, pues, buscarle marido; pues aunque ella no necesita de ayuda de varón para el gobierno de su hacienda, no es bien que la poseedora de estos estados permanezca soltera. Para la felicidad de ella, para su equilibrio, vamos al decir, así como para lustre de su nombre y de su casa, conviene que la niña tenga esposo. ¿No piensa usted lo mismo?

-Exactamente lo mismo -respondió el joven, que volvió a mirar al santo; y ya en aquel punto, o porque entrase más luz, o porque sus ojos se habituasen a la penumbra, ello es que le pareció mujer, es decir, santa y bonita.

-Celebro que sea usted de mi parecer. Pues un mes llevamos María y yo en este negocio, y creo que nos aproximamos a un resultado felicísimo, pues el punto delicado de la elección de esposo está casi resuelto.

-¿Y quién es.. ¿se puede saber?.. quién es el venturoso mortal a quien se cree digno de poseer tal joya?

-Tiene usted razón: joya es de gran precio la niña, y mucho tiene que valer el que se la lleve.. Ahí estaba la dificultad: elegir un hombre que si no igualase en prendas a Demetria, se le aproximara; vamos, que fuera de lo más selecto entre los jóvenes del día. Pues sí, señor: hemos encontrado ese rara avis.

-¿Puedo saber quién es? ¿Acaso le conozco?

-Espérese usted un poco. Como me consta el interés vivísimo con (p.4489) que usted mira cuanto a mis sobrinas se refiere; como no puedo olvidar que ha sido usted el espíritu valiente que las redimió de aquel endiablado cautiverio de Oñate; como sé todo esto..

-Acabe usted por Dios.

-Como sé todo esto, y me consta la gratitud que las niñas le tienen y lo mucho que estiman su caballerosidad, su hidalguía, su.. en fin, que usted debe saberlo antes que nadie. Pero el asunto es reservado; queda entre los dos.. Pues decía.. ya.. a ello voy; decía que después de mucho discurrir mi hermana y yo, y de pasar revista a los linajes y circunstancias de todas las casas ilustres de veinte leguas a la redonda.. mi hermana.. para que usted lo sepa.. es muy fuerte en linajes y en historias de familias.. decía que al fin nos fijamos en la noble casa de Idiáquez. ¿La conoce usted?

-No, señor.. ese apellido me suena.. pero no.. no conozco.

-Los Idiáquez son una rama de la antiquísima casa de Lazcano, que viene a enlazarse por sucesivos entroncamientos con los Palafox y con los Gurreas de Aragón, de la estirpe del Rey Católico; con los Borjas y Pignatellis, con los..

-Pero en puridad, Sr. D. José María, ¿quién es el novio?

-El novio, señor mío, es y no puede ser otro que D. Rodrigo de Urdaneta Idiáquez, Conde de Saviñán y de Villarroya de la Sierra, el cual tiene su casa señorial en la renombrada villa de Cintruénigo; hijo de Don Fadrique, o D. Federico, lo mismo da, de Urdaneta, ya difunto, y de Doña Juana Teresa de Idiáquez y demás hierbas, pues si fuera a designar todos los apellidos, no acabaría en media semana.

-Bien; me parece muy bien-, dijo Calpena, volviendo a mirar la pintura, que ya no le pareció santa, sino santo, y bastante feo. Fijándose más, vio que a los pies tenía una corona, como si la despreciara, y en la mano una calavera, que antes le había parecido un queso con ojos.

-Como usted comprende -añadió con gravedad D. José María-, teniendo en cuenta todas las partes del individuo, no hemos reparado principalmente en su alcurnia, que es altísima, ni en su lúcida riqueza, sino en sus virtudes, las cuales son tantas, al decir de la (p.4490) fama, que no hay lenguas que puedan elogiarle como se merece. Su edad es de veintiséis años, su presencia gallardísima, su rostro hermoso, espejo de un alma noble, sus acciones señoriles, su lenguaje comedido y muy galán.. en fin, que parece haber venido al mundo adrede para emparejar con esta sin par niña, cuyos méritos conoce usted. Hace días que María y yo, por medio de una discretísima correspondencia, venimos tratando de este matrimonio, que esperamos bendecirá Dios, concediéndole numerosa prole.

-Según eso -dijo Fernando sin ocultar su asombro-, ¿no conocen ustedes al candidato?

-Le conocemos y no le conocemos. El año 21 ó 22, con ocasión del destierro de D. Beltrán de Urdaneta.. ¿No ha oído usted nombrar a D. Beltrán de Urdaneta?

-¡Yo qué he de oír nombrar a ese señor!

-Pues es en estas tierras más conocido que la ruda. Decía que con motivo de su destierro por trapisondas políticas, residió aquí la familia como unos ocho meses. Rodriguito era entonces un chiquillo precioso: diez u once años todo lo más. Demetria tenía seis, si mal no recuerdo. Las dos familias intimaron: el niño y la niña no se separaban en todo el día, fraternizando en sus juegos infantiles. Recuerdo que en aquella Navidad les hice un nacimiento en la misma habitación donde usted mora. Lo que yo gozaba con ellos no es fácil imaginarlo. Desde entonces, me dio el corazón que aquellos dos seres tan graciosos y angelicales habían de juntarse, con el tiempo, en santa coyunda. D. Beltrán, abuelo de Rodrigo, y D. Fadrique, su padre, salían con Alonso a cacerías interminables. Verdad que desde entonces no hemos vuelto a verles; pero mi hermana, que entabló cordial amistad con Doña Juana Teresa de Idiáquez, ha seguido sosteniendo con ella correspondencia tirada; mi cuñado Anselmo de Tirgo tuvo en arrendamiento, por no sé cuántos años, la propiedad de los Urdanetas que llaman Mojón de los tres Reyes, y fue de los que ayudaron a desempeñar la casa, que vino muy a menos por las imprevisiones y larguezas desmedidas de D. (p.4491) Beltrán.

-Y Demetria, ¿tampoco ha vuelto a ver al D. Rodrigo desde que jugaban juntos y usted les hacía los Belenes?

-No han vuelto a verse, no señor.

-¿Y se ha enterado de que quieren ustedes casarla?

-Se lo hemos dicho, naturalmente; y como es tan discreta y sesuda, nos ha contestado que agradecía mucho el interés que tomábamos por ella; que, en efecto, tiene noticia de las virtudes y méritos del Sr. Don Rodrigo, y que accederá a ser su esposa, si, después de tratarle en esta edad del discernimiento, le encuentra digno de concederle, con su mano, su corazón.

-Muy bien contestado, Sr. D. José. En todo revela su entendimiento superior.

-Los informes que tenemos del ilustre joven, fidedignos, tomados en fuentes diversas, convienen en que es un dechado de grandes y nobles cualidades; perfecto caballero, que cuida de conservar intacta la dignidad de sus mayores; de tan intachable conducta en lo moral, que nadie podría echarle en cara ni aun aquellas transgresiones leves que tan disculpables son en la juventud; grave en su trato, en su lenguaje comedido, llano con los humildes, digno entre los poderosos sus iguales, formal en sus tratos, esclavo de su palabra, señor en sus actos todos; enemigo de juegos y pasatiempos que no conducen más que al pecado; desconocedor de todos los vicios, amante de todas las virtudes..

-Diga usted de una vez que es santo y acabará más pronto.

-Pues nos han contado de él rasgos que casi elevan su virtud a la categoría de santidad, sí, señor. Para poder restaurar la hacienda de Idiáquez, que, como antes he dicho, quedó maltrecha con los despilfarros del D. Beltrán y del D. Fadrique, nuestro Rodrigo se consagró en cuerpo y alma a la práctica del orden, de la regularidad administrativa, imponiéndose a la edad de veintiún años una economía implacable, que no sólo significaba la privación de todos los goces de la juventud, sino que le imponía una estrechez de vida más propia de padres del yermo que de caballeros de este siglo. ¡Mire usted que es virtud!

-O necesidad.. según como estuvieran las cosas.

-Virtud, (p.4492) digo, porque no era para tanto, señor mío. Verdad que en esto le ayudaba su madre Doña Juana Teresa. Esta sí que es una santa. Ella fue quien le enseñó la economía prodigiosa, gracias a la cual han sacado adelante los intereses, conservando casi todos los bienes raíces. Otro rasgo de virtud es que jamás se le ha oído a D. Rodrigo una palabra mal sonante, pues hasta para reñir a un criado que falta a su obligación, emplea formas corteses. Sus pensamientos son siempre limpios; su vida de una pureza ejemplar. Actos de religiosidad y cristianismo se cuentan de él a millares, señalándose principalmente por el rigor piadoso con que ayuna toda la Cuaresma, sin hacer gala de ello, y por su devoción a la Virgen.. En el gobierno de su hacienda, lleva las cuentas de frutos y gastos con una prolijidad minuciosa, de modo que no se le escapa un maravedí, y en la casa, con tal sistema, todo marcha a maravilla.. Con que vea usted por qué caminos de Dios vienen a unirse los que atesoran las mismas cualidades. ¿Qué ha de resultar de esto, señor D. Fernando, más que la misma perfección, y por ende la felicidad suprema?

-Pues si me permite usted una observación, Sr. D. José María, y me promete tenerla por sincera y leal, allá va. Si el D. Rodrigo es tal y como usted me lo pinta; si hay completa fidelidad en ese retrato, yo me atrevo a declarar, porque así lo pienso, que Demetria no ha de gustar de su novio cuando le trate.

-¡Por Dios, Sr. D. Fernando..!

-Esta es mi opinión, Sr. de Navarridas. Apréciela usted como quiera. Puede que me equivoque; puede resultar que el D. Rodrigo no sea enteramente igual al retrato que usted por referencias hace, pues no le trata hoy ni le ha visto desde que él era niño. Y también digo que si, retocando la pintura, le quita usted algunas de esas virtudes eminentes, tal vez sea más grato a la niña.

-¿Qué dice usted..? ¿Más grato a la niña cuanto menos virtuoso..?

-No depende el atractivo personal de las virtudes exclusivamente, señor mío. Claro que las virtudes algo significan; pero no son ellas (p.4493) solas las que hacen al hombre agradable, propicio al amor. No sé si me explico bien. Usted es un santo. Si este grave asunto se ha de decidir entre santos, tendré que inhibirme, porque yo no lo soy. Sujeto a las debilidades humanas, creo poder juzgar de cosas de amor, de simpatía, mejor que usted. Y perdóneme esta franqueza, mi buen amigo.

-Sí que le perdono.. usted me confunde. Tengo al Sr. Calpena en gran estimación y le coloco entre los primeros caballeros del mundo, conocedor de la sociedad y del corazón humano.. Por lo que usted me ha contado, poniendo en mí su confianza, sé que tiene motivos para dar lecciones al más pintado en lo tocante a los afectos entre hombre y mujer. Puede que esté en lo cierto.. Pero como nada ha de hacerse sin que preceda el trato de los novios, y mi sobrina, según su gusto y parecer, es la que ha de decidirlo en definitiva, esperemos. Dentro de poco tiempo serán las vistas, pues aquí ha de venir el D. Rodrigo con su madre y su abuelo D. Beltrán, y entonces se sabrá si..

-Todo eso me lo contará usted, porque yo he de marcharme pronto. Mis asuntos apremian, y no estaré en La Guardia cuando se celebren las vistas, precursoras de esto que parece matrimonio de reyes.

-¡Sí que lo parece!.. ja, ja.. -dijo gozoso Navarridas- Aquí tenemos nuevo ejemplo del casorio de Isabel de Castilla con Fernando de Aragón. Veremos unidas dos casas poderosas, Castro-Idiáquez o Idiáquez-Castro.. Tanto monta.

 

Ep-1-VI -

En esto entró Doña María Tirgo, que había pasado toda la tarde con otras amigas suyas en el camarín de la Virgen, desnudando a ésta de las ropas de gran gala que le pusieron para la fiesta, y vistiéndola con el manto y túnica que usaría la Señora hasta el Adviento. No bien entró la dama, la informó su hermano de lo que acababa de revelar al amigo de la casa; y como añadiese nuevas observaciones laudatorias de la parentela ilustre de los Idiáquez y Urdanetas, tuvo que corregirle Doña María, mostrando tanta suficiencia como fácil memoria: "Por Dios, José María, todo lo (p.4494) trabucas. El entronque de D. Rodrigo con los Iraetas no es por los Idiáquez, sino por los Asos de Sobremonte, que proceden de una sobrina carnal del propio San Ignacio de Loyola. Los Garros, que también tienen parentesco con los Tirgos, son los que enlazan la rama de los Idiáquez con los Javierres y los Aragón, por el casamiento de Doña Justa de Garro Idiáquez con D. Alonso de Gurrea, de donde vinieron Mariquita y Luisita, una de las cuales casó con D. Calixto de Borja, biznieto de un hermano del siervo de Dios, San Francisco. Siempre confundes esta familia con los Palafox, que son de otra cepa. Doña Juana Teresa es Palafox por su madre, no Gurrea, prima hermana de los Marqueses de Lazán. Ya sabes que Pepito, el de Robustiana Palafox, casó con una señora de los Gonzagas de Italia, prima segunda del glorioso San Luis; y la Rosita.. ¿te acuerdas de Rosita, la de Alcanadre, que tuvo aquel pleito famoso con los Tirgos? Pues la Rosita era viuda de un Pignatelli; casó después con Jacinto Palafox, sobrino del padrastro de su primer marido, y en terceras nupcias con Gurrea y Azlor, emparentado con la casa de Aragón..".

-Yo no sé cómo mi hermana -dijo festivamente D. José María- tiene cabeza para desenmarañar esa madeja de entronques y parentescos.. Pero dejemos esto para otra ocasión, y vámonos a casa, que las niñas nos estarán esperando.

Salieron de la iglesia, agregándose en la puerta las dos señoras que con Doña María habían vestido a la Virgen, y tomaron por calles y plazuelas la dirección del palacio de Castro-Amézaga, marchando delante Navarridas con las de Álava (que así se llamaban las señoras, primas o sobrinas en tercer grado del célebre general de Marina de aquel nombre) , y detrás Calpena con Doña María. "No debe usted darse por entendido con las niñas de este negocio del casamiento. A Demetria le hemos dicho que nadie sabe una palabra de nuestro plan. A usted le parece bien, seguramente. Como mi hermano está un poco ido de memoria, habrá olvidado decir a usted que D. Rodrigo es caballero (p.4495) del hábito de Santiago. Pero no le elegimos por eso, ni por los dos condados, sino por sus virtudes, ¡ah!.. Según me ha dicho Demetria, usted nos deja pronto. Quiera Dios que cuando vuelva por aquí les encuentre casados".

Creyó entender Calpena, por el tonillo de Doña María, que no deseaba la permanencia del huésped en la casa mucho tiempo más, y se apresuró a darle gusto, diciendo que, por lo apremiante de sus quehaceres, pensaba partir dentro de dos o tres días.

"Sí, sí, no sería prudente ni delicado retenerle a usted. Lo que yo digo: por más que no lo manifieste, se comprende que está aburrido en este poblacho, donde no hay sociedad para una persona como usted, tan alta, acostumbrada a las pompas de la Corte y al trato de otra clase de gente".

Replicó Fernando que el trato de las familias de Castro y de Navarridas era para él gratísimo, y aseguró que no había conocido nunca sociedad mejor.

"Vamos -dijo Doña María presumiendo de agudeza- no se nos haga usted el chiquito. ¡Si de nada le vale a usted ocultarnos su condición elevadísima! Yo estoy en el secreto, porque lo que saben las sobrinas lo sé yo.. No nos engaña el Sr. D. Fernando con su modestia".

-Me confunde usted, señora, suponiendo que soy lo que no soy.

-Cuando salía usted herido de Salvatierra, en la galera, y venían detrás mis dos sobrinas en otro carro, bien se acordará.. se agregaron dándoles escolta, dos oficialillos muy simpáticos, Serrano y Alaminos (mi memoria prodigiosa me permite recordar los nombres) . Pues Alaminos y Serrano, charlando con las niñas, les dijeron que, según la pública voz, es usted de un origen muy encumbrado. Las razones que tendrá para no revelar ese origen, usted las sabrá. Sólo digo que esas cosas no pueden ocultarse, sobre todo a las personas de fino olfato, como una servidora de usted. La sangre, la cuna, la educación saltan siempre a la vista, señor mío, y en usted está el mejor ejemplo de lo que digo, pues en su conducta, en su menor palabra, en su mirar, en el gesto más insignificante, se conoce que viene (p.4496) usted de muy alto.. No, no, si no le pido revelaciones.. Cada cual sabe lo que debe callar..

No quiso Fernando entrar en largas discusiones con la dama, y creyó más discreto dejarla en aquel error, que tal vez no lo sería. Si él no sabía nada, lo más prudente era callarse siempre que tal tema le tocaran. En el gran patio de la casa encontraron a Demetria y Gracia con varias señoras amigas, tomando la fresca: Gracia y otras de menor edad jugaban a las cuatro esquinas. La mayorazga, sentada en el carro de las personas graves, que acababan de tomar chocolate, no quitaba los ojos de la puerta, esperando ver entrar a cada instante a sus tíos con D. Fernando. Algo se habló de labores ce campo, por iniciativa de las señoras de Álava, propietarias muy fuertes; Demetria dijo que ya había concluido de trillar las cebadas, y que la cosecha era mediana en cantidad, pero el grano superior. En estas y otras conversaciones se hizo de noche; retiráronse las amigas; a poco de subir D. Fernando a su cuarto, entraron Demetria y Doña María Tirgo, y la primera empezó a reñirle porque se había vuelto muy correntón, y no hacía caso de las advertencias de D. Segundo. "¡Pero si ya está bien! -dijo la de Tirgo-. No le riñas, hija, que harta paciencia ha tenido el pobre. Mira que aguantarse tres meses y días en este lugarón, entre gentes rústicas.. sí, hija, pongámonos en lo justo; no le des vueltas: somos rústicas, y el señor D. Fernando está acostumbrado a una sociedad más refinada que la nuestra".

-No, si no digo nada. Comprendo que debe marcharse.. Y a propósito: aquí tiene ya su ropita, D. Fernando. Va usted a salir de aquí hecho un señorito de pueblo. ¡Y que no se reirán poco de usted cuando le vean tan elegantón! Van a creer que este corte es de la moda de Londres, y preguntarán: ¿pero qué tijeras son esas, hombre, que te han cortado esas prendas admirables?

Fernando se reía mirando la ropa, y ella continuaba sus donosas chanzas: "Ya, ya va usted bien apañadito. Le van a tomar por un alumno del Semanario de Tarazona que vuelve de (p.4497) vacaciones".

-Pues la ropa, búrlese usted todo lo que quiera, parece muy bien cortada. Mañana me la pondré para que usted la vea, y quizás varíe de parecer.

-Sí, sí, lo mismito que la que dejó usted en Madrid. Lástima que no le hayan hecho también fraque las sastras de acá, para que lo luzca en las recepciones palaciegas cuando vuelva a la corte.. ¡Ah, qué cabeza!, se me olvidaba lo principal. Ha venido esta tarde en busca de usted un capitán de Infantería, que ha llegado de Madrid.

-¿Cómo se llama? ¿Trae cartas?

-No me dijo su nombre. Le trae a usted otras veinte onzas, y carta. Las pataconas no ha querido dejarlas. Díjome que volvería; la carta aquí está.

-¡Pero si en el tiempo que lleva en casa, ya es la tercera vez que le mandan veinte onzas! -exclamó Doña María Tirgo-. ¡Ay!, en cuanto coja aire por esos mundos, adiós mi dinero. Bien, hijo, bien: no se prive usted de ningún gusto de los que dan tono a la verdadera grandeza; derroche y triunfe, que por lo visto hay por allá una mina inagotable.

-Sí, señora, inagotable -afirmó Calpena, siguiendo el bromazo, que para las damas no lo era-: soy muy rico, soy muy grande, soy el niño mimado del destino..

-No, no lo tome a broma -dijo Demetria-. Muy grande, sí, y nosotras unas pobres palurdas; pero es al propio tiempo tan delicado, que no nos deja conocer la diferencia entre usted y nosotras: diferencia por la clase, por la educación, por la ilustración..

-Si eso me lo dijera otra persona, crea usted no se lo perdonaría. Pero usted está autorizada para todo, hasta para llamarme fatuo, que fatuidad grande sería en mí creer en esa desigualdad.

-Pues me callo, señor.. En fin, no le quitemos tiempo, que querrá leer la carta de su amigo.

-La leeré después.

-No, ahora, que nosotras nos vamos. Y si no ha de venir a rezar el rosario, dígalo para no esperarle.

-¡Pues no he de ir! ¡Y poco que me gusta a mí rezar el rosario con la familia!

-Pero que no pase lo de la otra noche -indicó Demetria entre severa y jovial, delicada fusión de tan distintos matices en las luces de sus ojos.

-¿Qué pasó la (p.4498) otra noche?

-Pues nada en gracia de Dios. Que dijo que iba al rosario, y nosotras allá esperándole un cuarto de hora, con el primer Padrenuestro en la boca.

-Pues vamos ahora mismo. Después leeré la carta.

-No, no -dijo Doña María cogiendo por un brazo a su sobrina y llevándosela-. Déjale, déjale.. No le marees.

-Voy en seguida.

Pasó rápidamente la vista D. Fernando por la carta de Hillo, enterándose de lo más substancial, con ánimo de leerla entera después del rosario y la cena. Así lo hizo. Al acostarse, tuvo conocimiento de todo lo que el buen presbítero le decía, y que en extracto a continuación se refiere:

"Aquí me tienes desde el 14 que vine a ciertas comisiones y encarguillos de la Gobernadora (no me refiero a nuestra Soberana, hija de Partenope, sino a la reina sin corona que a ti y a mí nos gobierna, y bien puedes dar gracias a Dios de que así sea) , los cuales aún no han tenido cumplimiento por lo trastornado que está todo en esta villa, a quien los retóricos llamamos Ursaria, y que debiera llamarse hoy Babilonia la chica. ¡Qué barullo, Dios mío, qué espantosa confusión, no diré de lenguas, pues todos hablan lo mismo, pero sí de ideas y de voluntades! Por la mañana andan a tiros milicianos y soldados; por la tarde salen cantando el himno. Los ministros, con su Sr. Istúriz al frente, no saben qué hacer. A La Granja, donde yo dejé la revolución bien guisada, acudió Méndez Vigo, Ministro de la Guerra, con ánimo de sofocar el movimiento. No llevaba tropas: llevaba dinero, que es, según dicen, la summa ratio de estas subidas y bajadas de constituciones; pero nada pudo conseguir. Ahora me dicen que hoy ha vuelto su excelencia acompañado de los sargentos triunfadores; entró en Madrid el representante del ejército, llevando en su propio coche al sargento Gómez, uno de los héroes del día; ha sido un espectáculo edificante el paso del General por San Vicente y Caballerizas, hasta Ministerios, donde se han apeado. Si esto no es una casa de locos, no sé yo lo que es, mi querido (p.4499) Fernando.

"La Milicia Nacional, derrotada y desarmada en todas partes, conserva la posición que ganó en los Basilios, arrojando de allí a los peseteros que defendían el convento. El Gobierno, tan pronto se cree vencido y se dispone a sucumbir ante el magistral engaño de los sargentos, como se encampana, escarba, humilla, pretendiendo restablecer con un buen hachazo el principio de autoridad. Pero este ¿dónde está? ¿Quién es el guapo que lo tiene? Si se confirma que Méndez Vigo y el Sr. Gómez, sargento de Provinciales, han traído del Real Sitio varios decretos firmados por la Reina destituyendo a no sé qué ministros y nombrando otros, ¿dónde se ha metido el principio de autoridad? ¿Lo tienen Gómez, Lucas y García, lo tienen las logias, o no lo tiene nadie? Me inclino a creer esto último.. Y vamos a otra cosa, pues entiendo que más que las noticias de este inmenso Carnaval en que vivimos, te interesará saber que por el capitán D. Teobaldo García (no tiene nada que ver con el esclarecido sargento del mismo nombre) te mando otras veinte onzas, por encargo de quien tiene esto y mucho más para subvenir a tus necesidades. Confiamos en que a la tolerancia de arriba corresponderás tú, desde tu posición inferior, con una conducta ajustada a la razón y a los buenos principios. No sabes tú bien lo que te perderías si así no lo hicieras. El sentido de tu última carta, aunque breve, substanciosa, me da esperanzas de que te veremos formal y comedido. Sientes el hastío de los actos irregulares; ansías la paz de la conciencia, el reposo del ánimo. Muy bien: ya estás en el buen camino..

"Se transige con Aura, a pesar del origen no muy ejemplar de tu dama. Pero no hemos de ahondar demasiado en los fundamentos de cosas y personas, porque haciéndolo, la vida sería imposible. Ello es que vivimos en plena revolución. En proceso revolucionario está la sociedad, y lo mismo puede decirse de las familias y de las personas. El pueblo va ganando la partida: hoy avanza un paso, mañana otro, y los viejos alcázares se (p.4500) desploman. La Nación transige con los sargentos, acepta de ellos la traída de la Constitución. Pidamos a Dios que no salgan luego los cabos trayéndonos otra. En tu esfera has hecho la revolución, y de arriba viene la soberana voz que te dice: 'Paciencia; aceptemos los hechos consumados'. Recoge, pues, a tu Aura; pero no pienses en que se te ha de consentir otra cosa que el matrimonio religioso y legal. Revolucionarios somos; pero no tan calvos, amigo mío.

"Y cuanto más pronto decidas ese punto capital, mejor, querido Fernandito. Si, como dices, ya estás curado de tu herida, abandona las delicias de esa Capua, y vete a tu negocio. Con las onzas recibirás el salvo conducto, y en un paquete separado esta carta, y las dos que presentarás a D. Juan Bautista Erro, el Mendizábal del absolutismo, y al general Maroto; ambos te facilitarán tus diligencias en el país carlista. Ya verás que son bastante expresivas. Me ha dicho hoy Iglesias que aquí se consigue todo con buenas amistades. Pero yo veo que el pobre poco adelanta con llamar amigos a las tres cuartas partes de los españoles; de donde colijo que el abuso de los bienes es siempre un mal muy grande. Me asegura Nicomedes, invariable en su inquietud y en el anhelo de nuevas posturas, que esta revolución sargentil es un modelo del género, pues ha realizado una eficaz y provechosa mudanza por los medios más breves y pacíficos, sin derramar sangre inocente. Cree él que las naciones extranjeras nos han de copiar esta receta sencilla y familiar de los pronunciamientos, que hace inútiles las altas jerarquías de la milicia y la política. Allá veremos.

"Concluyo con una noticia que he adquirido esta tarde por feliz casualidad, pues tal ha sido mi encuentro con el Sr. Maturana cuando yo volvía de recoger las onzas. Sabrás, amado Telémaco, que D. Ildefonso Negretti ha caído en desgracia en la Corte absolutista, por habérsele descubierto chicoleos epistolares con Mendizábal, a quien escribía cosas que no debieron ser del agrado de aquellos fantasmones. Interceptada la correspondencia por la (p.4501) Comisaría carlista de correos, fue reducido a prisión el culpable, y lo habría pasado muy mal sin la protección que le dispensa el Infante D. Sebastián. No pudo decirme Maturana dónde se encuentra hoy. Tú lo sabrás pronto.

"Viene el Sr. D. Teobaldo a decirme que no sale hasta mañana, y aprovecho la dilación para endilgarte un par de pliegos más esta noche, con referencias del giro que van tomando estas humoradas del Carnaval político, y con algo de lo que a ti pueda interesarte-.Vale".

 

Ep-1-VII -

"¡Lo que te has perdido! -continuaba el buen clérigo-. No un día, sino dos, se ha retrasado en su marcha el Sr. D. Teobaldo, lo que me permite notificarte que hoy tempranito hizo la Reina su entrada en Madrid. ¡Vaya una ovación! ¡Qué calurosos vítores, qué delirio, qué derroche de flores, todo al compás del himno! Lo presencié en Caballerizas, y te aseguro que me conmovió la sincera alegría popular. Todas aquellas mujeres, que como locas gritaban, ¿qué idea tendrán de la Constitución del año 12? Y si no tienen ninguna idea, un sentimiento ya tendrán; algo es algo. Ese sentimiento indefinido viene siendo la energía que mueve toda la máquina social y política; pero ¡ay!, andaremos mal si no se traduce pronto en ideas, en hechos pacíficos, pues no vive un país con el solo alimento de entusiasmos y cantatas. Hoy está todo Madrid colgado, que así expresamos el ornato de balcones con abigarrados lienzos, banderas, o colchas donde no hay otra cosa; y esta noche tendremos lo que llaman iluminación, que es un gran derroche de cabos de vela y lamparillas en los edificios públicos y particulares. Su Majestad parecía muy satisfecha: las niñas, monísimas, saludaban con sus enguantadas manecitas, y el pueblo tan satisfecho. He visto a muchos abrazarse en medio de la calle. Luego me dijeron que esperaban que bajara el pan, y que todos los empleos se darían a los que profesan el patriotismo. Pues aún falta lo mejor, chiquillo. Dos horas después de la entrada de la Reina, hicieron la suya los sublevados de La Granja, encarnación del principio de (p.4502) Libertad, ahora triunfante, y aquí fue el repetir las ovaciones con más ardor y franqueza, porque el respeto de los Reyes siempre cohíbe un poco en la manifestación del júbilo. Uno de los corifeos, el Higinio García, venía a caballo detrás del general Rodil, con su uniforme tan majo que daba gusto verle. Oí decir que el caballo es prestado, y que él se ha erigido en plaza ecuestre, o en caballero del orden civil, sin que nadie se lo mande. Lo cierto es que su buena presencia, su vistoso uniforme, y la circunstancia de venir a la verita del General, como figura importante de la Milicia, le señalaron más a la admiración del pueblo, y para él fueron los grandes aplausos y los vivas más calurosos, tocándole menor parte al Alejandro Gómez, que marchaba en su puesto en la compañía de Provinciales. Oí decir en los corrillos que el autor de todo el fregado era Gómez, y que a él debía la patria regenerada mayor servicio que al Higinio; pero que este sabía ponerse en lugar más visible, y apropiarse los plácemes y obsequios de que el otro era merecedor. Se aseguraba, como cosa hecha, que a los dos les van a nombrar comandantes del resguardo, sin darles ascenso en el cuerpo a que pertenecen, porque esto no ha parecido a todos muy regular. Ya ves que no carecen de modestia los pobres, y se contentan con bien poca cosa, pues si en proporción de lo que han hecho se les premiara, los dos a estas horas debieran ser ya generales. O hay lógica o no hay lógica, amigo mío. No me negarás que llevando las cosas con rigor, si por el criterio de la aplicación de la Ordenanza les corresponde la pena de muerte, por el de los hechos consumados les corresponde la gracia del generalato. Esto es claro como el agua.

"En el trayecto por el interior de Madrid, pues fueron a parar al cuartel del Pósito, los vítores y palmas llegaban al delirio, y luego que quedaron francos de servicio Gómez, García y Lucas, cayeron sobre ellos bandadas de los patriotas más pudientes, y les convidaron a comer de fonda y a fumar buenos puros del estanco. Entre tanto, no quiero decirte la (p.4503) quina que habrán tragado a estas horas Istúriz, Galiano, Saavedra y los agarrados a ese Ministerio, que vino al mundo con la intriga que puso en el arroyo a nuestro bonísimo D. Juan Álvarez. ¡Y que no echaban pocas roncas esos caballeros, ni se daban poco tono con su suprema inteligencia! Quisiera saber lo que piensa de todo esto tu amigo el Sr. Rapella, muñidor que fue del Gobierno de Istúriz, pues él llevaba y traía los recaditos al Pardo. Olózaga lo cuenta muy bien. Como que él descubrió el embuchado en la Puerta de Hierro, y por no escandalizar ni dar un mal rato a la Reina, taparon.. Pero pronto se descubrió el pastel, y si una intriga de opereta derribó a Mendizábal para entronizar a su amigo Istúriz, este cae a su vez ignominiosamente por un enredijo de entremés con tonadilla. La historia de España, que hasta hace poco gastaba el coturno trágico, paréceme que se aficiona a la comodidad de los zapatos de orillo, o al desgaire de la alpargata.

"¿No sabes? Ya tenemos Ministerio nuevo. D. José María Calatrava lo preside, según acaba de decirme Nicomedes, que ha entrado como una exhalación, y volvió a salir como una centella. Díjome los nombres de los demás Ministros; pero se me han ido de la memoria. Paréceme recordar que en Gobernación entra Gil de la Cuadra, y en Guerra el general Rodil. De lo que estoy bien seguro es de que tenemos de Capitán General de Madrid a D. Antonio Seoane, en sustitución de Quesada, a quien los patriotas han tomado aborrecimiento, y le llaman liberticida y qué sé yo qué. Luego empezarán los cambios de personal. Nicomedes cuenta con que le harán jefe político. Espronceda ocupará un alto puesto, y tu antiguo jefe Oliván se ganará el ascenso que le corresponde en estos cambios revolucionarios, cuando vienen con mansedumbre. Te diré, además, que el bruto de Ibraim ha dado pruebas estos días de la elasticidad de su estómago de buitre, pues ha estado de servilleta prendida en todas las comilonas con que obsequia a los sargentos libertadores la dislocada juventud de Tepa o de las Tres (p.4504) Cruces. Y para señalarse más, después de hartarse bien, larga unos brindis hinchados y chabacanos, que son la risa de sus oyentes. Serrano el tísico los repite, y tan bien remeda la voz y el tonillo andaluz, que es morirse de risa. No creo, como consta en las rapsodias ibraizantes de Serrano, que el capellán comparase a Gómez con Julio César; sí creo la imagen de que la Constitución ha venido en un carro triunfal, de que tiraban Gómez y García, y lo de que la Constitución será en España el Cuerno de la Abundancia. De mí sé decirte que sólo siento ser sacerdote, porque mi estado religioso me impide atizar un par de morradas a ese ganso, por haberme dicho en Abril último la mayor mentira que de humanos labios ha salido desde que hay mundo.. Pues ayer tarde me aseguró que D. José Landero y Corchado le ofrece una canonjía, y se me ha metido en la cabeza que se la van a dar. España está loca. Su manía consiste en hacer verosímil lo absurdo.

"Y la mía, querido Fernando, pues también yo estoy algo loco, es que regularices tu vida, y no nos des más sofoquinas. Si he de decirte la verdad, soy menos indulgente que la señora incógnita, y creo en conciencia que las transacciones y tolerancias deben limitarse a la autorización de tus amores, siempre que les des el giro matrimoñesco que exige el decoro. Si fuera yo el tirano, te fijaría un plazo para recobrar tu novia y unirte con ella en santa coyunda, dando con esto por cerrado el ciclo de tus aventuras caballerescas, y obligándote a volver acá, donde hallarías casa y medios de vivir pacífica y holgadamente.

"No puedo ocultarte que mi mayor deseo es que la señora incógnita me mande a tu lado. Se lo he propuesto, y con mucha delicadeza me ha contestado negativamente. Te reproduciré sus propias palabras, que están bien fijas en mi memoria: 'Quiero probar si ejerzo o no verdadera atracción sobre él; si mi autoridad, expresada con dulzura, es un lenguaje inteligible para su corazón. Como esta prueba no sería eficaz sin libertad, se la concedo y aguardo. Quiero que venga al bien, a la paz, a (p.4505) mi cariño, con espontaneidad y efusión; no atraído por maestros o empujado por rodrigones. El sistema de la vigilancia, del espionaje, de la previsión, me dio un resultado desastroso: ha sido la derrota del régimen absoluto. He de probar ahora el régimen contrario: la libertad. Triunfaré si consigo de su albedrío lo que no logré desplegando, al uso despótico, todo el lujo de medidas autoritarias y policiacas. No, no.. Marchemos, como dijo el otro, por la senda constitucional. Yo legislo y no gobierno.. Le marco a Fernando los caminos que creo conducentes a su felicidad, y cruzadita de brazos espero'. ¿Qué te parece? Cuando esto me dijo, no pude menos de lanzar un '¡Viva la libertad!', con toda mi alma, y aun creo que canté un poco el himno.

"Pues bien, amadísimo Fernando: Pedro Hillo, tu mejor amigo, se permite decirte, por vía de consejo, que no abuses de la libertad. Aborda tu asunto por las vías derechas; preséntate al Sr. Negretti, y pídele a la niña; tómala, y vente corriendito para acá por el camino más corto y por los medios de locomoción más veloces. Créeme a mí.. Tu viejo amigo no te engaña. Ya sabes, derecho al bulto, y fijándote en la rectitud. No hagas pases de telón ni cambiados, sino exclusivamente naturales.

"Vaya, ¿qué me das si te digo una cosa? Pues aunque no me des nada te la diré, para alumbrar con viva luz el camino que piensas seguir. Si te presentas al Sr. Negretti y le pides la niña como caballero leal, la niña es tuya.. Ea, ya lo sabes. Cuando Hillo te lo dice, por algo será, tontín.. Con que vete pronto en busca de tu desenlace, y no te pese encontrarlo desabrido y sin peripecias; que los dramas son muy bonitos en el teatro o en la Plaza de Toros; pero en la vida.. líbrete Dios".

Reanudada la tarea epistolar por la noche, decía D. Pedro: "Hoy he tenido el honor de hablar con una persona dignísima, en un tiempo respetada y admirada por ti; después.. ¡Ah!, pillo, ya me has comprendido; ya sabes que el sujeto a que me refiero es D. Juan Álvarez Mendizábal. Le he visto hoy por tercera vez desde que estoy en Madrid. (p.4506) ¿Creerás que me ha llevado a su casa un asunto político? Nada de eso, chiquillo: hemos hablado de cosas privadas, sin perjuicio de tirar un par de chinas al Gobierno. Hombre más amable y servicial que este Don Juan de Dios, no creo que lo haya. Estoy contento de él. No creas, se acuerda de ti, y te tiene por muy despierto y simpático. ¿Qué tal? ¡Y luego dirás..!

"Ultimátum: cuidarás de tenerme al corriente de los puntos donde resides, caminos por donde vas, et reliqua. Esto es indispensable. Si el despotismo vive en las tinieblas, o sea en la ceguera de la opinión, la libertad requiere luz, mucha luz. Fuera misterios; el régimen pide que estén las ollas destapadas para saber lo que se guisa. Dos veces por semana me escribirás, dando cuenta de tus pasos y especificando los lugares a donde debo dirigirte mis cartas. Niño de mi corazón, que vuelvas pronto. Con el alma en un hilo, te espera tu viejo mentor.-Pedro Hillo.

"Epílogo: -Corre la voz de que han asesinado al general Quesada. Ello ha sido en Hortaleza, donde buscó más bien descanso que escondite el animoso general vencido: averiguado su paradero por las turbas rencorosas, le acosaron hasta dar con él, matándole villanamente. ¡Y creíamos que la revolución de opereta venía embolada! Me cuenta Nicomedes que este crimen estúpido, inútil, indisculpable, perpetrado a sangre fría después de la fácil victoria del pueblo, es obra de una pandilla de jamancios, algunos de los cuales estaban en el Saladero cuando nos encerró allí la señora incógnita por nuestros pecados. Frecuentaban en noches de tumulto las reuniones de Tepa. Tú les conocerás. Lamentan hoy los revolucionarios que cuatro sinvergüenzas canallas hayan desvirtuado la bonita leyenda de este movimiento popular, que empezó con la tenacidad, hasta cierto punto simpática, de los urbanos, y concluyó con el audaz golpe, hasta cierto punto caballeresco, de los sargentos de la Guardia Real. Pero yo veo que si no hay función sin tarasca, no puede haber motín sin coces. Desconfía de la revolución que se pone guantes, porque (p.4507) entorpecida de las manos, te acaricia con las patas. Ea, no más. Adiós".

 

Ep-1-VIII -

Esta y las anteriores cartas de tal modo perturbaron el espíritu del Sr. de Calpena, que no dormía con sosiego, asaltado de pensamientos contradictorios. No poco le inquietaba la noticia del disfavor de Negretti en la corte de Carlos, y como no había contestado el tal a tres cartas que Fernando le llevaba escritas durante su largo encantamiento en La Guardia, era lógico suponer que ya no estaba al servicio del Pretendiente. ¿A dónde se dirigiría para dar cumplimiento a la empresa en que no sólo su amor, sino su honor y su dignidad estaban empeñados? Este problema se le presentaba, pues, obscuro y dificultoso. Por otra parte, dábanle ánimo ciertas expresiones vagas de la incógnita, y las reticencias, algo menos nebulosas, del buen Hillo: indudablemente se había influido con Mendizábal para que este recabara de Negretti el consentimiento, desenlace trivial de la comedia de costumbres moralizadoras. Las visitas de Hillo a D. Juan Álvarez no podían tener otro objeto. Todos los caminos se le franqueaban al enamorado joven, y se le abrían las puertas de su ventura con áureas llaves; querían trocarle su drama emocional y caballeresco en cuento infantil, de esos en que sale un hada benéfica que en un dos por tres lo arregla todo graciosamente. ¡Fácil y cómodo final! Pero tanta dicha era por punzantes dudas acibarada. ¿Dónde estaba Negretti? Si Mendizábal sabía su residencia, ¿cómo Hillo no tuvo la previsión de averiguar dato tan importante para comunicarlo a su Telémaco? Y si D. Juan Álvarez no lo sabía, ninguna eficacia podía tener su noble mediación.

Analizando estas dificultades, pensaba en Rapella, que a fuer de intrigante y entrometido farsantón, habría sido el más útil guía en tal laberinto. Pero ignoraba el paradero del siciliano, a quien dos veces había escrito sin obtener respuesta. Probablemente había desempeñado su comisión política, y vuéltose a Madrid, a Nápoles, o al quinto infierno. En medio de estas confusiones, sentíase agitado el buen Calpena (p.4508) por un sentimiento de calidad desconocida, que despacito y por lentos avances se le iba metiendo en el corazón, en aquellas regiones de él que hasta entonces permanecieron vacías. ¿Qué podía ser más que el afecto puro y hondo de la señora incógnita que le llamaba, que le atraía, cual si le estuvieran tirando, tirando, de un hilo misterioso, el cual era más fuerte mientras en mayor tensión lo ponían? ¡Y qué instinto tan seguro el de la invisible al aplicar a su protegido el tratamiento de la libertad! Si por el sistema de la tiranía policiaca no logró hacerse querer, el nuevo régimen establecía la feliz concordia entre el pueblo y la autoridad, en cierto modo de derecho divino. Fernando la quería ya; pensaba en ella en sus insomnios; trataba de darle fisonomía y visible ser en su imaginación, y a ratos anhelaba ardientemente aproximarse a ella, maldiciendo airado la prolongación del misterio. ¿Por qué no se le revelaba de una vez para siempre? ¿Por qué ignoraba él lo que Hillo sin duda sabía ya? ¿Había alguna poderosa razón para perpetuar el juego de máscaras? ¿Se enojaría la divinidad si él resueltamente se aproximaba y con cariñosa mano arrancaba el velo? No: era lo más prudente dejar que la dama tapase y descubriese, según su deseo y conveniencia, pues la oportunidad de un acto de tal naturaleza sólo ella podía apreciarla. Lo que indudablemente persistía en el ánimo de Calpena, bien mirado el problema por todas sus facetas y aspectos diferentes, era la resolución de obedecer a su gobernadora en cuanto le ordenase; obediencia que debía de ser el signo más claro de gratitud por haber ella transigido en el magno negocio de los amores. Pues la Corona aceptaba lealmente el principio democrático, el pueblo sumiso celebraba firme y honrada alianza con el Trono. ¡Feliz concordia, que es el sueño de las naciones! En España no es sueño, es pesadilla, y al despertar de ella duelen los huesos.

Señaló por fin D. Fernando, entrado Septiembre, un día que debía ser término fatal de su encantamento, pues ya su vida en La Guardia no era descanso, sino ocio. (p.4509) Aún insistía Demetria en que no estaba bien curado de su patita coja, y le incitaba a esperar a la época de la vendimia; pero él, estimando delicadamente estas insinuaciones como dictadas de la cortesía, no se dio a partido, y dispuso todo para su marcha. Como nada debe ocultarse, sépase que recompensó a los servidores de la casa con tan desusada largueza, que por mucho tiempo perduró en La Guardia la fama de la generosidad del caballero Don Fernando, a quien tenían por uno de los mayores potentados del mundo. A D. José María de Navarridas dio también una buena pella para que la repartiese entre los pobres del pueblo, y tuvo además la feliz idea de hacer sus visitas a cada una de las casas que conocía, sin olvidar las más humildes, lo que acabó de fijar en el ánimo del vecindario la opinión de la hidalguía y verdadera grandeza del huésped de Castro. (p.4510)

Y se alegraba este de haber dispuesto tan en sazón su partida, porque según le dijo una tarde el cura, llevándole aparte con misterio, pronto debían llegar a La Guardia los Idiáquez y Urdanetas, hijo y madre, que venían a vistas con aparatoso séquito de criados. También vendría el abuelo paterno del D. Rodrigo, D. Beltrán de Urdaneta; pero este señor, muy anciano ya, aunque todavía templado y entero, no haría más que tornar descanso de un par de días en La Guardia, para seguir después hacia el valle de Mena, donde vivía su hija Valvanera, casada con uno de los ricos Maltranas, y madre de numerosa prole. No sentía malditas ganas Calpena de encontrarse con aquella familia, a pesar de la aureola de virtudes de que la rodeaba el bonísimo Navarridas, y se alegraba de llevar dirección contraria, para no topar con ellos en el camino. Venían de Oriente los Idiáquez, como los Reyes Magos, y él se iba hacia Miranda de Ebro (Occidente) .

El día de la partida, avanzado ya Septiembre, fue para todos muy triste. Habiendo determinado el viajero salir a la caída de la tarde, revelaron todos su pena a la hora de comer con una inapetencia desusada en aquella casa. Habían regalado las niñas a D. (p.4511) Fernando un caballo hermoso, con los mejores arreos que daba de sí la industria del país; fineza que agradeció, como es de suponer, en tales circunstancias, prometiéndose corresponder a ella con otra superior en cuanto llegase a Madrid. Y como manifestara deseos de tomar a su servicio, para llevársele, al mozo de la casa de Castro llamado Sabas, uno de los que acompañaron a las niñas en el viaje a Oñate, accedió Demetria gozosa, y el hombre, ya maduro, de probada lealtad y diligencia, no vaciló en admitir la propuesta, pues no había para él mayor gusto que emplearse en el cuidado y servicio de tan noble caballero. Las cuatro serían cuando abandonó D. Fernando la ilustre morada de Castro. Multitud de personas fueron a despedirle. Las niñas, con Doña María Tirgo, D. José Navarridas y el Sr. de Crispijana, bajaron de la villa al camino, y al llegar a este se apeó D. Fernando para seguir todos a pie un buen trecho, pues la tarde estaba fresca y convidaba a dar un paseíto. Hablaron, como es de rúbrica en estos casos, de la próxima vuelta. "Ya, ya: ¡si seremos tan tontas que creamos que vuelve por aquí! Deseando está él perdernos de vista" decía Demetria. Y Navarridas: "No, mujer; no digas tal. ¿Pues no ha de volver? Me lo ha prometido, y las promesas de caballeros de esta calidad son como una escritura ante notario..". "Sí, sí, fíese usted de escrituras ni de promesas". Y Gracia: "También a mí me ha dado palabra de volver, y si no vuelve, no tiene él la culpa, sino la novia, que le atará a la pata de una silla". Y doña María Tirgo: "Dejadle, tontuelas, que ya sabrá él lo que tiene que hacer. Venga o no venga, cuando ande por esas cortes y en esas grandezas, se acordará de estas pobres aldeanas, que se han esmerado en hacerle la vida agradable". Calpena sentía un nudo en su garganta; deseaba poner fin a la despedida, que se iba haciendo en extremo patética, y no sabía ya qué decir ni con qué tonos y actitudes expresar la emoción vivísima que le embargaba. Dio el alto D. José María diciendo: "Vaya, de aquí no pasamos", y el viajero apresuró la (p.4512) escena final. Dejose abrazar por el cura; apretó con efusión las manos de las niñas y de Doña María, y añadiendo pocas y oportunas palabras, montó a caballo y se alejó al paso, volviendo atrás la vista. Gracia y Don José María lloraban. Demetria, un tanto descolorida, conservaba su hermosa serenidad, mordiéndose los labios. Le vio alejarse con tristeza grave. Doña María agitaba su pañuelo.

Picaron espuelas amo y escudero, y al llegar a la vuelta del camino donde perderían de vista a la noble familia, se pararon para darle el último adiós. Las dos niñas y la señora azotaban el aire con sus pañuelos; Navarridas repetía estas demostraciones con su paraguas en una mano y el sombrero en la otra.. Y ya no se vieron más.

A la hora y media de camino, D. Fernando, que iba cabizbajo y melancólico, sintió un súbito anhelo de volver atrás. Tan repentino fue, y al propio tiempo tan vivo, que maquinalmente paró el caballo y preguntó a Sabas: "¿Dónde estamos? ¿Cuánto hemos andado?".

-¿Qué, señor, se ha olvidado algo? ¿Tenemos que volvernos?

-No, es que.. En efecto, se me olvidó algo; pero no me hace falta. Sigamos.

-Se está tan bien en la casa de Castro, señor, que siempre que uno sale, cree que se deja algo en ella. ¿Y qué es lo que se deja? La querencia, señor, la querencia de casa tan buena.

Permaneció D. Fernando silencioso, y con igual economía de palabras continuó larguísimo trecho, hasta que, ya de noche, aproximándose a La Bastida, entablaron amo y escudero el siguiente diálogo:

"Bueno, Sabas: ya que se nos va pasando el amargor de la despedida.. las despedidas ¡ay!, son siempre muy penosas, y más cuando uno se separa de personas tan buenas, tan puras, tan.. en fin, ya que avanzamos en nuestro camino, y vuelven a posesionarse de esta cabeza mía los pensamientos que motivan mi viaje, te diré que me han movido a tomarte a mi servicio, además de tus buenas prendas, otras razones.. No me entiendes. Recordarás que anoche, hablando tú y yo de la Corte carlista, donde padeciste cautiverio y mil penalidades, (p.4513) dijiste, entre otras cosas, ya terribles, ya joviales, algo que ha sido para mí la única luz que distingo en la obscuridad que me rodea".

-¿Qué dije, señor, que pueda ser luz de su merced? Ya no me acuerdo.

-Que el jueves llegaron de Vizcaya dos hombres, los cuales habían servido hasta el mes pasado en la Maestranza carlista; que el uno es compadre tuyo, y que marchó a un pueblecillo cerca de Miranda, de donde es natural. Aquí tienes la razón de que yo corra hacia Miranda. Necesito hablar con ese hombre esta noche misma, si es posible. Llévame allá, que para eso, y nada más que para eso, vienes conmigo.

-Verdad, señor: el que vino de allá, escapado, corrido, muerto de hambre, y sin ganas de volver, es Bonifacio Gay, primo y compadre mío, y ahora está con su familia en Leciñana del Camino, a legua y media de Miranda.

-Pues allá nos vamos.

-Si el señor tiene prisa, con seis horas de descanso en La Bastida será bastante para el ganado. Si salimos al alba, llegaremos a Miranda entre ocho y nueve. Tomamos un bocado, y a la hora de comer caemos en Leciñana.

-Perfectamente.. ¿Estás bien seguro de que tu primo trabajaba en la Maestranza?

-Donde hacen las balas, sí, señor. Es herrero y fundidor, y entiende de toda suerte de artificios, verbigracia: norias, relojes, molinos y chocolateras. Diez meses se ha llevado trabajando para la facción, y visto que no había de aquí, y que sobre no pagarle le acusaban de masón, se escabulló y con mil trabajos pudo llegar a Salvatierra, de donde tomó el camino de su pueblo, pasando por La Guardia el jueves, como dije a Su Merced.

-Quisiera tener alas para llegar de un vuelo a ese lugar -dijo Fernando, picando espuelas-, pues cuando se me mete en el alma la curiosidad, no sé lo que es paciencia, y quisiera convertir las horas en minutos.

La conversación de los jinetes saltaba de tema en tema: la guerra, la paz, las cosechas, y fueron a parar al punto de partida de su jornada. "¿Qué estarán haciendo ahora en la casa de Castro? Se habrán puesto a cenar. De seguro se preguntan unos a otros: -¿En (p.4514) dónde estarán ya D. Fernando y Sabas? ¿Habrán llegado a La Bastida?..". "La vida no es más que esto, señor -dijo el escudero-, y ella y la muerte son lo mismo: unos se van y otros que se quedan.. unos que vienen y otros que están, porque vinieron antes, los cuales un día les tocará también ser.. idos. Todos, señor, fuimos venidos y seremos idos".

Nada les ocurrió en La Bastida, digno de referencia; nada tampoco en Miranda, a donde llegaron al siguiente día. Vieron mucha tropa ociosa; no había operaciones; el ejército del Norte aguardaba que sus generales tuvieran un plan. Todo el interés de la guerra lo absorbían entonces las atrevidas expediciones de Gómez y de D. Basilio. El primero se paseaba por las Castillas y Extremadura como por su casa, y el segundo regresaba a las Provincias después de haber asolado la Rioja, Soria, y corrídose por el riñón de Castilla hasta muy cerca de La Granja.

Sin detenerse en Miranda más que lo preciso para dar pienso y descanso a las caballerías, continuaron Calpena y Sabas su marcha, hasta parar en Leciñana del Camino, lugar mísero rodeado de arideces, no lejos del Ebro y al pie de la sierra de Turiso. Con tan buena suerte y tan a punto llegaron, que no hubo necesidad de indagaciones para encontrar al Sr. Gay, pues en las primeras casas del pueblo dieron con él, a la puerta de un herradero, en ocasión en que con otros hombrachos se ocupaba en calzar unos mulos. "Bonifacio -le dijo su compadre, sin más ceremonia-, venimos en tu busca, porque este caballero noble quiere plática contigo".

Un tanto receloso y huraño en los primeros momentos, después franco y comunicativo, Gay, que era un hombre membrudo, como de cincuenta años, la cabeza blanqueada por canicie precoz, las manos ennegrecidas por la forja, dio los últimos martillazos en la pezuña del animal, y mandando traer un jarro de vino, entró con su compadre y el caballero en la única pieza vividera de la herrería. Atizándose tragos de mosto, respondió a las preguntas de Calpena con estas o parecidas expresiones.

 

Ep-1- (p.4515) IX -

"¡Que si conozco al Sr. Negretti!.. ¡Si era yo el obrero que más quería D. Ildefonso, y a D. Ildefonso le quería yo como a mi padre, por más que seamos los dos de la misma edad, año más, año menos! Y no se hallará otro, lo digo yo, que mejor entienda de todas las mecánicas del mundo, así como no le hay de tanta conciencia para el trabajo, pues a cuanto sale de sus manos o de las manos que obedecen su idea, no hay que ponerle pero.. Es lo que el señor dice: tal hombre no cuadra en el servicio de aquella gente y de aquel Gobierno tan eclesiástico. Tanto a él, como a todos los demás que no éramos de Guipúzcoa, nos traían entre ojos, y como por la influencia del sacerdocio, que allí siempre está de centinela, había entre nosotros tantos soplones y cuenteros, pronto empezaron a decir si D. Ildefonso era masón volterano, que si no confesaba, que si tal.. Hasta que un día, allá por Julio, hallándonos en Durango, los mequetrefes de la Comisión que son los registradores de cartas, todos ellos muy aclerigados, legos de convento, mandaderos de monjas y viceversa, salieron con la gaita de que D. Ildefonso se carteaba con ese Ministro de Madrid que les ha limpiado a los frailes el santo pesebre.. Justo, el Sr. Mendizábal. Resultado: que al maestro le llevaron preso a Tolosa, por delito que llaman de ilesa majestad. Salió a su defensa el Infante D. Sebastián, diciendo al Rey que cerraba la Maestranza si le quitaban al hombre que más valía en ella y que mejor hacía las cosas. Resultado: que le soltaron; pero no le dejaban vivir, y a donde quiera que iba le seguían dos o tres iscariotes, y el hombre andaba tan aburrido, que hasta perdió las ganas de comer. Por aquellos días nos pusieron un comandante nuevo de director de talleres. Era una acémila muy aclerigada, que no entendía jota de nuestro oficio. Había sido seminarista, ordenado de menores; después sirvió en las guerrillas de Guergué, y en la Corte tuvo padrinos de la camarilla frailuna que le hicieron capitán de golpe y porrazo; y como el Rey es así, que no ve más que por los (p.4516) ojos de cuatro cebones que están siempre gruñendo a su lado, aún pensaba que andaba corto en su carrera el tal Gorostia, en lengua de ellos acebo, y hágote comandante de ingenieros. Pues una mañana estábamos trabajando como locos para terminar unas granadas, cuando el tal comandante le dijo al maestro que aquello estaba mal: trabáronse de palabras, y D. Ildefonso, que es hombre de malas pulgas, de mucho pundonor, y tiene las manos de hierro, de tanto andar con él, le arreó una bofetada tan tremenda que le puso patas arriba, echando espumarajos por la boca. No le quiero decir a vuecencia la que se armó. Resultado: que a D. Ildefonso le metieron preso otra vez, y venga consejo de guerra, y vengan papeles.. El hombre, cargado, dijo que se marchaba, y que la culpa tenía él por haberse metido al servicio de cosa tan desatinada como es la facción..

"Pues hay más, señor. Luego empezaron a buscarnos camorra a mí y a otros dos castellanos. Que si éramos de la cáscara amarga, masones o perdularios ateos. Yo no hacía caso, y seguía en mi trabajo. Pero un día me acusó un chico de Eibar de que yo había dicho no sé qué cosa de la Virgen.. de esas expresiones que uno suelta sin pensar, cuando no le sale bien un trabajo, o cuando a uno le salta una brasa a la cara y le quema.. pues de esas cosas que se dicen: total, nada. ¿Pero Señor, yo, buen cristiano siempre, cómo había de hablar mal de la Virgen? Y aunque algo dijera, es un suponer, no por eso deja uno de ser apostólico romano, al igual de ellos. Siempre he sido devoto de Nuestra Señora. Aquí, colgada de mi pecho, llevo, mírela usía, la medalla de la Pilarica, que me puso mi madre.. Pues nada, que allí salió el capataz, uno de Lezo, que le llaman Choriya, de esos que se comen los santos, y amenazándome con un martillo, dijo que yo merecía que me atravesaran la lengua con un clavo ardiendo, por haber hablado de peinetas, nombrando a la Virgen; y yo le respondí que las peinetas eran para él, y tres más. Resultado: que me castigaron, y vino un capellán a echarme predicaciones, y lo mandé (p.4517) también a donde me pareció. Por esto, y porque a uno no le pagaban, resolví marcharme, y una noche me escapé con otros dos mozos, que también son de acá. No más, no más facción. Buen chasco nos habíamos llevado, pues creíamos que allá ganaríamos un jornal lucido, por ser aquello Reino pretendiente; pero nos salió la cuenta fallida, porque allí no hay más que miseria, malos tratos y desconfianza de todo el que ha mamado leche castellana, como yo, que en tierra de Burgos, donde mismamente estampó sus patas el caballo de Santiago, vine al mundo. Resultado: que hemos vuelto acá sin un maravedí, ladrando de hambre, y ahora nos vemos en nuestra tierra mal mirados por haber servido a ese pavo acuático, que antes cegará que verse Rey de las Españas.

"A eso voy, sí, señor.. Ya, ya entiendo que lo que le interesa conocer es todo lo que yo sepa al tenor de la familia del Sr. Negretti. Voy a eso: bebamos otro poco, que esto da la vida. Una de las razones por que deseaba volverme a mi terreno, era el no ver tasado el vino, que allí se lo daban a uno por medida, y harto de agua, mientras que aquí lo bebemos de lo mejor sin pensar en que tiene fin.. Pues voy a lo de la familia. Una sola vez vi a Doña Prudencia y a la sobrina. ¡Carachis, qué guapa es; vaya un golpe de ojos! Oí decir que en Madrid un señor príncipe estuvo loco de amores por ella, y que los padres de él, por quitarle de que se casara, le encerraron en una torre, donde se arrancó la vida; que a ella, para que se le pasara la ilusión de su príncipe, la trajeron acá, y qué sé yo qué más historias.. ¡Ah!, ya me acuerdo: que la niña, a quien llaman Doña Laura o cosa así, es rica, pues su padre le dejó mucha pedrería fina de diamantes y topacios amarillos; pero que tenía más opulencia el príncipe, su novio, el cual sólo en tierras había de heredar media España y una porción de islas de mar adentro. No sé, señor: cosas que dicen los criados, y que serán mentira, pienso yo.. Vi a la tía y sobrina en Elorrio; luego se fueron a Bermeo, y ya no sé más sino que D. Ildefonso iba allá los sábados para volverse los (p.4518) lunes. De su paradero hoy, no puedo decirle sino que cuando se retiró del servicio de la facción se fue a Bilbao, donde vive la familia de Prudencia. No he vuelto a ver al Sr. Negretti, ni he tenido de él más noticias que lo que decía este o el otro de mis compañeros, hablar por hablar..

-Haga usted memoria, Sr. Gay -dijo Fernando gozoso por lo que sabía, ansiando saber más-, y cuénteme todo lo que oyó, sin omitir nada, ni aun lo que charlaban sus compañeros sin conocimiento de causa, por presunciones o conjeturas.

-Ahora voy.. Antes diré a usía una cosa que se me había olvidado. Por dos veces me preguntó el Sr. Negretti si yo conocía algún chico de confianza para mandarlo de propio, con carta de interés, a La Guardia, y yo le contesté que a ninguno conocía, como era la verdad. Digo esto, porque como el señor viene de La Guardia, y según parece ha estado allí tres meses largos, calculo yo si aquello que me preguntó el maestro tendría que ver con la persona de vuecencia.

-Indudablemente, el mensaje, carta, o recado era para mí; pero si al fin lo despachó Negretti, no llegó a La Guardia.

-No puedo asegurar a usía que D. Ildefonso llegara a mandar el propio; pero se me antoja que sí, porque había en Durango un tuerto recadista que iba por los pueblos con un niño Jesús pidiendo para el santuario de Iciar, y en aquellos días le vimos vestido con la ropa vieja de Negretti, y nos dijo que iba a dar la vuelta de Álava con su santirulico; después no le vimos más.

-Tampoco pareció por allá ese mensajero. Siga, siga, que aún le queda mucho en la memoria.

-Sigo. Pues en Durango dijeron que Doña Prudencia se veía y se deseaba para resguardar a la niña de tantísimo pretendiente como la acosaba, por el aquel de su hermosura.. ¡Carape, qué boca de cielo, qué gancho! Un capitán de barco la vio, y quedó enamorado. Dos más de Bermeo, y un coronel carlista, la pidieron para esposa; pero ella diz que a ninguno hacía caso, motivado a que no podía echar de su pensamiento al príncipe difunto. De esto hablábamos los amigos de D. Ildefonso, y uno (p.4519) de nuestra pandilla, llamado Bachi guzur (Bautista el embustero) , chico de mucha idea, a quien da el naipe por inventar cosas, nos decía: "Yo me pienso que el príncipe no se ha muerto, y que a ella le han dicho la mentira de la defunción para desenamorarla, porque así conviene a la familia; y apostaría yo a que el serenísimo galán anda de la ceca(1) a la meca disfrazado, buscándola, al modo de lo que pasa en las historias inventadas, que a mí me parecen verdad; y creo que nada de lo que rezan los libros es mentira, o que las mentiras son verdades que se miran por el revés". Nada, señor: con estas habladurías nos entreteníamos a la salida del trabajo, y uno decía peras, otro decía higos, y pasábamos el rato.. En fin, señor, creo haber declarado a vuecencia todo lo que sé. Si algo más me viene a la memoria, se lo diré esta tarde, en el presupuesto de que no se vaya hasta la noche o hasta mañana.

-Quisiera partir ahora mismo.. yo soy así.. ¿Cree usted que encontraré en Bilbao al Sr. Negretti?

-Seguro.. Y si él no está, estará la familia, de contado. No tiene usía más que preguntar en Bilbao por la casa de los Arratias. Cualquier chico de las calles le dará razón. Es allí por la Ribera. No tiene pérdida.

-¿Y esos Arratias son..?

-Hermanos de Doña Prudencia. Tienen barcos que andan en la mar.

-Vamos, son armadores.

-Y comerciantes, que traen del Norte duelas, bacalao y toneles de una bebida que llaman cerveza, más amarga que los demonios; y arman también barcos chicos para la pesquería del escabeche.. Si no estuvieran allí D. Ildefonso y su esposa y sobrina, los Arratias le darán razón cierta de dónde moran.

Consultado Gay acerca del camino más corto y más seguro para ir de Leciñana a la capital de Vizcaya, manifestó que aunque lo más derecho era tomar la vuelta de Orduña, no le aconsejaba tal camino, por estar toda aquella parte plagada de facciosos. "Tú ya sabes -dijo a su compadre-. Te vas derechito por esta orilla del Ebro, hasta Trespaderne, y allí tiras para arriba, a esta mano. ¿Sabes la sierra del Gato? Pues la vas (p.4520) faldeando. Pasas por Cebolleros, Villacomparada y Villamezán, y ya estás en tierra de Mena. De allí a Valmaseda es como andar por una calle. Total, que puedes llevar a vuecencia en cuatro días, con descanso.

No paraba mientes en ningún peligro don Fernando, que sin oír otra voz que la de su esforzado corazón, ansiaba lanzarse hacia el cumplimiento y remate de la empresa, por tan desgraciados accidentes entorpecida. Su espíritu de nuevo se inflamaba en la querencia de los actos maravillosos, en todo aquello que rompiese los moldes de lo común. ¡A Bilbao por Aura! Tal era su divisa, y ya se le hacían lentas las horas, pausados los minutos que tardara en realizar algún descomunal esfuerzo por la idea y fines que tal emblema expresaba.

Ocurría esto un miércoles. El jueves por la noche entraban en Trespaderne, a punto que salía un destacamento de fuerzas cristinas, y no tardaron en informarse de que una partida que había bajado del puerto de los Tornos, y otra que anduvo por Peña Complacera, se juntaban en San Pelayo, punto muy principal del valle de Mena, para recorrer aquellos pueblos y llevarse cuanto encontraran. A todos los trajinantes que iban en tal derrotero encarecía el alcalde de Trespaderne la conveniencia de que se detuvieran dos o tres días hasta que la situación se despejase. Insistía Calpena en continuar al siguiente día su camino; pero tales razones le dio Sabas, apoyado muy cuerdamente por el alcalde, hombre tosco y de buen sentido, que hubo de resignarse, pataleando, a una corta espera, que aseguró no pasaría de veinticuatro horas. La realidad, no obstante, impuso mayor detención y hacer acopio de paciencia. El mesón o parador en que se habían instalado era de lo peor del género, similar de las famosas ventas manchegas: la única estancia que ofrecía relativa comodidad ocupábala Calpena; y no sabiendo éste qué hacer en el largo aburrimiento y plantón fastidioso, pidió tintero y pluma, pues desde que salió de La Guardia le había entrado una viva comezón de escribir. ¿A quién? A los tres puntos (p.4521) cardinales de su afecto: al Norte, Negretti y Aura, los amigos de La Guardia al Este, al Sur los de Madrid. La náutica rosa de aquel corazón no tenía Occidente.. Como la querencia del Sur había tomado en él extraordinaria viveza, por el camino redactó mentalmente multitud de cartas dirigidas a la misteriosa deidad que le protegía haciéndole suyo en el presente y en el porvenir. En posesión ya de los avíos de escribir, se dijo, preparándose de papel: "Lo primero a ella..". Pero con toda su aplicación, no pudo pasar de la primera línea: "Mi señora desconocida..", fórmula que varió hasta lo infinito, sin encontrar la más apropiada. "Señora incógnita, mi muy amada protectora..". Y luego de encontrada la fórmula, ¿qué le diría? En estas perplejidades, mirando al papel, mordiendo las barbas de la pluma, encontrole Sabas, que subió a decirle presuroso: "Ahí está ese señor.. Oiga las voces que da, y el ruido que arman sus criados y caballerías. Es el viejo Urdaneta, D. Beltrán de Urdaneta, ¿sabe, señor?, el abuelo del Don Rodrigo que esperaban en La Guardia con toda su familia.. Verá qué viejo más salado. Va también hacia Mena, donde está su hija, casada con el mayorazgo de Maltrana".

 

Ep-1-X -

-¡Al demonio tú y D. Beltrán! Me has asustado. Creí que se trataba de otra persona. ¡Si yo no conozco a ese viejo, ni le he visto en mi vida!

-Pues ahora tendrá por fuerza que verle y que tratarle, porque es parroquiano antiquísimo de este mesón, y en él para desde el siglo pasado, siempre que va y viene. Como el único cuarto decente es este, él tiene costumbre de ocuparlo: el mesonero le ha dicho que se acomode aquí con el señor, que también es persona de la Grandeza de España.

-No quiero -dijo Calpena, a quien molestaba en aquella ocasión hacer conocimientos-. Me iré a un pajar, y que venga ese D. Beltrán o D. Cuerno a ocupar su aposento.

Y cuando se levantaba, decidido a escabullirse antes que el nuevo huésped llegara, ábrese la desvencijada puerta y penetra un simpático y noble anciano, de buena estatura, algo (p.4522) rendido al peso de la edad, de afable rostro y modales finísimos, revelando en todo el alto nacimiento y el refinado trato social. "Perdone usted, señor mío, esta invasión de su aposento. La edad nos da privilegios bien tristes. No quiero, no, desalojarle.. no faltaba más. Me atrevo a proponerle que, pues en nuestro hotel no hay más que una estancia, la compartamos los dos como buenos amigos. Ni usted me estorba, ni yo he de estorbarle; y sabiendo ya con quién he de vivir veinticuatro horas, sólo añado que es para mí gran satisfacción la compañía de persona tan principal".

Correspondiendo Fernando a la cortesanía del insinuante viejo, propuso retirarse dejándole toda la pieza, para mayor comodidad y desahogo; a lo que contestó D. Beltrán que por ningún caso lo aceptaría. "Respondo de que a poco que nos tratemos, mi compañía no ha de serle a usted desagradable, pues a mí, que hoy le veo por primera vez, me encanta ya la suya". A un movimiento de sorpresa interrogativa del joven, dio respuesta con estas palabras: "No nos conocemos y nos conocemos, Sr. de Calpena, porque ha de saber usted que vengo de La Guardia, donde he dejado a mi nuera y a mi nieto, y en las veinticuatro horas que allí me detuve, no han cesado aquellas buenas personas de hablarme de usted. El cura Navarridas y las niñas de Castro estiman a su huésped en todo lo que vale. Ya sé, ya sabemos todo.. por qué serie de accidentes fue usted a parar allí, el servicio que prestó a las niñas, su conducta valerosa, gallarda.. Y como al propio tiempo sé que D. José María le habló a usted de mí, démonos por recíprocamente presentados, y tengámonos por amigos de larga fecha.. digo, larga no, porque es usted casi un niño".

Decía esto, tomando asiento, después de despojarse de su abrigo de viaje. Sin dar tiempo a que Fernando le expresara su agrado por tantas amabilidades, le dijo, reparando en el papel y tintero: "Si estaba usted escribiendo, puede seguir. Tome la silla, y pues no hay otra, yo me pasearé en el domicilio común mientras usted escribe".

-No, señor: sólo por (p.4523) matar mi aburrimiento pensé escribir.. pero ahora que tengo compañía tan grata, quédese para mañana la escritura..

-Pues si usted no escribe, le propongo que nos vayamos a la cocina, donde tenemos un buen fuego, y estaremos muy bien. Siempre que paro aquí, me paso las horas junto al hogar, en compañía de estas gentes sencillas y honradas, y de los gatos y perros. Ya me conocen hasta los animales.

-También a mí me gusta engañar las horas en las cocinas de los pueblos, mirando las llamas del fogón, sintiendo el hervir de los pucheros, y echando un párrafo con los aldeanos. Vamos, vamos, Sr. D. Beltrán.

-Deme usted el brazo, joven, que no me hace gracia, a mis años, tomar medida a estas desvencijadas escaleras. ¡Qué recuerdos tiene para mí esta casa! No le exagero a usted si le digo que he parado en ella unas sesenta veces. La primera, no hace nada de tiempo.. el año 780, yendo con mi padre a una cacería, invitados por mi pariente el Condestable, el padre de Bernardino Frías, a quien usted conocerá; la segunda, cuando llevamos a mi hermana a profesar en las Franciscanas de Medina de Pomar; la tercera.. ni me acuerdo ya. Por aquí pasé para llevar a mi hija Valvanera a sus bodas con Maltrana, y a casa de mi hija voy también ahora. La fecha de aquel casamiento es de las que no se olvidan. En este parador, cuando íbamos a Villarcayo, nos dieron la noticia de la batalla de Bailén.. En fin, pasé también el 28, huyendo de las bandas apostólicas, y había pasado el 23, por evitar un encuentro con las tropas de Angulema. Íbamos hacia la frontera Osuna y yo, el Duque viejo (padre de estos chicos) , Pedro Alcántara y Mariano, y tuvimos que dar un largo rodeo para tomar un barco que salía de Santoña, y nos llevó a La Rochelle.. En fin, mi vida es muy larga, y en ella no faltan peripecias.

Tomaron posesión del mejor banco de la cocina, junto a la mesa de castaño, y D. Beltrán anunció alegremente que había mandado asar un cordero y preparar ajilimójilis.

"Esta llaneza -dijo gozoso- me encanta; estas comidas elementales (p.4524) y primitivas son mi delicia. O esto, o los refinamientos de la cocina parisiense. Y en cuanto a la sociedad, o la más alta, o la de estos infelices, reforzada por los gatos y perros, que ya tiene usted aquí, buscando mis halagos".

En efecto: uno de los dos michos de la casa, se le había subido en el brazo, y el otro se rascaba contra sus piernas. Dos magníficos lebreles le hacían la guardia a un lado y otro de la silla.

"A mí, Sr. D. Fernando -continuó-, no me dé usted términos medios. O los palacios resplandecientes de lujo, o esta humilde cocina. Y en cuestión de bello sexo, que siempre fue una de mis más caras aficiones, o las damas encopetadas, o estas gallardas bestias campesinas.. Que nos traigan vino blanco, que aquí lo hay superior. Chica, llévate esto, y dile a Ginés que si no tiene vino blanco, que mande por él inmediatamente a casa de Sopelana".

-Lo hay, señor Marqués -dijo la moza-, y ahora mesmito se lo traigo.

-Pues date prisa, que aunque no me atiendas a mí por viejo.. (¿Tú sabes lo que dijo Carlos V.. no este Carlos V, sino el otro?.. Luego te lo diré..) Pues si a mí no me atiendes, porque soy un pobre vejestorio inservible, no harás lo mismo con este caballero tan guapo.

-A fe mía, que lleva usted bien sus años, Sr. D. Beltrán -dijo Calpena-. Conserva usted su agilidad, su buen humor, con las prendas todas del caballero de raza.

-¡Oh!, no, amigo mío: ya estoy muy acabado; ya no soy ni sombra de lo que fui. Verdad que no me falta la cabeza, y discurro como en mis mejores tiempos; pero la vista se me va. Hay días en que no veo tres sobre un burro, y si sigo así, pronto quedaré ciego. Esto me aflige, porque me he propuesto llegar a los noventa. Respecto de mi edad, habrá usted oído mil leyendas. Hay quien cree que he cumplido el siglo, y que me rebajo.. Patraña: hace lo menos diez años que renuncié a ese inocente coquetismo.

-No representa usted -dijo Calpena queriendo halagarle- arriba de setenta.. setenta y dos todo lo más.

-¡Ay, qué lisonjero y qué bon enfant! No, hijo.. aumente usted un poquito, y llegue hasta los setenta y ocho. Sí señor: (p.4525) yo vine al mundo en la noble ciudad de Olite, en 1758. Eche usted una mirada a todo lo que comprende el espacio entre esa fecha y este pícaro 36. Sí señor, en 1758: le llevo once años a Napoleón y a Wellington, que nacieron el 69; Mozart era más viejo que yo en dos años, y Schiller un año más joven. Goya, mi amigo, el pintor celebérrimo, me llevaba doce años, y yo le llevo nueve a D. Manuel Godoy. Como Napoleón, otras celebridades que ya se han muerto, Beethoven, Moratín, Talma, eran mucho más jóvenes que yo..

-¡Qué prodigiosa memoria!

-No diga usted memoria; diga usted años. Cuando uno va de capa caída, se entretiene en ajustar estas tristes cuentas, en comparar vejeces.. Consolemos, yo mis cansados años, usted los suyos verdes, con este vinito blanco.. ¡Ah, señor de Calpena!, habrá usted pasado en la casa de Castro una temporada agradabilísima..

Ponderó Fernando con frase entusiasta las excelencias de la vida en aquella señoril y opulenta mansión, y al panegírico que hizo de sus habitantes, asentía D. Beltrán entornando los ojos y paladeando el vino.

"Sí, sí.. las niñas son dos ángeles, Demetria un prodigio, Navarridas un santo, tan cariñoso, tan servicial.. aunque a veces el exceso de su amabilidad resulta un poquitín enfadoso, ¿verdad? Y en cuanto a Doña María Tirgo, que es otra santa, otro prodigio, otro ángel, no dudo que le habrá mareado a usted más de la cuenta, hablándole de linajes, su ciencia y su manía".

-Algo me hizo ver la señora de sus conocimientos genealógicos: por ella estoy bien enterado de la nobleza de los Urdanetas e Idiáquez. De los entronques con las primeras casas de Aragón y Navarra resulta que llevan ustedes sangre de mil y mil varones insignes y de santos gloriosos.

-Sí, sí: no falta parentela ilustre por los cuatro costados -dijo gravemente D. Beltrán, con cierto desdén de buen tono hacia las humanas grandezas-. También nos vanagloriamos de que muchos de nuestra sangre estén en los altares.. Y esta vena de la santidad no creo yo que se haya extinguido en mi familia.

-También (p.4526) supe por Doña María y su hermano -prosiguió Calpena- el proyecto de enlazar familia tan ilustre con la también noble y poderosa de Castro-Amézaga, casando a su nieto de usted, el Sr. D. Rodrigo, con ese espejo de las doncellas, Demetria, de quien sólo con nombrarla creo hacer el más cumplido elogio.

-Oh, sí: la niña es una monada, y da gusto verla jugando a la administración.

-Pues, por lo que me han dicho, para encontrar quien en virtudes y mérito pueda igualar a tal niña, han tenido que pedir un esposo a la casa de Idiáquez.

-Sí, sí.. -murmuró D. Beltrán indiferente, pensativo, dejando correr su mente por espacios distantes.

-Y sólo en ella se ha encontrado un varón digno de tal hembra.

-Sí, sí..

-No puede usted figurarse los encarecimientos que de su señor nieto de usted, Don Rodrigo, me han hecho los hermanos Navarridas.

-Sí, sí.. La fama no hay quien se la quite.. Posee cualidades, indudablemente, grandes cualidades.. ¿Qué duda tiene?.. Juicioso, grave, reposado.. cumplidor de todos los preceptos..

Grande fue la sorpresa de Calpena ante la frialdad de D. Beltrán en aquel asunto, pues esperaba todo lo contrario: que al noble anciano se le caería la baba en demostración de su orgullo por ser dos veces padre del prodigioso Marqués de Sariñán. Notó además en el buen señor contrariedad o disgusto, deseo de hablar de otra cosa. Su cara inteligente habíase alargado; parecía más viejo, por la desaparición de la sonrisa que le rejuvenecía. Dos suspiros hondos salieron de su pecho.

Sentíase Calpena devorado de abrasadora curiosidad, y anhelando satisfacerla, se dijo: "Aquí hay algún secreto, quizás discordias de familia. ¿Qué será? He de tirarle de la lengua a este vejete para poner a prueba su discreción". Pensando así, no cesaba de observar a Urdaneta, que en aquel instante hablaba paternalmente con un pobre aldeano. No había visto nunca Fernando rostro tan expresivo, de tanta movilidad y viveza, máscara de consumado histrión que interpreta las agudezas y marrullerías, así como las benevolencias seniles. De todo había en la cara (p.4527) de D. Beltrán, finamente aristocrática, de líneas un tanto angulosas ya, por causa de la vejez. Calpena recordaba las imágenes que había visto de Voltaire, de Talleyrand, del abate L´Epée.

Las horas se deslizaron plácidas en la cocina, gozando D. Beltrán las delicias de su popularidad en aquellas tierras. No cesaban de entrar aldeanos a saludarle, y él, dando a besar su mano, a todos les trataba con afabilidad exquisita de gran señor que sabe mantenerse en su puesto, mostrándose bondadoso y familiar con los humildes. Admiró Fernando la gracia y flexibilidad con que adaptaba su lenguaje al de aquellos infelices, y pudo observar que no era todo buenas palabras, pues cuando alguno de los visitantes se condolía de su precaria situación, echaba mano D. Beltrán a su culebrina de seda verde, y allí era el salir de monedas. Para los chicos llevaba siempre provisión de cuartos, que profusamente repartía. A pesar de pertenecer el noble anciano a lo que podríamos llamar el siglo de las tabaqueras, no había gastado nunca rapé. El contemporáneo de Napoleón, de Haydn y de Luis XVIII, anticipándose al siglo siguiente, fumaba, y de su repuesto de buenos cigarros puros y de papel, liados en una vejiga olorosa, participaba todo el mundo, chicos y grandes. A este rumbo y gallardía, arte supremo de ser aristócrata en medio de la plebe, que poseen tan pocos, debía su popularidad en todo el país, desde Zaragoza a las Fuentes del Ebro, y desde el Pirineo al Moncayo. (p.4528)

Despachado entre nobles y villanos un sabroso cordero con ajilimójilis, trató Calpena de sonsacar a D. Beltrán alguna revelación que aclarase el punto obscuro que aquél había creído ver en la familia de Idiáquez-Urdaneta; pero el sagaz viejo esquivaba el bulto, sin soltar prenda. Cuando subían a su aposento para recogerse, D. Beltrán, apoyándose en el brazo de Calpena, dijo a este: "¡Ay, querido!, me acuerdo en este momento de que existe una razón poderosísima para que no durmamos los dos en el (p.4529) mismo cuarto. No se me había ocurrido antes.. ¿No adivina usted lo que es?.. Pues que ronco estrepitosamente.. toco la trompa y el violín, imito el trueno y el gallo.. según me han dicho, que yo no me oigo.. y con mis ronquidos no podrá usted pegar los ojos en toda la noche".

Fernando le replicó que no le importaba, aunque, la verdad, no le hacía maldita la gracia la música, que con programa y todo le anunciaba su amigo. "No, no -añadió este-, no consiento que duerma usted aquí. ¡Buena noche le voy a dar!.. ¡Sabina, Gervasia, chicas!..".

Acudieron a sus voces el mesonero y las mujeres de la casa, y D. Beltrán, que allí no pedía, sino mandaba, les dijo: "Chicas, dejad vuestra habitación a este caballero. Podéis, por una noche, dormir las muchachas con Sabina, y tú, Ginés, bien lo puedes pasar en la cuadra". Accedieron aquellas pobres gentes a lo que el prócer disponía, y Urdaneta, mientras su paje le desnudaba, ya preparado el lecho con buen abrigo, bromeó con D. Fernando: "La solución no ha podido ser más oportuna. Ventajas para mí: que no estaré cohibido y podré desplegar toda mi orquesta, seguro de no tener público. Ventajas para usted: que no oirá mis acordes, lo primero; lo segundo, que siendo a mi parecer sonámbula una de las mozas, la más bonita por cierto, es fácil que se le meta a usted en el cuarto a media noche.. Vaya, divertirse.. Querido, hasta mañana".

 

Ep-1-XI -

Lo que menos pensaba D. Fernando, al entrar en el cuarto que le dispusieron, era que aquella misma noche y por inesperado conducto había de conocer algunos hechos que le descifraban el enigma de la familia de Idiáquez.

"Señor -le dijo Sabas cuando entró a prestarle servicio de ayuda de cámara-, si no tiene mucho sueño le contaré los chismorreos de la casa de D. Beltrán, que me ha estado refiriendo su espolique Tomé, el cual habla por siete, y se pirra para sacar a relucir las.. cosas de sus amos".

-Cuéntamelo, por Dios, aunque ello sea tan largo que no acabes hasta mañana, y procura que nada se te olvide de esas hablillas de tu amigo, sin reparar que sean mentira (p.4530) o verdad.

-Pues sabrá su merced que este vejete salado y su nieto D. Rodrigo están a matar. D. Beltrán ha sido toda su vida un disipador de lo suyo y de lo ajeno; como que no ha hecho más que divertirse y darse buena vida en los Parises y otras tierras de vicio. En cambio, su nieto ha salido tan allegador y de puño tan cerrado, que no hay más que pedir. Vea su merced trocados los papeles: el viejo pródigo y manirroto, como un muchacho que está en la edad del gastar; el chico agarrado a la cuenta y razón, como un viejo que mira por el orden y la hacienda. Me nacieron los dientes oyendo decir que D. Beltrán ha sido y es el primer calavera del Reino, y que se ha pasado la vida en comilonas, cacerías, recreos y larguezas de príncipe, con mucho aquel de buenas mozas, y viajes para acá y para allá. El lujo de su casa y los trenes que tenía daban que hablar, señor. Verdad que otro más generoso y más galán no le hubo: él se divertía; pero lo pagaba bien. Y a su puerta no llegó ningún pobre que se fuera desconsolado. Semejante a D. Beltrán en lo dadivoso, aunque menos caballero, fue su hijo D. Federico, a quien llamaban D. Fatrique o D. Futraque; y entre uno y otro dejaron en los huesos la casa de Urdaneta, tan poderosa antes.. la cual quedó hecha polvo; y con los restos de ella, y el caudal no grande, pero limpio, de los Idiáquez, ha podido Doña Juana Teresa, Marquesa de Sariñán, esposa del D. Futraque y madre del D. Rodrigo, amasar una fortunita, que es la que ogaño quieren hijo y madre librar de las manos pecadoras de este vejete.. Desde la muerte del D. Federico, la señora viuda y el Marquesito ataron corto al abuelo. Este rezongaba; ¿pero qué remedio tenía más que bajar la cabeza? Cada poco tiempo, gran pelotera en la familia, porque D. Beltrán pedía ocho para sus necesidades y no le daban más que tres. Si corto le ató la señora, más corto hubo de atarle el nieto al llegar a la edad de gobierno, y al hacerse cargo de manejar el caudal. Cada día le daban a D. Beltrán menos de aquí, y el pobre señor, con el aguijón de sus vicios rancios, trinaba y (p.4531) se le comían los demonios. Había venido a ser un niño, el niño de la casa, el señorito juguetón y travieso a quien se dan los domingos unas pesetillas mal contadas para que se divierta. A la postre, viendo que no podían hacer carrera de él, y que cuanto más le daban, más pedía, le privaron de emprender viajes, quitáronle coches y caballerías, y hasta le tasaron el tabaco.. Tan desesperado se vio el niño anciano, que fue y quiso despeñarse por una gran sima que hay más allá de Cintruénigo; pero.. lo dejó para otro día. Y también se fue una noche hacia el Ebro para darse un remojón; sólo que por estar el agua muy fría, no se determinó.

Lo demás que refirió Sabas, repitiendo los anales transmitidos por el cronista de la casa de Idiáquez, Tomé Torres, quedó bien presente en la memoria de Calpena, que con aquellas noticias se durmió, aplacada la sed de su curiosidad. Cuando se veía D. Beltrán en extremas apreturas, porque sus proveedores le fiaban y no hallaba medio de pagar, tomaba dinero a préstamo, pues por artes del demonio su crédito era grande en aquellos pueblos, y la casa no tenía más remedio que pagar las deudas contraídas por el gran niño, para evitar desdoro y escándalos, resultando de aquí mayores disturbios entre los tres, abuelo, nuera y nieto. Últimamente, al tratarse en familia el magno asunto de la boda con la mayorazga de Castro, iniciado por Doña María Tirgo, D. Beltrán no intervino para nada. Mostrose después algo inclinado a la oposición; pero su nieto lo estimó como un artificio para obtener dinero, y se mantuvo en sus trece, dejando al anciano que saliese por donde le dictasen sus marrullerías. El venir a La Guardia con la familia, no fue por acompañarla en las vistas precursoras de matrimonio, ni por gusto de visitar a las niñas y a sus tíos, con quienes tuvo siempre amistad. Era que el noble Urdaneta, cuando los de Cintruénigo le sitiaban por hambre, arrancábase como los lobos en tiempo de nieve. Del primer tirón se iba a Villarcayo a que le sacase de apuros su hija Valvanera, esposa de un ricachón: allí pasar (p.4532) solía grandes temporadas explotando a su yerno, hasta que este y la hija se cansaban, y con buenos modales le reexpedían para Cintruénigo.

Con su servidumbre salieron los tres de la casa señorial y tomaron el camino de La Guardia. D. Beltrán se había procurado algún dinero, no se sabe cómo, y llevaba su tren de costumbre: mula bien aparejada, los criados con las maletas, y cuanto pudiera necesitar un gran señor que viaja por recreo. En La Guardia hicieron alto los Marqueses de Sariñán y el Sr. de Urdaneta, con el objeto que ya se sabe. Alojados en la Rectoral, no faltaron querellas entre el abuelo y el nieto por la eterna cuestión de ochavos; mas todo quedó en la familia, sin que Navarridas se enterara. Instaba este a D. Beltrán a que se quedase por lo menos una semana; pero el prócer, pretextando negocios apremiantes y el deseo ardiente de abrazar a su hija y nietos de la otra banda, dejó los ocios de La Guardia al día y medio de reposo. Cabalgando a los alcances de Calpena por los mismos caminos, reuniéronse en la venta de Trespaderne, donde ocurrió lo que referido queda hasta la noche en que mudaron de cuarto a Fernando para evitarle la desazón de los ronquidos. Durmió tranquilamente el joven, sin que turbase su sueño el sonambulismo de la moza bonita, como anunciado le había D. Beltrán, y por la mañana, cuando Sabas le ayudaba a vestirse, entró Tomé Torres a decirle de parte de su señor que le esperaba para tomar juntos el desayuno.

"¿Y para cuándo -dijo Calpena a su noble amigo, sentado frente a frente en la cocina, tomando chocolate-, para cuándo calcula usted que se verificará la boda?".

-¿Qué boda?

-La de su nieto con Demetria. Supongo que de las vistas saldrá la conformidad de ambos..

-O no.. ¿Usted qué sabe? Podría suceder que el trato determinara una repulsión, un antagonismo de caracteres.. Perdóneme querido Calpena; pero no puedo ser más explícito. El respeto que debo a la familia me veda extenderme más en asunto tan delicado.. Y si usted no se ofendiera, le diría que nuestra amistad es (p.4533) muy reciente para que pueda yo ponerle en autos de mis desavenencias con Rodrigo. Mi nieto y yo no congeniamos. Su carácter es radicalmente opuesto al mío.. En cuanto a la boda, no pienso en intervenir para nada en ella. Allá se entiendan.

-¿Acaso teme usted que D. Rodrigo no sea feliz?

-Quizás.. y puesto a temer, no estoy muy seguro de que Demetria alcance la felicidad al lado de mi virtuoso nieto.

-¡Oh!, eso es imposible.

-O es usted un inocente, querido Fernando, o se pasa de listo y pretende de mí que le diga lo que sabe mejor que yo.

-D. Beltrán, ignoro por qué me habla usted de ese modo.

-¿Quiere las cosas claras? Pues allá van las cosas claras. Me equivocaré mucho si no resultara el completo fracaso de los planes de Doña María Tirgo. Soy perro viejo; conozco el mundo, y el corazón de las niñas casaderas no tiene para mí ningún secreto. El fracaso puede venir, o porque Demetria no guste de mi nieto, o porque esté enamorada de otra persona.

-¡Oh, no creo..!

-Pues si es usted simple, yo no, a Dios gracias, y ahora sí que lo afirmo resueltamente. Demetria no puede elegir ya. Su corazón pertenece a otro.

-¡D. Beltrán..!

-¡D. Fernando! Advierta usted que habla con setenta y ocho años de experiencia, de observación y conocimiento de las humanas pasiones. Me basta una palabra, un gesto; me basta el tono, el acento de una frase, para comprender lo que pasa en el ánimo de quien la pronuncia.. He pasado un día en la casa de Castro. Allí me contaron sucesos, escenas, lances, aventuras.. las he oído de boca de Navarridas, que las reviste de su candor. Las he oído de boca de las niñas, que en ellas ponían su alma. No he necesitado más. Salí de La Guardia con la impresión de que Demetria espiritualmente no se pertenece. La pobre niña, sin darse cuenta de ello quizás, ha entregado sus pensamientos y su alma toda a un hombre que no es mi nieto.. Ea, no digo más: es usted un gran tuno, si persiste en que yo le regale el oído con mis cuentos de viejo corrido. También usted corre que se las pela. A su edad, sabía yo lo mismo que (p.4534) sé ahora o poco menos.. Y punto final. Hablemos de otra cosa.

-Hablemos de lo que usted quiera.

Trataron en seguida de la continuación del viaje. Calpena mostró gran impaciencia. D. Beltrán no tenía prisa. Su opinión era que esperaran tres días más, para ir más seguros. Como D. Fernando manifestase el propósito de seguir solo, le dijo quejumbroso: "Lo siento en el alma, porque me inspira usted una gran simpatía. ¡Y yo que iba a proponerle que se pasara unos días en Villarcayo! Verá usted qué agradable familia la de Maltrana. Tengo dos nietas lindísimas".

-No puedo, Sr. D. Beltrán; no puedo detenerme. Créame que lo siento.

-Sí, sí, ya recuerdo: me contó Navarridas que tiene usted su novia en Bermeo, o no sé dónde.. que es un compromiso antiguo, un afecto hondo, un lazo indisoluble. ¿Qué es ello? Alguna pasión de estas que nos ha traído el romanticismo. Cuéntemelo usted todo. Siento que mis años, y más que mis años, esta ceguera maldita, me impidan acompañarle.. asistirle como amigo, ver y admirar a su amada, que me figuro será muy bella.

-Todo cuanto usted imagine, Sr. D. Beltrán, será pálido ante la realidad de esa hermosura pasmosa.

-Mire usted que yo he visto mucho.. por delante de estos ojos, que ahora se empeñan en borrarme los objetos, han pasado bellezas verdaderamente soberanas, bellezas celestiales.. sublimes.

-Con todo, si usted viera esta, declararía que antes no había visto nada.

-Hombre, es mucho decir.. Me pica usted la curiosidad de un modo terrible.

Y al expresar esto, el rostro de D. Beltrán se rejuvenecía: se le encandilaban los ojos, medio ciegos ya, y se le aguaban los labios.

"Lo que sí estimaré en grado sumo, recibiendo en ello la mejor prueba de su amistad, es que no nos separemos hasta Villarcayo".

-Si no se detiene usted mucho en el camino, para mí será gran satisfacción.

-Gracias.. Y yo le compensaré a usted su esclavitud refiriéndole los motivos de mis discordias con Rodrigo de Urdaneta; seré más explícito en mis apreciaciones acerca del probable fracaso de las vistas de La Guardia; (p.4535) aventuraré algún consejo para que se aproveche de ese fracaso quien debe aprovecharse.. ya usted me entiende.. En fin, ¿se aviene usted a que vayamos juntos?

-Sí señor; pero no accedo a permanecer en Villarcayo más que horas.

-Bueno.. ya se verá eso.. Hoy pasaremos aquí el día tranquilamente, charlando de nuestras cosas. Pero, voto a Sanes, no sea usted tan callado, ni me reserve sus afectos, sus planes, sus pasiones con tan extremada discreción. La juventud se ha vuelto ahora más taciturna y sombría que la vejez. Volvamos a los tiempos clásicos, amigo Calpena, y pongamos todos los misterios del alma encima de una mesa y entre dos copas de buen vino.

Propuso Calpena dar un paseo; pero como el cariz del tiempo anunciaba lluvia, quedáronse, después de una corta salida, al amor del fogón, en la cocina hospitalaria, acompañados de gatos y perros, viendo a Sabina y Gervasia mover cacharros y atizar la leña crujiente.

"Amigo mío -dijo D. Beltrán, refrescando memorias de su mocedad borrascosa-, mi experiencia cree prestar a su juventud un gran servicio enseñándole con mi ejemplo a poner frenos a la imaginación, a no abandonar lo cierto por correr tras lo dudoso. ¿No me entiende? Pues oiga un poquito de historia personal mía, que se relaciona con la historia del mundo. El año 795 me fui a París en persecución de una hermosura sorprendente, de esas que parecen hechas por Dios para trastornar a la humanidad, para quitarnos el poquito seso que nos queda después de las revoluciones y degollinas que armamos por las ideas, por el pan o por el poder..".

-Dispénseme, D. Beltrán. Ha dicho usted el 95. Me había contado Navarridas que estuvo usted en París de secretario de la Embajada el 89, y que presenció parte de la Revolución francesa.

-Es verdad. Lo tomaré desde más arriba. Yo me casé el 87 con una ilustre dama, sobrina del Duque de Granada de Ega; enviudé el 88, al mes de haber nacido mi único hijo Federico; deseando aventar mis penas, pedí a Aranda que me destinase a una Embajada, y en efecto, fui nombrado segundo Secretario (p.4536) de la de París. Todos los sucesos de la Revolución, desde los Estados Generales hasta Junio del 91, en que el Rey fugitivo con su familia fue detenido en Varennes y llevado prisionero a París, los presencié. Retirose la Embajada, y casi todo el personal volvió a España, y en España y en mis Estados permanecí yo hasta el 95.. Como no es mi objeto contarle a usted aquel incendio terrible, la Revolución, voy a mi cuento, y lo sigo repitiendo que el 95 me fui a París en persecución de una hermosura sobrehumana, a quien conocí en Zaragoza en casa de mis primos, los Condes de Bureta.

 

Ep-1-XII -

-Adelante. Loco de amor fue usted a París..

-En pleno Directorio, hijo mío. ¡Qué distinto de aquel París del 88, tan aristocrático, tan tónico y elegante, en medio de los sustos que ya ocasionaba la Revolución incipiente!.. Pero ¡ay!, querido, se me ha olvidado un detalle, y tengo que volver un poquito atrás.

-Volvamos.. Salió usted de Zaragoza..

-Despreciando un partido de segundas nupcias que me arregló mi buen padre..

-¿Y era hermosa, D. Beltrán?

-Agradable, esbelta, mayorazga riquísima, de familia noble, bien educadita, hacendosa. En fin, una alhaja, querido, incomparable para una vida de descanso, de opulencia prosaica, con probabilidades de larga sucesión, y mucha labranza, recreos de campo y caza.. Pero yo no estaba por la prosa. Mi padre quiso sujetarme. Yo me escapé a París, como digo, y aquí viene la moraleja..

-¿Tan pronto? Según eso, la hermosura ideal que usted perseguía..

-Era un fantasma, y los fantasmas hacen la gracia de no dejarse coger. A los tres meses de revolver todo París buscándola, pues la vida y las circunstancias especialísimas de aquella mujer la rodeaban de misterios, la encontré, sí.. En una palabra: la que para mí más que mujer era una diosa, la que en España me juró amor eterno, se había casado con un jefe de policía, protegido de Barras.

-¡Demonio! Pues con la policía parisiense no jugaría usted, D. Beltrán, si es que persistió en perseguir a la beldad fantástica.

-Persistí: soy navarro. Cultivando mis (p.4537) antiguas relaciones, y mariposeando de salón en salón, llegué a ser uno de los predilectos en el de Madame de Beauharnais. Por cierto que.. No, no olvidaré la noche en que vi entrar por primera vez a un joven militar, melenudo y pálido, de menos que mediana estatura.

-Ya le veo, ya..

-Era un chico que prometía. Al poco tiempo, la dueña de la casa, que era una gran coqueta, para que usted lo sepa, una coqueta saladísima, y temible, atroz, enloqueció al chico de Córcega. Barras no influyó poco para que se casaran.. Pues sigo mi cuento. Conté mi triste historia a Josefina, y Josefina se la contó a Napoleón. A poco de salir este para mandar el ejército de Italia, la generala Bonaparte dio en protegerme, interesándose vivamente en mi causa amorosa. La hermosura fantástica no tardó en aparecer en los salones de Josefina.

-Y allí..

-Sí; pero ya el espectáculo del libertinaje parisién me había arrancado toda ilusión. La prodigiosa hermosura se me deshizo en humo.. no sé cómo expresarlo. La sociedad del Directorio transformó completamente mis gustos. ¿Quiere usted que lo cuente todo? Pues Josefina me agradaba extraordinariamente, y acabó por enloquecerme.

-¿Y se atrevió usted, D. Beltrán?

-¿Que si me atreví? A fe que era la niña asustadiza. Créalo usted: Napoleón era celosísimo, y algunos, no diré muchos, algunos motivos tenía para ser tan escamón.. Y ya no le cuento nada más, porque es usted un niño, y los malos ejemplos no convienen a las imaginaciones juveniles, exaltadas. Basta, pues, basta..

-Corriente. Respeto sus escrúpulos. Pero debo decirle que la lección que ha querido darme no encaja en el caso mío: no hay paridad.

-Eso, usted lo verá.. Mire, hijo, cuando el destino nos pone al pie de un árbol de buena sombra, cargado de fruto, y nos dice: "siéntate y come", es locura desobedecerle y lanzarse en busca de esos otros árboles fantásticos, estériles, que en vez de raíces tienen patas.. y corren.. Yo desobedecí a mi destino, y por aquella desobediencia no he tenido paz en mi larga vida. Créalo: donde (p.4538) no hay raíces, no hay paz. Ea, doblemos la hoja.

-Doblémosla. Un momento, D. Beltrán.. ¿Y no volvió usted a ver a Napoleón?

-Le vi entrar en París victorioso después de Austerlitz. Años después, cuando la guerra de España, volví allá con mi primo Pepe Villahermosa, con Lorenzo Pignatelli y otros. Era entonces Embajador mi primo Diego Frías, que hizo entonces la tontería de afrancesarse. Don José I le mandó allí representando a la España napoleónica.. ¡triste papel! Gran empeño tuvo mi primo en presentarme al chico de Córcega en el apogeo de su grandeza. ¡Y yo le había conocido ciruelo, es decir, novio de la viudita Beauharnais!.. Me resistí heroicamente a saludar al verdugo de mi patria.

-¿Y a Josefina?

-Emperatriz, no la vi nunca. Después del divorcio, que, entre paréntesis, le estuvo muy bien empleado, fui un día a la Malmaison a ofrecerle mis respetos. Pero no se dignó recibirme. Era muy lagarta. Murió a los tres meses de mi visita. Fui a su entierro.

Otras anécdotas de su borrascosa vida galante contó D. Beltrán a su amigo, cuidando siempre en sus relatos de poner de relieve lo que sugiriese alguna enseñanza útil al joven Calpena, y esquivando los ejemplos de depravación o cinismo. Terminaban casi siempre las historias con sabios consejos, mandándole que aplicara a su gobierno ciertas enseñanzas, y que en otras pusiese todo su estudio en no tomarle por maestro, en hacer todo lo contrario de lo que el biógrafo de sí mismo había hecho. Así demostraba el Sr. de Urdaneta el afecto que con el trato continuo iba tomando a su compañero de viaje, y este, quedándose a media miel en algunos pasajes interesantísimos de la vida del prócer libertino, agradecía el móvil honrado de las frecuentes omisiones históricas.

"No, hijo, no -le decía D. Beltrán, al segundo día, permitiéndose ya tutearle-. Yo he hecho locuras, y no quiero que tú las hagas, no. Eres un chico excelente y muy agudo y entendido. Mereces una vida pacífica y ordenada, por más que sea obscura, y no una vida de ansiedades y tropezones como la (p.4539) mía. Placeres sin fin he gustado; pero grandes amarguras he tenido que tragarme, y heme aquí al fin de la vida, malquistado con mi descendencia.. Esto es muy triste, Fernandito, y no lo deseo para ti".

Y cuando iban de camino (pues al fin se arrancaron del mesón de Trespaderne, después de dos y medio días de parada) platicando al paso de la pacífica mula de D. Beltrán, repitió este la parábola del árbol: "No me cansaré de decírtelo, hijo. El que en su camino encuentra un árbol de grata sombra, cargado de fruto, es tonto de capirote si no se planta allí.. Si lo desprecias y sigues andando, te expones a no encontrar más que paisajes fantásticos, efecto de eso que llaman miraje. Corres, corres.. ¿y qué ves?.. pues un magnífico plantío de cardos borriqueros".

En Villacomparada hicieron otra paradita, que hubo de ser más larga, porque el paso por Medina de Pomar era peligrosísimo. Renegaba Calpena de estos plantones, y a pesar del afecto que iba tomando al viejo, se proponía dejarle y partir solo, arrostrando con su criado los peligros de la facción. Mas Urdaneta, con el poder de su razonamiento, ya grave, ya jocoso, pero siempre sugestivo y cautivador, le aplacaba los fuegos, reteniéndole junto a sí. La confianza, que rápidamente crecía, le fue quitando los escrúpulos de descubrir sus interioridades domésticas, y por fin, una noche, hallándose en la cocina de Villacomparada, se arrancó a decir: "Este nieto mío no sale a los Urdanetas, donde no hubo nunca roñicas. Su madre, que es noble por los Idiáquez, procede, por la línea materna, de los Rodríguez Almonte de Tarazona, que hicieron un gran capital con la usura, y dejaron fama por la miseria con que vivían. A estos sale mi nieto, en quien verás algo de lo que en la opinión corriente se llama virtud; cualidades buenas en principio, pero que dejan de serlo practicadas con abuso y aisladamente. Sabrás que mi nieto mostró desde chiquitín una extraordinaria capacidad para el arreglo: a los veinte años era un prodigio; a los veinticuatro una calamidad. Si le dejaran, (p.4540) arreglaría el cielo y la tierra, y pondría cuenta y razón hasta en los dones de la Naturaleza. Figúrate que tiene veintiséis años, y ya es calvo.. sí, hijo mío: se le cae el pelo de tanto cavilar haciendo números, y enfilando largas baterías de reales y maravedises. Su calvicie procede también de la sordidez, de la sequedad del entendimiento, donde no han entrado más que los números. Su cabeza es hermosa; su rostro correctísimo, con una expresión glacial. La fantasía no existe en él. Es una máquina de hacer cuentas: no se tuerce, no imagina, no sueña, no teme, no desea.. Dime: ¿en conciencia crees tú que el no tener ningún vicio equivale a tener todas las virtudes?".

-¡Oh!, no seguramente. Pero no me pida usted opinión sobre un personaje que no conozco, pues la pintura que usted me hace, con ser muy buena, es pintura, y entre un retrato y su original hay siempre un abismo.

-Es verdad. No quisiera yo decir nada malo de mi nieto.. ¡Oh, no!.. Quisiera decir mucho bueno.. y lo diré, sí; te lo diré, aunque me violente un poco. Rodrigo administra su hacienda como un matemático. Rodrigo es religioso, devoto de la Virgen; cumple con la Iglesia; jamás ha salido de sus labios una blasfemia, ni una palabra mal sonante. Enredos de mujeres nunca los ha tenido.. es la misma castidad. Rodrigo no ha tomado nunca nada que no sea suyo: sobre su conciencia no pesa un solo maravedí de propiedad ajena. Rodrigo no dice una mentira ni que le maten; no trasnocha, ni pierde el tiempo en vanas tertulias de holgazanes. Rodrigo no fuma; Rodrigo no bebe; Rodrigo no escandaliza.. Con esta pintura, querido, creerás que mi nieto es un santo.

-¡Oh!, nunca. Veo cualidades negativas. Todo ser humano tiene su reverso.

-Y el reverso es muy feo.. Si te empeñas en que yo desdore mi casa dándotelo a conocer, lo haré.. Rodrigo desconoce la compasión; para él la caridad es muy semejante a las funciones administrativas, y se reduce a ir juntando ochavos toda la semana, para repartirlos metódicamente el sábado a (p.4541) los pobres que llaman a la puerta de la casa. ¿Quieres que me alabe un poco? No me gusta alabarme; pero lo haré para que me salga el argumento. Si tuviera yo en este instante las rentas que he perdonado a mis caseros cuando se veían apurados por las malas cosechas o por otra desgracia, ¡los pobres!, sería hoy el primer ricachón de España.

-¿Y su nieto de usted no ha perdonado nunca?

-¡Perdonar!.. ¡él! Primero se hunde el firmamento. En fin, querido, permíteme que no diga más. No es decoroso para mí sacar a pública vergüenza los defectos de personas de la familia. Yo he sido un disipador, un pródigo, lo reconozco; pero soy el jefe de una casa ilustre; soy un pobre viejo, un glorioso árbol caído, y merezco, si no que se me ame, al menos que se me respete. Juana Teresa me odia porque siempre he sabido ser noble, y ella no, porque los inferiores, los humildes me llaman a mí D. Beltrán el Grande, y a ella Doña Urraca. Es tan corta de alcances, que no ha enseñado a mi nieto más que tres cosas: rezar de carretilla, contar dinero y aborrecer a su abuelo.. Dos años llevamos de guerra sorda: el pasado rumboso y el presente cominero son incompatibles. Entre la madre y el hijo, rivalizando los dos en crueldad y sordidez, me han reducido a una estrechez humillante.. y lo peor es que ponen a prueba mi dignidad, obligándome a pedirles lo que necesito. De aquí las cuestiones, el choque inevitable entre mis apremios y sus negativas.. entre mi carácter de noble en decadencia y el de ellos, plebe enriquecida.. Yo no puedo menos de ser gran señor.. Noble nací, noble moriré.. ¿Ver yo una necesidad y no socorrerla? Imposible. ¿Escatimar yo las recompensas a quien me sirve? Imposible. Soy así; me glorío de serlo, y creo que mi piedad es el contrapeso de mis faltas. Me presentaré ante Dios, y le diré: "Señor, he sido un tal y un cual.. pero vea Su Divina Majestad estas cositas buenas que aquí traigo en mi haber..". Yo, poniéndome en lo razonable, Fernandito, comprendo que se me tase, que se me sujete a cierta medida, ahora que soy (p.4542) viejo; pero no tanto, no. Ni paso porque mi nieto me trate con esa sequedad administrativa que me envenena la sangre, ni por que trastorne de un modo monstruoso la ley de naturaleza, tratándome como a un niño mal criado, y erigiéndose él en viejo autoritario. Esto es absurdo, esto es repugnante, esto clama al Cielo. ¡Yo un niño calavera.. él un viejo regañón!.. ¿Has visto..? Tanto él como Doña Urraca se me suben a las barbas, y me riñen con cierta suavidad más cargante aún que el desabrimiento, con cierta monita y caída de ojos propias de mojigatos.. Un día se escandaliza mi nieto porque, no pudiendo desmentir mi natural obsequioso, digo cuatro chicoleos de buen tono a las muchachas bonitas que van a casa. Otro día se me remonta Doña Urraca porque he ido tarde a misa, porque me escabullo a la salida de la procesión, o porque digo que nuestro capellán es un bendito alcornoque.. Y luego me atacan los dos juntos, porque me quejo de la poca variedad de las comidas, o porque no se me dispone toda la ropa blanca que exige mi costumbre de mudarme diariamente; porque hablo de París, o porque sostengo que lo más bello que Dios ha creado es la mujer; porque me río de los que se mortifican y se dan disciplinazos, y sostengo que Dios no nos ha puesto en el mundo para que nos destrocemos las carnes, sino para que nos demos la mejor vida posible y seamos dichosos; porque doy mi ropa en mediano uso al veterinario, al maestro de escuela, o porque me miro un ratito al espejo; porque no quiero arrinconar los retratos de algunas hermosas damas que fueron mis amigas, o por otras mil y mil cosas inocentes, propias de mi edad, de mi hábito noble, de mi condición generosa.. ¿Verdad, querido Fernandito, que soy muy desgraciado en mi vejez, y que merezco otra familia? ¡Ay.. la entereza me falta!.. Me siento decaer horriblemente; creo que el perder la vista es una forma física de la pérdida de la dignidad.. Que me muera pronto es lo que me conviene. ¿Verdad que debo morirme, para no ser humillado, para no (p.4543) padecer..?

Terminó el pobre anciano sus quejas poseído de viva emoción, que se manifestaba en cortados suspiros, en la humedad de la nariz y de los ojos tiernos, la cual llegó a ser tanta, que hubo de acudir a ella con el pañuelo.

 

Ep-1-XIII -

"Vamos, D. Beltrán, no se aflija -le decía el joven con sincera y honda lástima-. Sería usted muy desgraciado si fuera esa su única familia. Pero por dicha suya, tiene a su hija Valvanera..".

-Sí, sí.. es cierto.. -murmuró D. Beltrán sonándose fuerte-. Pero tampoco allá ¡ay!, faltan espinas.. No es tanto como en Cintruénigo. Cree que Cintruénigo es para mí un Purgatorio anticipado, donde estoy pagando todas mis tropelías contra la moral, querido Fernando.. Pero déjales, que también ellos purgarán sus crueldades conmigo.. Sí, me las pagan, me las pagan, y pronto. Dios es justiciero, Dios es vengador, Dios da a cada uno su merecido. Me recreo en mi venganza, en el castigo divino.. Tú lo has de ver; no quisiera morirme sin verlo..

-¿Y qué hemos de ver?

-¿No caes en ello? Pues las calabazas garrafales que le está preparando la mayorazga de Castro.. La chica tiene entendimiento, sabe juzgar fríamente las cosas. Imposible que, después de tratarle un poco, deje de ver la sequedad de aquella alma, aquel villano egoísmo, aquella sordidez repugnante; y viendo esto, es imposible que le ame, mayormente cuando su voluntad se encariña con otro hombre, en verdad digno de ella. Demetria no es de estas que se alucinan: no se dejará coger, no, en las redes candorosas de Doña María Tirgo, ni en las astutas trampas de mi Doña Urraca.. De modo que.. figúrate mi alegrón si triunfamos.. y triunfaremos.. ¡Ah!, ese roñica ha entrado en La Guardia pensando que pronto meterá en sus baterías de números las rentas del mayorazgo de Castro-Amézaga.. No es flojo chasco el que se llevará.. ¡Ay!, si Dios me concede que vuelvan a Cintruénigo corridos, no me quedaré sin ir a presenciar espectáculo tan delicioso.. Créelo: pensándolo, me rejuvenezco.

A esta última parte de las quejas y resquemores (p.4544) de D. Beltrán, no prestó Calpena toda su atención, porque le distraía un sujeto harto enigmático que momentos antes se había sentado junto al hogar, y no cesaba de mirarle con fijeza impertinente. No era la primera vez que le veía, pues al entrar en Villacomparada se les apareció por delante caballero en un gallardo burro; luego se puso a retaguardia, y fue siguiendo la caravana, acomodando al paso de esta el andar de su pollino. No era el tal de aspecto desapacible, ni sus trazas las que suelen caracterizar a la gente sospechosa. Representaba veinticinco años lo más, y era su estatura garbosa y aventajada; su rostro más bien hermoso que feo, aunque ceñudo y lleno de obscuridades; su vestimenta y calzado de hombre rudo, huésped de las alturas pedregosas más que de los valles amenos: zamarra y botas altas, boina, todo de un gris terroso. Si llevaba armas, no se le veían. No hablaba con nadie; consumía fuertes raciones de carne y vino, y comiendo y bebiendo, o sin más ocupación que hurgar el fuego con su vara, empleaba casi todo el tiempo en mirar a D. Fernando, haciéndole objeto de un enfadoso y cansado estudio. Naturalmente, viéndose tan mirado, Calpena le observaba también; y como nada advirtiese por donde pudiera descubrir el motivo de aquel examen descortés, aprovechó las cortas ausencias del sujeto para indagar quién era. Los mesoneros no supieron darle razón. Por el habla parecíales vizcaíno: si llevara armas, creerían que era cazador. No le habían oído hablar con nadie más que con el burro, al cual debía de querer como a hermano, pues a menudo daba una vueltecita por la cuadra para verle comer y acariciarle el lomo.

Por la noche, mientras cenaba, observó Calpena que el del asno, sentado a la mesa pequeña con otros dos, persistía en mirarle, como si le estuviera retratando. Ya le cargaba tanto aquel tipo, que estuvo a punto de acercarse a él y pedirle explicaciones. Pero consultado el caso con D. Beltrán, advirtiole este que lo más propio de personas principales era no parar mientes en tal hombre, ni cuidarse de él para nada. (p.4545) "Porque ahora resultará que él puede quejarse de la misma impertinencia por parte tuya, pues mirando a ver si miran, ello es que los dos se provocan, y confunden en una sola necedad sus necedades respectivas. Cambiemos de asiento, y así le tendrás a la espalda.. Pues a mí también me mira.. Voy a echarle un saludo con la mano.. ¿Sabes que más que de cazador tiene trazas de chalán o de tratante en caballerías? Verás cómo después de tanto mirar, se sale con la gaita de que le compremos su burro".

Al siguiente día, caminando los viajeros hacia la sierra, pues por alejarse de Medina de Pomar, donde andaban a tiros cristinos y facciosos, tuvieron que dar un largo rodeo, se les apareció de nuevo el caballero del borrico, que casi juntamente con ellos entraba en la venta de Villalomil. "Oye -dijo Don Fernando a su criado-, hazme el favor de llegarte a ese hombre, y con cualquier pretexto averigua quién es, qué demonios busca por aquí, y cómo se llama; y si consigues entrar en confianza con él, le preguntas que por qué me mira". Cuando cenaban los señores, entró Sabas a manifestar a su amo el resultado de sus investigaciones, el cual, contra su voluntad y diligencia, era enteramente nulo. Preguntado había, sí, todo cuanto preguntar puede un hombre que sabe su oficio de preguntón; pero el otro no respondía más que un marmolillo. "Es mudo, señor". Observó a esto Calpena que él le había oído hablar con su burro y con el mesonero de Villacomparada. "Pues entonces, señor, sordo es -afirmó Sabas-: más gritos que yo le he dado, no le daría el pregonero de mi lugar, y no se enteraba ni chispa".

Riéronse, y no se habló más del asunto hasta dos días después, hallándose en los altos de Medina, con un tiempo horroroso de agua, viento y nieve, que les obligó a guarecerse en unas cabañas de Recuenco. Despejado un poco el cielo, aprovecharon una clara para seguir su camino en busca de mejor pueblo donde alojarse, y no habían andado media legua cuando divisaron burro y caballero, por vanguardia, saliendo de un bosque. Como a (p.4546) distancia de un tiro de fusil anduvo toda la tarde el desconocido, y al llegar al llano que hay cerca de Valmayor empezó a dar carreras muy lucidas de una parte a otra, cual si quisiera ofrecer a los caminantes una verdadera función de jineta borriquil. Admiraban aquellos las airosas carreras del asno, sus desplantes y corvetas, y celebraron la destreza con que lo manejaba su extravagante caballero. Más adelante viéronle parado junto a unos pastores. Como era indudable que hablaban, ya fuese con palabras, ya por señas, mandó D. Fernando a su escudero que se adelantase para pedir informes de sujeto tan extraño.

"Y que le proponga que nos venda el burro -dijo D. Beltrán-, que bien merece se le dé diploma de nobleza, elevándole a la categoría de caballo de orejas grandes".

Volvió Sabas al poco rato con las referencias que le dieron los pastores. No sabían más sino que el tal era bilbaíno y que solía venir por aquellas tierras a tratar de cortas de maderas para las ferrerías. A consecuencia de una enfermedad de la cabeza, se había quedado sordo; y aunque no era mudo, como lo decía todo en vascuence o en un castellano de perros, costaba Dios y ayuda entenderse con él. Le llamaban Churi.

Con esto, que no era poco, hubo de contentarse D. Fernando, creyendo que el señor aquel no estaba bueno de la cabeza. En Valmayor encontraron los viajeros mejor acomodo, y no les vino mal, porque arreció el temporal de duro toda la noche, y fue una suerte que no les cogiera en despoblado. Tres o cuatro días tuvieron que permanecer allí, pues los caminos quedaron intransitables, y la glacial temperatura convidaba a no abandonar la proximidad del fogón. Reíase D. Beltrán de ver a su amiguito tan descontento, y gozoso le decía: "No te apures, hijo, que ya llegaremos, ya llegarás a donde te llama tu locura. Te advierto que no siempre estriba nuestra felicidad en llegar pronto a donde queremos ir, como dice un refrán; que yo sé por experiencia cuán venturoso es llegar tarde en multitud de casos, tarde, sí, y cuando ya las cosas no tienen remedio". No sólo sentía (p.4547) Calpena contrariedad y disgusto por los entorpecimientos de su viaje, sino tristezas hondísimas, motivadas por causas que no sabía desentrañar. Encontrábase ya demasiado lejos de la señora invisible; veía muy agrandado el espacio entre su persona y la desconocida y amante deidad protectora. Tantos días sin saber de allá le inquietaban, le entristecían, ennegreciendo horrorosamente la impresión de su soledad en el mundo. Una noche de espantosa ventisca, aburrido y desalentado, sin que lograsen sacarle de su melancolía los cuentos galantes y las festivas anécdotas de D. Beltrán, llegó hasta sentir miedo de seguir avanzando hacia Vizcaya. Casi delirante, pensó que debía volverse. ¿A dónde?, ¿a La Guardia, a Madrid? Ni él mismo podía determinar a dónde le llamaban sus recónditos anhelos. La mañana calmó su confusión, y despejado su cerebro, volvieron a dominar los antiguos planes y propósitos. Adelante, pues, con la orgullosa divisa: A Bilbao por Aura.

Estaba de Dios que en vez de disminuir acreciesen los estorbos que así la Naturaleza como los hombres oponían al generoso anhelo de D. Fernando, porque no bien abonanzó el tiempo y se secaron los caminos, viéronse detenidos los viajeros por un tropel de gente que en dirección opuesta corría: aldeanos, mujeres, familias enteras, con sus animales, carros, provisiones y aperos de labranza. Eran meneses fugitivos, que abandonaban sus hogares amenazados por la facción. El pánico de que venían poseídos no les permitía precisar las noticias que daban. A muchos interrogó D. Beltrán, sin sacar en limpio más que el hecho indudable de que los carlistas ocupaban parte del valle de Mena, y seguían avanzando, como con intento de cruzar la provincia de Burgos. Quién afirmaba que componían la expedición seis batallones mandados por Zaratiegui, con muchos caballos y artillería; quién que eran la mitad de la mitad, pero los bastantes para asolar y revolver toda la comarca. Entre tanta gente, hubo algunos que conocían a D. Beltrán, y le dijeron: "Señor, vuélvase, y no (p.4548) piense en ir a Villarcayo. Su familia se ha refugiado en Espinosa de los Monteros".

No necesitó Urdaneta saber más para volver grupas, siguiéndole Calpena de malísimo talante. Desandado el camino, como a unas dos leguas encontraron tropas cristinas, las cuales les anunciaron que en Medina de Pomar no había ya facciosos, y que allí podían refugiarse con toda seguridad, añadiendo que no tardaría mucho la tropa liberal en despejar todo el valle de Mena hasta Valmaseda, guarneciendo el puerto de los Tornos y Sierra Salvada, a fin de cortar el paso del enemigo a la provincia de Burgos. Si intentara correrse por las Encartaciones hacia la de Santander, también se le pondrían buenas compuertas en Ramales y Guardamino. Con tantas contrariedades y las repetidas tomas de resignación, había llegado ya Calpena a un estoicismo torvo y displicente. "¿Qué remedio tienes, hijo -le decía D. Beltrán-, más que bajar la cabeza ante el destino, o hablando cristianamente, ante la voluntad de Dios? Bien podría suceder que esto que juzgas adverso fuera todo lo contrario: el principio de tu felicidad".

Y he aquí que Medina de Pomar, histórica villa, les recogió y agasajó rumbosa, pues allí tenía Urdaneta amigos y parientes; y no llevaban cinco días de aquella cómoda residencia, que para D. Beltrán era un descanso y para Calpena una esclavitud, cuando vieron llegar buen golpe de tropas cristinas. Sucedíanse los batallones, que se iban escalonando en los pueblos del valle hasta Villasante; la división de Alaix llegó la primera, con numerosa caballería y trenes de batir; siguió la de Oraa, y, por fin, una tarde vieron llegar, con su lucido Estado Mayor al General en Jefe del ejército del Norte, Don Baldomero Espartero, que se alojó en el Palacio del Condestable.

"En todo ha de tener suerte este Baldomero -dijo D. Beltrán a su amigo, a poco de verle pasar-. Por traer consigo todo lo bueno, hasta el buen tiempo trae. ¿Cuántos días llevábamos sin ver la cara del sol? Lo menos diez. Pues lo mismo es llegar mi hombre que se abre un gran boquete en la (p.4549) panzaburra de las nubes, y los rayos del sol salen a juguetear en los entorchados del afortunado caudillo. ¿No advertiste que cuando entraba en la plaza se despejó el cielo y nos vimos inundados de claridad y de un dulce calor? Pues es la suerte, hijo, la suerte de este hombre, que vino al mundo en el signo de Piscis, los Peces, por donde ha resultado que es un pescador formidable. Ya le tienes hecho un Tenientazo General, y no por chiripa, sino ganando sus grados en acciones de guerra, batiéndose con arrojo y con éxito; y no es esto sólo, pues en aguas muy distintas de la milicia ha demostrado que es gran pescador. Aquí, donde me ves, soy su víctima, querido Fernando; víctima de la loca estrella de este hombre, que no pone mano en cosa alguna que no le colme de ventajas. ¿Quieres que te lo cuente? Antes de ir a visitarle.. ya me vio al pasar.. notarías que me saludó muy afable, sonriendo.. pues antes de subir a su alojamiento, quiero satisfacer tu curiosidad, y al propio tiempo ofrecerte una saludable enseñanza que espero te sea provechosa.. El año 26 vino Baldomero de América con reputación de valiente soldado, y le destinaron a Pamplona, donde yo residía entonces. Pronto nos hicimos amigos. Él y otros jefes militares, con diversos señores y señoritos de la aristocracia navarra, matábamos el ocio de la tediosa vida de aquella ciudad en la agradable mansión de un amigo nuestro, segundón de Ezpeleta, donde teníamos una trinca.. hombres solos..".

-Y allí se entretenían en verlas venir.. pasatiempo muy de militares más o menos gloriosos, y de nobles más o menos arruinados.

-Tú lo has dicho. Ya me había prevenido Ezpeleta: "No juegues con ese ayacucho, que ha traído de América, con la pérdida de las colonias, una racha espantosa para perdernos a los de acá". Pero yo no hice caso. Dominado por el maldito vicio, una noche nos pusimos a matar el tiempo.. En menos de dos horas y media me ganó cuatrocientas onzas.. cuatrocientas onzas, querido Fernando, que todavía me están doliendo.. Ya ves qué a (p.4550) pelo viene la moraleja. Hijo mío, no juegues, no te dejes dominar de ese vicio insano.. Ten mucho cuidado con los héroes; que los afortunados en la guerra no lo son menos en el naipe.

 

Ep-1-XIV -

-Mi desgracia, lejos de enfriar la amistad con Baldomero, la hizo más firme y cordial. Y en vez de mostrarme vengativo, aproveché la ocasión que me presentó el acaso para prestar a mi desvalijador un gran servicio. Nada, que el chico de Granátula me debe su felicidad, la mayor y más bella victoria que ha ganado en el mundo. ¿Recuerdas el consejo que te he dado a ti? Pues hallándose Espartero en una situación de perplejidad semejante a la tuya, le dije: "Hijo mío, cuando encuentres un árbol de grata sombra y cargado de fruto, etcétera, etcétera..". Como tú, el buen ayacucho había encontrado el árbol, y como tú vacilaba, perdido el seso por una hermosura tras de la cual corría sin poder atraparla, una visión ideal.. Pero yo, que gusto de encaminar a la juventud por las buenas vías que no supe seguir, no le dejaba de la mano, y en nuestros paseos por la Taconera, o charlando en la casa donde teníamos la timba, le enjaretaba a cada instante mi sermón fastidioso: "cuando encuentres un árbol, etcétera..". Pues el hombre, al contrario de lo que haces tú, se penetró de la sabiduría de mi consejo y se sentó a la sombra. El árbol riquísimo es Jacinta Sicilia, rica heredera de Logroño que se hallaba de temporada en Pamplona con su padre, grande amigo mío. Tuve la satisfacción de apadrinarla en su boda con Baldomero, lo que era un doble padrinazgo, porque la saqué de pila: es mi ahijada.. Con que ya ves: pensé darte ahora una sola lección, y te he dado dos: la del juego y la del árbol. Mírate en ese espejo; mírate en ese general de fortuna, que hoy tiene cuanto puede apetecer un hombre: la gloria militar y la felicidad doméstica. ¡Qué mujer se ha llevado! No le echa Demetria el pie adelante en lo honrada y hacendosa, y en hermosura se queda a la zaga de Jacintita, que es, para que lo sepas, una preciosidad.

-Contesto lo mismo que antes, Sr. D. (p.4551) Beltrán.. No hay paridad. Este D. Baldomero es el hombre de la suerte..

-Nació en Piscis: por eso ha pescado.

-Pues yo debí nacer en Escorpión, signo de la desgracia: todo se me dispone al revés de como lo deseo.

-Ríete de cuentos. Es que haces siempre lo contrario de lo que ordena la lógica.

-Dígame: ¿le ordenaba a usted la lógica ponerse a jugar con Espartero?

-En el juego no hay lógica; no hay más que suerte. Y que Espartero la tenía favorable, no puede ponerse en duda. Oye este golpe que me ha contado él mismo. Hallábase prisionero en no sé qué plaza de América y a punto de ser fusilado, cuando por intercesión de una hermosa dama, a quien obsequiaba el gran Bolívar, consiguió que le perdonasen la vida. Escapó como pudo, y estando en Quilea, en espera de un buque que le trajese a España, encontrose mi hombre sin ropa, sin alhajas, sin dinero, en situación absolutamente precaria..

-¿Y qué?.. ¿le deparó Dios un árbol?

-Precisamente. Según ha contado más de una vez, encontró en su camino árboles grandísimos que le convidaban a ahorcarse.. Pero no lo hizo.. Dios le deparó un alemán, sí, un alemanote rico, que iba también buscando barco. Hospedáronse en un caserío, donde no había nada que comer. Buscando por aquí y por allí, encontraron una baraja, y por matar el tiempo y engañar el hambre se pusieron a jugar. ¡Cuando te digo que nació en Piscis!.. En un par de horas, Espartero le ganó al alemán ¡diez y seis mil duros! Ya ves: ¿es eso suerte o lógica?

-Es lógica, porque al alemán le quedaría otro tanto, y bueno era partir para que el otro pobre se remediara.

-Puede que estés en lo cierto. En fin, me voy a darle un apretón de manos. Ya habrá pasado todo el barullo de la recepción de autoridades. Espérame aquí, que no pienso entretenerme mucho.

Fuese D. Beltrán a visitar al General en jefe, y Calpena le aguardó en la plaza charlando con algunos oficiales que conocía. Enterose de que los carlistas se cernían sobre Bilbao, lo que le puso en grande inquietud, aunque sus amigos, con optimismo juvenil muy propio (p.4552) de la raza, aseguraban que sería cuestión de días el hacerles levantar el cerco. Espartero no se andaba en chiquitas: hombre de formidable empuje, poseía el don divino de infundir a las tropas su bravura y llevarlas como a rastras a la victoria. No era un general de estudio, sino de inspiración, chapado a la española, hombre de arranques, de cosas, con el corazón en la cabeza. Las propias ideas le expresó D. Beltrán al regreso de su visita. Los facciosos se disponían a sitiar a Bilbao en toda regla, decididos a perecer o tomarla. Por segunda vez ponían sus ojos y su alma toda en la valerosa villa, esperando domarla al fin y hacerla suya. Pero el hueso era demasiado duro, y Espartero había jurado que allí se dejarían los dientes. Por de pronto tenía que atender a cortar los vuelos a los facciosos mandados por Sanz, que merodeaban ya en el valle de Mena y querían pasarse a Castilla la Vieja. Desbaratada la expedición, llevaría todo su ejército contra los sitiadores de Bilbao. Los elementos con que contaba eran el valor de sus tropas, su buena estrella y la ayuda de Dios.

"Después de lo que me ha dicho Baldomero -añadió D. Beltrán-, conceptúo, querido Fernando, que no hay locura comparable a la tuya si te empeñas en ir a Bilbao".

-Pues téngame usted por rematado -replicó el joven-. Antes que los carlistas establezcan su línea, he de intentar penetrar en ese pueblo glorioso que ya rechazó un sitio formidable, y rechazará también el segundo.. Emprenderé mi caminata hoy mismo; y si no puedo entrar por el valle de Mena, intentaré correrme a la parte de Santander para escurrirme por la costa.

-Por una y otra parte encontrarás peligros invencibles. Ya me aflige la pena, el presentimiento de que no volveré a verte, si persistes en tu disparatado empeño. Yo que tú, me agarraría a los faldones del afortunado General, y correría la suerte del ejército de la Reina. Si este rompe el cerco, entraría con él, y si no, me quedaría tan fresco de esta otra parte, viendo venir los acontecimientos, que es la gran filosofía.

Objetó Fernando que aguardar a que (p.4553) Espartero entrase a socorrer la plaza, era diferir por tiempo indeterminado su empresa. Decíale el corazón que no debía perder ni un día ni una hora. Al juicioso consejo de que esperara siquiera los días necesarios para recoger en Villarcayo las cartas que de Madrid le escribirían, replicó que si Dios le favorecía en su empresa, tardaría poco en volver satisfecho y triunfante, y que entonces recogería las cartas. Estrechándole más, anunciole Urdaneta irremisible perdición si emprendía el viaje a caballo con su escudero, en el pergenio de señorito rico que viaja por recreo; y a esto contestó Fernando que él y su criado dejarían los caballos en Medina al cuidado de los servidores de D. Beltrán, y emprenderían su caminata a pie, disfrazados magistralmente. Aún no había agotado el tenaz viejo sus argumentos, y por la noche, cenando, volvió a la carga con estas marrullerías: "¿No sabes, Fernandito? Hablé de ti a Espartero, y me dijo que te conocía.. No, no; no te conoce personalmente. Tanto él como Jacinta han recibido cartas de Madrid, rogándoles que se interesen por ti y que no te permitan hacer locuras. Esto sí que es raro. ¿Quién les ha escrito esas cartas? No ha querido decírmelo. Yo quedé en presentarte a él".

-A la vuelta, D. Beltrán. Por más que usted crea lo contrario, volveré pronto. Al amanecer me pongo en camino. Pasado mañana estaremos Sabas y yo en Bilbao.

-Te apuesto lo que quieras a que no.

-Lo que usted quiera.

-Has dicho que me dejas tu caballo. Pues si antes de tres días estás de vuelta en el Cuartel General, pierdes.

-Y se queda usted con el caballo. Pongo cien onzas encima.

-Cierro.

-Cerrado. Y si dentro de ocho días estoy en el Cuartel General trayendo conmigo lo que voy a buscar, ¿qué me da usted?

-No puedo darte onzas, porque no las tengo. Tuyos son mis dos mejores caballos.

-Cerrado. ¿Gano también la apuesta en el caso de no traer conmigo lo que voy a buscar?

-¿La hembra..? No, no: si no la traes, pierdes. Venga la niña, pues no hay otra manera de acreditar que has entrado en Bilbao. A no ser que (p.4554) traigas su cabeza o siquiera su cabellera. Retratos no valen.

-Pues sostengo la apuesta. Tres días para volverme si no puedo entrar.

-Pongamos ocho días para el pro y para el contra. Si vuelves sin ella, pierdes. Si la traes, mis caballos son tuyos, y de añadidura seré tu padrino de boda, siempre y cuando tus ideas sean matrimoniales.

-Lo son.. Ya verá qué árbol, D. Beltrán.

-Árbol que va y viene, no tendrá muchas raíces.

-Lo veremos. Tenga presente que el padrinazgo es parte integrante de la apuesta.

-Que cerrada entre los dos es como escritura pública. Mis dos mejores caballos y padrino de boda. No hay más que hablar.

-Mi caballo y cien onzas encima.

-¡Cerrado!

A la mañana siguiente, hallándose Calpena con Sabas en un caserío próximo a Medina tratando de la adquisición de unos vestidos para disfrazarse, vieron al sordo que aparejaba su borrico majo para montar en él. Al verles llegar, dejó el animal atado a un árbol y entró presuroso en la casa; Sabas fue tras él, y le vio de rodillas junto a un arcón, muy atento a lo que con dificultad escribía con lápiz en un arrugado papel. "Señor -dijo el escudero a su amo-, está haciendo palotes, y le cuesta, le cuesta, sin duda porque son palotes vascuences". Al poco rato viéronle montar en su pollino y partir a la carrera sin mirar atrás. Una mujer se llegó a Calpena, y dándole un papel le dijo que Churi había dejado para él aquella escritura, la cual era tan tosca, que a duras penas pudo descifrar Fernando sus groseros trazos. Con dificultad pudo interpretar este concepto: "Señor Don Fernando: bayga sarri sarri Bilbo". "Ese tonto -dijo Calpena- me recomienda que vaya a Bilbao, y pronto, pronto, pues cosa de prontitud creo que significan las palabras sarri, sarri. Ha querido decírmelo en castellano; pero a la mitad le ha faltado la suficiencia". Discutieron amo y criado si aquella misteriosa indicación era de amigo o de enemigo, inclinándose D. Fernando a lo primero. Opinó Sabas que debían andarse con tiento en hacer caso de tal advertencia, que bien podía ser reclamo de ladrones o de facciosos (p.4555) para armarles una celada en las revueltas del camino. A esto hubo de objetar D. Fernando que no sabía que en ningún tiempo empleasen los bandoleros tales añagazas. Obra de un pobre demente, más que de un malvado, era el tal papelejo, que ni le quitaba las ganas de ir a Bilbo, ni a darse prisa le estimulaba.

Cerca de la Nestosa volvieron a encontrarle, sin que mediara entre unos y otros manifestación alguna, y más adelante, mucho más, próximos a Ontón, en la costa cantábrica, cuando se vieron detenidos por una imponente banda de carlistas, apareció de nuevo el sordo. A la ligereza de sus pies debieron Calpena y Sabas, con otros trajinantes que les acompañaban, salvar la pelleja en aquel conflicto, y mal lo hubieran pasado si no buscaran pronto refugio en una estrecha garganta por donde salieron a las Encartaciones. En su veloz huida pudo Sabas advertir que al sordo le quitaban el jumento. ¿Perdió también la vida? Esto no trataron de averiguarlo, atentos a poner en seguro la propia. Tenaz hasta la temeridad loca, intentó D. Fernando tres días después atravesar la línea por Valmaseda, y allí, con mayor riesgo de perecer, hubo de darse por vencido, retrocediendo al valle de Mena con el pesar de ver frustrado su audacísimo intento. "¡Cómo se va a reír mi amigo Urdaneta cuando nos vea llegar! -decía recorriendo con Sabas veredas y atajos, temerosos aún de ver salir tras de cada mata el odiado fusil del guerrillero carlista-. ¡Y cómo se alegrará de haberme ganado la apuesta, pícaro viejo!.. ¿Querrás creer que no puedo apartar de mi pensamiento al maldito sordo? ¿Le mataron? ¿Pudiste observar si escapó como nosotros, o si acabaron allí sus correrías?". "Señor -dijo el escudero-, cuando le quitaron el pollino acometió a los facciosos. O es loco rematado, o más valiente que el Cid, pues solo la emprendió a patadas y mordiscos con un tropel de ellos. Juraría que en pelea tan desigual le vi caer patas arriba".

 

Ep-1-XV -

Cierta era la anterior referencia. El desgraciado Churi, estimando más la posesión del asno que su propia existencia, (p.4556) embistió a los fieros enemigos que le arrebataron lo que más amaba en el mundo. Alguno de los facciosos le conocía, sin duda, e intercedió para que no le mataran. Le apalearon de lo lindo, dejándole, como observó Sabas, patas arriba. Pero en cuanto los carlistas se desocuparon de él, púsose patas abajo, todo magullado y con los huesos doloridos, y se dejó caer, o se deslizó gateando por un cantil hacia las rocas donde batía la mar brava, y allí estuvo escondido hasta que, asomando una y otra vez la cabeza entre peñas, adquirió la certidumbre de que los bárbaros iban lejos. Andando con los cuatro remos de costado por los cantos resbaladizos, más parecido a un enorme cangrejo que a un hombre, avanzó todo lo que pudo por la costa hacia el Este, pues los carlistas habían seguido hacia Occidente. Le anocheció cerca de la rada de Berrón. Recogido al amanecer por una lancha de Plencia, desembarcó en Algorta, y de allí salvó en otra lancha la barra, desembarcando al fin sus pobres huesos a la siguiente noche obscura en el propio Desierto. Entró en Bilbao por su pie; en su casa le agasajaron sus primos, padre y tíos, que alarmados estaban ya por su demora, y el primer cuidado fue darle friegas con aguardiente en todo el cuerpo y meterle en la cama, donde sólo permaneció horas, porque su viveza era incompatible con el reposo, y no quería más que correr a enterarse de cuanto en la gloriosa villa ocurría. Era la casa una de las de la Ribera frente a la Merced, con tienda famosa de artículos de mar, bien provista de toda clase de aprestos para la navegación de vela. La muestra ostentaba una fragata bastante bien pintada al óleo, navegando a toda vela, sin añadidura de nombre alguno ni especificación de lo que allí se vendía. Los dueños vivían en el entresuelo: el piso bajo estaba ocupado totalmente por el género comercial, hierros, lonas, cabos, y mil objetos tan extraños de forma como de nombre, que la gente de tierra adentro habría creído caprichosos, fantásticos. El olor de alquitrán era como el alma del recinto; y tan (p.4557) connaturalizados con él se hallaban los habitantes de la casa, que les olía mal el aire libre cuando pasaban de la tienda a la calle.

Eran a la sazón dueños del establecimiento los hermanos Vicente, Sabino y Prudencia Arratia, hijos del difunto José María de Arratia, comerciante bilbaíno, que murió el 30, dejando un nombre intachable, y restos de una fortuna quebrantada por malos negocios. Cada uno de los tres hermanos necesita filiación propia, por ser los tres caracteres muy significados y castizos en aquella raza tan inteligente como trabajadora.

Valentín Arratia, el primogénito, con cincuenta y tres años el 36, era piloto de altura, y había pasado lo mejor de su vida rompiendo mares en América y en el Norte. Mandó primero barco ajeno, después barco propio, del cual fue capitán y armador. El 28 se divorció de la mar salada para dedicarse al comercio de tablazón, que hubo de abandonar al principio de la guerra, refugiándose en el establecimiento paterno. Era hombre al propio tiempo duro y dulce, como el turrón de Alicante, aferrado a un corto número de ideas en el orden social y moral, y con gran caudal de ellas en todo lo referente a la náutica y gobierno de naves. Enviudó de su mujer el mismo año en que le hizo la cruz a la mar. Esta le dejó un reuma que le cogía todo el costado derecho, haciéndole andar escorado, y su esposa le dejó un hijo, que es el Churi del burro, y además una ferrería situada en Lupardo, barrio de Miravalles.

Prudencia, a quien se da el segundo lugar por respeto a la cronología, con cincuenta y un años el 36, casó en Eibar con un rico armero. Viuda a los tres años de matrimonio, contrajo segundas nupcias con Ildefonso Negretti, residiendo muchos años en Burdeos y Bayona. Esposa dos veces, nunca fue madre.

Sabino, el más joven de los tres hermanos, estuvo largo tiempo en desacuerdo con sus padres, por haberse casado a disgusto de ellos con una moza de Bermeo, hija de pescadores. Hechas las paces con la familia, vivió algunos años en Bilbao dedicado a la construcción de buques; era un (p.4558) habilísimo carpintero de ribera, y muy fuerte en arquitectura naval, que no aprendió por principios, sino por reglas y módulos de maestros empíricos. De su astillero salieron buques muy afamados, algunos tan veleros, que iban a parar a manos de los tratantes y cargadores de esclavos en el Golfo de Guinea. Era además buen mecánico en todo lo que se relacionaba con el arte naval, y muy entendido en la fundición y forja del hierro. Su mujer, que falleció del cólera, le dejó tres hijos: José, Martín y Zoilo, que el 36 eran unos tagarotes de veintitantos años, y no desmentían la cepa vigorosa de la familia ni su consistente devoción del trabajo.

Lo más admirable en los Arratias era la unión y concordia que entre ellos, desde la muerte del padre, reinaba, haciendo de los tres hermanos y de su prole una verdadera piña. Apretados uno contra otro, sin que ninguno mirase al interés individual, aplicándose todos con alma y vida al bien común, ofrecían gallardo ejemplo de la fuerza que, según el proverbio, es producto de la unión. Se agruparon, no sólo por virtud, sino por necesidad o espíritu de defensa, pues cuando perdieron a su padre, los negocios de este iban de capa caída, y no se hallaban en situación más próspera los de cada uno de los hijos. Valentín había tenido desgracia en sus últimas expediciones comerciales, perdiendo en las del Norte lo que había ganado en las de América. El bergantín Aurra (el niño) se le quedó en los hielos de Stettin, y sólo pudo salvar parte de la madera de que estaba cargado, el velamen y los instrumentos. La fragata Victoriana, construida por su hermano, fue vendida a desprecio para cumplir compromisos comerciales, resultado de una operación demasiado ambiciosa en cacaos de Carúpano y La Guayra. Quedábale después de estos desastres un capitalito que empleó en el comercio de maderas de Riga, el cual habría sido de seguros rendimientos si no viniera la guerra a entorpecer y paralizar las transacciones.

Por su parte, Sabino había tenido también reveses: el tráfico de pescado (p.4559) estaba muerto por la falta de comunicación con el interior, y la ferrería de su hermano, que a su cargo tomó, exigía para funcionar con fruto un gasto considerable, por hallarse en mal estado la turbina y toda la maquinaria. A ello se aplicó con ahínco; mas cuando pudo vencer las dificultades y empezó a trabajar, fue menester dar a los carlistas a bajo precio, por vía de canon, la mayor parte de los frutos de aquella industria. En tanto Negretti, que iba medianamente en la fabricación de armas, fue solicitado para poner sus grandes conocimientos mecánicos al servicio de la causa absolutista. Le repugnaba comprometer su apacible neutralidad política; pero de tal modo le deslumbraron con fantásticas promesas, que al fin cayó en la red, y se ajustó con los agentes de Carlos V, contando con la colaboración de su cuñado Sabino; mas este, influido por los patriotas de Bilbao, se asustó y no quiso ir a Oñate. Trabajó Negretti solo, primero con éxito y valiosas recompensas; después con dificultades y contratiempos mil, hasta que le salieron envidiosos y enemigos en número alarmante, y acusado de masón, fue perseguido y encarcelado inicuamente.

El fracaso de aquel trabajador tan inteligente como honrado, produjo verdadera consternación en la familia, y les movió más a todos a estrechar la piña o fraternal agrupación, así para ir a la conquista de la fortuna como para defenderse de la adversidad. Y conviene advertir, para mayor esclarecimiento de la eficacia de la trinca, que el esposo de Prudencia era para Valentín y Sabino tan hermano como la hermana misma; que a falta de hijos a quienes querer como tales, Ildefonso y Prudencia amaban a los de sus hermanos como si fueran de ellos, y que todos, tíos y sobrinos, hermanos y cuñado, padres e hijos, se confundían en un sentimiento amoroso, que era el aglutinante de aquella humana concentración de fuerzas.

Aunque ya se sabe también, bueno es repetir que antes de establecerse Negretti en el Real de D. Carlos como maestro armero y constructor de proyectiles para la artillería, fue a Madrid (p.4560) llamado por un amigo a quien respetaba, y de aquel viaje se trajo una sobrinita, llamada Aurora, que confiaban a su tutela y protección. Sábese que mientras Ildefonso trabajaba en Oñate o Durango, la niña residía en Bermeo con su tía Prudencia, alternando en acompañarla Valentín, Churi y los hijos de Sabino. Alguien creerá que al agregar a la familia la persona de Aura, mujer de excepcional hermosura, de educación harto distinta de la de los Arratias, algo anárquica en sus pensamientos, antojadiza, nerviosa por todo extremo y poco dispuesta a la subordinación, se introducía en ella un principio disolvente, un disgregador poderoso. Así lo creyó Prudencia en los primeros días de su tutela, que fueron en verdad penosos por el desorden mental y el desenfreno imaginativo en que Aurorita se encontraba. Poco a poco se fue adaptando esta al modo de ser de los Arratias, y la realidad, el roce continuo con los parientes de su tío, efectuaron en ella como una segunda educación. Algunas molestias ocasionó a Prudencia, en los comienzos de la temporada de Bermeo, el cuidado y disciplina de la joven, y no porque esta hiciese o pensase cosas malas, sino porque todo lo que pensaba y hacía era extrañísimo, perteneciente a otro mundo, a otro planeta.. También consideraba Prudencia como una calamidad no floja la belleza, no ya humana, sino divina, de la hija de Jenaro Negretti. Hermosuras tan extremadas, cuyo semejante se encontraba sólo en las pinturas, en las imágenes de santos, o en las estatuas mitológicas, eran, según ella, una aberración dentro de la humanidad. ¿A qué conducía, Señor, que las mujeres fuesen tan rematadamente guapas, más que a producir mil quebrantos y desdichas? Cuantos hombres veían a la moza se volvían locos por ella. Un general carlista que la vio a las dos de la tarde, le escribió a las tres una carta amorosa, y a las cuatro fue a pedirla en matrimonio. Los muchachos no cesaban de rondarle la calle. Los más atrevidos acosábanla en el paseo con requiebros fastidiosos; otros disparaban contra la casa un (p.4561) fuego nutrido de cartitas y amorosos mensajes. Verdad que la hechicera niña, lejos de favorecer estas demostraciones, a todos ponía cara de pocos amigos, y fiel a la devoción sagrada de su amor primero y único, no hacía cosa alguna por donde se la pudiese acusar de liviandad, de inconstancia ni aun de coquetismo. Falta decir que Aura correspondió al cariño de sus tíos con una adhesión intensa, y aunque este sentimiento no llenaba ni con mucho el vacío de su alma, servíale de gran consuelo para soportar la dolorosa ausencia, forma sensible de la muerte, como esta silenciosa, con lentitudes de tiempo que daban la impresión de la eternidad.

Desde los primeros días de convivencia, lo mismo Ildefonso que su mujer y los hermanos y sobrinos de esta, respetaron en Aura el conflicto misterioso que la joven se traía consigo, aquella pasión, aquel drama no bien conocido, y del cual el mismo Negretti no tenía más que vagas impresiones o referencias. La niña se había dejado en Madrid a su enamorado, que era un príncipe o cosa así; un joven a quien muchos tenían por hijo de potentado, quizás de un Rey, quizás del propio Napoleón. La familia de este nobilísimo joven había gestionado la separación o el destierro de la enamorada. ¡Qué drama, qué hermosa poesía! Había, pues, traído la niña de Madrid su leyenda, y con ella un inmenso duelo, que respetaron con singular delicadeza los Negrettis y Arratias. Ninguno de ellos trató de desvirtuar la leyenda ni aplicar al dolor los emolientes vulgares. Nadie le dijo: "Olvida eso, que es un delirio, un sueño, una idea..".

 

Ep-1-XVI -

Seguramente no se equivocaba la niña al pensar que gente mejor que aquella no existía en el mundo. ¡Qué diferencia de Jacoba! No podía desconocer que el cambio de tutela había sido felicísimo, aunque se hubiera efectuado en las circunstancias más tristes de su vida. Había pasado del infierno al cielo: verdad que era un cielo sin Dios, porque este se le había quedado por allá, en regiones desconocidas, perdido en lontananzas tenebrosas. La temporada de Bermeo fue (p.4562) relativamente grata para la joven, porque allí recobró la salud y adquirió un gran amigo que le rehízo el alma, no combatiendo de frente su dolor, sino suavizándolo con tristezas calmantes, después con melancólicas dulzuras; arrullándola con acentos de vaga poesía; entreteniéndola con juegos y ejercicios muy saludables; templando sus nervios y regalando su imaginación con espectáculos plácidos o sublimes; asustándola a veces un poquito, como para fortificar su innata valentía: este amigo era el mar.

Instaladas en la casa de Sabino, fue a vivir con ellas Valentín. Los primos alternaban; no había igualdad en el turno, pues José abandonaba muy de tarde en tarde la ferrería, y Martín apenas se apartaba de la tienda, en la cual ninguno podía sustituirle sin quebranto. Los que más gozaron de los pasatiempos de la villa marítima fueron Churi y el hijo menor de Sabino, a quien pusieron Zoilo por su madre, Zoila Maruri. El hijo único de Valentín se llamaba lo mismo que su padre; mas todo el mundo le conocía por aquel apodo. Le vino del nombre de un balandro que tuvo su abuelo, en el cual pasó el chico toda su adolescencia, por desmedida afición a la mar. Fue bautizada la embarcación con el nombre de Choria (el pájaro) convertido por el uso popular y las bocas marineras en Churi. Era el chico de una rudeza tal, que no pudieron aplicarle a ninguna profesión ni oficio, y se pasaba la vida entre los chochos de la ría, remando en chalanas de cuatro tablas podridas, o lanzándose a prodigiosos ejercicios de natación. Resistía largas horas en el mar, braceando o tendido de espaldas; y cuando se ofrecía bucear, ninguno de aquellos vagabundos anfibios aguantaba más tiempo en las profundidades. Jamás se logró meter en la cabeza dura de Churi ni una fórmula aritmética ni un concepto gramatical. Toda su geografía estaba comprendida entre Machichaco y Quejo; toda su ciencia en el gobierno de una pequeña embarcación de vela, que manejaba con arte singular, gallardísimo, en días de Nordeste frescachón. Taciturno y medio salvaje, su vocabulario era muy escaso; (p.4563) sus ideas no debían de ser luminosas ni abundantes, como no las guardara para mejor ocasión; su voluntad no tomaba otras formas que la de la contumacia en su vivir independiente, y la de una completa inacción en tierra firme. Viendo que no podían hacer carrera de él, la familia se resignó a dejarle en aquel salvajismo y rudeza, tratando de utilizarle en menesteres bajos de los buques de la casa cuando estos se hallaban en puerto. A los diez y ocho años contrajo unas calenturas tíficas que le tuvieron entre la vida y la muerte. Decían que esta le tenía ya cogido, y creyéndole pez, le había soltado con media vida en alta mar. Al sanar había perdido el pelo y la memoria, quedádosele la cabeza como un cudón totalmente limpio, sin ninguna aspereza por fuera ni ideas por dentro. Recobrado el cabello al contacto del agua salada, contrajo nueva enfermedad del cerebro, y al término de ella encontrose con que le había vuelto la memoria y se le había quedado por allá un sentido. Su sordera era como la de una campana que pierde el badajo y cae en los hondos abismos del mar. Churi no volvió a oír ningún ruido.

Con el don de oír se le fue también la palabra; pero esto temporalmente, porque a los tres meses de quedarse como una tapia, empezó a sacar de su cabeza términos y frases vascuences. Diríase que pescaba con ganchos las voces una por una, extrayéndolas como restos de un naufragio. A duras penas reconstruyó una lenta y torpe expresión, mitad euskara mitad castellana, que usaba para comunicarse con el mundo, reforzándola con señales muy parecidas a las marítimas, y movimientos de maniobra velera, que él solo y sus compañeros de mar entendían.

Lo más extraño en Churi fue que la transformación traída por la sordera le hizo menos insociable; la familia pudo retenerle en la casa más tiempo, y aun emplearle en comisiones que nunca había querido desempeñar, como la estiba de maderas en el almacén, y el transporte de mena y carbón en Lupardo. Al año de la sordera, ya se pasaba Churi meses enteros sin salir a la mar y (p.4564) aun sin verla, y a los dos años había tomado tanto gusto a la ferrería, que no sabía salir de ella. De la índole de los trabajos que allí se hacían provino la mudanza de sus aficiones, el cambio de lo que hoy llamamos sport y entonces no tenía nombre: se aficionó locamente al balandro vivo de cuatro patas; y si el primer día que montó en él estuvo a punto de desnucarse, pronto su terquedad vizcaína venció los rudimentos de la equitación, y al poco tiempo era un centauro asnal. Varios jumentos tuvo, que vendía para comprar otro mejor, y en ellos hacía excursiones a los montes próximos y lejanos para tratar cortas de leña y partidas de carbón vegetal, alimento de la industria ferrera. De este modo el vagabundo había llegado a ser un brazo más, aunque el menos útil ciertamente, en aquella familia de obreros incansables.

También Zoilo había sido de niño aficionado a la mar, como Churi, y buceaba en la ría, y se iba lejos, mar afuera, con sus amigos, en una zapatilla, sin miedo a los peligros que en costa tan brava ofrece la Naturaleza. Pero su inteligencia, su amor a la familia y el deseo de ser hombre y de ganarse la vida, le moderaban en aquellas infantiles vagancias. Estudió algo de pilotaje; era aplicadillo y muy formal; practicó la carpintería de ribera con su padre; servía también para el comercio, y tenía mucho tesón, amor propio, vagas ambiciones de riqueza y poder. Sano y vigoroso, dotado de un temple acerado y de una naturaleza a prueba de inclemencias, no conocía el cansancio. A los veintidós años gustaba de mostrar su fuerza hercúlea en cuantas ocasiones se le presentaban. En el trinquete era un prodigio; en el trabajo del hierro no tenía igual. Su terquedad vizcaína tomaba en él a veces formas de una paciencia dulce, con la cual soportaba las más rudas tareas sin quejarse, siempre alegre y decidor. A su pujante vigor muscular correspondía su intachable conformación corpórea, de líneas estatuarias, y un rostro atezado, de serena expresión, toda lealtad y nobleza sin pulir. Cuando se reía, hacíalo con alma y vida, (p.4565) sacando enterito el corazón al semblante; no conocía ningún arte social de aquellos que tienen por instrumento la palabra; no usaba el disimulo, ni las perífrasis, ni la ironía. Expresaba con bárbaro candor todo lo que le apuntaba la mente, siendo a veces tan cruda su sinceridad, que la familia tenía que reprenderle y hasta castigarle. En el ardor del trabajo del hierro sus negros ojos echaban chispas, y los resoplidos de su nariz, que se hinchaba respondiendo al énfasis interno, armonizaban con la música del fuego atacado por los chorros de aire. Tenía conciencia de su fuerza física, y esta era su mayor gala; teníala también de su valor indomable, que también le enorgullecía; pero no sospechaba que era hermoso siempre, y más cuando tiznado y cubierto de sudor domaba la dureza de un metal menos consistente que su voluntad.

Su tío Valentín le llevó a Bermeo para que estuviese al cuidado de la casa y de sus moradoras mientras él pasaba un par de días en Lupardo, y tanto Zoilo como Churi, que iba cuando le parecía y se marchaba sin despedirse, se lanzaron a divertimientos de mar. Ambos consideraban a la niña de Negretti como un ser superior, y sentían junto a ella cortedad y hasta miedo. En los primeros días, tuvo Aura más de un acceso nervioso con gran disloque muscular, llanto interminable, gemidos y otras manifestaciones de desorden cerebral o de histerismo. Los dos chicos, que no habían visto nada semejante en las muchachas que trataban, creían que era aquella dolencia signo de principalidad, achaque propio de los seres de exquisita y refinada complexión, y viéndola sufrir, casi la admiraban tanto como la compadecían. A las dos semanas de esto, y cuando Aurora se iba calmando, Zoilo la incitaba a salir con ellos a la mar, donde podría arrojar todas sus penas para que el agua y el viento se las comiesen. Churi no le decía nada: no hacía más que mirarla, sin hartarse nunca; la sordera le aumentaba el uso y los goces de la vista. Cuanto Aura decía producíale a Zoilo unos accesos de risa no menos bulliciosos que los traqueteos (p.4566) espasmódicos de la hermosa doncella. El otro no se reía nunca. Era por naturaleza refractario a la demostración facial del gozo del alma, y cuando lo sentía, expresábalo cantando, pero muy serio, y desentonando horrorosamente por la falta de oído.

Por nada del mundo dejaría Prudencia que Aura saliese a la mar con aquellos tarambanas. No, no: la niña se embarcaría (pasatiempo muy indicado para su salud) con el tío Valentín. Debe indicarse que Aura, al poco tiempo de residir en Bermeo, llamaba tíos a los hermanos de Prudencia, y a los cuatro muchachones, primos. Pues sí: el tío Valentín, que no quería más que complacerla, en cuanto vino de Lupardo preparó una lancha de las mejores, arreglándola de velamen y de todo lo preciso. Lo que gozó Aurorita en sus excursiones cantábricas, no es para dicho. Más intrépida que los marinos que dirigían la gallarda nave, cuando las mares gruesas con su hinchazón y el viento con su mugido les ordenaban volver, ella pedía que fuesen más allá, siempre más allá. Miraba el rostro impasible de Valentín, viejo amigote del Océano y de las tempestades, y como no advirtiera en él alteración, quería que el paseo se prolongase. Rara vez dejaba Valentín a su hijo la caña del timón no por falta de confianza, sino porque retirado de aquellas luchas y otras mayores, todavía gustaba de hacer gala de su pericia. Zoilo llevaba la escota. Entre los dos primos arriaban e izaban la vela en las bordadas, y si a la entrada del puerto era forzoso empuñar los remos, desplegaban en ruda competencia cada cual su vigor de puños, y callados bogaban, atentos a las órdenes del patrón, en quien veían un dominador infalible de todas las fierezas de la mar. Allí no se conocía el miedo: Aura, viéndoles tan animosos, tampoco temía nada. Un día de temporal duro habló Valentín, antes de decidirse al paseo, lenguaje de prudencia. No convenía salir. Asombrose Aura, y más aún al oír que los dos chicos apoyaban el dicho del veterano. Creyó que tenían miedo. "Como es por recreo -indicó Zoilo-, y no por necesidad, hoy no salimos. Si (p.4567) padre te deja ir sola conmigo, te llevo.. Yo te respondo de que nos mojaremos, pero no nos ahogaremos".

Claro que Valentín no había de permitir tan loca aventura. Churi, que falto de oído se enteraba de cuanto se hablaba, reprendió a su primo por fachendoso. No se atrevía, no, ni era hombre para tanto. Él sí se atrevía, y en embarcación pequeña, mejor: una mano en la caña y otra en la escota.. "Lo mismo lo hago yo -dijo Zoilo riendo-, y si quieren verlo..". Aura les aplacó cuando la cuestión iba rayando en disputa, proponiéndoles que el primer día que estuviera buena la barra saldrían los cuatro a pescar, a lo que asintió Valentín, mandando a Zoilo que preparase los mejores aparejos que en el pueblo, famoso por sus pesquerías, se pudieran encontrar. Pero aconteció que el primer día bueno hubo de salir Zoilo para Lupardo con un recado urgente, y no pudo el pobre chico disfrutar de los goces de la pesca, que fue un recreo divertidísimo para la niña. Al tercer día de este entretenimiento llegó Martín, el hijo segundo, que ordinariamente regentaba la tienda. Era el más afinadito de los tres; el que parecía más espiritual, sin duda porque no ostentaba formas atléticas, como José María y Zoilo, ni desarrollaba la muscular energía con la espléndida brutalidad de sus hermanos. Era, sin género de duda, el más civil, el que más se adaptaba a la vida urbana de la capital vizcaína por los vínculos de sociabilidad propios del comercio. Hablaba Martín castellano correctísimo, usando frases atildadas y finas, al uso corriente. De los tres, de los cuatro, contando con su primo, fue el que menos zapatos pudrió en playazos y arenales, el que menos tiempo conservó las manos callosas del ajetreo de los remos. Poseía bastante instrucción, distinguiéndose en todo lo comercial; hablaba unas miajas de inglés, y sabía las reglas usuales de la decencia y aun de la elegancia. En aquellos tiempos, la confraternidad de toda la juventud bilbaína era un hecho lisonjero, del cual tomó la villa su tesón incontrastable para resistir los asedios carlistas. El entusiasmo (p.4568) político la estrechó más, haciéndola invencible; el buen humor, propio de la raza, la refrescaba dándole más vida; el trabajo en la paz la vigorizaba, y el común esfuerzo en guerra la elevaba a superior virtud. Partícipe de los sentimientos que daban un vigor homogéneo a la juventud bilbaína, Martín Arratia se afilió en la Milicia Nacional desde el primer sitio, y aún continuaba satisfecho y confiado en aquel cuerpo, esperando que la patria, es decir, Bilbao, pidiera a sus hijos nuevos sacrificios para su defensa. Tal era Martín, pieza bien concertada en aquel formidable organismo comercial y guerrero que supo hacer de Bilbao un baluarte inexpugnable contra el absolutismo y un emporio de riqueza. Pasaba en la familia por el de más talento; en la villa le alababan tanto como merecía por sus excelentes prendas, y no hay para qué añadir que en el comercio se distinguía por su severa honradez, pues siendo general esta cualidad en tales tiempos y en tal raza, es ocioso señalarla y hacer de ella un rasgo característico.

Dos días muy agradables pasó allí Martín, entretenido también en la pesca y en paseos por el mar, que le agradaban con buen tiempo. Aura se reía en sus barbas viéndole palidecer cuando eran fuertes las cabezadas de la lancha, y él, sin temor de parecer cobarde, aseguraba que cada día era más terrestre, añadiendo que en tierra no faltan ocasiones de mostrar un valor heroico. Si terribles son las olas embravecidas, no es menos pavoroso en ciertos casos el cumplimiento del deber, así en la guerra como en el comercio. Todo es navegar; todo es una continuada lucha, un gran derroche de esfuerzos, arte y valor para no ahogarse.

 

Ep-1-XVII -

Aunque era Martín la misma sobriedad en los días laborables, cuando llegaba el domingo se le reconcentraban los comprimidos apetitos de toda la semana, y su estómago no tenía fondo. La jira campestre era su delicia, o la comilona en casa, con enorme consumo de merluza en salsa, escabeches y fritangas, de añadidura mariscos, angulas, y encima y en medio de todo tomas muy fuertes del chacolí de la (p.4569) tierra. El domingo que le cogió en Bermeo rindió el debido culto a Baco y a Ceres, con espanto y risa de Aura, que se asombraba de ver comer a sus primos, y de ver cuánto chacolí se atizaban sin emborracharse. Ya iba comprendiendo que no era buen bilbaíno el que no supiera banquetear en días festivos, después de haber sido la misma templanza en los de entre semana. Cada cosa en su tiempo: trabajaban con ahínco, hasta con hambre si era menester; pero en tocando a holgar, no había quien les aventajara: así reponían cuerpo y espíritu para volver con más ardor a la faena. Y estos ejemplos no fueron perdidos para la niña de Negretti, en quien se excitaba el apetito cuando sus primos tocaban a refectorio dominguero. También ella iba aprendiendo a comer fuerte y a empinar el codo, con lo que tomaba su faz un color luminoso que ya lo quisieran para los días de fiesta las ninfas de los sagrados bosques helénicos. Total: que con los comistrajes, los paseos marítimos y la vida plácida entre personas que se desvivían por distraerla, se le iban amansando a la enamorada joven las penas intensísimas de su alma. Se divertía viendo el gozo y voracidad de sus primos, que en tales jaranas se ponían como locos, hablando sin término y con donaire, pues el comer les inspiraba, les hacía ingeniosos, a ratos poetas. Y el cascado Valentín, con su medio siglo y su reuma que le hacía ir siempre de bolina, dejábase arrastrar también del vértigo juvenil: él había hecho lo mismo en su mocedad, y estaba dispuesto a repetirlo hasta llegar a la suma vejez, pues no sería buen bilbaíno si no hiciera en cualquier ocasión los honores debidos a un buen plato de bacalao con aquella salsa de bermellón y a una azumbre de chacolí de Somorrostro. Valentín reía con los demás, disparataba, hasta se permitía bailar en mangas de camisa, y hacer un gasto horroroso de vocablos vascuences, de exclamaciones y juramentos de mar. El alborozo de la familia se introducía en el alma de Aura, ensanchando sus pulmones y avivando su sangre. Iba tomando su rostro, por la (p.4570) exposición continua al sol y al aire, un tono tostado caliente, de terracotta, enteramente gitanesco. El negro rabioso del pelo armonizaba con la tez, de un bronceado finísimo con veladuras de rosa. Sus ojos eran una inmensa dulzura con llamaradas. El ejercicio había extremado la flexibilidad de su cuerpo, acentuando sus líneas incomparables, dando mayor delgadez a lo delgado, mayor turgencia a lo carnoso. Hasta la voz parecía más vibrante en las alegrías, más blanda y cariñosa en las tristezas.. Un domingo en que Martín no estaba, hicieron tantas locuras Churi y Zoilo a competencia, que Valentín, a pesar de no encontrarse en disposición de severidad, hubo de llamarles al orden. Churi se subía a los árboles como un gato, y luego se tiraba de alturas increíbles; Zoilo le desafiaba a correr, y partían como exhalaciones; luego se enredaban en un partido de pelota, o en gimnasias rudas, dando vueltas de carnero, o saltando el uno a los hombros del otro y de los hombros a la cabeza. La de Churi parecía de piedra. Incitándole a divertirse con menos tosquedad, Valentín dijo a Aura: "¡Qué par de brutos! El mío es un modelo de barbarie, como ves; pero Zoilo no le va en zaga. Con todo, son dos criaturas; son buenos, inocentes, siempre listos para el trabajo. Mi hermano ha tenido suerte con sus tres hijos: cada uno en su género es una alhaja. Ya conoces a Martín, tan finito, tan caballero.. chico de gran porvenir. José María vale lo que pesa, y este Zoilo, aunque abrutado como ves, no tiene pelo de tonto y sabe ganar el pan que come. Ninguno de ellos se queja, aunque les tengas trabajando seis semanas seguidas, sin ningún recreo. Vicios no los conocen.. Mira ese par de angelones con qué juego tan primitivo se entretienen: así caen luego en la cama, como piedras. No remusgan(2) en toda la noche. ¡Qué conciencias! Bendígales Dios. En sus cabezas no ha entrado nunca un mal pensamiento; no les oirás una palabra fea". Esto no era rigorosamente exacto, porque en el ardor del pelotarismo y la gimnasia, las pronunciaban a cada instante sin reparar que (p.4571) les oían mujeres.

De pronto le dio a Churi la ventolera de tirarse al mar. Hallábanse en un patio emparrado, cerca de la dársena, y en tres minutos se fueron todos a la punta del muelle a ver nadar al sordo. Pronto se procuró éste traje de baño, el mejor posible, y se arrojó de cabeza, levantando un gran espumarajo. Salió a flor de agua muy lejos, y se le vio enfilar afuera y perderse en la inmensidad, braceando. La mar estaba serena, en pleamar viva, y daba gozo mirar en la escarpa del malecón el agua verde y profunda. Multitud de pilletes, desnudándose en las piedras más avanzadas de la escollera, se arrojaban al agua como Dios les echó al mundo; se veían luego sus cabezas, sus mofletes hinchados de soplar, y los cuatro remos en constante brega con el agua. Algunos salían tiritando y pasaban mil fatigas para enfundarse la camisa; otros, ya medio vestidos, se volvían a desnudar, por estímulos y competencias entre ellos, y se reñían por la palma de la habilidad natatoria, se pegaban, al vestirse, porque uno se había puesto los mojados calzones del otro. Aunque Prudencia había dicho a Zoilo que no nadara, porque estaba sudando y sofocadísimo, el chico se permitió en aquella ocasión desobedecerla, ganoso de no ser menos que su primo; y ansiando mostrar que este no le aventajaba en resistencia de pulmones ni en fuerza de brazos, fue por un traje y vino ya en pergeño de bañista, con su formidable tórax y sus piernas estatuarias al aire. Aura y sus tíos no le vieron llegar. Arrancándose silencioso junto a ellos en el borde del abismo, se lanzó de golpe, describiendo una airosa curva en el aire hasta romper el agua con las manos enfiladas sobre la cabeza. Aura dio un grito al ver de súbito el rápido salto y la violenta caída del cuerpo, como si rompiera un cristal, levantando astillas mil, espumas y latigazos de agua que todo lo enturbiaron. La cortada superficie hervía y se llenaba de desgarrones blanquecinos. "¡Qué susto me ha dado! -dijo Aura-. Este Zoilo es de la piel del diablo". Y miraban al fondo sin ver nada. La pleamar era tan viva, que (p.4572) daba una profundidad de treinta pies. "¡Pero no sale, no sale! -exclamó Aura, explorando la inmensidad líquida-; ¿o es que va a salir allá lejos, como Churi?".

-No temas, que ya saldrá -dijo Valentín, sonriendo, y Prudencia lo mismo.

-Pero tarda mucho.. ¿Cómo se puede estar tanto tiempo sin respirar? De pensarlo sólo siento yo una opresión..

Pasó tiempo. Imposible precisar los segundos..

Por fin distinguió Aura, en medio de la opacidad cristalina del agua, una forma movible, que a medida que subía se determinaba mejor. Era un cuerpo de verdosa blancura, con movimientos de rana. Avanzaba subiendo.. hasta que asomó la cabeza de Zoilo, que soplaba y escupía. Brazos y piernas seguían moviéndose para mantener el cuerpo en postura casi vertical.

"No seas bestia; no te aguantes tanto -le dijo Valentín-. Podrías pasarlo mal".

Volteando sobre la cintura, Zoilo se zambulló de nuevo. Se le vio descender con las zancas de rana funcionando hacia arriba pausadamente. El segundo cole fue más breve que el primero, y el tío, al verle salir, repitió sus gruñidos: "Que no juegues, pedazo de atún. Ea, lárgate afuera con descanso a encontrar a Churi, que debe de estar de vuelta".

-No se le ve -dijo Aura-. Este ejercicio me pasma, me maravilla. Gran mérito es nadar así.

-Esto no es mérito -indicó Prudencia-. ¡Si desde que gatean se echan al agua estos diablillos! Ya el mar les conoce y hasta parece que se divierte con ellos sin hacerles daño.

-Y es la verdad -agregó Valentín-, que adquieren una fuerza y una robustez que en ningún otro ejercicio se logra, amén del valor, de la serenidad que nos vemos obligados a sacar de dentro. Todo lo que ves hacer a esos, lo he hecho yo cuando tenía su edad. Mi Churi es un verdadero pez; y en cuanto a Zoilo, no hay quien le saque ventaja en ningún elemento, porque en tierra es una fiera para el trabajo. Así tiene esa naturaleza que le asegura una vida de salud y de poder para las luchas por el pan. El día que este chico se case, ¡vaya unos hijos que traerá al mundo! Será una generación de Hércules chiquitos, (p.4573) que después serán Hércules grandullones..

-Ya no se ve a Zoilo -dijo Prudencia-: al menos, yo no le distingo.

"Ya parecerán los dos. Como se vayan muy lejos, no podrán volver tan pronto, porque la marea antes de media hora tirará para afuera, Churi es muy capaz de ir a tomar tierra en cualquier playazo y volverse a la noche, cuando suba el agua". Mirando con ojo experto a la inmensidad, creyó distinguir un punto: era un nadador. "Zoilo vuelve. Por mucho que presuma, no resiste como su primo. Ea, vámonos al pueblo".

A poco de regresar a casa la familia, entró Zoilo con la cara y manos extraordinariamente lavadas, húmeda la ropa de haberse vestido sin secarse el cuerpo. No podía ocultar su mal humor por no haber alcanzado a Churi, y si no siguió tras él, no fue por falta de poder para ello, sino por obedecer a la tía Prudencia y a la prima Aura, que le mandaron volver pronto.

En aquellos días anunció Negretti en una misma carta la toma de Arlabán por los cristinos, la salida de Oñate para Durango, y el encuentro con el Sr. de Calpena, noticia esta última que fue para la señorita como el estallar de un furibundo trueno. Quedose al oírla como atontada, y luego prorrumpió en llanto y alabanzas al Señor por haber escuchado su ruego. La fuerza del gozo le ponía triste, temerosa de que tanta ventura se desvaneciera súbitamente con nuevas desdichas. ¡D. Fernando en Oñate, a cuatro pasos de allí! ¿Vendría pronto? Seguramente era cuestión de un par de días. No tardó el mismo Ildefonso en referir de palabra todo lo que había escrito, añadiendo que el Don Fernando le había parecido un caballero de excelente educación y sentimientos honrados.

Algo dijo después que enfrió el júbilo y los entusiasmos de la pobre joven: D. Fernando, según informe del señor italiano que con él vino de Madrid, había ido hacia Vitoria la misma noche de la evacuación de Oñate, acompañando a unas muchachas y a un señor enfermo escapado del hospital. Lo natural y lógico era que volviese cuanto antes. Consternada se quedó Aura al saber esto, (p.4574) y mil cavilaciones lúgubres y conjeturas pesimistas la desvelaron aquella noche. ¿Por qué retrocedía Fernando cuando estaba tan cerca? ¿Qué mujeres eran las que acompañaba? ¿Y el enfermo quién sería? Se atormentaba imaginando sucesos absurdos, personas monstruosas; y comunicadas sus inquietudes a Prudencia, esta le recomendaba, entre severa y burlona, que tuviese calma, pues la verdad de aquellas idas y venidas se sabría cuando llegase D. Fernando.. y si no venía pronto, sus fines no eran buenos, sus intenciones no eran limpias.

A solas Prudencia y su marido, desahogó aquella el mal humor que la noticia del encuentro con D. Fernando le produjo. La repentina aparición del señorito de Madrid, cuando se creía que le habían llevado muy lejos los vientos del olvido, desbarataba sus planes de mujer práctica y allegadora. La señora de Negretti, que físicamente era corpulentísima, bigotuda, recia, de palabra viva y cortante, en lo espiritual atesoraba una voluntad firme, constancia en los afectos, más aún en los caprichos y manías; además un ardiente amor a la familia, y un sentido calculista y aritmético, que ya lo quisieran para los días de fiesta los Arratias masculinos. Desde que fue a sus manos la sobrinita de Ildefonso, pensó que aquella joya, en uno y otro sentido inapreciable, debía ser para la familia. ¿No era tristísimo que una niña tan bella, dueña de un capital no menos bonito, fuese pescada por un aristócrata madrileño, que quizás era un silbante, un hambrón, un mala cabeza? Cierto que Aurora tenía clavado muy en lo hondo el dardo de aquella pasión, y no era prudente arrancárselo tirando de él muy fuerte: lo mejor sería que el tal D. Fernando se quedase para siempre en los limbos de la ausencia. El tiempo, gran milagrero, iría curando a la niña de afición tan desatinada, puro mimo, cosas de chicos, y despertaría en ella inclinación más conforme con su clase, nacida al calorcillo de la familia con quien moraba, y que la había hecho suya, rodeándola de cariños y atenciones.

No era la primera vez que Prudencia dejaba (p.4575) traslucir a Negretti la prodigiosa concepción de su genio doméstico. Aquella noche la reveló completa con cierto orgullo y vanagloria, como si se tratara de un invento mecánico, para mover mejor el ánimo de su marido, entusiasta de las invenciones. La maquinaria de Prudencia era que Aurora y su capitalito quedaran definitivamente en casa. Bien por ella y bien para la familia. Modo de conseguir esto: casarla con uno de los sobrinos. El más indicado para tal objeto era Martín, por su educación, por su finura, por la respetabilidad que iba adquiriendo en el comercio. Era la gala y la honra de los Arratias, y uno de los jóvenes más guapos y decentitos que a la sazón había en Bilbao. Claro que esto no se haría forzando las voluntades, sino amañándolas con destreza hasta que ellas mismas quisieran acoplarse.. Dejáranla a ella sola en el manejo de Aura; quitárase de en medio el fantasmón de Madrid, y ella respondía de que la niña habría de comprender bien pronto el mérito del primo, y todo iría como una seda.

Reconoció Negretti la bondad del invento de su mujer, y lo tuvo por cosa excelente; mas no veía manera de llevarlo de la teoría a la práctica, porque el amor de la niña era muy fuerte, y viniendo el galán con buen fin y propósitos de matrimonio, sería locura pensar en desunirles. Ni por todo el oro del mundo, ni por los intereses todos que hay de tejas abajo, haría él cosa contraria a lo que su conciencia, su idea firmísima del bien y del mal, le dictaban. Sólo resultaría práctico el invento en el caso de que el compromiso entre los amantes quedase desbaratado y nulo por sí mismo, por cosas de ellos, cualquier incidente o sesgo inopinado del drama de amor. Sin este desenlace previo él no haría nada por desviar las cosas de su dirección natural. Su conciencia antes que todo. Y lo que él no haría, no consentía tampoco que lo hiciera su mujer. Dejar a Dios lo que es del alma.. ver venir serenamente los hechos humanos, mirando siempre a la verdad, a la rectitud.

Aunque Prudencia no practicaba el culto de la verdad con esta devoción (p.4576) suprema, que hacía de Negretti un carácter excepcional, no tuvo más remedio que acatar lo que él decía y ordenaba. Y pues D. Fernando venía como primer ocupante, con indiscutible derecho, y Aura le esperaba y le quería, dejarles su bien, dejarles su paz. "Ya sabes -le dijo Ildefonso al partir- que mi tema es: a cada uno lo suyo, y a Dios siempre lo divino".

 

Ep-1-XVIII -

Zoilo y Churi se fueron a Lupardo, recorriendo el largo camino con la escasa comodidad que les ofrecía un solo burro para los dos. Aunque Zoilo llevaba siempre el salvoconducto que le permitía franquear sin tropiezo las regiones ocupadas por carlistas, la seguridad de aquel documento (amplio favor que Sabino Arratia debía a su grande amigo el cabecilla Sarasa) no era absoluta, y más de una vez hubieron de esquivar con grandes rodeos o veloces marchas el encuentro con la gente armada de Carlos V. Todo esto solía ser diversión para los dos muchachos, y motivo para desplegar en competencia su pasmosa agilidad y bravura. Alegres empezaban la caminata, y alegres la concluían. Llegó un tiempo ¡ay!, en que de sus caminatas debía decirse lo contrario: enojados y displicentes la comenzaban, furiosos la concluían.

Antes de la dichosa o infeliz (pues no era fácil discernirlo) aparición de Aura en la familia, Zoilo y Churi vivían unidos por una hermosísima fraternidad. Sus viajes eran un continuo juego con emulaciones que terminaban en bromas afectuosas; sus bienes terrenos, comida, moneda de plata o cobre, eran comunes, como las armas y herramientas; comían en el mismo plato, en el mismo vaso bebían, y se tumbaban en el mismo rincón de la choza donde les cogía la noche. Zoilo suplía en Churi la falta del oído, comunicándole con signos de su invención, sólo de ambos comprendidos, los hechos materiales más difíciles de exponer sin palabra, las cosas del espíritu que aun con la palabra son de dificilísima expresión. Se entendían con mugidos, con muecas y patadas, con grotescas contracciones faciales, con rápida telegrafía de manos y (p.4577) dedos.

Pero llegó el día fatal, y aquel amor recíproco trocose en recelo, y el libre lenguaje que los dos idearon para comunicarse su cariño, sólo sirvió para arrojarse el uno al otro centellas de rivalidad, dicterios y amenazas. La causa de este que bien puede conceptuarse como uno de los mayores desórdenes de la Naturaleza, fue la presencia inopinada de una mujer en la familia. A las dos semanas de tal suceso, Zoilo y Churi dejaron de quererse. Como los dos disimulaban instintivamente ante la familia, la rivalidad que les desunía no se reveló hasta que se hallaron solos, camino de Lupardo. Iban por la cuesta de Unzaga: Churi, sombrío, taciturno; Zoilo, con alegría febril, cantando, divirtiéndose en pegar brincos para arrancar a tirones las ramas de los árboles. De pronto le cogió Churi por un brazo, y le dijo con desabrimiento, en vascuence: "No me lo negarás: tú quieres a Aura.. Aura te gusta, pillo". Más sorprendido que asustado, respondió Zoilo que sí, y todo espontaneidad y efusión, agregó que Dios había pegado fuego a su alma, y que mientras podía conseguir que la prima le quisiese, se consolaba con amarla a su modo, pensando en ella siempre.. diciéndole cosas de las que se piensan más que se dicen. ¿Cómo se había enterado el sordo de este secreto que la misma Aura no conocía? Era Churi un observador prodigioso; veía en la mirada, en el gesto, en los actos y en la abstención de los mismos, la verdad de los fenómenos del alma. Su penetración era el contrapeso de su sordera.

Allá se las compuso Zoilo como pudo para expresarle que no admitía su injerencia en aquel asunto; que él (Churi) no tenía nada que ver con que él (Zoilo) adorase a la niña por el aquel de adorarla, y que en las soledades de su conciencia se casase con ella, y fabricara su felicidad con suposiciones o cálculos de cabeza, con un tremendo fuego de amor en toda su alma.. "Lo que tú tienes que hacer -le dijo, expresando las ideas con lenguaje verdaderamente epiléptico- es no meterte en lo que no te importa. ¿Qué entiendes tú de esto? ¡Amarla tú! No puedes. (p.4578) Eres sordo, y ¿cómo va a querer Aura a un hombre que no oye?". Este argumento no tenía réplica, y Churi se lo tragó entre amarguras, quedándose un buen rato sin saber qué decir. De pronto saltó con una retahíla, acompañada también de gesticulación epiléptica, mezcla de torpes cláusulas castellanas y euskaras, que reducidas a un solo idioma eran así: "Pues eso es un pecado muy grande, Zoilo, y ya verás cómo se ponen los tíos y los primos cuando lo sepan.. Y aunque te volvieras otro de lo que eres, aunque Dios te diera un mundo de méritos, sin fin de cosas, Aura no te querría, porque ya tiene su corazón entregado a otro amor, a un novio más guapo y más fino que tú..".

-¿Quién? -gritó Zoilo con furia, enarbolando una estaca que arrancado había de un árbol próximo.

-Madrilgo gizona (el hombre de Madrid) .

Lanzó Zoilo carcajada burlona, y doblando por la mitad la fuerte rama, como si fuese junco, sin cuidarse de que Churi entendiera o no lo que decía, hablando solo más bien, exclamó: "¡Madrilgo gizona! Ese no viene, se ha muerto; y si vive y viene, ya verá Aura que debe quererme a mí, y no a él; y si así no lo hiciera, si se aferrara a querer al otro.. entonces, ¡ah!, le mato, me mato.. mato a todos, a ella, a mí, a ti..".

Viendo tal decisión, aunque los términos en que Zoilo la expresara no le resultaban inteligibles, se recogió en la tristeza de su mente, en aquella bóveda sin ecos, pues el verbo humano sólo producía en ella sonidos ideales, y largo rato estuvo sin articular palabra, mientras el primo, que continuaba poseído de su furor de elocuencia, hablaba con los árboles: lo mismo podían ser para estos que para Churi sus ardientes expresiones. "Mía, mía tiene que ser.. para mí, para mí.. o se sabrá quién es Zoilo. Aunque no le he dicho nada, conozco yo.. esto se conoce.. que sabe que la quiero; y yo sé que si ahora no me quiere ella, me querrá después, cuando vaya viendo.. Pues cuando hay muchos en casa, al que más mira es a mí, y cuando dice algo que es de reír, me mira a ver si me ha hecho gracia.. y a los demás no les mira.. Y (p.4579) cuando llego, conozco yo que se alegra un tantico, y aunque a cada instante me llama bruto, lo dice como diciendo.. 'bruto, te quiero.. pues..'".

-Ven acá -le dijo Churi tras largo rato de silencio-. Cuando los tíos y tus hermanos sepan eso, verás cómo no te perdonan la desvergüenza. Porque Aura espera que venga el de allá, y si no viniere, bien puedes estar seguro de que no será para ti.. Yo no oigo, pero veo, y veo más que tú, y nada de lo que piensan nuestros tíos se me escapa.. siento en mí los pasos que dan los sentires, los pensares de ellos cuando andan pasando por sus almas; lo siento todo, Zoilo; dentro de mí retumba.. Pues te diré una cosa para que se te quite la esperanza. La tía Prudencia, que es la que manda en el tío Ildefonso, hace ascos al novio de Madrid y quiere que no venga, porque está en la idea de casar a la niña con tu hermano Martín, que es el señorito de la familia y el que vale más, porque nosotros, tú y yo, somos unos grandes gaznápiros, y él es fino, como quien dice, ilustrado. Pues sí; esta es la idea de la tía Prudencia; yo se la he sacado por la manera como mira a Martín cuando viene, y por el modo de mirar a Aura cuando habla de tu hermano.. ¿Y ahora qué dices, ganso? Porque a tu hermano no le has de matar.. ¡Estaría bueno eso: matar a un hermano!.. ¿Qué dices, qué piensas?

Zoilo no pensaba sino que el firmamento se le venía encima, y alzó las manos como para detenerlo antes que le aplastara. "Eso no es verdad -dijo-; tú me engañas, Churi; tú eres un envidioso.. Pero conmigo no juegas". Momentos después, en gran abatimiento, lloraba como un niño. Puestos de nuevo en marcha, no hablaron más en todo el camino. Alojados en un caserío humilde, no se acostaron en el mismo montón de paja de maíz. Metiose Churi en el lugar más escondido, con la cabeza apoyada en un yugo, y allí se pasó la noche en triste monólogo, oyendo la respiración de su primo que profundamente dormía. "Yo también la quiero -decía entre otros mil peregrinos conceptos-. ¿Cómo no, si es tan preciosa como los ángeles, o más?.. ¡Que no (p.4580) me digan a mí de ángeles ni ángelas!.. Donde está ella, que se quiten todos.. ¿Pero qué caso ha de hacer de mí?.. ¿Cómo ha de querer a un sordo.. a quien no le oye su voz?.. Pues si yo oyera, Dios, ¿quién me la quitaba? ¡Ay, no hay mujer bonita ni fea que quiera al hombre falto de oído!.. pues aunque se puede ser buen marido sin oír nada, no quieren ellas, no quieren.. y yo me pongo en lo justo.. Pero si para mí no es, para este bestia de Zoilo tampoco.. ¡Estaría bueno! ¿Qué ventaja me lleva mi primo? Que oye.. ¿Y quién me asegura que a él no le falta también algo? ¡A saber!.. Y si no le falta nada, le sobra fatuidad.. No, no será suya, sino del caballero de Madrid.. ¡Ojalá viniera mañana, para que se la llevara, y nos quitáramos todos de este suplicio!.. ¡Cómo me reiría yo de este tontaina, fantasioso, fullero!.. Echa roncas porque oye; que a lo demás no me gana, porque yo puedo más que él, y soy más valiente, y hasta más guapo.. ¿Qué tiene Zoilo de más guapo que yo? Nada. Los ojos que le brillan.. ¡Vaya una gracia! También me brillaban a mí antes de venirme el silencio.. pero ahora.. con el silencio, todo se le apaga a uno. Y Zoilo es un descarado que se está siempre riendo, enseñando los dientes.. Pues eso no debe de gustarle a ninguna mujer.. Que venga, que venga pronto ese caballero de Madrid.. ¿Y el tal cómo será? Seguramente que silencioso no es.. Pero será elegante, y tan fino, ¡arre allá!, que se meterá por los ojos de las mujeres.. ¡Mundo maldito! Debiera uno morirse para no verte".

A los pocos días de esto, hallándose Zoilo en Lupardo y Churi en Bermeo, se enteró este del encuentro del tío Ildefonso con Calpena, y le faltó tiempo para ir a contárselo a su rival. En aquel viaje llegó el pobre burro lleno de mataduras; tanto le arreó el jinete para llegar pronto. Y llevando aparte a su primo, le soltó la tremenda noticia. "Ya está; ya pareció.. ya viene.. ¿No caes en ello? Zopenco.. ¡Madrilgo gizona!.. Habló con Ildefonso en Oñate.. Ya viene.. mañana.. verás".

-Es mentira -replicó Zoilo blandiendo las tenazas-. No viene.. (p.4581) Y si viene, sin ella se volverá. Juro que no se la lleva..

Al día siguiente fue Churi a las Encartaciones a contratar leña, y los dos primos estuvieron dos semanas sin verse. Pasó en este tiempo Zoilo algunos días en Bermeo, donde tuvo la satisfacción de ver que fallaban los anuncios de la próxima llegada del señor de Madrid, príncipe o archipámpano. Observó en Aura tristeza, duelo, reproducción de los arrechuchos nerviosos, y viéndola llorar se decía: "Llora, llora, que lo que es a ese no le verás más.. Aquí está el hombre que ha de consolarte, tu Zoilo, a quien has de querer, porque él se lo merece.. y si no, pruébalo y verás.. Este que te mira sin atreverse a decirte nada, por cortedad, te tiene guardado un amor como el de todos los corazones que hay en el universo.. de todos juntos en uno. El corazón mío es de un tamaño como de aquí al sol, o un poco más allá, según voy viendo.. Llora, llora, que tras mucho llorar, vendrá el olvidar.. Con tanta lágrima se te lava el alma del amor viejo, y vendrás a tu Zoilo, a quien has de querer y adorar como él te adora y te quiere, que así lo manda la Divinidad".

Tales eran sus mudas declaraciones siempre que junto a ella se veía. En esto llegaron las tristes noticias del disfavor de Negretti, de las acusaciones con que la ignorancia o la perfidia le denigraron, de su prisión y de la causa que por infidencia o masonismo le formaban. Fácilmente se comprenderá la desazón que estos hechos causaron a toda la familia, particularmente a Prudencia, que adoraba a su esposo. Valentín rugía de cólera, Sabino ponía el grito en el Cielo. Y esta es la ocasión de referir que el buen Sabino era el único de los Arratias que sentía inclinaciones hacia el absolutismo, siquiera fuesen platónicas, determinadas por móviles religiosos más que políticos. Hombre piadoso, formulista y un tanto santurrón, disentía de su hermano Valentín, algo dañado de volterianismo, lo que no impedía que, profesadas una y otra opinión con tibieza y en el terreno ideológico, viviesen los dos en armonía perfecta, sin (p.4582) significarse públicamente por uno ni otro partido. Nunca llevó a mal Sabino que sus hijos perteneciesen a la Milicia Urbana, pues sus ideas retrógradas en ciertos y determinados puntos cedían ante la suprema devoción de la ciudadanía bilbaína. Pero si nadie podía tacharle de carlista, tampoco él podía negar sus grandes amistades en el campo enemigo, de las cuales supo obtener alguna ventaja para los negocios de la casa de Arratia. El comandante general de la división de Vizcaya, Sarasa, era su íntimo y cariñoso amigo desde la infancia, y amigos eran también Guergué, los coroneles Urréjola y Altolaguirre, el brigadier Tarragual, de la división navarra, y el jefe de la división cántabra, Don Cástor Andéchaga. A estos conocimientos debía el paso franco por la zona comprendida entre Bilbao y Bermeo, y el favor inapreciable de que le permitieran trabajar en la ferrería de Lupardo, con la obligación de ceder a la Maestranza de Vizcaya cierta cantidad de hierro a precio bajo, forma indirecta de canon o impuesto de guerra.

Fiado en sus excelentes relaciones, corrió Sabino al interior del reino carlista, y ni en Durango, donde estaba el Rey, ni en Tolosa, donde sufría Negretti la prisión, pudo conseguir nada en pro de su hermano político, el cual no habría concluido en bien sin la decidida protección del ilustrado Príncipe don Sebastián. Y en tanto que esto ocurría, la familia continuaba agobiada de pesadumbres, pues para que nada faltase, ni parecía el D. Fernando, ni de los motivos de su tardanza se tenía noticias, dando lugar este singularísimo caso a que se le creyera muerto en alguna escaramuza o lance de guerra. Mientras Aura languidecía, mostrándose al fin como fatigada de tan larga espera, con habilidad trataba su tía de infundirle el convencimiento de que el galán de Madrid había pasado a mejor vida, y era locura aguardarle más tiempo y subordinar una lozana juventud a las idas y venidas de un fantasma. Bien podía la niña excusarse de llorarle más, pues todo lo que suspirado había por la ausencia se le tomaría en cuenta (p.4583) por el fallecimiento. Que este debió de ser glorioso no podía dudarse, siendo Calpena un noble caballero esclavo del honor. A pesar de que esto pensaba y decía, Prudencia, consecuente con su nombre, no se lanzaba a determinaciones radicales, y esperaba la eficaz ayuda del tiempo para proponer a su sobrina, resuelta y gozosa, los desposorios con Martín Arratia.

 

Ep-1-XIX -

Que Zoilo estaba en sus glorias con el largo eclipse del caballero de Madrid, y que Churi, por el contrario, se daba a los demonios y habría corrido gozoso en su busca, no hay para qué decirlo. El primero, fiado en su buena estrella, alentado por la fe que le infundía su ardorosa pasión, creía firmemente que el caballero no vendría ya, sin meterse en cálculos y averiguaciones del por qué de tal ausencia; el segundo, nutriendo su credulidad en su malicia y en el odio al primo, siempre esperaba que Madrilgo gizona se aparecería, cuando menos se pensase, a reclamar lo suyo, y esta esperanza era el consuelo picante, amargo, de su existencia silenciosa.

Por fin, a mediados de Agosto, comunicó Ildefonso que estaba libre; pero tan harto de la suspicacia, estrechez de miras e ingratitud de la sociedad del nuevo reino, que no deseaba más que perderla de vista. Como no creía prudente que su escapatoria terminase en Bermeo, ni esta villa era muy segura ya para la familia, por alcanzar también al buen Sabino las malquerencias y desconfianzas de los facciosos, ordenaba que se fuesen todos a la ferrería y en ella permanecieran hasta que otra cosa se determinara. En el acto se dispuso Prudencia a levantar el campo, pues ya le incomodaba la residencia de Bermeo, donde todo se volvía perseguir a la niña mozos y señoretes, y hasta vejestorios, con ridículas manifestaciones de amor, y una mañanita salió para Lupardo con Aura, Sabino y Churi. No se cansaba la buena señora de lamentar la desgracia de su marido en el servicio del Pretendiente, lavándose las manos al tratar de un asunto en que Negretti obró en absoluto desacuerdo con ella. Bien le (p.4584) había dicho y redicho que no accediera a las instancias con que los artilleros de Oñate asediaban su voluntad. Honrado y crédulo en demasía, Ildefonso había tomado en sentido recto las ofertas pomposas de aquellos señores, las cuales no eran más que cantos de sirena. ¿Qué resultó? Que el hombre se había matado a trabajar sin que parecieran por ninguna parte las villas y castillos que se le ofrecieron. Salía de la Corte de Carlos V, como había entrado, desnudo de todo capital, y además perdido en el concepto de los liberales. Bien caro pagaba su obstinación, y el desoír las advertencias de la mujer práctica, que siempre vio un señuelo falaz, una engañifa, en las galanas cuentas que se le ponían ante los ojos para deslumbrarle. ¡Perdido el trabajo de sus manos, perdido el fruto de su mente! Pero el sino de Ildefonso era sucumbir ante la maldad y el egoísmo, por ser excesivamente recto, confiado, esclavo de la conciencia hasta en las cosas nimias. "Es un santo -decía Prudencia, terminando con un gran suspiro-, y yo, por más que he revuelto todo el Año Cristiano, buscando la santidad en la industria, no he podido encontrarla. De los conventos y de las soledades han salido todos aquellos benditos; ninguno de los talleres".

Llegaron a Lupardo con felicidad, lo que no era poca suerte, según estaba el país de soliviantado por la facción, y allí vio Aura escenario bien distinto del de Bermeo. Hecha a los grandiosos espectáculos marítimos, que favorecen las expansiones del alma, y estimulan el atrevido volar del pensamiento, la primera impresión de Aura fue de tristeza, como de caer en honda sima, y sentir sobre sí pesos enormes de tierra y cielo desplomados. La estrechez del valle le oprimía el corazón. ¡Qué diferencia de aquella inmensa lejanía de los horizontes oceánicos, que hacía casi realizable el ensueño de medir lo infinito! ¿Pues y la pureza de los aires, aquella frescura que con la intensidad de la luz inundaba cuerpo y alma? En el valle del Nervión pesaba la atmósfera, y las alturas verdes, las laderas cultivadas eran (p.4585) composturas mal hechas en la Naturaleza por el hombre, y arreglitos que la echaban a perder. Entre las dos vertientes, a la orilla del río entintado por la arcilla ferruginosa, se alzaba el edificio de la ferrería, roja de medio abajo, de medio arriba negra, despidiendo humo denso a todas horas; harto parecida a un monstruo iracundo, por su respiración cadenciosa y los ruidos espantables que acompañaban sus funciones: el bullicio medroso de la turbina en lo más hondo, el martilleo con estridores metálicos arriba, y el soplido ansioso del fuelle. Respiraba la ferrería, latía su sangre, daba puñetazos continuamente sobre la materia indomable. Así lo vio Aura en su viva imaginación.

La casa en que moraban los trabajadores era humilde, también roja y negra, sin más que lo preciso para que tuvieran breve descanso los duros huesos de aquellos atletas. Una alcoba pequeña que ocuparon las dos señoras; una grande, donde dormían todos los hombres; otra pieza donde comían, pagaban los jornales y hacían sus cuentas, eran las piezas altas. En las bajas, tenían la cocina, depósitos de leña y carbón vegetal; del lingote producido, enormes piezas dobladas por la mitad, y algunas formando lazos. Allí encontró Aura al mayor de los primos enteramente transformado, pues las dos veces que le vio en Bermeo iba vestido de señor con bastante desavío, y en Lupardo cubría todo su cuerpo con un largo camisón de lienzo veteado de negro y rojo, mena y humo, los brazos arremangados, los pies en almadreñas, la cabeza descubierta. Era el más alto de la familia, y el menos guapo de rostro, de pocas carnes, seco, acerado. Su rostro revelaba cansancio, resignación honda de todas las facultades ante la pesadumbre del deber, quizás desconfianza del éxito. Se parecía bastante a Zoilo, siendo este hermoso, y José María no. Su actividad no era vertiginosa, como la de Churi y Zoilo, sino reflexiva, paciente, llegando hasta una tensión increíble.

Prefería Sabino el trabajo directivo al material; era menos forzudo que sus hijos, los cuales, a excepción de Martín, habían (p.4586) heredado de su madre Zoila Maruri la constitución hercúlea. De esta señora se decía que si no la hubiera matado el cólera, habría vivido un siglo. Su madre y su abuela vivían aún, en Mundaca; contaba la primera ochenta años, y la segunda ciento dos. Pues sí: Sabino tenía especial acierto para organizar el trabajo de los demás, y daba sus órdenes de un modo paternal, persuasivo, sin gritos ni alboroto alguno. En cambio, Zoilo era todo viveza, todo ruido y alegría; desde el punto y hora en que Aura llegó a la ferrería, se multiplicaba en el trabajo, y redoblaba hasta lo increíble la cháchara y gorjeos de su alborozo juvenil. Coplas castellanas y vascuences salían sin cesar de sus labios; los rizos que ornaban su frente parecían, en manos del viento, aureola de salvajes crines. Su rostro era una paleta en que dominaban el rojo y el negro, mezclados y revueltos por el sudor copioso; la blancura de sus dientes y el carmín de sus labios brillaban con colorido picante en medio de tanta suciedad; sus manos tiznadas eran manos de un diablo que se ocupara en los menesteres más bajos del infierno; su gala era ser negro, y en los febriles accesos de júbilo cogía tizne con los dedos y se pintaba rayas en la frente y brazos. Renunciando a todo calzado, lo mismo chapoteaba en el fango que las lluvias acumulaban junto a los montones de mena, que en las verdosas aguas de la presa. Para secarse restregaba los pies en el polvo de carbón: hacía esto, según decía, para sacarse lustre a las botas. Iba de una parte a otra saltando, aunque transportara grandes pesos. Acudía más pronto que la vista a donde se le llamaba, sin repugnar ninguna faena por difícil y enojosa que fuese; su ardor era el asombro de todos, y no se le reñía más que por lo mucho que alborotaba y por sus expresiones incongruentes, pues no había que chillar tanto para hacer bien las cosas. Al llegar la hora de la comida y tomar su asiento en la humilde mesa sin manteles, hacía, sin melindres, desmedidos honores a la pitanza, con gran contentamiento de Aura, que gozaba y reía viéndole comer, por lo cual (p.4587) extremaba él su apetito sin incurrir en la fea glotonería. Después de la cena, Sabino les convocaba en torno suyo para rezar el rosario y dar gracias a Dios, con jaculatorias de su invención, por la salud que disfrutaba toda la familia, para pedirle que esta recogiese el fruto de tanto trabajo, y que se acabara pronto la guerra. Terminadas las devociones, se acostaban todos. Zoilo tardaba en dormirse, porque su cerebro era una devanadera, en que sin cesar envolvía hilos interminables: amor, esperanzas, proyectos, palabras que pensaba decir a Aura, palabras que, a su parecer, esta le diría. Cuando sentía que su padre y su hermano dormían, se echaba del camastro donde reposaba medio vestido, y se iba al otro lado de la habitación, acurrucándose junto a un tabique desnudo y frío. Allí se pasaba otro rato devanando sus hilos con la más pura espiritualidad, y antes de dormirse daba repetidos besos al tabique. Al otro lado, en la próxima estancia, dormía la niña bonita.

Ningún mal pensamiento obscurecía el cielo purísimo de aquella pasión, toda nobleza y frescura infantil. Era Zoilo un hombre hecho y derecho, pues ya había cumplido veintidós años; pero su pasión le reverdecía la niñez con todas las candideces deliciosas de esta, con sus ensueños y la facilidad increíble para ver trocadas en realidad las cosas más absurdas. No carecía de estudio su candorosa travesura, pues bien seguro estaba de que su ardor infatigable en el trabajo, su ligereza gimnástica, el comer mucho, el hablar cantando, el cantar riendo, y otras extravagancias, agradaban a la señora de sus pensamientos. En esto no se equivocaba. Con penetración de enamorado descubría en los ojos y en la sonrisa de Aura una complacencia y gusto muy singulares al verle hacer cosas tan contrarias a la compostura. Empleaba, pues, el chico un original resorte de agrado que podría muy bien llamarse la contra-coquetería, consistente en aplicar a su persona todas las reglas opuestas a las de la vulgar presunción. Adivinaba, veía, mejor dicho, que era más hermoso cuanto más libre en el vestir, dentro de la decencia, y que (p.4588) no le querían conforme al patrón de los señoritos atildados.

Más elegante sería cuanto más se pareciese al aire, a las olas, a los pájaros. Esto no lo razonaba, lo sentía, acariciando un vago propósito de dejar de ser pájaro y ola cuando las circunstancias le indujeran a ser hombre verdadero, y hasta hombre fino, si fuese menester.

El trabajo de la ferrería era muy duro: lo hacían exclusivamente José María, Zoilo, Churi y dos guipuzcoanos contratados: vestían todos, menos Zoilo, largos camisones de lienzo. El capataz o jefe de la tarea era designado con el nombre vasco de arotza. Llamábanse fundidores los que aplicaban el fuego a la primera materia para obtener el hierro, operación que se hacía en un hoyo revestido de ladrillo, donde metían el mineral y gran cantidad de carbón. Sabino, José María y uno de los guipuzcoanos eran muy expertos en apreciar el grado de ignición y el temple necesario. Cuando estaba el mineral al rojo, formando la pasta o zamarra, comenzaba el trabajo de forja, y allí era de ver el arte combinado de los fundidores y los llamados tiradores, que descargaban los martillazos sobre la pieza candente, puesta sobre un firme o yunque, que tenía por base estacas hincadas a gran profundidad. Un agujero daba entrada al aire que arrojaban pulmones mecánicos, movidos por la turbina. El martillo tenía por cabeza una masa formidable de hierro, y por mango un árbol enorme, horizontal cuando no funcionaba, articulado por su extremo. Un mecanismo rudimentario lo movía, manipulado por los tiradores, mientras los otros manejaban con grandes tenazas la zamarra, dándole las necesarias vueltas para recibir por una cara y otra el golpe.. Las tremendas cabezadas del martillo batiendo la masa roja y blanda, iban limpiándola de escoria, y ajustando las moléculas de aquel hierro incomparable para todos los usos de la agricultura y de la industria. Zoilo y un guipuzcoano solían hacer de tiradores, mientras José María y el otro volteaban la pieza con las tenazas. El prestador era el obrero de menor categoría en la (p.4589) forja; sus funciones se concretaban a preparar la comida, amasar la borona y ponerla entre las planchas calientes, y al propio tiempo ayudaba a los demás a cargar el horno, llevando espuertas de mena. De prestador hacía comúnmente Churi, que guisaba muy bien, sin perjuicio de ayudar como el primero en el transporte del material y en dar fuego a la hornilla.. Quemar mucha leña, atizar candela era su mayor goce.

 

Ep-1-XX -

Comían ordinariamente caldos de habas secas con cecina, borona y buenos tragos de chacolí. Al comienzo de la campaña mataban una res, cuya carne salaban y ponían después al humo. En los días en que Prudencia y Aura aportaron por allí, mejoró un poco la mesa de los cíclopes de Lupardo, porque la señora de Negretti había llevado un par de cestos de provisiones, entre las cuales sobresalía por su magnificencia un pan de trigo de cuatro libras; lo demás era una gallina asada, patatas, fruta seca, huevos y pasta de tomate en botellas, de industria doméstica. Esto fue lo único que pudo traer de Bermeo, donde ya escaseaban las provisiones de un modo alarmante, pues los arrieros que llevaban pan de Vitoria una vez por semana, iban ya rara vez; sólo abundaba la merluza, que en aquella época del año, por preocupación incomprensible, era desestimada, y se vendía a ochavo la fibra. Prudencia había hecho un riquísimo escabeche, que llevaba en orzas grandes bien acondicionadas.

Con estas viandas, hubo proporción de celebrar en Lupardo verdaderos festines, de que participaban los guipuzcoanos, estimando estos como bocado exquisito el pan de trigo que no habían catado en meses, y que Prudencia repartía en discretas raciones. Y por contra, Aura gustaba con preferencia de los caldos de habas con cecina y de la borona; no hay que decir que Zoilo, por agradarla, consumía porciones monstruosas de aquel grosero alimento.

Hubiérale gustado a la niña bonita poner también sus manos en aquel rudo trabajo del hierro; pero como Prudencia la vigilaba, manteniéndola dentro de su (p.4590) jurisdicción de señorita fina, y no hallaba ocasión de echarse a la cabeza una pesada cesta de mena para descargarla en el horno, ya que no podía trabajar, se arrimaba lo más posible a la forja, sin miedo al calor intenso, sin reparar que se le sentaba en la piel del rostro el rojo polvillo del mineral. Si tuviera espejo, habríase visto trocada en figura egipcia, por el encendido color de cerámica que lucía como proyección de un incendio. Su belleza era entonces más para que la gozaran los dioses que los pobres humanos, estragados por el convencionalismo estético y las falsas artes de la presunción. Con el criterio vulgar de estas juzgaba Prudencia el nuevo cariz de su sobrina, diciéndole: "¡Ay, hija, estás hecha una visión! Gracias que no hay aquí gente que te vea. ¡Lo que pareces con esa cara tan abochornada! ¡Cuándo querrá Dios que nos vayamos a Bilbao para que te adecentes!".

No debía esperar mucho la señora para ver cumplidos sus deseos de adecentar a la niña, porque una tarde, cuando no llevaban cinco días de estancia en Lupardo, llegó Martín en un caballejo, y tuvo con su padre un vivo diálogo, del cual había de resultar la suspensión del trabajo de la ferrería. "Padre -decía el joven, que a las primeras palabras planteó la cuestión-, esto no puede ser. En Bilbao nos critican porque mientras todas las ferrerías de Vizcaya suspenden, la nuestra sola trabaja. ¿Y por qué? Porque trabaja para ellos, para los carlistas, y de aquí sacan el material de guerra con que quieren asesinarnos. Esto no puede ser. Yo he corrido a avisarle para que se entere de lo que por allá dicen y piensan. Antes que le hagan parar a la fuerza, suspenda el trabajo por su determinación. Considere que somos bilbaínos y que tenemos que vivir con la opinión y con los sentimientos de nuestro querido pueblo".

Algo tuvo que remusgar(3) Sabino; pero cedió al cabo ante los expresivos argumentos de Martín. "Soy miliciano nacional; a gala tengo el pertenecer al cuerpo que defiende la sagrada villa, y no puedo en ningún caso discrepar del parecer de mis compañeros". Lo mismo opinaba (p.4591) Valentín. No convenía, pues, a la familia, por la índole y el estado de sus negocios, divorciarse de la opinión del pueblo, donde dominaba el espíritu de resistencia implacable. Bilbao sería un montón de ruinas antes que consentir que pisara su suelo Carlos V. O morir todos, o defenderse hasta la desesperación. Ya era seguro que reunían sus batallones y se repostaban de artillería y balas para poner cerco a la capital, decididos a conseguir lo que no pudo Zumalacárregui. No dejaron de hacer su efecto en el ánimo de Sabino estas razones, pues si bien no sentía maldito entusiasmo por la causa liberal, érale imposible sustraerse a la solidaridad bilbaína, no sólo por amor al pueblo natal, sino por la influencia que sobre él ejercían su hermano y su segundo hijo. En otra ocasión habría tenido sus dudas, pues del campo carlista le tiraban amistades de gran fuerza, y le seducía el carácter de religioso desagravio que a su causa imprimía el Pretendiente; pero ya no podía ser. Su hermano mayor había soltado prenda por Isabel, prestándose a que le metieran en juntas de armamento y defensa; Martín era miliciano, y ambos figuraban como fervientes apóstoles del Bilbao no se rinde. Por nada del mundo daría Sabino el triste espectáculo de aparecer en desacuerdo con los suyos. ¡Qué horrible discordia la que hace enemigos a hijos y padres, a hermanos queridos! No, no. Antes la muerte que ver el odio en su familia, aunque este odio fuese político. Adelante, y allá se iban todos bien apretaditos uno contra otro. Bilbao y la familia eran un solo sentimiento, y al decir Bilboko echea se decía lo más grato al corazón.

Determinose, pues, que en rematando unas piezas que estaban en la forja apagarían los fuegos, y se retirarían llevándose todo el material de hierro que pudiesen, pues el que allí se dejara no tardaría en ser cogido por la facción. Logrado su objeto, y después de un rato de plática con Prudencia y Aura, Martín se dispuso a montar de nuevo en su caballejo, pues no podía faltar de la tienda. Prudencia le dijo: "Es un dolor ver a esta chica cómo se ha (p.4592) puesto. Mira qué cara, mira qué manos". Aura reía, declarando con ingenuidad que aquella vida le gustaba, y que no creía desmerecer de figura por haberse puesto del color de la mena. Opinó Martín que aunque se pintara de negro-humo o de almazarrón, siempre sería una divinidad; pero que no le correspondía perder su aire de señorita principal; y añadió que habiendo llegado a Bilbao la fama de su hermosura, ya había por allí muchas personas que deseaban conocerla. La sociedad bilbaína era muy entonada. Aura había de causar arrebato.. Él se alegraría mucho de que el domingo próximo, vestidita con su mejor ropa, fuese a ver desfilar la Milicia Nacional, cuando iba a misa a Santiago. Después tocaba la música en el Arenal, y allí se paseaban las señoritas con los milicianos y la oficialidad del ejército. Dicho esto y otras cosas pertinentes a la guerra y a la amenaza del sitio, se retiró el simpático joven en su jaco, despidiéndose de las señoras con un afectuoso hasta mañana.

Caía la tarde, y no gustando Sabino de que su hijo fuera solo, mandó a Churi que montase en su burro y le acompañara, volviendo al día siguiente para ayudar al transporte del material. La familia iría en un carro del país, bien aparejado, saliendo a hora conveniente para llegar antes de anochecer. Mal le supo a Zoilo la disposición paterna de trasladarse a la capital, porque en aquel salvajismo de Lupardo se encontraba el mozo en sus glorias; y teniendo allí a su ídolo, y pudiendo tributarle ardiente y secreto culto a todas horas, no cambiara la ferrería por el Paraíso Terrenal. Y casi casi asegurar podía que a la niña tampoco le supo bien la traslación, porque allí gozaba viendo los trabajos, y ¡qué demonio!, viéndole a él; allí tenían los dos por intermediarios de sus amores, al menos por parte de él, las llamas y el calor de la forja, el aire del soplete, y aquel campo ameno y triste, el río que mugía, los pájaros, la mena roja y el carbón negro. Todo aquello hablaba, todo sonreía, y era bueno y.. amigo.

Se desesperaba el pobre Zoilo pensando cuán árida y fastidiosa sería la vida en (p.4593) Bilbao. Allá vestirían a la niña de damisela, llevándola de visita en visita, o me la tendrían todo el santo día en la sala, donde él apenas entraba; y si por fin de fiesta le confinaban, como era muy de temer, en el almacén de maderas de Ripa, se divertiría como hay Dios. En tanto, gozarían de la dulce presencia de Aura las visitas cargantes, los señores y señoras de Ibarra, de Gaminde y Vildósola; y para colmo de fastidio, Martín podría verla a todas horas, y él no. Esto era en verdad peor que un castigo. Aura bajaría por las mañanas a la tienda, y como tenía tan bonita letra, puede que Martín la pusiera en el escritorio, a su lado, a copiar cartas y facturas, tocándose el codo de él con el de ella.. No, no mil veces: esto no lo sufría. Como viera los codos juntos, de fijo haría cualquier barbaridad. Pensando estas tonterías se llevó casi toda la noche, y en lo más avanzado de ella, mientras su padre y su hermano dormían, calentó con sus besos el frío revoco del tabique. Efectuose al siguiente día tranquilamente el apagar de hornos, la recogida de herramientas, la disposición y arreglo de todo lo que había de quedar allí, el transporte del hierro elaborado, y en un carro que mandaron traer de Miravalles se trasladó a Bilbao toda la familia.

Resultó ¡ay dolor!, lo que Zoilo temía: que desde la noche de llegada se vio la casa infestada de visitas, que acudían como las moscas; señoras y señoritas pegajosas que iban a picotear, a gulusmear(4) , y a estarse las horas muertas en la sala. Las alabanzas a la bella sobrina eran entusiastas; los plácemes por tenerla allí, muy empalagosos. Zoilo hubiera cogido un zurriago y arrojado a la calle a todo aquel señorío importuno, que le quitaba a él su bien propio; pues con tanto mirar a la niña, y tanto sobarla y besuquearla, colmándola de lisonjas, se llevaban pegadas a las manos y a las bocas partículas de aquel ser divino. ¿Qué le importaba a nadie que Aura fuese un prodigio de hermosura? ¿Ni qué tenía que ver aquella gente curiosona, entrometida, con que fuese huérfana, prometida de un principillo, y qué sé yo qué? Ya (p.4594) se le iban atufando al hombre las narices, y le entraban ganas de demostrar a chicos y grandes que sólo a él le importaba la guapeza y demás méritos superiores de su prima.. No poco se alegró de que no le confinaran en el almacén de Ripa, atestado de maderas, barriles de alquitrán y brea, pues si su padre le señaló un trabajo que allí le retenía algunas horas, las más del día estaba en la Ribera, ayudando a Martín en el trajín del despacho. Gracias a esto podía extasiarse en su divinidad, sin hartarse nunca. Si viéndola en el llano vestir de Bermeo y en el desgaire de Lupardo se había enamorado de ella como un tonto, en Bilbao, cuando se la vistieron de señorita para llevarla a misa o al visiteo, y con los trapitos de cristianar para presentarla en el Arenal, su tontería se trocó en locura, con hondos desvanecimientos y accesos de rabia.

Efecto maravilloso y estupefaciente causó Aura en la juventud bilbaína, cuando hizo su primera salida con Prudencia y la señora y señoritas de Gaminde en el paseo del Arenal, pues si bien la fama había anticipado ya ponderaciones de tan singular belleza, la realidad empequeñeció la obra de la fama, al contrario de lo que en la mayoría de los casos sucede. Y aunque entonces, como ahora, la gallardía y hermosura mujeril eran cosa corriente en Bilbao, el tipo de Aura, su sencillez y majestad, las incomparables líneas de su cuerpo, su helénico perfil, y la expresión divinamente humana de sus ojos, fueron motivo de general admiración y embeleso. Mirábanla los hombres encandilados, turulatos los viejos, con asombro receloso las mujeres, y no se oían a su paso más que alabanzas. Si por una parte satisfacían a Zoilo tales demostraciones, por otra le mortificaban horriblemente, porque de tanto mirarla y alabarla resultaba que no era suya, sino del público. Rondando solo, separado de sus amigos, por los bordes del paseo, tomaba las vueltas a su prima y observaba de lejos la cara que ponían los jóvenes, así militares como paisanos, al pasar junto a ella; o bien iba detrás de los grupos de (p.4595) paseantes, tratando de escuchar lo que decían. Las exclamaciones "¡vaya una mujer!.." "es más de lo que dijeron.." "esto ya no es mujer, es diosa", eran como otros tantos estiletes que clavaban en su pecho. Si más que mujer era diosa, los malditos dioses no consentirían que hembra tan superior fuese para él.. Y cuando pudo ver y oír que en un grupo de milicianos, donde iba su hermano Martín, felicitaban a este por tener a tal beldad en su casa, y le daban bromitas, faltó poco para que la emprendiese a bofetada limpia con aquellos majaderos, desvergonzados.. Nervioso y descompuesto, marchaba en una y otra dirección por el círculo más excéntrico del paseo, que era como el voltear de una noria, pensando que si hubiera pistolas de muchos tiros, y él poseyera arma tan prodigiosa, la emprendería bonitamente en aquella ocasión.. ¿Cómo? Arreando un tiro ¡pim!, a todos los que al paso de Aura decían ¡ah!, ¡oh!.. y otro tiro ¡pam!, a los que se permitieran comentarios de la hermosura, y qué sé yo qué.. y otro y otro tiro ¡pim, pam!, a los graciosos y bromistas.. ¡Hala!.. ¡y que volvieran por otra!

 

Ep-1-XXI -

No le fue muy fácil a la hermosa doncella adaptarse al nuevo molde de vida, y hacerse a tal ambiente; pero al fin hubo de rendirse al fuero de la necesidad y de la costumbre. La estrechez de la casa, un entresuelo sin luces en la parte interior, causábale opresión, angustia. Mejor respiraba en la tienda, aunque en ella dejaban poco desahogo los rollos de cabos, las piezas de lona, y los innumerables hierros de barco que por todas partes había. Pronto se familiarizó con el olor de alquitrán, y gustaba de bajar a la tienda, y de presenciar las animadas escenas de la venta y compra. El lenguaje marinero la encantaba, y la rudeza de aquellos rostros curtidos por el viento despertaba en ella simpatía y admiración. Llamada más de una vez por Martín para que le ayudase en el escritorio, descendía gozosa, y copiaba facturas y cartas; después divagaba por el local, enterándose de la extraña nomenclatura marítima. Las tardes de poco despacho, los dos (p.4596) dependientes, viejos navegantes desembarcados ya por inútiles, se esmeraban en darle lecciones. Aura les preguntaba: "¿para qué sirve esto?, ¿aquello para qué es?". Y ellos, bondadosos, respondían a todo, dándole una idea de las maniobras en que habían gastado sus mejores años.

El escritorio era un rincón de la tienda, separado de esta por tabique de cristales, que en tal sitio debía llamarse propiamente mamparo. No había más espacio que el preciso para revolverse con estrechez entre la mesa, con carpeta para dos personas, y el estantillo de los libros. Dos taburetes, la menor cantidad de asiento posible, completaban el mueblaje. Lo demás del reducido garitón lo ocupaban estantes atestados de género, casi todo lo de pesca, paquetes de anzuelos, redes, plomos; en otra parte, piezas de lanilla para banderas, brochas, cepillos, defensas, y más arriba, pendientes del techo, bombillas de diferente forma, faroles de costado, etcétera..

Martín iba y venía del escritorio a la tienda por una puerta estrecha, no más holgada que las que suelen dar paso al camarote de un buque de mediana comodidad. Salvo a la hora en que le era forzoso escribir, recorría todo el local, desde la pieza grande, que daba a la calle, a la más interior, fin de una serie tortuosa de aposentos en que el olor del alquitrán y la obscuridad y falta de aire remedaban el ahogado recinto de la bodega de un barco. En lo más hondo estaban los barriles de brea en piedra, de alquitrán, los bloques de sebo; y a lo largo de las estancias, los rollos de jarcia formaban una estiba bien ordenada, como sillares de una serie de columnas, dejando para el paso un angosto callejón. Viendo cómo cortaban de los rollos pedazos de cuerda y cómo los pesaban y vendían, aprendió Aura los nombres de las diferentes piezas de cáñamo usadas en la navegación, y supo distinguir el calabrote y la guindaleza de la flechadura y cabo de acolladores. Todo lo preguntaba, y todo lo retenía en su prodigiosa memoria. "¿Te gusta este comercio?" le preguntaba Martín, que buscaba la manera de echarle una flor, sin poder conseguirlo: (p.4597) tales eran su timidez y respeto. Y ella respondía: "Las cosas feas se vuelven bonitas cuando vamos aprendiendo a ver en ellas la utilidad. Esto que parece tan feo, va dejando de serlo a medida que entendemos para qué sirve. Mira tú: yo me he criado entre piedras preciosas. ¡Como que he jugado con ellas! ¿Pues creerás tú que ese comercio nunca me hizo gracia?".

-Como que es un comercio que sólo vive de la vanidad -dijo Martín, henchido de satisfacción-. Las piedras son objetos de puro lujo, y esto, Aura, esto es la vida, esto es el pan.. Porque si no hubiera barcos, fíjate bien, prima, no habría comercio, y sin comercio no tendríamos ni camisa que ponernos, y viviríamos como los salvajes.

Cuando entraba Zoilo y la veía sentadita en el escritorio, junto a Martín, y él corrigiéndole las copias, para lo cual se acercaba demasiado, juntando casi cabeza con cabeza, el pobre chico no sabía lo que le pasaba. ¡Vaya que también esa!.. ¡Y dar la casualidad de que aquel hombre fuera su hermano! Si no lo fuese, ya le habría enseñado a ponerse a la distancia que debe guardarse entre caballero y señora cuando no son novios. Por suerte de Zoilo, existía la guerra, que evidentemente le favorecía. La casualidad de que hubiese guerra tenía sobre las armas a la Milicia Urbana, y a cada momento, mañana o tarde, venía el ordenanza con avisos que hacían salir a Martín de estampía. "D. Martín, revista a las tres.. Don Martín, a las dos ejercicio". Y primero faltaba una estrella del cielo que dejar el joven de acudir al llamamiento de la patria y de la libertad. Gracias a esto, Zoilo quedábase solito con Aura, y si había venta de cosas menudas, la enseñaba a despachar, o le daba previamente instrucciones para cuando viniese alguien en busca de agujas de coser lonas, de hierros para calafatear. "¿Para qué sirve -le preguntaba ella- este zoquete redondo de madera con tres agujeros, que parece una cara con sus ojitos y abajo la boca?..". "Esto llamamos bigota, y sirve para las flechaduras de la jarcia". Seguía una larga lección de aparejo, que comúnmente Aura no (p.4598) entendía. Ello es que, sin entenderlo bien, pedía la niña noticia de todo; y él, con seriedad científica, le explicaba la aplicación de las distintas clases de grilletes, guardacabos y demás hierros. Le mostraba un rempujo y la manera de usarlo para coser velas, y se lo ponía y sujetaba con la hebilla, para que se hiciera cargo de aquel dedal de la palma de la mano; la instruía en el modo de calafatear, metiendo en la unión de las tablas y apretándola bien con hierros, la filástica, que era la estopa de los cabos inútiles.. "Te enseñaré cómo se hace la filástica. Pero tus dedos son muy finos para esta operación. No, no: déjame a mí. No hay más que ir abriendo la estopa.. Es muy fácil".

-¡Vaya, con todas las cosas que hay dentro de un barco! Me gustaría tener una fragata muy grande, muy grande.

-Y a mí. Para ir a ver tierras tú y yo.. Y luego la traíamos llena de perlas y brillantes; cargada de piedras preciosas hasta las escotillas.

-¡Jesús qué disparate!

-Sí: de piedras preciosas, que, aun con ser tantas, serían pocas para adornar tu hermosura. Di que sí.

-¡Qué tonto!

-Es verdad. ¿Qué son las piedras? Morralla.. Para adornarte a ti no hay más que el sol y las estrellas, con la luna en medio, y dos docenas de rayos por cada banda.

-¡María Santísima.. divino Dios!

-No hay más Dios divino, ni más divinidad que tú.. Yo lo digo, y aquí estoy para sostenerlo..

Al fin se arrancó el hombre. Entre seria y festiva, Aura le contestaba riendo y volviendo la cabeza, burlándose un poco o asombrándose de su audacia.

"Pero, Zoilo, ¿estás loco?".

-Sí, sí.. me da la gana de estar loco. Es mi gusto.. Como lo será el morirme o matarme si tú no me quieres..

-Cállate, Zoilo.. no bromees con eso.. Cállate, que la tía baja.. Me parece que la siento.

Lo que hacía Prudencia era llamarla desde lo alto de la estrechísima escalera, más bien escala de barco, que comunicaba la tienda con el entresuelo. "Voy, tía", gritaba Aura, mientras Zoilo, contento de haber roto el fuego, de haber puesto fin a un mutismo que le requemaba el alma, se decía: "Esta lagartona de mi tía Prudencia la (p.4599) manda abajo cuando está Martín, para que el otro le diga cosas, y la llama cuando yo estoy, para que yo no pueda decírselas.. Ya le enseñaré yo a mi señora tía quién es Zoilo Arratia". Y se puso a medir brazas de cabos, que los dos dependientes iban pesando.

Sabino y su hijo mayor se pasaban casi todo el día en el almacén de Ripa, donde tenían gran cantidad de duela, magníficas tosas de caoba y cedro, y una regular partida de teca y riga que no lograban vender en aquellos calamitosos tiempos por estar encalmada la construcción de buques. Por la noche reuníanse todos en el entresuelo de la Ribera y cenaban juntos, comentando la guerra, llevando al seno de la laboriosa familia ecos de la opinión del pueblo respecto a la inminencia de un segundo sitio, más apretado que el primero. Valentín, Martín y Aura eran partidarios de la resistencia a todo trance, y confiaban en el éxito, movidos de la ardorosa fe bilbaína. Sabino y José María se hacían intérpretes de la minoría desconfiada y algo pesimista del vecindario. Temían que la villa tuviera que rendirse; no daban excesivo valor a las bravatas de los milicianos, ni estimaban posible que la guarnición escasa hiciese maravillas. Al primer partido, patriótico y entusiasta, se arrimó Zoilo, afirmando que quería derramar su sangre por Bilbao, y contribuir a la defensa con todos sus bríos. Apoyábanle unos, otros se reían, y Prudencia declaró, siempre dentro del sagaz criterio que le imponía su nombre, que la familia no debía significarse toda del lado isabelino, sino dividirse en las dos opiniones para estar a las resultas de los acontecimientos. "Si todos -decía- nos vamos con la Libertad, ¡ay de nosotros en el caso de que venga la mala, y se vaya la Libertad a paseo y triunfe el obscurantismo!". Pero estas razones las rebatió con firme lógica y hasta con elocuencia, Valentín, sosteniendo que no era decoroso el doble juego, sino poner las dos velas a Dios y ninguna al diablo. Dios era la Libertad. De esta definición hubo de protestar Sabino, asentando que no había que mezclar a Dios en (p.4600) cosas de política. Que se juzgase conveniente defender la Libertad y el Trono de Isabel, muy santo y muy bueno; pero nada de meter a Dios en estos líos, porque Él no era constitucional ni realista, sino Dios a secas, y su divina voluntad era que no se derramase tan locamente sangre de cristianos.

En ello convinieron todos, como también en que si a Zoilo le pedía el cuerpo andar a tiros, se le procurase el ingreso en la Milicia Nacional. Con gran alegría acogió esta idea el interesado, y Aura, también gozosa, propuso que se comprara sin pérdida de tiempo la tela para el uniforme, y que una vez cortado por el sastre, ella lo cosería con sus propias manos, aunque tuviese que velar. "Ya tenemos a Periquito hecho fraile -dijo Prudencia-. Coseremos pronto la ropita, para que pueda lucirla en la formación del domingo". Aquella misma noche, andaba por el comedor y los pasillos con aire marcial. Sentía no tener listo su uniforme antes de que viniera Churi, el cual se había ido en su asno a sus acostumbradas exploraciones del país encartado o del valle de Mena, por puro vicio de independencia, más bien de vagancia, pues ya no había para qué traer leña y carbón. ¡Qué sorpresa le iba a dar, si cuando volviese le encontraba en todo el esplendor y magnificencia de su facha militar! ¡Y que no rabiaría poco al verle! Que rabiara, sí, y que se le llevasen los demonios, en castigo de las burradas que al partir le había dicho. De lo último que hablaron se copia lo menos violento, dejando intraducidas y al natural las locuciones del maligno sordo.

ZOILO.- Estoy seguro de que me quiere.. ya no pienso en matarme, sino en vivir, en hacer cosas de mucha dignidad, en aprender todo lo que no sé, en ser valiente, en portarme como un caballero.

CHURI.- Patuo, no cuerras tanto.. por detrás el pingajo te cae.. ¡Qué pamparria tener tú!.. Eso dite, pues.

ZOILO.- Hazte a un lado, zopenco.

CHURI (sin entenderle) .- Prínsipe arrecho vendrá él, y casarse hará con ella, y más.. Al dimonio tú aquí mismo, y más. Eso dite, pues.. ¿Qué harás si la tía Pudrencia (p.4601) saberlo ella?.. ¿para qué es desir? Murirte harás.. Reírme yo.. dite qué patuo eres, patuo y parol.

ZOILO.- Cállate.. o verás.

CHURI. -Aura sielo es, y más.. tú sarama.. Sarama al sielo subirse no hará.. Con escoba que te arrecojan..

Ingresó Zoilo en la Milicia; hizo solemne estreno de su uniforme, y el endiablado sordo no parecía. Quien llegó fue Negretti, en un estado moral lastimoso, herido de cruel desengaño, renegando de la hora en que puso su inteligencia al servicio de la Pretensión. Hombre de sinceridad, reconocía su error y se lamentaba honradamente de no haber seguido la opinión y consejos de su esposa. ¡Ay!, las mujeres suelen tener, en asuntos de negocios relacionados con la vida social, olfato más seguro y vista más penetrante que los hombres.. Toda la familia se aplicó a consolarle desde el primer día, rodeándole de atenciones y cuidados, pues su salud, con tan graves quebrantos y sinsabores, se había resentido notablemente. Hablando a solas con Valentín del tristísimo pasado, del negro presente, y de las cerrazones del porvenir, le decía: "Me siento tan abatido, tan descorazonado, que como no vengan estímulos de fuera de mí, dudo que pueda yo sacarlos de aquí dentro. Espero que pasen días, muchos días, a ver qué giro toma esta maldita guerra. Y también te aseguro que sólo he venido a Bilbao por tomar algún descanso, y por el gusto de pasar unos días con vosotros antes de irme a Francia. Aquí no me encuentro, querido Valentín; no me atrevo a salir a la calle, temeroso de que me echen en cara el haber traído acá pegadas a las manos las limaduras de la Maestranza de D. Carlos. Me tendrán por enemigo, quizás por espía.. No me conocen lo bastante para ver en mí al obrero neutral, que sirve donde le pagan. La realidad, las flaquezas humanas, me han hecho comprender que la neutralidad es imposible, y por ello no se acaba esta guerra.. Tesón allá, tesón aquí.. ¡Desdichado de aquel que, como yo, se ve cogido y aplastado entre los dos tesones!.. ¡Ah!, vosotros, más felices que yo, podéis (p.4602) levantar una bandera, y defenderla, y hasta morir por ella.. Yo no puedo.. me he inutilizado para este partido y para el otro.. Lo que sí te digo es que ya podéis prepararos bien, porque os van a sitiar, y con poderosos elementos. Nadie los conoce como yo.. Os apretarán de firme, y como no venga un buen ejército a romper la línea de ellos, habréis de veros muy mal, pero muy mal, créelo. Si Bilbao no hace una hombrada, me parece que pronto seréis vasallos de Carlos V.. Es triste; y si en mi mano tuviera yo el fuego del cielo, os lo daría para resistir. Por que.. no soy vengativo, eso no, ni quiero el daño de nadie; pero a esos, ¡ah!, a esos les deseo que se les indigeste Bilbao, a ver si revientan de una vez".

Los anuncios de Negretti respecto a la inminencia del sitio, se confirmaron en los días siguientes. El 21 y 22 de Octubre los carlistas abrían trincheras en Artagán. Al otro lado del monte Archanda, sobre el camino de Bermeo, tenían los cañones que habían de emplazar en diferentes puntos, para dominar Begoña y Achuri. Hacia Ollargan preparaban fuertes baterías contra San Mamés y la Concepción, y por Sodupe disponían los ataques a Burceña y el Desierto. La situación era, pues, gravísima. Desde las alturas de Santo Domingo y Archanda, por la orilla derecha del Nervión, y por la derecha desde las de Ollargan, los carlistas miraban a Bilbao en el fondo de la cazuela, y no tenían más que alargar la mano para coger el pobrecito chimbo y devorarlo.

Y mientras a la defensa se aprestaba, más parecía la capital de Vizcaya un pueblo en plena fiesta que un pueblo condenado a los horrores de la guerra de sitio: diríase que se habían propuesto los bilbaínos animarse unos a otros con enfáticos alardes de júbilo y desprecio del peligro. Su actividad en los preparativos cobraba nuevos alientos de aquel gozo común, de aquella confianza que o sentían o simulaban. Gran virtud es en estos casos la ficción de entereza. Los pueblos viven del sentimiento colectivo, y los bilbaínos supieron en tan suprema ocasión cultivarlo, creándose (p.4603) previamente la atmósfera en que debían consumar sus inauditas hazañas; atmósfera falsa, si se quiere, pero que los hechos, la constancia y tesón de aquel divino mentir convertirían luego en real y positiva. Y organizaban el éxito con prematuros alardes, sostenidos sin desmayo, como papeles de una comedia heroica. Los histriones dejarían de serlo a fuerza de fingir bien y de mostrarse alegres cuando la realidad les imponía la tristeza. Era un pueblo de imaginativos, y los imaginativos que proceden con intensidad en su labor psicológica, acaban por crear.

 

Ep-1-XXII -

Bien se comprende que en esta organización previa del éxito por la fanática confianza del pueblo en sí mismo, tenían la mayor parte las mujeres, y entre estas, las jóvenes trabajaban más que las maduras en la composición de la atmósfera marcial. Las señoras y señoritas de la clase mayorazguil, las del patriciado comercial, las de menestrales y tenderos, eran la nube en que se formaban aquellos elementos de extraordinaria eficacia, de donde luego tomarían el rayo los hombres. El fuego lo hacían ellas. Ejemplo de esta elaboración de coraje ofrecía la hermosa Aura, que ligada ya por lazos de amistad con las niñas de Gaminde, con las de Orbegoso y otras de la villa, se pasaba todo el día picoteando en círculos femeniles acerca de lo que se hacía en las fortificaciones, de la distribución y destino de las piezas, de lo que hacía y pensaba el gobernador D. Santos San Miguel, de lo que disponía el Ayuntamiento con los corregidores de Albia y Begoña, y comentando los planes del brigadier de ingenieros D. Miguel de Arechavala, lo que preparaban la Junta de armamento y defensa, la Diputación y el verbo coronado. Todas ellas tenían el hermano, el primo, el novio, en la Milicia Urbana; los padres de unas pertenecían a la Junta de armamento; los de otras a la Diputación. Sabían, pues, todo lo que ocurría, y lo que no sabían lo inventaban, sin darse cuenta de su fecundísimo numen militar. Tan pronto se pasaba Aura la tarde en casa de las de Gaminde, calle del Víctor, como en (p.4604) casa de las de Busturia (Artecalle) , o bien asaltaban todas el domicilio de Arratia, y aquí y acullá, sus manecitas diligentes trabajaban sin descanso, con más gozo que en los aprestos de un baile, en la tarea lindísima de coser sacos de lienzo para los parapetos, en vaciar colchones para llenar sacas de lana, en disponer las camas para los hospitales de sangre, y en hacer hilas, aunque esto no les parecía lo más urgente, porque antes que hubiera heridos tenía que haber baluartes y defensas; y las banderas debían ser muy vistosas; y todo lo que significase triunfos de la Libertad y palos al carlismo había de obtener la preferencia; las hilas y vendajes, que los hiciera el enemigo, como más necesitado de tales remedios.

Zoilo, una vez metido de hoz y de coz en la vida militar, hizo nuevos conocimientos con señoritos de las primeras familias, y apretó más el lazo de sus antiguas amistades. Destinado a la cuarta compañía del primer batallón, eran sus compañeros inseparables Pepe Iturbide, hijo del polero que tenía taller de motones, patescas y cuadernales junto al almacén de los Arratias en Ripa, y Víctor Gaminde, hermano de las señoritas con quienes había hecho Aura tanta intimidad. Comúnmente iba con su amigo a casa de este, cuando quedaban francos de servicio, y allí se encontraba a su ídolo, que ansiosa le preguntaba: "¿Dónde has estado hoy, primo? ¿Qué hay?, ¿qué has visto?.. Cuéntanos".

-Pues por la mañana se ha trabajado en el fuerte del Morro, en Achuri, donde hemos puesto dos cañones más, y tres que había, cinco, que harán polvo todo el tinglado que están armando ellos más arriba. En Artagán tenemos cuatro piezas, di que cuatro infiernos, que arrasarán cuanto ellos se traigan por Santo Domingo y por Matalobos. Por la tarde hemos trabajado en San Agustín, donde hay una pieza de 36, más grande que este cuarto, y dos de 24, que da gusto verlas, y otras dos, y un obús que, cuando escupa, ya verán ellos lo que es canela. Dicen que mañana vamos a Sabalbide y a la batería de la Reinaga, donde pondremos sin fin de cañones que echarán (p.4605) el fuego más allá de Begoña. No deseo más que empezar para que vean cómo barremos para afuera. ¿Crees tú que no?

-Yo sí; yo creo que les barreréis, que no quedará uno para contarlo.

Y acompañándola después a casa, con su hermano José María y una señora tía de las de Gaminde, que iba a pasar un rato con Prudencia, de quien era amiga de la infancia, hablaron los dos cuanto quisieron, porque José y la señora mayor, que era muy pesada, iban detrás, y ellos con juvenil ligereza se adelantaron. "Aura -dijo Zoilo con grave acento-, no quiero más sino que den el primer toque, para que veas tú de lo que soy capaz. ¿Qué tienes que decirme a esto?".

-No digo nada, Zoilo. Yo quiero que seas valiente.. Me gustaría mucho que te celebraran y te pusieran en las nubes.

-¿Y si me celebran y me ponen más arribita de las nubes?

-Me alegraré mucho, créelo.

-Yo quiero que se diga que el más valiente defensor de Bilbao es uno.. uno que a ti te quiere, que te quiere más que a su propia vida.. Y dirán: ¡dichosa ella, que la quiere el más valiente de Bilbao!

-Bien, Zoiluchu.. Si me lo dicen, me alegraré.. Falta que seas tan animoso de obra como de palabra.

-Tú lo verás.. Di que empecemos pronto.. Que haya tiros, que lluevan granadas y bombas deseo yo, y que tengamos que ir contra ellos a pecho descubierto.. Ya me cansa tanto preparativo. Hacer fuego y atacar a la bayoneta, mándeme pronto.. Lo mucho que te quiero me ha de salvar de la muerte. Con decir "Aura, mi Aura me favorezca", no habrá bala que se atreva conmigo.. Pero si no me quieres, las balas no me respetarán; di que no.

-No seas tonto. ¿Qué tienen que ver las balas con el cariño?

-Sí tienen que ver, di que sí. Yo estoy seguro de que diciendo: "Aura me ama; atrás, fuego de pólvora", no he de tener ni un rasguño. Y si no lo crees, lo verás, y lo creerás. Quiéreme, y dime dónde hay siete mil serviles para ir solo contra ellos, solo yo.

-¡Jesús, qué locura!

-No, no te rías.. Tú pídele a Dios y a la Virgen que empecemos de una vez.. Que rompan ellos contra nosotros, que escupan, y ya (p.4606) subiremos nosotros a taparles las bocas y a meterles el hierro en las barrigas. Yo me consumo esperando, esperando. ¿Por qué no rompemos, con cien mil gaitas?

-Pues ya tengo curiosidad de saber en qué paran todas esas valentías tuyas. También quiero que rompan. Esto es hermoso. Un pueblo chiquito, metido en un hondo, defenderse contra tantos miles de hombres furiosos que le tiran desde las alturas. ¡Cosa magnífica, Zoilo; cosa sublime! Yo quiero verlo.. ¿Me contarás todo lo que veas?

-Todo, todo te contaré, y tú me querrás, di que sí.

-No seas fastidioso.. Ya sabes que no puede ser. Yo te quiero, porque eres mi primo; pero otra cosa no.. Eres un buen chico, que puedes llegar a ser un gran hombre. ¿En qué serás gran hombre? Yo no lo sé: tal vez en el comercio, tal vez en la industria.. ¿y quién dice que no lo serás en la milicia?

-Yo seré lo que tú me mandes. ¿Que me aplique a la milicia y que llegue a general, quieres tú?

-¡Jesús y María.. tan pronto!

-Si la guerra sigue, hazte cuenta.. Yo seré lo que tú mandes; pero no me digas que no puedes quererme. Si me quieres, si me crees digno de tu amor, ¿por qué me lo niegas? ¡Buena tonta serías si me despreciaras a mí por uno que no ha de venir!

-Yo no te desprecio, Zoiluchu.

-Pues quiéreme.. verás qué valiente.. ¿Qué cosa levanta más al hombre que el valor?

-Realmente.. el valor es más que nada.

-Pues yo soy tuyo, y todo mi valor es tuyo, y lo que yo hiciere gloria tuya es, porque yo, si no te quisiera, sería muy cobarde, y me metería debajo de una mesa. Pero del quererte sale que yo desee subirme hasta las estrellas. Igualarme a ti, concédame Dios. Ya verás luego.. Espera un poquito.

-No, si yo espero.. Ya ves que me paso la vida esperando.

-Esperando por otro lado lo que no ha de venir.. y aquí estoy yo para que no esperes más tiempo.. Una batalla dame, y verás.

-¿Pero yo cómo te he de dar una batalla?

-Diciendo que me quieres. Se me ha metido en la cabeza que si me dices eso, en el momento de decírmelo estallarán en esos montes, y en aquellos, y en los de más allá, todos de una vez, ¡brmm!, (p.4607) los cañones carlistas.

-¡Ave María Purísima!

-Sin pecado concebida. Lo que es natural, Aura, tiene que venir. Lo natural es que tú me quieras y que los carlistas ataquen.

-Claro: tú llamas natural a lo que deseas. Pues a mí todo lo que deseo se me vuelve sobrenatural.

-Porque no haces caso de mí, que soy lo natural, Aura; fíjate.. ¿Pues qué soy yo más que lo natural?

No pudieron decir más. En la puerta de la tienda encontraron a Martín, que les dio la noticia de la llegada de Churi, magullado, hecho una lástima, y además sin burro. Le habían hecho acostar; pero al anochecer, cansado de estar en la cama, se lanzó a la calle, corriendo a curiosear en los puntos fortificados. Se anticipó la cena de Martín y Zoilo para que volvieran a sus puestos, el uno en el Morrillo, el otro en Solocoeche. Habría querido su padre que estuviesen en la misma compañía, a fin de que se prestaran auxilio en algún aprieto y cuidasen el uno del otro; pero no había podido ser. En la casa todo era tristeza. Sabino, que dirigía el rezo doméstico, agregó al rosario de costumbre infinidad de preces, recitadas unas, leídas otras devotamente, de rodillas, en un libro piadoso. Todo era por impetrar del Señor que pusiese fin a la guerra entre hermanos. Y tan largo fue el rezo, que cuando se pusieron a cenar ya estaban desfallecidos.

¡Terminar la guerra por intercesión divina! Ya, ya; bonita terminación se preparaba. A fe que soplaban vientos de paz. Desde el amanecer de Dios empezaron los carlistas a largar bombas y granadas sobre la pobre villa. La plaza les contestaba en toda la línea de fortificaciones, desde Achuri a San Agustín, y desde Ripa a San Francisco. El día fue de alarma, aunque no tanto como el siguiente. En casa de Arratia hallábanse solas las mujeres y Negretti, que forzosamente retenido en Bilbao por el sitio, no salía de casa, permaneciendo en un cuarto interior entregado a estudios y cálculos de mecánica. Algunas señoras de los pisos superiores bajaban al entresuelo, y cuando apretó el miedo, porque se dijo que habían caído bombas en la (p.4608) calle Somera y en Artecalle, bajáronse todas a la tienda, donde se creían más seguras. Ignorantes de lo que ocurría estuvieron hasta que, muy avanzada la noche, llegó Valentín a referirles que la defensa había sido brillante. Sabino había ido hacia Sabalbide, donde, según le dijeron, estaba Martín, y José María funcionaba en el Hospital de Sangre de la Concepción como individuo de la Junta de Socorro y Sanidad.

"¿Quién va ganando?" preguntó Negretti, que sólo por satisfacer esta curiosidad asomó a la puerta de su cuarto.

-¡Hombre, qué pregunta!.. Nosotros -dijo Valentín.

Ildefonso pareció complacido, y volvió a engolfarse en su tarea, mientras su cuñado explicaba a las mujeres de la casa y a las vecinas allí congregadas los combates de aquel día en los diferentes puntos de defensa. En todos demostraron los bilbaínos tanta serenidad como valor. Las bajas no eran muchas, y los serviles no habían avanzado un palmo de terreno.

El siguiente día fue de grande ansiedad para los vecinos de aquella parte de la Ribera, porque a las primeras horas de la mañana se procedió a levantar un parapeto y barricada en la esquina del teatro, y trajeron un cañón grandísimo para hacer fuego desde allí contra las posiciones carlistas de Uribarri. En medio de alegre bullanga y animación, lleváronse adelante los trabajos toda la mañana: chiquillos, viejos y algunas mujeres ayudaban a llenar sacos de tierra, mientras los soldados y milicianos desempedraban la calle. Todo se hizo rápidamente. Cuando empezaron a disparar, retumbaban los tiros en la casa de Arratia como si se viniera el mundo abajo. Guarecidas las mujeres en lo más hondo de la tienda, de allí no se movieron hasta que cesaron de oír disparos cercanos. Negretti continuaba en su aposento del entresuelo, paseándose inquieto y nervioso. Al oír un zambombazo decía: "¡Esa es buena.. a ellos!.." y vuelta a revolverse y a suspirar fuerte, pasándose a cada instante la mano por la cabeza, a contrapelo, cual si quisiera hacer de esta un perfecto escobillón. Su mujer (p.4609) quería llevarle a la tienda; pero se resistía, asegurando que la casa era sólida: lo más que podía ocurrir era que se hundiese el tejado. Dos días pasaron en esta situación, sin que ninguno de los Arratias pareciese por allí. Temían que Valentín, dejándose llevar de su temple fogoso, se lanzara al combate. Una vecina dijo que le había visto pasar al frente de una partida de paisanos que iban con picos y palas corriendo hacia el Arenal, donde también estaban emplazando piezas. Esta noticia las tranquilizó; y por la noche llegó Sabino ¡gracias a Dios!, con nuevas felices de todos menos de Zoiluchu. Valentín, después de haber trabajado como un negro, estaba en el Consulado, donde se reunía la Junta de armamento. José María había pasado del Hospital de Bilbao la Vieja al de Achuri; Martín quedaba en Solocoeche sano y salvo, y de Zoilo no se sabía nada. Probablemente continuaba en el fuerte de Mallona. A Churi le había encontrado trabajando en la barricada de la Cendeja.

"¿Quién va ganando?" preguntó Negretti, entreabriendo la puerta de su escondrijo.

-Estos -replicó Sabino; y como en aquel punto entrara Valentín y oyese, subiendo la escalera, el estos pronunciado por su hermano, gritó con fuerza y entusiasmo: "¡Estos, no; nosotros, nosotros!".

Aunque a media noche llegó Martín con la referencia de que Zoilo estaba vivo y sano en el fuerte de Mallona, no acabaron de tranquilizarse, pues su hermano no le había visto.. Venía el pobre muchacho fatigadísimo, desencajado; el pundonor, más que el marcial denuedo, le sostenía, aunque se hallaba dispuesto a volver a empezar en cuanto se lo ordenasen. Su lividez, el desmayo de su cuerpo aterido, el sobresalto de su mirar, pedían tregua para reponer la enorme dosis de coraje y entusiasmo gastada en las últimas lides. "El deber, hijo, el deber ante todo -le dijo su padre, acariciando el libro de rezos-. Cumplamos con lo que nos pide el honor de nuestro pueblo, y Dios dispondrá lo que nos convenga a todos. ¿Que dispone triunfar? Pues triunfaremos.. ¿Que dispone morir? Pues (p.4610) muerte".

Valentín se había lanzado ya a un formidable ataque contra la cena, ya medio fría, que Aura ponía en la mesa. Martín le secundó con brío, y ambos anunciaron su intención de posponer el rezar al comer. Tomó Negretti en silencio algunas cucharadas de sopa, sin poner atención a nada de lo que se decía, y Prudencia se extremaba en las órdenes que daba a su sobrina para cuidar y atender a Martín.

"Sí, tía -dijo Aura-, no me olvidé de guardarle el medio pollo. Lo he puesto a calentar. Ahora lo traeré".

Y sirviéndoselo, le decía, cariñosa: "Come, pobrecito. Tranquilízate.. ¿Has hecho mucho, mucho fuego? ¡Qué sería de Bilbao sin los hombres valientes!.. De fijo que Zoiluchu habrá hecho alguna calaverada.. alguna barbaridad..".

-Es tan arrojado -dijo Valentín-, que me temo que sus bravuras le cuesten caras.

-Pero no hay que temer -añadió Prudencia-. A ese no le parte un rayo.

Martín no dijo nada: comía en silencio, con la avidez de reparación de la materia egoísta. La entrada de Churi renovó en todos la inquietud por Zoilo. Observando la cara sombría del sordo, temían que fuese portador de alguna mala noticia; pero a las interrogaciones que le hicieron, harto expresivas sin necesidad de usar la palabra, contestó con desabrimiento: "¿Yo qué saber? Diez y siete muertos de Mallona sacar.. Yo verlos. No estar Zoilo; ningún muerto de los diez y siete es él mismo.. Más no sé..".

 

Ep-1-XXIII -

No se conformaba Aura con ignorar la suerte del menor de sus primos, y en la mañana del 26, a cuantos entraron en la casa preguntaba si sabían algo, si habían visto los muertos de Mallona. Nadie le dio razón. Todo aquel día, que lo fue de grande inquietud, porque en él dieron las compañías carlistas llamadas de argelinos un terrible asalto por Mallona, no llegó a la casa de Arratia noticia alguna de los hombres de la familia. Por la noche, sabedoras Aura y Prudencia de que a Víctor Gaminde le habían llevado herido a su casa, fueron corriendo allá. Prudencia no quería más que informarse y comadrear un poco, y dejando allí a su (p.4611) sobrina, se volvió para que Ildefonso no estuviera solo. Vio Aura al joven herido, y a la familia consternada: las hermanitas lloraban; la madre no sabía qué hacer, y el padre, D. Francisco Gaminde, persona en quien la bondad no excluía la entereza de carácter, sonreía con heroico dominio de sí mismo, asegurando que el puntazo del niño no era de muerte; le curarían, le darían buenos caldos para reponer la sangre perdida, y "¡hala, otra vez al puesto! Bilbao no quiere gallinas, sino buenos gallos con espolones". Todo se reducía a un desgarrón de bayoneta en el costado derecho, rozando las costillas. Hilas, esparadrapo, y a los tres días ya podía coger otra vez el chopo. También él lo cogería si fuera menester.. Y en último caso, antes que consentir que el absoluto entrase en Bilbao, hasta las niñas, las bravas bilbaínas, tendrían que ir al fuego.

Conservaba el herido su buen humor, y no estaba conforme con que le metieran en la cama. En esto entraron dos de sus compañeros, y alegrándose mucho de verles, se lamentó de no poder estar enteramente curado al siguiente día, para volver allá. No había acabado de decirlo, cuando entró un tercer miliciano, manchado de sangre, la cara negra, de humo, de tizne, del obscuro fango de las baterías: era Zoilo, el mismísimo Zoilo, pero en tal facha, que Aura tardó en reconocerle; parecía más delgado, más alto.. ¡qué cosa tan rara!.. era otro.. no, no.. el mismo en espíritu; pero más estirado de cuerpo, ahuecada la voz, enflaquecido el rostro. A pesar de estas novedades de aspecto, bien se le reconocía en el mirar grave, en la arrogancia de su actitud sin asomos de fanfarronería, en el aplomo con que presentaba su rudeza ante personas finas de uno y otro sexo, no dejándose vencer de la cortedad. No había concluido de saludar a todos los presentes y de estrechar la mano de su amigo, cuando llegó presuroso Valentín, encargado de comunicar al Sr. Gaminde acuerdos importantes de la Junta, y de rogarle en nombre de sus compañeros que fuese al instante a donde estaban reunidos. Entre el cúmulo de (p.4612) asuntos diversos que este y el otro, reunidos al acaso, expresaban con conceptos tan diferentes, descolló un instante la voz del miliciano herido, diciendo: "Los héroes de Mallona han sido dos.. el pobre Mendiburu, y otro que está presente. Cuando los primeros veinte argelinos entraron por la brecha, más parecidos a fieras que a hombres, cinco de nosotros se abalanzaron a ellos.. De esos cinco, tres se quedaron a media distancia; dos solos avanzaron resueltos. De los dos, Mendiburu cayó muerto; el otro está vivo, y es este Luchu que ven ustedes aquí. Tras el muerto y el vivo corrimos los demás.. No sé cómo fue aquello.. un milagro, un sueño.. no sé.. Aún tengo dudas de que vivamos los que vivimos y de que quedaran en tierra destripados no sé cuántos argelinos.. Ni sé cómo pudo pasar lo que pasó.. no sé, no sé..".

Manifestó Zoilo, ante el relato de su hazaña, una calmosa modestia, sin hipócritas denegaciones ni alardes vanidosos. Su tío Valentín le dio una bofetada de cariño y tres besos que parecían mordidas, gritando: "¡Si es Arratia, bilbaíno de las Siete Calles!.. y no hay más que decir". Gaminde, sin extremar la admiración, pues tales hechos debían considerarse, según él, como cumplimiento estricto del deber, no dijo más que: "Bilbao está lleno de estos cachorros, que saben cumplir. ¡Cualquier día entran aquí los absolutos! Vámonos, Valentín".

-Vámonos -dijo Arratia a su sobrina-, que es tarde. Al pasar te dejaré en casa.

-Vámonos, Luchu. Vente a descansar -dijo la niña al heroico joven.

Y eslabonándose unos a otros con aquel vámonos, salieron en cadena los cuatro. En la calle, se adelantaron prima y primo; detrás, las dos personas mayores hablaban de cosas graves.

"¿Es verdad que has hecho lo que cuenta Víctor?" preguntó la doncella.

-Di que nada.. -replicó el mozo muy serio-. No me alabo yo de cosas que valen poco.

-Has sido muy valiente.. no lo puedes negar.

-Más habría hecho si me dejaran.. Pero no le dejan a uno. ¡Qué rabia! Si los demás hubieran querido, salimos y no queda un argelino (p.4613) para muestra.

-Has sido muy valiente -repitió Aura, parándose y mirándole a los ojos. Los de ella resplandecían de júbilo.

Valentín y Gaminde se habían quedado muy atrás. "No lo dude usted, D. Francisco -decía el primero-. Es noticia auténtica. La han traído dos artilleros facciosos que se pasaron esta noche".

-Pero no es creíble..

-Pues créalo usted. Levantan el sitio. No tienen municiones. Las que han repartido hoy son las últimas.

-No nos caerá esa breva, Valentín.

-Además, hay piques entre ellos. Villarreal y Simón de la Torre están a matar, y este se retiró hacia Munguía, negándose a obedecerle.

-Eso lo creo; pero no que se retiren.

-¡Que levantan el sitio, D. Francisco!

Al decir esto se aproximaban a la otra pareja, y Zoilo pescó el concepto "levantar el sitio". No pudo expresar la rabia que esto le produjo, porque llegaron a la tienda, y se vio rodeado de su padre, hermano y tía, que por su vuelta le felicitaban cariñosos. Valentín y el Sr. Gaminde siguieron hacia San Antón, mientras Zoilo, subiendo de mala gana al entresuelo, viose obligado a contestar a mil preguntas impertinentes. Él no había hecho nada de particular: no le hablaran, pues, de hazañas ni heroísmos. "Muy bien -díjole Sabino-: el buen soldado cumple con hacer lo que le manden, sin meterse a farolear. Cada cual en su deber, y luego Dios dispone". Aura le sacó golosinas que guardara para él, lo mejor que en la casa había. Pero el chico, tristemente impresionado por la frase de su tío levantan el sitio, no tenía ganas de comer. La indignación, el despecho le trastornaban. Sentía escarnecido su amor patrio, su risueña ilusión por los suelos. "¡Levantar el sitio! -exclamó golpeando en la mesa con el mango del cuchillo, cuando Aura y él se quedaron solos-. No, no: eso no puede ser. Si se retiran, tras ellos hay que ir, y trincarles de una oreja, ¡cobardes!, y volver a traerles a las trincheras.. ¡Allí.. fuego..! ¿No queríais sitio de Bilbao? Pues sitio de Bilbao.. Firmes.. hasta que no quede uno.. ¡Qué rabia! ¡Retirarse cuando apenas habíamos (p.4614) empezado a cascarles!.. ¿Qué dices, Aura? ¿Te burlas de mí?".

-Yo no me burlo, no.. Me gusta verte tan fogoso -replicó la doncella-. Pero si ya has hecho bastante, si te has portado como un valiente, ¿a qué quieres más gloria, tonto?

-Yo no hice nada -afirmó el miliciano levantándose de golpe, fiero, ceñudo-. Esos niños bonitos se admiran de cualquier cosa.. Ea, no quiero cenar. Más comida no me saques; no quiero.. Me pone furioso eso de que levantan el sitio; y de la rabia que tengo, no puedo pasar la comida.. Me haría daño; se me volvería veneno. Para mi hermano Martín guárdala; que vendrá luego, y vendrá muy contento si sabe lo que yo sé.. Me voy a ver qué se dice. Estoy franco hasta las doce; pero no tengo sosiego hasta que sepa si seguimos o no seguimos. ¿Tú qué piensas?

-Pienso -dijo Aura- que sí, que levantan el sitio.

-¡Aura!

-Aguárdate.. se retiran para organizarse mejor, y reunir más gente y más cañones y más balas. Cuando tengan todo eso, volverán. Se han propuesto coger a Bilbao, y lo cogerán si tú los dejas.

-¡Yo!.. ¡Como no les deje yo!.. Aura, no juegues.. Si no te quisiera, me importaría poco.. pero te quiero.. Tú estás muy alta, yo muy bajo. Para llegar a ti, no más que un caminito hay: estrecho es y muy pendiente, formado todo de cuerpos carlistas; de cuerpos vivos, quiero decir, tan vivos que todos se echan el fusil a la cara cuando me ven. Pues por encima de todos esos cuerpos tengo que pasar para llegar arriba.. y para pisar sobre ellos, y hacerles escalones míos, tengo que matarles antes.. Con que hazte cuenta..

Aura sintió una corriente de frío intensísimo a lo largo de su espinazo. Dando diente con diente, le dijo: "Se retiran.. volverán con más cañones, con más fusiles, con más balas.. ¡Pobre Zoiluchu!".

-No me digas ¡pobre!.. así como por lástima. Yo no soy ¡pobre!.. ¿Y por qué tiemblas? Tienes frío..

-Sííí..

-¿Es de miedo?

-O de lo contrario.. no sééé..

Retumbó en aquel instante un cañonazo que hizo estremecer la casa. Las mujeres chillaron, y oyose la voz de Sabino diciendo que era el (p.4615) fuego de la batería que ellos habían armado en Uribarri. De un brinco se abalanzó Zoilo a coger su fusil, y se lanzó a la escalera como una exhalación, sin que su padre ni su tía ni la misma Aura pudieran contenerle. De seis en seis escalones bajó, gritando: "¡Viva Isabel.." y ya estaba en la calle cuando acabó de decirlo: "..Segunda!".

Cañonearon toda la noche, y aunque siguieron el día 27 hostilizando la plaza, cundía de hora en hora la noticia de que levantaban el sitio, sin otra razón, a juicio de los bilbaínos, que el vigoroso escarmiento que recibieron al intentar la embestida de Mallona. El 28, flojos ya en sus ataques, empezaron a retirar alguna artillería de la que habían armado contra Banderas, y también por la parte de Ollargan. Al anochecer, las campanas de San Agustín anunciaron la retirada de considerable fuerza enemiga. Entregose Bilbao a demostraciones de júbilo; pero los muchachos no las tenían todas consigo. La pobrecita Aura, queriendo decir a su primo una frase consoladora, había hecho una profecía. Lo raro fue que Negretti opinaba lo propio, asegurando secamente que volverían. Dudábalo Valentín; declaraba Sabino que sería lo que Dios quisiese, y Martín, ávido de descanso y con vivas ganas de cambiar el bélico ardor por la pacífica lucha comercial, presagiaba conforme a sus deseos: "La lección ha sido dura, y no es fácil que vuelvan por otra". Como todos los puestos seguían guarnecidos, y los servicios de plaza no sufrieron interrupción, Zoilo no parecía por su casa; según informes de José María, trabajaba en la reparación de los fuertes de Mallona, Circo y barranco de Iturribide, desplegando una actividad loca, pues sus brazos infatigables no descansaban de día ni de noche, insensible a la lluvia y al frío. Se había metido un tiempo del Noroeste capaz de apagar los entusiasmos más ardientes y de entumecer los músculos más vigorosos. Pero al novel soldado no le importaba el temporal: sus compañeros y los trabajadores mercenarios turnaban; él no turnaba más que consigo mismo, y solía decir: "Esto es lo (p.4616) natural, Señor. Hago lo que debo, y debo hacer lo que puedo. Si puedo mucho, yo me sé por qué. ¡Hala!". Una noche (debió de ser la del 5) fue a su casa a mudarse. Aura le encontró más enjuto, el mirar más penetrante y luminoso, los rizos de la frente más juguetones, el rostro ennegrecido, las manos como enormes tenazas de acero. Era la encarnación de la fuerza física, alimentada por el horno interno, inextinguible, de la energía moral; formidable máquina muscular movida por la fe. "¡Cómo acertaste! -dijo a su prima, gozoso, echando chispas de sus ojos negros-. Vuelven.. Otra vez ya sobre Bilbao. Ahora.. dos docenas de argelinos, que me traigan".

-Te has empeñado en ello -dijo Aura, sonriendo, mirándole a los ojos-. Ya estás contento..

-Di que sí.. Han vuelto porque yo lo he querido, como yo sé querer las cosas. Todo lo que se quiere con fuerza se tiene, Aura.

-Hombre, todo no.

-Yo digo que sí.

Metiose en el cuarto donde su tía le tenía preparado un buen lavatorio y ropa limpia, y cuando salió con la cabellera húmeda, en mechones duros y enroscados, semejantes a las serpientes de Medusa, se abrochaba con dificultad los botones del cuello de la camisa, por causa de la aspereza de sus dedos. "Aura, échame aquí una mano.. Mientras la tía y la sobrina le pasaban los botoncitos, él en jarras, mirando al techo, decía: "Ahora se verá lo que es mi pueblo.. Padre, ¿no sabe? Ya no manda Villarreal el ganado servil, sino el manco Eguía. A Villarreal me le han soplado en las Encartaciones para que no deje pasar a Espartero.. ¡Si serán bobos!".

-Hijo -indicó Sabino-, no califiquemos.. Lo que Dios disponga será. No sabemos nada.

-Yo sí sé una cosa.. que Espartero pasará por encima de Villarreal, como yo paso por encima de esa estera; y que el Marqués de Casa-Eguía entrará en Bilbao dentro de dos meses, el día de Reyes.. Vendrá de Rey Mago, montado en el burro de Churi, luciendo su sombrerito de copa forrado de hule.

-Hijo, no bromees con las cosas santas ni con los sucesos de la guerra, que están sujetos al azar y a mil eventualidades. Yo, qué (p.4617) quieres, siempre deseo la paz. A todas horas le pido a Dios..

-¿La paz?.. Pues yo la guerra.. yo le pido la guerra.. y ya ven cómo me hace más caso que a usted.

-Hijo, no desvaríes. No intentemos penetrar los altos designios..

-Padre -añadió el miliciano ya vestido, ostentando su derrotado uniforme, gallardísimo siempre-, ¿a que no sabe usted lo que dijo Dios cuando hizo el mundo?

-Hombre, pues dijo.. dijo.. Aura, ¿qué fue lo que dijo?

-Pues, tío, me parece que dijo: "Hágase la luz".

-Y la luz fue hecha. Amén.

-No, no es eso -continuó Zoilo-. Después: más acá, cuando hizo a la humanidad.

-Dios no hizo a la humanidad toda entera de golpe y porrazo. No seas hereje.. Dios hizo al primer hombre..

-Y a la primera mujer, y a poco ya estaba hecha la humanidad. Pues cuando Dios tuvo formada la humanidad, dijo: "¡Fuego!.." que quiere decir: "Hágase la guerra".

Cenaron sin Negretti, que, melancólico y enfermo, no salía de su cuarto; Martín y Valentín cenaban con sus amigos los de Vildósola; Churi se había largado a pescar su burro.. que se le cayó al mar en aguas de Ontón, como burlescamente decía Zoilo; José María estaba en la tienda con los dos dependientes preparando un pedido de grilletes y jarcia que habían hecho aquella tarde los barcos de la Marina inglesa, Ringdorve y Sarracen. Al concluir de cenar, Prudencia fue llamada por Ildefonso, y Sabino se quedó dormidito, apoyando la frente en el piadoso libro de oraciones. Solos Aura y Zoilo, preguntole ella: "¿Por qué eres tan belicoso? ¿Por qué te ha dado por querer la guerra?".

-A quien quiero es a ti, que eres mi guerra, y mi Bilbao, y mi angélica Isabel.. O te conquisto, o muero.. ¡Conquistar, morir! Decir esto, ¿no es lo mismo que decir guerra?..

Sintió Aura, como en noche anterior, el frío intensísimo que le corría por el espinazo.

-¿Ya estás tiritando? Las mujeres quieren la paz: son medrosas.. Yo te quiero a ti; me gusta la guerra, porque ella nos enseña a ganar lo imposible. Un querer fuerte, con mucho fuego dentro, y la voluntad como hierro bien (p.4618) batido, todo lo vence.. ¿No crees tú lo mismo?

-Sííí..

-Pues prepárate. ¿Harás lo que yo te mande?

-Sííí..

-Pues nada.. Yo me voy -dijo el galán mirando al pasillo, en cuyo término se oía la voz de Prudencia hablando con la criada.

-Hasta que Dios quiera.

Despidiose de la tía; esperó a que esta volviese a entrar en el cuarto de Ildefonso. Solos otra vez junto a la escalera, Zoilo repitió, no ya interrogando, sino con acento afirmativo: "Harás lo que te mande".

Asintió la joven con movimientos de cabeza. En esta llevaba un pañuelo de seda, cuyas puntas anudó sobre la boca, mordiendo el nudo. Sentía mucho frío y desmayo completo de la voluntad, correspondiente a un súbito agotamiento de su fuerza nerviosa. Se agarró al barandal de la escalera para no caer.

"Harás lo que te mande -repitió Zoilo, que habiendo bajado ya tres escalones, tenía su cabeza al nivel de la cintura de ella-. Pues lo primero.. acércate más para decírtelo bajito.. desconfía de Churi, que es muy malo.. Desconfía también de la tía Prudencia..".

-¡Oh!, eso no.. Prudencia me quiere.

-A ti, sí; pero a mí, no. Quiere más a otro.. Paréceme que la siento.. Adiós.

 

Ep-1-XXIV -

Cumpliéronse hacia el 8 de Noviembre los deseos de Zoilo, que tuvo la satisfacción de ver en los altos de Archanda numeroso ganado carlista que subía de Munguía. Traían gruesos cañones que emplazaron en Santo Domingo amenazando a Banderas. El 9 recorrió las líneas el general Eguía con su sombrero de copa forrado de hule y su largo levitón, metida en el bolsillo la única mano de que podía disponer. Todo indicaba que atacarían los fuertes exteriores, sin perjuicio de hostilizar el interior de la plaza. ¡Y Espartero sin parecer! En vano le llamaba el telégrafo de Miravilla, enarbolando sin cesar bolas y banderas. De Portugalete respondían con monótono lenguaje: "Ya vamos; esperarse un poco". Bilbao esperaba con estoica entereza, sin llegar aún a la suprema ocasión de apurar todas sus energías. Aún era grande el repuesto de fanatismo por la defensa, de coraje y de amor (p.4619) propio, que doblaban su fuerza con la sal y el picor de la jovialidad.

En la casa de Arratia, propiamente dicha, no había más novedad que la rotura de cristales y el apabullo de los bohardillones, con amago de incendio, que se cortó felizmente; en la familia no eran grandes tampoco las novedades, ni habían ocurrido sucesos que modificaran de un modo notorio la vida impuesta a todos por las circunstancias; pero algo pasaba en ella que, aun perteneciendo al orden obscuro y sin ningún brillo heroico, no merece el olvido. El narrador no dice nada. Deja que hable Prudencia, la cual, cogiendo a su hermano Valentín en el escritorio, donde acaloradamente disputaba con Vildósola sobre si era fácil o difícil tomar el fuerte de Banderas, le hizo subir, y por la escalera le manifestó lo que se copia: "Apártate, hermano, siquiera por un rato de estas novelerías de la guerra y del sitio, y ven en mi ayuda, por Dios, que ya principio a temer no sólo por la salud, sino por la vida de Ildefonso. ¿Has reparado cómo está? En quince días ha perdido la mitad de su peso, los dos tercios de sus carnes, y toda, absolutamente toda la alegría de su espíritu. ¿Qué es esto? ¿Es enfermedad, es tristeza, es pasión de ánimo?.. Fíjate en aquella cara que languidece; en aquellos ojos, que tan pronto parecen muertos, tan pronto relampaguean; observa cómo al ponerse en pie se le tuerce todo el cuerpo.. y se apoya en las paredes para no desplomarse, él antes tan erguido, tan fuerte, tan vivo, hierro y pólvora.. No, no: Ildefonso no está bueno; Ildefonso no puede seguir así. Quiero que le vean los mejores médicos de Bilbao; quiero que acabéis pronto el sitio para llevármele a Francia, a la bendita Francia, lejos de estas luchas, de estos horrores.. Valentín, por Dios, entra en su cuarto; no como otras veces, la entrada por la salida.. acompáñale, dale conversación, háblale, como tú sabes hacerlo cuando quieres, con gracia.. procura desviar su entendimiento de la idea que le está devorando.. Yo he agotado mi labia.. no he conseguido nada; no puedo más".

-Sí que lo haré.. ¡Pobre (p.4620) Ildefonso! Ayer no me gustó.. francamente.. ¿Continúa sin apetito?

-Hoy no ha comido más que un poco de borona. Dice que no puede pasar otro alimento.. borona, y si está quemada, oliendo a chamusquina, mejor.. Oye lo que se me ha ocurrido: ¿si le habrán traído a ese estado los malditos inventos, en que tiene zambullida a todas horas su imaginación? ¿Esos planos que hace y deshace, y tacha y borra, y vuelta a pintar, con tantas rayas y letritas chicas, qué son? Pues ¿y cuando se está toda la noche llenando de numeritos un pliego de papel, y vengan numeritos, y numeritos, que parecen patas de pulga.. y acaba un pliego y vuelta a empezar?..

-Mujer, son cálculos, dibujos.. proyectos de alguna mecánica.. qué sé yo.. Entraré ahora mismo. Déjame solo con él.. No te metas tú a farolear. Las mujeres, hablando más de la cuenta, lo echan todo a perder.

Entró Valentín en el cuarto de Ildefonso, y este, sin levantar los ojos del papel en que trazaba líneas y guarismos microscópicos, le dijo: "Parece que quieren quitaros Banderas. ¿Qué crees tú? ¿Se saldrán con la suya?".

-No debes tú pensar tanto en si toman o dejan, Ildefonso. De eso, de disputarles un palmo de terreno, nos cuidamos nosotros. Hazte cargo de que no estás en una plaza sitiada, y si tiran, que tiren.

Respondió Negretti entre suspiros, suspendiendo por un instante su trabajo, que no podía sustraerse a los sobresaltos y al terror del asedio, porque si Bilbao no era su patria, éralo de su esposa y de los hermanos de esta, a quienes como hermanos miraba; que habiendo cometido la insigne torpeza de servir a D. Carlos como industrial y maquinista mercenario, sin entender que en ello comprometía su neutralidad política, se encontraba en tristísima situación moral, huésped de un pueblo que los carlistas asesinaban con las armas fabricadas por Ildefonso Negretti. Hallábase condenado a martirio indecible, y cada vez que sonaba un disparo, sentía que los demonios corrían de un lado para otro en diferentes partes de su cuerpo, pero principalmente en la cabeza y (p.4621) en el corazón. Siempre había tenido gran afecto a Bilbao, y admiraba a los bilbaínos por su honradez y laboriosidad. Eran la flor y nata de los hombres.. ¡Y él había hecho los proyectiles con que les abrasaban! No, no tenía consuelo. Gracias que las carcasas incendiarias no eran obra suya, sino del francés a quien llamaban Tutorras, y no servían para nada. Ya lo dijo él cuando las estaban construyendo. Pero a las granadas y bombas.. por hijas las conocía. Él las engendró ¡ay!, para que destruyeran a la rica y noble Bilbao..

"¡Eh!.. no sigas, no sigas -le dijo Valentín, echándole los brazos al cuello-. Ildefonso, ¿tú qué culpa tienes? Nosotros no te odiamos. Bilbao no te quiere mal.. Ni una palabra más de guerra y sitio. A olvidar tocan".

-A eso voy, eso quiero: ahogar mis penas discurriendo, calculando.

-Pero no te metas muy a fondo en los cálculos -le dijo cariñoso su hermano-, que pudiera ser el remedio peor que la enfermedad.. ¿Y eso qué es?.. ¿puedo saberlo?

-Recordarás que una tarde, en Bermeo, viendo pasar hacia Levante un barco de vapor, te dije..

-Sí, me acuerdo: que la navegación al vapor, tal como hoy está el invento, no tiene porvenir, sobre todo en la guerra.. Yo siempre dije que esas paletas al costado son buenas para navegar en ríos; pero en la mar, con tiempo duro, no hay gobierno posible. Viene mar gruesa, y la menor avería en las paletas deja la embarcación hecha una boya. Si el viento la hace escorar hasta mojar los penoles, ya tienes al animal con una pata debajo del agua y la otra en el aire. Esto es un engaña bobos.

-Los inconvenientes de las ruedas al costado, en el buque de vapor -dijo Negretti con la frialdad y convicción del hombre de ciencia-, quedarán vencidos cuando se aplique un nuevo invento, del cual se hicieron ensayos en Francia. Yo los he presenciado.. Consiste en sustituir las dos ruedas por una sola.

-Ya.. una sola rueda en el centro, funcionando dentro de un escotillón rectangular, abierto al agua. Eso es complicadísimo..

-Una sola rueda, Valentín, colocada a popa, en una perpendicular (p.4622) paralela al codaste.

-¿Rueda vertical, girando en sentido de la quilla? -dijo Valentín, con la incredulidad pintada en su atezado rostro-. ¿Y cómo la mueves?.. ¿Con palancas, con bielas? ¿Cómo te gobiernas para que la transmisión funcione dentro del agua?

-No lo has comprendido. El problema es sencillísimo, algo por el estilo del famoso huevo de Colón. ¿No ves cómo anda un bote, una chalana, con un solo remo por la popa? El movimiento lateral de ese remo basta a imprimir a la embarcación una marcha uniforme, avante siempre en línea recta.

-Eso sí.. la suma de impulsos laterales, alternos, en sesgo más bien, dan..

-En sesgo, eso es. Pues construye tú un remo que produzca esos impulsos en sucesión rotatoria..

-¡Un remo!..

-Llámalo rueda, pues se reduce a un movimiento circular.

-¿Con paletas que..?

-Resultará esto -dijo Negretti con aire de triunfo, mostrando un dibujo que a Valentín le pareció una rueda de fuegos artificiales-. ¿Me comprendes? Esto es una hélice. Aquí tienes la teoría muy bien expuesta. ¿Conoces tú la Rosca de Arquímedes?

-Mejor conozco las de harina.

-Sobre el eje reposan dos segmentos helizoidales(5) ..

-Mira, mira, a mí no me presentes el problema de la hélice, o de la rosca, en forma matemática. Soy yo muy bruto para entenderlo así. Explícamelo con ejemplos.

Diole Negretti explicaciones vulgares de la hélice como organismo de propulsión, añadiendo que no era invento suyo, sino de un francés que no había logrado aún llevarlo a la práctica, por las dificultades que ofrecen la rutina y la envidia a toda innovación grandiosa.

"Yo lo estudio, y si Dios me da vida y se acaba la guerra, trataré de hacer aquí un ensayo. He modificado la teoría del francés, haciendo más agudo el ángulo de las paletas con la normal del barco; y en cuanto a la transmisión, me lanzo a un sistema nuevo, que ahora estoy calculando..".

-Para que la transmisión sea práctica, la máquina tiene que colocarse a popa.

-¡Ah!, no. Yo me lanzo a colocar la máquina en el centro de la embarcación, sobre la cuaderna maestra.

-El barco ha de ser (p.4623) pequeño.

-Yo estudio mi proyecto en un barco ideal, de tamaño doble del mayor que hoy se conoce.

-¿A ver cuánto? Mi Victoriana tenía doscientos cuarenta pies. El mayor barco mercante que he visto no pasaba de trescientos.

-Pues mi barco mide cuatrocientos pies -dijo Negretti con expresión de iluminado.

-¿Y colocas el eje de tu máquina de vapor sobre la cuaderna maestra? -preguntó Valentín, más atento al desvarío pintado en los ojos de Ildefonso que al problema mecánico-. Y para transmitir el movimiento.. ¿qué pones?, ¿un rosario de noria, un juego de codillos, ruedas dentadas, o qué?..

-No.. pongo un árbol de acero.

-Que tendrá forzosamente ciento ochenta pies lo menos: ese árbol girará sobre su eje..

-Conectado con la hélice.. ya ves qué cosa tan sencilla.. Por el otro extremo le imprimirá movimiento una excéntrica.

-¿Qué diámetro tendrá ese arbolito?

-Pie y medio..

-Y de acero.. todo forjado, naturalmente.. Dime otra cosa: con semejante chocolatera andará tu nave.. lo menos, lo menos diez millas.

-¡Veinte millas, Valentín; veinte millas por hora!

-Hombre, de poner.. pon cien millas -dijo el marino sin disimular ya su burlón escepticismo-. Y otra cosa: ¿la hélice queda debajo del agua?

-Exactamente.

-Y el árbol tiene ciento ochenta pies.. y es de acero.. y el barco mide, entre perpendiculares..

-Cuatrocientos pies..

-Pues, hijo.. avísame cuando todo eso esté, para ir a verlo. Y yo te pregunto: ¿de qué cargamos ese barco? Podríamos meter dentro de él una montaña.

-Justo: una montaña.. -murmuró Negretti, engolfándose en su trabajo.

Salió el viejo marino de la estancia tan descorazonado y mustio, que Prudencia no tuvo que preguntarle su opinión acerca del desgraciado calculista. Para sí decía Valentín: "Es hombre al agua. ¡Pobre Ildefonso! Su talento macho acaba con él". Pero no queriendo alarmar a su hermana, atenuó su dictamen en esta forma: "Le encuentro un poco ido de la jícara; y si por un lado veo la causa del trastorno en esta tragedia del sitio, por otro paréceme que los cálculos, en vez de ser un (p.4624) remedio, le acaban de rematar. ¡No es mala rosca la que el pobre tiene dentro de su cabeza!.. ¡Qué cosas me ha dicho; qué invenciones, hija, obra del mismo demonio!.. ¡Figúrate tú un árbol de acero de ciento ochenta pies de largo y pie y medio de diámetro.. puesto así en semejante forma, y la máquina en la cuaderna maestra!.. Perdido, hija, perdido.. Pero si le contrarías, es peor.. Dejarle, dejarle que invente barcos monstruos, con hélices a popa, y un andar de ochenta millas por minuto.. digo, por hora.. Dejarle, dejarle.. Yo traeré a D. José Caño que es el mejor médico del pueblo.. Y entre tanto, cuida de hacerle comer.. inventa tú también la manera de meter carga en esa bodega y víveres en esa gambuza.. si no, tu marido casca.. o se quedará lelo, que es peor.. Yo volveré.. voy a ver qué ocurre.. Hace un rato que no se oyen tiros..".

 

Ep-1-XXV -

Consternada oyó Prudencia estas apreciaciones, que no hacían más que confirmarla en su pesimismo, y comunicando este a su sobrina, departieron ambas acerca del mejor modo de distraer al enfermo y apartar su espíritu así de la tenebrosa cavilación del sitio como de los malditos cálculos de mecánica, capaces de secar el cerebro más jugoso y firme. Aura entraba en el cuarto algunos ratitos, y procuraba, con grata conversación risueña, llevar su pensamiento a regiones apacibles. Desgraciadamente, la situación de la plaza sitiada, que en aquellos días de Noviembre se agravó con nuevos desastres y quebrantos, no favorecían los deseos de la joven. El tiroteo era continuo; a cada instante llegaba noticia de hundimientos de techos o de estropicios semejantes en diferentes puntos, y no había medio de ocultar a Negretti la verdad de tantas desdichas. Entró José María cuando menos se pensaba, con la triste certidumbre de que los facciosos habían tomado el fuerte de Banderas, y que también Capuchinos estaba al caer. Faltó poco para que Aura se echase a llorar de pena y rabia.

"No atribuyamos esto a negros ni a blancos -dijo Sabino con unción, que en aquel caso no era muy pertinente-: Dios es el que todo (p.4625) lo dispone. Ni ellos deben envanecerse, ni nosotros afligirnos demasiado. Los designios del Señor sobre todo.. Si dispone que muramos, será porque nos conviene".

No pararon en esto las desdichas, pues al día siguiente se rindió San Mamés, tras una defensa briosa, y la misma suerte cupo a los fuertes de Luchana y Burceña.

"Ni nosotros ni ellos hemos de decidirlo -decía Sabino a su hijo Martín, que entró abatidísimo por la pérdida de casi toda la línea exterior, con lo que se debilitaba sensiblemente la defensa-. Con la conciencia tranquila acataremos lo que resulte".

"Pues yo no acato -gritó Valentín furioso, dando puñetazos-. Con fuertes o sin fuertes, Bilbao no se rinde; Bilbao perecerá, y que vengan por los escombros de las casas y por los huesos de los vecinos".

La opinión de Zoilo no se sabía, porque no aportaba por allí; continuaba peleando como un león en la batería nueva de la Cendeja. Martín, engranado espiritual y físicamente en la máquina de la opinión general, aseguraba, como su tío que Bilbao se mantendría firme, siempre batallador, siempre glorioso y grande. El comedido Arratia no se tenía por héroe; pero sabría ocupar el puesto que se le designara, fuese o no de peligro, y obedecería ciegamente las órdenes de sus jefes. Nadie le superaba en el cumplimiento estricto del deber.

En una nueva entrevista que tuvieron Negretti y Valentín, aquel le dijo: "Llevo cuenta aproximada de lo que va consumiendo el enemigo. Balas rasas de las que yo hice, han tirado como unas trescientas de a 24 y ochenta de a 36. Mis bombas de 14 pulgadas se van agotando.. Usarán pronto otras, que ojalá estén peor fabricadas que las mías. De las de 7 mías han hecho gran consumo.. Los botes de metralla de 36 y de 24 no me pertenecen: lo declaro en descargo de mi conciencia..". Más desesperanzado y pesimista salía cada vez Valentín de aquellas pláticas con su hermano, y al punto comunicaba sus impresiones a Prudencia para ver si entre los dos discurrían algún remedio. "Figúrate tú -le decía- si estará trastornado el hombre, que hoy, después (p.4626) de darme cuenta de las balas que arrojan los serviles, me ha largado más explicaciones de sus proyectos, sosteniendo que los barcos no se harán ya de madera, sino de hierro.. todos de hierro.. tú figúrate. Cierto que un casco metálico flota mientras esté vacío; pero échale a una embarcación de hierro de cuatrocientos pies máquina en proporción, y luego ese molinillo que él dice, de ciento ochenta pies.. ¡Qué cosas discurre un cerebro desquiciado! Yo no he querido contrariarle, porque D. José Caño recomienda que se le deje en el pleno goce de su chocolatera, pues si le escondiéramos los papeles o se los quemáramos, tendría quizás accesos de furor.. No, eso no: el tratamiento, ya sabes, es darle de comer todo lo que se pueda; estibarle bien, aunque sea de borona, y evitar que se le remonte el genio.. Y cuando se acabe el sitio, si vivimos, te le llevas a Francia, que allí bien puede ser que el hombre despliegue con más tino sus invenciones. España no es país para eso: aquí inventamos guerras y trapisondas. Cosas de maquinaria, siempre vi que venían del extranjero.. de donde deduzco que lo que aquí es locura, en otra parte no lo será".

Ni dentro ni fuera de España veía la buena mujer enmienda para el trastorno cerebral de su pobre marido, víctima, según ella, de su puntillosa rectitud y delicadeza.. No, no debían ser los hombres tan rematados en la honradez. Prueba de las desventajas del excesivo puritanismo era Negretti, que se había pasado su vida trabajando, explotado por este y por el otro, con escasísimo provecho suyo y desgaste de sus notorias energías. Pensando en esto, Prudencia se aprestó a recabar dentro del matrimonio la autoridad que hasta entonces había ejercido su esposo, el cual, consultando a veces a su costilla, determinaba por sí y ante sí, conforme a su rígida conciencia. Ya esto no podía ser: hallábase Ildefonso incapacitado para el gobierno; ella, pues, asumía todos los poderes, disponiéndose a resolver cualquier asunto pendiente, aunque fuese de los más graves. Ciertamente, sus resoluciones serían menos rigoristas (p.4627) que las de Negretti, pero más prácticas, inspiradas siempre en el bien de todos, y en las eternas leyes del sentido común. Pensaba esto Prudencia, por encontrarse frente a un problema doméstico muy delicado; y después de mucho vacilar entre someterlo al dictamen y sentencia de Ildefonso o resolverlo por sí, se decidió por este último temperamento, como más cómodo y expedito. Sobre sí tomaba la responsabilidad y la gloria del caso.

Y que el problema era delicadísimo se mostrará con sólo enunciarlo. El 2 de Noviembre, uno de los días que mediaron entre el segundo y el tercer sitio de la valiente Bilbao, llegaron a esta tres correos de Castilla, escoltados por el batallón de Toro y otros refuerzos que fueron de Portugalete, al mando del brigadier D. Miguel Araoz. Recibiose en casa de Arratia, con varias cartas comerciales, una para Ildefonso Negretti. Cogiola Prudencia, y conociendo la letra del sobrescrito, la guardó, con ánimo de no entregarla a su marido mientras se hallase tan lastimosamente afectado del ánimo. Convenía evitarle quebraderos de cabeza, y alguno se traía la tal carta, de puño y letra del señor de Mendizábal. No era su ánimo abrirla, que esto habría sido contravenir la subordinación a su dueño y señor; pero pasó tiempo; Ildefonso no mejoraba; según las impresiones de Valentín y el dictamen de D. José Caño, su trastorno era indudable. No se hallaba, pues, en disposición de ocuparse de nada. Sentíase Prudencia abrasada en curiosidad por ver el contenido de la carta. ¿Qué inconveniente había ya en abrirla? La enfermedad de Ildefonso era la abdicación de la soberanía matrimonial, que de hecho a la mujer correspondía. Fortalecida su conciencia con estos razonamientos, hizo lo que no había hecho nunca: abrir una carta dirigida a su esposo.

Grande fue su asombro y disgusto al enterarse de lo que D. Juan Álvarez a Ildefonso escribiera. ¡Vaya por dónde salía el buen señor! Que si se presentaba D. Fernando Calpena a pedir a la niña en matrimonio, no se le pusiera ningún obstáculo, y se dispusiese el inmediato casamiento (p.4628) de Aura con el tal D. Fernando.. Que este era un sujeto de elevadas prendas, nacido de padres de la más alta alcurnia.. Que poseía regular fortuna, y la poseería aún más cuantiosa dentro de algún tiempo.. y que patatín y que patatán.. "¡Persona elevada! -decía para sí Prudencia, guardando la carta en los profundos abismos de un cofre donde permanecería sin ver la luz por los siglos de los siglos-. ¡Tan elevada que desaparece en los aires! Si este señor quiere tanto a la niña, ¿por qué no ha venido antes?.. ¿Por qué la tiene en este abandono?.. ¿Qué amor es ese que no se digna presentarse, ni siquiera escribir? Bajo mi responsabilidad, como mujer honrada y que mira por los suyos, me permito mandar a paseo al Sr. D. Juan de las Campanas, y disponer lo necesario para la felicidad de mi sobrina. ¡Sabe Dios en qué malos pasos andará el tal D. Fernando, y cuáles serán los motivos de su ausencia!.. No, no: aquí no creemos en brujas, ni en elevados personajes que no se sabe de quién han nacido.. ¡Pues si con tanta facha resulta que el Calpena es un perdido, uno de esos que escriben en los papeles, un gorrón, un cata-salsas..! No, no: bajo mi responsabilidad, la orden se acata, pero no se cumple. Si Ildefonso lo decidiera, seguramente añadiría una simpleza más a las muchas que ha hecho en su vida. Por ser tan rigorista está como está: pobre y arrumbado..".

Dicho esto, se afirmó en su resolución, y de tal modo expresaba su rostro la dureza de su carácter y el propósito de ir a su objeto sin vacilaciones ni melindres, que el entrecejo parecía más nebuloso, la mandíbula inferior más larga, las arrugas de su frente más hondas, y hasta podría creerse que le crecía el bigote. Sin consultar con Ildefonso ni darle cuenta de nada, pues el hombre no estaba para calentarse la cabeza, determinó encaminar pronta y hábilmente los acontecimientos hasta ver realizado su sueño de oro. ¡Oh, qué ideal! Casar a Aurorita con Martín. Si esto conseguía, más había hecho ella por el bien de la familia que todos los Arratias desde la quinta generación.

Comprendiendo la necesidad (p.4629) de colaboradores, pensó que debía comunicar sus planes a Sabino. Con Martín había que contar, sin duda, aleccionándole previamente, pues era también de la cepa de los delicados, de los rígidos, de conciencia irreductible.. Se procuraría llevar las cosas por lo derecho, fomentando la afición y simpatía entre los dos seres que habían de casarse. Lo más difícil era convencer a la chiquilla y curarla de aquella ridícula deformación de su voluntad: el amor a un galán fantástico, volátil y perdidizo, que no parecía por ninguna parte. Pero si Aurora pecaba en ocasiones de independiente y arisca, sabiendo manejarla y aprovechar los giros de su imaginación y los desmayos de sus nervios, fácil era hacer de ella todo lo que se quería. Adelante, pues, y a trabajar con fe. En aquella familia de trabajadores, no había de quedarse atrás la valiente obrera de las artes pertenecientes al alma.

Así, mientras los carlistas, tomadas las posiciones principales de la línea exterior de defensa, armaban de noche, a la calladita, nuevas barricadas y parapetos para emplazar su artillería contra la pobre Bilbao, Prudencia y Sabino, paralelamente a la labor facciosa, dieron comienzo a sus trabajos de asedio para expugnar el corazón de Aura y establecer en él su dominio. "Es indispensable obrar con prontitud -decía la señora a su hermano-, y llegar al fin antes que se acabe el sitio". Y como manifestara Sabino que en tal negocio no convenían prisas que pudieran transcender a secuestro, se le hincharon las narices a Prudencia y contestó airada: "Tú siempre con tus calmas, con tu veremos y tu mañana será.. Ya ves el pelo que has echado con tal sistema. Déjame a mí, que con los calzones de Ildefonso, llevándolos mejor que él y que todos vosotros, sabré realizar esta gran idea". Habíase guardado muy bien de comunicar a su hermano lo de la carta, temerosa de que saliese Sabino con la gaita del rigorismo y del caso de conciencia. ¡Otro que tal! ¡Así estaban todos tan perdidos! También ella tenía conciencia; pero una conciencia práctica, y con su (p.4630) conciencia práctica arreglaría las cosas de modo que cuando viniese el madrileñito con sus manos lavadas a pedir a la niña, pudiera ella (Prudencia) salir y decirle con mucha finura, haciéndose de nuevas: "¿Qué niña, señor? Usted se ha equivocado. Aurora Negretti es la señora de D. Martín de Arratia".

 

Ep-1-XXVI -

No desalentó a los bilbaínos la pérdida de los fuertes de Banderas, Capuchinos, San Mamés, Burceña y Luchana; antes bien, creciéndose al castigo, sacaron de sus desventuras nuevas energías para defenderse. Ni la guarnición se acobardaba, ni la Milicia y los vecinos tampoco. Cada cual sostenía su entereza, reforzándola con la alegría, de lo que resultaba una colectiva fuerza irresistible. El 17 de Noviembre fue un día penoso: duró el fuego siete horas, sin ninguna interrupción. Era principal objetivo de los facciosos poner su mano en lo que creían llave de Bilbao, el convento de San Agustín, situado entre el Arenal y el Campo Volantín, al pie de cerros elevados y casi al borde de la ría. Las compañías de Toro, Trujillo y Compostela se portaron heroicamente, secundadas por los milicianos. Los muros del convento se deshacían, se resquebrajaban con el cañoneo enemigo, y abiertos varios boquetes entre la mampostería derrumbada o hecha polvo, intentó el enemigo con empuje el asalto. Un empuje mayor de bayonetas y pechos valerosos, les paraba la acometida. Allí se quedaban hechos trizas parte de los combatientes; pero las piedras de San Agustín continuaban bajo el poder y la insignia de Isabel II.

Sobrevino el 18 un temporal violentísimo del Noroeste, con viento y lluvia; cesó el fuego en San Agustín, ocupándose los sitiados en reparar los destrozos con sacos de tierra. Pero en el centro de la villa, y particularmente en las Siete Calles, cayeron bombas que hicieron estragos en edificios y personas. Amenazaba hundirse la casa de Busturia en Artecalle, y sus habitantes se repartieron en casas de amigos, yendo a parar a la de Arratia dos señoras y un niño. En Goienkale, hoy Calle Somera, casi todos los vecinos se habían (p.4631) bajado a las bodegas y sótanos. La animación era extraordinaria, mezclándose lloros de mujeres con cánticos de muchachos animosos y alegres. Ya escaseaban los víveres, y la relativa abundancia de esta familia iba en socorro de las escaseces de la otra con admirable fraternidad. Corrían entre tanta desolación frases de esperanza, fantasías del patriotismo, centelleos de la fe que nunca se apaga. Espartero recalaba ya en Portugalete con tantísimos miles de hombres, y no tardaría en reventar las líneas carlistas, en apabullar el sombrero de hule del general Eguía y hacerles a todos polvo.. Caían bombas aquí y allá; lloraban las nubes; las calles eran lodo, apestando a pólvora. Rojiza claridad siniestra iluminaba la villa. El viento avivaba el fuego, lo esparcía, lo llevaba de una parte a otra. De los sótanos subían los valientes bilbaínos a las techumbres para cortar incendios; andaban por arriba como gatos; descendían negros, ahumados, y en las profundidades de las casas, refugio de los seres débiles, respiraban atmósfera de cuerpos febriles; en las calles pisaban lodo, sangre en las baterías, y si no se volvían locos en noches como aquella era porque sus cerebros se hallaban construidos a prueba de locura, y fortificados por un convencimiento más duro que todos los metales que hay en la Naturaleza.

Amenazada de incendio la casa vecina de la de los Arratias, dispuso Prudencia trasladarse con Negretti a la morada de su amigo Antonio Cirilo de Vildósola, corredor de cambios, en el Portal de Zamudio. Aura y sus amigas las de Busturia se fueron a la casa del Sr. Gaminde, ya del lector conocido, comerciante fuerte, que operaba en bacalao, lanas y otros artículos. En estas idas y venidas, hubo dispersiones. Los hombres no podrían estar en todo, pues atendiendo a la mudanza y trasiego de mujeres, habían de abandonar urgentes trabajos en la batería de las Cujas y en la Cendeja. Prudencia, con las dos señoras de Busturia, encontró a Martín en Bidebarrieta, acompañando a la esposa y niños de Ibarra; se detuvo para decirle: "No sé si Aura habrá (p.4632) llegado a casa de Don Francisco. Iba con Nicolás Ledesma, el organista, y Manuela Echavarri". La tranquilizó Martín, asegurando que la había visto minutos antes con las referidas personas, y con su hermano Zoilo. "Entonces no hay cuidado. Recordarás lo que te encargué -díjole Prudencia aparte-. Vas a cenar donde Gaminde, y allí tendrás a Aura en buena disposición para decirle lo que sabes.. Procura ser galán, y deja a un lado la sosería". Observó el muchacho que la ocasión no era muy apropiada para las expansiones amorosas. Algo le había dicho ya por la mañana en su casa y en la de Vildósola, cuando fueron a llevar al tío Ildefonso, y por cierto que no se había mostrado la niña muy complacida de sus indirectas, que indirectas eran, pues a otra cosa no se atrevía. "Eres un santo -le dijo Prudencia-, y a los santos, en cosas de amor, hay que dárselo todo hecho".

Siguieron las de Ibarra hacia la calle del Perro; Prudencia se fue al Portal de Zamudio; poco después entraba Martín en casa de Gaminde, componiendo en su mente una patética explanación de sus puros afectos para espetársela a su prima sin pérdida de tiempo. Por desgracia, había salido Aura con D. Francisco y las chicas de Orbegozo en demanda de la morada de estas, donde acababan de llevar herido a Juanito Orbegozo, de la 2.ª de Milicianos, y a uno de los chicos de Gandásegui. Hubo de renunciar Martín por aquella noche a proseguir su amorosa batalla, porque otras obligaciones le llamaban a la batería de Mallona, donde entraba de servicio. Por el camino se encontró a José Blas de Arana, que le ajustó la cuenta de las bajas de aquel día, añadiendo con acento lastimoso: "Como Espartero no se dé prisa, paréceme que tendremos que dejarnos aquí los huesos". "Si es preciso; si Bilbao lo quiere -dijo Martín-, los dejaremos, y vayan por delante los míos, que para poco sirven".

Pues en medio de tantos desastres tuvieron calma y humor aquellos hombres para celebrar los días de la Reina (19) , recorriendo las calles en grupos clamorosos y vitoreándose (p.4633) recíprocamente tropa y milicianos, cual si se hallaran en vísperas del triunfo. Toda la tarde estuvo tocando la música en la batería del Circo, y las canciones enronquecieron las gargantas de muchos. Dios no les dejaba morir de tristeza y desconsuelo, sugiriéndoles cada día nuevas esperanzas. El 26, cuando el fuerte del Desierto anunció con salva de 21 cañonazos que Espartero había entrado en Portugalete, respiró la gloriosa villa por los pulmones y las bocas risueñas de todos sus hijos, cantando victoria, y haciendo befa y escarnio del terrible enemigo. La artillería de este enmudeció, como si lo que anunciaba el cañón del Desierto impusiera pavura en el sitiador embravecido. Pero su silencio era el sordo trabajo preparatorio de la furibunda embestida que pensaban dar al día siguiente 27. Al anochecer del 26, descansaron los carlistas en la firme creencia de hallarse en la víspera del fin. Una noche no más les separaba del premio de su constancia: la rendición de Bilbao.

Cinco días estuvo Aura sin ver a Zoilo, y tres sin saber nada de Martín. Por uno y por otro pasó intranquilidad la familia, y Sabino no hacía más que ir de fuerte en fuerte, interrogando a todo el que encontraba. Acompañole Aura en una de estas excursiones, sin temor al peligro, y al cabo, volviendo del Circo, supieron que Martín no tenía novedad y había pasado a Solocoeche. "Vaya, ya estás tranquila -le dijo su tío-. El chico vive y tú resucitas. Con esa impresionabilidad que te ha dado Dios, parecías muerta de susto y pena".

-Pero aún no debemos alegrarnos, tío: no sabemos nada de Zoiluchu.

-Es verdad; bien comprendo que ese no te llama tanto como Martín; pero también es hijo de Dios, y debemos mirar por él. Aunque parece un tarambana, mi Zoilo vale mucho; a valiente le ganan pocos; tiene su pundonor, y sabe llevar el nombre de la familia. Pero no se igualará a su hermano Martín, pues este es de los que entran pocos en libra. No podrás tú ni nadie señalar una buena cualidad que él no tenga.

Aura no dijo nada, y sintiendo Sabino la (p.4634) necesidad imperiosa de practicar dentro de un recinto sagrado las devociones con que diariamente alimentaba su fe, propuso a la joven entrar en la primera iglesia que hallasen abierta. Por fortuna, en la capilla de la Misericordia estaba el Señor de Manifiesto, y allí se metieron, empleando ambos como una media hora en rezos y meditaciones. Sentose Aura; permaneció Sabino de rodillas larguísimo rato. "He pedido al Señor dos cosas -dijo a su sobrina, tomando al fin asiento junto a ella, todavía con la boca llena de sílabas de rezos-. Primera, que nos conserve la vida del pequeño como nos ha conservado la de su hermano, y que igualmente, ellos y nosotros lleguemos vivos y con salud a la terminación del sitio, sea cual fuere la solución que Su Divina Majestad le dé. Segunda, que me conceda el cumplimiento de un deseo santísimo que me alienta, tocante a Martín y a ti..".

Aura no chistaba. Entráronle súbitas ganas de rezar, y se puso de rodillas, dejando un tanto cortado al buen Sabino. Pero este no se abatía por tan poco; echó también a media voz, en pie, cruzadas las manos, una larga oración; y poco después cuando estuvieron al habla para salir, volvió al ataque. "Comprendo que la cortedad, el pudor, la timidez propia de una doncella pura, no te permitan manifestar tus sentimientos.. pero tú quieres a mi hijo, ¿verdad?, tú reconoces en Martín el único marido práctico que te corresponde.. ¿verdad?.. Confiésamelo, dímelo aquí delante de Jesús Sacramentado".

-¿Qué quiere que le diga? -murmuró Aura con expresión dolorosa-. Que las cualidades de Martín son muy buenas.. únicas.

-Eso ya lo sé.. dime lo otro; dime que aprecias esas cualidades, y que quieres hacer con las tuyas y las de él un hermoso ramillete de..

No le salía la figura. Sacole de sus apuros retóricos la hermosa doncella, declarando que no quería oír hablar de casorios con Martín ni con nadie, porque estaba resuelta a no casarse más que con..

No acabó. Sabino le quitó la palabra de la boca para poner la suya: "Quien vive de ensueños, hija mía, soñando (p.4635) muere. Tú lo pensarás.. No has nacido para vestir imágenes, sino para que a ti te vistan de felicidades. A Martín no le faltan partidos; pero te quiere a ti.. Ten compasión, que es la madre del cariño, y este el padre del amor.. Conviene que seas práctica, a estilo de todos nosotros; conviene que no mires tanto a lo pasado, pues el que mira mucho atrás, atrás se queda.. y el que vive entre fantasmas en fantasma se convierte.. o en estatua de sal, como la otra.. no me acuerdo cómo se llamaba.. En fin, no te digo más, que aquí vienen Doña María Epalza y Juanita".

Dos señoras, madre e hija, que acababan sus prolijos rezos, se les agregaron, y a todas dio agua bendita con sus dedos glaciales el bueno de Sabino. Picotearon un rato en la puerta sobre los desastres del sitio y la escasez de víveres. Ya no había carne, ni aun salada. "Si ese generalote no viene pronto -dijo la señora mayor-, ¡pobre Bilbao!.. Pero quieren que perezcamos todos gritando ¡viva Isabel II!, y aquí estamos también las mujeres dispuestas a cumplir el programa".

-Será, señoras mías -manifestó Sabino con fervor terciándose la capa-, lo que disponga el de arriba, que es quien dicta los programas. ¿Qué hemos de hacer más que acatar la Divina voluntad?

-Y la voluntad divina -afirmó la señora menor, viudita joven muy guapa- ordena que Bilbao perezca antes que rendirse.

-No, hija: que ni se rinda ni perezca.. pues pereciendo no tiene gracia. Hay que sacar adelante a la niña, a nuestra angélica Reina.. ¿No piensa usted lo mismo, Sabino?

-Señora, yo pienso..

En la punta de la lengua tuvo ya el conocido dicho de quien con niños se acuesta.. pero se abstuvo de soltarlo, por escrúpulos de lenguaje y respeto a las damas. Propuso la viudita que pues aquel día no tiraban, podían correrse pasito a paso hacia la Cendeja, para ver todo lo que allí habían hecho los nuestros, las defensas magníficas, imponentes, donde se estrellaría el coraje faccioso. Dudaba la señora mayor; manifestó Sabino recelo de andar por tales sitios; pero tan decidida y entusiasta curiosidad mostraron las muchachas, (p.4636) que allá se fueron por toda la calle de Ascao y la de la Esperanza, hasta que ya en el término de esta les estorbaron el paso lo desigual del piso desempedrado, los charcos y lodazales, los montones de escombros. Por encima de un espaldón de tablas, reforzado con fajinas, vieron que asomaba una cabeza desmelenada; la cabeza de un diablo guapísimo, alegre, que llamaba con fuertes voces. Era Zoilo. Aura fue la primera que le vio. "Tío Sabino, mire dónde está ese pillo".

Corrió el padre, corrieron las damas. Alargando su cabeza por encima del tablón todo lo que podía, el miliciano les dijo: "Aura, padre, ¿han visto el letrero que hemos puesto por la parte de afuera de la batería para que lo vean ellos?".

-Ya, ya sabemos -dijo Aura mirándole gozosa-. Una calavera con dos canillas, pintada sobre negro.

-Y un letrero que dice: Tránsito a la muerte, o lo que es lo mismo: que todo el que venga a tomar esta barricada, muere, y que los que la defendemos, aquí estaremos hasta que nos maten.

-Bien, hijo, bien: no hemos visto el letrero; pero nos figuramos lo bonito que será. Dios te la depare buena. No sabíamos de ti.

-Oye, Zoilo -dijo la señora mayor-: ¿está aquí Luisito Bringas, el hijo de mi sobrina, sabes?

-¿Luis el del indiano? Sí, señora. Aquí cerca, en las Cujas está. Hace un rato comimos juntos él y yo.

-Dirasle que a su mamá le supo muy mal que pidiera venir aquí, donde hay tanto peligro, y que no hace más que llorar.

-Ese es de los temerarios, locos, como mi hijo -observó Sabino-. Dios cuida de ellos.

-¡Bravo, Luchu! -exclamó Aura-. ¿Desde cuándo estás aquí?

-Dos días llevo ya. No salgo, no sea que el puesto me quiten.

-¿Por qué no avisaste a casa, hijo? Estábamos con cuidado. Tu prima y yo venimos del Circo y de Mallona, donde hemos preguntado por ti. Dime, ¿no tienes miedo?

-Sí, señor: un miedo tengo, uno solo. Temo que esos cobardes, después de tanto boquear, no nos ataquen mañana, como dicen.

-¡Tránsito a la muerte! -repitió Aura con admiración, sintiendo no ver el lúgubre letrero-. Pero no morirán.. Eso se dice..

-Y se (p.4637) hace.

-Vámonos, vámonos.. -dijo Sabino-. Este no es sitio para señoras. Zoilo, por si no lo sabes, José María y yo dormimos en casa de Melquiades Echevarri. Vámonos, no sea que..

-¡Si ahora no tiran! Están rezando el rosario.

Al despedirse Sabino tiernamente de su hijo, se le saltaron las lágrimas, y Aura, de verle llorar, lloraba también.

"¡Ay, qué hijos estos! -decía suspirando la señora mayor-. ¡Lo que inventan! ¡Tránsito a la muerte!".

-Es cosa de los de Trujillo, de los de Compostela -indicó la viudita.

-Y de estos, de los nacionales. Todos son unos.

-¡Sangre de chicos, corazones de hombres!

Y Doña María Epalza, con súbito arranque impropio de sus años y de su obesidad, se cuadró, y elevando sus brazos con frenesí convulsivo hacia el tablero por donde asomaban varias cabezas, gritó: "Sí, cachorros de mi tierra. ¡Viva Bilbao, viva Isabel II!".

Se alejaron pisando fango, escombros, astillas.. oíanse lejanos disparos de fusilería; por la parte del barranco de San Agustín venía una humareda negra, olor de pólvora.. Hasta el convento de la Esperanza fue Aura mirando para atrás para ver los aspavientos que hacía Zoilo, alargando medio cuerpo fuera del espaldón de tablas. La señora mayor, agarrándose a la capa de Sabino, le decía: "¡Ay, me descompuse; me entró como un furor de alegría, de entusiasmo al ver el tesón de esos chicarrones!.. No se puede remediar.. está en la sangre bilbaína..". Y la señora menor completó el pensamiento con esta frase: "Bilbao muere, pero no se rinde".

-Así sea -dijo Sabino-. Y por encima de todo, la voluntad de Dios.. Por de pronto, señora Doña María, hoy tenemos las alubias a veintiséis cuartos, y el bacalao a siete reales.. Pero dicen que no importa.. No somos nada; el pueblo es todo, y el pueblo dice: "Morir antes que rendirse".

Doña María, que apenas tenía movimiento después del esfuerzo que hizo para engallarse y soltar los furibundos vivas, modificó el concepto: Morir, tal vez; rendirse, nunca.

 

Ep-1-XXVII -

Lisonjera fue la mañana del 27. Cundió por la villa la creencia de que Espartero iba (p.4638) sobre Castrejana, y si conseguía forzar el puente y pasar a la orilla derecha del Cadagua, los sitiadores se verían comprometidos. Valentín Arratia, que conservaba su excelente vista marinera, subió a la torre de Miravilla, y puesto su ojo en buenos catalejos, distinguió los batallones isabelinos desfilando por el valle de Baracaldo. En Bidebarrieta y el Arenal los patriotas difundían la buena noticia de corrillo en corrillo.

"Para mí -decía Valentín Arratia- no pasa de mañana el tener aquí a D. Baldomero. He visto las tropas de la Reina, como les veo a ustedes, marchando en columnas hacia el puente".

-Lo que resultará no lo sabemos; pero que se están zurrando de lo lindo es evidente -dijo Antonio Cirilo de Vildósola-. Lo que fuere, sonará.

-¡Si ya está sonando! Hemos oído un tiroteo horroroso -aseguró D. Francisco Bringas, rico indiano, exaltado liberal y el primer optimista de la villa. Apuesto lo que quieran a que levantan el sitio esta tarde.. ¡contro!..

-Diga usted que convida, D. Francisco, y todos seremos de su opinión.

-Pues me corro, ¡contro!.. Aún me quedan dos docenas de botellas de chacolí de Baquio.

-Tanto como esta tarde, no diré yo que nos perdonen la vida -indicó Arratia-; pero mañana temprano.. Aquí llega el amigo Arana. Viene de la Diputación, donde habrán llegado gordas y buenas.

-José Blas, ¿qué sabes?

-Sólo sé que no sé nada, como dijo el otro.

-Te lo callas, por no convidar.

El tal José Blas de Arana, uno de los más exaltados corifeos de la defensa, era comerciante en sebo, sardinas de barril, raba y otros artículos similares. En su campechana modestia, permitía que los amigos le llamasen Borra, y se cobraba esta conformidad aplicando apodos a sus conciudadanos.

"¿Convidar yo?.. ¿a qué? A metralla, si quieren. Con todo, si se confirma que renuncian generosamente a la mano de Leonorita, como dice Guzmán en La Pata, convido. Poseo una bacalada y hasta medio ciento de galletas mohosas".

Acercose Tomás Epalza, rico por su casa, banquero, como los anteriores (p.4639) perteneciente a la Junta de Armamento. Era hombre jovial, satisfecho en toda ocasión y circunstancias, de una fe ciega en la resistencia de Bilbao, dispuesto a dar cuanto tenía si de ello dependiera el completo apabullo de la Pretensión.

"Estos no piensan más que en comer -dijo riendo-. Bueno anda ello.. A lo que parece, Espartero viene y nos trae pan de trigo".

-Y si no nos lo trajere o se perdiera en el camino -apuntó Arana-, aquí están los ricos de Bilbao, los más ricos, dispuestos a comer borona y gato estofado hasta que San Juan baje el dedo.

-Los ricos de Bilbao -afirmó el indiano Bringas con jactancia de buena sombra, que no ofendía- tienen su dinero para gastarlo en la defensa ¡contro!, y en su mesa siempre hay un plato para todos los Borras, que no se rinden al yugo servil. Ya sabes.. en la calle del Perro tienes la mesa puesta.. ¿Te has comido ya todas las velas de sebo?.. Pues en casa hay de todo, verbigracia, cacao en grano y nueces.. Con que, sepamos, ¿qué se cuenta?

-Que cansados de obtener victorias -dijo Vildósola, el cual se ponía muy serio para bromear-, se van a ponerle sitio a la peña de Orduña, donde está el tesoro escondido.

El indiano expresaba su regocijo rascándose la sotabarba, con cerquillo o carrillera de pelos grises, y dando pataditas para entrar en calor.

"Compañero -le dijo Epalza-, si tiene usted ganas de bailar el aurrescu, aquí viene Ostolaza, que no desea otra cosa, para celebrar la venida de Espartero".

Era el llamado Ostolaza uno de los más valientes patricios, comerciante en las Siete Calles, tan aficionado a la danza euskara que no perdía coyuntura de armarla por cualquier motivo que hiciera vibrar la fibra patriótica.

Antes de que el tal hablase, retumbaron terribles cañonazos.

"Ostolaza, ahí los tienes -le dijeron-. ¿No querías aurrescu? D. Nazario quiere bailarlo contigo".

-Bonita música, compañeros -replicó el bailarín gozoso, restregándose las manos-. Yo sé por qué tiran.. Es miedo; se les van las aguas de puro canguelo, y creen que tirando nos engañan, para que no hagamos una salida.

-Como les (p.4640) embista esta tarde el amigo Espartero, señores -dijo Bringas-, y dispongamos aquí una salidita con gracia, no se escapa ni una rata.

Acercose al grupo D. Juan Durán, el valiente coronel de Trujillo, que venía de casa del gobernador San Miguel, y les dijo: "Nada, nada: esto es claro. Quieren gastar las municiones para hacernos todo el daño posible antes de retirarse".

-¿Está en Castrejana D. Baldomero?

-Y arreando de firme, según parece.

-Pronto saldremos de dudas. Señores, a comer la puchera el que la tenga.

-La tengo yo para todos -dijo Bringas-, con cecina superior, ¡contro!

-Ea, señores, a comer. Cada cual a su borona.. A las tres, junta.

-Y a las cuatro, aurrescu.

-Y a las cinco abrazos.. ¡Espartero!.. ¡Arriba Bilbao!

Al dispersarse, tomó Valentín la dirección de San Nicolás, donde tenía que dejar una orden de la Comisión de Guerra, y no había andado veinte pasos cuando vio venir a Churi con otros corriendo a todo escape. En el mismo instante sonó vivo tiroteo hacia San Agustín. Llegándose a su padre, el sordo, con aterrada expresión, hablando más con el gesto que con la palabra, le dijo: "En San Agustín, ellos.. visto yo.. Fuego mucho.. Por bajo entraron.. Corra; veralos piso alto.. fuego". Otros que venían de allí decían lo mismo con distintas expresiones. La noticia cundía con rapidez eléctrica.. Valentín se plantó detrás de San Nicolás, vacilante.. La curiosidad y el patriotismo empujábanle hacia San Agustín; el miedo le mandaba retroceder. Casi sin darse cuenta de ello fue arrastrado por un tropel de paisanos y nacionales que hacia la Cendeja corrían. Entre ellos vio a Churi, y cogiéndole por un brazo le llevó consigo. "No te separes de mí.. Vamos al fuego. Si hace falta gente, aquí llevo un sordo y un cojo: no tengo más".

Habían hecho los carlistas sigilosamente una excavación, por donde penetraron en la alcantarilla del convento; de ella subieron al piso principal, dominando la portería y claustros bajos. Sorprendida la tropa que guarnecía el edificio, se defendió con bizarría entre paredes, en (p.4641) las crujías bajas, viéndose obligada a retirarse ante la superioridad dominante de las posiciones del enemigo. Diose una batalla disputando el paso a la sacristía. Ganada esta por los facciosos, empeñose otra acción por el paso de la sacristía a la iglesia. Los valientes de Trujillo hubieron de retirarse, dejando media compañía prisionera. Aún intentaron defender a la desesperada el paso al coro, y el de este a la próxima casa llamada de Menchaca; pero sucumbieron ante el número. En aquella serie de acciones breves, terribles, dentro de un laberinto formado por murallones ruinosos y tapiales medio destruidos, aprovechando unos y otros las ventajas de un ángulo, de un boquete, de un escalón, desarrollaban instintivamente los mismos principios estratégicos que en un gran campo de guerra, donde hay río, colinas, desfiladeros y otros accidentes. ¡Espantosa miniatura! Todo lo que disminuía el tamaño del escenario, aumentaba el horror de la tragedia; y los combatientes eran más grandes cuanto más chico el campo de su encarnizada porfía. Quedaron al fin los carlistas dueños del edificio y casa próxima; desde las altas ventanas dominaban las baterías que antes fueron segunda línea de defensa, y ya eran primera línea. En el frente de esta podían leer la lúgubre inscripción: Tránsito a la muerte.

Cuando llegaban Valentín y Churi a la calle de la Esperanza, el fuego era horroroso. Las baterías carlistas cañoneaban sin cesar. Considerado el espacio entre San Agustín y el Arenal como llave de la plaza, el sitiador no tenía más que alargar la mano, alargar el pie para franquear aquel breve terreno, cosa en verdad muy fácil si allí no estuviera el corazón bilbaíno. Y este se apresuró a obstruir el paso con tanta celeridad como bravura. Acudieron todos los jefes militares, todos los nacionales que no hacían falta en otros puntos, los paisanos que se hallaban en disposición de tomar un fusil. Mucha carne hacía falta para cerrar aquel boquete. Allí se jugaban los bilbaínos la suerte de su querida villa: un paso más de los facciosos, y (p.4642) Bilbao les pertenecía.

Toda la tarde duró el formidable duelo: uno de los primeros heridos fue el Gobernador de la plaza, D. Santos San Miguel, y a poco cayó también el brigadier Araoz: ni uno ni otro tenían heridas graves; pero quedaron inutilizados. Urgía elegir otro jefe de la defensa. Reunida en San Nicolás la Comisión permanente de guerra, nombró al brigadier Arechavala, que mandaba en Larrinaga. Fue a buscarle Valentín Arratia, ansioso de ser útil, ya que no se creía apto para la lucha, pues ningún arma sabía manejar. Maquinalmente, sin darse cuenta de lo que hacía, entregó a Churi el fusil y los cartuchos que le habían dado momentos antes, y se fue corriendo hacia Larrinaga. No bien se vio el sordo armado y con pertrechos de guerra, corrió a donde con más ardor hacían fuego nacionales y tropa. Él también tiraba; su puntería no era mala. Del cañoneo y estruendo del combate no percibía más que un mugido y trepidaciones hondas; ¿pero qué le importaba? En un momento gastó los cartuchos que le había dejado su padre, y pidió más, y se los dieron, y sin cesar hizo fuego, con vivo deleite de su alma ruda, solitaria. Habría querido poseer un arma que de un solo tiro lanzase infinidad de balas para matar a muchos de una vez, no importándole gran cosa que al caer los facciosos cayera también alguno de los de acá. Estimaba en poco las vidas humanas, y pues él no era feliz, ni podía serlo por carecer de un precioso sentido, extendiérase por el mundo la infelicidad, y reinara la muerte donde debía florecer la vida. Ignoraba absolutamente el por qué fundamental de la guerra, y no había sabido discernir el motivo de que la causa de una Isabel fuera mejor que la de un Carlos. Participaba, eso sí, sin darse cuenta de ello, de la fiera terquedad bilbaína. ¡Defenderse a todo trance! Esto era una causa, una razón, una bandera.

Corrió, pues, Valentín al cumplimiento de su misión, como individuo de la Junta, y en la calle de la Ronda se encontró a José María, que venía del hospital con un convoy de camillas, llevadas por (p.4643) viejos del Hospicio y algunas mujeres. "Corre, hijo, corre, que buena falta hará todo esto.. ¡No es mal chubasco el que hay por allá! Pero antes que las camillas, harán falta buenos tiradores.. Antes que pensar en heridos, pensemos en matar.. Oye, oye. Si no te dan un fusil, ayuda al acarreo del agua.. Llévate todas las mujeres del barrio.. y señoras llévate.. que trabajen a la hormiga. Cubos hay en San Nicolás.. Hoy perece Bilbao, si no echamos el resto..".

Partieron en dirección contraria. Al regreso de Larrinaga, pasando por la calle de Ascao, multitud de mujeres, así del pueblo como del señorío, refugiadas en tiendas y portales, querían detenerle con sus clamores, con ansiosas preguntas. "¿Es cierto que también atacan por el Circo? ¿Y de la Cendeja qué sabe, Valentín? ¿Hay muchos heridos?.. ¡Qué horror de día! ¿Se acabará pronto?.. ¿Entrarán?.. ¡Como no entren!".

De un grupo de señoritas y muchachas del pueblo, en deliciosa confusión, vio salir a Aura, pálida, desordenado el pelo, los ojos echando chispas. "Tío Valentín, ¿están allí Zoilo y su hermano? ¿Sabe algo de ellos?".

-Hija, no es ocasión de dar noticias.. ni puedo detenerme.. No sabemos cómo acabará esto. Apretada anda la cosa.

-¿Entrarán?.. ¿Pero entrarán?

-¿Quién, ellos? ¡Nunca!..

Irguiéndose en medio de la calle, soltó el registro más ronco de su voz para gritar: "¡viva Isabel II, viva la Libertad!, y sepan que donde está Bilbao está la bravura española..".

Las exclamaciones que respondieron a estos gritos atronaban la calle.

"Niñas, mujeres, señoras, ser valientes.. Que los hombres no os vean cobardes.. Si vosotras sois bravas, el chimbo no cae, ¡qué ha de caer!.. Ánimo, y que desde allá os oigan reír, no llorar.. llorar no. Hoy no se llora aquí.. Y si os mandan llevar cubos de agua para refrescar los cañones.. ¡hala con ellos, a la hormiga!".

Los desplantes que tuvo que hacer al largar los vivas recrudecieron su dolor crónico, y se fue renqueando, mas no por eso menos presuroso, aunque le molestaba horrorosamente su antigua avería en la aleta de estribor. Oíase en toda la (p.4644) calle el coro, con diversidad de voces, cantando las animadas estrofas del himno compuesto en aquellos días por los milicianos Zearrote y Casales:

Entre ruinas, valientes bilbaínos,

vuestras sienes ceñís de laurel,

y en estruendo marcial sólo se oye

libertad y que viva Isabel.

Soldados de Trujillo y Toro, y algunas compañías de Nacionales, defendían la Cendeja, llave del Arenal y de Bilbao, con un tesón de que sólo se encontraría ejemplo en las épicas jornadas de Zaragoza y Gerona. Decididos a que los dueños de la posición de San Agustín no dieran un paso fuera de ella, juraron hacer con su carne y sus huesos una compuerta que no abriría el sitiador sin desembarazarse antes de las vidas que la componían. Tan firme voluntad, entereza tan grande, produjeron en el curso de la tarde estupendas hazañas particulares y colectivas y lastimosas muertes. Cada instante el número de heroicos bilbaínos mermaba dolorosamente. Antes que resignarse los vivos a una muerte segura, discurrieron un arbitrio que les permitiría fortificar sus posiciones y redoblar su esfuerzo. Para que los carlistas no pudieran hostilizarles con tan terrible insistencia en las formidables posiciones que habían conquistado, era menester proporcionales ocupación distinta del tiroteo de cañón y fusil. Pensaron algunos combatientes de la Cendeja que si lograban pegar fuego a San Agustín y a la casa de Menchaca, el enemigo tendría bastante que hacer con apagarlo. Esta idea se fue condensando en las cabezas calientes que allí había, y al fin tomó cuerpo de eficaz resolución en la cabeza principal, en el jefe de la defensa, el brigadier D. Miguel de Arechavala. Propúsolo en la cruda forma propia del apretado caso: "Muchachos, ¿os atrevéis a incendiar el convento?". Respondieron que sí. Y el jefe de Nacionales, D. Antonio de Arana, gritó: "El enemigo quiere fumar: ¿hay quien se atreva a llevarle candela?". No se oía más que "¡yo, yo, yo!".

 

Ep-1-XXVIII -

Muy pronto lo dijeron; pero una vez dicho, no había más remedio que ejecutarlo. José María (p.4645) Arratia, que había hecho fuego sin cesar, agregado a los Cazadores Salvaguardias, fue de los primeros en traer de San Nicolás cantidad de paja en haces; otros acarreaban jergones, brea y alquitrán. Ya tenían la candela. ¿Quién era el guapo que al enemigo se acercaba para brindársela? El teniente de Nacionales D. Luciano Celaya dio el ejemplo de temeridad loca, dirigiéndose a la puerta de la casa de Menchaca con un jergón debajo del brazo, como quien lleva un libro, y una tea encendida en la otra. Los carlistas abrieron la puerta, y la volvieron a cerrar azorados; entre tanto, dos salvaguardias y un chico nacional trepaban por montones de escombros hasta ganar una ventana, y arrojaron dentro del edificio paja encendida. El nacional, que no era otro que Zoilo Arratia, se guindó aún a mayor altura, descalzo, y metió por donde pudo, despreciando la lluvia de balas, listones dados de azufre y ardiendo, que le alargaban otros no menos atrevidos, aunque no tan ágiles para trepar gatescamente, agarrándose con una mano y llevando el fuego en la otra.. Tras de Zoilo subieron dos más: uno se cayó a la mitad de la ascensión, estropeándose una pierna; el otro, agarrado a una reja, cayó muerto de un disparo que le hicieron a quemarropa. En tanto, subieron dos más por la cortadura de la casa de Menchaca. Llevaban botes de alquitrán, haces de paja y mechas de pólvora. Felizmente, Zoilo consiguió ganar el tejado, y poniéndose panza abajo en el alero, logró coger de manos de sus camaradas las materias combustibles y arrojarlas por una bohardilla medio deshecha; todo con tal rapidez y habilidad, que cuando acudieron los carlistas ya estaba él descolgándose por un canalón, en el cual no pudo realizar todo el descenso porque se desprendió la mohosa hojalata, y con ella vino guarda abajo el animoso chico. Por suerte, todo el daño que se hizo fue en la ropa, y la sangre que echaba de un pie era de un rasguño sin importancia.

Repitiose la tentativa de incendio con increíble arrojo, perdiendo mucha gente. La mitad de los incendiarios se quedaba en (p.4646) el camino, a la ida o a la vuelta; el fuego de la fusilería enemiga era horroroso, apoyado por el cañón de los fuertes de Albia, Campo Volantín y Uribarri. A la caída de la tarde, el baluarte de la Cendeja hallábase atestado de muertos y heridos, que no era ocasión de retirar todavía, ni había quien lo hiciese; los vivos seguían batiéndose en ese paroxismo del coraje que no da espacio a la flaqueza ni tiempo a la reflexión, y el convento con la casa inmediata ardía como un infierno. El objeto estaba conseguido: los facciosos tenían dentro de casa un enemigo más, favorecido por furioso viento del Noroeste, que había venido a ser partidario de Isabel II.

Contuvo la quemazón a los carlistas y salvó a Bilbao. Llegada la noche, los héroes de la Cendeja, no molestados ya por la fusilería facciosa, pudieron recoger sus heridos y retirar los muertos. Pero nadie descansó aquella noche, porque toda fue empleada en reparar los destrozos del baluarte, reforzando la cortadura de la primera línea desde Quintana a la Cendeja, y estableciendo otras dos de caballos de frisa. Además, se engrosó la batería por el costado que miraba al cañón de Albia; se dio mayor consistencia a los merlones en la parte del muelle, y, por último, se prepararon las casas de la calle de la Esperanza para incendiarlas en caso de grande aprieto. Todo el vecindario que no estaba sobre las armas, ayudaba en esta operación. Si el enemigo lograba conquistar en combates sucesivos el palmo de terreno radicante entre San Agustín y la Cendeja, se encontraría ante una inmensa barricada de fuego, que luego lo sería de escombros. El tenaz bilbaíno, por defender a todo trance el recinto de su villa sagrada, cogía una casa y se la estampaba en los morros al fiero sitiador; y si no bastaba una, allá iban dos, tres y más. ¡Fuego y piedra en ellos!

Vagaba Churi inconsolable por las inmediaciones de San Nicolás, viendo el tráfago incesante de los que entraban y salían con herramientas, sacas de lana y demás material de ingeniería militar. Le habían quitado su fusil para darlo a un combatiente más útil; mandábanle a (p.4647) veces cosas que al revés entendía, y por fin, ordenáronle salir, pues allí no era más que un estorbo. Incitado por José María, que se le encontró sentado en el quicio de una puerta con la cabeza apoyada en las manos, oyéndose a sí mismo, ayudó al transporte de heridos, y desde las diez de la noche hasta el amanecer estuvo cargando camillas, sin más descanso que el que se tomó en San Antón para comer un poco de pan y bacalao crudo. Su padre se agregó también al servicio sanitario, rivalizando en actividad con ilustres mayorazgos y comerciantes ricos. En el hospital, Sabino Arratia asistía con entrañable amor y piedad a los heridos, y consolaba a los moribundos, asegurándoles que de par en par se les abrían las puertas del Cielo, y que en este encontrarían el eterno galardón por haber cumplido con su deber. "Allá, digan lo que quieran, no se distingue entre absolutistas y liberales, y Dios les mira a todos como hijos, sin fijarse en que peleen por estas o las otras causas. Esto de las causas y de los derechos es cosa de los hombres, con un poquito de mangoneo de Satanás". Dicho esto, iba por el Viático, que para los más era ya la única medicina.

También había hospital de sangre en Santa Mónica, con asistencia caritativa de señoras y mujeres, sin distinción de clases. A poco de amanecer arrimose a la puerta Prudencia Arratia, con mantón, acompañada de la criada, que llevaba una cesta al brazo como si fuera a la compra. Necesitaba procurarse carne, aunque fuese de la peor, para dar a Ildefonso algo de substancia, pues estaba el buen hombre perdido de la cabeza. Salió de la casa de Vildósola, y antes de dirigirse a Belosticalle, donde esperaba encontrar cabra y siquiera un par de huevos, llegose a Santa Mónica por ver a su sobrina, que allí, entre el mujerío principal y plebeyo, prestaba a los heridos asistencia. No se determinaba a entrar la buena señora, temerosa de que la obligaran, mal de su grado, a funcionar de enfermera, y esperó a que recalara persona conocida que la comunicase con Aura. Ella tenía su enfermo en casa, su herido (p.4648) grave, y del cerebro, que es lesión peor que cualquier pérdida de pata o brazo, y cuidándole bien cumplía con Dios y con Bilbao. Llegaron en esto Doña María Epalza y la viudita, y de ellas se valió Prudencia para transmitir a la niña la fausta nueva de que Martín estaba bueno y sano. "Me hará el favor de decírselo en cuanto la vea, señora Doña María.. que estará la pobre muerta de ansiedad.. No ha sido flojo milagro que escapase el chico en medio de aquel horroroso fuego. La Providencia, señora. Dios protege a los buenos".

-Pues bien bueno era Fernando Cotoner -dijo la viudita prontamente, arqueando las cejas y frunciendo la boca-, y está si vive o muere.

Convinieron las tres al fin en que debían abstenerse de cargar tales cuentas a la Divinidad, y sentir las desgracias y alegrarse de las venturas, dando gracias a Dios por estas sin meterse en más dibujos. Como dejara traslucir Prudencia el objeto de su salida, le dijo la señora mayor que no se cansara en buscar huevos, porque difícilmente los encontraría. Ella había comprado el día anterior los últimos que había en casa de Gorriti (calle de la Ronda) , al precio exorbitante de veinte reales la media docena. Con un gesto de resignación se despidieron, y Doña María Epalza y su hija entraron en Santa Mónica. No tardó la viudita en tropezarse con Aura en medio de aquel barullo, y le soltó las albricias, maravillándose de que no las recibiese con tanto júbilo como ella esperaba. Fueron las dos a la cocina en busca de tazas de sopa para los heridos, las cuales recogieron de manos de las ilustres cocineras señoras de Orbegozo, de Arana y de Mac-Mahon. También las pobres enfermeras tenían que mirar por su vida; y una vez cumplida su obligación, se fueron a un ángulo de la cocina a tomar un sopicaldo.

"¿Sabes? -dijo a su amiga la viudita, que era muy despabilada y un tanto maliciosa-. Anoche nos quedamos en casa de mis tíos los de Arana. Llegó esta mañana Antonio Arana, ¿sabes?, el comandante de la Milicia, y nos contó las heroicidades de tu (p.4649) primo.. creo que Martín; pero no estoy segura. Él llevó el primer fuego a la casa de Menchaca y al convento, y toda la tarde fue el número uno en el peligro.. en fin, que ha sido el asombro de todos..".

-Nada de eso sabía -dijo Aura sintiéndose orgullosa, y orgullo debía de ser el ardor que le salió a la cara-: ahora lo oigo por primera vez; pero si alguno de mis primos ha hecho valentías, créete que no es Martín, sino su hermano.

-¿El pequeño?

-¿Pequeño? Es un hombre como hay pocos, con un corazón tan grande, que casi da miedo. No hallarás ninguno tan valiente, ni que sepa, como él, poner toda su alma en lo que mandan el honor y el deber.

-Y es guapo, más guapo que Martín.

-Ea, vámonos, que estamos haciendo falta.

Todo el día estuvo Aura pensando en lo que le contó la viudita; y como por diferente conducto llegaran a ella noticias de las hazañas de su primo, sentíase muy satisfecha por la honra que en ello recibía la familia, y deseaba ver al héroe para darle la enhorabuena. Por la noche, cuando vino Sabino a recogerla para llevarla con las señoritas de Gaminde a casa de este, hablaron de lo mismo. Al padre se le caía la baba repitiendo las alabanzas que en todo el pueblo se hacían del inaudito arrojo del chico. "Se ha portado como un valiente, y ha subido hasta las estrellas el nombre de Arratia. Dicen que van a proponerle para la cruz de San Fernando, y también puede ser que de golpe y porrazo me le hagan teniente o capitán. Esto lo sentiría.. porque como es así, de un genio tan fogoso, podría tomar afición a la milicia.. y los militares no son de mi devoción. Estoy por lo civil, por lo comercial, por lo pacífico..".

En casa de Gaminde contaron que aquella mañana, después de la brava respuesta que dio la plaza a la intimación del general carlista Eguía, reuniéronse Arana y otros jefes de la Milicia en el café del Correo, y convidaron a Zoilo, que por allí pasaba. Largo rato estuvieron brindando y cantando coplas, y victoreando a Bilbao y a la Libertad. El uno improvisaba discursos, el otro nuevas estrofas del himno. En un (p.4650) rapto de alegría, Zoilo se soltó su brindis, en el cual las ingenuidades y las bravatas chistosas sonaban a militar elocuencia: "Él no era valiente sino terco.. No le mataban porque se moría de ganas de vivir.. Todo lo que el hombre quiere lo consigue cuando hay voluntad firme, que por nada se tuerce ni se dobla.. Los carlistas no entrarían en Bilbao; quedaban en la villa muchas piedras, mucho fuego, las pelotas de los trinquetes, los puños de los hombres.. y los corazones de las mujeres, de donde salía toda la fuerza..". Tanto se entusiasmó Arana al oír estas frases ardorosas, que, después de abrazarle, le regaló una magnífica pistola que llevaba al cinto. Un señor muy anciano, bilbaíno, D. Calixto Ansótegui, veterano de la guerra del Rosellón, se llegó a Zoilo, y estrechándole en sus brazos, le besó en la cabeza y le dijo: "en nombre de mi pueblo, te beso y te bendigo". Estas y otras escenas y sucesos de aquel día despertaron en la mente de Aura ideas bélicas, de militar grandeza, y toda la noche se la pasó soñando, entre dormida y despierta, con héroes legendarios y con maravillosas hazañas. Los que había conocido humildes se crecían a su lado, y eran ya grandes capitanes, caudillos, reyes.. ¡qué delirio! Y Bilbao era el pueblo sagrado, intangible, gracias al valor de sus hijos, que lo defendían y lo ilustraban con sus hazañas para luego hacerle rico y próspero entre todos los pueblos de la tierra. Se reía con lágrimas pensando esto y deseaba vivir para presenciar tantas grandezas. Y cuando Zoilo le contara sus actos de heroísmo, ella disimularía su admiración, y se haría la indiferente, pues no era discreto ni decoroso que la viese tan entusiasmada.. ¡Qué diría, qué pensaría!..

 

Ep-1-XXIX -

Envalentonados por la fácil conquista de San Agustín, que aunque les resultó un guiso quemado, conquista era, emprendieron los facciosos el asalto de la Concepción, convento destinado a cuartel a la otra parte del río. Después que se hartaron de cañonearlo con las baterías de Mena y Santa Clara, y cuando ya tenían hechos polvo los débiles muros de (p.4651) aquel edificio, lo asaltaron con denuedo. Los bilbaínos, sin más apoyo que el que les daba el cañón situado en la torre de San Francisco y la fusilería de la Merced, les resistieron bravamente a la bayoneta. Setenta muertos se dejaron allí los carlistas y más de cien heridos, algunos de los cuales pudieron retirar. Con este feliz suceso, que levantó los ánimos, coincidió el feliz parte transmitido desde Portugalete a Miravilla por el telégrafo óptico, que decía: Continúe Bilbao defendiéndose. Pronto será socorrida.

En la defensa de la Concepción fue Martín levemente herido en el brazo izquierdo. No se contaba de él nada extraordinario: era un exacto cumplidor del deber, sin excederse nunca. La herida no tenía importancia; casi se avergonzaba de hablar de ella, refractario en toda ocasión a los alardes de valentía. Resistiose a que le hicieran la cura en el hospital, donde había que atender a casos más graves, y se fue a casa de Vildósola, buscando el arrimo de Negretti y Prudencia. Esta mandó al instante a buscar a Aura, y al verla entrar le dijo: "Nos ha caído que hacer. Tenemos a Martín herido; y aunque no parece cosa muy grave, me temo que se complique por ser del lado del corazón.. Ahí le tienes tan pálido y triste que da lástima verle". Al instante procedieron las dos a curarle con gran solicitud, y él, recobrada su serenidad y buen humor, bromeaba con Aura, permitiéndose ponderar su belleza, y concluyendo con la exquisita galantería de que se conceptuaba dichoso de aquel estropicio para que tales manos se emplearan en curarle. Respondió la niña con buena sombra que la honra era para quien podía con su inutilidad prestar ayuda a la causa bilbaína, auxiliando a los héroes; rechazó con modestia el galán dictado tan sonoro, que a su hermano correspondía, y aseguró no apetecer más glorias que las de una ciudadanía decorosa consagrada al trabajo. Así estuvieron tiroteándose un ratito, hasta que llegó la criada de Gaminde con el recado de que fuera pronto allá la señorita Aura, pues Jesusita se había puesto mala y (p.4652) deseaba tenerla a su lado. Respondió Prudencia que más tarde iría con su tío Valentín. En vez de este llegó Sabino, con un poco de bálsamo samaritano que había ido a buscar para la cura de su hijo, y con él salió al poco rato la niña. El hombre tenía prisa, pues había quedado en acompañar el Viático que a la misma hora daban a Leonardo Allende y a Paco Amézaga, heridos mortalmente en los últimos combates. Quiso la buena suerte de Arratia que antes de llegar a la esquina de la calle del Matadero, se les apareciese Zoilo, que iba, después de tantos días, a echar un vistazo a la familia. Coyuntura tan feliz alegró al padre, que no quería más que largarse al Viático, como si pensara que éste no era eficaz sin su concurso. "¡Qué oportunamente llegas, Luchu! -le dijo-. Cuando te encontré en Santa Mónica y te mandé venir, no creí que anduvieras tan listo. Luego subirás a ver a tus tíos y a tu hermano: la herida de este es insignificante. Ahora acompañas a tu prima a casa de Gaminde, y yo me voy por aquí a Santiago".

-Corra, padre, corra; que si se descuida no alcanza..

Habíase quedado la niña de Negretti completamente paralizada de voz y pensamiento al ver a su primo. Tenía muy pensadas las expresiones que debía dirigirle la primera vez que le viese después de sus heroicidades, y todo se le borró de la memoria.

"Vamos" dijo Zoilo, viendo desaparecer a su padre por la calle de la Tendería. Y ella repitió vamos, creyendo que con esto decía bastante. -¿Por qué estará tan callado? -se preguntó cuando, recorrida toda la calle de la Cruz, llegaban al ángulo de la Sombrerería- ¿Estará enfadado conmigo?.. No sé por qué podrá ser.

Al llegar a la entrada de la Plaza Nueva, dijo el miliciano secamente: "Por aquí, por aquí es por donde vamos".

-¿Qué pasa? -indicó ella-. ¿Está interceptada la calle de la Sombrerería?

-No: es que hace días, muchos días, que no nos vemos, Aura, y he dispuesto que demos un paseo.. nosotros mismos.

-¡Pero, chico, si me están esperando!..

-Que esperen.. Más he esperado yo.. ¡Tantísimos días sin verte, y a cada (p.4653) instante creyéndome que llegaba mi última hora y que ya no te vería más!

-Ya sé que has sido muy valiente. Todo se sabe. Todito me lo han contado, y yo he dicho: "Se porta como quien es, y hace lo que se propone".

-Para eso está uno en este mundo, dilo. Se hace siempre lo que se debe, y con voluntad se tiene cuanto se desea.

-¿Y qué tienes? ¿Qué has ganado con tus heroísmos?

-¿Qué he ganado?.. ¿Pues te parece poco? Algo que vale lo que el mundo entero, y más. Te gano a ti.

-¡A mí!.. ¡Qué cosas tienes!.. Pero di, tonto, ¿a dónde me llevas? ¿Salimos por aquí al Arenal? No vayamos muy lejos. Que el paseo sea cortito.

-El paseo será del tamaño que disponga yo mismo.

-Arrogante estás.

-¿Cómo no, llevándote conmigo?

-Un ratito corto.

-O largo..

-Si tardo, me reñirá tu tía.

-A ti no tiene que reñirte mi tía ni ninguna tía del mundo, porque en ti nadie manda más que una persona.

-Pero esa persona no está aquí.

-Esa persona está aquí, y soy yo -afirmó el miliciano, parándose en firme..

-Zoiluchu, no digas tonterías; yo no te pertenezco.

-Tú me perteneces. Te he conquistado.. Que he sabido ganarte, sábeslo tú, sábelo Dios.. Sigamos hasta la Ribera, que aún tenemos mucho que hablar.

-Cuidado.. ¡Si nos ven solos por aquí..!

-Si nos ven solos, dirán: "Ahí va Zoilo Arratia, pues, con su mujer".

-¡Jesús, qué barbaridad!

-Porque si no lo eres todavía, lo serás, sin que nadie pueda evitarlo, porque yo lo quiero, y también tú.. tú y yo, que es como decir nosotros en uno mismo.. Puede que mi padre y mi tía lo lleven a mal, porque otros planes tienen; pero ni mi tía, ni mi padre, ni la familia entera, ni todo el género humano, impedirán lo que yo quiero, llamándome nosotros, lo que debe ser y será.

La firme voluntad de Zoilo, tan categóricamente formulada, sin atenuación alguna; poder incontrastable, irreductible, del orden de los hechos fatales o de las leyes de la Naturaleza, actuaba sobre el espíritu de Aura como una fascinación, como un exorcismo, más bien como la atracción sideral. Era ella el cuerpo pequeño que se veía arrancado de (p.4654) su órbita, asumido a la órbita del cuerpo mayor. El inmenso querer, el inmenso desear de Zoilo la envolvía y se la llevaba consigo en un giro infinitamente grande.

"¿Pero qué estás diciendo?.. Que tú.. que nosotros.. que yo..".

-Digo que eres mi mujer, y dilo tú; que pues yo lo he querido, es así.. y ante esto, Aura, la familia y el mundo entero tienen que bajar la cabeza.. Lo que vas a decirme, ya lo sé.

Sonó un cañonazo. Albia despidió un proyectil curvo; a los pocos segundos disparó otro Landaverde. El uno se pasó; el otro vino a caer en la ría, más abajo del Arenal.

"Vámonos por Barrencalle a coger los Cantones.. Por aquí.. No tengas miedo. Esos mentecatos tiran a esta hora por las Ánimas benditas.. No temas nada. Dios ha dicho que ni tú ni yo moriremos en el sitio. Porque lo sé soy animoso, no por valor propiamente.. ¿me has entendido? Mi valor es Aura, mi fe es Aura, dilo.. y creyendo en Aura y teniéndola, no hay balas, no puede haber balas que a uno le toquen".

-Sí, fíate.. -murmuró la doncella queriendo reír.

-Pues sí; ya sé lo que a decirme vas: que si el compromiso, que si D. Fernando.. Don Fernando no viene ya.. o se ha muerto, o no es caballero.. Y aunque venga.. ¿qué?.. Reino abandonado, reino perdido. En su trono me he sentado yo, Zoilo Arratia, y a ver si me echa él.. con sus manos lavadas.. con sus manos bonitas.. Las mías, quemadas y oliendo a pólvora, más que las suyas podrán.

-Eso no.. Luchu, eso no.. -dijo la niña muy apurada, no sabiendo encontrar en su mente fecunda más que aquella denegación anodina, infantil..

-Yo digo que sí.. Nada temo. Estorbos para mí no hay. Voy contra un ejército si es necesario.. No sé lo que es desconfianza; lo que es miedo no sé.. Ni a ti misma te temo. Sé que he de triunfar de todo, y nada me importa D. Fernando, venga o no venga. Ni el mismo San Fernando, si del cielo bajara, me importaría.

-¡Cómo te creces, primo! -exclamó Aura pensativa, subyugada por aquel torrente irresistible de voluntad-. Arrogante estás.

-¡Que si me crezco! Di que tengo vida de sobra.. ¡Y lo que falta! Aura, por mucho que (p.4655) yo suba, aún estás tú más alta. Y verte tan arriba no me pesa.. Mejor, así crezco yo más.

Muy poco adelantaban en su paseo, porque se paraban a cada frase para poder verse las caras frente a frente, y aumentar con la vista y el mutuo llamear de sus ojos la expresión de lo que decían.

"¿De modo -dijo Aura- que tú nada temes?".

-Nada. Dios me dice que tendré todo lo que quiero, porque lo sé querer.

-¿Según eso, tú, Zoilo.. no dudas?

-¡Dudar yo! ¿De qué? Eres mi mujer, te tengo.. Nadie te apartará de mí..

-Muy pronto lo has dicho. ¿Y si yo, suponiendo que quisiera ser tuya, no pudiera serlo?

-¡No poder.. queriendo!.. ¡Ah!, ya sé por qué lo dices.. ¿Crees que hago caso de esa bobada de mi tía Prudencia, que quiere casarte con Martín?.. Yo me río; ¿y tú?

-También.

-Pero no has tenido valor para decirle a la tía Prudencia y a mi padre que eso no puede ser.

-¡Oh, no me atrevo!

-Pues yo sí. Ahora mismo voy y se lo digo.

-¡Oh, no por Dios!.. Lo que has de hacer ahora mismo es llevarme a casa de Gaminde. Basta ya de paseíto. ¡Qué dirán, qué pensarán!..

-Pensarán que debemos casarnos pronto.

-¡Dale!

-Nada: ¿no tiene D. Francisco un hermano cura?

-Sí, D. Apolinar: allí está siempre.

-Pues voy a verte, y después hablo con él para que nos case.

-¡Zoilo! -exclamó Aura, dando un paso atrás aterrada de tan extraordinaria decisión. No había visto ella nunca una fuerza que a la de su primo se asemejara. El fogoso chico era la acción misma; no imploraba los favores del Destino, sino que cogía por el pescuezo al propio Destino y lo hacía su esclavo. Mientras dio la niña aquel paso en retirada, dijo Zoilo que si D. Apolinar no quería casarles, él conocía un capellán de tropa que lo haría en menos que canta un gallo. La atracción, gravitación o lo que fuera, actuó de nuevo sobre el espíritu de Aura, que dio el paso adelante, sin atreverse a decir más que esto: "Bueno, primo; creo que debemos irnos ya..".

-Como quieras.. Quedamos en que iré a verte a casa de Gaminde.

-¡Oh, cuánto hablaron de ti ayer, y cómo te ponían en las nubes! Yo, (p.4656) naturalmente, estaba muy orgullosa.. por la familia, por ti..

-Di que por ti más..

-También contaron lo del café; el brindis que echaste, lo que te dijo Arana al regalarte la pistola, y el beso que te dio, en nombre de Bilbao, el viejecito Ansótegui.

-El beso no era para mí, Aura.

Diciendo esto, y sin darle tiempo a retirarse, le cogió la cabeza, y apretándola fuertemente, le estampó como unos veintitantos besos en diferentes partes, desde la coronilla a la garganta.

"Por Dios, ¡ay, ay!, no seas bruto.. ¡Qué atrevido, qué..! Déjame.. Ya no más.. Me haces daño.. No, no; quita, quita.. Que pasa gente.. ¡Ay, no!".

-Si pasa gente, que pase -dijo Zoilo al concluir-. Estaría bueno que no pudiera uno acariciar a su mujer donde se proporciona..

Ocurriéronsele a la niña razones de gran fuerza para protestar de aquella bárbara violación de la compostura, del respeto que ella merecía; pero entre la mente y los labios perdiéronse las razones, y cuando quiso buscarlas no parecían.. Sólo pronunció entrecortadas voces que eran, empleando un símil guerrero, como migas de pan arrojadas contra un baluarte de granito. La joven siguió su camino temblando, como una brava res cogida y amarrada por potente cazador.

"Eres muy atrevido, Zoilo -dijo, rehaciéndose cuando pasaban de la soledad de la calle de la Torre a la plazuela de Santiago-, y eso no está bien.. Te repito que no está bien.. Llegaré muy tarde, y me reñirán".

-No hagas caso. Yo soy tu dueño, y no te riño, pues.

-Y a ti te regañará tu padre, si sabe..

-Soy hombre.. Mi padre me respetará como yo le respeto a él.. Si algo me dice, que estoy casado le responderé.

-Eres atroz, Luchu.

-Soy terrible.. Cuando me convenzo de que tengo que ir a un punto, voy. Nada me acobarda.. Nadie me domina, y yo domino todo lo que quiero, y más.

-Es mucho decir..

-Más hago que digo.. Yo hablo con las acciones.

En esto llegaron a la casa de Gaminde, y él fue tan juicioso que no la detuvo en el portal. "Súbete pronto. Ya sabes que vendré a verte cuando el servicio me lo permita".

-Adiós.. No hagas barbaridades. (p.4657) Bastante te has lucido ya.

-Yo no quiero lucirme.. Me ejercito; me lo pide el cuerpo.. y el alma.. Así se hace uno fuerte para lo que venga, Aura. Adiós.

-Adiós.. Me subo volando.

 

Ep-1-XXX -

Al sentirse físicamente lejos de la esfera de atracción de aquella voluntad potente, volvió la niña a girar en su órbita y sintió recobrada en parte su personal fuerza. "Es un bruto -se decía-; pero no hallo la manera de sustraerme a su poder. ¡Qué hombre, qué energía!.. ¡Ay!, tendré que hacer un esfuerzo para no dejarme dominar, pues de lo contrario, no sé lo que pasará.. Como mérito, lo tiene.. ¿De qué será capaz Zoilo, si no le mata una bala? Pues de las cosas más grandes. Me asusta, verdaderamente me causa tanto miedo como admiración.. ¡Qué mal he hecho en dejarme besar! Se creerá que le pertenezco, y eso sí que no. Pero me cogió tan desprevenida, ¡qué pillo!, que no pude.. Cualquiera le dice que no a nada. Este es de los que no se dejan gobernar, y gobiernan a todo el mundo.. Yo no sé lo que me pasa.. Cuando estoy lejos de él, soy muy valiente.. pero se me acerca, y ya estoy temblando.. ¡Vaya un hombre!.. Pero no: es preciso que yo me mantenga en mi deber y en mi consecuencia, porque no puedo faltar a lo jurado.. El mío es otro.. y aunque estoy muy enojada con Fernando porque no viene, ni se anuncia, ni nada, debo mantenerme firme.. La verdad es que ya pesa, Señor, ya pesa este abandono en que estoy, y si yo me declarara independiente, no tendría razón ninguna en quejarse. Sabe Dios que le he querido y le quiero como cuando nos conocimos.. No dirá que he faltado. Él es quien falta.. ¿Y quién me asegura que no se ha entretenido lejos de mí con otra mujer? Esto sería ya inicuo, esto sería ultrajante para mí.. Pero yo soy quien soy, y espero, espero, espero.. ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?.. Digan lo que quieran, tengo yo mucho mérito, y la palma de la constancia nadie me la puede quitar..".

Pensando en esto, que era su continuo pensar, hizo propósito de esperar a Fernando hasta unos días después de (p.4658) la terminación del sitio.. ¿Y si llegaba después del plazo que ella fijara y daba explicaciones satisfactorias de su tardanza?.. No, no: había que aguardarle hasta que se tuviese la certidumbre de que no había de venir.

Acontecía que en sus cavilaciones nocturnas sobre este tema, a veces la persona de Fernando presentábase en la mente de Aura un tanto desvirtuada en sus atributos. Como todo se gasta y perece, aquel ser tan traído y llevado en los sueños de la sensible joven, desmerecía, se deslustraba, como las bellezas materiales que el tiempo y el uso van carcomiendo, como las flores que se marchitan, como las nobles vestiduras que se ajan, como las finas armas que se enmohecen.. Sobre cuanto existe actúa el tiempo, artista minucioso que deshace unas obras, pieza por pieza, para hacer otras, o las reduce a polvo para vaciarlas en mejor molde. El maldito no está nunca quieto, y no hay cosa peor que dejar en su poder, para que lo guarde, algún objeto moral o físico de gran mérito y estimación. Si no se queda con él, lo devuelve transformado.

No estaba ociosa la niña de Negretti en aquellos días, pues sus amiguitas no la dejaban de la mano, llevándola de casa en casa, a patrióticas reuniones femeniles para coser sacos, preparar hilas y vendajes, cuando no iban a Santa Mónica, según los turnos que designaban las señoras mayores. Una tarde, reunida una cuadrilla en que no había menos de dos docenas de muchachas, algunas de las más bonitas del pueblo, discurrieron ir a visitar al oficial herido Fernando Cotoner, que por su gentileza y donosura tenía gran partido entre el bello sexo. Custodiadas por una comisión de mamás invadieron su casa, y halláronle en vías de convalecencia, alegre y decidor como de ordinario; y tanto se excitó con la irrupción de niñas guapas, y tales apetitos de hablar mucho y vivo le entraron, que el médico tuvo que ordenar la inmediata salida del enjambre. "De esta no muero, amigas de mi alma -les decía clavado en un sillón, gesticulando con exceso, pues condenado a quietud absoluta, sin más juego (p.4659) que el de los brazos, usaba de estos desmedidamente-. Sólo ha sido un agujero más, y ya he perdido la cuenta de los que debo a la guerra. La que se case conmigo, ya sabe que se casa con una criba.. Fernando Cotoner no entra en acción sin que le toque alguna china.. Es el niño mimado de las balas.. ¿Saben la carrera que sigo? La carrera de inválido.. Adiós, flores bellas, alegría de mi corazón.. Un momento, aguarden un ratito.. ¡Vivan las niñas de Bilbao! ¡Viva la Libertad y muera Carlos V!". Respondió el alegre coro desde la puerta y en el pasillo, a donde las empujaba el médico D. Miguel Medina, sacudiéndolas con su pañuelo como si ahuyentara moscas.

A menudo iba Aurora a pasar un ratito con su tío Ildefonso, que con ella se animaba, saliendo por breves momentos de su taciturnidad sombría. Gustaba de que ella, y no los demás, le refiriese las sucesivas ocurrencias del sitio, las victorias que con su heroico tesón iba ganando el pueblo, la situación probable o supuesta de las tropas que venían en socorro de la plaza. Y él, siempre bondadoso, no desmemoriado a pesar de la turbación de su mente, gustaba de decirle lo que consideraba más grato para ella: "Si Espartero viene pronto y salva a Bilbao, en cuanto se abran las comunicaciones tendremos aquí, creo yo, al buen D. Fernando". Y otro día, con gran reconcomio de Prudencia, que se mordía los labios para comprimir sus ganas de controversia, dijo: "Me da el corazón que el Sr. de Calpena está con Espartero, y que entrará con él".

Pasaron días sin que Aura y Zoilo se viesen, por causa de la permanencia casi continua del valiente chico en las líneas de defensa. En cambio, siempre que iba la niña a casa de Vildósola, era infalible su encuentro con Martín, que tardaba en restablecerse de su herida más de lo que parecía natural. Prudencia daba largas al proceso traumático, aplicando vendajes con unturillas de su invención, completamente inofensivas. En el largo espacio que daba el tratamiento dilatorio, logró el benemérito joven, con no poco estudio, aguijoneado por su tía, (p.4660) declarar a la hermosa doncella el amor puro, de honradísimos y santos fines, que le inflamaba, gastando en ello fórmulas algo semejantes a las farmacopeas de Prudencia. Contestábale Aura agradeciendo sus nobles sentimientos, y declarándose imposibilitada de corresponderle por el compromiso antiguo que a otra persona la ligaba. Por su parte, la sagaz gobernante, siempre que a solas la cogía, incitábala a no ser tan huraña con Martín, asegurando que partido mejor no encontraría aunque lo buscara con pregón. La pobre joven rompía en llanto; deseaba que el tío Ildefonso se pusiera bueno para contarle sus cuitas y pedirle consejo; pero esto era muy difícil, porque Prudencia nunca la dejaba sola con su marido, temerosa de que Ildefonso, con su puritanismo y el rigor de sus principios, tan contrarios al sentido práctico, la torciese más de lo que estaba.

Y por desgracia, el pobre Negretti iba de mal en peor. Una tarde, hablando de ello Vildósola, Valentín y Prudencia, delante de Aura, expresó aquella con lágrimas su dolor por el desvarío manifiesto de las ideas de su esposo.

"Ayer -manifestó Valentín, suspirando- seguía con el tema de que ya no se harán los barcos de madera, sino de hierro, todo el casco de hierro..".

-Esto no es absurdo, no, amigo mío -dijo Vildósola, hombre indulgentísimo, muy crédulo y que no era pesimista en el caso de Negretti.

-Absurdo no.. Científicamente, puede ser. Lo gordo es que, según Ildefonso, todo ese hierro que se necesita para construir los barcos de mañana se llevará de Bilbao a Inglaterra. Vean por dónde nos vamos a quedar sin montañas.

-Poco a poco, Valentín. Hablando con franqueza, no veo el delirio, no veo el disparate..

-Pero, hombre, ¿estás tú loco?.. ¡Embarcar toda Vizcaya en naves de hierro para llevarla a Inglaterra! ¡Ah, tunante!, como buen corredor de cambios, ya se te hace la boca agua pensando en el papel Londres que vas a colocar el día que..

-No es eso.. yo digo..

-Cállate, Cirilo.. Se trata de barcos, y yo..

-Se trata de comercio, y yo..

-Esperen.. -dijo Prudencia, cortando (p.4661) la cuestión-. A mí me aseguró que toda nuestra ría no será bastante para contener las embarcaciones grandes, grandes..

-A mí me dijo que dentro de cuarenta años se verían en estas aguas cuatrocientos barcos de dos mil a tres mil toneladas, descargando carbón y llevándose la mena.. Para ese tiempo se empedrarían las calles de Bilbao con libras esterlinas, y tendríamos aquí fábricas y talleres tan grandes como de aquí al paseo de los Caños..

-Pues ese delirio -afirmó el corredor- merece mi aplauso, y no he necesitado más que oírlo mencionar para sentirme contagiado. Yo deliro también, Valentín. Yo creo en el hierro.. yo lo veo..

-Lo que tú ves es el cambio, los chelines y peniques. Tú no estás bueno, Cirilo.. El sitio a todos nos volverá locos.

-Yo veo el hierro..

-Sí: tendremos que echarnos cabezas de hierro para poder pensar. Adelante.

-Con ser un delirio eso de exportar las montañas -añadió Prudencia-, no me resulta tan desatinado como la que me soltó esta mañana. Hablábamos del sitio, de si viene o no viene Espartero, y él muy serio, convencidísimo y enteramente aferrado a su opinión, se dejó decir que para que Bilbao llevase su defensa hasta la última extremidad, volviendo locos a los carlistas y obligándoles a largarse corridos, era menester que pusieran de gobernador de la plaza, ¿a quién creéis?, a nuestro sobrino Zoilo. Dice que Luchu es la más fuerte energía militar que tenemos aquí. Y que si él estuviera al frente del ejército del Norte, ya no quedaría un carlista para un remedio.

-Es que anoche -indicó Vildósola- estuvo Zoilo contándole cosas de cañoneo y batallas, con las exageraciones y el ardor que el chico pone en todo lo que dice.

-Ya me cuidaré yo -afirmó Prudencia- de que no vuelva a pasar.. Cuente Zoilo sus hazañas a los que están buenos, no a los enfermos del magín, que fácilmente se ponen perdidos oyendo hablar de encuentros, degollinas, zambombazos y demás gracias de la guerra, que a mí no me hacen ninguna gracia.

Oía estas cosas Aura sin aventurar de su parte observación alguna, y lo único (p.4662) que se le ocurrió fue el propósito de advertir a su primo, en cuanto le viese, que se abstuviera de contar al tío lances guerreros, ni nada en que figurasen bombas, granadas y metralla. El día 5 de Diciembre, poco antes de la salida que hicieron los sitiadores por la parte de Artagán, creyendo obrar en combinación con Espartero, vio la niña al miliciano; pero no pudo hablarle. Iba ella con las de Gaminde y las de Ibarra por la calle del Correo, a oír misa en Santiago, cuando pasaron las compañías de Milicianos y de Trujillo en dirección de Achuri: Zoilo la vio, y ella a él. Aura no hizo más que sonreír y ponerse muy encarnada; él la saludó graciosamente con una sonrisa y fugaz movimiento de los labios. Por la noche, oyendo contar que la salida, aunque brillante, no resultó eficaz por el mal acuerdo de haberla hecho sólo con cuatrocientos hombres, pensaba la hermosa joven que si Zoilo hubiera dispuesto la operación habrían salido lo menos mil.. Vamos, ¿a quién se le ocurría mandar cuatrocientos hombres, ni aun contando con el apoyo de Espartero por el lado de allá? También ella se iba volviendo estratégica. La verdad, no comprendía cómo sus tíos encontraban tan disparatadas las ideas de Negretti con respecto a Luchu.. ¿Pues qué? ¿Dónde había voluntad como la suya? ¿Quién le igualaba en grandeza de corazón, en bravura y serenidad? Pues así como tenía estas dotes, bien podía tener las otras, las del cálculo para saber por dónde se atacaba y con qué fuerzas, y en qué ocasión y momento.

Acostose con la cabeza dolorida, congestionada de tanto pensar, y pasó malísima noche, sin poder conciliar el sueño, atormentada por una idea tenaz, monomaníaca, consistente en establecer paralelo entre Don Fernando y su primo, midiendo y aquilatando las excelsas cualidades de uno y otro. Sin duda había pocos como Fernando, cuya inteligencia, caballerosidad, exquisita educación y finura cautivaban.. Esto no quitaba que el otro fuera más hombre, más.. no sabía cómo expresarlo. Era todo lo hombre que se puede ser. Con la voluntad que a él le (p.4663) sobraba, se podían hacer cien personas enérgicas, o mil.. No había más que mirar aquellos ojos para comprender que era su alma toda acción, de las que gobiernan y no se dejan gobernar, de las que subyugan y avasallan.. Pero por ser menos hombre, no perdía sus hermosos méritos Fernando. ¡Qué talento, qué gracia, qué elegancia de formas! ¡Luego sabía tantas cosas, había leído tanto!.. En cambio, Zoilo era un bruto, un bruto, eso sí, capaz de aprender en poco tiempo todo lo que no sabía, y llenar de conocimientos el profundo pozo de su ignorancia.. Insistía la gentil niña, dando extensión absurda a estos paralelos febriles, en pertenecer a Calpena, en mantenerse fiel a su compromiso; pero mucho tenía que fortificar su voluntad para oponerse al torrente del querer de Zoilo, de aquel querer que no admitía réplica ni oposición, que todo lo arrollaba hasta imponer y afianzar su imperio. Para defenderse del audaz tirano, lo más conveniente sería no verle más, no hablar con él.. ¿Y cómo podía ser esto? Si Fernando viniese pronto, todo se arreglaría; pero ¡ay!, le daba el corazón que Fernando, o tardaría mucho o no vendría más. La insistencia de Ildefonso, al afirmar que vendría con Espartero, era un desatino de la perturbada mente del buen mecánico.. Imposible, pues, sustraerse a la sugestión avasalladora, soberana, fatal, de su primo. Dios le había dado el don de querer con tan grande intensidad, que cuanto quería se le realizaba. No soñaba, hacía; pensamiento y ejecución significaban en él lo mismo.

Como era la niña tan inteligente, y además poseía su poquito de instrucción, extraordinaria para las muchachas de aquel tiempo, podía discurrir sobre estas cosas de humanos caracteres, y hasta encontrar forma relativamente apropiada para expresar sus juicios. Prosiguiendo el ingenioso paralelo, se dijo: "¿Y este Luchu es romántico?.. Puede que sí; pero no, como Fernando, un romántico de soñación, sino de acción.. Así lo veo yo. Todo el romanticismo y toda la poesía de Fernando es la de los dramas, la de los libros que (p.4664) andan ahora: en los libros y en los dramas, que son pura mentira, ha bebido él su romanticismo, como las abejas en las flores.. Este Luchu no es así: todo lo tiene en su alma desde que Dios la hizo. D. Fernando sueña, se emborracha con lo que ha leído.. quiere llevar todo aquello a la acción y no puede.. no le sale.. Claro, como que no es suyo.. (Pausa larga de aturdimiento y confusión.) Pero ahora caigo en ello. Zoilo no es romántico, sino clásico, tan clásico, que no puede serlo más.. Se me ocurre el disparate de compararle con los dioses antiguos, que tomaban figura de hombres, y a veces de animales, para andar por el mundo y hacer lo que les daba la gana.. Y se metían entre los ejércitos, y daban la victoria a quien querían, y destruían pueblos, y soltaban rayos, y seducían mujeres.. sin que nadie pudiera oponerse a su voluntad.. Naturalmente, como que eran dioses".

 

Ep-1-XXXI -

Tenía Valentín por ineficaz aquella dispersión de la familia en diferentes moradas, pues ningún lugar era seguro en el casco de la villa. El inmenso peligro que los vecinos de la Ribera vieron en esta parte del pueblo cuando los carlistas preparaban su ataque a la Concepción, fue conjurado por la bravura bilbaína en la sangrienta jornada del 29 de Noviembre. Si el enemigo hubiera conquistado aquella línea, poniéndose a tiro de fusil de todo el frente de la Ribera, esta habría resultado inhabitable desde el Teatro hasta Barrencalle. Pero como continuaban en sus antiguas posiciones de Santa Clara y barrio de Mena, y lógicamente no habían de meterse en arriesgadas aventuras por aquella parte, pues toda su fuerza y vigilancia la necesitaban de la Salve para abajo, atentos a las pisadas de Espartero, los vecinos de la Ribera recobraban su tranquilidad, y los menos tímidos se iban metiendo en sus hogares. Determináronse, pues, Sabino y Valentín a congregar la dispersa familia: ya José María y Churi, que se instalaron en la casa para estar al cuidado de todo, habían comenzado las reparaciones convenientes en el tejado.

Prudencia opinaba como sus hermanos respecto (p.4665) a la concentración, pues no se hallaban muy a gusto en casa de Vildósola. Este y Rufina, su mujer, era excelentes personas; no así la suegra, que de continuo cerdeaba y se ponía fastidiosa, dando a entender que la molestaban los huéspedes. Además, todo aquel barrio de Zamudio había venido a ser el más inseguro; las baterías facciosas del barranco de Santo Domingo y de Iturribide atizaban candela y bombas; en la calle de la Cruz y en la vuelta de la de la Ronda habían caído proyectiles, destrozando dos edificios. Para colmo de desdichas en la noche del 13 una carcasa pegó fuego a la finca medianera con la de Vildósola; los vecinos de esta hubieron de desalojar de prisa y corriendo, y Negretti fue llevado a casa de D. José Antonio de Ibarra, amigo de la familia, procurador y comerciante con tienda y almacén en la calle de la Sombrerería. Aunque los Ibarras eran gente bonísima, hospitalaria y servicial, Prudencia no estaba conforme con vivir en prestados hogares, y decía, refunfuñando: "Cada lobo a su cueva, y sea lo que Dios disponga".

Todo el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones en la Sanidad empleábalo José María en el arreglo de la casa, ayudado por Churi, el cual cada día hacía menos uso del don de la palabra. Con un gesto expresaba todo lo que tenía que decir; con un mohín daba respuesta categórica y breve a cuanto se le preguntaba. Obedecía ciegamente a su primo, y juntos iban a comer a casa de Miguel Ostolaza, el individuo de la Junta y comerciante de las Siete Calles que se distinguía por su bullicioso patriotismo y su desmedida afición al aurrescu. Otro de los Ostalazas tenía botica en Artecalle: con este o con Miguel vivían indistintamente, según las peripecias del sitio, la madre y una hermana, Juanita Ostolaza, de quien era novio José María, con relaciones de exquisita honradez y compostura, y planes de matrimonio. Desde que ambos eran niños andaban en aquellos honestos tratos, y de acuerdo ambas familias habían concertado la boda para cuando Bilbao estuviese triunfante y libre. Comían los (p.4666) dos primos de Arratia en la botica de Francisco o en la tienda de Miguel Ostolaza, y tornaban sin pérdida de tiempo a sus ocupaciones.

Frecuentaba también Zoilo la casa paterna por mudarse de ropa, lo que hacía con desusada frecuencia. Habíase vuelto muy presumido; se acicalaba; tenía su uniforme en perfecto estado de limpieza; iba a los combates como a la parada, gallardo, guapísimo, la cabellera corta bien peinada, el bigotito juvenil atusado con marcial donaire, bien afeitada la barbilla, los botones del uniforme relumbrantes. Si por acaso se encontraban en la tienda los dos primos rivales, no se dirigían la palabra: Churi ni siquiera miraba a Zoilo, y este tampoco era muy expresivo con su hermano mayor. Atribuía el buenazo de José estas reservas a genialidades de uno y otro: Churi, con su sordera aisladora, se envolvía cada vez más en sus tristezas, labrándose un capullo para sepultarse dentro; Luchu, por el contrario, con sus ruidosos triunfos militares, propendía fatalmente a la expansión locuaz, al dominio. No desconocía José los méritos de su hermano, ni los servicios que con su bravura y serenidad heroica había prestado a la causa bilbaína; casi encontraba justificado su creciente orgullo. Sencillote y benévolo, era el primero en extender a toda la familia las glorias del gallito de Arratia, y en gozar de su prestigio y fama, de lo que resultaba un reconocimiento tácito de su superioridad.

Continuaba Aura en casa de Gaminde, tan querida de las niñas Florencia y Jesusita que no sabían separarse. Pero aconteció que la pequeñuela contrajo una calentura eruptiva, y temerosa Prudencia del contagio, llevó a su sobrina a casa de Orbegozo, donde también la querían y agasajaban. La señorita de Orbegozo poseía algunos tomos de novelas, que leyó Aura, entre ellas, Valeria y Beaumanoir, de Madame Genlis. Manjar tan empalagoso no era del gusto de la joven, que lo apetecía más tónico y amargo. Dulzona era también Socorrito, y muy aficionada a novedades de moda y perifollos. No congeniaban. Más a gusto se encontraba Aura con (p.4667) las de Busturia, chicas criadas en una trastienda, sencillas, trabajadoras, heroínas domésticas sin afectación; pero aunque festejada por unas y por otras, y deseando conservar tan buenas amistades, anhelaba volver a su casa, vivir entre los suyos, que suyos eran ya, con vínculos del alma, los Arratias chicos y grandes. Al propio tiempo que estas dispersiones enfadosas ocurrían, aumentaba el malestar de todos la escasez de víveres, ya en proporciones aterradoras. Una docena de huevos, de remota antigüedad, no podía adquirirse por menos de sesenta reales. Por una gallina tísica había quien daba media onza. Los gorriones que los chicos cazaban y vendían por chimbos, valían como si fueran pollos. Las alubias llegaban a cotizaciones fabulosas; las patatas no existían, y el bacalao comenzaba a escasear. Algunos días se iba Churi sin decir nada por el Nervión arriba hasta cerca de la Isla, y traía media taza de angulas, con las cuales obsequiaba Prudencia a los de Ibarra, festejando el bocado como un hallazgo preciosísimo en tales tiempos. Iban por allí el corredor Vildósola y José Blas de Arana, ambos famosos entre la gente bilbaína por sus anchas comederas, así como por su inteligencia en artes gastronómicas. Se consolaban de las abstinencias del asedio hablando de suculentas comidas, de platos castizos, y recordando sus merendonas y gaudeamus en días mejores. Arana ofreció a Churi un morrión de miliciano y un sable si le traía una taza de angulas, y Vildósola refería con buena sombra sus sueños, que eran siempre de comer mucho y bien. "Anoche, para hacer boca, despaché cuatro ruedas de merluza, y encima una docena de chimbos de higuera, que fueron seguidos por una tanda de barbarines..".

-Ya podías haber guardado algo para nosotros -indicó Prudencia-. A Ildefonso le gustan locamente los barbarines fritos en papel.

-Pues yo -dijo Arana-, si soñase esas cosas me pondría malo, y al despertar tendría que purgarme. Me reservo para cuando salgamos de este bromazo. Lo probable es que perezcamos (p.4668) todos, y moriremos acordándonos de la Libertad y del bacalao en salsa roja. Pero si tengo la suerte de salir con vida y de ver reventar a D. Carlos, ojalá que esto sea en la época de los guibilurdines para celebrarlo con un buen atracón de tan rico vegetal.

-Mira -dijo Vildósola-, yo espero que terminemos antes de que vengan los guibilurdines. Te apuesto todo lo que quieras a que la entrada de Espartero la celebramos en el propio San Agustín con chacolí de Quintana, y angulas y lo demás de la estación.. y todo esto antes que cante el gallo de Navidad.

-Yo te apuesto lo que quieras a que el gallo y pavo de esta Navidad serán de aquellos que andan por los tejados. Esto va largo, y es casi seguro que saldremos vestidos de máscara a tiroteamos con los serviles. Espartero está comiendo merluza, y no se acuerda de nosotros.. ¿Pero qué remedio? Comeremos clavos en vinagre. ¿Oye, no sabes? Bringas me mandó chocolate muy bueno, y dos docenas de bizcochos que sobraron del primer sitio.. En mi casa, con ocho de familia, nos defendemos con el maíz que quedaba en el almacén de Busturia. Lo machacamos; Hilaria sabe hacer unas combinaciones muy buenas, bollitos, fruta de sartén, con un poco de salvado que nos resta, aceite de linaza, nuez moscada.. Te convido si quieres, y para obsequiarte añado una rata magnífica que cogimos esta mañana en mi almacén.. cebada con raba y sardina, ya ves.

-Gracias: yo tengo hoy huevos de paloma, y una cecina de macho cabrío que está diciendo "comedme".

-No: lo que dice es "tiradme". Es de la que tenía Cosme el de Belosticalle, que la untaba de pimiento choricero para que tomase color y pareciera jamón.

Con estas bromas se entretenían, y conllevaban alegremente las tristezas de situación tan angustiosa. Desprovista del precioso humorismo, y sintiendo en sí muy debilitada ya la vibración patriótica, Prudencia no veía las santas horas de que la pesadilla del sitio terminase. ¡Ay, sería como un despertar risueño! Ya no se podía sufrir el constante llover de bombas y granadas, los (p.4669) espectáculos de muertes y horrores, el hambre, que podían soportar hasta cierto punto los sanos, pero no los enfermos.

El deber patriótico a todos les traía revueltos, sufriendo mil molestias, viviendo a las veces en medio de la calle. Sabino, hombre de gran resistencia, solía llegar a la noche sin haber tomado más que un ligero desayuno; Valentín llevaba en sus bolsillos mendrugos de borona, y se iba alimentando en el transcurso de las caminatas y ocupaciones que a todas horas le imponía su cargo en la Junta. Más de una noche durmió en un banco del cuartel de la Plaza Nueva o en el duro suelo del café llamado Gari guchi (Poco trigo) . Eran los cuarteles sitios de reunión, semejantes a los modernos casinos. Unos cuantos amigos alquilaban un local en buen sitio, y aligeraban allí con sabrosa tertulia las largas noches de invierno, o se divertían con pasatiempos inocentes. El lujo era desconocido en tales instalaciones; el mueblaje lo indispensable para evitar la incomodidad de sentarse en el suelo, o de comer con el plato en las rodillas. Había un cuartel en la Plaza Nueva, perteneciente a un grupo de mayorazgos y segundones; otro en la calle de la Pelota, donde dominaba el elemento mercantil; y tanto en estos como en otros de inferior pelaje, marcábase el embrión de los casinos que hoy son centros de recreo, de holganza y de peores cosas, en grandes y chicas poblaciones. Durante el sitio, los cuarteles hallábanse abiertos para todo el que en ellos quisiese entrar, y servían de cómodo apeadero para militares y paisanos, que teniendo que acudir de un lado a otro, necesitaban tomar un refresco sin necesidad de acudir a sus casas. Los patriotas se daban cita en ellos; los individuos de la Junta y los jefes de la guarnición tomaban en este o el otro cuartel las medidas más apremiantes. A los más ocupados, que no podían descansar en toda la noche, les mandaban la cena al cuartel. La fraternidad era cordialísima, los alimentos comunes. El que por cualquier causa, descuido de la familia o falta de aviso, no tenía qué cenar, metía confiadamente (p.4670) la mano en el plato del amigo.

El Gari guchi era una combinación de cafetín y cuartel, pues en el entresuelo, alquilado por varios mercaderes de las Siete Calles, habían estos establecido su recreo de billar y mesas de tresillo. Ni allí, ni en el café del Correo, ni en ninguno de los cuarteles se hacía de comer. Pero ya se iniciaba de un modo rudimentario este progreso, pues si no se guisaba, calentaban la comida que de tal o cual casa traían; y el conserje o encargado también hacía café para los señores, los cuales no pagaban la taza, sino que ponían los ingredientes, resultando gratis la obra culinaria: no se le pasaba por las mientes al guardián del local el tomar dinero por aquel servicio. De tal modo las costumbres patriarcales apuntaban su evolución primera, anunciando esta moderna organización del egoísmo. Las guerras deshicieron el antiguo régimen patriarcal de las sociedades, y fueron creando el vivir que ahora conocemos, donde todo se tiene y se paga, donde se desarrollan la comodidad y libertad individuales en el calor del hogar público, mientras se quedan solas las mujeres en el doméstico, cuidando de que no se apaguen las últimas brasas.

 

Ep-1-XXXII -

Rendido de fatiga y con más hambre que cómico en Cuaresma, arribó Valentín al cuartel de la Plaza, donde tuvo la suerte de hallar al mayorazgo D. Nemesio Mac-Mahon, exaltado patriota, que le brindó a participar de las sopas que comía. En la misma mesa de despintado pino, hacían por la vida los individuos de la Diputación D. Vicente Ansótegui y D. Antonio Irigoyen, con un capitán de Trujillo y otro de Toro. Versó la conversación sobre los movimientos de Espartero, que después de inútiles tentativas por la parte de Aspe y Azúa, se había vuelto a la orilla izquierda, y a la sazón celebraba consejo de generales para resolver qué se haría en situación tan apretada, pues Bilbao, desangrada ya y sin víveres, parecía llegar al límite de la constancia. El telégrafo había dicho por tercera vez: "siga Bilbao defendiéndose, que pronto será socorrida". Pero el socorro ¡vive Dios!, tardaba en llegar. (p.4671) Como en la mente y en la voluntad de todos la rendición era el mayor absurdo, no les quedaba más recurso que un morir glorioso, numantino.

En esto entraron Zoilo Arratia y su amigo Víctor Gaminde; Valentín dejó a los señores para correr junto a los muchachos, en quienes encontraba siempre viva la llama patriótica y el nativo coraje de la tierra. Habló Zoilo con el encargado del cuartel, un vejete con antiparras y cachucha, que jamás se quitaba la pipa de la boca. Entregole un envoltorio de papel que traía, recomendándole la mayor actividad en la confección del menjurje, pues uno y otro se hallaban desfallecidos.

"¿Qué es eso, Zoiluchu? ¿Café por casualidad?..".

-Por casualidad es cáscara de cacao. Tengo más, y si usted quiere..

-Y azúcar -dijo Víctor Gaminde dando al guardián otro cucurucho-. Lo hemos encontrado entre las ruinas de una casa que se quemó en la Esperanza. No tiene más sino que está hecha caramelo, por el fuego.

Y la ofreció a los señores, con obsequiosa finura. "Si quieren ustedes caramelo, aquí hay. Tenemos mucho más, y ahora vamos a tomarnos un cocimiento de cáscara de cacao bien dulce. Desde ayer no ha entrado en nuestros cuerpos nada caliente".

En esto llegó Sabino con la capa chorreando agua, porque llovía copiosamente; la colgó de una percha, diciendo con avinagrado mohín: "A fe que se pone buen tiempo para que D. Baldomero nos socorra. Me parece a mí que ese..

-¡Pero este Sabino!.. Ya viene murmurando del General en jefe -dijo Mac-Mahon-. ¿También tiene Espartero la culpa de que llueva?

-La tiene de no haber emprendido las operaciones antes de que el temporal se nos echara encima. Para eso es Generalísimo. Dios manda el tiempo bueno y malo. El hombre debe mirar al Cielo, y aprovechar las claras.

-¿Pero tú no sabes que no hay clara.. que sea de fiar?

-Lo que sé, Sr. D. Nemesio, es que no hay general cristino que no sea un pelmazo.

-Vamos, hombre, cálmate, que vas a enflaquecer. Siéntate aquí: te daremos unas cucharadas de sopa.

-Un (p.4672) poco tarde llegas, Sabino -le dijo Ansótegui-. Ni rebañaduras hay ya. Como no te entretengas en lamer todos los platos..

-Gracias: vengo del café de Posi, donde Blas Arana y yo hemos partido media docena de sardinas y un plato de alubias.. Allí me han dicho que D. Baldomero, por variar, vuelve al otro lado del Nervión, y que están desarbolando quechemarines para armar un puente de barcas.. ¡A este paso..! En preparativos se ha llevado el buen señor un mes, y todavía no ha concluido de resolver por qué orilla se arrancará.. ¡Y Bilbao aguantando sitio y más sitio!.. No me digan a mí de Numancia y Sagunto.. ¡Deliciosa Navidad nos espera!

-Hombre, sí: Navidad sin pesebre.

-¡Y que tenga uno que celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios en esta situación!.. Ya lo creo: el D. Baldomero, con merluza y besugo a todo pasto, no tiene prisa.. ¿Qué le importa que aquí nos comamos unos a otros?

-Pero, hijo, si la voluntad de Dios así lo dispone, ¿qué quieres que hagamos?

-No me quejo por mí. Pero he dado a Bilbao mis tres hijos, lo único que poseo, y no quiero verles morir de hambre.. Ni a Dios puede gustarle eso. Dios dice: cumplid vuestro deber.. pero comed, alimentaos.

-¿Estás bien seguro de que Dios dice eso?

-Ahí están las Sagradas Escrituras.. ¿Pues para qué multiplicó los panes y los peces?

-Ahí tienes tú un milagro que ahora nos vendría muy bien.

-Con que multiplicara los gatos, nos dábamos por bien servidos.

Arrimado a la mesa donde los jóvenes esperaban el remedio de su necesidad, pidió Valentín a Zoilo su opinión sobre lo que podría suceder si la tardanza de Espartero se prolongaba. Largo rato disertaron sobre ello. Había el miliciano adquirido tanta autoridad en la familia por razón de su denuedo y militar aptitud, que ya su tío gustaba de escucharle, y estimaba en mucho su discernimiento y parecer en cosas de guerra. La arrogancia del chico no excluía su deferencia con las personas mayores. Zoilo se había crecido moralmente en el espacio de un mes, adquiriendo aplomo, serena energía, y una (p.4673) descomunal fuerza de convicción en cuanto sostenía y pensaba. Sin darse cuenta, su padre y tío aceptaban gradualmente la superioridad del inferior, la grandeza del pequeño, y no se sentían humillados por ello.

-Oye, hijo mío -díjole Valentín, mientras los tres saboreaban en sendos tazones la infusión caliente y dulce-: cuando Bilbao sea libre, te decidirás por la carrera militar, para la cual muestras disposiciones de padre y muy señor mío.. Si así lo haces, me alegraré por ti; lo sentiré por la casa.

-No, tío -replicó lacónicamente Zoilo-; no seré militar.

-Antes de diez años, si la guerra siguiera, te veríamos de General: tal creo -aseguró Valentín, sacando de su bolsillo mendrugos de borona que partió con los muchachos, apresurándose a reblandecer el suyo en su taza.

-Seguiré como estaba.. Y si usted quiere, para que mi padre descanse, me pondré al frente de la ferrería.

-Francamente, a un hombre como tú, tan cortado para la milicia, valiente como ninguno, paréceme que no le cuadra el oficio modesto de ferrón.

-Pues si no soy ferrón, seré otra cosa: trabajaré por mi cuenta, y haré pronto un capital. Proponiéndomelo, he de conseguirlo.. Todo lo que el hombre quiere con firme voluntad, lo tiene, y más.

-¡Qué alientos gastas, chico! Dios te los conserve.. Celebraré verte al lado de la familia, para que a todos nos ayudes.. Luego que se acabe esta guerra maldita, nos pondremos a trabajar como fieras, y sacaremos a flote la casa. Vosotros, los sobrinos, debéis estableceros en nuevas familias debajo de nuestro amparo. Casaremos inmediatamente a José María, que tanto él como su novia están corrientes de papeles, con el cura a bordo; luego empalmaremos a Martín con Aura, que también están concertados; y tú bien puedes ir buscando novia, pues un pájaro de tu condición debe tener nido, y engendrar hijos robustotes y valientes.

-¿Novia dice usted?.. Ya la tengo..

-¿Ya?.. Bien, hijo, bien; así me gustan a mí los hombres: decididos, querenciosos. ¿Que se proponen un objeto, un fin? Pues a él, ¡contro! Cuando los otros (p.4674) van, ya tú vienes de vuelta encontrada.. ¿Y quién es la parienta, se pude saber?

Callaron los dos mozos; Víctor Gaminde sonreía.

"Víctor sabe quién es.. ¿No puedo saberlo yo? Bueno: estas cosas son un poco vergonzosas.. Tú no has de hacer una mala elección. Me gustará mucho verte abarloado con una de las chicas más bonitas y honestas de la población. Y si la encuentras de esas.. que pesan, ¿sabes?.. que pesan.. porque hay lastre de onzas en el arca, mejor, Zoiluchu, mejor. Has demostrado que vales mucho; tienes un gran porvenir. Para decirlo todo, hijo, eres guapísimo: nada te falta. Ya puedes traernos a casa lo mejorcito de Bilbao, que bien te lo mereces, bien te lo has ganado".

-Lo mejor del pueblo llevaré.. pierda usted cuidado.. No sería quien soy si así no lo hiciera.

-Eres un hombre..

-Soy.. Zoilo Arratia, hijo de sus obras.. que cuando quiere.. quiere.

-Tú pitarás.. el mundo es tuyo.

Una vez tomada su frugal cena, levantáronse los muchachos. Iban al Gari guchi a entretener, jugando al billar, la horita y media que les quedaba antes de volver de facción a la Cendeja.

"Llueve a cántaros, hijos míos".

-¿Qué nos importa el agua?

-Como no nos importa el fuego.

-Iremos arrimaditos a las casas.

-Aguardad, aguardad un momento. Si Sabino me presta su capa, voy con vosotros.. No me gusta la compañía de los viejos: prefiero arrimarme a la gente joven, para calentarme en el fuego de vuestros corazones, que no temen, que desean con fuerza..

Obtenida la capa, se fue con ellos, y andaban por las calles enfilados unos tras otros, buscando el amparo de los aleros y cornisones. Cuando llegaban a la calle Nueva, donde estaba el Gari guchi, dijo Valentín a sus amiguitos: "No sólo vengo a acompañaros, sino por ver si alguien, en este café, me da noticias de Churi, a quien he perdido de vista hace tres días".

-Anoche andaba por la ría en una chalana -refirió Víctor Gaminde-. Nos lo dijo Iturbide, que le vio.

-Para mí -agregó Zoilo-, lo que quiere Churi es escapar de Bilbao, no sé por qué.. ni qué interés puede tener en ello.

-Cosas de ese chico -afirmó el padre-, que está más (p.4675) loco que una cabra. Me dijeron que hace días quiso pasar las líneas de ellos por encima de la Salve..

-Y no pudiendo escapar por tierra, puede que intente escabullirse de noche por la ría.

-¿Y a dónde va?.. ¿Qué se le ha perdido?

-Querrá comer, tío.

-Es la única explicación que me satisface. Pues si Dios me le libra de un balazo, y logra escapar, y come hasta hartarse; si después de tal hazaña emprende la contraria, el retorno, aprovechando estas noches de lluvia y cerrazón, y se descuelga por aquí con un par de merluzas, vaya y venga bendito de Dios.. ¿Qué os parece? Mientras llega el momento de gritar: "¡viva Espartero, que nos trae la Libertad!", gritaremos: "¡viva Churi, el que nos trae las merluzas!".

 

Ep-1-XXXIII -

Toda la mañana del 19 la pasó Prudencia en su casa, de limpieza y arreglo, ayudada por la criada de Vildósola, pues la suya había caído enferma de anginas. En la tienda, José María y un almacenero de Ripa trabajaban mañana y tarde, poniendo cada cosa en su sitio; que en los días del pánico, habiendo entregado los Arratias para las obras de la defensa gran cantidad de clavazón, alambre, barriles vacíos y otros objetos, sacáronlo precipitadamente, y todo quedó revuelto y confundido. Llegó Martín, aprovechando un rato que tenía libre, y les dijo: "Recójanme toda la clavazón que está esparcida por el suelo, separándome con cuidado los tres tamaños. Veremos si se pueden rehacer los paquetes deshechos. Y ya que se han bajado las pilas de cabos, yo las armaría en otra forma, de modo que estorbaran menos".

-Ha dicho Zoilo -indicó José María- que pusiéramos las pilas de cabos de mayor a menor, no formando cilindros, sino conos.

-No hagáis caso, y ponérmelo como estaba. Mi hermano entiende más que yo de cosas militares; pero en este tinglado sé yo más que él.. Otra cosa os encargo: no me toquéis nada en el escritorio: aunque lo veáis todo revuelto, dejádmelo como está, que yo lo arreglaré.

-Zoilo es de parecer que se despeje un poco el escritorio, sacando a la tienda las chumaceras, los pasadores, las mallas y rasquetas, y (p.4676) dejando sólo el género de pesca.

-Realmente es más metódico.. Ya lo arreglaremos así en otra ocasión. También deben quitarse de ahí los cáncamos y zunchos.. Tiene razón mi hermano.. En el escritorio no se cabe.. Pero no toquéis nada por ahora.. Temo que me desarregléis los libros, y que se deshagan los paquetes de cartas.

Ya se marchaba cuando bajó Prudencia, y llamándole aparte, le dijo: "Estoy afligidísima. Ildefonso cada día peor. Ahora su manía es que en cuanto entre Espartero nos vayamos a Francia en el primer barco que salga, llevándonos a la niña, naturalmente.. Me temo que cuando se entere de nuestro plan pondrá el grito en el cielo, y yo.. figúrate.. No hay para mí mayor pena que contrariarle..".

-Pues desistamos, tía -dijo Martín con un sentimiento en que se confundían la timidez y la delicadeza-. No quiero que por mí haya desacuerdos y disgustos en la familia.. Aplacemos, por lo menos, el asunto, con la esperanza de que el tiempo nos lo resuelva.

-Todo iría como la misma seda si esa loquilla entrara en razón y se hiciera cargo de lo que conviene a su felicidad.

-¡Ay tía de mi corazón! -replicó Martín con tristeza, suspirando-, Aura no me quiere ni tanto así.. vamos, yo no le gusto.. Ante este hecho no hay más remedio que bajar la cabeza..

-Pues hay que saber gustar, caballerito; hay que matar el pavo y adquirir salero y gracia. Fuera yo hombre, y verías tú si sabía yo domar a una bestezuela bonita y respingona..

-¿Pero qué puedo hacer yo, tía? -dijo el pobre miliciano apuradísimo, cruzándose de brazos-. Ordéneme usted lo que quiera, siempre que no me mande cosa contraria a la honradez.

-No, hijo, no te mando nada.. Déjame; estoy loca.. Vete a matar carlistas.. que es lo único para que servís.. Por vuestro bien trabajo: buena tonta soy.. debiera ser egoísta y no importárseme nada.. Anda, anda, que harás falta en otra parte.

Se fue el simpático joven, mohíno y cabizbajo, al punto de servicio, y antes de llegar a él oyó el cañón de la Perla de Albia, que furioso tronaba contra las Cujas. El nombre de esta batería, ilustrada por memorables hazañas, (p.4677) provenía de unos bancos situados al extremo del Arenal y calle de la Estufa. Tenían los respaldos en forma semejante a las cabeceras de las camas que entonces se usaban, y se llamaban cujas. Allí, terminado el tiroteo de la tarde, nutrido y penoso, con algunas bajas, fue Sabino en busca de Martín, para tratar con él de asuntos de familia; pero no le encontró, porque trocadas las compañías, le destinaron a la batería del Circo: en cambio, estaba Zoilo, que desde lejos dijo a su padre que le esperase para ir juntos a casa.

Había pasado el buen Sabino la mañana en Santiago, donde encontró a sus amigos de iglesia, y a la salida se consolaron de sus amarguras hablando mal de Espartero, porque no iba pronto, aunque fuese por los aires. Tanto preparativo era miedo.. Ya estaba visto que D. Nazario, aunque manco, sabía dónde tienen los hombres la mano derecha. ¿Pues qué creían?.. De la iglesia se fue al cuartel de la Plaza, donde Ibarra le dio malas noticias de Negretti, y acudió allá inmediatamente, encontrando a su cuñado bastante caído, taciturno y con cierta propensión a la ira. No hablaba más que para echar pestes contra Espartero, llamándole lacónicamente inepto y cobarde. "Aquí no hay más que un hombre que sepa mandar tropas -dijo descargando en la mesa un fuerte puñetazo-, y ese militar único es tu hijo Zoilo". Por no irritarle con la contradicción, se manifestó Sabino conforme con criterio tan extravagante, añadiendo que Zoiluchu sería pronto General, y para entonces no se verían los bilbaínos condenados a comer ratones. Vildósola llegó a la sazón, y entre uno y otro trataron de desviar a Ildefonso de su vértigo maníaco.

En tanto Prudencia trabajaba incansable en arreglar la casa. A media tarde mandó llamar a su sobrina para que la ayudase, y las dos trajinaron hasta el anochecer con la muchacha de Vildósola, que se retiró a las obligaciones de su casa. Encendida la luz, continuaron las dos lavando la vajilla, hasta que de súbito llegó un recado urgente de casa de Ibarra, traído por el portero. El señor D. Ildefonso se había puesto muy malo: le había dado un (p.4678) accidente; se le trababa la lengua, y no podía mover el brazo izquierdo.. "Vamos, vamos a escape" dijo Aura, lavándose las manos. Y Prudencia, para quien la noticia fue como un rayo, después de permanecer un ratito muda de terror, sin respirar, se secó también las manos precipitadamente, diciendo: "Vamos, sí.. No, no, yo iré sola.. Tú te quedas.. Ya no me acordaba. Ha dicho mi hermano Valentín que vendría a recogernos. No faltará. Con él vendrá Martín, que sale de servicio a las siete.. ¿Tienes miedo de quedarte sola?".

-Sí, tía: tengo miedo..

-Pues vámonos.. Ellos, al ver cerrada la puerta, irán a buscarnos allá.

Bajaban la escalera cuando entraron dos hombres. Eran Zoilo y su padre. Enterados de la ocurrencia, Sabino dijo: "Me lo temía: esta tarde, cuando le vi, no me gustó nada".

-Sea lo que Dios quiera.

-¡Cúmplase su santa voluntad!.. ¿Y Martín no está aquí?

-Estábamos esperándole. Quedó en venir con su tío.

-Quédate, Luchu -ordenó Sabino-, acompañando a la niña, que Valentín y tu hermano no tardarán..

-Subíos arriba.. que esto está muy obscuro.. o bajad aquí la luz -dijo Prudencia-. Pero tened cuidado con el fuego.

-Descuide usted, tía.. No nos quemaremos.

Salieron presurosos los dos Arratias, y Zoilo, al tomar la mano de Aura, creyó coger un pedazo de hielo tembloroso.

"¿Por qué tienes las manos tan frías?".

-Me las lavé hace un rato.. Luego, al saber que el tío Ildefonso.. ¿Qué será?.. Me he quedado yerta.. ¿Subimos?

-No.. lo que haré es cerrar la puerta -dijo el miliciano haciéndolo al instante.

-¿Por qué cierras?

-Para que no pueda entrar nadie.. Y ahora bajaré la luz y la pondré en el escritorio..

-Por Dios, no pegues fuego.

Zoilo, que de cuatro brincos subió por la luz, bajó sin ella. No traía la luz; pero sí una claridad tenue.

"La he dejado en el pasillo, junto a la escalera".

-Por Dios, primo, no se queme algo.

-Allí no hay cuidado.. ¿Por qué te llevas el pañuelo a la nariz? -le preguntó, observándola fijamente.

-Porque ahora siento el olor de alquitrán como no lo he sentido nunca.. Parece que me envuelve toda, (p.4679) que penetra dentro de mí.. Se me va la cabeza.

Cerrando los ojos, dejose caer, como extenuada de cansancio, sobre un montón de rollos de jarcia.

"Hemos trabajado bárbaramente.. Me canso.. el alquitrán me marea.. No es que me disguste el olor; pero.. te lo juro.. nunca me ha penetrado tanto".

-¿Tienes frío?

-Estoy helada.. muerta de miedo.

-¿Miedo estando yo aquí?

-Ya ves.. por estar tú quizás..

-No pensé venir.. pero me dijo mi padre que hoy quedaría concertado tu casamiento con Martín, y aquí estoy para impedirlo.

-¡Mujer yo de Martín! Eso no será, Luchu..

-Lo dices.. lo piensas así.. Pero.. ¿y si por medrosa te dejas llevar, te dejas casar..?

-Soy más valiente de lo que crees.. Pero si necesitara más valor del que tengo.. tú me lo darías.

-A eso vengo, te digo.. Aquí estoy yo, un hombre, que por nada del mundo consentirá que le quiten a su mujer.. y en tratándose de esto, para mí no hay hermanos, para mí no hay tío, para mí no hay padre.. Soy mi dueño, y tú mía en esta vida y en la otra.

Antes de acabar de decirlo, la estrujó en sus brazos y le dio cuantos besos quiso sin hartarse nunca.

"Zoilo.. Luchu.. por Dios.. que me dejes.. que no seas malo.. Así no te quiero".

-¿Pues cómo, cómo?

-Te lo diré.. déjame.. déjame hablarte.

-Dímelo pronto.

Casi sin respiración Aura le dijo: "Tienes grandes cualidades, Luchu.. Mucho te estimo.. Te admiro por la voluntad, por el valor; pero..

-¿Pero qué.. pero qué..?

-Te falta una cualidad, primo.. No, no la tienes.

-¿Qué me falta? Dímelo, dímelo pronto para tenerlo al instante..

-Pues.. te falta.. sí que te lo digo.. Que no eres caballero.

Quedose el muchacho suspenso y absorto. El tremendo hachazo recibido en su amor propio conmovió todo su ser.. "¡Que no soy caballero! Mira, mira lo que dices.. ¡que no soy caballero! Si otra persona me lo dijera, ¡vive Cristo!.. Pero como me lo dices tú.. miro para dentro de mí, por verme, por ver si es verdad lo que dices.. y si yo me encontrara con que no soy caballero, aquí mismo me quitaba la vida".

 

Ep-1-XXXIV -

-Si quieres -prosiguió Aura- que yo te tenga por (p.4680) caballero, pórtate como tal.

-¿Y qué debo hacer?

-Lo contrario de lo que haces.. Zoilo, abre la puerta.

-Abierta está -dijo él, corriendo de un salto a la puerta y dando vuelta a la llave.

-Así, así me gusta. Siempre no has de mandar tú. El que quiere que le obedezcan, aprenda a obedecer.. Ahora siéntate ahí frente a mí.

-Dime todo lo que me falta para ser digno de la mujer que he cogido para mí, sin que nadie pueda quitármela. Te he cogido; me perteneces. Si estoy decidido a no soltarte nunca, también deseo que estés contenta de ser mía.

-¿Que no me sueltas?

-No, no; di que no.. primero se hunde el firmamento. Si la familia no quiere, me importa poco la familia.. Te cojo, te tomo a cuestas.. me voy contigo al cabo del mundo: yo sé hacer las cosas.. Pero no me contento con hacer.. necesito también que tu corazón sea mío, y que digas: "satisfecha estoy de que este hombre me haya cogido.. no hay otro como él".

-No hay otro como él -repitió Aura en el torbellino de la atracción, gravitando hacia él con infalible ley física-. No hay hombre como tú.. Luchu, si me convenciera de esto, sería yo muy feliz.

-¿Qué me falta para que puedas decirlo? -le preguntó el miliciano echando fuego por los ojos, mas guardándose a distancia de ella-. ¿Me falta instrucción? No soy torpe. Todo lo que otro sepa, lo sé yo. Para eso están los libros, para eso los maestros. Aprenderé pronto todo lo que no sé.. cosas de ciencia y arte.. ¿Qué más me falta? ¿La caballería? También la tengo, y tanto como el que más. Soy generoso, soy delicado. A honradez nadie me gana.. Lo que me falta, tú me lo enseñarás con sólo quererme.

-¡Ay! Luchu, primo mío.. no sé cómo decírtelo.. yo te quiero y no te quiero.. yo tengo el alma dividida.. Ahora se me va de una parte, luego se me va de otra. No hago más que cavilar y volverme loca.. Cuando quiero no pensar en ti, pienso. Cuando quiero sujetar el pensamiento a ti, se me va.. Soy muy desgraciada. Que Dios me acabe de traer mi bien, y me lo ponga delante; pero un bien, uno solo: que no me traiga dos, que no me tenga como el péndulo de un reloj.. (p.4681) Esto no es vivir.. Luchu, yo pienso en ti, y cuando te elogian me lleno de orgullo.. ¡Ser tuya, tuya para siempre, eso ya es más difícil!.. Me cogerás, me llevarás a la fuerza.. te llevarás la mitad de mí, quizás un poquito más de la mitad.. cada día será la mitad más un poquito, Luchu.. Yo estoy loca, no sé lo que me pasa; no hagas caso..

-Pues ahora sí te digo que me harán pedacitos así antes que soltar yo mi conquista.. ¿Qué hablas ahí de mitades?.. Toda, toda entera para mí, pues aunque creas eso de los poquitos sobre la mitad, es una figuración tuya, cosa de tu cabeza más que de tu corazón.. Con un día que vivamos juntos estoy seguro que me dirás: "Luchu, ya no más poquitos, sino toditos para ti mismo". Me lo dirás, ¿a que sí? ¿Para qué es hablar más, Aura?.. Di que todo está dicho.. Esta noche sin falta me abocaré con D. Apolinar.

-Hombre, todavía no.. Espera..

-¡Esperar! Esa palabra la he borrado yo de mis papeles. Yo no espero cuando veo el fin de las cosas, cuando las toco, cuando las cosas me dicen: "ven". El que deja para mañana lo que puede hacer hoy, no merece tener la vida que Dios le ha dado. ¿Has visto tú que Dios espere a mañana? ¿Has visto tú que diga el Sol: "hoy no salgo, mañana sí". En la Naturaleza todas las cosas son y vienen a punto, y no se queda nada para después. ¿Está determinado que tal día salga un pollito del huevo? Pues sale; no dice: "voy a quedarme dentro de mi cascarón una semana más". Los árboles nos enseñan la puntualidad: el que da fruta en Agosto, no la guarda para Diciembre. Lo que ha de ser, lo que está maduro, no ha de dejarse que se pudra.. Hace un rato me dijiste que no soy caballero.. Pues para que no dudes de mi caballerosidad, en cuanto venga alguien de la familia, aunque sea Martín, te dejo para irme en busca de D. Apolinar, que es mi gran amigo, para que lo sepas, y me quiere.. Ya le he dicho algo, y el hombre me pregunta siempre que me ve: "Luchu, número uno de los chimbos, ¿cuándo os echo el ballestrinque?". Es muy marinero D. Apolinar, aficionado a dos cosas: a la pesca, y a (p.4682) casar a todo el mundo.. Pues esta noche le pesco yo a él y le digo: "D. Apolinar, el chimbo y la chimba se quieren casar.. Son honrados, se aman.. pero muchísimo, sin mitades con poquitos, y desean verse unidos por la santa Iglesia para que no diga la gente..".

Fue acometida la gentil Aura de una risa nerviosa. Las expresiones y argumentos de Zoilo hacíanle muchísima gracia; y aquel determinar perentorio, aquella colosal aptitud para la ejecución, la subyugaban: eran como un poder milagroso, enormemente sugestivo, de irresistible influencia sobre la mujer.. Revolvíase la pobre niña con instinto de defensa; pero caía nuevamente, sujeta con invisibles lazos, que ignoraba si eran humanos o divinos. Gozoso de verla reír, continuó Zoilo exponiendo sus planes para lo futuro, y en esto empujaron la puerta. Eran Sabino y Valentín.

"¡Qué alegres están por aquí! -dijo Sabino, avanzando en la penumbra, con las manos por delante, como los ciegos, mientras Valentín reconocía el suelo con el bastón-. ¿Por qué estáis a obscuras?".

-Aura teme tanto al fuego, que no quise bajar la luz.

-¿Estáis solos? -dijo Valentín.

-Sí, señor -replicó el miliciano-: solitos y tan contentos. ¿Qué saben del tío Ildefonso?

-Que no es tanto como se temió.. Un hervor de sangre.. Ya pasó el peligro.

-No me conformo con esta obscuridad -dijo Sabino subiendo en busca de la luz.

-¿Y qué hacíais aquí tan solitos? -preguntó Valentín acercándose a la niña-. Aura.. ¿qué dices?.. Al entrar te sentimos reír.. ¿Te contaba este alguna gracia?

-Sí, tío: me contaba.. no sé qué de Don Apolinar.. No, no era eso.. Cosas de Luchu.

-Cosas de Luchu -repitió este, las manos en la cintura-. Las cosas de Luchu van ahora por caminos que usted no conoce, tío.. pero debe conocerlos. Ni usted ni mi padre se han enterado de que Aura, aquí presente.. es mi mujer..

Valentín creyó haber oído mal, o que el chico bromeaba. Miroles a entrambos. Aura bajaba la cabeza; Zoilo repitió el concepto, a punto que Sabino descendía con la luz.

"Hijo mío -dijo parándose a mitad de la (p.4683) escalera-. En un hombre como tú, en un caballero militar, no caen bien las burlas sobre cosas tan delicadas".

-Yo no me burlo, padre. Soy muy formal, y ahora más que nunca. Aura es mi esposa. Ella lo quiere, y yo más. Nadie se opondrá, y el que se opusiere no será mi padre, ni mi tío, ni nada para mí. Mando en mí mismo y en ella.. y sépalo todo el género humano.

Sabino miró a Valentín, y Valentín a Sabino, ambos con la boca entreabierta, embobecida. Aura se llevó el pañuelo a los ojos.

"Siento -agregó Zoilo- que no haya venido también Martín, para que supiera lo que ustedes saben ya. Aura Negretti es mi esposa, o lo será mañana si D. Apolinar me cumple lo prometido, y si no, curas no me faltan. Tómenlo como quieran. Siempre fui un buen hijo, y ahora lo seré también, declarando que en este negocio, por encima de mi voluntad no hay voluntad ninguna: mi razón, como hombre libre, está por encima de todas las razones. No pido nada: me basto y me sobro".

-O estamos soñando -dijo Valentín- o este chico tiene los diablos en el cuerpo, y quien dice los diablos dice los ángeles o el rayo de la Divinidad..

-Hijo mío, mucho te quiero -declaró Sabino, dejando a un lado la luz, y desembarazándose de la capa, que aquella noche venía también mojada-. Pero ya sabes que la familia tenía otros proyectos.

-Los proyectos de la familia -replicó Zoilo- quedan reducidos, por el querer mío, por el de ella, a una cháchara sin substancia. La familia no sabe hacer las cosas; yo, sí. Y si quieren probarlo, al frente de la casa que me pongan, cuando termine el sitio.

-¡Por Dios vivo y sacramentado -exclamó Sabino, que de la fuerza de la emoción y del asombro hallábase a punto de caer al suelo-, que no sé lo que me pasa!.. Dejen que me tranquilice, que medite el caso, y si veo en él la voluntad de Dios..

-Aura, hija mía -le dijo Valentín cariñoso-, sácanos de esta duda. ¿Crees que tu primo se ha vuelto loco?

-Sí, tío: loco está.. y yo también -repuso la hermosa joven abrazando al viejo navegante.

-¿Pero tú..?

-Yo no sé.. No me pregunte usted nada. No (p.4684) sé afirmar ni negar nada.. Si me muero, mejor. Así no padeceré más.

-Y como no me gusta dejar las cosas para mañana, ni aun para después -dijo Zoilo-, en busca de D. Apolinar me voy, pues.

-Hace poco entraba en casa de Achútegui -indicó el padre.

-Allá me voy. D. Canuto es mi amigo.

-Ven acá, fuego del Cielo, temporal del Sudoeste -dijo Valentín, cogiéndolo por un brazo-; párate y oye: no puedes entretenerte en correr tras de un clérigo. ¿No sabes lo que pasa? Se ha descubierto que el enemigo está minando en San Agustín. Por acá hemos empezado una contramina para salirle al encuentro debajo de tierra. En bonita ocasión vas a faltar de tu puesto.

-No falto, que allá mismo me voy ahora.. A D. Apolinar que me le hablen.. Ello ha de ser como yo quiero, y de otra manera no.. ¿Ya se van enterando de quién es Zoilo Arratia? Lo mío, yo lo dispongo. Respeto a los mayores; no les temo. Digan que yo sé hacer las cosas.. ya lo han visto.. Pues aún les queda mucho que ver.

Despidiose cariñosamente, con medias palabras, de la que llamaba su mujer, y de los que efectivamente eran padre y tío, y como exhalación corrió a la disputada y cada día más gloriosa Cendeja.

Apremiada por sus tíos, que la cogían cada uno de un brazo, sentaditos a izquierda y derecha en el montón de jarcia, Aura con acongojada voz dio estas explicaciones: "Sí, sí.. hace tiempo que Zoiluchu me quiere.. y yo a él.. yo un poquito.. digo mal, un muchito.. No, no hagan caso; no sé lo que digo.. Es un hombre, y no hay otro como él.. Vale él solo más que toda la familia de Arratia, habida y por haber. Con su genio bravo domina cuanto quiere. Mandará en mí, en ustedes todos, en Bilbao entero, si se lo propone.. ¿Que si le quiero me preguntan? No sé qué contestar.. Estoy ahora como los que salen de un mundo para entrar en otro.. Un pie lo tengo en aquel mundo; otro pie en éste.. ¿Dónde debo poner los dos pies? Yo no sé.. Digo que estoy loca, y que no quiero estarlo. Que Dios me ilumine de una vez, y sepa yo dónde estoy.. realmente no lo sé.. ¿Voy o vengo? ¿A (p.4685) dónde vuelvo la cara?..".

-Hija mía -le dijo Valentín con afecto, mientras Sabino no hacía más que suspirar-, serénate, reflexiona.. Consulta tu corazón. Por lo que acabo de oírte, calculo yo.. vamos, tú quieres a Zoilo..

-Pero casarme no.. yo quiero esperar.. Mi conciencia me dice que todavía no.. Esperemos a que pase el sitio; esperemos más, más.

En este punto, creyó Sabino llegada la ocasión de emitir su voto, y lo hizo con gravedad y el tonillo sermonario que emplear solía: "Niña de mi alma, manifiestos los designios celestiales, el dilatar su cumplimiento será como si los pusiéramos en tela de juicio".

Dicho esto, sin obtener respuesta, pues tanto Aura como Valentín callaban mirando al suelo, el buen Sabino arrastró también sus miradas por lo bajo; y como viera multitud de clavos y tirafondos esparcidos, se puso a recogerlos uno a uno, cuidando de que ni aun los más chicos se le escaparan. En esta operación asaltaron al pobre señor pensamientos lúgubres. Sus dos hijos Martín y Zoilo, esperanza y gloria de la familia, hallábanse a la sazón en el puesto de mayor peligro, excavando la contramina para buscar al absoluto en las entrañas de la tierra. ¡Vaya que si a Dios le daba por decretar que pereciese uno de los dos en la espantosa refriega subterránea!.. Aparte de esto, tristísimo sobre toda ponderación, reconocía y comprobaba que era enorme la cantidad de clavos de distintos tamaños esparcidos por el suelo. Mientras les recogía y agrupaba sobre un banco, pudiera creer que invisible ángel le susurraba al oído, de parte de la Divinidad, que uno de sus hijos moriría.. La sangre se le congelaba en las venas.. "No, Señor; eso no: aparta de mí ese cáliz..".

Advirtió que Valentín y la sobrinita hablaban susurrando; pero no se enteró de lo que decían, porque el rincón donde recolectaba clavos era el más distante del rimero de jarcia. Seguramente, Valentín le aconsejaría que fuese razonable y se dejara de esperar la venida del Anticristo. Pero no era esto lo que le decía, sino estotro: "Tranquilízate.. y aguardemos al día de mañana, pues los dos chicos (p.4686) tienen sus vidas jugadas a cara o cruz.. Estamos aquí haciendo cálculos sobre las vidas, y para nada nos acordamos de la muerte, que a veces es la que nos saca de nuestras dudas..".

-¡En peligro, en peligro Luchu! -exclamó Aura consternada-. Pues no quiero, no quiero.. Que salga de la batería, que venga a casa. Basta de hazañas y de heroísmos.. La familia es lo primero..

-Hija, el deber, el honor.. -murmuró Sabino, que aproximándose pudo enterarse de este concepto.

-¡Luchu en peligro! -repitió Aura en el tono de los niños mimosos-. No quiero más glorias.. no, no.

-Ea, no llores -dijo Sabino-; y si lloramos, que sea por los dos.

Al expresar esta idea, y a punto que dejaba sobre el banco el puñado de hierro que acababa de recoger, le asaltó el pensamiento lúgubre en forma más terrorífica, y el ángel volvió a secretear en su oído.. La terrible sentencia no era ya que moriría uno de los dos hermanos. El Supremo Juez y Sumo Ejecutor hería de un golpe las dos cabezas. Temblaba el buen padre, y no se le ocurrió más que acudir al instante a la iglesia que estuviese abierta para prosternarse y regar con sus lágrimas el suelo, diciendo a la Divinidad: "Los dos no, Señor: eso sería demasiado.. En todo caso, uno, uno no más.. y aún es mucho".

 

Ep-24-XXXV -

Prudencia les mandó llamar, añadiendo al mensaje que Ildefonso se había tranquilizado, recobrando el uso de la palabra. Acudieron los tres allá, y nada dijeron aquella noche del caso de la niña; mas al siguiente día, apenas efectuada la mudanza, y reunido todo el cotarro en casa propia, estimó Sabino de gran oportunidad someter al eximio criterio de su hermana el nuevo problema que los chicos planteado habían sin encomendarse a Dios ni al diablo. No tuvo tiempo la señora de Negretti de expresar su estupor y disgusto, porque fue preciso acudir a la niña bonita, que cayó primero con un síncope, después con un acceso nervioso y convulsivo, seguido de aplanamiento, delirio y congojas.

No decía más que: "No quiero.. Luchu muerto no.. Esperar, esperar..". Atendiéndola cariñosa, Prudencia (p.4687) sentía la chafadura de su amor propio, y no se conformaba con que su idea se desviase tan visiblemente de la línea por donde ella con toda previsión y talento quiso encaminarla. ¡El pobre Martín chasqueado, y ella desconceptuada como directora y gobernante! Era una jugarreta de la realidad, que tenía la maldita maña de resolver las cosas por sí y ante sí, haciendo mangas y capirotes de la lógica y el sentido común.. Pero, en fin, del mal el menos. Siempre resultaba lo substancial de su proyecto: que todo quedara en casa y que el gandul de Madrid se fuese, si acaso venía, con las orejas gachas. A medida que la nueva inesperada solución iba haciéndose hueco en el pensamiento de la mujer práctica, reconocía esta las cualidades de Zoilo, y con mayor benevolencia le juzgaba. No podía menos de alabar el garbo y audacia con que había tomado la delantera al sosaina de su hermano, demostrando una resolución enteramente varonil. Era un hombre, era un bilbaíno neto. Con su arrojo en la guerra y aquella franqueza gallarda para apoderarse de la niña y hacerla suya, sin pedir permiso a nadie ni andar en melindres, se había puesto de un golpe a la cabeza de todos los Arratias, y parecía dispuesto a no abandonar la bien ganada supremacía.

Aprovechando los ratos de sosiego de Aura y la relativa tranquilidad de Ildefonso, llamó Prudencia a D. Apolinar y celebró con él una conferencia en el comedor, a puerta cerrada. Era forzoso casar a los chicos inmediatamente, porque habían demostrado tal impaciencia que se hacía indispensable arrojar sobre aquel amor la capa del matrimonio. Si así no se hiciera, podrían sobrevenir escándalo y deshonra. Mostrose conforme D. Apolinar, para quien no había plato de más gusto que casar a alguien, y propuso explorar el ánimo de la niña y echar un parrafito con ella. Poseía el tal clérigo una singular delicadeza para meter sus dedos en la boca de las señoritas más vergonzosas y pudibundas; pero en aquel caso no sacó las revelaciones que obtener creía. Afligidísima y con más ganas de llorar que de (p.4688) confesarse, Aura sólo dijo que a Luchu, sí.., le quería.. que Luchu era un hombre, y que con su voluntad era capaz de mover las montañas.. Pero que ella no quería casarse hasta que no pasara mucho tiempo, mucho, pues había un compromiso antiguo, que en conciencia debía respetar.. Su amor primero no se le había salido aún del pensamiento. Desalojaba poquito a poco.. pero aún tenía dentro la cabeza.. o los pies.. No podía ella discernir si eran los pies o la cabeza del otro amor lo que todavía no se le arrancaba.. De aquí provenían sus dudas, su desazón del alma y del cuerpo, su falta de resolución.. su miedo de precipitarse.. sus ganas de reposo y de un largo veremos..

Prudencia, enemiga declarada de los veremos, protestaba contra estas vacilaciones; pero ni ella ni D. Apolinar pudieron reducir a la hermosa niña. ¡Vaya que era terca! A solas otra vez la señora y el clérigo, resolvieron prepararlo todo para las bendiciones, pues bien podía ser que los aplazamientos de Aura fuesen un coquetismo intenso, de arte sutil; que los nervios engañan y se engañan, dando por abominable lo que más ardientemente desean. La noticia de la espantosa lucha entablada en las tenebrosas galerías, abiertas por sitiadores y sitiados entre Uribarri y la casa de Quintana, por bajo de San Agustín, desvió de aquel asunto las ideas de tía y sobrina, y no quedó en sus almas más que el terror. Aura, delirante, tan pronto se sumergía en un duelo lúgubre, como quería lanzarse a la calle, ansiosa de llegar hasta el lugar trágico, y oír los tiros, y ver sacar los muertos, y apurar la impresión directa de la catástrofe, como se apura un tósigo que pone fin al humano sufrimiento. Su romanticismo causaba extrañeza a la tía y al cura, que lo conceptuaron fenómeno patológico. "No quiero dudas -decía-. Vivir o morir.. Ni a media vida ni a media muerte quiero verme.. Si ha de hundirse todo Bilbao en un segundo, sea.. Así acabaremos de dudar".

Con estos temores y sobresaltos, Aura desbordando su imaginación, Prudencia y el cura encomendándose a la Virgen, Negretti (p.4689) a ratos solo, a ratos con su mujer, sumido en una meditación cavernosa, pasaron toda la tarde, hasta que llegó Valentín con mejores noticias, dando a entender que se había conjurado el peligro. Venía el pobre navegante fatigadísimo, tiznado y lívido el rostro, tan fieramente dominado por su crónico reuma, que con gran trabajo tiraba de la pierna derecha para servirse de ella. Dejose caer en una silla, los brazos colgando, el sombrero echado atrás.. aguardó un ratito hasta que sus pulmones y su laringe pudieron funcionar regularmente. "No he visto caso igual -les dijo entre toses-; yo me asomé a la contramina, y salí horrorizado. A las ocho y media de la noche la empezaron con dos ramales. Había que ver a los chicos de tropa y milicia trabajando como los topos. Los viejos, entre los cuales estuve más de dos horas maniobrando de espuerta, sacábamos la tierra. A la madrugada, uno de los dos ramales de acá se encontró con el de ellos. El obscurantismo venía hocicando en la tierra y escarbando con las uñas desde la fuente de Uribarri, para buscar el tamborete de la casa de Quintana, que querían volar.. Pero no contaban con que también aquí tenemos topos, no de los serviles que no ven, sino de la Libertad, muy despabilados.. Cuando el boquete de acá y el de allá se juntaron, el sargento de zapadores, Elizagárate, agarró la pala facciosa, y dio un achuchón tan fuerte, que del palazo destrozó la barriga del minero de allá.. Sólo dos hombres podían trabajar en el frente de la galería, ancho de tres pies por una parte y otra. Abriendo hueco a todo escape, los de acá se precipitaron al otro lado: Zoiluchu reventó a uno con la pala y mató a otro de un pistoletazo. El agujero, que ya era corto, acortose más con los dos cadáveres. ¿Pasarían ellos acá o nosotros allá? Y entre tanto, si la tierra se hundía, pues bien podía ser, allí quedaban todos sepultados.. Yo llegué hasta cerca del boquete de comunicación y me entró tal miedo, que salí despavorido. Denme a mí agua y ventarrón: ni a la una ni al otro temo; pero con la tierra jonda no juego.. Me espanta verme en el (p.4690) sepulcro antes de morirme.. Cuando salí al aire, me pareció que resucitaba. No hay quien respire allá dentro.. Y a la luz de las linternas ve uno brazos que le cogen y le enganchan la ropa.. Son raíces de árboles..".

Tomado aliento, refirió después cómo ahumaron las galerías con pimiento quemado para ahuyentar a los sitiadores. Los topos de allá se escabulleron, y cuando se iba disipando aquella pestilencia asfixiante, los de acá lanzáronse por la mina, respirando a medias. Contaban que llegaron hasta la boca, y que halláronla cerrada con sacos de tierra, como si quisieran defenderla. Luego se han escalonado los nuestros a lo largo del tubo, esperando a ver si se atreven a hocicar otra vez. Si se atrevieran, ¡Dios sabe lo que pasaría!.. Pero avisados como estamos, no podrán ellos cargar la mina; nos hemos salvado, aunque queden las galerías cegadas con carne y huesos de valientes.. Por fin, con las precauciones tomadas, piensan todos que si hemos sabido cortar los vuelos del águila y cogerle las vueltas al gato, también sabremos taparle los agujeros al ratoncito faccioso.

A punto que tomaban una frugal cena, dando un huevo a Negretti, y otro a la niña, con sopita de vino, entró Sabino sofocado y gozoso. Después de pasarse todo el día de iglesia en iglesia, implorando la Divina Misericordia, se había personado en la Cendeja, donde acababa de tener la satisfacción de ver vivo y sano a su hijo Zoilo. A Martín no le había visto; pero por Pepe Iturbide sabía que continuaba en las Cujas sin novedad. "Gracias sean dadas al Señor", dijo Valentín; y Aura, con las felices nuevas, parecía recobrar la animación y el contento. Pasaron la noche tal cual, y al día siguiente muy temprano, continuando Prudencia en los arreglos de casa, dispuso una variación que le parecía pertinente. En la alcoba grande, donde antaño dormían sus padres, que después ocupó ella con Negretti, por temporadas, y que últimamente servía de dormitorio a Valentín, creyó que debía instalar a su sobrino. Preparó, pues, la pomposa cama matrimonial, y aunque despertó (p.4691) Aura con ganitas de levantarse, no consintió su tía que se diese de alta tan pronto. Desplegando exquisita amabilidad y dulzura, la trasladó de habitación y de lecho, diciéndole: "No, hija, no: estás desmadejada.. bien conozco tu naturaleza.. y sé que necesitas largo reposo para recobrar tu equilibrio. Te paso a la alcoba grande, para que vayas entendiendo que lo mejor de la casa debe ser para ti, y que todos nos desvivimos porque esté contenta y a gusto la perlita de la familia. Aquí tienes buena luz, por si te aburres y quieres leer un ratito. O te traeré tu costura, tu labor de gancho.. Pero levantarte, ¡ay!, no lo pienses, que estás muy débil, y tendrías que volver a acostarte..".

Asombrada de tanta finura y obsequios tantos, Aura se dejaba querer. Donde quiera que la pusieran, allí se estaba con sus cavilaciones, con sus dudas, con su cruel ansiedad. Llegó sobre las nueve el bendito Don Apolinar, y sin sentarse, preguntó a los tres hermanos, por dicha reunidos en el comedor, que se resolvía sobre el grave caso de conciencia. No habían aún manifestado su opinión por la autorizada voz de la hermana, cuando sintieron ruido en la tienda. Eran Zoilo y José María que acababan de entrar. Propuso Sabino que sus hermanos con el señor sacerdote pasasen a platicar con la niña en la alcoba grande, mientras él hablaba dos palabritas con su hijo menor, pues su conciencia no estaría tranquila mientras no dilucidase con él, en el sagrado recinto del hogar de Arratia, un grave punto de moral.. La moral, la sana conducta, la observancia rigurosa de las leyes divinas y humanas, habían sido siempre norma de la honesta familia, desde el primer Arratia venido al mundo, hasta la ocasión presente. Llevose a Zoilo al rincón último de la trastienda, y con gravedad y dulzura, hablando como padre y como amigo, le dijo: "Motill, empiezo dándote un abrazo por tu comportamiento militar. Bilbao te glorifica, y tú, honrando a Bilbao, honras a los tuyos.. Pero hay otro terreno, muy distinto del de la guerra, donde no te has conducido con la (p.4692) pureza y dignidad de un Arratia".

-¡Qué dice usted, padre! -exclamó Zoilo, que en su fogosidad no podía contener sus sentimientos dentro de formas comedidas.

-Digo que tu conducta con la niña desmerece de lo que ordena el decoro de nuestra familia.. Si la querías, ¿por qué no te clareaste, para que nosotros inclinásemos su ánimo..?

-Porque yo me basto y me sobro para.. inclinar ánimos.

-Pero luego has cometido una falta mayor, por la cual quiero reñirte.. con blandura, no creas.. -dijo Sabino, que ante la arrogancia del miliciano se achicó más de la cuenta-: quiero hacerte ver que has ofendido a Dios.. supongo que en un momento de extravío, de.. No te riño.. Se te perdonará si confiesas..

-¿Qué?

-Que por precipitar tu casamiento con la niña y hacer inútiles nuestros planes con respecto a tu hermano, has..

La mirada fulgurante de Zoilo le confundió. No pudo expresar su pensamiento ni aun con los eufemismos que el delicado caso requería. Comprendió el chico lo que su padre, turbado y balbuciente, quería expresar; y con entera y clara voz, poniendo a su indignación el freno de las razones corteses y del tono respetuoso, le soltó esta andanada: "Si lo que usted me dice, o quiere decirme, me lo dijera otro que mi padre.. si no fuera mi padre quien tal infamia supone en mí, ni tiempo le daría tan siquiera para arrepentirse de su mal pensamiento. Soy tan honrado como mi mujer, como la que será mi mujer, y no permito que en la honra de ella se ponga la menor tacha, ni en la mía tampoco. Ni una palabra más, señor padre.. ¿Para qué es decirlo?".

-¡Pero si no te reñía..! Ven acá, no seas tan bravo.. Era un sospechar, hijo; era interrogarte.. y no me opongo, no me opongo a que te cases mañana mismo si quieres.

-¿Cómo mañana? -dijo Luchu volviendo atrás y deslumbrando de nuevo a su padre con las centellas de sus ojos-. ¿Qué es eso de mañana?.. Esta noche a primera hora me caso. Así lo he dispuesto. Y por si Don Apolinar no quisiera hacerme ese favor, ya tengo hablado al capellán de Toro, que nos (p.4693) casará por lo militar, con cuatro palotadas.. Vamos arriba.

No le sorprendió que Aura, a quien en su mente y en su voluntad tenía ya por esposa, ocupase la alcoba de respeto y el grandioso tálamo de cuja monumental, representación del nido histórico de Arratia. Cuando entró, las miradas de los que estaban en la habitación rodeando el lecho, se fijaron en él, y las suyas se clavaron en la hermosa joven, que agazapadita, temblando de frío (que en aquel instante la acometió) , velaba entre el embozo su lindísima cara, no dejando ver más que los soles de sus ojos y su negra cabellera desordenada. Le miró Aura, calladita, y él, por la presencia de la familia y del cura, no se abalanzó a remediar la destemplanza de su esposa con besos ardientes. El primero que rompió el silencio fue D. Apolinar con esta juiciosa observación: "Opina la señorita que debemos esperar".

-Sí, esperaremos -opinó Zoilo con resolución, dando algunos pasos hasta llegar al lecho y poner su mano en el bulto que hacían los pies de Aura-. Esperaremos unas horas. Esta tarde, Sr. D. Apolinar, nos casará usted si quiere, y si no quiere lo hará el capellán de Toro.

-Por mí no queda -balbució el clérigo.

-Pues, como decía, digo que hoy al anochecer nos casamos. Mi prima no tiene más enfermedad que un poco de susto.. Aura, te levantarás al mediodía.

Nadie se atrevió a replicar a esto, pues el modo de decirlo excluía toda réplica. Atónita miraba la niña al que con tan tiránicos modos imponía su autoridad en cosa tan grave; y aunque le andaban por el magín fórmulas de protesta, estas se tropezaron con sentimientos muy vivos y estímulos que quitaban toda eficacia a las ideas. Hallábase bajo el poder magnético, psicológico o lo que fuese; la tremenda atracción la sacaba de su órbita para llevarla a otra más amplia, de más rápido movimiento. No tenía voluntad, se entregaba, se sometía.. Luchu la arrebató como se coge un fuego chico para unirlo a un fuego grande, formando una sola llama.

Valentín se creyó en el caso, como el mayor de la familia, de obtener de Aura una contestación (p.4694) terminante. "¿Qué dices a eso, niña? ¿Te parece bien?".

La niña se fue eclipsando entre las sábanas.. Como el sol que se pone, se ocultaron sus ojos; después su frente: no quedó fuera más que un crepúsculo.. los cabellos negros esparcidos en las almohadas, como entre nubes. Prudencia se acercó y la oyó suspirar fuerte, allá entre los pliegues tibios de la ropa de cama.

"Esto es hecho -dijo en alta voz; y por lo bajo-: En estos casos, quien suspira otorga".

 

Ep-24-XXXVI -

-Bueno -dijo Sabino en el pasillo, hociqueando con su hermano-, se preparará todo para las siete.. Es buena hora.. Yo voy a Santiago a entenderme con el párroco.. A las siete en punto, ¿sabes?.. ¿Y al pobre Martín qué le decimos? Ea, se le dirá que este pillo.. No: se le dirá que la voluntad de Dios ha llevado las cosas, no por el camino, sino por el atajo.. ¿Qué podemos nosotros, pobrecitos mortales, contra los designios..? Yo le hablaré.. A las siete en punto: no te descuides. Sin aparato, sin bulla.. Algo chismorreará mañana la gente; ¿pero qué importa?.. Yo daré noticia a las familias conocidas.. Diré que eran novios; que.. puede quedar el matrimonio en secreto hasta que convenga darle publicidad. Yo hablaré con el párroco D. Higinio, que nada me negará.. Somos amigos desde la niñez: él, Guergué y yo nos pasábamos las tardes jugando al cotán en los Cantones.. Valentín, ya sabes, a las siete en punto. Hay que estar allí a las siete menos cuarto.. Yo me encargo del papelorio.. ¿Y a Ildefonso no se le dice nada?.. Mejor será que lo sepa después. Ea, no descuidarse.. Yo me voy.

Sin dejar de prestar a tan importante asunto la atención conveniente, dedicose el veterano de la mar a buscar a su hijo, cuyas ausencias y largos eclipses le ponían en cuidado, así como su creciente taciturnidad y tristeza. Tres días con sus noches hacía que no se dejaba ver de la familia, y habrían dudado de su existencia si no dieran noticia de él los amigos que le vieron a diferentes horas chapoteando en la ría, a bajamar, o rondando tétrico por los extremos de la población. Arrastrando su pata coja, (p.4695) corrió Valentín por calles y plazas, sin olvidar las inmediaciones de las baterías, con tan mala suerte, que en ningún punto le encontró: en muchos de ellos dijéronle que le habían visto. Creyérase que el endiablado chico le tomaba las vueltas, burlando su persecución, ligero como un pájaro y escurridizo como un pez. Por la tarde hubo de renunciar a su fatigosa cacería, y fue a tomar descanso en las Cujas, donde encontró a su sobrino Martín ya con la píldora en el cuerpo, administrada por Sabino. Como si esto no fuera bastante, tenía una herida en la mano derecha, que de primera intención le curaba el físico cuando llegó su tío de arribada forzosa, navegando con una sola paleta. Por ambos estropicios hubo de propinarle Valentín los consuelos propios del caso. ¿Qué remedio había más que tener paciencia? Con travesura y arranque de hombre, Zoiluchu le había tomado la delantera. Menos mal, que todo quedaba en la familia.. Olvidara Martín el desaire, en el cual no habían tenido poca parte su cortedad y amorosa desmaña, y lleváralo con resignación, que novias guapas y de peso, gracias a Dios, no habían de faltarle. En cuanto a la herida, bastaríale guardar en completa quietud la mano, de la cual ya no tenía que hacer uso ni aun para casarse. "¿Sabe usted el consuelo que me ha dado mi padre? -dijo Martín queriendo sonreír, cuando aún rodaban por sus mejillas las lágrimas que le hizo derramar el acerbo dolor de la cura-. Pues, según él, este balazo es la forma expresiva con que la Divina Voluntad me manifiesta que no debo casarme. ¡Caramba, ya podía Dios habérmelo dicho de otro modo!".

-Pienso lo mismo. ¡Vaya un modo de señalar que usa el Señor! Con quitarle a uno la novia bastaba.. Ya estaba vista la intención..

De su herida tomó Martín pretexto para no ir a su casa aquella noche. El médico le había recomendado que fuese al hospital, y su padre le ofreció pasar la noche con él. Le venía muy bien lo de la mano para librarse del mal rato del bodorrio.. Luego que se curase, a su casa volvería, y lo pasado, pasado: todos hermanos, todos unidos, y a (p.4696) trabajar por el bien común.

Apenado por la doble desgracia del sobrino, que este soportaba con su habitual mansedumbre; afligido también por no encontrar a Churi, y acariciando el propósito firme de poner correctivo a su vagancia con una buena mano de pescozones, se dirigió Valentín, al paso tardo de pierna y media, a la casa de la Ribera. ¡Cuán ajeno estaba de que al entrar en ella, sobre las cinco de la tarde, hora ya de cerrada obscuridad en tal estación, no se hallaba lejos de allí el extraviado Churi! Agazapadito junto al pretil de la ría, en actitud semejante a la de los pobres que piden limosna, el sordo vio entrar a su padre en la casa; dando un gran suspiro se fue escurriendo a gatas, sin abandonar la sombra del pretil, en dirección del Arenal, y en todo este recorrido gatuno iba dando verbal forma a las ideas que agitaban su alma.. "Señor padre, adiós.. -remusgaba(6) en obscuro lenguaje, que es forzoso aclarar y traducir-. Ahora que le he visto, ya nada más tengo que hacer.. Adiós mi padre, adiós mis tíos, y adiós mis primos, para siempre, y adiós tú, casa mía.. que ya no veréis más a Churi, ni Churi ha de veros.. porque él mismo se echa fuera de Bilbao, con intenciones de no volver.. No quiero más familia, ni más casa.. porque para morirme de rabia, o para volverme malo y matón, quiero más irme lejos, a otras tierras de adentro, o de afuera, o del demonio".

Atravesando a buen paso el Arenal, seguía su cantinela.. "Ya no veo mi casa.. Adiós tú, casa, y adiós tú también, Bilbao, mi pueblo; que todos, familia, casa y pueblo se me habéis vuelto como los venenos mismos, y si de aquí no me voy, me condeno.. Ahora dirán: "¿pero dónde está Churi, que no parece?". Creerán que me he tirado al mar, o que me ha cogido por la mitad una bala de cañón.. No, señores, no. Churi se va.. ¿no saben por qué? Pues que se lo pregunten a ese ladrón de Zoilo, a ese fantasioso, que se coge para sí la mujer de otro, y la ha conquistado por el miedo.. Bien lo he visto.. Adiós tú, Arenal, San Nicolás mío; adiós Cujas y Campo Volantín de mi (p.4697) alma: ya no me veréis más, porque Churi es bueno; Churi no quiere hacer una muerte, ni dos muertes, ni ninguna muerte, y para no hacerlas, se va al cabo del mundo.. Puente colgante, adiós, y adiós Siete Calles y Cantones.. Mientras vea tierra por delante, caminaré, que buenas piernas tengo; y si veo mar y me dejan embarcar, también me voy, lejos, lejos, a la otra parte de la tierra, que dicen que es redonda como una naranja, a ver si encuentro un país.. que puede que lo haya.. un país donde toda la gente sea sorda.. donde vivan las humanidades sin oírse ni una palabra, porque tengan otra manera de entenderse unos con otros.. ya por señales o guiños de los ojos.. que bien podía ser.. Y el amor no necesita hablarse, sino hacerse, con garatusas.. en fin, no sé.. Puede que lo haya, puede que haya ese país, donde no tengamos orejas, y en cambio tengamos otros instrumentos más grandes que aquí, el ver, el gustar.. no sé.. El instrumento del oído no hace falta, ni para comer, ni para dormir, ni para ser uno padre de familia.. no, no hace falta.. Adiós, padre y pueblo, que lejos me voy..".

Las ocho serían cuando navegaba río abajo en una chalana diminuta de tablas podridas, a la que había echado algunos remiendos la noche anterior, la menor cantidad de embarcación posible. Previamente había metido a bordo sus víveres, unos pedazos de borona envueltos en un trapo. Este era una de las banderitas españolas que solían poner los combatientes en las baterías: habíala afanado días antes, y la llevaba para el caso de que los barcos de guerra, al verle recalar en Portugalete, le mandaran izar pabellón de nacionalidad. Con su bandera, sus mendrugos de borona y un balde para achicar tenía bastante, y ya no le quedaba más que encomendarse a Dios para poder rebasar, al amparo de la cerrazón, los puentes de barcas que los carlistas habían tendido en San Mamés y en Olaveaga. Afortunadamente para el atrevido mareante, a poco de soltar sus amarras empezó a llover con gana, y venía por babor, de la parte de Baracaldo, un Noroeste duro con rachas de galerna que (p.4698) levantaban olas en la ría. La tenebrosa obscuridad, la lluvia, el horrendo frío, eran causa bastante para que los facciosos no vigilaran; y para colmo de felicidad, el agua bajaba desde las nueve. Con dejarse ir al son de marea, arrimándose todo lo posible a barlovento, a la orilla izquierda, que era la de más abrigo, se escabulliría como un pez.. Experto navegante, conocedor de la ría más que de su propia casa, sabiendo como nadie buscar los puntos donde más ayudaba la corriente, se dejó ir, sin hacer uso de los remos, para evitar ruido y el rebrillar del agua. La agitación de esta, los rumores hondos de la naturaleza, encubrían su escapatoria. Con que el tripulante se agachara al deslizarse entre las barcazas que sostenían los tableros de los puentes, bastaba para que la humilde chalana pasara por un madero flotante, arrastrado por la marea.

En todo lo que anhelaba fue el pobre Churi favorecido, así por la naturaleza como por el acaso, y nadie le vio, ni oyó voces humanas, ni tiros de fusil disparados contra su nave. A las once salvó las barcas de San Mamés sin novedad, y antes de las doce burló las de Olaveaga; a la una divisaba las luces de los carlistas vivaqueando en las baterías de Luchana; pasó sin tropiezo, amparado de una espantosa descarga de agua, que por lo fría parecía nieve, y de un terrible golpe de viento; a las dos, dejándose ir a sotavento para alejarse del fortín del Desierto, cruzaba también inadvertido por este sitio. Vio más tarde, a estribor, las canteras de Aspe, y en aquellas latitudes, juzgándose ya salvado, se aguantó con los remos, pues el agua empezaba ya a tirar para arriba. No tenía que hacer más que mantenerse allí, capeando la marejada que venía del Oeste, y enmendando a cada paso su situación que la corriente le alteraba. Con esto, y con achicar sin tregua, pues de lo contrario la chalana se le iba a pique, tenía bastante faena hasta el alba, que debía de apuntar sobre las siete. Aguantose, pues, sorteando viento y marea, y al ver por Oriente las primeras claridades de la aurora, arboló a proa su banderita, disponiéndose a ganar (p.4699) puerto. Sus observaciones, sin más instrumento que los ojos de la cara, indicáronle demora de un cuarto de milla al Este de Portugalete.

Ya no temía el fuego carlista: hallábase en aguas de Isabel. A las ocho, divisó entre la neblina los bergantines ingleses Ringdorve y Sarracen (que ya conocía) , otro barco de guerra, español, y varias lanchas cañoneras.. La temperatura era glacial; el viento había rolado al primer cuadrante y traía lluvia fina, puntitas de nieve que pinchaban como agujas. A las ocho pasaba junto a una cañonera española que le dio el alto.. Comprendiendo que debía expresar sus sentimientos isabelinos, señaló con orgulloso gesto su pabellón, que sobre los colores tenía el lema Isabel II. Libertad. Desde la borda de la cañonera le preguntaron: "¿Traes parte?". Pero no se enteró, y siguió bogando. Poco después vio surgir del seno de la calima el puente armado sobre quechemarines y jabeques para pasar la ría entre Bilbao y las Arenas; sonaban cornetas, tambores, campanas en tierra y en los buques: para Churi como si no. Por fin, la valiente zapatilla atracó a la escala de Portugalete, y al encuentro del audaz marino bajaron muchos preguntándole: "¿Traes parte? ¿Qué ocurre en Bilbao?". Puso el pie en tierra con la gravedad de un almirante; quitando la bandera de la proa de la chalana, dio a esta una patada, equivalente al propósito de no volver a entrar en ella, y subió la escala con bandera al hombro, sin contestar a los preguntones. Entre estos había no pocos que al subir le conocieron. "Es Churi, el sordo bilbaíno", decían, y nadie le molestó más con interrogaciones fastidiosas. Él no venía con papeles, ni tenía que dar cuenta a nadie de lo que a buscar iba en Portugalete. Garantizado por su bandera, que agrupó a su lado mujeres y chiquillos, encaminose a una hermosa casa, contigua a la del Ayuntamiento, en la cual entró como persona conocida, sin saludar a nadie. Dos mujeres freían pescado en grandes sartenes. "Hola, Churi, en buena hora llegas -le dijeron-. Por Bilbao. ¿qué hay? Mucha hambre, ¿verdad? Siéntate y descansa. (p.4700) ¿Tu padre bueno? Dicen que muerta gente mucha.. Los dientes muy largos traerás, hijo. Dos ruedas de merluza aquí tienes, pues".

Sin sentarse, Churi devoró lo que se le ponía delante, y miraba a un lado y otro, como buscando a persona conocida..

"Ya sé a quién buscas, Churi -le dijo otra de las mujeres, que hablaba castellano correcto-. Aquí no está..".

Y como el sordo entendiese que la persona ausente no estaba en aquel pueblo, afligiéndose mucho al creerlo así, la buena mujer le explicó como pudo, con terribles gritos acompañados de gesticulaciones enérgicas, que la señá Saloma se encontraba en la Casa de Jado.. "¿Sabes? Por ahí, camino del Desierto. Tenemos la contrata de la Plana Mayor". Allá corrió Churi, con una rueda de merluza en la boca y otra en la mano, y de rondón se coló en el edificio que se le designaba, sin hacer caso de la guardia que quiso detenerle. Metiéndose por una puerta a la derecha, fue a dar a la cocina, y en ella vio a una mujer gallarda, morena, guapetona, de ojos negros, que recibía de otra un plato con un huevo frito y un chorizo.

Contento se fue el sordo hacia la guapa moza, y ella, al verle, lanzó una festiva risotada, diciendo: "Hola, Churi.. caro te vendes.. ¿Por dónde has venido, por la mar o por los aires? Eres el demonio.. Ay, hijo: no puedo entretenerme.. Aguárdate aquí, que voy a llevarle su desayuno al General en Jefe..".

 

Ep-24-XXXVII -

Vio el sordo soldados y ordenanzas en la cocina, oficiales que sin cesar subían y bajaban por la escalera principal, a la cual se asomó, por matar el tiempo, esperando a su amiga. Esta reapareció, diciendo: "No vuelvo más arriba. Los ayudantes no la dejan a una vivir.. Vean qué cardenales tengo en este brazo. Un asistente me ha dicho que el General está malo y no come nada.. que tengamos caldo para las doce.. Tú, Casiana, dame a mí un poco de guisado, que estoy desfallecida.. Echa, echa más, que comerá conmigo el pobre Churi.. ¿Verdad, hijo, que tienes gana? ¡Pobre sordito!.. Siéntate aquí, cuéntame..".

Tan viva de genio era la tal Saloma, que a (p.4701) veces parecía no estar en sus cabales. Dejándose llevar de su vena comunicativa, sin parar mientes en la sordera de Churi, le refirió, mientras comían, sucesos militares de notoria actualidad. "Mira, hijo, aquí estamos desde primeros del mes queriendo socorrer a Bilbao, y quedándonos con las ganas de hacerlo. Tan pronto vamos por la orillita de acá como por la de allá, y en ninguna tenemos suerte. En Castrejana no hicimos más que perder mucha gente, y nos volvimos para acá con las orejas gachas. Allí enfrente, en Azúa y Lejona, no hemos hecho más que apuntar. Gracias que los ingleses, hombres de mucho tino, han armado en el Desierto un altarito que le dará que hacer al servil. Ahora parece que operamos por allí, y todo será que tomemos el puente y casas fuertes que esos perros han hecho en Luchana.. Baldomero tiene ganas tremendas de darles una buena entrada de palos.. pero yo le digo: 'Baldomero, ándate con tiento y no te comprometas.. Tira primero tus líneas, mide terrenos y distancias.. Es malo echar carne a la pelea sin haber antes medido bien..'. Pero él no me hace caso.. Es tan caliente de su natural, que si no tuviera armas, a bocados les embestiría.. Aquí tenemos a D. Marcelino Oraa, que tan pronto va como viene. Al otro lado están las tropas acampadas de mala manera, mal comidas, muertas de frío. Dime tú si así se pueden ganar batallas. Yo digo que no; Baldomero sostiene que la sangre española no necesita más que de su mismo fuego para pelear y vencer".

Por amabilidad, a todo asentía Churi con cabezadas, sin entender una jota. Dígase pronto, para evitar malas interpretaciones, que aquel Baldomero, a cada instante nombrado por la arrogante Saloma, era un sargento de Guías, que tenía el honor de llamarse como el ilustre caudillo del Ejército del Norte; y añádase que descollaba por su arrojo, obteniendo cruces, y hallándose muy cerca de ganar el grado de alférez. D. Marcelino Oraa, de quien había sido asistente, teníale en gran estimación, y el mismo Espartero le conocía por su nombre (Baldomero Galán) y le (p.4702) distinguía.

"Pues para que te enteres mejor -dijo-, los ingleses nos ayudan como unos caballeros. Tienen talento para el ramo de cañones, y un ojo para la puntería que da gloria verlo. Baldomero dice que con ellos serviría más gustoso que con los de acá, porque pagan bien, comen mejor, y son muy puntuales en todo.. Yo le digo: 'Aprende de esos a echar líneas y tomar medidas antes de batirte.. Fíjate en que no mueven una pata sin pensarlo mucho, y examinan bien el pedazo de suelo donde van a ponerla'. Y él me replica: 'Sí, mujer, tienes razón: son de mucho estudio; pero acá uno es riojano, y antes de ponerse a estudiar, se le enciende la sangre y allá va el coraje sin sentirlo'".

Satisfecha su hambre, Churi sentía también vivas ganas de comunicar a una persona grata sus acerbas penas. Diose por enterado, sin entenderlo, de lo que Saloma le había dicho, y continuando la conversación sin lógico enlace de ideas, le dijo en un vascuence mal castellanizado que es forzoso traducir: "Efectivamente, Saloma Ulibarri, yo no te olvido; y en cuanto determiné dejar a mi pueblo y a mi familia para siempre, he pensado en ti; y vengo a decirte que si estás en volver pronto a tu tierra de Navarra, como me dijiste la última vez que nos vimos, yo me voy contigo..".

-Aquí me tienes pendiente de las operaciones -replicó Saloma-. Por mi gusto ahora mismo me ponía en camino para mi Aragón de mi alma, pues casi soy más aragonesa que navarra. Pero todo depende del punto a donde destinen a Baldomero, que ya va para alférez. Si en estas acciones lo gana, pedirá que le manden al Centro.. Yo también hipo por el Centro. Estoy harta de estas tierras frías y babosas.. con tanto llover y tanto comer pescado y alubias.. Quiero ver mi Ebro, mi tierra que abrasa, mi cielo de allá que es la alegría del mundo.. ¿De veras te vendrás con nosotros?.. ¡Ah!, Churi, tú has hecho en tu casa alguna travesura muy gorda..

Por esta vez coincidió casualmente el primer concepto de Churi con el último de Saloma. "No soy culpable -le dijo-, sino desgraciado; tan desgraciado, (p.4703) que de lástima que me tengo no me determino a quitarme la vida. Me voy, sí".

Súbitamente saltó el sordo con una pregunta que no parecía congruente. "Dime, Saloma, ¿sabes si está por aquí un caballero joven que le llaman D. Fernando Calpena.. paisano, a no ser que se haya hecho militar de poco acá.. guapo, noble, fino?..". Al pronto no dio lumbres la moza. ¡Había tanta gente en el Cuartel general, militares de distintas armas y procedencias, asesores, físicos, paisanos armados..! Rebuscaba en sus recuerdos, y al fin dio con la persona que entre la turbamulta buscaba. "¿Don Fernando dices? Sí, sí: un joven de buena presencia, ojos bonitos.. muy amigo del General en jefe.. Sí.. D. Fernando no sé qué.. Arriba está. En uno de los desvanes de esta casa se aloja con el Sr. Uhagón, un paisano de ayer, hoy capitán.. ¿Es amigo tuyo ese señor?".

-Como amigo no es.. Pero tengo que escribirle una carta que tú le entregarás.. Papel y pluma que me traigan.

Algo tardaron en darle lo que pedía, y él, en tanto, deleitábase contemplando la hermosura lozana y picante de Saloma la navarra, como allí le decían. Bueno es advertir que en anteriores meses, y antes de que se iniciara en Bermeo la pasión ardiente que a tan lastimoso estado le había traído, padeció el pobre Churi el mal de amores, prendándose de Saloma con ansias y desvelos de calidad poco espiritual. Fue un desvarío juvenil, que se extinguió entre cenizas, después de mucho requebrar y pretender con resultado nulo. ¡Era desgraciado el hombre! Todo por la maldita sordera, por aquel tabique de silencio que, levantado entre él y la humanidad, le impedía gustar las dulzuras del querer.. Mal curado de afición tan secundaria y superficial, cayó en la enfermedad honda que le cogía el cuerpo y el espíritu, lo divino y humano. Desapareció de su mente Saloma con su gallardía incitante y su graciosa labia; la pasión integral y soberana eclipsó la parcial y plebeya. Quedaba, siempre la cariñosa y leal amiga, que departía con él afablemente, le daba de comer y le agasajaba y atendía, condolida de la (p.4704) inferioridad a que su sordera le condenaba.

Casi toda la tarde hubo de emplear el sordo en su trabajo de escritura, porque excesivamente severo consigo mismo, nada de lo que escribía le contentaba, y unas veces por no acertar con el pensamiento que expresar quería, otras porque su torpeza caligráfica le hacía incurrir en garrafales errores, ello es que, rompiendo papel y trazando caracteres muy gordos, se le iban las horas. Por último, cuando ya obscurecía, quedó terminado aquel monumento, que leía y releía, buscándole faltas, añadiendo o raspando comas, sin llegar nunca a la deseada perfección.

"Tómate todo el tiempo que quieras, hijo -le decía Saloma-, y pluméalo bien, despacito, que el señor para quien es la carta se fue esta mañana al otro lado y no sabemos cuándo volverá".

Cansado de la penosa escritura, tanto como del viaje, el pobre Churi no se podía tener de sueño y quebranto de huesos. Saloma le dio un camastro en la casa de Portugalete (donde tenía su establecimiento de comidas, asociada con Casiana y los hermanos Anabitarte, vinateros) , y en él cayó como una piedra el sordo, que si no lo fuera, no habría dejado de sentir aquella noche el horroroso temporal. El oleaje y remolinos de la barra daban espanto a la vista; el bramido de la mar unido al del viento ahogaban todos los ruidos de tierra, sin excluir los cañonazos de las baterías del Desierto contra Luchana. En toda la noche pudo la navarra pegar los ojos pensando en su pobre Baldomero acampado al raso o al abrigo de cualquier paredón, allá en las posiciones del ejército en la orilla derecha. ¡Y que esto pasara un cristiano por los derechos de Isabelita, de Carlitos, o del demonio coronado!..

Amaneció nevando. Las nueve serían ya cuando Saloma despertó a Churi, que no se hartaba de dormir, insensible al fragor de la Naturaleza. "Arriba, hijo, que es tarde. ¡Pues no lo has tomado con poca gana! Ya tienes ahí a tu caballero de Madrid. Con el alférez Ordax ha pasado de las Arenas acá en un chinchorro, porque el puente de barcas se ha roto con la furia de (p.4705) la mar. ¡Esa es otra!.. Levántate pronto, gandul, y si quieres verle, vente conmigo allá, y te arrimas a la escalera, que el D. Fernando ha entrado en la casa de Azcoiti, donde se alojan los de artillería, y pronto ha de ir a mudarse de ropa. Está caladito.. Dame el documento y se lo llevaré cuando se mude, que no está bien que entre yo en su cuarto mientras el hombre se aligera de vestido".

Al poco rato de esta conversación, veía Churi entrar al Sr. de Calpena y subir presuroso. Era él, el mismo: ya se le podía soltar el cohete sin ningún cuidado. Y a la media hora volvía Saloma a la cocina y daba al sordo cuenta de su comisión en estos o parecidos términos: "¡Ay, hijo, qué jicarazo se ha llevado el pobrecito señor con tu carta! Se quedó al leerla más blanco que el papel en que la escribiste. Me preguntó que quién eras tú, y de dónde venías, y yo, naturalmente, le dije que eres de los ricos de Bilbao, buen chico, muy marinero, sólo que un poco impedido de la audiencia.. Ahora toma tu desayuno y arrímate al fogón, que el día no está para rondar por el pueblo".

Solo en su desván, y ya vestido de ropa seca, no apartaba D. Fernando su pensamiento ni sus ojos de la carta que había recibido; y entre dar crédito a la tremenda afirmación que contenía, o conceptuarla maligna impostura, transcurría veloz el tiempo sobre la cabeza del joven sin que este lo sintiera. "Anoche casó Aura con Zoilo Arratia", decían en substancia los garabatos del papel, trazados en letras gordas, como para suplir con el tamaño la torpeza de la escritura. En vano su amigo Uhagón (amistad reciente y cordialísima formada en aquellos meses) entró a decirle que si el temporal arreciaba, no habría más remedio que suspender las operaciones. A todo callaba Calpena; él, tan decidor, tan entusiasta de aquella campaña, tan unido al ejército, que la acción de este y la suya propia habían venido a ser una sola acción, no decía nada, no comentaba, ni opinaba siquiera. "¿Qué piensas?" le preguntó su amigo. Y él, encerrando dentro de su alma una tempestad más horrorosa que la que (p.4706) andaba por los aires, se levantó y dijo: "Pienso.. que hacen bien los carlistas en no dejar en Bilbao piedra sobre piedra.. pienso que la Humanidad es una vieja celestina, y la Naturaleza una mujer frágil..".

 

Ep-24-XXXVIII -

Arreció en el curso del día el temporal, sin que su violencia estorbara a las valientes tropas isabelinas para lanzarse a la pelea. Desde el camastro donde yacía en la casa de Jado, daba Espartero las órdenes de ataque, previa la distribución de fuerzas en una y otra orilla, para operar concertadamente contra Luchana. La brigada Mayol, que se hallaba en Sestao, pasó el Galindo por el puente que habían construido los ingleses, y ocupó las alturas de Rentegui y la Torre de la Cuarentena frente a la desembocadura del Azúa. Y en tanto, inutilizado por el temporal el puente de barcas sobre el Nervión, pasaron este, en lanchones custodiados por las trincaduras de guerra, ocho compañías de cazadores, dos del primer regimiento de la Guardia, dos de Soria, dos de Borbón, una de Zaragoza y otra del 4.º de Ligeros, y fuerza de Ingenieros y Artillería. En la travesía penosa, los pobres soldados coreaban la furibunda cantata del temporal con sus exclamaciones de ciego entusiasmo. Los zurriagazos de granizo con que les castigaba la Naturaleza, les embravecía más. ¡Bonita ocasión para proclamar la Libertad y declararse dispuestos a horrendo sacrificio por tan voluble Diosa, que los infelices no habían visto nunca, ni sabían cómo era!.. Desembarcados en la orilla derecha, se apresuraron a entrar en calor marchando contra el maldecido puente. La división del Barón de Meer, que había pasado el día batiéndose en las riberas del Azúa, reanudó sus ataques con más brío al verse reforzada; los cazadores se abalanzaron sobre el puente sin encomendarse a Dios ni al diablo, y no era floja temeridad la de aquellos locos, porque los carlistas habían cortado un tramo, y armado poderosas baterías por la otra parte, con cuyos fuegos y la fusilería incansable podrían abrasar a los mismos ángeles que se acercaran. Pocos (p.4707) ejemplos de arrojo personal que al de aquella noche puedan compararse ofrecerá seguramente la Historia militar del mundo; y por mucho que el narrador apure los resortes del lenguaje para describirlo, siempre ha de resultar como un combate fabuloso entre fingidos héroes de la Mitología o la Leyenda.

Luchaban unos y otros en la obscuridad de una noche glacial, pisando nieve, azotados por el granizo, calados hasta los huesos. Si a esto se añade que habían comido poco y mal, acrece la inverosimilitud de aquel esfuerzo, que empezó con una fanfarronería quijotesca y acabó con una realidad sublime. Rodaban los muertos sobre la nieve; se arrastraban los heridos entre peñas y charcos sin que nadie les socorriese; los vivos asaltaban el puente casi a ciegas y a gatas, y sin duda por no ver el peligro, lo acometieron y lo dominaron. En pleno día, y con buen tiempo, tal empeño no habría sido quizás más que una honrosa tentativa. El éxito se convirtió en brillante hazaña, la más gloriosa quizás de aquella enconada guerra. Pudo suceder que los carlistas, fiados en la inverosimilitud del movimiento isabelino, y estimándolo demencia y bravata, se descuidaran en acudir con todo su poder a la defensa. También ellos luchaban en las tinieblas, envueltos en la glacial vestimenta del granizo y la lluvia; también a ellos les entumecía y paralizaba el frío, y la nieve les negaba un suelo seguro para combatir.. A todos les trataba por igual la Naturaleza. En una y otra parte caían en tropel, los más para no volver a levantarse. La virginal blancura de la nieve se teñía de sangre. A las imprecaciones y gritos de salvaje marcialidad, respondía el viento con bramidos más espantosos. Por fin, los liberales se calzaron el puente, lo hicieron suyo, y pisaron el fango nevado de la orilla izquierda del Azúa. Emprendieron al punto los ingenieros la compostura del tramo destruido, para que pudieran pasar cañones, caballos, y todo el ejército cristino.

No se daban cuenta los hasta entonces vencedores de la importancia de su victoria, ni acertaban a medir los (p.4708) obstáculos que, tomado el puente, habrían de encontrar todavía, pues los facciosos habían surcado de formidables trincheras los montes de Cabras y San Pablo. Como no las tomaran pronto los de acá, todo lo que habían hecho era una sangría inútil. Tan grande fue en los cristinos el impulso adquirido, y en tal grado de coraje y excitación se hallaban, que no dieron paz al cuerpo ni al ánimo respiro, para seguir en demanda de las trincheras, con la ambición loca de pisar también en ellas y de hacer trizas a los que las defendían. De las nueve a las diez de la noche se empeñaron furiosos duelos a la bayoneta en la aspereza de aquellos montes: los isabelinos trepando; los otros a pie firme en los inexpugnables zanjones. Rodaban por acá cuerpos destrozados. Allá espiraban otros. Tan pronto avanzaban subiendo los liberales, como retrocedían precipitados, con la nieve hasta las rodillas; se hundían en ella, salían furiosos, y las bayonetas llegaron a parecer instrumentos de la Naturaleza: el hielo y el granizo convertidos en afiladas puntas y movidos por el huracán.

Una batería enemiga, colocada sobre el flanco derecho de las tropas de Isabel, les sacudía sin cesar. Pero no hacían caso, y para concluir pronto y decidirlo de una vez, no había más recurso que el arma blanca. Repetidos los ataques en una gran extensión, pues las tropas del Barón de Meer pasaron a la orilla izquierda por un improvisado puente, las trincheras de los carlistas, hondas, labradas en terreno pedregoso y fuerte, continuaban inexpugnables. Eran hueso muy duro para que pudieran roerlo los de acá, enorme su extensión para que pudieran ganarlas por sorpresa. Y la noche no se aclaraba, ni disminuía la crudeza iracunda del temporal. Diríase que el suelo quería tragarse a los hombres y convertirse en inmenso pudridero y osario de todo lo viviente. Serían las diez cuando el animoso y experto General Oraa, a quien Espartero, por su enfermedad, había conferido el mando, vio la imposibilidad de avanzar, ya que no la de sostenerse, y pidió refuerzos. Espartero (p.4709) le envió al instante la primera brigada de la división de Ceballos Escalera; después la segunda, al mando de este. Siguieron la espantosa lucha, intentando escalar las trincheras, y cayendo de espaldas para volver a la embestida, sin desmayo, por entrar en calor. Fueron heridos el Barón de Meer, el Brigadier Méndez Vigo, y multitud de oficiales. El jefe de cazadores, Ulibarrena, lo había sido ya mortalmente en el ataque al puente de Luchana. Los soldados caían a centenares.

A las diez y media vio el General Oraa que habían llegado al límite del humano esfuerzo; pronto traspasarían la línea que separa los últimos alardes de la desesperación eficaz de los primeros espasmos de la impotencia, y ordenando conservar las posiciones y seguir combatiendo, bajó a la ría, pasó con dos ayudantes y el Coronel Toledo a la orilla izquierda, y encaminose, ganando minutos, a la residencia del General en jefe. Oía Don Baldomero desde su cama el estruendo de aquella tenaz contienda, y entre sus dolores que le retenían y sus cuidados de caudillo que de fuera le solicitaban, se revolvía inquieto, sin descanso, más castigado de la ansiedad que de la penosa cistitis. En el momento de su mayor quebranto llegó el valiente Oraa, y con militar rudeza le pintó en pocas palabras expresivas la situación apretada del ejército a la otra parte del río. Soltó al instante Espartero media docena de ternos gordos, y rechazando las ropas del camastro empezó a vestirse a toda prisa.. "Voy ahora mismo, aunque me cueste la vida.. ¡pues no faltaba más! Tomado el puente, ¿qué hemos de hacer más que uparnos arriba como fieras? ¿Qué hora es? Las once. ¡Bonita Noche Buena! Señores, hemos jurado perecer o salvar a Bilbao. Esta noche se cumplirá nuestro juramento".

Acudió un asistente a vestirle, y él, calzándose las botas, mandó que entraran los que permanecían en la estancia próxima aguardando su determinación. "Gurrea, adelante.. Toledo, pase usted.. Pase usted también, Fernando.. Pues ya lo ven: voy a echar el resto. O ellos o yo.. Ahora nos (p.4710) veremos las caras.. Ya me van cargando a mí esos ojalateros.. Mi caballo.. pronto, mi caballo.. Me ha dicho Oraa que ha muerto Ulibarrena.. Les tengo que cobrar con réditos la vida de ese valiente.. Venga el capote, el bastón.. Ya estamos.. ¡Pobres soldados, muertos de frío!.. Allá voy, allá voy, y a Bilbao de cabeza.. No quiero tomar nada.. un poco de vino, y basta.. Señores, el que quiera divertirse y oír cantar el gallo de Navidad, que venga conmigo..".

Sobreponiéndose a su dolencia y ahogando la horrorosa molestia y dolores que sufría, se le vio pronto en militar apostura, gallardo, bien plantado, risueño. Su rostro amarillo, en que se manifestaba un reciente derrame bilioso, se animó con el fuego que la pasión guerrera en su alma encendía. Brillaban sus ojos negros; bajo la piel de la mandíbula inferior, decorada con patillas cortas, se observaba la vibración del músculo; fruncía los labios con muequecillas reveladoras de impaciencia. Mal recortado el bigote, por el descuido propio de la enfermedad, ofrecía cerdosas puntas negras, y bajo el labio inferior la mosca se había extendido más de lo que consintiera la presunción. Aún no gastaba perilla. El bigote de moco daba a su fisonomía carácter militar, dentro del tono especial de la época: casi todos los sargentos de su ejército le imitaban en aquel estilo de decoración personal. Resultaban caras enjutas, secas, con algo de simbolismo masónico en la disposición triangular de los adornos capilares, y expresión de tenacidad y constancia.

Pisaba fuertemente el suelo para entrar en calor, y mientras afuera disponían el paso a la otra orilla. Su mal de la vejiga le obligó a tomar precauciones, previendo que en noche de largo batallar habían de faltarle hasta los minutos para las funciones más precisas. Y al propio tiempo no cesaba de dar prisa. Dijéronle que en cuanto volviesen las lanchas que habían llevado la segunda brigada de la división de Ceballos Escalera, pasaría el Cuartel general. Tal era el desasosiego de Espartero, que habría pasado solo en una tabla, y no pudiendo aguantarse más en (p.4711) aquella inacción, salió masticando la saliva, y escupiendo alguno que otro venablo y mitades de interjecciones crudas.. Le dolían partes de su cuerpo de las más sensibles; le dolía la situación comprometidísima de su ejército; le dolía el amor propio.

Cuando llegó al sitio de embarque, advirtiéronle que su caballo ya iba navegando hacia Luchana. Empezaron a embarcar las compañías de Extremadura y casi toda la división de Minuisir. En la gabarra que más a mano encontró, embarcose el General con su plana mayor y agregados militares y paisanos. El corto bagaje que llevaba, con muy poca ropa, escasos alimentos, y algunos chismes y drogas, impedimenta impuesta por la enfermedad, embarcado fue en la misma lancha donde iba el caballo. Religioso y triste silencio imperó en la travesía. Nadie hablaba. Por un momento, en un desgarrón de las nubes, dejose ver la luna menguante con medio rostro apagado. El temporal remusgaba(7) lejano. Eran las doce, la hora del Nacimiento de Jesús, que allí no anunciaron cantos de gallo ni festejó el rabel de inocentes pastores. Más bien las cornetas y cajas y el pavoroso silbar del viento, proclamaban la destrucción del mundo.

 

Ep-24-XXXIX -

Pisó tierra Espartero en la orilla derecha, y con él las tropas que de refuerzo llevaba. Delante de todos marchó el General a caballo, y pasado con precaución el puente famoso que había de inmortalizar su nombre, subió el primero hacia el monte de San Pablo, encontrando a su paso cadáveres dispersos, sobre los cuales blanqueaba ya el sudario de la nieve últimamente caída. Empezó por disponer que las tropas de refuerzo relevasen a los infelices que se habían batido toda la noche a la desesperada, con los pies insensibles, clavados en el suelo. Obligado por los accidentes del terreno a echar pie a tierra, departió D. Baldomero con la tropa, contestando con expresiones fraternales a los vítores y gritos de entusiasmo con que fue saludado. Conferenció con su jefe de Estado Mayor, el General Oraa, y acordaron (p.4712) suspender el ataque para organizarlo con toda la fuerza útil disponible y relevar al instante los puestos avanzados. O la casualidad o un imprevisto accidente produjeron hechos contrarios a lo que la rutinaria lógica de los caudillos disponía.

Sucedió que Oraa dispuso que se diera el toque de alto, y el corneta de órdenes, sin saber lo que hacía, distraído o alucinado, ebrio quizás del frenesí batallador, tocó ataque, y lo mismo fue oír el estridor guerrero, lanzáronse unos y otros monte arriba con ordenado y rápido movimiento, rivalizando en ardor los que el General traía con los que allí encontró. Quiso Oraa contenerles y que se cumpliera su mandato, mal interpretado por el corneta; Espartero, con mejor instinto y rápido golpe de vista, se aprovechó de aquel felicísimo arranque de la tropa, y con llama de inspiración, vio que era llegado el momento de seguir el impulso de los inferiores, de la gran masa bélica. Esta tomaba la iniciativa; esta, en un fugaz espasmo colectivo, dirigía y mandaba. Procedía, pues, favorecer este arranque, dirigirlo, extremarlo, y no permitir que desmayara. Blandiendo su espada, se puso frente a una columna, y con aquella voz sonora, con aquel tono arrogante y fiero que electrizaba a las multitudes, adoptando formas de lenguaje muy enérgicas y al propio tiempo fraternales, les dijo: "Adelante todo el mundo, y arrollemos a esos descamisados.. ¡Coraje, hijos, coraje!.. Ahora verán lo que somos. Delante del que de vosotros avance más, va vuestro General, que quiere ser el primer soldado.. ¡A la bayoneta.. carguen! ¡Coraje, hijos!.. Por delante va esta espada que quiere ser la primer bayoneta.. Que mueran ahora mismo esos canallas, ¡coraje!, o abandonen el campo, que es nuestro. ¡Viva la Reina, viva el Ejército, viva la Libertad!".

Y comunicado este furor a toda la división, avanzaron monte arriba con estruendo que hizo enmudecer los bramidos de la tempestad. Oraa se puso al frente de otra columna por la izquierda. Al llegar a la trinchera enemiga, oyeron rumor de pánico. Muchos carlistas huían, otros se (p.4713) defendieron con rabia heroica; pero la embestida era tan fuerte, que no pudo ser larga ni eficaz la resistencia. Ensartados caían de una parte y otra. La voz del General, no enronquecida, siempre clara y vibrante, les gritaba: "No hacer fuego.. Bayoneta limpia.. ¿No quieren libertad? Pues metérsela en el cuerpo.. Adelante: arriba todo el mundo. ¡Hijos, coraje!.. Bilbao es nuestra, y de ellos la ignominia. Nuestra toda la gloria. Que vean lo que somos. Arriba, arriba.. Ya huyen. ¡Firme en ellos!".

No esperó el enemigo un segundo ataque, y huyó a la desbandada monte arriba, hacia la segunda línea de trincheras. De improviso, cuando ordenaban proseguir, descargó una tan fuerte lluvia con granizo, que los combatientes tuvieron que detenerse. No veían; el pedrisco les cegaba; el viento furibundo obligábales a guarecerse tras un matojo, al amparo de cualquier peña, tronco o paredón en ruinas. "Mi General, aquí" gritó un alférez, viendo a Espartero azotado vivamente por el temporal, la mano en el sombrero, el capote desabrochado por las garras del viento. Guareciéronse en el socaire de una peña. El caudillo le reconoció al instante: "Ordax.. ¿no es usted Ordax? Avise usted al General Oraa dónde estoy. Que venga al momento. Esta racha pasará pronto..". El oficial, que era uno de los que más se distinguieron en el ataque del puente, corrió a cumplimentar las órdenes de su jefe. No tardaron en encontrar a este sus ayudantes, y se agruparon para darle con sus cuerpos más abrigo. En la confusión de aquel momento, surcado el aire y azotada la tierra por los furiosos latigazos del granizo, oíanse gritos, voces, llamadas, nombres que sonaban desgarrados en medio de la furiosa tempestad. Espartero dejó oír su voz imperiosa: "Aquí estoy.. ¡Eh! ¡Gurrea.. Toledo.. aquí! ¡Demonio de tiempo! Ya les llevábamos en vilo.. Que venga Oraa.. ¡Oraa!.. ¿Dónde está Ceballos Escalera?".

-Aquí, mi General -replicó la voz potente del jefe de la segunda división.

-¿A qué distancia estamos de Banderas? Yo no veo nada. ¿Dónde (p.4714) está Banderas?

-Allí, mi General.

-Ya sé que está allí.. ¿Pero a qué distancia poco más o menos? ¿Sabe usted que me encuentro mejor de mis dolores? Me ha sentado bien el sofoco, y encima del sofoco la mojadura. ¡Vaya una noche! Y dicen que en esta noche nace Dios.. No lo creo.

-Mi General, estamos a un tiro de fusil de Banderas.. Pero aún queda que tomar otra línea de trincheras más arriba.

-¡Qué trincheras ni qué cuerno! De esas les echaremos también.. pero a culatazos.. a patadas.. Otra racha de granizo. Bueno: venga todo de una vez.. Ya, ya para. Que den un toque de atención. No perdamos tiempo. ¿Qué hora es?

-Las tres y media, mi General.

En esto llegó Oraa, y Espartero le dijo: "Escoja usted quince hombres decididos, de los que no creen en la muerte, y un oficial, para que vayan a hacer un reconocimiento en la altura de Banderas. No podemos presumir la fuerza que tienen allí, ni si están resueltos a defender el puente a todo trance. Tiempo han tenido de fortificarse bien. Pero estén como estuvieren, y hayan hecho más baluartes y baterías que tiene Gibraltar, allá nos vamos ahora mismo, con la fresca, a darles la última pateadura".

Habiendo cesado el chaparrón, salió Don Baldomero de su escondrijo, y encareció a los soldados lo fácil que era subir hasta Banderas. Probablemente, el enemigo no tendría ya malditas ganas de ver caras isabelinas por allí, y saldría escapado en cuanto se enterara de la visita. Restablecidas las líneas que desbarató el temporal, trajéronle al General su caballo, y se le unió Carondelet, mientras Ceballos Escalera se alejaba a escape para cumplimentar las últimas órdenes. Los quince soldados y el oficial que se brindaron a ir de descubierta, marcharon silenciosos monte arriba. ¡Infelices, cuán grande era su abnegación! Iban tan sólo para probar el grado de fuerza que en Banderas tenía el enemigo. Si este les recibía con intenso fuego, señal era de que la elevada posición quería y podía defenderse. En tanto, las columnas avanzaban con orden de no hacer ruido, callados los tambores y cornetas, calladas (p.4715) también las bocas. Como a la mitad del camino, entre el punto de partida y Banderas, los quince tropezaron con una cabaña en ruinas, infestada de facciosos, los cuales, por los huecos de los tapiales destruidos, rompieron el fuego. El General y sus adláteres observaban esto desde una distancia inapreciable por la obscuridad; mas no veían gran cosa. Roto el silencio por la estruendosa voz de Espartero mandando ataque, retumbó el trueno en la masa de tropas, y allá se fueron las columnas como un ventarrón furibundo, barriendo cuanto encontraban por delante. En las ruinas, más de la mitad de los quince rodaban por los declives cubiertos de nieve. En la primera embestida a las trincheras altas no pudieron los de acá desalojar al enemigo. El retroceso fue corto. No necesitaron ser jaleados para volver con ímpetu nuevo. Espartero y sus ayudantes picaron espuela en busca del sitio de mayor peligro. Esto fue de grande eficacia para alentar a los soldados, que, despreciando la muerte, volvieron a desafiarla cara a cara; y al tercer achuchón, los carlistas que no quedaron tendidos salieron por pies. A la izquierda, en la falda de San Pablo, la columna mandada por Oraa pudo avanzar con menos obstáculos. Espartero no la veía. Sólo por el ruido de tambores y las imprecaciones humanas que aventaba el temporal, podían apreciar los de la primera columna que sus compañeros les llevaban alguna ventaja. Situándose más arriba de las ruinas de la cabaña, pudo Espartero distinguir las masas carlistas en el alto de Banderas, moviéndose de flanco. ¿Iban en retirada? ¿Iniciaban un movimiento envolvente? Sobre esto hicieron cálculos más o menos aventurados Carondelet y el General en jefe. "Para saberlo con certeza -dijo este-, vámonos arriba.. yo el primero. No hay que darles tiempo a nada.. ¡Hijos, coraje! Más valemos muertos arriba que vivos abajo".

A medida que avanzando iban, veían más claro. Del cielo descendía escasa luz, aumentada por el reflector blanquísimo y lúgubre que cubría todo el monte, la nieve, cuya limpia y cándida superficie cortaban los (p.4716) montones de cuerpos humanos. La cabeza del carlista muerto asomaba por entre los brazos del liberal inerte. La obscuridad les agrandaba: creyéraseles cuerpos de gigantes alados, caídos de un espantoso combate en las nubes pardas, siniestras; estas corrían también, embistiéndose, y esparcían por el cielo turbio sus desgarrados vellones. En la porfía de tierra un horroroso estruendo de tambores, cornetas, gritos, vivas y mueras marcaba el paso de la nube humana, que se deslizaba sobre nieve, bramando como el trueno, hiriendo como el rayo. En la eminencia, el choque rudo produjo instantáneo retroceso. No se veía más que un trágico tumulto, confusión de cabezas y brazos, y entre ellos el centelleo de las bayonetas. No lejos de la columna de vanguardia, Espartero les decía: "¡Duro, hijos, duro, que ya estamos en casa!.. No hay quien pueda con nosotros.. Allá vamos todos, yo el primero..".

No tardaron los absolutistas en desbandarse por la vertiente Norte. Iniciado el abandono del fuerte, los de acá pusieron en la cúspide sus manos, luego sus rodillas. El ejército de Isabel dio por fin en ella la furibunda patada que estremeció y quebrantó para siempre el inseguro reino de Carlos V. Serían las cinco cuando el caballo de Espartero tocaba el himno con su vigorosa pezuña sobre el suelo de la plaza de armas del fuerte. El noble animal no podía sofocar con sus relinchos la gritería de los soldados, ebrios de gozo.

El ejército que tal hazaña consumó era un gran ejército; mas para que luciera en toda su grandeza el santo ardor patriótico y el militar orgullo que le inflamaban, era necesario que tuviese caudillos que supieran cogerle de un brazo y llevarle a las cumbres estratégicas, que simbolizan las altas cimas de la gloria. Sin tales pastores, no puede haber rebaños tales. Pastoreaba las tropas cristinas, en aquella noche terrible, un soldado de corazón grande, que supo infundirles el sentimiento del deber, la convicción de que sacrificando sus vidas mortales salvarían lo inmortal de la patria, el honor histórico de las banderas. El tiempo, en vez de amenguar (p.4717) la talla de aquellas figuras, las agiganta cada día, y hoy las vemos subir, no tanto quizás por lo que ellas crecen como por lo que nos achicamos nosotros; y aún lloramos un poquito, ya con todo el siglo dentro del cuerpo, viendo que gérmenes tan hermosos no hayan fructificado más que en el campo de la guerra civil. Creíamos que aquello era el aprendizaje para empresas de superior magnitud.. Pero no era sino precocidad infantil, de las que luego salen fallidas, dándonos tras el muchachón de extremado vigor cerebral, hombres raquíticos y sin seso.

No debe mostrarse aislado el ejemplo de Espartero en la gloriosa Navidad del 36; que unido a otros ejemplos y memorias de aquel caudillo, resplandece con mayor claridad y nos permite conocer toda la grandeza de los hombres que fueron. Antes de la liberación de Bilbao, los suministros del ejército andaban como Dios quería. El Gobierno pedía victorias para darse tono, ¡victorias a soldados descalzos y hambrientos! Todo el mando de Córdoba fue una continua lamentación por esta incuria. No fue más dichoso Espartero, y en su afán de emprender vivamente las operaciones, ardiendo en coraje, atento a su decoro y a la moral de sus tropas, resolvió el conflicto de un modo elemental, casi inocente. Sin duda por ser del orden familiar, no se ha perpetuado en letras de oro, sobre mármoles, la carta que con tal motivo escribió a su mujer, la bonísima, hermosa y sin par Jacinta Sicilia. Decía entre otras cosas: "Empeña tu palabra, la mía, la de los amigos; empeña tus alhajas y hasta el piano; reúne todo el dinero que puedas, y mándamelo en oro". Tan diligente anduvo la dama, que con el mismo mensajero portador de la carta remitió a su esposo mil onzas. El General dio de comer a sus soldados, y a los pocos días, postrado en cama con mal de la vejiga, y viendo a sus queridas tropas en el grande aprieto del Monte Cabras y Monte San Pablo, salta del lecho, con una temperatura glacial, y hace lo que se ha visto.. Desgraciada era entonces España; pero tenía hombres.

 

Ep-24-XL -

Al apuntar el día, que como de los (p.4718) más chicos del año no empezó a despabilarse hasta las siete, ayudando a su pereza lo turbio del celaje, vieron los vencedores a los vencidos desfilando a toda prisa por los senderos que conducen a Erandio y Derio. Otros tomaban presurosos los caminos de Deusto, para pasar a la orilla izquierda por los puentes de barcas que tenían en San Mamés y en Olaveaga. "¡Lástima grande -dijo Espartero, viendo la desbandada del enemigo- no tener caballería disponible para que se fueran con todos los sacramentos!". Tomado también, sin disparar un tiro, el Molino de Viento, y dejando este bien guarnecido, así como el fuerte, siguió Espartero hacia el caserío de Archanda, donde ocupó la misma casa en que habían celebrado la Navidad, con espléndida cena, los jefes carlistas Eguía y Villarreal. Aún encontraron la mesa puesta, y en ella restos de manjares, todo en desorden, como si los comensales hubieran tenido que salir escapados, mascando aún, y con las servilletas prendidas. Invadida la casa por la Plana mayor y ayudantes, Espartero tomó asiento en el comedor y les dijo: "Ya ve España que he cumplido mi palabra. Salí para Bilbao, y en Bilbao estamos; al menos tenemos la llave de la puerta".

-Mi General -dijo Gurrea, que no cesaba de dar órdenes referentes a provisiones de boca-, he mandado que nos hagan café.

-Para ustedes. Yo sabes que ahora no lo tomo. Algo caliente tomaría yo.. No he traído nada.. No me dio tiempo a llenar la fiambrera.. Oye, que me hagan unas sopas de ajo.. Vino caliente quiero.

-¿Qué tal se encuentra usted, mi General? -le preguntó Carondelet-. ¿Apostamos a que el julepe de esta noche le sienta bien?.. La gloria, entiendo yo, es buena medicina.

-Hombre, sí.. Yo creí que estaría peor. La misma excitación nerviosa me ha sostenido.. Hubo un momento, lo confieso, en que los ánimos querían marchárseme. Fue cuando pregunté: "¿Dónde está la Guardia?". Y de un montón de cadáveres blanqueados por la nieve salió una voz moribunda que me dijo: "Aquí está lo que queda de la Guardia (p.4719) Real". Al oír esto, sentí ese frío mortal que me sale de los riñones, y por el espinazo me sube a la nuca.. ¡Pero qué demonio! Di algunas patadas, para soltar el frío y el miedo por las suelas de las botas.. vamos, que eché un nudo a todos los recelos, y también a los dolores que me atenazaban las entrañas, y me dije: "No fastidiar ahora.. A la obligación; a reventar aquí, o a vencer. Dios nos ha favorecido: mandó a los truenos que tocaran el himno..". No crean: cuando me eché de la cama, me daba el corazón que íbamos a cargarnos a toda la ojalatería habida y por haber.. ¡Y eso que la noche, compañeros, ha sido de las que llaman a Dios de tú!

-Mi General -dijo D. Marcelino Oraa, entrando presuroso y risueño-, tengo una gallina asada, y me parece que después de lo que hemos hecho, bien podemos comérnosla tranquilamente.

-Sí, hombre, sí; venga: nos la comeremos entre los dos.. Pero mande usted que la calienten.

-Ya están en ello. Los señores desocupantes nos han dejado la cocina encendida.

-¿Y hay fuego?

-Magnífico. Y ahora lo estamos atizando más.

-Pues vámonos allá.. Estoy helado.. A la cocina, señores.

Y camino del fogón, D. Baldomero, apoyado en el brazo de Carondelet, pues su dolor de riñones le molestaba más de la cuenta, decía: "¡Esos pobres soldados muertos de frío, al raso!.. Que todos los cuerpos se provean de leña, que aquí la tendrían abundante los ojalateros.. Que hagan hogueras.. Y de rancho, que se les dé lo que haya, a discreción.. Otro día se tasará; hoy no se tasa nada, pues ellos han dado a tutiplén su sangre y el fuego de sus corazones.. Lo que yo digo: 'En días como este, debiera Dios hacer también algo extraordinario por los pobres soldados; y como es fiesta de Navidad, ¿por qué no manda caer una buena lluvia de pavos, pero asaditos, y de añadidura capones?'. Hombre, todo no ha de ser granizo y balas. Yo, señores, estoy que no puedo ya con mi alma. Y si a ustedes les parece, después que me haya comido mi parte de gallina y las sopas de ajo, si me las dan, descansaré un rato. Oraa, ¿a qué hora entramos (p.4720) en Bilbao?".

-Sobre las once me parece la mejor hora -dijo D. Marcelino con la boca llena-. Allí no se han enterado todavía. No tardarán en subir bandadas de patriotas. El cuento es que de nutrición están peor que nosotros, y tendremos que darles de lo nuestro.

Con estas bromas comían unos y otros, ofreciéndose recíprocamente y aceptando lo que cada cual tenía. Sin cesar entraban oficiales y paisanos más o menos armados, de los que se agregaron al Cuartel general.

"¡Hola, Uhagón! -dijo Espartero-. Ya hemos salvado a su pueblo. Ya estará usted tranquilo. ¿Ve usted cómo no hay plazo que no se cumpla?".

-Locos de contentos están mis pobres chimbos. Ya se oye el repicar de todas las campanas de Bilbao.

-¡Pobrecitos, qué ganas tendrán de vernos! Y yo a ellos también.. Hola, Fernando: pase, pase. No creí que se hubiera usted atrevido a subir a este piso principal.. bajando de las nubes. ¿Qué tal? ¿Presenció usted la locura de anoche? ¿Vino usted a retaguardia?

-No tan a retaguardia, mi General -dijo Calpena- que dejara de ver los milagros del soldado español.

-Milagro ha sido.. bien dicho está. Vea usted, vea usted, señor madrileño, cómo aquí sabemos cumplir.

-Ya lo he visto, y si no lo viera, nunca lo hubiera creído. Nunca, digo yo, ha sido la verdad tan inverosímil.

-Ya tiene usted que contar.. Siéntese donde pueda, y busque un plato, que quiero obsequiarle con un alón de gallina.

-Muchas gracias, mi General. Uhagón, Ordax y yo, merodeando en el Molino de Viento con otros amigos, hemos tenido la suerte de descubrir nada menos que un cordero asado, y una bandeja de arroz con leche.

-¡Hombre, qué suerte! ¿Y no ha quedado nada?

-Mi General: todo nos lo hemos comido.

-Bien: hay que tomar fuerzas para entrar en la plaza. Ya tiene usted a Bilbao libre, a Bilbao abierta. Y allí las muchachas bonitas esperando a la juventud. Entrarán ustedes conmigo.

-Si vuecencia nos lo permite, Uhagón y yo nos iremos por delante, a la descubierta, mi General. Los dos tenemos aquí familia.

-Enhorabuena: váyanse ahora (p.4721) mismo si gustan.. y digan que a las once entraré con mi Estado Mayor a saludar a las autoridades de ese heroico pueblo, al pueblo todo, a la valiente guarnición, a la intrépida Milicia.

Anunció a la sazón un ayudante que por el camino de Deusto subía mucha gente, comisiones de la Diputación y Ayuntamiento, y medio pueblo detrás. No esperaron más Uhagón y Calpena, y se fueron monte abajo salvando trincheras; pero como por los mismos vericuetos subía bastante gente, y entre ella muchos conocidos de Uhagón, a cada instante habían de detenerse. Entre saludos aquí, abrazos allá, y el contestar a los vivas, y el dar noticia sintética de los combates de la noche anterior, emplearon cerca de dos horas en llegar a Deusto. Ardiendo en impaciencia, Calpena tiraba de su amigo como de una impedimenta fastidiosa y necesaria. Cuando llegaban a la Salve, Uhagón hubo de contener el paso vivo de Fernando, diciéndole: "No corras, que aunque volaras, no habríamos de llegar tan pronto como deseas. Afortunadamente, al entrar en mi pueblo, no necesitarás hacer averiguaciones para encontrar lo que buscas. Conozco a los Arratias, Sabino y Valentín; conozco la casa de la Ribera. Lo que siento es no poder acompañarte: ya comprendes que he de ir inmediatamente a mi casa, y antes de llegar a ella encontraré parientes, familia, que me cogerán y me secuestrarán. Si no quieres venirte conmigo a casa, yo buscaré persona que te llevará a la Ribera.. No puedes perderte.. Sigues por esta orilla del Nervión. Ves el paseo del Arenal, y adelante siempre, junto a la ría; ves el teatro, y adelante.. Y ya estás allí.. Miras las puertas de las tiendas, y donde veas una fragata a toda vela.. una muestra con un barco pintado.. allí es".

A poco de decir esto el bilbaíno, cayeron en un grupo entusiasta, frenético, en el cual más de veinte individuos abrazaron a Uhagón porque le conocían, a Calpena sin conocerle, y que quieras que no hubieron de detenerse a cantar odas y elegías ante los ahumados muros de San Agustín. Calpena no pudo ser insensible ni a las (p.4722) demostraciones de aquel patriotismo delirante, ni a la simpatía y afecto con que los desconocidos le llevaban de un lado a otro, enseñándole las gloriosas ruinas, los escenarios de muerte, trocados ya en históricos monumentos.

Viéndose separado de Uhagón, que en el barullo fue arrastrado lejos de su amigo, los que rodeaban a Calpena dijéronle con cariñosa urbanidad: "Ya encontraremos a Celestino. Usted se vendrá a mi casa". Y todos se brindaban a llevársele en cuanto vieran entrar al General victorioso. Agradecido, se excusó el madrileño cortésmente, y sin darse cuenta del tiempo que engañoso transcurría, se dejó querer, se dejó llevar. Llegados a la Cendeja, el gentío les estorbó el paso. Quisieron retroceder, y se encontraron frente a otro tumulto y vocerío más grandes. Espartero se aproximaba con todo su Estado Mayor para entrar solemnemente en la plaza como libertador glorioso. En los remolinos del gentío para abrir calle, viose Calpena separado de los desconocidos que le acompañaban; buscoles con la vista; pero ni ellos ni Uhagón aparecían entre las mil caras de la muchedumbre, las cuales por la unidad del sentimiento que expresaban parecían pertenecientes a un solo ser. Imposibilitado de avanzar, arrimose a un paredón, y vio al General a pie, avanzando con marcial gallardía por delante de San Agustín, y atravesando después por el paso que al efecto abrieron en la Batería de la Muerte. La exclamación popular en aquel hermoso momento; el estallido de la muchedumbre, confusa mezcla de entusiasmo, de gratitud, de duelo, de amor, fue como un llanto inmenso. Engranado en el conjunto, y partícipe de la total emoción, Calpena lloraba también con gritos de alegría.

Mientras Espartero abrazaba en el Arenal a los jefes de la Milicia, los remolinos de gente llevaron a D. Fernando de una parte a otra. No podía sustraerse al delirio del pueblo; sentía con él el júbilo de la victoria y el dejo amargo de los pasados sufrimientos. La ola humana, que reventaba en cánticos, en vivas y clamores diversos, (p.4723) le arrastraba. Se sintió ciudadano de la valerosa villa; se sintió sitiado, hambriento, moribundo, redimido al fin por el propio esfuerzo y el del héroe que en aquel instante confundía su legítimo orgullo con el del vecindario, y su fe con la fe bilbaína.

Hasta que fue pasando lo más fuerte de la emoción popular, no se vio Calpena fuera de la ola.. Pensó en orientarse. Reconociendo el punto por donde había entrado, y observando el curso de la ría, restableció su rumbo. "Por esta orilla, siempre adelante", le había dicho Uhagón. No tardó en reconocer el Teatro, y hacia él se encaminaba, cuando se inició un movimiento de la multitud en la propia dirección. Vacilaron un instante los grupos delanteros. Aquí decían que el General iba al Ayuntamiento; acullá, que a la Diputación. Pero debieron de estar en lo cierto los que indicaban el primer punto, porque la masa de bilbaínos, ardiente, bulliciosa, entonando patrióticos cantos y enarbolando trofeos militares, corrió hacia la Ribera.

"Hacia allá vamos todos", se dijo Calpena, dejándose arrastrar nuevamente por la ola y arrimándose todo lo que pudo al pretil de la ría para no perder su derrotero. Miraba una por una las casas fronteras, y antes de que terminara la curva que en aquella parte describe la línea de edificios, obediente al curso del Nervión, vio encima de una puerta una hermosa fragata navegando a toda vela.. ¡Allí era!.. La multitud llenaba por completo la vía desde las casas hasta el río. Sobre el mar de cabezas en movimiento navegaba la fragata en dirección contraria, embistiendo con su gallarda proa la corriente humana. Así lo vio Calpena, observando al propio tiempo que en los balcones inmediatos al barco no había gente y que la puerta de la tienda estaba cerrada.

Agarrose al pretil para zafarse de la ola, como el náufrago que se agarra a la peña. Realmente, trazas de náufrago tenía. El fango le llegaba a las rodillas; temblaba de ansiedad, de frío..

 

FIN DE LUCHANA

 

 

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(EPISODIO 25)

La campaña del Maestrazgo

 

Ep-25-I -

En la derecha margen del Ebro y a cinco leguas de la por (p.4724) tantos títulos esclarecida Zaragoza, existe la villa de Julióbriga, fundación de romanos, según dicen libros y rezan lápidas desenterradas, la cual, en tiempos remotos, mudó aquel nombre sonoro por el de Fuentes de Ebro, con que la designaron cien generaciones aragonesas. No por los hechos históricos que ilustran esta villa (pues en lo antiguo dicen que fue lugar de moros, y algún chinazo le tocó en la guerra de la Independencia y en los dos inmortales sitios) ; no por la fertilidad de su término, regado por el Canal Imperial; no por las estameñas que fabrican sus tejedores, ni por las excelentes lechugas que crían sus huertas, ni tampoco por su gótica iglesia parroquial, donde yacen, en desmoronados sepulcros, multitud de Condes de Fuentes que rabiaron o hicieron rabiar al pueblo, aparece este en la primera página de la presente relación, sino por la fama del parador de Viscarrués, situado en la plaza junto a la llamada casa del Rey, el cual gozaba de gran crédito y favor entre los arrieros y trajinantes que comunicaban a Zaragoza con el Reino de Valencia. Asimismo confluían allí los trayectos peoniles y carromateros de la parte de Alcañiz, del Maestrazgo y Vinaroz, de la tierra baja de Teruel, Híjar y la cuenca del río Martín. Los barqueros del Canal Imperial, así como todo el personal de fontanería, eran también fieles parroquianos de Viscarrués, el cual daba excelente trato a las caballerías primero, a las personas después, y poseía un amplio local con cuadras extensas, donde podían acomodarse, entre animales y arrieros, como unos treinta pares. En el piso alto no faltaban aposentos para señores, algunos hasta con camas, otros bien acondicionados de mullidos jergones. Era la cocina monumental, con el hogar guarnecido de poyos, y por uno y otro lado mesas largas, donde podían tomar el pienso hasta veinte parroquianos. Servía Viscarrués un Cariñena superior, sin competencia en cuatro leguas a la redonda, y para todo pasto un tintillo de Contamina que en lo de alegrar corazones y cabezas parecía hermano de la (p.4725) jota. Uno y otra procedían de la misma cepa.

Los más de los días Viscarrués y su familia no tenían manos para servir a la mucha y diversa gente que en el parador se juntaba. Uno de los criados, llamado Guasa (verdadero apellido, no apodo) , natural de Jaca, y más vivo que el azogue, hacía milagros de ubicuidad y diligencia. Pero llegó un día; mejor dicho, llegaron tres días, en que ni el ventero con sus hijas y su mujer, ni Guasa con toda su agilidad ratonil, pudieron atender al golpe de personas y acémilas que se metieron por aquellas puertas con hambre y sed, pidiendo vino, cebada, carne y un montón de paja para dormir. Furioso Viscarrués por no disponer de cuádruple local, se tiraba de los pelos, y su mujer del moño; Guasa andaba de coronilla; la parroquia se impacientaba; todos pedían a un tiempo su remedio. Con gran trabajo y a puñados les iban acomodando aquí y allí, metiendo ocho en cada cuarto de arriba, estibando a otros en las cuadras, por grupos, por series, por manadas: y para dar de comer se ponían los platos en el suelo, por no haber ya mesas, los jarros de vino pasaban de boca en boca, sin vasos; los guisados iban a la rueda en grandes fuentes, chorreando salsa, y no se oían más que voces airadas del que pedía su parte, del que, no contento con la primera ración, pedía la segunda. Aquí esgrimían cucharas, allá repicaban en los vasos con toque de cuchillos. El vino abundante suplía las escaseces del comer, y si en una parte echaban maldiciones a Viscarrués, en otra le vitoreaban como al primer posadero del mundo. «Hay que días como este», decía él, rascándose la cabeza, luego los brazos, levantándose después la faja que se le caía. A Guasa colmábanle de injurias, que le excitaban a un enojo risueño; y era tal su sofocación, que regaba con honrado sudor los manjares que servía.

Fue a causa de tan desmedida aglomeración la coincidencia de dos caravanas de pasajeros, la una que venía de Oriente huyendo de la guerra, la otra de Occidente que hacia la guerra iba. Componían la primera familias neutrales o que (p.4726) querían serlo, algunos lisiados y enfermos; la segunda constaba, principalmente, de la oficialidad y clases de una columna enviada del Norte para incorporarse a la brigada de Borso di Carminati. La guerra mata y resucita; destruye y crea. La sangre que no se derrama en los combates, circula con más vigor, y nutre partes desmedradas del organismo social, mientras otras perecen. Viscarrués, que se estableció sin un cuarto en 1830, se retiró el 46 con el riñón bien cubierto. Sus hijos siguieron carrera en Zaragoza. Traspasado el parador a Guasa, este se hizo también rico, y en 1860 poseía casas en la Almunia, un café en Cariñena, y suyos eran los coches de la estación de Calatayud, y los que hacían el servicio a Paracuellos de Jiloca. Volviendo a lo que se refiere, debe decirse que aquel tumulto del parador de Fuentes de Ebro pertenece a las cronologías del año 37, que hasta en los mesones había de ser año de confusión y trapisondas: el mes era Febrerillo loco. Un solo dato pudo arrancar el historiógrafo a la empedernida memoria de Mateo Guasa: era que aquel día fue el primero del año en que se agregaron al cocido las habas verdes.

Y que estaban muy buenas, como declararon todos, con excepción de una señora, ribereña de Navarra, que sostuvo la superioridad de las habas de tierra de Cintruénigo.. A esto observó uno, después de empinar el codo, que mejor que las habas le sabían a él las hembras de la Ribera, y buena muestra del género era lo presente, cuya gentileza y hermosura a todos cautivaban.. Replicó ella con donaire que no era ensalada más que para un solo y único dueño, el cual no admitía bromas. Pronto se corrió entre los individuos de aquel jovial grupo que la tal moza era casada, y que iba a la guerra con su marido, sargento recientemente ascendido a alférez, el cual se alojaba también allí, y había salido a ocupaciones del servicio. Entrando en conversación la hermosa mujer, en quien habrá reconocido el lector a Salomé Ulibarri, les dio cuenta, con abundosa y pintoresca verbosidad, de los prodigios de Luchana y Banderas, y de las (p.4727) proezas que allí había realizado Baldomero Galán, su esposo, secundando las disposiciones del otro Baldomero. El empleo de alférez era recompensa mezquina para servicios tan eminentes.. Despertada en el auditorio la curiosidad, se prolongó el relato de lo de Bilbao bastante tiempo, tan gustosos ellos de oír a la historiadora, como esta de pregonar tan lucidas hazañas. Emprendieron después los otros historia fresca de lo del Maestrazgo, que habían visto; pero a lo mejor de ella, solicitada de otra parte la atención de Saloma, se apartó de la mesa. Mirando casualmente hacia la escalera del parador, vio que por ella descendía un caballero anciano en compañía de dos mozos, al parecer de su servidumbre, el cual, renegando con agrias voces de no encontrar alojamiento adecuado a su categoría, avanzó hacia la calle cogido al brazo de un criado. Tanto el fláccido rostro del noble señor, como su desmayado cuerpo y su deslucida y polvorienta ropa, declaraban el cansancio de un largo camino. Fue tras él Saloma, y viéndole parado en medio del portal, se le puso delante en actitud de quien intenta dar una sorpresa; mas no hizo el buen señor ademán de conocerla. Impaciente y desconcertada la moza, además movida de grande compasión hacia el caballero, le tocó suavemente en el brazo, diciéndole: «¿Pero es posible que no me conozca o no quiera conocerme el Sr. D. Beltrán de Urdaneta?».

«¡Saloma.. hija.. chica! -exclamó el prócer abriendo los brazos-. ¿Tú por aquí?.. Maña, te he conocido por la voz.. ¿No sabes? ¡Ay, me estoy quedando ciego!.. Salgamos un poquito afuera, para que con la luz de la calle pueda ver tu hermosura.

-¿Pero a dónde va por aquí tan descarriadico, señor?

-Hija.. es largo de contar -replicó Don Beltrán, sacando un pesado suspiro de las honduras de su pecho-. Me muero de fatiga, de hambre.. y ese bruto de posadero no quiere alojarme.. No puedo ya con mi cuerpo.. ni con mi alma.

-Todo lo de arriba está lleno.. En cada aposento siete personas.. como sardinas. Tampoco yo tengo cuarto.

-Déjame, déjame que te mire.. (p.4728) -dijo el prócer acercando su rostro al de ella, embobado, sobreponiendo su afición estética a las tristezas del desamparo en que se veía-. Sí, sí: te reconozco.. ¡Qué linda eres! Si no fuera sacrilegio suponer que Dios se equivoca, le preguntaría por qué no te hizo nacer en posición elevada. Habrías sido una gran mujer, una gran dama, una.»..

Más atenta a proporcionar al noble señor el reparo que necesitaba que a sus delicados galanteos, le dijo que urgía disponerle al instante la mejor comida que se pudiese. Enganchándole del brazo, le condujo hacia la cocina, dando voces al paso, en requerimiento de Guasa y de los demás servidores de la posada. «¡Qué desconsiderados sois! -dijo al propio Viscarrués-. ¿Pero no conocéis al señor, el primer noble de Aragón? No sabéis tratar más que con animales». Disculpose el ventero, alegando que no había conocido al Sr. D. Beltrán, y se apresuraron amo y criados a ofrecerle cuanto tenían. A ratos ayudando a servirle, a ratos sentada frente a él viéndole comer y beber con ga (p.4729) parentesco y de la sangre.. Al hablar de estas cosas, se me atraviesa aquí en el pecho un bulto, una cosa dura y lacerante que no me deja comer ni respirar.. Espérate a que pase.. Ya pasa.. Te contaré en dos palabras que al volver de Mena, donde, lo repito, encontré más egoísmo que piedad, desconsideraciones que me han llegado al alma, recibiéronme los Idiáquez de un modo muy desapacible. Los morros de Doña Urraca se extendían cuarta y media fuera de las líneas borriquiles de su rostro, y mi esclarecido nieto no hacía más que contrariar mis hábitos y rodearme de estrecheces indecorosas. ¿La causa de esto? Es muy sencilla. Sabrás que entre mi nuera y Doña María Tirgo habían concertado la boda de Rodrigo con una rica heredera de La Guardia. Celebráronse vistas. No sé lo que pasó, pues yo me hallaba en Mena; sólo supe, antes de salir de allí, que de improviso y con algo de estruendo se vino a tierra todo aquel tinglado de la boda.

-¿Y le echaron al señor la culpa?

-Naturalmente: yo soy el gato, el niño enredador causante de todas las roturas de platos y demás averías que ocurren en la casa. No hay quien le quite de la cabeza a Juana Teresa que por intrigas mías se deshizo el bodorrio. Y yo te aseguro que no he tenido arte ni parte en ello. Declaro ingenuamente, eso sí, que me alegré y me alegro del percance, festejándolo como justicia de Dios y castigo de la conducta inhumana de los Idiáquez con este pobre viejo. Pero nada más, nada más.. Cansado al fin de la reglamentación de colegio a que pretendían sujetarme, me vi en el duro caso de preferir la miseria a la esclavitud, y la libertad al vivir triste, al régimen conventual de la casa de Cintruénigo. La imagen de Doña Urraca se me ha hecho tan odiosa, que por no verla me iría descalzo y pidiendo limosna a la más lejana región del mundo. Créelo, chica. Soy noble: no tolero la humillación. En cualquier estado sabré conservar mi dignidad».

Con pena y lástima muy vivas oyó Saloma el relato de D. Beltrán, no atreviéndose a contradecirle ni a proponerle la vuelta al hogar abandonado, (p.4730) porque el respeto a tan gran caballero y a su desgracia la cohibía. Atenta al alivio de su necesidad, le dijo que pues era totalmente imposible recabar de Viscarrués un buen aposento, no había más remedio que acomodar al señor en la cuadra. Ella respondía de arreglarle en aquel humilde lugar un lecho abrigado y cómodo, combinando los haces de paja y las buenas mantas que ella traía, de tal modo que no echara de menos los infames camastros de la posada. Accedió a esto D. Beltrán con expresiones de gratitud, muy conmovido, sonándose fuerte, y añadió que pues Jesucristo Nuestro Señor nos había dado ejemplo de humildad naciendo en un pesebre, bien podía sin desdoro un noble, que nada tenía de divino, dormir y hasta terminar su existencia en montones de paja, al abrigo de gentes sencillas y de rústicos animales.

 

Ep-25-II -

«Ya sé -dijo después el prócer a la guapa moza, plegando los ojos para verla mejor-, que al fin te has casado con Baldomero. No ha sido poca suerte para ese bruto. ¡Vaya una hembra que se lleva!

-Sí, señor.. ¿Pero usía no sabe que es alférez?

-¡Qué me dices!.. ¡Alférez! ¡Hola, hola!.. ¡Todo un oficial del ejército! Siempre fue arrojadísimo, con una cabeza más dura que el mármol, y un corazón insensible al miedo.. Vaya: ¿y está aquí, en la columna que ha llegado del Norte?

-¡Y que no se alegrará poco de ver a Vuecencia! No tardará en venir».

A uno de los mozos de Urdaneta, que en otra mesa comían, ordenó Saloma que saliese a buscar a Galán por las calles del pueblo, y a darle conocimiento de la presencia de su antiguo amo. Nacido en Fuenmayor y recriado en Cintruénigo, Baldomero había servido a D. Beltrán antes de entrar en el militar servicio. Seis años comió el pan de Idiáquez y Urdaneta, ya en el empleo de ayuda de cámara, ya en el ejercicio de montería, o en otros menesteres de la casa. Bien quisto de sus amos, dejó en la familia memoria de leal y honrado, aunque muy duro de mollera. Andando el tiempo, ya soldado distinguido, sargento después, siempre que su batallón pasaba por Cintruénigo, visitaba (p.4731) a los señores. Allí conoció a Saloma, que, rodando de aquí para allá con borrascosa y turbada vida, después del fusilamiento de su padre en Miranda de Arga, fue a parar a casa de una tía materna, que tenía en arrendamiento tierras de Idiáquez y vivía en una torre próxima al palacio señorial. Toda esta parte de la historia de Galán y Saloma es algo obscura, y no ofrece bastante interés para que se emprendan, por esclarecerla, investigaciones muy minuciosas.

Volviendo al relato, se dirá que D. Beltrán manifestó a su amiga que no iba, no, a la ventura por aquellos derroteros, pues le guiaba un fin concerniente a sus intereses y al remedio inmediato de su actual posición lastimosa. «Ya te lo explicaré cuando esté más sosegado -agregó recobrando algo de su animación-, pues supongo que iremos juntos largo trecho. Por de pronto, sólo te digo que salí de Cintruénigo con recursos muy inferiores a lo que exige mi categoría, que tendré que resignarme a ciertas privaciones.. Mi principal inquietud es que me corten el paso las tropas de Cabrera o las partidas que, sueltas y desmandadas infestan toda la tierra de Teruel. Otro temor me quita el sueño, y es que los dos únicos chicos que he podido traerme, Tomé, el de la Chata, y Francisquillo Maestre, no puedan seguir en mi compañía más allá de Híjar, por el peligro de que les coja la facción. Tú les conoces: dos chicarrones de diez y nueve años, que no manejarían mal el chopo, y de uno de ellos sospecho que lo cogería de buena gana, por dar gusto al dedo. En fin, si les pierdo, ya sea por medrosos, ya por atrevidos, tendré que ir solo, encomendándome a Dios y a la Virgen, pues no puedo abandonar mi empresa, única solución decorosa para los pocos días que me restan de vida». (p.4732)

En esto entró Baldomero, que derechamente, morrión en mano, se fue a besar la de D. Beltrán, y poco le faltó para hincar una rodilla en tierra. Sincero, nacido del corazón era su acatamiento, pues amaba al anciano; y cuando este abrió sus brazos para expresarle (p.4733) con un buen apretón su enhorabuena y el regocijo de verle oficial, Galán hizo pucheros, y algunas lágrimas bajaron a humedecer su bigote de moco, imitación del de Espartero.

«Bien, hijo, bien, adelante.. Capitán, será ya como tenerlo en la mano. Date prisa a ganar empleos, porque antes de morirme quisiera ver a Saloma hecha una señora coronela».

Era Baldomero Galán un mocetón en quien la estampa no desmerecía del apellido, alto, garboso, mejor formado de cuerpo que de facciones, pues su nariz excedía un tanto de la medida proporcional, y sus ojos, hermosos y grandes, bizcaban un poco, resultando una desmedida fiereza de expresión. Indomable en la guerra, fiel a sus deberes cual ninguno, pronto a dar la vida cien veces por el honor de su bandera, en la vida doméstica era un angelón, y su esposa no tenía que hacer el menor esfuerzo para dominarle. Hízole sentar D. Beltrán a su izquierda: le sirvió vino, después de obsequiarle con un puro. Fumando los dos, el pobre viejo, gozoso de tener a quien contar sus infortunios, hizo segunda edición de lo que ya había referido a Saloma, recargando amargura en las acusaciones contra su nieto y nuera. Suspiraba Galán al compás de los suspiros de su antiguo señor; y no acertando con la mejor fórmula de consuelo, se ofreció a prestarle en su viaje toda la ayuda que el servicio le permitiera. «Tanto Saloma como yo, Sr. D. Beltrán, estamos a la disposición de usía para lo que guste mandarnos, y le cuidaremos y asistiremos como a un padre». Urdaneta le apeó el tratamiento, pues del chicarrón que tuvo a su servicio al señor alférez que delante veía, había distancia social muy grande: agradeciendo al matrimonio sus ofrecimientos, manifestó que deseaba recogerse. «Véase -dijo a Galán, mientras corría Saloma en busca de las mantas-, cómo Dios no abandona a los buenos. Solo y triste venía yo por esos caminos, agobiado del peso de mis desdichas, afligido al propio tiempo por mi ceguera que crece de día en día, y cuando menos lo esperaba, me salen al encuentro dos (p.4734) amigos cariñosos, dos almas caritativas que me consuelan, que me alientan.. ¡Qué hermoso es encontrar en nuestro camino la gratitud! Tú y tu mujer me debéis algunos beneficios; también los prodigué yo al buen Adrián Ulibarri, padre de Saloma, y ahora me veo recompensado por vosotros.. ¡Ah! si me pierdo, que me busquen entre los humildes, que son siempre los agradecidos y generosos».

Irguiéndose, como si al restaurar las fuerzas de su cuerpo recobrase también vigor y esperanza su espíritu, emprendió, asido del brazo de Galán, el camino de la cuadra. Parándose a cada instante, decía: «No, no: Urdaneta no puede ni debe terminar sus días en la humillación. Oye, Mero: ¿será fácil penetrar en tierra de Teruel hasta Mora de Rubielos, siquiera hasta los montes de Gúdar?

-Señor, las hordas de Cabrera son dueñas de casi todo el país -replicó Galán, que hablando de guerra solía emplear las fórmulas usuales de la prensa patriótica, de las proclamas y órdenes generales en campaña-; y mientras no consigamos limpiar de enemigos fratricidas todo el territorio de esta Comandancia general, no le aconsejo a nadie que penetre, señor.. a menos que lleve un salvoconducto en regla, expedido por el obcecado Pretendiente.

-Ya, ya lo pensaremos, pues entre los cabecillas facciosos no me faltan amigos».

En esto, Saloma escogía el rincón más abrigado de la cuadra, el mejor defendido contra las corrientes de aire y las patadas de los mulos, para armar en él un mullido nidal donde descansase el noble viejo. Fue robando puñaditos de paja en este y el otro montón; apartó toda la basura; hizo mudar de sitio a un gallo con varias gallinas, y la obra quedó terminada pronto a satisfacción del que debía disfrutarla. Todas las mantas que tenía las aplicó a la comodidad de Don Beltrán, unas debajo, otras encima de su cuerpo. Mientras Mero le quitaba las botas, envolviéndole los pies en la manta de Tomé, Saloma le liaba a la cabeza una ancho pañuelo de seda, despojándole antes de su levitón y dejándole en mangas de camisa. Ofrecía el aristócrata una extraña (p.4735) figura, de la que él mismo se reía, cuando se tendió de largo a largo sobre la paja. Con refajos y ropa suya improvisó Saloma una almohada, y no pareciéndole bastante, propuso que ella se acomodaría sentada junto a la pared, formando como cabecera del improvisado lecho, y sobre sus rodillas se apoyaría la almohada, sosteniéndola en alto de modo que no se hundiese la cabeza de D. Beltrán. Para completar la obra, se convino en que Galán pasaría la noche a los pies del señor, para contener el frío por aquella parte, mientras por la otra sostenía el calor el gentil cuerpo de Saloma. Hallábase Urdaneta algo acatarrado, y estornudaba constantemente; mas no sintiendo otra molestia real que el frío, procuraba agazaparse bien, y en medio de las mantas recobró su buen temple y jovialidad, dando por excelente tal situación y creyéndola un especialísimo favor de Dios en aquellos tristes días. «Paréceme, hijos míos, que no debo quejarme -les dijo risueño-, ¿pues qué más puedo ambicionar que este tranquilo reposo, este abrigo que me habéis dado, y, sobre todo, el calor de vuestra compañía cariñosa? Os veo como a dos ángeles que Dios me envía para asistirme. Y es como si con vuestra presencia me dijera: 'Ya ves, Beltrán mío, que no te abandono'. En verdad os aseguro, que no cambiaría este lecho por el del Papa o el Emperador de Rusia. Aquí se está muy bien, con un guardián y calentador por la cabeza y otro por los pies.. y esta sencillez, y esta libertad.. Vamos, que estoy contentísimo, y ahora me permito despreciar todos los cuartos de fonda, con sus camas frías y sucias, y su soledad triste.. Bien, bien: Mero y Saloma, mis buenos amigos, sed caritativos hasta el fin; y pues el sueño se ha declarado mi enemigo, contadme alguna cosita para engañar el tiempo».

Reclinado a los pies del señor, Galán habló largamente de la campaña del Centro, a la cual se daría gran impulso para exterminar de golpe a los satélites del obscurantismo. No lejos de ellos había otros grupos; y a medida que avanzaba la noche, fueron entrando en la cuadra más huéspedes, (p.4736) y se formaron entre paja y dornajos montones de humanidad que producían extraños ruidos: aquí conversaciones y disputas vehementes, allá un roncar estruendoso.

«Mero, hijo mío -dijo al alférez D. Beltrán, de cuya persona no asomaba entre las mantas más que la nariz-, por alguna palabra que llega a mis oídos de lo que hablan esos tres hombres que están a tus pies, entiendo que son de Rubielos. Acércate y pregúntales si conocen a Juan Luco, rico propietario en término de Mora, alcalde que era de esta villa hace dos años». Poco después se aproximó un hombre, de estatura más que alta gigantesca, vestido a estilo aragonés neto, con su pañizuelo en la cabeza, faja morada y muy caída, mal envuelto en una manta, como herido o enfermo, un brazo en cabestrillo, la faz atezada, ruda, huraña. De su andar no debía decirse que era cojo, sino que cojeaba, y uno de sus pies, envuelto en un lío de trapos, abultaba como la pata de un elefante. Sus primeras palabras, al acercarse al grupo, fueron torpes, balbucientes: «El señor alférez me manda.. que le diga.. Gran señor, yo no veo dónde está su Ilustrísima, ni sé quién dimonios es.. ¡Otra!.. Ya le veo como enterrao en el panizo..

-Siéntate.. tú eres de Teruel: no puedes negarlo -dijo D. Beltrán sin moverse, no enseñando de su persona más que los ojos sin vista y la nariz sin olfato-. Descansa, que, por las trazas, bien lo necesitas». Con lentitud y ayes de dolor fue doblando su corpachón el aragonés hasta hundir la paja con sus asentaderas, no lejos del puesto de Galán, y cuando halló postura cómoda, dijo que de Teruel mismamente no era, sino de Cuatro Dineros, barrio de Montalbán, y que conocía todo el país entre Ademuz y Puerto de Beceite como la palma de su mano.

«¡Ah -exclamó Saloma prontamente-, si ya te conocemos! Yo bien decía: conozco a este bruto. Tú eres Joreas, el que hace dos años trajinaba con mulas desde Vinaroz a Tudela.. Y después te fuiste a la facción, y de la facción vienes ahora, puerco.

-Con perdón de la señá tinienta y de la compañía, digo que lo de puerco no es (p.4737) razón, y sí lo es que me llamo Tanasio Joreas. Como hombre honrado y cabal, no niego haber estuvido en la faición a las órdenes del Serrador primero, del Royo de Nogueruelas dispués, porque sentía de mi natural que debíamos ensalzar los divinos derechos del Rey D. Carlos.. Pero aquí me tienen harto de desengaños, con más balazos en mi cuerpo que pelos en la cabeza, muerto de hambre, con mi casa y familia perdidas, porque una de mis masadas la arrasó el liberal, otra el legítimo.. mis hijos muertos, todo hecho cenizas, y yo poco menos que cadavérico. Lo que no me ha quitado el neto, me lo ha quitado la usurpadora; y al fin, cansado de pelear, y de sufrir, y de ver espantos, y de pisar tripas de cristianos, dije: «No más derechos legítimos ni no legítimos, no más, no más», y me escapé, y huyendo de la tremolina vengo por trochas y atajos en busca de un terreno donde haiga paz, donde los hombres sean cristianos, no carniceros.. Yo he sido malo; yo he sido, como tantos, lo que dice la señora, faicioso y peleador y verdugo de mi natural; pero ya le he tomado asco al matadero. Me llamo Joreas el escarmentado, y voy a Zaragoza en busca de un pedazo de pan que yo pueda meter en la boca sin que, al mascarlo, me parezca que lo han amasado con sangre».

Callaban todos los oyentes, entristecidos por las lúgubres palabras del escarmentado, y al fin rompió el silencio D. Beltrán, diciendo: «Pobre Joreas, tu arrepentimiento es de celebrar, y ojalá se convencieran todos como tú y siguieran tu camino.. Pero vamos a lo que me importa. Conocerás a Juan Luco.

-De los mejores hombres de Aragón.. sí, señor.. gran presona.. Y con muchas talegas. Suyas eran las dos masadas de Rubielos, y en Mosqueruela y Forniche Bajo tenía más de mil cabezas.. hombre cabal, buen amigo y padre del pobre..

-Hablas como si Luco no existiera. Explícate: ¿ha muerto?

-Señor, no se enfade conmigo, que yo no he sido más que destrumento. A la vuelta de Manzanera nos salió con catorce hombres armados de escopetas.. Le cogió la partida de Peinado, donde yo (p.4738) iba, y no tuvimos más remedio que afusilarle.. Señor, puede creérmelo: como Dios es mi padre le digo que le digo la verdad.. Fue que cuando me mandaron tirarle y le tiré, las lágrimas me corrían.. Yo decía para mí: perdóneme, Don Juan, que no soy más que destrumento..

 

Ep-25-III -

-¡Qué horror! -exclamó D. Beltrán, haciendo sonar la paja con el estremecimiento de todo su cuerpo-. Bandido, quítate de mi presencia.. No, no te vayas: da más explicaciones..

-Bandido no, señor.. Yo lloraba.. Es la guerra, señor, la guerra. Aluego que le enterramos fuimos a quemarle la masada de Cabra de Mora.

-¿Y la incendiasteis?

-No pudo ser, señor, porque.. la habían quemado ya los cristinos el día antes, llevándose dos yeguas. Fue la columna del coronel Buil, uno muy perro, que fusiló en Concud a mi hijo Agustín.

-Ojo por ojo y diente por diente. Los hijos de Luco vengarán a su padre.

-No, señor. ¿Les conoce Vocencia?

-Sí, y sé que son valientes.

-Eran.

-¿También han muerto?

-No me eche a mí la culpa, sino al Nogueras, el más bruto que hay en la Usurpación.

-¿Luego eran carlistas?

-Bruno sí, señor: desde el tiempo de Carnicer se alistó en las sacras banderas. Luego andaba con el Fraile Esperanza y con el Organista de Teruel. No tenía trato con su padre ni con su hermano Cinto, el cual seguía la bandera puerca de Isabel.. Por esto dicen que esta guerra se ha vuelto tan farisea o faricida.

-Fratricida, que quiere decir guerra entre hermanos.

-Y entre padres e hijos, y maridos y mujeres. Cinto Luco, casado en Aliaga con la hija mayor de Crescencio Marlofa, salió con los urbanos de la villa y un destacamento de tropa. D. Ramón, el propio D. Ramón, les deshizo.. Escapó Cinto con su mujer y el chico menor de Marlofa, y se escondieron los tres en una cueva de Peñarroya de los Pinares, donde, descubiertos por el cura Lorente..

-¿También fusilados? ¡Qué villanía!

-No, señor.. les pusieron en cueros, sin distinguir.. vamos, que a la chica le quitaron hasta la camisa, y luego les alancearon..

-Cállate, por Dios.. Vete, vete a expiar (p.4739) tus delitos.

-Es la guerra, señor. Yo no tuve culpa, ni estuve en eso.. Me lo contaron».

Habíanse agregado otros dos al grupo, recostándose junto a Joreas. Por las trazas eran sus compañeros, como él, escarmentados o arrepentidos.

«Yo le vi -dijo uno de ellos, joven y de palabra fácil y correcta, revelando mejor educación y origen social que sus compañeros-, y desde aquel día me escapé con otros seis de la partida de Lorente, y nos agregamos a Forcadell. Nos teníamos por guerrilleros, no por bandidos.

-No sigáis -dijo D. Beltrán, que no sentía ya frío, sino un calor sofocante, y sacó los brazos fuera de las mantas-; no sigáis, por Dios, pues también vais a decirme que el hijo menor de mi queridísimo Juan Luco, el pequeño, mi ahijado, Francisquín, ha perecido también en esa guerra de cafres.

-Francisquín fue pasado por las armas en la acción de Liria -afirmó Joreas.

-Tú no sabes de eso -dijo prontamente el segundo escarmentado-. Yo estuve en Liria, y puedo contarlo.

-Mi parecer -dijo Mero-, es que todas esas historias fratricidas deben quedarse para mañana.

-Lo mismo pienso -manifestó Saloma-. El señor necesita descanso, y no se le han de contar tragedias, sino chascarrillos y donaires.

-Gracias, hijos míos; pero la ocasión es trágica: no podemos sustraernos a estos horrores.. Que sigan: usted, joven, infórmeme de lo de Liria y de la suerte de mi ahijado Francisco Luco. ¿Es usted de este país?

-Eustaquio de la Pertusa, natural de Binéfar, en tierra baja de Huesca, para servir a usted; estudiante de Teología y Cánones hasta febrero del 35; después ayudante de Cabañero, alférez en la columna de Pertegaz, y, al fin, escarmentado y desengañado. Pues el 29 de marzo.. recuerdo bien la fecha, porque eran mis días: San Eustaquio, Obispo.. sorprendimos la plaza de Liria. Don Ramón recorría el llano de Valencia recogiendo mozos, dinero y caballos. Pertegaz fue el encargado de la sorpresa. Antes de romper el día nos llegamos callandito a las puertas de la ciudad, defendida por nacionales. Abrieron ellos confiados, sin tener (p.4740) noticia de que estábamos en acecho, y fácil nos fue entrar, despachando en la primera embestida siete, después nueve, y cogiendo veintisiete prisioneros, con algunos vecinos del pueblo. Saqueamos no más que dos horas; y al salir, D. Ramón, que acampado estaba en Puebla de Balbona, nos mandó ir a Chiva con los prisioneros.

-¿Y entre ellos estaba el pobre Francisquín?.. ¡ay!

-Sí señor. Yo le conocía del Seminario de Huesca, donde juntos estudiábamos Teología, y por el camino de Chiva hablamos, y le dije que tuviera paciencia, que de fusilarles, lo haríamos previa confesión, según costumbre y ley de nuestro ejército, con lo que, si se perdía el cuerpo, se ganaba el alma, que es lo principal.

-Grandísimo perro.. la hipocresía de tu ferocidad me causa horror -exclamó Don Beltrán sin poder contenerse-. ¡Pobre Francisquín! Sigue, sigue.

-Pues en Chiva se mandó confesar a los prisioneros, que para estos casos lleva cada partida, por pequeña que sea, su capellán.. y..

-Basta. ¿Tendrás valor para referir que hiciste fuego sobre tu pobre amigo, tu compañero de estudios teológicos?.. ¡Bonita Teología aprendiste, mal hombre, mal subdiácono, si lo eres, mal español!.. Si vives tranquilo será porque no tienes conciencia, porque no sabes lo que es Dios, aunque mil veces le hayas nombrado estudiando cosas que no has entendido.. No me levanto -agregó el señor excitadísimo, retirando su abrigo y removiéndose sobre la paja-, no me levanto y te doy un par de pescozones, porque creería deshonradas mis manos de caballero poniéndolas en la cara de un bandido.

-¡Eh! sepa el vejete -dijo el otro levantándose de un brinco-, que mi cara no han de tocarla manos nobles y plebeyas. Y si es usted una senectud y no puede hacer la prueba, destaque alguno de estos, y salgamos afuera.

-El que sale afuera bailando, con una patada que voy yo a darte ahora mismo, eres tú, so deslenguado -dijo con fosca serenidad Baldomero, disponiéndose a ejecutar lo que decía, como la cosa más natural del mundo».

D. Eustaquio se engalló también; pero Joreas y el otro le contuvieron (p.4741) diciéndole: «Guarda, hijo, que es tiniente.

-Y sepan -añadió Galán- que si los señores escarmentados no guardan el respeto debido a las personas, aquí no faltará quien les dé la última mano del escarmiento.

-También aquí fusilamos -dijo Saloma iracunda-. ¿Pues qué creen estos? ¿Que somos de manteca?».

El tercero, que aún no había dicho nada, y era inclinado a la paz y enemigo de pendencias en tal sitio, tiró del brazo del teólogo D. Eustaquio para apartarle, ayudándole también Joreas, que venía de la guerra con el cansancio y aborrecimiento de toda querella homicida. Terminó el lance de buena manera; alejáronse los dos más levantiscos; sólo quedó en el corrillo de D. Beltrán el tercero, que se declaró escarmentado incondicionalmente, con propósito firme de no volver a las andadas; y aproximándose, como deseoso de ganar confianza, hizo la siguiente manifestación: «Yo soy de Ablitas, Sr. D. Beltrán de Urdaneta, y con nombrarle ya está dicho que le conocí desde que le vi meterse en la paja. Conozco también a Saloma Ulibarri y a Baldomero Galán, y a todos me recomiendo para que no me estimen en menos de lo que soy por esta locura de haber ido a la facción».

Maravilláronse todos de aquel encuentro, y el primero que rompió a reconocerle fue Baldomero, que le dijo:

«¡Ajo! ¿no eres tú Vicente Sancho, hijo de José Sancho? Desde que te vi me chocó el cariz tuyo, y dije: 'Yo conozco a este pícaro'.

-El mismo soy. A todos les conocí; pero no quería dar la cara, por vergüenza.

-¡Vaya con Sanchico! -dijo Urdaneta-. Hombre, me alegro de que seas tú de allá.. Oye: ¿no era tu abuelo Bartolomé Sancho albéitar en Monteagudo?

-Sí, señor.. Pues verán.. Son estos dos amigos el uno muy bruto, y el otro, el Epístola, que así le llamamos aunque no tiene las órdenes, muy vivo de sangre.. No quisieron ofender al Sr. D. Beltrán; y como les pidió que refirieran, empezaron a contar, poniendo las cosas como fueron, que harto malas son ellas, sin que tenga la culpa el que cuenta con natural.

-Cierto: yo me acaloré (p.4742) -dijo el prócer-. Si a ellos se les ha pasado el enfado, que vuelvan y acaben de contarme lo de Chiva.

-Yo le enteraré mejor que ellos -dijo Sanchico-. Yo estuve también en Liria y Chiva; formé en el cuadro de los fusilamientos, y puedo asegurar que no matamos a Francisquín. En el camino de Chiva se nos perdió, bien porque lograra escapar, bien porque algún amigo le amparase. Matamos a los prisioneros en el patio de un convento, después de desnudarles. Luego, los que tenían gusto para estas cosas y mala entraña, se entretenían en quemarles los bigotes cadavéricos y en pegarles cuchilladas..

-¡Qué espanto! ¡No puedo oír esto! -murmuró D. Beltrán-.. ¿De modo que el pobre Francisquín..?

-Bien pudo ser que estuviera entre los que quedaron para otro día. Nosotros seguimos con D. Ramón, que dio una batalla al general Palarea, en la cual no salimos bien. Nos retiramos ordenadamente hacia Liria. Sé que en Villar del Arzobispo fusilaron el sobrante de Chiva, menos unos cuantos que fueron llevados prisioneros a Beceite (p.4743) requemada por lo de su madre, les mandó fusilar. Eran ciento cuarenta y cinco.

-Les confesarían antes -dijo Urdaneta, que había recobrado su actitud de momia egipcia, y adormecía su pensamiento en una resignación filosófica no exenta de humorismo.

-El mismo Padre Escorihuela que le contó al General las picardías de los capitulados, se puso a confesarles de prisa y corriendo. Pero como D. Ramón quería llegar de día a Manzanera y no sobraba el tiempo, no confesaron más que los oficiales.. los soldados no.

-Dime tú, Sanchico -preguntó D. Beltrán inmóvil-. Cuando pasaban esas cosas, ¿no caían del cielo rayos y centellas que hicieran polvo a ese padre Estercolera, o como quiera que se llame?

-De eso de caer rayos nada sé: yo no estaba presente, señor. Mi partida se incorporó a Quílez, que nos llevó a tierra de Monreal, cerca de Daroca, donde derrotamos a los Voluntarios de Soria, mandados por Valdés.

-¿Y a cuántos fusilasteis?

-Cayeron treinta y tres Oficiales y diez miñones.

-Bien, hijo, bien. ¿Y hay todavía humanidad, género humano quiero decir, en esa condenada tierra?

-Fuera de los que combaten, señor, por ver quién reina, hombres, ninguno hay; mujeres y caballerías, pocas.

-Ahora que hablamos de mujeres: mi amigo y protegido Juan Luco, además de sus tres hijos varones, tenía una hija.

-Que es monja penitente; no sé.. De esto le noticiará Joreas, que, como de Rubielos, conoce a toda la familia..».

Diciendo esto, Sanchico miraba con recelo a un hombre que entró a dar pienso a dos caballerías. A la mortecina luz del candilejo que alumbraba la anchurosa cuadra de negro techo festoneado de telarañas, apenas se distinguía el rostro del tal sujeto; pero el chico debía de conocerle y temerle, porque al verle pasar cerca, en dirección de una de las puertas, se tiró boca abajo sobre la paja, haciéndose el dormido. Pasado el susto, el muchacho se incorporó diciendo: «Es mi padre, José Sancho, que anda al servicio de un señor italiano, muy rico y principal. Llegó esta mañana, y cuando le vi no supe dónde meterme, de la (p.4744) vergüenza que me daba.. y del miedo, porque mi padre, al saber que yo me había ido a la facción, dijo que si no me mataban en la guerra, me mataría él cuando me encontrase, por haberle deshonrado.. que a deshonra le sabe el ver a un hijo suyo debajo de la bandera de Carlos V».

 

Ep-25-IV -

Ya tenía D. Beltrán la palabra en la boca para pedir más referencias de aquel señor extranjero, cuyo nombre y diplomático carácter no le eran desconocidos, cuando se armó un gran tumulto al otro lado de la cuadra. Empezaron peleándose dos, se enredaron luego cuatro, dándose morradas y coces; la querella habría pasado quizás a mayores, si no intervinieran Baldomero Galán y dos sargentos que a la sazón entraron, los cuales, sacudiendo de plano, y deshaciendo a tirones el racimo que formaban los contendientes, restablecieron el orden. A unos les hicieron salir, a otros arrojáronles sobre la paja, y ya no se oyó más que el resoplido de las cóleras sojuzgadas. «Es la de todos los días -dijo Baldomero volviendo al lado de D. Beltrán-, la cuestión entre Cabreristas y Nogueristas. Unos dicen y sostienen que la madre de Cabrera estuvo bien fusilada, como castigo de ese tigre sanguinario, y otros que no, que el haberla matado sin culpa de ella ha traído esta situación tan fratricida. Ya les hemos aplacado los humos; y como repitan, se mandará dar un recorrido de palos, para que callen y nos dejen en paz.

-Y ahora, señor, que tenemos algún sosiego -dijo Saloma-, haga por dormirse, que ya es tarde, y todos necesitamos cobrar fuerzas para el ajetreo de mañana.

-Procuraré seguir tu sabio consejo -replicó el anciano, tomando postura cómoda y cubriéndose bien de nariz para abajo-. Pero dudo que pueda coger un buen sueño, pues ahora me doy a cavilar si ese señor italiano será o no será quien yo me figuro: uno que de Madrid y Nápoles fue comisionado al Cuartel de D. Carlos para tratar de un arreglo que pusiese fin a estos horrores. No me acuerdo del apellido de ese sujeto, pues ya no hay nombre que quiera guardarse en la jaula deshecha de mi memoria; (p.4745) pero me da el corazón que es el mismo de quien tuve noticia por cierto caballerito que conocí y traté caminando hacia Villarcayo. Lo primero que has de hacer mañana es llegarte a Sancho y sonsacarle todo lo que de su señor quiera decirte: te informas de si va para Zaragoza, o para Levante, pues en este caso me convendría su amistad, que de seguro irá el hombre bien pertrechado de pasaportes. Y no sería malo que tú, tan despabilada y francota, te fueras a él, metiéndote en su cuarto, si es que lo tiene, con el pretexto de saber cuándo se va para ocuparlo yo, y una vez metida le dijeses quién soy, y como me veo en estas estrechuras impropias de mi nobleza..».

Prometiole la hermosa navarra conquistarle al italiano, y a toda la Italia si fuese menester; y en aquel punto, Galán, que había salido a recorrer los alojamientos de los soldados, volvió diciendo que corría por el pueblo el notición de la muerte de Cabrera. Sobre esto hicieron los tres comentarios prolijos, conviniendo en que si resultaba cierto, sería gran merced de Dios, apiadado al fin de la pobre España. Y ya no pensaron más que en dormir lo que pudiesen, cosa no fácil, por los ruidos que a cada instante en el ancho local se levantaban, así de inquietudes de animales como de personas, y por los feroces ronquidos de algunos durmientes. Pudo vencer D. Beltrán la molestia que estos le causaban; y cuando ya iba cogiendo el sueño, le despabilaron las voces de un condenado hombre que, sentado en el suelo, en postura turquesca, junto a la pared, solo, parecía rezar en alta voz con plañidera monotonía desesperante.

«¿No podríamos conseguir -dijo D. Beltrán entre suspiros-, que ese demonio de hombre se fuese a rezar a la calle? Si se va por una peseta, dásela, Saloma.

-Es el pobre Muel -dijo condolido Galán-, que de ver morir a tres de sus hijos, fusilados en Alventosa, se ha vuelto loco, y se pasa la vida predicando por estos caminos en canto llano.

-Alventosa.. ya sé.. es en tierra de Rubielos. Alguna de las propiedades que vendí a Luco allí están.. Creo que fue (p.4746) un espanto la matanza que ordenó y ejecutó ese bribón del cura Lorente.

-Fusiló setenta y siete hombres y un niño de diez años, hijo de un capitán. Eran del regimiento de Extremadura, donde yo he servido. Les cogieron el Royo y Peinado en Arcos; les llevaban prisioneros, y el capellán Lorente propuso fusilarlos. Los dos cabecillas no querían; el clérigo, a fuerza de ruegos y amenazas, consiguió que mataran veintidós. Al siguiente día, en ese pueblo de Alventosa, volvieron a cuestionar sobre si mataban o no a los demás: Lorente, que sí; Peinado y Royo, que no. En un descanso, el capellán mandó destapar un barrilito de aguardiente que llevaba. Bebieron, y con la borrachera, el Royo se puso de parte de Lorente. Salieron los vecinos del pueblo con su párroco a la cabeza, y de rodillas imploraron la vida de los desgraciados prisioneros. Lorente le dijo al párroco: «Confiéselos ahora mismo; y para acabar más pronto, yo empiezo a confesar por una punta y usted por otra». Negose el cura de Alventosa, y se echó a llorar.. El capitán pidió entonces a los cabecillas que no matasen al niño; pero para más crueldad, fusilaron primero a la criatura, por que el padre lo viese, y luego a este y a todos los demás después de desnudarlos.. Al ponerse en marcha, Lorente dijo al cura de Alventosa que, so pena de la vida, dejara los cuerpos insepultos para escarmiento de las tropas cristinas que pasasen..

-¿Y no ha habido un hombre honrado, valiente y justiciero -dijo D. Beltrán, dando un salto en su lecho-; no ha habido un hombre, un aragonés, que haya cogido a ese vil clérigo, a ese sacrílego, y le haya colgado vivo, por las patas, de la más alta rama de un alcornoque, o del campanario de una iglesia, para que se lo comieran los buitres?.. Desconozco a mi raza.. esto no es Aragón. Si yo fuera mozo, créanlo, iría a esa guerra, no para defender ambiciones y derechos de reyes más o menos legítimos, sino para perseguir y castigar tan salvajes crímenes, para vengar a Dios de los ultrajes que unos y otros le infieren; sería implacable con los cobardes (p.4747) asesinos de uno y otro bando, llamáranse Nogueras, llamáranse Cabrera, y vengaría a la madre de este, y a la esposa de Fontiveros, y a todos esos infelices sacrificados con barbarie tan horrenda y estúpida.

-Está muy bien, señor -le dijo Saloma, cogiéndole de los brazos para hacerle acostar-; pero sosiéguese y no se desabrigue, que puede coger una pulmonía».

No había medio de aplacarle; de rodillas sobre la paja, apoyaba con enérgico ademán su ardiente protesta: «No, no puedo sosegarme oyendo estas cosas. Esto no es Aragón, esto no es mi raza, la raza justiciera por excelencia, fuerte y benigna, guerrera y cristiana, iracunda y generosa.. ¡Y ese pobre hombre es víctima de este furor de matanzas! ¡Y ha perdido la razón viendo cómo los hombres se vuelven maestros de las fieras en la crueldad!.. Ven acá tú, buen amigo, y hallarás aquí un corazón aragonés compasivo, no más que compasivo, pues que la vejez no permite otra cosa.. Ven acá, y nos consolaremos todos los buenos, abominando de los que pisotean la justicia humana y remitiéndolos a la divina».

El otro infeliz, oyéndose llamado, acudió allá con paso lento. Era un hombre de aventajada estatura, flaco, de tez tan morena, que a la escasa luz de la cuadra parecía negra; el pañizuelo liado a la cabeza; el cuerpo cubierto de un luengo camisón, sin faja; los pies desnudos, negros también, como la cara, como las manos, semejantes a manojos de sarmientos; todo él perfecto plagio de un santón árabe. Al aproximarse, venía rezando en alta voz, y una vez junto al grupo soltó esta terrorífica declamación con duro y ronco acento: «No te salvas, no te escapas, malvado Lorente, aunque te escondas entre pajas, teniendo por guardianes, por los pies a tu Rey y señor, y por la cabeza a la Reina de tu Iglesia maldita.. No te escapas ya, clérigo de Satanás, serpiente, que mis ejércitos rodean ya toda esta fortaleza, y no hallarás puerta ni hendidura ni resquicio por donde puedas escabullirte.. No morirás, no.. Con el zumo de unas hierbas que hay en la torre de Pepo, nada más que allí, se te untará todo el cuerpo, (p.4748) y vivirás mil años, ¡mil años! infame Lorente; y en todas las partes de tu persona, pecho, espalda, muslos, barriga y lo demás, te nacerán, por la virtud de aquella hierba, ojos, ¡ojos como los de la cara! que vean, y delante de cada uno de estos ojos se te pondrá un fusilado para que lo estés viendo día y noche.. Y horrorizado de lo que ves con tantos ojos, querrás descansar y dormir; pero no podrás, no podrás, porque esos ojos no duermen, ni pestañean, ni lloran, y los tendrás siempre bien abiertos y despabilados, mirando con cada uno de ellos a un fusilado por ti.. y así estarás mil años, trescientos sesenta y cinco mil noches y días.. Luego se te dejará otros mil años ciego y sordo, para que veas dentro de tu conciencia, y se te quitará la razón para que no puedas arrepentirte ni confesarte.. y se te pondrá una lengua venenosa para que blasfemes a todas horas, y se te secará el agua de lágrimas para que no puedas llorar ni afligirte..

-Basta, basta ya -dijo D. Beltrán horrorizado-.. No tanto, pobre Muel.. Es demasiado castigo, infinitamente mayor que la culpa.. Perdóname ya.

-Todavía no, todavía no.. Otros mil años disparándote a cada minuto por el oído izquierdo un tiro de fusil con bala, la cual, después de retumbar dentro de tu calavera, saldrá por el oído derecho sin matarte..

-No más, no más, Muel.. Perdón, perdón.

-Otros mil años..

-No, no.. Baldomero, quítame de aquí a ese hombre.. Por Dios te lo pido».

Suavemente le cogió de un brazo Galán y se lo llevó sin que hiciera resistencia, pues su locura era pacífica; inocente en las acciones, desbordada en las palabras. Día y noche se le oía la perorata cadenciosa y lúgubre: arengaba a sus imaginarias tropas, vencía y aprisionaba a Lorente; llevábale arrastrando por valles y montes hasta la torre de Pepo; encerrado allí el vencido monstruo, le imponía los sutiles castigos por series de mil años, hasta que, cansado de inventar horrores, volvía a los de la realidad y a la tragedia de Alventosa. Había sido maestro de escuela y diestro pendolista; no pedía limosna, comía lo que le daban; (p.4749) dormía en despoblado, o bajo techo si se lo permitían, y vagaba en un radio de cinco leguas alrededor de Quinto, su patria. Echado al corral por Galán, volvió este al lado del señor, a punto que Saloma, vencida del cansancio, cerraba los ojos y hacía reverencias. Durmiose al fin, apoyada la cabeza en la pared, y el prócer y Baldomero siguieron charlando en voz baja de cosas de guerra y política hasta que oyeron el diligente estridor de la diana, que, avisando a todos el fin del sueño, fue principio del de D. Beltrán, el cual, por añeja costumbre, dormía las mañanas.

 

Ep-25-V -

Cuando el pobre anciano despertó, después de dar a sus huesos algunas horas de plácido reposo, contáronle sus amigos las novedades ocurridas en el parador durante su sueño. Había conseguido Galán reconciliar a Sanchico con su padre Sancho, no sin que este se mostrara largo rato rebelde a las paces, haciéndose el inflexible con desmedida afectación, hasta que, desahogando su severidad en una descarga de bofetadas, lloró el chico, se aplacó el padre, y todo quedó perdonado, a condición de que el joven partiese aquel mismo día para Ablitas y no volviese a separarse de sus tíos. En la ruidosa querella de hijo y padre, salió a relucir que Sanchico se había largado a la facción por contrariedades lastimosas de amor. Entre tirarse al Ebro y hacerse faccioso para que una bala le matase, prefirió esto último. El cuento fue que las balas no se metieron con él, y que el trajín de la guerra le curó de la morriña que le enfermaba el alma. Volvía, pues, mejor de lo que fue, saludable, fuerte, aleccionado del mundo, y habiendo visto sucesos mil, lisonjeros o desgraciados, que servían de grande enseñanza. Por lo demás, su afecto a la causa de D. Carlos había sido puramente circunstancial, y lo mismo le importaban a él los derechos del Rey legítimo que la carabina de Ambrosio. Cuando Urdaneta supo que Sancho iba para la Ribera, ordenó que se fuese con él uno de sus criados: se arreglaría sólo con Tomé; que los tiempos eran apretados, y había que mirar por la economía.

Pero la gran (p.4750) novedad de aquella mañana fue que la gentil y desenvuelta Saloma logró avistarse con el italiano, sorprendiéndole en su cuarto cuando daba la última mano en su retoque personal. Desempeñado había con extraordinaria agudeza el encargo que le confirió D. Beltrán, ganando, si no la confianza, las atenciones de aquel señor. Por las referencias de Saloma y el nombre del criado, se afirmó Urdaneta en que el tal no era otro que el siciliano de que Fernando Calpena le habló, intermediario clandestino entre las dos ramas borbónicas que se disputaban el Trono. Toda la madrugada, hasta que se durmió, había estado el prócer devanándose los sesos por recordar la gracia de aquel sujeto. Su memoria era ya para los nombres un verdadero caos. Mas cuando Saloma le contaba su entrevista, se le metió súbitamente en el cerebro a D. Beltrán el perdido nombre, y gritó: «¡Rapella, Rapella! Ya me acuerdo. En la punta de la lengua lo tenía». Díjole por fin la navarra que el señor extranjero se alegró mucho al saber que en el propio parador se hallaba persona de tan alta alcurnia, a quien conocía de fama por sus amigos de Madrid, y que deseando el honor de tratarle, le invitaba a almorzar.

«¿Ves? -dijo Urdaneta con alborozo, dando pataditas en el portal para entrar en calor-. Tú me has traído la suerte, pues yo venía con mala pata, y desde que te encontré, todas las cartas me salen buenas».

Antes de la hora del almuerzo juntáronse el viejo aristócrata y el pintado diplomático en la calle, y cambiando mil finuras, hablaron después cuanto les dio la gana, sin parar hasta que terminó el comistraje. Hizo gala Rapella de su cortesanía, y derrochó sin tasa el énfasis de su especial oratoria familiar. Aseguró a D. Beltrán que le conocía por lo que de él le habían hablado sus grandes amigos Bernardino Frías, Luis Córdova, Paco Malpica, Martínez de la Rosa, Quintana y otros. Hablaron luego de Fernando Calpena, mostrándose Rapella muy gozoso de saber que vivía, pues ya le consideraba muerto; y por fin se eternizaron en el comentario de las cosas políticas y (p.4751) militares, la revolución de la Granja, las nuevas Cortes, la situación política en Madrid y en la corte carlista, las intrigas de una y otra parte, Espartero, Cabrera, las expediciones de Gómez, D. Basilio y Batanero.. el buen giro de la guerra en el Norte, el mal cariz de la misma en el Maestrazgo.

Por más empeño que en ello puso, no pudo el viejo conseguir que Rapella se clareara en lo de las misiones y recados que traía y llevaba de corte en corte. Se escabullía gallardamente de todas las trampas que el otro le armaba con capciosas preguntas. A veces la agudeza de D. Beltrán le cogía en contradicción. Dijo primero que iba hacia Vinaroz, donde le aguardaba un barco que debía llevarte a Nápoles; después indicó que el objeto de su viaje en tal dirección era sólo avistarse con su íntimo amigo Borso di Carminati, para darle un abrazo y pasar unos días con él. Tenía en el ejército del Centro excelentes amigos, entre ellos su paisano Cialdini, muchacho de gran porvenir, ayudante de Borso. Inútil fue también el empeño que puso D. Beltrán en sonsacarle noticias y cuentos de las interioridades del Cuartel de D. Carlos.. Nada: el siciliano no daba lumbres. Y si no su locuacidad perdía un poco de su finura cuando el otro quería llevarle a cierto terreno, apartándole de los temas que él elegía, siempre vagos, de generalidades y lugares comunes. Por fin llevó la conversación a la persona y hechos de Cabrera, de quien se mostró admirador, sosteniendo que era ya vulgaridad insigne tenerle por uno de tantos cabecillas, notable sólo por su inquietud y ferocidad. Desde que apareció en la guerra, conmoviendo y abrasando el país como fuego del cielo, mostrose gran caudillo, tan buen conocedor del suelo como de los hombres, táctico y estratégico de primera, audaz, incansable, heroico; y por entre estas cualidades apuntaba ya un gran político.

«¡Oh, no tanto! ¿Ya quiere usted hacer de él un Napoleón?

-Un Napoleón de montaña, amigo mío».

Respecto a las tan cacareadas crueldades del jefe carlista, dijo Rapella que habían sido estrictamente de (p.4752) carácter disciplinario militar hasta que los cristinos derramaron con bárbara torpeza la sangre de María Griñó. El asesinato de una mujer, sin más delito que ser madre de Cabrera, creó nueva ordenanza militar, dando una infernal lógica las horrendas carnicerías consumadas por uno y otro ejército. Fuera de esto, para abrirse camino el travieso bigardón de Tortosa, y pasar en breve tiempo de seminarista pendenciero a caudillo y gobernador de hombres en los campos de batalla, no podía menos de emplear, como resorte de dominio, el terror, la fiereza y la brutalidad. No se había formado dentro de un organismo, sino que tenía que sacar el organismo del caos social, y esto no se hace sino desplegando desde los primeros momentos un genio implacable, aterrador, extraordinaria viveza para aplicar justicias rápidas, de moral severa y primitiva; haciendo sentir el peso de su mano antes de que pudiera discutirse el derecho con que la levantaba. En las guerras civiles, los hombres culminantes nacen así, o no nacen nunca.

No le parecieron mal a Urdaneta estas razones, y como sacara a relucir la especie, muy corriente en aquellos días, de la muerte del famoso guerrero, negola el siciliano, sosteniendo que había, sí, corrido grandísimo peligro en los últimos días de Diciembre; pero que estaba vivo, aunque al parecer no muy sano. En Septiembre del año anterior habíase unido Cabrera en Utiel a la expedición de Gómez. Juntos recorrieron Cuenca, Albacete, la Mancha, Andalucía y Extremadura.. Si las tropas cristinas que les perseguían no pudieron deshacerles, tampoco ellos lograron su intento de sublevar las comarcas que invadían. Un correr continuo; exacciones y rapiñas en ciudades y aldeas; aislados lances de guerra sin plan ni concierto, gloriosos unos para los liberales, como el de Villarrobledo, ventajosos otros para los carlistas, pero sin que de ninguno resultara el aniquilamiento de la expedición, ni tampoco su triunfo; tal fue la obra combinada de Cabrera y Gómez, caracteres antitéticos, de cuya unión no podía (p.4753) resultar nada eficaz. La falta de engranaje entre uno y otro temperamento militar fue marcándose en desavenencias, luego en discordias, y los dos cabecillas, que juntos no podían formar una cabeza, riñeron al fin, a la vuelta de Cáceres, campando cada uno por sus respetos. Cabrera se escabulló fugaz y resbaladizo por el caminito que creyó más seguro para volver a sus riscos y barranqueras del Maestrazgo, donde en su ausencia las cosas de la guerra no iban muy prósperas, y amenazaba desbaratarse lo que él con paciencia, rigor y firme mano organizado había.

Lo primero que intentó al pisar su terreno fue pasar al Cuartel general de D. Carlos en el Norte, para dar cuenta a este de la desavenencia con Gómez y proponerle un nuevo plan de campaña en el Centro. Llegose al Ebro, eligiendo el vado de Rincón de Soto como el único que en aquella estación cruda era practicable; pero le salió mal la cuenta, porque fue sorprendido por la columna de Iribarren, que le deshizo, matándole muchos hombres y dispersándole los que quedaron con vida. La suya estuvo en gran peligro. Acribillado de balazos, quedó al amparo de la obscuridad junto a una pared, donde le recogió uno de los suyos, el cabecilla que llamaban La Diosa, y le llevó atravesado en una caballería, como un saco, pues montar no podía. Perseguido por las tropas de Iribarren, debió su salvación a un cura que le escondió en el sótano de su casa; allí pasó largos días y noches entre la vida y la muerte, hasta que, mejorado de sus heridas, le trasladaron a un abrupto monte, espesura más propia de lobos que de seres humanos, donde permaneció en escondite, recobrando poco a poco la sangre perdida, y con ella el brío y la ferocidad. De este apartamiento provino la noticia de su muerte, que corrió por toda España, descorazonando a los suyos, y llenando de tristeza y confusión a todo el carlismo de aquende y allende el Ebro; pero ya en los últimos de Enero (como unos quince antes de la fecha en que esto se relata) se supo a ciencia cierta que vivía, y que sin reponerse de (p.4754) sus heridas y enfermedades, preparaba nuevas correrías por la Plana de Castellón y riberas del Turia: que en tal hombre la ociosidad era imposible, mientras alguna vida le quedase. Cuando esto narraba el señor Rapella, no podía decir fijamente dónde se hallaba el famoso caudillo; presumía que, medio muerto o medio vivo, recogía sus fuerzas, las reorganizaba, lanzándose al terreno que la Naturaleza parecía haber amoldado a la hechura intelectual y física del que bien podía llamarse, si no el león, el gato montés de la guerra.

«A fe mía -dijo D. Beltrán-, que está usted bien informado. Ya cuidará de decir a su amigo Borso que se ande con tiento, pues este mozo no es de los que fácilmente se dejan destruir y aniquilar».

Por lo que a renglón seguido hablaron, comprendió el buen Urdaneta que en los cálculos de su flamante amigo no entraba el llevarle en su compañía, aunque en ello tuviera gusto, como se dejaba traslucir de lo que manifestó con exquisita urbanidad y palabras equívocas. Delicado en extremo, y muy ducho en artes mundanas, dio a entender D. Beltrán que los fines de su viaje exigíanle también ir solo, sin más acompañamiento que el de sus criados; manifestación que puso en gran cuidado al otro, recelando que llevase también misión diplomática, quizás como apoderado o mensajero del patriciado aragonés. Pero no atreviéndose a entrar en explicaciones, cada cual, como de zorro a zorro, se encerró en su discreción, preparándose para continuar su caminata. D. Beltrán partiría con la columna que a la sazón estaba en Fuentes, y a que pertenecía Baldomero; D. Aníbal aguardaba otra fuerza que llegaría por la tarde, mandada por un coronel, íntimo amigo suyo.

Apercibiéndose para la partida, preguntó Galán a su antiguo señor que de dónde había sacado el hermoso caballo que traía, el cual, mientras Tomé lo limpiaba en el corral, era objeto de la admiración y curiosidad de todos los allí presentes. Replicó Don Beltrán que había ganado aquella joya en una donosa y feliz apuesta; sin dar pormenores del caso, mandó (p.4755) venir a su presencia a los dos escarmentados Joreas y el Epístola, y en un poyo del portalón les interrogó acerca de los hijos supervivientes del desgraciado Juan Luco. De Francisquín nada sabían a ciencia cierta; de su hermana, monja profesa en el Monasterio de Sigena, a cuatro leguas de Sariñena, dio el Epístola informes más concretos. Había despuntado Marcela, desde su entrada en religión, por su ciencia grave y su lúcido ingenio; sabía latín, y dándose a la lectura, lo mismo platicaba de teología que enjaretaba versos y prosas en loor de los sagrados Misterios.

«Hace tiempo -dijo D. Beltrán-, que a mí llegó la fama, no sólo de su santidad, sino de su vivo entendimiento.

 

Ep-25-VI -

-Me contaron -añadió Joreas-, que otra más leída y escrebida no la hubo nunca en aquel sacro monasterio, más antiguo que las Tablas de la Ley, pues lo hicieron en cuantico que empezó la cristiandad, hace unas docenas de miles de años. Oí que Sor Marcela pasmaba a todos con sus latines hablados por gramática, y que a verla iban el arcipreste de Mequinenza, el abad de Veruela y muchos calonges y prestes de Huesca, Tarragona y hasta de Aviñón, que es la Roma de esta parte de Francia.

-Me consta -dijo el Epístola-, porque lo he visto y leído en parte, que escribió un lindo poema sobre el milagro de los Corporales de Daroca, y también conozco unas quintillas a la Transfiguración del Señor. Sé que de diversas partes iban personas eruditas a consultar con ella puntos graves de moral, de filosofía o de religión, y que el meollo de sus sentencias era el asombro de cuantos la oían. En el monasterio, con ser ella de las monjas más jóvenes, considerábanla como autoridad, y como a vieja la respetaban. En los principios de la guerra, dicen que llamó a D. Ramón para iniciarle a no emplear medios de crueldad, y lo mismo hizo con Nogueras. El general Mina la visitó, y también fueron a platicar con ella en el locutorio Masgoret y Tristany. Pero el año que acaba de pasar, allá por Septiembre, si no recuerdo mal, cuando Maroto vino a (p.4756) mandar en Cataluña, que más valía que no viniera, la partida de Llarch de Copons y la de otro cabecilla que llaman Camas Crúas, bajaron huidas de la parte de Lérida, donde Gurrea les pegó de firme; tomaron la vuelta de Benabarre y Albalate para pasar el Cinca, y con el furor que traían cometieron mil desmanes, saqueando las aldeas y arrasando cuanto encontraban. Incendiados por estos bárbaros el claustro alto y aposentos capitulares de Sigena, salieron dispersas las señoras monjas, como las abejas cuando les ahúman la colmena. Cada religiosa tiró por su lado, buscando el amparo de otros conventos o de casas honestas; y Sor Marcela, a quien se creyó muerta o extraviada, apareció en una ermita solitaria de la Sierra de los Monegros, vestida con un saco al modo de penitente, el cabello suelto, como pintan a la Magdalena, sólo que más corto; los pies descalzos, una cuerda a la cintura; y diz que iba predicando a los pastores y gente rústica para que se apercibiesen a la guerra en nombre de Cristo, peleando contra los dos ejércitos, cristino y carlino, según ella legiones de Satanás, que quieren dominar la tierra y establecer el imperio de la injusticia.

-¡Vaya con la sabia!.. -dijo D. Beltrán-. Pues no me parece descaminada su locura, o más bien, creo que debajo de ese desvarío se esconde la misma discreción.. Y díganme ahora, señores escarmentados: ¿qué tal cariz tiene la monjita? ¿Es su rostro de buen ver? Su facha y apostura, ¿responden a la hermosa raza de los Lucos?

-Señor -dijo el Epístola con extremos de admiración-, es mujer de tanta gallardía y belleza, que aun con aquel desavío de penitente, da quince y raya a las señoras más bien aderezadas. Y no diré yo que el empaque de santidad a lo anacoreta, como figura de retablo, la desfavorezca, que más bien me inclino a creer que su traje, al modo de mujer de la Biblia, hace lucir más todo aquel contorno de cuerpo que no tiene semejante, pues no ha visto usted escultura que pueda comparársele».

En esto se alejó el Epístola, llamado por sus amigos, y Joreas hubo de completar las (p.4757) informaciones con un dato, que apuntó en la forma más descarnada y picante: «Este bribón de Epístola se calla lo mejor del cuento, señor, y es que, habiendo encontrado sola a la Marcela en un camino junto al Pueyo, la requebró de amores, uniendo a las palabras de solicitación las acciones atrevidas. Pero no contaba con el geniecico de la que él llama estatua de bulto. Arreole Doña Marcela tan fuerte bofetada, que le tiró al suelo, y cuando pataleaba para levantarse, con un madero, que unos dicen era cruz y otros una tranca, le dio tales golpes en la cabeza, que, si no acuden a la defensa del chico los compañeros que por allí cerca andaban, la santa habría dado cuenta del Epístola y del mismo Evangelio, si así se llamara este pillo.

-¿Qué me cuentas? ¡Sobre la sabiduría, ese tesón, ese poder!.. Vamos, que ya rabio por conocer a ese prodigio; y si no tuviera precisión de verla para que me informe de ciertos asuntos de su padre que me interesan como los míos, sólo por apreciar sus méritos, y admirarlos en lo que mi corta vista me lo permita, iría en su busca».

Lo último que dijeron Joreas y el Epístola, al despedirse para continuar hacia Zaragoza, fue que la Marcela penitente andaba por aquellos meses en el Desierto de Calanda o en tierra de Alcañiz. Observó Don Beltrán, al quedarse solo reflexionando en lo que veía y oía, que desde que llegó a Fuentes de Ebro todo le anunciaba la entrada en el reino de lo excepcional y maravilloso. Nada era ya común ni vulgar. Personas y cosas traían la impresión de un mundo trágico, el cuño de una poesía ruda y libre, emancipada de toda regla. No sentía más el buen señor que ser tan viejo y andar tan mal de la vista: que si él tuviera treinta años menos y sus ojos bien listos, había de serle muy grato el ver y tocar de cerca un mundo que de modo tan peregrino quebrantaba las rutinas sociales. También le contrariaba mucho su escasez de dineros; mas como los fines de su viaje no eran otros que proveerse del precioso metal, a quien amaba más que a las niñas de sus perdidos ojos, la esperanza de alcanzarlo y (p.4758) poseerlo le alentaba.

Salió en su hermoso caballo, marchando a retaguardia de la columna, y gran parte del camino fue al estribo, si así puede decirse, del carro en que con una señora capitana y otras dos mujeres iba Salomé Ulibarri; y por no desmentir su índole caballeresca y hábitos de sociedad, no cesó de entretener a las cuatro hembras con frases galantes, de refinada gracia sin faltar a la decencia, y a todas festejaba por igual llamándolas hermosas, sin distinguir entre la belleza de la mujer de Mero y la fealdad repulsiva de la capitana, entre la desabrida juventud de la tercera y la vejez de la cuarta. Pero como él no veía bien, todas le parecían iguales, y por no haber allí género más noble y elegante, tratábalas como a damas de alta educación. Por dicha, la columna no encontró facciosos en el camino, y el viaje fue de los más felices, fuera de las molestias, del hambre, polvo y frío, que alguna tarde y mañana se dejó sentir, llegando el buen señor bastante molido a la ciudad del Compromiso, la noble Caspe.

Constante la fortuna en favorecer al caballero, encontró este en la histórica ciudad a su antiguo amigo D. Blas de la Codoñera, que allí era de los más pudientes, propietario de tierras y montes, padre de numerosa familia. Llevole a su casa, y le aposentó como a tan insigne caballero correspondía, tratándole a cuerpo de rey. Mucho agradecieron los asendereados huesos del buen Urdaneta la blandura de aquella cama, tan grande como la Colegiata, y las suculentas comidas y cenas con que le regalaron. Aún estaba la familia de luto por la muerte del hijo mayor, uno de los urbanos que fusiló Cabrera cuando entró a saco la ciudad en mayo del 35. La señora y señoritas de Codoñera no se hallaban exentas de la rudeza baturra: su habla carecía de finura; su educación, perfecta en lo moral y religioso, era muy rudimentaria en lo social. Con todo, D. Beltrán se hallaba en tal compañía muy a gusto, y se desvivía por corresponder con su exquisita urbanidad a los obsequios de la hidalga familia. Había sido el D. Blas constitucional templado hasta (p.4759) el día funesto de la entrada de Cabrera; pero desde tal fecha se trocó en furibundo patriota, enemigo acérrimo del obscurantismo y de las antiguallas que quería traernos D. Carlos. En la exacerbación de su sentimiento liberal, que ya era insano, llegaba hasta la impiedad y el volterianismo, abominando de la hipocresía, de la piedad extremada y hasta de las prácticas religiosas, con excepción del culto de la Virgen del Pilar. No pensaba abandonar a Caspe, pues ni él ni su familia tenían miedo; y como volviera Cabrera con su patulea de ladrones y asesinos, D. Blas se batiría en la muralla rodeado de sus hijos de ambos sexos: los chicos bien armados de fusiles, las niñas y la señora bien preparadas con piedras y ollas de agua hirviendo. Eran los hijos guapos, aunque abrutados, y tan liberalicos como su padre. A todos ellos pidió D. Beltrán noticias de la monja de Sigena, y los muchachos, que la habían visto y oído, se dividían en sus opiniones, pues mientras Rafael sostenía que era una mujer estrafalaria y medio loca, que ocultaba con las formas de penitencia sus ganas de corretear por el mundo, Pepe la tenía por hembra superior y de pasmosa virtud, que la distinguía de todas las gentes de nuestra edad, y a los mismos santos la equiparaba. Como expresara Urdaneta el firme propósito de ir en su busca, hízole presente Don Blas el gran peligro a que se exponía viajando por aquellas tierras; expuso el otro lo inexcusable de su determinación, y, hallándose en estas conferencias, trajo uno de los chicos la noticia de que la monja Marcela se hallaba cerca de Alcañiz asistiendo a su hermano Francisco en una grave enfermedad, con lo cual se le avivaron al anciano las ganas de ir a donde su interés le llamaba. De nuevo le pintó el Sr. de la Codoñera lo arriesgado de tal expedición, maravillándose de que D. Beltrán hallase gusto en el trato de una monja retrógrada y obscurantista.

«A mí no me hable usted de gente levítica -dijo, recalcando esta palabra, que recientemente había adquirido en la tertulia de la botica de Cornejo-. Tengo (p.4760) declarada la guerra a esas ideas rancias, tan contrarias al espíritu del siglo».

Tampoco le gustaba a D. Beltrán la gente levítica; pero sus necesidades le obligaban a emprender aquel viaje, que felizmente no se alargaría más allá de Alcañiz. Todo se presentaba favorable al ilustre aristócrata, pues Borso di Carminati, desde Maella, ordenó que la columna recién venida se incorporase a las fuerzas acantonadas en Alcañiz. Disponiéndose Saloma para seguir a su esposo, se lamentaba de no poder acompañarle en las operaciones, pues había orden deque la impedimenta faldamentaria no saliese de los puntos de guarnición. Despidiose a la mañana siguiente D. Beltrán de su generoso amigo. Tanto este, como su esposa, e hijos de ambos sexos, vieron salir con pena y lástima al noble anciano; y sospechando que tales calaveradas revelaban falta de seso y desvaríos de la senectud, presagiaban una desgracia. Las señoras le encomendaron a Dios, y lo mismo hizo Don Blas, pues su aborrecimiento de lo levítico no le quita el ser buen cristiano.

Muertas de miedo iban Saloma y las otras militaras, y a cada rato creían oír tiros y ver un nublado de boinas aparecer por los cerros lejanos, lo que no era absurdo, pues días antes había pasado por allí el Royo de Nogueruela en dirección a Graus y Benabarre; tampoco andaban lejos Cabañero, Tena y Maestre. Contrastando con las señoras, Don Beltrán era todo intrepidez y desprecio del peligro; y en su imaginación de viejo, reverdecida en la puerilidad, no veía más que bienandanzas. Habiéndole manifestado Saloma la inquietud con que le veía entrar en el teatro de tan bárbara guerra, le dijo: «Cuando lleguemos a la gran Alcañiz que, entre paréntesis, es patria de mi abuelo materno, D. Diego de Paternoy, almirante de Aragón, señor de las casas y encomiendas de Isún de Basa y Usé, etcétera.. te contaré por qué voy a donde voy, y por qué busco a quien busco. Y si ahora supones en mi conducta un desarreglo del sentido, verás luego en ella la misma cordura.. Es para mí cuestión de vida o muerte, (p.4761) de dignidad o vilipendio.. No creo que nos salgan partidas; y si salen, ya les sacudiremos. También te digo, que si es Cabañero el que nos acomete, no temo nada. Le cuento entre mis mejores amigos, y no había de consentir que me tocaran al pelo de la ropa».

A la caída de la tarde entraron en la noble Alcañiz, que desde Roma viene fatigando a la Historia, ciudad vieja, como un libro de antigüedades de Aragón y un muestrario de piedras elocuentes. A la luz crepuscular, los esquinazos góticos y mudéjares parecían bastidores de teatro, dispuestos ya, con las candilejas a media luz, para empezar el drama. Resonaban las herraduras de los caballos en el pedernal de las calles levantando chispas, y el ruido de tambores jugaba al escondite, sonando aquí, apagándose allá, en los dobleces de la edificación, y volviendo a retumbar a retaguardia de la tropa. Las plazuelas se unían por pasadizos, y las calles se retorcían unas sobre otras, obscuras, ondulantes. Soldados y algunos viejos se veían discurriendo por las calles; mujeres en algunas puertas.. Triste y belicosa parecía la ciudad, como un guerrero herido que se ve forzado a combatir con la mano que le queda.

 

Ep-25-VII -

Metieron a D. Beltrán en una casona llamada Corte que hace esquina con el Ayuntamiento, gótica, de ojivales porches al exterior, interiormente muy capaz, con ventanas pequeñas, las puertas no muy holgadas. Allí se alojaban oficiales de distintas graduaciones. Al pasar por un gran aposento abovedado, donde había gran chimenea encendida con troncos de encina, a cuyo calorcillo se arrimaban ateridos todos los que entraban de la calle, vio D. Beltrán, agrupados en torno a una mesa, a varios oficiales y urbanos de tropa que se engolfaban en el juego, atentos con alma y vida a las manos del banquero y a las cartas que lentamente pasaba. Fuéronsele a Urdaneta los ojos hacia la timba, y subió con ánimo de volver luego, pues vio también que cubrían de manteles las mesas, como si aquella pieza fuese comedor. El cuarto en que le pusieron, juntamente (p.4762) con las militaras, no tenía camas; cada cual se arreglaría con las mantas, alforjas o sacos que llevase. Seis personas debían repartirse el suelo, que venía como a la medida, sin que sobrase ni una cuarta.

El cenar fue más difícil operación; y si no se plantan Saloma y la capitana en la cocina, no les tocara nada de las judías y gachas, que era lo único que había, con pan moreno y algunas raciones de cecina. Pero al fin aplacaron su hambre las afligidas damas; D. Beltrán, gozoso y dicharachero, tratando de alegrarlas con sus galanterías y con enfáticos elogios de las miserables viandas que comieron. Observó Saloma que al viejo aristócrata se le iban los ojos a la mesa de los jugadores, y como ya tomaba confianza con él, se permitió decirle: «Señor D. Beltrán, noto que mira Vuecencia para el vicio, como si más en él que en nosotros y nuestra conversación tuviera toda el alma. Pues yo le digo que sería muy feo que con sus años y su respetabilidad diera el mal ejemplo de ponerse a tallar o apuntar entre aquellos perdidos. Si así lo hiciera y se dejara vencer de la tentación del juego, que ha sido la causa de su ruina, sepa que me enfado, y no le quiero, ni le cuido, ni le mimo, ni nada».

Dicho esto a hurtadillas, sin que los demás se enterasen, contestó Urdaneta en la misma forma, reconociendo el buen juicio que tal advertencia revelaba, y ofreció no discrepar ni un punto de lo que su decoro y años le imponían. Si miraba era por observar las caras y ver quién perdía y ganaba. Antes de levantarse de las flacas mesas hizo conocimiento, por mediación de Galán, con dos oficiales muy simpáticos, uno de los cuales se había separado poco antes de la mesa de juego con los bolsillos totalmente vacíos. Informados de que el señor deseaba ver y tratar a la monja Marcela, brindáronse a llevarle hasta su presencia, en el cerro de Santa Lucía, donde a la sazón moraba; ambos la conocían y habían tenido más de una entrevista con tan extraña mujer, platicando de cosas de guerra, filosofía y religión, permitiéndose bromear con ella y echarle requiebros, que (p.4763) Marcela, en la multiplicidad pasmosa de su disposición y en la riqueza de su entendimiento, para todo tenía una palabra feliz y oportuna. No se le cocía el pan a Urdaneta hasta que no llegase la hora de la mañana que los oficiales fijaron para la visita, y pensando en ella se pasó la noche de claro en claro. Un poquito durmió el viejo después de amanecer, levantándose con los huesos doloridos de la dureza de aquellas mal cubiertas tablas. Saloma le preparó un aceptable desayuno, con huevos y chorizo que afanó como pudo en la cocina, y a las nueve ya estaba mi hombre junto a la chimenea esperando a sus flamantes amigos. Sólo uno se presentó, por tener el otro servicio extraordinario en el castillo, y sin más espera condujo al anciano hacia la puerta de la ciudad que da al río Guadalope y al grandioso puente. Fría estaba la mañana, los campos escarchados, el aire empañado por una niebla que borraba toda visión a regular distancia. Iba D. Beltrán asido al brazo de su criado, necesaria precaución por la cortedad de su vista, que con la niebla era casi ceguera total. Pasado el puente, avanzaron buen trecho por una alameda interminable; y como levantara la bruma, el teniente hizo notar la gallardía de los desnudos álamos del paseo, y mirando hacia atrás, la hermosa vista de la ciudad, coronada por el castillo y ceñida por el Guadalope. Sin enterarse bien, manifestó D. Beltrán su admiración, pues no gustaba de dar a entender que veía poco.

«¿Con que es usted aragonés?.. Repítame su apellido, pues ya no me acuerdo.

-Estercuel.

-¡Hombre, Estercuel!.. ¿Es usted de Ayerbe?

-Sí señor. Mi padre, D. Celestino Estercuel, administraba los estados de Ayerbe y de Boltaña; mi tío, D. Bernardino Estercuel, canónigo de Jaca..

-Ya, ya.. ¿Y usted por dónde me conoce a mí?

-No hay en todo Aragón persona más nombrada y famosa que D. Beltrán de Urdaneta, a quien pobres y ricos señalan como el tipo de la grandeza, de la caballerosidad.. Era yo muy niño y oía contar casos muy singulares de esplendidez..

-A (p.4764) ver, a ver.. ¿qué casos? -dijo D. Beltrán, risueño y malicioso, deteniéndose.

-Pues que usted, poseedor de una riqueza incalculable, había mandado traer de París seis perros de caza, los cuales vinieron cuidados y asistidos por cuatro monteros y un mayordomo.. Y un día, siendo yo muchacho, vi pasar unos trenes magníficos que iban para Canfranc. ¡Qué sillas de postas, qué caballos, qué galera con provisiones de cama y boca!.. Pues mi tío, que entonces era capellán en la casa de Ayerbe, dijo: 'Ahí va D. Beltrán el Grande con los Duques de tal y de cual..'.

-¡Ay, hijo mío! -exclamó Urdaneta melancólico, acelerando el paso-. Aquellos eran otros tiempos. ¡Lo que va de ayer a hoy!..

-Y decía mi padre que sólo en Mora de Rubielos y en la Sierra de Mosqueruela poseía usted más de diez mil cabezas.

-Sí, sí: muchas cabezas tenía entonces, y ahora creo que ninguna, ni aun la mía propia. Pues en Mora de Rubielos me resta algo, y aun algos, que intento recobrar.. Pero hablar de mí es mirar a lo pasado, visión triste; alegremos nuestro espíritu hablando de lo presente, de la juventud, de usted.. ¿Qué tal, vamos adelantado en la carrera militar? ¿Siente usted ambición de gloria?..

-No mucha, señor.. Un año llevo en esta vida, y le aseguro a usted que deseo la paz, aunque me quede en el grado que tengo. Y esta campaña del Centro no es para despertar verdaderas aficiones a la milicia regular. Aquí todo es cuestión de picardía, astucia y agilidad; todo cuestión de Geografía.. andada, ciencia de los pies. Además, el carácter de cacería feroz que va tomando esta guerra, no es para mi genio. He sido poco afortunado, pues desde que salí a campaña no he visto más que horrores; y desgracias de nuestras armas. Para tener mala pata en todo, me estrené con un acto militar que ha dejado en mi espíritu una sombra lúgubre, algo como una mancha que no puedo borrar: el fusilamiento de la madre de Cabrera.

-¡Qué dolor!.. ¡Barbarie inútil, impolítica!

-Empecé mi carrera destinado al regimiento de Bailén, 5º de Ligeros, que daba guarnición en Tortosa, y (p.4765) mandé el piquete que dio muerte a la infeliz mujer. Cuando al amanecer del 16 de Febrero del año pasado se nos dijo que a las diez íbamos a fusilar a María Griñó, no lo creíamos. Los Nacionales negábanse a cumplir la sentencia. Nosotros no podíamos menos de obedecer; pero aún esperábamos que tal atrocidad se aplazara indefinidamente, y aplazarla era como un indulto disimulado. Entre nosotros se decía que el alcalde de Tortosa, Don Miguel de Córdova, protestaba de tal iniquidad, y que quiso inducir al Gobernador, general D. Gaspar Blanco, a no dar cumplimiento a la bárbara orden. Ello era cosa Nogueras, que ofició al General Mina, y de los allegados de este.. Reconocía el Gobernador que disponer tal muerte no era propio de caballeros, y que si en algún caso procedía desobediencia, había llegado la hora de poner en el oficio la fórmula: se acata, pero no se cumple. Mas el hombre no se atrevió, y su desmayada voluntad y su corazón vacilante nos dieron aquel terrible ultraje de la justicia. Dicen que al resistirse a los ruegos del alcalde y de otras personas calificadas de la población, se echó a llorar.. Sus lágrimas fueron de ésas que no producen ningún bien ni evitan los males.. Ello es que metimos a Doña María en el calabozo, y la cargamos de grillos, y le llevamos al cura D. José María Trench, hombre bueno y compasivo, que también, llorando a moco y baba, fue a interceder con el Gobernador, sin conseguir ablandarle. Confesada, mas no comulgada, pues para esto no le dimos tiempo, la llevamos a la barbacana. Por el camino, al paso de la pobre víctima, se agolpaba poca gente, pues la mayoría de los vecinos no se había enterado todavía; de los que vio, se despedía con palabras sencillas y cariñosas, como si para un viaje saliera. No puedo olvidar su figura modesta ni su traje, el mismo que tenía en la prisión: saya de cotolina azul, ya muy usada; jubón de pana verde. Llevaba al cuello un pañuelo obscuro con fleco, y a la cabeza otro, blanco, sin atar las puntas. Era delgada, de mediana estatura, rostro moreno y curtido con (p.4766) arrugas en la frente, el mirar dulce, expresión candorosa. En sus manos atadas llevaba una cruz. Su resignación, la paz de su alma, su tranquilidad sin artificio, nos maravillaban; el no pronunciar palabra ofensiva para nadie, nos colmaba de pena, oprimiéndonos el corazón. La fortaleza con que afrontaba el suplicio hacía más vergonzosa la innoble cobardía con que nosotros, con tanto aparato de fuerza, destruíamos aquella vida que no había hecho daño a nadie. «¿Qué resulta contra ella?» nos preguntábamos, o lo pensábamos, por no atrevernos a decirlo. No resultaba más sino que había dado el ser a Cabrera.. Llegados a la barbacana, la hicimos avanzar como a veinte pasos del baluarte.. El cura que la asistía, D. Joaquín Curto, no se separaba de su lado tan pronto como convenía. La mirada que nos echó María Griñó al entrar en el cuadro no se me olvidará si mil años vivo. ¿Fue de menosprecio, de compasión? De cólera no era, ni tampoco suplicante.. no nos pedía que la perdonásemos. Tal vez quiso decirnos que ansiaba terminar pronto, concordando en esto fatalmente con las órdenes que habíamos recibido. Se le vendaron los ojos. Fue preciso, para abreviar, tirarle suavemente del manteo al cura para que se retirara. El pobre señor estaba turbadísimo: le dijo de cerca que rezara el Credo, y luego en voz más alta, alejándose, le anunció que iba a gozar de Dios.. Yo tenía que dar la orden de fuego agitando un pañuelo. Me pasó por la mente la idea de no darla, sublevándome en nombre de Cristo. Pero la fuerza de la disciplina, de que no nos damos cuenta, se impuso. Ello es que sonaron los tiros, y cayó la mujer al suelo, de golpe, sin ruido ni contorsiones, como un vestido, como un colgajo de trapos que cae de una percha..

-¡Horrible.. y estúpido! -exclamó Don Beltrán-. Si tiene usted más hazañas de estas en su hoja de servicios, no me las cuente. Mi pobre corazón viejo no resiste esas emociones ni aun contadas.

-Tres días estuve enfermo, sin poder apartar de mí la mirada de María Griñó, ni aquel modo de caer al (p.4767) suelo, como un vestido que se desprende de un clavo.. El vecindario de Tortosa quiso alborotarse, y tuvimos que contenerle. Los Nacionales trinaban y creían que se habían deshonrado por formar en el cuadro media compañía. Aseguraban que si se les hubiera mandado formar el piquete de fuego, no habrían obedecido.. Desde aquel día es para mí esta guerra una nube de plomo posada sobre mis ojos, como un telón a medio echar. Ni sube, ni baja.. ni veo bien la guerra, ni veo la paz.. No habrá ya paz en la tierra de España. ¿Sabe usted lo que dijo Cabrera cuando supo la muerte de su madre? Mirando a las cumbres que cercan a Valderrobles, dijo que la sangre subiría hasta las cimas más altas. Y va subiendo, va subiendo.. Para no cansar a usted, Sr. Don Beltrán, le diré que mis campañas desde entonces no han sido más que una cacería infatigable. En multitud de encuentros me he visto, todos encarnizados: estuve en las acciones de La Jana y de Toga, al mando de Buil; allí tuvimos la suerte de derrotar al Serrador. En Ulldecona, cuando Iriarte dio una tremenda paliza al Organista y a Llangostera, también tuve la honra de encontrarme. Marchas penosas, hambres y trabajos mil he pasado; peleando sin cesar, no veo que el aspecto de la guerra cambie. Siempre es lo mismo: las ventajas de hoy son el descalabro de mañana. Si una columna vence aquí, otra sucumbe dos leguas más allá. Se les echa de un valle, y aparecen en otro. Creyérase que salen de debajo de las piedras, y que la sangre de tantas víctimas, caliente y rabiosa, aun después de derramada, engendra facciosos en los bosques, en los charcos de los barrancos, en los escombros de las masadas destruidas. Esto no es guerra, digo yo: es un duelo feroz, nunca suspendido. Nogueras conoce el terreno, pero le falta cabeza. Borso tiene intención, pero no domina el suelo. Sin darse de ello cuenta, conduce sus tropas por el camino más largo. No encuentra nunca al cabecilla que busca, sino a otro que le sale inesperadamente por retaguardia, cuando no le salen dos. Así no acabamos nunca. Si no (p.4768) traen un ejército muy grande para ocupar todas las posiciones y pueblos de importancia, a la defensiva, tapándoles los boquetes y pasadizos para sus correrías, matándoles de hambre y provocándoles a que se enzarcen unos con otros, tenemos guerra para un siglo. Yo me doy a pensar en esto, y digo: «¿Por qué combatimos?». Ahondando en el asunto, encuentro que no hay razón para esta carnicería. ¡La Libertad, la Religión!.. ¡Si de una y otra tenemos dosis sobrada! ¿No le parece a usted?.. ¡Los derechos de la Reina, los de D. Carlos! Cuando me pongo a desentrañar la filosofía de esta guerra, no puedo menos de echarme a reír.. y riéndome y pensando, acabo por convencerme de que todos estamos locos. ¿Cree usted que a Cabrera le importan algo los derechos de Su Majestad varón? ¿Y a los de acá los derechos de Su Majestad hembra?.. Creo que se lucha por la dominación, y nada más, por el mando, por el mangoneo, por ver quién reparte el pedazo de pan, el puñado de garbanzos y el medio vaso de vino que corresponde a cada español.. ¿No opina usted lo mismo?

-Lo mismo, querido Estercuel, lo mismo. Es usted un sabio. ¡Tan joven, y ya profundiza!

 

Ep-25-VIII -

En esto llegaban al término de la extensísima olmeda, de donde a los ojos se ofrecía un hermoso espectáculo: la cascada que forma el río Alto al precipitarse en el Guadalope. Cerros enhiestos formaban el marco de tan bello paisaje, que D. Beltrán pudo gozar, porque despejada la niebla, daba el sol relieve y colorido a todos los objetos.

«Si es este el lugar que esa sierva de Dios ha elegido para sus penitencias -dijo el anciano-, a fe mía que ha tenido buen gusto.

-En aquella casucha que ve usted junto a dos peñas muy grandes, sombreada por una encina que parece partida por un rayo, moraba estos días la que llamaré ermitaña trashumante.

Aunque no estaba seguro D. Beltrán de ver lo que su amigo le indicaba, allá se encaminó a buen paso; y antes de llegar al sitio designado, vieron que hacia ellos venían dos vejetes con trazas de pastores, por sus vestiduras de pieles más parecidos a (p.4769) osos que a personas, uno de los cuales, al llegar a donde pudo ser oído, les dijo: «Si van en busca de la maestra, vuélvanse, que no la encontrarán.

-¿Pues dónde ha ido mi señora y capellana? -preguntole Estercuel, sospechando que no le decía la verdad.

-¡Por vida de..! -exclamó Urdaneta, golpeando airado el suelo con su bastón-. No creí que la buena estrella que me guía en este viaje se eclipsara tan pronto. ¿Sabéis, buenos amigos, si ha ido muy lejos? Porque si supiera que no estaba distante, iría en su busca, que con mis setenta y tantos años, no me arredran un par de leguas.

-Ayer de mañana -dijo el viejo-, fue a la Ginebrosa con mi sobrino, y nos mandó que por hoy al mediodía la esperáramos en Castellseras, para ir juntos a donde ella disponga.

-Entre paréntesis: ¿sabéis si vive y dónde está Francisquín Luco, hermano de Marcela?

-Vive, gracias a Dios.. pero del paradero no le diré, señor -replicó el anciano receloso, después de pensar lo que decía-. No sé..

-Sí sabes, tunante; pero no quieres decirlo. ¿No estaba gravemente enfermo? ¿No le asistía su hermana?

-Así parece, señor..

-Está bien.. Por ventura, ¿no tendríais en vuestra covacha algo de comer? Porque con el fresco de la mañana y el paseo me siento un tanto desfallecido.

-Cuando les vimos venir estábamos cortando el pan para hacer unas pobres migas. Si los señores quieren participar de esta humildad, el gusto será nuestro, y la penitencia de los señores.

-Discreto eres.. Ea, preparad esas migas con prontitud, y allá va con vosotros mi criado para que nos avise cuándo podemos ir a matar el hambre».

Al quedarse solos D. Beltrán y Estercuel, sentaditos en una piedra, dijo el militar al prócer: «Se me había olvidado informar a usted de lo que en el país se cuenta de las idas y venidas de la monja suelta, y de la prontitud, al modo teatral, con que aparece y se oculta, sin que nadie pueda saber de dónde viene ni por dónde se escabulle. Es una conseja, y a título de tal se lo cuento, advirtiéndole que esta guerra ha resucitado en el país la Edad Media, tan bien (p.4770) acomodada a su naturaleza bravía, a la rudeza de sus habitantes y a la muchedumbre de castillos, monasterios y santuarios que por todas partes se ven.

-Ya había pensado yo eso de que por ensalmos nos encontramos en siglo de feudalismo. Cuente, cuente pronto esa leyendita, que quizás no lo sea.

-Pues se dice, y hay quien lo jura, que el padre de esta señora ermitaña o peregrina era hombre muy rico.

-¿Y a eso llama usted conseja? Puedo dar fe de las propiedades que poseía Juan Luco, las cuales fueron mías..

-Y a más de la propiedad, dicen que poseía grandes cantidades de dinero metálico..

-Naturalmente: era hombre que apenas gastaba el tercio de sus rentas.. ¿Y qué más?

-Que antes de lanzarse a pelear por Isabel, Juan Luco puso en un lugar seguro una olla de onzas..

-Precaución muy acertada..

-Y en otro lugar seguro, a bastantes leguas del primer sitio, otra olla de onzas.

-Tenía propiedades en Rubielos..

-Y en Valderrobles, y en Calanda, y en Morella.. sus hijos hicieron lo propio. El primogénito sepultaba ollas en este monte, y el segundo en aquel barranco.. De modo, señor mío, que por todas estas tierras y por parte de las del Maestrazgo, están esparcidas las riquezas de Luco.

-Pues, amigo mío -dijo D. Beltrán grandemente excitado, levantándose y haciendo rápidos molinetes con su bastón-, no veo la conseja.. no veo más que un caso muy natural, la pura lógica, señor mío, el puro sentido común.

-Ollas en los montes de Gúdar, ollas en el desfiladero de Vallivana, ollas en Mosqueruela, ollas en Beceite, ollas en Calanda, en Peñagolosa.. y quién sabe si aquí mismo, bajo nuestros pies, habrá un puñadito de oro..

-Hijo, podrán ser más, podrán ser menos -dijo D. Beltrán con grande animación, iluminado el rostro, brillantes los ojos, revelando una credulidad infantil-. El número de ollas no lo sé.. pero que las hay.. ¡ah! lo creo y lo creo, como si las hubiera enterrado yo mismo.. Y no me contradiga usted, porque cuando afirmo verdades como esta, no es prudente contradecirme..

-No, si no me parece absurdo.. Pero falta lo mejor de la (p.4771) conseja. Dice el pueblo, y cuando el pueblo lo dice es porque lo cree como el Evangelio, que esta señora monja ha tomado ese empaque ermitañesco y peregrino para recorrer y vigilar los lugares donde yacen escondidas las preciosas tinajas.. Sin duda conoce los sitios por inspiración del cielo, o por topografías milagrosas que le ha comunicado el Espíritu Santo..

-No se burle usted, amigo mío, que estas cosas no son para tratadas con genio maleante.. Y le advierto que me desagrada oír chanzas aplicadas a cosas y objetos de la mayor seriedad.

-Serio, profundamente serio es cuanto digo, si aceptamos la ficción de hallarnos en plena Edad Media. Prepárese usted, si persiste en penetrar en el país, a ver milagros y hazañas, casos inauditos de santidad o sortilegio, brujas, duendes, apariciones; subterráneos que empiezan en un castillo y acaban en un monasterio a siete leguas de distancia; verá usted hombres feroces, hombres heroicos, mujeres endemoniadas o angelicadas; verá usted, en fin, a la hermosa y andante Marcela, con aliento guerrero y olorcillo de santidad, corriendo por montes y barrancos para tomar nota de las mil y quinientas ollas de Luco, y trasladar a lugar seguro y profundísimo las que fueron escondidas a flor de tierra en parajes muy transitados; prepárese usted a ver todo esto, y si algo descubriese contante y sonante, avise, Sr. D. Beltrán, que no ha de faltarle un buen amigo que, armado de pala y azadón, le preste ayuda.

-¡Tunante! -dijo el anciano, que gozoso se lanzaba a la confianza paternal-, si tuviera usted la suerte de encontrar uno de esos nidos, ya sé que le faltaría tiempo para ponerlo a un maldito caballo, o a un as indecente.. No quiero dejar pasar esta ocasión sin echarle un réspice.. mi ancianidad me da derecho a ello.. Yo te vi a usted anoche encenagado en el feo vicio. Paréceme que era usted el que tallaba..

-Sí, señor, por mi desgracia. No sé si advertiría usted que me desplumaron.

-Tanto como eso no reparé.. Y ¿qué tal? ¿Eran atrevidos aquellos puntos? ¿Se traían alguna martingala?.. Sea lo que quiera, un joven de sus (p.4772) méritos no debe dejarse dominar por la pasión del azar.. Todo el dinero que caiga en sus manos guárdelo usted, hijo, guárdelo para sus necesidades de mañana. Piense en la vejez, que si en todo caso es triste y desabrida, sin dinero es suplicio grande. Pero, si no me engaño, oigo la voz de Tomé que nos llama, señal de que esas benditas migas nos esperan».

No tardaron en llegar a la choza; y tan grande apetito se le había despertado al buen señor por causa de la frescura matinal, del paseíto, o quizás por la risueña visión de las ollas auríferas, que empezó a tragar migas, todavía calientes, a riesgo de abrasarse el gaznate; y comiendo decía: «Pues de tal modo me interesa avistarme hoy mismo con la venerable madre Marcela, para tratar con ella de un grave punto de religión, que si estos señores van en su busca, les acompaño.. No, no puedo detenerme.. No trate usted de disuadirme, amigo Estercuel. Ni a mí ni a mi criado nos arredran ladrones ni carlistas. Si usted los teme, vuélvase tranquilo a Alcañiz.

-No por miedo, Sr. D. Beltrán, sino porque mis deberes militares al pueblo me llaman, me veo precisado a dejarle partir solo.

-¡Ah! la obligación es antes que la devoción. El buen militar no se pertenece.. Pues iré con Tomé y estos ancianitos. ¿Qué distancia me ha dicho? ¿Legua y media? A pie mejor que a caballo. Me conviene un poco de ejercicio.. sí.. Aún tengo bríos para andar largo trecho. Si he de decir la verdad, me siento.. así como rejuvenecido.. Sin duda es el aire de esta tierra, no sé qué gozo del ánimo.. Hasta parece que veo mejor.. Sí, sí.. distingo perfectamente las pieles de estos hombres, la sartén, todo.. No hay duda, no hay duda: veo mejor, amigo Estercuel.. Y apostaría que, después de un paseo de dos leguas, se me aclarará la vista notablemente.. ¿Y qué tal?, ¿Se conserva bien la hermana Marcela? No la he visto desde que era muy niña..».

Atacado de una locuacidad que no podía contener, enjaretaba cláusulas sin el debido enlace entre unas y otras. Como los ancianos no decían una palabra ni comían, pidioles cuenta D. Beltrán así de su silencio (p.4773) como de su falta de apetito, y el uno de ellos respondió que delante de tan gran señor no era decente que ellos, infelices mendigos, hablasen ni comiesen. Replicó a esto el afable aristócrata, que ante Dios, Padre común del género humano, todos los hombres eran iguales, y que, pues allí les reunía el acaso, no se acordasen de vanas categorías. Si ellos eran pastores, ¿qué oficio y estado superaba en nobleza y antigüedad al de conducir rebaños? Pastores fueron los patriarcas en aquel pueblo que Dios llamó suyo; pastores fueron los primeros que adoraron y reconocieron al Redentor del Mundo en Belén, y este había representado su misión debajo del simbolismo de un pastor del gran rebaño de la Humanidad. A esto replicaron los vejetes que no eran ellos pastores, y que usaban aquellos pellejos, y los peales y zurrón por ser el traje más adecuado a la frialdad del tiempo y a la fragosidad del país.

«¿Pues qué sois? -dijo el prócer, suspenso, preparándose a probar de un queso que le ofrecían.

-Nuestro oficio es el de sepultureros; sólo que ya hemos dejado aquel empleo tan humilde por acompañar y seguir a la divina Marcela.

-¡Hombre, hombre.. sepultureros, enterradores! -exclamó Urdaneta con asombro-. Pues también es ocupación noble, antiquísima como el mundo, pues desde que hubo vida, hubo muerte. Y oficio santo además, que en él se cifra una de las obras de Misericordia. Muy bien, muy bien, pobrecitos. Me agrada vuestra compañía. Enterrar los muertos es noble misión. Dios manda que, después de recoger Él el alma, se dé a la tierra lo que le pertenece. ¿Y quién sabe si revivirá algo de lo que habéis soterrado? No todo lo que entra en la tumba es muerte. La fosa recoge también la vida, para sustraerla a la codicia y al latrocinio.. Y difuntos aparentes habréis sepultado, que volverán a la vida y.. Pero de estas filosofías no entendéis vosotros.. Y dime otra cosa: desde que os encontré, tú solo hablas. ¿Por qué no hemos oído la palabra de tu compañero?

-Porque se le traba la lengua, y no quiere que le oigan..

-Es tartamudo.. mudo quizás. Ya sabe (p.4774) Marcela lo que hace, rodeándose de hombres callados, silenciosos, y cuando no, discretos como tú.. Pero no perdamos más tiempo y pongámonos en camino.

Levantose ágil, sin esfuerzo, con sorpresa de todos, y emprendieron la bajada al camino, al llegar a este se despidió del amable militar, que deseándole un regreso pronto y feliz, le dijo: «Ya ve el Sr. D. Beltrán cómo va resultando lo que anuncié. Edad Media, pura Edad Media.. Supongo que le veremos esta noche por Alcañiz, y ya nos contará, ya nos contará.. Quiera Dios que no tenga un mal encuentro.. Es posible que pueda ir y volver felizmente, porque no hay noticias de que ahora anden por aquí partidas. Abur. A Sor Marcela le da usted expresiones de mi parte, y que se deje ver.. De buena gana me ajustaría yo en su cuadrilla de sepultureros, si supiera que tocaban a desenterrar.. lo que usted sabe. Adiós».

Internándose a buen paso en la olmeda que conduce a la ciudad, decía para su sayo el bueno de Estercuel: «El pobre señor, reverdecido en la niñez, está ya en su elemento: la conseja».

 

Ep-25-IX -

Anduvo larguísimo trecho D. Beltrán por la margen izquierda del Guadalope, sin encontrar alma viviente, pues los caseríos estaban desamparados, los ganados dispersos, hombres y animales del campo huídos; y tan presuroso iba por el estímulo de su deseo, que al llegar a las primeras casas de una aldea desierta, que debía de ser Castellseras, faltáronle súbitamente al anciano los alientos, y dejándose caer en un montón de tierra, cercano a un edificio en ruinas, dijo a sus acompañantes: «Amigos míos, la costumbre de andar en coche y a caballo ha quitado vigor a mis piernas para la marcha peonil. Vosotros andáis sin fatigaros muchas leguas, yo no puedo. Me rindo, me entrego, y pues ya no estamos lejos del punto en que os habíais citado con la maestra, os ruego que os adelantéis y le digáis que la espero aquí. Recordad bien mi nombre: D. Beltrán de Urdaneta.. el grande amigo y en otro tiempo protector de su padre..».

Obedecieron sin chistar los dos viejos, y D. Beltrán se (p.4775) quedó solo con su criado Tomé, el cual no hacía más que mirar a los cerros cercanos, pues en todos veía fusiles y boinas su medrosa fantasía. Por indicación suya, se pusieron al abrigo y sombra de aquellas derrumbadas paredes, de donde vigilarían quién viniera, y podrían esconderse si alguien se acercaba con malas intenciones. Allí se aguantaron como unas dos horas, y ya se impacientaba Urdaneta, cuando Tomé, encaramado en lo más alto, avisó la presencia de cuatro personas por el camino que habían seguido los viejos al partir.

«¿Ves a los enterradores? -preguntó Don Beltrán ansioso-. ¿Viene con ellos una señora vestida de monja o penitente?

-A los dos abuelicos les veo -dijo Tomé cuando las cuatro figuras se aproximaron-; pero no viene ninguna monja, sino dos chicarrones, uno de ellos con sotana.

-¿Estás bien seguro del sexo?

-¿Qué dice, señor? Si llama sexo a lo de distinguir de machos y hembras, apuesto lo que quiera a que los cuatro son hombres naturales, aunque al uno no le veo piernas por bajo, y por arriba le veo melenicas como las de una imagen.

-¿Luego viene uno con faldas?

-Mas no son faldas ni andares de mujer, sino al modo de las túnicas de los santos, que siempre usaban sayos o camisones».

Y cuando ya cerca estaban, y amo y criado salían de las ruinas para recibirles, gritaba Tomé: «Señor, señor, déjeme que me santigüe, pues esto no es cosa buena. El de los pelos largos y caídos es un muchacho amujerado, o mujer hombruna. No he visto otra..

-Cállate, simple, y ponte a un lado, que ya veo los bultos, y me adelanto a saludar a Marcela».

Del grupo que venía, se adelantó una figura híbrida, tal y como Tomé la había descrito, para mozuelo, de regular talla, para mujer, de elevada estatura, con gallarda medida y proporción. Era el rostro moreno, tan tostado del sol que semejaba al de una efigie secular, cuyo barniz el tiempo ha obscurecido dándole una dulce pátina con vislumbre sienoso. Los ojos grandes, negros y de profundo mirar, parecían de hombre; de la nariz para abajo representaba cara fina y (p.4776) graciosa de hembra, con hoyuelos en la barbilla, y un poco de vello sobre el labio superior. El cabello caía en guedejas que parecían plumas de un gallo negro, y le llegaba hasta mitad del pescuezo, no menos tostado que el rostro, partiéndose en la frente en dos ramales espesos, ásperos, que a veces nublaban los ojos. Era el cuerpo de rara perfección, más de hombre que de mujer, pues no se le notaba elevación del seno, el cual era poco más alto que el de un mocetón de anatomía lozana; bien sentidas la cintura y cadera, sin ofrecer curvas muy acentuadas; el pie desnudo, de color de antigua caoba, de mediano tamaño tirando a grande, y admirable forma. El sayal que vestía, de parda estameña, remedaba un hábito franciscano de varón; pero sin cuello ni capucha, sencillísimo en su traza y corte, ceñido a la cintura por una cuerda. Llevaba el rosario en un bolsillo interior del hábito, que se manifestaba en una abertura vertical al costado derecho, por donde asomaba la cruz de bronce. Mayor bulto que el de un rosario se veía por aquella parte; señal de que guardaba otros objetos, pañuelos quizás, o sabe Dios qué. La voz, que hirió con sonoro timbre los oídos de Don Beltrán en el primer saludo, era como de muchachón tierno, engrosada por la constante vida al aire libre en país tan frío.

«Aunque estos pobrecitos -dijo Marcela- equivocaron el nombre.. Don Jordán de la Beltraneta, ya comprendía, señor, ya comprendí que era usted.. el que me hacía el honor de venir en mi busca..

-El honor es mío -replicó D. Beltrán descubriéndose y besándole la mano-, y me considero feliz de ver en opinión de santa a la que conocí muy niña.. Ya, ya se anunciaba en ti la mujer superior, extraordinaria, eminente..

-Mi padre le apreciaba a usted de veras -dijo Marcela, cortando el elogio-. Diez días antes de morir, estuvo a verme, y hablamos largamente del Sr. D. Beltrán..

-Siempre tuve a Luco -afirmó el prócer, gozoso de lo que la ermitaña relataba-, por uno de mis mejores amigos. De cuantas personas he tratado en mi larga vida, Juan fue la única en quien vi siempre la (p.4777) flor de la gratitud.. Sabrás que a mi protección decidida debía tu padre los adelantos de su fortuna.

-Lo sé.. y a gala tenía el recordarlo.. A mis hermanos y a mí, cuando éramos niños, nos enseñó a pronunciar con el mayor respeto el nombre para él sagrado de Urdaneta.. Pero si el señor gusta de que hablemos, no piense en volverse hoy a Alcañiz, y véngase conmigo despacito hacia Calanda, que allí tengo un alojamiento regular, y podré darle algo de comer, siempre dentro de la suma pobreza».

Tan grata impresión habían hecho en el viejo las primeras palabras de la santa mujer, que a todo se prestó gozoso, diciendo: «Vamos a donde tú quieras, hija mía, y no creas que me asusta la pobreza, pues he llegado a una situación en que mi gloria es confundirme con los humildes.

-Vivimos en el reino de la desventura -dijo la ermitaña con austeridad-. El azote de Dios nos ha reducido a todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, a las extremidades de la miseria, y a no contemplar más que espectáculos de tristeza y dolor. El Señor nos ha castigado, nos somete a prueba durísima, desatando a la Muerte para que a ninguno perdone. Convenzámonos de que sólo breves instantes nos faltan para morir, que no hemos muerto ya por cansancio de la misma Muerte, la cual apenas tiene aliento para cortar tantas vidas, y preparémonos..

-¡Oh! sí, bien preparado estoy para cuando el Señor lo disponga..

-Y en tanto, fortifiquemos nuestras almas con la paciencia, con el gusto de las adversidades, y celebremos las miserias y trabajos que Dios nos envía.

-Sí, hija mía, sí.. celebrémoslo.. ya lo creo que debemos celebrarlo..

-'Que los trabajos bien recibidos y padecidos son, no sólo útiles y provechosos, sino gustosos y sabrosos..'. Esto lo dijo Nicéforo, famoso historiador de la Iglesia, y añade que 'son las adversidades satisfactorias por los pecados, y que los trabajos nos son útiles por la fortaleza que con ellos se gana'. Tengamos fortaleza, Sr. D. Beltrán, esta soberana virtud con que se vencen y encadenan todos los males.

-Sí, hija mía, sí -murmuraba D. (p.4778) Beltrán-: seamos fuertes; yo busco la fortaleza.

-Dice el bienaventurado San Juan Crisóstomo que 'aunque los trabajos no tuvieran otro bien sino el que el hombre recibe con su paz y quietud cuando le faltan, fueran de muy grande codicia'.

-Paz y quietud anhelo yo, hija mía, y por Cristo, que a mis años, después de tantas luchas y fatigas, bien merezco el reposo. Y bien podría el Señor concedérmelo en premio de la valentía con que me lanzo por estos caminos infestados de facciosos. Cierto que cuando Dios nos manda trabajos y adversidades, ya se sabrá por qué lo hace; pero yo te digo ahora, con perdón de San Nicéforo y San Crisóstomo, que maldita gracia me hará que nos salga una partida carlista y nos deje en cueros, o nos apalee o nos fusile..

-El verdadero cristiano -dijo la beata peregrina con acento firme, sin afectación-, no sólo no teme la muerte, sino que la desea. Cuenta Eusebio en sus Anales que, 'hallándose los mártires presos, se alegraban creyendo habían de ser los primeros que sacasen a martirizar, y cuando no lo eran, quedaban desconsolados'.

-Pues perdóneme el señor Eusebio..

-Y testifica San Jerónimo que el bienaventurado mártir San Ignacio escribía a Siria desde Roma, poco antes de su martirio: 'Plegue a Dios dejarme gozar de las bestias que me esperan, las cuales ruego a Dios no sean perezosas en acabarme..'. Donde dice bestias ponga usted facciosos, y digamos: 'Que vengan cuando quieran y nos despedacen'.

-Todo eso es muy bonito para dicho; pero como no soy santo, quiero guardar de ésos los pocos días que me restan».

Si en los comienzos del diálogo le encantaba a Urdaneta la firmeza de convicciones de la peregrina y el severo estilo con que la manifestaba, en cuanto empezó a largar citas se le hizo un poquito indigesta tanta sabiduría. Preguntole que cómo podía repetir sin equivocarse tantos textos de sagradas escrituras, y ella lo explicó por su prodigiosa retentiva.. Lo que una vez leía, no se le olvidaba nunca, y su mente era una copiosa biblioteca, que usaba sin compulsar libros. Por todo el camino (p.4779) fue soltando citas de Santos Padres y de Aristóteles y Cicerón; que también éranle familiares los filósofos profanos; y ya un tanto mareado D. Beltrán con aquella erudición fastidiosa, diputó a Marcela por un papagayo con más memoria que discernimiento. Aún era muy pronto, dice el narrador, para formar juicio tan terminante.

Al caer de la tarde, llegaron a un barrio de Catanda, y metiéronse en una casa mísera, donde había tres mujeres. Ningún hombre se veía en todo el lugarejo ni en sus contornos. Impaciente por hablar largo y tendido con la santa, hizo propósito D. Beltrán de plantear el magno asunto en cuanto despacharan la frugal cena de alubias, habas secas, y algunos huevos con que fue regalado el huésped. Como si le leyese en el rostro los pensamientos, Marcela se apartó con él a un rincón de la estancia donde comieron, que era un establo de cabras, sin cabras, y le dijo:

«Sr. D. Beltrán, antes que empiece yo mis rezos y ejercicios de la noche, y antes que usted se acueste.. que para su nobleza se prepara en esta humildad un mediano lecho.. quiero que me diga la razón de venir a buscarme.

-Precisamente, ya se me hacía tarde el hablarte de ello, hija mía. Bien comprenderás que si a los riesgos de este viaje expongo mi ancianidad, es porque me lo exige mi decoro, el honor de mi nombre.

-Fuertes razones habrá sin duda. Recordando lo que del Sr. D. Beltrán me dijo mi padre días antes de morir, lo que después oí a mis hermanos, y agregando lo que yo con mi pobre entendimiento adivino, creo conocer los motivos que acá le traen.

-Si lo has adivinado, me libras del enojo de decírtelo, que nunca es grato en un hombre de mi condición declarar sus necesidades. Pero algo debo referirte como antecedente necesario, y es el hecho de las desavenencias graves con mi familia, y mi resolución de abandonar la casa de Idiáquez para no volver más a ella.

-También sé algo de esto -indicó la monja con un dejo de severidad-, y creo que no es toda la culpa de su familia, que buena parte de esa culpa debe recaer sobre usted.

- (p.4780) Puede.. sí.. no digo que no.. -murmuró desconcertado el aristócrata.

-Porque las opiniones están conformes en que ha sido usted un pródigo incorregible.. Ha derramado su caudal, y ahora se encuentra escaso y pobre. Effusus es sicut aqua; non cresces. «Derramado has como agua, y ahora no creces, no tienes», como Jacob dijo a su hijo Rubén.

-Sí, es cierto.. sí.. Pero yo, por mi condición generosa y mis hábitos de gran señor, desprecié siempre las cosas menudas, pequeñas..

-¡Ah! señor mío. El Eclesiástico lo ha dicho: qui spernit modica, paulatim decidet. ¿Lo entiende usted?

-Hija mía, se me ha olvidado el poco latín que aprendí en mi niñez. Háblame castellano. En castellano neto te digo yo que si es cierto que con mi conducta he creado mis daños, ya no estoy en edad de corregirme.

-Bueno, señor. Pues mi padre..

-Tu padre era, el primer año del siglo, un triste labrador que llevaba en arrendamiento algunas de mis tierras de Rubielos. Gran trabajador, gran economizador, el año 6 y 7 quiso comprarme las piezas de Alventosa y el prado grande de Alcalá de la Selva. Aunque otros compradores me ofrecían mayores ventajas, preferí a Luco, atento a su honradez y puntualidad.. Además, siempre me ha gustado dar la mano al pobre. Quedose tu padre con aquellas tierras, luego con otras, y me pagaba cuando quería, a su comodidad y desahogo. ¿Es esto cierto?

-Usted lo ha dicho.

-Siempre se mostró tu padre agradecido, y andando los años recibí pruebas de la estimación en que me tenía.

-Y jamás le apremió usted por los pagos; lo sé.

-Ni le cobré intereses por las demoras. Al fin, todo fue suyo; todo no: quedábanme el monte de Mosqueruela y la encomienda de Forniche Bajo. El 22, hallándose ya Luco en gran prosperidad, por las buenas cosechas y el gran incremento que tomó el comercio de lanas, propúsele yo que me comprase la Mosqueruela para que redondeara sus estados, y accedió a ello, abonándome, desde aquella fecha hasta el 30, los plazos en que estipulamos la venta. El año 33, hallándome (p.4781) yo algo escaso de fondos, y necesitando reunir una cantidad para atenciones ineludibles, pedí a Luco dos mil duros, que me mandó al instante. Le cedí las rentas de la Encomienda por todo el tiempo que fuese preciso hasta la extinción de la deuda, y al año siguiente le propuse que me comprase también esta finca por la valoración que estimara justa. Todo se hizo conforme a la voluntad de tu padre, pues ni yo regateaba con un hombre de tanta rectitud y conciencia, ni me hallaba en aquellos días, por el aturdimiento que me causaban mis afanes, en disposición de apreciar mil duros más o menos en mis negocios. Siempre he sido lo mismo. Pasó tiempo; y hace unos meses, hallándome yo en Villarcayo, recibo una carta de tu padre en que me decía: «Sé, mi noble señor, que por ruindad de los tiempos y caídas de grandezas humanas, se halla Vuecencia en escasez de posibles. Si con el caudal no ha perdido la memoria, recuerde que está en el mundo Juan Luco, y no olvide que Juan Luco no consentirá jamás que padezca necesidades el primer caballero de Aragón».

-Así es -dijo la venerable, afirmando además con una fuerte cabezada.

-Y hay más, hay más, mi bendita señora -dijo D. Beltrán, animándose con el buen giro que, a su parecer, llevaba el asunto-. En la misma carta decía: «Recuerde también el señor, y medite y repare que lo de la Encomienda fue más ventajoso para un servidor que para usía; y pues Juan Luco ha sido siempre hombre de conciencia, hoy, ante la verdad clara de sus adelantos de fortuna, quiere serlo en mayor grado, y más que condenarse por egoísta, le gustará salvarse por generoso. Dígame, pues, el señor lo que necesita, y no será él tan presuroso en decírmelo como yo en acudir a su alivio y remedio..». Esto decía; y si lo dudas, angélica mujer, aquí tengo la carta..

-No, no ha de mostrármela, señor, pues lo que me dijo pocos días antes de morir mi honrado padre es en todo conforme con el tenor de su carta».

 

Ep-25-X -

Echó D. Beltrán de su pecho, al oír tan consoladoras palabras, un (p.4782) suspiro muy grande, con el cual pareció que se descargaba de la pesadumbre de sus desdichas. Miró a la santa mujer, que al suelo inclinaba sus ojos sin expresar nada inteligible en su rostro de imagen. Pasado un ratito, la penitente miró al anciano, diciéndole: «Hora es ya de que descanse, señor. Por lo que hemos hablado, bien se ve que sus deseos son recoger ahora lo que le ofreció mi buen padre, cosa en verdad fácil en mi voluntad, pero dificultosa en la de Dios, que es quien dispone las cosas.. No puedo darle tan pronto respuesta terminante, pues ello ha de ser muy pensado.. Recójase ya, duerma tranquilo, y persuádase de que, puesto su negocio en mis manos, de la hija de Juan Luco no ha de recibir usted ningún mal, sino todos los bienes posibles..».

Aunque estas vaguedades no satisfacían por entero las aspiraciones de Urdaneta, que quería solución clara y pronta, fuese el hombre al camastro esperanzado de lograr sus deseos, y confiando en la rectitud de la piadosa mujer. Pasó la noche intranquilo, febril, y en los breves ratos de sueño creíase transportado a subterráneos de castillos o criptas de iglesias, donde entre tumbas aparecían ánforas llenas de plata y oro. Despabilado desde el alba, llamó a su criado para que le vistiera, y Tomé se apresuró a comunicarle lo que pensaba de la monja y de su compañía. «Señor, debe de ser santa, porque la vi de rodillas más de cuatro horas, y a ratos echábase de cara contra el suelo, y parecía que lloraba con ansias y congojas.. Las otras dos mujeres también rezaban, aunque con menos figuraciones; para mí son, como ella, monjas desperdigadas y salidas.. Yo no pude dormir del frío que hacía en aquella cuadra, y viendo tanto rezar, me puse a hacer lo mesmo.. Los viejos y el muchacho, arrimaicos a la pared roncaban como tocinos».

Algo más hablaron, comunicándose uno a otro sus impresiones. Sirvieron a D. Beltrán las mujeres, muy de mañana unas sopas que le supieron a gloria; y mientras las comía, díjole Marcela que habían de ponerse en camino inmediatamente, (p.4783) tomando ella con los viejos la vuelta de Alcañiz, por el vado de Torrevelilla, pues tenían que hacer en la Codoñera. Irían juntos, y por el camino sabría D. Beltrán lo que ella durante la noche había pensado del asunto que al señor tanto interesaba. Para resolverlo del modo más equitativo había pedido luces a la Divina Ciencia, recogiendo su espíritu en oración muy fervorosa, a fin de que Dios la iluminase en el fallo que tenía que dar sobre cosas temporales. Ya empezaba el caballero a inquietarse con estos requilorios, y se dispuso a seguir a la santa, ansioso de escuchar pronto su resolución o sentencia.

Salieron por un caminejo de herradura en busca del Guadalope, que por aquella parte corre encajonado entre cerros de mediana elevación. Marcela echó por delante a Tomé y a los dos viejos sepultureros, y abordó con D. Beltrán el magno asunto: «Ante todo, hija mía -le preguntó el prócer-, ¿por qué tus viejos, a quienes no sé si llamas discípulos o hermanos, llevan el uno una pala y el otro un azadón?

-Se han impuesto por penitencia dar sepultura a todos los muertos que dejan tras de sí, en sus horribles batallas, liberales y absolutos. Por mi cuenta han enterrado ya como tres centenares de cristianos sacrificados a la ambición de los poderosos del mundo.

-Dios les reciba en su santo seno.. Pues satisfecha esta curiosidad, dime ahora si debo esperar que des cumplimiento a la voluntad de tu padre con respecto a mí; voluntad bien manifiesta..».

Con el estilo severo y elegante, aunque algo duro, que en la lectura de autores místicos se había asimilado, interpolando a cada instante citas de Santos Padres, o de Aristóteles, Longinos, Teofrasto Paracelso y otros sabios, como si con la erudición quisiera dilatar la sentencia, Marcela manifestó a D. Beltrán que ella y su hermano Francisco ignoraban dónde yacían soterrados los dineros que Juan Luco poseía en sus últimos años, salvo una pequeña parte, cuyo paradero, por declaración de su difunto hermano Cinto, conocían; que si lograban descubrirlo y asegurarlo todo, cosa en (p.4784) extremo difícil en medio de guerra tan desaforada, lo destinarían a una obra de gran piedad, como desagravio al Señor por las iniquidades que las dos catervas de combatientes cometían. Ambos hermanos estimaban, en su acendrada fe, que dar tal destino a las riquezas de su buen padre sería muy grato al alma de este, ya se hallara purgando sus pecados en el fuego del Purgatorio, ya estuviese gozando de Dios, purificada y limpia por su martirio. Francisco Luco, el menor de los tres hermanos varones, había hecho en Huesca sus estudios eclesiásticos y disponíase a recibir las sagradas órdenes, cuando el maldito clarín de guerra, hiriendo sus oídos y despertando en él ideas de bandería política y militar soberbia, le indujo a tomar parte por Isabel en la querella. Breves y no felices habían sido sus hazañas. En Liria fue verdadero milagro que no le fusilaran. Dolorosos meses de cautiverio pasó en Cantavieja. Libre al fin, al tomar la plaza el General San Miguel, volvió a sus anhelos pacíficos y religiosos, horrorizado de la guerra y de sus desmanes. Ante su hermana, y cuando esta le asistía en la penosísima enfermedad contraída en el cautiverio, hizo voto solemne de consagrar a Dios su vida, su alma y sus pensamientos todos, sin esperar a ponerlo por obra más que el tiempo que se tardase en preparar las cosas materiales para tal objeto..

«Según eso -dijo D. Beltrán, a quien con tales santidades se le había puesto un nudo en el tragadero, sin poder pasarlo para arriba ni para abajo-, tu hermano entra en religión.. cantará misa, profesará en alguna Orden. ¿Dónde está? Yo quiero verle.

-Espérese usted.. Francisco abrazará la vida religiosa; pero antes de abandonar el siglo, tratará de descubrir y reconocer dónde se hallan los bienes en especie que padre trató de sustraer a manos rapaces. Y con decir yo esto, y usted con oírlo, queda manifestado, y por usted comprendido, que hemos de destinar íntegro todo el caudal a una fundación santa para religiosos de la Orden que abrace mi hermano, y a restaurar mi glorioso convento de (p.4785) Sigena.

-Sí, hija mía, sí.. comprendido. Pero dime: tu hermano, ¿dónde está?

-Hállase actualmente no muy lejos de nosotros, atento a lo que a él y a mí tanto nos importa; mas para poder efectuar sus pesquisas en materia tan delicada, ha sido menester que se agregase a una columna cristina, so color de prestar en ella servicio hospitalario, que otro servicio más guerrero no podría, por causa del grave detrimento de su naturaleza..

-No dudo -dijo D. Beltrán, cuya vista se nublaba, como si su pena fuera una obscurísima visera que le caía sobre los ojos-, que si yo hablara con Francisco Luco en tu presencia, ambos me darían prueba inequívoca de su piedad y rectitud declarándome poseedor de aquello que vuestro padre determinó que había de ser mío.

-Si he de hablar al Sr. de Urdaneta con la plenitud de verdad que se desborda de mi corazón -dijo la monja endulzando la voz-, le manifestaré que me parece impropio de sus años ese insano apetito de las riquezas. En la declinación de la vida, y cuando Dios ha decretado ya para usted el acabamiento de todas las vanidades, ¿para qué quiere lo que no puede disfrutar, ni tiempo tiene para ello?

-Hija mía, es que..

-Padre y señor mío, la verdad sale de mis labios sin que mi respeto pueda contenerla. Debiera usted despreciar las riquezas, y alegrarse de haberlas perdido, renegar de que quieran dárselas.. y apartarlas de sí como se aparta la podredumbre pestilente.. Sí, D. Beltrán. Le recordaré, por si lo ha olvidado, lo que dijo San Pablo a los hebreos: 'Con alegría recibisteis el robo que os hicieron de vuestros bienes'. Sí, sí, noble señor: alégrese de que le hayan despojado de sus tesoros, y no ansíe volver a poseerlos..

-Pero..».

No siguió el desgraciado anciano por que tanto se le apretaba el nudo en su gaznate, que no pudo articular palabra.

«Llénese, señor -continuó la santa con inspirado acento-, llénese de aquella virtud de la paciencia, que todas las demás virtudes compendia y resume; ame la pobreza, bendiga el no tener..

-¡Pero.. hija mía.. -pudo decir al fin D. Beltrán-, si a paciencia nadie me gana!.. Verás.. (p.4786) Yo..

-Tertuliano dijo: 'Donde Dios se halla, allí está con Él su amiga la paciencia'.

-Estamos conformes.. Tertuliano y yo..

-Y no olvide, Sr. D. Beltrán, que la Divina Sabiduría dice en los Proverbios: O viri, ad vos clamito, et vox mea ad filios hominum.. Mecum sunt divitiae.. fíjese D. Beltrán.. mecum sunt divitiae, et gloria, opes superbae, et justitia.

-¡Oh, la mère latiniste!.. Je n'aime pas les gens qu'a tout propos crachent du grec et du latin.

-Señor D. Beltrán, yo no sé francés.

-Señora Doña Marcela, yo no sé latín. Hablemos en la lengua común.

-Pues en ella digo a usted que ya estamos en el Guadalope, y que callemos ahora, pues juntamente con Tomé y con los ancianos que allí nos esperan, emprenderemos el paso del río por aquel vado».

Efectuado sin contratiempo alguno el tránsito de una orilla a otra, siguió D. Beltrán por aquellos vericuetos, taciturno y suspirante; a su lado iba la peregrina, rosario en mano, rezando al compás de la marcha lenta y fatigosa, al través de montes solitarios, en un día destemplado y brumoso. En las agrias pendientes solía D. Beltrán pedir descanso, para dar paz a sus viejos pulmones; y en una de estas paradas, Sor Marcela, terminando presurosa entre dientes una oración, dijo a su aburrido acompañante: «No se aparta de mi pensamiento, noble señor mío, su malestar, y me duele mucho la desazón que yo, sin quererlo, haya podido causarle. Pensando vengo en ello todo el camino y pidiendo a Dios que me ilumine con nuevas ideas. De Dios debe de venir, pues, esta que ahora me asalta y que voy a manifestarle.

-Sí, sí, de Dios tiene que ser, si es idea benéfica y compasiva. Dímela pronto.

-Pues he venido pensando por el camino que usted, en su vejez, triste occidente de una vida de prodigalidad y disipación, habrá contraído deudas, compromisos que afectan al honor y buena fama, y que desea, como caballero cristiano, darles cumplimiento antes de morir.

-Hija de mi alma, hablas ahora como la misma sabiduría -dijo D. Beltrán casi llorando, con ganas de arrodillarse y besarle la orla del (p.4787) sayal.

-Bien, señor: se le dará lo que necesite para ese objeto, siempre que adopte vida religiosa consagrando a la oración y penitencia el resto de sus días. No tiene usted que inquietarse de cosa alguna, tocante a la providencia de pagar sus deudas y demás negocios mundanos. Mi hermano, o persona que él designe, se encargará de dejar bien puesto el nombre de Urdaneta, pagando lo que usted debe a los hombres. Usted no vivirá ya más que para pagar a Dios lo que a Dios debe..

-Pero.. entendámonos.. La idea no es mala.. Explícate mejor.. ¿Antes de que me arregléis mis asuntillos, tengo yo que meterme fraile?..

-Parece como que le espanta la idea.

-No, hija, no.. es que.. verás..

-¿Se tiene acaso por persona más alta que el Emperador y Rey Carlos V?

-No, no.. ¡Si estamos conformes! Yo deseo el descanso, la abdicación -dijo D. Beltrán, pensando que le sería forzoso dar su asentimiento, a fin de obtener después, por concesiones graduales, sentencia más conforme con sus deseos-. No tengo inconveniente.. La idea es muy acertada.. Pero hazte cargo de la urgencia de mis compromisos.

-Sobre toda urgencia está la de dar a las riquezas de Juan Luco la aplicación santísima que hemos determinado.

-Aprobado, hija, aprobado.. La idea es grandiosa, ea..

-En obsequio al amigo y protector de mi padre, hacemos una sola excepción, consagrando parte de aquel caudal a poner en salvo la buena fama de un noble caballero aragonés. Pero esto no ha de hacerse sino consagrando usted previamente los días que le restan de vida a la oración y a la austeridad. Hágase cuenta de que Dios le da el miserable puñado de metal que necesita para cumplir con el mundo; pero no se lo da por su linda cara, sino a cambio de su alma, en lo cual se ve patente la bondad infinita».

No pudo dar por de pronto el pobre viejo más respuesta que un suspiro hondísimo, y afilando luego su entendimiento, trató de acomodarse al deseo y planes de la monja con eufemismos delicados y vaguedades ingeniosas. En esto se les (p.4788) pasó una parte del camino, y cuando ya avistaban la villa que lleva el nombre de la Codoñera, situada en escarpado y agreste sitio, vieron venir por el sendero abajo a Tomé despavorido y dando voces. Detrás de él venían los ancianos con menos veloz carrera. Diole a D. Beltrán un vuelco el corazón, viéndose cercano a un gran peligro, y así era ciertamente, pues Tomé gritaba: «¡Los facciosos, los facciosos!».

No pasaron dos minutos sin que se viera justificado el pánico del chico: a la revuelta del sendero aparecieron seis hombres, luego más de veinte, y por fin un tropel de ellos, que a D. Beltrán se le antojó un grande ejército. Todos traían boina y fusil, vestidos con un abigarrado desorden enteramente contrario a la uniformidad.

Suspenso y aterrado, Urdaneta apretó los dientes, mascullando palabras airadas y blasfemantes; los ancianos temblaban; Marcela, impávida, se plantó en medio del sendero, mirándoles con sosegado rostro, en que no pudo advertirse la menor alteración.

 

Ep-25-XI -

Llegó de los primeros al grupo de los peregrinos un mocetón con zamarra, chaleco rojo y polaina de cazador, blandiendo una espada, único signo de su jerarquía de oficial en aquella desalmada tropa, y encarándose con Marcela, descompuesto y groserote, le gritó con acento valenciano: «En Mas Nuevo, la semana pasada, te dije que si te volvía a encontrar, te fusilaba. ¿A dónde vas ahora? ¿Quién es este vejete?

-Voy a donde quiero, y este señor es quien es.

-No eches roncas.. Mira, Marcela, que me tienes frita la sangre, y si te desmandas, cumplo lo que te ofrecí.

-¡Salvaje, mátanos cuando quieras! -exclamó Marcela con tanto desdén como energía, lanzando un rayo de sus ojos-. Delante de las bocas de tus fusiles, yo y estos santos varones te decimos: ministro de Satanás, toma nuestras vidas, que Dios recogerá nuestras almas. ¿Ves estos hombres humildes; ves este anciano, de la primera nobleza de Aragón, que abandona su casa y honores por amor a la penitencia y los trabajos? Pues ni él, ni yo, ni los demás, tememos (p.4789) la muerte. Moriremos, ¿verdad D. Beltrán? Moriremos alegres, pidiendo a Dios que perdone a nuestros verdugos».

Tales manifestaciones de santidad heroica, y la fosquedad siniestra que vio impresa en el rostro del cabecilla, persuadieron a D. Beltrán de que había llegado su última hora. Miró en derredor suyo buscando a Tomé. Lamentaba que la vida juvenil de su escudero fuese también sacrificada en aquel lance. Pero el despabilado chico, al dar aviso a su amo de la presencia de los facciosos, y antes de que estos se acercaran, desapareció como un ave en la cercana espesura.

El bárbaro capitán contestó a las provocaciones de Marcela con estas palabras: «Pues te juro que habremos de daros gusto. Sólo que como no tenemos aquí capellán que os confiese, forzoso será llevaros al pueblo. Y puesto que todos sois santos, preparaos unos con otros.. Ea, en marcha.

-¿A dónde nos lleváis? -preguntó D. Beltrán, que con el ejemplo de la monja procuraba reforzarse de serenidad y entereza.

-A la Codoñera.

-¡Pues a la Codoñera! Y ojalá estuviéramos a cuatro pasos de ese pueblo donde hay capellán, que ya nos pesa el cuerpo, ya nos pesa la vida, como hay Dios».

Era el capitán un hombracho hermoso, atezado de rostro, gallardo de postura, vestido con cierta bárbara elegancia de buen ver. Mandó a los prisioneros que se pusieran en camino, los dos enterradores delante, entre la tropa de vanguardia; detrás, junto a él, Marcela y D. Beltrán. No debía de ser hombre tan fiero como Urdaneta creyó en los primeros momentos, porque aproximándose a la peregrina por la izquierda de esta, le dijo: «Todo esto te pasa porque quieres. Sabes que te estimo. Marcela, quédate conmigo, que más has de valer señora sentada que no monja andariega.

-Monstruo, prefiero que me maten de un tiro a morirme de asco.. -replicó la religiosa sin mirarle-. No te acerques a mí.

-Me da la gana de acercarme, y te digo que si haces lo que te propuse la semana pasada en Mas Nuevo, serás feliz; vamos, que no te arrepentirás de ser mía, y se te quitarán de (p.4790) la cabeza esas murrias del misticismo.

-En verdad te digo, Nelet, que los escarabajos, salamanquesas y cucarachas que adornan el trono de inmundicia de Satanás, son menos asquerosos que tú.

-Y yo digo que los ángeles negros, que negros los hay también, son menos bonitos y menos salados que tú.. ¿Qué ojos hay como los tuyos? ¿Qué boca se iguala con ese panal de santa miel? ¿Pues y ese cuerpo que debajo de las estameñas se cimbrea como un junco con carne? Marcela, si has olvidado que eres mujer, yo haré que lo recuerdes y te alegres de recordarlo.

-¡A matar pronto! Abra el dragón sus fauces, y tráguenos. Extienda el buitre su garra, y destrócenos. Somos de Dios, y a él van nuestras almas.

-Si no me das la satisfacción de tenerte a mi lado, me consolaré con el goce de fusilarte.. Es un gusto, créelo, un gusto fusilar a quien se ama; así sabe uno que no ha de ser para otro.. y ver ese lindo cuerpo retorciéndose.. y luego cogerlo uno, y meterlo en el hoyo y agazajarlo con tierra..

-¡A matar, a matar pronto! -repitió Marcela, iluminado el rostro, la boca seca-. Morir por Dios, morir en la pureza, viendo cómo el alma se aparta de tanta inmundicia, es la mayor gloria..

-Bueno es que el señor capitán entienda que no somos espías -dijo D. Beltrán, que al ver los afectos amorosos del cabecilla empezó a cobrar esperanzas-. Nosotros íbamos por aquí a nuestros asuntos de penitencia y a practicar las obras de misericordia.

-¡Por Dios, no sea usted cobarde, D. Beltrán! -dijo Marcela viva y colérica, dándole tan fuerte pellizco que le hizo ver las estrellas.

-¡Hija!.. ¡ay! Pues bien valiente que soy, ya lo ves.. ¡Ay! tus dedos son tenazas. Me has arrancado un pedazo de carne. ¡Si yo también quiero que me fusilen!.. Pero, francamente, si hemos de morir, suprimamos los pellizcos».

Antes de llegar a la Codoñera, se les unió el grueso de la partida. El jefe, que debía de ser de graduación equivalente a la de comandante o más, examinó a los prisioneros.

-¿Es usted Peinado? -le preguntó D. Beltrán plegando los ojos y aproximándose-. Si es Peinado, no extrañe (p.4791) que por causa de mi corta vista no le reconozca. Fuimos amigos hace años.

-No señor, no soy Peinado: soy Tena -dijo el cabecilla, hombre pequeño y vivo que no carecía de formas corteses-. Peinado está con el General en jefe».

Y volviéndose luego a Nelet, le dio órdenes: «Llévales contigo, pero no entres en la Codoñera. Por el atajo te corres esta tarde hacia Belmonte, y de allí, sin parar, a Valderrobles, donde me juntaré contigo mañana temprano. Yo tomaré la vuelta de Torrecilla, a ver si cojo la columna del Marqués del Palacio.. A estos cuatro simples no se les fusila. Si ella no fuera hembra, y ellos unos vejestorios, les daríamos cincuenta palos.. Eso les vale. Llévales a Valderrobles, y yo les recogeré allí. Ya sabes que me dijo D. Ramón que si otra vez cogíamos a esta saltamontes, se la lleváramos. Quiere conocerla».

No se habló más, y en marcha todo el mundo. Muy entrada la noche, llegaron los prisioneros de Nelet a Valderrobles; y aunque en el camino se les había dado algún reparo de alimento, D. Beltrán no podía tenerse de hambre y fatiga; los huesos le dolían como si se los hubieran machacado; pero más que la molestia física le agobiaba la desesperación, resultante del tristísimo fin de su loca aventura. «Tenía razón Estercuel -decía desplomando su humanidad sobre el suelo de un establo vacío en que les encerraron-. En plena Edad Media. ¡Maldita sea la tal Edad Media y el perro que la inventó!.. Esto es horrible, Dios mío.. A tal desastre me ha traído una vana ilusión, más propia de niño inexperto que de anciano sesudo.. ¿Y cómo salgo yo ahora de esta cisterna en que me ha precipitado mi desatino? ¿Cómo me libro de estos cafres?.. ¡Para que me fíe otra vez de santos y de peregrinas, de monjas milagreras que entierran ollas. Esta tarasca me ha perdido, y ahora no será ella quien me salve.. Merezco, sí, lo que me pasa, por codicioso, por crédulo, por niño.. chocho.. ¡Ay de mí! ¡Vaya una vejez, vaya un fin de la existencia! ¡Yo que vine por proveerme del pan de la vida, y ahora me veo prisionero, amenazado (p.4792) de muerte, envilecido entre esta canalla, y teniendo que aguantar sus groserías..! Me pegaría si no estuviera en tal estado, que no caben ya más dolores en mi cuerpo miserable..».

Esto se dijo, procurando el descanso. Por suerte suya, aproximáronse a él otros viejos, y acumulado el calor de todos, hallaron alguna defensa contra el frío. Por el opuesto lado se arrimó después Marcela, que sentadita rezaba en alta voz, hasta que D. Beltrán, incomodado del sonsonete, le dijo: «Rece para sí, hermana, que los viejos necesitamos dormir. Sabe Dios qué mañana nos espera». Y a la madrugada, sintiendo el prócer un gran peso que le oprimía, y comprendiendo que era el cuerpo de la santa mujer, que en el abandono del sueño se caía de aquel lado, le dijo: «Suspéndase un poco, hermana, que me agobia todo el lado izquierdo y no puedo respirar». Retirose la monja lamentándose de haberse dormido, pues su ánimo era velar la noche entera, y se aprovechó del empujón de D. Beltrán para despabilarse y continuar sus rezos.

Lleváronles al otro día muy de mañana por el desfiladero de Beceite a salir a la Cenia, camino endemoniado, propio de cabras y guerrilleros. Intenciones tuvo D. Beltrán de pedir que le arrojaran en el camino para que se lo comieran los buitres, o que le fusilaran de una vez, pues así se acababan sus martirios. Compadecido el capitán Nelet, que no era mal hombre, aunque de genio harto arrebatado, le dio de comer, socorriole además con un trago de aguardiente, y por fin, le atravesó sobre la carga de una mula que llevaba sacos de forraje. Marcela continuaba a pie, y a ratos se aproximaba al anciano para dirigirle estos o parecidos consuelos: «En opinión del Beato Padre San Juan de la Cruz, tratándose de trabajos, cuanto mayores y más graves son, tanto mejor es la suerte del que los padece.

-Déjame a mí de Padres Beatos de la Cruz -le contestó Urdaneta-, que la que tengo sobre mí pesa bastante.. ¿Cómo quieres que me alegre de esta situación? Dime que me resigne y hablarás con seso..».

Al cansancio y (p.4793) tristeza de tal viaje, uníase el temor de que la columna carlista encontrase otra de la Reina, y rompieran el fuego cogiendo en medio a los infelices que no habían hecho armas ni por Carlos ni por Isabel. Dos días pasaron en esta ansiedad sin que nada de particular ocurriese; y al ver que descendían con precaución por ásperas pendientes, D. Beltrán, sin poder apreciar por sí mismo el territorio, entendió que iban hacia la Plana. En una aldehuela poco distante de Albocácer, se agregaron a una numerosa tropa carlista, que más que columna era ya división, y allí tuvo el pobre anciano la suerte de encontrar un alma compasiva, un capellán que sin conocerle, o más bien reconociéndole por su traza y modo de hablar caballero de nacimiento, le prodigó atenciones y cuidados, acomodándole al fin en un carro de provisiones, donde el pobre señor se creía transportado del Infierno a la Gloria. «Dios no desampara a los buenos -se dijo-, y yo soy bueno, aunque otra cosa crea esa bigardona volandera, que ahora se empeña en meterme monje del Císter. Yo no hice nunca mal a nadie, como no fuera a mí mismo.. ¡Fraile yo! ¡Y me da a escoger entre la cogulla y una miseria deshonrosa!.. ¡Vive Dios! que puesto en tan horrible dilema, no sé a qué carta quedarme.

Completó el capellán sus atenciones con la constante compañía, de que sobrevino una real amistad. Llamábase Mosén Putxet, y era tortosino, un si es no es ilustrado y muy corriente en todo. Contole que en aquellos días habían trabado pelea, en los campos de Torreblanca, Cabrera y Borso, llevando este la mejor parte. No cerradas aún las graves heridas que en Torre de Arévalo le pusieron a la muerte, Cabrera recibió un balazo en el muslo. A su serenidad y arrojo debió la salvación. Retirada su gente a Cuevas de Vinromá, el caudillo se ocultó en la casa del cura de la Jana, donde permaneció algunos días en lastimoso estado, febril, exangüe. La suerte suya y de sus tropas fue que Borso no supo aprovecharse de la victoria, y con su inacción dio tiempo a que Cabrera se curase, como (p.4794) él lo hacía siempre, de prisa y corriendo; a que en el lecho dictara disposiciones para rehacer su ejército; a que este, con ligereza inaudita, le secundase, marchando de nuevo en busca de nuevos triunfos, con su General a la cabeza, llevado en parihuelas.

«Por lo que usted me dice, nos encontramos en el cráter de un volcán -observó Urdaneta-, y estoy a punto de presenciar sangrientas batallas. Sea lo que Dios quiera. Sin duda es su voluntad que acabe yo mis días en medio de estos horrores.

-A todo se acostumbra uno -le dijo Putxet-. Mire: los primeros días no podía yo habituarme a la guerra; pero ya me voy haciendo a tales crueldades, y pienso que Dios las consiente para que venga pronto el triunfo de su religión santísima».

No se atrevió el ladino viejo a manifestar al capellán lo que sobre esto pensaba, temeroso de perder su amistad, que en aquella triste aventura érale tan provechosa. Pasaba D. Beltrán en vela las noches, y gran parte del día durmiendo, sin que supiera por qué adquirió en la molicie del carro esta costumbre. Una tarde, hallándose en letargo dulcísimo, después de comido y bebido con cierto regalo, soñó con terremotos, incendios, erupciones de volcanes. Despertando de súbito, hirió sus oídos horrísono estruendo de tiros, y echando la cabeza fuera del toldo, vio que en una loma cercana estaban batiéndose facciosos y cristinos. Ellos debían de ser; mas no distinguía el pobre señor las boinas y morriones. Vio, sí, los fogonazos, y oía el murmullo de la pelea, como la reventazón contra peñascos de las olas embravecidas.

Parado su carro junto a otros, poca gente vio Urdaneta en su derredor. Tras el pánico primero, una esperanza risueña animó el afligido corazón del anciano. ¡Si resultaba que la división o columna cristina que allí peleaba era la brigada de Borso, y obtenía la victoria; si resultaba que en dicha columna venía Mero, y Mero quedaba ileso, qué felicidad! Muy hermosas eran estas ideas para que la realidad las confirmase. Al ponerse el carro en movimiento, creyó Urdaneta que los carlistas se pronunciaban en (p.4795) retirada. Mas ¡ay! era lo contrario. Los cristinos abandonaban sus posiciones, y los facciosos iban sobre ellos ebrios de furor. Así lo comprendió por las voces que de lejos venían, por la alegría que en derredor suyo estallaba.. El carro avanzó a retaguardia de los batallones victoriosos, y a poco vino la noche. Pararon. Urdaneta preguntó: «¿Dónde estamos? ¿Cómo se llama el lugar donde se ha dado esta batalla?». Respondiéronle con una retahíla valenciana, de la cual no sacó nada en limpio. A poco de la parada, y cuando repartían el rancho, oyó entre ásperas voces del dialecto alguna castellana que anunciaba el fusilamiento de los prisioneros del ejército vencido. A D. Beltrán se le erizó el cabello, y recostándose sobre los sacos, se hizo un ovillo.. «Que me fusilen también a mí, Señor, y así acabarán mis sufrimientos». Pasado un rato, un extraño ruido le hizo abrir los ojos. Vio a lo lejos fulgor de antorchas; sonaron luego disparos, una descarga.. después otra y otras, a las que siguió un lúgubre silencio. «¡Pobre Mero! -murmuró el anciano-: que Dios te acoja en su santo seno».

Al poco llegó Mosén Putxet, y subiendo al carro, donde tenía las alforjas, dijo a su amigo: «Estoy rendido; no puedo más. Cada lance de estos es para mí una enfermedad grave». Y sacando de las alforjas el buen repuesto que llevaba, invitó a su compañero a participar de la cena. Excusose el prócer con su falta de apetito, y el otro, declarándose también inapetente, afirmó que sin gana tenía que alimentarse, so pena de hallarse al día siguiente desfallecido. «¡A diez y seis he tenido que confesar! -dijo con dolorido acento-. Esto es muy triste. Las leyes de la guerra, implacables, lo conceptúan necesario.. para asegurar el triunfo del Trono legítimo y de la Religión veneranda.. Hace usted mal, amigo mío, en no tomar algo. No se puede abandonar la nutrición del cuerpo. Verdad que usted, si ahora no tiene gana, a cualquier hora de la noche tomará lo que guste. Yo, pasadas las doce, no puedo, porque tengo que decir misa. Mañana es domingo: por eso se ha determinado que la aplicación (p.4796) de los castigos se efectuara esta noche.. ¡Cruento sacrificio! ¡Maldita guerra! ¡Que sea necesaria la destrucción de vidas para llegar a la paz, y la injusticia para llegar a la justicia, y la crueldad para llegar a la benignidad!.. Como usted ve, tengo que alimentarme. Son muchas horas desde las doce de la noche a las diez de la mañana, hora de la misa de campaña..».

Terminada la cena, no tardó el capellán en dormirse. D. Beltrán velaba; veló hasta el amanecer, engolfado en severas reflexiones. En tan triste noche, precursora de días más tristes, el viejo aristócrata, despreciando a su amigo, se sintió religioso, profundamente religioso.

 

Ep-25-XII -

Al amanecer, cuando empezaba a conciliar el sueño, le llamaron.. Creyó al pronto que iban a fusilarle, y dijo: «Vamos, estoy pronto. Acabemos de una vez». No tardó en enterarse de que le mandaban a desempeñar una obligación harto triste: enterrar los muertos de la hecatombe de la noche anterior; y si el primer impulso de su orgullo y dignidad fue rechazar colérico un cometido tan impropio de su categoría, luego dejó lugar el orgullo a la conformidad cristiana que había criado en su alma con las meditaciones del pasado insomnio, y dando un gran suspiro, dijo: «Vamos a donde ustedes quieran. Merezco esto y mucho más: seré sepulturero». La idea de que entre los cadáveres podía encontrar el de Baldomero Galán, hizo flaquear un momento su entereza; pero logró rehacerse con estas consideraciones: «Si está, ¡qué puedo hacer más que llorarle! Contra los hechos, dispuestos o consentidos por Dios, nada podemos. Enterraré al pobrecito Mero, alférez y mártir».

Terrible duelo y consternación produjo a D. Beltrán la vista de los diez y seis cadáveres ya desnudos, rígidos en sus violentas contorsiones; y como no podía reconocer al que buscaba sino acercándose mucho, a todos les fue observando uno por uno, y tocaba los fríos rostros. Eran jóvenes, lozanas existencias destruidas bárbaramente en la plenitud del vigor. «No está Mero -pensó, sintiéndose aliviado de un (p.4797) gran peso-. ¡Pobres muchachos! ¿Por qué se les ha quitado la vida? España se desangra, España se aniquila. Asisto al suicidio de una nación. Sepultémosla en su propia tierra..». Cogió el azadón que le destinaron, y se puso a cavar tan tranquilo. La resignación, con este humilde trabajo, fue ganando más y más espacio en su alma, y con ella la certidumbre de que sus desdichas venían del Cielo y eran el contrapeso lógico de una vida de disipación y goces. Junto a él vio que cavaban los dos sepultureros de la compañía de Marcela; pero ni ellos le hablaron, ni D. Beltrán les dijo una palabra. Abiertos tres hoyos de gran capacidad, fueron cogiendo muertos y arrojándolos dentro, unos sobre otros, y después rellenaron y apisonaron. «Yo creí -pensó Urdaneta cuando concluían-, que esto me impresionaría horriblemente. Pero a todo se acostumbra uno. Me desayunaría yo ahora mismo, si me dieran con qué..». A su carro se dirigía con esperanza de encontrar las alforjas de Mosén Putxet, cuando le mandaron al campo donde se diría pronto la misa. «Pues a misa», murmuró, declarándose pasivo, dispuesto a cuanto le mandasen.

En el campo habían puesto el altar, al pie de un soberbio algarrobo, vestido de espléndido follaje. El sol relumbraba esparciendo claridad y alegría, y picaba más de la cuenta. Del Mediterráneo, que no se veía, pero se adivinaba, venía una brisa suave y consoladora. Las tropas formaban para oír misa; los jefes, a caballo, ocuparon su puesto delante de los Cuerpos. Allí vio D. Beltrán al cabecilla Forcadell, uno de los lugartenientes de Cabrera, y general de una potente división. Su rostro inflado, risueño y de hombría de bien, lo mismo podía ser de canónigo que de mayoral de diligencias. Pesaba sobre un poderoso alazán; vestía zamarra peluda, chaleco blanco abotonado hasta el cuello; la boina era de gran vuelo, blanca con fleco dorado. De una tienda de campaña salió Mosén Putxet revestido: eran acólitos dos granaderos del 1.º de Tortosa. Oyó la misa D. Beltrán con recogimiento, en el sitio que (p.4798) le designaron, y no lejos de sí, por delante, vio a Marcela de rodillas y a los dos sepultureros. Cuando alzaban, entre el estrépito de cometas y tambores, el recuerdo de los pobrecitos que había enterrado le distrajo un poco de su devoción. Mas rehaciéndose, a punto que se santiguaba, decía para sus adentros: «Diablos de la guerra, mucho tenéis que llorar por vuestros crímenes para que Ese os perdone».

De vuelta a su carro, Urdaneta preguntaba: «¿Pero dónde estamos? ¿Es esta la Plana de Castellón?», y sin enterarse de la respuesta, tendiose de largo a largo, y comiendo de lo que le dio el buen Putxet, pronto se quedó dormido. Por la noche, el zarandeo del carro era fuerte y molesto, señal de que iba de prisa por ásperos declives.. A la madrugada vadearon un río de escaso caudal. La división, dotada de extraordinaria presteza de pies y pezuñas, avanzaba tragándose las leguas. Al día siguiente, vio D. Beltrán un pueblo que llamaban Olla; después otro que nombraban Chestalgar o cosa así. A la siguiente medianoche pararon. Creyó notar Urdaneta que se juntaba más tropa; no cesaban de sonar tambores y clarines. Salió a estirar las piernas y dar un paseo.. Putxet, cuando se retiró a dormir, díjole que estaban cerca de Buñol o cerca de Siete Aguas, no lo sabía con certeza, y que Don Ramón, acompañado de Llangostera, había venido a conferenciar con Forcadell. Al amanecer oyose tiroteo por la parte que el noble cautivo, mirando las estrellas, estimó como Levante. Por allí avanzaba una división cristina. Serían las ocho cuando, no D. Beltrán que apenas veía, sino Putxet y otro clérigo que con él estaba, observaron que las tropas de la Reina, vigorosamente atacadas en terreno desfavorable, se desbandaban; que luego se rehacían reforzadas por su caballería.. El tiroteo se generalizó, llegando a ser continuo por la zona del Sur.. Dos batallones carlistas salieron corriendo como demonios a embestirles por el flanco. «¿Qué pasa, qué pasa, amigo Putxet? -preguntaba Don Beltrán; y el clérigo le dijo gozoso: «La caballería no les vale esta vez.. Allá va (p.4799) como deshecha y desmoralizada.. ¡Qué victoria, ¡pacho! qué victoria!..». Sobrevino luego un incidente que determinó cierta indecisión.. Fuerzas carlistas retrocedieron. Los carros tuvieron que alejarse. De la otra parte empujaban con furia.

De pronto vieron venir un gran tumulto, muchos jinetes que no corrían, volaban, los ágiles corceles saltando zanjas y cercas, desmandados, locos. Frente a ellos, en un caballo blanco, venía un hombre vestido de colorines. Al pasar el jinete junto a la impedimenta, vieron los que allí estaban su rostro, harto parecido al de un gato, los ojos flamígeros, la color verdosa, henchida la nariz, como si las ventanillas de ella quisieran rasgarse para dar paso al aliento. Su capa blanca con vueltas rojas sujeta al cuello, ondeaba como una bandera. En la mano blandía la espada; se le oía claramente gritar: Per así, fills meus.. Seguidme.. Els destrosarem.. ¡Viva Carlos V! ¡Mueran eixos pillos, cobards!..

La tromba, que tal parecía, de innúmeros caballos, seguidos de tropel de infantería, describió un vasto círculo por la llanura. Cuando se alejó, la nube de polvo que levantaba impidió ver dónde había caído. Oyose un chasquido formidable, como un desgarrón de masas enormes.. Los carros hubieron de alejarse más, metiéndose en una hondura desde donde poco se distinguía. «Este D. Ramón es tremendo -gritaba Putxet alzando los brazos al cielo, ebrio de gozo-: menuda paliza les está dando. No quedará uno para contarlo. ¡Viva el Trono legítimo, señores! Esta brillante jornada nos abrirá las puertas de la hermosa Valencia, de la reina del Turia.. Vean.. ya se disipa el polvo: por allí van desbandados los de Isabel.. distingo perfectamente los morriones.. ¡Hola, hola! la caballería parece que quiere volver grupas y hacemos cara.. Ya es tarde, ¡pacho!.. ya es tarde. D. Ramón, que es el dios Marte en persona, les da una carga horrorosa, y se deja caer sobre el propio Buñol.. Adelante, valientes. ¡Viva la Virgen de los Desamparados, nuestra Madre!».

Con estas exclamaciones, de un entusiasmo pueril, (p.4800) iba señalando el clérigo las peripecias del combate que desde allí podían apreciarse. Hacia el mediodía todo el ejército carlista iba sobre Buñol, persiguiendo a los liberales fugitivos. «Me estoy temiendo -dijo Putxet a su amigo tomando un piscolabis en la carreta en marcha-, que tendremos función esta tarde.. Sería yo muy dichoso si, variadas las condiciones en que hoy se hace la guerra, diéramos cuartel. Es ciertamente más humano perdonar al vencido, ¿verdad?». Llegados a la Venta de Buñol, se procedió con método, parsimonia y naturalidad a fusilar a veintisiete oficiales y sargentos. Afortunadamente para Urdaneta, no le mandaron a enterrar. Oyó los tiros, vio llegar a su amigo desconcertado y melancólico, y nada más.

Dos días después, sabedor Cabrera de que una columna cristina andaba por Alcanar, mandó contra ella a Llangostera, que la deshizo y fusiló victorioso todo lo que quiso. Enterado también el fiero caudillo de que el Capitán General de Valencia había salido hacia Castellón con fuerzas para relevar las guarniciones del Maestrazgo, mandó a la Plana al Serrador, y desplegando una actividad increíble, prodigiosa, organizó al propio tiempo la expedición de Forcadell a Orihuela. No satisfecho aún con la victoria de Buñol, y habiendo recogido armas y caballos, amén del fruto de las depredaciones en país tan rico, se fue hacia Requena, simulando un amago a esta ciudad; mas no se detuvo hasta Utiel: establecido allí su Cuartel general, apresurose a fortificar la posición.

Estaba de Dios que en aquella parte de su cautiverio se agravaran las desdichas del noble D. Beltrán, obligándole Dios con esto a mayor acopio de paciencia; su amigo, el buen Putxet, se separó de él antes de llegar a Requena, agregado a la expedición que invadir debía la tierra de Alicante, y ya no disfrutó el pobre viejo el beneficio del carro sino en contadas ocasiones, viéndose obligado a llevar peonilmente la carga de sus añosos huesos. Sacando fuerzas de flaqueza pudo llegar a Utiel, el calzado roto, los pies llagados, (p.4801) molido y hambriento, harto de trabajos, incomodidades y miserias. Pero le bastaba considerar que más había padecido Cristo por nosotros, para sacar alientos de su propio desmayo y prepararse a mayores infortunios.

Metiéronle en un zaguán húmedo, y de allí le pasaron a una bodega, con salida a un jardinillo petiseco, cercado de tapias; le acompañaban los dos enterradores. De Marcela, ni estos ni D. Beltrán sabían dónde había ido a parar. En el piso alto de la misma casa se alojaba, con otros oficiales, el capitán Nelet, que viendo desde el balcón a los viejos sentados en el jardinillo tomando el sol, dijo a sus amigotes: «No sé para qué nos traen acá tales estafermos. Son tres bocas y ningún hombre. O fusilarles, en el caso de que se compruebe que son espías, o echarles a un camino para que se mantengan de limosna». Como D. Beltrán mirase para arriba, y con lastimero acento dijese que lo mismo le daba a él la muerte que la mendicidad, mandole Nelet que subiera; obediente el anciano subió la escalera con paso lento, tomando resuello a cada cuatro peldaños, pues no podía de otro modo, y fue recibido en una sala por el dicho Nelet y otros dos tagarotes. Entró Urdaneta con digno continente, descubriéndose, y permaneció en pie esperando las órdenes de aquellos bárbaros. Nelet, apoltronado en un sillón, y rascándose las pantorrillas, le dijo: «¿Es cierto que es usted de la aristocracia?

-Sí, señor: me honro de pertenecer a la primera nobleza de Aragón.

-¿Es usted Marqués?

-Mis títulos son los Señoríos de la Torre de Albalate, de Olid, con Grandeza, de..

-Acabe usted, hombre, con esa letanía.. Pues mire: de algún modo ha de ganar el pan que le damos».

Diciendo esto, se quitó las botas llenas de cuajarones de barro, y alargándolas al prócer, le dijo: «En aquel cajón hallará usted cepillo y betún. Me las pondrá como un espejo».

Permaneció un instante D. Beltrán con su mano extendida hacia las botas, inmóvil y rígido, empeñada su voluntad en terrible lucha entre dos movimientos: o coger las botas y estamparlas en la cabeza del (p.4802) grosero y estúpido capitán, o resignarse a tanta humillación y aceptarla por los méritos de Jesucristo. Prevaleció este último intento, y recibió con noble pausa las botas, recogiendo luego los adminículos de embetunar.

«¿Fuma usted? -le preguntó Nelet, haciéndole retroceder desde la puerta.

-Sí señor».

Le ofreció un cigarrillo, y pareciéndole poco, le dijo: «Tome usted más, para sí y sus compañeros, que la vejez entretiene sus tristezas con el tabaco.

-Gracias».

Y bajó el anciano tan gravemente como había subido, escalón por escalón, sin decir nada, casi sin pensar nada..

 

Ep-25-XIII -

Ya por despistar a los cristinos, ya por otras razones o ardides estratégicos, determinó Cabrera fortificar a Utiel, y lo primero en que puso mano fue el Convento o Colegio de Escolapios y la iglesia parroquial, gótica, de buena y sólida fábrica. Para despejar las inmediaciones del primero de aquellos edificios, mandó demoler varias casas y cortar todos los árboles de una alameda que al camino salía. Empleáronse en tales obras noche y día multitud de hombres, y no hay que decir que el Señor de Albalate y los dos ancianos fueron aplicados a este trabajo. Vierais allí al primer noble de Aragón descargando hachazos en los añejos troncos. Por primera vez en su vida era leñador, oficio que le pareció menos innoble que el de sepulturero y limpiabotas. El sargento que les mandaba y dirigía era por demás insolente y grosero, de estos que se envalentonan con los humildes. Grande era la resignación de Urdaneta, que se había propuesto tomar por modelo al patriarca Job; mas hubo ocasiones en que se vio a dos dedos de perder su pasiva actitud, por la fuerza explosiva de la dignidad aristocrática, que romper quería sus cadenas, atropellando paciencia, humildad y cristianismo. Viendo que aquel bruto abofeteaba inhumanamente a dos infelices que no habían entendido sus órdenes, o que por exceso de fatiga se mostraban perezosos, sintió el prócer vibración en todo su ser, efecto de la honda crisis o lucha de opuestos sentimientos, y se dijo: (p.4803) «Haré un esfuerzo sobrehumano por contenerme si ese gandul pone sus manos en mi cara; pero dudo que pueda conseguirlo, pues antes de que el corazón se humille, el estallido de mi dignidad hará que le parta la cabeza de un hachazo».

Felizmente, con él no se desmandó el bárbaro sargento; no hacía más que rezongar, dar voces y decir a los viejos: El que no traballa no menja; que aquí no estem para mantindre vagos. Terribles hambres pasaban los tres al volver rendidos a la bodega y patinillo en que tenían su alojamiento. Nadie se cuidaba de darles de comer. El enterrador que hablaba, y que tenía por nombre Pedro Zaida, salía en demanda de alimentos; no hiciera lo propio D. Beltrán, prefiriendo perecer de necesidad a pedir su ración; el otro, nombrado Alfajar, tampoco pedía, por carecer de palabra. Así pasaron algunos días, manteniéndose de mendrugos de pan y de sobras de rancho, que Zaida recogía en los vecinos alojamientos, hasta que Nelet y los oficiales del piso alto se apiadaron de la miseria de los prisioneros, y les mandaban los restos de su comida. En un caldero bajaban la bazofia; de ella comían los infelices viejos, siendo tan atentos Zaida y Alfajar, que escogían para el señor los huesos vestidos aún de hilachas de carne, los trozos de comida menos deshechos, y las que podrían llamarse golosinas, reservándose para sí lo peor. «Hasta en esta región de miseria bochornosa se encuentran seres delicados, se encuentran caballeros -decía para sí Urdaneta, renunciando a tales preferencias, e imponiendo el reparto equitativo de piltrafas. A menudo, en esta u otras escenas semejantes, rodaban lagrimones por su cara. Una tarde salieron los oficiales al balcón para verles comer. A poco llegó el asistente con un pedazo de pastel en un plato y resto de bizcocho borracho, y entregándolo a los cautivos, díjoles que aquello mandaban para el señor Marqués. Luego volvió el chico con tres puros y el braserillo para encenderlos. Fumaron, y dieron las gracias a los señores, que riendo les miraban. Uno de los de arriba decía: «Ese (p.4804) Marqués del Cuerno paréceme un grandísimo pillastre..».

Don Beltrán calló, no haciendo al deslenguado ni el honor de mirarle. Luego, a una insinuación de Nelet, que parecía dicha en defensa del anciano, se retiraron del balcón los oficiales. Volvieron los viejos al trabajo, que aquel día consistió en arrastrar los troncos hacia las entradas y puertas de la villa, para armar con ellos estacadas o parapetos. Cuando Urdaneta llegaba por las noches a su alojamiento y se tendía en el frío suelo junto a sus amigos, sin más abrigo que las pellizas de estos; cuando, después de cenar lo que Zaida trajese o de arriba les mandasen, procuraba embriagar con el sueño sus infortunios, se le iba el pensamiento a la gran casa de Cintruénigo, la casa de Idiáquez, y hacía revivir en su mente el edificio y las personas, la vida toda de aquella señoril residencia. ¡Ay! lo que allá tuvo por humillación, era ya como una broma inocente. Modificadas por las enseñanzas de la realidad sus ideas y opiniones, lo que en Cintruénigo conceptuaba contrario a su decoro, ¿qué era? Nada en comparación de la presente ignominia y miseria. Las estrecheces que allá estimó intolerables, eran abundancias y delicias en parangón de lo de Utiel. Recordaba con desconsuelo el orden de aquella noble casa, donde todo estaba a punto, donde nada faltaba para comodidad y regalo de sus habitantes.

Y pensando en esto, se le representaba su nieto: le veía niño, tan cariñoso, tan dulce, tan formalito, tan amante de su abuelo.. Era su propia sangre, encarnación de su nombre y nobleza.. ¿Qué haría Rodrigo si le viese en tan extrema desdicha? La misma Doña Urraca, si viese a su suegro, el noble Urdaneta, sufriendo tanta vileza y oprobio, comiendo sobras y migajas de la mesa de los oficiales, ¿qué pensaría?.. Frente a su conciencia, que severa se encaraba con él, reconocía el grave error de no tolerar las asperezas o defectos de los convivientes, para que estos toleraran los suyos. Bien claro veía que todas sus querellas con la familia eran por motivos que ya se le hacían vanos, (p.4805) pueriles. Veía también toda la fealdad de su soberbia, causante principal del malhadado viaje a tierra de Teruel; veía su codicia, su afán de atesorar dineros, que en su edad provecta casi no le eran necesarios. Pero amaba el rumbo y quería ser siempre amo y señor, dispensador de mercedes. ¡Bien le castigaba Dios, y cuán gallardamente te aplicaba su justicia severa!.. Y mirándolo bien, no era Rodriguito tan digno de menosprecio y rencor. Poseía todas las cualidades que a su abuelo le faltaban. Actos de verdadera maldad, nadie podía señalar en él. Y en cuanto a la impertinente, mandona y atrabiliaria Doña Urraca, sus defectos no eran motivo para aborrecerla, Señor.

Estas reflexiones, en que se confundía la turbación de la conciencia con la dulzura de las memorias de familia, le habrían llevado al sueño reparador, si no lo estorbaran las picazones de su cuerpo, el sentirse acribillado por atroces punzadas que parecían mordidas. Daba vueltas a un lado y otro, y rascándose contra las durezas del suelo, volvían sus reflexiones a distraerle del acerbo picor. «¡Vaya, que si Juana Teresa conociera la cama en que duerme el padre de su difunto esposo, lloraría de lástima; sí que lloraría!.. ¡Ella que cifra su orgullo en la limpieza ideal de las camas, ella, en quien más que gusto es manía el tenerlas pulcras, inmaculadas, como las vestiduras de los ángeles!.. No hay en el mundo sábanas y almohadas como las de mi casa de Cintruénigo: huelen a manzanas, a violetas, a algo más oloroso que las flores, el aseo.. Si Juana Teresa y mi nieto me vieran en esta inmundicia, llorarían.. ¡pobrecitos de mi alma!.. y no sólo llorarían de compasión, sino de rabia por no poder remediarlo».

Salía Cabrera con mil o dos mil hombres, los más de los días, como en diversión militar, para hostilizar a Requena y figurar su propósito de ponerle sitio. En una de estas excursiones, al regresar del campo entrando por la puerta de Caudete, donde se trabajaba para hacerla infranqueable, apeose del caballo y examinó las obras. Con seca frase autoritaria hizo la (p.4806) crítica de lo que no le parecía bien; indicó los defectos y el modo de subsanarlos con el menor trabajo posible. Viendo avanzar a D. Beltrán, que a duras penas sustentaba una espuerta de tierra, dio algunos pasos hacia él y le preguntó si era el caballero Urdaneta.

«Para servir a usted, General -dijo el anciano, mirándole atento y sin descargarse la espuerta.

-Lleva usted mucho peso.. Eh, tú, Lleuiset, no carregues masa a eixe pobre home, qu' es un señor poch acostumat a traballs. Sous molt brutos, y no teniu ni pizca de criteri ni talent, ¡caramba! Es precis que sapian distinguir entre un home y un señor. A atres que son burros de veritat, els trateu como si foren señorests, y no teniu llástima d' este pobre vell, acostumat a anar sobre alfombres».

Comprendió el anciano que hablaba en su favor; y como al propio tiempo le quitaran la pesada carga que llevaba, murmuró una frase de gratitud. Cabrera no se hartaba de mirarle, fijándose últimamente en sus pies y en las destrozadas botas. También D. Beltrán contempló a sus anchas al afamado guerrillero, a quien vio por primera vez en el campo de Buñol, pasando como un rayo al frente de infernal cabalgata. Reconoció en él la cara de soberbio gato, que ya había visto, y quedó grabada en su memoria: cara triangular, de pómulos salientes, ojos grandísimos y negros con la ceja corrida, la nariz de mala forma con las ventanillas siempre palpitantes. Vestía con elegancia y cierta presunción de originalidad, no escaseando en su ropa los dorados y relumbrones; la capa blanca con forro encarnado completaba su típica figura. Con militar saludo se despidió para entrar en el pueblo. Por la noche, hallándose los tres viejos en el patinillo, comiendo de las sobras enviadas por Nelet, llegó un ordenanza que se puso a gritar en la puerta: «¿Quién es aquí el Marqués?.. ¡Eh, Marqués!

-Yo soy, buen amigo -dijo Urdaneta, que respondía por aquel título-: ¿qué se ofrece?

-Pues aquí me manda el General con estas botas -dijo el chico mostrando un par no muy nuevo, pero en buen estado.

-¡Ah.. ya!.. (p.4807) para que se las limpie.. Bien: déjalas ahí.

-No es para que se las limpie, jinojo, sino para que se las ponga.. Ya veo que le hacen falta. El General le manda estas, que no se pone ya, y para usted están que ni pintadas; todavía en buen uso. Ya le miró a usted la pata, y sabe que le vendrán bien. (p.4808)

-¡Oh!.. ¡Dios! -exclamó el aristócrata, decidiéndose a recoger el regalo-. ¿Y el General se acuerda de este infeliz?.. Dile que estoy muy agradecido.. ¡Oh, botas de la paciencia, de la humillación, venid a mis pies!».

Y cuatro días después, hallándose en Cheste, emprendida la marcha sigilosa de todo el ejército hacia el llano de Valencia, fue sorprendido D. Beltrán por un recado del General llamándole a su presencia en la Casa Ayuntamiento, donde se alojaba. Allá se fue el noble viejo, y encontró a D. Ramón en una estancia del piso bajo con trazas de escuela pública, por los cartelones de letras gordas que colgaban de las paredes. Estaba el caudillo de sobremesa con dos mujeres guapísimas, de nacarada tez y ojos hechiceros, ataviadas a estilo popular. Los caragols sobre las sienes, cruzados por ganchos de oro; el moño de trenzas, atravesado por las agujas, ofrecían el clásico modelo del peinado valenciano. En sus orejas llevaban los arcaicos polques de oro con esmeraldas y perlas barrocas, joyas de apariencia bizantina, y en el cuello hilos de aljófar. Toda la vestimenta, de tisú, era lujosa y elegante dentro de la más escrupulosa propiedad. Sin verlas más que como imágenes borrosas, o como bocetos de admirables pinturas, D. Beltrán, olfateando belleza con su especial nariz de perito en mujeres, las diputó por grandes señoras disfrazadas de campesinas ricas. Sentábanse a izquierda y derecha del General, muy arrimaditas; luego seguía un capellán, que parecía granadero, y al otro lado un cabecilla, en quien, por la facha y rostro de clérigo afligido, creyó reconocer D. Beltrán a Llangostera.

Sospechó el noble aragonés, no sin fundamento, que Cabrera le llamaba para mostrarle a sus amigos como (p.4809) un objeto de curiosidad, como un ente raro, consistente la rareza en el vivo contraste entre tanta nobleza y miseria tanta. Mas no era este el único móvil del llamamiento: había otro, que el General expresó después de contestar al cortés saludo del caballero: «Pues le he mandado venir para advertirle que.. esté preparado..

-¿Preparado a qué, General?

-Haría usted mal en creer que le tenemos aquí por gusto de su co.. mpañía -dijo Cabrera, que hablando familiarmente tartamudeaba un poco: su lengua, disparándose en articulaciones rapidísimas, tropezaba a cada instante.

-¿Para qué debo prepararme, General?

-El sistema de represalias, que, como usted sabe, es obra de esos infames cristinos, me obliga a la crueldad con.. contra los sentimientos de mi corazón.

-Ya entiendo. Es para fusilarme. Bien preparado estoy. Esta vida que arrastro, señor, vale tan poco para mí, que el quitármela, más que de cruel, le acreditará a usted de piadoso.

-Yo lo siento.. sabe Dios que lo siento. Co.. mpadezco a los que me veo precisado a sacrificar.. Me duele, aunque mis enemigos crean otra cosa y me llamen tigre.. Pero yo digo: todas las inocencias del mundo juntas no valen la inocencia de mi madre.

-Aunque no temo la muerte, mi conciencia, mi respeto a la verdad, me obligan a declarar que ni soy espía, ni he venido a esta tierra con ningún fin político ni militar.

-Sé que no es usted espía. Me lo ha dicho la monja Marcela, que me merece crédito.. Pero aquí cobramos vidas por vidas, y pagamos muertes con muertes. ¿No se ha enterado usted de que la división de Iriarte ha cogido prisionero al hermano del Conde de Catí, vocal del Consejo de Su Majestad en este Reino?.. Pues en cuanto sepa yo que le han fusilado, ya está usted de más en el mundo. ¿No le parece que esto es natural, justo y equitativo? Noble por noble, caballero por ca..ballero».

Mientras esto decía el implacable soldado, no se oyó una voz, ni un murmullo, que indicaran protesta contra tanta barbarie, siquiera compasión. O la costumbre de tales horrores embotaba en (p.4810) hombres y mujeres todo sentimiento humanitario, o no se atrevían a manifestarlos.

«¿Puedo retirarme ya? -dijo el viejo sin hacer comentario a la terrible conminación.

-Espere un poquito.. y sáquenos de una duda. ¿Es usted Marqués de Sariñán?

-No señor: el Marqués de Sariñán es mi nieto, por enlace de mi hijo D. Federico con una dama de la casa de Idiáquez.

-¿Ven como yo acertaba? -dijo una de las mujeres o damas disfrazadas, por lo que comprendió Urdaneta que habían tenido discusión sobre su personalidad.

-Y los títulos de usted ¿cuáles son? -preguntó el clérigo.

-Soy Señor de la Torre y Casa-Fuerte de Albalate, Señor de Rubielos, Merino mayor de Monzón, poseedor de varios lugares, fortalezas, vasallos y pechos en el antiguo reino de Sobrarbe; Señor también de la Puebla de Olid con Grandeza de España, Caballero del hábito de Montesa, Maestrante de Zaragoza.. y no sigo por no ser enfadoso a los que me escuchan..

-¿No es usted pariente de los Cárceres? -preguntó la otra hembra bonita.

-Sí señora -replicó D. Beltrán, gozoso de oír la dulce voz, cuyo timbre le sonó a nobleza y elegancia-. Ramón Cárcer, cuarto Marqués de Castelbell, es mi sobrino, y primos de mi esposa son los Borrás y Mezquita, así como Marianito Zagarriga, Marqués de Creixel.

-Otra cosa -dijo Cabrera, a quien ya parecía enojoso hablar tanto de nobleza-. ¿Qué tal le tratan a usted en mi Cuartel general? ¿Le dan bien de comer?

-Señor, un ejército de campaña no puede cuidar del pobre cautivo inútil, cuya vida no importa a nadie.

-Yo quiero que sea usted tratado con la co.. nsideración que merece por su categoría.. Y si alguno le faltase al respeto, lo que tarde yo en saberlo tardaré en ordenar que le den cincuenta palos.

-No vale hoy esta pobre vida que por ella se machaquen los huesos de un cristiano.

-¡Pobre señor! Em dona molta llástima! ¡Y en quina dignitat porta la seua miseria!».

Algo pudo entender el prisionero de lo que la compasiva dama decía, y su piedad le llegó al alma. En tanto Cabrera le ofreció un (p.4811) cigarro, que rehusó, porque no solía fumar a tales horas.. Instó el General; insistió la dama, que de manos de su amigo tomó el puro para alargárselo a D. Beltrán. Cuando este salió del aposento, iba como fascinado por la voz claramente oída y el rostro turbiamente visto de la beldad, y echaba de menos sus verdes años para corresponder a la compasión de ella con un amor grande, solitario y sin esperanza, como aquel inmenso infortunio de su vejez.

 

Ep-25-XIV -

Mejor tratado desde aquel día, el prisionero vio urbanidad y benevolencia en algunos rostros; pero nada le maravilló como la radical mudanza del capitán Santapau, a quien conocía por el familiar nombre de Nelet. Empezando por mostrarse con él menos esquivo, se humanizó en un día, en otro se trocaron sus asperezas en afabilidad cariñosa, y acabó por declarar a D. Beltrán su sentimiento de haberle ofendido y su deseo de trabar con él amistad. Aceptó gustoso este cambio de actitud el buen viejo, y sospechando que alguna recóndita intención se traía su flamante amigo, esperó a conocerle mejor para juzgarle. Respecto al paradero de Marcela, a quien había perdido de vista desde antes de la acción de Buñol, díjole Nelet que Cabrera la había mandado encerrar en un convento de monjas, hasta que decidiera el Vicario General por D. Carlos, que actualmente se hallaba en Navarra. A juicio de Cabrera, no era decoroso ni ejemplar que una señora religiosa anduviese al zancajo por los caminos, suelta de toda disciplina; pero Santapau no participaba de esta opinión, pues las benedictinas de Sigena estaban exentas de clausura, como había declarado nada menos que el Concilio de Trento. Conocedor del monasterio y de su poética historia, el capitán había estudiado el asunto, y podía demostrar a su jefe la razón y derecho con que peregrinaba la santa señora y esposa de Cristo. Marcela Luco.

«Bien, hijo, bien -dijo D. Beltrán, barruntando a dónde iba a parar el guapo Nelet-. También yo veo con simpatía la libertad monjil, y en este caso la creo muy (p.4812) acepta a los ojos de Dios, pues, si no me engaño, Marcela corretea en seguimiento de intereses que quiere aplicar a grandiosas fundaciones pías, para mayor esplendor de la Fe y de la Iglesia».

Decían esto camino de Valencia, como a tres leguas de Chiva, donde habían pernoctado. Las intenciones de Caín llevaba Cabrera en aquella marcha, pues informado por sus espías de que los restos de la división de Crehuet, derrotada tres días antes en Buñol, andaban por aquel término, iba en su seguimiento, bien afiladas las uñas para destrozarlos. ¡Espléndido país aquel, hermoso cielo, alegres campiñas, que aun en invierno dan testimonio de su fecundidad! Aspiraba D. Beltrán el templado aire, que por el aliento metía en los cuerpos la vida, la esperanza, el contento del vivir; que duplicaba el vigor de los jóvenes, y a los viejos les aliviaba el peso de los años. Pensaba que aun para despedirse de la existencia es bueno un suelo feraz, un ambiente templado, una tierra pródiga en flores y frutos.

Los mil doscientos cristinos de Infantería y el escuadrón de Lanceros, que, con los milicianos de Valencia y Liria, habían recibido órdenes de concentrarse en la capital, marchaban confiados, mal dirigidos, desconociendo con angelical inocencia el país que pisaban y el enemigo que tan cerca tenían. Como unos borregos de Dios se entregaron al descanso en un pueblo llamado Pla del Pou.. Cuando más descuidados estaban, vieron encima la caballería carlista. No les dio tiempo ni para tomar posiciones, ni siquiera para escapar con algún orden. No fue batalla, fue una carnicería sañuda: desordenada la caballería cristina, se enredó en ella la infantería, como una deshecha madeja en las patas de un animal que da vueltas sobre sí mismo. Los carlistas no combatían; mataban a su gusto y satisfacción. Los liberales no eran soldados, sino reses. Algunos de a caballo pudieron escapar; los pistolos que no perecieron en la matanza, entregáronse a discreción, para que los matarifes hicieran de ellos lo que quisiesen. Por de pronto, allá iban todos, prisioneros y (p.4813) vencedores, hacia Valencia, y ya que para embestir a esta grande y fuerte ciudad no tenía Cabrera poder bastante, se plantó en Burjasot, lugar cercano, para verla al menos y que ella le viese. Aunque de escaso relieve, la eminencia en que está fundado aquel pueblo es como atalaya que domina la huerta feracísima, y a lo lejos el apretado caserío de la ciudad, guarnecida del verdor perenne de los naranjos, y destacando sus torres y chapiteles sobre una espléndida faja de mar azul.

Tan contentos llegaron a Burjasot los soldados del absolutismo, que no pensaron más que en celebrar su triunfo con la vena de abundancia que aquella lozana tierra les ofrecía. Guerreros infatigables que devoraban leguas y corrían de una comarca a otra con presteza gatuna, traían hambre atrasada. El país donde comúnmente operaban, Maestrazgo, Desierto de las Palmas, riberas del Palancia y Mijares, riberas del Guadalope y Río Martín, puertos de Beceite y de Ademuz, estaban ya esquilmados. Valencia era el oasis, la frescura, el descanso, la vida plácida con regalos mil. No fue de iniciativa de Cabrera, como se ha creído, el festín de Burjasot; fue idea de algunos jefes, y de la oficialidad y subalternos, que ya anhelaban comer y beber sin tasa para reponer el cuerpo de tantas fatigas. Bien se lo habían ganado: lo menos que podían hacer era consagrar un día, unas horas a dar a sus cuerpos algún goce de gula, pues todo no había de ser marchas, hambres y sofoquinas. Pedido permiso al General, este lo dio de buena gana, porque si sabía utilizar hasta la última tira de pellejo de sus soldados, también gustaba de que se divirtiesen y solazaran cuando la ocasión lo permitía.

Parte del vecindario invadió el campamento, metiéndose entre la tropa. Iban unos por afecto a la causa carlista; otros por curiosidad; muchos por ofrecer y colocar hortalizas, carne, peces, patos, frutas y hasta flores, que ya abundaban en aquel despuntar de la primavera. Habían dispuesto celebrar la comilona en aquella parte culminante del pueblo, formada de terreno calizo, bajo el cual se extienden los (p.4814) famosos silos o graneros subterráneos para depósito de cosechas. La iglesia de San Roque, objeto de gran devoción, situada también en la eminencia y no lejos del pueblo, encara su frontis hacia Valencia y el mar, como recreándose en tan bello panorama.

Pronto se vio la vasta planicie llena de cuanto Dios crió, viandas regaladas, viandas adquiridas. Se nombró una comisión que cuidase de allegar cucharas y tenedores, algo de mantelería y vasos para los jefes, y el obsequioso vecindario facilitó al instante todo cuanto se deseaba. Por aquí se encendían hogueras; por allá preparaban peroles y sartenes; en un grupo de soldados desplumaban patos; en otro desollaban corderos. Subían del pueblo en hombros zafras de aceite y pellejos de vino, cestos de naranjas, rimeros de lechugas. Soldado había que en estos acarreos se atracaba de forraje, como aperitivo. El vino empezó a correr desde el primer momento, vaciando los pellejos en jarros, estos en los pocos vasos que había para tantas bocas. Los carlistas más señalados en la localidad por su fanatismo subieron sobre sus duros cráneos grandísimas mesas, y montones de sillas, enganchadas traviesa con pata. Manteles también vinieron, aunque no tantos como habrían sido menester. Toda escasez se podía perdonar menos la del vino, que se remedió duplicando la provisión de hinchadas corambres.

A las tres y media el aspecto de la bacanal era imponente: comían, devoraban sin orden ni medida, la tropa en el suelo, diseminada en grupos a los bordes de la meseta; los sargentos sentados también en tierra, formando cuadros con relativa corrección; más allá oficiales, unos de rodillas, otros ensillados, algunos tendidos a la romana. Frente a la ermita había mesas, donde se veía la figura clerical de Llangostera y la cara de corcho de Tallada, en la cual se confundían la picaresca malicia y la ferocidad. Otras personas calificadas se veían por allí: el subdelegado castrense, del cual podían ser retrato los odres de vino que acababan de traer; intendentes, cirujanos, mariscales (p.4815) mayores. Los capellanes se señalaban por su ausencia, pues una grave ocupación les retenía en el pueblo. Cabrera, mal humorado, sintiendo algún recrudecimiento de sus achaques, y molestia en sus mal cerradas heridas, se sentó un rato en la primera mesa; después iba de una parte a otra, hablando con todos, recibiendo felicitaciones. Las miradas se le iban hacia Valencia; apretaba las mandíbulas cuando sus íntimos le decían: «D. Ramón, estamos a las puertas del cielo.. Haga una de las suyas, y llévenos allá».

En las clases inferiores reinaba una jovialidad frenética. Grupo hubo en que empezaron por los postres, las dulces algarrobas; luego descuartizaban un pato, tirando en cruz de las patas y alones. Aquí comían las lechugas sin aliñar, en rama; allí naranjas a bocados mordiendo la cáscara, y encima pescado frito, o a medio freír; vino sin tasa; después bollos de aceite, y lonjas de tocino con azúcar. En las mesas o tenderetes de preferencia hubo arroces quemados, arroces crudos, anguilas, pajeles, pájaros y hasta morcillas; en otros comían el cordero a medio asar, chorreando sangre, partiéndolo con las espadas, por no abundar los cuchillos. El regimiento 1.º de Tortosa tenía una murga militar de una docena de instrumentos, trombones abollados, bombo, platillos y chinesco. Agregados a ella algunos músicos cogidos a las tropas de la Reina, compusieron una mediana banda, la cual, desde los comienzos del banquete, tocaba escogidos trágalas, la jota y otras piezas de baile. Su discorde ruido hacía juego con los manjares a medio condimentar y con la desafinada alegría del festín. Aquí y allí gritaban: «¡Que se callen esos perros!» y tenían razón, pues los de la banda eran verdaderos sicarios del arte musical.

Casi a la fuerza fue llevado D. Beltrán por Nelet a uno de los grupos que comían en el suelo; y apenas se había sentado, viendo que el capitán se retiraba, le dijo: «¿Pero usted, Santapau, no come?». A lo que contestó Nelet, condolido de sí mismo: «Ahora no puedo: tengo que fusilar.

-¿Pero qué?.. ¡Ahora!.. -exclamó aterrado el viejo, (p.4816) levantándose de un brinco, inverosímil para su edad.

-¿Pues qué creías tú, abuelo? -dijo un teniente, que desde el principio de la comida estaba entre dos luces-. ¿Creías que les íbamos a perdonar.. y a convidarles encima?».

Antes de que pudiera contestarles, resonó el estruendo de una descarga.. Corrió Don Beltrán hacia donde la humareda se veía, y distinguiendo los desnudos bultos de cadáveres junto al tapial del cementerio contiguo a la iglesia, lanzó una exclamación de horror y se llevó las manos a la cara. Veinte infelices habían caído ya. A poco trajeron otra cuerda: eran veinticinco, entre ellos los cadetes valencianos que acababan de ingresar en el ejército, y se estrenaban en aquella tragedia. Venían en cueros, resignados, los menos con pocos ánimos, tropezando en el camino; los más altaneros, provocativos. Algunos de ellos, alargando sus brazos hacia la embriagada turbamulta del festín, gritaron frenéticos.. «¡Viva Isabel II!».. La descarga les cortó la palabra y el fervor de sus exclamaciones; luego, los tiros sueltos para rematarles sonaban a cacería. Excitados con los vivas insolentes de las víctimas, la soldadesca entregada a la gula prorrumpió en gran vocerío aclamando a los suyos, escarneciendo a los vencidos, que no tenían bastante con la muerte. Mientras traían otra cuerda del cercano corral donde les desnudaban, en la explanada vaciaron más pellejos. Los vacíos yacían en el suelo como cuerpos despanzurrados, sanguinolentos. En algunos grupos, donde con la borrachera se había perdido hasta el último destello de razón, gritaban: «Más, más». ¿Qué pedían? ¿Más bebida o más muertes? Las dos cosas: vino bautizado con sangre.

Soldados del Serrador y de Tallada cogían entre dos los muertos, por pies y cabeza, y los iban arrojando a un lado, formando montón. Las gentes del pueblo, que al principio de la matanza se aproximaron con instintiva curiosidad y querencia insana del terror, huían ya despavoridas. La musiquilla seguía lanzando su chillar bufonesco en medio de la melopea espantosa de (p.4817) tal tragedia, declamada por los fusiles de una parte, de otra por los ayes lastimeros o los arrogantes apóstrofes de las víctimas. Si pavoroso era el estruendo de las descargas, no lo era menos el graznido lúgubre de la banda o murga y el coro desenfrenado y soez de los que comían, bebían y pateaban sobre el propio Calvario.. Movido de inmensa compasión, de un sentimiento de protesta contra tanta barbarie, se fue D. Beltrán con paso torpe hacia donde fusilaban.. Le entró el delirio de unir un grito suyo al de los que gritando morían. No sabía por dónde andaba.. Una mano vigorosa le apartó diciéndole: «¿A dónde va, buen hombre? Atrás, o le coge una bala..». Retirose, metiendo los pies en un charco de sangre.. Vio los cuerpos desnudos retorciéndose en el suelo, y la presteza con que los remataban, como quien extermina una plaga de animales dañinos. Huyó el pobre señor horrorizado, sin saber a dónde iba a parar; y más abatido por efecto del pavor que del cansancio, se dejó caer en tierra. Una nueva descarga, alaridos, vivas y mueras, y el coro de los bebedores, que ya era ronco, con voces arrastradas, grotescas, llevaron al colmo su espanto. Se tapaba los oídos: sus miradas buscaban en el movimiento de los grupos algo que indicase la terminación de la matanza; pero nada veía. El humo cubría la hecatombe. Volviendo sus ojos al cielo, ansiando ver algo que borrase de su espíritu la impresión de tales horrores, contempló un instante la inmensidad azul. calmosa y pura.

 

Ep-25-XV -

No había concluido la función. Despachados los sargentos y oficiales, empezaron a exterminar soldados. De arriba gritaban: «¡Más, más.. todos!». Y los que se acercaron a Cabrera intentando convencerle de que el escarmiento no debía pasar de allí, oyeron de él la fría respuesta: «Hoy no les niego nada». El General, molestado por horrible acedía, y con su boca llena de un amargor insano, el rostro lívido, la mirada menos brillante que de ordinario, no había tomado más que un poco de vino con agua. Su inapetencia habría necesitado quizás, (p.4818) para remediarse, espectáculos menos terribles; o era que ni aun con los triunfos recientes se hallaba satisfecho, y su insaciable ambición pedía más al adusto Genio que le protegía. En medio de las alegrías del festín y de los horrores de la matazón, más que matanza, su espíritu se distraía de la realidad presente, para volar hacia la ciudad cercana, bella y rica. Los ojos se le iban hacia allá, como si contar quisiera las torres y cimborrios de la que solemos llamar ciudad del Cid. ¡Qué no daría aquel nuevo dominador de pueblos por poderla llamar suya! Mirándola con ojos de codicia más que de amor, parecía decirle: «Ya ves cómo trato a mis enemigos. Permito a mis soldados que hagan esta pira de cadáveres, para que en ella veas a Cabrera. Aquí estoy; mírame; quiero que tiembles mirándome, quiero que toda España tiemble ante mí».

Terminados los fusilamientos, un amigo de Nelet recogió a D. Beltrán, atontado de la fuerza del susto, y le llevó a su alojamiento. A prima noche, Nelet le hizo acostar, dándole vino caliente, y el pobre señor, con los cuidados que su amigo, antes enemigo, le prodigaba, descansó del molimento y de la pavorosa impresión, despertándose al toque de diana con regular apetito y el espíritu fortificado de resignación, así cristiana como filosófica. Vivía en los dominios del terror trágico y en las fronteras de la muerte: cuando llegara para él la hora del martirio, sabría, pues, afrontarlo con valor y dignidad.

Desayunándose con los restos del banquete, las tropas se pusieron en marcha muy temprano, dejando intacta la pila de muertos para que los enterraran los vecinos de Burjasot, si querían; algunos batallones se aproximaron a Valencia simulando un ataque. El amago, sin más objeto que amedrentar al vecindario, significaba un ¡si voy..! Pero no iba: para tal empresa no bastaban la audacia y la agilidad. Contentábase Cabrera con aumentar su hueste, con organizarla y darle hábitos y educación de ejército poderoso; sus crueldades no eran el nefando goce del mal, como en el depravado cura Lorente: (p.4819) eran los resortes de una infernal política, pues en su conocimiento del país y de los hombres, el leopardo no veía más camino que la fascinación terrorífica para domar a los pueblos. Destruyendo media España, aseguraba el imperio sobre la otra media.

Hecha la demostración ante los muros de Valencia, emprendió Cabrera con su ejército la marcha hacia la Plana de Castellón, sin decir a nadie a dónde iba ni qué planes llevaba. Santapau, recién ascendido a comandante, mandaba el 3.º de Tortosa, y en su estreno de plaza montada brindó a D. Beltrán con la participación de su cabalgadura, llevándole a la grupa en todo aquel caminar, que no fue de los más acelerados. Dispuso el jefe una marcha por la margen derecha del Palancia, como si quisiera embestir a Segorbe; descendió inopinadamente hasta Sot de Ferrer; pasó el río, y a los dos días de lo de Burjasot, pernoctaba en Alfandeguilla. Afirmose en tan larga correría la amistad entre D. Beltrán y Nelet, ganando este con delicadas confianzas el corazón del anciano. A poco de emprender la primer jornada, y observándole taciturno y receloso, díjole que el General había manifestado, respecto a su noble cautivo, sentimientos de benevolencia y estimación. La verdad de esto demostráronla los hechos, pues en la parada que hicieron en Rafelbuñol, presentándose la noche lluviosa y fría, Cabrera mandó a Don Beltrán un capote suyo en buen uso para que se abrigase. Cuidaba en tanto Nelet de apartar para él la mejor comida, y en los alojamientos le agenciaba toda la comodidad posible. Tanta era en Urdaneta la gratitud como la confusión, y llegó a sospechar que tales obsequios significaban un refinamiento de crueldad, y que le regalaban como a los condenados a muerte antes de quitarles la vida. Descansando y comiendo al pie de unos robustos algarrobos, después de pasar el Palancia, Nelet intentó quitarle de la cabeza los temores de fusilamiento, diciéndole que tal vez Cabrera le retenía con fines muy distintos de los que supone la prisión por rehenes. No comprendía el viejo qué fines podían ser aquellos, (p.4820) dada su inutilidad, y ambos estimaron que el noble señor debía esperar los acontecimientos, tomando lo que le dieran, comiendo de lo mejor que hubiese, y abriendo su espíritu a la confianza.

«Dispuesto estoy -dijo Urdaneta-, a comer todo lo que me traigan, y a ponerme la ropa del General, si continúa mandándome algunas piezas útiles. Pero mi espíritu no puede estar sereno, pues no se aparta de mi mente la matanza de Burjasot. Soy cristiano; protesto en silencio de estos horrores, y pido a Dios que los castigue.

-Lo de Burjasot -replicó Nelet con fría naturalidad-, no es otra cosa que una hilada más de la pirámide de justicia que juró construir D. Ramón, hallándose en Valderrobles, en Febrero del año pasado. Esa pirámide no es aún bastante alta para que pueda lucir en su cima la imagen de aquella santa mujer, María Griñó.. Pero ya tocan marcha. Andando, señor mío. Vamos a Nules, que es plaza nuestra. Yo le aseguro a usted que allí tendremos ocasión.. y además motivos de hablar largamente».

A las diez de la mañana del siguiente día fue recibido Cabrera en Nules con arcos de triunfo, cortinas, músicas y danzas populares. Salieron a felicitarle y a ofrecerle ramitos de flores las chicas guapas del pueblo; huelgas y merendonas tenían dispuestas los calificados, y por la tarde corrida de toros en la plaza. En buena casa fue alojado Don Beltrán, y tanto él como Santapau, tratados a cuerpo de rey. Salió el comandante a obligaciones del servicio y a diligencias privadas, de que su amigo no tuvo conocimiento hasta la tarde, en la ocasión y sitio que pronto se sabrá. Comieron opíparamente, y cuando toda la oficialidad y el Estado Mayor a la plaza se encaminaban para ver la función de toros, Nelet propuso al anciano que, pues ellos no eran aficionados al barullo y tenían algo que platicar, se fueran a dar un paseo por donde menos ruido hubiese de festejo y de muchedumbre. Conforme en ello Urdaneta, se metieron por calles y travesías buscando la soledad, que fácilmente encontraron, por (p.4821) estar todo el golpe del vecindario en la corrida.

La villa, de construcción arábiga, blanca, de suelo plano y fácil, les engañó con la tortuosa red de sus calles; y cuando creían haber andado poco, halláronse lejos, en un arrabal separado del pueblo por anchas acequias. Metiéndose por entre dos tapias, fueron a dar frente a una iglesia de frontispicio blanqueado con excepción de la puerta de piedra, barroca, de columnas salomónicas, de retorcidos follajes y garambainas. «Como está usted cansado -dijo Nelet-, y esta iglesia nos brinda con su soledad y silencio, tan a punto para el descanso como para la buena conversación, entremos, señor D. Beltrán, y aquí hablaremos todo lo que nos dé la gana.

-Dígame, compañero -indicó el viejo cuando Nelet, llevándole de la mano, le metió en la iglesia y se sentaron los dos en un banco-. ¿Es que yo me he quedado completamente ciego, o que está esto más obscuro que boca de lobo?

-No tema por su vista. Yo tampoco veo nada. Venimos deslumbrados de la calle. Aquí nadie nos molesta ni nos oye. Voy a mi cuento, empezando por decir a usted que el hombre más desgraciado del mundo, el más digno de lástima, es el que con usted habla en este momento. Pensará usted quizás que mis penas son obra de la imaginación, a lo que contesto que, aun admitiendo esa idea, no dejan de ser efectivos, terribles, insoportables los sufrimientos de su servidor. ¡Con decirle que en Burjasot, cuando mandaba los fusilamientos, envidiaba a los pobres que allí matábamos como moscas..!

-Pasión de ánimo se llama esa enfermedad; y ella debe de ser motivada por una mala impresión, por un vivo querer no satisfecho.

-Ya pone su dedo en mi llaga.. ¡y cómo me duele! No me equivoqué al pensar que usted, hombre muy corrido, que ha vivido en esas sociedades de tono, buen conocedor de hombres y mujeres y de todo el tinglado social, es el único para confidente, quizás para médico de mis males.

-¡Yo!.. Tate.. tate.. Amigo Nelet, o soy un niño inocente, o es causa de sus desdichas ese trastorno del alma, (p.4822) a veces del cuerpo, que llaman amor.

-Entre paréntesis.. Ya principio a distinguir los altares.. ¿No hay allí dos viejas?

-No, señor: son dos sillas.

-Me da en la nariz, Nelet amigo, que esto es convento de monjas. He sentido a mi espalda como un murmullo, como un roce de faldas.. y un cierto olor de incienso de monja.. que es un olor eclesiástico muy particular.. ¿Me equivoco?

-No señor.

-¿Está aquí detrás el coro?

-Y al través de la verja parece que veo un par de bultos blancos..

-Bueno, siga usted.. ¿Con que amor? Y admito, sí señor, que pueda yo ser médico de tal achaque por mi consumada experiencia, por lo que han visto estos ojos, por los innumerables afectos de diferentes clases que han turbado este viejo corazón. Adelante, y abreviemos: ¿quién es ella?

-Antes de saber quién es ella, sabrá usted quién es él. Manuel Santapau, nacido en un mas próximo a Gandesa, de padres labradores ricos, no debió a estos una crianza perfecta. Hijo único, sus padres no supieron enderezarle desde niño por los buenos caminos, y en vez de contener su natural voluntarioso, le dejaron tomar vuelo; sus travesuras hacían gracia, y sus sinrazones eran alabadas antes que reprendidas, resultando que cuando unas y otras, con la edad empezaron a ser maliciosas, ya no había autoridad que las contuviera. En fin, señor: yo, desde los diez y seis años, escandalicé la villa en que vivíamos, que era entonces Gandesa, y más tarde hice campo de mis abominaciones a Reus, a Vendrell y a Cambrils. Ausente de la casa de mi padre, salvo en las pocas en que iba a reponer mi bolsa, me lanzaba yo con otros amigos no menos inclinados a la vagancia, de pueblo en pueblo, cometiendo tropelías sin fin. Mis estudios, que no pasaron de leer y escribir y algo de cuentas, se completaron después en el libro del mundo, donde aprendíamos toda la ciencia del mal. Era vasto nuestro terreno, y en él ejercíamos diferentes artes malignas; pero la peor de estas, y en que yo principalmente despuntaba, era la de seducir doncellas con mil engaños para (p.4823) abandonarlas luego miserablemente. Si robábamos alguna vez en ciudades o despoblados, era por modo de travesura; nuestro botín consistía siempre en jamones y morcillas, aves y otros comestibles, y jamás tomamos dinero de nadie. Esta es la verdad; y así como digo lo malo, digo lo bueno o lo menos malo. Alguna muerte tuvimos sobre nuestras conciencias, todas en riña, a veces por defendernos de padres burlados, a veces por pendencias de ésas que, sin saber cómo, salen del vino.. porque, eso sí, a borrachos y camorristas, nadie nos ganaba. Aunque me esté mal el decirlo, mi buena figura era la mejor ayuda de mi perversidad en la campaña de conquistar mujeres, embobarlas y perderlas sin ninguna compasión. El demonio, que no Dios, me había dado el rostro para enamorar y las palabras dulces y mentirosas; y con tales medios, cada día era yo más terrible acosador del sexo femenino, llegando a no respetar ya soltera ni casada, seduciendo también por depravación a las que no eran bonitas, y a las religiosas, a las altas, y a las bajas y a las medianas..

-Perdone usted, Nelet -dijo D. Beltrán, que no podía contener las ganas de interrumpirle-. El tipo de D. Juan, que existe desde el principio del mundo y es de todas épocas, tiene en la nuestra, por lo muy reglamentada que está la sociedad, poco terreno para sus audacias. Se lo dice quien ha visto mucho mundo; quien, si se pusiera a contar lances y aventuras donjuanescas, no acabaría en siete meses. Y yo pregunto: ¿cómo pudo usted ejercer tan largo tiempo de caballero seductor, sin tropezar con la justicia que le metiera en la cárcel, con un padre que le descalabrara, o un marido que le partiera por la mitad?

-Lo encontré, sí señor: tuve mi castigo. Un marido, de Tortosa, me cogió desprevenido una noche, y con una barra me abrió la cabeza. Después agarrome por una pata y me tiró a una acequia, donde me habría ahogado si esta llevara más de medio palmo de agua.

-Acabáramos.. Reconozca usted que ya era tiempo, querido Santapau.

 

Ep-25-XVI -

-Sí, era tiempo.. Yo me lo (p.4824) tenía muy bien merecido. Por poco no lo cuento, señor D. Beltrán. Me recogió el santero de una ermita que hay en Roquetas, y a su caridad y a la de su mujer debo la vida. No sé cuántos días me tuvieron en aquella cueva, debajo de la iglesia, donde había unos santos viejos tirados en el suelo, con las caras comidas de polilla, y toda la pintura y la estofa de sus trajes descascaradas por la humedad. Uno de ellos, que era por las trazas San Antonio de Padua, pero sin niño, pues este y las manos se le habían quemado en un fuego de los altares, se puso en pie una noche, y llegándose a mí, me habló..

-¡Nelet!..

-Le veía y le oía, Sr. D. Beltrán, como a usted le oigo y le veo. Díjome que Dios estaba muy enojado conmigo por mis grandes pecados, y que en castigo de haber yo perjudicado a tantas pobres mujeres fingiéndoles cariño mentiroso, me pondría en el alma un amor violentísimo y verdadero hacia persona que nunca me había de querer, y con esta pasión no satisfecha, y con este fuego no apagado, padecería todo lo que hice padecer a las mujeres que engañé.

-Soñó usted, en verdad, un ejemplo precioso de justicia y expiación.

-Verdadero o soñado, fue un aviso del cielo, según me dijo el fraile mínimo con quien me confesé al siguiente día, porque yo estaba arrepentido, sentía como un pestilente sabor de boca, la suciedad de mi conciencia, y quería limpiarla. Meses después, el mismo fraile de Roquetas (ya exclaustrado) , que miraba por mi salvación espiritual y corporal, me aconsejó que me alistase en la facción y peleara por los derechos santísimos del Altar y del Trono. Así lo hice a fines del 35; presenteme a Cabrera, que me recibió muy bien, y para que me fogueara me mandó a la partida de Quílez, después a la de Tena. Gracias a mi arrojo en los combates, a mi puntualidad en el servicio, adelanté bastante en mi carrera. Era ya alférez y me hallaba en Valderrobles, en Febrero del año pasado, cuando los monstruos liberales dieron muerte a la madre de Cabrera; teníamos en rehenes en el dicho Valderrobles a cuatro señoras: la esposa del (p.4825) coronel Fontiveros; Mariana Guardia, hermana de un urbano de Beceite; Paca Urquiza y Cinta Foz, hermana y madre de otro urbano. D. Ramón las trataba con mucho miramiento, convidándolas a su mesa algunos días, y cortejaba a la Paquita: se corría la voz de que era su novio por lo fino y que se casaría con ella. Pero cuando supo la muerte de María Griñó, el furor de aquel hombre fue tal, que juró al cielo derramar sangre inocente hasta anegar los valles y volver rojos los pequeños y los grandes ríos. A mí me tocó el paso amargo de fusilar a las cuatro mujeres. La Mariana Guardia me gustaba, y bromeando le había dicho yo cuatro cuchufletas de tentación, picado de mi antiguo vicio.. Al ponerlas de rodillas en el cuadro, después de confesadas por el Padre Vallés, el mismo frailecico que a mí me auxilió en Roquetas, los pobres, llorando como Magdalenas, me pidieron por Dios que no las matase. Pero yo ¿qué había de hacer? La disciplina, que es más fuerte que la conciencia, me hizo de hierro el corazón.. Murieron.. A Mariana tuvimos que rematarla, porque con los tiros primeros no quería morirse, y sus ojos se cuajaron, echándome una mirada que me traspasó.. Ello fue que sentí luego un frío mortal, y al poco rato caí con tremenda pataleta y convulsiones, blasfemando y clavándome las uñas en el rostro.. Por la noche, hallándome en un catre, donde me pusieron con los brazos atados para que no me golpeara, vino el demonio, y cogiéndome por los cabellos me llevó a un alto monte que llaman Cretas, y allí..

-Alto, amigo -dijo D. Beltrán-: esa no cuela..

-Porque no cree en ello. Pero yo sí, y sostengo todo lo que he dicho. Tan cierto como que estamos aquí, lo es que me vi en el picacho de Cretas, entre una caterva de demonios que allí estaban congregados; y después de zarandearme jugando conmigo a la pelota, me mandaron que les adorase, a lo que yo no accedí, y pusiéronme delante toda mi historia, representada en las figuras de las mujeres que perdí y ultrajé, las cuales iban pasando como las estampas de un libro.. Ni por esas (p.4826) me conquistaron; y cuando el demonio mayor, o capitán de ellos, me volvió a mi catre, arrojándome en él medio muerto, llamé al Padre Vallés, que me consoló, haciéndome aprender de memoria oraciones que bien rezadas ahuyentarían los espíritus malignos.

-¿Pero cree usted eso, pobre Nelet?

-¡Que si lo creo! -exclamó el guerrero con una convicción tan profunda y tenaz, que D. Beltrán juzgó inútil emplear contra ella las armas de la razón-. ¡Pues si fuera tan cierto que he de salvarme!

-Siga, y lleguemos pronto al punto principal: ¿quién es ella?

-Ahora sale.. Restablecido de aquel mal demoníaco, de cuando en cuando venía por mí el diablo que quería ser mi amigo, y me llevaba por los aires, o al fondo de las cuevas que hay en la Portadilla, o a los breñales espesos del río Nonaspe, en lugares adonde ni los búhos penetran. Era el mes de Agosto, y me hallaba con el Fraile Esperanza en Calaceite, de vuelta del Mas del Hortal, donde nos habíamos batido con Nogueras, cuando me encontré, sin saber cómo, frente a una caverna, en noche cerrada.. y oí una música preciosísima, que no puedo comparar a ninguna música de este mundo.

-Sobre todo a la de la banda de Tortosa.

-De la gruta salió una luz azul, muy suave.. y por fin, de en medio de esta luz una mujer.. No puedo dar idea ni de la luz ni de la hermosura de la señora, ni sé cuál de las dos cegaba y confundía más.

-Sería rubia..

-No señor; morena, de ojos negros, el pelo suelto y corto, caído sobre los hombros con infinita gracia, la mirada como de los santos en oración, los pies desnudos, el cuerpo vestido de un sayal de penitente..

-Verde y con asa.. Marcela.. Ya me figuraba yo que en esto habían de venir a parar todas esas jugarretas diabólicas.. Bueno, ¿y le dijo usted algo?.. ¿ella le habló?

-No señor.. palabras no hubo; nada más que el quedarme yo estático, como sin sangre en las venas, la voluntad sobrecogida, y sentir que toda la vida la tenía en el corazón, y que en él se me metió un amor muy vivo y abrasador que de aquí no ha querido salir más.

-Pero se me ocurre una (p.4827) grave objeción. Fíjese usted en las fechas antes de lanzarse a referir sus leyendas, Nelet. Ha dicho que en Agosto fue la maravillosa visión. Pues en Agosto, según mi cuenta, Marcela no había salido aún de Sigena, ni podía presentársele en esa traza de penitente..

-Pues ahí está lo maravilloso, lo sobrenatural, que confunde a los que sólo creen y testifican las cosas ordenadas conforme al tiempo y a la verdad que se toca. Yo vi a Marcela antes de que ella adoptase la vida y hábitos de peregrina. Y en esta anticipación de las cosas advierto que es ella la destinada por Dios a la obra del terrible castigo que quiere imponerme, condenándome a una sed no saciada, y a un afecto no correspondido.

-Bueno; concretemos. ¿Dónde vio usted a Marcela en realidad.. de ella misma?

-En la Ginebrosa, y no me sorprendió el verla, pues ya la conocía por su aparición, que he referido.

-¿Le habló usted?

-Le pedí amores, y me contestó muy esquiva, huyendo de mí. El segundo encuentro fue en Nuestra Señora del Pueyo. Le hablé con galantería fina y discreta que salía del corazón, y me dijo que no sentía por mí más que asco y desprecio. Yo iba mandando una partida; en mi desesperación se me ocurrió fusilarla, para matar con ella mi tormento.. Pero no me atreví. Despidiéndola, le dije: «Vete, hechura de Lucifer, a donde yo no te vea más, que si otra vez te cruzas en mi camino, te fusilo sin compasión..». Parecíame que sacrificándola me libraba de mi suplicio, y que después podía seguir queriéndola hasta que me muriese o me matasen.. Darle muerte no me parecía crueldad, sino una forma de amar, a mi manera, estilo de gran pecador y visionario de cosas grandes..

-¿El tercer encuentro..?

-De él fue usted testigo.

-¡Ah!.. En la maldita Codoñera. Tiemblo de recordarlo.. De lo que sigue tengo noticia, y la última es que Cabrera la mandó a un convento, porque no gusta de monjitas correntonas.

-Sí, señor.. y el convento donde está encerrada es este.

-¡Este! ¡Valiente pillo! -dijo D. Beltrán levantándose y dando algunos pasos hacia el coro.

-Cuidado, (p.4828) señor.. que no nos conviene llamar la atención.

-Como si lo viera. Los tratos de usted con los demonios ya sé yo en qué vendrán a parar, caballero Nelet -indicó el prócer, volviendo al banco-. Estamos preparando una hazaña donjuanesca: violación de clausura, rapto de virgen del Señor.. Pero entendámonos: ¿trata usted de sacarla por su gusto, por el orgullo de robar una monja, o porque ella le ha dicho: 'Nelet, ¿cuándo tocan a robar?'?

-Ella no me ha dicho eso; pero constándome que le agrada la libertad, hace días, por un propio muy listo que mandé a Nules, le propuse abrirle las puertas de su encierro, y me contestó que en ello no había pecado, sino observancia de las disposiciones del Concilio de Trento. El capellán del 3.º, hombre muy leído, me ha prestado unos librotes en que están la fundación e historia de Sigena, y con esa lectura mi conciencia no se escandaliza del hecho de libertar a Marcela. Estoy tranquilo; he tomado mis medidas..

-Todo esto, mi querido Nelet -dijo Don Beltrán reverdecido-, es hermoso, es poético y dramático. De la esencia de estas aventuras de amor vive el alma.. Por tales emociones y otras semejantes, no es el mundo un presidio. Dígame usted..

-Ahora, mi ilustre amigo, no puedo decir más, porque tenemos que separarnos. Es la hora precisa de ver a la demandadera, la cual ha de darme de palabra o por escrito una razón, por donde sabré si la empresa se acomete esta noche o se deja para la de mañana. Aguárdeme aquí, que no estará solo más que el tiempo que yo tarde en esta diligencia».

Mientras estuvo solo, Urdaneta se dio a reflexionar en el extraño caso, que a su parecer justificaba el dicho del teniente Estercuel. La guerra, el país, la raza, renovaban en todo los tiempos medievales. La vida tomaba esplendores poéticos y risueñas tintas que se mezclaban con el rojizo siniestro de la sangre, tan sin medida derramada. Exceso de vida era quizás, plétora de sentimientos y pasiones. El fondo, por añadidura, ofrecía característica decoración natural y el teatro más adecuado a tal (p.4829) desbordamiento de vida. La mezquina civilización a la moderna se desvanecía, se borraba como un afeite mal aplicado, dejando sólo las querellas feudales, el ardor místico, la superstición, las crueldades horrendas y eminentes virtudes, el heroísmo, la poesía, la intervención de ángeles y demonios, que andaban sueltos y desmandados por el mundo.

Volvió Nelet gozoso al cuarto de hora, y cogiendo del brazo a su amigo le llevó fuera, a punto que un monaguillo a cerrar se disponía. «Y qué, ¿será esta noche? -preguntó el anciano, taconeando fuerte por el puentecillo de la acequia.

-Aún no he leído su carta -replicó Nelet, que de la fuerza del contento temblaba.

-¡Ha escrito!..

-Y además me manda unos versos. Vámonos aprisa, que por el ruido que se oye y la gente que se ve venir hacia estos barrios, paréceme que ha terminado la corrida. Esta noche, después que yo lea la carta, seguiremos hablando.. Aún me queda lo mejor. Porque yo no le he contado a usted a humo de pajas mis desgracias y aspiraciones. Yo he visto en el Sr. D. Beltrán de Urdaneta, noble de antiguo cuño, caballero muy corrido y de grandísima ciencia en cosas mujeriles, la única persona del mundo que puede guiarme al fin que deseo tanto como mi salvación: que Marcela me ame, que pueda yo, triunfando de su esquivez, dar al traste con la leyenda de mi castigo, que me espetó San Antonio en la ermita de Roquetas.

-Yo tendré un placer inmenso -dijo el aragonés, parándose para hacerse oír mejor-, en ilustrar a usted con mis conocimientos en materia tan grave. El corazón de la mujer no tiene secretos para mí: ciencia dolorosa, amigo mío, porque los maestros no llegamos a este doctorado sino a fuerza de amarguras y sufrimientos. En mí tendrá usted un asesor desinteresado; pero deje aparte toda consulta referente a espíritus más o menos diabólicos, pues yo no los he visto en mi vida, ni sé nada de esos caballeros. Eliminadas las potencias infernales, yo le aconsejaré lo más eficaz para conquistar el corazón y la voluntad de esa doncella.. ¡Y que no es floja bestiecilla la que (p.4830) hay que domar!.. Santa y arisca, filósofa y hombruna.. Pero ya veremos, ya veremos..».

Llegaban al centro de la calle Mayor, donde se aposentaban, y ya no pudieron hablar más de su asunto, porque Nelet se vio rodeado de compañeros y amigos. Todos ellos, y D. Beltrán no de los últimos, pensaron en matar el hambre, lo que no era difícil entre un vecindario casi totalmente afecto a la Causa, y que se desvivía por obsequiar a sus defensores. En los bajos del Ayuntamiento, las estancias habían sido convertidas en comedores, donde se agolpaban oficialidad, capellanes y calificados vecinos del pueblo, mientras en el piso alto se hacían regios honores al General y a su Estado Mayor. Los compañeros de Nelet se acomodaron en una salita próxima a la escalera, donde se les dispuso espléndido comistraje, con mariscos y pescado, arroz exquisito y otros manjares de grande estimación. Con no poca estrechez se fueron acomodando, no sin designar un puesto al noble cautivo. Mas no había tomado la primera cucharada de sopa, cuando entró un ayudante del General con este mensaje: «El señor de Urdaneta, que suba. El General le convida a comer.

-¡A mí!.. ¿Está usted seguro de que..?

-Vamos, dese prisa. Están aguardando por usted».

 

Ep-25-XVII -

La entrada de D. Beltrán en la sala del festín, donde ya ocupaban sus asientos los comensales; el despejo y cortesía con que, adelantándose hacia el General, compendió en una sola frase el saludo y las gracias por el honor que se le dispensaba, cautivaron a todos los allí presentes: bien se veía al aristócrata de raza, maestro en arte social. Con raras excepciones, los jefes carlistas que se sentaban a la mesa del General eran unos pobres gaznápiros, elevados por sus prendas militares a posiciones de las cuales desdecía su educación. Tal coronel había sido arriero, el otro pescador; sacristán, uno de los intendentes; contrabandista de mar y bandido de tierra el jefe de la caballería, sin que ninguno de ellos poseyese el genial instinto con que Cabrera supo borrar de sus (p.4831) modales la humildad de su origen. Mal vestido y roto, D. Beltrán descollaba entre aquella gente, que aun en el modo de mirarle revelaba la conciencia de su inferioridad. Hubo uno, vecino de Nules, que menos avisado que los demás, se permitió decir al prócer: «Vamos, abuelo, que no estará usted poco inflao. En toda su vida ha tenido honor como este.. ¡comer con nuestro General ilustrísimo!

-Honor grande, que agradezco mucho -replicó D. Beltrán-; pero que no es nuevo para mí. Yo he comido con Napoleón».

Esto de comer con tan grande celebridad produjo estupor, que se fue trocando en admiración. A lo largo de la mesa sonó un murmullo. Cabrera, hombre muy desahogado en toda circunstancia, mandó a Cala y Valcárcel, sentado a su izquierda, que desocupase el puesto, y haciendo una seña al caballero aragonés, le dijo: «¡Con Napoleón!.. ¿Luego era usted su amigo? Véngase a mi lado para que me cuente..». Trocados los asientos, ocupó Urdaneta la izquierda del General, y accediendo a sus deseos, prosiguió así: «No debí decir Napoleón, sino Bonaparte, porque ello fue antes de la primera campaña de Italia. Él tenía entonces menos edad que tiene usted ahora; era delgado, melenudo..

-Sí, sí -dijo Cabrera con admiración infantil-, poseo su retrato en la Vida de Napoleón con láminas, que he leído cien veces, pues no ha existido hom.. bre en el mundo que yo admire más».

Refirió D. Beltrán escenas y pasajes interesantísimos de 1795 y 96, años IV y V de la República (¡ya había llovido!) , por él presenciados, y añadió anécdotas graciosas, más atractivas que la historia misma; y con tal agrado Cabrera lo oía, que hasta se le olvidaba el comer por no perder concepto ni palabra.

Y entre cuento y cuento, viéndose el aristócrata tan obsequiado, se decía, comiendo tranquilamente: «Tanta finura me da muy mala espina, pues de este tío no hay que esperar compasión: cuando se le hinchan las narices, ni hay para él amigo, ni tienen valor alguno sus atenciones y arrumacos. No puedo olvidar lo que me ha contado Nelet. (p.4832) A las cuatro desdichadas mujeres que en rehenes tenía en Valderrobles, las sentaba a su mesa, prodigándoles obsequios mil. A la de Fontiveros le permitía dar paseítos en una jaca, que aparejaron para ella, y a la chica de Urquiza le hacía el amor por lo fino con tanta insistencia, que hasta corrió la voz de que se casaban. Todo lo cual ¡Dios mío! no impidió que las mandara fusilar al saber la muerte de la Griñó. ¡Vaya un nene! Y no hay que hablar de arrebato, pues Cabrera supo lo de su madre el 20, si no estoy equivocado, y la matanza de las rehenes fue el 27. Sentenciadas días antes, no las mandó ejecutar hasta que no supo que sus dos hermanas, presas en Tortosa, se habían escapado.. No me fío, leopardo, no me fío de tus halagos, y aunque me pases por el lomo la pata blanda, con las uñas escondidas, sé que las tienes muy afiladas, y que el mejor día, cuando más tranquilo esté el pobre Don Beltrán.. ¡pum! al otro mundo..

-¿Por qué suspira usted? -le preguntó Cabrera-. ¿Está descontento del trato que le damos?

-¡Oh! no señor. Estoy muy satisfecho y muy agradecido. Encuentro simpatías en su ejército, y en él he podido hacer algunas amistades gratísimas. Pero bien sabe usted que la privación de la libertad difícilmente halla consuelo.

-Es muy sensible -le dijo el leopardo hacia el fin de la comida o cena-, que la ley de guerra, que no puedo eludir, no puedo.. me obligue a tenerle a usted bien trinca.. ado en mi ejército, para que su vida me garantice la de otro aristócrata que tiene en su poder Iriarte.. Pero usted podría ahorrarme a mí el disgusto.. ya me entiende, y al propio tiempo salir de esta situación molesta.. sí señor, comprendo que es car.. gante eso de estar un hombre con la idea de que le van a pegar cuatro tiros.. Sí señor, usted podría..

-Te veo venir -pensó el anciano, antes de preguntarle cuál era el remedio de su angustiosa incertidumbre.

-¿Por qué el Sr. D. Beltrán de Urdaneta, de la primera nobleza de Aragón, no se presta a reconocer al único Rey legítimo de España? Para S. M. sería muy grato; y a mi entender, si usted se decidiese, le seguirían otros (p.4833) nobles de Aragón y de Castilla. Fírmeme usted una declaración en el sentido que le propongo, y yo la co.. municaré al instante a mi Rey..

-Señor General -dijo el noble caballero después de toser y limpiar el gaznate para expresarse con toda claridad-, estimo en lo que vale la excelente intención con que usted me propone ese reconocimiento de los derechos del Infante, y espero que usted estimará del mismo modo la lealtad con que me veo precisado a evadir todo compromiso con la causa carlista. En conciencia, y estudiado el asunto, creo que la sucesión a la Corona pertenece a la hija de Fernando VII, y habiéndolo declarado así solemnemente como prócer del reino, no es decoroso para mí deponer ahora en favor del augusto Príncipe, a quien reverencio como a tío carnal de nuestra Reina. Fácilmente comprenderá usted, ilustre soldado, que en mi clase y en mi raza, la religión del honor y de la consecuencia no nos obliga menos que la otra religión con sus dogmas santísimos. Ni por cuantos bienes hay en el mundo, ni por la vida, que es el primero de los bienes, mancillaría yo con una traición el nombre que llevo.. Y dicho esto con toda la entereza de que soy capaz, y todo el respeto que a usted debo, he de manifestarle también que aunque partidario de Isabel, y convencido de la legalidad de sus derechos, no he tomado parte a su favor en esta contienda ni con armas, ni con escritos, ni en ninguna otra forma. Soy hombre de paz, y acato las leyes de la nación, vengan como vinieren. Ni guerrero he sido nunca, ni tampoco político. La pelea y la conspiración me son desconocidas. Soy un hombre honrado, isabelino en la intención, neutral en la conducta. No desconozco la convicción y lealtad con que tremola usted la bandera del Infante. Pero yo no la seguiré nunca: ni puede usted catequizarme ofreciéndome la vida mía, que hoy tiene en su mano. Y si en vez de tener usted en rehenes este cabo de vida, ya caduca, triste y de ningún valor, tuviera usted una vida robusta; si yo fuera joven y mirase ante mí un porvenir de (p.4834) treinta, cuarenta o cincuenta años, lo mismo que ahora le digo, le diría.. siempre con la consideración que debo a un hombre de su valer y de su inteligencia».

Oyó con atención y agrado el soldado del absolutismo esta declaración, dicha con cierto énfasis oratorio, y estimó delicadas las razones del caballero. «Basta, señor mío, y no hablemos más del asunto -le dijo-. Yo lo siento por usted.. y también por la Causa, que, digan lo que quieran, no se ve muy apoyada por la Grandeza de sangre.. Pero ya vendrán, ya vendrán todos.. Sólo que llegarán tarde, y les pondremos en última fila. Para entonces ya habremos creado nosotros, digo, el Rey, una aristocracia nueva, sacada de las filas de la lealtad.. ¿Qué hizo Napoleón cuando se vio sin nobleza de abolengo? Pues fabricarla. De sus generales hizo duques y príncipes, y hasta reyes.. Traemos entre manos la fundación de una sociedad nueva, pueblo nuevo, ejército flamante, aristocracia acabadita de salir.. Y ustedes, los de la Corte isabelina, se irán a cuidar cabras, o a destripar terrones.. Sí señor, si yo lo dispusiera, así sería. A todos los marqueses y archipámpanos que no han reconocido a Carlos V, les pondría yo una azada en la mano, y.. ¡hala! a labrarme las tierras del común..».

Terminó la cuestión de un modo festivo, y con ella la comida. Retirose D. Beltrán, expresando nuevamente al leopardo su estimación, quand mème, y se fue a dar con Nelet, que ansioso le esperaba. En una sala del mismo edificio, y en las propias mesas donde habían comido, los oficiales jugaban al ajedrez o las damas. Cabrera, una vez alzados los manteles, se puso a trabajar con dos secretarios, dictando oficios y comunicaciones para el gobierno de lo que con visos de Estado tenía bajo su mano. No sólo había creado un ejército, sino una administración civil, tal como esta podría existir en aquella vida de constante inquietud, de movilidad epiléptica.

Y en verdad que el Estado en esbozo y su terreno inseguro le venían corto a D. Ramón Cabrera, hombre que por su inteligencia comprensiva, su voluntad potente y (p.4835) sus dotes de organización, había nacido para más altas empresas. Su inquietud continua, la palidez de su rostro, el estado nervioso y febril en que de ordinario se encontraba, no eran más que la impaciencia loca para llegar a donde quería ir, el sentimiento de la desproporción entre sus facultades y la poca materia gobernable que cogía entre las manos. Lo que había creado con esfuerzo monstruoso, con los golpes fulminantes de su coraje guerrero, con su nativo conocimiento de los hombres y del país era mezquino para quien se sentía capaz de manejar un Imperio.. Algo de esto pensó D. Beltrán, recordando lo que hablaron durante la comida, y el rostro siempre melancólico de Cabrera: «Es un hombre que, con tener mucho entre las manos, aún tiene más en la cabeza, y de este desequilibrio proviene su aspecto de gato triste.. dormilón cuando sus ojos no despiden rayos. Su crueldad es la irritación contra el género humano porque no se le somete de golpe. Si este hombre triunfara y pudiera manifestar tranquilo y seguro lo que lleva en su corazón y en su cabeza, sería un dictador severo y paternal, rigorista y clemente, próvido para todo, y hasta liberal dentro de su poder soberano indiscutible».

No le dejó Nelet hablar de nada que no fuera su asunto, y en cuanto tuvieron ocasión de arrinconarse, lejos del barullo de los jugadores, reanudaron el sabroso tema. «No puede ser hasta mañana por la noche -dijo el militar-.. Ahora sobreviene una dificultad que trato de vencer esta noche misma. Dícese que el General vuelve mañana hacia Liria: no se qué planes tiene. Llangostera se queda aquí para ir sobre San Mateo, y después no sé a dónde. Yo he pedido que me destinen a su división, pues deseo aproximarme a mi pueblo, donde necesito proveerme de ropa y dar un vistazo a mis intereses.

-Y en tal caso, ¡ay de mí! habremos de separarnos..

-Creo que no. He hablado a Llangostera, que es grande amigo mío y paisano, y espero conseguir que se quede usted con nosotros. Daremos al General esta noche una razón que no tiene (p.4836) réplica. A Llangostera corresponde fusilarle a usted, en caso de que maten al hermano del Conde de Catí, porque el tal estaba en su división cuando le cogieron. La cosa es de clavo pasado..

-¡Y tan pasado! No sabía que entre carlistas hubiera tales etiquetas.

-¡Anda.. y que se cumplen con todo rigor! En fin, que vendrá usted con nosotros.

-Mucho me place; y en cuanto a mi fusilamiento, lo mismo me da que sea Pedro que sea Juan el que me mande a mejor vida.. Me alegraré, sí, de que sea usted el encargado de darme los tiros, pues no dudo que usted mandará que me apunten bien al corazón, para que mi muerte sea instantánea, y no esté yo pataleando como un buey a medio degollar.. Con que vamos a nuestro negocio.

-Dígame sinceramente, echando mano de todo su saber mundano, si una vez libre Marcela, debo ir tras ella y emprender su conquista por asalto.. ¿Cree que es mejor poner paralelas?

-Hijo, sí: el asalto no es prudente hasta que la plaza no esté bien castigada y con ganas de rendirse. No haga usted la tontería de embestirla con violencia.. Al contrario, es muy hábil aparentar desgana de entrar en el recinto, afectar que se desean los procedimientos del asedio galante, colmarla de atenciones, sin mostrar al principio una ansiedad viva de amor.. Mujer que vive en el idealismo, fíjese usted bien, con el idealismo debe ser atacada.

-¡Oh qué talento tiene usted -dijo Nelet, abrazándole gozoso-, y cómo conoce el corazón humano! Ha sido gran suerte para mí encontrar tal amigo.

-Y para mí también. Entre paréntesis, si quieres que yo hable con el desahogo que facilita la comunicación entre maestro y discípulo, permíteme que te tutee.. Pues, sí: como ella tira a lo espiritual, conviene que aprendas tú algo de fraseología mística y hojarasca de librillos devotos. Nada de violencias. Paralelas, hijo, paralelas y fuegos parabólicos.. por elevación. Según dices, no eres en este caso un seductor vulgar; solicitas el alma, el amor..

-El amor, sí, grande, abrasador como el mío -dijo Nelet con acento teatral».

Movido de compasión y de un (p.4837) paternal interés, quiso el buen Urdaneta que sus consejos le llevaran por el camino menos aventurado y escabroso. Díjole que de los infinitos casos y ejemplos que atesoraba el archivo de su experiencia, escogía los de color más honrado y puro. Antes que atacar a la hermosa Marcela con asechanzas o artificios de mala ley, debía esperar a que ella se rindiera, poniendo en ejecución para esto los ardides de un hombre lealmente enamorado. Bueno sería empezar con la estratagema de los desdenes, la fingida frialdad o indiferencia, que en multitud de casos subyugan más pronto que los extremos de cariño; bueno sería también mostrarse rival de ella en lo de suspirar por este o el otro santo, o por misterios de la religión; y si esto no resultaba eficaz, se emplearía el galanteo fino y respetuoso, el anhelo de sacrificarse por la persona amada, el propósito de emprender trabajos no menos grandes que los de Hércules, para obtener por recompensa una mirada dulce, una leve ternura, un favor sencillo. Tampoco vendría mal manifestarse caballero amador sin esperanza, por el gusto y la satisfacción espiritual, sin ningún melindre de los sentidos, haciendo gala de constancia a prueba de desprecios, de una adoración pura, en que el alma del galán fuera como esas substancias puestas al fuego que nunca se derriten ni consumen. Alcanzado el primer éxito, se intentaría curar a la beata mujer de su místico arrebato, sacándola de aquel soñar continuo en una perfección imposible; y atraída al terreno de la vida corriente, se le propondría el matrimonio cristiano, bendecido por Dios: la unión honrada de dos almas y dos cuerpos por toda la vida. «Este y no otro es el camino, querido Nelet -concluyó D. Beltrán con serena entonación-, que puede aconsejarte un hombre cargado de años y de experiencia. Creo que si vas resueltamente por él, Dios te ayudará, indultándote del castigo que mereciste por tus pecados de libertinaje. Sí, sí, hijo mío: pues amas a Marcela, hazla tuya honradamente, y constituye con ella una familia, y ten hijos que criarás en la virtud (p.4838) y en el santo temor de Dios».

Tan grande entusiasmo despertó en el apasionado joven esta elocuente exhortación de su amigo, que se le saltaron las lágrimas, y hubo de dominar con vivo esfuerzo su emoción, para no manifestarla ruidosamente ante la muchedumbre de jugadores que llenaba la sala.

 

Ep-25-XVIII -

«¡Jesús, qué delicia! -exclamó Nelet, después de una corta pausa-. ¡Casarme con ella!.. ¡Marcela mi mujer! ¡Y retirarnos a una vida pacífica, laboriosa y agradable!.. ¡Y tener hijos, muchos hijos!.. Sepa usted, D. Beltrán, que hacienda no me falta. Conservo parte de las heredades de la familia.. entre ellas un mas que es la gloria, cerca de Cambrils.

-Rico tú, más rica ella, el matrimonio se impone -dijo el anciano con tal gravedad, que a Nelet pareciole que hablaba por su boca el Concilio de Trento-. Has de saber que Juan Luco, padre de esa extraordinaria hembra, poseía grandes caudales, que yacen sepultados bajo tierra en diferentes puntos: me consta.

-Algo de esto oí; mas no le daba crédito.

-¡Si serás tú simple! Crees en los demonios, y pones en duda los hechos más naturales y corrientes.. De acuerdo con su hermano Francisco, que también ha dado en la flor de que le canonicen, Marcela se propone consagrar todo ese metálico que hoy yace bajo tierra a una grande obra de fundación religiosa.. figúrate qué desatino.. ¡Como si no tuviéramos en España bastantes conventos! ¡Y en qué ocasión se le ocurre emplear dinero en albergues para frailes y monjas.. cuando Mendizábal, de una plumada, ha echado por tierra las órdenes monásticas..! Pero poniéndonos en lo razonable, y a fin de no contrariar abiertamente la voluntad de la monjita, la dejaremos que consagre parte del tesoro a satisfacer aquel deseo santo, reservando un buen pico para las obligaciones sacratísimas que dejó pendientes Juan Luco. ¿No te parece?

-Si he de hablar claro, Sr. D. Beltrán, amo a Marcela con amor del alma y fuego de todo mi ser, sin que esta pasión sea turbada ni envilecida por ninguna ambición tocante a intereses.. Por mi vida, (p.4839) que más la quiero pobre; que a mis brazos venga sin otra propiedad que la estameña que cubre la hermosura de su cuerpo; estameña que yo trocaré gustoso por la sedas más ricas.

-Pero, hijo, lo que abunda no daña. Tú no tienes culpa de que la santa sea una ricachona. La mejor demostración que puedes dar de tu delicadeza es permitir que Marcela funde o restaure algún conventito no muy grande, y que dedique luego una parte no floja de sus especies metálicas a dar cumplimiento a la voluntad de su padre.. a restituciones que son sagradas, hijo, sagradas..

-Con todo estoy conforme, pues cuanto usted me dice, parece dictado de la misma razón y del perfecto conocimiento de la vida humana. No ha sido poca suerte para mí encontrar tal amigo y asesor.

-A buen árbol te has arrimado, hijo.. Lo que yo no hiciere en este negocio, cuenta que nadie lo haría.. Y si te parece, yo iré a recogerme, que me siento cansado y soñoliento.. Alguien habrá que me diga dónde voy a tender esta noche mis pobres huesos».

Llevole Nelet muy solícito a la cama que a él le habían destinado, y se determinó, con insomnio y desasosiego de amante, a pasar toda la noche en pie. Las solitarias calles de Nules le vieron rondar, al pálido fulgor de las estrellas, y disparar suspiros contra los blancos muros de las Mónicas, santuario y prisión de la bella teóloga.

Habiendo partido Cabrera al día siguiente en dirección al Júcar, por la noche se efectuó con facilidad y sin ningún tropiezo la evasión de Marcela, facilidad en parte debida a las ingeniosas disposiciones de Nelet, en parte a las ganas que tenían las señoras Mónicas de que la prófuga de Sigena se fuera a otra parte con sus filosofías y sus latines. Mucho sintió Urdaneta no haber sido testigo de un caso que tenía por interesante y teatral. Contole el galán que Marcela había salido con un empaque de penitente, tal como en libertad la habían conocido, y que él, atento a seguir los sabios dictámenes de su amigo, se había mostrado atentísimo y caballerescamente cortesano, pero con cierta frialdad parecida al desdén, (p.4840) según el programa trazado. Habiendo dicho a la monja que no le había movido a libertarla más que su amor a la religión y su respeto a las decisiones del Concilio de Trento, replicó ella que agradecía su libertad; mas para que el favor fuera completo, había de buscar Nelet a los dos viejos enterradores que la acompañaban comúnmente, y llevárseles para que la guiaran en su camino. No le fue difícil al enamorado dar con Zaida y Alfajar, y aquel día muy temprano la monja y sus servidores o discípulos habían partido juntos hacia Villavieja. Tuvo buen cuidado Santapau de advertir a su ídolo que no se alejase de la tropa que él mandaba, pues de otro modo podría topar con quien de nuevo la cogiese y encerrara, obedeciendo las órdenes de Cabrera.

«En todo, hijo mío querido -dijo D. Beltrán satisfecho-, has procedido con tanto tacto como previsión. Atento, y al propio tiempo desdeñoso.. solícito en buscar a los viejos, que sin peligro de su virtud la acompañan.. y por último, precavido para tenerla siempre a la mano y que no se nos escabulla.

-Trato de inspirarme en usted, que todo lo sabe, pues aunque yo, he sido hombre muy corrido de mujeres, hacía mis conquistas al modo de pueblo, y con la rudeza y malos modos de mi educación aldeana. ¿Cómo dice usted que llaman a los que se dedican a engañar mujeres y hacen de esto un oficio?

-Don-Juanes.

-Pues si yo he sido un Don Juanillo de pueblo bajo, sin finura, sin retóricas, basto y llanote, usted ha sido un señor Don Juan cortesano».

Echose a reír Urdaneta, y no tuvieron tiempo de más explicaciones, porque tocaron marcha, y el regimiento de Nelet, componiendo con otros dos una brigada, al mando de Pertegaz, fue al socorro del Serrador, que apretado se veía en el sitio de Burriana. Cuando llegaron ya era tarde, porque el Serrador venía en retirada por causa de la gran resistencia que opusieron los valientes urbanos, socorridos por una columna de Castellón. Pocos días después, los urbanos, por orden de Borso, abandonaron la plaza, y entró en ella el cabecilla faccioso con el sentimiento de no (p.4841) encontrar a ningún jefe de la Milicia ni de tropa a quien fusilar. Pertegaz tomó la vuelta de Cantavieja para unirse a Cabañero, y Nelet volvió a incorporarse a la división de Llangostera, que marchó hacia Lucena y de aquí a Albocácer, recogiendo cuanto encontraba, hombres y caballerías, víveres y forrajes, animales y personas. En todas estas marchas y contramarchas D. Beltrán se aburría de lo lindo, y Nelet no tuvo el gusto de encontrar a Marcela más que dos veces: la una, en la rambla de la Viuda; la otra, en Nuestra Señora de Hortiseda. Apenas pudo hablarle en el primer encuentro; pero en el segundo sí platicaron, y por consejo de su noble maestro se lanzó a demostraciones más expresivas, después de haber empleado los desdenes sin resultado práctico. No debió de quedar satisfecho el comandante, porque cuando partió con sus tropas en auxilio de Cabañero, que sitiaba a Cantavieja, iba muy temeroso de que le cogieran por su cuenta los demonios que atormentarle solían. Rendida Cantavieja por traición, quedáronse las fuerzas de Nelet a mitad del camino, en Iglesuela del Cid, donde recibieron orden de Cabrera para marchar a la Cenia, punto fortificado por los carlistas a la subida de los puertos de Beceite. Allí se enteraron de que Oraa era General en jefe del Ejército del Centro, y que, decidido a dar impulso a las operaciones, había dividido su hueste en tres cuerpos, que mandaban los brigadieres Nogueras, Corral y Sequera; supieron asimismo que el infatigable y diabólico D. Ramón se aprestaba a defenderse contra enemigo tan poderoso como el Lobo Cano, que así llamaban a D. Marcelino, y seguramente, si con él no podía, había de marearle con sus audaces movimientos y prodigiosos brincos de un extremo al otro del país. Por de pronto, apresuraba la expugnación de la histórica villa de San Mateo, para no dar tiempo a que en su auxilio fuesen los de la Reina. Grandes acontecimientos se preparaban: D. Beltrán, que era amigo de Oraa, confiaba mucho en su pericia; mas conociendo ya el fragoso (p.4842) terreno de aquella guerra, y la fiereza y dura condición de los que en él peleaban por el absolutismo, no veía cerca ni lejos el menor vislumbre de paz. La Naturaleza era allí tan guerrera como el hombre.

Estaba de Dios que antes de salir de la Cenia presenciaran Nelet y D. Beltrán espectáculo tan lastimoso como el de Burjasot, pues, conducidos allí los prisioneros de San Mateo (que se rindió como Cantavieja, por flaqueza o deslealtad de algunos de sus defensores) , se procedió con toda tranquilidad a exterminarlos por un procedimiento fácil y barato. Apenas llegaron, metiéronles en diferentes mazmorras; algunos fueron recluidos dentro de un horno de pan. Y si por economía de víveres se les mataba de hambre, por ahorrar cartuchos se determinó concluirles a bayonetazos. Edificado el pueblo en eminencia rocosa, presenta por uno de sus costados un tajo formidable, vertiginosa caída a la profundidad aterradora de un barranco, donde brama un torrente entre peñas y zarzales. Al borde de este precipicio fueron conducidos de dos en dos los prisioneros, después de confesados por el padre Chambó, cura párroco de la Cenia. Unos cuantos números hacían de matachines; otros tantos arrojaban los cuerpos a la hondura tenebrosa y fría. Treinta y ocho oficiales y sargentos perecieron de este modo, sin contar un cadete de doce años, que fue al matadero emparejado con su padre, comandante del fuerte rendido de San Mateo. La última res sacrificada fue una cantinera portuguesa.

No tuvo papel Santapau en esta tragedia, pues habiéndose trocado, por la virtud de su amorosa llama, de feroz en benigno y humanitario, siempre que le daba en la nariz olor de degollina, se ponía malo; y realmente lo estuvo de la cabeza y del corazón. Sin quejarse tanto como su amigo, D. Beltrán no gozaba de buena salud. Ambos se alegraron cuando se dio la orden de que Nelet marchase con la mitad de su regimiento a relevar la guarnición de Benifazá, lugar que también tenían toscamente fortificado en el centro de aquel núcleo de montes elevadísimos que llaman la Tinenza. (p.4843) Por los desfiladeros del río de la Cenia, faldeando la Peña del Águila, pasaron de la zona de Rosell a Benifazá, y a la célebre abadía cisterciense fundada por D. Jaime, edificio devastado sucesivamente por tres guerras, la de las Germanías, la de Sucesión y la que ahora se relata. Daba pena ver su noble arquitectura mutilada por bárbaras manos: aquí señales de incendios, allá desplomados muros, la iglesia con medio techo de menos, la torre melancólica y sin campanas, con sus espadañas ciegas y mudas, las junturas pobladas de jaramagos y ortigas, y el claustro, en fin, con sólo tres costados, más triste que todo lo demás, y más poético y ensoñador. Aposentaron a D. Beltrán en un pasadizo entre el claustro y la iglesia, donde gozaba de la hermosa vista del despedazado monumento, que apreciar podía en su esbeltez de conjunto, no en sus riquísimos detalles. No era lego en arqueología el buen aragonés, y sentía verdadera pasión por el estilo llamado románico y su elegante austeridad: en tiempos más felices había visitado con entusiasmo de artista los monasterios de Veruela y San Juan de Peña; conocía el de Rueda como su propia casa, y todo lo románico y gótico del siglo XIII que encierran las ilustres villas y ciudades de Aragón. Se extasiaba recorriendo los venerables restos de la construcción medieval, los tres ábsides semi-circulares, el claustro, la sala del Capítulo, el palacio abacial; y tan dulce encanto encontró en aquella paz y en el poético lenguaje de las nobles y tristes piedras, que habría deseado permanecer allí todo el tiempo que su prisión durase.

También Nelet se sentía muy a gusto en el monasterio, que perfectamente cuadraba a su espíritu en aquella ocasión, como estuche ajustado a la joya que guarda. La dolencia que trajo de la Cenia se le calmó el primer día; mas repuntó al segundo con sus murrias negras y sus vibraciones nerviosas, anunciándole la visita de los entes infernales que con él se divertían. Los ratos libres de servicio pasábalos con D. Beltrán, sentaditos en un rincón del claustro, hablando cada cual de sus tristezas. Como (p.4844) el présbita que se hace leer un libro de letra menuda, Urdaneta rogaba a su amigo que le leyese el claustro, esto es, que examinara uno por uno los capiteles y el simbolismo que representaban, para poder él juzgar de obra tan bella, como si con sus propios ojos la deletreara. Después de describir varias esculturas en que no halló ningún interés, dijo Nelet con estupor:

«¡Ay, aquí veo mi propia historia!.. No, no se ría: es mi historia, que aquí representaron aquellos artífices algunos siglos antes de que yo viniera al mundo.

-¿Qué ves, hijo?

-En este capitel del ángulo, por la parte de dentro, veo un guerrero que adora a una penitente. Él está de rodillas; ella, en la tosquedad de estos relieves, ofrece gran semejanza con Marcela, los pies desnudos, suelto el cabello.. En el capitel de fuera se ve la misma peregrina, con una cruz.. Yo no estoy aquí.. parece como si me hubiera ido.. Debo de estar más allá.. Déjeme ver.. Aquí no estoy; forman el adorno unos como perritos o leoncitos, y luego sigue otro con cabezuelas de ángeles, entre las púas retorcidas de cardos borriqueros.. ¡Ah! ya parecí.. aquí estoy, en este otro capitel, y me tiene cogido por el pescuezo el demonio que se permite conmigo sus bromas cargantes.. Sigue otro en que hay muchas mujeres chiquitas, desnudas, entre llamas, que son las hembras que deshonré y perdí, y por mi culpa están en el Purgatorio o en el Infierno..

-Hombre, no saques las cosas de quicio. Será otra leyenda que nada tiene que ver contigo.. ¿Qué hay más allá?

-Pues un caballero con cruz en el pecho, como de Templario, con un cuerno de caza en el cinto, en la una mano una pica y en la otra un halcón.

-Caballero noble.. Ese soy yo.. No me niegues que puedo ser yo.

-¿Cómo he de negarlo, si hasta se le parece en lo airoso de la figura?.. pues en el rostro tiene un cierto aire..

-Dime otra cosa.. fíjate bien. ¿No estoy hablando con alguna dama de alta alcurnia, reina o princesa?

-No señor.. Está usted solo.

-No puede ser. Puede que el tiempo haya desgastado la otra figura. Dama ilustre debe de haber, que me acompaña en (p.4845) el noble ejercicio de la caza; y si no es así, no soy yo el que miras, Nelet.

-Créalo usted o no lo crea, yo sostengo, amigo mío, que vivimos en estos pedruscos. Esto que aquí nos rodea no es cosa muerta; esto tiene alma, como la tienen los montes, el viento, las cavernas y los torrentes que cantan y rezan en las profundidades..

 

Ep-25-XIX -

-Más poeta eres de lo que yo creía -dijo D. Beltrán, cogiéndole del brazo para pasear por el claustro-. Por cierto que una queja tengo de ti, y es que, habiéndote escrito Marcela, según me has dicho, más de una carta acompañada de versos, aún no me los has enseñado.

-No sólo he de mostrárselos, sino que quiero que ponga su mano de maestro en los que yo, en respuesta de los suyos, estoy inventando..

Rompió D. Beltrán en una risa placentera; mas no pudieron seguir ocupándose en aquel ameno asunto, porque se acercó el ayudante del batallón, llamando a Santapau para urgentes resoluciones del servicio. Toda la tarde y parte de la noche estuvo atareadísimo, dando cumplimiento a órdenes de Cabrera para proveer a una corta de árboles, con objeto de proteger el camino cubierto entre la casa del abad y un mas situado a tiro de fusil, dominando el río y el sendero. Al día siguiente contó el comandante a su maestro que, no pudiendo dormir después de su trabajo, había visto a Marcela, o más bien una parte no más de su persona.. «pero tan claramente, amigo Urdaneta, como le estoy viendo a usted ahora.

-¡Demonio! ¿Y qué parte de su persona veías? ¿Se puede saber?

-Los dientes.. Mire usted que es raro. No hay, créalo, en todo el mundo dientes como los suyos, blancos como la leche, y tan iguales y bonitos que se emboba uno mirándolos.. Por arriba y por abajo de las dos hiladas veía yo un poco de los labios.. y nada más.

-Eso es que sonreía. Buena señal. ¿Y una sola vez lo viste?

-Más de veinte, y hoy también como unas ocho veces.

-Aunque aquí estamos muy bien, es lástima que las obligaciones militares nos separen de la divina Marcela».

Díjole Nelet que, desde antes de ir a la Cenia, era tal su (p.4846) anhelo de verla y hablarle, que había discurrido establecer comunicación con ella. Tanto tiempo ausente del ser que adoraba, era peor desgracia que la muerte. Habiendo tenido la suerte de encontrar a un pastor viejo, muy conocedor de aquellos montes y cañadas, devoto de Marcela, a quien como santa miraba, le dio el encargo de rastrearla y descubrir sus guaridas. Al segundo día de estar en Benifazá, le había traído el pastor razones satisfactorias. Marcela habitaba con preferencia en las alturas, como las águilas, y en los santuarios de más devoción del país. Había morado algún tiempo en la Muela de Ares, después pasó a la cueva de la Balma, de allí a la Virgen de los Ángeles, cerca de San Mateo, y en aquellos días se hallaba en el santuario de la Traiguera, entre Chert y Vinaroz. Como preguntara D. Beltrán si había recibido carta en prosa o verso, replicó que las razones de que había sido mensajero el pastor eran verbales. Marcela enviaba un cordial saludo a sus dos amigos, asegurando que en todas sus oraciones pedía al Señor y a la Virgen que les diera salud y buenas ideas. A Nelet, particularmente, le enviaba nuevas expresiones de su agradecimiento, y la promesa de acudir al punto que él designara, si algo tenía que decirle.

«¡Oh! Magnífico.. No repugna acudir a la cita. Vamos bien, querido Nelet, pero muy bien.. ¡Ay! es triste cosa que ni yo por prisionero, ni tú por militar, esclavo de la ordenanza, podamos trasladarnos a donde nos llama nuestro deseo.

-En eso pienso, señor mío -dijo Santapau caviloso-. Y harto ya de la esclavitud del servicio, estoy decidido a pedir mi licencia por enfermo, instalándome donde ella esté, aunque para esto tenga que hacer vida de penitente».

Aseguró Urdaneta, suspirando y casi lloroso, que él haría lo mismo si pudiese, agregándose a los enterradores que escoltaban a la divina mujer, y dedicándose con ellos al manejo de la pala y azadón donde fuese menester remover la tierra. Añadió Nelet que para la comunicación con la monja había encontrado mensajero más rápido que el pastor, y era (p.4847) una mujercita del barranco de Vallivana, a quien llamaban Malaena, también con cariz de penitente o mendiga errante, envejecida por los trabajos, la miseria y los sufrimientos. Madre fue de dos hijos que andaban en la partida de Pertegaz, y cogido por Nogueras uno de ellos con un parte del Serrador, le fusilaron; al otro le aplicó Boil la misma pena en Concud, cerca de Teruel. Sin parientes ni habientes, viviendo de arrancar leña y vender teas, era Malaena un puro espíritu, pues entre sus huesos y su piel no encontrara el escalpelo más diligente una hebra de carne. Frecuentaba los bosques; sabía escoger hierbas oficinales; comía raíces y mendrugos de pan, reblandecidos en el agua. En ligereza para pasar de un valle a otro, salvando las más altas muelas, y los puertos pedregosos, no la igualaban más que los pájaros. Aunque en algunos caseríos de Salvasoria la tenían por bruja y la recibían a pedradas, era una pobre y santa mujer, sencilla, inocente y fiel. Al escogerla Santapau para embajadora, vio en ella un ave discreta y solícita; y para tenerla en su gracia, empezó por regalarle una saya nueva, pañuelos, y todas las alpargatas que para sus montaraces correrías necesitase. Estas fueron inauguradas por un mensaje amoroso, en que puso Nelet sus cinco sentidos, consultándolo con D. Beltrán, el cual hizo varias enmiendas, más para templar que para encender el ardor pasional del desgraciado joven.

Si la guerra vino de improviso a perturbar estos planes, tan distintos de la contienda entre Isabel y Carlos, luego los favoreció, como se verá más adelante. El 4 de Mayo avanzó el General Oraa desde Vinaroz contra Cabrera y el Serrador, que ocupaban la Cenia y Rosell. En una y otra parte les atacó con brío, desalojándoles después de reñido combate. La fuerza de Benifazá acudió en apoyo del Serrador, y tanto este como Cabrera hubieron de buscar refugio en la sierra de Bel. Dos días estuvieron tiroteándose en aquellas alturas las guerrillas de uno y otro bando, hasta que Oraa, falto de provisiones, hubo de retirarse a (p.4848) Vinaroz, y Cabrera y el Serrador volvieron a ocupar la Cenia y Rosell. Tal era la guerra del Maestrazgo, un tomar y dejar posiciones y un perseguirse y sorprenderse, sin ventaja de los liberales, que no podían abandonar largo tiempo su base de operaciones; el juego sólo aprovechaba a los carlistas, que estaban en su casa, y, desalojados de la sala, se metían en la cocina; perseguidos en esta, se escabullían por el cañón de la chimenea, y desde el tejado seguían combatiendo.

El ejército cristino, como se ha dicho, tuvo que bajar a Vinaroz: comió y volvió a subir, custodiando un convoy de víveres para socorrer a Morella, algo apurada de bucólica en aquellos días. Queriendo cortarle el paso, apostó Cabrera su gente en Chert; pero el lobo cano anduvo más listo; conocida la jugada, dispuso sus tropas con arte y burló la astucia del leopardo. Trabose batalla, en que el lobo llevó la mejor parte, ganando sin dificultad el paso de Vallivana y entrando en Morella sin grave tropiezo. Repitiose a la vuelta la jugada, con mayor gasto de cartuchos y algunas bajas; pero el lobo pasó, rodeando las alturas de Catí, mientras su rival, desconcertado por este hábil movimiento, bajó a esperarle en el valle de San Mateo, donde la caballería cristina le hizo frente, obligándole a volverse a las alturas. Poco afortunado Cabrera en aquellos lances, dividió de nuevo su ejército, y dejando a Llangostera en el Maestrazgo, se corrió con el Serrador y el Fraile Esperanza hacia Murviedro, donde esperó inútilmente sorprender a Nogueras, y de allí le veremos volver pronto hacia el Norte con la celeridad del rayo, para sitiar a Gandesa.

En el tiempo invertido en estas operaciones, que sólo por el cansancio que producían al enemigo eran al carlismo provechosas, pasó el buen Urdaneta días de ansiedad amarguísima, confinado primero en Chert, luego en la Jana, deplorando la ausencia de su amigo, de quien nada sabía; oyendo sin cesar el vivo tiroteo que por esta y la otra encañada, de este y el otro monte venía; ignorante de quién perdiera o ganara en aquellos combates, a (p.4849) su parecer fantásticos y aéreos, sostenidos en las alturas o en los desfiladeros por bandadas de aves, más que por hombres. Eran las guerras de fábula, entre animales de pluma o pelo, veloces, y que prontamente corrían de un punto a otro, sin dejar rastro. Recluido en la impedimenta de Llangostena, que escoltaban pocos infantes y caballos, sufrió el hombre tristezas, hambres y tratos groseros, hasta que puestas en marcha las acémilas, cuando ya toda la rambla de Cervera y pasos de Vallivana estaban libres de cristinos, tuvo la satisfacción de ver a Nelet, que al frente de un corto destacamento de soldados venía de San Mateo, y lo primero que hizo el joven guerrero fue correr a abrazarle cariñoso. Poco le faltó a D. Beltrán para echarse a llorar del gusto que aquel encuentro le daba, y antes que pudieran comunicarse sus afectos, hubo de notar Urdaneta que el rostro de su amigo, demacrado y macilento, revelaba enfermedad honda o turbaciones del ánimo. No quiso el comandante entretenerse en explicaciones, dejándolas para cuando llegasen al poblacho donde habían de dormir. Sólo dijo que sintiéndose mal de salud, había pedido permiso a Cabrera para reponerse con algunos días de descanso, y para cumplir un voto a la Santísima Virgen de Vallivana. Como se condoliera el maestro de no poder acompañarle ni en el descanso ni en la piadosa peregrinación, díjole Nelet que pues en Catí encontraría a Cabañero, bien se podía esperar que el bravo aragonés, deudor de D. Beltrán por beneficios recibidos, le mostraría su gratitud en aquella ocasión sin faltar a sus deberes militares. Consolado con esta idea, recobró el noble señor su tranquilidad, ya que no su alegría, y charlando de los sucesos recientes, se encaminaron uno y otro a Catí, venciendo trabajosamente la subida asperísima que a tan enriscada posición conduce.

Lo primero de que se ocupó en el pueblo Santapau fue de ver a Cabañero, que con su legión zaragozana y oscense allí estaba desde el día anterior, y hablarle del desgraciado prócer a cuya generosidad debía (p.4850) el jefe aragonés los primeros zapatos que se puso en su vida. Así lo reconoció el tal, manifestándose muy sorprendido de que en pasos tan desdichados se viera el noble señor de Albalate y Olid. Corrió a verle, y, besándole afectuoso las manos, oyó de D. Beltrán las explicaciones que este quiso darle de los motivos por que había venido a ser cautivo de Cabrera, y de hallarse en rehenes, la más aflictiva situación de un hombre ¡ay! en tiempos tan calamitosos. Compadecido Cabañero, y expresando su voluntad sincera de influir con el jefe para libertarle, le convidó a su mesa, harto pobre en verdad; pero aceptable en tales circunstancias. Tocado por Nelet el punto delicado de la escapadita a Vallivana para cumplir el voto que los dos habían hecho de visitar a la Santísima Virgen, accedió Cabañero a que el prisionero se ausentase del ejército por dos días no más, dejándole una garantía más valiosa que todos los rehenes o prendas vivas. «Mi palabra de honor, ¿no es eso? -dijo D. Beltrán alargando su mano flaca-. Pues la tienes». Respondió el aragonés con gallarda confianza que la palabra de tan insigne caballero le bastaba para tener bien cubierta su responsabilidad, y no se habló más del asunto.

Vierais, pues, a la mañanita siguiente a Manuel Santapau y al Sr. de Urdaneta salir de Catí, solos, a pie, cada cual amparado de un nudoso garrote: el uno inerme, el otro armado de pistolas y un cuchillo de monte. Llevaba de añadidura Nelet provisión de pan y otras cosillas de sustancia liadas en un pañuelo. En el descenso de la montaña, por senderos de ovejas que sorteaban la pendiente con ángulos y curvas dilatadas, pudiendo apreciar el grandioso panorama que a su vista se ofrecía; belleza incomparable de que también gozó D. Beltrán, pues si no apreciaba las menudencias y tonos medios del paisaje, percibía claramente las grandes masas rocosas, que por su coronamiento romo y achatado, en aquella formación geológica, son llamadas muelas. Las vertientes cubiertas de verde espesura son en algunos puntos suaves; en otros caen rápidamente, (p.4851) querenciosas de la vertical: todas de imponente majestad y hermosura. En una de las revueltas vieron el alto de la Virgen de la Salud, cerca de San Mateo, coronado por el santuario eminente; en otra revuelta, hacia el Oeste, la Muela de Ares, cima chata en la sierra de la Higuera. Hacia el Norte distinguían el obscuro monte de Vallivana cubierto de verdor, y más allá asomaban el Castell de Cabres, la Moleta del Cid y los montes de la Cenia. Ningún ser humano encontraron en el camino. Llegado que hubieron a un ameno grupo de alisos entre peñas, se sentaron a descansar y a reponerse con un frugal almuerzo, y tumbados allí, en medio de la paz y quietud más deliciosas, Nelet empezó a desembuchar las noticias y peregrinos hechos que ansiaba someter al consejo de su amigo.

 

Ep-25-XX -

Sin ociosos preámbulos refirió que había pasado noches horribles de insomnio y terror, pues al llegar a Calig, después de haberse batido en guerrillas un día entero con las guerrillas de Oraa, le cogieron por su cuenta como media docena de espíritus, a quienes primero tuvo por ángeles, y luego hubo de reconocerlos por demonios efectivos, de la familia o casta de bellacos y maleantes, pues se le presentaron en un puesto de cantina, y convidándole a beber copas, invitáronle a dar un paseo. Vestían de paño colorado, como oficiales de un ejército extranjero; y cuando ya se hallaron solos con él en lugar apartado, trocáronse por ensalmo en clérigos, y le dijeron que le casarían al instante con la hermosa Marcela. Quiso huir Nelet; mas le cogieron, y de un vuelo rapidísimo fue llevado al castillo de San Mateo, entrando por la plataforma de la torre más alta.

«Nelet, si es sueño -dijo D. Beltrán bondadoso-, cuéntamelo como sueño, y con la importancia que a tales figuraciones de nuestro cerebro debemos dar.

-Lo cuento como me pasó y como lo sentí. Preste usted atención, y verá si es sueño o qué es. Pues, señor.. El que parecía jefe de la infernal comparsa me cogió por el brazo y me dio un rápido paseo por el interior del castillo, arrastrados él y yo de un furioso (p.4852) ventarrón que por todos los huecos entraba y salía, llevando consigo alimañas mil volanderas y un polvo que cegaba. Y con las propias voces del aire y los chillidos de las alimañas, mi demonio me hablaba. De todo lo que me dijo, sólo saqué en limpio que el amor que Marcela tenía a las cosas divinas se le había trocado, por arte maléfica, en afición a hombre, a mí, en una palabra; que en aquel momento hallábase en el santuario de Traiguera engañando a la Virgen para que la relevara de la obligación de sus votos. Debí de manifestar al maldito diablo mi afán de trasladarme a Traiguera.. no estoy seguro de ello.. sólo sé que llevándome a un gran sótano que hay bajo la sala de armas del castillo, me mostró un agujero al modo de escotillón, de donde arrancan escalones hacia lo profundo.. Como polvo, como humo se desvaneció mi acompañante, dejando tras sí un olor muy malo, y yo, precipitándome por aquella abertura, me vi dentro de un angosto callejón labrado en la roca, y por él me lancé, en la seguridad de salir a Traiguera. Una luz tristísima, que yo no sabía de dónde demonios podía venir, me alumbraba en tan feo camino. Seguí, seguí toda la noche andando; toda la noche, señor, y al ser de día, o cuando a mí me parecía que alumbraba el sol en la región externa de la tierra, oí ruido de aguas que manaban de aquellas peñas y corrían por grietas y sumideros, haciendo unas como gárgaras muy imponentes.. Halléme por fin en una caverna, cuyo techo parecía la bóveda de una catedral; en el fondo de ella varios hombres cavaban la tierra.. Acerqueme, y les vi sacar del suelo un objeto largo y pesado de color de tierra. '¿Es eso una momia, amigos?', les pregunté. Y ellos respondieron: 'Mojama es de un muerto de metales, que agora sacamos y resucitamos por orden de la sacra señora, para mayor grandeza de Dios e de su religión'. Sin parar mientes en lo que hacían, les pregunté por dónde saldría más pronto a Traiguera, y su respuesta fue señalarme uno de los conductos que desde allí partían, abiertos en la roca. Por él me (p.4853) metí, y a las seis horas de camino, por mi cuenta, salí a la luz, y me encontré, no en Traiguera, sino en el castillo de Cervera del Maestre.

-Para, querido Nelet, para -le dijo Don Beltrán-, y reconoce que todo eso es un desatinado sueño.

-Lo reconoceré si usted se empeña en ello. Pero hay algo aquí que no comprenderé si usted con su universal conocimiento de las cosas no me lo explica, y es que al salir a Cervera del Maestre, encontréme tan molido como si me hubieran dado carreras de baqueta; mis pies sangraban; en mi cuerpo no cabían ya más cardenales.. Y otra duda: si ello fue sueño y me dormí en Calig, ¿cómo desperté en Cervera?

-¿Estás bien seguro de no haber ido a Cervera.. por tu pie?

-Segurísimo. ¿Y cómo, sin creer en los poderes ocultos, se explica que al bajar yo del castillo al pueblo de Cervera me encontré a Malaena, que muy sentadita en una piedra me esperaba? ¿Cómo sabía ella que allí estaba yo, habiéndole advertido que fuera a buscarme a Calig?

-Pues será bruja, como dicen.. Y en suma, ¿qué recado te traía la mensajera?

-Que había visto a Marcela en el castillo de San Jorge, más abajo de Traiguera, ocupada con dos viejos en apisonar la tierra de una sepultura recién abierta y cerrada. Apisonaban dando pataditas encima los tres, marcando el compás, como de baile, con una oración entre rezada y cantada. Luego que acabaron, Marcela dijo a mi embajadora que si yo quería verla pasase el jueves (por hoy) a Vallivana.

-Y por eso estamos aquí, y por eso vamos allá. Muy bien.

-La despaché en seguida con nuevo mensaje escrito, y hoy ha de traerme la contestación. Me espera en Salvasoria, que es aquella aldeíta que blanquea allá lejos, en el fondo de este valle, y que desde aquí parece un hato de ovejas sesteando entre los matorros verdes».

Siguieron; y como D. Beltrán intentara quitarle de la cabeza la pueril creencia de los caminos subterráneos, obra de la Edad feudal, dijo Nelet que a la tradición debía tal creencia y otras análogas, como la parte fundamental que toman en nuestra vida las (p.4854) potencias invisibles, ora sean ángeles, ora demonios. Replicó el anciano que la tradición era una vieja loca, que había sido poetisa; pero que ya con la edad chocheaba; y Santapau contó que su madre, natural de Ares del Maestre, el riñón del Maestrazgo, hablaba de las galerías secretas entre los castillos de la Orden de Montesa y los monasterios de frailes y monjas, como si las hubiera visto y reconocido de punta a punta. Tomó la palabra Urdaneta para denegar tales absurdos, asegurando que si había pasadizos bajo tierra, eran cortos, y sólo servían para unir los castillos con algún reducto cercano, caminos naturales del arte antiguo de la fortificación. Respecto a la Orden de Montesa, de quien fue propiedad aquel territorio que veían, y otros mayores en grandísima extensión por todo el reino alto de Valencia, dijo que él era caballero de dicho Hábito; pero que ya tales caballerías eran una ficción de vanidad, porque todo lo substancial de ellas se lo había tragado el tiempo insaciable, que va devorando, devorando, y no siempre crea cosas nuevas con que sustituir a las pasadas. En la antigua ciudad de Olite, patria de su madre, y en la casa solar de Urdaneta, en las Cinco Villas, subsistían no pocos retratos de esclarecidos caballeros de San Jorge de Alfama, Orden que se refundió en la de Montesa. Esta trocó su cruz negra flordelisada por la roja y sencilla de San Jorge, que es la que aún dura. Uno de sus remotos abuelos, según constaba en pergaminos de la casa, D. Gilaberto de Monsoria, fue Gran Maestre de Montesa, y con esta dignidad murió en la villa de San Mateo, donde seguramente se conservaría su sepulcro. «Otro ascendiente mío por la línea materna, frey D. Pedro Luis de Garcerán de Borja, fue Comendador mayor, y poseía por tal dignidad las villas y pueblos de Cuevas de Vinromá, Albocácer, Tirig, Torre den Dumenje, y otras más que no recuerdo ahora. Clavero fue el hermano del fundador de mi Señorío de Albalate; frey D. Guillén de Corbera, almirante.. Pues si las mudanzas de los tiempos y las (p.4855) revoluciones no hubieran hecho escombros de todo aquel orden social, tu amigo D. Beltrán de Urdaneta sería hoy quizás Gran Maestre, y dueño, por tanto, de las villas y lugares de San Mateo, Traiguera, Chert, La Jana y algunos más. Figúrate.. Nadie nos tosía en estos valles y montes; con mi gente armada y esta red de castillos y fortalezas, haríamos aquí lo que nos diera la gana: a ti te nombraría bailío para que me gobernaras todo mi territorio; elegiríamos prior a un clérigo sumiso que a nuestro gusto nos gobernara todo lo espiritual; a las monjas de nuestra jurisdicción las obligaríamos a proporcionarnos todos los milagros que fueran menester; haríamos excavaciones para sacar tesoros escondidos y.. Pero despertemos a la realidad, y caigamos innoblemente en este lodazal de miseria, de esclavitud y vulgaridad. Veamos nuestros castillos en ruinas, poblados de lagartos y murciélagos; nuestro poder desvanecido como el humo; veámonos tan impotentes que sobre nadie tenemos autoridad, y a nosotros nos mandan cuatro canallas groseros y estúpidos. ¿Qué somos? Unos pobres peregrinos que van tras de una monja suelta, de quien esperamos, tú una limosna de amor, yo una limosna de pan.. Ya ves.. ¡qué triste despertar!.. ¡Oh tiempos, oh fin de fines!..».

Callaron largo trecho: antes de llegar a Salvasoria, se les apareció Malaena saliendo de un matojo, y Nelet se detuvo un instante con ella para recibir razones de su embajada. D. Beltrán distinguía de la mensajera una figurilla delgada y ágil, brazos y manos ennegrecidos, con rostro muy semejante en color y arrugas a una pasa, con ojos ratoniles. No hablaba más que valenciano, dulce y lacónico, apoyando con sus flacas manos los dichos, cual si quisiera estamparlos en el aire. Pos hara -le dijo Nelet-, adelantat y espéranos en la font, al peu del mont. Allí pasarem la nit. Arreplega lleña y fes una bona fogata. Pren estas provisions, y si pots conseguir unes criailles, fetnos un bon guisado.

En breve desapareció delante de los peregrinos la diligente pájara, y ellos siguieron taciturnos: (p.4856) Nelet mirando al suelo, recitando entre dientes algo que no se sabía si era oración o algún conjuro contra diablos entrometidos y enredadores; D. Beltrán mirando al monte, recreándose en aquella plácida soledad de sagrado bosque propicio a los misterios. Sentíase el noble viejo a mil leguas de la sociedad y de sus afanes; diríase que ni la guerra, ni la política, ni ninguna lucha de humanos, habían de extender hasta allí su tumulto y vocerío. Por no ver seres vivos, ni aun cabras veían. Era la soledad de los lugares no estrenados aún por la historia y la leyenda.. La imaginación del primer habitante los poblaba de seres invisibles, escondidos en el silencio. (p.4857)

Oyendo suspirar a Nelet, su maestro le dijo: «Muy caviloso te veo. ¿Eso que entre dientes hablas, es rezo o un ensayo de lo que quieres decir a tu amada en la entrevista de esta tarde?

-No la veré esta tarde, sino mañana al amanecer, que así acaba de anunciármelo Malaena; y en cuanto a lo que mascullo, sepa usted que es la contestación que debo dar a unos versos que hace días me envió Marcela.. Mi plan es glosarlos estrofa por estrofa, devolviéndole el discurso y dándole un giro peregrino, que al propio tiempo que exprese mis afectos, sea muestra gallarda de un buen razonar.. Compongo de memoria algunas de mis estrofas para que usted me las corrija, y en eso vengo trabajando con los sesos bien afinados y calientes.

-Ante todo, léeme o recita los versos de esa prodigiosa mujer, pues sin conocer la proposición poética, mal podré yo juzgar si en la conclusión rivaliza tu ingenio con el suyo.

 

Ep-25-XXI -

-Recitaré a usted las primeras estrofas de ellas, que estampadas con letras de fuego, como todas las demás, llevo en mi memoria. Dicen así:

Es Dios la original circunferencia

De todas las esféricas figuras,

Pues cercos, orbes, círculos y alturas

En el centro se incluyen de su esencia.

De este infinito centro de la ciencia

Salen inmensas líneas de criaturas,

Centellas vivas de las luces puras

De aquella inaccesible omnipotencia.

- (p.4858) Enrevesadillo es.. pero no está mal. Yo que tú, me limitaría a contestarle en prosa llana que la quieres, que ahorque el sayo de peregrina, y se deje de ensueños y se case contigo, para que deis a Dios y a la sociedad, ella robusta, tú también, una inmensa línea de criaturas.. Pero sin perjuicio de este consejo, veamos cómo se compone tu cacumen para devolver esas estrofas.

-Pues verá usted.. yo le digo:

¡Oh, Marcela! Si es Dios circunferencia

De la divina esencia,

Explana de los orbes el abismo

En líneas, cercos, círculos y..

Al llegar aquí, la ley del maldito consonante me obliga a buscar el modo de meter la palabra profundas, para poder rematar con el concepto:

Tú que de amor y gloria te circundas,

Eres del centro de Dios mismo».

Apretándose los ijares, rompió D. Beltrán en una tan fuerte risa, que el bueno de Nelet, desconcertado, cortó la vena poética. «¿Qué, señor? -le dijo-: ¿es que no están bien hilvanados, o que no hay bastante sutileza y delgadez de razonamiento?

-Por San Jorge de Alfama y por el nombre que llevo -replicó D. Beltrán llorando de risa-, te juro que desde que hay poesía no se han compuesto versos peores.. Hijo mío, vuelve en ti; acógete a la opinión leal y a la experiencia del viejo Urdaneta, y abandona un camino por donde vas, no a la conquista, sino a la total perdición de la plaza que quieres sitiar. Ven acá, y en un abrazo de amigo te comunicaré las ideas que deben curarte de esa enfermedad que padeces. Los demonios y los versitos son dos síntomas de un mismo mal: el mal de tontería, Nelet..

-Por Dios, que voy creyendo que tiene razón -dijo el discípulo dejándose abrazar.

-¡Que si tengo razón!.. Como que a no cambiar de sistema, Marcela se reirá de ti y acabarás por volverte loco. De un mal semejante al tuyo padece ella, y no has de curárselo sino con la aplicación de la medicina que produzca humor contrario a esas simplezas. Vuelve en ti; levántate de ese terreno, verdadero corral de pavos, en que te has caído. Ten presente que Marcela no ha de quererte por pavo, sino por hombre. No seas con ella (p.4859) poeta huero, sé gallardo, fuerte, enamorado, siempre varonil; antes que ñoño y quejumbroso, sé atrevido y jovial. No hagas caso de duendes, que son muy mala compañía, ni te calientes los cascos componiendo endechas, que, aun siendo superiores, no agradarían a tu señora tanto como un buen poema de amor, sentido y expresado en los hechos, no en las palabras.

-¡Es verdad, sí, sí! ¡Viva D. Beltrán! -exclamó Nelet entusiasmado, abrazándole más fuerte-. Lo veo claro.. Hay que ser hombre, galán, fuerte, apasionado, dispuesto para todo..

-Sí: que vea y entienda la grandeza y el ardor de tu pasión; que en ti admire el tipo del caballero amante, de corazón fogoso y voluntad firme; que te tema un poco, pues es bueno una chispita de miedo para encender amor; vea también que a todos infundes respeto; que eres bravo, verdadero gallo en guerras y amores. Esta es mi opinión. Si no haces esto, no cuentes conmigo.. Que te aconsejen los demonios y te amparen los versitos.

-No; no hay consejero como usted, ni quien sepa más de cosas de mundo y mujeres. A mi D. Beltrán me atengo.. Fuera demonios, fuera ensueños, fuera poesía, que no es tal poesía, sino lo que usted dice.. cosa de pavos.. Fuera los quejiditos y el no comer, y el miedo ridículo.. El cuento es que cuando yo enamoraba a tantas sin quererlas, sabía cumplir de palabra y obra; y a lo bruto.. porque yo era un bruto.. me desenvolvía muy bien.. Pero con esta no soy lo que fuí, ni acierto a enamorarla.. Y es que me tiene prendada toda el alma, y el seso completamente sorbido.. y todo mi ser como derretido en ella y transformado..

-Acógete a mi doctrina, hijo, y adelante. Ganarás, ganaremos la partida, porque algo me ha de tocar a mí como maestro: la satisfacción de ver coronados tus deseos, de verle feliz, contento, padre de familia.. ¡Y que no se alegrará poco este viejo de ver en ti y en Marcela florecer nueva rama de la honradísima familia de Luco! Así se redondeará todo, y evitaremos que el caudal de mi amigo vaya a parar a manos muertas.. Con él constituiremos una gran familia tronco de (p.4860) numerosa prole; y en esa familia prosperará la agricultura, la industria, y resplandecerá la moral, la.. Ya ves, ya ves cómo discurro y voy atando cabos. Hay que estar en todo, hijo mío.

-Venga otro abrazo -dijo Nelet con efusión, sintiendo que al mágico influjo de aquella palabra persuasiva, el alma se le vigorizaba, y se le inundaba el entendimiento de vivísima luz-; ya lo veo, ya lo veo. ¡Vaya un talento macho!.. Adelante: soy hombre; no creo en duendes; quédense los versitos para barberos y estudiantes.. Apresurémonos ya, que aún estamos distantes del sitio en que hemos de pasar la noche».

Grandemente excitado, D. Beltrán fue charlando todo el camino, y el otro escuchaba gozoso las explanaciones que hizo de su pensamiento, y los ejemplos admirables que refirió en corroboración de sus teorías. Con esto se les pasó la tarde, y ya anochecía cuando llegaron al borde de la barranquera que les separaba del monte de Vallivana. Para dar descanso al viejo pararon allí, recreándose los dos en el paisaje que a sus ojos se ofrecía: soledad en lo hondo, quietud en las alturas, la majestad de la Naturaleza campando en su silencio augusto. Con precaución descendieron hacia el río profundo, que fácilmente se vadeaba, y paso a paso emprendieron la subida de la vertiente opuesta, guiados por Malaena; que sin este auxilio no habrían podido encontrar el escalonado sendero entre la peña cubierta de vegetación. Llegaron por fin a la meseta, donde había una fuente de agua cristalina dentro de un nicho de variadas florecillas. En una gruta cercana descansaron. La noche se les pasó en coloquios muy entretenidos y en ratos de tranquilo sueño, después de una cena frugal. Al amanecer, previo lavatorio de cara y manos en la fuente, emprendieron la marcha hacia el santuario. Según los informes de la vieja, allí encontrarían a Marcela, que había llegado la noche anterior traspasando la sierra de Bel.

En efecto, serían las siete cuando, vencida ya gran parte del fragoso camino, vieron descender por entre matojos la figura mística de la monja Luco, seguida de los (p.4861) viejos. Estos se quedaron atrás, y avanzó sola entre el verdor de los jarales con lento paso de procesión: traía en la mano una rama de espino florecido. Cuando estuvo casi al habla saludó a sus amigos con grave sonrisa y un movimiento de la mano en que tenía el ramo, y se sentó en una peña. No lejos de ella, otra peña baja y extensa parecía puesta allí para que se sentaran los caballeros. Esmerádose había la Naturaleza en la hechura de aquel estrado, para pláticas de novios o para honestas reuniones. Se miraron los tres un instante. Rompió el silencio Marcela con palabras de relleno: «¿Verdad, Sr. D. Beltrán, que es agria la subidita? Siéntese aquí, a este lado mío. Tú, Nelet, enfrente.

-La más penosa cuesta -dijo el anciano con refinada galantería-, se vuelve ligera y fácil cuando al término de ella estás tú.

-Es lisonja, Señor.. No le quiero tan lisonjero.

-Es la verdad -afirmó Nelet, que ya se enojaba de permanecer mudo-. Por ti, Marcela, subo yo a este monte y a otros más altos; y cuanto más te subas tú, más gozo yo elevándome hasta donde estés: que es obligación de lo humano remontarse a lo divino.

-¡Jesús mío! -exclamó la monja risueña, santiguándose-. ¡Cuán desatinados vienen hoy los dos!

-Alto ahí -dijo D. Beltrán, tomando pie de las últimas palabras de Nelet-: si divina es Marcela, y como a tal la adoramos, no ocultemos que ahora la quisiéramos humana, sin menoscabo de su divinidad, pues a mi entender, lo divino y lo humano deben compenetrarse, constituyendo el mejor estado dentro de la Naturaleza..

-Alto ahí, digo yo ahora, y a fe de Marcela sostengo que no soy divina, aunque a la divinidad aspira mi pobre humanidad baja, y la compenetración de lo humano y lo divino ha de ser por el modo que la propia divinidad señala cuando quiere hacer suyo lo humano».

Si Marcela gozaba en este torneo conceptuoso, Nelet sufría de verse en tales laberintos, donde se perdía su intellectus. Así, con gallardo arranque llevó la cuestión al terreno de la sinceridad y llaneza: «No sé si es humano o es divino el sentimiento que aquí me trae, (p.4862) Marcela, sentimiento por el cual iría yo tras de ti hasta el fin del mundo. Lo que te he dicho en mis cartas, ahora lo repito con el apoyo de mi buen amigo: y es que te quiero. Dios encendió en mí una llama que me devora y consume. Si me niegas el amor que te pido, creeré que este fuego es un pedazo del infierno metido en mí.

-¡Oh! eso no -dijo Marcela prontamente-, que el amor viene siempre de Dios. Fuego del Cielo es lo que te quema el alma, Nelet; mas no has de pretender que yo rompa mis votos para darte la tranquilidad. El amor, nacido en el alma, puede en ella tener su remedio, pues como divino, con divinos medios se modera y aplaca.

-Eso no -dijo el anciano-: con perdón de la ciencia, el amor como sentimiento de pura humanidad, sólo en la esfera humana encuentra su remedio.

-Perdóneme el Sr. D. Beltrán; déjeme concluir. Ha dicho Séneca que el afecto de amor no se rige por la razón. Es sabido que el demasiado amor es muy peligroso y acarrea desastres y muertes. Y así, yo repito ahora el dicho de Chilon Lacedemonio: «No amarás ni desearás nada demasiadamente». Y de que el amor no se rige por la razón, tenemos en la antigüedad ejemplos mil. Pigmalión y Alcidas Rodio amaron estatuas; Pasifae Reina amó a un toro; Semíramis a un caballo; Jerjes Rey a un árbol plátano; Hortensio Orador amó a una murena pescado; Cipariso a una cierva, y muerta la cierva, murió él también de pesar..

-Pero yo no amo a una estatua, ni a un pez, ni a un árbol -dijo Nelet con viveza-, sino a una mujer, a un ser vivo y hermoso, en quien Dios puso todas las perfecciones..

-Déjame acabar mi argumento.

-Dejarla.. sí, dejarla -indicó D. Beltrán, que notaba en Marcela un gran gusto de hablar de amor, y el empeño de disimularlo con frialdades eruditas.

-Hemos sentado que el amor no se rige por la razón -prosiguió la santa-. Y ahora, tratando de penetrar en la esencia de ese sentimiento, digo que lo que mueve el amor del hombre es toda perfección de Naturaleza..

-Muy bien.

-Admirable.

-No lo digo yo: lo dice Aristóteles. Las cosas que (p.4863) incitan y mueven el amor en el hombre son: sapiencia, hermosura, eutrapelia, que es como decir buena conversación.. Pues apartando el alma de estas perfecciones de Naturaleza, a que llamo perfecciones imperfectas, y embebiéndola en la única perfección perfecta, que es Dios, el amor humano se extingue, y el alma se ve purificada, gozosa y satisfecha en el verdadero amor.

-Todo eso es muy sabio -dijo Nelet en pie, impaciente, decidido a llevar las cosas por lo humano, pues tanta divinidad y sutileza de palabra le enfadaban-; pero a mí no me traigas ese cuento de que el amor de Dios quita el amor de mujer.. No: a Dios se le quiere como Dios y a la mujer como mujer. Hombre soy, mujer tú. ¿Por qué no hemos de amarnos y ser felices? ¿Para qué nos ha criado Dios? ¿Para que nos aborrezcamos uno a otro y le queramos a Él? No, Marcela.. Eso es un disparate, aunque lo digan Séneca, Aristóteles o San Simplicio. En cuestión de amor sé yo tanto como esos y más, más.. Si quieres darme una razón para no amarme, deja a Dios y a los santos en el Cielo, y háblame como se habla entre criatura y criatura. Dime que no te agrado, que no soy de tu gusto, y ante este argumento, que no es sabio ni está en latín, no tendré más remedio que callarme y devorar mi amargura y morirme de pena. Sí, Marcela, porque tu desprecio es mi sentencia de muerte..

-Bien, muy bien, Nelet -gritó D. Beltrán radiante de satisfacción-. Así habla un hombre, y así te quiero, hijo mío.

-Hemos venido a pedirte una contestación a lo que de palabra y por escrito te he dicho. Yo estoy loco por ti. Desde antes de conocerle te amaba, y antes de verte te veía, y tan llena de ti tengo mi alma, que no hay en ella intención ni pensamiento que no sean tuyos.. de lo que se sigue que has de escoger entre quererme y que yo acabe mi vida. Esto es quererte a ti y querer también a Dios. Pero no me pidas, ¡ay! que quiera a Dios sólo sin dejar nada para lo humano, porque eso es imposible».

Marcela mordía un palito de la rama del espino, sin fijar los ojos en ninguno de los caballeros, perdida su (p.4864) mirada en vagos espacios. D. Beltrán se aproximó a ella para observar su rostro, en el cual creía notar cierta turbación o pugna de sentimientos, y aprovechando estado tan ventajoso, hizo seña a Nelet de que callase, dejándola un rato en aquel solemne careo consigo misma.

 

Ep-25-XXII -

«No me negarás -dijo D. Beltrán, poniendo suavemente su mano en la rodilla de la santa-, que el hombre en cuyo corazón has encendido fuego de amor tan grande, es merecedor de tu cariño. Caballero leal en todas sus acciones, será para ti el mejor compañero que Dios podría depararte. ¿Lo niegas?..

-No señor -replicó Marcela mirando al suelo-; no puedo negar lo que es verdad: reconozco sus buenas partes, y por su rendimiento y constancia me veo precisada a tenerle estimación; la estimación que permiten mis estrechos votos..

-Por algo se empieza, hija mía. Y ahora te digo que a Dios no podría ofenderle que trocaras la vida religiosa por la que llamamos mundana. Dios hizo el mundo, hizo la humanidad para que en él viviese y de él gozara, y creó el amor para que la humanidad se prolongase hasta lo infinito, de padres a hijos..

-Y no sé yo -dijo Nelet con bárbara lógica-, que hiciera Dios conventos, ni mandase a hombres y mujeres que se apartaran de la existencia material.. porque la existencia material es el fundamento de toda vida y hasta del amor de Dios; porque para amar a Dios tenemos que vivir, y para vivir tenemos que nacer, y para nacer..

-Aunque me ven ustedes silenciosa -indicó la penitente dando un suspiro-, no crean que me faltan razones para contestar a lo que uno y otro me dicen.

-¡Oh! Ya sabemos que silogismos y citas sagradas y profanas, no han de faltarte.. Pero ahora nos harás el favor de guardar a todos los sabios en el archivo de tu memoria, y no consultar más texto que el de tu corazón. ¿Qué te dice este? ¿Que desprecies a Nelet?

-No me dice que le desprecie -replicó la monja sin mirar al interesado-; pero me persuade a no cambiar la vida de penitencia por otra vida.

-Pues yo he leído en no sé qué autor -dijo Nelet altanero-, que (p.4865) la primera penitencia es el matrimonio, y la mayor gloria humana criar una familia. Y si te decides a permanecer en el siglo, donde me encontrarás amante, esclavo fiel, no te pesará, Marcela, y verás cómo Dios te quiere más y te bendice.. pues la vida que llevas no es vida de persona racional, ni Dios nuestro Criador puede querer eso.

-No creáis -repitió Marcela, inquieta y como azorada, sin mirarles, mascando el palito-, que porque callo me faltan razones.. Mas no quisiera que las razones que se me ocurren las tomara Nelet a desprecio.. No, no: desprecio no es.. Y.. no sé cómo decirlo.. Es que aunque yo me propusiera arrancar de mí el amor de la vida religiosa y el gusto grandísimo de cumplir mis votos, no podría, no podría.. Es más fuerte que yo mi devoción.. Pero el afianzarme en ella no significa desprecio.. no.. Considero lo que Nelet merece.. y yo pediría al Señor que le concediese, en criatura mejor que yo, la satisfacción de su fina voluntad.. Que las hay mejores, sí, mejores que yo, de superior mérito físico y moral, así por la presencia como por las virtudes..

-No, no hay quien te supere -exclamó Nelet levantándose con furor de abrazarla-, ni siquiera quien te iguale. Marcela, en dos letras pronunciadas por tu boca está la ventura y la salvación de un hombre. Pronúncialas. Fácil, como el respirar, es decir sí.. El no es sentencia de muerte, y tus labios divinos no me condenarán».

Levantose Marcela, y poniendo en su rostro y en su acento una severidad que el menos lince habría tenido por afectada, dijo a los caballeros: «Con su venia subiremos a la iglesia, que yo tengo que rezar, y ustedes también, pues han venido a cumplir una promesa».

Sin esperar respuesta, echó a andar hacia arriba con grave paso, echándose al hombro la rama de espino que decoraba graciosamente su gallardo busto. Quiso Nelet avanzar tras ella para proseguir el coloquio interrumpido; pero D. Beltrán le detuvo vigorosamente por un brazo, y aguardando a que la santa se alejara, le dijo: «Tonto, ¿no has comprendido? Es nuestra, es tuya.

-Me ha parecido que su (p.4866) espíritu no es insensible al amor de hombre.

-Calla, hijo.. Desde que comenzó a soltar filosofías y citas de autores, observé que viene transformada. ¿Qué eran aquellas sutilezas más que un coqueteo de arte mayor? Es mujer, es mujer; hemos triunfado.

-¡Mujer! -repitió Nelet como en éxtasis.

-Pero ¿no ves esos andares?.. ¿No ves cómo se recoge la saya para andar cuesta arriba? ¿Y esa manera de llevar la rama florecida?.. No es mala sofoquina la que le hemos dado con nuestro razonar irrebatible. Mírala, hombre, y dime si eso no es una mujer disfrazada de santa.. El cuento es que está guapa de veras.. La he visto muy de cerca; me he fijado bien. Los dientes son ideales; no extraño que hayas soñado con ellos. ¡Y qué perfil el de su cara! ¿Pues y los ojos?.. Nelet, dame un abrazo.. Estás de enhorabuena.. Yo no la distingo ya más que como un bulto. ¿Va muy lejos? ¿No mira para atrás?

-Todavía no ha mirado.

-Ya, ya la veo. Allá va. Pues bien, Nelet, yo te apuesto lo que quieras a que antes de llegar a aquel peñasco negro.. ¿No hay allí un peñasco?

-Es una encina.

-Pues te apuesto a que antes de llegar a la encina, se para y nos mira.. a ver si la seguimos. No, no te muevas».

Resultó, en efecto, lo que el ladino viejo decía. Parose la penitente, y agitó la rama como diciendo con ella: «¿Pero qué hacen que no suben?».

Como el tardo paso de D. Beltrán no permitía la ascensión rápida, Marcela se adelantó largo trecho. De rato en rato miraba, y Nelet le hacía señas de que se detuviese; mas no hacía caso, y cuando los caballeros llegaron al santuario, ya la monja y sus viejos rezaban ante el altar con gran recogimiento. Arrodilláronse no lejos de la puerta, a distancia de Marcela, para poder hablar a su gusto. «Trastornadita y blanda la tienes ya -decía Urdaneta-. Y no debes atribuir esta mudanza a la constancia de tus manifestaciones amorosas. Obra es del contacto continuo con la Naturaleza, de la vida al aire libre, de la libertad, el campo, las montañas, los bosques sombríos y las fuentes cristalinas. Ya conocían el paño los que establecieron para penitencia de (p.4867) hombres y mujeres los recintos cerrados. La sociedad es gran conductora de amor; lo es también la Naturaleza.. Por más que aún se defiende con sus sabidurías acartonadas, se ve que está vencida, tocada del mal de amor. En los andares lo conozco, en el metal de voz. A mí no me engaña queriendo hacer papeles de teóloga. Para rendir por completo su voluntad, y que nos largue un sí tan grande como esta iglesia, hemos de proceder con tino. Mucho cuidado, Nelet, con lo que ahora le digas..».

Nelet rezaba; el prócer hizo lo mismo, pidiendo a la Virgen que le mejorara la vista y que le sacara del cautiverio que tan injustamente sufría. Examinaron luego la iglesia, conducidos por la santera, pues allí no había sacristán ni hombre alguno; vieron también el camarín y la imagen, y se salieron al atrio a pasearse y fumar un cigarrillo.. Marcela, terminados los rezos, apareció al fin, tras larga espera, y tomando de la mano a D. Beltrán, guió a los dos caballeros a un lugar abrigado junto a la hospedería, al pie de copudos robles. Sentados los tres sobre la hierba, continuaron su coloquio, siendo ella la que rompió con estas palabras: «He pedido a Dios y a la Virgen con todo fervor que me iluminen. No siento aún desgana de mis votos benditos, ni sombra de afición a otra vida. También he pedido al Señor que derrame alguna frialdad sobre ese fogoso afecto de Nelet, y espero que..

-Esto no lo enfría Dios -dijo el enamorado-. Lo que hace es avivar la lumbre, y cuanto más te miro, más me enciendo, Marcela. Yo he pedido a Dios que de este fuego que a mí me sobra te dé a ti algunas ascuas, infundiéndote el gusto de familia, de vida doméstica..

-Sí, hija mía: si te incitara Nelet a cosas impuras y pecaminosas, tus escrúpulos serían muy justificados; pero te propone, y yo con él, la unión bendita y santa ante el altar. ¿Qué sacas de esta vida errante? ¿A quién haces feliz con tus penitencias? ¿No es más cristiano y caritativo que libres de la muerte a un hombre honrado, y trueques sus martirios en dulzura, su infierno en cielo?

-¡Vive Dios - (p.4868) exclamó Nelet con insana vehemencia-, que lo ha expresado D. Beltrán como el mismo Evangelio! Quisiera yo ver a Dios, como os estoy viendo a vosotros, para preguntarle delante de ti: «Dios, ¿no es verdad que tengo razón y ella no la tiene?». (p.4869)

-Cálmate, Manuel -dijo D. Beltrán, alarmado de tanto ardor-. Yo veo en el mirar dulce de este ángel, que nuestras razones han ganado su entendimiento, que Dios pone el dedo en su voluntad y le dice: «Hija bendita, levántate y sigue a tu esposo».

Pausa. Nelet, pálido como un difunto, miraba al suelo, y con su temblorosa mano se agarraba los mechones menos cortos de su cabello. Marcela tenía el rostro encendido, la respiración anhelante. Dejando caer a un lado su cabeza en actitud de Dolorosa, arqueando las cejas y bajando los párpados, pronunció estas palabras, sin autorizarlas con sentencias de santos ni de filósofos: «Uno y otro, despiadados, me ponen en grande suplicio. Yo quiero ver a mi lado el bien y veo el mal; por causa mía inocente, enferma Nelet de la peor dolencia, de aquella para que no hay consuelo ni medicina, como no sea ella misma y las punzadas de su propio dolor; esto veo y no puedo remediarlo, que si en mi mano estuviera, pronto lo haría. Así, les ruego que no me atormenten más y me dejen partir.

-¡Partir! -exclamó Nelet suspenso, echando de sus ojos un siniestro rayo-. ¡Partir y dejarme en esta ansiedad! ¿Partir tú y no conmigo? ¿Es que no quieres verme más? Marcela, por Dios, no me lo digas; no quieras verme trocado de hombre en fiera.. no ofendas a Dios convirtiendo en monstruo a una de sus criaturas.. Si por otra causa o razón no te decides a quererme, hazlo por la santa obra de salvar un alma.. ¿No te convenzo al fin?

-Si con que yo te vea y te hable, tu alma se sostiene en Dios -dijo la santa, bondadosa-, te veré siempre que gustes y haya buena ocasión de ello. Al decir que me dejarais partir, no quería, no, alejarme de ti para siempre.. decía que es hora de que por hoy nos separemos. Y en esta ausencia, ofrezco yo a Nelet con toda lealtad que (p.4870) seguiré pensando en el grave caso, y pidiendo a Dios fervorosamente que me ilumine para resolverlo.

-Yo te aseguro -declaró Santapau con acento en que se revelaba el propósito de una resuelta acción-, que si al decir que partías lo hubieras hecho en son de despedida para siempre, antes de que te fueras me habrías visto arrojarme por aquel despeñadero que da al barranco de Vallivana.

-Hijo mío, Marcela te promete volver, y volverá -indicó Urdaneta conciliando voluntades con frase cariñosa-. Yo quedo de fiador. Tendremos otra entrevista dentro de pocos días, en el sitio que designaremos..

-Y no sólo he de consultar con Dios -agregó la beata-, sino con mi hermano Francisco; que es bien le dé cuenta de esta terrible novedad.. De aquí me iré en busca de un confesor, a quien manifestaré las turbaciones hondísimas que han levantado en mí las palabras tentadoras de uno y otro; luego iré en busca de mi hermano, y hecho todo esto, les avisaré por Malaena para que nos reunamos.

-Y me des respuesta de vida o muerte -dijo el galán-. Está bien. Si me matas, mátame de un solo golpe. Si he de vivir, sépalo también pronto, para no vivir muriendo..».

Levantose Marcela, diciendo con gracia mujeril, que D. Beltrán apreció como síntoma felicísimo: «Me dan permiso para retirarme?

-¿Tan pronto? -murmuró Nelet.

-Me equivoqué, señores míos -añadió ella con nueva emisión de gracia, acompañada de sonrisa un tanto picaresca-. No debí pedirles permiso para retirarme, sino para suplicarles que se retiren.. Perdónenme. Y para que nadie se ofenda, ustedes y yo nos retiraremos al mismo tiempo, por distintos lados.. Yo me voy monte arriba, a salir a Bel.

-Y nosotros barranco abajo a salir a donde Dios quiera -replicó D. Beltrán-. ¿Ves?.. Nelet no se conforma con que nos prives tan pronto de tu divina presencia.. Pero yo le persuadiré a la resignación; descuida. Tiene en mí un aliviador de sus males de ánimo, y un atemperante de sus nervios.

-Me conformo, sí -dijo Nelet con noble ademán-. Propuesta por ti la separación con ese (p.4871) modo gracioso y.. de mujer, la acepto.. Más te quiero mujer que santa, y entre santa de todos y mujer mía, prefiero esto.. porque la santidad no llega tan adentro del alma como el querer entre criaturas..

-Yo celebro verte en esa conformidad -afirmó ella, dando los primeros pasos hacia el sendero que había de seguir-. De las diferencias entre santicio y mujericio, mucho podría decirte; mas ahora no puede ser.

-¿Tardarás mucho en decírmelas?

-Dios es quien ha de fijar el cuándo. Él solo es el marcador de las ocasiones.

-Bueno: también me conformo. Esta mansedumbre que en mí ves no tiene otra causa que el haberte visto benigna.. Has sonreído, Marcela, y sólo con eso me desconozco, me siento mejor de lo que fuí.

-Ahora.. como si lo viera.. -dijo la penitente, sonriendo con más gracia y viveza que antes-, irán ustedes caminando despacito, y parándose a cada instante para mirar hacia atrás.

-¿Y tú no harás lo mismo? -observó Nelet más vivo que la pólvora.

-Si alguna vez vuelvo la cara -replicó ella conteniendo la risa-, será por observar la tontería de los hombres, y porque no crean que es desprecio el no mirar alguna vez.. Vaya, en marcha. Nelet, D. Beltrán, el Señor les acompañe».

Se separaron lentamente, y como a diez pasos gritó D. Beltrán: «Conste que no soy yo el que mira, sino este truhán, vicioso del mirar.

-Adiós», repitió la divina mujer.

A bastante distancia, hablaban así los dos caballeros: «¿Qué?.. ¿Se detiene a mirarnos?

-Ahora.. ¡Y que no haya tenido yo valor para darle un abrazo!

-Calma, hijo. Tiempo tienes. Y ahora, ¿vuelve la cara?

-Va despacito.. alza los ojos al cielo. Ya no la veo. Pasa detrás de un grupo de árboles.. ¡Qué figura, qué aparición celestial!.. Yo estoy loco.

-Calma.. Repito que tiempo tienes. A punto de completa madurez la verás pronto.

-Ahora reaparece otra vez.

-¿Y mira?

-Sí señor.. Se ha puesto en la boca una ramita de hinojo. ¡Ay, qué delicia de hinojo!..

-Tiempo tienes.. Anda, anda..

-No, no es de este mundo esa mujer.

-De este mundo o del otro.. tuya es».

 

Ep-25-XXIII -

Muy (p.4872) consolado el uno en sus fatigas amorosas, satisfecho el otro del buen giro que a su parecer tomaba el asunto en que como consejero intervenía, llegaron los dos caballeros a Catí. De lo que hablaron por el camino no se hace mención. Baste decir que a los recelos que manifestaba Nelet, como amante que con menos que la definitiva victoria no se satisface, oponía Urdaneta las seguridades optimistas, fundado en su conocimiento y larga práctica de negocios mujeriles. Para el anciano prócer era como tenerlo en la mano. De allí a las bendiciones matrimoniales poco trecho había que recorrer.

Hallaron en Catí la novedad de que Cabañero había salido con dos batallones, por orden del General, y en su lugar quedaba Llangostera, pronto también a partir con fuerza considerable hacia la frontera de Cataluña. A la mañana del siguiente día, pasó por allí Cabrera con su ejército en veloz marcha. Venía de cerca de Murviedro, donde se había batido con las tropas de Oraa, y a Gandesa se dirigía llevando algunos cañoneros para poner formal sitio a esta plaza. Grande fue la desazón del pobre Urdaneta cuando le despertó Santapau para decirle: «Mi querido viejo, la fatalidad, y en su nombre D. Ramón Cabrera, ha decretado que nos separemos. Desde Salvasoria mandó aviso de que se incorporen sin dilación a su ejército el 3.º de Tortosa y tres compañías del 1.º de Valencia. Parece que vamos a sitiar a mi pueblo.. No puedo, ni con pretexto de enfermedad ni con otra artimaña, librarme de la maldita obediencia al superior.. Pero ya me canso, ya me canso de la esclavitud, y a la primera oportunidad pediré la absoluta. Imposible repicar y andar en la procesión que usted sabe. Amor y ordenanza no casan bien.. Y no más, amigo mío. Le dejo bien recomendado a Llangostera, que se ha de situar en Rossell, para cortar el paso del Pla a las tropas que vayan en auxilio de Gandesa.. Con que adiós.. No siento más sino que venga Malaena y no me encuentre. Pero ya le advertí que en este caso se vea con usted.. Con decirle dónde estoy, basta. Es (p.4873) buen sabueso; dará conmigo.. No puedo detenerme ni un segundo más. Adiós».

Muy triste se quedó el pobre caballero, señor de tantas torres; y su único consuelo fue que a poco de despedirse de Santapau le deparó Dios una antigua amistad, el capellán mosén Putxet, que dos días antes había llegado con destino al 1.º de Tortosa, de la división de Llangostera. Aunque no podía sustituir el clérigo la franca y ya entrañable amistad de Nelet, al menos le entretenía con su charla, y le prodigó no pocas atenciones, entre ellas el agenciarle una buena mula para el paso desde Catí a Rossell, que Llangostera, con seis batallones, efectuó en la noche del 15 de Mayo y parte de la mañana del 16. Llegó D. Beltrán molido y displicente por el duro trotar de la condenada bestia, y lo primero que solicitó de la bondad de su amigo fue que le metieran en cualquier mechinal, para poder estirar su esqueleto y darse algún descanso. En un aposento de la sacristía de la iglesia mayor le colocó Putxet, con gran satisfacción del noble, que no esperaba tan buen hospedaje. Lo que deseaba era que le dejasen allí, previo juramento solemne de no quebrantar su esclavitud y estar siempre a disposición de la autoridad carlista que le reclamase. Pero ¡ay! que si el cielo le concedió la quietud material que por el momento deseaba, no fue benigno con él en aquellos tristes días. El 18 muy temprano, cuando las claridades del alba despuntaban por Oriente, despertó el caballero con sobresalto, sin que nadie le llamase, por efecto de un súbdito golpetazo de su corazón.

«¿Quién está ahí? -dijo sin moverse, viendo avanzar hacia su lecho un bulto negro.

-Soy yo, querido D. Beltrán -respondió al poco rato Putxet, pues no era otro acercándose más-. No venía a despertarle, sino a ver si dormía.. Pero es temprano.. Duerma una hora más.. aunque sean dos horas.. todo lo que quiera.

-¿Qué sucede? ¿Tenemos que partir?

-No, no.. Por ahora no.. Es que.. Sentiría mucho que usted se alterase.. Calma, ilustre señor. Me voy, para que duerma otro poquito.

-Ya no podré dormir, caramba, pues esta entrada de (p.4874) usted a hora tan intempestiva, la turbación que noto en su acento, son para despabilar al sueño mismo. Me dice el corazón que tiene usted algo que.. comunicarme.

-No es tiempo aún.. ¿Quiere usted que se le haga café?..

-¡Demonio! Tan pronto me dice que duerma como me ofrece café. Ea, Sr. Putxet, ¿qué le trae acá? No valen melindres conmigo.

-Pues sí -dijo el capellán, que en su tristeza y azoramiento, cuanto más hábil quería ser, más torpemente procedía-. Mejor será que se despabile y se levante.. No se altere, señor, no pierda su aplomo y serenidad.. A un hombre como usted, tan entero y.. y que se hace cargo de las cosas.. se le puede decir.. Nada, no es nada, señor; es que.. ha ocurrido una gran desgracia.

-Acabe usted, acabe, hombre pusilánime, hombre enclenque, hombre femenino..

-Pues sepa el hombre fuerte, sepa el hombre valeroso y grande, que ayer, en un pueblecito llamado Belén, más allá de Tortosa, los infames cristinos fusilaron a D. Alonso de Almela, hermano del Conde de Catí.

-Y, en represalias de esta barbarie, los infames carlistas harán lo mismo con el noble D. Beltrán de Urdaneta -gritó el anciano, poniéndose en pie, medio desnudo, sobre el camastro-. Bien, bien: aquí me tenéis, asesinos; aquí estoy dispuesto a morir. Noble por noble, como me dijo en Cheste el jefe de los matachines, Ramón Cabrera.. ¡Y para anunciarme esto, Sr. Putxet, ha estado ahí tartamudeando y poco menos que haciendo pucheros!.. Aguarde a que me vista; dispense que tarde en ello algún tiempo, pues acostumbrado a valerme de ayuda de cámara, soy algo torpe en estas operaciones matutinas.. Pero si tienen mucha prisa por despacharme, ¡demonio! llévenme a medio vestir, que la muerte no ha de poner reparo. Por falta de ropa, ni he de ser menos animoso, ni vosotros menos viles y cobardes.

-Si no hay prisa, señor -dijo el capellán abrazándole-. De aquí a las nueve nos sobra tiempo.. Y pues tiene la costumbre del ayuda de cámara, yo soy bastante humilde para prestarle ese servicio.

-Gracias, no pretendía yo tanto -replicó D. (p.4875) Beltrán sentándose en el lecho, mientras el otro le traía las botas, el pantalón, disponiéndose a vestirle-. Y pues con tanta generosidad mis verdugos me conceden estas horas, sepa que no renuncio al café que me ha ofrecido..

-Al momento mandaré que se lo preparen. ¡Pues no faltaba más! Sería una desconsideración imperdonable privarle de alimento.

-Bien, hijo, bien: se agradece.. ¡Con qué destreza me ayuda a vestirme! Parece que en toda su vida no ha hecho usted otra cosa.

-Fuí paje del ilustrísimo señor D. Víctor Sáez, Obispo de Tortosa.

-¡Sáez, el Ministro del absolutismo! ¡El que ayudó a Fernando VII en su tarea de ahorcar a medio mundo! Bien, hombre, bien. Pues ya que usted tiene la bondad de ser por un instante mi criado, no vacilará, si es tan humilde, en prestarme todos los servicios que necesita un hombre como yo.. Adelante.. Tenga usted cuidado con esta pierna. Trátela con miramiento, que está reumática.. Ahora el chaleco.. Este me lo dio D. Ramón, y me ha hecho un gran servicio. Bueno, bueno.. No corra usted tanto.. Le recordaré el dicho de nuestro gran tirano, el ahorcador de gentes, Fernando el Deseado.. contra una esquina.. Ya sabe usted que él fue quien dijo: 'Vísteme despacio, que estoy de prisa'. Ahora, hágame el favor de pedir el café..

-Lo tendrá usted a punto. Sabe Dios cuánta pena me causa tener que notificarle.. Anoche me llamó Llangostera, que entre paréntesis, está muy afligido por verse en el duro trance de..

-¡Pobrecito! Si está tan afligido, le compadezco..

-Pero el deber..

-Claro, el deber.. En estas guerras salvajes, trastornadas las conciencias, aplicáis a los crímenes palabras santas que se inventaron para expresar la virtud, y asesináis en nombre de la justicia, que es como poner al diablo en los altares.. Bien.. que sea pronto.

-Suplicome el Sr. Llangostera que me encargase.. y con gran sentimiento acepté comisión tan triste.. Era yo el más significado para este paso, por la amistad.. de que me honro.

-La honra es mía. No sea usted tan modesto..

-Y encargome al propio tiempo (p.4876) que le preparase.. si usted se dignaba elegirme entre los cuatro señores capellanes que estamos hoy en Rossell.

-Hijo, sí, por elegido.. Lo mismo me da.

-Mi amistad atribulada -dijo el capellán buscando una bonita expresión retórica-, se consuela con esta preferencia que el noble caballero se digna concederme.

-Mi confesión no será larga -indicó Don Beltrán paseándose por la habitación-, y si usted quiere, ahora mismo..

-Antes haré que se le sirva el café.. No hay en ello inconveniente, pues no tendremos comunión.. y no por culpa mía. El párroco del pueblo nos ha hecho la jugada de abandonar su iglesia para unirse a la partida del Organista. Está el hombre furioso desde que los liberales le mataron al sobrino..».

No necesitó el capellán separarse de su amigo para la diligencia del café, pues el oficial de guardia en la estancia próxima, interesado también por D. Beltrán, y de su desgracia compadecido, había dado las órdenes para que se le llevase pronto aquella tónica bebida. Dio el anciano las gracias a los que se la sirvieron, mostrándose con todos muy afable. Tomado el café, que por singular merced no estaba mal hecho, volvió al capítulo de su confesión, diciendo con animado lenguaje:

-Pues sí: mi conciencia ve su luz y su sombra perfectamente deslindadas, y no vacila al señalarlas.. No hay en mí casos dudosos, enigmáticos, obscuros. Soy claro y bien definido.. En esta crítica hora, mi memoria se aviva, y no habrá nada que se me quede en el tintero, llamando tintero al antro del olvido. Lo que Dios sabe, yo lo digo sin rebozo y con facilidad al sacerdote que me auxilia, a cuantos quieran oírlo, pues la vida de Beltrán de Urdaneta es pública, su carácter, bien diáfano, y sería en mí ridículo melindre el hacer un misterio de lo que sabe todo el mundo, todo Aragón.. Soy público en Aragón; soy popular, mejor dicho..

Y observando que oficiales y soldados, de guardia en la estancia próxima, se asomaban a la puerta movidos de curiosidad, les dijo: «Entren si gustan, y oigan; que los pecados que declara (p.4877) mi boca no son tales que produzcan espanto, y refiriendo mis maldades, puedo decir que el que se encuentre limpio de ellas, tire la primera piedra. No es que yo deje de creerlas vituperables; al contrario, en esta hora clara de la conciencia, veo y reconozco cuánto he ofendido al Señor, y qué mal uso hice de las cualidades que se dignó poner en mi alma. Siempre fuí religioso, creyente ciego de cuanto su Iglesia nos enseña, aunque muy perezoso y descuidado en cumplir los preceptos que se nos dieron para conservar y enaltecer el nombre de cristianos. He faltado en esto gravemente, más que por desamor de Dios, por la continua distracción en que me tenía el bullicio vano del mundo, y las frivolidades con que la sociedad noble embelesa nuestros sentidos. Siempre fuí más devoto de los placeres que de las abstinencias, y más gustoso de la buena vida que de las mortificaciones, sin llegar nunca a la embriaguez ni a la glotonería, y no porque ambos excesos son pecados, sino porque siempre les creí de mal gusto.. He sido vanidoso, amante de la ostentación y de la lisonja, mirando siempre a que lo mío fuese superior a lo ajeno, a que ninguno me igualara en grandeza y lujo; y cuando veía por alguna parte algo que me obscureciese, sufría mal de tristeza, y me lo curaba con nuevos esfuerzos para extremar la presunción y humillar a los demás.. Pero también digo que jamás cometí vileza contra nadie, y que conservé la dignidad que mi raza y mi nombre me imponían, mostrándome siempre caballero noble, con los iguales cortés, afable y cariñoso con los inferiores.. Mi pecado mayor, manantial inagotable, en vida tan larga, de innumerables errores, ha sido mi locura, que así la llamo, de galantear y ser grato al bello sexo. Mi goce más vivo fue en todo tiempo el trato de damas altas, bajas o medianas, y llamo damas a cuanto se comprende dentro de la muchedumbre femenina. Mi desatino ha sido tal, que todo lo he pospuesto a la satisfacción de mis gustos. Verdad que dentro del fuero del amor no he cometido vilezas; pero sepan que ese fuero es puro (p.4878) artificio inventado para nuestro uso por los galanteadores, y que no vale ante la ordenanza del Decálogo. Yo, pues, he pecado gravísimamente, y al declararlo, reconozco sin atenuaciones ni disculpas todo el mal que hice, añadiendo que mis infamias no tu vieron término por severidad de mi conciencia, sino porque el desmayo de la naturaleza les puso freno, contraviniendo mi liviandad y hábitos viciosos. De esto me acuso, y reconociendo mi error, me encomiendo a la Misericordia divina.

»También es pecado grave el poco o ningún cuidado que puse en el manejo de mi hacienda; que la riqueza, Dios nos la da para que la usemos con templanza y la transmitamos a nuestros hijos. Yo he sido una mano verdaderamente horadada. Ciertamente que algo atenúa este pecado mi generosidad sin límites, pues todo se ha de decir: yo hacía partícipes de mi bien a cuantos me rodeaban o se me acercaban en demanda de auxilio. Yo he remediado muchas miserias, enjugado no pocas lágrimas. Ningún colono ni sirviente mío puede decir que le oprimí; y si esto se lleva como litigio a tribunal divino para fallar sobre mi alma, tengo por cierto que innumerables seres depondrán en favor mío. Váyase lo uno por lo otro, que si largamente derroché, con no menor largueza di mi mano a los miserables para que se agarraran.. Defecto capital mío ha sido el amor a ese resorte de vida material que llamamos dinero, despreciado por los filósofos, vilipendiado por la religión, pero del cual no podemos prescindir dentro de la sociedad a que pertenecemos, porque su empleo y distribución se ha hecho ley que a todos nos sujeta, so pena de volvemos salvajes o ermitaños, lo que no digo que sea peor ni mejor que el estado social. Sólo afirmo que mis apetitos, mi presunción, me han espoleado siempre para proveerme de ese metal, que no llamaré precioso ni vil, dejándole en esta ocasión sin ningún título ni apodo. Pero bien sabe Dios que en las situaciones aflictivas a que me condujo el afán de prolongar mis goces y conservar mi fama de rumboso y señoril, jamás tomé nada que (p.4879) no viniese a mí por caminos legítimos, aunque ruinosos. Sobre mi conciencia pesan muchos pecados, muchos; pero no pesa ni un solo maravedí que pueda llamarse ajeno. Si alguna vez me rebajé al empleo de resortes que humillaban un tanto mi dignidad, nunca me movió el intento de traer a mí lo perteneciente a otro.. eso nunca. Limpio estoy de esa clase de manchas.. No puedo decir, ¡ay de mí! que de todas esté limpio, pues pecador fuí, por pecador me tengo, y como pecador empedernido me confieso en la hora de mi muerte. Ya lo habéis oído; ya veis, señores, la conciencia de D. Beltrán de Urdaneta, a quien todo Aragón llamó en otro tiempo D. Beltrán el Grande. Ni cosa mala he callado, ni cosa buena hay fuera de lo manifiesto. Si algo se me olvida, quiera Dios ordenar mi memoria de modo que los olvidos sean de cosas y hechos favorables, y que nada de lo malo se me quede escondido en la mente. Creo que no.. Tal como fuí y como soy, a vosotros, a mi confesor y amigo me presento; y sumiso, pesaroso de haber menospreciado la divina ley, entrego mi alma a Dios, infinitamente Justiciero, infinitamente Misericordioso».

 

Ep-25-XXIV -

Cuantos vieron y oyeron al infortunado caballero aragonés, quedaron maravillados de su sinceridad y presencia de ánimo. Del grupo de oficiales y soldados que en la puerta se arremolinaban, se destacó uno, al parecer teniente, que adelantándose hacia el prócer y besándole la mano, le dijo: «Señor, cuando esté usted en el Cielo, acuérdese de un servidor, Nicasio Pulpis, que tiene sobre su conciencia los mismos pecados de usted y no sus virtudes.

-Bien, hijo -replicó D. Beltrán abrazándole-. Que mis desgracias y fin desastroso te sirvan de espejo para que en él te mires y procures enmendarte».

Putxet, en tanto, inconsolable, expresaba su consternación en estos y parecidos términos: «Una y otra vez he dicho al señor Llangostera que hoy no es día hábil para ejecuciones. Figúrese usted: domingo, y por añadidura Pascua de Pentecostés.. ¡Cuando la Iglesia conmemora nada menos que el (p.4880) grandiosísimo misterio de la venida del Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego sobre las cabezas de los Apóstoles, para infundirles la divina ciencia!.. ¡cuando tal festividad augusta y solemne celebramos, tener que consumar un cruento sacrificio, por más que las leyes de guerra, ¡malditas leyes! lo autoricen y sancionen..! No, no puede ser: protesto.. y he de insistir, pidiendo que se deje para mañana. Me parece que corriendo a mi cargo la dirección espiritual del regimiento, tengo derecho a que se me oiga.. No estamos aquí los capellanes sólo para confesar de prisa y corriendo.. Vea usted, por no hacerme caso, hoy no puedo celebrar: no tenemos formas.. Es inconcebible este descuido.. ¡Pues cartuchos no faltarán! Todo lo de guerra está corriente, eso sí.. y lo espiritual, nada.. Así anda ello.

-No se sulfure, amigo Putxet -le dijo D. Beltrán, que se había sentado y quería meditar-. Y no se apure por el aplazamiento de mi.. sacrificio. ¿Qué más da un día que otro? Si el día es solemne, no importa. Bien sabe Dios que andan ustedes algo atropellados, y no pueden acomodar sus acciones al almanaque. En la guerra, ya se sabe, todo es permitido. Como si se presentara hoy buena coyuntura para una batalla.. ¿iban ustedes a dejar de aprovecharla por ser Pentecostés? No; y en Pentecostés matarían unos y otros gran número de cristianos. Si admitimos como lógico y razonable el dar a nuestro Padre Celestial el nombre de Dios de las Batallas, que usan los capellanes en sus sermones y los generales en sus proclamas a la tropa; si Dios es, como dicen ustedes, capitán general o generalísimo, ya pueden contar con su indulgencia por aplicar leyes de guerra en días de solemnidad litúrgica.. Por mí, no deseo el aplazamiento, pues aunque me encuentro tranquilo y resignado, no respondo de que en esas veinticuatro horas se me conserve la resignación y tranquilidad. Somos hombres, y el morir violentamente, en acto preparado y ceremonioso, agobia.. sí señor.. Mátenme de una vez, y no pongan a prueba mi fortaleza».

No se dio por convencido el (p.4881) terco capellán, y perseverando en su idea, dijo al infeliz prócer: «Quiero dar un nuevo ataque al jefe. En seguida vuelvo; de paso mandaré que le sirvan a usted un par de huevos fritos.. He visto que hay tomate.. y si usted quiere..

-Bien, hijo, bien; lo mismo da.. Gracias por todo.. Haga usted lo que quiera. Yo no tengo voluntad.. Quiero convencerme de que ya no vivo».

En el rato que estuvo solo, el pobre condenado cayó en reflexiones tristísimas, buscando el por qué de su tragedia; que en tales trances y en otros menos lastimosos propendemos a escudriñar los orígenes o el móvil inicial de todo suceso que nos afecta. «Ello es de toda evidencia -pensaba-, que Dios me envía mi muerte en forma tan terrible para castigarme de mi enormísimo pecado de estos días. He prestado a Nelet ayuda insidiosa para la seducción de la monja Marcela; y aunque desde el primer momento le señalé forma y fines de matrimonio, cosa es muy grave, y si se quiere sacrílega, el inducir a una esposa de Cristo al rompimiento de sus votos. Y lo peor es que con malicia instruí al enamorado y le aconsejé, dándole por norma las inicuas reglas que yo he ido sacando de la experiencia de mi vida libertina.. ¡Ah, bien merecido me está lo que ahora me pasa! ¡En ello veo tu mano, Dios de justicia!.. Hice muy mal en tomar a mi cuidado las desazones del pobre Nelet. ¿Quién me mete a mí a zurcidor de voluntades guerrilleras y monjiles? ¿Qué voy yo ganando con que una tarasca y un endemoniado se casen o dejen de casarse? ¡Ah, en el fondo obscuro de mis intenciones veo la maldita codicia y el afán de allegar recursos! No fue otra la causa de mi metimiento en tan feo negocio. Y que la monja andariega, por las reglas infames que di a Nelet, se ha trastornado y siente el veneno de amor en su sangre, no puede ponerse en duda. Por culpa mía y de mi sabiduría pérfida, romperá sus votos y ofenderá a Dios.. Me ha movido el villano interés, la idea de que, casándose, me habían de entregar lo que para mí designó Juan Luco.. Mal pensé, mal hice, y Dios, en pago de mi perversidad, (p.4882) permite que estos bribones me den cuatro tiros.. ¡Ay de mí!».

Interrumpiole Putxet con la noticia de que, oídas las razones canónicas expuestas por el capellán, que amenazó con poner el caso en conocimiento del Vicario General, había decretado Llangostera aplazar el acto hasta el día próximo de madrugada. No supo Urdaneta si la resolución del jefe le causaba tristeza o alegría. Si fue esto último, era una alegría triste. Almorzó con mediano apetito, departiendo con el capellán y el teniente Pulpis, que le custodiaba en la capilla. Por la tarde, su tristeza se exacerbó en grado sumo, y la compañía de aquellos señores le causaba enojos. Y pues no le dejaban solo, echose en un camastro como intentando dormir; mas lo que hacía era sumergirse en la contemplación de lo pasado, y en traer al pensamiento su familia, su casa de Cintruénigo.. «¡Ah! si Rodrigo y Juana Teresa me vieran en esta horrenda situación, qué amargo llanto derramarían.. Sí, sí: porque me quieren, aunque riñamos y nos enemistemos por tonterías que, vistas desde aquí, son de una insignificancia que mueve a risa y desprecio. ¡Dios mío, qué lección me das al fin de mi vida! Paréceme que estoy ya en la eternidad, donde presumo que hemos de ver todas las cosas del mundo en su natural pequeñez. Me quieren, sí, me quieren, y yo también quiero a mi nieto y a la madre de mi nieto, que es la esposa de mi hijo.. Las contrariedades, que en mi necedad estimé graves ofensas, ahora las perdono de todo corazón. Y cuando ellos sepan ¡ay de mí! cómo ha concluido D. Beltrán el Grande, también me perdonarán los agravios que les hice, mis malas palabras, mis actos rencorosos. ¡Pues poco que se condolerán de mi suerte! Rezarán por mí, pedirán a Dios que me acoja en su seno, y harán sufragios por mi alma. Ya estoy viendo a todo el clero de Cintruénigo atareado por largo espacio de días en misas, funerales y responsos.. Confío sobre todo en la eficacia de mi arrepentimiento. Pésame, Señor, de todo corazón el haberte ultrajado sistemáticamente, empleando tan mal la vida larguísima que me has (p.4883) dado. Pésame también el rencor que sentí hacia los míos, y el regocijo que tuve al ver descompuesta la proyectada boda de mi nieto con la mayorazga de Castro-Amézaga. Pésanme mis bravatas, mi orgullo, mi disipación, mi ansia de coger dinero para presumir y disimular mi ruina.. Pésame todo el daño que hice, y esta última travesura de querer arrancar a Marcela de la vida religiosa para satisfacer el liviano amor de Nelet..». Consagró también tristes pensamientos a su hija y yerno de Villarcayo, perdonándoles sus últimos desaires; besó mentalmente a sus nietos, y de todos se despidió con efusión de lágrimas y suspiros. Sus amigos fueron pasando después por su mente, uno tras otro, en melancólica y pausada procesión, siendo de los últimos Fernando Calpena, por quien sentía paternal cariño. Condolíase de que en Bilbao le hubieran birlado la novia. Si pudiera en aquel instante, ya no se atrevería, no, a inducirle a solicitar bodas con Demetria.. No, no: guarda, Pablo. Demetria debería ser para el Marqués de Sariñán. Que Doña María Tirgo y Juana Teresa rehicieran los descompuestos planes. Buscara Calpena otra mayorazga, que buenos partidos no habían de faltarle.. Hasta del pobre Mero se acordó y de Saloma, deseándoles vida, salud, felicidades y rápidos ascensos.. ¿Y qué sería de Tomé?.. ¿Y del caballo ganado a Calpena, qué se habría hecho? En Alcañiz habían quedado también su breve equipaje y el reloj, magnífica repetición que no llevó consigo al salir en busca de Marcela, porque roto el espiral a poco de partir de Cintruénigo, para nada le servía. Guardado con unos pocos duros y pesetas quedó en una bolsa de vejiga que antes usara para el tabaco..

La primera parte de la noche la pasó inquietísimo, hablando sin fatigarse horas enteras, y ya refería sucesos de su vida, ya dictaba disposiciones para que Putxet recogiera en Alcañiz su equipaje y caballo, remitiéndolo todo, con la noticia y relato de su muerte, a la villa de Cintruénigo. Hizo intención de escribir a su nieto y a su hija; mas sintiendo muy desvanecida la cabeza y (p.4884) el pulso tembloroso, no trazó más que unas seis líneas con la declaración de su inocencia y de su trágico fin. Moría como caballero cristiano, dolorido del mal que había hecho, y a todos perdonaba, sin excluir a los que inicuamente le quitaban la vida. Esmerose en la firma, trazándola con todo el vigor y claridad que le fue posible. Después dijo: «Quisiera que ahora mismo acabáramos. Las horas que faltan pesan sobre mí como siglos futuros que se convirtieran en presentes». Repetida y ampliada la confesión con piadoso recogimiento, incitole Putxet a dormir. Negose a ello D. Beltrán, y estuvieron departiendo hasta la madrugada. Viendo cercana la hora, llamó el reo a los oficiales del piquete para despedirse de ellos. Formando rueda en torno a la mesa, oyeron esta manifestación tan sencilla como substanciosa:

«Amigos, les agradezco la simpatía y delicadeza que en esta ocasión me han manifestado. Son ustedes caballeros; yo también lo soy. Como tal quiero morir; como tales se conducirán ustedes en el trance final, acabando mi vida con rapidez y sin martirizarme inútilmente. Yo les perdono de todo corazón. Y si me es permitido, por el fuero de ancianidad, dirigirles algunos consejos, allá voy; y esto que ahora les diga, sea para ustedes de autoridad, como expresión postrera del pensamiento de un moribundo. Condenado sin culpa, no diré palabra injuriosa ni vengativa contra el bando político que me arranca la vida, ni contra vuestro ejército.. Todas estas cosas quedan para mí en un término lejano. Sin vituperar esta causa ni la otra, sin enaltecer a ninguna de las dos, os digo que no derraméis más sangre de españoles. Guardad esta sangre para mejores y más altas empresas. No defendáis con tesón tan extraordinario derechos de príncipes o princesas, pues voy entendiendo yo que tanto valen unos como otros, y que cuando la cuestión se dilucide y haya un vencedor definitivo, habréis desgarrado a vuestra patria, que es la legítima poseedora de todos los derechos. Mientras ponéis en claro, a tiros, cuál es el verídico (p.4885) dueño de la corona, negáis a la nación su derecho a la vida, porque le estáis matando todos sus hijos, y le destruís sus ciudades y le arrasáis sus campos. Será muy triste que cuando de vuestras querellas salgan triunfantes un trono y un altar, no tengáis suelo firme en que ponerlos. ¿Para qué queréis altar y trono, si luego han de cojear como esos muebles a que falta una pata? Allanad y afirmad el suelo ante todo, y esto lo haréis con las artes de la paz, no con guerras y trapisondas. Haced un país donde haya todo lo contrario de lo que unos y otros, a quienes no sé si llamar guerreros o bandidos, representáis; haced un país donde sea verdad la justicia, donde sea efectiva la propiedad, eficaz el mérito, fecundo el trabajo, y dejaos de quitar y poner tronos.. Lo que va a resultar es que, cualquiera que sea el resultado, estáis fabricando una nación de bandolerismo, que en mucho tiempo, gane quien ganare, ha de seguir siendo bandolera, es decir, que tendrá por leyes la violencia, la injusticia, el favor, la holgazanería, el pillaje y la desvergüenza. En un pueblo a que dais tal educación, cualquier trono que pongáis será un trono figurado, de cuatro tablas frágiles y cuatro mal pintados lienzos.

»Quizás vosotros, llenos de vida y de ilusiones, no veáis esto como lo veo yo, viejo y moribundo. Creéis que toda la vida vais a estar guerreando, con miras de gloria y ascensos; creéis que España ha de ser patrimonio y casa de guerreros, los cuales en la paz tendrían que ser empleados. ¿Empleados de qué? ¿Guerreros para qué? Sois muchos a comer rancho; sois muchos a vivir de distinciones, de cintajos y signos categóricos. Y yo os pregunto: ¿quién trabaja? ¿De dónde sale el rancho, el sueldo, la ropita con galones? Esto es absurdo: estáis matando el país y haciendo de él un magnífico cementerio poblado por maniquís, que ostentarán su presunción paseándose entre las sepulturas.. Y ahora, puesto que me oís con tanta atención, me permitiré daros consejos de otro orden. No es tan gran autoridad el virtuoso que nunca ha pecado como el (p.4886) pecador que reconoce, aunque tarde, sus yerros. Y puesto que conocéis mi vida, os incito a no imitarme en la parte corrompida de ella. No seáis pródigos; adoptad con discreta medida las prácticas de los miserables, llevando cuenta y razón de lo que tenéis y consumís, para que nunca os salga la necesidad más larga que su remedio, ni la sábana más corta que la pierna. Entre la sordidez y la excesiva largueza, preferid lo primero, que os hará antipáticos, pero no infelices. La generosidad practicada sin medida puede ser viciosa, porque muchas veces la dicta la presunción antes que el verdadero espíritu de caridad.. Y tocando, por fin, el punto más sensible, no me atrevo a deciros que no seáis enamorados, porque esto sería contravenir una gran ley de Naturaleza; pero sí os recomiendo que lo seáis sin apartaros de las leyes eternas, y que evitéis toda empresa de amor en que veáis probable daño de tercero. Esto es muy malo, hijos míos, y os lo asegura quien, por seguir la regla contraria, ha tocado en la experiencia sus perniciosos efectos. En todo caso, sed respetuosos y veraces con las mujeres. Es más conforme a Naturaleza dejarles a ellas el uso del engaño, arma con que compensan su debilidad, y tomar el hombre para sí el uso continuo de la lealtad, que es la fuerza; y los riesgos que de esto se ocasionen, cada cual los sortee como pueda, buscando siempre el bien. Que las alabéis y las obsequiéis con flores del ingenio, no es cosa mala, pues muchas con esto sólo quedan satisfechas, y vosotros nada perdéis en ello. Los que sean casados, harán bien en guardar la fidelidad matrimonial, aunque les haya tocado un culebrón.. Por eso, conviene mirarlo despacio, y enterarse antes de contraer esos vínculos que duran toda la vida. Sostened siempre la paz dentro de la familia que os resulte del nacimiento y de las uniones, y si hay en ella caracteres ásperos, procurad haceros a sus asperezas para que los demás contemporicen con las vuestras, que de seguro las tendréis. Espinas sufrimos, espinas tenemos, y el que crea que no las tiene y se duela de que le (p.4887) pinchen, es tonto de remate. Y ya no me queda que deciros sino que seáis trabajadores, que os procuréis un modo de vivir independiente del Estado, ya en la labranza de tanta tierra inculta, ya en cualquiera ocupación de artes liberales, oficios o comercio, pues si así no lo hacéis y os dedicáis todos a figurar, no formaréis una nación, sino una plaga, y acabaréis por tener que devoraros los unos a los otros en guerras y revoluciones sin fin.. Sed cultos, bien educados, y emplead las buenas formas así en el lenguaje como en las acciones, que la grosería es causante de terribles males privados y públicos. La rudeza y los procederes ordinarios han sido aquí, bien lo veis, semilla de discordias entre los pueblos, y por esa falta de formas se hacen interminables las guerras, pues la grosería engendra el odio, y el odio nos lleva al salvajismo y a la barbarie.. Y basta ya: no lloréis por mí, ni tengáis demasiada lástima de mi muerte, pues soy muy viejo y no sirvo ya para nada. A nadie soy útil, a nadie hago falta; mis días son de absoluta esterilidad; ya he vivido bastante, y al quitarme de en medio, casi casi no cometéis crueldad, pues no hacéis más que arrancar un tronco añoso y seco, que estorba el nacimiento de nuevos árboles.. A todos ruego que me perdonen, y yo en los presentes perdono a cuantas personas de este y el otro bando hayan podido causarme algún agravio.. Entereza no me falta, ya lo veis: confío en la Misericordia divina, a quien entrego mi alma, abominando de mis culpas sin pedir un galardón que no merezco, y deseando sólo la indulgencia que Dios no niega al último pecador. Les ruego, además, que entierren mi cuerpo en lugar decoroso, designando mi sepultura con una cruz y alguna inscripción, pues mi familia pretenderá seguramente transportar estos tristes despojos al panteón de Cintruénigo.. Por mí, los dejaría en cualquier parte; pero los Idiáquez no lo consentirán.. Ea: ya he concluido, y perdonen que haya sido hablador prolijo en este trance. Acabemos pronto, y cumplan ustedes su deber, que es matarme, como yo cumplo el mío muriendo en paz (p.4888) con Dios y con los hombres».

 

Ep-25-XXV -

Uno tras otro le fueron abrazando, admirados no sólo de su entereza, sino de su talento y gracia. Algunos minutos habían pasado ya de la hora designada para el suplicio, y D. Beltrán, impaciente, dijo con buena sombra: «¿Pero qué hacemos, señores? Estamos perdiendo un tiempo precioso..».

El sol entraba por la ventana anunciando un esplendente día primaveral. Suspiró Urdaneta próximo a la ventana, y dirigiendo miradas de tristeza hacia el campo verde y risueño, vio en primer término unas cabras; junto a ellas, un burro viejo, amarrado por las patas. «¡Pobre animal!.. le harían ustedes un gran favor sacrificándole conmigo.. Pero él no querrá, naturalmente. Aunque viejo y con los dientes gastados, aún le gusta la hierba.. ¡glorioso!.. ¿Con que vamos.. o qué?».

Entró Pulpis a decir que el jefe había mandado un recado urgente.. ¡Que aguardaran..! Sin duda querría despedirse del señor D. Beltrán..

«Pues, hombre -dijo este, suspenso y ansioso-, que venga de una vez.. ¿Viene ya?».

Dos minutos de cruel expectación transcurrieron hasta la entrada de Llangostera en la estancia. Su rostro de clérigo afligido, si algo expresaba, era la premura y el diligente afán del puntual servicio. «Siéntese, señor -dijo al reo, sin más saludo-. No tenemos prisa. ¿Qué tal le han dado de comer?

-¡Comer yo! ¿Para qué?.. No como nunca tan temprano.

-Que le traigan algo.. Hay cordero asado, que quedó de anoche.

-Gracias; no tomo nada entre horas.

-Pues ocurre.. Nada, que tenemos otro aplazamiento. Perdone usted: bien sé que es molestísimo..

-Sí, señor: eso digo.. De modo que.. un día más -murmuró D. Beltrán mirando al campo y al sol.

-¿Un día?.. ¡Qué sé yo cuántos días serán!.. Este Ramón ni descansa, ni deja descansar a nadie. Hace una hora que ha llegado de Gandesa la partida del Arcipreste. Recibo por ella este parte (mostrándolo) en que se me dice, entre varias cosas que no son del caso, que..

-Que me atormenten un poco más.

-No, señor: que antes de fusilarle.. naturalmente.. (p.4889) Vamos, que no le fusilemos, y que hoy mismo se te mande a Gandesa. Quiere interrogarle sobre cosas que sólo usted puede saber.

-¡Yo!.. ¡Cosas!.. ¿Estoy soñando?

-Presumo lo que será.. No es que él me lo haya dicho. Pero el que más y el que menos, todos aquí sabemos por dónde va el agua.. No se devane el caletre. A Gandesa hoy mismo, dentro de dos horas, con dos compañías del 3.º y los pocos caballos que aquí tengo. Lo que Ramón le preguntará es cosa de política.. de lo que pasa por allá..

-¿En la corte celestial?

-O en otras de más abajo.. En fin, allá ustedes.

-Pues, señor -dijo D. Beltrán levantándose como un niño entumecido que quiere correr-, vamos a Gandesa, y hablemos de cortes y cortijos o de lo que quiera D. Ramón. Yo no sé una palabra.. o tal vez lo sepa sin saberlo, sin enterarme de que lo sé.. Sí, sí.. algo podré decirle de grandísimo interés.. Sr. de Llangostera, si esto es una forma de indulto, Dios se lo pague, que alguna parte habrá usted tenido en ello.

-Yo no; si no viene esta orden, ya estaría usted gozando de Dios. Con que.. sea enhorabuena.

-Gracias.. Viva usted mil años, Sr. Casa de Val, alias Llangostera.. Y acordándome ahora de su gallardo ofrecimiento, que me traigan el cordero asado. Se me despierta un apetito horroroso.

-Pues que aproveche.. No descuidarse: a las ocho, en marcha».

Apenas traspasó la puerta el cabecilla, arrancose Putxet a dar a su amigo un abrazo tan fuerte, que a poco más le ahoga. «A mí, a mí me debe usted su salvación, nobilísimo señor, pues sin la tremenda batalla que ayer di, por ser Pentecostés, la orden de Don Ramón le habría alcanzado a usted en la sepultura.. Y lo hice, puede creérmelo, más que por ser Pentecostés, ¡pacho!, porque me dio la corazonada de que ganando un día, salvábamos al hombre. Acerté.. Ya sabía yo que anda Cabrera muy caviloso estos días con chismes que le han traído del Cuartel Real..

-¡Pero si yo estoy tan enterado de las cosas del Cuartel Real como de lo que pasa en la luna!

-Quia.. eso no puede ser.. Por algo se fija (p.4890) D. Ramón en usted, y espera que le aclare lo que ignora..

-Juro que..

-Y en todo caso, si usted no lo sabe, invéntelo, ¡pacho!.. Para mí, ya está usted indultado, y puede que muy pronto libre..

-Sea lo que Dios quiera, amigo Putxet. He visto la muerte tan de cerca, que no podré desechar la idea de que vivo de milagro. Cúmplase la voluntad de Dios. Pronto estoy a todo, a vivir y a morir».

A la hora designada salió de Rossell el gran aristócrata con las tropas que marchaban a Gandesa, y todo le fue lisonjero aquel día: se le facilitó un buen caballo, y para colmo de felicidad iban con él Putxet, capellán del 3.º, y el teniente Pulpis, que en el corto tiempo de conocimiento mostraba hacia el aragonés gran simpatía y cordialidad. Por montes y laderas departían los tres de diversas cosas humanas y divinas, hallándose D. Beltrán tan inspirado aquel día y con su inteligencia tan despierta, que los otros no se hartaban de oírle. Refirió sucesos interesantísimos de su vida y de la vida general, o sea Historia, con sin igual donaire y expresión justa, ingeniosa, contestando sin fatiga a cuanto le preguntaban. Y entre párrafo y párrafo introducía, a guisa de estribillo, ponderaciones de los espectáculos de la Naturaleza que contemplaba. Todo le parecía bello, aun lo que no lo era. «¿Y no saben ustedes una cosa, amigos míos? Pues estoy asombrado de ver.. que veo mejor que antes.. No sé a qué atribuirlo. Pero no hay duda: se me aclara considerable mente la vista. No sé si será porque.. ¡pacho! como estuve casi dentro del reino de la muerte, mis ojos se preparaban para ver lo que aquí tenemos por invisible, y se afinaron.. aprendieron algo nuevo en el arte de la visión.. no sé..».

Todo el día y parte de la noche emplearon en el paso de los puertos de Beceite, pernoctando en la bajada de Monte Caro. Al amanecer se les agregaron varias partidas, y avanzando cautelosos con buenos guías y precavidos de espionaje, evitaron el encuentro con las fuerzas cristinas que operaban en aquella zona. Al caer de la tarde supieron que D. Ramón, atacado por Nogueras ante (p.4891) los muros de Gandesa, había tenido que levantar el sitio de esta plaza retirándose a Bot. A este punto se dirigieron a marchas forzadas, y a media noche encontraron a sus compañeros, acampados al raso, en árida y polvorosa colina junto al río Seco. La temperatura era ardiente; la tierra, caldeada por el sol, apenas se refrescaba en la segunda mitad de la noche. Escaseaba el agua, y los soldados abrían pozos buscando con qué aplacar su sed. En una mala tienda hallábase Cabrera, desvelado, inquieto, en un grado de biliosa displicencia que hacía temblar a cuantos para asuntos del servicio se le acercaban. No bien se enteró de que habían llegado las fuerzas pedidas a Rossell, mandó llamar al viejo Urdaneta, sin darle punto de reposo: tal era su avidez de interrogarle. Muerto de cansancio y de sueño, llegó a la tienda el buen aragonés, y con el saludo pidió al leopardo que le permitiese echarse en el suelo, pues ya no podía tenerse en pie: antes de obtener la venia, se desplomó. Dos sillas de tijera había en la tienda: en una se sentaba el General, envuelto en su capa blanca, pues tenía frío a pesar del tiempo bochornoso; en la otra, convertida en mesa, había papeles, un tintero de cuerno y un farol. El secretario se sentaba en el suelo en postura turquesca.

«Póngase usted a su comodidad -dijo Cabrera al prócer-. Aquí no guardamos etiquetas.. Yo voy a hacer lo mismo, pues el dolor de riñones no me deja estar sentado». Hizo una seña al secretario para que se largara, y se tendió frente a D. Beltrán, apoyando la cabeza en un rollo de mantas. No era hombre que se resignaba a perder el tiempo: los minutos eran para él preciosos, y aborrecía las vanas palabras. Sin preguntar al prisionero cosa alguna referente a su viaje ni a su interrumpido suplicio en Rossell, abordó el asunto, que sin duda le inquietaba hondamente.

«Con que.. va usted a responderme con claridad, con precisión, y sobre todo con verdad, a lo que le pregunte, Sr. de Urdaneta. No piense usted en engañarme, porque a Ramón Ca..brera nadie le ha engañado todavía, ni guarde (p.4892) reserva sobre punto alguno de mi interrogación.. porque se arrepentirá de ello. Lo que me oculte, yo he de saberlo después.. y le pediré cuenta de su silencio; lo que me diga con falsedad, lo descubriré al oírlo, porque Dios me ha dado el don de distinguir lo falso de lo verdadero en lo que me dicen.. Y si algo de lo que me manifieste es de carácter delicado, quedará entre los dos; yo sé callar como nadie.. pero como nadie sé oír y aprender.

-Sepa yo pronto de qué se trata, General -replicó D. Beltrán-, que, por Dios, ni aun sospecho cuál puede ser el asunto de mi conocimiento que a usted interese.

-Ahora lo veremos. Prepárese a responder con cla.. ridad, y sobre todo con exactitud. En Febrero de este año pasó usted por Fuentes de Ebro, camino hacia Caspe y Alcañiz. En el parador de Viscarrués comió usted y habló largamente con un sujeto italiano, su amigo, llamado Rapella, que iba en seguimiento de Borso, y venía del Cuartel Real del Norte».

Después de asentir con la cabeza a los primeros conceptos del leopardo, manifestole D. Beltrán con acento sincero que, en efecto, había hablado con Rapella; pero que no era amigo suyo, y en Fuentes de Ebro le vio y trató por primera vez. Por cierto que, movido de la curiosidad y sin ningún interés positivo en ello, había intentado tirarle de la lengua, para sorprender la clave de sus continuas viajatas diplomáticas entre Cortes borbónicas; mas nada pudo obtener, como no fuera la certidumbre de la cerrada discreción del siciliano.

Mostrose Cabrera incrédulo de esta declaración, y en tono agrio le dijo: «Veo que es usted de la misma escuela. No me sirven los diplomáticos, y usted tampoco quiere servirme..

-He dicho a usted, mi General, que ni una palabra pude sacarle.. Pero no he dicho que ignore los líos que se trae ese señor..

-Pues si lo sabe..

-Es que usted, General, debió empezar por decirme: 'Urdaneta, ¿qué sabe usted de esto?', y no interrogarme al modo capcioso, como se hace con los espías enemigos.

-Tiene usted razón -dijo Cabrera, rindiéndose a la noble actitud del aragonés-. Perdóneme; no (p.4893) supe distinguir. ¡La costumbre de tratar con canallas..! Es usted un caballero, y lo que sepa acerca de este asunto, me lo dirá.. como de amigo a amigo.

-A ello voy. No sirvo a ninguna causa; no vendo ningún secreto; referiré lo que sepa, para mí falto de interés, para usted quizás no..».

Minucioso y elegante narrador, maestro en el arte de dar interés al relato más sencillo, D. Beltrán expuso gallardamente lo que sabía y opinaba; que no todo fue relación de hechos, pues hubo también un disertar gracioso sobre cosas políticas hondas, de las que rara vez salen a la superficie. Habiendo trabado amistad, en su viaje desde La Guardia a Villarcayo, con un joven madrileño muy simpático que el verano anterior había visitado la Corte de Oñate en compañía de Rapella, pudo conocer el carácter de este, sin más datos que las referencias de aquel joven. Era el siciliano muy astuto, corrido en intrigas de mujeres y en diplomacia menuda de gabinetes secretos, de combinaciones políticas a hurtadillas de los ministros o cancilleres. Pintó Urdaneta la Corte de D. Carlos, repitiendo lo que le había contado su amigo, y por cierto que no escatimó las tintas burlescas en la pintura, sin que por ello se escandalizara el que le oía. Diole noticias de la amistad del siciliano con el Infante D. Sebastián, con quien al parecer no se había entendido en las negociaciones o enredos que llevaba. Lo que resultó de las conferencias del tal embajador con D. Carlos en Durango, su amigo no lo sabía, pues un accidente inesperado le separó de él el día mismo de la evacuación de Oñate a consecuencia de la toma de Arlabán. Presumía que la base del proyectado convenio para poner fin a la guerra era la reconciliación de las dos ramas borbónicas por medio de un casamiento; mas como este no había de efectuarse hasta que la Reina Isabel y el hijo de D. Carlos llegasen a edad de matrimonio, tal proyecto era un sueño; y para celebrar la paz y que se abrazaran los dos ejércitos, se buscaban otras fórmulas de transacción y avenencia.

Levantose Cabrera de un salto, nervioso y colérico, (p.4894) exclamando: «Yo no me abrazo con nadie.. ¡Abrazos a mí!.. ¡Transacción!.. Juro que no.. No saben quién es Cabrera.. Ni por un puñado de oro, ni por grados y ventajas en la carrera, me cubro yo de vilipendio entregándome a los cristinos. Si Don Carlos cede, allá se las haya.. Él en su casa y yo en la mía.. ¡No quiero, no quiero!.. ¡Matrimonios de príncipes!.. ¿Se casa la luz con las tinieblas?.. ¿Se casa la justicia con la injusticia, la razón con la sinrazón? Pues si se casan, con su pan se lo coman. Yo no me caso con nadie. Ramón Cabrera no se casa».

 

Ep-25-XXVI -

Volviendo a ocupar su silla, acarició con movimiento maquinal los papeles que en la otra tenía, alumbrados por el mustio farol. D. Beltrán, sin cambiar de postura, flemático y perezoso, siguió manifestando al caudillo apreciaciones que creía interesantes. Por lo que había oído en Medina y Villarcayo, por algo que pudo descubrir conversando con su grande amigo D. Baldomero Espartero, los tratos para buscar fórmula de paz no habían cesado desde el principio de la guerra. Proposiciones se hicieron a Zumalacárregui, proposiciones a Maroto, y el mismo Cabrera no habría estado libre de que en su oído se murmuraran palabras tentadoras..

«A mí no, a mí no -dijo prontamente el leopardo-. Ya saben que mandaría fusilar al que me trajera recaditos de Doña Cristina o del Rey napolitano.

-Del Rey de Nápoles, a quien entiendo yo que no debemos la invención de la pólvora, es agente oficioso el tal Rapella. Anda también en estos tratos y trotes un legitimista francés, Marqués de no sé cuántos.

-No es Marqués, sino Barón.. y ha entrado en España con el supuesto apellido de Neuillet. Me da en la nariz que el nombre de Rapella es también falso, y que bajo él se esconde un correveidile de Cristina, maestro en intrigas, que en Madrid era conocido por Marqués de Lagrua».

Insistió Urdaneta en que no podía dar ninguna luz sobre esto, pues no se había echado a la cara al tal D. Aníbal hasta su paso por Fuentes de Ebro, y de él no tenía más noticias que las anteriormente (p.4895) comunicadas. Asimismo ignoraba si el siciliano se había visto con Borso; pero Cabrera te sacó de dudas, afirmando que tres días permaneció aquel en Castellón en compañía del General y de un italiano llamado Cialdini, embarcándose después para Marsella.

«Le tengo a usted por un caballero -añadió D. Ramón con cierta solemnidad, después de larga meditación-, y estoy con.. vencido de que me ha dicho todo lo que sabe. Sus opiniones parécenme muy bien fundadas».

Algo más dijo el leopardo; pero D. Beltrán, que ya venía dando fuertes cabezadas, hundió al fin la barba en el pecho, y cogió un sueño profundo, que por causa de la mala postura había de ser breve.

«Sí, sí: duérmase usted, amigo mío -murmuró el General con lástima-, que bien necesitado está de descanso. Le envidio su facilidad para el sueño».

Y cogió de la mesa-silla, ávido de nueva lectura, la carta que desde Sangüesa le había escrito Arias Teijeiro. De aquellas apretadas líneas de menuda letra española, provenían sus inquietudes y desvelos. Informábale con prolijas referencias su amigo, principal figura en la camarilla del Pretendiente, de que la magna expedición al mando del propio Rey había partido de Navarra el 17 con diez y seis batallones, nueve escuadrones, el estandarte de la Generalísima y su lucida escolta, y un inmenso bagaje, como correspondía al sinnúmero de funcionarios de Corte y Administración que acompañar debían a la Real persona.

«Le tengo por un gran farsante -dijo Don Beltrán despertando súbitamente-. ¡Ah.. mi General! ¿No me pregunta usted su opinión sobre ese Rapella? Opino que el ir a Marsella es para ganar más fácilmente la frontera de Navarra y agregarse al llamado Cuartel Real.

-Así es, en efecto. Viene en la expedición magna.

-Pero ¿qué es eso? ¿Se lanza D. Carlos a una correría como las de Gómez, Batanero y D. Basilio?

-No sé.. Eso se dice.. Allá veremos».

Siguió pensando el leopardo en lo que la carta decía y comentando con interno juicio las noticias de ella. Traducida con la posible fidelidad de (p.4896) expresión muda de su pensamiento en valenciano, resulta mutatis mutandis: «¡Pacho, con la impedimenta que nos traen! La caterva de empleaduchos, la taifa de gente allegadiza que quiere comer a costa nuestra! ¡Vaya una plaga, pacho! Aquí nos vemos y nos deseamos para poder vivir.. El país esquilmado.. apenas hay raciones para mal comer.. y ahora nos viene encima esa nube. Tenemos un Rey que sabe tanto de guerra como yo de afeitar ranas. ¿Por qué no se estará quietecito en su Corte esperando a que le hagamos Rey de todas las Españas?.. ¡Y que se trae unos consejeros y unos ministros que no tienen precio para ayudar a misa, para pegar botones o cepillar la ropa! Vendrán de generales el tontaina de Don Sebastián, el buey cansino de González Moreno y el bribón de Gómez, a quien yo pondría de capataz de un presidio, que es lo único para que sirve.. Duérmase de una vez, D. Beltrán, que aquí no gastamos etiquetas. Me da pena verle luchar con el sueño.

-Es que.. verá usted.. decía yo que indudablemente hay tratos y contubernios entre Palacio y ese.. ¿cómo le llaman? Ya no me acuerdo.. El Rey, hombre.. Felipe V.. digo, Carlos.. La Reina, que no perdona lo de la Granja, parece que no quiere nada con liberales.. Luis Felipe desea que se acabe la guerra de cualquier modo, por creerla un peligro.. y la cuádruple alianza.. sí señor, la cuádruple..

-A dormir.. Tenga usted este lío de mantas para que descanse la cabeza.

-Muchas gracias, querido Nelet.. digo, no, Sr. D. Ramón V.. El sueño me rinde, me trastorna.. Gracias».

Sin poder apartar de su mente las ideas que le atormentaban, Cabrera se paseó en el estrecho espacio de la tienda, embozado en su capa blanca. No se conformaba con que el Ejército Real, mal organizado y pésimamente dirigido, viniese a compartir con él el dominio en la región valenciana. Recordaba sus desavenencias con Gómez, por cuál mandaba más. Cierto que al Rey no podía disputársele la supremacía. Aunque incapaz para la guerra y para el Gobierno, era el Rey, por divino mandato, la sacra bandera, el símbolo de la (p.4897) Causa; y de la regia persona, absolutamente inepta para todo, provenía la fuerza moral de las cohortes del absolutismo. No había, pues, más remedio que cargar con el ídolo, aunque este fuera una de las obras más burdas del fetichismo dominante. ¡Y por semejante figurón, hecho al modo de las imágenes vestidas, que por dentro no son más que una armazón de madera tosca, se peleaban tantos hombres valientes, y se vertían ríos de noble sangre!.. Claro que todo se hacía por la idea. El grosero ídolo era una idea. Por ella combatían fieramente los de acá, mientras los defensores de la idea contraria cifraban su valor en la adoración de una linda muñeca.. En suma: lo que ponía en grande irritación al caudillo del Maestrazgo era que se había de convertir en auxiliar y mequetrefe del Ejército Real en cuanto este pasase el Ebro. Las operaciones ya no serían suyas: tendría que subordinarlas a lo que dispusiese cualquiera de los reverendos sacristanes que venían agregados al santón del absolutismo..

Verdad que la carta de Arias Teijeiro no escatimaba las lisonjas al héroe del Maestrazgo. En el Cuartel Real se le tenía por un estratégico de primer orden, firme columna de la Causa, y el Soberano deseaba ocasión de mostrarle personalmente su Real aprecio. Pero tras estos inciensos venían anuncios de resoluciones que desagradaban al leopardo. La expedición Real, a la que se uniría Cabrera para engrosarla y fortalecerla, llegaría con la ayuda de Dios hasta el propio Madrid, y entraría en la capital de la Monarquía sin disparar un tiro.

Esto de rematar la campaña sin combatir sacaba de quicio al ardiente Cabrera. Todo lo que no fuese ganar a sangre y fuego el triunfo de la Causa, pugnaba con su temperamento batallador, con su corazón fiero y ¿por qué no decirlo? noble. Los arreglos por concesiones recíprocas de mercedes, o por casorios y pactos de familia, le olían a podredumbre. Tan viles eran los unos como los otros si a ello se prestaban. Uno de los dos rivales debía perecer: eso de que vivieran y triunfaran los dos, partiéndose la torta (p.4898) disputada, no se acomodaba a su lógica ruda, ni a su primitivo y elemental criterio de cosas políticas. ¡Entrar en Madrid unos y otros con sus manos lavadas! ¡Ah, pacho, y reconocer a Doña Cristina y a D. Carlos como Reyes Padres, los dos en igual categoría dinástica.. y ver a los nenes asistidos de un consejo mixto, y apoyados por un ejército mixto o mestizo!.. Y en tanto, ¿que se haría de las ideas? Pues juntarlas todas en una redoma para sacar otra mezcla indecente, que no serviría para nada. ¡Libertad y absolutismo desleídos en agua, según arte! ¡Rey y pueblo abrazaditos..! ¡Religión y ateísmo en una pieza, pacho!

Colmaba la indignación del General esta frasecilla de la carta: «Aún no puedo ser muy explícito, mi querido D. Ramón. Sólo me permitiré anticiparle que las bases de un arreglo decoroso están sentadas por manos muy peritas, y que no veo lejano el día glorioso en que podamos descansar de nuestra ruda campaña, viendo triunfante lo más esencial de nuestra doctrina». ¡Descansar! ¡Si él no quería más descanso que reventar combatiendo!.. La gentuza civil, la patulea de holgazanes y vividores que acudían a la Causa como las moscas al panal, era la que anhelaba el descanso de la paz, para chupar a sus anchas, repartiéndose el momio de los destinos. Ese descanso de lo civil era el militar vilipendio, y él no.. él no quería descanso sin honra, sino honra con cansancio.

A esto llegaba, cuando despertó el noble caballero sobresaltado, con ahogos de pesadilla. Soñó que le sacaban al cuadro para fusilarle, que le ponían de rodillas y le vendaban los ojos.. «¡Al corazón, hijos míos, al corazón! No me hagáis padecer», murmuraba sin abrir los ojos; y cuando los abrió, reconociéndose despierto, pidió perdón al General: «No me haga usted caso. Estoy fatigadísimo, y si aquí molesto, me saldré a dormir en campo raso.

-No, no; quédese aquí. Le diré, para su tranquilidad, que ya está libre de la sentencia de rehenes. Aunque allá fusilen media aristocracia, la vida de usted en mi poder no corre peligro. Rehenes por gente civil, no (p.4899) me convienen.

-No sé con qué palabras expresar a usted mi agradecimiento por su magnanimidad -dijo Urdaneta conmovido-. ¿De modo que estoy libre..?

-Libre no. Aún será usted mi prisionero por una temporada. Puede que te necesite, por su gran conocimiento de cortesanías y politiquerías de Madrid.. y de toda la morralla civil. Tenga un poco de paciencia, y por de pronto duerma en mi tienda todo lo que el cuerpo le pida.

-Me pide mucho, General.. Traigo un atraso horroroso en el dormir. Lo menos me debe a mí el sueño cuatro noches. Figúrese.. a mi edad».

Ayudado de aquel sosiego que las últimas palabras de Cabrera dieron a su espíritu, cogió D. Beltrán el sueño, quedándose en él con profunda quietud hasta muy avanzado el día; pero cuando ya su cuerpo hubo recibido la reparación de que estaba tan necesitado, el cerebro se soliviantó, dándose a los sueños extravagantes. Después de mil visiones vagas, indefinibles, viose atormentado por seres malignos y traviesos que le traían y llevaban sin ningún respeto a su nobleza y ancianidad. Eran, sin duda, los familiares demonios de Nelet, que por contagio de la amistad, pasado se habían del joven al viejo, del creyente al incrédulo. En medio de la turbación del soñar, su razón siempre vigilante le decía: «De esto tiene la culpa Santapau, por contarte sus diabólicas aventuras con tantos pelos y señales». Ello es que la infernal cuadrilla cogió por su cuenta al señor de Albalate, y de un vuelo me le transportó a Cintruénigo, donde vio a Doña Juana Teresa echando trigo, y a Rodriguito con la pluma tras la oreja, contando los garbanzos que se habían de echar al puchero. Visto esto, volvieron los diablillos a cogerle por los sobacos o por el cogote (no estaba bien seguro) , y le llevaron a la cima del Moncayo; de allí a Veruela, y metiéndole por un subterráneo, le arrastraron hasta salir al castillo de Loarre en tierra de Huesca. Entretuviéronse en jugar con él a la pelota, lanzándole de un torreón a otro, y después te llevaron, cogido por las orejas, a la sierra de Guara, desde cuyas cumbres le mostraron (p.4900) todo el territorio del antiguo reino de Sobrarbe, diciéndole.. Pero de lo que decían no pudo enterarse bien. Despertó con el cuello dolorido, y, viendo la necedad de su ilusión, requirió nuevamente el sueño, tomando mejor postura.

No debía despertar el noble señor sin que su turbado cerebro se lanzara a mayores travesuras, sucediendo a las imágenes de un orden bufonesco otras de carácter lúgubre y penoso. Tan claramente como se ven cosas y personas en la realidad, vio a Nelet, que, asistido de unos cuantos facciosos con rabo (por donde se colegía su calidad demoníaca) , crucificaba a un hombre, clavándole en un largo madero. El hombre, que debía de ser un bendito, se dejaba crucificar risueño, diciendo a su verdugo: «¡Pacho!, no sabes lo que haces». Largo tiempo, si es que la lentitud o rapidez de este son apreciables en una pesadilla, atormentó al soñador la visión espantosa, que terminaba y se reproducía como el ensayo de una escena teatral. El propio D. Beltrán, angustiado, quiso más de una vez gritar a su discípulo: «¡Pacho!, no sabes lo que haces». Pero no podía.. ¡Vive Dios, que no podía!.. Las palabras se le pegaban al cielo de la boca cual si fueran obleas.

 

Ep-25-XXVII -

Horrorizado y tembloroso despertó el anciano, y lo primero que vio fue a Cabrera durmiendo, tendido en el suelo boca arriba sobre una manta, envuelto en su capa blanca y roja, la boina sobre los ojos para resguardarlos de la luz. El secretario, con violenta postura, escribía en la silla de tijera, y un ayudante que hacía cigarrillos sentado en la tierra, indicó a D. Beltrán con un signo que evitase el ruido para no turbar el descanso del General, que se había dormido después de salir el sol. A poco entró un ordenanza, y en voz muy baja dijo al prócer que fuera le esperaba desde el amanecer un señor comandante amigo suyo. Echose de la tienda D. Beltrán, andando poco menos que a gatas por la gran debilidad que sentía, y encontrose a Nelet sentadito en una piedra, la cabeza entre las manos, el espinazo en violenta curva, imagen de la melancolía negra o (p.4901) de la desesperación. Después de tocarle en el hombro, el desmayado viejo encaminose a una cercana tienda, de donde un penetrante olor de fritangas le llamaba con reclamo irresistible. Tuvo la suerte de tropezarse allí con el teniente Pulpis, que inspeccionaba las sartenes; pidió que le dieran de comer, aunque sólo fuera pan y cebolla, y obtenido algo más confortativo y suculento, se puso a devorarlo mientras hablaba con Santapau, que se le arrimó al instante con apetito de conversación.

«Hijo mío, te encuentro muy desmedrado. ¿Estás herido? ¿Has perdido tu preciosa sangre en las acciones de estos días frente a los muros de Gandesa?.. ¿O es que te sobrevino algún disgusto, quizás otra jarana con los chicos de Lucifer?

-No.. a esos no les temo ya. Curado estoy del mal de demonios -replicó Nelet suspirando, agobiado de tristeza-. Un saludador de mi pueblo me ha dejado las cámaras interiores bien limpias de esas alimañas, con un bebedizo que, por lo amargo, debe de estar hecho con la hiel de Judas. Al decir de ese médico, los diablos huyen ahora de mí y se albergan en los cuerpos de mis amigos.

-Cierto debe de ser eso -dijo Urdaneta haciendo por la vida con ansia fisiológica-, porque anoche se han dignado visitarme esos mequetrefes, y en ellos reconocí a los que contigo se divertían. Pues que ya desalojaron tu interior, haz que abandonen también el de tu maestro, que no gusto de tales inquilinos.. Entiendo, por la murria que noto en ti, que el desahucio no ha sido completo, y que algún intruso se quedó trasconejado dentro de tu pobre humanidad.

-No es murria de diablura la que tengo, sino de conciencia, y tan grave y honda, que anoche faltó poco para que pusiera fin a mi vida. Suspendí el dispararme por esperar a consulta con usted acerca del caso que me anonada, caso tremendo de los que no tienen solución.

-¿Qué sabes tú si yo la encontraré? Déjame que coma un poco más de este guisado de cabra que me da la vida, y me fortalece el magín para evacuar consultas.. Come algo, hijo, que del alimento corpóreo se nutre también y conforta lo (p.4902) más espiritual de nuestro ser: la conciencia.

-Las hambres de la conciencia no se aplacan sino echándole la propia carne para que se la coma..

-Cuéntame, cuéntame pronto, y veré la causa de tu aflicción.

-Acabe usted y salgamos de aquí. Vámonos a donde no haya personas que vean y oigan. El oído y el ver humanos me dan tanto enojo, que a todo el mundo dejaría ciego y mudo. Sólo Dios debe ver, y sólo deben sonar las tempestades, que son su voz.

-Hijo, poético estás y lúgubremente metafórico.. sólo que tus imágenes son de un cuño que está ya mandado recoger por anticuado y candoroso. Ea, terminé mi almuerzo, que por el hambre que tenía me ha resultado opíparo. Vamos a donde quieras.

Llevole Nelet a un ejido donde estaban herrando caballos, y allí, entre relinchos, aún mejor sonantes que las palabrotas de mariscales y soldados, refirió el caso que tan hondamente le perturbaba. «La malhadada acción de Gandesa -dijo-, la perdimos porque, en lo mejor del combate, muchos de nuestros hombres fueron atacados repentinamente de un mal de estómago, por haber bebido en charcos corruptos, y con fieros retortijones caían muertos. Mi regimiento fue de los que más sufrieron de este maleficio. Creían mis soldados que el enemigo había envenenado las aguas.. les entró el pánico.. entre el físico y yo quisimos convencerles de que la ponzoña era natural en aquellas estancadas lagunas.. Para abreviar: enfermos y desalentados nos batimos en guerrillas en todo el flanco derecho. Nogueras embistió el centro. Vi que flaqueaban; apretamos más y más, perdiendo gente y ganando terreno; hice lo que pude, más de lo que podíamos y debíamos, hasta que Cabrera nos mandó retirar. Hícelo yo con un orden perfecto, pues conozco como los dedos de mis manos todos los caminos, atajos y veredas que rodean al pueblo donde nací. Ninguna fuerza cristina me atacó en mi retirada, que hice vadeando el río y tomando la vuelta de Algás. No habíamos andado legua y media, cuando sorprendimos y copamos unos veinte hombres cristinos (p.4903) que al parecer habían salido de descubierta. Tan torpes andaban y tan ignorantes del terreno, que se nos vinieron a la mano en sitio donde no podían escapar. Algunos, arrojando las armas, emprendieron la fuga con pies ligeros; pero mis tiradores no tardaron en cazarles: sólo dos piezas perdimos. Los otros se nos entregaron como borregos atontados, pidiéndonos misericordia. «¿Qué hacemos, mi comandante? ¿Les fusilamos, o qué? Nos da el corazón que estos andaban por aquí envenenando todo el río..». Respondí que bueno.. Yo me sentía un poco emponzoñado.. estaba furioso.. echaba fuego de todo mi cuerpo.. Por ahorrar cartuchos, mi gente les iba despachando a bayonetazos.. Yo no sé, amigo D. Beltrán, por qué me entró aquel día tal furor de matanza. Demonios no llevaba dentro de mí; pero sí un amargor que me irritaba, que me volvía feroz. Por la mañana había tomado el brebaje de que antes hablé.. me escocía horriblemente el cuerpo. Las moscas que se cebaban en mi pobre caballo, me tenían loco con sus furiosas picaduras. Y además, yo sudaba.. ¿cómo diré? a mares, un sudor amargo y venenoso, según creo, y mosca que me picaba, moría. Mas eran tantas, que hube de apearme por huir de ellas.. Mientras mis soldados exterminaban hombres, yo daba vueltas a pie por entre vivos, muertos y a medio morir; y en esto vi a un cristino tumbado contra un árbol, herido ya.. No sé por qué me dio el arrechucho de atravesarle con mi espada.. le tomé por una mosca, o por el padre de todas las moscas.. Apenas retiraba de su costado izquierdo mi espada, me asaltó una idea.. sí, era una idea. ¿Qué vi yo en la cara y en los ojos de aquel hombre? ¿Qué vi para lanzar un alarido, pues alarido de rabia y dolor fue la pregunta que le hice? «¿Eres tú Francisco Luco?». Lo pregunté dos veces, y él respondió que sí con la cabeza, moviéndola de golpe.. así.. Con la cabeza dijo que sí, y también con los ojos al mirarme; mas con la boca no dijo nada, porque entre el intento y la palabra se metió la muerte.

-¡Dios nos tenga de su mano! -exclamó (p.4904) Urdaneta, desahogando su pena con un gran suspiro.

-Dígame usted ahora si habiendo dado muerte con tan estúpida crueldad al hermano de la que adoro, puede haber consuelo para mí. ¿No debo desear que se abra la tierra y me trague? ¿Para qué está ya Manuel Santapau en el mundo?

-Poco a poco.. no hay que perder la serenidad. Primero, pudo haber error. Al dar el hombre esa fuerte cabezada, como dices, quizás no fue su ánimo responder a tu pregunta.. Aquel movimiento debió de ser la tensión de músculos propia del morir..

-¿Y la semejanza con su hermana? ¡Si era su propio rostro! Los ojos, en la mirada que me echó, pareciéronme los ojos de Marcela.

-Tampoco eso prueba nada. O pudo ser un parecido casual, o no había tal semejanza más que en tu imaginación excitada por el combate, por las preocupaciones, por el brebaje, y.. por las moscas. ¡Y quién sabe, quién sabe, querido Nelet, si en esa tragedia habrán tenido alguna parte los chicos de Luzbel, valiéndose de un cubileteo, de una simulación de rostros para trastornarte! Aquí donde me ves, influido sin duda por el ambiente que respiro, por el aspecto romántico del país, voy creyendo en la realidad de las travesuras diabólicas, de que antes me reía.. Y ¡qué diantre! atenúa mucho tu responsabilidad el haber sido cosa repentina, imprevista, como accidente de una batalla.. La ocasión, la ley de represalias, que no puedes eludir como subordinado de Cabrera, te disculpa en cierto modo..

-No, no: mi conciencia no lo cree así.. Mi conciencia se ha vuelto muy rígida, muy exigente y escrupulosa.. Natural es que el amigo y maestro quiera consolarme.. Pero no hay consuelo para mí. He cometido un verdadero parricidio. El querer matarme ahora, ¿qué es, señor mío, más que el afán de huir de mí, por el horror que me causo?

-Calma, juicio, reflexión.. -dijo el maestro desalentado, mas queriendo disimular su pesadumbre-. Repentino y fulminante parece tu mal de conciencia; pero no faltará remedio para él: yo te lo fío, yo te lo aseguro.. Has de prometerme no tomar ninguna (p.4905) resolución airada, y oírme y consultarme en todo, que si experto soy en amores, no me faltan luces ni conocimientos para los casos más graves de conciencia turbada. Déjalo a mi cargo. Descansa en mi autoridad, triste ciencia de los años..».

Como a continuación expresara el ladino viejo la idea de que bien podía Marcela ignorar siempre quién había sido el matador de su hermano, se remontó Nelet de la tristeza lúgubre a la ira, diciendo: «¿Cree usted que con esta cara puedo yo presentarme a ella y guardar el secreto de mi crimen? En el estado de mi conciencia, es imposible el disimulo, porque mi cara, mis ojos llevan retratado el crimen que cometí. En mis pupilas verá Marcela la imagen de su hermano moribundo, respondiéndome sí con la cabeza. Si usted me aconseja que le oculte la verdad, no es usted tan completo caballero como creí: no, no lo es.

-Te perdono tus dudas acerca de mi caballerosidad. Tú no estás bueno, querido Nelet.. En cuanto a que declares, a que confieses tu crimen, admito y apruebo que lo hagas; pero sólo en el tribunal de la penitencia. No veo por qué motivo ha de ser Marcela tu confesor..

-Sí lo es.. debe serlo, y yo quiero que lo sea -gritó Nelet.

-No grites, por Dios..

-O me mato para callar, o vivo para confesarme con ella.

-Pues colocada la cuestión entre los términos de ese terrible dilema, decido, ea, que vivas y confieses.

-¡A ella! Este fuego que ahora prende en mi conciencia y que me está quemando cuerpo y alma, no se aplaca más que con la verdad.. Luego, que sea de mí lo que Dios quiera».

Con la idea de calmarle, fingió D. Beltrán asentir a lo que Santapau decía: confiaba que el descanso, el sueño, las obligaciones militares, el roce con sus compañeros, le traerían pronto a la vida normal y al equilibrio de su mente. Procuró distraerle, hablándole de diversos asuntos, y después de contarle con pintoresco estilo, no exento de gracejo, la escena de su interrumpido suplicio en Rossell, le notificó que Cabrera, con benignidad increíble, le había levantado la sentencia de rehenes, y que (p.4906) confiaba obtener pronto su libertad.

Tuvo esta palabra la virtud de animar un poco al atribulado Nelet. «¡Libertad! -exclamó-. Yo también quiero ser libre.. ¡Muerte y libertad! ¿No es cierto que la conciencia oprime? Pues hay que matar al déspota, como dicen los patriotas y jacobinos.. matar al tirano para ser libre. Por eso digo yo: «Muramos, libertémonos».

 

Ep-25-XXVIII -

Con sutil ingenio trató de hacerle ver D. Beltrán lo disparatado de aquel conceptismo, dando su verdadero valor a las ideas de libertad y muerte, harto graves ambas para ser tratadas en estilo de madrigal, y en estas y otras charlas llegó la hora de partida, dispuesta repentinamente por Cabrera cuando con más descuido saboreaban todos el descanso después de tantas fatigas. ¡En marcha! ¡A correr, a combatir! ¿A dónde iban? Cabrera no acostumbraba decirlo, y marchando al frente de sus tropas les señalaba el camino. Agregose D. Beltrán en un caballejo que le proporcionó su amigo Putxet, y entre este, que hablaba por los codos, y Santapau, que parecía privado del don de la palabra, emprendió la caminata por un sendero ingrato y polvoroso. Y por Dios, que ya se cansaba el buen señor de tanto ajetreo; sus huesos le pedían descanso; quizás en el nuevo estilo de Nelet, le decían: «Libertad, muerte». Gracias a su vigorosa fibra, a su carácter jovial y un tanto aventurero, podía resistir los molimientos y privaciones inherentes a la vida militar; y cuando el cansancio físico parecía irresistible, su imaginación, reverdecida en lo juvenil, le deparaba algún nuevo estímulo para proseguir en la carrera. Por dicha suya, o por desgracia, que esto es dudoso, ante su vejez declinante no se cerraban nunca los horizontes.

Grande fue el disgusto del prócer en aquel camino, viendo que Nelet, sin mejorar de su desazón espiritual, decaía visiblemente, como atacado de un mal físico grave. A media tarde observó su amigo en él fiebre intensísima; al anochecer, entrando en Arenys de Lledó, cayose el comandante del caballo. Recogiéronle como cuerpo muerto y le arrimaron a (p.4907) una pared, en tanto que Urdaneta, consternado de ver a su discípulo en tan mala disposición, se determinó a manifestar al General la imposibilidad en que aquel se hallaba de continuar su marcha. En la casa del cura, donde tenía su alojamiento, recibiole Cabrera malhumorado, revelando en su ceñudo rostro que no se había podido escoger peor ocasión para pedirle favores. Mas el intrépido aragonés, a quien no acobardaban entrecejos, no sólo pidió que Santapau fuera dado de baja por enfermo grave, y quedase hasta su restablecimiento en aquel pueblo, donde tenía familia, sino que se arrancó a solicitar que a él se le permitiese también permanecer allí para asistirle. Observando en Cabrera el centelleo de los ojos, el bilioso color tirando a verde, y la inquietud leopardina con que se paseaba de un ángulo a otro de la jaula, creyó que a cajas destempladas le despediría, sin acceder a sus peticiones. Mas no fue así: como un hombre afanado que aparta su atención de las cosas menudas para aplicarla por entero a las grandes, Cabrera le manifestó que tanto él (D. Beltrán) como Santapau se fueran.. a cualquier parte, o mucho con Dios, pues ninguno de los dos le hacía falta para nada. «Usted, Sr. de Urdaneta -le dijo, plantándose ante él-, está libre, y puede volverse a sus estados de Aragón. Para rehenes no me dan juego los aristócratas, y para prisioneros me convienen los que trabajan y toman las armas. No es desprecio, señor.. En cuanto a Santapau, que se me presente así que esté curado, y si no cura y se muere, Dios le perdone.. Puede usted retirarse. Quizás no nos veamos más, porque usted es muy viejo, y yo, aunque joven, moriré pronto.. de un berrinche.. Adiós».

Retirose agradecido el señor de Albalate, y Cabrera celebró Consejo, para someter a la deliberación de unos cuantos individuos, clérigos la mayor parte, el asunto que revestir quería de autoridad consultiva, conforme a las fórmulas de gobierno impuestas por D. Carlos. No estorbaba tal trámite al caudillo del Maestrazgo, que sabía cubrir el expediente de oír a los señores, (p.4908) y afectando respeto a sus dictámenes, hacía después lo que le daba la gana. Los consejeros quedaban muy satisfechos, creyéndose ruedas indispensables de la máquina administrativa, y si algunos pudieron entrever que en el gobierno de aquella región no eran más que figuras de adorno, churrigueresco por añadidura, se consolaban con la risueña esperanza de obtener plaza en la audiencia de ministros de Valencia, o en el Consejo y Cámara de Castilla, el día del triunfo. Al salir de la visita al General, se cruzó D. Beltrán con los consejeros que entraban, y, sin dársele un ardite de aquella farsa, no pensó más que en la obligación de alojar a su amigo enfermo, para lo cual lo primero que hizo fue buscar a los parientes que tenía Nelet en Lledó; pero como estos no parecían ni nadie daba razón de dónde habían ido a parar, no hubo más remedio que acomodarse en alguna de las casas donde, mediante pago, se les brindaba regular albergue. Eligió D. Beltrán, por despejado y saludable, un mas a la entrada del pueblo, con casa vieja y grandona entre arboledas. El masovero era un viejo catalán, asistido de dos nietas guapas, la una más que la otra, y ambas obsequiosas, atentas, un poquito redichas y algo coquetas, razón por la cual la tal familia se le entró a D. Beltrán por el ojo derecho. Dieron al enfermo un cuarto alto de la casa, con mediano lecho, y al caballero anciano otro contiguo, donde había simientes y colgaderos de hierbas en manojos puestas a secar. No le pareció mal su residencia, a pesar de la dureza de la cama, que a las piedras igualaba, y habría vivido allí muy gozoso, si el mal cariz de la dolencia de su amigo no le tuviera en tan grande sobresalto.

Pasó Nelet la primera noche en un estado que a su maestro le pareció gravísimo, con fiebre muy alta, delirio y agotamiento de fuerzas. Al día siguiente amaneció con una fuerte erupción en toda la cara y parte del cuerpo, como si le hubieran picado abejas. D. Beltrán no se apartaba de su lecho ni de día ni de noche, atento a cuidarle con ayuda del masovero, hombre tan (p.4909) bondadoso como amañado, y de sus nietas, más amañadas aún para todo lo doméstico. Como en el pueblo no había médico, ni siquiera albéitar, entre D. Beltrán y Chimeta (que así se llamaba la mayor de las muchachas, y al propio tiempo la más bonita y dispuesta) , celebrando frecuentes consultas, diagnosticaron y prescribieron lo que les dio la gana, determinándose por el sistema expectante, el más fácil y barato, y tal vez el más científico. Quietud, limpieza y frecuentes tomas de agua bien endulzada, fueron la única terapéutica en los ocho días que duró la gravedad de Nelet, y en que los brotes de la cara tomaron un aspecto por demás alarmante. Según el masovero, no era caso de viruelas, que él conocía muy bien por haberlas visto más de una vez en su familia; era tan sólo un hervor de sangre motivado de berrinche suspenso, es decir, de una sofoquina que por prudencia no había salido del cuerpo. Decía que no hay cosa más mala que enfadarse en día de calor y no desfogar la rabia con palos o bofetones. El que tal hace, lo paga con la salud y a veces con la vida. Sucedieron a los ochos días de gravedad otros ocho en que cedió la erupción, resolviéndose en muda de la epidermis; desapareció la fiebre, y el enfermo pudo tomar alimento, aunque siempre con repugnancia. Su inteligencia, completamente obscurecida en aquel período, revelaba una honda crisis: su palabra era torpe, cansada, regañona. Tanto D. Beltrán como Chimeta, persistiendo en la puntual asistencia, se confirmaron en la superioridad incontestable del tratamiento acuático, sin mezcla de ninguna droga, y proclamáronse curanderos de primer orden, capaces de ejercer el arte con no poca fama y provecho. Era Chimeta muy graciosa, y a D. Beltrán se le caía la baba oyéndola bromear y reír por cualquier fútil motivo. En su aturdimiento senil, olvidado ya del trance terrible de Rossell y de los actos de arrepentimiento con que allí limpió su conciencia, se le reverdecieron las aficiones de toda la vida, y su habitual culto del bello sexo encontraba ante aquella sencilla y tosca (p.4910) ninfa ocasiones de gran lucimiento. Para ella era un deleite novísimo oír los galanteos refinados, y hasta cierto punto paternales, del Sr. de Urdaneta, y a él se le refrescaba el alma, se le avispaba el entendimiento, se le aliviaba el peso de los años. Todo era inocente, madrigalesco, puro juego de frases agudas untaditas de miel: sobresalían en él las buenas maneras y el propósito, casi siempre logrado, de no caer en lo ridículo; en ella se veía la mujercita exuberante de vida que quiere adquirir soltura en la esgrima y en el lenguaje de la lucha pasional.

Mas ¡ay! cuando Chimeta, llamada de sus obligaciones, dejaba de acudir al enfermo, y con este se encontraba sólo D. Beltrán, ya no podía el hombre librarse de la tristeza. Cierto que había recobrado la libertad, inapreciable don; pero el asunto que le trajo a tierra de Teruel continuaba sin resolver. No creía ofender a Dios deseando que viniera a sus manos lo que estimaba de su legítima pertenencia; y sin apartarse del orden de sentimientos que el angustioso paso de Rossell despertara en su alma, se condolía de tener que volver a Cintruénigo en situación desairada y con las manos vacías. Las esperanzas de remedio que había concebido se disipaban ya, pues Nelet tenía trazas de quedarse idiota: no razonaba; sus conceptos eran incoherentes o de una simplicidad rayana en la estupidez. Para mayor desdicha, nada se sabía de la monja vagabunda y enterradora de caudales. No aportaba por allí Malaena ni para traer ni para llevar sus velocísimas embajadas, sin que esta ausencia pudiera achacarse a ignorancia del lugar donde los caballeros residían, pues por los oficiales del 3.º de Tortosa, a quienes se dejaron instrucciones muy precisas, debía tener conocimiento de la enfermedad de Nelet y de su forzosa estancia en Lledó. «Aunque no sea más que para decirnos que nada sabe de la hija de Luco -pensaba Don Beltrán en sus soledades tristes-, la mensajera tiene que venir». Y tanto deseó a la mujercilla ratonil, y con tanta fuerza la reclamaba su voluntad, repitiendo el vendrá, (p.4911) tiene que venir, que una mañana, como por virtud de conjuro, apareció la vieja. ¡Hosannah! Veinte días llevaba ya de enfermedad el pobre Santapau, y su entendimiento despertaba perezoso, tratando de cobrar con lenta cacería las ideas dispersas, fugitivas, descarriadas.

En la huerta del mas recibió D. Beltrán a la embajadora loco de contento, y este subió de punto al saber que Marcela no andaba lejos de allí, pues sabedora de la muerte de su hermano, se encaminaba con los viejos a Gandesa por el Monte Caro, con el fin de recoger el cadáver y darle sepultura. No quiso el buen caballero que Malaena se presentase a Nelet, pues aún no estaba este en disposición de recibir emociones vivas, que podrían retrasarle en su penosa convalecencia; y dando de comer a la mensajera, y aposentándola en la cuadra con comodidades para ella desconocidas, la interrogó prolijamente, tratando de indagar, no sólo los propósitos, sino el estado de ánimo de la santa mujer. Poco pudo informarle Malaena de estos particulares. La última vez que vio a Marcela fue cerca de un castillo que hay a la bajada de Monte Caro para ir hacia Pauls. Iban ella y los viejos cuesta arriba, llevando una olla muy pesada, tan pesada, que se relevaban para cargarla.

«¿Les viste saliendo del castillo o entrando en él? -preguntó D. Beltrán con afectada indiferencia.

-Hacia él iban, señor -replicó la vieja en valenciano, que el caballero tradujo fácilmente-; mas no sé si llegaron o siguieron de largo, pues la sacra señora, dándome pan y queso, me mandó que me retirara, y yo me retiré comiendo, sin mirar para atrás».

Eran estas referencias como una mano blanda y tentadora que en el alma del noble anciano revolvía, y con sus halagos despertaba la codicia, sierpe aletargada desde las efusiones cristianas del terrible día de Pentecostés. Se argumentaba para calmar su conciencia, diciéndose que desear lo suyo y perseguirlo no era desatino grave, sino intención equitativa; pero entre el desear y el temer, ello es que perdía el sueño, y (p.4912) su espíritu se distrajo de las alegrías que el trato de Chimeta le daba, alegrías tras de las cuales se ocultaba con senil rubor una honesta adoración, un sentimiento que casi no era más que estético goce.

 

Ep-25-XXIX -

Viendo muy mejorado a Nelet, diole cuenta de la reaparición de Malaena y de lo que habían hablado; excitose el enfermo, recobrando de golpe su locuacidad, y a las primeras palabras hubo de comprender D. Beltrán que se renovaba en toda su intensidad el enfadoso mal de conciencia; no vaciló el maestro en atacarlo con brío diciendo: «Entrégate a mí, pues no estás en disposición de resolver por ti mismo cosa tan grave. Yo lo arreglaré con tan buena maña como pura honradez. Tus escrúpulos se disiparán, y Marcela será tu esposa. Tu delicadeza es ya locura. Conviene que moderemos hasta nuestras virtudes.. Y si te encuentras en disposición de caminar, no será malo que salgamos en seguimiento de la divina mujer». Accedió Santapau, y se convino en esperar dos días para mayor acopio de fuerzas, pues no teniendo caballos ni posibilidades de adquirirlos, era forzoso emprender a pie la dura caminata.

Llegado el día de la marcha, salieron, y fue un paso triste para D. Beltrán el separarse de la linda Chimeta, que con sus donaires y risotadas se le había metido en el hueco preferente del viejo corazón. No digamos que le turbaban pretensiones absurdas respecto a la muchacha: no era sino que le dolía separarse de ella, como duele el arrancarnos cualquiera raicilla que penetra en el alma, y la de D. Beltrán tenía un terruño muy propicio al arraigo de toda hierba. ¡Nunca más ¡ay! volvería a ver a la ninfa tosca de Lledó! Era un adiós en la puerta de la eternidad, adiós dado al bello sexo, a la humana belleza, a las únicas flores que alegran este valle de lágrimas. Casi con ellas en los ojos, realmente conmovido, se despidió el señor de tantas Torres, besando la mano áspera y gordezuela de Chimeta. Le deseó un buen novio para hacer de él un buen marido, y le recordó los consejos que le había dado para dominar a los hombres y hacerse querer (p.4913) locamente de ellos. Agradecida la ninfa, así como su hermana y abuelo, a las bondades de los dos señores, les vieron partir con pena, pidiendo a Dios para ellos salud y prosperidades.

Acompañados de Malaena se metieron por los atajos y recodos que conducen a Horta, donde pensaban terminar su primera jornada. Parecían dos pobres titiriteros, seguidos de un perrillo con faldas, o mejor, de un cuadrumano con cuyas monadas y brincos pedirían limosna de pueblo en pueblo. Iba Nelet vestido como en la facción, sin insignias, armado de cuchillo y pistolas; mas en la traza total de la cuadrilla, las armas, a primera vista, parecían trebejos para el arte de volatines o prestidigitación. Muy mal de ropa estaba el primer noble aragonés; pero aun así no se despintaba su empaque de persona principal. Andaban despacio, guardando silencio en largos trayectos, charlando a veces con lánguida conversación. Temerosos del encuentro con alguna columna cristina, mandaban a Malaena por delante, a la descubierta, para que ojeara toda emergencia de gente sospechosa en aquellos horizontes. En el descanso de Horta, albergados en una paridera a la entrada del pueblo, explayose Nelet a contar a su maestro las cosas que le andaban por dentro del espíritu, en verdad muy extrañas, y las visiones que desde los comienzos de su enfermedad le acosaban, alguna de las cuales tuvo poder bastante para obscurecer a las demás y resplandecer sola y continua en el campo luminoso de la óptica interna.

«Esto que voy a contarle -dijo Santapau, recostándose en el suelo junto a su amigo después de mal cenados-, lo vi muy claro la primera noche de mi enfermedad en Lledó; después se me fue apagando.. lo veía turbio, desvanecido, mezclado con otras imágenes; pero al entrar en convalecencia, volví a verlo claro, cada noche más, y más.. llegando a tanto su claridad, que ya lo veo también de día y con los ojos abiertos.

-Cuéntamelo pronto, que ya estoy ardiendo en curiosidad. No dudo que ello tendrá relación con el fin y empresa que mueven tu vida, y que la (p.4914) imagen de Marcela será centro de todas esas esferas y círculos de tu soñar loco..

-Pues oiga usted. Desde que me entra, ya me tiene usted corriendo a caballo tras de la monja de Sigena.

-¡Y ella.. a patita! Poca ventaja te llevará.

-No puedo decir cómo va, pues no la ven mis ojos.. Sé que va delante, la siento, la olfateo. Yo grito; ella no me oye.

-Y sigues, sigues.. arrimando espuela.

-No espoleo porque voy desnudo de arreos, de ropa y hasta de carne. Soy un esqueleto. Mi caballo es también esqueleto.. de caballo, se entiende.. y ni yo tengo más espuela que el hueso del carcañal, ni él tiene barriga en que yo pueda espolearlo.. Mas no es preciso, porque corre, corre sin que yo le diga nada, haciendo con sus cuatro cascos un compás de música que no se aparta ya de mi oído. Pataplás, parrataplás.. siempre así.

-Sufrirás mucho corriendo tras un fantasma sin alcanzarlo nunca.

-Más que la persecución del fantasma, me hace padecer el pataplás de mi cabalgadura y los estragos que causa al sentar alternadamente los cuatro cascos como mazas de hierro.. ¿Por dónde voy en esta carrera? Por un campo que parece árido y no lo es. Lo parece, porque en él no nace ningún árbol, ni mata, ni hierba; no lo es, porque está todo lleno de seres vivos, chiquitos, que nacen en él y por entero lo cubren.. No se ve el suelo: no hay dónde poner una pieza de dos cuartos. ¿Qué son? dirá usted, ¿qué vidas son aquellas? Pues son niños, señor D. Beltrán; no ángeles, que alas no tienen, sino criaturas como las de acá, como las del mundo, como nosotros cuando teníamos un año, dos años..

-Hombre, sí que es rara, estupenda visión.. ¿Pero esos niños..?

-Nada, señor, niños. ¿No sabe usted lo que son niños, criaturas, o como dicen los gitanos, churumbeles? El campo absolutamente lleno de ellos. ¡Y qué lindos, qué graciosos! Gorjean, ríen con esa carcajada del chiquillo que se embelesa mirando una luz. ¿De dónde salen? De la tierra, pienso yo, apretados unos contra otros, como los tallos de la hierba.. desnuditos, rollizos, ligeros.. Bueno: pues por este campo de niños (p.4915) paso yo a la carrera. Mi caballo les va destruyendo con sus patadas, y ellos vuelven a salir, vuelven a nacer, y a gorjear y a reír.. siempre chiquitos y monos; ya digo, de año y medio o dos años, y en número incalculable. En todo lo que alcanza mi vista, no se ve más que el campo lleno de nenes. Se agita el sin fin de cabecitas haciendo ondas, como un campo de trigo, y las ondas traen y llevan el gorjeo. Mi caballo recorre como el viento leguas y leguas, y siempre lo mismo, machacando criaturas, que vuelven a salir vivitas, alegres.. Si le digo a usted que son cuatro mil cuatrillones, no digo nada, pues son más, más..

-¿Y su única voz es el gorjeo? ¿No has reparado sí dicen papá y mamá?

-No lo dicen; pero es como si quisieran decirlo.

-Está bien. ¿Y qué hace mi señora beata en el campo de niños?

-No sé.. allá lejos va.. yo no la veo. Se me antoja que al golpe de sus pisadas brotan las criaturas.

-Hijo, visión más peregrina no atormentó jamás a ningún cristiano. Lo que no alcanzo es qué relación pueda tener ese campo infantil con tus cuitas, Nelet.

-Yo tampoco lo alcanzo.. Pero ello es que la visión no me deja. Hasta de día y muy despierto la tengo ya. Los gorjeos también se agarran a mi oído. Y no miento si le digo a usted que a toda esa inmensa chiquillería la quiero ya.. ni más ni menos que si fueran mis hijos.. ¿Lo serán? pienso yo. ¿Serán los que tuve o debí tener en cuatro mil cuatrillones de siglos que viví antes de esta vida?

-¡Demonio, echa siglos y generaciones!.. ¿Sabes que tu fantástico sueño es para marear y confundir la cabeza más firme?

-La mía no puede ya con más confusión.

-Y eso es contagioso.. Temo que me pegues tu mal. Cállate ya, por Dios, que yo voy a soñar también lo mismo.. pisoteando nenes.. quita allá.. ¡qué atrocidad!.. Cállate, que no quiero yo soñar eso, no quiero».

Guardaron silencio, y a poco dormían ambos; mas se ignora lo que soñaron, y si fue un hecho el contagio que D. Beltrán temía. A la mañana siguiente, que se presentó lluviosa, continuaron andando con no poca molestia, amparándose bajo los (p.4916) árboles cuando el llover arreciaba. El suelo arcilloso, lleno de charcos, les causaba grande enojo, y tan pronto se detenían ateridos al abrigo de un paredón, como aceleraban su andadura, afanosos de llegar pronto a poblado. Renegando de tales contratiempos y de las perversas condiciones en que viajaban, dijo Santapau a su amigo, guarecidos en una aldea mísera: «Ni usted ni yo nos resignamos a andar de camino como unos miserables titiriteros, careciendo de todo, mal vestidos, perdiendo la paciencia, el tiempo y la salud. Necesitamos caballos, vestidos, dinero. Puesto que estamos tan cerca de Cherta, donde tengo familia, amigos y un mas, cuya renta de doscientos ducados no he cobrado este año, nos llegaremos allá, o me llegaré yo solo, si usted no se halla muy dispuesto. Sólo estaré el tiempo preciso para recoger todo el dinero que pueda y proporcionarme un par de caballos o mulas, o aunque sean borricos..». Pareciole de perlas a Don Beltrán este propósito; mas se declaró perezoso de acompañarle, pues se hallaba rendido, aspeado, lleno el cuerpo de dolores y con ganas de guardar sus huesos en abrigo media semana para repararlos de los efectos del último remojo. Convinieron en que iría solo Santapau al romper el día: conocía perfectamente todos los senderos y atajos, y no contaba emplear, andando sin sofocarse, arriba de tres horas. D. Beltrán se quedaría en la aldea, que era el barrio más lejano de Prat de Compte, al cuidado de Malaena, reponiéndose del quebranto producido por la caminata y la mojadura. Partió Nelet tempranito, agregado a una cuadrilla de mujeres que iban a Cherta con haces de leña, y el ilustre señor se quedó en un blando lecho de paja, arreglado por la que había venido a ser su camarera. En la memoria del buen viejo se reprodujo la noche pasada en Fuentes de Ebro, bien apañadito en montones de paja. ¡Pero qué diferencia entre la bella Saloma, tan graciosa y diligente, y aquella desmañada viejecilla de Vallivana, que no servía más que para correr de monte en monte! La (p.4917) compañía de la navarra, su excelente disposición y cháchara festiva, trocaban en palacios las cuadras de los mesones, mientras que Malaena todo lo afeaba y envilecía. Encargole D. Beltrán unas sopas de ajo, y tan mal las hizo, que sólo a fuerza de hambre pudo pasarlas el pobrecito viejo. Por su ineptitud para todo lo doméstico, por su salvajismo y suciedad, se le había hecho antipática, y le azoraba con su prurito de confianza y de palique cuando más deseaba él estar solo, callado y libre; el brillo y la continua vigilancia de sus ratoniles ojos le ponía nervioso; sus familiaridades llegaron a ser de una pesadez impertinente, como si desconociera el respeto que a tan alta persona debía guardarse. Creyérase que le tomaba por titiritero arruinado en el oficio. Sentadita frente a él sobre la paja, le dijo en dulce valenciano, que es forzoso traducir: «¡Qué hace ahí tan metido en su magín, cavilando maldades! Vosté no está ya más que para ponerse en paz con Dios.

-Pienso lo que me da la gana -replicó D. Beltrán, esquivando la mirada de las cuentas de azabache que Malaena tenía por ojos-. ¿Quién te manda a ti meterte..? ¡vaya!

-Me meto por llamarle a Dios, que ya es tiempo. Más vejestorio es vosté que yo. Me da lástima de que la muerte le coja descuidado.

-¡La muerte! ¿Acaso estoy yo para morir?

-Yo no sé leer escrituras, pero leo la muerte en la cara de la persona.

-Vete al demonio.. Te encargó Nelet que me acompañaras, no que me faltaras al respeto.

-No falto al respeto diciéndole a vosté que se muere. No me equivoco.

-¡Embustera, quítate de ahí! Aunque algo cansadito, me siento fuerte, y paréceme que aún tengo años por delante.

-Días tiene, y los dedos de una mano le sobran para contarlos.

-¡Lárgate pronto, condenada!», gritó Don Beltrán estirando violentamente una pierna contra la paja.

La vieja se fue. Y en su imperfecta vista creyó el pobre caballero que desaparecía como un ratón por entre los informes y obscuros objetos que llenaban la cuadra, revestidos de telarañas y polvo.. Solo ya, meditaba. ¡Si tendría razón (p.4918) la maldita vieja! No, no: él no hacía caso. ¿Qué podría saber de vidas y muertes una pobre rústica, salvaje, casi idiota? ¡Vaya que estaba divertido! ¡Después de una mala noche, soñando con el campo de niños y oyendo sus gorjeos, un día de prisión junto a semejante sabandija, que no era, no, que no podía ser cosa buena..! Sintió un ruidillo de dientes sobre cosa dura, y a poco se le apareció Malaena royendo algo que llevaba de la mano a la boca con movimiento jimioso. Acercose a él y le observó, aproximando su rostro de pasa. Al verse mirado por los ojos ratoniles, D. Beltrán sintió frío, miedo. «Vete -le dijo-. Me molestas». Y ella: «Ya me voy. ¿Quiere estar solito para calentarse los cascos con sus malas ideas?.. Diviértese vosté jugando con el pecado de la codicia, y piensa que le van a dar ollas de dinero..

-¡Calla, vete pronto!» gritó Urdaneta ronco, fuera de sí.

Y tan sobresaltado quedó el hombre para todo el día, que cuando Malaena se acercaba al lecho de paja, sentía el hombre verdadero pánico. Tomó el partido de cerrar los ojos y rodearse la cabeza con los brazos como para llamar el sueño; pero este no le favoreció, ni tampoco Nelet, regresando aquella tarde como había prometido. ¡Qué soledad, qué triste abandono! Pasó la noche agitadísimo, sintiendo que Malaena le tiraba de los pies para llevárselo.. ¿Era bruja, era un diablo humanizado en la forma más odiosa? No hacía el pobre más que dar golpes en la paja, al modo de coces, murmurando: «Vete, demonio, vete; déjame».

Pero ¡ay! mientras Santapau no volviese, ¿qué remedio tenía más que vivir resignado bajo el poder de la infernal bestiezuela de Vallivana? Dejábase cuidar de ella, y probaba con repugnancia los bodrios que le servía.. Pasó todo el día entregado a las absurdas creencias. Él, que nunca fue supersticioso, ya creía en demonios aviesos, en asquerosas brujas y en trasgos maleantes. Y como a la segunda noche tampoco pareciese el bueno de Nelet, viose el señor de Albalate tan desamparado, que hubo de volver los ojos a Dios. Sólo con esto se le fue del alma la (p.4919) superstición, y abominando de tales torpezas, se sintió profundamente religioso, como lo había sido en algunas ocasiones aflictivas de su cautiverio, y singularmente en el tremendo paso del día de la Pentecostés. Sobrevino, pues el estado de arrepentimiento y contrición, dolor de haber ofendido a Dios con una vida de libertinaje; sobrevino el desprecio de las riquezas, el espanto de las malas acciones, así pasadas como presentes. Al amanecer del tercer día llamó a su ratonil guardiana, y con buen modo le dijo que hablase a los dueños de la casa antes que salieran al campo, concertando con ellos que le llevaran un sacerdote, pues sentía vivísimo anhelo de confesarse. Cumplió la vieja el encargo con toda diligencia; mas como no había en el lugar ni en sus contornos clérigo alguno, hubo de quedarse el noble señor sin el consuelo y descanso que deseaba.

Enojosas fueron para él las horas de aquel día, pues sin que se calmara el infantil terror que la seca viejecita le inspiraba, le atormentó el tumulto de su alborotada conciencia. Veía muy clara su abominación, pues cuando Dios le conservó la vida en Rossell, en vez de mostrar gratitud conservando su alma en la pureza y descargo de su arrepentimiento, lo que hizo fue reincidir en sus antiguos vicios. No fue cosa grave el encandilarse un poquito con la gentil Chimeta; pero sí lo era el incurrir de nuevo en la fea codicia, afanándose por el legado de Juan Luco, y más aún la persistencia en agenciar con móvil egoísta el casorio de Nelet y Marcela. La situación moral había empeorado, pues al pecado antiguo de querer secularizar a una esposa de Cristo, se unía el propósito de engañarla, ocultándole que su galán o pretendiente era el matador de Francisco Luco. ¡Oh qué grande malicia, Señor! ¡Y de este modo y con intenciones tan protervas, pagaba la inmensa benignidad de Dios, que le había concedido la vida cuando ya casi apuntaban a su pecho los fusiles facciosos!

Encendida su alma en fuego de contrición, gritó llamando a su guardiana. «Malaena, ven. Ya no me inspiras miedo. (p.4920) ¿Verdad que no eres demonio ni bruja? Yo veía en ti el daño y corrupción que en mí propio llevaba. Perdóname. Eras para mí lo que para los niños el coco. Pero ¡ay! ya he visto que el coco dentro de mí lo tenía yo: era mi conciencia.. Pues te digo que Dios me ha iluminado, y vuelvo al bien y a la virtud. Si me muero, que me muera. No más, no más pecar, no más pensamientos infames. Corra quien quiera tras un puñado de oro; yo no. No más supercherías con Marcela.. Gobierne la santísima verdad los días que me restan, pocos o muchos. Quiero salvar mi alma. Mi alma merece salvarse..».

En esto sintieron ruido de gente y caballerías. Era Nelet que llegaba de Cherta.

 

Ep-25-XXX -

No fue el gozo de D. Beltrán, al abrazar a su amigo, proporcionado a una ausencia de tres días: fue como por ausencia de tres años, y de la fuerza del contento se le trastornó el sentido, viendo a Nelet más fuerte, más gallardo, restablecido de su reciente mal, la cara limpia del rojizo color de quemadura. Era ilusión del pobre viejo que veía lo que deseaba. Por su parte, Santapau encontró a su maestro más caduco, encorvado, jadeante, algo ido del cerebro, progreso de senectud excesivo para tres días. Mostrole muy satisfecho lo que traía: dos soberbios burros, pues caballos no los encontrara ni a peso de oro. Eran excelentes piezas, de cómoda andadura, y muy bien enjaezados. Traía también ropa para los dos, y un repuesto copioso de vituallas en una cesta barriguda. Despedido el criado del masovero que había venido en el segundo pollino con la cesta y equipaje, los dos caballeros pusiéronse a cenar. Tiempo hacía que Urdaneta no probaba cosas tan ricas: butifarras, diversas clases de suculentos embutidos, pollos asados, frutas escarchadas, chocolate, bollos de sartén.. Más que en saborear aquellas viandas, gozaba D. Beltrán viendo a Malaena devorar, con atrasadas hambres, comidas tan finas en increíbles dosis.

«Pues he tardado tres días -dijo Nelet-, porque las grandes novedades que encontré en Cherta, y el barullo de gente y amigos, me imposibilitaron el despacho (p.4921) de mis diligencias en el tiempo que yo creí.

-Oí que estos días ha pasado hacia allá mucha tropa de uno y otro ejército. ¿Qué ocurre?

-Sí.. tropas de Isabel, tropas de D. Carlos. Se ha batido bien el cobre.. Vámonos pronto de aquí, antes que nos coja el paso de los míos, que ahora son en número mayor que antes. En una palabra: ya tenemos la expedición Real del lado acá del Ebro, en Cherta, gracias al talento militar de Ramón Cabrera y a su arrojo y prontitud. Está el hombre que no cabe en su pellejo de puro orgulloso.. Sí, sí: no se asombre usted. Don Carlos ha pasado el Ebro. Yo le he visto.. he visto al Rey, a nuestro ídolo, y le aseguro que me quedé como si hubiese visto a cualquiera que no fuese ídolo de nadie. Yo me figuraba otra cosa, otro empaque, otra representación de gran Monarca, hijo de reyes y ungido de Dios. De esta hecha, nuestro leopardo, como usted dice, ha puesto una pica en Flandes, porque gracias a su buen tino para ordenar las cosas, ha podido Don Carlos librarse de Borso y Nogueras, que le perseguían. Junto a Cherta dio Cabrera una batalla al Sr. de Borso, obligándole a retirarse. Nogueras cometió la mayor pifia que se puede cometer en la guerra, que es no llegar a tiempo. La guerra no es más que el arte de la oportunidad, y este lo posee D. Ramón como nadie, y lo completa con su diligencia y conocimiento del terreno. Pasó Carlos V tranquilamente el gran río de España, en lanchas al caso preparadas, y los gritos de entusiasmo de las tropas competían en estruendo con el instrumental de las músicas. Enronquecieron gargantas y trombones. Ayer, la Sacra Majestad y todo su séquito mataron el hambre en Cherta, que la traían atrasadilla, porque la batalla que ganaron en Huesca les dio más prisioneros que bucólica. El comistraje que se les preparó era de lo más opíparo, y para que hubiera de todo, hasta helados hubo.. Cabrera, el día del paso, que fue anteayer, estaba como loco, demacrado, los ojos del tamaño de toda la cara, echando rayos y centellas. Daba sus disposiciones ronco de tanto gritar, (p.4922) vestido con su peor ropa, pues ni para engalanarse como acostumbraba tuvo tiempo. Cuando se presentó al Rey en la orilla izquierda para pasarle acá, no le conocían, y los cortesanos se preguntaban asombrados: «¿Pero ese es Cabrera?.. ¿ese?». El Soberano le manifestó su Real agrado. No serán flojas envidias las que van a salir ahora, pues corre la voz de que S. M. quiere nombrarle Generalísimo, y poner bajo su mando todos los Reales ejércitos.

-Así tiene que ser, pues según tengo entendido, de los figurones que rodean al Infante, poco debe esperar este.. Y dime otra cosa: ¿oíste o viste si con el Rey viene un italiano llamado Rapella, que es el correveidile entre cortes verdaderas y falsas para tratar de un arreglo por bodorrio?

-Creo haber oído algo de un italiano de campanillas, y de otros extranjeros que en la comitiva del Rey vienen, entre la turbamulta de empleados y gentileshombres. Pero como yo, por el estado de mi espíritu, no podía prestar a lo que allí veía una gran atención, no puedo asegurar nada de italianos ni correveidiles.

-¿Y qué se dice? ¿La expedición, con su Rey a cuestas, dirígese a Castilla o a Valencia? Puede que reforzada con Cabrera, y quizás mandada por este, no se detenga hasta Madrid. ¿Oíste algo?

-Oí, oí.. no sé lo que oí -dijo Nelet aturdido-. ¿A usted le interesa saberlo?

-Absolutamente nada.

-Lo mismo que a mí. Que vayan, que vengan, que suban, que bajen. No me interesa ya más que un reino, el mío. Cada cual se arregle en su reino como pueda.

-Muy bien dicho. Peleáis por poner en el Trono a un buen hombre, cuya incapacidad es bien manifiesta. Si tus amigos triunfan, estableceréis un imperio caedizo, pues en los tronos disputados, el vencedor no lo será definitivamente si no posee estas cualidades: bravura, don de mando, ciencia militar. Gane quien gane en este pleito, querido Nelet, la Monarquía carecerá de fuerza y vivirá con vilipendio, entregada a las facciones. Ten presente que no se hace nada de provecho sin fuerza, entendiendo por esto, no el poder de las armas, sino una virtud (p.4923) eficaz y activa, que a veces reside en una persona, a veces en las leyes. Ni las leyes tienen aquí fuerza, o llámese energía gobernante, ni hay Rey o Príncipe que tal posea. Puede que nazca algún día; mas yo te aseguro que a la fecha no ha nacido. De modo que paz, lo que se llama paz, no la veréis en mucho tiempo los que sois jóvenes, ni quizás lo vean vuestros hijos y nietos.. Con que lo que tú dices: cada cual a su reino.. y en el reino chico de cada uno, que no falte una ventanita para ver pasar la Historia».

No prestaba Nelet a estos profundos juicios la debida atención, ni se extendió tampoco en pormenores de lo que presenciara en Cherta, porque sus impresiones eran confusas, como de quien ve muchas y abigarradas cosas en corto tiempo, sin interés ni recreo alguno de su ánimo. Mirando no más que a su reino, propuso que partieran a la mañana siguiente en busca de Marcela, pues por fidedignos informes que en Cherta adquirió, venía ya de vuelta de Gandesa, después de recoger el cuerpo de su desgraciado hermano y darle sepultura. Al capellán del 1.º de Tortosa, que la encontró una mañana junto al río Seco, dijo la monja que pensaba detenerse un día en el Santuario de San Salvador y encaminarse luego a Arenys de Lledó a visitar a un enfermo. Iba, pues, en busca de sus amigos, los cuales se apresurarían a salirle al encuentro. Para mayor seguridad, dispuso Nelet que partiera la embajadora aquella misma noche, con instrucción precisa de las etapas que los caballeros seguirían y puntos de descanso, y la consigna de que esperasen en Lledó los que primero llegaran.

Conforme con tan acertado plan, y admirando el tino con que Nelet lo concertaba, creyó D. Beltrán llegada la oportunidad de manifestar al discípulo el estado de su ánimo, y sin más exordio le dijo: «Durante tu ausencia, hijo mío, no he cesado de reflexionar en el caso de Marcela, complicado ahora con la desastrosa muerte del pobre Francisco, y, discutiendo la solución que debemos darle, me sentí acometido del mal tuyo reciente, el mal de conciencia. Dios ha entrado en mí. (p.4924) Como avisos o presagios de la naturaleza flaca, procedieron a mi mal miedos supersticiosos, la idea de una muerte próxima. Era Dios que llamaba a la puerta de mi alma: no entendía yo su llamamiento, hasta que te vi entrar y me iluminó con su divina gracia. ¡Ay! querido Nelet, no quiero en mis postrimerías comprometer mi alma. ¿Amo a Dios, le temo? Amor y temor por igual me consuelan y sobrecogen; amor y temor me infunden el anhelo de ser bueno en lo que resta de vida, de sostener con una conducta ejemplar la paz, mejor será decir la salud de mi conciencia.. Reniego ya de aquel propósito y consejo mío de ocultar a Marcela la verdad de tu culpa, pues si con ese artificio ganaríamos bienes terrenales, perderíamos seguramente los eternos. No, no, Nelet: tú estabas en lo cierto y yo en lo errado; tú en la verdad, yo en la mentira; tú procedías como cristiano caballero, yo como un hombre vil.. Pero ya no.. Ahora te digo que la ocultación, o siquiera disfraz de la verdad, es gran pecado; me paso a tu partido, y en él te fortalezco.

-Pienso, amigo mío -dijo Nelet con gravedad-, que esta concordia de la voluntad de usted con la mía es cosa muy feliz. No hay duda: Dios o los ángeles han andado en ello. Hoy como ayer considero felonía el negar a Marcela mi culpa; mas, no teniendo yo valor ni cara para confesarla ante ella, convendría que usted le hablase antes, y de la sentencia que se sirva dar depende mi destino.

-Muy juicioso me parece lo que has discurrido. Yo le hablaré antes, yo le diré.. ¡Oh, si te perdonara reconociendo que fuiste víctima de un arrebato!.. ¡qué triunfo, hijo! Me da el corazón que así será, pues los caminos de la verdad siempre llevan al bien.

-¡Perdonarme! -exclamó Nelet clavando sus miradas en el suelo-. ¡Pues si así fuera..! Pero lo dudo.. Ya no veo la cabeza de Francisco Luco diciendo que sí con aquel movimiento fuertísimo.. la veo diciendo que no.. así.. así.. que es decirme: no hay perdón.

-Basta ya de visiones, hijo. Tus desvaríos me contagian, y estas noches he soñado que también yo cabalgaba por el (p.4925) campo de niños.. sólo que mis nenes, los nenes que yo destruía, no volvían a nacer.

-Pues los míos.. en las noches últimas.. ya no reían, sino lloraban.. Vi a Marcela cogiéndoles a puñados y metiéndoseles en el seno.. Pero, lo que usted dice: basta ya.. No duermo, no quiero dormir: pasaré la noche pensando en que ella viene en nuestra busca y en que le salimos al encuentro. Descanse usted, y yo le llamaré cuando sea hora de partir. Voy a despachar a Malaena y a dar un pienso a nuestros burros».

Cumpliose con toda puntualidad lo que Santapau disponía, y antes del alba salieron ambos caballeros oprimiendo los lomos asnales, D. Beltrán algo remediado de ropa, Nelet bien provisto de armas, pues ignoraban qué clase de gente encontrarían. Anduvieron toda la mañana sin ver alma viviente, entreteniendo las lentas horas con el inagotable y pavoroso tema: «¿Me perdonará?». Llegados al caer de la tarde a una ermita en la derecha margen del río Seco, que era el punto de cita con la embajadora, recibieron de boca de esta las deseadas noticias. Había dejado a Marcela con sus viejos en el convento abandonado de San Salvador, y allí pasaría la noche en rezos y meditaciones; al amanecer recalaría en el castillo de Horta, donde los señores podían reunirse con ella para seguir juntos a Lledó, o al punto que de acuerdo fijaran. Aumentose hasta lo increíble la ansiedad de Nelet. ¡Ya estaba cerca! Sólo una noche y un breve espacio de terreno le separaban de la solución del temido enigma: «¿Me perdonará?». Incapaz de todo sosiego, acordó seguir hasta Horta, y en ello emplearon las primeras horas de la noche. Con no poco trabajo pudieron hallar albergue y pienso para los burros y Malaena en una reducida cuadra; descansó en el mismo recinto D. Beltrán algunas horas, mientras Nelet se paseaba suspirando, a la luz de la luna, en un próximo corral, como caballero que vela sus armas; y antes que fuera de día salieron los dos a pie hacia el castillo, distante sólo del pueblo veinte minutos de marcha cómoda, y situado en un (p.4926) mogote de mediana elevación entre el río y el camino de Bot. Esqueleto de muros despedazados, recompuestos y vueltos a despedazar por sucesivas guerras, era el tal castillo, festoneado de hiedras y jaramagos, y conservando en algunas de sus gastadas piedras cruces y escudos de San Jorge de Alfama. Ponían el pie los dos caballeros en el primer cerco de ruinas, cuando Nelet, asaltado de súbito terror, se paró y dijo a su amigo: «Pienso, señor D. Beltrán, que Marcela se nos habrá anticipado, llegando aquí por alguna galería subterránea que comunica esta fortaleza con el monasterio de San Salvador. La encontraremos más adentro, y es tal mi miedo de verla, o de que ella vea mi cara y mis ojos, que me clavo en tierra sin poder dar un paso hacia adelante».

Trató Urdaneta de devolverle la tranquilidad, negando que hubiese tales conductos por donde pudiera la monja presentarse, al modo teatral y fantástico, y le indujo a no ser temeroso y afrontar con varonil aplomo la entrevista. Mas advirtiendo en él señales de mayor pánico, antes que de entereza, le dijo: «Y en suma, si no puedes vencer tu aprensión, y persistes en que le hable yo primero y explore su ánimo, manifestándole la verdad que tanto temes, retírate a Horta y déjame aquí en espera de la señora penitente y de los viejos Zaida y Alfajar. Pero ten la bondad de conducirme a un sitio donde pueda yo sentarme, que apenas veo, y no acierto a llevar mis pobres huesos por entre tanto pedrusco». Condújole Nelet, evitando tropezones, a un lugar despejado con buen asiento, y más medroso cuanto más avanzaba, le faltó tiempo para escabullirse, diciendo a su amigo: «Parece que la siento ya.. como si subiera por un pozo.. Me voy al pueblo. Allí espero mi sentencia.. Adiós..».

 

Ep-25-XXXI -

Quedose D. Beltrán solito en las ruinas, lo que no era muy divertido para el pobre señor, pues el frío de la mañana le obligaba a requerir su abrigo, envolviéndose bien en el capote que le había traído Nelet. No menos de una hora estuvo rezando, atacado también de vagos temores, semejantes a (p.4927) los de Santapau, y a cada instante creía sentir blandos ruidos que le parecían el roce del sayal de la monja contra las piedras. «No -se decía-, no sentiré roce de vestidos ni de pisadas. Veré aparecer primero la cabeza, después los hombros, y sin hacer ruido alguno se me pondrá delante..». No veía nada el buen caballero; pero vio amanecer, y distinguió los telones de piedra desgarrados, en el centro de los cuales se encontraba; y cuando reconocía con su menguada vista la decoración, oyó voces efectivas, sílabas vibrantes de mujer y catarrosas de hombres, y.. era ella, sí, Marcela, seguida de los enterradores, que aparecían por un hueco de los muros.. «Aquí estoy, hija mía», gritó el anciano gozoso, sin miedo ya. Ligera como una corza saltó la beata por entre las piedras, y fue a besarle la mano al prócer, que besó también la de ella. Entre beso y beso dijo la penitente: «¿Y Nelet?

-Hija mía, no te asustes -replicó D. Beltrán, pesaroso de la mentira venial a que le obligaban las circunstancias-. Está bueno; pero tan delicado en su convalecencia, que no le he permitido abandonar el lecho antes del día. En Horta le dejé, y allá nos vamos en cuanto tú y yo descansemos. Como se fijó este lugar para nuestro encuentro, he venido yo solito para que no creyeras que faltábamos a la cita.

-Pudo usted mandar a Malaena y evitarse este madrugón, que no le sentará bien. A su edad, señor mío, no hay que jugar con la salud.

-Verdad, sí.. pero.. no mandamos a la vieja.. porque.. verás -dijo Urdaneta tartamudeando, pues se le atragantaba la nueva mentira venial que le exigía la situación-.. Malaena se nos puso anoche mala de un cólico.. de tanta butifarra como comió, la pobre.. Pues descansemos y hablemos un poquito antes de bajar al pueblo.. Siéntate a mi lado.. Más cerca.. así. Desde Vallivana no te hemos visto. Hora es ya de que resuelvas. El pobre Nelet espera tu determinación. ¿Has pesado bien el pro y el contra?

-Se asombrará usted -dijo Marcela, vacilando en las primeras declaraciones-, y quizás me tache de ligera.. pero no es ligereza, no señor.. (p.4928) cuando me oiga.. no sé cómo expresarlo.. Pues bien: sabrá que han ahondado en mi ánimo las razones de mis dos amigos y el rendimiento y constancia del pobre Nelet.

-¡Ah, qué felicidad!.. Yo esperaba.. en efecto..

-Y a esta mudanza de mi voluntad, creo firmemente que no es extraña la voluntad de Dios.. Divina es a mi parecer la voz que me incita a querer a Nelet, y a cambiar de vida y vocación.. Por santo tengo el matrimonio.. sus votos severos y sus obligaciones nos llevan a una vida eficaz..

-Es cierto. ¿Y has consultado el caso con tu confesor?

-Sí señor, y me ha dicho que dedicando a una fundación religiosa parte del caudal de mi padre, si sentía honrada inclinación a la vida secular, la adoptase, previas las dispensas de Roma, teniendo en cuenta el trastorno que nos traen estas guerras y revoluciones.

-¿Y consultaste con tu hermano Francisco? Ante todo, sabrás que la noticia de su muerte me ha llegado al alma. Eres ya la única descendiente de Juan Luco, y este hecho debe pesar en tus resoluciones.. ¿Tuviste tiempo de consultar con tu hermano el caso extrañísimo de tu cambio de vida?

-¡Ay! sí señor.. y mi pobre hermano, que sabía desentrañar lo presente y lo futuro, me aconsejó que abrazase el nuevo estado, pues si grave es el quebrantamiento del voto, debíamos mirar también a la conservación de los bienes de nuestro padre, así raíces como en especie, recogiendo los que aún están esparcidos, y librándolos de la perdición. Díjome que él en las propias circunstancias que yo se encontraba, pues habiendo topado en término de Falset con una honesta, discretísima y bella joven, nacida de noble familia, y prendándose de ella, creía que este suceso era como aviso de Dios, con que le mandaba trocar una vocación por otra; y así, era su propósito no pensar más en vida de claustro, y adoptar las penitencias y dura regla de matrimonio con aquella bendita niña de Falset. Largamente hablamos de nuestro negocio, y él expuso ideas tan juiciosas, que parecen dictadas de la misma sabiduría. Pensaba que debíamos apartar un tercio del (p.4929) caudal específico de nuestro querido padre para consagrarlo a una fundación pía, y que con los otros dos tercios y los bienes raíces, equitativamente partidos, podríamos constituir dos familias cristianas, dedicadas a servir a Dios y a perpetuar el nombre y patrimonio de Luco. Declaró también que de estos dos tercios metálicos debíamos, en conciencia, retirar una suma para dar cumplimiento a la moral obligación contraída por mi padre con su grande amigo y protector D. Beltrán de Urdaneta, fijando, de acuerdo con este, la cifra prudencial para tan sagrado objeto..

-¿Eso dijo?.. ¡Oh Providencia, oh divina equidad! -exclamó el viejo, sintiendo que un rayo penetraba en su alma, trastornándola-. Bien, hija, bien.. Pero dime otra cosa: ¿tenía Francisco conocimiento de la pasión que has inspirado a Nelet?

-Ya lo sabía, pues en los comienzos de nuestra conversación se lo dije. Su parecer fue que, si yo gustaba de Nelet, le aceptase, pues tiene fama de valiente y leal, aunque algo arrebatado, y posee bastante hacienda en Cherta y Cambrils.

-¡Eso te dijo!.. ¿Estás segura de que tal era su pensamiento?».

A las manifestaciones afirmativas de la monja, contestó el anciano con nuevas alabanzas del poder de Dios. El pobre señor veía más claro; recobraba la vista, y en su turbación no sabía por qué caminos llevar la interesante conferencia. Por fin, salió del paso con esta pregunta: «¿Cuántos días antes de morir te dijo tu hermano lo que acabas de manifestarme?

-Dos días. Después, el pobrecito siguió a su ejército, y la tarde misma de la batalla de Gandesa, volviendo con otros veinte de cumplir una orden del General, fue sorprendido por una partida de facciosos en retirada, y le asesinaron con saña, vileza y cobardía.

-¡Oh, qué desgracia!.. Y sabiendo su triste fin, sin duda por los compañeros suyos que lograron escapar, ¿cómo no supiste quién dispuso y consumó hazaña tan inicua?

-Dijéronme que un capitán o no sé qué, cabeza de aquellos sayones, traspasó a mi hermano con su espada.

-¿De modo que no sabes..?

-No, señor: no lo sé.

-Y si (p.4930) conocieras al matador, ¿le perdonarías?

-¡Oh! como cristiana tendría que perdonarle; como cristiana, señor.. ¿Acaso lo que yo ignoro lo sabe mi D. Beltrán..?».

Como anillo al dedo venía en aquel punto de la entrevista la temida, pavorosa revelación; mas el noble caballero, Señor de tantas torres, no se atrevió a sacarla del pensamiento a los labios. Era hombre: careció del valor necesario para un acto que requería verdadera santidad. Habíase propuesto ser bueno, purificar sus últimos días con virtuosas acciones; mas no era santo, no: no lo era.

«¿Lo sabe usted?», repitió Marcela espantada de su silencio.

Y D. Beltrán, sintiéndose a cien mil leguas de la cristiana perfección, dijo en un grave suspiro: «Hija mía, no sé nada».

Apareció en aquel instante Santapau por entre el hueco de unas altas piedras, y bajando de un brinco, como sillar desplomado con estruendo, gritó: «Sí lo sabe; mas no tiene valor para decirlo». Marcela se levantó bruscamente como un ave que quiere emprender el vuelo, y saltando sobre piedras, se alejó despavorida.

«Ven, Marcela, ven.. no huyas -dijo Nelet.

-¿Cómo vienes aquí?.. -balbució la penitente con sílabas entrecortadas-. ¿Por qué vienes así, en esa forma, que más que de hombre es de demonio?

-Porque lo soy. Demonio del Infierno es quien dio villana muerte a Francisco Luco. Nuestro amigo no tiene valor para decirlo: lo tengo yo».

Horrorizada, Marcela se llevó las manos a las sienes, volviendo la cabeza. Luego cayó de rodillas.

«Levántate -dijo Nelet acudiendo a ella-. Yo soy el que debe humillarse. Humillado te diré que, aunque no merezco tu perdón, lo solicito, lo quiero.. Fue una ceguera, embriaguez de sangre.. el maldito hábito de esta guerra, el matar por matar.. por destruir vidas contrarias..

-¡Perdón, perdón! -exclamó D. Beltrán, también de rodillas, llorando como un niño.

-¡Monstruo -dijo Marcela encorvada, las manos en la cabeza, mirando de soslayo torvamente al infortunado guerrero-, monstruo de maldad!.. Como cristiana, te perdono. Pero huye, vete al fin de la tierra, o donde yo no (p.4931) te vea más.. Condenado, no quiero condenarme contigo.. tus miradas corrompen.. Yo no quiero verte ni respirar el aire que respiras.

-¡Paz, paz!.. -repetía el buen Urdaneta alargando sus flacos brazos-. Hijos míos.. sed cristianos.. No habléis de condenaros. Salvaos, salvémonos todos».

Huyó Marcela, y tras ella, saltando de piedra en piedra, corrió Nelet, como anhelante cazador.

«No te acerques a mí -gritaba la monja-. Condénate tú solo; yo no».

Poseído de insano furor, Nelet dijo: «Solo no. No más soledad. Tú conmigo..». Y viendo a la desdichada mujer buscar refugio tras unas altas piedras, como res acosada que se esconde, allí la persiguió, y allí, antes que los atontados viejos pudieran acudir en defensa de su maestra y señora, le dio bárbara y pronta muerte. Retumbó el pistoletazo en la tristísima cavidad del castillo como si todas sus piedras de golpe se derrumbaran. Sobrecogido, exánime, el rostro contra el suelo, D. Beltrán dijo: «Nelet, ¿qué haces?..». Pasados algunos segundos de pavoroso silencio, oyó el anciano la respuesta, que fue otro tiro no menos estruendoso y lúgubre que el primero.

Los pobres sepultureros, a quienes el estupor y su propia debilidad senil paralizaron en la fugaz duración de la tragedia, no supieron ni aun requerir sus azadones para impedirla. Al primer tiro, cayó Alfajar de espaldas con temblor epiléptico. Zaida, más animoso, blandió su herramienta de sepultar, abalanzándose hacia Nelet con móvil de venganza o justicia; mas no pudo anticiparse al criminal, que la hizo rápida y eficaz con su propia mano.

Transcurrido un lapso de tiempo, que ninguno de los tres ancianos apreciar podía, Zaida se llegó a D. Beltrán, y tocándole en el hombro, con angustiada voz le dijo: «Señor, señor, ¿vivimos o morimos?

-No sé, amigo -replicó el caballero, despegando del suelo su rostro-. ¿Vives tú? ¿Qué es esto?.. Dame la mano: probaré a levantarme.. ¡Ay! la juventud perece.. a sí misma se destruye. Nosotros, tristes despojos de la vida, aún respiramos.. ¿Y para qué? El siglo no quiere soltamos, ¡ay de mí!

-Señor, (p.4932) nuestro deber ahora no es otro que abrir dos hermosas sepulturas..

-Amigo, no: abramos una sola, hermosísima, y enterrémosles juntos».

Todo el día permanecieron los tres ancianos en el lugar de la tragedia; y cuando se retiraban, al caer de la tarde, consternados y llorosos, oyeron lejano bullicio de clarines y tambores. A medida que iban venciendo con lento andar el camino de Lledó, arreciaba el marcial rumor. A la puesta del sol, Zaida, que era de los tres el que gozaba de mejor vista, distinguió por Oriente, en las áridas colinas de la margen del río Seco, líneas de gente armada, las cuales avanzaban ondulando como serpientes en las curvas del terreno, mitad en sombra, mitad en luz. Eran las mesnadas de vanguardia de la expedición Real que marchaban hacia la frontera de Aragón.

 

FIN DE LA CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO

 

 

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(EPISODIO 26)

LA ESTAFETA ROMÁNTICA

 

Ep-26-I -

De Doña María Tirgo a Doña Juana Teresa 1

En La Guardia, a 20 de febrero de 1837.

Amiga y señora: Por la tuya del 7, que me trajo el seminarista de Tarazona, he comprendido que la mía del día de la Candelaria no llegó a tus manos, o que anda por esos caminos atontada y perezosa; que esto suele acontecer a todo papel que al correo se fía, a quien ahora damos un nombre que le cae muy bien: la mala. Repito en esta, asegurada por la mano de unos ribereños que llevan trigo, lo que te dije en la que se atascó en esos baches, y le añado novedades que han de causarte admiración, como a mí, sin que aún podamos afirmar si serán adversas o favorables a nuestro asunto.

Salvo los alifafes con que nos obsequia la edad a José María y a mí, todos acá disfrutamos de salud corporal gracias a Dios; pero a los dos viejos no deja de visitarnos la tristeza, ni hallamos fácil consuelo al término desairado de aquellos planes que eran nuestra ilusión. Las niñas están que da gozo verlas, sanas y alegres, como si nada hubiera pasado; Demetria, inalterable en sus hábitos de mayorazga y gobernadora de hacienda; Gracia, (p.4933) juguetona y risueña los más de los días; los menos, caída y quejumbrosa.

No he podido sacarle a Demetria razones claras de su negativa. Otro amor, dices tú. Yo digo que otra inclinación, mas no otro novio.. Te aseguro que el sujeto a quien desde el principio tuve por causante de nuestro fracaso, lo ha sido sin intención suya buena ni mala. Entre el tal sujeto y la perla de la familia no se ha cruzado declaración, ni síes ni noes, ni frase alguna que haya traído o llevado melindres de amor. De los demás pretendientes coterráneos que han presentado con gran encogimiento sus memoriales, hace la niña tanto caso como del canto de los grillos. No la pierdo de vista en casi todo el día y parte de la noche, y sé que para ella no hay más sujeto que el sujeto de quien tienes noticia. No hay otro; no puede haberlo. No sólo es Demetria la misma honestidad, sino la discreción y comedimiento en todo. No digo liviandades, pero ni siquiera coquetismo se ha conocido jamás en ella, ni las presunciones y vanidades de otras. Su carácter grave la induce a permanecer metida en sí guardando sus devociones y querencias sin manifestarlas, engañando su soledad con los quehaceres continuos. A veces, observándola bien, como lo hago yo, se ve que asoma por entre el tráfago de sus ocupaciones una puntita de tristeza; pero la pícara se da prisa a meterla para adentro, temerosa de que se la descubran. Esta es Demetria. Yo, que la conozco, la creo capaz de estar así toda la vida, al menos toda su juventud, si Dios Omnipotente no produce en ella una feliz mudanza.

También te digo que en las dos cartas que aquí se recibieron del sujeto, escritas en Medina y Villarcayo, no hay nada en que se pueda vislumbrar oposición al plan que creímos realizable con las dichosas vistas: leí las tales cartas, como las contestaciones de acá, y te aseguro que no contenían más que las finezas propias de una amistad respetuosísima, expresadas por él con gallarda pluma, por ella con frialdad cortesana y muy decorosa, como de joven soltera que tiene cabal idea de (p.4934) los comedimientos de palabra y de escritura que le impone su estado. Y dicho esto, querida Juana, paso a comunicarte la novedad que motiva principalmente estos renglones, y que no es otra que las tremendas calabazas que ha dado al sujeto su novia, una tal Aura, que dicen es mestiza de italiana e inglesa. Ya sabes que el caballerito tenía con ella compromiso, y aun creo que mediaba palabra de matrimonio. Ello es que al llegar a Bilbao, donde residía la niña con unos tutores o no sé qué, resultó un gracioso paso de final de comedia. Entró D. Fernando, con no poca prisa, acompañando a las tropas vencedoras de la facción, y la primera noticia que tuvo de su ídolo fue que el día anterior se había casado con un primo, miliciano nacional y comerciante de quincalla. ¿Qué te parece? No sé si al caer el telón, después de este final, cogió a D. Fernando dentro o fuera del escenario. Creo que se quedó fuera, y ya me figuro su desairada y ridícula situación. ¡Vaya con la niña! Yo te aseguro que él no merece tan feo desaire, pues no hay otro más caballero y delicado. Por juicioso no le tengo; es de estos que con tanta lectura y la facilidad para discurrir, se llenan la cabeza de viento, y piensan y obran a la romántica, según ahora se dice. Pero con todo, no merecía ser plantado en forma tan villana.. Y ahora pensarás tú, como yo al enterarme de las calabazas de nuestro amigo, que el rechazo de este golpe ha de sernos desfavorable, porque, naturalmente, desairado el hombre y sin novia, libre ya de su compromiso, buscará en La Guardia el remedio de su tristeza y la sustitución de aquel amor perdido. Piensas eso y lo temes, ¿verdad? Yo también lo temí; pero recordando el carácter de D. Fernando se me ha quitado esta zozobra. Tanto José María como yo creemos que no es hombre el Sr. de Calpena que da fácilmente su brazo a torcer. No es pretendiente de oficio ni buscador de dotes, ni de estos que presentan ante una mujer como Demetria la cara enrojecida por el bofetón de otra mujer. No; el desairado amante no aportará más por aquí; se irá a su (p.4935) natural centro, que es Madrid, donde pocas personas tendrán conocimiento de su descalabro, y podrá dorarlo y desfigurarlo con una mano de romanticismo. Por todo lo cual, querida Juana, estimamos más favorable que adversa la livianísima conducta de esa inglesa-italiana que de un modo tan odioso ha burlado al buen caballero. ¿Nos dejará el campo libre? Así lo creo. Falta que nuestra adorada perla y mayorazga entre en razón, y nos rinda su arisca voluntad. Así lo pedimos a Dios en nuestras oraciones mi hermano y yo, confiando en que Su Divina Majestad no nos llevará de esta vida sin que veamos unidas las gloriosas casas de Idiáquez y Castro-Amézaga.

José María me encarga te exprese todos los rendimientos de su fineza y buena memoria, anunciándote que en cuanto le desaparezca el achaquillo de la mano derecha, escribirá largo al Sr. D. Rodrigo. A este darás de mi parte el abrazo más apretado que puedas.. Se me olvidaba decirte que sentiré mucho se confirmen tus temores respecto a tu desquiciado suegro, el pobre Don Beltrán. ¿Pero es cierto que su desatino ha llegado al extremo caso de abandonaros, escapándose como un colegial, y corriendo a tierra de Teruel en busca de dineros?.. Ya dije yo, cuando vino acá con vosotros, que el pobre señor no rige ya de la cabeza.. Que Dios le conserve y le guíe y le enriquezca, cosa esta última bien distante de lo posible.. ¡Siempre el mismo D. Beltrán, a quien viene bien llamar ahora el Grande por la enormidad de su desvarío! Os supongo disgustadísimos con esta chiquillada del viejo. Llevadlo con paciencia, y estad a las resultas, que bien podrían ser fatales. A Dios, amiga, que te me guarde cuanto deseo, -María.

P. D. -Abro esta para incluir otra novedad, calentita, de esta noche, y aquí la meto juntamente con la sospecha de que pueda tener alguna relación con nuestro asunto. En la tertulia de las niñas han hablado de un caso doloroso, en Madrid ocurrido días ha, y que no sé si ha venido en el descaro de los papeles o en la reserva de cartas particulares. Ello es que se ha suicidado, (p.4936) pegándose un tiro en la sien, un joven de talento y fama, por despecho amoroso, de la rabia que le dieron los desdenes de su amante, la cual es casada. Digo yo si será.. El nombre del criminal, ninguno de nuestros tertulianos acertó a decirlo; sólo aseguraron que era hombre de pluma y firmaba sus escritos con nombre supuesto; que figuraba entre los llamados románticos, y qué sé yo qué. No estoy bien segura de saber lo que significa esto del romanticismo, que ahora nos viene de extranjis, como han venido otras cosas que nos traen revueltos; pero entiendo que en ello hay violencia, acciones arrebatadas y palabras retorcidas. Ya vemos que es romántico el que se mata porque le deja la novia, o se le casa. El mundo está perdido, y España acabará de volverse loca si Dios no ataja estas guerras, que también me van pareciendo a mí algo románticas. Pues bueno: al oír la noticia, observé que Demetria palidecía, y en seguida me puse a atar cabitos. Nuestro sujeto es romántico, y sus ideas no van por lo corriente y natural, como nuestras ideas; nuestro sujeto debió de parar en Madrid de la carrera que tomó al recibir las calabazas; nuestro sujeto ha sido plantado por su novia, que le amó de soltera y le despreció casada; nuestro sujeto usaba también remoquete, pues nadie me quita de la cabeza que Calpena no es su verdadero nombre.. y en fin, corazonada, hija, corazonada. Veremos si acierto. También te aseguro que mientras ataba cabitos, mi sentimiento era muy vivo.. pues el sujeto, romanticismos aparte, es digno del mayor aprecio. No he podido dormir en toda la noche pensando en aquella hermosa vida cortada por sí propia en un arrebato. Si es, porque es, y si no, por quien sea, perdónele Dios, y ojalá entre el disparo y la muerte tuviera el pobrecito espacio para un soplo de arrepentimiento.. Vuelvo a cerrar esta, que ya vienen por ella los que han de llevármela bien segurita. Vive y manda.

 

Ep-26-II -

De la señora Marquesa de Sariñán a Doña María Tirgo

Cintruénigo 1º de Marzo.

Amada Mariquita: Por desgracia nuestra, de cosas muy (p.4937) diferentes de las que contiene tu carta tengo que hablarte en esta mía, que escribo en la mayor desolación. Si no ha llegado a vuestra noticia la grande novedad de acá, sabe que nuestro pobre D. Beltrán, arrastrado lejos de su casa por el desatino de su imaginación, ha tenido el triste fin que Dios reserva a los cortos de juicio y anchos de ambiciones. El infeliz anciano, que a nadie quería someterse, ha perecido en el primer tropiezo de sus descarriadas aventuras. Llegó sin novedad a Caspe, donde fue alojado por el amigo Don Blas; de allí se trasladó a la villa de Alcañiz; partió después en dirección desconocida, a pie, sin más compañía que la de uno de los chicos que llevó de aquí, y antes de que supiéramos el objeto que en tal correría le guiaba, hemos sabido que, cogido por los carlistas en las inmediaciones de un pueblo que llaman la Codoñera, fue llevado a Valderrobles, donde recibió bárbara muerte. Ya puedes figurarte nuestra consternación al tener conocimiento de esta tragedia, castigo superior a los yerros del primer noble de Aragón. Purificado por su martirio, Dios le habrá acogido en su santo seno. Era D. Beltrán quisquilloso y díscolo, y además el primer manirroto que se ha conocido desde Moncayo al Pirineo; mas no se le podían echar en cara bajas acciones. Teníamos nuestras disidencias, eso sí, por ser mi carácter totalmente distinto del suyo; reñíamos con más acritud que saña por la cosa más ligera; mas nuestras reyertas no tenían hiel; eran como un bromear algo vivo, y nada más. Él me llamaba a mí Doña Urraca, zahiriendo con este nombre mis hábitos de arreglo; yo le llamaba a él Don Gastón.. Pues me pesa, sí, pésame haberle dado este mote, que expresa nobleza y vicio de prodigalidad. ¡Pobre señor, pobre viejo.. y cómo se acordaría de la paz y el regalo de su casa; cómo nos echaría de menos en el desamparo, en las agonías de aquella muerte inicua! ¡Que mis lágrimas le hayan suavizado el camino para subir hasta la Bienaventuranza eterna; que Dios haya tenido en cuenta sus cualidades generosas, su (p.4938) hidalguía y demás prendas de caballero!

Pasados los primeros instantes de nuestro duelo angustioso, determinó Rodrigo que las exequias fueran solemnísimas y de nunca vista suntuosidad, como a tan esclarecido difunto correspondía. Ayudados por nuestro buen amigo y capellán el párroco de esta villa, que deploraba no tener a su disposición todo el golpe de clerecía que para el caso era menester, expedimos propios a Tarazona y Calahorra solicitando la asistencia de los excelentes amigos de la casa en aquellas insignes diócesis, y gracias a esto hemos tenido la satisfacción de ver en nuestra parroquial de San Juan veintitantos señores canónigos, abades y racioneros, sin contar con los cantores y músicos que reunimos, agregando a los de aquí los de la colegial del Santo Sepulcro de Tarazona. Con tal concurso de señores sacerdotes, ya puedes figurarte la magnificencia de las honras, y la edificación y devoción con que a ellas asistió todo el pueblo. Ofició el señor arcediano de Tarazona, D. Froilán Calixto, a quien conoces, asistido del doctor D. Juan Crisóstomo de Montestrueque, canónigo entero de la colegial de Borja, y D. Francisco Viruete, racionero medio de Calahorra. Entre los que concurrieron, citaré los más granados: el doctor D. Pedro de Clavería, abad del Burgo de Alfaro y canónigo entero patrimonial; el arcediano de Berberiego, D. Roque Tricio; D. Miguel de Paternina, vicario y teniente foráneo; D. Alonso de Herce, prior y canónigo medio de la colegial de Albelda; D. Ventura de Armañón, canónigo cuarto de frutos en la colegial de Nájera; el chantre de Tarazona, D. Juan Clúa; el provisor y vicario general, D. Francisco Tris; el prior del Santo Sepulcro de Jerusalén de Tarazona, y alguno más que se me olvida, de fijo, pues mi cabeza, como puedes suponer, con el barullo de estos días, no anda tan firme como yo quisiera. Tenemos la satisfacción de que no se han visto por acá funerales más lucidos; no los llevara mejores ni con más decoro de personal un infante de España, y si nuestro pobre Don Gastón los (p.4939) viese, él, tan amigo de la pompa en los actos públicos, habría quedado muy satisfecho. Por causa de sus achaques no pudo asistir el prelado de Tarazona; pero nos escribió una dulce y consoladora carta, que nos fue de grandísimo consuelo, por su ausencia. Nada quiero decirte de la hermosura y alteza del túmulo, ni de la prodigiosa cantidad de cera que en torno de él ardía, dándole apariencias de monte de plata y oro refulgente: en ello puso sus cinco sentidos nuestro buen párroco D. Mateo Palomar, que mandó construir la carpintería del catafalco, y colgó en ella los paños más ricos, con bordados y flecos, que facilitan las monjas de la Trinidad de esta villa. En fin, Mariquita mía, que todo se ha hecho noblemente, como nos correspondía, y Rodrigo y yo estamos muy aliviados de nuestra tristeza con la satisfacción de haber cumplido este deber, sin que nos duela el excesivo dispendio ante tan sagradas obligaciones. Rodrigo, que lleva cuenta minuciosa de todo, me ha dicho que sólo la traída de los cantores de Tarazona y el emolumento de los de aquí monta mil trescientos veintisiete reales.. A este respecto, figúrate lo demás.

Bien comprendes que no habré estado ociosa estos días, pues he tenido que poner mesa para todos los señores dignidades, canónigos y racioneros que han tenido la dignación de asistir a las honras. La víspera del ceremonial no pude sentarme en diez horas seguidas, y a mi servidumbre tuve que agregar tres mujeres de las más amañadas del pueblo. Ello había de ser de lo más opíparo, conforme al lustre y nombre de la casa, y más valía pecar por carta de más que por carta de menos. Ayer, al salir el sol, ya llevaban mis pobres huesos hora y media de trajín, y la función religiosa no pude gozarla entera, pues antes de que sonaran los piporrazos finales, tuve que venirme a casa con mi gente a dar los últimos toques a la mesa, puesta con la friolera de veintiséis cubiertos. Nada te digo de la mantelería, pues ya sabes que esta es mi pasión, y que gracias a Dios poseo y conservo piezas que no tienen que envidiar a las del palacio de (p.4940) un rey. De plata repujada, ostenté lo que Rodrigo y yo hemos logrado salvar de los derroches del pobrecito D. Gastón, a quien Dios perdone. Conservamos algunas piezas del riquísimo tesoro de la casa de Urdaneta, y todo lo mío, que no es poco. Grandes apuros pasé para presentar comida digna de tales personajes, y me vi y me deseé para reunir diez y siete pavos, adquiriendo todo lo que en estos contornos había. Pollos tuve bastantes con los de casa, pues de las echaduras del año pasado guardaba más de cincuenta; liebres y palomas encargué a Veruela, y de Borja me trajeron las riquísimas truchas. De bizcochadas y dulcería no me ha faltado lo mejor que hacen estas monjitas y los confiteros del pueblo. En fin, que creo no hemos quedado mal con estos reverendos señores, y a mi parecer, no se han ido pesarosos de haber tributado este homenaje a nuestra casa. Grandes elogios hicieron de mi mesa y cocina, así como de los ricos vinos blancos y del rancio de nuestras bodegas. A todos les probó muy bien, menos al licenciado Viruete, racionero medio de Calahorra, el cual, quizás por algún exceso en la comida, se sintió por la tarde sofocadísimo, y hubieron de llevarle a la botica, donde le aplicaron, para destupirle, los remedios del caso. El señor prior de Albelda, con quien hablamos de ti, me encargó mucho que te mandase memorias en mi primera carta: allá te van. Piensa ir a La Guardia antes de quince días: él te dirá si les tratamos como se merecían.

Y vamos a lo nuestro, aunque no me extenderé mucho, porque me llaman mis ocupaciones: el funeral y el convite me han dejado la casa muy revuelta, y primero que vuelva todo a su sitio han de pasar algunos días. Lo de las calabazas, por un lado me complace; por otro me apena. En ese descalabro de nuestro maldecido sujeto, veo la mano de la Providencia, que ha querido castigar con cruel desengaño al que a nosotros nos ocasionó turbación tristísima, que no merecíamos. La desavenencia que nosotros lloramos, págala él con creces, y con vergüenza y amarguras mayores que las nuestras. (p.4941) Que se fastidie, que se le lleven los demonios. Pero no participo de la candidez con que estimas favorables las calabazas. No, Mariquita, no: ese vendrá ahora contra la perla, haciéndose el inconsolable y buscando que ella le consuele; y la niña, con toda su bondad y dulzura, se os volverá romántica, o loca, que viene a ser lo mismo. Créelo: así será. Tú y D. José María sois muy angelicales, y todo lo veis por el lado risueño y feliz. Enteramente angelical es esa idea tuya de que D. Fernando nos va a dar el rasgo de ausentarse para siempre, extremando su delicadeza. No, hija, no: basta que sea romántico, para que proceda de un modo contrario a lo que piensas. Verás cómo trata de aplicar a su descalabradura el ungüento prodigioso de Castro-Amézaga, sabedor de que la niña lo administra bien y lo aumenta cada año.

Y a propósito de romanticismo, Mariquita mía, ¿estás en Babia? El que se ha suicidado en Madrid es Larra, un escritor satírico de tanto talento como mala intención, según dicen, que yo no lo he leído ni pienso leerlo. Las señoras, a sus quehaceres de casa, y si hay algún ratito libre, a buscar buenos ejemplos en el Año Cristiano. Déjame a mí de sátiras que no entiendo, y de literaturas, que siempre traen algún venenillo entre la hojarasca. Pues sí: ese desdichado firmaba sus escritos, que no sé si eran en prosa o en verso, con el apodo de Fígaro, nombre de un barbero que hubo en Sevilla, según me dice Rodrigo. Se mató por contrariados amores con una casada; ¡qué abominación!.. Mira: al leer esto, que no va con buena gramática, cuida de no confundirte: el que se pegó el tiro no fue el barbero, sino el satírico. Dios le haya perdonado.. Déjate de atar cabitos, que nada tiene que ver el muerto de allá con el calabaceado de Vizcaya.

Está de Dios que yo no acabe esta carta, pues al querer ponerle fin, se me ocurre decirte otra cosa, y ella es tal, que no la dejo, no, para otro día. Hoy hemos entrado Rodrigo y yo en el cerrado cuarto de D. Beltrán para hacer inventario de lo que allí guardaba el pobre viejo y poner mano en sus (p.4942) papeles. ¡Ay, Mariquita, qué cosas hemos encontrado en la caverna del primer noble de Aragón! Mi primer impulso fue entregar al Santo Oficio su colección de retratos de mujeres; pero hay entre ellos algunas miniaturas preciosas, y eso los ha salvado del auto que merecen. Siempre fue el arte abogado del maleficio. No pude resistir a la tentación de examinar algunos. La mayor parte representan hermosuras francesas o españolas afrancesadas del tiempo del Imperio, con aquellos trajes ceñidos, enseñando las carnazas del cuello, de los hombros y algo más.. ¡Hija, qué indecentes! Dice Rodrigo que son damas; pero yo digo que son otra cosa, porque en mi tiempo y en Aragón se vestían las señoras con cierto desavío parecido a la desnudez; pero la que era verdaderamente honesta se tapaba, sin estar por eso menos a la moda. Examinados los retratos, sacamos de las papeleras paquetes de cartas. Entre diversos legajos que no contienen nada de interés, hallamos el archivo de Satanás: cartas de enamoradas, de seducidas, de amigas confianzudas, de bribonas que se titulaban amigas. ¡Qué horror! Muchos de estos documentos históricos están en francés. Propuse quemarlo todo; pero Rodrigo defendió la conservación del archivo con argumentos tan juiciosos, que logró convencerme. Dice que entre aquellos papeles los hay de gran interés para los que coleccionan autógrafos, o para los que allegan datos personales con que escribir la historia. Total: que en París o Londres, y en Madrid mismo, hay quien paga en buena moneda las cartas de celebridades, ya sean de monsiures, ya de madamas notadas por su belleza. ¡Sabe Dios lo que podrá valer el archivo del pobre D. Gastón, que además de lo que te digo, contiene esquelas y aun largas epístolas de hombres que han dado mucho que hablar! ¡Figúrate que hay un billetito de convite firmado Bonaparte! Del Vizconde de Chateaubriand vi algunos pliegos, y de una que llamaban Madama Recamier, o cosa así, de Talleyrand, del Príncipe de.. ea, no sé escribirlo.. En fin, hasta de cardenales (p.4943) tenía cartas mi suegro; dos de ese Lamartine, tres de un cómico a quien llamaban Talma y una de lord Vellinton.

Por último, la emprendimos con los libros, en grandísimo número, algunos muy buenos, superiores, de historia y letras profanas, otros endemoniados, novelas, artes de amor, aventuras galantes, escenas picarescas, broza, hija, materia infernal que yo habría condenado a la hoguera; pero Rodrigo no está por quemar nada, pues, según dice, el libro que no es valioso por su contenido, lo es quizás por el lujo y la rareza de la edición. Consérvese, pues, todito, y archívese y catalóguese.

¡Y ahora resulta que quien no deja a sus herederos ni especie metálica ni bienes raíces, les beneficia con el propio matalotaje de sus hábitos viciosos! ¡Hija, la Providencia..! Libros devotos de los mejores poseía también; pero de poco le sirvieron para mejorar de costumbres, porque nunca los leía ni por el forro. Dios le haya perdonado. Sin duda le habrá valido su buen corazón, que en verdad lo tenía excelente, excelentísimo, y debemos creer que sus frivolidades y falta de celo no serán parte a privarle de la eterna gloria que con alma y vida le deseo. Que tú y José María me le encomendéis y recéis por él. De todos los que nos honran con su amistad esperamos el mismo favor.

A mis niñas les dirás que sigo enfadada, muy enfadada; pero que no las quiero mal. Deseo vivir mucho para ver por mis propios ojos la felicidad que encontrará Demetria fuera de la que nosotras le hemos propuesto y ha menospreciado. Que me escribas pronto todo lo que ocurra. Dios te me guarde y prospere como ha menester tu amante amiga, -Juana Teresa.

 

Ep-26-III -

De D. José María de Navarridas al Excmo. Sr. Marqués de Sariñá

La Guardia, 16 de Marzo.

Ilustre amigo y dueño mío: ¡Que no fuera este papel ave ligerísima, que de un vuelo llegase a las nobles manos de usted, y con ella mi alegría, mi felicitación, mis gritos de júbilo! Pero no, no seré yo el primero que a Cintruénigo comunique la fausta nueva, pues ya por diferentes conductos sabrán (p.4944) ustedes que nuestro D. Beltrán vive, que fue mentirosa la noticia de su fusilamiento. Acábese el duelo; huya la tristeza de la ilustre morada, y las campanas que días ha sonaron con fúnebre clamor, repiquen ahora con toque de triunfo y alborozo. ¡Ay, qué alegría tan grande, mi Sr. D. Rodrigo! ¡Mi señora Doña Juana Teresa, yo estoy loco de contento!.. Abrácenme ustedes, abracémonos todos en espíritu, ya que a tan larga distancia no podemos hacerlo corpóreamente, y juntemos y confundamos nuestro gozo en una sola exclamación: «¡Ay, qué felicidad!..». Ha deshecho la impostura mi amigo y ahijado Nicasio Pulpis, de quien acabo de recibir carta en que me notifica el falso rumor de la muerte de Don Beltrán en la Codoñera, agregando que fue equivocación o trastrueque de nombres. Bueno y sano estaba el prócer en Utiel y muy considerado de Cabrera, que le sentaba todos los días a su mesa y no hacía nada sin consultarle. Incluyo la carta de Pulpis para que ustedes gocen en su lectura y lloren sobre ella de alegría, como he llorado yo. Esta resurrección de nuestro anciano viene a confirmar la idea que con tanta gracia como tesón solía manifestar, y era que él tenía hecha la contrata o asiento de un siglo de vida, y que, por tanto, lleva forrado el cuerpo con una costra de confianza que no traspasan balas ni epidemias. El cólera le mira con miedo, y la muerte vuelve la vista cuando a su lado pasa. ¡Viva, pues, D. Beltrán, y viva con su pepita, con los defectillos y púas de su carácter, los cuales no empecen para que le admiremos y le queramos todos! Bien sé que ustedes le adoran. ¿Cómo no, si es tan bueno, aunque pródigo? Y mi Sr. Don Rodrigo, penetrándose bien de la lección que nos dio Nuestro Divino Maestro en su admirable parábola, dirá: «Traed un ternero cebado, y matadlo y comamos, porque este mi abuelo era muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido hallado».

Ya sabrán ustedes que el día 6 le hice mi funeral, todo lo que aquí puede hacerse, y entre los coadjutores y yo le hemos aplicado como unas nueve misas. Nada (p.4945) de esto vale. Mejor. Dios quiere que el Sr. D. Beltrán el Grande nos entierre a todos.. Cedo pluma y papel a mi señora hermana, que me da prisa para tomar su vez en la demostración de nuestro júbilo por el feliz suceso. Vivan todos mil años, repite, besando las manos de usted, su muy obligado servidor y capellán, -José M. de Navarridas.

 

Ep-26-IV -

De Doña María Tirgo a su amiga Doña Juana Teresa. -(Incluida en la anterior)

Hoy, lunes 16.

Ya decía yo, mi amante amiga, que os habíais corrido con harta precipitación a celebrar el funeral, dando por verdaderas las primeras noticias que recibisteis. Os movió a ello sin duda vuestra gran piedad y el deseo de ayudar al buen viejo, con vuestro sufragio, en la reparación de su alma. No necesito decirte cuánto nos hemos alegrado de que viva el noble señor, y de que aún tengáis que sufrir alguna de sus impertinencias, propias de la edad. Mil y mil felicitaciones, amados Juana y Rodrigo, por la vuelta del pródigo D. Gastón. Pero se me ocurre que si continúa tu suegro en lo que llaman el teatro de la guerra.. que teatro había de ser para mayor perversión.. no esté su vida muy segura, pues allí fusilan a cada triquitraque, y a muerte natural le exponen además sus años cansados y las penalidades, ajetreos y hambres que ha de sufrir. Manda, pues, que se conserve todo lo que se preparó para las frustradas honras, catafalco, blandones y demás, y si por desgracia viniese con veras lo que antes vino con engaño, cumples disponiendo un ceremonial decoroso y modestito, evitando esa traída de señores eclesiásticos, buena cosa para una vez, como demostración de la nobleza y poderío de tu ilustre casa.

Las niñas me encargan os exprese su alegría por esta felicidad de la resurrección del caballero. Las pobrecitas lloraron por su falsa muerte, y ahora no caben en sí de satisfacción: le querían, le quieren; se encantaban oyéndole cuando aquí estuvo con vosotros, y celebraban el recreo y finura de su conversación y su especialísimo donaire para obsequiar a las damas, cualidad en que (p.4946) nadie le iguala debajo del sol. «¡Viva Don Beltrán! -clamaban Demetria y Gracia batiendo palmas-. Quisiéramos tenerle aquí para darle las dos a un tiempo, cada una por su lado, un abrazo apretadísimo».

Y paso a nuestro asunto. Sabrás, mi buena Juanita, que el pájaro, o llámese sujeto, ha parecido. No es que esté aquí, ¡Jesús! Por acá no ha venido, ni creo que venga; pero sabemos dónde está. Después de muchas vueltas de un punto a otro de Vizcaya, buscando en quién descargar su cólera por el chasco sufrido, ha ido a parar, ¿a dónde creerás? a Villarcayo. Allí le tienes hospedado tranquilamente en la casa de tu cuñada Valvanera. No es mal sitio para reposar de tantas fatigas y digerir las enormísimas calabazas. Pues de su presencia y descanso en tierra de Mena tenemos noticia por Sabas, un criado de casa que se llevó de escudero; y aunque todavía sigue a su servicio, ha venido a ver a su madre enferma y sacramentada. Una cosa rarísima, querida Juana: Sabas no ha traído carta del sujeto para las niñas ni para nadie de esta familia. Cuenta que tan sólo le encargó dar a todos las más finas expresiones. Mi hermano, muy contento de saber que vive y está bueno D. Fernando, ha dado en la tecla de escribirle pidiéndole noticias de su vida y milagros en todo este tiempo. Ya he dicho a José María que, persistiendo en nuestra buena memoria del Sr. de Calpena, por el servicio que prestó a las niñas sacándolas de Oñate, debemos abstenernos de entrar ahora con él en relación de cartitas y bobadas, pues ya cumplimos con lo que nos mandaba nuestro agradecimiento. Que en esto del daca y toma de cartas, se sabe dónde se empieza y no dónde se concluye; y hasta podría ser que se nos plantara aquí y no tuviéramos más remedio que alojarle en casa de las niñas o en la nuestra. No, no: bien se está San Pedro.. en Villarcayo. Te pasmarás si te digo que tratando ayer en la mesa de este punto grave, de si convenía o no escribirle, y manifestándonos José María y yo de contrapuestos pareceres, Demetria apoyó mi opinión. A esta niña no la entiende (p.4947) nadie.

Tienes razón: he sido una simple al querer atar el cabo de la muerte del satírico madrileño con este otro cabo suelto de acá. Creía yo que las mismas causas podían dar los mismos efectos; pero mirándolo bien, hay menos semejanza entre los dos de lo que a mí me parecía. El de Madrid usaba, en efecto, nombre de un barbero para firmar sus romanticismos prosaicos. Demetria, que conserva todos los libros de la biblioteca de su pobre padre, a quien en otra forma mató el romanticismo, ¡Dios le tenga en su santa gloria! está muy enterada de todo esto, y dice que el difunto suicida era un hombre que con su propio pensamiento, como la cicuta, se amargaba y envenenaba la vida. A este propósito mostró Demetria un libro ya por ella leído, y que pensaba leer de nuevo, en que otro romántico de los más gordos pone el ejemplo del enamorado que se mata por tener la novia casada. Llámase Las cuitas del joven Uberte, o cosa así, y ello es una historia muy sentimental y triste, porque el hombre no se conforma con su suerte, y está siempre buscándole tres pies al gato, hasta que le da la idea negra de pegarse un tiro, lo cual debo condenar por garrafal tontería, a más de condenarlo por pecado execrable. ¡Vaya unas abominaciones que se escriben! Tu suegro debió de conocer al autor de este libro, un tudesco de nombre muy atravesado, que parece vizcaíno, así como Goiti o Goitia. Entiendo yo que Demetria ve más emparentado al D. Fernando con el personaje de esta historia, fingida o real, que con el melancólico y desesperado muerto de Madrid. Ella no dice nada; pero se lo conozco, y me da mala espina esta afición que ha sacado ahora por la literatura, prefiriendo la sentimental y de lloriqueos, tristezas y desastres, pues no sólo anda resobando al tal Uberte o Güerter, sino también a otros libros y novelas de amores contrariados, siendo más extraña esta afición, cuanto que siempre fue perezosa para toda frivolidad. Ahora la ves agrandando cada día los ratitos perdidos, o sea los que consagra a este entretenimiento de los libros, que me parecen son prohibidos, (p.4948) si bien entiendo que por dañosos que sean no han de causar malicia en entendimiento tan claro y voluntad tan sana como la suya. Las de Álava le han traído una historia escrita por ese que se mató, y que se titula El Doncel de no sé qué Rey, y otra de un autor escocés que tú conocerás; yo no acierto a escribir su nombre. Estaré con cien ojos, a ver en qué paran estas lecturas. A Dios, que te me guarde muchos años. -María.

 

Ep-26-V -

De Fernando Calpena a D. Pedro Hillo, presbítero

Villarcayo, 28 de Febrero.

Aquí me tienes, ¡oh insigne Mentor y capellán mío! aquí está tu Fernandito, que determinado ya, por el rigor de sus desdichas, a no tener voluntad propia, abraza la orden de la obediencia, y se convierte en materia pasiva a quien gobiernan superiores, indiscutibles voluntades. Quien manda, manda. Mi supremo tirano (cuyas manos mil veces beso) dice: «que vaya el niño a Villarcayo». Pues ya tienes al niño camino de la villa menesa. «Que se aloje el chiquitín en casa de Maltrana, donde será bien recibido y agasajado». Pues aquí está gustando las delicias de una hospitalidad amorosa. Hoy no tiene tu discípulo más goce que renunciar a todos los que de su propia iniciativa pudiera esperar, ni más orgullo que la humildad, ni más albedrío que el no tenerlo, ni más independencia que la absoluta sumisión al gusto y ordenanzas de los que quieren, y por lo visto deben mandar en él. Cuando un hombre se equivoca en el grado de mis equivocaciones; cuando las propias iniciativas salen de tal modo frustradas, justo es que imponga a su torpe voluntad esta penitencia de la radical anulación.

Sí, sí, mi amado sacerdote; esta bribona de mi voluntad ha de pagarme la que me ha hecho: condenada la tengo a desempeñar por ahora en mi vida un papel semejante al de los diputados que no dicen más que sí y no, según las órdenes del Gobierno. Y que no me va mal, gracias a Dios, en el nuevo régimen de mi pasividad o vida boba, pues en este Limbo en donde la autoridad me confina, estoy a qué quieres boca, tan mimadito y agasajado, que sería yo (p.4949) la misma ingratitud si me quejara.

¿Y ahora sales, ¡oh amigo maleante! con la gaita de que te cuente los pormenores de mi atroz caída y de la catástrofe de mis ilusiones? Francamente, me encuentro muy tranquilo en este descanso, y no me hace maldita gracia volver sobre sucesos que más son para olvidados que para referidos. Aún no se ha disipado la turbación que en mi alma produjeron, ni el despecho rencoroso, ni la vergüenza, que vergüenza he sentido y siento de tan inaudito desaire. ¿Pero tú qué entiendes de estas cosas, hombre solitario, apartado por tu ministerio de la mala compañía de las pasiones? Si en ello insistes, y a todo trance quieres que yo mismo te pinte mi caricatura, lo haré; mas deja que mi espíritu se sosiegue, y que mi amor propio se cure sus heridas, ya que va mejorando de las magulladuras y cardenales. Conténtate en estos días con lo que desde Balmaseda te escribí, dándote la triste síntesis del desenlace de mi drama, el cual habrá silbado, porque lo merece, como final sin lucha, sin solución ni catástrofe, terminado en las tablas por un monólogo de desesperación, mientras dentro suenan voces y cantorrios de epitalamio.. Ya habrás comprendido que no me pegué el tiro mortal ni tuve intención de ello.. Y a propósito, hombre: cuéntame lo del pobre Larra. Algo más habrá de lo que se dice por aquí. ¿Fue por la de C..? Y en el entierro, ¿qué? ¿Fuiste tú? Mándame los versos de ese nuevo poeta.

Quedamos en que mi tristísimo y pedestre desenlace se guarda, por ahora, inédito. Ya me lo he silbado yo. Guarda tus pitos para mejor ocasión. Y porque no te quejes de mí, satisfaré tu curiosidad, más de monja que de clérigo, dándote noticias de la hidalga familia en cuyo seno he rendido mi voluntad, obediente al supremo mandato.

Al ir hacia Bilbao.. y más me hubiera valido meterme en el mismo Averno, hice conocimiento con esta noble familia. Llevome a su casa de Medina de Pomar el papá de la señora, D. Beltrán de Urdaneta, cuya interesantísima figura histórica y social te describí ligeramente en mi (p.4950) primera carta de Balmaseda. Obsequiado fuí entonces por el señor Maltrana y su esposa, moviéndoles a ello el cariño que me tomó el primer caballero de Aragón, a quien entré por el ojo derecho; pero mayores han sido ahora los agasajos, sin que pueda de tales extremos darme explicación: para encontrar alguna, tengo que recurrir al misterio que me rodea desde que entré en ese Madrid de mis pecados. Me han tomado por su cuenta las hadas, y pienso que las de Madrid tienen buenos compinches en las de Villarcayo. Mientras llega la ocasión de confirmar mi sospecha, soñemos, alma, soñemos.

Bueno. Sabrás que el Sr. D. Juan Antonio de Maltrana es un buen caballero, no del cuño histórico de D. Beltrán, sino de esta nueva caballería que se va creando ante nuestros ojos, transacción del rancio españolismo con las novedades del pensamiento francés. Liberal templado, adora el justo medio; detesta por igual el absolutismo y las revoluciones; cree que por componendas se obtendrá la paz de los espíritus y el bienestar de los pueblos; que debemos buscar el compadrazgo de la religión y la filosofía, de la libertad y la autoridad; y para que todo sea bienandanza, la reconciliación del romanticismo con el clasicismo dará los mejores frutos del arte. Hombre rico, espera que salgan a la venta los grandes predios que fueron de monacales para comprarlos. Entrevé el desarrollo de la riqueza, la asociación industrial, las máquinas agrícolas, el papel moneda, y otras muchas cosas que aguardan el último tiro de la guerra para pasar el Pirineo. Sus ideas no son luminosas, son propiamente sensatas, producto de la fácil asimilación, que no es lo mismo que el estudio. Su palabra es fácil, gramatical, opaca, comedida en las disputas; su elocuencia propiamente ilustrada, muy propia para unos tiempos en que la política es el arte de un conversar ameno sobre todas las cuestiones. Desea el hombre ser diputado, y lo será; y si no se planta en los primeros puestos, tampoco se quedará en los últimos. Para dártele a conocer físicamente, te diré que se (p.4951) parece bastante a Salustiano Olózaga, pero con más años: la misma hermosura de ojos; talla y aire majestuosos, cierta presunción o contento de sí mismo, don de gentes, cortesía exquisita.

De su mujer te diré que sin ser muy hermosa que digamos, cautiva más que si lo fuera, por su gracia, su afabilidad, su señorío, maravillosamente fundido con la llaneza. Como no la conoces, amado clérigo, no has visto la encarnación del buen gusto: eso es Valvanera, el buen gusto convertido en mujer, digo, en señora, pues no hay otra que mejor merezca tal nombre. Hasta en los actos más insignificantes se revela su cualidad suprema, el don de la forma. Me encanta verla dar de comer a sus hijos pequeños; si la oyes reñir a su criado, quisieras ser tú el reñido; y si por algo te reprende, no tienes más remedio que darle las gracias. Creerás que es una señora de pueblo, de esas que a la ranciedad de la nobleza y de las costumbres unen la tosquedad que da el vivir constante en villas de corto vecindario. Pues te equivocas: nacida en noble cuna, educada en los mejores colegios de Francia, Valvanera es verdadera castellana en el sentido feudal de este término; verás en ella el aire campesino y la singular majestad que dan la cuna y la educación esmeradísima. Doce años hace que vive aquí. No echa de menos el bullicio de Madrid ni la elegancia parisiense; adora la residencia obscura donde ha criado a sus hijos, y comparte con su marido el gobierno de una inmensa propiedad. Suelen bajar a Burgos por temporadas, y a Bilbao algún verano. Viven como príncipes; se sienten superiores a los que gastan su existencia y sus riquezas en las grandes ciudades, con escaso provecho del espíritu y fugaces placeres. Esta nobleza campesina se va concluyendo, mi querido Hillo, por la concentración de las principales familias en las llamadas cortes. Permanecen desperdigados en las villas algunos hidalgos adheridos al terruño, tan ordinarios ellos como sus esposas, atacados ya de la nostalgia de los centros populosos. El día en que se queden solos en el campo los pobres (p.4952) colonos y cultivadores de la tierra, vendrá la consunción nacional. Por esto admiro a Valvanera, que, notando en su esposo cierta tendencia centrípeta, trata de retenerle; ella es centrífuga, un tanto melancólica por la influencia de las soledades agrestes. Te aseguro que yo también me voy volviendo centrífugo. Por de pronto me hallo muy bien aquí, y bendigo la mano que me ha confinado en este dulce presidio.

Bueno, bueno, mi querido Hillo.. ¿de qué estábamos hablando? ¡Ah! ya me acuerdo: de que me gusta el sosiego campestre, esta vida de chateau, esta aristocracia labradora, a la extranjera, porque, pásmate, el vivir un noble en sus propiedades rurales ha venido a ser rareza exótica y hurañía extravagante.. Paréceme que al llegar aquí dirás que me estoy poniendo enfadoso con esta novísima postura, que creerás afectada, como entusiasmo caprichoso semejante al furor de las modas. Piensas que distraigo mi hastío aficionándome a lo que en elegancias se llama la última. No, hijo, no: es viejo en mí el gusto de la nobleza campesina, una de las hermosuras que vamos perdiendo, para convertirnos todos en desabridos señoretes de la Corte. Pero no sigo, no. Te veo haciendo guiños, deseoso de que te hable de cosas más gratas, y a ello voy, clérigo; aguarda un momento. Conociendo tus aficiones, te pongo delante a las dos niñas de Maltrana, Nicolasa y Pepita, tiernas y lánguidas como a ti te gustan; desaplicadas, para que sus encantos sean mayores; rebeldes a la educación clásica; la una de diez y seis años, de catorce la otra; inflamadas ambas en el santo horror de la Gramática y de la Aritmética; delirantes por el baile, por las comedias, que apenas han visto; por la sociedad, que desconocen, pues sus iguales no existen por acá; inocentes aún y cerradas a toda malicia, ¡Dios así las conserve!; obedientes a sus padres y de correctísima crianza moral; bonitas, algo traviesas y juguetonas, y no las llamo ángeles porque desconfío de los ángeles terrestres, y cuando veo alguna niña con alas, digo como el loco: «Guarda, (p.4953) que es podenco».

Han hecho los Maltranas cuanto en lo humano cabe para dar a sus niñas, en la estrechez de esta vida rústica, la educación que a su clase corresponde. Un aya francesa las acompaña constantemente y les enseña idiomas y el código de las etiquetas sociales; un preceptor les llena la cabeza de principios científicos y de conocimientos históricos; un maestro de música traído de Zaragoza, y otro de baile que de Bilbao viene por temporadas, las instruyen en las artes llamadas de adorno; y con esto y el cuidado de su buena madre, serán dos mujercitas bien dispuestas para la vida en altas esferas. ¿Cuál será su suerte? Presumo que no ha de ser buena, y me contrista verlas tan gozosas de la vida presente, desconociendo la verdad de la humana desdicha. Las casarán con mayorazgos de campo, con militaritos bien apadrinados que lleguen pronto a generales, quizás con algún título de Madrid, y en cualquiera de estas posiciones serán desgraciadas, contribuyendo a ello su educación misma, que les abre los ojos a toda la miseria y podredumbre del cuerpo social. ¡Venturosos los ignorantes, los que se mantienen del fruto que arrancan de la tierra o que extraen del mar! Sí, sí: estoy pesimista, mejor dicho, lo soy, y todo lo veo negro, no porque finjan caprichosamente la negrura mis ojos turbados, sino porque lo es. Sí, querido capellán, todo es del color de tu sotana, y lo poquito que colorea y fulgura imita el viso de ala de mosca que tienes en ella.

Mayor tristeza me dan las niñas de Maltrana cuando considero lo endeble de su salud. Azarosa es la vida de sus padres, que si las oyen toser se echan a temblar, y a cada instante les mandan sacar la lengua. Probablemente morirán en el paso peligroso de los diez y ocho a los veinte años. Sí, hombre, se mueren: no lo dudes, ni alardees de una confianza basada en ñoñerías religiosas. Y si quieres que te diga una barbaridad, te la digo. Si se van, como creo, se libran del sufrimiento humano, y eso van ganando. Habrán vivido tan sólo en la época feliz, o que lo sería sin el (p.4954) martirio de las lecciones y del odiado estudio, que no ha de servirles para nada. Figúrate el jugo que sacarán en la otra vida de sus conocimientos gramaticales de acá. ¡Tanto mortificarse por conjugar, por construir las oraciones, por escribir correctamente la ge y la jota! ¿Pues y las nociones geográficas? ¡Qué les importará de nuestras pobres penínsulas, de nuestros ríos y continentes, de si Prusia linda con la Polonia o con las Batuecas! No, no creo que nuestras sabidurías permanezcan allá, pues la Muerte no sería, como dicen, dulce amiga, si al caer en sus brazos no saliera de nuestros cerebros todo este serrín que nos metéis a la fuerza los profesores, amenazándonos con el infierno de la ignorancia, el cual tengo yo por un bonito y cómodo infierno.

Vuelvo a mi asunto para decirte que mi temor de la desgracia de estas niñas no es infundado. El hijo mayor de Maltrana murió tísico en Madrid hace tres años, contando diez y siete, y aquí tienes explicado el aborrecimiento de Valvanera a esa Villa y Corte. Los otros hijos son tres, varones y pequeñuelos, el mayor de diez años, el chiquitín de cinco. Su raquitismo, malamente combatido con la vida del campo, con los continuos paseos, el estudio y cuidado que en alimentarles se emplea, es el tormento de sus padres. Son inteligentes, muy desarrollados de cerebro, zanquilargos, flacuchos, y tan propensos a los enfriamientos, que es gran felicidad que no estén constipados. Siento una pena indecible ante estas tres criaturas: en sus rostros, como en los de sus hermanitas, veo la fúnebre sentencia, que les condena a seguir los pasos precoces del primogénito hacia un mundo que llamamos mejor antes de conocerlo. Yo tengo mis dudas; sólo afirmo que peor que este no puede ser.. Pues para mí no hay mayor confusión que esta descendencia menguada y enfermiza, siendo Maltrana un hombrachón vigoroso, que se precia de no haber padecido en su vida ni un dolor de cabeza, y Valvanera una mujer saludable y fuerte, aunque algo seca de carnes. Será una manifestación aislada, como (p.4955) otras mil que vemos, del cansancio y pesimismo de la raza española, que indómita en su decadencia, dice: «Antes que me conquiste el extranjero, quiero morirme. Me acabaré, en parte por consunción, en parte suicidándome con la espada siniestra de las guerras civiles». Si tuviéramos buenas estadísticas, se vería que ahora muere más juventud que antes. ¿Y qué me dices de la facilidad con que los chicos y chicas que han sufrido algún desengaño siguen las huellas del joven Werther? ¿Pues y la guerra civil, esta sangría continua, esta prisa que se dan unos y otros a fusilar rehenes y prisioneros, como si cobraran de la tierra o del negro abismo un tanto por cadáver? ¿No es esto, en la vida española, una instintiva querencia del aniquilamiento? No te rías.. Yo aplico mi oreja a la raza, y la oigo decir: «Puesto que ya no sirvo para nada, quiero darme a la tierra». Si no piensas como yo, no me importa, ignaro capellán.

Pues sabrás que las niñas de Maltrana, a quienes sus padres no niegan ningún esparcimiento de buen gusto, han dado ahora en la flor de representar en casa una comedia o drama, distribuyéndonos los papeles entre todos, según las aptitudes escénicas de cada uno. Se me ha encargado de dirigir la construcción del teatro en la más grande pieza de la casa, y asistido de un carpintero y pintor de brocha gorda, daré hoy comienzo a mi tarea de armar bastidores y el tablado, y la batería de luces, y todo lo demás que constituye una perfecta escena. La obra elegida por las niñas es El Trovador, ¡ay de mí! Están locas con ese drama. Lo han leído no sé cuántas veces, y se lo saben de memoria. De Nicolasa, me ha dicho su madre que se despierta a media noche declamando con sonora entonación los famosos versos del ensueño. Lo terrible es que se empeñan en que yo he de hacer el Manrique, creyendo que en este papel dejaré tamañito a Carlos Latorre. No sé cómo salir de paso. Trato de quitarles de la cabeza la idea de estrenarnos con obra tan difícil; no me llega la camisa al cuerpo pensando que tengo yo que salir vestido de trovadorcito, con mi laúd y todo, y (p.4956) soltar la andanada:

En una noche plácida y tranquila

que recuerdo, Leonor: nunca se aparta

de aquí, del corazón: la luna hería

con moribunda luz tu frente hermosa,

y de la noche el aura silenciosa

nuestros supiros tiernos confundía.

No, no me llama Dios por ese camino: lo haré muy mal. Ya les he dicho que debemos elegir El sí de las niñas, y Maltrana y Valvanera me apoyan en este juicioso consejo. Pero las chiquillas no conocen la obra, y, por más que les explico el argumento, no se dan a partido. No sienten la sencillez ni la prosa en el teatro, que para ellas, o es verso patético o no es tal teatro. Desgraciadamente no he podido encontrar ningún ejemplar de la comedia, aunque para ello hemos revuelto todo Villarcayo. Se pidió a Bilbao, y contestaron que ningún despacho de libros lo tiene. Espero que nos lo facilitará un amigo de Medina de Pomar, moratinista furibundo. Si lo encuentro, haré los imposibles por convencer a las niñas, enseñando a la más pequeña el papel de Paquita, y a la mayor el de Doña Irene. Yo seré el Don Diego; es mi papel.. Pues te aseguro que lo haré con gusto, y aun que lo haré bien. Hay dentro de mí mucho que ha envejecido. Me siento Don Diego.. Pero en este instante, ¡oh mi dulce mentor! lo que prevalece en mí, ahogando todo sentimiento y toda idea, es un sueño intensísimo. Obediente a la naturaleza, pongo fin a esta carta deseándote lo que no tiene tu triste. -Telémaco.

 

Ep-26-VI -

Del mismo al mismo

Sin fecha.

Hoy, cuando más contentos estábamos armando bastidores, y vigilando las copias de El sí de las niñas, que al fin he impuesto a mis discípulas del arte escénico, llamaron con recio golpe al portalón de esta casa palacio. Era un huésped fúnebre, la nueva tristísima de la muerte de D. Beltrán de Urdaneta en el Maestrazgo. ¡Y qué desastroso fin el del noble y simpático viejo! No te quiero decir la que se armó aquí. Valvanera cayó con un síncope, y las niñas, afectadas de súbita pena y de cierto terror, sufrieron desmayos de menor cuantía, que afortunadamente fueron de corta duración. (p.4957) Todo lo tienes ya revuelto en la casa, suspendidos los trabajos de arquitectura teatral y de estudio de papeles, la vida de todos amargada y descompuesta, los pequeños recaídos en sus enfermedades, un trasiego continuo de medicinas de la botica a la casa, alteradas las horas de comida y cena, y sobre esto el chaparrón de visitas de pésame. Maltrana y yo hemos tenido que vernos enfrente de innumerables caras compungidas, de levitones negros, y de manos que se llevaban el pañuelo a los ojos. Me ha causado inmensa pena el fin desgraciado del gran prócer y libertino, que no se decidía, no, a una jubilación honrosa. Ha sido preciso que le fusilen para hacerle soltar el papel de caballero pródigo, de viejo galán incorregible. Le quería yo de veras, y él a mí mucho más de lo que merezco. Me tomó un afecto semejante al tuyo; fue también mi Mentor, y me dio consejos sapientísimos que no seguí. ¡Pobre D. Beltrán! Gozó setenta y ocho años de vida. Lástima que no haya dejado Memorias escritas, que serían el más ameno libro del mundo: infinitos ejemplos que no te digo sean ejemplares, pero sí divertidísimos, rebosantes de humanidad, de gracia, de aroma de flores, de incienso cithereo.. no sigo, por no enfadarte..

Hoy estoy de malas. La murria, que había conseguido disipar dejándome querer de esta noble familia, ha vuelto a meterse en mí, negra, sofocante. La noble familia, más atenta a su dolor que al mío, me deja solo, y caigo otra vez en la cavilación tétrica que me caldea los sesos. ¿Querrás creer, mi buen amigo, que a la hora presente no he podido dilucidar el punto más obscuro de aquel desenlace funestísimo? Todavía ignoro si la traición fue consumada por la propia voluntad de la persona en quien creía yo como en Dios, o si debo ver en ello una tenebrosa conjura doméstica seguida de catástrofe, en la cual hay dos víctimas: ella y yo. No es la primera vez que ocurren estas coacciones monstruosas, confabulándose diversas personas para someter el albedrío de un ser débil, sin escatimar ningún medio: la mentira, el terror, las (p.4958) promesas falaces.. Esta idea me hace llevadera mi desdicha. Pensando constantemente en ello, reconstruyo con segura lógica el plan y conducta de los Arratias: les veo desarrollando su odiosa maquinación con astucia mercantil, tan parecida a la diplomática. Maestros en el engaño, ávidos de absorber el patrimonio de Aura para restaurar su decaído crédito comercial, basan su horrible intriga en la impostura de mi muerte, que ellos propalan y atestiguan no sé por qué procederes indignos. Conseguido el objeto capital de mandarme al otro mundo, prosiguen en éste su designio, ejerciendo sobre la desgraciada niña una sugestión infame. Imagino mil modos y estilos de engañarla, a cuál más extravagante y malicioso. No te los refiero, porque te horripilaría la fecundidad de mi entendimiento para estas hipótesis de la humana perfidia. Prefieres, sin duda, que me atenga a los hechos, a lo que me ha pasado, a lo que he visto, a lo que me han dicho, y así lo haré, aprovechando este anhelo de confidencia que ahora siento en mí. Desde aquel tremendo día me ha repugnado hablar de mi caída sin dignidad, de mi tragedia sorda, desairada, enteramente circunscrita a la escena del alma, sin ruido, sin armas, sin gloria. Ni el placer muscular de la lucha, ni el goce amarguísimo de manifestar con violencia la ira, ni el desahogo de la venganza; nada, mi querido Hillo. Ha sido una originalidad artística que jamás pude soñar: la terminación de un drama por el vacío, introduciendo la humana pasión en la máquina neumática y asfixiándola inicua y estúpidamente.

¡Mi entrada en Bilbao, mi aparición en la casa fatal! ¿Quieres saberla? En Portugalete, un anónimo me anticipó la verdad terrible. Alguien debió de prevenir a los Arratias de mi llegada, porque huyeron, y cuando llamé a la casa no había en ella más que una criada anciana que me saludó por mi nombre antes de que yo se lo dijera. A mis preguntas respondió empujándome suavemente hacia la puerta de la tienda: «Los señores se han ido.. Casaron ayer.. Si quiere saber más, avístese con D. Apolinar». Y (p.4959) me dio las señas. Salí furioso del local obscuro, lleno de clavazón y rollos de cabos, apestando a brea, y, en medio del delirio con que aclamaba el pueblo mártir a su libertador, emprendí mi Via crucis por calles jamás por mí pisadas, buscando al clérigo que debía darme la clave de aquel nuevo misterio de mi existencia. No podría lanzarme en peor ocasión a la cacería de un sujeto desconocido, en un pueblo que yo veía por primera vez, entre aquel remolino de entusiasmo, forcejeando con el oleaje de un vecindario loco que invadía las calles. Las canciones patrióticas retumbaban en mi cerebro como un eco de las tempestades de la noche de Luchana. Gracias a Pedro Pascual Uhagón, cuyo auxilio solicité y obtuve, di con el dichoso D. Apolinar a la caída de la tarde, en su propia casa, cuando volvía de la calle, ronco de perorar en los cuarteles y en los grupos callejeros. Demostrándome, sin faltar a la cortesía, que mi visita le era enojosa, me notificó, como autoridad eclesiástica, que el día anterior, previa manifestación de la libérrima voluntad de la niña de Negretti, y comprobada por diferentes testimonios la noticia de mi fallecimiento, había casado a la expresada señorita con Zoilo Arratia. Los cónyuges se habían ido, después de la boda, a un pueblo de la costa, donde se embarcarían para Francia. «¡Pero ya estoy vivo!» exclamé sin poder refrenar mi enojo, perdido todo respeto y olvidada toda urbanidad. A esto repuso el clérigo que él se lavaba las manos, que habiéndole pedido casamiento, lo había dado con sumo gusto, como amigo cariñoso de ambas familias, Arratia y Negretti. Uhagón no vio mejor manera de calmarme que abreviar la visita, y sacándome de allí, díjome, al bajar la escalera, que Ildefonso Negretti, paralítico, desquiciado de la voluntad y el entendimiento, era hombre al agua. Con esta noticia empecé a recibir luz, confirmándome en la existencia del complot doméstico. Aquella misma noche supe que la muñidora del precipitado casorio había sido la esposa de Negretti, marimacho (p.4960) arriscado y astuto que lleva el nombre de Prudencia.

No me satisfacían estas claridades, harto tenues, que arrojando iba el trato de diferentes personas sobre el obscurísimo problema, y al siguiente día, después de una noche de horrible insomnio y tensión de nervios, volví al maldecido almacén de Arratia, donde encontré a un joven llamado Martín, que me saludó tímidamente, y con voz temblorosa repitió que él también se lavaba las manos, que allá lo habían compuesto los mayores de la familia, y que los recién casados, con el padre de Zoilo y los tíos Ildefonso y Prudencia, no se hallaban en Bilbao. Repitió sus cortesanías, dictadas por el azoramiento y turbación que embargaban su ánimo, y me despidió entre paquetes de clavos y hediondas breas, incitándome a tener paciencia, a lavarme también las manos, como se las había lavado él.. y ofreciéndome su inutilidad para cuanto en Bilbao se me ocurriese. Secamente le di las gracias, y salí de la horrenda casa, tan semejante por su ahogada estrechez a la bodega de un buque, que me faltó poco para sentir los efectos del mareo. Puse el pie en tierra, o sea, en la calle, arrancándome del corazón con vigoroso esfuerzo la raíz doliente. ¡Ay, cuánto dolía! Uhagón, que en aquel trance me demostró leal amistad, aconsejome que diese por terminado aquel asunto, y lo enterrara antes que sobreviniese la descomposición, echándole encima la mayor capa posible de olvido. Esto no era fácil; mas lo intenté, y empecé a arrojar sobre mi fosa puñados de tierra. El cadáver no se cubría, y pasados dos días de estos esfuerzos por taparlo, asomaba todo entero y aun parecía que resucitaba. Decíame constantemente Uhagón, deseoso de mi alivio, que no pensase en más averiguaciones, y abandonara mi loco propósito de perseguir a los recién casados para obtener una explicación de su traidora y desleal conducta. Hízome ver la fuerza que al complot de los Negrettis debió de dar mi prolongada ausencia, la falta sistemática de noticias de mi persona. De la indudable virtud de estos argumentos, (p.4961) obtuve más y más tierra con que llenar el fúnebre hoyo. Al propio tiempo, no dejaba de comprender que mi situación iba entrando en el período de ridiculez; que la monotonía de mi desesperación lúgubre comenzaba a ser enfadosa en los círculos que yo frecuentaba. Disimulé por el pronto. El carácter de Werther sin suicidio no me convenía en modo alguno, ni era papel airoso para ningún cristiano. Nunca he gustado de los llorones: yo lo fuí tan poco tiempo, que no llegué a excitar la conmiseración burlesca de mis amigos. Pero mi terquedad, debajo de los disimulos y de las composturas de mi rostro, continuaba induciéndome a la investigación solapada, al descubrimiento de la trama traidora, a la querencia de más viva luz. Decidí seguir a Espartero en las operaciones que emprendió en el interior de Vizcaya, pues me daba el corazón que podría encontrar algún rastro de mi res secuestrada o perdida; pero entre Uhagón y Fernando Cotoner me quitaron de la cabeza este audaz pensamiento, cuya realización me habría ocasionado quizás nuevos reveses y mayores desdichas. Pasé a Balmaseda, donde me puse al habla contigo y con el mundo. Venía yo de otro planeta. Tu primera carta, mi buen clérigo, fue para mí nueva revelación de mi destino, gran consuelo de mis penas. Volví a Bilbao solicitado de amistades generosas. No parecí por la tienda de efectos navales ni por sus cercanías. Sentíame bastante aliviado: el hoyo había disminuido, y el cadáver apenas se veía ya de tanta tierra como sobre él eché.

Recibida en aquellos días la orden dictatorial inexcusable de venir aquí, me apresuré a cumplirla, observando que toda presión de otra voluntad sobre la mía desmayada y caduca me hace gran provecho. «Bendito sea el despotismo -dije entonces-. Soy como un pueblo desgarrado por las revoluciones, hecho trizas por el jacobinismo y la anarquía, y que antes de perecer se entrega al dulce dominio de sus reyes históricos». La dictadura me ha traído la paz, y aunque me entristece el pisar mis iniciativas, caídas de mí como (p.4962) coronas marchitas y deshojadas, me consuelo con la conservación de mi existencia dentro de una plácida esclavitud. Confinado en este castillo de Villarcayo, donde me guardan los más bondadosos carceleros que es posible imaginar, se han recrudecido los dolores de mi caída, vuelven las dudas a inquietarme, y a encenderme el magín las cavilaciones acerca de las causas, todavía obscuras, de la traición no perdonada. Es que, mientras la acción del tiempo no labra las gruesas capas de olvido, el silencio y la paz favorecen el reverdecimiento de las penas, cuando estas no son muy próximas ni están aún muy distantes. Hay un período medio entre lo reciente y lo remoto, que es el más abonado para las recaídas. Yo he recaído a intervalos, sin saber por qué. Los motivos de gozo, la tranquilidad misma, son a veces causa misteriosa de reincidencia. Una palabra insignificante despierta los dormidos dolores; una escena, un paso cualquiera, sin congruencia con nuestra cuita, hácenla revivir, como otro pasaje o sucedido la adormece. Explícame esto. La tristeza que reina en esta casa por la desastrada muerte de D. Beltrán, a quien no puedo apartar de mi pensamiento, ha sido parte a que mi hoyo se vacíe de la tierra que había logrado echarle.. No sigo; no quiero entristecerte.

Allá te van, pues, los pormenores que me pedías. No te quejarás ahora: bien explícito he sido, y bastante carne y hueso, despojo de mi disección lastimosa, te mando en estos renglones. Entierra toda esa miseria. Que sólo la vea quien verla debe y apropiarse los dolores que llevan esos pedazos de mí mismo. Vive y triunfa. Otro día espera ser menos tétrico tu infeliz amigo -Fernando.

 

Ep-26-VII -

Del mismo al mismo

Marzo.

Desocupado sacerdote: Sabrás que anoche se me apareció Larra, quiero decir que soñé con él o que se me apareció en sueños, que es lo mismo. Era el Larra que conocí y traté hace año y medio, antes de su viaje a París. Vino a mí en un bosquecito próximo a esta casa, en el cual suelo pasar algunos ratos divagando, y se mantuvo a distancia de cuatro o cinco pasos, (p.4963) mirándome con la fijeza que a sus amargas bromas precedía comúnmente. No le veía yo más que medio cuerpo, de la cintura para arriba; en su cara no había más alteración que el crecimiento de la barba. Ignoro si al morir era más barbudo que cuando le conocí. Su boca entreabierta dejaba ver los dientes ennegrecidos, y lo blanco de sus ojos amarilleaba más de lo habitual; tenía los lagrimales muy rojos, con irritación que le hacía pestañear de continuo. Aunque nunca nos habíamos tuteado, yo le dije: «Hola, Mariano, dichosos los ojos que te ven». Y él a mí: «Fernando, no sé qué me pasa; no me encuentro sin oír hablar mal de mí.. Verdad que ya no oigo palabra buena ni mala, porque me he quedado enteramente sordo. Háblame por señas. Y tú, ¿por qué lloras? ¿Por mí acaso?». Respondile que yo no lloraba por él ni por nadie, y la visión entonces, dando un gran suspiro, me dijo que había yo hecho mal en matarme tan joven. «Paréceme -le contesté-, que aún vivo; pero no estoy seguro de ello. Tú también vives, vienes a desmentir la noticia de tu suicidio..». Pasó un rato, en que tanto él como yo nos desvanecimos, nos apagamos, y luego volvimos a vernos en el comedor de la casa, junto a la chimenea, más cerca uno de otro; pero ni él ni yo teníamos piernas, por lo que no puedo asegurar si estábamos en pie o sentados. «Debemos matarlas a ellas -díjome Larra con triste sonrisa-, y a nosotros no. ¿Qué culpa tenemos nosotros de sus traiciones?.. No pensemos en eso, que aquí no hemos venido más que a leer nuestras obras. Lo que a mí me trastorna es que se me han olvidado casi todas las mías, harto famosas, y sólo recuerdo El día de difuntos y Nadie pase sin hablar al portero. Por más esfuerzos que hace mi memoria, no consigo apoderarme de los otros títulos. ¿Verdad que era yo un gran escritor?». «Has sido único, Mariano -le dije-. ¿Y no te acuerdas del Castellano viejo, ni de la Junta de Castello Branco? ¿Has olvidado las críticas de Antony, del Trovador, de Catalina Howard..?». «Sí, sí: tienes razón; todo eso fue mío.. (p.4964) Pero si los títulos van viniendo a mi memoria, no recuerdo nada de lo que escribí debajo de ellos. La pólvora mata la memoria.. ¿no crees tú? ¿Qué medicina hay para esto?». Al decirlo tocó mi mano, y el frío intensísimo de la suya, que más que mano de hombre era un témpano de hielo, me comunicó un temblor convulsivo, agónico.

Ya puedes comprender que desperté con aquel frío glacial. Así terminó la idolopeya, que fue seguida de un desvelo enojoso, porque habiéndoseme caído, con las vueltas que di, la colcha que me abrigaba, tuve que salir del lecho para buscarla a tientas y ponerla en su sitio, y creyéndome aún despierto, en presencia del tan infeliz como glorioso escritor, continué angustiado, febril y tembloroso toda la noche.. A cada instante temía ser sorprendido por la idolopeya de mi grande y simpático amigo D. Beltrán; pero no vino el buen señor, a quien sin duda ha dado Dios por premio de su trabajosa vida un hondo, inalterable descanso.

Lunes.- Hice propósito esta mañana de romper lo que ayer te escribí de mis sabrosas pláticas nocturnas con las ánimas del Purgatorio; mas luego he pensado que no merecen estas aberraciones de nuestra mente, mientras dormimos, absoluto menosprecio, por disparatadas o ridículas que al despertar nos parezcan. Ejemplos mil hallaremos del misterioso sentido con que suelen estos delirios anunciarnos sucesos felices o desgraciados de la vida real, y vas a verlo, mi buen Mentor, en lo que hoy te escribo. Pon mucha atención en esto, y no te rías. La idolopeya del satírico sin ventura fue como un vaticinio simbólico de otra visita que hoy tuve, no de fingida, sino de real persona; no de espectro hablador, sino de individuo callado. En el mismo bosquete donde me paseo meditabundo, se me apareció, serían las tres de la tarde, un personaje llamado Churi, a quien no vacilo en colocar entre las figuras poemáticas de segundo orden, comúnmente enviadas por las deidades que rigen los destinos de los héroes para comunicarles revelaciones o mensajes. Veo tu asombro, (p.4965) motivado por el desconocimiento de tal figura, y satisfago tu curiosidad diciéndote que Churi es un sordo que habla. Aquí tienes la primera relación entre el sueño y la realidad, pues recordarás que Larra me dijo: «heme quedado enteramente sordo». Churi, primo carnal del ladrón de mi ventura, fue quien me anunció, camino de Bilbao, con signos expresivos y enigmáticas escrituras, la traición que se me preparaba. En aquellos días, y no hace mucho, cuando se me apareció en Balmaseda saliendo de entre las matas de un monte, cuyo pie baña el poético Cadagua, vi en él una figura mitológica, de las que llamáis ex-machina, emisarios del enojo o de la protección de algún dios que no quiere dar la cara. Tiene algo de Fauno o de Silvano, por la ligereza con que corre, o de las personificaciones de los vientos portadores de divinos mensajes, y que se llamaban Coecias, Boreas, Euronoto y qué sé yo qué. Pues verás: otra relación de Churi con la idolopeya es que cuando puso su mano en la mía con ademán cariñoso, sentí un frío glacial que me corrió por todo el espinazo. No quiero entrar en explicaciones de este mi sordo ex-machina, y voy a la substancia del coloquio de hoy. En Balmaseda me había contado su fuga de la casa paterna sin explicarme las razones de ella, añadiendo que no volvería más a Bilbao. Hoy me ha dicho que por servirme y ayudarme al castigo de los traidores irá nuevamente al seno de su familia. Mi primera impresión ha sido de repugnancia y miedo; luego me he dejado tentar de aquel diablete o correveidile fabuloso, y nos hemos metido en un coloquio de extremada dificultad, pues su sordera es desesperante, y tienes que valerte de signos y modulaciones labiales muy acentuadas para hacerte comprender. Se expresa en un lenguaje híbrido, rudo, atropellando los términos castellanos con los vascuences. Al decirme «no te mates», su fisonomía, su mirada, su boca, eran las mismas de Larra al pronunciar en correcto castellano la misma frase. Poco a poco fueron interesándome sus revelaciones. Lo culminante de ellas es que (p.4966) mi traidora no lo fue realmente por dictado de su libre voluntad, sino por el maleficio con que la trastornó ese pillo de Zoilo, bigardón dotado de una formidable terquedad vizcaína, y con esa fuerza de terquedad, que es como el poder que gozan los magnetizadores y taumaturgos, reduce a esclavitud a cuantas personas caen bajo su dominio. Añadió que si yo quiero puedo fácilmente romper ese poder de encantamiento con que el primo tiene aprisionada en sus redes maléficas la voluntad de Aura, y volverla a su ser propio. No pude sustraerme al efecto que hicieron en mi espíritu las ideas con rudeza y profunda convicción expresadas por el maldito sordo, y como yo, mostrándome conforme y dispuesto a todo, preguntara qué medios emplear debíamos para quebrantar el encanto, díjome que empezáramos escribiendo yo a la Negretti una carta, que él se encargaría de poner en sus manos sin que Zoilo ni la tía Prudencia se enteraran de ello. ¡Tentación irresistible! Díjele que lo pensaría, y que volviese. No te pido tu parecer, porque desde luego lo tengo por contrario a la reincidencia que me propone este endiablado sátiro, que tal me parece, o geniecillo maléfico de los bosques. Déjame a mí que lo resuelva. Estoy loco. Las brasas que quedaban entre las cenizas se han avivado, y ya son llamas otra vez. Quiero apagar, y no puedo..

Martes.- He dicho a Churi que no vuelva. Es posible que no quiera obedecerme..

Apenas me puse a escribir esta, sentí gran ruido y movimiento en toda la casa, voces de alegría. «Fernando, Fernando -gritaba Valvanera-, hijo mío, ven, ven..». ¿Qué había de ser, mi querido Hillo, sino la estupenda, felicísima nueva, de que D. Beltrán de Urdaneta, el gran aragonés, ha resucitado? Falsa era la noticia de su muerte, llorada por toda esta familia; inútiles los funerales y misas que se aplicaron por su alma. Ya lo decía yo. ¡Si a ese no le parte un rayo! ¡Si es el siglo, si es la época, si es un período histórico que no puede terminar hasta que la propia ley histórica lo dé por fenecido! Figúrate el júbilo de estos señores, y (p.4967) el mío también, pues a ese buen viejo le quiero, como le querrías tú si le trataras. ¡Con cuánto gusto iría yo a su encuentro si, como dicen, viene hacia acá triunfante y vendiendo vidas! Pero estoy preso y no puedo salir de mi dulce cárcel; en cuanto se lo indiqué a Valvanera, arrugó el divino entrecejo, al de Juno semejante, y me notificó que no piense en obtener la libertad mientras ella, mi tirana por delegación, no rompa los hierros que me oprimen. Su grave sonrisa, su maternal dulzura, convierten en rosas los eslabones de mi cadena. No me muevo por no ajarlas. Mi carcelera varía de conversación con gracia, incitándome a continuar las interrumpidas obras del teatro; aplauden las niñas; corro en busca de mis papeles de El sí; quiero atender a todo: al ensayo de la obra y a la preparación de los trebejos teatrales. Paso toda la tarde ocupadísimo. Churi no parece, y como el tal es entrometido y pegajoso, y se cuela burlando la vigilancia de la servidumbre, doy órdenes terminantes para que no le dejen llegarse a mí.

Se me ocurre cambiar de obra, sustituyendo la magistral comedia de Moratín por Bertrand et Ratôn, que aquí llamamos Arte de conspirar. Tradujo esta obra el pobre Larra, y es de vivísimo interés. Recuerdo bien a Luna en el papel de Rantzau, y me parece que yo le imitaría muy bien. Pero no, no quiero lucirme: que se luzcan ellas, las simpáticas y enfermizas niñas de esta casa. También he pensado en Marcela, que desecho porque sólo hay en ella un papel importante de mujer.. Nada, nada: a Moratín me atengo y a mi D. Diego.. Perdóname; viene el pintor a enseñarme un boceto de telón de boca, el cual se compone de un pórtico griego albergando la estatua de la Libertad en paños menores; un pavo real con la cola abierta se posa en el frontón, y en el pico sostiene un letrero que dice: Coliseo doméstico de los excelentísimos señores de Maltrana. Enmiendo el pórtico, cuyos pilares me sabían a gótico; convierto el pavo en águila; borro el letrero, sustituyéndolo por el castigat ridendo mores; le quito al cielo (p.4968) unas nubes que parecían morcillas; indico una bandada de pajarillos que van volando para romper la monotonía del azul sin nubes; propongo algunas modificaciones en la estatua para que se parezca más a la Comedia que a la Libertad, la proveo de ropa, le quito las Tablas de Ley que lleva en la mano izquierda, poniéndole un libro que diga Plauto, Calderón, Moratín.. y doy instrucciones para la decoración de posada que necesitamos. Con tantos quehaceres, no serán largas las epístolas que ahora te mande. Dícenme que no hoy ni mañana sale correo por causa del temporal de agua. Detengo esta, y si mi esclavitud me ofrece alguna peripecia, lo que no es creíble, tendrás el honor de que te la comunique tu príncipe y señor. -Fernando.

Jueves.- Estoy contento; reboso de satisfacción y orgullo; me siento Mecenas, quiero proteger a todo el mundo. Como el primero de los humildes que miro debajo de mí, y el más atrasadito en su carrera eres tú, por ti empiezo el derroche de mercedes con que quiero manifestar mi alegría. No me satisfago con hacerte canónigo. Hágote cardenal, que eso y mucho más te mereces tú. Eres desde hoy príncipe de la iglesia romana, y te firmarás Pedro, cardenal de Hillo. Te vestirás como los cangrejos, de colorado. Allá te mandaré la birreta con el ordinario, y la estrenas en la primera corrida de toros a que asistas. Ahora proponme las demás mercedes que repartir quiero entre mis fieles súbditos. A propósito: ¿anda por ahí el bonísimo D. José del Milagro? Me le figuro pereciendo de necesidad, en los horrores de su cesantía famélica, y recurriendo al caso extremo de comerse a sus hijos, como Ugolino. Lo sentiré por toda la familia, y mayormente por la niña mayor, o la segunda, no recuerdo bien, que tocaba el arpa con tanta maestría y gusto. Pues le dirás, no a la niña, sino al infeliz padre, que de golpe y porrazo le nombro Ministro de Hacienda, previa decapitación del Sr. D. Pío Pita Pizarro, que por la cacofonía de su nombre, amén de otros delitos, merece la última pena. A Nicomedes Iglesias, si le ves, puedes (p.4969) anunciarle que se le expedirá dentro de pocos días su nombramiento de Comisario General de Cruzada, para que se redondee y no conspire más..

Bromas aparte, te diré que la causa de mi contento es para mí desconocida. Heme levantado con el propósito de reintegrarme en la dignidad de mi persona, para lo cual es indispensable que no queden impunes los que me han burlado inicuamente. Pensando esto, se apodera de mí la convicción de que debo escribir la carta propuesta por Churi, trámite inicial de esta obra de justicia.. Entro, pues, en lo que los retóricos llamáis catástasis, la complicación del asunto, precursora de la catástrofe, que es a mi espíritu necesaria, pues no me conformo, no, no, con el desabrido desenlace que conoces, el cual cada día pesa más sobre mi alma y la enturbia y ennegrece. Yo era un hombre honrado y bueno; dejaré de serlo si no consigo dar un fin decoroso a mi sin igual aventura. Tú, clérigo, ¿qué entiendes por amor propio, dignidad social? La resignación que me recomiendas no es virtud caballeresca. Suprime la ley de honor en estas sociedades complejas, ¿y qué queda? Nada.. Te digo que no puede ser. Hace poco creía yo que estaba de más en el mundo. Hoy pienso que el que está de más es otro. Si uno de los dos sobra, urge que se vaya, que despeje. Próximo está el abismo, y uno de los dos forzosamente caerá en él.

¡Ay, mi querido Hillo, no estoy contento! Interpreta al revés todo lo que te digo, y lee: «Estoy rabiando, estoy dado a los demonios». Quiero engañarme con las bromas o con las pedanterías que escribo. Pero mi risa, volviéndose uñas, se clava en lo más sensible de mi alma.. En verdad, de ayer a hoy soy digno de compasión. Tal es el estado nervioso en que me encuentro, que vivo en perpetuo sobresalto, presagiando mayores desdichas, recelando de todo el mundo, temiendo las horas que vienen tanto como abomino de las que han pasado. Esta mañana me entregaron una carta que ha traído el correo para mí, y aún no he querido abrirla: veo, presiento en ella una nueva desdicha. (p.4970) Por más que examino la letra del sobrescrito, no puedo adivinar a quién pertenece. No es la primera vez que veo esa escritura; pero todas mis cavilaciones no bastan a descifrar la enigmática persona que se esconde detrás de aquellos rasgos. Y que se esconde, divirtiéndose con mi curiosidad y mi turbación, no tiene duda. Es un espíritu burlón, que traza sus pensamientos con letra firme y correctísima. Pero adivíname quién es.. Ya te veo reír, diciéndome que fácilmente saldré de esta horrible duda abriendo la carta. Te contesto: «Gran señor, no quiero».

Entran iracundos y dando voces Doña Irene y Calamocha.. Hace media hora que les tengo a todos de plantón aguardándome para el ensayo. La verdad, no me acordaba. Tiene la culpa este maldito clérigo, que me entretiene preguntándome cosas. ¡Allá voy!.. Ya ves, me riñen por causa tuya.. Algo me queda por decir.. Aquí, en la negra cavidad del tintero, lo dejo bien guardadito para otro día. Duerme, come y vive mejor que tu amicísimo -Fernando.

 

Ep-26-VIII -

De D. José M. de Navarridas a Fernando Calpena

La Guardia y Marzo.

Ilustre señor y dueño: Si no me prohibiera mi religión los juramentos, juraría, para que usted a pie juntillas me creyese, que hilvano esta carta a escondidas de toda la familia, pues ni mi señora hermana ni mis sobrinas aprobaron la idea que días ha, de sobremesa, les propuse de escribir a usted. Pero como a terco y voluntarioso no me gana nadie, he aquí que, burlando el severo dictamen de la señora y señoritas, tomo la pluma, como el escolar que, amenazado de castigos por escribir a la novia, más se enciende en su vicio de emborronar papeles de amor. Allá va esta, y perdónenme las tiranas de acá mi desobediencia, motivada del gran afecto que usted me inspira; y lo primero que tengo que decirle, para evitar interpretaciones erradas, es que la antedicha oposición de las damas no es ocasionada por el desvío, sino por sentimientos de contraria índole. Fue que se enojaron porque usted no nos dio noticias de su persona, viaje y accidentes más (p.4971) que con un recado verbal, por Sabas, desconociendo u olvidando lo mucho que le apreciamos todos. Creen ellas, sobrinas y tía, que bien merecíamos enterarnos de las felicidades o desdichas del Sr. D. Fernando, por una carta de su puño y letra. Para su tranquilidad, le diré que el enojo de esta familia mujeril ha sido y es muy leve: Gracia lo expresó con su natural vehemencia; Demetria, más comedida, y poniéndose siempre en lo razonable, alegó, en disculpa del caballero libertador, la magnitud de las ocupaciones de este y la necesidad en que se veía de consagrar toda su atención a personajes y asuntos de Madrid. Del mismo parecer fue mi señora hermana, agregando a las razones de la perla otras dos de gran peso; y dividida la familia en dos bandos, la pequeñuela y yo, mantenedores inflexibles de la acusación, gastamos no poca saliva en acumular sobre la pobrecita cabeza del Sr. D. Fernando los terribles cargos de ingrato y olvidadizo. No se pudo obtener definitiva sentencia por totalidad de votos, ni hubimos de concertar nuestros pareceres más que en el dictamen de que ninguno de la familia debía escribir a usted. Así lo acordamos, y ya ve usted con qué fidelidad lo cumplo.

Gracia entró ayer en mi cuarto un poquito llorona, y de buenas a primeras salió con esta: «Querido tío, digan lo que quieran mi hermana y mi tía, debemos perdonarle a D. Fernando su olvido. Con el gran disgusto que sufre el pobrecito, y las angustias y desconsuelos que estará pasando, buenas ganas tendrá de ponerse a escribir a nadie. Sin que mi hermana lo sepa, porque se enfadaría, voy a enjaretar una esquelita diciéndole que sentimos sus aflicciones, y que deseamos que se le conviertan en alegrías». Esto, palabra más, palabra menos, me dijo la chiquilla, y el disuadirla de escribir tal carta y el resolverme a endilgarla yo, fue todo una misma idea. He aquí, mi señor ilustre, el por qué de estos desaliñados renglones.

Y si no me tachara usted de entrometido, me permitiría decirle que esas penas o accidentes de la vida no son de los irremediables, (p.4972) pues tales muertes traen aparejada su resurrección, o lo que es lo mismo, que si un afecto perdió, otros que más valgan hallará en la Corte, donde pienso yo que habrá pocos que le igualen en el lucimiento y partes de la persona, así por lo tocante a prendas del corazón, como por lo que atañe a los adornos de la inteligencia, saber, memoria, conversación amena y substanciosa. Anímese, pues, el Sr. D. Fernando, y no se deje vencer de tristezas impropias de un varón fuerte, de quien las pasiones, creo yo, no deben ser amos, sino esclavos.. y no sigo tratando de este delicado punto, no sea que la pluma se me corra de la sinceridad afectuosa, a la oficiosidad impertinente.. Cepos quedos: José María, no te metas.. Déjalo, déjalo, y pasa a informar al Sr. D. Fernando de las novedades de esta casa. Ya sabrá usted que aquel magnífico plan mío, que tuve el honor de comunicarle en la sacristía de mi iglesia, ha quedado en veremos; mejor será decir que tanto mi hermana como yo nos llevamos un solemne chasco, al ver que lo que creíamos tan lógico, natural y sencillo, no le pareció del mismo modo a la persona cuyo albedrío había de resolverlo. De todo ello se deduce, señor mío, que en achaque de proyectos matrimoniales, el que más cree saber sabe menos. No es esto decir que nos demos por vencidos. Con más fe mi hermana que yo en la compostura de este negocio, perseveramos en llevar a buen término la unión de las dos familias. Pero la voluntad de Dios sobre todo, digo yo, y esta no la veo, no puedo verla nunca contraria a la voluntad de los que han de casarse.

Deseando, además, que no ignore usted un rasgo sublime de la sin par Demetria, hago traición a su modestia poniendo en conocimiento de usted, y de todo el mundo si pudiera, que al tratar de la repartición de los bienes de Castro-Amézaga entre las dos únicas herederas del difunto Alonso, Demetria ha hecho renuncia formal de su derecho a la mitad de los bienes amayorazgados; de modo que según esta declaración, que ratificará al llegar a la mayor edad, el cuantioso patrimonio se repartirá (p.4973) por igual entre las dos hermanas. ¿Verdad que es hermoso rasgo? Lo que ella dice: «¿No hemos nacido las dos de los mismos padres? ¿Qué razón hay para desigualdad tan contraria a la ley de Naturaleza? Ya puede usted decirle a su amigo Mendizábal que hay mayorazgos que van más allá que el legislador, distribuyendo las riquezas con espíritu cristiano y amor de familia».

De Gracia diré a usted que va ganando de día en día en gravedad y perdiendo en travesura perezosa. Ayuda a su hermana en cuanto se lo permite su endeble complexión: es ya menos inclinada a las melancolías, y se fortifica de cuerpo y espíritu que es un primor. Ambas se arreglan de modo que les sobren ratitos que consagrarán a la lectura de libros de entretenimiento. En esto tengo que andar con cien ojos, pues como en la biblioteca del pobre Alonso no escasean obras prohibidas, me constituyo en censor, viéndome obligado a darme atracones de novelas y poesías, cosa en mí desusada y fatigosa. Con Demetria, teniendo en cuenta su elevada inteligencia y criterio superior, uso de gran tolerancia; le permito que apechugue con las Cuitas del joven Werther, y hasta con La Nueva Eloísa; pero a la pequeña he de medirla con más corta vara. Aduanero soy implacable, y le quito de las manos lo que estimo nocivo para su juvenil corazón y avispada fantasía, dejándola en el pleno goce del Bertoldo, del Robinsón y del Viaje al país de las monas. Y nada más tengo que contarle referente a las adorables niñas, sino que no pasa día sin que Gracia le nombre a usted, recordando algún caso de su residencia en esta villa, o dichos y actos suyos, grabados profundamente en su memoria.

Y antes de terminar, debo manifestarle que hace dos días recibí carta de un carísimo amigo de Madrid, Frey D. Higinio de Socobio y Zuazo, de la Orden de Calatrava, del Consejo de S. M., auditor decano de la Rota y capellán mayor del Real Convento de la Madre de Dios de la Consolación, vulgo Descalzas Reales, el cual es hermano del D. Félix de Socobio, vicario foráneo de este pueblo, y del (p.4974) Dr. D. Vicente de Socobio, canónigo patrimonial de media ración en la Insigne Iglesia Colegial de Vitoria.. déjeme tomar resuello para decirle que Higinio me escribe recomendándome a un amigo suyo a quien profesa particular estimación, el Dr. D. Pedro Hillo, ejemplarísimo sacerdote y gran humanista, secretario de la Vicaría General de los Ejércitos, el cual viene a este país por asuntos del servicio Vicarial Castrense y expresamente a esta villa de La Guardia para particulares negocios. Los encomios que del señor Hillo leo en la carta, y el encarecimiento de que le trate y obsequie como lo haría con la propia persona del recomendante, han movido mi curiosidad, despertando en mí recuerdos de ese nombre, que más de una vez oí en boca del Sr. D. Fernando. Este Sr. Hillo, a quien diputo por eminencia en las letras divinas y profanas, ¿es el mismo que a usted escribía en Agosto último, refiriéndole las trapisondas de La Granja y Madrid? No olvidará usted que me leyó párrafos de aquella docta, amenísima correspondencia, y si no estoy equivocado, díjome además que el tal era su capellán y había sido su preceptor en humanas letras. Porque si resultara que el recomendado de Socobio es al propio tiempo el grande amigo de Don Fernando, ya me parecerían pocos todos los agasajos de que yo pudiera disponer. Le aposentaré en mi propia casa, y mi hermana y yo nos multiplicaremos para servirle y hacerle grata la vida en este lugarón. Espero que satisfará usted mi justa curiosidad, y ahora sí que no tiene más remedio que coger la pluma y echar para acá una buena parrafada. ¿Ve usted cómo le he cogido? ¡Si conmigo no vale huir el bulto y hacerse el mortecino, no señor! Soy un posma terrible. Ya le cayó que hacer al Sr. D. Fernando. Y por de pronto, aguante el apretado abrazo que en estas letras le envío. El Espíritu Santo nos conceda sus dones, y a usted larga vida y salud robusta. Su afectuoso capellán, -J. M. de Navarridas.

 

Ep-26-IX -

De Valvanera a su fraternal amiga Pilar

Villarcayo, Marzo.

Amiga del alma: La carta de (p.4975) Juan Antonio a Felipe te habrá informado de la horrible desazón que por acá hemos tenido con la falsa noticia de la muerte de papá. El contento de verla desmentida no ha borrado los efectos de la consternación y amargura de aquel trance, y aquí me tienes sin levantar cabeza desde que nos fue comunicada la falsa tragedia. Espero que disculpes, por este motivo, mi tardanza en contestarte, y confío en que ahora y siempre la falta de carta mía no te inducirá a creer que descuido tus encargos, ni que dejo de cumplir la santa misión que en mis manos has puesto. Practico al pie de la letra tus teorías acerca de la sustitución del cariño legítimo por el prestado. ¿No puedes manifestarle tu amor públicamente? Pues yo le quiero como a mis hijos y se lo manifiesto a todas horas del día. ¿No puedes verle? Pues yo hago por traer a mis ojos los tuyos, a fin de que con los míos le veas. Si esto en la realidad no pasa de un vano deseo, entiende, amiga querida, que te sustituyo en la vigilancia amorosa, y que no haría más por Fernando si fuese su madre.

No creas: algún trabajillo me ha costado convencer a Juan Antonio de que ningún daño puede ocasionarnos esta buena obra, y sí el beneficio de salvar una vida preciosa. He logrado catequizar a mi marido, y ya conviene conmigo en que Fernando se lo merece todo. ¡Excelente corazón el de este chico, y qué hermosura de inteligencia! Se resiente de haberse criado solo, consumiendo su propia substancia, sin un cariño verdaderamente tutelar que le dirija. El brutal desengaño que acaba de sufrir le ha herido en la cabeza y en el corazón. No creas que las huellas de tal golpe se borrarán pronto. Tú cuentas poco con el tiempo, querida Pilar; es tu flaco. En el colegio eras lo mismo: te ponías furiosa, te golpeabas la cabeza cuando no dominabas en un día lecciones en que las demás empleábamos semanas enteras; entre el pensamiento y su realización pones siempre menos espacio del que pide la realidad. Tu inquietud loca es espuela de tu existencia, haciéndote vivir con demasiada prisa, ávida del mañana. Yo te (p.4976) llevo dos años, y según me ha dicho Carlota Cisneros, representas diez más que yo.

Pues sí: no esperes que a Fernando se le pase pronto el malestar causado por la conmoción reciente. A cualquiera le doy yo un trance de esta naturaleza. El pobrecito ha soportado su desairada situación con verdadero heroísmo; pero aún no le tenemos en los días de convalecencia, como tú crees.. ¡tú siempre viviendo y sintiendo a escape!.. Aún se ve atormentado por renovaciones de la ira, de la amargura y despecho que esas caídas suelen producir. Pero no temas nada; yo velo, yo no me descuido un instante; soy como el médico que consagra toda su ciencia a un solo enfermo y no le quita los ojos de encima a ninguna hora. Tu temor de que la desesperación le venza, de que imite al joven Werther, en la manera de dar solución a sus penas, no tiene fundamento. Desecha esa idea; duerme tranquila. Él mismo me ha dicho que jamás atentará contra su vida, que ama su sufrimiento y no quiere desprenderse de él.. ya ves.. Por las noches, después que las niñas y los pequeños se acuestan, se queda un ratito con nosotros en el comedor: nos acompañan dos venerables amigos del pueblo, furibundos tresillistas y lectores de papeles públicos. A ratos se aparta Fernando conmigo y me cuenta su triste historia: el conocimiento de esa buena pieza en la casa de una diamantista; los amores, como incendio repentino o estallido de un volcán; las mil peripecias y contrariedades que sobrevinieron; sus estudios de raptos y lances amatorios, que no sirvieron para nada; la poesía de sus entrevistas secretas con la niña, y la prosa de su encierro en la cárcel por intriga tuya. En todo lo que me refiere se revela el mal gravísimo que tiempo ha viene padeciendo, y no es otro que la desproporción monstruosa entre lo que piensa, siente o sueña, y lo que le sucede. ¡Tanta poesía en su espíritu, y prosa tan baja en la realidad! La última expresión de este desequilibrio ha sido la catástrofe de Bilbao; ya puedes figurarte: caer desde la poesía más alta a una prosa rastrera y tristísima. Tienes razón, (p.4977) hay que equilibrarle, querida Pilar; pero persuádete de que esto no se consigue en dos días ni en cuatro. Déjanos a mí y al tiempo. No te metas a empujar y a dar prisa. Tus arranques comprometen el éxito de tus ideas, las cuales son siempre más felices que oportunas tus acciones. ¿Me explico?

Convencida de que al anhelado equilibrio no podemos llegar sino pasito a paso, te digo formalmente que me parece un desatino abordar tan pronto el asunto de La Guardia. Créelo: no está el horno todavía para esos pasteles. Mis informes acerca de las niñas de Castro concuerdan con los tuyos: papá, la última vez que estuvo aquí, se hacía lenguas de la mayor de ellas y hablaba con donaire de la adoración y entusiasmo que ambas sienten por nuestro enfermito. Pero no nos precipitemos, amiga de mi alma; la idea es admirable, como tuya; déjame a mí la ejecución lenta, gradual, que no es la cosa tan fácil como tu viva imaginación te la representa, pues las pretensiones de mi sobrino complican terriblemente el asunto. ¡Buena se va a poner tu hermana si descubre que ando yo en estos tratos! Y no quiero, no, no quiero cuestiones con Juana Teresa; ya sabes quién es y el genio que gasta. Lastimado su amor propio por la esquivez de la niña de Castro, que no quiso ver en Rodriguito el mejor de los esposos, no ha renunciado a convencer a la que tuvo por la mejor de las nueras. Me consta que tanto ella como los Navarridas trabajan a la desesperada por enderezar este negocio, llevándolo a la solución que desean. Si de acá echamos nuestro memorial y ellos fracasan nuevamente, verán en nosotros la causa del desastre, y no quiero decirte los disgustos que a Juan Antonio y a mí nos traerían las iras de Juana Teresa. ¡Pues si ellos ganan la partida y nosotros nos llevamos el sofión, figúrate..! Un segundo desengaño de esta naturaleza, tan reciente y doloroso aún el primero, no lo soportaría tu Fernando. Además, la situación moral en que ahora se halla no es la más propia, no, para improvisar matrimonios, ni siquiera noviazgos formales. (p.4978) Pues qué, ¿tienes a Fernando por un cazador de dotes; es airoso para tal caballero el quitar tan pronto la mancha de la mora madura con la verde? Ni él está en tal disposición, ni yo, que tanto le quiero, le aconsejaré nunca esas prisas para mudar de amor como se cambia de ropa. Calma, y que los sucesos lleven su marcha natural y lógica. Déjalo de mi cuenta, que estoy con un ojo en Cintruénigo y otro en La Guardia.

Ya que tanto interés manifiestas en este asunto, infórmame lo más pronto que puedas del estado presente de tus relaciones con Juana Teresa. ¿Son estas cordiales; son frías y de pura etiqueta como las mías? No desconocerás la importancia de esto, Pilar de mi corazón. Sé que, después de algunos años de completo desvío y quejas por una parte y otra, os reconciliasteis, cruzando correspondencia fraternal, en la que hacíais gala una y otra de haber arrojado al viento antiguas querellas, y concertadas las paces prometíais amaros, como hijas que sois de un mismo padre. Pero me ha dicho Carlota Cisneros que hará dos años volvisteis a torceros por no sé qué groserías de Juana Teresa, y lo creí, porque esta no puede desmentir la sangre de los Almontes de Tarazona. Es envidiosa, egoísta, y cuando le tocan a su amor propio o a sus intereses, salta la fierecilla, y no hay medio de que con ella nos entendamos. No me maravillará saber que habéis vuelto a los antiguos antagonismos. De vuestro común padre tenéis poco; cada cual es trasunto de su madre; la tuya, mi benditísima madrina, la mayorazga de Loaysa, era una gran señora, mientras que la de Juana Teresa.. En fin, no sigo. Sois el día y la noche. Esto lo repite Carlota Cisneros siempre que habla de vosotras, y la última vez que hizo mención de tu media hermana la calificó de noche de truenos, según está de atrabiliaria, mandona y desapacible. ¡Ay! si oyeses a papá referir dichos y hechos de su nuera, te morirías de risa.

Bueno, querida mía: quedamos en que yo estoy a la mira de lo de La Guardia, y por ahora no hace falta más. Tu confianza en mí es absoluta, ¿verdad? En nuestra (p.4979) infancia, en los primeros años de nuestra juventud, éramos como dos cuerpos con una sola alma. Pues ahora también. Te sustituyo en el cuidado de esta querida criatura, soy tú misma. Convengamos, Pilarica de mi corazón, en que tú discurres, pero no ejecutas; juntémonos para ser la idea y la acción combinadas. Prométeme decirme todo lo que pienses y hacer todo lo que yo te mande. Lo primero, que no te olvides del estado de tus relaciones con Juana Teresa: si hay discordia y mutuo desvío, quiero saber las causas. Lo segundo, que utilices tus conocimientos para lograr que los amigos que tiene Fernando en Madrid le escriban de cosas literarias, y que le manden versos, o prosas el que las haga, y libros, y referencia de teatros o de autores noveles. Me hacen suma falta elementos de distracción, recreos del espíritu, que son gran medicina, por desgracia escasísima en las farmacias de acá. No sabiendo qué inventar para distraerle, pues las cacerías le aburren y los paseos por el campo y el monte le entristecen más, hemos consentido que las niñas organicen una representación dramática, con otras señoritas y muchachos del pueblo. La obra elegida es El sí de las niñas. ¿Te acuerdas de cuando la vimos juntas en Zaragoza veinte años ha? ¡Tristes memorias! Aquella noche, de vuelta del teatro, encerraditas las dos en el gabinete de las estampas y cornucopias, en casa de tu tía Leonor, me confiaste tu secreto..

Pues se me olvidaba lo principal: al decirme cómo estás de relaciones con Juana Teresa, añadirás si sabe lo que yo sé. ¡Pues apenas tiene importancia..! No más por hoy. Juan Antonio te besa las manos; Fernando y mis hijos, el rostro, y te lo llenan de babas. No te olvida tu amante amiga, -Valvanera.

 

Ep-26-X -

De D. Fernando a Doña Aura

Ni sé dónde estás, ni si conservas memoria de mí. Avivando tus recuerdos; volviendo con insistencia y fe tus miradas a lo pasado, quizás logres, hermosa Aura, reconocer al que esta te escribe. No te asustes creyendo que recibes carta de un muerto. Vivo estoy, aunque no tanto como (p.4980) parece. Vivo estaba cuando llegué a Bilbao y llamé a la puerta de tu casa, y una mujer de aspecto desapacible me dijo que tú no vivías ya para mí.

Menos tiempo del que suele durar la memoria de un muerto, duró en ti la memoria de un vivo que te amaba, y a quien juraste fidelidad eterna, entendiendo por eternidad el espacio de un sueño, o la duración de nuestras alegrías más fugaces.

Dime que estamos soñando, que dormimos lejos el uno del otro, y ello me parecerá menos increíble que la noticia de tu casamiento. ¿Tan persuadida estabas de mi muerte que ni siquiera la pusiste en duda, esperando la certificación y seguridades de que yo no existía? Las personas que verdaderamente aman, suelen resistirse a creer que han perdido su bien. Aun ante la evidencia dudan. Fáciles en dar crédito a los anuncios de muerte son los que la desean o no la temen. Y si engañada la creíste, ¿no merecía yo que pusieses entre el muerto y el vivo mayor espacio, para que uno y otro no se junten en tus sentimientos? No es bien que anden mezclados en tu corazón la lástima del que se va con el respeto del que llega. ¿No te confunde, no te entristece que no sepas distinguir las pisadas del que sale de las pisadas del que entra?

Pero al acusarte sin conocimiento claro de los hechos, me expongo a ser injusto. Perdóname, que tiempo tengo de acusarte cuando sepa qué móviles han determinado este caso inaudito. ¿Eres más débil que culpable? ¿Has cedido a sugestiones cuya gravedad y fuerza no puedo yo apreciar desconociendo los caracteres que te rodean y el ambiente que respiras? ¿Te convencieron de mi muerte, con lo cual, adormecida tu voluntad, fácilmente la hicieron esclava? ¿A qué artificios del infierno debo esta sustracción infame de lo que me pertenecía? Porque aún están deslumbrados mis ojos con los destellos vivísimos de tu entendimiento; aún veo los hermosos arranques de tu corazón, el poder afectivo que parecía desafiar cielo y tierra, y no se me alcanza como tales fenómenos, que yo juzgué energías indomables, han podido trocarse (p.4981) en el fenómeno contrario: la endeblez, la impotencia y la pasividad. Sospecho que eres, más que criminal, víctima, no menos digna de lástima que yo. Presumo que no me burlaste, sino que los dos hemos sido burlados. Dímelo así, si es verdad; y si mi desgracia es obra tuya, dímelo también sin rebozo, que no he de volver contra ti el daño que me has hecho. Creeré que te has muerto, y conservaré el recuerdo de la pasada Aura, pensando que la existente es otra, una mujer insignificante, disfrazada con el nombre y facciones de aquella.

Pero si confirmas mi sospecha; si por declaración tuya me convenzo de que me han robado a mi Aura, aunque hayan sabido cohonestar el secuestro con la formalidad sacramental consumada por sorpresa, y con perfidia y traición, engañando a Dios, o queriendo engañarle, aquí estoy dispuesto a dar a los impostores su merecido. Contéstame pronto: te lo suplico, apelando a tu compasión, ya que no puedo invocar otro sentimiento. Más quiero la desesperación que la duda; más quiero un golpe mortífero de la verdad que el consuelo de esperanzas mentirosas. Pido a Dios que, si no me respondes claramente, nunca tengas paz. -Fernando Calpena.

 

Ep-26-XI -

De D. Pedro Hillo a Telémaco

Madrid, Abril.

Mira, niño maleante y ocioso, hazme el favor de no gastar esas bromas públicas de ponerme en el sobrescrito de tu carta los títulos y remoquetes de Cardenal. La que recibí ayer movió gran escándalo en la casa. Asustado venía el cartero, y la criada se asustó más cuando se enteró de que moraba en la casa un príncipe de la Iglesia sin que ella lo supiese. Debía de ser un Monseñor disfrazado. Méndez creyó al pronto que en Correos confundían su casa con la Nunciatura. Huésped hubo que se tragó la bola, creyendo que en el próximo Consistorio me concedería el capelo la Santidad de Gregorio XVI; y algunos, no sé si por chunga o por inocencia, me daban la enhorabuena. Luego empezaron las bromitas, algunas muy enfadosas..

Antes que se me olvide: Milagro está colocado en (p.4982) Gobernación, él dice que por intrigas, y lo creo. Vive temblando, porque Joaquín María López no cesa de hacer cesantías para colocar gente de las logias. Iglesias va a la Habana con un buen destino, creo que en Aduanas o en Rentas, de lo que me alegro infinito, a ver si levanta cabeza y puede socorrer a sus padres, que están en la miseria por sostenerle aquí. Debe la plaza, según me han dicho, a influencias moderadas. ¡Qué vueltas das, oh mundo! El pobrecito, no sabiendo ya a qué santo encomendarse, se dedicó a besar peanas que antes había escupido. Ya está haciendo las visitas de despedida, con sombrero nuevo y la ropa flamante que pregona su nuevo estado.

De Serrano no sé más sino que estaba en las últimas; mas no por eso menos desollador del prójimo. Desde el día del entierro de Larra, en que cogió un enfriamiento, no ha vuelto a salir a la calle. De tus amigos, el que más veo por ahí es Miguel de los Santos, a quien prometí una docena de botellas de Jerez, un jamón de Trévelez y una caja de mantequillas de Soria si te escribía una carta contándote los sucesos literarios. Me prometió mandármela hoy para incluirla en esta; pero dudo que cumpla su compromiso aquel ingenioso y sutil holgazán. A Ventura le he prometido nada menos que una capa nueva, con embozos de terciopelo, si te escribía. ¡Peste de literatos! No hay quien haga carrera de ellos. Quéjanse de que las letras no dan para vivir, y se pasan la vida limpiando con los codos las mesas del Parnasillo, y ensuciando con sus lenguas las reputaciones.. clásicas. Pero dejemos a los poetas que vivan y rabien, y vamos a nuestro asunto.

La carta que acabo de recibir te me presenta volviendo tus ojos a lo pasado, y yo que tal veo échome a temblar. Mientras no consideres ese pasado triste como cosa muerta y sepultada, tu vida no tendrá sosiego. ¿Qué hablas ahí de venganzas? Tu desaire y el mal comportamiento de otras personas, ¿qué tienen que ver con tu dignidad? Esta nace de nuestra buena conducta, no de los villanos hechos de los demás. ¿Entiendes por (p.4983) dignidad la del Sr. Hernani, que, sin más razón que un puntillo de honra, se mata cuando D. Ruy Gómez le toca el cuerno? ¿Es dignidad la obcecación del bruto de Otelo (¡negro había de ser!) , que por los falsos indicios de un pañuelo y carta, y por el soplo del indecente de Yago, mata a su mujer, sin averiguar si es culpable o no? Y buscando mejores ejemplos en el clasicismo, ¿crees que es digno Orestes matando a Clitemnestra, su mamá, por culpas que sólo debía castigar Júpiter? ¿Estimas que Medea obró con dignidad vengando en sus hijitos las ofensas del sinvergüenza de Jasón? Y a Edipo, a Menelao, a Eneas y a todos esos mal llamados héroes, ensalzados por los poetas, ¿les tienes también por hombres dignos? Será tu perdición el querer proyectar en la vida real una sombra de las figuras poéticas, reduciendo a hechos los sentimientos hinchados y artificiosos que son la armadura de tragedias y dramas. Esas cosas se leen, se admiran, pero no se imitan, porque acabaríamos por volvernos locos. Es como si ahora salieras tú en la vida real con la tecla de hablar en verso. Desde la gran señora a la cocinera, todos y todas se reirían de ti. Una cosa es declamar, querido Fernando, y otra es vivir. Examinemos tu asunto: quisiste a una mujer; se ausentó de ti; por circunstancias independientes de tu voluntad, por entorpecimientos de fuerza mayor, obra de la guerra y de contratiempos naturales, no pudiste llegar al lado de la que amabas. Pasó tiempo.. que ese es su oficio, pasar, pasar siempre, trastornando los planes mejor combinados de las criaturas. La niña, que por las trazas no es de esas que están constituidas para largas esperas, se cansó, cosa muy natural, pues cada uno se cansa cuando su temperamento lo dispone. Entre paréntesis, desde que yo la vi en casa de aquella condenada Zahón, que Dios confunda, la tuve por demasiado viva de genio, carácter impaciente, voluntarioso, atropellado. Bueno: pues se cansó de esperar: eso de tener paciencia o no tenerla, lo da Dios, hijo. Y como tú no llegabas ni de ti se tenían noticias, otro sujeto, que no debía de (p.4984) ser rana, siguió la doctrina de uno de los siete sabios de Grecia, a quien debemos el gran aforismo: aprovecha la ocasión. Y aprovechando, aprovechando, ya con ardientes galanteos, ya por otros medios que le suministró la fatalidad, tal vez por sugestiones de una familia egoísta, y resortes de embaucación y engaño, o sin engaño, no lo sabemos, triunfó, y suyo fue lo que por tuyo tenías. Bueno, ¿y qué? Esto lo vemos un día y otro. Por tonto y vulgar, el caso ni aun merece que se le ponga en verso y en escenas parladas para salir al teatro.

Llegaste al fin, pero llegaste tarde, cosa también vulgarísima y de clavo pasado, pues desde que el mundo es mundo, la humanidad incurre en esa fatalidad vulgarísima de llegar tarde.. Pues, amigo, aprende para otra vez, y da el negocio por concluido. ¿No es ridículo que quieras salir ahora haciendo la fantasma que se presenta entre las alegrías del festín de boda, y ahoga con lúgubres apóstrofes los cantos del epitalamio? ¡Niño, por Dios! Quítate el caperuzo de espectro, y vete a tu casa. ¿O es que representas el galán desesperado, melenudo y ojeroso que, cuando las cosas ya no tienen remedio, pues están echadas las bendiciones, se aparece espada en mano, queriendo atravesar a la dama infiel, al segundo galán solapado, al primer barba, que es el padre, al segundo, que hace de sacerdote, y a la característica, zurcidora de aquel enredo? ¡Niño, por Dios! Hasta en el teatro apestan ya esas cosas. En la vida real, casos de esa naturaleza se solucionan dando media vuelta el galán, el cual deja tras de sí, para que los culpables lo recojan, si quieren, un desprecio de buen tono; y aquí paz y después gloria. Para tu tranquilidad, urge que mandes echar el telón sobre ese final tonto, y te metas en tu casa, donde, si te dejas querer, no tardarás en recibir memoriales de innúmeras novias de más mérito, y de tanta hermosura, por lo menos, como la que ha demostrado no ser digna de ti. Hijo mío, las tendrás a pares, a docenas: si te gustan pobres, pobres; si las quieres ricas, ricas hasta dejárselo de sobra, y honestas, de resistencia por todo el tiempo (p.4985) que se las mande esperar; discretas y amorosas, de excelente educación moral y profana. Y no te digo más.

Tanto me ha enojado tu carta, que no me atrevo a dar cuenta de ella a Su Majestad; he tenido que soltarle el venial embuste de que no habías escrito, prefiriendo para ello el disgustillo de no tener noticias, al disgustazo de leer esas bobadas de venganza, dignidad y dramáticos desplantes, que traen pegados el polvillo y las telarañas de guardarropía.

Otra cosa: se había determinado que este indigno capellán se pusiera en camino hacia esas regiones; pero su éxodo ha sufrido aplazamiento. El mejor día, no sé cuándo, tendrás el disgusto de ver aparecer mi jeta en esos horizontes, y yo la inmerecida satisfacción de darte un abrazo. Sabrás, ¡oh Telémaco! que tu Mentor ha ingresado en la Secretaría del Vicariato General Castrense, con jerarquía eclesiástica que le da derecho a usar medias moradas. ¿Qué te creías? Por donde menos se piensa, se va a Roma. Dame bromitas con el cardenalato. Monaguillo te vean mis ojos, y de hombres se hacen los obispos, dicen viejos refranes. Con que no más chirigotas.

Llega en este instante la carta de Miguel de los Santos, que te incluyo. Tuyo de corazón, -Hillo.

De Miguel de los Santos a Fernando Calpena

(incluida en la anterior) .

Queridísimo y nunca olvidado Fernando: Dijo el grande Hipócrates, y si otra cosa no hubiera dicho, esta bastaba para acreditarle de grande en genio, entendimiento y ciencia; dijo Hipócrates, en griego para mayor claridad, lo que alguien tradujo al latín: Ars longa, vita brevis, judicium difficile, experimentum periculosum. Con tal sentencia por delante nada tenemos que añadir los doctos para recomendarnos a la benevolencia del blando lector. En verdad te digo que me tiemblan las carnes en cuanto agarro la pluma, pues nada tengo por más difícil que referir lo que hemos visto y comentarlo, o exponer opiniones sustanciosas, que no apesten de viejas y sobadas, sobre cualquier asunto. Y añado que no es menos espinosa la descripción de lo real que la de lo fingido, (p.4986) pues en esto tenemos campo libre para elegir o desechar lo que nos diere la gana, mientras que en la narración real, que los sabios llamamos Historia, el respeto de la verdad nos embaraza y confunde, y el miedo de mentir corta los vuelos de la fantasía. Ahora veremos si sirvo yo para este negocio de contar lo sucedido, con la añadidura de reciente, de quien son testigos, no uno, sino mil de nuestros semejantes, que pueden desmentirme y abochornarme si en la descripción yerro, o en los juicios desbarro. Voy medroso al asunto, pues aunque escribo al parecer para ti solo, en familiar estilo, no puedo tomar la pluma sin pensar que ha de leerme la posteridad, y en las cartas de mayor confianza pongo todo mi estudio clásico y mis profundos conocimientos del lenguaje, para enseñanza y admiración de las generaciones futuras. Guardarás, pues, esta epístola como oro en paño, para que andando los tiempos (y ellos andan, ¡ay! más de lo que quisiéramos) , figure en el abultado mamotreto de mis Obras completas, o en el de las Póstumas si me malogro tempranamente, lo que no quiera Dios. Y basta de prólogo con morrión.

Gran dicha es, mi querido Fernando, que todas estas cosas que voy a contarte hayan pasado en tu ausencia; dicha grande, sí, pues si tú las presenciaras, yo no escribiría esta carta, y ya veo lo que se perderían las letras castellanas, tan pobres y deslucidas en el género epistolar. Gracias a tu ausencia y a mi solicitud en informarte de lo que no has visto, se encuentra la patria literatura con esta joya, que no esperaba.. Y basta: ahora sí que entro en materia.

Supe yo la muerte de Larra al día siguiente del suceso, o sea, el 14 de Febrero. Fui a verle con otros amigos a la bóveda de Santiago, donde habían puesto el cadáver; allí me encontré a Ventura y a Roca Togores, tan afligidos como yo y Hartzenbusch, que me acompañaba. «¿Y por qué..? -decíamos todos, que es lo que se dice en estos casos-.¿Cuál ha sido el móvil..?». Quién hablaba de un arrebato de locura; quién atribuía tal muerte al estallido final de un carácter, (p.4987) verdadera bomba cargada de amargura explosiva. Tenía que suceder, tenía que venir a parar en aquella siniestra caída al abismo. ¿Y ella? Si alguien la culpaba en momentos de duelo y emoción, no había razón para ello. No era ya culpable. Por querer huir del pecado, había surgido la espantosa tragedia. En fin, querido Fernando, suspiramos fuerte y salimos, después de bien mirado y remirado el rostro frío del gran Fígaro, de color y pasta de cera, no de la más blanca; la boca ligeramente entreabierta, el cabello en desorden; junto a la derecha el agujero de entrada de la bala mortífera. Era una lástima ver aquel ingenio prodigioso caído para siempre, reposando ya en la actitud de las cosas inertes. ¡Veintiocho años de vida, una gloria inmensa alcanzada en corto tiempo con admirables, no igualados escritos, rebosando de hermosa ironía, de picante gracejo, divina burla de las humanas ridiculeces!.. No podía vivir, no. Demasiado había vivido; moría de viejo, a los veintiocho años, caduco ya de la voluntad, decrépito, agotado. Eso pensaba yo, y salí, como te digo, suspirando, y me fui a ver a Pepe Espronceda, que estaba en cama con reúma articular, que le tenía en un grito. ¡Pobre Pepe! Entré en su alcoba, y le hallé casi desvanecido en la butaca, acompañado de Villalta y Enrique Gil, que acababan de darle la noticia. El estado de ánimo del gran poeta no era el más a propósito para emociones muy vivas, pues a más de la dolencia que le postraba, había sufrido el cruel desengaño que acibaró lo restante de su vida. Ignoro si sabes que Teresa le abandonó hace dos meses. Sí, hombre, y.. En fin, que esto no hace al caso. Gran fortuna ha sido para las letras patrias que Pepe no haya incurrido en la desesperación y demencia del pobre Larra. Gracias a Dios, Espronceda sanará de su reúma y de su pasión, y veremos concluido El Diablo Mundo, que es el primer poema del ídem.. Senteme a su lado, y hablamos del pobre muerto. En un arranque de suprema tristeza vi llorar a Espronceda; luego se rehízo, trayendo a su memoria y a la de (p.4988) los tres allí presentes los donaires amargos del Pobrecito hablador, el romanticismo caballeresco del Doncel, y el conceptismo lúgubre de El día de Difuntos. También hablaron de ella, y tal y qué sé yo, diciendo cosas que no reproduzco por creerlas impropias de la gravedad de la Historia. Villalta y Enrique Gil se fueron, porque tenían que dar infinitos pasos para organizar el entierro de Fígaro con el mayor lucimiento posible, y me quedé solo con el poeta, el cual, de improviso, dio un fuerte golpe en el brazo del sillón, diciendo: «¡Qué demonio! Ha hecho bien». Yo rebatí esta insana idea como pude, y para distraerle recité versos, de los cuales ningún caso hacía. A media tarde entró de nuevo Villalta con Ferrer del Río y Pepe Díaz. Espronceda sintió frío y se metió en la cama. Yo, caviloso y cejijunto, hacía mis cálculos para ver de dónde sacaría la ropa de luto que necesitaba para el entierro..

¿Qué te parece mi estilo histórico? Ya ves que Xenofonte, Tito Livio y el propio Tácito se quedan tamañitos. Aquí doy un salto, dejando inéditas mis fatigas y diligencias para encontrar un amigo de mi talla y carnes que para el entierro me vistiese, y paso a contarte la escena solemnísima del cementerio, que no olvidaremos jamás los que la presenciarnos.. Atacado de esa comezón o prurito de maliciosa crítica que suele posesionarse de nuestro espíritu en las ocasiones más luctuosas, no pude menos de reparar en la ropa de cada cual, dividiendo por clases de primera, segunda y tercera a los que la llevaban superior, media o mala. Vi levitas de intachable corte y hechura, llevadas por cuerpos para los que no era novedad el cubrirse con ellas; vi otras que pedían con sus dobleces volver al arca de donde las sacó la etiqueta; las había que se estiraban para corresponder al crecimiento de su dueño; había no pocas de las vinculadas: levitas madres, levitas abuelas, transmitidas de generación en generación.. Pero todo este observar indiscreto, irreverente, fue ahogado por la emoción que nos embargó al descubrir el ataúd y ver las ya macilentas facciones (p.4989) del gran satírico, próximas a desaparecer para siempre en la tierra. Aún nos parecía mentira que del primer ingenio de nuestra época no quedase más que aquel despojo miserable. ¡Veintiocho años, Señor, la edad de vivir!.. ¡Y verle allí mudo, inerte; su arte y su pluma enterrados con él!.. El primer discurso fue de Roca de Togores, que a todos nos conmovió profundamente: no pude contener mis lágrimas. Algo dijo después en prosa el Conde de las Navas, y en verso Pepe Díaz. Cuando ya se daba por terminado el acto, rompió el cerco aquel Massard ¿te acuerdas?, Joaquín Massard, más conocido en Madrid que la ruda, empleado en la Secretaría del Infante D. Sebastián. Pues traía de la mano a Pepe Zorrilla, lo que nos sorprendió mucho, pues si sabíamos que éste había hecho unos versos a la muerte de Larra, pensábamos que eran para El Mundo, no para leerlos en el cementerio.

A Pepe Zorrilla no le conoces. Vino escapado de Valladolid después que escapaste tú de la Corte. Es de la estatura de Hartzenbusch, y con menos carnes; todo espíritu y melenas; un chico que se trae un universo de poesía en la cabeza. Verás: temblando empezó a leer; pero al segundo verso su voz no era ya humana, sino divina.. Yo le había oído recitar mil veces; admiraba su voz bien timbrada y dulce; pero aun conocido el órgano, me maravilló la sublime ejecución de aquella tarde. Hace las cadencias de un modo nuevo, con ritmo musical, melódico. Necesitas oírlo para poder apreciarlo.. Los versos ya los conocerás; se han divulgado por toda España. Al tercer verso,

vano remedo del postrer lamento,

sentí una emoción tan honda, que tuve que agarrarme al más próximo para no caerme. Yo era un mar de lágrimas. No hacía más que mirar al muerto, que me pareció que pestañeaba. Todos los vivos se llevaban el pañuelo a los ojos. El poeta se fue serenando, se fue creciendo; cada vez leía mejor, y cuando concluía nos pareció que llegaba al cielo. El estupor y la admiración se confundían con la extremada tristeza del acto para formar un conjunto grandioso en que (p.4990) andaban la muerte y la vida, la podredumbre y la inmortalidad, la realidad y el arte, tomando y dejando nuestras almas como olas que van y vienen. Corrí a dar un abrazo a Zorrilla, de quien soy amigo del alma.. Juntos estudiábamos en Valladolid la ciencia del Derecho.. por los textos de Víctor Hugo, Walter Scott y Byron. Pero no pude llegarme a él, porque un tropel de gente le rodeaba. En esto, vi que metían en el nicho el ataúd de Larra. El creador de páginas inmortales se iba para siempre: la puerta negra se cerraba tras él. No era más que un nombre. No lejos de allí, Zorrilla, vestido como yo de prestada ropa, pálido de la emoción y del frío, temblaba recibiendo plácemes: era un nombre nuevo que allí había salido de la tierra, a punto que el pobre cuerpo del otro entraba. Yo vi en mi mente poemas y dramas que aún no se habían escrito, que yo no escribiría seguramente, que serían la obra, la fama, la gloria de aquel querido amigo de mi infancia, con quien había correteado en la capital de Castilla la Vieja. Hasta entonces le quería; desde aquel momento le admiré y le tuve por un oráculo, sin asomos de envidia, porque yo me siento autor de las obras más bellas, de las obras de otros; sé muy bien que no he de escribirlas nunca, así me conceda Dios mil años de vida, y admiro el numen, que me figuro mío, transmitido a los demás para que no se pierdan mis inspiraciones.

Ya tapaban con ladrillos el nicho, cuando pude estrechar en mis brazos a Pepe. Harto sabía él que mi felicitación era sincera. Dos hermanos no se quieren más. No pude gozar de su compañía en aquella hora triste y feliz, de entusiasmo y lágrimas, porque vino Luis Bravo rompiendo por entre la multitud, con aquellos modos ejecutivos y perentorios que gastar suele, y cogiéndole de la mano le arrastró tras sí. Dijéronme luego que se le habían llevado en coche dos señores de los que ostentaban mejores levitas en el entierro. A la salida hube de reparar nuevamente en las prendas de vestir, de variedad suma, complaciéndome en ver no pocas de peor calidad y ajuste que la mía. (p.4991) Comparado con algunos que no quiero nombrar, yo estaba deslumbrador. Los mejor trajeados eran Roca de Togores, Mesonero Romanos, Villalta, Julián y Florencio Romea, Carlos Latorre, Donoso, Villahermosa, los Madrazos.. Ventura y Bretón no iban mal apañados. Plebe endomingada éramos Ferrer del Río, Pepe Díaz, García Gutiérrez, Juan Eugenio, Gil y Zárate y el eximio autor de La protección de un sastre.

El cual, a la mañana siguiente, hallándose, no diré que en el primer sueño, pero sí en el segundo, sabrosísimo, fue despertado por Zorrillita, que entró, como siempre, metiendo ruido. Despertar yo y él abrazarme sentado al borde del mullido lecho potronil, fue todo uno. Ni Pepe ni yo sabíamos qué hora era, ni nos importaba, hechos ya a mirar el tiempo con menosprecio, por lo cual habíamos resuelto alejar de nosotros a esos impertinentes marcadores de la oportunidad que llamamos relojes. Para nada los necesitábamos. Desperezábame yo, y Pepe me contaba sus triunfos de aquella noche, en que no había dormido, ni siquiera entrado en su casa. Presentado por Luis Bravo al señor del coche, un alemán muy rico que se llama Buschental, a quien tú no conoces ni yo tampoco, porque no nos tratamos con gente de dinero, ni maldita la falta que nos hacen tales compañías, pues ya sabes cuán difícil es que entre un rico en el reino de los cielos; presentado al banquero, digo, este y otro cuyo nombre ignoro, y por eso se queda sin pasar a la posteridad, le llevaron a comer a Genieys, y le obsequiaron y le colmaron de lisonjas. Corrieron el Jerez y el Champagne. ¡Manes del gran Fígaro, escribid el artículo de ultratumba: Del cementerio a la fonda! Concluido el comistraje, le llevó Bravo a nuestro café del Príncipe, donde hizo amistad con Ventura, Hartzenbusch, Bretón y García Gutiérrez, y de allí cargaron con él a casa de Donoso Cortés, do se hallaban Pastor Díaz y Pacheco, los cuales, después de hacerle desembuchar estrofas, ofreciéronle una plaza en El Porvenir con treinta duros de sueldo. Su obligación era (p.4992) llenar de poesía dos o tres columnas todos los domingos y fiestas de guardar, y traducir novelas para el folletín. Tanta felicidad le tenía embobado, y también a mí, que con sus triunfos gozaba lo que no puedes figurarte. Era el hombre del día. La suerte iba en su busca con el laurel en una mano y treinta duros en la otra. Tan desusado y peregrino nos pareció esto, que resolvimos celebrarlo con toda pompa, dedicando a la Providencia una solemne fiesta eucharistica o de acción de gracias, la cual debía de consistir en alegres festines y en gozar de cuanto Dios crió. Yo bailaba vistiéndome, y Zorrilla se tomó mi chocolate. Sentía él no disponer ya de los primeros seiscientos reales de El Porvenir; pero como yo poseía algunos, resolvimos consagrarlos a las indicadas expansiones eucharisticas, en las doradas puertas de la inmortalidad que para mi amigo se abrían. Embolsado el dinero, nos echamos a la calle, creyendo que el Mundo y la Naturaleza se engalanaban en nuestro obsequio; que los transeúntes bailaban o debían bailar de regocijo como nosotros; que el sol alumbraba más que otros días; que las calles reían a carcajadas; y más ricos que Fúcares, más ufanos que Napoleón al día siguiente de Austerlitz, reventando de salud y de júbilo, nos lanzamos en busca de cháchara festiva, de comidas sabrosas, de ardientes emociones y estimulantes placeres.

¿Sabes cómo escribió este condenado Pepillo los versos que en un abrir y cerrar de ojos le han dado fama y una plaza de treinta durazos? Pues con un mimbre, porque no tenía pluma; y mojado en pintura, no sé si azul o verde, por no haber tinta en la casa. Hasta el 14 de Febrero la morada del caballeresco poeta fue una suntuosa cestería; mas hoy por hoy, tanto él como yo, príncipes de las letras, hemos ordenado que se nos prepare la Alhambra de Granada o el Alcázar de Toledo.

Dícenme, mi buen Fernando, que no ha sido venturoso el fin de tu aventura en esas tierras frígidas. Lo creo y me congratulo. Alégrate conmigo de que te haya salido mal lo que, de salir bien, habría sido para ti la (p.4993) primera piedra de la pirámide de tus infortunios. No hay cosa más feliz que el que a uno le planten, con lo que se libra del enfadoso problema de plantar, más difícil de lo que a primera vista parece. Todo hombre que recobra su libertad, todo emancipado de la tiranía de amor, es héroe que vuelve ileso de las batallas de la vida. En mi calidad de profeta y oráculo te administro un consejo, al cual, para que más fácilmente se grabe en tu memoria, doy forma métrica, sin lima, pues he proscrito el uso de esa herramienta:

¡No ames a nadie nunca; allá en tu mente

Goza con tu amoroso pensamiento;

Nunca tu corazón crea imprudente

Hallar en otro amor y sentimiento!

Vuelve al mundo, hijo mío, y no desgastes tu noble espíritu en melancolías, que son causa de malas digestiones. Contempla las bellezas de la creación, y extasíate en lo que Dios ha fabricado para nuestro recreo; admíralo todo. El mundo es bueno, superior, y en él se acreditó de maestro el Supremo Artífice.

¿Qué hay que pedir? ¡Tenéis cielo y estrellas,

Y sol y luna y otras cien mil cosas

Que, a más de ser a vuestra vista bellas,

Son acabadas máquinas grandiosas!

¡Rayos, truenos, relámpagos, centellas

Tenéis, que os dan mil fiestas luminosas!

..

¿Qué me decís del mar? ¿Y los volcanes?..

¿Y las minas? ¿Y el reino vegetal?

¿Pues dónde dejaremos los afanes

Que habrá costado hacer un animal?

Miserable mortal, no te me ufanes

Creyéndote animal excepcional,

Que el mismo tiempo malgastó en ti Dios

Que en hacer un ratón, o a lo más, dos.

Admira el Universo, abominando sólo de dos cosas: de la mujer, que fue criada para echar a perder todo lo demás, y de la filosofía, que sólo sirve para envolver en importunas gasas la verdad y no permitirnos gozar de ella. Oye estos sublimes pensamientos míos acerca de la filosofía:

A cada paso se oye un NO y un sí..

Algunas veces se oye un YA SE VE;

Se habla de Dios; definirele así,

Diciendo que Dios es un ENTE A SE.

El alma no es A SE, ni vive EN SÍ,

Que vive en Dios, por quien creada (p.4994) fue..

Quien me entienda, me entienda, porque yo

Ni entiendo al que me entienda, ni al que no.

Y por fin, querido Fernando, aunque dicen que lo bueno nunca es largo, doy fin a esta carta, repitiendo las advertencias que al principio te hice para que a documento tan precioso no se le entorpezca el pase a la posteridad. Guárdala en el más seguro estuche de tu relicario; rotúlala con mi nombre para que extraños y propios aprecien sin leerla su inmenso valor literario, y date con un canto en los pechos por haber merecido el honor de que Nos (uso el plural, como el Papa) hayamos vencido nuestra sublime pereza para escribírtela. No esperabas tú esta diligencia mía, tan contraria a las preciosas virtudes de no hacer nada y de pensarlo todo, que son mis virtudes favoritas. Por ellas la Divina Comedia, que debió ser mía, es del Dante; mi Vida es sueño pasó a Calderón; mi Sí de las niñas se lo cedí a Moratín, y todo lo bueno y hermoso de estos tiempos, por generosa renuncia de mi ingenio soberano, ha pasado a reflejarse del sol de mi caletre a la luna de los autores que andan por ahí, resultando que son espejos que, sin quererlo yo, reproducen mis ocultos esplendores. Yo me envanezco de ser autor de todas las grandes obras del humano saber. Soy feliz, y deseo que mi clásica epístola te colme a ti de felicidades, despejando tu cabeza de nubes enojosas, tornándote a la salud y al contento, a la conciencia de tu porvenir, y determinándote a salir de esas soledades para volver acá, donde te esperan abiertos en cruz, en olímpico desperezo, los brazos de tu amante amigo. -Nos Miguel de los Santos Álvarez.

 

Ep-26-XII -

De Pilar a su amiga Valvanera

Madrid y Abril.

Querida mía: Te escribo de prisa y corriendo porque tengo que salir a una visita fastidiosa, inevitable, y no quiero perder el correo de hoy. Sin perjuicio de consagrarte otro día todo el espacio que piden mi cariño y mi gratitud de una parte, de otra el amor a Fernando, y las mil cosillas que a mis dos amores tengo que decirles, atiendo a la urgencia de tus preguntas.

Mis relaciones con Juana Teresa (p.4995) son las de dos personas que no se aman, pero que no quieren dar al mundo el espectáculo de la desavenencia, desamor mejor dicho, entre dos hijas de un mismo padre. Si nuestras madres se hubieran conocido, se habrían detestado cordialmente. La mía y la suya eran dos madres de índole, sangre y gustos muy distintos: como ellas salimos nosotras 2; fuimos nuestras madres redivivas, sin que el padre común nos diera nada que igualase la desigualdad ni conciliara lo inconciliable. Hace algunos años, la herencia del tío Sobremonte fue causa de que nos pusiéramos al habla mi media hermana y yo para evitar litigios dispendiosos: no hubo más remedio que entrar con ella en correspondencia, la cual dio aspecto de paces duraderas a lo que no fue más que negociaciones transitorias, mirando cada cual por sus intereses. Concluimos, y al final diome Juana Teresa nuevo testimonio de su malicia y desconsideración. No hemos vuelto a escribirnos. Ya te contaré cosas de ella, y cosas mías, que ambas las tenemos, cada una según su natural, y comprenderás cuán difícil es que seamos amigas enteras, siendo, por ley de naturaleza, hermanas partidas. Yo no me ocupo de ella jamás, ni la nombro para nada; ella no procede del mismo modo con respecto a mí, y la distancia que nos separa no impide que lleguen a mi oído (por desgracia, sutil) las ironías de Cintruénigo. Por hoy no te digo más.

¡Ah! sí: te digo que mi secretico de dos caras, por una suplicio, gozo inefable por otra, no lo sabe Juana Teresa. Si lo supiera, creo que ya sería del dominio público, y me cantarían los ciegos por las calles. Hoy por hoy, amada mía, sólo hay cuatro personas vivas que lo conozcan, y una de ellas eres tú, mi consuelo, mi esperanza..

He llorado un poquito. Valor, y adelante, que es forzoso concluir esta. ¿Y ese adorado tontín ha recibido y gozado la carta de Miguel de los Santos? ¿Ves? Hace poco lloraba, y ya me río. ¿Y está su cabeza tan trastornadita que no ha caído en mi gracioso enredo? ¿Se ha tragado la carta como del propio estilo y mano de Álvarez? (p.4996) ¿No ha visto que es de mi cosecha, y que la forma, ya que no lo que allí se relata, salió de mi magín? Conste que me he reído con gana mientras tramaba esta superchería, como se reirá él cuando la descubra. ¡Pobrecito mío! Por estas bromitas, que salen de mi corazón, pienso yo que ha de quererme más. No le digas nada; déjale en su error, a ver por dónde sale. ¡Cuál no habrá sido su asombro al ver epístola tan larga firmada por aquel supremo holgazán! Él conoce a Miguelito, y sabe que es un sonámbulo de mucho ingenio, que sueña y anda, pero no escribe. Ya le contaré más adelante a mi sonámbulo (pues también Fernando lo es) cómo he podido adquirir conocimiento de todo lo que pasó antes, en y después del entierro. Para mayor burla, le diré que Miguel no asistió al acto porque no pudo encontrar quien le prestara ropa de luto.. como que en aquel día, y con el consumo de todos, se agotaron las levitas.. ¡Pobre niño mío! Que juegue yo con él un poco. Esto me endulza el alma. Me parece que me quitan veinte años, y que le tengo sobre mis rodillas contándole el cuento del ratoncito Pérez. ¡Adiós! no puedo más hoy. Te idolatra tu -Pilar.

 

Ep-26-XIII -

De Fernando Calpena a D. José María de Navarridas

Villarcayo, Abril.

Mi respetable amigo: No a desatención ni olvido, sino a la indolencia que el estado de mi ánimo me imponía, debe atribuirse el hecho de no escribir a usted y su noble familia cuando Sabas partió para La Guardia. Espero que me perdonará esta falta antes que yo mismo me la perdone, y fiado en ello me tranquilizo de la turbación que su carta ha levantado en mi conciencia. No quiero dar a usted más disculpas que la de mi desgana de toda ocupación en aquellos días, y es bastante; que el guerrero que vuelve derrotado y maltrecho en horrendos lances y peripecias abrumadoras, tiene derecho al descanso, llamémosle pereza. Ha sido precisa la intervención de una deidad providente para que yo me decida a no aplazar por más tiempo la contestación a su cariñosa carta.

Sí; la señora de este castillo, me ha cogido (p.4997) hoy por una oreja, y llevándome al despacho de su digno esposo, me ha conminado con penas de supresión de almuerzos y comidas si no escribía hoy mismo al buen párroco de La Guardia. La ilustre señora me ha hecho ver la fealdad de mi conducta, demostrándome además cuánto conviene a mis males íntimos el apartar de ellos la atención. A esto añado, por cuenta propia, que nada es más grato para mí que platicar de lejos, ya que de cerca es imposible, con usted y con su dignísima hermana y encantadoras sobrinitas, a quienes manos y pies beso con todo el rendimiento de las más leal amistad.

Grande satisfacción me causan sus noticias acerca de la excelente salud de las niñas de Castro, de su alegría y buena disposición. Veo con gusto que la juguetona Gracia se hace poquito a poco persona formal, ayudando a su hermana, y que esta multiplica sus dotes y aptitudes, como si no quisiera dejar mérito alguno para los demás. Al propio tiempo, he de manifestar a usted mi sentimiento porque su nobilísimo plan no haya tenido realización a la hora presente. Tanto Valvanera como yo hacemos votos porque los deseos de usted y de su hermana se realicen lo más pronto posible, y no dudamos que la negativa de la mayorazga ilustre de Castro será un incidente pasajero. He dicho mayorazga sin acordarme de la abnegación con que Demetria ha partido sus bienes con la hermana menor. Sin duda su alma, ambiciosa de perfecciones, ha querido añadir a sus coronas la de esa generosidad hermosísima. No digo a usted que la felicite en nuestro nombre, porque quizás al echar el incensario a su magnanimidad daríamos, sin quererlo, un golpe a su modestia. Persistan usted y su hermana en su buen propósito, y al fin la voluntad de Dios y la de la sin par Demetria aparecerán en perfecta armonía.

En efecto: el Sr. D. Pedro Hillo, cuya visita le anuncian de Madrid, es mi amigo más amado, y el discreto corresponsal de cuyos relatos interesantes di a usted conocimiento; persona por diversos títulos digna de su estimación y de los agasajos que (p.4998) le prepara, pues une a su saber de cosas sagradas y profanas, el trato amenísimo y la gravedad del carácter.

No me parece mal que las niñas consagren a la lectura sus ratos de ocio, que en esa vida laboriosa no pueden ser muchos. Demetria no necesita andadores para correr con paso firme por los altibajos de toda la literatura habida y por haber, pues su criterio superior le permite discernir claramente lo bueno de lo malo y lo sano de lo enfermo. Déjela usted, que ya sabe ella por dónde anda, y ni la Nueva Eloísa, ni el Joven Werther, ni los fogosos atrevimientos del modernísimo Víctor Hugo, si éste ha llegado a La Guardia, turbarán su espíritu reposado. A Gracia sí conviene atarla un poquito corto en sus tareas de lectura, porque no posee todavía el seguro discernimiento de su hermana. ¿Pero qué he de decir yo sobre esto que usted no sepa, mi bondadoso y respetable Navarridas, maestro y capellán de esas nobles criaturas?

Concluyo, amigo mío, con un encargo que mi castellana se permite hacer a Demetria, por conducto mío. Venimos a ser usted y yo no más que dos torres telegráficas por donde el pensamiento de Valvanera se transmite a la incomparable gobernadora de los estados de Castro. Ponga usted atención, tome nota de las señales que enarbolo, y llénese de paciencia, porque ahora sale mi señora con que no es un encargo, sino dos, y quizás tres. Allá van: sabedora Valvanera de que en La Guardia se cosechan los mejores tirabeques de la Rioja alavesa, y quizás del mundo, desea que Demetria le suministre la semilla suficiente para sembrar, en la huerta de esta casa, un tablero como de ocho varas de largo por dos de ancho. Los tirabeques que aquí conocemos son estrechos, según dice, mal granados y con hebra excesiva y gruesa: desea de los grandes, torcidos a lo cuerno de carnero, jugosos y mantecosos, como los que le mandaron de regalo las de Álava, allá en la ominosa década, si no recuerda mal. ¿Se ha enterado usted bien, Sr. D. José María? Mire que si se equivoca no me echen luego la culpa a mí, pobre vigía de esta (p.4999) torre primera.. Adelante. ¡Ah! dice Valvanera que, si puede ser, disponga el envío lo más pronto posible, para sembrarlos en el menguante de este mes. Otrosí, que añada instrucciones sobre el sistema de cultivo y tutores que ahí se emplean para esa planta, comúnmente viciosa y de altísimas guías. ¿Enterado?

Pues allá va otro encargo: receta para hacer dulce de tomate, que es una de las más sabrosas especialidades de mi señora Doña María Tirgo: riquísimo lo hacía una monja de Medina de Pomar; pero ya se ha muerto, llevándose el secreto de su arte. Que añada si se mezcla o no con ciruela, pues entiende mi castellana que el tomate dulce de Doña María tiene algo de trampa. Las ciruelas de aquí son excelentes, y si hay mezcla no se duda del buen resultado. De paso.. (y aguante usted el nublado, mi Sr. D. José María) , que a la receta antedicha agregue Demetria la que usan en esa noble casa para hacer el incomparable mostillo que han podido gustar, más no imitar, los amigos que de regalo lo han recibido. La señora de Castro-Amézaga, madre de las niñas reinantes, elevó el crédito de los mostillos de esa casa a colosal altura. Si no hay receta escrita, habrá en la familia tradiciones, que Demetria conservará religiosamente. Y si a la dignación de mandar las semillas y las recetas añaden las señoritas la prontitud, el favor será doblemente agradecido.

¿Quiere usted más, mi buen D. José María? Pues no hay más, sino que deseamos a usted y a su hermana y las niñas toda la felicidad que se merecen; y por mi cuenta digo que las expresiones usuales de cortesía me parecen pálidas para manifestar a todos mi cordial respeto. Besa las manos de ustedes su afectísimo -Fernando Calpena.

 

Ep-26-XIV -

De Pedro Pascual Uhagón a Fernando Calpena

Elorrio, Marzo. (Recibida en Abril) .

Aquí me tienes, querido Calpena, disfrutando de todas las dichas que trae consigo la vida militar: hambres, golpes, cansancio hasta morir, fríos y calenturas, que de todo hay, sin contar las heridas, de las cuales, en el reparto diario, me han tocado tres como tres soles, (p.5000) que me han hecho ver las estrellas. A quien no he visto es a la señora gloria, que a todos nos engatusa con su coquetismo, llevándonos tras sí como carneros. Según te decía en mi anterior, salimos de Bilbao a cooperar en el plan del General inglés Lacy Evans. Consistía en atacar al faccioso por tres puntos distintos: Sarsfield por Navarra; nosotros por aquí, amenazando el interior de Guipúzcoa, y el inglés por Hernani y toda la zona fronteriza. Según Espartero, este disparatado plan es de los que se proyectan todos los días en las mesas de los cafés de Madrid. Lo sacó de su cabeza el Jefe de la división inglesa, y aceptado por el Gobierno, no hemos tenido más remedio que ponerlo en ejecución: así ha salido. Nosotros llegamos hasta esta villa de Elorrio, y de aquí nos volvimos a Bilbao, no diré que con las manos en la cabeza, pero sí desalentados y con la rabia de ver la inutilidad de nuestros esfuerzos. A Lacy Evans le zurraron en Hernani, y Sarsfield se volvió a Pamplona sin llegar al punto designado. Con muchos planes de estos no dudo del triunfo de la ojalata en plazo próximo. El tiempo lluvioso y frío, digno hermano del de aquella noche memorable, nos ha entorpecido las operaciones, resultándonos un sin fin de enfermos, y haciéndonos pasar mil trabajos. Quiera Dios que esto acabe pronto y nos retiremos a nuestro Bilbao, donde al menos comerá el que lo tenga.

De tu asunto no puedo decirte nada en concreto, pues en Durango no vi a la persona que pensé podría informarme. Un amigo mío de Bilbao, ayudante de Ceballos Escalera, me ha dicho que no hubo tal coacción ni cosa que lo valga; que desde los comienzos del sitio vio a la niña sola por las calles con Zoilo Arratia, como dos tórtolos que en medio del fuego se arrullaban. Te lo cuento a título de dato verosímil, sin darlo como verdadero, pues no me inspira plena confianza el informante. Mi opinión es que te propines buenas tomas de olvido, y a otra, chico. Échate a la espalda el amor propio, y búscate algo en que pensar que no sea esto, que no te faltará algún quebradero de cabeza (p.5001) por otro lado. Distráete aunque sea con disgustos nuevos, y el tiempo, con nuevos afanes, de los viejos te curará. Y buenas noches, que me caigo de sueño.

Amanece, y oigo que salimos. ¿Y cómo te mando esta? Si vamos a mi pueblo, de allí te la enviaré con la relación de lo que nos pase por el camino, que me figuro no ha de ser cosa buena, y noticias de tu pleito, si en alguna parte las hallo.

Bilbao, 26.- Chico, aquí me tienes cubierto de gloria. ¡Al fin..! En Galdácano dimos una batalla, después de otra honrosísima en Zornoza, ambas protegiendo nuestra retirada. Los ojalateros que hemos dejado tendidos en el campo, en una y otra parte, no te los puedo contar: su número es infinito. Espartero ha sido el hombre de siempre, el primer soldado, el caudillo sin par, creciéndose en los malos pasos, más valiente cuanto más enfermo. De mí puedo decirte que también he sido esforzadísimo guerrero, digno de que Marte me prohíje y Belona me quiera. Bromas a un lado, estoy satisfecho, y en conciencia creo haber cumplido con mi deber. No me ha tocado ninguna bala: Dios ha querido sacarme ileso, para que pueda contarte lo que leerás ahora mismo, todo el misterio de tu novela descifrado, y el caso obscuro puesto en un foco de luz que nos permite verlo en su realidad. Las noticias son de buen origen. Queda retirado lo que en Elorrio te escribí; no hagas ningún caso de mis recomendaciones de olvido. Desconocedor de la enfermedad, te receté un disparate.

Confirmado está plenamente que hubo coacción horrible y un complot pérfido, fundado en la falsa noticia de tu muerte, que supieron presentar como hecho indubitable. Quien esto me ha dicho, y de ello da fe, sospecha que también hubo amenazas, imposición por el miedo. La extremada sensibilidad de la pobre niña, y la viveza de su imaginación, dan verosimilitud a esta sospecha. Tenemos aquí, pues, un caso sumamente grave, y yo desafío a los inventores de dramas románticos a que saquen de su cabeza uno como este. Escucha sin temblar: todos los artificios de los (p.5002) secuestradores de la Negretti no lograron impedir que el mes pasado se enterase del monstruoso engaño, por confidencias de una criada joven, de una criada vieja.. no estoy bien seguro de la edad de la confidente. Ello es que Aura se volvió loca, es decir, loca enteramente no: llamémoslo trastorno, rabia, furor insano contra sus embaucadores. Apelaron a todos los medios para tranquilizarla: medicinas, recreos, pláticas de clérigos más o menos elocuentes, sin obtener más que la exasperación de su mal, y, por último, no tuvieron más remedio que llevársela a la ferrería de Lupardo, y encerrarla allí, bajo la vigilancia de su tía Prudencia y de José María Arratia, el mayor de los tres hermanos, que casó hace poco con la chica de Busturia. Pero más que la vigilancia y el cuidado de los carceleros, pudo la energía expansiva de la dama y su furia de libertad, porque bonitamente se les escapó una noche, saliéndose por el tejado, y esta es la hora en que no han podido recobrarla. Todos los Arratias se lanzaron por diferentes puntos en busca de ella, sin dar con su persona: sólo hallaron un rastro, que es para ti dato interesantísimo, y por eso te lo transmito sin pérdida de tiempo. Lo único que pudieron averiguar los chimbos es que Aura pasó por Llodio un domingo muy de mañana. Preguntó en varios puntos por el camino de La Guardia, mostrando propósito firmísimo de ir a esta villa. La vieron internarse en la Peña de Orduña. Ni con buenos ojeadores ni con perros han podido cazarla. En esta resolución de la joven, que ya no me parece locura, sino todo lo contrario, veo yo un carácter, el rechazo o reacción formidable de su timidez anterior, el renacimiento súbito de una voluntad oprimida y sojuzgada por los engaños. Esto he sabido de labios que me merecen crédito, y te lo comunico para que estés al corriente.. ¡En La Guardia, chico!.. Puede que ya esté allí. Me da el corazón que está. ¡Alerta, Fernando!

Yo, que no creía en el romanticismo práctico, ya me rindo, caro amigo, y declaro que todo lo que imaginan los poetas, de Víctor Hugo para abajo, (p.5003) se queda tamañito junto a lo que la propia vida nos muestra. Esta captación de la voluntad de una mujer hermosa; el artificio de hacerte pasar por muerto para persuadirla más fácilmente; la caída de ella en el terrible lazo, por timidez, por terror, quizás por sortilegios desconocidos, ¿no son una primera parte de drama que supera a cuantos vemos en el teatro? Dime una cosa: ¿estás bien seguro de que en la segunda visita que hiciste al almacén de Arratia, en los primeros días de Enero, no te cogieron, no te convidaron a beber, no te dieron algún narcótico hasta que quedaras como muerto, poniéndote en el ataúd y encendiéndote velas, para que ella te viese y no tuviera duda de tu viaje al otro mundo? Porque yo todo lo creo ya y todo lo temo, y las cosas que antes me parecían novelescas, ya las tengo por naturales y comunes. No puedo desechar la idea de que todas esas gentes de apellido italiano se traen un surtido de venenos o filtros adormecedores, para con ellos ayudarse en sus trágicas intrigas.

Bueno: pues ahora viene la segunda parte del drama. La casan a la fuerza, quizás previo el empleo de algún otro bebedizo que convierta a las personas en máquina, y les permita moverse y hablar sin darse cuenta de lo que hacen y dicen. Me la casan; parece que han triunfado, y de repente sobreviene la confidencia, la revelación de un parte de por medio, criado desleal, o traidorzuelo mal pagado. Y aquí todo varía: surge la locura de la dama, la resurrección repentina de su albedrío; tras esto, tenemos nuevos embrollos de la familia para echar tierra al asunto y no dejar que tales infamias se hagan públicas; la niña se les escapa; corre sola por esos caminos, buscando el de La Guardia, donde cree encontrar su bien, su solución.. ¿Llegará? ¿La cazarán antes sus perseguidores? He aquí el misterio del acto último, aún no descifrado. ¡Alerta, Fernando! ¡A La Guardia! ¡Ahí va!

No sigo, que es tarde y se va el correo. Última noticia: no es cierto, como te dije, que haya muerto Ildefonso Negretti. Vive, aunque en un estado muy semejante a la imbecilidad. (p.5004) Me lo ha dicho Vildósola, que ignora o afecta ignorar todo lo demás de esta historia lúgubre. Pero no desmayo en mis averiguaciones, y todo lo que yo sepa, lo sabrás en el tiempo que tarden en llevarte mis cartas nuestros detestables correos. Consérvate sereno, y no tomes resoluciones precipitadas. Para todo cuenta con tu fiel amigo -Uhagón.

 

Ep-26-XV -

De Pilar a Valvanera

Madrid, Abril.

Amada mía: A mis penas crónicas ha querido Dios añadir una de las más agudas que podría enviarme. Estoy afligidísima; grandes satisfacciones tendría que concederme Dios para consolarme de esta pena. Se me ha muerto hace dos días Justina, mi criada de toda la vida, la que me ha servido con increíble abnegación, cariño y fidelidad desde que me casé, desde antes, pues ya la conociste sirviendo a mi madre, que no podía pasarse sin ella. Lo mismo me ocurre a mí: el vacío de Justina es horrible; no era ya mi criada, sino algo que no puedo expresar con las palabras amiga y hermana: era la confidente de todos mis secretos, así de los que amargan como de los que endulzan mis horas; no puedo acostumbrarme a vivir sin ella, pues era como parte de mi pensamiento; había llegado a pensar por mí; su voluntad era parte de la mía, parte cada día mayor, llegando a suplírmela por entero. Últimamente casi me gobernaba; su criterio fue siempre justo; sus determinaciones, acertadas. ¡Pobre mujer, cuánto me amó! Era tal su adhesión a mí, que mil veces habría perdido la vida por evitarme un disgusto. Consagrada en cuerpo y alma a mi servicio inmediato, el más íntimo, el más familiar, creo que hasta parte de mi conciencia estaba en ella, y al perderla siento que se me va también allá lo mejor de mí. Por no abandonarme rechazó proposiciones de boda; ha muerto soltera, con seis años más que yo; expiró consagrándome sus últimos pensamientos. ¡Qué ejemplo de abnegación, de sacrificio! ¡Y luego dicen que ya no hay santas! Voy entendiendo que Justina lo era.

Desde que cayó enferma no me separé de su lado. Ni por mi madre habría hecho (p.5005) más que por ella. Murió santamente, recordándome alegrías y penas pasadas que las dos sentimos sin dar a nadie participación, y sus últimas palabras, agarraditas sus manos a las mías, fueron consagradas al ser a quien amaba tanto como yo. ¡Ah, Valvanera mía, no tengo consuelo! Te dije en mi anterior que cuatro personas poseían mi secreto: ya no lo poseen más que tres.

No sé si decirte que le leas esta carta al prisionero. Él no sospecha que le han amado corazones ausentes, desconocidos. El de Justina gustaba de recrearse en el amor a Fernando, y siempre le veía niño. Los primeros cuidados que se prodigan a los recién nacidos, de ella los recibió Fernando. Le vio después, teniendo él cuatro años, pues con el fin de que inspeccionara su crianza la mandé a Vera, y siempre le recordaba en aquella edad. Me ponderaba su belleza, su parecido a mí; me pintaba con graciosas imágenes el color de sus cabellos, de sus ojos. El día en que murió, le describía chiquitín, como si le hubiera visto la semana pasada. Díjome que su pena mayor era morirse sin verle caballero formado; recomendome que cuando yo le tuviese a mi lado le expresase su cariño, y le diese en nombre suyo muchos besos. De tal modo me impresionó con estas demostraciones, que las dos parecíamos moribundas, yo quizás más que ella. Díjome que no llorase ni me afligiese; que Dios, con lo mucho que había yo sufrido, me perdonaba todas mis culpas, y que si aún faltaba algo por perdonar, ella se encargaría de obtener en el cielo la total absolución.. Sí, sí es preciso que le leas esta: quiero que sepa que se ha muerto Justina; que Justina le amaba, que Justina es para mí una pérdida irreparable.. Ayer ha sido el entierro; mañana iré al camposanto a llevarle las flores más bonitas que pueda procurarme. Le gustaban tanto como a mí, y siempre que salía traíame las mejores que encontraba. Ahora todas me parecen indignas de ella. Las de mi corazón, que son las más bellas, no se ven, y en estos homenajes ¡ay! no nos satisfacemos sino con lo que entra por los ojos. ¡Dios mío, qué sola estoy!.. ¡Pero qué (p.5006) sola! Lo dicho: léele esta carta, o dásela para que se entere, y dime el efecto que le causa.

No está de más que en esta repita mis exhortaciones para la custodia del bien que he puesto en tus manos. Ordeno y mando que el prisionero renuncie por ahora incondicionalmente al uso de su voluntad, sometiéndose a la tuya, que por delegación es la mía. Te transmito toda mi alma, me encarno en ti. Ya le devolveré al señorito su voluntad, cuando yo entienda que está en disposición de usar de ella dignamente. Toda cautela me parece poca mientras dure el horrendo trastorno de una ilusión arrancada de cuajo. Yo sé lo que es eso. Que no tome resolución alguna, ni aun aquellas que parecen más insignificantes, sin previa consulta contigo, que eres migo. Que no se aleje de tu casa, a no ser con Juan Antonio o personas de gran confianza. No puedo echar de mí la imagen del Joven Werther, que es desde hace tiempo mi fantasma perseguidor. Por la impresión que hizo en mí esta obra al leerla por vez primera, juzgo la que hará en un espíritu admirablemente preparado para la imitación del caso que en ella se presenta.. Dios le perdone al Sr. de Göethe el mal que ha hecho.

Paréceme acertadísima la campaña teatral que han iniciado tus niñas. Es un entretenimiento de buen gusto y honestísimo, si hay buena elección en las obras que representen, y la del Sí de las niñas no puede ser más acertada. ¡Cuánto daría yo ahora por ver tu teatro y aplaudir a mis queridos cómicos! Pero no puede ser, ¡paciencia..! Aquí te pongo veinte mil suspiros de los más hondos. Guárdamelos por allá, pues en cada uno de ellos va un poquito de mi alma.

Y no te escribo más hoy: lo que aún tengo que decirte no es nada grato, y no quiere amontonar tristezas sobre tristezas tu amantísima -Pilar.

 

Ep-26-XVI -

De la misma a la misma

Madrid, Abril.

Gracias a Dios, amiga de mi vida, que hoy puedo escribir todo lo que quiera. Hoy me siento discípula del Tostado, y me será fácil hacer honor a tan gran maestro. Felipe se ha ido a la Encomienda con Gravelinas, Castro (p.5007) Terreño, Jenaro Villamil, el pintor, y un chico que ahora despunta en la política y los periódicos, Luis Sartorius. Creo que Fernando le conoce. Allá se estarán unos días cazando y hablando mal del Gobierno. Después van a Segovia, donde Villamil se propone pintar la Fuencisla, el Parral, y qué sé yo qué, y mi marido ver y tasar una colección de clavos de puertas, bisagras y aldabones que a la venta sale. Por allá se estén luengos días, y si fueran meses, mejor, para que yo respire. ¡Preciosa libertad, cuánto vales! Así podré llorar a mis anchas a mi amada Justina, y llevarle flores, y hablar contigo, emborronando todo el papel que me dé la gana. ¡Benditas cacerías de la Encomienda y benditos clavos de Segovia! Claro que mi libertad sólo es relativa, porque siempre quedan aquí personas que al volver Felipe le cuentan todo lo que hago; pero esta clase de esclavitud la sorteo yo perfectamente. Hoy me siento mía, hoy respiro, y los suspiros que te mando llevan alegrías de mi corazón y esperanzas.

En estos veinte años largos de ansiedad y lucha, de persecuciones, de estudio sutil para sortear el carácter receloso, inquisitorial de Felipe, Dios me ha favorecido, no puedo negarlo. Concediome primero la compañía y ayuda leal de Justina; después, que a Felipe no le fuera antipática mi fiel sirviente, pues si se le ocurre tomarla entre ojos y privarme de ella, ¡pobre de mí! Verdad que Justina poseía un arte supremo para el disimulo, para hacerse agradable y necesaria a las personas con quienes estoy obligada a vivir en paz, y se ha muerto la pobrecita sin que nadie sospeche que entre ella y yo había tan entrañable inteligencia en puntos muy delicados. Felipe ha sentido su muerte, y el día que la sacramentaron estaba muy afligido. Le agradecí mucho su pena, y ganó terreno grande en mi estimación. A los veintiocho años de casados, es triste, tristísimo, que mi marido tenga que hacer méritos para conquistar sentimientos míos, que debió poseer desde el primer día. Entre Felipe y yo hay un gran espacio vacío, glacial, que en tanto tiempo no (p.5008) ha podido llenarse ni encenderse con afectos. La vida común no ha hecho más que poner en pugna constante sus asperezas con las mías, sin limarlas. ¿Tengo yo la culpa? ¿La tiene él? ¿Es culpa de los dos? Averígüelo quien quiera, pues ni Vargas creo yo que domine tan difícil averiguación. Por centésima vez te lo digo, querida Valvanera: yo no he tenido la suerte tuya; tu marido te resultó ajustado a tu ser espiritual. Hicisteis pareja feliz, con unidad de pensar, unidad de sentir. Las pequeñísimas diferencias pronto fueron destruidas por el roce. A mí no me resultó ese bien tan grande. Y lo de hacer o no hacer pareja es cuestión de suerte, créelo. Porque ni una piensa, ni los padres tampoco, y aunque en ello pensaran rara vez acertarían. Los caracteres se conocen bien cuando envejecemos, y siempre la casan a una cuando es niña o casi niña, fundándose en sentimientos superficiales que luego se convierten en humo.

Tengo que fastidiarte con estas confidencias, que en parte no son nuevas para ti, pues en otras ocasiones me has oído decir lo mismo; mas ahora es preciso que yo extreme mi sinceridad a fin de que puedas hacerte cargo de la relación entre mis cuitas matrimoniales y este magno asunto secreto. Fácilmente comprenderás cuánto he tenido y tengo que discurrir para que entre estas dos mitades de mi vida no haya ningún contacto. Semejante trabajo de incomunicación es una obra maciza de disimulo, de ocultaciones, de supercherías más o menos inocentes, y representa una energía mental tan extraordinaria que, aplicada a otros órdenes, podría bastar a la formación de un perfecto hombre de Estado. Que la incomunicación entre las dos esferas era necesaria, bien lo comprendes tú que conoces a Felipe. No podía yo hacer otra cosa: Felipe y Fernando eran y son incompatibles, irreconciliables; el uno es la ley, el otro su transgresión. En la noche aquella de Zaragoza, después de ver juntas El sí de las niñas, supiste que yo había cometido una falta muy grave. Sobre esto no hay que volver: convinimos en que yo había sido (p.5009) criminal, faltando a la más sagrada de las obligaciones; yo me acusé y tú me sentenciaste. Yo no merecía perdón; tú me compadecías y procurabas consolarme; yo me declaraba perdida para siempre en el terreno matrimonial. Me aconsejaste el silencio absoluto, el arrepentimiento y propósito de enmienda ante Dios, y que procurara echar un velo.. Esto del velo no se me olvida.. Bueno: pues aquí tienes mi falta muy bien tapada y en condiciones de no ser por nadie descubierta. No me costó poco trabajo; pero ello es que conseguí lo que me proponía.. Pasa el tiempo, y continuamos Felipe y yo desavenidos, inarmonizados, como dos notas discordantes que desgarran el oído cuando suenan juntas. Dios no quiere poner ningún remedio al desajuste de nuestras almas: no nos da hijos. Él es él y yo soy yo, sin que en ningún momento nos encontremos en perfecta unión. Mis esfuerzos por sonar acordes son cada día más infructuosos. Carece él de inteligencia, yo la tengo de sobra; pero ni puedo darle a él, de lo mío, lo que le falta, ni él sabe apoderarse del fuego sagrado. Pasa más tiempo, querida Valvanera, y seguimos lo mismo, quiero decir peor, pues el tiempo parece que se complace en desafinar más a Felipe siempre que se empeña en sonar junto a mí. No nos entendemos: soy para él un libro en lengua chinesca; él es para mí un libro en blanco. No me dice nada.

Bueno: pues en esta situación me acuerdo de mi falta; cada día pienso más en las consecuencias de ella. Allá, donde Dios quiso, dejé un ser muy envueltito en ropas blancas. Me le figuro dando los primeros pasos, me le figuro queriendo hablar.. le siento después grandecito. Dícenme que es muy guapo, de buena índole, y tan inteligente que causa miedo a los que se encargan de educarle. Luego le siento hombre, y me informo de que posee las prendas todas del perfecto caballero: su corazón es generoso, sus procederes nobles, su lenguaje discreto.. Me vuelvo loca de alegría.. Allá se me va toda el alma; y cuando procuro convencerme de que estoy libre, de que puedo hacer (p.5010) manifestación de mis sentimientos y ser dichosa, me encuentro paralizada por el deber, por una obligación contraída legalmente y santificada por la religión. Ya me tienes fuera de mi centro natural, y atada a otro centro que no sé lo que es: ¿legal, artificial? No me atrevo a definir estas cosas.. Ni un solo instante me ha pasado por la cabeza concordar aquello con esto: conozco a Felipe, y sé que no perdona lo que en su criterio, reflejo exacto del criterio general, es imperdonable. La magnanimidad es una virtud que le viene muy ancha, como la armadura de un coloso. Mi marido es de los que celebran culto en los altares de la rutina social y de todo el artificio que nos rodea. A tal extremo llega el fanatismo, que si hubiera inquisición de esos dogmas él sería familiar primero de ella, y un implacable quemador de herejes. Resulta, pues, que para poder yo vivir y amar lo que la ley de Naturaleza me manda que ame, no veo más camino que la incomunicación que antes te dije, levantando un muro muy alto entre Fernando y Felipe.

Y ahora necesito referirte otros casos, y hacer comentarios tan sinceros como dolorosos de mi carácter y del de Felipe, para que comprendas cuánto me ha costado levantar ese muro, y la vida de ansiedades que he llevado y llevo para impedir que se me derrumbe y nos aplaste a todos. Concédeme otro poquito de atención.

A la falta mía, desconocida de todo el mundo (con tres excepciones no más) , falta efectiva y real que yo reconozco y confieso a quien me da la gana, siguen otras, las faltas supuestas, fantásticas y mentirosas que la malicia me atribuye. Por la verdad nadie me acusa, por la mentira me denigran. Bien comprenderás que a ti no te oculto nada, que hablo contigo como con Dios. Pues yo te juro que cuantos milagros me cuelga la fama son absolutamente apócrifos. Años ha que te lo he dicho; pero podrías creer que en el tiempo transcurrido desde que no nos vemos he hecho algún milagro. No, amiga querida: ni antes, ni después, ni nunca. Ten la firme convicción de mi inocencia en todo ese (p.5011) tiempo, que bien puedo llamar período fabuloso. Harás quizás la observación de que la fama persistente, aunque se equivoque, no siempre es injusta, y a eso contesto que alguna explicación debo dar a la constancia de las lenguas en hablar de mí con engaño y error. Puesta a declarar en el banquillo, expongo toda la verdad, no sin esfuerzo, pero con franqueza suma. Eres tú mi espejo: me miro en ti, y te doy mi exacta imagen. Pues sí, querida de mi alma, aunque lo sabes, bueno es que yo lo manifieste: he sido una coqueta formidable. Aquí tienes la explicación de mi fama, sin hipocresías ni atenuaciones. El coquetismo, pues todo hay que decirlo, ya nos perjudique, ya nos favorezca, ha sido en mí defensa contra la soledad del alma, un medio de producir alegría, movimiento, bullicio de cosas y personas, un arte de guerra para devolver al mundo mis sufrimientos, que en gran parte, de él y de sus leyes recibía yo. Me dirás que esta disculpa no vale. Bueno, pues coqueteaba por aburrimiento. ¿Tampoco vale esta? Pues coqueteaba.. porque sí.

La verdad es que a una existencia frustrada que ha perdido su órbita, no se le puede pedir que vaya muy derecha. Sé que hay ejemplos de otras existencias también frustradas o sin órbita que se han mantenido en la rigidez absoluta de los principios y de las formas. Yo las admiro: no he tenido virtud para imitarlas. Han buscado su alivio en el adormecimiento místico, religioso, o como quieras llamarlo. También a mí me dio por ser beata; pero sólo me duró cuatro días la ventolera. No podía ser.. Pues sigo: si mi coquetismo me produjo diversión, encanto, vanagloria, el placer maligno de hacer rabiar, trájome por otro lado males acerbos. Ya lo sabes. Mi ligereza exacerbó el carácter receloso, trapacero y mortificante de Felipe. No tardamos en llegar a una situación de continua suspicacia, de celos y reconvenciones enojosas, de desconfianzas recíprocas. Él fue siempre duro, altanero, fiscalizador de las acciones más inocentes. Sin quererlo, cultivé en él otras cualidades muy malas: la grosería, la falta de (p.5012) delicadeza. Gustaba yo de atormentarle, y él a mí lo mismo: llegamos a tener discordias muy agrias por cualquier tontería, extremando nuestra desavenencia en las cuestiones de intereses. Quiso reducir mis gastos; yo me opuse a sus derroches de coleccionista. Nos hacíamos una guerra implacable. Hasta en política disentíamos, pues yo, sólo por llevarle la contraria, alardeaba de patriotería liberalesca y hasta de jacobinismo. Empezaron las prohibiciones por parte de él, las rebeldías por mi parte. Ya ni asomos de concordia había entre los dos, pues hasta en las comidas fueron nuestros gustos diferentes. Sus sospechas le llevaban a indagaciones indecorosas para mí. Espiaba mis pasos; vigilaba todas mis acciones; intervenía mis cartas; veía fantasmas en torno mío; mi gusto excesivo de los placeres sociales, mi cháchara, mis alardes de libertad, le irritaban más, y ya no fue sólo grosero, sino brutal y el más fastidioso tirano que imaginarse puede.. Ea, querida mía, que viendo la cosa mal parada, hube de recoger vela. Capaz era Felipe de un desatino, y yo también. ¡Figúrate si descubre..! Pero no, daba todos sus golpes en la herradura y ninguno en el clavo. Era ciego: no veía la verdad; corría disparado tras multitud de mentiras.

Amainé, como te he dicho, en mi coquetismo; tuve que recogerme y entrar en mí. La edad hizo lo demás: me aproximaba yo a los cuarenta años, aunque.. ya me viste.. los llevaba muy bien. Después, querida Valvanera, desde la última vez que te vi, he dado un bajón tremendo. Ya no me conocerías.. Pues verás: reflexioné, me di a pensar en que si mi existencia había sido hasta allí frustrada, podía ya no serlo en lo sucesivo. Dios quizás me deparaba una segunda existencia. Había encontrado mi órbita, la verdadera, la única, y en ella podía correr a mis anchas sin desviarme. Pero ¡ay de mí! que para seguir mi órbita me estorbaba enormemente Felipe.. aquel Felipe continuo, pegado a mí como mi sombra, y de quien no podía en modo alguno desprenderme. Y para mayor desdicha, era cada día (p.5013) más fastidioso y fiscalizador más impertinente. ¿De qué me valía tener órbita, amiga de mi alma? Comprende mi padecer, mis estudios maliciosos, que algo tenían de la diplomacia, algo del arte de los prestidigitadores, para que mi tirano no penetrara en aquel vedado terreno donde yo quería vivir sola, y si no sola, sin él. ¡Qué martirio! En esta campaña, que precisamente coincide con la época en que tú y yo no nos hemos visto, he desplegado las dotes de astucia más extraordinarias, he inventado las combinaciones más sutiles, me he batido a la defensiva, en la sombra, con una habilidad de que no puedes tener idea. Y he triunfado, al menos hasta hoy. En medio de mis grandes amarguras, tengo la satisfacción de que Felipe no lo sabe. Viéndole a mi lado en efigie, en espíritu siempre lejos, le digo con el pensamiento: «No lo sabes, no te doy el gusto de que tengas razón contra mí. Porque eso es lo que tú quieres, tener razón contra tu mujer, y eso no lo tendrás. Soy aragonesa».

En este período, Valvanera mía, ha sido mi único consuelo la lectura y el trato de personas inteligentes, la lectura sobre todo. Mi marido dio en llamarme romántica; es su manera personalísima de repudiar lo que se sale de lo vulgar y corriente. Yo acepto el mote, si romántico quiere decir revolucionario, porque.. no te asustes.. te advierto que yo lo soy. Me siento un poco masónica, quiero decir que prefiero los males de la libertad a los del orden.. Esto es una broma, querida; no hagas caso.

Motivo de burla y chacota son para Felipe mis aficiones a la lectura, que en los últimos seis años han sido un verdadero vicio. Ya sabes que su inteligencia es muy limitada: lo que yo arrojo de mi mente (perdona la inmodestia) como hojarasca inútil, ya lo quisiera él para los días de fiesta. Es de esos que llevan dentro del cerebro una barajita de ideas, adquiridas y coleccionadas en el trato de los hombres más vulgares, porque de los eminentes, haya miedo que se le pegue nada. La tiene en forma y distribución de papeletas clasificadas. Para cada tema que surge, su (p.5014) papeleta correspondiente. ¿Se habla de teatros? papeleta. ¿De moral, de matrimonio, de religión, de política, de viajes, de ornato público? Pues allá va la cédula. A mí no me des entendimientos de esta condición. Ya comprenderás que quien piensa por papeletas, en las acciones procede de un modo semejante, y ha de ser formulista, esclavo de la letra de ordenanzas y reglamentos. En esto nadie le gana a mi Felipe, naturaleza de tal modo conformada, que halla su felicidad en el fastidio. El fastidio, hablando por papeleta, es su elemento.. ¡Si al menos hubiera yo podido lograr una separación decorosa! ¡Que si quieres! ¡Para separaciones está el tiempo! Felipe no puede vivir solo; le soy necesaria. No se halla sin mí: soy el agua salada para ese pobre pez. No viéndome aburrida, no ejercitando en mí su vigilancia, no interviniéndome en todo y por todo, se muere de asfixia. Ya ves qué sino el mío.. Pues mira tú: por ley de costumbre, y no insensible a la obra del tiempo, he adquirido resignación; sé ya lo que no sabía: aceptar mi pesada cruz y subir con ella. Lo haría fácilmente quizás si estuviera libre, quiero decir, si no me llamara mi órbita como me llama, la íntima, la que es a un tiempo ilegal y sagrada, la mía.

En justicia, debo añadir que de algún tiempo acá Felipe me mortifica menos, y que ya sea porque he ganado fuerzas, ya porque la cruz ha perdido algo de su enorme peso, ello es que la llevo mejor, y aun me siento menos medrosa de que mi secreto se descubra. El tiempo también fortifica, y la próxima vejez parece que derrama tesoros de indulgencia, y que protege las grandes reconciliaciones. ¿No crees tú lo mismo? Sí, sí: mi temor de la luz va disminuyendo, me creo capaz de afrontar las responsabilidades que antes me aterraban, de dar un salto decisivo. ¿Qué te parece? Anímame, amiga del alma; dime que sí, que sí..

En el tiempo este que nos ha hecho la gracia de tenernos separadas, no he visto decrecer la pasión de Felipe por el coleccionismo de armas y de hierros viejos. Sería el primer caballero del mundo si ello (p.5015) dependiera de la adoración y conocimiento de los signos de caballería. Otro que más entienda de espadas y que mejor clasifique las de cada siglo, y las de Milán o Toledo, no lo hallarás. En lo que ha decaído es en la esgrima, pues con los años su destreza va quedando reducida al compás, y gracias. Aún se recrea en su sala de armas tirando un rato con los amigos, y aún vienen en busca de sus lecciones espadachines muy afamados. También acuden a casa los que se ven en el trance de aceptar o promover un duelo, porque la primera autoridad de Madrid en lances de honor y en sus complejas y delicadas reglas, es mi marido. Todos respetan y siguen ciegamente su opinión, y el hombre está en sus glorias ejerciendo de definidor y pontífice: se humaniza, se vuelve menos áspero, y su amabilidad relativa indica su satisfacción y vanagloria. Yo, siempre en guardia, aprovecho para mis combinaciones los preciosos momentos en que funciona el oráculo de los lances de honor. Cosas a que no me atrevería en días normales, las acometo valerosa cuando se trata de la elección de armas, de los pasos que ha de dar adelante o atrás, en el terreno, cada uno de los duelistas. Y ya puedes suponer con cuánto fervor pido a Dios, en momentos para mí críticos, que haya desafío, que se peleen dos caballeros por cualquier futesa de política, de amores o de juego, para que vengan a mi casa en busca del oráculo, y este se entusiasme y yo respire.

Y ya no escribo más hoy, que estoy cansadita, aunque no tanto como lo estarás tú cuando me leas. Cree que no son ociosas estas explicaciones, para que te hagas cargo de mis sufrimientos y del servicio impagable que prestas a tu amiga. Tu cooperación me la tengo bien ganada.. Vaya, no te canso más. Soy como esos visitantes fastidiosos, que después de despedirse vuelven a pegar la hebra, repitiendo lo que ya dijeron; y en pie, y en la puerta ya, todavía vuelven sobre lo mismo. No más, no más: quédense para mañana otros secreticos que aún guarda para ti tu amante amiga -Pilar.

 

Ep-26-XVII - (p.5016)

De la misma a la misma

Abril.

Ya sé, ya sé, picarona, el mote que vas a ponerme. Vas a llamarme la Tostada. Pero no me ofendo, y casi, casi me gusta el apodo, porque me estimula más al horroroso gasto de tinta, y a marearte con mis largas escrituras. Lo que siento es distraerte de tus ocupaciones todo el tiempo que exige la tarea de leerme. Pero lo llevarás con paciencia, ¿verdad? Y que no puedo ser concisa. Tras de una idea se me ocurre otra, y cuando quiero recordar, ya tengo bien llenitos de garabatos cuatro pliegos de papel.

Tienes razón en decir que soy una pura pólvora, y que la impaciencia me pierde. Por mi gusto, cosa pensada, cosa realizada. No puedes figurarte el cariño que le he tomado a esa mayorazga de Castro-Amézaga desde que me contaste sus extraordinarios y nunca vistos méritos. ¿Y tal joya no será para mí, para mi Fernando? ¡Ay, si Dios me concediese esto, daría por bien empleados todos los martirios de mi vida!.. No pienso más que en Demetria, la estoy viendo, hablo con ella. ¡Qué hermosura y qué talento, qué aplomo y dominio de sí misma! No me digas que el fantasmón de mi sobrino puede quitárnosla. ¿Pues qué? ¿No ha manifestado bien claramente la niña discreta que le repugna el candidato propuesto por la familia? ¡Y ha tenido entereza para negarse a ser su esposa, sin reparar en el semi-compromiso que suponían las vistas, resistiéndose a la presión que sobre ella ejercían sus tíos y Juana Teresa! ¡Eso es una mujer! Sólo este rasgo basta para que yo la ponga cien codos más alta que todas las de nuestro sexo. ¡Cualquier día la coge a esa un tonto! Ya puedes figurarte lo que yo gozo considerando el despecho, la rabia de Juana Teresa, que en su vida se ha llevado un sofión tan merecido. La veo echando fuego por los ojos y masticando fuerte.. Pero se me caen las alas del corazón al pensar que aún tiene esperanzas de arreglo. No, no puede ser: no es delicado insistir después de una repulsa tan categórica.. ¡Ay! mi falta de libertad me requema la sangre. Pues si yo pudiera meter mi cucharada en ese negocio, (p.5017) ¡con qué gracia habría de llevarlo a término feliz, abatiendo para siempre los hocicos de mi media hermana!.. Déjame, déjame que desahogue el ardor de mi alma. Luego me dicen revolucionaria, romántica. Sí, lo soy: quiero imitar a esa sin par niña, que odia, como yo, los raciocinios por papeleta, y cuando le han presentado la de su casamiento, la ha deshecho con garra de leona. ¡Esa, esa es la mujer que quiero para compañera de Fernando!

Pero nada adelantaremos, tienes razón, mientras el alma de nuestro querido hijo no salga del insano estupor en que la tiene una pasión frustrada, una tan grave herida del amor propio. No le riño; conste que no le riño; considero la delicadísima situación de su espíritu, y confío como tú en el tiempo.. Pero ¡ay! el tiempo tiene dos caras: es amigo que infunde esperanza, y enemigo que amedrenta. ¿Quién me asegura que, andando días, no lograrán los de Cintruénigo rendir por cansancio la fortaleza de Castro? Juana Teresa es muy lista, maestra en gramática parda, en marrullerías plebeyas. Rodriguito, según mis noticias, suple con su tenacidad la pobreza de su entendimiento. Temo a los tercos, a los pleiteantes temerarios, a los que ponen toda su intención y sus fines todos en una sola papeleta.. No, no me entrego yo al tiempo: eso es de perezosos. Confío en ti, que aunque me dices que espere y no me precipite, seguramente pondrás tus cinco sentidos en esta obra magna para que no se nos malogre, y allanarás a Fernando el caminito de La Guardia. Demetria es su paz de toda la vida, el perfecto equilibro de sus facultades. ¿No lo ves así? ¿No ves en ese matrimonio la maravilla de la Providencia?.. Impedir que se unan es un divorcio, amiga mía, es obstruir los caminos de Dios.

No te asustes de mi exaltación. Soy así: ver yo el bien y no lanzarme tras él al instante, es imposible. Déjame que te diga una cosa, y si la tienes por delirio, no me importa. Pues la hazaña de Fernando al sacar a la niña del cautiverio de Oñate, con riesgo de su vida, bien merece el desenlace, el divino coronamiento de esta unión. Dime (p.5018) que sí. Aquella página hermosa, aquel viaje por los montes infestados de facciosos, la muerte del desgraciado padre, la herida de Fernando, que se nos quedó cojito, prisionero de sus protegidas, ¿qué son más que trámites de la grande obra de la Providencia? ¿Y la abnegación con que el caballero, abandonando sus amores (buenos o malos, que eso no hace al caso) , se convierte en paladín de dos muchachas desconocidas, no significa nada? ¿Pues y la nobleza de su proceder en todo el camino, su delicadeza y solicitud, la gratitud de las niñas, la entrañable amistad que entre ellos se establece, no nos dan a conocer el arte sublime con que Dios elabora sus obras maestras? ¡Ay! quisiera ser poeta para poner en versos magníficos aquella peligrosa y al cabo feliz aventura, composición que les entregaría, diciéndoles: «Héroe y heroína, Dios os ha juntado en este hermoso poema, porque quiere haceros fundamento de una generación que reúna la voluntad y la inteligencia. No falta más que una estrofa, que vais a escribir ahora mismo».

A todo trance, mi amada Valvanera, es preciso que el Caballero de Aránzazu (mira qué título se me ocurre) no se acuerde más de la catástrofe de Bilbao, ni de la condenada diamantista, que noramala vaya. Tráemele pronto, por tus hijos te lo pido, al terreno en que hallará el reposo y la felicidad, y yo también. Sería yo capaz, si viera terminado el poema con lógica belleza; sería capaz, digo, de romper la insoportable ficción en que vivo, y arrostrar las humillaciones y las amarguras que suponen las papeletas de Felipe, arrojadas en terrible avalancha sobre mí.. ¡Vaya si lo haré! ¿No es estúpido que vivan las almas aterrorizadas por un vano fantasma, la opinión, la cual, mirada de cerca y por dentro, se compone de cuatro trapos no muy limpios sobre cuatro torcidas cañas?

Pero tengamos calma. A medida que escribo me voy exaltando más.. Por obedecerte en todo, he detenido el viaje del benditísimo sacerdote, nuestro amigo, a La Guardia; pero no acabo de conformarme con este aplazamiento. Se me ha metido en (p.5019) la cabeza que, haciéndose D. Pedro amigo del señor de Navarridas, se nos vendría todo a la mano. Pienso también que Demetria.. En fin, pienso tantas cosas, que vale más que me las guarde y las madure bien antes de comunicártelas. En la confianza de tu pericia me adormezco yo. Sé que sacarás triunfante mi bandera, la bandera del bien, que tiene por escudo un corazón de madre, y por leyenda esta sola palabra: Naturaleza.

Vamos, que estoy desatinada: no me digas que no. Y otra cosa. ¿No puedo aún escribir a Fernando? ¿No debo decirle..? ¿Te decides a descorrer el velo, o no es tiempo todavía? Ya que no me contestes a esto, dime pronto si va recobrando la serenidad; si su corazón se restaura en los sentimientos dulces, o es aún presa del vértigo de rabia, y se ahoga en las olas de amargura. Porque no puedo arrojar de mí una zozobra cruelísima. ¿No está convencido aún de que la maldita Negretti es esposa de otro? ¿O es que sobre eso hay dudas todavía? No lo veo yo claro. Las referencias del suceso son vagas, como de un caso problemático, alterado al pasar de boca en boca. Que sepamos la verdad. Entérate bien; interrógale, aunque esto sea poner el dedo sobre las heridas aún no cerradas. Estaría bueno que ahora saliéramos con que Fernando abriga todavía esperanzas.. Por Dios, vigila, no te descuides.. entérate de si aún sostiene alguna comunicación con Bilbao, aunque sea indirecta, por vía de espionaje o información. Hay que ver esto, Valvanera de mis pecados; hay que estar en todo.. Adiós; ya no puedo más. Toda mi alma está contigo y con él.. Una palabra para concluir: «¡Muera Cintruénigo!».

¡Qué disparates pienso y escribo!.. Voy a decirte el que se me ocurre en este momento. ¡Jesús me valga! Admitida la idea de que el motivo del desaire sufrido por mi antipático sobrino es que el corazón de la mayorazga pertenece a otro, me asalta la idea de que ese otro no es Fernando. ¿No se te ha ocurrido averiguar si hay algún factor desconocido? Lo que ahora sospecho, ¿es acaso inverosímil? Fíjate en que no tenemos ninguna prueba (p.5020) de que la repulsa de la niña sea por amor a Fernando. Todo se reduce a suposiciones, conjeturas, fingimientos quizás de nuestro deseo. Hay un punto obscuro, muy obscuro, querida Valvanera, y es urgente aclararlo. Acláralo por Dios. Tengamos ¡ay! un hecho fijo y seguro en que fundarnos, para que este plan mío y tuyo no sea un alcázar aéreo. ¡Pues bonito papel haríamos si ahora resultara que..! Me vuelvo loca.. Compadece a tu pobre amiga..

No escribo más; quiero serenarme; la pluma se me vuelve un pedacito de rayo. Siento en mí las sacudidas de los nervios, que me dicen que no escriba más. La Tostada se rinde.

Te mando millones de besos para que los repartas como quieras. Los que le toquen a Fernando, como no puedes dárselos tú directamente, se los aplicas a tus nenes para que estos se los pasen a él. Adiós otra vez. Os adora vuestra -Pilarica.

 

Ep-26-XVIII -

De D. José M. de Navarridas (incluyendo esquelas de las niñas de Castro) a Fernando Calpena

De La Guardia, a 6 de Mayo.

Ilustre señor y dueño: Dios le premie a usted el regocijo que ha dado a este viejo dignándose comunicarnos noticias directas de su persona; y que no ha sido menor el alegrón de toda la familia por este feliz suceso, lo comprenderá usted sin necesidad de que yo se lo diga. Mi gozo subió de punto al notar que el tono y conceptos de su carta no indican una grande turbación del ánimo. Si por algún renglón de la misma veo asomar la melancolía, la cual más en lo que calla que en lo que dice se manifiesta, me tranquiliza el pensar que no es mal de cuidado cuando recae en jóvenes a quienes la inteligencia ofrece mil recursos contra el fastidio y las tristes memorias. Un hombre como usted, mi Sr. D. Fernando, tiene en su lozana imaginación, en su variado saber de todas las cosas, el remedio contra los desmayos del ánimo. Denos pronto la noticia, que aquí recibiremos repicando muy recio, de que se le han pasado esas murrias. Y si me permite darle un consejo, le diré que sólo con medir la distancia entre su mérito altísimo por los cuatro (p.5021) costados y la bajeza de los que le han ofendido, ha de sentir gran consuelo. Esto y el perdonarles de todo corazón serán medicinas de notoria virtud. Viva mi Sr. D. Fernando, y dele Dios toda la felicidad que se merece.

También agradezco infinito a mi señora Doña Valvanera que haya contribuido a vencer la pereza de usted para escribirnos; y si por mil respectos no mereciera esa noble dama mis homenajes, por esta sola fineza quedaríamos obligados eternamente. Hágame el favor de decirle que en esta carta van cumplidos sus encargos con toda la eficacia que nos permite nuestra inutilidad. Incluyo las respuestas de puño y letra de mi sobrina mayor, la cual ha manifestado un deseo muy vivo de servir a la señora de Maltrana.

Mi hermana María agradece a usted sus finos recuerdos, y se los devuelve con sinceros votos porque conserve usted su salud, así del cuerpo como del alma, deseando que encuentre su tranquilidad en la esfera del mundo que por su nobleza le corresponde. Tanto mi señora hermana como yo hemos leído con especial satisfacción el parrafito de su carta en que se muestra deseoso del buen giro de nuestros planes con respecto a la unión de las casas de Idiáquez y Castro-Amézaga. Conociendo lo que aprecia usted a esta familia, esperábamos esa manifestación, a la que tenemos el gusto de contestar dándole esperanzas de que nuestro proyecto se realice, pues reanudadas las negociaciones, hemos visto que presentan un excelente cariz. Quiera Dios que pronto pueda dar a usted la buena noticia de que es un hecho el enlace de los escudos de Castro y Sariñán. Y si se dignara usted honramos asistiendo a la boda, no tendríamos palabras con que mostrarle nuestro reconocimiento.

Concluyo, pues las chiquillas quieren escribir a usted en este mismo pliego. Ya les he dicho que escriban aparte, y aquí meteré los papelejos que me den. De todos modos, no quiero cansar más a usted: sólo le digo que no se ha armado floja revolución en la casa con sus dulces encargos. No sintiéndose bastante fuerte en sus (p.5022) conocimientos la señora Demetria, reunió concilio de autoridades, que bien puedo llamar ecuménico por la muchedumbre de eminencias que concurrieron. Las de Álava fueron las primeras en penetrar en aquellas salas vastísimas, y al instante trabaron una tan fuerte controversia escolástica con mi hermana sobre el punto del punto que se debe dar al dulce de tomate, que hube de retirarme medio loco. Acudieron también al cónclave, llamadas por Demetria, dos monjas exclaustradas de esta localidad y de Vitoria, maestras en toda suerte de dulzuras, y si le digo a usted que tres tardes con sus respectivas primas-noches gastaron en dilucidar los problemas, invocando estas las tradiciones conventuales, aquellas la experiencia de unas y otras casas, no me tenga por hiperbólico. De los estados de Paganos y Samaniego, y aun de la remota Bastida, vinieron labradores viejos, cuyo dictamen y luces se estiman indispensables para determinar las mejores tierras y el abono más adecuado a los tirabeques, así como para la elección de simiente, etcétera, etcétera.

He aquí, señor mío, que entran las dos estrellas matutinas de la casa trayendo cada cual el papelito que debo incluir en esta. El de Demetria viene abierto para que yo lo lea y le dé mi exequatur antes de enviarlo a su destino. El de Gracia llega cerrado con tales cerrojos de obleas y candados de lacre, que no hay curiosidad bastante aguda para penetrar en las entrañas de este mamotreto. La chiquilla se ríe al entregármelo, y presumo que habrá metido sinnúmero de cuchufletas para embromar y divertir al amigo melancólico. Esto me parece de perlas, y accedo a no intervenir el manuscrito. Allá van uno y otro, y celebraré infinito que los informes de Demetria satisfagan por entero a la señora de Maltrana, y que los inocentes donaires de la pequeñuela recreen el ánimo del noble caballero a quien van dirigidos. Aquí termino, pidiendo a Dios que me le guarde cuanto he menester. Su atento amigo y capellán -José M. de Navarridas.

Esquela de Demetria

Sr. D. Fernando: Mi buen tío le informará de (p.5023) cuán festejada ha sido su carta, por la cual vinieron al fin las nuevas de su existencia y de la buena memoria que conserva de estas pobres campesinas. Si su salud no es tan buena como usted merece y todos deseamos, cuídese, distráigase y lleve con paciencia su mal, que este no es de los incurables, y casi estoy por decir que quizás sea de los benéficos, o que, pareciendo que matan, lo que hacen es dar a la larga mejor vida. Usted me entiende.

Por dos trajineros de toda confianza que llevan trigo de casa a Balmaseda y Bilbao, mando a la señora de Maltrana los mejores tirabeques que por acá se han podido encontrar, cosechados en nuestras tierras de Paganos. Hemos escogido la clase llamada aquí de cuerno de carnero, que es la más tierna y se cuece de un hervor. Plántenlos inmediatamente que lleguen, poniendo diez o doce en cada surco, sin echarlos en remojo, pues no quieren extremada humedad. La tierra que sea bien suelta, con abono muy hecho, mezclado de ceniza. Basta con la primera cava por toda labor, arropándolos bien y disponiendo los tutores antes que tomen direcciones viciosas. En esto han de mirar mucho, pues siendo su crecimiento de más de seis palmos, conviene guiarlos desde el principio con dos varas para cada pie, o tres si ellos mismos indicasen la necesidad de más apoyo. En las cruces pongan palos de mayor robustez, tirando cuerdas desde estos a las varas laterales, conforme la extensión de las guías altas lo vaya pidiendo. El toque está en acomodar la planta para que suba bien derecha y no se tuerza, pues si caen y se doblan, se malogra, por falta de aire, parte del fruto. Si a pesar de estas precauciones se doblan, por causa de fuertes vientos, vale más dejarlos jorobaditos, que en este caso la enmienda es tardía y empeora su situación. Se les deja como están, y se aprende para otra vez. ¿Entendido? Lo demás lo hace Dios. Celebraré que cuando el Sr. D. Fernando los coma se encuentre ya bien derecho y con propósito firme de no volver a torcerse.

El dulce de tomate lo hacía mi madre sin ciruelas. Pero no faltan aquí (p.5024) autoridades que recomiendan el empleo de esta fruta, mezclada en proporción de una libra por tres de tomate. Mi madre, como digo a usted, lo hacía sin mezcla. Recuerdo muy bien la operación, pues en ella le ayudé miles de veces; recomiendo que se fijen principalmente en la elección de tomates, siempre de mediano tamaño, rechazando todos los que tengan daño o picadura por pequeña que sea, pues estos, aun los de apariencia más bonita, la pegan. Es condición precisa cogerlos cuando empiezan a pintar. Se les extrae la semilla por un corte en redondo hecho en el pezón, de modo que resulten huecos y enteros, conservando la pulpa menos blanda. Ponía mi madre libra de azúcar por libra de tomate, teniéndolos veinticuatro horas en almíbar. Luego los hervía tres veces a un punto no extremado, pues desmerece si se deshacen y reblandecen demasiado. Tenía las orzas al aire, sin cubrirlas, otras veinticuatro horas. Con esto concluye mi ciencia, pues no sé más, y sentiré mucho que no quede satisfecha con tan escasos conocimientos esa digna señora. Su arte suplirá mi insuficiencia, y espero que usted, que es tan goloso, se chupará los dedos cuando le sirvan el tomate en dulce. Mi madre decía que mientras más desabridas son las frutas, más apropiadas resultan al buen dulce: el mejor de todos, que es el llamado de cabello, se hace de calabaza.

Y vamos ahora al mostillo. Suponiendo que el arrope de Villarcayo es excelente y muy azucarado, el mostillo que de él se saque no será inferior al de mi tierra. Mi madre ponía el arrope a cocer en un gran perol, a fuego lento, echando en él nueces peladas y cortezas de naranja y limón. Después de bien hervido lo apartaba del fuego, y entonces empezaba la operación más delicada, consistente en echarle harina, dando vuelta al caldo con cuchara de madera, sin cesar, y de la cantidad de polvo que se echara dependía el poco o mucho cuerpo del mostillo, y su mayor o menor mérito. Tenía mi madre para esto tan buena mano, que rara vez le salía mal, y cuando no quedaba a su gusto por demasiado (p.5025) espeso y pegajoso, o por muy fluido y clarucho, lo desechaba, haciéndolo de nuevo, sin acordarse más de la inutilidad de su tarea ni lamentarse de ello. Su sistema era empezar de nuevo lo que una vez salía mal, sin tratar de enmendarlo. Y tenía razón, porque las equivocaciones rara vez pueden corregirse, y lo mejor es aprovecharlas como enseñanza.. y a otra. El punto del buen mostillo es como el de natillas claras, ni más ni menos. Luego se pone en orzas vidriadas, fijense en que han de ser vidriadas por dentro, y se tapa con una pergamino bien sujeto a la boca para que la cerradura sea perfecta. Y ya no falta más que comerlo. Yo estoy preparando una tarea, de la cual mandaré a la señora de Maltrana unas orcitas, si me sale bien, lo cual es dudoso, porque con tantos cuidados voy perdiendo un poquito los papeles. Pero he de esmerarme en la obra, recordando a mi madre y su arte consumado para estas cosas.

Creo haber respondido a las consultas con que usted me honra por encargo de la señora de Maltrana, a quien con este motivo tengo el gusto de ofrecer, juntamente con mi hermana, mis respetos más afectuosos. Tanto ella como yo deseamos que nos franquee ocasión de poner a su servicio nuestra inutilidad. Y usted, Sr. de Calpena, disponga de su amiga -Demetria.

Papelito de Gracia

Fernandito: Eres un pillo, y no mereces que te escribamos, pues tú no nos as escrito a nosotras, sino al tío, y eso lo iciste porque esa señora en cuyo palacio vives te cogió de una oreja y te puso la pluma en la mano; que si no, maldito lo que te acordabas tú de nosotras, ni de La Guardia, ni de las cortinas de damasco, ni de los mimos que yo te acía para que comieras y recobraras el apetito y el buen umor. ¡Vaya con la ingratitud del señorito! ¿Qué te abíamos echo nosotras para que así nos trataras? Pues aora, como vuelvas acá, que no volverás, ni falta; pues como vuelvas, ni te doy golosinas, ni te cuento cuentos, ni te ago vendas para tu patita coja, ni nada. Me tienes furiosa, deseando que rabies, que te desesperes y lo pases muy mal, que (p.5026) así las pagarás todas juntas. Cada cual lleva su merecido según sus acciones, y las tuyas son de lo más perverso que emos visto. No puedes figurarte mi satisfacción al saber que tuviste un desengaño muy tremendo. Eso les pasa a los casquivanos y desagradecidos, que se van por el mundo en busca de aventuras.. Mira, niño, entre paréntesis te digo que no agas caso de mi ortografía, no porque sea muy mala, sino porque como me equivoco siempre en las haches, he determinado suprimirlas, y así no tengo que devanarme los sesos por saber dónde caen y dónde no. El montón de haches que me sobran lo pongo al final, por si quieres enmendarme con ellas la plana.

Bueno: pues si cuando te dieron ese sofoco te ubieras venido a casa, aquí lo abrías pasado bien, y tú contándonos el lance, y nosotras riéndonos de ti, te abrías curado, que más pronto se cura un corazón flechado que una pata erida de bala. ¿No te acuerdas ya de cuando te pegaron el tirito los cafres del Jabalí? Pues yo sí me acuerdo. Sabrás que an venido aquí dos pobrecitos de los de Aránzazu a traer carbón. Allí ya no ay miseria, porque emos señalado a cada familia un diario, que todos los meses van a cobrar a Salvatierra. Nos an preguntado por ti, por el buen caballero, y yo les dije que tú ya no eras caballero, sino un pillo muy grande.. Sabrás también que vinieron a esta villa dos ombres de mala traza preguntando por ti.. Parecían quincalleros o titiriteros: traían una carta que no quisieron dejar. En la casa donde se aposentaron, que era de la de la Bonifacia, calle de Enmedio, dijeron que tú eras príncipe, y que una princesa muy ermosa, vestida de zagala, te andaba buscando por los pueblos del llano de Vitoria. Con que ya ves cuánta noticia te doy. La más gorda la dejo para lo último, y antes te diré que todos los conocidos nos tienen marcadas preguntándonos por ti. Unos dicen que te as casado, y otros que todavía no. Las de Crispijana y las de Paternina andan en averiguaciones de quién podrá ser esa princesa disfrazada que te busca.

Más noticias: uno de los lebreles pequeños se nos a muerto de (p.5027) moquillo. La Leona no te olvida, y todos los días viene a echarse en la alfombrita que está a los pies de tu cama. Tu cuarto está lo mismo que lo dejaste, y en el jarrón aquel que tiene la pintura de Juanita de Arco vestida con armadura, no pongo ya flores, como cuando estabas aquí, sino cardos borriqueros. Este año emos tenido tanta cereza, que después de regalar a todo el mundo, y de acer mucho dulce, aún a sobrado para los de la vista baja, con perdón. ¡Lo que te as perdido!

¿Y qué me dices de lo sabia y leída que estoy? De ver leer a Demetria me entró la afición; sólo que el tío me quita de las manos lo que según él es lectura mala para niñas. Yo afano todo lo que puedo, y a más del País de las monas, e leído El Doncel de D. Enrique el Doliente, escrito por ese que se mató. ¡Cuánto me a gustado! Me parece que te estoy viendo a ti con armadura toda negra, calad a la visera, entrar en el palacio, castillo o lo que sea.. ¿Pues y la dama, aquella Doña Elvira? ¡Qué simpática..! ¿Y el tunante del Marqués de Villena..? Todo es precioso. También me an dejado leer la Atala, que es muy triste, y la Serafina, que ace llorar a las piedras. A Demetria, que tiene licencia del tío para leer todo, le an traído una obra que se llama Nuestra Señora de París, que dicen es la más romántica de todas cuantas se an escrito. Del autor no me acuerdo: es D. Victor de no sé qué. Las de Crispijana dicen que es el acabose de lo bonito, y que vuelve locos a los que la leen, de tanto romanticismo y tanto amor estrepitoso. Una tarde pude quitársela a mi ermana, y leí un poquitín, que me enamoró. Es una muchacha bonita que tenía una cabra, a la que abía enseñado a leer. Por las láminas e visto que el más enamorado que allí pone el autor es un corcovilla que toca las campanas de la iglesia mayor de París. El tío me a prometido darme Los Mártires, que dice son cosa bonita y muy de religión, y los versos de Quintana, que serán muy buenos, pero a mí me aburren, porque no lo entiendo. Yo quiero relaciones de galanes y damas, amores con lances muchos, y trapisondas y (p.5028) contratiempos, que acaban en casarse, pues cuando se matan o no les casan me entristezco tanto, que lloro como si los ubiera conocido y fuesen de mi familia. Que aya mucho interés y sorpresas, me gusta; que se pase miedo y zozobra, siempre que al fin se casen. Yo compongo también mis novelas, y todas las acabo cansando a los que se aman, y aora estoy pensando en que conozco a dos que se quieren, pero no se lo an dicho, porque ninguno quiere ser el primero. Les da vergüenza: el galán calla y ace muchos melindres por aquello de ser galán; la dama, por el aquél de ser dama, no debe tampoco declararse.. y con estas tonterías puede que suceda una cosa muy mala, y es que el segundo galán, uno que está en acecho y no para de echar memoriales, se aproveche de la poca resolución del galán primero, y logre lo que no merece ni le corresponde.

Mira, Fernandito: lo que voy a decirte aora es secreto. Por Dios, no me comprometas. Cuidadito, cuidadito como me vendas; que no seas malo, Fernando; que no me agas la trastada de ablar de esto al tío cuando le escribas. Y si cayeres en la tentación de ablarle, no me nombres a mí para nada.. Vaya, que no me atrevo a decírtelo, por miedo a que me vendas. Ea, sí te lo digo. Pues sabrás que eres el mayor tonto del mundo en apurarte tanto y ponerte melancólico y medio tísico porque tu novia se a casado con otro. ¿Sabes lo que pienso? Que Dios te favorece, pues ay otra que vale mil millones de veces más que la que as perdido, y te quiere más. ¿Quién es? Pues si no lo adivinas eres más tonto todavía. El nombre no lo pongo aquí: no debo, no quiero. Me da mucha vergüenza. Creo que la misma tinta se pondrá colorada. Sólo te digo que si tú le propones amores con buen fin, te contestará con un sí tan grande como esta casa.

¡Ay, qué vergüenza! Pero, en fin.. no puedo retirar lo escrito. No te descuides.. Vosotros los sabios no servís para estas cosas. Por eso un tonto cualquiera os quita las novias.

Y punto final. ¡Hadiós! con hache y todo para que no digas.

Que lo pases muy mal; que te (p.5029) mueras muy pronto, y que te vayas a los infiernos, desea tu enemiga, que te aborrece de corazón, -Gracia.

 

Ep-26-XIX -

De Valvanera a Pilar

Villarcayo, Mayo.

No creas, mi querida Tostada, que las dimensiones de tus cartas puedan serme enfadosas. Al contrario, las leo de punta a cabo con indecible placer, y siempre me saben a poco; suelo quedarme desconsolada de que aún no vengan un par de pliegos más. Y ello es así, porque en tu escritura y estilo te veo tan viva como si delante te tuviera. No hay persona que tan claramente se muestre en lo que escribe. En tus cartas estás como eres: traviesa, sutil, amante, nerviosa, voluble. A veces tu sinceridad me asusta tanto como me admira; tus juicios tan pronto son acertadísimos como desatinados. Da gracias a Dios por tenerme a mí de reguladora de tu carácter en este negocio, pues si yo no moderara tus arrebatos y te alentara en tus decaimientos, no sé lo que pasaría. Lo mismo piensa Juan Antonio, a quien leo mis cartas y las tuyas. Recordarás que esto fue lo convenido por nosotras, pues no quiero poseer secretos que no conozca mi marido, ni traer entre manos enredillos cuyo principal hilo no esté en las de él. Se interesa por el buen giro de tu asunto tanto como yo, y sus consejos y observaciones son la luz que en estos laberintos me guía. Y basta de preámbulos, que tenemos mucho que hablar.

Disparatada me parece, como chispazo de las hogueras de tu romanticismo, la idea de que la niña de Castro pueda tener otro novio, otro amor. La existencia de un desconocido, cuarto factor, es un supuesto absurdo. Según mis noticias, corroboradas por las que hace pocos días dieron a Juan Antonio personas de gran crédito, Demetria viene a ser como un santito puesto en el altar del respeto y estimación que le tributan sus convecinos, y ni con palabra ni mirada se digna responder a ninguna manifestación amorosa, venga de quien viniere. Desecha esa superstición, pues no merece otro nombre. No hay más figuras sobre el tablero, no hay más factores que los tres que conocemos.

Y allá va otro hecho (p.5030) notable que no debes ignorar. Demetria renuncia al mayorazgo, quedando las dos hermanas, por virtud de este arranque generoso, igualmente partícipes del gran patrimonio de Castro-Amézaga. ¿No te parece que esta novedad permite vislumbrar una solución equitativa? A otra cosa: enterada de la tirantez de tus relaciones con Juana Teresa, he resuelto escribir a mi ladinísima y cuquísima cuñada, poniendo en ello tal diplomacia y cautela, que hemos tardado Juan Antonio y yo como unas tres noches en enjaretar nuestra epístola. Ello va bien hilado, con las necesarias marrullerías para conseguir que se claree. Le hablamos de ti, sin mezclarte para nada en la intriga que traemos. Esperando estoy su respuesta, que nos dará pie para otros avances y manifestaciones.

Lo que ha de sorprenderte y alegrarte es la noticia de que he logrado tender un hilo a La Guardia, y ponerme en comunicación con las niñas de Castro. ¿Cómo? dirás. Hija, no sólo tú tienes talento para estas cosas: concédenos algo de tu diplomacia y delicada trastienda. Pues verás: en la contestación que dio Fernando a una carta del cura Navarridas, ingerí unos encarguitos o consultas hechas a las niñas requiriendo la contestación inmediata. Cayeron en la trampa, y a los pocos días vi gozosa que el valijero me traía la deseada respuesta. Te incluyo las cartas de La Guardia, para que las leas, medites sobre ellas, y me des tu opinión.. Pero dejemos esto, que quiero hablarte de lo más importante, y por Dios que no es muy lisonjero lo que ahora leerás. No te asustes antes de tiempo, y fíjate bien en lo que escribo.

Hace días que notábamos en Fernando un recrudecimiento grande de sus tristezas, agravado con estados nerviosos que me ponían en cuidado. Poco atento al ensayo de la comedia, pretextaba dolores de cabeza para encerrarse en su cuarto, o pasear sólo por las inmediaciones de la casa. El lunes, interrogado por Juan Antonio, dijo que necesitaba forzosamente ausentarse por pocos días; que nos prometía volver; que nos lo juraba con (p.5031) palabra de caballero. Fingimos acceder a su pretensión, proponiendo yo que mi marido le acompañase, y en eso quedamos. El miércoles por la noche, viéndole sombrío y taciturno, preparando la maleta pequeña que usa para viajes cortos, le llamé al cuarto de los niños, que ya dormían, y empleando la severidad combinada con las expresiones más dulces del cariño materno, logré que me confesara el motivo del trastorno que no podía disimular. ¡Pobrecillo! Es tan bueno, tan noble, que no se llama, no, a su corazón sin que este al punto responda. Con hidalga franqueza díjome que había recibido una carta de su amigo Pedro Pascual Uhagón, en la cual le manifestaba sucesos de indudable gravedad; dócil a mis instancias, me dio la carta para que la leyese, y enterada de lo substancial, se la devolví. Saqué un extracto, que te incluyo. Entérate y juzga. Los documentos que con esta recibes son de un interés palpitante: nos manifiestan sentimientos efectivos de las personas a que se refieren, estados de las almas.. y debemos meditar sobre ellos.

Naturalmente, traté de arrojar la mayor cantidad posible de agua fría sobre la hoguera que el pobre chico llevaba en sí; pero bien comprenderás que no me habrá sido fácil apagarla. A las razones que le di encareciendo el desprecio y olvido, me respondió con otras que, expresadas por él, eran de una elocuencia y fuerza incontestables, por supuesto, echando siempre por delante el honor; y cuando los hombres sacan este Cristo, nos quedamos las pobres mujeres muy desguarnecidas de razones. En efecto: si ahora resulta que esa hembra loca, después de dejarse secuestrar tan torpemente, rompe con su nueva familia, atropella toda conveniencia, y se lanza decidida en busca del hombre a quien había jurado fe, para que este la ampare, deshaciendo la odiosa trama de su forzado casamiento, pueden sobrevenir incidentes de la mayor gravedad. Yo insistí en que no hiciera caso, y que pues el matrimonio religioso era efectivo, no procedía ninguna clase de acción protectora en favor de la infeliz Aura. (p.5032) Pero no he podido convencerle. Sobre todas las leyes sociales y religiosas está la caballería. Un hombre, un galán, un caballero no puede desamparar en trance aflictivo a la que fue su dama, aun teniéndola por culpable. La caballería, tal como Fernando la ve, es la suprema justicia, superior a todas las justicias de nuestras leyes divinas y humanas; la idea de castigar una traición, y de restablecer las cosas en el estado anterior a la intriga villana. Y aquí nos tienes, mi amada Pilar, en pleno drama o novela. Pocas novelas he leído yo desde que me casé; pero por lo que recuerdo de libros y teatros, en tales asuntos, inventados y compuestos con arte, domina la idea de justicia caballeresca, y de tal modo subyugan a los lectores y espectadores, que estos enloquecen de entusiasmo cuando ven atropellada la ley y aun la misma religión. Los desafíos, los raptos de monjas, la burla de padres o esposos, son admitidos con aplauso, sobre todo si el galán que tales atrocidades acomete es atrevido, insolente, y guapo por añadidura.

Discutía yo con Fernando sobre estas materias, y no quiero decirte que con su ingenio y gracia me arrollaba lindamente. Yo, al fin, no sabía por dónde salir. Nuestro asunto, pues, toma ya el carácter de obra dramática o novelesca, y o mucho me engaño, o se trae un chisporroteo romántico que pone los pelos de punta. ¿Qué me dices a esto? La dama escapadita de la casa conyugal, los burladores burlados, el galán con ganas de salir al encuentro de la dama y ampararla contra los viles que la engañaron, el traidor acechando en las tinieblas y preparando alguna nueva trapisonda.. No, querida, no te asustes; te digo esto para que veas cuán malo es el romanticismo. Inmenso servicio se haría a la sociedad suprimiendo tales invenciones, que no sirven más que para dar malos ejemplos a la juventud. Cierto que Fernando me arrojó a puñados los rayos y centellas de su exaltación caballeresca y dramática; pero yo no me dejé cegar, ¡buena soy yo!, y con fría calma, razonando con el juicio que Dios me ha dado, le solté (p.5033) todas las andanadas del buen sentido, del respeto que debemos a las leyes y prácticas sociales. Como esto no era bastante, saqué también mi Cristo: díjele que te morirías de pena si él, por meterse en lances de poesía teatral, comprometía su existencia, su opinión, aquel honor mismo que invocaba; añadí que todo escándalo que por tales violencias sobreviniera, además de herirle a él y menoscabarle, a ti principalmente habría de lastimar.. y ante esto vi que flaqueaba su tenacidad quijotesca. Si no era ya mío, era tuyo, y esto me bastaba. En fin, para no cansarte, me prometió no salir de aquí sin darnos de ello conocimiento, y que no buscaría el drama, concretándose a proceder como caballero si el drama le buscaba a él. Así hemos quedado: está más tranquilo, y yo también. ¿Vendrá el drama? Pues si viene, algo se me ocurrirá para espantarlo. Por de pronto nos recreamos con la dulce comedia de Moratín. Hoy han vuelto a ensayar, y Fernando, recobrando su aplomo, nos ha hecho pasar un rato agradabilísimo.

Es tarde, mi buena Tostada. Mañana continuaré.

Martes.- Nada ocurre hoy digno de contarse, como no sea que el drama no ha parecido. Por si viene, me dispongo a esperarle detrás de la puerta, pertrechada con el palo de una escoba. Si ahora resultara que no hay tal drama, que el que nos asusta es pura invención o engaño del corresponsal bilbaíno, este merecería el escobazo por ponernos en tal zozobra. No afirmaré que sea inverosímil: los buenos dramas tampoco lo son; pero algo hay en este que me parece extraño a la realidad. La dichosa carta de Uhagón me huele a verso. Con todo, no nos fiemos mucho, engañadas por la atmósfera desabrida de la vida corriente. En esta, cuando menos se piensa, salimos todos hablando en verso sin saberlo, y a lo mejor suceden cosas que convierten en cuentos de niños las invenciones novelescas y teatrales. No estoy tranquila, no, y a cada ruido extraño que siento fuera de la casa tiemblo y me digo: «Es el drama, que llega».

Se me había olvidado decirte que la carta de ese Miguel de los (p.5034) Santos no engañó a nuestro caballero, pues antes de llegar a la mitad de la lectura reconoció por tuyo el salado escrito. Lo ha leído veinte veces, celebrando tu ingenio; el legítimo orgullo se le sale por los ojos en llamaradas. Me ha dicho que ese Miguel es un talento perezoso, y un corazón de amigo como pocos se encuentran, y se pasma de que te hayas asimilado tan graciosamente su original socarronería en el pensar y en el escribir. Espera que le mandes nuevos engaños como ese.

Y hablando de otra cosa, que por cierto no es nada grata, tengo a la niña mayor malita. Se nos constipó ayer en el ensayo, porque teníamos todo abierto por causa del calor, y debió de sofocarse interpretando con demasiado brío la escena de Doña Irene con D. Diego. Me faltó tiempo para meterla en cama: la tos me la ahoga. Ya nos tienes a todos con el alma en un hilo.. En fin, dice el médico que no es nada; pero yo no me fío, conociendo la propensión de estos chicos a las afecciones pulmonares. Desde que perdí a mi Ángel, tiemblo cuando les oigo toser. A estos dramas de la salud de mis hijos les temo más que a los otros, pues no puedo ahuyentarlos a escobazos. Empiezan con la tos; luego la calentura, que ni sube ni baja; siempre lo mismo días y días, consumiéndose, perdiendo las carnes. Cada catarro de mis hijos es una ansiedad mortal de cuatro o cinco semanas. Toda la fortaleza quiso Dios que fuera para los padres, que somos dos robles; fortaleza que sin duda nos es necesaria para soportar las dolencias de la familia menuda. Y el pequeñín no anda bueno tampoco. Toda la noche se la pasa en un sudor; está triste; no tiene apetito; se le ve desmejorar por días. Gracias a la riquísima leche que aquí tenemos y a los sanísimos aires de este país, les voy defendiendo. Por su salud ofrezco al Señor la mía; pero a Dios no le conviene el trato, y sigue quitándoles porciones de vida que a mí me da. Él se sabe lo que hace.

Con el cuidado de la niña no vivo, amiga del alma, y como nuestro asunto no nos traiga alguna sorpresa, no te escribiré ni mañana ni pasado. (p.5035) Pídele a Dios que no me quite a mi hija, y yo espantaré los dramas que vengan por acá.. no te dé cuidado. Tu amantísima -Valvanera.

 

Ep-26-XX -

De Doña Juana Teresa, Marquesa de Sariñán, a la señora de Maltrana

Cintruénigo, Junio.

Hermana y amiga: He tardado en contestarte, esperando a tener noticias claras, fehacientes de tu padre, las cuales ayer llegaron por un propio que nos envió nuestro buen amigo D. Blas de la Codoñera. Resulta que no sólo vive, sino que goza de envidiable salud. Allá le tienes, en el campo de Cabrera, hecho un brazo de mar, agasajado por el cabecilla, bien quisto de todos, desempeñando no sé qué papeles de consejero o de asesor en negocios políticos. Es mucho D. Beltrán. No hay otro en el mundo de más suerte: allí donde matan, él vive y triunfa; allí donde reinan la desolación y la estrechez, él se las arregla para figurar en primera línea, y darse vida y tono de príncipe de sangre real. Sería curioso conocer los prodigios de labia y finura con que ha logrado catequizar a tales verdugos. ¡Qué cosas les habrá dicho! ¡Qué invenciones habrán salido de aquella cabeza fecunda en lindos enredos! Voy creyendo que tu padre tiene siete vidas como los gatos. Por conducto de D. Blas a todos saluda y bendice, añadiendo las carantoñas que sabes son muy de su carácter, y con las cuales se hace perdonar sus graves defectos: nos pide dinero y ropa. Hemos acordado Rodrigo y yo enviarle una cantidad no muy crecida, ocho onzas, que me parecen suficientes para mantener su decoro entre aquellos salvajes o para regresar si lo desea. Dime si estás dispuesta a contribuir con la mitad del dicho emolumento, o sea cuatro onzas, pues si a ello te negaras y tuviéramos que acudir solos al remedio del noble señor, nos concretaríamos a seis onzas. Justa es la mitad de esta carga tuya, y aun no sería malo que por entero la llevaras tú, pues nosotros harto hemos hecho por él teniéndole en casa y aguantándole el genio. También te digo que si cansado de aquellas glorias y de los papelones que allí hace, vuelve al arrimo de la familia, sería para (p.5036) nosotros un gran alivio que le tomaras tú por una temporada. Hija, no hemos de estar los de acá siempre a las agrias y tú a las maduras. Para que se reparta equitativamente la persona del primer noble de Aragón, es preciso que tú le tengas y le aguantes un año por lo menos. Así lo propondrá Rodrigo a su abuelo en la carta que le escriba mañana por el propio de D. Blas; habla tú de esto con Juan Antonio y dime lo que resolváis, sin olvidarte de mandar las cuatro onzas consabidas. Puedes estregárselas a Capistrana, a quien di el encargo de comprarme y remitirme un buen carnero merino y doce ovejas.

Mejor informada de lo que yo creía estás en el asunto de la proyectada boda de Rodrigo con la niña de Castro-Amézaga. De lo sucedido el otoño último, cuando fuimos a vistas, te enteraría tu padre, de seguro pintando las cosas con exageración y un poco de mala fe. ¡Dichoso D. Beltrán! Dios me le perdone; no puedo menos de atribuirle alguna parte de culpa en el desgraciado giro de aquel proyecto. No hubo tal desaire, ni manifestación de desagrado por parte de la entonces mayorazga: al contrario, bien nos demostró que apreciaba en todo su valor las prendas morales de mi hijo, su nobleza y virtud, y que las físicas le causaban impresión favorable, fundamento de un honesto cariño. Todo habría concluido felizmente si no mediara la envidia oculta, que por medio de cábalas y manejos viles procuró el deprecio de la moneda legítima para poder pasar la falsa. El proyecto se malogró por entonces, perdiendo más en ello Demetria que Rodrigo. Pero tengo el gusto de participarte, para que hagas correr la noticia, que reanudadas las negociaciones hace dos semanas, presentan un semblante lisonjero. Escribió mi hijo a la señorita de Castro reiterándole su anhelo de hacerla Marquesa de Sariñán, y ella contestó casi a vuelta de correo. A la vista tengo su carta, que es una monadita de humildad y discreción. Se cree indigna de honor tan grande.. su negativa no fue desprecio, etcétera.. ni desconocimiento de las cualidades, etcétera.. fue que en (p.5037) aquellos días sentía vocación de soltera, etcétera. Si el sí de las niñas tiene mucho que estudiar, no son menos intrincados y misteriosos los noes de estas muchachas trabajadorcitas y que no quieren ser marquesas.. El tono de la carta revela que aquellas ganitas de consagrarse a vestir imágenes pasaron ya: eran sin duda uno de tantos trastornos ocasionados por el cambio de edad, por el despertar de la imaginación, de los nervios, etcétera.. en fin, tonterías, y algo de no quiero, no quiero, échamelo en el sombrero. Dice la niña que le demos un par de meses para determinarse.. Esto es para no aparecer que lo desea con vehemencia, o una manera garbosa de volver sobre su acuerdo. Tantos melindres y gazmoñerías no tienen otro objeto que dar más valor a la aceptación. Yo traduzco la carta al lenguaje de la sinceridad, y leo así: «Señor Marques, estoy rabiando por casarme con usted.. pero quiero darme todavía otro poquito de tono, y pongo la boca chiquita y arqueo las cejas para expresar la vergüenza que siento cuando me hablan de boda».

De veras te agradezco el interés que muestras por mí en este asunto; mas esto no me quita los agravios que de ti tengo, causa de que no te escribiera más pronto. Y como me estorban los enojos muy guardados en el alma, allá van los míos, Valvanera, y ojalá queden desvanecidos con tus explicaciones. Aquí estoy aguardando a que me digas la razón de albergar en tu casa, un mes y otro mes, a un sujeto con quien ni tú ni tu marido tenéis parentesco conocido. Verdad que para saber si hay parentesco falta el dato principal: quiénes son los padres de ese mozalbete y su verdadero apellido. No acabo de entender que Juan Antonio, hombre tan mirado, tan atento al decoro de su casa, consienta estos huéspedes fijos, que parece forman parte de la familia. Dime: ¿habéis puesto fonda? Y que le tratáis a cuerpo de Rey, según mis noticias, con unos mimos y un regalo que sólo se prodigan a las personas muy amadas. Podrá en esto no haber ninguna malicia; desde luego declaro que tu reconocida virtud (p.5038) no desmerece por esto a mis ojos; pero no debes creer que sea tan benévola como yo la opinión. No habrá malicia, repito, pero sí hay un acertijo que no entiende nadie, y Juan Antonio debe apresurarse a darnos la clave. Del misterio al escándalo poca distancia hay que recorrer, y como el escándalo habría de afectar a toda la familia, Rodrigo y yo tenemos derecho a que se nos diga quién es ese sujeto, y por qué ha echado raíces en tu casa. Del tal, a quien no puedo llamar caballero mientras no conozca su procedencia, su familia, su nombre, sólo sabemos que con pretexto de una herida leve se pasó en la casa de Castro-Amézaga tres meses y medio, a mesa y mantel, cobrándose en vida regalona los servicios que prestó a las niñas en su escapatoria de Oñate; sabemos también que es de la cáscara amarga, es decir, romántico, y el romanticismo no significa otra cosa que el disimulo de la holgazanería y los vicios: todo ello cuadra muy bien a un personaje que no se sabe de dónde ha salido, ni de quién recibe el dinero que gasta. No me saques a mí el cuento de que ignoras quién es. Esa no pasa, Valvanera: tú lo sabes, y vas a decírmelo; de lo contrario, tendría yo que imaginarlo, exponiéndome a errores. No he de suponer tampoco que tu huésped es un gorrón de oficio que reparte el año comiendo tres meses en cada casa. Como a la mía no ha de venir, porque aquí no se mantienen vagos, nada de esto me importa; pero la protección que das a ese sujeto podría ocasionarnos peor gravamen que el comernos un codo, y así te suplico me digas para qué tienes ahí a ese hombre, y qué hace y en qué se ocupa, y por qué no se va a Madrid, que es el terreno del romanticismo y del libertinaje.

Y vamos a otro asunto que con este no tiene, supongo, ninguna relación. La carta que contesto es la primera tuya en que me hablas de mi hermana Pilar, cosa que me sorprende, pues siendo mis relaciones con ella tibias, casi nulas, no parece lógico que me pidas a mí noticias de su salud, mayormente cuando con ella te carteas tan a menudo. Yo soy quien debo pedirte a ti noticias de mi (p.5039) desgraciada hermana, pues siempre fuiste tú su amiga y confidente. ¿A qué sales ahora con la falsa tecla de que no sabes de ella y temes por su salud? Sea lo que fuere, te diré que directamente nada sé de Pilar; pero por referencias me consta que está buena, mas con la grandísima pesadumbre de haber perdido a su criada Justina, su mujer de confianza; la que poseía todos sus secretos, que no debían ser pocos, según mi cuenta. Yo también he sentido a la pobre Justina, mujer de una lealtad a toda prueba, reservada y discretísima, como correspondía a quien consagra su vida al servicio reservado de una señora como Pilar. Pues bien: cuando cayó enferma Justina, fue a verla Jerónima, su hermana, que, como sabes, reside en Cintruénigo, y al volver me dijo que Pilar menudea cartas contigo, y que cada semana te emborrona cuatro pliegos. Con que.. ten cuidado, Valvanera, ten cuidado: ya ves qué pronto te he cogido en una mentirilla.. Es que sois tontas de remate; yo soy lista, muy lista, aunque me esté mal el decírlo, y ninguna simplona como Pilar y como tú, cada cual por su estilo dañadas de romanticismo, ha conseguido engañarme nunca. Nadie me iguala, puedes creerlo, en descubrir en la menor palabra, en cualquier frasecilla insignificante, la punta de un hilito. No puedes figurarte hasta qué punto son sutiles mis dedos para coger la hebra casi invisible y tirar de ella. Claro es que algunas veces me equivoco, y no saco nada; pero otras ¡suelen venir a mis manos ovillos tan gordos!.. Con que.. ándate con cuidado conmigo, Valvanera, y no me busques el genio, que lo tengo muy malo, quiero decir, sagaz, investigador, calculista. Hame dado en la nariz.. Y no más por hoy.

Pues dejando esto aparte, hazme el favor de decir a Pilar, en tu primera contestación a sus largas epístolas, que no la quiero mal; que me duelen nuestras discordias, motivadas por mil pequeñeces que no debieran enemistar a dos hijas de un mismo padre; que debemos perdonarnos recíprocamente nuestros agravios y picardihuelas, y esperar la muerte tratándonos como (p.5040) hermanas. Queda convidada a la boda de mi hijo con la niña de Castro, si, como creo, se realiza en el otoño próximo, y tendré una gran satisfacción en alojarla en mi casa, siempre que venga sola, pues con Felipe no espero hacer nunca buenas migas.. Y aquí pongo punto final, guardándome todavía no pocas cosillas y reconcomios que ya irán saliendo. Un abrazo mío muy apretado mando a Juan Antonio, a tus hijos muchos besos, y a ti todo el afecto de tu cariñosa hermana -Juana Teresa.

 

Ep-26-XXI -

De Fernando Calpena a D. Pedro Hillo

Villarcayo, Junio.

Querido capellán: Hemos pasado unos días crueles con la enfermedad de los niños. Cayó Nicolasa con calenturas el 15 del pasado, reponiéndose al séptimo día; mas antes de que esto sucediera, el segundo de los varones, Federico, fue atacado del mismo mal, que degeneró en tabardillo. Veinte días hemos tenido a la pobre criatura entre la vida y la muerte. Figúrate la ansiedad de los padres, que ha tiempo vienen siendo enfermeros de su prole, dañada de no sé qué mal profundo, insidioso. Tengo la satisfacción, en medio de mis tristezas, de haberme asociado a los afanes de esta noble familia, y por fin, al gozo de verles vencedores del terrible mal. A fuerza de cuidados y desvelos hemos rechazado a la muerte, y lo digo así porque no he sido yo menos padre que ellos, en el sentido de la solicitud vigilante. Cuando el cansancio les rendía, yo he ocupado su puesto, poniendo toda mi alma en aquel servicio humanitario. La gratitud de estos nobles amigos me envanece más que si hubiera yo ganado laureles de los que vivamente halagan el amor propio.

Y no es esta la única conquista que he realizado en estos días de prueba. Ya sé lo que es calor de familia; en mí anidaron y criaron sentimientos dulcísimos que ya llevaré conmigo en lo que de vida me reste; me va muy bien con ellos; me espanta la soledad en que yo quedaría si estos sentimientos me faltasen, y me compadezco de mí, acordándome del tiempo en que no los conocía. Tengo que razonar para convencerme de que no es mi (p.5041) hermano el pobre niño que hemos salvado de la muerte; sus padres no sé qué son míos: sólo afirmo que les quiero y que me quieren. En los días de ansiedad y de lucha con la muerte, respirábamos los tres con un solo aliento; ellos me daban su temor; yo les daba mi esperanza.

La mañana feliz en que consideramos salvado a Federico, Valvanera selló nuestro espiritual parentesco con una confianza sublime. Incapaz de contener su efusión maternal, me llamó a su cuarto, y en presencia de Juan Antonio me descifró el enigma de mi vida. Ya sabía yo que ella y mi madre son amigas íntimas, que desde la infancia se adoran. Ahora sé el nombre que ignoraba, la condición social y otras particularidades de mi nacimiento y de mi niñez.. El desgarrón del velo que envolvía mi origen me hizo caer en un estupor parecido al idiotismo: he pasado un día sin darme cuenta de cosa alguna, mirando con embargada atención la fórmula resolutiva de mi problema, y los nuevos problemas que de aquella solución se derivan.. Por la noche, solo en mi aposento, lloré largo rato, sintiendo dentro de mí un desconsuelo inexplicable, no sé qué, sin duda reflejo de las aflicciones que por mí ha pasado la persona que me dio la vida. Pensaba que si yo hubiera muerto al nacer, habría evitado sus acerbas penas, y luego las mías. Ya no puedo evitar nada; soy impotente para todo, y la idea de que mi amor y mi gratitud a ese noble ser han de esconderse en la obscuridad y en el disimulo como si fueran delitos, me vuelve loco.

En tanto, mi drama se ha empequeñecido. Dentro de mi espíritu lo veo cada día perdiendo volumen y claridad. Síntomas de olvido empiezan a manifestarse: he notado que pasaban largas horas sin que de su terrible argumento y de sus personas me acordase. Pero ayer y hoy he advertido que me ronda, que viene en mi busca. Una nueva carta de Pedro Pascual me informó ayer de que los Arratias están furiosos contra mí. No ha podido averiguar mi amigo si Aura había regresado al domicilio conyugal: sospechaba que no. Como puedes comprender, estas (p.5042) noticias me inquietan, me trastornan, impidiéndome condensar las ideas y fijar mi voluntad en una sola dirección. Tengo que dividir mi espíritu, como un caudillo militar que dispersa sus tropas para la ofensiva necesaria en un punto y la defensiva en otro. Me halaga la esperanza, querido clérigo, de que se den órdenes para que no se aplace más tiempo tu viaje. Aunque Valvanera y Juan Antonio colman mis anhelos de sociedad y de amistad y todo, parece que me falta algo. ¡Que vengas, hombre! Quiero marearte un poco y hacerte rabiar. Por esta noche no escribo más.

Sábado.- He pasado el día haciendo muñecos de papel al niño convaleciente. Te asombrarías como yo de mi habilidad en este arte. He construido una docena de clérigos graciosísimos con sus tejas descomunales, y otras tantas monjitas con blancas tocas; sobre la cama los iba poniendo en correcta formación el pequeño. En la sección de animales he sido menos afortunado; pero aun así, mis gatos, mis burros y mis elefantes han cumplido el objeto para que fueron creados. Por cada cucharada de alimento o de medicina que toma el chiquillo, cobra anticipadamente una figura, y en ocasiones un cuarto. Por la noche, cuando le rinde el sueño, y después que el contacto de su frente y muñecas nos dice la frescura de su sangre, recogemos en una cestita todas las colecciones clericales y zoológicas, para hacer en ellas las reparaciones convenientes. Pero dudo que mañana obtengan el mismo éxito; ya se me ha indicado para mañana un nuevo mundo que debe salir de mis manos hacedoras: torres, puentes, barcos de guerra y fortalezas con cañones.

Te dije ayer que el drama me acecha: hoy te digo que ha venido Churi; pero no le han permitido entrar en la casa, ni yo he de salir a verle: le tengo miedo. Desde mi ventana le he visto rondar por estas inmediaciones, con cara famélica y ansiosa. ¿Qué querrá decirme? ¿Me traerá alguna carta? Mejor es que no lo sepa. Juan Antonio ha encargado a uno de los mozos que le despabile, amenazándole con dar parte a la justicia y meterle en la cárcel si no se (p.5043) larga de estos contornos. ¡Pobre Churi! ¿Qué me querrá?

Valvanera y su marido me han predicado un cariñoso sermón sobre la obediencia, y yo he reconocido que a ella me obligan todos los respetos y las nuevas afecciones que siento en mí. No haré más que lo que ellos dispongan. Forzosamente vuelvo a la niñez. La querida persona que se ha pasado lo mejor de su vida sin poder acariciarme y gobernarme, quiere hacerlo ahora, y yo me apresuro a ofrecerle mi sumisión incondicional. Es difícil, no obstante, que pueda darle gusto en una cuestión que, según me ha declarado Valvanera, es su sueño dorado. Bien comprenderá que no puedo disputar al Marqués de Sariñán la excelsa niña de Castro, cuyos méritos son tales que hoy me avergonzaría yo de dirigir hacia ella mis aspiraciones. ¿Qué piensas de esto? Sería imponerme una ridiculez; sería lanzarme quizás a un nuevo desastre. Me siento sin fuerza moral para tal empresa; necesito un largo reposo, y restaurar mi espíritu desquiciado y en ruinas.

Y sobre todo, ¿quién soy yo, ¡triste de mí! para pretender honor tan grande como la posesión de esa maravilla de la humanidad? ¿En qué sentimientos he de fundar mi campaña? ¿En la admiración que hacia ella siento? Eso no basta. Mi conciencia, hoy por hoy, no me permitiría expresar otros sentimientos.. Me ha revelado Valvanera la situación social dolorosísima en que mi existencia pone a mi madre, y esto acaba de hundirme. Me achico cada día más; me siento enano, microscópico; me pierdo entre las multitudes plebeyas, y deseo que nadie se fije en mí, ni me pregunte quién soy ni de dónde he venido.

La tristeza se me va aposentando en el alma, no como huésped, sino como propietario que se decide a ocupar por siempre su domicilio heredado: no podré arrojarla nunca; la siento que se acomoda y agasaja, que enciende el hogar, que coloca sus muebles, que imprime aquí y allá su huella, y va calentando este y el otro rincón. ¿Pero qué me importa no ser nadie, si soy todo para una sola persona, y esa persona es todo para mí? Te aseguro que si no (p.5044) existiera mi madre y la cadena que a ella me une, para mí no habría un bien como la muerte. Me halaga la idea de no sentir nada; de sentir, si acaso, la vaga impresión de la quietud, de la carencia de todo estímulo. Es dulce notar vacíos de interés los dramas y dormidas en nuestro regazo las pasiones. Ayer fui con el párroco a visitar el cementerio: no puedes figurarte la envidia que me daba de los que duermen bajo aquellas lápidas, protegidos por una cruz. Los hay sin lápida; los hay anónimos, de olvidada filiación; los hay sin cruces ni signo alguno. Toda la noche he visto en mi mente las cruces solitarias, algunas no muy derechas, y me ha sido grato pensar en la placidez de los que duermen en la tierra, soñando quizás que han desaparecido del mundo el mal y la ridiculez. Mándame las Noches de Young, que encontrarás en la librería de Boix, Carrera de San Jerónimo, o en la de Pérez, calle de las Carretas, frente al Correo. Mándame también las Noches lúgubres de Cadalso. Adiós: me acuesto sin sueño.

Domingo. -Hoy, oyendo misa con Juan Antonio en la parroquia, no he cesado de pensar que podrías interpretar torcidamente lo que anoche te escribí acerca de mis nuevas amistades con la muerte. El recelo de que supongas en mí intentos de suicidio me inquieta, querido capellán, pues nada más lejos de mi ánimo que el propósito de poner fin a mi pobre existencia. La convicción de que si a mí mismo no me necesito para nada, a otras personas queridísimas soy necesario, me obliga a rectificar aquellas ideas. El vivir no me gusta; pero es un deber; como tal acepto la vida, y procuraré su conservación. No quiero hacer más víctimas. Que las personas que aman mi vida la tengan, aunque a mí me pese. ¿Sabes lo que discurría anoche, desvelado, dando vueltas en mi cama? Pues que Dios debiera pasar a mi naturaleza la enfermedad, raquitismo, o lo que sea, que destruye a los hijos de Maltrana, transmitiendo a estos mi salud vigorosa. ¡Qué contentos se pondrían sus padres con este cambio! Pues aunque a mí me lloraran, me llorarían una vez, y sus (p.5045) hijos son cinco, cinco duelos en perspectiva. Hoy me rectifico, amado clérigo, y no pido a Dios semejante cambio de naturaleza; es mucho mejor que los chicos y yo vivamos. Por consiguiente, verás que tacho el párrafo en que te pedía me mandases las Noches de Young y de Cadalso. Déjame a mí de Noches, hombre, y mándame días si los hay. En vez de esos librotes que inducen a la melancolía, haz un paquete con el nuevo drama de Víctor Hugo, Angelo, tirano de Padua, con la Gabriela de Belle Isle, de Dumas, y todo lo demás que de este género encuentres en casa de Boix, y me lo echas para acá con el primer ordinario que salga. Que sean en francés: no quiero traducciones.

Última hora: a mí llega un run-run que, si se confirma, me librará de la falsísima, indelicada posición a que quiere llevarme mi buena madre, haciéndome pretendiente de secano de la sin par Demetria. Susurran de La Guardia que al fin hay arreglo, y que en el frontispicio de Castro-Amézaga se pondrá la corona de Sariñán y de Villarroya de la Sierra. Tú lo verás si vas por allí, que yo no pienso verlo. Paréceme muy lógica tal unión, y no siento más que no tener aquí a mi D. Beltrán para pasarle la noticia por los morros. ¿Serán felices? Averígualo tú, que yo no puedo. Vuelvo a creer que sólo los muertos son dichosos.

Ahora que me acuerdo: mándame también el tomo de poesías de Víctor Hugo, Hojas de otoño. Este poeta me enloquece. De Walter Scott quiero la Fiancée de Lamermoor, que conozco y quiero leer de nuevo, y la Hermosa de Perth, que no conozco. Me siento ávido de poesía y literatura; mas no me mandes nada clásico, que me apesta. Tu D. Javier de Burgos y tu D. Félix Reinoso, que me esperen allá hasta el día del Juicio, con sus versos acartonados, que ya deben de saber de memoria sus lectores fervientes, los ratones. Al buen Horacio déjale dormir en mi baúl, junto al somnífero Despreaux. En cambio, me harás feliz si me empaquetas para acá los volúmenes que me quedaban de Lope, ya que no sea posible recuperar los que le presté (p.5046) a Pepe Díaz y a García Gutiérrez, y añades los dos tomos que tenía de Schiller. Relamiéndome estoy pensando en el drama Los bandidos, que leeré hasta aprendérmelo de memoria. Vaya, no te da más jaqueca tu férvido amigo y discípulo -Fernando.

P. S.- Me enseña Juan Antonio un periódico de Madrid que anuncia la reciente publicación de un nuevo tomo de Víctor Hugo, Les voix intérieures. Por lo que más quieras, Hillo de mis pecados, vete corriendo a casa de Boix y cómprame ese libro, si lo tiene, y si no lo tiene dile que lo pida al momento. Aquí no hay medio de encargar ningún libro a París, como no mandes un propio con el dinero. Ya me muero de ansiedad por leer esas Voces.. Ya me parece que las oigo antes de leerlas. ¿Quién no tiene voces dentro? Sospecho que las que ha escrito Hugo no son las suyas, sino las mías. -Vale.

 

Ep-26-XXII -

Del Sr. de Maltrana a su hermana política la señora Marquesa de Sariñán

Villarcayo, 1º de Julio.

Hermana mía y amiga: La grave enfermedad de nuestro hijo Federico ha privado a Valvanera del gusto de contestar a tu carta. Aun hoy, ya mejorado el niño y contentos nosotros de que nos le conserve Dios, mi mujer no se decide a tomar la pluma: su cansancio, después de tantas noches de ansiedad y desvelo, ya puedes figurártelo. Yo me encargo de cumplir aquel deber, empezando por manifestarte que accedo gustoso a contribuir, en la parte que me corresponde, para el auxilio del pobre D. Beltrán: quedan entregadas las cuatro onzas, y no tendré inconveniente en aprontar mayor suma, si necesario fuese para sacar definitivamente de aquel infierno al primer noble de Aragón. Haced porque venga, y le tendré en mi casa todo el tiempo que guste, si él se aviene a esta soledad desabrida, donde halla tan pocos atractivos su exquisita sociabilidad. Voy creyendo que ni los años ni el desdichado sesgo de sus últimas aventuras han sido parte a quebrantar su genio de señor prepotente, ni a domar sus ambiciones de grandeza y rumbo. Pero venga como viniere, aquí será (p.5047) bien recibido, y tendrá la consideración, el respeto y cariño de todos.

Por encargo especial de Valvanera, y por cuenta propia, tengo el gusto de manifestarte que el Sr. D. Fernando Calpena es persona dignísima, y ya debiste comprenderlo así, sólo con saber que hace meses le tenemos en nuestra casa. Pertenece a una noble familia con quien tuvo mi padre relaciones de íntima amistad, y que actualmente reside en el Mediodía de Francia. A su hidalguía, a su intachable conducta, une el Sr. de Calpena una ilustración extraordinaria, pocas veces vista entre nosotros, que hace de él una de las personas más gratas y amenas que es posible tratar. Creo que bastará esta manifestación mía para que levantes la injusta sentencia que habías lanzado contra nuestro caballero, y rectifiques juicios temerarios, originados quizás de vulgares hablillas.

En la primera carta que a Pilar escriba, tendrá mi mujer la satisfacción de expresar a esta tus disposiciones de concordia, y le transmitirá tus frases de piedad y cariño. Cree que celebraremos muy de veras la reconciliación, y ver terminadas vuestras desavenencias con un tierno abrazo fraternal. También será para nosotros motivo de júbilo que se realicen tus proyectos de unión con la casa de Castro-Amézaga, suceso que consideramos felicísimo para una y otra familia. ¡Dios nos dé a todos salud, y paz y reposo a nuestra querida patria, que vemos desangrada y empobrecida por crueles guerras interminables! Que miren por el procomún los hombres de arraigo y buena voluntad como Rodrigo, tratando de llevar sus buenas ideas a la vida política, es lo que conviene, para imposibilitar las maquinaciones de los malos patriotas y holgazanes, causa de tantas desdichas. Unámonos los hombres de posición y de ideas juiciosas, y España se levantará del suelo ensangrentado en que yace, recobrando su dignidad y poderío. Digo esto porque ha llegado a mi noticia que aspira Rodrigo a la diputación a Cortes en la vacante de Tudela, y, si es verdad, le felicito y felicito al país. Que disponga de mí y de mis buenas (p.5048) relaciones en la Ribera, así como de mi amistad con Olózaga, con Luzuriaga, Arrazola y Carramolino.

Recibe los cariños de Valvanera y de mis hijos, y la constante amistad de tu afectísimo hermano -Juan Antonio.

 

Ep-26-XXIII -

De Gracia a Calpena

La Guardia, Julio.

Si sigues así, tan descuidado, tan triste y estúpido, la que te ama caerá en la desesperación, y la desesperación es mal remedio de amor. Declárate pronto, y no te pongas baboso y pesado. No agas lo que Ernesto de Melville en la Eponina, que por su cortedad de genio dejó morir de pena a su amada, y él, no sabiendo cómo desenlazar la novela, se tiró a un estanque. Me figuro yo a Ernesto de Melville melenudo, de mal color, los ojos en blanco, y el dedo metido en la boca, como los niños mal criados. Así estás tú también, y yo, si no te quisiera, te pegaría una buena mano de cachetes. Como te descuides, como sigas aciendo el figurín de la delicadeza, lo pierdes todo; la que te ama se morirá de aburrida, y tú al fin no tendrás más remedio que tomarte un veneno. Ya ves: podían los dos ser felices, y serán muy desgraciados, por estarse mi niño con la boca abierta, mirando a la iguera, a ver si le cae la breva en la boca.

Otra cosa tengo que decirte, para que estés sobre aviso. El sábado pasado llegó a casa una mujer preguntando por ti. Salí yo a la puerta y puse en su conocimiento que no estabas aquí, sino en Villarcayo. Te daré las señas a ver si sacas por ellas quién puede ser la que te buscaba. Era de buena estatura, delgadita, bien echa de cuerpo. Venía mal trajeada, descalza, rendida de cansancio, sucia y cubierta de polvo. Tenía la piel de la cara desollada, del sol caliente y del aire frío, y por esto y por el polvo no pudimos saber si era bonita o fea. Si e de decirte la verdad, me pareció gitana. La Rosenda y yo le icimos preguntas, y no contestó más sino que tenía que entregarte una carta; díjele que me la diera y yo te la mandaría, y no quiso la muy perra. Tomó el pan y unos cuartos que le di, y se bajó al camino. Desde mi ventana vi que se le unían dos ombres de mala traza, (p.5049) también algo agitanados, y despacito se alejaron y se perdieron de vista.

Cuando Demetria se enteró de esto, mandó a Bernardo en seguimiento de la cuadrilla; mas no pudo dar con ella asta un día después, en La Bastida, donde vio a los ombres, pero no a la mujer. Esta, según los tales le contaron, abía caído mala de una fuertísima pataleta, motivada de cansancio y penas. Dijéronle también que ellos no la conocían, ni sabían su nombre; que encontrándose en el camino, abían andado juntos algunos días. Averiguó después Bernardo en el parador que la mujer, enferma de gravedad, abía sido recogida por unos vecinos piadosos, que la llevaron al ospital de Miranda, y colorín colorao: no sé más.

Valdría más que no me dejaran leer novelas, porque aora, si no leo las invento, y se me a metido en la cabeza que esa que parece gitana es tu novia, la que fue tu novia. Pero quizás sea un disparate muy gordo lo que se me ocurre. No agas caso. Demetria es de opinión que no debemos decirte nada de esto; yo creo que conviene que lo sepas, por si son gente perdida que se lleva alguna idea mala contra ti. Yo me figuro que, si la gitana es ella, uno de los ombres es el marido, y que van todos disfrazados con las caras pintadas, para robarte y matarte después. Yo que tú, si parecen por aí, daría parte a la justicia, para que les metieran a los tres en la cárcel. Yo veo un complot como el de Valeria y Beaumanoir, cuando la novia que izo la gran traición se une a los úngaros.. en fin, ya no me acuerdo.

¡No me a costado pocas fatigas escribir esta carta sin que se enteren mi ermana y mis tíos! Te la mando con Sabas, que oy vuelve a Villarcayo, para que tú dispongas si sigue o no sigue a tu servicio. Con él mandamos a Doña Valvanera cuatro orzas de mostillo, orejones y tres pares de palomas de la nueva raza que nos an traído, blanquitas, chiquitas, con la cola como un abanico. Cuando las veas acuérdate de lo que te digo. Que te decidas y no agas más el Ernesto de Melville, que se tiró al estanque de puro loco. Mira que ya la que te ama se cansa de esperar, y el amor que te (p.5050) tiene se convertirá en aborrecimiento, en menosprecio de tu necedad. Abur, amigo. Esta carta no la firmo, para que no te des tono con ella. Sólo pongo -La misma.

 

Ep-26-XXIV -

De Pilar a Valvanera

Madrid, Julio.

Amada mía: Hoy está Felipe de malas, quiero decir, de peores, suspicaz y fiscalizador como nunca, queriendo meter en todo sus robustas narices. Aprovecho su ausencia, que no puede ser larga: ha ido al Ministerio de Estado y volverá pronto, para que su víctima no descanse ni respire..

Bueno: me corre por el cuerpo toda la electricidad de una mediana tormenta. Trueno y relampagueo. Debo decirlo al revés: primer el relámpago.. Creo que mi excitación sube de punto con el júbilo de saber que tu niño está ya fuera de peligro. ¡Qué días he pasado! Bendito mil veces sea el Señor que te le conserva, y a mí me da este gran consuelo. Mi alma, que ha tiempo mora en Villarcayo, vuelve acá de un vuelo cuando la necesito, y ha estado trayéndome y llevándome recaditos con las alas de mi ansiedad. Ahora la mando otra vez para allá, con las alas de mi amor, para decirte que ese plan de transacción decorosa, asignando a cada galán una de sus niñas, me parece de perlas. Pero conste que en todo caso, la mayor, la buena, ha de ser para mí. Mi sobrino, que sólo busca una dote, puede apencar con la pequeña, en quien veo una nerviosilla sin juicio, quizás malhumorada y enferma. No me conviene. He leído las cartas de entrambas. La gravedad con que Demetria se sostiene en su papel, permitiéndose tan sólo alusiones muy finas e ingeniosas a la situación de Fernando, me encanta. En la de Gracia no veo clara su intención. ¿Aboga por su hermana o por sí misma? Digas lo que quieras, por el texto de la carta no podemos colegir si es una pobrecita inocentona, o si se vale de la inocencia para declararse. Esta duda me inquieta. ¿Es ella la enamorada, o es la otra? No sé qué novela he leído, de las más románticas, en que esta duda y confusión llenan las páginas de un voluminoso libro, para salir con la patochada de que (p.5051) las dos aman, y cada una resuelve sacrificarse, de lo que resulta que una y otra se envenenan. ¡Qué horror! Y lo más chusco es que el galán se casa luego con una tercera, con la que las indujo al sacrifico. ¡Qué simpleza! El romanticismo me tiene cogida, llenando mi cabeza de ideas tétricas, de complicaciones diabólicas. Ese Dumas trae loca a la humanidad.

Quiero espantar de mi mente todo ese mundo imaginativo. Bastante tengo con mi drama, de cuya realidad no puedo dudar por los torozones y horribles sacudidas que me causa pataleando dentro de mí. Este sí que es drama, y por Dios que ya deseo un desenlace, aunque sea de los más violentos. No puedo ya con tanto disimulo y ficciones tantas. Mi arte se agota; cada día tengo que inventar resortes nuevos, y mi potente iniciativa para el enredo envejece y se apaga. Quiero una solución, cualquiera que sea. Desde hace dos días me absorbe completamente la idea de consultar el caso legal con un buen abogado, que al propio tiempo sea hombre de honor y delicadeza. He pensado en Cortina, y no pasará el día de mañana sin que le escriba pidiéndole hora para una consulta, con la advertencia de que se trata de cosa muy secreta, que ha de quedar entre los dos. Sí, sí: no vacilo más; tendré que revelarle el caso de pe a pa, sin omitir nada, absolutamente nada. Si para el fin que persigo no hubiere más remedio que romper por todo, romperé, estallaré como una bomba; que ya toda esta pólvora, toda esta metralla que llevo dentro de mí años y más años, quieren salir a que les dé el aire.

Me apresuro a concluir, temerosa de que vuelva Felipe, que hoy está tremendo, hija, un Júpiter tonante, jaquecoso, que por rayos tiene los interrogatorios impertinentes. ¡Ay, comprendo el suicidio ante un fiscal semejante! Se ha empeñado en saber qué empleo doy a los dineros que recibo para mis gastos particulares. Los extraordinarios cuantiosos para vestidos que aún no se han hecho; los que pedí para embellecer y amueblar el palacito de Balsaín, ¿dónde han ido a parar? Ya no compro (p.5052) cuadros ni abanicos; más bien vendo. Mi marido se asombra de mis aptitudes mercantiles; todo le parece bien menos que él ignore en qué empleo mi dinero. Poco antes de salir, sintiéndome ya colérica y a punto de dispararme, le dije que bien puedo dar a las rentas de mi patrimonio la aplicación que mejor me acomoda. Naturalmente, no se conformó con esta teoría. Es el esposo; no me priva de lo mío, pero tiene derecho a saber.. Ya viene, siento el coche. Adiós, mi amadísima. Mañana, si me deja este monstruo de curiosidad, repetiré.. Mil y mil besos. -Pilar.

Miércoles.- No tengo tiempo más que para cerrar esta, después de añadir cuatro palabritas. Mi pariente, en todo el esplendor de su impertinencia. Ha faltado poco para que le tire a la cabeza una tetera de porcelana. No puedo más, no puedo más. Mañana hablaré con Cortina. Dios me fortalezca y a él le ilumine.

Con la prisa no te dije que mi alegría fue grande al leer en tu carta que habías revelado a Fernando mi nombre y demás.. ¡Lo que lloré aquella noche!.. ¡Ay, bien lavaditos tengo ya mis pecados! No son flojos ríos de lágrimas los que he derramado sobre ellos.

Hoy, escribiendo corto, también soy tostada.. Me achicharra este hombre.

 

Ep-26-XXV -

De Sabas a D. Fernando

Miranda de Ebro, 20 de Julio.

Respetable señor y amor mío: Para comunicar a usted con la brevedad que desea el cumplimiento del encargo que se sirvió hacerme, me valgo de la pluma de mi primo Bonifacio Cebrián, coadjutor de la parroquial de este pueblo, pues ya sabe que soy muy torpe de escritura, y sobre que tardaría en poner la carta más tiempo del regular, la llenaría de disparates, con perjuicio de la buena explicación de las cosas. Si descansado llegué a Villarcayo, donde el señor me ordenó volver para acá con esta misión de que voy a darle cuenta, no llegué lo mismo a Miranda, pues como las órdenes eran de apretar el paso, tan a la letra lo hice, que la yegua no pudo pasar de Leciñana, y allá me habría quedado yo también si Gay no me proporcionara un jamelgo. Sobre él (p.5053) entré en esta ciudad a las nueve de la mañana, y al momento, ganando minutos, me personé en el Hospital, y pedí razón de la mujer enferma que en dicha santa casa debió ingresar la semana pasada. Manifiestas las señas que en el papel apuntamos para que no se me olvidasen, ya que no podía dar el nombre, por ignorarlo, díjome el capellán de aquel establecimiento que la desgraciada señora o mujer, cuyas señas con las de nuestro papel concordaban, había muerto anoche, después de siete días de enfermedad, con pérdida de todo conocimiento y de toda sensación. De su nombre sabían en la santa casa tanto como yo, pues no se le había encontrado papel ni prenda alguna por donde su estado y circunstancias pudieran conocerse. Descorazonado yo de no hallarla viva, pedí que me la mostraran difunta, lo que no pudo ser porque media hora antes se la habían llevado al cementerio. Allá corrí sin detenerme en parte alguna; mas también llegué tarde, pues acababan de darle sepultura, y no alcancé más que a ver cómo colmaban el hoyo, apisonando después la tierra. Bien habría querido yo que esta fuera cristal para poder ver la fisonomía del rostro mortuorio de la difunta, y sacar de sus facciones macilentas algún dato, alguna luz que al señor sirviera para salir de su confusión; pero no vi más que la tierra, la cual era como la demás tierra que vemos. Ni me dijeron nada tampoco las caras de los sepultureros, a quienes miré largo rato, porque como el señor me dijo: «mira bien, observa..» ¿yo qué hacía? Mirar y observar hasta secarme los ojos.

Pienso yo, señor, que con el cuerpo de la fenecida señora o mujer enterraron la carta, que debía de tener cosida en las ropas de dentro, a no ser que antes se la quitaran, lo que también pudo acontecer. Yo miraba, miraba a la tierra, calculando a qué profundidad estaría, y me figuraba que estaba muy honda, muy honda. Desconsolado, convidé a los sepultureros a unas copas, lo que ellos agradecieron y aceptaron, y les llevé a la taberna más cercana, con la esperanza de que algo podían decirme de lo que (p.5054) yo no había visto y ellos sí. Uno de ellos, el que menos bebía y me miraba mucho, díjome que la enterrada era mujer en quien por encima de lo cadavérico se traslucía una gran hermosura; sí, señor, así me lo dijo. Y el otro afirmaba con la cabeza. Por la fe de los enterradores, puedo dar sólo este dato.

He cumplido, señor, el encargo que me confió, y mi conciencia está tranquila respecto a la rapidez de mi marcha, pues ni volando por los aires habría llegado más pronto de lo que llegué. En ninguna parte me entretuve: todo lo hice aceleradamente; pero más que mi buen deseo pudo la casualidad, o que así lo dispuso Dios. Mi amo me mandó en busca de conocimiento de una persona viva; mas no quiso que yo tomara razones de la eternidad, porque a esta yo no la entiendo ni mi amo tampoco. He cumplido, aunque sin ningún fruto, o con el solo fruto de saber que era bella, si no me engañó el sepulturero; que también pudo ser que a él le pareciera hermosura la fealdad, cosa muy natural en los que andan entre muertos.

Y no teniendo nada que hacer aquí, después de escribir al señor, como me encargó, tomo un buen caballo, y sigo para La Guardia con las cartas y regalos que allí tengo que entregar a las que fueron mis señoras.

Mi primo Bonifacio, a quien debo el favor de relatar en buena escritura lo que yo le iba diciendo, aprovecha esta ocasión para ofrecer al Sr. D. Fernando sus respetos y su inutilidad, como presbítero y primo del infrascrito, y detrás de él echo yo todos los afectos del corazón de este su fiel y humildísimo criado, que lo es -Sabas de San Pedro.

 

Ep-26-XXVI -

De Pilar a Valvanera

Madrid, Julio.

Amada mía: Dame la enhorabuena, dámela pronto por esta paz, por esta confianza que desde ayer entraron en mi alma, novedad grande para la pobrecita, pues tiempo ha que no conocía más que zozobras, ansiedad, terror y anhelos no satisfechos. Debo este grande alivio al mejor de los hombres y al más sabio de los jurisconsultos, Manuel Cortina, ante quien descorrí ayer la que encubría mis secretos, mostrándole mi vida toda, mi (p.5055) corazón, mi voluntad. No habría hecho tanto con mi confesor, pues a este sólo se le muestra la falta, y en el caso presente, reuniéndose en una sola persona el sacerdote, el amigo y el letrado, he tenido que volcar la sagrada arqueta hasta dejarla vacía, echando fuera todo, todo, lo bueno y lo malo, no reservando ni nombres de personas, nada absolutamente de lo que he sentido, de lo que he pecado, mis artificios y sutilezas para ocultar mi falta, así como mi firme resolución de unirme a quien tiene derecho a mi amor y mi vigilancia. Todo lo sabe: sabe algo que tú ignoras, porque aún no ha sido ocasión de decírtelo; pero te lo diré.

Entré temblando en el despacho de Cortina: yo le había prevenido que tenía que hablarle de un asunto en extremo delicado, contando con su caballerosidad, y reclamando una audiencia larga, de un par de horas lo menos. Mas estas ideas que mandé por delante, como batidores que me despejaran el camino, no me salvaron del grande apuro de romper en mi declaración. Los primeros minutos, querida mía, fueron horribles. Un acceso de llanto y la exquisita bondad de mi letrado confesor sirviéronme como de puente para salvar la parte más escabrosa. Después me sentí en terreno llano, y pude continuar con desahogo, adquiriendo poco a poco el dominio de las ideas y de la palabra, el cual en la última parte fue ya tan grande, que te habrías maravillado de oírme. Ayudábame D. Manuel anticipándose con gran perspicacia a mis juicios y aun a la referencia de los hechos.. Es también adivino, y me trazó el cuadro de mis tormentos antes de que yo se los manifestara. ¡Qué alivio, amiga mía! Ahora podré fortalecerme con los sentimientos de madre, y prepararme una vejez dichosa y tranquila. Para llegar a esto, dije a Cortina que aceptaré los procedimientos que él determine, imponiéndome cuantos sacrificios sean necesarios, los cuales estimo como una operación quirúrgica, con dolores transitorios. Venga todo lo que quiera. Hago en mí una revolución; destruyo lo pasado y fundo un régimen nuevo.

Cuatro largas horas duró (p.5056) la conferencia, pues en la segunda parte, cuando ya me había serenado y abordamos la cuestión legal, hízome una exposición clarísima de las diversas soluciones que podían darse al asunto, según la cantidad o extensión de escándalo que yo afrontar quisiera. Sin ningún ruido, y guardando el secreto, es imposible que mis deseos tengan satisfacción. Si consiguiéramos (y él hablaba en plural como haciendo suyo el asunto) conquistar a Felipe, tendríamos andada la mayor parte del camino. ¿Pero quién es el guapo que conquista a mi señor? Examinando esta dificultad mostró Cortina más confianza que yo. Según él, los hechos consumados, irremediables dentro de la Naturaleza, tienen fuerza colosal para domar las voluntades más rebeldes: de seguro hará Felipe demostraciones imponentes, de gran aparato, más escénico que real, y acabará por rendirse, prestándose a un arreglo que evite el escándalo.

A mis aspiraciones, demasiado ambiciosas, de que Fernando posea todo mi bienestar material o gran parte de él, llevando además mi nombre y un título de Castilla, opuso Cortina razones que me convencieron. No es posible que lleguemos al deseado fin sino por caminos sesgados; tenemos que resignarnos a que la personalidad de Fernando sea modesta y obscura, no exenta del misterio original; aspiramos a que el esplendor de su nombre se funde en los méritos y ventajas personales, no en el abolengo y tradiciones de familia. Debemos darnos por satisfechos con crearle una posición mediocre bien guarnecida de provechos materiales; pero nada más por hoy. Él ilustrará su vulgar apellido, si quiere y se aplica.

Para llegar a esto, lo primero es abrir un hueco en la gruesa muralla que nos cierra el paso para todos los caminos, y esta muralla es Felipe. No quiero cansarte refiriéndote todo lo que hablamos D. Manuel y yo, ni podría tampoco trasladar fielmente la parte suya, tan elocuente en algunos pasajes, serena y dulce siempre, a veces graciosa. Díjome al concluir que puesto el asunto en sus manos, debía serenarme, descansando en la (p.5057) seguridad de que sabría corresponder a mi confianza. Estudiando concienzudamente el asunto, para lo cual se tomaba cuatro días, me propondrá lo que crea de más fácil y conveniente realización. Como caballero, como amigo y como letrado, me prometió poner en este asunto su inteligencia toda y algo de su corazón; yo debía prometerle sumisión incondicional al plan que me trace, en el cual habrá dos órdenes de actos: los actos sociales y morales que yo debo efectuar conforme a su consejo, y los actos de ley, de cuya dirección él se encarga. Con alma y vida le expresé la abdicación de mi voluntad en la suya para todo lo que quisiera disponer y ordenarme, y tratamos al fin de los documentos y papeles que debo poner inmediatamente en sus manos: la partida de bautismo de Fernando, toda mi correspondencia con el cura de Vera, Sr. Vidaurre, y algo más. De la documentación referente a mi propiedad hereditaria, a mi dote, gananciales y demás, nada necesita, pues para conocerlo le bastan las copias del pleito con Osuna que tiene en su archivo. En fin, mi amadísima compañera, que estoy contenta. ¡Siento un alivio..! Mi cruz sigue siendo pesada; pero acabo de encontrar un robusto Cireneo que a llevarla me ayuda.

Para que no haya nunca dicha completa, ahora que mi drama parece entrar en vías de solución.. clásica, ¡gracias a Dios! me inquieta más el de allá. Esa mujer errante; ese peligro de que resucite la funesta pasión que nos ha traído tantas desdichas; las complicaciones que pueden sobrevenir; las represalias posibles, las probables escenas de venganza, no se apartan de mi mente. Agravo yo las situaciones con mi pesimismo, y estoy por decir con mi inventiva, que a veces me parece poética; y de sucesos comunes, inocentes tal vez, hago escenas terroríficas, de estupendo asombro, de interés palpitante; escenas que no vacilo en llamar bellas, aunque me causen pavor. ¿Para qué me daría Dios esta imaginación tan viva? Con ellas en otro tiempo me rodeaba de bienandanzas, cuando en realidad estaba rodeada de peligros; mas con ellas (p.5058) también, en días no tan lejanos y en los presentes, levanto en derredor mío aparatos de consternación, con materiales que quizás sean más para mover a risa que a terror. No ceso de pensar en las sorpresas, y para que no lo sean ni me cojan desprevenida, estoy siempre imaginando cosas malas probables, con la idea de que previéndolas no sucedan. ¿Has visto? Lo mejor es poner freno a la previsión pesimista, y decir aquello tan sencillote, y al parecer tonto, que nos enseñaron nuestras madres: Sea lo que Dios quiera.

Noto a mi Felipe un poquito moderado en sus hábitos de mortificación. No sé lo que le pasa. Tiene conmigo atenciones desusadas, y se cuida menos de contrariarme y contradecirme. No obstante, desconfío de estas apariencias, y sigo empleando mis inveteradas precauciones. He perfeccionado el escritorio que en mi cuarto de baño tengo (ya te hablé de este ingenioso aparato) , y puedo consagrarme con toda libertad a mi correspondencia secreta, guardando todo de un modo segurísimo cuando concluyo, o por cualquier causa tengo que interrumpir el trabajo.. Siglos se me hacen los cuatro días que me ha señalado Cortina para proponerme la solución que ha de ser término de mis afanes, llevándome de una vida de artificios a otra moldeada en la realidad. ¿Será posible, amiga querida, que en esa vida me vea yo? Ese día no me voy a conocer. Creeré que me he muerto y he resucitado, que soy otra, que no soy yo, sino la señora tal, o tal mujer, lo mismo me da.. Y desde mi nuevo ser veré el pasado triste, y tendré lástima de lo que fuí..

Me canso un poquito. Seguiré mañana.

Martes.- No sé por qué, pienso que Felipe barrunta la tempestad que le tengo armada. Algo noto en su cara, en sus ojos, que me pone en este cuidado. ¿La suma suspicacia no puede llegar a ser el sumo adivinar?.. Para mí es una desdicha esta penetración que el histrionismo social en su desarrollo más perfecto me ha dado. Como yo leo el pensamiento de los que me rodean, pienso que los demás leen el mío.

Y hay más, cara Valvanera. Hoy encontró Felipe a Cortina en el (p.5059) Ministerio de Gracia y Justicia y le convidó a comer. El hecho no tiene nada de particular y ha ocurrido más de una vez. Pero se me ha metido en la cabeza que este convite no es un caso natural, inocente quiero decir, sino que encierra la cruel intención de ponernos frente a frente al letrado y a mí para observarnos las caras.. Veo que te ríes. Sí, la mal intencionada soy yo. Es que el cerebro se me ha convertido en un nidal de dramas.. Me paso la mano por la frente, y afirmo, todavía con un poquito de recelo, que la invitación de Cortina, como la de Narváez, como la de Salamanca y otros, también para esta noche, es absolutamente ajena a toda idea dramática.

Se me había olvidado decirte que no me fío de los cariños de Juana Teresa. Su agudeza corre parejas con su maldad. Esto no es suspicacia: es experiencia. En la historia de estas dos medias hermanas, todos los capítulos que empiezan con sus carantoñas acaban con mis rabietas. Si no estuviese yo decidida plenamente al abandono de toda ficción, sus sospechas me harían temblar. Pero ya no temo nada. El paso de mentirosa a verdadera me ha de costar algunas amarguras; pero una vez en terreno firme, ¿qué me importa lo que Doña Urraca piense, averigüe y conozca? Me compensará de mis pasados berrinches el placer de birlarle la niña de Castro.. Y a propósito: nada sé del señor Hillo. Espero con afán su primera carta.

Miércoles.- Mis temores respecto a la invitación de Cortina resultan infundados. Bien decía yo que soy harto maliciosa; pero, por más que me reprendo este defectillo, no hay forma de corregirme. La comida agradabilísima, con pocos, pero buenos comensales. A Narváez le conoce tu marido; de Salamanca, que ahora principia a figurar, no tenéis noticias. Es un granadino muy despierto, de gallarda figura y finísimo trato, y en la amenidad de la conversación se lleva el primer premio entre todos los que conozco. Despunta en la política, y más aún en los negocios. Cortina no me habló nada de mi asunto, naturalmente, y sólo en un ratito que estuvimos sin testigos (p.5060) repitió su promesa de darme la solución en el día fijado, recomendándome la serenidad y paciencia.. Mis comensales y las señoras que vinieron después picotearon de política, ya puedes suponer; algo de teatros y ópera, de bailarinas y cantantes, engolosinándose al fin con un poco de chismografía social. Todo esto me aburría, pues no hay tema que no me parezca desabrido, insignificante, si le aplico las ideas revolucionarias que alborotan mi espíritu. ¡Oh, cuándo llegará eso que llamo mi tránsito, paso inevitable de una vida a otra! ¿Será como una muerte; será como una resurrección?

¿Imaginas tú algo más enojoso y abrumador que una vida en que tenemos que figurarnos y representarnos de otra manera que como somos? En esta existencia, amasada y recompuesta por la general simpleza, no sólo nos es forzoso disimular nuestras faltas, sino también nuestro talento.. la que lo tenga. No, no te rías. No habiendo recibido de Dios el don de tontería, es forzoso proporcionarse una tontería artificial. Yo he sido y soy una tonta de trapo; y aunque sé muchas cosas que he aprendido en mis lecturas (y otras que he cursado en mis desgracias) , me revisto de una ignorancia deliciosa, que es el encanto de mis amigas. No soy la única que adopta este sistema; pero sí la más aprovechada, la que sabe esconder con su disimulo un mundo más grande de conocimientos y un mayor tesoro de agudezas. Rara es la que no se ha creado una representación falaz de su persona para poder vivir; pero en mí el histrionismo es más meritorio que en ninguna, por la enorme distancia entre lo que soy y lo que represento, entre mi ingenio secreto y mi estolidez pública.

Pues bien, amada mía: yo quiero romper este capullo, que con mis palabras y pensamientos de representación he tejido, quedándome encerrada en él. Ya tengo mi pico bien afilado para taladrarlo y echarme fuera.. quiero volar, pues me han salido aquí dentro unas alas grandísimas.

Amiga de mi alma, siento una efusión divina, un inmenso anhelo de volar hacia ti, por ti y los tuyos, y por el mío que entre los tuyos y en tu (p.5061) amante compañía tienes. Dile a Fernando todo lo que se te ocurra. Tú eres la maestra, la doctora, la que dispone lo que ya debe saber y lo que todavía conviene que ignore. Todo ello, lo sabido y lo ignorado, ha de ser para que me quiera más. Creo que me amará mucho, como yo a él.

Adiós, mi bien. Hasta que pueda contarte lo que me propondrá mi gran letrado para romper el capullo. Reparte mil abrazos y besos por cuenta de tu amantísima -Pilar.

 

Ep-26-XXVII -

De D. Pedro Hillo a Fernando Calpena

La Guardia, Agosto.

Distraído Fernando: ¿Pero no reparas que ya estoy aquí? ¿No me has visto? Echa para La Guardia tu catalejo, y alcanzarás a ver a este clérigo insigne, a esta lumbrera esplendorosa del Vicariato General Castrense, esparciendo su claridad por los ámbitos de.. No acabo la figura, porque ignoro qué ámbitos debe iluminar la inspección que me encomendaron.. ni sé qué inspecciono, ni por qué me han mandado, ni a qué he venido. Presumo que me traen a esta tierra todos los intereses posibles, menos los del instituto religioso-militar a que pertenezco. Por de pronto, aquí me tienes aposentado en la parroquial vivienda del gran Navarridas, que es como decir que habito en el reino de la cortesía y de la abundancia. Tanto el bondadosísimo D. José como su bendita hermana se desviven por agasajarme, y te aseguro que ni probé jamás tan mullido y albo lecho como el que aquí disfruto, ni entraron por esta boca pecadora condimentos tan substanciosos, ricos y variados como los que en obsequio mío presentan diariamente en su mesa. Hijo mío, ¿qué tierra es esta, tan fecunda en galanos amigos y en frutos regalados? Aquí quiero pasar mis días, entre la sencillez amable de los hombres y las amorosas caricias de la prolífica tierra. Aunque te enfades, prorrumpo en versos clásicos:

¡Oh tú, del Arlas vagoroso, humilde

orilla, rica de la mies de Ceres,

de pámpanos y olivos! Verde prado

que pasta mudo el ganadillo errante,

áspero monte, opaca selva y fría..

En esta región de delicias he visto al fin la deidad que en ella (p.5062) preside las funciones de la Naturaleza, la que a todo imprime hermosura y majestad con su divina presencia, la escogida entre las escogidas; y de tal modo me prendaron su gracia y su nobleza, que a no hallarme imposibilitado por mis votos, de que son emblema las negras ropas que visto, entre el primer saludo que le dirigí y una respetuosa declaración de amor, habrían mediado pocos alientos. ¡Pues si yo fuera seglar y joven, cualquiera me quitaba a mí esa sin par hembra!.. Nada quiero decirte de su discreción, que conoces mejor que nadie. Sabrás que hablamos largamente de omni re scibile, quedándome pasmado de la solidez de su juicio y de su dulce serenidad. En fin, amado discípulo, que aquí me tienes enamorado (no retiro la palabra) , enamorado de ese portento, y alabando al Supremo Artífice por esta nueva maravilla que ha puesto ante mis ojos.. Aquí me venía bien otra clásica estrofa para expresarte mi entusiasmo:

¿A quién primero ensalzaré cantando

Sino al gran padre que la estirpe humana

Y la celeste rige..?

Él es primero y solo; igual no tiene

Su esencia soberana;

Si bien segunda en el honor divino

Inmediato lugar Palas obtiene.

Pienso, querido Fernando, que aquel condenado Rapella, a quien echamos tantas maldiciones, merece ahora nuestra gratitud por haberte llevado a Oñate, donde encontraste a la celeste Palas. No me retracto de nada de lo que acabo de escribir. Todo lo sostengo, y lo hago cuestión personal. Es Demetria el cielo en la tierra, y la divinidad humana. Así lo firma y signa con el emblema de nuestra redención tu amigo - Pedro Hillo.

 

Ep-26-XXVIII -

De Fernando Calpena a D. Pedro Hillo

Villarcayo, Agosto.

¿Qué yo vaya a La Guardia, querido clérigo? ¿Con qué fin, con qué razón o apariencias de ella? ¿Por verte y abrazarte? Para eso, más natural es que tú vengas aquí; si así lo hicieres, en ello me darías mucho gusto, y me evitarías el decirte por escrito lo que con más prontitud y claridad se dice de palabra.

Por de pronto, sabrás que recibí los libros: desde que a mis (p.5063) manos llegaron, he vivido en ellos, ya reanudando antiguas amistades, ya entablándolas nuevas. Grandes y leales amigos son los libros, ¿verdad, mi caro capellán? Gracias a ellos, ningún vacío de nuestra existencia deja de amenguarse un poco. Leemos, y lentamente caen sobre nuestra alma gotitas de un bálsamo consolador. Lo que siento infinito es que no encontraras las Voces interiores del gran Hugo, que anhelo conocer, y ojalá suenen tanto que apaguen la vibración de las mías. Confío en que Boix no dejará de pedir y enviarme ese libro, y lo espero porque sé que no falta en Madrid quien le apremie para complacerme. Gracias mil a todos.

Mi drama ya no es drama: la última escena conocida se me presenta en forma de leyenda de un color harto lúgubre, sobria en sus líneas, altamente patética. Como todas las leyendas que ha puesto en circulación el romanticismo, reviste forma enigmática, o así me lo parece a mí, sin duda porque no conozco más que un fragmento de ella. Verás: una mujer desconocida, de mísero aspecto, aparece en La Guardia portadora de un mensaje para cierto caballero residente a la sazón en Villarcayo. No encontrando al caballero en ese pueblo donde tú estás, dirígese a este donde estoy yo; pero al llegar a Miranda muere.. En las leyendas, como en la vida, la muerte viene siempre a tiempo, es decir, cuando según nuestro criterio no debe venir. La oportunidad del morir es siempre contraria a todos nuestros deseos y previsiones. Sin esta lógica artística del morir no habría leyendas, ni tampoco vida, la cual también es una gran obra de arte. Falta en la leyenda lo más interesante, que yo me atrevo a planear del modo siguiente: Lee: Muerta la señora, es enterrada. Sabedor de ello el caballero, corre a Miranda, y obtenido permiso de la autoridad, exhuma a la señora: quiere reconocerla, recoger la carta.. ¡Oh, gran Hillo! vieras allí la tristísima escena: abrirse la tierra, entregando su secreto; vieras la duda curiosa penetrando con atrevida mano en el seno de una tumba, para sacar lo que al olvido y a la (p.5064) descomposición pertenecía ya. Todo eso verías tú, si lo vieras. Sale el cadáver, después de tres días de descanso y corrupción, y el caballero le dice: «¿Quién eres? Dame la carta».

Ya te oigo preguntándome: «¿Quién era? ¿Qué decía la carta?». No contesto, porque esta segunda parte no es más que una idea, es lo que yo debí haber hecho y no hice ni haré. Desde que he renunciado a la voluntad, no sé dar fin a las leyendas, ni aun siendo tan reales como la que te cuento. Me quedo en mis horribles dudas tejiendo con ellas nuevas historias, terminadas siempre en ignorancias que desgarran el corazón, en enigmas que trastornan la mente. Con los libros platico, en ellos busco soluciones, les pido consejo, les doy mis ideas a cambio de las suyas; pero la ardiente amistad que con ellos trabo no me da la serenidad que apetezco, no me despeja el cerebro de sombras. Los libros me compadecen; pero no pueden, y bien claro me lo dicen, no pueden remediar mi mal. Ellos imitan la vida, pero no son la vida; son obra de un artista, no de Dios.

¿Y en tal situación quieres que yo vaya a La Guardia? No puede ser. Quien ha venido a ser mi dueño absoluto y mi gobernante no me ha mandado eso, ni me lo mandará, porque me ama y me estima, y no me pondrá jamás en una situación desairada. Así me lo ha dicho Valvanera, que es como ella misma, y además la propia discreción. Yo no puedo pretender los favores de la divina Palas, porque pretendiéndolos, tendría que fingir una disposición de espíritu que estoy muy lejos de tener, desgraciadamente. ¿Soy un aventurero? No. Ni ella ni tú podéis suponerlo. La situación moral y psicológica en que me encuentro aumenta de un modo increíble mi respeto a la sin par mayorazga. Creo que, si ante ella me viese de improviso, me turbaría como pobre chicuelo sin sociedad, educado en convento o seminario, que tiembla y se ruboriza ante una mujer. Observo qué sentimientos nacen en mí al pensar en Demetria, y por más que me estudio, sólo encuentro vergüenza, cortedad, una infinita modestia ante criatura tan (p.5065) fuerte y grande. No dudes que soy una nulidad social y moral. Mi amor propio en ruinas me señala como el último de los seres. Si alguien lograra restaurar en mí la arrogancia perdida, me sentiría yo menos pequeño, y al paladearme, empleando en mi propio examen el sentido del gusto, me encontraría menos desabrido.

Además, oh prudente amigo y maestro, la descomposición de mi voluntad ha dejado en mi alma un residuo amargo, la duda, que se ha extendido por todo mi ser, y no puedo ya pensar en cosa ni persona sin que al punto la vea desvirtuada y deslucida. Dudo de cuanto existe. Cierto que no puedo negar la virtud, los méritos notorios de la niña de Castro; pero si a ella me aproximara con las intenciones que tú quieres sugerirme, cree que a mis ojos desmerecería. No podría ser ya la Demetria en quien vi tantas perfecciones.. Contémplala en su altura, en su apartamiento, que ella, como todo lo sagrado, más ha de valer y representar cuanto más distante se encuentre de la acción de nuestros sentidos, y déjame a mí en esta miseria tristísima. Estoy recogiendo uno a uno los huesos dispersos de mi esqueleto, hecho pedazos en el espantoso choque de la caída. Poco a poco iré armando mi personalidad, que con tantas soldaduras y pegotes no podrá ser nunca lo que fue. Gracias que pueda sacar de mí mismo la resignación, o sea la cola con que me voy pegando, y uniendo mis propios fragmentos. Luego que el vaso esté bien sujeto con lañaduras, recogeré, si puedo, las varias esencias del alma que salieron volando en la catástrofe, y andan por ahí como vapores que trae y lleva el viento. Procuraré condensarlo todo. Algo he recogido ya, pero es poco; no sé por qué espacio andarán esencias mías muy sutiles, de las cuales no me ha quedado más que el olor.. Ya, ya sé lo que vas a decirme.. que algo mío anda por ahí y que debo ir a buscarlo. No: lo único mío que en la explosión pudo volar hacia La Guardia es el respeto, y ese vale más que se quede por allá, para que lo unas a tu admiración y hagas un lindo ramillete con que (p.5066) obsequiar a la celeste Palas. Otra clase de flores no me pidas. Ya sabes, Mentor mío, que las rosas

no nacen entre el hielo; y si nacieran,

sólo al tocarlas yo se marchitaran.

Por hoy no te marea más tu fiel amigo -Fernando.

 

Ep-26-XXIX -

De Pilar a Valvanera

Madrid, Agosto.

Amada mía: Llegó por fin el supremo instante. El oráculo, Manuel Cortina, me ha presentado la cuestión social y jurídica con pasmosa claridad, procurando atenuar las amarguras que la solución del problema traerá forzosamente. Con grande ansiedad le oí; con sumisión he prometido aceptar y seguir el plan que me trace. Imposible transmitir a Fernando un título de nobleza de los muchos que tengo (y que no me sirven para nada) , sin obtener un rescripto del Papa. Sospechando que ello no habría de ser grato a mi querido hijo, renuncio por ahora a satisfacer este anhelo de mi corazón. Para transmitirle aquella parte de mi patrimonio de que puedo disponer libremente, es forzoso que me valga de un fideicomiso. De este modo entraría en posesión de mis bienes a mi muerte. Para asignarle desde ahora, sin más dilaciones, una renta decorosa, necesitamos emplear artificios legales, cuya forma me ha explicado detenidamente el gran jurisconsulto. No acabaré nunca de alabar la claridad con que este hombre expone las ideas, realizando el milagro de hacer comprender a una mujer, como yo ignorante de estas cosas, las más áridas cuestiones de Derecho. Jamás, en los enmarañados pleitos de mi casa con Osuna y con Gravelinas, pudo entrar en mi cabeza una idea jurídica. Hoy mis ansiedades maternas me han aclarado considerablemente el sentido, y aquí me tienes hecha una estudianta de Leyes, capaz de obtener buenas notas si de ello me examinara.

Ha insistido Cortina en que no podré evitar él escándalo, es decir, la publicidad del hecho de autos, y añade la terrible afirmación de que en este vía crucis el primer paso es el más doloroso: informar a Felipe, aspirando a obtener su benignidad en el caso moral, su colaboración en el jurídico. (p.5067) ¡Inmenso conflicto, trámite inmenso!.. Preguntome el letrado si me encontraba yo con fuerzas para esta terrible confesión, y le respondí resueltamente que no. No tengo ese valor, que es valor de suicida. Propúsome diluir mi revelación en una carta; discutimos; casi accedí al procedimiento escrito, en el cual puedo desplegar recursos mil; hablamos también de una tercera persona, de mi tía Consolación Armada, de mi confesor Padre Acosta.. Herida por un rayo de inspiración, le dije: «¿Y usted?». Meditó un rato, y por fin manifestó su asentimiento con palabra lacónica: «Bueno; yo me encargo.. Quiero atenuarle a usted la amargura del cáliz.. Para esto conviene mutación de escena; que el matrimonio se traslade a regiones frescas. El calor excesivo no es favorable a las operaciones quirúrgicas».

Sabrás que Felipe y yo andamos desde Julio en desacuerdo por si salimos o no de Madrid. No sólo porque el calor me molesta poco de algunos años acá, y la experiencia me ha demostrado que en este mi palaciote vetusto lo paso mejor que en ninguna parte, sino porque veraneando en la Corte entreveo más probabilidades de quedarme sola, heme resistido este año a la temporadita de Balsaín. Felipe, por no darme el gusto de la soledad, apechuga con el calor. Aquí nos tienes haciendo vida monástica, sin salir al Prado ni una sola vez. Nuestros jardines nos dan por la noche esparcimiento y frescura. Un reducido contingente de amigos, que no llegan a media docena, nos acompaña en nuestros recreos nocturnos; comemos al aire libre, a la graciosa luz de farolillos de papel colgados de los árboles; charlamos hasta muy alta la noche en lugares placenteros, defendidos del sol durante el día; las ranas de los estanques nos dan música, que a mí me encanta.. En fin, no es tan despreciable el verano en estas condiciones, ¿verdad? Yo lo defiendo y Felipe lo ataca: me acusa de extravagancia, de mal gusto. Yo me obstino en no salir, esperando que él se canse y huya del calor; él reniega y persiste en estar a mi lado. La disparidad de voluntades nos (p.5068) junta con una cadena de presidio. (p.5069)

La opinión expresada por Cortina de que la cirugía no es eficaz en las altas temperaturas, me hace cambiar bruscamente de gustos veraniegos, y propongo a Felipe que nos vayamos a Balsaín. Me descuidé en la forma del cambiazo, haciéndolo con sospechosa precipitación, y el resultado ha sido contraproducente. Ahora Felipe no quiere salir: pretexta ocupaciones, temor al reúma en las humedades serranas. ¡Qué torpeza la mía! ¡No haber visto la necesidad de las gradaciones para mudar de gustos en cuestiones de residencia estival! Bien dicen que el mejor escribano.. Es que el largo uso de mis facultades diplomáticas, y esta crisis que ahora se plantea me han trastornado. Me vuelvo chicuela sin juicio, una pobre aprendiz de arte social.. La suma experiencia y el cansancio me tornan inexperta y descuidada. Afortunadamente, mi director me manifiesta, sotto voce, que podremos conservar la misma escena. La mutación no es necesaria. Viene en mi ayuda una tormenta que refresca la atmósfera, y nuevamente me declaro entusiasta del clima de Madrid en la canícula. Felipe reniega y medita: habla poco.

Miércoles.- La proximidad del día, digamos momento, designado para el tremendo paso quirúrgico, me causa un terror indecible. Mi pánico es tal que se me ocurre huir a la calladita. Cortina me recomienda la serenidad, desaprobando toda idea de fuga. Debo permanecer en casa, confinándome en mis habitaciones, mientras él, armado de fieros instrumentos de disección, se encierra con Felipe. Debo disponer mi alma para el sacrificio y la penitencia, realizando un acto religioso en mi capilla. Confesaré, comulgaré.. Después mi estado nervioso me impondrá un reposo absoluto; el médico me prescribirá la permanencia en el lecho, apartada de todo lo que pudiera ser causa de viva emoción. Se me dejará en aislamiento riguroso, sin más compañía que la de mi doncella, y esto durará uno, dos, tres días, lo que fuere menester..

Amiga de mi (p.5070) alma, ya me duelen las heridas que D. Manuel, actuando de cirujano, ha de hacer a Felipe. Creo que a los dos nos descuartizará juntamente. No puedo más hoy. Desfallezco y parece que me acabo.

Jueves.- El letrado ha decidido un nuevo aplazamiento, dándome para ello razones cuya sensatez reconozco. Verás: aun en el caso de que Felipe entre en razón y se preste a facilitarme la transmisión de parte de mis bienes a Fernando, ello ha de ser penoso y lento. Como he manifestado mil veces la urgencia de construir (no encuentro otra palabra) la personalidad de Fernando, sacándole de esa denigrante situación de inclusero; como todo mi afán es rodearle de dignidad, levantar su espíritu, poniéndole en posesión de los medios sociales que le corresponden, el gran jurisconsulto acude a esta necesidad por medio de un expediente ingenioso, que exige la colaboración de otra persona, y, por tanto, nueva violación del delicado secreto. No me importa. Momentos he tenido estos días de verdadero delirio, en que me ha faltado poco para revelar todo a la primera persona que entre en mi casa. La necesidad de expansión y confidencia es hoy en mí casi orgánica. Me sorprendo a ratos hablando como una cotorra, sin saber lo que digo; pero ello es algo como una lección aprendida, que me figuro ha de embelesar a los que me oyen.

No me hicieron temblar, antes bien causáronme regocijo, estas palabras del buen sevillano: «Nadie como Salamanca podría prestar a usted este servicio. Respondo de su discreción y caballerosidad. Es necesario que usted le hable. Yo prepararé el terreno poniéndole al corriente del caso fundamental..». Algo te he dicho ya de este simpático granadino, uno de los hombres más admirablemente dotados para la vida social, y para obtener de ella lo que él llama los frutos de la civilización, pues posee todas las cualidades o virtudes que inducen a la amistad, a la confianza, a las relaciones útiles. Es inteligente, sagaz, amenísimo en su lenguaje, extremado en la cortesía sin llegar a empalagoso; tresillista (p.5071) de primer orden, de los que no pierden la dignidad en las peripecias desgraciadas del juego; comensal delicioso por su gracia tanto como por su apetito de buen tono, y su mucho saber de arte culinario; hombre, en fin, que despunta gallardamente en la política, aplicándola a sus negocios con una habilidad nada común. Su buena figura es la mejor ayuda de su talento en estas campañas. Salamanca será una gran personalidad del siglo, salga por donde saliere, ya se aplique a sumar voluntades, ya a multiplicar dinero.

¿Creerás que cuando vino a verme, instruido y aleccionado ya por nuestro buen amigo, le recibí con serenidad, sin que me turbara la idea de considerarle poseedor de mi secreto? Sus primeras expresiones, delicadas y de cierta ternura, me dieron más ánimos. Me sentí valerosa y, abordando el asunto, le dije: «La bondad de Cortina me libra del trance duro de contarle a usted historias viejas que no sé hasta qué punto podrían interesarle. Hoy necesito del auxilio de usted. Es la satisfacción de un deseo, de un capricho.. no debo entrar en más explicaciones. Amigo Salamanca, es preciso, indispensable, que usted me proporcione una cantidad.. No se asuste..». Respondiome con gracejo que no se asustaba de que una dama le mandase buscar dinero. Para complacerme, lo sacaría de las entrañas de la tierra. Cambiados conceptos ingeniosos por una y otra parte, expresé la cuantía de mi necesidad metálica con frase cortante y seca: «Va usted a traerme, amigo Salamanca, cincuenta mil duros». Vi que su sonrisa se trocó en severo asombro. La cifra le asustaba, y me la devolvió descompuesta en reales. «¡Un millón, señora!..». «Un millón -repetí yo muy tranquila-. ¿Cree usted que no puedo yo responder, con mis bienes, de esa cantidad?». «No se trata de eso. La garantía es más que sobrada, lo sé.. En fin, yo estudiaré la forma de realizar el préstamo que desea, el cual, según me ha dicho Cortina, tiene por objeto constituir por medio de tercera persona, una renta en favor de.. La cosa es clara. No sé si podré obtener los (p.5072) cincuenta mil duros tan pronto como usted desea. Si yo los tuviese, ahora mismo lo arreglábamos». Añadí que si la diligencia no era fácil para él, me lo dijese francamente, y yo buscaría otro amigo que de ella se encargara, con lo que di tan fuerte pinchazo a su amor propio, que el hombre rebotó, diciéndome que se creería indigno de mi amistad si no me dejaba servida y satisfecha en el improrrogable plazo de tres días. Así terminó nuestra conferencia. Confío ciegamente en la eficacia de este hombre tan activo, inteligente y bondadoso, y ya puedo anunciarte que antes de que termine la semana quedará instituido en cabeza de Fernando el capital inmueble que le proporcionará una renta decorosa, sin perjuicio de mayor propiedad y beneficios. Con lo que disfrutará pronto, no dudo que ha de reconocerse con personalidad bastante para pretender sin desdoro la mano de la niña de Castro-Amézaga.

Y ahora, mi amada compañera, esperemos el giro de la gran crisis, la revelación magna y decisiva, que es para mí como llegar a la cumbre de mi destino. ¿Qué habrá del lado allá de este monte inmenso, por cuyas asperezas subo, ya fatigada y sin respiración? ¿Veré un valle risueño, o un negro y espantable abismo? Ya poco me falta para dominar la cúspide. No sé qué me pasa. Este peñón áspero es Felipe. Detrás de él está la paz, el sosiego, la vida. ¿Llegaré?

 

Ep-26-XXX -

De la misma a la misma

Madrid, Septiembre.

Amada mía: Estoy en la noche que precede al día crítico. Te daré cuenta del romanticismo que se apodera de mí como una enfermedad del cuerpo y del alma, con fiebre y terrores, en los cuales no puedo menos de ver algo de belleza, a ratos una belleza extremada, sin que ello me cause vanagloria, por no ser mi dolencia muy original que digamos. Los sentimientos y visiones que me turban paréceme que no son míos; no han nacido en mi ser; son algo que he leído; son el arte ajeno, que se convierte en ansiedades propias, en dramáticos lances. La ignorancia ¡ay! es una bendición; el saber un suplicio. Me creo (p.5073) espejo de la vida artística, y sus imágenes en mí se vuelven reales. Vas a creer que estoy loca. Más lo creerás cuando te cuente que esta noche he tenido por real y efectiva la escena que voy a referirte. No sé a qué hora, Valvanera de mi corazón, mas era sin duda la hora del miedo, Felipe me mandó llamar. El pobre Pantoja, nuestro anciano mayordomo, me trajo el recado con una solemnidad teatral, inclinando su venerable cabeza calva al manifestarme el deseo del señor Duque. Allá me fui, de sala en sala, arrastrando por los pavimentos esterados de fino junco la cola de mi vestido, sin que entonces ni después supiese yo la causa de aquella prolongación de mi ropa, ni entendiese lo que me decía el extraño ruido que tras de mí iba dejando al andar. Pasé por obscuras estancias, por estancias iluminadas. En algunas conocía mis cuadros y tapices; en otras vi objetos y adornos que no eran de mi casa. Llegué por fin a la sala de armas, donde encontré a Felipe y a Fernando platicando de cosas de guerra, armas y ciencia militar, y si no me causó sorpresa verles juntos, tampoco me asombró que mi esposo y mi hijo hablasen de asaltos de castillos, de combates encarnizados, con espadas, lanzas y mosquetes. Todo me parecía natural, y el cariño y confianza que uno y otro se mostraban éranme tan gratos, que permanecí silenciosa y embelesada el tiempo que tardaron en advertir mi presencia. Por fin, el señor Duque me presentó a Fernando, y este y yo nos saludamos con pausadas inclinaciones de cabeza, sin decirnos una palabra. Sin duda no era conveniente que aparentáramos conocernos de muy antiguo, desde que él vino al mundo y yo inauguré la era de mis desgracias. El Duque me dijo que Fernando era un famoso capitán que entraba a su servicio, y que por tal servidor valiente de nuestra causa le reconociese yo. Manifesté mi benevolencia con una sonrisa, ignorando todavía qué causa era aquella en que nos había salido tan esforzado paladín. A una señal del Duque, trajo Pantoja ánforas de plata y copas de oro. Debíamos beber (p.5074) los tres a la salud de la familia y de su nuevo defensor. Mandome el Duque que escanciara yo el vino; llené las tres copas; a la mitad de esta operación me temblaba la mano; miré a Felipe, cuya cara parecía de cartón; miré a Fernando, que aguardaba con grave compostura. Mi marido cogió una de las copas, y al dármela para que yo la ofreciese a Fernando, lancé un grito.. Esto que te cuento, Valvanera mía, me pasó estando despierta, te lo aseguro.. lo vi como estoy viendo ahora el papel en que te escribo.. No sé lo que pasó después de aquel instante en que rompí a chillar.. ¿Bebió Fernando? Creo que no.. Felipe se me apareció entonces con armadura, en una facha altamente caballeresca, que nada se parecía a su común vestir y actitud usual. Su talla crecía, su ademán era noble y fiero. Yo di vueltas y me pisé la cola, enredándome en ella.. Te aseguro que todo esto acaeció hallándome sentada en la misma silla en que estoy ahora. Entendiendo que mi mente exigía disciplina, cogí la Imitación de Cristo, y su lectura me produjo gran consuelo. No tardé en reírme de aquel delirio, y prepareme para los actos religiosos con que debo inaugurar, dentro de algunas horas, el día de la tremenda prueba. No ceso de pensar en D. Manuel, y de figurarme las expresiones que emplear debe para la exposición de mi deshonra ante Felipe.. ¿Permitirá Dios que al fin salga yo de este infierno? Tremenda es la boca de salida, y el dragón que la guarda quiere devorarme; pero le arrojo mi reputación, mi dignidad si es menester, y mientras su glotonería se satisface, me escapo, agarradita a la mano del gran Cortina.

Al fin siento algo de sueño, más bien atonía cerebral. Me acostaré, figurándome que voy a dormir; mas con mi engaño no engañaré las horas. Hasta mañana.

Martes.- Pásmate: he dormido; he despertado con la impresión de un sueño muy bonito. Fernando y yo visitábamos la Alhambra, paseándonos solos por sus patios y estancias, agarraditos del brazo.. Serían las ocho, cuando comulgué en mi capilla, después de confesarme. Gran (p.5075) consuelo han sido para mí los actos de religión, y a ellos debo la serenidad con que aguardo mi sentencia. Humillándome ante Dios y sometiéndome a su soberana voluntad, he fortalecido mi alma, he serenado mi conciencia. Y pues mis faltas no pueden desaparecer del tiempo, venga la nueva, la real situación que la propia falta impone. ¿Qué ganamos con vivir en el engaño social, desempeñando mentidos papeles, decorándonos con una opinión ficticia, y haciendo creer que somos lo que no somos? Cada uno es lo que es: bueno o malo, tuerto o derecho, cada ser representa su propio carácter. Apartémonos de la comparsa social, renunciemos a la fastidiosa obligación de marchar a compás, haciendo figuras más o menos airosas. Lo que cada uno es ante Dios, séalo ante los hombres. Impere la verdad, siempre superior a los embustes mejor compuestos y con más arte pintorreados. Arrojemos las pelucas, los postizos, los afeites, las ballenas que oprimen, los mil artificios que son deformación y tormento de nuestro ser. Dios abomina de los cosméticos, de las máscaras y de toda farsa. Nos quiere sinceros, puros, con nuestra conciencia bien diáfana, manifiestos nuestros delitos si los tenemos, así como nuestras virtudes, que algunas hay siempre. Así he de ser yo, y el valor que ahora siento no ha de faltarme.

Me encierro en mis habitaciones, conforme a la voluntad de Cortina. El calor es hoy extremado, arde la atmósfera, y el cielo parece que está preparando rayos y centellas, quizás un pedrisco asolador. Oigo truenos lejanos.

A prima noche.- Esta tarde, mientras estallaba una de las tempestades de verano más ruidosas e imponentes que he visto en mi vida, he sentido un pánico horroroso. La idea de que entrase Felipe en mi cuarto a recriminarme, pronunciando el trueno gordo, me ha causado un sobresalto indecible. La tempestad casera que he temido y temo, me asustaba más que la que rodar sentía por los espacios, con sus nubes negras preñadas de electricidad. A las cinco, próximamente, mi susto era tan vivo, que (p.5076) determiné huir. Vestime en un instante; mi doncella recogió alguna ropa en una maletita. Concertamos que ella traería un buen coche de alquiler, situándolo en la Ronda, y que nos escaparíamos lindamente por la puerta del jardín sin que nadie nos viese. Luego me pareció algo ridícula esta manera de ausentarme, y determiné salir rápidamente por la escalera y puertas principales sin decir nada. Fuera de mi cuarto ya, retrocedí, acordándome de que había prometido a D. Manuel no tomar resolución alguna sin su dictamen, y he vuelto a mi encierro, donde estoy como en capilla. Heme acogido al Kempis, que por donde quiera que se abra nos muestra un admirable pensamiento, de pasmosa concordancia con lo que sentimos o padecemos. He leído: Cuando el hombre se humilla por sus defectos, entonces fácilmente aplaca a los demás, y sin dificultad satisface a los que le odian.

A media noche.- A las nueve y media, cuando yo acababa de mal comer en mi habitación, entró Cortina. Antes que me hablase, conocí en su rostro grave que el paso había sido tremendo, y que el servicio que me ha prestado merece eterna gratitud. Llorando quise besarle las manos, lo que él no permitió. La revelación, según me dijo, lenta, dificultosa, impresionó a Felipe de un modo tal, que nuestro amigo llegó a temer un acceso de locura. Vino después un abatimiento hondísimo, postración de todas las energías físicas y espirituales, y el hombre se reconcentraba en su dolor con cristiana paciencia. Había cogido el Kempis y leía: El humilde, recibida la afrenta, está en paz, porque descansa en Dios, no en el mundo.

Habíase encerrado en su aposento con rigurosa consigna, como yo. Cortina le acompañaría hasta media noche, procurando conservar en su ánimo la serenidad, y prepararle para los actos razonables. Lo que no tiene remedio debe afrontarse con valor y espíritu de concordia. Terminó diciéndome que continuase yo prisionera de mí misma, alejando de mí todo temor de escenas ruidosas y de manifestaciones imponentes. Sus (p.5077) últimas palabras me hirieron en el corazón: «Felipe la ama a usted con locura.. Esta es la verdad.. quizás sea forzoso reconocer que no ha sabido amarla, porque el amor, dígase lo que se quiera, no sólo es un sentimiento, sino también un arte. Adiós, amiga mía. Ya estamos del otro lado».

Miércoles por la mañana.- No ceso de repetir la última frase de mi salvador: «ya estamos de la otra parte». Me parece mentira. Ya Fernando es mío, y yo soy suya. Ya podré vivir para él a cara descubierta. ¡Cuánto me ha costado llegar a esto! Pero al fin he llegado, estoy en mi terreno, donde pisaremos él y yo libremente. Dale, dale la feliz noticia, con las discreciones y atenuantes que tu buen juicio te sugiera. Que participe de mis esperanzas. En medio de mi triunfo, que triunfo es, estoy triste: no se aparta de mi mente la imagen de Felipe abrumado de dolor por mi causa. ¡Cuántos años de mentira y disimulo! ¡Y cómo pesarán sobre él!.. Si queriéndole yo nos aliviáramos ambos de este horrible peso, mi corazón se halla dispuesto al amor de todos, a la concordia, a la reconciliación. No sé si esto será posible, dado su orgullo, su dignidad puntillosa, llena de asperezas.. Pero por mí no quede. Quiero amar a todos, y que todos me amen, merézcalo o no. Abro el Kempis y leo: Espera un poquito y verás cuán presto se pasan los males.

Por la tarde.- El silencio y la quietud reinan en mi casa. Parece esto un panteón, y a mi sepulcro no llega ningún rumor. ¿Qué pasará en el de Felipe? A ratos me entran vivos deseos de correr de mi cripta a la suya y decirle.. No, no me atrevo. Espero que el muerto de allá me visite. Lo deseo y lo temo. Me inquieta que hoy no haya venido Cortina; mas por mi doncella sé que pasó toda la mañana en las habitaciones de Felipe.

Ha roto esta monotonía un billetito de Salamanca, diciéndome en estilo de negocios: «Hecho. Mañana otorgaremos la escritura. Espero instrucciones». Le contesto que se entienda con Cortina. Ya ves: vamos bien. El programa se cumple, y mis deseos se van condensando en la realidad. Pronto será Fernando poseedor de un (p.5078) millón de reales; ya no podrán decirle que se ignora de quién recibe el dinero que gasta. Afirmar puede ya que es rico, porque lo es su madre, y su madre soy yo, que aún tengo otros milloncitos guardados para él. Ya no es humillante su actitud ante la incomparable niña de Castro-Amézaga. Con valer ella tanto, mi hijo no desmerece, y aun sostengo que vale más, por su gran cultura, por su talento y finísima educación. Dile a Juana Teresa, si le escribes, que se vaya a paseo, que busque la Marquesa de Sariñán entre los Almontes de Tarazona, enriquecidos por la usura, o entre los Sopuertas de Alagón, que a fines del siglo pasado fabricaban albardas, y ahora las llevan ellos, rellenas de vales reales. La niña de Castro es para mí, para nosotros, y en todo caso, les cedo la pequeña, siempre que no repugne unir sus floridos años a la seca y utilitaria juventud del mayorazgo de Idiáquez.

Rabio de ganas de escribir a Fernando directamente diciéndole todo lo que se me ocurra, y firmando con mi nombre entero, según la usanza y fuero de mi mayorazgo, que me manda poner en primer término el apellido materno. Recibid el corazón y el alma de -Pilar de Loaysa.

 

Ep-26-XXXI -

De Valvanera a Pilar

Villarcayo, Agosto.

Amada mía: La ansiedad que revelas en tu carta se me comunica, y no vivo hasta saber el término y solución de la gran crisis de tu destino. Bendigo a esos buenos señores, amigos fieles, Cortina y Salamanca, que te ayudan en tu magna empresa. Inspíreles Dios, y a ti te dé fortaleza y serenidad. No ceso de pedirte que encierres con cien llaves tu romanticismo, todo ese imaginar insano que debes a las lecturas continuas, al hábito de vivir dentro del misterio, a esa fatalidad de tener drama oculto, vida de novela por dentro. ¿Me explico? Aguardo impaciente la carta en que me digas el resultado de lo que llamas operación quirúrgica. Encomiéndate a Dios, que no dejará de mostrársete benigno, viendo atenuada tu enorme falta por el sentimiento purísimo que es consecuencia de ella. El pecado y la virtud ¡qué cosa más rara! se ven (p.5079) enlazados en la vida humana, y donde menos lo piensas encuentras un eslabón de oro entre los de hierro de tu cadena. Te reirás de las figuras que se me ocurren. Algo se me pega de tu florido ingenio.

Delicadísima es tu situación frente a Felipe, y todo el tacto que empleares para sortearla me parecerá poco. Considera, Pilar, que las espinas de su carácter están en la superficie; su corazón es bueno. Desgracia grande ha sido que no supiera conquistar el tuyo, aun después del tropiezo. Ya es tarde para la concordia. Si el cariño no puede existir, sálvense la estimación y el mutuo respeto. Te digo todo lo que se me ocurre, sin reparar en que mis exhortaciones lleguen tarde. Pongámonos en manos de Dios, que ha de resolver este magno problema. Él decidirá de tu vida futura, poniendo fin a tus sufrimientos, o dándote otros en vez de los actuales. Si así fuere, acéptalo con resignación recordando estas dulces palabras del Kempis: Tanto se acerca el hombre a Dios, cuanto se desvía de todo consuelo terreno. Y tanto más alto sube hacia Dios, cuanto más bajo desciende en sí y se tiene por más vil.

Quiero endulzar tus penas contándote cosas de acá, placenteras: teníamos a Fernando alicaído y triste; hoy está muy gozoso con la visita de su amigo D. Pedro, que se nos entró por las puertas ayer tarde, sin previo aviso. Figúrate la alegría del pobre Telémaco. En el tiempo que aquí lleva, nunca le he visto tan animado, tan expansivo y bien dispuesto. Juan Antonio y yo hemos recibido en palmitas al Sr. de Hillo y le agasajamos todo lo que se merece. En cuanto habla, se manifiesta el cariño que tiene a Fernando, y el afán de verle dichoso. Lástima que sólo esté en nuestra compañía hasta mañana, pues tiene que partir para Vitoria, con no sé qué graves comisiones de su ministerio castrense. Creo que Fernando le acompañaría de buena gana; pero no nos resolvemos a concederle autorización para este viaje. Tanto él como nosotros nos hacemos cargo de que en estas difíciles circunstancias, y en la expectativa de la gran crisis tuya, no debe alejarse. Podría ser (p.5080) necesaria en un momento dado su presencia aquí, tal vez en Madrid. Dice D. Pedro que volverá, y esto me alegra, porque su compañía, su afecto y su festivo temple son el mejor antídoto de las melancolías de nuestro amado caballero.

Y allá van otras noticias, que aunque parezcan extrañas a nuestro asunto, quizás tengan con éste indirecta relación. He recibido carta de mi padre, desde Albarracín, donde se hallaba muy obsequiado por los figurones de la facción. ¡Qué hombre, qué carácter flexible y ameno! No hay quien le iguale en el don de ganar amigos y de hacerse simpático a todo el mundo. Me dice que su salud es excelente; que tras las penalidades sufridas con cristiana conformidad, ha recobrado su vigor, el apetito de sus mejores tiempos, la fácil labia y el prurito social. No hay otro D. Beltrán de Urdaneta. Es el prodigio de la Naturaleza y la unión del siglo pasado con el presente. Me dice que quieren agregarle a la expedición de D. Carlos, el cual parece no ha de parar hasta Madrid. En la presunción de que mi padre recale por la Villa y Corte, y de que vaya a parar a tu casa, como otras veces, he pensado que no debes vacilar en informarle del asunto, ganando su voluntad antes que los Idiáquez. Creo que teniéndole preparado y conquistándole hábilmente, como tú sabrás hacerlo, le tendremos a nuestra absoluta devoción en el delicado negocio de La Guardia. ¿Estás enterada?

Ayer hemos expedido un propio para llevarle nuestra carta y el dinero que nos pide, necesario para que pueda incorporarse decorosamente a esa ambulante corte del llamado Rey, que quizás lo sea pronto de verdad, por convenio entre las dos ramas borbónicas. Le hablo de Fernando, a quien profesa paternal cariño, diciéndole que le albergo en mi casa desde principios de año, y añado algunas explicaciones de los motivos de este hospedaje, que entiendo han de ser para él una revelación. Le encargo que si a Madrid va, hable contigo de mi huésped, y con esto me parece que ayudo bastante a su penetración y agudeza. Estoy bien segura de que a un hombre como mi D. (p.5081) Beltrán, de tanto conocimiento en cosas y aventuras pasadas, le bastarán las medias palabritas que le escribo para posesionarle de tu secreto. Cualquiera que sea el resultado de esta crisis, cree que el saberlo mi padre no puede ocasionarte ningún perjuicio, y sí ventajas grandes. Agasájale, sé sincera y cariñosa con él, y tendrás un excelente apoyo, un leal consejero y auxiliar.

Y punto final por hoy. Te anuncio el milagro de que mis cinco hijos están buenos, sin ninguna molestia ni alifafe. Dios me les guarde así mucho tiempo. Fernando se ocupa en reanudar los ensayos del Sí. En buen hora sea. Adiós, querida: que tu carta próxima me traiga felices nuevas, el término de tus afanes, el alivio de tu conciencia, y vea yo sobre tu cabeza la bendición divina y la piedad humana. Concluyo recomendándote que mires a Felipe con respeto y cariño. El amarle será para ti un inmenso consuelo. No te canso más. Tuya siempre -Valvanera.

 

Ep-26-XXXII -

De Pilar a Valvanera

Septiembre.

Amiga de mi alma: Pensaba escribirte hoy cosas gratas, y mi destino dispone que no lo sean. Sobre mí pesa sin duda una maldición. No creo en maldiciones: creo en castigos, y el mío es grande, más doloroso y largo de lo que a mi parecer me corresponde, sin duda por la magnitud de mis faltas. En los dos días que han pasado desde el memorable de la espantosa revelación, mi alma se consume en una ansiedad monótona y sin accidentes. Felipe no sale de su cuarto. La noticia de que está enfermo, a mis oídos llegada por referencias de servidores más o menos discretos, me causó ayer inquietud, hoy pena indecible. He llamado a Pantoja, el cual me asegura que el señor Duque no padece más que una indisposición nerviosa. En distintos aposentos de una misma casa, mi marido y yo vivimos tan distantes como si fuéramos antípodas uno de otro. Esto es horrible, y de una tristeza que anonada. Hoy, por dos veces, no pudiendo refrenar mi ardiente afán de hablar con él, he salido de mi habitación con ánimo de entrar resueltamente en la suya. A la mitad del camino heme (p.5082) vuelto para mi hemisferio, temblando de pavor. Llegué a mi alcoba rendida y sin aliento, como quien ha corrido largo trecho por senderos pedregosos. Anoche pasé horas de terrible miedo, creyendo que a mi cuarto venía; sentía sus pasos, era él.. Componía yo mi rostro, preparaba las frases compungidas que debía dirigirle al entrar.. Pero no era, no: mi espíritu, no sé si deseándole o temiéndole, fingía la proximidad de su persona, sus pasos, su acento, su cara.. Hoy puedo decirte que sin dejar de temerle, deseo ardientemente que venga y me diga lo que, según la gravedad del caso, debe decirme. Su silencio me duele tanto como mi culpa. Imagino en él padecimientos crueles, que agravan los míos. Por primera vez en mi vida, creo que siento con él, que su corazón y el mío laten a la par.

No puedo seguir. De estas cosas no hables nada a Fernando. Que sepa cuanto a mí se refiere; pero esto no, aunque seguramente lo comprendería. Dile tan sólo que le amo mucho, y que Dios quiere sin duda que mi amor arda en nuevos crisoles para purificarse. Tarda en llegar el bien; aún está lejos la paz dulce y hermosa.. No le hables de esto, no; que podría descorazonarse, como yo, y caer en hondísima tristeza. Basta con que sepa que vivo y viviré para él.

Viernes por la noche.- Otros dos días han pasado, querida mía, en la misma lúgubre calma, sin que Felipe me vea, sin que pronuncie una palabra delante de mí. Ni me habla, ni me mira, ni me injuria, ni me mata, ni me perdona. Esto es horrible. El buen letrado me ha dicho que espere. Hoy no vino a verme, y su ausencia pone el remate a mi tribulación. Mañana rompo esta cárcel de silencio y soledad en que estoy metida: necesito una palabra de mi esposo, cualquiera que sea; necesito mi libertad, cueste lo que costare.

Dícenme que Felipe no está en cama; que no recibe ninguna visita, ni aun la del médico; que pasa los días sentado en un sillón, o paseándose en su cuarto; que no prueba la comida; que escribe cartas larguísimas y las rompe.. No sé qué daría yo por saber si pregunta por mí. Recados (p.5083) suyos a mi calabozo no llegan. Yo repito los míos esperando respuestas que no vienen, que no quieren venir por mas que las llamo. Lo único que me dice Pantoja es que el señor asegura que no está enfermo, que apetece la soledad, que despide a sus servidores con expresiones de bondad flemática. Me asombra saber que no riñe, que no se impacienta por cualquier motivo baladí, que no alza la voz para dar sus órdenes; esto me inquieta más, porque un cambio tan radical en su carácter indica trastorno profundo. La magnitud de la impresión, la sorpresa y dolor han desquiciado su naturaleza, revolviéndola y agitándola desde lo más hondo a lo más superficial. Lo peor será que tras esta crisis venga una enfermedad grave, la muerte quizás. ¡Y ello sería por mi culpa! Amada mía, no le digas esto a Fernando: confidencias tan delicadas, tan íntimas, son exclusivamente para ti. Sólo las mujeres entendemos esto.

Sábado.- Llega Cortina y me dice que la situación moral de Felipe es la misma; que debemos esperar a que la benéfica acción del tiempo le restituya a su ser normal. Me recomienda, dando a entender que obra por inspiración propia, pasar unos días en la quinta de mi tía Consolación en Carabanchel. Al pronto, acepto con regocijo la idea que abre un paréntesis en mi ansiedad, y me saca de esta atmósfera de panteón o presidio; pero luego me nacen en el alma energías de protesta contra tal viaje, que se me figura una forma delicada de expulsión. Cierto que mi salud exige descanso, cambio de aires, y en ello insiste D. Manuel, añadiendo que intentará convencer al Duque de la conveniencia de buscar distracción y recreo en el campo. Es probable que pase un par de semanas en la Encomienda, y el mismo tiempo debo yo permanecer junto a mi tía. Accedo a todo: me invade la obediencia, sobreponiéndose a todas las fuerzas de mi espíritu. Me siento máquina..

Dentro de una hora saldré para Carabanchel, donde espero recobrar mis facultades dispersas. Aguardad un día, dos, y recibiréis la verdadera expresión personal (p.5084) de vuestra amantísima -Pilar.

 

Ep-26-XXXIII -

De la misma a la misma

Carabanchel, Septiembre.

Aquí respiro, amada mía; todas mis penas conmigo me las traigo; pero las atenúa, las suaviza la libertad, el alejamiento de mi martirio. La tía Consolación es un calmante enérgico de mi estado espasmódico, por su bendita indiferencia de todos los asuntos que no sean sus devociones y la paz de su casa, por carecer en absoluto del defecto esencialmente femenino, la malditísima curiosidad. No he visto pasta de ángel como la suya. Si ello es un profundo egoísmo, celebremos la razón de la sinrazón que en determinadas circunstancias reviste los vicios de las apariencias de excelsas virtudes, ofreciéndonos los provechos de estos. A mi tía Consolación no le importa nada de nada: vive siempre en, por y alrededor de sí misma, contenta del medio social, como los pececitos que se hallan bien en su redoma de agua limpia; hablando mucho de las excelencias de la otra vida, y procurando por todos los medios permanecer en esta el mayor tiempo posible; rodeada de curas y de médicos, a quienes oye y atiende como a sibilas de la salud espiritual y física; disfrutando de sus riquezas con parsimonia y régimen intachables; practicando la caridad con medida; exacta en todo, fría en sus afectos, cuidadosa de sus pelucas y de sus huéspedes..

A propósito de huéspedes: ¿a quién creerás que me encuentro aquí? A nuestro D. Juan Nicasio Gallego, que veranea en la quinta inmediata de Montecastro. Compite en corpulencia con mi tía Consolación, y la supera indudablemente en ingenio y en ese desahogo frailuno que nos hace tanta gracia. Su conversación me ha distraído un tanto de mis amarguras: ya me notarás semejante a mí misma, aunque todavía no puedo reconocerme todo lo yo que ordinariamente soy. Paso ratos agradables sentadita en el jardín en compañía de D. Juan Nicasio, que se ha dignado recitarme, con la entonación y compás clásicos, su oda a La influencia del entusiasmo en las bellas artes, que yo no recordaba. Se muestra lastimado (p.5085) de que le excluyeran de la dirección de Estudios después de haber hecho el plan de enseñanza general. La jubilación le duele como un castigo injurioso, y habla pestes del régimen traído por la sargentada, y de la nueva Constitución, que, según él, dará óptimos frutos dentro de quinientos años.. Si tuviera mi espíritu sereno, a Fernando escribiría yo de mil cosillas referentes a gentes de pluma, pues también andan por aquí Bretón y Gil y Zárate: Ventura Vega viene algunas tardes a la Quinta de Vistabella. Todos me visitan, y aunque procuro huir de la sociedad, no puedo eximirme. Me acosan, me asaltan, y he de oírles, por lo menos.

Diariamente recibo noticias de Felipe, que no ha ido a la Encomienda: continúa en nuestro palacio de Madrid, sin alteración en su tristeza y aislamiento. Las noticias de hoy me hacen recaer en el abismo de mis penas, y esta tarde no he querido recibir a nadie, ni al mismo Gallego, que vino acompañado de Eulalia Montecastro y de Pilar Selva Fría. La tía Consolación le les dio chocolate de Astorga, y D. Juan Nicasio contó chascarrillos de confesiones de baturros. Desde mi cuarto, en el piso principal, oía la voz gruesa del clérigo y las francas risas de su auditorio.

Hoy domingo.- Llegó D. José Moya, el socio del librero Boix, y he hallado un consuelito a mi pena tratando con él de un envío de libros que pienso hacer a Fernando. No puedes figurarte cuánto he gozado viendo el catálogo de obras francesas, enterándome de los precios, y oyendo apreciaciones no muy autorizadas sobre el mérito literario de estos o los otros autores. Eligiendo y desechando libros he pasado un buen rato, figurándome que Fernando estaba presente y que aprobaba mi escrutinio, enteramente acorde con mi gusto. La caja contendrá la nueva edición del Ossian con grabados magníficos, y la última Vida de Napoleón, también con láminas muy hermosas. Por cierto que hay entre estas una de la cual no quiero hablar ahora; pero ya te diré algo en ocasión oportuna. Es muy triste, Valvanera mía.. A su tiempo (p.5086) hablaremos.. También le mando la traducción francesa del Don Juan y del Giaour de Byron, y la Corina de la señora Stäel. De latinos recibirá bastante historia: Tito Livio y Suetonio, que son muy buenos, y no lo afirmo porque yo los haya leído; de españoles van Solís y Masdeu, acompañados de Quintana. Las Vidas me gustan, aunque son un poquito pesadas; pero no hay que hacer caso de mi juicio. Y para colmar la caja he añadido todo el romanticismo que encuentro en los catálogos: dramas de acá y de allá, algunos que, sin leerlos, estimo de baja literatura, por un cierto tufillo que se desprende de sus cubiertas; otros medianos, friotes, con rimbombancia de frase y pobreza de ideas.. Pero, en fin, allá va todo. Son juguetes que pronto estarán rotos en manos del niño. Este Sr. Moya me promete enviar la caja mañana mismo por un ordinario de confianza. ¡Si pudiera meterme en ella, como un mal drama, qué feliz sería yo! Mi felicidad me consolaría de la pena de ser drama malo.

Martes.- Ayer me trajo Salamanca, que vino acompañado de un escribano y su acólito, un rimero de papeles que firmé. Esto y una carta de Cortina me aseguran que es un hecho la situación provisional de Fernando. Ya no puede decir nadie que sólo tiene de caballero la figura, la ilustración y los modales. Cuéntame qué impresión le causa esto; y si es grata, como supongo, me consolaré de no haberlo hecho antes. Pienso yo que las riquezas deben ser siempre para la juventud, bajo la tutela y dirección de los viejos. Lo que Fernando disfrute con la discreción y buena medida propias de su honrado carácter, será mi gloria, mi orgullo. Que tú y Maltrana le habléis de esto, demostrándole que le pertenece lo que hoy está en mis manos. Soy su arca, su hucha; no tiene que agradecerme nada, y yo mucho a él por poner en mí su confianza. Que me le aleccionéis bien, queridos Valvanera y Juan Antonio. Adiós por hoy.

Viernes.- En los dos días que he pasado sin escribirte me han ocurrido cosas que no puedo contarte sin emoción muy viva. Aún me dura el grandísimo dolor que he (p.5087) sentido ayer; encontrarás mi carta como anegada en un mar de amarguras, turbio el estilo y sin ninguna gracia. Buscaré compensación en la claridad y el fiel traslado de los hechos, huyendo de las impresiones de romanticismo, que, a pesar mío, me asaltan el magín. Con un esfuerzo supremo de mi voluntad las echo de mí, presentándote en forma descarnada lo que he visto, y lo que he padecido al verlo.. Pues desde el miércoles sentía yo una viva comezón de volverme a Madrid, de entrar en mi casa y adquirir por mí misma noción clara de lo que allí ocurre. Sospechando que me ocultan algo, que no es posible la continuidad de la monotonía fúnebre que dejé allí, ayer preparé con mi doncella una escapadita, que realizamos felizmente. No tuve dificultad para entrar en casa, no diré en secreto, porque esto era dificilísimo, pero sí precavida contra las indiscreciones de los criados que me vieron. No me dirigí a mi habitación, pues para esto habría tenido que atravesar los sitios de más peligro: metime en aquel cuarto obscuro ¿sabes? entre el billar y la sala de armas, y allí permanecimos Rafaela y yo muy agazapaditas, acechando una ocasión de aproximarme al encierro de Felipe, que es el gabinete de la esquina, entre su alcoba y el salón rojo. Caía la tarde. Pasó tiempo, y sobre la casa vino la obscuridad, entristeciendo todo y poniéndome a mí más triste que las mismas tinieblas. Ya era noche cerrada cuando el Duque mandó que le llevasen luz. De puntillas acerqueme a la puerta de la habitación, que había quedado entornada al salir Mariano, después de preguntar este a su señor (así me lo figuré) si deseaba comer. Creí entender, adiviné más bien, que la respuesta había sido negativa, y lo confirmó el que pasara mucho tiempo sin que Mariano volviese con el servicio.. Nadie me vio, ni yo pude tampoco ver a Felipe, sentado sin duda en el diván que hay en el mismo testero de la puerta. Esperaba yo que se pasease o que cambiara de asiento, poniéndose en el sillón de enfrente, debajo de la gran panoplia colgada entre el Ribera y el Juan de Juanes. No (p.5088) puedo decirte cuánto tiempo estuve en acecho sin oír ruido alguno. «¡Si yo me atreviera a entrar bruscamente! -pensé, fatigada del largo plantón-.. Pero lo pensaba no más, hija, y la idea de hacerlo me estremecía. Cautelosa me retiraba ya, buscando las partes más obscuras del salón rojo, cuando le sentí ponerse en pie. ¡Ay, se paseaba!.. ¡No, no: salía! Tuve tiempo de esconderme detrás del piano a punto que aparecía su figura en el cuadro de la puerta, iluminado por la lámpara del gabinete, y pasó, pasó muy cerca de mí, le vi perfectamente a la tenue claridad del salón. ¡Dios mío, qué impresión, qué inmensa pena! Aquel hombre no era Felipe, no era el esposo mío.. o más bien era él mismo tal como pienso yo que será dentro de veinte años. ¿Pero han pasado veinte años sin que yo lo advierta?.. ¿Estaré yo en ese grado de vejez? ¿La crisis que atravieso me hace avanzar de golpe casi un cuarto de siglo? Tanta era mi confusión como mi terror por lo que veía, y no daba crédito a mis ojos. La cabeza de Felipe, que apenas blanqueaba hace quince días, es ya enteramente blanca; su cuerpo, antes arrogante y derecho, se encorva hacia la tierra; su paso es vacilante; se agarra a las sillas que encuentra próximas. A la escasa luz, el rostro demacrado, cadavérico, me causó tan viva aflicción, que a punto estuve de perder el conocimiento. ¡Dios de mi vida, qué lastimosa ruina, qué desmoronamiento fugaz! Desapareció hacia la sala de armas; le seguí, apoyándome también en los muebles para no dar con mi cuerpo en tierra.. Pasó por habitaciones obscuras, por habitaciones mal alumbradas. Iba hacia la mía, hacia donde yo vivo, donde duermo, donde sufro y medito y tramo mis combinaciones mentirosas. Allí está mi pensamiento, que permanece en aquel ambiente cuando yo salgo, y allá va Felipe a buscarme.. No encuentra de mí más que una idea, y esto le basta. ¡Y yo tan cerca en cuerpo y alma, sin que él lo sospeche! ¡Pobre de mí! ¿Es tan grande mi culpa que merezco el suplicio de anoche? Sin ver a Felipe, porque la obscuridad me lo impedía, me lo figuraba postrado (p.5089) en mi sillón favorito, los codos en las rodillas, el rostro en las palmas de las manos, evocándome con su pensamiento, quizás para reñirme, para mortificarme, quizás para pronunciar palabras dulces de perdón. Hablaría con la idea de mí, reconstruyendo el pasado, nuestra larga vida matrimonial, y condoliéndose de que haya sido tan árida, tan triste.. ¡Que no pudiéramos hacerla nueva, perdonándonos el uno al otro, desprendiéndose cada cual de sus asperezas!.. Me faltó valor para esperarle y verle de nuevo a su regreso, que quizás sería muy tarde. ¡Sabe Dios el tiempo que durarán aquellos actos de contemplación o éxtasis!.. Sentí vergüenza, y la conciencia de mi inferioridad ante aquel sentimiento intensísimo me precipitó en una fuga loca. Corrí en busca de Rafaela, y nos lanzamos fuera del palacio por la escalera de servicio, metiéndonos en el coche que nos aguardaba en la calle. Por primera vez en mi vida me he tenido por idiota: tal era la fuerza de mi estupor. Se me revelaba un mundo nuevo, ¡y cuándo, Dios mío! cuando apenas hay tiempo ya para poder apreciarlo y disfrutar de sus hermosuras. Felipe y yo hemos vivido sin duda en el seno sombrío de una fatal equivocación. ¡Tan cerca uno de otro, y no nos hemos conocido, no nos hemos visto, no sabíamos ni que existiéramos!

Al llegar a Carabanchel me arrojé en mi lecho sin querer ver a nadie, y lloré no sé cuánto tiempo lágrimas muy amargas. ¡Cuánto habría dado porque él las hubiera visto! Su figura claudicante, agobiada por el dolor, los blancos cabellos, el rostro extenuado, la respiración ansiosa, se representaban no sólo ante mi imaginación, sino ante mis ojos. Toda la noche me tuvo la visión en un estado de angustia contemplativa, y aun hoy, en pleno día, no ha cesado de acosarme. ¿Será esto romanticismo? Sólo sé que es verdad. Y la verdad romántica es la revolución desencadenada en nuestras almas, el pueblo que se encrespa, los tronos que caen, la pequeñez volviéndose grandeza.. No sé lo que digo. Comienzo a desvariar, y suspendo (p.5090) mi escritura. Me tengo miedo.

Mis penas, en vez de disminuir, aumentan. Mi paz no aparece. ¿Volveré a Madrid? ¿Me arrojaré a los pies de Felipe? ¡Cuánto daría por tenerte a mi lado para que inmediatamente me respondieras a esta consulta! Yo me consulto, y no sé qué aconsejarme. Estoy loca. Sólo sé sentir; pensar no puedo. Llamo a Cortina, que es mi pensamiento.

No puedo más. Cariños sin fin de vuestra -Pilar.

 

Ep-26-XXXIV -

De D. Beltrán de Urdaneta a D. Juan Antonio de Maltrana

Herrera de los Navarros, 26 de Agosto.

Amado hijo: Gracias mil por la prontitud, en estos tiempos milagrosa, con que contestasteis a la que desde Albarracín escribí a Valvanera. Me han sido entregados por el primo de Pulpis los sacros dineros, que vienen a remediar las escaseces de este vetusto prócer, y a devolverle la perdida dignidad en presencia de los señores y príncipes en cuya compañía me encuentro. Si en todas las ocasiones la carencia del precioso metal ocasiona a los humanos infinidad de males, en este mi crítico estado la desdicha del no tener llega a proporciones increíbles, amados hijos míos. Sois mis ángeles consoladores, sois la alegría de mi ancianidad, pues a más de haber contribuido con los tacaños de Cintruénigo, en la parte correspondiente, al alivio del viejo loco, añadís por vuestra cuenta mayor y más generoso alivio. Dios os lo pague en salud de vuestros pequeñuelos, mis nietos adorados.

No es flojo gusto el que me da la carta que incluís de Fernandito Calpena, mi simpático amigo, de quien conservo tan grata memoria. El saber que lleva luengos meses en vuestra compañía me colma de gozo, y si no he podido descifrar aún la charada en que Valvanera, para ejercitar mi caletre, me da como una explicación enigmática de las causas de ese hospedaje, tengan por cierto que en cuanto a ello me ponga la descifraré, que bien sabéis que soy un águila para los acertijos. Ya escribiré despacio a mi amiguito cuando tenga algún descanso, que ahora me falta. Decidle que (p.5091) no olvide mi parábola del árbol, y que no desperdicie ninguna coyuntura que para llevarla a la realidad se le presente. Decidle, y sabed vosotros también, que esta situación favorable en que ahora me encuentro la debo al industrioso italiano con quien fue a Oñate, y que ahora se ha trabado conmigo en grande amistad. Nos encontramos cerca de Alcañiz, cuando yo, vencido de la pesadumbre de mis años, no menos que de las horribles hambres, fatigas y sustos que he padecido, intentaba salir de este peligroso terreno tomando a pie las vereditas de mi tierra, y me brindó con su apoyo, y sustentome con sus vituallas, y me fortaleció el espíritu con su donosa conversación, como el cuerpo con sus vinos; y habiéndole yo caído en gracia por mi entender social y político, como él a mí por su fino trato, intimamos y nos unimos en los alojamientos y en las caminatas, para las cuales hubo de franquearme un hermoso caballo, aunque no iguala, no, al que gané a Fernando. De esta amistad vino la del Infante D. Sebastián, mandarín en jefe de estas tropas Reales (que así me veo forzado a llamarlas) , el cual se ha dignado ver en mí no sé qué superioridad de maneras, de juicio y de conocimiento que me llena de confusión. En todo el tiempo que le deja libre el militar servicio, quiere tenerme a su lado. Nuestras pláticas, así literarias como políticas, no acaban nunca, y suelen ser de gran substancia por mi experiencia del mundo y esta larga vida mía, que con la virtud de mi feliz memoria me ha hecho histórico archivo de cosas y hombres. Conozco a medio mundo; sé juzgar lo que he visto y describir con exactas líneas los caracteres en lo privado y en lo público.

De todo ello ha resultado que el Infante quiere llevarme en su Cuartel Real hasta Madrid, hacia donde marchan resueltamente. Parece que ahora va de veras, y que están las cosas bien amasadas para que la discordia de las dos ramas tenga un término dichoso, y se ataje este río de sangre que en todas las partes de la madre patria brota por las crueles heridas de la guerra. No puedo deciros más (p.5092) sobre este punto, sino que, habiendo recapacitado en la conveniencia de llevar a Madrid estos pobres huesos, acepto la invitación del excelso Infante, y mediante el beneplácito de su señor tío, a quien a boca llena llamamos Rey, me agrego a la Corte, y con ella voy, como el famoso loro, a onde me leven, siempre con el sano propósito de desviarme si el punto de parada definitiva no es la Villa del oso. En esta me aguardan innúmeros amigos, y algunos intereses desperdigados a los que no vendrá mal mi presencia para entrar en vereda. De Madrid, si llegan allá mis nobles pedazos, os escribiré.

En un lugar cercano, Villar de los Navarros, se dio ayer una batalla en la cual quedaron vencidos los que aquí llaman facciosos, mandados por Buerens. Perdieron mucha gente; corrió sin tasa la sangre. ¡Oh desdicha, oh tiempos! El brazo derecho y el brazo izquierdo de la Nación, contra el pecho de esta descargan a compás furibundos golpes. ¡Cuánto he visto, Dios mío, y cuántas abominaciones me permitirás ver todavía!

Vaya, no más. Mi bendición a todos, mis amantes besos a los niños, y a ese gallardo mancebo, el de la charada, un cariñoso abrazo de vuestro padre -Beltrán.

 

Ep-26-XXXV -

De D Beltrán de Urdaneta a Fernando Calpena

Madrid, Septiembre.

Feliz mortal: Díceme una linda boca, a quien ni los años ni las penas han privado de su nativa gracia, que te recreas en los estudios históricos. Yo voy a contarte sucesos recientes, presenciados por mí, y que mañana, si hoy mismo no, han de entrar en los dominios de Clío; que no es bien que yo me muera sin transmitirte conocimientos que mi vejez ya no puede utilizar. Tú, joven inteligente y lleno de vida, archivarás este como otros sucesos que te he contado, para que los perpetúes si quieres, dedicándote a la enseñanza de gentes y a la extirpación de la ignorancia, el más grande mal que hay sobre la tierra.

Ya sabes que tu amigo Rapella, el siciliano astuto que anduvo en esos fregados de concertar las dos ramas borbónicas, obrando mancomunadamente con un francés que responde por Neuillet, y con otros (p.5093) pájaros que revolotean en la Corte trashumante, fue quien me puso en candelero entre la caterva militar y civil de D. Carlos. A él debo los honores y atenciones que he merecido de D. Sebastián; por él he llegado sano y salvo a Madrid, y esto bastará para que yo le esté muy agradecido los pocos años que me quedan. Débole asimismo algunas ideas referentes al embrollo que traía, las cuales, con el auxilio de mi natural perspicacia, me han servido para descubrir todo este pastelón que ofrezco a tu paladar de historiador curioso.

Y antes de continuar, doy gracias a Dios por verme libre de la pejiguera de llamar Rey a D. Carlos, Reales a las tropas, y Generalísimo al señor Infante, mi amigo. La justicia oblígame a declarar que debo también gratitud al titulado Rey, por haberme permitido agregarme a la expedición desde Albarracín hasta Arganda; algunas atenciones le merecí, pocas y frías, de esas que no llegan al corazón. Tuvo mi respeto, pero nada que a cariño se pareciese, y me atrevo a decir que la mayor parte de los que le siguen se hallan en la propia situación de ánimo. El hombre no sabe ser guerrero ni político, ni posee el arte de tratar a las personas cuyo concurso anhela. Distingue a los clérigos de los seglares; pero ni a estos ni a los otros sabe distinguirlos entre sí. Entiendo que me ha mirado con benevolencia desdeñosa, no considerándome buena presa, es decir, no creyéndome útil para su partido, por causa de mi decaimiento y pobreza, que han cuidado de revelarle los aragoneses que me conocen. En la misma moneda de compasivo respeto le he pagado yo. Declaro en conciencia, sin asomos de pasión, que la única vez que he tenido el gusto de escucharle, comiendo en la casa de los Muñoces, en Tarancón, oí de sus augustos labios soberanas vulgaridades. No tenía yo ideas muy optimistas de su inteligencia; mas aquel día formé opinión cabal y definitiva de los puntos que calza esta pobre Majestad, y no vacilo en afirmar que no calentará el Trono, si en él llega a sentarse.

Trataré de poner método en mi relato, (p.5094) Fernandito mío, para que te enteres bien. Lo primero que te digo es que no creas que esta carta es falsificada, como la que recibiste con la firma de un Miguel de los Santos Álvarez, y luego resultó escrita por blanca mano; que no fue mal bromazo el que te dieron. Esta es mía, obra de mi feliz memoria y de mi cacumen, sin que tenga con aquella otra semejanza que el ser también escrita para distraerte y aventar tus penas, de las cuales ¡ah! me río yo después de sabido lo que sé. Fernando de mi corazón, eres el niño mimado de la fortuna, y han sido tus amas de cría y tus niñeras todas las hadas de los cuentos infantiles. Entras en el mundo con pie derecho; tú lo tendrás todo: la Naturaleza te dotó generosamente, y las diosas y ninfas de la tierra te abren sus amantes brazos.. Yo te bendigo, yo te auguro un esplendoroso porvenir, porque tú.. Pero dejemos esto, y vuelvo a mi asunto.

Con el pegote de mi asendereada persona, salió la Real expedición de tierra de Teruel, pasando a la de Burgos, donde se nos unió Zaratiegui. Huyendo de la persecución de Espartero, nos volvimos hacia el Este, corriéndonos hacia Cuenca. No quiero hablarte de las batallas, más bien encuentros y escaramuzas, que he presenciado. Ellas son de una monotonía desesperante. No sé si a ti te pasará lo que a mí, que jamás he podido leer ningún libro que relate exclusivamente batallas y contradanzas de campeones. Y lo que no me gusta leer, no me agrada escribirlo. Te ahorro los malos ratos que he pasado yo, contemplando de cerca la estupidez de estas guerras. Es una demencia sin ningún brillo, y un pugilato salvaje con mecánica bravura y poco o ningún arte polémico. Compadezco al que tenga que escribir esta parte de la historia patria. Me figuro que andando el tiempo, si nos civilizamos, nadie leerá las páginas que de esto se emborronen, o más bien determinaremos que se envuelva el aciago período en una espesa capa de silencio, y las generaciones echarán capa sobre capa, hasta erigir en honor de la guerra civil, de sucesión o como quiera llamársela, el grandioso monumento (p.5095) del olvido.

Quedamos, pues, en que le escamoteo a la señora Clío las idas y venidas de estos llamados ejércitos, que más bien son bandas; la sorpresa de aquí, la derrota de más allá, el inmolar de prisioneros, las rápidas marchas y contramarchas. Si mal dirigido anda el brazo del Pretendiente, no lo está mejor el de acá. Uno y otro brazo no dan más que palos de ciego. Francamente, en la campaña contra la Expedición Real no he reconocido el militar arranque de mi amigo Baldomero. Es hombre de rasgos, de momentos, de inspiración; pero se las arregla mal sobre el mapa. Verdad que la desorganización del Gobierno es causa de que ninguno de nuestros Generales tenga en su mano los elementos precisos para combatir con éxito. Córdova con su talento macho, Oraa con su pericia, Espartero con su bizarría, no han podido realizar más que hazañas aisladas: no vemos resultados de conjunto, y ello consiste en que no hay cabeza que administre y gobierne. Todo se vuelve aquí intrigas y discursos, miedos grandes de mujeres y ambiciones pequeñas de hombres. Falta un noble carácter de Rey, juicioso, valiente y honrado. Los liberales no tienen cabeza, y la de los facciosos es una cabeza de cartón. Te reirás de mi filosofía histórica; pero lo dicho dicho está, y pruébame tú lo contrario.

Desde la fácil victoria de Villar de los Navarros hasta que se nos unió Cabrera en Buenache de Alarcón, en mi memoria se marcan principalmente los días por los Te Deum que cantaban algunos pueblos al ver entrar al Rey, por las misas que este mandaba celebrar, por la continua matanza de prisioneros. Las fragosidades de Albarracín por la parte de Teruel y por la de Cuenca nos vieron correr de misa en misa, de ración en ración, de susto en susto. ¡Qué horribles pueblos! Me resisto a inscribir en las lápidas de la Historia los nombres de Villar del Humo, Trama Castilla, Calomarde, Salvacañete, Campillo de Alto Buey.. No puedo asociar a tales nombres más que la miseria y la barbarie. La incorporación de Cabrera me fue muy grata, porque en él he (p.5096) visto siempre un caudillo de verdad, y en aquella ocasión hallé un amigo que me consideraba más de lo que yo merezco. Verías allí cómo todo se animó en el ejército Real, donde se codeaban los admiradores del tortosino con los envidiosos de su gloria. Con tal hombre en su mano, otro Rey habría intentado un golpe decisivo; pero aquel buen señor es incapaz de golpe alguno, como no sean los golpes de pecho. Ni sabe lo que posee, ni distingue los hombres extraordinarios por su mérito efectivo de los que lo parecen por su destreza en la lisonja. Les mide por la adhesión idolátrica que le manifiestan; ha venido haciendo el ídolo de pueblo en pueblo, fiado en que Madrid le tendría dispuesto el altarito.

En confianza te diré que tuve una conversación a solas con el leopardo, y las medias palabras que pronunció me revelaron su pensamiento, conforme con el mío, de que con este buen señor no se va a ninguna parte. Recelaba el fiero cabecilla que la aproximación a Madrid era un movimiento político antes que militar, y que corríamos a un desenlace de comedia de figurón. Preguntome si sabía yo algo de enjuagues proyectados: respondile que no, en lo cual me permití ser más diplomático que verdadero, pues así me lo exigía mi delicadeza. Lo que yo sabía, no podía decírselo a Cabrera ni a nadie, y si a ti te lo cuento ahora es porque el fracaso del laborioso arreglo me libra del compromiso de la discreción. Si aún conviene guardar el secreto en las conversaciones frívolas, no pequemos de remilgados frente a la Historia, y la Historia eres tú, el hombre del porvenir, ante quien este viejo del pasado vacía el saco de sus conocimientos.

Los personajes de mi comedia son la Reina Doña María Cristina; su hermano el Rey de las Dos Sicilias; la Infanta Doña Luisa Carlota; Luis Felipe, Rey de los Franceses; Don Carlos V, pretendiente al Trono de España; y por bajo de estas cabezas más o menos coronadas, y no muy provistas de seso, figuran embajadores y mensajeros con nombres efectivos o figurados: el Príncipe de La Tour (p.5097) Maubourg, emisario del francés; el Barón de Milanges, enviado del de Nápoles, y otros como tu amigo Rapella, de quien he sabido que anduvo en Francia ostentando un título de Marqués. Figura también entre los actores el banquero Rostchild, que habla poco, pero con substancia. Los ministros de la Reina, o no se han enterado, o hacen como que no se enteran; pero hay algún general y más de cuatro próceres que están en el secreto, aunque no dan la cara, por lo cual me abstengo de escribir sus nombres, que no conozco con absoluta certeza. No apunto más que lo que sé, y dejo dentro del saco las sospechas y presunciones.

Sale Cristina maldiciendo, en férvido monólogo, la llamada revolución de la Granja, que ha mancillado su Real dignidad. He aquí la Corona de España manoseada por cuatro sargentos, y la suprema autoridad traída y llevada del cuartel a la cámara regia. La Reina no se cree tal Reina, sino un juguetillo masónico, y la situación liberal nacida de aquella rebeldía grotesca, cáusale pavor y repugnancia. Desde su palacio ve a los liberales enjaretando con infantil candor una nueva Constitución, que se ve obligada a reconocer y jurar como el mejor de los entretenimientos posibles. Ha vuelto los ojos a los moderados, que no calman sus ansias, pues también se hallan dañados de liberalismo, y ve sombrío y dudoso el porvenir de sus tiernas niñas. Los remedios y soluciones que le propone su esposo morganático, D. Fernando Muñoz, no tranquilizan su turbado ánimo, pues entre los moderados no se alcanzan a ver fuerzas y caracteres que repriman la patriotería, acabando al propio tiempo la lucha civil. Sale la Infanta Carlota, mujer de pesquis y entereza, y afirma que el mal grande, comprensivo de todos los males, es la guerra, y que mientras no se dispare el último tiro, ya sea con bala, ya con pólvora seca, no puede esperarse que las cosas de la Real familia vayan por el camino derecho. Retírase Muñoz por el foro, y las dos hermanas continúan hablando en italiano con familiar viveza, ambas avispadas, nerviosas. Sostiene Carlota que urge (p.5098) terminar la guerra como se pueda, sacrificando algo si es menester, no parándose en pelillos, pues no están los tiempos, ni las cosas de los tiempos, para escrúpulos y fililíes. Sálvese una parte, si no todo, de lo que se posee, y no se haga puntillo de honor de los llamados derechos, pues estos, en toda ocasión histórica, no son tales derechos si no les acompaña y robustece la fuerza. Donde no hay más que una fuerza limitada, intercadente, quebradiza, los derechos se debilitan y acaban por ser torcidos: nadie les hace caso. Llegan, por fin, las dos señoras italianas a la conclusión de que la realidad impone una franca inteligencia con D. Carlos, el cual, a su vez, por no disponer tampoco de toda la fuerza que ha menester, no ha de llevar a punta de lanza la cuestión de derechos. Cediendo cada parte un poco de su divinidad legal, se celebrará un acto de concordia, quedando todos contentos y disfrutando por igual de sus provechosos puestos en las cabeceras de la mesa nacional.

Salen en esta parte de la escena multitud de partes de por medio, italianos y franceses, que llegan de Nápoles o reciben instrucciones para partir hacia allá. Cambia la escena. Aparece Fernando II, Rey de las Dos Sicilias, trayendo a su lado por confidente a Rapella, y le dice que ha meditado en el caso gravísimo de la sucesión de España, sacando en limpio de sus cavilaciones que María Cristina es prisionera de la revolución y un instrumento de la anarquía española. Desea, pues, el Soberano de Parténope que su querida hermana se aleje del foco revolucionario, cortando relaciones con la caterva masónica que ha convertido el suelo ibérico en una morada infernal. Por usurpadora tiene la llamada Causa de la angélica Isabel, y reconoce y declara como legítimo sucesor de Fernando VII a D. Carlos María Isidro, en quien ve el escudo de la fe y la salvaguardia de los buenos principios de gobierno. Acuerda, pues, proponer a su hermana Doña Cristina que busque medio de evadirse del cautiverio en que la tienen liberales y democratistas, trasladándose a un (p.5099) punto donde pueda reconocer la legitimidad de su egregio cuñado. Corren emisarios con estas determinaciones hacia el Cuartel Real de Guipúzcoa y hacia Madrid, los cuales regresan trayendo misivas en que se acepta el plan de reconocimiento de D. Carlos como única Majestad Católica, a condición de que las hijas de Fernando VII obtengan la posición más próxima al Trono, y si es posible, en el borde del Trono mismo. Se propone un casamiento, y para la Reina madre se piden preeminencias y jerarquía de Soberana exenta, sin que sea parte a menoscabar su dignidad el casamiento equívoco con D. Fernando Muñoz.

De todo esto se trata por embajadas que van y vienen, hasta que sale Luis Felipe, también echando pestes contra la revolución y el jacobinismo, pues aunque él debe su Trono a un alzamiento popular, no fue éste denigrante y rastrero como nuestra sargentil algarada. Ha meditado en ello, acariciándose con la gruesa mano su cabezota en forma de pera, y saca de su magín la clara idea de que el decoro monárquico exige a la pobrecita Reina Cristina burlar, con una bien dispuesta escapatoria, el cautiverio en que la tienen los masones y carbonarios disfrazados de hombres de gobierno. Da instrucciones a su embajador La Tour Maubourg para que no se separe de la Reina de España, induciéndola a emprender con sus niñas el viaje de Madrid a Santander, donde embarcaría para Francia. No le parece bien al Rey de los franceses que nuestra Soberana ponga su realeza en manos de D. Carlos. Opina que las paces deben hacerse en Francia, despacito, por medio de apoderados de una y otra rama, procurando conciliar los derechos de todos. En cuanto al proyectado casamiento de Isabel con el hijo de D. Carlos, Luis Felipe no se halla plenamente convencido de su conveniencia bajo el punto de vista europeo. Quizás fuera más conforme con el interés general pensar en otros enlaces y combinaciones matrimoñescas; pero se abstiene por el momento de pronunciarse en tal sentido, y sólo desea que, si Cristina rompe con los (p.5100) liberales, sea tratada por las tropas y agentes de D. Carlos con todo el miramiento que por su rango merece, como viuda de un Rey y Gobernadora del Reino, quand meme.. Su matrimonio, que considera un grande error político y una increíble debilidad, no debe ser tenido en cuenta para lo que se determine respecto a la suerte de España. No se retira Luis Felipe de la escena sin informarse de la opinión de Metternich sobre los asuntos españoles, y de paso inquiere si Rostchild está dispuesto a prestar dinero a D. Carlos en caso de que sea reconocido Rey efectivo por la madre de Isabel II. En brevísimas expresiones, apareciendo y ocultándose rápidamente, dice el Sr. Rostchild que, cuando se vea claro cómo termina el grave pleito entre la revolución y la Monarquía en España, verá si le conviene o no abrir su caja al Rey, Reina o Dictador que flote en la riada. Cierto que la cara de la revolución le asusta a él, Don Dinero; pero la de Carlos V, que también trae mueca revolucionaria, y de las más feas, no es muy tranquilizadora. Sépase quién logra condensar una fuerza eficaz, potente. Ese tendrá el dinero a espuertas, por la sencilla razón de que las fuerzas efectivas se juntan naturalmente, por ley de atracción.. ¿Sabes, Fernandito de mi alma, que este hombre es muy práctico y discurre con admirable sentido? Siempre lo dije: cuanto más rico es un hombre, mejor razona y sentencia. El sofisma, la falsa dialéctica, la palabrería ociosa, insubstancial, ¿qué son más que el natural producto de la pobreza? Cuando veas que se pierde en el mundo la razón, no la busques en la guarida polvorienta del filósofo: búscala en la tienda del guerrero, dominador de pueblos, o en el palacio del allegador de caudales.

Y perdóname, Fernando amigo, que emplee un estilo que calificarás de zumbón, y formas de planear comedias, en este histórico relato. Pesimista quizás, convienes conmigo en que no merece el asunto mejor empaque y vestidura; quizás compasivo con la ancianidad, le permites imitar en sus manifestaciones la ligereza de la infancia. De estos (p.5101) dos criterios estimo por más justo el primero, pues aunque muy entrado en años, tu amigo D. Beltrán no chochea todavía. Como viejo, he juzgado con tonos de broma la intriga, induciéndome a ello lo cómico del desenlace. Estas combinaciones de príncipes para transigir sus discordias, o repartirse el goce de sus derechos, resultan serias o festivas según el término que les dan sus autores. Rematada felizmente conforme a programa la tramoya, que llamaré napolitana por darle algún nombre, habría merecido los honores de una narración grave; concluida por un fracaso, entra en los dominios sainetescos.

Y aquí he de tomarme un respiro, pues, aunque me encanta platicar con los jóvenes y contarles cositas que ellos, pobres inexpertos, no han visto, cree que me canso de este largo escribir. Suspendo por hoy, prometiéndote continuar mañana mi epístola. Mi bendición te mando, y con ella votos sinceros por tu felicidad, la cual quiero que sea tan grande como tú te mereces. Me incita al descanso una gentil persona que se ha empeñado en tenerme de huésped, y en ello he consentido, gozoso del honor que me hace y de su dulce compañía. Encárgame que te exprese los afectos de su corazón. ¡Cuán fácilmente pago su hospitalidad! ¡Si la hubieses visto llorar cuando le dije que yo te amo también, que desde que te conocí te hice un hueco en mi corazón..! En fin, no sigo. Repito que eres el hombre de la suerte, y que me convido a tus bodas, resuelto a ser padrino si queréis, aunque ruja Cintruénigo. Te abraza tu veterano amigo -B. de U.

 

Ep-26-XXXVI -

Del mismo al mismo

Madrid, Septiembre.

Aquí me tienes otra vez, Fernandito mío, pluma en mano, dispuesto a concluir mi cuento, que no lo es, aunque lo parezca. Sabrás que la marcha desde Buenache de Alarcón a la villa de Arganda fue alegre y al modo triunfal, pues no he visto pueblos más regocijados con la presencia del Rey, ni campanas más vocingleras en el repicar. Arcos de ramaje vi en algunos puntos; en otros hubo toros, cañas y berridos de entusiasmo. Como toda esta (p.5102) región central es la menos castigada por la guerra y están los pueblos vírgenes de exacciones, encontramos abundantes víveres, con lo cual remediaron su hambre atrasada los expedicionarios y el sinnúmero de clérigos y covachuelistas que siguen al Rey. Tal séquito era una horrorosa carga que estorbaba las marchas y ofrecía dificultades mil para los alojamientos. Venía toda la administración de Don Carlos, sus Juntas y Consejos, un verdadero ejército de caracoles o tortugas, con la casa a cuestas, es decir, con todo el papelorio de las oficinas. Entre la turbamulta de parásitos había cundido la idea de que entrarían en Madrid sin disparar un tiro, por estar el pastel bien amasado y dispuesto para comerlo por mitad. Lo creían como el Evangelio, y no anhelaban más que llegar a la Villa y Corte para ocupar cada cual su blando puesto en las Secretarías y Ministerios, o en la Intendencia palatina.

De este optimismo participaba el Rey, a quien los italianos que le rodeaban habían hecho creer que entraría pacíficamente, acatado por tropa y pueblo, dirigiéndose a Palacio, donde reunida toda la Real familia, se daría solemne sanción legal al concierto dinástico. Mal defendido Madrid por escasa guarnición y por la Milicia Nacional, no había que temer seria resistencia, en caso de que el masonismo la intentara. Se contaba con la connivencia de varios generales, incondicionalmente afectos a palacio. Otros habían recibido instrucciones para hacerse los desentendidos. En las líneas del Este y del Sur, Puertas de Atocha y de Toledo, mandaban jefes de confianza. No había, pues, nada que temer. Madrid era del Rey, y Madrid es la llave de España y sus Indias. Con tales ideas, los últimos días de marcha fueron alegres, sin que turbaran el contento batallas ni ningún militar compromiso. Pasado el Júcar, más acá de Alarcón, entramos en un camino triunfal. No me acuerdo del lugar donde salió a recibir al Rey el escuadrón de Terpsícore, un grupo de muchachas muy lindas, con panderetas y canastillas de flores, (p.5103) bailando y cantando. Las coplas no eran de lo más clásico; pero resultaba un bonito efecto. El comistraje ofrecido al Rey no fue malo, según dicen, pues yo no lo caté. En Tarancón alojaron a S. M. C. en la propia vivienda del padre de D. Fernando Muñoz, donde no halló desahogo de aposentos ni un trato muy fino, y mi humilde persona se arregló con Cabrera en casa de unos hidalgos labradores, que nos trataron guapamente. La recua clerical y covachuela lo pasó tal cual ese día, pues no hubo para ella buen acomodo, quedándose algunos en cuadras pestíferas y en bodegas obscuras. Pero no faltó vino para todo el parasitismo, con lo que los duelos fueron menos y el quebranto tolerable. En Fuentidueña salió el clero con palio, el Ayuntamiento con estandarte, y la Sacra Majestad se dirigió solemnemente a la iglesia, donde la obsequiaron con religiosos cánticos. Igual demostración de gratitud al Omnipotente tuvimos en Villarejo de Salvanés, con merienda suntuosa y pellejos de vino a discreción. La alegría de la ojalata llegó a manifestarse con estruendo impropio de gente tan sesuda y de la gravedad de un Monarca que hacía su regio papel imitando a los ídolos. Llegamos por fin a la villa de Arganda, famosa hasta hoy por sus caldos, y que lo será en lo sucesivo por la solemnidad del Te Deum que nos endilgó con desusada fiesta de pólvora, colgaduras y demás manifestaciones de pública inocencia. Divisadas desde allí las torres y chapiteles de la metrópoli de las Españas, prorrumpieron tropas y clérigos en alaridos de monárquico frenesí. ¡Cuán cerca estaba el triunfo! Un día no más les separaba del descanso. Concluiría la guerra; se inauguraría el reinado de la justicia y la legitimidad, quedando encadenada para siempre la infame hidra de la revolución.

El impetuoso Cabrera se aproximó el 12 a Vallecas, tiroteándose con unos desdichados milicianos que salieron por la Puerta de Atocha. Ello fue poca cosa, más bien nada. Al mediodía recalaron en el Real alojamiento de Arganda tres pajarracos de la Junta carlista de (p.5104) Madrid. Dijéronme, pues yo no veo bien, que no traían caras de Pascua, sino de tristeza y desaliento. Por la tarde, aun con mi corta vista, pude apreciar la consternación que se pintaba en los rostros de los expedicionarios del brazo eclesiástico, así como del militar y civil; y lo apagado y cavernoso de sus voces, oyéndoles cuchichear, me demostró que las risueñas ilusiones de aquellos infelices eran juguete del viento. En la bodega donde Rapella y otro italiano y dos franceses se alojaban, supe que la Reina Cristina se había vuelto atrás. No había nada de lo dicho, y lo convenido y tratado entre las dos ramas enemigas no debía mirarse más que como una broma.

Creí yo que este no era el desenlace, pues D. Carlos tenía bastante fuerza para demostrar que con él no se juega. Esperábamos todos que al día siguiente 13 se daría un ataque formal a la coronada Villa. Cabrera no deseaba otra cosa: quería ser el primero en asaltar la guarida de la revolución y el masonismo. Mal guarnecida la Corte, el Pretendiente tenía frente a sí la ocasión suprema, la hora crítica de su destino. Se jugaba la Corona, eso sí; mas no le faltaban probabilidades de ganarla, y ganarla en tal momento era ser Rey de carne y hueso, no de cartón. Cualquier hombre de juicio claro y de corazón grande no habría vacilado en acometer la empresa, arriesgando el todo por el todo. El sino de D. Carlos María Isidro era no hacer nada a tiempo, y ver silencioso y lelo el paso de las ocasiones.

A eso de las diez se nos dijo que S. M., celebrado Consejo, había decidido retirarse. Saldría la expedición a las dos de la madrugada en dirección de Alcalá. ¡Oh desencanto, oh infinita tristeza! Vi movimientos de desesperación, manos que iracundas asían mechones de cabellos, resoplidos de angustia y rabia. ¡Vaya, que tocar a Madrid con las puntas de los dedos, y no agarrarlo! A Cabrera no le vi. Supe que trinaba; que el matiz de su cara era verde; que sus ojos echaban fuego; que rechinaba los dientes. Dicen que dijo: Mentras este abad de Poblet nos mani, no farem cosa bona. Por mi parte, no (p.5105) pensé más que en preparar también mi retirada, o sea mi separación de la Causa, lo que no me fue difícil, ocultándome, de acuerdo con D. Aníbal, en la bodega de mi alojamiento. Al rayar la aurora del 13, cuando ya no se veían ni rastros de carlistas en las inmediaciones de Arganda, agregueme a unos trajinantes que venían a Madrid, y oprimiendo los lomos de una poderosa mula, hice mi entrada triunfal por la Puerta de Atocha, sin que salieran a recibirme muchachas con panderetas, ni el fastuoso clero con alzada cruz. Una corazonada felicísima, que más bien me ha parecido después secretico del Espíritu Santo, me llevó a pedir hospitalidad a cierto palacio tan viejo como suntuoso, que extiende sus amenos jardines no lejos de las Vistillas y de Nuestra Señora de la Almudena. Y vieras tú cómo allí me recibieron con palio, y me cantó el Te Deum una dulcísima y fiel amiga, a quien he diputado siempre como la hembra de más sutil ingenio que mecieron doradas cunas. Gala es de ambas aristocracias, castellana y aragonesa, y digna de que se estampe con letras de oro en el libro de la fama su bonito nombre: Pilar de Loaysa, por nacimiento Condesa de Arista, amén de otros sonoros títulos; por enlace, Condesa-Duquesa de Cardeña y Ruy-Díaz. En su corona se juntan los ilustres timbres de los Bustos de Lara y de los Idiáquez y Loaysa.. Mas tantas preeminencias históricas no igualan a la grandeza de su talento, a la supina aristocracia de su amabilidad y cortesanía. Hame recibido como a un rey, agasajándome y proveyéndome de cuanto necesitaba mi caduca salud. Hemos hablado largamente a solas, querido Fernando, concluyendo por ponernos los dos muy alegres, y con esto te digo más que si te escribiera seis pliegos.

Se me olvidaba una cosa: Pilar y yo tenemos parentesco, no muy lejano, por los Sobremontes, por los Pignatellis y Javierres, y otras ramas que se cruzan e injertan en nuestros respectivos árboles nobiliarios. Pero esto ni quita ni pone. Lo importante es que te estimé cuando te conocí, y ahora te conceptúo el (p.5106) primero de mis amiguitos, hallándome dispuesto a guiar tus pasos en la vida social con mis consejos, con la inagotable ciencia que me han dado mis años y el continuo vivir entre gente de viso.. Pronto hemos de vernos, pues en cuanto yo dé a mi pobre osamenta algún reposo, y me recobre del quebranto de estos siete meses de increíbles aventuras, tomaré el caminito de Mena, y juntos en esa dulce casa, en compañía de mis hijos y nietos, os contaré los lances, ora trágicos, ora festivos, interesantísimos todos, de mi larga permanencia en el campo de la facción. Sucesos oiréis que os pondrán los pelos de punta, otros que os moverán a risa, y algunos que debieran perpetuarse en letras para enseñanza de las generaciones futuras. Y entreverando mis historias de viejo con la tuya juvenil, te diré cosas que han de serte de gran provecho en la brillante vida que te aguarda.

Y ahora sólo me falta rematar el cuento pasado con la explicación del por qué y cómo de haber Doña Cristina dado al Pretendiente el solemnísimo chasco de Arganda. No acertaba ya con la clave de este político enigma, ni pudo mi mente salir de confusiones, hasta que Pilar de Loaysa me refirió lo que te transmito, sintiendo que al pasar de sus labios a mi pluma no conserve el encanto y la gracia que ella sabe dar a cuanto dice. Fue que a mediados de Agosto se sublevaron los oficiales del ejército de Espartero, acantonado en Pozuelo, Aravaca y El Pardo, pidiendo la caída del Ministerio Calatrava, el cambio de Gobierno y de política, o sea la anulación de todo lo creado en la trifulca de La Granja por los atrevidos sargentos Gómez y García. Acudió a sofocar el movimiento el Conde de Luchana, asistido de sus buenos amigos Seoane y Van-Halen, y de primera intención fueron separados del servicio los oficiales revoltosos, y ascendidos los sargentos para cubrir las vacantes. Pero como el nubarrón venía de lo alto, sin más objeto que destruir todo lo hecho desde la infausta noche de San Ildefonso, y volver las cosas al estado que tenían antes de aquel suceso, intervinieron voluntades (p.5107) palatinas para que los oficiales fueran reintegrados en sus empleos y honores. Armose tumulto en las Cortes; tu amigo Mendizábal señaló al propio Baldomero como autor de este inesperado cisco; defendiole Seoane; los ministros increparon el pronunciamiento, invocando las sacras libertades, la disciplina y demás cosas bellas que nadie ha sabido respetar, y al fin resultó lo que se deseaba, que era el menoscabo y vuelco de la situación liberal y masonil. Los oficialitos, en suma, han quedado triunfantes, y se vanaglorian de haber destruido la obra de sus subordinados, el audaz Alejandro y el astuto Higinio. La buena lógica pide que la revolución de sargentos sea enmendada por oficiales, y la de estos por generales, hasta que las hagan los mismísimos Reyes, sublevándose contra su propia majestad y prerrogativas. Henos aquí, mi buen Fernando, en presencia del fenómeno histórico que singulariza a la España de nuestros días; y perdona que tome este tonillo cargante y este amanerado estilo de discurso para señalarte el dicho fenómeno. Tantas frases sonoras y campanudas se me ocurren para maldecir esta endiablada máquina de las sublevaciones militares, que prefiero no transcribir ninguna, seguro de que otras voces y plumas lo expresarán más campanuda y gravemente que yo en el curso infinito de nuestras políticas trapisondas. Es un hecho, es un vicio de la sangre, del cual participamos todos, y con él hemos de vivir hasta que Dios quiera curarnos. Yo no he de verlo, y se me figura que tú tampoco lo verás.

Dicho esto, voy a la miga del cuento, y aquí recobro mis mañas de vejete maleante, diciéndote que salen Doña María Cristina y Doña Luisa Carlota batiendo palmas de gozo. Dan por fenecido el vergonzoso estado político que instituyeron con brutal grosería Higinio y Alejandro. El liberalismo y las logias cayeron. Su Majestad y Alteza han convencido a Espartero de que se deje nombrar Presidente del Consejo de Ministros, poniéndole de compinches al indispensable D. Pío Pita Pizarro, a Bardají, Vadillo, Salvato y General (p.5108) San Miguel. El aura popular del de Luchana, su autoridad ante el ejército, y el grande amor que le tienen jefes y tropa, devuelven a la Reina la confianza perdida desde la sargentada. Ya no cree su Causa en peligro, ya respira, se crece, se sacude el miedo; ya se atreve a mirar cara a cara al obcecado Pretendiente. Y restablecidas en su travieso carácter ambas hermanas, dan por nulos y sin ningún valor los tratos para reconciliar los dos brazos de la familia, y adiós soberanía de D. Carlos, adiós casamiento, adiós ilusiones del absolutismo, adiós paz del Reino.. Sabedoras las napolitanas de que el figurón anda con sus tropas por Vallecas, desde palacio dirigen hacia allá sonrisas de burla y desdén, y una de ellas da a San Miguel la orden de que sea trasladado al centro el general que mandaba en las líneas de Atocha, pretextando que, por tenerle en gran aprecio, se le quería apartar del punto de más peligro. El tal (me callo su nombre) estaba en el ajo: su misión, de prevalecer el convenio, era franquear la entrada a la facción, y su recompensa, ser nombrado Ministro de la Guerra por el Rey absolutísimo.

Se me ocurre presentarte aquí un lindo ejemplar de sombras chinescas. Imaginemos, caro Fernando, un blanco muro, que es el fondo de la Historia patria. Sobre él aparecen dos lindos bustos negros. En las graciosas cabezas, de perfil, reconoces al punto a las dos napolitanas, señalándose por más bello y picante el contorno de la Reina, colocado delante del de su hermana. Ambas aplican el dedo pulgar a la punta de la nariz, extendiendo la mano y dando a los otros dedos un temblorcito gracioso. Vuélvense las caras y manos hacia la parte aquella de Abroñigal, donde se supone que está el Pretendiente recomendando a los suyos la confianza absoluta en la protección de la Santísima Virgen de los Dolores.

De fijo llevarás a mal que trate yo una grave cuestión histórica por arte bufonesca. Pero, hijo, considera que los años me hacen infantil: quiero ser serio, y no lo consigo. Mi experiencia, madre de mi descreimiento en estas materias, (p.5109) es abuela de mi humor festivo. Añade a esto que el descanso, la paz y las comodidades que disfruto en este palacio, después de tantas desdichas, despiertan en mí una alegría retozona. Te presento el lado gracioso de esta Real intriga, porque es el que más a mis ojos se destaca. Tú, niño ilustrado, a quien las probabilidades de tomar un buen papel en la política imponen la seriedad, podrás darle la vuelta (todas las cosas tienen dos caras) y presentarlo por el lado grave, para gobierno y enseñanza de esta generación más estudiosa en los libros que en los hechos. Por mi edad y mi ciencia del mundo, estoy autorizado a ser extravagante, a tener cosas, a reírme de lo que vosotros miráis con ojos de carnero y expresáis con retóricas almidonadas. Mi relato histórico pecará de burlesco.. A mi modo, soy también romántico, de la cepa maleante. El romanticismo es la juventud y también la vejez. El mundo antiguo y el presente en él se enlazan. Por un lado llora, por otro ríe. Risa y llanto constituyen la vida, y yo no estoy ahora en disposición de llorar. En todo caso, imagínate que me he muerto ya, y que tienes delante de ti, contándote historias verídicas, no a un hombre, sino a un esqueleto. Mi calavera, asaz expresiva en sus ojos huecos y en su rasgada boca, te cuenta con gracejo lúgubre los errores de nuestros primates y el inocente abandono de nuestro pueblo.

Y sigo. El pobre D. Carlos es víctima de su ineptitud. Las traviesas napolitanas, que iban de capa caída, llevan ahora la mejor parte. Han derribado a Calatrava y su partido inepto, que no gobierna ni administra; se han congraciado con Luis Felipe, que juega con dos cartas, halagando por un lado al absoluto, por otro a la Reina, y solicita de esta que sofoque el incendio revolucionario y masónico; se han agarrado al brazo fuerte de Espartero; han dado a la oficialidad el gusto de anular la obra de los sargentos. Pondrán freno a la libertad de imprenta, convertirán en un papel mojado la reciente Constitución, y este no es más que el primer paso para ir a un régimen de fuerza y autoridad. ¿Qué sucederá (p.5110) después? Si quieres que sea también profeta, te diré que seguirá funcionando la máquina de los pronunciamientos; que no habrá revoluciones temibles, porque el pueblo es un buenazo, a quien se engaña con colorines y palabras vacías; que tendremos disturbios, cambiazos y trapisondas, todo sin grandeza, pues no hay elementos de grandeza, y las ambiciones son de corto vuelo. Redúcense a obtener el mando, y a que los triunfadores imiten a los vencidos en sus desaciertos y mezquindades. No late en la raza la ambición suprema de un Cromwell o un Napoleón. Todo es rivalidad de comadres y envidias de caciques. ¿Qué, te ríes? Pues tú lo verás, tú, que has de ser actor en esta comedia, y te contentarás con hacer tu papelito modesta y gravemente, creyendo que haces algo. Cuando llegues al término de la vida, nuestras dos calaveras tendrán un careo gracioso en las honduras de la tierra.. y nos reiremos.

Entre tanto, vive y goza. Es preciso que lo que ha padecido por ti esta noble dama, mi excelsa castellana, se trueque ahora en goces de los dos, en alegrías y confortamientos recíprocos. Hora es ya de que ella te tenga, y de que tú le entregues tu corazón y tu voluntad. Lo dicho: me iré pronto allá, llevándote mi sabrosa compañía, mi conversación amena, mis consejos sapientísimos, mis reglas de vida. Te anticipo la severa amonestación de abordar sin recelo tu enlace con la niña de Castro. No hagas tonterías, Fernando; déjate de melindres y repulgos, que no servirían más que para dar la victoria a Doña Urraca. Esto me produciría la muerte instantánea, del berrinche tan grande que cogería. De modo que si no lo haces por ti mismo, hazlo por tu madre, que te adora, y por mí, que te bendigo. Apresuraré mi viaje todo lo que pueda, pues para esos arreglos me pinto solo, y de concierto el Sr. Hillo y yo, abordaremos al buen Navarridas; y a Doña María Tirgo, si no se pone de nuestra parte, la encerraremos en un armario de la sacristía, y todo quedará solventado en horas veinticuatro. Hazme el favor de anticipar a mis hijos los tiernos abrazos, y a mis nietos (p.5111) los besos, que pronto les dará el antes desgraciado y ahora feliz viejo -Beltrán de Urdaneta.

 

Ep-26-XXXVII -

De Pilar a Valvanera

Madrid, Septiembre.

Dame mil abrazos y besos, mi amiga del alma, y recibe con mis ternuras la feliz noticia de que mi problema está resuelto. Felipe me perdona, y consiente en facilitar todos los arbitrios legales que proponga Cortina para transmitir a Femando una parte de mis bienes, por donación inter vivos, por.. en fin, no sé cómo, pero ello será. Felipe decreta mi libertad, permitiéndome que dentro de algún tiempo, previas las gradaciones y habilidades convenientes, viva con Fernando fuera de Madrid. ¡Ay, qué felicidad, qué descanso tan dulce al término de este fatigoso viaje de mi vida!

Has de saber ante todo que Felipe ha mostrado una grandeza de alma que nunca creí pudiera existir en él. ¡Vaya, que preciarme de tan lista, serlo efectivamente, haber cultivado en secreto las dotes de mi inteligencia, la observación y estudio de caracteres, y no haber comprendido la grandeza de este hombre! Pero no es culpa mía que dicha virtud no se haya revelado hasta que se planteó la magna crisis. Las almas desvirtuadas por el artificio social no se descubren en su íntimo ser sino cuando las agitan graves problemas emanados de la Naturaleza. Sin las sacudidas del cataclismo, no es fácil que se descuajen los caracteres de formación apelmazada y dura. ¡Cómo nos eternizamos en nuestros errores, mayormente cuando no seguimos el camino de la verdad y vivimos en un mundo de mentiras y disimulo! Comprenderás que mi dolor ha sido inmenso al ver el de Felipe en los primeros días, y después su resignación y calma sublimes. Todo lo he visto de lejos y en acecho, querida mía, pues desde la operación quirúrgica no ha mediado una sola palabra entre él y yo. Quebrantada su salud gravemente; envejecido en pocos días, cual si sobre su cabeza recayera en un día el peso de quince años, su primo San Quintín le catequizó para llevársele a la Encomienda, y allí está. Yo me vine de Carabanchel al día siguiente de su (p.5112) partida, y dos después se me presentó aquí tu padre, a quien recibí como puedes suponer, no vacilando en seguir tu consejo de informarle de todo. Me ha dado ánimos, y asegura batiendo palmas que me prestará su eficaz ayuda con alma y vida. ¡Pobre D. Beltrán! Viene cansado, muy mal de la vista; pero con el espíritu más despierto que nunca, el corazón henchido de benevolencia, y en todo el esplendor de su ingenio chispeante, peregrino. En cuanto se reponga, te le mando allá.

Volviendo a Felipe, te diré que su profundo abatimiento, su inmensa turbación con formas de cristiana humildad, me han trastornado a mí de un modo que no puedo expresar. Cree que a esto debo los días más tristes y angustiosos que he pasado en mi vida. Lo que me atormentó mi conciencia culpándome de tan terribles males, no es fácil decirlo con palabras. Me creía mujer perversa, indigna de perdón, justamente condenada a crueles martirios en esta vida y en la otra. Por fin, mi alma ha recibido consuelo; me lo trajo el buen Cortina, que vino ayer de la Encomienda con la definitiva sentencia del dueño de mi destino.

Felipe me perdona, deplorando que en tantos años haya escondido este terrible secreto por miedo a sus rigores. Sin dejar de comprender cuán difícil era mi revelación, siente que yo, con mi silencio, haya malogrado toda nuestra vida matrimonial, poniendo entre los dos el espesor y frialdad de una muralla de recelo, y confinándonos una y otro en triste soledad.

Tratándose de un hecho irremediable, y sin atenuar mi enorme falta, no hay más remedio que bajar ante él la cabeza, pues nada se adelanta con las soluciones violentas y trágicas a nuestra edad, que ya reclama sosiego y volver los ojos a mejor vida. Él no aspira más que a una vejez obscura, preparándose a un buen morir. Desea que yo procure ponerme en paz con Dios, limpiar mi conciencia, y no traer más desventuras sobre las que ya deploramos.

Autoriza cuanto Cortina crea pertinente para los fines que anhelo y cuya justicia reconoce, y al concederme la libertad me impone la (p.5113) obligación de seguir residiendo en nuestro palacio de Madrid, hasta la fecha que él determine, a fin de evitar en lo posible los inconvenientes de una separación brusca y escandalosa.

Aunque espera que al fin se extinguirá en su alma el resentimiento, por hoy rechaza toda reconciliación formal, y proscribe las escenas de abrazos, lágrimas, protestas y demás manifestaciones de un gusto teatral. En un largo plazo, que él fijará, no nos veremos ¡ay! Felipe y yo. Seguirá en la Encomienda hasta muy entrado el invierno. Accede a la proposición que le han hecho de enajenar el palacio en la primavera próxima para demolerlo y construir en él casas de vecindad. Cuando vuelva a Madrid, habitará en un palacito moderno que le proporcionará Salamanca, y yo donde quiera. Prefiere que me establezca lejos de Madrid.

¿Qué te parece, querida mía? Las papeletas de que te hablé perecieron todas en este terremoto seguido de incendio, y en su lugar veo surgir el espíritu de un grande hombre, de un santo más bien. No sólo me inspira ya veneración, sino un amor puro y acendrado. Mi mayor gloria sería infundir en el alma de Fernando este nuevo cariño.. Pero el Duque y Fernando no se verán nunca. En su santidad, ahora descubierta, conserva Felipe el tesón y la intransigencia de raza.

Explicado lo más esencial, y sin perjuicio de contarte más cosas, vamos a lo nuestro. Ya estará Fernando enterado de lo que más directamente le interesa, pues Juan Antonio, al darle cuenta de la donación, le habrá informado de los motivos de hacerla en esta forma, la única posible. Escribo también a Hillo, para que regrese a Villarcayo, y entre todos incitéis al caballero a pedir la mano de Demetria. Si estimáis más pertinente y delicado preparar antes el terreno, partiendo Fernando a Vitoria y La Guardia, como un hábil medio de reanudar amistad con las niñas, no me opongo: al contrario, me parece muy bien. Luego se unirá tu padre a la conjuración, y él se encarga de poner en conocimiento de los Navarridas quién es Fernando, y los bienes que posee y poseerá. (p.5114) No creo que surjan escrúpulos por parte del buen párroco y su señora hermana. Y en último caso, la divina Palas es quien ha de decidirlo. Cuento con la vehemencia de su afición y la firmeza de su carácter. Tenedme al corriente de lo que resolváis. Allá se va toda el alma de vuestra amantísima -Pilar.

 

Ep-26-XXXVIII -

De Fernando Calpena a Pilar de Loaysa

Villarcayo, Octubre.

Amada madre mía: La mejor satisfacción que puedo dar a quien por mí ha padecido tantas amarguras es consagrarle lo que de estas ha sido causa, mi existencia, mi pobre existencia, martirio ayer de quien me dio el ser, hoy consuelo y esperanza. Allá va, pues, con mis cariños más ardientes, la protesta de ofrecer a usted toda mi voluntad, de ponerla bajo su amparo y gobierno, para que en el dominio constante de ella reciba mi madre las alegrías que apetece, fruto tardío de su grande amor, y compensación de sus acerbas penas. Juntas y confundidas nuestras voluntades, la mía se complacerá en la obediencia, sabiendo como sé que el clarísimo entendimiento de mi señora madre ha de imponerme actos y resoluciones de innegable sensatez. La obscuridad de mi nombre, al que no puedo añadir el más grato a mi corazón, no me exime de ser caballero. Leal y honrado nací; aspiro a que mi conducta intachable y noble me dé la consideración, el aprecio de las gentes, y aun el brillo social a que no puedo aspirar por mi nacimiento. Con orgullo puedo decir que algún rayo de la pasmosa inteligencia de mi madre ha venido de su ser al mío, y esta riqueza que mi alma posee no la cambiara yo por las más gloriosas vanidades de los nombres. La luz de mi madre arde en mí, y con esto y su amor me basta; no quiero nada más, ni otros bienes apetezco.

Deseo vivir y tener salud para gloria y felicidad de la que ha vivido padeciendo por mí; deseo agradarla en todo, amoldar absolutamente mis acciones a sus deseos. Acepto la explicación que se sirve darme de su plan referente a mi matrimonio con la niña de Castro-Amézaga, y le agradezco infinito que haya tenido en cuenta las (p.5115) razones que por conducto de Valvanera le expuse para no precipitar este asunto y someterlo a los trámites que me imponen la dignidad de todos y mi delicadeza. No haré, pues, manifestación alguna de propósitos matrimoniales, concretándome a pasar por La Guardia de regreso de Vitoria, en compañía del buen Hillo. En esta visita veré cómo soy recibido, formaré juicio de los sentimientos de aquella ilustre familia con respecto a mí, y de las direcciones que haya tomado o tome la voluntad de la diosa, como dice nuestro capellán. No haré papeles de pretendiente ni de rival del Marqués de Sariñán, concretándome a reanudar mis buenas amistades con ambas señoritas. ¿Estamos conformes en esto, madre querida? ¿Soy razonable, discreto, noble, y al propio tiempo sumiso y obediente hijo? Creo que sí; y seguro de que mis sentimientos están en perfecta concordancia con los de usted, no recelo en emprender mi viaje. Prontos a partir, estas letras de despedida llevan a usted los respetos del gran Hillo, el cariño de los Maltranas, chicos y grandes, y el corazón y el alma toda de su amante hijo -Fernando.

 

Ep-26-XXXIX -

De Valvanera a D. Pedro Hillo

Villarcayo, Octubre.

Amigo mío: Mando la presente por un propio que expedimos en seguimiento de ustedes, encargándole que pique espuelas para alcanzarles pronto. Lleva la carta que hoy se ha recibido de Pilar para su hijo, la cual nada contiene de particular, y la envío para que sirva de pretexto al viaje del propio: el verdadero fin de este es informar a usted de un hecho que me ha producido alguna inquietud. Se lo cuento en esta carta, que el mozo le entregará, según mis órdenes, sin que Fernando se entere.

Esta mañana presentose en casa un sujeto, a caballo, con trazas de caminante afanado y presuroso, y habiendo preguntado por Fernando con vivo interés, renegó de sí mismo y de su suerte cuando le aseguramos que había partido. Resistiose a creerlo; y como Juan Antonio, en vista de la insistencia y disgusto que mostraba, le dijese que bien podía manifestarnos a (p.5116) nosotros el motivo de su viaje, nos contestó lo que fielmente le transmito, mi Sr. D. Pedro: «Pues sepan, señora y caballero, que yo soy Zoilo Arratia, para servir a ustedes. El objeto que aquí me trae sólo al Sr. D. Fernando puedo manifestarlo, por ser cosa de la incumbencia suya y mía particularmente, y así díganme pronto a qué punto de España se encamina, para correr tras él hasta que le encuentre». Ya tenía Juan Antonio la palabra en la boca para responder la verdad, pues es hombre a quien mucho trabajo cuesta ocultarla, cuando yo, que vi al instante un peligro en dicha verdad, anticipé la mentira de que Fernando iba camino de Burgos para seguir luego hasta Madrid, adonde le llaman sus intereses. En el rostro vivo del tal Arratia conocí que no me creía. El hombre es rudo, fuerte, bien plantado, de hermoso rostro moreno y ojos como centellas. Debió de ver en los míos el temor y la curiosidad, y quiso explicarse mejor con estas otras palabras, que, grabadas en mi memoria, copio con la posible fidelidad: «Señora y caballero, sepan que le busco para proponerle que seamos amigos, y si no lo quieren creer, no lo crean. Como digo también que si D. Fernando no quisiera las paces, en la guerra me encontrará, y ya verá quién es Zoilo Arratia. Dispénsenme los señores, y manden lo que gusten a su servidor». Se fue a la posada, donde le aguardaban otros dos del mismo pelaje, que en su compañía vinieron y siguen. Al mediodía supimos que, después de dar un pienso y corto descanso a sus caballos, trotaban hacia Miranda. ¡Qué mal hice en indicar la vuelta de Burgos, sin acordarme de que forzosamente la tomarán por Miranda de Ebro! No me perdono esta torpeza mía.

En fin, mi Sr. D. Pedro, ello podrá ser un hecho insignificante, sin malas consecuencias; pero nos hallamos inquietos, y hemos acordado avisar a usted para que esté con cuidado, y evite, si es posible, el encuentro con ese maldito bilbaíno, cuya presencia inesperada viene a turbar mi gozo por el buen giro que tomaban los asuntos de Pilar y Fernando. Puesto el caso en su (p.5117) conocimiento, nos tranquilizamos, en la seguridad de que sabrá usted evitar nuevos disgustos. Quedamos pidiendo a Dios que les guíe, y que a todos nos dé la paz que merecemos. De usted atenta servidora y amiga -Valvanera.

 

Ep-26-XL -

De Doña Juana Teresa a la señora de Maltrana

Cintruénigo, Octubre.

Amiga y hermana: No tengo sosiego hasta no desahogar mis agravios contra ti, y hoy me decido a manifestártelos, que si en ello tardo más, de seguro reviento. Ya sé que tu casa es, como si dijéramos, el cuartel general de las intrigas fraguadas contra mi hijo y contra mí, lo que no entiendo, a menos que me demuestres la razón de querer más a tu sentimental y misterioso huésped que a tu sobrino, hijo de tu hermano, mi esposo, que santa gloria haya. Descíframe este acertijo, o de lo contrario creeré que te has vuelto romántica y que mereces salir al teatro con velo negro por la cara y puñal en la mano. Si no estás loca rematada, haciendo pareja con la pobre Pilar, explícame la protección que das a ese trovadorcillo, y la celada que intentáis armarle a la niña de Castro-Amézaga.

¡Si creerá Pilar que a mí me engaña! Sus enredos vienen a mi conocimiento sin que yo los busque, y a poquito que yo extienda mi tela de araña, cojo a la pobre mosca y la devoro. ¡Qué lejos está ella de que le he tendido la red! Pero no: más bien ha sido obra de Dios, que vela por los inocentes y estorba las maquinaciones de los envidiosos. La casualidad, o hablando cristianamente, la Providencia, ha puesto en mis manos un testimonio de los devaneos antiguos de mi media hermana, los cuales fácilmente se enlazan por ley de Naturaleza con sus embrollos presentes y con la existencia del mancebo romántico, que ostenta en su escudo todos los emblemas nobiliarios de la Santísima Inclusa.. Dos días hace que me ocupo en atar cabitos, y no quiero que ignores el resultado de mis trabajos. Yo también me doy a la historia menuda, lo que puedo hacer con grandísimas ventajas, porque ha puesto Dios en mis manos el archivo mundano del más glorioso perdido del (p.5118) siglo pasado y de parte del presente, D. Beltrán de Urdaneta.

Estoy recopilando mis apuntes, que pondré a disposición de las personas a quienes incumbe el llamar al orden a Pilar, o pararle un poco los pies, reduciéndola al papel de penitente que le corresponde. Y para que no creáis que obro con alevosía, a ti, que es como confiarlas a ella, confío mis investigaciones, empezando por la más grave y delicada. ¿Qué dirás que me saltó a los ojos una tarde que me entretuve, sin malicia, puedes creerlo, en revolverle el papelorio a mi libertinísimo suegro? Pues una carta que con fecha de Julio de 1811 le dirige a París una tal Lea Delisle (¡buena pieza sería!) desde Ax de las Termas. Traducida en su parte más interesante por Rodrigo, que, para que lo sepas, posee muy bien el francés, dice así: «Ya te conté que la Duquesa tu amiga se dejaba hacer la corte por Su Alteza el Príncipe José Poniatowsky (pongo mucho cuidado en copiar este nombre diabólico letra por letra) , general del Imperio, gran figura, caballero insigne, sobrino del Rey de Polonia. Hoy puedo asegurarte que el príncipe guerrero, a quien llaman el Bayard polonais (esto lo dejo en francés) , y la dama española, están unidos en apasionada liaison (en francés lo dejo también para mayor decoro de nuestro idioma) . Anoche, al volver de una excursión a la cascada de Orlu, se perdieron en el bosque de Ascou. Aún no han vuelto».

Yo no lo he buscado: a la mano se me vino por designio de la Providencia, como vinieron luego otras cartas de la misma pendanga, en que decía que el Príncipe y la Duquesa habían parecido. Lo que no parece, digo yo, es el decoro de Pilar. Buscando, buscando, por si Dios me deparaba nueva luz, encontré una esquela de Engracia Pignatelli, tía de Pilar, en la que consta que esta fue a pasar una temporadilla en Zaragoza, de donde pasó a Lumbier, residencia de su amiga Serafina Palafox.. En fin, no quiero hacer cuenta del tiempo, ni ajustar meses, compaginando fechas con fechas.. No vayas a decir que soy cruel con la que merece lástima, y a tanta (p.5119) lejanía de tiempo, algo de indulgencia. Ya sé que ha llorado mucho. Ignoraba yo la causa: ahora no diré lo mismo.

Al pronto se me ocurrió felicitarte, Valvanera de mi corazón, pues no cae todos los días el honor de hospedar en nuestra casa a un príncipe polaco, descendiente de Reyes, que, aunque destronados y errantes por esos mundos, siempre han de conservar algún aire o tufillo de testas coronadas; pero hablando de esto con Rodrigo, que sabe muy bien historias de todos los países, agarró una Enciclopedia que le saca de todas sus dudas, y en ella vimos que el tal señor de Poniatowsky, el Bayardo polonés, como le llaman, después de diversos hechos heroicos en las campañas de Rusia, Varsovia y no sé qué otros puntos, murió el año 13, al pasar a caballo un río de nombre muy enrevesado. Y luego de leídas estas referencias, hojeó Rodrigo la Historia de Napoleón con láminas, y me mostró una que representa al Príncipe luchando con la corriente del río en que se anegaron y perecieron tantas glorias. Si no miente la estampa, era un guapo mozo, y debía de ser hombre de gran coraje.

Cuéntale todo esto a tu amiga, y adviértele que Doña Urraca, a pesar de todas estas cosillas que andan en libros extranjeros, no la quiere mal; que se halla dispuesta a la indulgencia, al olvido de las historias de 1811 y 1812, y a reconocerla y diputarla como una mujer ejemplar, siempre y cuando ella sea comedida; que obligadas al comedimiento están las que no se hallan libres de ciertas máculas. ¿A qué se empeña esa loca en cosa tan absurda y desleal como cerrarnos el caminito de La Guardia cuando a punto estábamos ya de verlo franqueado y mis deseos satisfechos? ¿A qué se mete ella en este negocio, que por mal que vaya para mí no ha de ir bien para ella, pues la mercancía adulterada que pretende introducir no puede ser admitida, no, allí donde todo es nobleza y virtud, y se ha de mirar mucho al honor y limpieza de los nombres? Que su necedad no me ponga en el caso de emplear la malicia por derecho de defensa. Ella me conoce: soy muy buena, (p.5120) muy tolerante, amantísima de la familia; en todo caso, estoy dispuesta al perdón, y soy la primera en arrojar velos y más velos sobre las faltas de las personas que me son caras; pero que no me pise, por Dios, que no me pise, porque al sentir el ultraje y el pisotón, me revuelvo y clavo el diente.. no lo puedo remediar.. Y basta por hoy.

Muy enfadada me tienes, como encubridora y auxiliar de esa pérfida; pero nada temas de mi enojo. Soy tu amiga, te quiero, reconozco tus virtudes, y en mis oraciones, siempre que pido a Dios que conserve la salud de mi hijo, nunca se me olvida echar una palabrita por ti y los tuyos. Mil afectos a todos de tu cariñosa hermana -Juana Teresa.

 

FIN DE LA ESTAFETA ROMÁNTICA

 

 

&

(EPISODIO 27)

VERGARA

 

Ep-27-I -

De D. Pedro Hillo a los Sres. de Maltrana

Miranda de Ebro, Octubre de 1837.

Señora y señor de todo mi respeto: Con felicidad, mas no sin estorbos, por causa del sinnúmero de tropas que nos han acompañado en todo el camino, marchando en la propia dirección, llegamos a esta noble villa realenga ayer por la mañana. Soldados a pie y a caballo descendían por las cañadas, o aparecían por atajos y vericuetos, y engrosando la multitud guerrera en el llano por donde el Ebro corre, nos vimos al fin envueltos en el torbellino de un grande ejército, o al menos a mí me lo parecía, pues nunca vi tanta tropa reunida. Generales y convoyes pasaban sin cesar a nuestro lado tomándonos la delantera, y ya próximos a Miranda vimos al propio caudillo, Conde de Luchana, seguido de brillante escolta, y a otros afamados jefes y oficiales, que al punto conocieron a Fernando y le saludaron gozosos. Nuestra entrada y acomodamiento en la antigua Deóbriga fue, como pueden ustedes suponer, asaz dificultosa. Éramos un brazo que se empeñaba en introducirse en una manga ya ocupada con otro brazo robusto. En ningún albergue público ni privado de los que en toda población existen para personas y caballerías hallamos hueco, ni aun pidiéndolo del tamaño preciso para alfileres; y ya nos (p.5121) resignábamos a la pobreza de acampar en mitad del camino, como mendigos o gitanos, cuando nos deparó Dios a un sujeto, que no sé si llamar enemigo o amigo, aunque en tal ocasión y circunstancias bien merece este último nombre, el cual, con demostraciones oficiosas y todo lo urbanas que su rudeza le permitía, nos colocó bajo techo, entre cabos y sargentos de artillería montada, con los correspondientes arreos, armones, sacos, cajas y regular número de cuadrúpedos.

Era el tal D. Víctor Ibraim capellán castrense, antaño en la Guardia Real, hogaño(1) en un regimiento de artillería, y tengo que calificarle, con perdón, como uno de los más soberbios animales que han comido pan en el mundo, si bien yo creo que a este sujeto todo lo que come le sabe a cebada y paja, y como tal alimento lo saborea. Cuando yo tenga el gusto de volver a esa noble casa contaré a ustedes motivos de la santa inquina que profeso a mi colega, el marcial presbítero, andaluz por más señas, y tengo por seguro que se han de reír de tan donosa historia. Por hoy conste que perdono al señor Ibraim sus agravios de otros días, y reconozco que nos ha dado a Fernando y a mí una prueba de cordialidad, procurándonos este alojamiento, que si detestable y con enfadosas apreturas, nos permite comer algo caliente y guardar nuestras personas al abrigo de la intemperie. Nuestras bestias campesinas han entrado en gran confianza con los guerreros caballos del regimiento; Sabas y Rufino hacen buenas migas con la tropa, y nosotros anudamos cada hora nuevas y más alegres amistades con oficiales muy simpáticos y con capellanes menos brutos que el desdichado Ibraim. No nos va mal, y Fernando ha tenido el gusto de encontrar amigos queridísimos entre estos campeones de Isabel II: D. Juan Zabala, D. Antonio Ros de Olano y otros cuyos nombres y títulos se me escapan de la memoria.

Antes que se me olvide, señora y caballero: recibí de manos del propio, en Leciñana del Camino, el mensaje reservado, y puedo asegurarles que el pobre chico lo hizo con la discreción que (p.5122) le fue que prescrita. No se enteró Fernando, a quien di la carta de su mamá, dejándole que se entregara con avidez al gozo de leerla; y en cuanto yo tuve coyuntura de soledad leí la de ustedes, que me ha causado sorpresa, ira y recelo. ¿Pero qué pretende ese badulaque? ¡Habrá insolencia igual! ¡Atreverse a medir su barbarie con la finura de Fernando, y brindar a este una concordia que para nada le hace falta, o amenazarle con una hostilidad que no puede infundirle ningún temor! En fin, sea lo que quiera, y venga con estas o las otras intenciones, yo estaré con muchísimo cuidado, a fin de cortarle el paso si a nuestro caballero quiere aproximarse, o inutilizar su malicia y audacia, aunque para ello tenga que valerme de nuestras relaciones en el Cuartel General.. ¡y qué relaciones, señora y señor míos!

Ya comprenderás que teniendo Fernando tantos amigos en la liberal milicia, y gozando como nadie del don de simpatía, en pocas horas se ha visto obsequiado y traído de una parte a otra. De boca en boca llegó su nombre a oídos del gran Espartero, el cual anoche le mandó llamar por uno de sus ayudantes. Allá se fue; departieron un ratito, casi todo consagrado a comentar el increíble viaje de D. Beltrán al campo del Maestrazgo, y su prisión y nunca vistas desventuras en aquella tierra facciosa. Hoy repitió la visita, regresando al poco rato con la embajada de que fuese yo también a la presencia del de Luchana, pues este deseaba verme, y tenía que hablarme, ¡ay!, de mi incumbencia eclesiástico-castrense. Creí que eran bromas del señorito, o que con mi timidez y cortedad quería divertirse, pues ya sabe él y saben todos que no soy hombre para codearme con señorones y celebridades de tal fuste; pero tanto insistió mi discípulo, que allá nos fuimos, después de dar restregones a mi balandrán para limpiarlo de barros y otras materias, y tuve la satisfacción de ver de cerca al gran héroe y de platicar mano a mano con él durante unos diez minutos, que me parecieron diez horas; tan sofocado y descompuesto estaba yo por el honor inmenso de (p.5123) aquella entrevista. Díjome que había separado del servicio a tres capellanes, por sospechas de espionaje, y que celebraba y agradecía que el Vicariato pusiese mano en purificar el personal, desechando a todos los individuos del cuerpo que por sus antecedentes o su mala conducta no eran dignos de seguir bajo las banderas gloriosas. Contestele con trémula voz manifestando un asentimiento incondicional a todo lo que de sus autorizados labios salía.. añadí la oferta de mi inutilidad para mejorar el importantísimo servicio castrense.. indiqué, divagando, que en el cuerpo hay dignísimos sacerdotes; mas otros, aunque en el servicio se muestran puntuales, fuera de él, y en los ratos de ocio, emulan con los oficiales en la desvergüenza de palabras y en la liviandad de la conducta.. que se intentaba purgar el cuerpo y limpiarlo de todo maleficio para que respondiese a los fines del ministerio militar y religioso.. etcétera. Serenándome al fin, solté cuatro generalidades pomposas, para disimular mi indiferencia de todo lo que al dichoso cuerpo se refiere..

Ya ven los señores que mi conferencia con el insigne caudillo fue luminosa por todo extremo, inspirada en el bien público y en el espíritu del siglo. No me asombrará que de ella den cuenta los papeles, pues mis palabras fueron gratas al General, que las apoyó con cabezadas enérgicas. Espero que el día del juicio dará óptimos frutos la inspección que el Vicariato ha encomendado a mi ardoroso celo castrense, a mi..

Obligado me veo a interrumpir esta, porque del Estado Mayor me llaman para un asunto muy grave.. No asustarse, señora y caballero, pues no es cosa nuestra, ni hay en ello relación derecha o torcida con el Sr. D. Fernando. Sólo a un servidor de ustedes afectan las tristezas del desagradable negocio que me encomienda el Estado Mayor, y en cuanto me desocupe de esta obligación dolorosa tendrá el gusto de referirla puntualmente su obligado servidor, amigo y capellán - Pedro Hillo.

 

Ep-27-II -

Del mismo a los mismos. Terminada por D. Fernando

Miranda 30 de (p.5124) Octubre.

Señores míos muy amados: Si no lo sabían, esta carta les informará de que soy el hombre más pusilánime y para poco que ha echado Dios al mundo. ¡Ay de mí! Jamás pensé verme en trance tan aflictivo como el que hoy ha llenado mi espíritu de turbación y congoja. Ni en pesadilla sentí jamás angustias como estas: tales fueron, que durante largo rato las tuve por hechura de mi mente febril. Figúrense mi terror cuando el brigadier Sr. Aristizábal me comunica que tengo que auxiliar a no sé cuántos reos de muerte, por no haber en este ejército suficiente personal de capellanes para tan triste servicio. Yo que tal oigo, échome a temblar; los cabellos se me ponen de punta y no me queda gota de sangre en el mísero cuerpo. Nunca había visto yo la muerte violenta más que en la Plaza de Toros, donde, por tratarse de animales, rarísima vez de personas, nuestra emoción no pasa del grado inferior, y va compensada del entusiasmo y alegría que a los aficionados a este arte nos comunica el calor del fiero espectáculo. Pero ¡ay, Jesús mío!, en ningún tiempo vi matar a mis semejantes, y menos con la fría serenidad aterradora de los actos de justicia. No, no: yo no sirvo para eso, y abomino del ministerio castrense, que somete al mayor de los suplicios mi alma generosa y cristiana. «Pero ¿qué reos son esos a quienes tengo yo que auxiliar? -me decía yo, vagando como un demente de una parte a otra con las manos en la cabeza-. ¿Qué delito han cometido para que se les sacrifique inhumanamente? Antes que conducirles al matadero, iré a ver a mi amigo el de Luchana, y de rodillas le pediré la vida de esos infieles, probablemente condenados por alguna falta de disciplina, la cual, digan lo que quieran los espadones, no es ley moral ni cosa que lo valga».

Y cuando esto decía, me vi cogido del brazo por Fernando, el cual me hizo notar que toda la tropa se ponía en movimiento hacia el camino de Vitoria, con vivo estrépito de cajas y clarines. Hermoso era el espectáculo según él, a mis ojos tristísimo, porque la formación, y los toques militares, y el paso (p.5125) guerrero, y la vista de los gallardos jefes a caballo, y todo aquel tumulto de vocerío y colorines, traía con más vigor a mi mente la idea de la cruel Ordenanza. Llevome consigo Fernando a los alcances de la tropa, y por el camino me dijo que se preparaba un acto de reparación con toda la pompa y rimbombancia que la justicia militar exige. Espartero quería castigar con mano severa los actos sediciosos de Miranda, Hernani, Vitoria y Pamplona, y a los infames asesinos de Ceballos Escalera y D. Liborio González, de Sarsfield y Mendívil, pues si no se contenía la indisciplina, el ejército se convertiría en horda salvaje; el arma creada por la Nación para su gloria y defensa sería una herramienta de ignominia.. y entre facciosos y jacobinos harían mangas y capirotes de la pobre España, resultando al fin que las naciones extranjeras vendrían a ponernos grilletes y bozales. Declaro que Fernando me convencía y no me convencía; no sé cómo expresarlo. Sus razonamientos eran juiciosos; pero a mí no me entraba en la cabeza que por achaque de marcial honrilla tuviese yo que añadir mi autoridad religiosa al acto fúnebre de castigar a los que por matar sin reglas deshonraron su oficio de matar. Esta idea me volvía loco. En el principio se dijo: «no matarás». Cristo Nuestro Señor nos ordenó perdonar las ofensas y hacer bien a nuestros enemigos. Al que me compagine esto con las guerras y con la Ordenanza militar, le regalo mi jerarquía vicarial castrense, con el uso de collarín y botones morados, y de añadidura mi encomienda de Isabel la Católica, última gracia que merecí de los superiores, sin que sepa nunca por qué.

De nada me valía mi santa indignación, y allá me fui casi arrastrado por Fernando, que presenciar quería la hecatombe. Y por Cristo que D. Baldomero había dispuesto con arte la escena, formando toda su hueste en un grandísimo cuadro. Detrás de la infantería del Provincial de Segovia, que era el cuerpo delincuente, vi masas de caballería formidable; a esta otra parte, la artillería, cargada con metralla, según me dijeron; enfrente, los Guías (p.5126) del General, la tropa de más confianza; en medio, recorriendo las filas, el de Luchana, en un fogoso caballo que pintado parecía. El gallardo mover de sus remos, la arrogancia de su enarcado cuello, como su espumante boca, mostraban el hervor de su sangre guerrera. Con militar grito, que hacía poner los pelos de punta, Espartero mandó armar bayoneta. El chirrido que a esta operación acompaña recorrió las filas de un cabo a otro, produciendo en mi pobre piel el mismo efecto que si todas las puntas de aquellos hierros quisieran acariciarla. Siguió un silencio angustioso, en el cual se precipitó de improviso, como los truenos en el seno de la noche, el ruido de todos los tambores redoblando juntos. Cuando callaron, el silencio era más imponente. En mis oídos zumbaba la sangre de mi cerebro, repitiendo la palpitación de los pulsos de todos los hombres que estaban allí. Mirando a las caras mas próximas, en ellas veía reflejada mi pavura.

Mandó Espartero a su escolta y ayudantes que se alejasen, y se quedó solo en medio del cuadro.. Accionando con la espada, rompió en voces que parecían truenos.. Nunca, ni en el púlpito, ni en los clubs, ni en las Cortes, oí una voz que más hondo penetrara en el oído de los que escuchan. Apliqué mi oreja, haciendo con la mano pabellón, y sin entender bien los conceptos, ello es que me conmovían, no sé por qué. El tono elocuente me llegaba al alma, y si el sentido se quedaba en el aire, yo adivinaba en él no sé qué grande, sublime lección. Al principio apenas cogía palabras sueltas; luego, como si el silencio, a cada instante más profundo, destacase las ideas, llegué a pescar trozos oratorios. Oí este: Sangre preciosa tantas veces prodigada en los campos de batalla.. El orador hizo luego una interrogación, a la que contestó todo el ejército con un sí, que me sonaba como el silbido de un huracán.

Después oí algo más, esta frase: Era la noche.. un fúnebre ensueño ocupaba mis sentidos.. La feroz discordia que peina serpientes por cabellos.. Por Dios que fue de mi agrado la figura; mas no comprendí a qué venía. (p.5127) Pareciome después que el General se lanzaba a la idolopeya.. describía la aparición de un espectro, que no podía ser otro que el de Ceballos Escalera.. Sombra ensangrentada, despeluznada, yerto el rostro y despedazado su cuerpo.. Pensé yo que en el estilo militar podían perdonarse tantas asonancias.. La sombra habla al orador, y le dice: Mira cómo me dejaste, mira cómo me ves. Repara mi agravio, salva a la patria.. En aquel momento, la voz de Espartero no parecía voz humana. Sin poder fijarme en la retórica, yo lloraba. Quería ser crítico, y era un pobre ignorante, fascinado por la ocasión, por el aparato escénico, y, sobre todo, por el acento, por el arranque, por el gesto del orador. Vuelto hacia el paraje donde yo me agazapaba tras de la tropa para oírle, señaló con la espada a la villa, y pude oír claramente estas expresiones: Allí.. allí unos cuantos asesinos, pagados por los agentes de D. Carlos, clavaron el alevoso puñal en el corazón de un hijo predilecto de la patria.. Allí el trono de la inocente Isabel se conmovió al faltarle una de sus más fuertes columnas.. allí os arrebataron un amigo, digno de serlo vuestro, porque lo era mío; allí el príncipe rebelde consiguió una brillante victoria con la muerte de un poderoso enemigo, y allí, por último, los manes humeantes de la ilustre víctima claman venganza.. Vuelto hacia el otro lado, soltó un hermoso epifonema, después una vituperación, inmediatamente una histerología o locución prepóstera, y luego, señalando al Provincial de Segovia, en cuyas filas se ocultaban los asesinos, gritó: Que les delaten inmediatamente sus compañeros, o el regimiento será diezmado en el acto. La voz y la espada eran rayos.. Me retiré con las manos en la cabeza. No podía oír más. ¡Horrible susto!.. creí que ya estaban contándolos para matar uno de cada diez.

Después supe que, aterrados y confusos, algunos delataron a los culpables. Eran éstos treinta y tantos.. Yo corrí; pero con mala suerte, porque me cogió Fernando, señalándome el camino que había de seguir, el cual a una venta próxima conducía. «¿Y qué tengo yo que hacer en la (p.5128) venta?» le dije.. No pude escabullirme, y allá me llevaron, teniendo la desdicha de encontrar por el camino al maldito Ibraim, que me daba prisa, como si fuéramos a una fiesta, o a apagar un fuego. La tropa se puso en marcha.. Vi a los delincuentes escoltados por los Guías.. Metiéronles en la venta.. Un consejo de guerra, que actuar y sentenciar debía sumariamente, les aguardaba.. Cinco capellanes éramos; pocos a mi entender para tantas víctimas. Luego supe que los condenados a morir, o sea los más criminales, eran sólo diez. Los demás irían a presidio. ¡Diez! También me parecía mucho.

No tuvimos que esperar largo tiempo los ministros espirituales, porque los de la ley humana despacharon en un periquete, dándonos el ejemplo de la brevedad, tan recomendada en cosas militares. Ibraim me pareció satisfecho de contribuir con su capacidad eclesiástico-castrense a la purificación del ejército. Encontraba muy natural la pena, y se condolía de que hubiera tardado tanto su aplicación. Mejores entrañas revelaban los otros tres compañeros, y uno de ellos allá se iba conmigo en aflicción y pusilanimidad. Al entrar y ver el tristísimo grupo de los diez pobres condenados, no pude contener mis lágrimas, y mentalmente les dije: «Pero, hijos míos, ¿a qué habéis hecho esa gran tontería de matar a vuestro General? ¿No sabéis que esas locuras se pagan con la vida..? ¡Vaya, que si vuestras madres os vieran en este trance..! ¿Por qué no os acordasteis de ellas antes de hacer fuego contra el superior..? Sin que me lo digáis, sé yo que todo fue obra de un arrebato, una funesta obcecación. No fuisteis a él, no, con intento de matarle; pero la enredó el demonio, y os perdisteis en un momento. Sin duda habíais bebido más de la cuenta.. Ya os veo arrepentidos; lo estabais antes de ser condenados, ¿verdad? No sois vosotros tan malos como el General os cree. ¡Vaya, que os ha dicho unas cosas..! Perdonadle también, y preparaos a gozar de Dios, que os espera..». Casi las mismas expresiones empleé después con los dos que me tocaron, (p.5129) guapos chicos, ¡ay dolor! Y que estaban de veras arrepentidos. Mataron como por juego, sin mala idea. La guerra les enseña a segar vidas, a hendir con la bayoneta vientres y espaldas, a disparar el fusil contra cráneos y pechos, y acaban por apreciar en poco las vidas de nuestros semejantes. Cierto que su General era su General. ¡Pues estaría bueno que las honrosas armas empuñadas para defender a la Reina, contra un corifeo de la misma augusta señora se volviesen! Hay que matar con reglas, ya que el matar dicen que es necesario. ¡Maldita guerra, escuela de pecados, salvoconducto de los impíos, precipicio a que ruedan las almas, simulacro del infierno!

El segundo que confesé era un chiquillo, que para interesarme y conmoverme más demostraba un valor sereno, enteramente a la romana. Creía merecer su castigo, lo aceptaba con estoica fiereza y una torva conformidad con tan cruel justicia. La confesión fue breve y me llenó el alma de angustia. Con la ternura más viva le prometí el Cielo, le pinté en breves rasgos las miserias de este mundo, ponderé las delicias de la bienaventuranza con que galardona Dios los pecadores que llegan a Él purificados por el martirio, limpia la conciencia de todo mal.. El pobrecillo me creía.. Vi en su rostro un no sé qué de confianza y placidez.. Díjome que era vizcaíno, y que por intimar demasiado con camaradas de mala conducta se veía en aquel trance; que si era cierto que podía entrar en la Gloria, moriría pensando que Dios le franqueaba las puertas de ella, y pediría misericordia con toda su alma. Repetile mis consuelos, las seguridades de que pasaba a un mundo de perdón y felicidad. Le di un abrazo apretadísimo.. Habría prolongado mis exhortaciones, mis cariños; pero no podía ser: ya todos concluían; las ejecuciones debían seguir al acto religioso con la prontitud que es norma del procedimiento militar. Breve es la misa, breve la confesión, todo rápido y a paso de carga, para tener contento al tiempo, el gran amigo de Marte.

Sacáronles a unas eras cercanas, y les colocaron de rodillas junto a una tapia, (p.5130) nosotros junto a ellos, hasta que con una seña nos mandaron retirar. Ibraim daba fuertes voces a los dos que asistía. Yo, a los míos, no sabía ya qué decirles. Creyérase que me fusilaban también a mí, según estaba de macilento y lívido. Por fin.. Yo no había presenciado nunca cosa tan horrible. Sentí un pánico superior a toda mi entereza de varón y de sacerdote; quise huir; tropecé.. recogiome en sus forzudos brazos el bruto de Ibraim. Por un instante perdí el conocimiento, y al abrir los ojos vi los diez cuerpos en el suelo entre charcos de sangre. Sonaban los tambores como mil truenos.

Vi al capitán y a dos capellanes que se inclinaban sobre el fúnebre montón, reconociendo entre las víctimas a una que se incorporaba, pataleando. Era el mío, que había quedado vivo, sin ninguna herida mortal. ¡Jesús, qué susto, qué congoja! Alguien habló de rematarle. Sintiendo como si un rayo me traspasara, me arrodillé ante el capitán de Guías y le dije: «Si a este, que se ha salvado milagrosamente, no se le perdona la vida, que me fusilen también a mí. Así se lo diré a mi amigo el General en jefe». En tanto, el pobre chico se ponía en pie, ensangrentado, más por la sangre de los demás que por la suya. Le cogí en mis brazos, gritando como un loco: «¡Perdón, perdón!». Los oficiales, para gloria suya lo digo, se pusieron de mi parte, y el Capitán corrió a ver a Espartero. Minutos después venía el indulto.. Dispénsenme mis buenos amigos: al llegar a este punto me siento tan mal por causa de la extenuación, de las terribles angustias de este crítico día, que me veo precisado a suspender la carta. Mi temblor y debilidad exigen que me recoja. La pluma dejo a Fernando, que rabiando está por quitármela, no sólo por su afán de que yo descanse, sino por el gustazo de escribir a ustedes. Él lo hará con menos turbación que este su atribulado amigo y capellán - Pedro Hillo.

Termina D. Fernando.- ¡Qué pena, amigos de mi alma, ver a nuestro pobre clérigo en funciones tan impropias de su alma candorosa, de su condición pacífica y dulce! El pobre ha sufrido lo indecible, sacando (p.5131) fuerzas de su flaqueza, y alientos de su cristiana ternura. He quitado de su mano la pluma, pues su estado nervioso y febril me inspiraba inquietud, y obligándole a tomar algún alimento, le mando a la cama, entendiendo por esto un abrigado espacio entre albardones, mullido con buenas mantas.

Leída su relación, la encuentro tan ajustada a la verdad, que en ella no tengo que añadir ni una tilde. Contará la Historia el terrible escarmiento tal y como nuestro capellán lo ha referido, con la añadidura del milagro del pobre chico ileso, que más bien parecía resucitado. Le corresponde cadena perpetua; pero su juventud puede confiar en los indultos que traiga la política, o en los sucesivos actos de regia clemencia. Se llama Buenaventura Iturbide, y es natural de Bilbao. Le han metido en la cárcel, donde apenas pueden revolverse los infelices presos por espionaje, deserción y otros delitos. Mis amigos y yo les hemos socorrido para que no perezcan de hambre. Las tristezas del desgobierno de la nación, el espectáculo de los infinitos males y desórdenes que ocasiona la guerra, abruman nuestro espíritu, incitándonos a buscar en un obscuro retiro el olvido y el aislamiento. Deseo con toda mi alma salir de este pueblo, reponerme del fúnebre espectáculo de la justicia militar. Terminada esta carta, escribiré a mi madre con la extensión que ella desea y que es para mí el más grato empleo del tiempo; le contaré todo, le daré razón detallada de mis pensamientos más íntimos, y cumplido este deber, buscaré algún descanso entre albardas, para continuar nuestro viaje mañana tempranito.

En mi cerebro traje y conservo con amor vuestra casa y vuestras personas. Vivís todos en mí: la casa con su placidez, con su blancura; vosotros con la bondad y el cariño que en mí habéis puesto, y a que correspondo queriéndoos como a hermanos. ¿Qué me dicen mis discípulas, qué mis queridos chicuelos? Me considero estampado en su memoria, como ellos están en la mía, donde les veo y les oigo. Nos hemos quedado muy tristes con esta ausencia, (p.5132) ¿verdad? Yo les juro que de buena gana picaría espuelas hacia Villarcayo, si no tuviera el compromiso de acompañar a mi capellán hasta Vitoria. No se conoce la intensidad de los afectos, y la dureza de sus ligaduras, hasta que nos damos un tirón como este que me ha separado de vosotros. En fin, no digáis que me pongo romántico y sentimental. Más sencillo es deciros llanamente que os quiero con el alma. No os he perdido, no, porque deje de veros. Feliz como ninguno será el día en que os recobre vuestro hermano - Fernando.

 

Ep-27-III -

De Pepe Iturbide a su padre, Casiano Iturbide, residente en Bilbao

Miranda de Ebro 1.º de Noviembre.

Señor padre: Sabrá que mi querido hermano Ventura es salvo, no por misericordia del superior, sino por milagro que hizo el Altísimo, no permitiendo que le dieran muerte las balas disparadas sobre él; con lo que queda dicho que le fusilaron, sin que pudiéramos mis compañeros y yo hacer nada para librarle de la pena, por lo que le diré ahora o después; que tantas cosas desgraciadas nos ocurren, juntamente con la felicidad de ver vivo a Ventura, que no sé por cuál empezar. Trajéronle a la cárcel, donde le están curando las heridas, que no son graves; su condena, por conmutación, es de presidio para toda la vida, y aquí le tenemos, con lo que dicho queda que en esta malditísima cárcel moramos todos, el que suscribe, y Zoilo Arratia, y también el amigo Pertusa, a quien damos la encomienda de escribir por todos, pues ya sabe usted lo torpes que somos Zoilo y yo para la escritura corrida, y lo bien que menea la pluma D. Eustaquio.

La parada que por cosas de Zoilo tuvimos que hacer en Villarcayo nos retrasó, y llegamos aquí más tarde de lo que creíamos. Era mi propósito entregar al General Van-Halen la carta del Sr. de Gaminde, y empezar mis diligencias al objeto de sacar a Ventura del Provincial de Segovia (señalado por indisciplina para un severo castigo) y pasarle a otro cuerpo. Pero la mala suerte o nuestra tardanza, ¡ay de mí!, quisieron que aquellos cálculos tan juiciosos salieran (p.5133) fallidos, pues apenas entramos en el pueblo, y cuando nos hallábamos reparando el cuerpo con unas sopas, fuimos detenidos y apaleados, se nos registró de la coronilla a los calcañales, quitándonos cuanto llevábamos, dinero, armas, cartas y papeles, y para remate de tanta picardía nos encerraron a los tres en el más pestilente calabozo de esta cárcel, donde pedimos a Dios y a la Virgen Santísima que los gruesos muros se vuelvan de cartón para escaparnos, o que a traernos la preciosa libertad venga una mano bienhechora.

Pero han pasado dos días, y no viene a salvarnos mano de hombre ni providencia de Dios, y estamos ya en el colmo de la desesperación, maldiciendo al cielo y a la tierra. Zoilo es el más inconsolable: se da golpes en la cabeza, se arrastra por el suelo, echa de su boca horrores, muerde los barrotes de la reja, como un ratón cogido entre alambres. Pertusa es el que lleva con más calma nuestra prisión, pues su acendrada fe le da confianza en Dios misericordioso y en el triunfo de la inocencia. Mientras Zoilo blasfema y se da golpes, Eustaquio reza; su religiosidad se me va pegando, aunque no tanto como yo quisiera. Yo lloro; pienso en mi casa y mi familia, y aguardo el instante de la libertad preciosa que nos han robado estos cafres. Desde el calabozo, diré más bien sepulcro, oímos ayer el ruido de la tropa que salió a formar cuadro hacia la parte del camino de Vitoria. Al estruendo de los tiros, temblamos de pavor, redoblando cada cual sus demostraciones: yo mis llantos, Zoilo sus blasfemias, Eustaquio sus Padrenuestros y Avemarías. A poco de esto vimos por la reja que traían a Ventura vivo, aunque manchadito de sangre; me puse a chillar con fuertes alaridos, y los carceleros se apiadaron de mí, permitiéndole entrar en nuestra mazmorra, para que yo pudiera abrazarle y él contarnos el caso feliz de su fusilamiento milagroso. Dice Eustaquio que ya en esto se ve claramente la mano de Dios, la cual no ha de tardar en venir hacia nosotros, pobrecitos inocentes perseguidos de infame justicia. Luego se llevaron a mi (p.5134) hermano a la enfermería, para curarle sus leves heridas con salmuera y vinagre, y no he vuelto a verle, aunque sé por el calabocero que está bien, comiendo como un descosido y deseando que le destinen a donde ha de cumplir su condena.

Por la declaración que hoy nos han tomado caigo en la cuenta de que nos acusan de espías del faccioso, y a mí, por añadidura, de desertor, lo que si es verdad por un lado, por otro no lo es. Cierto que me escapé del Provincial de Toro; pero yo y otros doce muchachos bilbaínos que fuimos agregados al batallón, no servíamos como tales soldados de la Reina, sino como milicianos auxiliares, y no teníamos obligación de estar en filas más que dentro del terreno de Vizcaya, conforme a fuero, y así consta en papeles que firmaron D. José Arana y el General San Miguel.. De los trece, cinco abandonamos el batallón en Guardamino, después de batirnos heroicamente, aunque me esté mal el decirlo. Bilbaínos somos, y pertenecemos a la sacra Milicia Urbana, que obligada está, ¡vive Dios!, a defendernos contra esta picardía de meter en la cárcel a tres hombres de bien, que han derramado sangre preciosa por la patria, bajo estas o las otras banderas.

Haga por librarnos de tan horrendo suplicio, amado padre, poniendo en conocimiento del Sr. Arana, del Sr. Gaminde y de todos los pudientes de esa, la desgracia que nos aflige, para que manifiesten al señor Van-Halen y al invicto General Espartero nuestra honradez y circunstancias.

Cedo la vez a Zoilo, que ahora sale con la tecla de no querer escribir, porque su rabia le corta el dictado y no sabe poner sus ideas en orden, como es conveniente en todo buen discurso. Reniega del género humano, y hasta de las potencias celestiales, llegando a la gran abominación de decir de Dios cosas muy feas por haber consentido este vituperio. Tanto yo como D. Eustaquio, con su bendita mansedumbre, tratamos de traerle a conformidad, y le hablamos de su cara familia para despertar en él sentimientos que no sean la ira loca. Pero no cede a nuestras razones blandas, ¡pobre (p.5135) amigo!, y me temo que su furor de independencia y el ver su voluntad entre hierros le lleven a convertirse de hombre sesudo en bestia feroz. ¡Dios tenga piedad de él y de nosotros!, ¡ay! Por su cuenta notifico que no hemos encontrado a Churi, y que en ningún punto de los recorridos nos han dado razón del desdichado sordo. Dice D. Eustaquio, y por su cuenta lo pone, que cuando le conoció en el Bocal, iba pegadito a las faldas de una que llaman Saloma la baturra, de quien estaba locamente enamorado, en tal extremo de pasión, que era un puro volcán que reventaba con gestos furiosos y expresiones desatinadas. Le tuvo entonces por hombre perdido, abocado a un fin desastroso, el cual teme sea ya un hecho, o, lo que es lo mismo, que ya no se encuentre el pobre Churi en el mundo de los vivos. Con todo, si nos devuelven la libertad y Zoilo recobra su ser, indagaremos hasta encontrarle, empezando por tomar lenguas de esa señora baturra, que pertenece a la cuadrilla del llamado Uva, cantinero.

Concluyo, mi señor padre, pidiendo a usted la bendición, y mandando los cariños más acendrados a mi amadísima hermana Mercedes, y a mis hermanitos Deogracias y Lucas, a quien repartirá usted cuantos besos sean menester para contentarles a todos, así como buenas memorias a la Encarnación y a Camilo, y a los demás de casa. ¡Cuánto han de llorar, señor padre, usted el primero, cuando sepan la infausta prisión mía! Señor, desde este infierno lanza un ¡ay!, dolorido en demanda de socorro, y con las alas del corazón hacia Bilbao gimiendo vuela, su cautivo amante hijo - José Iturbide.

P. D.- Como hasta hoy martes, día de los Fieles Difuntos, no puede salir la carta, le añadimos este parrafito para que sepan que seguimos en la propia miseria y desesperación, ignorantes de cuál será nuestro fin. A mi hermano le oímos cantar anoche en el calabozo donde está con sus compañeros, condenados a pasarse la vida en Ceuta. ¿Que harán con nosotros? Espartero se ha ido; Van-Halen con él, y estos tres míseros mortales sepultados aquí, (p.5136) esperando que la caridad y la justicia nos abran la puerta. ¿Por dónde andan estas señoras..? ¿Y entre los tantísimos Santos de ayer, ¡solemne fiesta!, no hay uno, uno siquiera que nos salve? ¡Oh injuria del Cielo, oh negación de la Omnipotencia!.. Señor, estamos locos. D. Eustaquio le escribe al Obispo, a la Reina Gobernadora, a D. Pío Pita Pizarro, y creo que también al Papa. Me ha dicho que esta mañana mientras yo dormía, Zoilo dictó y firmó una carta para el caballero de Villarcayo. Ha trocado el furor por la risa, una risa enferma que da escalofríos. A sus carcajadas acompañan temblores de todo el cuerpo, y cuando D. Eustaquio le habla de Dios, ríe mordiéndose las manos. ¡Señor, Señor, piedad de estos pobres!..

 

Ep-27-IV -

De D. Pedro Hillo a los Sres. de Maltrana

La Puebla de Arganzón, Noviembre.

Aprovecho, mis caros amigos, un corto descanso en esta villa para darles referencia de nuestra feliz salida de Miranda, ambos con triste impresión de la tragedia que muy a pesar nuestro presenciamos. Si Fernando goza de perfecta salud, no puedo decir lo propio de su acompañante, el cual, por el camino, ha sentido que le rondan achaques antiguos. Hállase el tal, es decir, yo, un tanto febril, y no veo las santas horas de llegar a Vitoria para descansar a mis anchas. Creo que el susto de Miranda, que considero el más terrorífico de mi vida, me ha revuelto toda la naturaleza, sacando de los últimos fondos de esta males viejos, que yo creí dormidos o arrumbados para siempre. No se asusten, porque ello no será nada, y con reponerme de aquel terror, y con alimentarme y coger un largo sueño, pienso que he de tornar a mi habitual temple.

El tal Zoilo Arratia y sus dos compañeros entraron en Miranda, según mis noticias, el mismo día que nosotros, habiendo hallado alojamiento con rara prontitud, aunque la vivienda que se les dispuso no fuera muy de su agrado. A poco de llegar, se abrieron para los tres las puertas de la cárcel, donde gimen por los graves delitos de deserción y espionaje. De esto se les acusa; falta que sea verdad su (p.5137) delincuencia, y me guardo muy mucho de sentenciar a nadie sin conocimiento, que yo también, ¡ay!, he sido enchiquerado por conspirador, hallándome tan inocente y puro como los ángeles del cielo. Sean o no criminales los antedichos sujetos, tienen mi compasión por la pérdida de su libertad, y les deseo un buen juez, rara avis, que les redima o les condene según su merecido. Creí yo que el bilbaíno, tan oportunamente puesto a la sombra, no nos molestaría; pero no ha sido así. Poco antes de partirnos de Miranda, y cuando nuestro caballero se despedía de sus amigos en el parador cercano, llegó al nuestro una esquela escrita en la prisión por el Arratia, y a Fernando dirigida, en la cual manifiesta sentimientos contradictorios, extraña confusión de arrogancia y miedo, de amenaza y súplica, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda desesperación y delirio tienen su asiento. No viendo que por ahí nos pueda venir peligro, y atento a evitar a Fernando hasta el más leve motivo de disgusto, guardé la carta y nada le dije. Informo a ustedes del suceso, porque es mi deber procurar que nada ignoren; mas no vean en él motivo alguno de intranquilidad, pues para mí no lo hay. Sólo me inquieta mi endeble salud y el deseo de llegar pronto a la gran Vitoria, donde nos alojara mi amigo el Canónigo patrimonial, D. Vicente de Socobio y Zuazo, a quien daríamos el gran berrinche si nos fuéramos a la posada. Cualquiera que sea nuestro albergue, el Sr. de Socobio recibirá las cartas que de Villarcayo, de Madrid o de otra parte del globo terráqueo se nos dirijan.. Ya viene Fernando; ya nos avisan que todo está dispuesto. Oigo el piafar de los briosos corceles. Partamos.. Dios nos acompañe. Reciban los vivos afectos del caballero y los dos mozos, así como de este humilde capellán - Pedro Hillo.

 

Ep-27-V -

De D. Fernando Calpena a Pilar de Loaysa

Vitoria, Noviembre.

Querida madre: Ya no puedo ocultar a usted por más tiempo el verdadero motivo de nuestra larga detención en esta ciudad. No había querido hablarle de la (p.5138) penosa dolencia de nuestro buen D. Pedro, esperando a que su estado me permitiese juntar en una sola noticia la enfermedad y su alivio. Por desgracia, no puedo hacerlo así, ni sabe ya contenerse mi aflicción, la cual ha de ser mayor si no la manifiesto a la persona que más quiero en el mundo. Sí, madre querida; nuestro excelente y leal amigo, el que a entrambos nos dio consuelo y ayuda en los tristes días de nuestra separación, se halla gravemente enfermo desde que a Vitoria llegamos, y hasta hoy vanos han sido los cuidados y la solicitud con que le asistimos tanto yo como el Sr. de Socobio y sus angelicales sobrinitas. El mal que le aqueja es de los peores y más dolorosos: una antigua afección a la vejiga, exacerbada en este viaje. Gran quebranto sufrió la flaca naturaleza de nuestro amado presbítero con el espanto de las terribles escenas de Miranda de Ebro; mas aunque le vi profundamente afectado, pensé que con la distracción del viaje y mi compañía, para él siempre la más grata, no quedarían rastros de aquel trastorno. Ello es que no volví a ver en mi amigo la jovial sonrisa y el temple festivo que constituyen su personalidad. En La Puebla empezaron a molestarle los síntomas primeros de su mal: su tristeza en todo el camino me reveló su padecimiento, aunque se esforzaba en ocultarlo. En cuanto nos apeamos, fue preciso llamar al médico, y el ataque tomó en los días siguientes alarmantes proporciones. Mantúvose una semana en situación estacionaria, sin alivio notorio del sufrimiento ni crisis de mayor gravedad. Pero en la siguiente, esta se ha manifestado con caracteres inflamatorios que me hacen temer un desenlace funesto. Nada he de decir a usted de la conformidad y paciencia con que este santo varón lleva su terrible mal: ahoga sus quejidos para no causarme pena, y en los trances más dolorosos intenta enmascarar su inmenso padecer con una sonrisa que me destroza el alma. Habla de la muerte sin temor y hasta con regocijo; asegura que no le importa morirse después de ver arreglados nuestros asuntos, y a usted y a mí en (p.5139) libertad y disposición de amarnos. Esta era su aspiración, este su anhelo. Viéndolo cumplido, no tiene nada que hacer en el mundo. ¡Cuánta abnegación, qué alma tan hermosa!

La asistencia facultativa es excelente, pues el Sr. Busturia, hombre de no común saber, grave y estudioso, pone sus cinco sentidos en mi enfermo. De mi cuidado y vigilancia, velando a su lado noche y día, nada tengo que decir a usted, pues ya comprenderá que no haría más por el hermano más querido.. Si ocasiono a usted una gran pena contándole el malestar de nuestro pobre amigo, me consuela el dar a mi madre una parte de mi tribulación, seguro de que la tomará generosa, por ser mía, y por ser objeto de ella el hombre nobilísimo y desinteresado que con tanta lealtad nos ha servido.

En estas ansiedades que sufro, siento a mi madre conmigo; ella me da aliento; ella redobla mi abnegación; su grande espíritu me conforta. Quiera Dios que en mi próxima carta pueda enviarle mejores noticias su amante hijo - Fernando.

 

Ep-27-VI -

Del mismo a la misma

Vitoria, Diciembre.

Madre querida: Si en mis tres últimas vengo transmitiendo a usted esperanzas con gradación muy lenta, en esta, que es la cuarta de Diciembre, creo poder darlas con menos miedo de equivocarme. Me dice el médico que cree sorteado el gran peligro, y que el enfermo entra en un período de reparación, si bien es tal su debilidad, que aquella no puede ser rápida. Ya su estómago admite alimento, y estas noches últimas ha dormido con sosiego algunos ratos. El grave riesgo de la reabsorción parece conjurado totalmente. No obstante, me abstengo de entregarme aún a la alegría del triunfo, pues este es dudoso. Aprovechando los momentos en que le tenemos despejado, le he leído algunos trozos de las últimas cartas de Madrid, y aquel en que me expresaba usted su anhelo de vernos juntos los tres festejando el restablecimiento de nuestro capellán le afectó de tal modo, que hube de suspender la lectura porque el llanto le ahogaba.

Por cierto que no sé cómo hemos de (p.5140) pagar a este Sr. de Socobio y a su familia abnegación tan extremada. Llevamos aquí cuarenta días, con las increíbles molestias que ocasiona un enfermo grave, y ni un instante he visto desmentida la bondadosa paciencia de estos señores, ni en ninguna cara muestras de contrariedad o cansancio. ¿Proceden así por efusión caritativa, o por un exceso de sociabilidad, en la cual prevalece el culto de los cumplimientos? Creo que de todo hay en un grado superior.

Mucho me complace que ya esté en Villarcayo nuestro ínclito D. Beltrán. Aguardo impaciente su primera carta. Ojalá sea histórica, y que siga el hombre con la vena de comunicarte los sucesos políticos y militares con su gracioso pesimismo. La última que me escribió de Madrid con la reseña biográfica del nuevo Ministerio es deliciosa. ¡Cuánto más dignas de los honores de la letra de molde son esas donosas pinturas que las infinitas insulseces que fatigan las prensas uno y otro día, y que sólo servirán, como dice Bretón, para envolver los dátiles y el queso! Y ya que hablamos de notas biográficas, algo tengo que decir a usted de las mías, pues mi pobre historia, aunque parece dormida, no lo está, y cuando menos lo pienso se remueve, causándome tristezas y zozobra. Cuando esté más tranquilo y vea libre de todo peligro a mi caro capellán, le contaré a usted.. Pero no, no: se lo contaré ahora mismo, para que no caiga en cavilaciones, que la mortificaran más de lo justo.

Vamos a ello, que tengo toda la noche por mía para darle a la pluma. Hillo duerme y yo velo, platicando con mi adorada madre, que se me figura está detrás de mí, mirando por encima de mi hombro lo que escribo. Esta mañana, hallándose el enfermo muy animado, y, según decía, con ganas de vivir, hablome así: «Fernando, se librará mi alma de un gran peso si te revelo un secretico». Total: que Zoilo Arratia se presentó en Villarcayo preguntando por mí el día siguiente al de nuestra salida. No es esto sólo. En Miranda, a donde se cree que fue en mi seguimiento, acompañado de otros dos individuos que Hillo desconoce, me libré (p.5141) de tan enojosa visita por la circunstancia de haber sido presos los tres caminantes a poco de su llegada, ingresando en la cárcel. ¡Qué raro es todo esto!, ¿verdad, madre mía? Entiende D. Pedro, por algo que oyó en Miranda, que les detuvieron por espías y desertores. Casi estoy por salir a la defensa de Zoilo Arratia, no creyéndole capaz de tan feos delitos, si bien por otras infames violaciones de la ley moral le juzgue merecedor de condenación eterna. Bueno: sigamos, que aún falta lo mejor del secretico. En su calabozo escribiome el bilbaíno una carta, que recibió D. Pedro mientras estaba yo en la calle despidiéndome de mis amigos. Naturalmente, por no disgustarme, se abstuvo de dármela, y la guardó en la cartera donde lleva sus testimoniales y otros papeles de importancia. «Busca, hijo, busca ese documento y descífralo si puedes, que para mí el que tales desatinos ha escrito, más que en el calabozo de una cárcel, debiera ser aposentado en la jaula de una casa de locos». No tardé en encontrar la carta, y a la vista la tengo. Escrita con excelente letra española de pendolista, lleva en torcidos garabatos la firma del esposo de Aura. Extracto en forma breve sus conceptos delirantes y su nervioso estilo: «Estoy preso. Juro a usted que soy inocente. Bien puede creerme esto, como creerá que le odio con todo mi corazón. He venido en busca del señor D. Fernando para que celebremos pacto de amistad, matándonos como dos hombres bravos.. Sálveme, señor.. Usted me aborrece, yo le aborrezco.. Decidamos noblemente cuál debe vivir. Si usted estuviera preso, yo le salvaría. Yo carezco de libertad: démela usted; sálveme, que bien puede hacerlo con sus influencias. Seamos uno y otro libres, y al punto se verá cuál de los dos debe vivir y cuál no..».

Vea usted, señora madre, una verdad romántica, salida de la vida real, y rectifique lo que no hace mucho me escribía, asegurando que el romanticismo no tiene existencia mas que en los libros y en el irritado numen de los poetas. La tranquilidad espiritual que ahora goza usted le inspira (p.5142) estos juicios. Según vivimos, así pensamos. Las ideas audaces, las antítesis violentas son el centelleo de las Pasiones que nos agitan. La sensatez y el razonar frío nacen de la regularidad, de la satisfacción de los deseos.. La intensidad dramática de un conflicto personal, de uno de esos nudos fatales que ofrece la vida, hacen de cualquier hombre vulgar un personaje de Víctor Hugo o Dumas. Andan por el mundo más Hernanis y más Antonys de lo que ordinariamente se cree.. Sea usted benévola con mi pedantería, y no se inquiete por el repentino hallazgo de la carta romántica, que a mí no me ha causado el efecto que su autor, en este caso poeta sin saberlo, ha querido producir en mí. La guardo y espero. Me va muy bien con este clasicismo a que hemos llegado, después de tantas turbaciones y angustias, y no quiero salir de un estado en que gozo la inefable dicha de vivir en comunidad de ideas y sentimientos con mi querida madre. Pongo fin a estas cosillas con un aforismo que acabo de descubrir, y del cual doy a usted traslado para que se ría o nos riamos juntos: La felicidad es clásica.

Domingo.- No tuve prisa en terminar mi carta, porque el furioso temporal de nieve nos priva de correo, según dicen, en dos o tres días. El de Villarcayo me trajo ayer carta de Valvanera, con la noticia de estar Pepita afectada de calenturas, aunque leves, alarmantes por la deplorable propensión de esas criaturas a los males de pecho. Afortunadamente había remitido la fiebre, y esperaban una pronta mejoría. Trájome también una donosa epístola de D. Beltrán, de letra de Nicolasita, pues la menguada vista del ilustre señor difícilmente le permite ya, ni aun con cristales de gran fuerza, largas tareas de escritura. Pero su inteligencia y gracia no merman al compás de la vista. Había de leer usted, para gozar de ella como yo, la pintura de las fatigas que está pasando el pobre conde de Ofalia en la Presidencia de Ministros. Según D. Beltrán, las napolitanas han llevado al Ministerio al noble prócer y diplomático D. Narciso de Heredia, porque en él ven al único arreglador (p.5143) de la intervención extranjera que nos libre de la guerra civil. Créese que esta vez, como las anteriores, Luis Felipe, a pesar de su amistad personal con Ofalia y de lo mucho que le considera, dirá como el pastor: «Con tu pan hago las migas, que con el viento no se oye». En cambio, el bondadoso Conde anda como atontado entre el barullo de las Cortes, elegidas antes de su nombramiento, compuestas de oradores fogosos que a todo trance quieren ministrar, aunque sea sólo por un par de semanas, para repartir docena y media de destinitos entre los hambrones de la familia. Las disensiones del General en jefe con el Gobierno le traen loco; el militarismo crece y todo lo avasalla. ¿Dónde está el hombre de Estado por quien la nación suspira? El festivo historiador Urdaneta cree que el Mesías político que esperamos no es otro que su nieto el marqués de Sariñán, hace días electo diputado por Tudela, y ya camino de la Corte, apretándole a ello la falta que hace en España su presencia, según los agravios que piensa desfacer y tuertos que enderezar. Con estas burlas de su propia estirpe mezcla D. Beltrán gallardamente juicios muy acertados sobre las diversas cuestiones pendientes, como esa zaragata que ahora se traen por restablecer los diezmos en el ser y estado que tenían antes del corte que les dio Mendizábal. La lucha entre el progreso y el retroceso como ahora dicen, se parece a la controversia que entablaron los conejos acerca de si era pachón o podenco el can que les perseguía. Confía D. Beltrán que Higinio y Alejandro, los héroes de la Granja, habrían de encontrar arbitrios de gobierno más eficaces que los de estos señores, si les pusieran en las poltronas, y les dejaran proceder conforme a su elemental criterio, sin nada de lo mal aprendido en libros o peor cursado en las aulas parlamentarias. No le oculto a usted que el donaire de nuestro anciano me hace dichoso, y que no puedo menos de ver en el fondo de él una observación sagaz y un sentido justo. Es el siglo pasado, filósofo y analizador, que se ríe del barullo en que nos hemos metido los del presente, queriendo (p.5144) cambiar de mogollón ideas, formas y costumbres. Si digo un disparate, no me haga usted caso.

Martes.- Continúa el mal tiempo, y los correos empantanados, contratiempos que tengo por insignificantes, junto a la felicidad de ver a mi querido clérigo en franca mejoría. Lo que siento es no poder transmitir a usted por los aires la expresión de mi gozo. Hoy quería D. Pedro escribir a usted un parrafito; pero no se lo he permitido, porque aún está muy débil. Ya lo hará otro día, cuando los buenos caldos de gallina que le administran estas señoras vayan dando a sus sentidos corporales la energía de que hoy carecen. Leo al enfermo lo que escribo, y con esto se entretiene y es feliz. De esta familia de Socobio contaré a usted muchas cosas: aún no es tiempo. Son todos ellos, varones y hembras, un poco arrimados al retroceso, lo cual no quita un ápice a la bondad de sus corazones y a la excelencia de su conducta social. Parientes cercanos tienen en la facción, y alguno va y viene que les trae noticias frescas de lo que en ella pasa. Me abstengo por delicadeza de hacer indagaciones sobre estos particulares, y nada les pregunto. Hoy hablaré a usted con preferencia de un conocimiento que hice anoche mismo, a poco de cenar, por mediación de nuestro bondadoso D. Vicente de Socobio. Hablome de un joven que ardientemente deseaba conocerme, y abriendo yo al instante las puertas de mi confianza al desconocido sujeto, no tardé en verle llegar a mí. En el comedor trabamos un largo coloquio, del cual vino algo parecido a la amistad, con las naturales reservas, pues el individuo de autos me ha parecido sumamente agudo, de estos que, revelando extenso saber de cosas, aún dan la impresión de que ocultan mucho más de lo que revelan. Es pájaro de cuenta, según las primeras sensaciones de mi olfato, y no rehuyo las nuevas visitas que me anuncia, pues la de hoy, para hacer boca, ha sido sustanciosa y de gran interés para mí, como verá usted por lo que voy a contarle.

D. Eustaquio de la Pertusa, que así se llama, o dice llamarse, este despabilado mozo, (p.5145) empezó revelándose como uno de los tres individuos presos en la cárcel de Miranda el día mismo de nuestra llegada: sus compañeros de viaje y de infortunio eran Zoilo Arratia y otro bilbaíno nombrado Iturbide. ¿Qué tal? Esto no lo esperaba usted, ni tampoco que mi visitante se declaró autor de la carta de Zoilo en su parte caligráfica y en algunos toques de su extravagante estilo. Vamos de sorpresa en sorpresa, mi querida madre, y no es la menor que el señor de la Pertusa está libre, como atestigua su presencia corporal, y los otros infelices continúan presos. ¿Por qué esta diferencia de suerte? ¿Será porque se ha demostrado que Iturbide y Arratia son criminales, y D. Eustaquio inocente? No, señora; precisamente ocurre todo lo contrario, y vea usted el giro paradójico de este singular caso, que entra de lleno en la esfera de las creaciones románticas. En un arranque de sinceridad y de confianza, que no sé si me asombra o me asusta, el Sr. de la Pertusa me ha revelado que sus compañeros se hallan tan limpios del crimen que se les imputa como los ángeles del cielo; él, mi romántico personaje, no podía decir lo mismo. Sin dar tiempo a que yo expresara las observaciones que sobre tan extraña confesión se me hacían, me agració con preciosos datos de su historia. En su agitada vida militar y política había desertado dos veces: la primera, de las filas de los urbanos de Huesca, donde defendió la causa de Isabel; la segunda, de las filas de Cabrera (división de Forcadell) , donde combatió por la Causa de D. Carlos. La realidad y la experiencia persuadiéronle de que ambos ejércitos eran cuadrillas de locos, igualmente ominosas ambas banderas, funestos sus caudillos, infernales sus armas; y por estas y otras razones que no podía revelar, hase afiliado en las banderas de la paz, o sea en el salvador, en el honrado y noble partido que trabaja por la terminación de la guerra, no con pólvora y balas, sino con perdones y abrazos. Siguió a esto un ardiente encomio de los elementos de inteligencia y fuerza que constituyen el tal partido, al cual (p.5146) pintó como un gran cuerpo invisible dentro y debajo de las multitudes combatientes y en toda la extensión de la masa social española. Clero y milicia, nobleza y estado llano, forman la inmensa hueste de la concordia, y ha de alcanzar esta provocando lo contrario, o sea la discordia, en el seno de cada uno de los partidos guerreros. No me parecía mal este plan de campaña de los pacíficos, y al punto lo relacioné con los últimos disturbios en el ejército de la Reina y los síntomas de indisciplina en el de Don Carlos. En buen hora viniese la descomposición si con ella venía la paz; pero esta no me parecía, y así se lo dije, muy firme y sólida, fundada sobre el cimiento de las energías corruptas.

Oyendo al exaltado joven, que se me iba representando como un pez muy largo y de muchísima trastienda, me asaltó una idea, después otra.. Pensé primero en la monstruosidad inconcebible de que siendo culpable D. Eustaquio e inocentes sus compañeros, hubiera recobrado el malo la libertad y los buenos no. Interrogado por mí con vehemencia acerca de este punto, díjome calmoso, clavando en mí sus ojos penetrantes: «Ellos están presos porque no tienen quien les ampare. Yo estoy libre porque cuento con relaciones, y por muy hondo que caiga, no me falta nunca un clavo sólido a que agarrarme. Escribí a un amigo, este habló con un personaje que no puedo nombrar, y héteme en la calle, sin que se nos dijera por qué salía yo y mis compañeros se quedaban». Tanta iniquidad, injusticia tan cínica y desvergonzada, me sublevaron. ¿Pero España es así y ha de ser siempre así? ¿Es en ella mentira la verdad, farsa la justicia, y únicos resortes el favor o el cohecho? ¿Y sobre ese terreno, más bien charca cenagosa, se quiere fundar cosa tan grande como la paz?

Voy a la otra idea, que sin atormentarme como esta, también embargaba mi espíritu. «¿Por qué viene D. Eustaquio a contarme a mí todas estas cosas? -me decía yo, observándole sin dejar de oírle-. ¿Qué ha visto en mí que pueda inducirle a tales confidencias? ¿Es un conspirador, un temible (p.5147) espía, o un farsante insustancial? Si su oficio es el espionaje, ¿por cuenta de quién lo practica?». De pronto surgió rápidamente de estas ideas otra, y sin preparación alguna se la solté en esta forma ruda: «Sr. de la Pertusa, usted es agente de D. Eugenio Aviraneta. No le pregunto por qué o por quién conspira, ni me importa saberlo. Sólo le digo que pierde usted el tiempo si ha intentado tantearme para que le ayude en sus maquinaciones». Y él replicó al instante, gozoso, estrechándome la mano: «Sr. D. Fernando, no puedo revelar a usted quién es mi jefe inmediato. Sólo le digo que soy soldado de la paz, algo más que soldado, aunque no es bien que declare por ahora mi graduación. Por la paz trabajo, por la paz sufro persecuciones. He querido conocer y tratar a usted, porque el señor Socobio, a quien reverencio como a uno de los más calificados de la Causa pacífica, le designó entre los que creen que para terminar la guerra debemos meter cizaña en ambos ejércitos, desacreditar a sus caudillos, fomentar el cansancio de la tropa, el hastío de los pueblos». Yo no había sostenido que esto se hiciera y trabajara como se amasa y cuece un pan, sino que era un hecho, un caso real, engendrado por hechos y casos precedentes. Pertusa, que, como todos los conspiradores, declaraba obra suya los fenómenos históricos, producto de la vida colectiva, afirmó que lo que yo llamaba hechos era resultado de la campaña de los pacíficos. Despedile al fin, fatigado de tan larga conferencia; pero él me anunció nueva monserga para el siguiente día, ansioso de comunicarme cosas que a su parecer me interesaban, y a cambio de este servicio me pediría mi cooperación en una forma que no había de comprometerme. Más que mi recelo ha podido mi curiosidad, y aquí me tiene usted con más deseo que temor de que vuelva.

He vacilado, querida madre, en expresar aquí una idea que me asaltó; pero dejando pasar la noche sobre ella, mi voluntad se ha decidido a manifestar a usted todo lo que pienso. He dormido mal, atormentado por esta idea, más bien propósito, que (p.5148) va usted a conocer ahora mismo. La injusticia me irrita, me subleva. No sea el favor instrumento del mal; séalo alguna vez del bien. Tengo amistades valiosas; dispongo de algún favor. No soy digno de mí si no voy a Miranda y pongo en libertad a los dos inocentes Zoilo Arratia y José Iturbide.

 

Ep-27-VII -

Del mismo a la misma

Vitoria, Diciembre.

Madre amadísima: Doy y usted me da los parabienes por la mejoría de nuestro capellán, ya bien manifiesta, y la informo de la segunda aparición del tal Pertusa, en el cual veo ya claramente un pájaro muy sutil. Añado que es agradable, de rostro moreno, con vivísimos ojos de ratón, sonrisa de pícaro redomado, mediano de cuerpo, de palabra fácil y graciosa. Un detallito para concluir de pintarle: estudió para cura; hasta recibir las primeras órdenes. Dejando la Iglesia por las armas, recibió en las filas de los urbanos primero, en las de Cabrera después, la última mano de la educación social con borla de doctor en toda humana picardía. En filas le dieron el mote de El Epístola, que ostenta como recuerdo glorioso de sus campañas.

Voy a mi asunto. En la de hoy interesante visita (trasposición tenemos) , empezó por suplicarme el suministro de cuatro onzas para proseguir su viaje, de que han de resultar notorios beneficios a la Causa pacífica, y antes de saber mi conformidad con este audaz expolio, me doró la píldora, notificándome que en Vitoria se hallaba la cuadrilla de Uva, en la cual hay personas que podrán darme informes preciosos de lo que más vivamente me interesa. ¿He dicho algo a usted de la cuadrilla de Uva? Creo que sí. En efecto, la banda de cantineras ha entrado en Vitoria con la división de Buerens. Y puedo decirlo por propio conocimiento, pues cuando escribo esta ya estoy de vuelta de la posada de San Blas, donde, guiado por el amigo Pertusa, he podido ponerme al habla con los apreciables vagabundos que surten de aguardiente a nuestros soldados. El primero que me saltó a la vista, por conocerle de antiguo, fue Churi, el endiablado sordo, que se manifestó (p.5149) descontento de verme, y no empleaba, como otras veces, el lenguaje de sus garatusas expresivas. Su estado de ropa y carnes es lastimoso. Me causó mucha pena; díjele como pude que a Bilbao volviese con su familia, y el Sr. Uva, un sujeto que afecta gravedad impropia de su condición y oficio, respondiome por él que eso mismo le recomendaba la cuadrilla toda, sin conseguir quitársele de encima. Una mujer a quien llaman Seda, huesuda, larguirucha y muy charlatana, pegó la hebra; y como notase en mí no poco agrado de oírla, me llevó aparte, y entre sacos de paja y dornajos, me largó esta página biográfica, que extracto para no cansar a usted.

El tal Churi, que padece la enfermedad o monomanía del amor, con la contrariedad de que su sordera le imposibilita para satisfacer su espiritual anhelo, se prendó locamente de una hermosa mujer llamada Saloma la navarra; rechazado por esta, y brutalmente apaleado por un tal Galán, al parecer marido, recayó el infeliz en su dolencia, eligiendo para dama de sus pensamientos a otra graciosa mujer, también llamada Saloma, con el aditamento diferencial de la Baturra, y tanto la persiguió el pobre bilbaíno con sus galantes obsequios, tales muestras le dio de la fineza de su inclinación, que hubo la moza de sentir, si no amor, compasión, accediendo a concederle su cariño. Si este satisfizo en los primeros días al desgraciado joven, pronto hubo de encontrar que el forzado afecto de la baturra no colmaba la ilusión de su alma enamorada, ávida de inefables consuelos. Se advierte que las aspiraciones amorosas de Churi son elevadísimas, no contentándose con la fácil conquista de la mujer, sino pretendiendo la suprema comunión, el himeneo ideal..

Ya comprenderá usted, querida madre, que con los datos que me da la señora Seda, en su rudo y deslavazado estilo, compongo yo mi historia, procurando la mayor fidelidad en lo sustancial. Sigo, con el recelo de que usted verá en lo que escribo antes la novela que la historia. Lo mismo da: adelante.. Pues a las dos semanas, Saloma no (p.5150) podía resistir ni la persona ni las extremadas demostraciones patéticas del pobre Churi. No pocos anduvieron en compañía de dos individuos de la cuadrilla de Galvana, trayendo y llevando recados a una señora que se apareció medio loca en Orduña, y anduvo desatinada por los caminos, hasta que su familia la recogió en Salinas de Oñoro. Con los enredos que de dicha señora se traían, fueron Saloma, Churi y sus dos compañeros a La Guardia; siguieron hacia la Bastida, y como la baturra no se recatase en manifestar su preferencia por uno de los de Galvana, guapo mozo, cabal en todos sus sentidos, trabáronse el tal y Churi en grande pelea, primero a puño limpio, luego con navajas, de la cual porfía resultó la dama más estropeada que los galanes; volvió el sordo lleno de achuchones y puntazos al corral pacífico de Uva, y de Saloma no se supo más sino que en Miranda terminó su turbada existencia, recibiendo cristiana sepultura en el camposanto de aquella villa.

Madre mía, oigo a usted exclamar: «novela, novela», y yo digo: «historia, historia». Pulimentando la forma del texto, por el maldito vicio de corrección a que nos induce la llamada cultura, sé que echo a perder el pintoresco relato de la señora Seda. Pero ya no tiene remedio. ¿Cuándo inventarán un daguerrotipo de los sonidos que nos permita sorprender la palabra humana en toda su espontánea belleza..? Pues sigo..

No, no sigo, que estoy cansado. Hasta mañana.

Viernes.- ¿Se fijó usted en la muerte de la Baturra? He aquí un enigma descifrado. Yo mismo empiezo a dudar, y digo con usted: «¿novela..?». Adelante. Agregado Churi otra vez a esta cuadrilla, no pasó mucho tiempo sin que aparecieran nuevas erupciones del volcán de su pecho. No habiendo por allí hembras del buen ver de las dos Salomas, navarra y baturra, ofreció su alma a una viuda que vendía tabaco, la cual le doblaba la edad, conservando restos apenas perceptibles de una destruida hermosura, contemporánea de Talavera y Arapiles. Díjome Seda con discreción que si no había logrado el sordo poner digno remate a su (p.5151) conquista, no debía de andar muy lejos de ello, a juzgar por ciertas blanduras que notaba en el arisco carácter de la Pringosa, que así llamaban al nuevo ídolo. Lleváronme a verles en un corral donde el galán y la dama, con otros de la partida, se ocupaban en los poéticos menesteres de limpiar él los borricos, y ella de remendar los aparejos. Hallé en la dama notoria semejanza con una característica que hemos visto en Madrid mil veces haciendo papeles de patrona o de Celestina en piececillas y sainetes; pero no puedo recordar cómo se llama. Traté de interrogar a Churi para que me aclarase el punto (convengamos en que la verdad se tuerce y descompone en mis pobres manos, convirtiéndose en novela) , el punto obscuro, digo, de la señora trastornada, de la señora que vagaba por la Peña de Orduña, de la señora.. en suma, de la que habría tenido un dramático fin, si no la recogiera su familia en Salinas de Oñoro; mas nada pude obtener del desgraciado mozo, que parece ya tan corto de inteligencia como de oído, y es un arca cerrada con las llaves de la imbecilidad. Sus ojos, antes tan vivaces, ya se cuajan atónitos y mortecinos; su boca ha perdido los mohines que sustituían la palabra; su cuerpo languidece. No hay manera de entenderse con él ni de que pronuncie dos conceptos acordes. Parece que sólo le entiende la Pringosa, y que su alma, aislada de todo el Universo, sólo para ella tiene lenguaje y expresión de alma humana. Dejele al fin, cansado de sacudir golpes en aquella puerta para que se abriese. Está enmohecida, y las ideas que guarda también son roña y podredumbre. ¡Infeliz Churi!

Antes que se me olvide: el gran presbítero entra en convalecencia franca. Come y bebe con mediano apetito. Le permito el uso de lápiz y papel para que satisfaga el deseo de escribir a usted participándole su resurrección. Pues sigo: me ha parecido que el servicio del Epístola, dándome a conocer la sociedad de los aguardenteros, a quienes debo tan útiles informes, bien merece una recompensa. He puesto en su mano tres onzas, asegurándole que (p.5152) disfrutará de otras tres si cuando regrese de Vizcaya, para donde parte sin dilación, me trae noticias auténticas de todos los individuos de la familia de Arratia.

Sábado.- Me ha turbado toda la noche, quitándome el sueño, el recelo de que usted no apruebe el encargo que di al condenado Epístola. Lo primero que hoy hice, al levantarme, fue mandarle venir a mi presencia para retirar mis órdenes y deseos de nuevas noticias. Con otra pelucona completo lo que me pidió, y le advierto que no quiero saber nada, que no se acuerde más del santo de mi nombre. Pero mientras corto comunicación con un pasado triste, veo que se adhiere más y más a mi espíritu la idea que ya manifesté. Quiero libertar a Zoilo Arratia, quiero emplear en aquel desgraciado enemigo mío los sentimientos de justicia que llenan mi corazón. Nada haré sin el consentimiento de usted. ¿Cree que me conviene guardar para otra ocasión mi sed de justicia, y que mi cristiana idea no debe tener aplicación por ahora? Dígamelo: que no hay para mí mayor gozo que someter mi criterio al de mi buena madre, y expresar con mi subordinación mi grande amor. ¡Oh, que no fuera mañana mismo el venturoso suceso que usted me anuncia, reunirnos en una casa que comprará en Burgos, Briviesca, o Medina de Pomar! ¿Dónde? Si usted no me lo dice, me encariñaré con el sitio antes de conocerlo. Puesto que usted aguarda sólo a que calmen los fríos para venir cerca de mí, a mi lado quizás, yo al lado suyo, contaré los días que restan de Diciembre, los del próximo Enero, calculando que al término de ellos comenzará la mayor dicha de mi vida. Y cierro esta: ya es bastante. El tiempo mejora; la nieve se derrite; el frío es tolerable. Que pase, que pase pronto. Días asoleados y placenteros, venid, venid. Abrazos mil de su amante hijo - Fernando.

 

Ep-27-VIII -

De Pilar de Loaysa a D. Fernando

Madrid, Enero de 1838.

Hijo mío, niño, sí, sí, cuando pasen los fríos.. Pero estos fríos, ¿qué hacen que no pasan? Por mí no los temo, a pesar de mi delicada salud; pero me han fijado ese plazo, y (p.5153) es forzoso que yo me someta a la voluntad de quien puede y debe dirigirme.. Ya han pasado los Santos Reyes, tan guapos con sus trajes de púrpura, su lucido séquito, sus camellos arroganes.. Ahora estoy esperando al venerable San Antón, con la barba hasta la cintura, su tosco sayal, y el cerdito tan mono; le oigo ya los pasos.. Tras él, muy cerquita, viene San Sebastián, y poco falta ya para estar a las puertas de febrerillo loco. Pronto, niño mío, sí, prontito.. ¡qué gusto!

¡Ay, ay, cuánto he llorado con tu última carta! Tu anhelo de justicia, tu sublime rasgo de caridad, salvando al enemigo injustamente condenado, te enaltece a mis ojos; me siento orgullosa de ti. Ríanse otros de la caballería, de ese ideal del bien y la justicia tan arraigado en almas españolas; yo no me río, no puedo reírme de eso. Lo llevo en la masa de la sangre. Caballeros mil tengo entre mis antepasados. En ti se reproduce mi raza generosa, cristiana, grande por el valor, por la abnegación y el heroísmo. Tienes a quién salir.

Te diré con entera franqueza lo que pienso sobre el particular. La catástrofe de tus amores en Bilbao me obligó a imponerte una sumisión absoluta, y con ella te salvé de mayores desastres; pero no he querido, no, decapitar tu voluntad ni matar tu iniciativa. No puedo menos de considerar, al propio tiempo, que al revelarme a ti y descorrer el velo de tu origen, si te he dado el consuelo dulcísimo de poseer una madre, he quitado a tu personalidad en el mundo aquel brillo, aquella dignidad ¿por qué no decirlo?, que ostentan personas nacidas de padres menos ilustres, pero en condiciones normales y regulares. Esto es tan delicado que no sé cómo decirlo. Pero tú lo entiendes, mi bien, y me basta. Bueno: pues el conocimiento de tu origen nos trajo, creo yo, la abdicación de tu voluntad. Mi amado hijo me resulta un muñequito, ¡ay, sí!, un lindo juguete sin vida para recrear la mía. No, no: esta condición muñequil no puede satisfacerte, ni a mí tampoco me satisface. El vacío de que antes hablé, producido por la irregularidad del origen, no se llena sino con (p.5154) la rehabilitación de la voluntad, para que con ella emprendas altas y nobles acciones. Lo que te falta, aprecio de ti mismo, conciencia robusta de tu valer, créalo tú con potente audacia, fundando un hombre nuevo sobre las ruinas del pobrecito chasqueado en la Villa heroica; lo que de menos tienes en dignidad por tu origen, búscalo ahora y agrégatelo y complétate.. ¿Me entiendes? Creo que sí.. Pues bien: tus impulsos de caballería me saben a gloria.. Soy muy caballeresca. Te reconozco. Apruebo plenamente que quieras ganar lo perdido. Tus ideas cristianas de suprema hidalguía y virtud son la grandeza que yo quiero para mi hijo. Sí, da libertad a ese hombre.

Pero ¡ay!.. aguarda.. no.. Me dejo arrastrar de mi imaginación.. ¿Y si te pasa algo? Ya sale aquí la madre. ¡Oh, sí!, la madre tiene que mirar por tu vida, por tu felicidad. ¿Y si todas esas grandezas morales y caballerescas me privan de tu felicidad, de tu vida..? No, Fernando, no hagas caso de ajenas desdichas. Deja a ese hombre que se arregle como pueda.. Retiro lo que habrás leído. Habló antes la ricahembra; ahora habla la madre. Súbitamente me vuelvo muy ñoña. No me resigno a que el amor de mi vida afronte los peligros de la ingratitud, de la brutalidad de un hombre que es quizás un malvado.. No, no: consérvateme muñequito; desechemos las aventuras, el quijotismo, las sublimidades peligrosas.. Ya soy vieja, y quiero mi paz, tu felicidad. Seamos clásicos, muy clásicos..

Permíteme que suspenda esto y que aguarde algunas horas para pensarlo mejor..

He pensado, y me decido al fin por que no tomes ninguna resolución, al menos hasta que yo vaya y hablemos. El otro podrá aguardar en la cárcel. ¿Qué le importa un mes más o menos? Seamos egoístas.. digo, clásicos.

No estoy conforme, no. Me tomaré un plazo más largo, toda esta tarde y toda la noche. Mañana, con mi cabeza despejadita y fresca, pronunciaré sentencia definitiva. En tanto, no habiendo para mí otra alegría que escribirte (pues mientras vacío en el papel mis pensamientos, me figuro, como tú, (p.5155) que por encima de mi hombro miras lo que escribo) , déjame que garabatee un poco más, hablándote de otros asuntos. Pues sí: le cuento los pasos al buen San Antón, y preparo mis bártulos minuciosamente, apuntando todo lo que he de llevar para que no se me olvide nada. A mi muñequito le llevo mil juguetes. Otros muñequitos como él, que se llaman Víctor Hugo, Dumas, Byron, Walter Scott, a los que he provisto de elegantísima ropa, encuadernación lujosa, con cantos dorados. Esto de los cantos dorados es objeto de mis mayores ansias, y a propósito del brillo y pureza del oro, he tenido terribles agarradas con el sastre de libros, vulgo encuadernador. Para tu romántica persona llevo también tapas lujosas, abrigos de pieles, pues me temo que aun después de mi llegada persistan los fríos enojosos. Y para nuestro buen Capellán no faltará provisión de magnífica ropa de invierno. Vigilo el arreglo de mi silla de postas y la proveo de todas las comodidades. Y no quiero ocultarte que iré bien preparada también de recursos morales, de hábiles defensas contra las intrigas de Juana Teresa. Por Valvanera he sabido que fue a La Guardia con el único objeto de denigrarme, revelando a los Navarridas secretos que descubrió revolviendo los papeles de D. Beltrán. La impresión producida en aquella gente sencilla y timorata ha sido de recelo y disgusto, pues Doña Urraca supo presentar las cosas por el lado que le favorecía, y llenar de escrúpulos el cerebro de las muchachas y de sus apreciables tíos. La situación, hoy por hoy, es la que a renglón seguido te expreso: Doña María Tirgo, resueltamente en contra nuestra, con terquedad irreductible; D. José María, vacilante, sufre grandes angustias y bascas, pues queriéndote de veras y admirándote, se siente bajo la presión y horrible dominio de los de Cintruénigo. Su mansedumbre y debilidad son un gran peligro, pues me temo que al fin su hermana le arrastre, y le veamos en una actitud marcadamente hostil. Fíjate bien en que D. José María es tutor de las niñas, y que Demetria se halla bajo la autoridad (p.5156) tutelar hasta los veintitrés años, que cumplirá en Mayo del 39. ¿Te vas enterando? Demetria no podrá contraer matrimonio sin licencia de su tutor, y este, según la ley, no está obligado a dar ninguna explicación de su negativa. Por todo lo expuesto, mi querido hijo, en conciencia debo aconsejarte que suspendas por ahora tu viaje a La Guardia. Conviene que nos demos un poquito de tono. Nuestra dignidad nos exige no mostrar un interés excesivo, ni las prisas del solicitante importuno. Ello ha de venir por su propia madurez: no nos precipitemos. ¿Estás conforme? Aseguro que sí.

Y va de noticias. Ha llegado a Madrid mi excelso sobrino el Marqués de Sariñán, con la investidura de diputado por Tudela. Pásmate: no ha ido a buscar alojamiento apropiado a su categoría en Genieys ni en las otras dos medianas fondas que aquí tenemos, y se ha metido en casa del amigo Mendizábal, sujetándose a un modesto pupilaje. Viste regularmente; pero sus camisas, obra de la tijera y aguja de Doña Urraca, ofrecen un corte de cuellos de extraordinaria novedad. A poco de jurar su cargo, se ha lanzado a la oratoria, haciendo su estreno en la marimorena de los diezmos con un discursito pálido, aprendido de memoria, que ha pasado como un rumor, sin dejar eco más que en el Diario de las Sesiones. Forma en las filas del más furioso retroceso, con Alejandro Mon, y Castro y Orozco. Dícenme que gestiona la compra de bienes monacales a bajo precio, entendiéndose con los que liquidan y tasan. De esto no respondo. Lo verosímil no siempre es verdadero.

Domingo.- He pensado, he meditado anoche.. Vuelvo de misa: en mi espíritu se confirma esta resolución, que sin duda me inspira Dios. Hijo mío, haz lo que te dicte tu gran corazón. No me determino a limitar tu libertad, la preciosa iniciativa de quien lleva en sus venas sangre de tantos héroes antiguos y modernos. Sé lo que digo, y lo escrito, escrito está. Llena mi alma la convicción de que Dios ha de protegerte, y a mí no me negará el consuelo de verte triunfante. Ansío que tu alma se (p.5157) fortalezca de dignidad, que tu conciencia se recree contemplando la nobleza de tus acciones. Dios está contigo. ¿Cómo no, si yo soy buena, si te idolatro, si eres mi vida? No temo nada. Que a ti y a mí nos gobierne tu magnánimo corazón. Mil besos de tu madre amorosa - Pilar.

 

Ep-27-IX -

De D. Beltrán de Urdaneta a Fernando Calpena

Villarcayo, Enero.

Joven ilustre: En estos regalados ocios, mi ancianidad se repara de sus quebrantos, y heme aquí menos vejestorio, no te rías, de lo que a primera vista represento. Hasta la facultad de ver, que era entre todas las mías la más averiada, parece recobrarse, y aquí me tienes escribiéndote sin auxilio de Nicolasita. Esta y su hermana me encargan que no deje para lo último el ponerte sus memorias; insisten en que las eche por delante, en los comienzos de la carta. Así lo hago, y relámete, ingratuelo, con los dulces afectos que te envían mis nietas. Toda la descendencia de mis queridos hijos está vendiendo vidas, lo que me regocija en extremo, porque dice Valvanera que yo he traído la salud a su casa. ¡Qué orgullo para mí..! Entre paréntesis, me hiciste mucha falta para las magnas obras del nacimiento que armé a los chiquillos, y para la venida de los Reyes, que representamos en el salón con desusada solemnidad, sin que faltaran camellos corpóreos, negros de carne, y la estrella refulgente. ¡Y tú en Vitoria, detenido por la enfermedad del eximio capellán! Gracias sean dadas a Dios por la mejoría de tu amigo. Sólo falta que decrete pronto el restablecimiento y os traiga a los dos para acá.

Ya sé que presenciaste en Miranda un suceso histórico. Fea y horripilante página te tocó, joven ilustre. Pero así se aprende. En mi campaña del Maestrazgo hube de familiarizarme de tal modo con los fusilamientos y el continuo sacrificio de seres humanos, que ya ni un ligero temblor me producían espectáculos tan terribles. ¡Bonita Historia de España están escribiendo unos y otros, mi querido Fernando! En parangón con esos trágicos anales, debemos presentar nosotros los del género festivo, de que te (p.5158) mandé algunos capítulos matritenses, que guardarás como oro en paño. La Providencia se encarga de encariñarme con esta para mi fácil tarea, proporcionándome activos corresponsales, que me envían, sin yo pedirlos, preciosos datos. Dime tú: ¿tienes noticia de la toma de Morella por los carlistas? ¿Sabes cómo fue? ¿A que no? Pues yo he recibido hoy mismo carta de un amigo que dejé por allá, Nicasio Pulpis, el cual, como autor principalísimo en aquel lance, me lo describe puntualmente. Antes de referírtelo, déjame filosofar un poco, déjame que sea también algo profeta, que el profetizar es propio de ancianos alumbrados por la experiencia. Pues digo que ahora, con la posesión de aquella plaza en el riñón del Maestrazgo, centro de una imponente masa de baluartes construidos por la Naturaleza, Cabrera, cuyo militar instinto y ciega bravura conozco de visu, será dueño de toda la región española que derrama sus aguas en el Mediterráneo. Pronto le verás dominando la plaza de Castellón. Ambas riberas del Ebro, desde Caspe a los Alfaques, serán suyas, y, por fin, Valencia prolífica, con sus codiciados frutos y sus lindas muchachas, caerán en la garra del fiero leopardo. Este se ha de crecer, no sólo por la importancia colosal de las posiciones que posee, sino porque su ejército y territorio se mantienen libres de la discordia y corrupción que reinan en el Norte. Lo que creó Zumalacárregui en Navarra y Guipúzcoa se desmorona por la imbecilidad del partido eclesiástico; en cambio, lo creado por Cabrera en Oriente adquiere cada día más vigor, porque allí no hay partidos, allí no hay más que la voluntad férrea de un gran soldado. El dualismo destruye la facción en el Norte; la unidad la fortifica en el Este. Verás muy pronto a Cabrera emancipándose de la autoridad de su menguado Rey, y combatiendo por un absolutismo acéfalo, que llamaremos protectorado, dictadura. He aquí, Fernandito, que lo que no han podido las realezas con el apoyo clerical y las defecciones del ejército, lo puede un pelanduscas con algunos puñados de barro popular. (p.5159) Apunta todo esto que te digo, para que si cierro el ojo antes de lo que deseo, veas confirmada en los hechos la profecía del humorístico D. Beltrán. Cuando la realeza falla, cuando la milicia es impotente, inepto el cleriguicio, incapaz la aristocracia, veamos, hombre, veamos si aparece algo grande y fuerte en medio del surco abierto en la tierra, allí por donde anda la reja del arado. ¿En dónde crees tú que está la energía? ¿En los señoritos, en la nube de palaciegos y empleados, en los de pluma en la oreja, en los de espada al cinto, en los asentistas y contratantes, en los que comen de fonda, en los que andan muy huecos porque han bebido algunas gotas de lo que llaman el espíritu del siglo? No sabes contestarme. Miras en derredor tuyo, y no ves la energía. Yo tampoco la veo; pero sé dónde está y me lo callo, porque no crean que chocheo, que desvarío. Y como te veo arrugar el ceño, corto aquí mi vena profética y te contaré cómo ganaron los carlistas la plaza de Morella, y el ingente castillo enclavado en risco inexpugnable. Pues salió de la plaza un aprovechado artillero cristino, más traidor que Judas, y propuso a Cabrera construir una escalerita, cuyas medidas bien tomadas dio, con la cual podían subir al castillo veinte hombres, favorecidos de la obscura y tempestuosa noche. Ello fue un asalto de teatro; vieras allí trepar a los baluartes, franqueando ásperas rocas talladas a pico, a la vil comparsa con el traidor a la cabeza. Sorprenden al centinela y le dejan seco. Apodéranse del depósito de granadas de mano, y la emprenden contra la guarnición, que acude a una defensa tardía. El Gobernador trata de forzar la puerta del castillo, ya en poder del audaz asaltante, y resbala y cae, y se disloca ambos tobillos. La guarnición desmaya, recoge del suelo a su jefe, y adiós Morella. Se largan de la plaza, viendo la imposibilidad de defenderla, una vez perdida la cúspide del fortísimo mogote, que es como un gigante con cabeza de hierro, manos de fuego y patas de granito.

¿Qué te parece de este hecho de armas? Dirás que es vulgar, villano. No, hijo: es la guerra (p.5160) elemental y primitiva. Ahí tienes cómo sin paralelas, ni planos, ni artillería, ni minas, ni nada de ciencia militar, se toma una formidable plaza. ¿Pero qué digo? Fundamento de la militar ciencia es la astucia. Añádele el arrojo, y tienes el perfecto soldado. Ahora irán los sabios a recobrar a Morella, y verás lo que sacan.. Te lo repito, sé dónde está la energía; pero me lo callo. Quiero llevarme a la tumba ese supremo conocimiento.

Y hablemos de otra cosa, ea. Al pobre Don José M. de Navarridas le tenemos loco, de la grande perplejidad en que le ha puesto Doña Urraca, pintándote como un monstruo de vilipendio. ¡Horror de los horrores! ¡Vaya, que tú monstruo! ¿Y yo, qué seré..? Lo menos el Anticristo. Nuestra generala Pilar, que ya se dispone a venir a regocijarnos con su presencia divina, nos manda suspender las hostilidades, y a mí me recomienda la prudencia, pues opina, con muy buen juicio, que si tomo partido por vosotros con demasiado coraje, el furor de la hidra de Cintruénigo puede precipitar las cosas de un modo desfavorable para ti. No hay duda que el benditísimo Navarridas, a quien tiene trincado por los cabezones la implacable Tirgo, negaría el consentimiento si fuésemos tan simples que pidiéramos a deshora la mano de la niña. No haremos tal. Nos consta que las últimas embestidas para que apechugue con Rodriguito han sido tan infructuosas como las de marras. Se mantiene en sus trece, ¡vaya una hembra!, guardando en su alma, con piadoso recogimiento, la devoción del monstruo.

Adiós, hijo mío. Recibe los dulces afectos de esta familia y la bendición de tu anciano amigo y maestro - D. Beltrán.

 

Ep-27-X -

Del mismo al mismo

La Nestosa, Febrero.

Chiquío: Allá te va más historia, y de la palpitante, de la que duele. Henos aquí refugiados en la villa de La Nestosa, donde hemos tenido que replegarnos todos con la familia menuda, batería de cocina y regular impedimenta de provisiones, huyendo del dios Marte, que se metió inopinadamente en nuestro valle de Mena, mandando primero por delante gavillas de (p.5161) facciosos, trayéndonos después dos divisiones del ejército del Norte, que iban al socorro de Balmaseda. Tan feo mohín vimos en la cara y entrecejo del citado dios de la guerra, que acordamos retirarnos por el foro, trasladándonos a la casa de Juan Antonio en La Nestosa, donde hemos esperado el resultado de los brillantes hechos de armas que han despejado aquel territorio, arrancando a Balmaseda de las garras del retroceso (así dice el alcalde de esta villa, el cual goza de merecida fama por la finura de su estilo) .

A la salida de Villarcayo me encontré a Baldomero, con quien charlé como una media hora, de la cual consagramos algunos minutos a tu persona, pues él me preguntó por ti, y yo le informé de tu feliz situación presente, agregando los vituperios que me parecieron del caso. También vi al General Fermín Iriarte, a Latre y a Castañeda. Conociendo mi repugnancia de referir hechos militares, que comúnmente son cortados por un patrón casi invariable, no me exigirás puntual noticia de los achuchones que en aquellos riscos y barranqueras se dieron unos y otros. Ello es que el caudillo faccioso Cástor Andéchaga recibió un tremendo palizón, y que serán inscritos en el libro de la Historia los nombres de Biérgol, Orrantía y Gordejuela, donde corrieron torrentes de sangre, según dicen, que yo no lo he visto. Uno y otro día, desde el 29 de Enero, escaramuzas y combates se sucedían, llevando la mejor parte los de acá. Pero tanta y tanta fuerza acumularon esos indinos en los montes circundantes de Balmaseda, que el de Luchana tuvo que echar el resto, embistiendo con el brío que suele gastar, y al fin las huestes del progreso (sigue hablando mi alcalde) forzaron el paso de Orrantía, con lo que quedó sellada la victoria, y el servilismo en desordenada fuga. Veremos lo que duran estas ventajas, pues, según observo, en la presente guerra no hay mas que un tejer y destejer continuo, y un tomar y dejar territorios. Cruel sangría derrama la vida de la patria en el suelo de esta, y si no se la cierra pronto, las venas no contendrán más miseria y (p.5162) podredumbre. Ya me parece un bromazo demasiado cruel la contienda entre el D. Isidro y la angélica, y hay que pedir a Dios y al Rey de Francia otros cien mil tataranietos de San Luis, o de San Felipe, que vengan a poner orden y concierto en esta casa de orates, donde no hay ningún loquero que sepa su obligación.

En fin, hijo mío, que tú has de ver muchas cosas que ojalá no sean tan tristes como las presentes. Aunque todo ha terminado, y Balmaseda y su comarca son de Isabel, y ningún riesgo correríamos en Villarcayo, seguiremos disfrutando del buen tiempo y del sosiego de este lindo valle, y aquí estaremos hasta que recale tu madre en Medina, acontecimiento dichoso que nos anuncia para el próximo marzo. Valvanera y Juan Antonio te escribirán. Hoy me toca a mí, con el auxilio de Nicolasa (pues la condenada vista se me ha resentido de la jarana de estos días) , ponerte al corriente de nuestra fuga, sin que grandes ni chicos hayan sufrido la menor alteración en su salud. Ni una tos infantil hemos oído en el tiempo que aquí llevamos, y fuera de ansiedad por lo que pudiera ocurrir en la casa de Mena, todo ha sido bienandanzas. Que te veamos pronto, niño, y que tu Capellán se recobre, y que tu mamá nos visite, y que nos reunamos todos para general satisfacción, presididos por la venerable persona del viejo - Urdaneta.

 

Ep-27-XI -

Agotada la preciosa colección de cartas que un Hado feliz puso en manos del narrador de estas historias (lo que no ha sido flojo alivio de tan rudo trabajo) , su afán de proseguirlas, revistiendo de verdad la invención y engalanando lo verdadero, oblígale a lanzarse otra vez por valles y montes, ojeando los acontecimientos y las personas, que de unas y otros da pingüe cosecha la España de aquellos días. Favorecido de otro Hado benéfico, de los muchos que andan entre gente de pluma, tuvo la suerte de adquirir en su primera salida conocimientos muy útiles, y allá van del magín al papel, comenzando por la noticia bien comprobada de que hasta principios de Marzo no pudo abandonar Calpena la hospitalaria esclavitud de los (p.5163) señores de Socobio en Vitoria, por no permitir salida más temprana la convalecencia del capellán, que sólo en aquella fecha se presentó segura. En un buen coche, con escolta de los dos criados, bajaron a Miranda, donde sólo se detuvieron algunas horas. Después de celebrar breve plática con D. Leopoldo O'Donnell, que mandaba la fuerza; de repararse de alimentos y dejar en la cárcel un recado verbal, por mediación del presbítero Bonifacio Cebrián, primo de Sabas, partieron para Briviesca, donde estaba concertado el encuentro con la señora condesa de Arista, que venía de Madrid. No consta la fecha exacta de la extremada felicidad de la madre y el hijo al verse juntos de hecho, aunque ya por el pensamiento y el amor lo estaban muy estrechamente; pero ello fue algunos días antes de la festividad del glorioso Patriarca San José. Y como el más lerdo puede imaginar, cual si las viera, las ternuras, la hermosa efusión del encuentro de aquellas almas, se omite la descripción prolija del suceso. Fernando reconoció en su madre la dama ilustre, amorosa, inteligente, tal como su viva imaginación la construyera; Pilar le había visto como al escondite, en teatros y sitios públicos, el año de Mendizábal; mas viéndole ya sin miedo, y teniéndole tan seguro en sus brazos, por larguísimo rato le apretó en ellos con rígida fuerza, como si temiera que se le quitaran. En el agraciado rostro de Pilar de Loaysa, la huella de las penas y ansiedades largo tiempo sufridas concordaba las facciones con la edad; pero en el cuerpo y talle salían burlados los años, pues por mucho que se quisiera estirar, los cálculos no podían pasar de los treinta. De la dignidad, nobleza y elegancia de su porte, cuanto se diga sería pálido. Voz y modales declaraban la mujer de alto nacimiento. «¿Recuerdas haberme visto alguna vez?» -preguntó a Fernando.

-Sí: una vez, una noche, en el teatro del Príncipe.

-Es verdad. Hacían los Hijos de Eduardo. ¿Y tú..?

-No sospeché, no.. Recuerdo haber dicho: «¡Qué elegante señora!..». Usted me miró un momento con los gemelos, nada más que un (p.5164) momento.. Yo la miré con los míos largo rato. Entró en el palco mi entonces jefe, el gran D. Juan Álvarez..

-¿Por qué no me tuteas?

-Porque, con su permiso, el tutear a las personas mayores me parece irrespetuoso. No todas las modas novísimas me convencen.

Este breve diálogo y el decir D. Pedro, elevando al cielo las palmas de las manos, que aquel era el día más feliz de su vida, fue una suave transición desde la escena de ternura a la espléndida comida que se les sirvió en el parador de Briviesca. Traía la Condesa cuatro individuos de servidumbre, de los cuales tres pertenecían al sexo fuerte, y un mediano cargamento de baúles y cajas. En lo restante de aquel día y parte de la noche, no dieron D. Fernando y Pilar paz a las lenguas, ávidos de la comunicación verbal, que por primera vez gustaban, y que les resarcía de las reservas y discreciones que impone la escrita. El gesto, el signo, la sonrisa, la expresión de ojos y boca, eran para entrambos nuevo lenguaje que estrenaban con delicia. No se saciaban, no veían el fin de su charla seria, festiva, grave, infantil. Durmieron tranquilamente, y al siguiente día tempranito partieron, por Oña, a Medina de Pomar, con la buena compañía de un tiempo primaveral que estimulaba el regocijo de sus corazones. Entraron en la ilustre villa al caer de la tarde, ocupando una de las mejores casas del Condestable, Duque de Frías, arrendada por Pilar desde principio de año, y ya con todo esmero provista de cómodos muebles y de cuanto han menester las personas hechas a la vida regalada. Con los criados que desde Febrero estaban allí y los que acompañaron a la Condesa, el caserón tomó prontamente aspecto de señoril morada, sin que nada faltase en ella. Las primeras visitas fueron las de Maltrana y D. Beltrán, que no cabía en su pellejo de alborozado y vanaglorioso. Poco tardó en presentarse Valvanera con sus niñas, y no hay para qué decir que el besuqueo y las ternezas no tenían fin. Quince o más días duraron aquellas satisfacciones, y tan del gusto de Pilar era la compañía del (p.5165) viejo Urdaneta, que al despedirse los Maltranas, le retuvo en su palaciote, con mucho gusto de él y de D. Fernando. Forzoso era que este partiese al cumplimiento de obligaciones que se había impuesto, y en las cuales hubo de confirmarse, previo el asentimiento de su buena madre, que una y otra vez le repitió estas memorables expresiones: «Hijo mío, yo te privé de la voluntad en una época de revolución; pero te la he devuelto. En ti resigno toda autoridad; tu corazón grande a ti y a mí nos gobierna. Confío en Dios, que apartará de tu cabeza todo mal».

Convinieron en que D. Pedro no le acompañaría, por el quebranto, no bien reparado aún, de su salud endeble, y se agregó a la servidumbre de D. Fernando un criado antiguo de la casa de Cardeña, al cual Pilar trajo consigo; hombre muy para el caso, honrado y valiente como buen guipuzcoano, del propio Eibar, fuerte como un oso, leal como un perro, muy corriente en lengua éuskara, y conocedor de la topografía del país, así como de toda Navarra y alta Rioja. Llamábase Juan Urrea, que quiere decir el oro, y había servido en los estados aragoneses de Arista y Javierre antes de pasar a la guardería de la Encomienda, famoso coto de la casa ducal cerca de Madrid. Pilar fiaba en sus cualidades, que realmente eran oro puro, y en su poder muscular, semejante a la virtud del acero. Retirose a Villarcayo el criado de Maltrana, y D. Fernando salió con Urrea y Sabas, dejando en Medina el coche, que más bien les servía de estorbo en los caminos que habían de emprender. Triste se quedó la de Arista en su caserón; pero confiada en la buena estrella de su amado hijo, sobre cuya cabeza veía y sentía la bendición del cielo, juntándose para fortificar esta confianza el amor y la fe. D. Beltrán y D. Pedro extremaban los recursos sociales para distraerla, y a los pocos días le mandó Valvanera, en compañía del mayordomo de la casa y del cura de Medina, a su hija Nicolasita, para mejor asistencia en la soledad de la noble señora.

Llegado que hubo el caballero a Miranda, se personó (p.5166) en el alojamiento de O'Donnell y allí se estuvo dos largas horas; salieron juntos, regresaron con otro señor que parecía como anfibio, entre paisano y militar; la siguiente mañana se la pasó D. Fernando midiendo repetidas veces con sus pasos la distancia entre la cárcel y el Ayuntamiento, y entre este y la Comandancia militar, acompañado en estas correrías por el diligente padrito Cebrián, pariente de Sabas. Durillo estaba el empeño en que puso toda su energía el Sr. de Calpena; mas tanto pudo al fin su constancia, su abnegación, y en algunos puntos del via crucis su largueza, que al fin, a las seis de la tarde del 4 de Abril entró en la cárcel de Miranda, con la orden a raja tabla para que el alcaide pusiera en libertad a los presos Zoilo Arratia y José Iturbide. Era un caso, no nuevo, de las corruptelas de la justicia en tiempo y país de guerra; mas el caso suele acontecer aquí en tiempos y territorios de paz. Achaque es este del favor, forma del milagro administrativo, sustituto de la razón así para el mal como para el bien.

La entrada de D. Fernando en el calabozo donde materialmente se pudrían en mísera inanición dos seres humanos, fue por demás patética. «¡Eh!.. Iturbide, Arratia -dijo al franquear la puerta, seguido del calabocero y del curita-, están ustedes libres. ¡Al fin!.. Más vale tarde que nunca».

Iturbide saltó del suelo, en que yacía como un ovillo, y exclamó abriendo los brazos: «¡Jesús, Jesús mío!». Zoilo, tumbado como un tigre moribundo, rugió palabras ininteligibles. No se enteró de lo que oía: su actitud era de estupor soñoliento, casi de idiotismo. Por la reja entraba bastante luz solar para que Calpena pudiera ver la frente y mejillas del bilbaíno despellejadas por sus propias uñas, el desvarío de su mirada, la demacración de sus facciones. Hubo de atender a Iturbide, que atacado de loca alegría se hincó a sus pies besándole las manos.

«¿Es usted.. ese D. Fernando? Le esperábamos.. Nos dijo el padrico que usted nos sacaría.. Zoilo juraba que no.. Yo confiaba en Dios.. y en usted, D. Fernando de mi alma».

-Fuerte bromazo, (p.5167) ¿verdad? ¡Cinco meses!

-¡Cinco siglos, señor!..

-¿Y qué ha dicho la ley?

-¡La ley..! Esa puerca indecente, ¿qué ha de decir? Aquí han entrado los ministriles a preguntarnos cosas que no sabíamos, y a enredarnos en mil trampantojos.. Tan pronto éramos desertores como ladrones en cuadrilla. Y papeles van, papeles vienen. Preguntar a Bilbao, preguntar a Burgos.. Ya ni sabíamos qué declarar; y si mentíamos, malo; si decíamos la verdad, peor. Hemos estado en el infierno antes de morirnos, y bendito sea el ángel de Dios que nos ha sacado, bendito mil veces.

-Díganme.. ¿qué ángel sacó al compañero de ustedes, el Epístola?

-Un señor militar que no conocemos. Entró y dijo: «Pertusa, ven», y nada más. Nos quedamos solos Arratia y yo.

-¿Y nadie ha mirado por estos dos pobres mártires?

-Por estar padre baldadito, vino un amigo de casa; pero nada pudo conseguir. Llegó luego D. Sabino, el padre de Zoilo, con un rimero de cartas para generales, clerigones de acá y de allá, y después de andar de Herodes a Pilatos, como un loco, se fue en busca de Van-Halen, que está no sé dónde, y de D. Santos San Miguel, a quien se habrá tragado la tierra. Un mes hace que D. Sabino se despidió de nosotros, hecho un mar de lágrimas, diciendo: «volveré pronto», y esta es la hora que no le hemos visto. Si usted no nos salva, creo yo que aquí nos habríamos muerto de rabia y miseria.

Zoilo, en esto, se había puesto en pie con no poca dificultad, arrimándose a la pared y miraba con espantados ojos a los tres sujetos allí presentes. No creyó D. Fernando que era ocasión de mayores explicaciones dentro de aquel insalubre, odioso recinto, y cogiendo a Zoilo por un brazo, dijo: «Aquí no hacemos nada. Vámonos fuera». Dejose llevar el bilbaíno sin proferir palabra. La impresión del aire, la viva luz de la calle, abatiéronle de tal modo, que no pudo tenerse en pie y cayó como cuerpo muerto. Urrea y Sabas, que en la puerta aguardaban, cogiéronle en brazos y le llevaron al alojamiento de su señor, en una de las mejores casas de la calle principal. Iturbide, (p.5168) ansioso de vivir, animalizado por el hambre, devoró los primeros alimentos que se le presentaron. Zoilo fue colocado en el propio lecho de Calpena, donde no hacía más que dar vueltas, morderse los puños y proferir expresiones obscuras, que ya parecían rencorosas, ya de piedad o desconsuelo. Gran parte de la noche, su aspecto y actitud fueron de un animal herido. Cayó por fin en profundo sopor. Durmiose D. Fernando en la propia estancia, sobre un duro canapé, y a la madrugada, despertado súbitamente por la torcedura de cuello y los dolores que su angosto lecho le producía, sintió rebullir a Zoilo y creyó que lloraba.

Así era, en efecto. Le observó, acercando a su rostro el candil que había quedado encendido, y en tono campechano, de amistosa reprensión, le dijo: «Sr. Arratia, paréceme que las tres de la madrugada no es la hora más propia para llorar. Más cuenta le tendría comer algo, pues desde que salió de la cárcel no ha entrado en su cuerpo ni un buche de agua.. Qué, ¿no me contesta..? Bueno: pues yo me voy a dormir a otro cuarto, y llore usted todo lo que quiera.. Mire: sobre aquella mesa hay un buen trozo de cordero asado que, aunque frío, está muy sabroso, y pan y vino superior. Elija entre vaciar de lágrimas el cuerpo, o echarle el sustento que ha menester. Yo no he de ponerme más gordo ni más flaco por lo que usted coma.. Qué, ¿no contesta y vuelve la cara?.. Pues le aseguro que no tengo ningún interés en que usted viva.. Cada uno hace de su vida lo que le place.. Bueno: ahí se queda. Yo me voy..».

Ya salía, cuando Zoilo le cogió por el faldón, deteniéndole suavemente, sin mirarle. De pronto se incorporó, diciendo con voz opaca: «Señor, yo lloro de rabia.. de rabia contra mí mismo.. Sepa usted que soy hombre de un querer muy fuerte, y cuando quiero una cosa, la quiero tanto.. que por la fuerza de mi querer, sucede. ¿Me entiende?».

-Explíquese mejor, amigo.

-Pues libre estoy rabioso, como rabioso estuve preso, porque no me ha salido la cuenta. Yo quería la libertad; pero quería que me la diese otro, no usted.. Y quería que (p.5169) no hiciera caso de la carta que le escribí.. Este era mi querer fuerte, fuerte, como todo querer mío.. Y luego resultó lo contrario: que no me sacó otro, que me sacó usted, que hizo caso de mi carta, que se olvidó de nuestras ofensas.. y por eso estoy furioso, señor, porque no me gusta equivocarme, porque no me he equivocado nunca.. y porque ahora me encuentro que, siendo usted mi salvador, tengo que quererle, y no quiero, no quiero..

-¡Oh!, eso es mortificarse vanamente, pues a mí me importa poco que usted me quiera o no. Si le agrada el tenerme rencor, porque así lo siente, téngalo en buen hora; si piensa que busco el agradecimiento, se equivoca. A nada está usted obligado conmigo. Y libre queda el hombre para querer quererme, o para querer lo que más le acomode. Ea, que yo necesito descansar. Ahí se queda usted con sus quereres y sus rabias, y puede elegir, a su libérrimo querer, entre la comida que allí tiene y el comerse sus propios puños. Abur, amigo, y hasta mañana.

Sin añadir una palabra ni esperar respuesta, se retiró D. Fernando a otra estancia, donde pudo dar algún descanso a sus molidos huesos.

 

Ep-27-XII -

Trajo el siguiente día la novedad de que la expedición del Conde de Negri había entrado en tierra de Burgos, lo que puso en inquietud a Calpena, por si la guerra turbaba el sosiego de su madre en el apacible retiro de Medina. Mas O'Donnell le tranquilizó, asegurándole que las operaciones contra Negri eran hacia la parte de Belorado y límite de Soria. Desayunándose con su gente en una estancia baja, que sólo porque comían en ella tenía derecho al nombre de comedor, le dijo Iturbide: «A ese bruto de Zoilo hay que dejarle con sus manías, y no pretender meter una razón dentro de aquella cabeza, que es un sillar redondo, señor, un verdadero sillar que no tendría precio para rueda de molino.. Ahora está con la tema de que el agradecer es carga muy pesada. Para mí no es carga, señor, sino más bien alas con que uno vuela.

-¿Y qué tal? ¿Ha comido?

-Todo el cordero que allí había, y otro tanto que le llevé yo después. Come (p.5170) que come, pues una vez en ello no sabe acabar, me decía: «Veré si con el alimento voy entrando en caja y me sale la gratitud. Es un compromiso, Pepe, deberle uno la libertad a ese Don Fernando.. Nunca creí que yo pudiera ser esclavo de nadie, y ahora lo soy, pues para mayor pena, hasta nos da de comer. Tengo que ser su amigo, y él podrá despreciarme si quiere, y hacerme más infeliz de lo que soy».

Creyendo ver Fernando en la franqueza de Iturbide buena ocasión para adquirir los anhelados informes de la familia de Arratia, se le llevó de paseo, y no fue necesario ningún estímulo para que el bilbaíno siempre locuaz, en aquel caso agradecido, desembuchase cuanto sabía.

«Puedo asegurarle, señor, que Zoilo casó el mismo día o noche de Luchana, y que sin esperar a la entrada de Espartero se largó a Bermeo toda la familia con los recién casados.. ¿Qué dice? ¿Que ya esto lo sabe? ¿Sabe también que Aura, por soplos de gentuza, se enteró de que usted vivía y de que fue a Bilbao, trastornándose con la noticia y poniéndose tan perdida de la cabeza que se escapó, y que más de un mes estuvieron sin poder encontrarla, y la dieron por muerta, y hasta le cantaron el funeral?».

-Lo del funeral no lo sabía. Sigue.

-¿Sabe que una vez encontrada, y conducida en coche a Bilbao, ha sufrido unos rarísimos cambios de humor, un quita y pon de razón y locura, pues semanas tenía de querer a su marido y hacerle fiestas, semanas de odiarle y recibirle con las uñas cuando a ella se acercaba?

-De ese tejemaneje de sinrazón y cordura no tenía noticia. Adelante.

-Todas las mujeres son de muy extraña condición; pero esa más que ninguna. ¿Sabe usted que Zoilo estaba dado a los demonios y no vivía y se tiraba de los pelos, y que no quedó médico en Bilbao que a la niña no visitara? ¿Sabe que Zoilo encontró una carta escrita por usted a Doña Aura, y llevada por Churi.. y que cuando la leyó se puso más loco que su mujer, y quiso pegar a su padre y a su tío y a todo el género humano? Pues fue un paso terrible, del cual se enteró todo Bilbao. El motivo de (p.5171) venir Luchu a estas tierras fue como le voy a contar. Quería buscarle a usted y proponerle, por buena composición, que se hiciera otra vez el muerto, para que, con el convencimiento de que el D. Fernando no existía, entrase en razón Doña Aura y pudiese el matrimonio vivir en paz. Si usted a esta figuración de muerte se prestaba, de acuerdo con la familia, serían los dos amigos, Arratia y D. Fernando; si a la farsa saludable no se avenía, no quedaba más remedio que quitarse de en medio uno de los dos, desafiándose a muerte. Esta era su idea; pero la familia no quería verle en tales trapisondas y le estorbaba la salida. Muy terco es él, como usted sabe, y cuando se le mete una idea en la cabeza, antes muere que dejársela quitar. Su tío Valentín era el único en la familia que apoyaba el viaje de Zoilo a Castilla, para que recogiese a Churi y le llevase atado codo con codo. Esto y el aquel de acompañarme a mí, cuando mi padre me mandó a sacar a mi hermano del Provincial de Segovia, sirvieron de pretexto al amigo Arratia para ponerse en camino.. Y sólo me falta decirle que más allá de Balmaseda nos encontramos a Eustaquio de la Pertusa, con quien habíamos hecho amistad en Bilbao, estimándole por su agudeza y buena conformidad. Juntos los tres, el Epístola nos sirvió de mucho para franquear los pasos ocupados por facciosos, pues con ellos hace buenas migas. Entre paréntesis, diré a usted que Pertusa reparte papeles impresos con la cantinela de Paz y fueros netos, que es la bandera que sacan ahora los que ya están hartos de guerra y de Pretendiente absoluto.. Pues sigo: andando los tres, cada cual con su objeto, llegamos a Miranda, donde nos pasó lo que usted sabe; que, a mi cuenta, nuestra prisión y desgracia no tuvieron otro motivo que el haber venido con Pertusa, hombre muy travieso y fino, que se mete por el ojo de una aguja, por lo que le anda siempre buscando las vueltas la policía del General Espartero.. Ya conoce el señor el milagro a que debió mi hermanillo la vida en el fusilamiento del 30 de Octubre, y la conmutación (p.5172) de su pena.. De los cinco meses de martirio en la cárcel, nada tengo que decirle, pues anoche le conté cuánto padecimos hasta que se nos apareció el ángel en forma de D. Fernando, que nos dio la libertad y la vida. Bendito sea mil veces, y Dios le prospere y haga dichoso en premio de su grande caridad.

-Ignoraba yo -le dijo Calpena gozoso-, mucho de lo que me has contado, y con ello se disipan las dudas que me atormentaban. Ya empiezo a cobrar tu parte de deuda conmigo por la libertad que te di. Si quieres completar el pago, habla con ese bruto, persuádele a que sea explícito y franco conmigo, declarándome sin ningún rebozo todo lo que piense y cuantos propósitos respecto a mí le inspire su terquedad. Los tercos en ese grado me hacen gracia; digo mal, me cautivan, me entusiasman; creo que de los tercos indómitos es el reino de la tierra.

Toda aquella tarde estuvo Iturbide trasteando a su amigo y amansándole el genio, para lo cual, en vista del reparador apetito que se le había despertado, empleó argumentos de comida exquisita y de vinos superiores, y la cabeza de Luchu recobraba lentamente su facultad pensante, sin perder nada de su dureza de pedernal. Toda la mañana siguiente estuvo Calpena en la Comandancia recogiendo noticias de la guerra, sin desechar las que de política corrían, las unas verosímiles, absurdas las otras. Véase la muestra: se había descubierto una conspiración civil y militar para quitar la Regencia a Doña María Cristina y darla.. ¿a quién, Señor?, al Infante D. Francisco de Paula. Por lo disparatado y extravagante, encontró este notición fácil acceso en la mayoría de las cabezas. Ello debía de ser, en opinión de muchos, un nuevo delirio masónico. Por otra parte, el moderantismo triunfante, o retroceso, desataba vientos de discordia. En casi toda la Península se había declarado el estado de sitio, sin más objeto que perseguir y encarcelar a los libres; la imprenta era toda mordazas; el Ministerio marchaba francamente por la senda del absolutismo, emulando al Príncipe rebelde en la estolidez (p.5173) de sus disposiciones tiránicas, y para colmo de locura, se arrastraba a los pies de Luis Felipe, pidiéndole una intervención humillante para terminar la guerra, sin obtener más que los desdenes de las Tullerías (así hablaban los que querían distinguirse por un fino lenguaje) . Y en tanto, las dos hermanitas napolitanas habían reñido, y la Gobernadora, que hasta entonces fiara en la espada de Espartero como garantía de su causa, comenzaba a recelar del de Luchana, volviendo sus ojos a Ramón Narváez, como amparador más seguro y arriscado. Para darle la fuerza material de que carecía, se le mandó organizar un ejército llamado de reserva, con cifra de cuarenta mil hombres, y el aparente objeto de perseguir bandidos y facciosos en las provincias manchegas y andaluzas. De todo esto, que a Miranda llegaba desfigurado y con más bulto del que realmente tenía, sacaban los oficiales comidilla y distracción en la tediosa vida del campamento.

De vuelta Fernando en la casona que habitaba, hallose a Iturbide de gran parola con Arratia en el comedor, frente a un jarro de vino, y con el pasatiempo de una barajilla sebosa. Soltó Zoilo con desdén las cartas al ver a su libertador, y brindándole el asiento más próximo, se arrancó al instante con lo que tenía que decirle, ya muy pensado y medido desde por la mañana: «Señor, dice Pepe que sea yo franco con usted, y yo digo a Pepe que más claro he de ser que el agua, pues la claridad está en mi natural. Con lo que he comido se me ha vuelto a meter la razón en esta parte de la cabeza donde tiene su hueco, y con la razón y la claridad en mí, por muy bruto que yo sea, no puedo desconocer que al señor le debo la libertad y la vida, contra lo que yo deseaba. Pero ante lo que es, no valen suposiciones ni falsos quereres.. Hasta hace poco tiempo era mi voluntad que usted se muriera, y créame que la noticia de su verídica muerte habría sido mi mayor alegría. Hoy, ya que no puedo desearle la muerte de verdad, sí quiero que lo sea de figuración, para que mi esposa se cure de su mal de recuerdo, y perdida la (p.5174) esperanza, se acaben en ella los arrechuchos lunáticos que son mi desesperación, mi rabia y la mayor desdicha que puede padecer un marido enamorado».

-Pero, hombre -le dijo Calpena con jovialidad-, ¿cómo quieres que yo me haga el muerto? Dile a tu mujer que no existo, a ver si te cree. Corres el peligro de que habiéndola engañado la primera vez, no te crea en la segunda.. Pero, en fin, ¿cómo hemos de componer esa falsa opinión de mi muerte? Explícalo tú.

-Pues, señor.. o muriéndose de verdad.. o fingiéndolo, como en una comedia que vi yo en Bilbao, en la cual uno, que no me acuerdo cómo se llamaba, salía en el ataúd, y en el propio panteón le metían, resultando que no estaba sino dormido por la virtud de un brebaje..

-¿Y esas paparruchas de comedia quieres tú que las llevemos a la vida real? La curación de tu mujer podría costarme cara, y no estoy yo en disposición de prestarme a esos fingimientos ridículos y peligrosos, después de lo que padecí con su deslealtad y tu atrevimiento, pues tú no ignorabas que Aura era mía, y con tu obstinación, ayudada de malas artes, la engañaste y la hiciste tuya. Ya no te la disputo: puedes estar tranquilo; pero no he de ayudarte a devolverle la razón, pues no fui yo quien se la quitó, sino tú.

-Señor -dijo Zoilo levantándose con movimientos difíciles, como quien sufre desazón y mal gobierno de todos los músculos de un lado-, si me riñe lo aguanto, porque es mi deber aguantarlo.. Pero yo no callo nada de lo que siento, y con toda la verdad de mi corazón declaro que no hay más que dos caminos para mí: o que usted se muera o que yo me mate, pues así, créamelo, Zoilo Arratia no puede vivir.

-Yo he cumplido contigo un deber de conciencia, y nada más tengo que hacer. No quiero yo la vida para jugar con ella imitando lances de teatro, y mientras estés en mi compañía no he de consentir que te mates.

-Señor, si mi mujer no cura, yo no vivo.

-Tu mujer curará.

-¿Cuánto? Veinte médicos han dicho que no curará mientras sepa que vive el que me escucha.

-Pues hay otro médico que dirá lo contrario, (p.5175) si le consultas.

-¿Cuál? ¿Dónde está?

-Es el tiempo, bruto.

-¡El tiempo..! Eso dice mi padre. Claro, si viviéramos quinientos años, puede que para entonces..

-El tiempo corre y pasa, y, por tanto, cura, más pronto de lo que tú crees.. ¿Qué dices, qué piensas?

-Señor -replicó Zoilo tras larga pausa, en la cual parecía querer horadar su frente con el dedo índice-, estoy pensando una cosa.. Se me ha ocurrido una idea, una gran idea.. ¿Quiere que se la diga? Pues pienso que para el caso nuestro, ya que usted no se muera, al menos, al menos.. debía casarse. Todo es matar la esperanza.

-¡Casarme! ¿Y es esa la defunción fingida que me propones?.. No te digo que no me case algún día.. ¿Qué estás remusgando ahí? ¿Que ha de ser pronto? ¡Pues, hombre, no pretendes poco!.. Todo se ha de arreglar a tu satisfacción.

-Siempre quiero las cosas con fuerza, con toda mi alma, y por eso lo que yo quiero es.

-También yo he querido con fuerza, y.. nada.

-Porque no quiere como es debido.. Porque usted duda, y sabe cosas que le hacen dudar más; porque usted no es un bruto del querer.

-Pues ahora quiero una cosa.. Verdad que es fácil. Pero aunque fuera difícil se haría. Mañana nos vamos. ¡Oído! Que todo el mundo se prepare. Os llevaré a Vitoria, donde me has dicho que está tu padre.

Aseguró Iturbide que, por unos alaveses llegados aquella mañana, se sabía que el señor D. Sabino había salido de Vitoria en busca de su grande amigo el general carlista Guergué. Mandó D. Fernando a Sabas a la Comandancia para que se informase del paradero del tal cabecilla, pues el bien montado espionaje daba diariamente noticia de los movimientos del enemigo, y la respuesta no tardó en venir: Guergué estaba en Peñacerrada. Al pronto no se hizo cargo D. Fernando de la situación de esta villa, cuyo nombre hirió sus oídos como lugar conocido; pero Sabas le sacó de dudas diciendo: «Está entre La Guardia y el condado de Treviño».

-Pues por esa parte -dijo D. Fernando con nervioso susto, más bien desgana, que no pudo disimular- irán ustedes, yo no.

-¿Lo (p.5176) ve, lo ve? -gritó prontamente Zoilo gesticulando con ardor-. No sabe querer.. ¡A La Guardia, señor!.. Lo quiero con toda mi alma. Lo quiero, lo quiero, y como no vayamos todos allí, me estrello la cabeza contra la pared.

-Eres un bárbaro.. ¿Y qué fundamento, dímelo, qué razón tienes para ese querer tan vivo?..

-¡A Peñacerrada y La Guardia!

-¿Crees que encontrarás a tu padre?.. ¿Y si antes de dar con él dan con nosotros los carlistas, y nos prenden o nos matan?

-Usted teme, usted no sabe querer.

-Hombre, es que..

-El que quiere con fuerza no teme.

-Está bien. Pero supongamos..

-El que quiere con fuerza no supone nada: va derecho a su fin.. A La Guardia, señor..

-¿Por qué ese empeño en que vayamos a La Guardia?

-Señor, porque allí está su novia.

 

Ep-27-XIII -

Festivo y locuaz estuvo Calpena el resto de la tarde, tirando de la lengua al bruto de Zoilo para gozar con sus extravagantes teorías del querer fuerte, y reunidos en el llamado comedor, bebieron y jugaron con discreta fraternidad amo y criados y amigos, guardando cada cual su puesto en las alegrías de aquella igualdad temporal. Como llegaran nuevas referencias del paradero de Guergué, dándole por internado en el Condado de Treviño, resurgieron las dudas acerca del punto adonde se dirigirían. Iturbide se mostraba temeroso, Zoilo aferrado a su violento querer, y al fin propuso Fernando que decidiera la suerte, comprometiéndose todos a la obediencia de lo que el misterio de la fatalidad les señalara. El arduo caso fue sometido al fallo de cara o cruz, encargándose Zoilo, como el más inocente de la cuadrilla, de arrojar al aire la moneda, previa designación de La Guardia por la figura y Treviño por la cruz. Salió esta, y nadie se atrevió a manifestar oposición a tan grave sentencia. Los medrosos y los arrojados ocupáronse con igual ardor en los preparativos para la caminata del siguiente día, que emprendida fue sin tropiezo al despuntar de la aurora, por el camino real de la Puebla.

Buenos caballos adquirió Fernando para los dos bilbaínos; pero Iturbide, que se (p.5177) había pasado la vida, primero en su oficio de fabricar poleas, después en el servicio militar de infantería, no era un prodigio en la equitación, y su impericia daba lugar a cada instante a lances muy graciosos. A Zoilo, regular jinete, no le permitía su debilidad mantenerse en la silla con todo el garbo que él deseara. No habían andado dos leguas, cuando encontraron un destacamento de tropas que salió de Miranda la noche anterior. El capitán que lo mandaba les dijo: «¿Pero están ustedes locos? ¿A dónde demonios van?». De los informes resultó que todo el Condado hervía de facciosos, que las comunicaciones con Vitoria estaban interrumpidas, que en Peñacerrada habían acumulado mucha fuerza, fortificando todas las alturas. Lo mejor que podían hacer los caminantes era volverse a Miranda, o tirar para Salinas, aunque por este punto también había peligro.

Pasados los primeros minutos de perplejidad, manifestáronse dos opiniones: en la boca de D. Fernando, valeroso y prudente, la de seguir el juicioso consejo del Capitán; en la de Zoilo, que era la temeridad irreflexiva, la de marchar hacia adelante, obedientes al oráculo de la moneda arrojada al aire. Seguramente prevalecería la voluntad del que era señor y amparo de todos, en quien el sentimiento del deber y la responsabilidad de las ajenas vidas se aunaban. Apartándose del camino, echaron pie a tierra para descansar y tomar alimento, al pie de unos álamos que ya se vestían de su hoja nueva, y eran como apacible tienda de sombra y frescura. Allí se repusieron, y no habían concluido de matar el hambre, cuando vieron venir una partida de aldeanos de ambos sexos, en borricos y a pie, como gente presurosa o fugitiva.

-Paisanos, ¿qué ocurre..? -les preguntó Sabas saliéndoles al encuentro-. ¿Hay olor de facciosos por esta parte?

-Olor no, sino peste de ellos -replicó un viejo ladino que montaba el burro delantero-. Somos de Berganzo, y de allí nos ha echado el asoluto, después de quemarnos el pueblo. Asolación mayor no se ha visto.

-¿Hacia la parte de Samaniego, (p.5178) ocurre algo?

-En Samaniego -chilló una mujer, que con dos niños en brazos montaba el segundo borrico-, no han dejado esos perros ni cántara de vino, ni doncella, ni nada.

-¿Qué sabéis de La Guardia?

-Que anoche, dende Toloño, se veían las llamas de la villa, ardiendo por los cuatro costados.. En Peñacerrada han metido los carlinos sin fin de tropa, y han puesto cañones en el castillo, cañones en Larrea.. No es mal hueso el que arman allí. Díganme, señores: ¿vendrá D. Espartero a roerlo? Porque si no viene, y pronto, ¡pobre Rioja alavesa!.. Dios nos tenga de su mano. Ea, caballeros, que tenemos prisa para llegar a Miranda, pues de atrás no vendrá cosa buena. Hace un cuarto de hora, al rebasar de Berantevilla, oímos ruido de zalagarda.. ¡Hala, que es tarde!.. abran calle.. Agur, y viva la Isabel..

Apenas se alejó, buscando el camino real, la medrosa caravana, miraron todos el rostro de D. Fernando, que, poniendo corto espacio entre la duda y la afirmación, resolvió de plano con firmeza y aplomo. «Amigos -dijo-, avancemos por el rastro de esa pobre gente, y tal vez hallaremos otros fugitivos a quienes podamos prestar socorro».

Con gallarda confianza respondieron los cuatro a tan airosa determinación, y Zoilo se lanzó delante, gritando: «¿Ve usted, señor, cómo sale lo que yo quería? Mi querer fuerte apuntó para La Guardia, y a La Guardia vamos. ¡Marchen! No puede pasarnos cosa mala». Media legua más allá encontraron nuevos grupos que confirmaban las alarmantes noticias del primero, con alguna variación, pues el pueblo que desde Toloño se había visto arder no era La Guardia, sino Páganos. Cada cual agregaba nuevos horrores dictados por el miedo. Halló Sabas gente conocida; le daba en la nariz el tufo de su tierra, oliendo a quemado, y el hombre no vivía; habría querido ir de un vuelo, y ver y apreciar la extensión del desastre. Las últimas noticias recogidas a media tarde eran que los absolutos habían pasado la sierra de Toloño; que casi todos los habitantes de La Guardia habían huido, pasando el Ebro por el vado de Cenicero, no sin (p.5179) peligro, pues también rondaban partidas por aquella parte; que Peñacerrada era un infierno de fortificaciones; que.. en fin, que se acababa el mundo, y que nos encontraríamos todos en el valle de Josafat.

Sin perder sus bríos ante tales demostraciones de pánico, siguieron su marcha, y a la caída de la tarde, Sabas descubrió dos aldeanos de Samaniego, el uno pariente suyo, por quien tuvieron más claros informes de lo que vivamente les interesaba. Aterradas por el incendio de Páganos, escaparon de La Guardia todas las familias pudientes que no pertenecían a la opinión servil. Las niñas de Castro y Doña María Tirgo, formando caravana con las de Álava, no fueron de las últimas en la escapatoria; mas ignoraba el informante si corrían hacia el Ebro, pues algunos que tomaron aquella dirección habían regresado desde El Ciego, huyendo de una partida. Era lo más probable que hubieran tratado de escabullirse hacia San Vicente de la Sonsierra, para buscar el vado y pasar a Briones.. Mientras más embarulladas y contradictorias eran las noticias que recibían, más se confirmaban los cinco expedicionarios en la resolución de ir adelante, movidos simultáneamente de un generoso impulso que no sabían definir. Era la voz del destino que aquella dirección les marcaba, impeliéndoles hacia un fin favorable o adverso, hacia el cual corrían como las mariposas hacia la luz.

Anduvieron hasta el anochecer en medio de una gran desolación. La tarde estaba serena, el cielo transparente y limpio, como un rostro que quisiera expresar la absoluta indiferencia de toda cosa humana.. Hablaban poco; tan pronto iba Zoilo delante, tan pronto a retaguardia, canturriando entre dientes, erguido sobre el caballo, y olfateaba el horizonte, curado ya como por ensalmo de aquel torcedor doloroso de su cuerpo. A sus espaldas se puso el sol, y ellos, picando siempre hacia Levante, que con los reflejos del sol poniente se tiñó de resplandores opalinos, luego de un gris violáceo muy puro y uniforme en suave gradación. Sobre esta densa cortina se (p.5180) fue destacando un astro rojo: Marte. La noche entró tenebrosa, sin otra claridad que la de las estrellas. Víspera de luna nueva, el disco de la luna había precedido al sol en el ocaso. De pronto, al descender de una loma, vieron los jinetes frente a sí siniestra claridad rojiza que se difundía en el morado intenso del cielo. Era la cabellera de un incendio. Detenidos por un solo impulso, los cinco dijeron a una voz: «Un pueblo que arde». Conocedor del terreno, Sabas examinó con experta vista el horizonte. «No puedo calcular la distancia del fuego -dijo-; pero si está a dos leguas, no puede ser más que Berganzo; si está más lejos, será Peñacerrada».

Y D. Fernando: «Sea lo que fuere, adelante. El que tenga miedo, que se vuelva».

Nadie pronunció palabra, y Zoilo se puso nuevamente a vanguardia, alejándose buen trecho del grupo principal. El fuego parecía crecer: ráfagas de viento Sur desmelenaban el resplandor hacia el Norte. De pronto vieron los caminantes que Zoilo se detenía: picando para llegar pronto a donde él estaba, oyéronle decir: «Viene gente armada». Aguzaron todos el oído, imponiendo silencio; pero no percibieron ningún rumor; mas Zoilo insistía en que había sentido algazara de tropa. Afirmó que nadie le ganaba en fineza de tímpano, así como en alcance de vista, teniendo además la cualidad de ver en las tinieblas, como los gatos. Adelantose otra vez, y volvió asegurando que estaban próximos a un pueblo, que él veía paredes negras y una torre, y que oía run-run de gente. No supo Sabas determinar qué aldea o villorrio caía por aquellas soledades, y habló de una gran casa de labor o alquería del marquesado de Zambrana. Fuera lo que fuese, a los pocos pasos confirmaron todos lo anunciado por Arratia, pues ya se hallaban a medio tiro de fusil de unas tapias altísimas, y no tardaron en oír claramente voces humanas.

«La Santísima Virgen nos ampare -murmuró Iturbide-. Como esta es noche, hemos caído en una trampa facciosa».

Detuviéronse los cinco por cesación súbita, pavorosa, del impulso interno (p.5181) que hasta allí les había llevado. Transcurridos algunos segundos, que horas parecieron, dijo D. Fernando: «Si estamos cogidos, sepamos por quien; que no hay suplicio como la incertidumbre». Y aún no había concluido de decirlo, cuando una robusta voz estalló en la obscuridad, gritando: «¿Quién vive?». Y en el mismo instante se oyeron las voces: «¡Alto, alto!». A la repetición estentórea del ¿quién vive? respondió D. Fernando con toda la fuerza de sus pulmones: «¡España!». De las tinieblas surgieron varios hombres con los fusiles preparados. Su aspecto no era de tropas regulares, pues vestían con desiguales prendas y arreos, y llevaban gorra de piel los unos, los otros boina blanca o roja. Adelantose uno diciendo: «Alto, y se les reconocerá. ¡Viva Isabel II!». A este grito, que ponía fin a la ansiedad de aquel encuentro, los caminantes, gozosos, libres ya de su mortal sobresalto, respondieron con otro ¡viva!(2) en que echaron toda el alma.. Breve y satisfactorio fue el primer reconocimiento; pero les mandaron no dar un paso más hasta que llegase el capitán. Salió por fin este, repitiendo las preguntas de ordenanza; cumplidamente las satisfizo Calpena, que a su vez se permitió interrogar: «¿Qué fuerza es esta, mi capitán?

-Es la columna que mando yo, Santiago Ibero. Pertenecemos a la división de D. Martín Zurbano.

Y cuando esto decía, fue reconocido por Sabas, que prorrumpió en exclamaciones de gozo: «¡D. Santiago.. Santiago Ibero!

-¿Eres de La Guardia?

-De Páganos, para servirle, y usted también. ¿Pero no conoce a Sabas de Pedro?

-¡Otra! ¿Eres tú..? Adelante, señores.. ¿Traen comida? Apéense en este corralón. Entremos y hablemos y comamos..

El júbilo de los expedicionarios por verse entre amigos era tan grande, que no podían expresarlo sino con risas, gritos y exclamaciones patrióticas. Enterados de que la partida andaba mal de víveres, mandó D. Fernando a Urrea que franquease todo el repuesto que llevaban, y la alegría se hizo general. Entraron en un lagar desmantelado, al que seguían cuadras espaciosas, reconociendo (p.5182) Sabas la casa labrantía de Zambrana. Mientras acomodaba las bestias y les daba pienso, Urrea iba distribuyendo pan, queso y vino a la tropa en el corralón. Ibero y D. Fernando, antes de ponerse a comer, departieron largamente, diciendo el primero: «También a usted le reconozco. Es usted D. Fernando, el caballero que trajo de Oñate a las niñas de Castro, y que luego, herido en un pie, pasó una larga temporada en casa». Nombrada la familia, no se hartaba Calpena de pedir informes acerca de ella, y el otro los dio con mil amores. La Guardia no había caído en poder de los carlistas; pero se temía que la ocupasen por ser muy débil la guarnición. Las familias ricas habían salido, siendo de las primeras las niñas de Castro con Doña María Tirgo y las de Álava. Bien podía el informante dar fe de la feliz escapatoria, pues él con su gente habíales acompañado hasta el paso del Ebro, y pudo enterarse de que sin novedad llegaron a Fuenmayor. Doña María Tirgo, muerta de miedo, proponía que no parasen hasta Cintruénigo; pero Demetria opinaba que no debían pasar de Logroño, donde estarían bien seguras.

Era Santiago Ibero un mozo gallardísimo, franco, con toda el alma en los ojos y el corazón en los labios, cetrino, de mirada ardiente. Nacido en Páganos de una familia de labradores acomodados, su genio impetuoso, su ansia de gloria, más potentes que toda razón de conveniencia, habíanle lanzado a la campaña, antes que por querencia de la profesión militar, por su amor ardentísimo a las ideas representadas en la bandera de Isabel. Quería dar su sangre, su vida por la libertad y el progreso, en los cuales veía fuente inagotable de dichas para la Nación. Con tales beneficios, España saldría de su apocamiento y pobreza, mejorarían las costumbres, nos veríamos tan civilizados como los ingleses y tudescos, y seríamos fuertes, grandes, sabios y ricos. Odiaba el obscurantismo, y veía en la hipocresía farisaica de los partidarios de D. Carlos la causa de todos los males que nos afligen y del atraso en que vivimos. Al exterminio de esta (p.5183) secta nefanda quería consagrar su existencia, todas las energías de su alma honrada y valerosa. Habiendo visto en Martín Zurbano, a quien conoció en Logroño, la más feliz encarnación de aquellas ideas, y admirando en él, además, el coraje, la perseverancia, la militar pericia, se afilió con entusiasmo en su bandera. Con él peleaba, y con él moriría, si necesario fuese, por la santa causa de los libres, que era el porvenir glorioso de la Monarquía y de España.

A la media hora de charla, ya eran amigos Ibero y D. Fernando, y este tuvo conocimiento de la situación de la columna. Los carlistas se habían apoderado de Peñacerrada, que por su posición topográfica en terreno montuoso era una fortaleza natural. Fortificados también otros puntos de la sierra, ocupados pueblos importantes del Condado, quedaba interrumpida la comunicación de Vitoria con las líneas del Ebro. La situación era, pues, gravísima, y si no venía Espartero con fuerza grande a desatar el nudo, sabe Dios lo que sucedería. Según las noticias del capitán, D. Baldomero se preparaba, y en tanto había mandado al general Ribero a la parte de Nanclares, mientras D. Martín, en la Rioja alavesa, molestaba al enemigo todo lo que podía, quitándole raciones y amparando a los pueblos. Con este fin, ordenó a Ibero que con su columna limpiase de facciosos los caseríos de la sierra de Toloño, y en ello se vio el capitán muy comprometido, pues atacado por fuerzas superiores, había tenido que batirse a la desesperada. Intentaba retroceder hacia la Rioja alavesa, para reunirse con su jefe; mas no tenía seguridades de poder conseguirlo. Hallando a su paso en la tarde de aquel día la casa de labor de Zambrana, en ella se hizo fuerte, con el propósito de defenderse bien si alguna partida le atacaba. En caso de gran apuro, y si veía dificultades para retroceder hacia La Bastida, trataría de pasar el Ebro por el vado de Ircio.

En tanto que Ibero y D. Fernando se comunicaban sus planes y pensamientos, Iturbide y Zoilo no se apartaban de los de tropa, comiendo con ellos, contándoles (p.5184) peripecias del sitio de Bilbao, a cambio de las recientes hazañas de los zurbanistas, referidas, la verdad sea dicha, con disculpable uso de la hipérbole. Aquella tarde se habían peleado heroicamente con doble número de serviles, matándoles al jefe y cogiéndoles quince prisioneros. Luego tuvieron la desgracia de que en otro encuentro, en la misma tarde, perdieran ellos tres hombres, lo que no sintieron tanto como el que se les escaparan los quince cautivos cuando se disponían a fusilarles, en castigo de su amor al retroceso. Aquel segundo combate había quedado indeciso, sin grandes ventajas de una parte y otra, perdiendo el contrario dos burros cargados de cebada, y ellos los prisioneros, que fue un gran dolor. Si se les hubiera quitado de en medio en cuanto fueron cogidos, no se habrían ido riendo.. Pero, en fin, como hay Providencia, no debía desesperarse de volver a cogerles.

A media noche, unos dormían en grupos tendidos en el suelo, otros hacían guardias en los ángulos exteriores del caserón, y los mejores escuchas de la partida aplicaban la oreja al suelo, en observación de los ruidos lejanos. Ibero y D. Fernando se tumbaron en el sitio que mejor les pareció de la anchurosa cuadra primera; pero el capitán no tenía sosiego, y de rato en rato se levantaba para dar vueltas por el corralón y asomarse a las bardas de este, sin poder desechar el presentimiento de que antes del amanecer le atacarían, con refuerzos, los que en la funcioncilla última de la tarde habían quedado a media paliza y con ganas de llevársela entera.

Durmiose en las alternativas de estos temores D. Fernando, teniendo junto a sí a Urrea y a Sabas, y aún era muy incierta la claridad del nuevo día, cuando le despertó un rumor vivo, compuesto de voces corajudas y guerreras. Los facciosos venían, se aproximaban.. Silencio, calma, y prepararse todo el mundo.

 

Ep-27-XIV -

Brincando entró Zoilo en la cuadra, y dijo al capitán: «Denos fusiles, jinojo, si los tiene, y si no los tiene, déjenos ir a quitárselos a esos danzantes». Fusiles había, los quince de los (p.5185) prisioneros fugados, y al punto dispuso Ibero armar a los dos bilbaínos. «A mí también -dijo D. Fernando-, y a mis dos escuderos, que no vamos a estar aquí con las manos cruzadas». Para todos hubo armas y cartuchos. «Calma, no atropellarse -repetía el valiente Ibero-. Aunque sean más de mil, no nos copan, y aún permitirá Dios que se dejen aquí los dientes. Cerrar todo bien, amontonando en el portalón del camino las piedras que mandé preparar esta noche, para que no puedan abrirlo. Cerrar también, dejándola sin parapetar, en disposición de ser abierta, la portalada del corralón de la noria, queda al campo por nuestra derecha.. Ya saben los de la buena puntería que su puesto es arriba, en las ventanas del pajar que dominan el campo. Fuego sostenido, y mucho ojo, amigos..Ya saben los ligeros dónde han de situarse: en el corralón de la noria. Si en la entrada por el camino ponemos piedras, en la otra parte pondremos carne, para que esta carne me haga una salidita cuando yo lo ordene. Calma, y fijarse bien en lo que mando.. Ahora todo el mundo a su puesto, y apagar luces: hagámonos los dormidos para que vengan confiados y se dejen abrasar como borregos».

-Yo me voy con los ligeros -dijo Zoilo-, si el capitán no me manda otra cosa.

-Y yo con los tiradores -añadió D. Fernando-, pues no es del todo mala mi puntería. Amigo Ibero, ponga usted en el mejor sitio a mi criado Urrea, que es gran cazador: al enemigo a quien este eche el ojo, pronto le verá usted patas arriba. Sabas, ¿tú qué tal tiras? Vente conmigo.

Antes de que D. Fernando y los suyos llegaran al ventanucho en que les colocó Ibero, ya empezaban los sitiadores a tirar coces a la puerta. Desde el pajar se les contestó con vivo fuego. Los ligeros, trepando a la noria, disparaban también sin abandonar el cuidado del portalón. Ibero recorría los puestos, y tan pronto estaba en el segundo corral animando a los chicos, como subía para cuidar de que el servicio de cartuchos se hiciera con prontitud. Sereno en medio del combate, a todos infundía su valor y confianza. (p.5186) Arreció el fuego desde fuera contra los huecos del pajar, y el capitán ordenó a los suyos que aprovechasen bien los tiros, afinando la puntería. Los estragos de la de Urrea se apreciaban fácilmente viendo cómo se clareaban los grupos enemigos y oyendo sus vociferaciones; D. Fernando afinaba también, y Sabas, que no se creía con bastantes ánimos para afrontar el tiroteo, fue destinado prudentemente al servicio auxiliar de los diestros cazadores. Con doble juego de fusiles, Sabas y un viejo de la partida cargaban mientras aquellos, el fusil en la cara, aseguraban con ojo certero la pieza.

Fiados en su número, los sitiadores, que ninguna ventaja adquirían con el ataque de fusilería, intentaron el asalto, trepando por la parte más accesible de la tapia. Ibero, que les había calado la intención, bajó presuroso, después de dar órdenes arriba para arreciar el fuego, abrasando a los asaltantes todo lo que se pudiera; y sin cuidarse de que diez o quince penetraran en el patio, dispuso la salida por la portalada del corral de la noria. Ello se hizo con rapidez y bravura. Como unos treinta hombres se lanzaron fuera, y la emprendieron a bayonetazos o a navaja limpia con los sitiadores, sorprendiéndoles y aterrorizándoles de tal modo en su impetuoso arranque, que con la sola pérdida de tres de los suyos escabecharon cuádruple número de los contrarios, y a los demás les impelieron a la fuga. Obedeciendo como máquinas la orden de Ibero, volviéronse adentro, después de causar el efecto que se proponían, y atrancaron la puerta con piedras y troncos y cuanto hubieron a mano. De los que habían saltado, algunos quedaron dentro sin vida, otros lograron salvarse, y a poco se oyó una voz ronca y frenética que gritaba: «Ibero, volveremos..». Levantado el sitio, los de arriba vieron al enemigo retirarse, llevándose sus heridos. Como a cien pasos, dispararon de nuevo en descarga cerrada; mas Ibero mandó que no se les contestase, gritando a los fugitivos: «Animales, gastad cartuchos, gastadlos, que yo reservo los míos para cuando volváis».

Gozosos (p.5187) celebraban su victoria, y Zoilo parecía demente, del júbilo que le embargaba, no vacilando en relatar él mismo sus hazañas con infantil orgullo. Sin la obligación de acatar al jefe, que había mandado a los ligeros volverse después de la primera embestida, él se habría traído la cabeza de un faccioso, a quien ya tenía cogido en excelente disposición para decapitarlo. Reconocido el campo, encontraron dos heridos graves, que recogieron, y tres muertos propios. Los enemigos eran catorce, que abandonaron sin cuidarse de darles sepultura. Descansando de la refriega, elogió Ibero la destreza inaudita de Urrea y la de D. Fernando. Iturbide se había portado bien entre los ligeros, y Zoilo, al decir de todos, con extraordinaria bizarría y temeridad. Pronto surgió en la mente del jefe de la columna el grave problema de la resolución que debía tomar. ¿Se fortificaban en aquella excelente posición, aguardando tranquilos las embestidas del faccioso, que de seguro no tardaría en recalar con mayor fuerza? La solidez del edificio y la bravura de su gente, reforzada con cinco números, de los cuales tres por lo menos eran de gran precio, le garantizaban una defensa gloriosa; pero si la situación se prolongaba, como era de temer, ¿de dónde sacaría municiones y víveres?

Dificultosa era la salida; pero con todos sus riesgos, les ofrecía menos probabilidades de una perdición segura. Marchando hacia Miranda, era menos probable el encuentro de una considerable fuerza facciosa; marchando hacia el Este, este peligro acrecía, mas lo compensaba la contingencia ventajosa de encontrar el grueso de la división de D. Martín. Encaminarse al Ebro para vadearlo y pasar a la Rioja le parecía desairado: era el recurso último; era imitar a las mujeres y a los pobres viejos aldeanos que huían de sus hogares. Oír quiso la opinión de Don Fernando, en quien reconocía un juicio claro y sereno de todas las cosas, y el caballero, que tan gallardamente había sabido conquistar su amistad, no titubeó en darle este terminante voto: «Yo que usted, iría en busca de la peor y de la (p.5188) mejor contingencia, que las dos se le ofrecen por el lado de Oriente: batirme a la desesperada con fuerzas superiores, o encontrar el amparo de la división de mi jefe. ¿Quién le dice a usted que D. Martín, sabedor o sospechoso del conflicto en que usted se halla, no viene en su socorro?». Esta última razón llevó tal luz a la mente de Ibero, que ya no hubo más dudas. «Nos vamos ahora mismo -dijo-, apartándonos del llano, y metiéndonos en las fragosidades de la sierra de Toloño. Por allí no nos buscarán. Salgamos sin ruido, en secciones, que no han de perderse de vista.

A la media hora ya estaban en marcha, confiados en su buena estrella, Ibero fortalecido por su fe ciega en el ideal de los libres, que creía obra de Dios. Aunque odiaba el fanatismo, era creyente y buen cristiano; y lejos de ver incompatibilidad entre la libertad y el dogma, teníalos por amigos excelentes, y por amparadores de la Causa, a todos los santos de la Corte celestial. Grandes fatigas y trabajos sufrieron en su larga caminata por la falda de la sierra, describiendo curvas extravagantes para huir de los puntos que suponían ocupados por destacamentos carlistas. El tiempo se les torció al segundo día, metiéndose en agua, encharcando la tierra, y convirtiendo en torrentes las cañadas que descendían de los montes; mas no conceptuaron por muy desfavorable el temporal, fuera de las molestias que ocasionaba, porque el continuo llover era como una cortina del cielo que les ocultaba en su marcha sigilosa, y la humedad del suelo, si a ellos les estorbaba, quizás en mayor grado entorpecería los pasos del enemigo. En cuatro días de marcha penosa no tuvieron ningún mal encuentro; al quinto toparon con una partida inferior en número, que batieron sin dificultad, y el peligro de que tras ella vendría mayor fuerza, lo sortearon escabulléndose en dirección contraria a la que habían seguido los derrotados.

Consumidos los escasos víveres que sacado habían de su fortaleza, empezaron a sufrir terribles hambres. Merodeaban en los abandonados plantíos; algunos (p.5189) cazaban; mas los conejos parecían huir también de la guerra, como su enemigo el hombre. Erizos y otras alimañas encontraron en la espesura del monte; en una aldehuela miserable, sólo habitada por cuatro mujeres y dos vejetes, entraron a saco, arramblando por todo lo que en aquellas pobres viviendas había, algunos panes, cecina y alubias. Dos cabras fueron después gran hallazgo, y mejor aún unas alforjas perdidas, con el tesoro de cuatro quesos y algunas cebollas. Con tales apuros iban viviendo, marchando de noche, ocultos y dispersos de día, hasta que, sabedores por sus avanzadas de que en una paridera próxima a Peciña descansaban veinte facciosos, cayeron sobre ellos de madrugada, y sorprendiéndoles dormidos, a unos mataron, dispersaron a otros, quitándoles todo lo que tenían. El único que entre ellos quedó prisionero, con un brazo roto, les dijo que D. Martín, después de dar un achuchón a los carlistas cerca de Avalos, se había corrido a Leza, internándose después en la Sonsierra. Arrimados a las asperezas del monte, siguieron su camino en busca de Zurbano; y por el afán de avanzar todo lo posible, anduvieron largo trecho en una noche tempestuosa, con horrísono tronar y golpes de granizo, viendo caer rayos y alumbrarse toda la tierra con siniestros resplandores. Pero sus templados corazones, insensibles al miedo, querían ampararse de los accidentes espantables de la Naturaleza, para recorrer mayor espacio, prefiriendo los senderos escabrosos e inaccesibles. Por último, más arriba de Leza, les deparó Dios una columna cristina de tropas regulares, perteneciente a la división del General Buerens. Estaban salvados.

Provistos de municiones, pues las pocas que llevaban se les habían inutilizado con la humedad; reparados sus míseros cuerpos con alimento sano, aunque no muy abundante, y adquirido informe verdadero de la situación de D. Martín, siguieron en su busca, y al caer de una plácida tarde le hallaron en un desfiladero por donde pasa el camino de herradura entre La Guardia y Pipaón. ¡Feliz encuentro, a los (p.5190) doce días de haber salido de Zambrana, realizando una prodigiosa marcha por país enemigo! Aunque el mérito de esta no se le ocultaba, Zurbano recibió a Ibero con una fuerte chillería, pues era su condición mostrar rigor y displicencia en todo asunto del servicio, sin duda por hacerse respetar y temer de sus subordinados. Según decía, si hubiera seguido Ibero puntualmente sus instrucciones, no alejándose de La Bastida más que lo preciso para picar la retaguardia a la partida del Zurdo, no le habrían pasado tantas desventuras. ¡De buena había escapado! En fin, a olvidar los desastres, y a repararlos sacudiendo al enemigo todo lo que se pudiera.

Era Martín Zurbano (a quien se le despegaba el Don postizo) un hombre tosco y desapacible, de rostro aclerigado, ceño adusto, boca fruncida, de regular estatura y lentitud parsimoniosa en sus movimientos. Usaba boina blanca y chaquetón forrado de pieles sin ninguna insignia; sable y pistolas al cinto. Hablaba incorrectamente y con acento duro, erizado de interjecciones, lenguaje del valor de aquel tiempo en la milicia montaraz. A pesar de estas asperezas, y quizás porque en ellas veía la perfecta imagen del Marte español, Ibero sentía por él amor y entusiasmo; y aunque sirviendo a sus órdenes quería imitarle en la rudeza de los modales y en las groseras voces, no siempre lograba el objeto, pues más que su proselitismo podían su nativa delicadeza y buena educación. El felicísimo encuentro con Don Martín no les proporcionó ningún descanso, pues lo mismo fue llegar y juntarse y recibir Ibero la peluca de su jefe, que se pusieron todos en marcha. No era muy satisfactoria la situación de los cinco caminantes agregados a la partida, pues Iturbide iba en estado febril, tendido en un carro; a Sabas le había salido un grano en el muslo; Zoilo tenía el pescuezo torcido de una fuerte tortícolis. Los mejor librados eran Calpena, que padecía extenuación nerviosa por la falta de sueño, y Urrea, que sólo se quejaba de ganas de comer no satisfechas.

La tremenda contrariedad de no poder (p.5191) comunicarse con su madre puso a D. Fernando en gran tristeza. Cogido en la trampa de un ejército en operaciones, tenía que permanecer entre las fuerzas cristinas, pues por una parte y otra el enemigo ocupaba montes, villas y lugares. Arriesgadísimo, por no decir imposible, era volver a Miranda con sus cuatro compañeros, o pasar el Ebro para refugiarse en Logroño, y no había más remedio que esperar el despejo de la situación y el término feliz o adverso de aquella campaña. Por todo el camino, en la marcha fatigosa, no cesaba de pensar que Dios no le había sido hasta entonces propicio en su expedición, quizás por haber emprendido esta sin lógica ni criterio, dejándose llevar de las corazonadas del insensato Zoilo, quizás de inexplicables querencias suyas, que él mismo no sabía definir. Y llegado a tal punto de confusión, como el que se pierde en un laberinto sin encontrar salida, no hacía más que interrogarse de este modo: «¿Y yo a dónde voy? ¿Por qué he venido aquí? ¿Volveré a ver a mi madre, a mi querido capellán, a mis entrañables amigos de Villarcayo? ¿Habrá dispuesto Dios que deje yo aquí mis pobres huesos? ¿Tendré que hacer el héroe por fuerza para llegar a serlo de verdad? ¿Es ley constante que las acciones muy estudiadas y previstas resultan siempre bien? ¿Es seguro que los actos de impremeditación y de temeridad, comúnmente tenidos por locuras o necedades, enderezan siempre al mal? ¿Qué caminos llevan a la vida, qué veredas llevan a la muerte? ¿Toda senda tenebrosa conduce al Infierno? ¿Toda senda iluminada y florida conduce al Cielo?.. Si yo tuviese aquí a mi madre para que me ilustrara en estas dudas, mi tristeza no sería tan honda. Ya que no la tengo, traeré su pensamiento al mío, y con esta luz veré lo que solo no veo: la esperanza. Adelante, y sea lo que Dios quiera».

 

Ep-27-XV -

Llegados, entrada la noche, a media legua de Pipaón, pueblo perteneciente a la hermandad de Peñacerrada (que hermandades y cuadrillas son allí las divisiones territoriales) , hizo alto la columna al amparo de unas casas destruidas, (p.5192) y D. Fernando descansó junto a su amigo Ibero, el cual le dijo que D. Martín tenía órdenes de destruir, o molestar por lo menos, a todas las columnas carlistas que llevaran provisiones a Peñacerrada, y, por último, de hacer un esfuerzo para ocupar a Baroja, lugar al Norte de dicha plaza, y perteneciente a su hermandad. La tradición designaba aquel territorio con el histórico título de Tierras del Conde, por haber pertenecido en tiempos muy antiguos a un D. Gómez Sarmiento, repostero del Rey de Castilla D. Enrique II. Como país montuoso, en los habitantes de la hermandad dominaban las ideas de retroceso, así como en las tierras bajas crecía lozana la planta de la libertad. Trabajillo había de costarle a Espartero la destrucción de aquel baluarte que últimamente habían armado entre peñas los soldados del absolutismo, con la intención bien clara de dominar los pasos del Ebro y amenazar las puertas de Castilla.

En tanto, D. Martín hizo saber a los cinco individuos de la cuadrilla de D. Fernando que si querían continuar agregados a la división, y participar de sus víveres y ampararse de ella, era forzoso que estuviesen a las agrias y a las maduras, afiliándose resueltamente como soldados de Isabel II, a lo que accedió el caballero en nombre de todos, enorgulleciéndose de combatir a las órdenes de Zurbano por la gloriosa causa de la Reina. En los tiradores de caballería encajaron admirablemente D. Fernando y Urrea, buenos jinetes y excelentes escopeteros. Iturbide y Zoilo prefirieron servir como infantes, y Sabas, que aunque valiente no manejaba el fusil con la necesaria destreza, pidió que le agregaran a la ambulancia. He aquí, pues, a los cinco expedicionarios metidos en militar danza por ley de la fatalidad o de la Providencia, que el nombre no altera el sentido o filosofía del hecho. Ninguno de ellos sospechaba, al salir de Miranda, que iban a pelear por Isabel agregándose a su ejército. Pero Dios lo había dispuesto así, sin duda porque, deseando terminar la guerra, quería que a esto se llegara echando toda (p.5193) la carne en los respectivos asadores. La incorporación en las filas fue acogida por D. Fernando sin repugnancia ni entusiasmo, como un deber impuesto por circunstancias ineludibles, y lo mismo puede decirse de Urrea, que en todo reflejaba los sentimientos de su amo. Sabas se resignaba; Iturbe parecía contento, y Zoilo estaba como demente, poseído de un frenesí de militar gloria.

Quince o más días duraron las operaciones de la brigada y sus veloces marchas en el quebrado país que separa las Tierras del Conde del territorio de Campezu, los montes de Isquiz, el valle del Ega, los pueblos de Marquínez y Apellániz. El objeto era interceptar los convoyes que el carlista traía de Estella, y embarazar toda comunicación de Álava con Navarra. Brillante fue aquella página militar, y los prodigios de valor y agilidad que la formaron apenas caben en la historia, que por hallarse bien repleta de tales hazañas ya no tiene hueco para más. Firme en su puesto, y atento a su deber, Calpena no se propuso nunca hacer el héroe, ni señalarse por el desmedido ardor guerrero: cumplía con su deber, y nada más. En cambio, Zoilo era el propio espíritu de Marte; su ambición de brillar y distinguirse nunca se saciaba; hallábase poseído de una loca temeridad; sus hazañas eran, no ya extraordinarias, sino inverosímiles. La envidia hubo de trocarse al fin en general admiración.

Había D. Martín tomado afecto a Calpena, con quien echaba párrafos entretenidos en los cortos ratos de descanso, y hablando de Zoilo le dijo: «¿Pero de dónde ha sacado usted ese diablete? Nunca he visto mejor madera de militar, ni creo que haya en el mundo quien se le iguale. ¡Maño!, en cuanto vea al General he de proponerle para alférez, y aún me parece poco». Esto era muy grato a D. Fernando, que, sin saber por qué, sentía que el bilbaíno ganaba terreno en su corazón. Verdad que Zoilo le mostraba un afecto sincero; contábale con infantil sencillez sus actos de heroísmo, y parecía olvidado de todos los asuntos que les hicieron rivales. Si no hablaba nunca de lo pasado, Calpena hubo de (p.5194) recordárselo en una ocasión que es forzoso referir.

«Ven acá, chiquillo -le dijo, haciéndole sentar a su lado la noche antes de incorporarse la brigada al ejército de Espartero-. Quiero darte la buena noticia de que serás pronto teniente, quizás capitán. Pero, pues has lucido bastante tus dotes guerreras, en las cuales ya hemos visto que no tienes semejante, debo decirte que no expongas tu vida con tan desmedida bravura.. Tiemblo por ti, hijo. Obligado estoy a devolverte a tu familia, por compromiso que contraje con mi conciencia. No me haría ninguna gracia verte espanzurrado el mejor día en el campo de batalla.. ¿Y tú no temes morir? ¿No piensas en la pena de los tuyos cuando sepan que has perecido? ¿No te acuerdas ya de tu mujer?».

Nublose el rostro de Zoilo al oír esto, y la contestación no se hizo esperar. «Sí que me acuerdo -dijo al fin-. ¡Pues no he de acordarme, si Aura es mi vida, la vida que he dejado allá..!».

-Pues tienes que volver a su lado y hacerte dueño de su afecto absoluto, sin alternativas lunáticas, ¿sabes? Yo haré cuanto deseas, morirme o casarme.. Todo es cortar la esperanza y hacer liquidación de lo pasado.

-Ya ve -declaró Zoilo- cómo hemos venido a ser amigos usted y yo. Desde que nos metimos en la guerra se me fue del alma el rencor contra usted.. Porque yo tengo dos vidas, dos amores: mi mujer y la guerra. Guerreando la quiero más, si más es posible, y se me quitan todos los resquemores. Valgo yo más que nadie, y no se ofenda.. Y también le digo que no tenga cuidado por mí, porque no hay bala que me mate, ni enemigo que me venza.. Si me hacen capitán de ejército, ya no hay quien me separe de la vida militar. Y si consigo curar a mi mujer y quitarle los malos recuerdos, ¿qué más puedo desear?.. Como esas dos cosas quiero, las he de conseguir.

-En cuanto sea posible -dijo Calpena-, hemos de procurar comunicarnos con nuestras respectivas familias. Tú anunciarás a la tuya mi muerte o acabamiento, y yo a la mía la conquista de tu amistad. Son dos buenas noticias, y cada (p.5195) una hará su efecto. Voy pensando, como tú, que querer es poder. Queramos y podremos.

Poco más hablaron, porque Zoilo, rendido de cansancio, se caía de sueño. D. Fernando durmió también tranquilamente, y gozoso fue el despertar, porque recibieron orden de marchar a reunirse con Espartero.

El primer amigo que Calpena encontró en el ejército del Conde de Luchana fue Juanito Zabala, ya coronel, que mandaba cuatro escuadrones de una brillantísima caballería, dos de húsares tiradores y dos de lanceros. Mucho se alegraron uno y otro de verse, y no esperó D. Fernando a que Zabala le interrogase para contarle el cómo y cuándo de andar en aquellos trotes. Previo consentimiento de Zurbano, pasaron Fernando y Urrea al cuerpo adventicio que se había formado con paisanos de Rioja y con desertores de la expedición de Negri; pero a Zoilo no quiso D. Martín soltarle, aunque le dieran en oro molido, o sin moler, lo que aquel endiablado chico pesaba.

Y comenzaron, ¡vive Dios!, vigorosas operaciones contra Peñacerrada. Una de las divisiones, compuesta de tropas de la Guardia Real, la mandaba el general Ribero; la otra, que era la tercera del Norte, el General Buerens. Entre ambos reunían 18 batallones, distribuidos en tres brigadas por cada división. Mandaba la artillería el brigadier D. Joaquín de Pont, y la caballería el que ya conocemos. Zurbano se apoderó de Baroja, y Espartero se posesionó de las alturas de Larrea, que al punto fueron atrincheradas. Desde allí podía batir el castillo de Peñacerrada a tiro corto de cañón. Tres días de furiosos combates precedieron al asalto. Los carlistas, mandados por Gergué, se batían con indomable valor, intentando destruir las líneas que Espartero iba formando para emplazar su artillería. Ventajas obtenían los unos, ventajas los otros, disputándose el terreno palmo a palmo. Los batallones alaveses hicieron gallarda salida con un empuje que la caballería de Zabala pudo contener. Y tras aquellos terribles días, otros tres se emplearon en escalar con vigor de gigantes los muros del castillo, ganando (p.5196) ahora un montón de piedras, para después perderlo y volverlo a ganar con horrendo sacrificio de vidas. Incansable, buscando siempre el primer puesto en el peligro, Espartero era el gran soldado, el caudillo que de su magnánimo corazón sacaba la increíble fuerza que a su gente infundía. Creciéndose con las dificultades, cada tropiezo era escalón donde afianzaba el pie para seguir adelante. Quedó por fin bajo la enseña de Isabel el formidable castillo, con sus murallas hechas polvo y sus piedras salpicadas de sangre.

En tan terrible cuanto gloriosa ocasión, D. Fernando, que asistido había con ardor y curiosidad a todas las peripecias del combate, peleando también siempre que funcionaba la caballería contra los alaveses, fue herido en la cabeza y hubo de retirarse. Urrea le llevó a Baroja, donde pasó un día con las facultades turbadas a causa del golpe, y tres o cuatro en completa inutilidad para la guerra. Su herida no era grave; mas no le permitía volver a las andadas en algún tiempo. Pasó dos días devorado de impaciencia y de sed, asistido del capellán Ibraim y de un físico muy experto, sin formar cabal idea de las sucesivas peripecias militares, pues tomado el castillo, obstináronse los carlistas en defender la plaza a estilo zaragozano, disputando muro por muro y casa por casa, y fue menester echar contra ellos todo el coraje de acá y la inagotable energía del jefe y de su tropa. Oía Calpena el continuo cañoneo, y ansiaba conocer el resultado de tan fiero batallar. Por fin, una noche entró Urrea en el establo donde yacía, y le dijo: «Peñacerrada es nuestra, señor. Hemos cogido el hueso, y allá van corriendo hacia Toloño los perros que lo tenían». No tardó Zabala en darle las albricias. Todo era júbilo en Baroja, y la línea desde este pueblo a la plaza ganada ardía en entusiasmo.

La inquietud mayor del caballero al abandonar su mísero alojamiento era no saber de Zoilo ni de Sabas, pues Zurbano había salido en persecución de los fugitivos. Zabala, que también les fue a los alcances, volvió sin satisfacer las dudas de D. Fernando respecto a (p.5197) sus amigos. Si poco temía del arrojo de Sabas, no podía desechar la idea de que el bilbaíno pagaba a la muerte el tributo que su desmedida ambición de gloria le debía. En estas ansiedades le cogió D. Baldomero, que de Larrea, después de la entrada oficial en Peñacerrada, trasladó su cuartel a Baroja. Mandole llamar, y mientras tomaba en el Ayuntamiento un frugal tente-en-pie, del cual no participó Calpena por la radical inapetencia que sufría, hablaron de lo humano y lo divino. Enterado el de Luchana de diversos particulares interesantísimos, y hasta cierto punto novelescos (por revelaciones que le hizo D. Beltrán no lejos de Medina, en Febrero último) , se arrancó a felicitar al caballero con la confianza militar que gastar solía, y díjole después: «Pero, amigo mío, ¿en qué estaba usted pensando cuando consintió que su madre se estableciera en Medina de Pomar? Si todo aquel país no ha sido hasta hoy de los más castigados, pronto le veremos arder.. No, no; allí no está bien. Debió usted llevarla a Logroño, donde ella y Jacinta se habrían acompañado lindamente. Allá la seguridad es completa. Nuestra casa es grandísima: buenos alimentos, buenas aguas. A Logroño han ido a parar muchas familias de estas hermandades, entre ellas las niñas de Castro, que creo son amigas de usted».

Diole el caballero las gracias con efusión, añadiendo que procuraría trasladar a su madre a Logroño, si la guerra duraba..

«¡Que si dura..! Esto no se acaba nunca.. esto es un bromazo terrible.. -clamó Espartero dando rienda suelta a la franqueza militar y española, que iguala en la indiscreción a pequeños y grandes-. ¿Y qué quiere usted que pase con el desbarajuste de ese Gobierno?.. Yo pregunto: ¿quién aconseja a esa buena señora..? Cada día más retroceso, más errores, más desconfianza de la libertad y del pueblo, cuando el pueblo, la masa.. en fin, no quiero hablar de esto.. Usted fíjese.. ¿Ha visto el país una situación más desatinada? Les he dicho cuanto hay que decir.. No hacen caso: ellos se lo saben todo.. y ahora nos quieren traer mayores enredos y (p.5198) conflictos con esa contrarrevolución que han inventado, la bandera de Paz y fueros.. ¡Otro disparate, Señor! ¡En qué cabeza cabe..! Créame usted: si el patriotismo no me amarrara a este puesto, si no creyera yo que me debo a mi patria, al pueblo sano y liberal, ya me habría ido a mi casa.. ¡Ah, sí..!».

Asintiendo a todo, D. Fernando aprovechó las franquezas del General para pedirle que le facilitara medios de enviar una carta a Medina de Pomar, y tuvo la dicha de que Espartero colmara sin tardanzas sus deseos, pues al siguiente día pensaba enviar comunicación a Castañeda, que operaba por allá. Pidió permiso Calpena para retirarse a escribir, y lo hizo con calma y amor. Desde aquella hora todo fue bien, pues a poco de soltar la pluma, en el rincón del establo donde había hecho su vivienda, tuvo razón de Luchu, y al siguiente día le vio llegar tan famoso, radiante de orgullo, en toda la gallardía teatral de su heroísmo auténtico, contando sus hazañas sin atenuarlas con modestias anodinas. «Sepa usted, Sr. D. Fernando, que D. Martín me ha dicho: 'Animal, eres capitán'».

 

Ep-27-XVI -

Contó luego Zoilo el caso inaudito de Iturbide, que habiéndose portado, el primer día de ataque al castillo, con toda la decencia militar de un buen bilbaíno, había ensuciado su reputación y su carrera pasándose a un batallón alavés. Creyó que los carlistas ganaban; se le aflojaron los calzones.. Allá se fue.. Siempre le había tirado el servilismo.

«El infeliz -dijo D. Fernando-, ha creído que por caminos de la facción volvería más pronto a Bilbao».

-Sabe Dios a dónde irá.. ¡Otra! Ya me río de pensar que habrá visto a mi padrino Guergué, tal vez a mi padre, y les habrá dicho que estoy aquí, en el ejército de Espartero, y que soy capitán, y que..

-Y que eres mi amigo. No serán pocos motivos de confusión para tu padre.

-Pues hay más. ¡Si parece que esto lo hace Dios, conforme a mi querer, más fuerte que todas las cosas..! Pues la última vez que estuvimos juntos Pepe y yo, el jueves por la mañana, nos dieron la noticia de que usted había caído, en la (p.5199) segunda carga, con una herida mortal en la cabeza. ¡Jinojo, qué sentimiento! Pasa media hora, y viene Segundo Corral, y nos larga en seco la noticia: «El pobrecito D. Fernando acaba de expirar!». ¡Jesús!

-¿Lo creíste?

-Yo no. No creo en la muerte de los que, según mi querer, deben vivir.

-Pero Iturbide se tragó la bola, y a estas horas se lo habrá contado a D. Sabino, si es que anda todavía con ellos.

-¡Otra!, a mi padre le tiene usted ahora más contento que unas pascuas, dando gracias a Dios..

-¿Por mi muerte?

-Cabal.. A no ser que crea que yo le maté a usted.. Todo es creíble allá.. Y en este caso, alegrándose, rezará mucho porque Dios me perdone.

-¡Y tú y yo tan amigos!

-¿Esto qué es?

-Romanticismo, Zoilo. La lógica de las cosas absurdas, la risa del dolor, la tristeza del placer..

-¿Y eso qué quiere decir?.. ¿Poesía?

-Tal vez.. Misterios de las almas. Tú dices que querer es poder. Yo digo que mereces ser dichoso y lo serás.. Vaya, chico, a tu obligación, que es tarde. Separémonos. Hasta mañana.

Aquella noche, hecho un ovillo en su pesebre, sintiéndose febril, con honda ansiedad en su espíritu, agobiado el cuerpo por la debilidad, rebelde al sueño, el Sr. de Calpena con esta idea se atormentaba: «¡Si al fin dispondrá Dios que este loco se salga con la suya!». Efecto de la fatiga y de la pérdida de sangre, complicadas con añoranzas muy tristes, se le insubordinó el estómago, rechazando todo alimento, y los pícaros nervios se declararon en audaz anarquía. En Baroja habría tenido que quedarse, si no le llevaran en un carro, muy bien asistido por Urrea y Sabas, que dejó gustoso las armas por el servicio de su querido amo. Ibero y Zabala le acompañaban todo lo que podían, y Zoilo más de lo que debiera, descuidándose del servicio, sin miedo a las reprimendas de D. Martín. En tal estado, y siempre en seguimiento del Cuartel General, pasó el puerto de Población. Dos días de descanso en Eripán, donde le deparó Zabala un buen alojamiento, fueron el comienzo de la recuperación, que había de ser completa dos semanas más tarde en la (p.5200) histórica y por tantos títulos famosa ciudad de Viana.

Resolvió Espartero quitar al enemigo el único punto fortificado que aún conservaba en la región alavesa, la villa de Labraza, cabecera de la hermandad de su nombre en la cuadrilla de Vitoria, guarnecida de viejos muros y de robustas torres, de las cuales hizo el carlista punto de apoyo para remediar en lo posible la pérdida de Peñacerrada, y asegurar sus comunicaciones con Estella. Mientras se disponían los elementos necesarios para la expugnación de Labraza, pasó Espartero a Viana, donde estuvo dos días, y de allí a Logroño, ávido de un breve descanso en su casa. No le vio Calpena al partir; pero tuvo conocimiento de que el ilustre Caudillo no le olvidaba, por un recado amistoso que Zabala le transmitió, con estas palabras que de confusión le llenaron: «El General, además, te ruega que le esperes aquí, a su regreso de Logroño, pues tiene que hablarte». Por más que se devanaba los sesos, no acertaba D. Fernando en el descubrimiento del negocio que con él quería tratar el conde de Luchana. «¡Hablarme a mí! ¿De qué..?». Y en esta incertidumbre vivió una semana, aguardando la solución del acertijo, con el gozo de ver restablecida gradualmente su salud, pues las aguas y los alimentos de Viana hicieron entrar en razón a su estómago. A los pocos días de descanso y vida regalona en pueblo tan interesante, pudo montar a caballo y dar buenos paseos con sus amigos por el camino de Logroño, hasta llegar a los cerros donde se descubre el curso del Ebro caudaloso, la mole de la Redonda y el caserío y torres de la capital riojana.

Grata fue la resistencia del caballero en aquel pueblo de tanta nombradía en los anales de Navarra y de Castilla; disfrutó lo indecible examinando las señales y vestigios de nobleza en calles viejas y palacios desmantelados, en las antiquísimas iglesias de San Pedro y Santa María. Mucho había que leer en aquellas piedras. Los curas del arciprestazgo y los regidores de la ciudad franqueábanle códices y papeles interesantísimos, donde vio y (p.5201) gozó históricas hazañas, como la defensa que hizo el esforzado mosén Pierres de Peralta contra las tropas del Rey D. Enrique II, y los horrores de aquel memorable sitio en que las mujeres, así casadas como doncellas, manejaban las bombardas, trabucos, cortantes y otras diversas artillerías. Y fue tal el hambre que pasaron los vianeses, que viéronse obligados a comer caballos e otras fieras inusitadas, según reza un viejo pergamino. En la guerra de los Beaumonteses, que arrancó a Viana de la corona de Navarra para pasarla a la de Castilla, también había mucho digno de perpetuarse para ejemplo de los presentes. Vio D. Fernando el sepulcro de César Borja, duque de Valentinois, que allí murió, y los de otros ilustres varones de aquella tierra.

En estos entretenimientos le interrumpió Sabas, manifestándole que, pues las queridísimas niñas de Castro-Amézaga se hallaban refugiadas en Logroño, distante sólo dos leguas cortas, él iría, si su amo le daba permiso, a visitarlas por su propia cuenta, como Sabas de Pedro, y a enterarse de si estaban saludables y contentas. Pareciole a D. Fernando muy atinada la idea de su escudero, y le despachó al instante con la misión que se expresa, y la añadidura de un recado muy afectuoso de su parte. Pero ¡ay!, al día siguiente volvió Sabas cariacontecido con la triste novedad de que no había encontrado a las niñas, pues la señora Doña María Tirgo, después de una temporadita de residencia feliz en la capital de la Rioja, había logrado arrastrar a sus sobrinas hasta Cintruénigo, donde a la sazón pagaban a los Sres. de Idiáquez la visita que estos hicieron a La Guardia. ¡Ojo al Cristo!

Muy mal le supo el caballero esta desairada vuelta de Sabas; mas cuidó de disimular la nueva tristeza que a las suyas y a su nostalgia se añadía. Pasaba las noches entretenido con sus amigos, entre los cuales la fiera inusitada de Ibraim hacía el gasto de los chistes burdos y sainetescos. Rodaba el tiempo, y todo el afán de Fernando era que volviese pronto Espartero, que allí le había mandado esperar.. ¿esperar qué? ¡Oh (p.5202) incertidumbre!.. Para mayor aburrimiento, pasó el caudillo una noche por Viana sin detenerse mas que media hora, y Calpena recibió por el ayudante Serrano Bedoya nueva edición del recadito de marras: «Que no se mueva de aquí hasta que yo regrese, o le avise dónde debe ir a encontrarme».

-Pues, señor, la broma es ya más que pesada -decía Calpena, buscando medio de entretenerse con nuevos estudios de las antigüedades vianesas-. Cuanto más libre me creo y más empeño pongo en disponer de mi persona, más esclavo me encuentro. Mi sino es este, la esclavitud constante, el arrastrar cadenas.. de rosas si se quiere; pero cadenas al fin. ¿Qué habrá en mí para que chicos y grandes me honren con sus afectos más vivos..? Siento no tener a mano al gran Zoilo, el filósofo del querer potente, para que me dé su opinión sobre esto.

En tanto que D. Baldomero iba contra Labraza, en Viana corrían voces de que la tal operación sería de las más sangrientas. Para sustituir a Guergué, que perdió su valimiento con el desastre de Peñacerrada, Don Carlos había nombrado general de su ejército del Norte a D. Rafael Maroto. Este, cogido el bastón, se metió en Estella, ocupándose en reorganizar los batallones y en proveerlos de lo necesario para una activa campaña. Desde allí mandó recadito a los de Labraza, encargándoles que se defendieran hasta morir, que él iría en su socorro, provocando a Espartero a singular batalla en aquellos campos. Todo anunciaba una brillantísima página histórica; alguien creía próximo el último acto y quizá la escena final del drama de la guerra. Pero así como los dramas suelen flaquear en su desenlace por inhabilidad del poeta que los compone, los lances guerreros también salen fallidos por torpeza o desidia de estos poetas de la espada. En resumidas cuentas: que el de Luchana apretó el asedio; que Labraza se defendió bien, hasta que no tuvo más remedio que rendirse, sin que de Estella viniese Maroto con todo aquel aparato de fuerzas que anunció. La esperada lucha decisiva quedose para mejor ocasión, y (p.5203) Espartero, que había ido con terribles ganas de romperse el bautismo de una vez y para siempre con su rival de hoy, ayer compañero de fatigas americanas, volvió grupas, un tanto descorazonado como militar, como político no descontento de la prudencia de Maroto y de su pereza en sostener el reto.

Llegó por fin la ocasión que tan vivamente deseaba Calpena, y viendo entrar a Don Baldomero en Viana al caer de la tarde de un caluroso día de Julio, no tuvo sosiego para esperar a que el General le llamase, y se fue a la casa de los Tidones, donde se alojaba, y solicitó audiencia, que al instante le fue concedida. Sentábase a la mesa D. Baldomero para cenar con el Arcipreste Don Alonso de Aimar, con el alguacil mayor o Merino, D. Lázaro Tidón, tres señoras de la familia de Tidón y Asúa, el General Van-Halen y otros; y convidado Fernando, aceptó gustoso la grata compañía. Hablando de la guerra, dijo el de Luchana con su franca llaneza: «No me la dio Maroto.. Ya me había tragado yo que no vendría. Le conozco, es muy ladino, y no quiere comprometer el mando, que deseaba y que no le conviene soltar..». Sin saber cómo, la conversación recayó en cosas muy distintas de los sucesos militares, como la calidad de las judías verdes de Viana comparadas con las de Logroño. Sostenía el vencedor de Peñacerrada, conciliando la justicia con la galantería, que si al carnero de la merindad de Viana había que quitarle el sombrero, en judías de riñón y en pimientos morrones, donde estaba Logroño y su ribera, no había que mentar hortaliza. ¡Y para que se vean los misteriosos engranajes de la palabra humana! ¿Cómo pudo ser que del tratado de las alubias pasasen aquellos señores a la personalidad de César Borgia? Ello fue así, como también lo es que ninguno de los comensales, incluso el héroe, poseía nociones exactas de la vida y muerte de aquel afamado cardenal y guerrero, teniendo Calpena que desenvainar modestamente su corta erudición para ilustrar al esclarecido senado. No prestó gran atención Espartero a estas historias añejas, que otras más vivas (p.5204) le solicitaban, y aferrado a su idea, no cesaba de repetir: «Es muy ladino, muy ladino..».

No pasó mucho tiempo después de la cena sin que la expectación de D. Fernando quedase.. a medio satisfacer, pues Espartero, al conferenciar con él en su despacho, no hizo más que mostrarle los bordes, digámoslo así, del asunto que tratar quería, reservándose el cuerpo del mismo. Con su consabida franqueza ruda, que en muchos casos le resultaba bien, le dijo: «¿Pero a qué tiene usted esa prisa por volverse a Medina? Un hombre como usted, de sus circunstancias, no puede estar cosido a las faldas de la mamá».

-Mi General, he conocido a mi madre hace poco tiempo.

-Ya, ya sé.. vamos al caso. Usted vale mucho, yo sé lo que usted vale. No vengamos ahora con modestias ridículas. ¡Entre nosotros..! En fin, usted es hombre de grandísimo mérito. Lo sé, lo afirmo, y no hay que desmentirme, ¿estamos? Usted quiere que yo le regale el oído repitiéndole que es un modelo de caballerosidad, una inteligencia de primer orden, un joven ilustradísimo.. Ea, lo digo yo y basta.

-Pues basta, mi General. ¿Y qué más?

-De sus modales y finura de trato, nada hay que decir, pues bien a la vista están..

-Cuando usted acabe de echarme incienso, respiraré.

-No es incienso, es justicia.. Me habló Urdaneta y otros, otros amigos que le conocen a usted bien.. Y para que el hombre resulte completo, también somos valientes, ¿eh? Me ha dicho Martín.. Pero no trato yo ahora de valentías militares; estimo, sí, que sea usted hombre de corazón, de voluntad bien templada..

No exageraba D. Baldomero al manifestarse convencido de los méritos del joven, pues, en efecto, D. Beltrán le había ponderado, quizás con lujo de hipérbole, la inteligencia, cultura y dotes sociales del hijo extranjero de Pilar de Loaysa. Quizás estas cualidades eran agrandadas por el de Luchana en su viva imaginación, que ciertamente la tenía, como soldado de arranques, de momentos heroicos. «Bueno, señor mío -añadió poniendo punto final a los elogios-. Convencido de que usted vale y de que (p.5205) puede prestarme, a mí precisamente no, a la patria, a España, a la libertad, servicios grandes, no dudo en.. Decláreme usted ante todo una adhesión incondicional a los principios que represento, digo, que representamos todos los leales, que representa la causa legítima de Isabel II, la causa de la libertad».

Confirmada por Calpena su profesión de fe política, el de Luchana prosiguió así: «No cuento con usted para cosas de milicia; le quiero para una comisión, misión mejor dicho, misión.. que le comunicaré cuando estemos perfectamente de acuerdo en las cuestiones preliminares. Ea, Sr. D. Fernando, yo no le suelto ya. Si se aflige usted por la ausencia de su mamá, la traeremos a la Rioja..».

-Mi General, tenga la bondad de explicarme..

-No explico más, ¡caramba! Lo dicho, dicho. Le tengo a usted trincado por los cabezones. Escribiremos a la Condesa si es necesario.. Yo me voy mañana a Logroño. No le diré que venga conmigo; pero váyase usted pasado mañana, cuando guste, y allí seguiremos hablando. Por hoy, ¿eh?, fijarse bien, como si no nos hubiéramos visto.. Esto es reservado. Doy de barato que sobre las buenas cualidades que usted tiene domina la que de todas es maestra, la discreción, fijarse, la discreción. Y no digo más. Retírese usted ya.. Buenas noches. Descansar. Hasta luego.

Y se fue el caballero a su hospedaje, sabiendo.. que no sabía nada, sospechando, queriendo adivinar.. Toda la noche estuvo viendo ante sí, en la obscuridad, los ojos de Espartero, negros, penetrantes, ojos de trastienda y picardía, y su rostro atezado, duro, que parecía de talla, labradito y con buches, el bigote triangular sobre el fino labio, la mosca, las patillas, demasiado ornamento de pelos cortos para una sola cara. La mirada del guerrero le decía más que sus palabras, y a fuerza de leer en aquella, creyó descifrar el pensamiento que estas no querían manifestar. «Una misión -se decía-. ¿Acaso..? ¿Qué entiendo yo de misiones y tratos y enredos..? ¿Qué quiere hacer de mí? ¿Un diplomático, un polizonte? Me ha escogido porque cree que la (p.5206) discreción está en mi naturaleza.. como hijo del secreto que soy.. el secreto mismo. No acepto. Me voy con mi madre».

 

Ep-27-XVII -

Dormido con la resolución de no aceptar, despertó con la contraria idea; que estas mudanzas suelen traer el sueño a nuestro espíritu; y ya no se ocupó más que en disponer su traslación a Logroño, buscando antes a Zoilo para saber si pensaba continuar en la columna, o solicitar licencia y volver al lado de su familia. Este era el anhelo de Fernando, y esto le dijo, al encontrarle de regreso de un reconocimiento practicado por Zurbano en el pueblo de Aras. Alegrándose de verle, expresó el bilbaíno que desde su regreso de Labraza, donde había cumplido como bueno, sentía que se le iba enfriando el entusiasmo militar. Harto de gloria y satisfecha su ambición, renacían en él las querencias de la familia. Dos días y dos noches llevaba ya con el pensamiento empapado en la memoria de su mujer, a quien dormido y despierto veía en su mente, anhelando verla con los ojos de la cara, para recrearse en su belleza y entregarle el alma y la vida. Si su mujer le quería, y se curaba de aquella maldita enfermedad de recordar a otro y esperarle, él sería más feliz que los ángeles del cielo, y ninguna falta le hacía la gloria militar; que esta, sabíalo Dios, la buscó por dar a su querer una compensación de aquellas amarguras y por llenar los vacíos de su corazón. No cesaba de pensar que su mujer le echaba de menos, que indagaba su paradero, que padecía por la ausencia de él soledad y tristeza.. «Y de tal modo -proseguía- se me han clavado en el magín estas ideas, que ya no puedo menos de tenerlas por cosa cierta y fundada; que lo que yo pienso con gana, sucede, sí, señor, siempre sucede.

-También yo -dijo Calpena-, de algunos días acá, tengo la corazonada de que tu mujer se ha curado de esa locura de recordar lo muerto y esperar lo imposible. Sin ningún dato en que fundarme, lo siento, lo creo, y en ello me voy afirmando cada día más. Es para ti contrariedad grande el verte ya cogido en las redes de la Ordenanza y (p.5207) no disponer de tu persona para largarte a tu casa cuando te diere la gana.

Quedose Zoilo al oír esto muy pensativo, acariciándose la cabeza, sin que en esta brotase la idea que sin duda buscaba, y al fin, suspirando fuerte, se consoló de la obscuridad de su entendimiento con estas expresiones: «En fin, con un querer firme todo se arregla.. Volveré a mi casa».

-Pero ándate con mucho tiento, chico, y no se te pase por las mientes la idea de la deserción, que podría salirte cara. No juegues con las leyes militares. ¿Gloria quisiste? Tus triunfos te obligan a la obediencia. ¿Quieres ir a tu casa, ver a tu mujer? Pues aquí me tienes a mí para proporcionarte esa satisfacción, a mí, que te saqué de la cárcel y que adquirí con mi conciencia el compromiso de devolverte a los tuyos sano y salvo. Prométeme no hacer ninguna locura, pues al ponerte a mi lado entraste para siempre en el terreno de la razón. ¿Estamos conformes?

-Conformes, mi General. Así le llamo porque usted manda. Y váyase, váyase pronto a Logroño, y si está allí su novia, como dicen, cásese con ella, antes hoy que mañana, aunque para ello tenga que robarla.. Si hace falta un amigo de coraje, avise. A casarse, y así estaremos todos contentos.

-Ni mi novia está en Logroño, ni yo he de robarla, ni ese es el camino, Zoiluchu.

-¿Pues cuál es el camino, señor?..

-Esperar obedeciendo.

-Pues obedezco esperando, como soldado de filas.

No hablaron más, y con apretones de manos se despidieron, trasladándose D. Fernando con sus dos criados a Logroño, a donde llegó muy entrada la noche. Los oficiales de Gerona que iban con él encamináronle al parador del Camerano, en la calle del Mercado, no lejos de la Redonda, iglesia mayor del pueblo, y halló regular acomodo para sí y su gente; cenó y durmió tranquilo; y como no se le cocía el pan mientras celebrar no pudiera nueva conferencia con el héroe, al siguiente día, en cuanto llegó la hora oportuna para visitas, se personó en el palacio de Su Excelencia, una casona grande y severa, con fachada de sillería y ornamento barroco en (p.5208) balcones y ventanas. En la puerta se encontró a varios oficiales que conocía, y en el primer tramo de la escalera a su amigo Pepe Concha, quien muy contento de verle le introdujo en el billar, espaciosa sala del entresuelo. A la sazón el General despachaba con su secretario: era forzoso que Calpena esperase un rato, el cual resultó breve por la compañía de aquel simpático oficial, jefe de la escolta, y del ayudante Allende Salazar. A la media hora subió Fernando al primer piso, y Espartero le salió al encuentro muy afectuoso. Vestía de paisano, en traje muy ligero por causa del excesivo calor; y aún no habían concluido los saludos, cuando, volviéndose hacia una puerta entreabierta, gritó: «¡Jacinta, Jacinta!». Al conjuro de aquella voz, que era la voz del trueno en los campos de batalla, y que allí sonaba tan apacible, apareció una dama de excelsa hermosura, majestuosa en su familiar porte, sin el menor asomo de presunción en la sencillez casera con que vestía. Al saludo ceremonioso de Calpena contestaron los dos, marido y mujer, con esa confianza de buen gusto, propia de personas de viso que gustan de disimular su superioridad. La dama, más aún que su esposo, poseía un arte magistral para combinar la llaneza con lo que modernamente se llama distinción, la gracia con la autoridad. En pie los tres, Doña Jacinta (la etiqueta de la época obliga a conservarle el Doña) dijo festivamente al caballero: «¿Me acierta usted de quién es esta carta? -y al decirlo mostraba una que tenía en su mano muy dobladita-. A ver, a ver.. ¿conoce la letra?».

-Es de mi madre -dijo Calpena mirando el papel que la Condesa de Luchana puso ante sus ojos.

-Ya hablaremos, ya hablaremos. Tengo que reñirle a usted.. Así me lo encargan. Por cierto que es usted el hombre de la mala suerte en sus viajes. Ayer, ayer mismo pasaron por aquí las niñas de Castro, de vuelta de Cintruénigo.. Pero siéntese, D. Fernando. Si tienen ustedes que hablar, me voy.

-No, no; tiempo hay -dijo el héroe sonriendo-. ¿Y qué me cuenta usted de ese desastre de Morella?

-¿De Morella? No sé (p.5209) una palabra.

-El pobrecito Oraa se ha visto precisado a levantar el sitio.

-¡Qué dolor! -exclamó la dama suspirando, ya sentados los tres-. Lo he sentido por todos: por la Reina, por el Gobierno, por los liberales, y principalmente por D. Marcelino.. Es un hombre muy bueno, un militar que sabe su obligación, y le quiero de veras.

-Yo también -afirmó el de Luchana-. La empresa no era un grano de anís. ¡Sabe Dios los entorpecimientos con que habrá tenido que luchar el pobre Oraa, la falta de recursos!.. Es la mía: el Gobierno quiere acabar la guerra, y nos tiene sin raciones, las tropas descalzas. Crea usted, Calpena, que esos malditos moderados nos llevarán al abismo, si no se les ataja.. En fin, este mal paso de Morella, esta retirada ante Cabrera ensoberbecido.. nos parte.. ¡Qué contratiempo, qué desdicha! Por acá íbamos muy bien; ya usted lo ha visto.

-Crea usted, mi General -indicó Calpena-, que este inmenso litigio de la guerra civil no se ha de sentenciar en el Centro.

-Se sentenciará en el Norte, convenido.. pero los sucesos de allá ayudan o entorpecen, y este resbalón del pobre D. Marcelino.. Cuidado que yo le quiero.. Este resbalón ha de traernos consecuencias funestas. ¡Qué lástima, Señor..!

-Pero, Baldomero -dijo la Condesa con esa familiar lisonja que tan bien cae en labios españoles cuando son de mujeres buenas y amantes-, tú no puedes estar en todas partes.

-¡Yo..! -exclamó el caudillo con modestia, que sin duda no sentía-. ¡Sabe Dios si me hubiera pasado lo mismo, o quizás algo peor!.. La guerra es un azar, un compromiso, y por más que uno ponga de su parte todo lo que tiene dentro, siempre hay algo que no depende más que del Acaso, de..

-Y usted, mi General, ha sabido entenderse con el Acaso.

-¡Oh!, no crea usted.. También me ha jugado algunas.. Pero, la verdad, no hay queja..

-No tenemos queja -repitió Doña Jacinta-. Dios no nos abandona.. ¡Ay, qué pena! No puedo apartar de mi pensamiento al pobre D. Marcelino.. Pero, en fin, dejemos por ahora las cosas tristes.. que a D. (p.5210) Fernando tengo yo que decírselas muy gratas, pero muy gratas.

-Todo lo que usted me diga, señora, me será siempre agradabilísimo.

-¿Está bien seguro de eso?.. Bueno; luego hablaremos. Váyase usted preparando.

-Ya lo estoy.

-Y por ahora, dispénseme -dijo levantándose-. Tengo que hacer. No crea usted: todavía no he acabado de leer la carta..

En pie los dos, el visitante y la señora cambiaron frases de donosa cortesía:

-¡Vaya si hablaremos!.. Esta noche hará usted penitencia con nosotros.. No, no se admiten excusas. ¡Si usted lo desea!.. Está usted rabiando porque le hable yo de cierta persona..

-No digo que no.

-Pues para su tranquilidad, le diré que ayer estuvieron aquí las niñas a despedirse. ¡Si viera usted qué guapa está Demetria!

-Lo creo.

-Y Gracia, no digamos..

-También lo creo.

-Pero no creerá que por el lado de Cintruénigo hay nubes..

-¿Y truenos?

-Truenos todavía no.. Vaya, no más por ahora. A las siete, D. Fernando.

Solo con el Conde, manifestó verdadero ardor porque este acabara de dar solución al acertijo de Viana. «¿Pero qué prisa tiene usted? -le dijo Espartero sonriente-. ¡Si ahora le vamos a tener secuestrado aquí por mucho tiempo! Ya le dirá Jacinta esta noche su plan de traernos aquí a la Condesa..».

La entrada del General Ribero, al que siguió, con minutos de diferencia, la del brigadier Linaje, cortó la visita, y Calpena creyó discreto retirarse. Acudió al anochecer a la invitación para la cena, que fue gratísima, con asistencia del General Van-Halen, del coronel Zabala, del ayudante Gurrea y de la lindísima Vicenta Fernández de Luco, hermana de madre de la Condesa, y bastante más joven que esta. Doña Jacinta apenas pasaba de los treinta, y Vicenta no llegaba a los veintidós. Casó el 41 con Pepe Concha.

Llevó el peso de la conversación el brazo militar, comentando y discutiendo el desastre de Morella. No obstante disponer Oraa de veintitrés batallones, doce escuadrones y veinticinco piezas de artillería, y de contar con los expertos Generales de división Borso, San Miguel y Pardiñas, no pudo (p.5211) contrarrestar el empuje de Cabrera, amparado de las fragosidades y quebraduras de aquellos montes inaccesibles. Según Van-Halen, que conocía bien el Centro y la clase de guerra que allí se hacía, la culpa del descalabro del buen Oraa era del Gobierno, que en punible abandono tenía los servicios de administración, en atraso las pagas, descuidado el vestuario, así como el suministro de municiones. Debía Cabrera su renombre, más que a sus cualidades de astucia y arrojo, a la incuria de nuestros gobernantes, que no habían sabido poner en manos de los defensores de la Reina armas eficaces para combatirle. De sobremesa, mientras por un lado despotricaban los caudillos sobre este para ellos sabroso tema, por otro Doña Jacinta y su hermana platicaban con D. Fernando de la admirable resistencia de la niña mayor de Castro, en el asedio que nuevamente le ponían los Idiáquez con ayuda de su fuerte aliada Doña María de Tirgo. De buena tinta sabía la Condesa que, desesperados los sitiadores de la constancia de la señorita mayor, habían tratado de entenderse con la menor, creyendo encontrar en ella ambiciones de ceñir corona de marquesa. Pero la vivaracha niña quería imitar a su hermana en la vocación de quedarse para vestir imágenes. De todo ello resultaba que D. Fernando no tenía perdón de Dios si no cambiaba su actitud circunspecta por otra más decidida. Sin mostrarse el galán abiertamente contrario a estas ideas, pues la galantería se lo vedaba, halló medio de rebatirlas aceptándolas y de hacerlas suyas agregándoles cantidad de ingeniosos peros, todo con gran derroche de ingenio y picardía graciosa. Así entretuvieron la primer noche, retirándose Calpena muy agradecido a tanta bondad, y ligado ya por cordialísima simpatía a la familia del héroe.

Ningún día dejó de acudir al palacio de la plazoleta de San Agustín. No siempre pasaba al despacho de Espartero, que a menudo tenía visitas, o tareas urgentes con Linaje u otro secretario, a las cuales consagraba largas horas, fumando constantemente (p.5212) puros habanos de los mejores. En Doña Jacinta observó Calpena el prototipo de la dama casera, pues no había otra que la igualase en dirigir y conservar en orden perfecto su casa y servidumbre, sin olvidar por esto las obligaciones sociales. Inflexible para exigir a todos cumplimiento, era tan ordenancista en su hogar como D. Baldomero en los campos de batalla. Las comidas se anunciaban a toque de campana, y ¡ay del que dejara de acudir a su puesto! El General mismo no se desdeñaba de dar a conocer su miedo a las severidades de la digna esposa. Era muy sobrio en las comidas, y para él no había mayor suplicio que estar largo tiempo en la mesa. En días de convite o de extraordinario, se deshacía en impaciencia, anhelando que llegase pronto el momento del café y los puros. Ensalzaba las comidas breves; solía decir que debíamos buscar un medio de ingerir de golpe los alimentos en el estómago, como se carga un fusil.

Cuidábase Jacinta de poner coto a la excesiva largueza del héroe en socorrer pobres y dar auxilio a necesitados, pues aunque era caritativa, no gustaba del despilfarro, que aun por generosidad es cosa mala. Espartero fue hombre que no reclamó nunca del Gobierno las pagas atrasadas, ni se cuidó de que la Nación le reintegrara las sumas que anticipó de su bolsillo para dar de comer a los soldados, y así lo hizo más de una vez, porque era fuerte cosa pretender llevarles a la victoria con los estómagos vacíos. Los parientes pobres de Granátula y Almagro habían encontrado en el General una mina inagotable, y los desvalidos de Logroño no padecían hambre. Si le adoraban los soldados por valiente, pródigo de su sangre, no le querían menos los pedigüeños por el arrojo con que vaciaba sus bolsillos. Estos y su corazón estaban siempre abiertos al heroísmo y a la limosna.

Sin contrariarle abiertamente, procuraba Doña Jacinta reducir su magnanimidad a límites razonables; mas no alcanzaba en este terreno, la verdad sea dicha, tantas victorias como él combatiendo a los sectarios del retroceso. Gozaba la (p.5213) excelente señora la simpatía y admiración de todo el pueblo, por lo bien que sabía manifestar su superioridad social sin ofender a nadie, porque guardando las etiquetas era cariñosa y accesible. Adoraba el orden, creía en la eficacia de los puestos personales, y deseaba que cada cual ocupase el suyo y respetase los ajenos. Con los humildes sabía ser cariñosa, con los grandes un poquito encopetada, con todos afable y digna. Su amistad con Pilar de Loaysa databa de cuando esta se casó y Jacinta era una niña que aún vestía de corto. En Zaragoza se conocieron, ligándose con entrañable ternura, a la que siguió más tarde relación continua por correspondencia cariñosa. Juntáronse años adelante, por muy pocos días, en Pamplona, cuando Jacinta, soltera todavía galanteada por Espartero, estaba en todo el esplendor de su hermosura, y ya la Duquesa de Cardeña peinaba canas; después no se vieron más. El secreto de su amiga lo supo la condesa de Luchana por la revelación que a Espartero hizo D. Beltrán; y si antes de conocer a Fernando le estimó, conocido le miraba con afecto fraternal, como de hermana mayor; y cuando la informó Doña María Tirgo de que era hijo de un príncipe, le tuvo en mayor aprecio, y vio más claras sus altas dotes de inteligencia, nobleza y elegancia.

 

Ep-27-XVIII -

No se habría conformado D. Fernando con la ociosidad en aquella tierra hospitalaria, si la frecuente correspondencia con su madre no vigorizara su espíritu. No cesaba la noble señora de recomendarle que prolongase su permanencia en Logroño, que fuese agradecido a las bondades de Espartero y su familia, pues le convenía ciertamente estar al arrimo de quien, por su autoridad militar y la política que iba adquiriendo, parecía llamado a ser en breve tiempo el árbitro de los destinos de la Nación. «Doloroso es para mí -le decía-, el verme privada de tu presencia; pero me consuela de mi soledad el saber dónde y con quién estás, el considerar reconocido y apreciado tu mérito, principio quizás de las grandezas que deseo para ti». Y contestando (p.5214) a la carta en que se le manifestaba el deseo de Doña Jacinta de traerla a Logroño, decía: «La impresión primera ha sido de regocijo; pero después la reflexión me ha hecho conocer que mi presencia podría perjudicarte. Tú no lo creerás así; yo veo las cosas con frialdad, y no puedo desechar la idea de que por algún tiempo debes permanecer sin mí al lado de esos señores. Bien sabe Jacinta cuánto le agradezco sus afectos cariñosos. Pero en su buen juicio comprenderá que a todos nos conviene mi obscuridad, y que esta es necesaria para que tú brilles». Contestaba D. Fernando a estas razones que él no quería brillar; que ningún bien social podía compensarle de la ausencia de su querida madre, y que, por tanto, persistía en ir en su busca en cuanto los caminos se hallasen despejados, para mayor seguridad del regreso.

Notó el caballero que constantemente llegaban a Logroño y conferenciaban con el General personas diversas, venidas unas de Madrid, otras de Pamplona, como emisarias del Virrey, general Alaix; otras, de pinta muy extraña, parecían procedentes del Cuartel de D. Carlos. Entre las caras madrileñas, algunas reconoció Fernando como significadas en la patriotería más ardiente. Creyó ver también a D. Antonio González, a Ferraz, a Sancho y a otros partidarios juiciosos del progreso. Indudablemente, el General apoyaba con decisión la idea que empezó a llamarse progresista, declarándose enemigo del bando moderado y disparando contra él bala rasa, sin reparar en las manifiestas concomitancias de este partido con la Gobernadora. Le traía muy inquieto la protección que esta y su camarilla daban a Ramón Narváez, permitiéndole organizar el ejército de reserva, como un medio indirecto de hacer sombra a Espartero y de levantar frente a él un nuevo ídolo militar. No le gustaban a D. Baldomero estos ídolos secundarios, que podrían ser dioses mayores el día menos pensado, y la influencia política que alcanzado había con su victoria no se la dejaría arrancar ¡vive Dios!, a dos tirones. Un día y otro mandaba a (p.5215) Madrid quejas del abandono del Gobierno; hacía responsables a ciertos y determinados ministros de las privaciones del ejército; amenazó con su dimisión si no dejaban sus puestos Mon y Castro, y al fin, con este modo de señalar, dio cuenta del Ministerio del Conde de Ofalia. Nombrado Presidente el Duque de Frías, poeta y diplomático, Espartero le exigió que desmembrase el ejército de reserva formado por Narváez, agregando dos divisiones al de Castilla la Vieja, para contener las facciones de Merino y Balmaseda; pidiole que, en reemplazo de Oraa, fuese nombrado Van-Halen general del Centro. A regañadientes, cediendo a la presión del que dueño se hacía de todos los resortes, quia nominor leo, el buen D. Bernardino, excelente hombre, prócer ilustre, y ante todo poeta insigne, se doblegaba y sucumbía por su propio miedo y por los altos miedos palatinos.

Nunca habló de estas cosas Calpena con el General, quien, en sucesivos coloquios, fue menos reservado respecto a la índole de la comisión que confiarle pensaba. Uno de los primeros días de Septiembre, a punto que el Cuartel General se movía para emprender operaciones de que nadie tenía conocimiento, dijo Espartero a su amigo, en forma que no admitía réplica ni excusa, que a seguirle se preparase. Llevado de la fascinación que el héroe sobre él ejercía, y cediendo además a una extraña querencia del misterio y a ideas de elevada ambición que le rondaban la mente, no vaciló en obedecer. Despidiole la Condesa con afecto maternal, asegurándole que en compañía de su marido no podía correr ningún riesgo; afirmó él gozoso que nada le importaba exponer su vida, con tal de ser grato a su ilustre amigo, y partió entre la comitiva del Cuartel General, llevando a uno solo de sus criados, Urrea.

Por toda la orilla derecha siguieron, sin parar hasta Lodosa, y era general la persuasión de que se preparaba un ataque a Estella. Al anochecer de aquel día, 3 de Septiembre, las avanzadas de Espartero se tirotearon con guerrillas carlistas; pero estas desaparecieron (p.5216) durante la noche, y el ejército liberal siguió hasta Artajona. Nueva detención, que en este punto fue más larga, porque recibió el General noticia de un descalabro de las tropas de Alaix, virrey de Navarra, el cual, empeñado en duro combate con los carlistas, en el Perdón, fue rechazado con bastantes pérdidas, resultando heridos el mismo Virrey y su segundo, Espeleta. Esto y la noticia de que Cabrera, ensoberbecido con el triunfo de Morella, mandaba una división a engrosar las fuerzas de Navarra, detuvieron a Espartero en su marcha, si es que esta tenía por objeto atacar a Estella, lo que no se sabe, pues a nadie comunicó su pensamiento. Humor endiablado tenía el General en aquellos días, y su indecisión revelaba la crisis de su ánimo. Dio instrucciones para que D. Diego de León, que operaba en la Solana, ocupase determinados puntos, y para que la división de Hoyos hiciese un reconocimiento hacia Los Arcos, y otras disposiciones tomó, cuyo alcance nadie podía penetrar. Al quinto día llamó a Calpena, y sin encerrarse con él, paseándose juntos en un abandonado huertecillo de la casa donde el General se alojaba, hablaron. La conversación, oída de lejos, habría podido pasar por insignificante, pues carecía de toda solemnidad y de tonos graves y misteriosos.

-Yo me vuelvo a Logroño a darme otra descansadita -dijo D. Baldomero con jovialidad-; pero usted, amigo D. Fernando, aquí se queda, y por de pronto se incorpora a las fuerzas de Diego León. Luego hará usted lo que le mandaré ahora mismo en pocas palabras. Oído: dentro de un rato se va usted a su alojamiento, y no se mueve de allí hasta que reciba un recado mío.

-Bien, mi General.

-Mi recado es lo que menos puede usted figurarse. Consiste en un mazo de puros habanos, y se lo llevará un arriero.. No sé si usted le ha visto.. Le encontramos en Lodosa con su recua.. Todo el ejército le conoce.

-En efecto, le vi, y me dijeron su nombre; pero no me acuerdo.

-Se llama Martín Echaide. Es popular y muy querido en estas tierras. Tanto nosotros como el enemigo le permitimos franquear (p.5217) las líneas, y recorrer libremente el país, porque se ha declarado neutral, y sostiene su neutralidad como un caballero.

-Pero no lo será realmente.

-Me figuro que no -dijo Espartero con acento de marrullería fina-. El objeto de llevarle los cigarros es para que le conozca a usted y se fije en su rostro.. ¡Ah!, no haya miedo de que se le despinte. Nada le dirá a usted, ni usted a él tampoco, como no sea el mandarme las gracias por los cigarros.

-Hasta ahora, mi General, la misión que usted quiere encargarme es facilísima.

-Después no lo será tanto. Se queda usted, como digo, con Diego León, y en el momento en que Echaide se le presente y le diga: «D. Fernando, vámonos», le obedece usted como si yo se lo mandara.

-¿Y para esto, mi General, tendré que disfrazarme de arriero?

-Justo; procurando, naturalmente, la mayor perfección en cara y ropa. Disfrazará usted también a su criado, que me ha parecido de un tipo muy para el caso. Con Echaide va usted a donde él le lleve, que le llevará bien seguro a donde debe ir.

-Faltan ahora las instrucciones fundamentales, mi General, pues presumo que mi misión no es tan sólo arrear las caballerías del Sr. Echaide.

-Ciertamente que no. Ya no es un secreto para usted que este bueno de Echaide me pone en comunicación con una persona del campo enemigo; pero las cosas graves que entre una y otra parte se han de tratar no son para expresadas por Echaide, ni es prudente fiarlas al papel. En estas embajadas, amigo, no se cruzará ningún papel escrito.

-Ya entiendo, mi General: el papel soy yo, mi buena memoria, y mi palabra la escritura.

-Justamente. Con su comprensión rápida de todas las cosas me ahorra usted largas explicaciones. Echaide no es más que el.. el..

-El vehículo; la idea soy yo.

-Exacto. Como nada se escribe, como todo ha de ser verbal, he tenido que escoger una persona muy inteligente, instruida, que se penetre bien de mis condiciones, que reciba las del contrario, que las discuta si es preciso, que transmita fielmente lo que uno y otro digan.. También he tenido en cuenta (p.5218) su caballerosidad, su conocimiento de la historia y de la política. Para decirlo todo, su falta de ambición me agrada, y su independencia es para mí una garantía de fidelidad. Con que..

-Comprendido todo, mi General. Ahora falta que escriba usted en mi mente su pensamiento con signos bien claros, de modo que yo me penetre bien y no padezca ningún error al transmitirlo.

-Tengo la seguridad de que ni escrito iría con más claridad. Esta noche se viene usted por aquí, y le diré mis condiciones para la paz. Son tan sencillas y tan breves, que caben en un papel de cigarro. Procure el hombre fijarse bien. Mañana vuelve usted. Paseamos un rato en este jardinillo y repetiré las condiciones para que se graben en su memoria. No me escriba usted ni una letra, por los clavos de Cristo.. Y por último, nada he de decirle de la reserva, de la absoluta reserva..

-¡Por Dios, mi General..!

-No, no; si estoy bien seguro.

-Pero falta una cosa. Al llegar yo donde está esa persona, ¿cómo acredito mi calidad de embajador?

-Todo está previsto. Las credenciales que usted ha de presentar son una sola palabra. Ya lo hemos convenido él y yo: desde Burdeos me lo propuso.

-¿Una sola palabra?

-El nombre de un pueblo del Perú donde él y yo nos conocimos. Fácilmente lo grabará usted en su memoria. Mañana se lo diré. Cuando llegue usted al punto donde ha de celebrar su primera conferencia, Echaide será su introductor de embajadores. Con que..

-¿Me retiro?

-Sí. Hasta la noche.

Retirose Calpena en un grado de excitación indescriptible, la mente pletórica del sin fin de ideas que en ella despertaba el grave asunto en que iba a ser actor, y actor histórico con visos de novelesco. Era un mundo que se le metía en el pensamiento, con imágenes mil fabulosas, con representaciones de actos en que probaría su valor y su inteligencia, con ideas elevadas, con fin nobilísimo como era el de la paz. Adelante: no se avenía con las seguridades que el General le dio de que en su misión no correría peligro. Sí, sí, que los hubiera, pues los peligros y la gloria de vencerlos satisfacían los (p.5219) anhelos de su alma generosa más que una campaña fácil y sin accidentes. Ningún fin alto y grande se alcanza sin sacrificio, y es forzoso ver en las penalidades la consagración de toda labor benéfica.

Recibió puntualmente los cigarros; repitió las visitas al General por la noche y mañana siguiente. Oyó dos veces las instrucciones, mejor dicho, las condiciones, que estampadas con letras de fuego quedaron en su memoria; tomó el santo y seña, o mejor, signo de inteligencia; vio partir al caudillo para Logroño; incorporose al ejército de León, y ya no hizo más que esperar, clavados los ojos en la imagen borrosa de su destino.

El diálogo que se transcribe es exacto en sus ideas y sentido-, el arriero Echaide, rigurosamente histórico.

 

Ep-27-XIX -

Muy a gusto se agregó el caballero al ejército de León, y no poco orgullo sentía de hallarse tan cerca del héroe, cuyas fabulosas hazañas parecíanle dignas de un Romancero. El creciente influjo político del de Luchana impuso el nombramiento de Alaix para Ministro de la Guerra, no obstante su reciente descalabro; y vacante el virreinato de Navarra, fue designado León para este puesto, que tan bien ganado tenía. Siguiole Fernando a Pamplona, donde hizo nuevas amistades, muy gratas: Manuel de la Concha, ya coronel, hermano de Pepe, y que si en la gallarda figura se le asemejaba, no así en el carácter, que era vivísimo, tirando a violento, poseído de la pasión militar en sumo grado, y del anhelo de saber mucho y de practicar lo que aprendía; Domingo Dulce, distinguidísimo oficial de caballería, muy intrépido; Federico Roncali y otros. Con ellos pasó buenos ratos en los ocios de Pamplona, que no fueron largos, porque León, nunca harto de combatir ni saciado de gloria, salió en busca del enemigo con ansias dementes. Era un hombre febril, hercúleo, que empezaba en un inmenso corazón y acababa en una lanza. Se le podrían aplicar los cuatro enérgicos calificativos de Aquiles: impiger, iracundus, inexorabilis, acer.

Encaminose el héroe a Tafalla, buscando camorra a los (p.5220) carlistas. No era de estos que aguardan las ocasiones más favorables para trabar batalla. Según él todas las ocasiones eran buenas. Provisto de víveres para tres días, se lanzó por aquellos campos, como andante caballero, en busca de lo que saliere, y en Obanos, Legarda y Muruzábal encontró carne enemiga en que cebar las picas poderosas de sus terribles lanceros. Admiraba Calpena su gallardía, su varonil rostro, en que relampagueaban los grandes ojos calenturientos. Los bigotes rizosos del General eran los mayores y más bellos que en aquel tiempo se conocían. El chacó, con cimera de plumas ondeando al viento, agrandaba su figura y hacíala fantástica; su apostura sobre el caballo no tenía semejante. Fascinaba a la tropa, comunicando a todos, hombres y caballos, su ardor y fiereza. No le vio Calpena manejar la lanza. La primera hazaña de Belascoaín había sido algunos meses antes; la segunda, que debía ilustrar su nombre, fue meses después, en Abril del 39. Cuando se dieron las reñidas acciones de Sesma y los Arcos en Diciembre del 38, ya D. Fernando no estaba en el ejército de León, pues un día de Octubre, hallándose meditabundo en Artajona, rumiando su impaciencia y amargado por las añoranzas, presentose Martín Echaide y pronunció el conjuro sibilítico: «D. Fernando, vámonos».

Como asimismo le dijese que uno de sus hombres marchaba a Logroño con dos acémilas de vacío, no quiso desperdiciar Calpena tan buena ocasión de escribir a su madre, y lo hizo despacio y amorosamente, enviando a Doña Jacinta la carta, con súplica de que por el conducto más rápido la remitiese.

Ya en marcha, en una aldea próxima a Mendigorría, emplearon gran parte de la noche en la operación de vestirse de máscara D. Fernando y Urrea, con las ropas que Echaide traía para el caso, agregando a ellas la posible alteración de los rostros, en lo que pusieron todo su esmero y exquisitos primores de arte. Ya D. Fernando había descuidado sus barbas y cabellos, y en estos aplicó tales refregones de tierra, que pronto quedaron incultos y enmarañados a (p.5221) usanza salvaje. Lavándose ambos la cara, si así puede decirse, con polvo del camino, obtuvieron el tono y pátina de una epidermis horriblemente áspera. Cortose Fernando el bigote, igualándolo con las barbas, para que todo el rostro quedase como no afeitado en dos semanas. Cuidaron asimismo de las manos y uñas, procurando en aquellas la endurecida costra de suciedad, en estas el luto riguroso, y con un poco de hollín, diestramente aplicado a las orejas, sienes y carrillos, quedó Calpena hecho un mostrenco tan zafio y bestial, que no había más que pedir. En Urrea no fue tan necesaria la transformación, porque su aspecto proceroso y su cara vulgar le asemejaban a lo que quería ser. Había hecho D. Fernando estudios de lenguaje, asimilándose un castellano burgalés de los más rudos con dejos de baturrismo. Bastábale a Urrea con su sonsonete éuskaro, en lo que poco o nada tenía que fingir. Quedaron, por añadidura, convenidos los nombres que habían de sustituir a los verdaderos, llamándose D. Fernando Aquilino Orcha, y más brevemente Quilino, natural de Briviesca, y el otro, Francisco Muno, de la parte de Aramayona. Suponíase, por lo que pudiera suceder, que Muno había servido cuatro años en la partida de Lucus, y Quilino otros tantos en la de Merino, retirándose del servicio por la derrengadura que se le produjo al caer del techo de una ermita en el ataque de Lodosa. Habíale quedado un impedimento del costado derecho, y la natural torpeza para mover los remos de aquel lado. Fingía muy bien el caballero la imperfecta andadura, con ligerísima cojera en que no podía verse la menor afectación.

Componíase la cuadrilla de cuatro sujetos: Echaide, los dos noveles, y un cuarto arriero, como de sesenta años, a quien de apodo llamaban Santo Barato. Era el arriero jefe cincuentón, de mediana estatura, tan chupado de rostro, que los carrillos se le juntaban por dentro de la boca, formando al exterior dos cavernas velludas; los ojos se le metían hasta el cogote, sin que de ello resultara aspecto de fiereza, sino más bien como de anacoreta, o como (p.5222) las malas imágenes que representan a los benditísimos padres del yermo. Su sonrisa de beatitud convidaba a la confianza. En el cinto de cuero llevaba el rosario de cuentas negras y pringosas, y un puñal. Era el vestido de los cuatro calzón corto con peales, chaqueta parda y pañizuelo a la cabeza, las camisas del más tosco hilo campesino. En suma: a Urrea le faltaba poco para ladrar; Fernando resplandecía, si así puede decirse, de obscuro idiotismo y de tosquedad y barbarie. Llevaban cuatro bestias, dos mulos y dos borricos, mejor apañados que las personas, con sus aparejos en buena conformidad, y la carga era de pellejos de aceite, algunos garbanzos, pimentón molido, vinagre y otros artículos de menor cuantía.

Con sus cuerpos y los de sus animales llegaron a Estella al caer de una tarde de Octubre, metiéndose en una posada próxima al Castillo y al paseo de los Llanos. Gran aparato de fortificaciones observó Fernando en todo el contorno de la ciudad. En la escarpa de los picachos de Santo Domingo y en los altos de Santa Bárbara, todo era baluartes y trincheras formidables. Hacia la otra parte, en Porfía y sobre el Puy, vio también cortaduras y reductos. Las puertas de la ciudad por el camino de Puente la Reina, y en la entrada del paseo, y en las cabeceras de los puentes, donde arranca el camino de Viana, eran verdaderas fortalezas. En el centro de la ciudad vio bastante tropa, bandadas de clérigos, corrillos de oficiales en la plaza frente a San Juan, y en la calle Mayor; observó el descuido de policía como signo de bárbara guerra, los pisos desempedrados, formando charcos fétidos; cerrados los comercios, los establecimientos de pelaires, los talleres de carda de lanas, los batanes y tintes, en completa paralización y abandono. Recomendole Echaide que anduviese lo menos posible por la ciudad, manteniéndose en el parador al cuidado de las bestias, lo que le pareció muy bien, y pronto hubo de advertir la sabiduría de este consejo, pues en el parador, y en una próxima tienda de bebidas con algo de comistraje, pudo observar a sus (p.5223) anchas, sin despertar la menor sospecha, el estado de la opinión; sólo con poner su oído en las disputas, vio claros los dos partidos que agitaban el cotarro pretendentil.

En esta parte decían que era de necesidad fusilar a Marato; en aquella, que no había decencia si D. Carlos no se limpiaba de las alimañas que se le comían vivo, el cura Echevarría, el capuchino Lárraga, el obispo de León, Arias Teijeiro y otros tales. Pedían aquí que viniese Cabrera a enderezar el torcido altarejo de la Causa, pues era el único hombre de empuje y circunstancias, y allá que la perdición del Rey estaba en los generales de anteojo y compás, y que los propiamente facciosos que no sabían leer ni escribir le darían la victoria. En ciertos círculos del bodegón no se recataban paisanos y militares de hablar pestes de D. Carlos, que todo lo fiaba de la Virgen, y consultaba sus planes de guerra con las monjas flatulentas, hartas de bazofia. Los más devotos de Su Majestad llevaban muy a mal que cuando iban las cosas de la guerra tan torcidas, y hallándose el país esquilmado y en la miseria, saliese D. Carlos con la gaita de casarse. ¡Vaya, que tener que aguantar también Reina, sobre tantas cargas como abrumaban a los pobres pueblos! ¡Y que no vendría poco finchada la de Beira, ni traerían poca fachenda sus damas y gentiles-caballeros, todos con atrasadas ganitas de trono y de parambombas reales, en medio de los desastres y de las inseguridad de la guerra!

Metían su cucharada en los coloquios Quilino y Muno, expresando las opiniones más contrarias a todo buen criterio, como seres nacidos para discurrir al tenor de los animales; y así pasaron tres días en tranquila sociedad y distracciones de bodegón, dando tiempo a que entregara o colocara Echaide la carga que llevó, y que tomase otra, consistente en piezas de paño del cuento 24, casimiros y bayetones estrechos, barriles de vino y algunos trebejos de calderería. Nada tenían ya que hacer allí. Dos días antes de la llegada de Echaide había salido Maroto para Alsasua, de donde seguiría hacia Cegama y Oñate. La misma (p.5224) dirección, por caminos y atajos endemoniados, tomó Echaide con su cuadrilla, escalando los desfiladeros de Andía, y en todas las ventas y encrucijadas, así como en los puntos guarnecidos, encontraba el arriero amigotes, con quienes departía del cisco que tan revueltos traía a castellanos y navarros. Ningún entorpecimiento hallaban en su marcha por aquellos vericuetos, porque la solicitud con que Echaide desempeñaba los encargos, y la forma escrupulosa que sabía dar a su neutralidad, le garantizaban contra todo recelo. Por la noche, ya le cogiera esta en alguna venta, desmantelada choza o tejavana, echaba mano a su rosario, obligando a los suyos a secundarle en sus extremadas devociones. A los clientes atendía con solicitud, cobrándoles a conciencia, y en el servicio de todos desplegaba tanta honradez como puntualidad. Jamás trajo ni llevó soplos referentes a movimientos de uno y otro ejército, y en ambos tenía protectores y amigos que apreciaban sus raras cualidades de ermitaño trajinero.

Bajando de los puestos de Aralar hacia Cegama, les cogió un temporal de nieve y ventisca, que por algunos días les tuvo prisioneros sin poder ir adelante ni atrás, defendiéndose contra el frío en unas cabañas de pastores. Hasta las soledades inhospitalarias en que se guarnecían llegaba el rumor de la ola revolucionaria que por abajo corría. También allí, viejos que parecían salvajes pedían que descuartizaran a Maroto y lo echaran a los perros, y soldados errantes que iban a unirse con sus cuerpos abogaban por que se ahorcase a Guergué con las tripas de Arias Teijeiro. Con hogueras se defendían los trajinantes del horroroso frío, que recrudeció la cojera de Quilino, obligándole a unos andares enteramente grotescos. Aprovechando una clara, avanzaron por la vertiente abajo en busca de mejor abrigo: en una casa en ruinas, donde se agazapaban media docena de soldados que venían de Ormáistegui, y unos leñadores míseros, se trabó disputa tan brava sobre quién o quiénes habían traído el reino a tanta (p.5225) perdición, que no se pudieron contener en la pendiente de las palabras a los hechos, y algunos palos tocaron a Calpena, que hubo de aguantarlos con cristiana mansedumbre, porque el coraje no delatara su condición, tan bien disfrazada. Entre el tumulto, y mientras se frotaba la parte dolorida, se oyó su voz protestando en esta forma: «Ridiós(3) , si vus digo que razón tenís más que serafines. Que afusilen a Maroto, si vedis que no cumple; pero si cumple, escabecen a los empostólicos que le suerben el seso al soberano Rey.. Eso vus digo, y tamién que afusilando, afusilando, al que no ande aderecho, veredes la faición como una balsica de aceite».

-Mia tú, Patarrastrando; pues que te afusilen, que aderecho no andas.

-¡Otra!, que me arrimatis con gana. No paicis amigos, ridiós!..

-Desapártate, bruto, y no rebuznes de pulítica.

Un tanto repuestos y desentumecidos en Cegama, arrearon para la noble Oñate, y en ella dieron fondo en un día de lluvia torrencial, chapoteando en el lodo, caladitos, y con parte del cargamento averiado. Albergados en un parador de la calle Zarra, advirtieron inquietud grave en el vecindario y en la gente de tropa. La noticia de que habían sido presos y sometidos a un Consejo de guerra los generales Zaratiegui y Simón de la Torre, a paisanos y tropas les traía muy alborotados. En las cuadras del parador vieron a no pocos individuos que se recataban para leer papeles impresos repartidos por los agentes de Muñagorri, el escribano de Berástegui, que alzado había la bandera de Paz y fueros. Al siguiente día, despejado ya el cielo y seco el fango de las calles por un furioso viento, vieron escenas interesantes que revelaban el gran rebullicio de la opinión y el descontento de unos y otros. Casi a las puertas de la iglesia mayor, un grupo de soldados insultó a dos clérigos que salían de sus devociones, y a la entrada de la calle de Santa María, un grupo alborotaba con amenazas a la Intendencia, por la detestable calidad de los víveres. Corrían voces de que se habían interceptado cartas de Maroto a generales de Isabel, (p.5226) proponiendo condiciones para dar el pasaporte a Don Carlos; mas alguien sostenía con visos de autoridad que la tal correspondencia era falsa, obra pérfida de los fueristas de Muñagorri y de otros intrigantes que hormigueaban en la frontera, protegidos por el Gobierno de Madrid y el Comodoro inglés Lord John Hay, vulgarmente llamado Lorchón.

Y como en Oñate nada tenían que hacer, sabedor Martín de que en un punto no lejano podrían realizar el fin oculto de su viaje, partieron hacia Vergara, y a esta renombrada villa llegaron en ocasión que no se cabía en ella de tanta tropa como entraba por el camino de Durango. Era el ejército de Maroto.

 

Ep-27-XX -

Lo primero que hizo Echaide, después de albergar sus caballerías, rompiendo como pudo por entre la militar turbamulta, fue dirigirse a cumplir sus devociones de costumbre ante el célebre Cristo de Montáñez(4) que se venera en la iglesia parroquial de San Pedro de Ariznoa. Largo rato estuvo allí en compañía de Quilino (a quien ya más comúnmente llamaban Patarrastrando) , y cuando acabaron de rezar ante la imagen con extraordinaria edificación, en la misma nave obscura del templo le dio las instrucciones que creía pertinentes.

«Patarrastrando, hijo mío, tú te vas al parador, y allí te estás como un santico hasta la hora de la cena. Échate a dormir si te parece; no hables con nadie, que aquí, motivado a estar el Rey, hay soplones y mequetrefes de la policía. No te fíes de nadie, ni aunque sea sacerdote, o, pongo por caso, canónigo. Te duermes; después que cenemos te diré a dónde tienes que ir, con respeto, hijo, con muchísimo respeto». Puntual le obedeció D. Fernando, y por la noche, después de cenar, entregole cuatro botellitas de aguardiente, con encargo de que las llevase a una señora muy principal del pueblo, llamada Doña Tiburcia Esnaola, habitante detrás de la iglesia donde habían venerado al Cristo. No tenía pérdida: era un caserón de sillería, con gran escudo cubierto de negros paños, y en el portal había una imagen de Nuestra Señora, alumbrada (p.5227) con dos farolitos. Fue Patarrastrando con las botellas, cogidas con muchísimo cuidado para que no se le cayeran en el camino, y hallada fácilmente la casa, entró, y una moza lozana le llevó por la bruñida escalera hasta la estancia donde salió a su encuentro una señora bien vestida, no joven, aunque de buen ver, la cual le mandó poner las botellas sobre la mesa; y no había acabado de hacerlo, cuando se abrió una puerta, y en el marco de ella apareció gallarda figura de militar cincuentón, con bigotes, rostro pálido, rugoso y grave, puro en la boca, el ceño ligeramente fruncido. El mensajero se acercó pronunciando una singularísima palabra: Inquisivi. Dijo el militar: «pase usted», y tras él y Quilino se cerró la puerta, quedando todo en silencio, pues la señora se retiró por otro lado. La casa parecía dormir con descuidado y dulce sueño.

Descabezaba Echaide el primero de aquella noche en la cuadra del parador, rodeado de animales y arrieros, ya cerca de las doce, cuando le tiraron de una pata. Resolviose y dijo: «Quilino, ¿eres tú? Túmbate, hijo, y duerme; o echaremos antes un tercio de rosario si te parece». Así lo hicieron, y entre los murmullos del rezo perezoso metían las cláusulas de un coloquio breve: «¿Despachasteis?».

-Sí. padre.

-¿Tenemos algo más que hacer aquí?.. ahora y, en la hora de nuestra muerte..

-No, padre.

-Temprano cargamos y salimos. Amén.

Y temprano cargaron y salieron, amén; que a Echaide no le hizo mucha gracia la marejada que en la villa advirtió, entre ojalateros y marotistas, entre la camarilla impostólica y los que llamaban moderados. Hablábase de nuevas prisiones de jefes, de fuertes agarradas entre la Reina y el Obispo Abarca. D. Carlos se había casado en Azcoitia, y llevaba consigo a la Reina con séquito palatino muy vistoso, dentro de la modestia que la guerra imponía. Pero el Infante D. Sebastián, hijo de la de Beira, se peleaba con Echevarría; y Arias Teijeiro con Maroto; y este con toda la turba palaciega; y la Reina se volvía moderada; y el Rey quería contentar a todos, y a nadie daba gusto; y con el nombre de (p.5228) su hijo, el llamado Príncipe de Asturias, apuntaba un nuevo cisma fundado en la abdicación; y Villarreal y Elío, famosos caudillos, ponían el grito en el cielo, renegando de los apostólicos; y S. M. frecuentaba los locutorios de las monjas para pedirles consejo y oír sus inspirados vaticinios, haciéndose digno de que se le aplicaran, con más razón que a su hermano, los ridículos versos de Rabadán:

Las pobrecitas vírgenes claustrales

de tratar a su Rey están ansiosas:

don Carlos, con entrañas paternales,

¡ha dado en visitar las religiosas!

Hablando de todo lo observado en Vergara, que era mucho y bueno, partieron hacia Beasaín, para tomar la vuelta de Navarra, siguiendo itinerario distinto del que habían traído. Nada les ocurrió digno de ser contado, sino que uno de los burros enfermó en el paso de Lecumberri para bajar a Irurzun, y resultando ineficaces los remedios que le aplicó Martín, maestro en artes veterinarias, el pobre animal entregó su vida a la inmensidad y su carne a los buitres. Inútiles fueron también las diligencias para sustituirlo, y, al fin, no hubo más remedio que malvender parte de la carga del difunto asno, y llevar a cuestas, repartida entre todos, la restante. Trabajosa fue la expedición en aquellos días de riguroso invierno, y hasta Puente la Reina, donde llegaron a primeros de Diciembre, no tuvieron descanso ni abrigo. Pero la salud no les faltaba, si bien Patarrastrando empezó a sentir verdadero el impedimento muscular que había sido fingido, lo que felizmente tuvo compostura con los veterinarios remedios que le aplicó Echaide. En esto, encontraron a León con su ejército, que victorioso volvía de las acciones de Sesma y Los Arcos. Contaban los soldados maravillas de audacia del General y heroísmos de su tropa. Animados por tan feliz suceso, apresuraron los arrieros el paso, para llegar pronto a la tierra baja, pensando que el palizón recibido por Maroto era parte a precipitar la solución que todos deseaban. En dos jornadas se pusieron en Sesma, y al siguiente día pasaron el Ebro por Lodosa, picando hacia (p.5229) Logroño. A media legua de la ciudad, dijo Echaide a Quilino(5) y Urrea que se quedasen a dormir en una venta que allí hay, mientras él avisaba al General del feliz arribo de la embajada: creía complacer a Su Excelencia dándole ocasión de escoger sitio y hora para recibir a D. Fernando antes de que este entrara en la ciudad. No iba descaminado el ladino arriero, pues su precaución agradó mucho al de Luchana, y a la mañana siguiente mandó recado con el mismo Echaide para que Quilino(6) le esperase en la Fombera, preciosa finca, propiedad de Doña Jacinta, a corta distancia de la venta que antes se menciona. Allí pasó el día D. Fernando, y se entretuvo recorriendo las huertas de frutales y los variados recreos de tan hermosa posesión, que aun en pleno invierno tenía mucho que admirar. El arbolado de sombra no desmerecía de la rica colección de peros y manzanos; espléndido era el corral, bien poblado de aves; y por fin, un brazo de la Iregua penetraba en la finca, formando en ella como una ría o lago delicioso, donde su república tenían ánades y patos. Sirvió el guarda a D. Fernando la comida que al objeto mandaron los señores, y por la tarde llegaron Espartero y Doña Jacinta, sin compañía de ayudantes ni de ninguna otra persona, y lo primero fue reír ambos de la pintoresca transfiguración del caballero, jurando que no le habrían conocido si le encontraran fuera de aquel sitio. Diéronle luego noticias muy buenas de Pilar, y con las noticias las cartas que le aguardaban, dejándole que a su gusto se entregase al deleite de leerlas, o al menos de repasarlas rápidamente. El rostro del caballero mientras leía revelaba su regocijo y satisfacción. Su madre gozaba de excelente salud, y aunque desconsolada por la ausencia de su querido hijo, se alegraba de verle campeón de noble empresa, propia de un caballero cristiano y español. Enterado de lo que más vivamente le interesaba, se puso el caballero a la disposición del General, que ya impaciente aguardaba una pausa en los afectos filiales. Apartose la (p.5230) Condesa con la mujer del guarda para pasar revista al ejército de gallinas, y en tanto Espartero y D. Fernando, paseando despacito, hablaron todo lo que quisieron. Desde lejos se podía ver el rostro del héroe expresando ya el asombro, ya la ira; oía muy atento, pronunciando algún monosílabo con vigoroso apretón de quijadas o arqueo de sus negras cejas.

Imposible transmitir la conversación, que hubo de quedar en vaguedad incierta, como nebulosa de un suceso histórico. Otras conversaciones se relatarán; esta no. El oído indiscreto, procurando apoderarse de las ideas allí manifiestas, sólo pudo coger algún concepto deshilvanado. «¡Pero ese hombre está loco! -dijo Espartero pisando fuerte-. ¡Pretender que se conserven en la persona de D. Carlos los honores de Rey.. y que a la de Beira también la declaremos Reina! Pero dígame usted, joven, ¿cuántas reinas vamos a tener aquí? La pobre España será el país de las innumerables Reinas.. Esto no puede ser».

Y después se oyó también este cabo suelto: «No puedo conceder más que el reconocimiento de la mitad de los grados adquiridos en el ejército carlista. De Madrid me han venido indicaciones para que reconozcamos la totalidad.. pero no puede ser. ¿A dónde vamos a parar? ¿Qué presupuesto resistirá un Estado Mayor semejante? La guerra nos ha hecho pobres y la paz nos hará mendigos.. No puede ser..».

Y por último, cuando ya terminaba la conferencia: «De aquí a mañana rectificaré algunas de mis condiciones, a ver si recortando yo y recortando él llegamos a una inteligencia. ¡Qué demonio de hombre! Me había hecho creer que se hallaba en mejor disposición.. ¿Pero qué espera? ¿No teme que los apostólicos, sanguinarios, sedientos de venganza, llenos de ira y de veneno, la fusilen el mejor día?». Refirió Fernando lo que en su viaje había observado, la sorda revolución que a modo de volcán mugía en las entrañas del partido carlista, poco antes formidable en su potente unidad guerrera y religiosa; mas nada de lo que dijo fue novedad para el Conde, que por su bien (p.5231) organizado espionaje no ignoraba nada de lo que ocurría entre el Ebro y el Pirineo. Concluyó el General diciéndole que se preparase a volver con nueva embajada, pues una vez iniciado su servicio, no había de renunciar a la gloria que le reportase. Replicó el caballero que no ambicionaba gloria, si por esto se entienden los honores y exterioridades que acompañan a los grandes hechos. Se contentaba con la satisfacción de su conciencia, y si lograba coadyuvar a obra tan hermosa, de su parte en el triunfo gozaría en la obscuridad en que pensaba encerrar para siempre su vida.

«¡Qué pena, D. Fernando -le dijo la Condesa-, dejarle a usted aquí tan solito! Pero ya que se ha impuesto, por amor de la patria, tantos trabajos y privaciones, habrá hecho buen acopio de paciencia. Ya cuidaremos de que nada le falte aquí!».

-Con paciencia dicen que se gana el cielo, y con ella he ganado yo el afecto de ustedes, para mí tan caro.

Despidiéronse muy afectuosos, y Calpena se quedó solito, dueño de aquel vergel, en cuyas amenas anchuras daba expansión a su espíritu, libertad a sus pensamientos, para que vagasen de la mente a la naturaleza y de la naturaleza otra vez a casa. Exploraba el porvenir, tratando de ver la probable salida de aquel arduo negocio, y ponía en orden todos los datos y conocimientos adquiridos para deducir de ellos la histórica resultante. Recordaba la tenacidad de Maroto en el sostenimiento de sus proposiciones, y no veía fácil que tal dureza se ablandara sin el castigo de la guerra. Al propio tiempo, si sufría una cruel derrota, quedaría imposibilitado para negociar, porque los apostólicos le quitarían el mando y quizás la vida. Veía la situación del General faccioso erizada de peligros y dificultades, y le admiraba por el tesón con que afrontarla sabía. No estaba Maroto, no, exento de moral grandeza, y miraba al interés patrio, tratando de conciliarlo con los restos, que restos eran ya, del Estado carlista. Con agrado recordó Calpena el trato franco y ameno del caudillo de las campañas chilenas, del (p.5232) vencido en Chacabuco. Su despejo manifestábase desde las primeras expresiones, y su conocimiento del personal del absolutismo revelaba un observador sagaz. Poco afortunado en los campos de batalla, lo era en la organización, en adiestrar hombres y componer muchedumbres para la guerra. Hubiera sido quizás mejor político que militar. Su destino hizo de él uno de esos hombres que, dotados de amplia fuerza intelectual, no aciertan jamás con los caminos derechos, y llegan siempre a donde no querían ir.

Dos días no más permaneció D. Fernando en la deliciosa Fombera, trabando amistad con patos y gallinas, dando migajas a pájaros y peces, hasta que, recibidas del General las nuevas instrucciones, que se hizo repetir para grabarlas bien en su memoria, partió con la cuadrilla al alba de un día de Diciembre. Con carga de vino, siguieron todo el curso del Ebro, aguas abajo, para vadearlo por Tronconegro, y tomar allí la dirección de Salvatierra por La Guardia y Peñacerrada. Lo que menos pensaba Calpena era pasar por la patria de las niñas de Castro en tan extraña disposición, y fue para él un rato triste y al propio tiempo placentero recorrer la villa a media noche, ponerse a la sombra del caserón de Castro-Amézaga, cerrado a piedra y barro; reconocer también la casa de Navarridas, la iglesia parroquial y demás sitios que renovaban en su alma memorias dulces. Contempló largo rato, a la claridad de la luna creciente, el palacio donde había vivido tres meses, cuidado por los ángeles, y miraba una tras otra las ventanas, señalando por ellas las piezas y el interior grandioso, el cuarto donde él dormía, el de las niñas, el comedor, y hasta se fijó en las tejas, por donde pensaba que andarían los mismos gatos de su tiempo. Ningún rumor se sentía, fuera del cantar de gallos en el corral de la casa. Esta dormía con el sueño del justo..

¡Oh, cuánto le embelesó aquella paz, aquel solemne descanso de la vida laboriosa, de las conciencias puras! ¡La paz! Él la quería, la deseaba con toda su alma. Por la paz del Reino trabajaba, y si Dios le (p.5233) concedía también la suya, procuraría, sí, agasajarla dentro de la envoltura más propia de aquel bien supremo, que era la obscuridad junto a seres queridos.

 

Ep-27-XXI -

De su arrobamiento le sacó el amigo Echaide, y salieron arreando para Peñacerrada. Llevaban, en sentido contrario, el mismo camino que había recorrido con las niñas en el éxodo de Oñate. ¡Cómo recordaba su travesía en el carro, y las escenas de Salvatierra, el encuentro con Serrano, la batalla con el Jabalí, la herida, y por fin Aránzazu con sus habitaciones de mendigos y el humilde sepelio del pobre D. Alonso! La vieja historia se le presentaba página por pagina, como un libro repasado al revés.

En Aránzazu les cogió la Noche Buena, y allí la celebraron entre amigos, que de Echaide lo eran algunos de los leñadores en las ruinas aposentados. Pudo enterarse Calpena del bienestar que todos debían a las generosas niñas, y aunque algo habló de esto con sus huéspedes, no quiso darse a conocer ni repetir la triste historia. Cenaron y bebieron alegremente arrieros y leñadores, y Santo Barato, hombre sin semejante para toda fiesta y bullanga, cantó villancicos en castellano y en vascuence, y bailó la jota y el aurresku con mozos y mozas de Aránzazu, en medio de grande algazara. Aun en aquellas alturas apartadas del trajín social se oía el resoplido de la profunda revolución de la Causa, signo indudable del cansancio del País, y de las ganas que tenía de sacudirse tanto parásito militar, frailesco y político.

La primera parada después de Aránzazu fue en Mondragón, donde Echaide tenía parientes, una prima hermana casada con el sacristán de la parroquia, otro primo albéitar, y muchos y buenos conocimientos. Era el sacristán hombre muy leído, se sabía de memoria las Gacetas carlistas, y estaba al tanto de cuanto pasaba en las regias Cortes, empezando por la del legítimo. Apostólico furibundo, abominaba, como el Obispo de León, de los generales de anteojo y compás, y en ellos veía el trastorno y ruina del Reino. Hablaba campanudamente buen castellano, con ínfulas y tonillo de (p.5234) orador, y creía que la única imperfección del régimen absoluto era no tener Cámaras. Con buenas y sabias Cámaras, que debían ser presididas por un Obispo, y sujetas al rigor dogmático, podrían los hombres de estudios ilustrar las cuestiones; y el Rey desde su real tribuna lo oiría todo, conservando la libertad de hacer lo que le diere la real gana, que para eso era ungido de Dios.

Bueno: pues mientras cenaban Echaide y los suyos en casa de los primos con cierto aparato de limpieza y mejor comida que de costumbre, disfrutando de tenedores y hasta de mantel, se lanzó Videchigorra, que tal era el nombre del sacristán, a unas pomposas peroratas que, con ser enteramente hueras, no cuadraban a la rusticidad de su auditorio. Calpena le oía con afectada admiración, y el orador observaba en el rostro de él, como en un espejo, los efectos de su elocuencia. Entre tanta hojarasca, algo hubo de encontrar Quilino(7) que no le estorbaba para su conocimiento total de las cosas públicas y de la guerra. Era en verdad peregrino que, habiendo estado en Logroño tan cerca del hombre que en aquel tiempo movía los hilos del retablo político, no se hubiese enterado de la representación dirigida por él a la Reina, documento que alborotó a España toda. Pero en la soledad de la Fombera, ¿quién había de informarle de cosas tan graves, como el mismo General no lo hiciese? Sofocado ya del derroche oratorio, mas sin perder su hinchada serenidad, Videchigorra decía: «Si hay revolución en nuestro Reino, no es floja zaragata la que han armado los corifeos de allá. Ahí tenéis al espadón de los libres echando a la titulada Gobernadora un memorial sedicioso, irreverente, que no es más que la voz de su enojo contra Narváez, por si le dan o le quitan el mando de cuarenta mil pistolos, los cuales no han cogido el titulado fusil con otro objeto que desbaratar la preponderancia del rotulado Conde de Luchana.. ¿Qué es esto? Celos y envidias, señores; verdadero furor masónico por la dominación. ¿Qué vemos ahí? El nefando progreso, negación de Dios; el execrable culto de la (p.5235) Libertad, negación de la Virgen.. ¿Qué quiere el apócrifo General y Conde de engañifa? Pues quiere la dictadura militar; quiere ser Atila, señores, el azote del género humano, y venirse luego acá con la guillotina, la Convención, el culto de los dioses paganos y la libertad de la imprenta. Espartero, bien lo veis, impone su autoridad a Doña Cristina, y le disputa el gobierno de las facciones de Madrid, las tituladas Cortes, Ministros, Oficinas y Arbitrios. El masonismo quiere tener en una mano las arcas reales, y en otra los soldados que con engaño y violencia defienden el falso Trono.. Quiere por medios infernales derribar el Trono verdadero, que se apoya en el lábaro, y traernos el imperio del error y del materialismo.. Pues si por el lado político no es floja la revoltura de los idólatras de la Constitución, por el lado militar van de capa caída, y no tardarán en recibir el golpe de gracia. No negaré que hemos tenido algún tropiezo, como el de Los Arcos, que debió ser gran victoria y no lo fue por la ineptitud de un Maroto; pero nosotros al gran triunfo de Morella podemos añadir orgullosos el que ha logrado, no lejos de Caspe, el invicto entre los invictos, el Macabeo de España, D. Ramón Cabrera, neto Conde del Maestrazgo. Supisteis, y si no, ahora lo sabéis, que en los campos de Maella protegió de tal modo el Señor las armas de nuestros leales, que, a este quiero, a este no quiero, hasta que se hartaron de matar no dieron paz a los sacros fusiles y a las cortantes bayonetas. En la refriega cayó muerto el corifeo que les mandaba, un titulado General Pardiñas, que gozaba fama de temerario, y los prisioneros fueron mil y cuatrocientos. Quedó el campo de Maella empapado en sangre de cristinos y cubierto de cadáveres, en lo que se vio clara la mano del Altísimo y su protección a la divina bandera de D. Carlos. Nuestra Generalísima merece mayores homenajes y devociones más pías que la que le tributamos. Adorémosla, reverenciémosla; no apartemos su imagen de nuestro pensamiento, ni su amor de nuestros corazones. Seamos macabeos, (p.5236) seamos valerosos y píos, hasta dar cuenta de la hidra, señores, de la bestia masónica y atea. Y pues hemos cenado en paz y gracia de Dios, juntándonos en esta honrada casa, vosotros humildes y sencillos, como los apóstoles, yo más ilustrado que vosotros, yo que os supero en conocimientos, mas no en fidelidad al Rey ni en entereza para defenderle; pues hemos cenado con bendición y hasta con cierto regalo, recemos ahora el rosario santísimo, para que Dios nos mantenga en su gracia y en la pureza de nuestra fe.

«Amén», dijo Echaide sacando el rosario, y amén repitieron Quilino y los demás, preparándose al acto religioso, tan favorable a una buena digestión.

No se vieron libres los pobres trajinantes, a la hora del descanso, de un nuevo chaparrón oratorio del Sr. Videchigorra, que furioso les siguió a la cuadra para contarles picardías mil descubiertas por los agentes de la Superintendencia de policía. Astutos emisarios del masonismo se habían introducido en el campo carlista, sembrando la discordia con escritos infames, con falsificadas epístolas, en que se suponían tratos y contubernios de los leales con la rebeldía de Madrid. El diablo andaba suelto y con más cara de paz, que le servía para engañar a muchos incautos. Enmascarados de fueristas venían también los prosélitos de Muñagorri, titulándose nuncios de paz. ¡Buena paz nos dé Dios! En su delirio habían concebido el diabólico plan de robar la persona augusta de D. Carlos en Azcoitia, sorprendiéndole con un centenar de hombres osados que de Fuenterrabía se embarcarían para Guetaria, y de este puerto se precipitarían sobre la residencia real en la obscuridad y silencio de la noche. ¿Pero qué había de hacer Dios más que desbaratar proyecto tan sacrílego? Bastole al Señor producir entre los infames regicidas una confusión semejante a la de Babel, de modo que cuando se congregaban en Fuenterrabía para poner en práctica la villana idea, viéronse de súbito imposibilitados de comunicarse sus pensamientos, porque querían decir una cosa y decían otra, y las palabras no salían (p.5237) nunca conforme a la voluntad, sino expresando lo contrario de lo que esta disponía. Y hombre hubo además que, creyendo hablar vascuence, resultaba expresándose en lengua tudesca o polaca, cosa en verdad inaudita, prodigio sublime con que el Señor justiciero anonadó a los enemigos de su causa.

«Amén», murmuró Echaide, casi dormido.

Roncaban ya estrepitosamente los demás, con excepción de Quilino, que le paró los golpes con una tirada de bostezos, sobre los cuales trazaba la señal de la cruz. Con esto, Videchigorra se retiró, según dijo, a escribir una carta urgente, y allá dentro se le sentía charlando con su mujer. Durmiose el fingido arriero hasta media noche, en que se levantó para dar aguas a las bestias y aparejarlas, pues querían salir de madrugada; y hallándose en este trajín, vio que por el patio adelante, bien iluminado por la luna, avanzaba como fantasma la flexible figura del parlero sacristán. Tembló el pobre mozo. «Pues eres tú -le dijo el fantasma- el único que está despierto, a ti confío mi encargo. Es una carta, hijo; una carta de grandísimo interés, que entregarás en Durango en la propia mano del señor a quien va dirigida. ¿Sabes leer? ¿Sí? Pues entérate bien del sobrescrito, y que se te grabe en la memoria el nombre de uno de los más entusiastas defensores de la Religión y del Rey, D. Eustaquio de la Pertusa. No será malo que añada para tu gobierno las señas del tal sujeto: talla mediana, color moreno, edad próximamente como la tuya, ojos pequeños y sagaces. Y para satisfacción tuya y mía, agrego que en ese señor verás a uno de los que con más ahínco se consagran a la persecución de intrigantes y al descubrimiento de las perfidias que nos consumen; hombre tan piadoso como valiente y leal, que daría su vida por el Rey, como la daríamos tú y yo si necesario fuese.. porque.. te diré.. óyeme».

Por quitarse de encima la nube dio Quilino(8) su palabra de entregar la carta en propia mano, y apartose todo lo que pudo, prefiriendo la sociedad de los burros a la de los oradores. Mas no le valió su esquivez, porque el otro (p.5238) se le fue encima, brincando por sobre dornajos y montones de escombros, y le acometió ferozmente con este metrallazo: «Los que no tengan fe, váyanse con Maroto; los que duden, pónganse faldas y dedíquense a las faenas mujeriles..».

En esto llegó Echaide, que fue pararrayos de Calpena, porque sobre él descargó la nube, sin que pudiera defenderse con el rosario, por no ser ocasión de ello. Partieron al fin de madrugada, y a la salida, por el camino de Elorrio, fue con ellos el hablador, arreándoles con el látigo de su palabra. Recomendoles que mirasen bien con quién hablaban, y que no se dejasen tentar de ningún intrigante; que no acogiesen papeles impresos, y que si a sus orejas llegaban las chinchirrimáncharras de algún pacífico fuerista neto, lo pusiesen en conocimiento de la autoridad. No tuvo Echaide más remedio que desenvainar el rosario, y Santo Barato, hombre poco sufrido y de malas pulgadas, empezó a recoger pedruscos con la idea de abrirle el camino del cielo, por un martirio semejante al de San Esteban.

Dejándole atrás, le vieron hablando con un árbol, hasta que pasaron dos mujeres, y de parola con ellas se volvió a Mondragón. Ya muy adelantados en el camino, Echaide, quedándose atrás con Quilino, le dijo: «Nos guardaremos de dar esa carta del primo Videchi, que, como has visto, tiene en la cabeza un molinillo, y no piensa ni dice más que disparates. Conozco a ese Pertusa, que es uno que anda en enredos de los fueristas netos pacíficos; otro más agudo y metidillo no lo hay acá. Ha engañado al pobre Videchi haciéndole creer que trabaja por lo impostólico. Todos esos tunantes hacen juego doble, y se fingen lo que no son para trabajar por lo suyo, que es hacer tabla rasa de estos pequeños reinos y mandar a D. Carlos a tomar aires. La carta de Videchi no es más que una lista de los netos de Mondragón, y otra de los ojalateros, que allí son pocos, y explicaciones de lo que tiene cada uno y de lo que vale. Debemos, pienso yo, no dar el papel, que nos pondría en el compromiso de hablar con ese Pertusa, (p.5239) mequetrefe muy entrometido que querrá entrar en confianzas para curiosear. Andémonos con tiento, hijo. Nosotros a nuestro trajín, a nuestros burros, a la buena con todos, sin que nadie pueda decir que quitamos o ponemos. Dame la carta, y yo me encargo de echarla en el buzón de la eternidad.

Pareciole muy juicioso a Calpena el acuerdo de su amigo y jefe; mas desprendiéndose del encargo, no pudo apartar de su mente en todo aquel día y la siguiente noche la imagen del condenado Epístola.

 

Ep-27-XXII -

Como recuerdo espectral, de esos que pintan y entonan la figura y voz de personas ausentes, perseguía D. Eustaquio al caballero, quien no podía menos de admirar la travesura del astuto aragonés. Habríale gustado penetrar el secreto de sus artimañas, sorprender entre sus ágiles dedos los hilos que manejaba; observar la sutil hipocresía con que se infiltraba en la sociedad que quería corromper. La llegada al arrabal de Pinondo, en Durango, donde se albergaron, borró aquellas impresiones, que no revivieron hasta el día siguiente por la tarde, en ocasión de, hallarse el caballero rendido de cansancio y un poco febril. Grande había sido el ajetreo de entregar y recoger mercancía; como unas quince veces recorrió cada uno la distancia entre el parador y el centro de la villa, sin que nada de particular les ocurriese. En retirada iban hacia su vivienda Quilino(9) y Muno, atravesando por frente a los arcos de la parroquial de Santa María, cuando vieron salir de esta una luenga procesión con estandartes y cruces, seguidas de imágenes, y un concurso inmenso de fieles de ambos sexos, sin que faltaran cantores y un lucido cleriguicio. Movidos de la curiosidad, aproximáronse los dos arrieros, y confundidos entre la multitud pudieron admirar la devoción que en los rostros y actitudes de todo el gentío se manifestaba, y aun hubieron de sentirse influidos por la masa, que les atraía y les arrastraba sin que de ello se dieran cabal cuenta. En dos filas larguísimas iban con lento paso, a un lado y otro del palio, personas de clases (p.5240) diferentes: señores y pueblo, paisanos y militares, todos con vela encendida, agregando su voz a la salmodia de los curas. Sin fin de mujeres se agolpaban fluctuando, onda de paño negro y caras compungidas, y metían también sus desentonadas voces chillonas en el coro litúrgico. El acto tenía por objeto impetrar del Altísimo el remedio del mal humano, pidiéndole expresamente que pusiese fin a las discordias que hacían de su elegido Reino un campo de Agramante. Cada cual agregaría quizás de su cuenta las peticiones que creyera más prácticas, como la extinción del marotismo, o la ruina de Muñagorri y su canalla.

Observaba el arriero las caras que iban pasando, graves, mirando al suelo con beata compostura, y de pronto le dejó suspenso la presencia de D. Eustaquio de la Pertusa, que marchaba en la devota fila con vela y escapulario, emulando con los más celosos en devoción y recogimiento. Mas no podía sostener su papel de clavar en tierra las miradas, y las esparcía de rato en rato por la muchedumbre, sin quitar de ellas la expresión santurrona. Viole D. Fernando pasar cerca de sí, y Quilino, cogiendo del brazo a Muno, apartose de la procesión, abriéndose paso a fuerza de codazos, pues ya todo lo había visto y no le quedaba nada que ver.

Antes de llegar a Pinondo, la fiebrecilla que se le había presentado tomó más fuerza. Intenso escalofrío le corría por todo el cuerpo, y apenas podía tenerse en pie. Arreglado el mejor lecho que fue posible, en la cuadra donde todos dormían, se acostó el hombre, perseguido por el espectro de Pertusa con escapulario y vela, andando al compás de la procesión con devoto paso y actitud, y echando de soslayo sobre el gentío el rayo de sus sagaces ojuelos. Y si por el órgano de la vista se hallaba el buen caballero bajo la sugestión del Epístola, por el oído se le entraban los campanudos discursos de Videchigorra. No podía su voluntad librarse de ambas visitas espectrales: a Pertusa le tuvo en su retina toda la noche, y no cesaba de oír el insufrible moscardón, repitiendo su oratorio zumbido: (p.5241) «¿Qué pretende el corifeo de los libres? La dictadura, tras de la cual vendrá el satánico reinado de la diosa Razón.. Pueblos engañados por el masonismo, despertad, venid.. Carlos os abre sus brazos amantes; Carlos pío, Carlos soberano, a todos perdona. Su Reino es la paz, el dogma, la obediencia».

Pasó la noche intranquilo, apeteciendo bebidas frescas y azucaradas. Urrea le arropó cuidadoso, dándole de beber a menudo, y se mantuvo a su lado vigilante. Sin descabezar un sueño hallose al siguiente día más despejado, y durmió algunos ratos, descansando así de la visión de Pertusa como de las retóricas de Videchigorra. Pero al caer de la tarde, hallándose solo en la cuadra, ya invadida por la penumbra, se creyó nuevamente víctima de su delirio.. ¿Cómo podía ser esto si los sentidos del enfermo gozaban de suficiente despejo para no confundir las impresiones mentirosas con las reales? El individuo que vio acercarse a su lecho humilde no era una engañosa imagen, sino el propio Epístola, en su natural ser, todo vivacidad, agudeza y travesura.

«No se me esconda, Sr. D. Fernando -le dijo cauteloso, bien seguro de que nadie le veía-. Le conocí en la procesión, a pesar del bien dispuesto disfraz. Un poco difícil me ha sido después dar con usted; pero guiado por mi olfato finísimo, ya lo ve.. he descubierto a mi hombre».

Creyó Fernando de malísimo augurio semejante encuentro, y habría dado cualquier cosa de valor por que el Epístola que veía fuese creación de la fiebre. Sintió impulsos de agarrar el palo que próximo al lecho tenía, y ahuyentar a garrotazo seco la importuna imagen, por desgracia muy real; pero luego estimó peligroso este procedimiento, por el escándalo que ocasionar podría. Dejó pasar un rato; y mientras el entrometido aragonés se despachaba a su gusto con demostraciones de cordial amistad y respeto, discurrió qué resortes emplearía para librarse de él, o por lo menos para alejarle sin comprometer el incógnito riguroso que quería guardar.

«Mire, D. Eustaquio -le dijo-, si cree usted que yo vengo en esta traza (p.5242) con algún fin de intriga política, se equivoca grandemente; y como me contraríe y me salga con alguna necedad que estorbe mis planes, sepa que no lo sufro, pues no soy hombre que se deja burlar por el primero que llega. Yo le aseguro que si no me guarda las consideraciones que debe a mi persona y al disfraz que he tomado, por motivos y razones que nada tienen que ver con el carlismo, yo le aseguro, repito, que si no se conduce usted, con respecto a mí, como si no me hubiera visto, le haré entender lo que es discreción y delicadeza, en caso de que me convenza de que no lo sabe».

-¡Pero, D. Fernando, si yo..! No se sulfure, óigame..

-No tengo que oír nada. Usted es quien tiene que andar con tiento, pues al menor descuido le meto una bala en el cráneo y me quedo tan fresco.

-¡Pero, señor, ilustre señor.. si no me ha dejado explicarme! ¿Cómo puede suponer que yo me acerco a usted con intenciones que no sean leales, y con todo el respeto que usted se merece? Por Dios, devuélvame su estimación, que en un momento de desvarío parece negarme. Créame, señor: no me ha pasado por el magín que se haya usted puesto en esa facha para fines y enredos políticos; eso se deja para los desdichados que no tienen qué comer, como un servidor.. En cuanto le vi a usted, mi finísimo olfato y mi penetración, que nunca fallan, me dijeron que el Sr. D. Fernando anda en estas comedias por cuestión de amores. Con esta idea, créalo, hallé fácil explicación a su presencia en Durango.. ¡Como que esperaba verle a usted por acá, cambiado de rostro y vestimenta! He aquí la razón de haberle reconocido al primer golpe de vista.

-Pues ya que su penetración por esta vez ha dado en el clavo, pues de amores se trata y por amores vengo, suspendamos aquí la conversación, y váyase por donde ha venido, que yo en mis soledades vivo, y con ellas me basta para lo que me propongo. Sea usted discreto y déjeme.

-¿Está bien seguro, señor, de que no me necesita?

-Segurísimo.

-Piénselo, piénselo, y si en ello se confirma, me retiraré con la (p.5243) promesa y palabra que doy de respetar fielmente su secreto. Pero yo confío en que un poco de reflexión le convencerá de que puedo serle de grande utilidad en su empresa, por no decir aventura.

-Paréceme que no, Sr. D. Eustaquio. Nada puede usted hacer en obsequio mío.

-¿Ni aun allanarle algún camino.. decirle lo que ignora, señalarle el punto donde encontrará el cazador la res en cuyo seguimiento viene?

Los ojuelos penetrantes del Epístola turbaron a D. Fernando, que no supo ya en qué actitud ponerse, ni si tomar o no en serio el orden de ideas a que el astuto aragonés quería llevarle. Picado de la curiosidad, y no queriendo ser menos agudo que su interlocutor, le dijo:

«Agradeciéndole sus buenos deseos de servirme, debo manifestarle que sus informaciones llegan tarde, pues ya sé todo lo que me conviene saber».

-En ese caso, señor mío, nada tengo que añadir, sino que me perdone lo que creerá oficiosidad. Si usted sabe dónde ha de encontrar a la dama, el cómo y cuándo de poder verla y hablarla, resulto, en efecto, inútil.. No obstante..

-¿Qué?..

En el colmo de la confusión, y viéndose en un terreno desconocido, D. Fernando no sabía qué postura tomar. Pertusa, atravesándole con su mirar fino, prosiguió así:

«Permítame que le haga una pregunta: ¿la vio usted ayer tarde en la procesión?».

Afirmándose en el nuevo terreno, que aún no conocía, Calpena respondió con intención capciosa: «Sí, señor, la vi».

-Iba con Doña Prudencia. D. Sabino formaba en la fila, dos cuerpos delante de mí.

-Todo lo observé, sí señor -aseguró Don Fernando haciéndose cargo del nuevo terreno a que su destino le traía, por mediación de aquel diabólico sujeto-. ¿Para qué tengo yo los ojos en la cara, Sr. D. Eustaquio?

-Naturalmente: lo que no ven los ojos de un enamorado no lo ve el mismo sol. ¿Y sabe usted también la residencia de la hermosísima Doña Aura?

-Sí, hombre, sí.. ¿Cree usted que yo he venido aquí a perder el tiempo?

-Pues si todo lo sabe, no soy un amigo útil, sino un visitante fastidioso, y con la venia del Sr. D. Fernando me (p.5244) retiro.

Mirándose un rato en silencio, rivalizando los ojos de uno y otro en penetración y picardía; y como Pertusa repitiese su ademán de retirarse, le agarró Calpena por el faldón, diciéndole: «Aguárdese usted un rato.. Deje que me levante.. Estoy un poco enfermo; pero no es nada.. puedo salir.. Hablaremos en la calle.. aquí no conviene». Vistiose presuroso el caballero; dio algunas vueltas por la estancia y las cuadras próximas para cerciorarse de que no le observaban sus compañeros de arriería, y echose a la calle precedido del aragonés. Ya era de noche.

«Vámonos por estos callejones -dijo el caballero guiando-, que no nos conviene encontrar gente conocida, y hablaremos.. Pues sí, Sr. de la Pertusa, si usted me descubre el nido de ese lindo pájaro, practicará una de las obras de misericordia: enseñar al que no sabe».

-¿No decía yo que podría serle de gran utilidad? Al fin me salí con la mía. Por lo que veo, usted supo que la familia reside en Durango.

-Eso sí.. pero ignoraba..

-Su casa. Ahora mismo vamos allá; pero tomémoslo con calma, que es lejos, al otro lado de la población, en el barrio de Curuciaga.

-Aunque sea en el fin del mundo, vamos allá.

-Pues sí, D. Fernando: cuando le vi a usted, mi primera idea fue suponer que venía con algún intríngulis político. Hoy por hoy, conspiran aquí hasta las piedras.. Después me acordé de haber visto a Doña Aura, y dije: «No, no: este viene a la querencia antigua.. Es natural».

-Que desde lo de Peñacerrada no se tiene de él noticias buenas ni malas. Está loco. ¡Miren que meterse a guerrear en la partida o división de Zurbano!.. No me sorprenderá que venga el mejor día el relato de su muerte.

-¿Se supo por Iturbide que Zoilo se batió en Peñacerrada?

-Sí, señor, por Pepe Iturbide, que se pasó a los alaveses, y con ellos estuvo hasta que su padre y los amigos le cogieron y se le llevaron a Bilbao.

-Muy bien. Dígame otra cosa: ¿trata usted a D. Sabino Arratia?

-¡Anda!.. somos amigos. Y pues no debo escatimar a usted mi confianza para merecer la suya, le diré.. Sé que hablo con un (p.5245) caballero, y que mis informaciones quedarán entre los dos.

-Hágase usted cuenta de que habla con esa pared.

-Pues D. Sabino es de los que ha logrado traer a la devoción de mi Causa..

-Paz y fueros..

-Bajito, que aquí cada pedrusco es una oreja. D. Sabino es mío, y no quiere más que el acabamiento de esta estúpida guerra, y que se vaya Isidro a que le mantenga el Rey de Francia.

-¿Entra usted en casa de D. Sabino?

-No, señor: nos hemos visto y hablado en casa de un amigo común, también de los de acá.

-¿Qué otras personas de la familia de Arratia, a más de Aura y Prudencia, están aquí?

-Ninguna más. El venirse a Durango es por averiguar el paradero de Zoilo, pues se dijo que había caído prisionero en una acción que se dio el mes pasado en la parte de Campezu o de Contrasta, no estoy seguro.

-¿Y trajeron acá los prisioneros?

-Algunos.. Pero entre ellos no ha parecido Zoilo.

Interrogado acerca de Ildefonso Negretti, si era difunto o había sanado de sus trastornos de cabeza, nada pudo contestar D. Eustaquio. En esto, atravesaron todo el pueblo, y pasado un camino campestre entre paredes de piedra seca, franqueando después un llano pantanoso, en el cual vieron dos lóbregos edificios y una iglesia negra, cuya espadaña se recortaba sobre el cielo azul estrellado, llegaron a Curuciaga, barrio compuesto de dos docenas de casas esparcidas entre huertas, prados y arroyos. La noche era serena y fría, y sobre todos los objetos extendía el relente una humedad glacial. Embozado en su manta, D. Fernando sentía calor, y el corazón le palpitaba furiosamente. Parándose, Pertusa le dijo: «¿Ve usted esta tapia con portalón? ¿Ve usted más allá, dentro del espacio cerrado, el cuerpo alto de una casa grandona? Pues aquí viven, y ahora están cenando. Por esta otra parte se ve la luz del comedor.. Allí, allí están.. Pero que no se le pase a usted por las mientes llamar ahora, ni.. En fin, como ignoro sus intenciones, no sé qué debo aconsejarle.. No hemos venido, pienso yo, más que a explorar el terreno, a conocer las posiciones del enemigo, el grado de (p.5246) resistencia de la plaza.. ¿No es eso?».

Completamente abstraído, cual si no viviera ya su espíritu en este mundo, D. Fernando no decía nada, y por los dos hablaba el otro. La viveza y locuacidad del aragonés se anticipaban a las ideas del que parecía privado del don de la palabra. Las miradas, el alma toda del caballero, se anegaban en aquel iluminado espacio cuadrangular, ventana de un aposento donde había personas vivientes, pues había luz. Y aquellas personas, que él a una sola redujo, la soberana persona fundamental, ¿qué haría, qué diría, qué pensaría?

 

Ep-27-XXIII -

«Ya voy entendiéndole, señor -dijo Pertusa, cuya grande agudeza sorprendía los pensamientos del caballero-. Lo que usted quiere saber ahora es si podremos hacer un reconocimiento del interior de la casa, de sus entradas y salidas, de los espacios y rincones de la huerta delantera y del corral; todo ello desde alguna de las casas próximas. Si tal es su deseo, le diré que, dejando pasar la noche, podremos observar cuanto nos diere la gana por esta parte de acá.. Véngase.. deme la mano.. saltemos este pedazo de pared destruido.. por esta otra parte hay una casita, que también tiene huerta. ¿La ve? Un tejado con abolladuras, y bajo el alero un balcón jorobado y un ventanico tuerto. Pues aquí se albergan dos señoras petisecas que hace treinta años eran poderosas y ahora viven de la caridad.. Son amigas mías, furibundas apostólicas, que adoran a D. Carlos y le ponen velas.. ¿Pero esto qué importa? Mañana vendremos, y mediante una limosna nos franquearán su vivienda para hacer de ella la garita o atalaya más cómoda que se pudiera imaginar.. Y ahora, vámonos, Sr. D. Fernando, que el rondar es peligroso en estos tiempos y en estos barrios extraviados. Los espías hormiguean. Todo el suelo que pisamos dentro y fuera de Durango, mejor dicho, todo el territorio de Vizcaya y Guipúzcoa, está minado.. hablo figuradamente.. y las minas cargadas, no con pólvora, sino con ideas y sentimientos, reventarán pronto. Ya no es fácil encontrar dos carlistas (p.5247) que piensen del mismo modo en las innúmeras cuestiones que agitan la Causa. Quizás, quizás exista la unanimidad en la idea de que Isidro no sirve para el caso. Las ilusiones de esta buena gente caen por el suelo. Vámonos de aquí poquito a poco, y por el camino seguiremos hablando, ya digo, con cautela, que ahora no hay palabra segura, ni sílaba que no comprometa».

Como se había dejado llevar, dejose traer Calpena, sin oponer réplica ni comentario a los dichos de su compañero. Andando, miraba a las estrellas, lo que no dejó de ocasionarle algún tropezón, cuyas consecuencias evitaba cuidadosamente el Epístola echándole una mano. Llegados al centro, rompió el silencio D. Fernando con estas palabras: «Quedemos, amigo Pertusa, en reunirnos mañana temprano, y fijemos para el caso la hora y sitio más convenientes».

-¿Sitio? El pórtico de Santa María. ¿Hora? La que usted quiera, pues para mí todas son iguales.. Ya que entre los dos se establece la confianza, le diré que desde esta tarde ha empezado a faltarme la seguridad que aquí disfrutaba yo, que si antes no inspiraba sospechas, ahora me tienen entre ojos, no por descuido mío, sino por soplos indecentes.. Me ha entrado un grandísimo miedo de estos infames polizontes, y no me encuentro con ánimos para volver esta noche a mi casa. Antes de salir en busca de usted di fuego a todos los papeles cuya conservación no creía de importancia, y los que no debo destruir los he dado a guardar a un amigo de toda confianza, veterinario, el cual se avino a prestarme este favor, a condición de que albergaría mis papeles, mas no mi persona.. en fin, que no puedo contar con que me deje pasar la noche en su casa. Seamos claros como buenos amigos, y confiémonos el uno al otro sin reparo alguno. Yo pensaba que usted, a cambio del precioso servicio de ojearle a Doña Aura, me concedería el amparo de admitirme en la cuadrilla de arrieros, al menos hasta salir a cuatro leguas de Durango por una parte u otra, mejor por la parte de Elorrio, Mondragón y Vergara.. ¿Qué dice?.. (p.5248) ¿Es atrevimiento lo que pido?

No dio contestación D. Fernando a la propuesta del Epístola, porque al punto de oírla vio los gravísimos inconvenientes de acceder a ella. Sin duda Echaide no permitiría que semejante pájaro se les agregara, ni el caballero tampoco habría de consentirlo. Detestable compañía era la de D. Eustaquio, pues si por nada del mundo se le debía dar conocimiento del contrabando que los arrieros llevaban, tampoco a estos convenía correr la suerte del conspirador fuerista, ni exponerse a participar de los palos y encierros con que le amenazaba la Superintendencia. Visto así por D. Fernando con toda claridad, se apresuró a cortarle los vuelos, sin meterse en explicaciones, que verdaderas serían indiscretas, y mentirosas le repugnaban. «Con nosotros no puede usted venir, amigo Pertusa -le dijo-, ni en la posada donde estamos, y cuyo dueño es furibundo apostólico, debo yo albergarle. Lo más prudente es que nos separemos esta noche. Yo me voy a mi casa, y usted se guarecerá donde pueda hasta el amanecer.. ¿Qué dice? ¿Por qué suspira? ¿Es que no halla sitio seguro donde pasar la noche? ¿Tiene usted miedo?..».

-Sí señor, un miedo horroroso; no puedo ocultarlo.

-En ese caso, no es hidalgo que yo le abandone, siendo su deudor por el servicio de esta noche y por el que me prestará mañana. Pasaremos juntos las horas que faltan para la salida del sol, y tempranito buscaremos medio de introducirnos en la casa de las señoras vecinas de D. Sabino Arratia.

-Eso haremos, sí, señor.. ¡Ay!, me tranquiliza el verle a usted junto a mí toda la noche. Dígame, señor: ¿lleva por casualidad armas?

-Hombre, no: en el parador dejé las pistolas.

-¿Por ventura lleva dinero?

-Eso sí.. alguno llevo.

-¡Ay, qué alivio! -exclamó el Epístola recobrándose de su pavura-. Arma formidable es el dinero, y en ocasiones más eficaz para la defensiva que las piezas de a veinticuatro. Puesto que usted posee proyectiles del precioso metal, ya me vuelve el alma al cuerpo: ha de saber que entre mantenerme con miseria y atender a los gastos de mi comisión, se (p.5249) me han ido hace dos días los últimos maravedises. Ahora nos volvemos hacia Curuciaga, y pediremos albergue en un bodegón de las últimas casas de la villa, en el cual suelo comer algunas noches. Los dueños de él son buena gente, y tienen trato con la policía; pero los pajarracos que van por allí son de esos que venderían a Isidro por un pedazo de pan: tal es el hambre a que les tiene reducidos el titulado ministro de Hacienda. En cuanto vean ellos el in utroque felix, caen atontados. Bastará con media onza para cada uno en el caso de que se nos presenten.. Vámonos por este callejón a salir al campo, que los caminos solitarios son los menos peligrosos.

Siguiole D. Fernando, y ya en descampado, franqueando cercas y cruzando prados, se le soltó más la lengua al Epístola, ya repuesto de sus angustias por la compañía de un señor benévolo y rico, aunque no lo pareciese por el artificio de su plebeya facha. «Somos felices, Sr. D. Fernando -decía, ayudándole a saltar zanjas y a romper zarzales-, y podrá usted, en todo el día de mañana, dar fin a su aventura, que entiendo es de las más bonitas que pueden presentarse a un hombre de su calidad. En la tienda de Zubiri nos recogeremos para pasar la noche, y en cuanto aclare el día nos colamos en la casa que ha de ser atalaya nuestra, vivienda de dos señoras que se alegrará usted de conocer, la una un tanto poetisa y con su poco de latín, la otra muy pagada de su finura y cháchara social, ambas sesentonas, y aún me quedo corto, muy gustosas de recordar sus tiempos de grandeza, que deben de ser los de Maricastaña. Le bastará a usted correrse con media onza, que será para ellas como si en la casa se les metiera el Espíritu Santo. No son vizcaínas, sino navarras, de la parte de Cintruénigo, huérfanas de un general de la guerra del Rosellón, y en su tiempo tuvieron aquí mucha propiedad, que perdieron por mala cabeza del marido de una de ellas, D. Gaspar de Oñabeitia. Aquí se las conoce por las niñas de Morentín, nombre que les daban el siglo pasado, y que viene perpetuándose de (p.5250) generación en generación. Hemos de inventar un bonito ardid para darles la media onza, pues como limosna de un desconocido no han de aceptarla, y ello será preciso fingir una carta del propio Isidro, o de Arias Teijeiro, lo que yo puedo hacer muy lindamente, porque domino la letra de casi todos los señores de la cámara y camarilla, en la cual carta se les dirá que por premio de su devoción al Soberano y de su lealtad bien probada, se les manda aquel recuerdito, que también podrá ser un pequeño óbolo de S. M. la Reina..».

Replicó a esto D. Fernando que pues las señoras niñas eran naturales de Cintruénigo, y en esta villa navarra tendrían lejana parentela y quizás relaciones, no era preciso que D. Eustaquio se molestara en fingir cartas del Rey ni de sus adláteres: más eficaz sería, para el objeto de cohonestar la limosna, un artificio que al caballero le pasaba por las mientes. En ello se convino, y llegados al lugar donde debían pasar la noche, llamó Pertusa, les abrió una mujer gorda, soñolienta, y entraron a ocupar dos camastros en la trastienda, entre pellejos de aceite y de vino, sacos de maíz y haces de hierba. Descansaron sin que nadie les molestase, y por allí no recaló ningún polizonte ni persona alguna que intimidarles pudiera. Durmió Pertusa, veló el caballero, recalentándose el pensamiento con ideas resucitadas que se peleaban con las novísimas, y al amanecer, el Epístola, después de platicar en la tienda con el patrón, fuese a D. Fernando y le dijo gozoso: «Por milagro de Dios nos hemos librado de la canalla, señor mío, y para mayor seguridad, si hemos de pasar el día en estos arrabales, no será malo que demos al bueno de Zubiri una de las medias onzas que destinábamos a los podencos del absolutismo. Untándole así los hocicos a este buen hombre, que, entre paréntesis, me estima, le tendremos a nuestra devoción para negar que hemos pasado aquí la noche, si preciso fuere, y despistar y confundir a la maldita Superintendencia».

A todo se prestó Calpena, pues aunque comprendía que las sutilezas de D. Eustaquio no tenían (p.5251) más objeto que tomarle por proveedor de sus necesidades y alivio de sus deudas, quería recompensarle con favores positivos su ayuda en aquella campaña. Además, los ingeniosos arbitrios del aragonés le hacían mucha gracia; daba con gusto la media onza, y bastante más, por verle desplegar tanto donaire y travesura. Acertados anduvieron los que de él habían hecho un instrumento de conspiración, que otro más cortado para el caso no se encontrara en toda la redondez de la tierra. Serían las ocho de la mañana cuando, previos los informes y advertencias que Pertusa creyó útiles para entenderse fácilmente con las niñas de Morentín, a la casa de estas fueron en derechura, tramando por el camino la fingida historia que debía justificar el soborno y darle apariencias delicadas. Llamó D. Eustaquio al portalón, y abierto este por la niña mayor, viéronse en un corral poblado de hermosas gallinas. Ambas niñas se ocupaban en aquel menester, y mientras la una reconocía con hábil dedo a las aves que debían poner aquel día, la otra les daba la pitanza de berzas cocidas con salvado, y les renovaba el agua, y les arreglaba los nidos.

Eran muy parecidas las dos damas: pequeñas, vivarachas, limpias, con sus pañuelos a la cabeza a estilo bilbaíno, dejando ver sobre las orejas mechones de purísimas canas; vestidas humildemente, chapoteando en el fango del corral, con almadreñas, que hacían un clo-clo muy campesino, eco celtíbero sin duda que nos trae los rumores de antaño al través de cientos de siglos. Doña Marta y Doña Rita acogieron a los dos mozos con recelo, sobre todo a Calpena, cuya traza no era en verdad muy tranquilizadora. Mandáronles subir, y soltando las almadreñas fueron ellas por delante, venciendo con ligereza impropia de su edad los gastados peldaños de una escalera que marcaba los pasos con gemidos. Lo primero que vio Don Fernando al entrar en la estancia principal, que bien merecía el nombre de sala, fue un primoroso altar con multitud de imágenes vestidas y angelitos desnudos, estampas varias, todo ello (p.5252) resguardado de las moscas por tules verdosos, y profusión de flores de trapo con infantil arte dispuestas, y papeles que imitaban el brillo de la plata y el oro, y rizadas velas sin encender. En el centro de la mesa, cubierta de blanco paño con encaje había un gran vaso lleno de agua en sus dos tercios inferiores, lo demás de aceite. En este flotaba una cruz de lata con puntas de corcho, y en el centro de la cruz ardía una lucecita modesta, familiar, diminuta, que difundía en torno de sí, con su débil claridad, cierta confianza dulce y plácida, como un ángel doméstico representado en la forma más humilde.

En cuanto abocó en la estancia, dándose de hocicos con el altarito, cayó de hinojos D. Eustaquio, y sus expresivas demostraciones de piedad maravillaron y entontecieron a las dos señoras. Calpena, con menos prisa y devoción no tan ferviente, se arrodilló también, y mientras rezaba entre dientes, observó que en lo más bajo del altar, cubriendo la peana que sostenía la imagen de Cristo, campaba el retrato de Carlos V, mediana estampa de colorines. La graciosa lucecita iluminaba el rostro antipático del Rey (que si algo expresaba era lo contrario de la inteligencia) y su busto exornado de cruces y bandas. Rezaron también las dos niñas, y una de ellas no quitaba los ojos de D. Fernando, como si las facciones de este no le fueran desconocidas, o si algo quisiese deletrear en ellas. Y al verle persignarse y ponerse en pie, se apresuró a decir: «Si no me engaño, el señor es de Cintruénigo».

 

Ep-27-XXIV -

-No soy de Cintruénigo, sino de Ablitas -replicó D. Fernando muy cortés, olvidado del lenguaje baturro que en aquella tierra fingía, y adoptando su natural dicción-, y traigo para las señoras un encargo del señor D. Beltrán de Urdaneta, mi amo.

Mudas de asombro, las dos damas hicieron intención de santiguarse, y después cruzaron las manos. Entretanto, Calpena pensaba que era muy conveniente abordar sin circunloquios el asunto, para ganar tiempo, para inspirar confianza.

«¡Jesús mío.. Beltrán..! ¿Pero es cierto? ¡Acordarse de nosotras (p.5253) Beltrán!» -exclamó la una mirando a la otra.

-¡Beltrán, ay!.. ¡Si no le hemos visto desde el año 5, cuando..! ¡Qué confusión en mi cabeza!

-Sí, mujer: ¿no te acuerdas? En Noviembre del año 5. Estando nosotras en Tudela, fue a comunicarnos, por encargo de padre, la triste noticia de la muerte de nuestro hermano D. Luis en Trafalgar.

-¡Oh, Beltrán, Beltrán!.. Hace cinco años, a la muerte de Fernando llamado VII, supimos que vivía el primer noble de Aragón, y que andaba un tanto decaído de intereses.

-Pues aún vive y está bueno -dijo Pertusa, conforme a la lección que su amigo y él llevaban bien aprendida.

-Y su decaimiento de fortuna -añadió Calpena, aceptando el asiento que las señoras le señalaron- se ha trocado ahora en grandeza y abundancia, porque, verán ustedes.. ¡qué suerte de hombre!, un tal Francisco Luco, que en la guerra del Maestrazgo perdió a sus hijos, dejó a D. Beltrán por heredero de todas su riquezas, consistentes en cincuenta o sesenta ollas de dinero.. no recuerdo el número.. sepultadas en diferentes puntos. Desenterradas lleva ya como unas cuarenta y pico, y el dinero lo vamos transportando a Cintruénigo, donde hay una estancia no más chica que esta llena de sacos de onzas y medias onzas..

Las dos niñas se miraban absortas, y luego se pasaban la mano por la cara como dos gatitos que se relamen limpiándose los hocicos. No acababan de creer lo que oían, maravillas de cuentos infantiles.

-Y como es D. Beltrán caballero muy hidalgo y generoso, hecho a mirar por las desgracias ajenas antes que por las propias, decidió repartir la mitad de aquellos caudales entre familias de su conocimiento que se hallan faltas de recursos. Cuatro criados del Sr. D. Beltrán andamos en este trajín del reparto, y a mí me ha tocado la tierra de Vizcaya, y todo el señorío pobre que traigo en esta lista..

Diciendo esto, sacó el papel en que trazado habían una luenga cáfila de nombres y pueblos, y después de mostrarlo a las señoras, que en su aturdimiento y estupor apenas pudieron enterarse de lo que veían, echó mano (p.5254) al cinto y dio a luz una onza. Momentos antes había pensado, generoso, duplicar la cantidad presupuesta, por la profundísima lástima con algo de respeto que la digna pobreza de las nenas de Morentín le infundía.

«Esto es lo que corresponde a las señoras, según mi lista. Pero podrá tocarles mayor cantidad, pues el amo me encargó que lo resultante de las partidas fallidas lo repartiese a la vuelta entre los existentes. A muchos no les hallo; otros han muerto, dejando algún acomodo a sus familias..».

Cogió Doña Marta la onza no sin cierto recelo; pasó después la hermosa pelucona a las manos de Doña Rita; la miraron y remiraron por un lado y otro. De una mano que la sobaba pasaba a otra que la movía para ver el reflejo. ¿Creyeron las señoras la burda historia tramada por los dos hombres? Si estos no la inventaron mejor y más fina, fue porque no lo creían necesario. Una de las niñas, la que, según los informes de Pertusa, hipaba por la poesía y el latinismo, se tragó sin esfuerzo el voluminoso embuste; la otra, más práctica y reflexiva, debió de ponerlo en cuarentena; pero esta divergencia de impresiones no impidió la unanimidad de aceptar y guardar la onza, expresando gratitud al mensajero y pidiéndole noticias de la familia de Idiáquez. Diolas cumplidísimas D. Fernando, y agregaron las señoras que habían tenido cuatro años antes carta de Doña Juana Teresa, mandándoles regalitos y un delicado socorro metálico, que agradecieron con toda su alma; escribieron ellas, y hasta la fecha no habían vuelto a tener noticia. Amplió Calpena sus informes con pormenores mil de las familias de Cintruénigo y Villarcayo, edad y referencias de los nietos; y después de oírle atentas y gustosas las dos nenas, dijéronle que observaban cierta discordancia entre su traje y su manera de producirse, la cual más bien parecía de caballero bien educado. A esto acudió Pertusa con la manifestación de que el mensajero de D. Beltrán había cursado estudios mayores en Tarazona, continuando, no obstante su mediana ilustración, al servicio de casa y (p.5255) familia tan alcurniada.

Tomó luego la palabra D. Fernando para contar cómo el Sr. de Urdaneta, que había recorrido media España con la expedición Real, al absolutismo pertenecía en cuerpo y alma, y ya se le indicaba para Ministro universal de Carlos V el día no lejano del triunfo y salvación del Reino. Profesando él las mismas ideas que su amo, podía correr libremente por el señorío de Vizcaya, sin más precaución que la de alterar un poco su facha, y hacerla más grosera y tosca, con el fin de que nadie le supusiera portador de cantidades relativamente cuantiosas. Al llegar a este punto, parecieron ambas más tocadas de credulidad: a Pertusa le conocían por sectario furibundo de la realeza carlista; el otro, que entonces veían por primera vez, parecióles más fino y apersonado que su compañero, a pesar del pelaje humilde. Recayó suavemente la conversación en los negocios de la facción, mostrándose Calpena tan entusiasta, que su fanatismo daba quince y raya al de los más feroces. Tronó contra Maroto, viendo en su doblez el origen de las desdichas del Reino; ensalzó hasta las nubes a D. Pedro Abarca, Obispo de León, que debía ser canonizado por valiente apóstol de la causa de Dios; igualmente encareció los sublimes talentos de Echevarría, Padre Lárraga y Arias Teijeiro, y terminó sosteniendo que San Fernando, San Luis y San qué sé yo qué eran soberanos de alfeñique en parangón de la extraordinaria majestad y grandeza de Carlos V.

Por fin, viendo a las dos nenas tan complacidas, amansadas ya y bien dispuestas para la última suerte, acometieron esta, tomando la iniciativa el ladino Pertusa. Uno y otro amigo se hallaban fatigadísimos de la caminata que habían hecho a pie desde Elorrio, y pedían a las señoras hospitalidad sólo por el día, ofreciendo marcharse a la noche, pues les era forzoso continuar su viaje hacia Bilbao, llevado el uno por comisiones graves de la real Superintendencia, el otro por los encargos que de Cintruénigo traía. Al pronto, las dos nenas se mostraron recelosas, (p.5256) balbuciendo excusas; pero tan expresivo lenguaje usó el Epístola para convencerlas, y con tanta nobleza y franca cordialidad apoyó el otro las demostraciones de su compañero, que hubieron de ceder, siempre con un poquito de escama. Agregada por Pertusa la indicación de que pagarían con largueza el gasto de una modesta comida, dijeron Doña Marta y Doña Rita que muy frugal tenía que ser, pues en su despensa no había más que huevos, algo de pan y alubias. ¡Magnífico! Pedir más era gollería.

«Mi compañero Blas -dijo D. Eustaquio, percatándose de la necesidad de bautizar a su amigo-, está más cansado que yo, y agradecería mucho a las señoras que le permitieran tumbarse en cualquier aposento de los que en la casa tienen para guardar trastos inútiles».

Tanta labia y metimiento desplegó en ello el astuto aragonés, que pasado un rato se hallaba D. Fernando en un cuarto próximo a la sala, con ventanucho que dominaba la huerta de la cercana finca. Era una pieza de techo bajo, atestada de rotos muebles y cachivaches, vestigios luctuosos del antiguo esplendor de las de Morentín, y no fue difícil improvisar en ella sobre un arcón vacío, al que se agregó una silla, cubriéndolo todo con mantas, un camastro de relativa comodidad. Encerrado el caballero en aquel cuchitril, pudo disfrutar a sus anchas del beneficio de la ventana, principal objetivo de aquella improvisada comedia. El hueco de piedra, como de una vara en cuadro, se dividía en cuatro vanos por gruesos barrotes en cruz. Excelente era el miradero, segura la atalaya, pues desde allí no sólo se veía todo el huerto vecino, sino algo del interior de la casa por las abiertas ventanas de esta. Ávido se asomó el caballero, y un rato permaneció sin ver a nadie.

Siglos le parecieron los minutos: apoyado su pecho en el muro, su corazón rebotaba contra este, marcando las ansias que transcurrían antes que la curiosidad fuese satisfecha. Por fin vio una criada, que al parecer se ocupaba en la limpieza de habitaciones. Un anciano con almadreñas atravesó la (p.5257) descuidada huerta, en cuyo suelo crecían hierbas lozanas. Entretuvo el caballero su angustiosa expectativa examinando los frutales sin hoja, los añosos perales de rugosos troncos arrimados a la tapia en forma de espaldera, los manzanos escuetos, las higueras derrengadas, la vieja parra de torcida y áspera cepa, agarrándose a la pared de la casa, y enganchando en el balcón sus sarmientos más altos. Junto al muro medianero, entre el corral de Morentín y la huerta de Arratia, debía de existir un pozo que D. Fernando desde su atalaya no podía ver; y junto al pozo había sin duda pila de lavar, porque a los oídos del vigía llegaba rumor de chapoteos en el agua, el golpetazo de la ropa sobre la piedra, y una voz de mujer canturreando bajito. En estas observaciones le cogió una súbita sorpresa, que fue como un rayo.. En la ventana de la izquierda apareció Aura.. D. Fernando, ¡caso inaudito!, tardó algunos segundos en conocerla, en cerciorarse de que era ella, y más que por el rostro y figura, la reconoció por la voz, cuando dijo a la mujer que lavaba: «María, por Dios, ¡qué calma!.. Ven pronto». Desapareció de la ventana, mientras la mujer hacia la casa corría.

Dudó el caballero si lo que había visto era realidad o visión engañosa. Y de tal modo quedó estampada en su mente la imagen, que continuaba fijando los ojos en la ventana, no convencido aún de que estaba el marco vacío. ¿Había ganado o perdido en hermosura la romántica moza? Imposible discernirlo. Sólo era indudable para él que había engrosado sin perder su esbeltez y gallardía. El color había cambiado: era más morena; hasta llegó a parecerle negra. La impresión recibida fue como una serie de impresiones muy rápidas, de centésimas de segundo; la luz vibrante cambiaba el color y las líneas. ¿Había visto una imagen temblorosa en ráfagas del aire?.. Pasó algún tiempo, durante el cual introducía el caballero su mirada por las ventanas, como el ladrón que prueba las ganzúas en ojos de llaves. Creyó sentir la incomparable voz; mas no pudo entender si reñía o lanzaba notas de júbilo.. El sol (p.5258) despejó las neblinas, y se presentaba un hermoso día de invierno. Abrigada por sus altas tapias, la huerta debía de tener un temple muy grato, y la faja meridional, bien asoleada, ofrecía en las callejuelas que separaban los bancales un piso firme y seco. Apareció un gallo pintado con dos gallinas, y escarbaba descubriendo bichos que entre sus damas repartía. Un gato vino después, que se paseó con parsimonia inglesa entre las coles respigadas, buscando ratoncillos campestres; un perro de cuatro ojos, negro y con las patas amarillas, se dirigió hacia el pozo, después hacia la casa, grave y meditabundo, y se tendió al sol junto a la cepa. Pensó Calpena que todas aquellas apariciones de animales anunciaban nueva sorpresa. La primera que sobrevino no fue muy agradable, pues consistió en una mujerona alta y bigotuda, que no podía ser otra que Prudencia, la cual surgió por la derecha dando voces a otra mujer, en tono displicente. Era cosa de tendederos de ropa, de cuerdas quitadas de su sitio para amarrar un burro en la pradera, de palitroques caídos y que debían ser repuestos. Retirose por el forillo derecho encargando que no faltase leña para la tarde. Su voz desentonada continuó largo rato sonando a la otra parte de la casa, donde sin duda estaban la cocina, el corral y leñera. A poco de esto abriose la puerta central de la fachada que observaba Calpena, la que a un lado tenía la parra y encima el balcón. Abriola una mujer que barrió las baldosas del umbral y el empedradillo delantero. El corazón del galán, golpeando furioso contra la piedra del ventanucho en que se apoyaba, le decía que por aquella puerta saldría pronto la mayor belleza del mundo..

Pasó un siglo.. En las medias horas veía el caballero piezas enormes, tiras sin fin de una eternidad que se desarrollaba ante su espíritu. Oyó rumor de cháchara, risas que indudablemente eran de ella. Ningún reír humano podía confundirse con el reír de Aura, y pensándolo así, el caballero apretaba con ira el barrote cruzado de su atalaya, porque era en verdad muy inconveniente que ella (p.5259) estuviese tan regocijada, mientras él se estremecía de dolor, amargado por los recuerdos. ¿Qué motivos tenía para tales esparcimientos del ánimo gozoso? ¿No estaba su marido ausente?.. ¿Acaso habían llegado noticias de él? Era muy probable que nada se supiese, y que continuaran en la familia los temores y sobresaltos por la suerte del atrevido mozo. No estaba de más que la esposa, que bien podía ser viuda ya, mostrase un poquito de gravedad y compostura. En estas ideas le cogió un estupor, una emoción inexplicable. No veía nada, y veía un mundo salir por aquella puerta. Más bien temía, sospechaba, por misterioso aviso de su corazón, la presencia de un caso, de un hecho monstruoso y al propio tiempo bello, sublime quizás. «Ya viene», se dijo; y diciéndolo vio que Aura salía con un niño en brazos.

 

Ep-27-XXV -

Salió con un niño en brazos..

Salió con un niño en brazos. Sólo diciéndolo más de una vez se expresa la tardanza del observador en darse cuenta de aquel caso natural, tan natural que ya en los últimos nimbos de su pensamiento lo había previsto. Pero tardaba en creerlo, y mirándolo, viendo a la madre, como nunca hermosa; viendo al chiquillo, que parecía robusto, alegre, deseoso de vivir, hubo de añadir a la evidencia la confirmación de la palabra, y dijo: «Es ella con su niño, con su niño.. porque suyo es.. Se le ve que es suyo».

Venía Doña Aura mal vestida, y un tanto despechugada, señal de haber dado la teta poco antes. No hacía más que saltar al chiquillo, que al sentirse bañado del aire y del sol empezó a echar unas carcajadas graciosísimas, elevando sus manos rojas. Saltaba en los brazos, y ella le decía mil ternuras, y a estas seguían tantos, tantos besos, que el chico protestaba, prefiriendo los saltitos al refregón pegajoso de los labios de su madre. Avanzó hacia el lavadero; pudo verla D. Fernando a una distancia como de seis varas, y reconocer su hermosura, no disminuida, sino antes bien realzada por nuevas bellezas.. El color era más moreno; pero en su tez resplandecía la salud; su seno, más abultado, hacía resaltar la flexibilidad de su (p.5260) talle. El chiquitín parecía de cinco o seis meses, de notable desarrollo y viveza.. Por un momento se vio D. Fernando sorprendido por la idea de que el niño se le parecía.. ¡Qué disparate! Era su pena, que al desgajarse en aquella inmensa emoción, fluctuaba entre lo inconsolable y los consuelos comunes, impropios de un criterio sano. Observándole bien, vio que el niño era el retrato de Zoilo; tenía los ojos de su padre, y en ellos la chispa del querer fuerte.

Dio Aura la vuelta por entre las coles, y mostraba a su hijo el gallo y las gallinas, queriendo que entrara en conversación con ellas por el lenguaje de pipís.. «¡Y esta es la mujer que hace un año andaba loca por los caminos -pensó D. Fernando-, corriendo tras el problema de su vida! ¡Y al fin la Naturaleza se lo ha resuelto de un modo muy contrario a sus deseos de entonces! ¡Oh Dios, oh grandeza del tiempo y de la realidad! Pensé encontrar una lunática, y me encuentro la razón misma. Creí encontrar una enferma, y me encuentro una madre. Se ha curado dando vida a otro ser. Este caballero de meses, este nuevo Arratia, nos ha conquistado a todos, nos ha devuelto a todos la vida, la calma, la salud, quitándonos de los puestos que habíamos tomado en el terreno antiguo, para ponernos en nuevo terreno. ¡Oh vida, oh naturaleza!.. ¡Y nosotros, enfatuados con la idea de buscar la solución en nuestras pasiones, en el juicio nuestro, cuando nuestro juicio no es más que un pobre ciego sin lazarillo!.. Debo hacerme justicia, diciendo que yo había previsto este caso; sí, lo había previsto..».

Fuera por lo que fuese, ello es que D. Fernando, lastimado por lo mismo que admiraba, apartose del ventanucho y se sentó, sosteniéndose en las manos la cabeza, que por la gran pesadumbre de sus ideas difícilmente se conservaba erguida. Largo rato permaneció en aquella postura, viendo pasar por la obscuridad de su pensamiento una triste procesión de imágenes, el maravilloso hallazgo de Aurora Negretti en casa de la diamantista; el rostro de esta, trasunto de María Antonieta guillotinada; las figuras (p.5261) burlescas de Milagro y Maturana, y por fin la persona de Aura en distintos aspectos, siempre hermosa, interesante, espiritual, resplandeciente de ingenio y hechicera gracia.. Vio la escena de Bilbao, la horrible decepción, que parecía desenlace trágico-tonto y no lo era, pues el verdadero desenlace lo había traído aquel lindo mocoso, que acababa de tomar el pecho y pronto a tomarlo volvería. Las rebeldías de ella, sus dudas horrorosas causantes de locura, ya no eran más que el recuerdo de una dolencia curada, sin dejar ningún rastro. Nada de aquel trastorno podía volver. El chiquillo era el médico, era también el amo, y su existencia a todos imponía vida nueva y nueva conducta.

Al asomarse de nuevo, Aura estaba sentadita en un banco de piedra frente a la casa, dando de mamar a la criatura. Veíala de espaldas, frente a Prudencia, que en pie exhibía su figura procerosa a la admiración del observador. Este la encontró vulgar, antipática. No podía menos de odiarla; a todos perdonaba D. Fernando menos a la tarasca intrigante, autora de tantas desdichas. Y al fin no había manera de negarle el triunfo.. ¿Habría sido aquella mujer instrumento de la Providencia?.. También se hizo el caballero esta pregunta, y por cierto que no supo qué contestarse. ¡Estaría bueno que la obra de Prudencia fuera la mejor, la más lógica, y que los equivocados fuesen los demás y no ella. ¡Oh tiempo, juez y maestro, definidor augusto, eternamente sabio!..

Ocurrió después que asomadas a su balcón las niñas de Morentín, Aura las vio, y ya tapado el pecho y el chico harto, se vino hacia esta parte saludándolas con mucho afecto. «¡Rey!.. mira, mira las nenas..». Y las nenas le decían mil ternezas, y a ella otras tantas. «¡Qué guapa está usted!.. ¡Ay!, cada día más hermosa, rebosando salud.. Y el cachorro como una bola de manteca.. ¡Hija, qué bien lo cría usted.. da gusto verle, qué guapín!.. vaya unos ojos asustadicos. Parece que quiere decirnos algo..». Y Aura repetía: «Es un pillo: no saben ustedes lo tunante que es.. Pero malo, malo de verdad». Luego los besos (p.5262) restallaban como cohetes. Fernando se retiró otra vez con el corazón traspasado. Tanto besuqueo le lastimaba.

No tardaron en entrar en el aposento Don Eustaquio y Doña Marta. «¿Pero qué le pasa a usted? -le dijo esta-. Parece que ha llorado».

Sí, señora. Padezco una enfermedad muy rara: ello es cosa antigua en mí. Empiezo con dolor de corazón, y acabo echando un poco de agua por los ojos. Agua, nada más que agua.

Le compadeció la señora, asegurando que para males de tal naturaleza no había mejor remedio que el comer. Pronta estaba ya la comida, que era de las más elementales: tortilla y un plato hecho al horno por Pertusa, con pan, huevos, tocino, alubias, queso y castañas. Era D. Eustaquio un gran cocinero, que sabía improvisar manjares exquisitos con las provisiones de la despensa más pobre. A comer, y a dejarse de penas y de echar agua por los ojos.

Comiendo en modestísima mesa, con pobre y muy blanco mantel, vajilla desportillada y cubiertos desiguales, pero todo limpio como el oro, charlaron de diferentes cosas. La conversación se inició con el tema de la familia de Arratia, diciendo las señoras que trataban a Doña Prudencia y su sobrina sin otro motivo que el de la vecindad. De Aura sabían que a poco de casarse padeció una endiablada enfermedad nerviosa, a consecuencia de un susto; se le trastornó el sentido tan gravemente que no podían sujetarla, y se lanzó a los caminos, buscando a un príncipe imaginario, héroe de los cuentos infantiles. Recogida por la familia, siguió a su locura una temporada de sosiego y de armonía matrimonial; y al fin, ya estaba la guapa moza curada del modo más feliz, sólo por la virtud de su alumbramiento, que le hizo revolución en la naturaleza, y por el gozo que le daba el verse madre de tan precioso niño. Mas como nunca hay dicha completa, la familia lloraba la ausencia del hijo, sobrino, esposo y padre, el cual era un valentón a lo D. Quijote y una cabeza desclavijada. Quince meses o más iban transcurridos desde que se lanzó con otro loco bilbaíno en busca de aventuras, (p.5263) y a la fecha no se tenían de él noticias directas. Sabían que estuvo preso en la cárcel de Miranda; que luego le cogieron y embaucaron los cristinos, afiliándole en sus infames ejércitos, infortunio grande, ¡ay!, pues más vale la muerte que el pecado y desdoro de pelear contra Dios. Añadieron que las últimas noticias, recogidas de la misma Aura la tarde anterior, eran que el Zoilo vivía y andaba con ese Zurbano, luciendo su bravura, y que D. Sabino había salido nuevamente en su busca, para rescatarle del cautiverio cristino y traerle a su familia y a las dulzuras de su hogar. La tal Aurora era una madraza, sin más demencia que el amor de la criatura, y como esta viviera, no había que temer nuevos arrechuchos. Así lo aseguraba la sabia Prudencia, cuya cabeza reunía la ciencia de veinte doctores. Todo su afán era recobrar a Zoilo, quitándole de la cabeza las locuras guerreras, y cuidándole para padre, pues convenía traer al mundo tres o cuatro criaturas más, con lo que se aseguraba la conformidad y curación de la mujer. El matrimonio viviría pacífico y dichoso, y mientras más fecunda fuese Doña Aura, más y más felicidades vendrían sobre la familia.

Oyó estas cosas Calpena cuidando de ocultar el interés que en él despertaban. Por no infundir sospechas no preguntó nada referente a Ildefonso Negretti, y siguió a las niñas en el sesgo político que dieron a la conversación. «No puedo creer -dijo Doña Marta-, lo que ayer oímos: ese fantasmón de Maroto ha separado a trescientos oficiales sólo porque pertenecen a la divina intransigencia, que es el partido de S. M.».

-Pues créanlo -dijo el Epístola-, que del D. Rafael no hay que esperar cosa buena.

-Y mientras no le quiten de en medio -añadió D. Fernando-, no se enderezará la Causa, que está bastante torcida, como una torre que se quiere caer.

-¡Caer no, Jesús! -exclamó Doña Rita echando lumbre por los ojos-, que aún tiene el Rey a su lado muy firmes puntales. El señor Arias Teijeiro, que en cuanto habla parece inspirado por el Espíritu Santo, ha dicho: «Señor, los brutos llevarán a V. M. a (p.5264) Madrid».

-Y los brutos -agregó Doña Marta-, son los limpios de corazón y al propio tiempo valientes y arrojados; que el arte de las armas es por naturaleza rudo y se da de cachetes con las letras; y el heroísmo no casa con esas matemáticas que traen acá los militronches de planitos y anteojo.

-Ello es que la Causa, señoras -dijo Calpena suspirando-, anda revuelta, y los que adoramos al Rey vivimos con el alma en un hilo. Y ahora, para afligirnos más, nos salen con que la sacra y católica Reina también se tuerce, queriendo transacción, que es decir ¡viva Maroto!

-Eso sí que no lo creo aunque me lo aseguren frailes capuchinos -dijo Doña Marta palideciendo-. ¡La Reina, la señora Reina.. transacción..!

-Es que anda por ahí una nube de pillos -afirmó Pertusa-, pagados por Muñagorri o por Espartero, que sirven al demonio echando a volar mentiras. A mí me han dicho ayer que Maroto aseguró a Su Majestad que le aceptarán los liberales si les concede una chispita de Constitución y unas miajas de libertad de la imprenta.

-Sí, sí: con eso y con que se declarara que no hay Dios, ya estábamos todos iguales. Una de dos: o Maroto dimite, o le arrancarán de las manos el bastón. Para esto se necesita un hombre.

-Un faccioso de ley.

-¿Qué hombre hay aquí capaz de colgarle el cascabel al gato?

-Hay uno, sí: Guergué.

-Pues Guergué -dijo Pertusa dándole mucha importancia-, y otros dos espadones de mucho brío que no quiero nombrar.. en fin, los nombro, pero bueno es que guardemos reserva..; pues Guergué y los generales D. Francisco García y D. Pablo Sanz le tienen armado el cepo a D. Rafael, y ustedes han de verle pronto cogido por una pata, ya que por la cabeza..

Como el que despierta de un sueño, Don Fernando recayó de súbito en la realidad de sus obligaciones, diciendo: «El tiempo vuela.. ¿Qué tenemos que hacer aquí?».

Miráronle con asombro las niñas, pues más le creían perezoso que impaciente, y una de las dos (no consta cuál) le preguntó si había de distribuir en el propio Durango más partijas del donativo de su señor. Con el tumulto (p.5265) que en su mente habían levantado las recientes emociones, se le fue de la memoria el embuste urdido para justificar su entrada en la casa; y al caer en la cuenta de la torpeza con que contestó a la niña, no se cuidó de enmendarla.

«Muy agradecidos estamos a la hospitalidad de las señoras -dijo-; pero tenemos mucho que hacer, y nos retiramos».

Mirábale Pertusa, queriendo penetrar el motivo de aquella súbita retirada; y por no aparecer desacorde con su compañero, repitió: «Tenemos, sí, mucho que hacer. Es mediodía». Y las niñas desconfiadas, alzando manteles y recogiendo loza, dijeron: «Entendimos que en casa permanecerían hasta la noche.. La verdad, pensábamos que querían ocultarse, y ni sabíamos ni pretendemos saber el motivo.. Pero, pues no hay ocultación, más vale así».

-Bien podemos -dijo D. Eustaquio-, andar por todo el pueblo con nuestras frentes muy altas, pues aquí, que yo sepa, no ha tendido sus redes el marotismo.. Y si las señoras no lo llevan a mal, volveremos, y nos darán la satisfacción de leernos algunas de las composiciones poéticas, producto del ingenio de mi señora Doña Marta.

-¡Ay, no, no, D. Eustaquio, por Jesús vivo! -exclamó ruborizada la señora, en la puerta de la cocina, secando un plato que acababa de fregar-. El pobre ingenio mío no merece tales honores. Si me entretengo a ratos perdidos en jugar con las musas, hágolo para mí misma, para nosotras, o para personas sencillas, no para que se rían de mí los ilustrados, porque usted, Pertusa, tiene estudios, y el señor, por bien que lo disimule, no es lo que parece.

-Sea yo lo que fuere -declaró D. Fernando sonriendo-, tendré mucho gusto en oír los versos de la señora. Se me ocurre que si quiere usted dar las gracias a D. Beltrán, lo haga en una linda décima, como es uso y costumbre en las personas agradecidas que saben metrificar.

-¡Oh!.. ¡qué compromiso! ¡Por Dios, Blas!.. Pues no es floja encomienda la que usted me da.

-Y ello, la verdad, no puede ser más razonable -agregó la otra, ruborizándose también por cuenta de las dotes poéticas de su (p.5266) hermana-. Sí, Marta: compón la decimita, que ha de ser muy grata al Sr. de Urdaneta.

-Y esta tarde -afirmó D. Fernando-, volveremos nosotros a recogerla. Ea, que no perdono la décima. No valen modestias aquí. Y si quiere usted componer otra a la Majestad del augusto Monarca, será miel sobre hojuelas.

-Tema -dijo Pertusa-: Carlos el Grande corta las cabezas de la hidra marotista para fundar sobre ellas su trono.

-¡Ay, ay, ay, qué magno asunto!.. Eso no es para mí. Señores, no, no.. Mi lira es un guitarrillo humilde.. Para eso se necesita trompa.. y lo que es trompa.. no, eso no me ha dado Dios.

-Pues con trompa o con guitarra -dijo Fernando, ansioso de salir-, las décimas estarán listas para cuando volvamos. Señoras, dispénsennos.. Hacemos falta en otra parte.

Aún quiso D. Eustaquio, bromeando, entretener algunos minutos; pero a Calpena se le caía la casa encima; quería salir pronto, huir, ponerse lejos. Cogió por un brazo a su compañero, y repitiendo las cortesanías se despidió de las señoras, que hasta la salida les acompañaron, insistiendo Doña Marta en empequeñecer sus facultades poéticas, y en ponderar la magnitud del literario compromiso en que sus huéspedes la ponían. Cuando se cerró el portalón dejando dentro las dos caras de gatitas blancas y relamidas, D. Eustaquio preguntó a su compañero si volverían, y la respuesta fue: «Como el humo. Cumplido el objeto que aquí nos trajo, doblemos esta hoja; y adiós para siempre las niñas de Morentín, adiós su casa.. y su vecindad. Historia pasada.. mundo concluido».

 

Ep-27-XXVI -

No menos entrometido que curioso, ardía el aragonés en impaciencia por conocer las intenciones de su amigo y el estado de la que juzgó aventura de amor. «¿Pero qué, señor D. Fernando, no entramos en la casa de Arratia? ¿No hemos venido a sorprender y llevarnos a la hermosa mujer con niño y todo?

-Cállate la boca, simple. Da por terminada la aventura, y no hagas preguntas a que no he de responder. Alejémonos pronto de este barrio, al cual no he de volver en todos los (p.5267) días de mi vida.

-¿De modo que..?

-Chitón.

-¿Y ahora?

-Ahora, yo haré lo que me acomode, y tú callarás. ¿Cómo quieres que te tape la boca: con dos onzas para que acabes de pagar tus deudas, o con una morrada de las mejores?

-Prefiero la primera de las dos mordazas presupuestas; y aunque en todo caso mi silencio ha de ser profundísimo, mi felicidad será mayor si a las dos onzas agrega vuestra señoría una media más.

-Bueno.. Ya sabes que ahora nos separamos, que no has de pensar en seguirme, ni en buscarme, ni menos en hablar a nadie de mí.

-Conforme. No necesita encargarme la discreción, pues soy agradecido, y aunque a veces no lo parezca, caballero también soy, como dijo el otro.. Si estas razones no bastaran para garantizar mi fidelidad, hay otra, señor, y es que los dos trabajamos por la misma causa.

-¿Tú qué sabes? Mi causa nada tiene que ver con la cosa pública.

-Es deber de usted afirmarlo así, y nada contesto; pero si D. Fernando cumple reservándose, yo cumplo callando lo que mi finísimo olfato me enseña.

-¿Qué?

-Que andamos en hociqueos con Maroto.

-¿Quién, tú?

-Usted.. Mis papeles son inferiores; pero a un mismo fin vamos todos. Con que..

-Estás en un error grave.

-Separándonos ahora, yo apostaría.. que nos encontraremos en Vergara.

-¿A que no? Yo me voy en busca de Zoilo Arratia, y hasta el fin del mundo no pararé mientras no le encuentre.

-Pues no irá usted al fin del mundo, sino a Campezu, que por allí anda Zurbano.

-Abreviemos, que tengo prisa. ¿En dónde te entrego las dos onzas y media?

-Lleguémonos a la tienda de Zubiri, cuatro pasos de aquí.

Pasado un rato, alejándose de la tienda, repitió D. Fernando sus amonestaciones acompañadas de una despedida terminante. «Si quieres ser mi amigo, demuéstrame con hechos que mereces serlo. No me sigas; no me busques; no hables de mí».

-Ni sigo, ni hablo, ni busco; pero sí veo.. y callo.

-Es que si no callaras, no habría de faltar quien te cerrara la boca para siempre.

-Comprendido.

-Y vete a donde quieras.

-No hago (p.5268) misterio de ello. Voy a Vergara, donde encontraré no pocos amigos, oficiales de Maroto.

-Ándate con tiento.

-Cuide usted de su pelleja.

Y con un adiós afectuoso y apretones de manos se despidieron, corriendo D. Fernando hacia el parador de Pinondo, en cuya puerta le aguardaba Urrea, loco ya de impaciencia y zozobra, después de pasarse la noche y el día recorriendo las calles del pueblo y todos sus arrabales. No tenía por qué darle el caballero explicaciones de su ausencia, y entrando en busca de Echaide, que también estaba con el alma en un hilo, hubo de soportar resignado la reprimenda que el digno jefe de la cuadrilla se permitió echarle, valido de la confianza y llaneza que con él gastar solía en la dura vida de caminantes. El estupor del buen arriero subió de punto cuando Quilino le manifestó severamente su propósito de trasladarse al territorio donde operaba Martín Zurbano. Halló por fin el otro fácil modo de conciliar todas las obligaciones, pues despachado primero el asunto capital en Vergara o Tolosa, tomarían la vuelta de Salvatierra, para franquear los montes de Andía y bajar a Campezu, que no era mal camino para Logroño. De acuerdo en esta transacción, preparáronse para la madrugada siguiente. Pasó D. Fernando muy mala noche, con ardores de fiebre, atormentado por la persistencia de las emociones de aquel día. Con más intenso colorido y acentuación más viva que en la realidad, se le reprodujeron las escenas y figuras observadas desde la atalaya; de tal modo se poseían de ello su espíritu y su naturaleza toda, que le dolía la mano derecha de tanto apretar el barrote que partía en cuatro la luz del ventanucho. Y ya de camino, al romper el día, sacando fuerzas de flaqueza para seguir a sus compañeros, continuaba el horroroso dolor de la mano.. empuñando la cruz de hierro.

Vergara, donde entraron a media tarde, rebosaba de gente, así militar como paisana. No sólo había llegado Maroto con su ejército, sino D. Carlos con todo el matalotaje de su corte vagabunda. Clérigos y frailes discurrían en grupos, (p.5269) reforzados con señorones administrativos, que vivían sobre el país, justificando su existencia con el consumo de tinta y papel en inútiles escritos. Corrillos de oficiales obstruían los lugares de mayor tránsito: en unos se advertía la intranquilidad, en otros la tristeza. Cualquier observador que conociese el personal habría podido advertir que los amigos de toda la vida no se hablaban ya, y se dirigían miradas recelosas. Quilino y Santo Barato anduvieron por calles y plazas, respirando los aires de discordia que por todas partes corrían. Gran tumulto de gente les atrajo hacia la iglesia de San Pedro. El Rey con su rebaño apostólico salía de Palacio para ofrecer al Cristo sus soberanos respetos, y la multitud a su paso se agolpaba. Bien pudo apreciar Calpena la diferencia entre los entusiasmos cariñosos que había visto en Oñate y la frialdad de Vergara. Aún le respetaban; ya no le querían; y por entre la doble fila de sus vasallos, a quienes congregaba la curiosidad antes que el amor, pasó Carlos V saludando más severo que amable; que así creía representar mejor la majestad del derecho divino. Su rostro no ofrecía ninguna alteración: era un rostro de efigie inexpresiva, de esas que no dicen nada al devoto que las adora. Su mirada resbalaba en la superficie de las cosas, y los vasallos no veían en ella más que un convencimiento tenaz y un fatalismo irreductible. Ni alegría ni tristeza pusieron nunca sus resplandores en aquel rostro apagado, semejante a los rayos de luz fingidos con madera y estofa en los retablos churriguerescos. No iba con él la Reina, que se había quedado en Azpeitia, un tanto aburrida y descorazonada por el mal giro que tomaban las cosas. Arias Teijeiro miraba al suelo, Valdespina parecía distraído, y el Padre Echevarría desafiaba a la multitud con miradas altaneras. Mediano rato duró el acto piadoso del Presidiente en la capilla del Cristo, y de allí se fue a visitar a las monjas clarisas, cuya priora le fascinaba por el optimismo de sus juicios y por la gravedad de sus sentencias. Esta ilustre señora fue la (p.5270) que le dijo que confiara en los brutos, que así como los Apóstoles, sin saber leer ni escribir, habían sacado triunfante la Iglesia de Cristo, D. Basilio y Balmaseda y todos los lerdos de la Causa pondrían en el trono de Madrid al legítimo Rey.

De vuelta a Palacio, ya cerrada la noche, fue a visitarle Maroto, que entró con su Estado Mayor, apretando los dientes y atusándose los bigotes, movimientos en él habituales. Algunos días después fue del dominio público lo que hablaron D. Carlos y el Caudillo. Pretendía este que el Rey separase de su lado a los más rabiosos intransigentes; que cambiara sus ministros por otros menos furibundos y destemplados; que llamase al orden a los militares y altos funcionarios que abiertamente conspiraban contra el general jefe de Estado Mayor (que este era el título de Maroto) , y amenazó con sentar la mano a los rebeldes si el Rey no lo hacía. Como siempre, D. Carlos contestó lo que le inspiraban su indecisión y pusilanimidad, que sí y que no, y que ya se proveería. Odiaba cordialmente a Maroto, no por mal militar, que no lo era, ni por desafecto a su causa, sino porque en cierta ocasión de apuro, atravesando la frontera de Portugal, había soltado D. Rafael en los regios oídos la interjección más común en bocas españolas, desacato que el meticuloso Rey no perdonó nunca; pero como le temía tanto como le detestaba, ni tuvo corazón para quitarle el mando, ni agallas para entregarle su camarilla.

Esperó Echaide la hora que le pareció más conveniente para mandar a Quilino con el encargo de un barrilito de aceitunas consignado a la señora Doña Tiburcia Esnaola. Las nueve y media serían cuando partió el mozo al desempeño de su comisión; como la primera vez, se le franqueó la puerta, y una criada le introdujo en la estancia donde encontró a la misma señora, sentadita en el propio canapé. No había puesto aún el hombre sobre la mesa, al pie del velón, lo que llevaba, cuando la señora le mostró un papel no más grande que el de un cigarrillo. Con tinta vio escrita la palabra que servía de contraseña: Inquisivi; y (p.5271) debajo, con lápiz: Aquí no puede ser. Váyase a Estella.

«¿Se ha enterado usted?» dijo la señora; y ante la respuesta afirmativa del mozo, rompió el papel en pedazos muy chiquitos.

Con lo dicho queda explicada la salida presurosa de la expedición arrieril camino de Oñate, para pasar a Salvatierra. Daba prisa D. Fernando, a pesar de sentir muy quebrantada su salud, y era el más diligente en arrear por aquellos caminos, pues se le había metido en la cabeza que siguiendo la ruta de Campezu o de Contrasta le sería fácil encontrar la brigada de Zurbano, objeto por entonces de su más ansioso interés. El tiempo se les puso frío y seco, y en Salvatierra hallaron las aguas cubiertas de hielo durísimo, y los caminos pulimentados por la humedad cristalizada. Con esto se le agravó al pobre Calpena el quebranto de huesos que desde Durango traía, viéndose obligado a pedir fuerzas a su animoso espíritu para continuar el viaje. Faldeando la sierra de Andía, en dirección de Rióstegui, Urrea le llevó a cuestas por un empinado sendero, y al fin determinó Echaide desocupar de carga a uno de los mulos, para transportar al enfermo con relativa comodidad de todos. Renegaba D. Fernando de su naturaleza, que había creído más resistente y a prueba de trabajos, y a Dios pedía las ágiles patas del lobo, o el vuelo de las águilas, franquear sin cansancio aquellos vericuetos. En los descansos nocturnos, la fiebre le acometía con furia, y a fuerza de abrigo, verdaderos montes de lana que acumulaban sobre él sus compañeros, se iba defendiendo. Por fin, en Ulibarri se sintió mejorado, y la blandura que sobrevino, derritiendo los hielos, fue un bien para todos, hombres y animales.

Al bajar a Orbizo tuvieron las primeras noticias de Zurbano: días antes, la helada crudísima le obligó a retirarse a la Solana, y por allí andaba, entre los Arcos y Dicastillo, aguardando que abonanzara el tiempo para reanudar las operaciones. Siguieron los cuatro en el rumbo indicado, y al llegar a Espronceda encontraron una columna de la brigada de D. Martín, (p.5272) que salió poco después de entrar ellos en el pueblo, sin que pudieran adquirir las noticias que deseaban. Para dar reposo a D. Fernando y evacuar con la debida prontitud la diligencia que les desviaba de su itinerario, determinó Echaide dejar al caballero en Espronceda con Urrea, bien acomodados en casa de un amigo, y adelantarse él con Santo Barato hasta Muez o los Arcos, para indagar si Arratia continuaba en la división o se le habían llevado los demonios. Poco afortunado el primer día, tropezó al segundo con Ibero, por quien supo que en una acción cerca de Nazar había caído prisionero el Capitán bilbaíno con otros diez. Conducidos a Estella, Zurbano había propuesto un canje, sin resultado. Se ignoraba la suerte de los once cautivos, héroes y mártires. Cuando volvió Echaide con nuevas tan tristes, la pesadumbre del caballero fue extremada. Creyó a Zoilo perdido para siempre; vio frustrado el soberbio plan moral que era su ilusión más risueña: devolver a Luchu a su familia, y reconstruir esta sobre bases inconmovibles. La pasmosa suerte del bilbaíno le había hecho al fin traición, y sus teorías del querer firme fallaban por primera vez. Algún dato más, recogido de los labios de Ibero, añadió Echaide, a saber: que dos días antes se presentó el padre de Arratia en la brigada, con salvoconducto en regla y cartas de recomendación de Van-Halen y Buerens, y que sabedor del desgraciado caso, había partido para Estella en busca de su amigo Guergué, por cuya mediación esperaba libertar al pobre chico si no le habían quitado la vida. Desorientado en sus ideas, lleno de acerbas dudas, mandó D. Fernando picar hacia Estella sin dilación. Tres nombres giraban en su mente describiendo círculos de fuego: Maroto, Zoilo, D. Sabino.

 

Ep-27-XXVII -

Al pasar por Irache, ya próximos a la ciudad, supieron que Maroto había entrado algunas horas antes, y que alborotados pueblo y milicia, se esperaba una colisión sangrienta entre los dos bandos que se disputaban la opinión y el imperio. Llegados al puente que da ingreso (p.5273) a la ciudad frente a San Pedro, vieron mucha tropa en las inmediaciones del castillo. Hallando cortado el paso para el parador, hubieron de dar un gran rodeo por la ciudad para dirigirse a los Llanos, y al pasar por la plaza vieron muchedumbre de soldados que a paso de carga traían a un clérigo amarrado codo con codo, entre vociferaciones brutales y despiadadas. No tardaron en saber que el tal no era sacerdote, sino el General D. Francisco García, que se había disfrazado con sotana y manteo para escapar. Minutos después vieron conducido entre bayonetas a un hombre pequeño y rechoncho, de fiera catadura, cabello hirsuto, ojos sanguinolentos, la boca espumante. «Es Guergué -dijo Echaide en voz baja-. ¡Mal día para los impostólicos!..». Con no poca dificultad, por causa del gentío que azorado corría de una parte a otra, lograron ganar el parador, y allí supieron que los cabecillas apostólicos, ayudados de paisanos y clérigos, tenían preparada una sublevación contra Maroto, habiendo seducido previamente a dos batallones navarros que al aproximarse aquel salieron a tomar posiciones. En la entrada de Estella por los Llanos y por el camino de Puente la Reina, habían comenzado a levantar barricadas; pero D. Rafael anduvo más listo, presentose como llovido del cielo, y tomó medidas perentorias y radicales en el momento mismo de poner el pie en la ciudad.

¿En qué se fundaron los netos para proceder así contra el General? Se habían interceptado papeles en que Maroto y Espartero concertaban la paz, transigiendo el uno en el reconocimiento de grados, el otro en aceptar un poquito de Constitución con algo de libertad de conciencia. Estos papeles existían y se mostraban de mano en mano; mas eran falsos, obra de los calígrafos del absolutismo, o de los fueristas de Muñagorri. Ello es que Maroto puso corto espacio entre su llegada y el acto audacísimo de meter mano a sus enemigos, cogiéndoles en sus domicilios, en la calle, o donde quiera que se les encontraba. No les dio tiempo a nada, y en un instante se les cambió la festiva tramoya (p.5274) en trágico desenlace, las burlas en veras. Pasando el General por la calle Mayor para dirigirse a la Merced, desde un balcón fue saludado con risas y chacota. Media hora después, en aquella misma casa era preso el intendente D. Javier de Uriz, rabioso apostólico. A las cuatro horas de la entrada de D. Rafael, ya estaban en el castillo los Generales Guergué, García y Sanz, el Brigadier Carmona, el Intendente Uriz y el oficial de la Secretaría de Guerra, D. Luis Ibáñez. Cogidas las seis cabezas del motín, no se entretuvo Maroto en futesas de procedimientos jurídicos y militares. Sin consejo de guerra, sin auxilio religioso, sin otro trámite que cargar los fusiles y formar el cuadro, fueron pasados por las armas de dos en dos. Allí quedaron las seis cabezas de la hidra hechas pedazos. El estupor no les dio tiempo ni aun para protestar del bárbaro suplicio. Se enteraron cuando se les mandó ponerse de rodillas. Nadie se cuidó de vendarles los ojos. Guergué gritó: viva el Rey, viva la religión; en el rostro del intendente se mezclaron las lágrimas con la sangre. Los demás gritaron: «¡canallas, traidores!», y todo acabó.

Retenes de tropa recorrían las calles, y aquí y allí continuaban haciendo prisioneros. Mudo, paralizado de terror, el vecindario se refugiaba en sus casas atrancando las puertas. Cerráronse los comercios; no se veía un clérigo en las calles, y algunas iglesias se incomunicaron con los fieles devotos. Ordenó Echaide a los suyos que no saliesen, y en las cuadras del parador, en el despacho de bebidas y en los comedores próximos, los parroquianos habituales no volvían aún del susto, ni osaban expresarse con la libertad de otros días. Llegada la noche, la ciudad ofrecía un aspecto terrorífico: con sus tinieblas y su silencio parecería una ciudad muerta si los ruidos de tropa no dieran señales de vida, semejantes a una palpitación febril.

Mientras llegaba la ocasión de acudir a la cita que se le había dado en Vergara, Don Fernando no perdía ripio para buscar el rastro al padre de Zoilo, suponiéndole en Estella, y a cuantos (p.5275) guipuzcoanos o vizcaínos vio en el parador interrogaba, añadiendo que traía un encargo para dicho sujeto. Por fin, después de mil indagaciones inútiles, dio con un vizcainote inválido, buen bebedor y atrozmente sedentario, por obligarle a ello su obesidad y su pierna izquierda, que era de acebuche. Resultó que el tal había visto el día anterior al D. Sabino Arratia, con quien tuvo algún conocimiento en Bermeo y Elorrio, y hablaron un rato breve, lo bastante para enterarse de que venía en seguimiento de uno de sus hijos, prisionero. «Mas ahora caigo -añadió el cojo-, en que no será fácil que le encuentres. Era, según me dijo, amigo y compadre de Guergué, de quien esperaba la salvación del mozo, y muerto el General de este modo trígico, el pobre señor se habrá metido siete estados bajo tierra, o habrá echado a correr huyendo de la chamusquina. Yo me le encontré saliendo de la parroquia de San Miguel, a punto de que él entraba. ¿Sabes?, es la iglesia que está en un alto, en el centro del pueblo. Nos conocimos; el hombre se echó a llorar, porque es muy lagrimero. Me dijo que si el hijo, que si Guergué, que si tal, y nos despedimos: él entró a rezar.. Es aquella la iglesia que más le gusta, por ser la más recogida.. Allí se pasa todo el tiempo que le dejan libre sus diligencias. Como no le cojas en San Miguel, en Estella no le busques».

Tempranito se fue Calpena a la mencionada iglesia, y el toque de misa que oía, cuando a ella se aproximó, alegraba su corazón. Entró, admirando la severa puerta románica y el interior sombrío, que impresionaban por su riqueza arqueológica y por su ambiente sepulcral, con olor de tierra húmeda y de ataúdes podridos. Sólo dos ancianas oían misa: no había más varones que el cura y monaguillo.. Salió D. Fernando, y por aprovechar la mañana dirigiose al Santuario del Puy, al que por larga cuesta se asciende desde el hospital próximo a San Miguel. También en el Puy tocaban a misa; vio que algunas viejas y un mendigo entraban delante de él. Cobró esperanzas, deseó con viveza encontrar lo que buscaba, (p.5276) imitando el querer ardiente de Zoilo, y por aquella vez no fue ineficaz la efusión grande de su espíritu, porque a poco de entrar en la iglesia, y cuando sus ojos se habituaron a la obscuridad que en ella reinaba, distinguió un bulto, un hombre de rodillas, al cual sin mayor examen tuvo por el propio D. Sabino Arratia. No se movía el pobre señor, que más bien parecía fúnebre estatua, y a ratos se llevaba el pañuelo a los ojos como para limpiarlos de la humedad luctuosa que de ellos afluía. Oyó la misa con suma devoción; oyéronla Calpena y los demás en corto número asistentes al acto, y cuando este terminó y hubo visitado tres altares el señor desconocido, se le acercó D. Fernando, y a boca de jarro le dijo: «¿Es usted D. Sabino Arratia?».

-Yo no.. no, señor -replicó muy asustado el tal-. ¿Qué quiere usted?.. ¿qué se le ocurre?

-No se me ocurre más sino que es usted D. Sabino Arratia -añadió Calpena, que en el parecido con Luchu le reconocía-, y hace usted mal en negármelo, porque soy su amigo y no le causaré daño alguno.

-Pues sí.. yo soy.. Ya ve usted.. Con estas cosas.. ¡Ay de mí! -dijo el bilbaíno sollozando y acudiendo a sus ojos con el pañuelo-. ¿Puedo saber quién eres?.. ¿quién es usted?.. porque aquí estamos todos con el alma en un hilo.. y aun dudamos si somos vivos o muertos.

-Estamos vivos. ¿Y Zoilo..?

-Vivo también.

-¿Dónde?

-Aquí, en el Santo Hospital.. ¿Es usted su amigo?.. ¿Conoces a Luchu?.. Salgamos si le parece.

-Salgamos, sí señor.

-Somos amigos. Ya comprendo la terrible situación de usted. Vino aquí fiado en la amistad de Guergué, que era su compadre, padrino de Zoilo, y allí donde creía encontrar usted un protector.. encuentra un cadáver..

-¡Pero has visto qué crueldad, qué salvajismo! ¡Ay!, no comentemos. ¿Puedo saber quién es usted?

-Un amigo de Zoilo, que le sacará del hospital, de la prisión, o de dondequiera que se halle.

-¡Oh, señor..! -exclamó D. Sabino, que con sus ojos llorantes se quería comer el rostro del caballero-. Prisionero y enfermo está, ¡qué dolor de hijo! Todo por su temeridad.. ¡Qué cabeza, (p.5277) señor!

-¿Le ha visto usted?

-¡Si no me ha dado tiempo ese condenado Maroto fusilándome!.. a mí no.. a Guergué, el mejor de los hombres, el amigo más cariñoso.. Pero dime tú, diga usted, ¿es este el mundo criado por Dios, o es otro que nos han traído del infierno? Yo digo que están condenados cuantos sostienen esta guerra, reyes y reinas, archipámpanos y ministriles.. ¡Qué dolor! Y todo por un papelito, la Pragmática Sanción.. ¿Estamos todos locos, o somos tontos de remate? En ello pensaba yo mientras oía la santa misa.. ¿Acaso sabes tú, sabe usted, en qué vendrá a parar esto? Aquí tienes a un hombre que se aguantó todo el sitio de Bilbao a pie firme, padeciendo aquellas terribles hambres, hijo, y el continuo caer de bombas. Pues terminado el sitio, y cuando en el pueblo entró la felicidad, para mí y para mi familia empezaron las mayores desdichas que es posible imaginar. No puedo recordarlo sin que se me llenen los ojos de lágrimas.

-Volvamos a lo presente. ¿Desde cuándo no ve usted a Zoilo?

-Desde que sin mi permiso, y contra la voluntad de toda la familia, se lanzó a quijotear, en Octubre del 37, siendo en sus aventuras tan desgraciado, que al intentar la primera se ganó cinco mesecitos de cárcel.. Después se me mete con los cristinos. Siempre fue el chico muy guerrero, con grandísima disposición para las armas, y una valentía y una terquedad que más parecen divinas que humanas.. Pues, como digo, me le cogen los cristinos, y ya está loco el hombre.. Tan pronto acudo a consolar a la familia, como a perseguir y a rescatar a mi caballero, y en este trajín se me van meses y meses.. Parezco yo también un Tío Quijote, buscando lo que no hallo, y recibiendo en todas partes sofiones y descalabraduras.. Si a usted le parece, sentémonos en esta piedra, que estoy desfallecido. Pues verás, verá usted.. Hasta Julio del año pasado no supimos que estuvo mi hijo en la acción de Peñacerrada. Yo me hallaba entonces en Vitoria aguardando una ocasión de abocarme con el pobre Guergué.. También le digo que si mi Zoilo es más guerrero que (p.5278) el propio Marte, a mí no me ha llamado Dios por ese camino, y nada me turba y descompone tanto como los espectáculos de lucha y muertes. Tiemblo al oír tiros, y si me aproximo a un campo de batalla, éntrame sudor de agonía.. Ni con cien salvoconductos me atrevía yo a penetrar entre las hordas de Zurbano.. Me acercaba, y retrocedía.. Mejor me acomodaba entre carlistas, porque siempre me tiró de ese lado mi fervor religioso.. la verdad, te digo la verdad.. Si mi Zoilo se hubiera metido a guerrear por la Fe, fácil me habría sido cogerle y retirarle de la milicia; pero entre cristinos no me hallo.. no respiro.. El aire que anda entre ellos me huele a libertad de cultos, libertad de la imprenta y pueblo soberano.. No, no.. Mil veces pensé abandonar al chico, dándole por perdido para siempre; mil veces me llamó el amor que le tengo, y volví a rondarle, siempre medroso, siempre desconfiado.. Dios me decía: «ve por él y sácale de la sentina».. y yo iba a la sentina y me acercaba, y tenía miedo.. y.. Por fin, desesperado, me aboqué con el General Van-Halen, el cual me agregó a un convoy que llevaba socorros a Zurbano. Vi a este en Dicastillo; me echó muchos ajos, me trató con desprecio, ensalzando a mi hijo, y llamándome obscurantista y retro.. no sé qué. Pero, en fin, diome las noticias que deseaba, y a Estella me vine. Por llegar, mira tú qué suerte, me entero de que Zoilo está en el hospital.. «Esta es la mía», dije para mí; y me fui en busca de Antonio Guergué.. De chicos jugábamos en los Cantones de Bilbao.. Encontrele muy inquieto.. ¡Toma, como que estaba urdiendo el golpe para hundir a Maroto! Con mal cariz me dijo: «mañana».. ¡Mañana! Aquel mañana de Guergué fue ayer, hijo, y ¡pum!, fusilado.. y yo muerto de ansiedad, de miedo.. lo diré todo, muerto también de hambre.. ¡ay dolor!.. Si eres caritativo, como parece, y no temes andar por la ciudad, llévame a donde yo tome algún alimento, pues desde ayer por la mañana no ha entrado en mi cuerpo cosa caliente ni fría.

Compadecido del infortunio, así como de la (p.5279) flojedad de ánimo del pobre señor, D. Fernando le agarró el brazo para llevársele a su posada. Por el camino, a pesar del tranquilo continente del que ya se había constituido en su protector, no se recobraba de su horrible susto el buen Arratia, receloso de cuanto veía, temiendo engaños y traiciones. «Bien comprendo -decía-, que eres, que es usted marotista, y no me pesa. Si me apuran, no creo lo que ayer se decía de tratos nefandos para que D. Carlos nos dé la libertad de conciencia. Y pues Maroto ha venido a ser el amo, tráiganos una paz decente, con la religión sobre todo, y debajo de la religión el rey o reina que nos quieran poner.. ¿A dónde me llevas? ¿A tu casa? Si eres militar, ¿por qué vistes de carbonero, y si eres carbonero, dónde demonios has conocido a Zoilo, y por qué te interesas por él?.. Párate un poco, que me canso horriblemente.. Ya estamos en la plaza.. Por aquí llevaron al pobre Guergué como se lleva un cerdo a la matanza, ¡ay!, y al General García vestido de sacerdote.. Al verles, creía que de terror me moría.. Otra cosa: ¿cómo te llamas?.. ¿Cuál es la gracia de usted?.. Perdona: con el hambre que tengo, hasta se me olvida la buena educación.. Sigamos otro poco. ¿Falta mucho todavía? Ya no puedo tenerme.. Pues sí, hijo mío: venga pronto la paz, sea como quiera, con tal que no toquen a la religión sacratísima, ni al clero, ni a sus bienes raíces, ni nos metan en casa la libertad de pensar.. ¡Ay, qué ganas de llorar! Deja que me seque los ojos.. Pues tan extenuado me encuentro, que ahora daría yo todos los dogmas por unas sopas de ajo bien calientes, con chorizo.. ¿Falta mucho?

Pronto llegaron, y lo primero que hizo D. Fernando fue ponerle delante cuanta comida encontró, y bebida sin tasa. Gozaba viéndole comer, y el hombre se mostró muy agradecido, y con mayor luz en la mollera para dar a sus pensamientos claridad y fácil expresión.. «¡Oh, qué bueno es Dios -exclamaba mirando al techo, por no haber allí cielo que mirar-, y qué excelente cordero es este!.. Cuando más desconsolados vivimos, se nos aparecen las buenas almas. Es (p.5280) usted un ángel, Aquilino, un ángel sin alas. Repito que no me asusta Maroto, y que bendeciré la paz que nos traiga, si no vienen con ella libertades de pensar.. El dogma sobre todo.. Vino de ley es este, ¿verdad?».

Satisfecha el hambre, se caía de sueño, como quien pasara la noche anterior al raso, sin atreverse a entrar en su vivienda, que era la misma donde el pobre General García se había disfrazado de cura. Llevole Calpena a un camastro, donde le dejó bien arropadito, sin cuidarse más de él, porque otras graves obligaciones le llamaban. Echaide y el mozo se miraron, añadiendo pocas palabras a lo que con los ojos se decían. Había llegado la hora. Fuéronse los dos a la residencia de Maroto sin rodeos ni precauciones, que en tal ocasión no se necesitaban; quedose a la puerta Echaide, y entró Quilino con una caja de puros, abierta, dentro de la cual había puesto un papel que en gordos caracteres decía: Inquisivi.

 

Ep-27-XXVIII -

Recibió el General a D. Fernando familiarmente en una gran pieza donde tenía su lecho y una mesa de escribir. Habíase levantado poco antes, y aún estaba la cama revuelta. Junto a una de las ventanas veíanse, sobre derrengada mesilla, la navaja y trapos de barba, llenos de jabón, señal de que Su Excelencia acababa de afeitarse. En la cómoda cercana estaba el servicio de chocolate, el cangilón rebañado, migas de bollos y la servilleta sucia. Vestía D. Rafael levita vieja militar con el cuello desabrochado, dejando ver la camisa de dormir, pantalón azul y unas enormes pantuflas de abrigo que cuadruplicaban las dimensiones de sus pies. A poco de entrar Calpena, y despedido el asistente, se echó un capote por los hombros, y sentose a la mesa de despacho, donde tenía papeles a medio escribir, picadura esparcida y cigarrillos recién hechos. Sentados frente a frente, el emisario de Espartero expuso las condiciones de este, que oyó el carlista con atención y sonrisa marrullera, y al terminar se produjo un silencio que a Calpena le pareció larguísimo: el General, recogiendo aquí y allí la picadura, y (p.5281) aprovechándola minuciosamente, tardó en formular la respuesta, que había de ser solemne por tratarse en ella de los destinos de la infeliz España.

«Ya no estamos en la situación de hace dos meses -dijo al fin, mirando al mensajero en las pausas-. Entonces no tenía yo fuerza.. me refiero a la fuerza moral.. y ahora la tengo. Ya se habrá usted enterado de la justiciada que hice ayer. No había más remedio. Me importa poco que D. Carlos refunfuñe. Al fin me dará la razón, cuando yo consiga, y lo conseguiré, librarle del cautiverio en que le tienen cuatro clerigones y cuatro buscavidas. No descansaré hasta no hacer la limpia total.. Pero vamos al caso: decía que ahora tengo fuerza, y procuraré mejorar todo lo posible, si hacemos la paz, la situación ulterior de ese Rey que tan ingrato es para mí. Puesto que todo puedo decirlo, y lo que a usted diga es como si lo hablara con el propio Baldomero, sepa que la Reina y su hijo D. Sebastián ven las cosas de un modo más razonable que D. Carlos..; naturalmente, poseen luces, criterio, que Dios no ha concedido a S. M.. y hoy por hoy se contentarían con el reconocimiento de los derechos de D. Carlos, abdicando este en su hijo y en Isabel juntamente.. ¿Conoce usted la historia de Inglaterra?».

-Un poco. El caso es como el de Guillermo y María.

-Justo: sólo que lo que allí hizo el Parlamento, aquí lo haría D. Carlos en nombre de Dios. Pues bien: sepa Espartero que en este punto no cedo ni un ápice, ¡porra!, pues así lo he concertado con la de Beira.. Claro que el pobre D. Carlos es ajeno a todo; pero ¡qué ha de hacer el buen señor más que conformarse!

-Mi General, desde luego aseguro a usted que esa combinación no ha de aceptarla mi poderdante. De ella resultará una familia real gravosísima, con toda esa plaga de reyes padres y reyes madres.. Y luego, ¿en qué condiciones ejercerían el Poder Real Isabel y Carlitos?

-Como los Reyes Católicos, mancomunadamente, firmando juntos, pues si en aquel matrimonio se casó Aragón con Castilla, en este se casan y conciertan dos ramas (p.5282) igualmente legítimas, para bien de la Nación y para establecer una paz duradera. Creo yo que esto es muy patriótico.

-Será muy patriótico; pero imposible en la práctica. Delo usted por rechazado.

-Muy pronto lo asegura -dijo Maroto dándole un cigarrillo que acababa de liar-. Si Espartero me acepta esto, admito yo sin más discusión lo referente al reconocimiento de grados tal como él lo propone.. y hemos concluido.. Fíjese usted en que tengo fuerza, y ahora no hemos de estar arma al brazo. Mis soldados anhelan batirse; yo también. Aquí faltaba unidad; yo acabo de hacerla, ¡porra!; y sin necesidad de que venga en mi ayuda ese loco de Cabrera, que para nada me hace falta, intentaré bajarle el tupé al amigo Espartero. Él vale mucho; hace tiempo le conozco.. Pero nuestras discordias le han ensoberbecido; los laureles de Peñacerrada los debió a la ineptitud de Guergué y a lo desordenado que estaba aquel ejército. Batallones hubo allí enteramente a mi devoción; otros padecían la rabia apostólica. Yo he curado esa rabia, ¡porra!, y mi ejército es mío; todo él respira con mi aliento.. De modo que.. En fin, dígame usted algo.

-¿Sobre qué, mi General?

-Sobre estos propósitos míos de aplacarle un poco los humos a su amigo de usted, ¡porra!

-Pues mientras no se llegue a la paz, ninguna contingencia de la guerra podría causarme asombro, ni sobre ellas tengo por qué anticipar opiniones. Buen militar es usted, y del arrojo de sus soldados nada he de decir, pues reconocido está por todo el mundo. Podrá suceder que alcance usted una victoria con que se olvide el desastre de Peñacerrada; podrá suceder lo contrario.. ¿Quién lo sabe? Si se me permite una opinión radical, diré que ya han demostrado unos y otros su valor; que España no desea mayores pruebas de pericia militar y de personal bravura. Hemos llegado a ese punto del duelo en que se impone la cesación de los golpes y el abrazo de los combatientes. Los jueces del terrible lance han visto maravillados la entereza heroica de los dos caballeros; estiman como de igual (p.5283) importancia las terribles heridas que uno y otro se han hecho; el juicio de Dios está cumplido, y la sentencia no puede ser otra que la conservación de las vidas de entrambos. No hay más remedio que envainar los aceros. La paz se impone. ¿Qué quiere usted?, ¿convertir a España en sepulcro de dos inmensos cadáveres? Pues España no quiere eso: anhela vivir, y el obstinarse en que muera, en que muramos todos, paréceme una terquedad salvaje.. Formule usted de un modo más práctico el artículo referente a la familia real y a la situación de cada príncipe después del convenio, y la paz, tal creo yo, tardará lo que tardemos en concertar la entrevista final de Maroto y Espartero. Se ha de mirar antes por los fueros de España y de la humanidad que por los intereses de tanto y tanto príncipe, que con sus pretendidos derechos están desangrando a la raza, y nos la dejarán anémica.

-Pues si en los derechos de príncipes, ¡porra!, hay que quitar jierro, ¡porra!, empiecen ustedes por dar carpetazo a los de Isabel.

-Eso no puede ser.

-¡Ah!.. ¿Con que no puede ser? Pues lo mismo digo yo de los de D. Carlos.. Ya lo ve usted: volvemos al principio, y nos encontramos en Septiembre del 33, ante el cadáver de Fernando VII, que, entre paréntesis, era una mala persona.

-No divaguemos, mi General.

-No divaguemos. Conste que no puedo ceder en la combinación propuesta por mí. Reinarán Isabel y Carlos, o Carlos e Isabel, tanto monta, con iguales derechos, con iguales prerrogativas..

-Anticipo a usted que Espartero rechazará la combinación.

Pues antes que ceder en ello, cedería yo en lo del reconocimiento de grados, aunque se que daría un disgusto a muchos personajes de acá, que esperan las paces para saber la paga que han de cobrar..

-No divaguemos. Me voy descorazonado, temeroso de que el de Luchana me acuse de no haber sabido expresar su pensamiento. En nombre suyo rechazo la organización estrambótica y complicada del Poder Real, que sería lanzarnos a la mayor confusión y desconcierto. Piénselo usted, mi General, y (p.5284) aguardaré hasta mañana.

-Lo he pensado bien -dijo el Caudillo dando un puñetazo en la mesa-. No puedo yo, Rafael Maroto, tirar a los pies del caballo de Espartero los derechos de D. Carlos.

-Pues ya verá usted.. ya verá, permítame que se lo diga, el pago que le dará D. Carlos por esa transacción a la inglesa, a la protestante. Todo lo que no sea reinar él solo, con poder absoluto, brutal, le parecerá el triunfo de la revolución y de la herejía..

-¡Ah, lo sé!.. pero yo cumplo con mi conciencia, ¡porra!, y hay otras personas en la familia de S. M. que no se han puesto en esa actitud intransigente por no estar dominadas por un cleriguicio loco, ni por la cáfila de parásitos.. En fin, no puedo ceder en esto. Si él no cede tampoco, sea lo que Dios quiera..

-¿De modo que es cosa cerrada? ¿Puedo retirarme?

-Cerrada es.. pero no se vaya usted tan pronto. Quiero obsequiarle con una copita..

Levantose Maroto; de una próxima alacena sacó botella y copas, y al dejarlas en la mesa, requiriendo después su capote, que se le caía, dijo: «Ya sé que no pierde usted ripio, y que aprovecha estas embajadas para distraerse con alguna conquistilla.. Cosa muy natural.. Crea usted que no se mueve la hoja en el árbol en todo este país sin que yo lo sepa».

-Ya, ya veo que hay más polizontes que criminales, señal cierta de un estado moribundo. Pero si todo lo que su policía le cuenta es tan verdadero como mis conquistas, está usted muy mal servido, mi General.

-¿De veras? Por eso les digo yo: et sur tout, point de zéle, ¡porra!.. Va usted a probar un vinito que me ha regalado nuestra excelsa Soberana.

-¿Cuál? Porque, según la cuenta de usted, el arreglo de Reinas nos ha de resultar muy parecido a las monteras de Sancho: una Reina para cada dedo.

-Ya veremos eso.. Convinimos en no discutir más ese punto.. Este vino me lo regaló la princesa de Beira, hoy Reina de Castilla.

-Pues si usted no me riñe, bebo a la salud de Isabel II.

-Yo también, que una cosa es la galantería y otra la convicción política.

En el momento en que el General bebía, le vio Calpena tan claro, como si todo (p.5285) su interior gráficamente en signos externos se mostrara. El mirar vivo del carlista y su rostro inteligente se iluminaron, si así puede decirse, con la bebida, y se le transparentó el alma. Recordó D. Fernando la frase que oyó a Espartero en Viana: «es muy ladino, muy ladino», y como tal se le manifestaba en la entrevista de Estella. Estrenando los puros de la caja traída por Echaide, y divagando los dos, entre humo, sobre asuntos familiares y sin importancia, formuló Calpena de este modo la situación psicológica de D. Rafael Maroto en aquel instante de la historia. «Ya te veo, ya te veo claro. Hace dos días te habrías entregado a Espartero sin condiciones. No tenías fuerza; ahora, por virtud del golpe de mano de ayer, la tienes y grande; te has crecido, te sientes capaz de imponerte a D. Carlos y de manejarle como a un títere. Naturalmente, ahora no te conformas con aceptar las condiciones de paz que el otro quiere poner, sino que aspiras a que él acepte las tuyas. El orgullo de tu éxito reciente te trastorna la cabeza; sueñas con obtener una victoria, que te pondría en condiciones excelentes para dictar luego los artículos del convenio de paz. Todo eso que propones referente a las ramas dinásticas y al modo de organizar el Poder Real, no es más que un expediente dilatorio. Conoces, como yo, lo disparatado de semejante idea; pero tu cálculo revela tu agudeza: mientras voy con tu mensaje y vuelvo con la negativa, te preparas, eliges una posición ventajosa, das una batalla, la ganas, destrozas el ejército de la Reina, y ya eres el hombre culminante, único, que tiene en su mano la clave de los destinos de la Nación. Eso piensas, ese es el ensueño forjado por tu travesura, por tu marrullería, que no le va en zaga a la de tu rival..».

De esta meditación le sacó bruscamente D. Rafael, diciéndole con picardía: «Caviloso estáis.. No se devane los sesos por adivinarme, ¡porra!.. Cuando vea usted a Espartero le dice que, aunque enemigos políticos, le quiero bien, y deseo darle un abrazo. Bueno. Hablemos de otra cosa. Ándese usted con cuidado con las (p.5286) mujeres navarras, que todo lo que tienen de bonitas lo tienen de fanáticas. Rara es la que no está afiliada en la policía, mejor dicho, en la masonería apostólica. Le venden a uno con toda la gracia del mundo».

-Descuide usted, mi General.. ya he previsto ese peligro.. Y si le parece, me retiraré ya.

-Hijo, sí: yo tengo que hacer. ¿Lleva usted bien aprendida la lección?

-Tan bien aprendida que no se me olvidará ni una coma.. Y por último, mi General, tengo que abusar de su bondad pidiéndole un favor en asunto completamente extraño a estas embajadas.

-Venga pronto.

-Es cosa sencillísima.

-Aunque fuese oro molido. Venga.. ¿De qué se trata? Ya.. de poner en libertad a un prisionero. Y yo, si usted no se enfada, le pregunto: «¿quién es ella?».

-Aquí no hay ella.. En fin, cuento con su benevolencia para una obra de caridad.

-Bien, hombre, bien; me gustan a mí los caballeros caritativos. Pero le advierto que yo lo he sido demasiado, y por ello no estoy donde me corresponde, ¡porra! Pero, en fin, venga.

Expuso D. Fernando su pretensión, a la que accedió gustoso el General, extendiendo de su puño y letra una orden a raja tabla, de esas que, en nuestro sistema de Gobierno, enteramente personal, tienen más fuerza que la ley. Diole el caballero las gracias; despidiéronse con vivos afectos, expresando los dos la esperanza de llegar en la próxima entrevista a una concordia lisonjera, y Calpena salió, si pesaroso por no haber obtenido ventaja en el asunto de interés político, contentísimo de su feliz éxito en el privado.

En la calle le esperaba Echaide, que le preguntó: «¿Tienes que volver..? ¿Acabatis..? ¿Nos vamos?».

-Todavía no: tengo que hacer algo aquí.

-¿Cosa de..?, vamos, por el aquel de la paz.

-Sí, hombre, por el aquel de las paces, de las benditas paces.

 

Ep-27-XXIX -

Profundamente dormido halló a D. Sabino en el parador, tumbado boca arriba, rígido, cruzadas las manos, el rostro ceñudo y cadavérico. Creyó por un instante que había pasado a mejor vida el infeliz; pero un suspiro y una voz gutural le convencieron de que vivía y soñaba. (p.5287) Un rato aguardó, por no turbar su descanso; pero al fin, obligado por la urgencia del asunto, determinose a despertarle, dándole fuertes sacudidas y voces. «No, no, Antonio Guergué -murmuraba con torpe voz el bilbaíno-. No te conozco ni te he visto en mi vida.. Me estás comprometiendo.. Yo no me meto en nada». Fijando los ojos en D. Fernando, le observó con asombro primero, con alegría después, viniendo por esta gradación a la realidad. Y estirando brazos y piernas en largo desperezo, dijo claramente: «¡Oh, tú!.. señor.. bien.. Muchas gracias.. Yo bueno.. ¿y en casa?».

Díjole el caballero que era un hecho la liberación de su hijo, y que se levantara y fuera al hospital para sacarle; mas tan torpe de entendederas se hallaba el desdichado señor, que no se hizo cargo de la feliz nueva, o por demasiado feliz no le daba crédito. «No habrá paz, no volveremos a ver paz.. -decía-. Moriremos todos.. El amigo nos engaña, y el enemigo se disfraza de amigo para vendernos. Tú, marotista, ¿qué nos traes? La libertad de cultos, y el que cada uno piense lo que quiera, haciendo mangas y capirotes del dogma sacratísimo. Esto no lo podemos admitir los creyentes. Mi amigo, llame usted a otra puerta.. Con libertad de la conciencia no queremos paz.. ¿Qué paz ni qué porquería? Es una paz pringada.. No, no. Lo primero es el dogma, después los fueros, y luego, arréglense los reyes y príncipes como gusten para ver quién calienta el Trono.. ¿Cuál es mi Soberano? Dios.. Dios mi Pretendiente y mi absoluto.. Esto digo».

Y volviéndose del otro lado, cogió nueva postura para seguir durmiendo: su quebranto de huesos era enorme, su sueño atrasado de muchos días. No viendo la posibilidad de hacer comprender al desdichado bilbaíno lo perentorio del caso ni la solución tan fácilmente conseguida, decidió abandonarle a su descanso y proceder por sí mismo. Antes de dar paso alguno hubo de consultar con Echaide, el cual le aconsejó que no diese la cara en asuntos de presos liberados, ni presentase por sí mismo la orden del General. (p.5288) Convinieron en que Urrea desempeñaría muy bien la diligencia, y así se dispuso, personándose el guipuzcoano en el hospital, donde ninguna dificultad encontró; y al caer de la tarde, entre dos luces, viéronle entrar en el parador, trayendo a Zoilo del brazo, tan extenuado que daba dolor verle, lívido el rostro, la cabeza liada en un sucio pañuelo; flojo de piernas, trémulo de palabra; el pelo caído en algunas partes de su cráneo como si le arrancaran o se arrancara mechones; un brazo inválido, con magulladuras lastimosas; y en tan mísero estado de ropa, que las enjutas carnes se le veían por distintas claraboyas de la chaqueta y del pantalón.

Metiéronle en un cuarto alto que les proporcionó el posadero, y allí le rodearon Echaide y D. Fernando, a quien al punto y sin vacilar reconoció, diciéndole: «No se me despinta, no, el caballero, aunque se ponga en esa facha.. Y no he de meterme en averiguar por qué viste como viste, que eso es cosa suya y no mía..».

-¿Tienes hambre, Zoilo?

-Estoy como cuando salí de la cárcel de Miranda, desganado de rabia, y enfermo de mala suerte. Ya me creí difunto, y cuando me sacó este buen hombre creí que me llevaban a enterrar.

-Dinos una cosa. ¿Cómo te dejaste coger prisionero? ¿No te valió en aquel caso tu querer fuerte?

-Es la primera vez que me ha fallado.. Pero algún día había de ser.. Tanto va el cántaro..

-Eso te decía yo, y no querías creerme. No hay que fiar tanto de la suerte y del arrojo.. Aprenderás ahora, y vivirás dentro de la razón.. ¿No me preguntas por tu familia?

Fijó Zoilo una mirada estúpida en D. Fernando, y tan sólo dijo: «¡Mi familia!.. ¡Qué lejos se han quedado! ¿Cuántos años hace que no sé de ellos ni ellos de mí?.. ¿Se han muerto?».

-Hombre, no: todos viven y están buenos. Sosiégate, descansa, y no te descuides en tomar alimento. ¿Qué quieres?

-Agua.. No, no: vino.

-Aquí lo tienes. Entona ese cuerpo.

-Y mi padre, ¿vive también?

-Como tú y como yo.

-¿Mi mujer..?

Al decirlo se le llenaron de lágrimas los ojos, y se dio un fuerte puñetazo en la (p.5289) rodilla, cual si quisiera rompérsela.

-Tu mujer.. tan famosa.. esperándote.. Recuerda los meses que han pasado desde que no te ha visto.

-Ya no se acordará de mí..

-¿Tú qué sabes? Dime otra cosa: ¿se te ha pasado la borrachera de la gloria militar?

-Sí, señor.. Estuve loco.. De tanto querer cosas grandes, parece que se me ha gastado el alma, y en estos días, ¿sabe usted lo que quería?: morirme.

-¿Y esperabas ver a tu mujer en el cielo?

-En el cielo, sí; ¿pues dónde había de verla si yo me moría..? Digo la verdad, señor: no me cabe en la cabeza que mi mujer esté en la tierra.

-Pues en la tierra está. Procura reponerte, y la verás pronto, y de ella no te separarás en lo que te reste de vida.

Rompió de nuevo en llanto, y Calpena, para curarle la aflicción, que parecía un achaque hereditario, le administró comida, un par de huevos, un pedazo de carne. No recibió con repugnancia la medicina el bruto de Luchu, y a la media hora de este tratamiento ya era otro. La locuacidad se despertó en él, y cuando su amigo le hablaba de Aura, el contento daba rosados tintes a su rostro demacrado, luz a sus ojos. Queriendo activar la reparación psicológica, ya que la física iba por buen camino, llevole D. Fernando a otros asuntos muy apartados del familiar y doméstico que tan hondamente le convenía. Pedido informe de las operaciones de Zurbano en el tiempo que no se habían visto, refirió Zoilo, no sin trabajo, en cláusulas entrecortadas, la campaña laboriosa en los montes de Bedaya, la arriesgada correría por Treviño y valle de Cuartango, la defensa gloriosa de Subijana, la acción indecisa, sangrienta cual ninguna, de Avechuco, en la que tuvo la desgracia de caer prisionero; agregó sus desdichas en el largo vía crucis hasta Estella, donde le tuvieron trabajando más de un mes en las fortificaciones de Santo Domingo, con hambre y palos, hasta que, acometido de unas terribles calenturas, se vio luengos días entre la vida y la muerte. Concluido su relato, comió con más gana, y le mandaron acostarse. En los aposentos de abajo (p.5290) continuaba D. Sabino en su reparador sueño, empalmando una noche con otra.

En tanto, preparaban los arrieros su salida, señalada para el día siguiente; al amanecer subió D. Fernando al cuarto de Zoilo, y hallándole despierto, bastante aliviado de su postración, y con los espíritus en buena conformidad, no quiso dilatar el darle conocimiento de lo que creía más interesante. «Hola, Zoiluchu, parece que vamos bien. Con un par de días en tu casa, al lado de tu mujer, te pondrás como un roble. En tu familia, te lo aseguro, encontrarás una novedad, una estupenda novedad».

-¿Mala o buena? No me encoja el corazón más de lo que lo tengo.

-Hombre, no: si quiero ensanchártelo. Necesitas ahora querer más de lo que querías, amar más de lo que amabas.

-¿Más? Imposible. Si mi mujer está buena y no me recibe con despego, soy feliz.

-Está totalmente buena, curada para siempre con una medicina que le ha dado Dios. ¿No caes en ello, bárbaro? ¿A qué pones esa cara estúpida?.. ¿No se te ha ocurrido que en los diez y seis meses que has faltado de tu casa, ya por tus borracheras de gloria, ya por el castigo que Dios ha dado a tu orgullo; no se te ha ocurrido, pedazo de alcornoque, que en tan largo tiempo podían ocurrir novedades en tu familia?

-Sí, señor.. pensaba yo.. lo vengo pensando desde que estábamos frente a Peñacerrada.

-¿Qué?

-Que mi mujer..

-Sí, hombre; tienes un hijo.. Has vivido diez y seis meses soñando, y en tanto tu mujer, buena parroquiana de la naturaleza y de la realidad, ha sabido cumplir sus deberes de esposa. En Durango la tienes hecha una madraza..

-¡D. Fernando! -exclamó Zoilo cerrando los puños-. No gaste conmigo esas bromas. ¡Mire que..!

-¡Broma que tú seas padre! ¿Pues para qué te has casado, animal?

-Para eso.

-Justamente, para eso.

-Pues allí tienes, en Durango, a tu cara mitad loca con su hijo, digo, loca no, cuerda, enteramente cuerda y bien curada de sus arrechuchos, y esperándote, esperándote, hombre, para que seas feliz con ella y con el crío..

-¡D. Fernando, mire que..!

-La edad del chiquillo no la sé seguramente; (p.5291) sólo me consta que es rollizo, guapote, y como tú, querencioso de vivir. ¿Qué? ¿No lo crees? Pues en Estella está tu padre, que no me dejará mentir. ¿Tampoco crees que está aquí tu padre? ¿Y si te le presento antes de diez minutos? Aguárdame.

Salió D. Fernando, dejándole en tal confusión, que no sabía el hombre si tirarse al suelo, o coger el techo con las manos. No tardó en volver el caballero con D. Sabino, al cual agarraba por un brazo para tirar de él, ayudándole a vencer los empinados peldaños. Al entrar en el cuarto, el viejo Arratia decía: «¿Cómo cinco meses? Siete meses y seis días, si usted no manda otra cosa, pues nació mi nieto el 13 de Julio, día de San Anacleto, papa, y de San Salutario, mártir».

El encuentro de hijo y padre fue tan solemne y patético como si cada cual viese al otro resucitado. Se abrazaron, y D. Sabino inundó a Zoilo con el raudal de su llanto salido de madre. Al hijo le faltó poco para perder el conocimiento, de la fuerza de la emoción, y viendo confirmada la noticia de su paternidad y de la mental reparación de Aurora, entregose a una alegría delirante y como fantástica: primero se colgó de una viga del techo, al cual alcanzaba puesto de pie en la cama; hizo allí varias suertes acrobáticas de singular mérito, y después se lanzó a gran distancia, andando un trecho con las manos, las patas en el aire.

«Nada tengo que hacer aquí -dijo D. Fernando-, y me voy. Pueden descansar hijo y padre en este mesón el tiempo que les convenga».

-¡Descansar! -exclamó D. Sabino aleteando con los brazos, como si le contagiase el frenesí gimnástico de su hijo-. Nos iremos a escape, si el marotismo, que es ahora el amo, nos proporciona un salvoconducto.

Recibiendo de manos de Calpena el pasaporte en toda regla, hijo y padre se abrazaron de nuevo. D. Sabino, que creía en los milagros pasados, pero no en los presentes, amplió su fe milagrera, declarando prodigiosas y sobrehumanas las felicidades que llovían sobre él. Mayor fue su asombro, que hubo de traducirse en religioso entusiasmo, cuando el posadero le notificó que (p.5292) podía disponer de un mulo y un borrico, sin ningún estipendio, con la sola obligación de entregarlos en Durango en el punto que se les designaba. Dinero para el viaje también les fue suministrado, lo que les vino de perillas, pues Zoilo no tenía blanca, y la bolsa de D. Sabino había venido a una flaqueza casi equivalente al vacío. Prorrumpió el vizcaíno en exclamaciones bíblicas con solemne acento, que fue de gran edificación en la posada. «Señor, no hay lengua que entone tus alabanzas.. Tu mano desciende a nuestro muladar, y henos aquí vestidos de luz.. En tu misericordia con estos tristes, veo la señal de que envías la paz al mundo. Glorifiquemos a Jehová paternal, a Jehová pacífico.. ¡Hosanna!.. ¡Bendita sea tu paz, Señor, que ha de venir sin libertad de cultos ni libertad de la imprenta!.. ¡hosanna!».

En la exaltación de su júbilo, llegó a creer Sabino que el misterioso arriero bienhechor no era persona de este mundo, sino un ángel tiznado, un ordinario celestial que traía encargos del cielo para repartir entre los mortales, preparando el reinado de la paz. Aparte hizo D. Fernando a Zoilo advertencias muy oportunas, dictadas por un prudente recelo. «Chico, no hagas la tontería de decir a tu padre quién soy».

-Comprendido.. No debe saberlo.. ¿De modo que el Sr. D. Fernando se ha muerto?

-O se ha casado, que es lo mismo.

-Bien, hombre, bien.. Déme usted otro abrazo.. ¡Qué gusto! ¿Y cuántos hijos tiene ya?

-¡Hombre, todavía..!

-Es verdad.. Todavía es pronto. Pero tendrá muchos.. como yo.

-Sí.. muchísimos. Procura tú largar uno cada año.. Vaya, adiós. Yo tengo prisa.

Y al partir, dejándoles en disposición de hacer lo propio, sintió la tristeza que acompaña al acto de enterrar un muerto querido. Sobre una parte principalísima de su existencia ponía la losa con epitafio harto breve: Aquí yace.. Las letras borrosas, ilegibles, que decían y no decían un nombre, parecían sepultar más lo sepultado, y ponerlo más hondo, y hacerlo más muerto.

 

Ep-27-XXX -

Sin tropiezo ni accidente alguno llegaron los cuatro asendereados hombres a Logroño, (p.5293) y la primera diligencia de Echaide fue dar aviso al General para saber si era su gusto recibir al embajador en la Fombera o en otra parte. La contestación fue que el caballero podía despintarse ya, soltar el disfraz, presentándose en el palacio de la plazuela de San Agustín lo más pronto posible. Toda una tarde y parte de la mañana siguiente empleó D. Fernando en la tarea de volver de aquel estado rústico al de persona fina, pues tan dura era la costra de su figurada barbarie, que para romperla y rasparla fueron menester muchas aguas y restregones muy fuertes. Por fin, restaurado el hombre, entró muy satisfecho en la casa de sus nobles amigos. Después de una corta espera en el billar, tuvo el gozo de ofrecer sus respetos a Doña Jacinta, que le encontró muy negro, quemado del sol y de los aires fríos; pero con aspecto de salud y robustez. Diole las cartas de su madre que allí le aguardaban, y comprometiéndole para la comida de aquel día, se retiró para que leyera. Así lo hizo, primero repasando los plieguecillos con avidez, luego despacio y enterándose de todo. El caballero se sentía dichoso, y no se contentaba con echar a volar el pensamiento hacia Medina de Pomar: quería irse todo entero y descansar de tantas fatigas junto a la persona que más amaba en el mundo.

Hasta la hora de comer no vio a Espartero, que aquel día tuvo tarea larga en su despacho. Le saludó muy afectuoso, presentándole después al jefe político interino de Logroño, D. Joaquín Berrueta, a quien debía el General su conocimiento con el arriero Echaide. Probablemente aquel señor estaría en el secreto; pero no hablaron sílaba de tal asunto. Los convidados, a más de Berrueta y de Fernando, eran Pepe Concha y D. Leopoldo O'Donnell. Nunca estuvo D. Baldomero tan impaciente porque la comida acabase pronto: saltaba en su asiento; miraba con inquietud el traer y llevar de platos. Por fin, escaldándose vivo con el café, que tomó muy caliente, se levantó y dijo: «¡Qué calor hace aquí! Venga usted, D. Fernando». En el próximo billar, donde se cruzaron (p.5294) con el criado que traía el braserillo para encender los cigarros, dieron lumbre a los suyos, y por una escalerilla de piedra que en dicha pieza existía bajaron al jardín, como de treinta varas en cuadro, poblado de corpulentos árboles con una fuente en el centro. Paseándose en la parte más asoleada, dio cuenta Calpena de su segunda entrevista con Maroto, y ello fue motivo para que el de Luchana montara en cólera y dijese: «Toda esa componenda de reyes y príncipes es una farsa. Lo mismo le importan a él las ventajas que puede obtener la familia de D. Carlos que la carabina de Ambrosio.. Lo que quiere es confundirme, acabarme la paciencia.. Pero ya, vera quién es Baldomero Espartero».

Pedida venia por D. Fernando para exponer el juicio que había formado de la situación psicológica del caudillo faccioso en el momento de la entrevista, trazó la figura moral e intelectual completa, tal y como él la había visto. La cara de Espartero revelaba su conformidad con el retrato, en que veía una obra maestra de observación penetrante. «Es usted -le dijo cariñoso-, un gran conocedor del corazón humano, y podía dedicarse a escribir Historia. Me trae usted un Maroto vivo con el pensamiento pintado en la cara. Es cierto, sí.. este es el hombre. Se ha ensoberbecido con el golpe de Estella; pretende ahora tener un chiripón a mi costa, y si lo consiguiera podría dictar a su gusto la paz, esa paz con fueros de un lado, y de otro la caterva de Príncipes consortes y de Reinas viudas.. Dejémosle en esa ilusión, para que el trastazo que le voy a dar le coja en el Limbo.. ¡Pobre Maroto!.. En fin, vámonos arriba. Esta noche venga usted a cenar, y seguiremos charlando.

De lo que hablaron en la cena, pudo colegir D. Fernando que el ejército del Norte se ponía en marcha. Dadas las órdenes aquella noche, oyose de madrugada el trompeteo de la caballería. Los jefes que mandaban tropas acantonadas en los pueblos a lo largo del Ebro, entre Logroño y Miranda, salieron también. Hablando con Espartero, Calpena se aventuró a decirle: «Mi General, por la dirección de las tropas, (p.5295) el traslado será en el ala izquierda y líneas de Balmaseda, plan felicísimo para mí si me permite acompañarle».

-No le permito, sino que le mando venir conmigo. Falta la mejor parte de la misión, caballero D. Fernando, la más delicada y difícil. En premio de sus buenos servicios, le llevo a ver a su madre. No crea usted que la sorprenderá.. Ya lo sabe.. ya le espera. Tienen las mujeres una policía y un espionaje que vale un mundo. Si quiere usted adelantarse, váyase con Ribero, que llegará antes que yo.

Gozoso replicó el caballero que, a pesar de su vivísimo afán de llegar pronto, prefería seguir al Cuartel General. Despidiose de Doña Jacinta y de Vicentita con vivos afectos, así como de todas las personas con quienes había hecho amistad en la casa. Sentía un inmenso regocijo, y se creyó compensado de tantos afanes y sufrimientos con las alegrías de aquella marcha en dirección de sus amores. Medina de Pomar, Villarcayo, se le presentaban luminosos, como estrellas refulgentes marcando la meta de su destino, y hacia la derecha del sendero distinguían también un resplandor lejano sobre las lomas de la Rioja alavesa. Alguna luz brillaba constante, inextinguible, del lado de La Guardia.

No habían llegado aún a Fuenmayor, cuando topó con su amigo Ibero, que de la brigada de Zurbano había pasado a la división de Alcalá, con adelanto considerable en su carrera, pues era ya primer comandante con grado de teniente coronel, y mandaba el segundo batallón de Luchana.

En cuanto se vieron, concertaron el ir juntos en las marchas. Ibero se manifestó a D. Fernando muy orgulloso de sus éxitos recientes, y al compás de los adelantos de jerarquía iba creciendo su entusiasmo por la Libertad y el Progreso, ideales hermosos, que exigían el sacrificio de cuanto existe en el hombre, menos el honor. Tan penetrado se hallaba el valiente Ibero de estas ideas, que no vaciló en confiar a su amigo la repugnancia de que terminara la guerra por tratos y componendas con los facciosos, reconociéndoles grados, e igualándoles con los que habían derramado su sangre por (p.5296) Isabel. Esto era inconveniente, indecoroso, inmoral; hacer concesiones al retroceso era reconocerle como un Estado. Transigir con él era una declaración de impotencia. No, no mil veces: los soldados de la Libertad debían perecer antes que terminar la campaña por otro medio que el hierro y el fuego. Si se quería establecer una paz durable, era forzoso descuajar el carlismo, y abrasar toda semilla, para que ningún tiempo ni ocasión pudiera germinar de nuevo. Con los elementos que a la sazón poseía la Libertad, debía emprenderse la extinción completa, radical, de aquel bando execrable que pretendía implantar el despotismo asiático, la superstición y la barbarie. «Que en todo el siglo y en los siglos que sigan no se oiga hablar más de Pretendientes, ni de clérigos salteadores, ni de fanatismo, ni de estas antiguallas odiosas. Como así no se acabe, como sólo nos contentemos con cortar al monstruo una de sus cabezas, y luego le demos de comer por las bocas que le queden, no conseguiremos nada, y la Libertad morirá con vilipendio, amigo mío. Esto pienso, esto aseguro, y mientras viva pensaré lo propio, a fe de Santiago Ibero».

No dejaron de producir efecto en el ánimo y en la inteligencia de D. Fernando las razones de su amigo. Pero se apresuró a rebatirlas con suavidad, haciéndole ver que el carlismo era una fuerza social, difícil de destruir. La fatalidad había traído a esta pobre Nación a un dualismo que sería manantial inagotable de desdichas por larguísimo tiempo. La idea absolutista, la intransigencia religiosa hallábanse tan hondamente incrustadas en los cerebros y en los corazones de una gran parte de los hijos de España, que era ceguedad creer que podrían ser extirpadas de un tirón. Dios había sido poco benigno con España, poniéndola en manos del mayor monstruo de la historia, Fernando VII, que sobre ser déspota sin talento, no supo establecer con firme base la sucesión a la Corona. La herencia de este hombre funesto había de ser insufrible carga para la Nación; su testamento ponía los pelos de punta. (p.5297) Dejaba a su país un semillero de guerras, discordancias irreductibles entre los españoles, un Estado siempre débil, una Monarquía fundada en la conveniencia antes que en el amor de los pueblos, una religión formulista, una paz armada, métodos de gobierno con carácter provisional, como si nunca se supieran las necesidades que habían de traer el día de mañana. ¿Era conveniente la transacción, aun siendo mala cosa? Sí, porque con ella, si España no mejoraba, al menos viviría, y los pueblos rehúsan la muerte aún más que las personas. Si no fueron estas las razones que a las de su amigo opuso Calpena, debieron de ser muy parecidas. Una y otra vez, en el curso de la marcha, hablaron del mismo asunto, abominando el uno de los arreglos, y defendiéndolos el otro como el médico que aplica los calmantes en un incurable mal.

A los cuatro días de la salida de Logroño, llegaban a las tierras altas de Burgos, y Calpena, con permiso del General, se dirigió a Medina, donde tuvo la inefable dicha de abrazar a su madre y a los Maltaras, que en aquella villa y en el palacio de la Condesa habían buscado refugio. Todo habría sido venturas para el caballero sin la pena de ver a la niña mayor atacada de la pícara dolencia pulmonar constitutiva en los hijos de Valvanera, y a uno de los pequeños enflaquecido y transparentado como si la tierra le reclamase. Para colmo de infortunio, el insigne D. Beltrán, perdido de la vista, había caído en gran tristeza y abatimiento, que agriaba su carácter y le despojaba de las amenidades que embellecían su trato. No se conformaba el buen aristócrata con aquel bajón impuesto por su naturaleza ya gastada y caduca; protestaba, quería suplir las fuerzas corporales con energías de concepto y alardes de temeridad, y D. Fernando agotaba su ingenio para producir en él una dulce componenda entre la esperanza y la resignación. En cambio, encontró a D. Pedro bastante fuerte, sin nuevas amenazas de la dolencia que le postró en Vitoria, muy bien adaptado a la cómoda existencia de capellán palatino. La Condesa gozaba, según dijo, (p.5298) de una salud perfecta, como nunca la disfrutó, y se animaba grandemente viendo su casa tan bien poblada de amigos cariñosos. Todo lo regía y gobernaba con actividad casera, cuidando de que sus numerosos huéspedes estuviesen contentos y los enfermos atendidos como en su propia casa. Con ella se franqueó el hijo en secretas conversaciones, refiriéndole sus embajadas, y comentando los dos el probable giro de aquel negocio, según lo que resultara de la campaña emprendida. El último esfuerzo de Marte traería la paz, dando este nombre a un armisticio de algunos años o lustros. Los que vivieran mucho verían extrañas cosas. Y como ante todo ansiaba ver D. Fernando la grande empresa de Espartero y su gente ante las líneas de Ramales, una vez consagrados tres días a las más puras satisfacciones de su espíritu, abandonó las ociosas alegrías junto a su madre, para meterse en el fiero trajín de la guerra.

 

Ep-27-XXXI -

Cerca de Agüera encontró D. Fernando al coronel inglés Wilde, a quien había conocido en Logroño. Comisionado por el Gobierno de su país para estudiar la guerra, habíala seguido en todos sus accidentes desde Peñacerrada, compartiendo las fatigas y aun los peligros de nuestros soldados. Era persona muy simpática, instruida, de finísimo trato, y habiéndose propuesto con tenacidad sajona dominar la lengua de Castilla, andaba ya muy cerca de conseguirlo sin perder su nativo acento. Con él iba un capitán de la misma nación, que no había podido vencer aún, por el corto tiempo que llevaba en España, las dificultades elementales de nuestro idioma, y lo destrozaba graciosamente sin miedo al disparate, ávido de aprender, como se aprenden todas las cosas: errando. Ingleses y españoles celebraban la ocasión que les unía, y se concertaron para presenciar juntos las peripecias de la campaña de Occidente, como decía Wilde. Formando un cuerpecillo militar de siete hombres (con el criado de Calpena y los ordenanzas que el General había puesto al servicio de los extranjeros) , se colaron en el teatro de la guerra, y su (p.5299) primer paso fue aproximarse a D. Leopoldo O'Donnell, que había sucedido a Van-Halen en el cargo de Jefe de Estado Mayor. Causaba espanto ver las posiciones ocupadas por los carlistas en los montes que rodean a Ramales y Guardamino; imposible parecía que de tales alturas pudiera ser desalojado un enemigo intrépido, que con tiempo supo plantarse allí, al amparo de rocas ingentes. Allí el arte militar semejaba al instinto guerrero de las bestias feroces. Hablando los ingleses con O' Donnell, que por la pinta y la seriedad flemática parecía más inglés que ellos, dijéronle: «¿Pero están ustedes seguros de poder ganar esos picachos, si en ellos los lobos tendrán que mirar dónde ponen la pata?».

-No estamos seguros de llegar arriba, coronel -replicó D. Leopoldo con la sonrisa que ponía en sus labios, así para los dichos triviales como para los que precedían a los grandes hechos-; pero subiremos hasta donde humanamente se pueda. Mis soldados no miden los caminos con la vista, sino con los pies, y no se hacen cargo de los peligros sino después de estar en ellos.

-Los que hemos visto la subida de Banderas -indicó D. Fernando-, estamos curados de asombro.

-Lloverán piedras seguramente -quiso decir el capitán inglés mezclando de un modo pintoresco las hablas española y británica-. La ventaja del enemigo es que no necesita gastar pólvora ni proyectiles.

-Eso lo veremos -dijo D. Leopoldo-. Señores, con Dios. No puedo entretenerme.

-General, a sus órdenes. ¡Gloria a Dios en las alturas!

-Y paz en la tierra, etcétera.. ¿La paz dónde está?

-Donde menos se piensa.. aquí.

Siguieron faldeando el cerro, y a cada paso encontraban fuerzas acantonadas. Se había dispuesto que la división del General Castañeda con las tropas de O'Donnell disputara a los carlistas las alturas del Moro y el Mazo, empresa que parecía fabulosa. Toda la tarde de aquel día la empleó la partidilla hispano-inglesa en enterarse de las posiciones del ejército constitucional: Ribero, con la Guardia, hallábase en la loma de Ubal, en observación de Maroto, que (p.5300) ocupaba el valle de Carranza. A Espartero no pudieron verle; pero se aproximaron a sus avanzadas en el camino de Ramales a la Nestosa. Pasaron la noche en la falda de Ubal, entre oficiales del 3.º de la Guardia, y al amanecer del día siguiente, 27 de Abril, salieron en la dirección que se les indicó como más conveniente para encontrar a O'Donnell; pero no lograron su propósito, pues el que Wilde llamaba el gran irlandés habíase remontado en la vertiente de la peña del Moro hasta una altura en que era muy difícil alcanzarle ya. El tiroteo que desde las ocho empezó por diferentes puntos obligoles a buscar algún abrigo: procuraron guarecerse de las balas, ya que no podían hacerlo de la lluvia de piedras. En una y otra eminencia, el Moro y el Mazo, el vigoroso ataque subiendo era un prodigio de agilidad y serena bravura. La roca erizada de picos, ofreciendo a cada paso accidentes difíciles de franquear, cortaduras, grietas, cresterías inabordables, centuplicaba las fuerzas absolutistas y disminuía las liberales. Pero lo inverosímil se hizo verdadero poco después del mediodía. Castor Andéchaga y Simón de la Torre no supieron sacar partido de sus admirables posiciones, y se las dejaron quitar, cumpliendo con una resistencia formal de dos horas. ¿Qué fue? ¿Cansancio, escepticismo, deseos de acelerar el desenlace que preveían y deseaban? Aun admitida esta causa del desfallecimiento de los facciosos, siempre era grande el mérito de los soldados de Isabel, que treparon por aquella escalera de piedras cortantes, con un precipicio en cada peldaño.

Faltaba un hueso muy duro que roer, pues los demonios de la facción habían fortificado una cueva que dominaba el camino entre la Nestosa y Ramales. Una pieza de a cuatro, que disparaban con metralla, era el monstruo de aquella caverna, apostado en su boca.

Allí no escapaban hombres ni ratas. Alentado D. Baldomero por la toma de las alturas del Moro y el Mazo, decidió apoderarse de la cueva, y embocando hacia ella ocho piezas de artillería, que fueron como otros tantos (p.5301) perros que atacaron al monstruo, y soltándole además de lo más granado de la tercera división, hizo polvo al guardián formidable. Día bien aprovechado fue aquel: Espartero debió marcarlo con piedra blanca, pues entre sol y sol, peleándose con las montañas más que con los hombres, disputó y obtuvo los baluartes que convertían en gigantes a sus poseedores. Con esto les hizo pigmeos, y él adquiría una talla que le igualó a la que había sido enemiga y era ya su aliada, la Naturaleza.

No pudieron los ingleses, con su agregado español, presenciar el ataque a la cueva, porque cuando llegaron al Cuartel General ya estaba todo concluido; pero lo oyeron relatar a Echagüe, capitán de Guías del General, y a un oficial de artillería, Osma, ambos partícipes de la gloria de aquella jornada. Al anochecer acompañaron a los vencedores a la cima de Ubal, donde Espartero mandó construir un reducto, cuyos trabajos se emprendieron sin dilación, alardeando todos de incansable actividad. Favorecíales una noche espléndida, que en aquellas alturas, dominando valles y montes, era de una majestad y belleza incomparables. En amenas pláticas la pasó D. Fernando con sus amigos Echagüe y Dulce, pronosticando glorias y venturas, brillantes acciones de guerra, precursoras de una dichosa paz. Al día siguiente bajó con los ingleses a Bolaiz, visitaron la famosa cueva, hicieron alto en todos los puntos donde encontraban oficiales conocidos, aquí Gándara, allí Linaje y Urbina. En Los Valles ofrecieron sus respetos al General Jefe, a quien hallaron contento, en estado de excelente salud, disponiéndose a embestir y ganar los fuertes de Ramales y Guardamino, con lo cual les aventaría (era su expresión habitual) , obligándoles a replegarse a las guaridas de Vizcaya y Guipúzcoa.

A su amigo Ibero le encontró Calpena un tanto melancólico por no haber entrado en fuego en los combates del 27. Era de los que cuando no pelean, viendo pelear a sus compañeros, se juzgan ofendidos y hasta cierto punto despojados de lo que les pertenece. Hablando de (p.5302) esto y de las próximas luchas, las conversaciones venían a parar en cálculos diversos sobre lo que haría Maroto con sus veinticuatro batallones apostados en el valle de Carranza. ¿Aceptaría el reto de su grande enemigo? En la previsión de que se presentase por Gibaja, reforzó Espartero el extremo de su ala izquierda, tomando posiciones y fortificándolas bajo el fuego de las guerrillas enemigas.

En los primeros días de Marzo rompieron fuego las baterías contra Ramales, y avanzaron los batallones. No fue todo a pedir de boca, que algunos cuerpos retrocedieron, aunque sin desorden, y lo que se ganaba en una hora en otra se perdía. Pero a media tarde, los defensores del fuerte, viéndose amenazados por diferentes puntos y desmontada la artillería, se retiraron precipitadamente a Guardamino, situación más áspera, más defendida de la Naturaleza, y allí se encastillaron con la seguridad de que el hueso era de los que no podían roer los liberales sin dejarse en ellos los dientes. Ya se vería esto.

En efecto: no era blando el hueso, y dos días estuvo Espartero bregando con él sin obtener grandes ventajas. Pero el día 11, cargado ya el hombre de perder soldados, y movido de su valor impaciente, que no admitía largas dilaciones para satisfacer su anhelo, dispuso un ataque simultáneo contra todos los puntos en que presentaba el enemigo mayor resistencia, y con sus intrépidos Guías, el 2.º de Luchana y la escolta, dio una de esas cargas que hacen memoria en los fastos militares. El mismo peligro corría D. Baldomero que el último de sus soldados, pues el avance fue a la desfilada, bajo el fuego mortífero de los fuertes y de las trincheras abiertas por los carlistas en montes altísimos, que en algunos pasos ofrecían una verticalidad aterradora. Electrizados por la presencia y la actitud arrogante del Caudillo, los soldados avanzaban husmeando la victoria, gozándola antes de obtenerla. Algunos caían, es verdad; pero los más andaban bien derechos. En lo mejor de la marcha, vio Espartero que una compañía bajaba en retirada; pero con unas cuantas (p.5303) voces, que si en otra ocasión podían ser innobles, en aquella eran la más gallarda de las imprecaciones poéticas, les obligó a volver caras. Adelante todo el mundo, sin miedo a la muerte; que allí no había que pensar en cosas tristes, sino en la grande alegría de arrojar al enemigo al otro lado de los montes, a la corriente del Cadagua.. Adelante, pues, y vengan balas. Llegaron a un punto en que la desigualdad del terreno no permitía funcionar a la caballería. Los individuos de la escolta pidieron permiso para desmontarse y acometer a pie los parapetos desde donde los facciosos les abrasaban a tiros. Fue concedido el permiso, que Espartero no negaba nunca para los actos de temeridad loca. Los jinetes sin caballos no pudieron tomar a la primera embestida los parapetos; pero su ejemplo enardeció a los menos decididos, su locura se comunicó a los más sensatos, y a la segunda embestida los carlistas abandonaron la indomable almena natural en que peleaban. En tanto, Linaje les daba un fuerte achuchón por la parte de Cibaja, y viéndose amenazados por el flanco, se retiraron de todo el monte, quedando Guardamino entregado a su propia fuerza. Mas era por naturaleza tan robusto, que a la intimación de Espartero para que se rindiese, contestó con un no redondo y procaz.

Era ya cuestión de tiempo y paciencia el someter a tan fiero gigante, emplazando en las alturas toda la artillería de que Espartero podía disponer, y haciendo polvo con cañoneo constante la armadura de roca que el coloso vestía. Incansables, comenzaron por la noche la operación de subir las piezas; pero al amanecer del 12, hallándose el general en una ermita desmantelada donde pasó la noche, sin otro alimento que un pedazo de pan y un chorizo que llevaba en sus pistoleras, por cama la dura peña, por descanso la impaciencia ansiosa, recibió un parlamentario de Maroto con las condiciones para rendir el fuerte. Proponía que la brava guarnición de Guardamino, prisionera de guerra, fuese canjeada por igual número de liberales que los carlistas (p.5304) tenían en sus depósitos. Invocaba Maroto la humanidad, y por humanidad accedió D. Baldomero a lo que su rival le pedía. Todo el día duró el ir y venir de parlamentarios desde Carranza a la ermita, porque el Gobernador del fuerte no quiso rendirse sin que su General se lo ordenase directamente; pero al fin ello se arregló, y las comunicaciones mediadas entre ambos caudillos fueron afectuosas por todo extremo. Entregose, pues, Guardamino con su artillería, municiones, pertrechos y víveres. Los rendidos fueron inmediatamente enviados al cuartel de Maroto, que no tardó en pagar la carne facciosa con igual peso y medida de carne liberal. Alardearon uno y otro de hidalguía y generosidad. La victoria de Espartero fue de las más grandes que obtuvo en su gloriosa vida. En la elocuente orden del día que dio a las tropas les dijo: «El enemigo no quiso aceptar vuestro reto para una batalla general. Encastillado en sus formidables posiciones, allí quería que se estrellase vuestro arrojo. Allí os conduje. Allí vencimos. Allí completamos su ignominia».

 

Ep-27-XXXII -

La brillante hazaña de Espartero sobre Guardamino fue presenciada por los caballeros de la trinca anglo-española. Marcharon en la retaguardia de la escolta, de tal modo fascinados, que no advirtieron el peligro hasta que no se hallaron en la imposibilidad de evitarlo. Tuvieron la suerte de salir ilesos, con excepción de Urrea, que recibió un balazo en el muslo, sin que le tocara el hueso. Perdió alguna sangre, continuó a caballo, y al fin de la jornada le curó veterinariamente un práctico del escuadrón. Hasta el día 13 no tuvo Calpena noticias de Ibero, que había sabido hartarse del manjar de su gusto: peligro, temeridad, gloria. Entre él con los de Luchana, y Echagüe con los Guías, habían tomado los parapetos que decidieron la victoria.. El hombre no cabía en su pellejo. No quería grados, no buscaba recompensas. Bastábale el gozo de haber empujado a la Libertad hacia las altas cimas donde debía tener su asiento, de haber arrojado hacia los valles cenagosos al monstruo (p.5305) del obscurantismo.

Maroto se internó en Vizcaya; Espartero, fijando en Ramales su Cuartel General, dio descanso a sus tropas antes de emprender la ocupación del país vasco-navarro, contando con el desaliento del enemigo y con la descomposición y ruina de su antes poderosa unidad. Pasado el temporal de agua que en lo restante de Abril y principios de Mayo entorpeció los movimientos, avanzó el ejército cristino hacia Orduña, que fue ocupada sin disparar un tiro. Con pretexto de tratar de un nuevo canje de prisioneros, envió el de Luchana a su rival un parlamentario, al cual acompañaban el coronel Wilde, encargado por su Gobierno de hacer cumplir el convenio Elliot, y dos o tres personas más, afectas al servicio del militar extranjero. Recibioles Maroto un tanto displicente. Expuso el parlamentario, Brigadier Campillo, lo referente al canje; el inglés hizo presente su propósito de trasladarse a Tolosa para someter al elevado criterio del Rey los deseos del Gabinete británico, inspirados en sentimientos de humanidad y justicia; disuadioles Maroto de esta idea, brindándose a dar cumplimiento por sí mismo al convenio Elliot, pues poder y autoridad tenía para ello; y una vez retirados de su presencia los mensajeros con sus respectivos secretarios, mandó recadito al caballero español que en calidad de intérprete al coronel Wilde acompañaba. Encerrándose con él a media noche en la destartalada estancia del caserón donde tenía su alojamiento, solos, sin más luz que la del candil que alumbraba un cuadro negro de las ánimas del Purgatorio, hablaron lo que a renglón seguido con la posible fidelidad se reproduce:

«He leído la carta de Espartero que usted me trajo -dijo Maroto, paseándose, las manos en los bolsillos-, y empiezo por decirle que no me parece bien el abandono del disfraz, ¡porra!.. aunque me sea muy grato verle a usted en su porte de caballero distinguido y llamarle por su verdadero nombre.. Pero no es prudente, no. Estamos, estoy rodeado de espías infames.. Tome usted asiento».

-No tema usted por mí, General (p.5306) -dijo Calpena, siguiendo a Maroto en su paseo-: yo sabré guardarme.. y vamos al asunto.

-Pues al asunto. Veo que su jefe de usted está bien enterado como yo de las intrigas de los apostólicos contra mí.

-Europa entera conoce la rabia vengativa y el furor venenoso de ese bando que, aun después de vencido, se revuelve contra el hombre fuerte que le apartó del Rey..

-Todos los que D. Carlos desterró por exigencia mía.. naturalmente, tuve que cuadrarme.. plantear la cuestión en el terreno de la dignidad: O ellos o yo, ¡porra!.. pues todos aquellos que eran la perdición y el descrédito de la Causa, en la frontera trabajan contra mí, con mil enredos y calumnias.. Lo que yo digo: no necesitan volver a ganar el corazón del Rey, porque lo tienen bien ganado. Carlos V les ama y a mí me detesta. Eso lo sé, lo he visto muy claro. S. M. cedió a mi exigencia, porque no tenía corazón para resistirme. Yo apelaba a su dignidad, a su conveniencia, y a falta de estas, encontré su miedo.. Pero el miedo aplaza, no resuelve. Estam (p.5307) debe a mí. No debe olvidar que le abandoné voluntariamente las posiciones de Ramales y Guardamino, por evitar el derramamiento de sangre..

-Me permitirá usted, mi General, que no exprese ninguna opinión sobre los hechos militares del pasado mes.. Y no es porque no los conozca; que observé al ejército en todos sus movimientos, y seguí al Duque en su prodigiosa marcha sobre Guardamino.

-El fuerte hubiera resistido mucho tiempo. Se rindió porque yo se lo ordené.

-Cierto; pero..

-Pero.. No discutamos. Sólo digo que el título de Duque de la Victoria en gran parte me lo debe a mí D. Baldomero, ¡porra!.. Reconozco que es un militar valiente y un hombre honrado, que desea el bien de su patria.. Yo también, ¡porra!, yo, sin llamarme Duque, quiero la felicidad de España.

Nervioso y exaltado, Maroto se levantó a poco de sentarse, diciendo con fuertes voces:

«Y me hará el favor de advertir a su jefe que no me mande parlamentario militar, so color de canje de prisioneros. Esto me compromete, ¡porra! No tardan mis enemigos en llevar el soplo a Tolosa.. Que si andamos en arreglos, que si vendo al Rey.. No, no quiero parlamentarios. Siempre que llega uno, tengo que dar a mi ejército una orden del día echando sapos y culebras.. ¡porra!.. para disimular el mal efecto.. Y vamos al asunto».

-La ingratitud del Rey es tan manifiesta, lo mismo que su tenacidad en sostener el retroceso y la barbarie, que no insistirá usted, así lo creo, en las condiciones que me manifestó en Estella referentes a la familia Real.

-No, no insisto en ello; renuncio a mi propósito del enlace de los hijos; renuncio a conservar a D. Carlos las preeminencias de Rey padre.. Que se vaya al extranjero, con título y calidad de Infante aburrido y de Pretendiente chasqueado, a comerse la pensioncilla que se le dará para que viva con decoro.. No merece otra cosa; no ha nacido para más; aún saca más de lo que le corresponde por su menguada inteligencia..

-Espartero contaba con esta rectificación de las antiguas ideas de usted, y una vez de acuerdo en cosa tan importante, (p.5308) espera que la conformidad en los demás puntos no se hará esperar.

-Poco a poco -dijo el carlista, súbitamente acometido de una gran agitación-. Si cedo en lo de las personas Reales, no puedo ceder en los principios, pues no pretenderá Espartero que yo le entregue todo, la fuerza y las ideas.. Eso no sería transigir: sería por mi parte una debilidad vergonzosa.. ¿Qué quiere ese hombre? ¿Dejarme a mí un papel ridículo, y conservar él la gloria de la pacificación? Dígame usted: ¿qué papel hago yo, entregando mi ejército al masonismo y a la impiedad revolucionaria? Eso no puede ser, y no será.. Antes moriremos todos.. Asegure usted a su General que no suscribiré nunca una paz que no vaya fundada en un régimen político mucho más restringido que el existente.

-Pues el General Espartero -declaró Calpena con solemnidad- pone por condición primera que se ha de conservar el régimen político existente, la Constitución del 37, con todas sus consecuencias.. ¿Le parece a usted justo que después de la sangre derramada por la libertad, ofendamos la memoria de los hombres heroicos que por ella han perecido? ¿Qué quiere usted? ¿Que el representante de las ideas liberales acepte y patrocine el absolutismo? Eso no será transacción. Será entregar nuestra bandera al enemigo vencido para que la pisotee.

-Pues quédese cada cual con su bandera, y perezcamos todos -gritó D. Rafael, no ya agitado, sino furibundo-. Sepa Espartero que trata con un General que manda fuerza considerable, no con un monigote sin decoro ni vergüenza. Corra la sangre; no haya humanidad ni compasión. Lo que no se hace por un Rey inepto, lo haremos por la defensa de los grandes principios.

-Veo, señor mío, que, obedeciendo a un destino fatal, será usted el instrumento del obispo de León, de Arias Teijeiro y del clérigo Echevarría. Usted les detesta, y al propio tiempo les ampara. Ellos pregonan la cabeza de Maroto, ignorando que al matarle, matarían a su mejor amigo.

-No, no defiendo yo el absolutismo -gritó Maroto fuera de sí, con fuertes voces-, ni las (p.5309) ideas de esa canalla. Defiendo un régimen templado, en que el Rey gobierne inspirándose en las necesidades positivas de los pueblos; un régimen sin tiranía del Soberano ni alborotos de los súbditos, con la unidad católica bien garantizada y los clérigos levantiscos bien sujetos; un régimen en que puedan hacerse oír los hombres ilustrados y callen los ignorantes y díscolos; un régimen de justicia, de gobierno paternal, con el consejo de un escogido número de personas graves que ilustren al Rey y enfrenen a la plebe.. Eso quiero, eso propongo, y sin eso no habrá paz, no puede haberla, porque.. denme todo lo que quieran, mi destitución, mi muerte; pero no pidan a Rafael Maroto que firme una paz a gusto de los masones y comuneros. Eso no puede ser.. Yo le suplico a usted que no me contradiga, ¡porra!

-Bueno, mi General.. Realmente, yo no contradigo a usted: no hago más que exponer las que creo ideas y propósitos de la persona en cuyo nombre hablo. Siento infinito volver allá con la triste obligación de comunicar el fracaso definitivo de las negociaciones.

-Pues comuníquelo usted.. No hay paz, no puede haberla -dijo Maroto desplomándose en la silla, por una cesación súbita de aquel frenesí nervioso-. ¿Qué me importa? Si todo se hunde y se lo lleva el diablo, no es por culpa mía. Es culpa del señor Duque nuevo, que quiere arreglar todo a su gusto, para su sola gloria y provecho, dejándonos a los demás como trapos..

-No es eso: perdone usted..

-Es eso.. y no me contradiga. Como trapos.. ¡Bonito papel quiere asignarme!.. ¡Y él, ¡porra!, el héroe, el pacificador, el niño bonito, el niño mimado!.. Pretende el mangoneo universal, y ser el amo, y traernos a todos cogidos de la nariz.. ¡Ay!

Este ¡ay!(10) fue una exclamación dolorosa, como punzada en el corazón, el lamento de una naturaleza profundamente herida. «¡Ay! -repitió oprimiéndose el costado-. Puede usted creerme: deseo una muerte repentina que ponga fin a mis sufrimientos. No era esto lo que yo presentía, lo que yo soñaba al venir al carlismo. No (p.5310) era esto, no, lo que me impulsó al abandono de las posiciones de Ramales. Pensé yo que Espartero me comprendería, que sería generoso.. Pero su egoísmo está bien manifiesto: quiere una paz que sea para él un triunfo, y un oprobio para mí.. Lo peor es que.. Siéntese usted: aún tenemos algo que hablar».

Con acento quejumbroso, de hombre enfermo, de un alma sumida en acerba pena, prosiguió así: «Y a pesar de todo, créame usted, deseo la paz.. sí, señor, la deseo como soldado y como español.. porque yo amo a mi patria.. Bien sabe Dios que el absolutismo mío no es el régimen absurdo y tenebroso que predican los clérigos de Oñate. Espartero me conoce.. No quiera hacer de mí un monigote.. Si en ello se empeña, no habrá paz, y España se acabará.. Más quiero verla muerta que en brazos del masonismo y de la revolución.

-Espartero -dijo Calpena compadecido del General carlista, por el lastimoso estado a que le habían traído sus errores- no pretende humillar a usted, ni apropiarse la gloria de este bien tan grande: la gloria será de los dos, para los dos la inmensa gratitud de España.

-Así debiera ser.. -murmuró el carlista con emoción, que afeminó por un instante su voz varonil y guerrera-. Nadie me gana en el amor a este terruño donde hemos nacido.. En mi larga vida militar y política no he tenido otro móvil que el bien de los españoles.. Pero los buenos deseos son una cosa, y los buenos caminos otra.. Cuestión de suerte, amigo mío; cuestión de acertar o no en los primeros pasos.. ¡Oh, pues si yo lograra que España dijese: «a Maroto debo la paz»! Pero no me caerá esa breva, ¡porra! La fatalidad dice que no.. que no.. la fatalidad me ha tomado entre ojos..».

En la pausa que siguió a estas palabras, D. Fernando vio al General agobiado en el sillón, los codos en las rodillas, el rostro en las palmas de las manos, y respetó su dolor guardando silencio. Después sacó D. Rafael del bolsillo del capote un pañuelo grandísimo, y se sonó con estrépito. Tenía los ojos encendidos y húmedos.

«Mi General -le dijo Calpena, aprovechando con (p.5311) delicadeza la emoción que observaba-, me detendré aquí todo el tiempo que sea menester, si de la espera resulta que puedo llevar una proposición de concordia. Piense usted en ello un día, dos; considere su situación, la ansiedad del país, el deseo de todos los partidos..».

-¡Pero si estoy ya loco de tanto pensarlo!.. No, no pienso más. Ya es cuestión de decidirse, de escoger la primera carta que salga.

Suspirando, volvió a su inquieto pasear por la estancia. De pronto se paró ante Calpena, diciéndole: «Puesto que no tiene usted prisa de volver a Orduña, ayúdeme a buscar una solución decorosa para mí. Verá usted lo que se me ocurre.. Tenga paciencia, y hablaremos algo más».

 

Ep-27-XXXIII -

Dirigiose a la cómoda en que estaba el candilón, el cual, dicho sea por respeto a la puntualidad histórica, había dejado extinguir una de sus dos mechas, manteniendo encendida la otra por puro compromiso, al parecer, pues bien se le conocían las ganas de dormirse en la obscuridad. D. Fernando miró al General, que revolvía papeles en el cajón primero de la cómoda, y tras él veía también mal alumbradas por la luz dormilona las pobrecitas ánimas del Purgatorio, sus cuerpos desnudos entre llamas rojizas. ¡Con qué gusto las habría sacado de aquel martirio, extrayendo al propio tiempo al pobre General, que en las llamas de su ansiedad e irresolución ardía!

«Verá usted -dijo D. Rafael, hallando lo que buscaba y volviendo el rostro hacia el mensajero de su rival-: aquí tengo una carta interesantísima. No haré con usted misterio de su contenido ni de la persona que la firma: es un amigo íntimo de Simón de la Torre y mío. En ella se me propone una entrevista con el Comodoro Lord John Hay, el cual tiene instrucciones de su Gobierno para proponer a Espartero y a mí fórmulas de paz».

-Debo decir a usted que a mi jefe no le gusta que los extranjeros medien en este asunto. Notaría usted que el coronel Wilde no pronunció una palabra de condiciones de arreglo. También debo decirle, General, que a Espartero no le supo bien (p.5312) que usted cambiara comunicaciones con el mariscal Soult sobre este negocio. Es muy delicada la intervención extranjera, así en la guerra como en la paz, porque casi siempre los poderosos que nos prestan servicio tan eminente lo cobran después con una pesada injerencia política y diplomática.

-Es verdad; pero yo no puedo negar al Comodoro la entrevista que me propone. Sólo que no sé dónde ni cómo celebrarla. Bien podría servirme de pretexto la orden que a León ha dado Espartero de quemar las mieses de Navarra. Esto es una violación del tratado de Elliot.

-¿Ha contestado usted a La Torre que acepta la entrevista?

-No, porque de nadie me fío ya. No me determino a enviar una carta de tanta gravedad por mano de carlista: la traición y el espionaje tienden aquí sus redes que es un primor.

-¿Y no hay un hombre leal que establezca la comunicación verbalmente?

-No le hay, o al menos yo no le veo junto a mí -replicó Maroto con la desconfianza pintada en su inquieto mirar.

-Permítame usted que le diga, mi General, que en el recelo y suspicacia que me manifiesta veo una enfermedad del ánimo, efecto de su singularísima situación entre la guerra apostólica y la paz nacional; veo el delirio persecutorio, que usted logrará vencer mirando con más serenidad cosas y personas.

-Puede que tenga usted razón.. Déjeme seguir: Simón de la Torre y yo estamos de acuerdo; el amigo que nos comunica es un joven bilbaíno muy simpático, que ha servido con Córdova y con Espartero..

-¡Oh, qué luz, mi General!.. ¿Es acaso Pedro Pascual Uhagón?

-¿Amigo de usted, por ventura?

-Sí señor.. Yo sabía que andaba por aquí; me constaba su amistad con Simón de la Torre.. En fin, ¿quiere usted que yo me vea con Uhagón?.. ¿Dónde está?

-Muy cerca de aquí: en Amurrio.

-Pues allá me voy. ¿Debo decirle que está usted dispuesto a celebrar la entrevista con el Comodoro?

-Justo; ¿pero dónde nos encontramos, Señor?.. ¿Debemos reunirnos por casualidad, o por reclamo del inglés, para tratar de la cuestión de las mieses incendiadas?

-Deje usted a (p.5313) mi cuidado el determinar la entrevista de una manera lógica, en forma que le ponga a usted a cubierto de toda sospecha.

-Si así lo hiciere, me prestaría un servicio inmenso en las actuales circunstancias..

-¿Con que en Amurrio? Cuente usted con que mañana comemos juntos Pedro Pascual y yo; cuente con que un día de estos se verá usted sorprendido por Lord John, y obligado aparentemente a conferenciar con él.. Y cuente con que las proposiciones del inglés diferirán poco de las de Espartero..

-Pero la sanción de una potencia extranjera, amigo mío, es alivio grande de la responsabilidad..

-Convenido. Luego veremos el grado de desinterés de la gestión inglesa.. En fin, mi General, viva la paz, aunque viva con su Pepita..

-Eso, eso -dijo Maroto, riendo por primera vez en la conferencia de aquella lúgubre noche-, que viva con su Pepita. Y ahora..

-Sí: debo retirarme.

-Que no se le olvide felicitar a Espartero por su ducado.

-Lo agradecerá mucho.

-Sí, sí: los dichosos agradecen los plácemes de los tristes -dijo D. Rafael sin ocultar su pena inmensa-. Con que buenas noches. No tengo vino superior con que obsequiarle.

-Ya beberemos pronto a la salud de España pacificada. No me detengo. Querrá usted dormir; yo también.

-Yo no duermo.

-Descansar, por lo menos.

-Tampoco.

-Ya vendrán para todos el descanso y la tranquilidad.

-Dios lo quiera.

-¡Ánimo, sinceridad, patriotismo! Adiós, mi General.

-Adiós. Le deseo lo que yo no he tenido nunca: buena suerte.

-La tendremos.. ¿Qué hace falta? El corazón siempre por delante.

-¡Ay!.. Eso se dice, eso se intenta.. pero no siempre el corazón se pone donde quiere, donde debe.. Adiós.

Salió Calpena de la triste casona; palpando paredes se encaminó a su alojamiento, y lo primero que hizo fue dar órdenes para partir de madrugada. El coronel Wilde y el Brigadier Campillo dormían profundamente; procuró hacer lo propio, y al romper el día trotaban los seis desandando el camino que habían traído. Las diez serían cuando las avanzadas del ejército liberal les (p.5314) indicaban la proximidad de Amurrio. Dijo D. Fernando a sus compañeros que si no querían esperarle en aquel pueblo, donde una diligencia importante le detendría, siguieran a Orduña. Divididas las voluntades, el Brigadier determinó encaminarse sin demora al Cuartel Real, y Wilde se quedó, pues no había para él compañía más grata que la del caballero español. No vaciló este en ponerle en autos del asunto que motivaba su detención en Amurrio: uno y otro, cada cual en su esfera, trabajaban por la paz, y solían comunicarse una parte de sus secretos. La primera diligencia fue tomar lenguas del paradero de Uhagón, también del inglés amigo, y sin grandes molestias dieron con él en la casa de Zárate, donde estaba en gran parola, inter pocula, con Ibero y otros oficiales, entreteniendo los ocios con historias picantes y libaciones de chacolí. En el mismo hospedaje se metieron Calpena y Wilde, formando alegre compañía, y al poco tiempo de sociedad, ya se habían trazado los conspiradores de la paz el plan más acertado para llevar adelante las vistas entre el Comodoro y el General de D. Carlos. Por desgracia, Lord John se hallaba por aquellos días en Bayona; Pedro Pascual tenía que trasladarse a Bilbao, buscar embarcación que le llevase a Francia, y volver luego con el Comodoro. Convinieron en que Wilde le acompañaría en la expedición marítima, mientras a Orduña pasaba D. Fernando para dar cuenta al General. Algunos días retuvo el Duque de la Victoria a su amigo, no sólo porque descansase, sino por creer que en el estado de las negociaciones convenía dar largas a Maroto, para que su turbado ánimo, con la tremenda crisis del carlismo, viniese a mayor decaimiento y desorden más grande. La primera comisión que D. Baldomero dio a su fiel servidor después de aquel descanso fue llevar a Maroto las cartas de los emigrados apostólicos, que interceptadas por el Gobierno fueron impresas en la Gaceta de Madrid. Por ellas se veía que el partido intransigente, a quien el Rey con fingida corrección había separado de su gracia, se (p.5315) mantenía con este en inteligencia clandestina. Por miedo a Maroto, había decretado D. Carlos el destierro de los clérigos Echevarría y Lárraga, de Marco del Pont y Arias Teijeiro; pero no tardaron estos en ponerse de nuevo al habla con su señor, tendiéndose desde la frontera a la Corte un hilo de conspiración que no fue el paso menos interesante de aquella tragicomedia.

Volvió, pues, D. Fernando al Cuartel de Maroto, acompañado de Ibero en calidad de parlamentario militar para un nuevo canje, y halló muy desconcertado del entendimiento al General sin ventura, variando de opiniones y actitudes a cada instante, pasando bruscamente del ardiente furor al desmayo mujeril. Ya tenía conocimiento, cuando el mensajero le mostró la Gaceta, de los tratos que sostenían los emigrados con el Rey absoluto, y a este propósito le hizo Calpena, con seguro conocimiento de la humanidad, estas profundas observaciones: «Vea usted, mi General, cómo se reproducen en la historia los mismos efectos cuando las causas no varían, y cómo se repiten los hechos cuando las personas no cambian. En D. Carlos tiene usted la imagen viva de su hermano Fernando VII: son los mismos perros con el mismo Toisón de Oro al cuello, y perdóneseme la comparación. Diferentes parecían uno y otro hermano, y son el mismo sujeto repetido en el tiempo, desmintiendo a la muerte. Si discrepan en cualidades secundarias, en lo principal son idénticos, y proceden de igual manera. La situación en que el estadillo carlista se encuentra es la misma del Estado español en aquellos famosos años del 20 al 23. La pesadumbre y la barbarie del absolutismo han traído una revolución, y esa revolución, esa protesta contra el régimen tiránico y clerical, Maroto a pesar suyo la representa. Por una serie de circunstancias, la fuerza ha venido a estar en manos de usted. El Rey no supo serlo absolutista, no sabe serlo tampoco liberal, y doy este nombre al partido marotista o de transacción, para establecer un término relativo que facilite mi argumento. Liberal es usted, aunque no (p.5316) quiera confesarlo; liberales son Simón de la Torre, Zaratiegui y aun el mismo Elío, por extraño que parezca. Digamos que han admitido un átomo de la idea liberal: en ese átomo está todo lo sustancial del principio. Pues bien: D. Carlos ha venido a ser prisionero de usted; tiembla de miedo viéndose sometido a la fuerza que odia; aparenta ceder; aun dice marchemos y yo el primero.. Por intimación de usted, separa de su lado a su camarilla; destierra muy contra su voluntad a los que cree sostenedores de su soberanía absoluta; pero continúa entendiéndose con ellos, dándoles ánimos para que conspiren, adquieran fuerza y vengan a libertarle. ¿Duda usted esto? ¿Cree la pintura recargada y violenta? Su silencio y su mirada me dicen que no. Pero si aún duda, pronto ha de ver cuán fundado es este juicio mío. ¿Recuerda usted la sublevación de los voluntarios realistas? ¿Recuerda las partidas levantadas por clérigos y frailes salteadores? Pues pronto hemos de verlas reproducidas. El bando apostólico, apoderándose de los soldados que usted manda, levantará la bandera del absolutismo neto y rabioso contra la transacción que este ejército representa. Harán creer a los pueblos que usted secuestra al Rey, que tiene embargado su real ánimo.. Y por fin, y esto es lo más triste, esa bandería furibunda vencerá por lógica ley al partido de la moderación, y Maroto será tratado no como un hombre que mira por el bien de su patria, no como un General que sirve intereses superiores a los de una persona, sino como un vulgar ambicioso, y le impondrán pena infamante. Por muy extraño que parezca, será usted, en su papel político y en su fin desastroso, muy semejante al infortunado Riego. Le llevarán a la horca en un serón arrastrado por un burro.. y..

-Cállese usted.. -dijo Maroto apretando los puños y despidiendo lumbre por los ojos-, que si algo hay de verdad en el paralelo que hace, no puedo admitir mi semejanza con Riego.

-Ya lo veremos.

-Yo sabré morir con dignidad.

-No lo dudo. Pero es lástima que usted muera, pudiendo vivir con honor (p.5317) y hasta con gloria, facilitando la obra de la paz.

Poco más hablaron; Maroto se volvió muy taciturno, sumergiéndose en sus melancolías. Luchaba fieramente ¡infeliz hombre!, con el turbio, revuelto oleaje de su destino, más embravecido cuanto más en él pataleaba.

 

Ep-27-XXXIV -

Fue un hecho, al fin, a fines de Julio, en Miravalles, la entrevista de Maroto con Lord John Hay. No se halló presente Calpena; pero por su amigo Uhagón supo después que no habían llegado a un acuerdo. Quizás Maroto, harto ya de guerra, y deseando ponerle fin a todo trance para salvar su honor militar y su vida, habría dado asentimiento a las condiciones presentadas por el inglés, muy semejantes a las de Espartero; mas no podía por sí solo cerrar trato sin el asenso de los demás jefes, encariñados con la paz, pero más exigentes en punto a condiciones. Necesitaba tomarse tiempo para traer las demás voluntades al punto de cansancio y desesperación en que ya estaba la suya, y propuso a Espartero, por conducto del Comodoro, la suspensión de hostilidades. De la respuesta del Duque de la Victoria a esta martingala de su rival sí fue testigo D. Fernando, el cual vio con gusto que el criterio del Duque no difería del suyo. Nada de armisticio. Maroto, juzgándose impotente ya para presentar batalla, no quería más que ganar tiempo, esperando del acaso una solución menos terrible para él que la que anunciaba la realidad. Volvió, pues, el inglés al Cuartel carlista, en Arrancudiaga, y expresó a Maroto la negativa de Espartero, y su propósito de reanudar sin demora las operaciones. He aquí la razón de la marcha del ejército liberal desde Amurrio a Vitoria por el desfiladero de Altuve. Ocasión tuvo el carlista, en aquel paso peligroso, de contener a su rival y aun de batirlo; mas no quiso o no supo aprovecharla. Sólo algunas guerrillas molestaron a Espartero en Altuve; y cuando entraba en Vitoria, casi sin disparar un tiro, los facciosos abandonaron el puente fortificado de Arroyabe, corriéndose hacia las líneas atrincheradas de Arlabán y Villarreal.

Decidido siempre y (p.5318) con sus ideas bien claras, como turbias eran las del otro, atacó Espartero resueltamente, no dándole tiempo a prepararse. Maroto aceptó aquel combate, como el suicida que ve en la segura muerte la única solución del conflicto que le agobia. La proclama que dio a su ejército era el lenguaje de la impotencia y el orgullo, y estos sentimientos se comunicaron a la tropa carlista, que en aquella jornada, como en otras muchas, desplegó un valor heroico, una grandiosa entereza. Porfiado cual ninguno fue el combate: de una parte y otra se desarrolló toda la fuerza espiritual y física que siempre fue D. de los soldados españoles en las grandes apreturas de la guerra. Perecieron aquí y allá valientes en gran número. Venció al fin el que tenía razón: Espartero fue dueño de Villarreal. De las alturas de Arlabán desaparecieron los carlistas como una nube empujada por el viento, y escabulléndose por las tristes hoces de Aránzazu, caían sobre Oñate y los valles guipuzcoanos, cuna y sepulcro de la Causa. (p.5319)

Antes de la gloriosa ocupación de Villarreal por Espartero, supo este que en el campo enemigo, por la banda de Navarra, ocurrían sucesos graves, que, confirmando la rápida gangrena del cuerpo lacerado del absolutismo, venían a favorecer los planes de pacificación. Algunas compañías de los batallones 5.º y 12.º de Navarra se sublevaron en Irurzun al grito de Viva el Rey, mueran los traidores, abajo Maroto. Era la enfermedad histórica de la Nación, la protesta armada, manifestándose en la Monarquía absoluta de Oñate como en el régimen constitucional de Madrid. La ineptitud y doblez de los hijos de Carlos IV, tan semejantes en su soberbia como en su incapacidad para el gobierno, eran quizás la causa determinante de aquella dolencia que con el tiempo había de corromper la sangre nacional. El Rey tenía una cara para los transaccionistas y otra para los apostólicos. Creyérase que Fernando y Carlos eran el mismo hombre. Pues bien: los sublevados de Irurzun encamináronse a Vera, soliviantando a los pueblos del (p.5320) tránsito; diéronse allí la mano con los emigrados, que dejaron de serlo, pasando la frontera. El Obispo Abarca, Gómez Pardo, el cabecilla o General D. Basilio, y el famoso canónigo y confesor Echevarría, constituyéronse en autoridad revolucionaria, en nombre de Carlos V. Era como una sombra de la Regencia de Urgell. ¡Tristes amaneramientos de la Historia!

Lo primerito que se les ocurrió a los sediciosos, demostrando en ello buen tino, fue nombrar su Comandante General; y aunque entre ellos estaba D. Basilio, hombre de guerra, recayó la elección en el Canónigo, quien de confesor de S. M. pasó a Jefe de Estado Mayor de la Generalísima. Empuñó el hombre su bastón, y pasada revista a las tropas con una felicísima mezcolanza de unción y marcialidad, largó su correspondiente proclama, poniendo a Maroto a los pies de los caballos, y procurando levantar el decaído espíritu de aquellos pueblos infelices, honrados, inocentes, que habían hecho por la realeza de Carlos Isidro el sacrificio de su sangre y su hacienda. Pero los pueblos, la verdad sea dicha, no respondieron con el calor que se esperaba a la invocación del clérigo metido a Macabeo. La fe en un Rey que no sabía gobernar ni combatir se debilitaba rápidamente. Paces querían ya, aunque no se les hablaba tanto de religión, que bien segura veían por todas partes.. porque, verdaderamente, si tan partidario de D. Carlos era Dios, ¿a qué consentía los avances de Espartero y los palizones que este venía dando a los caballeros del Altar y el Trono?

Y no se paraba en barras el Conde-Duque, seguro ya de ganar la partida. Desde Villarreal de Álava, avanzó hacia el fuerte de Urquiola, donde fue muy débil la resistencia. Sabedor de que su rival ocupaba a Durango con fuerzas considerables, allá corrió dispuesto a batirle; pero Maroto, ya en el grado último de turbación y azoramiento, le abandonó la villa, marchándose a Elorrio. Hizo, pues, Espartero entrada triunfal en Durango, y la animación y el orgullo de sus tropas, vencedoras sin disparar un tiro, (p.5321) contrastaban con el desmayo y tristeza de los batallones guipuzcoanos.

No estará de más decir que no fue para el Sr. de Calpena motivo de gozo la entrada en Durango. Temía que el encuentro de los Arratias le produjese una situación penosa, y que los recuerdos apagados se avivasen con la presencia de personas que no quería ver más en lo que le restara de vida. Por fortuna suya, en el retraimiento que se impuso, encarcelándose y entreteniendo sus ocios con lecturas, le descubrió el sabueso de más fino olfato que por aquellos Reinos andaba: el sagacísimo D. Eustaquio de la Pertusa, que una mañana se le apareció como por escotillón, sirviéndole el chocolate, según testimonio del propio D. Fernando en sus Memorias escritas y no publicadas. Adivinando el motivo de la encerrona de su noble amigo, el astuto conspirador se apresuró a tranquilizarle refiriéndole que todos los Arratias de ambos sexos habían levantado el vuelo hacia Bilbao, en cuanto se agregaron a la familia Zoilo y su padre. ¡Memorable día de abrazos y besos, reconciliaciones y extremos de cariño! Felices parecían todos al emprender la marcha hacia sus lares, y tan embobada con la criatura iba la juvenil pareja, que era lógico esperar se cumplieran los deseos de Doña Prudencia, la cual no se contentaba con menos de una criatura por año. La fecundidad de la guapa moza garantizaría su dicha y la paz del matrimonio. Para D. Fernando fueron estas referencias como si la sepulcral losa, que en el cementerio de su corazón guardaba sus primeros amores, se levantase y se volviera a cerrar. Trató de asegurarla bien, soldándola o claveteándola con buenas razones, y trazó sobre ella con escoplo más firme las tres fúnebres letras R.I.P.

Luego entró D. Eustaquio en informaciones muy interesantes de la trapatiesta apostólica. Por un lado, D. Carlos no quería indisponerse con Maroto, a quien creía capaz de un regicidio; por otro, alentaba a los que en rigor de ley eran rebeldes. Para negros y blancos tenía una palabra benévola. Él lo había visto, él, (p.5322) D. Eustaquio de la Pertusa; nadie se lo contaba. Desde Lesaca mandó D. Carlos un recadito secreto al Canónigo General, y este, bien disfrazado, fue a verle, y toda una media noche pasaron conferenciando. Suponía el Epístola que el objeto del conciliábulo no era otro que ver el modo y ocasión de armar una ratonera en que coger descuidado a Maroto, y hacer con él luego el mayor y más ruidoso escarmiento de traidores. Al propio tiempo, Zaratiegui, encargado por Maroto de sofocar la insurrección de los batallones navarros, se situaba en Etulaín, decidido a liarse con ellos. Y el General Elío, que también quería paces, mandaba al campo insurrecto a un frailazo llamado Guillermo, marotista por excepción, para que arengase a los navarros y les trajese a la disciplina, todo ello invocando siempre el Altar y el Trono, que ya casi no tenían forma, de tanto como los manoseaban, de tanta saliva como ponían en ellos los labios de los oradores. Pero el buen fraile no sacó de sus prediques más fruto que una ronquera penosa y el desaliento con que volvió y dijo a Elío que fuera él a convencerles. En tanto, ¿qué hacía D. Carlos? Inalterable en su doblez medrosa, largaba otra proclamita, diciendo horrores de los rebeldes, llamándoles puñado de extraviados, y amenazándoles con destruir por sí mismo aquel germen de cobarde y vil traición. En las cartas que se cruzaron entre Maroto y el canónigo Echevarría, este le llamaba con todo desenfado traidor y asesino.

Informado el Duque de estos hechos, mandó a Calpena que fuese al Cuartel General de Maroto y allí se instalara, valiéndose de cualquier arbitrio, con objeto de vigilar sus actos e influir en sus resoluciones, pues del estado de trastorno en que se hallaba, todo podía temerse. Al propio tiempo llevaba el encargo de anunciarle la proposición de entrevista, que muy pronto se haría oficialmente por conducto de un parlamentario. Si no la aceptaba, se le atacaría con esfuerzo combinado en toda la línea, obligándole a una capitulación en que no le sería fácil obtener las ventajas que él y sus (p.5323) compañeros obtendrían del convenio proyectado.

Con estas instrucciones partió D. Fernando a Salinas acompañado de Urrea y de Pertusa, que se agregó muy contento a la embajada, estimando que su concurso había de ser eficaz para el caballero, por su gran metimiento y sus amistosas relaciones en el campo marotista. Poco antes de que los tres llegaran a Salinas, había salido Maroto para Mondragón; siguiéronle, agregándose a la retaguardia sin ningún cuidado, pues el Epístola era en aquel ejército como de casa, y el día próximo alcanzaron al General no lejos de Vergara, por donde pasaron sin detenerse. Iba Maroto decidido a refrenar en Lesaca la insurrección apostólica, y a colgar de un alcornoque al canónigo Echevarría, enracimado con otros clérigos y bárbaros caciques. Pero al llegar a Villarreal se encontró D. Rafael con una novedad que hubo de causarle tanta sorpresa como disgusto. Entraba su vanguardia en el pueblo por el lado de Anzuola, y por el de Zumárraga comparecía la guardia de honor de D. Carlos. Detrás venía la brigada del Cuartel Real, con el propio Rey, procedente de Villafranca. A regañadientes, y con el cuerpo lleno de bilis, Maroto no tuvo más remedio que afrontar la presencia de su señor, y se llegó con su Estado Mayor a recibirle, creyendo que allí permanecería. Pero D. Carlos no hizo más que una parada momentánea, sin apearse del caballo; y al recibir los homenajes de su General, pálidos ambos como difuntos, recelando el uno del otro, le dijo: «Sígueme: voy a Anzuola..». Automáticamente, sin darse cuenta de lo que hacía, se agregó a la escolta, y siguieron Rey y vasallo silenciosos hasta cerca de Descarga. Allí paró un instante D. Carlos, y llamando a su lado a Maroto, repitió: «Sígueme hasta Anzuola. Tenemos que hablar». Maroto, que había dejado en Villarreal su escolta y ayudantes, presintió que se le quería llevar a una encerrona. Se vio fusilado ejecutiva y cruelmente, en el estilo sencillísimo que él empleara con Guergué, y evocando su entereza contestó al hijo de Carlos IV: «Señor, (p.5324) los cuerpos están formados y tengo que darles una orden muy precisa». Y sin añadir otras razones, ni aguardar las que el Rey pudiera darle, volvió grupas, caminito de Villarreal. De lejos, alzando la voz, queriendo ser enérgico, y sin dejar de ser tímido, el Pretendiente le dijo: «Cuidado.. que te espero en Anzuola». Con un movimiento de cabeza respondió Maroto que sí, y se alejó al trote, difiriendo la entrevista para la vuelta, que sería la del humo.

 

Ep-27-XXXV -

Hasta el día siguiente muy temprano no pudo ver D. Fernando al General, porque se encerró en su alojamiento con órdenes de no dar paso a nadie. ¿Qué hacía?, ¿qué pensaba? Le atormentaba el cruel dilema de obedecer a su señor o volverle la espalda para siempre. Antes de ser recibido, supo Calpena que había pasado la noche en cama con alta calentura, privado a ratos de conocimiento. Al entrar el caballero en la alcoba de Maroto, tardó un instante en conocerle: tan desfigurado estaba por los sufrimientos. Además, acababa de afeitarse quitándose el bigote. Su cara parecía otra, por efecto de esta mutilación, del color cárdeno de sus ojeras, de las arrugas que surcaban su piel amarilla, del desordenado cabello. Había envejecido diez años, perdiendo su gallardía militar. Al ver a D. Fernando, le dijo: «Hola, Inquisivi.. ¿Otra vez por acá?».

-Sí, mi General: otra vez aquí con la esperanza de ser a usted útil, y de servir, no a mi partido, sino a mi patria.

Abordando el asunto, notó Fernando un grave desorden en las facultades del Caudillo, que tan pronto expresaba sus anhelos de paz como su repugnancia del dictado de traidor que en el Cuartel Real se le aplicaba. La proposición de entrevista le puso en un estado de inquietud epiléptica. Llevándose las manos a la cabeza, con voces roncas, destempladas, replicó: «No puede ser.. Me comprometen.. ¡El Rey..! Soy General de Carlos V, soberano legítimo.. ¿Usted qué opina? ¿Debo ir a la entrevista?.. ¿Acaso irá Simón de la Torre?».

-Creo que sí -dijo Calpena, juzgando de gran efecto la afirmativa.

-Pues que (p.5325) sea suya la responsabilidad. ¿Y asistirán también los ingleses? ¡Malditos ingleses!.. Yo no, yo no puedo ir.. Lo consultaré con D. Carlos. A nadie conviene más la transacción que a nuestro pobre Rey, ese bendito, ese bendito.. Pero no, no: antes tengo que colgar de un alcornoque al Canónigo.. Sin eso no hacemos nada.. Y de otro alcornoque a D. Basilio, y empalar al malvado Teijeiro..

No había manera de sacarle de este círculo de ideas. Descompuesto y contradiciéndose a cada instante, ordenó que se preparara su escolta, reforzada con la mejor caballería de su ejército, y sin tomar ningún alimento, montó a caballo y se fue al Cuartel Real. Regresó al anochecer; en Villarreal se aseguraba que Maroto había presentado su dimisión al Rey; que este, poco menos que llorando, le había dicho: «¿Con que ahora me vas a abandonar?..». Algo enternecido también, D. Rafael se deshizo en demostraciones de lealtad, manifestándose dispuesto a sacrificarse por la Causa.. Esto se decía, y sobre ello endilgaron comentos mil D. Fernando y Pertusa, con los oficiales que les hacían coro en la cantinela de la paz. Convenían todos en que no era fácil entender a Rafael Maroto, monstruoso enigma en que se reunían todas las complejidades psicológicas. Decía el Epístola con sutil ingenio: «Esta mañana, después de una horrible noche de insomnio y fiebre, el General debió de saltar del lecho con una idea salvadora.. Así me lo figuro yo, y así tiene que ser.. Pues saltando del lecho cogió la navaja de afeitar.. Por un momento pensó en degollarse, la mejor solución de sus horribles dudas.. Después pensó otra cosa quizás más práctica.. escapar a la calladita, vestido de cura.. Por eso se quitó el bigote. No tiene otra explicación».

No pareció mal a los amigos presentes la versión del Epístola, y convinieron con Calpena en que todos, Rey, General y Canónigo, habían perdido el juicio. El carlismo había venido a ser un campo de orates. Al día siguiente dio un súbito cambiazo la voluntad indecisa del desdichado caudillo, y en vez de dirigirse a Lesaca, (p.5326) según lo convenido con el Rey, se encaminó a Elgueta. No bien entraron en este pueblo, supo D. Fernando la llegada de su amigo Zabala, ya brigadier, que con el carácter de parlamentario venía de parte del Duque de la Victoria. Negose Maroto a recibirle; trabajó Calpena por lo contrario, empleando más de una hora en argüirle con cuantos resortes lógicos creía propios del caso, y al fin accedió el General gruñendo: «Pues sea, y acabemos de una vez, ¡porra!..». El día 25, a las seis de la mañana, se reunían en la venta de Abadiano, entre Durango y Elorrio, D. Baldomero Espartero con el Brigadier Linaje y el coronel inglés Wilde, representado la idea constitucional, y por la idea absolutista D. Rafael Maroto y el General Urbistondo, jefe de los batallones castellanos. La magna cuestión de los Fueros trajo el desacuerdo de los conferenciantes, porque los carlistas pedían que se reconociese el régimen foral en toda su pureza, y Espartero no quería comprometerse a tanto, dejando el grave asunto a la resolución de las Cortes. Manifestose Linaje contrario a los Fueros, sosteniendo que el fanatismo había sido el único móvil del levantamiento carlista; cruzáronse agrias contestaciones entre Linaje y Urbistondo, y entre el jefe de los castellanos y Maroto, pues este, al llevar a su compañero a la conferencia, le había manifestado que, en las negociaciones preliminares, ambas partes estaban conformes en el reconocimiento incondicional de los Fueros. Negolo Espartero, atribuyendo la idea de su rival a mala inteligencia. Al cabo de tanto discutir se separaron en desacuerdo. No había paz, no podía España disfrutar de este inmenso bien.

Cuando se retiraban, cada cual por su lado, llegó D. Simón de la Torre, que fue en seguimiento de Espartero, y alcanzándole cerca de Durango, se declaró dispuesto, con los ocho batallones de su mando, a transigir resueltamente sin regatear ninguna condición. En tanto, volvió Maroto a Guipúzcoa dando tumbos, que no de otra manera puede expresarse la inseguridad de sus movimientos, reflejo de la (p.5327) horrible lucha de su espíritu, y en la villa de Elgueta se encontró nueva sorpresa y emociones tan vivas, que ellas bastarían a quitarle el seso si alguno en aquella ocasión le quedara. De improviso se presentó el Rey con su escolta en el Cuartel General, y antes de que Maroto pudiese tomar resolución alguna, mandó formar los 14 batallones para pasarles revista y arengarles. Así se acordó en una junta celebrada por Carlos V el día anterior, al tener conocimiento de la entrevista de Abadiano. Había llegado el instante en que el Rey lo era de hecho, y como tal procedería con soberana entereza y celeridad. Pronto vería el mundo si merecía la corona. Revistar a las tropas que formaban el núcleo de su ejército; presentarse a ellas, no sólo como Rey, sino como Generalísimo, asumiendo el mando directo; destituir en el acto al desleal caudillo, y aplicarle sin consideración sumariamente la pena que le correspondía, era un acto propio de Monarca guerrero. Si el programa se cumplía, ¡qué hermosa solución de los enmarañados problemas pendientes, qué gallarda manera de cortar el nudo que en vano con su estira y afloja había querido desatar!

Ante el aparato que en torno al Soberano se desplegaba, Maroto se vio perdido, se sintió fusilado.. De su cráneo a su olfato descendía el olor de pólvora. Para mayor solemnidad del acto, presentábase el Rey de gran uniforme, con todas sus cruces, bandas y collares, radiante de inepta vanidad, y le acompañaban su hijo Carlitos, Príncipe de Asturias; el Infante D. Sebastián y los Generales Eguía, Valdespina, Villarreal y Negri.. Formaron las tropas. La expectación era para algunos como si esperaran el fin del mundo.. Rompió al fin el Rey en una perorata que llevaba bien aprendida; pero su voz no vibraba, no sabía llegar a los oídos lejanos, no era instrumento para conmover y entusiasmar a las muchedumbres. Se observaban en su rostro y en su actitud los inútiles esfuerzos para ponerse en la situación que el grave caso exigía, para desempeñar airosa y noblemente el papel de Rey, para imitar la (p.5328) marcial fiereza, la grandiosa altivez de los más célebres capitanes en circunstancias como las de aquel momento. Oyeron los más próximos algunos conceptos en que el hijo de Carlos IV evocaba las sombras de César y Aníbal; algo dijo luego de los cántabros indomables, de Roma, señora del mundo.. No dejó de causar sorpresa que omitiese la rutinaria invocación a la Generalísima, Nuestra Señora de los Dolores. No estaba sin duda la Causa absolutista para tafetanes.. Por fin, viendo el buen señor que no producía el efecto que se proponía, y conociendo que ni su acento ni su ademán respondían a la majestad que intentaba poner en ellos, se comió la mejor parte del preparado sermón, y fue derecho en busca del efecto final. «Hijos míos -exclamó ahuecando la voz todo lo que pudo-, ¿me reconocéis por vuestro Rey?». La contestación fue un «¡Sí, sí.. viva el Rey!» que corrió, extinguiéndose en las filas lejanas. «¿Y estáis dispuestos -añadió-, a seguirme a todas partes, a derramar vuestra sangre en defensa de mi Causa y de la Religión?».

Silencio en las filas. No se oyó ni un murmullo ni un aliento. El General Eguía, alzándose sobre los estribos, y poniéndose rojo del esfuerzo con que gritaba, dio varios vivas que fueron contestados fríamente. De las segundas filas vino primero un rumor tímido, después exclamaciones más claras, por fin estas voces: «¡Viva la paz, viva nuestro General, viva Maroto!».

-¡Voluntarios! -gritó entonces D. Carlos, y en ocasión tan crítica la dignidad brilló en su rostro.. Al fin descendía de cien Reyes-. Voluntarios, donde está vuestro Rey no hay General alguno.. Os repito: ¿queréis seguirme?».

Silencio sepulcral. El Brigadier Iturbe, jefe de los guipuzcoanos, acudió a remediar con un pérfido expediente la desairada, angustiosa situación del Monarca. «Señor -le dijo-, es que no entienden el castellano». Y D. Carlos, tragando saliva, le ordenó que hiciera la pregunta en vascuence. Pero Iturbe, que era de los más comprometidos en la política marotista, formuló la pregunta con una alteración grave: (p.5329) ¿Paquia naidezute, mutillac? (¿Queréis la paz, muchachos?) Y con gran estruendo respondió toda la tropa: ¡Bai jauna! (Sí, señor.)

Debió D. Carlos sacar su espada y atravesar con ella al brigadier guipuzcoano, castigando en el acto la grosera, irreverente burla. Volvió la cara lívida, y vio tras sí a Maroto, que de su mortal zozobra se recobraba viendo convertido en sainete el acto iniciado con trágica grandeza. D. Carlos, incapaz de arranque varonil, tuvo dignidad. Dijo a los de su escolta: «estamos vendidos»; y sin más discursos, ni pronunciar ligera recriminación, volvió grupas y picó espuelas, saliendo al galope por el camino de Villafranca, con la reata de Príncipes y Generales y la menguada escolta. Corrieron, corrieron sin respiro, temerosos de que los sicarios de Maroto fueran en su seguimiento.

 

Ep-27-XXXVI -

Testarudo como él solo, D. Carlos no se daba ni en tales extremidades por vencido, y apenas llegó a Villafranca, jadeante, llamó a Consejo a sus adictos, los Generales que le acompañaron en la fracasada escena de Elgueta, el Padre Cirilo de Alameda, el Barón de Juras Reales, Erro y Ramírez de la Piscina, algunos de los cuales aún se llamaban Ministros. Opinaron casi unánimemente que S. M. debía situarse en punto cercano a la frontera, para poner a salvo su sagrada persona en el desecho temporal que la Causa corría. Trabajillo le costaba al buen señor determinarse a partir arrojando en las puertas de Francia su corona, y acariciaba el ensueño de reunir algunos batallones navarros y alaveses que le llevaran en procesión al Maestrazgo, donde aún tenía un ejército y un General incorrupto y valiente: Cabrera. Estimaron todos peligrosa la marcha al Centro; pero le dejaban consolarse con esta ilusión. Aferrado a su realeza, D. Carlos enderezó nueva proclama a sus míseras tropas, en la cual les hablaba de la traición más infame que habían visto los nacidos, y concluía llamándoles héroes, y dando vivas a la sacra Religión. ¡Bueno estaba el país para estos suspirillos!

En tanto, Maroto, después del triunfo de Elgueta, (p.5330) caía en gran postración, atormentado por su conciencia, y procurando en vano salir limpio y airoso de la charca en que se había metido. Calpena y Uhagón, que acudieron a su lado el 26, un día después de la famosa revista, se maravillaron de verle en un grado increíble de turbación y apocamiento. Poco le faltaba para llorar; sus conceptos habían quedado reducidos a una exclamación maníaca: no decía más que: «No soy traidor.. Maroto no pasará a la Historia con un dictado infamante.. Convencido estoy de que el absolutismo es imposible.. Pero no cedo, no cedo, si no me dan los Fueros íntegros, la gloria de este país. Maroto no es traidor. Maroto es un hombre honrado, un buen español.. ¡Ay del que lo ponga en duda!».

Toda la tarde y parte de la noche permanecieron a su lado los dos amigos, arguyéndole con habilidad, sin lastimar su amor propio, antes bien fundado en este todo el trabajo sugestivo con que querían llevarle a la aceptación incondicional del Convenio. ¿Qué otra solución podía soñar? ¿Qué esperaba, qué temía? Retiráronse en la creencia de que le dejaban convencido, pues esperanzas de ello daban sus expresiones conciliadoras; pero D. Fernando, que ya conocía su indecisión y el confuso laberinto a que había llegado su voluntad, no las tenía todas consigo.. Repetida por la mañana la visita, le encontraron escribiendo una carta. Despidioles el General con acritud. La carta que escribía era la famosa retractación dirigida a D. Carlos, en la cual le decía: Nunca es más grande un Monarca que cuando perdona las faltas de sus vasallos.. D. Eustaquio Laso presentará a Vuestra Majestad los sentimientos de mi corazón para que se digne dirigirme las órdenes que fuesen de su agrado.

Ignoraban Calpena y su amigo esta humillación increíble; mas del trastorno de Maroto tuvieron prueba clara cuando se llegó a ellos un ayudante con el recado conminatorio de que si los caballeros y el llamado Epístola no se largaban pronto del Cuartel General, se les mandaría fusilar. No eran cobardes: no perdieron la (p.5331) serenidad con esta brutal amenaza; mas la prudencia les aconsejaba ponerse en salvo, y a ello se disponían, cuando llegó D. Simón de la Torre, que, informado de los desvaríos de Maroto, les tranquilizó con respecto a sus vidas. Conferenciaron los dos jefes, y por la noche salieron con sus fuerzas reunidas en dirección de Azpeitia. Los tres paisanos ignoraban a qué razón militar o política obedecía tal movimiento, y no se ocuparon más que de seguir a las tropas, acogidos a la caballerosidad e hidalguía del simpático La Torre. En Azpeitia se les dijo que Espartero avanzaba triunfalmente por el interior de Guipúzcoa; que había entrado en Vergara, donde te acogieron con ardientes demostraciones en favor suyo y de la paz. De Vergara pasó a Oñate, y la vieja Corte le recibió con palmas. Dirigiose Maroto a Villarreal, donde como llovido se le presentó al conde de Negri con una orden del Rey para que le entregase el mando. Al recibir D. Carlos la carta palinodia, habíala estimado como la mayor prueba de traición y perfidia. Los de la camarilla vieron en aquel paso un ardid diabólico para aproximarse al vencido Monarca, apoderarse de su persona y entregarla en trofeo a los constitucionales para un sacrificio que fuera digno epílogo de guerra tan sangrienta. Rompió el Soberano la carta del vasallo infiel, y mandó a Negri a desposeerle del mando, determinación ridícula en situación tan extremada. Como era natural, tanto Maroto como La Torre acogieron al conde de Negri con escarnio de su persona y de quien tal comisión le daba. Salió de estampía el buen Conde, que al volver al lado de su triste Rey, le dio con la respuesta de los que fueron sus Generales franco pasaporte para Francia.

Ante la irresistible presión de este suceso, Maroto confió decididamente, al parecer, a sus compañeros La Torre y Urbistondo la misión de llevar a Oñate su conformidad con el Convenio, tal como se le había presentado en Abadiano. ¡Alleluia! La paz era un hecho. Al despedirse para tan grato mensaje, Don Simón reconcilió a sus amigos con el jefe, que sin acordarse ya de (p.5332) que había pensado fusilarles, les convidó a comer muy afectuoso. Durante el día, observáronle más sereno y en vías de recobrar su equilibrio; mas por la noche advirtieron de nuevo en él cierta intranquilidad, y una insistencia monomaníaca en hablar de fueros netos, intangibles. Temerosos de un nuevo cambiazo del veleidoso General, trataron de explorar su pensamiento. «Por mi parte -les dijo-, a todo estoy dispuesto, y cuando me traigan de Oñate el Convenio cuyas bases he admitido, lo firmaré.. Pero dudo que algunos cuerpos de mi ejército, principalmente los guipuzcoanos, lo acepten.. De modo que no hemos hecho nada, y la guerra continuará». A esto arguyó Calpena que antes de proceder a la solemne ratificación de lo tratado, debía el General conferenciar con los jefes y oficiales, uno por uno, y darles cuenta de las condiciones de paz a que todos debían someterse.

«Háganlo ustedes» -dijo Maroto, revelando en su tono y en su actitud una indolencia que llenó de asombro a los dos amigos.

-Pero, General -le contestaron-, ¿qué autoridad tenemos nosotros para convencer a las tropas vizcaínas y guipuzcoanas de que, ante el bien inmenso de la paz, deben contentarse con la fórmula vaga del reconocimiento de Fueros?

-No es tan vaga. Se estipula que Espartero propondrá a las Cortes..

-Pero eso, sea poco, sea mucho, es lo que el Duque les concede, y deben saberlo. Usted, su Jefe, que ha de firmar por todos el pacto, está en el caso de instruirles..

-Mi cansancio es tal, amigos míos, que ya no sé cómo valerme, ni halla mi pensamiento voces con que producirse.. Hay momentos en que me creo sin vida..

-Pero el trabajo restante, para llegar a un fin glorioso, es breve y fácil, mi General.

-Fácil no, ¡porra!

¡Cualquiera le convencía! Llegaron de Oñate los comisionados La Torre, y Urbistondo con Zabala y Linaje, portadores del Convenio, que Maroto firmó sin ninguna dificultad. Al propio tiempo traían la comisión de proponerle que al día siguiente, 30 de Agosto, se reunirían en Vergara los dos ejércitos, (p.5333) con sus caudillos a la cabeza, para dar forma solemne a la grande obra de la reconciliación. A todo asintió D. Rafael, que aliviado parecía de un peso abrumador.

Uhagón y Calpena pasaron el día recorriendo los cuerpos, en que tenían no pocos amigos, y hablando con unos y otros campechanamente. Si en todos reconocían la satisfacción y júbilo por ver terminada la odiosa discordia, causoles no poca inquietud el observar que los soldados y oficialidad carlistas descansaban en el engaño de que el pacto reconocía los Fueros en toda su integridad, y que así se declaraba de una manera explícita. Maroto les tenía en esta persuasión, pues nada en contrario les había dicho desde la ineficaz entrevista de Abadiano. Era, pues, indudable que surgirían en el momento que se creía final nuevas complicaciones, quizás un gravísimo conflicto, por la indolencia del General, por su falta de carácter y de resolución para presentar los hechos como realmente eran. ¡Torpeza insigne, abandono de autoridad!

Sobresaltado, temeroso de ver perdido en un instante el ímprobo trabajo de tantos meses, creyó D. Fernando que debía prevenir a Espartero de lo que ocurría, evitándole un triste desengaño al llegar a Vergara, donde contaba con la presencia y conformidad del ejército carlista. Pensado y hecho: de madrugada montó a caballo, y seguido de Urrea y Pertusa se fue al encuentro de su General, a quien halló a media hora de Vergara. No daba crédito D. Baldomero a la triste realidad que le comunicó su amigo, y ante la insistencia de este, más de un cuarto de hora estuvo echando ternos, y maldiciendo la hora en que entabló negociaciones con hombre tan inseguro y tornadizo. En efecto: poco antes de entrar el Duque en Vergara, llegó Maroto, sin más compañía que la del General La Torre y algunos oficiales de su Estado Mayor. Y los 21 batallones y los tres escuadrones que debían figurar como convenidos, ¿dónde estaban? Sin pérdida de tiempo avistose Espartero con su antagonista, el cual hubo de contestar a la anterior (p.5334) pregunta, con turbado acento, que las tropas se negaban al cumplimiento de lo pactado mientras no se reconociesen los Fueros provincianos en toda su integridad. Según esto, Maroto declaraba a su ejército en rebeldía, y se presentaba él solo, con cuatro gatos; y él solo reconocía los derechos de Isabel, dejando en el aire la obra de la paz, y a las tropas apartadas de toda reconciliación.

«A este hombre hay que dejarle -dijo D. Baldomero, luego que Maroto, afectado de gran postración, se retiró a descansar-. Imposible hacer carrera de él.. ¡Qué hombre, santo Dios! Verdad que su situación y los contratiempos que ha sufrido son para trastornar la cabeza más firme». En esto, La Torre se apresuró a manifestar a Espartero con gallardo arranque que él se comprometía, en el término de veinticuatro horas, a convencer a los vizcaínos o morir en la demanda. No descansó Maroto, pues su conciencia y sus embrollados pensamientos no se lo permitían, y llamando a Calpena, como se llama a un confesor en la última hora, le dijo: «Hágame el favor de comunicar al coronel Wilde que, no creyéndome seguro aliado de Espartero por haber venido aquí sin tropas, me acojo al pabellón inglés». A esto respondió el caballero que no necesitaba añadir a sus errores la mengua de ampararse a una nación extranjera; bien seguro estaba en el Cuartel General del Duque de la Victoria, toda vez que reconocía la legalidad por este representada. En tanto, los bravos generales carlistas La Torre, Urbistondo y el Brigadier Iturbe, con riesgo de sus vidas, tratarían de reducir a las tropas a la aceptación de lo tratado, después de darles conocimiento del artículo 1.º del Convenio..

«¿Y cómo queda redactado al fin? -dijo Maroto vivamente- Ya no me acuerdo».

-Poco más o menos dice: Artículo 1.º El General Espartero recomendará con interés al Gobierno el cumplimiento de su oferta de comprometerse formalmente a proponer a las Cortes la concesión o modificación de los fueros.

-¿Y las Cortes..? Claro, las Cortes.. Me parece bien.. Buenos tontos serán esos pobres muchachos si no aceptan, (p.5335) si no fían resueltamente en la promesa del Duque, de cuya caballerosidad nadie puede dudar.. Por mi parte, no escatimaré ningún sacrificio. Hágame el favor de llamar a mi ayudante, D. Enrique O'Donnell, para dictarle algunas órdenes. Aún soy General en Jefe de mi ejército, del ejército Real, desde hoy incorporado al de la Nación.

 

Ep-27-XXXVII -

Mientras La Torre trabajaba por reducir a los vizcaínos, Urbistondo hacía lo mismo con los castellanos. No tuvo igual fortuna Iturbe con los de Guipúzcoa, que enterados de la vaga promesa consignada en el artículo primero, se negaron a suscribir el Convenio, gritando ¡traición, traición!; y declarados en franca rebeldía, manifestáronse dispuestos a unirse con D. Carlos. Al fin pudo Iturbe contenerles en Descarga. Urbistondo situó fuerzas castellanas en la carretera, con objeto de observar a los guipuzcoanos, y corrió en busca de Maroto para que saliese al frente de ellos y con su autoridad les redujera. Era la noche del 30, y D. Rafael, que estaba en cama, dolorido, incapaz para toda acción, dijo a Urbistondo que se entendiese con Espartero. Así lo hizo. Se convino en no contar para nada con D. Rafael, que se había echado en el surco, como hombre históricamente concluido, y no hubo más remedio que intentar la pacificación de los guipuzcoanos, comprometiendo entre ellos la vida, catequizando uno por uno a jefes y oficiales, sin reparar en la clase de argumentación con tal de llegar al fin deseado. En esto se empleó toda la noche del 30; al fin, el 31 de madrugada desfilaban hacia Vergara los batallones reacios precedidos de cuerpos castellanos, para que la moral de estos fuese para todos ejemplo provechoso, y así, con más maña que fuerza, empleando sin cesar la palabra convincente, cariñosa, paternal, que igualaba al jefe con el soldado, fueron aproximándose al redil.

Era este un extenso campo a la salida de la villa, entre el río Deva y el camino de Plasencia. Allí formó muy de mañana el ejército de Espartero, y ante él fue desfilando la división castellana, con su jefe el General Urbistondo. Maroto, (p.5336) que parecía resucitado, a juzgar por la repentina transformación de su continente, que recobró su gallardía, así como el rostro la expresión confiada y el color sano, ocupó su puesto; al punto apareció con su brillante Estado Mayor el Duque de la Victoria, y recorridas las líneas, cautivando a todos con su marcial apostura y la serenidad y contento que en su rostro se reflejaban, mandó a sus soldados armar bayonetas; igual orden dio Maroto a los suyos. Espartero, con aquella voz incomparable que poseía la virtud de encender en los corazones la bravura, el amor, el entusiasmo y un noble espíritu de disciplina, pronunció una corta arenga perfectamente oída de un lado a otro de la formación, y terminó con estas memorables palabras: Abrazaos, hijos míos, como yo abrazo al General de los que fueron contrarios nuestros. Juntáronse los dos caballos; los dos jinetes, inclinando el cuerpo uno contra otro, se enlazaron en cordial apretón de brazos. Maroto no fue de los dos el menos expresivo en la efusión de aquella concordia sublime. En las filas, de punta a punta, resonó un alarido, que parecía explosión de llanto. No eran palabras ya, sino un lamento, el ¡ay!(11) del hijo pródigo al ser recibido en el paterno hogar, el ¡ay!(12) de los hermanos que se encuentran y reconocen después de larga ausencia. Era un despertar a la vida, a la razón. La guerra parecía un sueño, una estúpida pesadilla.

Se había dispuesto que las divisiones vizcaínas y guipuzcoana entrasen en el campo del convenio después de comenzado el acto, para que la solemnidad de este y su ternura influyesen en el ánimo de los reacios, y el efecto correspondió a lo que Espartero y Urbistondo con tanta habilidad y conocimiento del humano corazón habían dispuesto. Las tropas guiadas por La Torre como las conducidas por Iturbe, se vieron envueltas en la inmensa atmósfera de fraternidad que ya se había formado. Los corazones respondieron con unánime sentimiento. No podía ser de otro modo. La idea de unidad, de nacional grandeza, de moral parentesco entre (p.5337) todas las razas de la Península, ganó súbitamente los entendimientos de castellanos y éuskaros, y ya no hubo allí más que abrazos, lágrimas de emoción, gritos de alegría, aclamaciones a Espartero, a la Constitución, a Isabel II, a Maroto, a la Religión y a la Libertad juntamente, que también estas dos matronas se dieron de pechugones en aquel solemne día.

 

Ep-27-XXXVIII -

En los mismos 30 y 31 de Agosto, D. Carlos continuaba emitiendo proclamas desde Andoaín y desde Lecumberri, en las cuales hablaba del rebelde Espartero como de un enemigo insignificante; echaba la culpa de sus desgracias a la intriga, a las malas artes de los pérfidos; delataba planes maquiavélicos de los dos Generales compañeros en las revoluciones de América; atribuía la defección de Maroto al oro que había recibido de los constitucionales, y, por fin, hacía postrer llamamiento a sus fieles súbditos para que se acogieran a su paternal benevolencia, ofreciendo olvido de lo pasado si volvían a la defensa del Trono y la Religión. A los leales les llamaba la más preciosa joya de su corona. ¡Y con estas retóricas sermonarias, con este lamentar de pastores, pretendía el pobre hombre congregar de nuevo su disperso rebaño! La desbandada se inició al tener conocimiento del abrazo de los Generales, que fue tiernísima reconciliación de los dos ejércitos. El sálvese el que pueda resonó en los valles, que había ensordecido el estruendo guerrero de seis años de lucha fratricida. Cada cual pensó en salvar lo que poseía, y en último caso la pelleja, que es la más preciosa joya de cada mortal. Los restos de los sublevados de Irurzun y Vera, de aquel flamante ejército apostólico y neto, que, levantando bandera por la integridad de los derechos de Carlos, puso a su frente al canónigo Echevarría, se desbordó en la más horrible desmoralización, convirtiéndose los valientes navarros en vulgares ladrones y desalmados homicidas. So color de castigar traidores, acosaban a los infelices ojalateros, que iban buscando su salvación por los caminos de Francia, y (p.5338) les arrebataban cuanto tenían. El pillaje y el asesinato, la persecución de hombres y el atropello de infelices mujeres fueron la campaña postrera de aquellos degenerados vestigios de un grande ejército. El mismo Echevarría estuvo a punto de perecer a manos de sus soldados ebrios; D. Basilio y Guibelalde, puestos en capilla, escaparon de milagro. Menos dichoso el General González Moreno, de lúgubre memoria, el verdugo de Málaga, caudillo inepto en Mendigorría, hombre de quien puede decirse que fue una de las más negras fatalidades del bando carlista, pereció cerca de Urdax, de un modo desastroso y vil, digno término de una ruin vida. Dieron en creer los forajidos que iban llenas de dinero las cajas que el General llevaba en su presurosa fuga, y como a un cerdo (así lo cuenta un testigo presencial) le mataron en medio de las calles.

La que aún se llamaba Corte, el fracasado Rey y los fieles que le seguían continuaban en Elizondo sin saber dónde meterse ni por qué resquicios escurrir el bulto. Incansable, corrió allá Espartero; D. Carlos oyó el galopar de su caballo, y acercose más a la frontera. Allí quemó el absolutismo su postrer cartucho. El batallón cántabro, último en la fidelidad, primero en el valor, defendió con estoica bravura las posiciones de Urdax contra las fuerzas triplicadas que allí mandó el Duque de la Victoria. Batiéndose con desesperación, mártires de la fe del deber, los cántabros pudieron decir a su expugnador: morituri te salutant. Una columna de cazadores y una sección de tiradores de la Princesa, mandados por Zabala, dominaron el terreno, dando por terminada la acción, y con ella la guerra del Norte. Antes de que sonaran los últimos tiros, montaron a caballo el Rey, la Reina y demás personas de la familia y servidumbre, y a todo correr emprendían la fuga sin parar hasta Francia. Había entrado Carlos seis años antes por el mismo boquete de la frontera, siendo recibido por Zumalacárregui; se retiraba escoltado por algunos números de su guardia, solo, triste, más abatido que desengañado, sin ninguna gloria (p.5339) personal. La corona de la dignidad con que supo sobrellevar su destierro fue la única que poseyó en su vida.

D. Fernando Calpena y D. Santiago Ibero, testigos de la última refriega con los valientes cántabros, admiraron el tesón de estos y les colmaron de alabanzas. De regreso al Cuartel General de Elizondo, expresaron los dos amigos su alegría por la terminación feliz de tan dura, enconada campaña, y cada cual dijo lo que le sugería su conocimiento de hombres y cosas.

«Hemos acabado una guerra -declaró Ibero con melancolía-, y yo me felicito de este descanso que pronto disfrutaremos. Un descanso, por corto que resulte, siempre es de agradecer. Pero le diré a mi amigo con franqueza que no creo en la paz.. Soy ateo de esta religión que ahora fanatiza a mis compatriotas.. No creo, no creo..».

-Yo tampoco. La grande obra de nuestro General es una tregua que debemos alargar todo lo que podamos. Las treguas son necesarias. Así nos prepararemos para dar al problema, en otro día, solución más segura y radical.

-Yo estoy triste.. no sé por qué.. Lo diré sin rebozo.. Me gustaba el delirio, la barbarie, la guerra, en fin.

-Es realmente un estado muy vital, y además interesante y pintoresco.

-Si vivimos, no envejeceremos en la paz.

-Seremos siempre jóvenes, es decir, guerreros.

-El Convenio, el abrazo, no son más que la fórmula del cansancio.

-Del descanso, querrá usted decir.

-Eso. Se nos permite echar una siesta en día caluroso, el día del siglo.

-Durmamos un poquito.

-Y descansemos, que buena falta nos hace.

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En la opinión del carlismo, quedó Maroto como el prototipo de la traición y la perfidia. No era justo. A sus defectos, con ser grandes, toca menos responsabilidad que a su destino cruel, y a la disparidad entre su carácter y el personal absolutista, entre sus ideas y la causa que defendió. El brazo eclesiástico, firme apoyo de la facción (descoyuntado en Vergara, recompuesto después) , no perdonó a Maroto su cooperación en la obra de la paz, como se verá por este hecho rigurosamente histórico. (p.5340) Recompensado por el Gobierno de Isabel con un alto cargo militar, residió D. Rafael algún tiempo en España. Su hija Margarita, joven de acrisoladas virtudes, que no se descuidaba en sus prácticas religiosas, fue a confesar una mañana, una tarde (no importa la hora) , en una iglesia que no hace al caso. Cumplió serena y contrita, declarando sus pecados, que no debían de ser graves, y cuando terminaba, le preguntó el sacerdote su nombre. La pobre niña, tímida y pura, ¿qué había de hacer? Se lo dijo.. Lo mismo fue oírlo el cura que de un bote se levantó iracundo, y con destempladas voces la despidió, negándose a darle la absolución. Atribulada, llorosa, salió la penitente de la iglesia y no paró hasta su casa. ¿Se pone en duda este hecho? Pues de él puede dar testimonio Doña Margarita Maroto, viuda de Borgoño, anciana respetabilísima, que aún vive. Reside en Valparaíso.

 

FIN DE VERGARA

 

 

&

(EPISODIO 28)

MONTES DE OCA

 

Ep-28-I -

En los cuarenta andaba el siglo cuando se inauguró (calle de la Abada, número tantos) el comedor o comedero público de Perote y Lopresti, con el rótulo de Fonda Española. No digamos, extremando el elogio, que fue el primer establecimiento montado en Madrid según el moderno estilo francés; mas no le disputemos la gloria de haber intentado antes que ningún otro realizar lo de utile dulci, anunciándose con el programa de la bondad unida a la baratura, y cumpliendo puntualmente, mientras pudo, su compromiso. La exótica palabra restaurant no era todavía vocablo corriente en bocas españolas: se decía fonda y comer de fonda, y fondas eran los alojamientos con manutención y asistencia, así como los refectorios sin pupilaje. Es forzoso reconocer que si nuestros antiguos bodegones y hosterías conservaban la tradición del comer castizo, bien sazonado y substancioso, los italianos, maestros en esta como en otras artes, introdujeron las buenas formas de servicio y un poco de aseo, o sus apariencias hipócritas, que hasta cierto punto suplen el aseo mismo. No fue (p.5341) tampoco reforma baladí el sustituir la lista verbal, recitada por el mozo, con la lista escrita, que encabezaban los ordubres, estrambótica versión del término hors d'œuvre. Lo que principalmente constituye el mérito de los italianos es la introducción del precio fijo, la regla económica de servir buen número de platos por el módico estipendio de doce reales, pues con tal sistema adaptaban su industria a la pobreza nacional, y establecían relaciones seguras con un público casi totalmente compuesto de empleados y militares de mezquino sueldo, de calaveras sin peculio, o de familias que empezaban a gustar la vanidad de comer fuera de casa en días señalados o conmemorativos.

Para dar a cada uno lo que le corresponde con imparcial criterio histórico, conviene indicar que no fueron Perote y Lopresti verdaderos innovadores en materia y formas de comer, sino más bien los que divulgaron aquel arte precioso en la vida de los pueblos. Ya Genieys había dado a conocer las croquetas, los asados un poquito crudos, las chuletas a la papillote y otras cosillas; pero Lopresti popularizó estos manjares poniéndolos al alcance de los bolsillos flacos, acreditando su saber, así como la equidad paternal de sus precios. Al propio tiempo superaba a Genieys en los arroces a la valenciana y milanesa, así como en el bacalao en salsa roja; era maestro en el cordero con guisantes, en el besugo a la madrileña, en la pepitoria, en los macarrones a la italiana, y principalmente en los guisotes de pescado y mariscos a estilo provenzal o genovés. En el renglón de vinos, el poco pelo de la clientela limitaba el consumo a los tintos de Arganda o Valdepeñas para pasto, y un Jerez familiar y baratito para los libertinos domingueros, y para los que iban de jolgorio, con mujerío o sin él, a horas avanzadas de la noche. En estas francachelas de un carácter confianzudo y pobretón, no se conocía el champagne. El agua, de que algunos parroquianos hacían considerable gasto, se anunciaba como de la Fuente del Berro; mas era de la Academia o de la Escalinata. En el servicio de (p.5342) vinajeras introdujeron los italianos cristalería fina en armaduras elegantes, y presentaban los mondadientes en gallitos y monigotes de porcelana. Inferior era el lujo en la mantelería y lienzos de mesa, de dudosa blancura los más días del año.

Por todo ello tuvo la Fonda Española un éxito tan rápido como lisonjero, y el público invadió desde los primeros días el modesto y lóbrego local de la calle de la Abada, recinto que aún conservaba olor y trazas de logia masónica, piso bajo con dos rejas a la calle y entrada por el portal. Era éste ancho, con zócalo de azulejos negros y blancos como tablero de ajedrez, bien alumbrado a prima noche por un farolón de dos mecheros, obscuro a última hora y expuesto a tropezones, que a veces eran graves, sin contar el desagradable quién vive de las humedades mingitorias. Adoptaron los dueños, porque no podía ser de otro modo si habían de tonificar el establecimiento, el horario francés, dando la comida fuerte por la noche, con supresión de cocido. Al mediodía, servían almuerzos de seis y ocho reales, con huevos fritos y uno o dos platos, y el invariable postre de pasas y almendras con añadidura de un bollito de tahona, régimen que las casas huéspedes han perpetuado como una institución hasta nuestros días, y será preciso un golpe de revolución para destruirlo.

Fue uno de los primeros fundadores de la clientela el benemérito D. José del Milagro, que, aunque cesante en todo el tiempo que vivieron los dos Gabinetes moderados presididos por D. Evaristo Pérez de Castro, habíase agenciado algunos modos de vivir, honradísimos, y podía permitirse almuerzos de seis reales, y comiditas de ocho. Como tributo a una firme amistad antigua, los italianos le concedían rebajas discretas y abríanle créditos de una y de dos semanas, confiando en que el agraciado guardaría reserva sobre este privilegio para no desmoralizar a la parroquia. Debe advertirse aquí, para evitar juicios temerarios acerca de aquel digno sujeto, que estaba viudo desde el 38; que una de sus hijas, notable arpista, (p.5343) se había casado con un bajo italiano de la compañía de la Cruz, la otra con un subteniente de la Guardia Real, y que los chicos menores vivían en Illescas con su tía Doña Tránsito. Campaba, pues, el buen hombre por sus respetos, y ganándose la pitanza con traducciones de leyendas históricas o de historias poéticas, y con tareas de contabilidad, vivía suelto, libre, en solitaria y a veces triste independencia, viendo venir las cartas políticas, esperando la ruina del llamado Moderantismo y el triunfo del Progreso, que debía llevarle a la holgura y descanso de la Administración. En cuantito llegara el Progreso, y agarraran la sartén sus ilustres prohombres, nadie podía disputarle a Milagro su placita de diez y ocho mil, digno premio del fervor consecuente, acendrado, incorruptible con que había defendido siempre las libertades públicas.

Correspondía Milagro a la generosidad de los italianos corriendo la voz de la excelencia y baratura del establecimiento, y a los pocos días ya eran feligreses D. Víctor Ibraim, castrense del 2.º de la Guardia, y uno de los hermanos Fonsagrada, teniente del 4.º, con otros individuos de que se dará conocimiento. El más calificado entre estos era un D. Bruno Carrasco y Armas, manchego de buena sombra, de insaciable apetito y de mucha correa en el discurso, que llevaba cuatro años en Madrid gestionando la resolución de un embrolladísimo expediente de Pósitos; hombre que pasaba por rico y que lo acreditaba convidando espléndidamente a los amigos cuando las esperanzas del pronto arreglo de su negocio le ponían de buen temple. Siempre que almorzaban juntos Milagro, Ibraim y Carrasco, se establecía entre los tres una feliz comunidad de criterio para juzgar las cosas públicas. Unánimes convenían en el aborrecimiento del régimen imperante, persuadidos de que la viuda de Fernando VII era la mayor calamidad arrojada por Dios sobre las pobres Españas.

A todos excedía Milagro en la firmeza de su convicción y en el ardor con que últimamente la manifestaba. Aquel hombre sin ventura, a quien (p.5344) hicieron escéptico las turbaciones políticas; aquella víctima, aquel mártir que había sufrido con admirable resignación los desastres que al individuo y a la familia ocasiona todo cambio de gobierno, llegó a comprender que la neutralidad y la falta de convicciones son la mayor de las desventajas en el orden social, y que por tal camino, por lo mismo que es el más derecho, no se va a ninguna parte. Sus dolorosas cesantías, sus hambres y escaseces demostráronle la necesidad de poseer un temperamento vivo, ya sea real, ya figurado, para no quedarse a la cola en el movimiento general. El manso, el prudente, el descreído que se planta y espera, es arrollado por la multitud que avanza ciega y ardorosa. Sentó plaza, pues, el buen Milagro, curado al fin de su insana neutralidad, en las falanges del Progreso, y se puso en las filas de vanguardia, enarbolando, si no la bandera, el primer trapo de colorines que encontró a mano.

Una noche de Julio convidó el manchego sin tasa, agregando Jerez y licores, no ciertamente porque tuviera buenas noticias de su asunto, sino porque las tenía detestables, y la desesperación le indujo a echar la casa por la ventana, difiriendo sus esperanzas y colocándolas en el día no lejano del triunfo de los libres. En la boca y en el corazón de los amigos reverdecieron las tales esperanzas con el contento que dan el buen comer y un beber abundante a costa de generoso anfitrión. Al segundo plato el gozo era inefable, a los postres vocinglero. Los roncos acentos de Ibraim y su ceceo bárbaro llenaban la sala expresando las ideas más audaces, con escándalo de algunas orejas timoratas. De pronto se levantó un vejete que con tres individuos comía en una mesa lejana, y llegándose a la del manchego, insinuó una protesta en tono humorístico un tanto destemplado. Véase la muestra: «Oí patadas y dije: 'caballería tenemos'. Señores, se les saluda. ¿Qué hablan ustedes ahí de Reinas y Ministerios, ni qué entienden de esto los caballeros del margen?.. Y usted, señor de Milagro, no se agazape ni vuelva la cabeza, (p.5345) que ya le he conocido, y sus facciones, aunque hace un siglo que no nos vemos, no se me despintan. No vale, no, hablar mal de los moderados, después de haber comido con ellos a mandíbula batiente. ¿Pues qué quería usted, alma de Dios? ¿Que le tuvieran colocado toda la vida, y encima.. le nombraran canónigo? ¿No han de comer los demás? ¡A fe que hay pocos padres de familia entre los moderados, con seis, siete y hasta doce criaturas!.. Hoy les toca el pesebre a los morenos, mañana a los blancos.. Si usted quería pan perpetuo, ¿por qué no aprendió un oficio, como lo aprendí yo, que a los catorce años ya me ganaba un cocido trabajando en la orfebrería con mi amigo Leandro Moratín? ¡Ja, ja, pues no me sale usted ahora con pocos humos!.. ¿Qué espera mi hombre del Progreso? Tonto, más que tonto: pida limosna antes que limpiarle las botas a Linaje, y no se fíe de Espartero, que repartirá todos los piensos, digamos destinos, entre los animales manchegos, o sea los vecinos de Granátula. Esto lo veo yo.. ¡ja, ja.. y el que no lo vea es porque tiene ojos en la cara, no en el entendimiento.. ja, ja!».

-No le había conocido, Sr. D. Carlos Maturana -dijo Milagro adoptando el tono zumbón, después de pintar en su rostro, en sucesivas expresiones, la sorpresa, el enojo y la hilaridad-. Con esas barbas que se ha dejado, da usted el pego a sus buenos amigos. (p.5346)

-No me disfrazo para conspirar, como usted, ni uso bigote de moco para adular al Duque.

-No adulo.. los pelos de mi cara siempre significaron libertad.

-Antes iba usted afeitado.

-Ya no, para no parecerme a los curas.

-Cuéntele eso a su compañero, el castrense que me oye.

-Este no es obscurantista.

-Ya; es retinto.

D. Víctor Ibraim echó mano a una botella. Acudió D. Bruno a contener la ira del Capellán, y apaciguándole con un gesto y cuatro voces de lo más crudo, volviose risueño hacia el diamantista y le ofreció una copa de Jerez, acompañada la oferta de estas campechanas expresiones:

«Si me ha llamado usted animal, y recojo la alusión como hijo de Granátula, aunque no (p.5347) pariente de D. Baldomero, yo le llamo a usted zopenco, y con estos insultos terribles no hacemos más que pasar el rato.. porque aquí venimos a pasar el rato, no a pelearnos por una Reina ni por un General. Beba usted, y luego nos diremos cuatro cuchufletas, si tiene humor de jarana. Estos amigos son pacíficos.. Yo no he venido a Madrid a pedir un puesto en el pesebre, sino a que me hagan justicia».

-¡Justicia! -repitió Maturana empinando-. A eso vienen todos, y luego.. En fin, señores, perdonen mi desenfado. Hablaba como hablamos hoy todos los españoles, como un loco. No hagan caso: sin quererlo, dice uno mil desatinos. ¡Feliz España si fuera la tierra de los mudos! Sr. Ibraim, si le llamé a usted retinto fue por pasar el rato. Seamos amigos.

-Siéntese el buen Aguilera.

-¿Qué hay de noticias?

-Nunca sé nada que sea de oposición.. Sólo sé que nuestra excelsa Reina sigue su viaje triunfal por Cataluña, y que no faltará quien le acuse las cuarenta al caballero de Granátula.

 

Ep-28-II -

Entablaron luego coloquio amistoso: si la acción del Jerez lo encendía más de la cuenta, no tardaba en enfriarlo D. Bruno arrojando en las ascuas su buen sentido, su pasta conciliadora y un lenguaje hábil para contentar a todos. Según Maturana, por el comunicado de Mas de las Matas, que más bien era manifiesto, Espartero merecía la destitución, y Linaje cuatro tiros. Cierto que no había un Gobierno bastante fuerte para ponerle el cascabel al gato.. Un hombre existía con hígados bastantes para arrancar el bastón de manos del Duque; un hombre, sí, de grande ánimo y convicciones profundas: D. Manuel Montes de Oca; ¿pero qué podía un solo individuo, por animoso que fuera, entre tantos que creían resolver las cuestiones con discursos, con arreglitos y dimes y diretes? ¡La conciliación! ¡Buena conciliación nos diera Dios! La soberbia de Espartero no cabía dentro de las leyes, y era forzoso resquebrajarlas para hacerle hueco.

Con no poca dificultad, tartamudeando y corrigiéndose a cada instante, expresó el castrense andaluz opiniones enteramente (p.5348) contrarias a las del diamantista. D. Manuel Montes de Oca no era más que un barbilindo que no servía para nada. Sus habilidades consistían en componer versitos clásicos de la escuela del Sr. Reinoso, y pronunciar discursos acaramelados imitando a Martínez de la Rosa. Todos sus actos como político y como escritor eran los de un Quijote chico que había tomado a María Cristina por Dulcinea, y al moderantismo por ley de la andante caballería. Esto lo dijo Ibraim con formas premiosas y groseras, que traducimos al lenguaje usual para no afear con ellas estas páginas.

Con palabra más fácil, aunque algo entorpecida por el Jerez, hizo Milagro el panegírico de Espartero llamándole libertador, pacificador y apóstol de todos los adelantos. ¿No había concluido la guerra, o estaba a punto de concluirla? ¿No le debía España el completo exterminio de las hordas de la reacción? Pues suyo era el país, suyas las leyes, suya la autoridad y todo aquello que llamamos cosa pública. Desde que el mundo es mundo, desde Moisés a Bruto, desde Guillermo Tell a Cromwell, y desde Bonaparte a Espartero, el que ha tenido la fuerza y la razón ha tenido la cosa pública en el bolsillo. ¿Para qué nos servía esa Reina, viuda de Fernando VII, casada hogaño con un Muñoz, dama graciosa y bonita, cuya linda mano movía el timón de la nave como si este fuera el abanico? ¡Cuánto mejor gobernaría Espartero, hombre de buen puño! El trono de Isabel necesitaba un protector macho, y España un Regente bien bragado y de muchísimos riñones. Que viniera pronto y colocara en sus puestos a los funcionarios probos, destituidos por la infame moderación. Viniera, sí, antes hoy que mañana, a traernos la justicia, eliminando de las oficinas a los pancistas, intrigantes y gorrones, y dando la merecida redención a los pobres mártires de la política.

Acogía Maturana con cascada risilla senil las manifestaciones egoístas de su amigo, y el buen manchego, tomando muy en serio su papel conciliador, discurría una componenda que sería felicísima si fuese práctica. (p.5349) ¡Lástima grande que Doña Cristina hubiera incurrido en la flaqueza de emparentar secretamente con Muñoz; lástima grande también que Espartero se hubiera precipitado a desposarse con Doña Jacinta Sicilia! Si uno y otro estuvieran solteros en aquel crítico momento de la historia patria, con una simple boda se realizaría la felicidad de la nación, afirmando la paz para siempre y repartiendo entre las dos familias o bandos los puestos administrativos. Casado el Progreso con la Corona, se casaban y refundían todos los derechos, y comían todas las bocas y se acababan todas las hambres; el contento general traería la general justicia, y la hartura sería el fundamento de la felicidad; no habría ya pronunciamientos, ni logias ni cadalsos, y daría gusto ver cómo marchaban fácilmente los asuntos, cómo prosperaba el trabajo, cómo hallaban su acomodo los pobres, y los acomodados la riqueza, y los ricos la opulencia; daría gusto ver despachados en un periquete los expedientes de arbitrios, los expedientes de Pósitos, los Pósitos, ¡Señor!, que eran la tela de araña en que se enredaban y perecían, como pobres moscas, los hombres más honrados de la nación.

Soltó la risa con mayor estrépito D. Carlos Maturana, y levantándose se volvió a la mesa de donde había venido. Su reír picante, recorriendo la sala, era como si al andar se soltaran rodando por el suelo las cuentas de un rosario. Un tanto corrido, dirigía Milagro hacia la distante mesa los cristales de sus gafas; mas como era tan cegato, ni aun con los vidrios podía distinguir a los dos comensales del diamantista, a quienes este comunicaba su risa burlona.

«Dígame, Ibraim -preguntó al capellán-: ¿conoce usted a esos tipos que comen o han comido con D. Carlos?».

-El que ahora se burla de nosotros -replicó D. Víctor- no es para mí cara desconocida. Le he visto mil veces; me han dicho su nombre; pero en este momento no puedo traerlo a mi memoria. El muy sinvergonzonazo se ríe en nuestras barbas mirándonos con un ojo solo, porque es tuerto.

-Ya, ya le conozco -dijo el manchego-: (p.5350) es ese poeta.. demonches.. autor de una comedia que la llaman Moríos y vereislo.

-¿Poeta, tuerto.. Muérete y verás? -exclamó el buen Milagro dando un palmetazo en la mesa-. Bretón de los Herreros.

Presuroso y también tocado de risa, corrió a la mesa del rincón más distante, y acogido por el poeta con un apretón de manos, oyó estas palabras de cordial benevolencia:

«También aquí disputamos, también nuestra mesa es un campillo de Agramante, o Cortes en miniatura, con izquierda y derecha, oposición y mayoría. Maturana y yo somos el orden establecido, vulgo Ministerio, y este señor..».

En un paréntesis hizo el poeta la presentación de su amigo, un joven alto, moreno, de rostro varonil y hermoso, que denunciaba la profesión de las armas, disimulada por el traje civil: «Mi amigo, casi paisano y casi pariente, D. Santiago Ibero, teniente coronel de los Ejércitos Nacionales, propuesto ya para coronel.. Fabulosa carrera, pero bien ganada; que éste no es de los de farsa».

-¡Vivan los héroes -vociferó Milagro-, que nos han librado al fin de esa plaga indecente de la facción! ¡Ibero!.. un nombre que no falla. Llamándose así no hay más remedio, señor mío, que ser español valiente y liberal.

-Lo que decía -continuó Bretón-. D. Carlos y yo somos en esta mesa el pobre Gobierno, y Santiago los señores de enfrente. Figúrese usted si estará forrado de liberalismo el niño este, que ha sido y es el brazo derecho de Zurbano. Un cuerpo cubierto de heridas y una cabeza de viento. Ya me lo dirá, ya me lo dirá cuando los años le amansen el genio, y cuando vea.. porque todo es cuestión de ver pasar cosas y personas, reinados y gobiernos, tiranías y revoluciones. ¿Qué edad tienes, Santiago? ¿Treinta y dos? Ya me contarás tu progresismo cuando rebases de los cuarenta, si es que yo puedo alcanzar el tiempo de tus desengaños, pues la vida que llevamos los españoles no es para llegar a viejos. Sólo los que se pasan el día y la noche politiqueando, como este Milagro, realizan el de vivir mucho, porque con todos comen, y en todas las salsas (p.5351) mojan su mendruguito.

-Pido la palabra. El pelo que ha echado un servidor de ustedes -replicó el aludido- bien a la vista está, y los frutos de mis intrigas pueden calcularse por la opulencia en que vivo.. Bromas a un lado, el Sr. de Ibero nos dirá si podemos dar la guerra por concluida, o si aún nos queda en Cataluña y Aragón algún rabo faccioso que desollar.

-Atrasado está de noticias el amigo Milagro -dijo Maturana, echándole familiarmente mano al cuello-. ¿No sabe la noticia de esta tarde, la retirada de Cabrera después de la paliza que le ha dado León en Berga? Ya no hay guerra, señores; ya no hay más que política, lo que a mí no me parece un grave mal, pues España es un enfermo que no puede vivir sino a fuerza de sangrías.. No reírse. La política sola paréceme más mortífera que la política con guerra. La una corrompe, la otra purga.. En fin, los que vivan lo verán.

-Se acabó la facción.. ¡Viva Espartero!

-No cantemos victoria tan pronto -indicó Bretón guiñando el ojo con malicia-, que en este bendito suelo, el último tiro de una guerra civil es el primero de otra. Ya nos estamos preparando para un pronunciamiento; que nuevas tropas, ¡vive Dios!, no es bien que estén ociosas. ¿Verdad, Santiago, que os pronunciaréis?

Contestó Ibero gravemente que en el ejército del Norte y del Centro nadie pensaba en insurrecciones, a menos que la libertad peligrara. «Ya pareció aquello -manifestó el autor de Marcela, acompañando su dicho con toquecillos de tambor sobre la mesa-. Siempre que queréis sublevaros nos habláis de los peligros que corre la señora Libertad, a la cual yo comparo con la monja pudibunda que preguntó cuándo tocaban a violar. Eso decís ahora vosotros, pillos, demagogos, jacobinos; eso decís: '¡Que violan!'. Y os equivocáis, porque nadie ha pensado ni piensa en atropellar la virtud de vuestra diosa. Aquí no viola nadie más que vosotros, los liberales, que cada día os fumáis una ley más o menos virgen».

-D. Manuel -dijo Milagro, vivamente interesado en la cosa pública-, déjese de bromitas y (p.5352) vamos al grano. Sr. de Ibero, si no hace mucho que ha venido usted del Maestrazgo, sabrá qué opiniones privan en el Ejército, si seguiremos con la regencia una o la estableceremos trina..

-Yo no sé nada de eso -replicó el militar-. Allá no pensamos más que en perseguir al enemigo.

-Que nos cuente sus hazañas -propuso el diamantista-, pues más debe interesarnos un poquito de historia, por breve que sea, que todos los chismes masónicos.

-No tengo hazañas que contar -afirmó Ibero, sacando la petaca y ofreciendo puros, que todos aceptaron, menos Bretón-. Mis proezas no han sido más que el cumplimiento de un deber sagrado, sin ninguna función heroica ni cosa que lo valga. Estuve en las acciones de Segura y Castellote, ambas muy reñidas. Me encontré en el sitio de Morella y en los combates que hubimos de dar para posesionarnos de parte del país circundante; pero no presencié la rendición de la plaza ni la fuga de los carlistas, porque tuve que venir a Madrid con una comisión del servicio..

-Comisión de que no nos dirá una palabra, ni nosotros hemos de fastidiarle con preguntas -apuntó Maturana-. Ya sabremos del pronunciamiento cuando oigamos el primer berrido.

En este punto de la conversación, y mientras Ibero denegaba festivamente, riendo y gesticulando, llegó el mozo con la botella de Jerez, brindándoles de parte de los señores de la otra mesa. Un gesto campechano del diamantista y un llamamiento jovial de Milagro produjeron la reunión de dos grupos; mas no cabiendo en una mesa, parte de Milagro y la totalidad del corpacho de Ibraim, ocupaban la inmediata. Una rápida presentación hecha por D. José, cantando los nombres, unió a los seis individuos en accidental intimidad. El rumboso D. Bruno, que ni a tiros quería soltar el lucido papel de anfitrión, mandó traer vino y puros de a dos reales; rechazó Bretón el exceso de bebida, protestando de su templanza, ya que hacerlo no podía de la de los demás; festejaron Maturana y Milagro la esplendidez del conterráneo de D. Quijote, abalanzó su ávida manaza Ibraim hacia los puros, y todos (p.5353) parecían dispuestos a prolongar la placentera reunión hasta hora muy avanzada. Y cuando por la retirada lenta de los parroquianos íbanse quedando solos los seis puntos de la improvisada tertulia, gozosos de poder alborotar un poquito si el cuerpo y los espíritus así lo pedían, dejábase ver Lopresti con mandil y gorro blanco, saludando risueño a los señores con su atiplada mujeril voz. Era en él costumbre salir, terminado el trabajo, a recrearse oyendo las observaciones que sus feligreses le hicieran sobre los platos del día, o las alabanzas de su maestría culinaria. Acercose tímidamente dando las buenas noches, y Milagro, con el sombrero echado atrás, la mirada fulgurante y el labio trémulo, llegose a él y le ofreció una copa, diciéndole: «Ínclito Cayetano, brinda por la libertad, por la regencia trinitaria, por el Duque nuestro padre, que a todos nos sacará del Purgatorio.. Amén».

En tanto, interrogado por Carrasco, amplió Maturana las noticias recientes: la Reina, después de ser recibida en Lérida por Espartero con todos los honores de rúbrica, continuaba su viaje a Barcelona. Trabose en seguida acalorada discusión de principios, llevando la voz D. Santiago Ibero y D. Carlos Maturana por las ideas liberal y moderada respectivamente. «Yo no entiendo de política -dijo el militar con sinceridad y convicción-; no sé lo que son partidos, ni para qué existen las logias; pero declaro que creo en la libertad y la tengo por cosa excelente. Antes de haber leído lo mucho y bueno que sobre la libertad han escrito hombres muy sabios, sentía yo en mi alma la fe de esta idea, y con entusiasmo la adoraba. Antes que en mi entendimiento, estuvo en mi corazón el deseo de que los pueblos fuesen libres. Amo a mi Patria tanto como a mi familia y a mí mismo: quiero para ellos los bienes del progreso. Alguno me hablará de los males que ocasiona: yo los reconozco; pero los males son chicos y pasan, los bienes son grandes y quedan. Creo que con libertad, igual para todos, tendremos ilustración, dignidad, riqueza; sin libertad caeremos en la ignorancia, en la pobreza y en (p.5354) la ignominia. Si esto es un disparate, no pierdan el tiempo en demostrármelo, pues no hay razones que destruyan mi idea. Más que convicción clara es esto fe ciega. Yo no discurro: creo. Yo siento; no razono. Así soy, y así pido a Dios que me conserve».

Murmullo de entusiasmo, en el cual el vocerrón (1) de Ibraim y la voz femenina de Lopresti formaban las notas extremas, acogió las palabras del militar, que a fuer de sencillas y leales casi eran elocuentes. Bretón se levantó, y abrazando a su amigo le dijo: «Te admiro, Santiago.. y te compadezco. Adiós, hijo mío. Señores, divertirse. Mi mujer me riñe si entro tarde».

Maturana reservaba en lo profundo del pensamiento sus opiniones: antes del discursillo de Ibero había reclinado su cabeza, haciendo almohada con los brazos en el respaldo de la silla, y se quedó dormidito, como una criatura a quien padres viciosos obligan a trasnochar.

 

Ep-28-III -

Pasaron días. De nuevo aparecen en la Española comiendo juntos Carrasco y Milagro, y en una mesa próxima Ibero con un señor desconocido. Una y otra vez los parroquianos fundadores se aproximaron con llaneza cordial al caballero alavés, movidos de una simpatía misteriosa. Dígase, para encontrar la explicación de tal sentimiento, que movía sus corazones la confianza en las ideas que Ibero expresaba. El fatigado pretendiente y el viejo cesante buscaban los rayos de un sol que desde el momento de la aurora, y aun antes de ella, ya calentaba un poquito. Maturana fue alguna vez con su sobrino, y gracias a este supo mantenerse en una templanza que le quitaba todo su mérito de personaje cómico per accidens. Era, en el estado ordinario, un señor apreciabilísimo, de una sensatez ejemplar y desabrida. A Bretón no se le vio más por allí. Ibraim fue una noche con Fonsagrada, al cual se juntaron luego dos sujetos de los llamados del bronce, acompañados de una bulliciosa trinca de mozas alegres.. Corrieron más días. El calor arreciaba; Madrid era un páramo ardiente sin agua, sin alegría, sin placeres, ambiente apropiado a la (p.5355) desesperación y a la locura; el Ministerio Pérez de Castro había sufrido nueva metamorfosis, echándose por tercera vez tapas y medias suelas; en el quita y pon de Ministros, sólo permanecía inmutable D. Lorenzo Arrazola, el conciliador sempiterno; tenebrosa confusión reinaba en la cosa pública, y todo anunciaba sucesos inauditos.

Una noche de aquel Agosto triste de Madrid, de aquel bochornoso mes casi siempre precursor de tempestades en nuestro calendario histórico, comió Ibero en la Española con un capitán de la Guardia, y hallábanse ya rematando el postre de pasas y almendras, cuando se presentaron Milagro y el manchego, ya bien comidos al parecer, pues el uno traía puro en la boca y el otro palillo, y llegándose a la mesa con aire misterioso, dieron a entender a medias palabras que tenían que tratar con el alavés de un asunto grave y delicadísimo. Para dar mayor solemnidad a su mensaje, Carrasco propuso a Ibero que se dejase llevar al rincón opuesto de la sala, vacío de gente, donde podrían secretear a su gusto. No creyendo bastante reservado aquel sitio, hubiérale llevado Milagro a la cocina, o a lugares más recónditos. Impaciente Ibero, y tomando a broma los aspavientos de sus amigos, que parecían padrinos de duelo o conspiradores de profesión, les incitó a explicarse pronto y con menos arrumacos.

«Calma, señor mío, que ya le enteraremos con todo el sigilo que el caso requiere».

-En este ángulo, hablando bajito y con disimulo, como si tratáramos, verbigracia, de una cuestión faldamentaria, estaremos bien seguros. El hecho es que..

-Yo, yo.. -dijo D. Bruno reclamando la primacía.

-El caso es que..

-Déjeme a mí, querido Milagro. Vamos por partes. No nos hagamos un lío. Recordará el señor de Ibero que hace días le hablé de mi sobrino, Modesto Gallo..

-Sí, sí; grande amigo mío.

-Como usted, teniente coronel del Ejército.

-Subtenientes nos conocimos, y desde capitanes hemos peleado juntos, haciendo vida común, compartiendo las penas y alegrías de la guerra, los peligros de (p.5356) siempre, las glorias de algún día.

-Pues bien -dijo Carrasco con una solemnidad que casi era terrorífica-: Modesto ha llegado.

-¿Aquí? ¿Dónde está? Quiero verle -exclamó Santiago con no menos sorpresa que alegría.

-Poco a poco -indicó Milagro, queriendo llevar el espinoso asunto con la pausa que su extrema gravedad requería-. Ha llegado ayer. Le hemos visto esta noche.

-Y al tiempo de saludarnos nos ha preguntado si sabíamos de usted, y dónde podríamos encontrarle.

-Yo también quiero verle, ¡caramba! ¿Dónde está?

-Calma; no perdamos la serenidad.

-Necesita hablar con usted esta noche.. ¡ojo!.. esta noche.

-Vamos allá.

-Quieto.. No se entere la gente. ¿Ve usted? Ya nos miran.

-Esto es ridículo. Parecemos conspiradores.

-Chitón..

-Prudencia, amigo mío.

-En fin, ¿dónde veré a Modesto? ¿Para en casa de usted o en alguna posada?

-No sabemos dónde mora. Vino a mi casa con la urgencia de que le buscáramos a usted esta noche.. sin falta.

-Tiene usted que verse con él inmediatamente -susurró Milagro en voz tan baja que apenas se le oía.

-¿Pero si no sabemos dónde está, ¡Cristo!, cómo he de verle?

-Silencio. Usted le encontrará sólo con dirigirse sigilosamente y sin comunicarse con nadie a donde yo le indique.

-¡Pues acabe usted de explicarme, ajo!..

Adoptando las formas de disimulo más exquisitas, el manchego sacó de su bolsillo un papel, un cartón, la mitad de una tarjeta, y presentándola a su amigo con delicadas afectaciones de naturalidad, le dijo: «Con esto se encaminará el Sr. D. Santiago al sitio propuesto por mi sobrino. Yo le diré la calle, número de la casa y piso.. y no hay que perder tiempo, señor mío; despáchese usted.. pague la comida, despídase de su amigo, sin darle a conocer este negocio, y vámonos a la calle. Aquí no me atrevo a decirle lo que aún ignora».

Obedeció Ibero, y una vez los tres en la calle obscura, desembuchó Carrasco lo que del misterioso mensaje aún quedaba en su cuerpo. La casa en que el teniente coronel Gallo citaba a su amigo era un piso segundo en el número 13 del Postigo de San (p.5357) Martín.

«¿Y qué tengo yo que hacer allí? -dijo Santiago perplejo y de mal talante-. Esto me huele a tapujo masónico.. Yo no soy masón, para que ustedes lo sepan».

-Ni yo -iba a decir D. Bruno; pero Milagro se apresuró a cortarle la palabra con manifestaciones que, si no revelaban escuetamente las fórmulas rituales del masonismo, eran de la casta más próxima.

-Tampoco nosotros; pero blasonamos de liberales, queremos la felicidad de la patria, y contribuimos en nuestra esfera humilde al triunfo de los buenos.

-Nada, Sr. de Ibero -declaró con austeridad Carrasco-: cuando mi sobrino le llama a usted a ese punto, es porque se le necesita, es porque.. se le estima útil, indispensable como quien dice. No se trata de un cualquiera: se trata de un bizarro jefe, cuya autoridad puede ser de gran peso.. en fin, yo no sé.. hablo por corazonadas, pues Modesto nada me ha dicho..

-Como si lo dijera -añadió el cesante-. Podrá ser que si usted no acude a la cita, los acontecimientos sigan un curso.. es un suponer.. un curso torcido, distinto del que anhelamos todos. Poco tiene que andar el Sr. Ibero, pues el Postigo de San Martín lo tenemos aquí propiamente.. a dos pasos.. Le llevaremos hasta el mismo portal del 13. Conozco la casa, que es la más antigua de la calle, y en ella estuvo la panadería de los frailes allá en los tiempos ominosos.

Ibero se dejó llevar. Si el cariño de su compañero le avivaba el paso, se lo contenía el temor de lo desconocido y la sospecha de que le llevaban a una encerrona para envolverle en alguna maraña política. Recordaba el carácter de Gallo, un chico excelente, intrépido militar, amigo intachable; pero de cascos muy ligeros, así en cuestiones de mujerío como en las que atañen a la vida pública. De una impresionabilidad excesiva, se remontaba fácilmente de los afectos a las pasiones; su fácil palabra y su asimilación más fácil todavía fomentaban en él los entusiasmos bruscos, el ardor sectario; no sabía querer sin violencia, ni profesar opiniones sin llevarlas hasta el delirio. Tal era Modesto Gallo, a quien Ibero reconocía (p.5358) en aquella forma novelesca de darle cita con media tarjeta, con el sigilo teatral del mensaje confiado a dos amigos. Por último, a los temores del alavés se sobrepuso la curiosidad, y cuando se aproximaba con sus conductores al Postigo de San Martín, ya se le hacían largos los minutos para llegar a la solución del enigma.

«¿Será prudente que nos veamos a la salida?» preguntó el honrado manchego, vacilando entre el miedo y la curiosidad.

-¡Sabe Dios -indicó Milagro alardeando de discreción-, si el Sr. de Ibero podrá contarnos..! No, no: resoluciones tan graves no se comunican ni al cuello de la camisa. Vámonos; no está bien que rondemos la calle.

-¡Oh!, no.. ¡Podrían creer que nosotros..! Vámonos de aquí -dijo Carrasco sintiendo frío.

Era el temor de la persecución policiaca, que por primera vez en su vida contristaba su ánimo; y no era sólo temor, sino repugnancia y algo que ofendía su dignidad. ¡Verse él, español pacífico y acomodado, padre de familia, señor de ganados y tierras; verse, pensaba, en trotes de persecución, traído y llevado por guindillas inmundos! No: el papel de víctima política, fuera por esta o la otra causa, no cuadraba, no, a su hidalga condición. Amaba la libertad, mas que por propio conocimiento, por lo que de tal señora había oído decir y contar; pero no sentía ganas de martirio por ninguna religión política; sólo un gran ideal le movía: el satisfactorio despacho de un triste expediente de Pósitos.

Al despedir al militar, quiso Milagro arrancarle la promesa de que acudiría luego al café del Siglo; mas no consiguió sino una vaga respuesta condicional sobre este punto. Retiráronse viéndole perderse en el lóbrego zaguán, y avanzando silenciosos hacia la plazuela de las Descalzas, Milagro imaginaba trastornos inminentes, a la medida de su loco deseo, y Carrasco sentía, en medio del sofocante calor estacional, ráfagas de frío, el sobresalto de la conciencia, que le afeaba sus concomitancias con gente intrigante y revoltosa. Las sombras de la noche aumentaban su recelo, y agarrándose al brazo de su amigo, aceleró (p.5359) el paso para llegar pronto a la Puerta del Sol, que ya en aquellos tiempos era lo menos obscuro y solitario del viejo Madrid. Para mayor intranquilidad del buen compatriota de Sancho Panza, creyó ver desusado movimiento en la Puerta del Sol, y grupos más compactos que de ordinario frente al Principal. Quiso D. José aproximarse y meter sus narices en el gentío; pero el manchego le llevó a empujones diciéndole: «Amigo mío, no olvidemos que somos ciudadanos pacíficos, honrados.. quiero decir que no nos metemos en quitar y poner ministros. Allá se las hayan.. Adelante: allí, junto al reverbero, parece que leen La España o El Guirigay maldito. ¿Habrá noticias? Ya nos lo dirán en el café. ¿Tendremos libertad? Que la traigan con mil pares; pero nosotros no nos metamos, D. José, no nos metamos.. Somos gente de orden».

Subió el buen Santiago al segundo piso de la misteriosa casa; llamó tirando de un sucio cordón; le atisbaron por un ventanillo reforzado con cruz de hierro, y franqueada al fin la puerta, viose ante un hombre escueto que lo mismo podía parecer torero de invierno que sacristán de las cuatro estaciones, el cual, previo examen de la media tarjeta, le introdujo y encerró en una estancia con las paredes cubiertas de imágenes, estampas piadosas y objetos de devoción. Oyendo el intenso murmullo de pláticas muy vivas en próximos aposentos, entretuvo el corto plantón contemplando a la luz de un quinqué pestífero las estampas milagrosas y un retrato de Gregorio XVI con el ropaje bordado en mostacilla, y de pronto se vio sorprendido por su amigote Gallo, que le abrazó con toda la rudeza cariñosa que gastar solía.

«Chiquío -dijo Ibero-, explícame pronto esto. ¿Qué me quieres?».

-Ya te lo diré.. aguarda un poco -replicó Gallo, sintiéndose cohibido, premioso en su sinceridad.

-Siento voces. ¿Qué gente es esa? ¿En dónde estoy?

-Entre amigos.. Llamado por mí, no debes temer cosa mala. Esta noche conocerás a un hombre.. ¡qué hombre, Santiago! Es el más noble, el más digno, el más caballero.. ¡con (p.5360) un talento, chico, con una penetración y conocimiento de las personas, de las cosas..!

-¿Quién es? ¿No puedo saber su nombre antes de verle?

-Ya lo sabrás, sí.. ahora lo sabrás -repuso el otro algo turbado-. Pero empecemos por decirnos tú y yo algunas palabras, pocas.. tirémonos, si es necesario, cuatro mordiscos.. Somos amigos; debemos confiarnos el uno al otro el estado de nuestros corazones en punto a.. Más claro, confesémonos tú y yo lo que pensamos de esta quisicosa que llaman la situación.

-Lo que yo pienso ya lo sabes -afirmó Ibero con severidad.

-No se piensa lo mismo en campaña que en Madrid. Allá pensamos en batirnos, en defender la vida; aquí en buscar la verdad, en defender los principios..

-¡Metafísico estás!.. Menos retórica y más franqueza, Modesto. ¿Somos o no somos amigos?

-Amigos hasta morir. Siéntate un momento. Hablaremos como hermanos.

Arrogante y garboso era el tal, y muy bien le caía el nombre de Gallo. Menos que mediana era su estatura; pero no había otro mejor plantado ni que mejor retratara en su continente la bravura indómita y en ciertas ocasiones provocativa. Su encrespado cabello parecía una cresta; sus ojos despedían el fuego de Marte; usaba bigote espeso, largo y caído, imitando el personal estilo de su adorado jefe, Don Diego León. Su voz vibraba en las disputas como clarín guerrero, y acompañábala con gesticulaciones de una energía despótica. Argumentaba cerrado el puño y solidificándolo como una maza de hierro. Empuñaba el argumento como una lanza.

 

Ep-28-IV -

«Tú has venido aquí -dijo Gallo- como uno de los hombres de confianza del General en Jefe, para preparar..».

-No hemos preparado nada; no hacemos más que sostener.. La misión del ejército es apoyar a la opinión pública y oponerse a los que quieren ir contra ella.

-¡Inocente! Hablas como El Correo Nacional.

-Hablo como hombre de verdad y como soldado de honor.

-No lo dudo, chiquío. Pero niego que seas tú el único que interprete lo que llamamos la opinión. No (p.5361) constando en ninguna parte de una manera clara lo que la Nación siente y desea, todos usamos el derecho de ser sus intérpretes; y yo, que también tengo mi criterio y aunque bruto, ¡ajo!, sé formar juicio de las cosas, sostengo que el país no quiere la preponderancia de D. Baldomero, ni ve con buenos ojos que se pretenda rebajar la dignidad de doña María Cristina, tratándola como a una mala patrona.

-Veo, querido Gallo -dijo Ibero levantándose-, que no estamos ya juntos frente a un enemigo común: estamos el uno frente al otro, cada cual en su terreno. Somos dos amigos.. enemigos. Apenas sofocada una guerra civil, inventamos otra para nuestro uso particular.

-De los capitanes afortunados nacen los grandes ambiciosos, digo yo. Ahí tienes la peor calamidad de las guerras, que nunca son tan malas y desastrosas como cuando concluyen.

-En suma, querido amigo, creo que ya hemos hablado bastante. Confieso mi error. Yo creí que todos los Generales formados a la sombra de Espartero apoyaban la Causa liberal en contra de la camarilla moderada.

-Algunos hay para quienes no existe más causa que la de la Reina, cuyo nombre está escrito en nuestras banderas y en nuestros corazones.. corazones muy brutos, ¡ajo!, pero muy leales.

-Háblame con franqueza. ¿Es León el único que resueltamente está contra Espartero?

-No: hay más. Pasa revista en tu memoria a la plana mayor de nuestro ejército. Fíjate en lo más brillante, en lo más ilustre, en lo más inteligente. Entre esos, elige lo mejor de lo mejor. Resultará que todo lo bueno está contra el ídolo.

-¡Ay, amigo mío! -dijo Ibero con profunda tristeza-. Convéncete de que has dado un golpe en vago llamándome, y déjame salir de aquí. Estoy violento, y de seguro te estorbo.

Hizo ademán de retirarse, y el otro le retuvo estrechándole afectuosamente las manos. En el mismo instante oyéronse voces y ruido de pasos. Alguien entraba o salía.

«Aguárdate -indicó Gallo, bajando la voz-, deja que salgan esos. Aún tenemos algo que hablar..».

-La reunión concluye -dijo Ibero, (p.5362) poniendo atención a los ruidos de voces y pasos que indicaban la salida cautelosa de un número de personas difícil de apreciar por el oído-. Tienes razón: algo falta que decir. Lo que ha pasado esta noche entre nosotros, y lo que no ha pasado, todo, todo, quedará en el mayor secreto.

-Naturalmente. He contado con Santiago Ibero ¡re-Dios!, que es contar con la decencia misma, con la caballerosidad.

-¿Puedo ya tomar la puerta, chiquío?

-No. Abuso de tu amistad reteniéndote un poquito más. Has formado mala idea de mí, y quiero rehabilitarme en tu concepto. No quiero que quedes bajo la mala impresión de la tosquedad con que yo expreso mis ideas: quiero que estas lleguen a ti por boca mejor que la mía, por la persona de que antes te hablé.. No: no te dejo ir sin que le veas. Dame ese gusto, hombre.. no te hagas el interesante. Ya no hay en esto compromiso alguno, ni aquí se trata de conspiración, ¡ajo!, ni de narices. Somos dos amigos que oyen la palabra hermosa de un tercer amigo, y así le llamo porque sé que te cautivará. No tengas ningún recelo, ¡contro! Repito que no hay en ello compromiso..

-Por agradable que sea hablar con hombres tan eminentes, yo creo que debo retirarme.

-Aguarda un momento. Pues nada tenemos que hacer aquí, ni se ha de resolver cosa alguna, quizás salgamos juntos los tres. Aguarda te digo, no más que dos minutos.

Sin dar tiempo a que Ibero hiciese nuevas observaciones, salió Gallo, y a los pocos instantes volvió acompañado de un sujeto, a quien presentó en forma solemne: «D. Manuel Montes de Oca, ex-Ministro de la Corona».

La primera impresión de Ibero fue de disgusto, como de quien se ve objeto de una emboscada. Permanecieron los tres un instante mudos, esperando cada cual que uno de los otros dos dijese la primera palabra. En este breve lapso de tiempo, el enojo de Ibero se dulcificó ante la fisonomía grave, dulce y melancólica del joven gaditano, a quien conocía por su nombre, un poco altisonante, y por su fama de caballerosidad. Habíasele imaginado viejo, adusto y con (p.5363) cara de pocos amigos; y viendo su juventud, su hermosura, su expresión soñadora y romántica, sus azules ojos, que antes revelaban las tristezas del poeta que las energías del sectario, reconoció que nuestra existencia no es más que un tejido de errores, y que gran parte del tiempo que vivimos lo empleamos en la necesaria rectificación de juicios y creencias.

«No sé cómo pedir a usted perdón -dijo Montes de Oca a punto que los tres se sentaban- por haberle traído a una reunión, cuyo objeto, momentos antes de llegar usted, dábamos ya por fracasado. Ha sido usted muy oportuno en llegar tarde, y así no hay para nadie ni sombra de compromiso. Con media palabra me ha dicho Gallo que no habríamos podido contar con usted. Más vale así, ya que nada hemos hecho ni podremos hacer por ahora. Ello es muy triste; pero de una realidad que a todos se impone».

-Llegando tarde es menos violenta para mí la negativa que yo habría dado a los que, por lo visto, se reunían para defender una causa perdida.

-Por el momento quizás -dijo Gallo-. Luego veremos.

-En política -afirmó Montes de Oca acentuando su expresión de tristeza-, el momento presente es lo que más importa. Al intentar dar una batalla nos hemos encontrado sin fuerzas y, lo que es peor, sin terreno. Usted, Sr. de Ibero, piensa que somos locos, y en ello tiene mucha razón.. Pero no: el único loco soy yo, y las personas a quienes he querido hacer partícipes de mi delirio han tenido el buen acuerdo de dejarme solo. Respetando las ideas de usted, y en la esperanza de que usted, como hombre leal, respetará las mías, yo me permito emplazarle para dentro de un año, de dos.. Entonces veremos dónde está la sinrazón y dónde la cordura.

-Las convicciones arraigadas, señor mío, aunque sean erróneas, merecen siempre respeto. Reconociendo que el proceder de usted en este asunto es obra de una alucinación, celebro infinito que mis compañeros no hayan querido o no se hayan atrevido a secundarle.

-El tiempo hará lo que yo no he podido hacer. Quizás es conveniente que el (p.5364) mal madure y crezca, para destruirlo más pronto y desarraigarlo. En los momentos críticos de la vida de los pueblos, no es fácil saber dónde está la alucinación y dónde la claridad del juicio. Alucinan los triunfos repentinos, no la desgracia; la usurpación puede ser un delirio; el derecho no lo es. Y en cuanto a la nobleza de los móviles, yo le invito a usted a que haga un paralelo, una comparación entre los que defienden la fuerza material y los que patrocinamos la espiritual. Dígame usted qué cree más digno y noble: si alentar el poder ciego de las armas, o apoyar la ley representada en lo más augusto, que es la Monarquía; en lo más hermoso, que es la mujer; en lo más sagrado, que es la infancia.

-Sr. de Montes de Oca, usted es elocuente; yo, pobre soldado, no sé más que sentir. Siento las ideas.. no sé si digo un disparate. En mi corazón, en mi cabeza dura, las junto con el honor, con el deber militar, con la idolatría de mis jefes, bajo cuyas órdenes he derramado mi sangre; las junto también con el amor de mi querida Patria, de la libertad, a quien adoro sin saber por qué.. y con todas estas cosas hago un solo sentimiento, que es mi vida. Así soy, y así me encontrará usted siempre. Conmigo no podrá usted ganar batallas, y yo haré cuanto pueda para que las pierda.

-Dejemos para lo futuro las lecciones que podamos recibir el uno del otro -dijo Montes de Oca-. Por hoy, ya que entre los dos no resulte amistad, separémonos como caballeros que somos. Me reconozco vencido antes de combatir. No abusen ustedes de su poder antes de ser vencedores. Declaro que si yo tuviera fuerza material, impediría la usurpación que se prepara. Entre los defensores de ella hay muchos que la creen odiosa, brutal; pero no se atreven a combatirla. Yo me atreveré, por poco que me secunden, y espero que mi ejemplo traerá prosélitos a esta santa causa. Prepárese usted, y los que como usted piensan, a las audacias de un enemigo terrible: ese soy yo, se lo advierto desde ahora para que sean implacables conmigo, como yo lo seré con ustedes. De seguro verán en (p.5365) mí una actitud quijotesca, una pasión que por querer remontarse a lo heroico, resulta ridícula. No me importa: está en mi naturaleza el acometer las empresas grandes que casi parecen imposibles, y no porque lo sean me acobardan a mí.. En la expresión de su cara, oyéndome, veo que mis arrogancias no le asustan ni le enfadan.

-En efecto -replicó Ibero-: me agrada su tesón y lo admiro.

-No, no puede considerarse perdida -afirmó Gallo con cierta brutalidad de gesto y de palabra- una causa que tales leones cría.

Levantose Montes de Oca, y después de dar algunos pasos por la estancia detúvose ante los militares y les dijo: «Lo que ahora tememos algunos, lo que ustedes preparan, lo que unos amigos de Espartero niegan con hipocresía y otros anuncian con insolencia, será un hecho dentro de veinte, treinta o más días.. qué sé yo cuándo. ¿Y este atentado se consumará sin que en el ejército español, donde hay tantos hombres de honor, se desenvaine una sola espada para impedirlo..? Usted lo cree así.. yo no, yo no puedo creerlo.. Si lo creyera, maldeciría a mi Patria..».

Honda impresión hicieron en el alavés estas palabras, a las que no pudo contestar sino con otras torpes y balbucientes. Era un rudo soldado incapaz de filosofar sobre cosas públicas, un monomaniaco del patriotismo, que no entendía bien las razones contrarias a la breve fórmula de su demencia. Ello no impidió que sintiera misteriosa simpatía por el gaditano, viendo en él un desdichado caballero que se prendaba de los imposibles y a pelear se disponía, solo y triste, por una idea rancia y sin lucimiento.. ideas de capa y espada, cosas de la edad media, o de cualquiera edad donde no había progreso.

La despedida fue breve. Ibero le estrechó la mano, sintiendo, y así lo dijo, no ser su amigo. El otro se fue delante, dejando tras sí un suspiro, y hasta que no le sintieron en el tramo más bajo de la escalera, no se determinaron los militares a salir, para dejar entre ellos y el paisano un largo espacio de calle. Descendieron silenciosos, lentamente, y en la calle no vieron más que (p.5366) media docena de vecinos que huyendo del calor de las habitaciones, hacían su tertulia en las aceras, mientras los chicos jugaban en el arroyo. De los portales y cuartos bajos salía un olor de humanidad comprimida que destapa sus madrigueras para no ahogarse.

«Estáis locos» fue lo único que Ibero dijo a su amigo, aproximándose a las Descalzas.

-Es verdad -replicó el otro, sacando con dificultad las palabras del cuerpo-. Locura es pelear uno contra veinte. Que triunfen, y sólo con el hecho de triunfar, nos ponen en la proporción de veinte contra uno.. ¿Qué es lo que ahora pasa? Que no hay oposición. Pero en España la oposición se forma en cuatro días después del éxito. Nace como la mala hierba, y crece como la espuma. Verás, verás.. Yo lo he dicho: para poder apedrear bien a un ídolo hay que ponerlo arriba.. Arriba, y bien alto, para que no se pierda ni una china, ¡ajo! Di que estamos locos. Los locos son ellos, y tú, Santiago, tú..

 

Ep-28-V -

Al día siguiente de este suceso recibió Ibero orden de partir para Valencia, conduciendo cuatro compañías de Borbón y dos de San Fernando. Las únicas personas que de política le hablaron el día de su partida fueron los inseparables Milagro y D. Bruno, sin que ninguno de los dos obtuviera de él ninguna referencia de la misteriosa reunión del Postigo de San Martín. Medroso, turbado por la visión continua de graves disturbios, el manchego se mostraba pesimista, con más ganas de volver al terruño que de continuar en Madrid su inútil via-crucis de oficina en oficina. En cambio, D. José soñaba despierto con una revolución pacífica y absolutamente limpia de sangre, que nos trajera la justicia y el reinado de la honradez; jarana filosófica, ante la cual habrían de prosternarse todos, reconociéndola buena, eficaz y definitiva, como principio de una era de perdurable ventura. «Este país se gobierna con una hebra de seda, señores -decía con tenaz convencimiento, que parecía fe religiosa-. Y lo que es una revolución pacífica, que resuelva de una vez todas las cuestiones, no ha de faltarnos. Yo, yo me (p.5367) comprometo a ello sólo con que me dejen tres días de Gaceta. Nada, nada: es cosa sencillísima.. Tres días de Gaceta me bastan, y si me apuran, dos.. Soy sastre viejo, conozco el paño. Pero, Señor, ¿no es principio de los principios la voluntad nacional? Pues teniendo esta bien manifiesta, basta con un cúmplase. Que se cumpla, y todo el mundo boca abajo. Y no me salgan los moderados con la tecla de que la santísima voluntad de los españoles no es clara como el agua. España clama libertad con justicia, y honradez en todas las esferas, y al pedirlo señala con el dedo bien tieso quién puede darnos el bien que no gozamos. ¿Lo quieren más claro? Pues para claridades, ahí tienen lo que ocurrió al paso de la Reina por Zaragoza. El pueblo aclamó con mayor estruendo a la señora Duquesa de la Victoria que a la propia doña María Cristina. ¿Y eso? Pues a cada instante vemos demostraciones no menos elocuentes de la voluntad de la Nación.. Yo gobernante, ustedes gobernantes, ¿qué haríamos? Decir cúmplase.. y cumplir.. Ya ven a qué sencilla fórmula se reduce todo mi sistema. ¡Cumplir, cumplimiento! Y no más trapisondas, no más discusiones, no más derramamiento de sangre.. Declaro que no soy partidario de la violencia, ni de los tumultos, ni de que se haga uso de las armas.. No se ofenda usted, querido Ibero, si le digo que a todos los militares, en tiempo de paz, les mandaría yo a sus casas, quedándose sólo una corta fuerza para contener a los malhechores.. ¿Para qué necesitamos tanta tropa una vez que todo quede establecido en regla? Para nada. Más bien servirán ustedes de estorbo que de ayuda.. Y luego, un gasto fabuloso, inútil, mi querido D. Santiago. Yo emplearía las tres cuartas partes del presupuesto de guerra en fomentar la riqueza pública, y por cada fusil que suprimiera plantaría un árbol, y en vez de regimientos, pondría Sociedades de Amigos del País, y los cuarteles se convertirían en Universidades, y las banderas servirían para adornar las imágenes en nuestros templos.. en fin, poca fuerza y mucha ilustración. Que me dejen la (p.5368) Gaceta, y verán qué pronto..».

Hubiera seguido desarrollando con fácil vena sus proyectos, producto inagotable de su reciente desvarío político, si el buen Ibero, que comúnmente se interesaba poco en la aplicación de los principios, por serle más grata la contemplación mental de los mismos en abstracto, no acelerase la despedida. Deseáronle los dos amigos, y otros que a la sazón llegaron, un viaje feliz, y partió a la cabeza de las seis compañías. Era un anochecer caluroso. Para no fatigar inútilmente a sus soldados, Ibero dispuso aumentar las jornadas nocturnas, abreviando las caminatas durante el día. No podría imaginarse peor tiempo de viaje, siquiera este fuese de tropa, que en toda ocasión debe y sabe ir a donde la llevan. Los caminos eran polvo, el aire fuego; del sol diríase que arrojaba la luz a torrentes y con ella el polvo, y del suelo, que ensuciaba y resplandecía. Y al través de aquel territorio arábigo, seco y ardiente, que media entre las puertas de Madrid y las riberas del Jarama, los soldados iban locos de alegría; el calor y la sequedad eran su elemento; ni el peligro ni el temor de guerra podían inquietarles; no aguardaban ni perseguían a un enemigo fiero; no les faltaban alimentos, ni agua, ni obsequios de vino; era su viaje un paseo triunfal por los pueblos feos tras de los cuales vendrían pueblos bonitos, y en todos ellos encontraban muchachas de distintos pelajes a quienes embromar. El contento de la tropa, soltando chispas a lo largo del árido camino, iba prendiendo fuego y levantando llamas de alegría: para los pueblos era una dicha el paso de la tropa, y esta no deseaba sino que España fuese del tamaño de todo el mundo para que la marcha no tuviese fin. ¿Qué más podía desear el soldado sino que le pasearan por el mapa, viviendo y gozando sin funciones de guerra? Vida más deliciosa no podrían soñar los pobres hijos del terruño español, destinados poco antes a matarse despiadadamente. Hermosa era la paz, y grande entre los más grandes el que la había traído..

En medio de la infantil alegría de su tropa, Ibero (p.5369) iba triste, agobiado por el calor. Recorría largas distancias sin hablar con los compañeros que le rodeaban más que lo necesario para los actos del servicio. Como D. Quijote en sus horas de melancolía soñolienta, dejaba tomar al caballo el paso que quisiese, y contemplaba las vagas líneas del horizonte, o las nubes, si por acaso las había en el cielo, o las ondas de polvo que el viento llevaba consigo, arreándolas como a una recua de fantasmas. No se crea que el militar adormecía su entendimiento en un éxtasis de cosas políticas, discurriendo si tendríamos mayor o menor grado de libertad. Esto le interesaba, le había interesado en los tiempos de la campaña activa; mas desde los meses que precedieron al abrazo de Vergara, Ibero había sufrido la brusca invasión de una enfermedad del espíritu muy propia de sus años viriles, la cual por venir algo tardía entró con más fuerza, cogiéndole de un extremo a otro todo el campo de la naturaleza física y moral, sin que quedase parte alguna que no estuviese afectada por tan grave dolencia. Que esta era el amor, fácilmente se comprende; un amor como los que se estilaban en aquella época: abrasador, exclusivo, con tendencias lloronas y funerarias, sabores de amargura y relámpagos de lirismo.

La historia era de las más comunes. Apenas conocía Santiago el amor más que por inclinaciones o caprichos insubstanciales, cuando se prendó de una señorita de La Guardia, a quien había conocido en la niñez y en la juventud florida de ella, sin que jamás se le ocurriera que viniese a ser la dama de sus pensamientos. Ello fue repentino, obra de un par de tardes apacibles; se inició en una fiesta popular; siguió desarrollándose en un paseo junto a la iglesia, después en un refresco que dio el cura párroco al señorío principal de la villa; y para determinar el incendio de la grande alma de Ibero, no hubo más combustible que unas palabritas de simpatía disimulada con donosas burlas; después otras de él que debieron de ser de lo más atrevido dentro del comedimiento social, y luego.. un par de cartas muy respetuosas (p.5370) con las indispensables fórmulas de rendimiento y ternura. Obtuvieron estas una cortés acogida, que ya significaba mucho en la condición de la niña, y a tal demostración siguieron bromas delicadas que encerraban veras muy dulces; en sucesivas entrevistas se marcó el gusto que recibía la señorita de verse amada por un joven tan gallardo como Ibero y de tan honrosos adelantos en la carrera militar; mas no queriendo entregar su alma sin la preparación y trámites que pide la decencia, echó por delante risueñas esperanzas, con las cuales el hombre se tuvo por amante dichoso. Pero ¡ay!, en cuanto le alejó de La Guardia la dura obligación militar, ya no fue vida su vida, sino un martirio continuado, pues lo mismo le atormentaban sus alegrías delirantes que sus lúgubres tristezas. Un correo amoroso, enviado y recibido de tarde en tarde, sostenía su pasión en el punto de mayor ardimiento. Cartas recibió en Miranda, en Morella, en Madrid, y cartas expidió desde aquellos y otros puntos. No queriendo dudar, dudaba; la niña, fuese por estudio, fuese porque así lo dictaba la realidad, a lo mejor salía proponiendo ruptura. ¿En qué se fundaba? En razones de familia muy atendibles que no podían exponerse por cartas; en repentinas veleidades de vocación religiosa, que despertaban en Ibero furiosos celos de Jesucristo.. Ello es que el hombre no vivía, y sus inquietudes subían de punto con la idea mortificante de no ser grato a la familia, que si le apreciaba como a un joven de mérito, de honrada progenie y buen acomodo, quizás no le creía digno de poseer un bien tan grande como la niña de Castro Amézaga, noble por los cuatro costados y poseedora de un rico patrimonio. En el aburrimiento y soledad de aquel viaje a Valencia, sus temores y tristezas se resumían en el propósito de dirigir una expresiva carta al Sr. de Navarridas no bien llegara al término de su caminata. Urgía despejar la terrible incógnita. Pensando en ello, ocupada la mente noche y día por la linda imagen de su dama, iba el hombre tragando leguas, bebiendo polvo, espaciando la vista por las (p.5371) llanuras abrasadoras o distrayéndola en los cerros piníferos; cumpliendo como una máquina sus deberes militares, sin más gusto que el de tolerar a los soldados todos los esparcimientos que no fueran escandalosa violación de la disciplina.

Nada ocurría en el cansado viaje que alterara la desazón tediosa del alma de Ibero. ¡Si al menos hubiera guerra, enemigos que combatir, ocasiones de exponer la vida y de ganar nuevos laureles! ¡Acabarse la guerra cuando él se hallaba casi a las puertas del generalato! La faja hubiera sido un título ante el cual los Navarridas no podrían mostrarse inflexibles.. Pero ya no había que pensar en nuevas campañas, pues Espartero había asegurado la paz por mucho tiempo. ¡Qué cosas trae la vida, Señor! ¡Él, Santiago Ibero, que había peleado sin ambición, movido tan sólo del ardiente amor de la libertad, y del gusto de afianzarla con las armas, apenas terminada la lucha sentía en su alma el gusanillo, la avidez de más altos títulos y empleos para deslumbrar con ellos a una noble familia! Y no era él hombre para despreciar la paz, ni haría cosa alguna que contribuyese a renovar los pasados horrores. Su conciencia antes que todo. Si no le daban la niña de Castro, no podría vivir. La muerte sería la solución, un morir no menos glorioso que el de los campos de batalla, pues lo mismo daba caer a los pies de Cupido que a los pies de Marte, que tan dios era Juan como Pedro.

Por efecto del calor y del cansancio que le quitaban el apetito, al pasar las Cabrillas iba el hombre tan espiritado, que el caballo, si en ello pensara, habría podido darse cuenta de una notable disminución en el peso de su jinete y señor. Ya en el llano de Valencia, donde los soldados se entregaban a locas alegrías, convidados de la dulzura del clima y de las abundancias de aquella tierra, Ibero se sintió invadido por tristezas más crueles, que se le agarraron al hígado, al corazón, y luego despedían negros vapores hacia la cabeza. Marchando en las serenas noches, se complacía en ver espectros, que surgían a uno y otro lado del camino, y pausadamente (p.5372) se alejaban ante el regimiento, mirando hacia atrás con fúnebres ojos. No eran, no, las nubes de polvo que levantaba el viento, eran ilusorios o verdaderos fantasmas, seres de otro mundo, que venían a penar en este y en el propio lugar donde fueron despojados de su carnal vestidura; eran las sombras de los infelices españoles brutalmente fusilados en los mataderos de Utiel, Chiva y Burjasot. De un suelo harto de sangre se evaporaban los trágicos horrores de la guerra para turbar los días serenos y las noches plácidas de la paz. Fuese porque estas imaginaciones le trastornaran, fuese porque al pasar bruscamente del achicharradero de la meseta central a las humedades ribereñas contrajera algo de paludismo, ello es que entró en Valencia con escalofríos y sed insana. El físico le recomendó descanso y pócimas; mas no hizo caso, atendiendo sólo, antes que a su salud, a buscar en el correo, o en la Capitanía General, las cartitas de La Guardia. Contaba con ellas como con la salida y puesta del sol a la hora marcada por los almanaques. Pero los divinos papeles ¡ay!, o no habían llegado, o andaban perdidos en los laberintos de la ciudad, quizás en manos de personas extrañas que los profanaban leyéndolos. ¡Qué abominación! Horrenda catástrofe era que se perdiesen, y crimen nefando que los violara la curiosidad. Lo primero merecía una revolución; lo segundo, un cruel castigo.. fusilar sin piedad a todo español que desflorase una carta.

 

Ep-28-VI -

La enfermedad de Ibero no fue grave ni larga, y aún habría durado menos si llegaran las deseadas epístolas. En cambio de esta soledad del corazón, veíase mentalmente asaltado de continuas impresiones, pues los amigos le llevaban todo el fárrago de noticias que diariamente llegaban de Barcelona y de Madrid. El capitán D. Jacinto Araoz, que amaba a su superior como a un hermano, le ponía en autos de las graves ocurrencias, refiriéndolas con el calor que todo español pone en las cosas del procomún, principalmente cuando no le afectan ni mucho ni poco. En Barcelona, archivo de la (p.5373) cortesía según Cervantes, arca del liberalismo según los modernos, había estallado un motín. Decían los enemigos de Espartero que la trifulca era obra de Linaje. ¿Qué querían los revoltosos? Pedían, a juzgar por sus gritos, cosas muy buenas. ¡El Duque, la Constitución, nuevo Gobierno! La Reina y el General no se habían entendido en la formación del Ministerio ni en el programa de este, pues de un lado tiraban a que la nueva ley de Ayuntamientos, violación de un principio constitucional, fuese sancionada, y de otro a que no lo fuera. D. Baldomero se atufaba y anunciaba la dimisión de todos sus cargos; la Reina no sabía de qué lado volverse, pues los hombres civiles de valía no eran la fruta más abundante en el país. Todos resultaban enanos, medrosos, obedientes a la espada o bastón de quien había sabido mantener el uso exclusivo de estos emblemas de autoridad.. El motín fue escandaloso, repugnante: ni los amotinados sabían hacer revoluciones, ni las autoridades el arte y modo de contenerlas. Ocurrieron desmanes vergonzosos, actos de estúpida crueldad; moderados y liberales se injuriaban o se agredían en medio de las calles. Ante los balcones de la residencia del Duque vociferaban los unos, y ante el carruaje de la Reina los otros hacían demostraciones ridículas. Hubo no pocas víctimas, algunas gloriosas; rasgos personales de caballeresca audacia, que contrastaban con el salvajismo de la soez multitud. Terminó al fin la jarana con prisiones y bandos, y el indispensable cambio de personas en los primeros cargos militar y civil.

Por variar, el mismo 18 de Julio estallaba en Madrid otro motín, y los pobres ministros no sabían a qué santo encomendarse. Todo lo arreglaban dimitiendo; con delicadezas y remilgos querían gobernar un país revuelto y desquiciado. Felizmente, la Milicia de Madrid supo cumplir, y todo se redujo a los himnos y vociferaciones de costumbre en calles y plazuelas, a los atropellos de gente pacífica por gente desalmada. Libertad pedían los revoltosos, y en nombre de este ideal acometían a las mujeres que (p.5374) llevaban galgas, o a los hombres que por su traza elegante ¡oh contradicción!, parecían enemigos del progreso. La tropa permaneció fiel a la disciplina; los ministros, pasado el peligro, acordaron que se cantara un solemne Te Deum para celebrar la paz. ¡Bonita paz nos daba Dios!.. Lo más grave de todo, según el bueno de Araoz, era que Inglaterra y Francia, las dos potencias más poderosas y camorristas del mundo, tomaban partido en nuestras discordias, declarándose los ingleses por la libertad y Luis Felipe por la moderación. «Era lo que nos faltaba -decía el ingenioso capitán-: que las naciones extranjeras vinieran a enzarzarnos más de lo que estamos. ¡Vaya una paz que hemos traído, chico! Ya voy viendo que la mejor de las paces es la guerra, y que nunca están los españoles tan sosegados y contentos como cuando les encharcamos con sangre el suelo que pisan. Preparémonos para otra campaña, querido Santiago, la cual no veo clara todavía, pues no sé quiénes serán ellos ni quiénes seremos nosotros; pero entre media España y la otra media andará el juego. A prepararse digo, que aquí la paz es imposible, y si me apuran, desastrosa, porque el español ha nacido eminentemente peleón, y cuando no sale guerra natural, la inventa, digo que se distrae y da gusto al dedo con las guerras artificiales».

Poco interés ponía Ibero en estas cosas, pues para él guerra y paz, progreso y obscurantismo, se borraban en su mente ante el inmenso problema de que llegara o no la deseada carta. Corrieron días, y al anuncio de que la Reina saldría de Barcelona para Valencia, comenzaron atropelladamente los preparativos para la recepción. Llegó Su Majestad por mar, en un vapor mercante, y desde que fue avistado por el vigía, acudieron las tropas a formar en el Grao. Agregado a la sazón Ibero al Estado Mayor, debía escoltar a la Reina hasta su alojamiento, que era el suntuoso palacio de Cervellón. Desde muy temprano se agolpaba la multitud en el puerto. Desembarcó la Gobernadora, y las primeras aclamaciones con que fue recibida (p.5375) al poner el pie en tierra no revelaron un delirante entusiasmo popular. Ibero la vio en el momento en que al coche subía, oído el breve saludo de las autoridades, y quedó encantado de la gentil presencia de Cristina y de la incomparable gracia de su rostro. El mirar dulce, las lindas facciones, los hoyuelos que al sonreír se le hacían a uno y otro lado de la boca, le fascinaron. No había visto jamás mujer tan bonita, con excepción de una, de una sola, que por soberanía de amor no podía tener semejante. Y lo más extraño fue que entre aquella, la suya, y María Cristina encontraba misterioso parecido. No eran iguales el color del cabello ni el corte de la frente; pero la boca y singularmente los hoyuelos decían: «aquí estamos todos». Con tal semejanza y la impresión que hizo en él la Reina, cuya imagen llevó estampada en la mente mientras duró el trayecto del Grao al centro de la ciudad, tuvieron gran alivio las melancolías del buen alavés; casi estaba contento; veía rosados y luminosos los horizontes de la vida, que horas antes se le presentaban negros, y se sentía menos desconfiado y pesimista.

En el tránsito de las Personas Reales, las manifestaciones del pueblo resonaron débiles y frías. Habría querido Ibero más calor, más entusiasmo, que bien lo merecían los peregrinos hoyuelos y la seductora expresión de aquella sonrisa. ¿Qué importaba la insana preferencia de la Gobernadora por los moderados, si encantaba al mundo con su gracia hechicera..? Nuevamente vio el alavés a Su Majestad al parar el coche para recibir a las muchachas que le ofrecieron ramos, y mayor fue entonces su admiración de tanta belleza, y más vivo el sentimiento plácido que invadía su alma, algo como confianza en lo futuro y retoños de esperanza. Un cuarto hora después de la entrada de la Reina en Palacio, y hallándose Santiago en el cuerpo de guardia, se le acercó presuroso su asistente, y con voces de alegría confianzuda le dijo: «Mi Teniente coronel, ¡dos cartas, dos! Ahora mismo llegaron por el correo.. Ahí las tiene. Y que no abultan poco».

Cogió las cartas (p.5376) Santiago, quedándose un rato como si no viviera en este mundo, y las guardó en el pecho para leerlas en la primera ocasión. Como una tarabilla continuó charlando con sus compañeros, a quienes no pudo ocultar la alegría que inundaba su alma. Todas las cosas tomaron risueño color a sus ojos: la oficialidad era más diligente en el servicio; los soldados ganaban en marcialidad y compostura; los generales estaban ya de acuerdo para dar patriótica solución a las graves cuestiones; los políticos de clase civil deponían su ambición y sacrificaban al interés público todo interés personal. ¡Y la Reina!.. ¡oh!, ¡la Reina!.. Al retirarse a su alojamiento, metiéndose la mano en el pecho para acariciar lo que pronto había de leer, se decía: «Esa mujer divina es quien os ha traído, adoradas cartas.. Me parece poco llamarla Reina: es un ángel, una diosa..».

Las cartas no decían nada y lo decían todo. Traían las mismas dulzuras de otras, y las propias esperanzas. No fijaban el porvenir de un modo concreto, y esquivaban la cuestión capital; referían con gracia encantadora mil cosas de familia, y en medio de estas intimidades dejaban entrever el obstáculo que era la mayor tristeza del valiente militar. Luego expresaban el gozo de que hubiese terminado la guerra, y entonaban un himno a la paz. De la paz resultaría mucho bien, así a los grandes como a los pequeños. No bien las hubo leído Santiago, le asaltó el formidable tumulto de ideas para la respuesta; había tanto que decir, que difícilmente podría decirlo todo.

Días después, habiendo tomado el mando de Borbón (17 de línea) , entró de guardia, y Su Majestad le convidó a comer. En su vida se había visto en trances de tanta etiqueta. El honor de la invitación le vanagloriaba, y el miedo de hacer un papel desairado le afligía; mas se tranquilizó pensando que para salir del paso bastábale su buena educación castiza, sus hábitos de caballero y militar. No necesitaba, pues, experiencias cortesanas, pues al soldado de temple no se la había de exigir un conocimiento prolijo de la vida social. Durante la comida, y en la breve (p.5377) recepción que la siguió, Su Majestad estuvo con todos amabilísima, y a cada cual supo decir un concepto grato. Distinguió a Ibero, consagrándole algunas palabritas más de lo que acostumbraba, y ellas fueron tales que el agraciado no pudo olvidarlas en mucho tiempo.

«Sr. de Ibero -se dignó decir la Reina-, se cuenta por ahí que anda usted terriblemente enamorado. Aunque me consta lo que usted vale, temo que una pasión tan fuerte le distraiga del servicio..».

-¡Señora!.. -murmuró Ibero en el colmo de la turbación, trémulo como un niño, viendo de cerca los lindísimos hoyuelos que daban infinita gracia a la boca de Su Majestad-. Señora.. yo.. digo que el servicio de mi patria y de mi Reina es antes que todo. (p.5378)

-Si lo sé.. Mientras más enamorados, más caballeros y mejores servidores de estas pobrecitas Reinas. Y qué, ¿no se piensa ya en casorio? No descuidarse, Sr. de Ibero. Ya, ya sé.. me lo ha dicho Jacinta.. Una huérfana, mayorazga. Son dos hermanas.

-Las dos de muchísimo mérito.

-Todo se arreglará. Cree Jacinta que todo irá por buen camino..

-La señora Duquesa de la Victoria -dijo Ibero, arrancándose con una audacia de pretendiente- podría interesar en mi favor a la familia de.. a los señores de..

Bruscamente cambió de asunto Su Majestad, como herida de un recuerdo vago que anhelaba precisar.

«Me parece -dijo-; no estoy bien segura.. paréceme que en la lista de ascensos a coronel que me han presentado ayer está el nombre de Ibero».

-Bien puede ser, señora -replicó el militar-: sé que el señor Duque me había propuesto.

-¡Coronel!.. Lo habrá usted ganado bien.

-Deberé mi ascenso, más que a méritos míos, a la munificencia de Vuestra Majestad.

-Subir un escalón más en la milicia es cosa muy buena para los enamorados que desean casarse, pues cuanto más suben, más fácilmente ven a sus novias.

Oyó esto Ibero como un rumor lejano, pues atraían y fijaban toda su atención los hoyuelos jugando en derredor de la regia boca. Distrájose Cristina (p.5379) recibiendo el saludo del General D. Leopoldo O'Donnell y del regidor D. José Félix Monge, que entraron en aquel momento; cambió con ellos algunas palabras; volvió luego junto a Ibero, o más bien frente a él, y por despedida le dijo: «Señor teniente coronel, ¿a quién quiere usted que hable: al Ministro de la Guerra o a Jacinta?».

-A los dos, señora -replicó Ibero con una espontaneidad que al poco rato turbó gravemente su conciencia.

Al retirarse no tenía consuelo, y furioso consigo mismo se echaba en cara la grosería de aquella respuesta. «¡Qué gaznápiro me hizo Dios! -se decía-. Debí contestar de una manera fina, con gracia y modestia, no a lo bruto.. ¡En qué estaba yo pensando! Di una respuesta egoísta, ambiciosa.. una respuesta moderada».

 

Ep-28-VII -

Viviendo en sus soledades, sin dejar de atender con mecánica regularidad a su militar obligación, nada le importaban a Ibero los acontecimientos políticos, y las noticias del motín de 1.º de Septiembre en Madrid le afectaron muy poco. El movimiento no fue iniciado por la plebe ni por los militares. El Ayuntamiento rompió plaza, declarando su propósito de no cumplir la Ley Municipal y poniéndose en frente del Estado. Era una nueva forma de revolución, a lo pacífico, como la preconizaba el buen Milagro, y ello debía de estar bien guisado, porque la Milicia se apiñó resueltamente al lado de los ediles, y el ejército fraternizó con el pueblo. Con este modo de señalar, claro es que no había de correr sangre, ni había para qué.

Llegaban a Valencia las noticias abultadas y con cierto cariz poético. ¡Qué orden tan admirable! Verdaderamente no había pueblo más digno de la libertad que el español. Así se engrandecían las naciones. Los extranjeros se admiraban de nuestra cordura, de nuestra cívica virilidad. Se repetían las frases ardientes de González Bravo, pronunciadas en el Ayuntamiento, las proclamas de San Miguel a la Milicia, y los dichos catonianos de este y el otro individuo, que entonces empezaban a figurar en la historia. Naturalmente, se formó una Junta, que asumió todos los poderes, (p.5380) y su primer cuidado fue dirigir una respetuosa exposición a la Reina. Todo se hacía con respeto: con respeto se convirtió un Municipio en Estado, y la fuerza pública se ponía a las órdenes de un Alcalde, con muchísimo respeto. Oyendo contar a su amigo Araoz estas novedades, Ibero lo encontraba todo muy natural; pero no pudo menos de reír al enterarse de que en la flamante lista de secretarios de la Junta de Madrid figuraba el claro nombre de José del Milagro.

Dígase entre paréntesis que la ley de Ayuntamientos, causa de toda la trapisonda, no era más que una triquiñuela legal de los moderados para reducir a su mínima expresión la fuerza popular en los comicios, y matar de raíz las aspiraciones progresistas. Revelaron en ello, si no la suprema inteligencia de que blasonaban, una trastienda frailuna de que sus contrarios carecían. Los caballeros del Progreso, aferrados a la política sentimental, todo lo resolvían con himnos, abrazos y banderolas; los otros iban un poco más al bulto.

Cundió por toda España el ejemplo de Madrid, y el pronunciamiento no tardó en ser nacional. Vencida por un superior juego, la Reina no tenía ya más que una carta, y la jugó sin vacilar: Espartero fue Presidente del Consejo de Ministros.. Vio en ello Ibero la solución más natural y conveniente, pues el Duque y la Reina, las dos personas más altas de la Nación, encontrarían la forma y manera de hacer felices a los españoles, dándoles leyes justas y gobernando con prudencia y eficacia. Siempre había sido Ibero un gran inocente, y bajo la influencia soñadora y narcotizante de su refinado amor, lo era mucho más. Pensaba como un niño, y en la paz los tonos rudos de su fiereza militar se avenían singularmente con el carácter incoloro y anodino de sus ideas. Por aquellos días recibió su nombramiento de coronel, y fue a dar las gracias a la Reina, que le recibió muy afable, sin repetir las delicadas bromas acerca del noviazgo. Sin duda la señora no se acordaba ya de tal cosa: su semblante revelaba insomnios y tristeza. La gravedad de la situación política la (p.5381) reconoció Ibero claramente en los hoyuelos, que aparecían algo desvanecidos y con pocas ganas de broma. Salió de la regia estancia compadeciendo a Su Majestad, y deseoso de que el Pronunciamiento le trajese días gloriosos, cosa en verdad menos fácil de lo que parecía.

Recibió el coronel con su honroso grado el mando del Príncipe, y en la toma de posesión y en los trabajos de revista de material, documentación, caja y demás, se le pasaron algunos días. Consagrose después a un rudo trabajo epistolar, mandando para La Guardia en plieguecillos de papel toda su alma y tiernísimos memoriales, y mientras escribía con destreza febril, apenas se enteró de que el recibimiento hecho en Madrid al Duque fue un delirio, de que la Junta revolucionaria, como quien no dice nada, se permitía pedir a la Reina que diese un manifiesto reprobando los consejos de los traidores que la rodeaban; que separase de su lado a todos los funcionarios palatinos y personas notables que habían concurrido a engañarla, etc. Poco después, no fueron tan sentimentales los acuerdos de la Junta, pues se arrancó a proponer al Duque la reforma de la Regencia, con arreglo a los buenos principios. La Reina era excelente persona, según la Junta, y estaba animada de las mejores intenciones; pero en su inexperiencia encontraban un campo fácil de explotar los que aspiran a perdernos. Para no cansar (el documento es largo y mal escrito) , querían los junteros asociar a la augusta persona otras que participaran con ella de carga tan pesada.. y merecieran la estimación y confianza nacional.

En esto, formaba el Duque su Ministerio, lo que no le fue difícil, dueño como era de la fuerza y de la opinión, y con sus ministros en el bolsillo, tomó el camino de Valencia, a donde llegó el 8 de Octubre, harto de ovaciones, siendo la más solemne y estrepitosa la que en la ciudad del Turia dispuso y efectuó la gran mayoría del vecindario, el Ejército y Milicia. A la Cruz Cubierta salieron a esperarle generales y jefes, el Ayuntamiento, y gentío inmenso de (p.5382) todas las clases sociales. Locos de entusiasmo, los chicos de Milicia y pueblo desengancharon los caballos de la carretela y tiraron de ella tan guapamente hasta el interior de la ciudad, en medio del estruendo de las aclamaciones patrióticas, que semejaba a los fragores de la Naturaleza. Comparsas y músicas unían su clamor a la delirante voz del Progreso. De balcones, ventanas y azoteas llovían flores, coronas, dulces, confites, versos del inspirado Arolas. Al llegar el pacificador a su alojamiento en casa del Marqués de Mascarell, cantaron un himno los coristas del teatro, digno remate de función tan lucida y grandiosa.. No ha existido en España popularidad semejante, tanto más hermosa cuanto eran más efectivos los méritos que la justificaban. ¡Qué caminito para fundar algo grande y duradero! Ya se irá viendo, a medida que vaya clareándose el balance histórico, lo que España debió a Espartero, y lo que Espartero quedó a deber a España. Esta pobre vieja siempre sale perdiendo en todas las cuentas.

«Eso de que la Regencia sea doble -dijo Ibero en aquellos días, imponiendo su opinión a la oficialidad, mientras tomaban café en el cuarto de banderas-, me parece una inspiración del cielo. Los dos partidos, las dos ideas se juntan y gobiernan y transigen como un matrimonio, que no se puede disolver. Si esto no cuaja, señores, será porque aquí ya no hay patriotismo».

Opinaron todos como él, y pusieron en el cuerno de la luna lo que llamaban la co-Regencia, invención de la Junta municipal y constituyente de Madrid. Mientras de esto platicaban los militares, haciendo de paso sátiras muy acerbas de los personajes moderados que componían la camarilla de la Reina, esta escuchaba en su cámara la lectura del programa ministerial, en el cual, entre vanas retóricas, se soltaba esta idea: Pero lo que más generalmente se desea es que Vuestra Majestad se acompañe de hombres prácticos en la ciencia de gobierno.. Luego remachaban con este otro parrafito: Es opinión tan generalizada, que hasta en los pueblos más pequeños y (p.5383) que menos parece se ocupan de las cosas públicas, existe; y es tal la exigencia respecto a este punto, que la creemos irresistible, y un escollo contra el cual se estrellaría cualquier Gobierno que intentase contrarrestarla. Oyó la Reina, y no dijo si le parecía bien o mal el documento, discreción en verdad muy extraña, pues para saber lo que opinaba del programa se lo habían leído. Como para quitar a los consejeros el mal efecto que había hecho su mutismo, requirió Cristina el Crucifijo y Evangelios para que los tales juraran, y con esto y el acto solemne de tomarles la prenda de sus conciencias, les tranquilizó, y ellos se tuvieron ya por ministros efectivos. Salieron de Palacio, y pasó un lapso de tiempo que por su importancia en aquella comedia hubo de merecer diversos cálculos acerca de su duración. Fue lo que podría llamarse un rato histórico, y su longitud la apreciaron unos en más, otros en menos. D. Joaquín María Ferrer lo fijaba en veinte minutos, D. Manuel Cortina en quince, y Gómez Becerra en media hora. Ello es que no había transcurrido después de la jura una larga existencia ministerial, cuando Espartero, que aún no había salido del palacio de Cervellón, fue llamado precipitadamente. Su instinto le anunció algo grave, y no se equivocaba el señor Duque, hombre de olfato seguro, pues al entrar en la regia estancia, la Gobernadora, nerviosa y demudada, retorciendo en sus lindas manos el pañuelo, le dijo sólo tres palabritas: «Espartero, yo abdico».

¿Qué hablaron en el resto de la conferencia, que duró más de una hora? Claro es que Espartero empleó aquel tiempo en disuadir a Su Majestad de la resolución expresada. Debió de argumentar como ministro, como general y como caballero, y las varias razones salidas de sus labios no debieron de tener otro fin que la demostración del daño grande que al país ocasionaría la renuncia. En ningún archivo histórico consta ni puede constar aquel diálogo; pero la verosimilitud y el arte hipotético pueden reconstruirlo. Lo verdaderamente indescifrable es el pensamiento de uno y otro (p.5384) mientras hablaban; lo que dijeron no ofrece dificultad grande al historiador. Claro como el agua se ve que el Duque agotó todo su caudal lógico para quitarle de la cabeza a la bella Cristina la ventolera de abandonar su cargo, y que la Reina se obstinó en la renuncia, como quien ha tomado un acuerdo irrevocable, con su cuenta y razón. O anhelaba descanso, vida doméstica, goces más tranquilos que los del poder, despojado ya de todo encanto para ella, o vislumbrando un porvenir de dificultades insuperables, hacía la jugada de endosar al vecino su parte de responsabilidad. Cualesquiera que fuesen los móviles, estrategia o fatiga, ello es que la Soberana y el Soldado se separaron cada cual con su tema. No hubo acuerdo más que en la conveniencia de que sólo el Gobierno supiese la grave resolución, y de que al día siguiente se celebrara Consejo para discutirla.

Pero ¡ay!, el Gobierno no fue más afortunado que su Presidente: los pobres ministros, que se creían en situación muy desairada ante una Reina que, mientras tomaba juramento, tenía guardado el escrito de su renuncia en la gaveta de la mesa donde estaban el Crucifijo y los Evangelios, hablaron sin tasa para disuadirla. Todo inútil. «Yo me voy, yo me voy, y yo no puedo más». Con esta misma tenacidad categórica rechazaba María Cristina todos los extremos del programa ministerial, negándose a suspender la ley de Ayuntamientos y a reconocer la legalidad de las Juntas, y abominando de la co-Regencia.

«¿Por qué Vuestra Majestad no nos dijo todo eso antes de hacernos jurar?».

-Porque no podíamos prescindir del juramento, señores míos; porque era forzoso que hubiese un Ministerio en quien resignar el poder, para que la Nación no quedase sin gobierno.

Ni con estas razones ni con otras que expuso la dama se dieron por convencidos, y acordaron dejar en suspenso la discusión, celebrando nuevo Consejo al siguiente día. En el intermedio preparose Cristina de nuevas armas dialécticas, que fácilmente encontraba en el arsenal de su camarilla, y el Ministerio, tras (p.5385) una fatigosa disputa en que la fuerza lógica de seis hombres de autoridad se estrellaba en la tenaz porfía de un ser débil (hecho en verdad muy humano, que ocurre constantemente en el orden privado) , se declaró vencido.. Espartero y los suyos hubieron de aceptar la situación creada por la renuncia; mas no se puede determinar, a estas distancias cronológicas, si al acto de aceptar el hecho acompañó tristeza o alegría de los corazones. La actitud de Cristina tomaba toda su fuerza de la propia debilidad mujeril y del respeto y exquisitas consideraciones con que era forzoso tratarla. Había pronunciado con toda la majestad del mundo un ahí queda eso, y ya podían venir a predicarle abogados, generales y hacendistas. Si estos querían hacer un poco de historia con elementos más o menos políticos y literarios, ella sabía componerla con un mohín tan enérgico como gracioso, con un rasgueo de abanico y un estira y afloja de los expresivos hoyuelos.

No tardó en hacerse público el estupendo caso, y cada cual lo comentó como quiso, prevaleciendo el criterio de que Doña María Cristina daba muestras de gran patriotismo, quitándose de en medio para que viniesen otros a labrar la felicidad de la patria. Entre tantas opiniones, el historiador debe preferir las que rompían los vulgares moldes del juicio de los más, revelando en su propia extravagancia un cierto poder de adivinación. A la tertulia del cuerpo de guardia de Palacio asistía diariamente un señor de edad madura, a quien llamaban Don Nicolás, no se sabe por qué, pues no era este su verdadero nombre. Gustaba de andar entre militares, sabía revolver la historia de su época y apuntar sobre cosas y personas juicios muy donosos. Valenciano neto, poseía la perspicacia levantina, el decir sentencioso, y un sentido de la realidad que los ribereños del Mediterráneo deben a la frecuencia con que les visita el espíritu de Maquiavelo.

D. Nicolás expresó una opinión que fue motivo de risa y chacota entre los circunstantes, bebedores de café y copas, fumadores de tagarninas. (p.5386) «Pues la razón de todo esto -dijo- es el odio que la señora ha tomado a Espartero. Le aborrece; no puede matarle con su autoridad, y le mata con su dimisión. La cosa es bien clara. ¿Cuál es para Cristina la mejor manera de hundir al Duque y de inutilizarle para siempre? Un hombre, un Rey, le arrancaría de las manos el bastón de generalísimo. Una mujer posee otros medios de venganza y castigo más eficaces.. ¿Qué es ello? Pues ponerle en la situación de que la patriotería le haga Regente. Cátate Regente por virtud y gracia de los patriotas, cátate perdido. Esto es juego muy fino, señores, la quinta esencia del saber político y humano. Para poseer esta ciencia sutil hay que ser de la otra banda, haber nacido al pie del Vesubio o del Etna. Acá somos más llanotes y atacamos al enemigo por lo derecho.. ¿Qué, se ríen? Le da la Regencia; él la toma; y ella, sentadita a la otra orilla, le ve patalear y hundirse..».

Rieron, porque si el juicio era tan disparatado que no merecía los honores de la refutación, en él resplandecían la originalidad y el ingenio. Por toda Valencia cundía, entre carcajadas, con el estribillo de Cosas de D. Nicolás.

 

Ep-28-VIII -

Ya en el trance de dar forma legal a la renuncia, el Gobierno se aplicó a endilgar del mejor modo posible la página histórica, para que los venideros tiempos no tuvieran nada que decir en punto a formalidades, y allí hubo de lucir todo su talento el que luego adquirió fama imperecedera, D. Manuel Cortina, hombre muy fuerte en jurisprudencias y en el conocimiento de la humanidad. Resultaba dificilísimo fundamentar la renuncia de la Gobernadora, que en 16 de Septiembre había dicho en un decreto famoso que satisfaría las necesidades de los pueblos. ¿Con qué razones se justificaba la ligereza de negar en Octubre lo que un mes antes había ofrecido conceder? Aquí del ingenio político, aquí de las elasticidades del pensamiento y de la palabra, para concertar un sí con un no y fundar encima el catafalco de la renuncia. Si por su entendimiento descollaba Cortina, no valía menos por la rectitud de su conciencia; y no (p.5387) hallando razones públicas con que motivar ante la posteridad el paso de la Reina, creyó que debía buscarlas en el orden privado. Demostró en ello más inclinación a resolver todo conflicto con resortes humanos que con artificios forenses, y rebosando de sinceridad y buena fe, propuso a la Reina que por cimiento de la dimisión se pusiera el hecho firme, bajo el punto de vista legal, de su casamiento morganático.

Debe decirse que si lo del casamiento no era más que un rumor, la naturaleza maligna del caso le daba tanto crédito, que ya en 1840 poquísimas personas lo negaban. Últimamente, la desavenencia ruidosa entre Cristina y su hermana contribuyó a difundir el secreto, pues Doña Carlota, refugiada en París, no halló mejor modo de distraer los ocios de su proscripción que refiriendo con pormenores de verdad todo el idilio palatino y morganático. Se cuenta que Su Alteza patrocinó un libelo que sobre la regia historia escribieron plumas venales en la capital de Francia, el cual no pudo ver la luz pública porque nuestro Embajador, Marqués de Miraflores, se cuidó de recoger toda la edición y destruirla, no sin que se escaparan algunos, muy poquitos, ejemplares.

Bueno, Señor. El sabio, el íntegro Cortina, que creía verdad lo del casamiento, y sin duda no lo tenía por delito, sí por impedimento para ejercer la Regencia, se atrevió a ser sincero con Su Majestad. Mas la viuda de Fernando VII no juzgó que había llegado aún la oportunidad de hacer público aquel suceso, o entendía que su figura histórica se achicaba enormemente si aparecía prefiriendo la actitud amorosa a la política, y sin mostrar sorpresa ni indignación denegó el caso. Ya no tuvo más remedio D. Manuel que devanarse los sesos para construir el castillete retórico que debía ser una página más de esa historia falsificada que elaboran diariamente los gobiernos con ideas muertas y palabrería de mazacote, historia indigesta, destinada al olvido. Otra cosa será cuando no haya tanta distancia entre la psicología de Reyes o gobernantes y los moldes de la (p.5388) Gaceta; entonces tendremos la real historia escrita al día. Pero es muy dudoso que este tiempo llegue; resignémonos a una vida de ficciones, y a recoger los granitos de verdad que a duras penas extrae la observación del fárrago indigerible de la literatura oficial.

Aplicáronse los señores ministros a resolver diversos problemas secundarios, nacidos de la renuncia, tales como la cuestión de tutela, la disolución de Cortes, etc., y no se cayó el firmamento, ni subió el vino, ni vieron los españoles la menor alteración en su vida bonachona. Comía el que tenía qué, y todos hablaban cuanto querían de lo humano y lo divino, derrochando su aptitud crítica, que era y sigue siendo la virtud o el vicio del siglo.

Santiago Ibero, cuyas tristezas se exacerbaron cruelmente en los días de la renuncia, por los motivos que él mismo dirá, se fue una mañana, la del 10 según los informes más autorizados, a la residencia del Duque su ilustre jefe, y solicitó audiencia de la señora Duquesa, que aquel día no prestaba servicio en Palacio al lado de la Reina. Tras corta antesala se dignó la señora recibirle, y no manifestó en aquella ocasión crítica toda la afabilidad que en su bello rostro hallaban comúnmente los que tenían la dicha de tratarla: sin duda la inquietaba la próxima partida de la Reina, y anticipándose mentalmente a volver aquella hoja histórica, veía quizás obscuras y garrapateadas las páginas siguientes.

«¿Qué traes por aquí, Santiago?».

Se sentó indolente, señalándole el asiento próximo. Como Ibero, indeciso y turbado, permaneciese en triste mutismo, continuó la dama: «¿Qué te parece de esta renuncia? ¿Has visto cosa más inesperada y sin fundamento? ¿Qué opinas tú?».

-¿Yo, señora? Nada, absolutamente nada -replicó el coronel con toda su alma-. No he tenido tiempo de pensar en ello, abrumado por.. En fin, no quiero aburrir a usted con mis lamentaciones.

-Sí, hijo; no hagas el Jeremías, que no estamos para llorar. ¿Qué te pasa?, dímelo de una vez.

-Vengo a suplicar a usted que interceda con el señor Duque para que me mande a Vitoria. Me ha dicho el ayudante del (p.5389) Sr. Linaje que el mismo día de la partida de la Reina saldrá El Príncipe para Madrid. Yo, que en tiempo de guerra jamás solicité cambio de destino, en tiempo de paz, y viendo una absoluta incompatibilidad entre mis intereses particulares y el real servicio, estoy decidido a pedir la absoluta si no se me manda al Norte.

-¿Y por qué esa prisa de ir a Vitoria? ¿Qué se te ha perdido allí?

-Se me ha perdido, o se me quiere perder, lo que para mí vale más que cuanto existe en el mundo. Perdone usted: debí empezar por ponerla en antecedentes, para que se haga cargo de las causas de mi desesperación. En la carta que recibí momentos antes de saber la renuncia de la Reina.. parece que el demonio lo hace, señora: mis alegrías y mis penas coinciden con los sucesos políticos más graves.. pues momentos antes recibí una carta.. ya me esperaba yo este jicarazo, que se me había anunciado en cartas anteriores.. Total, que la familia quiere que rompa a todo trance, porque se ha determinado que Gracia dé su mano al Marqués de Sariñán, a fin de unir las casas de Idiáquez y Castro-Amézaga.

-¡Dios nos asista!.. ¿Pero es ella quien te lo propone?

-Ella, movida, según dice, de la obediencia, del respeto a los superiores.. Bien quisiera protestar de tal tiranía; pero se halla sin fuerzas para la rebelión: su voluntad, no muy fuerte, se halla cohibida por la de su hermana, que es, como usted sabe, la que piensa y obra por las dos. A usted sorprenderá, como me ha sorprendido a mí, que Demetria, la gran Demetria, sacrifique la felicidad de su querida hermana por el marquesado de Sariñán.

-Santiago Ibero, tú no estás en tus cabales, y la pequeñuela de Castro juega con tu corazón, sin duda para ponerlo a prueba. Eres un niño; el amor te tiene tan ciego, que no ves toda la picardía de ese angelito juguetón de quien te has enamorado.

-Quizás habría pensado como usted si con la carta de Gracia no hubiera recibido otra de Navarridas en que me canta la misma tonadilla.. que renuncie, que no insista; que la familia determina otra cosa por razones muy respetables.. (p.5390) y todo ello en un tono seco y autoritario que me ha puesto, como usted ve, fuera de quicio, y con ganas de adoptar los medios revolucionarios. No me resigno, señora; no me estimo en tan poco como Navarridas quiere tasarme. Quiero que el señor párroco de La Guardia me diga esas cosas en mi cara; que Demetria también me las diga.. que no me lo cuenten por cartas.. que me suelten el tiro a boca de jarro si se atreven a ello.. Decidido estoy a todo: si el jefe no accede a lo que le pido, me iré de paisano. ¿Qué vale ya mi carrera militar, ni para qué la quiero?

-Pero, tonto, si pides la absoluta, bien podría ser que te hicieran menos caso. Pongamos que convenzo a Baldomero y te da el mando de un regimiento de los que están en el Norte: Farnesio, Cuenca, no sé.. Vas, llegas..

-Y me persono en La Guardia, y pido explicaciones, y propongo a Gracia la rebeldía, la evasión, la fuga.. Cerco la casa, la incendio; arrebato a Gracia, la robo, hago el trovador: no me arredran los lances de comedia.. Y si no pudiera conseguir lo que intento, porque la familia, el enemigo, se me anticipara con precauciones y defensas, el volcán de mi alma reventaría por el cráter de la venganza.. Ya lo ve usted: sin quererlo me vuelvo poeta.. y hago versos.. en prosa.. sin que ello me resulte ridículo.. Pues sí: ¡venganza, justicia!.. Cintruénigo me la pagará.. Pegaré fuego al palacio de Idiáquez, arrasaré la villa, no dejaré piedra sobre piedra.. ¿Para qué estamos los militares más que para castigar la maldad, para meter a todo el mundo en cintura?

Rompió en franca risa la señora Duquesa, y le dijo: «Pues, hijo, medrados estamos con tus ideas.. No se os han dado las armas, no, para que con ellas atropelléis a la gente pacífica, ni para esas venganzas de teatro. ¡Pues estaría bueno!.. Santiago, si sigues diciendo esos disparates, creeré que eres capaz de hacerlos; y Baldomero que se interesa por ti más que tú mismo, te mandará a un castillo hasta que te pase la calentura. Ten formalidad, y yo te prometo interceder para que te dejen ir a ver a la niña, y puedas echar un párrafo con María (p.5391) Tirgo.. Vamos, hombre, que no serán las cosas tan negras como tú las pintas.. Es que con la paz, los valientes os volvéis otros, digo yo, y todo el furor de guerra que teníais en el cuerpo os sale en forma de tonterías, y os ponéis babosos, y qué sé yo..».

-¡La guerra! -exclamó Ibero dando un gran suspiro-. Los días más penosos de la campaña, aquellos en que me vi en mayores peligros, en que sufrí más hambres, fueron, ¡ay! los más felices de mi vida.. Ya no volverán.

-Ni falta que nos hace. ¿Pues qué, siempre hemos de estar peleando para dar gusto a estos señoritos alocados?

-No digo que siempre estemos en guerra.. digo que aquello para mí era mejor, que me gustaba más.

-Buen provecho te haga. No, no: España quiere ahora paz, y una paz larguísima, para que prospere todo, hijo, y seamos un pueblo ilustrado y rico.

-Así lo he pensado yo; pero no me sale la cuenta, señora.

Algo más quería decir; pero le interrumpió la entrada de Espartero. Levantose Santiago con marcial presteza al sentir el ruido de la mampara, y dando media vuelta se encontró ante la cara cetrina del pacificador, que aquel día no revelaba un temple muy favorable a las conversaciones ociosas.

«¿Qué quiere Santiago?» preguntó casi sin mirarle.

-Quiere que le mandes a Vitoria -dijo la Duquesa entre seria y festiva, poniendo toda su bondad generosa al servicio de una causa de amor harto simpática-. Y realmente tiene que hacer allí. Es una iniquidad que le quiten su novia y la casen por fuerza con otro, a estilo de comedión pasado de moda. Los Navarridas dan un bofetón al Ejército español, y esto no debe consentirse.

-¿A Vitoria..? -repitió Espartero, que engolfado en otros asuntos y pensamientos no se hizo cargo de lo que oía-. ¡Válgame Dios, qué jaqueca nos está dando esa buena señora! Hoy hemos salido locos.. ¿Pero no comemos, Jacinta? No es que yo tenga ganas; pero hay que comer, no sólo para vivir, sino para salir pronto de esa obligación de la comida, y ocuparse uno en lo que ha de hacer por las tardes.. Ahora me acuerdo: tenemos que (p.5392) esperar a Cortina, a quien he convidado.. Me parece que ya está ahí: ese es de los puntuales. Santiago, te quedarás a comer con nosotros.. No hay excusa: yo lo mando. ¿Con que a Vitoria? Por ahora no puede ser. Ibero irá siempre a donde yo le necesite, y yo le necesito a mi lado.. en Madrid.

 

Ep-28-IX -

La repetición de este concepto, al siguiente día, quitó a Ibero toda esperanza de que el General accediese por el momento a trasladarle al Norte; y para colmo de desdicha, siempre que de esto se le hablaba, respondía Espartero con mayor severidad y firmeza, tomando a broma lo de la licencia absoluta, que calificó de chiquillada indigna de un hombre serio. No tuvo al fin Santiago más remedio que resignarse, ayudándole en su conformidad la bonísima doña Jacinta, que le prometió escribir a La Guardia para informarse de la intriga o cábala matrimonial que hacía de un bravo coronel de ejército un desairado personaje de comedia sentimental. En los días que precedieron a la partida de la Reina, se distrajo con las precauciones que hubieron de ser tomadas para impedir que se turbara el orden, pues corrían voces de que la caterva reaccionaria produciría un motín en el momento de salir Su Majestad de la misa en la Virgen de los Desamparados para dirigirse al muelle. El plan era precipitarse al coche, cortar los tirantes, y haciendo de borriquitos los señores y pueblo, llevarse a la Real persona con rápida tracción a Palacio. Así desbarataban caballerescamente todo el plan de embarque, dando por nulo y sin ningún valor el acto de la llamada renuncia.

Bueno será indicar el extrañísimo estado psicológico de Ibero con respecto a la Reina, para que a nadie sorprenda que se alegraba de verla partir, aun conservando hacia ella una simpatía dulce, y compadeciéndola por la pena de separarse de sus hijas. El amor, que desatado con violencia desequilibra las facultades y centuplica la sensibilidad y la fantasía a expensas de la razón, probó de un modo excepcional todo su poder en el valiente Ibero, llevándole al delirio, y haciéndole (p.5393) ver en la Naturaleza y en la Sociedad fenómenos y relaciones propias de la edad primitiva. No llegó ciertamente a un estado de locura como el de Cardenio; pero sí a creer y sentir como hijo de las selvas, de las espeluncas o de cualquier otro sitio donde no había civilización, ni ciencia, ni pacto social, sino rebaños de hombres soñadores y pacíficos ante los sublimes espectáculos del cielo y de la tierra. El bravo coronel veía signos de celestial escritura en las dispersas estrellas y constelaciones, o figuras humanas que recorrían con pausada solemnidad la inmensa bóveda; animaba con su naturalismo creador los objetos terrestres, atribuyendo a los árboles, a las peñas, a las sombras de los edificios, y aun a las cosas más innobles, figura, existencia y personalidad, y separando todas estas visiones en las dos categorías de benéficas y maléficas. Un poste, a veces, le miraba con saña; un ventanucho le sonreía; una caja de cigarros le decía: «cuidado Ibero» con fraternal interés; una banderola ondeando al viento le gritaba: «tonto, ¿por qué vives?». Aprendió mil supersticiones sin que nadie se las enseñara, y mil formas de jettatura. Reconociendo él mismo la ridiculez de aquel trastorno, actuaba sobre sí con la voluntad, y trataba de quitarse tales tonterías de la cabeza, diciéndose al fin: «¡Qué bien te vendría, Santiago, que estallase otra guerra, para que los cuidados y peligros te limpiaran el entendimiento de esta mugre!».

Cuando llegó Doña María Cristina, la peregrina casualidad de que en un mismo día y hora apareciesen la Reina y la carta que le hizo tan feliz, fue parte a que Santiago creyera su destino amoroso asociado a la persona de la Soberana. Los hoyuelos del divino rostro de Cristina eran la cifra o representación de la divinidad misteriosa que preside al amor, y ellos le infundían esperanza, le señalaban un camino, le recomendaban la perseverancia y la fidelidad, anunciándole nuevas dichas cada vez que en público se mostraban. Pero de pronto el influjo benéfico de la regia persona trocose en maléfico influjo. Con la (p.5394) renuncia de la Regente en el mundo político, grande y ruidoso trastorno, coincidieron en el individual mundo del enamorado, las tristísimas nuevas venidas de La Guardia en las cartas de Gracia y Navarridas. No fue preciso más para que la Reina se trocase de ángel en demonio, entendiendo por esto un ser muy bello, pero de muy malas intenciones, que provoca desastres y ruinas sólo con una mirada. Otras mil ocasiones de probar la sombra maligna de la viuda de Fernando VII se le presentaron, pues observó más de una vez que siempre que la veía, le pasaba algo desagradable. En fin: convertida la Reina en el genio adverso del buen militar, en la fase negra de su destino, ¿qué había de desear sino que se marchara? Y para desbaratar su poder maléfico, convenía que saliese por donde había venido: por la inmensidad del mar. Mares y cielos traen y llevan las fuerzas invisibles del mal y del bien.

Conjurado por el Gobierno y las autoridades el peligro de aquel tremendo complot para no dejar salir a la Reina, se preparó todo para la mañana del 17 de Octubre. Ibero y otros jefes recorrían desde el amanecer la carrera, disponiendo la distribución de fuerzas del Ejército y la Milicia, desde la Puerta del Mar hasta el Grao, y reforzando los puntos débiles como si se tratara de tomar posiciones para una batalla. Cuando se aproximaba la hora, vio pasar, camino del puerto, a todos los personajes que eran figuras de primero y segundo orden en el mundo oficial, luciendo sus uniformes con bandas y cruces. A las seis de la mañana, ya el corto muelle del Grao se hallaba tan obstruido por la muchedumbre de funcionarios, como en tiempos modernos por las cajas de naranjas en días de embarque. Militares había en gran número, y magistrados y clérigos, y a unos y otros hubo de señalarles Ibero los puestos convenidos para que pudiesen ver a Su Majestad y saludarla sin confusión. Allí estaban, representando al Ejército y la Marina, el Mariscal de campo Borso di Carminati, el Subinspector de Artillería D. Casimiro Valdés, el Comandante de Ingenieros D. Juan (p.5395) de Quiroga, el Comandante del Tercio Naval D. José de Julián. Por el clero, iban el Chantre de la Catedral Don Miguel Soler, el Magistral D. Vicente Llopis, el Penitenciario D. Juan Broto y multitud de curas párrocos, señalados algunos por concomitancias cabreristas. De la justicia eran dignos representantes D. Vicente Fuster, Regente de la Audiencia, y el Fiscal D. Andrés Ruiz Morquecho, amigo y conmilitón de Ibero. Empleados de categoría formaban la masa obscura, sin casacas ni relumbrones, figurando entre ellos el Administrador de Loterías, el de Aduanas, el comisionado de Amortización, y tras estos los síndicos del Ayuntamiento y el Administrador interino de ramos decimales, que no era otro que aquel D. Nicolás, filósofo de la historia y profesor de maquiavelismo.

Antes de las seis llegó la Reina en coche de cuatro caballos; había recorrido el trayecto desde la casa de Cervellón sin que saliesen las turbas moderadas a desenganchar para ponerse a tirar del coche. Todo resultaba fácil y corriente en la realidad, y la Gobernadora dimisionaria salía del Reino sin producir más entorpecimiento que una partida de naranjas. Tras ella, en otros coches, llegaron los individuos que la opinión señalaba como figuras culminantes de la camarilla: el Duque de Alagón, Capitán de Guardias de la Real persona; el Conde de Santa Coloma, Mayordomo mayor; el Marqués de Malpica, Caballerizo, y algunos otros, cuya celebridad iguala a su insignificancia. Y seguían Doña Jacinta y otras damas de la Reina llorando: algunas partían con Su Majestad, otras se separarían de ella para siempre por disposición de los hados políticos. Los Generales Seoane y Espartero formaron a un lado y otro de Su Majestad para conducirla a la falúa. La despedida fue tiernísima. María Cristina tan pronto se llevaba el pañuelo a los ojos, como saludaba a la multitud agitándolo, sin poder decir más palabra que adiós, adiós.. Viola Ibero embarcarse y partir sin apartar los ojos de tierra y del gentío que vitoreaba. Los hoyuelos, si para todo (p.5396) el mundo eran la afabilidad y el cariño, para él fueron la expresión de una ironía diabólica.

Íbase al fin bendita de Dios; su ausencia daba al enamorado militar esperanzas de un cambio feliz de su sino. Era el ocaso de una constelación adversa, que no volvería, no, a traspasar la línea del horizonte. Vio Ibero a la Reina subir la escalera del barco y agitar en lo más alto de ella su pañuelo mirando a tierra. El vapor, que humeaba ya, presuroso de salir, levó anclas y empezó a dar paletadas, no tardando en tomar carrera fuera del puerto y en emprender su marcha ceñido a la costa. El Mediterráneo, tranquilo aquel día, se puso de azul intenso para recibir y transportar a la ninfa de Parténope. Debió de recapitular la Reina en su mente, mirando las costas españolas de que se alejaba, los diez años de su vida en nuestra tierra. ¡Qué cosas pensaría, qué cosas debió de decirse!.. Recordaría también su salida de Nápoles en 1829, cuando vino a casarse con el Rey odioso y feo, y cotejando aquella salida con la de Valencia, diez años después, quizás pensó que su vida transcurría entre volcanes: allá el Vesubio, aquí la Guerra Civil, y tras esta la inmensa pira del Progreso, que no esperaba más que una mecha encendida para arder por los cuatro costados.. A tiempo se iba, después de haber desempeñado un glorioso papel político. Si enemigos crió, de amigos y sectarios entusiastas dejaba también buena empolladura. Hijos no le faltaban; que la Naturaleza habíala hecho bien prolífica, y si dos tiernas criaturas quedaban aquí, otras hallaría en Francia, sin contar lo que viniera después. Más satisfecha como mujer que como Reina, se consolaba de sus desgracias políticas considerando la dificultad del cargo. Pero, en conjunto, no le había sido adversa la fortuna, y recapitulando al son de las paletadas del vapor, le salía más crecida la cuenta de los bienes que la de los males.

No tardó en perderse el vapor Mercurio mar afuera, y a las diez de la mañana, los moderados doloridos que desde el Miquelete o en altos miradores seguían con (p.5397) catalejos el curso de la nave por la azul inmensidad, no descubrían ya más que un tiznón sobre el horizonte. Por allí iba.. ¡Qué dolor! ¿Volvería?..

 

Ep-28-X -

Antes de terminar Octubre, ya estaba Ibero de nuevo en Madrid, hastiado del viaje de regreso, igual al de ida en aburrimiento y monotonía, sin más diferencia que la producida por el estado atmosférico, pues si le achicharraron en verano los calores, en otoño las pertinaces lluvias le mojaron y refrescaron más de lo que quisiera. Fue casi todo el camino en la custodia y acompañamiento del General Espartero, viéndose obligado a presenciar unas cuarenta ovaciones en pocos días. Habríale gustado dar convoy a la Reina y a su hermanita; pero casi todo el camino fueron una o dos jornadas por delante, con su lucido acompañamiento de damas, caballerizos, escolta y numerosísima servidumbre. Sólo en la subida de las Cabrillas las vio y fue junto al regio coche un buen trecho. Por cierto que iban las dos niñas muy monas, picoteando con las damas que ocupaban la delantera, y dirigiendo a cada instante su voluble atención con juguetona risa hacia toda novedad de cosas o personas que hallaban en el camino. Por cierto que se fijaron en el Coronel, y aun le hicieron un poquito de burla, porque habiéndose interpuesto unos gitanos que bajaban el puerto con media docena de jumentos, se desorganizó un tanto la marcha de coches y jinetes. Ibero trató de restablecer el orden, arreó latigazos a los borricos, y la gitanería defendió su derecho al camino con graciosos denuestos. Tal incidente fue muy del agrado de las niñas, y la incomodidad de Ibero, no proporcionada quizás al motivo del lance, les hizo mucha gracia.

Desde aquel día las niñas se adelantaron y no las vio más. Iba el Coronel en compañía de personas fastidiosas, de funcionarios sin ninguna amenidad, que no hablaban más que de política, como si nada existiese en la Naturaleza digno de atención. El 28 llegaron a Madrid, siendo recibido el Gobierno Provisional o Ministerio-Regencia, que de ambos modos se le llamaba, con (p.5398) todas las músicas disponibles y con las aclamaciones de ritual. El mismo día de llegada se confirió a Ibero el mando de Saboya (6.º de línea) , acuartelado en el Pósito, y la primera ocupación del Coronel fue arreglar su instalación personal no lejos del cuartel y de la Inspección de Milicias, donde fue a morar el Duque con su familia. El 30 tenía ya su acomodo en una casa de la calle del Turco, agregándose a una familia riojana en calidad de huésped, pues firme en su tenaz idea de marchar al Norte a la primera ocasión que se presentase, no quiso poner casa ni embarazar su libertad. El continuo trajín militar, la dignidad de su mando, y más que nada las noticias consoladoras que recibió de La Guardia, aplazando el conflicto y reverdeciendo esperanzas, le aliviaron grandemente de su mal, y su mente se despejó de aquellos delirios supersticiosos que le habían atormentado en Valencia. Alguna vez le sobrecogían temores hondos, sin otro motivo que presenciar la caída de una cafetera, o escuchar la desafinada voz de un ciego que pregonaba el Huracán. Pero se dominaba, consiguiendo llevar a sus nervios la disciplina, a su razón la luminosa fuerza.

Reanudando sus amistades de otros días, encontró a Bretón amable y gracioso, a pesar de las tristezas de su cesantía. Por ley que parecía obra de la Naturaleza, tal era su regularidad, el nuevo régimen le había separado del comedero de la Biblioteca, para poner en él a persona más conforme con las ideas dominantes; frecuentaba Ibero su trato y el de su familia, gozoso de la paz de aquella casa, donde moraban la honradez, la modestia y todas las gracias castizas en verso y prosa. De muy distinto género era la amistad de González Bravo, el periodista impetuoso del Guirigay, el que se puso a la vanguardia del motín de Septiembre, penetrando a la cabeza de los primeros grupos en el Ayuntamiento. El triunfo del pueblo había hecho de Luis González un energúmeno: en vez de aplacarse con el acabamiento de la tiranía moderada, se inflamaba más en ardor patriotero y en ansias de libertad. Se (p.5399) decía que, contrariado porque no le habían metido en la Junta, quería llevar las cosas a los extremos de la licencia y la anarquía, ayudado de su amigo Nocedal, tipo del perfecto miliciano, el primerito en el servicio como en las asonadas. Más desinteresado que estos, movido de su loco idealismo, como poeta, y de un sentimiento popular sano y hermoso, Espronceda escribía con un rayo, pidiendo, no ya la libertad, sino la República. No se paraba en barras; no sabía contenerse retorciéndose y achicándose dentro de los moldes circunstanciales, ni quería mantenerse en el terreno común a moderados y progresistas. Su ardiente imaginación, su temple audaz, familiarizado con el libre vuelo del pensamiento, le lanzaba a las grandes empresas, y las acometía presagiando la inutilidad de sus esfuerzos. Pero ¿qué le importaba si satisfacía su ideal y se recreaba con los fantasmas creados por sí mismo? No tardó Santiago en afirmar la amistad que en el verano había contraído con Espronceda, afinándola y robusteciéndola con recíprocas confidencias. Bien conocía el alavés que las ideas de su amigo eran irrealizables, ideas poéticas y de otro mundo, ¡pero qué hermosas! Arrancaban del pasado y nos conducían a un porvenir risueño; se fundaban en lo más hermoso de nuestra alma, y pertenecían al propio tiempo al ensueño y a la razón. Contradiciéndole, movido de los respetos inherentes a su posición militar, el Coronel gustaba de oírle, y le incitaba a desbocarse por los espacios donde jamás penetró el pensamiento de los hombres comunes. Era Espronceda el vate político, y bajo su influjo la religión liberal de Ibero se iba convirtiendo en un culto secreto de dioses lejanos.

Muy distinta era la amistad que reanudó con el buen Milagro, pues en este no veía más que un pobre maniaco inofensivo, de estos que lo sacrifican todo al ansia de vivir y a las complejas necesidades de que se ven cercados. Infatigable en su propósito de no quedarse atrás en la procesión social, D. José había logrado meterse en la Secretaría provisional de la (p.5400) Junta, y tales servicios prestó allí desplegando todo su saber burocrático, que a la llegada del Ministerio-Regencia halló fácil medio de colarse en Gobernación con veinte mil, y a los pocos días se le indicaba para un puesto de jefe político en provincia de tercer orden. Transformado de ropa y cara le encontró Ibero, pues se había rapado completamente al uso antiguo, quitándose el bigote de moco que le sirviera de emblema revolucionario, y se había provisto de la ropa indispensable para un funcionario de su fuste, que pronto tomaría el mando de una provincia. Sorprendió a Ibero el aire de dignidad y mesura que en sus ademanes ponía el buen Milagro, y las ideas sensatas que derramaba de su boca.

«Vea usted, Sr. D. Santiago -le dijo la segunda vez que fue a visitarle en su oficina-, cómo se ha realizado lo que yo presagié con buen ojo. Ya tenemos el gobierno del pueblo por el pueblo; ya no hay tiranías palaciegas ni camarillas indecentes; ya no hay más que legalidad, justicia, y libertad perfectamente hermanada con el orden. Ahora procuramos que el gobierno de la Nación entre en su cauce natural, cesando en sus funciones la Junta de Madrid, después de cumplida su misión salvadora. Cierto que algunas juntas de provincias no quieren disolverse; pero la razón a todas se impondrá.. ¡Qué cordura la de nuestro pueblo! ¡Qué energía en la acción, qué prudencia en el triunfo! Aquí vienen todos los días en la prensa de Inglaterra y Francia demostraciones de lo que nos admiran los extranjeros. Pasar del despotismo a la libertad sin derramamiento de sangre es gran cosa, ¿verdad? Ahora se verá lo que es España y qué reformas, qué progreso, qué adelantos.. No dirá usted que se duermen los ministros, pues cada día larga la Gaceta un decreto reformista que da gusto.. Así, así se gobierna. Luego tendremos el gran problema de la Regencia, que resolverán las Cortes legalmente elegidas. ¡Y qué Cortes!.. las más liberales, puede usted decirlo, que se han visto desde que tenemos régimen. ¿Será la Regencia una o trina? Eso lo dirán los (p.5401) doctores políticos. Luego, con un cúmplase, queda todo concluido.. Aquí me tiene usted sacrificándome por la patria, pues el Ministro me retiene hasta media noche.. Como hay tanta gente nueva, no saben por dónde andan. Luego la taifa moderada dejó esto en el mayor desorden: no venían aquí más que a fumar cigarrillos y a hablar mal de Espartero.. Y a propósito: ¿qué tal está el Duque? Dijeron ayer que se había metido en cama molestado por un ligero ataque de retención de orina. Yo sé lo que es eso, y empleo la zaragatona, uso interno y externo. Recomiéndeselo usted, que le ve todos los días.. Que se cuide, que se cuide, pues él es la columna en que descansa todo este gran edificio de la libertad..».

Hablaron luego del amigo D. Bruno Carrasco, con quien conservaba Milagro relaciones muy cariñosas. La circunstancia de tener amistad antigua y aun algo de parentesco por afinidad con el Sr. Gamboa, Ministro de Hacienda, fue para D. Bruno como la venida del Espíritu Santo, pues a más de prometerle resolver a su gusto el expediente de Pósitos, el gobierno deseaba utilizar sus servicios en la administración, nombrándole para una plaza de consejero de Hacienda o cosa tal. Había llegado el reinado de los buenos, el predominio absoluto de la honradez. A la sazón estaba Carrasco en su pueblo, ocupado en la faena de levantar la casa para venirse a vivir a Madrid con toda la familia, apretándole a ello el vivo afán de aplicar su inteligencia y su respetabilidad a la cosa pública. «Eso, eso es lo que nos hace falta, señor mío -decía Milagro con enfática suficiencia-, y eso es lo que yo sin cesar predico. Que vengan a Madrid los hombres pudientes a dar tono a la política, para que esta no sea patrimonio de cuatro danzantes.. Si me promete usted la reserva, amigo Ibero, le confiaré un proyecto que acariciamos Carrasco y un servidor de usted. Aún no sé qué ínsula me darán; pero se trabaja para que esta sea Ciudad Real. Si allá me mandan, tenga usted por cierto que Bruno sale diputado.. vaya si sale. Allí tiene arraigo, bastante (p.5402) propiedad, numerosos amigos y deudos.. y a mí, a mí que las vendo, ja, ja.. No le digo a usted más».

Anunciole también D. José que viéndose mejorado notablemente de recursos pecuniarios y de posición social, había traído a su lado a los niños pequeños y a las hijas mayores, la esposa del bajo y la del subteniente Piquero, separada de su marido por la mala vida que este le daba. Contento de la restauración de su hogar, había tomado un pisito en la calle de las Infantas, modesto asilo que se permitía ofrecer al Sr. de Ibero, por si gustaba de honrar a la familia con su presencia, en los ratos de ocio. Allí no encontraría lujo ni etiquetas; pero sí cordialidad, franqueza y alegría. Las muchachas eran muy instruiditas para lo que aquí se acostumbra; aficionadas a la música y a la literatura, y en el poco tiempo que llevaban de su nueva instalación en Madrid, comenzaban a formarse un núcleo de excelentes relaciones.

Agradeciendo mucho la oferta de casa, prometió el Coronel no privarse de la honra y agrado de tal sociedad. Milagro, al despedirle, se condolió de que no fuese la dicha completa en su familia, pues si su hija mayor y los chiquillos no le daban ningún motivo de tristeza, érale muy penosa la situación de su hija menor, esposa de un perdido y separada de él: ni casada, ni soltera, ni viuda.. ¡Qué dolor! Gracias que la niña era un ángel, la misma virtud. D. José padecía lo indecible viéndola en aquel divorcio de hecho, criatura perdida para los grandes fines sociales, destinada a vivir como una monja en el hogar paterno. Véanse aquí las consecuencias de un mal matrimonio, contraído precipitadamente, por ventolera irresistible de la muchacha y audacias del mozalbete. En fin, ya no tenía remedio. «Mis hijas -agregó D. José- son dos obras maestras, aunque me esté mal el decirlo, notables por su talento y por todo lo tocante a la exterioridad, belleza, donaire, etcétera. María Luisa, que era una notabilidad en el arpa, ha descuidado el instrumento desde que se casó; pero la obligaremos a estudiar un poco para que usted la oiga. Su esposo, Romano (p.5403) Cavallieri, es uno de los primeros bajos del mundo, y en Madrid no hay otro que ponga más alta la buena escuela italiana, así en ópera como en funerales. Mi hija segunda, Rafaela, fue siempre tan suave por la figura, los modales, las aficiones, y al propio tiempo tan melosa y atractiva en su manera de hablar, que unas vecinas nuestras dieron en llamarla Perita en dulce, y en casa casi siempre le dábamos ese nombre. Después de su infeliz matrimonio nada ha perdido de su dulzura y delicadeza: al contrario, parece que la conformidad con su desgracia la hace más tierna y cariñosa.. En fin, amigo, no se ría usted de mis debilidades paternas.. Nada quiero decirle a usted de los chicos pequeños, que han hecho en Illescas unos exámenes brillantísimos. ¡Si viera usted las planas que me ha traído el mayorcito! Creo que serán hombres de provecho, buenos ciudadanos, buenos progresistas.. Quedamos en que usted nos honrará..».

Con una afirmación cordial se despidió el Coronel, que desde el Ministerio se fue a casa de Espronceda, y después a casa de Olózaga, y de allí a ver a Pacheco, a quien había conocido en Valencia, y luego al café, donde encontró a varios militares amigos. Así mataba el tedio con sucesivas y amenas visitas, y si no lo mataba lo hería gravemente.

 

Ep-28-XI -

¿Se disolvían las juntas? ¿Sería disuelto el Senado? ¿Era cierto que el Infante D. Francisco salía con la gaita de reclamar la Regencia? ¿Qué tal el Manifiesto de la Reina Cristina, tronando contra la situación que había creado con su renuncia? Vamos, que el Ministerio-Regencia no se mordió la lengua en la refutación de aquel documento. ¿Qué había del conflicto eclesiástico? ¿Nos quedábamos sin Nuncio, absolutamente incomunicados con la Corte y curia romanas? ¿Qué se decía de casamiento de príncipes y princesas brasileñas con infantes e infantas españolas? Y a la Reinita, ¿con quién la casaban?.. De todas estas cosas y de otras menudencias políticas y sociales que en aquellos días (ya entrado Noviembre) fatigaban la opinión, habló y (p.5404) oyó hablar Ibero en sus primeras visitas a la modesta casa de Milagro. Fue allí por añadir un recurso más a los que empleaba para combatir su aburrimiento, y en verdad que no le pesó, pues la familia era muy agradable, las niñas muy despiertas, el bajo muy complaciente, y en la tertulia nocturna, alrededor de la camilla, no faltaban señoras dicharacheras ni aun hombres políticos que decían cosas muy atinadas sobre los problemas del día. Los chiquillos pequeños eran el único desconcierto de la grata armonía doméstica, porque no brillaban por su buena educación, ni sabían hacerse agradables en la edad que precede al último estirón de la infancia. Eran pegajosos, entrometidos, preguntones y cargantísimos. Pero, en fin, a esta pejiguera servía de compensación la discreta amabilidad, la risueña juventud de María Luisa y Rafaela.

Ya llevaba Ibero algunos días de conocimiento y no podía conseguir que María Luisa tocase el arpa. Se excusaba pretextando rigidez de dedos por el abandono de la ejecución en largos meses; y en tanto, como el instrumento padecía también de la dilatada inacción, el bajo, que era hombre para todo en cosas musicales, se pasaba las horas componiéndolo y echándole nuevas cuerdas. María Luisa no había dado aún nietos al buen Milagro; a los siete meses de casada, un mal parto malogró las esperanzas paternales, que de nuevo reverdecían en el invierno de 1840; y como se hallaba ya de cinco meses, a D. José no le gustaba que se la instara demasiado a lucir sus habilidades de arpista, no fuera que con el ajetreo de pies y manos y con las sofoquinas que suele producir la inspiración, cuando es de ley, se malograse el fruto. El pobre Cavallieri era un hombre excelente, conocedor de sus deberes como presunto padre de familia. A pesar de hallarse sin contrata, pues por no lanzarse a viajes costosos había rechazado las que le propusieron de los regios teatros de San Petersburgo, Londres y Nápoles, sabía traer dinero a casa, sacando un jornal de todas las solemnidades religiosas y de los (p.5405) funerales de primera. Además daba lecciones de canto, y también componía su poco de música, ora un invitatorio, motete o tanda de villancicos, ora alguna canción con letra de Espronceda para acompañamiento de guitarra. En casa era de una seráfica mansedumbre: respetuosísimo con su suegro, obediente a su mujer, sin exigencias en las comidas, dispuesto a todo, aun a cosas tan contrarias al arte de Rosini como el planchar vuelillos y el peinar a las señoras.

La casa era modestísima, los muebles viejos y descabalados, simbólica expresión de la vida procelosa de Milagro y de las cesantías, traslados a provincias y demás accidentes de la vida del funcionario público en esta desordenada tierra. Notó Ibero los apuros que había cuando los visitantes vespertinos o nocturnos excedían del número de sillas, contando para los grandes llenos con las de la cocina. Mas no por estas escaseces de mobiliario, ni por otras faltas que a cada paso se ponían de manifiesto, perdían aquellos benditos el gusto de la vida social, y cada vez querían atraer y recibir a más personas, sin reparar que fueran de mejor pelo y de clase superior a la suya. No les era difícil sostener la casa con el sueldo de Don José y las ganancias no deslucidas de Cavallieri: la experiencia de Milagro y sus dotes de gobierno impusieron desde el primer día el sistema salvador de gastar menos de lo que ingresara, y por nada del mundo se alteraba este método, al que debían la tranquilidad, un comer apropiado a las necesidades, y una vida, en fin, decorosa, aunque humilde. Los chicos no iban rotos a la escuela, ni D. José a la oficina con facha indigna de su posición; para todo había, y aun se juntaba duro a duro el presupuesto de sastrería que había de dotar a Milagro de todas las prendas indispensables a un jefe político.

La menor de las hermanas, la que, según el dicho de su padre, no era viuda, ni casada, ni soltera, Rafaela, en fin, por mote familiar vigente aún, la Perita en dulce, daba quince y raya a todos en lo hacendosa y hormiga para su atavío particular. Otra que mejor y con más gusto se arreglara los (p.5406) cuatro pingos que poseía, y los lazos, cintas y moños, no ha existido en Madrid. ¿Qué arte secreto era el suyo para vestirse y emperifollarse, y qué hacía para parecer tan bien con su trajecillo pobre y con cualquier trapo de bien combinados colorines que se pusiera? Verdad que ayudaban al mágico efecto su rostro bonito y la perfecta conformación de su talle; pero algo más había, y era un instinto, una adivinación, y el conocimiento genial de todas las modas y sus cambios, sin sobar figurines ni andar entre modistas. Descollaba Rafaela entre sus iguales como la rosa entre mastranzos; su superioridad consistía quizás en que nunca delató con la afectación su prurito de elegancia, en que su sencillo atavío no revelaba el estudio previo y paciente para obtener tan feliz resultado. Era su rostro finísimo y algo picaresco, de un estilo (si estilo hay en las formaciones de la Naturaleza) que bien podría llamarse Pompadour, pintiparado para el traje de pastoras de abanico, con empolvado pelo, corpiño estrecho y espléndidas faldas recogidas. El pelo era rubio, la tez de una blancura porcelanesca, los ojos obscuros, reveladores de amor, de ensueño, a veces de inteligente malicia.

No se creía D. Santiago infiel a su compromiso de amor porque la Perita en dulce le gustase. Le gustaba, sí; pasaba ratos muy entretenidos a su lado; pero todo el goce que recibía en ello era superficial y no le llegaba al corazón. Le divertían los conceptos extravagantes que expresaba Rafaela sobre cualquier tema de los usuales de la vida, y reconocía en ella una inteligencia no común. «¿No les parece a ustedes -dijo la Perita una noche, no hallándose presente su padre- que esto de la libertad es una paparrucha? La libertad, como el retroceso, ¿qué son sino los motes o letreros que se ponen estos o los otros señores para mangonear? ¡Ay, Virgen del Rosario, que no me oiga mi padre!.. Me mataría».

Oído aquel disparate gracioso, le soltó Ibero un discursillo enalteciendo las ventajas que obtienen los pueblos del régimen que felizmente disfrutábamos, y no (p.5407) fueron risas y chacota las de ella para zaherir tan manoseadas retóricas. «¿Con que libertad? ¿Y para qué sirve esa libertad? Para escribir en los papeles mil disparates, para insultar a los ministros y no dejarles gobernar; libertad para los que alborotan, y entre tanto el pobre, pobre se queda, y los ricos se hacen más ricos, y nosotras las mujeres seguimos esclavas. Dígame usted qué libertad es esta que a mí me tiene prisionera de una equivocación. Mi marido es un mal hombre, y no soy yo quien lo dice: es el juez, es su propia familia, es todo el mundo. ¿Pues por qué no había yo de poder descasarme y volver a la soltería?».

-Por mí -dijo Ibero-, que vuelva usted. No me opongo.

-Poco sacamos de que usted no se oponga.

-Las Cortes, el Rey, el Papa, el Concilio de Trento, tienen que poner mano en eso para reformarlo.

-Pues ya verá usted cómo no lo reforman.. Tanto hablar de libertad, y no nos traen el divorcio. Que mi padre no me oiga decir la herejía de que no tendremos una buena Constitución hasta que no traigan las reglas de descasar.. y otras cosas, Señor, otras cosas que por ahora me callo, para que usted, Sr. de Ibero, que es tan remilgado y para poco, no se nos escandalice. En fin, vengan libertad y pobreza, que me parece a mí que andan unidas.. Yo, si ustedes no se asustan y me prometen no contárselo a papá, diré que, a mi modo de ver, en tiempo del moderantismo y de la camarilla había más dinero.

-¡Qué cosas tienes, mujer! -dijo María Luisa, que no por contradecir a su hermana dejaba de gozar oyéndola-. ¿Más dinero entonces? ¿Dónde?

-En casa no; a eso no me refiero. En Madrid, quiero decir.

-No va descaminada Rafaelita -indicó una señora mayor, esposa de un compañero de oficina de Milagro, muy rolliza de carnes, y de ideas harto enjuta, pues no hablaba más que de novenas y modas, o del eterno sisar de las criadas-. Ello es que en todos los comercios se quejan. Es lo que dice Gerardo: que aquí los ricos no tienen patriotismo.

-Lo que yo sé -declaró el músico Cavallieri- es que sólo en los tiempos moderados se ha (p.5408) sostenido aquí una buena compañía de ópera. Cuando yo salí en la Serva Padrona, ¿se acuerdan?, y cuando hice el Don Magnífico de la Cenerentola, era en lo más crudo de los tiempos ominosos, mandando el Sr. Cea Bermúdez.

-Hoy me ha dicho Doña Rosaura, la de la tienda de encajes -afirmó Rafaela-, que desde que han venido los libres no venden ni la mitad. Y en casa de Bárcena, hay días en que no entran en el cajón arriba de catorce reales. ¡Ya ven.. una casa como aquélla..!

-El dinero -observó María Luisa-, como dice papá, no se pierde: lo que hace es ocultarse.

-Pero ya le haremos salir, ¿verdad, Sr. Don Gerardo? -dijo Ibero dirigiéndose a un sujeto acartonado, esposo de la no ha mucho citada señora rolliza-. En Gobernación, según oí, preparan sin fin de decretos para desarrollar la riqueza pública.

-Así es -replicó D. Gerardo, hombre comedido, discreto, que se oía cuando hablaba, y no hablaba más que lo preciso; funcionario excelente, de procedencia masónica de los Tres años, que no había llorado largas cesantías, y usaba en invierno y verano levita muy larga y sombrero de copa de desmedida elevación-. Ya ve el país que el Sr. de Cortina no se duerme. Hombres como D. Manuel son los que han de regenerarnos. Prepara reformas en todos los ramos, en minas, en policía, en caminos vecinales, y sobre todo, en Instrucción pública, que es el barómetro, ya lo saben ustedes, el barómetro de la civilización de los pueblos. Con esto, y el buen gobierno de la Hacienda y las economías, la riqueza pública y privada tomará gran desarrollo. Un buen Gobierno trae la confianza, y la confianza trae la riqueza, el curso de los capitales, la circulación del numerario..

-Esas son tonadillas, D. Gerardo -dijo Rafaelita, burlándose con gracia del rígido funcionario-, tonadillas que nos cantan todos mientras tienen la sartén por el mango. Pero como al fin resulta que lo que es buen Gobierno aquí no lo hay nunca, tampoco tenemos confianza, y todo se queda en música: música de himnos, música de discursos, y en tanto el dinero no parece.. que es a (p.5409) lo que vamos.

-No hagan caso de mi hermana -dijo María Luisa-, que ha tomado ahora este tema del dinero por pasar el rato y matar el fastidio. Rafaela varía de gustos a cada triquitraque; no es como yo, que siempre soy la misma.

-Cuando eran ustedes solteras -observó la señora rolliza- pasábamos ratos muy divertidos oyéndolas recitar versos.

-Sí.. y los aprendíamos de memoria, y parecíamos cómicas; en casa no nos podían sufrir. Naturalmente, con la edad cambian los gustos. El tiempo pasa, y una se va formalizando. Vienen las necesidades, y ante la cara dura de las necesidades ya no está una de humor de poesías. Pero a mí me gustan siempre.

-A mí no -dijo Rafaela-. Hace algún tiempo les he tomado una tirria tremenda. Ellas tienen la culpa de muchas desgracias. Los poetas son los que traen los malos casamientos, la falta de verdadera libertad y la pobreza.. y lo digo.. y lo pruebo.

Celebraron todos con risas estos donaires de la Perita en dulce, y el Sr. D. Gerardo se permitió defender la poesía, que adoraba por haberla cultivado sin fruto en su mocedad.

«Hace cuatro noches -dijo- tuvo María Luisa la bondad de recitar unos versos divinos.. Yo me entusiasmé de tal modo, que se me saltaron las lágrimas. El Sr. de Ibero no estaba presente aquella noche, y como yo deseo que oiga lo que oímos, y que goce lo que gozamos, solicito de la simpática señora de Cavallieri que nos repita la función».

¡Ay, Dios mío! ¡Qué melindres los de la señora de Cavallieri! No se acordaba.. Tenía un poquito de ronquera.. ¡Qué compromiso! No sabía recitar sino en familia, o entre amigos muy íntimos.. Le daba vergüenza.

Las súplicas de Ibero, a las que unió tímidamente su autoridad Cavallieri, no vencieron la modestia de la dama. Intervino Rafaela diciendo: «Lo que recitaste fue La gloria y el orgullo de Pepe Zorrilla. Yo lo sabía también; pero se me ha olvidado. Si lo recordara, verías qué pronto despachaba yo. No me acuerdo más que de aquel pasaje:

De un dios hechura, como Dios concibo;

Tengo aliento de estirpe soberana..».

Con tal estímulo se (p.5410) arrancó por fin María Luisa, y recitó la composición entera con tono y énfasis de teatro, exagerando un tanto la expresión del rostro para comunicar vida y color a cada concepto y a cada palabra. Oyéronla con religioso pasmo los presentes, fijos en el rostro bonito de la declamadora, y a medida que avanzaba, graduando la sensibilidad y el entusiasmo, se iban quedando sin aliento. Cuando llegó al pasaje culminante en que dice el poeta:

Gloria, madre feliz de la esperanza,

Mágico alcázar de dorados sueños,

Lago que ondula en eternal bonanza

Cercado de paisajes halagüeños,

D. Gerardo tuvo que llevarse el pañuelo a los ojos, y el buen Ibero, fácil a la emoción, hacía visajes, pestañeaba, componía su rostro para que no vieran llorar a un soldado rudo, ni flaquear una entereza forjada en las batallas.

 

Ep-28-XII -

«No es propio de una dama -dijo Ibero a Rafaelita, otra noche, en grupo apartado de la piña de tertuliantes- mostrarse tan materialista, tan aficionada al dinero, que, según todos los filósofos, es cosa despreciable».

-Como no he leído a ningún filósofo, no sé lo que dicen, D. Santiago, ni creo que me haga falta saberlo. Todo eso de los filósofos estará escrito en latín. Cualquier día lo leo yo.. En cuanto al dinero, si es cosa tan mala, yo tiraré a la calle el poquito que tengo, si los demás hacen lo mismo.. Pues vería usted lo que pasaba. El dinero que los ricos tirasen lo cogerían los pobres, y volveríamos a estar lo mismo: unos con mucho, otros con nada.

-Pero usted.. vamos a ver, ¿por qué se nos ha hecho tan ambiciosa? La ambición es pecado de hombres, como la modestia es la virtud de las mujeres.

-¿Que por qué soy ambiciosa? Pues porque no soy tonta ni ciega. ¡Ay!, ¿no lo entiende? ¡Qué torpe se hace usted cuando le conviene!

-Tiene usted talento.

-Puede. Si Dios me lo ha dado, ¿qué quieren que haga con él?

-Naturalmente, emplearlo.

-Es usted hermosa.

-No digo que no.

-Y no se resigna a una vida obscura.

-Dígame usted: ¿para qué nos ha dado Dios la vida?

-Para amarle y servirle, según el Catecismo.

-Con (p.5411) perdón del Catecismo, Dios nos ha dado la vida para que vivamos.. No nos la ha dado para que nos muramos.

-Y naturalmente, usted no quiere morirse..

-Si Dios me manda una enfermedad y la muerte con ella, ¿qué remedio tengo más que conformarme?.. pero lo que es de fastidio no quiero morirme.

-Ni yo tampoco: por eso vengo aquí, y viéndola a usted y gozando de su conversación, y admirando sus gracias, no sé lo que es hastío.

-Vamos, que viene usted a pasar un rato en mi compañía. Yo se lo agradezco. Algo es algo. No soy tan desgraciada como parece. Pero.. verá usted lo que va a pasar. El mejor día se cansa usted, o encuentra mejor entretenimiento en otra parte, con personas de más viso, de la clase que a usted le corresponde, y adiós D. Santiago. El pájaro voló de esta casa, huyendo de la pobreza.

-Se equivoca usted, amiga mía. Soy muy constante, y si no tuviera esa virtud, los méritos de usted me la darían.

-Fíjese usted en lo que dice.

-Sé lo que digo. No sabe usted lo que vale, Rafaela, ni la atracción que ejerce.

-Mire, D. Santiago, que eso que me dice es muy grave, y que podría yo tomarlo por declaración.. volcánica.

-¿Y qué?

-Que si usted se empeñara en declararse, yo tendría que decirle que soy casada.

-¿Y qué más?

-¿Le parece poco? También podría darme la ventolera de admitirle.. con la condición de ser ¡ay!, sumamente platónico.

-A eso iba, a que seamos.. ¡terriblemente platónicos!

-Hable usted bajito. Mire que estamos llamando la atención. Mi hermana me mira.

En esto entró D. José con la cara muy larga, afectando seriedad y mordiéndose los labios para contener la risa. Era la cara de las buenas noticias, que sus hijas conocían muy bien, y en cuanto le vieron se lanzaron hacia él, cogiéndole cada una por un brazo. «¿Qué hay, papá? ¿Eres ya jefe político?».

-¿Jefe político? ¡Qué cosas tenéis! ¿De dónde habéis sacado el disparate de que vuestro pobre padre fuese mandarín de una provincia?

Con estas denegaciones festivas preparaba siempre el buen hombre sus anuncios de felicidades. D. (p.5412) Gerardo se abalanzó a estrecharle la mano, diciéndole: «No martirices a tus hijas, Pepe, y dales pronto el alegrón.. Ya lo supe esta mañana; pero no he querido decir nada por no quitarte el gusto de las albricias».

-Mil enhorabuenas a usted, mi queridísimo D. José -le dijo Ibero abrazándole con efusión-, y otras tantas a D. Manuel Cortina por un nombramiento que le honra. ¡Viva el Gobierno! Así se regeneran las naciones, así, llevando la probidad y la inteligencia a los puestos de peligro..

-Y recompensando a los buenos liberales.

-A los probados, a los consecuentes.

-¿Y qué provincia al fin?

-La que yo quería. ¡Pues hemos bregado poco por ella, en gracia de Dios! -dijo D. José paseándose por la salita, como si padeciese un delirio de actividad-. Querían mandarme a Lérida. Se han convencido de que para mejor servicio de la situación y de la libertad debo ir a la Mancha. Ciudad Real es mi ínsula, y los compatriotas de Sancho mis súbditos. Buena gente, según me han dicho; país sano; excelente carne de cabra, y a veces de carnero.. Su capital goza fama de sucia y villanesca; pero la mejoraremos, introduciendo los adelantos. Los moderados han tenido al país aquel en un abandono lamentable.. ¡Ya se ve!.. son gente que no gobierna, que no instruye a los pueblos, que no les inculca la civilización..

-No te olvides, Pepe -díjole D. Gerardo con una gravedad administrativa que fue la admiración de todos-, de llevar allá la Memoria y estudios de los Pozos artesianos..

-¡Vaya si los llevaré!.. con planos y presupuesto.

-Como allí entren por ese adelanto, a la vuelta de un par de lustros todo el páramo manchego será un vergel magnífico.

-Y la cosa es sencillísima.. Figurémonos un tubo.. varios tubos que se van hincando en la tierra.. hasta llegar a la capa húmeda.. y una vez en ella, frrrrr.. sale el agua con un chorro que da gusto. Me ocuparé de eso, procuraré hacer un ensayo a poco de mi llegada, para lo cual me llevaré tubos en cantidad suficiente.. Allí tenemos un ingeniero muy listo, que ha estado en Francia.. Tengo tiempo de prepararme aquí (p.5413) para la implantación del artesianismo, porque no puedo irme antes de diez o doce días. Sobre que no me ha concluido el sastre los trapitos de gobernar, Carrasco quiere que le espere aquí, para celebrar con él y con el Ministro, quizás con Espartero, un par de conferencias. ¿Conviene o no conviene que al Parlamento, que ha de elegir la Regencia, vengan hombres de probado amor al progresismo, hombres de arraigo, hombres de circunstancias..? Pues no tengo más que decir. Bruno estará en Madrid dentro de pocos días, pues en su última carta me dice que activaba la venta de sus cosechas de vino y pan, que ya tenía ultimados los arrendamientos de sus propiedades, y se ocupaba en el levantamiento de casa y transporte de toda la familia.

Tratose luego de si D. José llevaría consigo a los hijos menores, o a su hija Rafaela, para que en las soledades de la ínsula le cuidase; pero esta idea fue pronto desechada por la resistencia ingeniosa que la Perita en dulce opuso al proyecto paternal. Érale forzoso permanecer en Madrid, a la mira de los incidentes del pleito que había de entablar reclamando alimentos. No se reiría de ella, no, el bribón de su marido. En cuanto a los muchachos, mejor seguirían sus estudios en Madrid que en la Mancha, y el papá, sin la incumbencia de cuidarles y vigilar su educación, podría dedicarse en cuerpo y alma al gobierno político y a la grande innovación de los pozos. Apoyó María Luisa el sesudo dictamen de su hermana, sosteniendo que el gasto sería menor permaneciendo en Madrid toda la familia y D. José solito en su Barataria, donde viviría como un príncipe, casi de balde, pues había que contar con regalos de comestibles y con el servicio de ordenanzas. Del mismo parecer fue D. Gerardo, que por triste experiencia conocía los dispendios y molestias de cargar con familia cuando se iba destinado a provincias, y en apoyo de su aserto expresó la contingencia de que, efectuadas las elecciones, fuese trasladado D. José a un mando de primera clase. Por gusto de hacer coro, Ibero sostuvo la misma opinión.

Toda la noche, (p.5414) hasta la avanzada hora en que terminó la tertulia, estuvo el buen Milagro dándose un tono fenomenal, ora llevando a gloriosa regeneración los graves asuntos nacionales, ora los manchegos. Las esperanzas optimistas, los risueños programas, afluían de su boca como un fresco manantial inagotable que fecundando toda la tierra, la poblaba de venturas. Las extensas plantaciones de arbolado darían a la Mancha frescura y sombra, y la desecación de las lagunas de Ruidera aumentaría en muchos miles de fanegas los terrenos laborables. Con una administración proba y activa y unos cuantos toques de Gaceta, el país de D. Quijote sería un edén, y vendrían en tropel a establecerse en él los extranjeros, cargados de capitales; y el día en que Inglaterra y Francia probaran el valdepeñas, adiós Burdeos y toda la porquería de vinos de la Gironda. Retiradas las visitas, reiterando los plácemes, entregose la familia al descanso, y se adormecieron grandes y chicos en rosados ensueños de gloria. No podía María Luisa apartar de su mente los versos

No baste a mi placer la inmensa copa

Del báquico festín, libre y sonoro,

De esclavos viles la menguada tropa

Sin las llaves de espléndido tesoro,

y dormida los recitaba con la misma entonación de teatro y el propio juego de ojos y boca. Rafaela no concilió fácilmente el sueño, rehaciendo en su mente los últimos coloquios con Santiago, el cual le agradaba en extremo por su condición blanda, dentro de la superficial fiereza militar; por su corazón sano y potente, sin picardía; por su poco mundo y el candor honrado con que juzgaba de cosas y personas.

En la tarde que siguió a los sucesos referidos, Rafaela cogió por su cuenta al Coronel, y sin cuidarse de la presencia de su hermana que cosía la ropa de los niños, le trasteó con gran maestría.

«¡Qué lástima, amigo Ibero, que se haya concluido la guerra!».

-¿Y qué razón hay, señora Perita, para que usted no se crea dichosa en la paz que disfrutamos?

-Porque si tuviéramos guerra todavía, usted, tan valiente y pundonoroso, sería muy (p.5415) pronto general.

-Más quiero la paz que cien fajas; puede usted creérmelo.

-Pues yo no pienso lo mismo. Porque usted se pusiera dos entorchados, por lo menos, vería yo con gusto una tremolina muy gorda.

-Agradezco el buen deseo por lo que a mí se refiere; pero tengo que decir que es usted muy inhumana.

-Diga usted lo que quiera; pero yo pienso que con las guerras, aunque sean civiles, las naciones crían callo y se hacen más fuertes.. Y qué sé yo.. me parece a mí que las peleas encarnizadas ilustran, quiero decir que despabilan a la gente. En fin, si es disparate que lo sea. Lo que usted no me negará es que con las guerras se aumenta el dinero.

-¡Anda, morena! Si la guerra, señora mía, es la paralización, la ruina del comercio, de la industria..

-Ya pareció el estribillo.. A mí no me venga usted con estribillos, D. Santiago, si no quiere que le tenga por tonto. ¡Paralización! ¡Vaya una música! Bien a la vista está que concluida la guerra salen por ahí hombres riquísimos que antes eran pobres. ¿Usted no ha oído hablar de uno que hace años, no sé cuántos años, iba vendiendo paja con una reata de tres mulas? Pues ahí le tiene usted hecho un caballero millonario, que de algo le ha valido el suministrar a los ejércitos tanta paja y cebada. ¿Y qué me dice de los maragatos que antes venían aquí con sus cargas de trigo de Castilla, y después, llevando víveres al ejército, o haciendo que los llevaban, se han forrado de dinero? Mi padre conoció a uno que vendía por las calles piezas de lienzo, y ahora revuelve con pala los montones de onzas. En pocos años de guerra ha salido de pobre. Pues eso quiere decir que con la guerra hay más hombres ricos que antes, y que estos, si mucho tienen, mucho han de gastar.. o lo gastarán sus hijos, sus mujeres.. sabe Dios quién se encargará de dar aire al dinero.

-En todo eso que se cuenta, crea usted que hay mucho de leyenda o fábula.

-Pues mi padre, hombre que lo entiende, nos decía: «hay más de cuatro que desean la continuación de la campaña, porque con ella se están cubriendo el riñón».

-Esos pesimismos de D. José eran el (p.5416) desahogo natural de las tristezas de la cesantía. Vea usted cómo ahora no lo dice.

-Bueno: ya veremos quién tiene razón, si usted, que es un ángel, o yo, que, aunque me esté mal el decirlo, soy más lista que usted, y no se ofenda. No ha de pasar mucho tiempo sin que vea usted construir en Madrid casas magníficas.. me lo ha dicho quien lo sabe.. casas como no se han conocido aquí nunca, con portales al modo de palacio, y comodidades por dentro y decorado muy bonito. ¿Y usted no sabe que a esta fecha están llegando de París todos los días modistas que traen la última novedad, y además una caterva de perfumistas, camiseros, estufistas? ¿Pues esos a qué vienen sino al olor del dinero que ahora saldrá? ¿Cree usted que vienen por la libertad? ¡Ay qué simple!

-Es el resultado de los adelantos, Rafaela.

-¿Y usted no ha oído decir que van a poner en Madrid una cosa que se llama el gas, para alumbrar toditas las calles?

-Sí, sí; y también se habla de caminos de hierro para ir de aquí a Aranjuez en dos o tres horas. Pero eso no es porque hayamos tenido guerra civil.

-Es porque ahora hay ricos y antes no los había -prosiguió la Perita con gracia-, es porque nos hemos despabilado con la sacudida de las guerras. Pues otra: ¿y qué me cuenta de los ricos nuevos que van a salir, de todos esos que están comprando por un pedazo de pan las tierras y casas que fueron de frailes? ¿Y los que afanaron, como dice papá, el papel de Deuda que tenían las monjas? Vamos, que habrá cada millonario que meta miedo, y eso, eso es lo que conviene. La grandeza tiene cada día menos dinero, así lo cuenta D. Gerardo, que entiende de estas cosas. Pero ya le oyó usted anoche: ahora va a salir otra grandeza nueva, la de los que vendieron paja y después compraron dehesas de frailes; la de los que daban de comer a las tropas, y luego establecerán los adelantos, haciendo caminos nuevos y poniendo máquinas para todo.. qué sé yo, cosas muy buenas. El cuento es que haya dinero y que corra.

-Vamos, que es usted una materialista tremenda -dijo Ibero, que a medida que la Perita se metalizaba la (p.5417) veía más graciosa y dulce. Sus atractivos no despertaban en él un afecto puro, sino más bien curiosidad ardiente, como un deseo de conocer a fondo aquel carácter extraño, y de ver hasta dónde llegaba el vuelo de sus ideas atrevidas.

-Me han hecho materialista mis desgracias -replicó Rafaela mirando un trazado ideal que con el dedo hacía en el tapete de la mesa- y la necesidad en que me veo de abrirme sola los caminos de la vida.. También me hace materialista el que no me siento yo.. ¿cómo decirlo?.. de manera de pobre.. cosa rara, ¿verdad?, pues en la pobreza nos hemos criado. La pobreza es cosa muy mala, y hay que huir de ella sin faltar a la decencia.

-Ahora comprendo por qué le son simpáticas las guerras y desea que se repitan.

-¿Por qué?

-Porque en una nueva guerra podría perecer Piquero, víctima de su arrojo. Usted se quedaría libre y en disposición de arreglarse mejor con otro.

-¿Con otro marido? Falta que lo encontrara como yo me lo merezco.

-Yo sé de algunos que se determinarían.. corriendo el riesgo de que usted les volviera locos.

-Veo que me está tomando miedo por esto del materialismo. Yo lo conozco en que ya no me hace declaraciones.

-¿Es que quiere que las repita? Ya me he cansado de hacerlas inútilmente.

-Porque usted, por otro lado, es también de un materialismo que da miedo. No es fácil que nos entendamos.

-Porque usted me pide como medida previa que la divorcie, y yo lo haré con mucho gusto el día en que me nombren Papa.

-Lo que hay es que usted quiere que toquen a divorciar, como mandaría tocar fajina.

-Diga usted de una vez que no soy su salvador, su libertador, y así habremos acabado.

-No digo eso, y bien podría decir todo lo contrario.. ¿Ve usted?, ya está lleno de fatuidad, porque esto que he dicho, casi sin pensarlo, lo toma el Sr. D. Santiago a declaración.

-Claro; como que lo es.

-Silencio: viene mi hermana.

-Y me temo que venga también Cavallieri a cantarnos el aria que acaba de componer.

-Para que se convenza usted de que aquí no podemos hablar.

-Imposible (p.5418) que hablemos aquí con libertad; ya lo he dicho.

-Yo he sido quien primero lo dijo.

-Y yo quien propuse que buscáramos otro sitio donde..

-Si no fuera usted tan pillo, desde luego.

-Basta de melindres. ¿Mañana..?

-¿Dónde?

-Un paseíto y nada más.

-¿A qué hora?.. ¡Chitón!.. Luego veremos.

 

Ep-28-XIII -

Cómo pasó Ibero por suave pendiente desde las alturas del amoroso ideal caballeresco a una liviandad caprichosa y pasajera, lo comprenderá quien considere su soledad triste, su juventud misma vigorosa y la fuerza de los hábitos militares en tiempo de paz, y a veces de guerra. Emprendió, pues, la fácil aventura, manteniendo en su espíritu con secreto culto la fe del amor verdadero, sin que le costase muy grande esfuerzo establecer la distinción, el deslinde de campos, conforme a las ideas vigentes en nuestra edad y a la imperfecta educación moral y religiosa del hombre del siglo. Trazada la raya entre lo accidental y lo permanente, entre la superfluidad de unos días y el deber de siempre, se divirtió el hombre todo lo que pudo, con no poca ventaja de su espíritu y de sus nervios, porque en verdad se hallaba necesitado de esparcimiento y también de variedad en su monótona existencia de caballero soñador. No se tome por giro retórico esto de la fidelidad que a su ideal señora conservaba, y adviertan los que le critiquen que se pasaba la vida sin verla más que en figuración de la mente. Cualquiera sale indemne de semejante prueba.

Lo más gracioso del caso fue que con los deslices del señor Coronel coincidieron las buenas noticias de La Guardia, y ello hubo de producirle alguna inquietud de conciencia, no mucha, y bastante confusión en los pensamientos, porque era en verdad cosa muy peregrina que el destino le recompensara sus traicioncillas con esperanzas en lo que más amaba. No por este contrasentido se despertaron sus hábitos mentales de superstición, ni aquella manía de ver en todos los objetos signos de felicidad o ventura. Por el contrario, la distracción, el contento que recibía de aquella forma de vida, siquiera no fuese un contento integral, (p.5419) pleno y comprensivo de todo el ser, le aliviaron de sus murrias, haciéndole olvidar las aberraciones que sufrió en Valencia, donde a punto estuvo de practicar la quiromancia y otras artes diabólicas. Similia similibus: un diablo bonito le había sacado del cuerpo los feos diablos; al propio tiempo se divertía, se recreaba, como quien espacia su ánimo admirando las hermosuras de la Naturaleza, y además aprendía, pues seguramente aquellos fugaces amores eran muy instructivos, ¿quién podía dudarlo? El carácter de Rafaela, que iba observando día por día, viéndolo manifestarse en mil accidentes y ocasiones, le producía la satisfacción del que adquiere conocimientos, del que descubre mundos, aunque sean áridos; del que viaja y ve panoramas bellos, lugares donde no ha de vivir, pero que contempla y examina para poder describirlos.

¡Y que no tenía poco que estudiar la dichosa Perita en dulce! Si al descubrirla en la casa paterna la tuvo el militar por una pizpireta de mucho cuidado, luego, en el trato íntimo, pensó que se había quedado corto en la opinión que formara de sus hechiceras malicias. Si al principio se dejó coger en el sentimentalismo que con supremo arte tendía Rafaela como una suave y fina red para cazar a los tiernos de corazón, pronto supo escabullirse rompiendo las mallas. Cualidades extraordinarias desplegaba la hija de Milagro en la seducción; era en ella un don nativo, y así como conocía, sin que nadie se las enseñara, las artes del adorno y de la elegancia, sabía emplear mil sutilezas para establecer su dominio. La dulzura, los alardes de puntillosa estimación de sí misma, el llanto, la risa, la seriedad o el abandono, los admirables métodos de disimulo que empleaba para revestir de decencia su liviandad, y evitar el escándalo, todo era de una admirable falsificación psicológica, imitando sabiamente la verdad. Pero en nada se revelaba su inspirado histrionismo como en los superiores artificios para inspirar lástima, haciendo una pintura muy patética de su situación social, ni casada ni viuda, queriendo ser buena y no (p.5420) pudiendo conseguirlo, incapacitada por ley de su naturaleza para ser vulgar. Habíala hecho Dios para un fin, y si a él no se dirigía, era porque el mismo Dios le cortaba los caminos, como arrepentido de su obra.

Con todas estas artimañas estuvo a dos dedos del peligro el valiente Ibero, y por espacio de una semana se vio el hombre aturdido, sintiendo que algo profundo, negro y aterrador, como una sima sin fondo, ante sus ojos se abría. Tuvo la suerte o la entereza de contar los pasos que le faltaban para llegar al borde, y se propuso atajar vigorosamente su carrera, valiéndole de mucho para conseguirlo la serenidad con que fijó el pensamiento en la ideal señora de La Guardia, pidiéndole con mental invocación que en aquel trance le socorriese.

Dígase ahora, para componer el buen orden de los sucesos, que Milagro no había podido detener su viaje a la ínsula manchega tanto como quería: apremiado por el señor Ministro para ponerse en camino, partió antes de que D. Bruno Carrasco abandonase el terruño. Allá conferenciaron días y noches cuanto les dio la gana y exigía el grave negocio de la elección; y dejando el manchego bien preparados los trastos caciquiles, y arreglado lo tocante a sus haciendas en los pueblos de Peralvillo y Torralba de Calatrava, cargó con toda la familia y se vino a Madrid, pensando en la falta que haría en la Corte su presencia para deshacer tantos agravios entre pueblo y Monarquía, y resolver tanto litigio hispánico, ultramarino y europeo.

Cuando el manchego y su gente llegaron a Madrid, medio derrengados todos del traqueteo de la infame galera, ya habían pasado muchos días, lo menos veinte, del enredillo de Ibero con la hija del jefe político; mas tan sutil era el arte de Rafaela para rendir el debido homenaje al formalismo de una sociedad dominada por la etiqueta religiosa y moral, que los allegados a la familia no tenían de aquel lío conocimiento. Siempre encontraban a la Perita en casa, por las noches, con rarísimas excepciones, tan simpática, graciosa y elegantita con cuatro (p.5421) pingos muy bien puestos, haciendo la víctima interesante y encantando a todos con su sencillez y modestia. Los amigos de Ibero sí que lo sabían; pero estaban en esfera tan distante de la casa y relaciones de Milagro, que la opinión respecto a Rafaela no había podido variar todavía. En el ámbito de Madrid, que es lugar grande, pero lugar al fin, corrían ya malignas especies; mas la murmuración andaba todavía muy desorientada, y como toda ruindad de pensamiento tiende aquí a envilecerse más y más revistiéndose de ruindad política, los comentaristas, que veían a Rafaela vestida de seda, dijeron: «¡Cómo le luce la jefatura política a ese buey cansino de Milagro!.. ¡Y decían que era ciego! Pues si llega a ver el hombre, ¡pobre Mancha! Se trae para su casa hasta la langosta». Quedaba el recurso de menospreciar estas malicias con la muletilla: «Cosas de los moderados».

Una vez lanzado a la irregularidad, fácilmente recayó Ibero en otros vicios muy propios de la vida militar, y de los ocios de la guarnición en tiempo de paz. Por distraerse dejábase llevar de la corriente licenciosa de sus compañeros y amigos. En la calle de la Aduana tenían una timba, exclusivamente para militares, algo como casino o cuartón, que había sido logia en tiempos no lejanos, y en el callejón de Sevilla había otro asilo de esta clase para pasar las noches, no menos corrupto, pero más divertido: el local era más bonito y casi lujoso, y en él no reinaba sólo el naipe, sino la galantería, si este nombre puede darse al trato de mozas guapas: no puede negarse que la disipación era allí más amena. A uno y otro sitio concurría Santiago, y anegaba en el azar su hastío, con tan mala sombra que al poco tiempo tuvo necesidad de pedir dinero a su familia para salir de compromisos. Por dicha suya, era su carácter de los que, poseyendo lo que hoy llamaríamos freno automático, saben contenerse en el filo de la perdición, y esta entereza, que le había salvado en el caso de Rafaelita, le salvó asimismo en los desórdenes del juego.

Ya que se ha nombrado a la Milagro (así solían nombrarla ya) , (p.5422) sépase que Ibero no se habría desprendido tan pronto de sus redes si a ello no le ayudara un amigo, llamado Manuel Catalá, comandante de Caballería con grado de teniente coronel, valenciano, de buena presencia, muy corrido en lances amorosos. En aquella ocasión las cosas vinieron rodadas del modo más feliz para D. Santiago, pues Catalá quiso jugar una mala partida a su compañero, quitándole su hembra; hizo a ésta la corte ganoso de alcanzar una victoria; aprovechó el otro la ocasión con seguro instinto, haciendo una retirada hábil, y Catalá se encontró dueño del campo creyendo deber tan fácil triunfo a sus propios méritos. Gozoso de su liberación, hizo Ibero el papel de sentirse herido en su amor propio; mas este fingimiento no fue de larga dura, pues no tardó el valenciano en comprender que había sido estratégica la sustitución. Por su desgracia fue cogido muy estrechamente en la red y ya no tenía escape: el arte sentimental de Rafaelita hizo su efecto, y el comandante se prendó de ella con pasión tan viva y ardiente, que allí fenecieron sus vanaglorias de conquistador y empezaron sus martirios de conquistado.

La nube de rivalidad entre Ibero y Catalá se disipó bien pronto, pues el uno supo sostener su papel con dignidad y el otro no hizo alarde de vencedor; volvieron a ser amigos; no dejó de serlo Santiago de Rafaelita, y siempre que la veía en su casa o en la calle le hablaba en tonos de protección fraternal, recomendándole aplicara enérgicos emolientes a la llaga lastimosa de su materialismo. Entre el defecto capital de Rafaela y la pasión cada día más loca de Catalá, hubo de entablarse colosal lucha, y esta trajo conflictos graves, estallidos de ira, dolor intenso, riñas y reconciliaciones en que uno y otro ponían el fuego de sus almas. A tal extremo llegó la desesperación de Catalá algunos días, que hubo de recurrir a Ibero solicitando su amistosa mediación: «Chico -le dijo, echando lumbre por los ojos, balbuciente y trémulo-, soy hombre perdido: ni puedo consentirle sus infamias, ni puedo dejar de (p.5423) quererla. ¡Ya ves, yo, tan corrido, tan dueño de mí en otros lances de mujeres! Pues aquí me tienes loco, niño, imbécil; no sé qué soy. Creo lo que nunca hubiera creído, que se dan y se toman filtros o venenos para enloquecer. Yo no me conozco. Antes de dos días haré lo único que cabe para poner fin a esta situación: la mato y me mato. He comprado dos pistolas muy seguras y las tengo bien cargadas.. Porque no me quiere la mato a ella; porque la adoro me mato yo».

Esto dijo en la calle con frase entrecortada, sin añadir explicaciones que permitieran a Santiago formar juicio exacto de los motivos de la inminente tragedia; pero luego, solos en el cuarto de banderas del cuartel del Conde Duque, dio suelta el lastimado amante a sus agravios, refiriendo al Coronel cosas que le afligieron y abrumaron en extremo, pues si no amaba a Rafaela, no gustaba de verla tan despeñada por la pendiente del mal.

 

Ep-28-XIV -

Sin pérdida de tiempo trató Ibero de ver a Rafaela en su casa, decidido a hablarle severamente; pero encontrose con un obstáculo formidable, porque, habiendo llegado aquel día D. Bruno con todo su rebaño, las hijas de Milagro se consagraban con alma y vida a la instalación de la familia manchega. Se les había tomado el principal de la misma casa; mas como no estaba aún pertrechado de camas, se les daba vivienda provisional y comida en la casa de Milagro, para lo cual no hubo más remedio que poner colchones en el suelo y arreglarse todos como Dios quisiera. La casa era una Babel, y los chicos manchegos y matritenses, enredando juntos, producían un estruendo insoportable. Atendían Rafaela y María Luisa, multiplicándose, al menester de preparar comistraje para tantas bocas, y las viajeras, hijas y señora de Carrasco, descoyuntadas y muertas de fatiga, dormitaban en sofás y sillones, mientras Don Bruno y Cavallieri se ocupaban en clavar escarpias en las paredes del nuevo domicilio, y en abrir baúles y colgar perchas. Vio Santiago que no era ocasión para lo que se proponía, y se fue, no sin anunciar a Rafaela que se preparase (p.5424) para una buena reprimenda.

A primera hora de la noche se fue Ibero a pasar un rato en casa de D. Antonio González, con quien había contraído amistad recientemente, por Seoane. ¡Cuánto mejor aquella sociedad que los garitos en que se había dejado su dinero y su decoro! Diríase que en las moradas de cierto tono a que por entonces concurría, restauraba su personalidad, medio deshecha en la borrascosa vida del vicio. El único inconveniente de los salones era que en ellos se hablaba demasiado de política, hasta el punto de producir mareo y confusión en los que como él tenían ideas fijas, que apenas admitían controversia. Pero esta dificultad se obviaba dejándose llevar de la corriente general, y no haciendo gala de un radicalismo chocante en las opiniones. En casa de González jugaba sus tresillos con Sartorius y con la señora de Seoane, o con Beltrán de Lis y el brigadier Latre; de allí solía irse al café Nuevo, donde encontraba a Espronceda, a veces a González Bravo y a los Escosuras. De la primera tertulia sacaba la impresión de que todo iba como una seda: vendrían unas Cortes elegidas con libertad, representación genuina del Progreso, que era la voluntad del país; se elegiría la Regencia, una o trina, y entraríamos en un periodo de bienandanzas y prosperidad. De la segunda reunión, ahumada por los cigarros, sacaba impresiones contrarias: íbamos a un cataclismo si no venía pronto el gobierno del pueblo por el pueblo, la verdadera igualdad, la supresión de monigotes y de ficciones ridículas. ¿Qué saldría del cataclismo? Pues la regeneración grande y sólida, un Estado potente, costumbres europeas y una civilización de nueva planta. Retirábase Ibero a dormir, procurando conciliar en su mente unas opiniones con otras, estas y aquellas esperanzas, y en su tarea de imposible conciliación, dando vueltas al endiablado problema, concluía por anegar sus ideas en el sueño.

Volvió a casa de Milagro a la hora del siguiente día que le pareció más oportuna; pero Rafaela estaba ausente, pues había tenido que ir de compras con la señora de (p.5425) Carrasco para proveer a lo más apremiante en cosas de vestimenta. María Luisa también revoloteaba por tiendas de telas y comestibles. Ya se iba el hombre, huyendo de las arias mortíferas de Cavallieri, cuando le cogió por su cuenta el Sr. de Carrasco, que no quería soltarle a dos tirones, y le invitó a comer, para que probara los chorizos, hechos en casa, que había traído de su pueblo, cosa excelente sobre toda ponderación, y las perdices escabechadas y el mostillo.

¿Qué debía de hacer Ibero más que quedarse, cediendo a los agasajos y carantoñas del buen Carrasco? Su aquiescencia le deparó el gusto de conocer a la noble familia, transportada como una tribu desde las soledades manchegas al bullicio de la Corte. Doña Leandra Quijada, esposa de D. Bruno, era una señora flaca, más que vieja envejecida, muy descuidada de su persona, llena de arrugas la faz, los ojos lacrimosos, áspero el cabello entrecano y partido en bandós aplastados sobre la frente y sienes. Estaba la pobre mujer atontada, en una estupefacción triste, como quien no se da cuenta de lo que pasa ni entiende lo que oye. El ruido, la mucha gente que iba por las calles, el paso continuo de coches, la altura de las casas, los gritos de los vendedores, todo cuanto veía y escuchaba, le había infundido más terror que asombro. Su anhelo era huir de este barullo, volviéndose al sosiego de donde había venido; pero la timidez no le permitía manifestar su tristeza y miedo más que con suspiros. Su vestido, totalmente negro, de lana, y el pañuelo del mismo color anudado bajo la barba, dábanle aspecto lúgubre. Hablaba poco, respondía con urbanidad concisa a cuanto Ibero le preguntaba del viaje y de sus primeras impresiones en Madrid, y cuando nada le decían tomaba una actitud meditabunda, cogiéndose la barba y fijando los ojos en el suelo.

Nacida en Peralvillo, casada con D. Bruno en Torralba de Calatrava, de donde no había salido más que una vez para visitar a sus primas en la ciudad de Almagro; hecha desde muy niña a la vida de propietaria rica, a los (p.5426) espectáculos de la Naturaleza y a las faenas de la labranza; formado su carácter en una sociedad de cariz feudal, en la cual se pasaban los años viendo pocas y siempre las mismas caras; acostumbrados sus ojos a la horizontalidad expansiva de su tierra, su oído al silencio campestre, su vida a las casonas grandísimas, no podía menos de sentir, traspasados ya los cincuenta, el brusco salto de aquel medio a otro tan distinto. La casa en que había venido a parar le pareció un gallinero, un palomar, algo peor y más estrecho aún; las personas que aquí veía le hicieron efecto de estar locas o borrachas. Hablaban para ella tan aprisa, que comúnmente no entendía palotada. Ni era el lenguaje de Madrid como el de allá. En su tierra se hablaba más fuerte y con tono más reposado, y las palabras sonaban con más pompa. Las primeras comidas que probó le supieron a broza desabrida, insustancial. ¡Qué chocolate! ¡Y el caldo qué insípido! El pan no alimentaba ni tenía gusto. Se aterró cuando le dijeron lo que en Madrid costaban dos palominos, un cabrito o una docena de huevos. Sin duda en Madrid no vivían más que ricachones. Y toda aquella gente que veía por las calles, ¿qué gente era, en qué se ocupaba, a dónde iba?

Compadecido Ibero de la buena señora, y deplorando lo violento del trasplante, procuró consolarla con la esperanza de un próximo cambio de hábitos y gustos. «Verá usted -le dijo- qué pronto se hace a esta vida, y cómo acaba por encontrarla mejor, más cómoda y placentera que la de Torralba de Calatrava. Madrid es un pueblo en el cual se aclimatan fácilmente los españoles de todas castas y terruños. Comprendo que le costaría un gran esfuerzo arrancarse de su concha.. La cosa es dura, lo veo; sé lo que es una casa donde han vivido tres o cuatro generaciones de nuestra sangre, una cocina que huele a las carnes ahumadas de un siglo, de dos.. sé lo que es una tierra propia, un árbol que ya era grande cuando nacimos, un burro que nos mira diciendo: «yo también soy de la familia..».

Doña Leandra echó media docena de (p.5427) suspiros, y sin abandonar su actitud de melancólica resignación, dijo: «Sí que me dolió el arrancarme, señor; pero Bruno lo quiso, y yo.. La verdad, al principio no me entraba en el pensamiento la idea de venir. Yo quería meterla, y ella.. no entraba. Pero Bruno decía que nos desterráramos, porque así nos convenía, y por dar carrera a los hijos, y yo.. todo lo que Bruno quiera se hace, cueste lo que cueste..».

Calló, y sus ojos húmedos volvieron a mirar al suelo.

Componíase la familia de Carrasco de los mismos elementos que la de D. José: dos hijas mayores y dos chicos pequeños, entre los ocho y los doce años. Solteras eran las muchachas, de la misma edad, próximamente, que María Luisa y Rafaela, pero de tipo, casta y educación muy diferentes. Ambas eran negruchas, desgarbadas, desapacibles. A la primera ojeada que Ibero echó sobre ellas las diputó por feas; observándolas mejor y aseándolas mentalmente; suponiéndolas despojadas de los horrorosos vestidos de pueblo y trajeadas a estilo de Madrid, vio que eran susceptibles de una mejora radical en su cariz y facha. En principio, no pertenecían al odioso reino de la fealdad; pero mucho había que desbrozar en ellas para obtener dos mujeres bonitas.

A la mayor, bautizada Leandra, por su madre, la llamaba su padre Lea, para evitar el inconveniente de la igualdad de nombre en dos personas de la familia. Eufrasia era la segunda, y los chicos Bruno y Mateo. No fue tan penoso como el de la madre el trasplante de las dos señoritas, por razón de la edad, por la ilusión de ver Madrid y de afinarse y embellecerse. Con todo, a su llegada no podían vencer el azoramiento y confusión, que era la conciencia de su inferioridad. Hablaban muy poco, temerosas de decir algún disparate, o de pronunciar algún término que pareciese ridículo a la gente de Madrid. Apenas echaron la primera ojeada por las calles, comprendieron que venían hechas unos adefesios, y que ningún pingo de los que habían traído de su lugar les servía para lucirse en la coronada villa. Miraban a María Luisa y a Rafaela con (p.5428) arrobamiento, asombradas del lindo talle de la segunda, del aire garboso de la primera, a pesar de su embarazo de cinco meses; admiraban su ropa, su aire de soltura y elegancia, los andares, el habla fácil y descarada con airosas cadencias, la gracia del reír, y la movilidad de expresión en sus bellas facciones. Las pobrecitas Eufrasia y Lea habían recibido la mejor educación posible en las soledades manchegas. Un preceptor muy hábil les había enseñado a escribir con letra española de casta de archivo, redonda, y ponían una carta con bastante primor. Sus lecturas habían sido escasas; sus labores, la costura casera y puntilla de Almagro. De conocimientos generales andaban medianas, porque el preceptor no daba de sí más que la aritmética elemental, una geografía y una gramática primitivas. Avergonzadas reconocían las dos muchachas su rusticidad, al llegar a Madrid, comparándose con María Luisa y Rafaela, que, por lo que hablaban y las cosas lindísimas que decían en su conversación, debían de ser unas sabias de tomo y lomo.

Traían a Madrid las hijas de Carrasco las virtudes castizas en grado eminente: la fe religiosa, el sentimiento del honor y la dignidad, el culto de la opinión y el respetuoso amor a los padres, a quienes daban el tratamiento de su merced, conforme a la tradicional costumbre manchega. En los pequeñuelos, la adaptación fue repentina, pues apenas se juntaron con los chicos de Milagro, hiciéronse todos unos; se asimilaban cuanto en sus amiguitos hallaron de novedad en habla y modos, y no querían más que estar siempre en la calle viendo cosas, y saltando y brincando con libertad y alegría.

Cuando Rafaela y María Luisa se encontraban solas, hacían apreciaciones reservadas de la familia Carrasco, que conviene consignar. «Es buena gente -decía la Perita en dulce-; corazones muy sanos, con toda la honradez que da la vida de pueblo; pero trabajo les ha de costar desasnarse. La pobre Doña Leandra me parece que ha venido tarde para rasparse la corteza. De Lea y Eufrasia no digo lo mismo, y como son (p.5429) mozas, aprenderán pronto la civilización. ¡Mira que vienen salvajes las pobres! ¡Qué cuerpos, qué talles y qué manera de vestirse! Si bien se las mira, mal formadas no son; pero con aquellos justillos y aquellas faldas son verdaderos espantajos. También te digo que no tienen un pelo de tontas: anoche hablé largo rato con Eufrasia, y si vieras cómo se suelta.. Estas paletas lo que tienen es mucha hipocresía».

-Ya verás cómo se transforman en poco tiempo -dijo María Luisa-. Son mujeres, y eso basta. El problema es que aprendan a lavarse, que no hay costumbre más difícil de quitar que la del desaseo. Luego vendrá el vestirse bien. Lea no ha cesado de hacerme preguntas: quién nos hace los vestidos; lo que cuesta una buena modista; cómo se estilan ahora los cuerpos. Yo, que no me paro en barras y me intereso por ellas, ¡pobrecillas!, le dije: «Mira, Lea: lo primero es que tires a la basura todos los pingos del pueblo, los cuales dan el quién vive con el olor ovejuno». ¿No has reparado que traen también pegado a la ropa un tufo de cominos, de anís o no sé qué?.. En fin, dinero no les falta. Doña Leandra no se desprende de un pellejo, a modo de vejiga, que parece lleno de onzas. Querrán vestirse, y hemos de procurar presentarlas como personas ricas de provincias, que vienen a Madrid a ocupar una posición, y quizás a figurar más de lo que ahora parece.

-Ha dicho D. Gerardo que D. Bruno es de madera de ministros.. ¡Mira que si nos le hicieran ministro!..

-Eso me parece mucho. Pero de que viene diputado no tengas duda, que allí está papá, lanza en ristre, para sacarle por encima de todo. Y una vez diputado, sabe Dios lo que le harán.

-Eufrasia y Lea tienen de su padre una idea que ya ya.. Creen.. así me lo ha dicho Lea, que Espartero y D. Bruno se pasean del brazo, y que Cortina le consulta todo lo que hace. Así se contaba en Torralba de Calatrava y en Peralvillo.

-No me parece disparatado que a D. Bruno le den la poltrona -dijo María Luisa con segura dialéctica-. Mira lo que son otros, de dónde han salido, y compara. Cierto que no sabe lo (p.5430) que papá. Papá sí que es de madera de ministros. Yo siempre lo he dicho.. Pero su cortedad de genio le pierde, y a nosotras más, y siempre estaremos lo mismo, pobres, olvidadas, viendo

caminar lentos

los turbios días y las altas horas.

 

Ep-28-XV -

Ven a mis manos, ven, arpa sonora.

Baja a mi mente, inspiración cristiana,

y enciende en mí la llama creadora

que del aliento del querub emana.

Esto recitaba María Luisa una tarde, atizando el fogón para poner a calentar unas planchas, cuando sintió entrar a Ibero en el comedor, donde estaba Cavallieri copiando música. Presurosa salió a recibir al Coronel, que en aquella casa merecía de continuo extremadas consideraciones, y con oficiosa y dulce voz, antes que la del bajo acabase de saludar al visitante, le dijo: «Santiago, por Dios, aguárdela usted, que no puede tardar: ha salido con Doña Leandra a comprar loza».

Con pretexto de trasladar a sitio más decoroso la visita, fuese con Ibero a la sala, donde acabó los conceptos que expresar no quería delante de Cavallieri. «No pase lo de ayer y anteayer, ¡por Dios!.. Usted no tuvo paciencia para esperarla, y así se nos va el tiempo, y se escapan los días sin que Rafaela oiga las verdades que usted tiene que decirle. Crea usted que está muy echada a perder. Si usted no la sujeta, no sé, no sé, amigo Ibero, a dónde va a parar mi hermana. Anoche también entró en casa a las doce dadas.. Ya no sé qué decir a los amigos, ni cómo explicar estas ausencias.. Luego no pasa día sin que lleguen aquí unos recados estrambóticos, traídos por mujeres de mala traza.. ¡Ay, Santiago, estoy afligidísima!.. ¡Pues si llegara a mi padre y viera estas cosas! Usted, usted es quien puede traerla a la razón, y ya que no a la virtud, a la decencia, Señor, al buen parecer, al recato.. Yo le digo: 'Mujer, ten cuidado, piensa en tu familia, piensa en el nombre sin tacha de nuestro padre, que ahora, por hallarse en alta posición, es el foco de las miradas de sus amigos y enemigos'. Responde que sí, que tendrá cuidado, y ya ve usted el cuidado que tiene. Yo, que la conozco, estaba contenta (p.5431) cuando vi que se entendía con usted, guardando las debidas reservas. 'Del mal el menos', dije. Cuando se da con personas nobles y decentes, queda el consuelo de que no habrá escándalos.. Pero viene el rompimiento, que sentí, me lo puede creer, como si se nos cayera la casa encima, y mi hermana se disloca, y una tarde nos arma ese bruto de Catalá una gritería en el portal, y una mañana se planta en casa el otro, el Don Frenético, que así le llamo yo, y con pretexto de encargar música de bajo, le cuenta a mi marido mil historias que parten el corazón.. Nada, nada, sea usted cariñoso y al mismo tiempo terrible: que ella vea su amistad, y que coja miedo, mucho miedo. Yo sé que a usted le respeta más que a nadie, Santiago; que le estima.. y es natural que así sea. Duro en ella; pegue usted fuerte..».

-A duro no me gana nadie, amiga mía; yo pegaré.. Tengo una mano como la maza de Fraga..

-Chitón, que ahí está.. Es ella la que entra. Yo me escabullo por la alcoba..

Dos minutos después, Ibero y Rafaela, solos en la sala, producían una escena que, sin ser histórica, merece ser puntualmente relatada. ¿Y por qué no había de ser histórica, siendo verdad? No hay acontecimiento privado en el cual no encontremos, buscándolo bien, una fibra, un cabo que tenga enlace más o menos remoto con las cosas que llamamos públicas. No hay suceso histórico que interese profundamente si no aparece en él un hilo que vaya a parar a la vida afectiva.

«Al fin -dijo Ibero- te cojo a tiro, y ahora no te me escapas. Buena la has hecho, y contento tienes al pobre Catalá. No creí nunca que tu ambición te enloqueciera hasta ese punto.. Ya sé lo que vas a decirme: que yo, por haber contribuido a corromperte, no tengo derecho a predicarte ahora la moral. Pero no tienes razón, Rafaela: yo te cogí dañada y bien dañada, y traté de que anduvieras todo lo derecha que podías con el daño que tienes. No habrás olvidado cuánto bregué contigo. El día de nuestra separación te dije que.. ¿no lo recuerdas?».

-Que te dabas de baja como amante, y de alta como inspector mío.. así (p.5432) dijiste.. pues pensabas vigilarme, no permitir que yo descarrilara..

-Así me lo propuse, pensando en el pobre D. José. Si yo fuera un egoísta, habría dado media vuelta, diciendo como aquel Rey: «Después de mí el diluvio». Pero no puedo hacer esto; no soy tan malo; y aunque rabies, me constituyo en tu fiscal, en tu juez, y si es menester, en tu verdugo, por mucho que me duela. Con que tú verás, Rafaela. Ya me conoces: soy un pelma terrible.

-Pega todo lo que quieras. He venido al mundo para víctima, y víctima seré siempre, hoy de un marido villano, mañana de otros que no lo son y quieren gobernarme como si lo fueran.

-No debías tener queja de Catalá, Rafaela. Arréglate pacíficamente con él, porque es un hombre de corazón muy bueno. Sabiendo manejarle, harías de él lo que quisieras: Como todos los vehementes, en el fondo es un niño; como todos los que gritan mucho, en el fondo es la misma docilidad. Pero le has irritado, has cogido una tea encendida, y con ella le has chamuscado el corazón. ¡Los celos!, ¡qué cosa tan mala! El que debía ser cordero se te hace tigre.

-Estoy divertida, como hay Dios -dijo Rafaela, sacudiéndose con gracia los golpes que recibía-, con estos protectores que me salen ahora. Yo les pregunto qué es lo que me dan, sepámoslo, a cambio de esta esclavitud en que quieren tenerme. ¿Me han descasado, para que yo pueda volver a casarme y tener una posición decente? ¿Me han hecho más persona de lo que yo era? ¿Qué pretenden, que yo les guarde fidelidad y me sacrifique por ellos, sin que de ellos reciba nada de lo que me falta: dignidad, nombre, posición?

-Nosotros no podíamos descasarte. ¿Somos por ventura el Papa? En eso de las posiciones, tú no has pensado bien lo que dices, porque.. posición totalmente honrada no puedes tenerla sino resignándote a estar metida entre cuatro paredes haciendo la viuda inconsolable. Al declararte independiente, podías aspirar a lo mejor dentro de las posiciones falsas, a un bien relativo, a una moral de circunstancias. Pues todo eso lo habrías tenido con Catalá, que se ha enamorado de ti (p.5433) como un trovador.. Por lo que me ha dicho el pobre, casi llorando, habría llegado hasta la bondad inaudita de casarse contigo, en caso de que enviudaras.. Ya ves si esto es bondad, si esto es amor, y amor de los que gastan la venda más espesa.

-¡Casarse conmigo! Si tan largo me lo fías.. Mi marido goza de buena salud, según me cuentan; es de familia de vividores, pues su abuelo tiene ochenta y seis años y lee sin gafas, y da paseos de dos leguas; familia de Matusalenes.. ¡Vaya un consuelo!

-Confiésame con sinceridad -dijo Ibero un tanto confuso, sin saber en qué terreno ponerse- que ni a mí ni a Catalá nos has querido con verdadero amor. Confiésamelo; ten franqueza y alma grande para declarar que fue mentira todo lo que a mí y a Manuel nos dijiste..

-Si te empeñas en ello -replicó la Perita en dulce, gustosa de mostrar la grandeza de alma que su amigo le recomendaba-, te daré una prueba de rectitud declarando que ni tú ni Manuel habéis sabido interesar mi corazón. ¿Quieres más franqueza? Pues por mí no queda, Santiago. Sabrás que a uno y otro no los he mirado más que como escalones..

-¡Como escalones..! -repitió Ibero aturdido del golpe, pues la arrogancia calmosa y un tanto cínica de Rafaelita le desconcertó-. No te servíamos más que de peldaños para subir hasta D. Federico Nieto, a quien tu hermana llama Don Frenético. Bien. Vale más que te expliques con claridad para saber qué clase de armas debo emplear contigo.

-Y es ridículo, Santiago -prosiguió, más altanera y fría Rafaela-, que tú me pidas amor, cuando no me tomabas más que por pasatiempo: me alquilabas, Santiago, no me hacías tuya. ¿Me explico bien? No podía ser de otro modo, porque el amor verdadero se lo guardas a la señorita de La Guardia con quien estás en relaciones honradas, y con quien quieres casarte.. Hace poco lo he sabido, como sé también que están verdes. Nada me dijiste de estos amores tuyos, tan finos, ¡ay! Y tomándome por mujer-simón para una carrera, o unas horas, pretendías que yo te amase, que me pusiera flaca y ojerosa y (p.5434) lánguida por ti. ¡Pero qué tonto eres, qué cosas tiene mi maestro!

-Si no recuerdo mal -dijo Ibero, más desconcertado por la certeza lógica de la que fue su amante-, te manifesté que tenía un compromiso antiguo, serio.. Pero Catalá no se encontraba en ese caso: Catalá no estaba ni está ligado a otra mujer por una cadena espiritual, y tenía, por tanto, derecho a tu amor.

-El amor no es cosa que se reclama por derecho. Se inspira sabiéndolo inspirar, se siente cuando se siente; pero no pueden venir alcaldes y alguaciles a decirle a una: «pague usted el amor que debe». Manuel Catalá será todo lo bueno que tú quieras; pero su carácter violento y sus celos furibundos no son para enamorar a nadie.. Luego, hijo mío, si quieres que te lo diga todo, yo.. vamos, soy algo ambiciosa..

-El materialismo es tu locura y será tu perdición. ¿Qué entiendes por bienes de la vida? ¿Das este nombre a lo que puede adquirirse con dinero?

-Dime una cosa, Santiago: ¿por qué te has batido tú, por qué has pasado tantas fatigas y trabajos en la guerra? ¿Lo has hecho por quedarte siempre de soldado raso? ¿No soñabas tú con ascensos, con ser lo que eres, más aún, brigadier, general? Claro; ahora que has ascendido dirás que no, que lo hacías todo por la gloria, ¡angelito!

-¿Y qué tiene que ver la carrera militar con esa carrera tuya, despeñadero del vicio? ¿Adónde vas tú? ¿Qué quieres? ¿Riquezas, posición? Aquí no hay eso para las mujeres que se salen del camino derecho. Somos, gracias a Dios, un pueblo muy morigerado, un pueblo virtuoso..

-No era mala virtud la que me predicabas tú cuando..

-No te burles.. -gritó Ibero, que enrojecía del calor de la discusión-. Lo que yo afirmo, y no puedes desmentirme, es que aquí no hay posiciones ni riquezas para las mujeres que descarrilan. En Francia sí lo hay; pero esa es una moda que no ha de venir. (p.5435)

-Yo no traigo modas, Santiago, las traéis vosotros, los que hacéis las guerras, los que hacéis las revoluciones, los que perseguidos emigráis y luego venís diciéndonos que (p.5436) aquí somos salvajes, que no hacemos más que rezar, y que España está infestada de clérigos; tú lo has dicho, tú.. y que las mujeres apenas sabemos leer y escribir, y no tenemos el aquel de las extranjeras, ni la coquetería extranjera, ni la finura extranjera.. Con que yo no traigo modas, ¿sabes?

-Ni yo. Lo que haré contigo -dijo Ibero, sospechando que Rafaela manifestaba tan sólo la parte menos interesante de su ser, que en su alma había un doble fondo, en el cual no era fácil penetrar-, lo que yo haré contigo es cortarte los vuelos, no dejarte correr con la velocidad que quieres tomar.

-¿Y qué harás para cortarme los vuelos? -dijo Rafaela con altanería desdeñosa-, ¿amarrarme a Catalá?

-Amarrarte, no: convencerte de que debes ser benigna para él, de que debes limitarte a su amistad, sin buscar otras.

-¿Y si no me dejo convencer?

-En ese caso, emplearé otros medios, pues por el estado en que se encuentra el pobre Manuel preveo una tragedia, y no quiero tragedias en ti ni en tu casa. No lo hago sólo por ti, lo hago principalmente por tu padre.

Y encrespándose y tomando bríos, como quien siente muy sólido el terreno que pisa, se levantó, y con arrogante ademán continuó el vapuleo: «Que no te escapas, Rafaela, que no tienes salida. Tú a que has de ser mala, y yo a que no. Tú a caminar torcida, y yo a cogerte y a llevarte derechita. ¿No quieres de grado? Pues a la fuerza. Soy muy bruto: tú lo has dicho, y ahora vas a verlo..».

-Veamos, pues -dijo la infortunada fingiéndose asustadica-. Lo primero que me manda mi sátrapa es que haga buenas migas con Manuel.

-Que le guardes fidelidad, que seas suya y sólo suya.. Después.. no, no, antes o al mismo tiempo, que despidas, quitándole toda esperanza, a ese D. Federico Nieto.. Eso has de hacerlo prontito, Rafaela, porque si no, yo, yo me encargo de romperle el espinazo al Don Frenético, para que no te trastorne más. Si hay materialismo de por medio, y lo habrá, porque ese caballero es rico, no me importa. Él y su dinero van rodando.. Créelo como te lo digo.. Con que ya ves cómo las (p.5437) gasto. Me he propuesto que seas buena, y lo serás, vaya si lo serás. Y para que te convenzas de la energía, de la honradez de mi resolución, te diré que me constituyo en tu hermano. Con el esposo perdido, el padre ausente, ¿qué sería de la pobrecita Rafaela si ahora no tuviese el amparo de un hermanote muy bruto, muy leal, muy honrado?.. ¡Ay!, honrado no fui, ahora lo soy, y derecha has de andar, mal que te pese, porque yo, con la voz de tu padre y la mía juntas, te digo: «¡Rafaela, cuidado; Rafaela, que soy tu hermano, y como tal te dirijo, te castigo, y si es preciso.. te mato!».

-¡Matarme! -exclamó la Perita en dulce abstrayéndose, balanceando su pensamiento en vaguedades recónditas, lejanas-. Puede que esa fuera le mejor corrección.

-Lo dicho.. Ya me conoces. No gasto palabras ociosas. Desde hoy, ten en cuenta que te vigilo, que no darás un paso sin que yo lo sepa.. Por mucho que te recates, por grande que sea tu habilidad para escabullirte, no te librarás de mi vigilancia.. Mucho ojo, señora Doña Rafaela del Milagro.

-¡Vaya por Dios!.. ¡Qué hermanito tan fiero! ¿Y me libraré de la tragedia queriendo a Catalá?

-Queriendo a Catalá, que bien lo merece el pobre; a él solo, solo.. Adiós.. Ya es hora de comer. Hasta mañana.

Salió dejándola más meditabunda que asustada, y en el pasillo se encontró a María Luisa, que había oído lo más substancial de la conferencia, agazapadita tras la vidriera de la alcoba, y no quiso dejarle partir sin expresarle su entusiasmo y gratitud por la buena obra. No estimando discreto el hablar del caso donde Rafaela pudiese oírla, se contentó con besar las manos del valiente y generoso amigo de la casa.

 

Ep-28-XVI -

Obediente quizás a estímulos de su conciencia, o a otros móviles que por el momento nadie conocía, volvió Rafaela a la vida regular, entendiendo por esta el no excederse demasiado en los desatinos, no dar motivo a los desplantes furiosos de Catalá y suspender las salidas nocturnas.

No pudo gozar todo lo que quisiera el buen Catalá de la dichosa enmienda de su ídolo, porque a (p.5438) consecuencia de los pasados berrinches cayó gravemente enfermo de un ataque a la cabeza, y por poco toma el portante para el otro mundo. Con algo de espontaneidad por su parte, y con no poca docilidad a los mandatos de Ibero, Rafaelita se portó muy bien en aquella ocasión, visitando diariamente a su amigo enfermo, asistiéndole con exquisitos cuidados y consolándole con su presencia. En cuanto al Don Frenético, no fue posible espantarle tan pronto como se quisiera. El enamorado petimetre limitábase a obsequiar a su ídolo, no ya con ramos de flores, que no eran admitidos, sino con novelas, mostrando una preferencia de buen gusto por las pocas de Balzac que en aquellos tiempos se habían traducido al castellano. Rafaela no sabía francés; pero Don Frenético, galómano furibundo, como recriado en París, había querido iniciar a su amada en el conocimiento y en la admiración del gran pintor de las pasiones, miserias y vanidades humanas. Un día y otro dejó en la casa Úrsula Mirouet, Honorina, El lirio en el valle, La piel de zapa. Leía María Luisa, tardando algún tiempo en tornar gusto a una literatura en todo diferente de la poesía caballeresca de acá; y después tocaba el turno a Rafaela, que comprendía y apreciaba los profundos análisis de aquel soberano ingenio mejor que su hermana. «Esto es muy filosófico -decía María Luisa-, y no va con nosotras..».

A los entretenimientos que retenían en el hogar a las dos hermanas, se unió bien pronto la faena de ayudar a las de Carrasco en la magna obra de vestirse a la moderna para presentarse en público como les correspondía. Largos días y semanas largas se emplearon en esto, primero con la elección de modelos y de telas, después con las tareas prolijas del corte y costura. La primera lección que dieron las de Milagro a sus amigas fue la de prescindir de modistas, trayéndose a casa buenas costureras que bajo su dirección trabajasen. María Luisa era maestra en el corte, y Rafaela no tenía rival para el ajuste, combinación de colores, conforme al modelo vigente de la elegancia, ni para la (p.5439) adaptación de cada forma al tipo, talle, estatura y corte de cara de la persona que había que vestir. Poseía el don especialísimo de ver el efecto, y en todo lo que trazaba ponía un sello personal de gracia y tono. Instalado el taller en la casa de Carrasco, allá se pasaban todo el día cortando y cosiendo, con ayuda de buenas oficialas, y no duró menos de un mes la campaña. En las probaturas que se hicieron para cada pieza, resultaban las chicas manchegas completamente transformadas; eran otras, y Doña Leandra creía soñar viendo a sus niñas tan elegantes. Ante el espejo, Eufrasia y Lea reventaban de satisfacción observando que las caras se les ponían más bonitas sin necesidad de afeites, y los cuerpos más esbeltos y airosos por la virtud de aquellos corsés, que parecían obra de magia.

A cada una de las señoritas de Carrasco se le hicieron dos vestidos de calle, y uno para teatro y sociedad. Para los primeros eligió Rafaela las telas llamadas bareges y popelines, entonces muy en boga, y resultaron lindísimos, claro el uno, obscurito el otro. En los faralaes dispuso la directora una gran sobriedad; hubo fuerte discusión entre ella y su hermana, y al fin, en la primera prueba, todas le dieron la razón, rindiéndose a su maestría. Los cuerpos o jubones con el cuello alto, ostentando una imitación de camisa con chorreras, fueron el éxito más brillante de las Milagros. No se verían en Madrid cuerpos tan bonitos. Pero en lo que extremaron su ciencia fue en los vestidos de sociedad, verdaderas obras de arte por la interpretación fiel de la moda, dejando algo a la invención y fantasía personal. Eran de lo que llamaban Pekín glacé, con rayas arrasadas de colores pálidos y guarnecidos de encajes, canesús de batista bordada con hilo de Escocia, y cuellito fruncido a la Lucrecia. ¡Vamos, que el día que los estrenaran darían golpe!

Para doña Leandra se confeccionaron dos vestimentas, una de calle y otra para teatro, entrambas muy apropiadas a la seriedad y modestia de señora tan respetable. Echaron en el primero no pocas varas de muselina de (p.5440) la India, de color llamado de escarabajo, y en el segundo tafetán negro de Italia, que adornaron con plegado de cintas à la vieille, todo muy rico, muy bien compuesto, sin extremar el adorno, porque así lo recomendaba de continuo Doña Leandra, que no quería desmentir su nativa sencillez, y hacía un verdadero sacrificio en ponerse aquellos ringorrangos. En las pruebas no disimulaba su mal humor, repitiendo que tales magnificencias no eran para ella; que no se acostumbraría jamás a ir por la calle vestida de señorona, y que ya se sofocaba pensando que la gente se mofaría de su facha. ¡Qué dolor, qué Madrid este! En los trapos que ella había de lucir, violenta, forzada, vistiéndose de máscara por dar gusto a la familia, se había empleado el valor de seis cochinos, y todo el trapío y galas de las hijas suponían una piara entera, ¡Señor!, la más lucida de Torralba de Calatrava.

Rematado hasta en sus últimos perfiles el grandioso aparato de los trapitos, lanzáronse todas a la calle, rivalizando en elegancia, pues las Milagros no querían dar su brazo a torcer, y endilgaron sus más lindos trajes y perifollos. Hubo días espléndidos de sol en aquel invierno, lo que a todas vino muy bien para lucirse: iban al Prado y al Retiro, sin descuidar las visitas de presentación, y al propio tiempo las madrileñas mostraban a las novatas todas las curiosidades de Madrid, no olvidando llevarlas, como había recomendado expresamente desde Ciudad Real el buen D. José, a ver la Historia Natural y Caballerizas. No sólo se iban soltando con este ajetreo social Lea y Eufrasia, adquiriendo modales y la desenvoltura madrileña, sino que en sus cuerpos y rostros se determinó radical mudanza; el encogimiento desapareció al primer revuelo, y nadie diría que habían venido de la dehesa, cogidas con lazo. Desprendiéronse pronto del pelo, por virtud del poder asimilativo de la mujer y de las lecciones vivas que continuamente recibían de las chicas de Milagro. El éxito coronó la aplicación de las discípulas, así como la dirección de las maestras, pues a las pocas (p.5441) tardes de andar por el Prado y Retiro, ya llevaban tras sí las manchegas una reata de novios, señoritos elegantes que las miraban y las seguían haciendo mil cucamonas.

Doña Leandra, pasados los primeros días, se resistió a los largos paseos, no sólo por cansancio, sino porque la mareaba el gentío, y aumentaban su murria el barullo y regocijo de las tardes de Madrid. Prefería quedarse en casa, adormecida en triste éxtasis, indelebles memorias del abandonado terruño, o bien rezando rosarios y pidiendo a Dios que se realizaran las esperanzas que trajo a Madrid toda la familia, pastoreada por Bruno. Ya le daba en la nariz a la buena señora olor de reveses, porque habiendo salido del Ministerio de Hacienda el señor de Gamboa se rompían los asideros de Carrasco en aquella casa; el expediente de Pósitos no acababa de resolverse, y lo de la Diputación no se veía claro, a pesar de los lisonjeros vaticinios que mandaba en todas sus cartas el seráfico D. José.

Siempre que el servicio se lo permitía, acompañaba Ibero a las señoras y señoritas en su paseo, pues con Bruno no había que contar: se pasaba la vida en los ministerios y en tertulias políticas de café y redacciones. Algunos amigos de Santiago, paisanos y militares, se agregaban a la feliz cuadrilla, y la charla sabrosa y galante no tenía término. Entre ellos se señaló un teniente coronel, que hacía continuo derroche de finezas sin decidirse por las solteras ni por la casadita, como si fuera su plan tocar todas las teclas a ver cuál le sonaba mejor. Era de cuerpo pequeño, de carácter francote y comunicativo, cetrino de color, escaso de bigote y barba, el habla durísima, gorda, catalana. Una tarde que iban las manchegas y sus amigas con Ibero por la calle de Alcalá, le encontraron en la esquina de la calle del Turco; parose Santiago al reconocerle, se abrazaron, y al instante hizo la presentación: «Mi amigo muy querido Juan Prim».

Siguieron todos hacia el Retiro. Prim, que vestía de paisano, contó a Ibero rápidamente sus tribulaciones militares y políticas, y luego pegó la hebra con las damas, (p.5442) que le oían con singular agrado, maravilladas de su simpática franqueza, de sus atrevimientos gallardos, que se acomodaban, como al vaso el líquido, a la ruda lengua catalana. Hallándose María Luisa un poco pesada, próxima ya a meses mayores, solía ir a retaguardia con Ibero y D. Gervasio. En una de estas, interrogado el Coronel por su amiga, refirió que el tal Prim era un bravo militar que había empezado su carrera de pesetero en la guerra de Cataluña, adelantando rápidamente por su valor sereno y su militar instinto en la dirección de tropas. Chico despejadísimo, llegaría a donde llegan pocos; y si por entonces parecía fuera de juego y no tenía mando, no era por falta de méritos, sino por significarse en política más de lo prudente, con ideas harto exaltadas.

«Pues abran ustedes mucho ojo para vigilar a este pájaro -dijo D. Gervasio parándose para acentuar mejor el tono profético-. Yo podría sostener que las ideas del teniente coronel Prim más que exaltadas, son jacobinas: me consta que no hace muchas noches pronunció en casa de Pacheco palabras que le valdrían una temporada de castillo si el Duque las supiera. Hay en este mozo algo que contradice las costumbres que observamos diariamente en todo joven que politiquea. Fijémonos bien en esta circunstancia: su amigo de usted profesa ideas que casi, casi tocan en el republicanismo, y no obstante, se junta con retrógrados, y sus principales amigotes son lo más granado de la moderación. Le verá usted siempre con Carriquiri, con Salamanca, con Sartorius, y creo que con Fernandito, el hermano del General Córdoba. ¿No le sorprende a usted esta contradicción entre las ideas políticas y los gustos sociales?».

-Le diré a usted, amigo D. Gervasio -replicó Ibero-: antes que ese contraste, veo yo otro más fundamental en ese bravo chico, y es que, siendo de origen muy humilde, no le gusta tratarse más que con aristócratas. Ya ve usted qué bien viste: no hay otro que lleve mejor la ropa, ni quien le iguale en el refinamiento de los gustos; su rumbo, su esplendidez nos harían creer que (p.5443) es noble de nacimiento; sus ideas dicen que es hijo de la plebe. Yo le quiero y le admiro.

-Pues a mí me da mala espina.. Mi opinión es que se vigile a estos plebeyos que andan demasiado elegantes, y a estos peseteros que adquieren costumbres de próceres.

-La contradicción yo no la temo, y hasta le creo natural, D. Gervasio. Todo hombre es una carrera, una vida que viene de un punto y a otro se dirige.. Si el hombre no se aleja del punto de partida, ¿en dónde está el progreso, nuestro Progreso, que tanto amamos y por el cual hemos dado terribles batallas? En Prim ve usted las ideas avanzadas de origen plebeyo y las aficiones aristocráticas: las primeras son los principios, las segundas son los fines.

Creyera o no D. Gervasio paradójica y vana la explicación de Ibero, ello es que no añadió más que lo siguiente: «Estamos perdidos si no se vigila a los exaltados que andan entre obscurantistas. Lo dice un hombre de larga y dolorosa experiencia de las cosas públicas. Si yo tuviera, como usted, mi querido amigo, acceso diario en la casa del señor Duque, le saludaría siempre con estas palabras sibilíticas: Palo al jacobinismo, palo al retroceso».

Procuró Ibero quitar importancia a estos vaticinios del funcionario que se pasa la vida temblando por su nómina, y siguieron. A la semana siguiente, agregado también Prim al convoy, halló ocasión de quedarse atrás con su amigo, y le dijo:

«Sé que vas a la parte en los favores de la viudita, y..».

-¿Qué viudita? ¿Rafaela?.. es casada.

-¡Ah!, sí.. la casada solitaria, de quien me han contado.. ¿Qué? ¿Seré indiscreto?

-Sigue hombre, sigue.

-Es monísima, y sabe como ninguna hacerse la candorosa. Diríamos que no rompe un plato. ¿Pero es verdad que tú..?

-Sí, hombre, sí. Sigue, ¡ajo!

-Pues me alegro de tu franqueza, porque así puede la mía serte de algún provecho. Al amigo la verdad.. Esa.. te engaña.

-Sí, hombre, sí. Acaba pronto. ¿Quién..?

-Vas a saberlo. Ayer salíamos de almorzar en casa de Carriquiri, Narciso Ametller, Luis Sartorius y yo.. Al volver la esquina de la calle de (p.5444) las Huertas, vimos a tu amiga salir de un coche con Federiquito Nieto, y entrar.. ¿sabes ya dónde?

-Basta; no sigas: esta noche la mato.

-Hombre, no es para tanto.

-¿Qué sabes tú?

-Siento..

-No sientas nada.. te digo que la mato.. Y a ese Don Frenético le pisotearé en medio de la calle, en cuanto le encuentre. Ella me había prometido.. No, no fue a mí.. no soy yo. Cállate, déjame. Yo sé lo que tengo que hacer.

-Pues Ametller me contó algo más..

-No sigas: estamos llamando la atención. Ya ves: se paran todos esperándonos.

-Creerán que conspiramos. Y si quieres, por mí no ha de quedar. Conspiremos, Ibero.

-¿Ves? Se ríen de nosotros.

-Se reirán de ti..

-Cállate ya.. ¿En dónde nos veremos mañana para poder hablar?

-En ninguna parte, porque yo me voy a Tarragona, donde espero salir diputado.

-Bien, hombre, bien.. Para ti es el mundo. ¿Y votarás la Regencia una o trina?

-Creo que con un solo Regente basta y sobra. De lo malo, poco.

Uniéronse al grupo, y el paseo tuvo su desarrollo natural sin incidente alguno. En torno de las damas revolotearon los pretendientes, derrochando su gárrula estolidez amorosa. Ibero, metido en sí, no cesaba de pensar: «¡Pobre Catalá! Bien le decía yo a María Luisa que estas saliditas de mañana no tenían explicación, y ella me porfiaba que sí.. que iba a la cordonería, al tinte.. Enredos.. María Luisa tapa. Pues aquí estoy yo para destapar a la tapada y a la tapadera».

 

Ep-28-XVII -

No tuvo Ibero reposo hasta que vio llegar la mejor coyuntura para interrogar a Rafaela. La increpó con severidad, afeándole su hipocresía y falta de juicio, y ella, negando al principio, balbuciendo luego una tímida confesión, sin descubrir el doble fondo, echó por fin un raudal de lágrimas sobre la disputa. El rígido censor, apiadado, no quiso añadir un martirio más a los que a la pecadora infligía su conciencia, y calló, mandándole que se sosegara. Aquella misma tarde habló a solas con María Luisa, de cuya boca oyó conceptos que cayeron como lluvia glacial sobre su corazón. No esperaba, ciertamente, (p.5445) aquella filosofía de comodín que era al propio tiempo censura y tolerancia de los deslices de Rafaela, ni el desdén con que apreciaba la intervención caballeresca de él en asunto tan grave como el honor de la familia.

«No podemos hacer carrera de ella -decía María Luisa-. Y lo que siento, amigo Ibero, es que usted se dé tan malos ratos para no conseguir nada.. Hablando con franqueza, yo no creo que Rafaela sea un monstruo, ni mucho menos.. Los actos de las mujeres no deben juzgarse sin mirar un poco a las circunstancias, y las de mi hermana ya sabe usted cuáles son. Hay que verlo todo, amigo mío, y no ser demasiado severo. Francamente, yo me pongo en el caso de Rafaela.. El tal Catalá no es hombre de tantísimo mérito que merezca sacrificios extremados. Si se tratara de usted, ya sería otra cosa..».

Aterrado más que sorprendido, Ibero no supo qué contestar.

«Yo comprendo -prosiguió María Luisa- que si usted no hubiera rifado con ella, haría muy bien en ponerle el grillete.. Tal como están las cosas, no podrá usted enderezar a mi hermana todo lo que deseamos, y de veras lo siento yo; no podrá enderezarla, digo, porque usted la enseñó a torcerse.. No es esto censura, líbreme Dios.. ojalá durara.. es decirle a usted que no se aflija porque sus sermones sean de tan poco efecto..».

-Tiene usted razón, María Luisa -dijo Ibero, cayendo de un nido, de las nubes, de más alto aún-: soy un necio, el mayor mentecato de la orden de diablos predicadores. Usted me abre los ojos.. No es sólo Rafaela la que está dañada en esta casa.

Las señales del grave daño estaban a la vista, pues rodeaban a María Luisa muestrarios de telas, piezas riquísimas de barege eoliana, de muselina de la India, de tafetán de Italia, y cachemiras, crespones y popelines de dobles reflejos. Tantos y tan lucidos trapos se veían allí, que el gabinete parecía un taller de modas de los más elegantes. Ya había notado Ibero que la transformación indumentaria de las manchegas fue para las Milagros como súbito envenenamiento: la elegancia de sus amigas les inoculó el virus (p.5446) del lujo, y este prendió al instante con aterradora intensidad. La primera envenenada fue Rafaela, que no tardó en comunicar a su hermana el pegajoso mal. Bien pronto invadieron la casa figurines y piezas de tela, mil arrumacos elegantes de seda y encaje, modelos de los abrigos llamados twines y kasadawekas, que se adornaban con pieles riquísimas, y Rafaela frecuentaba la famosa casa de Madame Petibon, depósito de todas las monerías parisienses de última novedad.

«Aunque tarde -dijo Ibero melancólico, tirando a la indulgencia que un hombre debe a la flaqueza mujeril-, caigo en la realidad, y veo la ridiculez de mis pretensiones puritanas. ¿Me permite usted, María Luisa, que le hable con la libertad a que tiene derecho un amigo que se despide? Pues si usted no se me enfada, le diré que el dinero enviado por Don José para gastos de ropa (y conozco la cantidad porque ha pasado por mi mano) , no basta ni con mucho para ese aluvión de trapos..».

-No hay que asustarse, amigo Ibero.. Mucho de esto se devuelve; lo hemos traído sólo para verlo..

-Déjeme seguir. Si ustedes pensaban que debían estirar los pies a mayor largo que el de las sábanas, ¿por qué no me pidieron a mí el dinero necesario, como mil veces le he dicho a Rafaela?.. No se enfadará usted tampoco si, como leal amigo de D. José, le digo que es un grandísimo peligro esa ostentación.. vamos, ese insulto a la medianía de un jefe político que blasona de honrado, y que lo es.. lo es.

-Papá nos autoriza para vestirnos decentemente, contando con lo que nos mandará luego. No quiere que hagamos mal papel al lado de las manchegas. Además, diré a usted que a Cavallieri han venido a buscarle para que cante los meses que quedan de temporada en la Cruz; un contrato ventajosísimo, amigo Don Santiago. El público no está contento de Reguer, y Becerra se ha puesto ronco. Tendrá usted a mi marido de primer bajo, con obligación de cantar Chiara di Rosemberg, Marino Faliero, Il Conte Ory, del gran Rossini, y la ópera que ha escrito nuestro celebrado Saldoni, Cleonice, Regina di (p.5447) Siria.

-Lo celebro infinito. Iré a dar mi aplauso al amigo Cavallieri, y a admirarlas a ustedes en su palco de la Cruz. No se ofenda por lo que he dicho, ni aquí hay nada que censurar, como no sea mi conducta: me daría de bofetadas.. tal rabia me tengo, puede usted creerlo.. por meterme yo en donde no me llaman. Todo lo que dije de querer ser su hermano, y de guiarlas y protegerlas, como tal, contra los infinitos riesgos de este Madrid diabólico, no es más que un quijotismo que, ya lo ve usted, viene a parar en lo que para siempre el meterse a pelear con aspas de molino. Aquí me tiene usted caído y con los huesos quebrantados; pero aprovecho la lección, vaya si la aprovecho, ¡canastos! No volveré, no, a romper lanzas por el honor de nadie, ni a enderezar mujeres que quieren torcerse. Hermoso me parecía lo de ser hermano de estas pobrecitas, y ello me servía como de un buen descargo de mi conciencia; pero ya veo que el oficio de hermano postizo tiene sus quiebras, y.. dimito el cargo.

-Siempre será usted un buen amigo nuestro, por más que no quiera -dijo María Luisa, un poco asustada de verle con tal impresión de tristeza y desaliento-. Diríjanos y aconséjenos todo lo que guste, que bien sabe Dios cuánto hemos de agradecérselo. Lo único que le pido es que no sea demasiado regañón con nosotras, vamos, que no nos grite ni ponga los ojos fieros, porque me asusto.. crea que me asusto.. y como entro ya en meses mayores, cualquier sobresalto repentino podría.. ya sabe..

-Esté usted tranquila, que por culpa mía no ha de fracasar la criatura. Le deseo un felicísimo alumbramiento, y a Cavallieri ovaciones sin fin. Con que.. a ver si acaban ustedes todo el traperío, para que se pongan bien guapas y tiemble Madrid.

-¡Burlón, mala persona!

-Adiós, amiga mía. Adiós.

Se fue, no ya triste, sino consternado, pues era hombre a quien afectaban hondamente las rupturas o interrupciones de amistad, de cualquier orden que fuesen. Aquel mismo día visitó al pobre Catalá, y le halló tan tranquilo, tan confiado, que habría sido no sólo impertinente, (p.5448) sino criminal, turbar su almo reposo. Por todo ello, se confirmaba en su propósito de abandonar definitivamente la redención de pecadores, obra que a Dios pertenecía, no a los hombres, y menos aún a los que se hallan distantes de la perfección. «Hagamos todo el bien que podamos -se decía-; pero dejando siempre a un lado los trastos de redimir».

En los siguientes días, atraída su alma solitaria con nueva fuerza desde La Guardia, fue a ver a Doña Jacinta y después al Duque, con la pretensión de que, si no le trasladaban al Norte, como era su deseo, se le diera al menos una licencia de un mes, de dos semanas. Don Baldomero, meditabundo, mas como nunca benévolo, le dijo: «Ten paciencia, Santiago. Ahora no puede ser. En cuanto se reúnan las Cortes y estas elijan la Regencia, podrás ir a donde quieras».

Por algo que dejó escapar la suma discreción de Espartero, por lo que poco antes le había dicho la Duquesa, y por lo que oyó después en la Secretaría, entendió Ibero que el Gobierno olfateaba conspiraciones. Síntomas de displicencia apuntaban en ciertos círculos, resto nefando de las antiguas logias; cuchicheos misteriosos sonaban en los cuarteles. El retroceso, abrazando con sentimental quijotismo la causa de Cristina, y declarándola víctima inocente de una intriga brutal, se apiñaba para adquirir una fuerza de que carecía. Los moderados elegantes y ricachones usaban del resorte social de las suntuosas comidas para producir la agrupación lenta de adeptos, para definir y caldear las ideas que, por el pronto, sólo se expresaban en forma de chistes y agudezas contra el Duque, su familia y adláteres. Figuras importantes del Ejército iban marcando su actitud paladinesca en favor de la ilustre proscripta, que recibía corte de descontentos en su residencia de la Malmaison, comprada a los herederos de Josefina. No era sólo Belascoain el que cerdeaba. Manuel de la Concha tenía muy arrugado el entrecejo, y su hermano Pepe, amigo de Espartero y a punto de emparentar con él, no podía vencer la sugestiva atracción de su hermano; de (p.5449) Juanito Pezuela nada podía asegurarse; O'Donnell era declarado cristino; mas su fría cara irlandesa no revelaba sus intenciones. Seguros eran Seoane, que mandaba en Valencia; Van-Halen, en Cataluña; Ribero, en Navarra. En cuanto a la Milicia Nacional, se creía en su fidelidad como en Dios, viéndola cada día más firme en su liberalismo chillón, ardoroso, pintoresco.

Dos días después de la visita a Espartero hizo otra a Linaje, que le retuvo más de una hora, encareciéndole la necesidad de vigilar con cien ojos y de aplicar el oído a las conversaciones de la oficialidad, siquiera fuesen de las más íntimas. Se habían emprendido trabajos en algunos cuerpos por el sistema llamado del triángulo, y no eran pocos los jefes y oficiales que andaban en estos enredos. Urgía conocerles y desenmascararles antes que las cosas fuesen a mayores. Por lo demás, no se temía nada serio, y la popularidad y buen crédito del Duque garantizaban una paz durable.. Con todo se mostró conforme Ibero, y prometiendo ser un Argos de buen oído, y no perdonar medio alguno, por duro que fuese, para imponer castigo a los que se salieran de la estricta disciplina, se despidió del famoso secretario del Duque, creyéndole atormentado por pesadillas horrendas, a no ser que inventara las conspiraciones para dar a sus servicios un valor que fuera del terreno policiaco no podían tener.

Recibió en aquellos días Ibero una carta de Navarridas muy grata y consoladora. ¡Cuánto habría dado el hombre por poder llegarse allá y recrear sus ojos en la contemplación del dulce objeto de su amor fino, y hablar con Gracia, con la sin par Demetria y con Navarridas de proyectos felices cuya realización no debía de estar lejana! Pero ¡ay!, vana ilusión, sueño de esclavo era pensar en esto. Viéndose tan sin libertad privada por servir a la pública, fue acometido de un tedio sombrío, con desvío de la sociedad y repugnancia del trato de gentes; se pasaba en su casa largas horas leyendo novelas, sin distinguir de géneros y estilos, devorándolas todas con igual atención; y en (p.5450) medio de aquel fárrago pasaron también las de Balzac que semanas antes le había dado María Luisa, y procedían de la mano dadivosa de Don Frenético. Volvieron a despuntar en su mente los delirios supersticiosos que le habían trastornado en Valencia, y por las noches cualquier sombrajo en la habitación obscura o en la calle tomaba forma de animado ser para significarle sucesos terroríficos. Una mañana fue a coger su bastón del sitio donde comúnmente lo ponía, y el bastón cayó al suelo, y al bajarse para recogerlo movió con el hombro un colgadero portátil de ropa, que vino a desplomarse sobre la mesa. En esta había un plato (del servicio de chocolate) , que al golpe se rompió por la mitad, mostrando en uno de los pedazos rotos el perfil perfectísimo de una cara burlona, la cual cobró vida y voz en el instante de la rotura, y así le dijo: «Teme a los traidores».

 

Ep-28-XVIII -

A los traidores ya les temía y execraba, sin necesidad de que el maligno ente se lo advirtiera. Lo que hacía falta era descubrirles y saber por dónde andaban, para meterles mano y hacer en ellos un cruel escarmiento. Coincidieron estas travesuras de la imaginación con un soplo que en aquellos días le dio el Mayor del segundo batallón de su regimiento, D. Gabriel O'Daly. Mandaba la primera compañía del mismo un capitán llamado Vallabriga, tildado de inquieto y sospechoso. Según O'Daly, hombre de carácter muy serio y de bien probada veracidad, Vallabriga andaba en malos pasos y en peores trotes. No era difícil comprobar que había leído proclamas clandestinas a varios sargentos de su compañía; se supo que frecuentaba una reunión nocturna de jovellanistas en una de las calles jorobadas y tortuosas que caen detrás de Buenavista, no lejos de las Salesas, conciliábulo a que concurrían otros militares de distintos cuerpos. Con estos nada tenía que ver D. Santiago; pero como descubriera y evidenciara al traidor de su regimiento, sorprendiéndole con el puñal levantado sobre el corazón de la patria, no se contentaría con menos que con atravesarle de una estocada (p.5451) sin más dimes ni diretes, ni sumaria ni consejo de guerra. Nunca le había gustado el tal Vallabriga, que componía versos de moros y cristianos, blasonaba de ideas estrambóticas, y solía concurrir a las tertulias de café peor reputadas. Hizo propósito de seguirle la pista y de echarle la zarpa, sin dar cuenta a nadie de su cacería, ni valerse de persona alguna militar ni civil.

Pero estaba de Dios que en aquellos días su alterada mente no tuviera reposo, porque tras una impresión desagradable venía otra de un orden distinto, y el hombre no ganaba para disgustos. Hallábase una tarde en el Cuarto de banderas, durante el acto de pasar lista, tocando la música en el patio, cuando entró Catalá demudado y trémulo, y con balbuciente voz le dijo: «La mato, Santiago, la mato, la degüello.. Ahora no la salva ni el Sursum corda».

A las preguntas de Ibero no respondía sino con expresiones desconcertadas y delirantes, acariciando una pistola que llevaba en el bolsillo interior de la levita. «¿Sabes tú dónde podré encontrarla?.. Porque en su casa no está.. ¡Cuatro noches pasadas fuera! Es un demonio, es la mentira, la traición. De hoy no pasa que le meta una bala en el cráneo.. No me mato yo.. yo no..».

Y diciéndolo salió disparado sin oír las exhortaciones de su amigo, que a la moderación le incitaba. No se sentía Ibero con ganas de tomar en la cuita del comandante un papel activo: bastaba con tenerle lástima y con desear que las cosas se arreglaran por las buenas, sin catástrofe. Desde que renunció al desairado papel de paladín de la honra Milagrera, sus comunicaciones con las graciosas hermanas eran casi nulas. Supo que María Luisa había dado a luz con toda facilidad un niño que se parecía mucho a Cavallieri, y se enteró de que a este le habían dado una grita fenomenal en la Cruz, cantando Le Prigioni d'Edimburgo, de Ricci, con la Mazarelli, la Lombía y Ojeda, y que a consecuencia de este desastre enmudeció en los teatros la espléndida voz de bajo para tronar de nuevo en los responsos y funerales. De Rafaela no supo más sino (p.5452) que la habían visto sola, por la calle de Alcalá abajo, luciendo un twine de todo lujo, guarnecido de pieles, y que en el teatro del Circo había llamado la atención en un palco, con elegantísimo vestido, en compañía de las manchegas. Las relaciones de Ibero con Catalá no eran ya muy íntimas. Como el pobre Comandante no acababa de restablecerse del mal de su desconcertada cabeza, Santiago influyó para que se le retirase del servicio activo, y a sus instancias le colocó Linaje en la Secretaría del Montepío Militar.

La tarde en que se presentó Catalá en el cuarto de banderas de Saboya con aquel rapto de ira, no pudo Santiago ir en su seguimiento para impedir una barbarie, porque había recibido invitación para comer con los señores Duques, y el meterse a componedor habría comprometido su puntualidad. Por la noche, en el café de Pombo, supo que no había ocurrido tragedia clásica ni romántica, porque los compañeros de oficina de Catalá habían recogido a este, llevándosele a su casa y quitándole las pistolas y todo instrumento que pudiera ocasionar muerte. Mas no pudiendo permanecer de guardia indefinidamente en su alcoba, temían la repetición del acceso de furia, el cual no era un fenómeno morboso, sino arrechucho normal producido por discordias terribles con su amada infiel.

A los tres días de esto, el 19 de Marzo, se abrieron las Cortes, y ya no se hablaba en Madrid más que de la elección de Regencia, y de si esta sería una, trina o cuaternaria. Muchos amigos tenía Ibero en el Parlamento que había de resolver cuestión tan peliaguda. Triunfaron Prim y Olózaga; elegidos fueron también González Bravo, Ametller y Posada Herrera. En cambio, el pobrecito D. Bruno Carrasco había sufrido una derrota ignominiosa, a pesar de tener el padre alcalde; y el bonísimo D. José del Milagro, a quien el fracaso produjo terribles amarguras, fue acusado por los amigos de no entender la mecánica electoral, de haber conducido a las urnas el rebaño votante con el modo y pasos de la más candorosa legalidad y de una corrección infantil. Por no (p.5453) parecerse a los moderados, había dejado indefensa la candidatura del amigo, y él quedaba como un modelo de la probidad más imbécil. Tal era el criterio de la llamada razón política, enteramente reñido et nunc et semper con toda idea moral.

Ya se aproximaba la elección de Regente, cuando Ibero, libre de todo compromiso social y militar, escogió una destemplada noche de Marzo para lanzarse al ojeo de aquel indigno Vallabriga, que era el oprobio de la brillante oficialidad de Saboya. Un dato de la policía, transmitido por O'Daly, le dio a conocer que la junta secreta de jacobinos y moderados (¡nefando amasijo!) , a que concurría el pérfido capitán, se había trasladado a una de las calles próximas a la plazuela de Afligidos, entre el cuartel de Guardias y la Cara de Dios. Allá se fue el hombre, en traje de paisano y trazas de cesante, bien embozado en su pañosa, y con un sombrero del año 23 que completaba el disfraz de un modo perfecto. Calles arriba, calles abajo, midió todo el barrio durante dos lentas horas, sin descubrir rastro ni sombra de lo que perseguía; y cansado ya de su inútil acecho, se retiraba por la calle del Limón, cuando vio salir de un portal tenebroso a una mujer, cuyos andares y figura le revelaron persona conocida, sin poder discernir quién era, pues iba bien entapujada con manto negro y cuidadosa de no dejarse ver la cara. El corazón, más que los ojos, fue quien le dijo a Ibero: «O yo veo visiones, o esta es Rafaela». La siguió a distancia. Avivaba ella el pasito como si hubiera notado la persecución; al llegar a lo alto de la calle torció a la izquierda por un solar vacío, y tomó la calle de Amaniel; acortó Ibero la distancia, y observando mejor a la luz de los reverberos, se confirmó más en su sospecha. Entró luego la tapada en la calle de San Hermenegildo, lóbrega, solitaria, de aspecto mísero, y el galán tras ella. La macilenta luz de los escasos faroles apenas permitió al ojeador distinguir el bulto, que no ya de prisa, sino a la carrera, por la calle avanzaba. De pronto se filtró en un portal. Reconoció (p.5454) Santiago la casa donde había desaparecido la mujer, y observó que no era de mal aspecto; la mejor de la calle sin duda. Una luz pitañosa, semejante a la mirada de un ojo enfermo, brillaba en lo más hondo del portal larguísimo y angosto.

Hasta aquí la aventura era por demás insípida, pues aun suponiendo que la hembra escurridiza fuese Rafaela, ¿qué interés podían tener ya para Ibero los pasos rectos o torcidos de la que fuese su amante? Pensó retirarse, y una fuerza íntima, nacida de su suspicacia y de su curiosidad juntamente, le retuvo. «Me da el corazón -se dijo- que aún he visto poco, y que debo quedarme aquí para ver más».

Aunque comúnmente no era hombre para largos plantones, determinó hacer aquella noche pruebas de paciencia, y buscando el sitio más adecuado para garita, dio con un cerrado portal, que parecía un nicho, en uno de los trozos más obscuros de la calle, en la acera opuesta a la de la casa misteriosa, y a una distancia tal de esta, que no era difícil observar quién entraba y salía. Porque en la tal casa había de ocurrir algo extraordinario; a Ibero se lo dijo la singular fisonomía que resultaba de la disposición de sus huecos; se lo dijo la ordenada fila de las tres repisas de balcones, la combinación de pintura roja imitando ladrillo, y de pintura blanca imitando piedra; díjoselo también una ventana figurada, y, por último, se lo confirmó un letrero pendiente entre las dos rejas del piso bajo. Pudo leer el primer renglón, Imprenta, y el de que había más abajo; pero el nombre expresado en la tercera línea no era legible, ni hacía falta por el momento.

No habían pasado quince minutos de plantón, cuando Ibero vio salir a dos hombres, embozados en luengas capas. Tiraron hacia la calle de San Bernardo. Parecían señores. Diez minutos después salió uno solo, enfundado en un gabán con alzacuello altísimo. Aquel sí era señor efectivo. Le vio Ibero pasar cerca, porque tiró hacia la calle de Amaniel. No pudo ver su cara; no le conocía por el cuerpo y andadura. De pronto, el tal sujeto retrocedió como azorado, vaciló un instante, y al fin (p.5455) salió por pies hacia la calle Ancha con no poca prisa. Antes de perderle de vista, vio salir a otro, y luego a dos.. «¿Pero qué jubileo es este? Aquí hay una guarida de conspiradores -pensó, dejando caer el embozo-. Vamos, no aguanto más. Me pondré en la misma puerta, y si sale mi traidor, el Judas de Saboya, no le dejaré hueso sano..». Con paso resuelto avanzó hacia la casa, y al aproximarse al portal, casi estuvo a punto de chocar con dos bultos que salían.. un hombre y una mujer. Esta era Rafaela: la vio cara a cara; no podía dudar de lo que veía. Y como en aquel súbito encuentro, obra de un instante, aplicara toda su atención a la hembra, no pudo distinguir bien la persona del hombre, que al verse sorprendido se embozó hasta la nariz. No obstante, en rápida visión, que Ibero pudo comparar a la fugaz claridad del relámpago, se le manifestó un semblante hermoso, un bigote rubio.. nada más. Quedó en su retina la vaga impresión de un rostro conocido; mas ni en aquel instante ni en los que sucedieron al encuentro, pudo discernir quién era.

Avanzó la pareja por la calle adelante, hacia la de San Bernardo, y a distancia les siguió Ibero. Iban hombre y mujer muy pegaditos, hablando en intimidad confianzuda. Al pie de la mole churrigueresca de Montserrat se pararon un rato; el desconocido parecía reñir amorosamente a Rafaela. Siguieron, y en otra parada comprendió Santiago lo que podría llamarse el sentido escénico de aquel coloquio. Sin oír nada, pues la distancia no lo permitía, pudo, con la sola observación de la pantomima de ambos, comprender que el galán la incitaba a que se separaran. No convenía, por estas o las otras razones, que fuesen juntos. Ella se obstinaba en acompañarle; él en que no. Hubo sin duda transacción entre las opuestas voluntades, porque siguieron hasta el Noviciado. En una nueva paradita, reparó Ibero que la Milagro lloraba, llevándose el pañuelo a los ojos, y que el caballero le apretaba las manos. Pareció indicarle que se retirara por la calle de los Reyes al punto que debía de ser su (p.5456) residencia eventual. Ella se resistía; cedió al fin ante exhortaciones o mandatos impuestos con voluntad firme.. La despedida fue tierna, penosa, lenta: se apartaban y volvían a reunirse, siendo ella la que tras él corría, como desconsolada de verle partir.. Esto fue obra de un minuto, quizás de dos, y por fin el hombre arrancó presuroso calle abajo, y la sombra de ella se desvaneció en la travesía más próxima.

Dudó un instante Ibero.. ¿A cuál de los dos seguiría? El primer impulso fue dar caza a Rafaela; pero de pronto una sospecha vivísima le indujo a la determinación contraria: seguir al hombre. Creyó haber encontrado en sus recuerdos la clave del enigma de aquel rostro, visto en un relámpago, y quería comprobarlo con nueva observación. El hombre iba de prisa por la acera del Noviciado, Ibero por la opuesta, avivando el paso con intento de tomarle la vuelta y mirarle de frente. Pero cuando ya el desconocido iba cerca del Rosario, vio pasar un simón: lo tomó precipitadamente y metiose en él, dando al cochero la orden desde dentro. Santiago, que se aproximó cuando el caballero cerraba con violencia la portezuela, no pudo ver lo que deseaba. Fue luego en seguimiento de Rafaela; mas ya era tarde. Ni aun pudo determinar la casa de que la vio salir, en la mísera y tenebrosa calle del Limón.

 

Ep-28-XIX -

Al día siguiente visitaron los corchetes la casa de la calle de San Hermenegildo en cuyo piso bajo estaba la imprenta de Minutria; mas no se encontró nada que transcendiese a conspiración. En el principal había un colegio de niñas, y los vecinos del sotabanco eran vendedores ambulantes, un cochero y dos limpiabotas. En la imprenta se había tirado El Eco del Comercio, después El Huracán, y a la sazón se imprimían dos papeles, cuyo ministerialismo no podía ponerse en duda; el dueño de ella era miliciano nacional, considerado en el cuerpo como de intachable adhesión al Duque.

Pensó Ibero, como síntesis de sus cavilaciones de aquella noche y del siguiente día, que no cuadraban al decoro de su posición militar las correrías y (p.5457) acechos de polizonte, desfigurando su persona; y creyendo haber descubierto un rastro de criminales liberticidas, se propuso seguirlo, mas no con tapujo, sino a cara descubierta, de uniforme y a plena luz. Comenzó por la tarde sus indagaciones en la calle que fue principio de su aventura, y tan propicia le fue la suerte, que a primera hora de la noche ya conocía el escondrijo de Rafaela, el cual resultó ser la vivienda de una planchadora llamada Encarnación, nodriza que fue del chiquillo mayor de Milagro. Comió el Coronel a la francesa, con unos amigos, en el próximo cuartel de Guardias, y a punto de las ocho se personó en la casa, presumiendo, como en efecto sucedió, que al preguntar por la extraviada la negarían. «¿Cómo se entiende? Sé que vive aquí; sé también que está en casa -dijo en tono que no admitía réplica-, y si se obstinan en negarla, ya veré yo la manera de despabilar a los que ocultan la verdad». Diciéndolo, empujaba suavemente a la mujer que abrió la puerta, y sin reparo alguno se colaba por un pasillo, a cuyo extremo compareció un hombre corpulento, en mangas de camisa, al modo de tapón para cerrar el paso. Antes que el tal formulase una protesta, le echó mano al cuello D. Santiago, diciéndole: «Que salga pronto Rafaela, ¡ajo!; y renuncien a ocultarla si no quieren ir a la cárcel todos los inquilinos, empezando por usted y concluyendo por el gato».

El gato apareció detrás del dueño, mirando receloso al intruso; dos chicos tiznados salieron detrás del gato, haciendo pucheros; se persignaba la mujer, rezongaba el hombre, escupiendo palabras descorteses; y en esto se abrió una puerta vidriera al opuesto extremo del largo pasillo, y la turbada voz de Rafaela dijo claramente: «Sí, sí, Santiago, aquí estoy. Puedes pasar».

-¡A mí con estas bromas de negarte! Ya comprenderás que vengo como amigo, y que no te causaré ningún daño..

Entrando en la sala con esta breve insinuación, y posesionándose de la primera silla que se le vino a mano, invitó a la Milagro a sentarse. Alumbraba la estancia un (p.5458) quinqué bastante avaro de claridad, con pantalla de cartón, puesto sobre una cómoda, y en todos los muebles se veían prendas de vestir, esparcidas con desorden, ropa blanca recién planchada, zapatos y ligas. Rafaela, envuelta en un mantón, despeinada, los pies metidos en pantuflas turquescas de tafilete amarillo bordado de plata, se acomodó en un sillón frente a Ibero, mediando entre los dos un brasero sin lumbre. Parecía enferma o profundamente atribulada, y en su bello rostro, que nunca fue romántico, se advertían las transparencias opalinas y el nácar violáceo de las penas hondas y del llorar frecuente.

«¿Qué te pasa, mujer? -dijo Ibero compadecido de veras-. ¿Se te ha muerto alguna persona querida? Es la primera vez que veo en ti un dolor vivo, y esto, dejando a un lado nuestra discordia, no puede serme indiferente. Acaba de suspirar y cuéntame..».

-Soy muy desgraciada -fue lo único que respondió-. Si con esto no te basta, peor para ti, pues poco más podré decirte.

-No creas que voy a mortificarte con interrogaciones, aunque el caso de anoche las justificaría -dijo Ibero-. Pero algo tendrás que decirme.. No; no te asustes antes de tiempo.

En aquel punto, juzgó Santiago que sería muy estratégico no atacar de frente la cuestión que bien podría llamarse política. Para obtener claro informe acerca de los visitantes de la casa misteriosa, convenía figurar que esto no interesaba, desviando las indagaciones hacia otro objeto, y suponiendo en este objeto convencional un interés que no existía. Embistió, pues, por el lado de las liviandades y de los desvaríos amorosos, hablando de Catalá, de su estado de furor, y de los accidentes graves que podrían sobrevenir si Rafaela no ponía fin a sus locuras.

«¿Pero no habíamos quedado -dijo ella- en que ya no éramos hermanos, y en que no te importaba lo que yo hiciese o dejara de hacer? Son cosas mías, Santiago, cosas malas si quieres, pero mías, y lo que es mío no es de los demás».

-Perfectamente; pero las cosas tuyas afectan a otras personas, a muchas personas, Rafaela.. ¡Quién sabe (p.5459) si también a mí!

-¿A ti?

-Tus cosas, como dices, van tomando tal carácter de gravedad, que será difícil ya que tu padre deje de tener conocimiento de ellas. Tu hermana misma, a quien yo vi tan dañada como lo estás tú, y que ha contribuido a lanzarte por el mal camino, ya se asusta de su complicidad.. Hasta los pequeños, Rafaela, hasta tus hermanitos sienten o adivinan que hay en ti algo que no es honroso para la familia, y van aprendiendo a pronunciar tu nombre con miedo, con vergüenza. ¿Esto no te dice nada?

-Eso me dice algo, me dice mucho, Santiago -contestó Rafaela, la voz cortada por la emoción-; y si te aseguro que ahora me encuentro verdaderamente arrepentida, oirás una verdad como un templo.. y no la creerás. Pues tienes que creerla, tienes que creerla.

-¡Si supieras, amiga mía -dijo Santiago dando un gran suspiro-, cuánto me gusta creer en el arrepentimiento de las personas que han hecho algún mal! Pero en este caso, para que yo vea clara tu enmienda, es preciso que conozca el estado de tu ánimo, tus pensamientos todos y los motivos de tu pena. Que la cosa es grave lo veo en el desorden de tu vida, en tu cara demudada, en tu llanto, en este encierro, en ese acento tuyo tan distinto de lo común en ti, que parece otra la que habla. Para que tu carácter se me presente cambiado, lo ocurrido en ti debe de haber sido, más que un suceso, una revolución. Cuéntame esa revolución, y sólo el contármela te aliviará de tu pena.

Le oía Rafaela sin mirarle, inclinado el rostro sobre el pecho.

«Apostaría yo -dijo Ibero después de una pausa en que se cansó de esperar respuesta- a que el origen de tus desgracias no es otro que el infame materialismo. ¿Dices que no? ¿Por qué niegas con la cabeza? ¿Te has quedado muda?».

-No es la ambición, Santiago; te digo que no es la ambición.

-En los días en que yo pude enterarme de lo que hacías, te vi menospreciando la medianía decorosa por buscar la amistad de personas que no tenían otros atractivos que su dinero.

-Una vez en el mal camino -dijo Rafaela con una (p.5460) sequedad que contrastaba con su pena-, me parecía una simpleza perderme sin gracia.. Para pobreza ya tenía la de la honradez.. ¡Perdición pobre..!, es como ahogarse en un mar hediondo.

-La pobreza y las privaciones son cosa mala, es cierto.. Pero podías haberte limitado a una situación media..

-Me entró la locura de las cosas grandes, y no podía contenerme. Quizás no comprendan esto los hombres que pueden satisfacer sus vanidades de mil modos, con los títulos, con los galones, con la gloria, qué sé yo. Nosotras no tenemos más que un medio de satisfacer el orgullo.. Por eso yo decía: «Ya que no tengo nada de lo bueno, Señor, tenga de lo malo lo más bonito».

-Y tu hermana, que al principio te contuvo, viéndote después por el camino de las conquistas lucrativas, te jaleaba para que siguieras.

-María Luisa es más ambiciosa que yo, y también más cobarde. Tiene, para mantenerse honrada, motivos que yo no tengo: es casada de hecho y madre de un niño. Para ella ha sido muy cómodo que yo peque. De este modo resalta más su virtud, y como nos queremos y siempre hemos partido lo que teníamos, no sale mal librada.. sin pecar, por supuesto.

El terrible juicio que en pocas y secas palabras hizo la dolorida de las relaciones morales entre las dos hermanas, causó al Coronel verdadero terror. Quedose un largo rato absorto, contemplando aquel cuadro siniestro en que la virtud y la maldad comían en el mismo plato.

«De todo lo que me cuentas -dijo saliendo al fin de su meditación- resulta que tu hermana y tú no tenéis idea ninguna de la verdadera decencia; resulta también que tú, Rafaela, eres una preciosa muñeca que habla y ríe por mecanismos naturales; pero que no piensa ni siente; no conoces la fe, ni el amor, ni ningún sentimiento grande. Si algún mérito hay en ti es la sinceridad; pero esta virtud no compensa, no, la falta de tantas otras. El día que nos separamos me dijiste que eras incapaz de amar, que..».

-Que no comprendía el amor, ya me acuerdo. ¿Y a eso llamas sinceridad? Nunca he dicho una mentira tan atroz. Como nos despedíamos, y (p.5461) no te había engañado nunca, quise echar sobre ti de una vez el engaño mayor del mundo, para que te fueras con todos los sacramentos, bien engañadito, sin entenderme ni tanto así, sin conocer a la mujer que habías tenido, sin poseer de ella lo que más vale, que es el corazón.. En esto que te digo ahora sí hay sinceridad, y lo aseguro, aunque te duela.

-Si crees que esa franqueza tuya, tardía, me mortifica, estás muy equivocada, Rafaela -dijo Santiago haciéndose el valiente-. Más te quiero sincera y leal que engañosa.. por más que me lastime un poco el no haberte conocido cuando debí conocerte, y el descubrirte ahora, cuando la verdad de tu mentira, como dijo el otro, no debiera importarme..

Siguió a esto un largo silencio. Las aficiones policiacas contraídas en una noche habían despertado en Ibero curiosidades impertinentes; no pudo contener su avidez de examinar los objetos que le rodeaban, y dirigiéndose a la cómoda miró dos o tres libros, un retrato de señora colgado de la pared y un papel a medio escribir, que resultó apunte de ropa, hecho por mano para él desconocida. Ni esto, ni los grabados de periódico, adheridos con obleas a la pared blanca, eran materia sospechosa en la que pudiera encontrarse relación con los preparativos de un pronunciamiento militar.

«Lo que me has contado me hace el efecto de ver entrar la luz en un cuarto obscuro. El cuarto obscuro eres tú, y el que a ciegas estuvo en él, dándose trompicones contra las paredes, era yo.. Enciendes tú la luz, y ahora te veo. Me alegro de conocerte. Resulta que la que yo tuve por muñeca, linda figura rellena de serrín, es mujer, con todo su relleno interior de sentimientos elevados.. Tienes corazón.. ¡vaya!, me alegro.. Sabes lo que es amor, eres capaz de amar.. Digo que me alegro y te felicito. Ya veo claro que tu desgracia viene de.. de eso, del amor. Y ahora, completa tu confesión declarándome.. porque aquí encaja la cuestión magna, Rafaela: ¿Quién es él?.. ¿Te cuesta confesarlo? Pues yo te ayudaré, yo digo: «la que para mí y para todo el mundo ha sido muñeca, (p.5462) mujer ha sido para uno solo, y este uno es el caballero de anoche».

 

Ep-28-XX -

«Para el caballero de anoche.. ¿Acierto? Respóndeme».

-Es verdad lo que dices. No puedo negártelo.

-Pues ahora.. has de decirme quién es.

-Te cuento el milagro, el santo no.

-¿No me darás siquiera alguna explicación para que pueda yo formar juicio..? ¿Es pasión antigua?

-Sí.

-¿Anterior a tu casamiento?

-No: después..

-¿Y es el único amor de tu vida?.. el único verdadero y desinteresado, quiero decir.

-El único..

-¿Por qué lo tenías tan oculto? ¿Cómo llegó a tanto tu disimulo de esa pasión, que te formaste un carácter artificial para desorientar a cuantos te conocíamos?

-Lo guardaba porque era verdadero, porque era lo único bueno que yo conocía.. Lo tenía bien guardadito en mi sagrario, sin que nadie lo viera, y a solas lo adoraba.

Daba Rafaela estas respuestas sin mirar a su confesor, inclinada hacia adelante, con las manos ante la boca, soltando las palabras por entre los dedos, como si estos fuesen la reja del confesionario.

«Muy bien -dijo Ibero, abrasado de curiosidad-. No me conformo, amiga querida, con que cuentes el milagro sin nombrar el santo. Necesito conocer a este; dime pronto su nombre».

-Eso sí que no puede ser.

-No hay excusa. Si no me dices el nombre, la confesión no vale.

-La confesión vale sin el nombre. Ningún confesor pregunta nombres, Santiago.

-Pues yo los pregunto, porque no soy un confesor como otro cualquiera; soy un amigo.

-Los buenos amigos deben ser discretos.

-Dímelo, por Dios.. te lo suplico.

-Imposible.. no insistas.

-Pues necesito saberlo -dijo Ibero alzando la voz-. Es conveniente que lo sepa. Rafaela, no me obligues a tratarte con dureza.

-Con amenazas conseguirás lo mismo que sin ellas, pues aunque yo viera la muerte sobre mí, y aunque de contestar yo a tu pregunta dependiera mi vida, respondería lo que has oído ya. No puedo decirte más.

Tenacidad tan formidable reveló la pobre mujer en esta declaración, que Ibero retrocedió dolorido y algo colérico. No esperaba tal entereza; y como a terco no le (p.5463) ganaba nadie, hizo mental juramento de no salir de allí sin domar la fierecilla. No habiéndole resultado eficaz la investigación directa, acordó emplear la parabólica, con rodeos y hábiles artificios de palabra. «Ya que no me digas el nombre, dame al menos alguna referencia de tus relaciones con ese sujeto, para que yo conozca la extensión de tu desgracia y pueda aconsejarte los mejores remedios. Quedamos en que le conociste después de casada.. ¿Fue antes de separarte de tu marido?».

-Antes.

-Corriente.. Le conociste y te agradó.. Sin duda es persona de superiores atractivos.. aunque también se dan casos de que las mujeres se vuelvan locas por hombres vulgares y sin ninguna gracia.. Bueno: quedamos en que le quisiste ciegamente. ¿Tuvo tu hermana noticia de esta pasión?

-Sospechas, indicios.. siempre sin saber quién era la persona.

-Es, sin duda, persona de posición más alta que la tuya. Esto se ve claramente y no puedes negarlo.

-No lo niego.. Es mucho más alta.

-Bien. En tus amoríos, de fijo hubo interrupciones, ausencias.. A pesar de esto ¿era tu pasión durable, continua?

-Para mí como eterna, como lo que no puede tener cambio ni fin.. Para él.. Pero muchas cosas quieres saber.

-«Para él no» ibas a decir.. Vamos, que le veías un día, otro día.. pasaban semanas, meses quizá sin verle.. ¿Puedes decirme si esto era antes o después del primer Ministerio Pérez de Castro?

-No me hables a mí de ministerios. ¿Qué entiendo yo de política?

-Es para precisar fechas.. Otra cosa: ¿ese hombre tan amado por ti te daba esperanzas de que tú llegarás junto a él a una posición más regular, a una posición en que no tuvieras que avergonzarte de quererle?..

-Nunca me dio esas esperanzas.

-Luego eras para él un pasatiempo, un juguete para días, para horas quizás, menos, mucho menos de lo que has sido para nosotros..

-No sé.. -murmuró Rafaela, los ojos húmedos, mirando al techo.

-Ahora, compagíname esa pasión que has pintado como sublime, con la otra pasión tuya de lujo. Yo, la verdad, no acierto a juntar en un solo (p.5464) corazón, en un solo carácter, dos querencias tan distintas, la una tan ideal y por lo fino, la otra tan baja.

-¿No entiendes eso? -dijo Rafaela mirándole como compadecida de su ignorancia en punto a pasiones-. Pues yo gustaba del lujo, y me lo procuré por todos los medios que se me venían a la mano. No pudiendo subir a las alturas por la escalera natural, dejaba que los diablillos me subieran volando. Yo quería subir.. Más fácil me era verle.. a él.. arriba que abajo, y arriba podría de algún modo atraerle, abajo no.

-Otra pregunta se me ocurre, y es delicada. Vas a darme la mejor prueba de amistad, contestándola lealmente. Dime: en el tiempo mío, en mi corto reinado, ¿veías y tratabas a ese hombre?

-No: te juro que no. No estaba en Madrid.

-¿En dónde estaba?

-Eso no te importa. Si hubiera estado aquí, ya ves si soy leal, te habría..

-Me habrías engañado.. dilo claro.

-Quizás no. Habría tenido el valor de decirte: «Santiago, no te quiero, no puedo ser tuya».

-Bien. En tiempo de Catalá y de Don Frenético has tenido frecuentes entrevistas con tu ídolo. Eso no lo negarás.. Bueno. Lleguemos a lo que podríamos llamar historia contemporánea, calentita.. En estos días, deseando retenerle, te determinaste a salir de tu casa para gozar de alguna libertad. ¿Puedes decirme si le veías siempre en la calle de San Hermenegildo?

-Allí nunca.. Fue una casualidad que nos vieras salir de aquella casa.

-Ya, ya comprendo. Vuestro nido era este, este el asilo de amor. Pero anoche supiste, no sé cómo.. eso ya me lo dirás algún día.. supiste que los que se reunían en aquella casa corrían peligro de ser descubiertos, y te faltó tiempo para llevar a tu amante el aviso de que se pusiera en salvo.

-No.. no.. eso no es cierto -replicó Rafaela desconcertada-: fue porque tenía que hablarle..

-¿A qué iba tu hombre a esa casa?

-Yo no lo sé.. ni me importaba.. Nos veíamos allí..

-Has dicho antes que allí no eran las citas de amor. Te contradices. Si en todo lo anterior has dicho la verdad, ahora no la dices: te lo conozco en la cara. Fuiste a dar el aviso, la voz de alarma.. Por (p.5465) eso, a poco de entrar tú, salieron los mochuelos, uno a uno, o en parejas.. ¡y que no llevaban el paso poco vivo! ¿Ves cómo sé la verdad, aunque tú quieres ocultarla?

-No sabes la verdad: la supones, la inventas para desorientarme. Ya no contesto a más preguntas. He confesado lo que debía confesar: lo demás no te importa.

-Ya verás si me importa -dijo Ibero lanzándose al método capcioso para buscar la luz-. Tampoco querrás revelarme los nombres de los que estaban reunidos con tu ídolo. Yo los sé.. Aquel alto, que salió con otro de regular estatura, era D. Leopoldo O'Donnell..

-¡Pero si O'Donnell está de cuartel en Pamplona!

-¿Y tú cómo sabes eso?

-Lo sé.. no sé cómo.

-¿Niegas que uno de los que salieron era O'Donnell?

-Yo no niego ni afirmo; no sé.

-¿Niegas que el que salió solo, después de la pareja, era D. Manuel de la Concha?

-¡Yo qué sé de Conchas ni conchos! Déjame en paz..

-¿Y me negarás también que entre los conjurados estaba un capitán indigno, llamado Vallabriga, pequeño, lívido, bilioso?.. Claro, todo lo niegas.. no has visto nada.. Esta niña inocente pasa junto a los volcanes sin enterarse..

-Estás loco.. yo no entiendo una palabra de eso -dijo Rafaela temblando de frío-. Me harás un gran favor dando por concluida mi confesión. No puedo más.

-Mucho siento mortificarte, Rafaela; pero la confesión no está concluida. Vuelvo a mi tema. Fáltame la clave de todo.. el nombre.

-He dicho que no.

-¡El nombre!.. Es necesario que yo lo sepa -dijo Ibero golpeando el suelo con el pie.

-Si hasta el día del Juicio final estás preguntándomelo, por los siglos de los siglos te responderé yo que no lo sé, que no me da la gana de decírtelo.

La obstinación de Rafaela, absolutamente inexpugnable al parecer, produjo en Santiago un arrebato de ira. Nunca la creyó capaz de guardar un secreto, imitando a los héroes, defensores de plaza sitiada. Nuevas intimaciones del Coronel dieron el mismo resultado. Ni había podido escalar por sorpresa los muros, ni abrir brecha en ellos con furiosa embestida.

«¡Mira que conmigo no se juega; mira que (p.5466) estoy decidido a no salir de aquí sin tu respuesta!».

-Estate todo lo que gustes.

-Pues aquí me planto -dijo sentándose-. No lo tomes a broma. Primero te cansarás tú que yo.

-Cansada estoy de oírte, puedes creerlo; pero no por eso me rendirás. El callar es fácil.. Yo callo y tú alborotas.

-Te digo que conmigo no juegas -gritó Ibero poniéndose en pie con súbito movimiento, y conminándola con reiteradas expresiones de amenaza, airado, descompuesto, brutal.

-No te vale tu fiereza -dijo la Milagro con dignidad flemática, envolviéndose en su manto, como un romano en su toga-. ¿Qué es lo peor que podrías hacerme? ¿Matarme? Pues a ello, Santiago. Aquí me tienes. No chistaré, ¿Crees que muerta he de decirte lo que viva me callo? ¿O piensas que amenazándome con puñal o pistola has de hacerme hablar no queriendo yo? Pruébalo. ¿Traes pistolas?

-No juegues, te digo.

-Espero el tiro en completa tranquilidad. Apúntame a la sien.. aquí. Ya ves. No me muevo.. ¿O es que no traes arma de fuego? Pues ahí tienes la espada. ¿De qué te sirve ese chisme, si con él no me atraviesas el corazón, en castigo de que no quiero responderte? Haz la prueba, hombre.. Ya ves.. soy más valiente que tú.

La actitud de la Milagro, que sentía o afectaba una rigidez de voluntad y un estoicismo a toda prueba, desconcertó a Ibero, sin aplacar su ira, antes bien, encendiéndola más. En un tris estuvo que las amenazas verbales se trocaran en bárbaras obras; pero el hombre supo echarse todo el freno, que tal era su principal virtud, y espaciando su cólera con pasos de tigre por la estancia, vinieron a resolverse sus furores en una brutalidad pueril. Cogió una silla, y de un solo golpe contra el suelo la hizo pedazos. Las astillas saltaron. El trozo de respaldo que le quedó en la mano voló a estrellarse contra la pared.

«¡Qué culpa tendría la pobre silla!» exclamó Rafaela.

-Alguna tuvo.. En ella se sentaría ese hombre -dijo Ibero casi sin aliento, poniendo en su voz un matiz de humorismo lúgubre.

Siguió una pausa larguísima: en el espacio de ella sonó un reloj en la vecindad; después otro más (p.5467) lejano. ¿Qué hora era? Ninguno de los dos lo sabía; ninguno se cuidaba de apreciar la marcha del tiempo. Pero debía de ser muy tarde, porque el velón parecía próximo al total consumo de su aceite. Ibero se sentó al fin, diciendo, ya con voz más reposada: «Quedamos en que de aquí no me muevo hasta que hables. Mestizo de las razas de Aragón y Álava, soy más terco que la terquedad».

Se acomodó en un sillón, poniendo delante una silla para estirar las piernas. Y ella, entapujándose más y cerrando los ojos: «Eres dueño de estarte aquí todo el tiempo que quieras: así se verá quién es más terco. Nos dormiremos, tú con tu curiosidad, yo con mi angustia».

Transcurrió otro largo espacio de tiempo, en cuya longitud bostezante sonaron los relojes, dando un número de campanadas que ninguno de los dos se cuidó de contar. De improviso, y como si continuara una tranquila conversación suspendida por la pereza, Ibero preguntó a su amiga:

«¿Y ese hombre es casado? ¿Tampoco esto querrás decírmelo?».

-Es soltero; pero como tú, vive prendado de una señora ideal, de una Dulcinea; a esa mujer, más que verdadera para él, soñada, consagra su alma toda.. Le pasa lo que a ti, que la dama está muy alta, y no podrá, no podrá llegar a ella..

-La altura de la mía no es tanta.. ¿Por qué no he de llegar?

-Pues él no llegará, no llegará.

-¡Enamorado de otra! -dijo Santiago compasivo y triste-. Y a ti que tanto le quieres, que sólo por él tienes alma y corazón; a ti, Rafaela, que para él vives, te trata como a una mujer a quien se encuentra en la calle, y en la calle se deja.. ¿No es esto?

-Eso, o poco menos es.

-¡Dime su nombre, y te juro..! Vamos.. no me conoces, no sabes de lo que es capaz Santiago Ibero.. te juro que le persigo, le cazo, y te le traigo amarradito de pies y manos. Voy viendo que es un miserable ese hombre.. Merece una lección dura.

-Pero no podrás tú dársela ni hay para qué. Mi destino es el sufrimiento, la muerte, y nadie me salva.. Todo por querer a un hombre.. Naturalmente, ha visto en mí una mujer extraviada.. ¿Y cómo podría yo (p.5468) convencerle de que tal vez no lo sería si él me quisiera?

-Esas cosas no caben dentro del convencimiento. Lo que tú dices, es el sino.. Tu desgracia no tiene remedio. Pídele a Dios que te dé el olvido.

-Lo pido; pero ya verás cómo no me lo da. Le querré siempre, y ahora más, ahora más.

-Explícame una cosa. ¿Anoche, disputabais sobre si os separaríais o no?

-Cierto: él decía que no era conveniente que nos viéramos más; yo que no puedo vivir sin verle. Las razones que él daba no puedo decírtelas. Fue una lucha tremenda.. y en medio de la calle.. Él no quería más que alejarse.. alejarse.. y yo correr tras él, trincarle fuerte y no soltarle más. Por fin, hizo lo que quería. Yo me vine aquí desolada, el corazón partido en no sé cuántos pedazos. Pasé una noche horrible, y esta mañana ¡ay de mí!, recibí una carta suya..

-En que te daba la despedida..

-¡Para la eternidad!.. -dijo Rafaela, rompiendo en un llanto desgarrador-. Se despedía.. ya no nos veremos más.. Su esfera y mi esfera son tan distintas, que no caben más aproximaciones.. Así lo escribía.. Me recomendaba la calma, la formalidad, y buscar en otro amor más ajustado a mi esfera.. la.. no sé qué.. Me mató con esta carta.. ¡y adiós para siempre! ¡Qué ingrato!

-¡Qué infame, dirás, qué monstruo de egoísmo!.. Rafaela, dame la carta.

-La he roto -respondió la infeliz, anegada en llanto.

-Se podrá leer recogiendo los pedazos.

-Los he quemado.

-¿Las cenizas..?

 

Ep-28-XXI -

El amarguísimo llorar de Rafaela, inútilmente combatido por las palabras consoladoras del buen Ibero, vino a parar en una congoja o espasmo con imponente anarquía de nervios, gritos de dolor, convulsiones, tentativas de arrancarse mechones de su espléndida cabellera. El Coronel y los dueños de la casa se confundieron en el auxilio de la dolorida, prodigándole cuantos cuidados eran del caso; pero entre tantos médicos que aplicaban, ya remedios comunes, ya las exhortaciones cariñosas, sólo el tiempo obtuvo resultado feliz. Al rayar el día, desgastada la energía nerviosa de la pobre mujer, (p.5469) acostáronla, y pena y trastorno entraron en la natural sedación. «Ahora te duermes -le dijo Ibero al despedirse-, y mañana, más tranquilos tú y yo, te diré lo que pienso. No te asustes: ya no te haré preguntas. Nada quiero saber; me doy por vencido, y levanto resueltamente el sitio que te puse.. Veremos si aplaco a Manuel, y una vez reducido a la conformidad, lo que no creo difícil si tú me ayudas un poquito, te llevaré a tu casa.. Adiós, hija, que duermas».

Se fue el hombre, rendido del largo asedio, no satisfecho de sí mismo, pues habría sido más caballeroso que desde las primeras declaraciones de ella respetase su silencio. Aún no sabía si Rafaela, después de la incompleta confesión, se había empequeñecido o agrandado a sus ojos. Sintió un estupor extraño ante la imagen de ella, que apartar no podía de su mente: era Rafaela otra persona; la Perita en dulce perdíase en las brumas del pasado, como el recuerdo de personas muertas; en su lugar otra mujer aparecía.

Los quehaceres de aquella semana no distraían a Ibero de su cavilación tenaz. Rafaela era otra; Rafaela no era tal y como él la había visto, víctima de una equivocación, de un error de los sentidos y del entendimiento. ¿Valía más o valía menos después de manifiesta en su genuino ser? A la resolución de este acertijo consagraba el Coronel sus horas, y si fatigado del mental devaneo lo arrojaba de su mente, pronto se le introducía en la bóveda cerebral con sutileza de ladrones, agregándose a otras ideas de muy distinta calidad, a ideas políticas, a ideas del servicio militar. Véase por qué no puso sus cinco sentidos, como parecía natural, en la elección de Regente, suceso memorable que debía despertar en él entusiasmo vivísimo por haber prevalecido la Regencia única, recayendo el voto parlamentario en el salvador y pacificador de las Españas, D. Baldomero Espartero. El día en que acudió a felicitarle con la oficialidad de su regimiento, encontró Santiago al señor Duque menos satisfecho de lo que creía, sin duda porque abrumaba su conciencia el peso de la responsabilidad (p.5470) que la Nación había echado sobre sus hombros. No encontró tampoco en Doña Jacinta ninguna señal de vanagloria, y oyó de sus labios esta frase donosa: «¡Ay, Santiago, más quiero reinar en la Fombera, en medio de un pueblo de patos y gallinas, que regentar en España! Este corral no es para nosotros».

Cuando esto pasaba, ya el Coronel había dado nuevo testimonio de su inaudita bondad a las desdichadas hijas de Milagro, pues no sólo consiguió arrancar de la mente de Catalá, con un trasteo ingenioso, las ideas trágicas que hacían temer mayores escándalos, sino que condujo a Rafaela a su casa y la devolvió al cariño de sus hermanas (2) y hermanitos, inventando todas las historias necesarias para cohonestar la ausencia. Fuera que su sino adverso no se hartaba de perseguirla, fuera que el Señor quisiera imponerle el castigo que merecían sus culpas, ello es que la pobre mujer no pudo gozar de la tranquilidad que su casa, tras las pasadas tormentas, le ofrecía, porque a los pocos días de entrar en ella, cayó con una insidiosa enfermedad que hubo de agravarse inesperadamente, degenerando en tabardillo. Altísima fiebre, delirio, pérdida de toda energía fueron los síntomas predominantes, y pasaban días y semanas con alternativas de mejoría y retroceso, sin que a la postre pudieran la familia y el médico esperar una solución que no fuese la irremediable. Ibero no dejaba pasar día sin ir a informarse, y en los de peligro acudía dos y hasta tres veces, traspasado de compasión cuando las noticias eran tristes, y alegrándose si observaba en las caras de Cavallieri o de María Luisa señales de esperanza. En ningún caso pretendía verla, temeroso de que su presencia despertara en la paciente recuerdos desagradables. María Luisa le contaba todo: el número de cucharaditas de medicina que había tomado, las tazas de caldo, las personas por quienes preguntaba.

Se administraron a Rafaela los Santos Sacramentos en primeros de Mayo, siendo la confesión larga y compungida, y en el acto del Viático edificó a todos por su piedad. A la semana siguiente sobrevino un (p.5471) estado que calificaron de mejoría por la desaparición de la fiebre; pero su debilidad era tan extremada, que se le trastornó el sentido. «Anoche y esta mañana -dijo María Luisa al Coronel, que ni un solo día desmintió su puntualidad- nos ha dado una sesión de política. ¡Cómo tiene la cabeza la pobre! Dice que vamos a tener otra revolución; que se sublevarán las tropas para quitar a Espartero la Regencia que ha robado, y dársela otra vez a la patrona de los moderados, Doña María Muñoz.. ¡Qué risa! Lo cuenta todo como si lo viera. Dice que O'Donnell y otros militares que andan por París lo están fraguando, y que muchos que aquí pasan por fieles están metidos en el ajo».

Ninguna observación hizo Ibero sobre estos delirios, y a los pocos días, cuando se decidió a penetrar en la alcoba, apenas cambió con Rafaela las expresiones comunes en visitas a enfermo. Grande era la demacración de la joven, tristísima la máscara que el estrago morboso había puesto en su dulce fisonomía. Los ojos se comían toda la cara, según la expresión de María Luisa. Nunca había visto Ibero retrato más vivo de la Magdalena, por su expresión de espiritualidad y de sentimiento intensísimo. El cabello espléndido aumentaba la semejanza; sólo faltaban una calavera y una cruz tosca, para que fuese perfecta. Después de recomendarle que se alimentara poquito a poco, para recobrar la salud y el vigor, salió el hombre de la visita más triste que había entrado, y la imagen de la convaleciente ejerció una tenaz persecución sobre su espíritu. Llegó en aquellos días a sentirse contagiado del enflaquecimiento de su amiga: también él se contaba los huesos; también era mucho espíritu y escasa materia, y tomaba el cariz de un escuálido penitente del yermo; también perdía el apetito, y sentía un ardentísimo amor de la meditación y la soledad.

Entre las innumerables cosas raras que le pasaron al Coronel Ibero en la primavera y verano del 41, se mencionarán algunas que no parecen indignas de la historia. Apenas se dio cuenta de que había disminuido el interés ansioso que (p.5472) comúnmente le inspiraban las noticias y correspondencia de La Guardia. Fue, en verdad, estupendo que faltasen un mes las cartas sin que él lo advirtiese ni de ello se inquietara; y cuando el correo las trajo, no se alegró todo lo que debía leyéndolas, ni saboreó con la fruición de otras veces su lisonjero contenido. Otro singular caso de los que le turbaron entonces fue que una tarde, casi una noche, pues anochecía, vio en la Puerta del Sol a un caballero que le recordó al misterioso acompañante de Rafaela en la calle de San Hermenegildo. ¿Era o no era? Su primera impresión fue la de una perfecta conformidad del rostro de aquel sujeto con la imagen que en rápido instante vio la noche de marras. Después dudó.. Salía del Principal el señor aquel con tres personas, una de las cuales era conocida como de las más afectas a la situación; los otros dos pasaban por moderados rabiosos. Violes Ibero perderse entre el gentío, y se retiró tratando de cotejar en su mente facciones con facciones: las del sujeto que acababa de ver y las de otro personaje de historia que conoció en cierta casa donde por sorpresa le metieron una noche amigos oficiosos. No le fue difícil establecer la concordancia entre el sujeto que a la sazón veía y el del Postigo de San Martín; mas la de éste con el caballero de Rafaela, no le salía. Tan pronto le parecía el uno más alto, tan pronto más bajo el otro, y el aire, color y andares no eran los mismos. No hubieran quizás embargado su ánimo estos cotejos en otras circunstancias; pero en aquellas no podía librarse, por extraña rutina de su mente, de consagrarles más atención de la que sin duda merecían.

La persona con quien más intimó en aquel tiempo fue su paisano Bretón, que desde el tropiezo de La Ponchada, pieza infeliz en que ridiculizó a la Milicia, venía corriendo un temporal duro, agravado por la cesantía. El infeliz poeta, desamparado de la administración, no tuvo más remedio que tirar de pluma, y su fecundidad fue en aquel año progresista más prodigiosa que nunca. En el Liceo y en el Príncipe estrenó varias obras con vario éxito, ocultando a (p.5473) veces su nombre, temeroso de los milicianos, que, por atreverse con todo, también faltaban al respeto a las musas. Ibero tomaba la causa de Bretón como propia, llevando al teatro en las noches de estreno una imponente alabarda, compuesta de los amigos de Saboya y de toda la gente decidida que podía reunir. Pero así como el más tranquilo refugio de Bretón fue por entonces el Liceo, mansión neutral, apacible templo de la poesía y las artes, también Ibero buscó en aquel oasis la frescura y descanso que su alma necesitaba. Allí se encontraba una noche, oyendo recitación de versos, cantorrio de cavatinas y salmodia de discursos, cuando fue a buscarle con prisa el ayudante de su regimiento de parte del Brigadier Linaje. «Creo, mi Coronel -le dijo al salir-, que nos mandan a Vitoria».

No tardó en confirmar el secretario del Regente la disposición que a satisfacer venía, después de tanto tiempo, los deseos del caballero alavés. Al fin los hados benignos, y en su nombre el señor Duque de la Victoria, levantaban el destierro de un corazón amante para que corriese al lado de su ídolo, poniendo fin a una separación que era la mayor crueldad de los tiempos pretéritos y futuros. Pero como en aquel periodo de la vida de Ibero venían a producirse todos los sucesos con un contrasentido que era burla de la lógica y juguete de la razón, resultó que la noticia de su traslado, en vez de inundar de resplandores el alma del Coronel, condensó sobre ella nubes, dudas, tristezas.. No sabía lo que era aquello, porque si su voluntad, por el movimiento adquirido, persistía en querer lanzarse al Norte, al propio tiempo el alma toda se le inmovilizaba en una inercia estúpida, contra la cual poco podían voluntad, antiguos deseos y compromisos.

Como era forzosa la obediencia, no había que pensar ni en discutir la orden. De labios de Linaje oyó confirmada la disposición; mas no era Vitoria el punto de su destino, sino Pamplona, a las órdenes del Capitán General Ribero: probablemente se le daría un mando en la brigada de su antiguo jefe y maestro, Zurbano. (p.5474) Esto le desconcertó, pues había presumido que al frente de Saboya iría. No, no: Saboya quedaba en Madrid, y él iba sin mando, con otros dos jefes, Seisdedos y Clavería, criados también a los pechos de D. Martín. «Se conoce -pensó Ibero- que del Norte vienen soplos de frío, y hay que templar aquel ejército con soldados de los que echan lumbre. Pues, Señor, al Norte, a la guerra. Olor de sangre me da en la nariz. Venga bendita de Dios, si ha de ser para bien mío y de la libertad».

Habiéndole marcado un plazo improrrogable para la salida, no se despidió más que de los que habían sido sus subalternos, de los amigos Bretón y Espronceda, y de la familia de Milagro, a la cual consagró todo el tiempo de que en su último día de Madrid pudo disponer. María Luisa lloraba su partida como la mayor desgracia que sobre la casa podía recaer, y Cavallieri no hacía más que suspirar con grave diapasón de bajo profundo. Rafaela, ya levantada, mas sin poder moverse de un sillón y recobrándose muy lentamente de su debilidad, sostuvo con él un corto diálogo en que le aconsejó precaverse contra las balas. Cuando al Norte se le mandaba con tanta prisa, era que teníamos guerra en puerta. Que esta sería implacable, cruelísima, sanguinaria, ella lo sabía por seguros indicios, por sueños terroríficos y pesadillas espantosas que aquellas noches la atormentaban. Llevado de una secreta inclinación a pensar y sentir como Rafaela, apoyó Ibero los vaticinios lúgubres de su amiga. También él había tenido sueños horribles, y veía los ríos del Norte enrojecidos por española sangre. Si Dios así lo permitía y quizás lo ordenaba, ¿qué remedio había más que cumplir la soberana voluntad? Diéronse las manos, apretándoselas fuertemente durante un tiempo, que no se sabe cuánto tiempo sería, y Rafaela le miró de un modo singular, con piedad y dulzura inefables, o al menos, él así lo veía. Tal impresión le hizo aquel mirar, que creyó llevarse los ojos de ella dentro de los suyos.. Y pronto hubo de ver que ni cuando él dormía, dormían los ojos intrusos.. (p.5475) siempre alerta, siempre cebándose en un mirar continuo, eterno.

 

Ep-28-XXII -

Como se le señaló la ruta de Soria y Alfaro, no había que contar por el momento con una escapadita a La Guardia. Divertido habría sido para Ibero el viaje si el hombre se encontrara en mejor disposición de ánimo, porque sus compañeros Clavería y Seisdedos eran los caracteres más abonados para la vida de bromas y regocijo: de un viaje molesto y con mil peripecias fastidiosas hacían un divertido Carnaval. La caminata por pueblos alcarreños y sorianos fue una continuada serie de escenas cómicas, incluyendo en este género, no sólo los encuentros felices, los galanteos y comilonas, sino también los peligros, retrasos, vuelcos y fatigas. Pasaron el Ebro por Alfaro, y ansiosos del descanso que sus molidos cuerpos necesitaban, siguieron hasta la nobilísima ciudad de Olite, asentada en un llano fértil. En la corta guarnición encontraron no pocos amigos, entre ellos Baldomero Galán, Gobernador militar de la plaza, que se tuvo por dichoso de obsequiar al Coronel Ibero aposentándole en su casa, donde tanto él como su digna esposa, Doña Salomé de Ulibarri, se desvivieron por hacerle grata la existencia en el tiempo que durara su descanso. Regalada era allí la vida por la abundancia y variedad de comestibles de la tierra, y por el esmero y arte que en el condimento de almuerzos, comidas y cenas ponía la señora de Galán, la cual, entre paréntesis, era una mujer guapísima, de ojos negros, deslumbrantes, de aire desenvuelto y franco, el habla graciosa con golpes de baturrismo.

Muy bien lo pasó D. Santiago en tal compañía. Llevole Galán a visitar las hermosas ruinas del castillo, predilecta morada de los Reyes de Navarra en siglos remotos, y estando el Coronel con su patrón y amigo embebecido en la admiración de los soberbios baluartes corroídos por el tiempo, de los gallardos torreones festoneados por lozanas hierbas que en las grietas crecían, vio salir por entre los muros del despedazado monumento a un hombre, cuyo rostro le causó singularísima (p.5476) impresión de estupor y miedo. Era rostro conocido; no se le despintaba. Mirándole atentamente, advirtió su condición de caballero, que el traje no desmentía; tras él, saltando también por entre los sillares arrumbados, iba otro sujeto, que saludó cortésmente a Galán al paso. Apenas les vio desaparecer entre las ruinas, pidió Ibero informes acerca de ellos a su comilitón, y éste le satisfizo con lo que sabía: «El que me ha saludado es D. Francisco Tiemblo, vecino de Olite, persona, según dicen, de mucha sabiduría en achaque de historias, el que aquí más entiende de lo que fueron y significan estas piedras antiguas. De memoria le refiere a usted todos los letreros, y le explica las figuras que vemos en las iglesias de San Pedro y Santa María y en el convento de Claustrales, madriguera frailuna que fue. El señor que va con él es de Madrid, según creo, y aficionado también a estas quisicosas de la caballería andante. Por lo que le oí no hace muchas tardes, paseándonos aquí con varias personas del pueblo, pienso que es poeta, de estos que lo tienen por oficio, pues a cada triquitraque soltaba un verso y se pasmaba delante de las ruinas, que visita de día y de noche. No le conozco, ni D. Francisco me ha dicho su nombre, o porque no lo sabe o porque no quiere decirlo».

-Y ese señor arqueólogo ¿qué opiniones tiene? ¿Es liberal?

-¡Anda, anda.. si es más moderado que Judas!

No hablaron más del asunto, y se fueron a comer. Ibero pasó una tarde tristísima, negándose a toda distracción y a los pasatiempos de billar, damas o ajedrez que Galán le propuso. Creyendo la patrona que le había hecho daño la copiosa comida, preparábale infusiones de diferentes hierbas, que el Coronel no quiso tomar. Pasó la noche luchando con el insomnio, perseguido por la imagen de Rafaela, que no le dejaba vivir, le mordía el pensamiento (así como suena) , y armaba un terrible desconcierto revolucionario en su desquiciada voluntad. Procuraba desecharla; pero ella, la pertinaz imagen de Magdalena penitente y cabelluda, hacía que se iba, y tornaba más (p.5477) luminosa, más bella. Lo peor del caso era que a ratos gozaba tanto en contemplarla, que no cambiara aquel goce por ningún otro del mundo. Hacía propósito de imponerse el correctivo de huir de la Milagro para siempre, de no volver a estar donde ella viviese; pero dudaba que pudiera cumplirlo. Grande era la atracción del abismo: ¿se arrojaría en él, o emplearía el tiempo mirándolo desde la boca, para que con la continuada vista de la hondura se le pasaran las ganas de arrojarse?

Dispuso la partida hacia Pamplona para la mañanita del tercer día, y la noche precedente, después de cenar, le dijo Galán con misterio: «Ha venido a verme el amigo Tiemblo con la incumbencia de que el señor aquel de las ruinas, el poeta, desea hablar un ratito con usted, mi Coronel. Me pregunta si debe venir aquí, o si prefiere usted ir a su casa, que es la posada de Fadrique, la mejor del pueblo. Me temo que éste trae la mala idea de leerle a usted versos, pues yo sé que a otros los ha leído, y en verdad que no han quedado satisfechos, por ser muy melancólico lo que el tal discurre. Para mí que está algo tocado. ¿Qué contesto?».

-Que iré a su posada mañana temprano -replicó Ibero con propósito de hacer lo que decía; mas al amanecer, después de otra noche de cruelísimo desvelo, sintió desgana horrible de acudir a la cita. El personaje incógnito, fuera o no quien sospechaba, le infundía miedo, un terror instintivo, primario, y no porque de él temiese ningún daño material: temía que su presencia, su habla, despertasen un tumulto de pasiones, quizás sentimientos contrarios, el odio, la admiración, el cariño, la envidia..

No, no, no. Mejor era que partiese sin verle. ¿A santo de qué venía tal entrevista? No mil veces: él se largaba por su camino, y quisiera Dios que en ningún punto se encontrara con el caballero hermoso y triste. Firme en su propósito, partió con sus compañeros, y el otro, que desde muy temprano le esperaba, saliendo al balcón de su aposento siempre que sentía pasos en la angosta calle, se descorazonó cuando ya muy avanzada la mañana le dijeron que el (p.5478) señor Coronel Ibero, con los comandantes Seisdedos y Clavería, llevaba una hora de camino en dirección de Tafalla.

«Nos ha dado un buen quiebro -dijo al melancólico, sin ánimo de consolarle por aquel contratiempo, un individuo que desde la tarde anterior le acompañaba y al nombre de Gallo respondía-. No lo esperaba de un chico tan atento.. Por supuesto, como nada habíamos de sacar, más que nosotros pierde él, perdiendo su opinión de persona fina. Y pues este pueblo ruin ha dado ya de sí todo lo que podía dar, vámonos con viento fresco a Estella, de donde bajaremos a Viana, para seguir luego a La Guardia..

-Vámonos -repitió el otro suspirando, sin poder desechar el enojo del desaire sufrido-, y en otra parte seremos más afortunados, aunque voy viendo que no se encuentran caballeros a la vuelta de cada esquina. El siglo los va descastando, y llegará día en que no se halle uno para un remedio. Vámonos.

En un cochecillo derrengado partieron antes de mediodía hacia Tafalla, y sin entrar en esta ciudad siguieron a Estella por Larraga y Oteiza, con calor sofocante, respirando un aire seco y polvoroso. A media tarde comenzó a cubrirse el cielo de nubes pardas, que avanzaban del Oeste, y con ellas de la misma parte venía un mugido sordo, intercadente, como si por minutos se desgajaran los montes lejanos y rodando cayeran sobre la llanura. No era floja tempestad la que se echaba encima. Para zafarse de ella, apalearon los viajeros al infeliz caballejo que tiraba del coche; mas no obtuvieron la velocidad que deseaban. Descargó la primera nube antes que llegasen a Oteiza. El iracundo viento quería revolver los cielos con la tierra, y durante un rato el polvo y la lluvia se enzarzaron en terrible combate, como furiosos perros que ruedan mordiéndose. Los giros del polvo querían enganchar la nube, y esta flagelaba el suelo con un azote de agua en toda la extensión que abrazaba la vista. El polvo sucumbía hecho fango, y retemblaba el suelo al golpe del inmensísimo caer de gotas primero, de granizo después. Los campos trocáronse un (p.5479) instante en lagunas; retemblaba el caserío de las aldeas como si quisiera deshacerse, y los relámpagos envolvían instantáneamente en lívida claridad la catarata gigantesca. Grandiosa música de esta batalla era el continuo retumbar de los truenos, que clamaban repitiendo por todo el cielo sus propias voces o conminaciones terroríficas, y cada palabra que soltaban era llevada por los vientos del llano al monte y del monte al llano. Como al propio tiempo caía el sol en el horizonte, y la luz se recogía tras él temerosa, iban quedando obscuros cielo y tierra, y la tempestad se volvía negra, más imponente, más espantable. En la confusión de ella se perdieron, como la hoja seca en medio del torbellino, los cuitados viajeros que a media mañana habían salido de Olite en un mezquino carricoche. Se les vio luchar contra los elementos desencadenados, avanzar por en medio de la espesa lluvia y del desatado viento, queriendo achicarse y escabullirse; pero tal navegación era imposible, y en la revuelta inmensidad desaparecieron bien pronto el carro y caballo y caballeros.

Para encontrar nuevamente a los que aquel día desafiaron a la irritada Naturaleza, hay que dejar pasar días, meses, y no habrá que rebuscar media España para dar con ellos, pues reaparecen a cara descubierta y a plena luz en la por tantos títulos ilustre ciudad de Vitoria, cabeza del territorio alavés. Álava, con Navarra, Guipúzcoa y Vizcaya, es la tierra que podríamos llamar del martirio español, el fúnebre anfiteatro de sus luchas de fieras, y el redondel en que se han despedazado los gladiadores, por el gusto de las peleas y la embriaguez de la sangre. Allí las cañas han sido siempre espadas, los corazones hornos de coraje, la fraternidad emulación, y las vidas muertes. Allí las generaciones han jugado a la guerra civil, movidas de ideales vanos, y se han desgarrado las carnes y se han partido los huesos, no menos ilusos que los niños jugando a la tropa con gorros de papel y bayonetas de junco. Pues allí, en una de las cabeceras del territorio éuskaro, que los (p.5480) liberales no entregaron jamás a la facción, aparece el melancólico galán de la causa de María Cristina, levantando bandera negra contra el Regente, a quien declara usurpador, y haciendo tabla rasa de toda ley y estado posteriores a la renuncia de la Gobernadora en Octubre del año anterior. Ya tenemos en campaña otra guerra fratricida, en nombre de principios más o menos claros, invocando el sagrado lema de la defensa de la débil mujer contra el varón fuerte, de los derechos de la sangre contra los artificios de la soberanía nacional.

D. Manuel Montes de Oca, el más ardiente paladín de la Regencia de Cristina, el que la proclamó condensando en una idea política el sentimiento poético y la caballeresca devoción de su alma soñadora, noble en su delirio, grande en su loco intento, al propio tiempo insensato y sublime, gigantesco y pueril, aparece en Vitoria al frente de un artificio de Gobierno, con poderes reales o figurados del soberano ausente. Sin pararse en barras, contando con la insurrección de generales en Zaragoza y Pamplona, sostenido en Vitoria por la guarnición que se subleva al mando del Comandante General Piquero, entra en funciones como Presidente de la Junta Suprema de Gobierno, mientras llegaba Doña María Cristina, con una resonante proclama en que dice:

La Nación no reconoce, vosotros (a los nobles vascongados y navarros se dirigía) no podéis reconocer como válida y legítima la renuncia del Gobierno de la Monarquía hecha por Su Majestad en Valencia, porque fue, y así lo ha declarado Su Majestad, un acto insolente de fuerza..

Doña María Cristina es la única Regente y Gobernadora del Reino; la única tutora de las ilustres huérfanas llamadas a regir los destinos de esta Nación tan rica de gloria como escasa de ventura. Esta es la bandera de los leales; esa bandera se levanta hoy en todos los ámbitos de la Monarquía española.. Los generales más ilustres, los militares valientes, los que ganaron en campos de batalla honrosas cicatrices, los que nunca faltaron a la fidelidad ni nunca cometieron el crimen de (p.5481) perjurio, siguen esa bandera magnífica y radiante que conduce a la victoria. Ella es el símbolo de nuestra santa Religión y de nuestra católica Monarquía.. Con ella triunfaremos nosotros como triunfaron nuestros padres.

 

Ep-28-XXIII -

Armado de nuevo el sangriento juego nacional, los desgarrados pendones, un tanto sucios ya del largo uso sin la renovación conveniente, se vieron otra vez en alto añadiendo a sus lemas el de la sacratísima Religión. Para mayor gloria de esta, se levantaban en armas cuatro caballeros, hijos de la política los unos, del ejército los otros, y por dar mayor fuerza a su audaz aventura, agregaban a su bandera el programita de restablecimiento de fueros, cebo magnífico para llevarse consigo a toda la población éuskara, pisoteando el Convenio de Vergara. Bien, bien. ¡Qué delicioso país, y qué historia tan divertida la que aquella edad a las plumas de las venideras ofrecía! Toda ella podría escribirse con el mismo cuajarón de sangre por tinta, y con la misma astilla de las rotas lanzas. El drama comenzaba a perder su interés, por la repetición de los mismos lances y escenas. Las tiradas de prosa poética, y el amaneramiento trágico ya no hacía temblar a nadie; el abuso de las aventuras heroicas llevaba rápidamente al país a una degeneración epiléptica, y lo que antes creíamos sacrificio por los ideales, no era más que instinto de suicidio y monomanía de la muerte.

Los primeros días del alzamiento fueron risueños, días de esperanzas y de ciego optimismo. Vista la insurrección desde Vitoria, que parecía ser su centro y atalaya, la idea sediciosa prendía en todo el territorio vasconavarro como el incendio en la seca mies. A la voz de Montes de Oca, que lanzaba a los pueblos endechas rimbombantes, responde Bilbao, sublevándose también con su Diputación al frente, y parte de la Milicia Nacional. Montes de Oca tira de pluma y devuelve a la invicta villa en un decreto el derecho de Bandera y otros privilegios abolidos; en Miranda toma partido por Cristina el Provincial de Burgos, que a Vitoria se (p.5482) dirige para dar su apoyo al movimiento; Portugalete y Orduña se pronuncian también; el cura de Dallo y el escribano Muñagorri reúnen al instante sus partidas y se lanzan por collados y montes a matar liberales. En tanto daba mayor vuelo a la insurrección el General D. Leopoldo O'Donnell, que había ganado el regimiento de Extremadura y un escuadrón de Caballería, y con ellos proclamó la bandera de Cristina y Fueros en la ciudadela de Pamplona. En Zaragoza, Borso di Carminati echaba mano al segundo regimiento de la Guardia Real, y salía con él para llevárselo a O'Donnell. Toda esta fuerza, con el batallón y los escuadrones que Piquero había sublevado en Vitoria, eran una base admirable de insurrección. Ya vendrían luego más pronunciamientos de tropas donde menos se pensara, que bien se había trabajado en la seducción de jefes. Todo era empezar: los primeros que se lanzaron daban la mejor prueba de iniciativa heroica, de que luego tomarían ejemplo los reacios y pudibundos. Pero las más risueñas esperanzas de los aventureros de Vitoria estaban en Madrid, donde levantarían la propia bandera media docena de adalides militares, los más ilustres de nuestro ejército, la flor de los héroes de la última guerra. En cada correo creían recibir el notición de que la Regencia elegida por las Cortes era un cadáver, y de que sobre él se alzaba ya la soberanía incuestionable de la Reina Gobernadora, devuelta al amor de España.

En su residencia oficial de la Diputación trabajaba D. Manuel Montes de Oca sin dar paz a su mente ni a la pluma, despachando los asuntos varios que en aquel embrión de Gobierno pendían de su autoridad como vicario indiscutible de Doña María Cristina, y desempeñaba su papel con tal fe y ardor, que era lástima no fueran aplicados a más práctico objeto. De noche, cuando hallaba algún espacio para dar reposo a su fatigado espíritu, solía pasearse solo o con un par de amigos fieles por la soledad del Campillo, núcleo de la antigua ciudad, o recorría las calles concéntricas que lo cercan; y en verdad que no podía espaciar sus (p.5483) ilusiones por sitios más apropiados al carácter feudal y poético de ellas. Los monumentales caserones habitados por el silencio, las calles que en rueda circundaban el primitivo recinto, encorvándose unas sobre otras, y enlazando su término con el punto de partida, reproducían al exterior el giro poético de la imaginación del paladín que amaba el pasado, y lo llevaba de continuo en el pensamiento, en una u otra forma, siempre volteando sobre sí mismo. La colegiata, majestuosa en el barroquismo de su robusta torre; los palacios del Cordón, de Álava y de Bendaña, que hablaban con sus rostros de piedra el lenguaje medieval, le acariciaban los pensamientos y se los hacían más luminosos. ¿Por qué no habíamos de ser lo que fuimos, nación de santos y de héroes? ¿Por qué no habíamos de restablecer las grandezas de la sangre y de la inspiración, del militar coraje y de las virtudes sublimes? Al par que esto, deseaba la ilustración, la libertad con medida, la práctica de todas las virtudes domésticas y públicas, y el culto de las artes y las letras. La grosería le enfadaba; la irrupción de las muchedumbres ignorantes, que imponer querían su fuerza, su garrulería y suciedad, le sacaba de quicio, y por encima de todo poder ponía el histórico, que en el caso de autos recibía mayor realce del consorcio feliz de la soberanía con la belleza y de la majestad con la gracia.

Era, en suma, D. Manuel Montes de Oca representación viva de la poesía política, arte que ha tenido existencia lozana en esta tierra de caballeros, mayormente en la época primera de nuestra renovación política y social. Desde que se introdujo la novedad de que todos los ciudadanos metieran su cucharada en la cosa pública, empezaron a manifestarse los varios elementos que componían la raza; y si vinieron al gobierno los hombres de temperamento peleón y los militares de fortuna; si entraron los abogados y tratadistas con todos los enredos de su saber forense y su prurito de reglamentación, no podían faltar los trovadores, que se traían un ideal de la ciencia (p.5484) gubernativa, derivado, más que de la realidad, de los manantiales literarios. Más de cuatro poetas o trovadores hemos tenido en la vida pública de este siglo de probaturas; que ellos son fruta espléndida, abundantísima, de uno de los seculares árboles del terruño español, y gran daño han producido anegando las ideas en la onda sentimental que derramaron sobre algunas generaciones. El pobrecito Montes de Oca, por ser de los primeros y haberle tocado la desdicha de venir con su lira en una época tumultuosa y candente, fue víctima del error gravísimo de querer dar solución a los problemas de gobierno por la pura emoción; pagó con su vida su desconocimiento de la realidad; merece una piedad profunda, porque era espejo de caballeros y el más convencido y leal de los poetas políticos. Otros que vinieron después han perecido ahogados en su propia inspiración.

No transcurrieron muchos días de Octubre sin que las ilusiones de los revolucionarios de Vitoria (en nombre de la Reina Cristina y por su expresa delegación) comenzaran a marchitarse. Por el lado de Zaragoza y Pamplona no iban las cosas muy a gusto del Presidente del gobiernillo provisional, porque la tropa que sacó Borso di Carminati, vivamente perseguida por el General Ayerbe, no quiso pasar de Borja, capitularon los oficiales, algunos soldados volvieron a la disciplina y otros se dispersaron, quedándose solo el infeliz caudillo italiano, que pronto había de ser cogido y fusilado. En las Provincias Vascongadas no contaba la insurrección con éxitos notorios, porque desde San Sebastián avanzó Alcalá, aventando a toda la chusma de Muñagorri y del cura de Dallo; y si bien Urbistondo y los miqueletes bilbaínos adelantaban algo en el interior de Vizcaya, se veían amenazados por Iturbe y Simón de la Torre, que permanecieron fieles a Espartero. En tanto Zurbano, con los Provinciales de Laredo y Logroño, se posesionaba de Miranda, preparándose a invadir la Llanada. El incansable guerrillero supo aprovechar la torpe división que los insurrectos habían dado (p.5485) a sus fuerzas, y avanzó resueltamente, ocupando el puente de Armiñón; al paso encontró a siete miñones que llevaban despachos de la Diputación rebelde, y les fusiló sin piedad, dispuesto a hacer lo mismo con Piquero y con todo jefe insurrecto que encontrase, cualquiera que fuese su categoría.

La noticia de estas atrocidades, fruto natural de la guerra, tal como aquí comúnmente se hacía, llegó a Vitoria juntamente con la mala nueva del fusilamiento de Borso en Zaragoza, y un desaliento tristísimo se apoderó de los que habían abrazado la causa sentimental. Pero el esforzado corazón de Montes de Oca no se abatió con aquellos reveses, ni amenguaron su confianza en el triunfo definitivo. De alguna parte había de venir el remedio, por ser divina la causa que defendían, como pleito del derecho contra la usurpación, y, en cierto modo, de lo bello y delicado contra los avances de la grosería y del prosaísmo.

No tardó el gobernante sedicioso en verse poseído del delirio medieval, a que le llevaba su numen político informado en el Romancero, y se metió en el peligroso callejón de las represalias, de que difícilmente se sale: la muerte de los miñones le indujo al error de poner a precio la cabeza de Zurbano. Creyó, sin duda, que no faltarían en su mesnada hombres con la ferocidad suficiente para cortar aquella cabeza y llevársela, con lo cual creía fácilmente decapitado el cuerpo soez de la bestia patriotera y repugnante que arrancado había su diadema a la más hermosa de las reinas de fábula. Suelen tener sus quiebras estos dramáticos arranques, y entonces se vio más que nunca la inseguridad del procedimiento, pues Zurbano no parecía dispuesto a dejarse degollar; al contrario, marchaba por la Llanada resuelto a cercenar todas las cabezas que pudiese, y hacer con ellas espantoso adorno de los caminos.

En esto, el General Aleson ocupaba los desfiladeros de Pancorbo y Rodil, con numerosa hueste, partía de Burgos para perseguir a O'Donnell y desbaratarle si salía de la ciudadela de Pamplona. Iban tomando cada día (p.5486) peor cariz las cosas del naciente reino cristino, tan mal fundado en los cerebros de unos cuantos calaveras del ejército y la política: de pronto supieron el fracaso de la intentona de Madrid, el combate en la escalera de Palacio y la fuga de los audaces caudillos, que en plena Corte habían concebido el proyecto, más propio de gigantes que de hombres, de secuestrar a la Reina y llevársela a Vitoria, sede provisional de su autoridad. Todo ello era absurdo, propio de un partido de orates, y así salió.. Mas no se crea que el desengaño traído por estas noticias se comunicó al espíritu alucinado de Montes de Oca, ni que desmayó su temeridad, no: de su cabeza, en que bullía la leyenda; de su corazón, inflamado en sentimientos de monarquismo romántico, brotaron nuevas energías; y cuando los hombres prácticos, sabiendo la ocupación de la Puebla por D. Martín, mostraron el gravísimo peligro de continuar en Vitoria, se obstinó en permanecer en ella, organizando una defensa que por lo brava y tenaz emulara las de Zaragoza y Gerona. Tal era su pensamiento cuando la insensata empresa de restauración estaba perdida, y los más ardientes auxiliares de ella no pensaban más que en la fuga o en el escondite, aguardando a que pasara el nublado para procurarse una saludable reconciliación con el Regente. Pero Montes de Oca no cejaba. Abrazado había la causa de la Señora, y enarbolado su bandera con un ardor semejante al de los cruzados que iban a combatir por el sepulcro de Cristo; otros procedían por egoísmo y despecho; él por una fe generosa, y por la devoción, que otro nombre no puede dársele, de la Reina que era su ídolo. No daba entrada al miedo en su corazón, ni cuartel a los arbitrios de la cobardía, ni a componendas o transacciones. Era hombre macizo, homogéneo, sin las complejidades que la vida moderna exige a todos los que en ella buscan algo de provecho. ¡Lástima de primera materia, tan sólida y pura, en un siglo que no suele emplear para sus grandes obras lo puramente elemental, en un siglo de combinaciones y (p.5487) de alquimias cada día más complicadas! Toda la caballería del bravo Montes de Oca, toda su exaltación de gobernante poético, tenían por ideal sostén la soñada más que real persona de una Reina, cuya capacidad para dirigir a la Nación no había sabido manifestarse claramente. Él, no obstante, adoraba en ella, creyéndola adornada de atributos intelectuales y morales no menos efectivos que los de su seductora belleza. Valía más el Quijote que la dama, y era ella menos ideal de lo que la suponía el ofuscado caballero. Si en la imaginación de este ahechaba perlas, a la vista de todo el mundo ahechaba trigo candeal superior la buena de Aldonza Lorenzo.

 

Ep-28-XXIV -

Semejante a los héroes de un cuento infantil, se obstinaba Montes de Oca, falto de todo recurso y amenazado de una deserción total de su gente, en defenderse dentro de Vitoria, sacrificando la vida de esta ciudad al orgullo de una causa que no debía interesar grandemente a los hijos de Álava. Ya que la victoria se presentaba difícil por el momento, quería el caballero un poco de leyenda, y si Dios disponía que él y sus fieles pereciesen ante un enemigo superior, se enorgullecía pensando concluir a la numantina. Pero las nubes que ennegrecían el horizonte eran cada vez más temerosas, y aunque el hombre continuaba insensible al miedo, confiado siempre en los auxilios imaginarios que había de recibir de nuevas sublevaciones, por fin le determinó al abandono de la plaza un hecho que hubo de abatirle los ánimos más que el aluvión de tropas enemigas y la merma creciente de las suyas. Fue que los generales que iban contra Vitoria agregaron a la orden del día un papel enviado de Madrid, dando cuenta de la comunicación de nuestro Embajador en París, D. Salustiano de Olózaga, el cual venía con el cuento de que la propia cosechera, Doña María Cristina, le había dicho, mutatis mutandis: «¡Pero si yo no sé nada de esa insurrección, ni tengo nada que ver con esos locos! No sólo soy extraña al movimiento, sino que lo repruebo terminantemente». El (p.5488) efecto que esto hizo en el valeroso paladín ya puede suponerse: no creía que el cuento del diplomático fuese verdad; teníalo por una de tantas mentiras diplomáticas, empleadas como resorte político; no le cabía en la cabeza que habiendo Cristina puesto en manos de los sublevados armas y bandera, renegase de sí misma y de su causa cuando la conceptuaba perdida, y llamase locos a los que por ella daban su sangre y su honor. Esto no podía ser: tales villanías, cosa corriente en el carácter falaz de Fernando VII, no cabían en la nobilísima condición de la Reina, toda rectitud, lealtad y entereza, según Montes de Oca. Sobre esto no tenía duda el exaltado caballero, y la ideal Soberana no desmerecía en su pensamiento por las malicias de Olózaga. Lo que agobió su ánimo valeroso fue que aquellas mentiras entraron fácilmente en los cerebros de todos los que le rodeaban; que el vecindario de Vitoria les dio fácil crédito, y las aceptó hasta con gozo, viendo en ellas el mejor pretexto para dar término rápido a la insurrección, y librarse de los desastres y apreturas de un sitio. Ya no podía Montes de Oca sostener la moral de la plaza, ni menos el entusiasmo, harto ficticio y ocasional, por la que fue Gobernadora; cayó de golpe desde la cumbre de la poesía política a una realidad miserable. Llegaba el momento de huir, exponiéndose a una muerte ignominiosa, la del pirata o bandido. Salió, pues, de la plaza, acompañado de Piquero y de los militares y paisanos comprometidos, sin más tropas que los miñones y algunas compañías de Borbón. Muy distante ¡ay!, se hallaba de la ocasión en que puso a precio la cabeza de Zurbano; nadie pensaba en traérsela, y en cambio, Rodil pregonaba la de Montes de Oca, ofreciendo por ella diez mil duros.. Vamos, no era mal precio, dado el escaso valor que ordinariamente tenían en el mercado de nuestras guerras civiles las cabezas humanas, aun siendo de las mejor provistas de sólidos tornillos.

La salida fue tristísima, nocturna, sigilosa. Antes de que amaneciera, en la rápida marcha por el (p.5489) puerto de Arlabán hacia Vergara, desertaron las compañías de Borbón, y se fueron a Miranda para presentarse al General de Espartero. Celebraban consejo los fugitivos para determinar el camino que debían seguir. No pocos oficiales comprometidos señalaron como la mejor dirección de escape la de la costa Cantábrica; sabían de un barco preparado en Lequeitio para recoger a los que quisieran fiar su salvación al mar. Montes de Oca, aunque marino, prefirió seguir por tierra la derrota de la frontera; despidiéronse allí no pocos amigos y compañeros de locura, entre ellos el comandante Gallo y otros que andando el tiempo fueron generales, y se encaminaron hacia la costa; Montes de Oca, acompañado tan sólo de Piquero, de los señores alaveses Marqués de Alameda, Ciorroga y Egaña, y de ocho miñones, siguió adelante. En Mondragón despidieron a los miñones, pues para nada necesitaban ya la fuerza militar, y cuanto menor fuese el número de fugitivos más fácilmente podían deslizarse por montes y cañadas hasta ganar el boquete de Urdax. Pero los miñones no quisieron separarse de los desdichados restos del Gobierno cristino, cuya suerte debían correr todos los que en tan necia desventura se habían metido. En Vergara se alojó la caravana en las casas exteriores de la villa, no lejos del histórico lugar donde se habían abrazado Espartero y Maroto; cada cual se arregló como pudo en humildes aposentos o mechinales, y a media noche el sueño dio algún descanso al asendereado cabecilla de la insurrección y a los que aún le seguían, más comprometidos ya por la amistad que por la política.

Media noche sería cuando turbaba el silencio de aquella parada lúgubre el cuchicheo de los ocho miñones, alojados en una cuadra, donde moraban también una mula y una pareja de vacas. Los pobres chicos, desvelados por la inquietud, se condolían de su perra suerte. ¿Quién demonios les había metido en aquel fregado, ni qué iban ellos ganando con que la Cristina le birlara la Regencia a Espartero? En verdad que habían sido unos grandes idiotas, (p.5490) apartándose de la ley que ligaba sus vidas y su honor militar al Gobierno establecido. ¿Quién les metía en el ajo de quitar y poner Regentes? ¿Quién les hizo instrumento de la ambición de unos cuantos caballeros de Madrid, y de media docena de militares que querían empleos y cintajos?.. ¡Y que no era flojo el riesgo que corrían los pobrecitos miñones! Desde Vergara a la frontera ¿quién les aseguraba que no toparían con un destacamento de tropas leales? En un abrir y cerrar de ojos serían despachados para el otro mundo, y aun podría suceder que los señores que les habían arrastrado al delito alcanzasen misericordia; para los hijos del pueblo, no habría más que rigor y cuatro tiros.. Aun suponiendo que pudiesen escapar, ¿qué vida les esperaba en Francia? ¿Por ventura se encargaría de mantenerles la Reina esa por quien se habían jugado la vida? ¡Ay, ay!, el pobre siempre pagaba el pato en estas tremolinas; para el pobre, en la derrota o en el triunfo, no había más que desprecios y mal pago.. ¡Qué mundo este! Valía más ser animal que español.

Estas ideas rumiaban, esto se decían, y en verdad que no habría sido vituperable su razonamiento si de él no saliese, como de la fermentación el gusano maligno, un ruin propósito. A dos de ellos se les ocurrió en el curso de la conversación; pero no se atrevieron a manifestarlo. Un tercero, que era sin duda el más arriscado, se lanzó a exponer la terrible idea, y la primera impresión que en los demás produjo fue de miedo; un miedo más vivo que el de la propia muerte. Eran hijos de familias honradas, y desde niños habían visto en sus hogares la norma de todas las virtudes, el temor de la infamia y el aborrecimiento de la traición. Callaron un rato, y la perversa idea hizo nido en el cerebro de cada uno de ellos, empollando diversas ideas que corroboraban la idea madre. El mismo iniciador de esta la explanó hábilmente, revistiéndola de aparato lógico; achicó los inconvenientes morales, agrandó las ventajas. En primer lugar, salvaban sus vidas, y esto de mirar por las vidas era cosa buena, pues (p.5491) para que el hombre se defendiese de la muerte, le había dado Dios la inteligencia. En segundo lugar, se ponían en buena disposición con los que mandaban: Dios había dicho que debe darse al César lo que es del César. A más de esto, ¿quién dudaba que Espartero era el más valiente entre los españoles? Zurbano no le iba en zaga en el valor; sólo que se pasaba de bruto, hablaba mal, y tenía la mano muy dura. Pero pues era el hombre que más podía en aquellas tierras, hijo también del pueblo, debían favorecer sus ideas y ponerse a su lado para todo. Por último, triunfantes o vencidos, su sino era quedarse tan miñones como antes, con la triste paga, el rancho mísero y la condición de soldados rasos. Buenos tontos serían si no sacaban algún provecho de la trapisonda en que se habían metido. Cierto que alguien saldría diciendo si eran tales o cuales.. pero ellos no habían dado el grito; ellos no habían levantado la bandera de Cristina, ni entendían de estas cosas. Zurbano había ofrecido diez mil duros por la cabeza de Montes de Oca: deber de ellos, que la tenían en la mano, era entregar aquella cabeza, la verdaderamente culpable, la que había dado el grito. Y no dijeran que era una lástima entregar al pobre D. Manuel, indefenso, para que en él se cebara el furor de los vencedores. Por fas o por nefas, la vida de D. Manuel era cosa perdida. En su persecución iban ya varias columnas, y pronto le cazarían como a una liebre. Podría suceder que entregándole ellos, se compadeciera Zurbano del infeliz señor, y que el gran Espartero le perdonase, con lo cual quedaban todos contentos, Montes de Oca con vida, y ellos, los pobrecitos miñones, con sus diez mil duros en el bolsillo, a mil doscientos cincuenta duros por barba.

El que pronunció el discursillo que extractado se copia, había empezado a estudiar para cura en Vitoria, sirviendo luego de amanuense a un escribano de la Puebla de Arganzón, y en sus diferentes tareas escolares se le había pegado el arte del sofista. Cedieron prontamente algunos de los compañeros; para (p.5492) reducir a los otros fue necesario que el orador emplease lo mejorcito de su arsenal dialéctico, y al fin convinieron todos en consumar sin demora la execrable acción. La obscura noche les estimulaba.. el silencio les envalentonó para un hecho que exigía sin duda más arrojo que el desplegado en los combates. El coloquio vascuence en que desarrollaron su plan y los procedimientos más seguros para ponerlo en ejecución duró apenas un cuarto de hora; y bajaban tanto la voz que apenas se oían, temerosos de que la mula y las vacas, únicos testigos de la terrible conferencia, la entendiesen y renegasen de tal villanía, como honrados animales.

 

Ep-28-XXV -

El modo y forma de hacer efectivo su pensamiento fue para los miñones sencillísimo. Lo propuso uno que en su niñez desplegaba felices disposiciones para robar fruta en las huertas y alguna que otra gallina en los corrales. Salieron los ocho a un cercado frontero a las dos casas en que se alojaban los paladines de la Reina, y con fuertes voces empezaron a gritar: «¡Zurbano, Zurbano!..». El efecto de este toque de diana fue inmediato y decisivo. Los caballeros durmientes saltaron despavoridos de sus lechos, y a medio vestir lanzáronse fuera por los primeros huecos que abiertos encontraron: Egaña saltó por una ventana, y a Piquero se le vio surgir por un boquete angosto que daba al campo en la parte posterior del edificio. Poner el pie en tierra y apretar a correr en busca de la espesura del monte más cercano fue todo uno. Los otros dos, tomando la salida por la puerta con más tranquilidad, no tardaron en desaparecer. Como en los incendios y naufragios, cada cual se afanaba por salvar su propia pelleja sin cuidarse de la del vecino. Dos miñones pusiéronse de guardia en la escalerilla estrecha que a la estancia ocupada por el jefe conducía, con objeto de apresarle cuando saliese, y viendo que tardaba, presumieron que se había escondido en los desvanes. Los inquilinos de la casa, un hombre y dos mujeres, que a poco de sonar las primeras voces de alarma abandonaron también sus (p.5493) madrigueras y vieron la veloz huida de los cuatro señores, aseguraban que el quinto de ellos no había salido. Viéronse precisados los traidores a subir en su busca, creyendo que, o se había muerto del susto, o que por el escrúpulo de conciencia quería expiar sus culpas bajo el poder del temido Zurbano.

A las primeras luces del alba subieron dos miñones, el de los discursos y otro que blasonaba de arrojado, al aposento mísero donde reposaba en un pobre camastro el jefe de la insurrección, y le hallaron profundamente dormido. Su tranquilo sueño era la expresión de su ciega confianza en los ocho corazones alaveses a quienes había entregado su vida. Por un instante creyéronle muerto: tales eran el reposo y palidez de sus nobles facciones. Uno de ellos le llamó: «D. Manuel, Sr. D. Manuel..». No despertaba. Imposible parecía que con la batahola y vocerío que armaron los guardianes durmiese con sueño de ángel aquel hombre que reunía en su espíritu la fiebre poética y el bélico ardor. Fue preciso sacudirle de un brazo para que despertase. Abrió al fin los ojos, y miró largo rato a los dos chicarrones, sin darse cuenta de lo que ocurría. «¿Es hora de salir? -dijo-. Vamos al momento. ¿Se ha levantado Piquero?».

El más desenvuelto de los dos traidores quiso expresar el verdadero sentido de la situación, y no halló la frase propia. «Es usted preso -dijo el otro, cortando por lo sano-; los demás señores han huido; usted no puede, Don Manuel, y ahora se viene con nosotros a Vitoria».

Empezaba el infeliz hombre a comprender la situación; pero aún no la veía en toda su trágica realidad, ni le entraba fácilmente en la cabeza la idea de que los honrados hijos de Álava le apresaban para venderle por los diez mil duros que ofrecía Rodil. Se incorporó vivamente; miró en torno suyo. No tenía armas; nunca creyó que podía necesitarlas. «¡Y vosotros -dijo- me prendéis y me lleváis a Vitoria..! Pero no lo haréis movidos del premio que dan por mí. No valgo yo tanto, amigos».

-Sr. D. Manuel -dijo el valiente, ya repuesto de su turbación-, no nos (p.5494) enredemos en palabras que no vienen al caso. Vístase pronto, que tenemos prisa.

-Está bien -replicó Montes de Oca, pasando brevemente de la ira a la resignación, por la virtud de su grande alma-. Me vestiré al instante. Habría sido mejor que no viniéramos acá. Mi deseo, ya (3) lo sabéis, era no salir de Vitoria y esperar allí a los vencedores. Entregándome yo, los diez mil duros habrían sido para mí, aunque.. ¡sabe Dios la cuenta que me harían!.. Bueno, hijos: pues tenéis prisa, ahora mismo nos vamos. Dejad que me lave un poco: es costumbre mía, que vosotros sin duda no tenéis. Amanece ya; saldremos con la fresca, y marcharemos tan rápidamente como queráis.

Partieron a escape: a los miñones se les hacían siglos las horas que faltaban para cobrar el importe de la res que vendían. Para recorrer la tiradita desde Vergara a Vitoria en el menor tiempo posible, echaron por los atajos y desfiladeros más apartados de toda población, temerosos sin duda de que algún destacamento de tropas les quitase la gloria de su hazaña y el precio de su botín. Dieron a D. Manuel un caballejo, y tanta era la prisa, que no cuidaron de llevar víveres, ni fácilmente podrían adquirirlos en las soledades por donde caminaban. Tiraron hacia Legazpi, y de allí a los altos de Aránzazu, royendo mendrugos de pan el que los tenía. En uno de los breves descansos que hicieron, más por dar alivio a la caballería que al desdichado jinete, manifestaron a éste que, hallándose preso y a disposición de las autoridades, maldita falta le hacía el dinero que aún conservaba en sus bolsillos para los gastos de la insurrección primero, de la fuga después. Dio Montes de Oca una prueba de buen gusto y de austera dignidad evitando toda discusión sobre el infame despojo, y entregoles, sin el honor de una protesta ni de un comentario, la culebrina en que llevaba unas cuantas onzas, que no llegaban a diez, y alguna plata menuda. Y hecho esto, arrearon de nuevo.

Hablaban los miñones entre sí el idioma vascuence, del cual el infeliz preso no entendía palabra, resultándole de esto (p.5495) un tormento mayor: el sentirse más aislado, más lejos de su patria. Entre esta y el poeta se interponían un suelo desconocido, una gavilla de bandoleros y una jerga que nada decía a su entendimiento ni a su corazón. En el fatigoso paso por veredas y trochas, mortificado del hambre y la sed, sin otro sentimiento inmediato que el desprecio que le inspiraban sus guardianes, sufrió el desdichado caballero indecibles angustias. No había para él más consuelo que aislarse, con esfuerzo de su viva imaginación, procurando no ver fuera de sí más que la Naturaleza, y dentro las hermosuras de su grande espíritu, así en el orden moral como en el estético. Las bellezas del paisaje y del cielo, las ideas propias, que iba sacando del magín con cariño de avaro, para en ellas recrearse y volver a esconderlas cuidadosamente, permitiéronle, si no el completo olvido de su desgracia, alguna distracción o alivio pasajero. Mas las exigencias físicas del hambre y la sed le volvían a la realidad de su martirio; otra vez era el hombre vendido, la bestia llevada al matadero por cuatro carniceros infames, y la ininteligible cancamurria vasca otra vez le cortaba el cerebro como una sierra.

La molestísima andadura del jaco, apaleado sin cesar por los miñones, magullaba los huesos del pobre jinete. Habría preferido caer al suelo y que en él le fusilaran sin compasión; pero su vida valía diez mil duros, y no podía esperar de los mercaderes una muerte gratuita. Estas ideas lleváronle a mayor resignación y a conformidad más profundamente cristiana con su fiero destino. El sentimiento caballeresco y la ilusión del sacrificio pudieron tanto en su alma, que no le fue difícil llegar a la tranquilidad ascética que permite soportar un intenso padecer, y aun alegrarse de los martirios. Instantes hubo en que se creyó dichoso de ser tan infeliz, y el goce amargo de los sufrimientos refrescaba su alma, y la erguía, y la vigorizaba para mayores resistencias. Hermoso era el dolor, bellas las angustias que preceden a la muerte. Contra nadie tenía queja. Y no creía ciertamente que la persona por quien en tal (p.5496) suplicio se veía un hombre de bien, fuera indigna de semejante holocausto, no. Todos los males presentes y otros peores que vinieran los sufría gustoso por la Reina, por una divinidad que no habría sido bastante divina si no creara mártires, si ante su triunfal carro no cayeran aplastadas cien y cien víctimas. Bien sabía la Reina lo que sus fieles padecían por ella, y bien empleado estaba que los caballeros penaran y murieran, para que sobre tantos dolores y sacrificios se alzara la gloriosa redención monárquica.

¡Y los malditos alaveses arreando sin descanso, como diablos solicitados de la querencia del infierno! «Basta, hombres, basta, que ya llegaremos -les dijo Montes de Oca, compadecido del caballejo más que de sí mismo-. Por mí no importa; pero vosotros tampoco vais a ninguna fiesta. Tened lástima del pobre animal, que no puede ya con su alma». Vino la noche, y con ella redoblaron los palos sobre la cabalgadura.. No corrían: volaban. En un día anduvieron diez y siete leguas, imposible jornada cuando se va en seguimiento del bien, o a realizar una noble acción. Sólo el mal hace a los hombres tan ligeros. A las nueve de la noche llegaban a las proximidades de Vitoria, donde pararon, mandando aviso por dos de ellos al General Aleson, con las nuevas de la valiosa presa que traían. Tropas llegaron al instante y se hicieron cargo del reo, llevándole con no poco aparato de fuerza a la Casa Consistorial, que entonces estaba en San Francisco, donde también había cuartel. A la luz de tristes faroles entró el jefe de la insurrección en el aposento que le destinaron, y lo primero que con él se hizo fue registrarle para ver si tenía documentos de algún valor. En efecto: descuidado como buen poeta, conservaba en sus bolsillos dos papeles que había escrito antes de la salida de Vitoria, y que se olvidó destruir. El uno era una carta dirigida a O'Donnell en que amargamente se quejaba del abandono en que se le tenía. «Ni un fusil, ni un real, ni una comunicación he podido conseguir a pesar de mis esfuerzos.. Si hubiera tenido armas, a esta hora contaría (p.5497) la Causa de la Reina con un ejército de 20.000 hombres.. Si se pierde esta coyuntura, la Causa de nuestra Reina se hundió para siempre..». El otro era un oficio en que se leía: «Gobierno Provisional.. Excelentísimo Sr.: Este infame pueblo nos ha vendido, y su Ayuntamiento ha oficiado a Zurbano diciéndole no harán resistencia y me entregarán.. Se hace, pues, indispensable abandonarlo, y lo verificamos esta noche..». Aquí se ve cuán galanas cuentas hacen los revolucionarios, cuya imaginación fácilmente traduce en realidad los deseos locos. ¡Fusiles, dineros! ¿Pero de dónde los había de sacar O'Donnell? Para él los hubiera querido. Él que no sabe allegar estos ingredientes antes de izar la bandera, que no se meta en tales andanzas.

Después de bien registrado, entraron a verle el General Aleson y el jefe político, que, según se cuenta, no estuvo cortés ni generoso con la víctima. Tras estos llegó el Coronel D. Santiago Ibero, encargado de cumplir el sanguinario bando de Rodil, lo que en realidad no exigía larga tramitación. Bastaba con identificar la persona para proceder al corte de cabeza, con lo cual quedaba fuera de combate la hidra revolucionaria. Luego declaró el reo con voz entera su nombre, el pueblo de su nacimiento (Medinasidonia) , su estado (soltero) , su edad (treinta y siete años menos dos meses) . Otras cosas dijo que no fueron más que una nueva página de poesía política.

Al quedarse solo con Ibero, Montes de Oca le dijo afectuoso: «No es la primera vez que nos vemos».

-En el castillo de Olite..

-Y alguna vez antes.

-Alguna vez, sí señor -replicó Ibero saciando sus miradas en el rostro del infeliz reo-. No una sola vez, si es fiel mi memoria.. Perdone usted que le mire y le remire.. Deseaba mucho verle; pero no, válgame Dios, en esta tristísima situación.

 

Ep-28-XXVI -

-Si a usted no le parece mal -dijo Montes de Oca, sin aliento casi, estirando sus miembros doloridos-, descansaré. No tiene usted idea de cómo me han traído esos perros, de Vergara a Vitoria. Creí que me quedaba en el camino, y no (p.5498) habría sido malo para mí.

-He mandado que le pongan a usted una buena cama, y podrá descansar. También se le traerá la cena. Yo siento mucho que usted no hubiera sido más cauto en su fuga. Debió usted salir de aquí en la noche del 17, en la diligencia que le prepararon sus amigos.

-Qué quiere usted.. No tengo, no he tenido nunca el instinto de la fuga. Me siento amarrado al puesto en que me coloca mi deber. No quería Piquero que yo partiese sin él, ni quería yo dejarle aquí. Juntos nos lanzamos a esta calaverada, juntos debíamos salvarnos o perecer. No me pasó nunca por la cabeza que los miñones fueran mi Judas.

-Egaña y Ciorroga ¿por qué no impidieron este oprobio que los miñones han arrojado sobre la raza alavesa? Si aquí mandara yo, crea usted que después de darles el dinero les mandaría hacer testamento y les fusilaría sin escrúpulo de conciencia.

-¡Ah!, esto no puede ser -replicó el reo, que de improviso apartó su mente de aquel asunto, más atento a la cama que entraron los asistentes y a designar el sitio donde debían ponerla.

Dio sus órdenes con serenidad, cual si se hallara en las ocasiones ordinarias de la vida, y volviendo la espalda al Coronel, ayudó a colocar los cojos bancos sobre que se ponían las desunidas tablas para sostener los colchones.

«Agradeceré mucho -dijo cuando los asistentes traían sábanas y abrigo- que me den lo necesario para asearme un poco: agua, cepillo, peines. Nada me molesta como la suciedad, y este viaje ha sido funesto bajo el punto de vista de la pulcritud.. Mire usted qué manos.. Mi pelo es un bardal..».

Dio órdenes Ibero de que se le trajesen los avíos de tocador de que se pudiese disponer, y agua abundante.

«Es triste cosa -dijo Montes de Oca quitándose el gabán y la levita, y preparándose a un breve lavatorio- que siendo yo fanático por la limpieza me vea en tal suciedad. No se asuste usted ni me riña si le digo que mi intento ha sido lavar al país.. Y ahora resulta que no se deja.. como los niños mal criados que no tienen más gusto que revolcarse en el fango de los caminos.. Y (p.5499) yo, tan aficionado al aseo general, ahora me veo en la porquería particular más repugnante, sin otro consuelo que unos cuantos buches de agua para darme un refregón en cara y manos.. Pero, en fin, pronto no me hará falta el agua para estar bien limpio».

Terminada la frase con un gran suspiro, empezó sus abluciones, que la corta medida del agua había de limitar más de lo que él quisiera. Salió D. Santiago a prevenir la cena, ordenando que fuera lo mejor posible, y al volver junto al preso, le encontró refregándose el rostro con la toalla.

«Pues sí -dijo Montes de Oca expresando lo que había pensado durante el lavatorio-, la noche de marras, ¿se acuerda usted?, cuando nos conocimos en una casa.. el nombre de la calle se me ha ido de la memoria.. Pues yo le emplacé a usted..».

-Y yo anuncié a usted y a Gallo que esto era una locura y..

-Justamente. Cada cual dijo lo que sentía. Este desastre, que tengo por accidental, no modifica mis ideas sobre lo fundamental. Hoy hemos sido vencidos; somos la primera fila de combatientes, que tropieza y cae. Pero detrás vienen otros y otros.. No lo dude usted: triunfarán la verdad y la justicia. No puede ser de otra manera. Confirmo, pues, mi pronóstico.

-Y yo el mío.. Pero no es ocasión de empeñarnos en discusiones ni en alabarnos de profetas. Los grandes cambios de la vida general vienen cuando ellos quieren, y no está en nuestra mano traerlos fuera de tiempo. ¿No piensa usted lo mismo?

-No, señor -dijo Montes de Oca, peinando con fruición su espléndida cabellera-, y dispénseme que le contradiga. Es deber del hombre impulsar los acontecimientos buenos, los que realizan la justicia y el bien, porque si nos abandonamos, si la apatía nos vence.. el mal se hará dueño del mundo.

-Cierto; pero no confundamos los acontecimientos buenos, como usted dice, con los que parecen tales por la forma engañosa que les da nuestro deseo.. o si se quiere, nuestro fanatismo.

-¡Fanatismo! Sí, a eso vamos a parar. El mío tiene por objeto de su culto las cosas (p.5500) eternas. Vea usted por qué no estoy tan afligido y agobiado como corresponde a mi situación, según el criterio vulgar.

-Muy bien, señor mío. Pero yo sé que no pensaban mucho en las cosas eternas otros que se lanzaron a esta insensatez -afirmó Ibero, que antes de concluir la frase, cayó en la cuenta de su inoportunidad.

-Quítense ustedes el éxito, y hablaremos de lo que es insensato y de lo que no lo es -dijo Montes de Oca, ya peinado, sentándose frente al Coronel, rodillas con rodillas-. Por de pronto, este pobre vencido y condenado sostiene ahora que vale más, mucho más, hacer locuras por la justicia y la verdad que hacer cosas muy sensatas y muy correctas por la usurpación y por la mentira. Yo he cumplido con mi deber; mi conciencia no hace ahora distinciones entre la demencia y la cordura: no ve más que lo justo y lo injusto. Con lo justo estuve y estoy, con todo lo que vemos de la parte de Dios. Soy religioso: la muerte no causa terror a los hombres de acendrada fe. ¿Qué tiene usted que decir?

-Nada, nada más sino que admiro su entereza, y que me causa vivo dolor ver que hombres de tal temple.. En fin, señor mío, hablemos de otra cosa, porque al paso que vamos resultará que tendrá usted que consolarme a mí y darme ánimos, cuando lo que procede.. Ea, ya está aquí la cena. ¿Tiene usted apetito?

-Regular -dijo el reo preparándose a caer sobre el primer plato-. Antes de lavarme sentía gran debilidad.. Realmente necesito alimentarme para que no se apoderen de mí las ideas tristes.. No le invito a usted a que me acompañe, porque habrá cenado a hora más conveniente. Los condenados a muerte tenemos unas horas absurdas para nuestras comidas.

Empezó con mediano apetito, y según avanzaba iba recibiendo más gusto de la cena. Mientras esta duró, oyéronse mugidos del viento: las persianas del único balcón de la pieza se movían con lastimero chirrido, y en los buhardillones sonaban porrazos, como de algún batiente abierto que era juguete de las impetuosas ráfagas del aire.

-Viento del Oeste -dijo D. Manuel con absoluta serenidad, (p.5501) sin dejar de comer-. Esta tarde, cuando bajábamos por las Peñas de Zaraya, soplaba el Sur sofocante. El cariz del cielo me dijo que antes de media noche rolaría el viento al tercer cuadrante.

-Y tras este ventarrón tendremos agua.

-Si se agarra al Sudoeste, tal vez; pero por intermitencia de las rachas, paréceme que rola al Noroeste.. Vendrá el agua.. pero más tarde.. No seré yo el que se moje.

-¡Quién sabe..!

-Que no, digo. Le apuesto a usted todo lo que quiera a que no me mojo..

Le vio Ibero soltar el tenedor y quedarse inmóvil, fija la vaga mirada en el mantel. Quiso decirle algo, y aun pronunció algunas palabras de vulgar consuelo; pero pronto enmudeció. Le constaba que no había esperanza: era por tanto crueldad llevar al ánimo del reo una vana ilusión, que al desvanecerse haría más acerbo su suplicio. No se le ocurrió más que la simplicidad de invitarle a dormir, buscando en el sueño la reparación de fuerzas. ¿Y para qué las necesitaba?.. Más inquieto por su descanso que por su vida, el reo formuló una pregunta:

-Dígame: ¿querrán que esta noche amplíe mi declaración?

-Mañana quizás. No piense usted ahora más que en descansar.

-¿De modo que por esta noche no vienen a molestarme? Magnífico.. Pues si usted me lo permite, me acostaré ahora mismo.

-Y dormirá. El cansancio es un excelente narcótico.

-Yo tengo un sueño fácil. Dormía profundamente cuando los miñones tramaban venderme.

-¿Y este furioso viento que hace ruidos tan extraños no le impedirá dormir?

-¡Quia! ¡No me despertó la traición, y cree usted que me despierta el aire! Ya conozco yo al viento: somos amigos. No es malo el viento, no; por lo menos, traidor no es. Mejor estaría yo ahora en medio de la mar que aquí. A un temporal duro del Oeste se le capea; a una mar gruesa se la domina poniéndole la proa; ¿pero contra estas infamias de los hombres qué podemos?

-¿Y por qué dejó usted la vida del mar por las ignominias de la política?

-¡Ah!, no puedo contestarle tan fácilmente.. Mucho hablaríamos usted y yo si tuviéramos tiempo; pero (p.5502) ya verá usted cómo no lo tenemos.. Llevarán las cosas muy aprisa, y más vale así.

-Sí: más vale.. Pero no se detenga usted si quiere acostarse, ni le importe que yo esté presente.

-Gracias. Pues es usted tan amable que me permite el descanso, me acostaré.

Y diciéndolo, iba dejando sobre dos sillas próximas las prendas que se quitaba. Ibero, que desde la llegada y entrega del prisionero se sentía devorado por intensísima curiosidad, anhelando aclarar un punto obscuro de sus breves conexiones con el interesante cuanto infeliz caballero, creyó que la ocasión era propicia para permitirse apelar a su confianza. «Señor de Montes de Oca -le dijo cuando el reo acababa de meterse en la cama-, quisiera que me sacase usted de una duda.. Hemos recordado esta noche la entrevista que tuvimos Gallo, usted y yo..».

-La tengo tan presente como si hubiera sido ayer.

-Y yo.. Pero no es eso. Yo estoy en que nos vimos después en otra parte.

-¿Después.. cuándo, dónde? -preguntó el condenado mirándole un rato con gran fijeza.

-Si no sabe usted cuándo y dónde, es que no recuerda, o que en efecto no me vio.. o que no le conviene decirlo..

-Desde la entrevista con Gallo, no volví a ver a usted hasta que nos encontramos en el castillo de Olite.

-Perdone usted -dijo Santiago notando disgusto en la fisonomía del preso-; cometo quizás una inconveniencia interrogándole.. Quitar a su descanso algunos minutos es verdadero crimen. Me retiraré para que usted duerma.

-Gracias. Pues mire usted, aunque parezca mentira, tengo sueño.

-¿Y dormirá?

-Creo que sí. Cuando navegaba, dormía sosegadamente en las noches de temporal duro, siempre que no estaba de guardia, se entiende. Ahora, no sé.. En fin, pásese usted por aquí dentro de un rato y lo verá.

 

Ep-28-XXVII -

Retirose Ibero en un estado de agitación vivísima, pues la persona y circunstancias del reo, su figura, su palabra, su no afectada filosofía le trastornaban profundamente. Diera él por salvarle la vida parte de la suya; mas no estaban las cosas para esperar clemencia, ni (p.5503) había posibilidad de que por caminos indirectos e ilegales se desviase de la muerte la desgraciada vida de D. Manuel Montes de Oca. Fue a visitar al General Aleson para darle cuenta de las medidas tomadas para la seguridad del prisionero, de la resignación y estoicismo de este, y acordaron el plan de servicio para el siguiente día, que habría de ser en Vitoria día de luto. Tímidamente apuntó Ibero la idea de perdón; mas ni aun le dejó tiempo el General de expresarla por entero, y le mostró la orden de Rodil, disponiendo la inmediata ejecución del preso.. ¡y hasta fijaba la hora, como suele fijarse la de una fiesta! Llena el alma de amargura volvió Santiago al Ayuntamiento y a las habitaciones habilitadas para prisión y capilla. En esta los soldados de guardia dormitaban en un banco, y dos ordenanzas, asistidos por empleados del Ayuntamiento, preparaban la mesa en que se había de poner el altar: los candeleros y el Cristo estaban aún en el suelo, junto con una Dolorosa, arrimadita a la pared. Encargó el Coronel a su gente que despachase pronto la faena, evitando cuidadosamente todo ruido, para no despertar al pobre reo. Como objetaran los tales que no podían colocar el cuadro de la Virgen sin clavar alguna escarpia, les ordenó el jefe que toda operación ruidosa se aplazase hasta la mañana.

Entró luego de puntillas en el dormitorio, alumbrado por un velón delante del cual se había puesto un grueso libro de canto, haciendo de pantalla, y vio al reo profundamente dormido. El suave ritmo de su respiración indicaba un sueño dulce, y este era la forma visible de una conciencia tranquila, de un cerebro despejado de cavilaciones. Pareciole mentira al Coronel lo que veía, y admiró al mártir dormido más que le había admirado despierto. Cautelosamente abandonó la alcoba, despidió a los que armaban el altar, pues tiempo había de ponerlo todo muy bonito a la mañana siguiente, y se quedó solo con la guardia. Poco después entró el oficial que la mandaba; acordaron entre los dos que los soldados estarían mejor en la estancia próxima, (p.5504) guardando la puerta por el exterior; y pues la alcoba del preso ofrecía completa seguridad, por no tener otra puerta que la de comunicación con la capilla, no era preciso poner gente en esta. El patio a que daba el balcón de la alcoba estaba perfectamente custodiado, y ni en sueños se podía temer una evasión. Además, el preso era un santo, un verdadero santo, que con su propia mansedumbre, con su resignación cristiana y filosófica se guardaba. Poco después de este breve diálogo, Ibero estaba solo en la capilla, alumbrada por dos cirios del altar, que encendió por sí mismo, pues no gustaba de la obscuridad. Se paseó de un ángulo a otro; pero asustado del ruido de sus pasos se sentó en un sillón de cuero, traído expresamente para que lo ocupase el cura en el momento de la confesión. (p.5505)

«Yo, que no estoy en capilla -se dijo-, no podría dormir ni un minuto en esta noche de ansiedad y amargura; y ese hombre.. Pero no he visto otro como él, ni creo que exista en el mundo. Señor, ¿de qué materia y de qué espíritu le has hecho?.. ¿Esa serenidad es convencimiento de que ha luchado y muere por una causa justa? Convencimiento es, aunque erróneo, que es como decir obcecación. Hombres así quiero para toda causa que yo defienda. Buen ejemplo nos da, bueno. No lo olvidaré, por si algún día me toca la china..». Divagó un instante el pensamiento del Coronel, siempre alrededor del mismo sujeto y asunto, y vino a parar en la idea dominante: «Voy creyendo que no es el caballero de Rafaela.. Avivo mi memoria, y la semejanza de este con el que vi en aquel instante breve no es, en efecto, de esas semejanzas que alejan toda duda. Aquel era más alto, y como guapo, qué sé yo.. Este tiene quizás más expresión, más dulzura en el rostro.. ¿En qué me fundaba yo para creer que aquel y este fuesen uno mismo? Era presunción mía.. un no sé qué.. el dato de ser hombre superior, de alta posición, según Rafaela me dijo; el dato de que allí estaban tramando esta revolución.. No es delicado, (p.5506) no; no es humano que le haga yo preguntas sobre los sitios en que conspiraba». Al pensar esto, sintiéndose ya con amagos de somnolencia, oyó violentísimas sacudidas del viento y los bramidos lastimeros que daba al pasar rascándose contra las paredes del vetusto edificio. En la techumbre sonaba también un traqueteo metálico, como si un tubo de chimenea, tronchado por el huracán y sujeto aún a su base por una tira de latón, quisiera desprenderse y volar. Entre estos desapacibles ruidos, creyó sentir también algo como un suspirar vago, como articulación de tenues sílabas.. Sin duda Montes de Oca hablaba dormido, agobiado quizás por una pesadilla. Asomose pausadamente Ibero a la puerta de la alcoba, y distinguió en la penumbra el rostro del durmiente en la propia disposición en que antes lo viera, brazos y manos en la misma postura.

Instalado de nuevo el Coronel en su sillón de cuero, que, dicho sea de paso, no carecía de comodidad, estiró las piernas sobre una silla próxima, diciéndose: «Parece que el sueño de ese hombre bendito, de ese caballero sin mancilla, me contagia.. No creí que podría yo pegar mis ojos esta noche.. Pero no, no es esto sueño: es modorra, el gotear lento de mi tristeza.. Ahora cesa el viento.. gracias a Dios. Se le oye distante, no como si él se alejara, sino como si le enterraran a uno.. A ese hombre hermoso, honrado y bueno, víctima de un fanatismo como otro cualquiera; vencido en la plenitud de la fuerza y de la vida, le enterraremos mañana, no porque él se muera, que bien sano está, sino porque le matamos. Y mis soldados, por orden mía, serán los que le hagan fuego.. Esto es horrible.. Mentira parece que se duerma uno pensando estas cosas.. Pero no es dormir: es sentir en hondo y pensar en negro.. No me duermo, no».

Y diciendo que no se dormía, quedose en ese estado intermedio y confuso que es un soñar en vela, o un insomnio con descanso. Razonaba su propio soñar de esta manera: «La prueba de que no duermo es que oigo los mugidos del viento, y veo todo lo que hay en la capilla: las (p.5507) velas de cera, la Dolorosa, que todavía está en el suelo.. Yo dispuse que se dejara para después la operación de colgarla en su sitio, y convine con Rafaela en que ella clavaría la escarpia.. Debe de ser la hora convenida, porque aquí entra Rafaela Milagro con el martillo.. Se acerca a la alcoba, observa, ve que duerme D. Manuel, y no quiere despertarle.. Aún es pronto, mujer -dijo Santiago a su amiga, que en forma corpórea, dormido o despierto, pues esto no estaba bien claro, ante sí veía-. Luego colgaremos tú y yo la santa imagen, que, entre paréntesis, se parece mucho a ti».

Desapareció Rafaela sin que Ibero pudiese advertir por dónde, y durante un lapso de tiempo de inapreciable dura, perdió el Coronel toda sensación de la realidad. Sonaron de nuevo las voces del viento en forma y tonalidad muy singulares. Por las rendijas de las cerradas maderas se colaban los filos del aire, y tanto se oprimían, que el sonido se aguzaba y era más lastimero y terrorífico. A ratos entraban palabras delgadas y larguísimas, que decían cosas.. conceptos de estructura semejante a la de una espada. Rafaela volvió a presentarse, con el cabello suelto y una calavera en la mano, y llegándose a Ibero le dio un golpe en el pecho, diciéndole: «Eres un cobarde, un vil, si permites que le maten..».

-¿Pero qué puedo hacer yo, mujer?..

-Es facilísimo. Yo le despertaré. Mientras se viste, tú mandas que se retire toda la tropa que hay en el patio. Él y yo nos descolgaremos por el balcón. Tengo dos llaves para poder salir al otro patio y a la calle.

-¿Y yo.. pero yo..?

-¡Tú!.. Harás lo que me has dicho: o pegarte un tiro, o dar la cara como encubridor de la fuga, sacrificando tu honor militar. Escoge lo que te parezca mejor.

-Necesito un día para pensarlo. Déjame ahora.

El chillar horrísono de las palabras que se introducían por las junturas taladraba los oídos del buen Coronel. Llevose ambas manos a las orejas para cortar el paso de las voces fieras, insultantes, provocativas que querían penetrar en su cerebro.. Vio a Rafaela pasar velozmente de (p.5508) una parte a otra de la estancia y meterse en el dormitorio del reo. Hizo un movimiento para detenerla..

 

Ep-28-XXVIII -

Vio D. Santiago al oficial de guardia, que ante él se inclinaba, repitiendo una pregunta que acababa de formular sin obtener contestación. Tuvo el Coronel la palabra en la boca para decirle: «Esa mujer que ha entrado aquí, ¿dónde está?». Pero no tardó en comprender la incongruencia de este concepto, y sólo dijo: «¿Qué hay?».

-Mi Coronel, ya es de día. Creo que el preso ha despertado. Los señores capellanes están a sus órdenes. ¿Les mando que entren? ¿Se acabará el arreglo de la capilla?

-Es muy temprano aún. Retírese usted, y los capellanes que aguarden hasta que se les avise.. Yo no dormía. Es que me duele horriblemente la cabeza. Este maldito viento..

Nuevamente solo, sintió toser a Montes de Oca, y allá se fue casi de un salto. El reo había despertado, conservando la misma postura del sueño, y recibió a su amigo con una sonrisa cariñosa y un cortés saludo. «¿Se ha descansado?» fue lo único que dijo Ibero, que recayendo en su incertidumbre, registró con inquieto mirar toda la estancia.

-Es de día -dijo Montes de Oca-. ¡Qué pronto viene!

-Aún puede usted descansar un poco; yo se lo permito.

-Lo agradezco. Aunque no dormiré más, me quedaré un ratito en la cama.. Créame usted: están mis pobres huesos como si me los hubieran roto. No puedo moverme. Deme usted un cigarro.

El Coronel le alargó su petaca; cogió de la misma un cigarro para sí, y encendiéndolo en la lámpara, dio lumbre al reo. Cuidose luego de apagar la luz y de abrir las maderas para que entrase la claridad del día. Iluminado por ella, el rostro del reo salía de la noche y del sueño con marcada expresión de santidad, y cuando se incorporó con la dificultad premiosa de sus huesos doloridos, Ibero le halló más demacrado que la noche anterior, y notó en su semblante mayor dulzura y serenidad. Pero debía de ser ilusión, efecto quizás de la débil luz matutina, porque no podía una sola noche determinar cambio tan brusco, habiendo (p.5509) cenado y dormido el hombre como en días normales. «Esta es la mía -se dijo Ibero sentándose junto al lecho, y viendo cómo se confundía el humo de los dos cigarros-. No encontraré mejor ocasión para salir de dudas. Haré mi pregunta con la mayor delicadeza: ¿Conoce a una tal Rafaela Milagro, viuda..? ¿Salió con ella de una casa, etcétera?..». No había encontrado aún la fórmula más discreta para empezar, cuando Montes de Oca se le anticipó planteando la conversación a su gusto.

«Las ocasiones críticas de nuestra existencia -dijo- son las más propicias para avivar en nosotros el recuerdo de cosas pasadas, a veces muy remotas, representándonos los sucesos lejanos tan vivos como si fueran de ayer; y lo más particular es que comúnmente reproducimos, en estos casos críticos, escenas, pasajes y actos que no tienen nada que ver con nuestra situación presente. Le contaré a usted un prodigio de mi memoria, si no le molesta oírme».

-De ningún modo.. ¿Ha tenido usted sueños, reproducción fingida de lo que fue real..?

-Algo soñé; pero fue después, hallándome despierto, poco antes de que usted entrara, cuando vi repetirse en mi mente un suceso de mi vida pasada.. con tal viveza, amigo mío, que llegué a creer que no vivía en este tiempo, sino en aquel, y que no pasaba lo que ahora pasa, sino aquello.. ¡Cosa más rara!.. Óigalo usted. Ello fue el año 29: yo tenía entonces veinticinco años, ¡dichosa edad!, y era alférez de navío.. No crea usted, había navegado mucho: en la fragata Temis, en la Sabina, en la María Isabel, en la corbeta Zafiro. Ya me conocían los mares.. Pues, como digo, hallábame en Cádiz, cuando encalló en aquellas playas un barco de piratas, y reducidos a prisión todos sus tripulantes, resultó la más execrable patulea de bandidos que se pudiera imaginar. Sus declaraciones espantaban: incendios de buques, asesinatos de navegantes, robos inauditos, violaciones de mujeres, cuantas atrocidades ideó el infierno.. El capitán, que era un francés de buena presencia y modos elegantes, lo refería todo con la mayor (p.5510) indiferencia, contando también las horribles crueldades que hubo de emplear para imponerse a la vil chusma que con él servía. Nombráronme a mí su defensor.. y figúrese usted mi compromiso. Era el francés muy simpático, y en la cárcel, cargado de grillos, cautivaba a todo el mundo por su lenguaje fino y discreto, y la resignación con que esperaba su sentencia. A mí también me cautivó: aires tenía de gran señor, conocimientos de historia y literatura, palabra muy amena y un don de simpatía irresistible. Naturalmente, movido de esa misma simpatía y de la compasión, quise salvarle; pero vea usted aquí lo más peregrino del caso. Verdier, que así se llamaba, no quería por ningún caso dejarse salvar. «D. Manuel -me decía-, no se empeñe usted en lo imposible. Mis delitos sólo alcanzarán perdón en el Cielo: ningún tribunal del mundo puede ni debe absolverme». Firme en su resolución, que sostenía con una tenacidad admirable, todos los esfuerzos que yo hacía para disculpar sus crímenes los destruía el francés declarando más horrores, y presentando ante el tribunal nuevos cuadros de maldad sanguinaria. Aquel hombre, créalo usted, me ponía en gran confusión. ¿Cómo negar su grandeza, no inferior a sus crímenes? «D. Manuel -repetía-, es inútil cuanto usted haga para salvarme. No quiero, no quiero. Emplee su talento en defender a otros, que también están manchados de sangre, pero no tanto como yo, y además son padres de familia, tienen hijos. Yo no tengo a nadie. No tengo más que a mi conciencia, que me manda morir».

-¡Qué hombre! Amaba el castigo.

-Se enamoró de la muerte; la muerte era su ilusión, como lo había sido antes el crimen. En fin, que me convencí de la imposibilidad de salvarle la vida, y me apliqué a conseguir para otros la conmutación de pena. Verdier subió al patíbulo, demostrando un arrepentimiento sincero, una dignidad caballeresca y una efusión cristiana que fue el pasmo de todos.. Y ahora voy al fin de mi cuento. Esta madrugada, un rato en sueños, y después tan despierto como estoy ahora, (p.5511) vi al pirata entrar por esa puerta. No tengo duda de que hablamos y de que me dijo: «D. Manuel, que se le quite de la cabeza el redimirme. Ya me redimo yo». Y todas las escenas, todos los incidentes de la causa, cuanto hice y vi en aquellos días, se me ha reproducido con claridad maravillosa.

-En verdad que es inaudito.. Yo también.. yo también he visto personas y sucesos pasados, no tan remotos como los que usted cuenta.. He visto..

-Y fíjese en otra particularidad: ninguna relación tiene el caso del pirata con este caso mío. ¿Por qué mi memoria eligió caprichosamente aquel suceso de mi vida para reproducírmelo ahora con tanta claridad..? ¡Pobre Verdier..! Materia de bandido, que fermentada en la desgracia se volvió espíritu de caballero cristiano..

Callaron ambos, pensando cada cual en cosas íntimas, y no se determinaba Ibero a formular la interrogación consabida. No es delicado mortificar a los reos de muerte con preguntas que sólo interesan al interpelante, y es caritativo dejarles la iniciativa de la conversación en la angustiosa espera de la capilla. Cortó la pausa el oficial de guardia, dando al Coronel aviso de que el General le llamaba. Inmutose Montes de Oca con la repentina entrada del oficial, y se preparó a salir del lecho, murmurando: «Será tarde.. y yo aquí con esta calma.. Fuera pereza».

Ibero salió, aplicando con más empeño su mente a la solución del acertijo, y aunque ningún dato nuevo justificaba su repentina inclinación al término afirmativo, no cesaba de decirse: «¡Es, es.. vaya si es!..». Llamábale Aleson para designar de común acuerdo la hora y el sitio.

 

Ep-28-XXIX -

Cuando volvió a la capilla, que los ordenanzas habían arreglado en lo que se persigna un cura loco, poniendo en su lugar cada sagrado objeto, y la Dolorosa y el Cristo, encontró a Montes de Oca en el momento solemnísimo de oír su sentencia de muerte. Habíase vestido y acicalado con todo el esmero posible en la pobreza de su cárcel, y en su rostro grave y triste no se advertía ni temor ni arrogancia. Contaba ya con la muerte, y aceptábala sin (p.5512) creer que la merecía, como el coronamiento más digno de su desastre revolucionario. Vivir vencido con vilipendio no era muy airoso, y la noble causa que había defendido se sublimaba con la sangre de los que intentaron ser sus héroes. A la pregunta de si ampliar quería su declaración de la noche anterior, respondió que se confirmaba en ella. Se había sublevado contra el Gobierno, induciendo a paisanos y tropa a la rebelión, porque en conciencia creía que era su deber desobedecer a Espartero. Para él toda autoridad que no fuese la de la Reina Doña María Cristina, era ilegal y usurpadora. Declarose miembro del Gobierno Provisional, que proclamaba la Regencia legítima, y como tal expidió decretos y efectuó diferentes actos gubernativos. ¿Quiénes eran sus cómplices? Todos los corazones leales. Su honor no le permitía decir más.

Dicho esto, y elegido para su confesor el cura de San Pedro, entre los dos que le presentaron, dejáronle solo con el sacerdote. Y el buen Ibero se alejó diciendo para sí: «Es.. es: ya no tengo duda. ¿Por qué lo afirmo? No lo sé.. No puedo separar en mi pensamiento la imagen de él y la imagen de ella, y me cuesta trabajo convencerme de que no fue real lo que anoche vi.. Y yo pregunto: ¿se acordará de ella? Quizás no. Fue un amor pasajero, aventura que se repetía en las buenas ocasiones. Él no la amó nunca.. ¡Qué misterios! Ella insensata; él sensato en amores, loco en política. Se asemejan más de lo que parece. Una reina le hace a él mártir, y él ha martirizado a una pobre mujer humilde, la cual me transmite a mí su martirio. Y véome aquí siendo el último mártir. Él muere, moriremos todos uno tras otro.. ¡Qué cadena de dolores y muertes!.. No doy un paso sin creer que encuentro a la pobre Rafaela pidiéndome la vida de este hombre. Anoche quizás habría sido posible, dejándole escapar por la ventana, y arrojando también por ella mi honor militar y mi nombre sin tacha. Más vale así. Muera el que debe morir ahora, el que ha faltado a la ley política y a la ley de amor. Después seguirán cayendo las otras víctimas, y yo la (p.5513) última, la que en sí acumulará el dolor y el martirio de todas».

Fue a su alojamiento, con idea de mudarse de ropa. Encerrado en la estancia, ni grande ni lujosa, más bien destartalada y obscura, sufrió un acceso de aflicción intensísima, que se tradujo en sacudidas convulsas y en gritos de dolor. Arrojose en el lecho, de cara contra las almohadas, y clavándose los dedos en el cráneo, no se calmaron sus ansias terribles hasta que no hubo echado en lágrimas parte del dolor que el alma le obstruía.. «Yo no puedo salvarle -pensaba-. Ni debo, ni quiero. Cumpla su destino. Será dichoso. Él no hace más que morir; los demás padecemos». Y al reponerse de tan fiero trastorno, entendiendo que no era ocasión de arrebatos sentimentales, se echó en cara su flaqueza de ánimo. Si sus compañeros y subordinados, en el tremendo acto que ya estaba próximo, le veían tan afligido, con señales de haber llorado, creerían que el valiente Ibero había caído en ridículas afeminaciones. Compuso su fisonomía lo mejor que pudo. La inspección de policía que hizo en su persona fue muy rápida, y partió al cumplimiento de sus deberes. Era la primera vez, en su vida militar, la primera vez que temblaba. Ya conocía el miedo, y este le perseguía haciéndole el coco en formas pueriles. Al menor ruido se estremecía; cualquier sombrajo le asustaba. Al ver los fusiles de sus soldados, la idea de que dispararan le causaba terror.

Procurando sobreponerse a esta ridícula mujeril flaqueza, volvió el Coronel a la capilla y encontró a Montes de Oca ya confesado. El General Aleson había entrado a visitarle. Agradeciéndole su cortesía y caridad, pidió el reo se le permitiese dar vivas a Isabel II, a la Reina Cristina y a los Fueros. En delicada forma, excitándole a renunciar a estas demostraciones inoportunas, negó su permiso el General. No debía pensar más que en Dios, apartando en absoluto su espíritu de toda idea política. Asimismo quiso el mártir que se le consintiera mandar el fuego, y con tal afán lo pedía, que hubo de acceder (p.5514) Aleson, recordando que había no pocos ejemplos de esta tolerancia en la rica historia del fusilamiento nacional. Pero al propio tiempo que la autoridad militar asentía, protestaba la eclesiástica: el sacerdote declaró con grave acento que el dar la víctima las voces de mando en acto de tal naturaleza, era contrario a los principios religiosos. La muerte en esta forma consumada era un suicidio, y por ningún caso la autorizaba.

Ausente el General, después de reiterar al preso sus sentimientos de piedad y cariño, se reanudó la cuestión, pues Montes de Oca insistía en mandar el fuego, y el cura, inflexible, llevando su negativa a los extremos de la intolerancia, declaró que se retiraría si el reo no se conformaba con que diese las órdenes el oficial encargado de esta triste función. El debate fue empeñadísimo: tomó Ibero partido en él por Montes de Oca, y en apoyo del sacerdote acudieron otros dos clérigos, que hicieron gala de su saber teológico. Por fin, el mismo Coronel, viendo que se prolongaba demasiado la contienda, propuso a su amigo esta forma de transacción: «En vez de dar las voces de mando, usted dirá: Granaderos, la religión me prohíbe el mandaros hacerme fuego: el caballero oficial cumplirá este deber. Y para satisfacción de usted, no mandará el oficial; mandaré yo, que es como si usted mismo mandara con su voluntad, no con su palabra». Pareciole al condenado muy aceptable esta proposición, y los clérigos, aunque entre sí rezongaban, no dijeron nada en contra.

 

Ep-28-XXX -

La hora se acercaba. Trajeron un breve almuerzo que D. Manuel había pedido, y de él comió muy poco, sin apetito, bebiendo algo de vino y bastante café. Sentado frente a él, Ibero le contemplaba silencioso, sin atreverse a pronunciar palabra: tal era el respeto que aquel inmenso infortunio, soportado con tanta grandeza de alma, le infundía. En el rostro del reo se hacía visible, desde el amanecer, una lenta transfiguración. Parecía de purísima cera, la frente más blanca que todo lo demás, de una blancura ideal. A ratos, mientras comía, (p.5515) fijaba D. Manuel sus ojos azules en los negros de Ibero. Era el cielo mirando a la tierra.

La expresión inefable, dulce y amorosa de aquellos ojos removía toda el alma del Coronel, y tan pronto le devolvía su valor perdido como se lo quitaba por entero. En una de aquellas miradas, Ibero pensó que el reo quería decirle algo. Sí, sí: llegaba el momento de expresar la última idea de este mundo y pronunciar la palabra última de los idiomas terrestres. Habló nuevamente Montes de Oca con el sacerdote, apartados junto al altar, y luego acercose a Santiago y le dijo: «Amigo mío, le veo a usted demasiado afligido y como temeroso..».

-He tenido miedo -replicó el alavés abrazándole con efusión-; podía mi compasión más que mi entereza. Pero la presencia de usted me restablece en mi carácter, en mi valentía natural. Para no perderla en lo que pueda, me hago cargo de que los dos vamos a morir juntos, sin duda porque merecemos el mismo fin. Con esta idea, la grandeza de usted se me comunica. Ya no tiemblo. Yo, ejecutor, soy tan bravo como el reo.

-¿Es hora ya?

-Sí.. Un momento más. ¿No tiene usted algo que encargarme?.. ¿No tiene algo que decirme? Aunque ha dejado escritas sus disposiciones, puede haber persona o suceso que se hayan extraviado en su memoria.. persona o suceso que no merezcan olvido..

Montes de Oca, sin perder un momento su serenidad ni el tono claro de su voz, le abrazó dos veces, diciendo sucesivamente: «Este abrazo por usted, señal de un afecto que es mi mayor consuelo, después de la idea de Dios, en la hora de mi muerte.. Este otro.. ya ve usted que también es apretado.. este otro para que usted lo transmita a las personas que me han querido».

-¿A las.. a quién?

-A toda persona de quien usted sepa que me ha querido mucho.. Vámonos. El tambor nos llama.

Salió sin sombrero. En el patio que daba a la calle de San Francisco esperaba una carretela. A ella subió el reo, con el capellán a un lado y el Coronel enfrente. Muy bien cumplida por el cochero la orden de acelerar el paso, pronto llegaron (p.5516) a la Florida. Poca gente había en las calles y a la entrada del paseo. El honrado pueblo de Vitoria hizo al mártir los honores de un respetuoso duelo, alejándose del teatro de su martirio. Las personas que acudieron a verle pasar le compadecieron silenciosas. Algunas le miraron llorando. Durante el trayecto fúnebre, Montes de Oca habló algo con el capellán, menos con el Coronel; el sol hería de frente su rostro, y con su mano bien firme, no afectada ni de ligero temblor defendía sus ojos de la viva luz.

La parte de ciudad que recorrió dejaba en su alma impresión de soledad, de silencio, de olvido. Creyó que muriendo él, moría también Vitoria, la que había sido capital del efímero reino de Cristina. En Cristina pensaba el mártir cuando bajó del coche en el lugar donde formaba el cuadro, y al ver a los soldados del regimiento que llevaba el nombre de la augusta Princesa, de la diosa, del ídolo, de la Dulcinea más soñada que real, sintió por primera vez el frío de la muerte, y una congoja que hubo de sofocar con titánico esfuerzo para que no se le conociera en el rostro..

Pusiéronle en el sitio donde debía morir; le abrazaron nuevamente con efusión el capellán y el Coronel. Las cláusulas del Credo gemían en los labios temblorosos. Santiago no pudo cumplir su promesa de mandar el fuego: su valor, rehecho con ayuda de Dios, a tanto no llegaba. Dos palabras dijo al oficial, mientras el bravo Montes de Oca, con acento firme y sonora voz, dirigía la breve alocución a los granaderos y daba los vivas a Isabel y a Cristina. El Credo seguía lento, premioso.. la bendita oración era como un ser vivo que no quería dejarse rezar. Sonó la descarga, y herido en el vientre, el reo permaneció en pie, las manos en los bolsillos del gabán, presentando el pecho a los fusiles. Dio un paso hacia la izquierda; la segunda descarga le hirió en el pecho; se tambaleó, cayendo por fin. Pero continuaba vivo. Ibero se acercó: los azules ojos del mártir le miraron, y sus dos manos señalaron las sienes. Ojos y manos le decían: «Tirarme aquí, y acabemos». Un soldado (p.5517) le remató.

Sólo falta decir, por ahora, que D. Santiago Ibero no se apartó del muerto hasta que le puso con sus propias manos en la fosa, abrigándole con la tierra y señalándole con una cruz. Quédese para otra ocasión lo restante del cuento de este noble militar, el luto que guardó a su amigo, las resoluciones que tomó, instigado por la dulce y trágica memoria del mártir, los falsos caminos por donde le llevaron sus desdichados pensamientos, y los desmayos y caídas que en ellos sufrió hasta encontrar por aviso de Dios la vía verdadera.

 

FIN DE MONTES DE OCA

 

 

&

(EPISODIO 29)

LOS AYACUCHOS

 

Ep-29-I -

In diebus illis (Octubre de 1841) había en Madrid dos niñas muy monas, tiernas, vivarachas, amables y amadas, huérfanas de padre, de madre poco menos, porque ésta andaba como proscripta en tierras de extranjis, con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la puerta de España. Vivía la parejita graciosa en una casa tan grande, que era como un mediano pueblo: no se podía ir de un extremo a otro de ella sin cansarse; y dar la vuelta grande, recorriendo salas por los cuatro costados del edificio, era una viajata en toda regia. Subiendo de los profundos sótanos a los altos desvanes, se podían admirar regiones y costumbres diferentes en capas sobrepuestas, distintos estados de sociedad que encajaban unos sobre otros como las bandejas de un baúl mundo. En la bandeja central, prisioneras en estuches, vivían las dos perlas, apenas visibles en la inmensidad de su albergue.

La magnitud de éste daba a las niñas idea vaga de la grandeza de su familia, que era, como puede suponerse, de las más linajudas, y así lo pensaban, pues si en el albor de sus inteligencias creían que todas las casas del pueblo eran como la suya, no tardaron en comprender que la de ellas era, con gran diferencia, mucho mayor que todas, y más bonita por dentro y por fuera. A falta de padres, rodeábalas muchedumbre de personajes (p.5518) vistosos, de damas bien emperifolladas, de hombres muy graves con toda la ropa bordada de oro, y no se podían contar las tropas lindísimas que fuera y dentro de la mole palatina se congregaban día y noche para custodiar a las nenas, por donde venían éstas en conocimiento del valor y mérito de sus personitas, y adquirían el sentido de la realeza. Los primeros destellos de la razón llevaron a sus entendimientos la idea de que en derredor suyo existía mucha, mucha gente que las amaba. Y por ellas se trabó años atrás una espantosa guerra: ¡como que había también regular porción de gente que no las quería nada! Su natural viveza y la intensidad de vida histórica que las rodeaba fueron parte a que se despabilaran pronto; todo lo entendían, y apoderada de sus cerebros la idea de Nación, participaron de las tristezas y alegrías de ésta. Con las primeras oraciones aprendieron los himnos que en loor de ellas cantaban los pueblos. «Me parece -dijo la hermanita menor a la mayor, después de oír cantata o recitación de poesías-, que eso de soles de inocencia lo dicen por nosotras». Y la mayor: «Claro que con nosotras va todo eso. Lo de augustos ángeles lo dicen por las dos, y lo de iris de paz por mí sola.. porque a ti no te llaman iris (1) ..».

La historia de España durmió con ellas en las doradas cunas, y tomaba, para penetrar mejor en el entendimiento y adherirse a la voluntad de las regias niñas, la forma y ademanes tiesos de las lindas muñecas con que jugaban. Aprendieron a leer más pronto que otras criaturas de su misma edad, y deletrearon los emblemas liberales, interpretándolos como el mimo que todo un pueblo les daba, o como el cariñoso arrullo para que se durmiesen. Tuvieron por coco al faccioso, uno a quien llamaban Pretendiente, y como a libertadores paladines de cuentos de hadas vieron a Córdova y Espartero, a León y O'Donnell, caballeros fantásticos que corrían por los aires montados en hipogrifos, y volvían trayendo sartas de cabezas facciosas. Nunca llegaron a creer que su causa se perdía, pues en las horas de desaliento (p.5519) oían coros populares en que se ensalzaba la virtud del nombre de Isabel, mágico emblema que levantaba las piedras contra la Pretensión, y abría los abismos en que se hundía el monstruo rebelde. Se criaban y crecían en medio de una atmósfera poética, compuesta de marciales cánticos, y en su infantil imaginación veían adornados de rosas y claveles los fusiles de la tropa. Lloraban de gozo cuando veían a las multitudes acercarse a la casa grande cantando al paso de la marcha, y si la muchedumbre era de chiquillos, cosa frecuente, no era menor su alegría. La Milicia Nacional no les agradaba menos que la tropa, pues si ésta sobresalía por su marcialidad, aquélla daba los vivas con un ardor que hacía mucha gracia. De los enredos políticos, subidas y bajadas de ministros, no se enteraban, porque de estas cosas no les decían una palabra los palaciegos. Conocían a Mendizábal por sus largas levitas, al Duque de Frías por su peluca, a Toreno por su elegancia, a Montes de Oca por sus bonitos ojos, a Calatrava por sus blancas patillas, y no podían hacer mayores distinciones. Los motines y disturbios ruidosos, desde el de La Granja en 1836 hasta el de Barcelona en 1840, sólo fueron para las niñas rumores ininteligibles, en que no fijaban su voluble atención. La historia viva no hizo impresión en ellas hasta los sucesos de Valencia, que hubieron de tomar en su mente color muy vivo por causa de la partida de la Reina mamá. Era la primera vez que la lección histórica les dolía, y con el dolor se les quedó presente. No entendían por qué se embarcaba su madre, dejándolas aquí, y al ver llorar a toda la gente de Palacio, eran un mar de lágrimas. La Princesa no tenía consuelo. Isabelita, que ya cumplía diez años y era muy precoz, comprendió mejor que su hermana la grave mudanza, y charlando las dos sobre ello, le decía: «No seas tonta; no es para que llores tanto. Yo también lloro, ya lo ves. Pero me hago cargo de que cuando mamá nos deja es porque así debe ser. Ya volverá. Espartero también nos quiere mucho; ya lo sabemos. (p.5520) Mamá nos deja encargadas a Espartero y a la Milicia Nacional, que es muy buena, pero muy buena».

Viéronse victoreadas con mayor estrépito que nunca en su viaje de Valencia a Madrid, y en la capital los milicianos hicieron locuras, igualando en sus demostraciones de entusiasmo a Espartero y a las niñas. Entraron de nuevo en la casona grande, y no pasó mucho tiempo sin que se manifestara un cambio de costumbres y renovaciones del personal. Muchas damas salieron, entraron otras, y hasta en la baja servidumbre vieron las pequeñuelas sustitución de unas caras por otras. De aquí sobrevino cierta relajación en los estudios, lo que a ellas no les causó gran enfado, porque estudiando poco tenían más tiempo para jugar. Pudieron enterarse entonces de lo que eran periódicos, que habían visto más de una vez en manos de damas y gentileshombres, sin lograr que se les permitiese leerlos. Algunos llegaron al fin a poder de las niñas, y los leían, sin encontrar en lo más sustancial de ellos nada que las divirtiera, pues aquel continuo tratar de si venían o no venían las Cortes, maldito lo que les interesaba. ¿Qué eran las Cortes y por qué se hablaba tanto de ellas? Isabelita empezó a comprender que no eran cosa de juego, y que había dado y aún darían mucha guerra. En la historia de España que su maestro les iba enseñando a sorbitos, no se decía claramente lo que las Cortes significaban: de las antiguas se hacía mención; pero a la vista saltaba que aquellas Cortes eran de otro costal. La institución moderna que con aquel nombre designaban los periódicos, escribiendo acerca de ello interminables parrafadas, continuaba nebulosa para las regias alumnas, porque el librito de Historia no decía nada de elecciones, ni de diputados que pedían la palabra, ni de la razón y objeto de aquel diluvio de retórica; no traía más que hazañas de caballeros, los hechos gloriosos de los reyes, guerras sin fin por pedazos gordos y a veces por piltrafas de reinos, y los casamientos de estos príncipes con aquellas princesas, de donde venían (p.5521) paces, cuando no guerras más encarnizadas.

Llegaron por fin días en que Isabelita, bastante inteligente para saber medir los vacíos de su instrucción, y ansiando acortar el inmenso campo de lo que ignoraba, dirigía preguntas mil a las personas de su elevada servidumbre: «Y estas Cortes, ¿qué harán ahora? ¿Van a poner otra Regencia? ¿Qué es eso de la una y la trina? Y de Espartero, ¿qué? ¿Gobernará trinando, como gobernaba mamá, hasta que yo sea grande y pueda gobernar sola?

Rodaron los días hasta que en uno de ellos vieron las niñas que era aclamado el duque de la Victoria, y que andaban por Madrid milicianos y pueblos con músicas, cantando los himnos de costumbre. Menos mal si siempre se destacaba entre la gritería el mágico nombre de Isabel. Luego se presentó Espartero en Palacio, de gran uniforme; rodeábanle sin fin de personajes de la milicia y de lo civil, relucientes de bordados y cruces, y entre ellos, muchos de casaca negra, que debían de ser los de las Cortes. Vestidas las nenas de ceremonia, Espartero les besó la mano, y sonaron vivas. ¡Cómo las querían todos! Había venido Isabel al mundo con buena estrella: benéficas hadas rodearon su cuna y después su dorada camita de niña mayor. ¡Feliz ella, destinada a ser Reina de tal pueblo, y feliz el pueblo que se encontraba con aquel iris de paz después de tantas cerrazones y tempestades!

Pasado algún tiempo, que las regias señoritas no podían precisar, se personó en Palacio un señor viejo, alto, amarillo, con unas patillucas cortas, el mirar tierno y bondadoso, el vestir sencillísimo y casi desaliñado, sin ninguna cruz ni cintajo ni galón. Era D. Agustín Argüelles, elegido por las Cortes tutor de las hijitas de Fernando VII. ¡Y que no había visto poco mundo aquel buen señor! Condenado a muerte por el padre, al cabo de los años mil las Cortes le nombraban padre legal de las huérfanas. ¡Qué vueltas daba el mundo! En pocos años celebró cuartas nupcias el déspota; le nacían dos hijas; reñía con su hermano; reventaba después, aligerando (p.5522) de su opresor peso el territorio nacional; renacían las Cortes odiadas por el Rey; surgía una espantosa guerra por los derechos de las dos ramas; vencía el fuero de las hembras; muerto el oscurantismo, lucía el iris con los claros nombres de Libertad e Isabel, y el que mejor había personificado la resistencia del pueblo a las maldades y perfidias del monstruo, entraba en Palacio investido de la más alta autoridad sobre las criaturas que representaban el principio monárquico. Sorprendió a éstas la extremada sencillez de su tutor, que más que personaje de campanillas parecía un maestro de escuela; pero éste no tardó en cautivarlas con su habla persuasiva, dulce, algo parecida al sonsonete de los buenos predicadores. Decía cosas muy bonitas, enalteciendo la virtud, el respeto a la ley, el amor de la patria y la unión feliz del Trono y la Libertad. Su palabra, educada en la tribuna y más diestra en la argumentación de sentimiento que en la dialéctica, iba tomando, con el decaer de los años, un tonillo plañidero; su voz temblaba, y a poquito que extremase la intención oratoria se le humedecían los ojos. Naturalmente, las Reales criaturas, cuya sensibilidad se excitaba grandemente con el ejemplo de aquel santo varón, concluían por echarse a llorar siempre que Don Agustín a la virtud las exhortaba con su tono patético y la bien medida cadencia de su fraseo parlamentario, hábilmente construido para producir la emoción. Y no podían dudar que le querían: él se hacía querer por su bondad simplísima y por el aire un tanto sacerdotal que le daban sus años, sus austeras costumbres, su dulzura y modestia, signos evidentes de su falta de ambición. Caracteres hay refractarios al disimulo, y que en sus fisonomías llevan el verídico retrato del alma; a esta clase de personas pertenecía D. Agustín Argüelles, del cual sus enemigos pudieron decir cuanto se les antojó, pero a una le señalaron todos como ejemplo de un desinterés ascético, que ni antes ni después tuvo imitadores, y que fue su culminante virtud en la época de la tutoría y en el breve tiempo transcurrido entre (p.5523) ésta y su muerte. Baste decir, para pintarle de un rasgo solo, que habiéndole señalado las Cortes sueldo decoroso para el cargo de tutor de la Reina y princesa de Asturias, él lo redujo a la cantidad precisa para vivir como había vivido siempre, con limitadas necesidades y ausencia de todo lujo. Se asustó cuando le dijeron que el estipendio anual que disfrutaría no podía ser inferior al del intendente de Palacio, y todo turbado se señaló la mitad, y aún le parecía mucho. Cobraría, pues, la babilónica cifra de noventa mil reales.

Pero si no le seducían las riquezas, su ánimo no podía librarse de la vanagloria tribunicia, ni su orgullo podía satisfacerse con otros lauros que los ganados en las Cortes. No en balde había visto nacer el Sistema, figurando en nuestras asambleas deliberantes desde la gloriosa aurora del 12, pasando por los torneos admirables del Trienio, renaciendo en el Estatuto después de la emigración, y en las tumultuosas Cortes de la Regencia. Había llegado a ser el patriarca parlamentario, y no sabía vivir fuera del templo y sacristía de aquella religión. En las postrimerías de su laboriosa existencia, su apego a la vida del Parlamento era tal, que se consideraba hombre perdido si le obligaban a cambiar por la tutoría la grata rutina de oír y pronunciar discursos. Aceptó el honroso cargo con la condición precisa de seguir presidiendo las Cortes. No quería sueldos, honores ni cruces: no quería más que hablar. Por su elocuencia, que en los albores del Régimen arrebataba, le llamaron Divino. La posteridad ha dejado prescribir aquel mote, fundado en vanas retóricas, y le ha puesto marca mejor: la de su honradez, que ciertamente en tales tiempos y lugares no parecía humana.

 

Ep-29-II -

Estaba de Dios que las pobres niñas vieran cada día nuevas caras en su mansión regia, pues a poco de ser declaradas pupilas del orador asturiano, hicieron conocimiento con Doña Juana de Vega, Condesa de Mina, señora gallega, notoria por sus virtudes y grande ilustración. Designada para el cargo de aya de la Reina y Princesa, resistió con protestas (p.5524) vehementes la aceptación, temerosa de ahogarse en la atmósfera palatina. Pero al fin, los primates del partido lograron convencerla, y con su entrada en Palacio se alborotó el gallinero, como suele decirse; que en lo grande como en lo chico, las mismas causas traen iguales efectos. Marquesas y condesas de la antigua servidumbre se conjuraron para presentar sus dimisiones in solidum, con lo que creían poner al Gobierno en un grave conflicto. Bien se vio en ello una intriga de los retrógrados, que se tenían por irremplazables en el mangoneo de Palacio, y por depositarios exclusivos de la influencia en la voluntad, no formada todavía, de la Reina niña. No les salió el juego tan terrorífico como esperaban: aceptadas fueron las dimisiones, y todo se redujo a buscar por Madrid damas que sustituyesen a las antiguas. Saludable política era ésta, y el despejo de la atmósfera debía facilitar la educación nacional de las niñas; pero a éstas no les hizo gracia el cambio de personal, porque tenían muy arraigadas sus afecciones, y el paso de las viejas a las nuevas les costaba no pocas lágrimas. Con palabra grotesca decía un grave personaje coetáneo, buena cabeza, lengua detestable, que ya se irían jaciendo. En efecto, se jacían a las nuevas amistades y cariños con la fácil adaptación de la infancia; y para que no extrañaran demasiado el cambio de escena, Argüelles repuso a no pocas personas de la servidumbre moderada, alejando de Palacio a las que se conceptuaban más peligrosas.

Casi al mismo tiempo que la Condesa de Mina entró en funciones la nueva camarera mayor, Marquesa de Bélgida, y poco después, D. Manuel José Quintana, nombrado ayo y director de estudios. La primera impresión de las niñas no fue la mejor, porque le encontraron muy feo; pero no tardaron en congraciarse con él y en hacerse sus amiguitas. El gran poeta se pasaba insensiblemente las horas departiendo con las regias chiquillas, atento al examen de sus caracteres y a las cualidades o defectos que en ellas apuntaban. En ambas halló bien manifiesta la (p.5525) sensibilidad: en Isabel particularmente, la nobleza del corazón y los arranques gallardos y generosos; en Luisa Fernanda, mayor reserva en la manifestación de los mismos sentimientos, como si les impusiera el freno de la razón; en Isabel, suma espontaneidad, franqueza grande, que llegaba hasta la fácil confesión de sus yerros cuando los cometía; en Luisita, mayor capacidad para asimilarse el convencionalismo social. Pensó que en la crianza de Isabel, nuestra Reina constitucional, era forzoso desarrollar mayor reflexión a expensas de la espontaneidad generosa; infundirle el sentimiento claro de las funciones neutrales y del criterio sintético del Rey en el flamante Sistema; hacerle sentir vivamente la justicia, la equidad y la tolerancia de todas las opiniones, sin abrazarse con ninguna. Esto pensaba, y esto emprendería con paciencia y entusiasmo, si le dejaban. Necesitaba para ello tiempo y facultades amplísimas. Si contribuyó a la implantación del Régimen en la esfera representativa y popular, tendría la gloria de completar la maravillosa maquinaria, dotándola de su rueda más importante: el Rey. Materiales excelentes le deparaba Dios para su obra.

¿Era esto una ilusión de poeta? El que amaestrado había su espíritu, con supremo arte, en la fabricación de robustos versos pindáricos u horacianos, bien podía equivocarse soñando con el artificio de una organización política del más puro abolengo inglés. Mientras Quintana, en su ruda labor poética, forjaba el yunque y retorcía las voces y cláusulas del Romancero para componer odas, que eran el asombro de los académicos y que el pueblo no entendía ni gozaba, en otras manifestaciones literarias de la época, no menos lucidas, podía observarse que la lengua se rebelaba contra la esclavitud, rompía las cadenas pindáricas, y se volvía con gozosos brincos al Romancero, así como se escapaba del potro inquisitorial de la tragedia clásica para refugiarse en las amenas regiones del drama español y caballeresco. Pues si esto pasaba en literatura, bien podía la política (p.5526) reservarnos sorpresa igual en los desenvolvimientos futuros del Sistema; esto es, que la materia, o más bien los materiales, se rebelaban, se escabullían, no querían servir. Si era forzoso vivir a la moderna, ¿por qué los caballeros de 1812 y de 1820, en vez de estudiar la reforma en la emigración, no la estudiaban en el terruño patrio?

No le pasaban por las mientes estos recelos al bueno de D. Manuel José Quintana, empapado, como padre de la criatura, en las ideas llamadas doceañistas, y entreveía un porvenir político venturoso. La Providencia nos había dado una cría de Rey en la cual resplandecían todas las cualidades de la raza española, y no era floja ventaja que la cría estuviera en poder de la Nación desde su edad temprana, coyuntura feliz para que la misma Nación a su gusto la moldeara, sin maléficos influjos de otros principillos ni de palaciegos del ominoso régimen.

Si algo había en la Reinita que le desagradaba, era ciertamente de un orden secundario: resabios, desenvolturas infantiles fáciles de corregir. En cambio, encantábale su escaso apego a las grandezas de pura vanidad, su gusto de la vida popular, la simpatía con que miraba a los humildes, a los pobres, a los que vivían de un honrado trabajo. Al propio tiempo, su amor al pueblo despertaba en ella el gusto de toda manifestación artística del genio español en las bajas esferas de la canción y del baile; y aunque estos pueriles entusiasmos debían corregirse o templarse, eran hermosos como síntoma y merecían un cultivo inteligente. Luego vendría la dignidad real a moderar el excesivo gusto de las cosas plebeyas, y la completa educación artística le enseñaría ideales más elevados que las malagueñas, el vito y la cachucha.. En fin, que estábamos de enhorabuena: poseíamos una tierna plantita de soberana, y la Nación no tenía que hacer más que poner a su lado buenos jardineros para criarla lozana y dirigirla derecha.

No era tiempo aún de enseñar a la Reina la teoría y práctica del mecanismo constitucional. Su inteligencia no estaba preparada para (p.5527) conocimientos tan sutiles; antes había que perfeccionarla en los estudios elementales, y aleccionarla en la historia general, pues la española no bastaba ciertamente para el caso, como escuela de la arbitrariedad y del absolutismo. En tanto que esta grave enseñanza se disponía, era forzoso atender a la instrucción primaria, que D. Manuel José encontró en las niñas muy débil, por el abandono y mala dirección de los años pasados. Lo primero que hizo fue organizar, de acuerdo con la condesa de Mina, un plan de lecciones y un método de trabajos que permitieran ganar el tiempo perdido por las regias educandas. Verdad que éstas no eran un modelo de subordinación; a lo mejor se pronunciaban no sólo contra el nuevo plan de estudios, sino contra los maestros fastidiosos y prolijos que les puso Quintana, y no había en Palacio quien osara someterlas a rigurosa disciplina. La etiqueta y la enseñanza no andaban muy acordes, y tanto la autoridad del tutor como la del ayo se detenían balbucientes en los límites del respeto que las nietas de cien reyes les imponía. La condesa de Mina era la mejor domadora; pero en casos de rebelión declarada no tenía más remedio que doblegarse y dejar a las chiquillas que hicieran lo que les daba la gana. Valíase Quintana de los arbitrios más ingeniosos para hacer estudiar a unas criaturas contra cuya desaplicación no cabían castigos ni severidades; las entretenía con amenos discursos, con ejemplos, apólogos y parábolas que sacaba de su cabeza, y hacía que se enfadaba, y se ponía muy afligido, como si le ocurriese una desgracia. Algo conseguía con esto, porque las chicuelas eran de buena índole; pero no se las podía llevar más allá de su propio gusto, y cuando estallaba el pronunciamiento con todos los caracteres de brutalidad y de insolencia de esta enfermedad nacional, ¿quién era el guapo que intentaba restablecer el orden?

Y mientras el cantor de la imprenta pasaba estas fatigas, el divino Argüelles padecía crueles tormentos por la endiablada cuestión del personal (p.5528) palatino, que resultaba la más grave que a un estadista pudiera ofrecerse. Loco le traían los empleados salientes y los entrantes, y en un solo día recibió el buen señor cartas, peticiones, memoriales y anónimos con que se podría cargar un carro. Los servidores despedidos ponían el grito en el cielo, declarándose víctimas de una clasificación injusta, pues no eran moderados ni cosa tal. Aseguraban que los de la cáscara amarga, los más afectos a Cristina y al oscurantismo, habían conseguido, con hipócritas manejos, quedarse dentro, y a los buenos y leales se les había quitado el garbanzo. A este rebullicio se unían los clamores de la gente nueva, que solicitaba puestos en Palacio, alegando lo conveniente que sería para las instituciones una servidumbre exclusivamente reclutada entre las filas del Progreso. Decía D. Agustín que manejar todos los Ministerios y conducir bajo una sola rienda todo el personal administrativo de España era tarea más fácil que gobernar la casa del Rey.

Siempre que visitaba a las nenas exhortábalas al estudio, pidiéndoles, casi con lágrimas en los ojos, que fuesen aplicaditas. España esperaba de ellas días gloriosos, y para corresponder a la idolatría de la Nación era preciso que se esmeraran en la escritura y tuvieran mucho cuidado con la ortografía.. ¿Qué cosa más fea que una Reina ignorante de dónde se ponen las haches y dónde no? Pues la Aritmética también les era necesaria, pues aunque las testas coronadas no tienen que andar en enredos de cuentas, deben saber cómo las hacen los intendentes, para no dejarse engañar. De la Gramática, ¿qué había de decirles, sino que en ella verían la imagen hablada de la Nación? Sin una buena sintaxis no puede un soberano ordenar los discursos que tiene que echar a los embajadores de otros monarcas, ni poner bien una carta sobre negocios de Estado. ¿Qué dirán los reyes y emperadores de Europa si reciben carta de la Reina de España con una mala construcción y un giro defectuoso? En cuanto a la Historia, estudiándola entablaban las niñas mental (p.5529) conocimiento con personas de su propia familia: sus abuelos y tatarabuelos. ¿Qué trabajo les costaba aprenderse de memoria todo el catálogo de reyes, y los nombres de las principales batallas, de los hechos culminantes y gloriosos descubrimientos? Nada más bonito, nada más ameno podían encontrar en letras de molde. Para los chicuelos de Juan Particular se escribían los cuentos comunes, inocente literatura de la infancia. Para las niñas de la Nación se había escrito el más bonito de los cuentos: la historia de España.

Lo mismo Quintana que D. Agustín concluían sus cariñosos sermones diciéndole a Isabel que su nombre glorioso la obligaba a emular las virtudes y el talento de la otra Isabel, a quien apellidaron Católica. Todos, hasta los criados, le decían lo mismo. Con ello estaba conforme la hija de Fernando y Cristina, y por su parte procuraría dejar bien puesto el nombre. Preguntaba qué tendría que hacer para dar a su reinado los esplendores del de Isabel I, y nadie le daba respuesta clara.. ¡Toma! Pues si los grandes no lo sabían, ella, tan chiquita, ¿cómo había de saberlo?.. El cuento era que tenía que hacer algo, algo que llevase la fama de su reinado a los siglos venideros, para que todas las gentes dijesen: «¡Isabel II, ah!..». Pero si no se le presentaban ocasiones de descubrir otras Américas y de conquistar otras Granadas, ¿qué haría? Pues dar muchas limosnas para que no hubiera pobres en el Reino.. Dinero no había de faltarle, corazón le sobraba.. Pues ¡viva Isabel II!

 

Ep-29-III -

Día tras día, llegaron los de Octubre del 41. Respondiendo a voces internas (que en un corazón de once años no faltan cositas que vocear) , Isabel se decía: «Tengo que fijarme en todo lo que sucede, para ir viendo, para ir conociendo.. Porque a lo mejor, aquí andan a tiros y se revoluciona toda la gente sin que una se entere de nada. ¿Qué es lo que quieren? ¿Por qué andan a la greña unos y otros? Es preciso que yo lo sepa y que tenga mucho cuidado con lo que ocurre. No se me pasará nada, y estaré con mucho ojo para que no puedan engañarme. (p.5530) A los malos habrá que castigarlos, y premiar a los buenos». Esto lo pensaba en la tarde del 7 de Octubre, paseando con su hermanita por lo reservado del Retiro. De regreso a Palacio les dieron de cenar, y luego emplearon un rato en la lección de música, bajo la dirección de la profesora doña Rosario Weiss, que aún no desempeñaba la plaza en propiedad. El maldito solfeo era un aburrimiento para las niñas, y la maestra tenía que desplegar toda su bondad y dulzura para contener la insubordinación que a menudo se manifestaba con síntomas alarmantes. Al fin transigían, compensando la aridez del solfeo con las canciones fáciles, aprendidas de memoria, al piano, música de Iradier, de Basili, de Cuyás o de la misma Weiss, quien empleaba esta enseñanza como prolegómenos del pomposo canto italiano.

Bueno, Señor. Acabáronse las lecciones, y las niñas se acostaron y como ángeles se durmieron, sin advertir que bajo sus almohaditas sonaban mugidos de volcán. Quizás el historiador esté en lo cierto indicando el hecho de que la viva imaginación de Isabel no permitió a ésta un sueño sosegado. Por la tarde había pensado en la necesidad de observar los acontecimientos, en averiguar el porqué de las revoluciones, calentándose los cascos más de la cuenta con este discurrir cosas impropias de su edad. Fue, pues, muy lógico que turbaran su sueño sin interrumpirlo sonidos lejanos o próximos de tiros y zambombazos; como también pudo suceder que en sueños oyese rumor de batalla real, no soñada, no lejos de su dormitorio. Lo que no tiene duda es que al despertar de nada se acordaba. Sorprendidas y aterradas quedáronse las dos niñas cuando la condesa de Mina entró en el dormitorio y les dijo que aquella noche había ocurrido en Palacio un suceso muy grave: nada menos que una batalla en la escalera, entre unos locos que querían entrar y subir, y los alabarderos que supieron cumplir y cortarles el paso. No podía Doña Juana de Vega empequeñecer y desvirtuar la página histórica reduciéndola a las proporciones de un (p.5531) cuento de niños, y a las curiosas preguntas de la Reina y la Princesa contestó que los tales locos eran generales.. ¿Quiénes? Precisamente los más nombrados, los héroes de la última guerra, los Conchas, León, Pezuela.. y tras ellos, coroneles, oficiales, alguna tropa.. Pero no creyeran las niñas que el intento de éstos era matarlas o hacerles daño material, no: el ciego designio que les había impulsado a tan grande atropello no era otro que coger a la Reina y a su hermanita y llevárselas con muchísimo respeto a donde pudieran proclamar caducada la ley que felizmente nos regía, y establecer nueva Regencia. ¡Locos, locos rematados! Pero en el pecado llevaban la penitencia, porque el plan se les deshizo desde que quisieron ponerlo en ejecución, y antes de amanecer ya habían huido todos, escondiéndose cada cual donde pudo. No acababan las niñas de creer que era historia y no cuento lo que oían. La historia nace casi siempre así, adoptando formas de locura o de pueril conseja. Una de las dos hizo observaciones acerca del suceso, mostrando incredulidad, y la otra (no se sabe cuál) quitaba importancia al asunto: «Vaya, que no se enojará poco mamá cuando lo sepa. Se pondrá furiosa».

Isabel, que aprendiendo iba ya la asimilación de las ideas y las sentía pasar con murmullo grave en torno de su cabecita coronada, expresó con toda formalidad esta opinión: «¿No será todo eso intriga de la Inglaterra?»

Sonrió la Condesa ante la ingenuidad y candor de sus discípulas, y añadió que no era la Inglaterra la que andaba en aquel fregado. «Más bien la Francia..». Dio luego explicaciones de lo sucedido. Mientras la tropa y los alabarderos andaban a tiros en la escalera, toda la baja y alta servidumbre se puso en pie, previniéndose para cualquier eventualidad, y los monteros de Espinosa permanecían en la antecámara, decididos a perecer antes que consentir el paso de los sublevados hacia las regias habitaciones. Hubo un momento de desconfianza, de ansiedad, de pánico, pero fue de corta duración; y cuando vieron que la Milicia (p.5532) Nacional rodeaba el Palacio y que no venían nuevas tropas sediciosas a reforzar a las que peleaban en la escalera, ya no dudaron de que la locura sería castigada. Quiso Isabel que la llevasen a la escalera para ver los estragos de la batalla, los cristales rotos, los agujeros que en la pared habían hecho los balazos, las manchas de sangre.. pero la Condesa no lo permitió. Pronto advirtieron las hermanitas que todo estaba trastornado en Palacio, y que las caras no eran aquel día muy risueñas. En algunas se veía el estupor, en otras el miedo, en muy pocas la confianza. Lo único bueno para las nenas de la Nación en aquel día triste fue que no había clase. Naturalmente, con tan desusados trastornos políticos, ¿quién pensaba en dar lecciones? Lo peor era que no habría tampoco paseo. Se entretendrían con las muñecas, o mirando desde los balcones la tropa que pasaba, la gente que a Palacio acudía, militares que entraban y salían a cada instante; atisbando también el ir y venir de palaciegos por la galería interior, o al través de los luengos pasillos y de la interminable serie de salas, saletas y salones.

A los diferentes conocimientos de las niñas habíase anticipado con singular precocidad el de la etiqueta, y cuando no conocían la Gramática ni la Geografía, y apenas sabían leer y escribir, érales familiar la ciencia de los uniformes, y distinguían admirablemente el carácter oficial de cada sujeto por los galones del casacón que vestía. Del personal de Palacio ningún individuo se les despintaba, en la vastísima escala que desde los servidores mercenarios más humildes asciende hasta los próceres más empingorotados. Muchos nombres sabían, y a falta de ellos aplicaban motes, fundados en las observaciones que de fachas y rostros hacían continuamente, así como de la delgadez o gordura de pantorrillas revestidas de medias rojas, negras o de color de carne. El cambio político que arrojó de Palacio a una gran parte de la servidumbre rancia, llenó los huecos con gente nueva, recomendada por liberales, con lo que se quería renovar la atmósfera y (p.5533) meter en la morada de los Reyes el espíritu del siglo. A muchos de los nuevos tardaron las niñas en conocerles por sus nombres, y más cómodo que aprenderlos era para ellas sustituirlos con remoquetes de su propia inventiva y de significación pintoresca, los cuales se adaptaban fácilmente al tipo a quien eran aplicados. Había un sumiller que para las niñas era el bonito, y un gentilhombre a quien conocían por el patizambo. Con algunos personajes que por razón de su proximidad a las reales personitas las trataban con relativa confianza, subsistió la travesura de los apodos después de conocidos los hombres, y en este caso se hallaba el gentilhombre D. Mariano Díaz de Centurión, a quien pusieron el mote de Don Chepe, que habían aprendido en unos versos andaluces de Rubí o de Andueza. Hallábase entonces muy en boga el género andaluz, escenas de mujerío, guapezas de contrabandistas, amores y navajazos, con ceceo y habla macarena. Las niñas sabían de memoria trozos de esta literatura, y en ella encontraron el Chepe, que aplicaron a una persona ceceosa, dicharachera y un poquito cargada de espaldas. El día de que se viene hablando, 8 de Octubre, jugaban Isabel y Luisa con sus amiguitas en la estancia interior que da a la galería, cuando vieron pasar por ésta al Sr. de Centurión. Isabel, que estaba pegando en la vidriera unos muñecos de papel recortado, obra de la niña de Álava, vio al cortesano y le llamó repiqueteando con los deditos en el cristal. Al propio tiempo, Luisa, antes que las dos azafatas de servicio pudieran impedirlo, abrió la otra ventana y gritó: «Chepe, Chepe..».

Aproximose el gentilhombre a la reja, y la primera que le habló fue Isabelita, agraciándole con estas cariñosas palabras: «No te incomodarás si te llamamos Don Chepe. Es una broma».

-Vuestra Majestad -replicó Centurión doblándose por el espinazo- puede llamarme como guste, y con cualquier nombre que me aplique me tendré por muy honrado.

-¡Qué fino eres, y qué lengua tan graciosa la tuya! Bien sabes que te estimamos. Oye una cosa: la (p.5534) Condesa no quiere que salgamos de paseo. ¿Por qué no influyes para que nos deje ir siquiera a la Casa de Campo?

-Don Chepe -dijo Luisa Fernanda sacando sus dos manecitas por la reja-, no seas malo y haz que nos lleven de paseo. Estamos muy aburridas.

-Permítame Vuestra Majestad, permítame Vuestra Alteza que llame su atención sobre la inconveniencia de pasear esta tarde -declaró el cortesano, cuyo ceceo se omite por no molé-. En todo Madrid es grande la inquietud por los gravísimos sucesos de anoche. A la penetración, al buen sentido de Vuestra Majestad y de Vuestra Alteza, no se ocultará que la prudencia nos aconseja no proponer la salida de las reales personas.. y menos hacia la Casa de Campo, donde, según la voz pública, se han ocultado más de cuatro pillos, de los que anoche quisieron dar a la patria un día de luto. Tomadas por retenes de tropa están todas las entradas y salidas de la real posesión, y como los ilussos, por no darles otro nombre, que se esconden en aquellos matorrales han de hacer alguna barbaridad en el último rapto de su locura y desesperación, no es prudente andar por allí. Hace un ratito creímos oír tiros hacia aquella parte.

-¡Qué miedo! Tienes razón. Mejor será que nos vayamos al Retiro.

-La más vulgar prudencia nos aconseja que tampoco vayan Su Majestad y Alteza del lado del Retiro, no porque se estime peligroso, pues Madrid no anhela más que aclamar a su querida Reina, sino por otras razones. La primera es que el tiempo no es bueno: el cariz del cielo nos anuncia que nos mojaremos pronto. La segunda es que el serenísimo Regente vendrá esta tarde a visitar a Su Majestad y Alteza.

-¿Viene Espartero? Pues nos alegramos mucho.

-Ello será, según oí, después de las cinco, cuando termine el Consejo de los señores ministros. En tanto, si las señoras se aburren, yo les traeré otro romance andaluz, muy bonito..

-Ya hemos leído el de los guapos de Triana. Es precioso. ¡Cómo se parecen a ti en el modo de hablar!

-Los que se parecen -dijo Luisa Fernanda-, son el (p.5535) Curriyo y Media-Oreja, cuando se van al Perché y tiran de las navajas..

-Traeré a las señoras la Feria de Mayrena, descripción en el gusto clásico y castizo, sin perjuicio de la gracia andaluza. Voy por ella.

-Aguárdate un poco, y cuéntanos más cosas de lo de anoche.

-Si Vuestra Majestad me lo permite, le diré que no soy yo el llamado a referir a la Reina de las Españas los vergonzosos, los criminales sucesos de que fue teatro anoche el Alcázar de nuestros Reyes. No hay en todita la Historia ejemplo de un atentado semejante. Repito que a mí no me incumbe relatarlo a Vuestra Majestad.. Y con la licencia de mi Reina, me retiraré, pues no es bien que estemos pelando la pava en esta reja..

-No, no, Don Chepe; no te vayas -dijo Luisita agarrándose con fuerza a los hierros para columpiarse.

-Tenga cuidado Vuestra Alteza.. Adiós. Si me dan permiso..

-¡No hay permiso!

¿Qué ez ezto, Zeñó, qué ez ezto?

exclama saliendo Chepe.

Y después dice:

.. Zus mersees

han mojao la palabra..

Ez que onde yo la mojo

ni er Papa mezmo ze mete.

-¡Qué feliz retentiva la de Vuestra Majestad y Alteza!.. Voy a traerles el otro romance. Y no se descuiden las señoras, que el Regente viene.. Pronto las llamarán para vestirlas.

-¿Y tú no nos acompañas, querido Chepe?

-No estoy de servicio.. Aprovecho la tarde en escribir a mi familia y amigos.

-¿Y qué les cuentas? Dínoslo..

-¿Les hablas de nosotras?

-Naturalmente. Hablo de la felicidad que Dios ha concedido a España y del glorioso reinado que se aproxima..

-Dios te oiga, Don Chepe -dijo Isabel-. ¡Y no te has acordado de traerme el retrato que me prometiste de Isabel la Católica! El de mi libro de Historia es muy feo, y no da idea de aquella gran Reina.

-Pues el mío es muy guapo, y ahora mismo lo traeré.. Ea, no más.

-Adiós. ¡Viva Don Chepe!

Fuese el gentilhombre por la galería adelante hasta la escalera de Cáceres, por donde debía subir a su habitación, y en todo el largo trayecto no enderezó la curva de su cuerpecillo ni deshizo la sonrisa que plegaba sus finos labios. Representaba D. (p.5536) Mariano Centurión cincuenta años, excediendo la edad aparente a la verdadera, que apenas de los cuarenta pasaba, diferencia que atribuían los chismosos a la disoluta vida del caballero. Segundón de una casa noble de Andalucía, criado desde su más tierna edad en la holganza, sin serios estudios, sin disciplina que le contuviera ni buenos ejemplos que le llevaran a mejores fines, acabó por perder la salud y el escaso caudal que heredó de su padre. Con estos segundones pobres reza el adagio: Iglesia, Mar o Casa Real; mas no habiendo puesto Marianito sus miras oportunamente en el estado eclesiástico ni en el militar de mar o tierra, ya no tenía edad ni espíritu para procurarse otro refugio que el de un triste empleo; y repugnándole, por la dignidad de su noble alcurnia, las plazas de oficina, se dio a solicitar un puesto en Palacio, conforme le aconsejaba el sabio refrán. Era Centurión hombre de escasos conocimientos en los diversos ramos del saber, pero de mucho despejo natural y de memoria felicísima; narrador ameno de cuentos y sucedidos, y con instintos de escritor que habrían sido verdaderas dotes si los cultivara. Se había pasado la juventud, sin sentirlo, en los ocios corruptores de las vinas andaluzas: zambras y jaleos, peladuras de pava, cañas y toros, meriendas y timbas. Cuando empezó a comprender la vanidad de semejante vida, ya era tarde para emprender otros rumbos: encontrábase viejo a los cuarenta años, el cuerpo lleno de dolores y flaquezas que le obligaban a doblarse como una caña, el espíritu sin ilusiones, la bolsa enteramente vacía. Su hermano, con quien andaba continuamente a la greña por cuestiones metálicas, le negaba todo auxilio; y la demás parentela le hacía la cruz como a un pródigo que deshonraba la clase y nombre ilustrísimo de los Centuriones. Rechazado el hombre en su patria, y no bien visto de sus compañeros de libertinaje, emigró a la Corte, dispuesto a coger una silla y un plato en el comedero social.

Lo infructuoso de las gestiones de Marianito en Madrid, y las miserias y (p.5537) desaires que aquí sufrió, le llevaron mansamente a un cambio radical de las ideas que trajo de Andalucía; y habiendo salido de allá con pelo moderado berrendo en absolutista, efectuó la muda tomando la pinta liberal, por ser liberales las únicas personas que le dieron socorro y le mataron el hambre. Su cruel destino empezó a marcar la mudanza favorable en los días del famoso pronunciamiento llamado de Septiembre. Un individuo de la Junta le dio un destinillo para que viviera, y González Brabo, a quien había caído muy en gracia, le presentó a personas que le tomaron bajo su protección. Una ilustre dama, cuyo nombre no hace al caso, le recomendó con eficaz empeño a cierto personaje, muy ligado con el duque de la Victoria; y cuando este volvió de Valencia presidiendo el Gobierno-Regencia, fue D. Mariano sorprendido con el nombramiento de Gentilhombre del Interior en la Casa Real, con servicio en la Cámara, cerca de las reales personas. Vio el cielo abierto Centurión y se tuvo por el más feliz de los mortales, dando por bien empleados sus anteriores desdichas y humillaciones. Diósele aposento en los altos de Palacio; su trabajo era fácil y de pura ceremonia; veíase entre personas de alta categoría, y soñaba con mayores grandezas y honores, llegando hasta el atrevido ensueño de procurarse un bodorrio con viuda rica, aunque no fuese noble. La nobleza, fuera del aparato externo, representativo de un papel en el mundo, le importaba un comino. Buscaría, pues, con el cebo de su nombre y alcurnia, una consorte rica, a la cual no habría de hacer ascos porque perteneciese a la clase de carniceros o trajinantes enriquecidos. Los tiempos habían cambiado: la libertad y las ideas revolucionarias hacían mangas y capirotes de las antiguas jerarquías, y se estaba formando una sociedad nueva, una flamante aristocracia, cuyo blasón era una onza de oro sobre dos mundos de plata y el lema in utroque invicta.

Como se ha dicho, D. Mariano Centurión, apenas llegado a su aposento, bajó sin tardanza para llevar a las niñas lo que les había (p.5538) prometido. Satisfecho del cumplimiento de su deber, libre de servicio aquella tarde, y no teniendo que dar solemnidad con su persona al acto de la visita del Regente, volviose arriba, y despojado de sus galas empezó a tirar de pluma, trazando una carta no breve con esmerado estilo y letra correctísima. No era la primera que a su buen amigo y favorecedor dirigía, ni había de ser la última.

 

Ep-29-IV -

De D. Mariano Centurión a D. Fernando Calpena, residente en Barcelona

Madrid, 8 de Octubre.

Ilustre señor: Cumplo la oferta que a usted hice de tenerle al corriente de todo suceso extraordinario que en estos alcázares ocurriese, y si persiste usted en su propósito de reunir estas y otras noticias para levantar con ella una torre histórico-social, a cuya altura pueda subirse el siglo venidero para ver y examinar las sinuosidades del nuestro, reciba con júbilo esta primera remesa de cosas reales, que ellas son carne pura, historia viva y vista, historia que duele, por ser nosotros miembros del grande cuerpo de España que la padece..

Nota. Amigo mío: Desde que estoy en este trajín palaciego, y consagro todas mis horas baldías a la lectura de antiguos y modernos escritores, noto que va disminuyendo como por milagro mi ignorancia. No puedo olvidar que usted, en los primeros días de nuestro feliz conocimiento, me calificó de diamante en bruto. Esta benévola opinión me ha estimulado a darme con la lectura, o sea con el roce continuo del saber ajeno en la tosca superficie de mi rudeza, un pulimento que empezó por desbastarme y acaba por tallarme facetas que arrojan alguna lucecilla. Me asimilo fácilmente lo que leo, y se me pegan las formas de escribir; pero de ello resulta que, a medida que voy sabiendo algo, aprecio mejor mi insuficiencia, y soy más escrupuloso y descontentadizo: ya no poseo aquella facilidad del disparate que en otros tiempos aceleraba mi pluma; y mi afán del acierto es tal, que veo en mis escritos más faltas de las que cometo y ningún rasgo ingenioso que pueda ser grato a quien me lea. Digo esto, (p.5539) señor ilustrísimo, porque el parrafillo con que encabezo la carta ha sido para mí un parto laborioso. Tres o cuatro veces he tenido que escribirlo, intentando sacarlo a luz, ya por la cabeza, ya por los pies, y aun así no ha salido robusto y bien formado, sino enteco y con jorobas. ¿Pero qué le importan a usted las angustias de mi aprendizaje? Se las cuento para que vea mi deseo de agradar a la persona que me sacó de la esclavitud y del desierto para traerme a esta vida de libertad y bienandanza. El Señor se lo pague, y a mí me dé larga vida para que se dilaten las expresiones de mi agradecimiento. Y para que no me tenga por maleante andaluz, ni crea que estoy contándole el cuento de Charpa, voy al asunto.

Ya sé que Ramón Nocedal le manda a usted hoy un relato prolijo de todo lo que hicieron esos tunantes para preparar la llamada revolución del orden, el plan que tramaron para cargar los unos con la Reina mientras los otros se apoderaban de la persona del Regente. Nocedalito, que está bien enterado de todo (ése.. paréceme a mí que es de los que nadan y a un tiempo guardan la ropa, y perdone usted el paréntesis) , le contará cómo se les frustró el magno complot, por precipitación, por azoramiento, y más que nada por obra de esta Providencia particular de nuestra España que nos saca de todos los apuros; le dirá también cómo sacaron a la Princesa (regimiento de línea) o parte de él, por la complicidad de Ramón Nouvilas; cómo les faltó la Guardia Real, gracias a las precauciones que tomó el Gobierno; cómo León, que debía ser el primero en la peligrosa lid, vino a ser el último; cómo los Conchas, de quienes el Regente tenía seguridades de lealtad (pocos meses ha los egregios Duques concedieron a Pepe la mano de Vicentita, hermana de Doña Jacinta, y perdone usted este otro paréntesis) , han sido los más audaces en el atentado, seguidos de Juanito Pezuela. A mí me corresponde tan sólo contar a usted lo que vi en Palacio; y a fuer de historiador puntual, no maleante, consigno que estaba yo comiendo en esta misma mesa (p.5540) las sopas de puchero, que son mi más gustoso alimento por las noches, cuando sentí el tumulto y los primeros tiros en la puerta del Príncipe. Salí despavorido, con la servilleta colgando, y al bajar por la escalera de Damas vi subir a dos ujieres y a un mozo de las cocinas, más que corriendo, volando con las alas que les ponía su miedo; y como dijeran que por la misma escalera subían los amotinados, tiramos todos hacia arriba, devorando escalones hasta dar con nuestros cuerpos en el tejado. Allí supimos que los raptores de la Reina daban el asalto por la escalera principal, y hacia las claraboyas del salón de columnas nos corrimos. Arriesgueme yo a mirar por los ventanales de la escalera, y vi.. no fue más que un momento, porque el instinto de conservación echome para atrás.. vi a los insensatos de la Princesa, mandados por un paisano, el cual no era otro que Manuel Concha.. Los alabarderos le intimaron la retirada; adelantose un tenientillo, que, según después he sabido, se llama Boria, y empezaron a tiros. Los alabarderos se parapetaron en las ventanas que dan a la galería, y en tan buenas posiciones, diez y ocho hombres (que no eran más; y juro a usted que ya no pondré más paréntesis) contuvieron a toda la chusma dirigida por un gachó tan valiente como Concha.

Ya comprenderá usted que, mientras esto pasaba, los altos del regio Alcázar se poblaban de personal palatino de ambos sexos, huyendo de la quema. También consigno que me aventuré a bajar al piso principal, para cerciorarme de que las niñas no corrían peligro. A las doce duraba todavía el fuego; pero no tan graneado y persistente como en los primeros instantes. Creo haber visto a León de gran uniforme atravesar el patio desde la puerta del Príncipe a la escalera grande, y volver luego con uno, que debía de ser Pezuela, al centro del patio; pero no lo aseguro, que en estos casos se confunden las cosas que uno ha visto con las que le cuentan. Contáronme, y de ello no dudo, que Fulgosio, viendo que venían mal dadas en la escalera, corría por las galerías bajas buscando otra entrada (p.5541) y subida más fácil por donde colarse al robo de la Majestad. Y mire usted si sería precavido el hombre: llevaba sobre los hombros una luenga capa para envolver y abrigar a la Reina cuando, arrebatada de su camita, pudiera llevársela en la grupa del caballo, que debía de ser de la casta de Clavileño. ¡Si estarían locos!

Las doce o poco menos serían cuando por la puerta del Príncipe se retiraron con bastante bullicio, que me sonó a despecho y desesperación. El mismo demonio que los trajo se los llevaba, y la criminal intentona se desbarataba y deshacía como obra de insensatos o imbéciles. Al verlos partir, llorábamos de júbilo los leales; y cuando sentimos los tiros de la Milicia, posesionada de las calles del Viento y de Requena, dijimos: «Duro en ellos, y que la paguen. No haya misericordia para los que han querido robarnos el Trono y la Libertad».

Ha de saber usted que los caballeros del orden han tenido auxiliares dentro de la propia morada de nuestros Reyes, y sólo así se explica su audacia y el ardor y confianza con que se metieron aquí. Un caballerito oficial llamado Marchesi, que era el jefe de Parada, les franqueó la puerta del Príncipe, y dentro estaban en el ajo algunos gentileshombres, como el Marqués de San Carlos y el conde de Requena, los cuales se pusieron a las órdenes de los sublevados, en traje de paisano el primero, el segundo luciendo su bordado casacón. ¡Y luego quieren que tengamos paz! ¡Paz cuando abrigamos en sus puestos a los que intentan derrocar la Regencia legítima votada por las Cortes, para restablecer a la Desgobernadora con su camarilla y sus Muñoces! Si nuestros gobernantes tuvieran sentido de la realidad, habrían hecho la limpia total de Palacio, contestando con hechos, no con floridas retóricas, al Manifiesto-protesta de Doña María Cristina, cuando fue nombrado tutor el señor Argüelles. El momento lógico de la limpia fue aquel en que presentaron en cuadrilla sus dimisiones la camarera mayor, marquesa de Santa Cruz, y las trece damas. En vez de concretarse el Gobierno a cubrir (p.5542) estas vacantes, debió hacer el general expurgo de personas, mandando a sus casas a todos los individuos de la servidumbre, nobles y villanos, altos y bajunos, de procedencia absolutista, o significados como sistemáticamente afectos a la madre de la Reina. Se contentaron con echar a los más rabiosos, abriendo algunos claros, en los cuales tuvimos colocación los que hoy representamos aquí a la Voluntad Nacional; pero dejaron en sus puestos a los hipócritas, a los que se hacían los mortecinos para que no se les tocara.. y órdenes de hacerse los tontos recibían de la Malmaison. Por estas condescendencias del Gobierno, tenemos hoy la Casa Real infestada de adictos a Cristina, que minuciosamente la informan de todo lo que aquí pasa y hasta de lo que hablamos en nuestras conversaciones reservadas. No quiero citar nombres; diré a usted tan sólo por ahora, con toda discreción y sin escrúpulo de conciencia, que aún colean aquí gentileshombres de Interior y de Cámara, que son hechura del duque de Alagón, y en el ramo de azafatas y mozas de retrete no escasea el género que aún obedece a la camarera dimisionaria. Esta servidumbre baja demuestra un celo terrible en el espionaje, y en llevar y traer cuentos y chismes. Veo y oigo cosas que me sacan de quicio, y la obligación de callarlas me pone a punto de reventar..

¿No es un oprobio que todavía tengamos aquí, y que se codeen con nosotros, los representantes de la voluntad nacional, más de cuatro individuos de la cepa de los Muñoces de Tarancón? Y los tales están bien agarrados, pues haylos que se defienden quitándole motas a Don Martín de los Heros; haylos en la Capilla de Palacio, en forma de clérigos o capellanes más o menos brutos; haylos y haylas en el servicio inmediato de Su Majestad y Alteza, bien avenidos, a fuerza de adulaciones, con la señora marquesa de Bélgida, hoy nuestra camarera mayor, de quien nada tengo que decir, como no sea que despliega excesiva indulgencia y blandura con el personal desafecto a la Regencia votada por las Cortes. ¡Oh, señor (p.5543) mío!, haga usted entender a quien corresponda que Palacio es madriguera de mucha y diversa humanidad dañada del repugnante absolutismo y del pérfido moderantismo; que urge entrar en este magno edificio con escobas y zorros para limpiar de basuras y telarañas todos los rincones, donde se esconden ¡ay! alimañas venenosas, cuya picadura es mortal para las libertades públicas.

Sé de buena tinta, y puedo tapar la boca con pruebas al que ose poner en duda lo que voy a decir, que en esta sangrienta y al par ridícula tentativa de robarnos a la Reina fue aplicado sin tasa el infalible unto para ganar voluntades de hombres reacios, o de leales sin grandes escrúpulos. ¿De dónde ha venido este numerario con que los caballeros del orden han seducido a tantos infelices para lanzarlos a la muerte? Pues no sólo ha salido de las aracas de Muñoz, sino de las del Gobierno francés, enemigo declarado de la España desde el grito de Septiembre, que restableció la prepotencia de la Voluntad Nacional.. En Palacio, puedo dar fe de ello, se trató de corromper a muchos para que franquearan esta o la otra puerta, y aun hubo quien discurrió convidar, con pretexto de la Virgen del Rosario, a los monteros de Espinosa, para emborracharlos, imposibilitándoles así de prestar su servicio junto al dormitorio de las reales personas. ¿Hase visto mayor abominación? Y crea usted que si de este nefando cohecho tengo certidumbre por la verídica confidencia de un amigo, de otros puedo dar fe por propio testimonio. A mí, D. Fernando, a mí, al gentilhombre del interior D. Mariano Díaz de Centurión, colocado en esta casa, más que por sus méritos, que son bien escasos, por el lustre de su nombre y por el apoyo de usted y del serenísimo Regente; a mí, Sr. D. Fernando, han querido corromperme también, y fue tercero del villano mensaje un clérigo insinuante y tierno de la real capilla, llamado Socobio, pariente del D. Serafín de Socobio, a quien dejaron cesante en Palacio para colocarme a mí. El hombre está que trina, lo que no ha impedido que tratara de (p.5544) comprarme, imitando a los ladrones que arrojan pan al perro guardador de la casa que intentan asaltar.. ¡Mendruguitos a mí para que no ladre! Lo que siento es que lo tomé a broma, y a nadie quise comunicar los halagos del clérigo; que si hubiera yo comprendido la malicia que el hecho entrañaba, mis ladridos se habrían oído en los antípodas.

No necesito dar a usted más noticias del intrigante y sutil Socobio, pues entiendo que conoce usted a esa familia, a quien más que por familia tengo por una dinastía de clérigos y seglares aclerigados, sanguijuelas del Reino y vampiros de la Administración. Entre todos ellos reúnen, según oí, diecinueve empleados muy pingües, ora en la Rota, ora en cabildos catedrales, éste en el Noveno y Excusado, aquél en Rentas Decimales, sin que falten chupadores del presupuesto en las secretarías del Despacho y en Tribunales y Consejos. Todos los individuos de esta tribu asoladora de los Socobios brillan por el frenesí rabioso de su absolutismo. El odio a la Libertad y a la ilustración se llama Socobio, y se personifica en una caterva de chupadores de la sangre nacional. Para mejor sostener su imperio y establecer una piña inexpugnable, se han dividido en dos secciones: la absolutista neta, con sus dos colores fernandista y carlista, que es el núcleo principal, y la moderada, que es el cuerpo avanzado por el cual se ponen en relación continua con el poder público. En el seno de este rebaño de clerizontes de sotana y levita, hoy magistrados y consejeros, todos con el sello de Calomarde; militares que sirvieron con el conde de España, se batieron por D. Carlos, y luego, por gracia del famoso Convenio, han vuelto a los comederos de acá; monjas intrigantes y marisabidillas; empleados a la moderna, criados a los pechos de Cea Bermúdez, de Burgos, de Garelly y de Toreno; hay, por fin, el ejemplar de Socobio palatino que por milagro de Dios ha venido a quedar cesante en el último arreglo de la Casa Real.

Pues bien: el seráfico D. Serafín, mi antecesor en este puesto, mi enemigo (p.5545) capital, a quien deseo mil años de cesantía, y a los demás de la familia igual daño hasta que de cesantes se pudran, intentó corromper mi lealtad..

¡Camaraíta, cómo se va el tiempo en la dulce tarea de comunicarle la palpitación vital para sus historias! Con adusta cara me dice el reloj que se aproxima la hora de volver al servicio.

Adiós, mi D. Fernando. Quédense para otro día las muchas cosas que aún tiene que contarle su muy atento servidor y agradecido amigo -Centurión.

 

Ep-29-V -

De D. Serafín de Socobio a D. Fernando Calpena

12 de Octubre.

Señor mío de toda mi estimación: Dios no ha querido que sean alegres las nuevas con que me estreno en el honroso cargo de suministrar a usted provisiones para la historia; pero hemos de acomodarnos a la divina voluntad, aceptando con resignación las amarguras que se digna enviarnos, en espera de lo bueno y dulce que vendrá.. crea usted que vendrá, mi Sr. Don Fernando. Dios no abandona a los suyos.

Debo ante todo decirle, para su tranquilidad, que ninguna desazón ni estorbo me ocasiona esta faena de las cartas, pues bien sabe usted que estoy cesante, víctima de una ruin intriga, y en nada tan útil puedo emplear mis forzados ocios como en ir fijando en el papel la fugaz imagen de personas y sucesos para que no lo desfigure luego la infiel memoria. La delicadeza oblígame a prevenir una salvedad necesaria en estas informaciones, y es que por respeto a las buenas migas de usted con el Regente, callaré las verdades amarguísimas que acerca de este funesto personaje sugieren los hechos. Pero si contra Espartero nada digo, permitirá usted que despotrique a toda mi satisfacción contra la cuadrilla masónica que le rodea, criminal autora de estos desastres, y que entone el tu nos ab hoste protege, que son palabras de completas.. Sí, sí, mi Sr. D. Fernando; esta Regencia intrusa que nos han traído, dará al traste con España, si Dios misericordioso no pone mano en ello.. que sí la pondrá.. ya verá usted cómo la pone.

Voy a la carne, amigo mío. Por los papeles públicos y por cartas de otros amigos (p.5546) más diligentes, tendrá usted noticia del fracaso de los intrépidos caballeros que arriesgaron sus vidas para salvar a nuestra excelsa Reina y a su serenísima hermana de la esclavitud en que la tiene el jacobinismo, que allá se va esta situación de las personas reales con la de sus egregios parientes Luis XVI y consorte, con la diferencia de ser dorados estos calabozos, y los de allá negros y vestidos de suciedad y telarañas. La generosa empresa de los leales salió torcida por impericias en la preparación, y bien lo dije yo dos días antes, receloso del éxito al ver con cuánta ligereza prevenían el golpe los que en ello andaban. Escapó cada cual como pudo, refugiándose algunos en los altos de Palacio, escabulléndose otros por las espesuras del Campo del Moro y de la Casa de Campo; no todos con igual suerte, pues si bien ambos Conchas y Pezuela, Lersundi y Nouvilas están ya salvos, y lo mismo creo de San Carlos y Marchesi, aunque no alcanza mi convicción tan largo como mi deseo, otros ¡ay! han caído en la garra del Cromwell de Granátula (perdone usted) . Cayeron el bravo Quiroga y mi compañero en Palacio el señor conde de Requena, los heroicos tenientes Boria y Gobernado, el coronel Fulgosio; y por último, y esto es lo más sensible, víctima también de su sordera, fue sorprendido y hubo de entregarse en Colmenar Viejo el rayo de la guerra, el valiente entre los valientes, ante quien mudo se postró Marte; el héroe que hacía temblar el suelo de España con su pujanza, siendo temido hasta de la misma muerte; el que llevó siempre la victoria en la punta de su lanza, y con ella agujereaba los ejércitos enemigos como si fueran un pliego de papel. Permite Dios a veces cosas tan abominables, que necesitamos afianzarnos en nuestra fe y evocar toda nuestra sensibilidad religiosa para no protestar de ellas.. Yo he llorado como un niño al saber que el moderno Cid era conducido a esta Corte y encerrado en Santo Tomás como el último vocinglero de los clubs, a quien el hambre y la ignorancia convierten en furibundo maratista. (p.5547) ¡Belascoain prisionero de la revolución, a la cual con pleno derecho, como español, como militar y caballero combatía! Contra tal absurdo deben levantarse hasta las piedras. ¡Ay! las piedras no se han levantado; yo tengo por seguro que se levantarán.. pero mientras llega el caso, el horrible contrasentido prevalece, y tenemos al Cid sometido a un Consejo de guerra. Por las formalidades de la Ordenanza, que en ciertos casos no favorecen más que a los pillos, vemos hollada la ley moral, la eterna ley. Esperemos. ¿Permitirá el Cielo que perezca la lealtad, aplastada bajo el pie grosero de la usurpación?

En tanto que se desarrolla este drama, del cual sólo hemos visto aún los primeros actos, repetiré una vez más que el principal resorte de la máquina esparterista no es otro que el oro inglés. Ya le veo a usted reírse de este concepto mío, que oye como la muletilla de un maniático; pero yo sigo en mis trece, y si antes a cada momento sacaba a relucir la seducción aurífera en nuestras disputas, ahora lo haré con mayor motivo y convicción más firme, porque ya no son runrunes, sino pruebas y hechos innegables los que llegan a mí. En el plan de grandioso alzamiento para libertar a nuestra Reina hallábanse comprometidos generales, jefes, oficialidad y cuerpos en número harto mayor del que figuró en la desgraciada noche del 7. ¿Por qué faltaron en el momento preciso? Díganlo las conciencias poco fuertes, las voluntades flacas, fácilmente reductibles a los halagos del metal. Dentro de Palacio se contaba con la connivencia de más de cuatro caballeros de la alta y mediana servidumbre, que se brindaron a franquear las puertas interiores, y si no estoy equivocado, a producir una discreta somnolencia de los monteros de Espinosa. ¿Por qué sólo San Carlos y Requena respondieron a su compromiso? Averígüelo Vargas.

Créame usted, Sr. D. Fernando: la Inglaterra ha comprado a buen precio la ruina de nuestra industria algodonera, librándose, por el medio más sencillo, de un competidor formidable. El esparterismo, o (p.5548) sea la revolución, necesita, para sostenerse, del apoyo de los ingleses. ¿Quién gobierna en España? En apariencia, su ídolo de usted, elevado al poder supremo por las turbas indoctas; en realidad, el Embajador británico, asistido de la caterva de ayacuchos, que con nombre tan feo designamos a los que componen la camarilla del Regente. En cuanto al Gobierno, Ministerio responsable, o como usted llamarlo quiera, téngolo por un insignificante grupo de personajes decorativos, inmóviles y estupefactos como figuras de cera vestidas con prestados trajes, y expuestos al público para producir la ilusión de que tenemos mandarines españoles al frente de cada ramo. Pero estos remedos de ministros a nadie interesan, y se cambian de un puntapié. Los ayacuchos son los que todo lo mangonean, ayudados del unto maravilloso que reciben de las arcas londinenses, y si usted lo duda, pronto ha de verlo, si observa todo el mecanismo interior del retablo de maese Baldomero. Verá usted que lo mismo da un Ministerio que otro, y que cuando se habla de crisis, Su Alteza les interpela con serenísimo desdén en lenguaje riojano o ayacucho, que viene a ser lo mismo: «Ea, chiquios, si queréis disus, disus, y si no estaisus, como vus dé la gana». Naturalmente, los Ministros prefieren quedarse, y así lo hacen hasta que salta un ayacucho que necesita entrar al pienso.

Concluyo ésta con la noticia, que acaban de darme, del fusilamiento de Borso di Carminati en Zaragoza. Empieza la carnicería: será muy chusco, de una ridiculez espeluznante, que a estos figurones se les ocurra emplear el rigor contra los sublevados, a quienes movió la ley de honor, el respeto a las damas. Sublevarse por una reina ultrajada es de caballeros. He aquí un caso en que no es aplicable la pena de muerte como no sea pisoteando el almo código de la decencia. A pesar de esto, no estoy tranquilo, porque todo se puede temer de los ignorantes hinchados de soberbia. Dícenme que ayer, arengando Espartero a los pobrecitos milicianos, les soltó la bomba de que sería implacable en el castigo. (p.5549) Optimé trompetasti, digo yo, recordando los burlescos ejercicios oratorios de mis felices tiempos estudiantiles. Este señor siempre dice mu cuando habla. La indignación se desborda en mi alma. Pidiendo a Dios que envíe pronto un rayo para el aniquilamiento de todo el progresismo, a usted exclusivamente le pongo pararrayos, mi querido amigo, para que se salve solito entre tantos antipáticos o perversos. Por que no hay colectividad, por mala que sea, en la cual no haya algo bueno. Dios le guarde, y a mí me dé paciencia para ver lo que veo y oír lo que oigo. Siempre suyo -Socobio.

 

Ep-29-VI -

De D. Mariano de Centurión a D. Fernando Calpena

Octubre 13.

Ilustre señor: A lo dicho anteriormente acerca del abortado crimen de lesa majestad y de lesa Patria, debo añadir que días antes del ataque a Palacio llegó a las narices del Gobierno el olorcillo de la conjuración, y la policía no cesaba de olfatear el rastro de los caballeros del orden, que escondidos unos en misteriosas casas, disfrazados otros en la calle, daban los pasos y ponían los puntos para coordinar su infamia. La policía, por cuya fidelidad no pongo mi mano en el fuego, no descubrió el lugar donde esos tunantes se reunían: cambiaban de escondrijo cada noche, amparados quizás de los mismos esbirros, a quienes no creo incapaces de dejarse deslumbrar por los ojos de buey, vulgo onzas, del tesoro cristino. Después del desastre se ha sabido que anduvieron en el ajo Andrés Borrego, hoy enemigo de la Libertad, y dos caballeros de mi tierra, Istúriz y Benavides, fanáticos por la llamada Reina madre. A tientas, adivinando la conspiración antes que conociéndola, andaba en aquellos días el Gobierno, y en su perplejidad acertó en una de las medidas tomadas el 7 por la mañana. Separada toda la oficialidad del primero de la Guardia, y ascendidos a oficiales los sargentos, cuando los del orden se presentan en el cuartel para sacar a la tropa les reciben a tiros.. He aquí el primer contratiempo de los ternes de Doña María, principio de su desconcierto y de las tonterías que hicieron en la (p.5550) noche que yo llamo de San Marcos. El jefe del movimiento debía ser León. Habían concertado que aquí se diese el grito y que secundasen en las provincias O'Donnell, Borso, Piquero y Urbistondo.. Anticípanse los de allá; los de aquí dudan, no se determinan; les falta la Guardia; ciego se lanza Concha a Palacio; León tiene celos, creyendo que el otro gachó se le quiere poner por delante y obscurecerle; corriendo mil peligros, y cuando tropa y milicianos están ya sobre las armas, montan a caballo León y Pezuela y se plantan en Palacio, sabiendo que van a una muerte segura. Aquí de los crúos..

En Palacio arrecia el fuego. D. Domingo Dulce, a quien ni el plomo ni el oro rinden, les da toda la canela que piden, y los caballeros desocupan dejándose los dientes en la escalera. Lo demás es ya público y notorio. León se entregó en Colmenar a los húsares de la Princesa, mandados por Laviña, y aunque éste quiso facilitarle la fuga, el nuevo Cid rehusó aceptarla. Dijo que no había huido nunca, y es verdad. Por Madrid se corre que no le aplicarán la última pena. Los que el día de su captura pedíamos su cabeza, andamos ahora compadecidos, que esto es condición de españoles. Si bien se mira, no fue Diego León el más culpable; y si a mí me dejaran aplicar justicia en este caso, mandaría pasar por las armas a los paisanos que han venido de París con este fregado, y a las cabezas pensantes del moderantismo. Uno de mis compañeros en funciones palatinas, jovellanista rabioso, me ha dicho que se alegrará de que haya víctimas, porque el sentimiento popular las convertirá pronto en mártires, y en el terreno del martirio germinará fácilmente la idea cristina, bien abonada con el parné, que lo hay, vaya si lo hay; y la Señora no omite gastos, ni escatima sangre contraria y propia para reponer las cosas en el estado que tenían antes de lo de Valencia. Como el Gobierno sabe que en la Malmaison anhelan que aquí se castigue y que les hagamos víctimas y mártires, es seguro que a León y compañeros de locura no se les mandará rezar el Credo. (p.5551)

Y dejando este triste asunto, voy a llenar, ¡oh mi D. Fernando!, lo que me queda de este pliego con noticias más gratas, que no pertenecen a la serie de los hechos llamados históricos; son menudencias de la vida y observaciones del orden privado, de las cuales podremos sacar útiles enseñanzas. Mis impresiones acerca del carácter y cualidades de la Reina no pueden ser más excelentes: la veo todos los días, me honra departiendo conmigo familiarmente sobre diversos asuntos, y he formado el juicio de que tendremos en ella una gran Soberana. Buena falta nos hacía. Llevamos una temporadita de reyes malos, que ya, ya.. Si tantas calamidades, léase Carlos IV, Fernando VII y María Cristina, vinieron sobre esta nación por los pecados de los españoles, ya debemos de estar limpios, porque la expiación ha sido tremenda.

Pues sí: hablo a menudo con nuestra gloriosa Reina, y siempre acabo diciéndole que si la queremos tanto es porque esperamos que deje tamañita a la primera Isabel. Ella se ríe: advierto a usted que es donosísima y muy salada, y que se va desarrollando tan bien que ha de tener el cuerpo de una mujerona. Su inteligencia es de las más vivas: todo lo comprende; tenemos que atajarla en su anhelo investigador y en su preguntar continuo de todas las cosas. De su corazón no hablemos: es tan tierno y sensible, que por su gusto a nadie se castigaría, ni a los mayores criminales. Su generosidad ha de ser tal, si no se pone mano en contenerla, que no habrá tesoros bastantes para cansar su mano dadivosa. Hasta en sus travesuras demuestra la nobleza de su alma, y en sus juegos y recreaciones late el españolismo más puro. De tal modo se compendia en ella la raza, que para tenerlo todo, no le falta ni aun la insubordinación, que por la edad y el rango viene a ser en Isabel una gracia. Aunque no ignora la etiqueta, apuntan en Su Majestad tendencias a quebrantarla por cualquier motivo, y sin darse cuenta de ello ama la igualdad. Vea usted aquí, mi Sr. D. Fernando, por qué tengo a nuestro ídolo por la (p.5552) representación más pura de los principios que profesamos.

La afabilidad de la Reina fácilmente viene a parar en confianza, y sus etiquetas acaban en bromear con todos nosotros. No podemos resistir al encanto de sus donaires, y gozamos cuando nos demuestra con graciosas burlas su estimación. Yo digo: «¿No es esta confianza prenda segura de la feliz concordia entre la Monarquía y el Pueblo? Si la Reina ama al pueblo, si ante él no se muestra jamás estirada ni orgullosa, ya tenemos realizado el fin supremo de ver reunidos, formando un solo ente, la Libertad y el Trono. Haya confianza mutua, y estamos salvados. Familiarícese la Reina con sus súbditos, y éstos con su Reina, y veremos el ideal de los estados florecientes». Decíame Don Manuel José Quintana, con quien he hablado más de una vez de asunto tan capital, que él quisiera más formalidad en Isabel II, menos propensión a familiarizarse y dar bromitas. Confía en que la edad y la educación modificarán este aspecto del carácter de la excelsa Soberana, y en que el ejercicio de la potestad le dará el grave conocimiento de la dignidad regia. Opine lo que quiera D. Manuel, los niños son niños, y cuanta más viveza y desenfado nos muestren, más claramente nos anuncian un fondo de lealtad. Por mi parte, cultivo la confianza de Isabel, y me congratulo de que me tome afecto, correspondiéndole yo con todo mi amor de súbdito fiel, para que la señora me perpetúe en su servicio. Tiemblo de pensar que los cambios políticos me priven de una posición en la que veo resuelto el problema de mi vida, permitiéndome disfrutar de un reposo muy honorífico al término de una juventud ignominiosa. ¡Qué buena es la regeneración del hombre, y qué saludable y útil!

Adelante, mi querido amigo. Voy a contarle a usted que D. Manuel José Quintana, con ser el respeto mismo, no se ha librado de la graciosa, inocente malicia de Su Majestad y Alteza para poner motes. Me he permitido preguntar a las augustas niñas qué fundamento tiene y de dónde han sacado el (p.5553) remoquete de Tío Pasahuevos con que designan al gran poeta; pero ninguna de las dos ha sabido contestarme, y rompen en divinas carcajadas cuando les hablo de esto. Hayan sacado el tal nombre de algún entremés que han leído, háyanlo inventado ellas, no encierra significación ni malicia. Por Palacio se ha corrido la voz de que la Reina y Princesa habían dado al cantor del mar una pesada broma, y sobre ello debo hacer, después de referir a usted el bromazo, las rectificaciones oportunas. Es el caso que el señor Intendente entregó a las niñas, como regalo de la Fábrica de Moneda de Segovia, grande porción de ochavitos de plata, acuñados en aquel establecimiento. Lo que agradecieron Isabel II y su hermana este obsequio, fácilmente lo comprenderá usted. El juguete era de los más lindos; guardaban las niñas su tesoro en preciosos saquitos de seda, y se divertían contando cada una lo suyo, y haciendo distribuciones y partijos para reunirlo después y guardarlo: tan encariñadas estaban con los chavitos de plata, que no daban uno a sus meninas ni por un ojo de la cara; y al mismo Quintana, que les pidió media docena para obsequiar a su sobrinito, se la negaron. Esto sucedía no hace tres semanas, y no hará diez días que corrió por Palacio la especie de que la Reina y la Princesa habían mandado traer unas yemas, e introduciendo moneditas en algunas de ellas, diéronlas a comer a sus servidores, y que D. Manuel fue uno de los que cayeron en el engaño y se tragaron con el dulce el pedacito de plata. Añadían que la travesura había sido ideada por la Princesa de Asturias, y puesta en ejecución por la Reina, que supo meter el matute con disimulo y arte en el sabroso corazón de la yema. Y como después de tragada la pieza insistiera el ayo en que sus excelsas alumnas le dieran las monedillas, empezaron ellas a batir palmas y a reír como locas, y Luisa Fernanda le dijo: «¡Pero, tonto, si la tienes ya dentro de tu barriga!»

Esto se dijo; y la malicia moderada, que no duerme, y de todo suceso, por insignificante que sea, saca partido para ensalzar a los (p.5554) suyos y vilipendiar a los de acá, trató de ridiculizar al respetabilísimo señor y maestro de la Reina y Princesita, por permitir a sus alumnas chanzas de este jaez. Pues bien, Sr. D. Fernando, el hecho es cierto; pero el tragador del ochavo no fue Quintana, sino un servidor de usted, con lo cual queda probado que no hubo falta de respeto, pues las Reales niñas distinguen con su confianza, y nada tenía de indecoroso que en mí, como en humilde criado, ejercieran sus travesuras. Lo que habría sido irrespetuoso en D. Manuel José Quintana, figura magna del Reino, así en la literatura como en la política, varón digno de todo acatamiento por sus virtudes, por sus talentos y por sus años, no tiene gravedad alguna tratándose de mí, que nada soy ni nada valgo; si me quitan la casaca bordada, me quedo en clase de nulidad o de pelele para que conmigo se diviertan los chicos. Y si los de las calles podrían tomarme por juguete, ¡con cuánto mayor motivo podrán hacerlo los que a sus sienes ciñen la real diadema! Por lo demás, no llevaré mi condescendencia hasta sostener que me supo bien la pega, pues pasé veinticuatro horas con mediana ansiedad y en una expectativa dolorosa, si bien los retortijones no fueron tan acerbos como al principio temí. Puestas las cosas en su lugar, sólo tengo que añadir que en ello demostraron mi Soberana y la inmediata sucesora al Trono su donosura, señal de inteligencia y de la confianza con que me distinguen. Que esta confianza dure, que con la edad se amplifique y extienda, trayéndonos la perfecta familiaridad entre el pueblo y la Corona, y seremos felices.

Creo en conciencia, y así lo digo a mis amigos, que todos nuestros esfuerzos deben dirigirse a modelar el carácter de Isabel II de modo que tengamos en ella una Soberana ferviente devota de nuestras ideas, un Jefe del Estado que pertenezca en cuerpo y alma al Progreso, y que excluya para siempre de sus consejos al infame moderantismo. Lo que del regio carácter conozco y veo me permite creer que así será; pero no hay que descuidarse, porque el (p.5555) enemigo, encastillado aquí en buenas posiciones, aprovecha cuantas ocasiones se le presentan para infiltrarse en la voluntad de nuestra muy amada Reina.

Y ya que de esto me ocupo, y he tenido la inmodestia de hablar de mí, apuntando los servicios que presto, y los mayores que puedo prestar aún a nuestro partido, acabo de quitarme la máscara de la vergüenza para decir a usted que me convendría muy mucho.. a fin de realzar mi dignidad y darme en Palacio el lustre que no tengo.. me convendría, digo, que el Serenísimo Regente me designara al señor Ministro de Gracia y Justicia como acreedor a ostentar junto a mi nombre un título de Castilla, cosa en verdad no difícil, dada la antigüedad y nobleza de mi alcurnia, pues con revalidar alguno de los que pertenecieron a la casa de Centurión y que por incuria están preteridos, basta para llenar este vacío que hoy siento y que usted en su buen juicio apreciará. No lo olvide, y aproveche para darme ese gusto la primera coyuntura que se le ofrezca, en lo que dará un nuevo motivo de agradecimiento a su invariable y ferviente amigo.

Mariano.

Del mismo al mismo

14 de Octubre.

Apenas franqueada en el correo mi carta de ayer, llegó a mi noticia que D. Diego León ha sido condenado a muerte, y que mañana, ¡ay dolor!, se ejecutará la terrible sentencia. Me apresuro a comunicárselo, y omito por falta de tiempo los comentarios que este grave suceso me sugiere. Aún tengo esperanza de que un acto de clemencia detenga la mano de la justicia. Corren voces de indulto, y si viene, no seré yo de los últimos en aplaudirlo. Soy de los que piensan, mi buen D. Fernando, que sería torpeza insigne dar al bando contrario la ventaja que supone una víctima como León. Lo que han perdido por su criminal atentado, lo ganarían con la gran fuerza sentimental que ha de darles el martirio de un héroe. En fin, no soy yo quien ha de decidirlo, y el señor Regente sabrá lo que más conviene al país y a la libertad. Suyo devotísimo. -Centurión.

 

Ep-29-VII -

De D. Serafín de Socobio a D. Fernando (p.5556) Calpena

16 de Octubre.

Señor mío: Escribo a usted de tal modo traspasado por el dolor, que no acierto a concertar mis ideas con la buena estructura gramatical. El dolor desquicia mi entendimiento, y éste desconoce el arte de dirigir la pluma. Perdóneme usted; vaya leyendo hasta donde pueda, y lo que le resulte oscuro interprételo con buena voluntad.

Se confirmaron ¡ay! las corazonadas que a usted manifesté en mi carta de anteayer. No hubo clemencia. Ésta es virtud de las grandes almas, y la del Regente, con perdón de usted, de puro pequeña es totalmente invisible. Desearíamos creer que ese hombre no tiene alma. No obstante, como cristiano digo que quien no la tuvo para la clemencia la tendrá para el arrepentimiento. De nada valieron los esfuerzos de tantas personas sensibles y honradas para enternecer el corazón de piedra del señor Duque-Regente. La marquesa de Zambrano, madre política del héroe condenado, se arroja a los pies de Su Alteza; la propia Doña Jacinta intercede con lágrimas. La Reina quiere escribir una cartita al tirano, y no la dejan. ¿Qué más? La Milicia Nacional, en quien el hombre de corazón duro funda y apoya su prepotencia, le dice: «No mates a León»; y el hombre fiero responde: «Yo no mato a León: le mata la Ley».

¡Buena está esa Ley, que todos han hollado! ¡La Ley! ¡Del felpudo que han puesto como un guiñapo a fuerza de pisotones, quiere hacer Espartero un inmaculado emblema de la Justicia!.. El argumento empleado por Roncali en la defensa de León no tiene réplica, y fue como decir al Regente que no podía tirar la primera piedra. Y es de oro lo que dijo uno de los jueces, el general Grases: «Si por sublevarse condenan a un hombre, ahorquémonos todos con nuestras fajas». No le relato a usted el juicio porque carece de interés: la carta que encontraron a León, y que éste no se cuidó de arrojar de sí, le comprometía seriamente. ¿Pero qué importa todo esto? No era posible negar su parte en la conjuración. No se trataba más que de saber si merecen la muerte los que faltan a la disciplina con (p.5557) móviles políticos. Era un hecho que obedecían a la Regente legítima congregando al Ejército para reponerla en su autoridad. No eran desleales, no eran traidores: cumplían un deber sagrado. Yo reconozco que Espartero, en su posición, siquiera ésta sea usurpada, no podía apreciar el caso del mismo modo. Pero sobre el criterio estricto de la Ley están el buen sentido y el principio cristiano que dice: «O todos o ninguno». Espartero no ha mirado el porvenir, no ha visto las tremendas represalias. Lagos de sangre formará pronto el arroyo que sale de las venas de los primeros mártires: acusan los unos con razones; la defensa razona cumplidamente, y entre estos dos grupos de razones está Jesucristo con los brazos en cruz, que dice: «Sois unos grandes fariseos, esclavos de la letra. Callad y haced lo que en vuestro gárrulo lenguaje llamáis la vista gorda, perdonándoos la falta que unos contra otros y otros contra unos habéis cometido. Todos sois jueces, todos sois reos; los sillones del tribunal son banquillos de acusados, y las causas que escribís hacen víctimas de los verdugos y verdugos de las víctimas, según se las lea por el derecho o por el revés».

Acongojado escribo que no hubo perdón, y a ratos me pasa por la mente la terrible idea de que para los grandes fines españoles y humanos el no haber perdón ha sido provechoso, pues la causa que con víctima de tal calidad se fortalece es causa ganada, y la que con tan torpe barbarie se envilece causa perdida es. A los sacros derechos de la Reina Gobernadora faltaba un holocausto: ya lo tiene.. Mas por de pronto, el doloroso sacrificio hace brotar de nuestros ojos ríos de lágrimas. Lloremos, y nuestro llanto, mezclado con la sangre, fecundará la tierra.

Soy Hermano de la Paz y Caridad. ¿No lo sabía usted? He prestado auxilio a muchos reos de muerte, bandidos los unos, desgraciados aventureros políticos los otros, y aunque mi corazón está encallecido por las emociones de estos espectáculos y trances dolorosísimos, he sentido ahora la mayor angustia de mi vida. Era para volverse loco (p.5558) ver a tal hombre, en la plenitud de la vida, del vigor, todo nobleza y generosidad, separado de la muerte sólo por un instante y por una palabra. El instante, al tiempo implacable pertenecía; la palabra pudo salir y no salió de la boca de un déspota, que quiso engrandecerse haciendo el papel de Fatalidad.. No puedo expresar a usted mis sentimientos en aquellas horas del día 14 y de la mañana de ayer 15, día de la gloriosísima doctora Santa Teresa de Jesús. Llegué a creerme víctima de un sueño, de espantosa pesadilla, y que nada de lo que veían mis ojos era verdad. Hombre no me parecía ya el excelso León, sino más bien un ser sobrenatural y fabuloso. Le fusilaríamos, y las balas rebotarían en aquel pecho que ha sido el primer baluarte del honor patrio.. Imposible que la muerte destruyera un ser tan grande, Aquiles que ni en el talón ni en parte alguna de su cuerpo podía ser vulnerable. ¡Qué llamear el de aquellos ojos negros, qué fiereza en la hermosura de su rostro, qué gallardía y robustez en su talle y apostura! Le vi por primera vez cuando acababa de confesar; le vi cuando mandó que rompieran en tres pedazos su lanza de combate; le vi cuando dijo con voz de trueno: «¡Y he de morir yo!..» le vi también resignado y tranquilo, platicando sosegadamente con Roncali; le vi y le hablé yo mismo, sin que pueda recordar ahora qué palabras comunes salieron de mis labios, ni descifrar las que él con tanta gravedad pronunció.. y turbado de ver tanta desdicha en quien merecía todas las venturas, y de considerar tan cerca del sepulcro al hombre más arrogante del Ejército español, al primer caballero del siglo, me salí despavorido, como el que presencia una grave alteración del orden de Naturaleza. El mundo se desquiciaba; tales abominaciones no podían pasar sin algún grave desconcierto en la máquina universal. Ausente de la capilla, vi a León tan grande, que los hombres en derredor suyo parecían hormigas. ¿Cómo podían matarle las hormigas, ni el feo y negruzco hormigón llamado Regente por uno de estos artificios de (p.5559) lenguaje que usamos en nuestra república de insectos?

La curiosidad llevome de nuevo a las lúgubres salas de Santo Tomás, y si hubiera tardado un minuto no habría visto salir al mártir para el lugar del suplicio.. Me agregué a mis compañeros de la Hermandad que iban en el último coche, y seguí la fúnebre comitiva. De gran uniforme, cubierto el pecho de cruces, iba el General en carretela descubierta, a su lado el sacerdote, enfrente Roncali.. ¿Qué pensaría el hombre que llevaban a ajusticiar cuando, al pasar la vista por las tropas que cubrían la carrera, reconoció los cuerpos que se habían comprometido con él para el movimiento del 7? Eran los que debieron ser suyos, y tan no eran ya suyos, que le conducían al matadero. ¡A esto se llama justicia! Carnaval trágico debiera llamarse. Por momentos creí que León era conducido a una apoteosis, que aclamado sería por las tropas, y que éstas se volverían contra Espartero. ¡Y qué día espléndido, qué sol de fiesta, qué ambiente de alegría! Madrid quería estar fúnebre, y el cielo quería reír. La gente se agolpaba en la carrera por toda la calle de Toledo, resplandeciente de luz y de color; y cuando veía pasar al reo, tan gallardo y hermoso en su serena resignación, figura militar incomparable, que simbolizaba en la mente del pueblo las hazañas más estupendas de la guerra y los prodigios más extraordinarios del valor español, no daba crédito a lo que miraban sus atónitos ojos. No era así la Historia de España que estábamos acostumbrados a ver, compuesta de alternados espectáculos de revoluciones y patíbulos. No iban a la muerte hombres como aquél, que todo lo podían, que con un poco de suerte habrían destruido en un santiamén el régimen imperante. No podía ser que los sublevados cometieran las torpezas de la noche del 7, ni que Espartero tomara tan cruel venganza. Personas hubo (y así me lo han dicho más de cuatro) que no se persuadieron de la verdad del fusilamiento hasta que sonaron los tiros. La Milicia Nacional, que formaba en la plaza de la Cebada, donde hoy está Novedades, le vio (p.5560) pasar con pena, y si la dejaran le habría tocado el himno de Riego, y cogídole en brazos para pasearle en triunfo. Y, sin embargo, Don Fatalidad manchego se salió con la suya. Había dicho muerte, y muerte fue.

No puedo pintarle a usted, Sr. de Calpena, mi impresión de piedad y espanto, cuando León, a quien vi en aquel instante como si tocara el cielo con su cabeza, se plantó en actitud majestuosa ante los granaderos, y les gritó: «¡No tembléis.. al corazón!» Oyéndole estoy todavía. ¡Qué voz!.. Yo miré a todos lados. ¿No vendría en aquel instante algún emisario de Espartero trayendo el indulto? No, señor, no vino nadie.. Huí despavorido.. A no sé qué distancia oí la voz del General dando los gritos de mando.. Todavía los oigo, ¡ay!.. después la descarga. Huí más rápidamente, aterrado, como si me persiguieran demonios, y me vi envuelto entre soldados. No quise ver al coloso muerto, ni me parecía que había suelo en que cupiera tan gran cadáver.. No sé por dónde me vine a casa. Mi familia creyó que me había vuelto loco.. Perdí el sombrero.. y la cabeza con él.

Octubre 17.

Alea jacta est. A la bárbara provocación contestamos con un terrible «nos veremos». Contados están los días de este hombre, a quien no califico por respeto a la cordial amistad que usted le profesa. Si España ha de vivir, si España ha de ser algo más que un charco de ranas, entiéndase ayacuchos, urge apartar del Gobierno a esta gente, que quiere conducirnos a la disolución y anarquía más espantosas. Y la salvadora empresa debe empezar por la desinfección del Alcázar de nuestros Reyes, donde más que ninguna otra parte es nociva la pestilencia del Progreso. Pone los pelos de punta el pensar que inculquen a nuestra Soberana doctrinas peligrosas, y que la educación en general sea deplorable, liberalesca, y un si es no es enciclopedista. ¡Abominación y escándalo! Los que vemos en la calle a las regias personas, cuando pasan hacia el Retiro, hemos notado que están desmejoradas y que van perdiendo carnes de día en día, señal por lo menos de que no viven alegres, y (p.5561) de que se las martiriza con estudios impropios de su edad. Claro que en mis juicios acerca del nuevo estado palatino no voy tan lejos como el vulgo, que ha pronunciado sentencia terrible contra Quintana y Argüelles, dando a éste el revolucionario mote de Zapatero Simón. No diré yo que las augustas niñas sufran malos tratos, hambres y golpes; pero debemos ver siempre en las exageraciones populares un fondo de verdad, y reconocer que ni el ayo ni el tutor son hombres cortados para la cría de reyes. Me consta que alguno de los preceptores ha hecho alarde de un descarado democratismo. No hay tiempo que perder: libremos pronto a nuestra Soberana de esa maligna influencia; y como al propio tiempo que se ha de barrer el suelo de la Nación hasta que no quede ni el menor rastro de progresismo, hemos de procurar que la Reina se penetre bien de la sana doctrina moderada, para que ésta sea norma de su conducta en lo por venir, y tengamos un reinado próspero, pacífico y glorioso.

Convendrá usted conmigo en que si el progresismo no es exterminado de modo que no pueda volver a levantar la cabeza, nuestra patria parecerá víctima del desgobierno y la anarquía. Sobre que estos hombres no pecan de escrupulosos en la administración del procomún (con excepciones, amigo mío, con raras excepciones que reconozco) , no hay manera de hacerles comprender que las teorías políticas extranjeras más dañan que benefician trasplantadas a nuestro país. Son además groseros, visten como espantajos, se pagan de la patriotería declamatoria, y todo lo arreglan con palabras huecas, sin sentido. No miran por los intereses creados, reforman sin criterio, persiguen a las clases conservadoras, aborrecen las camisas limpias, confunden la libertad con la licencia, y no saben poner sobre todas las cosas el principio de autoridad.

De los asuntos particulares que se ha dignado confiarme, nada nuevo puedo comunicar a usted. Estos días han sido inútiles para los negocios, y no he puesto los pies en ninguna oficina, seguro de no encontrar a nadie, o (p.5562) de hallar a mis señores funcionarios distraídos y atontados con los graves sucesos políticos. De añadidura, tenemos ahora el estero, que son tres días de holganza. Con todas estas demoras y la ignorancia del progresismo, bien puede decirse que no hay Administración. Vengan pronto Dios o el Diablo a traernos la vida, que no es otra cosa que el orden. Suyo, etc. -Socobio.

 

Ep-29-VIII -

Del mismo al mismo

29 de Octubre.

Mi Sr. D. Fernando: Demos gracias a Dios y a nuestro amigo D. Eduardo Oliván e Iznardi, uno de los pocos mortales que no comen el pan de la cesantía, por virtud especial que posee para salir a flote en todos los naufragios; démosles gracias, digo, porque sin ellos no podría yo mandarle noticias del expediente de Hacienda, ni de la favorable nota con que lo ha despachado la Asesoría general.. Pero ha de saber usted que antes de llegar al señor Ministro, forzoso es que pase por tres o cuatro de los llamados centros, donde emplearán las semanas de Daniel en leerlo y resobarlo, en escudriñar precedentes y compulsar las distintas jurisprudencias que atañen al caso, antes de que se aproxime a la superior resolución. Reúna usted, pues, mi buen amigo, toda la paciencia necesaria, y apriete los resortes para que tanto en Madrid como en Barcelona operen con rapidez y desembarazo, resolviendo de plano y a gusto de la parte interesada. Aproveche usted la situación presente, en la cual goza de toda la influencia, y de ninguna su infatigable enemigo el señor marqués de Sariñán y Villarroya, que si las tornas se vuelven pronto, como espero, y el moderantismo empuña el mango de la sartén, el señor Marqués será poderoso y usted no.

Hablé del caso con D. Manuel Cortina, uno de los pocos progresistas que merecen un trato afable y consecuente, y su opinión es que a los mayorazgos de Centellas y Valldeveu, de los estados de la casa de Loaysa, no pueden afectar las reclamaciones de la Real Hacienda contra la casa de Idiáquez. Esto es lo único que puede decir sin conocimiento de los (p.5563) orígenes de la cuestión. Secuestrado muy a su disgusto por la política, pronto reanudará los trabajos de bufete, y lo primero que detenidamente estudie será el asunto que a usted tanto inquieta. Así lo ha escrito a la señora Condesa en reciente carta; y ya que la nombro, no dejo pasar yo tan buena ocasión sin tributarle, por conducto de usted, mis homenajes más respetuosos.

Amigo mío, despeje su ánimo de esas aprensiones, y tome el camino de La Guardia, donde lo menos que puede hacer es casarse, si han llegado ambas familias a una feliz inteligencia.. Quiero que conozca usted las contradictorias especies que corren por aquí acerca de esa boda, que tan pronto se nos presenta por el lado claro, tan pronto por el oscuro. Mi primo D. Vicente de Socobio, canónigo patrimonial de Vitoria, en cuya casa pasó su grave enfermedad el señor D. Pedro Hillo, me escribe acerca del particular algo que no se compadece con las referencias del Sr. D. Víctor Ibraim, capellán de honor en la Real Casa, el cual asegura que la boda es un hecho, mas con variantes que han de causar grande sorpresa. No se casa usted con Demetria, sino con Gracia, y aquella sin par señorita, cuyas virtudes trompetean cuantos la conocen, ha resuelto consagrar su preciosa vida a vestir imágenes, o encerrar su virtud en las Huelgas de Burgos. Áteme usted esa mosca. Y cuando no me había repuesto del estupor que esta noticia me causó, viene mi tío Frey D. Higinio de Socobio y Zuazo, de la Orden de Calatrava, y me dice que Santiago Ibero ha dado un tremendo esquinazo a la niña menor de Castro-Amézaga, la cual, furiosa de verse plantada, no halla mejor consuelo de su desaire que aceptar las propuestas del férvido marqués de Sariñán. Bien podía usted enterarme de la verdad, si la sabe, en este juego de las dos niñas, que tan pronto se casan como se enclaustran, y de si triunfan los Idiáquez, pues desde aquí estoy viendo la cuarta de jeta que alarga Doña Juana Teresa, si, como se dice, logra incorporar a su estado los predios de Páganos y Samaniego.

Y para que mi (p.5564) confianza, Sr D. Fernando, sea estímulo de la suya, le contaré lo que por mí mismo he podido averiguar, valiéndome de una terrible encerrona que di a Santiago Ibero la semana pasada. Le cogí por mi cuenta en el casino de la calle del Príncipe, y solos en un apartado aposento traté de confesarle. Mas no valían con él indirectas, y a mis preguntas sólo contestaba como el lego que reparte la sopa de San Francisco, echando cucharadas del caldo de arriba. «Hermano -le dije-, eche de profundis»; y, por fin, sacó de lo más hondo una parte de sus secretos, una parte no más, la que principalmente nos interesa. Pues el caso es que ha roto su compromiso con Gracia porque no se cree digno de ella. Añade nuestro buen amigo que se tiene por un miserable, que él mismo se desprecia y qué sé yo qué. Se ha pasado con armas y bagajes a la literatura de tumba y capuz de que tanto nos hemos reído, y sus melancolías entiendo que son una enfermedad ocasionada por desvaríos de amor. Me da mucha pena el pobre Santiago, que es un pedazo de pan, un niño cándido, de altas ideas y caballeresca voluntad, cuando no se deja embromar por los mengues. Le hacía falta un buen amigo que le sacara de estas obscuridades; su apagada razón necesita otra refulgente como la de usted para lucir como debe.

Bomba. Sepa usted que Su Alteza Serenísima (hablo del Regente) emprenderá un viaje a Zaragoza, en busca de popularidad según creo, pues la de aquí parece que se le va disipando. El pobre señor no se ha enterado todavía de que el movimiento era contra él, contra su desdichada administración, contra su ineptitud para el gobierno. En sus alocuciones disimula la escama diciendo que los sublevados iban contra la Voluntad Nacional, contra los sacros principios, etc.. Me recuerda al baturro que habiendo recibido un par de coces en la obscuridad de una cuadra, gritó: Alumbra, Magalena, que la borrica me ha tirao una coz, y no sé si me ha pegao a mío a la paré. Yo le diría a Su Alteza: «A la pared, señor mío, que es usted, y a usted, que es la pared, pues pared y (p.5565) Regente se confunden en una sola persona dura».

Supongo que irá usted a verle, y él le contará sus cuitas, que no son pocas, y algún proyecto descabellado para conjurar la tormenta que se le viene encima. ¿Querrá encomendarse a la Virgen del Pilar para que le saque del atolladero? No, no: la Pilarica no puede amparar al que se complace en conceder mercedes a los rufianes y en fusilar a los caballeros.. Dispénseme usted que le hable con esta libertad. Mi indignación no conoce freno: ansío que venga de la parte de Francia nueva tanda de paladines, bien repuestos de armas y de todo el oro francés, inglés o turco que puedan allegar, para que salgamos de esta esclavitud degradante. La jugada de Septiembre fue muy fea, y juro por el Cirineo de Cascante (como dicen los brutos de mi tierra) que nos la han de pagar.

Noviembre (no marca el día) .

Vivimos en la más estúpida de las tragedias, y hechos a sus horrores, hablo a usted de fusilamientos, como hablaría de una moda flamante o de una función de teatro. Ayer le quitaron la vida al pobrecito Boria, un teniente, una criatura, un héroe barbilampiño que hizo prodigios de bravura en el ataque a la escalera de Palacio. No quise ir a verle en la capilla; pero los Hermanos que fueron me han contado que no se ha visto otro ejemplo de fortaleza y elevación de ánimo. ¡Pobre niño, excelso mártir de la más gloriosa de las causas! El subteniente Gobernado sufrió la misma pena. No sé si he dicho a usted que días pasados pereció también el brigadier Quiroga. Estas carnicerías se repiten con tal frecuencia, que ya se nos van de la memoria las víctimas, y cada día decimos: «¿a quién le toca hoy?..». Pero el que demuestra disposiciones más felices para la extirpación de españoles es el tal Zurbano, el Marat del Progreso, que en tierras de Vizcaya y Rioja se despacha a su gusto, repartiendo tiros sin ton ni son y llenando el suelo de cadáveres. Ahí tiene usted un esparterista que sabe su obligación. ¿Han llegado a conocimiento de usted las bárbaras proezas del hombre de la zamarra, personificación (p.5566) del fanatismo liberal en su más salvaje aspecto? Pues entérese y estudie el caso, que es interesante, pues estas violencias traen, en el ordenado vaivén del tiempo y de la historia, su propia reparación, y los que deseamos la ruina de esta Regencia, aplaudimos a los Zurbanos que se cuidan de desacreditarla y de hacerla odiosa. Vamos bien.

Ya tiene usted a su ídolo en Zaragoza, recibiendo el delirante aplauso de los nacionales. No le vale su escandaloso abuso de la oratoria militar, y caerá entre los mismos ruidos de su levantamiento. El trágala que en Septiembre del 40 cantó el señor Duque a la Reina madre, se lo cantarán pronto a él, con la propia música, los caídos del año anterior. La historia se repite con acompasado amaneramiento, y los grupos o gavillas de hombres alternan en las mismas formas salvajes de darse y quitarse la tranca de gobernar. Ya oigo a los míos cantando bajito lo que mañana cantarán bien alto:

A la tira-floja perdí mi caudal;

a la tira-floja lo volví a ganar.

Sea usted indulgente, mi buen amigo, con la irrespetuosa sinceridad de su devotísimo servidor. -Socobio.

 

Ep-29-IX -

De D. Fernando Calpena a D. Mariano Díaz de Centurión

Sitges, Diciembre.

Señor mío y amigo: La delicada salud de mi madre, que en el presente invierno ha redoblado mi inquietud, es el único motivo de mi permanencia en Cataluña, motivo que basta y sobra para que aquí nos plantemos, ella porque se encuentra en la costa de Levante mejor que en parte alguna, yo porque no quiero ni debo separarme de su lado, y no estoy bien sino donde ella está. Buscando un retiro sosegado, ameno, de alegres horizontes por mar y por tierra, de ambiente puro, de vecindario sencillo y poco bullanguero, he creído encontrarlo en esta preciosa villa de Sitges, situada como a siete leguas al Sur de Barcelona, en la misma orillita del Mediterráneo. El mar es azul, la villa blanca, toda blanca; mirada de lejos, como un nido de palomas o de cualquier especie de aves cuya saliente cualidad sea la blancura; de cerca limpia, risueña, (p.5567) hospitalaria, amiga. Imposible ver este pueblo sin amarlo y querer ser suyo. No se ría usted: aquí es uno un poquillo poeta sin saberlo, sin intentarlo; sólo que en la expresión flaqueamos los que no hemos recibido del Cielo el sagrado numen. De los habitantes poco puedo decir aún, porque apenas los conozco; pero a la primera observación me han parecido sencillotes y honrados, de trato dulce, de carácter tímido, respetuoso con el forastero. Los ignorantes no llegan a zafios, y los más pobres parecen contentos de su estado, de la hermosa tierra que pisan y de la compañía de aquel mar placentero. Denme un pueblo que sepa los rudimentos de la cortesía, sin perder su rudeza, y no lo cambio por el señorío de ninguna ciudad grande.

Aquí nos instalamos hace seis días, alquilando una de las mejores casas del pueblo, asentada en una peña donde rompen las olas; hemos traído de Barcelona todo el mueblaje necesario, de lo mejor que había, y ya falta poco para que nuestra vivienda sea el non plus ultra de la comodidad. He comprado una falúa magnífica, la mejor que se ha podido encontrar por aquí, sólida, grande, gallarda, provista de cuanto ordena el arte de la navegación a la vela y al remo. Los más hábiles carpinteros de ribera, los mejores calafates y los más entendidos artífices en obras de mar se ocupan en componerla y decorarla; será el asombro de Sitges y de los cercanos pueblecitos costeros; quiero que tenga la majestad, la hermosura y elegancia de un galeón de príncipes, o del maravilloso barquito en que salía de pesca la señora Cleopatra, según narra Suetonio, y si no es Suetonio, otro será el que lo cuente. Mi madre gusta mucho de los paseos marítimos, y yo he querido proporcionarle este recreo, que para mí también lo es. Siempre que haya buen tiempo nos lanzaremos al mar, llevando un patrón que, por las trazas, llama de tú a Neptuno, y ocho marineros que son la envidia de todo el personal de la costa, sólo por estar a nuestro servicio. Si queremos pescar, pescamos, y si no queremos más que deslizarnos mansamente sobre los hombros del (p.5568) Mediterráneo, sin otra ocupación que admirar los grandiosos espectáculos de la costa, así lo haremos. Hemos bautizado a la barca con el lindo nombre de Nuestra Señora del Pilar.

Porque mi madre está contenta lo estoy yo, y porque su salud es aquí mejor que en otra parte, amo a este país. Claro que la felicidad completa, la íntegra satisfacción de los ideales y de los deseos no la tengo, no, y soberbia loca sería pedir al destino lo que rara vez es concedido a los mortales. Poseo muchos bienes, ¿quién lo duda? Pero alguno me falta, y en el vacío de esta falta suele hacer su nido la tristeza.. Pero dejemos este asunto, cuya oportunidad es muy dudosa, y vamos al que principalmente motiva la presente.

Me hará usted un señalado favor, amigo Centurión, averiguando con la mayor prontitud posible qué es de Santiago Ibero, dónde está, qué le ocurre y por qué no ha contestado a las cinco cartas que desde Octubre le llevo escritas. A mí han llegado noticias contradictorias acerca de ese para mí tan caro amigo, algunas tan absurdas que no me atrevo a darles crédito, otras bastante extrañas y oscuras para llenarme de inquietud. Ruego a usted encarecidamente que le busque por todo Madrid, que indague y escudriñe cuanto pueda, hasta dar con la extraviada persona del que familiarmente llamábamos el ángel negro por su morena tez y lo candoroso de su alma. Me permito incluir una carta cerrada para que tenga usted la bondad de entregársela en propia mano en cuanto pueda ponerle la suya encima. Yo he sabido, por conductos indirectos, que el sujeto a quien escribo la presente es visitante asiduo de una familia manchega, relacionada íntimamente con otra de Madrid. Alguien hay en ésta que puede dar razón de los laberintos en que se nos ha perdido Ibero. ¿Ve usted cómo todo se sabe, amigo Centurión? Por las damas manchegas introdúzcase en el sagrado de las madrileñas, que no son otras que las hijas de Milagro, mi compañero en la secretaría particular de Mendizábal, y hoy Gobernador de no sé que provincia. Fue muy amigo (p.5569) mío y me sirvió en juveniles amoríos de que no quiero acordarme; conocí también a las chicas. Y a propósito: ¿la hechicera de nuestro amigo es la que tocaba el arpa y traducía del francés, o la otra? Me acuerdo de sus caras como si las estuviera viendo; pero sus nombres han volado de mi memoria. Creo haber oído que una casó con un tenor y otra con un militarcillo. Ánimo y a ellas.. Pero no: ahora caigo en que estoy actuando de diablillo tentador, y podría suceder que por buscar a un perdidizo se nos perdiera hombre tan sesudo como D. Mariano Centurión. No me meto a señalarle a usted caminos que tal vez estén erizados de malezas y obstruidos por zanjas peligrosas. Búsqueme a Ibero, y cácemele como pueda, procurando guardarse de todo mal en las trochas por donde le persiga.

No concluiré sin decir a usted, mi noble amigo, que sus cartas me agradan en extremo y que mi mayor ventura sería que usted no se cansase de escribirlas. Pero si la relación de los hechos, tal como usted la hace, no merece más que alabanzas, me permitiré indicarle que en el juicio de las personas y en las apreciaciones políticas se va un poco del seguro, llevado de sus resentimientos personales, y del apego, muy natural por cierto, a su flamante posición. Reconozco que es difícil juzgar con frialdad los hechos recientes, en los cuales todos los vivos tenemos alguna parte más o menos activa; la imparcialidad, virtud del espectador lejano, rara vez se encuentra en los que ven la función sobre la misma escena. No pido ciertamente una rectitud de juicio que no podría tener el que se entretuviera en describir un incendio situándose en medio de las llamas; pero sí mayor serenidad para calificar los móviles humanos de los actos políticos, pues hombres son los que politiquean, los que en la prensa o en las Cortes, a plumadas o a tiros, conducen por estos o los otros caminos al rebaño que llamamos Nación. Paréceme que no revela conocimiento de la humanidad el atribuir cualidades tan contradictorias a los que en uno y otro bando luchan por sus ideas, ni el (p.5570) suponer que éstos son ángeles y aquéllos demonios, que los de acá proceden por estímulos honrados y todo lo que piensan y hacen es la misma perfección, mientras los de allá no imaginan ni ejecutan nada que no sea perverso, criminal y desatinado. Con semejante criterio no lograremos fundar aquí sólidas instituciones, ni con tal manera de combatir se puede ir más que a la continua guerra civil, al desorden y a la barbarie.

Seamos menos exclusivos en nuestras apreciaciones, y no abramos un foso tan profundo entre las dos familias. Diré a usted que conozco a no pocos moderados que son personas excelentes, y todos conocemos a más de cuatro liberales sin ningún escrúpulo. Cosas muy buenas han legislado y dispuesto nuestros amigos, y otras que son evidentes disparates. No todo es oro acá, ni allá todo escoria, que en uno y otro montón abundan el precioso metal y las materias viles. No debemos despreciar, tratándose de política, las formas, amigo mío, las socorridas formas, necesarias en este arte más quizás que en ningún otro; formas pido a los hombres en lo que escriben, en lo que decretan, en lo que hacen; formas en el trato político como en el social, y sin formas, las ideas más bellas y fecundas resultan enormes tonterías. No desconocerá usted que nuestros amigos tienen mucho que aprender en cuestiones de etiqueta del pensamiento, de la palabra y de la acción, así como también digo que los moderados están igualmente necesitados de disciplina en este y en otros puntos..

Perdóneme el sermón, amigo mío, y siga escribiéndome con libertad, juzgando cosas y personas como usted las vea. Ahora caigo en que la mejor historia debe de ser la guisada en su propio jugo, la que habla el lenguaje de su tiempo.. No haga usted caso del sermón: no he dicho nada. Lo que sí digo y repito, más impertinente yo cuanto más servicial usted y cariñoso, es que me busque a Ibero y le dé mi carta, que me escriba lo que acerca de él indague, dirigiendo la carta a esta encantadora villa de Sitges. Mil años de vida le desea su buen amigo. - (p.5571) Fernando.

 

Ep-29-X -

De la señora de Maltrana a Pilar de Loaysa

La Bastida, Diciembre.

Aún estamos aquí, mi adorada Pilar: ni Juan Antonio ni yo nos decidimos a volver a nuestra casa de Villarcayo, mientras no se amortigüe este dolor inmenso. Cuatro meses ha que perdí a mi hija, y aún me parece que fue ayer, y que la casa está llena del terror, de las angustias de aquella muerte; la idea sola de entrar en ella me hace temblar. Tú no sabes lo que es esto. A Dios gracias, los niños se defienden bien del crudo invierno. Esta casa de La Bastida, aunque de pocas anchuras, nos ofrece la ventaja de su abrigo seguro y de su situación risueña en medio del campo poblado de vides, poco húmedo, con llanadas sin fin donde pasear. Los alimentos son superiores, las aguas purísimas, el clima mucho más dulce que en Villarcayo, lo que nos mueve a permanecer aquí todo el invierno, y no me pesa, no sólo porque nos sentimos más distantes de nuestro dolor, sino porque veo a Juan Antonio muy entretenido en el cuidado y mejora de las tierras que poseemos en La Bastida y en San Vicente.

De mi padre sólo puedo decirte que se mantiene acartonadito; come y duerme, y no pierde ocasión de asegurar que ha decidido no morirse todavía; pero ya no es aquel D. Beltrán tan ameno y señoril, que fue el encanto de tres generaciones: su palabra tropieza cuando quiere usarla demasiado, y de su inteligencia, que rápidamente se amortigua, no brotan ya los destellos que nos causaban tanta admiración. Pásase largas horas sentadito en su poltrona, se hace leer alguno de los papeles públicos que llegan acá, dormita cuando los chicos le dejan solo, y en más de una ocasión le he sorprendido rezando quedamente, cosa nueva en él, pues nunca fue hombre de grandes ni pequeñas devociones; pero ello es hoy muy natural, y demuestra no sólo que Dios le llama, sino que él le oye y quiere acabar santamente sus trabajados años.

No necesito deciros cuánto se acuerda de vosotros; no cesa de nombraros; en la mesa, o jugando con los chicos, o de paseo, le (p.5572) oímos a cada instante: «¿Qué diría Pilar de esto? ¿Qué haría Fernando si tal viese?» Os quiere con delirio. Bien le conozco que tiene rabiosas ganas de irse con vosotros; pero su vejez le ha hecho tímido y ya no manifiesta sus deseos. Yo le proporcionaría este gusto, que es sin duda el último aliento de una vida caprichosa, ávida de los placeres sociales; pero no me atrevo a mandárosle allá, ni aun con buena escolta de criados. El pobrecito no está ya para tales trotes. Podría quedársenos en el camino.

Y voy al asunto magno, Pilarica de mi alma. Novedades muchas y gratas tengo que contarte. La primera visita de las niñas de Castro fue de pura etiqueta de duelo, y nada pudimos hablar. Como estamos tan cerca, fuimos a La Guardia Juan Antonio y yo a pagarles la visita, y tampoco pude meter baza, por estar las damiselas en plena cautividad de Doña María Tirgo y de las de Álava, que de ellas no se apartaban un momento. Dios dispuso luego las cosas para nuestra satisfacción y gusto: lo primero que hizo fue agravar los achaquillos reumáticos de la Tirgo para que no pudiera moverse ni acompañar a las niñas en sus viajatas por estas tierras; y hecho esto, inspiró a Demetria y a su hermana la feliz idea de llegarse acá una tarde, con lo que vi el cielo abierto.

Llegaron las niñas el viernes de la semana pasada en un lindo coche que tienen ahora para pasear, y como yo les manifestara mi sorpresa, no inferior al gusto que me daban, Demetria me dijo: «Me moría de ganas de hablar con usted, Valvanera, y si no me engaña el corazón, también usted tiene ganitas de hablarme..». Ganitas rabiosas -le contesté-: como que habíamos tramado ya Juan Antonio y yo tomaros por asalto el mejor día».

Encargada Pepilla de entretenerme a Gracia todo el tiempo que yo necesitara para explicarme con la hermana mayor, cogí a ésta por mi cuenta, nos encerramos, y allí fue el derroche de confidencias y sinceridades que voy a referirte. Ya era tiempo, ¿verdad?

Déjame que tome respiro, que no puedo escribir muy largo; me (p.5573) sofoco; paréceme que hablo todo lo que escribo, y me falta el aliento. Para contarte lo que hablamos Demetria y yo, parte aquel día, parte el lunes en Samaniego, punto concertado para pagarles la visita, tengo que emborronar lo menos seis pliegos. Empiezo por decirte que con tantas penas la joven sin par no ha perdido nada de su belleza grave, que crece y brilla más cuanto más se la mira. En el tiempo transcurrido desde la muerte de su padre, la entereza, don primero de esta singular niña, se ha fortalecido con los sinsabores de la terrible lucha con su familia y los Idiáquez.. En broma, en broma, tu presunta nuera anda ya en los veintiséis años, cifra que nos induce a no perder más tiempo, y que nos da la explicación de que haya roto el papel que viene sosteniendo, harto enojoso y duro de representar a estas alturas. La pobrecilla oye dentro de sí las voces que le dan sus veintiséis años, juntamente con el bullicio de la naturaleza y los clamores revolucionarios de la juventud que reclama su fuero. Ha llegado el momento crítico de su voluntad, que ya no quiere ser esclava, sino señora, cosa muy natural, y darse el gobierno de sus propias acciones.

Sábado.

Mira, Pilarica, lo que se me ha ocurrido: en ello verás la explicación de haber tardado ocho días en referirte todas estas cosas, que parecerían un buen trozo de novela sentimental si no fueran la verdad misma. Escribilo de primera intención todo seguido, poniendo en forma narrativa los conceptos que Demetria y yo nos decíamos, mezclados con las observaciones que se me iban ocurriendo. Pero leído por Juan Antonio mi cartapacio, encontrolo pesado y oscuro, y no fue preciso más para que mi lastimado amor propio de historiadora me inspirara la idea de darle forma distinta, en lo que se me fueron los días con sus primas noches. He pensado que resultará mayor claridad para la lectora presentándole la copia de estas largas conferencias en disposición semejante a la de un catecismo, con preguntas y respuestas, que hacen imposible toda confusión. Verás lo (p.5574) que digo, metiéndole a la niña los dedos en la boca, y lo que ella con sereno juicio y corazón henchido de nobles sentimientos me responde. A su tiempo sabré si me he lucido con mi catecismo, o si ello es una extravagancia de que tú y Fernando os reiréis a costa mía. No me importa, con tal que te enteres bien. Allá voy.

PREGUNTA MÍA. -Lo primero que tienes que explicarme, querida, es lo que pasó entre vosotros, tú y Fernando, cuando éste, después del Convenio de Vergara, te escribió por sugestión de su madre una carta muy afectuosa, diciéndote que se acordaba mucho de ti, y otras cosillas dulces y discretas. Era natural que fuese él quien primero se insinuase. Esperábamos que de esta correspondencia saliera lo que nosotros deseábamos, y tú también, por lo que ahora me dices. No podía Fernando espetarte una declaración a boca de jarro: necesitaba explorar antes tus sentimientos.. Tres cartas de él cruzáronse con dos tuyas. ¿Qué razón hubo para que este correo se suspendiese bruscamente, y para que tu carta postrera fuese la misma frialdad y como un delicado aviso de ruptura?

RESPUESTA DE ELLA. -¡Ay! no fueron tres las cartas suyas, sino dos; si en efecto escribió esa tercera carta, y verdad debe de ser cuando usted lo afirma, yo no la recibí, puede creérmelo. No debe sorprendernos esta falta, porque precisamente en aquellos días los de Cintruénigo apretaban las clavijas, queriendo vencerme, ya con los halagos, ya con el miedo; mi tía, absolutamente a devoción de ellos, pretendía secuestrarme la voluntad, el pensamiento y hasta la respiración. No nos asombremos de que Doña María, en un arrebato de celo, retuviese en su poder la carta que para mí llegaba. La enfurecía mi correspondencia con D. Fernando, y siempre que me encontraba con la pluma en la mano, teníamos un disgusto. En cuanto a la frialdad de mi segunda carta, la explicaré por una de esas tonterías que hacemos las mujeres, engañadas del falso arte de amor que hemos aprendido en los libros. Se me puso entre (p.5575) ceja y ceja que debía emplear el jueguecito del desdén con el desdén, y ya ve usted qué mal me salió el meterme en tales dibujos. Escribí la carta fría, creyendo que él la contestaría con otra muy fogosa; la carta de él no pareció.. creí que no quería más cuentas conmigo. Lo que padecí en largos meses, después de aquella fecha, sólo Dios puede saberlo.. Aprendí entonces que en los casos graves de la vida, los disimulos y las comedias no traen nada bueno, y que siempre debemos proceder con rectitud, expresando lo que pensamos, y no desfigurando con artificios de mujeres vanas la verdad que sale de nuestro corazón.

PREGUNTO YO. -¿Y cómo, hija mía, no se te ocurrió poner en práctica la sabia regla que acabas de exponer? ¿Por qué no expresaste en tu segunda carta la verdad de tus sentimientos?

RESPONDE ELLA.- Fíjese usted bien, Valvanera: era la situación mía muy distinta de la de D. Fernando. Yo no había querido a hombre ninguno antes de conocerle y tratarle, en el terrible tránsito de Oñate a mi tierra por los altos de Aránzazu.. Para mí fue D. Fernando desde aquellos días, más que un hombre, un ángel, un caballero bajado de los cielos.. Yo le quería.. lo diré todo claro, pues usted así lo desea.. yo le quería, y considerándome indigna de juntar para siempre mi existencia con la suya, me consolaba queriéndole a mi modo, sola conmigo y con las imágenes de él, que no me dejaban despierta ni en sueños.. Pues bien: si yo no había tenido jamás ningún amor más que el de que estoy hablando, él amaba, bien lo sabe usted, a otra mujer.. Y aunque es público y notorio que esta mujer le había dado unas grandes calabazas, él no renunció a ella, y el año 38, cuando fue a Miranda, revolvía la tierra por encontrarla, y ella por otro lado corría en busca suya, no sé si cuerda o loca.. Después oí contar que el señor de Calpena anduvo por tierras de Vizcaya y Guipúzcoa disfrazado de trajinante, negociando secretamente con Maroto las condiciones del Convenio. Dijéronme que Zoilo Arratia, el maridillo de Aura, se había (p.5576) dejado los huesos en Peñacerrada.. La noticia vino de Cintruénigo, con indicaciones de que los amantes de Madrid, los separados en Bilbao por inconstancia o traición, se encontraban de nuevo, y libres ambos, hacían paces duraderas.. Verdad que todo esto fue desmentido por ustedes; pero cuando D. Fernando me escribió, después del abrazo de Vergara, no me constaba de una manera cierta que su pasión por la de Madrid fuese una hoguera totalmente apagada.. Ha dicho usted que D. Fernando no podía empezar su correspondencia con una declaración, ni menos con propuesta de matrimonio. Pues menos podía yo hacerlo. Su carta era muy afectuosa, revelaba una gran estimación de mí; pero esto no me satisfacía. Digan ustedes lo que quieran, en mi primera respuesta le abrí camino para que se declarara. Él, la verdad, estuvo a dos deditos de la declaración. Tuve yo la ridícula idea de coquetear, como antes he dicho, y todo lo eché a perder. Crea usted que la falta de libertad, la horrorosa imposición de mis tíos son la causa de que todo ello no se decidiera en pocos días, pues si me dejan, yo habría traído a mis pies al caballero y le habría hecho confesar lo que ahora confiesa y reconoce, y es que si para Demetria no hay más hombres que él, para Don Fernando no hay otra mujer que yo. Las cosas claras.

HABLO YO. -Bien, niña mía. Así se expresa una mujer de corazón y de virtud inmaculada. Cuéntame ahora las peripecias de esas terribles luchas que has tenido que sostener con tus tíos. Durante el año 40 no cesaban de llegar a nosotros noticias de concordia entre las castellanas de Castro-Amézaga y el castellano de Idiáquez, y la insistencia de estos rumores les daba tal verosimilitud, que perdimos toda esperanza. A principios del 41, hallándose Rodrigo en Madrid, como diputado en las Cortes que eligieron Regente a Espartero (y él fue de los que dieron voto contrario) , anunció a sus conocimientos que antes de primavera se casaba contigo. Luego vino el notición de que te metías monja. Explícame todo esto en breves palabras. (p.5577)

HABLA ELLA. -No tiene usted ni idea de mis padecimientos en esos dos años: fueron tales, que pienso que ellos solos me bastarían para ganar la gloria eterna. Los de Cintruénigo, después de abrumarme con cartas de amor, alambicadas y fastidiosas, me abrumaban con regalos. Admitirlos no quería yo; pero mis tíos me cortaban la voluntad. Vino Doña María Tirgo con una corte de clérigos y hasta con el Obispo de Calahorra.. Por cierto que en aquellos días parecía mi casa el Vaticano: no se veían más que sacerdotes elegantes, que gastaban rapé oloroso y hablaban latín fino; Doña María echábame homilías semejantes a las de los misterios gozosos y dolorosos; me aseguraba en todas ellas que se moriría de pena si no le daba yo el gusto de ser su hija. Todo el clero que a la de Idiáquez acompañaba no tenía más que una voz para prometerme la bienaventuranza eterna si me casaba con D. Rodrigo, y ella ponía el remate a la tentación diciéndome que era muy poco lustre para mí el título de Marquesa, que Rodrigo se proponía obtenerlo de mayor resonancia, y que él y yo ceñiríamos corona ducal. Figúrese usted lo que me importan a mí títulos ni relumbrones. Dijo también que a Rodriguito le habían prometido los moderados hacerle ministro en cuanto los perros cambiaran de collar y echáramos al Regente, y qué sé yo qué más.. ¡Dios mío, qué de cosas me han dicho, y qué valor y constancia he necesitado para mantenerme en mis trece!.. Llegó después el Marquesito transformado de ropa, pues ya recordará usted que de sus primeros viajes a Madrid volvía siempre vestido con tres modas de atraso, revelando en su facha la miseria que no podía desechar de su alma. Alguien debió de advertirle que nada es tan necesario a un galán pretendiente como el revestirse de formas elegantes, según el estilo que viene de París. Traía muchos y variados levitones y levitines, y creía conquistarme mudándose de traje por la mañana, otra vez al mediodía, y luego por tarde y noche. Me daba fatiga ver a un hombre que no hace más (p.5578) que vestirse y desnudarse cuatro veces en la brevedad de un día.. Bien comprende usted que con esto me convencieron menos que con las coronas ducales y marquesiles. Mi tía ponderaba la elegancia de Rodrigo, y yo, aburrida ya y deseando morirme, hacía lo propio, a ver si así lograba que el galán y su madre salieran con viento fresco y me dejasen tranquila. De aquí nació la falsa idea de que yo cedía, y empezaron a correr voces de avenencia.. Como Doña María, reforzada con las de Álava, pretendiese un día arrancarme declaración de consentimiento, me planté, soltando los registros más fuertes de la entereza que Dios me ha dado, y les dije que en todo haría el gusto a mis amados tíos, menos en casarme con un hombre que no inspiraba ningún amor. Fuese del seguro mi tía, y acabamos la función ella y yo, no con voces airadas, que eso no está en nuestra condición, sino echándonos a llorar como Magdalenas. Mi tío también lloraba, y a Gracia le dio un síncope que nos puso en gran alarma.

Al fin pronuncié yo la sentencia que me dictaba mi voluntad. De una vez para siempre declaré que no me casaría con D. Rodrigo, aunque me le trajesen encasquillado en oro, con perlas y brillantes; que no queriendo contrariar a mi familia ni acceder tampoco a pretensiones que ofendían mis sentimientos, me consagraba al servicio de Dios; que no me casaba, vamos, ni ahora ni nunca.. Vuelta a llorar mi tía; Gracia pierde otra vez el sentido, y mi tío cae a mis pies y me los besa diciéndome que soy un ángel..

YO.- Pero no un ángel cualquiera, sino un ángel heroico, de la mejor y más sublime casta. Déjame que te abrace y te dé mil besos, y aun así no expreso toda la admiración que me causa tu firmeza de voluntad.

ELLA. (Besándome con efusión y derramando un llanto dulce entre risas patéticas, estallido de un corazón que ya no sabe ni puede contener el brote descompasado de sus afectos.) - Lo que yo he padecido por mantenerme firme en esta guerra, y para no dejarme conquistar, no puede usted figurárselo.. ni nadie lo (p.5579) entiende más que Dios. D. Fernando quizás lo comprenda si, como usted dice, de veras me ama. Bien puede agradecerme ese pillo la resistencia que he tenido que sacar de esta pobre alma mía y lo que me ha costado el guardarme para él.. Yo me guardaba y esperaba.. hasta el fin del mundo.

 

Ep-29-XI -

(Continúa la carta de Valvanera)

Domingo.

La segunda entrevista fue en Samaniego, que así lo determinó ella, fijándome día y hora. Convinimos en que yo iría con Juan Antonio, ella con Gracia y el mayordomo que suele acompañarlas, y podríamos estar juntas media tarde, libres y en todo el goce de la recíproca confianza, pues ya cuidaría ella de que ni los tíos ni las amigas se le agregasen. Doy a esta segunda conversación la misma forma que a la primera di. Gracia no asistió a la conferencia; mi marido, sí; pero no figura en el coloquio hasta el momento final. Empieza ella diciéndome lo que copio:

«Con mi resolución de entrar en un convento no se dieron mis tíos por derrotados; mas cambiaron de método para mi conquista, y ya no vinieron contra mi voluntad frente a frente, sino de soslayo. No tenía yo que hacer misterio de mi inquebrantable adhesión a D. Fernando y del tenaz propósito de ser suya o de nadie. Trataron de quitarme de la cabeza esto que llamaban desvarío; pero viendo que con sus exhortaciones no lograban sino exaltarme más en él, dieron en denigrar a mi salvador, más que en su propia persona, en la de su señora madre. En rigor de verdad, mi tío, que es un santo, no decía cosa alguna que pudiera sonar a difamación: no hacía más que presentarme como inconveniente el matrimonio con D. Fernando, sin que ello le impidiera reconocer las admirables dotes de éste; mi tía no pronunciaba difamaciones ni alabanzas del caballero; mas por boca de las de Álava y de las de Manterola quería demostrarme que me cubriría de vilipendio dando mi mano al hijo de la Condesa, y que más me valdría la oscuridad de un convento, la muerte misma, que tan absurdo matrimonio..

HABLO YO. (p.5580) (Sin poderme contener) . -Pero tú, niña salada, no te acobardarías ante esos pérfidos ataques. Ya supongo que no se paraban en barras: te pintarían el nacimiento de Fernando como la mayor de las ignominias, y a Pilar como un ser odioso que lleva tras sí el oprobio y el escándalo. Pero tú, que sabes más que ellos; tú, que tienes alma grande y un entendimiento superior, capaz de medirse en buena lid con todo el Concilio de Trento, te sacudirías fácilmente las moscas, ¿verdad?

ELLA. -¿Que si me las sacudía? Habría usted de oírme. Mi tío D. José, que no puede disimular, ni aun delante de su terrible hermana, el amor que tiene a D. Fernando, casi, casi me daba la razón, y sin darse cuenta de ello, apoyaba mis argumentos. Yo concluía mis sermones declarando que ni yo ni ellos éramos llamados a juzgar a la señora Condesa de Arista; que entre esta señora y yo, sin conocernos personalmente, no podían mediar rencores ni desconfianzas, sino más bien la mutua estimación y un leal cariño; y en cuanto a su hijo, todos debíamos cerrar los ojos ante su origen y abrirlos bien abiertos para verle y admirarle en los méritos de su persona. Que me negaran estos méritos, y ya me tenían a mí como una leona, sacando para defenderle cuantas uñas me puso Dios en el magín. La verdad, no se atrevían a desconocer el talento, la cortesía, el noble corazón del hijo de la Condesa, y a mi tío se le escapaba de los ojos alguna lagrimilla cuando recordaba el tiempo en que aquí tuvimos a nuestro caballero con su patita coja.

En esto apuntó el noviazgo de mi hermana con Santiago Ibero, que vino a enredar las cosas, ya bien encaminadas, porque mi resistencia movió a los Idiáquez a poner sus miras en la hermana menor. Vieron que por parte mía estaban verdes, y en la pobrecita Gracia viéronlas maduras. Fue mi primer impulso reprobar los amores de mi hermana con Santiago; pero entendiendo que el noviazgo no era cosa de juego, sino muy seria, observando a la chiquilla muy enamorada, y reconociendo en él cualidades y (p.5581) circunstancias que nadie podía negarle, apoyé los deseos de entrambos, y aquí me tiene usted en nueva y encarnizada lucha con mis buenos tíos. No acabaría nunca si refiriera pormenores de tantísimas escaramuzas y batallas. Mi casa ha sido el campo de una terrible guerra civil, en la cual, si no de sangre, torrentes de lágrimas se han derramado. Y si por un lado he visto en mi casa un campo de Agramante, por otro paréceme teatro, en el cual las comedias han sucedido a los dramas, y a los dramas los entremeses para reír, que de todo hay en la escena del Señor.

YO.- Me figuro lo que habrás padecido y luchado, pobrecita de mi alma, y tu heroísmo va más lejos de lo que yo creía, y él te da el diploma de mujer incomparable, única. Dime ahora si es cierto que Ibero, por causas desconocidas, ha roto con tu hermana, quedando ésta libre, y si la niña inconsolable, como cuentan, se decide a sepultar en un claustro su desconsuelo.

ELLA.- Eso lo veremos. Yo no doy por terminado este asunto. Por de pronto, los de Cintruénigo, que hace meses cogían el cielo con las manos, han recobrado esperanzas, y con las esperanzas se le han hinchado las narices a Doña Juana Teresa, que vuelve a estar insufrible de altanería y despotismo. Ha desatado la curia contra su hermana la de Arista, acosándola con pleitos, y también a nosotras quiere enredarnos en ridículas cuestiones por los linderos de las piezas de Caparroso con unos andurriales donde apacientan cabras los Almontes de Tarazona. Pero de todo esto me río yo, como se reirá D. Fernando de las dificultades que le ha movido por los mayorazgos de Valldeveu y de Centellas en Barcelona. Lo que principalmente ahora me inquieta es el estado de abatimiento de la pobre Gracia, y mi temor de que su tristeza le cueste la vida. No sé cómo saldremos de este nuevo conflicto; pero no renuncio a una buena solución si en ellos me ayuda la única persona en quien todo lo fío y de quien todo lo espero.

YO. (Con solemnidad.) - D. Fernando, tu esposo, y así le llamo porque Juan (p.5582) Antonio y yo no salimos de aquí sin celebrar contigo un compromiso sagrado; el hombre que te sacó del cautiverio de Oñate, ahora te sacará del encierro en que tu voluntad y la de tu hermana están prisioneras; mas para esto es preciso que suya, eternamente suya, te declares, como él por mediación nuestra se reconoce tuyo y muy tuyo».

Al decir esto, Juan Antonio y yo nos pusimos en pie, y con una solemnidad que comprenderás sin que yo te la describa, le dijimos: «Demetria, mi marido y yo te hacemos formal entrega del corazón del hombre que amas, y por encargo de él te pedimos el tuyo para enviárselo, y él lo guardará hasta que uno y otro corazón puedan en la realidad de la vida juntarse y en uno solo refundirse».

No sé si me salió como lo escribo; debió de ser en forma más tosca y con palabras inseguras; pero tal fue la sustancia de lo que dije. Habló entonces Juan Antonio, y palabra más, palabra menos, allá va: «Esto no es una simple conversación de amigos; es un compromiso grave, en el cual usted, Demetria, responde de su voluntad, como nosotros respondemos de la de nuestro amigo. ¿Está usted decidida a sobreponerse de un modo absoluto a las sugestiones de su familia, y dar su mano al que nos autoriza para ofrecer la suya?

ELLA.- Sí lo estoy. Sea Dios testigo de que lo deseé siempre; y ayúdeme a sostener que si antes no pudo ser, ahora será.

JUAN ANTONIO.- Convengamos en que esto es un casamiento por poder; y aunque para dar fuerza a la ficción no hay más garantía que la de nuestras conciencias, como éstas son muy puras, acordemos que lo que aquí se ate ningún poder humano podrá desatarlo. Deme usted su mano, y haga cuenta de que la mía es la de D. Fernando. Lo que falta, las formalidades civiles y las bendiciones del cura, harán efectiva la unión vital; y en espera del sacramento, las voluntades ya ligadas no pueden separarse».

No lo dijo mi marido tal como aquí lo lees, sino con mayor familiaridad y menos tiesura gramatical. Pero tómalo así, pues él (p.5583) me ha escrito el parrafillo, en que verás su pensamiento con toda claridad y precisión. Contestó Demetria repitiendo hasta tres veces el «sí quiero» con firme acento y emoción muy viva, y dimos por terminado el acto. Ya lo ves; véalo también el caballero de los escrúpulos: nos hemos excedido en nuestra misión, pues nos encargasteis que exploráramos, y no sólo hemos explorado, sino que hemos descubierto y os ponemos en la mano un mundo hermosísimo. Yo estoy muy contenta, todo lo que puedo estarlo dentro de las sombras de mi pena indeleble. Tú también te pondrás como unas pascuas cuando esto leas, y del caballero nada digo, porque me le imagino celebrando su felicidad con todo el ardor y toda la vehemencia que puso antaño en llorar su desgracia. ¡Vaya, que se lleva una hembra!.. Mucho vale tu niño, Pilar; pero con ser tan grande su mérito, aún creo que no iguala, no, a este acabado modelo de chiquillas casaderas (no tan chiquilla ya) , que será pronto perfecta casada. Dice Juan Antonio que no ha visto otro caso, ni cree que exista mujer que a Demetria pueda compararse. No nos cansamos de admirar su discreción, su aplomo, su gracia, en la dosis precisa para no perjudicar a la formalidad; su belleza, que en alto grado tiene cuando bien se la mira; su conocimiento de la vida; su inteligencia casera y gobernante, sin que deje de ser mujer en todo cuanto ordena y ejecuta; y, por último, su salud vigorosa, pues su cuerpo es de intachable configuración, airoso y flexible, las carnes apretadas y duras, la mirada serena y viva, el color tostado, la musculatura de acero. ¡Qué hermosa sangre, qué admirable vida! Te anuncio una cáfila de nietos que harán tus delicias, y serán como robles. A Fernando, que se apresure a tomar posesión del mundo que él descubrió y que nosotros le hemos conquistado. Si algún impedimento hubiera aún por acá, lo arrollará la terquedad de esta señorita, que ya se tiene por casada en espíritu y quiere serio de hecho. Es muy natural: ha cumplido los veintiséis. Su talento, su vida exuberante le (p.5584) dicen a gritos que es lástima dejar que el mundo se acabe.

Nota.- Todo esto me lo ha puesto Juan Antonio, que se mete a colaborar en mi carta, quitándome la pluma de la mano y añadiendo observaciones y juicios de su cosecha. Declino la responsabilidad.. Pues sí: decimos que se dé prisa D. Fernando; por acá la prisa es grande, en razón de lo tardío de esta unión. Ya debías tú tener un par de nietos, muchachones como castillos, si las cosas hubieran ido por el camino que debían llevar. Pero no tarda quien a casa llega. La niña de Castro no espera más, y antes que dilatar su dicha y el cumplimiento de sus naturales fines, se pondrá por montera a toda la familia y a la caterva de allegados y deudos que la atormentan. No espera, digo, y harto lo revela su rostro sanote, de un color de salud y vida que es la mayor gala de la naturaleza. El sol está en su cara, y las generaciones hormiguean en sus ojos.. Basta; le quito la pluma a Juan Antonio para decir que no es decente meter tanta prisa.

Bien quisiéramos, amiga del alma, acompañaros en vuestros paseos por la mar. ¡Qué hermosa será vuestra galera empavesada, deslizándose.. y las ondas azules, y..! Aquí me paro, porque no sé yo decir esas cosas. Cuando pase el invierno, quizás podamos satisfacer nuestro afán de verte y embromarte, dándole un fuerte mordisco a ese caballero, y un tremendo abrazo a D. Pedro Hillo. ¡Qué guapos estaréis todos navegando por esas aguas, y pescando besugos, o lo que den los mares de allá!

Pues ahora, Juan Antonio, no contento con meterse a colaborar en mi carta, ha dado en retocarla toda, añadiendo parrafitos, borrando lo que no le parece bien, enmendando lo que cree oscuro. El cuento es que, por no enviártela llena de tachaduras y garabatos, tengo que ponerla en limpio, y al hacerlo, veo que lleva un empaque gramatical que no entra en mis hábitos. Así se aprende. Dice mi marido que debe ir el documento muy bien apañadito, porque su indudable importancia lo destina ciertamente a la conservación; esta carta es de las que se guardan como oro en (p.5585) paño en las familias, y hallándose, por tanto, amenazada de pasar a la posteridad, debemos darle una pasadita de piedra pómez.

En mi próxima te mandaremos, de acuerdo con tu nuera, instrucciones acerca de la mejor forma, del tiempo y lugar más adecuados para la celebración del casorio. Tiene razón mi marido: ¡a casarse, a vivir!

Veinte mil besos de mis hijos y míos, innumerables docenas de abrazos de Juan Antonio y de D. Beltrán, y recibid toda el alma de vuestra amante amiga -Valvanera.

 

Ep-29-XII -

De D. Serafín de Socobio a D. Fernando Calpena

Enero de 1842.

Ilustre amigo: Su carta del 12 me alivia del susto que la del 3 me dio, pues veo en ella bien manifiesta la mejoría de su señora madre, que ni aun en ese dulce clima tolera los rigores invernales. Felizmente no es cosa mayor esa dolencia que en tan gran alarma nos puso a los amigos de acá, y doy gracias a Dios por el alivio, pidiéndole que sea completo, y que las aflicciones de usted por este motivo no vuelvan a repetirse. Al propio tiempo allá van mis felicitaciones por lo que me manifiesta respecto al buen giro del interesante asunto de La Guardia, más relacionado con el corazón que con los intereses. También pido a Dios que le acelere el desenlace que ha de colmar sus justos anhelos. Si da Dios la felicidad a quien la merece, bien puede usted decir que ya la tiene en la mano. Cierre usted el puño para que no se le escape.

No resisto a la tentación de dar a usted algunas noticias que con ese negocio se enlazan. Ha llegado la semana pasada el señor Marqués de Sariñán, que trae el propósito de aprovechar la famosa ley del 2 de Septiembre último, por la cual se declaran bienes nacionales todas las propiedades del clero secular en cualesquiera clase de predios, derechos y acciones que consistiesen, de cualquier nombre y origen que fuesen, y con cualquier aplicación y destino con que hubieran sido donadas, compradas o adquiridas. Alcanza esta ley a los bienes, derechos y acciones de las cofradías y fábricas de las iglesias. Al olor de estas (p.5586) compras acuden terratenientes de los pueblos y logreros de las ciudades. Sigo creyendo que la ley es un despojo inicuo. El de Sariñán no se duerme, y como tiene ahorros, efecto natural del miserable y roñoso trato que se da, será de los que arrebaten con viva mano los mejores bienes de aquellas manos muertas. Allá se las haya con su conciencia. Pues bien: interrogado el señor Marqués por un amigo mío acerca de lo que llamamos el negocio de La Guardia, repitió que pronto quedarían vencidas las dificultades que suscitaba la malicia. Se lo digo para su gobierno, en la seguridad de que usted compaginará las noticias que recibe con las que me da.

Otra incumbencia, además de la compra de tierras eclesiásticas, le trae a Madrid, y de ello puedo dar testimonio, porque a un servidor de usted se le han encargado las diligencias necesarias para llevarla a efecto. Desea el señor Marqués añadir a sus títulos nobiliarios el de Duque, y consultado el caso conmigo, aconsejé pedir la reválida del ducado de Nuévalos, que en tiempos de D. Pedro V de Aragón perteneció a la casa de Idiáquez, pasando luego por enlaces a la de Lazán, y perdiéndose hacia 1710, por muerte del poseedor D. Fadrique de Lazcoiti y dejación de sus herederos, que se ligaron a la casa del Archiduque y emigraron a Francia. Conforme con mi dictamen el señor Marqués, quedé yo en comenzar las gestiones y en llevarlas con la mayor actividad. Esto me huele a próxima boda. No diga usted esto a nadie, mi buen D. Fernando, que el Sr. D. Rodrigo me ha encargado la reserva.

Dejemos a un lado al noble mayorazgo de Cintruénigo, y vamos con su amigo de usted, de quien al fin puedo darle nuevas, que siento no sean felices.. No tiene usted idea, mi señor D. Fernando, de las vueltas que di por Madrid, ni de las calles y costanillas que tuve que recorrer para encontrar al desdichado Ibero, tarea ingrata, que me ha puesto perdido de los callos, pues hay que ver, amigo mío, la ruindad y abandono de los empedrados de la Villa y Corte en estos tiempos de Regencia (p.5587) esparterista. ¡Qué Ayuntamiento! Así está todo. Vamos al abismo, si no vienen pronto los hunos. ¿Sabe usted quiénes son los hunos? Pues son los otros. Inteligenti pauca.

Decía que tropezando aquí y acullá, tomando razones de porteras soeces y de aguadores zafios, di con Santiago Ibero en una vivienda modestísima de la calle del Limón. ¿Sabe usted dónde esta calle cae? Allá por el cuartel de Guardias, que es donde Cristo llamó, según cuentan, y no le oyeron.. Sorprendiose de verme, y lo primero que hice fue hablarle de usted, por cuyo mandato iba yo en su seguimiento y captura. Al pronto pareció no recordar, no digo la persona, pero ni el nombre de usted, de donde saqué la convicción del lastimoso estado de su caletre; pero luego, mi segunda y tercera amonestación le refrescaron los aposentos de la memoria, y se manifestó complacido del recuerdo, añadiendo que no existía ningún amigo que tanto le interesase. Como yo le dijese que era fea ingratitud olvidar a tal amigo y no responder a sus cartas, contestó mil incongruencias: que no tenía tiempo de plumear; que no acertaba con lo que debía escribir a persona tan amada; que sus ideas variaban como unas setecientas veces al día; que escritas con no poco trabajo dos cartas, las había roto; que escrita una tercera, olvidada se le quedó en el bolsillo dos largos meses, entre migas de pan y picadura de tabaco.

No es cierto que le hayan concedido la licencia absoluta: la pidió al Regente; pero éste, mejor dicho, el gran mangoneador Linaje, no ha querido dar curso a la solicitud. Está el hombre de cuartel, abominando del servicio militar y de todo lo que sea guerra, fusiles y ordenanza. Causome no poca sorpresa ver gruesos libros en la mesa del mísero cuarto en que me recibió, y de punto subió mi asombro viendo que eran obras místicas: el Tratado de la Paciencia, de Malon de Chaide; la Vida de Cristo, del padre Nieremberg; el Evangelio en triunfo, de Olavide, y algo más que no recuerdo. A mis preguntas acerca de sus nuevos gustos literarios, contestó con evasivas. Luego vi (p.5588) que un armario próximo albergaba novelas, algunas traducidas del francés, y me parecieron, por los pocos rótulos que leí, la más abominable literatura del mundo. De paisano vestía el pobre Coronel, cubriéndose casi todo el cuerpo con una luenga bata negra que más parecía sotana, los pies en pantuflos colorados: ni en cuellos ni en puños vi asomos de camisa, gloriosa nuditas. Lo más extraño de todo es que en la frigidísima estancia no había lumbre. Interrogado por mí acerca de este punto, díjome que ignora lo que es frío, que arde su cabeza, y que su corazón es un rescoldo inextinguible. En tanto que con él hablaba, se me iban los ojos por todos los rincones del aposento, buscando rastro de mujeres o alguna señal de femenil existencia. Vi retratos de escaso mérito, que no representaban ciertamente tipos de hermosura; vi ropas colgadas de clavos y perchas, entre las cuales había prendas de mujer, viejas y sin ninguna elegancia; botas y zapatos de pie breve vi también, ya desfigurados por el uso. Mujer había sin duda, mas era de baja estofa, según las trazas, o de las que por los caminos de liviandad vienen muy a menos.

Con la discreción más sutil traté de sonsacarle quién era ella y el por qué y el cómo de tal envilecimiento; pero no quiso clarearse, demostrando en ello más marrullería que demencia, y una grande habilidad para eludir las contestaciones concretas. Y luego, exaltándose de improviso, me dijo: «Soy un hombre sin honor, y toda persona que se estime debe huir de mí como de un apestado. No merezco que ningún caballero me dirija la palabra. Caballero fui yo; pero ya no lo soy, ni a serlo volveré». Y como yo intentara quitarle de la cabeza ideas tan sombrías, se encalabrinó más, echando tal lumbre por los ojos, que empecé a sentir miedo. Mi turbación llegó a su colmo cuando le vi levantarse súbitamente cual muñeco de resortes, y medir a zancajos la estancia, cogiendo un libro de una parte para ponerlo en otra, y masticando palabras ininteligibles, como quien no está en sus cabales. (p.5589) A toda prisa solté las frases de retirada, y él, apretándome la mano hasta que me hizo ver las estrellas, echome su despedida en los términos más insólitos: «Le felicito a usted porque se marcha.. muy señor mío y dueño.. Buenas tardes.. Expresiones.. Váyase pronto y no vuelva.. Aquí manchamos, digo, yo mancho.. Conservarse. Me hará el favor de no volver acá».

Asustado en el momento de despedirme, compadecido cuando salvo me vi en la escalera, bajé con propósito de obedecerle en lo de no repetir la visita. Olvidaba decir a usted que no me salí sin entregarle su carta, y que él la tomó con rápido impulso, y sin mirarla la puso entre las hojas de un voluminoso libro, cuya tapa cerró con estrépito. Me figuro que aquel y otros infolios son el panteón donde yacen sepultadas todas las cartas que el infeliz hombre recibe.

Con que ahí tiene usted todo lo que directamente he podido inquirir del caballero sin ventura, a quien ha hechizado vilmente alguna de estas a quienes vilipendió Aristóteles llamando a toda la clase animal imperfecto. Si por vía indirecta puedo averiguar algo más, no tardaré en comunicárselo. Sé que otros amigos de usted andan en exploraciones por el lado de ciertas familias manchegas y matritenses, y quizás saquen de ello algún fruto.. A propósito: me han contado que el protegido del Regente, Marianito Centurión, que de garrochista andaluz pasó a gentilhombre de Palacio, ¡o tempora!, anda por estos sociales laberintos buscando una hembra de buena dote con quien entroncarse, sin reparar que sea un espanto de fea. Parece que el hombre ha encontrado su para cual en la hija de un D. Bruno, coterráneo de D. Quijote; pero no se lleva mal chasco si la pide en matrimonio y se la dan, pues no es oro todo lo que reluce, ni la riqueza de esa familia es lo que cree Centurión, que ya se tiene por poseedor de media Mancha. Y de una de las chicas he oído que anda un poco descarriada, cosa natural en este Madrid, que a los vicios ingénitos une hoy los que nos ha traído el progresismo, conductor de nuevas, (p.5590) costumbres y de relajaciones extranjeras. ¿Si será esta oveja churra, descarriada, la pretendida de Centurión? Me alegraré mucho, para que, sin llevarle gran cosa de dineros, le adorne la cabeza como él se merece y le cuadra muy bien, y así podrá decir que la boda le sale a mocha por cornada.

Pasando a otra cosa, mejor enterado estará usted que yo de ese movimiento de Barcelona, del cual dicen que es democrático-socialista.. ¡Vaya unos términos que vamos sacando ahora! Es lo que nos faltaba: que el desbarajuste esparteril nos trajese también un poco de democratismo, tras del cual veo asomar la oreja del republicanismo, o sea la disolución social. Por aquí se asegura que el Tío Cromwell, tan severo con los caballeros de Octubre, será blando con los insurrectos de Barcelona, lo que no ha de maravillar a nadie, por aquello de asinus asinum fricat. Bueno, Señor, bueno.

En las nuevas Cortes, los más ciegos pronostican grandes tumultos. López y Caballero están haciendo ya los guiños parlamentarios que preceden a la rabiosa oposición. Cortina y Olózaga tiran chinas contra las nulidades del Ministerio, y mi señor Regente no sabe salir del círculo de su tertulia de ayacuchos, ni gasta más ideas que las que allí le suministran. Vamos bien, tan bien que no iríamos mejor si estuvieran en nuestra mano las riendas del desgobierno. La situación es consoladora para los leales, y muy recreativa para todos, porque nos deleitamos con las crueles bufonadas de La Postdata y de La Guindilla. ¡Qué ingenio para las burlas! ¡Con cuánto gracejo y desparpajo escarnece la libertad de imprenta a los que la patrocinan, y qué bien allana el camino a los que reniegan de ella! La prensa, amigo mío, es un perro que no muerde más que a sus amos. ¿A nosotros qué ha de mordernos, si desde el primer día le ponemos bozal? En fin, que sigan ciegos y locos cometiendo torpezas, autorizando escándalos, corrompiendo al país, revolcando en el suelo el principio de autoridad, y no tendremos que hacer más que cruzarnos de brazos, hasta que llegue el (p.5591) momento de recoger aquel sagrado principio, roto y sucio en medio de las calles. Y como estará tan puerco, de las manos progresistas, habremos de cogerlo con un papel.. que será la Constitución genuinamente moderada.

¿Qué tiene usted que decir de esto? ¿Verdad que estoy en lo firme anunciando la catástrofe progresista y el triunfo de los buenos? Y los buenos somos nosotros, Sr. D. Fernando: ya lo verá usted, que también es bueno en general, y como tal le reconoce su incondicional servidor y amigo -Socobio.

 

Ep-29-XIII -

De Gracia a D. Fernando Calpena

La Guardia, Marzo, 1842. Grandísimo badulaque: Te escribo por encargo de mi hermana, que no puede hacerlo hoy con el detenimiento que piden las circunstancias. Como entre Demetria y yo no hay secretos, las órdenes que ella tenía que darte, dóytelas yo, y es lo mismo, ¿sabes? No te enfades por no ver letra de mi hermana. Está buena, y rabiando porque se nos ha llenado la casa de visitas, y heme aquí encerrada en mi cuarto, con pretexto de dolor de cabeza, para estar sola y poder mandarte estos rasgos.. Advertirás que ya sé poner las haches: lo aprendí para no hacer mal papel cuando me carteaba con el ser más indigno que hay en la creación, con el que en lo traidor y engañoso te supera.. digo, a ti no.. En fin, punto final en esto.

Pues verás: dice Demetria que ya es ocasión de que vengas. Luego te diré el cómo y dónde has de presentarte. ¡Ay de mí! Vas a ser feliz, y ella también. ¡Con cuánta pena, con cuánta envidia lo digo!.. No temo pasar por envidiosa: lo soy, ¿y qué? Cierto que no le quitaría yo a mi hermana ni un pedacito de su felicidad, ni a ti tampoco; pero me duele ver dichosos a los demás, cuando yo me muero. ¡Ay, Fernandito, qué desgraciada soy, qué martirios han destrozado y destrozan el alma de tu hermanita! Mis ojos, que eran tan preciosos, tú me lo has dicho, están secos de tanto llorar, y llorando he de seguir, pues mi pena no se acaba, me va labrando por dentro y comiéndome las entrañas; y si no quiero morirme es por esto que nos dicen de que (p.5592) somos eternos.. ¡Eternos, y allá también sentiremos las penas de aquí! ¡Eternos o inmortales, lo mismo da, creo yo, para no hallar consuelo en los siglos de los siglos!.. No, no: más quiero vivir, por ver si este dolor se me calma. ¿Qué crees tú?.. No me hagas caso. ¿Te acuerdas de cuando nos trajiste de Oñate? Pues ¡ay! si me hubiera muerto yo con mi padre, habríame ahorrado tantos dolores, y ahora estaríamos descansando juntitos.. En fin, dicen que Dios lo dispone todo: yo me conformo; digo, no me conformo, no me da la gana.. Sólo que.. Francamente, ¿qué saco de no conformarme? Pues padecer más y afilar los cuchillos de mi pena.

Te diré que como no hay secretos entre mi hermana y yo, he visto las veinte cartas que desde la reconciliación de Samaniego le has escrito, y las diecinueve contestaciones de ella también han pasado por estos ojitos, que ahora con el llorar se vuelven tan feos. Pues sí: el día que tocaba carta era para nosotros gran fiesta; la guardábamos para leerla a media noche, y cuando llegaba el momento encendíamos nuestra luz, y cabeza con cabeza leíamos con cuatro ojos, y con dos bocas recitábamos tu escritura, niño bobo. ¡Ay, ay, ay, qué lindas cosas le decías a tu novia! ¡Cuántas veces vi que a Demetria se le dilataba el pecho, se le cortaba la respiración, y ni llorar podía! Otra noche, leyendo aquella carta en que le hablabas de tu mamá, y de que tu mayor gloria sería que nosotras la adorásemos, a Demetria y a mí se nos caían a hilo las lágrimas.. y luego mojamos tanto los dos pañuelos, que se podían torcer.

Ya puedes estar satisfecho, Fernandito: ¡qué mujer te llevas! Yo creo que buscándolo bien, revolviendo la tierra, se podría encontrar un hombre como tú; lo que no encontrará nadie es otra Demetria, ni aunque la busquen con las antiparras del Padre Eterno; y debo decirte también que si satisfecho estás tú, ella lo está más, porque.. ¡Ay, ay! me echo a llorar como una simple, y los goterones que caen sobre el papel me lo ponen perdido.. Espérate un poco.

Sigo: pues te decía que (p.5593) Demetria no cabe en sí de satisfacción; desde que te declaraste por boca de Valvanera, está como un chiquillo con zapatos nuevos.. Pavonéate, hombre: tu novia te quiere con delirio, y no es esta pasión de ayer ni de la semana pasada, bien lo sabes tú; trae la fecha de nuestro conocimiento: nació en el camino de Aránzazu y se fue criando en esta casa, cuando te tuvimos aquí curándote la herida y dándote tanto mimo. Aunque yo no tenía entonces la reflexión que me han dado después los años, comprendí que mi hermana te quería; mas como ella callaba, yo también. Demetria es muy reservada, y a mí me trataba como a una chiquilla, absteniéndose de confiarme sus pensamientos íntimos. Llegó un día en que dejé de ser chiquilla; también me entró la demencia de amor.. ¡ay, nunca lo hubiera hecho!.. y entre mi hermana y yo empezaron las confianzas. Yo, por movimiento natural, le contaba todo lo que me ocurría. Correspondiendo a mi sinceridad, me dio a entender Demetria que no eras tú para ella saco de paja, hasta que una noche.. Fue cuando los tíos apretaban de firme para que diera el sí al tacaño de Cintruénigo; la pobre no sabía qué hacer, ni cómo desenvolverse de tal compromiso.. Pues una noche de verano, cálida y serena, de esas noches en que no nos llama el sueño ni apetecemos la cama, y gusta una de pasar embobada las horas mirando a las estrellas, nos hallábamos las dos niñas de Castro en un balcón de casa tomando el fresco, o esperando el primer fresco que quisiera bajar de la sierra. Yo hablaba como una taravilla, y ella no me contestaba más que con lo que yo llamo suspiros hablados. Ya era muy tarde, ya nos daba en las caras algún soplo fresquito, cuando vi que mi hermana lloraba, cosa en ella rarísima, pues sabe contenerse como ninguna, y es maestra en disimular sus aflicciones.. En fin, que allí me abrió las arcas de su alma, confesándome que desde Aránzazu te quiere con pasión grande y avasalladora, y que no puede querer a otro, ni hacer caso de quien le proponga tal absurdo; que aunque le (p.5594) habían dicho que tú también la querías, no podía darlo por cierto mientras tú no te declararas, y que, entre tanto, su destino era esperar, esperar siempre, pues o se casaba contigo o con palma la enterrarían. Luego, hablando de mí, Demetria me dijo: «Ya que no pueda ser yo feliz, me cuidaré de que tú lo seas..». ¡Ay de mí!, ahora resulta que ella es la dichosa, y que las desgracias se ceban en mí como los buitres en la carne muerta. ¡Jesús mío, Virgen del Carmen, Madre del alma, qué desgraciada soy!.. No sigo, porque el pecho se me oprime, una mano de hierro me aprieta la garganta, y.. Déjame, déjame que llore todo lo que me dé la gana..

Ya pasó la congoja. Tengo por cierto que me moriré, pronto: no puedo vivir, ni quiero.. ¿Para qué vivo yo? Me gusta que se me deshaga el pecho, que agua se vuelva mi sangre, y que me vaya consumiendo hasta que llegue el instante de apagarme como una luz. Me pondrán entre cirios, y me cantarán tristes responsos.. Después me enterrarán y.. No, no, que enterrada sentiré los pasos de mi hermana y los tuyos, y les oiré a los dos haciéndose fiestas.. Ustedes muy felices, y yo enterrada. Francamente, no quiero. Me rebelo, me pronuncio, no quiero.. O dichosas las dos o ninguna.. Igualdad pido a Dios, justicia..

¡Pues está esto bueno! Dos pliegos llevo ya, y aún no he dicho lo principal, el cómo y cuándo has de venir a casarte.. Déjame que tome aliento, que ya no puedo con mi alma, y la pluma me pesa tres arrobas.. Bueno: ya he descansado, y sigo diciéndote que si me vieras, Fernando, no me conocerías: tan desfigurada me tienen los pesares. Mi delgadez aumenta cada día, y con la mayor facilidad del mundo me cuento toditos los huesos. Padezco toses y desvanecimientos que me ponen a morir; no duermo; como a la fuerza porque mi hermana me vea comer. En fin, hijo de mi alma, que estoy hecha una vieja.. No lo tomes a broma. La otra tarde fuimos de paseo mi hermana y yo por el camino de Avalos, y salió una mujer a pedirnos limosna. No nos conocía; hablamos con ella, y al despedirse (p.5595) le dijo a Demetria: «Dios se lo aumente, y a su señora mamá le dé salud». La mamá era yo, y bien me señalaba cuando lo decía. Pues creo que aún se quedó corta, pues no ya madre, sino abuela de mi hermana parezco. No lo dudes: estoy viejísima y horrorosa.. Pero, ¡ay!, no vayas a creer que se me han caído los dientes. Eso no: ¡bonita estaría yo si perdiera los huesos de la boca!.. Tampoco se me ha caído el pelo; pero ya no lo tengo ensortijado.. Canas, no faltan. Ayer me conté más de doce. Tiempo ha que no se ven colores en mi cara; los ojos se me han hecho más grandes, y tengo en las sienes unas arruguitas muy feas, pero muy feas.

Otra cosa tengo que contarte, para que llores o te rías de mí, lo dejo a tu elección: ya no me entretengo con las palomitas; ya no me cuido de darles de comer ni de limpiarles los nidos; ni tampoco me paso las horas muertas con los pájaros, alimentando con cañamones a los prisioneros, y con migas de pan a los libres. Los salvajes gorriones, como los verderones y jilgueros, están a la cuarta pregunta por causa de mi pena. Ya mis amigos son los murciélagos; no les cojo ni les doy de comer; pero me gusta acecharles a la hora de ponerse el sol, para verles salir disparados de sus agujeros. Me entretiene seguir su vuelo con la mirada, y paréceme que observando estos animaluchos, la tristeza se me alivia un poco.. Tampoco me verás jugar con los corderos, como antes. ¿Sabes qué animales me gustan más? Pues los burros.. Nada me encanta como un borrico chiquitín, cuando va detrás de la madre. Uno hay por aquí tan monín, que ya dan en decir que es mi novio. Le doy muchos besos, que él me pagó con coces la otra tarde, porque no le dejaba mamar. ¡Qué ingratitud!

Pero yo aseguro que el ser más ingrato del mundo no es el asno, sino el hombre. ¡Ay!, los hombres son lo más odioso que ha creado Dios, y vele ahí por qué yo les detesto a todos, como a un solo hombre.. a todos menos a ti, porque mi hermana te quiere, y porque me consta que la quieres tú. Si no fuera esto, te aborrecería con todo mi (p.5596) corazón. ¿Quieres que te confíe un secreto? Pues mira: el hombre villano que un día me inspiro cariño, y hoy una tan grande aversión que no hay palabras con que yo pueda expresarla, ese hombre, ese miserable, ese vil, me fue simpático, primero, por las cualidades que creí ver en él; segundo, por la sola razón de ser amigo tuyo. Parecíame a mí que el ser amigo del hombre amado por mi hermana era ya un gran mérito.. Había pocos, muy pocos que ostentaran un título tan hermoso. Pues por eso le quise, ya ves; por eso exclusivamente no; quiero decir que influyó mucho el ser él tu amigo. Sin que me lo cuente nadie, sé que te ha causado indignación la vil conducta de ese hombre; pensarás que no sólo a mí me ha ofendido, sino también a ti; le habrás arrojado de tu corazón para siempre, cerrándole la puerta, por si quiere, como los ladrones, meterse otra vez dentro. Creerás, como yo, que es mentira todo lo que de él se decía, que ni es valiente en la guerra ni caballero en la sociedad, que no hay en su alma ni chispa de honradez, ni asomos de virtud en nada de lo que hace. En fin, si por acaso le ves, y te dignas descender a cruzar con él una palabra, le dirás que el mundo no tiene bastante anchura para contener el desprecio que siento hacia él. Así mismo se lo dirás.

 

Ep-29-XIV -

Continúa la carta de Gracia

Ya he llenado otro pliego, y todavía no hemos entrado en materia. Vamos allá. Dice la mujer feliz que ya puedes venir cuando quieras, que cuanto más pronto mejor. Para vosotros es el mundo.. ¡ay qué pena!.. Adelante: no se te pase por las mientes, hijo, venir a La Guardia, porque aquí estará Doña Juana Teresa todo el mes de Abril, y tu presencia en el pueblo traería no pocos disgustos. Te vienes para acá muy callandito sin decir nada a nadie, y sigues por el Ebro adelante hasta Briones; por allí hay un vado: lo pasas.. No, no; cuidadito, que en estos meses suelen empezar las crecidas.. Por Dios, no te metas a caballo en el Ebro. Sigues hasta Haro, y de allí te vienes a La Bastida, dos lenguas de camino. Avisas a mi (p.5597) hermana desde Zaragoza o desde Logroño, dirigiendo la carta, como todas, a Nicanor, y fijas el día probable de tu llegada a La Bastida, donde encontrarás a todos los Maltranas, que te aguardan con una docena de brazos abiertos. Valvanera te dará las instrucciones para el resto del programa.. Creo, ¡ay de mí!, que el pensamiento de mi hermana es celebrar el casamiento por sorpresa, pero sin que falte ningún requisito. Me consta que ya tiene conquistado al cura de Samaniego, el cual (esto me irrita, me subleva) es tío carnal de.. ese monstruo de cuyo nombre no quiero acordarme. Bueno: lo del bodorrio de sorpresa y al modo teatral es barrunto mío, pues nada me ha dicho tu adorada.. Siento una congoja inmensa, como si el firmamento todo se desplomara sobre mi alma.. En fin, recibidas en La Bastida las últimas órdenes, montas en tu Rocinante y picas espuelas por el camino de Samaniego, y antes de llegar al fin de la jornada verás dos quitasoles encarnados; más de cerca verás dos mozas: la una bien proporcionada de carnes, talle y miembros; la otra flaca como un junco. Son tu Dulcinea y su hermana la Micomicona, que ha venido muy a menos y se pasa la vida llorando. En fin, lo demás se verá. ¿Te has enterado bien?..

Preséntase de improviso mi señora hermana, la reina de esta casa, y después de reñirme por escribir tan largo, hase dignado leer la epístola, y se ha dignado reírse, señal evidente de que no le ha parecido mal. De ello me congratulo. Ruégole yo que añada algunas palabras, como fe de vida, a las por mí trazadas, con lo que tendréis mejor testimonio de su aprobación. Responde a mi súplica que no puede hacerlo en este instante, porque la etiqueta exige de ella que sin perder tiempo prepare unos bizcochitos borrachos que apetecen las señoras de Álava, y otras no menos golosas que con ellas han venido. Yo digo que ojalá se les vuelvan veneno los tales bizcochos, y Demetria me contesta que no sea mala. Nos ponemos a disputar; yo, que estoy ahora muy impertinente y muy mimosa, he dicho: «Ya lo veo.. no quieres poner el (p.5598) parrafito porque la carta no te gusta..». «¡Que sí me gusta, mujer -responde ella-: está lindísima!». «Mira que si no te gusta la rompo..». Y para salvar la carta y darla por buena la besó con un cariño, ¡ay!, con una emoción que no puedo expresarte.. Luego se fue, diciendo que volvería en cuanto embriagara los bizcochos.

¡Ay, qué cosa! El beso que dio mi hermana en estos pliegos, ¿sabes dónde ha caído? Pues en el mismo renglón en que pongo lo de los besos que daba yo al borriquito.. más arriba, en el tercer pliego. Para tu gobierno, marco con una crucecita el punto en que puso tu novia sus divinos labios. Fíjate, hombre, fíjate en la crucecita. Cuando nos veamos has de decirme si te fijaste.

Mi hermana no se zafa de la visita tan pronto como quisiera, y allá la tienen bien cogida las señoras borrachas, digo, las golosas de bizcochos de Baco. Me aburro de esperarla, y mato el fastidio escribiendo: por variar, te digo que no hay tristeza que a la mía pueda compararse, que de tanto sufrir me ha venido una enfermedad que dará conmigo en el sepulcro.

Juraría yo que tengo calentura y que el pecho se me quiere romper. Necesito luchar como una fiera conmigo misma para no echarme a llorar. ¡Cuánto daría yo por perder la memoria y por que muchas cosas que me fueron gratas no volvieran a pasarme por las mientes! No se por qué se habla tan mal del olvido, cuando, si bien se mira, es una de las pocas cosas buenas que nos ha dado Dios. Lo triste es que no olvida una cuando quiere, sino cuando al señor olvido le da la gana.. Y también digo que los hombres son muy malos, lo peor de cada casa, y que nada se perdería con que no hubiera hombres. Es lástima que los niños crezcan, lástima que no se queden siempre niños.. Que crecieran sólo las niñas sería lo bueno.. Después que tú te cases, yo, si fuera Dios, mandaría que no hubiera más casamientos, y aboliría los hombres, ¿qué te parece?.. Pero ahora caigo en que no puede ser: los hombres son necesarios, porque ellos son el mal, y si no existiera el mal no habría libre (p.5599) albedrío, y sin libre albedrío no tendríamos virtud. Si el hombre nos faltara, no podríamos purificarnos abominando del amor, apeteciendo la soledad y la penitencia; creo yo que si el hombre no existiera amaríamos menos a Dios.. Ya ves, ya ves, chico, qué sabia me estoy volviendo. Me admiro a mí misma, y a veces, de tanto como sé, me dan ganas de darme coscorrones en el cráneo, y de arrancarme un par de mechoncitos..

Veo que te aburro, y para que se te alegren los espíritus hablarete otra vez de mi hermana y tu novia, de esa reina, de esa diosa que te ha caído en suerte, como a mí me cayó el último diablo de los infiernos. La sin par Demetria, la misma sabiduría, es a veces más boba que yo, y con esto se dice todo. Tanto hablar de su gran carácter, de su entereza y en ocasiones es la misma timidez. Ahora me estoy riendo de una cosa: ya había recibido la reina seis o siete cartas de su rey, escritas con la mayor confianza, y no se determinaba a tutearle.. Y eso que el tutear por escrito no da tanta vergüenza como el tutear de boquis. Tú no te parabas en barras, y en tus cartas apasionadísimas le dabas el tratamiento usual entre los que han determinado ser marido y mujer. Pero ella, la muy tonta, siempre con el usted y el Don Fernando. «Pero, mujer -le dije yo-, ¿no ves que él te tutea? Le ofendes con esa etiqueta ridícula». Al fin la convencí; pero, créeme, le costó algún trabajo entrar por el aro de la familiaridad. Es ella tan mirada, tan celosa del decoro, que no sabe ir sin rodeos desde los cumplidos a la confianza. Yo no soy así: el día mismo que Santiago me hizo su declaración.. y bien sabe Dios que esto lo recuerdo con ira y vergüenza.. pues el mismo día le traté de tú, soltándole mil injurias y perrerías muy gordas, porque en serio no me atrevía.. Pues ya verás cómo, a pesar de haberos escrito tantas ternezas, el día en que te presentes a ella se ha de poner muy colorada.. y las primeras palabras que pronuncie ante ti las dirá temblando y equivocándose, como el que habla un idioma mal aprendido. Pero tú no hagas caso, y en (p.5600) cuanto la veas le abres los brazos y le das un buen estrujón, que eso, por más que ella se ponga melindrosa, ha de gustarle.. digo, me parece a mí.

Llega en este momento la Majestad de doña Demetria I, harta de visitas y de amigas. ¡Gracias a Dios que se han largado! Lo primero que hace la señora Reina es leer lo que acabo de escribir, y alarga los hociquitos; después se sonríe, duda, me riñe, y se le van bajando los morros. Yo le digo que si me tacha lo del abrazo, rompo toda la carta. Ella dice que no, que todo lo aprueba, y que para que conste escribe de su puño y letra un parrafito. Pongo en sus reales manos la pluma, que nosotros los poetas llamamos péñola.

(Escribe la hermana mayor.- Pronto, prontito, Fernando. Si tu madre está bien de salud, no tardes. Por Valvanera sabrás lo que tienes que hacer al llegar a La Bastida. Ha escrito mi hermana no pocas tonterías graciosas: hay que dejarla, y si su espíritu quiere retozar, que retoce. Gracia es tu hermana: te quiere porque me quieres. Hagamos nuestra su pena, y juntémosla con nuestra felicidad, a ver si de este modo podemos endulzarla.. Doy mi suprema sanción a cuanto ha escrito en esta linda carta, y para que conste, estampo aquí mi real sello . Tendreislo entendido, etcétera. Yo no puedo entretenerme más. Las visitas me han revuelto toda la casa y me han trastornado el día. Encargo a nuestra secretaria que agregue algunas advertencias que se le habían olvidado.. Te espero. Tiempo hace que cuento los días; desde hoy contará las horas tu- Demetria.)

Vuelve a mis flacas manos la pluma. Mientras Su Majestad acude a remediar la revolución que esas entrometidas señoras han hecho en nuestra casa, te escribo lo que ella me encarga, es a saber: que en tu viaje no pases por Cintruénigo, o lo hagas de noche y bien disfrazadito.. Mejor será que te tomes la vuelta de Estella y recales por Campezu. En fin, tú sabes el mejor camino. Dice también que no dejes de traer a Sabas, que nos inspira absoluta confianza. Para que tengas una idea del giro que va tomando nuestra guerra (p.5601) civil, te informo de que el tío Navarridas no necesita más que un empujoncito muy flojo para caerse de nuestro lado. En cambio, la tía se cae con todo su peso de la otra parte, y ahora todo su afán es casarme a mí. ¿Sabes que se me ocurre pronunciar un sí como una casa?¡Quién me verá a mí de tacaña..! Pero no; yo no estoy más que para morirme. Quiera Dios darme el descanso que deseo, y a vosotros la felicidad que merecéis.

¿No te fijaste, tonto, en que tu novia puso también el sello en lo que escribió? Ella fue la que pintó la crucecita, después de besar el papel. Luego me dijo, ¡valiente pícara!, que el beso era para mí. Naturalmente, para ti no había de ser.. ¿qué creías? Pero, en fin, fíjate, hombre.

Y concluyo, que estoy cansada. Tengo fiebre. ¿Se me queda algo por decir? ¡Ah! sí, que Doña Juana Teresa se pasa la vida empollando pleitos para fastidiarte, ya que no ha podido conseguir que mi hermana te aborrezca. Ahora la emprenderá con tu madre, por los derechos a no sé qué castillo viejo de Aragón. Eso te lo contarán los simpáticos procuradores y escribanos. Dice Demetria que no hagas caso, ni te afanes por estas venganzas miserables. Pero te aconseja que tomes tus medidas antes que cambie la veleta política, porque si, como dicen, echan a tu amigo Espartero y vuelve la moderación, no será extraño que te den un disgusto, que te persigan, que te destierren, o quizás algo de mayor cuidado. Me encarga la excelsa soberana que te fijes mucho en esto.

Y ahora ¿se me olvidará algo? Creo que no. Lo único que se me había quedado en el tintero es que me mata el dolor, y que no hay consuelo para mí. Aunque lo hubiera yo no le querría, no; y así cuando os caséis y seáis felices, haced el favor de no consolarme a mí, y de no decirme nada que sea consolación. Ven pronto. Por cuenta de tu novia, y sin que ella lo sepa, ¡buena se pondría!, aquí te pongo la tercera cruz . No has de decirle nada de esto.. Adiós: no tardes. Compadece a tu moribunda hermanita -Gracia.

 

Ep-29-XV -

De D. Fernando a Pilar de Loaysa

La Bastida, Mayo.

Mi querida (p.5602) madre: Si han llegado a manos de usted mis cartas de Zaragoza, de Tafalla y de Campezu, lo que es muy dudoso por el desorden de estos correos malditos, sabrá que han dilatado mi viaje los cielos y la tierra, pues entre temporales de granizo y agua, y el deterioro de los caminos de herradura que hemos tenido que recorrer, todo ha sido adversidades y entorpecimientos. Pero al fin aquí estoy, aunque parezca mentira, sano, bueno y alegre, sin otra pena que la de contar las muchas leguas que ha puesto mi destino entre usted y yo.

A todos los de esta casa y familia encuentro en buen estado de salud, y hasta el mismo Don Beltrán, con el regocijo de verme, parece que se ha remozado. No sé el tiempo que duró esta mañana la zurribanda de abrazos con que me recibieron. Éste me soltaba y el otro me cogía, y concluida la rueda, empezaba otra vez. Tan estrujado me vi, que hube de pedirles que tuvieran piedad de mi pobre cuerpo molido; pero me dijeron que la mayor parte de los abrazos se daban a mi persona en representación de la de usted, y al oírlo repetí la ronda hasta que no me quedó hueso sano. He comido como un bruto, pues hambre atrasada traía.. Sabas también ha llegado bien; su compañía me ha sido de gran utilidad.

Lo primero que me ha dicho Valvanera es que cree injustificadas las precauciones de mi viaje y el largo rodeo que me señalaron las niñas de Castro. Asegura Juan Antonio que no tengo por qué ocultar mi presencia en estas tierras, ni hacer misterio de que voy a casarme, toda vez que la voluntad de la que será mi mujer se ha manifestado tan categóricamente. Las pobrecillas temieron sin duda que el despecho de D. Rodrigo y la venenosa inquina de Doña Urraca me ocasionaran alguna desazón en el camino. Ello no es más que la expresión de la timidez, de la inquietud de ambas señoritas y del cariño que me profesan. Las instrucciones llegaron hace días; pero ayer han sido anuladas en esquela traída por un propio, anunciando que hoy vendrían las definitivas órdenes a que debo ajustar mi conducta. Quien manda, (p.5603) manda. Me someto a la que hoy tiene toda la autoridad, bien ganada con su resistencia heroica y la sublime constancia de sus afectos. Hablando de esta mujer incomparable, Juan Antonio y Valvanera no encuentran nunca la última palabra del elogio.

Martes.

Llegó ayer por la tarde un papelito donde la hacendosa mano había escrito este lacónico decreto: «Ven mañana a Samaniego, ni antes de las cuatro, ni después de las cinco y media de la tarde».

El mañana es hoy, querida madre.. Dios vaya conmigo.

Miércoles.

Ten paciencia como la tengo yo. Voy a contar lo que me pasó ayer, cosa en verdad singular, peregrina, inesperada. Estoy triste.. Pero no, no se asuste vuestra merced, señora madre. Ello no es malo; digo, es un poquito malo, sí; mas pertenece a ese género de mal subentendido, convencional, que forma parte de un plan dispuesto para producir mayores bienes. Mejor lo entenderá usted con la relación del caso.. Pues a la hora señalada monté a caballo llevándome a Sabas, y tomamos el camino de Samaniego. Ya próximos a este ameno lugar, me sorprendió mucho no ver lucir entre los verdes viñedos las dos sombrillas rojas de que me habló Gracia en su carta. Eran en mi pensamiento las tales sombrillas estrellas que al Oriente de mi ventura habían de conducirme. El calor sofocaba: un motivo más para que yo no creyese que las niñas expusieran sus cabezas al sol. ¿Dónde estaban, pues? ¿Faltaban a la cita? No duró menos de diez minutos mi ansiedad. Un hombre nos salió al camino, cerca ya de las primeras casas, y señalando un grupo de árboles a la derecha, me dijo: «Allí está el ama esperándole, buen señor». Vamos, esto me volvió el alma al cuerpo. Enterome Sabas de que la casa cuya blancura clareaba entre el follaje de los álamos era Majada Mayor, propiedad de las niñas, inmensa construcción, donde tenían lagares, graneros y bodegas, corrales y otros edificios necesarios a una gran labranza y ganadería. Allá me dirigí por entre viñas lozanas, y no tardé en ver a Demetria, que en pie me esperaba guarecida del (p.5604) sol bajo un árbol. La emoción de verla, absorbiendo todo mi ser, impidiome reparar en el primer momento que no estaba Gracia con ella. Unos pasos más, y advertí que no estaba sola. Vi a su lado un objeto oscuro que me pareció tronco de un árbol. Otro paso, y vi que era un clérigo.. No me causó pena ver un sacerdote en compañía de mi presunta esposa. Pareciome que el cura alzaba ya la mano para echarnos la bendición.. Pero no: lo que hacía era quitarse el sombrero para saludarme.

Me apeé sin que nadie me tuviera el estribo, y al poner el pie en tierra, Demetria se acercó a mí, y yo le besé la mano. Tan conmovido estaba, que no acerté con las expresiones apropiadas a un caso tan excepcional y a tan feliz encuentro, y no puedo asegurar qué palabras le dije ni qué palabras callé.. Algunas pronunció ella.. Más turbada que yo, enrojecieron sus mejillas. Dirigiéndonos los dos hacia unos troncos donde debíamos sentarnos, advertí que mi futura esposa sonreía y que se le saltaban las lágrimas. No hallo diferencia notoria entre la Demetria de ayer y la del siglo pasado, que tan largo me parece el tiempo transcurrido sin gozar de su presencia: si hay mudanza, sólo consiste en un poquito más de carnes, en mayor blancura del rostro, que antaño era más tostado del sol. Durante nuestra conversación hubo momentos en que rodeada la vi de una aureola de majestad, que me habría rendido al vasallaje si ya no lo estuviese.

Antes que yo le pidiera explicación de la ausencia de Gracia me dijo que, hallándose su hermana enferma, se había decidido a venir sola por no condenarme al suplicio de la impaciencia, que suele convertirse en desesperación. Era esto un buen tema para romper la cortedad que a entrambos nos embargaba. Hizo ella una breve exposición del estado moral de su hermana, y por enlace natural pasó a referirme que los de Cintruénigo habían reanudado la batalla con refuerzos terribles. «Pero yo no me acobardo -me dijo-: ahora, después que nos hemos visto y podemos hablar, me atrevo con todos, y no habrá dificultad que (p.5605) me rinda. ¿Sabes qué clase de aliados ha traído Doña Juana Teresa para darnos la batalla? Pues en mi casa tengo de huéspedes al ilustrísimo señor obispo de Calahorra, al ilustrísimo de Tarazona con todos sus familiares, y en el Rectoral se alojan los reverendísimos arcedianos de Nájera y Santo Domingo, y el abad de San Millán de la Cogulla. ¿Creerás que en mi casa se prepara un concilio? Así es, y lo que quieren es el consentimiento de Gracia, que hoy no está nada conciliadora». Contestele yo que a su disposición me tenía, si entraba en sus planes espantar a los reverendos más o menos mitrados que querían meterse a gobernar familias ajenas. «No, no; por ahora hemos de andar con mucho pulso. Te necesito; pero no para eso. A los aliados de Doña Juana Teresa les espantaré yo dentro de unos días, y para ello me basto y me sobro, sin irreverencia, quedando en muy buenas migas con la Iglesia de Dios.

-Sepa yo pronto en qué pueda ayudarte. ¿Para qué estoy aquí, para qué soy tuyo en cuerpo y alma? -le dije impaciente ya, deseando que en algo grande y difícil me ocupara.

En esto creyó la señora que se había descuidado en la presentación del clérigo que a nuestra conferencia silencioso asistía, y apresurose a enmendar su olvido. El tal cura, alto y voluminoso, viejo, de buen color y risueño semblante, era D. Matías Baranda, tío carnal de Santiago Ibero por parte de madre, y párroco de Samaniego. Una vez presentado, retirose el presbítero sin añadir palabra, con delicada y oportuna discreción, y nos dejó abandonaditos bajo la espesa verdura de los álamos. Sólo un perro grandullón, blanco manchado, quedó en nuestra compañía, alargando su cuello para que le acariciáramos Demetria y yo, con lo cual nos facilitaba la aproximación de nuestras manos. Fue aquél un momento de los más solemnes, de los más hermosos de mi vida. Tuve la suerte de encontrar las expresiones más sinceras, más apropiadas, más dulces para expresar a la ideal mujer mis sentimientos, que habían nacido de la admiración, y que con el (p.5606) tiempo y quizás con la ausencia misma se habían elevado a las gradaciones más altas del afecto. Madrigales sin fin había dedicado yo a Demetria por escrito; pero creo que los más bellos que se me han ocurrido son los que de palabra le dije ayer. Estoy seguro de haber expresado con igual intensidad el amor y el respeto, y todos los matices delicadísimos de mi veneración ardiente por esta sin par mujer. También ella me dijo cosas muy bonitas, realzadas por la naturalidad más pura y deliciosa. Ni lo mío ni lo suyo cuento, porque estas expansiones y este hablar íntimo entre dos que se quieren empalagan a los que están distantes. Usted puede imaginarlo, sin que yo rompa el secreto que constituye todo el encanto y dulzura de los coloquios entre enamorados. Por el tono podría creerse que hablábamos de temas de santidad empleando los términos elementales del lenguaje místico, sin sutilezas, con efusión del alma, que también el amor tiene su padrenuestro, la oración más honda, más tierna y más clara.

Ocurrió al término de nuestro picoteo amoroso algo que fue para mí contrariedad grande, súbito desengaño que derramó un vaso de amargura sobre mi alegría. No sé cómo fue rodando la conversación al punto interesante de nuestro casamiento, y yo manifesté a mi futura la seguridad de que se cumplirían nuestros anhelos aquella misma tarde, o al día siguiente tempranito, pues así me lo hacía creer la presencia de aquel señor cura tan simpático. Puso Demetria una cara desconsolada, que no puedo describir. Era su desconsuelo infantil y al mismo tiempo grave. A mí se me nubló el alma cuando tal vi, y se me acabó de ennegrecer, volviéndose noche oscura, cuando los divinos labios dijeron: «¡Ay, hijo, siento decirte que hemos de esperar otro ratito! No nos casamos hoy ni mañana: aún no es tiempo, y tú convendrás conmigo en que un nuevo plantón es necesario..». Protesté.. no me conformaba; se alteró un momento la placidez seráfica que había empleado en el palique de novios. «¿Qué entiendes por otro ratito? ¿Qué (p.5607) quiere decir un nuevo plantón? Estoy cansado ya de los ratitos, que han sido siglos de ansiedad en mi existencia, toda ella compuesta de situaciones provisionales. Ya estoy harto de plantones, pues los he llevado terribles, y uno más, ¡Santo Dios!, creo que me ocasionaría la muerte. Quiero ya el descanso, llegar al fin, y arrancar de mi alma la terrible expectación, que ha sido y es mi mayor martirio». Suspiró ella muy fuerte, miró fijamente la cabeza del perro, que yo acaricié con más gana que antes. Encontreme entre los pelos del animal la mano de Demetria, que cogí y besé, teniéndola en la mía todo el tiempo que quise. Entonces ella, con gracia suma, mirándome y lloriqueando un tantico, sonriendo para formar con las lágrimas y la sonrisa un argumento de supremo poder, me dijo: «¿Quieres apostar a que te convenzo si hablamos dos palabras más? Tú eres bueno, piensas con cordura, sabes sentir. Con una ideíta sola y un sentimiento grande voy a convencerte.. ¿Por qué no hemos de pasearnos un poco? ¿No te cansas de este asiento tan duro? Vamos por este sendero adelante hasta llegar a la ermita que ves en aquella loma».

Sí, sí: yo quería también pasear por el campo, y que en medio del verdor lozano me dijera mi dama las ideítas y los sentimientos que habían de convencerme.. Mucho tenía que apretar la sabiduría de la sin par doncella para persuadirme de que no debíamos desposarnos en aquel mismo momento, o al otro día con la fresca, lo más tarde. ¡Vaya con lo que sacaba en el instante que yo creía el más crítico de mi vida, el punto culminante de mi destino! ¿Conque más ratitos y más plantones? No, no; esto no podía ser. En aquel paseo, que habría sido encantador si en él no sintiera por nuevos peligros acechada mi felicidad, vi un pedazo de tierra todo lleno de amapolas. ¡Qué graciosa elegancia la de aquel vestido de la madre tierra! El perrazo iba delante de nosotros; miraba hacia atrás a cada instante por ver si le seguíamos. Vi corderos blancos como la nieve, negritos o berrendos, amarrados lejos de (p.5608) sus madres y balando por ellas; sentí el rumor del rebaño que bajaba de las lomas, y presencié la embestida que dio nuestro perro a dos o tres gozquecillos que andaban por allí, y que a su parecer nos estorbaban el paso. No quería el Serrano (que así se llamaba) que ningún perro feo, tiñoso y vagabundo interceptase la senda que seguían sus señores. Hasta se ponía nervioso viendo a los pájaros que se posaban en el sendero, y a las personas echaba miradas iracundas, dándoles a entender que no respetaría clases ni especies zoológicas para tenernos franco el camino. Demetria me dijo, y cuando lo decía pasábamos por un segundo manchón de amapolas, más bonito aún que el primero: «¿No has alabado la resistencia mía? ¿No aseguras que tenía yo más mérito por haberme sostenido en la soledad sin ningún apoyo y casi sin esperanza? Pues si ahora te pido yo un poquito de resistencia, ¿por qué no me la concedes? No la pido sin razones, y ahora verás si esas razones pesan o no pesan. Quien ha esperado tanto, ¿por qué no esperará días, tal vez semanas..?

-Por Dios -dije yo-, no me hables de semanas. Déjalo en días y me conformo, muy a disgusto, por supuesto.

Replicó entonces que no sentía menos que yo el aplazamiento de nuestra unión, y que había llorado mucho aquella noche antes de determinarlo; y cuando llegamos a la ermita, y a la sombra de su blanco muro nos sentamos en una piedra, observé en su rostro expresión festiva, un si es no es burlona, y presumí que lo de las largas me lo decía por hacerme rabiar, con travesura infantil. Echeme a reír, diciendo: «Todo es broma.. juegas conmigo..». Y ella, envolviéndome en su mirada, toda penetración y ternura, me sorprendió con esta salida: «Tú me has dicho en una de tus cartas que eras Hércules, o que te asemejabas a Hércules en que la divinidad te había impuesto unos grandes trabajos, los cuales tenías que emprender con fe y valentía para ganar el premio de la felicidad.

-Sí que lo pensé y lo escribí; pero ya caigo en que fue mala comparación.

-No lo creo yo así. Haz el favor (p.5609) de recordarme, tú que eres tan sabio, cuántos fueron los trabajos del Sr. de Hércules.

-La Mitología nos dice que fueron siete; pero debo advertirte que todo lo mitológico es mentira, Demetria..

 

Ep-29-XVI -

Prosigue la carta de D. Fernando

-Será mentira -dijo con gracia mi futura consorte-; pero el que tales papas inventó quiso representar con ello que los grandes fines no son alcanzados por el hombre sino a fuerza de penalidades y sacrificios..

-¿Y te parece que aún no he penado yo bastante para merecer la gloria terrestre, que eres tú?

-Cállate la boca y déjame acabar. Pasemos revista a tus trabajos, a ver cómo están tus cuentas con la gloria terrestre. El primer trabajo fue cuando te lanzaste al Norte, en plena guerra, con aquel pillo de Rapella, en busca de tu novia, la diamantista; tenemos Uno.

-Uno -repetí yo, que, viéndola contar por los dedos, abrí mi mano junto a la suya para llevar por duplicado la suma.

-Sigue ahora el trabajo de más mérito, el más difícil, el más heroico, el que te ha dado celebridad en todo el mundo, la grande hazaña de sacar del cautiverio de Oñate a las niñas de Castro y traerlas a su casa.. Y van Dos. No es flojo el Tercero: la osadía de entrar en Bilbao y en la propia casa de los que te birlaron la novia, y acosarles y perseguirles exigiéndoles la confesión de su infamia.. Sigue después otro magnífico trabajo: el de tu madre, sostenido para recobrar su independencia y poder llamarte hijo. Este trabajo te lo apunto a ti, porque si ella era quien aparentemente lo realizaba, de ti recibía la fuerza: el Hércules eras tú.. No admito discusión. Van Cuatro. Después viene otro trabajito, que se lo doy yo al más pintado. ¡Vaya una campaña! Por ella debieras pasar a la Historia. Tus viajes disfrazado de trajinero para tratar con Maroto las condiciones de la paz, bastarían para darte fama de sagaz y valiente. Tenemos Cinco. Sigue la reconciliación con Zoilo, la busca de Aura hasta llegar a verla con el niño en brazos, manteniéndote en la increíble virtud de no dejarte ver de ella, y coronando luego (p.5610) esta brillante hazaña con la magnanimidad de mandar al marido a su casa para que hiciera las paces con su mujer. ¡Sublime acción! Van Seis. Y me parece que no hay más, mi Sr. D. Fernando. Falta, pues, el Séptimo trabajo, que debe ser el que dé quince y raya a los demás, y éste voy a imponértelo yo».

La miré sin decirle nada, pensando que aquella celestial mujer iba a volverme loco. Reconocíame yo incapaz de comprender la sublimidad de mi futura, si sublimidad era el matarme a trabajos antes de concederme su mano valiosa. Ardiendo en impaciencia por saber en qué pararían aquellas bromas, o tristísimas veras, le supliqué me dijese pronto cuál era el Séptimo. Me daba el corazón que no había de ser cosa fácil.

«Pues haciendo yo ahora de divinidad -me dijo muy seria-, sepa mi buen Hércules que obligada me veo a imponerle un trabajo de mediana dificultad, y no bien realice mi caballero este séptimo y último empeño, lo celebraremos casándonos como unos benditos. ¿Qué tienes que hacer para que ambos recibamos el premio de nuestra constancia? Pues ir adonde sea necesario para buscar y prender a Santiago Ibero y traérmele acá de grado o por fuerza, cualquiera que sea el estado en que se halle, cuerdo o loco, feliz o desgraciado, sano o enfermo..

-Aguarda un momento. ¿Estás segura de que Santiago vive?

-Me consta que vive.

-¿En dónde está?

-En Madrid estaba hace diez días. Pero no aseguro que allí permanezca. Tú, como buen Hércules, perseguidor de Aura, buscador de Zoilo, salvador mío en Oñate y en Aránzazu; tú, emisario de Espartero y confidente de Maroto, sabrás lo que tienes que hacer para descubrir a tu amigo y echarle la zarpa dondequiera que le encuentres.

-Tu idea -respondí-, es noble y atrevida, bastante seductora para tentar a un hombre como yo, adestrado ya en lances de igual naturaleza; la idea me agrada; pero permíteme que dude de su oportunidad. ¿Acaso crees que aún no he demostrado bastante que soy digno de poseerte? ¿Te hacen falta más pruebas del temple de mi (p.5611) voluntad y de la constancia de mis afectos? ¿O es que te diviertes haciéndome creer que quieres dar largas a nuestro casamiento para gozarte en mi martirio?

-Si yo te propusiera lo que te propongo por pura diversión, no sería quien soy, ni tampoco digna de ti. Bien probado tienes lo que vales, y mi corazón está satisfecho: con quererte como te quiere le basta para ver en ti el mejor de los hombres».

Estas manifestaciones, de cuya sinceridad no podía dudar, no disipaban mi confusión. Tan pronto creía yo que el imponer trabajos a un amante caballero obedecía ciertamente a un concepto moral muy elevado; tan pronto que no era más que un rasgo de mujer caprichosa, de imaginación exaltada y corazón frío; y aunque esto último pugnaba con la idea que yo tenía de Demetria, idea muy conforme con la opinión general, di en admitir el capricho como razón única de las heroicas pruebas. Produjo esta creencia efectos muy raros en mi espíritu, pues si al principio me turbó, no dejó de causarme un cierto regocijo: era la satisfacción crítica, el orgullo de haber encontrado un defecto en la misma perfección, que de este modo se alegran los astrónomos cuando descubren las manchas del Sol. ¡Demetria caprichosa!.. ¡Qué monstruosidad! Para salir de dudas, pues aún no estaba seguro de mi crítica, explicaciones le pedí en esta forma:

«Bien veo que tu plan responde a la noble idea de catequizar a Ibero y traerle de nuevo al amor de tu hermana, para curar a ésta de su dolencia, que no es otra que un grande amor contrariado y sin esperanza. Hasta aquí vamos muy bien, Demetria; todo lo que piensas es de fácil comprensión para mí, y téngolo por natural dentro de la grandeza de tus ideas. Pero si veo bien claro el pensamiento, no se me alcanza su oportunidad. Lo natural y lógico es que habiendo yo venido aquí a casarme contigo, según el convenio que hicimos tú y yo por mediación de los Maltranas, cumplamos sin pérdida de tiempo lo que nos prometimos y por igual deseamos, porque, francamente, no veo yo (p.5612) incompatibilidad entre nuestra dicha y el proyecto de buscar y traer a Santiago. Habríala si el casarnos fuera operación larga; pero bien sabes que teniéndolo todo corriente, y el papelorio en regla, ese señor cura nos despachará en un cuarto de hora. Dime ahora tú si no hablo como la misma razón; dime si el plan más lógico no es éste: casarnos esta noche, o mañana, y luego partir los dos juntos, o los tres, en persecución del descarriado. Figúrate lo que voy a penar yo solo en este nuevo trabajo, sin apartar de ti mi pensamiento, temiendo que algo inesperado sobrevenga, que una desgracia tuya o mía para siempre nos separe; temblando por todo, ciego porque no te veo, triste porque no sé qué nuevas asechanzas te pondrán mañana los de Cintruénigo; lejos de ti y de mi madre, que sois mis luces y los únicos regocijos de mi alma.

-Cierto que esto es penoso, y para mí lo es tanto como para ti. Presentado el caso como tú lo presentas, no hay duda. Pero aún no hemos visto la cuestión más que por un lado, y ahora vamos a verla por el otro, que dos lados tienen siempre las cosas. Si yo te propusiera el Séptimo trabajo sin una poderosa razón; si fuera tal como tú lo has visto, como una prueba más sobre tantas, sería yo una mujer insoportable. ¿Cómo has podido creer eso?.. Pero vamos a la explicación que necesita mi buen caballero, y ha de ser tal que no tendrás nada que decir contra ella.

-Razón tiene que haber, pues si no, no serías tú Demetria I.

-No tengo para qué ponderar -dijo ella con dulce confianza, posando su mano en mi rodilla-, cuánto quiero a mi hermana. ¿Pues ella a mí? Nuestro cariño es tal, que en ciertas ocasiones nuestras almas llegan a confundirse, y a pensar y sentir tan de acuerdo como si fuesen una sola. Juntas nos criamos; desde que quedamos huérfanas, yo la miraba como a una criatura, y ella a mí como si fuera yo la madre que perdimos. Llegó día en que, además de hermanas cariñosas, fuimos amigas y nos confiamos nuestros amores: los míos eran entonces muy tristes, alegres los suyos. Rebosaban de esperanzas los de ella; los míos.. (p.5613) ¿qué tengo que decirte a ti sobre esto? Cambiáronse luego los papeles, y todas las felicidades de mi hermana se pasaron al lado mío, y al de ella se fueron mis desgracias, mucho más acerbas en ella que en mí. En la carta que te escribió, habrás visto el desconcierto que padece el espíritu de la pobre niña, y cuán honda es su tribulación. Te decía que aborrece a Santiago, y lo que hace es quererle con más delirio que antes. Gracia se muere de pena. Si la vieras, te daría mucha lástima, Fernando, y serías el primero en procurar su salvación. Todo lo que eres capaz de hacer por mí lo harás por ella, ¿verdad? Yo he contado contigo, sin dudar un momento. ¿Verdad que lo harás? ¿Verdad que la quieres porque yo la quiero, porque es nuestra hermana? Cien veces daría ella su vida por nosotros. Hagamos nosotros por ella lo que te propongo, que es menos que dar la vida.

Ya no necesitaba más Demetria para rendirme absolutamente a su voluntad. El acento, la expresión casi divina con que me hablaba, me cautivaron de tal modo, que hube de contenerme para no sellar nuestra concordia con un abrazo. Pero las explicaciones no eran completas, ni la razón suprema de anteponer al casamiento el trabajo hercúleo érame aún conocida. Esperé un momento para saberla, ¡oh qué mujer!, y tal como ella lo expresó, lo copio con ligeras variantes.

-Mi hermana y yo nos adoramos; pero no nos parecemos, y quizás nuestra desemejanza nos ha centuplicado el cariño. Su carácter es de un modo, el mío es de otro muy distinto. Yo soy una mujer fuerte; Gracia es una mujer delicada y toda nervios. A los veinte años continúa siendo niña; de mí cuentan que de chiquilla parecía mujer, y que cuando me ponía a jugar con las de mi edad, pronto las mandaba y todas me obedecían. Yo tengo una salud de hierro; la de ella es muy endeble; yo guardo mis penas sólo para mí, y con ellas me aguanto; Gracia no las oculta; yo soy muy seria, y ella muy jovial, hasta el punto de decir chistes en las mayores aflicciones.. En el tiempo que aquí te tuvimos aprendiste a conocernos (p.5614) bien. Pero ignoras el estado en que hoy se encuentra Gracia, el desorden traído por el pícaro amor, y las pasiones nuevas que la pasión contrariada despierta en ella. ¿Conoces tú los rarísimos efectos de la envidia en los niños? No es esta envidia como la de las personas mayores, pasión fea: es un desconsuelo del alma, una consunción del cuerpo, como si una y otra quisieran aniquilarse para no ver el bien ajeno. Mi hermana me adora, y se muere si yo me caso y ella no. ¡Mira tú qué cosa tan rara! La envidia infantil no aborrece; es una enfermedad de amor propio, y se alimenta de la idea de no ser nada, de no valer nada, de estar de más en el mundo. Hazte cargo del padecer terrible de la pobre niña, de los estragos que tantas pesadumbres han debido de hacer en su naturaleza delicada: de algún tiempo acá, su vida es un verdadero milagro. He venido notando que cuando se presentaban bien las cosas para que nosotros, tú y yo, viéramos cumplidos nuestros deseos, la pobrecita se agravaba en sus desazones. Hacerse quería la valiente; luchaba con el gusanillo que la devoraba; pero no podía nada contra él. Estos días, desde que te supusimos en camino de Barcelona a La Bastida, el decaimiento de Gracia llegó a tal extremo, que yo temí que Dios me cobraba el precio de mi felicidad con una desgracia terrible. El sábado pasado tuvo un vómito de sangre, poquita cosa, pero bastante a ponérmela como una moribunda. Guardó cama y se pasaba el día llorando, la noche hablando conmigo, pues yo no he dormido en tantas noches por hacerle compañía. La mandé levantarse; paseábamos juntas; notaba yo que hacía grandes esfuerzos por alegrarse cuando yo le indicaba que te ibas acercando.. pero, ¡ay!, qué poco le duraba el fingimiento: se caía, se agotaba de improviso como una flor cortada puesta al sol.. «Mira tú, hermana -me decía-, yo sé que voy a ser para vosotros un estorbo muy grande. Pídele a Dios que me lleve consigo, y así no tendrás delante de los ojos esta tristeza que os ha de ennegrecer la vida». Ayer, sabiendo ya que (p.5615) estabas en La Bastida, se puso tan mal, que decidí acostarla. Llegaba el trance durísimo de decirle: «Gracia, tú no puedes venir a Samaniego; iré yo sola, y ya sabes a lo que voy». No me atreví a desplegar mis labios. Pero ella me adivinaba los pensamientos; sabía que esta tarde vendría yo acá; que, puesta de acuerdo contigo, nos iríamos a La Bastida, al amparo de Valvanera y Juan Antonio, y nos casaríamos, quedándome yo allá todo el tiempo que mis padrinos determinasen.. «Ya sé lo que me espera -me dijo anoche Gracia cuando, después de cenar, me senté en la cama para charlar con ella-. Te vas, y la primera noticia que tendré de ti será la bomba que caerá en casa.. La bomba será una cartita con estas razones: 'Ya no soy soltera, señores tíos, y para lo que ustedes gusten mandar, aquí estoy. He determinado casarme en esta forma, por mi libérrima voluntad, para evitar cuestiones con la familia, y para verme libre de importunos huéspedes y de la nube de clérigos y mitrados que han caído sobre mi casa'. Esto dirá tu carta, y oiré yo el estallido, y del susto me moriré, porque los corazones de las niñas de Castro no pueden separarse, y los dos han de tener la misma felicidad o la misma pena, y de no ser así, uno de los dos tiene que reventar». Yo la consolé como pude: le dije que aunque me casara no podía ser feliz mientras ella también no lo fuese..

Pasó tiempo; era ya media noche, y Gracia se iba quedando dormidita. De pronto, su rostro me pareció el de un cadáver. ¡Pobre hermana mía! La llamé, abrió los ojos, y nos abrazamos llorando, como si nos despidiéramos para la eternidad.. Acosteme con ella, y arrullándola como a un niño, conseguí que conciliara el sueño. Yo velé hasta el día, y en aquellas horas de insomnio se me encendió el pensamiento, Fernando, ¡pero de qué modo!, y la voluntad se me puso.. no acierto a decírtelo.. se me puso como una columna muy grande y muy recia, capaz de aguantar el peso de todo el mundo. Ahí tienes cómo concebí este gran proyecto de juntar en una sola idea y en un solo plan la (p.5616) felicidad de mi hermana y la mía, y hacer con tu ayuda un colosal esfuerzo para que Gracia no se muera cuando yo vivo, sino para que vivamos las dos. Creo que Dios me ha iluminado.. Esta mañana, ordenándole que se quedara en la cama, le dije, dándole muchos besos: «Estate tranquila: volveré soltera. No voy más que a saber si puedo contar con Fernando para una cosita, para una idea que se me ha ocurrido.. Verás qué idea más preciosa. Si él quiere, se hará, Gracia: Fernando puede mucho. Verás cómo nos trae las dos felicidades, la mía y la tuya». No daba crédito a mis palabras cariñosas. Imposible infundirle alegría y confianza. Su cara cadavérica me causaba terror. ¡Pobre Gracia, pobre hermanita de mi alma..! Dios me dice..».

Le faltó el aliento, y las ganas de llorar pudieron más que su propósito de contarme lo que Dios le decía. Apretándose el pañuelo contra los ojos, lloró un buen rato, sin que a mí se me ocurriese ningún concepto, pues yo tenía mi corazón tan traspasado como el suyo, y más estaba para que me consolasen que para consolar.

 

Ep-29-XVII -

(Continúa la misma carta)

Antes que ella me serené yo, y díjele lo que me parecía su plan: admirable como abstracción; oscuro en la práctica, como todo problema en que se cuenta con un factor desconocido. De la grandeza de alma de Demetria y de su poderosa iniciativa, no había duda; también podía contarse con mi leal colaboración para dar realidad a sus altos pensamientos; pero ¿qué adelantábamos si Santiago Ibero no parecía, o si, pareciendo, no quería de ningún modo prestarse a la combinación? ¿En qué se fundaba ella para creer que la huida del ángel negro no fuera irrevocable? ¿Estaba segura de que no había contraído nuevos compromisos, de que otros, más madrugadores, no le habían echado ya lazos imposibles de romper..? A estas dudas mías contestó de este modo la celestial mujer:

«Dios me dice que Santiago Ibero no está tan perdido como creemos. Es una idea que hace tiempo se me ha fijado aquí, y no hay manera de que yo la deseche. Y (p.5617) cuando las ideas se me clavan a mí en el pensamiento con tanta tenacidad, es que no son absurdas, Fernando. Todo lo que se ha metido en mi caletre con esa fijeza, ha resultado verdad. Yo di en creer un día y otro, y año tras año, que tú vendrías a mí, y has venido. Pues lo mismo pienso de Santiago; sólo que ése no vendrá por su pie: tiene que traerlo a cuestas o a rastras un hombre de firme voluntad.. Te diré también, aunque tú debes saberlo, que Santiago Ibero es un alma de Dios, por más que otra cosa quiera decir su cara negra, su hermosura de militar terrible y su entrecejo airado. Santiago Ibero es un niño, un corazón blando, lleno de honradez; tímido en todo lo que no sea ganar batallas y meter la espada hasta el puño en cuerpos de enemigos; irresoluto, fácil a la influencia extraña, sobre todo si es buena; hombre que está deseando que le quieran para querer él con fuerza doble, y que por esta cualidad se habrá dejado coger en alguna red mala.. Me dice el corazón que lo que hizo con Gracia fue obra de un arrebato, de una situación transitoria, y que si se le abre alguna veredita para volver, le faltará tiempo para entrar por ella.. ¿Qué dices? ¿No opinas tú lo mismo? ¿Será esto un sueño? Dime todo lo que pienses. En último caso, ¿perdemos algo con intentar lo que te propongo? Algo perdemos, sí: un poco de tiempo; pero tú me dirás qué significa este tiempecillo en comparación de lo que ganaríamos si.. Dime lo que se te ocurra, ¿Será mucho calcular en quince días, en un mes, el tiempo que tardes en buscarle y en cogerle y hacerle nuestro?

-¡Quince días, un mes..! -dije yo, engolfando mi pensamiento en las dificultades de la empresa-. Puede ser mucho más; también puede ser menos si Dios me dispone las cosas de un modo favorable.

-Si cuando Ibero nos jugó aquella mala pasada, Dios me hubiera hecho la merced de convertirme en hombre, no quedan las cosas en aquel triste estado, ni habrían sido de larga duración los padecimientos de mi hermanita. Yo voy, le cojo, le doy un par de gritos, le pongo como un cordero, (p.5618) restituyo en él la caballerosidad y la hombría de bien, y punto concluido.. Creo que aún llegamos a tiempo, Fernando. No me preguntes por qué lo creo. Sólo te contestare que porque sí.

Tenga usted por cierto, querida madre, que de la esencia divina que Dios ha distribuido entre los humanos, le ha tocado a esta mujer mía un lote desproporcionado: es cosa segura que si algunos tan poco poseen de tal esencia es porque no ha sido equitativo el reparto, y mientras hay privilegiados, como mi Demetria, que se hartan de divinidad, otros quedan ayunos de ella. Perdóneseme esta figura extravagante. Asimismo declaro que el alma de esta mujer se me comunica, y no sólo sus afectos, sino sus ideas todas, vienen a ser mías en virtud de un trasiego que comprenderá usted cuando vea sus ojos y oiga su acento, que en ciertas ocasiones no parece humano. Como se me había comunicado el dolor por las desventuras de Gracia, se posesionó de mi espíritu la fe de Demetria en el remedio de tanto infortunio. Yo también creí que no era tarde para intentar la captura y catequización del buen Ibero, y sentía gozo íntimo en suponerme colaborador eficaz de los planes grandiosos de la mayorazga de Castro. Claro que el hacerla mi mujer era la suprema gloria, y a ello debían subordinarse todas las demás ilusiones y proyectos; pero ya me estaba trastornando el juicio la idea de lanzarme otra vez, como caballero andante, a pelear por el bien y la justicia. Dar la batalla a un destino adverso, matar al gigante opresor de la humanidad y recibir luego el premio más hermoso que pudo soñar mi ambición, era ya una dicha que por su grandeza esplendente no parecía de este mundo. En estas reflexiones me sorprendió mi mujer (decididamente así la llamo) con estas peregrinas ideas, que hizo más dulces el favor inefable de apoyar su mano sobre la mía:

«Ya sabes todo lo que pienso. La imposición del séptimo trabajo no es realmente imposición, sino más bien súplica. Yo no digo: 'Fernando, haz esto', sino: 'Fernando, mi gusto y mi alegría es que esto hagas'. No te (p.5619) pido obediencia, pues yo debo ser tu sierva; tú el señor mío. Propongo a mi dueño que no deje morir a mi hermana, que me allegue los medios de igualarla conmigo y de darle bienes semejantes a los que yo poseo. Yo era mayorazga, y partí con ella las tierras que la ley a mí me daba. Ahora me ha concedido Dios otro mayorazgo: me ha concedido el hombre que eligió mi corazón entre todos los que existen y pueden existir en el mundo.. A punto de morir de pena veo a mi hermana. ¿Qué hacer, Dios mío? Un marido no puede partirse; un marido no se divide. ¿Pues cómo resuelvo yo este problema? Necesito dos maridos: uno para mí, otro para ella; para mí el mío, por fuero de amor; para ella el suyo, por la misma ley. Tengo fe en mi proyecto. ¿La tienes tú?»

¿Qué había yo de contestar a esto? La fe llenaba mi alma. Yo no podía querer sino lo que ella quisiese, por más que la tardanza del casorio me ocasionara un vivo desconsuelo. Mi deber como esposo presunto y como caballero era decirle: «Tengo fe, y haré lo que deseas. No soy tu señor, sino señores recíprocos tú y yo, dueño el uno del otro, y procedemos con un acuerdo que es nuestra gloria y nuestra paz. Duele el aplazamiento; pero alivia de este dolor la idea de redimir a esa pobre niña de la esclavitud de su pena, alzando para ella y para nosotros un trono de felicidad donde haya dos parejas de reyes, dos coronas, dos..».

Creerá usted, madre, que me he vuelto loco. Si es locura, mi excelsa mujer me la transmite: ella es la que disparando rayos de su divinidad me ha trastornado el juicio. En fin, miradme, Cielos, nuevamente lanzado a la andante caballería; miradme vestido de todas armas, pronto a combatir por altos ideales de justicia, ansioso de perseguir el mal y aniquilarlo, y de acometer toda obra de reparación en obsequio de la virtud; mirad en mí al infatigable soldado del bien.. Va usted a creer, señora madre, que estoy delirando.. Pues decía que me siento paladín, Hércules si se quiere, que emprenderé el séptimo trabajo bajo la protección y auspicios (p.5620) de mi excelsa maestra y dama.

Apareció en esto D. Matías por la misma senda que habíamos seguido nosotros, y cuando estuvo al habla, me acerqué y le dije: «Ya no hay casorio, señor cura.. Sí; lo hay, lo habrá; pero dentro de unos días.. cuando yo vuelva de cumplir un encargo que me hace Demetria».

Y en el rostro del cura se pintó viva satisfacción; se le encandilaron los ojos, se le humedecieron; su gruesa voz temblaba cuando me dijo, cogiéndome las manos y queriendo besarlas: «¿Con que usted se determina?.. ¡Vaya un corazón, amiguito! Déjeme que le abrace, ¡caramelos!, pues virtud tan grande no creí yo que la tuviera ningún nacido.. ¿Se decide a traernos a ese perdulario, a ese bruto, paloma sin hiel, a quien tienen cogido los gavilanes, o alguna gavilana indecente, caramelos?.. La niña me habló de su pensamiento, y no creí que usted se prestara ¡caramelos! a realizarlo. Era mucha virtud, demasiada virtud.. me parecía a mí.. porque todos somos de barro, y.. lo que digo.. En fin, sea para mayor gloria de Dios y de la familia. Dispuesto a casarles estaba yo aquí o en La Bastida cuando el señor y la señora quisieran: en mi iglesia están los papeles y todo preparado..».

Al oír esto flaqueó un instante mi entusiasmo de aventuras, y las glorias de amor eclipsaron en mi espíritu las de la andante caballería. Pero me fortalecieron de nuevo estas palabritas de la sin par Dulcinea: «Fernando y yo sabemos lo que no saben todos, esperar. Virtud es la esperanza, y el que espera con fe, gran premio alcanzará». Mientras esto decía, su mirada inundaba mi alma de un gozo inefable. Sus ojos eran la admiración misma, el orgullo de tenerme por suyo, y la persuasión de que yo era digno de ella. «Me has de prometer -le dije- que has de llevar a tu familia el convencimiento de que si no eres aún mi mujer, lo serás en cuanto yo vuelva, con o sin lo que voy a buscar.

-Ten por seguro -replicó ella, en pie, estrechándome la mano frente al cura, en actitud semejante a la de los que se casan- que hoy mismo haré pública (p.5621) nuestra determinación sin ocultar nada.. No me importa ya que sepan toda la verdad.. que he venido a Samaniego, que en Samaniego nos hemos visto, que hemos hecho ante el señor cura D. Matías, buen fiador, juramento solemne de ser mujer y marido en la fecha y ocasión que nos convenga.

-Y yo respondo -declaró el cura rebosando júbilo-, que el amigo Navarridas vendrá con las orejas gachas, y querrá quitarme la gloria de casar y bendecir a la mejor pareja de la cristiandad; pero no se la cederé, ¡caramelos!, aunque me ofrezca todas las arrobas de vino blanco que tiene en sus cuevas.

Demetria dijo más: «Puedes ir tranquilo; pidamos a Dios que abrevie los días que has de tardar. Yo tengo fe. Tenla tú, Fernando. Que esto ha de salir bien y que salvaremos a nuestra hermana, es para mí como el Credo.. No caben dudas.. Anunciaré yo misma nuestro pacto de próximas bodas; Juan Antonio y Valvanera, bajo cuyo amparo me pongo, lo ratificarán del modo más solemne ante mi familia, y ellos se encargarán de evitar que mis tíos, y los que no son mis tíos, me causen nuevas desazones.

La fiebre caballeresca llegó en mí al grado superior, y mis pensamientos se espaciaron en el delirio. Creo que dije mil disparates, aunque de ello no respondo; lo que sí recuerdo bien es que hallándome en lo más remontado de mi navegación por el inmenso piélago, observé la disminución de la luz solar: el día no quiso esperar a que acabáramos nuestro coloquio, y se nos iba mansamente.. Confieso que la cercanía de la noche turbó mis ideas, enfriándome los ardientes anhelos de dar batallas por el bien humano y por la divina justicia. Aproximábase el momento ¡ay! en que mi mujer y yo debíamos separarnos, y la idea de que ella se fuese por un lado y yo por otro empezó a parecerme absurda, tan absurda como lo sería el intento de atajar la noche. Miré a Demetria, y vi en su cara la perplejidad. Ni ella osaba decirme a mí que era hora de separarnos, ni yo a ella tampoco. El cura nos sacó a entrambos de tan duro compromiso: «Vaya, madama y caballero, ya (p.5622) es tarde: antes de que suene el toque de oración debe la señora emprender el camino para La Guardia.

Por sostenerme ¡qué tonto es uno! en mi grave papel, confirmé las sesudas palabras de Don Matías. Demetria fue más allá que yo, sosteniendo que se había entretenido más de la cuenta, y que con las glorias se le habían ido las memorias. Le besé las manos no sé cuántas veces; yo empalmaba besos con besos, y no tenía trazas de acabar nunca. Díjome ella que pusiera punto, ósculo final, y el cura, marchando delante, como la manga cruz en una procesión, nos guió hacia el bosquecillo próximo a la casa de labranza. Seguía el Serrano taciturno, dándonos a entender a su modo que no era partidario de la separación; tras él íbamos Demetria y yo cogiditos de las manos, silenciosos. ¿Éramos dos chiquillos inocentes que jugábamos a lo ideal, hasta que el tal juego nos enseñara su inconsistencia y vanidad? Yo no sé lo que éramos. Ya próximos al fin de la senda, mi celestial esposa me dijo gravemente: «Quedamos en que tienes tanta fe como yo. «Y le respondí que emprendería con intrépido corazón el séptimo trabajo y a su término lo llevaría sin flaquear un momento.. Llegamos al grupo de árboles en que nos habíamos encontrado. Junto a la casa esperaba el coche, y las impacientes mulillas, haciendo sonar los cascabeles, contaban los segundos que aún me restaban de aquella fugaz dicha. Bajo los árboles, en el momento de esconderse el sol en el horizonte, Demetria se detuvo para darme la despedida; la vi pálida y llorosa, como si la gran virtud de su entereza en el momento de prueba se desmoronara como un castillito de naipes. Por efecto de aquella comunicación que en nuestras almas se establecía, vi que la mujer fuerte flaqueaba. Estas palabras suyas me lo confirmaron: «Si te parece que el sacrificio es demasiado penoso.. si la idea de diferir nuestro casamiento por buscar a Santiago te parece absurda, aún estás a tiempo.. No quiero que emprendas a disgusto este gran trabajo..

No puedo expresar a usted la lucha (p.5623) que al oír esto entablaron mi amor propio y.. no sé qué otra fuerza de mi alma. Ello es que el amor propio, aun reconociéndose vencido, se las mantuvo tiesas y dijo: «No voy a disgusto: voy confiado en Dios y en ti, seguro de realizar un gran bien..». Un segundo más, una vacilación de Demetria, y me caigo redondo desde la ideal cima a las reales blanduras de un suelo cubierto de flores. Pero ella, con rápida acción, ella, la guía, la maestra, la doctora, acudió al remedio de tan gran desastre, rehaciéndose con brío, y volviendo a su ser poderoso, como divinidad gobernante. «Dios te bendecirá por tu buena obra -me dijo tocándome en el hombro-. Seremos felices, viviremos todos.. ¡ay, los cuatro..! ¡Qué dicha! No hay que volver atrás de lo tratado. Seamos personas formales, no chiquillos sin fundamento.. Marido mío, adiós, hasta luego, hasta muy luego. Date prisa..».

No me dio tiempo a contestarle porque echó a correr, apretándose el pañuelo contra la boca, y pocos segundos tardó en llegar al coche. Tras ella fui, y dándole la mano para subir, besé la suya otra vez, sin acertar a decirle más que: «Ya verás qué pronto me tienes aquí.. Un ratito más.. ¿qué prisa tienes..? Vaya, no hay más remedio, adiós, adiós. Volveré volando..».

El coche partió, y saludándonos seguimos mientras podíamos vernos. Me entraron ganas de correr detrás del coche, gritando: «Mujer, mujer mía, detente.. vuelve atrás.. Estamos borrachos de ideal, de ese insano bebedizo que me has dado.. Desemborrachémonos.. casémonos..».

 

Ep-29-XVIII -

Del mismo a la misma

La Bastida, Junio.

Instome el cura para que a cenar le acompañase, y accedí gustoso por platicar con él, y prevenirme de cuantos datos y advertencias pudiera darme el buen señor referentes a su sobrino, cuya captura mi caballerosidad emprendía. ¡Triste de mí! Mientras cenábamos, los elogios que el clérigo hacía de mi resolución, del sacrificio momentáneo de mi felicidad, no disiparon las nieblas que envolvían mi alma. Apagado el entusiasmo que la presencia de mi mujer despertaba en (p.5624) mí, se me oscurecía la confianza, y un desconsuelo intensísimo se me posaba en el corazón. ¡Qué pena, qué amargura! Con Demetria sí que emprendería yo las más audaces aventuras y daría terribles batallas para destruir el mal humano: lejos de ella era cobarde, perezoso y egoísta.

Pero ya no había más remedio que sostener la palabra y el papel, y afianzarme bien en mi pobre cabeza el yelmo de Mambrino para que no se me cayese. Diome D. Matías referencias de Ibero, que retuve en mi memoria, como utilísimo conocimiento de las posiciones del enemigo. Las últimas noticias eran que Santiago estaba en Madrid, haciendo vida solitaria, apartado de amigos y sin compañía de mujeres, dato este último en extremo satisfactorio, porque ya no tenía yo que batirme con los dragones más espantables. También había escrito a Don Matías un su amigo, coadjutor en San Millán, que el ángel negro hacía vida devota tirando a penitente; que las horas muertas se pasaba en la Latina, en Nuestra Señora de Gracia o en San Andrés, engolfado en rezos y ejercicios espirituales de grandísima edificación. Numerosas eran las personas que le habían observado en esta laudable faena, y no pocas las que podían dar fe de su flamante religiosidad por haberle oído explanar, en círculos de sacristía, enrevesados puntos teológicos. Francamente, esta inopinada conversión de mi amigo no me hacía maldita gracia, ni era lo más lisonjero para la empresa a que con tanta bravura me lanzaba yo. Si por artes del demonio, digamos más propiamente por inspiración del Cielo, el hombre se arrojaba en brazos de Dios, ¿qué podía yo contra encantador tan formidable? ¡Pues digo, si cuando lograse ponerle la mano encima, me encontraba con que había cantado misa, valiente negocio hacíamos! ¡Pobre Gracia, triste de mí, si lanzándome a la caballería por cazar un marido, cazaba un sacerdote!..

Del dinero que llevaba di algunas onzas a D. Matías para repartir entre los pobres de aquel lugar, y atender a necesidades de la parroquia, y luego porción bastante para un encarguillo con (p.5625) el cual asegurar quería la comunicación con mi amada esposa. El buen párroco me agradeció mucho, así la limosna como la confianza, y prometió servirme de cabezas, ¡caramelos!, lo mismo que si yo fuera su padre. Fue mi principal cuidado advertir al cura que en cuanto ocurriese alguna novedad grave, digna de mi conocimiento, despachase un propio a Madrid, a mi costa, sin reparar en precio de la caballería ni en gastos de viaje. Dile nota bien clara de la dirección que habían de llevar las cartas de mi futura, y yo dirigiría mi correspondencia, mientras Demetria no dispusiese otra cosa, al reverendo D. Matías Baranda, cura párroco de Samaniego. De acuerdo el clérigo y yo en estos pormenores importantísimos, me despedí, ya sobre las diez de la noche, y hasta largo trecho más acá de su pueblo fue D. Matías acompañándonos, sin cesar de repetir las alabanzas de mi virtud, de mi sacrificio, más divino que humano, del cual sólo se encontraban ejemplos en las vidas de los santos, que por triunfar así de sus ambiciones y apetitos habían merecido la bienaventuranza. Bueno, bueno: pues esto y mucho más que el bendito señor me dijo no me consolaba de mi tedio, ni me quitaba del magín la insidiosa idea de haber hecho una descomunal tontería.. pues ¿qué se me había perdido a mí con Gracia, ni qué culpa tenía yo de sus penas y de que el otro la dejara, etc..? Sólo pensando en Demetria y recordando su dulce acento, su aplomo soberano, expresión justa de la grandeza de su alma, podía yo arrojar de mi mente aquella idea que me atormentaba como un bufón maligno.

Llegamos a La Bastida cerca de las doce, y levantados, contra su costumbre campesina, nos esperaban Valvanera y Juan Antonio, ansiosos de conocer las resultas de mi viaje. En realidad, como no me esperaban a mí, sino a Sabas, con la noticia de que ya no era yo soltero y de que iba con mi esposa sobre La Guardia, cuando me vieron llegar pusiéronme cara recelosa, y viendo que la mía no era muy alegre, imaginaron cualquier desastre. No quisieron esperar al día siguiente (p.5626) para que yo, punto por punto, les contase el tratado de Samaniego, y hasta las dos o poco menos estuvimos de palique. ¡Ay, madre! Todo ello se les antojaba rarísimo, un tanto alambicado y estrambótico, y sin la debida conexión con la realidad humana. La idea de la niña de Castro les pareció un rasgo de santidad, y por tan sublime la tenían, que no les entraba en el caletre. Ya comprenderá usted mi aflicción y el mal sabor de boca que me dejó la ineptitud de nuestros amigos para comprender idea tan grande y hermosa. No he dormido en toda la noche.. No sé qué daría, querida madre, por que estuviese usted a mi lado y pudiese yo saber su opinión. Tan penoso ha sido mi desvelo, tan vivo mi afán de comunicarme con usted, que abandoné las sábanas ardientes, y la última luz de una lámpara que luchaba con la primera del día, empecé esta carta, que no puedo seguir ya, porque los ojos se me pronuncian, y ya no respondo de que los garabatos que hago en el papel expresen lo que les ordeno.. Déjeme usted que descabece un sueño en la silla, en la mesa.. Buenas noches, digo, días..

Hoy (no sé qué día es) . -Pues hoy he notado una ligera modificación en el criterio de mis amigos. Entraron a verme Valvanera y Juan Antonio a una hora que no sé, porque se me ha parado el reloj. (Por esta falta de respeto a mi persona, le castigo severamente privándole del sustento de la cuerda en todo el día.) Sin duda por consolarme, hame dicho Valvanera que puesta ella en el caso y circunstancias de Demetria, habría determinado lo mismo que mi augusta señora determinó. Juan Antonio, radicalmente desafecto a la caballería, declara que a ser él yo, habría, sí, aceptado el séptimo trabajito hercúleo, pero echando por delante el casamiento, como alivio de penas y necesario refrigerio del alma. Lo dicho, señora y madre, esta gente es bonísima; pero lo sublime no le cabe en la cabeza.. Voy entendiendo que la sublimidad es una exótica planta que sólo crece en esas estufas que llamamos tratados de retórica, y que es locura pretender criarla en la intemperie de (p.5627) nuestra vida. En ello me confirmo después de consultar el caso con el agudo D. Beltrán, sapientísimo definidor de teología mundana, el cual con gracejo me dio patente de doctrino, sosteniendo que la primera y más meritoria santidad de un caballero es cumplir con las damas. Así lo manda la ley de galantería, summa ratio, ante la cual todas las leyes y la caridad misma deben humillarse. En cuestiones de esta índole, intervenidas por el amor con o sin matrimonio, la caridad empieza por uno mismo, dígase mejor por los dos que se aman. Tanto Demetria como yo no éramos más que unos lindos muñecos rellenos de serrín.

Bueno, bueno, bueno. Quiero marcharme, volar hacia Madrid. Mi tristeza es mortal. Sale de estampía para Miranda un criado de esta casa encargado de procurarme el mejor coche que allí se encuentre y los caballos más veloces. Pago los relevos al precio que quieran. Tráiganme el Pegaso, el Clavileño o cualquier hipogrifo nacido en las yeguadas de la sublimidad.

Esta tarde.

No tengo paciencia para esperar más horas, y me decido a partir con Sabas, al anochecer. Escribo a mi rigurosa Dulcinea una carta dulce y triste, pidiéndole que me ampare y sostenga, que lance por mi camino ráfagas de su espíritu vivificante, y con el mismo fervor a usted me encomiendo, señora madre y sibila de este aburrido caballero.

De nuestros amigos pongo aquí mil finezas, y todo el cariño filial de -Fernando.

 

Ep-29-XIX -

Del mismo a la misma

Madrid, Junio.

Madre querida: Mis cartas de Aranda de Duero y de la Venta de Juanilla (a dos leguas de Somosierra) , donde se me rompió una rueda del coche, viéndome precisado a pasar el puerto a pie hasta el mismísimo Buitrago, habrán enterado a usted de las peripecias de este viaje, que la fatalidad quiso hacer lento, y que yo he podido acelerar a fuerza de valor, de terquedad y de dinero. He llegado a Madrid en plena crisis ministerial; ya hablaremos de esto. Me metí en los Leones de Oro, donde no estuve más que medio día, en insufribles apreturas, y no (p.5628) sabiendo dónde encontrar comodidad, consulté el caso con Salamanca, para quien fue mi primera visita, no por preferencias de amistad, sino porque a él tuve que acudir a reponer mi bolsa de los tientos que me fue preciso darle en el camino. Después de abastecerme del precioso metal, me llevó Salamanca en su coche a la Carrera de San Jerónimo, donde se ha establecido un suizo llamado Lhardy, que es hoy aquí el primero en las artes del comer fino. Vino a Madrid el 39, estrenándose con la industria pastelera, que fue gran adelanto con relación a lo bueno que aquí teníamos, per lo que se dijo que había puesto corbata blanca a los bollos de tahona (que a mí me gustan mucho, aun mal vestidos) ; alentado por el éxito, introdujo el dar de comer, y ha ganado tal fama por su puntualidad, esmero, pulcritud y por la ciencia de sus cocineros, que ya no hay en Madrid quien se le ponga por delante. No tiene alojamiento para huéspedes; pero dispone de un par de habitaciones para un solo pupilo, siempre que se trate de persona bien recomendada y rica, y como vuesa merced quiere que yo lo sea, y que me dé el lustre de tal, he consentido que Salamanca me entregue al patronato del amigo Lhardy. Aquí me tiene usted, pues, señorilmente aposentado, solo, bien comido, bien bebido y dado a los demonios porque la distancia a que estoy de los seres que amo me quita toda tranquilidad y todo contento.

Me cuenta Salamanca que el Ministerio González ha venido a tierra, y que él, Salamanca, tuvo la culpa de que empezara la situación a desmoronarse por la parte más endeble, el Ministro de Hacienda, Sr. Surra y Rull. Los líos que, por intereses de no sé qué empréstito, mediaron entre nuestro buen malagueño y el secretario de Hacienda son tan largos de contar, que prefiero callármelos, para evitar a usted una jaqueca por cosas que pronto han de desvanecerse en el tiempo y borrarse de toda memoria. Ahora bien: ¿quiénes son los perritos en cuyos pescuezos lucen ahora los collares ministeriales? Pues perrito de cabecera es el general Rodil, que (p.5629) mandaba en el Norte. Siguen: Almodóvar, que ha cambiado la guerra por la diplomacia; Zumalacárregui, que gobierna en Gracia y Justicia; D. Ramón Calatrava, que tendrá las llaves del arca nacional; el viejo Capaz, que empuña el remo de la Marina, y en Gobernación nos ponen al Sr. Solanot, muy señor mío. Dios les dé a todos buena mano.

Ofreció D. Baldomero a Olózaga la Presidencia del Consejo; pero no quiso aceptarla Salustiano, a quien traen ensoberbecido sus triunfos oratorios. Tanto él como López acaudillan en las Cortes una partidita de diputados, y entre uno y otro hacen el caldo gordo al moderantismo.. No puedes figurarte el efecto que me causa oír a esta gente, ni la desazón de sorpresa y asfixia que invade a los que, viniendo de fuera, entramos de súbito en esta atmósfera. Yo digo: «¿Pero aquí están todos dementes? ¿Es esto la metrópoli de una nación o el patio de un manicomio?..». Y pregunto dónde se ha metido el sentido común, sin que nadie acierte a responderme.. A juzgar por lo que se oye, el país es un insensato que, aburrido de sí mismo y no sabiendo como vivir, pide a los demonios que se lo lleven.. El Ministerio entrante es calificado como de la peor extracción ayacucha. Y yo pregunto: «¿Qué significado tiene esta palabra, y qué se quiere expresar con ella?» Ni Espartero estuvo en la batalla de Ayacucho, funesta para nuestra nacionalidad en América, ni los feligreses de su camarilla, a quienes acusamos de infinitos males, pelearon tampoco en aquella célebre acción de guerra. Esto es tan peregrino como el llamar borracho a José Bonaparte, que no lo cataba. La imaginación popular emborrona la historia, y luego nos cuesta Dios y ayuda descubrir con raspaduras la verdad.

Martes.

Todos los amigos a quienes hoy he visto me han preguntado si soy ayacucho, y les he contestado con picardía, según el gusto y aficiones de cada uno. Quiero sustraerme a la política; pero no doy un paso en las gestiones que motivan mi viaje sin tropezar con algún delirante que quiera comunicarme su (p.5630) locura. Hoy me ha dicho Espronceda que no habrá paz hasta que no venga la República, una República enteramente a la griega, por supuesto.. (me figuro que habla de la Grecia de Byron) ; Borrego me ha demostrado la circulación clandestina del oro inglés, como causa principal del ayacucho desconcierto en que vivimos; González Brabo sostiene que es forzoso poner patas arriba la Regencia y su tertulia, declarando mayor de edad a Isabel II para que gobierne por su propia inspiración infantil, y después salga lo que saliere; López quiere arreglar a España derramando sobre ella, desde las etéreas regiones, frases de talco de mil colorines; en Fermín Caballero descubro un radicalismo extremado que conceptúo más peligroso por la rigidez de castellano viejo, por la forma fría y clasicona con que lo expresa; en fin, que todos desvarían, y yo no encuentro dos adarmes de seso por ninguna parte, y véome apurado para reponer el mío, que en este ahumado laberinto se me pierde y se me acaba.

Y entre tanto, señora madre mía, Ibero sin parecer. Desde muy temprano empiezo mis pesquisas, y cierra la noche sin obtener ni vagos indicios de la caverna del león fugitivo. Clérigos y seglares he visto en los barrios de acá y de allá; Iglesia y Milicia me resultan igualmente ineficaces para el conocimiento que busco. Esto me anonada. ¿Qué debo hacer? ¿Dar por terminada mi misión, con fracaso evidente, o persistir, revolver más escombros humanos y meter el gancho hasta lo más hondo del montón? ¡Ay, qué daría yo por que usted pudiese contestarme ahora mismo.. pero ahora mismo!

Jueves.

He almorzado en una taberna de la calle del Humilladero, por no abandonar una pista que segura me parecía, y que al fin resultó más falsa que Judas. Donde creí encontrar a Santiago, topé con un sacristán loco que compone imágenes de santos, poniéndoles cabezas de chisperos y atributos de tauromaquia. De allí (calle de Luciente, 3) me vine a casa, donde recibo la grata sorpresa de que ha estado a visitarme D. Juan Álvarez Mendizábal. Me puse a escribir a (p.5631) mi mujer y a mi madre, y entró.. adivínelo usted: Miguel de los Santos. Nos abrazamos con efusión y nos pusimos a recordar cosas de nuestro tiempo. No ha variado nada Miguelito, que es el mismo holgazán perdurable y el gran autor eternamente inédito. Me hizo reír burlándose de la poesía, que considera como el diploma de la miseria y la ejecutoria del hambre; hablome luego de un proyecto magno que ha concebido para ganar dinero, el cual no es otro que construir una fastuosa casa de baños en el Manzanares, a estilo del extranjero, y por complemento un recreo de naumaquia o cosa tal, encauzando el río para jugar con él y decorarlo, en una considerable extensión, con cascadas artificiales y con surtidores.. ríase usted.. con surtidores de vino. Me ha entretenido toda la tarde con estos donaires, y riéndome como un tonto he olvidado mis penas. Dios se lo pague. Le convido a comer. Si él se dejara, le ajustaría yo para que me acompañase algunas horas del día; pero a esto contesta que no puede comprometerse a consagrarme su tiempo, porque tiene que trabajar.. ¿Qué hace? Dice que intenta corregir el Quijote y enmendar La Divina Comedia, para que sean obras dignas del respeto de los siglos. A su juicio, la Biblia necesita de algunos toques para ser un libro aceptable, y él se compromete a dejarla como nueva, si le dan en Gobernación una plaza igual a la de Pepe Díaz, con libertad para dedicar las horas de oficina a la composición y lima de versos.

Viernes.

Comimos juntos Miguel y yo, y nos fuimos al Príncipe. Al teatro le han dado una mano de pintura y le han refrescado el oro. A pesar del afeite, lo encuentro más triste que en nuestros tiempos. La concurrencia me ha parecido la misma: las damas que lucían en plateas y entresuelos, no se han movido de sus palcos, tal fue mi ilusión, desde la última vez que las vi. La de Oliván, empero, ha cambiado de lugar: su constelación deriva un poco hacia el proscenio, metiéndose más en Capricornio y confundiéndose con Arcturus. La Osa Mayor (ya sabe usted quién es) no ha cambiado (p.5632) de sitio en el firmamento teatral, ni Berenice, la de la espléndida cabellera. Junto a ésta brilla Mercurio, que ha tiempo, según dicen, rompió con la mayor de las Cabrillas. Vi La escuela de las casadas, de Bretón, que me recuerda L'école des femmes. Es linda comedia, y la representan a maravilla Romea y Matilde. En el segundo entreacto subimos al cuarto de Julián, donde fui recibido con vítores y palmadas, y la indispensable denominación de ayacucho. Porque allí, como en todas partes, no se habla más que de política, y el aposento del actor parece club, logia o rincón de café patriótico. La procerosa figura de Don Juan Nicasio se destacaba entre el ilustre senado, y no faltaban Vega y Rubí, con quienes reanudé mis amistades, entablándolas nuevas con un poeta que yo conocía de vista, Ramón Campoamor, ahora muy mimado del éxito, autor de un tomo de lindísimas fábulas, que compré en casa de Boix y estoy leyendo. Si a muchos vi con gusto, mas sin interés grande, tuve el sentimiento de no tropezarme con Bretón, a quien expresamente buscaba yo anoche, porque has de saber que este ilustre riojano es quien me ayuda en la cacería de Ibero, con una solicitud que le agradeceré toda mi vida.

Domingo.

Mi desesperación, señora madre, a su colmo llega ya. Ocho días aquí, sin adelantar un solo paso en esta formidable aventura, que ya me está pareciendo del género tonto y deslucido de las leyendas caballerescas que en mi tiempo se escribían. No puedo más. Me fijo un plazo improrrogable de tres días para dar por suficientemente apurado mi empeño, y al cabo de ellos, triunfante o derrotado, tomo el camino del Norte, pues el imán de mis deseos me tiene loco de tanto mirar allá.. Tan aburrido estoy, que suelo buscar distracción en la lectura de los periodicuchos que difaman al Gobierno, al Regente y a todo lo que significa jerarquía y autoridad, y más me seducen y divierten cuanto más groseros y estúpidos disparates escriben. La Guindilla trae un muñeco que imita la persona de Rodil, con su cara de histrión, su (p.5633) rasgada boca y sus bucles sobre las sienes. Le representa bailando el zapateado, y pone en sus labios unas ridículas décimas con glosa. Adulando los bajos gustos de mucha gente, el papel llama Bobil al presidente del Consejo, y a todas las figuras culminantes de la Nación las señala con soeces motes. Almodóvar es Poenco; Mendizábal, Mamacallos; Calatrava, La Tía Ramona, y Argüelles, Pinchaúvas. Por cierto que ahora vienen alborotados los periódicos con lo que llaman escándalos palatinos. Andan a la greña la camarera mayor, marquesa de Bélgida, y el aya, Condesa de Mina. Pinchaúvas, impávido, se entretiene en quitar y poner maestros a Su Majestad. A la separación del señor Ventosa, sigue el nombramiento del coronel D. Francisco Luján para profesor de Historia y Ciencias Exactas de las regias niñas. Unos alaban y otros denigran al Sr. Luján, como hechura de D. Antonio González, y redactor de un papelejo (creo que El Espectador) , que defendía las crueldades de Zurbano y le daba el dictado de Washington español. ¡Vaya unos delirios! Vivimos entre locos desmandados. En el novísimo lenguaje de la prensa callejera aparecen cada día nuevos términos y frases que al instante entran en el uso común del pueblo y se apegan a todas las bocas. A los moderados les llaman ahora traseristas, con lo que se significa que progresan hacia atrás.

Martes.

La prensa populachera de hoy habla de un gran cisco en Palacio, entre Pinchaúvas y las azafatas. Éstas se rebelaron en cuadrilla contra el tutor y quisieron arañarle. Parece que dos antiguas azafatas, en connivencia con uno de los nuevos preceptores, entregaron a la Reina un medallón con el retrato en miniatura del hijo mayor del Infante D. Francisco. Se había prohibido por la tutoría soliviantar a Su Majestad con cartas, recaditos o miniaturas de los príncipes que aspiran a su mano, y la desobediencia flagrante a tan sabias instrucciones ha sido motivo del zipizape y del furor del austero D. Agustín. Se asegura y no me cuesta trabajo creerlo, que el (p.5634) retrato causante de la gresca procede de la Infanta Carlota, que ya empieza a barrer para su casa. Anúnciase la llegada del primogénito de la Infanta, D. Francisco de Asís, y se inicia ya en Madrid la formación de un núcleo de opiniones afectas a la candidatura de este jovencito para marido de nuestra Soberana. Con tiempo lo toman. La feliz inventiva española para bautizar ridículamente las ideas ha dado en llamar paquistas a los que se entusiasman con este casamiento.

Tendrá usted conocimiento de la desastrosa muerte del duque de Orleans. ¡Qué horrible desgracia! ¡Morir de fatal muerte, súbita como el rayo y ciega, en la flor de la edad, en la más alta posición, rodeado de todos los bienes, adorado de los suyos!.. ¡Qué triste!.. Me entra el frío de los presentimientos lúgubres.

Martes.

Madre querida, no quiero hablar a usted de mi tristeza, por temor de comunicársela. Si mañana no puedo darle mejores noticias, irá la de mi salida para Miranda. Anoche estuve en el Circo, que han convertido en teatro, sin conseguir que esté menos feo que antes; pero al espectáculo de los caballitos es preferible la ópera italiana con buena orquesta y cantores de mérito. Oí La Vestale, de Mercadante, que me habría gustado si tuviera mi espíritu mejor dispuesto para las emociones del arte. No hay música, por sublime que sea, que ahogue la interna voz de nuestra alma, cuando da por cantarnos el réquiem. Oí la ópera como se oye un organillo de las calles, y admirando el buen estilo de la Teresa Bovay y de Olivieri, les habría dado dos cuartos porque callaran.

Hoy haremos Bretón y yo la última tentativa para que pueda llevarme la conciencia bien sosegada. Si Dios no dispone otra cosa, sólo un día separará esta carta de lo que anuncié a usted la partida de su amantísimo hijo. -Fernando.

 

Ep-29-XX -

(Del mismo a Demetria)

Madrid, Julio. Señora y dueña, reina, emperatriz, y más si lo hubiere: ¿con qué palabras te daré las albricias? Ayer te dije que Bretón y yo nos declarábamos vencidos, y hoy, cuando menos lo esperaba, se me presenta el gran (p.5635) riojano y me suelta esta bomba: «¿No le dije, mi Sr. D. Fernando, que yo con un ojo solo había de encontrar más pronto que usted con los dos suyos la aguja que buscamos en un pajar?»

En fin, adorada mujer, que ya pareció el ángel negro; al fin Dios ha tenido lástima de mí, de ti y de tu pobre hermana, si, como creo..

Espérate un poco: no sé cómo contarte con brevedad lo sucedido. ¡Si fuera posible pegar desde aquí cuatro gritos para que tú me oyeras! Pues leyendo versos estaba yo, cuando entra Bretón y me abraza, y rompe una copa de agua que yo tenía en mi mesa, y mientras acudo a contener la inundación que cae sobre el libro pasando por mi chaleco, le oigo decir: «Ya tenemos hombre..». En fin, que Ibero vive, aunque no se responde de su perfecto equilibrio cerebral.. Y no vayas a creer que tengo ya entre las uñas al novio de tu hermana: aún no le he visto. Para que nuestra dicha no sea completa, el ángel negro está, como quien dice, a la vuelta de la esquina.. se ha ido a Cataluña.. No recuerdo si Bretón dijo que reside en Barcelona o cerca de ella.. Lo mismo da. ¿Te parece que es floja caminata la que tengo que emprender ahora, mujer mía? De la pena de no verte pronto me consuela el gozo de que veré a mi madre.. Fluctúo entre dos cielos. Ya los juntaré yo.

Escucha y alégrate: por obra de la casualidad (disfraz que toma Dios para sorprendernos, embromarnos y reírse de nuestros afanes) , supo Bretón que Santiaguillo había sido huésped del Rector de Monserrat, en la calle de Atocha, por un mes largo, y de que el dicho Rector y otro clérigo catalán se concertaron caritativamente para curarle de sus manías y aliviarle de sus penas, determinando al fin que no había para ello medicina mejor que el cambio de aires y la compañía de sujetos graves. Dos días antes de mi entrada en Madrid, empaquetáronle en una galera de las que llaman aceleradas, consignándole a una casa religiosa donde tendrá la mejor asistencia. ¿Te vas enterando? Pues añado (y esto no se lo digas a tu hermana) que los buenos clérigos de acá, en cuyas (p.5636) manos cayó por designio de Dios nuestro pobre amigo, creen que su reciente vocación de vida religiosa, lejos de ser síntoma de locura, señal clara es de iluminada discreción y juicio, por lo cual recomiendan a los Padres de allá que después de cuidarle, y de nutrirle con sanos alimentos, le administren los más eficaces, o sea la doctrina necesaria para que en un plazo no muy largo cante misa.

¡Sí, sí; no es mala misa la que le voy a cantar yo!.. A mi pesimismo de los pasados días ha seguido un recrudecimiento ardoroso de aquel entusiasmo con que acepté y acometí las duras penitencias que determinaste imponerme. Vuelvo a creer que me destina Dios a consumar una grande hazaña y a producir una de las más bellas eflorescencias del bien humano. Adelante, y echa la bendición a este tu enamorado caballero, que no dilatará el partir a Barcelona más tiempo del que tarde en prevenirse de los lazos mejores para captar novios fugitivos que se acogen a lugar sagrado.. Ya te lo explicaré mañana, porque estoy aturdido, loco, y no respondo de que mi trémula mano escriba lo que pienso.

Tu segunda carta me ha causado tanta alegría como tristeza me dio la primera. ¡Vítor mil veces!.. ¿Conque tenemos a nuestra hermana consolada, por virtud de las esperanzas con que tú, divina médica, has fortificado su espíritu? ¿Y no es broma, Cielos, que mi amigo Navarridas se tiene tragado que somos marido y mujer como quien dice? ¿Hase enterado de que nos vimos en Samaniego y de que allí charlamos y resolvimos cuanto nos dio la gana? ¿Tendrá celos de nuestro bravo capellán y casamentero D. Matías? ¡Cuánto me alegro, y qué feliz me haces con estas noticias! Mayor sería mi júbilo si me anunciaras que ha reventado Doña María Tirgo, o que apuntan síntomas del pronto estallido de tan digna señora.. ¡Vaya, que la retirada de los tacaños con su brillante Estado Mayor eclesiástico es por demás donosa! ¡Lástima que no estuviera yo allí para avivarles el paso, picándoles la retaguardia con azotes, zorros o escobas! ¡Y ya las de Álava, ¡Dios (p.5637) clemente!, me llaman ilustrado, elegante y de buena educación! Su tardía indulgencia me hace llorar de risa..

La prensa popular no se recata para enaltecer las ideas republicanas. La República es el mejor Gobierno, según estos tribunos de las calles, porque tiene por base y principio el temor de la justicia del pueblo. Al paso que estas ideas se propagan, la procacidad, las groseras injurias a personas respetables son diario alimento de la general demencia. Como París en los días del terror recomendaba el uso constante de la guillotina, Madrid recomienda el corbatín, como eficaz correctivo de ministros y personajes. Se me ha quedado presente una cuarteta que acabo de leer, en la cual se pide que den garrote al ministro de la Gobernación del Reino, señor Solanot:

Al que todo lo trabuca

y en la adulación se ensaya,

el corbatín de Vizcaya

le pusiera yo en la nuca.

Muletilla constante en la baja prensa, y aun en la de más fuste, es que mientras el pueblo paga, los ministros no hacen más que guardar millones. El Ministerio es una cuadrilla de viejas flatulentas, rapaces, embrujadas; el Real Palacio, una casa de Tócame Roque, donde los dómines y las azafatas, las mozas de retrete y los caballerizos, a diario se tiran de los pelos; la Tesorería, el puerto de arrebata-capas; el Regente, un santón repleto de oro; Rodil, un payaso; Capaz, un Tío Carando; San Miguel, un..

¡Ay, ay, ay, niña de mi corazón!.. ahora reparo que pongo en tu carta cosillas destinadas a la de mi madre, que desea le cuente algo de enredos y trapisondas políticas. Como a las dos escribo a un tiempo, alternando en mis dos amores para igualarlas en mi cariño, tiene fácil explicación el error.. ¿Qué te importa a ti la política? Sea lo que quiera, no tacho nada de lo escrito.. ¡Ay, ay, ay! Espérate: descubro en este momento que en la carta para mi madre he puesto por equivocación un parrafito que es forzoso trasladar a la tuya. ¡Cómo está mi cabeza! Copio en ésta lo que en la otra carta escribí, y que a la letra dice: «Mi opinión es que no atiborres de optimismo el (p.5638) espíritu enfermo de mi cuñadita. No vaya a creer Gracia que ya tiene reconquistado el novio, y que le llevaré la felicidad como podría llevarle una caja de pastillas para su rebelde tos. Esperanzas tengo, y eres tú quien me las da, el recuerdo de ti, la fe en tus altas concepciones, cara esposa, emperatriz y papisa mía. Ríete lo que quieras de mis disparates».

Me estremece de alegría, de orgullo, de no sé qué, tu proyecto de derribar el tabique de la sala de oriente, junto a la que ocupé yo, para hacer con las dos una estancia que será de legua y media de largo lo menos, donde instalarás mi biblioteca. Cuando leí en tu carta que ya habías mandado llamar a los albañiles para comenzar la obra, di un brinco, que no fue más que instintivo impulso de abrazar a los tales artífices, aunque me pusiese perdido de cal y yeso.. ¡Bendita sea tu alma de gobernante y arquitecta! Cuando pienso que desde que nací hasta que te encontré en Oñate pasaron tantos días sin yo quererte, me causa terror aquel estado de ceguera, de ignorancia y de estupidez. Pues sí, acepto lo de la biblioteca, por el gusto de tenerla, de recrearme en el descubrimiento de que para nada la necesito, pues no hay para mí ya más biblioteca que tus ojos, y ellos son mi Enciclopedia, mi Historia, mi Biblia Poliglota y mi Homero y mi Dante.. Harás de mi parte fiestas muchas, muchas, al noble Serrano.

Ya concluyo por hoy, y como ahora tengo que echarme a la calle, puntual a la cita que me ha dado Bretón, mañana terminaré la carta para mi señora madre, a quien me permitiré mandar infinitos besos de parte tuya. Antes de salir para Barcelona, te escribirá de nuevo tu fiel caballero, y esposo cuando Dios quiera, -Fernando.

 

Ep-29-XXI -

Del mismo a Pilar de Loaysa

Madrid, Julio.

Mater admirabilis: Imposible partir para Cataluña sin ver a Espartero y a Jacinta, pues con los afanes de estos días y el continuo callejear no tuve espacio para visitarles. No me riña usted. Hoy he ofrecido mis respetos a Sus Altezas Serenísimas, y sin que yo se lo cuente, comprenderá (p.5639) usted que fue tremenda la chillería que me echó Jacinta por mi tardanza. Disculpeme con mis ocupaciones; pero aún tardó gran rato la Duquesa en desarrugar el ceño. Quedeme a almorzar con ellos, y hablamos de todo, de lo público y de lo privado. Ofreciome D. Baldomero escribir a Van-Halen, que allí manda por lo militar, para que me ayude sin restricción alguna en cuanto yo intente. Llevo, pues, carta blanca, y con ella espero que se me consentirá el uso y el abuso de mis iniciativas caballerescas.

No era yo el comensal único de los Regentes en el almuerzo de hoy. Sentáronse también a la mesa D. José Posada Herrera y D. Santiago Alonso Cordero, quien no abandona por nada del mundo la etiqueta popular de sus bragas de maragato. Es un hombre risueño y frescote, con cara de obispo, de maneras algo encogidas, en armonía con el traje castizo de su tierra, de hablar concreto, ceñido a los asuntos. Se enriqueció, como usted sabe, en el acarreo de suministros, y hoy es uno de los primeros capitalistas de Madrid. Ha comprado el solar de San Felipe, inmenso ejido polvoroso, para construir en él una casa que allá se irá con El Escorial en grandeza, y será la octava maravilla de la Corte. Da pena ver las tristes ruinas, el despedazado claustro, los escombros del mentidero y las covachas. Ha dicho hoy Cordero en la mesa que propondrá al Ayuntamiento el derribo total de la Puerta del Sol, para hacerla de nuevo con mayores anchuras, a fin de dar cabimiento al paso de tantísimo coche como ahora rueda por estas calles. En el centro se pondrá un monumento conmemorativo de la Milicia Nacional, con un par de fuentes de pilón bien amplio, para que quepan todos los maestros de baile que ahora llenan sus cubas en Pontejos. ¿Qué le parece a usted de estas elegancias y composturas de su viejo Madrid?.. El otro comensal, Posada, es un asturiano muy listo, que en nuestro tiempo no se había dado a luz, de cuerpo enjuto y semblante un tanto ratonil, a que dan mayor expresión de agudeza sus orejas no cortas. En el Congreso brilla por su (p.5640) perorar discreto y persuasivo, sin ringorrangos, y brillaría más si el ministerialismo no quitara sal a su elocuencia, pues defendiendo a los que están en candelero, que es como estar en la picota de la impopularidad, no se ganan las palmas oratorias.

Al gran D. Baldomero le encuentro agobiado y melancólico, señal de lo que le pesa el fardo ayacucho, y de las ganas que de soltarlo tiene. Recayó la conversación en la libertad de imprenta y en sus repugnantes excesos, y contra la opinión de Cordero y Posada, a la que me permití agregar la mía, sostuvo el Regente que nada perdíamos con que las ranas callejeras chillaran todo lo que quisiesen y escupieran fango sobre los ministros. A él no le afectan las injurias y cree siempre en las ventajas eternas de la libertad, sin mirar a sus pasajeros inconvenientes. ¿No se había expresado del modo más claro la voluntad de la Nación pidiendo que todos los ciudadanos fuesen libres? Pues ya lo eran. Veremos pronto quién acierta, si la opinión general, o la gritería y los resoplidos de cuatro ambiciosos. Se propone sentar la mano de aquí en adelante a los que turben el orden, ya vengan con bandera cristina o moderada, ya con los pingajos de la revolución social. Cumplirá con su deber, sosteniendo los principios de progreso, y si a pesar de esta lealtad, llueven capuchinos de bronce, se encasquetará el sombrero hasta que pase el nublado. La Nación permanece; las tempestades corren; lo que debe quedar queda. O este fatalismo nos revela, señora madre, la más alta filosofía política, o supina ignorancia de las artes de gobierno. El tiempo lo dirá.

Prometiendo volver por la noche, despedime de los Duques y dediqué la tarde a las visitas que usted me ha encargado, empezando por su fiel amiga, la de Selva Fría, que rabiaba por conocerme. Bien lo comprendí en la manera de recibirme, pues su finura y gracia quedaron oscurecidas por las demostraciones de curiosidad; tan minucioso fue el examen que la Marquesa y dos de sus amigas allí presentes hicieron de mí, mirándome cara y ojos con (p.5641) atención que rayaba en impertinencia, y haciéndome mil preguntas, cuyo objeto debía de ser el estudio de mi ser moral. Y aun creo que en el largo tiempo de la visita otras miradas ansiosas me observaban detrás de los cristales de la pieza inmediata, como a un bicho raro. Interiormente me reía yo, y procuré que la amiga de mi madre viera en mí una persona bien educada, cariñosa y galante. Con perdón de usted, y empleando un término de la literatura popular andaluza, hoy tan en boga, le diré que su amiga de usted me ha parecido una ezgalichaota; no hallo mejor manera de expresar su ceceo andaluz y la indolencia de sus posturas, por causa de la excesiva lozanía de carnes, que sin duda le pesan: en el desbarajuste de aquella máquina, creeríase que las distintas piezas quieren caerse cada una por su lado. Una de las damas presentes era la que llamamos Berenice, a quien yo traté, ya casada, en las tertulias de Castro-Terreño. Sigue cultivando su incomparable cabellera negra, y las dos cascadas de tirabuzones que lleva en las sienes causan maravilla. La otra no la conocía yo: era la de Soterraña, que, según dicen, habla con Sartorius. Habíala visto yo en el Prado, donde días pasados encontré a muchas señoras de mi tiempo y a otras que en el período de mi ausencia se han trocado de señoritas en mamás. La espiritual, la etérea Matildilla Illán de Vargas, a quien yo hacía cucamonas el año 35, hállase en meses mayores; la vi agarrada al brazo de su marido, que le daba remolque con mucha dificultad. No me acuerdo del nombre de él: sólo puedo decir que era inseparable de Ros y de Echagüe. Ya le contaré a mi madre otros encuentros míos en el Prado, más peregrinos, y las paralelas que no una, sino hasta tres familias han querido ponerme, echándome unas niñas tiernas, con más perifollos que seso. Imagínese usted el caso que de estos halagos haría yo, gentilhombre campagnard, desengañado ya de las esperanzas cortesanas y unido con eterno vínculo a la diosa Ceres, nada menos.

El calor ha dispersado a no pocas familias, y hay muchas bajas en el Prado. (p.5642) A Francia y a las provincias no sé que hayan ido más que las Montúfares, la de Santa Cruz, Salamanca, Osuna, Bedmar.. Otros se han ido a los no lejanos châteaux de Carabanchel, Aravaca y Navalcarnero, o se aposentan en pajares a que se da el engañoso nombre de quintas.

He vuelto por la noche a la casa de los Duques Regentes, que por cierto viven con modestia suma, y su palacio más parece un cuerpo de guardia. Vi a Seoane y a Linaje, furibundos en la declamación contra moderados; vi al bonísimo Cantero y al ardiente Sánchez Silva; vi, por fin, y con no poca satisfacción, al gran D. Juan y Medio, que me abrazó, y estuvo conmigo muy cariñoso, encargándome hasta tres veces que le lleve a usted sus fieles memorias y los más respetuosos afectos. Ha envejecido bastante; mas persevera en las costumbres de la correcta elegancia inglesa, con su peinado de rizos, su pie pequeño bien calzado con zapatito bajo, sus estirados cuellos y el corte y largura de sus afamadas levitas. Ofreciome cartas expresivas para Barcelona, que han de serme de no poca eficacia, encargándome mucho que no deje de visitar de su parte a su amigo el cónsul de Francia, Ferdinand de Lesseps.

Esto y una frase hermosa que dijo Espartero han sido lo más agradable para mí esta noche, sin contar los obsequios de Jacinta, y la emoción con que habló de usted y de sus deseos de verla y abrazarla. En el círculo que rodeaba al Regente, como un coro de sacerdotes de chinesco ídolo, se trató del proyecto de prorrogar la minoría de Isabel II, idea que en estos días flota en el ambiente político, sin que se sepa qué intenciones inocentes o pérfidas la han echado a volar. D. Baldomero rechazó la idea con una imagen gráfica que admirablemente expresaba su pensamiento: «Si como puedo adelantar las horas de ese reloj -dijo señalando a la esfera de uno feísimo, puesto en la más ordinaria de las consolas-, pudiera yo acelerar los días que nos quedan de Regencia y llegar al término de la menor edad de Isabel II, crean ustedes que ello sería mañana». (p.5643) Cansado está el hombre, y menos ambicioso de lo que generalmente se cree. Al salir me encontré a Nocedal y a Luzuriaga, que iban disputando. Delante de mí, y poniéndome por testigo, hicieron una audaz apuesta. El uno sostenía que no duraba dos meses la Regencia del Conde-Duque; el otro, que aún tendríamos Regencia y minoría para cinco años. Me vine a casa sin calentarme los sesos en calcular el vencedor probable.

Me hará usted el favor de decir al carísimo Hillo que no he visto a Montes, y lo deploro.. No torea ya en Madrid hasta Septiembre, por lo cual, a más de privarme del gusto de aplaudirle, falto a la promesa de darle un recadito de parte de nuestro capellán. Sin duda se pondrá éste muy afligido cuando usted le enseñe mi carta y lea el fatídico No he visto a Montes, pues podría creerse que de ver o no ver al tal Montes depende la armonía o desconcierto de las esferas. En verdad lo siento, y tanto él como yo hemos de llevarlo con paciencia. En otoño lucirá su destreza en esta plaza el chairo crúo; mas para entonces no seré yo quien lo vea manejar la muletiya y el mondadiente. ¡Ay, con qué júbilo tomo el olivo!

Espero aún dos días para ir bien preparado de los necesarios elementos de investigación, y de los resortes más eficaces para captar a la fiera. Antes de que se cumpla la semana, abrazará y besará mi madre a su. -Fernando.

 

Ep-29-XXII -

De D. Fernando a Demetria

Sitges, Julio.

Amadísima mujer: Te escribo en la mayor consternación. Encuentro a mi madre enferma, con grave recrudecimiento de su achaque pulmonar, intensa fiebre, postración grande; disneas frecuentes a menudo disminuyen mis esperanzas y aumentan mis temores. Hoy es uno de los días más tristes de mi vida. Llegué con la emoción que puedes figurarte, y al ver de lejos la villa blanca, el corazón se me saltaba del pecho. Mi entrada en la casa fue como el testarazo del ave ciega que en su vuelo rápido se estrella contra un muro. ¿Quién comprenderá mi pena como tú, quién como tú la compartirá? Me consuela el pensar que en cuanto recibas mi (p.5644) carta, seremos dos a soportar esta pesadumbre. ¿Ves, querida mía, cuán cara cuesta la felicidad, y cómo se hace valer, y cómo se hace esperar, y con qué infame perfidia juega el destino con nuestros deseos?.. No me extiendo más. Basta por hoy con darte conocimiento de mi tribulación. No puedo separarme de mi madre, ni consiento que otras manos cuiden de ella, ni que otros ojos la vigilen, ni que otra boca la consuele y la conforte. El dolor aviva mi comunicación contigo; paréceme que no estoy solo, y cosas pienso que sospecho me las dices tú al oído.. Ilusión es ésta de las más vanas. ¡De La Guardia a Sitges qué inmensidad de leguas! ¿Estarán más separados los muertos de los vivos?.. Te adora tu -Fernando.

Del mismo a la misma

Sitges, Agosto.

Está visto, Reina, que Dios quiere someternos a pruebas durísimas, como si aún no tuviera bien probada nuestra fortaleza. Yo pregunto: ¿qué hemos hecho para que se desaten contra nosotros los furores del mal humano? Y si salimos tú y yo vencedores de esta batalla, ¿qué compensación de felicidad nos dará Dios? No me digas que no es esto un ensañamiento de la divinidad: cuando mi madre, a fuerza de cuidados y de ciencia, nos vuelve a la vida, tu hermana recae en sus trastornos, se agrava, la crees muerta, vive tan sólo en un aliento, en un suspiro. Aunque tu carta de hoy me da esperanzas, y no deja de ser consoladora la opinión del amigo Crispijana, no acabo yo de tranquilizarme. Estoy muy pesimista, y todo lo veo lúgubre, desde que la enfermedad de mi madre me cortó los vuelos.

No creas que me descuido en mis obligaciones hercúleas: en cuanto he visto a mi madre recobrando lentamente la vida, no he pensado más que en lo nuestro, y no siéndome posible separarme de mi enferma ni un día ni una hora, he mandado a Sabas a Barcelona, bien asistido de personas prácticas, para que vaya desbrozándome el terreno y averigüe si ha llegado el hombre, y dónde está y qué demonios hace. Aún no ha vuelto.

Mi madre te consagra todos sus pensamientos. Es (p.5645) tanto y tan ardoroso lo que habla de ti, que a veces tengo que mandarla callar, porque el continuado uso de la palabra no le hace provecho. Ninguna idea la turba y aflige tanto como la presunción de morirse sin verte. No sé las veces que me ha pedido nueva relación de lo que hablamos tú y yo en las célebres vistas de Samaniego, lo que me dijiste, lo que yo te contesté, y qué cara ponías cuando yo te manifestaba mi repugnancia de los trabajos si no iban precedidos del casorio. No cesa de preguntarme cómo eres, si es bonito tu metal de voz, si tus ojos son pardos tirando a negros, o negritos del todo. Figúrate tú, mi cara mitad, lo que yo le diré, y qué perrerías se me ocurrirán acerca de tu persona. La pobre va muy despacito en su restablecimiento, y estoy con el alma en un hilo temiendo las recaídas, y temblando de que me la hiera un traidor soplo de aire.

He tomado aborrecimiento a nuestra embarcación y a los paseos marítimos, pues de ahí vino este arrechucho. Cuatro días antes de mi llegada, salieron mi padre y D. Pedro a su diversión por el Mediterráneo: hallándose muy afuera, les cogió una fuerte virazón al Oeste, y aunque la fortaleza de la embarcación les garantizaba del peligro de ahogarse, pasaron un gran susto. Corriendo a la vela con rizos en demanda del puerto, no les fue posible cogerlo, y tuvieron que arribar a Cubella bajo el azote de un tremendo chaparrón que a todos les caló hasta los huesos. Mojados de agua de las nubes, se dieron otro remojo de salada al desembarcar a hombros de marineros. Mi madre se puso tan mala, que tuvo que pernoctar en Villanueva y Geltrú, donde se le manifestaron los efectos de la mojadura y el enfriamiento. Me ha contado Hillo que al día siguiente del naufragio, cuando venían para Sitges en la desvencijada tartana que pudieron encontrar, pasó la mayor angustia de su vida, creyendo que mi madre se le quedaba en el camino. No hay bromas con Neptuno. He suprimido el departamento de Marina, y he mandado que me saquen a tierra la barca y (p.5646) que le quiten el aparejo y la cubran con vela, condenada a servir de albergue a dos mareantes que no tienen otra casa. Mírala allí tumbada de un lado, vergonzosa de su mala acción, aunque ella dice que no tiene culpa de lo sucedido, que fue la mar, la juguetona mar quien nos hizo la jugarreta.. Y la mar dice que no fue ella, sino el cielo.. Ve tú a entenderlos..

Adiós por hoy, vida mía. Cariños mil de tu pobre Hércules, prisionero del amor maternal.

Miércoles.

Hoy te mando más de una receta de medicamentos que creo de gran eficacia para tu hermana. Las drogas son excelentes, y las he obtenido en largas experiencias fármaco-psicológicas. Mas para que obren con seguridad y energía ha de haber mucho tino en la administración de ellas; a tus manos delicadas y a tu conocimiento de los diferentes estados en que puede encontrarse la enferma, fío el buen éxito de este tratamiento.

Allá van mis prescripciones y advertencias del modo de aplicarlas. Si ves a Gracia muy triste, quejumbrosa, con mimo infantil, pero sin fiebre ni postración física grandes, le dices que Santiago Ibero está en un pueblecito de Barcelona, bueno y rollizo.. es Santiago quien está rollizo, no el pueblo. Gracias a la reposada vida que allí hace y al nutritivo alimento que le dan, curado está el hombre de sus negras murrias, y su intelecto vuelve a lucir con todo el brillo de la sindéresis más pura. Guárdate de añadir a esta receta la noticia de que Santiago se propone, y a ello tiran los buenos religiosos sus maestros, cantar misa en el próximo Diciembre, para lo cual se dan prisa a meter latines y fórmulas litúrgicas en los huecos cerebrales donde antes estuvieron las liviandades amorosas.. No le digas esto de la misa, por Dios, que sería trocar en veneno la medicina.

Podrás usar, en caso de gravedad manifiesta, de otro antiespasmódico sumamente enérgico, y es que Ibero no la olvida, que se arrepiente de su botaratada, que todo fue obra de un fugaz rapto de locura. Esto no es verdad, digo, no me consta; pero puede ser cierto, y cae dentro de la (p.5647) jurisdicción de lo probable y admisible. Para el caso de muerte, no me falta una prescripción que ya no es medicinal, sino milagrosa. Cuando hayáis amortajado a Gracia y estéis a punto de ponerla en la caja, le dices al oído: «Ya vienen Fernando y Santiago, decididos a casarse con nosotras, naturalmente cada uno con la suya. Santiago te ama, y viene a pedirte perdón». Verás como de un brinco sale nuestra querida hermana del ataúd. Conque ahí tienes la terapéutica gradual que usar puedes, según los aspectos que vaya tomando el desconsuelo de Gracia, representado en la vida física por imponentes alteraciones de la salud, más aparatosas que reales.

Ahora te diré, ¡oh dulce esposa!, el motivo de que yo te mande estas especies farmacéuticas, por las que verás que no desconfío del buen término de mi trabajo, si la salud de mi madre me permite consagrarme a él con alma y vida. Llegó Sabas de Barcelona a los tres días de salir de aquí, y en la cara le conocimos que alegres nuevas nos traía. No halló facilidades para ver a Ibero, y las tres o cuatro veces que llamó al portón de San Quirico, residencia de los padres de la Instrucción Cristiana, en un pueblo que llaman Papiol, no vio más que caras displicentes. La intervención de un amigo nuestro, de Barcelona, D. Magín Cornellá, gran beato, más admirador de Tristany que de Espartero, y muy considerado de los que se visten por la cabeza, venció toda la resistencia frailuna, y Sabas tuvo la satisfacción de verse frente a su compatriota en el locutorio de San Quirico. Cuenta que Santiago le conoció al punto, saludándole con la mayor cordialidad, y alegrándose de verle. Por todos los vecinos de Samaniego le preguntó, recorriendo el ciclo de familias sin que ninguna se le olvidara; mas no nombró a las niñas de Castro ni a ningún habitante grande ni chico de Majada Mayor. Fiel a mis advertencias, Sabas tampoco hizo mención de las señoritas ni de sus propiedades y colonos. En nada de lo que dijo Santiago se advertía la menor perturbación: sus juicios eran claros; su palabra, reposada (p.5648) y cortés. Hablando de sí mismo empleó esta figura, que mi escudero ha reproducido con feliz memoria: «Me cogieron en lo mejor de mi vida terribles tempestades, y después de estrellarme en los escollos del error, he venido a tomar tierra en la playa del desengaño». Preguntó luego por mí, y al enterarse de que vivo en Sitges y de que no pasarán muchos días sin que mi madre y yo nos traslademos a Barcelona, palideció el hombre y se quedó como suspenso. «D. Fernando -dijo- fue mi mejor amigo, y yo le quiero como a un hermano. Si se acuerda de mí, estará muy enojado porque a sus cartas no di respuesta». Cuidó Sabas de tranquilizarle sobre este punto, asegurándole que no agravios, sino terribles ganitas de verle y abrazarle tenía yo, y él se mostró agradecido a esta manifestación y consolado de su recelo. Como preguntara con gran interés si me había casado y con quién, al saber que pronto seremos tú y yo marido y mujer, se puso muy contento y se le encandilaron los ojos. A punto estuvo mi criado, en tal coyuntura, de hablarle de la señorita Gracia; pero recordando a tiempo mis instrucciones, calló. Al despedirse, indicole que yo tendría sumo placer en visitarle, si tanto él como los Padres me daban su licencia, y a esto respondió que por su parte no pondría reparo; mas no podría ser en algunos días, pues al siguiente le mandaban a Ripoll para dar comienzo a no sé qué espirituales ejercicios.. ¡Déjale estar, que ya le daré yo ejercicios y buenos pases de la teología más sutil! Las impresiones que me ha traído Sabas, y que te transmito, son excelentes. Tenemos lo principal, el hombre, y no enfermo, sino en completa salud; no perdido en los laberintos de un caótico pensamiento, sino bien hallado en la claridad de ideas juiciosas. Su espíritu no nos pertenece: ha tomado rumbos muy distintos de los que pretendemos señalarle; pero si la obra de rectificar su sendero es difícil y arriesgada, no me parece de imposible realización. Allá veremos: nosotros lo intentamos, y Dios decide. ¿No es esto lo que piensas tú?

Cuenta Sabas que (p.5649) la fisonomía de Ibero es la misma, y que aún no se ha quitado el bigote. Viste de paisano, traje negro de feísimo corte y fementida traza, que desmienten la esbeltez y arrogancia del sujeto.. Ya, ya le vestiré yo a mi gusto. Te digo que tengo esperanzas, y observo que cuando las echo de mí, vuelven presurosas, como los pájaros al nido. ¿En qué me fundo para creer que al Señor le da la ventolera de allanarme la senda hercúlea después de haberme dificultado con tantos tropezones los primeros pasos que en ella di? ¿En qué me fundo, señora mujer mía? ¿Lo sé yo acaso? Otra cosa te diré para mejor inteligencia de mi optimismo. Mejora mi enferma de día en día, y ello es probado que cuando mi madre respira bien y se anima, yo lo veo todo risueño; así como cuando tose y se abate, no veo más que sombras y horrores. Vamos bien; pero la convalecencia de tu mamá política no ha de quedar asegurada antes de quince o veinte días. No quiero pensar ahora lo que tendremos al descenso de la estación, cuando nos mande el otoño los primeros fríos. Verás, verás qué idea se me ha ocurrido para el caso de que me obliguen las circunstancias a continuar junto a mi madre.. Pero ahora no te lo digo, no, que es tarde y tengo sueño. Quiero además hacerte rabiar un poquito, y que sigas frunciendo el bonito entrecejo: «¿Qué incumbencias me traerá mi señor marido?..». Agur, sedes sapientiae, turris davidica. Te abraza y te besa tu -F.

 

Ep-29-XXIII -

De Pilar de Loaysa a Demetria

Sitges, Septiembre.

Hijita: Ya llegó el día de mi gran contento, el día en que puedo escribirte. ¡Qué gusto! Dios es muy bueno dejándome vivir para que pueda estar algún tiempo entre vosotros y veros felices. Fernando ha ido hoy a Barcelona en compañía de un excelente amigo nuestro, el cónsul de Francia, Monsieur de Lesseps, que vino a buscarle, y entre su tocayo, que de él tiraba, y yo, que le empujé cuanto podía, le decidimos a ponerse en camino. ¡Pobrecillo, cuánto le cuesta separarse de mí! Ya sabes a lo que va; sabes también que en todo este largo (p.5650) cautiverio de tu novio junto a mi cama no ha cesado de poner mano en el séptimo trabajillo, valiéndose de personas diligentes. Pero su presencia en Barcelona y en Papiol ha de ser más eficaz que todos los mensajes y pasos que otros llevan y dan en su nombre. Nos han dicho que a esta fecha habrá vuelto el señor Ibero de sus ejercicios en Ripoll. Dios misericordioso, que ahora parece menos airado contra nosotros, hará que los dos amigos se vean y se entiendan.

No ha querido partir mi hijo sin que yo le haga juramento de escribirte hoy confirmando y apoyando lo que hace días te escribió él, movido del afán de que prontamente nos reunamos todos y formemos una piña, no sólo para satisfacer el anhelo de nuestros corazones, sino para que juntos ayudemos mejor al caballero en su magno trabajo. Cree Fernando que a mí has de hacerme más caso que a él, y aunque esto no puede ser cierto, porque nadie le supera en el dominio de tu voluntad, yo te suplico en su nombre y en el mío que, pues no podemos nosotros apartarnos de aquí, por razón de mi falta de salud y del negocio de San Quirico, te vengas tú acá con tu hermana. ¿Qué mal hay en ello? Según tus últimas cartas, has plantado con gran tesón en tu castillo, y ante tus buenos tíos, la bandera de tu independencia. Dueña y señora absoluta eres de tu persona y de tus actos, y si por mis males principalmente, y por lo despacio que va la cogida de Ibero, resulta que os ha salido mal la cuenta que hicisteis de la duración del séptimo trabajo, ¿qué razón hay para que os impongáis el martirio de ausencia tan larga, siendo los dos libres y anhelando uno y otro la dulce compañía y el sostén recíproco en las adversidades?

Decídete, decidíos, y ten por seguro que a tu hermana le ha de sentar a maravilla el cambio de aires, la distracción de la viajata; y de nosotros ¿qué puedo decirte? El único peligro es que la alegría de verte nos vuelva locos. Pues no puede ir Sitges a La Guardia, véngase La Guardia a Sitges; ello es tan lógico, tan elemental, que (p.5651) no me sorprendería saber que ya os habéis puesto en camino. También te digo que no están de más las precauciones para la seguridad y rapidez de vuestro viaje: en cuanto sepamos que te determinas, te mando a Sabas y con él a Urrea, el que acompañó a Fernando en sus correrías para las negociaciones de la paz, y si menester fuese irá una escolta formal, y hasta un mediano ejército para custodiaros. Otra cosa: como entiendo que no hay por allá coches buenos, construidos según los novísimos adelantos, para ti y tu hermana, doncella y mayordomo que os acompañen, tengo yo una silla de postas que es un prodigio de ligereza, amplitud y comodidad. Niñas de mi alma, no vaciléis: decidme una palabra, y salen rodando para allá mi coche y los criados de confianza, y además un galerón, también muy bueno, en que podréis traer todo el equipaje que os dé la gana, almohadones, víveres, vajilla, y hasta perros y gatos..

¿Qué? ¿Os asusta el paso por Cintruénigo? Pero, hija, ¿crees que los rencores de mi hermana son tan extremados que lleguen hasta causaros daño material? No tanto, no. Juana Teresa azuzará contra nosotros curiales y leguleyos; pero no asesinos. No temáis nada, y si quieres protección de personas eclesiásticas en tu largo camino, ya que mi hermana tiene por aliados a los reverendos de Calahorra y Tarazona, puedo yo, si quieres, ponerte bajo el amparo de mi buen amigo el Cardenal Arzobispo de Zaragoza.. El de Barbastro, por cuya diócesis tienes que pasar, también es de los míos. Digo más: soy santa de su devoción, como que me debe la mitra. ¡Y que no me costó poco trabajo sacársela..! que Istúriz y el señor Barrio Ayuso no querían, ni por un Dios, y el Nuncio andaba muy reacio..

¡Ay! se me ocurre en este momento una felicísima idea.

Como en tan largo camino, pasando por la Ribera, no podrías librarte de algunas horas, tal vez días de inquietud, vente por Francia, y así compensas la mayor tardanza con la absoluta tranquilidad. De tu pueblo al paso del Bidasoa podrás ir en dos días. (p.5652) Descansas en Bayona, y de esta ciudad a Perpignan tienes un camino magnífico, precioso, que recorrerás fácilmente en tres o cuatro días sin fatigaros, echando una paradita en Toulouse. A Perpignan irá tu novio a encontraros, y luego os venís por Figueras y Gerona cantando sardanas. ¿Qué te parece mi plan? Soberbio; no digas que no. ¡Si estoy por mandarte la silla de postas y el regimiento de criados antes que tú me des conocimiento de tu resolución! Contando con la carta que viene, con el aviso que va y el tiempo que se pierde en preparativos y despedidas, calculo que podrás estar aquí dentro de un mes. ¡Qué largo se me hace!

Perdóname, hija de mi alma, que sea tan machacona, y que con tanto ardor me lance a dirigir las voluntades ajenas. No veas en ello metimientos oficiosos; no veas sino la conciencia de que yo soy la causa de que Fernando y tú viváis atormentados por la separación. Esto me abruma. ¿Cómo remediarlo si no está en mi mano mi salud, ni puedo decirle a mi hijo: «Márchate y déjame»? Ni él lo haría, ni tú verías con gusto que se separase de mí. No pudiendo llevar a Mahoma a la montaña, quiero traerme acá la montaña.. Sí, sí; por causa mía os ha venido este horrible plantón. Tengamos paciencia: tú de la pena que te causo, yo de causártela; y cree que me paso la vida cavilando en los medios de remediar tanto mal. Pon un poquito de tu parte, y todos seremos menos infelices. Véate pronto o tarde, nadie me quita el gusto de sentirte vibrar en el corazón de mi hijo, en sus miradas y en su voz. Para tu hermanita te mando mil besos, para ti otros tantos y la bendición de tu madre -Pilar.

 

Ep-29-XXIV -

De D. Fernando a Demetria

Sitges, Octubre.

Turris eburnea: Llego de Barcelona echando venablos y maldiciendo de los enfadosos clérigos de San Quirico, que después de hacerme detener tres días más de lo que pensaba, salen con la gaita de que el educando y corrigendo D. Santiago no vuelve de Ripoll hasta fin del corriente, porque el preste, rector, o sacripante mitrado de allá le señala mayor suma (p.5653) de ejercicios, sin duda para embrutecérnosle más de lo que está. Esto no se puede sufrir, esto es burlarse de todas las leyes divinas y humanas.. Perdóname: no sé lo que me digo.

Me ha consolado de estos berrinches tu amorosa carta, y lo más bonito de ella es tu conformidad, en principio, con la idea nuestra de que os vengáis acá. ¡Bendígaos Dios, oh excelsas niñas de Castro! Me contraría la reserva de que no te determinas a emprender la marcha sin que haya motivos en que fundar esperanzas razonables de la captación de Ibero, pues de otro modo te sería muy difícil convencer a tu pobre hermana de la conveniencia de veniros acá. Como siempre, te sobra razón en todo lo que dices. Traer a Gracia sin abrirle por esta parte algún horizonte, es empresa dificilísima. Si con horizontes figurados la traemos, y al llegar aquí se le cierran, los efectos del viaje podrían ser desastrosos. Tengamos calma.

Toda vez que mi madre no tiene novedad, y parece asegurarse en su mejoría, a principios de semana saldré a una segunda exploración, y acompañado del bravo Lesseps me iré hasta Ripoll. Ha quedado éste en acopiar buenas recomendaciones eclesiásticas, para que se allanen nuestros caminos. Incomparable amigo es este Cónsul, no tan francés como parece, pues su madre es española, de los Kirkpatrick de Málaga, hombre amenísimo, cortés, muy corrido en sociedad, de estos que en la familiar conversación echan de sí, sin darse cuenta de ello, ideas grandes.. Pues bien: Lesseps, a quien enteré del fin que me propongo perseguir, me alienta con simpatía generosa, incítame a llevar adelante el asunto, sin reparar en medios, desplegando, si el caso lo exige, toda la osadía feudal y todas las impetuosidades caballerescas que fuesen menester.. Si en esta primera excursión a Ripoll adquiero las deseadas esperanzas, te las mandaré a escape. ¡Que no puedan ir con el pensamiento! Dice el Cónsul que pronto establecerán los ingleses el telégrafo eléctrico, y que Francia no tardará en adoptarlo. Mira qué bien nos (p.5654) vendría el gran invento para comunicarnos a tanta distancia y poder yo decirte al oído cuatro perrerías, o mandarte.. los rosados horizontes en cuanto los hubiera. Pero ese adelanto prodigioso tardará un siglo ¡vive Dios! en llegar a nuestra España, y en tanto nos gastamos una millonada en levantar torres, que son un telégrafo por medio de garatusas, como las que se hacen los novios entre el balcón y la calle.

Excelente, como de mi madre, es la idea de veniros por Francia. En los caminos españoles no temo yo a los tacaños, sino a las partidas que a lo mejor pueden levantarse, producto espontáneo del suelo; a los ejércitos que se pronuncian por un quítame allá esas pajas, a las juntas patrióticas, al paisanaje que politiquea con formas de bandolerismo. Aquí no hay hora segura, y hoy están las cosas en tal estado de madurez revolucionaria, que bastará un grito cualquiera para que se arme. Sí, sí, por Francia: no hay que vacilar..

Mi madre sigue mejorando, y hasta el presente, la entrada de otoño no le ha causado ninguna desazón. La facilidad con que respira y las fuerzas que recobra son para mí un sentido favorable en las enigmáticas rayas de la escritura del Destino. Cada uno tiene su manera de deletrear el porvenir.

Adiós, janua coeli (que quiere decir puerta del cielo) . Te adora tu penitente caballero -Fernando.

 

Ep-29-XXV -

Del mismo a la misma

Barcelona, Noviembre.

Mujer: Déjame que rabie y patalee, y perdona que comience mi carta con airadas expresiones, antes que con las dulces finezas propias de amantes. Pongo el grito en el cielo y llamo a los demonios en mi ayuda.. Para que te enteres pronto, volvemos Lesseps y yo de Ripoll, donde hemos visto a Ibero; hablé con él como media hora, saliendo de mi conferencia tan a oscuras como cuando la empezamos. Todo por la interposición de cuatro fantasmones negros, con sotana, que actuaron de centinelas de vista. El material de sitio que llevábamos, recomendaciones y cartas de beatos, sólo nos ha servido para que nos concedieran ver al catecúmeno en presencia de cuatro (p.5655) Padres, que es como tener de pantalla a los papás de la novia en una visita de amor. La conversación a solas no la concedieron por más ruegos que les hice, y esto me hace creer que la vocación del ángel negro no es muy segura, y que temen que la tuerza o debilite la persuasiva influencia de un pariente o de un amigo.

Encontré a Santiago en excelente estado de salud, recobrado de sus desazones, el cuerpo ágil, el rostro lleno, la mirada viva, sincera. Ya le han quitado el bigote para ponerle la marca eclesiástica, y con ello se desfigura el negro rostro que hemos conocido tan marcial y varonil.. En ciertos momentos de nuestra conversación le vi recobrar la prontitud airosa de sus ademanes y aquel gesto de impaciencia y resolución. El amigo enmascarado habría soltado todos los artificios de su disfraz si le dejaran solo conmigo. Pero ¡ay! siempre que intentaba yo sacar a relucir los recuerdos cuya evocación me convenía, el más antipático de los presbíteros de guardia pronunciaba un absit parecido al del doctor Pedro Recio de Tirteafuera, y añadía: «No nos parece bien que se le reverdezcan al Sr. D. Santiago las memorias de sus padecimientos». Por tres veces intenté yo meter baza, y la Inquisición, que tal parecía, no me dejaba. Un momento hubo en que me faltó poco para echar mano a la silla en que me sentaba y estrellarla en la cabeza del Pedro Recio, que no me permitía comer, hablar.. Díjome entre otras cosas Santiaguillo que su vocación era tan firme, que no había ya móvil ni mundano interés que de ella pudiera desviarle. Pensé que de otro modo hablaría quizás mi amigo si la esclavitud de aquella casa no hubiera cargado de grillos y esposas su sinceridad. Tan contento estaba de verme, que no me quitaba los ojos, poniendo en ellos una emoción muy viva, y siempre que yo le manifestaba mi cariño, del único modo que hacerlo podía, con palabras, se levantaba para darme abrazos apretadísimos. ¡Pobre Santiago! Nos habló extensamente de Jesucristo y de las hermosuras de la religión, cosas en verdad nada nuevas para mí, (p.5656) pues yo también amo a Cristo y admiro como el primero las bellezas del dogma, sin que por ello se me haya pasado por las mientes meterme cura. Por fin, me propuse que no terminara la visita sin que yo, a despecho de los enfadosos centinelas, soltase alguna expresión o concepto que hiciera vibrar el alma del catecúmeno. Así fue, y ya en pie, despidiéndonos, le dije: «Santiago, sabrás que Gracia no se ha consolado del desprecio que le hiciste, y ha tenido bastante grandeza de alma para perdonártelo. Aún espera de tu caballerosidad que..». No pude seguir porque vi venir sobre mí a los cuatro clérigos con una melosa amonestación para que me callara. Santiago cerró los ojos al oírme, y se volvió hacia sus guardianes como para pedirles auxilio contra mi atrevimiento. Pero yo vi la flecha penetrando en sus carnes, y el efecto estaba conseguido. Despedime prometiendo volver, y mientras dos de los curas cogían al ángel negro y para dentro se le llevaban como a un colegial castigado, los otros salieron a despedirnos con empalagosas cortesanías y melifluos agradecimientos por la limosna que les di. Rezarían mucho, según me aseguraron, para que Dios aumentara mi hacienda y pudiera yo hacer caridades sin tasa, asegurándome así el reino de los Cielos. Díjeles que, estimando sincera la vocación de mi amigo, yo miraría por la Instrucción Cristiana, ayudándola en sus necesidades, y me retiré viéndoles hacer muchas cortesías. Quedaron ellos esperanzados de tenerme en su predicamento; yo me fui con la intención de un jarameño debajo de mis urbanidades afectuosas.

De regreso a Barcelona, discutíamos Lesseps y yo los procederes más eficaces para sacar el ánima de Ibero de aquel que no sé si llamar Purgatorio a que sus pecados le habían conducido. Era mi opinión que las ofrendas copiosas serían el mejor arte de redención; pero mi amigo me contradijo con vehemencia, manifestando que de todos los caminos, el más errado era el de los sufragios en especie metálica, porque los buenos padres de San Quirico harían la (p.5657) gracia de quedarse con el dinero y con el ánima. Debo yo emplear la intriga o la violencia, según las cosas se presenten. Mas lo primero es explorar seriamente el ánimo de Santiago, y traerle a una conferencia sin testigos. Para esto, nada mejor que los resortes militares, si puedo conseguir que Van-Halen me preste su cooperación decidida. Puesto que no tenemos seguridad de que se le haya concedido al Coronel la licencia absoluta, el Capitán General, ignorándolo como yo, o afectando ignorarlo, puede reclamarle para un acto de servicio, como, por ejemplo, prestar declaración en un Consejo de guerra, interrogarle acerca de tal o cual duda en cualquier cuestión que no es necesario precisar. De este modo, Ibero saldrá por más o menos tiempo de su clausura, y podré hablar extensamente con él. Nos facilita este procedimiento la circunstancia de que el ángel negro no ha recibido aún órdenes mayores ni menores, y, por tanto, no le alcanza la jurisdicción eclesiástica.

Con repentina fuerza se posesionó de mí la opinión del Cónsul de Francia, y no había concluido de exponerla cuando ya la tuve por excelente, y me propuse traducirla en hechos con toda prontitud.. Hoy, apenas llegado a Barcelona, y cumplida la primera de mis obligaciones, que es escribir a mi cara mitad, tengo que ocuparme de nuestra instalación: ya te dije en mi última carta que resueltamente abandonamos a Sitges, porque los médicos no creen provechoso para mi madre que viva tan próxima a las humedades del mar. Nos aposentaremos aquí, en la misma casa que antes teníamos, Bajada de Santa Clara, y dispuestos varios pormenores de alojamiento, mañana voy por mi madre, pasado estaremos aquí, y al otro veré a Van-Halen para que me preste su ayuda en la honrada barbaridad que intento. ¿Qué dices a esto? Veo tu entrecejo gracioso que me impone el respeto a la moral. Muy elástico es eso: tomamos por leyes morales las pragmáticas dictadas por la tiranía, por la codicia y el egoísmo humanos, y contra toda esta farsa opresora se alza con soberano y libre (p.5658) criterio la orden de caballería, amparo de los débiles, de los injustamente aherrojados y oprimidos. Déjame a mí, que no me faltan hombros para soportar el hercúleo trabajo y también la responsabilidad del mismo, que no es floja pesadumbre.

Hasta mañana. Escribiéndote se ha calmado la furia con que empecé este pliego. Ya no rabio, ya no pataleo, ya no maldigo.

Jueves.

Ya estamos acá todos, y para ti es nuestro primer pensamiento al pisar la venerable casa donde nos alojamos, rodeada de silencio, de soledad, de nobles piedras, escritura y lenguaje de la poesía histórica. Mi madre y yo te hablamos con una sola voz y te escribimos con una sola pluma. Las buenas esperanzas, los presentimientos felices entran en nuestro espíritu como una bandada de chiquillos juguetones; les echamos y vuelven, acosándonos con sus graciosos juegos y risotadas. Queremos ponernos en una guardia de pesimismo, que es la más segura, y no podemos. Comprenderás esto cuando sepas que a la hora de bajar del coche, en el patio de nuestro caserón, entró a visitarnos el general Van-Halen, creyendo que habíamos llegado el día anterior, lo que explica su inoportunidad, que luego hubo de resultarnos oportunísima. Ha recibido la carta que me ofreció el Regente, y otra de Jacinta encomendándole con el interés más expresivo que visite a mi madre, y se ponga a sus órdenes para cuanto a ella y a mí se nos ocurra mientras residamos en esta ciudad. Pensé yo que no debía diferir el ponerle en autos de nuestro negocio, y el General, un poco serio al principio, risueño después (que esta contradicción fisionómica corresponde a las dos caras, dramática y cómica, del proyecto mío) , me ofreció su colaboración oficiosa. Allá van, pues, unas poquitas de esperanzas, que espero remitir con aumento dentro de muy pocos días.. Hablando otra vez los dos en uno, mi madre y yo te mandamos nuestras bendiciones, o bendiciones y cariños mezclados, para que tú hagas el apartadijo como puedas. También te van besos y un (p.5659) coscorrón: los primeros, naturalmente, son de mi madre (no te equivoques) ; el coscorrón no es más que un saludo, quizás demasiado expresivo, de tu -Fernando.

Sábado.

Cara mitad: Vuelvo de la estafeta con la carta, que no he podido franquear, porque están cerradas las oficinas, y en el ventanillo un cartel diciendo que oy no ay coreo. Verás lo que pasa. No te asustes. Andan a tiros milicianos y soldados, y la cosa es tan seria, que a casa he tenido que volverme parabólicamente, a fin de evitar el paso por las calles donde sonaba música de fusilería. Por no dejar a mi madre sola, aunque no se asusta tanto de los tiros y de las callejeras trapisondas como pudiera creerse, no me determiné a meter mis narices en los lugares donde más empeñada está la lucha. Si he de decirte la verdad, no conozco bien los motivos de esta zaragata, porque vivo en radical apartamiento de la política, no leo ningún periódico de Barcelona ni de Madrid, y en los últimos días mis ausencias de la ciudad me han cortado la comunicación con las personas que habrían podido informarme. Notaba yo hace tiempo cierta agitación sospechosa, y un recrudecimiento grande del síntoma insano de hablar pestes del Gobierno. Pero no creí que el disgusto popular pasara de los dichos a las armas. Tan acostumbrado estoy a oír diatribas contra nuestros mandarines, sin que ello pase de un desahogo natural de los corazones, que no di valor al ronquido soez de la famosa vox pópuli.. Anteayer hubo, según acaban de decirme, no sé qué reyerta entre matuteros y empleados de consumos; ayer anduvieron los milicianos por diferentes sitios de la ciudad provocando con injurias a los soldados, y hoy ha estallado el volcán, sin que yo pueda decirte cómo se ha preparado esta erupción ni de dónde ha venido el empuje. Oigo decir que la causa del furor de los barceloneses es la cuestión algodonera. ¿No sabes lo que es? Sencillamente que se ha pensado en rebajar los derechos de los tejidos ingleses, con lo cual creen los de aquí que se arruinarán sus (p.5660) industrias. Ni tú entiendes de esto, ni yo te escribo de materias tan fastidiosas. Hablan también de quintas, porque no es del gusto de los catalanes que les sorteen y les hagan soldados como a los hijos de castellanos y aragoneses. Tampoco de esto quiero hablarte. Lo cierto es que por las quintas con o sin algodones, o por otras causas que ignoro, han roto el fuego, y esto va tomando un cariz tan malo, que no sé cómo acabará.

Oigo en este momento unos terribles zambombazos: el amigo Van-Halen, deseando acabar pronto, reducir a polvo las barricadas y aterrar a sus defensores, emplea la artillería contra los pobrecitos milicianos. Horroroso fuego de fusilería le contesta. Esto se pone cada vez más feo, niña mía; pero no temas nada por nosotros, que estamos bien seguros en nuestra casa. Vivimos entre la catedral y la plaza del Rey, en el sitio más recogido de la ciudad, grupo de casas antiquísimas, en estrechas calles, donde no podrá revolverse la artillería, ni es tampoco lugar favorable para barricadas. Mi madre no está tan intranquila como al principio de la jarana temí. La veo animosa, y trato de sostener su fortaleza. Juntos lamentamos que la discordia política, motivada por cualquier idea insustancial, cubra de cadáveres el suelo de esta bella ciudad que tanto amamos.

Crece mi afán por conocer los móviles de la furia de los barceloneses. ¿Qué será ello? Los algodones dan en efecto bastante juego: lo de la conscripción les ha irritado más, porque se ha dicho que venía Zurbano con el encargo de hacerla efectiva, y las brutalidades del hombre de la zamarra sublevan a esta gente. Pero aún no veo bastante claros los motivos de que un pueblo como éste se lance a revolución tan furiosa y tenaz. Algo más habrá que no conozco. Dícenme que los milicianos gritan contra Espartero. No quieren más Regencia, abominan del Gobierno ayacucho, y retiran todo su afecto al antiguo ídolo de los Libres.. No sé qué gato encerrado es el que anda por dentro de esta insurrección, moviendo con sus bufidos y arañazos tan terrible tremolina.. Los vecinos de las (p.5661) casas próximas acuden a la mía; nos agrupamos para que entre todos podamos sobrellevar con más conformidad el luto de esta sangrienta jornada y el terror que los disparos infunden. Oigo hablar de república, y tampoco creo que de ahí venga la borrasca, pues partido tan ideológico y de tan escasa difusión por el momento, no lanza los hombres al combate. Te daría yo una explicación de lo que ha sido, es y será el republicanismo; pero aun contando con que pudiera serte grata mi pedantería, no es bien que de estas cosas áridas hable un hombre con su novia..

A media noche.

Después de anochecido, y cuando cesó el fuego, y a los tiros y voces de espanto sucedió un silencio lúgubre, arrastrome la curiosidad fuera de mi casa. Quería ver los lugares trágicos, marcados aún de la pisada y de la garra de los combatientes, y ver el destrozo de personas y edificios, para dar mayor pasto a mi compasión y hacer más amargo mi desconsuelo, que en esto se goza el alma ante los grandes lutos de familias y ciudades: si grande es el sentimiento por lo que se ha oído, queremos llevarlo a su grado mayor por la vista. Barcelona ensangrentada es para los que amamos a esta bella ciudad un tristísimo espectáculo; pero queremos verlo y apreciarlo en todo su horror, para que, siendo más honda nuestra pena, sea más grande el tributo de lástima que ofrecemos al ser querido. Es habitual en mi espíritu personificar las ciudades, y amarlas o aborrecerlas como entes humanos. Las hay simpáticas, las hay odiosas; las veo carilargas o mofletudas, pálidas y exangües, o rollizas y frescas; véolas también risueñas llamándome, o adustas despidiéndome. Barcelona me puso una cara muy afectuosa desde la primera vez que nos vimos.

Pues, como venía diciendo, me fui a ver la ciudad herida, ensangrentada, jadeante de bélico ardor.. bajé por la calle de la Libretería a la plaza de San Jaime, donde había no pocos horrores, y en busca de los más imponentes me interné por la bajada de San Miguel hasta la Enseñanza.. Pero ¿a qué ponerte aquí (p.5662) indicaciones topográficas, si tú no conoces la ciudad ni sabes nada de esto? El convento de la Enseñanza fue de monjas benitas, y ahora, naturalmente.. es cuartel de la Milicia Nacional. Desde que empezó la trifulca, establecieron los nacionales en este edificio su base de operaciones. Los primeros proyectiles fueron piedras, que desde las azoteas arrojaban, y aumentado luego el calibre de los instrumentos de destrucción, las casas de la Rambla vomitaron sobre la tropa tiestos, bancos y hasta una cómoda. Lo que empezó motín, acabó en espantosa batalla, de las más encarnizadas y furibundas que en el interior de ciudades se han visto, extremando su coraje hasta el heroísmo nacionales y soldados.

De la extensión y gravedad de la pelea me informaron en la calle personas que, por haber intervenido en los actos de guerra o haberlos presenciado en diferentes barrios, eran la historia misma contándolo por sus bocas. Desde aquel núcleo donde se inició el incendio, éste se fue comunicando a diferentes puntos de la ciudad. Van-Halen, que no contaba más que con dos mil hombres, atacó por la Rambla.. ¿No sabes tú lo que es la Rambla? Ya te lo explicaré. Tampoco sabes lo que son los baluartes, que robustecen de trecho en trecho el circuito fortificado de esta gran plaza. Ni tienes idea de la enorme Ciudadela, que defiende y amenaza la ciudad por el Nordeste. Ya te daré noticias de esto.. cuando estemos casados y tengamos tiempo para tan largas explicaciones.. Sólo te digo por el momento que a la hora en que andaba yo tomando lenguas de lo ocurrido y examinando el campo de batalla, nuestro amigo Van-Halen, sin fuerza bastante para dominar la insurrección, o poco diestro en elegir los medios y puntos de ataque, se vio precisado al abandono de sus posiciones y se replegó a la Ciudadela.. Esto me cuentan, y si a la primera lo puse en duda, la repetición de la noticia me ha obligado a creerlo. Barcelona está en poder de la revolución victoriosa, que de la noche a la mañana se trocará en insolente, y hemos de ver, si Dios no lo (p.5663) remedia, no pocas brutalidades. Me tranquiliza, no obstante, la confianza en el pueblo catalán, cuyas virtudes conozco. Es bravísimo si le hostilizan sin razón, fácil a la concordia si se logra herir la cuerda del sentimiento fraternal, que en él existe, aunque está bastante honda. Es apacible en su casa, en el común trato sincero y rudo, buen amigo, mal enemigo, amante si le aman, fiero si le aborrecen.. El peligro que corremos hoy los que estamos bajo la férula del pueblo barcelonés y de la Juntita que a estas horas se forma, es que se injieran en su seno los perdidos vividores que ordinariamente están al acecho de estas situaciones irregulares para desvirtuarlas y corromperlas.

El espectáculo que a mis ojos se presentó en el patio de la Enseñanza, convertido en hospital de sangre, no te lo describiré, por dos razones: no sé hacerlo con la exacta expresión del horror que me produjo; no quiero poner ante tu vista cuadros tan lastimosos. Los muertos de las guerras campales no son como los muertos de la paz, víctimas de las enfermedades, expresando en su quietud y lividez serena el término natural de la vida. Pues si los muertos de la guerra en campo son más tristes de ver que los de normal muerte, y causan mayor espanto, los muertos de revoluciones, tirados en las calles, los cadáveres sin cabeza, o los trozos de cuerpos descuartizados por la artillería, nos dan impresión de terror más espeluznante que ninguna otra clase de muertes, y el espanto llega a su colmo cuando vemos vivos, con la mitad de su naturaleza muerta, un tronco que alienta, arrastrando extremidades difuntas, o un agonizante que enloquece y pide que acaben de matarle.. No más de estos horrores, niña querida; no quiero que la noche que esto leas tengas pesadillas angustiosas. Y por atenuar las trágicas impresiones con otras del orden contrario, que en los mayores desastres no hay quien separe lo humorístico de lo terrible, te contaré una chusca ingenuidad del jefe de nacionales que mandaba la barricada próxima a Capuchinos. (p.5664) Enviole Van-Halen un parlamentario con proposiciones honrosas para que se rindiera, y de oficio le contestó lo que vas a leer. Herido en la mano derecha, y no pudiendo escribir, dictó la respuesta a un sargento, que la retiene en su memoria para regocijo de los que amamos la espontaneidad popular. Dice así: A Antonio Van-Halen, jefe de las fuerzas enemigas. -Antonio: no te canses, no cederemos. Si te obstinas en hostilizarnos, te daremos para peras. -Patria y Libertad.

No veo, no, en esta brava gente la ferocidad del revolucionario sin camisa que persigue el pillaje y la disolución, para despojar a los ricos; veo a los sanos y buenos hijos del pueblo que en la última guerra prestaron a la causa nacional servicios tan eminentes, que no habría honores bastantes con que pagárselos. La Milicia Nacional de Barcelona, guarneciendo los pueblos del llano y la montaña y resistiendo terribles embestidas de la facción, demostró una fibra y una resistencia que en muchos casos llegó a las alturas del heroísmo. Ahí están Prim, Lorenzo Milans, Ametller y otros, que pueden contarlo.. A esta gente, que tan claras nociones tiene del deber, y tan bien entiende el honor y el patriotismo en sus más elementales formas, no la temo yo. Temo a los pillos que se inoculan en el cuerpo popular y trabajador, para envenenarlo y derramar por sus venas elementos de podredumbre.

Cuando a casa me retiré, las opiniones que oía no estaban acordes en señalar el punto adonde Van-Halen se replegaba. Unos le suponían en la Ciudadela, otros marchando hacia Montjuich. ¿Sabes tú, señora de mis pensamientos, lo que es Montjuich? ¡Ay, que no lo sabe!.. ¿Creerás tal vez que es un castillo como el de La Guardia, situado en lugar céntrico y eminente, y compuesto de quebrantados murallones y de piedras romas, entre cuyos huecos habita la prolífica república de lagartos? El castillo de tu pueblo es un pobre inválido que de su impotencia se consuela recordando sus tiempos heroicos, cuando la guerra de sitio se hacía con flechas, hondas y otros (p.5665) ingenios. Castillo es también Montjuich, pero más fuerte y buen mozo que el tuyo, y armado de mejores arreos y cachivaches de guerra. Se alza en un empinado monte al sur de la ciudad, a la que tiene bajo su planta y dominio, y no se sabe si las miradas que arroja sobre ella son de protección o de amenaza. De día parece un padre amante que a su adorada hija contempla, con el chafarote levantado, eso sí, por si a la niña se le antoja desmandarse. De noche verías en él un marido celoso que espía el sueño de su Desdémona, recelando que pronuncie dormida palabras que enciendan más el volcán de sus celos.. Es tan alto Montjuich, que desde su cumbre o cabezo, con yelmo de murallas y cabellera de cañones, me parece a mí que se ha de ver tu pueblo.. No tomes esto al pie de la letra. No se te ocurra coger el catalejo que tiene Navarridas para ver los mosquitos que se pasean en el horizonte, y ponerte a mirar hacia acá, creyendo que vas a verme en la cimera de este formidable castillo. En todo caso, no me verías a mí, sino a Van-Halen con las manos en la cabeza, loco y turulato, sin saber de qué medios valerse para volver a echarle el lazo a esta ciudad, florón espléndido de los reinos de España, Barcelona, la hermosa y pizpireta..

Al llegar a casa encuentro a mi madre algo inquieta por mi tardanza. La tranquilizo sin dificultad, refiriendo los hechos a mi gusto, desfigurando el argumento de la tragedia.

Adiós, mayorazga de los Cielos. Adorándote tu -Fernando.

 

Ep-29-XXVI -

De D. Fernando Calpena a D. Serafín de Socobio

Barcelona, Noviembre.

Señor mío: Antes que a mí llegara su carta pidiéndome noticia de estos trastornos gravísimos, nació en mí la intención de comunicárselos, recordando lo que le agrada el conocimiento exacto de las cosas de nuestro tiempo, a veces más oscuras que las remotas, y comúnmente desfiguradas por narradores ignorantes o de mala fe. Considero asimismo que, por el amor grande que tiene usted a esta ciudad, donde pasó su infancia y lo más florido de su juventud al lado de su tío el reverendo D. Lázaro de (p.5666) Socobio, arcediano de esta santa catedral, le interesará doblemente una información concienzuda de las desdichas de Barcelona en estos aciagos días, y aquí estoy yo para satisfacerle. Aunque no necesito hacer ante usted ningún alarde de mi honradez de narrador, debo manifestarle que me aferro a la más estricta imparcialidad, y usted así lo apreciará cuando lea conceptos y juicios desfavorables a mis amigos, y otros que no han de agradar a los del bando contrario, pues éste es un caso en que todos merecen igual vituperio.

No le contaré los pormenores de la espantosa jornada del 15, pues todo lo aparente de ella debe usted conocerlo ya. Aún le queda por conocer lo invisible, lo que estuvo en las conciencias, no en las manos que disparaban los fusiles, ni en las bocas que apostrofaban al Ejército y al Regente. Lo primero que tiene usted que hacer para penetrarse de la verdad es desechar la idea corriente de que esto ha sido una sublevación de republicanos. Desconfiemos siempre de las ideas de fácil adaptación al criterio vulgar; desconfiemos del amaneramiento de la opinión, que no es más que un remedio contra la incomodidad de pensar por cuenta propia. Cierto que el 15 se habló de república, y este nombre fue gritado por muchas bocas; cierto que algunos, más exaltados de palabra que de pensamiento, cantaban el ja la campana sona, lo canó ja retrona; anem, anem, republicans, anem. Pero también es cierto que esto decían porque así se les había mandado, y muchos lo repitieron como en broma, sin verdadero calor. No se trataba, pues, de asaltar la Bastilla y demoler aquel emblema del despotismo, sino de quitar de en medio a un triste Gobierno y con él a una situación política, la Regencia de Espartero.

Puedo asegurar a usted que ninguno de los que combatían en nombre del poble invocó a la cesante Reina Gobernadora, ni a nadie se le ocurrió proclamarla; y, no obstante, por ella derramaron su sangre los muy locos, sin saberlo, que es lo más triste del caso. ¡Infeliz pueblo, criado en la inocencia y en la (p.5667) ignorancia de la ciencia política! Él ha sido y es instrumento de los que han estudiado las artes revolucionarias y el mecanismo de los motines. Con esta táctica, los que tiranizan al pueblo saben muy bien cómo han de componérselas para convertirlo en caballería que les arrastre el carro de sus triunfos, mientras que los defensores de la soberanía popular, los propagandistas de la libertad, ignoran hasta las más elementales reglas para utilizar la fuerza de las masas en defensa de sus ideas.

Hablaré primero del teatro. He recorrido toda la escena, y puedo apreciar por mí mismo los estragos de la lucha en los sitios de la ciudad donde fue más encarnizada. En ninguna parte se batió el cobre como en el baluarte del Mediodía. Allí, y en las barricadas que levantaron los insurrectos entre la Puerta del Mar y la Aduana, perecieron oficiales y soldados en gran número. Vi en los Encants los destrozos causados por las balas de cañón, lodo ensangrentado, objetos mil que habían servido para improvisados parapetos, todo en tal desorden, que ha de pasar mucho tiempo antes que recobre el desgraciado pueblo los modestos bienes que allí sacrificó al furor de una guerra que no entendía. Cerca de la Virgen del Mar y en el Borne, he visto también no pocos desastres: frágiles casas acribilladas a balazos, muertos que en la mañana del 16 no habían sido aún recogidos. En la calle de Assahonadors encuentro fúnebres escenas, mujeres y niños que tratan de reconocer mutilados cadáveres, y en la plaza de San Agustí Vell veo una casa derrengada que amenaza caerse si no la derriban pronto. Colchones y trastos entorpecen la vía pública; las mujeres, convertidas en furias, maldicen a Espartero y a Van-Halen, a los algodoneros y a Zurbano, como autores de tantas desventuras. En la calle de San Pedro Más Baja hallo un reguero de sangre, y lo voy siguiendo hasta salir por la Riera de San Juan a Junqueras, donde se contaron los muertos y heridos casi en tanto número como los que había en Puerta del Mar. El claustro se ha convertido en hospital, y de allí (p.5668) salen imprecaciones y lamentos. Zurbano es el más malo de los infernales instrumentos del Gobierno de Madrid; Zurbano es el que quiere traer a Barcelona las odiosas quintas.. Mes li ha de costá trevall posar á ratlla al poble catalá.. ¡Qué torni per un altra!.. Avans mori qu' ésser esclaus d' un castellá que no sab ahont te l' cap. Sigo, y en la Puerta del Ángel y calle de Santa Ana observo que no queda un solo canto de los empedrados. En los charcos nadan gorras de milicianos, y en los montones de piedras se ven fusiles rotos, restos de comidas, manchones de sangre, un brazo con manga de paño azul, y otros despojos repugnantes. No tengo ya ni alma ni piernas para seguir observando el teatro en sus bastidores de Estudios y Canaletas, del Carmen y Hospital. Hagamos alto, mi querido D. Serafín, en la Boquería, lugar donde antaño ajusticiaban a los reos de muerte, y óigame decirle que aquí hubiera yo hecho un escarmiento en los que han alborotado tan sin sustancia al pueblo barcelonés.

Sabrá usted, ¿quién no lo sabe?, que en esta revolución ha despuntado un héroe, un imitador de Massanielo. ¿Qué idea ha formado usted del que en las primeras horas del día 15 se constituyó en cabeza de motín, y fue por tantos infelices aclamado y obedecido? Juan Manuel Carsy, el alma de esta trapisonda, es un valenciano que hace poco vino aquí; comerciaba sin dinero ni mercancías, y se metió a periodista sin saber escribir. Ni posee el don de elocuencia para fascinar a las muchedumbres, ni la prodigiosa facultad del mando para conducirlas al combate. Es hombre vulgarísimo; y reconociéndolo así toda Barcelona, nadie se detiene a pensar en el enigma de su rápido encumbramiento. Yo encuentro la clave en la inocencia angelical de los hijos del pueblo, y en la ceguera de los pobres nacionales, que saben batirse sin que se les ocurra ahondar en los motivos y fines de su arrojo. Me consta que desde el 14 disponía ese oscuro y ridículo Carsy de grandes sumas de moneda corriente, en plata y oro, las cuales no debió ganar en el comercio ni (p.5669) en el periodismo.. Y pregunto yo: ¿de dónde ha salido este dinero?.. Un infalible axioma militar nos dice que el oro es el más eficaz elemento de guerra; no es menos axiomático que no se han hecho ni se harán revoluciones a palo seco. Ya le oigo a usted contestarme que el unto con que Carsy ha engrasado esta máquina es el oro inglés; yo lo niego, porque el oro inglés, móvil y nervio de la cuestión algodonera, no había de ser derramado en obsequio de la misma industria que el Gobierno británico pretende arruinar. Descartada esta versión absurda, dígame usted: lo que ha brillado en las manos puercas de este Carsy, ¿sería oro republicano? ¡Ay, D. Serafín de mis pecados! los sacerdotes de esta sonrosada religión que todavía no ha salido de las catacumbas de la inocencia, son pobres de solemnidad, y no acuñan otra moneda que la de sus generosas ilusiones. Convenzámonos de que el oro no era inglés ni republicano. Basta con lo dicho para que usted comprenda de qué arcas procedía, y si me lo niega, no tendría yo inconveniente en demostrárselo, sin otro argumento que el sencillísimo cui prodest.

¿Quién va ganando en este revuelto río más que su ídolo de usted, la Gobernadora cesante, no resignada con su papel de Majestad proscripta, harta de honores y riquezas? Desde que puso el pie en Francia no ha hecho más que conspirar por la conquista del perdido Reino. Por precipitación y desatino le salió fallida la tremenda conjura de Octubre, y fueron lastimosas víctimas de la ambición regia los infelices León y Montes de Oca, Quesada y Borso, y otras de menor talla.. El Gobierno ayacucho, atento a privar de medios de acción a la Reina conspiradora, le corta los víveres, suprimiendo la renta que percibía como viuda de Fernando VII, y luego le disuelve la Guardia Real, que era el plantel o seminario de donde salían todos los adalides cristinos más o menos audaces. La ilustre señora se envalentona con esto. Firme en su inquina contra Espartero, y más encalabrinada cada día en su mujeril antojo (p.5670) de un pronto desquite, no se satisface con la guerra frente a frente, y mientras prepara un nuevo lanzamiento de los paladines (que ahora celebran en París diarios concilios) , emprende, por si pega, el juego de carambolas, lucido juego de manos blancas.. y negras. Crea usted, amigo Socobio, que cuanto le digo es el Evangelio, y no le pase por las mientras el rebatirlo con argumentos sentimentales, de los que ya están mandados recoger. Añado que la señora, resueltamente favorecida por Luis Felipe, se lanza intrépida a todas las aventuras con que suelen matar sus ocios los reyes destronados o dados de baja, descollando en estos manejos los que cuando eran reyes de alta no supieron hacerse amar de sus pueblos. Si quiere usted convencerse de la connivencia de Cristina y Felipete (así le llaman aquí los periódicos exaltados, ignorantes de que le sirven) , léase la prensa francesa, y refresque la memoria de los acontecimientos de España en los últimos años. Me preguntará usted si me fundo en hechos positivos para sostener que el impulsor de este movimiento ha sido el bálsamo cristino, acrecentado con sumas respetables de la Farmacia francesa; y contesto, sí, contesto que en hechos positivos me fundo para sostenerlo; mas no puedo ni comunicarle los hechos, ni referirle cómo los he conocido, ni nombrar a persona alguna como parte activa en estas oscuras y nada limpias maniobras. Conténtese con saber el milagro, que del santo no hay que hacer mención.

Para ilustrar el criterio de usted, le mando dos fajos de periódicos de aquí. El uno es El Republicano, órgano de la gente más levantisca; el otro es El Papagayo, voz de los señores moderados, de los que se tienen por la viva encarnación del orden y de la justicia. Léalos detenidamente, y no una sola vez. Vea usted que el uno es la exaltación misma, el delirio y la procacidad en su mayor grado; el otro cruel, venenoso, feroz en el ataque, implacable en el aborrecimiento. Cuando usted los haya masticado con frecuentes lecturas, podrá saborear esas al parecer diversas (p.5671) opiniones con paladar seguro. Notará que en el fondo tienen tal semejanza y parentesco, que bien se puede asegurar que en el engendro de una y otra hay confusión de padres. Tanto la señora República como la señora Papagaya son un poquito y un muchito adúlteras, y cada una de ellas se deja enamorar del marido de la otra. Nada más digo de esto; entrego a su penetración los periódicos de los colores rojo y negro subidos, para que los lea y sobre sus páginas ardientes medite y quizás llore. Mándole también un número del Journal des Débats, llegado ayer aquí, para que en cuatro líneas de él oiga respirar al Gobierno de Luis Felipe, que no se cuida de disimular el júbilo que le causan los disturbios de esta ciudad. «Si el Regente -dice- reprime el movimiento de Barcelona, se acabó su popularidad; si no lo reprime, se acabó su poder». ¿Verdad que al pie de esta congratulación, de esta seguridad del éxito, se ve la elegante firma: Yo la Reina?

Hablando de otra cosa, mucho le agradezco, mi buen D. Serafín, las interesantes noticias de la Milagro, que amplían y completan las que pude yo adquirir en Madrid. Confirmo lo que escribí a usted acerca de Ibero, es decir, que está bajo el amparo de la Instrucción Cristiana. Los individuos que conozco de esta congregación sublime me han entrado por el ojo derecho, y no ceso de admirar su virtud, su modestia y el no común saber que a todos adorna. En buenas manos ha caído el pobre Santiago, y bien seguros estamos sus amigos de que con tales ejemplos será un buen sacerdote. Tiene usted razón, señor de Socobio: después de los errores cometidos, gravísimas transgresiones de la moral cristiana, el ángel negro no podía esperar la salud más que del arrepentimiento y de la penitencia, medicinas que en el grado que nuestro pecador las necesita no puede aplicarle el mundo falaz. Si en Madrid discordamos en esto, y me manifesté pesaroso de la vocación del Coronel, ya reconozco mi yerro, y estamos conformes en que dicha querencia del supremo bien y de la verídica salud no debe por (p.5672) nosotros ni por nadie ser combatida.. Venga, pues, muy pronto la carta que me ha ofrecido para el prepósito de la Instrucción, padre Bohigas, pues me ha entrado el deseo de apadrinar a Santiago en el solemne acto de su primera misa, y con esto y una buena limosna que hará mi madre manifestaremos cuánta simpatía y admiración nos inspira el naciente instituto religioso.

Y concluyo, mi Sr. D. Serafín, sacándole a usted de un error, no grave ciertamente; pero error. Todavía no estoy casado; me casaré, Deo volente, en cuanto se me despeje la salida de esta ciudad, trocada en infierno por el furor político. Los respetos y afectuosos homenajes que usted, en su amable carta, a mi esposa tributa, guárdense para cuando sea efectivo lo que aún no lo es más que en nuestra decidida voluntad. Mi madre me recomienda con insistencia que a usted devuelva sus finas memorias. Despidiéndome hasta la próxima carta, que espero no se me pudrirá en el cuerpo, me repito de usted constante amigo -Calpena.

 

Ep-29-XXVII -

Del mismo al mismo

Barcelona, Noviembre.

Que el primer acto de Carsy, cuando por artes diabólicas se vio dueño de esta gran ciudad, fue constituir la indispensable Junta, ya lo sabe usted; mas ignora que la componen personas de escasa o nula representación social y comercial. Presididos por el valenciano dictador, gobiernan a Barcelona un confitero de la Plaza Nueva, un hojalatero de la calle de Tantarantana, fabricantes de fideos, de fósforos, de velas.. No les nombro porque no quiero dar malos ejemplos a la Historia sugiriendo al público nombres de mosquitos.

Las tropas que aun resistían en el fuerte de Estudios y en Atarazanas nos dieron el espectáculo ignominioso de capitular con esta Junta, y en ello fueron mediadores personas influyentes de la ciudad, que obraban por miedo, y el cónsul de Francia, que no ha sabido disimular su parcialidad en favor de los insurrectos, ni las ganas que tiene de ver humillado a Van-Halen como General de la Regencia. Apunte usted este dato, Sr. de Socobio. A (p.5673) propósito del Cónsul, diré a usted que es mi amigo, que le debemos mi madre y yo mil atenciones, y que le apreciamos y distinguimos por su exquisito trato y afabilidad. A pesar de esto, no hemos querido aceptar el ofrecimiento que nos hizo de darnos asilo en el bergantín Meleagre, fondeado en este puerto. He puesto en delicado entredicho mi amistad con Lesseps, reduciéndola a las meras relaciones entre caballeros, y encerrando con cien llaves la política siempre que hablamos; de otro modo sería difícil evitar un rompimiento desagradable, pues el juego tapado que viene haciendo el representante de Francia, contra lo que previene su obligación de neutralidad, merece todas mis antipatías. El día en que concertamos nuestro entredicho, conviniendo en ser amigos extramuros de la política, se me escaparon de la boca conceptos un tanto duros, a los que contestó con otros que pudieran reducirse al mensajero soy, amigo; non merezco culpa, non. Vaya usted apuntando.

Nuestro Capitán General no está, como diría cualquier periódico, a la altura de las circunstancias. Es Van-Halen gran soldado y caballero intachable; pero no parece haberse hecho cargo aún de la humillación que han sufrido sus tropas. Más que el restablecimiento de la normalidad, le inquieta el deseo de no producir mayores estragos, y sueña con que las componendas y los tratos honrosos entre Gobierno y sublevados den solución al conflicto. No ha muchos días subió a Montjuich, desde donde truena con timidez e inoportunidad: tronando antes con fuerza, se habrían evitado tantos desastres. Cada vez que el fiero Montjuich dice alguna cuchufleta a la ciudad que a sus plantas mora, me acuerdo de usted, Sr. D. Serafín, porque al disparo responde acá con su grave son la señora Tomasa, en la torre de la Catedral, y al oírla me viene a la memoria lo que usted me ha contado de su infantil diversión con otros chicuelos, también sobrinos de canónigo, y me parece que les veo asaltando la torre de la Catedral y sobornando al campanero para que les dejara tocar, y (p.5674) a usted, más travieso que los demás, imponiendo su predilección por tirar del badajo de la Tomasa.

El barrio en que vivimos parece, hasta hoy, protegido por una deidad benéfica, y en él no se han visto escenas de sangre y duelo. Mi gusto de la arqueología y los honores que hago a esta ciencia, más como aficionado devoto que como conocedor inteligente, me ligan a este rincón histórico, que es mi encanto y el único solaz de mis horas tristes: por un lado tengo a la Catedral, de imponente y severa hermosura; a esta otra parte, la plaza del Rey, con el Palacio Mayor y la capilla, donde duermen tantas grandezas. Lo que hablan estas piedras pardas y el silencioso ambiente que las circunda, mejor lo sabe usted que yo, investigador de las edades gloriosas de esta ciudad y de los culminantes hechos de Condes y Reyes.

Pero no es ésta la mejor ocasión para los éxtasis arqueológicos, amigo mío; que la Tomasa sona, y al oírla vuelvo a mis cuidados de cronista. El miedo a un bombardeo de Van-Halen y a otro del propio D. Baldomero, que se da por seguro, ha traído la deserción de todo el vecindario rico. Los caminos que parten de Barcelona por el Norte y por el Sur no tienen espacio para tanta familia fugitiva. Nosotros, si ello no se arregla antes de la venida del Regente, nos iremos a San Feliú de Llobregat, donde nos brinda con espléndido hospedaje nuestro amigo el beato D. Magín Cornellá.

Jueves.

Ya tenemos nueva Junta, en sustitución del areópago de Carsy, quien se ha visto obligado a ceder el puesto a lo mejorcito de la ciudad. Ya ésta respira; en la Junta nueva tiene usted a los Xifré y a los Güell, a los Maluquer y Badía, a los Codina y Arola, personas de fuste, entre las cuales hay no pocos amigos de usted, y alguno que en sus mocedades le acompañó a tocar la Tomasa. Renuévanse las negociaciones, y con ellas la esperanza de que este inmenso lío se arregle por buenas. De muchos sé que si pudieran desbaratar lo hecho, de buen grado volverían al estado anterior al día 15. Muchos liberales, ricos de origen plebeyo, (p.5675) ayudaron a los milicianos y a Carsy por miedo a la solución arancelaria en sentido de favorecer los intereses británicos; pero ya están convencidos de su error, y deploran haber caído en la red que la sagacidad moderada les tendió, presentando en su prensa el problema algodonero con evidente perfidia. Pero estos pobres ricos son la mayor calamidad presente, pues la fe en el sistema liberal se les va mermando en proporción del crecimiento de su peculio, y cuando llegan a poseer millones, ya están en plena desconfianza de la idea, temerosos de que los revolucionarios vengan a quitarles el dinero. Los menos peligrosos de estos señores son los que se cruzan de brazos, entregándose a una neutralidad estéril, sin conservar de liberales más que el vano formulismo y un retrato de Espartero en cualquier aposento de sus casas; los verdaderamente dañosos son los que, en el retroceso que su miedo les impone, no paran hasta tropezar con los arrimados a la Iglesia, y ya les tenemos de manos a boca con la hermandad carlista. El clero, bien lo sabe usted mejor que nadie, recibe con toda clase de carantoñas a estos asustadicos de la idea liberal, que reculan con las talegas a la espalda, y congregándoles junto a sí, les ofrecen cuantos remedios espirituales creen necesarios para la tranquilidad de sus conciencias.

Pues bien: estos liberales de poca fe han contribuido también al enaltecimiento de Carsy, aunque no tanto como los carlistas: aquéllos lo hacían por inocencia, éstos por remover el país, a ver si en una de las vueltas salía otra vez del montón la cara de Carlos V. Unos y otros, incluidos por los beatos, han venido a concordar en un orden de pensamientos que me apresuro a manifestar a usted para su satisfacción. Lo primero: quitar de en medio al Regente ayacucho, pues bien se ha visto que no sirve para nada; lo segundo: creación de nueva Regencia, que ha de ser triple; lo tercero y principal, para en su día: casamiento de Isabel II con el hijo de D. Carlos, y ya tenemos paz duradera. Luis Felipe prestaría su (p.5676) apoyo a la reconciliación de las dos ramas, siempre que a él le dieran la princesita Luisa Fernanda para uno de sus hijos. Siga usted apuntando..

Lunes.

¿Pero no sabe usted, Sr. D. Serafín, con lo que salimos ahora? La Junta de respetables, de que hablábamos ayer, digo, la semana pasada, no ha tenido valor para hacer frente a la situación. ¿Ve usted lo que le he dicho de la timidez y egoísmo de estos ricachos? ¡Qué idea tendrán de la ciudadanía que pretenden ilustrar con sus nombres, y qué casta de amor será el suyo al pueblo en que han labrado su riqueza!

Continuadas las tentativas de arreglo con Van-Halen, ni éste cedía un ápice de sus exigencias, ni los otros aumentaban el canto de un duro en sus concesiones. La Milicia no quería desarmarse, cosa muy natural, y a mayor abundamiento, el bueno de Carsy y sus compinches formaban tres batallones más, con lo peor de cada casa. A esta nueva fuerza dieron sus fundadores el nombre de Tiradores de la Patria; el vulgo la llamó Patulea, y por patuleos respondían los nuevos nacionales, sin ofenderse del tratamiento ni pretender que se lo apearan. Pues aun con esta gentuza anduvo el Capitán General en dimes y diretes, sin decidirse a pegar de firme. En fin, mi querido Socobio, por no cansar a usted con esta menguada historia, que parece el cuento del paso de las cabras, le diré que en pocos días han sucedido Juntas a Juntas. Primero tuvimos la llamada de los Veinticinco, que fue un relámpago; luego, la de los Veintiuno, que también pasó como las rosas; y vino al fin la de los Diez, que hubo de cuajar, ¡gracias a Dios!, y si no hizo todo lo que debía para llegar a la inteligencia con Van-Halen, consiguió matar en flor las glorias de la Patulea. Desarmada ésta, el amigo Carsy se vio solo y sin defensa; y rota en sus manos la estaca de la vil dictadura, fue a esconderse a bordo del bergantín francés Meleagro, donde como a buen amigo le acogieron. Apunte usted, señor escribano.

Miércoles.

Se aproxima el momento supremo, mi señor D. Serafín. Tenemos a Espartero en puerta, (p.5677) decidido a que no se rían de él las Juntas ricas, ni las Juntas pobres, ni la caterva de jamancios, tiradores y patuleas. La Junta de los Diez, ahora de los Once por habérseles agregado Laureano Figuerola como secretario, vuelve del Cuartel general, donde Rodil les ha dicho que no cede sino ante el desarme total. Al notificarlo así a las Comisiones de nacionales, éstos ponen el grito en el Cielo, y declaran que antes que soltar las gloriosas armas, nos darán un nuevo tableau de Numancia, al mágico grito de ¡Honor catalán! ¡Patria y Libertad!

¡Por Cristo, que nos vamos enmendando! Creíamos que expiraba la revolución, y hela aquí renaciendo con mayor vida y pujanza. Aún falta la situación culminante en estas populares tragedias: el manoteo y las coces de los más desalmados, sin ningún freno, grillete ni bozal. Sintetizo las ideas de mi crónica con este juicio, que no ha de ser grato al amigo Socobio: «Los descontentos de Septiembre del 40, los vencidos de Octubre del 41, la emigrada Majestad, inconsolable por su cesantía del poder, son los empresarios de este carnaval. El pueblo crédulo y sencillote, grotescamente engalanado con trapos y caretas republicanas, baila al son que le vienen cantando moderados y carlistas». Ésta es la verdad, que sostengo sin temor a que ningún cristiano pueda rebatirla. El amigo Socobio dirá: «¿Y qué papel hacen en este sangriento carnaval los caballeros del Progreso, sus amigos de usted, Sr. D. Fernando?» Sobreponiendo mi sinceridad y rectitud a todo sentimiento de compañerismo, contesto sin rebozo que si los señores de la moderación se han conducido desde que terminó la guerra como una cuadrilla de hipócritas y tunantes, los caballeros del Progreso están demostrando que son un hato de imbéciles.

 

Ep-29-XXVIII -

Del mismo al mismo

San Feliú de Llobregat, Diciembre.

Amigo mío: Aquí estamos ya sanos y salvos, con la pena de haber dejado a la bella Barcelona en las bestiales manos del motín. La última extracción de revoltosos se ha echado de jefe a un vendedor (p.5678) ambulante de perfumería llamado Crispín Gaviria, el cual debe de ser hombre para un fregado como para un barrido. Se pasa el día redactando bandos terroríficos, que son fijados en las esquinas por sus agentes, a los cuales precede un pelotón de tropa tan heterogénea en el vestir como en las armas que lleva. Unos van con morrión y otros con barretina o pañuelo; éste lleva zamarra y trabuco; aquél levita, fusil y pistolas. En los bandos se conmina con pena de muerte al que no se presente con armas al toque de generala; la menor falta se castiga con cuatro tiros, como medida preventiva, y para sufragar los gastos de la defensa de la ciudad decretase la ocupación de bienes de todos los que, habiéndose ausentado, no acudan prontito al llamamiento de D. Crispín.

El vecindario huye despavorido. Centenares de nacionales esconden las armas y se escapan como pueden, por mar o por tierra. Los jamancios y patuleos, desarmados por los Diez, y armados de nuevo por organización espontánea, se constituyen en cuadrillas de vario contingente, dedicándose a cobrar la salida de los que huyen. Familias enteras son despojadas de cuanto tienen, hasta de la ropa, en el momento de embarcarse. En tanto que en el puerto y en las salidas de la ciudad unas secciones de Tiradores intervienen la emigración, otras recorren los barrios céntricos y comerciales tomando nota de existencia metálica, o recaudando lo que la Patulea necesita para dejar bien puesto su honor en aquel lance. Algo de esto vi, Sr. D. Serafín, y algo me han contado, que no repito para que no diga usted que recargo la pintura con fuertes brochazos y tintas chillonas.

Esperábanos ya en San Feliú nuestro generoso castellano D. Magín, y por cierto que su primera conversación conmigo fue un tanto resbaladiza, y me faltó poco para quebrantar las leyes de hospitalidad contestando a sus sandeces con los puños antes que con la boca. ¿Pues no se condolía del anunciado bombardeo, calificándolo de bárbaro, de inaudito y criminal? Y dos clérigos allí presentes, cruzando las manos y (p.5679) arqueando las cejas con hipócrita sentimentalismo, también dijeron pestes de Espartero porque bombardeaba, y le llamaron Tamerlán, Atila, azote de Dios y otros hinchados disparates. Con lo nervioso que yo estaba, bastaron los ridículos enternecimientos de Cornellá y el farisaísmo de sus amigos para que me volara. ¡Qué oportuna estuvo mi madre al contener con una mirada y un gesto la rabia que me enardecía! Tan sólo les dije: «¿Pero qué quieren ustedes? ¿que deje a los patuleos en plena posesión de la ciudad, y encima les mande raciones de chocolate de Astorga?..». En fin, mi madre no me dejó seguir, y se restableció la concordia, conteniéndome yo dentro de las reglas de la más elemental urbanidad.

Desde San Feliú veíamos las tropas de Espartero en Esplugas, y el avance de los convoyes de provisiones hacia la eminencia de Montjuich. Hubiera sido muy de mi agrado llegarme allá para ver a Espartero y hablar con él; pero no quise hacer ostentación de mis concomitancias ayacuchas, y empleaba las horas de aquel destierro paseando con los curas amigos de Cornellá y míos, uno de los cuales era ilustradísimo, de buena sombra y un tantico maleante; el otro cerril y tozudo, con un acento catalán tan gordo y áspero, que me costaba trabajo entenderle cuando llenaba su boca de palabras castellanas, como si la llenara de sopas calientes. No me causó sorpresa oírles hablar con hiperbólica admiración de los clérigos regulares de San Quirico, poniendo en los cuernos de la Luna su prodigiosa sabiduría y la austeridad de su regla..

Ha pasado un día. Continúo con la noticia de que en el actual momento, que señalará la Historia, ha comenzado el bombardeo, amigo D. Serafín.. ¡Pobre Barcelona! Lo digo por las casas, pues todos los habitantes dignos de consideración se hallan fuera de aquellos profanados muros. A las once y media largó el Duque los primeros confites: la función, mirada sólo como espectáculo, resulta bonita desde esta planicie del Llobregat. Se ve admirablemente la línea parabólica que trazan los (p.5680) proyectiles, y la caída de éstos en la infortunada plaza. Se me figura que Espartero bombardea con miramiento y pulso, procurando hacer el menor daño posible, en espera de que D. Crispín pida misericordia. Corren aquí voces de que los nacionales que salieron de la plaza y gran número de vecinos honrados darán seguridades al Regente de que la plaza se rendirá esta noche, y en caso contrario, ofrécense todos, en unión de la tropa que ha traído Su Alteza, a forzar las entradas de la ciudad.. Dios quiera que todo esto sea cierto. Dícenme además que una nueva Junta de respetables ha surgido ayer, y que en ella figuran su amigo de usted y mío D. Antonio Mas y Brugada, y el simpaticone Ramoneda.. El Duque ha trasladado su Cuartel general de Esplugas a Sarriá, donde esperan verle los nuevos junteros y acordar con él la salvación de Barcelona. Dios ponga tiento en sus manos, y a todos les ilumine, para que veamos pronto el término de estas aflicciones y respiremos el dulce aire de la paz.

A media noche termino ésta, mi buen D. Serafín, con la noticia de que ha cesado el fuego. Montjuich, desarrugando el ceño torvo y conteniendo el resoplido ardiente, mira compasivo a su esposa, y una vez aplicados los palos que su decoro de marido exigía, parece que examina y cuenta los cardenales que le ha hecho, y le recomienda que se los cure pronto para que luzca en toda su hermosura. «Ráscate un poco y ponte unas compresas, que eso no es nada -le dice-. De tant que t' estimo t' punyego». Es opinión general que mañana entrará Van-Halen en Barcelona, y que terminado el imperio de jamancios y patuleos, volverán las cosas a su antiguo ser y estado, con los quebrantos y rencores que son infalible secuela de estos sacudimientos. En Esplugas, adonde fui al anochecer con los cleriguitos que se dignan acompañarme, he adquirido noticias del próximo desenlace de la tragedia. Espartero cree haber cumplido con su deber, como jefe del Ejército y del Estado, y su conciencia no le acusa de crueldad; antes bien, (p.5681) estima que se ha mantenido en la justa medida del rigor que las circunstancias hacían indispensable. No me lo ha dicho Su Alteza, pues no he tenido el honor de hablarle; pero conozco su pensamiento por referencias del coronel D. Felipe Navascués, amigo, según me ha dicho, y que desde esta noche lo será mío. Usted, que le conoce, comprenderá la prontitud campechana con que se ha manifestado en los dos la corriente de simpatía, y cuán de mi agrado es, singularmente, el carácter abierto y leal de este noble hijo de Navarra. No hacía un cuarto de hora que nos habíamos ofrecido amistad, y ya me brindaba su cooperación para cualquier barrabasada que yo le propusiera, añadiendo que mayor sería su gusto cuanto más atrevido y extravagante fuese lo que juntos acometiéramos. No es fácil que usted me entienda, ni ha llegado la ocasión de que yo le hable con más claridad. Por mi conducto, mi flamante amigote Navascués le manda a usted sus recuerdos con toda la ruidosa vehemencia y toda la incorrección que gastar suele. (p.5682)

Un día más. Desmedidas alabanzas me han hecho mis cleriguitos de la piedad y virtud de D. Magín Cornellá, añadiendo en loor suyo que es una de las más firmes columnas de la Instrucción Cristiana, y el protector más ardiente de San Quirico. Su ejemplo me ha contagiado de tal modo, que no he querido ser menos que él; y aquí me tiene usted, mi Sr D. Serafín, arrimando el hombro a la Congregación para sostenerla en sus necesidades y ayudarla en el cumplimiento de sus altos fines. A más de llevar mi óbolo modesto al cepillo de la Instrucción, he querido significar a los padres mi simpatía con el regalo de un cáliz de plata sobredorada y de un terno completo para misa de tres en ringla; por fin, sabedor de que no rebosaban de provisiones las despensas de Papiol, heme permitido mandar allá cuatro celemines de garbanzos, tres de judías y dos arrobas del delicioso vino blanco de Sitges.

Ya le veo a usted sonreír, ¡oh espejo de los ladinos!, (p.5683) D. Serafín de Socobio.. Pero no dudo que al fin hará justicia a la bondad de mis intentos, conservándome su preciosa confianza y mandando la bendición a su constante amigo -Calpena.

 

Ep-29-XXIX -

De D. Fernando a Demetria

Molins de Rey, Diciembre.

Maestra: ¿Cómo escribe un hombre a su mujer cuando de un lado le tiran el deseo y la obligación de la carta, y de otro los graves quehaceres que impiden coger la pluma? Pues garabatea lo sustancial en cuatro términos rapidísimos, y si la señora se amosca, que se amosque. El tiempo me apremia; las horas se me escapan.. atajo unos minutos para decirte que, apenas franqueadas las puertas de la ciudad, fui a Barcelona con mi madre, a quien dejé instalada en nuestra casa, gozando de cabal salud. Dios se la conserve. Digo también, con la debida celeridad, que sin perder horas me vine a Esplugas, donde vi a Espartero, y hablamos.. naturalmente, de política, declarándome yo el más férvido de los ayacuchos; de Esplugas víneme a Molins de Rey, donde estoy.. ¡Ah!, se me olvidaba decirte que me traje a Sabas y a Urrea, y a seis hombres más, a quienes tengo por descendientes de los almogávares que fueron a Constantinopla; tan decididos y arrogantes son, ávidos de gloria, de.. Toda mi gente es de a caballo, y como material caballeresco me traigo un coche, un carro, un arsenal de magníficas armas.. ¿y qué más?

¿Qué más?.. Trae un formidable caudal de esperanzas tu caballero -F.

Del mismo a la misma

Esparraguera, Diciembre.

Mujer: Tampoco en ésta puedo escribirte largo. Con palabra concisa, ¡aleluya mil veces!, te referiré los hechos grandes.

Recibieron hoy los benditos padres de San Quirico una orden del comandante de la fuerza estacionada en Molins de Rey, reclamando, de parte del coronel de Zamora, al coronel retirado D. Santiago Ibero para que prestara declaración en una causa militar.. ¿Te interesa saber qué causa era ésta, y de qué formas se había revestido la donosa impostura? No te interesa.. ni a mí tampoco. Naturalmente, el portero de San Quirico (p.5684) despidió con cara de palo al mensajero de la Orden, y tres horas después vimos llegar al mismo portón un piquete de soldados con instrucciones tan fieramente ejecutivas, que toda la Congregación anduvo de coronilla, como si ardiera la santa casa por los cuatro costados. Salió el Rector echando venablos; más gordos los echó el Teniente; protestó el primero de que la Congregación no era facciosa, ni allí se había conspirado nunca contra el Progreso ni contra nada; formuló el militar el tercer apercibimiento, declarando que no valían excusas, y que, o se le entregaba por la buena la persona del señor Coronel retirado, o él entre bayonetas la sacaría.. y todo esto pronto, pronto, que no iba el hombre dispuesto a gastar tiempo y saliva en ociosas discusiones.

Vieras una hora después al amigo Ibero, entre dos padres, avanzar hacia Molins de Rey a buen paso, conducidos por el piquete como criminales, y viérasme a mí y a Navascués salirles al encuentro en una arboleda situada entre el canal y el río. Se les mandó hacer alto para que tomaran un refrigerio que apercibido tenían mis almogávares; mas no quisieron los curas refrescar, expresando su enojo con displicentes excusas. Llevome Navascués a lo más umbroso de la olmeda, y con donaire socarrón, que no olvidaré nunca, me dijo: «He visto en mi vida, no corta, todas las clases de raptos que a mi entender podían existir. Yo mismo robé a una doncella esquiva el año 32, cuando fuimos a la persecución de bandoleros en la serranía de Ronda; vi en Navarra el hurto de una casada tierna que quería cambiar de dueño, y presencié el rapto de una viuda entrada en años, allá por las Cinco Villas de Aragón; he visto robar niños, por piques entre padres y abuelos; he visto afanar ganado y gallinas; pero no he visto jamás robar un cura, y esto lo veré ahora, que es caso de grande novedad e interés». Respondile que no era sacerdote el caballero sacado de los claustros de Papiol, pues si lo fuera no osara yo cometer pecado tan feo como es el de poner mis manos en persona (p.5685) sagrada. No hacía más que llevármele conmigo lejos de la influencia de los padres, para examinarle a mis anchas el espíritu y la conciencia, y ver si en efecto.. No me dejó acabar, y echándose a reír me dijo que le parecía de perlas mi determinación, y que ansioso estaba de ver cómo me desenvolvía yo de aquel delicado negocio. Su mayor gusto sería ponerse a mi lado hasta el fin de la empresa, proporcionándome un rapto sacrílego de los más leves, con ayuda de tropa. Pero esto no podía ser, ni sus deseos de servirme le permitían mayor transgresión de sus deberes. Ya el Ejército me había dado todo el apoyo que podía: en lo restante arreglárame yo como Dios me diese a entender, y él esperaba la función para verla y gozarla desde la barrera. A esto respondí que con lo hecho en favor de mi causa me bastaba, y ya no quería más. Dándole las gracias, le indiqué que podía mandar que se retirase la tropa si era su gusto.

Pasado un rato, y cuando los soldados se perdieron de vista, llegáronse a mí los dos padres que acompañaban a Ibero, y he aquí que me dicen: «¿Se servirá usted explicarnos, caballero, si esta farsa ha concluido y podemos retirarnos?..». Respondí que podían regresar a Papiol, si gustaban; y agarrando a Ibero por un brazo y haciéndole dar un violento paso hacia mí, dije en alta voz, para que los tres se enteraran bien: «Los señores curas se vuelven a su casa, y este caballero seglar se vendrá conmigo». Desprendiéndose de mi mano, Santiago puso el rostro fiero, y con voz turbada declaró que no me seguiría como no le llevaran a rastras. «No te llevaré a rastras, sino en un buen coche que para el caso traigo. Y no te valen protestas, Santiago, ni has de pensar en una resistencia que habría de ser inútil. Tú me conoces: he dicho que te llevaré conmigo, y con decirlo dos veces basta para que no dudes de que conmigo irás». Como ni aun con esto cediera, tuve que subir un poquito el tono: «Teniendo yo la fuerza necesaria para cargar contigo, quiéraslo o no lo quieras, no necesitaré usar de mi superioridad; que no es de caballeros (p.5686) amenazar con el rigor de las armas a hombres indefensos. Pero si necesario fuese apelar a este recurso, por mí no queda.. Los señores sacerdotes, que merecen todo mi respeto, pueden irse cuando gusten o quedarse aquí. Tú, Santiago, eres mío, y si no puedo llevarte vivo, entiende que muerto te llevaré.

-¿Y quién te ha dado esa comisión? -dijo el ángel negro con más estupor que furia.

Por un momento no supe qué contestarle. Salí del paso con esta respuesta, que luego tuve por inspirada: «¿Quién me ha dado esa comisión? Pues el juez que ha de juzgarte, Santiago..».

Meternos en disputas habría sido quitar a la acción toda su fuerza. «Ahí tienes el coche -dije a Santiago-. Entra en él sin chistar, y entiende que al menor asomo de resistencia, entrarás atado de pies y manos. Escoge lo que más te agrade».

Miró Santiago en derredor suyo, y viendo que había gente sobrada para realizar mi amenaza, se metió en el coche con rápido impulso, gruñendo: «Contra la fuerza bruta, ¿qué puedo yo? Hazaña es ésta, Sr. D. Fernando, sin maldita gracia, y más propia de bandidos que de caballeros». Los sacerdotes apoyaron con timidez esta airosa protesta. «Júzguenme como quieran», -repliqué yo, más atento al fin que a los medios, y entré en el coche. Desde la ventanilla me despedí de los padres, diciéndoles que a pesar de aquel desafuero no les quería mal, y que la Congregación tendría siempre en mí un diligente protector y amigo. Di la voz de arrear de firme, y con bullanga partieron coche y galera, y los almogávares de a caballo. Alejándonos a toda carrera camino del puente, vi a los dos pobres clérigos como estatuas, no recobrados aún de su estupor medroso.

Pasado el Llobregat al caer de la tarde, seguimos por el camino real sin ningún obstáculo, llamando excesivamente la atención de los payeses de aquellas aldeas, que, picados de curiosidad, nos seguían con los ojos. Parecíamos viajeros de otra edad, señores que caminaban con séquito por país infestado de ladrones, o cuadrilleros que conducían un preso de alta categoría. No (p.5687) tengo espacio para contarte lo que hablamos Santiago y yo desde la captura hasta que llegamos a este pueblo. Ello ha sido como los primeros saludos de arañazos y golpes entre la fiera y el hombre, cuando en la jaula se ven juntos y alargan la una su garra, el otro su mano. Ya lo sabrás cuando a la conversación de hoy pueda añadir otras de más sustanciosa miga.

Diera yo, cara esposa mía, mi mejor caballo por saber ahora qué te ha parecido la forma y los accidentes del rapto cuasi sacrílego que acabas de leer. Pensarás quizás que mi hazaña carece de mérito y no debe ser anotada en los anales de la caballería. Disponiendo yo de la fuerza con exceso, vine a ser un atropellador vulgar, un señorito pudiente de los que con dinero y buenas amistades imponen su capricho a los que de aquellos resortes están privados. No me alabo del lance ni de él abomino, reservándome la crítica para cuando se haga el integral juicio de mi séptimo trabajo, y puedan verse con claridad los afanes y atrevimientos, las sutilezas diplomáticas y los guerreros lances que han de componerlo. Si es hazaña o no es hazaña lo del robo de cura, luego lo veremos, pues se han de juzgar los hechos por los beneficios que producen, y no es justo que maldigamos los medios cuando bendecimos los fines. Doctrina corriente es ésta en nuestra edad, y ya sabemos la fuerza que traen las doctrinas que por lo extendidas debiéramos llamar atmosféricas. La caballería misma, con ser un organismo tan libre y autonómico, en cada época se acomoda al suelo, al ambiente y a la reinante constitución moral.

A ti, que eres mi conciencia y la luz de mi alma, te digo que el acto de arrancar a Santiago de la Instrucción Cristiana no fue un producto espontáneo de esta pobre cabeza mía: me lo inspiró la misma sociedad en que vivimos, y el espectáculo de las violencias a mansalva y de los procederes autoritarios que aquí emplean los hombres para conseguir sus fines. No habría hecho yo lo que hice si la revolución de Barcelona no me hubiese dado ejemplos y enseñanzas de persuasión irresistible. He visto a los (p.5688) poderosos, que ambicionan recobrar el mando que perdieron, emplear la corrupción para ganar a los venales, y la brutalidad para sojuzgar a los incorruptibles; he visto que la ley no es nada, que de ella se burlan los institutos armados como los magnates del orden civil, y que sólo la fuerza y el compadrazgo hacen el papel tutelar que a las leyes corresponde. El que dispone de un poco de fuerza y de la firme adhesión de unos cuantos amigos a quienes halaga y sostiene con obsequios o favores, lo tiene todo, y puede burlarse del derecho ajeno. He visto también a los poderosos que mandan permitir mil atropellos por sostenerse en el puesto de sus satisfechas ambiciones, y consentir la insolencia de los fuertes y el vejamen de los tímidos. Aquí tienes explicado el rapto de Ibero con la filosofía que aprendí en los nefandos motines de Barcelona. Y yo digo: si mis fines son honrados y nobles, ¿qué importa que me haya valido del engaño y la barbarie para realizarlos? ¡Qué sofisterías, dirás tú, se trae ahora mi caballero! Yo respondo, dulce mujer mía, que los que debemos al cielo una buena posición y un apoyo de amistades poderosas, resucitamos, sin quererlo, en nuestra edad de pólvora, las gracias y desgracias de la edad feudal; y naturalmente, al trasplantar la caballería, le imprimimos el carácter de la vida presente, de donde resulta que, teniendo los modernos adalides más afinidad y parentesco con los caciques de salvajes que con los Cides y Bernardos, la Orden que profesamos debe llamarse del Caciquismo antes que de la Caballería. En fin, ¡oh gran Demetria!, que de tejas abajo lo podremos todo, y si no somos felices, será porque de arriba nos venga la contraria.

Que me caigo de sueño.. que no puedo más.. que las letras que escribo me pinchan los ojos, como lluvia de alfileres.. No suelto la pluma sin decirte que vamos bien, que puedes administrar una dosis prudente de esperanzas; y a ti propia ¡oh dulzura y paz de mi vida! te administrarás los veinte mil abrazos, ni uno menos, que en esta carta te manda tu (p.5689) marido -Fernando.

 

Ep-29-XXX -

Agotado, con la carta que antecede, el precioso archivo epistolar que a la narración con indudable ventaja sustituía, continúa el relato de los hechos, los cuales rigurosamente se ajustarán a los informes que de palabra y en notas ha transmitido el propio D. Fernando a sus amigos, admiradores y paniaguados. Lo primero que debe decirse, tomando el hilo desde que salieron disparados por el camino real los salteadores y su presa, es que transcurrió más de un cuarto de hora sin que D. Santiago y el Sr. de Calpena se dijeran una palabra. Miraba el uno al campo por el vidrio de la derecha, y el otro por el de la izquierda, viendo cómo se oscurecían los amenos campos al avanzar la noche, y cómo se desleían los risueños colores en las sombras opacas. Ibero exhaló un gran suspiro, como los de D. Quijote cuando encantado le llevaban en el jaulón, y al oírle, arrancose D. Fernando con estas palabras:

«Lo primero que has de decirme es la calidad de tu persona. ¿Cómo he de mirarte, como sacerdote o como caballero?»

Desdeñoso contestó Santiago que le mirase como quisiera, y picado el otro, agregó lo siguiente: «¿Es que has perdido la condición de caballero sin haber adquirido la de sacerdote? Seas lo que fueres, yo no he de soltarte; pero quiero saber si puedo contar con que llevo al lado mío a un caballero.

-Dame armas -replicó el otro-, y podré responderte mejor.

-Pues para eso mismo te lo preguntaba, para darte armas. Tú y yo tenemos que ajustar una cuenta y poner en claro un grave punto de honor. ¿Estás dispuesto a ello?

-¿A romperme el alma contigo? Sí, hombre: ahora mismo. Manda parar el coche. ¡Si habrás creído tú que Santiago Ibero, porque aprende para cura, no tiene ya el corazón donde antes lo tenía! No confundamos, señor mío, cosas con cosas. La religión es la religión, y el honor es el honor, y ningún hombre, aunque sea Papa, debe quedar mal cuando quieren atropellarle..

-Me alegro de oírte hablar del honor. Yo creí que con tantos rezos lo habías olvidado.

-Y te (p.5690) demostraré que es acción vil arrancar a un hombre de sus obligaciones, de sus compromisos y de la vida que es su mayor gusto.. Manda, manda parar el coche.

-No, hijo: la satisfacción que tienes que darme, y ello será con las armas si en otra forma no recibo yo tus descargos, ha de ser en lugar y ocasión más oportunos. Por el momento, veo en los dos una gran desigualdad. Tú vienes solo; yo con mis criados. Abusaría de mis ventajas si en este momento saliéramos del coche para ponernos el uno frente al otro, pistola o sable en mano. Comprende que esto no puede ser».

Ibero calló. Viéndole D. Fernando en sombría taciturnidad, que no sabía si era meditación o rezo, no quiso interrumpirle. Llegados a Esparraguera, donde ya tenían apercibido alojamiento, por aviso enviado la noche anterior, tomaron algún descanso; mas éste había de ser corto, porque temía Calpena que los padres de la Instrucción Cristiana instigaran al alcalde de Papiol a tocar a somatén, y mandaran vecinos armados en persecución de los cazadores sacrílegos. Sabas, que venía a ser como un jefe de Estado Mayor, puso centinelas en el camino con la consigna de avisar al menor ruido sospechoso, y esta previsión les permitió dedicar algunas horas a la cena y al sueño. Mientras todos juntos, caballeros y servidores, cenaban en una misma mesa, que tal confusión democrática era muy del gusto de D. Fernando, no pudo éste sacar una palabra del cuerpo a su cautivo; pero notando que comía con gana y que no despreciaba ningún plato, señal de que no le agitaban escrúpulos de penitencia, se alegró mucho, y vio en ello un agüero felicísimo. De rato en rato, Ibero miraba de soslayo a su secuestrador, sin que este pudiera discernir si aquellas ojeadas eran de rencor o de miedo, o significaban un afecto tímido, de esos que no aciertan con la forma de revelarse. El cambio que la falta del bigote determinaba en el rostro del ángel negro, desorientó a Calpena en los estudios de la expresión fisonómica del cautivo. Por momentos creía que era un reverendo cura el que a su lado (p.5691) tenía. Aquella cara no era la otra, la del aguerrido y noble militar: mirarla era como leer un libro mal traducido de nuestro idioma a un idioma extranjero. Poco después de la cena, Ibero reposaba en un camastro y cogía fácilmente el sueño; Calpena escribía.. De madrugada salieron en dirección de Igualada.

Desapareció el temor de que los vecinos de Papiol fueran en somatén tras de los fugitivos, y si ello por una parte tranquilizó al Sr. de Calpena, por otra le produjo un vislumbre de desilusión, pues ya se regocijaba imaginando la paliza que los suyos habrían de dar a los payeses, si en efecto hubieran salido a perseguirles. «Más adelante -decía ya lejos del pueblo-, será fácil que nos salgan moscones, y no me alegraré poco, pues habiéndome traído todo este aparato de fuerza ofensiva y defensiva, me gustaría tener ocasión de emplearla». Cansado de la reclusión dentro del coche, dispuso que Sabas ocupara su puesto junto al cautivo, y él montó a caballo, marchando entre los jinetes hasta llegar a Igualada. Tampoco allí les ocurrió contratiempo alguno, fuera de los extremos de curiosidad de los vecinos, que al ver el lucido convoy y los coches, se agolpaban en calles y plazas para gozar de tan extraña y teatral caterva de viajantes. Mientras descansaban en la posada, presentose a D. Fernando el Alcalde con arrogancia de autoridad, y quiso saber qué significaban aquellos coches y aquellos bergantes armados. Mas el caballero, mostrándose altivo y sin ganas de explicaciones, exhibió pasaporte dado por el Capitán General y un refrendo del Cónsul de Francia, con lo cual se le bajó el copete al Alcalde, que se ofreció a prestar al caballero cuantos servicios necesitara.

Ya le iban cargando al Sr. de Calpena las facilidades que en el desarrollo de su aventura se le presentaban, pues él quería que no fueran las cosas tan mansamente, sino que le salieran al encuentro peligros y obstáculos que afrontar, para que quedase bien probado su ánimo valeroso. «Donde menos se piense -decía- saltará la liebre. Tengo por cierto que los padres de la (p.5692) Instrucción Cristiana no me perdonan este bromazo; habrán llevado sus quejas al Obispo, y éste, con perdón, habrá echado los pies por alto para que se me detenga. ¿Quién me asegura que por medio de las señas telegráficas de esas malditas torres no habrán avisado a Cervera o a Lérida, para que me corten el paso y me quiten el contrabando que llevo?» Díjole en esto Sabas que en la soledad y aburrimiento del coche había tirado de la lengua a D. Santiago, el cual le manifestó su curiosidad vivísima de saber adónde le llevaban. El escudero no había contestado en concreto, alegando que no lo sabía. Luego nombró el cautivo a las niñas de Castro, preguntando si estaba concertado el casamiento de las dos o de una sola; y como Sabas le dijese que la señorita Gracia no quería que le hablasen de novios ni de casorios, pues había tomado en aborrecimiento a los hombres, D. Santiago se puso a dar manotadas y a querer tirarse del coche, y afirmó que si el propósito de Calpena era llevarle a La Guardia, antes que consentir en ello se daría la muerte arrojándose en cualquier precipicio, o estrellándose la cabeza contra una piedra. Por la noche, haciendo alto en la Venta del Violín, Ibero dijo al capitán de la cuadrilla que bien podían en aquel lugar solitario solventar la cuestión de honra, internándose sin testigos en un bosque cercano, y rompiéndose tranquilamente la crisma, a la luz de la luna, ya con pistolas, ya con sables.

«De buena gana lo haría -replicó D. Fernando-, que se me hacen años los días que yo tarde en obligarte a confesar tu infamia. Pero es forzoso que esperemos a que te crezca el bigote, para que yo pueda verte en tu ser natural; que tal como estás apenas te reconozco, y si me bato contigo he de creer que me peleo con un cura, lo cual pugna con mis ideas religiosas y turba mi conciencia, como si cometiera un gran sacrilegio. No acabo de convencerme de que eres tú mi amigo Santiago, a quien tanto quise y estimé; ni he de darte la lección de honor mientras no pierdas ese aspecto de clerigacho, (p.5693) incompatible con toda virilidad y toda gallardía de hombre verdadero».

Tembloroso y echando por los ojos lumbre, desahogo de su tremenda ira, dijo Ibero que los pelos de su cara pronto le crecerían, y que si tirando de los cañones con tenacillas pudiera él hacerlos salir y medrar más a priesa, lo haría, aunque la cara se le pusiera como la de un Ecce homo. Pidió luego que se le proporcionara un barbero, pues tenía ya barba de seis días, y afeitado todo el rostro, menos el labio superior, se iría señalando lentamente el bigote. Vino el barbero, y el hombre fue rapado como quiso. Ya se transparentaba el antiguo rostro sobre las sombras desvanecidas del cariz eclesiástico, y en cada parada pedía Ibero espejos donde mirarse y hacer examen atento de la gradual resurrección de su mostacho. Un día después, metidos los dos caballeros en el coche, entre Cervera y Bellpuig, habló el cautivo con mayor desembarazo, y todo lo que dijo se resume en esta manifestación de sus dudas: «Puesto que hemos de esperar a que yo me componga la cara para sacudirnos el polvo, mientras eso llega, bueno será que me des a conocer el punto de honor por que nos batiremos, pues en conciencia no te he causado a ti la menor ofensa; y si es que vienes por delegación de otras personas, sepa yo qué personas son y en qué las ofendí.

En este terreno quería verle D. Fernando, y se agarró a la ocasión para sacar de ella todo el provecho posible. Díjole que no era propio de un caballero el acto de cortar sus honestas relaciones con la señorita de Castro, tan sin motivo ni oportunidad, constándole como le constaba el amor puro, la ardiente fe de la pobre niña. Se había conducido como un lacayo, como un hombre sin principios, como un rufián, y esto no podía quedar sin castigo. No tenían las señoritas de Castro en su familia un hombre a quien fiar el encargo de tomar reparación de tal agravio; pero concertada ya la unión de Demetria con D. Fernando, éste se consideraba ya como de la familia, y su presunta mujer le había dado la misión de castigar la villana burla.

Oído (p.5694) esto por Ibero, se le inmutó el rostro, y con grave acento dijo al que fue su amigo: «Podrá la religión haberme desfigurado el rostro, el habla, los ademanes, la ropa; pero me ha traído un bien muy grande, y es que ha fortalecido mi conciencia, y me ha dado el valor de confesar mis faltas, mis yerros, mis delitos, si así quieres llamarlos. Todo lo que has dicho de mi infamia en el caso de Gracia es verdad: lo reconozco. No es esto motivo de batirnos, pues lo que llaman Juicio de Dios, cualquiera que fuese su resultado, a ti no te daría más razón contra mí, ni a mí me aliviaría del peso de mi culpa. Ya ves si soy sincero: confesado por mí el mal que hice, no veo motivo de riña en duelo, sino de castigo.. Venga el castigo: yo lo acepto de Dios por ser Dios, y de ti por pertenecer ya, como dices, a la familia de Castro-Amézaga».

Siguió a esto una pausa que bien podría llamarse solemne. Sintió D. Fernando impulsos muy vivos de abrazar a su amigo; mas aún faltaban no pocas explicaciones para llegar a los actos de ternura. El primero que rompió el silencio fue Santiago, con estas palabras: «De ti recibiré el escarmiento. Puedes tomar una de dos determinaciones: o quitarme la vida, tirándome por una barranquera, para que no quede rastro de mí en los caminos, o mandarme otra vez a mi refugio de la Instrucción Cristiana.. Con que ya lo sabes.. o muerte o religión.. que casi viene a ser lo mismo..». Tan confuso estaba el otro caballero, que tardó un mediano rato en contestar: «Pues digo que ni religión ni muerte, que son en verdad cosas bien distintas. Un verdadero creyente debe decir: «Religión, vida». La muerte es el pecado, el deshonor.. Por de pronto declárate mi esclavo, y yo haré de ti lo que crea más conveniente para tu alma, y para poder llevar a mi familia (por tal la tengo) las seguridades de que la injuria que le hiciste está ya desagraviada». Llevó luego D. Fernando la conversación a otros asuntos, queriendo asegurarse de la firmeza del juicio de su amigo, y oyéndole se confirmaba en que no padecía la menor alteración cerebral: (p.5695) el hombre deshecho se restauraba notoriamente en todo el esplendor de sus nobles cualidades.

Al salir de Bellpuig para Lérida, en una tarde serena y brumosa, dijo Ibero a su señor que le molestaba la inacción dentro del coche, y el entumecimiento producido por el frío. Desde que empezó la caminata, vivísimas ganas de montar a caballo le atormentaban. Si D. Fernando no veía en ello inconveniente, permitiérale echar una cana al aire, cabalgando un buen trecho. Como acogiese el caballero con finas reservas la proposición, picose la dignidad del otro: Qué, ¿temes que me escape? Yo te doy mi palabra de honor de que no me separaré de la partida. ¿Crees en ella, crees en mi palabra?

-Creo en ella como en el Evangelio, Santiago, -dijo D. Fernando con espontaneidad generosa; y al punto determinó que Ibero montara el caballo de Sabas, lo que fue tan grato para el cautivo, que se entretuvo un rato en hacer piruetas, maravillando a todos con sus destrezas en la equitación. Era un chiquillo a quien devuelven el juguete de que ha sido privado en castigo de sus travesuras. No cabía en su pellejo de orgullo y alegría, y se recreaba en ver cómo iban acentuándose los signos de su resurrección.

 

Ep-29-XXXI -

Distraídos en vago coloquio, marchaban los dos caballeros a vanguardia de la escolta y coches, conservando distancia como de medio tiro de fusil, y de improviso, por fácil transición, D. Fernando fue a parar a lo siguiente: «No te valen tus artificios para desvirtuar tu historia en los últimos meses, Santiago. Es ridículo que con tantas reservas quieras tapar sucesos que casi son del dominio público. ¿Qué me das si te cuento todo el argumento del drama que te ha traído a esta situación, drama que tú creías desenlazado, y ahora resulta que vengo yo a ponerle un epílogo?.. No me interrumpas, canastos, que no he de callar aunque me lo pidas de rodillas.. A principios del 42, cuando volviste de Vitoria enfermo y medio trastornado de la impresión que te dejó el fusilamiento de tu amigo Montes de Oca, fuiste a caer de nuevo (p.5696) en la jurisdicción de la Milagro, a quien encontraste hecha una santa, deteriorada su belleza con el llorar continuo, y no pensando más que en soledades, amarguras y penitencias. No tardaste en hacerle el dúo, que nada es tan contagioso como estas enfermedades de la sanidad en las almas apasionadas y soñadoras. Pero el diablo, que con más diligencia se mete allí donde no le llaman, se metió entre vosotros, y tanto hizo el maldito, que de la noche a la mañana, atizando candela en vuestros corazones, convirtió vuestro misticismo en amor, y he aquí que mis dos santos, Santiago y Rafaela, ven más fácil, cómodo y seguro irse derechos al matrimonio que a la canonización. Rafaelita era ya viuda.

-Te diré.. Es preciso que comprendas..

-Cállate y déjame acabar. De aquella fecha data tu gran delito de despreciar a Gracia, y manifestárselo en una carta que fue como un rayo para la pobre niña..

-Pero has de añadir que yo.. Escucha.

-Ya.. ya veo por dónde quieres salir. Puede que estés en lo cierto si sostienes ahora que no habías dejado de querer a Gracia con puro, con ideal cariño; que tu apego a la Milagro era una fascinación, una.. Palabras mil hay para expresar esto; pero me las callo ahora por no atormentarte. Doy de barato que así fue. Si pudo en ti la fascinación de Rafaela más que el amor dulce y honesto de la niña de Castro, probaste que eras un hombre sin consistencia ni reflexión, de sentimientos volubles, a merced del primero que llegara y los quisiera coger.

-Todas las cosas tienen su doble fondo, Fernando; yo te aseguro..

-No asegures nada, y convéncete de que, con doble o con sencillo fondo, no hay acción mala que no tenga su escarmiento, y el tuyo fue de los más salados. Al volver de Valencia, adonde te mandó Espartero con una engorrosa comisión, hallaste una novedad terrorífica: la Perita en dulce había catequizado en toda regla, para convertirle a la religión del matrimonio, al pobrecito Federico Nieto y Angulo: los muchachos de mi tiempo le llamábamos Don Frenético, y nadie le conoce en Madrid (p.5697) por otro nombre. Es un cuitado ese joven, honradote, de buena posición, elegante, con un barniz parisiense que le hace parecer lo que no es. Su carácter se pinta con decir que se dejó cazar con liga por la Milagro.. Que ésta no tiene un pelo de tonta, bien a la vista está. La niña se pierde de vista: sabe hacer santos y maridos. Total: que a la semana de llegar tú a Madrid de la comisión de Valencia se casaron en tus barbas..

-¿Acabarás de una vez? -dijo Ibero nervioso, apretando las quijadas y haciendo encabritar al caballo.

-Ya concluyo. Tu desesperación fue un furibundo pataleo romántico. Dos caminos tenías: matarlos a los dos o hacerte clérigo. A ellos les convenía más lo segundo, naturalmente, y tú hacías una obra de caridad quitándote de en medio.. Ignoro si sabes que La Frenética (nadie le quitará ya este nombre) se porta bien, y cuantos la conocen hoy elogian su buena conducta.. ¿Quieres más noticias?

-No quiero sino que te calles -dijo Ibero marchando al paso-. Ya me está cargando tu demasiado conocimiento de esas miserias..

-El casorio de la Perita fue para ti como el canto del gallo para San Pedro: la voz de tu delito y el aviso de tu conciencia. Entonces te acordaste de la divina Gracia, a quien habías ofendido y negado, y dijiste..

-Yo no dije nada, Fernando.

-Dijiste.. «Señor, que me trague la tierra, pues soy el mayor imbécil que criaste.. Desprecié la vida por la muerte, y ahora..».

-¡Que no dije eso, hombre!..

-Pero ya no podías volverte atrás. Conocedor de tu falta, y teniéndola por irreparable, te condenaste al presidio de la vida eclesiástica, único reparo posible.. Tu dignidad no te permitía volver el rostro hacia las niñas de Castro, porque te exponías a que la ofendida y su hermana te lo escupieran.

-Y habrían hecho muy bien -afirmó Santiago, acometido de una hilaridad que parecía epiléptica y que terminó con formidable terno.

-Huido, muerto de vergüenza, menospreciado de ti mismo, te retiraste a la Instrucción Cristiana, digno cementerio de tus despojos, pobre Santiago.. Pero Dios (p.5698) tuvo piedad de ti, y no queriendo darte ni el amor ni la felicidad, porque nada de esto merecías, te dio una firme vocación, y con ella te salvaste, y con ella te redimiste.. ¿Verdad que tu vocación es intensísima, irrevocable, arrebato ardiente del alma?..

-Si sabes que lo es -dijo Santiago displicente, casi grosero-, ¿para qué me lo preguntas?..

-Creo en tu inquebrantable unión con la Santa Iglesia, y porque la creo me determino a confiarte una idea mía, que creo será de tu agrado..».

En esto vieron aparecer por una revuelta del camino un grupo de gente, que no distinguían bien por haberse venido encima la noche, arrojando pesadas sombras sobre la tierra. Por el ruido, más que por la vista, se percataron de que eran militares, y detuvieron el paso, hasta que, viéndoseles ya cerca, oyeron el quién vive.

-¡Ayacuchos! -contestó D. Fernando con firme voz. En este punto, el carruaje y coche con la escolta de almogávares avanzaban y detrás de los caballeros se detenían. Adelantose el jefe de la tropa, y dijo con sorna: ¿Con que ayacuchos? Ahora lo veremos. Eh.. registrarme pronto ese coche y toda la carga del carro.

-Mi coche y equipaje no se registran -dijo D. Fernando con toda la serenidad del mundo.

-¿Que no se registran? ¿Y quién lo prohíbe?

-Yo.. Lo más que puedo hacer en obsequio de usted es enseñarle el pasaporte y salvoconducto que llevo del general Van-Halen para viajar por estas tierras o por otras, en la forma que me dé la gana.

-Ya no es Van-Halen Capitán General de Cataluña: lo es el general Seoane.

-Eso no quita validez a mis papeles.

-Ni a mí la facultad de hacer el registro. No es la primera vez que los contrabandistas que detengo contestan como usted: ¡Ayacuchos!, creyendo que esa palabra es la bula de Meco.

-No traemos contrabando. Basta que yo lo diga -afirmó Calpena, parando el caballo al frente de los suyos, en actitud no muy tranquilizadora. Con rápida observación midió las fuerzas del adversario, que eran como de quince hombres; ávido de acometer algún lance peligroso que diera resonancia y (p.5699) honor a su trabajo; comparadas mentalmente sus fuerzas con las del enemigo, se determinó a sentarle la mano. Ya estaban en alto las armas, ya sonaban los primeros gritos de guerra, cuando con un fuerte bote de su caballo, se abalanzó Ibero, y encarándose con el oficial, le gritó: «Nicasio Pulpis, convenido de Vergara, hoy teniente de la primera división de Zurbano, mira lo que haces; respeta la dignidad de este caballero, pues de lo contrario yo, él y yo mejor dicho, con la gente que llevamos, os arrimaremos tan fuerte palizón, que de los hombres que mandas no quedará uno para contarlo».

Conociole el oficial por la voz, y acercándose más para verle el rostro, rompió en esta exclamación: «Por los ajos de Corella, que o yo estoy loco, o es usted el coronel Ibero.. En su cara encuentro una novedad.. ¿El que veo es D. Santiago, ri-Dios, o un cura que se le parece?

-¡Santiago soy, por los caños de Borja!

-Ahora recuerdo.. Se dijo que entraba usted en el sacerdocio. ¿Es cura, ajo de Corella?

-No soy cura -contestó recordando un dicho baturro-, que soy hombre, tan hombre como mi abuela, y eso que era mujerona, ¡maño!»

Soltaron todos la risa, y ya nadie pensó en batirse. «Eche acá esos cinco, D. Santiago -dijo Pulpis-, y dispénsenme todos.

-Este caballero es de los más ilustres del Reino, y ha obrado como tal oponiéndose a que le registres.. Ya entiendo: estás en las columnas que persiguen el contrabando.

-Sí, señor; y no hay vida más perra que esta del resguardo. D. Martín nos tiene dicho que registremos a todo el mundo, sin exceptuar a obispos y monjas.. Y son tan mañeros los contrabandistas de verdad, que cuando les echo el alto, responden: ¡Ayacuchos! Han tomado ese tranquillo.. ¡mañeros!

-Ya que somos amigos -declaró D. Fernando-, diré al Sr. Pulpis que me dispense si tomé tan a lo vivo lo del registro. No llevo ni una brizna de contrabando. Si quiere volver atrás, pues la noche viene fría y Lérida no debe de estar lejos, le convido a que allá refresquemos todos, su tropa y la mía, y (p.5700) charlemos un rato».

Agradeció Pulpis la fineza; mas no pudo aceptarla, pues tenía órdenes de pernoctar en Bel-lloc, que sólo distaba ya media legua. De nuevo apretó las manos de Santiago, diciendo: «Me alegro de que no sea usted cura, mi Coronel. Ya sus amigos le hacíamos obispo lo menos»; y con estas y otras expresiones de cordialidad se despidieron, y cada cual tomó su camino, siguiendo D. Fernando y su gente hacia Lérida, que sólo legua y media distaba ya.

El frío arreciaba espantosamente, anunciando nevada próxima, y los dos caballeros buscaron el abrigo del coche, donde continuaron la conversación que el encuentro con Pulpis habíales interrumpido en lo más interesante.

-Está de Dios -dijo Calpena-, que resulten fallidos mis deseos de armar camorra con alguien en estos caminos.

-A mí también me pide el cuerpo un poco de jarana. No sé qué tengo.. Me pegaría con el primero que en algo me contradijese.. Pero vamos a lo nuestro. Cuando apareció la fuerza de Pulpis decías que ibas a revelarme el porqué de esta situación mía, en conformidad de prisionero, de loco o de encantado..

-A eso voy. Convencido de que tu vocación es inquebrantable, no siendo ya posible que yo te pida la reparación consabida, porque sería someter a prueba muy dura tu conciencia, se me ocurre que debo llevarte conmigo a La Guardia, adonde yo voy..

-¡Fernando!.. ¡Por los ajos de Cristo.. o de Corella!.. -exclamó Ibero desconcertado y casi furioso-. No me hables de que yo vaya a La Guardia, pues desde ahora te digo que sólo haciéndome picadillo podrías llevarme.. ¡En La Guardia yo! ¿Crees que he perdido la vergüenza? ¿Crees que esta cara puede presentarse allí sin que se vuelva una máscara de fuego?.. Tú estás demente o quieres martirizarme.

-Déjame seguir, hombre, y no te sulfures. Cierto que si las cosas estuvieran allá como tú supones, razón habría para que antes te arrancaras los ojos que mirar con ellos a las niñas de Castro. Pero verás lo que pasa: Gracia padeció grandes amarguras por tu desprecio; vino tras el dolor la (p.5701) resignación, luego el olvido de tu falta.. Tanto ella como su hermana recibieron de Dios la facultad de ahogar los agravios en el perdón, que es gran virtud. Pero hay más: pasados meses desde el día terrible en que la heriste, la infeliz joven comenzó a sentir anhelos de vida religiosa, y esto fue ganando tal espacio en su espíritu, que rápidamente llegó a la más pura exaltación de la piedad. El mundo había concluido para ella. Dios la llamaba, ofreciéndole el consuelo único, que es la verdad eterna. Ya la tienes en brazos de Dios, o poco menos, porque todo lo ha dispuesto para entrar en las Huelgas de Burgos, y sólo espera mi llegada para despedirse de la familia y realizar su santo propósito. Su fe es tan ardiente y viva, que cuantos la oyen se quedan maravillados, y creo que si estuviéramos en otros tiempos, la canonización de Gracia sería segura. Hasta se ha dicho que hace milagros, y Navarridas lo asegura y da testimonio de ellos. Yo, la verdad, no los he visto; pero me inclino a creer que algo hay..

-Pues yo -dijo Ibero turbado, inquietísimo-, no los creería mientras no los viera.. Por lo demás, siempre tuve a Gracia por criatura celestial, más digna de Dios que del hombre.

-A eso voy.. Ha sido un gran bien que dejaras a Gracia, para que así luzca más espléndidamente su excelsa virtud. Yo me la figuro como otra mujer cualquiera, casada, cargada de chiquillos, y ya no es la hermosa figura de santa que ahora nos causa tanto asombro. Conviene, pues, que vengas conmigo, y así se cumplen dos elevados objetos: que tú admires su mística perfección, y que ella se extasíe en admirar la tuya. Sois tal para cual, dos nobles espíritus purificados por la adversidad, que derramarán uno sobre otro la luz que han recibido..

-Voy creyendo -dijo Santiago, descompuesto y nervioso-, que te burlas de mí, y esto no lo tolero, Fernando, no lo tolero.. ¡Por los ajos de.. por Dios, no abuses..». Me robaste, me traes aquí prisionero, y encima te chanceas..!

-Si no es burla, tonto.. Te digo la verdad. ¿Y no sería el más bello complemento del cuadro que tú (p.5702) cantaras misa en Burgos el mismo día de la profesión de Gracia, y que..?

-¡Que te calles! -gritó Ibero furioso, abriendo la portezuela-. Que te calles, o me tiro al camino para que las ruedas me pasen por el cuerpo y me acaben de una vez.. Yo no voy a La Guardia.. Me llevarás muerto; vivo, no.. Si profesa, buen provecho le haga.. Suéltame, Fernando; suéltame, por Dios, y déjame volver con los mañeros Padres.. Eso si no quieres matarme aquí mismo, que sería lo más cristiano, lo más humano..

 

Ep-29-XXXII -

La entrada en Lérida puso fin por el momento a esta conversación; mas no creyendo D. Fernando bien apurado el tema, mientras cenaban volvió a la carga de esta forma: «Esa vergüenza que de ir a La Guardia sientes ahora, se te irá disipando en el curso de este largo viaje.. Y como no me parece natural ni decente que a la que fue tu señora, y ya lo es de Dios y hermana de los ángeles, te presentes en una facha impropia de tu nuevo estado, conviene que pongas fin al crecimiento del bigote. Ni tú lo necesitas ya para presumir de caballero militar, ni yo para verte cara de varón y figurarme que podemos batirnos. Ya no hay duelo.. Mañana vendrá el maestro rapista para que te afeite toda la cara, dejándote como un canónigo».

Nada respondió el cautivo, contentándose con echar a su amigo miradas fulminantes. A la mañana siguiente subió el barbero a la estancia donde Santiago dormía, y a poco le vieron bajar despavorido y dando voces. El señor aclerigado le había despedido como a los ladrones, amenazándole con tirarle por las escaleras si no desfilaba pronto. Entró D. Fernando temiendo por la salud de su prisionero, y le halló muy destemplado y con cara de insomnio. Había pasado una noche cruel y sentía ganas de pelearse con el Sursum Corda. Notaba en su espíritu el renacimiento de la perversidad, y lo mejor que hacer podría su dueño era soltarle para que a Papiol se volviese. Díjole Calpena que en principio aprobaba el regreso a la Instrucción, visto que era un hombre enteramente (p.5703) aferrado a su destino religioso; pero no se determinaba a soltarle aún porque creía necesitar de su alianza y ayuda para defenderse de un gran peligro que en aquel viaje, más allá de Zaragoza, se le había de presentar. Instado por Ibero a ser más explícito, dijo Fernando que por soplos de su espionaje y advertencias de amigos sabía de ciencia cierta que entre Tudela y Alfaro le preparaban una emboscada los Tacaños de Cintruénigo, y que ya se relamía de gusto pensando en la tunda que se iban a ganar los guapos de la tacañería. Lo que se animó Ibero con esta revelación no es para dicho: apretando los puños y estremeciendo el suelo con fuerte patada, afirmó que no había para él regocijo más grande que pelearse por la honradez y la justicia.

«Y ello ha de ser tan serio, según mis noticias -añadió Calpena-, que tendré que prevenirme y llevar mayor golpe de gente, con un hombre de guerra que me la mande, porque también he sabido.. y esto te lo digo con la mayor reserva.. he sabido que el de Sariñán ha reclutado una mesnada con los perdidos más feroces de aquellas tierras, y que no queriendo aparecer como hombre que fía sus venganzas al brazo de la patulea, los presentará en batalla con color político, y bajo la enseña de Doña María Cristina nos embestirá, dándonos por partida o mesnada del bando ayacucho.

-¿Has dicho mesnada? ¿Por ventura estamos en la Edad Media?

-¿Pero tú has creído acaso que España ha salido de la Edad Media y del feudalismo?.. Señores feudales fueron los frailes y curas, y decretado que ya habían mangoneado bastante, ahora los feudales somos nosotros, los caballeretes más o menos ilustrados, que, protegidos por el Gobierno, hacemos lo que nos da la gana, hasta que viene otro Gobierno, y trae nuevos caciques que nos mandan a nuestras casas.

-Algo de eso había pensado yo.. Pero explícame una cosa. ¿No está D. Baldomero bien seguro en su Regencia?

-¡Qué ha de estar, hijo mío! Media España, por no decir los dos tercios de la Nación, se vuelve contra él, porque ya lleva (p.5704) largos días de mando, ¡dos años y meses!, figúrate, y sus amigos se eternizan en el comedero. Es urgente echarle, y que venga otra vez la Gobernadora con la cáfila de moderados rabiosos, transidos de hambre. En Madrid, hasta los más fanáticos del Progreso están ya contra el Duque: Olózaga cerdea, López se amosca, y Fermín Caballero llama a una coalición a toda la prensa. No pasarán muchos días sin que se pronuncie algún regimiento, o quizás división, con la bandera de volver las cosas al estado que tenían antes de Septiembre del 40, y, entretanto, verás cómo salen de debajo de las piedras partiditas que den el grito de Cristina y moralidad o Abajo el ladronicio; mueran los ayacuchos..

-¿Y crees que el de Sariñán lanzará su cuadrilla con esa bandera?

-Con esa bandera, por presumir; pero con la intención de apalearnos, ya que no nos quiten la vida. Lo que desean es ponernos en ridículo, y presentarnos ante todo Aragón y Navarra como unos cobardes.

Tan tremendos fueron los golpes que dio Santiago en el suelo con su pie, que tembló toda la casa, y los que en la habitación de abajo comían creyeron que las vigas del techo se quebraban, y el posadero subió, de cuatro trancos a ver si los señores querían agujerar el piso para llamar a la servidumbre con más comodidad. Pidieron, en efecto, que se les diera de almorzar, y mientras lo hacían abajo, en la templada cocina, junto a un buen fuego, siguieron hablando del mismo asunto, y gozándose de antemano en los palos que habían de repartir. Por desgracia, no podían apresurar su viaje porque nevaba copiosamente, y el tiempo no tenía trazas de mejorar. Escribía D. Fernando larguísimas cartas a su madre y a la ideal Demetria; Santiago pasaba el tiempo tumbado en su cama, a ratos dormitando, a ratos zambullido en éxtasis o meditaciones hondas. En ningún momento le sorprendió Calpena rezando, y como en todo el viaje no le había oído hablar de santidades, ni mentar cosa alguna de liturgia o temas teológicos, llegó a creer que lo de la vocación era (p.5705) una sombra, falaz apariencia.. Mas hizo propósito de no hablarle de esto, dejándole en sus cavilaciones hasta que su sinceridad reventara por algún lado, y disfrazando su intención, solía decirle: «En cuanto demos el testarazo a los Tacaños de Cintruénigo, te suelto para que te vuelvas a Papiol, que ya te consume la impaciencia y se te hacen siglos las horas que dilatan el cumplimiento de tu santo deseo». Callaba Ibero, y como pudiese, llevaba la conversación a terreno muy distinto del de los dogmas y la Orden sacerdotal, diciendo con seriedad y viveza: «Creo que con diez hombres nos bastará, con tal que sean de superior arranque, como los hay por estas tierras. En Zaragoza conozco yo más de cuatro fieras que se relamerían de gusto peleando a mis órdenes.. Y hemos de poner mucho cuidado en elegir las armas, Fernando, pues la superioridad de éstas no es de menor valor que el coraje de los combatientes».

Salieron una tarde en la segunda quincena de Diciembre; en Fraga encontraron la novedad de que se había roto el puente sobre el Cinca, y con este contratiempo y el horroroso frío viéronse obligados a pasar allí tristísimas, solitarias Navidades.. Hasta después de Reyes no pudieron seguir, y el tiempo seco y con hielos permitioles avanzar bastante durante el día, acogiéndose de noche al abrigo de las ventas de Peñalba, Bujaraloz, Arroyales de Pina y otros pueblos. Pernoctando en Alfajarín, a cuatro leguas ya de la gran Zaragoza, hallábase Santiago en el subido punto de la melancolía negra, atacado de rebelde insomnio, con todas las apariencias de una opresora pasión de ánimo. Creyendo D. Fernando que próxima al momento de su explosión estaba la sinceridad del ángel negro, y que el mayor favor que hacérsele podría era darle un golpecito para que estallara más pronto, le dijo: Los síntomas de tu cara, de tus ojos y de tu respiración revelan que quieres confesarme.. no sé qué, y que te faltan bríos para sacarlo de la hondura de tu pecho. Vamos, hombre, atrévete, y vomita..

-Pues así es, y de hoy no (p.5706) pasa el que yo suelte una verdad que no he sacado antes porque me daba vergüenza. No se trata de acción mala, sino de un error, de un fingimiento mío, que entiendo me cubre de ridiculez si no te lo confieso pronto.. Ya me has adivinado.. Pues sí, chiquio, bien puedes decir que la querencia religiosa que yo siento ahora te la claven en la frente. Y hay más: no sólo no la tengo, sino que me voy convenciendo de no haberla tenido nunca. Si me metí en esa vida, dejándome llevar por los que así creyeron hacerme un bien.. y sabe Dios que lo agradezco.. si me colé hasta llegar al punto de idiotez en que me has visto, fue por efecto de mi tristeza y del sentimiento de mi grosería y falta de caballerosidad en el asunto de Gracia. Me metí en la iglesia como el criminal que cree librarse en lugar sagrado de los demonios burlones que le persiguen; como el avergonzado y desnudo que se mete en los sitios más obscuros para que no le vean; como el leproso que se zambulle en la piscina creyendo que allí se ha de curar de sus lacerias.

-Gracias sean dadas a Dios, Santiago -dijo Calpena abrazándole-, por habernos traído a esta inteligencia, pues yo sospechaba lo que acabas de decirme, y deseaba no equivocarme.. Bien fundadas eran mis sospechas. Tu misticismo, ¿qué era más que la desesperación?

-Justo: desesperación negra, más negra que la que nos lleva a pegarnos un tiro.. porque el cuento es que yo no quería morirme, sino quedarme en la tierra.. en fin, yo no sé lo que quería.. ¿Por dónde salir de aquella cueva espantosa en que me había caído? Pues vi un agujero, el único agujero practicable, y por él me metí. Los amigos que me arrastraban a la santurronería hacíanlo de buena fe, y de buena fe me dejaba yo llevar, creyendo que me darían la paz.. En Papiol perseveré más en mi equivocación, y tan ciego estaba, y tan sorbido me tenían el seso los padres, que no concebía ya para mí mejor vida que aquélla. Cuando me sacaste túveme por desgraciado.. Pero el aire libre, hijo de mi alma; el tiempo, la influencia de ti, el ver (p.5707) otras caras, el correr por estas tierras, me han despejado el caletre.. Ya veo el mundo, me veo a mí mismo de otro modo, y si cuando pasábamos por Esparraguera y por Igualada, donde a mi parecer se sentía el tufillo de Papiol, se me iban allá los ojos del pensamiento, ahora me espanta la idea de volver atrás.

-Bien, ángel negro, bien. Dios, por mediación de este amigo indigno, te aparta de la vocación falsa para traerte a la verdadera.. Ya despunta el día. ¿Tienes tú sueño? Yo no; vistámonos, mandemos a nuestra gente que enganche y ensille, y vámonos a Zaragoza, donde algo has de ver y oír que te interese. ¿Qué es? Aquí no quiero decírtelo. Es pronto. Vámonos».

 

Ep-29-XXXIII -

Por el camino contó el Coronel que los padres de San Quirico no le dieron jamás motivo de queja, sino de gratitud y estimación. Eran muy buenos y le instruían con amor, luchando, eso sí, con la incapacidad del neófito para los latines y para las lecciones teológicas. Nada de aquello le entraba en la cabeza, y cada día se iba convenciendo de que nunca sería más que un pobre curángano de misa y olla. Pruebas de cariño habíanle dado los sacerdotes, y él por su parte pensaba, en la primera ocasión que se le presentase, demostrarles su afecto. La regla era muy rigurosa, y épocas había en el año en que le mataban de hambre. En los rezos era tan torpe, que a cada momento se equivocaba, ocasionando grandes desazones a los maestros, y renegando él de su falta de memoria. Más de una vez les propuso que no le criaran para las órdenes mayores, sino que le tuvieran allí como familiar o lego, y él les cuidaría el jardín, única cosa para que servía, pues otros menesteres de lavar ropa, coser y afeitar no le encomendaran al hijo de su madre.

Dijo también que los Padres, con toda su mansedumbre y sus austeridades, conspiraban a más y mejor. Dos veces por semana iban allí D. Magín Cornellá, el Sr. de Ramoneda y otros pájaros gordos de Barcelona, de cuyos nombres no se acordaba. Sólo sabía que algunos eran o habían sido carlistas, y (p.5708) otros, liberales de los que imitan el andar ladeado de los cangrejos. El enjuague que se traían aquellos señores con los papiolistas y otros clérigos muy apersonados que venían de Manresa, de Vich o de Tarragona, era formar un potente bando político-religioso que apoyase el casamiento de la Reina con el hijo de D. Carlos, para que así quedara triunfante la santa religión. Este partido rechazaría el casamiento con cualquiera de los hijos del Infante D. Francisco, pues ambos, a lo que parece, están dañados de masonismo, y masona es también la Infanta Carlota.. Se trabajaría también contra la candidatura del Coburgo, pues de éstos ya se sabe que no vienen aquí más que a comer, y a cajas destempladas había que despedir a todo príncipe extranjero, ora fuese tudesco, ora napolitano. A los hijos del Rey de Francia, nietos de Felipe Igualdad, cañazo limpio; a los de Portugal, contra una esquina; y a todo protestante, un portazo en las narices. No había más rey consorte que el hijo de Carlos V, con lo que de las dos legitimidades se hacía una sola. De esto trataban, y ésta era la razón del entrar y salir de recaditos y mensajes. Creía Santiago que su rector era el que llevaba la correspondencia con la majestad de Bourges y quien recibía órdenes del señor D. Fernando Muñoz; mas de ello no tenía pruebas. Dábale el olor de estos guisados, pero como él no había de catarlos, jamás quiso meter sus narices en la olla.

-Ahora echo de menos -dijo D. Fernando-, que no hubiéramos dado una carrera en pelo a los padres, para que fueran a contárselo al proscripto de Bourges y al Sr. de Muñoz.. Pero es mejor que les perdonemos la vida y que no nos ocupemos de esas pequeñeces de la cosa pública. Vengamos a lo nuestro, que es lo grande. Agradéceme, Santiaguillo, que te haya sacado del poder y compañía de esa gente, que habría hecho de ti un muñeco negro. Otros podrán ser excelentes sacerdotes; tú no lo habrías sido nunca. Y por hoy nada más te digo. ¿Qué pienso hacer de ti, me preguntas? Respondo que en Zaragoza lo sabrás.

De noche (p.5709) entraron en la por tantos títulos gloriosa ciudad, y se alojaron en la posada de las Ánimas, feligresía de San Pablo, el barrio popular, heroico y baturro, que tanto Ibero como Santiago amaban por todo extremo. Lo que el asendereado ángel negro vio y sintió en la mañana del siguiente día, no bien se abrieron sus ojos después de un profundo y reparador sueño, es episodio de extraordinaria importancia que merece lugar preferente en estas historias, y no ha de pasar una línea más sin referirlo con todos sus pelos y señales. Despertó el hombre en la cama de canónigo que le destinaron, y esparciendo sus miradas por el aposento, que era grandón, bajo de techo y alumbrado de luz de la calle por dos ventanas, vio cosas que al punto tuvo por fantásticas, error de sus sentidos y burla de su imaginación. Se incorporó en el lecho, observando con estupor lo que veía, y no satisfecho aún de su examen, se lanzó de entre las sábanas y tocó los objetos, cerciorándose de que eran efectivos y reales. En un sofá de paja vio y tocó su levita de coronel, nuevecita; en una silla próxima estaba el pantalón, y aquí y allí el capote, morrión, espada, tahalí, botas, espuelas y todo el arreo militar de su categoría, para traje de campaña. Vistas y tocadas cien veces las prendas, las encontró superiores, y sin ponerse nada, todo le pareció a la medida. No se sabe adónde habría llegado su confusión si no viera entrar muy oportunamente a D. Fernando, que con su franco reír se dio a conocer como autor del bromazo.

-Chiquio -dijo Ibero-, me asaltó la idea de que, mientras dormía, unos serafines sastres (que también de ese oficio los habrá) me habían tomado medidas y..

-Detén tu fantasía -respondió el otro-, y ve aprendiendo a ver las cosas como son. Aquí no hay más serafines que nosotros. Esa ropa te la hice en Barcelona por mis medidas, que creo exactamente iguales a las tuyas, y allí compré la espada y demás. Eso te prueba las intenciones que traigo desde allá, y mi propósito de arrancarte del molde nuevo y volver a meterte en el viejo molde.

-Por los ajos de (p.5710) Corella, que has estado acertadísimo, previsor, y que eres mi ángel.. Me has resucitado, ¡maño!, y esta nueva vida a ti te la debo.. Maestro, ¿y ahora?..

-¿Pero aún dudas lo que tienes que hacer? Vístete sin tardanza, y veamos si alguna pieza necesita reforma.

-Me vestiré, sí.. ¡Qué gusto, qué honor! ¡Vuelves a cubrir mis pobres carnes, oh ropa de mi salud, de mi vergüenza y de mi dignidad!.. Bendito sea quien me ha resucitado.. Ello es como lo digo: abro los ojos después de un largo y estúpido sueño; salgo de un hoyo lóbrego, pestilente, y al despertar veo y siento que he vivido muerto.. No sé expresarlo de otro modo. Tú, Fernando, grande amigo, has venido a mi sepultura y me has dicho: «Lázaro, levántate»; y he sido yo un muerto tan mentecato, que a los primeros gritos tuyos no he querido levantarme.. Era la pereza, hijo, la pereza de esta muerte, o de este dormir bobo.. ¿Con que a vestirme? Pero antes quisiera afeitarme, si no te parece mal. Mira, mira cómo medran estos pelos del bigote. Cada vez que me afeito resaltan más, y antes de quince días estarán como antes de que me metieran en el hoyo profundo.. ¡Por el Cirineo de Cascante, que estoy contentísimo!..

Media hora después, viéndole vestido y satisfecho de la elegancia y bizarría de su marcial facha, D. Fernando le anunció que vendría un sastre a corregir las imperfecciones de la hechura. Era Santiago bastante presumido en la vestimenta militar, y no perdonaba la menor falta. Aquel día no fueron pocos los reparos que puso al pantalón y las correcciones que señaló en la espalda, cuello y otras partes de la levita; pero reventaba de gozo infantil, y los defectos de la ropa no le impedirían echarse a la calle. A la pregunta de Calpena sobre el objeto de su salida, respondió así: «Pues, chiquio, de aquí me voy derechito a la Virgen del Pilar, a quien tengo que decir que si ella no quiere ser francesa, a mí no me peta ser cura, y que me perdone el haberla engañado con tantos rezos como le eché, diciéndole que me metía en lo religioso.. Hocicaré un poco en el pilar que he besado tantas veces de niño y (p.5711) de hombre, y ahora he de besarlo con más devoción que nunca, porque yo soy muy buen hijo de la Pilarica, y le debo haber salido sin un rasguño en cien combates; le debo más, Fernando.. porque nadie me quita de la cabeza que es ella la que mandó a su ángel, a ti, a sacarme de aquel pozo en que me metieron mis horrendas melancolías, a despertarme de aquel sueño, de aquel error en que he vivido como los muertos no sé cuántos meses, que hasta la duración de mi estúpido letargo se me ha ido de la memoria. Y ya que voy al Pilar, no saldré de la iglesia ¡maño! sin arrancarme ante la Señora con un sin fin de peticiones; gollerías, hijo, que sólo a ella me permito proponer, pues con Dios no me atrevo.. francamente. La Virgen sí, la Virgen no le niega nada a un buen militar español.. En fin, allá veremos. Si quieres acompañarme, nos iremos luego al café del Coso.

Respondió Fernando que ante todo tenía que ir a casa de la señora marquesa de Lazán, prima de su madre, donde encontraría, según lo concertado con Demetria, las cartas de La Guardia. Desde la casa de Lazán, en la Pabostria, pensaba ir a la Seo, donde tenía que entregar una ofrenda que su madre le encomendó para el Santísimo Cristo que allí se venera; luego al Pilar iría con otra ofrenda. En la basílica acordaron, pues, los dos caballeros reunirse, y de allí, terminadas las devociones, se irían a un café, después a otro, hasta encontrar a sus buenos amigos militares, de guarnición en la plaza.

 

Ep-29-XXXIV -

Cumplido el programa tal como por la mañana lo indicaron, comieron los dos caballeros con varios oficiales en la Fonda Nueva, establecida en la calle de San Gil, y hasta la noche no les fue posible zafarse del lazo cariñoso que la amistad les echaba para retenerles. Al verse solos en su posada, D. Fernando y el Coronel soltaron la sin hueso, que no era poco ni baladí lo que tenían que decirse. El que provocó las explicaciones fue Ibero, diciendo: «Grande es tu idea. Has querido resucitarme y volverme la vida militar, porque adivinaste la falsedad de mi inclinación a (p.5712) la religiosa, y me has traído, como se trae a los locos o enfermos, con sutiles engaños. Pero has de dejar a un lado ya la farsa piadosa, porque resuelto yo a obedecerte ciegamente, lo mejor para conducirme será la verdad».

Respondió el caballero reconociendo los artificios hasta entonces empleados, y ofreciendo que no se repetirían, pues ya no tenían objeto. Resucitado el amigo, ya no restaba más que dar a la conciencia de éste la definitiva paz. La falta gravísima de Santiago Ibero, causante de todo su trastorno, no podía ser borrada más que con el perdón de la ofendida niña de Castro, y para que aquél tuviese la debida solemnidad y eficacia, era forzoso que el pecador, apadrinado por su amigo, fuese a La Guardia..

Sin dejarle concluir, propuso Ibero que todo aquello del perdón solemne se hiciese por escrito, pues era para él muy duro dar la cara después de su mal comportamiento.. No, no mil veces: la idea sólo de verse ante Gracia le turbaba de tal modo, que de fijo no podría, no, afrontar la presencia de la dama ofendida, de aquel ángel de paz y de amor, sin perder el conocimiento. Salió D. Fernando al encuentro de estas razones, diciéndole que considerase los hechos en la nueva situación creada por el tiempo; ya no era Gracia la enamorada doncella, herida por un cruel desaire de su amante; ya casi casi no era mujer, sino criatura celestial, digna de ser puesta en los altares, y ante ella no había que sentir vergüenza, sino anhelos de mística adoración. Ni una palabra le diría la santa niña que pudiera lastimarle, ni de sus labios purísimos saldría la menor referencia o recuerdo del lamentable caso. Podía, pues, el caballero resucitado ir a La Guardia con la mayor tranquilidad, y para que no le quedase ningún recelo, le mostraba la carta de Demetria que había recogido por la mañana en la casa de Lazán.

Ávidamente leyó Ibero la epístola. Escrita por la mayorazga con puntual observancia, de las instrucciones que desde Lérida le había dado D. Fernando, en síntesis decía que se despojara el caballero negro de toda cortedad al (p.5713) presentarse a las niñas de Castro, pues ningún desabrimiento había de recibir en la visita, sino un gusto inefable, como el que ellas tendrían de verle. El olvido de las ofensas era la virtud de las almas grandes. Las dos hermanas extremarían ante el Coronel la cortesía y afabilidad que emplear sabían con todos los buenos amigos de la casa. Dispuesta ya Gracia para tomar el camino de las Huelgas de Burgos, adonde la llamaba su destino, o por hablar mejor, los divinos brazos del único esposo digno de tal doncella, esperaba que Ibero llegase antes de su partida, para decirle adiós y manifestarle su fraternal afecto.. Algo más decía la carta en explanación de estas ideas. No se hartaba Santiago de leerla, y de todo cuanto decía se penetró, teniéndolo por la misma verdad, sin sospechar el gracioso engaño con que la mayorazga le facilitaba la vuelta al amoroso redil. Tal era el carácter candoroso y leal de aquel hombre, que en su mente no penetraba la malicia sino con gran trabajo, y para todas las ideas nobles y puras, aunque fueran mentirosas, estaban abiertas de par en par las puertas de su alma.

Después de mirar al suelo y al techo sucesivamente, echando para arriba y para abajo tremendos suspiros, Ibero se levantó y dijo: «Pues vamos a La Guardia.. Podrá ese ángel de Dios tratarme con la piedad que dice su hermana.. no lo dudo, pues ella lo declara.. ¿Mas quién me asegura que Navarridas y mi tío no dirán al verme: '¿Cómo tiene cara este canalla sin vergüenza para venir acá?' En fin, ¿tú lo mandas? ¿Las niñas lo mandan? Pues ya estamos en camino.. Pero no precipitemos la marcha, querido Fernando, y demos tiempo a que el bigote se me desarrolle en toda su totalidad, porque.. formalmente te lo digo.. de mí obtendrás todo lo que quieras, menos que yo me presente en La Guardia con cara de cura, o de semicura..».

A esto objetó D. Fernando que no podían dilatar el viaje, porque Gracia el suyo a Burgos detenía por esperarles, y no era propio de caballeros ocasionar desavío a mujer de tal calidad por razón tan frívola como (p.5714) el tamaño de unos bigotes. Y aun podría ser que hallándose Gracia transformada en sus gustos, viera con mejores ojos las caras rapadas que las peludas.. No se dio por convencido Ibero, que en todo transigía menos en aquel punto delicado, y acordaron salir al día siguiente, reservándose acelerar o contener su andadura según el grado de lozanía que se fuera observando en el crecimiento del mostacho.

Al partir muy de mañana, en coche, por el Portillo, a tomar la carretera, dijo Ibero a su amigo: «Anoche, querido Fernando, no he podido dormir pensando lo que vas a saber. Se me metió en el magín la idea de que a mi adorada Gracia le ha pasado lo que a mí. ¿No entiendes, hombre? Pues que se ha caído en el pozo, como me caí yo, que la han enterrado, que es una pobre muerta, y que tú debiste emprender, antes de venir por mí, la grande obra de sacarla, o resucitarla, o despertarla, que de todas estas maneras puedo decirlo.. Aún será tiempo, chico. Sácala, por los ajos de Corella.. Se me figura que la Virgen del Pilar no habría de ofenderse.. Todos nos alegraríamos; y que ladren de rabia las mañeras monjas de Burgos.

 

Ep-29-XXXV -

Fluctuando entre risueñas ilusiones y angustiosos recelos, iba D. Santiago por el camino real que, bordeando la derecha margen del Ebro, enlaza la metrópoli de Aragón con la Ribera de Navarra y con la feraz Rioja. En la Venta de Pepe, a dos leguas de Alagón, donde la partida hizo alto para el necesario repuesto de piensos y comidas, la locuacidad del señor Coronel revelaba una grande expansión de su espíritu. Entre las peregrinas cosas que dijo a su compañero de caballería, la siguiente fue del orden más utilitario: «A ti y a mí se nos ha olvidado un detallito muy importante. Muy lejos ya de las austeridades de Papiol, paréceme que eso del voto de pobreza no reza conmigo. Dígolo, mi querido Fernando, porque ya no tengo idea de lo que es un duro, ni un real, ni un maravedí. Creo que debes completar tu obra de regeneración prestándome algún dinero, para que yo no vaya por estos caminos como (p.5715) un pelagatos de mucha facha y poca enjundia. Ten entendido que no pasaré más allá de Logroño sin hacerme toda la ropa de paisano que requiere mi posición social. Los trapitos de Papiol los dimos a un pobre; pero ahora resulto yo más pobre que San Francisco, y de nada me vale tener en Samaniego un lucido acopio de mis rentas. Yo lo destinaba, puedes suponerlo, al fomento de la Instrucción Cristiana; pero.. están verdes. Lo dividiré en dos partes: una para mí, otra para la Virgen del Pilar.. Con que, ten entrañas caritativas, hombre, y compadécete de este humillado caballero.

Soltando la risa, reconoció Calpena su descuido en materia tan importante, y le dijo que no necesitaba pedir dinero, sino tomarlo del bolsón de Sabas, que era el intendente y cajero de la partida. Todos los bienes de ésta eran comunes, comunes los peligros y venturas, y si el parné se les acababa, practicarían el latrocinio, como galanes bandoleros. Viéndose con tan amplias licencias, poco tardó Santiago en hacer abundante provisión de metálico: cambió en la primera parada onzas en duros y éstos en plata menuda y cuartos, y era una mano rota para dar limosnas a cuantos pobres le salían en el camino. Venían en enjambres, en cuadrillas, en invasoras tribus. El Luceni y Gallur, en Pedrola y Mallén, fue grande el remedio de necesidades y el socorro de gandules pedigüeños. A cuantos clérigos veía, daba Ibero ración de plata para los feligreses pobres de sus parroquias, o para monjas que padeciesen hambre y escaseces, y más habría repartido a no andar Sabas tras él echando recortes a su espléndida caridad.. Por cierto que al paso por Tudela, Alfaro y Aldea Nueva, notó Santiago que no parecía por ninguna parte la mesnada de los Tacaños de Cintruénigo, que, según lo dicho por D. Fernando, les acechaba en aquellas encrucijadas para embestir con la bandera de Cristina al valiente escuadrón ayacucho. Las risas de Calpena confirmaron a Santiago en lo que ya sospechaba, esto es, que lo de los Tacaños era uno de tantos artificios ingeniosos para (p.5716) llevarle el genio y conducir más fácilmente su espíritu a la regeneración deseada. Insistió Ibero en que su amigo aclarara por completo sus planes, poniendo el asunto en los términos de la más severa verdad; mas no quiso el jefe de la partida correr todo el velo de golpe, y poquito a poco lo hacía, llegando al total descubrimiento en Logroño, donde se determinó que el descanso no sería muy breve.

Alojados en el mismo posadón donde estuvo D. Fernando en los días de sus visitas a Espartero, aprovechaban el tiempo en abastecerse de todo, entre sastres, zapateros y costureras de ropa blanca. La segunda noche que allí pasaron, no pudiendo ya el ángel negro contener sus ansias de poseer la verdad, pidió a su amigo el favor de la franqueza. «Por nuestras últimas conversaciones en Alfaro y en Calahorra, he comprendido que desde que me cogiste en Molins de Rey has venido usando diferentes caretas que traías para este viaje. En Lérida y Zaragoza arrojaste las que más disfrazaban tu rostro; pero todavía te pones alguna que, aunque de las más claras, quisiera ver desechada también. Ya con tu compañía de tal modo se me va despejando el caletre, que las cosas que me presentaste como verdades se me antojan grandes desatinos. Déjate, pues, de ficciones, y tenme al corriente de todo, sea lo que fuere. He dado en creer que la noticia del arrebato místico de Gracia y de su monjío es un embuste más, y que aquella divina mujer, agraviada por mí en un momento de ofuscación, es tan santa como yo y como mi abuela. A Gracia no le ha tirado nunca la Iglesia. Si he de decirte la verdad, cuando me contabas lo de su extremada perfección yo no acababa de creerlo, y para entre mí, muy para entre mí, decía: «ésta no cuela, Fernandito..». ¿Me equivoco?

-¿Qué has de equivocarte, si estás hablando como la misma razón? -replicó Calpena-. Ni Gracia es santa, ni beata, ni nada de eso, sino una mujercita excelente, delicada, enfermiza, tierna, piadosa de amor, sin más debilidad que quererte como una simple, ni otro deseo que ver entrar por la (p.5717) puerta de su casa al bruto de Santiago Ibero para decirle..

-¿Qué?.. ¡Aclárate pronto, por los benditos ajos de Corella!

-Que todo aquel agravio no es más que una broma, que el perdonar es la mayor gloria del corazón de la mujer, y que si tú eres caballero, ella será tu señora, y os casaréis como unos benditos tontos..

Acometido Santiago de una emoción que empezó manifestándose con los tonos más vivos de su altivez, se cuadró delante de su tirano libertador, y le dijo: «Mira, Fernando, que si me engañas de nuevo, no tienes perdón de Dios.. No puedo, no, resignarme más tiempo a que juegues conmigo, primero con mi voluntad, después con mi corazón.. Pero no; tú no puedes ser un farsante.. Dime toda la verdad: entre Demetria y tú os traéis alguna gran intriga contra mí, digo, contra mí no, sino en provecho mío y de toda la familia.. ¿Acierto?

-Te mostraré todas las cartas de Demetria -dijo D. Fernando sacándolas de la maleta en que su tesoro guardaba-: lee y entérate.. Verás los móviles de toda esta comedia que he tenido que representar para hacerte nuestro y restablecerte en tu primera condición; verás también el tristísimo estado de salud, de mortal desconsuelo, a que ha venido la pobre Gracia por tu culpa, y la obligación que te impuso Dios de devolverle la salud y la vida.. Toma, hijo.. ahí lo tienes todo: ya para ti no hay secretos. Te dejo, para que a tus anchas leas, sientas y medites».

Salió Calpena, dejando en sus manos el papelorio, y se fue a ultimar la compra de diferentes prendas de vestir para los dos caballeros, y principalmente para Santiago. Al regresar a la posada encontró a éste abrumado en un sillón ante la mesa, la cabeza en ambas manos sostenida. Las cartas estaban en dos montoncitos, uno de los cuales parecía intacto. «¿Has leído? -preguntó al Coronel.

-Todo no -replicó éste, encarando hacia el amigo su demudada faz-; pero sí lo bastante para conocer lo que ignoraba.. También te digo que no es muy nuevo para mí lo que dicen las cartas; yo lo sospechaba.. En Papiol, más de cuatro noches soñé todo esto.

-Y (p.5718) leído el protocolo, ¿qué piensas, qué sientes?

-Que Gracia es señora tan alta, tan hermosa por su constancia y su perdón, que ahora me entra a mí el furor de ser digno de tal dama. De tu Demetria no puedo decirte sino que mujer no me parece. Te casas con el Padre Eterno.

-Motivos tienes para estar contento, y te veo triste.

-Triste de puro alegre, y medroso de tanto bien. Ahora doy en pensar que llegaremos tarde.. o que estoy soñando, que la felicidad para que sea cierta.. No pueden trocarse tan fácilmente y por arte mágico los males en bienes.. Dime tú: ¿no podríamos seguir nuestro viaje con el vuelo de las águilas? Salgamos ahora mismo; no perdamos una hora, ni un minuto.. ¿Llegaremos tú y yo a La Guardia? ¿No se abrirá la tierra en el camino y nos tragará? ¿Veremos, tú a Demetria, yo a Gracia, los dos a las dos.. vivas, gozosas de vernos, más gozosas aún de ser nuestras mujeres?»

 

Ep-29-XXXVI -

Antes de salir de Logroño, fue asaltado D. Fernando de ideas tétricas. Recapitulando en su memoria los incidentes de la captura de Ibero y el largo viaje, se decía: «Este séptimo trabajo que mi mujer me impuso ha resultado tan fácil, que debemos dudar de su desenlace lisonjero. No he tenido que afrontar peligros, ni que dar batallas, ni que vencer obstáculos serios de la Naturaleza y de los demás hombres. Si después de tantas felicidades, llegáramos al fin del trabajo viendo realizado todo lo que apetecíamos, se alteraría el orden natural de las cosas humanas. Me apoderé de Santiago con la más tonta y rudimentaria de las maniobras; nadie me persiguió; ningún impedimento me ocasionó molestias; fácilmente también vi al pobre enfermo del alma renacer a la vida y a la razón, declarándome sus errores y disponiéndose a enmendarlos. En fin, que el hombre fue mío, y pude modelarlo entre mis dedos y hacer de él lo que a los planes de Demetria y míos conviene. La protección del Cielo ha sido bien manifiesta desde que emprendí el trabajo hasta la presente hora. En lo que falta, es forzoso que algo adverso (p.5719) sobrevenga, pues no hay ejemplo de que las empresas humanas sean en su totalidad tan a gusto del que las acomete. En esta mi aventura, que no merece tal nombre, todo ha sido caminos llanos, todo claridad, y tienen que venir veredas tortuosas y sombras tristes.. Es inevitable, de todo punto inevitable, pues así está escrito en los libros del Destino, y la religión también nos lo enseña.. Me causa miedo el cúmulo de chiripas que han marcado uno tras otro los días de mi expedición. A remachar tanta ventura vienen las cartas aquí recibidas: informada Gracia de que su hombre ha resurgido y es el mismo de los buenos días de sus amores, de que le llevo conmigo y vamos tan contentos a casarnos, cada uno con la suya, se ha curado de todos sus males, y no tiene ya más enfermedad que la manía de contar las horas que faltan para nuestra llegada.. No, no; tanta dicha es imposible. Vería yo más lógica en el destino de los cuatro si al aproximarnos a Samaniego (adonde Demetria nos manda ir) , supiéramos que Gracia había caído con calenturas, o que había ocurrido un incendio en la casa de La Guardia.. salvándose todos, por supuesto. También sería lógico que mi cautivo, próximo al fin de nuestras ansias, se cayera del caballo y se descalabrara.. Con estos contrapesos de las facilidades y dulzuras del viaje, podría yo esperar un éxito dudoso, agridulce; con tantas venturas y todo tan ordenadito, no puedo creer sino que algún golpe nos espera, y alguna desazón muy gorda nos prepara la Providencia, el Acaso, Dios, en fin; pues si no, habría que suponer alteradas, en provecho nuestro, las leyes de la vida, que ordenan la contraposición y enclavijado de males y bienes. Tiene que ocurrir algo malo: lo que será, no lo sé. Tal vez que al vadear el Ebro nos ahoguemos Santiago y yo.. que a Gracia la muerda un perro rabioso.. o que.. vamos, que Demetria se dé un pinchazo en un ojo con las agujas de hacer media, y se me quede tuerta.. o que a mí me salga un grano en la nariz que me ponga como un adefesio..».

Semejantes eran en pesimismo y (p.5720) sombrío recelo los pensamientos de Santiago, a quien la contemplación de tantas dichas inspiraba la angustiosa sospecha de terribles desastres. En la posada de Fuenmayor dormían los dos, en sendos camastros, distantes uno de otro como dos varas, cuando despertó Ibero con fuertes voces: «Fernando, Fernando, ¿duermes? Despierta, y dime si lo que veo es realidad o sueño.. Me muero de congoja.. Escucha: he soñado lo más horrible, lo más espantoso que puedes figurarte. ¡Se ha muerto Demetria!

-¿Cuándo?.. ¿De qué muerte? -dijo Calpena saltando en el lecho y poniéndose de rodillas.

-Esta noche.. de muerte repentina.. un ataque al corazón.. lo mismo, Fernando, lo mismo de que murió su mamá.. lo he visto, lo he visto.. No es la primera vez que un sueño me ha revelado sucesos reales.. tristísimos, ¡ay!

-Pues yo -dijo el otro con voz cavernosa-, cuando me despertaste con tus gritos, soñaba que se había muerto Gracia.

-¡Las dos muertas! Eso no puede ser; sería demasiado.. ¡Pero quién sabe!.. Quizás la una muriese del dolor de ver expirar a la otra.. Es lógico.

-Serenémonos -dijo Calpena-. Cierto que podrá ser. ¿Sabes lo que se me ocurre?

-Lo que a mí: levantarnos, pasar el Ebro. Al amanecer estaremos en La Guardia.

-Eso no: Demetria y Gracia nos mandan ir a Samaniego.

-¡Pero si se han muerto!..

-En este caso, si Dios ha llamado a sí a nuestras mujeres, vamos al Ebro, no para pasarlo, sino para ahogarnos en él.. Lo que se me ha ocurrido es mandar un propio..

-Sí, que vaya un propio.. Me levantaré; no puedo dormir. Que salga Sabas inmediatamente. Imposible vivir en esta inquietud. Queremos saber si viven y están buenas.

-Irá Urrea. A Sabas le necesitamos al lado nuestro. Si he de decirte la verdad, buen Santiago, aunque estoy persuadido de que no llegaremos al término de nuestro viaje sin que nos ocurra una desgracia, no pienso que ésta sea tan grande como el fallecimiento repentino de nuestras esposas.

-Dios te oiga. Y dime: en tu sueño, ¿de qué muerte moría mi adorada Gracia?

-De la mordedura de un (p.5721) perro rabioso.

-¡Por los ajos de Corella! -exclamó Ibero, sentado ya en el camastro, dándose un puñetazo en la rodilla-. Eso mismo pensaba yo ayer tarde, y a todo perro que veía le arreaba un fuerte latigazo.. Pues tú dirás lo que quieras, pero yo no estoy tranquilo.

-Ea, tengamos juicio: el mal que ha de venir.. porque, eso sí, tiene que venir.. no puede ser tan extraordinario.. Y puesto que el dormir es imposible, y no hay descanso para nosotros, salgamos a pasearnos por el pueblo en la deliciosa oscuridad.. Pero no, ¡demonio!: hace un frío horroroso, y no tendría maldita gracia que cogiéramos una pulmonía.

-Lo que yo haré será aguardar un poco, y al toque de alba me salgo, me meto en la iglesia mayor.. Algo tengo que hacer allí. Miremos al cielo, Fernando, en esta ocasión crítica. Si los sueños que hemos tenido no son verdad, pueden serlo, o tal vez se nos preparen sorpresas menos terroríficas.. Déjame a mí. Seamos buenos cristianos.

Bajó Fernando a poner en planta a su gente, y antes de que apuntara el día dirigiose Santiago a la parroquia, palpando paredes, que no era posible de otro modo recorrer las empinadas, tenebrosas y retorcidas calles de Fuenmayor, hasta dar con la plaza. Sin su conocimiento de la topografía del pueblo, fácil habría sido que a la mitad del camino quedara el Coronel perniquebrado y maltrecho; y fue lo peor que llegando por fin al término de su atrevido viaje, encontrara cerrada la puerta de la iglesia. Requiriendo su capote, arrimose al muro y esperó; a poco llegaron dos beatas pobres, de las que acuden a la primera misa, y se maravillaron de verle, y aun se persignaron creyendo que era el diablo en traje de cristiano militar. Dioles él limosna, que tomaron agradecidas, y en esto sintió voces que desde lo profundo de un callejón frontero le llamaban. Claramente oyó: «Santiago, Santiago, ¿dónde demonios estás?» Gran susto le causaron aquellas voces; mas luego conoció que era Calpena quien las daba, y viéndole aparecer en compañía de Urrea, avanzó a su encuentro.

-¿Qué haces aquí? -le dijo su (p.5722) amigo-. Déjate ahora de rezos; no importunes a las potencias celestiales, que sin duda están descuidadas.. y por ese descuido nos van saliendo tan bien nuestros asuntos.. No lo dudes: la máquina del bien y del mal anda descompuesta. Vente conmigo.

-¿Partimos ya? ¿No podré entrar un rato en la iglesia, oír una misa?

-Tiempo tenemos de oír misas.. Ahora no, hijo; no pidamos nada.. Me da el corazón que ni Dios ni la Virgen del Pilar se han fijado en nosotros.. Podría ser que nuestras peticiones despertaran a esta o la otra potencia celestial que duerme, y que alguien de allá arriba cayera en la cuenta de que, trastornado el mecanismo de los acontecimientos felices y desgraciados, tú y yo nos aprovechamos de ese trastorno para robar la felicidad eterna.. No pidamos.. pueden oírnos.. notar el desconcierto, repararlo a escape.. y, en este caso, figúrate la catástrofe que nos espera.

-¡Ay, ay, querido Fernando! Estás más loco que yo, que es cuanto hay que decir.

-Más loco que tú.. Yo digo que estamos a la puerta del Paraíso, en un momento en que por descuido la han dejado abierta, y que debemos colarnos callandito, muy callandito, sin llamar, sin hacer el menor ruido.. chist..».

 

Ep-29-XXXVII -

Trastornado, en efecto, parecía el buen Hércules. Su voz no era clara ni segura, ni sus ideas las de un hombre en perfecto equilibrio cerebral. «Vente conmigo -dijo a su compañero, cogiéndole por el brazo-, y sabrás lo que pasa. Sigue la broma del Destino, chico, y con tal furor desata los bienes sobre nosotros, que debemos apresurarnos a llegar al fin, antes que venga el estacazo. Démonos prisa.. y nada de rezos por ahora. Tiempo habrá.. Pues oye: acababas de salir para echarte a rodar en busca de la iglesia, cuando llegó a la posada un propio, mandado por nuestras damas..

-¡Jesús!.. ¿Y no se han muerto?

-¡Qué se han de morir, si están las dos buenísimas, como dos manzanas, como dos soles, y hoy de mañanita salen para Samaniego, donde nos esperan!

-Fernando, Fernando, más loco que yo, no me traigas esos cuentos, que me vuelve otra (p.5723) vez el terrible espanto, el miedo al Destino. Imposible que de aquí a nuestro encuentro con las niñas deje de ocurrirnos algún accidente muy malo, pero muy malo».

Llegaron a la posada, donde ya la marcha se disponía, y allí pudo Santiago escuchar de los labios del mensajero las felices nuevas. «¿Estás seguro de que gozan las señoritas de cabal salud? -dijo al mozo con acento de incredulidad-. ¿Alguna de las dos no se quejaba siquiera de dolor de cabeza, o de fatiga en la respiración? Porque con estos fríos andan unos resfriados terribles, que suelen parar en calenturas malignas».

Desmintiendo el pesimismo de Ibero, los motivos de satisfacción se multiplicaban. El propio, juntamente con el recado verbal, había traído una carta de Demetria, que D. Fernando dio a su amigo para que la leyese. Sólo decía que la salud de toda la familia era excelente; que Gracia deliraba de puro contenta, y que las dos saldrían temprano para Samaniego. Concluía recomendando a los expedicionarios que por acelerar su viaje no vadearan el Ebro por Tronconegro, sino que se subieran a Briones y pasaran el puente, yendo en derechura de Ávalos. Este camino era el más seguro en tan rigurosa estación. Las últimas frases eran un tanto escamonas, como un eco de los presentimientos fatídicos de los dos andantes ayacuchos. Decía la dama: «Tanta felicidad me llena de inquietud, y la disposición venturosa de los sucesos, sin ningún percance, sin ninguna sombra, me hace temblar.. ¿Nos permitirá Dios que veamos llegar sanos y salvos a nuestros caballeros? Y a nosotras, ¿no se nos caerá el cielo encima antes de verles?.. No perdáis tiempo, amiguitos.. Tened mucho cuidado. Veníos por Briones. Confío en Dios».

No fue para Ibero muy tranquilizadora la esquela de la mayorazga, y aunque de pronto no dio a conocer sus nuevas inquietudes, cuando iban de camino hacia Cenicero, ya en pleno día, extremó los reparos y cavilaciones: «Hablando ingenuamente, después de la cartita veo menos claro que antes. ¿Por qué no (p.5724) trazó Gracia algunas líneas al pie de la escritura de su hermana? Francamente, el silencio de mi novia no tiene explicación. Doy en pensar que no ha concluido la farsa, que me traes aquí con un objeto que ignoro, que.. vamos, lo diré tal como se me ocurre.. Pienso que Gracia no existe, que Gracia es un mito».

Soltó la risa D. Fernando, y por sosegar al fatalista díjole que aliviado se sentía de aquel delirio de los presentimientos; que en el orden natural del cielo y de la tierra está la repetición y constancia de los bienes, como lo está la suerte contraria en casos mil; que así como es frecuente ver que sobre tal o cual hombre caen las desdichas con aterrador encadenamiento, del mismo modo acaece que llueven felicidades, sin que se vea el término de ellas. Negó con energía D. Santiago el segundo punto, y con ejemplos reforzó sus negaciones. Esperaba con cristiana conformidad los infortunios que Dios le mandara, y se condolía de que su amigo le hubiera tan intempestivamente arrancado de la puerta de la iglesia, impidiéndole rezar un poquito, que buena falta hacía para dulcificar las iras celestiales. A esto replicó el buen Hércules que se reconocía culpable de la necedad de no dejarle entrar en la iglesia, y la explicaba por el temor de irritar a Dios pidiéndole gollerías. Fue como un pánico irresistible.. Pero pronto se le despejó la cabeza, y ya se reía de los disparates que había pensado y dicho aquella mañana. No obstante su equilibrio, seguía lleno de ansiedad, y no respiraría mientras no viese claro y feliz el desenlace en los campos de Samaniego.

-Pues hay otra cosa, Fernando -dijo Ibero-, que a mí me trae con el alma en un hilo. No quería hablar de esto; pero mejor es que lo sepas. Nos manda la señora que no vayamos por el vado de Tronconegro, sino por el puente de Briones. Malo debe de estar el vado, es cierto, porque con las nieves últimas vendrá el señor Ebro con las narices hinchadas. ¿Pero tú no sabes que el puente de Briones amenaza ruina, y que el invierno pasado le echaron tapas y medias suelas en uno de los (p.5725) estribos, con lo que se quebrantó más, y ahora todos los que lo pasan van con el Credo en la boca? Mira tú: tendría gracia que estuviese decretado por Dios el hundimiento del puente en el instante preciso de pasar nosotros.. ¡Por los ajos de Corella, no me digas que es imposible!

-Hombre, imposible, como imposible, no. ¿Pero tan desgraciados habíamos de ser que..?

-Es lógico, querido Fernando, es lógico que tantas dichas no sean eternas. ¿Quién te dice que no se nos prepara un tremendo desquite del aluvión de felicidades que disfrutamos sin merecerlas? Yo no aseguro que se caiga el puente.. Digo tan sólo que el hundimiento sería natural y muy puesto en razón.. Y otra cosa vengo pensando. Veo yo una idea sublime y espantosa en esa casualidad, digo, providencia, de que sea Demetria el instrumento designado por Dios para darnos el tremendo jicarazo, pues ella es quien nos lleva por arriba, que yo, francamente, guiándome de mis impulsos naturales, al paso por Briones preferiría el vado de Tronconegro, con todos sus peligros..

-Cállate, cállate, por Dios -dijo Calpena palideciendo-, que ya me contagias otra vez de tu pesimismo. Venzamos, querido Santiago, estas manías, que no son más que una flaqueza de nuestros cerebros fatigados. No pensemos en desgracias ni horrores, y adelante, confiados en Dios y en nuestras damas, que con sus divinos alientos nos hacen invulnerables.

Ni con estas envalentonadas expresiones, dichas con el doble objeto de animarse a sí propio y de animar al amigo, se tranquilizó Santiago. Por todo el camino hasta Briones fue taciturno y suspirante, viendo la reproducción de su lúgubre fatalismo en objetos diferentes que a su paso encontraba. Un árbol escueto se le representó como diablo burlón que, después de reírse de él cuando pasaba, le seguía buen trecho amenazándole con una vejiga; un gato acurrucado en el alféizar de una ventana con rejas, tenía la mismísima cara del rector de Papiol; un esquinazo de vieja casa en ruinas, con podridos aleros y ahumado escudo, era un monstruo que le amenazaba echando (p.5726) fuego de sus ojos. La bandada de palomas que del terrible esquinazo levantó el vuelo al paso de la partida, describió extrañas curvas, en las cuales vio el Coronel letreros que decían cosas muy malas. En tanto D. Fernando, sin quitar los ojos de un negro celaje que aparecía por el Norte, decía: «Es lo que nos faltaba: una nube, el diluvio, un fuerte golpe de nieve que nos detenga, una crecida repentina que arrastre el puente, o una descarga de rayos y centellas que nos abrase a nosotros o a nuestras benditas mujeres. Estamos divertidos, como hay Dios».

Comieron o hicieron por comer en Briones, que ninguno de los dos tenía gana, y se lanzaron al paso del puente. Los vecinos aseguraban que no había cuidado, como no viniera una fuerte riada. Santiago se anticipó diciendo: «Si hemos de perecer, sea yo el primero que caiga, por haber dudado..». Y pasó, pasaron todos felicísimamente, y tras ellos y delante, mulos y personas pasaban también sin el menor recelo. Y como si la Naturaleza quisiera festejar la dichosa entrada de la caravana en el territorio alavés, fin y objeto de sus ansias amorosas, disipose la nube que había infundido tanto miedo a D. Fernando, y un sol espléndido iluminó los campos y los lejanos montes. El paisaje soltaba una juguetona risa, y los dos caballeros respondieron a ella con expansión dulce de sus oprimidos corazones.

«Santiago, ya no temo nada, ya estamos en casa -dijo Calpena a su amigo-; y por más que te devanes los sesos, no discurrirás una desgracia que en tan corto tiempo puede sucedernos.

-Todavía, todavía -murmuró el ángel negro, poniendo frenos al júbilo que en él se desbordaba-. Mientras más cerca estoy del fin, más trabajo me cuesta desechar la pícara idea de que Gracia es lo que llaman un mito.

-¡Tú sí que eres un mito!.. -dijo Calpena rebosando de gozo-; el mito de la desconfianza. Adelante.

Pronto distinguieron las primeras casas de Ávalos. Paró de pronto el buen Hércules su caballo, y señalando a un punto lejano, gritó: «Santiaguillo, ¿no distingues (p.5727) allí dos manchas o dos cuerpos negros?

-¿Son ellas?

-No, que son ellos: dos reverendos curas.

-Ya, ya los veo.. son mi tío y D. José Navarridas, que vienen a traernos alguna mala noticia.

-Ya se acercan, montados en sendas burras.. ya nos han visto. Navarridas nos saluda; Baranda levanta en alto el paraguas cerrado, que abulta como una manga cruz».

 

Ep-29-XXXVIII -

Dos minutos tardaron en estar al habla, en saludarse con exclamaciones de alegría loca y en darse apretadísimos y palmeteantes abrazos. Según afirmaron los reverendos, a la media hora de andadura encontrarían a las niñas, que, paseando despacito, venían por la vega de Samaniego, y ya la impaciencia de los dos caballeros no pudo conceder a la cortesía más que breves segundos. «Dejen las borricas y métanse en el coche -dijo Calpena a los curas-, que nosotros nos adelantamos al trote..».

Así lo hicieron. «Y ahora, ¿dudas? -fue lo único que D. Fernando dijo a su compañero.

-Hombre, espérate un poco. ¿Ves algo?

-Es pronto todavía. Como tenemos el sol enfrente, su resplandor nos encandila. ¿Ves tú algo?

-¿Qué he de ver, ajos de Corella, si me estoy quedando ciego?

-¿Has mirado fijo al sol?

-Sí.. hombre.. me pareció ver en el sol una cara que me decía que no desconfiara más..».

Paró Calpena, paró Santiago. El primero prorrumpió en gozosas exclamaciones.. «Mira, mira, bruto, ángel negro maldito. ¿No ves allá dos puntos rojos? Son las sombrillas. Pica bastante el sol.. ¿No ves como dos gotas encarnadas en medio del gris de las tierras y de los viñedos sin hoja?

-Espérate un poco.. No veo, no veo. Con esta tontería de mirar al sol, no veo más que soles por todas partes: soles violados, soles verdes, soles amarillos.. Corramos. ¡Hala.. al galope!

-Allí están.. ¿las ves ahora?.. Nos han visto: nos saludan con sus pañuelos..

-Ahora sí, ahora sí las veo; pero las veo violadas, verdes; estoy encandilado de mirar al mañero sol.. Sí: veo las sombrillas, los pañuelos.. Fernando, grande amigo, no sé qué me pasa.. Me caigo del caballo.. (p.5728) Lleguemos hasta aquellos árboles, y allí nos apearemos.

Dicho y hecho: las niñas avanzaban, agitando pañuelos y sombrillas.

«¿Dudas todavía?

-No dudo, no; pero siento un miedo horrible, una vergüenza que.. Fernando, deja que me arrime a este arbolito..

-Bestia, no temas.. Míralas qué guapas, míralas qué esbeltas, míralas qué gozosas, míralas llorando de emoción de ver a sus caballeros, la tuya por ti, la mía por mí.. ¡Ánimo, Santiago, y a ellas!

-¡Oh!, déjame; ya voy.. Siento ganas de arrodillarme.

-Nunca. ¿Lo ves, ves cómo todo es buena suerte, cómo estamos aquí, y aquí están ellas? Observa que de los cuerpos y de las cabezas de las niñas de Castro sale un resplandor celestial.

-Sí, sí: lo veo. Son mitos, digo, ángeles, ángeles efectivos, que mañana serán nuestras mujeres..

-Observa mejor: la gran luz, el fuerte resplandor que nos ciega, sale de Demetria.

-Sí, sí; es el Padre Eterno. ¡Oh, qué alegría! Ya no temo nada. Soy más valiente que Dios, y al que lo ponga en duda le enseñaré quién es Santiago Ibero. ¡Fernando, a ellas, a nuestras divinas hembras, a nuestras esposas! Ya están aquí. Ellas lloran; nosotros, no. Abracémoslas, cada uno a la suya.. y fuerte, fuerte. Yo beso a la mía.

-Y yo a la mía.

En todo lo restante no hubo más que plácemes, alegrías y gratitudes al Señor por tantos y tan bien ganados bienes, y llegó el día del doble casamiento, que fue principio de una era matrimonial gloriosa y fecunda. De esto se hablará en otra parte de estas historias, alternando con sucesos graves, como la caída del gran Ayacucho, y el cuento de unas bodas más afamadas y no tan venturosas.

 

FIN DE LOS AYACUCHOS

 

 

&

(EPISODIO 30)

BODAS REALES

 

Ep-30-I -

Si la Historia, menos desmemoriada que el Tiempo, no se cuidase de retener y fijar toda humana ocurrencia, ya sea de las públicas y resonantes, ya de las domésticas y silenciosas, hoy no sabría nadie que los Carrascos, en su tercer cambio de domicilio, fueron a parar a un holgado principal de la Cava Baja de San (p.5729) Francisco, donde disfrutaban del discorde bullicio de las galeras y carromatos, y del grande acopio de vituallas, huevos, caza, reses menores, garbanzos, chorizos, etc., que aquellos descargaban en los paradores. Escogió D. Bruno este barrio mirando a la baratura de las viviendas; fijose en él por exigencia de su peculio (que con las dispendiosas vanidades de la vida en Madrid iba enflaqueciendo) , y por dar gusto a su esposa, la señora Doña Leandra, cuyo espíritu con invencible querencia tiraba hacia el Sur de Madrid, que entonces era, y hoy quizás lo es todavía, lo más septentrional de La Mancha. En mal hora trasplantada del cortijo a la corte, aliviaba la infeliz mujer su inmenso fastidio poniéndose en contacto con arrieros y trajinantes, con zagalones y mozos de mulas, respirando entre ellos el aire de campo que pegado al paño burdo de sus ropas traían.

Pronto se asimiló Doña Leandra el vivir de aquellos barrios: la que en el centro de Madrid no supo nunca dar un paso sin perderse, ni pudo aprender la entrada y salida de calles, plazuelas y costanillas, en la Cava y sus adyacentes dominó sin brújula la topografía, y navegaba con fácil rumbo en el confuso espacio comprendido entre Cuchilleros y la Fuentecilla, entre la Nunciatura y San Millán. Era su más grato esparcimiento salir muy temprano a la compra, con la muchacha o sin ella, y de paso hacer la visita de mesones, viendo y examinando la carga y personas que venían de los pueblos. En estas idas y venidas de mosca prisionera que busca la luz y el aire, Doña Leandra corría con preferencia cariñosa tras de los ordinarios manchegos, que traían a Madrid, con el vino y la cebada, el calor y las alegrías de la tierra. Casi con lágrimas en los ojos entraba la señora en el mesón de la Acemilería, calle de Toledo, donde paraban los mozos de Consuegra, Daimiel, Herencia, Horcajo y Calatrava, o en el del Dragón (Cava Baja) , donde rendían viaje los de Almagro, Valdepeñas, Argamasilla y Corral de Almaguer. Amistades y conocimientos encontró en aquellos y otros paradores, y su (p.5730) mayor dicha era entablar coloquios con los trajinantes, refrescando su alma en aquel espiritual comercio con la España real, con la raza despojada de todo artificio y de las vanas retóricas cortesanas. «¿A qué precio dejasteis las cebás?.. ¿No trujisteis hogaño más queso que en los meses pasados?.. Soñé que llovían aguas del cielo a cantarazos por todo el campo de Calatrava. ¿Es verdad o soñación mía?.. Mal debe de andar de corderos la tierra, pues casi todo lo que hoy he visto es de Extremadura. Vendiéronse los míos para Córdoba, y sólo quedaron tres machos de la última cría, y dos hembras que pedí para casa.. Decidme vos: ¿ha parido ya la María Grijalva, de Peralvillo, que casó con el hijo de Santiago el Zurdo, mi compadre?..

¿Supisteis vos si al fin se tomó los dichos Tomasa, la de Caracuel, con el hijo de D. Roque Sendalamula, el escribano de Almodóvar? Hubieron puñaladas en la Venta de la tía Inés por mor de Francisquillo Mestanza, el de Puerto Lápice, y a poco no lo cuenta el novio, que es mi ahijado, y sobrino segundo de la tía de Bruno por parte de madre.. ¡Ay qué arrope traéis acá, y con qué poco se contenta este Madrid tan cortesano! El que yo hacía para mis criados era mejor.. Idvos, idvos pronto, que yo haría lo mesmo para no volver, si pudiera; este pueblo no es más que miseria con mucha palabrería salpimentada: engaño para todo, engaño en lo que se come, en lo que se habla, y hasta en los vestidos y afeites, pues hombres y mujeres se pegotean cosas postizas y enmiendan las naturales. ¿Qué hay en Madrid?, mucha pierna larga, mucha sábana corta, presumir y charlar, farsa, ministros, papeles públicos, que uno dice fu y otro fa; aguadores de punto, soldados y milicianos, que no saben arar; sombreros de copa, algunos tan altos que en ellos debieran hacer las cigüeñas sus nidos; carteros que se pasan el día llevando cartas.. ¿pero qué tendrá que decir la gente en tanta carta y tanto papel?.. carros de basuras, ciegos y esportilleros, para que una trompique a cada paso; muertos que pasan a todas horas, para que una se (p.5731) aflija, y árboles, Señor, árboles sin fruto, plantados hasta en las plazuelas, hasta en las calles, para que una no pueda gozar la bendita luz del sol..».

Estos desahogos de un alma prisionera, asomándose a la reja para platicar con los transeúntes libres, que libres y dichosos eran a su parecer todos los seres que venían de la Mancha, calmaban la tristeza de la pobre señora. Por gusto de respirar vida campesina, extendía su visiteo a paradores donde más que manchegos encontraba extremeños, castellanos de Ávila o de Toro, andaluces y hasta maragatos. El mesón de los Huevos, en la Concepción Jerónima; los del Soldado y la Herradura, los de la Torrecilla y de Ursola, en la calle de Toledo; el de la Maragatería, en la calle de Segovia, y el de Cádiz, Plaza de la Cebada, junto a la Concepción Francisca, veían a menudo la escuálida y rugosa cara de Doña Leandra, que a preguntar iba por jamones que no compraba, o por garbanzos que no le parecían buenos. Los suyos -decía- eran más redondos y tenían el pico más corvo, señal de mayor substancia.

Al regresar a su casa, hecha la compra, en la que regateaba con prolija insistencia, despreciando el género y declarándolo inferior al de la Mancha, entraba en las cacharrerías, compraba teas, estropajos y cominos, especia de que tenía en su casa provisión cumplida para muchos meses, así como de orégano, laurel y otras hierbas. Gustosa del paseo, se internaba con su criada por las calles que menos conocía, como las del Grafal, San Bruno y Cava Alta, recreándose en los míseros comercios y tenduchos a estilo de pueblo que por allí veía, harto diferentes de lo que ostentan las calles centrales. Las pajerías le encantaban por su olor a granero, y las cererías y despachos de miel por el aroma de iglesia y de colmena reunidos; en la Cava Baja, como en la calle de Toledo, parábase a contemplar los atalajes de carretería y los ornamentados frontiles, colleras, cabezadas, albardas y cinchas para caballos y burros; las redomas de sanguijuelas en alguna herbolería fijaban su atención; los escaparates de (p.5732) guitarrero y los de navajas y cuchillos eran su mayor deleite. Rara vez sonaba en aquellos barrios el importuno voceo de papeles públicos por ciegos roncos o chillonas mujeres; las patadas y el relinchar de caballerías alegraban los espacios; todo era distinto del Madrid céntrico, donde el clásico rostro de España se desconoce a sí mismo por obra de los afeites que se pone, y de las muecas que hace para imitar la fisonomía de poblaciones extranjeras. Veíanse por allí contados sombreros de copa, que, según Doña Leandra, no debían usarse más que en los funerales; escasas levitas y poca ropa negra, como no fuese la de los señores curas; abundaban en cambio los sombreros bajos y redondos, los calañeses, las monteras de variada forma y los colorines en fajas, medias y refajos; y en vez del castellano relamido y desazonado que en el centro hablaban los señores, oíanse los tonos vigorosos de la lengua madre, caliente, vibrante y fiera, con las inflexiones más robustas, el silbar de las eses, el rodar de las erres, la dureza de las jotas, todo con cebolla y ajo abundantes, bien cargado de guindilla. Por lo que allí veía y oía Doña Leandra, érale Madrid menos antipático en las parroquias del Sur que en las del centro, y tan confortado sintió su espíritu algunas mañanas y tan aliviado de la nostalgia, que al pasar por algunas calles de las menos ruidosas, le parecieron tan bonitas como las de Ciudad Real, aunque no llegaban, eso no, a la suntuosidad, hermosura y despejo de las de Daimiel.

El contento relativo de Doña Leandra en su matutina excursión amargábase al llegar a casa cargadita de orégano y hojas de laurel, porque si era muy del gusto de ella la mudanza a la Cava Baja, sus hijas Eufrasia y Lea renegaban de la instalación en barrio tan feo y distante de la Puerta del Sol; a cada momento se oían refunfuños y malas palabras, y no pasaba día sin que estallara en la familia un vivo altercado, sosteniendo de una parte los padres el acierto de la mudanza, y las hijas maldiciendo la hora en que unos y otros juzgaron posible la vida en aquel destierro. Los (p.5733) chiquillos, que ya iban aprendiendo a soltar su voz con desembarazo ante las personas mayores, seguían la bandera cismática de sus hermanas, y las apoyaban en sus furibundas protestas. Vivir en tal sitio era no sólo incómodo, sino desairado, no teniendo coche.

Amigas maleantes las compadecían repitiendo con sorna que se habían ido a provincias; veíanse condenadas a perder poco a poco sus amistades y relaciones, que no podían sustituir con otras en un barrio de gente ordinaria; lo que ganaban con la baratura del alquiler, perdíanlo con el mayor gasto de zapatos; los chicos, con el pretexto de la distancia, volvían de clase a horas insólitas; hasta en el orden religioso se perjudicaba la familia, porque las iglesias de San Millán, San Andrés y San Pedro hervían de pulgas, cuyas picadas feroces no permitían oír la misa con devoción.

Debe advertirse, para que cada cual cargue con su responsabilidad, que las dos hermanas no sostenían su rebeldía con igual vehemencia. A los tonos revolucionarios no llegaba nunca Lea, que combatía la nueva situación dentro del respeto debido a los padres y doblegándose a su indiscutible autoridad; pero Eufrasia se iba del seguro, extremando los clamores de su desdicha por el alejamiento de las amistades, presentándose como la única inteligencia de la familia, y rebatiendo con palabra enfática y un tanto desdeñosa las opiniones de los viejos. Respondía esta diversidad de conducta a la diferencia que se iba marcando en los caracteres de las dos señoritas, pues en la menor, Eufrasia, había desarrollado la vida de Madrid aficiones y aptitudes sociales, con la consiguiente querencia del lujo y el ansia de ser notoria por su elegancia, mientras que Lea, la mayor, no insensible a los estímulos propios de la juventud, contenía su presunción dentro de límites modestos, y no hacía depender su felicidad de un baile, de un vestidillo o de una función de teatro. Hablar a Eufrasia de volver a la Mancha era ponerla en el disparadero; Lea gustaba de la vida de Madrid, y difícilmente a la de pueblo se acomodaría; mas no (p.5734) le faltaba virtud para resignarse a la repatriación si sus padres la dispusieran o si desdichadas circunstancias la hicieran precisa.

En los tres años que llevaban de Villa y Corte, transformáronse las chicas rápidamente, así en modales como en todo el plasticismo personal, cuerpo y rostro, así en el hablar como en el vestir: lo que la Naturaleza no había negado, púsolo de relieve y lo sacó a luz el arte, ofreciendo a la admiración de las gentes bellezas perdidas u olvidadas en el profundo abismo del abandono, rusticidad y porquería de la existencia aldeana. De novios no hablemos: les salían como enjambre de mosquitos, y las picaban con importuno aguijón y discorde trompetilla, los más movidos de fines honestos o de pasatiempo elegante, algunos arrancándose con lirismos que no excluían el buen fin, o con románticos aspavientos, en que no faltaban rayos de luna, sauces, adelfas y figurados chorros de lágrimas. Pero las mancheguitas eran muy clásicas, y un si es no es positivistas, por atavismo Sanchesco, y en vez de embobarse con las demostraciones apasionadas de los pretendientes, les examinaban a ver si traían ínsula, o dígase planes de matrimonio.

En el alza y baja de sus amistades, las hijas de D. Bruno mantuvieron siempre vivo su cariño a Rafaela Milagro, guardando a ésta la fidelidad de discípulas en arte social. Obligadas se vieron al desvío de tal relación en días de prueba y deshonor para la Perita en dulce; pero el casamiento de esta con Don Frenético levantó el entredicho, y las manchegas pudieron renovar, estrechándolo más, el lazo de su antiguo afecto.

Rafaela se hizo mujer de bien, o aparentó con supremo arte que nunca había dejado de serlo; allá volvieron gozosas Eufrasia y Lea, y ya no hubo para ellas mejor consejero ni asesor más autorizado que la hija de Milagro, en todo lo tocante a sociedad, vestidos, teatros y novios. Y véase aquí cómo la fatalidad, tomando la extraña forma de un desacertado cambio de domicilio, se ponía de puntas con las de Carrasco: cada vez que visitaban a su entrañable amiga, (p.5735) tenían que despernarse y despernar a D. Bruno, pues Rafaela había hecho la gracia de remontar el vuelo desde la calle del Desengaño a los últimos confines de Madrid en su zona septentrional, calle del Batán, después Divino Pastor, lindando con los Pozos de Nieve y el Jardín de Bringas, y dándose la mano con el Polo Norte, por otro nombre la Era del Mico.

 

Ep-30-II -

Aunque todo lo dicho puede referirse a cualquier mes de aquel año 43, tan turbulento como los demás del siglo en nuestro venturoso país, hágase constar que corría el mes de las flores, famoso en tales tiempos porque en él nació y murió, con solos diez días de existencia, el Ministerio López, fugaz rosa de la política. Y también es preciso consignar que D. Bruno Carrasco y Armas se daba a todos los demonios por el sesgo infeliz que iban tomando sus negocios en Madrid, cementerio vastísimo, insaciable, de toda ilusión cortesana. No sólo se le había torcido el asunto de Pósitos, después de haber gozado esperanzas de pronta solución, sino que no hallaba medio de salir diputado ni por la provincia manchega ni por otra alguna de la Península, a pesar de los enjuagues con que Milagro había manchado su reputación de probo funcionario liberal. Ni la benevolencia de Cortina, ni los cariños y palmaditas de hombro del Ministro de la Gobernación, Sr. Torres Salanot, le valían más que para aumentarle el mal sabor de boca. Por añadidura, su plaza en una Comisión de Hacienda era honorífica, y D. Bruno no cataba sueldo ni emolumento, siéndole ya muy difícil sostener la falsa opinión de hombre adinerado; y para colmo de infortunios, cuando ya estaba extendido su nombramiento de jefe político de Badajoz y sólo faltaba la firma del Regente, he aquí que viene al suelo y se hace mil pedazos el Ministerio Rodil, en medio de un desorden y confusión formidables. Le sustituyó López, despertando en unos y otros progresistas esperanzas de mejores tiempos, y ya tenemos a D. Bruno consolándose de sus desdichas y viéndose salvado de la crisis que le amenazaba. Quería (p.5736) personalmente a López y le admiraba por su elocuencia. Verdad que no sacaba gran substancia de ella, achaque común a todos los admiradores del que entonces pasaba por eminente tribuno. Si ininteligibles son los oradores que padecen plétora de ideísmo, en el mismo caso están los anémicos de pensamiento, que al propio tiempo disfrutan de una fácil y florida palabra. De los más intensamente fascinados por la vana oratoria de López era D. Bruno, el cual en terrible perplejidad se veía cuando en el café le preguntaban sus amigos: «¿Pero qué ha dicho, en suma?».

En su casa, donde nadie le contradecía, manifestaba el manchego libremente su nueva cosecha de ilusiones, y la risueña esperanza de que entrábamos en una era de ventura. «Ya ven -decía-, si estamos de enhorabuena los españoles. Ha dicho D. Joaquín que se constituirá una administración paternal. Es precisamente lo que venimos pidiendo.. Que se moralizará la administración en todos los ramos, y que se presentarán a las Cortes todos aquellos proyectos que promuevan la felicidad pública.. Esto, esto es lo que España necesita.. ¡Por fin tenemos un hombre! Y para que estemos completamente de acuerdo, también asegura que el nuevo Gabinete trabajará por la reconciliación de todos los ciudadanos que con su saber y virtudes pueden contribuir a la felicidad y lustre de la patria. ¡La reconciliación! Ese es mi tema. Y López lo hará, ayudado por los demás Ministros, Fermín Caballero, el General Serrano, Ayllón, Frías y Aguilar, ¡vaya si lo hará!.. ¡Todos unidos, todos mirando por la moralidad, respetando la libertad de imprenta y cuantas libertades nos den..! Ved lo que dice el Eco del Comercio: que López es uno de los primeros hombres de Europa, y yo añado que las naciones extranjeras nos le envidian. Una palabra que no entiendo trae el periódico: dice que López es el Palladium de las libertades públicas. ¿Qué querrá significar con esto el articulista? Eufrasia, tú que eres la más leída de casa, ¿sabes lo que es Palladium?». Replicó la niña con plausible (p.5737) sinceridad que había oído más de una vez la palabreja; pero que no recordaba su sentido, porque tal número de voces nuevas se usaban en Madrid, traídas de Francia, que era difícil guardarlas todas en la memoria.. únicamente asegurar podía que Palladium era cosa del Procomún. No se cuidó más

D. Bruno de poner en claro el exótico término, y se fue en busca de noticias. Todavía no había podido el Gobierno desenvolverse de las primeras obligaciones ministeriales, y ya le habían prometido a D. Bruno los íntimos de Caballero una jefatura política más cómoda que la frustrada de Badajoz, provincia revuelta en aquellos días, a causa de los desafueros cometidos para sacar diputados, por los cabellos, nada menos que a tres lumbreras del progresismo: D. Antonio González, Don Ramón María Calatrava y D. Francisco Luján. Mejor ínsula sería para D. Bruno la provincia de Alicante, tan celebrada por su turrón como por su ardiente liberalismo.

En estas ilusiones transcurrieron diez días, no siendo preciso más para que se marchitaran las rosas primaverales del Ministerio López. Este continuaba llamando a la reconciliación, abriendo sus brazos a todos los españoles virtuosos, y los españoles virtuosos no acudían al llamamiento; quería Su Excelencia fascinarles con períodos que lisonjeaban el oído y despertaban ideas placenteras, efecto semejante al de los brillantes colores y al de los orientales perfumes. El diablo, que no duerme, levantó grave discordia entre la voluntad del Regente y la de los Ministros. Querían estos cambiar el comedero de Linaje (secretario de confianza y amigo fiel de Espartero) , quitándole de la Inspección de Infantería para llevarle a una Capitanía General. Negose a firmar el decreto Su Alteza, y ya tenemos al Ministerio López boca abajo, casi sin estrenarse, guardando para mejor ocasión los proyectados abrazos, las flores y toda la perfumería política.

Creyó D. Bruno que se le caía el cielo encima con todas sus estrellas, y sintió vivísimas ganas de saber lo que era el palladium, para dar golpe en el café, usando esta (p.5738) palabra en una protesta viril y al propio tiempo erudita. Pero como estaba de Dios que en el desmoche continuo de patrióticas esperanzas nunca se ajase el ramillete de las de Carrasco, a la muerta ilusión sucedió bien pronto la de ser atendido y considerado por el nuevo Gabinete, que presidía D. Álvaro Gómez Becerra, y en el cual figuró asimismo un amigo de los mejores que el manchego tenía: D. Juan Álvarez Mendizábal. Faltaba que la política entrase en vías pacíficas y normales, y así habría pasado si Dios atendiese el ruego del honrado D. Bruno; mas los designios del Altísimo eran otros, y queriendo trastornar a esta insensata nación más de lo que estaba, permitió la sesión del 20 de Mayo en el Congreso, una de las más embarulladas y batallonas que en españolas asambleas se han visto. El paso de un Gobierno a otro fue grande escándalo; dijéronse allí entrantes y salientes lindezas mil; rompió el Presidente la campanilla; las tribunas vociferaban; hasta se habló de asesinos pagados que acechaban en las puertas para quitar de en medio a los ex-Ministros impopulares, y por fin Olózaga, con ardiente y cruel palabra, marcó el divorcio entre el Regente y las más notables figuras de su partido. Ya nadie se entendía; la coalición de la prensa conseguía su objeto de prender fuego al país, y los moderados, atizadores de la hoguera, bailaban gozosos en torno a las rojas llamaradas.

Entró aquella noche en su casa de la Cava Baja el buen D. Bruno en tal grado de consternación, que Doña Leandra, creyendo llegada la coyuntura de retirarse a la patria de Don Quijote, como término de aventuras fracasadas, no pudo disimular su contento; las chicas, temerosas de que, desvanecida la última ilusión paterna, se impusiese la vuelta al país nativo, perdieron el color, el apetito y hasta la respiración. Y viendo tan ceñudo al jefe de la familia y que ni con tenazas podían sacarle una palabra del cuerpo, echáronse a llorar, hasta que tantas demostraciones de pena obligaron a Carrasco a explicar la causa de su duelo.

«Esta tarde -les dijo, (p.5739) rechazando con austera desgana el plato de judías con que empezaba la cena-, la sesión del Congreso ha sido de gran tumulto, y con tanto coraje se tiraron de los pelos, como quien dice, una y otra familia de la Libertad, que ya no veo enmienda para la situación, y Dios tiene que hacer un milagro para que no se lo lleve todo la trampa. ¿Sabéis lo que ha dicho Olózaga esta tarde en un discurso que hizo retemblar el edificio, y que ha llenado de ansiedad y de temor a los diputados y al gentío de las tribunas? Pues ha dicho: ¡Dios salve a la Reina, Dios salve al País! Y a cada párrafo, después de soltar cosas muy buenas, con una elocuencia que tiraba para atrás, concluía con lo mismo, que a todos nos suena en la oreja y nos sonará por mucho tiempo, como la campana de un funeral: ¡Dios salve a la Reina, Dios salve al País!

Quiere decir que ya todos, Nación y Reina, partidos y pueblo, somos cosa perdida, y que estamos dejados de la mano de Dios. No sé las veces que repitió ese responso tan fúnebre; lo que sé es que cuantos le oíamos estábamos con el alma en un hilo, deseando que acabase para poder tomar resuello. Salimos de la sesión pensando que este Gobierno no durará más que duró el otro, que a nuestro pobre Duque le ponen en el disparadero con tanta intriga y tantas salves y padrenuestros. Locos de alegría andan los retrógrados porque todo se les viene a la mano, y ya no hay un liberal que esté en sus cabales. Veo a mi D. Baldomero liándose la manta, y una de dos: o el hombre sale por manchegas, haciendo una hombrada y metiendo a tiros y trajanos en un puño, como sabe hacerlo cuando se le hinchan las narices, o tendrá que tomar el camino de Logroño y dejar a otro los bártulos de regentar. Ya está claro que aquí no habrá más reconciliación que la del valle de Josafat. Los hombres de juicio no tenemos pito que tocar en tales trapisondas, y bueno es que os vayáis preparando para irnos a escardar cebollinos en Torralba, de donde nunca debimos salir, ¡ajo!, porque no se ha hecho este trajín de ambiciones para los hombres (p.5740) de campo, y al que no está hecho a bragas, las costuras le hacen llagas. Habréis oído en nuestra tierra que por su mal le nacieron alas a la hormiga. Por mi mal tuve ambición, y ya veis.. ya veis lo que hemos sacado desde que vivimos aquí: bambolla, mayor gasto, esperanzas fallidas, los pies fríos y la cabeza caliente. No más, no más Corte, no más política, porque así regeneraré yo a España como mi abuela, y mi entendimiento, pobre de sabidurías, es rico en todo lo tocante a paja y cebada, al gobierno de mulas y a la crianza de guarros, que valen y pesan más que el mejor discurso».

Poco más dijo, sin abandonar el tono lúgubre y las negras apreciaciones pesimistas.

No cenó más que un huevo y medio vaso de vino, y se fue en busca del sueño, que calmaría sus anhelos de ciudadano y sus inquietudes de padre y esposo. Triste noche fue aquella para la familia Carrasquil, por la turbación hondísima de todos los ánimos, excepto el de Doña Leandra, que ya veía lucir la estrella que a los manchegos horizontes la guiaba. En vela pasó toda la noche pidiendo al Señor que afianzara con buenos remaches, en la voluntad de Bruno, la determinación de volver al territorio, mientras Lea y Eufrasia, en su febril desvelo, muertas de ansiedad y sobresalto, pedían a la Virgen de Calatrava, su patrona, y a la de la Paloma de acá, y a todas las españolas Vírgenes, que arreglasen con Dios por buena manera todos los piques entre cangrejos y liberales, y entre estos y el Regente, y que procurase la reconciliación de los hombres de Septiembre con los hombres de Octubre, y de los de Mayo y Agosto con los de los demás meses del año, para que D. Bruno viera sus negocios felizmente encaminados y no persistiese en el absurdo de sepultar otra vez a la familia en las tristezas de Torralba. Imaginaban una y otra que, llegado el instante fiero, oían pronunciar a Don Bruno el terrible «vámonos». Lea se resignaba con harto dolor de su corazón; Eufrasia, no: su amor filial, con ser grande, no alcanzaba ciertamente a tan tremendo sacrificio. Anticipando ambas en su pensamiento el trance (p.5741) fatal, la primera lloraba despidiéndose de Madrid, la segunda sufría el desconsuelo de dar un eterno adiós a sus padres y hermanos: su problema, su grave conflicto era discernir y escoger resueltamente el resorte más eficaz para no seguir a la familia.

 

Ep-30-III - Algún alivio tuvo en los siguientes días el pesimismo angustioso del manchego, y alguna dedada de miel atenuó su amargura. Mendizábal le había saludado con mucho afecto, y un amigo de entrambos le llevó las albricias de que no sería olvidado el expediente de Pósitos. De jefatura política no le dijeron una palabra; pero en el café corrió la especie de que se harían numerosas vacantes para que las ocupasen hombres nuevos, elementos sanos, de probada honradez y consecuencia. Un redactor de El Heraldo, periódico de batalla dirigido a la sazón por Sartorius, no cesaba de halagar a Carrasco, obstinándose en presentarle a Bravo Murillo, a Pacheco y a Pastor Díez, lo más granadito de la juventud moderada; pero el manchego repugnaba estas aproximaciones, temeroso de que tras ellas viniese algún compromiso que suavemente le apartara del dogma. A las virtudes y méritos más eminentes anteponía en su alma la consecuencia, mirándola como una preciosa virginidad que a todo trance y con las gazmoñerías más extremadas debía ser defendida, no permitiendo que el contacto más ligero la menoscabase, ni que frívolas sospechas empañaran el concepto y la opinión de su integridad. Prefería D. Bruno su ruina, la persecución y el martirio a que se le tuviera por tránsfuga de su iglesia política o por dañado de la herejía retrógrada.

Entrado junio, ya vio más claro el buen señor que su ídolo, Espartero, ponía los pies en la pendiente resbaladiza de la sima, en las propias tragaderas del abismo. A bandadas venían del extranjero los paladines de Cristina, con ínfulas y motes de caballeros de una nueva cruzada, pues habían creado una Orden militar española que a todos les solidarizaba en su empeño de restauración, y era un reclamo irresistible para (p.5742) los militares que del lado acá del Pirineo aguardaban los acontecimientos para decidirse por la bandera que al principiar el juego llevara mayor ventaja. Los emigrados, a quienes el poeta político D. Joaquín M. López, echando por la boca flores de trapo, y enarbolando en la mano derecha su proyecto de amnistía, quería traer a la reconciliación nacional, atacaban a España por los cuatro costados. Tan fieros venían, que causaba pavura el estridor de armas y dientes que hacían entrando aquí por mar o por tierra, ávidos de volver a los comederos y de no dejar rastro de la llamada usurpación. Narváez, como el más crúo de los invasores, embestiría por Andalucía, desembarcando en Gibraltar, que siempre fue playa de todo contrabando; los dos Conchas, que en Florencia lloraban las desdichas de la Patria, caerían sobre las costas valencianas; O'Donnell saltaría por encima del Pirineo para caer sobre Navarra o sobre Cataluña; Orive, Piquero, Pezuela, Jáuregui y otros del orden militar y del civil que suspiraban por que volviese a gobernarnos la hermosa Majestad de María Cristina, y que creían en ella como en una Minerva cristiana y católica, se agregaban a los caudillos para prestar su cooperación en la obra de reconquista.

No pasaron muchos días sin que a la emergencia de tantos paladines salvadores respondieran dentro de la plaza los pronunciamientos de esta y la otra provincia, tronando contra el Regente y pidiendo con desaforado clamor que nos trajesen pronto a la Gobernadora de marras, pues sin ella no podíamos vivir. Más de un general y más de dos, hechura de Espartero, después de hacerse los remilgados y de ponerse la mano en el corazón, toleraron los pronunciamientos o no quisieron oponerse a ellos. Sólo quedaban cuatro que, como el pobre D. Bruno, estimando su virginidad sobre todas las virtudes, no abrieron sus orejas a ninguna voz de seducción: eran Zurbano, Ena, Carondelet y Seoane.

En tanto, ansiosos de poner mano en la salvación de España, corrían a Cataluña Ametller y Bassols, y allí se (p.5743) encontraban con D. Juan Prim, de sangre muy caliente y entendimiento harto vivo, el cual, con su amigo Milans, sublevó a Reus, tratando de extender el incendio a todo el Principado. Don Javier Quinto, Don Jaime Ortega, que años adelante, en plena guerra de África, discurrió salvar a España con la traída de Montemolín, marcharon a Zaragoza, sin acordarse de que esta ciudad es y será siempre la primera de España en no admitir ciertas bromas y en su aversión a dejarse regenerar por el primero que llega. Los tales y otros caballeros que les seguían, ávidos de mangonear obteniendo puestos en las Juntas, fueron recibidos a puntapiés por los milicianos, que adoraban a Espartero casi tanto como a la Virgen del Pilar. Viendo que allí venían mal dadas, llevaron sus enredos a otra parte de Aragón.

Innumerables jefes del ejército y personajes políticos de la coalición se derramaban por el Reino, pronunciando todo lo que encontraban por delante y estableciendo Juntas en todo lugar donde caían. Málaga fue la primera ciudad de importancia en que se vio la insurrección formal y práctica: no pedía por el pronto la vuelta de Cristina, sino que cayera Gómez Becerra y volviese López con su lindo programa y su rosada elocuencia; sonaban las músicas, y en medio del general delirio, entregándose los malagueños al goce de dictar leyes a la autoridad central, quedaban vacíos los depósitos de tabaco y tejidos de Gibraltar, y abastecidos para largo tiempo los almacenes del comercio grande y chico. Granada y Almería se pronunciaban sin comprometerse, no renegando del Regente mientras no viesen que era segura su perdición; otras provincias adoptaban el mismo sistema, de una cuquería y eficacia admirables; en Valencia la coalición y los moderados amotinaron al pueblo y ganaron parte de la tropa, dejando casi inerme al valiente General Zabala. Asesinados el Gobernador Camacho y un agente de policía, quedó la ciudad en poder de los revoltosos. De Cartagena dieron cuenta, no sin dificultad, el Brigadier Requena y el Coronel Ros de (p.5744) Olano; en Cuenca triunfó el arcediano de Huete; Valladolid quedó pronunciada por el General Aspiroz; Galicia por Zambrano, y así fue propagándose la quema, hasta que no quedó parte alguna de la nación que no ardiese en cólera y no pitara muy alto pidiendo renovación de personas, cambio de política, de instituciones, como el sucio que pide mudar de ropa.

Si algunos de los pueblos pronunciados no pedían la caída del Regente, sino la vuelta del florido López, otros proclamaban la inmediata mayoría de la Reina, resultando un barullo tal, que no lo harían semejante todos los locos del mundo metidos en una sola jaula. Sólo diez y seis meses faltaban para que Espartero cumpliera el plazo de su Regencia. Aun admitiendo que su gobierno no fuera el más acertado, y sus errores muchos y garrafales, ¿no valían menos diez y seis meses de mal gobierno que todo aquel delirio, que aquel ejemplo, escuela y norma de otros mil desórdenes, de la desmoralización y podredumbre de la política por más de medio siglo?

Fue muy chusco ver a Serrano y a González Bravo marchar juntos a Barcelona por la vuelta grande del Pirineo, y entrar en la ciudad de los Condes a brazo partido, en carretela descubierta, entre las aclamaciones de un pueblo a quien hay que suponer enteramente ciego para tener la explicación de su entusiasmo. Animados por el éxito, y con el apoyo moral que Prim les daba desde Reus, determinaron los dos audaces jóvenes, el uno militar intrépido, paisano sin ningún escrúpulo el otro, constituir o resucitar el Ministerio de la coalición, y como Serrano había sido Ministro con López, no vaciló en darse título y atribuciones de hombre-gabinete o Ministro universal. Ya tenía el confuso movimiento una figura que lo sintetizase, una voluntad que unificara las varias manifestaciones de los pueblos. Lo primero que pensó el afortunado caudillo fue dirigir su galana voz a la Nación, y entre él y González Bravo enjaretaron un Manifiesto, que leído a estas distancias y a estas luces que ahora nos alumbran, nos maravilla por la desatinada (p.5745) flaqueza de sus razones, mezcla infantil de audacias e inocencias. Todo ello parece cosa imaginada en juegos de chicos. La imparcialidad ordena decir que los argumentos del Regente, en la proclama que enderezó a los pueblos poco antes de empollar la suya el Ministro universal, adolecen también de inconsistencia y puerilidad; pero el defecto no salta tan vivamente a la vista como en las torpes letras de Serrano y González Bravo. Se ve que estos soldados de fortuna a quienes la guerra llevó rápidamente a las cabeceras de la jerarquía militar, y estos políticos criados en los clubs, recriados con presuroso ejercicio literario en las tareas del periodismo; lanzados unos y otros a la lucha política en los torneos parlamentarios y en el trajín de las revoluciones, sin preparación, sin estudio, sin tiempo para nutrir sus inteligencias con buenos hartazgos de Historia, sin más auxilio que la chispa natural y la media docena de ideas cogidas al vuelo en las disputas; se ve, digo, que al llegar a los puestos culminantes y a las situaciones de prueba, no saben salir de los razonamientos huecos, ni adoptar resoluciones que no parezcan obra del amor propio y de la presunción. Por esto da pena leer las reseñas históricas del sin fin de revoluciones, motines, alzamientos que componen los fastos españoles del presente siglo: ellas son como un tejido de vanidades ordinarias que carecerían de todo interés si en ciertos instantes no surgiese la situación patética, o sea el relato de las crueldades, martirios y represalias con que vencedores y vencidos se baten en el páramo de los hechos, después de haber jugado tontamente como chicos en el jardín de las ideas. Causarían risa y desdén estos anales si no se oyera en medio de sus páginas el triste gotear de sangre y lágrimas. Pero existe además en la historia deslavazada de nuestras discordias un interés que iguala, si no supera, al interés patético, y es el de las causas, el estudio de la psicología social que ha sido móvil determinante de la continua brega de tantas nulidades, o lo más medianías, en las justas de la política (p.5746) y de la guerra.

Bueno, bueno, bueno. Ni corto ni perezoso, Prim no quería ser menos en Reus que sus amigos Serrano y González Bravo en Barcelona, y largaba también su Manifiesto, negando a Espartero los diez y seis meses que le faltaban de Regencia, y proclamando la mayoría inmediata de Isabel II. Sin sospechar entonces sus futuros destinos, ni los engrandecimientos de su figura en el porvenir; hallándose, como quien dice, en la edad del pavo, cual niño aplicado y muy inteligente que aún no conoce la discreción, llamó a Espartero soldado de fortuna, aventurero egoísta, y a Mendizábal intrigante, embaucador y dilapidador de los intereses públicos. Andando el tiempo fue de los que creyeron que la memoria de uno y otro debía perpetuarse con estatuas.

 

Ep-30-IV -

Al mismo tiempo que Serrano y González Bravo entraban en Barcelona como chiquillos con zapatos nuevos, desembarcaban en Valencia Narváez, Concha (D. Manuel) y Pezuela, asistidos de varios jefes y oficiales, entre los cuales descollaban Fulgosio, Arizcun y Contreras, y al instante se entendieron con la Junta llamada de Salvación, consagrándose todos con celo entusiasta a llevar adelante la grande aventura del alzamiento. Partió Concha sin perder tiempo hacia las Andalucías, para ponerse al frente de las tropas pronunciadas en Sevilla y Granada, y Narváez recibió de la Junta el mando de las de Valencia. No necesitaba más el guapo de Loja para tener a España por suya: diéranle soldados, una bandera que despertara simpatías circunstanciales en cualquiera región del alborotado país, y ya era el hombre que a todos se les llevaba de calle. No había otro que le igualara en aptitudes para establecer un predominio efectivo, por la sola razón de ser más audaz, más tozudo y más insolente que los demás. Dése a cada cual lo suyo, y resplandezca en la distribución de censuras y elogios la estricta justicia. Narváez supo ser el primer mandón de su época, porque tuvo prendas de carácter de que los otros carecían, porque su tiempo, falto de extraordinarias (p.5747) inteligencias y de firmes voluntades, reclamaba para contener la disolución un hombre de mal genio y de peores pulgas. El cascarrabias que necesitaba el país en momentos de turbación era Narváez, porque no había quien le igualase en las condiciones para cabo de vara o capataz de presidio. El barullo grande. a que nos había traído la coalición; la ceguera de los liberales confabulándose con los moderados para derribar al Regente; la confusión y escándalo inauditos de aquellas Juntas que legislaban en nombre de la Nación y repartían grados, honores y mercedes a paisanos y militares; los actos de imbecilidad o de locura que señalaban el estado epiléptico del país, requerían un baratero que con su cara dura, su genio de mil demonios, sus palabras soeces y su gesto insolente se hiciera dueño de todo el cotarro. El General bonito, como llamaban a Serrano entonces, hombre afectuoso, presumido, de arranques gallardísimos en los campos de batalla, blando en las resoluciones, cuidándose principalmente de ser grato a todo el mundo, mujeres inclusive, no servía para el caso; Prim, nacido del pueblo, tenía gustos y costumbres de aristócrata; aunque adelantado en su carrera militar, no había subido a las más altas jerarquías; si en él descollaba la inteligencia, como en Serrano el don de simpatía, no se encontraba en disposición de levantar el gallo. Concha, con extraordinario talento militar y más sagaces ideas que sus colegas, se reservaba sin duda para mejores días, y en la propia situación expectante se hallaba O'Donnell, cuya mente sajona entreveía sin duda empresas grandes que acometer en días normales. Podían ser estos los hombres del mañana; pero el hombre de aquellos días era Narváez, no embrión, sino personalidad formada, porque el baratero nace, y a poco de nacer, con sólo un par de arranques y el fácil reparto de cuatro bofetadas a tiempo y de otros tantos navajazos oportunos, ya se ha revelado a sí mismo y a los demás, ya es el poeroso ante quien todos tiemblan.

Empezaba D. Ramón revelando su poer con el desapacible y fosco mohín de (p.5748) su cara, de estas caras que no brindan amistad, sino rigor; de estas que sin tener chirlos parece que deben su torcida expresión a un cruce de cicatrices; de estas caras, en fin, que no han sonreído jamás, que fundan su orgullo en ser antipáticas y en hacer temblar a quien las mira. El efecto inicial causado por el rostro lo completaban los hechos, que siempre eran rápidos, ejecutivos, producidos a la menor distancia posible de la voluntad que los determinaba. No daba tiempo al enemigo, o más bien a la víctima, para parar el golpe, y sabía cogerla en el instante peligroso de la sorpresa. Ideas altas de gobierno no las necesitaba en aquella ocasión, porque el mal nacional era tal vez empacho de ideas, manjar y licores exóticos comidos y bebidos antes de tiempo en voraz gula, por lo que no habían sido digeridos. Aunque esto sea violentar el orden histórico, conviene decir ahora que cuando la Nación, gobernada una y otra vez por Narváez, y sintiéndose repuesta de sus indigestiones, le pidió ideas que la llevasen a fines gloriosos y a una existencia fecunda, Narváez no supo dárselas, sencillamente porque no las tenía. Sin poseer nunca la elevación mental que su puesto reclamaba, se murió entrado en años aquel hombre duro, que fue la mitad de un gran dictador, poseyendo en altísimo grado las cualidades del gesto bravucón y de la rapidez del mando, y desconociendo en absoluto la psicología indispensable para guiar a un pueblo. Pero esto no quita que, en ocasiones críticas del desbarajuste hispano, fuera Narváez un brazo eficaz, que supo dar a la sociedad desmandada lo que necesitaba y merecía, por lo cual le corresponde un primer puesto en el panteón de ilustraciones chicas, o de eminencias enanas, como quien dice.

Pues señor, con tantos paladines de empuje, bien armados y ostentando los falsos lemas que al pueblo fascinaban, no tuvo más remedio el Regente que echarse al campo, y así lo hizo después de las indispensables arengas a la Milicia Nacional, en que le cantaba los antiguos y ya sobados himnos militares y liberalescos. Salió el hombre, (p.5749) tomando la vuelta de Albacete, donde se paró en firme, con aquella pachorra fatalista que en otros tiempos había sido la pausa precursora de sus grandes éxitos y ya era como la calma lúgubre que antecede a las tempestades. Poco gratos son para el que los escribe, como para el que los lee, los pormenores de los hechos de armas que precipitaron la caída del Regente, porque ellos ofrecen una triste serie de encuentros deslucidos y de defecciones y actos inspirados por el egoísmo. La militar emulación y las virtudes cívicas estaban dormidas; no velaba más que la conveniencia personal. La oficialidad y jefes de todos los cuerpos llamados leales, a las órdenes de Seoane, Van-Halen, Carratalá y Ena, pesaban en certera balanza las probabilidades de triunfo, y viendo perdida la causa de Espartero, abandonaban las filas. Muchos a quienes repugnara la defección o el pase a las fuerzas pronunciadas, pedían la licencia absoluta, alegando que no combatirían por Espartero ni contra él. Van-Halen, que venía de Cataluña con todas las fuerzas que pudo reunir, se aterró de la merma gradual de su ejército en cada marcha. La opinión se volvía contra el Regente. Se hizo creer al pueblo que venía una época de congratulaciones y de abrazos, de alegría General y de olvido de lo pasado; que daría principio el imperio de la probidad, y que se unirían todos los hombres de corazón recto para labrar la felicidad de España. La prensa coaligada, retrógrados y progresistas, acordes en anunciar la próxima lluvia del maná, el advenimiento de los ángeles y la total regeneración del Reino bajo los auspicios de la inocente Isabel, habían ayudado a la formación de aquel delirio, obra de astutos fariseos ayudados de unos cuantos poetas hueros y de oradores vacíos.

En su parada fatalista de Albacete, Espartero padeció la mayor equivocación de su vida. En vez de empeñarse en una resistencia imposible, debió llamar a los cabezas del pronunciamiento militar y civil, y decirles: «Caballeros, aquí tienen ustedes la Regencia, el Poder y todas las investiduras que, según la opinión (p.5750) flamante, no merezco ya. Dejo el campo libre para que los honrados o los que lo parecen se abracen a su gusto, y para que se efectúe la reconciliación general anunciada por las musas políticas. Nombren nueva Regencia, si así les acomoda, para tirar hasta el 10 de Octubre del año próximo, fecha en que nuestra adorada Reina cumple los catorce años, y si esto no les parece bien y prefieren que la niña gobierne desde ahora, allá se las haya. Cesen ya tanto alboroto y tanta necedad; reciban de mi mano la autoridad suprema y hagan de ella lo que más les agrade, que yo a mi casa me voy, o al extranjero si en mi casa no me dejasen en paz». Esto debió decir, y habría evitado que sus enemigos se dieran luego el falso lustre de ganar batallas que, como la de Torrejón de Ardoz, casi enteramente imaginaria, sólo sirvió para que los prosélitos de Narváez colgaran a este glorias no menos resonantes que las de Aníbal, y para que llovieran las recompensas hasta encharcar todo el suelo de la Patria. No le faltaron a Su Alteza en Albacete demostraciones de fidelidad desinteresada, y una de las más gratas fue la que hizo el jefe político de Ciudad Real, D. José del Milagro, presentando con sus respetos el homenaje de sus servicios como gobernador y como ciudadano liberal. Con el dicho sujeto venían calificados personajes de la ínsula, de limpia estirpe patriótica, y los jefes de la Milicia de Miguelturra, Daimiel, Tirteafuera y de la propia Granátula, patria del Conde-Duque, a ofrecer incondicionalmente, en defensa del pacificador de España, cuanto poseían, vidas y haciendas. Cariñoso y agradecido acogió D. Baldomero este noble mensaje, y con todos desplegó las galas de su cortesía y miramiento, extremándose en el agasajo del jefe político, a quien, por su consecuencia, colmó de alabanzas. De puro soplado no cabía en su pellejo el bueno de

D. José, y se propuso seguir a la Regencia hasta la victoria o la ruina total, que de este modo la rectitud del funcionario había de tener más tarde o más temprano lucida recompensa.

Llegado el día (p.5751) en que Espartero dio por terminado el plantón de Albacete, Milagro le siguió, agarradito a sus faldones y remedando fielmente las diversas caras de alegría o desaliento que iba poniendo el ídolo, según las circunstancias. Tristísima fue la marcha desde Albacete a Sevilla, donde encontraron a Van-Halen asediando la plaza y tratando de obtener la rendición por la buena antes de disparar morteros y obuses. Los sevillanos, viendo ya ganada la partida por la revolución, no querían llegar al fin sin engalanarse con un poquito de heroísmo, ambicionando para su bella ciudad laureles semejantes a los de Zaragoza y Gerona. En dimes y diretes andaban sitiados y sitiadores, cuando llegó al Regente y a su ayacucho General la noticia de la furibunda batalla ganada por Narváez a los ejércitos combinados de Seoane y Zurbano en los campos de Torrejón de Ardoz, victoria que determinaron fácilmente y sin efusión de sangre los resortes estratégicos más elementales y sencillos. Las tropas de Seoane y Zurbano se pasaron al campo de Narváez, dejando a los dos caudillos espantados de su soledad.. Empezaban los abrazos.

 

Ep-30-V -

El dedo de Dios, como algún diario de la época escribió con poético énfasis, señalaba al ídolo revolucionario, al rebelde y traidor Espartero, el único camino que debía seguir, para sumergir su ignominia en el ancho foso de los mares. A toda prisa tomó el Regente, con los restos de la dominación ayacucha, el camino de Cádiz, única plaza importante que aún no se había pronunciado; alentaba la esperanza de hacerse fuerte dentro de aquellos gloriosos muros, que habiendo sido cuna de la libertad recién nacida, debía ser su refugio cuando, ya persona mayor, volvía vencida y descalabrada.

¡Vana ilusión! Mal podría pensar D. Baldomero en que los baluartes gaditanos le dieran apoyo para la restauración de su poder, cuando no tenía ya fuerza, ni partido, ni partidarios. Al salir de Sevilla empezaron las deserciones: huían los oficiales, tras ellos los soldados; en Lebrija y Morón, Cuerpos enteros, volviendo descaradamente (p.5752) la espalda al viejo ídolo, corrían a campo-traviesa en busca del ídolo nuevo, que en aquel caso era D. Manuel de la Concha, el cual de la parte de Málaga venía con hueste numerosa y brava en persecución del fugitivo. La relajada moral que entonces reinaba, fruto de tantas sublevaciones y del derroche de recompensas con que las estimulaba una política vil, obró con infalible poder corruptor en las almas de los últimos ayacuchos.

¿No era un dolor que cuando en toda España derramaban ascensos a manos llenas las Juntas de Salvación, se expusieran a ser postergados o quizás perseguidos los pobrecitos jefes y oficiales que acompañaban el cadáver de la Regencia por la única razón de una etiqueta vana y de una lealtad inútil?.. Espartero llegó al Puerto de Santa María sin más ejército que su escolta, sus ayudantes y un grupo de fieles amigos, entre los cuales se contaban Nogueras, Van-Halen, Infante, Linaje, Montesinos, Gurrea, Milagro y otros cuyos nombres resultan desvanecidos en el oleaje del tiempo. Refugiado en el vapor Betis, firmó el Regente su protesta, último resuello de un poder expirante, y luego se trasladó a bordo del navío Malabar, de la marina Real inglesa, el cual, guardándole miramientos exquisitos y no escatimándole los honores oficiales, le llevó a Lisboa. De Lisboa partió a Londres en otro buque inglés.

Ved aquí extinguido un poder de la manera más pedestre y oscura, sin la brillantez ni el interés trágico que suelen acompañar a las catástrofes de imperios y a la caída de dictadores o favoritos. Todo ello es de la más estulta prosa histórica, y fuera de la postura digna que adopta el caído, no se ve ni en sus partidarios ni en sus enemigos más que amaneramiento, bajeza de ideas, finalidades egoístas. Ni resplandecen grandes virtudes ni los furores desordenados, que suelen ser signos de vitalidad en los pueblos y de grandeza de caracteres. Todo es pequeño, vulgar, con una mezcla repugnante de candor bobo y de malicia solapada. Los ataques y las defensas de palabra y por escrito revelan afectación (p.5753) y mentira; se hacen y sostienen con hinchado lenguaje afirmaciones en que nadie cree. La única fe que se trasluce entre tanta garrulería es la de los adelantamientos personales; el móvil supremo que late aquí y allí no es más que la necesidad de alimentarse medianamente, la persecución de un cocido y de unas sopas de ajo, ambiciones tras de las cuales despuntan otras más altas, anhelos de comodidades y distinciones honoríficas. Bien lo dice la profana Clío cuando, interrogada acerca de estas cosas tan poco hidalgas, nos muestra la imagen de la Nación desmedrada por los hábitos de ascetismo a que la han traído los que durante siglos le predicaron la pobreza y el ayuno, enseñándola a recrearse en su escualidez cadavérica y a tomarla por tipo de verdadera hermosura. Dícenos también la diosa que no puede hacer nada contra los siglos, que han amaestrado a nuestra raza en la holgazanería, imbuyéndole la confianza en que los hombres serán alimentados con semillitas que lleva y trae el viento de la Providencia. Añade que las necesidades humanas, eterna ley, despertaban al fin en el pobre español los naturales apetitos, sacándole del sueño de austeridad ascética, y al llegar esta situación, encontraba más fácil pedir a la intriga que al trabajo la mísera sopa y el trajecito pardo con que remediarse del hambre y del frío.

Y sin pedir nuevos dictámenes a la Musa, puede asegurarse que no escaseaban, en medio de tanto prosaísmo, accidentes cómicos de cierto valor estético. El General bonito declaraba a Espartero traidor a la Patria, privado de todos sus honores, y le entregaba por sí y ante sí a la execración de los españoles.. A la protesta que formuló el Regente a bordo del Betis contestaron el mismo Serrano, López y Caballero con otra soflama, repitiendo lo de la execración universal, acusándole de haber saqueado las arcas públicas, y quitándole, por fin, todos sus empleos, títulos, grados y cruces. No sería justo acusar a los que tales desatinos e insulsas candideces escribían, y esta es otra de las gravísimas corrupciones de la política, (p.5754) que hace a los hombres desvariar ridículamente y decir mil necedades sin creer en ellas. Por esto la historia de todo grande hombre político en aquel tiempo y en el reinado de Isabel no es más que una serie de enmiendas de sí mismos, y un sistemático arrepentirse hoy de cuanto ayer dijeron. Se pasan la vida entre acusaciones frenéticas y actos de contrición, flaqueza natural en donde las obras son nulas y las palabras excesivas, en donde se disimula la esterilidad de los hechos con el escribir sin tasa y el hablar a chorros.

Lecciones de consecuencia podía dar a todos el buen Milagro, que al volver de la tierna despedida del Regente, dejándole en la lancha, era tan fanático esparterista como en los días gloriosos del 40 y del 41, y en la fidelidad de esta religión pensaba morir, legando a sus hijos, a falta de caudales que no poseía, el ejemplo de su adoración idolátrica del dogma liberal. Si en el gobierno de la ínsula que su D. Quijote le confiara había cometido mil tropelías electorales para sacar diputado a Don Bruno; si fue un gobernador muy parcial y más devoto de sus amigos que del procomún, en el terreno de los intereses conservó inmaculada pureza, y su conciencia salió de allí tan limpia como sus bolsillos. De su integridad era testimonio el hecho de que tuvo que pedir dinero a sus amigos para costearse el viaje de Cádiz a Madrid, y resignado con su suerte, por el camino iba soltando aforismos de manchega filosofía: «Todo el mal nos viene junto, como al perro los palos.. A donde se piensa que hay tocinos, no hay estacas». Volvía el hombre a su casa sin otro caudal que las esperanzas en la próxima vuelta del Duque.

Cogido el mango de la sartén por los hombres de Octubre, ayudados de los hombres de Julio, reducido habían a la mayor miseria y aniquilamiento a los hombres de Septiembre. Entraron proclamando que se hundía todo, Patria, Religión, Gobierno, Monarquía, y hasta el firmamento, si no se arrancaban de las manos de Espartero aquellos diez y seis meses que de regencia le restaban, y para que no se creyese que (p.5755) ellos, los señores de Octubre y de Julio, ambicionaban los puestos de Regente o Tutores, declararon la mayor edad de la niña, haciéndola de golpe y porrazo mujer capacitada para pastorear el español ganado, tan pacífico y obediente. Cierto que el Duque había cometido errores políticos, algunos muy graves; pero ¿qué planes, qué ideas, qué sistema traían los nuevos curanderos para aplicar a los males antiguos un remedio eficaz? Atropellaron un poder para crear otro con los mismos y aun peores vicios; tiraron un ídolo para poner en su peana otros, que más bien debieran llamarse monigotes, cuya incapacidad se vio muy clara en el correr del tiempo. Repitieron los defectos de la Administración esparteril, agravándolos escandalosamente; si el Duque convirtió en razón de Estado la protección a los que le eran fieles; si a veces pospuso el bien General al de una media docena de compinches y paniaguados, los libertadores de Octubre y de Julio nos traían el imperio sistemático de las camarillas, del caciquismo, del pandillaje, de las asoladoras tribus de amigos, con el desprecio de toda ley y la burla del interés patrio. En el tránsito de la turbulenta infancia de Isabel a su mayor edad, vemos aparecer la pléyade funesta: hombres de talento en gran número, de brillante exterior y fecundos en palabrería, enteramente vacíos de voluntad y de rectitud, en el sentido General. Entre unos y otros, civiles y militares, no hicieron más que levantar esta Babel que tanto cuesta destruir: los Olózagas y López, por el lado liberal; los Narváez, Serranos y Conchas, por el opuesto; el mismo O'Donnell, que supo hallar un pasajero equilibrio, con un pie en cada lado, y otros que no es necesario nombrar, más que laureles merecen maldiciones, porque nada grande fundaron, ningún antiguo mal destruyeron. Entre todos hicieron de la vida política una ocupación profesional y socorrida, entorpeciendo y aprisionando el vivir elemental de la Nación, trabajo, libertad, inteligencia, tendidas de un confín a otro las mallas del favoritismo, para que ningún (p.5756) latido de actividad se les escapase. Captaron en su tela de araña la generación propia y las venideras, y corrompieron todo un reinado, desconceptuando personas y desacreditando principios; y las aguas donde todos debíamos beber las revolvieron y enturbiaron, dejándolas tan sucias que ya tienen para un rato las generaciones que se esfuerzan en aclararlas.

 

Ep-30-VI -

Observó en Madrid el buen Milagro mudanzas y novedades: derribos de casas, edificaciones hermosas, modas y costumbres de importación reciente, y a María Luisa la encontró muy flaca y desmedrada, a Rafaela repuesta de sus destemplanzas con la dichosa viudez y el más dichoso casamiento, a los chicos muy despiertos, adornados de relumbrones de ciencia y de pedantesca verbosidad ostentosa que en el trato escolar iban adquiriendo. Mayor sorpresa que él con estas hechuras del infalible progreso, tuvieron sus hijas viéndole venir de la ínsula sin una mota ni nada que se le pareciese; tampoco traía regalos, que con la visita al Regente tuvo que dejarse allá las ollas de arrope y dos cajitas de bizcochos de Almagro. Creían las chicas que su padre no volvería del Gobierno sin una carga de dinero, producto de su honesto ahorro y de las obvenciones propias del cargo, y les supo mal verle venir a lo náufrago que a duras penas salva la vida y lo puesto. Ciertamente se condolió más de esta desventura María Luisa, por ser pobre, que su hermana Rafaela, la cual, enriquecida por un buen matrimonio, no necesitaba para nada del socorro paterno, y así, mientras la señora de Cavallieri, al notar la vaciedad de bolsa de su señor padre, dejó traslucir su enojo, trocando su afectuoso júbilo en frialdad cercana al menosprecio, la otra, por el contrario, sintió redoblada su piedad (pues era, según dicen, aunque disoluta, mujer de buen corazón) , y quiso darle la mejor prueba de su filial cariño, brindándole hospedaje y asistencia por todo el tiempo que quisiera, esto es, hasta que volviese el Duque con la contra-regeneración. Muy buena cara puso Don Frenético al oír las ofertas de su esposa, (p.5757) y accediendo a todo, como marido enamorado que en los ojos de ella se miraba, repitió y extremó la cariñosa protección, con lo que D. José, vencido del agradecimiento y de la ternura, bendijo a la Providencia, después a sus hijos, y se limpió las lágrimas que en tan patética escena brotaron de sus ojos.

Visitado de sus numerosos amigos, frecuentando desde el día de su llegada cafés, círculos y tertulias, entró de lleno en el mar de las conversaciones políticas, sin que ni por casualidad saliese de sus labios palabra sobre otro asunto; que así son los que adquieren ese vicio nefando. Los atacados de él, que eran casi todos los habitantes de las ciudades populosas, no se entretenían tan sólo en discutir y comentar los problemas graves de la cosa pública, sino que principalmente cebaban su apetito en la baja cuestión de personal, caídas y elevaciones de funcionarios, y en otros mil enredos, chismes y menudencias. Componían el Gobierno llamado Provisional las mismas figuras, con corta diferencia, del Gabinete de Mayo, en las postrimerías de la Regencia. Lo presidía el mismo D. Joaquín María López, que con su oratoria musical fue uno de los que más contribuyeron al desastre pasado; a Guerra y a Gobernación habían vuelto Serrano y Caballero, y gobernaba el Tesoro público el Sr. Ayllón. Aunque todos procedían de la vieja cepa progresista, el alma del Gabinete era Narváez, a quien nombraron Capitán General de Madrid. Narváez mangoneaba en lo pequeño como en lo grande, y de su secretaría y tertulia salían las notas para el terrorífico desmoche de empleados. El angustioso lamentar de los cesantes que iban cayendo, y el bramido triunfal de los nuevos funcionarios que al comedero subían, formaban el coro en las vanas tertulias de los cafés. Otros parroquianos puntuales de aquellas mesas, satisfechos de permanecer en sus destinos, declaraban a boca llena que la última revolución, hecha con tanta limpieza de manos, derramando tan sólo algunas gotitas de sangre, era la admiración del mundo entero. El Ejército estaba (p.5758) contentísimo por la prodigalidad con que se había premiado su patriótico alzamiento, repartiendo sin tasa empleos, grados, honores y cruces; el pueblo bailaba de gusto, viendo a todos reconciliados sin más mira que el bien común, y confiado en que se rebajarían las contribuciones; la Iglesia también se daba la enhorabuena, porque se reanudarían pronto las buenas relaciones con el Papa y se pondría coto al ateísmo y a la impiedad; y en fin, general era el contento, porque bien a la vista estaba que entrábamos en una era de bienandanza, paz y trabajo..

Todo esto lo rebatía con múltiples razones y ejemplos D. José del Milagro, sosteniendo que la era en que estábamos era una era erial, es decir, sin trigo, porque todo el grano de ella era para los gorriones moderados. No nos alababa la Europa: lo que hacía era reírse de nosotros y de la suma necedad de los liberales. En cuanto al Ejército, justo sería pedirle que pusiera las cosas en el estado que tenían antes de los escándalos de Julio, pues bien iban comprendiendo los mismos militares que habían sido instrumento de la más odiosa de las traiciones y de la más vil de las sorpresas, expulsando al libertador de España, para traernos a media docena de generales bonitos y feos, que no eran más que servidores de Cristina y de los Muñoces. La conducta de los progresistas que habían concertado la coalición cayendo como bobos en la trampa moderada, juzgábala el ex-gobernador de la ínsula manchega en los términos más crueles y despreciativos. Con un símil ingenioso representaba el proceder de López, Olózaga, Serrano y Caballero: habían sujetado por brazos y piernas a la Libertad para que los Narváez y Conchas se hartaran de darle de puñaladas.. ¡Y luego seguían tan frescos, gobernando al país y hablándonos de voluntad nacional y de reconciliación!

En su propia casa, o sea la de Rafaela, no cesaba el cotorreo de Milagro, porque allá concurrían diferentes personas, como él entregadas al feo vicio de la embriaguez política. Moderados eran algunos y moderado el dueño de la casa, antaño (p.5759) conocido por Don Frenético, hombre fino tolerante, que siempre ponía la cortesía y la amistad sobre las ideas; progresistas eran otros, de los poquitos que cultivaban con esmero las formas sociales, y por esto las discusiones que a cada instante se empeñaban no eran desagradables ni groseras. Entre los asiduos descollaba D. Mariano Centurión, gentilhombre de Palacio en tiempo de la tutoría de Argüelles. Aún sufría dolores agudos en la parte posterior de su individuo, efecto de la violentísima puntera con que le arrojaron del real servicio a los pocos días de la caída de su protector el Serenísimo Regente, y el hombre se llevaba sin cesar la mano, idealmente, a la parte lastimada, discurriendo a qué faldones se agarraría para enderezar de nuevo su persona y procurarse un medio decoroso de vivir. Grande amistad se trabó entre Centurión y Milagro, llegando a la más feliz armonía por la conformidad de sus juicios acerca del presente y por su incondicional adhesión al caído Espartero. Algo dijo el cortesano cesante al cesante gobernador que le obligó a modificar su esperanza en el liberalismo de la Reina. Ciertamente, Isabel era buena, cordial, afabilísima, generosa hasta la disipación, muy amante de su patria, con la cual quería candorosamente identificarse; pero por muchas cualidades nativas que en ella existiesen, imposible parecía que la pobre niña, en tan corta edad y sin adecuada educación seria y verdaderamente Real, se sustrajese a la red con que el moderantismo había cuidado de aprisionar todos y cada uno de los miembros de su juvenil voluntad. «Mire usted, querido Milagro -decía D. Mariano platicando a solas con su amigo-, desde el punto y hora en que fuimos arrojados de Palacio ignominiosamente D. Agustín Argüelles y yo, Quintana y yo, D. Martín de los Heros y yo, la Condesa de Mina y yo, y tras de nosotros bajaron de cinco en cinco peldaños las escaleras, con una mano atrás, los poquísimos liberales que allí servían, la mansión de nuestros Reyes quedó convertida en el nidal de la teocracia (p.5760) cangrejil. Ni allí ha quedado persona de ideas libres, ni volverá a traspasar aquellos umbrales ningún individuo de nuestra comunión. Sin hacer ningún caso del bendito López, que es un angelical marmolillo sonoro, ni de Olózaga, que mira por sí y sus adelantos antes que por el partido, han pergeñado totalmente la servidumbre de Palacio con los elementos muñociles, con los adulones de la Santa Cruz y del Duque de Bailén, con los paniaguados de Narváez, con gentezuela oscura de abolengo absolutista, hechura de los Burgos, Garellys, y aun del propio Calomarde. Han metido a la pobrecita Reina dentro de una redoma en que no puede respirar más que miasmas de retroceso.

Nosotros, mirando por el partido y por nuestras posiciones legítimamente ganadas, quisimos imbuir en la Isabel los buenos principios, enseñándole el sistema que tan excelentes frutos da en Inglaterra; pero no nos dejaban los muy perros: noche y día rodeaban a las niñas pasmarotes del bando cristino, vigilándolas sin cesar, dándoles lecciones de despotismo, enseñándoles el desprecio del Progreso, y pintándonos a todos como gente sin educación, mal vestida y que no sabe ponerse la corbata, ni comer con finura, ni andar entre personas elegantes. Por esto, ¡caracoles!, ni Quintana con su gran saber, ni la Mina con su suavidad y agudeza, ni yo haciéndome el tonto para mejor colarme, pudimos llegar a donde queríamos. No cuente usted, pues, con que Palacio vuelva el rostro a la Libertad, que los moderados lo tienen todo bien guarnecido y amazacotado de su influencia, y hasta los ratoncillos roen allí por cuenta de ese gitano de mi tierra, Narváez».

 

Ep-30-VII -

Quedose de una pieza D. José, tardando algún tiempo en volver de su engaño, al cual quería dar explicación por su alejamiento sistemático de la atmósfera palatina. Jamás pisó las alfombras de la casa grande; a la Reina y Princesa no las había visto más que en la calle, cuando salían en carretela descubierta a recibir las ovaciones del pueblo.

Eran las niñas símbolo precioso de la (p.5761) Libertad contra el Despotismo, y sus dulces nombres, decorados con los epítetos más rimbombantes y poéticos, habían conducido a nuestros ejércitos a las heroicas campañas contra el obscurantismo y la barbarie. A pesar de todo lo dicho por Centurión, le costaba trabajo arrancar de su alma la fe en las angélicas criaturas; que nada es tan poderoso como el amaneramiento, nada perdura tanto como las fórmulas de popular entusiasmo unidas al orden de ideas petrificado en una generación. De los pensamientos graves que D. Mariano despertó en el ex-gobernador de la ínsula, se distrajo este observando los latidos de la nueva revolución que en otoño se estaba preparando ya contra la que triunfara en estío. Fue que los progresistas de los pueblos iban cayendo en la cuenta de que, burlados con travesura y no sin gracia por los enemigos de la Libertad y de Espartero, habían consumado la criminal tontería de lanzar a este del Reino, quedándose todos a merced de un vencedor insolente y amenazados de triste esclavitud. Al proponerse reparar su engaño, no comprendían los infelices que si susceptible de enmienda es un error, no lo es la necedad. Sostenían en algunos pueblos las Juntas su autoridad bastarda, y Barcelona y otras ciudades grandes pedían que se reuniese una delegación de todas y cada una de las Juntas, con el nombre de Central, para que acordase lo concerniente a Regencia nueva o declaración de mayor edad de Isabel II. Con esto sobrevino una turbación honda en las provincias, y descontento de los milicianos desarmados ya o por desarmar; empezaron también a rezongar algunos cuerpos del ejército, y el Gobierno tuvo que desmentir su programa de reconciliaciones, concordias y abrazos, metiendo en la cárcel a infinidad de españoles que días antes fueron proclamados buenos, y ya se habían vuelto malos sólo por querer armar su revolucioncita correspondiente.

Siguiendo con ardiente interés y atención el rebullicio del Centralismo, creía Milagro que ya estaba armado el desquite, y que no tardaría en (p.5762) volver de Londres, traído en volandas por buenos y malos, el gran soldado y pacificador Baldomero I. Pero aquel amago de revolución, síntoma reciente de la diátesis nacional, pasó pronto, y la fiebrecilla de los pueblos remitió sólo con que le administrara algunos chasquidos de su látigo el guapo de Loja. También el orador angélico D. Joaquín María López iba cayendo de su burro, mejor dicho, había caído ya, y suspiraba por volver a su casa, convencido al fin de que no le llamaba Dios por el camino de dirigir a un partido y de gobernar a la Nación. Era hombre de intachable honradez, caballeroso, amante de su patria, en sus convicciones políticas noble y sincero, ambicioso de una gloria pura y desinteresada, mirando al bien general. Carecía de aptitudes para ese arte supremo del gobierno que requiere reflexión, tacto y el don singular de conocer a los hombres y entender los varios resortes de la malicia humana. Su oratoria de caja de música y el ver todos los casos y cosas del gobierno con ojos sentimentales fueron la causa de que no dejara tras sí ninguna idea fecunda, ninguna labor eficaz y duradera. Trajo a su patria, con funesto candor, el barullo y la destrucción del partido del Progreso. Pero si su figura, pasado el tiempo, pierde todo interés en la vida pública, en la vida privada es de las más bellas, dramáticas e interesantes. Mil veces más que la historia de D. Joaquín María López vale su novela, no la que escribió titulada Elisa, sino la suya propia, la que formaron los desórdenes, las debilidades y sufrimientos de su vida, y que remató una muerte por demás dolorosa. Vivió su alma soñadora en continuos aleteos tras un ideal a que jamás llegaba, y en continuas caídas de las nubes al fango; y si su bondad y abnegación en la vida pública le granjearon amigos, sobre sus flaquezas privadas arroja su manto más tupido la indulgencia humana.

Pues, señor: el lento andar de la rueda histórica trajo lo que iba haciendo ya mucha falta: nuevas Cortes, representación fresca del país, que bien a las claras expresó su voluntad favorable a la juventud moderada. En (p.5763) las filas de esta, risueña esperanza del país, descollaba González Bravo, que ya parecía sentar la cabeza y se abrazaba honradamente a la causa del orden, buscando el olvido de los pasatiempos demagógicos con que se abrió camino, y de las bromas pesadas que solía gastar con la excelsa Reina Doña María Cristina. De los demás que al lado de Ibrahim Clarete formaban un entusiasta batallón, muchachos de buenas familias, muy leídos y escribidos, se hablará en lugar oportuno.. Lo más urgente ahora es decir que la elección de Presidente fue reñidísima, por no tener mayoría los moderados y presentarse divididos los progresistas. No habiendo reunido bastante número los dos candidatos Cortina y Cantero, echaron al redondel un tercer candidato, Olózaga, que con los votos de los aliados salió vencedor. Pronto se verá que la elección de Salustiano, la res más brava y voluntariosa del progresismo, obedeció a la idea de dar a este muerte ignominiosa; se verá con qué astuta brutalidad le asestaron la estocada maestra, que en un punto quitó de en medio al hombre y al partido.

No se les cocía el pan a las Cortes hasta no declarar la mayor edad de la Reina, y desde las primeras sesiones aplicáronse Senado y Congreso a este negocio, del cual fue primer trámite la proclamación que el Protector, Narváez de Loja, hizo en la Cámara de

S. M. ante el Cuerpo diplomático, acto solemne al cual siguió otro en la Plaza Mayor, en que el propio D. Ramón María y el Brigadier Prim, ya Conde de Reus, celebraron con militar pompa y arrogancia la inauguración provisional del nuevo reinado.. Ya de tal modo se le agotaba la mansedumbre al bendito López, y tan cargado le tenía su papel de salvador del País y del Trono, que se plantó resueltamente, y no hubo razones que le retuvieran un día más en el Gobierno. Como gato escaldado salió de la Presidencia, y su sucesor fue Olózaga. Todo iba pasando conforme al gusto y a las previsiones de narvaístas y palaciegos, a quienes no faltaba ya más que preparar al nuevo Ministro y cuadrarle bien para que no (p.5764) marrase la estocada.

Acontecimientos tan fútiles no merecen un lugar en la Historia más que a título de engranaje, y si en estas páginas figuran, no es más que por preparar la relación de otros hechos realmente grandes, famosos y trascendentalísimos, como el que a continuación se lee. Fue que una tarde, allá por el 28 de Noviembre, poco después de haber formado D. Salustiano su Ministerio, los amigos de Milagro, que tenían su tertulia política en uno de los principales cafés de la Corte, vieron entrar a D. Bruno Carrasco con el sombrero echado hacia atrás, pálido el rostro, fulgurante la mirada, señales todas de un grandísimo sobrecogimiento del ánimo. Antes de que el buen manchego satisficiera la curiosidad del noble concurso, comprendieron todos que de algún grave suceso se trataba, quizás cataclismo en las esferas, o revolución que por igual ponía patas arriba a todas las naciones de Europa.. Dejáronle tomar aliento, beber algunos buches de agua, y luego se supo, con general estupefacción, que D. Bruno traía en el bolsillo el nombramiento de Subdirector de Aduanas. Habíale llamado a su despacho aquella tarde el nuevo Ministro de Hacienda, el honradísimo, inteligente y chiquitín D. Manuel Cantero, y sin preámbulos le dijo que el Gobierno de Olózaga quería rodearse de todos los consecuentes liberales que desperdigados andaban por España, y reclutar buenos españoles donde quiera que se encontrasen. Naturalmente, Cantero, que conocía los méritos de Carrasco y le apreciaba de veras, se acordó de él, y.. Nada, nada, que era Subdirector de Aduanas, y ya estaba el hombre medio loco de pensar si aceptaría o no el cargo, pues si de un lado le estimulaban a la renuncia su fidelidad y adhesión a Espartero, de otro pedíanle lo contrario sus ganas de ser útil al país, y de manifestar públicamente en el terreno administrativo su honradez y laboriosidad. El tumulto que armó la noticia no es fácil describirlo: quién felicitaba con terribles voces, golpeando la mesa con los duros vasos, y con botellas y cucharas; quién (p.5765) soltaba pullas, calificando a D. Bruno entre los vividores que saben nadar y guardar la ropa. Alguien sostuvo que D. Baldomero se pondría furioso cuando lo supusiese, y otros opinaron que debía escribirse a Londres sin pérdida de tiempo, pidiendo consejo al Duque sobre lo que se había de hacer. No pudo Milagro disimular su contrariedad, que no llegaba a los tonos de la envidia. Inconsecuente sería Carrasco si aceptaba, a menos que no declarase el Gobierno que la situación era esencialmente progresista y anti-moderada, arrojando sin ningún escrúpulo el lastre cangrejil, y fusilando a Narváez, Serrano, Concha y Prim, por primera providencia.. No menos de un cuarto de hora duró la parlamentaria confusión de la tertulia, en la que todos hablaban a un tiempo, mareando y enloqueciendo al pobre D. Bruno más de lo que estaba. La suerte suya fue que le obligó a marcharse el natural deseo de comunicar a su familia la feliz nueva. Salió de estampía, y en el cotarro siguieron zumbando los incansables moscardones, cesantes los unos y sin esperanzas, colocados otros y con el alma en un hilo por el temor de ser arrojados de sus comederos, pretendientes los demás, tenacísimos y fastidiosos, cualquiera que fuese la situación saliente y la entrante. Todos tenían hijos que mantener y ningún oficio con que ganar el pan, fuera de aquel remar continuo en las galeras políticas.

A su casa corrió D. Bruno como una exhalación, y no encontró a nadie. Las señoritas habían ido de paseo con Rafaela, los chicos correteaban con sus amigos, después de clase, y Leandra, desmintiendo en aquellos días sus hurañas costumbres, buscaba fuera de casa el alivio de su honda nostalgia. Obligado a esperarla, y no teniendo a quién comunicar su alegría, se franqueó el señor con la Maritornes, dándole conocimiento del destino y anticipando la idea de que la familia debía mudarse al centro de Madrid, pues no era cosa de que tuviera él que andar media legua todas las mañanas para ir al Ministerio; ni cómo había de llevarle la criada el almuerzo a tan larga distancia. (p.5766) Era costumbre y tono que los empleados almorzasen en la oficina, y que después pidieran el café al establecimiento más cercano. Luego fumaban un rato, leían el periódico y.. En estos risueños pensamientos el hombre se adormecía, renegando de la tardanza de su digna esposa..

La cual entonces había contraído una dulce amistad, que era su pasatiempo más grato. Andando por paradores y tenduchos, tropezó con una paisana, del Tomelloso, propietaria de una colchonería en la calle del Ángel, y hablando de la tierra, iban apareciendo mujeres, hombres y familias que habían tenido el honor de nacer en la felice Mancha. En el término de esta cadena de relaciones y conocimientos halló Doña Leandra a una pobre señora que había visto la luz en Aldea del Rey, lugar del propio Campo de Calatrava, con lo que resultaba un paisanaje más familiar, casi con honores de parentesco. Era la tal Doña María Torrubia, viuda de un tratante en ganado de cerda, y había pasado en poco tiempo de una holgada posición a la más humilde y lastimosa, pues vivía de un humilde tráfico: vender torrados, altramuces y piñones para los chicos; para los grandes, yesca, pedernales y pajuelas. Todo su comercio lo llevaba en dos cestas colgadas de uno y otro brazo, y con él se instalaba en la Fuentecilla o en la Puerta de Toledo, en el puente los días de fiesta. En cuanto las dos mujeres se echaron recíprocamente la vista encima, reconoció cada cual en la otra el aire y habla de la tierra, y por cariñosa atracción instintiva se abrazaron, con lágrimas en los ojos.

Rápidamente se dieron las informaciones precisas, nombres, linaje.. y resultaron, ¡ay!, parientes, pues si Doña María era Quijada por su madre, Doña Leandra tenía sangre de Torrubia por el segundo grado de la línea paterna. Enumeró Doña María todas las familias enlazadas con los Carrascos y los Quijadas, y a Doña Leandra no se le olvidó en la cuenta ninguno de los parientes y deudos de la Torrubia ni de su difunto esposo, Mateo Montiel, a quien Bruno había tratado íntimamente. Dos horas emplearon en hacer el censo de población (p.5767) del Campo de Calatrava, no escapándoseles familia rica ni pobre. Daba cuenta Doña María de las casas y posesiones de los Quijadas en Peralvillo, enumerando las granjas, paneras, abrevaderos, palomares, corrales y hasta los pares de

mulas. ¡Ay! Doña Leandra veía el cielo abierto, y no habría parado en tres días de platicar de materia tan sabrosa.

Separáronse las improvisadas y ya cariñosas amigas con promesa formal de reunirse todas las tardes en el Campillo de Gilimón, donde la Torrubia tenía su mísero alojamiento, junto a la tienda de un pajarero llamado Juan López, de apodo Sacris, por haber sido en su mocedad lego, y después muy metido entre curas, hasta que adoptó la industria de cazar y vender pájaros. Las horas muertas se pasaban las dos mujeres, sentaditas en los grandes pedruscos que forman poyo junto a las casas, o en el pretil que cae sobre el vertedero. Allí tomaban gozosas el sol poniente hasta su último rayo, sin dar reposo a las lenguas, trayendo a una recordación entusiasta las cosas buenas de la tierra: las excelentes comidas, superiores a todo lo de Madrid; la hermosura del campo, lleno de luz, y la deliciosa sequedad, la tierra dura sin árboles; los ganados y las personas, indudablemente más honradas y verídicas que las de la Villa y Corte, donde todo era mentira y ladronicio. Jamás se agotaba el tema, y cuando la memoria de Doña Leandra flaqueaba, la de Doña María, por remontarse a tiempos más distantes, era más enérgica y vivaz en el descubrimiento de las manchegas perfecciones.

Una tarde, después de ponderar la fortaleza y el rico sabor de las aguas de allá, dijo Doña Leandra: «Y habrá usted observado, como yo, que aquí el jabón no lava.. Yo me restriego (1) las manos hasta despellejarme, y nada.. Este condenado jabón no limpia, y la ropa nos la traen las lavanderas con viso amarillo y sin la blancura que saca en nuestra tierra. ¡Vamos, que cuando me acuerdo del jabón que fabrica en Daimiel Norberto Casales..!, que es primo mío, por más señas..».

-Y sobrino segundo o tercero de mi difunto.. (p.5768) ¡Aquel es jabón.. sí, señora!

-¿Se acuerda? Blanco y rosadito como la nácar, con su veteado azul.. Deja la ropa y las manos como si acabaran de nacer.. ¿verdad?

-Verdad. Mas yo creo que aquí no se limpia una por mor de las aguas -dijo la Torrubia mostrando sus manos, que sin duda necesitaban la corriente del Jordán para descortezarse-. Sobre que da dolor de tripas, el agua de Madrid no tiene aquel líquido,

¿verdad?, aquel..

En esto llegó corriendo la Maritornes para decir a Doña Leandra que el señor había llegado y la esperaba..

«Chica, me has asustado.. ¿Qué.. ocurre algo?».

-Lo que hay es cosa de oficina, y de que tengo que llevarle el almuerzo -replicó la alcarreña-. Venga, señora, pronto, que el amo está contento.. Mus muamos..».

Echose a la cabeza Doña Leandra el pañuelo negro, que en el calor de las alabanzas del manchego jabón se le había caído, y toda medrosica y anhelante, barruntando nuevas tristezas, invocando a la Virgen Santísima y a los santos de su devoción, enderezó los pasos a su casa, donde D. Bruno, con solemne y conmovida palabra, le dio la noticia del feliz nombramiento.

 

Ep-30-VIII - A la siguiente tarde, o mañana, que la hora no consta en los papeles coetáneos del suceso, fue Doña Leandra al encuentro de su amiga, con los espíritus muy abatidos. Rodeada de sombríos nubarrones, la tenaz idea nostálgica volteaba en su magín, como una rueda silenciosa, doliente.. El empleo de Bruno no sólo alejaba la ocasión de volver a la Mancha, sino que imponía la necesidad de abandonar aquel barrio, el único de Madrid en que ella con mediano gusto se encontraba. Juntáronse las dos manchegas, y a sus pláticas dieron principio, arrimaditas al muro de las casas, para mejor gozar del sol; mas no habían pasado de los exordios, cuando el pajarero, dejando a un muchacho sirviente el cuidado de la limpieza de jaulas y el suministro de agua y cañamones, acercose a ellas y con pavorosa ronquera les dijo: «Me paiz que no acabará el día sin tremolina. ¿No saben lo que pasa? Pues ahí es nada lo del ojo.. La cosa más (p.5769) tremendísima que se ha visto en toda Europa y sus islas alicientes..».

-¡Ay, Dios mío! -exclamó la Torrubia-. ¿Otra revolución? Mal año para el comercio.

-Mal año para todo -repitió Doña Leandra elevando los ojos al cielo-. Y díganme a mí que no están todos locos en esta tierra.

-La circunstancia de ahora -dijo Sacris, pasando de la ronquera al tono profético- será la más funestísima que habéis visto, y correrá la preciosa sangre por las calles, mismamente como en el matadero.. Pues ello es que Olózaga.. el que rezó la Salve en las Cortes, ahora le ha cantado el Credo a la Reina. Diz que en cuanto cogió el bastón de Ministro quiso volver a poner en pie de guerra a la Milicia Nacional, traernos otra vez al ayacucho y desarmar todo el ejército, lo que a la Reina no le hacía gracia.. Llevó el decreto disoluto de quitar Cortes, y la Reina no quiso firmarlo. Furioso el hombre, paiz que cerró las puertas del camerín, y sacó una navaja, otros diz que puñal, de este tamaño, con perdón, y amenazó a la Reina con dejarla en el sitio si no firmaba; y no contento con tan tremendísima peripecia, echole mano a la ropa, la obligó a sentarse en el trono, y allí, amenazada la niña con el puñal apuntado a su tierno pecho, no tuvo más remedio que suministrar la firma.. El hombre, una vez conseguida su incumbencia, tomó el portante; mas la Reina y todo el señorío de Palacio salieron dando chillidos tras él, y en la escalera le apresaron los excelentísimos alabarderos.. Total, que ya está en capilla, y mañana le ahorcan.. Pero andan los del Progreso muy alborotados, y dicen que no hay que colgar a Olózaga, sino a Narváez, que es el causante, pues.. Los de tropa van por las calles pidiendo la exterminación de liberales, y se comprometen a estar fusilando desde por la mañana hasta la caída del sol, si la Reina lo quiere.. y ved ahí el cataclismo que atravesamos..

-Pues siendo así -dijo Doña Leandra, echándose atrás el pañuelo que la sofocaba-, y si viene tan grande matanza, buen tonto será quien teniendo pueblo tranquilo donde vivir, se quede en este infierno.. Voime a mi casa, que Bruno habrá (p.5770) llegado con tan horrendas noticias, y determinará que esta tarde nos pongamos en salvo.

-Sí, hija; didos pronto -indicó la Torrubia-, y llevadme a mí, que como en el barrio me tienen por liberala, motivado a que di muchos vivas en aquellas tardes del mes de Septiembre, cuando tiraron a la Cristina, puede que a mí quieran también colgarme.. Aunque para mi sayo digo yo, con perdón del Sr. Sacris, que no será la cosa tan funestísima, ni habrá tantas horcas preparadas, pues desde el amanecer de Dios ando yo en esas calles, y no he oído nada. Llegaron en esto al grupo dos vecinos, uno de ellos zapatero y miliciano nacional, el otro matarife, muy señalado por su patriotismo, y dieron del suceso versión distinta de la de Sacris. Olózaga llevó a la firma de la Reina el decreto de disolución, y Su Majestad obsequió al Ministro con su cartucho de dulces, después de lo cual firmó sin dificultad. Lo que había era que los despóticos, viendo que Olózaga venía con las intenciones de un jarameño, le armaron esta fea zancadilla en Palacio, figurando que la Reina no firmó de su voluntad, con lo que quitaban de en medio a todo el elemento libre.

En formidable disputa empeñáronse el zapatero y Sacris, esgrimiendo este toda su dialéctica retrógrada y eclesiástica, el otro volviendo por los sagrados fueros de la Libertad y la Milicia, y a punto estaban ya de agarrarse, no ya de lenguas, sino de uñas, cuando Doña Leandra abandonó el grupo de contendientes (que a cada instante se engrosaba con vecinos de ambos sexos) , y tiró hacia su casa, donde esperaba que Bruno le daría informes de toda exactitud, y que la familia determinaría por unanimidad ponerse en salvo. Llegó, en efecto, al hogar el buen Carrasco, poco después de su esposa, y a esta y a sus hijas, que ya en la vecindad habían oído alguna vaga indicación del suceso, lo refirió y comentó con sentido, sin dar a entender que ofreciera peligro la residencia en Madrid. Doña Leandra afectó un terrible miedo; las chicas, no menos asustadas, agregaron que convenía mudarse pronto, antes hoy que (p.5771) mañana, porque no había más peligrosa vecindad que los barrios bajos en tiempo de revueltas. Calló la madre tragando saliva, y D. Bruno siguió diciendo que lo de Olózaga era castigo de Dios, porque tanto él como López y Caballero, las primeras figuras entre los libres, se habían mancomunado con la gente tiránica para derribar al Regente, y ya pagaban su culpa, viéndose perseguidos y deshonrados de mala manera por los que se fingieron sus amigos con el único fin de quitarle a la Nación hasta los últimos ápices de libertad.

Por el momento, no podía el Sr. de Carrasco decir más, y al café se largaba, donde fácilmente se enteraría del curso de aquel negocio. Todos los cafés ardían en disputas. Se oían los juicios mas razonables y las aseveraciones más absurdas y locas. La discreción y la demencia chisporroteaban juntas, y el humo de las vacías palabras asfixiaba a las muchedumbres que en lugar cerrado y en la calle, en cuerpos de guardia, en corredores palatinos, en ámbitos del Congreso, y en sacristías, camarines, plazuelas y portales, agitaban sus lenguas y secaban sus gargantas comentando el dramático asunto y desentrañando sus obscuros móviles.

«Señores, señores -decía D. José del Milagro en su gallinero del café, esforzando horriblemente la voz, y dando golpes en la mesa para dominar el tumulto y abrir un hueco de silencio en que depositar su opinión-. Señores.. óiganme, por favor.. En nombre de la patria, de la familia, del individuo, ¡ah!, les ruego que me oigan, porque si no me oyen reviento, como hay Dios.. La única solución, la única solución que veo.. lo digo con la mano puesta sobre mi conciencia.. la única solución es que le traigamos otra vez.. Sí: en este horrible desconcierto, todos los ojos se volverán al fin al héroe desterrado, al ciudadano invicto que hemos perdido porque no le merecemos, al triunfador, al regenerador, al pacificador..».

-Silencio, orden -gritaron varias bocas-, que Milagro está diciendo cosas muy buenas.. ¡Silencio! -Sí, amigos míos, compañeros míos, hermanos míos -prosiguió D. José imitando el estilo de (p.5772) López-: yo sostengo, yo aseguro, yo declaro que en la gravísima situación de la Patria, en el terrible conflicto de la Libertad, en este deplorable caos a que nos han traído los errores de unos y otros, no veo, no vislumbro, no puedo imaginar otro remedio ni otra salvación que la salvación y el remedio que he tenido el honor de exponer.. Y la misma Reina, nuestra amadísima Soberana, que alguien quiere convertir en piedra de escándalo y en elemento, señores, en elemento de discordia y enredos.. nuestra excelsa Soberana, hija de cien Reyes, será la primera que alargue sus bracitos amorosos hacia Londres, diciendo: «Espartero, ven a salvarme, que sólo en ti y en la Virgen del Pilar veo lealtad y amor verdadero; ven a librarme de esta pillería que me rodea y quiere engañarme, unos para llevarme a la demagogia, otros para vestirme de la piel del despotismo.. No, no mil veces, Espartero mío: yo no quiero ser despótica ni parecerlo. Liberal nací, y liberalmente me crié, ¡ah!, entre el estruendo de los himnos populares y del horrísono fuego de cañón con que los campeones del adelanto destruían los odiados alcázares del retroceso, representado por mi señor tío. Yo quiero ser popular y que el pueblo me adore, como yo le adoro a él». Esto dirá nuestra divina Isabel, y el Pacificador oirá su voz suplicante, como la de los buenos que aún quedan aquí, y le veremos venir, tirándole de un brazo los progresistas y de otro los moderados de juicio, y empujándole los decentes de todos los partidos. Creedlo, señores y amigos: si la acusación se formula en las Cortes, si el gran barullo se arma entre olozaguistas y palaciegos, entre milicia y tropa, entre fraques y uniformes, llegará día en que la necesidad de conservar la vida inspire a todos la idea de volver los ojos al hombre de Septiembre en Madrid, al hombre de Diciembre en Luchana, al hombre de Junio en Peñacerrada, al hombre de Mayo en Guardamino; al hombre, en fin, de todos los meses del año en la patria historia.. Deseemos, pues, que la confusión aumente, que vengan injurias de unos a otros, (p.5773) bofetadas y palos, y tras los palos, tiros, y tras los tiros, el pronunciamiento decisivo del sentido común contra las tonterías y los crímenes.. He dicho».

Aunque no fueron pocos los que tomaron a risa la perorata del sesudo Milagro, escarneciéndola con aplauso burlesco, no dejó de producir su efecto en la mayoría del concurso, y algunos hubo que suspensos y meditabundos la oyeron. ¡Sería chistoso que acertara D. José y saliera para Londres una comisión de tirios y troyanos en busca del Duque para traerle a poner paz en este charco de ranas locas! Abundó Carrasco en las ideas de su amigo, añadiendo que él iría con mucho gusto a Londres para la traída del hombre de todo el año, y por de pronto lanzaría la idea para que fuese cuajando en los cerebros.

El llevar al Congreso la acusación y darle forma parlamentaria fue la más escandalosa pifia de los señores moderados o palatinos: en vez de ahogar el escándalo en su origen, echando tierra sobre el error cometido, fuera obra de quien fuese, empeñáronse en desplegar ante el país toda la malicia y desparpajo de nuestros políticos, entregando la persona de la Reina a la voracidad de las disputas y al manoseo de las opiniones. ¡Bonito principio de reinado; bonito estreno de la Majestad, que representada en una candorosa niña, debió ser resguardada de toda impureza y puesta en un fanal, a donde no llegara el hálito de las ambiciones! Por esto ha podido decir Isabel II que desde su tierna edad le enseñaron el código de las equivocaciones. Pudo añadir también que en cuanto le quitaron los andadores, dejándola correr por las asperezas del Gobierno con sus pasos propios, oyó sin cesar palabras rencorosas de unos españoles contra los otros, y sin quererlo aprendió de memoria el estribillo de que estos súbditos eran buenos, y malos los de más allá. Manos de bandidos la empujaban por estos caminos, dedos negros le señalaban otros no menos obscuros, y con pérfidas lecciones fomentaban en ella todos los defectos de su raza, dejándole el cuidado de conservar por sí misma algunas de sus virtudes. Si algo (p.5774) bueno tuvo no se lo debió a nadie: lo malo no es tan suyo como parece, porque poca defensa contra el mal tiene una pobre niña, gobernante de pueblos, criatura mimada y sin estudios, a quien le ponen de maestros los siete pecados capitales.. y no le pusieron más de siete porque no los había.

 

Ep-30-IX -

La gran función parlamentaria, la espantosa lidia de Olózaga, soberbia res de sentido, fue de las más interesantes del régimen: desde que hubo tribuna entre nosotros, no se había visto escandalera semejante; la emoción dramática superó a cuanto dan de sí las más ingeniosas obras del romanticismo. La intriga era soberana, el enredo superior, el diálogo vivo, a veces fulminante; las peripecias, variadas y sorprendentes; a cada paso surgían escenas de pasmoso efecto. Una de las que más hondamente afectaron al público, apenas alzado el telón, fue ver entrar en escena, con su cartera debajo del brazo, algo inquieto y sobrecogido, al famoso Ibrahim Clarete, el desvergonzado libelista de El Guirigay y trompetero de motines, D. Luis González Bravo, joven lleno de gracias y de ambición, de simpatía y de cinismo, que desde el 40 acechando venía la coyuntura de un rápido encumbramiento, y al fin la encontraba. Meses antes enronquecía cantando las alabanzas de la Milicia Nacional; en Septiembre del 40 ensalzaba en Madrid a Espartero; en Julio del 43, a la coalición en Barcelona; su audacia y el arrimo de los moderados le llevaron de los clubs a las Cortes; su natural despejo y su asimilación prodigiosa hiciéronle orador notable, y capitaneó el grupito de la Joven España.

Días antes del drama en que apareció desempeñando con tanta frescura el papel de defensor de la inocente Majestad ultrajada, creyó González haber encontrado junto a Olózaga la coyuntura que perseguía. Indicaciones de amigos oficiosos le hicieron creer que aquel le haría Ministro; confiaba en ello; mas Olózaga no quiso en su cotarro gente de aluvión, y el ambicioso, con rabia y despecho fuertes, buscó en la turbada situación política otro (p.5775) árbol a que arrimarse, o percha con que trepar a las alturas. Los primates moderados, que querían llevar adelante la fea intriga de la acusación de Olózaga, desviando sus rostros para disimular mejor sus pensamientos, necesitaban un hombre listo y ambicioso, valiente en las disputas, poseedor de una de esas caras que afrontan todas las situaciones, de una conciencia insensible a todo escrúpulo; un hombre, en fin, de esos cuyo entendimiento no flaquea ante ninguna razón, cuyo oído no se asusta de lo que oye, cuya palabra no se asusta de lo que dice.

Prestose D. Luis a ser Ministro en el cráter de un volcán, demostrando la magnitud de su audacia, rayana en heroísmo. Hay algo de grande, no puede negarse, en esta frescura, que por un lado es picaresca, por otro lleva en sí todas las arrogancias de la caballería. La Historia vacila entre admirar a este hombre o inscribirle con asco en sus anales. Testaferro de los moderados, firmó el acta de acusación con la referencia del desacato, y el testimonio de Su Majestad, arma terrible de justicia, con la cual se podía decapitar a media España y meter en presidio a la otra mitad.. Desorientado y confuso se ve el narrador de estos acontecimientos al tener que decir que aquel cínico era simpático y airoso por extremo, que fuera de la política era un hombre encantador que a todo el mundo cautivaba, ornado de sociales atractivos y aun de cristianas virtudes..

¡Oh! España, en todo fecunda, es la primera especialidad del globo para la cría de esta clase de monstruos.

Contentos de haber hallado un monstruo que tan bien se ajustaba a las necesidades de aquel momento político, los Caballeros del Orden no tenían ya nada que temer: suya era la Casa Real; España, con sus Indias, no tardaría en pertenecerles. A Olózaga dábanle ya por difunto, y con él caía para siempre, o al menos para muchos años, el espantajo del Progreso. Anhelaban acortar todo lo posible la función dramática, a fin de dar al escándalo tan sólo las dimensiones absolutamente precisas. Para que la semejanza de tal función con (p.5776) las de un drama o comedia fuese perfecta, el local parlamentario era el teatro de la Plaza de Oriente, aún no concluido, edificio con grandes anchuras para la sesión pública, pero sin desahogo de pasillos para el descanso y esparcimiento de los padres de la patria, y para la irrupción de vagos que iban a recoger impresiones, a charlar de política y a comentar los discursos. Entre estos holgazanes era D. Bruno de los más fijos, como si en ello estribara una sagrada obligación; y aunque no tan asiduo, también Milagro dejábase ver por allí, y con él Mariano Centurión, a veces Don Frenético. En aquel corro vocinglero solían introducirse algunos diputados, como Fermín Gonzalo Morón, amigo de Milagro; Madoz, íntimo de Centurión, y Oliván e Iznardi, que a sus ventajas de comer la sopa en todas las situaciones, unía ya la de ser representante del país en todas las legislaturas. También hocicaban en el grupo periodistas jóvenes, como Ángel Fernández de los Ríos, Coello y Quesada, Villergas y otros.. Si todo lo que tantas bocas hablaban se refiriese, no habría libros ni bibliotecas bastante capaces para contenerlo: entre millones de palabras vanas, algún juicio gracioso y picante, algún relato en que vibraba la verdad, merecerían la reproducción. Milagro conservaba en su memoria multitud de trozos que bien podrían ser páginas históricas, y haciéndolos suyos, estuvo repitiéndolos hasta el año 46, en que perdieron su oportunidad. Asimismo recordaba Centurión con admirable retentiva la perorata que soltó Fermín Caballero una tarde, cuando ya la escandalosa discusión estaba en el quinto o sexto día. Fue como sigue:

«Con lo que le han dejado decir a Salustiano, con lo que hemos dicho Cortina y yo, habrá comprendido todo el mundo que lo de violentar a la Reina para que firmase es una farsa, la peor y más peligrosa que pudo haber discurrido esta gente. Hay cosas que pudieran decirse aquí, arrojarían toda la claridad que este obscuro pleito necesita. En la famosa entrevista de Salustiano con la Reina, esta se mostró como nunca jovial y (p.5777) juguetona, firmó todo lo que le presentó su Ministro, una cruz para el escritor francés

M. Viardot, otra para el señor Morejón, y por fin, el decreto disolviendo las Cortes. Al salir Olózaga, le dio la Reina un cartucho de dulces, con recomendación expresa de que no lo abriese hasta llegar a su casa.. Hemos creído si habrá sacado esta niña las mañas guasonas de su papá, que regalaba cajas de puros a los ministros cuando había decidido plantarlos en la calle o mandarlos al destierro. Pero esto es una cavilación; la Reina dio los dulces con la mayor inocencia: eran para Elisita, la niña de Olózaga.. He sabido por un palaciego de todo crédito, persona veracísima, que al salir nuestro amigo de la estancia regia estaba Isabelita gozosa, más aún que de ordinario, saltona y vivaracha, y que por las trazas deseaba que se fuera el Ministro para ponerse a jugar con su hermanita y dos azafatas. Como unas dos horas estuvo enredando en el juego más de su gusto: las casitas de alquiler, y vean ustedes qué simbolismo: poco antes había jugado a desalojar las Cortes, poniendo en el Congreso los papeles de Esta casa se alquila. ¡Cosas de la vida humana, que resultan muy chuscas en la vida de los pueblos! No olvidemos que nuestra Reina cumplió ese día trece años, un mes y diez y ocho días. Díganme si no es criminal la conducta de los que han hecho a esta cándida niña, sin experiencia, sin malicia ni conocimiento de su posición y de su responsabilidad, el mal tercio de ponerla frente a un partido respetable, el partido que aseguró su Trono y defendió sus derechos.. Yo les digo a estos señores que si todos de buena fe, todos con mira patriótica, no nos cuidamos de educar a esta chiquilla en las funciones de su cargo; si no la rodeamos de respeto; si no la ponemos muy alta, para que no lleguen a ella ni siquiera los rumores de nuestras disputas, demos por corrompido el Régimen y vayámonos todos ¿a dónde?, a cualquier parte, dejando que hagan sus madrigueras en las gradas del Trono cuatro clérigos y cuatro espadones..

»Pues sigo mi cuento. Jugó Su (p.5778) Majestad largo rato a las casitas de alquiler, y dio luego a las muñecas una espléndida comida de anises en una vajilla diminuta, y de lo que menos se acordaba Isabel II era de que nos había disuelto de una plumada, y de que había llamado al país a nuevos comicios. Todo el resto del día estuvo la niña en la mayor tranquilidad, olvidada de sus funciones graves, hasta que llegó de su casa la camarera mayor, y ¡allí fue Troya! Al enterarse de que la Reina había firmado, la Marquesa, que venía con las de Caín bien provista de instrucciones, puso el grito en el cielo y se llevó las manos a la cabeza, augurando desastres, revoluciones y el Diluvio universal. ¡Buena la había hecho la inocente Reinita! Jugando con el país como con una muñeca más, había firmado su perdición. ¡La Milicia Nacional otra vez cobrando el barato, la libertad de la imprenta despotricando a troche y moche; el ateísmo, la demagogia y cuanto hay de perverso!.. Dicho esto por la Marquesa, se alborota todo Palacio. Poco después empiezan a llegar a la cámara Real los señores del margen: Narváez, Pidal, Miraflores, Serrano, el general lindísimo.. Pidal, con noble inocencia, llora al saber el desacato que atribuyen a Olózaga, y también derrama una lágrima por el propio motivo nuestro amigo el angélico Frías.. En fin, que allí se acordó la exoneración del Ministro, y encausarle y hacerle añicos, y no dejar luego un progresista para un remedio.. Poco después llevaron al pobre González Bravo, a quien yo aprecio porque es listo, gracioso, amable y valiente, más valiente que el Cid. De su bravura indomable da testimonio la serenidad con que entró en Palacio, con las uñas todavía ensangrentadas de haber desollado viva a la reina Cristina refiriendo descaradamente los amores con Muñoz y aquellas escenas picantes de Quitapesares y del Pardo.. Pues bien: reunido todo el cónclave, allí acordaron lo que se había de hacer para llevar adelante la intriga del modo más airoso. La osadía de Luis les daba esperanzas de éxito.. ¡Ah!, un detalle. En el acta de acusación se dice que (p.5779) cuando la Reina manifestó repugnancia de firmar y quiso pedir auxilio, Olózaga se abalanzó a la puerta y echó el cerrojo. Pues la puerta de la estancia en que esto pasaba no tiene cerrojo. Lo sé como si lo hubiera visto y examinado. Pueden ustedes asegurarlo, como yo lo aseguro.

»Continúo. Pues mientras en la Cámara Regia sucedía lo que voy contando, Olózaga tan tranquilo, ignorante de todo. Había pasado el día con Manuel Cantero y otros amigos, entre los cuales me contaba yo, en la Casa de Campo, donde comimos alegres y descuidados.. Al volver de la partida campestre, enterose Salustiano de lo que ocurría, fue a Palacio y no le dejaron pasar a la cámara Real, cosa inaudita y que no le dejó duda de su desgracia. El Duque de Osuna, gentilhombre de servicio, le dijo que habiéndose dignado S. M. destituirle, podía retirarse a la Secretaría de Estado, donde encontraría el decreto de exoneración. Al último de los criados se le despide con más miramiento,

¿verdad, señores? En el círculo de la amistad y en la conversación privada, hemos podido hacer confesar a Ángel Saavedra, a Pastor Díaz y al mismo Sartorius, con ser tan arrimadillo a Narváez, que esto es un escándalo, que de la polvareda de esta intriga saldrán terribles lodos, y que los moderados echan el primer borrón en el reinado de esa pobre niña.. Otros no quieren confesarlo, aunque en su fuero interno piensan lo mismo, y si pudieran volverse atrás, recoger y retirar todo lo actuado, lo harían de buena gana.. Ya saben ustedes, porque cien veces lo hemos dicho, que reunidos en casa de Madoz para examinar despacio el decreto firmado por la Reina, no descubrimos en la firma y rúbrica la menor señal de alteración del pulso, ni que la escritura hubiese sido hecha con violencia.. Y vednos aquí en el más extraño y desigual juicio que cabe imaginar, porque no podemos poner en duda la palabra de la Reina, quien, como tal Reina y señora de los españoles, no puede haber dicho cosa contraria a la verdad. Nuestra defensa está en sostener que no hubo violencia para obtener el (p.5780) decreto, y que sí la hubo en la producción del acta y testimonio de Su Majestad. La verdad no se pondrá en claro, y cada cual seguirá creyendo lo que quiera. Pero no quedará bien parada nuestra Soberana, que unos y otros suponemos víctima de una violencia. ¡Qué principio de reinado! ¡Esto da pena! ¡Qué manera de empañar con nuestro vaho la aureola de esa criatura, cuya pureza debe ser fuente de toda autoridad! ¡Qué furia para dar pisotones a esa rosa, y privarla de su aroma y de su color bellísimo!..».

 

Ep-30-X -

Con estas turbulencias y estos dramas parlamentarios, agudísimo acceso de la dolencia de la Nación, vivía en gran zozobra la buena de Doña Leandra, viéndose obligada a repetir: ni se muere padre ni cenamos. Si no se determinaba la mudanza, tampoco se veía claro lo del destino, porque caído y arrastrado por los suelos Olózaga, lo más seguro era que su sucesor revocara todos los nombramientos hechos por aquel. La familia, pues, estaba con el alma en un hilo: ni se realizaba el bien supremo de volverse todos a la Mancha, ni el problema de la vida en Madrid se les presentaba claro. Provechosa sería tal vida, aunque triste, si la posición de Carrasco fuese tal como de sus méritos podía esperarse, si a las chicas les salieran excelentes partidos, si los pequeños adelantaran en sus estudios y se hicieran ilustradillos, en disposición de seguir brillantes carreras. Pero la realidad no acababa de confirmar las risueñas ilusiones. Siempre que Doña Leandra hablaba a su esposo de la poca gracia que le hacía Madrid, se le nublaba el rostro a D. Bruno, y dejaba escapar suspiros como catedrales. Sin duda, no bastando las rentas de la propiedad manchega para sostenerse, el buen señor se había visto obligado a contraer deudas, con lo cual y las cosechas flacas y el dispendio gordo, y los arrendamientos en deplorables condiciones por favorecer a parientes menesterosos, la riqueza de la familia, grande para la Mancha, cortísima para Madrid, iba cayendo y rodando por un despeñadero cuyo (p.5781) fondo no se veía.

Observó Doña Leandra, en la primera semana de Diciembre, que se agravaban las melancolías de D. Bruno, como si en el proceso parlamentario de Olózaga fuese él y no Salustiano el acusado a quien los palaciegos maldecían. Había tomado el manchego como cosa suya el tremendo litigio, y en su solución se interesaba cual si en ello le fuese la vida. Diariamente daba noticias a los suyos de cuanto en el reñidero de la Plaza de Oriente iba pasando: los discursos terribles de los acusadores, la defensa de Cortina y la que de sí propio hizo el supuesto delincuente. Ponderaba el valor cívico, el sólido argumento, la palabra elegante, la sinceridad, la ironía, todo lo que, a juicio del informante, hacía de Olózaga orador más completo que los llamados Cicerón y Demóstenes, de tiempos muy antiguos.. Según D. Bruno, convertido de acusado en acusador, se había crecido tanto el hombre, que ya no se le veía la cabeza de tan alta como estaba.

Llegó por fin un día en que, el escándalo, si no concluido por el esclarecimiento del asunto, fue cortado y suspenso: los propios palaciegos echaron agua a la hoguera para que no fuese terrible incendio que a toda la Nación devorase. Olózaga, por consejo de sus amigos, que veían amenazada la vida del tribuno en nocturnas asechanzas, huyó al extranjero, y el Ministerio González Bravo procuraba entrar en la normal vida política, consistente tan sólo en dar y quitar destinos. En este punto advirtió la familia de Carrasco que el cabeza de ella, lejos de calmarse, se abismaba en más negras murrias; perdía notoriamente la salud, y ni entraba bocado en su boca ni de ella salía palabra alguna. Pasaron días, y el buen hombre, por los monosílabos que pronunciaba su trémulo labio, por el tenebroso signo de su entrecejo, parecía tocado de la desesperación. «Madre, señora, madre -dijo a Doña Leandra la hija mayor-, ¿sabe lo que tiene padre en su cuarto? Pues una pistola, así, muy grande. Escondidita debajo de los libros la vi cuando limpiaba. No he querido tocarla, temiendo que se me disparase». (p.5782) Corrieron allá hijas y madre, aprovechando la ocasión de estar ausente Don Bruno, que había bajado al estanco, y con grandísimas precauciones se apoderaron del arma y la guardaron en paraje recóndito, donde nadie podría encontrarla. Por la noche, acostados ya todos, durmiendo los menores, en vela Carrasco, su mujer haciéndose la dormida, notó esta que el buen señor se levantaba despacito, evitando el ruido, y que con paso de ladrón a su despacho se encaminaba; púsose en acecho la señora, le sintió encender luz, oyó el chasquido de la silla cuando en ella cayó el proceroso cuerpo; le sintió luego revolviéndose con paseo de lobo enjaulado en la reducida estancia, y a veces oía secos golpes, como si D. Bruno se diera de cabezadas contra los frágiles tabiques. Más muerta que viva levantose Doña Leandra, y echándose una falda y cubriéndose con la colcha rameada, que fue lo que encontró más a mano, corrió al lado de su esposo, el cual, al verla entrar en tal disposición, silenciosa por no traer zapatos, se estremeció de susto, creyendo que le visitaba algún fantasma o alma del Purgatorio. Estaba el manchego,

cuando surgió la aparición, trazando el encabezamiento de una carta. A su lado se sentó la mujer y le dijo: «Que a ti te pasa algo, y aun algos; que no es cosa buena, no puedes negármelo, Bruno, que bien lo manifiestas, no con lo que dices, sino con lo que callas, y con la cara de tinieblas que se te ha puesto. De lo que sea dame conocimiento pronto, pronto, pues si a mí no te confías, no sé a quién lo harás».

-Pues sí, mujer -dijo Carrasco, que sólo con verse provocado a la confianza, algún alivio sentía ya de la pesadumbre que agobiaba su espíritu-: me pasa lo más terrible, lo más espantoso, lo más horrendo que puede pasarle a un hombre, y si ahora te pusieras tú a imaginar cosas malas, no llegarías a la verdad de mis padecimientos, Leandra.

-Todo sea por Dios -dijo la señora, abriendo el inmenso paraguas de su conformidad evangélica para el chaparrón que venía-. Si Dios quiere probarnos y afligirnos con penas (p.5783) grandes, es que las merecemos, Bruno, y a su santa voluntad debemos someternos.. Ya me parece que estoy al tanto de lo que nos pasa. Esta vida no es para nosotros, pobres aldeanos, y por meternos a figurar en la Corte vamos cayendo, cayendo, y está próximo el día en que tengamos que vender nuestra propiedad para comer unas sopas. En la Mancha comprábamos comida, salvo el azúcar y chocolate, pues de nuestras tierras salía el gasto de boca, y aquí, ni perejil tienes si no sueltas el dinero. Luego vienen los pingajos para vestir a las niñas y poner con ello cebo a los novios, que pican, sí, pero no caen; luego el costerío del estudio de los chicos, el cual es tan grande que en cada libro que se les compra se va el valor de medio cochino, y de un diccionario en latín sabrás que costó más de cochino y medio.. en fin, Bruno, que vamos perdiendo el vellón en las zarzas de este Madrid tan malo, y a poco más nos quedaremos desnudos.

-Algo hay de eso, mujer -dijo D. Bruno suspirando-; pero no es tanto el dispendio como tú crees, y las mermas de nuestro caudal no son tales que no podamos reponerlas.

-¿Es que has tomado dinero con usura, para remediar lo flaco de las rentas, y no puedes pagarlo? Pues véndase lo que fuere menester, ya sea de lo tuyo, ya de lo mío, y salgamos de esos ahogos.

-No es eso, mujer. Algún dinero he tenido que procurarme. Después de lo que tomé a Corchales el de Tirteafuera, no hay otro préstamo que una corta cantidad que aquí me dio un amigo de Milagro, D. Carlos Maturana; pero por ahí no nos moriremos.. Lo que ahora me tiene tan afligido es cosa de mayor gravedad que todas las deudas del mundo.

-Yo te aseguro -dijo Doña Leandra, sin poder salir del círculo de los intereses- que no me importa la miseria, teniendo conciencia tranquila. ¿Qué nos pasará?, ¿que lo perderemos todo, que tendremos que volvernos a nuestra tierra pidiendo limosna?

-No es eso.. Nunca nos veremos en ese trance, mujer. Además, lo de los Pósitos va mejor que nunca.

-Será entonces que, caídos y hechos polvo los del Progreso, ya no tienes (p.5784) esperanza de ser jefe político, ni diputado, ni funcionario excelentísimo.. Pues mira tú, eso sí que no me importa nada, porque díme: ¿no has vivido santamente y con la mayor holgura en nuestro pueblo sin que hicieras ninguno de esos papelones? ¿Por ventura, cuando allí nos sobraba todo, y teníamos para dar al pobre, eras tú hombre público y yo señora pública? No éramos públicos, sino honrados y trabajadores; nada debíamos a nadie, y el Señor nos colmaba de bendiciones.. mientras que aquí, en este laberinto, somos unos tristes payos, que vienen al olor de la sopa boba y a ver si encuentran un par de pelagatos hambrones con quienes casar a las hijas.

-Tampoco ahora has dado en el clavo, Leandra. Todas esas desdichas que inventando vas son granos de anís en comparación de esta grande angustia que me hace desear la muerte.. Para que no te devanes los sesos, te contaré lo que ocurre.. He de comenzar por los antecedentes, que principio quieren las cosas, y no entenderías bien mi mal sin ver antes los caminos del demonio por donde ha venido.. Pues el lunes, ¡ay!, a las tres de la tarde, me encontré en la calle de Alcalá, esquina a la que llaman Ancha de Peligros, a D. Serafín de Socobio..

-¿Aquel señor que dicen es muy leído y de mucha sal en la mollera? Fue de Palacio. -Y ahora está otra vez al servicio de Su Majestad con mucho predicamento. Pues nos saludamos: es hombre muy fino, muy sutil, de estos que sienten crecer la hierba..

Naturalmente, se habló de lo de Olózaga, y yo me desmandé: no lo pude remediar. Mi conciencia siempre por delante. Dije que los de Palacio habían armado una gran canallada, y que si triunfaban por el pronto y hacían de Isabelita una Reina despótica, luego vendrían sobre la Nación calamidades terribles; que los moderados no tenían escrúpulo, ni vergüenza, ni..

-Y el hombre, ciego de ira, te arreó una bofetada.

-Nada de eso. Díjome que me calmara, que reflexionara, que viera las cosas por el prisma de.. no sé qué prisma era.. Vamos, que me convidó a refrescar, y entramos en el (p.5785) café de Matossi. Pues, señor, tomé una limonada, con lo que se me fue enfriando la sangre, y D. Serafín me explicó el porqué y el cómo de existir el moderantismo: que no se gobierna a los pueblos con el aquel de progresar siempre, como queremos nosotros, ni con hartarnos de libertades, que en la práctica son barullo para las cabezas y vaciedad para los estómagos.. Nos despedimos y.. Ahora viene lo bueno, quiero decir lo malo.

Al día siguiente recibo una carta de D. Serafín, que luego te enseñaré, citándome para las diez de la noche en el propio sitio.. La torpeza mía fue acudir a la cita, que si allá no fuera yo, y con el desprecio le contestara, no habría caído en estas congojas.. Fui por mi mal..

-Y en la esquina más obscura tenía D. Serafín hombres apostados para que te apalearan.. Ya voy entendiendo.

-No entiendes nada todavía, mujer. En el café me esperaban Socobio y otro sujeto, de los más calificados de la situación, Cándido Nocedal, en pasados tiempos patriota y miliciano, hoy cangrejo rabioso. Empezaron uno y otro a darme un jabón tremendo, hija, a colmarme de elogios, que me pusieron colorado, y tales eran que creí que se burlaban de mí. Socobio, poniéndome la mano en el brazo, me decía: «Nadie puede negarle a usted el dictado de buen español entre los mejores. De hombres como usted, honrados, independientes, serios, está muy necesitada la Nación, y el Gobierno que les convoque a todos, sin reparar en las ideas, mirando sólo a los méritos, olvidando antiguas y ya olvidadas denominaciones, será el Gobierno verdaderamente regenerador..». Pues con todos estos arrumacos se me fue metiendo en el corazón. La verdad, no es uno de bronce; no se ve uno halagado así todos los días. En fin, para no cansarte, después que me adormecieron con aquellas lisonjas tan bonitas, que si buen pico tiene el uno, no le va en zaga el otro.. después que me pusieron bien blando que se me caía la baba, ¡zas!, diéronme la puñalada maestra.

-¡Jesús!

-Dijéronme que González Bravo quería verme, y que allí estaban ellos para llevarme al (p.5786) despacho de Su Excelencia en aquel mismísimo instante.

 

Ep-30-XI - -Ello era una emboscada -dijo Doña Leandra-. ¡Si serían granujas!

-Espérate un poco. Yo, como tan lelo me tenían con las alabanzas, me dejé conducir, como un pobre buey cansino a quien llevan al matadero.. Entré.. Tan pagado estaba yo de mi papel de buen español entre los mejores, que por las escaleras arriba me iba riendo de satisfacción, y cuando vi que los porteros se quitaban la gorra galonada, tan finos, ¿que me creí?, que se daban la enhorabuena por ver entrar en la casa a la flor y nata de los buenos españoles. Metiéronme en el despacho del señor Presidente del Consejo, que allí estaba de palique con dos o tres mamalones junto a la chimenea..

¡Ay!, la vista de González Bravo me trastornó; a punto estuve de echar a correr. ¿Cómo había yo de cruzar mi palabra honrada con aquel pillete, con aquel libelista escandaloso, con el acusador de Olózaga, con el difamador de la Reina Cristina, con el hombre impúdico que se ha puesto a la Nación por montera, y a todos quiere hacernos esclavos? Temblando estaba yo de que acabase con aquellos señores y viniese sobre mí..

No podía yo recibirle sino con cuatro coces y bofetadas..

-Ya, ya lo entiendo todo, Bruno; no sigas. El tunante de Brabo quería cazarte con reclamo, y una vez cogiéndote allí, ¿qué le faltaba más que mandar salir a los guindillas que tenía escondidos, y sujetarte con sogas y llevarte a los sótanos?.. Ya veo claro que así fue, y que logrando escaparte, andas ahora en la grandísima zozobra de que vengan a prenderte.

-Si eso hubiera hecho conmigo el tal González, no estaría yo tan turbado y afligido como ahora lo estoy, ni creería, como creo, que debo pegarme un tiro.. Déjame que siga contándote, y los cabellos se te pondrán de punta.. Pues acabó el Ministro con los otros, y vino a mí muy risueño, alargándome las dos manos.

-¡Ah.. hi.. de tal!.. Comido de cuervos se vea.

-Socobio y Nocedal me presentaron y discretamente se fueron, y solo con la fiera me

vi. Yo (p.5787) temblaba: el hombre me hizo mil carantoñas, mandándome sentar a su lado y dándome palmaditas en el hombro. Yo debí echarle mano al pescuezo y decirle:

«¡Perro, traidor!..» pero lo que hice fue darle las gracias, todo confuso. «No veo en usted -me dijo el Ministro-, más que al buen español; no veo al sectario, ni eso me importa. Yo también he sido sectario, todos lo somos, y en el furor de bandería hemos cometido mil errores.. Pero alguien ha de ser el primero en mandar a paseo las sectas y las denominaciones ridículas, alguien ha de haber que haga el llamamiento a la España robusta, varonil y sana, y ese alguien seré yo, o al menos pretendo serlo. Ayúdenme los buenos, y ya verán si se puede o no se puede..».

-¿Y tú..?

-Me quedé de una pieza; abrí la boca un palmo; no supe decir más que ju, ju.. Francamente, me trastornaba oír tales cosas a un hombre que era para mí el más aborrecido, el más despreciable del mundo. No puedo repetir las cosas magníficas que me fue diciendo, tan bien parladas, con tal retintín de verdad y tanto aquel, que yo no sabía lo que me pasaba. Habías tú de oír su acento, y ver cómo los ojos hablaban mejor aún que la palabra.. En fin, que el hombre me tenía embobado, me tenía loco. Yo me acordaba de cuando le veía desde la tribuna, vomitando mil infamias contra Olózaga, llamando poco menos que figurón a Espartero, gavilla de mentecatos a la Milicia Nacional, y me acordaba también del torcedor que me andaba por dentro oyendo tales villanías, y de las ganas que yo sentía de bajar y darle de patadas, o de ahogarle de un achuchón.. Pues nada: el mismo sujeto en quien puse todos mis odios, ahora, charlando conmigo de silla a silla, me volvía lelo, me cautivaba y me convertía en un monigote.. Todo por la fuerza de su amabilidad, de la miel de su labia, del juego de sus ojos y de aquel sortilegio con que el maldito se explica.. Yo debí tomar una actitud muy digna y decirle: «señor González, todas esas cosas se las cuenta usted a su abuela, y a mí déjeme en paz, que tengo malas pulgas, y si me hurgan..». Pero nada (p.5788) de esto dije, y el muy tuno volvió a coger el incensario, dándome con él en las narices.. Que yo soy un hombre de arraigo.. Eso ya lo sabía.. Que soy representante genuino de la clase media, el justo medio, del buen sentido y tal.. que el Gobierno hará una política de concordia, de atracción, manteniendo el orden, eso sí.. y procurando que los buenos españoles..

¡Demonio de González! Acabó de volverme tarumba cuando me dijo que el objeto de haberme llamado era, ¡Dios me valga!, ofrecerme el mismo puesto para que me nombró Cantero.. Yo me quedé como quien ve visiones, figúrate.. Respondile que mi conciencia, que tal.. todo en medias palabras sin sentido, por causa del gran trastorno en que aquel hombre me había puesto.. Insistió en que aceptase, burlándose con mucha gracia de mis escrúpulos. Los hombres se deben a su país, no a una cofradía, y tal y qué sé yo.. Respondí que lo pensaría, pues la cosa es grave.. pero muy grave..

¿No lo crees tú así?

Nada contestó Doña Leandra: abierta de par en par su boca por causa de la repentina estupefacción, ni las palabras hallaban manera de producirse, ni el pensamiento acertaba con la generación de las ideas.

«Y no paró aquí la cosa, Leandra -prosiguió D. Bruno-. Aún me faltaba la sorpresa mayor, y fue que el señor Ministro me manifestó tener conocimiento de mi pleito con el Estado por lo del Pósito. ¡Mira que estar enterado el tío, y saber todo lo que nos pasa!.. Luego me dijo: 'Esta desdichada Administración nuestra es una máquina mohosa que no anda.. Yo me propongo simplificarla de resortes para que los asuntos vayan más a prisa'. Y cuando me lamentaba yo de que los gobiernos anteriores no me hubieran resuelto cuestión tan sencilla, el hombre dijo: 'Es una iniquidad, un grande atropello.

Como mi política es una política de reparación; como me propongo estar siempre a la defensa de todos los intereses legítimos, y facilitar, no entorpecer.. desde luego aseguro a usted que dé por resuelto ese asunto en la forma que ha solicitado, pues es de rigurosa justicia..'».

Como (p.5789) oyese un gruñido de su esposa, Don Bruno la miró asustado. A la luz de la vela que rápidamente se consumía, moqueando a goterones el sebo y elevando en medio de la llama un pábilo negro y pestífero, vio el manchego la faz de Doña Leandra descompuesta por un asombro semejante al de los apóstoles cuando presenciaron la Transfiguración del Señor. Estaba la buena mujer en éxtasis, la boca entreabierta, la respiración imperceptible, los ojos fijos en un punto del techo, donde veían por un boquete la Bienaventuranza..

«Todavía no he concluido, mujer -siguió D. Bruno-. Aún queda algo.. lo más salado, lo más increíble. El Sr. D. Luis me dijo: 'Ya sé que tiene usted mucha familia. Al chico mayor, que ha entrado en los diez y ocho años, podríamos colocarle..'». -¡Un destino al niño! -exclamó Doña Leandra con voz un tanto desgarrada, volviendo hacia el marido su faz lívida, su mirada que reproducía el rojizo fulgor de la vela-. ¿Pero qué estás diciendo, Bruno? ¿Tú y yo soñamos?

-No, mujer, que estamos bien despiertos.

-¡A ti el empleo gordo, lo de Pósitos resuelto, y a Brunillo un destino con que atender al calzado de toda la familia! -dijo la manchega, pellizcándose los brazos para convencerse de que no soñaba-. Eso es chanza, Bruno, o el D. Luis te lo decía para escarnecerte antes de mandarte al patíbulo.

-Tú lo expresas como una doctora de Salamanca -dijo Carrasco echando su alma en un suspiro-, porque el darme este Gobierno tantas cosas, colmando todos mis deseos, es mandarme al patíbulo, no a la horca material, sino a la moral como quien dice; es deshonrarme, quitarme la virtud que más me enorgullece: la consecuencia. Ya ves, ya ves el conflicto que me ha traído ese hombre, ese diablo, con sus ofrecimientos, y harto comprendes que esté yo en la mayor amargura y en la vacilación más horrible, porque si no acepto pierdo la mejor coyuntura para restablecer y asegurar mis intereses.. ¿cuándo me veré en otra?, y si acepto, ¡carambolos!, heme aquí deshonrado para siempre ante mi partido, (p.5790) ante mi adorada Libertad.. Mereceré que mis compañeros de opinión me escupan a la cara. Figúrate las pestes que dirán de mí, lo que pensará el Duque, y cómo se holgarán los cangrejos de haberme comprado por un pedazo de pan. No, no, Leandra: yo no puedo vender mi alma, y mi alma es la Libertad. Bien claro se ve a lo que tiran esos bellacos; tiran a deshonrar al Progreso, para poder decir: «veles ahí, con tantas ínfulas y tanto presumir; veles ahí viniendo a lamernos las manos por el mendrugo que les echamos». No; Bruno Carrasco no puede prestarse a esta villanía; Bruno Carrasco no es un pelele de estos que llegan a Madrid muertos de hambre; no es de estos que gritan en las calles y alborotan, para que les den unas sopas, y en viendo el cazuelo se callan; no, no soy yo de estos.. Y como no paso por tal ignominia, tendremos que recoger los bártulos y volvernos a nuestro pueblo, y allí, pegados al terruño y a la labranza santísima, esperaremos a que una nueva revolución nos traiga otra vez el Progreso.. Cree tú que sin Progreso no hay paz ni decencia en la Nación..

La idea de restituirse a la Mancha con toda la familia trastornó súbitamente el caletre de Doña Leandra; pero al mismo tiempo la idea de los dones ofrecidos por González Bravo determinaba en el propio cerebro una confusión tempestuosa, que habría terminado por estallido formidable si la señora, echándose mano a la testa, no la comprimiera como para sujetar los dos hemisferios que querían separarse y caer cada uno por su lado.

«Bruno de mi alma -dijo la manchega participando del conflicto en que su esposo se veía-, si me pides consejo, no puedo dártelo en cosa tan grave con prontitud y seguridad, como cuando me preguntas si debemos sembrar alforfón o berberisco. A estas horas, las cabezas caldeadas no pueden dar de sí un pensamiento claro..

Acostémonos y procuremos el descanso.. pidamos a Dios el auxilio de su gracia y de su luz para resolver lo que sea más conveniente. Yo estoy, con todo lo que me has dicho, como si me hubiesen dado (p.5791) una paliza, o como si me hubiera caído de la torre de la iglesia.. Déjame que recapacite, que coja la balanza y vaya pesando las cosas..

Descansa, hijo, descargado ya de ese secreto: lo que yo discurra, lo que yo desentrañe, mañana lo sabrás. Ya no se habla ni una palabra más por esta noche». Diciéndolo, y sin esperar observaciones ni respuesta, entapujose, y a su alcoba enderezó el paso, dando tumbos y chocando en las paredes, y se inhumó al fin en su lecho, como un difunto correntón que vuelve al descanso de la sepultura. D. Bruno, soltada ya por virtud de la confianza la opresora pesadumbre que agobiaba su espíritu, se tendió de largo y cogió un tranquilo sueño, que era sueño atrasado de tres noches.

Doña Leandra, hecha un ovillo, la cabeza casi tocando a las rodillas, velaba meditando..

 

Ep-30-XII -

Que ocupaba grande y luminoso espacio en el alma de la señora manchega el deseo de replantar sus raíces en el suelo patrio, no hay para qué repetirlo. El colmo de todas sus dichas era volver a los aires de allá y emplear de nuevo las energías del cuerpo y del alma en el trajín agrícola, en la cría de tanto simpático animal, y recrearse en el trato de tanta gente honrada y fiel. Pero si entre estos dulcísimos goces y el bien de la familia, hijos y esposo, se planteaba el dilema, Doña Leandra, como esposa y madre cristiana, como mujer criada en la virtud humilde y en la verdad, no podía menos de anteponer a sus propios deseos la conveniencia de los seres queridos a quienes consagraba su existencia. De sus hondísimas meditaciones en aquella noche de prueba resultó al fin una resolución fija, clara, inquebrantable. Muriéndose de pena, aconsejaría decididamente a D. Bruno que aceptara lo que el Gobierno le ofrecía, sacrificando al bien de la familia sus escrúpulos y la fidelidad al Progreso, vana palabra sin sentido. Regó la pobre señora con su llanto las sábanas en que se envolvía, formando como una pelota, y se dijo: «Si el Señor quiere que nunca más vea yo el suelo y el cielo de mi querida Mancha, hágase conforme a su santa (p.5792) voluntad. ¡Viva Bruno y vivan los hijos!, y vean todos satisfechas sus ambiciones, aunque yo me muera, y queden mis pobres huesos en estos nichos, y mi alma suba al cielo, no sin pasar antes por la tierra en que nací». Esto decía llorando; al día siguiente, lavadas cara y manos, se fue a misa a San Andrés, y al volver gozosa y triste de la iglesia, cosa muy rara, alegre por haber tomado una resolución invariable, apenada por el sacrificio de sus ideales en aras de la familia, como hablando de lo mismo solía decir Bruno, se llegó a este, a punto que tomaba chocolate, y evacuó la grave consulta en esta forma:

«Marido mío, me has pedido consejo y a dártelo voy según las luces que Dios me enciende en el magín. Para mí sería lo más grato que desesperados de encontrar aquí la fortuna nos volviéramos a nuestra tierra; pero no ha de ser nunca consuelo mío lo que para ti y para nuestros hijos será tristeza, ni quiero que el bien que deseo se funde en el mal de todos, porque entonces mi bien sería muy amargo. Voy a parar, querido Bruno, en aconsejarte que ahogues las voces de la honrilla política, que es cosa de ningún precio ante la conveniencia de la familia y el porvenir de los hijos. Dime tú, desventurado: ¿qué sacaste hasta ahora de ser tan tierno amador del dichoso Progreso? Por tu fidelidad a esas paparruchas, por eso que llamas tu consecuencia, ¿qué te dieron más que sofoquinas y malos ratos? El ídolo tuyo, ese Duque y Conde que todo lo podía,

¿hizo algo por ti? ¿Acaso te dio siquiera una almendrita del turrón que repartía entre tanto mequetrefe? Si tu mérito y tu arraigo eran tan manifiestos, ¿por qué no los recompensaron? ¿Has olvidado que en el asunto del Pósito, claro como la luz, estuvieron mareándote con promesas, y que ni aun untando a esos bigardones de las oficinas pudiste lograr que anduviera el carro? El D. Olózaga, el D. Mendizábal, con tantas retóricas, tanto abrazo y tanto de mi amigo, mi respetable amigo; el D. López o Don Mieles, ¿te han dado algo? Pues mira tú: a todos esos moscones les dirás que a (p.5793) quien se muda Dios le ayuda, y que tal el tiempo, tal el tiento. Echando estas gramáticas por delante, les mandas a paseo, con palabras finas, eso sí, muy finas; y antes que te metan en dudas o arrepentimientos tus amigotes del café, que lo son porque tú tienes siempre seis reales para convidarles y ellos no, te vas a ese Sr. González y le dices: 'Sr. González, como buen manchego aquí estoy a que me cumpla lo prometido. Ya recomendó el sabio que cuando nos dan la vaquilla acudamos con la soguilla; vengo, pues, señor mío, sombrero en mano, a que me eche en él los beneficios. Aquí todos somos unos, y todos, llamémonos nabos, llamémonos berenjenas, estamos a lo que cae, porque eso de los hombres de Progreso y Retroceso no es más que divisas que nos ponemos para pasar el rato. Hombre honrado soy, y en cosa que a mí me encomiende la Nación no he de hacer ninguna porquería, que nací de padres cristianos y en los mandamientos de Dios me criaron. Ni al mundo vine tan desnudo que necesite del empleo para comer. Venga lo del Pósito, que es de justicia, y venga lo mío y lo del niño mayor, con promesa de colocarme también al segundo cuando tenga la edad'. Y dicho esto con mucha suposición de lo que eres y de lo que vales, tomas los papeles que te dé, que serán las testimoniales de los destinos, y te vienes para tu casita, sin pasar por el café, donde estarán Milagro, Centurión y demás hambrones, ladrando de envidia y cortándote cada sayo que dará miedo. Pero tú no hagas caso, que lo que es Milagro, si le dieran lo que a ti te dan, lo tomaría sin melindres, diciendo el muy zorro que se sacrifica por la patria».

Con tener Doña Leandra un gran ascendiente sobre su marido en cosas de conciencia y en el manejo de intereses de cuantía, no pudo, al primer ataque, llevar el convencimiento al ánimo del buen señor. Toda la mañana la pasó este dando vueltas de un lado a otro de la casa, taciturno y con los morros muy alargados. Su señora, que debía de llevar en sus venas sangre de Sancho Panza, a juzgar por la pesadez y la (p.5794) socarronería de su positivismo, volvió a la carga una y otra vez repitiendo y ampliando sus argumentos con la insistencia del escudero famoso cuando pedía la ínsula. Al mediodía, ya D. Bruno se tambaleaba, como un árbol herido en su tronco por el hacha; por la tarde, Doña Leandra se creía victoriosa, obteniendo de su marido promesa formal de no concurrir a la tertulia de Milagro ni tener roce alguno con gente del bando caído; y al anochecer demostraba el hombre haber llegado a la total madurez de su nuevo convencimiento, hablando con desprecio de las sectas políticas, y poniendo por cima de las garrulerías de tiros y trajanos los grandes fines de la Patria. ¿Cómo llegar a estos fines sin orden, sin que se apaciguaran los díscolos, y callaran los vocingleros, y se pusieran todos a trabajar, que era lo que hacía falta? Dentro del orden se darían libertades, ¡vaya si se darían!, y poquito a poco iríase acostumbrando la Nación a ser libre.. Nada de partidos ya. Menos política y más administración, como le había dicho

D. Luis con llamarada genial en la conferencia de aquella famosa noche. Abajo los partidos, y arriba para siempre el Procomún.

Estas sesudas razones y otras de evidente color sanchopancino dijo el respetable hijo de la Mancha, y tras los dichos vinieron los hechos. Todo se hizo conforme a la oferta de González Bravo y a los consejos de Doña Leandra, viniendo a ser estas dos personas, la una con carácter público, la otra privada y obscura, los determinantes de la defección del gran D. Bruno, la cual, dígase de paso, no fue tan sonada como él pensaba y temía, porque otros hubo que se dejaron seducir, y repartido el escándalo en una docena de nombres, no tocó a cada uno más que parte mínima del oprobio. Juzgando Milagro el suceso desde la cima inaccesible de su consecuencia, virtud a prueba de tentaciones, decía en el café y en la tertulia de Don Frenético: «No ha sido más que una maniobra de ese gitano de González.. ¡si conoceré yo a mi gente!.. una maniobra, una jugarreta para darse cierto (p.5795) barniz de imparcialidad, haciendo creer al país que aún queda un resto de coalición.. ¡Si será pillo! Hay en ello, como digo, algo de la destreza de los gitanos para desfigurar con pinturas y postizos los borricos que venden, y hacer pasar por jóvenes a los viejos, por ágiles a los cojos.. ¡Vaya con González, y qué maquiavelismos nos gasta! Ha cogido a cuatro inocentes para ponerlos de monigotes decorativos, hasta que llegue el momento en que la situación se crea segura, y entonces,

¡ay!, la patada que darán a estos pobres tránsfugas se oirá en los antípodas. Lo siento por el pobre Carrasco, persona a quien yo estimaba mucho, y por eso le di mi protección en el gobierno de Ciudad Real, que era, entre paréntesis, un gobierno dificilísimo, y allí necesitaba uno ser un Metternich para desenvolverse entre las influencias encontradas de Juan y de Pedro.. Lo siento, sí, por Carrasco, y casi me inclino a disculparle. Hizo el desatino de abandonar su terruño para venirse a Madrid, metiéndose a politiquear sin entenderlo.. ¿Qué había de resultar? El cataclismo, y en el cataclismo, o, si se quiere, en el diluvio, ¿qué ha de hacer un hombre cargado de familia más que agarrarse al primer tablón que le presentan?.. Hay otra cosa, señores, y es que la virtud de la consecuencia pocos, muy pocos la poseen.. Abundan los partidarios; pero los consecuentes, los inflexibles no abundamos.. Y con estos, con nosotros sí que no se atreven. ¿Por qué no se le ocurrirá a González echarme a mí sus redes maquiavélicas?

Porque me conoce y sabe cómo las gasto, porque sabe que le enseñaría yo los dientes, si viniese.. y con los dientes de José del Milagro no se juega.. ¡Ah, Sr. González, algún día nos veremos frente a frente, y.. ya, ya se ajustará la cuenta de Olózaga, y otras, otras cuentas políticas!..».

Bien mantenido por su yerno, libre de domésticos cuidados, escupía por el colmillo

D. José, y levantaba el gallo en los mentideros políticos, dándose tono de prohombre y vendiendo protección a los caídos, como candidato probable a una cartera el día no lejano en que volviese el Duque. (p.5796) Corriendo las semanas, concluía con incierta calma el año 43, y empezaba con febriles inquietudes el 44: los liberales, caídos con vilipendio, vendábanse presurosos las descalabraduras, y empezaban a mirar por la vida, es decir, a sublevarse aquí y allí, aprovechando cuantos medios se les presentaban. Esto no era más que continuar la historia de España, y buen tonto sería el que creyese que tal historia podía sufrir interrupción. Fueron hechos culminantes en el paso de un año a otro: el pronunciamiento de Alicante, capitaneado por un fogoso aventurero, Pantaleón Bonet, hombre audacísimo, cortado por el patrón de Ramón Cabrera con todas sus cualidades y defectos; la mudanza de la familia Carrasco de la Cava Baja a la calle Angosta de Peligros; la sublevación de Cartagena con nombramiento de Junta de salvación, que presidió un D. Antonio Santa Cruz; el catarro pulmonar que cogió Doña Leandra, paseando con su amiga la Torrubia por las afueras de la Puerta de Toledo, de resultas del cual estuvo si se va o no se va a la Mancha, quiere decirse, al otro mundo; los desarmes de la Milicia Nacional en Valladolid, San Sebastián y Burgos, con los disturbios y porrazos consiguientes; los amagos de levantamiento carlista en las provincias del Norte; los nuevos vestidos que se hicieron Lea y Eufrasia para dar testimonio público de la nueva posición de su padre y poder alternar con alguna que otra señora moderada, vestidos que, según puntualmente ha conservado la tradición, fueron de popelín adiamantado con doble reflejo, tela propia para invierno y otoño, y en ellos se adoptó la forma novísima de los cuerpos medio escotados y el cuello fruncido a la Lucrecia; la tentativa de reanudar tratos con Roma para que esta autorizase la desamortización y pudieran los moderados enriquecerse comprando por un pedazo de pan los bienes que fueron de la Santa Iglesia; las levitas que se hizo D. Bruno imitando no ya las de Mendizábal, sino las del elegante prócer marqués de Viluma.. y en fin, mil (p.5797) sucesos y menudencias que, tejidos con estrecha urdimbre, forman la historia del vivir colectivo en aquellos tiempos, la Historia grande, integral.

 

Ep-30-XIII -

Vemos luego cómo dicha Historia, mansamente, por el suave nacer de los efectos del vientre de las causas, siendo a su vez dichos efectos causas que nuevos hijos engendran, va corriendo y produciendo vida, de la cual son partes muy notorias los hechos siguientes: la mejoría de Doña Leandra, gracias al tratamiento sudorífico que la dejó en los huesos; la expedición militar de Roncali contra los sublevados alicantinos, de lo que resultó la destrucción de estos en el campo de batalla, con más empleo de la maña que de la fuerza, según se dijo; el fusilamiento de los revolucionarios de Alicante, veinticuatro víctimas con Bonet a la cabeza, bárbaro, torpe y extremado castigo que había de ser semillero de odios intensísimos, irreconciliables; las relaciones que trabaron Eufrasia y Lea con personas de más alta posición, distinguiéndose en estas nuevas amistades la de una señora renombrada por su hermosura y la amenidad de su trato, Jenara de Baraona, viuda de Navarro; la prisión de calificados progresistas como Cortina y Madoz, y las épicas palizas que recibían en los pueblos los desarmados milicianos, en desquite de las que ellos habían repartido profusamente; la declaración del legítimo matrimonio de la Reina madre con D. Fernando Muñoz, y por último, la entrada en Madrid de la propia Doña María Cristina, que acá nos volvía triunfante y feliz a gozar de su victoria.

Merece este gran suceso mención especial: Madrid ardió en fiestas para celebrar la vuelta de la Gobernadora, y los señores que mandaban y los innumerables inocentes que entonces, casi como ahora, constituían el vecindario de la capital, se desvivieron y despepitaron en obsequiar a la Reina y mostrarle su admiración. Fue un dulcísimo incendio de los corazones, una embriaguez de los cerebros. Los poetas, que en aquellas vegadas crecían con viciosa lozanía en nuestro suelo, tuvieron tema (p.5798) oportuno para echar odas y silvas, y apestarnos con sáficos y sonetos. Fue una de las epidemias poéticas más asoladoras del siglo. Uno de aquellos vates empezaba diciendo: Detén, ¡oh Sol!, tu espléndida carrera.. y pedía el buen señor la parada del Sol para que pudiera ver el paso de Cristina por entre gallardetes, arcos de tela pintada y festones de papel, recibiendo los delirantes parabienes del pueblo. Concluía el poeta con esta estrofa:

Mas nunca, mi Cristina, menos bella Te contempló mi corazón de fuego; En mi delirio amante,

Fuiste a mi pensamiento rara estrella De ese cielo radiante; Y en su luz celestial quedando ciego, Te dirá mi laúd de cualquier modo Que eres mi Dios, mi religión, mi todo.

Otras mil lindezas le dijeron, y flores diversas arrojaron al paso de Su Majestad por Valencia y al entrar en Madrid, de lo que resultó un conflicto más para el Gobierno, pues no había empleos vacantes con que premiar debidamente la lealtad y el arrebato de tantos poetas. Instalada Cristina en Palacio, ocurrió un suceso casi tan importante como la recaída de Doña Leandra (que privó a las chicas de asistir a la soberbia función del Liceo en honor de las Reinas) , suceso previsto por muchos, y singularmente por Milagro, cuyas palabras textuales sobre la materia nos ha transmitido un papel de la época. «Apenas la excelsa señora -dijo D. José-, alivie su cuerpo y su espíritu de la fatiga de tantas salutaciones y de la asfixia de tanto verso, tomará la providencia que ha motivado su vuelta a estos reinos, la cual no es otra que plantar en la calle a González Bravo, o echarle rodando por las escaleras. ¿Cómo podrá olvidar la señora, por magnánima que sea.. y no lo es.. cómo podrá olvidar, digo, que este cínico se entretuvo en sacarle a la colada los trapitos, contando ce por be todo el idilio morganático? Esto no lo olvida Su Majestad, porque los Reyes, que siempre han sido y son buenos memoriosos, ni olvidan ni perdonan.. y hacen bien: por esto son Reyes».

Lo que D. José profetizaba se cumplió puntualmente a poco de tomar respiro la Reina (p.5799) Madre en el Real Palacio; mas la salida de González se motivó oficialmente en el desacuerdo del Ministro de Hacienda con nuestro Embajador en Roma, el cual ofreció a la Santa Sede que haríamos tabla rasa de la Desamortización. Insistía Milagro en que su versión era la verdadera, y con chistes y pormenores muy donosos la sazonaba. Corría con grande autoridad otra que por su fuerza lógica se impuso, y era que Narváez, viendo ya cumplidos los fines del Gabinete González Bravo, y estando ya bastante suavizada la pendiente o transición entre la Libertad y el Despotismo, no había razón para mantener en aquel puesto al que sólo fue a él para guardarlo interinamente, y con mónita frailuna se le dijo a D. Luis: «Quítese, hermano, que ya no hace falta, y prémiele Dios por lo bien que ha sostenido la interinidad. Aquí estamos ya nosotros con ganas de descansar el cuerpo en ese sillón, y de coger la rienda.. Pronto, pronto.. Lárguese a la embajada de Portugal, a donde le destinamos, y que Dios le haga bueno». Esto le dijeron, plus minusve, y el hombre descolgó su sombrero, que de una lujosa espetera ministerial pendía, y se fue a Portugal gozoso, porque en verdad la sonrisa picaresca de Doña María Cristina le alborotaba la conciencia, y algo curado ya de su cinismo por las funciones severas y moralizadoras del poder, le asustaban las imágenes de las personas a quienes mató, como un pobre Macbeth de bajo vuelo, para ver realizado el vaticinio de las brujas. Cayó el gran cínico, dotado por naturaleza de las más bellas seducciones de palabra y trato, el hombre a quien sobraba de talento todo lo que le faltaba de escrúpulos; el que llenaba los archivos vacíos de su instrucción con los frutos repentinos de su entendimiento; el que en vez de moral tenía la prontitud imaginativa para fingirla, y en vez de ciencia el arte de ganar amigos. Y no fue su gobierno de cinco meses totalmente estéril, pues entre el miserable trajín de dar y quitar empleos, de favorecer a los cacicones, de perseguir al partido contrario y de mover, sólo por hacer ruido, los (p.5800) podridos telares de la Administración, fue creado en el seno de España un ser grande, eficaz y de robusta vida: la Guardia Civil». Y continuando con pasmosa fecundidad el desarrollo de la Historia grande, como un hilo de vida sin solución, el primer hecho de alta trascendencia que se nos ofrece después de la caída de González Bravo es la del buen D. Bruno, a quien pusieron la cuenta en la mano sin decirle una palabra cortés; caída ignominiosa, que fue tema de chanzas picantes entre sus amigos liberales, y en la familia como el reventar de una bomba que difunde el espanto y la desolación. Doña Leandra estuvo sin habla todo un día, y las niñas, rabiosas y descompuestas, desahogáronse en improperios contra Narváez. Este cogió el poder que le correspondía como capataz indiscutible de los españoles desde Julio del 43.. Hacia el comedero del pobre D. Bruno alargaban sus hocicos, desde tiempo atrás, otros más necesitados o que se juzgaban con mejor derecho, y Narváez no era hombre capaz de condenar a los suyos a la inanición. Ya se había dado el ejemplo de la prudencia y la imparcialidad hasta el derroche, y sería candidez mantener a cuerpo de rey a los enemigos, mientras tantos amigos se vestían con dos modas de atraso, y en su trato doméstico vivían sujetos a una bochornosa escasez de comestibles. A los faldones del Sr. Mon, nuevo Ministro de Hacienda, se agarraba media Asturias pidiendo credenciales.

Si sensible fue el trastorno producido en la casa de Carrasco por las cesantías del padre y del niño, los suspiros y el rechinar de dientes quedaron reservados en la intimidad de la familia, y grandes y chicos cuidaron de que el desastre no trascendiese al exterior, y que sobre las ruinas se alzase siempre la dignidad. No eran los Carrascos de esos a quienes la cesantía condena fatalmente a un triste interregno de zapatos rotos, de empeño de ropas, de hambres y desnudeces. El decoro de la familia exigía que todo siguiese en el mismo aspecto y decoración, y si el padre tal criterio proponía, las chicas le daban quince y raya en las (p.5801) demostraciones para mantenerlo coram populo.

Doña Leandra, que de resultas de su último arrechucho hallábase desmejoradísima, padeciendo con mayor agudeza del terrible mal de su nostalgia, creyó por un momento que la reciente desdicha traería, como reparación física y moral, el regreso a la tierra; mas pronto hubo de convencerse, observando rostros y midiendo palabras, de que nunca había estado más lejos de la realidad aquel su ardiente deseo, que le llenaba toda el alma. Para seguir aferrados a Madrid tenían las hijas y el esposo motivos o pretextos de tanta fuerza, que Doña Leandra, heroína de prudencia y discreción, se abstenía de contradecirlos y refutarlos, y lloraba en silencio contentándose con la repatriación mental, en ocasiones de tal modo intensa que le daba la impresión y los vivos goces de la realidad. Hallábanse Lea y Eufrasia ligadas a Madrid no sólo por el lazo de amistosas relaciones, sino por noviazgos muy serios, en que se aunaban, para darles inmenso valor, el fuego de los corazones y la esperanza de provechosos casamientos. Lea, tras una serie de superficiales pasioncillas, había cogido en sus redes a un joven militar muy avanzado en su carrera, y que llegaría pronto a General, a poco juego que dieran las revoluciones anunciadas. Eufrasia, que ya había sabido marear a once galanes y divertirse con ellos, tenía en estudio a un andaluz riquísimo, de gran familia, negociante que iba para capitalista. Hallándose, pues, las dos hijas en lo más crítico de la cacería de estos pájaros de calidad, no era propio de una buena madre espantar las piezas, ni menos dejar a las cazadoras en el desconsuelo consiguiente.

Y por el lado de D. Bruno, no hallaba Doña Leandra menos cerrado el camino de sus ilusiones de patria manchega. Ante todo, el amigo D. Serafín de Socobio y otros que en el moderantismo le habían salido daban a Carrasco esperanzas de pronto desquite, bien en una plaza semejante a la perdida, bien en una jefatura política de importancia. No sólo había de estar a la mira de su reposición (p.5802) probable, sino que forzoso era no perder de vista el asunto de Pósitos, pues aunque la sentencia del Consejo Real le había sido favorable, completa victoria en principio, faltaba lo principal: que le devolviesen el dinero prestado al Pósito de Daimiel y que la junta de este le negaba. Camino largo y espinoso suele ser en España el que conduce del principio legal a la realización del derecho, y muchas esperanzas cortesanas se pierden en este camino. Añádase a esto, para llegar al conocimiento total del sedentarismo de D. Bruno, que sin quererlo, por grados inapreciables, se iba haciendo marisco y pegándose por secreciones calcáreas a la roca oceánica de Madrid. La vida de casino no fue la menor causa de esta adherencia. Por aquellos días estaba en todo su auge el establecimiento de recreo y dulce sociedad fundado por Córdoba, Salamanca y otros en la calle del Príncipe: a él concurrían lo más granado de la oficialidad de nuestro ejército y los personajes más simpáticos de la situación, sin que faltasen liberales blandos de buena sombra; allí la vida se deslizaba plácidamente en la conversación, en los comentarios de toda noticia social o política, en el murmurar malicioso, en el referir ameno, en la lectura de la prensa, en el billar, en el juego, etc. Al poco tiempo de introducirse en tal sociedad, Carrasco no sabía salir de ella, y entre su cuerpo y los sillones de gutapercha producíase un aglutinante que cada día era más fuertemente pegajoso. Coincidieron con esta vida otras adherencias de que por su condición reservada no se hablará mientras la necesaria armonía y el buen concierto de la totalidad histórica no lo exijan. Véase ahora si este poderoso fatalismo centrípeto no era suficiente a someter sin lucha la voluntad centrífuga de la pobre desterrada, dejándola en triste recogimiento. Procurábase consuelo Doña Leandra en la sociedad de sí misma y en los viajes imaginarios al país de sus amores, valiéndose para ello de los más rápidos medios de locomoción, ora el clavileño de su paisano, ora la escoba de las (p.5803) brujas.

 

Ep-30-XIV -

Los días, semanas y meses del último tercio de 1844 pasaron con triste monotonía: Doña Leandra adormeciéndose en la contemplación extática de su bendita tierra, D. Bruno adaptándose fácilmente a los gratos ocios del casino, las hijas lidiando a sus novios con la doble suerte del amor honesto y de la querencia de matrimonio, y Narváez fusilando españoles, tarea fácil y eficaz a que se consagró desde el primer día de mando. Lo que él decía: «Voy a introducir grandes mejoras en el orden administrativo, a fomentar el trabajo agrícola, industrial y científico, a dar a España una vida y un ser nuevos; mas para esto necesito que esté sosegada, pues sin orden, ¿qué reformas, ni qué civilización, ni qué niño muerto? Lo primero es el orden, lo primero es hacer país..». Esta frase ha quedado desde entonces como una formulilla en los amanerados entendimientos: siempre que entraban en el Poder estos o aquellos hombres se encontraban el país deshecho, y unos gobernando detestablemente, otros conspirando a maravilla, lo deshacían más de lo que estaba. Narváez vio quizás más claro que sus sucesores y hacía país por eliminación, no creando lo bueno, sino destruyendo lo malo y corrupto, con la mira de que al fin quedase lo único sano y servible, que era él solo, rodeado de serviles adeptos. Ello es que a unos porque se sublevaban, a otros porque hacían pinitos para echarse a la calle, el hombre iba quitando de en medio gente dañosa; y tanta fue su diligencia, que a fines del 44 ya iban despachados cuatrocientos catorce individuos. Esto era una delicia, y así nos íbamos purificando, así continuábamos la magna obra de Cabrera y de otros cabecillas de la guerra civil que tiraban a la extinción de la raza, persiguiéndola y acabándola como a las pulgas, cucarachas y ratones.

Creyérase que las mujeres eran demasiado fecundas y que España se poblaba de hombres con exceso, llegando a ser tantos que no cabían en el suelo patrio. Sólo así se explica que los políticos continuaran la selección iniciada por los guerrilleros, (p.5804) reduciendo el personal vivo al número de bocas que estrictamente correspondían a la escasa comida que aquí tenemos.

Y mientras fusilaba, no daban al D. Ramón poca guerra las disensiones dentro de su Ministerio, pues el marqués de Viluma pretendía que se devolviesen a clérigos y frailes sus bienes, y D. Alejandro Mon, uno de los pocos hombres de aquel tiempo a quien España debe una reforma útil y racional, no quería deshacer la obra de Mendizábal, y en ello fundaba planes conducentes al desarrollo de mayor riqueza. Asimismo ponía Narváez sus cinco sentidos en reanudar el buen trato con Roma, interrumpido desde los días de Espartero; y aunque el guapo de Loja no era hombre que mirase con demasiada afición a los de sotana, ni le importaban gran cosa la Iglesia ni el Papa de boca para adentro, veíase compelido por la Corte y por la normalidad política a negociar paces con San Pedro, del cual esperaba que le fortaleciese en la única religión que él profesaba: el orden santísimo, hacer orden a todo trance. De estas cosas hablaban D. Bruno y Doña Leandra cuando aquel volvía del casino a deshora. «¿No sabes, mujer, lo que ocurre? -díjole una noche-. Pues este partido, que quiere hacer un pisto del Despotismo y la Libertad, cree que no sirve para el caso ninguna de las constituciones que tenemos, y ahora trata de fabricar Constitución nueva, la cual será obra de las próximas Cortes.

¿Qué te parece? Yo no toco pito en este asunto; pero me asegura Socobio que como dedada de miel para los que fuimos liberales, y aún de corazón lo somos, se nos concederán algunos puestos en el futuro Congreso, a fin de que haya oposición, aunque sea blanda y de mentirijillas. ¿Qué opinas tú, mujer? ¿No me contestas a lo que te pregunto?.. Pues me ha dicho D. Serafín con toda seriedad que si cuaja esto de los puestos de transacción, él ha de poder poco, o conseguirá que me saquen a mí por cualquier distrito de los que fácilmente maneja el Gobierno.. Qué, ¿no me dices nada?..

¿Por qué no contestas? ¿Estás despierta o (p.5805) dormida? ¡Leandra, mujer..!». Entreabiertos los ojos, risueña la boca, el rostro como siempre descarnado y casi cadavérico, miraba Doña Leandra a su esposo; mas seguramente no le veía, porque ni con gesto ni mirada daba testimonio y señal de tener expeditas las entendederas. ¿Cómo había de contestarle si estaba en el campo de Calatrava? El hondo suspiro que exhaló, azotando el rostro de su marido con una bocanada de aire, fue como aviso de que ya venía de vuelta.

También a Narváez le llevaba su demencia del orden a estados imaginativos muy parecidos al éxtasis. Gustaba de ver caer a los que a su juicio eran estorbo para establecer la balsa de aceite en que pensaba desarrollar sus altos planes de regeneración, y no siendo en realidad un hombre cruel ni despiadado, lo parecía, por el sincero convencimiento de que sacrificando una porción de la humanidad, aseguraba la dicha de la humanidad restante. Su falta de cultura, su desconocimiento de la Historia, su ignorancia infantil de las artes de gobierno lleváronle a tan descomunal sinrazón. En Enero del 45 fusiló a Martín Zurbano y a sus hijos, después de haber intentado amansar la fiereza del guerrillero con una admonición caballeresca, que si en cierto modo hace menos odioso el carácter del tirano, no acaba de redimirle ni en la esfera privada ni en la política. Bravo hasta la insolencia, su corazón atesoraba, junto al arrojo indomable, la jactancia andaluza de que ningún otro mortal podría medirse con él. Por esto incitaba a los enemigos a dejar de serlo, y les abría los brazos diciéndoles: «Miren que soy el más crúo y no pueden conmigo. Vengan a mí, o encomiéndeze ostej a Dios». Llevaba, como se ve, al gobierno las mañas de la caballería morisca degenerada; era, como muchos de sus predecesores, poeta político, un sentimental del cuño militar, como otros lo eran del retórico.

Al son de los fusilamientos cundían las conspiraciones, y ya teníamos en el extranjero el núcleo de emigrados que trabajaban en combinación con los descontentos de acá para volver la (p.5806) nacional tortilla. Juntas secretas funcionaban con tapujo en Madrid y en otras capitales, y contra ellas empleaba el Gobierno la violación de la correspondencia y el huroneo de un ejército de polizontes. Víctimas de su odio al despotismo y de los ministriles de este fueron multitud de personas muy significadas.

Las cárceles rebosaban de presos políticos; habíamos vuelto a los tiempos de Chaperón, o poco menos, y al delicioso sistema de las purificaciones, atenuado en la forma, más que en el fondo, por la poquita cultura ganada entre unos y otros años.

«Si toda la constancia, todo el tiempo y los esfuerzos todos de entendimiento y de lenguaje empleados aquí para establecer sistemas políticos, traídos del extranjero en paquetes, como se importan las hebillas de París o los relojes de Ginebra, se hubieran empleado en educar a los españoles, anteponiendo la educación social a la científica y literaria, España sería ya un país a medio civilizar, pudiendo ser civilizado por entero dentro de algunos años. Pero aquí hemos querido empezar el edificio por el tejado, dejando para lo último los cimientos, y los cimientos son las costumbres, los modales, la buena educación.. Lo que hace del Progresismo un partido imposible, merecedor de exterminio, no es el dogma, como ellos dicen, sino la grosería, la falta de maneras, el lenguaje chabacano y pedestre..».

Esto lo decía un galán a cierta señorita, en un palco del teatro de la Cruz, donde cantaba la ópera Hernani el tenor Guasco, con la Tirelli y la Chelva. Era el galán un joven gaditano, instruidísimo y elegante, ya pasado por el extranjero, como lo demostraba el indefinible barniz, la tintura, el tufillo que distinguían su persona de otras muchas de acá. Llamábase D. Esteban Ordóñez de Castro, y comía la sopa burocrática en la Secretaría de Estado. Componía eruditos versos y cantaba en galana prosa: figuraba en el ramillete más fresco de la juventud moderada con ideas recalcitrantes, espolvoreadas de cierto escepticismo, que era entonces del mejor tono. Su buena figura, su arte de llevar la ropa y de bien (p.5807) hablar sin decir nada, su mediano saber de lenguas, marcábanle el camino de la diplomacia, en el cual entraba con pie derecho.

«No está usted esta noche poco fastidioso con tanto hablarme de política -le dijo Eufrasia, que con su hermana Lea daba lucimiento al palco de la viuda de Navarro-. Además, no me gusta que me hablen mal del Progreso, porque yo soy muy progresista.. para que usted lo sepa».

-Eso lo dice usted para que vuelva a contarle lo que en Londres oí acerca del

progreso retrospectivo de los españoles..

-¿Ya saca otra vez a Londón?.. ¡Por Dios, D. Esteban!.. Si ya sabemos que ha estado usted en el extranjero.. Yo también; digo, siempre que se consideren como extranjis las tierras de la Mancha, por el aquel de que nadie ha estado en ellas. Y se ha perdido usted de ver unas poblaciones magníficas. ¿Ha visitado usted Ciudad Real, Daimiel?.. Yo, sí.. Con que guárdese su Londón y su París.. Otra cosa: ¿le gusta esta ópera? Dígame su opinión sin contarnos que la vio en Francia..

-Este Verdi tiene talento, un talento salvaje, sin pulimento, sin modales; es un compositor progresista.

-A Estebanito -dijo la viuda de Navarro, que por picar en la conversación soltó el hilo de la que sostenía con Lea y con Pastor Díaz-, le gustará más Rolla, porque aunque muy joven, es de los que no progresan, y se plantan en la ominosa década. ¿Verdad que le gusta Ricci, por ser más rossiniano? Estebanito está siempre a nuestro lado, al lado de los viejos.

-Si usted no retira esas palabras, Jenara, eso que ha dicho de viejos y de vejez, refiriéndose a su bella persona, no puedo tomar parte en este debate.

-He dicho que soy vieja.

-¡Que se escriban esas palabras! Yo protesto..

-Protestamos todos, y abandonamos la discusión.

-Pero, hijas, amigos míos, ¿han olvidado que presencié la batalla de Vitoria, y vi cómo le quitaron al Rey José aquel grande equipaje que se llevaba de nuestra casa a la suya?

-¿Usted en la batalla de Vitoria? No puede ser. Los anales que tal digan son apócrifos.

-Estuvo, sí; pero todavía mamaba.

-No mamaba, (p.5808) Nicomedes, no mamaba, que ya era una grandullona y tenía novio.

¿No saben que el 23 me vi atropellada por los Cien mil hijos de San Luis; que aquel mismo año me mandaron a Francia con una comisión diplomática, para que catequizase a Chateaubriand.. y le catequicé?.. ¿No saben que Chaperón, el año 24, me metió en la cárcel?.. Soy una historia viva..

-Pero contemporánea..

-No, no; a poquito que remonte mi origen, pongo mi cuna en la Edad Media. Soy viejísima, aunque no represente toda la antigüedad que me corresponde, y por ello doy gracias a Dios.. Volviendo a la música, les diré que cuando Rossini estuvo en Madrid, el 29, si no recuerdo mal, y compuso el Stabat Mater, ya era yo machucha, lo que no impidió que me hiciera la corte: el minueto que me dedicó lo conservo en mi archivo con otras mil cosillas.. Pero dejemos esto ahora, que alzan el telón para el tercer acto. Aquí aparece el panteón de Aquisgrán, y sale Carlos V desafiando los puñales de los conjurados.. En este acto tenemos el pasaje de perdono a tutti, el más bonito de la ópera y el más filosófico. Aquí debía venir Narváez a inspirarse, en vez de cantarnos a todas horas el fusilo a tutti.. Atención. Ya llegaba el acto al coro de la conjura, cuando pegaron de nuevo la hebra D. Esteban y Eufrasia, adelgazando sus voces todo lo posible. Entre las sonoridades de la ópera se desvanecían, como en la espesura los gorjeos tenues de pájaros soñolientos, estas cláusulas, apasionadas de una parte, de otra graciosas, estocadas donosísimas de la esgrima del coqueteo: «Es usted una belleza plácida, de esas que dejan entrever al hombre las dichas puras del amor en primer término, y en segundo término, Eufrasia, las dichas del hogar..».

-¿Y en tercer término..?, porque me parece que quiere usted escamotearme un término, D. Esteban, el tercero..

-El tercero es una felicidad eterna, inalterable.

-¡Ay! ¿No cree usted que tanta, tanta felicidad empalaga? Ponga usted un poco de desdicha, de susto, de contrariedad, y quizás nos entenderemos. Tanta (p.5809) confianza en mí no me gusta, puede creerlo. Dude usted, hombre: llámeme pérfida, falaz, para que después me guste oírle decir lo contrario.

-Tal es mi trastorno, que olvido los preceptos más elementales del arte del galanteo.

Pero más vale que le presente a usted mi corazón desnudo.

-¡Ay, desnudo no! Póngale algo de ropa.

-Desnudo de artificios, ostentando toda la verdad de este amor loco que me ha inspirado su admirable persona.

-Ni con juramento me hará creer en esa admiración de mí. Desde que usted me dijo que yo le agradaba por morena, me miro al espejo con el temor de que cada día me vuelvo más negra. Quisiera indignarme contra usted para palidecer, a ver si palideciendo a menudo me blanqueo un poco.

-No, por Dios, no estime en tan poco su tez morena, ni el parentesco con los ángeles de Murillo.

-¡Jesús!

-Y con las vírgenes de Murillo.

-Por Dios, Estebanito, no me haga creer que las Concepciones y los ángeles del pintor sevillano son tan negruchos como yo. ¡Bonitos estarían!

-¿Y esos ojos..?

-¡Hombre, algo había de tener! Pues si no tuviera unos ojos regulares, sería un espanto.

-¿Y esa nariz perfecta, y esa boca..? -Por la Virgen, Estebanito, no defienda usted mi boca, que es tal que no tiene el diablo por dónde desecharla. ¡Si cuando me hace usted reír, y esto es a cada rato, me aguanto para no abrirla toda, y siempre procuro dejarla entornadita!

-¿Y ese talle, y ese cuerpo de palmera cimbreante?

-Bueno, bueno: paso por lo del talle. A falta de otra cosa..

-No hable de faltas quien es la perfección misma. Luego, su carácter, su dulzura, su instrucción..

-Eso no pasa, Estebanito: no he leído más que dos o tres novelas que me ha prestado Rafaela. Soy tan ignorante, que ayer, ríase usted, le pregunté a Jenara si este Carlos V que aquí sale es el mismo D. Carlos María Isidro de la guerra civil.. ¡Ya ve usted qué gansada!.. Pero me consuela el saber que hay mil muchachas finas en España tan burras como yo.. Burras, sí: no retiro la palabra.. ¿Y un joven tan ilustrado, que ha vivido en Londón, pretende entrar en finas (p.5810) relaciones con esta pobre manchega? No me lo hará creer, D. Esteban; no lo creeré nunca, y no hay quien me quite la idea de que usted se burla de mí.

-¡Qué atrocidad.. Dios poderoso! Nunca pude imaginar que usted desconociera la verdad de mi afecto, ni que mi honrada palabra fuera puesta en duda por la mujer de mis sueños, la mujer ideal..

-Baje, baje un poco, D. Esteban, y podré creerle.. Ya sé que me estima.. yo también le estimo.. Estebanito, ya cantan el final del acto, y ya está ese buen señor perdonando a tutti.

 

Ep-30-XV -

-Fíjese usted bien, Eufrasia, en lo que dice el Emperador y Rey..

-Tradúzcamelo si quiere que yo lo entienda, pues no sé más lengua que el castellano.

-Dice: Sposi voi siete..

-En español, cásense ustedes pronto.. Ya hablaremos de eso, Estebanito; no sea tan precipitado.

Desde aquel momento, la pizpireta Eufrasia, ya muy corrida en noviazgos, según nos revela la cháchara transcrita, puso sus ojos, amparada del abanico, y con sus ojos su alma toda, en un palco frontero donde apareció Emilio Terry, objeto efectivo de sus ansias amorosas. En relaciones durante año y medio, tan tiernas y sazonadas que tuvo Himeneo encendidas las teas, rompieron inopinadamente por un fútil motivo.. Amigas envidiosas llevaron a Eufrasia el cuento de que Terry mariposeaba en el escenario del Circo alrededor de aquel astro, de aquella deidad de la danza, la Guy Stephan, y no fue menester más para que se produjesen recriminaciones y celeras a que siguió un hemos concluido, pronunciado por ambas bocas con entonación solemne. Coincidió tan grave suceso con otro sonadísimo: la tentativa de asesinato del General Narváez.

Dirigíase al teatro del Circo, donde bailaba la Stephan en función de gala, con asistencia de Su Majestad y Alteza, cuando unos embozados detuvieron el coche junto a los Basilios, y disparando sus trabucos a boca de jarro por las ventanillas, mataron.. al ayudante señor Baseti, el cual, por un caso fortuito, había cambiado de asiento con el General. (Entre paréntesis, dígase que la (p.5811) opinión maliciosa señaló a D. Juan Prim como autor del atentado; pero nada se le pudo probar.) Pues cuando llegó la noticia al teatro del Circo, y se alborotó el sensible público, apartando su atención de las piruetas de la bailarina; cuando entraba el propio Narváez, declarando con su presencia que los asesinos habían errado el golpe, y con aire temerón y cara de mal genio al palco de la Reina se dirigía para recibir graciosos plácemes, precisamente en aquellos minutos estaban Eufrasia y Terry en lo más caluroso de su pelea, sotto voce.

Rodaron días y meses, entre los cuales los hubo de fúnebre tristeza para Eufrasia, que no cesaba de darse grandes atracones de beleño, buscando el olvido, y a cuantos le pedían amores contestaba con un sí como un templo. No se pueden contar los que en aquel período fueron sus novios más o menos formales; pero sí se sabe que ninguno logró rendir su afecto. La primera vez que vio a Terry después de la ruptura fue en el entierro de Argüelles. Iba el galán en la comitiva fúnebre, a pie detrás del féretro, y Eufrasia miraba el paso desde un balcón de la calle de Fuencarral. Viéronse a los pocos días en el estreno del Don Juan Tenorio en el teatro de la Cruz, y sucesivamente en el Prado, en el Liceo; pero uno y otro esquivaban la mirada, agraciándose recíprocamente con un desprecio de buen tono. En los comienzos del 45, las miradas en teatros y paseos revelaban mayor benignidad, y, por fin, eran un saeteo ardiente que llevaba y traía llamaradas.. Observadora sagaz, la viuda de Navarro, al retirarse con sus amigas después de la representación de Hernani, dijo a la mancheguita: «Déjate de más tontunas, y no entretengas al pobre Estebanito. Bien a la vista está que tanto Terry como tú rabiáis ya por las paces, que es volver las cosas a su situación natural. Yo sé que Terry está cada día más loco por ti, y harto sabes tú que es el hombre que te conviene.

No te digo más, hija; no pierdas tiempo, y a casa con él».

Madurillo ya, Emilio Terry, que pasaba de los treinta y ocho, no podía vencer sus mujeriegas (p.5812) aficiones, y trabajaba en esferas distintas, enamorando por lo bajo cuanto podía, y haciendo seriamente el cadete con las señoritas casaderas, a quienes entretenía y esperanzaba más de lo regular. Era una mariposa jamona y con las alas recompuestas, que iba de flor en flor, y el acogimiento lisonjero que abajo y arriba tenía confirmaba su nativa disposición para las campañas amorosas, lo mismo en el terreno donde no podía quebrantar la ley de honestidad, que en otros terrenos o capas de la galantería libre. No era hermoso, ni mucho menos, y su cara morena y barbuda, de facciones gruesas y ojos terroríficos, una de esas caras que espantarían a quien se la encontrase en camino solitario, habría sido totalmente incompatible con el amor si no la realzase y embelleciese el espíritu, la intención o voluntad que en el mirar penetrante y ardiente se mostraba, la ingeniosa labia con que a las cosas más vulgares daba un interés vivo, y para feliz complemento, la facha, el aire de elegancia no superado por ninguno entre sus contemporáneos. Vestía con suprema corrección inglesa, y tan airoso estaba de tiros largos como al desgaire, vestido de mañana con cualquier levitín suelto y un chaleco de moda pasada. Andaluz de Levante como Salamanca, dueño de un buen capital, y disfrutando la confianza de amigos y parientes malagueños muy ricos, se había lanzado en el vértigo mercantil con inteligencia y fortuna, especulando en jugadas de Bolsa, moviendo el gran mecanismo de las asociaciones mineras, que era la característica de aquellos tiempos en el orden de los negocios, y preparando la introducción de la magna industria del siglo: los ferrocarriles. No era, pues, Terry un farsante, de estos que explotan la credulidad de las gentes, ni un charlatán del capitalismo, que operara en el vacío con moneda figurada: sus negocios eran formales, su riqueza moderada y sólida, su disposición para negociar, seria y limpia, totalmente inglesa como su vestir, como todo su empaque social.

En los negocios solía ir con pies de plomo, atento, previsor y (p.5813) reflexivo, y en las empresas mujeriles con solapadas astucias o con los acometimientos repentinos de un estratégico muy ducho, conocedor de la geografía y de la oportunidad. Explicaba un amigo de Terry, años adelante, las magníficas victorias de este por una razón literaria, o que con la literatura se relaciona. Remitía ya la fiebre romántica; iba pasando la violencia en las pasiones, comúnmente fingida, pues raro era el poeta que sentía tan al vivo lo que expresaba; pasando iban los audaces giros de la expresión, las rebuscadas antítesis, el dilema terrible de amor o muerte, las casualidades fatalistas por las que el socorro de un afligido llegaba siempre tarde; pasaba también la humorada suicida, y la monomanía de poblar de cipreses y sauces el campo de nuestra existencia. Los grandes cerebros del romanticismo habían dado de sí sus últimas flores; D. Juan Tenorio, que apareció en Abril del 44, fue acogido como una obra tardía, que llegaba con dos años de retraso. Tres habían pasado desde la temprana muerte del gran Espronceda, y creyérase que había transcurrido un cuarto de siglo. Los innúmeros poetas que pasaban por sucesores del autor de El Diablo mundo, ya no maldecían desesperados la vida, ya no empleaban los acentos más roncos del alma para expresar una murria que no sentían y una melancolía negra que empezaba a ser de mal gusto.

Tras esta grandiosa procesión romántica que iba pasando y en el ocaso se desvanecía, vino otra procesión cuyas figuras traían menos poder literario, arreos no tan vistosos, vestiduras poco brillantes y armas enteramente flojas, afeminadas y deslucidas. Vino un sentimentalismo baboso que en los años siguientes hubo de dar frutos de notoria insipidez, un suspirar, un quejarse continuos, como expresión única del amor.

La suprema fórmula estética fue la languidez: púsose de moda el estar lánguido; languidecían los poetas, languidecían las niñas casaderas y las jamonas que ya habían corrido el ciclo romántico en toda su extensión. En los dramas de asunto moderno, el (p.5814) éxito dependía de que las damas vestidas de muselinas vaporosas, con el pelo a la Cardoville, y los galanes de levita entallada, pantalón de trabillas, chaleco de raso, con la melenita ahuecada sobre la oreja, terminasen sus tiradas melosas expresando una inmensa languidez. Los novios, en sus inflamadas cartas, no hablaban ya de tomar fósforos ni de lo bonito que es pasear de noche por las calles de un cementerio: se entretenían en dar cuenta de suspiros que ahogaban el alma, o de quejidos exánimes inspirados por un deseo. El suspiro, el quejido, el deseo, la languidez, las auras embalsamadas, las noches voluptuosas, los sueños de dicha y placer, eran los chirimbolos con que jugaban constantemente los enamorados y los poetas. Hasta la prensa se veía tocada de esta demencia ñoña, y prodigaba en sus escritos los tropos más ridículos. Publicistas que pasaron por excelentes llamaban a Chateaubriand el Cisne del cristianismo, a la Habana la Virgen de los trópicos.. Pues bien: Terry, adelantándose a su época lo menos un cuarto de siglo, hizo pedazos toda esta máquina de afeminación; desterró el suspirar por tiempos, las auras del deseo, y cuando hablaba con mujeres, jamás se ponía lánguido; antes bien, las embestía con un lenguaje humano, recto, sincero, varonil. De aquí sus victorias frecuentes y el partido que tenía.

Volvieron a verse Eufrasia y Terry, y a flecharse con miradas flamígeras en la representación de Maria di Rohan por Ronconi, en el Circo, y allí se tramó, para reconciliarles, la siguiente ingeniosísima combinación. Entre los muchachos que solían ir a la tertulia de la viuda de Navarro, descollaban: Rubí, que de autor de piececillas andaluzas había subido a la jerarquía de dramaturgo famoso; Campoamor, ya célebre como lírico de mucho aquel; Navarrete, escritor de costumbres, y Enrique Gil, poeta y crítico. Íntimos de este eran los Asquerinos, dos hermanos muy simpáticos que hacían dramas. Anunciábase uno de Eusebio en el teatro de Variedades, con el título un tanto (p.5815) estrambótico y trabalenguas de Obrar cual noble con celos, y Jenara alcanzó de Enrique Gil el obsequio de dos palcos para el estreno, comprometiéndose a ejercer de alabarda

toda la noche con sus amigos hasta sacar a flote el drama, cualquiera que fuese su mérito. Uno de los palcos ocuparíalo la viuda; el otro sería remitido de parte del autor a unas damas andaluzas que infaliblemente invitarían a sus habituados Terry y Alejandro Llorente, a la sazón inseparables. Una vez colocado a tiro hecho el galán esquivo, Jenara le saludaría, llamándole a su palco para decirle dos palabras, y en el acto, con hábil maniobra, se efectuaría la tangencia de aquellos dos planetas de amor, que andaban despavoridos por los cielos buscando un punto en que juntar sus órbitas. Pero el drama, anunciado con tanto bombo, Obrar cual noble con celos, no llegó a representarse, y el plan quedó diferido en los propios términos para el estreno del drama de Valladares y Saavedra, Para un traidor un leal y Juicios de Dios, en el mismo teatro de Variedades. Todo se preparó hábilmente: Jenara ocupó su palco, escoltada por las manchegas; en el inmediato entraron las andaluzas. Acudieron mas tarde Cueto y Llorente, y por este supieron las vecinas que Terry se había ido a Sierra Almagrera para un negocio minero. El fracaso de la intriga fue tan grande como el del drama, que cayó al foso, sin que salvar pudiera al Traidor el Leal, ni a los dos juntos el Juicio de Dios.

 

Ep-30-XVI -

Si Eufrasia ne pouvait se consoler du départ de Terry, y allá se iba con Calipso en la intensidad de su pena, aventajaba por de contado a la Diosa en el arte para disimularla. La pena y el disimulo de la manchega eran cuentas con el Destino, que pagaba el pobre Ordóñez de Castro, a quien la moza oprimía con un dogal, y cada día le daba una vuelta para tenerle más ahogadito y con mayor rendimiento. Consoló a Eufrasia de su amargura cierta epístola que Terry escribió a un amigo desde el Barranco Jaroso (donde con otros negociantes, ingenieros y geognostas examinaba unos (p.5816) riquísimos filones) , en la cual decía que la moreniya no se apartaba de su memoria, y que al regreso a Madrid trataría de volver a su buena gracia (con galicismo y todo) . Súpose después que D. Emilio, habiendo recorrido varias pertenencias andaluzas y terrenos que acusaban la capa argentífera o plomífera, se fue a Málaga, y en un vapor se embarcó para Londres. A la entrada de invierno volvería. El verano fue tan largo como fastidioso para las manchegas, no sólo por el exceso de calor, sino porque habiendo marchado Jenara a Sigüenza, se quedaron casi solas en los días caniculares, sin más recurso que dar vueltas en el Prado con D. Bruno, o con la familia de Don Serafín de Socobio, llorando el alejamiento de señoras, caballeros y dandys con quienes tenían amistad. Ordóñez de Castro voló al Puerto de Santa María, desde donde a su amada endilgaba cartas llenas de languideces. El novio de Lea, de quien se hablará pronto, andaba también por esos mundos con la tropa que acompañó a la Reina a las provincias vascongadas; y Rafaela, que comúnmente no salía, se fue por un mes a Navalcarnero. Arreciaron en aquel tristísimo verano las persecuciones contra revoltosos, y la policía, olfateando dónde guisaban motines, metiéndose con los conspiradores de profesión y atropellando a más de un inocente, no dejaba respirar a los pobres habitantes de la villa, medio asfixiados de calor. Narváez seguía fusilando, deseoso de obtener un orden perfecto; pero a medida que disminuía en España el número de los vivos, el orden se alejaba más, cubriéndose el rostro con un velo muy lúgubre. Era una delicia en aquellos días ser español; y ser madrileño, con la añadidura de haber pertenecido a la Milicia Nacional, más delicioso aún. A un pobre sastre de la calle de Toledo, llamado Gil, que al paso de los polizontes calle abajo tiró desde el piso tercero un ladrillo sin descalabrar a nadie, le cogieron, y por primera providencia le fusilaron despiadadamente. ¡Pobre Gil! ¡Quizás pensaría, cuando le llevaban a la muerte, que con su sangre y la de otros (p.5817) escribían los moderados la Constitución despótica llamada del 45, y que toda aquella sangre reviviría en la Historia produciendo al fin la resurrección de los hombres sacrificados!

Algo de esto pensaba D. Bruno, en su discurrir de cortos vuelos; pero como adormecido le tenía su singularísima situación política y social, no expresaba ideas tan audaces en el casino. Por aquellos meses, la diligente amistad de D. Serafín le consiguió la liquidación del asunto del Pósito, y cobró el hombre unos cuantos miles de reales, que aunque no eran ni la mitad de lo que esperaba, pareciéronle llovidos del Cielo, y con ellos tapó algunas de las enormes grietas que en su caudal abría la dispendiosa vida de Madrid. Había perdido ya el hombre la noción clara de los intereses, ignorando lo que gastaba y lo que poseía. Las rentas de la Mancha mermaban, y algún arrendatario se permitía morosidades escandalosas: deber de D. Bruno era dar una vuelta por allá; mas cuando lo pensaba, le invadía la pereza, la terrible parálisis de su voluntad, fomentada incesantemente en el casino y agravada con otras distracciones que cargaban de plomo sus miembros y su no muy viva inteligencia.

Octubre, predilecto mes de Madrid, trajo el retorno de los veraneantes, el brillo de las nuevas modas, la alegría de los teatros, la General animación y vida. Periodistas y revisteros llamaban a la juventud a las diversiones y fiestas de otoño, diciendo: «Ya nuestras bellas se aprestan a engalanar las noches del Circo, del Liceo y de la Unión».

Era muy común entonces que el ingenioso cronista de salones y de teatros invocase al sexo femenino con la familiar denominación de nuestras bellas; también solían decir nuestras leonas, desconociendo lo que significaba en la sociedad parisiense la voz lionne, aplicada a las mujeres que deslumbraban a la sociedad con su elegancia original y a veces extravagante, así como con el desenfado de sus costumbres. Ofendían a las mujercitas de acá llamándolas nuestras leonas, y más acertado fuera que las llamaran nuestras gatas o nuestras perritas.. (p.5818) Pero, en fin, el nombre importa poco, y daba gusto ver a nuestras leonas o cachorras embistiendo a los teatros, ya se diera en ellos drama, ópera o baile. Reapareció entonces el dandy, paquete, lion, fashionable, o como nombrársele quiera, D. Esteban Ordóñez de Castro, y Eufrasia tuvo ya con quién divertirse mientras le llegaba el santo de su completa devoción. Más dichosa que su hermana fue Lea, a cuyas faldas se pegó de nuevo su fiel novio Tomás O'Lean, que a los veinticinco años era ya teniente coronel, habiendo alcanzado sus mayores adelantos desde los pronunciamientos del 43. ¡Qué brillante carrera! Espartero se fue dejándole teniente a secas, y en dos años de trifulcas intestinas, sirviendo con Serrano en Cataluña, con Concha en Andalucía, ayudando a la cacería de Zurbano, había ganado el hombre tres empleos y cinco grados, amén de varias cruces que eran testimonio de su heroísmo. Siguieran las locuras de Marte en nuestro suelo, y Tomás O'Lean sería general. No podía soñar Lea mejor partido, y muy satisfecha estaba de su conquista, porque el muchacho, al aprovechamiento militar unía las ventajas de un carácter cortado para el santo matrimonio: mansedumbre, juicio, hábitos económicos, y para colmo de felicidad, una hermosa figura.

Ni aun en los tiempos del Regente fue O'Lean entusiasta del Progreso; antes bien sus amigos le tenían por arrimado a la cola, atendiendo más a las aficiones religiosas del oficial que a las políticas. Perteneciente a una familia de origen irlandés, extremada en el monarquismo y en la piedad, conservó siempre la característica de su abolengo, y en un tris estuvo que defendiera la causa del Pretendiente. Como los O'Donnell, los O'Lean se dividieron, repartiéndose entre las dos legitimidades: dos hermanos de Tomás pelearon en la facción, al lado de Zumalacárregui y de Zaratiegui; pero él, traído a la bandera cristiana por su tío D. Anselmo, grande amigo de Córdoba, empezó a servir el 36 en un regimiento de la división de Oraa, y siempre se mantuvo fiel a la disciplina y al honor. (p.5819) Huérfano de padre, vivía Tomás con su madre, vascongada de mollera dura, de los Emparanes de Azpeitia, señora muy tiesa, rigorista en lo social, arrebatada de fanatismo en lo religioso. No fue poca suerte para Leandra Carrasco que Doña Ignacia, a quien como a presunta suegra reverenciaba, aprobara el noviazgo de su hijo, que si así no fuese, poco le durara el contento a la señorita manchega. Tenía Tomás el don de simpatía por su afabilidad y dulzura, y aunque entre sus muchos amigos habíalos de distintos colores, descollaban en su afecto los de matices tristones y sombríos; frecuentaba la redacción de La Esperanza, y el fundador y director de esta, D. Pedro La Hoz, hombre de austeras virtudes, escritor castizo, profundo, sólido y sincero, aunque de estilo un tanto mazacote, profesaba a la madre y al hijo singular estimación.

Pero la esfera de las amistades de Tomás O'Lean era vastísima, y extendíase a los círculos juveniles más interesantes. Loco por la música, con excelente oído y retentiva prodigiosa, figuraba en la trinca de melómanos (que ya entonces se llamaban dilettantis) más ruidosa y más inteligente de Madrid. Eran todos chicos de buena familia, que tenían a gala no perder función de ópera y andar siempre entre cantantes italianos, maestros y directores de orquesta. A los estrenos de ruido en teatros de verso iban puntuales, siempre que no había novedad o atractivo grande en los de ópera. No eran estos jóvenes la más grata compañía ordinariamente, porque a menudo poníanse a disputar sobre los méritos de estos o los otros virtuosos, o las excelencias de tal o cual ópera, y como era inevitable agregar los ejemplos a las teorías, cantaban y tarareaban hasta volver locos a los que tenían la desdicha de asistir a sus reuniones. En el café de Amato, calle de la Montera, donde aquel año ponían los atriles por tarde y noche ocupando tres mesas, no había quien parara. Conocían el repertorio italiano entonces vigente mejor que el que lo inventó; algunos descollaban de tal modo en la retentiva, (p.5820) que decían una ópera desde el coro de introducción hasta el final. Quién ensalzaba el Roberto Devereux; quién el Rolla o Maria di Rohan; aquel no permitía que le tocasen a Bellini, el único, el ángel de la melodía; estotro, haciendo gala de su voz abaritonada, soltaba el Cruda funesta smanie de Lucia, y un chico de Jaén, bajo profundo, repetía las graves notas del Mosé: Eterno, inmenso, incomprensibil Dio. Los más felices en la canora trinca y los más envidiados de sus compañeros eran los que tenían entrada franca en los escenarios, y trataban a Ronconi y a Guasco, obsequiaban a la Tossi o a la Bertollini-Raphaelli, y tuteaban a Becerra y a Salas; los que estimando la amistad de los directores Basilio Basili y Skoczdopole más que la de príncipes y magnates, conocían por ellos los proyectos de las empresas. Sin cesar se oía:

«Positivamente en Noviembre tendremos a Moriani..». «Se habla de Paolina García para la primavera..». «Se preparan dos nuevas óperas de Verdi, Attila y Juana de Arco..».

Entusiasta del divino arte, y amante ardoroso de las glorias patrias, el dilettantismo perdía la chaveta cuando algún músico español componía ópera más o menos italiana, aspirando al lauro universal. Desde que la del joven maestro Espín, Padilla o el asedio de Medina, se puso en ensayo, andaban nuestros melómanos hechos unos orates, alabando sin medida la composición de que sólo retazos conocían, anticipando por calles y cafés tal o cual frase melódica, y presagiando el éxito más resonante y feliz.

Todo ello se cumplió conforme a los deseos del furioso dilettantismo. Fue aclamado Espín como digno émulo de Bellini y Donizetti, y se tuvo por cierto que Padilla daría la vuelta al mundo. Pero ya entonces había Pirineos para la salida del arte, aunque estaban abiertos para la entrada, y Espín se quedó en casa, como los artistas que le habían precedido y los que en las siguientes décadas crearon la zarzuela. El mal gobierno y las revoluciones estúpidas, desacreditando a la raza y permitiendo que cundiese la engañosa fama de su esterilidad, (p.5821) son culpables de las terribles aduanas que en todas las fronteras de Europa cierran el paso a las artes de nuestra tierra.

Los maestros incipientes, como Oudrid, solían agregarse al coro entusiasta de la pandilla musical, ya en el estrecho café de Amato, ya en el del Príncipe o en la pastelería de Lhardy, y lo propio hacía el más joven de los tenores italianos de la compañía del Circo, Enrique Tamberlick, que aquel año había hecho su debut con Parisina d'Este. Los conciertos privados en casa de Soriano Fuertes estrechaban las amistades, enardecían y exaltaban la fe de la religión musical: allí Oudrid, excelente pianista, daba las primicias de la Jota aragonesa con variaciones y de la Fantasía sobre motivos de Maria di Rohan; allí Tamberlick soltaba los alientos de su voz bravía, cantando trozos de compositores olvidados de viejos, o desconocidos aún de nuestro público, como Cimarosa, Paësiello, Spontini, y les revelaba la maravilla del Don Juan de Mozart, en que algún dilettanti de los más avisados vio la matriz del drama lírico.

Este fue Tomás O'Lean, que por tal motivo tuvo con sus compañeros tremendas agarradas, sosteniendo que en conocimientos musicales marchábamos con medio siglo de retraso. Poseedor de alguna erudición en el arte de Euterpe, adquirida en libros y papeles extranjeros, el ilustrado joven hablaba de Mozart, que aún no nos habían traído; de Weber y Gluck, que probablemente no vendrían nunca; y por último, para confundir más a la entusiasta cuadrilla, hacía mención de las grandes obras sinfónicas, y soltaba como una bomba, produciendo estupor y escándalo, el endiablado nombre de Beethoven.

 

Ep-30-XVII -

Rara vez hablaba Tomás de estos sutiles temas con su novia, porque la pobre muchacha no los entendía. Bastante atrasada en gustos musicales y sin ninguna educación de piano ni solfeo, no le entraban en la cabeza más que las tonadillas o motivos más elementales. Lo demás era un ruido, no siempre grato. Pero nada de esto importábale al joven, que en su novia parecía estimar exclusivamente las prendas (p.5822) morales y caseras, mirando con indiferencia todo lo restante. Hasta la fecha correspondiente a los sucesos referidos, el militar era mirado por la manchega como perfecto tipo de mansedumbre y docilidad. Pero ya en las postrimerías del 45 presentábase el galán como querencioso de la independencia, y no se plegaba como un junco ante la voluntad y las ideas de su novia, ni al de esta sometía su criterio. A cada instante la diversidad de apreciación en materias de gusto traía la discordia, por ejemplo: a Lea no le había gustado El hombre de mundo, de Ventura de la Vega, estrenado aquel otoño por Romea, y Tomás sostenía que no había producido obra mejor la Talía española desde Moratín. No verlo así, era carecer de toda inteligencia literaria. Visitando la Exposición de artes y manufacturas españolas que se celebró en la Trinidad, Lea se extasiaba delante de las pinturas más ñoñas y ridículas: vaquitas pastando, una mesa revuelta. O'Lean le decía sin rebozo que admirar tales mamarrachos era darse patente de indocta y campesina, y le ponderaba los cuadros históricos o religiosos de Madrazo y Ribera. En otros órdenes se clareaba más la emancipación del caballero: pasaron los tiempos en que, si a la cita faltaba o se le iba el santo al cielo en la correspondencia, recibía sumiso las reprimendas de la dama, y con graciosa humildad aplacaba su enojo. Ya no era lo mismo: pecaba Tomasito gravemente contra la puntualidad amorosa, que en los noviazgos vale tanto como el amor, por ser su signo más elocuente, y al ser interrogado por la manchega, severo juez y parte lastimada, se quedaba tan fresco. Desvergonzados eran a veces los novillos: hubo tardes en que Lea no le vio el pelo en el Prado, y ni la atención tenía el joven de presentarse al obscurecer con galantes excusas. Las que daba, tardías y glaciales, eran siempre las mismas. Había pasado la tarde, o la noche o la mañana, en La Esperanza, donde sin duda los amigos

que allí se reunían trataban de la cuadratura del círculo. «¿Pero qué demonios (p.5823) hay en esa Esperanza dichosa, para que de tal modo te atraiga, Tomás? -le decía Lea, subiendo del enojo a la cólera-. ¿Hay zambra de mujeres, o baile de sacristanes? Quisiera saber qué se te ha perdido a ti en La Esperanza, y qué piensas sacar de tanto cabildeo con escritores públicos. Política no será, porque tú me has dicho que eres escepticista».

-Esa palabra no está bien, Lea. Cierto que cuando nos conocimos, así se llamaban algunos: yo fui de los que más usaron el vocablo. Pero va cayendo en desuso, y ya no decimos escepticista, sino escéptico.

-Bueno, lo mismo da. Tú me aseguraste que no tenías opiniones políticas, ni eso te importaba, que te mantenías neutro..

-Neutral, Lea.. Pues sí, te lo dije: me mantenía indefinido, incoloro, entre los partidos revolucionarios y los partidos de orden; pero llegan tiempos en que la neutralidad es falta, casi delito; tiempos que piden a todos los españoles una manifestación franca de lo que piensan y desean para nuestro país, ahora que se nos presenta el problema grave, de cuya solución depende la suerte del Reino en los años futuros. Apremiado a más claras explicaciones, O'Lean consagró un rato a satisfacer las dudas de su amada, haciéndolo en términos rebuscados y con una suficiencia que rayaba en pedantería, marcando bien la superioridad del expositor ante las cortas luces de la pobre mujer que oía. «Ha llegado la más crítica, la más delicada ocasión de esta Monarquía gloriosa -le dijo-. Nuestra adorada Reina necesita un esposo, no sólo porque es Reina, sino porque es mujer, o dama, mejor dicho. Y ante el problema que se nos viene encima, todos los españoles de buena voluntad nos preguntamos: '¿Quién será, quién debe ser el consorte de nuestra Soberana?'. La respuesta que a muchos embaraza y confunde, para mí es facilísima. Este matrimonio debe ser no sólo un matrimonio, fíjate bien, sino un tratado de paz y alianza perpetuas entre las dos ramas de la Familia Real. Una discordia entre las ramas de tronco tan glorioso, un desacuerdo por si debe excluirse o no debe excluirse de la (p.5824) sucesión al sexo femenino, que comúnmente llamamos bello sexo, fíjate bien, trajo la más tremenda, la más sanguinaria de las guerras. Triunfó la opinión favorable al bello sexo; pero como los derechos de la otra parte, o sea de los varones, fíjate, continúan en pie, y el partido carlista es siempre formidable, podría reproducirse la guerra y aniquilarnos nuevamente, y aun traer la victoria de la rama viril. Medios de evitar esto y de resolver históricamente la cuestión: la empresa en que fracasó Marte, será llevada a término feliz por Himeneo, el más pacífico de los dioses. La Providencia, que tanto ha desfavorecido a nuestra Nación, ahora se vuelve benigna y dice: 'Nación, llevé tus problemas a los campos de batalla para hacerte guerrera y varonil; ahora los llevo al Tálamo, para que seas pacífica y fecunda'».

Todo esto paraba en que los de La Esperanza habían catequizado al joven militar para que pusiese su talento y su pluma al servicio de la idea patrocinada por Balmes y otros publicistas. Extendiose Tomasito en mayores explicaciones de tan feliz idea, diciendo que el sentido común hacíala suya, y que por ser la pura lógica había de imponerse a los españoles de todos los partidos. No más guerra civil, no más derechos de varones y hembras. El solitario de Bourges había tenido la dignación de abdicar en su hijo, y este, en el gallardo manifiesto que había dirigido a España, estampaba una solemne declaración, que era el más grande y filosófico de los programas: Ya no habrá partidos; ya no habrá más que españoles.

«¡Ay, Tomás de mi alma! -le dijo Lea burlona y dulce-; a ti te han sorbido el seso los de La Esperanza con el casorio de la Reina. ¿Crees tú que vas ganando algo con que el preferido sea Montemolín? ¿A ti qué te va y qué te viene en eso? A mi padre oí decir que las piedras se levantarían contra D. Carlitos si en esa boda se pensara».

A esto replicó el militar escarneciendo la ignorancia de su amada en asunto de tal trascendencia. Habíalo estudiado él con extremado detenimiento, y leído todo lo que plumas muy (p.5825) doctas sobre la materia habían escrito; conocía, como si de ella fuese testigo, la patriarcal vida del Rey D. Carlos en Bourges, la modestia decorosa del trato doméstico, la educación que al heredero se daba, haciéndole hombre para la adversidad, y príncipe para que mirase a gloriosos destinos. Era D. Carlos Luis un modelo de jóvenes honestos, sensatos, corteses; instruido en cuanto concierne a un caballero y a un príncipe, sencillo y afable con los inferiores, digno con los altos, muy mirado con las damas; galán sin presunción, fortalecido por el continuo ejercicio a caballo; amante de España hasta la idolatría; informado de todo principio nuevo y de toda idea culta; celoso de la dignidad de la Corona, mas sin repugnancia de la Libertad ni de sus aplicaciones al vivir de los pueblos, siempre que fueran sensatas. Dicho esto se retiró, resultando por el pronto una sensible frialdad en los que meses antes consagraban casi exclusivamente sus coloquios a la dulce conjugación del verbo casarse. Y de pronto, ¡ay!, otro himeneo, cien veces maldito, a perturbar venía la inocente alianza de dos criaturas tan inferiores a las grandezas del Trono. Lamentábase Lea en sus soledades de que las regias nupcias habían trastornado el seso de Tomasito; y aunque no era de temer que con la fiebre política y casamentera llegase el hombre al delirio y olvidara su compromiso de amor, no estaba tranquila, no, que harto sabía cuán peligroso es que los hombres se acaloren por una causa general, origen de guerras y trapisondas. ¡Hermosos, felicísimos días aquellos en que, ávidos de palique, aprovechaban las horas de paseo, o los minutos de cualquier entrevista breve, para engolfarse en dulces cálculos de la fecha de sus desposorios, de la futura casa, que por vergüenza no llamaban nido, de lo felices que serían, etcétera..! ¡Y ahora salíamos con que el hombre no se apasionaba más que por el casorio de la Reina! Vamos, que era para echar al demonio a todos los reyes y príncipes, y salir por la calle gritando cualquier barbaridad.

A su padre habló la señorita de la (p.5826) inquietud grave que en su vida se le ofrecía, y el buen señor la tranquilizó con estas razones: «Dile a ese tonto que no se ponga en ridículo defendiendo un matrimonio que no hemos de consentir los liberales.. Ni está bien que un militar ande ahora al retortero de los de La Esperanza, y tome partido por el chico de Don Carlos. ¡Hombre, ni que hubiera venido de las Batuecas!.. Dile también que se deje de casorios ajenos y piense en el vuestro, que es el que más a todos nos importa, pues el tiempo vuela, y ya debíais estar casados.. lo cual que así mismo, mutatis, se lo he de decir yo mañana a Doña Ignacia».

Consolada con esto, a la siguiente noche manifestó a Tomasito la manchega su propia opinión sobre la necedad de tomar partido por Montemolín, agregando el juicio de su padre y el de otros amigos de la familia. Con razones tan primorosas y bien concertadas como las del mejor libro, rebatió el joven lo dicho por su novia, dando cuenta de cómo arreciaban los vientecillos que nos traían a Montemolín a compartir con Isabel el solio de San Fernando. Cosas dijo y seguridades expresó, que dejaron a Lea suspensa y aterrada. ¿Sería posible que su padre y los demás que como él pensaban quedasen tan ridículamente burlados? ¿Vendría, en efecto, Carlitos Luis..? Ya en el terreno de los bodorrios, fue Lea bastante sagaz para deslizar una interrogación acerca del suyo, y respondió Tomasito clara y prontamente: «Casada la Reina, casados nosotros.. Ella, pongo por caso, esta semana; nosotros la venidera».

-¿Y será pronto?

-Más pronto quizás de lo que creen hoy todos los españoles, a excepción de la corta minoría que está en el secreto. La mañana menos pensada, fíjate bien, despertará Madrid a los sones de la campana gorda de La Gaceta, anunciando..

-¿Las bodas de Su Majestad?.. Y a la semana siguiente.. ja.. ja.. iba a decir que me llevas al altar; pero esta frase es de novela, y muy ridícula. Déjame que me ría: estoy contenta. Me hace gracia eso de que en La Gaceta tocan a casarnos nosotros.. ¿Pero quién toca, Tomás?

A esta (p.5827) pregunta respondió el militar en voz baja y con teatral misterio: «¡El Austria!». -¡Ah!.. ya voy comprendiendo. El Austria, esa nación de donde son los austríacos, quiere que sea D. Carlos Luis el agraciado..

-Lo quiere y lo impone.. Dice: «este o ninguno: yo lo mando».

-¡Ave María Purísima! ¿Pero es verdad todo eso, Tomás de mi alma? ¿Con que el Austria..? Y España no tendrá más remedio que bajar la cabeza..

-No lo haría quizás tan pronto, si lo mismo que pide el Austria no lo exigiera el Papado.. El Papado es el Papa, fíjate.

-Ya lo había comprendido, hombre.. ¿De modo que..? Pues ahora sí te digo que ya me parece una cosa muy buena la unión de las dos ramas. Asegúrame otra vez lo que has dicho de una semanita no más por medio, y me paso a tu partido: soy furiosa montemolinista.

-Te lo aseguro; pero esto que has oído del Austria y del Papado no lo repitas, Lea, no lo repitas, fíjate con tus cinco sentidos.

-Estate tranquilo, que no diré nada. En mi corazón guardo el secreto. ¡Bendita sea mil veces el Austria!

 

Ep-30-XVIII -

Con instintivo saber psicológico pensaba Lea que la lisonjera situación de ánimo en que había de poner a D. Tomás la victoria de su candidato sería favorable al cumplimiento de su promesa, es decir, que impuesto Montemolín por Austria y Roma, bien podía ser que los dos matrimonios, el grande y el chico, no distaran entre sí más que una semanita. De estas esperanzas habló con su madre, guardando reserva sobre lo del Austria; Doña Leandra se distrajo de sus tristezas contemplando el optimismo de su hija, tan parecido a un espectáculo de fuegos artificiales, y aunque la buena señora dudaba, que la duda de todo era en ella ya una segunda naturaleza, fingió creerlo por no marchitar ilusiones consoladoras. Eufrasia estaba también gozosa, porque llegó Terry, y con fácil artificio ideado por Jenara facilitose en casa de esta la tan deseada reconciliación.

Había llegado a tomar por aquellos días la persona de Doña Leandra apariencias de espectro, y la cara y pescuezo, las manos y antebrazos eran como piezas (p.5828) dispuestas para los estudios anatómicos: de tal modo la rugosa piel amarilla dejaba traslucir el cordaje de nervios y músculos, las azules venas y la osamenta desvencijada. La distancia entre el barrio de Peligros y las Cavas no le permitía visitar a la Torrubia con tanta frecuencia como deseara; hacíalo en los días buenos, arrastrándose por las mañanas hasta San Cayetano o la Paloma; y después de oír misa, echaba un párrafo con su amiga en el puesto donde vendía, o en la puerta de la iglesia. Por dicha suya, la Providencia le deparó nuevas amistades, y la más valiosa de aquellos días fue la que contrajo, por mediación de D. Bruno y de D. Serafín, con la tía de este, Doña Cristeta del Socobio, señora muy agradable y bondadosa, que al punto comprendió la profunda dolencia moral de la manchega, y puso de su parte cuanto podía para mitigarla. Desde los primeros instantes de su conocimiento simpatizaron, no teniendo poca parte en el repentino afecto de Doña Leandra por la Socobio la circunstancia de ser esta viuda de un manchego, natural de Piedrabuena; y aunque el difunto salió de su pueblo a los cinco años, y desde tan tierna edad no había vuelto a él, bastaba el origen para que Doña Leandra le tuviese en gran estimación, y mirase a la viuda como amiga predilecta.

Era Doña Cristeta camarista de Palacio, y aunque en el tiempo a que esto se refiere desempeñaba un destino sedentario, porque su edad y cansancio reclamaban vida más sosegada que la del servicio de Etiqueta junto a los Reyes, su personalidad y sus funciones merecen los honores de la Historia. Había entrado en la servidumbre en 1818, y al año siguiente, marcado en los fastos palatinos por el casamiento de D. Francisco de Paula con la Princesa de Nápoles Doña Luisa Carlota, esta la tomó a su inmediato servicio, y a su lado la tuvo hasta 1838, en que pasó Cristeta a la Cámara de Su Majestad. En los duros tiempos de Argüelles y la de Bélgica (2) , fue separada la Socobio, juntamente con otras personas de la familia, por supuestas connivencias con la (p.5829) Gobernadora cesante; pero al ser declarada la Reina mayor de edad, volvieron todos a sus puestos en la Etiqueta, en la Intendencia y Real Capilla; y la Camarera Mayor, marquesa de Santa Cruz, que desde aquella fecha fue la más visible influencia dentro de la casa, dio a la Socobio la Guardarropía de las Reales personas, y el mando de todas las mozas de retrete, guarnecedoras, ayudas y barrenderas.

No tardó en advertir Cristeta la incompatibilidad de su salud y de sus años con aquellos oficios que bajo su mano quiso poner la Santa Cruz, y pidió la jubilación aprovechándose de las favorables circunstancias de su edad y dilatado servicio para proporcionarse una cómoda situación pasiva. Mas ni la Camarera ni la Reinita y su hermana, que la querían entrañablemente, accedieron a la jubilación, y se le concedió el puesto de camarista con todo el sueldo, exenta de servicio, con derecho de habitar en Madrid, esto es, fuera de Palacio, y sin más obligación que acudir en auxilio de las nuevas guardarropas cuando estas lo hubieran menester. Hallábase, pues, Doña Cristeta en la más holgada y feliz situación, disfrutando de las ventajas del cargo y sin la esclavitud y trajines inherentes a este. Entraba y salía en los altos aposentos y en los bajos siempre que le daba la gana; su metimiento era como el de los mejores días y grande su dominio sobre las camaristas jóvenes, sobre las mozas de retrete, mozos de oficio, ayudas de furriera y demás piezas inferiores de tan compleja máquina. Y no sólo tenía fieles amigos en la inmensa colmena, sino también parientes muchos, distribuidos en las distintas funciones y dependencias. D. Serafín era, como se sabe, gentilhombre, y sin salir de la Etiqueta se encontraban dos Socobios más: D. Laureano, ujier, y Don Emigdio, escribiente en la Secretaría de Cámara y Estampilla. En Caballerizas, un Socobio era rey de armas, y otro ayudante del Montero Mayor. Asilo de otros individuos de tan aprovechada familia era la Intendencia, donde se podían contar hasta cinco Socobios: el uno en la Secretaría del (p.5830) Intendente, cargo de cuidado y responsabilidad; otro que era contador general; dos en la Tesorería, y el quinto en la Consultería. Para que no quedase rincón alguno donde no hubiese hecho su nido un Socobio, figuraba entre los capellanes D. Andrés Avelino, primo hermano de D. Serafín, y, por último, las Administraciones patrimoniales de los Reales Sitios hervían de Socobios. No iba Doña Cristeta a Palacio todos los días, pero sí los más de la semana, y desde que tomó a su cargo el cuidado y esparcimiento de Doña Leandra, oían misa las dos en la Real Capilla; entraban luego a echar su descanso en la sacristía, donde la manchega hizo conocimiento con el capellán Andrés Avelino y con D. Víctor Ibraim, cuyo aspecto y modos de cuadrúpedo con sotana no fueron muy de su agrado. Algunas tardes subían al piso alto y visitaban a distintas personas, con lo que Doña Leandra se distraía y animaba; su familia iba notando en ella menos inapetencia; relataba con interés las magnificencias que en Palacio veía, y mostrábase en extremo cariñosa con su amiga y compañera. A veces dejábala esta en alguna de las habitaciones altas, bien recomendada, para que la entretuviesen dándole conversación, y se iba sola a los regios aposentos del piso principal, permaneciendo allí las horas muertas; volvía gozosa junto a Doña Leandra, y le prometía enseñarle lo de abajo, cuando las Reales personas se fuesen a la Granja o Aranjuez. Por fin, huroneando entre las viviendas de la servidumbre, encontraron manchegos, que fue para la señora de Carrasco gran satisfacción. ¡Vaya que manchegos en aquellas alturas! Pues en Caballerizas, a donde también fueron como visitantes curiosos, encontró Leandra más de lo que quería: carreristas, picadores y mozos que eran de allá, y hasta parientes le salieron. Bien decía ella que había Mancha en todo el mundo, y que Madrid era lo más manchego de las Españas.

¿Y cuál no sería el gozo de la expatriada cuando, metidas las dos una mañana en la Botica de Palacio a pedir varias drogas para sus achaques (las cuales a Doña (p.5831) Cristeta no le costaban un maravedí) , topó de manos a boca con el mancebo Vicentillo Sancho, del mismísimo Pozuelo de Calatrava, sobrino segundo de Don Bruno? «Pero, hijo, no te hubiera conocido.. ¡Si estás hecho un hombracho! No te he visto desde el día en que saliste del pueblo para venir a estudiar la carrera de boticario.. ¡Ay!, déjame que te abrace otra vez.. Me parece que estoy allá, y que veo a tu madre, la pobre Bárbara, que el día que tú partiste lloraba como una fuente, y no veíamos modo de consolarla.. Pero tú, gran zopenco, ¿no sabías que vivimos aquí hace cinco años, por desinio del Señor?

¿Cómo no has ido a vernos? Ahora te digo que tienes tu casa en la calle Angosta de los Peligros, y que si no vas a vernos pronto, te descomulgamos, y ya no eres ni sobrino ni manchego ni nada». Replicó el mancebo que tenía noticias, sí, de la presencia de sus tíos en Madrid; pero que no había ido a verles por vergüenza y cortedad, pues alguien le dijo que vivían muy a lo grande, y que las niñas estaban hechas unas princesonas. Una tarde, paseando por el Prado, un amigo le enseñó a Eufrasia, que iba con una como Marquesa, y el chico se había maravillado de tanta elegancia y hermosura. Indignose con esto Doña Leandra, y dio un coscorrón al boticario para quitarle la vergüenza: «Anda, mostrenco, que no mereces nuestro cariño. Vete corriendo a mi casa, donde verás a las niñas, que aunque pronto casarán la una con un teniente coronel y la otra con un capitalista, son muy llanotas y no reniegan de su país ni de su parentela».

Con la visita de Vicente Sancho tuvo la señora un grandísimo alivio y días verdaderamente felices. Al propio tiempo aumentaba su afición a las visitas a Palacio, y nada la divertía y consolaba como oír de labios de su amiga relaciones de la vida interior de aquella inmensa casa. «Por no vestirme -le dijo Cristeta una tarde, volviendo las dos de su paseo-, no voy a ninguna ceremonia. Los que presenciaron la de anteayer, la recepción del Embajador de Francia M. de Bresson, me aseguran que (p.5832) nuestra salada Reina fue el encanto de los extranjeros por la divina soltura y gracia con que hizo su difícil papel. A los diez y seis años, esa criatura sin igual no tiene nada que aprender en punto a señorío regio, ni en el arte dificilísimo de ser digna y familiar, de ostentar toda la gracia y afabilidad del mundo, sentadita, como quien no dice nada, en el Trono de San Fernando. Cuentan que cuando bajó las gradas, concluida la ceremonia, y se puso a platicar con todos, diciendo a cada uno palabritas agradables, estaba tan mona, tan Reina, que.. vamos.. era para comérsela. Bien puede España dar gracias a Dios, pues con esa niña nos ha traído el remedio de todos los males. Y gracias también debemos darle porque con ella empieza el orden, el orden, amiga mía, que es el andar derecho todo el mundo, para que pueda el Gobierno dedicarse al fomento.. Ya sabe usted que es necesario el fomento, pues.. para que prospere y eche buen pelo la Nación.. Y eso que ahora ¡ay!, nos viene una dificultad, la cual dejará de serlo si se hace todo como Dios manda. Hablo del casamiento, que puede ser el sumo bien o el sumo mal. Pero entiendo yo que van las cosas por el mejor camino, y si no meten el rabo las potencias, tendrá Isabel el marido que a ella y a todos nos conviene..».

Expresada por Doña Leandra con la mayor candidez la idea de que era un hecho la elección de Montemolín, pues como cosa de clavo pasado así lo aseguraba su hija primogénita, rompió en risas y burlas la Socobio, diciendo que tal casamiento sería el mayor trastorno de la Real Familia y un terrible desastre para la Nación. Confusa la oyó su amiga; mas no pudo obtener de ella referencia clara del candidato que la gente palaciega tenía por seguro.

Era la camarista de pequeña estatura, entrada en años, de rostro agraciadísimo, las facciones menudas, los ojos muy despiertos y ratoniles, el pelo casi enteramente blanco peinado con gracia, muy amable y nada perezosa, dispuesta siempre a las grandes caminatas y ascensiones de escaleras. Hablaba con tanta soltura como donaire; de su inteligencia no podían (p.5833) hacerse más que elogios; en su conducta matrimonial, mientras le vivió el marido, no había que poner ninguna tacha; de su exactitud y diligencia en el desempeño de su destino durante largos años, no cabía tampoco la menor censura; de su sagacidad y discreción para servicios (3) de un orden familiar y reservado, nada corresponde apuntar al historiador, que además poco sabe de estas cosas. Merece, pues, Doña Cristeta sinceras alabanzas; y si hay necesidad de poner algún defectillo para guardar siquiera las apariencias de imparcialidad, dígase que era la camarista muy golosa, y que toda su vida fue apasionada de las yemas y tocinos del cielo; loca por pastelillos, bollos delicados y fruslerías dulces, así como por las copitas de licores finos y aromáticos. Cuando la edad trajo a su estómago cierta rebeldía contra el dulce, usábalo moderadamente, y retrotraída en su vejez a los gustos y travesuras de la infancia, no podía resistir a la tentación de comprar en la calle torrados, anises o caramelos de la peor calidad: con tales porquerías, que roía y mascaba despacio para no cascar sus hermosos dientes, entretenía el vicio y daba satisfacción al gusto, escupiéndolas después sin dejarlas pasar al buche.

 

Ep-30-XIX -

Pues un domingo por la tarde, volviendo de una placentera visita en Caballerizas, se corrieron Doña Leandra y Doña Cristeta hacia la Encarnación con ánimo de rezar; pero tuvo más fuerza en el ánimo de la camarista el apetito de golosinas que la devoción, y lo que hicieron fue comprar torrados y avellanas, y sentarse a roer y mascullar y escupir en los propios escalones de la iglesia, como dos chiquillas. A entrambas era muy grata aquella libertad, el perderse entre la multitud sin que nadie las conociera, y respirar el ambiente popular en que habían nacido. Con sus vestiditos de merino negro y su facha de honradas y limpias menestralas, creían desenvolverse mejor en el humano carnaval; y si Doña Leandra se conceptuaba siempre palurda manchega, en medio del bullicio y galas de la Villa y Corte, Doña Cristeta era (p.5834) una demócrata inconsciente, sin sospechar que pudiera existir incompatibilidad entre sus aficiones plebeyas y su intensísima fe monárquica.

«¡Qué bien estamos aquí -dijo a su amiga-, y cómo me gusta que la tengan a una por nadie, y que no nos hagan ningún rendibú! Cuando una ha vivido años y años dentro de la etiqueta, gran suplicio, coge con más gana la libertad.. y hasta se alegraría de ser pueblo, como quien dice».

-Pero los que se regostan a palacios -observó Doña Leandra-, no se hallan en cabañas. Y a usted la tira tanto el señorío, que si no pudiera de vez en cuando meter la nariz en la casa grande y oler lo que allá guisan, se moriría de pena.

Agregó Doña Leandra que le interesaba el casamiento de Su Majestad, por las esperanzas que tenía de trasladarse a Peralvillo en cuanto aquel se celebrara, y pidió a su amiga informes veraces acerca del novio preferido, pues nadie como ella debía de estar al tanto, por la razón de su mete y saca en Reales cámaras y camarines.

«Claro es que lo sé todo, amiga mía -dijo Cristeta-; pero el hábito de la reserva, que fácilmente se adquiere en los palacios, como se aprende la fineza del oído, nos cierra la boca. Si usted quiere que yo abra la mía y le cuente las verdades que sé, ha de prometerme no repetir lo que me oiga, y guardarlo de todo el mundo, hasta de su propio marido».

-Bien puede tener confianza, Cristeta, que yo soy un pozo. A todo me ganarán otras; pero a callar no ha nacido quien me gane.

-Habrá usted oído hablar por ahí de Trápani, de Montemolín, de Aumale, de Coburgo..

-De sin fin de príncipes oigo hablar, que quieren que los casemos con nuestra Reina.

Parece un cuento de niños. Y la verdad, por lo que me dijo Lea, yo creí que el preferido era el de D. Carlos.

-¡Patraña! Los carlistas son tan cándidos que se creen las mentiras que ellos mismos echan a volar. Es un partido de hombres valientes, pero sin malicia. En cuanto a Trápani, si en un tiempo se pensó en él y lo apoyaba su hermana la Reina Cristina, ya está desechado. Es un pobre seminarista de tan poco meollo, que no sabe más que (p.5835) ayudar a misa, y eso mal. ¡Vaya un Rey consorte que nos querían traer! Aumale es muy guapo, muy galán; pero como hijo del Rey de Francia, no puede dar su mano a Isabel, porque las otras potencias son muy celosas entre sí, y si vieran a un francés en el Trono español, no era cisco el que se armaba. Del Coburgo ¿qué quiere usted que le diga?

Pertenece a una familia ducal de Alemania que se dedica a la cría de maridos de Reinas, y los proporciona y suministra de todos precios, bien educaditos. Los chicos esos tienen mérito; pero que perdonen por Dios: la Reina de toda una España no es bien que a surtirse vaya en ese mercado. Tampoco hacen camino los príncipes portugueses, por ser de una nación chica, que nos tiene comida toda la parte del occidente de nuestra Península, y además se hallan muy unidos a la enemiga de toda la cristiandad, que es la Inglaterra, esa puerca, ya lo sabe usted, a quien dan el mote de la pérfida Albión.

-He oído ese mote y otros: a la Francia la llaman la Monarquía de Julio. Pártame un rayo si lo entiendo.

-Son maneras de decir de los periodistas. Hay que fijarse mucho para estar al tanto de las muletillas que ahora se usan para nombrar las cosas. ¿Sabe usted lo que es La Puerta? ¿Y el Gabinete de las Tullerías, sabe lo que es?.. Pero no nos entretengamos en esto, y vamos al casamiento, que será conforme a la voluntad de Dios, y tendremos de Rey a un príncipe español, de quien puedo dar informes como no los dará nadie, pues estos brazos le han zarandeado de niño, y estas manos le han dado las sopitas más de tres y más de cuatro veces.. ¿y quién sino yo le puso los primeros calzones?

-Ya sé de quién habla usted, Cristeta, pues ya me ha contado que sirvió a esa señora princesa, de cuyo nombre no me acuerdo, hermana de la Reina Madre, la cual fue esposa del Don Francisco que vive en la calle de la Luna, y madre de unos principitos y princesas que no sé cómo se llaman, porque en todo esto de personas Reales estoy yo poco fuerte.

-Es la Infanta Carlota, mi señora, a quien serví desde que a (p.5836) España vino, la que tiene celebridad en todo el mundo por haberle dado a Calomarde la más tremenda bofetada que ha recibido cara de ministro.

-Ya recuerdo lo que usted me contó.. Fue brava acción, poner patas arriba a un ministro del Rey, y no creo que se haya visto otra en Cortes de la Europa universal.

-Era un genio tan vivo la Infanta, que no podía ver injusticias y maldades sin correr a ponerles remedio. Su hermana era entonces una cuitada, y si no es por mi señora, le birlan aquellos culebrones la corona de su hija. ¡Ay qué Doña Carlota! Tan fácilmente se le remontaba la sangre a la cabeza por cualquier motivo, que teníamos que contenerla y amansarla: su prontitud nos asustaba, su resolución no admitía réplicas, y si no hubo discordias y altercados en la familia, fue porque mi señor Don Francisco era y es tan bueno, que no ha conocido usted pedazo de pan que se le iguale. Murió la señora en mis brazos hace un año y nueve meses, y aún le llevo luto, porque la quería, y ella por mí tuvo siempre debilidad. Fui yo la persona de su mayor confianza. Tan buena era conmigo, que me daba licencia para que la aconsejara y aun para que la reprendiera, y yo fui quizás la única persona que se atrevió a decirle: «Señora, es cosa muy fea que Vuestra Alteza se ponga de puntas con su hermana, y que una y otra se tiroteen con pullas y sarcasmos muy inconvenientes y muy impropios, aunque sean dichos en lengua italiana. ¡Vaya, que dos princesas, la una en el escalón más alto del Trono, la otra en el segundo, tratarse como tales y cuales, siendo además hermanas, y habiendo nacido de Reyes, y en un Trono como el de las Dos Sicilias!..». Su mismo marido no se cuidaba de cortarle los vuelos, porque también él estaba muy quemado con Cristina y los Muñoces, que de ahí le venía la tos al gato, de los intrusos de Tarancón que nos revolvieron todo Palacio.. Le cuento a usted, querida Leandra, estas menudencias para que las sepa y calle, pues no es bien que se divulguen, aunque, por arte del diablo, ya salieron en papeles de Francia y de España.. Las dos (p.5837) hermanas se adoraban, y luego vinieron a ser el agua y el fuego, porque desde que se casó secretamente, Doña María Cristina daba de lado a mi señora y a los hijos de mi señora.. cosa natural, ¿verdad?, porque cada cual mira por lo suyo.. A Carlota le decía yo: «Resígnese Vuestra Alteza y admita lo que llaman los políticos los hechos consumados. Cierto que la ventolera de Su Majestad por el buen mozo de Tarancón no está bien si la miramos por el lado Real, o dígase divino, que cierta divinidad tiene el derecho de los Reyes; pero si miramos el caso por lo humano, pues el fuero de humanidad no puede negarse a las personas coronadas, ¿qué hay que decir? Joven es Cristina y hermosa como un sol, llena de salud y de vida, y tan lozana que no sería discreto negarle segundas nupcias. Y no me diga Vuestra Alteza que fue el demonio quien puso en su camino al D. Fernando Muñoz, joven como ella, guapo y fuerte. Estas cosas no las hace el diablo, que todo ello es composición y concierto de las leyes que llaman naturales. Pues qué, ¿había de estar condenada una mujer como Cristina a recrearse con la memoria del feísimo y mal encarado Rey D. Fernando, que santa gloria haya, y a tener toda su vida el pensamiento embebecido en el recuerdo de las narizotas de Su Majestad y de su Real cuerpo, que en vida dicen que estaba medio corrupto? Esto no podía ser. Pongámonos en lo juicioso y natural. Si Doña Cristina gustaba de alegrar su juventud con un nuevo matrimonio, ¿qué remedio tenía más que tomar hombre, eligiendo el que cautivaba su alma? Dicen que por qué no eligió novio de más alta alcurnia. ¡Ay!, el corazón no entiende de jerarquías, y una vez metida Su Majestad en lo morganático, ¿qué más daba que tuviese cuatro cuarteles o que no tuviese ninguno? ¿De dónde arranca la nobleza más que de la voluntad de los Reyes? Pues desde el momento en que D. Fernando se introducía en el corazón de la Reina, allí se encontraba todas las ejecutorias, grandezas y blasones, y podía libremente coger lo que más le agradase..». (p.5838) Esto le decía yo a mi señora para sosegarla; pero ¡ay de mí!, no me hacía ningún caso, y a mis razones contestaba con las desvergüenzas de la murmuración corriente acerca de Muñoz. Que si el estanquero su padre, que si la tía Eusebia su madre, que si los hermanos, que si vino, que si fue, que si estuvo de mozo en una tienda para barrer el suelo y fregar el mostrador. Mentiras todo ello, y hablillas de la gente envidiosa, pues con mirar al marido de la Reina Madre y ver su figura, sus modales y elegancia, se ve que es de buena familia y que le han criado en finos pañales.

»Lo peor del caso, amiga querida -prosiguió Cristeta, tomado aliento y limpiado el gaznate-, es que yo, con la mayor inocencia, fui la primera persona que supo en Palacio el devaneo de Cristina, y no sólo fui quien primero lo supo, sino algo más, Leandra, pues a mí me escogió la Providencia, ¡triste sino el mío!, para que abriese la puerta por donde entró la flecha de Cupido que había de traspasar el corazón de la Reina. Yo llevé a Palacio a la modista Teresa Valcárcel, fundamento de todo este enredo; tras de la modista fue el guardia D. Nicolás Franco, que la cortejaba, y con Franco se coló su amigote Muñoz, bien inocente de que la Reina, sólo con verle, se prendaría de él. De modo que aquí me tiene usted oficiando de causa histórica, porque si yo no hubiera llevado a la modista.. saque la consecuencia.. a estas horas la historia de España llevaría en sus hojas cosas diferentes de las que lleva. Pues bien: cuando ocurrió lo de Quitapesares.. ya se lo he contado a usted.. la escena preparada por la Reina para vencer la gravísima dificultad de romper el silencio de amor, y hablar.. vamos, a cualquiera le doy yo este compromiso.. pues quien primero tuvo en Palacio noticia de tal escena fui yo, por un guarda que vio pasear solos a la Reina y a D. Fernando, y lo refirió a mi marido, que entonces era contador segundo de la Intendencia, y naturalmente, Nicolás me trajo el cuento.. Yo, que siempre he mirado a la conciencia antes que a nada, me guardé muy bien guardado el secreto, hasta (p.5839) que empezaron a correr por Madrid y por Palacio rumores graves, malignos de toda malignidad, como que Muñoz paseaba en una berlina muy elegante y tenía casa puesta, lujosísima; que llevaba en la pechera y en la corbata alhajas pertenecientes al difunto Rey.. qué sé yo.. Lo de las alhajas lo dudo.. yo no las vi, ni he conocido a nadie que las viera.. Pero ¡ay!, es tan malo el público.. ¡Qué perro es el público ¿verdad?, y cómo le gusta ver caídas las cosas más bellas, y pisotearlas si le dejan..! No le quiero decir lo volada que se puso mi señora. Finalmente, por las relaciones y amistades de mi marido supe que nuestro amigo D. Marcos Aniano González y el Sr. D. Miguel de Acevedo, pariente de mi Nicolás, andaban arreglando el negocio de casar a la Reina, y la casaron, sí, el día de los Santos Inocentes de aquel año de 1833, lo que no fue poco dificultoso, pues el Nuncio se lavó las manos, y un Obispo a quien trataron de catequizar dijo fu..

Pero, en fin, hubo matrimonio, y la ley de Dios vino a santificar el caso, y a poner a nuestra Gobernadora en el punto de honradez que le correspondía. Cuando la Infanta lo supo, hube de echar todos los registros para calmarla. 'Pero repare Vuestra Alteza en que más que de vituperio es digna de alabanza la Reina, porque de otras hablan las

historias que se divirtieron cuanto les dio la gana, guardando el desvarío debajo de siete capas, o haciendo de él público alarde, con desvergüenza, y esta empieza por mirar a Dios, por temerle y guarecerse dentro del Sacramento, para que nadie pueda poner en su fama el borrón más mínimo. Celebremos que ello vaya por los caminos cristianos'. Y viendo que estas y otras razones no bastaban a moderarle el genio, se encalabrinó el mío, que también lo tengo, sí señora, cuando me apuran, y cegándome más de lo que el respeto consentía, me arranqué con la verdad y le dije: 'Señora, no sea Vuestra Alteza tan gazmoña, que si Vuestra Alteza se encontrase en caso semejante al de su hermana, lo haría peor'.

»Creí que me mandaría salir de su presencia; pero no fue así. Apagados (p.5840) de repente por aquel súpito mío tan irreverente los fuegos de su enojo, masculló algunas palabras, echose a reír y hablamos de otro asunto.

 

Ep-30-XX -

»Volvieron a un trato cariñoso, aunque no muy íntimo, las dos hermanas -prosiguió Doña Cristeta-; pero la enormísima caterva de Muñoces que se nos fue metiendo en la servidumbre, trajo nuevos disgustos. Cuentan que quedó despoblado Tarancón. Los padres, viendo tan bien casado al chico, no habían de ser tan zotes que desperdiciaran la buena ocasión de colocar a todita la familia. Yo me pongo en su caso. A una hermana, la Alejandra, la tuvimos de Camarista; a D. José Muñoz, de Contador del Real Patrimonio, y con ellos vino una reata de parientes, amigos y allegados que no se acaba nunca. Mil desazones ocurrieron, y todo era enojos, piques, desabrimientos; que cuanto más grande es una casa, más fácilmente extienden por ella los malignos la máquina de chismes y enredos. A mi señora la perdió su propio genio desmandado, y de tal modo se descompuso, que ella y su marido el Infante hubieron de salir a destierro, por razón política.. ¡Que si Don Francisco de Paula había hocicado o no había hocicado con los del Progreso..! Embustes, hija, pretextos para echarles de aquí. No pude yo seguir a la Infanta porque mi Nicolás, que atacado venía del pecho desde el año anterior, se me agravó en aquellos días, y su enfermera tuve que ser hasta que se le llevó Dios.

Fue un dolor, ¡ay! Figúrese usted, Leandra, un hombre como un castillo.. Pero vamos al cuento. En París, donde no tenía Doña Luisa Carlota quien le moderase los ímpetus, hizo esta señora ¡pobrecita de mi alma!, desatinos enormes. Perdida toda discreción, no sólo contaba sin rebozo a cuantos oírla querían la historieta de su hermana con el caballero de Tarancón, sino que permitió que alguien la escribiese con tales pormenores y malicias, que ello parecía obra del demonio.. Se me olvidaba decir a usted que cuando salió desterrada mi señora, no caí yo en desgracia semejante, pues la Reina Cristina, sabedora de los buenos consejos (p.5841) que yo daba a la Infanta, en la casa me dejó, y sirviéndola yo con rectitud, le di pruebas de mi lealtad a la Real Familia, sin distinción de hermanas. Por esto fue mayor mi rabia cuando me enteraron de las inconveniencias de la otra en París.. Vino después la caída de Cristina, despojada de la Regencia por ese pillo de Espartero; la Reinita y su hermana quedaron en Palacio como prisioneras del Progreso, hasta que los buenos vinieron a libertarlas y a poner las cosas de la Nación en su lugar. Volvió a Madrid Doña Luisa Carlota, y yo a su intimidad. ¡Ay, qué arrepentida estaba de sus ligerezas! Tal era su pena, que no debemos atribuir a otra causa su muerte prematura. Y motivos tenía la pobre para desesperarse y poner el grito en el cielo. Reñida con su hermana, ya era punto menos que imposible colocar a uno de sus hijos en el Trono casándole con Isabel II. 'Pero, señora -le decía yo, no menos desconsolada que ella-, ¿por qué no hizo Vuestra Alteza caso de mí, que mil veces tuve el honor de advertirle que previera este matrimonio?'. Y ella bajaba la cabeza humillada, y decía: 'tienes razón: he sido una bestia, sí, Cristeta, una bestia..'. Pero ya no tenía remedio: la Reina Cristina, que no quería ya cuentas con su hermana, hizo la cruz a los hijos de esta, Paco y Enrique, borrándolos de la lista de maridos probables de Isabel. Mi señora, que si no modelo de hermanas, fue madre excelente, devoraba su amargura por la condenación de sus queridos niños, y tanto quiso contener, tanto quiso amarrar su genio dentro del alma para no escandalizar, que de ello le vino el arrebato de sangre que remató su vida. ¡Pobre, desgraciada señora! Si pecó de imprudencia y de ira, le habrá valido contra esos pecados su grande amor de madre, y lo buena y generosa que fue siempre para su servidumbre.. En fin, Dios la tenga en su santo seno».

Suspiraron las dos mujeres, y Doña Leandra, que grandemente en aquellas historias se interesaba, preguntó la razón de que habiendo sido descartados los dos infantitos en vida de su madre, hubieran (p.5842) vuelto a figurar en la lista con probabilidades de triunfo.

«Vámonos de aquí -dijo Doña Cristeta, ya dolorida de la dureza del asiento-, que corre un aire demasiado fresco, y además viene mucha gente a la iglesia: alguien nos ha mirado como extrañando que dos señoras nos sentemos en estos escalones entre la pobretería y los chiquillos. Si a usted le parece, subiremos por la Plazuela de Santo Domingo a la calle de Los Preciados, y en la bollería de Lucas, esquina a la calle de la Ternera, compraré media libra de ciento en boca, para llevamos a casa y tener algo en que ir picando por el camino». Así lo hicieron, y metidas en la trastienda de la bollería, donde solas se encontraron sentaditas junto a una redonda mesa que allí había para los golosos amigos de la casa, Cristeta prosiguió su cuento: «Pues ya verá usted por qué Doña María Cristina, que desde el 44 viene diciendo Trápani, nada más que Trápani, ahora dice Paquito, y nada más que Paquito. La Providencia, hija, es la Providencia, que protege a España entre todas las naciones, y siempre la saca de sus apuros; es Dios, hablando con mas propiedad, quien ha señalado a España el único camino, y quien pone en el Trono, al lado de la Reina, el marido que ha de hacerla feliz a ella y a todos los españoles..». Y ávida de cosas dulces, dijo al hombracho que servía: «Mira, Fulgencio, si no tenéis aquí licor de rosa, tráenos dos copitas de la botillería de Beranga». Paladeando las dos señoras el menjurje, Doña Leandra, toda oídos, se iba enterando de lo que su amiga relataba, que fue así palabra más o menos: «No había quien de la cabeza le quitase a mi Doña Cristina la obstinación por Trápani, que es su hermanito más pequeño. Según cuentan, los Reyes de Nápoles le criaban para la Iglesia, y en Roma le tenían en una casa de jesuitas; pero, hija, al ver que Cristina quería traérnosle al Trono de las Españas, se les remontaron los humos, y ya no se pensó más que en enseñar al niño a montar a caballo y a tirar las armas, cosas muy distintas de la santa religión. El chico es bueno, según parece; pero aquí no ha caído (p.5843) bien su candidatura, por lo que dicen de que gastaba sotana. Ni España quiere acá más napolitanos, ni a las potencias, que son las naciones, para que se vaya usted enterando, tampoco les hace gracia que sea esposo de Isabel II ese doctrino. Cuando llegó aquí la Reina Madre, se nos dijo en Palacio que era un hecho lo de Trápani, y no ha sabido la señora tocar otra tecla hasta hace pocos días. El Rey de Francia y su mujer la Reina Amelia, tía de Cristina, dijeron: 'fuera Trápani', y por sí y ante sí entraron en tratos con las Reinas, sin hacer caso del Gobierno español. ¿Recuerda usted, Leandra, que hace unos días, cuando pasábamos del patio de Palacio a la plaza de la Armería, vimos a un señorón que bajaba por la escalera grande, seguido de unos caballeros elegantes, y entraba en su lujoso coche..?».

-Me dijo usted que era el Embajador de Julio, digo, de Francia.

-El señor Conde de Bresson, un caballero que es la misma finura, más listo que la pólvora, y de tanta agudeza que si España fuera el ojo de una aguja, por él se meterían con la mayor sutileza el Embajador, el Rey Luis Felipe y toda la Francia. Este señor es el que lleva la intriga de los casamientos por sí y ante sí, sin cuidarse para nada del Gobierno, atento sólo a su rival y contrincante el Embajador de Inglaterra, que es un tal Mister Bullwer.

-Como una no sabe de estas cosas -dijo Doña Leandra con la mayor candidez-, yo

¿qué me creí?, que la Reina primero, y después su familia y el Gobierno de acá, determinaban lo del casorio, y que las potencias terrenales no tenían por qué meterse en ello.

-¡Ay, amiga mía!, no se casa una Reina en lo que se persigna un cura loco. El Rey de Francia puede mucho, y tiene que mirar por su reino y por la familia de Borbón, y antes que consentir que la Inglaterra meta el rabo en las cosas de esta familia, armaría una gran guerra.. ¡Ay!, estemos bien con la Francia, que nos quiere, y por lo mucho que nos quiere nos pegará si nos descuidamos. El viejo de las Tullerías, como en la casa grande se le llama, ha cerrado ya trato con nuestra Familia Real. Ha eliminado a (p.5844) todos los príncipes extranjeros y al D. Carlitos Luis.. Eliminar es lo mismo que decir quitar de en medio.. ha decidido que Isabel se case con uno de sus primos, los hijos de D. Francisco y de mi señora, y que Luisa Fernanda dé la mano a un príncipe francés.. Esto lo ha determinado ayer, y todavía no se ha hecho cargo el público, ni el Gobierno mismo, ni nadie. Yo lo sé, y a usted se lo cuento con encargo especial de que no diga esta boca es mía.

-¡Quitar de en medio al hijo de D. Carlos! -exclamó Doña Leandra con susto-. ¿Y qué dirá de esto el Austria? -¡El Austria! Valiente caso hacemos aquí del Austria.

-¿Pues no es una nación de muchísimo poder, y con un gran ejército de tropas austríacas?

-Puede ser y es de cuidado, sí señora; pero está muy lejos.

-¿Cae hacia la parte de las Dos Sicilias?

-No señora; más arriba: sube usted por la Italia; tuerce usted a mano derecha, y detrás de los Alpes, allí está. La Francia es vecina nuestra, y puede más, más; como que la tenemos ahí..

-¿Dónde?

-Hija, en la frontera de Francia, asomada a las ventanas o almenas de unos murallones que llamamos Pirineos.

-Pues las calabazas que dan a D. Carlos Luis no le sabrán bien al Padre Santo.

-Ya se arreglará todo por nuestros obispos, que no son ranas. Hoy por hoy, téngalo usted por tan cierto como que este es día, no hay más consorte de la Reina que Paquito, lo que no es corta felicidad, pues de sus condiciones excelentes puedo dar fe, y de sus virtudes para Rey y marido.

-¿Y no hubo cuestiones por si preferían a este hermano o al otro?

-No, señora, porque a Enrique le dio de lado el Rey de Francia. Es también muy bueno, y sabe mucho, vaya.. los dos estudiaban sus leccioncitas a competencia.. ¡qué gozo de hijos!, y no desmerecen uno de otro en aplicación y caballerosidad. Pero Francisco, que siempre fue muy metido en sí, tuvo el acierto de cerrar el pico en estas cuestiones y no meterse en nada, mientras que Enrique, soliviantado seguramente por malos consejeros, se puso a jugar a la politiquilla, y enredando, enredando, como quien dice, largó un manifiesto a (p.5845) la Nación.. ¡pobre ángel! Lo que yo digo: ¡quién meterá a estos muchachos en la simpleza de echarles chicoleos a la Nación!.. No crea usted que se anduvo en chiquitas. Que si la Libertad, que si los principios, que si tal.. que si la Europa.. Vino a decir que los reyes deben tener en una mano el Progreso y en otra el Orden. En fin, que por estas pamplinas el pobre chico se cayó en la fosa y le han descartado. La plaza de marido de Isabel II se la gana el primogénito por no meterse en dibujos. Dios protege a los callados. ¡Viva Isabel y Francisco!, y dennos una cáfila de príncipes robustos, guapos, listos, buenos españoles y buenos cristianos. El Trono, el Orden y la Religión están de enhorabuena, que para mirar por todo le sobran virtudes al niño.. Así le llamo porque su infancia graciosa no se aparta de mis recuerdos, y para mí, aunque grande le vea, sentado en el Trono, con todo el arreo correspondiente, siempre será el que tantas veces arrullé en la cuna; el que cargué en mis brazos, entreteniéndole con cualquier juguetillo; el que vi luego tan aplicadito a las lecciones, tan bien ordenado en sus cosas, que todo lo guardaba y coleccionaba, libros, estampitas, papeles, sin permitir que nada se le tocara; el que nunca pronunció palabra fea, ni gustó de compañía de mujeronas ni de juegos indignos entre hombrachos; el que siempre fue la misma pulcritud, y por lo tocante al alma, piadoso como ninguno, con una constancia en las devociones impropia de su edad..

Tanto prodigó Doña Cristeta los toques lisonjeros en la pintura, que a Doña Leandra se le despertó curiosidad de conocer al bello y virtuoso joven, presunto dueño de Isabel II, y manifestó a su amiga deseos de verle, aunque fuese por la rendija de una puerta; a lo que respondió la camarista que a la sazón estaba el infantito fuera de Madrid, en militar servicio; pero ya se le había mandado venir, para que él y su novia se tratasen y viesen a menudo, aproximación necesaria de dos almas que debían arder juntas en la llama del amor conyugal..

Ya no hablaron más en la bollería, porque se vino encima la (p.5846) noche, y las dos señoras, con sendos paquetes de ciento en boca, tomaron la vuelta de Jacometrezo para dirigirse, no al domicilio de la Carrasco, sino al de la Socobio, en el número 14 y 16 del Caballero de Gracia, donde habían concertado cenar juntas. Así lo hicieron, esmerándose la palaciega en dar todo el esplendor posible al obsequio, y mientras cenaban y de sobremesa, no cesaron de picotear, hasta que llegó el chico mayor de Carrasco a buscar a su madre. Eran las doce. Casi al mismo tiempo que Doña Leandra entraron en la casa Eufrasia y Lea, que venían del Circo, donde habían visto el estreno de Juana la Prie, de Donizetti, por el gran Moriani. La ópera, según dijeron, era ligerita; Moriani había cantado como un ruiseñor, y la Gruitz lució un traje de superior gusto y elegancia.

 

Ep-30-XXI -

Si el ardiente amor a la tierra natal y la fatalidad de vivir lejos de ella no fueran bastante motivo para que la pobre Doña Leandra aborreciese a Madrid, seríalo la confusión de ideas y el laberinto de opiniones que hacían de la Corte de las Españas un pueblo de locos. Vivían aquí las personas para pelearse de continuo por lo chico y lo grande, disparando unas contra otras fuego mortífero de recriminaciones, ironías y dicharachos, ya por un desacuerdo en el modo de apreciar las piruetas de la Guy Stephan, ya por el problema político y monárquico del casorio de la Reina, y por el valimiento y calidades de cada uno de los novios o candidatos. En su propia casa vio la buena señora una muestra de la general discordia, que fue para ella motivo de gran amargura, porque eran sus hijas las que reñían, y casi casi se tiraron de los pelos en una furiosa Reyerta y examen de pretendientes al regio tálamo. Con autoridad enérgica las hizo callar mandándoles que mirasen a las obligaciones domésticas y no se metieran en lo que no les importaba. Y el mismo día en que estas terribles querellas ocurrían, en ocasión que la señora remendaba su ropa, única labor que aliviaba sus tristezas, llegose a ella Eufrasia, y revolviendo trapos y (p.5847) rebuscando botones, le dijo:

«Ya no volveré a reñir con Lea, porque ella es algo simple de por sí, y ese retrógrado de Tomasito, ahora metido entre carlistones, le ha llenado la cabeza de viento. ¡Miren que hablarnos de D. Carlos Luisito como el único consorte posible! ¡Y salirnos con que así será porque lo quiere el Austria! Yo, que estoy enterada de todo, le contaré a Su Merced lo que hay, si me promete guardar el secreto. No debe conocerlo padre, porque se le escapará decirlo en el café, y corrida la noticia por Madrid antes de tiempo, armarse podría una gran trapatiesta entre las naciones que andan en el ajo.. No, no, madre: tengamos reserva, que esto es muy delicado».

-Sí, hija: cada cual calle lo suyo, hasta que venga la verdad a sacarnos a todos de confusiones. ¿Y eso que sabes te lo ha contado Terry? No es mala autoridad la de quien tanto priva en la Embajada del inglés.

-Como que el Embajador es su gran amigo y todo se lo dice. Donde quiera que se encuentran hablan en inglés para que no los entienda nadie. Pues verá Su Merced lo que hay. Ello es ya cosa convenida entre la Corte de Londres y la Corte de Madrid; pero no quieren que se entere la Francia para que ese títere de Bresson no nos arme un enredo. La Reina se casará con Coburgo, el Príncipe D. Leopoldo de Coburgo y Gotha, que así se llama.

-Hija, ¿qué me dices?.. ¡Pero si entendía yo que ese duque de la Gota era el más

eliminado de todos!

-No haga caso Su Merced. La Inglaterra es la que puede más, y ha dicho el Lord primer Ministro que como casen a Isabel II con un Borbón, habrá la más terrible guerra que se ha visto.. Y la Inglaterra está en lo firme, porque el casar a la Reina con uno de la misma familia, en la cual vienen uniéndose ya, de tiempo atrás, primos con primas, y tíos con sobrinas, es traer la degeneración.. ¿Su Merced me entiende? Sí, porque nadie sabe mejor que Su Merced que a los ganados de ovejas y cochinos se les muda de padres para que no desmedre la raza.

-Sí, hija; ¿pues no he de entenderlo? Lo mismo que en los animales pasa en las (p.5848) personas, y también en el trigo, que si no mudamos de simiente, pronto empeora la casta.. Pero el Sr. Terry me dispense.. no van las tornas por el lado de ese Comburgos, o como quiera que se llame.

-Madre, le aseguro a Su Merced que sí. La Gran Bretaña trabaja bajo cuerda por fastidiar al francés, que quiere meternos aquí a uno de sus príncipes, para que luego se alce con el santo y la limosna y nos convierta en provincia francesa.. A eso van. Pero los ingleses, que como nosotros tienen Reina, y esta casada con uno de los de Coburgo, no consienten que Francia meta el hocico. Ya se han entendido la Reina Cristina y Mister Bullwer, y concertada tienen la boda. Se cree, esto no lo sabe Terry a punto fijo, que la Inglaterra no ha venido con las manos vacías, y que cede a España unas islas de no sé qué mares.. De modo que hasta por ese lado vamos ganando. Y hay más: el príncipe Leopoldo es ilustrado, a diferencia de los de acá y de los de Nápoles, criados en el absolutismo y en las ñoñerías; es un muchachote robusto, que es lo que nos conviene, de ideas liberales..

-Cállate, hija; cállate por Dios, y ¡no hables de liberalismo!.. ¡Lucido estaría el Trono si ahora saliéramos con que se sentaba en él un miliciano nacional, que haría de nuestra Reina una miliciana nacionala, y nos metería otra vez en los enredos de los patrióticos y de la libertad de la imprenta..! Quita, quita; el Sr. Terry está soñando.

¡Pues digo, si a más de patriota es hereje, y nos viene acá con la libertad de los cultos, y a predicarnos que seamos ateos..! -No, madre: eso no puede ser, porque se le ha puesto la condición de que abrace el catolicismo..

-Y ¿qué sacamos de que lo abrace?.. Vamos, que le da un abrazo y después se queda tan fresco.. ¡Si creerá la Inglaterra que aquí estamos en Babia!.. ¿Y el Papa qué haría? Pues descomulgarnos a todos y dejarnos con un pie en el Infierno.. Quita, quita: el Sr. Terry ha oído campanas y no sabe dónde. Elegido está ya el marido de Isabel; pero no es extranjero ni Bocurgo, ni nada de eso.

-A Su Merced -dijo Eufrasia con burla (p.5849) respetuosa-, le ha trastornado el seso esa ardilla de Doña Cristeta, haciéndole creer que el esposo elegido es D. Francisquito, el mayor de los chicos del Infante.. ¡Pero si la Socobio no sabe más que lo que le cuentan en las cocinas de Palacio, a donde va todos los días en busca de las tajadas de sobra!

-Calla, simple, y no digas tal de Cristeta, que come en el mismo plato de Su Majestad Madre, y esta la convida todos los días a tomar chocolate del que le mandan de Nápoles o de las Sicilias, hecho con más canela que el que aquí gastamos. ¿Quién le pone las medias a Cristina más que Cristeta? ¿Y quién le hace la mascarita a la Reina Isabel cuando ella y su hermana juegan a carnavales? No vuela una mosca en aquellos aposentos sin que se entere mi amiga, y hasta olfatea lo que hablan Cristina y el Embajador de Francia.

-Pues yo le aseguro a Su Merced que el tal Bresson anda de capa caída y ya no le hacen caso, y que el negociado de casamientos está en la casa de míster Bullwer..

Dígale Su Merced a la Socobio que vaya recogiendo velas en lo de D. Paquito, que a este, como a su hermano el Enrique, les ha hecho Inglaterra la cruz. En Londres les tienen por poca cosa. Usted no sabe, yo sí lo sé, que D. Francisco pidió al Rey de Francia la mano de su hija la Princesa Clementina, y Luis Felipe se la negó con desprecio. ¡Y ahora le iban a dar la mano de la Reina! Madre, no crea usted las papas que le cuenta Cristeta.

-Para papas las tuyas, Eufrasia. El señor Terry, como todos los españoles de ahora, está trastornado, y el trastorno le hace ver y leer periódicos que no existen. Pero sea lo que quiera, D. Francisco es un joven ilustrado, tan ilustradillo como cualquier otro príncipe, y además un modelo de virtudes.. para que lo sepas.

-Sí, madre; es tan virtuoso, que en Pamplona, donde está su regimiento de guarnición, se pasa todo el tiempo en compañía del obispo, que es un carlistón rancio, y en visitas de monjas y frailes.

-¿Y eso qué?

-Nada.. Un periódico de Londres ha dicho que en su casa de la calle de la Luna tenía un cuarto con altarito, todo (p.5850) lleno de imágenes y estampas, y que allí se pasaba las horas de rodillas rezando y haciendo novenitas.. ¡Bonita cosa para un Rey ocuparse en vestir y desnudar a un Niño Dios de talla! No dice Terry que esto sea verdad; puede que no lo sea; pero en Inglaterra así lo cuentan, y ello basta para que se burlen de los españoles si le tomamos de Rey marido. -Te prohíbo -dijo Doña Leandra severamente-, que hables del primo hermano de Su Majestad con tan poco miramiento, dando oídos a las calumnias y chismes de esos perros protestantes. Sea o no esposo de la Isabel, es el tal un príncipe español, y los manchegos, como la mejor y más antigua sangre española, le debemos respeto y veneración. Que no vuelva yo a oír en tu boca esos disparates de que viste y desnuda al Niño Jesús, no porque sea razón de que le tengamos en poco, pues tales actos son meritorios, sino porque esas hablillas las echan a volar los ingleses para desacreditarnos y abrirle los caminos al alemanote o animalote.

-Algo habrá de esto -replicó Eufrasia con timidez-, y ya empecé por decir que yo no lo creía, como no creo tampoco lo que se cuenta.. ¿lo digo?.. pues que entre el Obispo de Pamplona y una monja muy lista, cuyo nombre se me ha ido de la memoria, han inducido al tal Francisco a ver claros los derechos de Don Carlos y turbios los de Isabel.. Esto no será verdad; pero la Inglaterra le ha tomado entre ojos, porque hace morisquetas al absolutismo, y antes que consentir que se siente en el Trono, armará una guerra con Francia, y entonces veremos quién puede más.

-Pues en ese caso -dijo Doña Leandra con turbación y enojo, soltando la costura-, las naciones nos ponen la pata en el cuello, y no nos dejan casar a Isabel a nuestro gusto, o al gusto de ella, que es lo natural. Ya veo que hay más mal en el aldegüela del que se suena, y que con tantas querellas y pareceres distintos los españoles corremos a la perdición y al acabamiento. El mejor día, disputándose la mano de la niña, vienen aquí el Austria por un lado, la Inglaterra por otro, de esta parte la Francia, de (p.5851) aquellotra el Papado y las Dos Sicilias, todos armados hasta los dientes, y nos hacen polvo, nos parten y nos reparten, llevándose cada uno el pedazo que le acomode. No dejarán más que la Mancha, que como está en el centro, hasta ella no han de llegar los dientes de esos lobos carniceros.. y de ello me huelgo yo, porque así seremos los manchegos los únicos españoles que sostengan la decencia y el punto castellano. Sí, sí: guerras tendremos, por ser aquí tan locos y estar siempre a la greña negros y blancos, ya debajo de la bandera del Progreso, ya de otra bandera, y hoy te pronuncias tú, mañana yo.. Razón hay, créelo, hija mía, para que nos merienden las naciones y pongan aquí de Rey a cualquier extranjero hi de tal, atravesado y hereje. Dejémonos quitar a nuestros verdaderos Reyes, dando crédito a la malicia de que aquí los príncipes se entretienen en vestir y desnudar al Niño Jesús.. Sí, sí: creamos eso, ayudemos a que corra esa ridiculez, y buenos quedaremos ante el mundo, como quien dice, la Europa, o verbigracia, el universo ilustrado. Mejor estaríamos nosotros en el África que en la Europa, si el África es, como cuentan, tan parecida a la Mancha.. y aunque en ella hay moros, mejor nos entenderíamos con estos que con tanto civilizado perverso de las Austrias y de las Inglaterras..

Levantose iracunda la señora, y moviendo sus flacos brazos causó a la hija no poca sorpresa y susto, por ser de grandísima novedad que con tanta vehemencia y criterio tan exclusivo hablase de cosas y personas políticas. Algo más quiso decir Eufrasia, ampliando sus referencias y queriendo echar de sí la responsabilidad que en la difusión de ellas pudiera caberle; pero Doña Leandra, con vivo gesto, le puso en la boca la mano huesuda y en el oído esta terrible admonición:

«Ni una palabra más te consiento, boba, que al no respetar la fama de nuestros Príncipes, faltas al respeto a tus padres, que todo es uno, padres y Reyes, y no siendo así no hay grandeza, no hay poder en la Nación. Guárdate de traerme más cuentos y de marearnos con la Inglaterra, pues si (p.5852) tu novio es inglesado, con su pan se lo coma, y menos mal si es hombre de bien, como creo. Cuando os caséis, hazte tú, si quieres, inglesada, por lo de no con quien naces, sino con quien paces; pero en el entretanto, no nos hurgue el Sr. Terry a los españoles, si no quiere ver el pie de que cojeamos. Y también le dices de mi parte, de mi parte, ¿entiendes?, que aunque deseamos ver bien casada a nuestra querida Reina, para su felicidad y la nuestra, miramos antes por la familia; que no se caliente la cabeza con tantos Coburgos y Cabargos, ni con las intriguillas del Míster de la Inglaterra, sino que piense, pues ya es hora, en cumplir su promesa y determinación de matrimonio, que no es bueno que las muchachas honestas y de buena familia se eternicen en los noviazgos. Si fuera D. Emilio un pelón, no nos quejaríamos de la tardanza; pero bien sabemos que de nadie necesita licencia para casarse, ni es de los que tienen que juntar algunos duros para mercar cuatro sillas y una

cama. Con que.. que no te entretenga más. Tu padre y yo nos creemos muy honrados con que un señor tan pudiente te tome por mujer; pero no debemos tampoco achicarnos, que si a ti te envidian el esposo que te llevas, él no sale mal librado; y si tu educación no es a lo extranjero, ni sabes lo que otras, le llevas un buen palmito, le llevas tu honestidad, tus cristianos sentimientos y el buen nombre de nuestra casa. Cierto que tu hacienda no iguala con la suya; pero tampoco eres de las que van con lo puesto. Bien puedes apretarle, hija mía, para que se decida pronto, y ponte muy enfurruñada si no lo hace. Ya ves cómo estoy de flaca y consumida; es que no vivo, no puedo vivir mientras mis dos hijas no se coloquen.. ¿Llegará ese día, Señor? No lo deseo por vosotras tan sólo, sino por mí, por mi salud, por mi existencia, que no es tan despreciable para que yo no mire un poco por ella. Espero a que os caséis para largarme a la Mancha y llevarme mis pobres huesos, que este Madrid quiere robarme: él a quitármelos, y yo a que no. Veremos quién gana. Decídanlo vuestros novios, hijas mías, (p.5853) y no consientan que me robe mis huesos esta tierra maldita».

 

Ep-30-XXII -

Si la opinión de Doña Leandra, cuando de política trataban en la familia, había sido hasta entonces de muy escasa autoridad, ya D. Bruno y las hijas empezaban a oírla con respeto, observando que cuantos vaticinios hacía la señora se cumplían estrictamente. No había más razón de esto que la amistad de Cristeta, puntual proveedora de noticias traídas del propio cosechero, dígase de Palacio. Según rezaba el catecismo del Régimen, debían dirigir la política la opinión y el Parlamento; pero una y otro, viviendo de acaloradas pasiones, carecían de poder para dar impulso a la gran máquina. Meneaban ésta manos obscuras, desconocidas entonces, pero que andando los meses y los años habían de ser descubiertas y sacadas a luz, como verá el que leyere. La inocente Reina, lanzada en el torbellino sin guía, sin consejeros leales, sin maestros de alta virtud y práctico saber, no hacía más que desatinos. No es justo culpar a la pobre niña, sino a los que pusieron la Nación en sus manos, como un juguete complicado cuyo manejo se reservaban el interés y la ambición.

Sustituido Narváez por Miraflores, no pasó mucho tiempo sin que la nueva sibila, Doña Leandra, vaticinara que los días del buen Marqués estaban contados. «Ya veréis - dijo a la familia-, cómo con todo su aparato de decretos y su mayoría de Cortes le ponen en la calle para que vuelva Narváez, el único que sabe aquí meter en cintura a toda esta pillería». Cumpliose el vaticinio, y no llevaba el de Loja quince días de mando, cuando la profetisa volvió a entrar en funciones, diciendo: «Veréis al temerón patas arriba antes de una semana, porque, según parece, no ha dado gusto a las señoras, que ahora querían fundar un reino nuevo en un país de América que lo llaman Méjico, y poner en él a cierto caballero príncipe de la familia de Muñoz». Realizose también aquel atrevido pronóstico, y de la noche a la mañana, como por juego caprichoso, mandaron a Narváez a su casa, de allí a una embajada, que era como (p.5854) destierro, y en el gobierno de la Nación le sustituyó D. Javier Istúriz, el más ferviente partidario y adorador de la Reina Cristina, tan devoto de la hermosa Reina italiana, que a ella sometía por entero su voluntad y sus ideas. Fue Istúriz uno de estos hombres de viva inteligencia que jamás hicieron cosa de provecho, por falta de carácter y de ideales patrióticos. Liberal de abolengo, criado en el volterianismo y en la cultura moderna, tiraba a lo reaccionario por odio a las groserías del Progreso y aborrecimiento de la Milicia Nacional. La corrección y las buenas formas, la pureza de la palabra y la finura de los modales se habían sobrepuesto en su entendimiento a las ideas y al saber político estudiados en los libros y en los hechos. Su adhesión idolátrica, pasional, a la Reina Cristina, especie de culto caballeresco, más ardiente cuanto más platónico, le llevó a consentir y autorizar cuantas extravagancias políticas se le ocurrían a la orgullosa dama, que habiendo vuelto de su destierro con ardor de autoridad, veíase estorbada por la enérgica manipulación de Narváez. Las dos máquinas no podían funcionar juntas, y se rozaban con chirrido áspero y entorpecimiento enojoso. Mangoneando a sus anchas la ex-Gobernadora, ayudada de tan dócil mecanismo como Istúriz, ya podía entenderse libremente con su tío Luis Felipe para condimentar a gusto de ambos el guisote de los casamientos.

En una misma página de los anales de esta Nación aparecen la subida de Istúriz y la terrible trapatiesta entre Lea Carrasco y Tomás O'Lean, por nada, por un sí y un no.

Germen de discordias es para los individuos, así como para las colectividades, la opinión política, y por causa de esta monstruosa fiera, o hidra, para decirlo mejor, han llorado y lloran grandes desdichas, cuando no tragedias, los humanos. A los amantes también les desazona esta bestia cruel, y por ella se han visto rotos los más dulces lazos y desconcertados los matrimonios más felices. ¿Quién creería que Lea y Tomasito, empalagosos amantes y tórtolos honestos, habían de pelearse por si se casaba o no se (p.5855) casaba Montemolín con nuestra Reina? ¿Qué les iba ni qué les venía en ello? Pues sí.

Repitiendo conceptos de su padre, había dicho la joven que Don Carlos Luis era el representante de la teocracia obscurantista, y que ningún gobierno que tuviera vergüenza consentiría en la boda de semejante tipo con Isabel II. Mas lo dijo sin intención de mortificarle, riendo y como echándolo a broma. No pensó la chica que su novio lo tomase tan por la tremenda, ni que se pusiera como se puso, lo mismo que un león. Poco faltó para que le pegase, y por fin, después de soltar por aquella boca términos iracundos y despreciativos, se despidió con un hemos concluido y un gesto de teatro, que sumieron en gran consternación a la pobre manchega. El motivo aparente de la ruptura no era bastante poderoso; parecía más bien pretexto aguardado con ansia y aprovechado con diligencia para romper un pacto de amor que la familia de O'Lean no estimaba conveniente. No tardó en recibir la pobre señorita confirmación oficial del rompimiento en una esquela, que entre otras cosas por demás amargas decía:

«Tus conceptos execrables han abierto un abismo entre nosotros.. La revolución y la Monarquía no pueden aliarse, ni cabe unión sólida entre las tinieblas y la luz, entre la obscuridad de los errores y el resplandor de los principios.. ¡Todo ha concluido entre nosotros!.. Ciegos tú y yo, hemos creído que era posible la conciliación de nuestros caracteres. No mil veces.. Has ultrajado mis sentimientos, y has hecho befa de mi leal adhesión al Altar y al Trono..». No pudo Leandrita acabar de leer tan ridículo documento, y estrujándolo lo arrojó lejos de sí. ¡Vaya, vaya!, ¿qué tenía que ver el Altar y el Trono con los amores de una chica y un chico?.. ¿Cuándo se había visto farsa semejante?

Sabido el caso por D. Bruno, no pudo contener su indignación, y salió de casa en busca del tránsfuga, decidido a pedirle satisfacciones en el terreno del honor. ¿Pues qué, así se entretenía, ¡vive Dios!, meses y años a una señorita de familia honrada, (p.5856) y por un quítame allá esos Montemolines se rompían relaciones en vísperas de casorio, con los trapitos preparados? Fue de primera intención D. Bruno a descargar su furor con Doña Ignacia, madre de Tomasito; pero la señora había partido para Azpeitia, llevándose al héroe de aquel desconcertado drama. Pronto se supo que la señora vasca, que era como un lingote de hierro en humana figura, renegaba ya de los amores del D. Tomás con Lea, y había decidido casarle a escape, para evitar recaídas, con una heredera rica, de los Goenagas de Azcoitia. El desastre no tenía ya remedio, y así lo comprendió Carrasco retirándose a su casa con las manos en la cabeza. Comprendía que España entera se lanzase a una nueva guerra civil para castigar tal desafuero, y que corriesen ríos de sangre, no dejando piedra sobre piedra en las enriscadas provinciales, baluarte del absolutismo y nido de todos los males de la Nación.

Más comedida y resignada que su esposo, Doña Leandra lo llevó con paciencia, diciendo que Dios no les abandonaría, y que si la chica no se aferraba tontamente al cariño de aquel mal hombre, no sería difícil que se le presentase nuevo partido. No había de faltar un muchacho honrado y decente entre tantos como hay; ni era indispensable que todas las chicas buscasen marido en la clase de tenientes coroneles. Contentárase con lo que saliese, y no fuera melindrosa con los de cepa humilde, que entre estos, más que en la camada de empleadillos y militronches, estaba lo bueno. Hablando de esto, hija y madre pasaban largas horas. Absolutamente se retraía ya la desairada Leandrita de los paseos y de toda diversión mundana, y a ratos llorando, a ratos ayudando a Doña Leandra en la costura y remiendo de inútiles trapos, veía correr los lentos, tristísimos días. De estos coloquios nació en la joven el sentimiento del país natal, como consuelo de tristezas y reparación del organismo gastado por las cortesanas luchas; la común pena hizo una sola llama de la nostalgia de una y otra mujer, y ambas desearon lo mismo: huir de Madrid, respirar (p.5857) los aires manchegos y reanudar la vida del campo con todas sus delicias y pacíficas dulzuras. El refuerzo que la nueva querencia de su hija llevó a Doña Leandra, fue para esta motivo de grande animación y júbilo: gozaba lo indecible viendo la reproducción de cuanto pensaba y sentía, y oyendo un eco de su terrible odio a todo lo matritense.

Aunque más atado a la Corte cada día por amistades y costumbres, no se oponía D. Bruno a la repatriación, con carácter temporal, por supuesto. Y que no le vendría mal ciertamente echar un vistazo a sus propiedades y teclear un poco la opinión de los amigos para una nueva campañita electoral. Habría deseado el jefe de la familia que Doña Leandra y Lea se fuesen solas, quedando él en Madrid con Eufrasia y los chicos, hasta que estos salieran de sus exámenes; pero Doña Leandra, que sobre el amor a la tierra ponía siempre el culto idolátrico del esposo, y el deseo de no ceder a nadie su cuidado y asistencia, dijo que prefería esperar a que Bruno ultimase los asuntos que en Madrid embargaban su tiempo. Acordose, pues, diferir en un mes el viaje. Cuando la ocasión de este llegara, los chicos quedarían al cuidado de María Luisa Cavallieri, que a ello se prestó por un convenido estipendio, y Eufrasia viviría con Rafaela Milagro, que muy a gusto la hospedaba, más como hermana que como amiga. Harto comprendían los Carrascos que no era conveniente llevarse a Eufrasia, hallándose Terry tan maduro, y casi casi comprometido a que las bodas se celebraran a entrada de invierno. Entre San Antonio y San Juan, libres ya los muchachos del ahogo de sus exámenes, partirían alegres para Peralvillo. Eufrasia, gustosa de agradar a sus padres, convino en ir también, siempre y cuando los negocios llamasen a Terry al extranjero en los meses caniculares. Mientras el novio despachaba en París y Londres sus asuntos, sin olvidar las compras indispensables para la boda, todo ello proporcionado a su riqueza y exquisito gusto, la novia, en sus posesiones de la Mancha, trabajaría en el ajuar, que debía ser combinación (p.5858) feliz de la modestia y la elegancia.

 

Ep-30-XXIII -

Quería Nuestro Señor poner a prueba la gran virtud y sublime paciencia de Doña Leandra, privándola de ver los campos manchegos, porque transcurrido el plazo de un mes que se había fijado para emprender el viaje, surgieron nuevas dificultades y entorpecimientos. Quebrantaba la salud de D. Bruno una irritación al hígado, que a más de producirle inapetencia mortal, le ocasionaba tristeza y molestias crueles. Era una razón más para largarse; pero el buen señor, lejos de sentir impaciencia, mostrábase cada día más perezoso y alegaba ocupaciones inopinadas. Veinte veces habían hecho y deshecho los equipajes la hija y la madre, engañando su anhelo con estos trajines, hasta que una mañana volvió D. Bruno a proponer a su esposa que partiera con Lea, dejándole a él en Madrid con los chicos y Eufrasia. Poco le faltó a la señora para caer con un síncope; tales fueron el desagrado y estupor de semejante propuesta; y después de muchas lágrimas y suspiros, hija y madre declararon, la mano puesta sobre los respectivos corazones, que a pesar de sus vehementísimas ganas de ponerse en camino, no lo harían dejando al padre y esposo amagado de cruel enfermedad, la cual requería más que otra alguna la medicina de los aires natales. Pareció flaquear el ánimo del manchego con estas manifestaciones, y pidió dos días más para decidirse, sin dar a conocer los motivos de su inercia ni los negocios cuya tramitación y arreglo le amarraban a Madrid. Llegado el término fijado para partir o explicarse claramente, encerrose D. Bruno con su esposa en el despacho, y se franqueó en los términos que puntualmente se transcriben:

«Vaya, mujer, para que no te devanes los sesos cavilando en los motivos de que yo no tenga prisa por irme con vosotras, voy a poner en tu conocimiento cosas reservadísimas, a condición de que me guardarás el secreto, pase lo que pase y venga lo que viniere».

Tanto se asustó Doña Leandra con este exordio, que hubo de llevarse las manos a la frente viendo venir una (p.5859) noticia muy mala; mas no le dio tiempo Carrasco a formular pregunta ni queja, anticipándose a la curiosidad de su mujer con estas razones:

«Bien sabes tú mejor que nadie que un hombre de arraigo se debe a la Patria, a los grandes principios..». -¡Ay, ay, ay, Bruno mío! -exclamó la pobre mujer tranquilizándose-. Me habías asustado, hijo.. Y ahora salimos que ello es cosa de política. ¡Vaya una simpleza! ¿Y qué tenemos nosotros que ver con la muy puerca política?

-Espérate un poco.

-¡Pero tú has perdido el juicio por lo que veo! ¡Que un hombre se debe a su patria!

Claro que sí; pero primero se debe a su familia, a sus hijos, a su salud.

-Según y conforme; y tales pueden ser los males de la Nación, que no pueda librarse el buen ciudadano de acudir a ellos antes que a los suyos y a sí mismo. Ejemplo, lo que pasó en la antigüedad, en tiempos de.. No recuerdo el nombre de aquel que mandó a sus hijos a perecer.. En fin, sea como quiera, yo estoy obligado a prestar mi ayuda a los que intentarán salvarnos de esta ignominia despótica. Habrás visto que el país está perdido.

-Perdido, tan perdido hoy como ayer, y como mañana, si os descolgáis vosotros con otra revolución. Pero dime, desventurado: ¿has vuelto al rebaño del Progreso; te has limpiado ya de la nota cangrejil, como decís en vuestro lenguaje, que parece de presidiarios? Porque los del partido de Milagro te habían puesto el sambenito..

-Ya nos hemos reconciliado; ya los que fuimos víctimas de un error, hemos vuelto al sacrosanto redil de la Libertad.

-Dios nos tenga de su mano.

-Y reunidos varios amigos, que no hay para qué nombrar, hemos acordado mancomunarnos para echarle la zancadilla al despotismo.. Mujer, no te asustes..

¿Crees que lo intentaríamos sin contar, como contamos ya, con algunos individuos de nuestro valiente ejército?.. Porque digan lo que quieran, Leandra, el ejército español ha sido siempre liberal; el ejército español ha sido el primero en sustentar la soberanía nacional; el ejército español ama al Duque de la Victoria, y si engañado un día por cuatro pillos, (p.5860) pudo hacer lo que hizo, ahora.. ahora..

-Bruno, quisiera reírme, y la risa se me convierte en llanto, y las burlas en ira contra ti y toda esa recua de mentecatos que no sueñan más que con trifulcas: esos son los Milagros y Centuriones, que por pescar el pececillo de un destinejo son capaces de secar un río si pueden; y por coger la fruta de un árbol le dan por el tronco.. Según veo, Bruno de mi alma, te has metido a conspirar. ¡Bonita cosa! Estamos como queremos. Pero di: ¿El pescuezo no te huele a cáñamo? ¿No temes que tus hijitos se queden sin padre? Ya ves.. ¿cómo quieres que yo me vaya tranquila? Esto no puede ser.. Aquí me planto, aquí moriremos todos, viéndote metido en esas mojigangas. ¡El Señor tenga piedad de esta pobre familia!

No impresionó a Carrasco la aflicción de su cara esposa tanto como debía, porque confiaba en la eficacia lógica de lo mucho y bueno que aún tenía que decir.. «No te aturrulles, mujer -prosiguió sin descanso-, que oyéndome algo más podrá ser que cambien por completo tus pareceres. Para quitarte el susto, sabrás que mi conspirar no es de los que traen peligro, pues no soy yo de los que llevan el hilo con nuestros emigrados, ni me toca el tratar secretamente con los oficiales y sargentos que han de pronunciarse. No sirvo para esto; ni mi figura ni mi carácter son para obra de tapujo, en que tenga yo que disfrazarme y andar, ya por los desagües y alcantarillas, ya por los tejados, burlando a la policía. No: no me den a mí ese trabajo. Para que lo entiendas de una vez, mujer, te diré con la mayor reserva que el partido..».

-Pero si tú me dijiste que ya no hay partido; que los que llamáis corofeos están por extranjis, y aquí sólo quedan unos caballeros que son la ojalatería de la Libertad y no hacen más que decir ojalá, ojalá.. preguntando cuándo viene el Duque. Y ese Duque vendrá el día en que yo sepa hablar inglés, o en que me salgan pelos en el cielo de la boca..

-Déjame acabar.. Decía que el partido, pues partido hay otra vez, los de acá en perfecto acuerdo con los de allá, y todos en relación con (p.5861) Londres, ha determinado tomar cartas en el asunto del casamiento, rechazando las candidaturas corrientes de Trápani, Coburgo, Montemolín, D. Francisco, y apoyando con todas sus fuerzas la del Infante liberal D. Enrique.

Una cuarta de boca abrió Doña Leandra, y D. Bruno, teniendo por satisfactoria tal demostración de asombro, dijo: «De seguro piensas, como yo, que este candidato es el mejor, el candidato verdaderamente patriótico, dada la ilustración del Príncipe y el amor que ha demostrado a nuestras ideas».

-No sólo creo que no es el mejor -afirmó Doña Leandra-, sino que te sostengo y te apuesto lo que quieras a que ese no cuaja.

-¿Por qué?

-Porque no le tragan en Palacio, porque reniegan de él, motivado a que echó un manifiesto ensalzando el liberalismo.

-Pues por eso, bruta, por eso.

-La Reina madre no le puede ver ni en pintura.

-¿Qué importa que no guste a la madre si gusta a la hija, y de ello hay pruebas, Leandra?

-Si, como dices, a la niña gusta, ya se lo quitarán de la cabeza. Una madre despabilada, como es Doña Cristina, quita y pone en las almas de sus hijas lo que quiere.. Y así como te digo que en Palacio no le tragan, también aseguro que no le tragan las Potencias.

-¿Tú qué sabes de potencias? -indicó Don Bruno desdeñoso y enfático-. ¿Has hablado con la Francia, con la Inglaterra?.. ¿Crees que tu amiga Cristeta posee los secretos del Gabinete de San James y del Gabinete de las Tullerías?

-Yo no sé lo que son esos gabinetes ni esas alcobas de Tullirías o del Infierno; sí sé que Cristeta está bien enteradita, como quien día y noche tiene metidos los morros en todo el secreteo de Palacio, y lo que ella cuenta óyelo como el mismo Evangelio.. Y vamos a ver, ahora que crees estar en autos: ¿qué potencias terrenales apoyan a ese D. Enrique? -Pues la que menos lo parece, Francia.

-Déjame que me ría, Bruno. Eres un alcornoque. ¿Con que Francia?.. Anda, vete al Musiú ese, conde de no sé qué, y pregúntale por la cara que puso el Rey D. Luis Felipe cuando le hablaron de D. Enrique.

-Francia digo; (p.5862) que hay allá un partido democratista que apoya nuestro candidato, y el Rey, con más miedo que vergüenza, no ha tenido otro remedio que hocicar.. Dile a Cristeta que se vaya con sus cuentos al Nuncio.. Precisamente, querida Leandra, los que acá trabajamos el negocio estamos ahora en relación con personajes muy encopetados de París y de Londres, los cuales nos tienen al corriente de lo que en aquellas Cortes se piensa y se dice. No quiero extenderme en esto, no vaya a escapársete alguna indiscreción, y me comprometas.. Lo único que te digo es que quieren a D. Enrique para marido de la Reina la Libertad y el Progresismo, parte del Ejército, la Marina y un poco de clero.. Convéncete, mujer, de que ese D. Francisco no puede ser Rey de España. Averiguado está que reconoció secretamente los derechos de D. Carlos a la Corona de España, por pura superstición, que es lo más grave.. Ello fue obra de un clérigo llamado el Padre Fulgencio y de una monja medio santa, cuyo nombre se me ha olvidado, los cuales poseían el don de hacerse invisibles, y de pasar de este mundo a los otros, en lenguaje de religión Infierno y Purgatorio..

-Calla, calla, Bruno, y no tomes en tu boca tales disparates.. Vele ahí lo que habláis en los cafés, en vuestras tertulias de bigardones holgazanes.

-Aguarda, mujer. Lo que te cuento es para que sepas por qué teocracia vino D. Francisco a reconocer los derechos de su tío.. Pues la monja y el fraile, cuando no tenían gran cosa que hacer en este mundo, se ponían en éxtasis, y extasiaditos se iban de paseo al Purgatorio, donde echaban un párrafo con la infanta Carlota, y esta les decía:

«Hacedme el favor de veros con mis queridos hijos, y advertidles que reconozcan a mi cuñado Carlos Isidro como legítimo Rey de España, pues si así no lo hicieren no saldré nunca de estas llamas. Ordenado está que mientras no se dé al buen Rey la reparación debida, no acabaré de purgar mi grandísimo pecado de La Granja, cuando le aticé la bofetada al Ministro y deshice la trama salvadora por la cual mi (p.5863) cuñado Fernando, moribundo, determinó que no reinasen las hembras. Llevadles, por amor de Dios, esta súplica de su madre, que si escapó del Infierno por el arrepentimiento que tuvo en sus últimos instantes de vida, no acabará de purificarse mientras su descendencia no restablezca la verdad y el derecho en la Real Familia».

-¡Jesús!, da miedo eso, aunque bien sabe una que es un cuento ridículo.

-Volvían al mundo los viajeros, fraile y monjita, se desextasiaban, que era como limpiarse el polvo del camino, y presentándose al punto a los dos Infantes, les comunicaban la embajada que de su mamá traían. La miga del cuento es que D. Francisco daba crédito a la historia, y el D. Enrique no.. Ahí tienes la diferencia: el uno, como dice Centurión, es un cerebro fácilmente accesible a las paparruchas teocráticas; el otro, como dice Milagro, es un caletre robusto, educado en lo que llaman el Enciclopedismo.. Sean o no verdad estas públicas referencias, existan o no ese fraile y esa monja que con sortilegios vanos quieren embaucar a nuestros príncipes, ello es que la corriente de maquiavelismo milagrero es un hecho, querida Leandra, y que se ha trabajado y se trabaja por poner en el Trono a Montemolín.. Probado está que D. Francisco se cartea con su primo, y que anda muy alborotadillo de la conciencia, creyendo que Doña Isabel II usurpa el Trono, y que Dios desatará sobre el país todas las calamidades mientras no se dé a cada uno lo suyo y no reine quien debe reinar. Con que ya ves si puede ser marido de Isabel un joven que tal piensa, aunque adornado esté, como dices, de tantas virtudes y sea tan piadoso.. También te digo que mejor le sienta a un Rey el coraje que la devoción, y que eso de pasarse las horas adorando a la Virgen del Olvido será muy bueno para ganar el Cielo; pero a mí no me des Reyes de esta condición santurrona, porque los Reyes, hija, aun siendo maridos o consortes, han de ser capitanes Generales y han de mandar tropas, y figurar como ejemplo de valentía y de calzones muy apretados.. Pues esto es nuestro (p.5864) D. Enrique, al cual verás en su bergantín Manzanares, hecho un marino intrépido, desafiando las olas. Además de bravo es liberal, y más se entretiene en lecturas de filósofos, como dice Milagro, que en libros de religión y de mística; y no le verás haciendo novenas, sino echando discursos muy avanzados, y en los puertos donde su barco fondea, le verás platicando con los hombres del Progreso y rodeado de patriotas. Este es D. Enrique, este es nuestro candidato al Tálamo, y hemos de poder poco, o al Tálamo ha de ir ¡ajo!, para que veamos a un hombre en el pináculo de la Nación.

No se dio por convencida Doña Leandra, y sostuvo con enérgicas razones la primacía de D. Francisco sobre su hermano, fundada en las cristianas virtudes con que agraciado le había Nuestro Señor.

 

Ep-30-XXIV -

Blasonando de conspirador que en su mano tiene la clave de secreta intriga y el hilo con el cual se mueven misteriosamente las voluntades, D. Bruno acogió con incredulidad risueña lo que su mujer había dicho del amor de Isabel, y lo contradijo con suficiencia y seguridad. «¡A buena parte vienes tú con esas historias que le cuentan a tu amiga los cocineros y lacayos, mujer! ¡Si acá todo lo sabemos, y en nuestro poder obra un tesoro de informaciones del origen más alto, del propio cosechero como quien dice! No hay tal amor de la Reina por el D. Francisco. ¡Buena es la niña para no saber distinguir entre sus primos! Sabrás que más de cuatro veces ha mostrado Isabelita su querer al D. Enrique, dando en ello una prueba concluyente, como dice Milagro, de su mucha discreción y agudeza. Perfectamente enterada de todos los pueblos de la costa donde va tocando el bergantín Manzanares, que, entre paréntesis, es un barco que navega por la mar adelante, movido del viento que sopla en las velas.. para que te vayas enterando.. pues informada la augusta señorita de todos los parajes en que fondea el bergantín.. y el fondeo se hace, para que te enteres, echando a lo hondo del mar un gancho de hierro que llaman ancla, con el cual se agarra, (p.5865) etcétera.. pues, como te digo, sabiendo la Reina que esta semana toca en Barcelona, y la otra en la Coruña.. que son puertos en fila unos después de otros en la misma mar.. le manda a su primo un mensajero con regalitos y cartas, todo ello a escondidas de su madre, y en las cartas le dice que le espera, que no desmaye, que sí.. y pon tú luego todas las etcéteras que quieras». -Dime tú cómo y por qué cabo sabes esas cosas, Bruno, y veré yo si debo o no debo creerlas.

-No es un cabo solo; muchos cabitos vienen a las manos de los que andamos en este negocio, mujer. Para no cansarte, te diré que toda la gente liberal que bulle por aquí desperdigada está en el ajo; que nuestros emigrados trabajan con las cortes europeas, mientras los de acá vamos formando la opinión y dando cada día más fuerza, como dice Milagro, al partido enriquista. Cierto que María Cristina cerdea; pero ya se quitará los moños la señora napolitana cuando vea que la popularidad de D. Enrique se lleva de calle a las intrigas de Palacio; cuando la Reina, que mira con simpatía nuestro juego, alce el gallo y se pronuncie, y diga: «alto ahí»; que lo dirá, pierde cuidado.. motivos tenemos para creerlo.

-Verás tú todo eso, Bruno, gran bestia, cuando vuelen los bueyes y se afeiten las ranas. Estás alucinado, emborrachado con las conversaciones que tenéis en el café. Entiendo yo que los cafés son las parroquias del embuste, y que la catedral del mentir es el Casino, esa taberna fina y de señores a donde tú vas a perder el tiempo y a llenarte de sinrazones. ¿Qué sabes ni qué saben esos casineros de nada tocante a Real Familia, o a príncipes y princesas; qué saben del manejo que traen entre sí de Corte en Corte, este Palacio con el de las Dos o las Tres Sicilias, la España con la Francia de Tullirías, y con la misma Inglaterra, que es toda de herejes, con perdón, o con el Papa Santo nuestro Pontífice, cabeza de todos los coronados?

-En el Casino -replicó D. Bruno dándoselas de muy pillo, entendedor de toda la miseria humana-, sabemos que la muerte repentina de la Infanta Carlota, a quien (p.5866) vimos paseando a caballo por la Casa de Campo dos días antes de su fallecimiento, no tiene explicación.

-Quita allá, mastuerzo.. ¿Qué quieres decir, que la pobre Infanta no se murió de muerte natural?

-Me guardaré muy bien -replicó D. Bruno con ínfulas de rectitud- de acusar a nadie, no teniendo, como dice Milagro, pruebas que conviertan nuestra sospecha en certidumbre. No hago más que señalar el hecho, como dice Centurión, de que la Infanta Carlota era una Princesa liberal, muy liberal.

-Quita, quita, harto de ajos.

-Y que por ser liberal, protectora del Progreso, y por haberse declarado enemiga de esos malditos Muñoces, la tomó su hermana entre ojos, y la echó de aquí poco menos que a patadas, olvidando que si no es por Doña Carlota y su célebre bofetón, la Corona habría pasado a D. Carlos. Motivos tenemos para creer en el liberalismo de aquella señora, y estamos bien persuadidos de que en el Purgatorio, donde ahora está, sigue siendo liberal, y que no tienen sentido común las embajadas que de ella traen frailes y monjas al volver de los abismos infernales o purgatoriales. Si algún recado envía esa señora a sus hijos, será recomendándoles que no hagan ascos al Progreso, y que sean príncipes ilustrados, filósofos, y se penetren bien, como dice Milagro, del espíritu del siglo. -Al diablo tus espíritus, Bruno.. ¿Crees tú que esos señores se cuidan del siglo, ni de otro espíritu que el Espíritu Santo, el único que a ellos les ilumina?

-Déjame seguir. Sabemos también que si liberal fue Doña Luisa Carlota, no lo fue menos su augusto marido, el Infante D. Francisco de Paula, el cual, por lo callado y circunspecto, parece menos agudo de lo que es. Yo siempre le tuve por hombre de mucho asiento, y buena prueba de ello dio a toda la Europa cuando felicitó a nuestro D. Baldomero por su elevación a la Regencia.. Pues los amigos de Madrid me han contado que en los tiempos en que regentaba la napolitana, D. Francisco honró con su presencia las reuniones masónicas, queriendo de este modo mostrar su gusto del filosofismo, y le (p.5867) pusieron de mote Dracón, por ser costumbre antigua en las logias llamar a las personas con nombres que no fueran de santos.. De aquí vino que la Corte se alborotara; pero aquello no pasó adelante, porque Su Alteza, hombre de gran prudencia, no quiso traer más turbaciones al Reino. Lo evidente es que las ideas avanzadas del de Paula las ha heredado su hijo D. Enrique, el cual nos parece muy digno de ser esposo de nuestra Reina, y por tanto, el primer hombre de la Nación.

-Bueno, hijo, bueno: allá te las hayas con tu candidato y tus conspiraciones -dijo Doña Leandra, fatigada ya del largo coloquio, que no terminaba ni terminar podía con una concordancia de los opuestos pareceres-. Lo que saco en limpio de todo esto, es que Dios, por las faltas vuestras y por los enredos de estos príncipes, en vez de castigarlos a ellos y a vosotros, arroja todo los castigos sobre mí, que soy una pobre rústica y en nada me meto. Resulta que porque tú manipulas en el casorio de Enriquito, yo no puedo irme a mi querida Mancha, y aquí he de vivir consumiéndome, agostándome como una planta con las raíces fuera de la tierra. ¡He resistido, Señor, he tragado mis amarguras, he agotado toda la fuerza de mi resignación, y ya no puedo más, ya no más, Dios mío, Virgen Santa de Calatrava!..

Terminó la señora con entrecortadas sílabas y un llorar infantil, tapándose la cara con las flaquísimas manos. Trató de consolarla el esposo, asegurándole que si se difería el viaje por razones de peso, no se renunciaba a la dicha de realizarlo. Lo harían pronto en condiciones de completa felicidad, resueltos, si no todos, los más importantes problemas que afectaban a la familia. No debía Leandra entregarse a la desesperación por una tardanza inevitable, de fuerza mayor, sino mecerse, como decía Milagro, en dulces esperanzas, pues no estaba lejos el día en que hijos y padres tuvieran motivos para dar gracias a Dios por la felicidad que les deparaba. Dicho esto, retirose D. Bruno dejando a su cara mitad sumida en lúgubre congoja, y a darle consuelo acudió Lea, (p.5868) poniendo en ello todo su cariño y los recursos de su galana fantasía. Secando sus lágrimas y respirando con menos opresión, señal de alivio de su duelo, la infeliz señora decía: «Es el Destino, hija, o hablando con cristiandad, es Dios, que no quiere que veamos a nuestra tierra, sin duda porque no nos conviene. Conformémonos con la divina voluntad, y pidámosle que lo que no es hoy, pueda ser mañana. ¡Mañana! ¡Ay, tú eres joven y puedes esperar!.. El esperar de los viejos, el mañana de los viejos, suele ser el día negro.. la muerte».

Aunque no acababa de persuadirse Lea de que era verdad lo de la conjura por D. Enrique, sino más bien pantalla política que su padre usaba para que no le descubriesen los verdaderos móviles de su pereza, no pasaba día sin que tratase de vencer, ya con razonamientos, ya con carantoñas, la obstinación del buen manchego. Una tarde, viéndole venir sofocado a deshora, entrar en su cuarto y salir al punto llevándose bajo el brazo un rimero de papeles, extrañó tal conducta, contraria a sus hábitos metódicos y a la parsimoniosa lentitud de sus movimientos y andares. ¿Qué ocurría? ¿Qué significaban aquellas prisas, y aquel entrecejo y el hablar brusco, esquivando explicaciones y respuestas? ¿Andaría efectivamente en los malos pasos de una conspiración?.. Grande fue el susto de toda la familia aquella noche cuando transcurrió la hora de la cena, y una hora más, sin que D. Bruno pareciese.. ¡Y avanzando seguía la noche ¡Jesús!, sin verle entrar!.. Puntualísimo era el buen señor a las horas de comida y cena, y su tardanza no podía ser motivada más que por un suceso grave. Al fin, cerca de las doce llegó un hombre de mala traza con el recado de que no se molestase la familia en esperar al Sr. de Carrasco, porque no vendría en toda la noche: ocupaciones de mucha importancia le retenían en casa de unos amigos. Recomendaba, todo ello por la boca y representación de aquel malcarado sujeto, que no se asustasen las señoras, pues no tenía el menor daño en su persona y preciosa salud.. No quiso decir (p.5869) más el maldito por más que las tres mujeres, echándole la zarpa, trataron de hacerle explicar el porqué de tal ausencia y el lugar donde D. Bruno se hallaba; mas ni los clamores de las hembras ni los pellizcos y empujones con que acentuaban su enojo movieron al emisario a mayor claridad, y se fue presuroso, dejándolas en la mejor disposición para pasar toda la noche de claro en claro. No quiso Doña Leandra que su hijo mayor saliese a ver si había barricadas, o si andaban por algún barrio tropas en estado de sedición, y aguardaron ansiosas el día. Ningún vecino de la casa tenía conocimiento de que se hubiese alterado el orden en la capital de las Españas, y el que más hablaba de rumores; pero como estos eran el pan cotidiano, no dieron valor a los dichos de la gente. Hablar de trastornos presentes o futuros era en aquellos tiempos tan elemental y sencillo como dar los buenos días o las buenas noches.

Por fin sacó de sus crueles dudas a la señora y señoritas manchegas Rafaela del Milagro, que sabedora de su intranquilidad, en la casa se personó muy temprano. «No se asusten -les dijo-, que en Madrid no hay nada. En donde ha estallado una revolución gorda, de las más gordas, es en Galicia».

-¡Pero, hija, también los gallegos!.. -exclamó la de Carrasco, que se aliviaba de su ansiedad viendo tan lejos la marimorena-. Pero dime, hija: ¿no se correrá para acá?

-Aquí, según parece, lo tenían dispuesto para estos días: batallones comprometidos, generales en el ajo.. pero ya se considera la revolución abortada.

-Y el mal parto -dijo Doña Leandra-, se debe a que unos faltaron por miedo y otros por desconfianza. ¡Es lo de siempre! ¿Y mi pobre marido es de los abortados o de los abortadores?.. El Señor le ilumine para que vea la infamia y la necedad de estos preñados..

-Pues la que han armado en Galicia -dijo melancólica Rafaela, que siempre perdía el color y la vivacidad cuando hablaba de pronunciamientos- es espantosa, según los despachos que han venido de allá esta noche. Y comprenderán ustedes que la cosa (p.5870) trae malicia cuando sepan el grito.. ¡Si parecen locos! Oigan el grito y échense a temblar:

«¡Abajo la napolitana! ¡Viva la Reina libre! ¡Muera la camarilla! ¡Fuera extranjeros!

¡Libertad, Constitución, Milicia Nacional, y D. Enrique marido de la Reina!». No se aterraron gran cosa las manchegas con el grito de Galicia, porque en él vieron las ideas que D. Bruno sustentaba en sus conversaciones. Hartas estaban de oír en casa el tal programa, que era por lo visto, según la feliz expresión de Milagro, el verbo del Progreso.

 

Ep-30-XXV -

Claramente vieron ya Lea y su madre que resultaba cierta la conjura, y que el buen señor estaba metido hasta el cuello en aquel enjuague revolucionario. Por Rafaela y por Jenara, así como por la cariñosa amistad del señor de Socobio, sabían a diario todos los incidentes de la sublevación gallega, y del punto que más les interesaba les dio noticias tranquilizadoras el mismo D. Serafín. Carrasco no había ido a Galicia, como al principio se temió: en Madrid permanecía, y en lugar tan seguro que bien podía la familia desechar toda inquietud. Por el lenguaje y la sonrisa de Socobio al expresar estas seguridades, comprendieron las manchegas que en la propia casa del tal se guarecía el conspirador abortado, y Doña Leandra daba gracias a Dios por tan notorio beneficio, pensando que obran cuerdamente los políticos que antes de conspirar se proveen de buenas amistades en uno y otro partido. Así son más eficaces los alumbramientos que vienen bien y menos temibles los malos partos.

De la marcha del alboroto gallego tenía diariamente Eufrasia fieles noticias en casa de la viuda de Navarro, a donde iban Rafaela y su marido las más de las tardes al volver de paseo. Sabíase que al frente del movimiento figuraba un comandante llamado Solís, joven, entendido, valiente, liberal y caballeresco. Según la pintura hecha por Terry, que de sus viajes le conocía, era el nuevo adalid tan poeta como algunos de sus predecesores, no porque hiciera versos, sino porque veía la política y las revoluciones en artística y (p.5871) sentimental forma, imaginando las acciones y los principios antes que razonándolos. Su juventud, su hermosa figura melancólica, dábanle más semejanza con los vates que con los políticos. Oído esto, todos los presentes empezaron a enumerar las distintas celebridades de nuestra tierra que habían poetizado la vida pública, resultando al fin que antes que alzarse como héroes caían como mártires, sacrificados por su propia fantasía y generosidad. A todos agradaba este coloquio, menos a Rafaela, que palidecía y pestañeaba, como turbada de los nervios, al oír tales comentarios de la historia de su tiempo, y si algo decía era para llevar a otro asunto la conversación. ¡Y qué hermosa estaba la Perita después de su casamiento! Algo más abultada de carnes, sin perder su esbeltez ni la flexibilidad de su airoso talle, en su cuello de alabastro y en su rostro de perfecto estilo Pompadour o Watteau, parecían haber colaborado como artífices todos los amorcillos de abanicos y porcelanas. Entre el artificio y la verdad, entre los afeites y el colorido y pasta naturales, ninguna crítica, por sagaz que fuera, podría encontrar diferencias ni separar lo vivo de lo pintado.

Por Socobio, cuyas visitas constantes agradecía mucho Doña Leandra, supo esta que la conjura de Madrid se daba por fracasada, y que a los autores de ella no se les perseguiría más que de fórmula, en razón de su candidez inofensiva; supo también que lo de la Coruña, imponente al principio, se descompuso felizmente por la impericia y sentimentalismo de Solís, cuyas delicadezas eran impropias de la violencia revolucionaria; que por considerar demasiado a Puig Samper, su jefe antes de la rebelión, hubo de cederle Solís las ventajas de una excelente posición estratégica; que divididos los rebeldes y fatigándose en marchas y contramarchas, dieron tiempo a que el Gobierno se previniese, cambiando a Puig Samper por Villalonga, y mandando contra los gallegos a un general joven, ganoso de adelantos en su carrera, D. José de la Concha; que el sublevado de Vigo, comandante (p.5872) Rubín, que al parecer operaba en combinación con Solís, resultó un rebelde incoloro y equívoco, dando lugar a que se le creyese traidor a la causa; que si en efecto el infante D. Enrique alentaba con su presencia en la Coruña, a bordo del bergantín Manzanares, el descabellado alzamiento, tuvo el Gobierno buen cuidado de mandarle levar anclas, conminándole con severos castigos si a la vela no se daba prontito para las costas de Francia; que avanzó Concha; que cogido entre dos fuegos, no lejos de Santiago, el pobre romántico Solís, fue derrotado, quedando cautivo con los oficiales que seguían su rebelde bandera liberal, enriqueña y antinapolitana, y gran parte de sus infelices soldados; y por fin, supo que al ser conducidos a la Coruña los pobres vencidos, se dio orden de que les remataran en el camino, para evitar el duelo y consternación de una grande hecatombe en la capital gallega. En un pueblo antes desconocido, el Carral, célebre desde entonces como teatro de una de las mayores barbaries del siglo, fueron sacrificados por tandas Solís y sus compañeros, jóvenes todos, llenos de vida y de ilusiones generosas, víctimas de una idea, culpables de un delito cometido impunemente una y otra vez por los que les mandaron fusilar. Veintidós víctimas cayeron, inmoladas por leyes que carecían de toda virtud y de toda majestad, y no eran más que un convencionalismo hipócrita, espantajo que figuraba el rostro y vestidura de la Justicia. Con dichas leyes fusilaban hoy los fusilables de ayer, y mataban los moralmente muertos. La fortuna y el éxito eran la razón única de que entre tantos criminales, unos fueran asesinos justicieros y otros víctimas culpables.

Mes y medio y algunos días más, según los documentos más autorizados, duró el eclipse del buen D. Bruno, y también anduvo haciendo la mascarita D. José del Milagro, que sólo se dejaba ver de sus hijas a las altas horas de la noche, embozado hasta los ojos, con peluca y sombrero estrafalario que a un figurón de teatro le asemejaban. Más seriamente guardaron su incógnito (p.5873) Carrasco y Centurión, haciendo el papel airoso de andar en negocios por países extranjeros, sin comunicarse más que con sus familias, y esto con remilgadas precauciones. Salieron al fin de sus escondrijos, afectando un cierto paso y actitud teatrales, pues aunque el Gobierno no se metía con ellos, ni les temía, bueno era que se revistieran de aquel encogimiento que da una tenaz persecución policíaca. La primera vez que D. Bruno se presentó a su familia después de tan larga ausencia, fue grande el alboroto y júbilo de la esposa y de los hijos, que aceptaban con cierto orgullo aquel misterio pomposo de que el padre se revestía. A todos expresó su cariño D. Bruno como si de un dilatado viaje a los antípodas volviese, y les preguntó si le conocían, si no veían en su rostro las huellas de horribles sufrimientos. Por darle gusto respondían que sí, y le incitaban a contar las peripecias de aquella lucha tenebrosa con el Poder público. A su manera, hinchando los sucesos y coloreando las impresiones, refirió Carrasco la tremenda conjuración, que habría dado al traste con la napolitana y la palaciega camarilla, si la debilidad y doblez de algunos comprometidos no malograran en ciernes, como decía Milagro, el más hermoso complot que fraguaran hombres en el mundo. Había que dar tiempo al tiempo antes de emprender otra campañita libertadora, y así lo recomendaban los centros de París y Londres, ordenando a todos que permanecieran a la expectativa, viendo venir las contingencias favorables que había de traer el matrimonio de la Reina. Después de dos días de descanso en su casa, guardando con los vecinos una reserva del mejor gusto, para que todos alabaran su prudencia y seriedad, volvió Carrasco a la vida ordinaria, y reapareció en las tertulias de café y casino, acudiendo puntual a su domicilio a las horas de comer. A la semana de esta existencia metódica, creyó Doña Leandra que pues el grande obstáculo de la conspiración no existía ya, y parecía D. Bruno absolutamente desocupado y sin ningún negocio, revelándose en todo (p.5874) como hombre aburridísimo de puro holgazán, llegada era la ocasión de marcharse todos a descansar de tantos afanes. Así lo propuso a su marido en los términos más expresivos y con razones muy enteras, sin obtener más que una negativa en crudo. «No podía ocurrírsete la idea de esa viajata en peor coyuntura -le dijo-. ¿Qué razón hay, qué motivos?, me preguntas. Querida Leandra, no puedo satisfacerte por hoy: ten paciencia, y pronto sabrás que sería disparate garrafal ausentarnos ahora de los Madriles».

Y no dijo más: salió de estampía, dejando a la pobre mujer afligida y pasmada, lamentándose de que su esposo, después de haber andado en pasos de conjuración, no hablaba de cosa alguna sin envolver su palabra en ridículos y enfadosos misterios. A la sorpresa de Doña Leandra siguió una pena hondísima, un desconsuelo que abatía su alma y la incapacitaba para toda resolución. Aún fue su dolor más punzante, y se le clavó en el corazón la espada más aguda, viendo que su hija Lea, ordinariamente su paño de lágrimas, no le prodigó aquel día los consuelos que necesitaba, y en vez de lamentar con ella los entorpecimientos que al viaje ofrecía Carrasco, la sorprendió con esta despiadada salida: «No llore, madre, porque nos quedemos algún tiempo más en Madrid, que ya vendrá el día de irnos al pueblo. Lo que es ahora, más vale que en ello no piense». ¡Vaya un modo de consolar! Vencida de su tristeza, y desdeñando el pedir a la hija explicaciones de mudanza tan brusca en su actitud y lenguaje, encerrose en su pena silenciosa, y así estuvo toda la tarde, condoliéndose de la ingratitud de Lea, que sin duda se le había torcido por el melindre de un nuevo noviazgo.. ¿Pero cómo podía ser esto, si no se apartaba de la compañía de su madre, ni recibía cartas? A no ser que en ello anduviera Eufrasia, trayéndole mensajes de un flamante, desconocido amador.. ¡No eran maldiciones las que Doña Leandra echaba mentalmente a cuantos novios existían en todo el linaje humano, peste de la sociedad y azote de las familias! ¡Que no estuviera (p.5875) el Infierno empedrado de novios!.. Debían las familias, los padres, los hermanos, concertarse para emprender contra tales sabandijas una campaña de destrucción, como las que ella había visto en la Mancha contra la terrible plaga de langosta.

 

Ep-30-XXVI -

En estas malquerencias y confusiones estaba Doña Leandra aquella noche, cuando su marido, viéndola poco menos que dada a los demonios, apresurose a poner en su conocimiento un hecho de segura eficacia para sosegar su ánimo. «No quise hablarte de ello esta mañana -le dijo-, porque Lea me encargó que guardase el secreto hasta que supiéramos a ciencia cierta las intenciones del sujeto. Ya traigo lo que nos faltaba, porque he hablado con él esta tarde, y vengo seguro de que hay formalidad.. Tenemos, sí, otro novio en puerta. Ya que has adivinado el caso, adivíname la persona.. ¿Pero no caes, mujer?.. No te devanes los sesos, y entérate de que el nuevo pretendiente de nuestra hija es Vicente Sancho, distinguido mancebo de la botica de Palacio, y por añadidura paisano nuestro y pariente».

No pareció Doña Leandra disgustada de la noticia, y D. Bruno completó sus informes relatando el cuándo y cómo de la emergencia de aquel noviazgo. A diferentes personas había manifestado Vicentillo que Lea le gustaba, y que a pedirle relaciones se atrevería si le asegurasen acogida benévola. Pocas palabras habían mediado a solas entre el boticario y la niña, en la casa de los padres, un domingo que estuvo de visita; pero las cortas expresiones, dichas con tartamudeo y poniéndose el hombre más rojo que las amapolas, bien claramente daban a conocer la intensidad de su amorosa llama. Por confidencias de varios amigos con quienes Vicente se franqueaba, enterose del caso

D. Bruno, el cual, después de hablar con su hija, apercibió al mancebo para una conferencia sobre materia de tal importancia. Efectuada en la botica de Palacio aquella misma tarde la entrevista, resultó que Vicente Sancho sentía la más honesta de las inclinaciones hacia Leandra, en quien veía su bello ideal (p.5876) (así como suena) , y decidido estaba a unirse con ella en santo vínculo.

Declaró Doña Leandra que estimaba en más a Vicente, boticario, que a todos los señoriticos de Madrid llamados dandiles, presumidos, farsantes y embusteros que no hacían más que divertirse con las chicas y entretenerlas, escapando de ellas en cuanto se les exigía celebración de matrimonio. Por humilde no habían de despreciar a Vicente, el cual a todos los novios del orbe cristiano llevaba la ventaja de ser manchego. La Farmacia, profesión de hombres honrados era, amén de muy lucrativa. Si Lea gustaba de su pariente, debían los padres darse por muy satisfechos, porque la niña, después de tanto noviazgo fallido, no estaba ya para perder el tiempo. Y pues el chico venía con formalidad y fijaba en dos o tres meses la temporada de amoríos decorosos, recibiérasele con los brazos abiertos, y preparárase la boda para principios de otoño. Por fin, como solución risueña para el porvenir, debían todos hacer diligencias para conseguirle a Sancho la botica de Peralvillo, de Piedrabuena o de cualquier otro pueblo de la Mancha, con lo que se colmaría la felicidad de toda la familia. Quedó, pues, recibido de oficial novio con entrada en la casa, y Lea, que había picado más alto, hallándose ya la pobre caída y con las alas rotas, aceptó a su pariente con un cierto afecto de gratitud que esperaba ver convertido en más apasionado sentimiento. Y ¡cosa más rara!, mirando bien a Sanchico reparaba que no era feo.. ¿Qué había de ser feo, si más bien merecía calificación de guapo, con aquellos ojos sentimentales y aquel bigotito que parecía de seda? Y lo que es de tonto no tenía un pelo. Ya se le irían quitando la cortedad y encogidas maneras que Lea, mal acostumbrada al despejo de otros galanes, encontraba poco airosas y desconformes totalmente con su bello ideal.

Pero en suma, ¿qué importaba la timidez si era signo de mansedumbre, cualidad de que Generalmente procede la perfección de maridos? Adelante, repitiendo el castellano aforismo: Al buen día meterle en casa.

Con (p.5877) estas y otras filosofías templaba Doña Leandra el ánimo de su hija, asegurándole que ambicionar no podía ni debía más felicidad de la que Dios le deparaba, y la chica, que era buena y no tonta, iba entrando por el aro de aquellas prudentes ideas. La conformidad y el buen criterio hiciéronla dichosa. No podía decir lo mismo la madre, pues aunque tenía por un buen hallazgo y solución la conquista de Vicente Sancho, ello es que por fas o por nefas, por los sucesos buenos así como los malos, la realización del deseo que le llenaba toda el alma era más problemática cada día. Cuando ya creía tocar con su flaca mano el suelo manchego, este se alejaba, y como un fantástico paisaje acababa por desvanecerse en el horizonte. Sin duda Dios había decidido que su humilde sierva, Leandra Quijada, se consumiese en el indecible tormento de no ver ni gustar los aires y la luz de la tierra natal. Cumpliérase la voluntad de Dios, contra la cual nada podían los anhelos de las criaturas. Envolviéndose en su manto con cristiana dignidad, la manchega se preparó al martirio, pensando que a la magnitud del terrestre sacrificio correspondería la hermosura y grandeza del premio celestial.

Manifestose en la señora desde aquel día visible inclinación a la pereza y al silencio.

No se ocupaba en labor alguna; permanecía largas horas sentadita en un sillón de gutapercha, de asiento muy bajo, las manos cruzadas sobre el regazo, en el suelo fija la vista dormilona; no hablaba más que lo preciso, tomándose tiempo entre la pregunta que le hacían y la respuesta que daba, como si las palabras, no menos perezosas que el pensamiento, se amodorraran al paso por la boca. No apetecía tertulia, y sus hijas, así como Doña Cristeta Socobio, tenían que llamar con insistencia a la puerta del castillo para que la castellana voz de Doña Leandra respondiese desde la tronera más alta:

«¿quién es?». Comía tan poco como hablaba, pues aquel seco y delgado cuerpo con muy escaso alimento se sostenía, y con el aire que tomaba en el suspirar frecuente. Suspiraba hacia dentro, espirando (p.5878) menos de lo que aspiraba, como las aves que inflan el buche para volar mejor. Rezaba al anochecer uno y dos tercios de rosario, ella sola, entre labios, descuidándose en marcar las Avemarías con el pase de cuentas; dormía de un tirón toda la noche, roncando desaforadamente con diversidad de sones musicales, como trémolos de violoncellos, chirridos de veletas castigadas por el viento, rumor de un salto de agua, y acordes perfectos de fagot y clarinete con tónica, tercera, quinta y séptima disminuida.

Una mañana calurosa, como tardase la señora en levantarse, entró en su alcoba Lea y encontrola despierta con el brazo derecho extendido sobre el embozo. «Chica -dijo Doña Leandra-, ven acá y estírame este brazo para que se me despierte, pues estoy que no puedo moverlo a mi gusto». Obedeció Lea; mas como no le tirara bien fuerte por temor de hacerle daño, la incitó a desplegar mayor fuerza: «Tira, hija, tira con ganas, pues no me duele nada. Esto debe de ser un aire que he cogido anoche por haberme destapado, ahogadita de calor. Y verás que tengo los dedos tiesos, que no puedo coger con ellos la sábana. Tráete un alfiler gordo y pínchamelos, a ver si se despabilan». Lo que hizo Lea fue llamar a D. Bruno y a Eufrasia, medrosa de ver a su madre en aquella torpeza de sus antes ágiles remos. Entre todos la vistieron, pues no gobernaba de la pierna derecha ni valerse podía, y la sentaron en el sillón. «Vaya, estoy mejor. ¿Veis cómo ya muevo el brazo y arqueo los dedos? La pierna es la que no quiere entrar en razón.. Pero no os asustéis, que esto no es nada. Ni pienses en traerme acá médico, Bruno, que si le veo entrar me figuraré que estoy enferma, y acabaré por estarlo de verdad. Nada de médicos, hijo, y con que Vicente me vea y me traiga cualquier toma o emplasto, que bien sabrá él lo que obra con provecho contra este achaquillo, me bastará para quedar bien».

Animarles quería con esto; pero hijos y padres, muertos de susto y pena, trajeron al médico que asistirles solía, y este ordenó lo más urgente para contener (p.5879) la parálisis o atenuar sus tristes efectos. Por la tarde, si no se manifestó en ella mejoría corporal sensible, del espíritu mejoraba notablemente, pues se le había despertado la locuacidad, su palabra era fácil, los ojos recobraban su viveza, en la mirada y la voz había grande animación, casi casi alegría. Las hijas y Doña Cristeta sostuviéronle la conversación, en la cual no nombró a la Mancha, concretándose a decir algo de los precios que tenían en la plaza los principales artículos de comer.. Todo se ponía por las nubes, y la vida en Madrid iba siendo un problema difícil. Con suficiencia apuntó Cristeta la idea de que cuando funcionaran los caminos de fierro que se iban a establecer, vendrían a Madrid todos los artículos a tan bajo precio como el que en los pueblos tienen, y se comería en la Corte pescado del día; y los madrileños podrían trasladarse a la Coruña o a Santander con tanta presteza y facilidad como iban entonces a veranear a Miraflores o a Villaviciosa de Odón. Sorprendida de estas novedades Doña Leandra, y creyendo que por entretenerla contábanle paparruchas su amiga y sus hijas, dijo que no podía comprender a qué santo venía el correr tan desaforadamente, y que ella por nada del mundo se metería en tales carricoches voladores y endemoniados. Añadió que era soberbia sacrílega de los hombres el meterse a enmendar la obra de Dios. Si Dios, autor de tantas maravillas, había hecho también las distancias para que el hombre pecador en ellas se cansase, y con el cansancio sintiese su pequeñez, ¿a qué ese empeño de acercar lo remoto? Condenado fue el hombre al trabajo y a ganarse la vida con el sudor de su frente. ¿Pues el caminar no es también trabajo, y de los más duros? El hombre orgulloso

se resiste al trabajo: para el descanso de sus brazos inventa máquinas, y para el de las piernas ferroscarriles, que son como caballerías de fuego. De modo que ya no habría trabajo, ni cansancio, ni sudor, ni nada de lo mandado por Dios.. ¿Y querían los hombres salvarse sin sudar? Esto no podía ser.

Sobre materia tan interesante expusieron (p.5880) pareceres muy ingeniosos las interlocutoras de la enferma, distinguiéndose Eufrasia, decidida partidaria del progreso material.

Inspirada en sus ideales, que así llamaba a las ideas recientemente adquiridas, dijo a su madre que, quisiéralo o no, la llevaría consigo en un viaje a París y Londres, para que viese poblaciones grandes y costumbres de muchísima ilustración. Pero no se daba a partido la señora, que moviendo la cabeza tristemente respondió que si su hija, una vez casada, quería correrla por países tan distantes y distintos del nuestro, no contase con ella, que malditas ganas sentía de ver ciudades grandes y raras costumbres. Ni le quitaba nadie de la cabeza que todo lo de España era superior a lo de allende: mejor el pan y el vino, más finos los aceites y el jabón. Terminó afirmando que su cuerpo no le pedía ya movimiento, sino descanso, y que descanso le daría ella muy pronto. Cuando esto decía,

llegó en su coche la viuda de Navarro para llevarse a Eufrasia. Paró en la puerta; viéronla desde arriba los muchachos; vistiose a toda prisa la señorita, y con su amiga se fue. Doña Leandra la vio partir con pena; mas no dijo nada. Lea suspiraba, aguardando la llegada de su modestito farmacéutico, y Cristeta Socobio, a quien sugería los más variados tópicos su entendimiento inagotable, sostuvo el ánimo de la pobre enferma con esta entretenida conversación:

«Querida Leandra, en cuanto mejoren esas piernas, nos vamos usted y yo solitas a visitar a una amiga mía, monja de gran virtud y saber, que a más de consolar a usted con su palabra, más divina que humana, la curará de ese maleficio del músculo perezoso.

¿No lo cree? Pues sepa que el año pasado me cogió todo el lado izquierdo un aire de perlesía, que me dejó sin gobierno, y arrastrándome fui a ver a mi amiga, la cual me pasó la mano suavemente por la cintura y caderas, y pronunciando palabras santísimas, púsome buena del todo».

-¿Qué me dice, amiga Cristeta? Curanderos he visto en mi tierra que componían estos desperfectos de la carne; pero no lo hacían sin (p.5881) añadir a las oraciones alguna toma de medicina que obraba por dentro. -Esta no necesita de medicinas ni pócimas, con lo cual se dice que obra en la naturaleza por la virtud sola de su santidad y del buen acogimiento que tienen en el cielo sus oraciones. Pasa la vida en penitencias tan duras, que no podemos imaginar los martirios cruelísimos que se impone. Ha tenido su cuerpo cubierto de llagas dolorosas, y cuanto más le dolían, más risueña ella y más alegre de su padecer. Cuentan que se ha pasado meses sin probar comida, y a pesar de abstinencia tan bárbara, la veía usted con el semblante animado y los ojos muy vivos, obra de la grandísima luz y fuego de piedad que la caldeaban por dentro.. Es tal su hermosura, que se pasmará usted cuando la vea, y tan dulce y delicado el timbre de su voz, que se quedará usted atónita y suspensa

como si oyera sonido de arpas celestiales.

-¡Cristeta, por amor de Dios! -dijo Doña Leandra, fascinada con tan maravillosa pintura-, no me engañe, y si esa sacra mujer existe, y no es artificio de usted para consolarme, lléveme a donde pueda yo verla y gozarla.

-Iremos, sí; y como no se despabilen pronto las piernas, la llevaré a usted en coche, aunque de aquí al convento de Jesús no es grande la tiradita. Será un consuelo extraordinario, mi querida Leandra, porque de la santidad de mi amiga puede usted esperar no sólo la salud del cuerpo, sino la del alma. A las personas buenas, de corazón limpio y de conciencia pura, concede Dios, por mediación de esa mujer ejemplarísima, la satisfacción de todos sus deseos.

-¡Ay, ay!, no me lo diga, si luego no ha de confirmarse -manifestó la manchega con colosal esfuerzo para levantarse del sillón-. ¡Que satisface los deseos justos, naturales! Pues los míos son de esa calidad, y por tanto, ¿qué menos pueden hacer Dios y esa señora que satisfacérmelos? Vamos, vamos ahora mismo. Me arrastraré como pueda. Y si no, mandaré a la muchacha que nos traiga un coche.

-Calma, calma, querida Leandra, y no nos precipitemos -dijo cautelosa la Socobio, asustada por el ruido de puerta y pasos (p.5882) que acababa de oír-. Paréceme que entra Bruno, y no conviene que de esto se entere. Es un excelente hombre; pero no se haría cargo de la intención pura, edificante, con que yo la llevo a usted a tal visita. Estos hombres del día, todos, todos, están dañados de volterianismo, que es como decir impiedad, y no comprenden.. Hasta podría suceder que se burlara de nosotras.. No, no, Leandra; que no meta las narices su pariente.. Otro día, sin que nadie nos atisbe ni nos estorbe, escaparemos como unas chiquillas, y.. Chitón, que ya está aquí el hombre público.

 

Ep-30-XXVII -

Quería Dios que hija y madre estuvieran en aquellos días bajo la acción de fenómenos o casos maravillosos, pues mientras Doña Leandra encendía su imaginación con la idea de la visita a un ser que conceptuaba ultraterrestre, Lea veía cosas tan extraordinarias, que le costaba trabajo creer que pertenecieran al mundo real. En una misma alcoba dormían las dos hermanas, y allí y en el próximo gabinete, tenían su ropa, sus secretos, las cartas de sus novios, el tocador y cuantos adminículos y menudencias necesitaban para componerse. Luego que se encerraban en sus habitaciones para acostarse, hablaban solitas de los sucesos del día, pertinentes a ellas o a sus amadores, y se confiaban todos sus secretos y se consultaban todas sus dudas. Una noche, poco antes de manifestarse en Doña Leandra la parálisis, Eufrasia, como quien desea y teme revelar algo muy delicado, anunció a su hermana una confianza; arrepintiose luego, dudando, entre risas y síes y noes muy infantiles; sacó por fin de su bolsillo un estuche, y mostró a su hermana un sol.. un haz de rayos luminoso, deslumbrantes. Lea no dijo más que ¡ah!, echando en aquel hálito toda su admiración y algo de susto. No pronunció palabra alguna hasta pasado un ratito. «¡Qué magnífico brillante!.. ¿Pero di, no es esto falso? ¿Es de ley?.. ¡y tan grande!..».

-No es de los mayores -dijo Eufrasia rebajando, por afectación de modestia-; pero fíjate.. ¡qué perfección de facetas! Dice Maturana que es de la mejor talla de Amsterdam, y una (p.5883) pieza de mérito grandísimo.

-¡Bonito, bonito.. superior! -exclamó Lea absorta, moviéndolo entre sus dedos ante la luz, para recrearse en los destellos.

-Está montado en plata como alfiler -dijo Eufrasia-; pero se puede usar como adorno magnífico para el pelo.. Aplicación no le faltará..

-¿Pero es tuyo de veras?.. ¿Y cómo..? Si es tuyo, te lo habrá dado Terry.

-Naturalmente: yo no había de robarlo..

-Pero..

No sabía Lea cómo pedir explicaciones a su hermana de la posesión de alhaja tan magnífica. Enmudecieron ambas y se acostaron, permaneciendo silenciosas larguísimo rato. Ninguna de las dos dormía.

«Debes enseñárselo a padre y a madre, a ver qué dicen..» -indicó tímidamente Lea, a la media hora de acostadas.

-No, por Dios.. Padre y madre no deben saberlo.. no por nada, sino porque creerían lo que no es.. Ya lo verán a su tiempo. Por hoy, no me preguntes más.

Obedeció la hermana mayor, y no habló más de tal asunto hasta que, dos noches después, encerraditas y ya seguras de que ni los padres ni los hermanos las sorprenderían en su grata intimidad, hizo Eufrasia a su hermana la señal de que le preparaba nueva sorpresa; aproximose a la cómoda, y del seno sacó un envoltorio; desplegó el papel finísimo que lo formaba, y aparecieron a los espantados ojos de Lea dos esmeraldas soberbias, hermosísimas, iguales en el tamaño y la forma oval, montadas en plata dentro de un cerco de diamantes..

«¡Ay, qué preciosidad!.. Esto es divino.. -exclamó la joven con arrobamiento-. Y son pendientes.. Déjame que me los ponga».

Ayudó Eufrasia a clavar las joyas en las orejitas de Lea, y cuando esta se vio en el espejo adornada de tanta hermosura, no acababa de extasiarse en la admiración de su propio rostro, y lo ladeaba para ver los diferentes efectos en esta y la otra postura. «Como estas esmeraldas -indicó Eufrasia, menos risueña que su hermana-, hay pocas. ¡Cosa más soberbia no se ve! ¡Qué bien estás! La esmeralda montada en plata sienta muy bien a las morenas».

-A las morenas les sienta bien todo -afirmó Lea quitándose (p.5884) los pendientes y llevándolos a las orejas de la otra-. Póntelos ahora tú, para que yo vea el efecto.

Así se hizo, y las ponderaciones de tanta belleza no tenían fin. Guardó Eufrasia su tesoro; Lea, dando un gran suspiro, le dijo: «También te las ha dado Terry. ¿Eran de su familia?».

-No: las ha comprado. Ya sabes que está riquísimo. El mes pasado ganó medio millón de reales, y ahora, si traspasan lo del Gas a la Compañía francesa, no se puede calcular los dinerales que ganarán entre Emilio, Gándara y Safón..

-Pero no acabo de convencerme, te lo digo como lo siento, de que puedan hacérsele a una soltera estos regalos sin comprometerla. ¿Acaso en el extranjero se usa que los novios regalen joyas, así, de tapadillo..?

-Seguramente, en el extranjero hay otras costumbres, otra libertad. Pero aquí, con tanta ñoñería y sujeciones tan ridículas, no se puede, no.. lo reconozco. Si la gente se enterara, creería que hay malicia donde no la hay.

-¿De veras que no la hay?

-¡Mujer, qué cosas tienes!.. ¡A ti había yo de ocultarte..! ¡Jesús!, no oiga yo de ti tal suposición.

Pareció Lea convencida; pero no durmió en toda la noche, atormentada por la idea de que su querida hermana no tenía ya en su conciencia la debida pulcritud. «Aunque ella no lo crea, pecado hay aquí -se decía-, o principios de pecado y de grandísima deshonra».

A la mañana siguiente, ambas en el tocador, dominada Lea por una idea fija, hizo a su hermana esta pregunta: «¿Y no te ha dado perlas?».

-Tiene en tratos un collar muy bonito; pero yo le he dicho que no lo quiero, que no y que no.. A su tiempo recibiré todas las alhajas que se le antoje poner sobre mí.

-¿Cuándo os casáis? ¿Ha fijado al fin Emilio la fecha?

-El mes de Octubre, seguro, seguro.

-En Octubre dicen que se casa la Reina. También fijó Tomás esa fecha para nuestro casamiento, y ya ves, ya ves.

-Pero lo mío es infalible. Emilio es un hombre de bien y un caballero. En todo me complace. -Pues si en todo te complace, ¿por qué no fijáis el casorio para la semana que viene?

Estos hombres que (p.5885) eternizan las bodas no son de fiar.. Cierto que el darte prendas de tanto valor es, como tú dices, señal de un amor grande.. Pero.. Digo que en último caso.. vamos, que otros hay peores, pues plantan, y no dan nada, ni un triste alfiler de dos reales.

Pasaron días sin que Eufrasia mostrase más joyas, ni a su hermana hiciese confidencia alguna tocante a sus amores o a la boda con Terry. Tan sólo dijo que el galán partía para París; pero que su ausencia, motivada del negocio del Gas, no duraría más de dos semanas. Lea notaba en ella tristeza y cavilación algunos días; otros, un alborozo demasiado parlero, sin decir nada de provecho. Y los que observar pudiesen y supiesen en las interioridades de la casa, habrían notado que Lea padecía también en aquellos días turbaciones muy raras en su carácter, comúnmente de una ecuanimidad feliz. Algunas noches, en la visita oficial de Vicente, trataba a este con tal despego, que el pobre chico no volvía de su asombro, un aflictivo y patético asombro por cierto. Mas de improviso se iniciaba un radical cambio en el temple, si así puede decirse, de la señorita, y viéraisla tan cariñosa y tierna con el mancebo que los ojos de este revelaban una satisfacción beatífica. Y en aquellos ratos dichosos, infaliblemente hablaba Lea del casamiento, de la conveniencia de celebrarlo cuanto antes para irse todos a la Mancha y hacer la cruz por siempre a este Madrid tan perverso y corrompido. Las corrientes psicológicas, como el sube y baja de mareas, que determinaban en la joven manchega estas oscilaciones afectivas, permanecen indeterminadas. Son hechos, formas, desarrollos orgánicos que se pierden en la insondable caverna obscura del querer mujeril.

Cuando a la oreja de Doña Leandra llegaban palabras de Sancho y Lea referentes a casorio, o a la probabilidad de conseguir la botica de Almodóvar del Campo, excitábase horrorosamente, como con una corriente eléctrica, y recobraba por instantes el fácil uso de sus remos. Aún no había podido ir, por causa de las ocupaciones de Cristeta en Palacio, a la visita de la (p.5886) prodigiosa monja, y aguardando aburrida este acontecimiento se pasaba las tardes sentadita en su sillón, presidiendo la charla de la hija con el boticario. Comúnmente el tal palique era para Doña Leandra un narcótico, cuya enérgica virtud la desligaba de la realidad triste, permitiéndole ausencias y descansos muy agradables. Dormida o mal despierta se montaba en el Clavileño o en la escoba, y se iba por esos mundos de Dios, tomándose el espíritu toda la libertad de que el cuerpo estaba privado. No era la primera vez que la infeliz señora, mal avenida con su trasplante, volaba espiritualmente a sus tierras y casas manchegas, recreándose en ellas como en la misma verdad; pero desde que se inició la parálisis, los viajes imaginativos al país natal fueron más frecuentes y de mayor duración, así como de una intensidad maravillosa en el repetir y vivificar objetos y personas, los animales, el suelo, el aire y el olor de todo lo de allá. Del tiempo hacía mangas y capirotes, pues en media hora efectiva de Madrid, vivía manchegamente días y aun semanas; y al volver de estas excursiones, hallábase durante un mediano rato en penosa ignorancia del lugar donde se encontraba. ¿Estaba en su casa de Peralvillo, o en el sillón caliente y blanducho de Madrid?..

Mecida por el runrún soñoliento de Vicentillo y Lea, Doña Leandra salió del comedor de su casa manchega, pasó al cuarto próximo, donde tenía la algarroba para las palomas, un resto de la cosecha de judías, dos montones de patatas para simiente con los brotes ya muy crecidos, manojos de hierbas colgados del techo, que despedían un olor fortísimo entre farmacéutico y culinario. Anduvo por allí la señora trasteando; salió seguida de dos gatos, y pasando por delante de la cocina, donde estaba la Fabiana delante de los peroles, bajó por la escalera, cuyos peldaños de romo ladrillo ofrecían un resbalón a toda persona que no tuviera el pie bien habituado a sortear las desigualdades. Llegó a una especie de portalón o vestíbulo empedrado de viejo, pues no se había tocado en él una piedra desde el siglo anterior; (p.5887) todo era hoyos y guijarros duros; obstruían el paso diversos objetos, sacos llenos y vacíos, aperos inservibles, manojos de varas, yugos abandonados por inútiles y una tinaja rota, boca abajo. Todo estaba en aquel sitio provisionalmente hacía ochenta años, y con la pátina de mugre y polvo tenía ya ese carácter especial de la petrificación doméstica, allí donde nada se remueve ni se cambian las cosas de sitio. Salió Doña Leandra al corralón, tan grande como una mediana plaza, y al punto se le pegó a las faldas un perro corpulento, León, moviendo la enroscada cola, y enseñándole los colmillos que no habían de hacerle daño. Más allá, otro can que sentado roía un hueso teniéndolo entre las patas delanteras, la miró pasar y siguió royendo.. un pavo hacía la rueda entre cuatro gallinas que ni siquiera le miraban, y un burro atado a una argolla junto a la puerta de la cuadra, soltó un rebuzno majestuoso. Entró la señora en el cuarto del pan, donde había un hombre calvo, que preparaba el horno, y ya tenía las hogazas amasadas, cubiertas con un paño. «Mira, Blas: en cuanto saques la hornada, coges la Capitana (esta capitana era una burra) y los dos machos que llegarán luego de Torralba; comes, y te vas a Piedrabuena, y me compras cuarenta o más arrobas de patata para simiente. Dicen que Lino Pascual la tiene superior. Si le queda una partida de sesenta o setenta arrobas y no quiere descabalarla, te la traes toda. Llevarás trescientos reales, y si te faltase dinero, ya sabes que el boticario D. Enrique te dará por mi cuenta lo que necesites.. Estarás aquí mañana temprano, que mañana hemos de sembrar la patata en la huerta del Fraile..». Poco después de esto, la señora estaba junto al pozo y pilón de abrevar: al mozo que sacaba el agua para dar de beber a los cerdos de recría, le dijo: «Navarro, enciérrame este ganado en cuanto beba, y no me lo tengas aquí, que es muy dañino, y ya ves que me azuza los pollos: tres me mataron ayer a pisotones». Apaleada por el mozo se arremolinó la piara, compuesta de un gran contingente de cochinitos (p.5888) negros, todos iguales, y pegados unos con otros se fueron hacia su cobertizo, cantando una deliciosa música.. Doña Leandra se encaro con un viejo petiseco, cuya cara parecía la piel de encuadernación de un libro de coro. Vestía de paño pardo, con calzón corto, cinturón de cuero, y usaba sucias gafas de cristales muy convexos montados en cuerno. Era Perantón, el hombre de confianza, la personificación de la honradez y la lealtad, que llevaba de servicio en la casa tres cuartos de siglo, y andaba próximo a los noventa, conservado como un corcho viejo de colmena. Sus abejas eran la vida que aún zumbaba dentro de aquel madero lleno de arrugas. Había sido mozo de mulas, después de labranza, criado luego al inmediato servicio de los señores, y por último, mayordomo con honores de intendente, pues sabía garabatear en un cuaderno de marquilla las cifras de compra y venta, el consumo de paja y leña, el comestible de animales y personas, y usaba un tintero de asta con petrificaciones de tinta contemporánea de Carlos III. «Antón -le dijo la señora-, me parece que la pinta castellana ha puesto hoy también entre el montón de leña. Que Tomasilla se meta y busque allí los huevos. Tenemos lluecas a la parda y a la moñuda.. Mándale a tu nieto Roque que del palomar de arriba me traiga tres pares de palominos para mañana..». En la servidumbre y personal labriego de Peralvillo había dos hijas de Antón, una de ellas cocinera, que ya no hacía más que dirigir, y era plaza casi jubilada como su padre, y catorce nietos, ocupados en distintas labores. Los que allí nacían, al amparo de la casa y noble familia quedábanse toda la vida. «Oye, Antón, dile a tu nieto Felipe el gordo que no me dé bromicas a la Pepilla, que apalabrada está por sus padres con Robustiano el del Tuerto, y no quiero en casa cuestiones..». En esto, traída bruscamente por el Clavileño a su sillón, Doña Leandra, suspirando fuerte, dijo a Lea y Vicentico: «¡Eh de casa!.. ¿Hace mucho que estáis aquí, hijos?

Sacadme de esta gran confusión: ¿cuánto tiempo hace que dejé de (p.5889) veros?».

Los chicos, acostumbrados ya a las ausencias de la triste señora, le contestaron que hacía un ratito, tan largo como ella quisiese.

«No me entendéis. Cuando os ponéis a ser brutos, no hay quien os gane.. Os pregunto si estamos en hoy o en ayer, si ayer os vi y hoy vuelvo a veros. Porque a mí me parece que he estado fuera de un día para otro; quiero deciros, el tiempo que va de un hoy a un mañana con noche de por medio.. ¿No me contestáis? Pues quedaos aquí, que yo me vuelvo. Adiós, hijos míos».

 

Ep-30-XXVIII -

Salió Doña Leandra del corral al campo por una puerta grande y torcida, como ruina que jamás acaba de desplomarse, y se encontró frente a las eras. Llegaba el ganado de pastar en el soto del Maestre, y el pastor y zagales, que eran como unas apariencias de persona con sus caras ennegrecidas, las piernazas entre zahones, las espaldas con la joroba del zurrón, daban voces a las ovejas para que no se desviasen, llamando a cada una por su nombre entre ajos, silbidos y pedradas. Respiró Doña Leandra la polvareda que las reses levantaban, y las miró con maternal regocijo, recreándose en el olor montuno que despedían.. Vio venir luego a Carrasco hecho un cafre, con barba de seis días, el morral a cuestas, la escopeta terciada, precedido de tres ágiles perros, que en cuanto vieron a la señora, a ella se fueron, y echáronle con el rabo salutaciones cariñosas, filiales. Venía D. Bruno de mal temple, porque en el barranco de Giles se había encontrado a Rufo Corchuelo y habíale dicho que todo el vino de Torralba se estaba volviendo vinagre, y que era menester quemarlo.. Doña Leandra dirigiose con su marido a la casa; sentáronse los esposos con Perantón en un poyo a tomar la fresca, y llegaron los mozos de mulas que labrando las tierras habían estado de sol a sol, y mientras unos abrevaban a los animales, reuníanse los otros en torno a los amos a contar las faenas del día. Doña Leandra no cesaba de rascarse la cabeza, lo mismo que D. Bruno, pues a entrambos les picaba bastante. De la cocina de la casa (p.5890) venía un olor fortísimo de fritanga y el vaho de sopas caldudas y bien impregnadas de ajo. Eufrasia y Lea estaban en la ventana de su cuarto, con la Tomasa y la Pepa, tarareando canciones nuevas que en aquellos días habían traído de Daimiel unos chicos como gran novedad, y luego descendieron al corral arrastrando chinelas, e improvisaron un baile..

Avanzada la noche, Doña Leandra se acostaba en la cama donde habían nacido sus tatarabuelos, tan alta, que a los colchones se subía por escalera, y desde arriba fácilmente se cogía con la mano el ahumado techo, con las vigas en panza. Entre los pliegues de las blancas cortinas, y en el cristal de unas laminotas de la Virgen de Calatrava, muy hueca de vestido y con tiara en la cabeza, lucían unos puntos negros, obra de las moscas al parecer; pero en realidad eran las miradas de los tatarabuelos, que allí permanecían contemplando la rotación majestuosa de la casa al través de los siglos. Doña Leandra dormía profundamente, y a su lado D. Bruno, sin que ninguno oyera los sinfónicos ronquidos del otro ni los cánticos de gallos que cuidaban de cantar de dos en dos las nocturnas horas. La del alba no era todavía cuando saltaba de los ociosos colchones la señora diligente, y lavándose la cara con dos o tres puñados de agua fresca que de una jofaina cogía, comenzaba sus quehaceres. Aún estaba obscuro, y las luminarias de la noche no se habían apagado en el cielo. Apenas descorría la aurora las cortinas del manchego horizonte, abría Doña Leandra la ventana para respirar el aire puro y dar gracias a Dios, lo que hacía rascándose los sobacos y también la cabeza, que le picaba. Ya día claro, desde un tejadillo frontero a la ventana, la saludaba la gentil avutarda. Era un pájaro petulante, vestido a hora tan matutina con su casaca de color de canela, galonada de terciopelo negro con botones de plata, y en la cabeza el gran sombrero de tres picos con plumas blancas y negras. Mirando a la señora, el ave hacía tres reverencias, acompañadas de tres sonidos graves, que eran su fórmula usual de (p.5891) ofrecer sus respetos. Tras él levantaban el vuelo las palomas, dando los buenos días con sus arrullos, y muchedumbre de gorriones salían por aquellos aires a robar lo que podían..

En la cocina estaba el ama desplumando palominos, y a su lado Eufrasia dobladillando un pañuelo. La cocinera, majando cominos en el almirez, hacía un ruido tal que apenas se entendían las voces de la hija y la madre.. Entraba Perantón renegando del precio de la partida de aceite que acababa de llegar, como si fuera él quien perdía en ello. Decíale Doña Leandra que tuviera paciencia y no fuese tan regañón, que a su edad no le haría provecho que se le encendiera la sangre.. Al anochecer, no de aquel día, sino de otro, que debía de ser el siguiente, aunque de ello no hay seguridad, hallándose en el poyo del corral la señora y Lea, que por mas señas estrenaba un cuerpo nuevo del vestido muy majo hecho por ella misma, llegose allí Ramón, que era el mozo encargado de la persecución de topos, con diez de estos dañinos animales. Al olor del rico botín acudieron los gatos, y las señoritas Eufrasia y Lea se encargaron de hacer el reparto equitativamente. No bajaban de ocho los pretendientes: los dos de casa, el de la panadería, el de la mayordomía y tres o más de las cuadras y gallineros. Después de distribuir a topo por cabeza, Lea consintió que Morita, la gata de casa, como parida, se llevase tres para su prole, y así lo hizo.. En esto llegaba D. Bruno; pero no debió de ser aquella misma noche, sino la siguiente, o quizás otra noche cualquiera de las muchas que trae el tiempo. Se le vio apearse del caballo, y oyeron el tin-tin de sus espuelas acercándose. Había ido a Daimiel a reñir con los de la Junta de Pósitos, porque no le pagaban su anticipo, y a comprar correas para el arreglo de los tiros de mulas, tabaco y un poco de aguardiente. Traía el buen señor una noticia estupenda. La Reina Isabel II se había casado, y ya teníamos a nuestra Reina hecha una señora de su casa. ¿Y quién era el marido? Pues un D. Francisco, a la cuenta como su primo carnal, primogénito de (p.5892) unos señores infantes, mozo muy galán, de bello rostro sonrosado, muy metido en religión, cualidad primera de todo gran Rey.. Pero no había sido floja tracamundana la ocurrida en Madrid antes de la boda. La Inglaterra y la Francia asaltaron con tropas el Palacio, llevando cada una un príncipe para casarle a la fuerza con nuestra Soberana. Y por otras partes de la casa grande embistieron el Papado y el Austria con la misma pretensión de meternos consorte Real. Apurada estuvo la cosa con esta canallada de las potencias, y si no se salieron con la suya fue porque el D. Francisco, al frente de un batallón de tropa española, blandiendo en la mano derecha su espada y enarbolando con la izquierda un crucifijo, cerró contra la extranjera turba, y a este quiero, a este no quiero, hiriendo y matando, deshizo en la escalera y en el Real patio a toda la caterva, quedando triunfante el derecho de darnos el Rey consorte que más neto acomode, siempre que sea español neto. «Celebrose el casorio -añadía D. Bruno-, con pompa grandísima, en una iglesia que llaman de Atocha, y ya podéis figuraos vosotros, grandes mostrencas y mostrencos, el lujo y aparato que en las ceremonias habería.. Ello fue cosa sorprendente. Lucían allí los próceres del Reino sus magníficos túnicos de gala bordados de oro, y las Reinas, la Infanta y sus damas unos trajes tan opulentos, que cada uno representaba el valor de una provincia, si las provincias se vendieran. Dícenme que una de las próceras más guapas y mejor emperifolladas era la esposa de D. Emilio Terry, nuestra querida hija Eufrasia Carrasco y Quijada de Terry, que ahora así se llama, la cual lucía collar de perlas como garbanzos, y unos brillantes en el pescuezo y en la cabeza que eran como soles, y en las orejas esmeraldas tan grandes como huevos de paloma.. no tanto, como huevos de avutarda..».

Amaneció, y salieron para el campo los mozos con los pares de mulas, y para el soto las ovejas con sus pastores.. Sucediéronse plácidamente tardes y mañanas. A Doña Leandra le hacían sus hijas un vestido nuevo, (p.5893) cortado por patrones de última moda que facilitó una amiga de Ciudad Real. Ponían en ello las chicas gran esmero, para que su madre apareciese en misa con toda la elegancia que a su holgada posición correspondía donde quiera que se presentase.. Más interés que en el corte y costura del nuevo traje ponía la señora en la siembra de patatas, que fue a vigilar con D. Bruno rodeando la casa y las eras, y saliendo por un sendero angosto hasta la tierra llamada de Claveros, tras de las primeras casas de Peralvillo. Pasaron junto a una noria desmantelada, después cerca de otra movida por un macho con los ojos vendados. Lloraban los cangilones chorritos de agua con que se regaba un plantío de hortalizas para el gasto de casa.. Acompañando a los amos iban León, Turco, la Majita y otros seres caninos, cachazudos, holgazanes, hartos de una felicidad bobalicona. El mayor gusto de Doña Leandra era soltar la mirada, como se suelta un ave, para que corriese por toda la horizontalidad majestuosa del suelo sin parar hasta la línea en que tierra y cielo se juntaban. Tras aquella línea había más Mancha, más, hasta llegar a los montes de Toledo, donde todo era cuestas, subidas y bajadas. No estorbaban al libre vuelo de la mirada de la señora árboles ni sombrajo alguno, fuera del bulto que hacían las casas del pueblo y la torre gallarda de su iglesia. El sol lo bendecía todo con su luz esplendente; la tierra se tendía boca arriba cuan larga era, los miembros estirados con indolencia voluptuosa, y no hacía más que mirar al cielo, que sobre ella planeaba con las alas abiertas en toda su magnitud..

«Madre -le dijo Lea-, dos veces le hemos preguntado si quiere ya la medicina, y no nos responde..».

-¿Medicina yo?.. Lo menos hace una semana que no la tomo, y ya ves qué buena estoy.. He andado legua y media con Bruno, y no me he cansado. Hola, Vicente: ¿cómo estás? ¿Cuántos días hace que no te veo? Lo menos diez, por mi cuenta.

-Me vio usted ayer, y me vio esta tarde a primera hora.

-No estás tú en lo cierto, Vicente. Decidme, ¿no ha parecido Cristeta? ¿Qué (p.5894) demonios la entretiene tantos días en Palacio? Será que la Reina Cristina no sabe gobernarse sin ella.. Bueno: dadme la medicina, y sepamos pronto si os dan o no la botica de Almodóvar del Campo. Por la noche, en cuanto la ponían en su cama, emprendía despierta la paralítica sus viajes, y despierta se le iban los días, las semanas y hasta los meses, sin sentirlo. Solía volver de sus correrías con un humor endiablado, que desahogaba en sus hijas y en su marido, diciéndoles que no eran ellos ya como les había hecho Dios, sino como les transformaba el Demonio en este maldito Madrid. Mirándolo bien, sus hijas no eran honradas, pues no había honradez con tanto manoseo de novios y tanto andar al zancajo en teatros y paseos. En los teatros se aprendían cosas malas, y los paseos y tertulias no eran más que escuelas de deshonestidad. Y en cuanto a Bruno, también estaba horriblemente echado a perder. ¿Qué se había hecho de la sencillez de sus costumbres, de su amor al trabajo, de su modestia y probidad? Un muestrario de vicios era ya, y él solo gastaba en un mes más que había gastado toda la familia en seis años cuando en la Mancha vivían. Lo menos media hora empleaba todas las mañanas en lavarse, y para él solo y sus malditos lavatorios tenía que subir el aguador una cuba más. ¿A qué tanta presunción de lavados, planchados y afeitados? Hasta usaba perfumes ¡qué asco!, como las mujeres de mal vivir, y a todas horas guantes, como si tuviera que visitar al Rey. No, no; no era aquella su familia. ¡Mentira, engaño! Las personas que veía no eran sino una infernal adulteración de sus queridos hijos y esposo. La verdad radicaba en otra parte, allá donde vivía despierta, que en Madrid no era la vida más que una soñación. Y esto se probaba observando que en Madrid estaba baldadita y sin movimiento, mientras que en su pueblo iba de un lado para otro con los remos muy despabilados sin cansarse..

Solía padecer la desdichada manchega estos trastornos de la mente por las mañanas, y su marido y sus hijos rodeábanla afligidos, respondiendo con (p.5895) frases cariñosas a las injurias que les dirigía, ya iracunda, ya burlona. A medida que tomaba alimento, íbase serenando, y no recordaba ni uno solo de los enormes disparates que había dicho a su cara familia. Y como algo recordase, pedía perdón del agravio en los términos más humildes. Una tarde, cuando Eufrasia, ya vestidita y bien dispuesta, aguardaba a la viuda de Navarro, que en su coche había de venir a buscarla, Doña Leandra le estrechó las manos diciéndole: «Habrás tomado a risa, hija del alma, los desatinos que escuchaste, y de los cuales sólo uno se me quedó en la memoria. Yo también me río, porque ello es cosa muy disparatada.. que tus cortejos, ¡ay!, te regalaban diamantes gordos y esmeraldas verdes, y que merecías que te arrancasen las orejas al arrancarte los pendientes, que eran el pregón de tu ignominia. Perdóname, y no me hagas caso cuando me pongo así, que verdaderamente no estoy en mi sentido.. A Dios gracias, con la medicina que ahora me da Vicente, se me van quitando los grandes enojos que me entran por las mañanas.. Vete con tu amiga, y no olvides lo que te recomiendo: darle mucha prisa al Sr. de Terry, hija, lo cual que no es un decir, sino la realidad, pues esa cara paliducha y ahilada que se te está poniendo declara las ganas que tienes de tomar estado, para satisfacción tuya y de tus padres..».

 

Ep-30-XXIX -

Ni aun delirando mentía Doña Leandra en lo de la transformación de D. Bruno, pues desde la frustrada conjura, en que había hecho papel real o figurado de indudable relieve, tomó el hombre actitudes de seriedad, que sobre él atraían la pública atención. O por habilidad instintiva o por estudio de gramática parda, adoptó el sistema de hablar muy poco, casi nada, y de decir todo en forma obscura, enigmática, dejando entrever o adivinar un hondo pensamiento. En las conversaciones políticas, nadie oía de sus labios más que reticencias discretísimas, y sus juicios eran velados, más que juicios, protestas de que no convenía formularlos de ninguna manera. Sus frases usuales eran: «Ya se (p.5896) verá eso..». «Se hará lo que convenga..». «Esto no puede seguir así..». «Vamos al abismo..». «Estamos preparados..». «Los hombres de arraigo siempre están en sus puestos..». «Mi opinión es que vendrá lo que debe venir». Con esta manera de hablar no tardó en adquirir reputación de entendido, y como al propio tiempo adoptaba modos de tolerancia, respetando las ideas ajenas y aprendiendo a ser fino y bien educado, extremando los saludos a cuantos personajes encontraba, fueran del suyo o del opuesto bando, pronto le dieron la nota de sensato. Su importancia crecía rápidamente, y cuantos le trataban veían en él una autoridad innegable, merecedora del mayor respeto. Grandes ventajas llevaba a Milagro en el público concepto, todo ello sin trabajo alguno, pues el manchego, callando siempre o diciendo a medias inepcias vacías, que el auditorio interpretaba como sublimes pensamientos inéditos, era tenido en más que Milagro, que decía todo lo que pensaba, y a veces cosas atinadísimas. Pero no habría llegado D. Bruno a esta preponderancia si a los artificios de la palabra y del silencio no agregara otro muy eficaz para el realce de su persona. Dio en gastar unos sombreros de extraordinaria magnitud, con el ala más larga que los de la moda corriente, y un poquito encorvada formando teja. Era el modelo que usaban D. Alejandro Mon, Buschental, un francés que había venido de París a lo del Gas, y otras personas de viso, muy contadas. Encajaba muy bien la colmena de fieltro, tan imponente y elevada, en la ventajosa estatura de D. Bruno, y con esto y la larga levita negra, hacía una figura de tanta respetabilidad, que la gente se paraba para mirarle cuando iba por la calle entre dos amigos, oyéndoles atentamente y contestándoles con la cabeza. El sombrero contribuía no poco a que los transeúntes que le conocían dijesen a los ignorantes: «Es Carrasco, persona entendida.. Es D. Bruno, uno de los hombres más sensatos que hay en este país».

Milagro no comprendía que iba más rápidamente a su negocio D. Bruno, (p.5897) calladito debajo de un tubo de chimenea, que él hablando por los codos, vestido de cualquier modo, y con un sombrero viejo mal planchado y de corta elevación. Ved aquí por qué la gente veía en Milagro a un hombre de gran talento, que no servía para nada por falta de sensatez, a un hombre ligero, simpático, cuya gracia y amenidad sólo se apreciaban como méritos secundarios. De D. Bruno, viéndole entrar un día en el café con un célebre banquero y un no menos famoso general, hubo alguien que dijo: «Parece que este Carrasco es un gran hacendista». De Milagro hacían los más afectos a su persona elogios de otra clase, por ejemplo: «Si como tiene chispa este D. José, tuviera seriedad, ya habría sido ministro».

No dejaba de reconocer la pobre Leandra, en sus momentos lúcidos, que a su marido le sentaba muy bien el sombrerote y la levita luenga. Si en Peralvillo le vieran con aquella facha, caerían todos de rodillas, teniéndole por el representante de la justicia humana, o por ministro universal. Un día, antes de salir para sus diligencias de la tarde, sentose Carrasco un momento al lado de su oíslo y le dijo: «Tengo que comunicarte lo que pienso acerca del niño mayor, que pronto está en disposición de empezar una carrera. Este año se creará una nueva de gran porvenir, que llaman Ingenieros de montes, y ello tiene por objeto estudiar y dirigir la replantación de arbolado, para que llueva más y no tengamos tanta sequía. Nuestro hijo será de los primeros que entren en esa brillante carrera, para lo cual le pondremos en una escuela donde nos le preparen de toda la matemática y toda la botánica que sea menester».

-Sea lo que tú quieras -dijo Doña Leandra-: miremos a que sea hombre de provecho.

Pero yo creí que la botánica no era más que para los boticarios.

-No, mujer: que en la botánica entiendo yo que entra también la vegetación grande, pongo por caso, alcornoques y fresnos. En España tenemos pocos árboles, y el Gobierno que nos plante algunos miles de millones será un Gobierno sensato y entendido.. Con que.. no dejes de tomar la (p.5898) medicina, que yo me voy a mis quehaceres.

Aunque nada más dijo, no se quedó muy conforme la señora con que su hijo aprendiera oficio de plantar árboles, a los cuales miraba la señora con prevención, porque sólo servían para albergue de pájaros dañinos y para dar sombra a la tierra. En la Mancha pocos árboles había, y no hacían falta para nada; plantáranlos en Madrid, donde no había cosechas que defender de los malditos pájaros. En las ciudades, buena era la sombra; pero ¿para qué quería sombras el campo? La tierra quería mucho sol, y agua cuando Dios la diese. Pensaba también, y así lo dijo por la tarde a Lea y a Vicentico, que si se moría en los infames Madriles, no la enterraran en nicho, sino en el suelo; pero en suelo sin árboles, que no gustaba ella de estar a la sombra ni viva ni muerta.

Atención escasa, más bien nula, prestaban los novios a estas desconcertadas razones de la manchega, por hallarse apenadísimos con cierta novedad lastimosa que en la familia ocurría. Mientras el hombre público explicaba a su señora las ventajas de la carrera de Montes, las dos hermanas, encerraditas en su alcoba, sofocaban las voces para poder hablar de un grave asunto, promovido por Eufrasia. Una vez partido D. Bruno bajo su gran sombrero, hablaron las señoritas con más desahogo, cuidando de no alborotar, para que no se enterase la enferma, que conservaba un sutil oído. Pasó luego Eufrasia a ver a su madre después de lavarse los ojos, porque no advirtiese que había llorado; mas no logró engañarla, que la señora, hecha de antiguo a la observación y examen de los rostros de sus hijas, notó en el de Eufrasia un viso muy particular, y así se lo dijo, manifestando la señorita que la puntada que sentía sobre la ceja izquierda le estiraba los músculos de aquel lado, desfigurándole la fisonomía. No satisfizo a Doña Leandra esta explicación, y seguía mirándola con persistente seriedad, lo que turbó más a la señorita, que a punto estuvo de echarse a llorar.. «¿No viene a buscarte Doña Jenara?» -preguntole la madre; y contestó (p.5899) la joven que hallándose en cama su amiga con un fuerte catarro al pecho, ella (Eufrasia) se constituiría en su enfermera, trasladándose allá en cuanto tuviera quien la llevara, su padre o alguno de los chicos. Con admirable sentido díjole Doña Leandra: «Estando tú también indispuesta, debes empezar por cuidarte a ti propia, en casita». Por no chocar, hizo la señorita demostración de seguir tan sabio consejo, y se metió en su alcoba.

Dormitaba la enferma, cuando Lea y Eufrasia reanudaron su disputa. Sofocada salió de la alcoba la hermana mayor, y hallándose a Sancho en el pasillo atisbando la escena, le dijo: «Entra, Vicente, y háblale, a ver si tú la convences: yo no puedo. Mientras tú estás aquí, yo tendré cuidado con madre». Halló Vicente a Eufrasia muy afanada en meter en un maletín diferentes objetos de su uso, ropa interior, pañuelos y alhajas, y apartándole las manos de aquel trajín, le dijo: «Mira bien lo que haces, Frasia, y no seas mala hija ni mala hermana; repara que en tu familia no hubo jamás afrenta, y con la que tú traes ahora matarías de vergüenza a tus señores padres». -Déjame, déjame, Vicente, por Dios te lo pido -replicó la joven consternada, delirante, a punto de estallar en ira o en dolor, que de todo había-. Tengas o no razón en lo que me dices.. puede que la tengas, puede que no.. tengas razón o no, ya no puedo volverme atrás, ni quiero, Vicente. Este deseo de irme puede más que yo.. Me tiraré por el balcón si no me dejas salir.. Ya sé que estoy loca; pero déjame con mi locura, hombre.. ¿Qué sabes tú si de esta locura saldrá la razón?..

-No saldrá más que la deshonra, no saldrá más que la desdicha de tus padres, Frasia

-dijo Vicente con firmeza, pues aunque parecía muy poquita cosa, dábanle presencia y alientos sus ideas elementales en puntos de moral-. Tú harás lo que quieras; pero si no te quedas en casa, yo me voy a ese D. Emilio o D. Demonio, y le desafío..

¡vaya si le desafío! Aunque me ves con tan pocas carnes, y aunque oyes esta voz que parece salir de un botijo, soy un hombre que sabe su (p.5900) obligación y que no se deja acoquinar.

-¿Qué has de desafiar tú -indicó Eufrasia con desprecio-, ni a cuenta de qué viene ese desafío..? Emilio es una persona decente; sólo que.. En fin, que me dejes salir.

-Que no te dejo: dirás tú que no soy quién para cortarte el paso; pero yo me considero de los tuyos porque me casaré con Lea. Tu madre enferma, tu padre fuera de casa: pues aquí estoy yo, Vicente Sancho, para mirar por la familia.

Entró en aquel instante la otra señorita muy alarmada, diciendo: «Vaya, que alborotáis más de la cuenta. Madre parece que duerme, pero yo creo que se hace la dormida. Vete allá, Vicente, y estate al cuidado de ella».

Obedeció el bondadoso mancebo, no sin rezongar un poquito, pues aunque de traza quebradiza, de corto aliento y delgada voz, en el fondo de su mezquina naturaleza guardaba, como tesoro de avaro, un carácter entero, una voluntad irreductible en asuntos de honor y de conducta.. Volvió a la carga Lea, tratando de vencer a su hermana con cariños y ternuras, ya que los razonamientos no habían sido eficaces, y media hora larga empleó en este sistema de expugnación, a ratos creyéndose victoriosa, después abatida y desalentada por los revuelos que hacía la otra, movida de una pasión irresistible.

«Convéncete -dijo Lea llorando-, de que ese hombre no se casará contigo».

-No sé por qué lo dudas -replicó Eufrasia, no muy segura de lo que afirmaba-. Yo creo en sus promesas, porque le conozco; sé las razones que tiene para no casarse ahora: razones de familia..

-Todo eso de las razones de familia es embuste.. Pero, ya se ve, estás ciega, y vas a la perdición sabiendo que te pierdes. No serás esposa de Terry: si él tuviera intenciones de casarse, ya lo habría hecho..

-Bueno -dijo Eufrasia en un rapto de orgullo, proclamando el imperio de la pasión sobre toda moral y toda conveniencia-: pues aunque no se case.. Los casamientos los hace la sociedad, y el amor ¿quién lo da, sino Dios?..

Callaron una y otra hermana después que la pecadora y enloquecida Eufrasia sentó aquel rebelde (p.5901) principio, y antes de que reanudaran su disputa, llegose a la alcoba el mancebo, muy despacito, diciendo a Lea: «Chica, tu madre, que en este mismo momento acaba de llegar de la Mancha, extraña mucho no verte, y pregunta dónde te has metido».

Corrió allá la señorita, y con gozosa voz y alargando el brazo útil, preguntole su madre si le había ido bien en Torralba. Como respondiera Lea que sí, siguiéndole la manía, dijo la señora: «Y la sobrina del señor cura Don Andrés, a quien has hecho compañía, ¿está ya consolada de las calabazas que le ha dado Gaspar Bono, el de Valdepeñas?.. Y dime otra cosa: ¿tu padre se ha quedado por allá para cazar con el cura?.. Luego tú has venido con Perantón.. ¿Qué tal paso tiene la burra de Tomasa?..

¿Dices que bueno?.. Y ahora me sacarás de una duda que hace rato me está mortificando. ¿Cómo es que siendo tan baja la puerta de la rectoral pudo entrar tu padre con aquel sombrero tan grandísimo?.. No ceso de pensar en ello: o Carrasco se quitó la colmena, o el D. Andrés, para dar a la entrada de tu señor padre la solemnidad correspondiente, pues.. mandó que agrandaran la puerta..».

Respondió Lea que así se había hecho, que los albañiles trabajaron todo el día anterior para darle media vara más al hueco de la puerta, y con esto se tranquilizó la señora.

Temía Lea que su madre le preguntase por Eufrasia; pero Doña Leandra no la nombró, y sacando su rosario, se puso a rezar. A cada rato, pretextando ocupaciones, salía Lea y cuchicheaba con su hermana, la cual no cedía.. Si no lograba escabullirse por la tarde, haríalo por la noche, pues dada su palabra de acudir a una entrevista, no podía faltar. Hizo propósito la hija mayor de afrontar el difícil trance de informar a su padre en cuanto viniese, para que con su grande autoridad sujetase a la demente; pero permitió Dios o tramó el Diablo que a la hora en que solía venir el hombre público, llegase un mozo del casino con el recado de que no esperaran al señor, convidado a cenar por unos amigos. En conferencia rápida que tuvieron en el pasillo, acordaron Lea y Vicente que (p.5902) este saldría en busca de D. Bruno, para enterarle del riesgo que su honra amenazaba.. Al cuarto de hora de salir el mancebo, hallándose Lea en la santa ocupación de dar a su madre unas sopitas claras y un huevo casi crudo, que eran su habitual cena en aquellos días, sintió el gemido lejano de los goznes de la puerta de la escalera. A este gemido seguía infaliblemente el golpe del resbalón. Pero aquella vez falló el tiro, como quien dice. Se había sentido amartillar el arma, y nada más.

«Parece -dijo Doña Leandra con sutil atención-, que alguien sale y deja la puerta abierta.

¿No había salido la muchacha?».

-No, señora -replicó Lea dominando su azoramiento-. La muchacha debe de estar hablando en la puerta con el que trae el periódico, que es su novio.

-Anda con Dios.. el repartidor de El Clamor..

-Que trae ahora también El Correo de las damas.

-Ya te dije que ese papel no me gusta. ¿Correo.. y de las damas? Me huele a tercería..

Sospechó Lea que la pájara había volado, y así era en efecto.

 

Ep-30-XXX -

No iba descaminada Doña Leandra en abominar de El Correo de las damas, porque el repartidor de este semanario, que también lo era de El Clamor, porteaba las cartitas que acabaron de soliviantar a la desdichada Eufrasia. En cuanto cenó la enferma, pudo Lea confirmar el vuelo fugaz de su hermana, a quien ayudó en su evasión la bestial Maritornes. Llegó Vicente un poco tarde con la triste noticia de haber revuelto medio Madrid sin encontrar al sensato D. Bruno. «Mi opinión -dijo el mancebo a su amada-, es que nos lavemos las manos. Hemos hecho cuanto podíamos por contenerla. Sus ganas de perderse han podido más que nuestros esfuerzos porque se salvara».

Cuidose Lea de acostar a su madre, y esta le dijo: «Mira si estaré trastornada: he creído hace un rato que oía la voz de Vicente. Bien sé que me engaño: es tan comedido el pobre chico, que no hará la tontería de comprometerte viniendo aquí de noche, en ocasión que yo no puedo valerme.. tu hermana en casa de la viuda y los chicos en el teatro. De Vicente nada temo, (p.5903) porque es un santo, y aunque le tuvieras ahí escondidito, como si no..».

Cuando Doña Leandra, con los preludios de su roncar tempestuoso, anunciaba el primer sueño, fue Lea al gabinete de las hermanas, deseando mirar de nuevo las huellas de la fugitiva y ver si había dejado algún indicio por donde se conociera el lugar de su paradero. Tras ella entró Vicente, y a su lado se sentó. La luz estaba a punto de extinguirse. De Eufrasia había quedado un perfume intenso, de los más delicados, como si en la precipitación de recoger y empaquetar sus cosas se le rompiese y vaciara un frasquito de esencias. Trastornada por la fragancia se sintió Lea, y además tan vencida del cansancio y de las emociones de aquel día, que apenas podía tenerse. Habríase echado de buena gana en el sofá, si no estuviera presente el honrado farmacéutico.

Callaban ambos, cada cual sumergido en sus propias meditaciones. Lea llegó a imaginar que ya no había familia, que ya no había sociedad, que los padres no eran nadie, y que toda ley estaba rota y por el suelo. Pensó asimismo que quizás ella, en el caso de su hermana, habría hecho lo mismo que esta hizo.. Gran cosa era, sin duda, la libertad..

Estos pensamientos en su magín revolvían, cuando Vicente, no creyendo decorosa su presencia tan a deshora y en tal soledad, se levantó para despedirse.. Mirole ella un rato, dudando si retenerle con alguna frase coquetil o echarle con una glacial expresión amistosa. Esto era lo correcto; pero si Vicente no hubiera sido lo que era, un santo, al decir de Doña Leandra, la señorita no le habría despedido con una protestación de moralidad, que sonaba ligeramente a menosprecio.

Una hora después, Lea se congratulaba de que Dios y Vicente hubieran estado de acuerdo para llevarla al fracaso de su mal pensamiento. Entraron los chicos, entró D. Bruno, el cual, mientras la hija recibía de sus manos bastón y sombrero, le dijo: «Ya sé que Eufrasia se queda esta noche en casa de la viudita. Tu madre le dio licencia, según creo». Afirmó la hija mayor con la cabeza, y el (p.5904) padre con la boca expresó parte de sus ideas. «No se la hubiera dado yo, ¡ajo! Ya son estas muchas libertades.. ¡Ajo!, me ha contado esta noche Rafaela Milagro unas cosas, ¡ajo!.. En fin, chica, vete a dormir.. Tu madre ¿qué tal?.. Eh, niños, a la cama, y que no oiga yo más ruidito de recitación de versos, ni de altercados y disputas.. Si tuvierais seriedad, no pensaríais tanto en dramas y comedias.. El hombre debe ser serio, y dejar a los poetas y cómicos que se entiendan para todo lo de risa o farsa.. Vamos, a la cama todo el mundo..».

Acostada en la alcoba de su madre, para mejor cuidar de esta, Lea velaba, anticipando en su abrasada mente la espantosa escena del próximo día, cuando grandes y chicos se percataran de.. ¡Jesús, Jesús! ¡Lo que diría su padre, que tan mirado fue siempre, ¡ay!, tan puntoso en todo lo tocante al decoro de la familia!.. Daría ella cualquier cosa por no hallarse presente cuando padre y madre se enteraran de la ignominia de Eufrasia.. ¿Llorarían, o se pondrían muy encolerizados? Las dos cosas. Puede que a su madre le costara la vida. ¿No sería generoso y humano ocultarle la verdad? ¿Qué adelantaba la pobre señora con saber lo que no había de remediar?.. En fin, que el día próximo sería en la casa día sonado, de esos que hacen época por lo tristes.. ¿A qué se devanaba ella los sesos figurándose lo que había de pasar? Sucedería lo que Dios quisiese y lo que venía preparado por la realidad.. Bien claro revelaban las palabras de su padre que a este no había de causarle sorpresa el golpe, pues ya tenía la pulga en el oído, sin duda. Rafaela, con verdades maliciosas o mentiras muy bien compuestas, habíale preparado para el conocimiento de su desgracia.. En estas ideas y en sus lógicas derivaciones se le pasó la noche a la chica mayor de Carrasco, y el amanecer la sorprendió en cavilaciones tristes: «Ya estamos en el día de la catástrofe.. Aguardémosla.. Diré a Vicente que traiga mucha flor de tila y algunos azumbres de antiespasmódica, pues yo también, sabiendo lo que sé, pienso que he de (p.5905) necesitarla».

No hay exacta noticia del conducto por donde llegó a D. Bruno la certidumbre de su deshonra: algo hubieron de indicarle en el casino dos amigos, el uno leal, oficioso el otro; Rafaela, que fue a visitarle después de comer, le dio más amplios pormenores, y lo demás lo supo por su hija Lea y por el propio Vicente. Tan grande y dolorosa fue la herida que el hombre recibió en lo más delicado de su ser, que hubo de amilanarse en los primeros momentos, y los ayes de su pena no dieron espacio al furor hasta que pasaron horas lentas de la noche y el día. Felizmente, en medio de tal desgracia, recaída la enferma en una taciturnidad parecida al idiotismo, de nada pudo enterarse, y lo poco que habló fue para decir que estando Perantón malo de sarpullo y comezón en todo el cuerpo, había mandado por zaragatona para darle cocimientos refrescantes.. Pasada la primera crisis de abatimiento y estupor dolorosísimo, D. Bruno saltó a los tonos dramáticos de la ira paternal, y no pensó más que en lavar su honra, si no se le daba con prontitud la reparación debida. Un día empleó en conferencias con amigos que se ofrecieron a ser sus paladines en aquella empresa de honor, y preparando pistolas, tomó informes del paradero de Terry.. Si al principio se dio por cierto que el gavilán había huido a Francia con su presa, luego corrió la voz de que los prófugos estaban en el Soto del Señorito, propiedad del amigo Safón, en término de San Fernando. Oír esto Carrasco y querer plantarse allí, fue todo uno. A la Cava Baja corrió en busca de un buen coche.. ya se le hacían largas las horas que dilataran la reparación de su afrenta, o una cruel venganza si la reparación se le negaba. Ros de Olano y Fernando Córdoba, sus amigos, trataron de calmarle. El mismo Serrano intervino en el asunto con efectivas ganas de resolverlo pacíficamente. Amigo era de los Terrys.. Entre todos convencieron a D. Bruno de que no debía tomar resoluciones dramáticas, impropias de un hombre sensato y al mismo tiempo entendido. Convenía, pues, a la (p.5906) seriedad del lastimado padre evitar el escándalo, el cual sería mayor y de consecuencias más graves por tratarse de un hombre público. Los amigos tomarían a su cargo el arreglo por la buena del delicado negocio, y entre tanto que daban los pasos conducentes a tan noble fin, estuviérase D. Bruno quieto y calladito en su casa, fiado en la gestión de los que verdaderamente le estimaban. A regañadientes accedió el manchego, pues le pedía el cuerpo pendencia y jarana; se sentía popular, español de sangre, y de la tradicional casta de padres inflexibles, celosos de su honra.

Las sutiles precauciones tomadas por el esposo y la hija para que ningún indiscreto llevase a Leandra el terrible cuento, fueron burladas por el locuaz ingenio de Cristeta, que hablando a su amiga de la monja de los milagros, del matrimonio de la Reina y de otras cosillas privadas y públicas, halló manera de meter entre col y col la escandalosa liviandad de Eufrasia. No fue menester que la camarista diera razón detallada del caso, que media frase maligna y otra media consoladora bastaron para que su amiga lo entendiese todo. Creyérase que la Socobio no hacía más que confirmar una sospecha, o dar realidad a un drama imaginado en la turbación cerebral de la perlesía. Hallábanse una noche D. Bruno y sus hijos en compañía del bonísimo Vicente comiendo silenciosos, sin exhalar una queja contra la detestable cena que la Maritornes les ponía, cuando vieron aparecer en la puerta del comedor a Doña Leandra en aterradora facha y actitudes de espectro. Renqueando con ayuda del bastón que usaba, y echándose por la cabeza la manta con que abrigar solía su cuerpo de rodillas abajo, presentose a la familia cuando esta la creía traspuesta y adormecida en manchegas visiones. Los ojos de la señora como ascuas relumbraban, y su rostro competía con las calaveras en escualidez

y amarillo matiz de hueso recién exhumado. La voz nada tenía que envidiar a las voces más sepulcrales que en el teatro se oyen, simulacro de la oratoria de (p.5907) ultratumba, y toda la familia se estremeció espantada oyéndole decir: «Tomad Madrid.. ¿No querías Madrid, y grandezas muchas y suposición? Pues tomad Madrid, tomad bambolla de corte, pedid más miel, que más se os dará. Carrasco, tú, animal, ahí tienes tu Madrid; yo perlática de tanto ir a mi tierra, dejándome las piernas aquí; tú sin cabeza para sombrero tan grande, todos arruinados, todos perdidos, y las hijas hechas unas..». Soltó la palabra picante y soez, y repitiola hasta tres veces: «las hijas.. tales», riéndose luego de su bárbaro chiste con lúgubre carcajada. D. Bruno, transido de pena y avergonzado de que su esposa pronunciase vocablos tan feos delante de sus hijos, por más que lo hacía sin conciencia de ello, miraba al plato, y un color se le iba y otro se le venía. Levantose Lea para sosegar a su madre en aquel delirio y llevársela; pero Doña Leandra le rechazó cruel y brutalmente con el palo, diciendo: «Quítate tú también de aquí, tal.. Eres peor que la otra.. porque no has tenido la vergüenza de irte a pecar lejos de la casa. ¿Crees que no te he visto aquí de noche jugando a los casamientos con ese hipócrita, con ese cigarrón mortecino de Vicente?.. La otra, la otra siquiera se ha ido a los infiernos cubierta de diamantes, esmeraldas y tropacios; pero vosotros, ¿qué lleváis más que alhajas de diaquilón, parches de belladona, y por perlas, píldoras de ruibarbo y de asta de ciervo molida?.. Tú, gran bestia, marido mío, toma Madrid, toma bambolla: tus hijas tales, y yo.. también lo sería para confundirte, que ahí está Perantón suspirando por mí. Pero ¿cómo quieres que yo le haga caso a Perantón, si él cumple los noventa el día de San Mateo, verbigracia pasado mañana, puesto que hoy estamos a 19?.. Todo te lo mereces, que en Madrid, ya se sabe, no haces más que perder dinero en el Casino.. esto por el día.. y por las noches derrochas la salud y la vergüenza en sitios peores. ¡Vaya un ejemplo que das a tus hijos! Las hembras, después de bien resobadas por tantísimo novio, aprenden todos tus vicios de hombre público.. Y los niños, esos pobres (p.5908) niños,

¡ay!, más valdría que se murieran..».

D. Bruno sintió escalofrío, y difícilmente respiraba. Viendo a los chicos aterrados, fijando la vista en la pavorosa imagen de su madre con piedad y estupor supremos, puso la mano en la cabeza del que más cerca tenía, y dijo: «No hagáis caso.. ¡Qué trastornada está la pobre!».

 

Ep-30-XXXI -

Repetida esta desagradable función en la tarde y noche del siguiente día, malísimos ratos pasaron todos, y singularmente Lea, que a más de llevar sobre sí la carga del gobierno doméstico, tenía que atender al cuidado material de su madre. Pruebas daba en aquella ocasión de cristiana paciencia, y bien se vio que era una mujer preparada para las cuestas ásperas y los pasos angostos de la vida. No desmayaba en su labor dura: aprendió el sacrificio, los acerbos trabajos sin recompensa inmediata, que es la escuela de abnegación, y supo contentarse con el aplauso de su propia conciencia, de donde salía también el estímulo para mantenerse firme y animosa. Vicente, que un rato por la tarde y otro de noche le servía de Cirineo, se recreaba silencioso en las virtudes de su futura esposa, y satisfecho de poseerla se sentía. También el buen Carrasco, tocado en el corazón por la conducta de su hija, daba gracias a Dios de que en tales circunstancias se la conservara, pues si hubiera seguido Lea el ejemplo de su hermana, la familia y su jefe se habrían visto en el trance más angustioso. Afligidísimo estaba el hombre con la bochornosa huida de Eufrasia, y buena prueba de su pesadumbre era la marchitez de los colores de su rostro en aquellos días, y las flácidas arrugas que se le iban formando en la papada y mofletes. Más encorvado que de costumbre, iba por la calle mirando al suelo, y hasta se creería que el sombrero participaba de la turbación de su amo, achicándose ostensiblemente. Ya porque Don Bruno se lo calaba hasta tocar a las orejas, ya porque se descuidara en cepillarlo, ello es que la agigantada prenda parecía como si hubiera sufrido un tremendo apabullo. En el Casino y otros círculos a donde el público señor (p.5909) concurría, notábanle triste, taciturno, sin ganas de pronunciar las sentenciosas perogrulladas que eran su marca y estilo. En casa hablaba con los chicos, excitándoles a la sensatez de las acciones, así como a la seriedad de los estudios. El mayor, en la edad crítica de los efluvios imaginativos, no hacía gran caso de los sermones paternos, creyéndose con toda sinceridad incapaz de seguir por la juiciosa senda. Loco por el teatro, a solas y recatándolo de todo el mundo, pergeñaba dramas y comedias.

Descubrió su padre una noche el bien guardado depósito de los infantiles ensayos, y pasando la vista por ellos, lo encontró todo detestable, si bien el buen señor reconocía que no era ni podía ser infalible el juicio de un mediano entendedor de cosas literarias. Pero aun cuando fueran excelentes los partos cerebrales de su primogénito, D. Bruno tenía tal afición por vitanda, y haría los imposibles por quitársela de la cabeza. En efecto, la primera noche que le vio después del descubrimiento de la gusanera dramática y cómica, desplegó el Sr. de Carrasco toda su dialéctica sensata para llevar al ánimo del chico la convicción de que para ser hombre de provecho y ocupar, andando los días, una buena posición facultativa u oficial, tendría que limpiarse el caletre de todo aquel polvillo poético, a fin de que entraran con el conveniente desahogo las graves matemáticas y todas las demás ciencias y artes juiciosas. Sí, señor: dejárase el chico de borrajear obras escénicas, que esto era de la incumbencia de los llamados autores dramáticos, los cuales se morirían de hambre si no tuvieran el arrimo de la política para procurarse en ella un cocido y una hogaza. El segundo hijo de Carrasco, Mateo, era menos imaginativo que su hermano, y aunque el teatro le tiraba como diversión, jamás pensó en disputar sus laureles a Zorrilla, Saavedra y Hartzenbusch. Tan desaplicado como Bruno estudioso, se desenvolvía mejor que este en los exámenes, por el garbo con honores de desvergüenza, que en sus respuestas empleaba. Aprendía de carretilla las (p.5910) lecciones, favorecido de una memoria feliz, y se asimilaba fácilmente las ideas pescadas al vuelo en los corros de amigos. Poseía el don de la palabra, una como elocuencia embrionaria, picaresca, revoltosa; imitaba las voces y estilos de los profesores, y repetía cláusulas y peroratas ajenas, añadiendo de su cosecha mil graciosos disparates. Descollaba por la acción, por el ruidoso disputar sobre todo aquello de que no entendía jota, por la organización de travesuras, por la facilidad con que imponía su voluntad en este y el otro cotarro. Atento a estas cualidades, en que el padre veía más bien defectos, aunque no de mala ley, pensaba D. Bruno que aquel su segundo hijo estaba cortado para hombre público, y que en tal posición, ya que nombre de carrera u oficio no podía dársele, había de desarrollar el rapaz grandes aptitudes. Formó, pues, el señor Carrasco, el acertado plan de dedicar a Bruno a la carrera facultativa que por entonces se creaba, la Ingeniería de Montes, y meter a Mateíllo en los fáciles y parleros estudios de leyes o abogacía, donde se adiestrara en la controversia y aprendiera todo el teje-maneje de la política y de la oratoria.

Los chicos eran buenos, en verdad sea dicho, y la grave enfermedad de su madre demostró cuán vivo conservaban, en medio de su desenfado estudiantil, el sentimiento de la familia y el amor intenso a la desgraciada señora que les había dado el ser.

Hallándose por aquellos días en vacaciones, robaban horas largas a su continuo vagar con los amigos, por hacer a la enferma compañía en los ratos lúcidos que le concedía su dolencia. ¡Cómo se pintaba en el demacrado rostro de Doña Leandra el gozo de verles, y con qué piedad cariñosa les cogía las manos y entre las suyas las estrechaba, como en son de dulce despedida! Más hablaba entonces con los ojos y con el gesto pausado y solemne que con las palabras, comúnmente breves y elementales. Aunque no pronunciaba el nombre de Eufrasia, la imagen de la descarriada moza no se apartaba de su mente, y a ratos su mirar fijo y lelo era como si la viese, invisible para (p.5911) los demás. No desconocía la pobre mujer que los chicos se violentaban permaneciendo a su lado más que de costumbre y privándose de corretear con sus vagabundos camaradas por calles y paseos, y les incitaba con materna solicitud a que saliesen, brincasen y esparciesen su preciosa juventud, aprovechando el tiempo antes de que se vieran agobiados por los afanes y amarguras de la vida. Íbanse los muchachos a echar una cana al aire, como decía Mateo con sorna, y a solas Lea y su madre, franqueaba esta serenamente los pensamientos que a ninguna otra persona de la familia quería manifestar. «Lo primero que tengo que pedirte, hija mía, es que no me traigáis acá para que me confiese sacerdote que no sea manchego. Desde ayer siento el afán de arreglar el negocio de mi alma para que no me coja desapercibida la muerte.. Mas no quisiera que me encomendaseis a clérigos de Madrid, a quienes tengo por farsantes, parlanchines y de poca substancia, como todo lo de este maldito pueblo. Me figuro que si con uno de estos me preparara, no tendría mi cabeza el asiento preciso para una buena confesión, ni se quedaría mi conciencia satisfecha y sosegada».

Admitiendo la superioridad de los curas manchegos entre todos los de la cristiandad, quiso apartar Lea de la mente de su madre la convicción de un próximo fin, y en ello gastó no poca saliva. «Yo sé lo que me digo -replicó Doña Leandra-, y tú habrás oído que al que madruga Dios le ayuda. Quiero madrugar por si el día primero que viene es el último de mi vida.. Para procurarme el sacerdote de mi tierra que necesito, tendrás que verte primero con mi amiga la María Torrubia, que vende avellanas y yesca en la Fuentecilla o en la Puerta de Toledo, y así matamos dos pájaros de un tiro, porque al paso que nos hacemos con un buen cura, verá mi amiga que no me olvido de ella..

Habrá creído que la desprecio por pobre o que en poco la tengo, y no es así, pues la estimo de veras.. Antes que se me olvide, te recomiendo que, una vez yo difunta, le des a la Torrubia mi traje de merino (p.5912) negro y los dos refajos obscuros, el pañuelo nuevo de la cabeza y lo demás que a ti te parezca.. Pues sigo: la María te dirá dónde encontrarás a

D. Ventura Gavilanes, que es un señor cura de grandísimo respeto, aunque a primera vista no lo represente así su estatura corta, la cual casi debiera llamarse enana. Pero todo lo que le falta de tamaño al buen señor, le sobra de entendimiento y de cristianismo. Es de Hinojosa de Calatrava, y por su madre está entroncado con los Garcinúñez de Corral de Almaguer. Desde que le oyes dos palabras a este D. Ventura conoces que es de la tierra, y hasta parece que le sale el olor de ella de las manos y boca. De allí le mandan en cada San Martín, según me dijo, torrezno superior, magras y un codillo de cerdo

que ya lo quisiera el Rey de España para los días de fiesta. A nosotras nos conoció cuando era mozuelo, pues en Peralvillo vivió con su tía, Casiana Conejo, apodada la Fraila, de quien te acordarás.. Quedamos, hija, en que te verás con D. Ventura, el cual dice su misa todas las mañanas en San Cayetano, y no vive lejos de allí, según creo, pues su hermana tiene un despacho de leche en la calle de los Abades, y su cuñado, natural del Toboso, es dueño de la tienda de ataúdes y mortajas de la calle de Juanelo..».

Queriendo Lea desviar la mente de su madre de aquellas ideas, le habló de las bodas de Su Majestad y Alteza, fijadas ya para el próximo 10 de Octubre; mas no consiguió con esto sino que la enferma saltase bruscamente de la calma serena y dulce con que hablaba, a la irritación y viveza de lenguaje, síntoma de mental trastorno. «No me hables a mí de casamientos de esas puercas -dijo accionando con el brazo útil-, que del tira y afloja del casorio y de los Príncipes consortes entiendo que me vienen mis desdichas. El Señor me lo perdone; pero no puedo menos de maldecir a quien acá nos trajo todo ese enredo. Por el condenado casamiento te dejó tu novio Tomasito, aunque ahora no me pesa, pues vale más que él, como en proporción de ciento por uno, Vicente Sancho; por el aquel del (p.5913) casamiento y del lío de los enriqueños contra los paquistas, se metió Bruno en aquella tramoya fea que nos privó de nuestro viaje a Peralvillo; y por el casamiento, ¡Dios me valga!, he perdido para siempre a mi hija Eufrasia.. Sí.. me han robado la joya esos indecentes de la Inglaterra.. Pues qué, ¿no es claro como la luz que el robo de Eufrasia, a quien no ya como perdida, sino como muerta lloramos todos, significa la venganza del Inglés contra la Francia por haber ganado esta el pleito del matrimonio..? Harto sabían los de Londres que nosotros éramos partidarios de Francia, y que no queríamos Comburgo ni a tiros. Y viendo que ellos perdían y nosotros ganábamos, desfogaron su rabia y despecho robándonos a nuestra hija, y de ello se encargó el bandido negro y feroz.. ese Terry, a quien veamos comido de lobos..».

 

Ep-30-XXXII - Ignorante de la desazón que a su esposa causaba el por tantos modos martirizado asunto de los casamientos, lanzose el Sr. de Carrasco a una picante conversación con la Socobio, comenzando por declararse galanamente vencido, toda vez que la opinión suya respecto a candidatos había quedado por los suelos. «Reconozco, amiga Cristeta, que fuimos unos bolonios los que levantamos la bandera del Don Enrique y por ella comprometimos la pelleja. Bien guisado lo tenían Francia y Cristina en favor del Francisco, y razón le sobraba a usted cuando por él ponía su mano en el fuego. De algo,

¡carambos!, le había de servir a la señora camarista el tener día y noche sus narices tan cerca de las ollas de Palacio, y el poder levantar las tapaderas de las susodichas ollas para saber lo que en ellas se guisa..».

-¡Para que me diga usted ahora, querido Bruno -replicó la Socobio relamiéndose-, como me dijo en otra ocasión, que a mí no me daban en Palacio más que las raspas de la comida!

-No, no, ¡por vida de..!, que las mejores tajadas le dan: ya lo hemos visto -dijo el hombre público-; y como me precio de imparcial y sensato, no soy ahora de los que se emperran en sostener una (p.5914) opinión vencida. Resuelto ya el problema por la Corona de acuerdo con las potencias, no seré yo quien me ponga enfrente de las potencias ni de la Corona. Una vez que nuestra Soberana se ha dignado elegir por esposo al dignísimo Duque de Cádiz, ¿qué hemos de hacer los buenos ciudadanos más que acatar esa voluntad? ¿Es español el marido de la Reina? Pues nos basta, que siendo español, de él se puede esperar todo lo bueno. Ni con un Coburgo, ni menos con un Trápani, habríamos transigido nunca. ¿Es D. Francisco, a más de español, honrado, valiente, religioso, aplicado, cortés, amante de su patria? Pues si todas estas cualidades posee, no ha de tardar en tener la de liberal, que viene a ser, como dice Centurión, el resumen de todas ellas.

-Tenga usted por cierto, Sr. D. Bruno -dijo Cristeta-, que Dios ha venido a ver a nuestra desgraciada Nación, y que en los días futuros España será el espejo que fielmente reproduzca la felicidad de nuestros Reyes, reproduciendo sus benditas imágenes.

-No tanto, amiga mía, no tanto -dijo gravemente el manchego extendiendo su mano como para poner un dique al torrente de felicidades anunciado por la camarista-. No es todo venturas, pues si nos congratulamos por lo que se refiere a la Reina, no podemos decir lo mismo de la Infanta, ni aprobamos que nos la casen con un francés. Bien dicen que no hay dicha completa, y en este pastel nos han mezclado lo dulce con lo amargo, para que no nos veamos nunca libres de extranjeros.. ¿A qué demonios nos traen acá ese Montpensier o Montpetibú? ¿Qué pito tiene que tocar entre nosotros ese caballerete? Siendo como es la Infanta la inmediata sucesora al Trono, ¿cómo no pensaron en la contingencia de que entre a reinar la segunda hija de Fernando VII?

Cuando se me dijo que estaba acordado el casar a Luisa Fernanda con el hijo de Luis Felipe, se me ocurrió una idea magnífica para conciliar los deseos de la Francia con los intereses y la independencia de nuestra Nación. Pues yo le diría con muchísimo respeto a D. Luis Felipe: «Sí, señor, nos avenimos a (p.5915) darte para tu hijo Antoñito la mano de nuestra Infanta; pero con la condición de que no ha de celebrarse el casamiento hasta que Su Majestad Doña Isabel II se digne asegurarnos con su primer parto feliz la sucesión a la Corona». Y yo voy más lejos: yo llego hasta fijar que ha de ser sucesión masculina, para mayor garantía, y que han de mediar certificaciones facultativas muy serias acerca de la robustez de la criatura.. ¿Qué le parece a usted, Cristeta?

A contestar iba la Socobio, cuando de la alcoba cercana salió una voz terrible y cavernosa, que a todos les puso los pelos de punta. Mas no por lo espeluznante dejaba la tal voz de interesar grandemente a cuantos allí estaban, pues era el propio acento de Doña Leandra lo que de la alcoba como de un sepulcro salía. «Tú, gaznápiro de siete capas, Bruno, mal marido de Leandra la de Calatrava, ¿qué sabes de Reinas paridas, ni de Príncipes masculinos, para que prosperen los reinos? Cállate, harto de ajos, cerrojo, hi de tal, que toda tu ciencia es el hueco del gran sombrero que gastas para espantar a la gente. ¿Ni qué sabes tú del francés que nos traen ni de la Infanta que nos llevan, si no has tenido alma para defender a tu hija de las garras del inglés que nos la robó? ¿A qué hablas tú de patriotismo, si el primer patriotismo es ser buen padre y tú no lo eres? ¿Y qué dices de extranjeros, si el primer extranjero eres tú, porque extranjero es el que no quiere a su familia, y no la defiende, y no procura su felicidad?».

Acudieron Cristeta y D. Bruno a contenerla y acallarla, para lo cual pocos pasos tuvieron que dar, pues ambos conversaban sentados a un lado y otro de la puerta que abría paso desde el gabinete a la alcoba. Y antes de que llegaran a poner sus manos en la cama, ya Lea andaba en la operación de sujetar a su madre, la cual, bruscamente sacudida y disparada por el efecto de lo que oía, trató de ponerse en pie sobre el lecho, no pudiendo llegar a postura más elevada que la de hinojos, y ello fue con presteza semejante a la de los muñecos que por la tensión de resortes de acero salen de una caja. (p.5916) De rodillas, medio destapada de una cadera y enteramente desnuda de un brazo, estirando los dos, empezó a soltar de su boca los terribles anatemas ya dichos, a que siguieron otros más violentos y desatinados.

«Su Merced ha olvidado -dijo Lea a su padre por lo bajo-, que eso de los casamientos la trastorna más que cosa ninguna, y que con media palabra que de ello se le hable se nos pone perdida».

-Aquí tenemos -prosiguió Doña Leandra dejándose amansar por los abrazos y carantoñas de su hija-, al arreglador de todo el mundo y al que trae por los cabezones a la Europa universal.. Antes no queríais nada con D. Francisco, y ahora que os le han montado en las narices, ya le acatáis y le hacéis el rendibú, lamiéndole la mano para que os eche migajas.. ¡Ah, perros lambiones, gorrones y servilones! Antes era el Serenísimo un chupacirios y un motilón, y ahora es Rey de veras, honrado, caballero, valiente, y liberal de añadidura. Pues sí: regostose la vieja a los bledos.. El marido de Doña Isabel os dirá: «El liberalismo que yo traiga, que me lo claven en la frente..». ¡Ja, ja!..

¡Apañados están los catacaldos del Progreso! Ayer conspirabais como topos, y hoy como gallos cantáis en el montón de basura más alto del gallinero.. Pero no os hacen caso, no.. que allá saben del pie de que cojeáis».

Decía esto, ya vencida de los cariños y de la superior fuerza muscular de su hija, que después de tenderla en el lecho y de acomodar su cabeza en el descanso de las almohadas, dábale palmaditas, pronunciando dulces términos filiales. D. Bruno y Cristeta no hacían más que suspirar, contemplando en silencio el lastimoso cuadro.

Como ruido decreciente de una tempestad que corre, sonaron aún los anatemas de Doña Leandra: «¿A mí qué me va ni qué me viene en esto? Me vuelvo a mi casa, y arread ahora vosotros con la vida.. No es mala felicidad la que os espera con vuestra Reina casada.. ¡Y mi hija, la muy tal, corriendo sola por las calles!.. Os digo que huele a podrido en las Españas.. Ya estoy viendo el pelo que echaréis en el reinado nuevo.. (p.5917) Cantad, gallitos míos, en el muladar, que ya me lo diréis cuando os lleguen al cuello las basuras y no podáis echar la voz; cantadme la tonadilla de libertad y moderación, y abrid luego la boca para que os echen la miel que le echaron al asno.. No es mala miel la que echarán en la boca de todo el Reino.. ¡Pobre Reino! ¡Cómo le van a poner entre unos y otros, y qué lástima me da verle la cara con tanto cuajarón!.. Tú, gran zopenco, cuando te hagan ministro, avisa.. Échale otro piso al sombrero para que desde allí te veamos, hombre, y podamos decirte.. ¡arre, vuecencia!..».

Los últimos ecos de la tempestad, frases cortadas por sarcásticas risas, fueron apagándose hasta llegar al silencio. Retiráronse Cristeta y D. Bruno a comentar a solas el atroz delirio de la enferma, lamentándose el segundo de que una mujer que era la boca más limpia de toda la Mancha y aun de la España entera, pues jamás se le oyó vocablo mal sonante, saliese ahora tan deslenguada, por causa del trastorno paralítico, y pronunciase injurias tan feas, nada menos que contra el Reino, o sea la Nación, y contra las mismas personas reales. ¿Quién demonios pudo haberle enseñado ideas y palabras tan opuestas al modo de ser de Leandra y a su natural decencia? Indudablemente, metido el mal en el caletre, y dañando y corrompiendo toda la parte sensible del discurso, era de los que no dan tiempo al remedio, y el hombre, ¡ay!, se iba convenciendo de que tendría mujer para muy pocos días. Por más que el ingenio fecundo de Cristeta intentó consolarle, no cejaba en su pesimismo el buen Carrasco, y con los suspiros que echaba podía mover sus aspas un molino de viento. El caso vergonzoso de su hija, primero, después el desastrado acabamiento de su esposa con aquel grosero delirar, más propio del populacho que de enfermos decentes, tenían al respetable señor muy alicaído: su rostro, antes plácido, se le había vuelto tenebroso; diez años lo menos se habían aumentado al natural peso de su edad; ni las más picantes discusiones o chismografías políticas le (p.5918) apartaban de su tristeza y amargura. «En fin, Cristeta -dijo tomando el sombrero-, si usted se queda un ratito más para acompañar a la pobre Lea, a ese ángel, Dios le pague su caridad. Yo me encuentro de tal modo atontado con estos disgustos, y me impresiona tan terriblemente el ver y oír en ese estado a la pobre Leandra, que no extrañaré caer también enfermo y dar el barquinazo gordo..

Parece que me falta la respiración, que me ahogo y que las piernas me flaquean. Déjeme usted que salga a tomar un poco el aire y a dar una vuelta por el Casino».

 

Ep-30-XXXIII -

Vieron los chicos, no muchos días después, que entraba en la casa el clérigo de más exigua talla que sin duda existía en toda la cristiandad, D. Ventura Gavilanes, y al punto comprendieron que era el confesor manchego solicitado por su buena madre con tanta piedad como patriotismo. Mantuviéronse los muchachos silenciosos en su habitación, mientras Doña Leandra, que ya no salía del lecho, confesaba con el cura minúsculo; y cuando su hermana Lea les dijo que muy pronto se traería el Viático, hicieron sus cálculos para la distribución del tiempo en aquella tarde, pues no podían ni querían dejar de asistir a la piadosa ceremonia en su casa y al propio tiempo deseaban echar un vistazo a los Príncipes franceses, Aumale y Montpensier, que harían su entrada solemne en la Corte; suceso extraordinario y aparatoso que despertaba curiosidad vivísima en el vecindario de los Madriles. Pensaba Mateo que si el Señor no se retrasaba en salir de la parroquia y permanecía en la casa el tiempo preciso, sin que sobreviniera contingencia

dilatoria, podrían los dos hermanos alcanzar la entrada de los Príncipes, apretando el paso desde Peligros a la Era del Mico y Mala de Francia. Menos callejero y menos vivo que su hermano, Bruno había hecho también propósito de no perder la fiesta del día; pero cuando llegó el momento de traer al Señor y se llenó la casa de aquel místico, solemne, imponentísimo aparato, fue tal su aflicción y de tal modo se vio sobrecogido y (p.5919) dominado por el acto religioso, que se le fueron de la mente las ideas del espectáculo que a Madrid prometía tanto regocijo. Mateo, que a más de travieso y juguetón era de una sensibilidad extrema, lloró a moco y baba cuando sonaron en la escalera los toques de campanilla, y su emoción fue más intensa cuando vio entrar al sacerdote arropando las Sagradas Formas, y oyó los graves rezos, y se le fue metiendo en el alma la hermosura del acto, así como la triste realidad de la ocasión en que se efectuaba. Pero en medio de esta grande emoción, y sin que disminuyese su pena ni amenguara el amor a su madre, iba tomando medida del tiempo hasta calcular si quedaría espacio útil entre el recogimiento de su familia y el festejo de las calles. Naturalmente, era un chiquillo: a sus años, sobre toda facultad y sentimiento domina el

irresistible estímulo de ver y apreciar las cosas humanas, de cualquier orden que sean. Pareciole a Mateo que tardaba mucho el santo Viático en salir de la casa; en cambio, Bruno, más sereno y menos impaciente, apreció, sin oír ni ver relojes, que habría tiempo para todo, siempre que no les entretuviesen..

Concluido el acto, uno y otro hermanito vieron surgir una dificultad con la cual Mateo en su irreflexión no había contado. No parecía correcto ni decoroso que los hijos de la señora viaticada se marcharan pisando los talones al cura y monaguillo; ni era cosa de ir con estos hasta la parroquia y desfilar luego como unos pilluelos descastados y sin conducta. ¿Con qué pretexto saldrían de la casa en ocasión tan crítica, cuando su obligación filial allí les sujetaba y en torno a su madre les retenía? Nada, nada: locura era pensar en echarse fuera tan a destiempo, y en esta idea les confirmó la cara de D. Bruno, la cual vieron tan afligida, ceñuda y patética, que se exponían al más terrible de los sofiones si se aventuraban a pedir permiso para una salidita. Felizmente, su madre, con suprema piedad y discreción, adivinó el conflicto en que las juveniles almas se encontraban, y llamándoles a su lado y besándoles (p.5920) cariñosamente, les dijo: «Chicos, yo me encuentro ahora muy bien, mejor que nunca.. Pueden creerme que siento un alivio ¡ay!, grandísimo.. ¡Y qué hacéis aquí aburridos y sin tener con quién hablar de vuestras cosas? ¿Por qué no os vais a dar una vueltecita por las calles, donde no faltará, según creo, algo que ver? Díjome el bendito Gavilanes que hoy entraban los Príncipes franceses, y como dicho por boca tan santa, pareciome el caso digno de todo respeto.

Idos a verlo, bobalicones, y luego contaréis a vuestro padre y a Cristeta lo que hayáis visto».

Con cierta expresión de envidia no bien disimulada, dio Carrasco su asentimiento a esta suelta de presos, y los chicos salieron como exhalaciones, bajando Mateo la escalera de tres en tres peldaños. Aunque Bruno aseguraba que no les faltaría tiempo, el pequeño veía tan mermado el espacio entre su curiosidad y el objeto de ella, que no pudo contenerse; y una vez en la calle, sintiendo que en los pies le nacían alas, apretó a correr, dejando atrás a su hermano, que no creía decoroso salir del habitual paso vivo de una persona regular. Jadeante llegó Mateo a lo alto de la calle de Fuencarral, donde no le permitió correr el gentío que la ocupaba. Buscó a sus amigos, que era como buscar una aguja en un pajar, y no encontrando caras conocidas, se acomodó en el sitio que mejor le parecía para verlo todo sin que ningún detalle se le escapara. Media hora larga hubo de esperar todavía, y por fin vio venir una polvareda, entre ella chacós y lanzas relucientes.. Un rumor vivo surgía delante, corriendo por toda la masa de espectadores: «Ya vienen, ya están aquí..». Y llegaron y pasaron.. visión fugaz, tránsito de comparsería teatral, que desilusionó a Mateo. Los Príncipes no tenían nada de particular ni por sus caras ni por sus uniformes, menos bonitos que los de acá: el llamado Aumale, airoso y elegante; el Montpensier, que iba a ser nuestro, delgadito y como asustado.. La comitiva francesa y española, y el sin fin de coches, pasaron como un vértigo.. Viéronse perfiles risueños o graves.. bigotes blancos, (p.5921) narices de variadas formas, y bandas azules y blancas, rojas o de otros colorines.. Pasó todo, y queriendo Mateíllo verlo segunda vez, corrió entre manadas de ligerísimos chicuelos, cortando por calles laterales para coger la vuelta a la procesión antes de que a Palacio llegara. Mas ni aun los más veloces, que se lanzaron desempedrando calles por la Corredera y Tudescos, llegaron a tiempo de gozar segunda vez del espectáculo. Metiéndose y sacándose entre el gentío que llenaba la Plaza de Oriente, Mateo Carrasco, con la cara como un cangrejo, chorreando sudor, dolorido de los pies, buscó caras de amigos sin resultado alguno. Halló, sí, una banda de muchachos conocidos, y agregose a ellos determinando emplear el resto de la tarde en la inspección de las soberbias obras que se hacían en Madrid para iluminaciones, decorado de plazas, triunfales arcos y demás festejos.

Revuelta estaba toda la Villa: aquí y allí palos clavados en el suelo, y hombres subidos en luengas escaleras poniendo lonas o percales, o dándoles manos sobre manos de pintura. Jamás se había visto en Madrid tal profusión de ornatos: el derroche de dinero para poblar de lamparillas los improvisados monumentos, y el río de aceite que para encenderlas se preparaba, no cabían en las presunciones y cálculos de la mente humana. Lo primero que visitaron los chicos, consagrándole su atención y cierto patriótico entusiasmo, fue la obra del Buen Suceso. ¡Vaya una obra, compadre! La raquítica y casi asquerosa fachada de la iglesia Patriarcal desaparecía bajo una construcción suntuosa: un basamento de piedra berroqueña, roto en el centro por la escalinata, sostenía seis columnas de mármol rojo con dóricos capiteles, las cuales cargaban el formidable peso de un ático inmenso de blanca piedra de Colmenar, decorado con bajo-relieves, esculturas y flameros. Todo ello no pasaba de una figuración arquitectónica y académica, pues la berroqueña, el mármol rojo y la caliza de Colmenar eran de tela pintada, al modo de teatro, y el adorno escultórico era yeso, (p.5922) cartón o pasta imitando mármol con admirable ilusión de verdad. Pues toda aquella máquina corpulenta, maravilla de la figuración, debía ser perfilada de luces en sus totales líneas y contornos, de modo que semejase fantástica creación de un cerebro delirante. Corriéronse de allí los mozuelos por la Carrera de San Jerónimo, donde inspeccionaron lo que preparaba en su palacio el marqués de Miraflores, y dado el visto bueno, bajó la cuadrilla hacia la calle de Alcalá para consagrar todo su examen y su admiración sin límites al incomparable ornato de la Inspección de Milicias, cuya ruin arquitectura había sido trocada, por la virtud de los pintados bastidores, en el más espléndido palacio gótico que podía soñar la fantasía. Esbeltas torres con elevados pináculos se alzaban en sus costados y en el centro. Lo más extraordinario de tal fábrica era que todo debía iluminarse al transparente, con lo que resultaría un efecto de ensueño, romántico poema arquitectónico, según la feliz expresión de un cronista de aquellas soberanas fiestas. Detrás, en la eminente altura, Buenavista preparaba también un adorno espléndido. Por la virtud de las combinadas luces, cubriría el edificio su ancha faz con inmensas ringleras de topacios, rubíes, esmeraldas, amatistas, diamantes y zafiros.. Pero lo que dejó a los chicos con medio palmo de boca abierta fue lo que en el Salón del Prado estaban armando. Un mediano ejército de operarios, a las órdenes de aparejadores y arquitectos, habían levantado, y a la sazón remataban, un extenso paralelogramo de arcos muy lucidos entre Cibeles y Neptuno por la parte mayor, entre la verja del Retiro y San Fermín por la menor. Los bien dispuestos palitroques representaban soles, lunas, estrellas, constelaciones, como una parodia del sistema planetario transportado del cielo a la tierra. El adorno de follaje en las armaduras inferiores completaba la espléndida visualidad de aquel mágico aparato, que una vez encendido había de ser el mayor portento que a humanos ojos pudiera ofrecerse. (p.5923) Discutieron los chicos entre sí, con prolija erudición, a qué género de fantásticas concepciones el tal palacio de las luces pertenecía, y unos sostenían que era chinesco, otros del orden oriental; mas los distintos pareceres concordaban en admirar el superior talento de quien ideó tanta belleza. Puede anticiparse la idea de que encendido el paralelogramo en la noche de las Velaciones, resultó de un efecto que trastornaba el sentido. Los madrileños tuviéronlo por la mayor maravilla de la iluminación, y los extranjeros declararon que no habían visto nada semejante. ¿Qué menos podía hacer España, el país del aceite?

Ya de noche encontró Mateo a sus amigos y a su hermano; continuó la inspección, el cambio de impresiones y noticias, y bastante después de la hora marcada para la cena entraron los Carrasquillos en su casa, ganándose un buen réspice de D. Bruno, que apremiado por la obligación de asistir a una junta de los del partido, no podía esperar a la cena de familia y estaba cenando solo. Doña Leandra dormía: Vicente y los muchachos hablaron de los festejos y de la riqueza y suntuosidad que desplegaba Madrid en aquella ocasión de grande alborozo para todo el Reino. Cuando los chicos cenaban (y en ello, por causa del enorme trajín de aquella tarde, hicieron gala de un apetito monumental) entró Lea en el comedor muy asustada, diciendo que su madre no se movía y apenas respiraba, que sus manos estaban yertas, los ojos fijos y cuajados con expresión más de muerte que de vida. Corrieron todos allá, Bruno y Mateo atragantándose por querer pasar pronto lo que tenían en la boca. Vicente, tras rápida inspección, declaró que la enferma sufría un síncope de mayor intensidad que el que le diera por la tarde, a poco de salir los chicos. Con friegas y con revulsivos brutalmente aplicados, lograron reanimar la suspensa y como amortiguada vida de Doña Leandra, y esta, recobrando el brillo de sus ojos, se sonrió y dijo con torpe lengua: «¡Vaya con lo que me cuenta este Gavilanes!.. Que todos tenemos que gritar: '¡Vivan (p.5924) Isabel y Francisco!' ¡A mí con esas!.. ¿Cómo he de gritar yo tal cosa, si lo que me sale de dentro.. y lo que me manda el corazón es lo otro.. que no vivan, sino que mueran y se les lleven los demonios.. pues ellos y su casamiento son la causa de que yo esté como me veo?.. Voy a deciros un secreto, hijos míos. Acercaos a mí.. ¡Isabel y Francisco!..

¿eh?.. me dan de cara.. No me les traigáis aquí.. y si vienen, metedles debajo de la mesa..».

 

Ep-30-XXXIV - Ya desde aquella noche fue de mal en peor la inválida señora, y ni Lea con su dulce autoridad, ni Gavilanes con su grave discurso, pudieron contener el desorden de aquella moribunda inteligencia. «Mira lo que te encargo -dijo por la mañana a la Maritornes, tomándola por Lea-: en cuanto llegues a Peralvillo, lo primero que haces es enterrarme.. pero ello ha de ser en el soto de Claveros, para que yo tenga sobre mi corazón todo el día las patadas de mis ovejitas.. A Perantón que no deje de echar el mosto en el sombrero de Bruno, que bien tendrá cabimento de siete tinajas de las grandes.. Tú te vas en la burra de la Tomasa, y yo, como alma que soy, iré.. ya lo sabes, en el coche-estufa de Palacio, ese que dice Cristeta es todo de carey y nácaras; el cochero lleva en la mano la bandera de la Mancha, que es el pañal en que envolvimos a Isabel el día en que la tuve..». Una hora después, hablando con Gavilanes, en quien veía la persona de Eufrasia reducida de tamaño, le dijo: «¡Vaya unas horas de venir a casa, niña!.. ¿Y dónde has dejado a Francisco?.. Él y tú estáis un par de cañamones buenos. No levantáis media vara del suelo.. ¿Le has dejado en Palacio, o le traes metidito en el ridículo, entre algodones?.. Dios os bendiga y prospere vuestro casamiento.. Pero a mí no me pidáis que os eche el grito de ¡viva, viva!.. Yo muero por vuestra causa, y os deseo un reinado tan chico como vuestras estaturas, y tan feo como la porquería que me has hecho, Eufrasia II, saliéndote a merendar con Terry, mientras yo descuidada platicaba de mis males con la señora monja, amiga de Cristeta.. Vete de (p.5925) mi casa, y buen trono te dé Dios, blando como montón de cardos borriqueros.. Adiós, hija; que reines y triunfes.. De la boca me sale un flato.. ¡ay!, en él te va la maldición de tu madre.. que lo es.. Leandra Quijada..».

Sobre las dos de la tarde se agravó considerablemente; por mandado de Gavilanes hubo de salir Brunito en busca de Vicente y Cristeta, y Mateíto corrió a la penosa encomienda de avisar a la parroquia para la Extremaunción.. Volvía el chico muy afligido por la calle de Alcalá, cuando pasaron bandas militares tocando alegre música, y delante y detrás muchedumbre de paisanos con banderas, dando vivas a Isabel, a Francisco y aun al mismísimo Montpensier. Los ojos y los oídos se le fueron a Mateo tras de las músicas, y el corazón con ellos; mas no se atrevió a seguirlas, que toda desviación del camino conducente a su casa le parecía criminal. No obstante, cogido por dos de sus compinches, los más queridos para él, no pudo eximirse de seguir un buen trecho, calle abajo, entre la regocijada turba de ociosos; contra su voluntad, los pies le bailaban, y toda la sangre se le enardecía corriendo por las venas, como una sangre que ha perdido el juicio; le zumbaban los oídos, se le encandilaban los ojos.. Pero ya cerca del Carmen Calzado, pudo más el sentimiento de su obligación filial que el estímulo de jarana. «Chicos -dijo a sus amigos-, me voy.. dejadme.. Por Dios, dadme un estacazo para que me vaya.. Mi madre se muere.. adiós..».

Bruno llegó diciendo que Cristeta no podía venir: aquella noche se casaban Su Majestad y Alteza, y aunque la camarista jubilada no tenía oficial puesto en la ceremonia, era su deber personarse en Palacio desde media tarde, atenta a cualquier incumbencia que a las señoras pudiera ocurrirles. Vicente llegó poco después que Bruno, y el cabeza de familia, que no había salido en todo el día, iba sin cesar de un lado a otro de la casa, en zapatillas, esparciendo su pena y colocando en cada pieza y en los pasillos suspiros sacados de lo más hondo. Llegó el médico, y en su breve visita (p.5926) recogió con frase lacónica todas las esperanzas que había en la casa, para llevárselas como un alquilador que retira los objetos de su pertenencia después que han prestado servicio por la estipulación y tiempo convenidos. No eran las tres y media cuando se administró a la moribunda la Extremaunción; a las cuatro se le demudó notoriamente el rostro, y su cuerpo quedó inerte y rígido, menos el brazo derecho, que movía con alguna dificultad, acariciando sucesivamente a Lea y a los chicos. Tal fue la aflicción de estos, que D. Bruno les hizo salir de la triste alcoba. Metiéronse en su cuarto, que tenía ventana al patio, y llorando allí oyeron el restallido de cohetes en los aires como una carcajada de las nubes. En tanto Lea limpiaba el sudor frío de Doña Leandra, D. Bruno, sentado junto al lecho, humillaba su frente de hombre público contra la colcha rameada y el mantón de su esposa, que como suplemento de abrigo hasta la altura del seno la cubría, y Gavilanes, casi imperceptible por el lado de la pared, rezaba las oraciones de encomendar el alma. Un momento no más de lucidez y palabra inteligible tuvo la señora, y ello no duró más que el tiempo no preciso para la expresión de estos conceptos vagos: «También os digo que os vayáis a Peralvillo por San Martín, por San Rafael.. Llevaos toda mi ropa, y en el patio grande de casa la colgáis para que le dé bien el aire y el sol.. y los zapatos y este pañuelo que tengo en la mano.. y el dedal con que coso.. y colgaréis también mis ligas y medias.. y también mis anteojos, para que aquellos vidrios vean lo que aquí no ven.. Toda mi ropa colgada en los aires de allá, menos la que dejo a María.. Y que no se os olvide colgar también mi rosario.. mi rosario.. que no se os olvide.. todo al aire y al sol..».

Ya no se entendió más. Minutos faltaban para las cinco, cuando creyeron que Doña Leandra no existía; pero por viva la dio Vicente. La moribunda movió los labios con mohín desdeñoso. Minutos después de las cinco, ya era cadáver.. la desdeñosa expresión se hizo más notoria en la yerta boca y en el rostro amarillo. (p.5927) Pasado el primer espasmo de dolor, que estalló formidable en D. Bruno y en Lea, hubieron estos de pensar en las últimas obligaciones que era forzoso cumplir.. No hallándose Carrasco, por la desordenada intensidad de su pena, en disposición de tomar las medidas más apremiantes, Vicente mandó a la criada que avisase a un establecimiento próximo de servicios fúnebres, y obligó a su futuro suegro con reiteradas exhortaciones a que saliera de la estancia mortuoria. En su despacho se metió el pobre señor, y acompañado de los chicos dieron los tres rienda suelta a las manifestaciones de su angustia.

Agradeciendo mucho las ofertas misericordiosas de algunas vecinas, Lea quiso ser sola en la sagrada obligación de disponer el cuerpo de su madre para ser conducida a la tierra. Hízolo con cariño y devoción, sin apartar el pensamiento de la desgraciada Eufrasia, que seguramente, de no haberse lanzado a la perdición, habría sabido cumplir aquellos últimos deberes lo mismo que su hermana los cumplía. «¡Oh -pensaba Lea, las manos en la mortaja-, dónde estará esa loca! Cuando sepa esto, ¡cómo lo ha de llorar, Dios mío! Lo llorará como hija y como pecadora, que son dos maneras de orfandad..

¡No sé qué daría yo por verla en el momento de saber que ha muerto madre, que no existe madre!..».

Poco después de anochecido llegó Milagro, que no se había enterado del suceso hasta que entró en su casa. Carrasco y él, al abrazarse silenciosos, estuvieron palmeteándose en los hombros largo espacio de tiempo. Más tarde apareció Centurión sumamente afligido, y luego otros amigos; retiráronse algunos a la hora de cenar, anunciando que volverían a dar compañía y consuelos al viudo. Fuera de aquella casa y de otras que en circunstancias de tristeza se hallaban sin duda, la noche no convidaba ciertamente a las sensaciones fúnebres. Madrid era un ascua de oro, el ámbito del júbilo, del entusiasmo, de las cívicas esperanzas. Signo de este contento era el esplendor de las luminarias, que convertía (p.5928) calles y plazas en encantados paraísos de oro, fuego y piedras preciosas; signo también el chispear de los artificios pirotécnicos y las vistosas perspectivas de llamaradas, destellos y lluvias lumínicas de mil colores; signo el son alegre de las músicas y el reír de la gente que en tropel corría bulliciosa soltando también chispas, como si las almas fueran pólvora y las palabras lumbre. Todos los que llegaban a la triste casa de Carrasco, en la calle de los Peligros, traían en sus caras algo del general contento exterior, por más que quisieran poner en ellas la aflicción de rúbrica; todos traían un reflejo de la espléndida y nunca vista iluminación; algunos quizás el olor del aceite que en millones de lucecillas se quemaba, o el tufo de la pólvora que restallaba en juguetona artillería. Cuidaban de no aludir a los festejos, y con la mejor intención del mundo tenían que mencionarlos. «Hubiera venido antes, mi querido Carrasco -decía uno-; pero no tiene usted idea de cómo está esa calle de Alcalá». Y otro: «No hay menos de veinte mil personas en el crucero entre la calle y el Prado y Recoletos..». Y el estruendo de los cohetes y de las piezas pirotécnicas a la casa mortuoria llegaba como el rumor cercano de una batalla.. «Parece que nos están bombardeando -decían en la fúnebre tertulia-. Pues por Palacio es tal el golpe de gente, que ha tenido que cargar la caballería para dar paso a los coches del Cuerpo Diplomático..».

De la fuerza de su pena, del no comer, del ruido quizás, se puso tan malo D. Bruno al filo de las diez de la noche, que Vicente, oficiando de médico, temió un arrebato de sangre a la cabeza. Ordenó al viudo que se acostara; lo mismo recomendaron los amigos, que ya tenían ganas de desfilar, y solo quedó Milagro a la cabecera del afligido señor. Mandado por Sancho fue Mateo a la botica de la calle del Príncipe por un par de sinapismos. ¡Pobre chico!, al verse en la calle, no pudo menos de pedir licencia a su filial dolor para echar unas miraditas hacia el punto más resplandeciente de la iluminación y de los fuegos. ¡Ay!, desde la esquina (p.5929) de Vallecas vio el gran templete que ardía, y ruedas y espirales, y una fuente mágica, y cataratas de luz y disparos de bombas que surcando el espacio derramaban al estallar puñados de rubíes y esmeraldas; vio el humo enrojecido por las bengalas, y gozó de uno de los más espléndidos números de la función pirotécnica, que era la imitación de una aurora boreal. ¡Hasta los tejados de las casas se pusieron colorados, y el cielo todo y las personas!.. Pero no podía entretenerse, y aunque una parte del alma se le iba con irresistible impulso a la contemplación de tantas maravillas, la mejor parte siguió fiel a sus deberes, y el hombre, cerrando los ojos y llenándose de dignidad, echó a correr en busca de los sinapismos.

No quiso Cristeta retirarse a su casa, concluida en Palacio la ceremonia, sin rendir a su amiga difunta el tributo de sus lágrimas. Franqueada la puerta por el sereno, entró y subió la camarista en traje de corte, arrastrando su cola por aquellas nada limpias escaleras. Dio a Lea un abrazo apretadísimo; en el llanto y en los suspiros acompañola, y luego rezó un rato junto al féretro, de rodillas, ajándose el vestido y descomponiéndose el escote, del cual se escapaban los mal aprisionados pellejos que un día fueron lucidas carnes. Anunció después a todos los presentes su propósito y gusto de

velar el cadáver de su amiga en lo restante de la noche. Daría un saltito a su casa para cambiarse de ropa, y pronto estaría de vuelta. Así lo hizo, saliendo y regresando en menos de media hora, acompañada de Mateíllo, que no le agradeció poco la breve excursión desde los Peligros al Caballero de Gracia, y viceversa. A la vuelta de la Socobio, ya Lea tenía dispuesto el chocolate para la camarista, su sobrino D. Serafín de Socobio y D. José del Milagro. En el comedor, delante de los pocillos, a que daban guardia de honor bollos y ensaimadas, no pudo contener Cristeta su ardoroso afán de echar de sus labios un par de renglones de página histórica: «En el momento de dar el señor Patriarca la bendición nupcial a Su Majestad, marcaba el reloj de Palacio las (p.5930) once menos veintitrés minutos, y las once menos diez y ocho minutos eran en el momento de quedar casada con Montpensier la señora Infanta.. Son datos precisos, de una exactitud matemática, como deben ser en estos casos los datos históricos. Si alguno de los que han de escribir de tan gran suceso quiere esta noticia y otras, véngase a mí, y cosas le contaré que no me agradecerá poco la posteridad.. Vamos, la Reina más parecía divina que humana.. dijo el sí quiero con voz muy apagada, D. Francisco con voz entera.. Aumale, muy gallardo; su hermano, siempre tan asustadico.. En la comitiva de estos viene un mulato, con el pelo como un escobillón: le llaman Alejandro Dumas..».

 

Ep-30-XXXV -

Tan aplicados estaban los dos oyentes al sabroso chocolate, que no prestaron la merecida atención al histórico informe. Hizo después Cristeta el elogio fúnebre de la pobre Doña Leandra, pintándola como el dechado de las cristianas virtudes, como el archivo de la discreción y de la paciencia. Para que en ella se juntaran y resumieran todas las perfecciones, había sido, desde que se inició la cuestión de los matrimonios, partidaria vehemente de Isabel y Francisco, adivinando en esta gloriosa pareja las mayores venturas para la Real familia y para la Nación.. «¡Pobrecita de mi alma!

¡Cuánto nos queríamos, y qué bien congeniábamos siendo tan distintos nuestros temperamentos, ella paleta y campesina, yo cortesana hasta dejármelo de sobra!.. Pues como decía, y esto se lo cuento al Sr. de Milagro para que lo haga correr por lo que llaman círculos, Francia está tan satisfecha de su triunfo y la Inglaterra tan corrida, que no acabará quizás el año sin que se tiren los trastos a la cabeza. Este simpatiquísimo Conde de Bresson ha metido dentro de un zapato a su competidor, el Míster Bullwer de la Inglaterra. A cuantos quieren oírle les dice lo mismo que ha dicho a su Gobierno: que este triunfo diplomático y casamentero es el desquite de Waterloo. Razón tiene, porque bien a la vista está que el apabullo de la pérfida ha sido de los gordos, no sólo por la (p.5931) gracia con que Luis Felipe nos ha colocado aquí a uno de sus hijos, sino por el casamiento de Isabel con un príncipe español que ha de colmarla de ventura, de lo que resultará nueva hornada de Reyes católicos, y una era, como dicen los periódicos, una era de prosperidades y grandezas que devolverán a este Reino su preponderancia entre los Reinos de la Europa. Ello es claro como la luz».

Asintieron los otros lacónicamente, no queriendo Milagro meterse en discusiones con la camarista, y Doña Cristeta, infatigable y oficiosa, dijo a Lea: «Hija mía, me enfadaré contigo si ahora mismo no te acuestas. Muy fatigada estarás de tantos afanes y de las malas noches; yo velaré a tu madre.. Con que te acuestas o reñimos, pero seriamente. Hablaré ahora con tu padre, si está despierto, para que me ayude a convencerte». No se daba a partido la huérfana, ni la Socobio cedía un palmo del terreno de su obstinación. D. Serafín concedió a Milagro el honor de sostenerle una breve conversación de política.

«Opino -dijo enfáticamente D. José-, que la vida pública entra en una nueva fase con el casamiento de la Reina. Si es D. Francisco un marido Rey que sabe su obligación, debe aconsejar a su oíslo que llame al Progreso. Si ha de venir, como dicen, esa era,

¡dale con la era!.. de paz y bienandanza, comience por la reparación de los agravios que se nos han hecho, y venga el Duque a coger las riendas, con la espada de Luchana en una mano y en otra la Constitución del 37». Irónicamente dio su conformidad el lagarto de Socobio a tan audaces manifestaciones, y por no meterse en honduras, llevó la conversación a otro terreno. Así lo había dicho aquella mañana a Pascual Madoz y a Fermín Caballero, a quienes encontró en el Ministerio de Hacienda en ocasión que a gestionar iba el despacho de un asunto de Bienes Nacionales que le encomendara su amigo D. Fernando Calpena. Como despertara este simpático nombre los recuerdos y cariños del buen Milagro, se apresuró D. Serafín a contarle lo que sabía de aquel sujeto. Calpena y su (p.5932) amigo Ibero, con sus mujeres respectivas, se habían visto precisados a largarse a Francia, huyendo de los enojos que en Samaniego y en La Guardia hubieron de sufrir a la caída del Regente. En una quinta próxima a la gran Burdeos vivía D. Fernando con su esposa, su madre y un niño que le había nacido a fines del 44; y no lejos de esta familia, en otra vivienda muy campestre y apacible, moraban Ibero y Gracia, la cual se iba portando mejor que su hermana, pues ya había echado al mundo dos chiquillas. Contentos estaban al parecer y sosegados de ambiciones, como quienes satisfechas veían todas las terrestres; sólo deseaban que la política de nuestra tierra aprendiera y enseñara el respeto de las opiniones, para poder las dos familias volverse a las dulzuras patriarcales de La Guardia».

Día grande fue el siguiente, 11 de Octubre, en que el buen pueblo de Madrid admiró y gozó el espectáculo grandioso de la Corte y Real familia en pública exhibición desde Palacio a la iglesia de Atocha. Desde muy temprano el vecindario discurría por las calles anticipando con su alegría las emociones de tan soberana fiesta, y las tropas acudían con marcialidad y bullanga, como en son de simulacro de una batalla, al estratégico plan de cubrir la carrera, lo que no debía de ser cosa fácil, a juzgar por el ir y venir de Generales con sus escoltas, y el presuroso correr de ayudantes de órdenes llevando las precisas para la movilización de los cuerpos y el señalamiento de posiciones. Las once serían cuando empezó a salir de Palacio la inmensa culebra de fastuosos coches, con cabeza de reyes de armas y cola de brillante caballería.. El ambulante besamanos era la mayor dicha de los madrileños, orgullosos de que no hubiese en extranjeros países ninguna corte que tal boato y gusto desplegase. El tiempo ha envejecido estas demostraciones un tanto carnavalescas y pide mayor sencillez, y estilo y ornamentos conformes con la estética general. A esto dicen que no se ha descubierto el arte palatino que pueda sustituir a la decoración e indumentaria del (p.5933) género Luis XV o Gran Federico. Pues si no se ha descubierto ese arte, que se den prisa a descubrirlo, pues ya son insoportables las carrozas decoradas como tabaqueras y suspendidas de un armatoste feísimo; aquel cochero de muñecas mal sentado al borde del pescante, los rígidos lacayos que van haciendo equilibrios en la zaga, y la absurda superabundancia de ocho corceles para tirar de cada vehículo. La noble estampa del caballo resulta atrozmente desfigurada con aquellos moños de riquísimas plumas que les ponen en la cabeza, y su fiereza y gallardo juego de manos se pierden en el fúnebre recogimiento con que los llevan. No es bien que la Monarquía se eternice en este barroquismo, negándose a la feliz asimilación de las formas de la industria moderna, y persistiendo en las lentitudes, en la insufrible pesadez de aquel paso de procesión, llevando a las reales personas en urnas, como si fueran reliquias.

Pero en el feliz año del casamiento de nuestra Soberana, no se aburrían aún los madrileños viendo pasar con lúgubre parsimonia la interminable cáfila de carruajes, algunos llamados de respeto, y no por vacíos menos lujosos que los demás. Y había entonces personas que se sabían de memoria todo el material suntuario de Guadarnés y Caballerizas; designábanlo coche por coche, palafrén por palafrén, marcando el color de los tiros y la bien ordenada combinación de plumas, y de cada una de las partes del inmenso cuerpo palatino daban cuenta sin equivocarse. «El Infante Don Francisco de Paula -decían- llevaba el tiro de seis caballos bayos con penachos rojos.. el duque de Aumale, tiro de seis caballos atigrados con plumeros encarnados y azules, imitando la bandera de Francia.. la Reina Cristina, caballos blancos con penacho azul.. la Infanta Luisa Fernanda, seis caballos perla con blanco plumaje.. Su Majestad la Reina y su marido, ocho caballos de color castaño claro empenachados de blanco..». Y no se les despintaba el coche de carey, el de caoba, que iba de respeto; el de los dos mundos, el de nácar, el de Carlos III..

Fue a (p.5934) parar toda esta máquina de barroquismo elegante a la más ruin y destartalada iglesia que han visto los siglos cristianos, Atocha, inexplicable fealdad en el país de las nobles arquitecturas, borrón del Estado y de la Monarquía, pues uno y otra no supieron dar aposento menos miserable a las cenizas de los héroes y a los trofeos de tantas victorias. La Corte y su inmenso séquito de dignatarios, embajadores y palaciegos no cabía dentro de tan pobre recinto. Era un contraste penoso el que hacía tanto lujo, belleza y elegancia con la mezquindad del templo, con su traza de callejón y las polvorientas escayolas que lo decoraban. Apenas entrados Reyes, Príncipes y magnates, ya estaban deseando salir, no encontrando allí ni lucimiento, ni visualidad, ni siquiera aire que respirar. Los que podían ver algo en medio del conjunto neblinoso que formaban en el presbiterio las figuras culminantes, veían tan sólo caras pálidas y aburridas en medio de un centelleo mágico de piedras preciosas y entre el brillo de rasos y tisúes. A la salida, toda la admiración de los ojos era para la Reina madre, que vestida de terciopelo carmesí, coronada de diadema resplandeciente, arrebataba por su incomparable belleza, gracia y Majestad. Pero todo el regocijo de los corazones, toda la efusión de las almas era para la Reina Isabel, para su juventud risueña y llena de esperanzas, para su rostro sonrosado, en que la virginidad y la gracia picaresca fundían sus encantos; para su nariz respingona, que bien podía llamarse una nariz popular; para su boca, que no habría sido tan simpática si fuese más chica; para su desarrollo de garganta y busto, más avanzado de lo que ordenara la edad; para todo aquel conjunto lozano y sonriente, y aquella inocencia frescachona. Desfilando en la soberbia carroza, entre las apretadas masas de pueblo, iba Isabel en sus glorias; gustaba de las exhibiciones al aire libre, ante gentes que en nada se asemejaban a las empalagosas figuras palatinas. Entre el pueblo y ella había algo más que respeto de abajo y amor de arriba; había algo de fraternidad, un sentimiento (p.5935) ecualitario de que emanaba la recíproca confianza. Nunca hubo Reina más amada, ni tampoco pueblo a quien su Soberano llevase más estampado en las telas del corazón. Por esto, el mayor goce de Isabel era ver las caras mil complacidas, satisfechas, que a su paso le sonreían; no se cansaba de saludar a todos, cara por cara si podía, y de buena gana habría puesto nombre a cada semblante para añadir la expresión de la palabra a la de la sonrisa. Corto se le hacía el trayecto de Atocha a Palacio.

En verdad que el pueblo ha querido de veras a la Reina Isabel, así en sus tiempos felices como en los desgraciados. La quiso en la niñez, en la juventud, en sus desposorios, en todo su reinado, sin que los errores de ella amenguaran este afecto; la quiso cuando la vio tambaleándose al borde del abismo; la quiso también caída, y todo se lo perdonaba con una garbosa y campechana indulgencia, como entre iguales.

Hasta en el caminito del cementerio hubo de ser contrariada en sus direcciones y deseos la pobre Doña Leandra, pues ella quería ir hacia el Sur (que en San Nicolás se le designó sepultura) , y aunque se previno que el fúnebre cortejo se pusiese en marcha antes de las tres para poder zafarse a tiempo de la gran aglomeración de gente, no halló paso franco en la calle de Alcalá, por mor de la formación, y tuvo el negro carro que tirar hacia el Norte con su comitiva de coches, los cuales no eran muchos, porque algunos amigos de la familia no encontraron alquilones ni para un remedio.

Cortada también la Puerta del Sol, dieron larguísima vuelta por excéntricos barrios para coger las vías de la zona meridional; y tan grande fue la tardanza, que al fin llevaban el convoy funerario a paso de carga, cosa en verdad muy impropia de los viajes mortuorios. Milagro, que el duelo presidía, iba dado a los demonios, primero por el retraso, después por la precipitación irreverente; y como se vino la noche encima, no hubo más remedio que hacer de prisa y corriendo el sepelio de la manchega, metiéndola en el nicho, donde sus pobres cenizas debían labrarse, con (p.5936) ayuda del tiempo, la petrificación del olvido.

De vuelta del entierro, Milagro y su compañero Centurión hablaron de política y del duelo de los Carrascos, entremezclando ambos asuntos por exigencias ineludibles del discurso. Contó D. José a su amigo que le habían dado verídicas noticias de Eufrasia, del lugar en que escondía su oprobio y del estado de ánimo del tal Terry, a quien personas de muchísimo respeto trataban de catequizar para la reparación que así la sociedad como su propio decoro le pedían. Mas era tan compleja la historia, y en ella tan inesperados y enredosos incidentes aparecían, que no juzgaba D. José oportuno contársela al buen Carrasco en ocasión de tanta tristeza por la pérdida de su esposa, pues si sobre un dolor tan acerbo se le echaba la pesadumbre de las barrabasadas de la hija, fácil era que no pudiese el hombre resistirlo, y se largara también para el otro mundo.

Acertadísimo era este consejo, y ambos amigos determinaron dejar pasar los nueve días de convencional pena para informar a D. Bruno de negocio tan delicado.

Dígase también que fue inexorable el buen manchego con sus hijos, sometiéndoles a duelo riguroso con renuncia absoluta de todo festejo, ordenándoles que ni de lejos vieran iluminación ni fogata, que ni por el olor se enteraran de función de teatro ni de danzas populares, y que no asomaran las narices por la Plaza Mayor, queriendo guluzmear la corrida de toros con caballeros rejoneadores, pues no era propio de muchachos serios participar del regocijo público cuando lloraba la familia, no sólo la muerte de la incomparable, de la virtuosísima, de la santa señora y madre, sino otras desdichas altamente desconsoladoras, que no era preciso nombrar. Conformáronse los chicos con tan radical prohibición, que el padre, no seguro de la obediencia, garantizó con penoso encierro, y cuando Bruno y Mateíllo salieron a la calle, ya no había nada: todo estaba obscuro, solitario; sólo vieron el triste desarme de los palitroques y aparejos de madera, lienzos desgarrados y sucios por el suelo, y las (p.5937) paredes de todos los edificios nacionales señaladas por feísimos y repugnantes manchurrones de aceite. Parecían manchas que no habían de quitarse nunca.

 

FIN DE BODAS REALES

 

FIN DE LA TERCERA SERIE DE EPISODIOS NACIONALES

 

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